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HISTORIA
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DEL
DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA
HISTORIA
DEL
DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA
Emilio Castelar
MADRID
ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO «SUCESORES DE RIVADENEYRA»
20, Paseo de San Vicente, 20
1892
i. C. Cebrinn,
VW:m , Octavia Sí .
MN ■•lUMOtSOO - OAl.
i y-'^
AL SEÑOR
D. TELESFORO GARCÍA
PRESIDENTE DE LA CÁMARA ESPAKOLA DE COMERCIO EN MÉJICO.
Querido Telesforo : Te consagro y dedico esta obra , en la cual^
por mis antiguos oficios universitarios ^ he gastado algnnos años,
aunque la escribiera en dos , el corriente y el último, á demanda
de poderosísimos editores extranjeros, qtie han publicado lo capi-
tal de toda ella, vertido á lengtia inglesa, en citidad tan celebre
por sus periódicos y revistas excepcioíiales , como por sil indus-
tria, por sti navegación y por su córner ció; en la ciudad de Nueva
York. Yo profesé ante un auditorio joven , quien , renovándose
todos los años, qtiedaba el mismo siempre por su atención á mis
enseñanzas y por su amor á mi persona , en el primer instituto
científico de nuestra patria, la Historia nacional, durante los
tres más felices lustros de la carrera mía , y aquellas lecciones
dieron al descubrimiento de Afnérica toda la importancia exi-
gible por el hecho que ha , en el tiempo , abierto y caracterizado
la edad moderna, pties á su virtud y eficacia llegaron las socie-
dades feudales hasta la unidad del Estado, como ha, en el es-
pacio, al florecimiento primaveral del universo, rejuvenecido co7i
las surrecciones de continentes , mares y archipiélagos , nunca
vistos, la creación y la vida. Suele retóricamente decirse por los
naturales y justos apologistas de mundo tan hermoso y proge-
248850
— 6 —
sivo como América, que la humanidad , al Jiallarlo en periodo
tan creador de suyo, como el Renacimiento , creyó haber hallado
de nuevo el edén perdido por nuestro primer padre en el día fatal
de su primera culpa. Y es verdad que la humanidad lo halló,
pues desde las irrupciones bárbaras vivía bajo el recuerdo de
aquella culpa, y recelaba la próxima terminación del planeta
en una especie de mileranismo apocalíptico, precursor del Juicio
final, donde habrán de romperse á una los siete sellos del enorme
libro de la vida, venirse al horizonte sensible desde los cuatro
extremos cardinales los ángeles exterminadores, enrollarse como
un pergamino al fuego los espacios, caerse como en lluvia de
cenizas las estrellas, y morirse la humanidad: ensueños seme-
jantes á una pesadilla, que se revelan en las esctilturas y en los
cuadros y en las epopeyas medioevales , sugeridos por un terror
al infierno y al diablo, sólo disipado del todo cuando á una di-
latación del espacio nueva y á un diluvio de luz creadora y á un
advenimiento de tierras con palmares vestidas y de metales pre-
ciosos coronadas y á un brillante centelleo de constelaciones aus-
trales que aumenten la copia de luminosas estrellas y á una
savia virgen se rehace y se renueva de tal modo la vida, que
sacúdela humanidad el recuerdo de su culpa, corno si hubiese
visto de nuevo el llorado edén, y entrado, vencedora de la secular
nirvana pesimista, en los tiempos gloriosos del progreso. La
voluntad cree que lo puede todo, cuando ha logrado repetir el
acto divino de la creación ; y el pensamiento que puede cristali-
zarse por doquier, cuando ha invenido un mundo nuevo sin los
escombros de las antiguas tradiciones con que tropezamos por
todas partes en el viejo mundo histórico. Así han tenido razón
cuantos han dado á nuestra edad por comienzo el año mismo en
que fué América descubierta, y han creído que la serie de trans-
formaciones , característica del espíritu moderno , comienza por
esta capital transformación, por la transformación del espacio.
La nueva humanidad se agrandó, como Anteo, así que pudo po-
ner el pie con firmeza en la tierra, y tocó en el cielo con la frente,
— 7 —
como Júpiter, encontrando una base tan sólida y tan hermosa
como América para punto de apoyo. No fué casual conviviera
con Colón en la tierra el astrónomo Copérnico, que fijara como
foco inmóvil de las elipses planetarias el sol; no fué casual con-
viviera con Colón el filósofo Vives, que llamara, mucho antes de
Bacán Verulamio, el espíritu á la experiencia; no fué casual
conviviera con Colón el artista que prestara , co^no Rafael, á la
forma humajta el vigor y hermosura perdidos desde que murió la
Grecia clásica; no fué casual conviviera con Colón el monje, como
Las Casas, que antes de Grocio proclamara el derecho natural y
protestara contra todas sus violaciones; no fué casual convivie-
ran con Colón los reyes que, como Luis XI y Fernando V, lu-
charan á brazo partido con el feudalismo y fundaran la unidad
del Estado, generadora de nuestras progresivas naciones : el es-
píritu, uno en su esencia, se revela en diversas manifestaciones,
matices diversos de la misma luz, que 7nuestran tanto lo con-
sustancial de todas ellas en el fondo, como lo idéntico de su
origen celeste y de su finalidad providencial. En el descubri-
mieato de América, hecho capitalísimo, se hallaban encerrados
todos los hechos con él correlativos, que significan y representan
otras tantas lógicas determinaciones del espíritu moderno en la
sociedad y en la historia.
Si nosotros reconocemos que Ainérica señala un punto de par-
tida capital en el desarrollo de la Humanidad, nuestros hermanos
de América están en el caso de reconocer que toda la cultura mo-
derna y todo el espíritu vivificador de tal cultura les provino de
la gente y de la tierra española , quienes hicieron los esfuerzos
mayores de voluntad conocidos para descubrirla en bien de la
especie nuestra toda entera, y emplearon el siglo de su mayor po-
derío y exuberancia iniciándolos en los principios de la civiliza-
ción cristiana , cuyo aquistamiento nos había costado edades y
edades incalculables , según lo que dilatara la crítica contemporá-
nea el tiempo, conforme ha dilatado la reciente astronomía el
cielo. Podrán los animales vivir en lo presente, atenerse á lo útil,
— 8 —
recluirse dentro del ejercicio de sus instintos en los dos ministerios
de alimentarse y de reproducirse; pero no los hombres^ que mues-
tran su eternidad cuasi divina dilatándose con el recuerdo en lo
pasado y en lo porvenir con el presentimiento y la esperanza. Un
testimonio de tamaña verdad nos ofrecen ahora los Estados Uni-
dos del Norte al celebrar, no obstante su origen sajón y su lengua
británica , el hecho capitalísimo de nuestra historia como un he-
cho capital de su historia p?-opia, y al ponerla invención de todo
el continente, como generadora de su espíritu, en las alturas donde
pusieron los franceses el día mayor de su inspirada revolución. Y
no podrían sino pensar y proceder así los yankées en el claro sen-
tido que los ilustra y en la natural propensión de todos los pue-
blos á dilatarse por lo pasado. Aquellas montañas que guardan
todavía la sombra de sus primeros escaladores, cual guardan los
volcanes de Sicilia el recuerdo de los primitivos titanes; aquellos
ríos , como el Mississipí, abiertos al cambio universal por el valor
español; aquellas ciudades, como San Francisco y San Agustín,
que aun llevan los nombres de nuestro santoral, y aquellas otras
denominadas con los apellidos de nuestro insigne Toledo y de
nuestro Madrid por los agradecidos yankées; aqtiellos territorios
de la Florida, que penetran en los espacios antillanos y revisten
su flora y su fauna como para ser un lazo de unión entre la ma-
dre tierra hispánica y las hijas mismas que no hablan ya su
lengua y qtce muestrají muy mezclada su. sangre con sangre di-
versa; todo esto dice cómo mantienen las razas boreales mismas
el culto religioso debido á los atavismos fisiológicos y á las tra-
diciones seculares del creador tiempo, recordados en los anales de
la historia, y á los entroncamientos de unas genealogías con
otras, que forman como los ramajes del árbol de la vida, quien
¡ah! no puede por la inmensidad extender su copa sino á condi_
ción de que se hundan sus raíces en los sepulcros de las genera-
ciones extintas. Cuando el año J4. nos apercibíamos á celebrar
la Exposición de Filadelfia, yo anuncié que, al acercarse la
fecha del Ceiitenario de su descubrimiento, daría la América
— 9 —
sajona, en honra de la invención de su continente por España,
una fiesta intercontinental á los pueblos, conforme con la que
daba entonces en honra de su propia libertad y de su ya secu-
lar independencia. Y decía yo con este motivo: «.América necesi-
taría perder la memoria y el habla para perder el recuerdo de
nuestro nombre. Todo está en ella ligado con nosotros. Si quiere
elevai'se á los orígenes de su cultura presente y de su civilización
cristiana, tiene que tropezar con aquel humilde cotivento de fran-
ciscanos, á cuya puerta pedia limosna un hombre que comenzaba
á entrar en la edad madura, y que, sin embargo, tenía la cabeza
cana, la cara arrugada por los profundos surcos de la idea y
por ios sacudimientos de la inspiración; astrónomo, poeta, gue-
rrero, orador y navegante como los hombre-siglos de aquellas fe-
races edades; desconocido en Italia, desconocido en Inglaterra,
desconocido en Francia, desconocido en Portugal, y sólo adivi-
nado por la inspiración y audacia de nuestra España. No hay
allí de extremo á extremo ningún objeto sin el sello de nuestro
pensamiento. Las encendidas nubes del trópico guardan aún
la escudriñadora y ardiente mirada de Pinzón; las islas de las
Lucayas han sido vistas por la vez primera desde el mar con
los ojos de un Rodrigo de Triana; por las campiñas de la Flo-
rida anda errante aun la sombra majestuosa de Ponce de León,
que ha pasado, en alas de su fe, desde las vegas de Granada á
las vegas del Nuevo Mundo; la tierra del Yucatán ha sido adi-
vinada por un Fernández de Córdova y por un Grifalba descu-
bierto el inmenso imperio mejicano; la primera visita al golfo, que
es por excelencia el seno comercial del joven continente , se debe
á un Caray; la aparición de la Carolina meridional á un Váz-
quez; ese gran río, esa arteria de los Estados Unidos, que sobre-
lleva en sus espaldas los productos del trabajo humano , el Mi-
ssissipí, yacería aún ignorado si un Soto no lo descubre entre
fatigas increíbles, no lo atraviesa entre dolores y martirios sm
cuento, pronunciando en sus selvas, al querer las tribus salvajes
tomarle por un Dios sobre la tierra , el nombre sublime del Dios
lO —
de los ciclos; como el estrecho de Magallanes y el mar Pacifico
han sido surcados la vez primera por la nave llamada Santa
Victoria, cubierta con la bandera de España , pues por doquier^
lo 7nismo en las costas que en las selvas^ lo mismo en los campos
que en los m,ontes^ lo mismo en las arenas del mar que en las
estrellas del cielo, se refleja este santo nombre; y España dicen
los volcanes y los ventisqueros y los aludes de los Andes; España
las ondas del Plata y las ondas del Amazonas; España los de-
siertos de la Tierra Caliente y las pintadas selvas del Paraguay;
porque el genio de España, extendiéndose alli como las alas del
águila sobre su nido, empolló con el calor de su vida las nacio-
nes del Nuevo Mundo. >
Yo perfectamente sé cómo esta maternidad social es más dolo-
rosa que la maternidad natural, y no encuentra, en compensa-
ción á sus dolores , ni siquiera el amor de los por ella genera-
dos. Como la Iglesia maldice de la Sinagoga que le ha dado
vida; como la revolución maldice de la Iglesia, en cuyos Evan-
gelios ha encontrado los principios de libertad y de igualdad,
por los cuales consumara extraordinarios sacrificios ; como el
mundo latino incendia y tala el mundo griego, á quien sigue y
copia; como el mundo germánico reniega del mundo latino y se
proclama su azote, mientras le plagia desde su religión hasta su
lengua; en cumplimiento de leyes minea desmentidas , América
maldijo por espacio de una centuria entera, sin piedad, ásu alma
y cuasi divina madre, la inmortal España. ¡Cuan injustas las
maldiciones que se lanzan, y cuan apasionados los juicios que se
forman al siniestro resplandor del odio sentido por las especies
sociales contra sus padres cuando se creen llegadas á la hora de
huir del hogar paterno y realizar su natural emancipación! ¡Como
atribuían los primeros romanos , acaparadores de Grecia, la
corrupción subsiguiente á tal hecho , corrupción que se metió en
sus huesos por internas relajaciones del organismo propio , á la
próvida conquistada Musa, cuyo genio les inspiró todas sus artes
y toda su literatura! ¡ Con cuál furor procedieron los primeros
II
cristianos contra las estatuas griegas, por simulacros de los ven-
cidos dioses , ctiando adornan el planeta con sus armoniosas lí-
neas, parecidas d compendios de la geometría celeste y lucen sobre
sus cabezas esféricas las llamas del humano ideal! ¡Qué injusto
el Renacimiento, por clásico y casi pagano, con las catedrales gó-
ticas, aunque símbolos en sus arcos ojivales de la Trinidad, aun-
que aromadas á los rezos de cien generaciones diluidos en sus
atmósferas de Í7icienso, aunque por el éter increado esclarecidas
en aquellos vidrios multicolores que parecen iris de ideas pues-
tos en los místicos rosetones y en aquellas lámparas que parecen
estrellas errantes volando á buscar su luz en los espirituales res-
plandores del santuario! La filosofía enciclopédica mostró, al juz-
gar el dogma cristiano, injusticia idéntica con la mostrada por el
Renacimiento al juzgar el arte católico, no obstante haber sido el
dogma una inflexible aplicación á la moral y á la fe de todo
ctianto pensaran y dijeran las antiguas ciencias profanas. Pero
asi es el mundo y no hay medio alguno de contrastar sus leyes.
Necesitadas las instituciones de diferenciarse, tienen que defi-
nirse, y al definirse, necesitadas para su definición de con-
vertir las generaciones que les han precedido en enemigas y con-
trarias que las han atormentado, les arman una guerra de
separación, eri la cual, como en todas las guerras, no busques
ni un escrúpulo de justicia. Por un movimiento natural forzoso,
América tuvo que separarse de nuestra España, como se apartó
Grecia de Frigia, donde habían sus dioses nacido; como se
apartó Cartago de Fenicia, que le diera el espíritu de su alma
con la sangre de sus venas; como se apartó España misma de
su madre Roma, no obstante haberse visto con poetas como Lu-
cano, y cónsules como Balbo, y trágicos y filósofos como los dos
Sénecas, y satíricos como Marcial, y maestros como Quintiliano,
y ciudades como Córdoba, Hispalis, Toledo, Mérida, Zaragoza,
Cádiz, y emperadores como Tr ajano y como Teodosio, unida
consustancialmente á la Ciudad Eterna. Pero no pueden tales
apartamientos de hogares mutuos y tales separaciones de cuerpos
respectivos en el mundo social realizarse y cumplirse jamás sino
por medio de rompimiejttos terribles , los cuales evaporan espe-
sas nubes henchidas de sangre. En nuestra especie., un hijo pide
la bendición de su padre al constituir la nueva familia, y en las
especies sociales, el hijo que se constituye independiente , maldice
impío al padre que lo ha engendrado ^ y además de maldecirlo
sin entrañas , lo combate sin tregua, mientras cree insegura ó
incierta su deseada emancipación. Examina los apellidos de
aquellos que separaron en los empeños por la independencia de
América, esos hogares de nuestros hogares, y verás que los Bolí-
vares , los Itúrbides , los Egañas , los Hidalgos , pertenecen á las
clases y á las regiones más conservadoras de nuestra España,
hijos de nuestros magistrados y de nuestros gobernadores en su
mayor parte, oriundos del hogar vasco, que se cree y proclama el
más antiguo y genuino de todos nuestros solares. En la inde-
pendencia del mundo americano sajón hubo de contrario á la
Metrópoli aquella tribu ilustre, los republicanos evangélicos, que
había huido de los Estuardos como huyera Moisés de los Farao-
nes, y que había fundado antes de la guerra una república cris-
tiana, punto de apoyo legítimo quizá á su emancipación; pero en
la emancipación de los nuestros no hubo tal cosa, la cornenzaron
y la conchiyeron los españoles más netos: que por tan lógica é in-
dispensable la tenían.
Pero estos terribles sacudimientos sociales traen consigo apa-
rejados odios cuya intensidad no podéis disminuir y cuyo fuego
no podéis apagar en los primeros instantes sucesivos á la volcá-
nica explosión. España no podía conformarse con tanta facili-
dad á perder la material tutela sobre sus hijos predilectos ; y
estos hijos predilectos no podían perdonar á España el empeño
suyo en sostener allende lo que creían el término de su minori-
dad, poder y gobierno tan repulsivos á ellos como al mozo la
dulce lactancia, gustada y relamida del niño. Resultado natural
á semejante angustiosa y triste situación, fué aquí en España
una serie de reacciones lógicas hacia el restablecimiento de su
- 13 -
antiguo poder, como hay en América otra serie de rompiínientos
cruentísimos con la madre patria, sustentados por maldiciones á
su nombre y á su historia, tan excesivas y exageradas como
todas cuantas sugiere la guerra. De aquí una mala inteligencia
que ochenta y más años perdurara entre los destinados á cum-
plir la independencia y los destinados á resistirla. Mas el tiempo
creador, en su movimiento eterno, y el espíritu humano, en sus
evoluciones lógicas, han poco á poco ido cambiando las ideas, y
las ideas los sentimientos , y los sentimientos las costumbres , y
las costumbres los ánimos , y los ánimos la política intercontinen-
tal. Merced á estas fuerzas tmiversales, ha comprendido España
que no debe intentar cosa ninguna, ni en sueños, contra la inde-
pendencia de América; y ha comp7'endido América que todos los
adelantos fisiológicos, etnológicos, científicos de todas clases, así
como todos sus intereses continentales , tan varios y complejos, la
obligan á creerse consustancial con España y á tomar como una
dilatación de la vida española su propia vida en el nuevo con-
tinente. Cual en el campo de batalla los huesos de amigos y
enemigos muertos á los sendos encarnizados odios juntan sus
átomos y los transfunden á las fibras de los mismos vegetales y
á las plumas de los misiJios pájaros, trocándolos en deleitables
efluvios de suavísimos aromas y en músicas escalas de enamo-
radas notas; en el seno de la historia las ideas contrarias for-
man 7Lnas síntesis, y los dioses enemigos Jinas religiones , y los
pueblos en guerra unas alianzas, de las cuales el htcmano espí-
ritu vive y en las cuales se determina el universal progreso,
Nunca se dijo cosa tan profunda como aquella proclamación de
la tricotomía del httmano pensamiento, que resulta de supo'ior
armonía entre principios contrarios, los cuales entran en esa
trilogía lógica que preside al universo visible, como preside al
universo invisible la Trinidad cristiana. Con estas contradiccio-
nes armonizadas tropezáis á cada paso en la vida; como que se
hallan reconciliados en ella el amor y la muerte. Así, las almas
profundamente piadosas asisten con tristeza interior á tina boda.
— 14 —
porque sólo engendra mortales el amor^ y con una conformidad
interior á los entierros, porque sólo engendra inmortales ¡ ah ! la
muerte. ^Cómo hemos de maldecir nosotros á los pueblos ameri-
canos, cuando el sentido moral y el sentido común de la huma-
nidad llaman de consuno, con razón, pecados españoles á sus pe-
cados, y cómo han de maldecir los pueblos americanos á su ma-
dre gloriosísima España, sin declararse co7i ello los bastardos y
los expósitos de la historia} Asi tenernos que celebrar el descu-
brimiento de América unidos , y asi nos coge reconciliados este
trascedental hecho de la común vida patria. Pero nada se con-
siguiera sin la corriente de simpatías promovida por previsores
publicistas españoles hacia un reconocimiento y hacia un ol-
vido; hacia el reconocimiento ahí de que las instituciones moder-
nas estaban en el germen de los municipios por nosotros sembra-
dos, asi como en toda nuestra incomparable legislación de Indias;
y hacia el olvido, aquí, no ingrato, necesario, de que fuéramos,
amén de sus padres, un día sus tutores y curadores en la indis-
pensable minoridad social, quedándonos ahota en la mayor
edad y en la emancipación inevitables , con el título primero,
con el titulo amantisimo y el poder moral de verdaderos padres.
Permíteme ufanarme de todo cuanto hice yo para prosperar este
resultado, escribiendo, con la sola interrupción de -mi fugaz y
tormentoso Gobierno, treinta y ocho años consecutivos en los prin-
cipales diarios hisp ano-americanos , La Tribuna, El Siglo, La
Nación, El Mercurio, El Monitor Republicano, El Mercantil y
tantos otros, para demostrar á los españoles que la república
y la independencia son incontrastables ya en América , y á los
americanos , que para quitarse á España de su alma necesitarían
quitarse de la conciencia su religión , del arte sus más resonantes
cuerdas , de la vida sus costiunbres más piadosas y ainadas, de
la memoria sus tradiciones más santas , del cognomen los ape-
llidos paterno y materno, del próvido labio la más hermosa entre
todas las lenguas modernas , de la nobleza etnológica y fisioló-
gica esta pura sangre nuestra que animara tantos héroes y ge-
— 13 —
nios, así como de la nobleza moral y secular una historia, donde
consta cómo España engrandeció los mares con sus esfuerzos,
é iluminó, como Dios, el cielo con nunca vistas estrellas.
No debemos olvidar en modo alguno , amigo del alma , cuánto
ha7i cooperado á esta obra de nuestra salvación muchos escritores
hispano-americanos , los cuales han tenido á honra ostentar su
ascendencia española, y muchos plenipotenciarios , los cuales han
venido llamando ante las personificaciones y los poderes de nues-
tro Estado, á España, en oficiales actos, la bendita madre patria
de su gente y de su territorio : efluvios misteriosos intelectuales y
morales, penetrantes, como los efluvios magnéticos, por modo
misteriosísimo, en la red nerviosa nuestra, y produciendo afectos
de paz que traen y determinan la reconciliación y la concordia.
Muchísimos conozco; pero me abstengo, por la copia misma del
m'cmero, me abstengo de nombrar á ninguno. Bien es verdad que
hay un factor de inteligencia y alianza , en cuyo bendito influjo
no caen la mayor parte de los escritores , y que, sin embargo, lo
ejerce por tal modo constante y beneficioso, que guarda la patria
Vestay el fuego á su culto consagrado, con una inviolable fide-
lidad, lo cual debe darnos á todos los españoles maravilla y hasta
envidia. Hubo un tiempo en que, dominante la reacción entre
nosotros, y de pie aún las instituciones antiguas muy erguidas,
la intolerancia religiosa y la monarquía semiabsoluta y el censo
restringido y la censura en todos sus aspectos, existía una falta
de inteligencia entre las Repúblicas americanas, de unas consti-
tuciones políticas tan avanzadas en su letra, y las colonias es-
pañolas de ellas, que, por amarlo iodo en su patria, se creían
obligadas á querer hasta sus leyes más abusivas y á defender
hasta sus más tiránicos gobiernos. Pero ahora que hacemos
nosotros raya en materia de libertad y democracia, pudiendo
apostarnos á libres , no sólo en las leyes, en las costumbres , con
todos los pueblos del viejo y del nuevo mundo, ha cesado la mala
inteligencia que había , y miestras colonias representan á una
todo cuanto queda de histórico en ese joven suelo, sin contrastar
- i6 —
todo cuanto hay también de progresivo , pues nuestra España se
ha redimido también de tiranías seculares merced al numen
vivificador de la creadora revolución de Septiembre , que nos
dio los derechos individuales y el gobierno de la nación por
. si misma en toda su verdadera plenitud. Entre las colonias
hispanas de América luce con luz vivísima esa de Méjico.,
quien al par presta un culto religioso al espíritu español histó-
rico y al progreso universal moderno. Bien es verdad que tiene
á su cabeza la colonia un hombre como tú., patriota entre los
patriotas, consagrado á defender el honor nuestro á todas horas.,
y á decirnos todos los días, no sólo en obras , como tus folletos
y tus artículos , de mérito extraordinario , en actos de caridad
que , aun siendo colectivos, diriges y organizas , como la nación
nuestra está viva en esas familias nunca desarraigadas del
suelo nacional por su ausencia, y cómo, si América debe ofrecer
á España y á sics recuerdos el sentimiento de tina piedad filial
sin término, España debe concentrar en América, republicana
é independiente, sus más vivas esperanzas de glorioso renombre
y de viva perpetuidad. Pensador profundo tú, economista de
primer orden, maestro en tina política desligada de todo ensueño
y atenta de suyo á la realidad y á la historia, verdadero biólogo
social, dotado con una observación certera y con una ciencia
vastísima; en tus obras y en tus conversaciones me has expli-
cado mil veces con exactitiíd matemática y con magistral acento
la serie de sendas evoluciones que deben verificar América y
España para llegar á una conjunción espiritual intiína y aná-
loga con la que tuvieran en otro tiempo , sin detrimento alguno
de su respectiva independencia y de sus mutuas y nattirales
autonomías. Por estas razones, por tu patriotisjno y por tu cien-
cia, te dedico la Historia del descubrimiento de América, des-
tinada en mi propósito á unir el viejo y el mievo mundo españoh
y te pido la lean en esas tierras apartadas tus hijos., los cuales
tendrán dos patrias en la cada día más cordial intimidad y en
el cada día 7nás intenso amor entre los dos continentes. Presen-
— vi-
ciaste tú la sesión del Congreso en Febrero de 1888, donde yo
anuncié á la Cámara, movida como matea Jamás al eco de mi
palabra, el propósito irrevocable de consagrarme á escribir la
Historia de España después de haber reconquistado la libertad y
la democracia en porfiadísimo trabajo. Decía entonces: « Yo no
puedo cooperar activamente al gobierno de una monarquía demo-
crática por lo que tiene de monarquía; yo 7to puedo combatir al
gobierno de una monarquía democrática por lo que tiene de demo-
cracia. Yo, nunca, jamás, abites me arrancaré la lengua, lo juré
en la madrugada del 3 de Enero, yo nunca combatiré á ningún
gobierno liberal, y mucho menos á ningún gobierno democrá-
tico. ¡Ah, señores] Yo concluiré mi vida por donde la he comeji-
zado. Cuando era joven , yo enseñaba oralmente, de palabra, en
mi cátedra, el amor patrio á hombres tan ilustres como el señor
Moret, como el Sr. Gamazo, como el Sr. Duque de Veragua,
como el Sr. Marqtiés de Sardoal. Que se levanten todos , y que
digan si, reunidos allí, 710 formábamos de nuestra España una
especie de divinidad, y no nos prosternábamos todos los días en
su presencia. Pero ya no puedo hacer esto oralmente, porque la
oratoria es un arte de jóvenes y 710 es un arte de viejos ; la ora-
toria necesita fuerzas que aun tengo , peto que se me acabarán
muy pronto. Yo me dedicaré á escribir la historia nacional, si
vosotros dais la libertad con la democracia. Y á medida que mi
sangre se hiele , qtic mis ojos se extingan, que mi voz se apague;
aquel comercio con los héi'oes que han hecho de sus huesos este
suelo, con los mártires que han de sus sacrificios henchido estos
aires, con los pensadores y con los poetas qtie lian ptiesto tantas
ideas é inspiraciones en este cielo, como estrellas y luz pusiera
Dios, acaso me rejuvenezca, y me quede tiempo , no sólo para
cantar aquella epopeya, en cuya virtud nuestra España , rota en
Guadalete y refugiada en Covadonga, descendió de allí para en-
garzar los mares como esmeraldas en sus sandalias y los soles
como diamantes en su corona, sino para contar esta gran-
diosa transformación en que las instituciones faraónicas se han
— i;
hundido y ha llegado la libertad; y entonces , acabadas las envi-
dias y los rencores, la nueva generación me dará un sepulcro
honrado y bendecido, y me pondrá en él de manera que pueda
besar con mis labios fríos la tierra nacional, y pueda pedirle su
grandeza para mi pequenez, y para mi muerte el calor de su
gloriosa Í7imortaUdad.y> Empiezo con este volmne7i el cumpli-
miento de mi palabra.
Tuyo sieinpre, amigo del alma,
Emilio Castelar.
PRÓLOGO.
ADA más propio del artista y del poeta que requerir
la originalidad; nada más impropio del historiador y
del político. Sugestiones y hechuras de genial inspi-
ración, las obras artísticas y poéticas ostentan el sello indeleble
de una sola personalidad, la cual surge sin predecesores casi del
suelo al Olimpo, y está condenada por su nativa grandeza en el
tiempo á no tener herederos, conforme ha sucedido con Shakes-
peare y con Cervantes. Pero, ajenas á la voluntad individual y á
nuestro íntimo albedrío las humanas sociedades, y su forma el
Estado, parecen como una obra secular de las estudiadas por el
geólogo en los espacios terrestres; y más ajenas aún las edades
que se han sucedido en el transcurso de los tiempos, el estadista,
y sobre todo el historiador, deben atenerse á la realidad objetiva
y no á la subjetiva creencia ó idea. Sin embargo, fenómeno fre-
cuentísimo en historia y en política la sustitución del pensa-
miento individual á las grandes objetividades, que han surgido
en el tiempo y en el espacio, tan fuera y tan lejos y tan aparte
de nuestra voluntad y de nuestro pensamiento, como el suelo
en que nacemos ó el aire que respiramos. ¡Cuántas veces un
historiador se pone á disertar sobre lo que hubiera pasado en
— 20 —
el mundo á no morir de muerte violentísima César, dadas las
maravillas de sus proyectos, y sobre la inoportunidad con que
llegaron al Imperio romano las tribus del Norte, cuando acep-
tara el cristianismo en Bizancio Constantino y rehiciera la cul-
tura helénica el poeta y filósofo alejandrino con diadema que se
llamó JuHano! La intuición puede llenar con las urdimbres relu-
cientes y multicolores de sus ensueños y fantasías el mundo
real; pero la observación y la experiencia, predominantes en los
estudios históricos y sociales, deben atenerse á la verdad. Por
no verla en sí, hay algunos historiadores hispanos que inscriben
muy graves entre las desgracias patrias el descubrimiento de
América, juzgándolo agotador de nuestra raza, como hay algu-
nos escritores americanos que maldicen muy serios la llegada
de nuestra nación allí, especie de serpiente metida en el edén
primitivo sin mancha, donde vivían inocentes y tranquilos, en
casta desnudez y perdurable ociosidad, sus padres sin pecado.
Yo seré un poco á lo Bossuet en mis miramientos con la Pro-
videncia de Dios, ó un mucho á lo Hegel en mis convicciones
de que la idea humana, el conjunto de ideas humanas, consti-
tutivo de la civilización terrestre, se determina en series lógicas
por medio de un movimiento dialéctico interno, ajeno en abso-
luto á nuestra voluntad individual, y tan encadenado en sus
nexos invisibles, que no puede ni quitarse, ni añadirse un hecho
capital, producto del tiempo eterno, cuya virtud, así como trans-
forma esas masas ígneas á que llaman soles en habitables tierras,
concreta los hechos más singulares en sistema con otros inaca-
bables hechos, consiguientes al primero, su generador, los cuales
llegan á formar en las líneas del espacio y en las horas del tiempo
una edad histórica de incontestada evidencia. Nosotros no pu-
dimos menos que descubrir América; y América no pudo menos
que ser descubierta por nosotros en el plan providencial ó lógico
de la humana historia. ¿Cuál civilización, cuál de las conocidas,
una vez al zenith llegada, dejó de tener la expansión que tuvo
la cultura española en el siglo decimoquinto } Los arios nacidos
— 21 —
sobre la meseta central del Asia, llegaron, á impulsos del movi-
miento expansivo, de un lado, hasta la desembocadura del Gan-
ges, y de otro lado, hasta la desembocadura del Eufrates; los
egipcios ascendieron desde las bocas del Nilo á las arenas de
Libia y Etiopía; los caldeos entraron en la Bactriana por Oriente,
la Bactriana, techo del mundo, y en Jerusalén por Occidente,
Jerusalén, santuario de la metafísica religiosa; en cuanto Tiro
tuvo los cedros del bíblico Líbano flotando en el Mediterráneo
bajo sus pies y en sus manos la letra del revelador alfabeto,
abordó á Cartago y á Gades, señoreó la costa meridional del
Mediterráneo y circunvaló el África; la civilización helénica no
podía quedarse á la sombra del armonioso Parthenón, oyendo
el dúo compuesto por el Cefiso y el Alfeo bajo su bóveda de
laureles, tuvo que volver al Asia, de donde había venido, y que
llegar en sus expansiones á Cachemira por los bosques indios, y
á las Pirámides por el desierto africano; la civilización latina
concibió la idea universal del derecho civil, no para ella misma,
para el mundo entero, y así necesitó conquistarlo primero y es-
clarecerlo después; la civilización católica no se redujo á Europa,
en cuanto rebasara su infancia, como no podía la civilización
mongola por su parte, así que constituyó su Estado, reducirse
á Tartaria, y por ello, mientras los turcos bajaban en sus irrup-
ciones al Bosforo, subían los cristianos en sus cruzadas á Siria;
como la cultura española, tan espléndida, no podía quedar en-
cerrada entre los Pirineos y la desembocadura del Tajo y del
Estrecho, necesitó extenderse, y para extenderse, mientras Por-
tugal encontraba las perdidas Indias, nosotros evocábamos en-
tre los dos Océanos América , en la hora providencial en que la
conciencia se renovaba por la revolución religiosa, el pensa-
miento se redimía y se multiplicaba por medio de la prensa , y
el Arte revivía y la Historia se completaba en el Renacimiento.
Ministros de Dios y servidores de la humanidad fueron , pues,
los marinos hispanos que hallaron el Nuevo Mundo en la sole-
dad de los mares.
— 22 —
Para ver cómo las fuerzas naturales y las fuerzas humanas con-
curren á estas grandes obras históricas , no hay sino estudiar la
repetición de los mismos hechos en tiempos entre sí apartados
y en pueblos entre sí diferentes. El curso de la civilización se
relaciona con el curso de las aguas. En las riberas, como los fa-
ros , los ideales. El curso de los ríos coincide con el movimiento
de las almas. Los brahamanes del Indo, los magos del Tigris,
los profetas del Jordán, los sacerdotes del Nilo, los filósofos del
Pireo nos dicen cómo las civilizaciones se dilatan por costas y
riberas. Puede asegurarse que la civilización ha sido primero flu-
vial, después mediterránea, y por último, interoceánica. La tie-
rra por Dios á este fin apercibida; la que debía transformar en
interoceánica la civilización encerrada desde los tiempos fenicios
hasta el siglo decimoquinto en el Mediterráneo; era la península
que tiene sobre las costas mediterráneas , Barcelona y Valencia,
y Cartagena y Málaga, como sobre las costas oceánicas Lisboa
y Huelva y Cádiz, y hasta cierto punto Sevilla. Tal como estaba
el descubrimiento de América en la serie natural de los hechos
históricos, no hay más que saludarlo con toda la efusión de nues-
tras almas sin volver los ojos á tesis tan baldía como la incom-
prehensible tesis de si hubiese sido mejor no descubrirla ni civi-
lizarla por medio de aquel nuestro singular y titánico esfuerzo,
el cual parecía movido por los egoísmos de raza y resultó en
procomún de la civilización universal. Aunque América no hu-
biese otra cosa hecho que renovar la vida, bienaventurada su
presencia entre los viejos continentes y su arribo providencial á
la común cultura cristiana. Bendito, mil veces bendito el Nuevo
Mundo. La mezela de su vida con la vida europea trajo alimen-
tos, al pobre tan indispensables, como el maíz y como la patata.
El número de medicinas, con que robusteciera nuestra comple-
xión y ahuyentara tantas enfermedades terribles como nos asal-
tan, algún día, cuando éntrela historia más en el acervo común
de los conocimientos populares, quedará escrito con recuerdos
indelebles por la gratitud universal. Basta recordar que le debe-
— 23 —
mos la quina , basta, para entender cuántas enfermedades terri-
bles ha conjurado y qué filtro de salud ha difundido en las hu-
manas venas. Aquel inmenso continente, desde uno á otro polo
extendido; por manera tan feliz angostado en el istmo que une
como sortija preciosa los dos hemisferios; revelador del cielo
austral con sus astros nuevos y sus constelaciones multiformes;
cortado por venas de agua tranquila y mansa tan idóneas para
facilitar las comunicaciones; con el Pacífico á un lado y á otro
el Atlántico, maravillosos ambos; por un collar de islas unido á
Europa y por otro collar de islas unido al Asia; con pampas
donde hay espacio y alimento para innumerables generaciones;
con ríos que creeríais mediterráneos y cuyos desagües endulzan
las marinas sales; con cordilleras donde brillan los ventisqueros
y los volcanes reunidos en alturas tan enormes, que parecen es-
trellas de diversos colores y aspectos; con bosques henchidos de
tal savia, que llegan por sus excesos á producir como una voraz
combustión de vida, y con vetas tan abundantes de metales ri-
cos y con criaderos tan copiosos de pedrería inapreciable; con
tal número de aromas y especias, que los tomaríais por jugo de
una sangre nueva, y con tal corte de costas, bahías y puertos,
que convidan al comercio, al cambio; no solamente centuplicó
las fuerzas materiales del hombre allegándole con prodigalidad
el tributo de sus producciones, rejuveneció el planeta en general
y particularmente nuestro humano ser anegándolo en éter in-
maculado y nuevo. Como la revolución religiosa renovó la con-
ciencia; como la Pascua del Renacimiento renovó las artes; Amé-
rica renovó la Naturaleza. Y, tanto como la Naturaleza, renovó
la sociedad. Los cambios del comercio nuevo excedieron á los
productos del suelo antiguo. Concluyó la guerra por la guerra,
signo de los tiempos feudales; y empezó la guerra y la conquista
por el provecho material, un relativo bien. A los afanes por el
combate sucedieron los afanes por la navegación. Los cruzados
se trocaron en exploradores. Recibió un terrible sacudimiento
la propiedad feudal con aquella competencia de campos jóvenes
— 24 —
entregados al trabajo y á la colonización. Ninguna casta posible
allí como en Asia; ninguna teocracia como en África; ninguna
monarquía como en Europa. La Religión misma, llegada en el
período crítico de sus renovaciones completas, no podrá pasar
allí por las fases que tuvo aquí en la Edad Media. Esta falta de las
sobreposiciones históricas, tan gravosas con su gran pesadumbre
sobre las tierras del viejo continente, imposibilitaba el privilegio
y favorecía la libertad, como la falta de cultivo en las tierras
vírgenes prepara y apercibe á toda clase de plantaciones y siem-
bras el campo henchido por intenso vegetal jugo. No podían los
privilegios allí brotar de las raíces del tiempo histórico y de la
vieja tradición como entre nosotros. Semejábase aquel espacio
americano á encerado inmenso, permitiendo escribir en él todas
las fórmulas algebraicas de los problemas sociales, como lo de-
muestra la sociedad republicana establecida por los Puritanos en
la Pensylvania ó la sociedad comunista organizada por los jesuí-
tas en el Paraguay. Tierra de la navegación, del cambio, del
comercio, de las exploraciones, de los descubrimientos, de las
cruzadas mercantiles, puesta en sus comienzos y prinicipios so
el amparo de la tutela europea, debía concluir por ser más tarde,
allá en la madurez de su desarrollo, tierra de progreso, de liber-
tad, de democracia, de república, de todos los nuevos ideales,
más realizables en aquella Naturaleza sin escombros y en aquella
sociedad sin recuerdos, que aquí en esta Naturaleza tan trabajada
donde llevamos dentro de nosotros mismos, en nuestro espíritu,
como dentro de un cementerio inmenso, tantos y tantos muer-
tos. No debe, pues, haber más que una voz en el mundo euro-
peo para bendecir el descubrimiento de América y el pueblo
descubridor.
Pero cosa más fácil convencer á los españoles y demás euro-
peos de cuánto bien hicieron en descubrir América que conven-
cer á los americanos de cuánto bien les reportara el ser des-
cubiertos. Los que habitan el territorio, antes hollado por las
tribus primitivas indias, lloran su edén perdido, como nuestros
— 25 -
padres echados del Paraíso; y los que habitan el espacio consa-
grado por dos tan aventajadas civilizaciones como la inca y az-
teca, lloran unos Imperios, en su concepto y sentir, sabios al
modo de los consultados y encarecidos por Pitágoras y por
Platón. En vano la ponderada ciencia moderna, tan admiradora
de sus colosales edificios, pone ante sus ojos el término que re-
presentaron en el desarrollo de la humanidad sus Imperios , un
término á lo sumo análogo con los Imperios caldeo y asirlo:
creen á puño cerrado en la virtud intrínseca de aquellas religio-
nes, y juran por el adelanto enorme de aquellas sociedades, con-
vencidísimos de que interrumpiéramos una vida, la cual, abando-
nada en el aislamiento y en el silencio á sí misma, hubiera con-
cluido por alcanzar desarrollo, ácuyo término se producen como
frutos naturales cerebros superiores al de Servet ó Calderón, y
metafísica y moral tan perfectas como la moral y la metafísica
del Cristianismo. En vano, para mostrarles cuál suerte hubieran
corrido en su abandono y en su silencio, les mostró la Historia
filosófica un imperio no perturbado por los descubrimientos ó
por los descubridores europeos, como el Imperio chino; jamás
quieren á la evidencia rendirse y siempre hablan de aquellos pos-
tizos abuelos que se han decretado á sí en lengua castellana y
bajo apellidos tan aztecas como García ó como Ramírez. Sí; la
China consiguió una civilización en el Viejo Mundo superior á la
civilización prehispánica en el Nuevo, pues una especie de moral
sin metafísica, bien semejante á la predicada por el positivismo á
la moda, señoreó allí las conciencias; un colegio de bibliotecarios
y escritores, como en parte alguna se ha visto ningún otro igual,
guardó integérrimo el saber, legado de unos siglos á otros siglos;
un culto á los progenitores muertos, convertido en reUgión do-
méstica, hizo del hogar templo y de la paternidad sacerdocio;
un régimen industrial, como el soñado por la sociología con-
temporánea, señaló con medida el trabajo y lo distribuyó con
provecho; unas faenas agrícolas de primer orden fecundaron el
suelo con cultivo intenso y lo regaron sabiamente con próvida
— 26 —
irrigación; un cúmulo perdurable de noticias é ideas mantenido
por los mayorazgos de la tradición intelectual, prosperó dicho
movimiento, á cuyo calor encontraron alfabeto, prensa, brújula^
pólvora y aun telescopio; pero como decidieran, en la perver-
sión del sentido común, guardarlo todo para sí tras el circuito
de su formidable muralla, no han pasado todavía de la infancia
cuando son ya presa de una vejez deshonrosa y decrépita: que
resultan grandezas estériles todas cuantas son inútiles á la Hu-
manidad y á sus progresos. Por el descubrimiento aun pasan
los americanos; pero no pasan por la conquista. Mas yo les pre-
gunto: ¿qué remedio nos queda, si de tal modo nos hizo la Na-
turaleza.^ Renegar de los conquistadores porque guerrearon,
equivaldría, en último término, á renegar de toda la estirpe hu-
mana y de toda la progenie nuestra, porque comenzó en el
hombre prehistórico, forzado por el medio ambiente suyo y por
las imposiciones del fatalismo universal á una perpetua matanza.
Somos hijos del sacrificador que inmolaba los prisioneros de
guerra; hijos del caníbal que se nutría de carne humana; hijos
del inquisidor que aventaba las cenizas de los herejes á los cua-
tro puntos del aire; pues en cada húngaro hay por siempre un
Atila, en cada germano un Genserico, encada noruego y demás
escandinavos, hoy tan buenos, un pirata oceánico, en cada fran-
cés un celta inmolador de víctimas humanas, en cada inglés culto
y libre un Ficto bárbaro, y en todos los hombres una triste as-
cendencia sujeta por su mal á cien fatalidades inevitables , de
cuyo imperio no podían eximirse por ningún excepcional buleto
los descubridores y los conquistadores de América. Cuando yo
leo las indignaciones de los enciclopedistas del siglo pasado
contra las crueldades hispanas en el Nuevo Mundo, no puedo
menos que recordar las crueldades apercibidas y preparadas por
ellos sin quererlo y sin saberlo en las enormes cristalizaciones
de sus ideas á que llamamos revolución francesa. Los cultísimos
discípulos de la enciclopedia se portaron como caníbales. En-
sangrentáronse Ródano y Sena con la sangre que destilaba la
guillotina de París y con la sangre que diluviaban las matanzas
de Lyon. Los innovadores, no obstante haber escrito el humano
derecho en la conciencia de nuestra humanidad emancipada,
renovaron los degüellos de San Bartolomé tras tantas revela-
ciones nuevas de la ciencia y tras tanta progresión increíble de
la idea. Pero, sin obscurecer nuestra conciencia en complici-
dad ninguna con el terror, maldiciéndolo y abominándolo, se-
ríamos indignos de pertenecer al género humano, si no procla-
másemos tres veces santa la revolución francesa , Génesis del
espíritu moderno, y no declaráramos que ha roto las cadenas
de todos los esclavos y las argollas de todos los tormentos, des-
arraigando las raíces del despotismo y reconociendo en el gé-
nero humano su natural prístina libertad. Pues lo mismo digo
del descubrimiento de América, lo mismo. En otro planeta, con
otra humanidad, bajo leyes diversas de las leyes vigentes sobre
nuestra especie, acaso hubiérase realizado la indispensable apro-
piación del Nuevo Mundo por el viejo á impulsos del amor, en
virtud y por eficacia de suave y fraternal predicación. Querer el
descubrimiento de América sin guerra, la guerra sin conquista,
la conquista sin violencia, la violencia sin estrago, el estrago sin
ruina y desolaciones, equivale á querer el parto sin dolor y la
vida sin muerte. Quien haya guerreado con medios distintos
que los esgrimidos por España, puede tirar á España la primera
piedra. Cualquiera guerra civil entre pueblos hermanos renueva
los horrores de una conquista entre pueblos extranjeros mutua-
mente unos á otros.
La identidad completa del género humano se conoce, no sólo
en las comunes grandezas, en las desgracias también comunes.
Nada prueba que los pueblos no pueden echarse, históricamente
considerados, cosa ninguna en rostro, cual esas idénticas mise-
rias de que, sin excepción, por sus comienzos adolecen. Así
como en la célula todo está confundido, en fetos tales de socie-
dad, como las tribus primitivas de cualquier continente, la se-
mejanza es mucho mayor que entre las sociedades creadas y
— 28 —
maduras. Leyendo yo al escritor Acosta en su libro del origen
de los indios, no pude menos que decir y exclamar: ¡Sancta
simplicitasl Trata de probar Acosta cómo los indios provienen
de los mismos españoles que los conquistaron, y á este fin re-
coge cuantos rasgos encuentra en las historias sobre las familias
hispanas primitivas, y se los aplica sin empacho, ni escrúpulo, ni
meditación, á los indios, por haber topado con iguales rasgos en
los primitivos historiadores de Indias, no cayendo en la cuenta
de cómo han empezado todos por salvajes y de cómo todos los
salvajes se asemejan. Así dice como fueran los españoles de
costumbres feroces , y usaran groseros mantenimientos, y peca-
sen de idólatras, y consultaran agüeros, y permutasen las cosas
unas con otras sin tener idea del dinero, y se deleitaran en lle-
var los cabellos largos, y no conociesen la política y menos la
crianza, é hicieran sacrificios hasta de hombres; con todo lo cual
demostraban, en sentir suyo, haber generado á los indios, de
quienes cuenta la tradición cosas idénticas á las que cuentan
de los iberos Plutarco, Estrabón, Tito Livio, y casi todos
los historiadores antiguos en sus viejas narraciones clásicas.
Las luces traídas por las ciencias contemporáneas acerca del
hombre primitivo y de las edades prehistóricas, mucho cam-
bian la historia de nuestra especie, mostrándonos cuan mi-
sérrimo fuera su origen y cuan tardo y lento su gradual
desarrollo. Mientras todas las teogonias convienen á una en
paraísos ó edenes, dispuestos como albergues de una felicidad
completa y sin mancha, el pecado los desparramó de tal ma-
nera sobre la tierra y sus varias zonas, que solamente se topa
con huellas de tristísimos estados humanos, confinantes casi con
la vida material de los animales y ejemplos de una especie su-
mida por las entrañas del planeta é identificada con la Natura-
leza casi en una confusión espantosa. Por los terrenos primario,
secundario, terciario, no aparece, no, el organismo humano, de
todo punto incompatible con aquellos ambientes vitales. No po-
díamos vivir allí, como no podemos vivir en hogueras voraces
— 29 —
ó en océanos hirvientes. El terreno cuaternario genera en su
aire más puro y en su clima de mayor suavidad al hombre. Y
en este mismo terreno han de ser sus Bautistas muchas plantas
vivificadoras y muchas especies animadas. Antes de nuestra ve-
nida, las rosáceas debieron aromar los aires; las gramíneas aper-
cibirse á transmitirnos el jugo chupado á la tierra por sus raíces;
las abejas, después de recibir en metamorfosis varias las dobles
alas con que discurren de flor en flor, sacar á estas grandes ela-
boradoras y transformadoras de la vida, con punzantes aguijo-
nes, las mieles de sus respectivos cálices, pintados y aromosos.
Por los inmensos espacios, más ó menos desiertos, corría ya el
gigantesco avestruz , con alas y sin vuelo , para los primeros
transportes muy apropiado, ágil y celero, mientras de los picos
inaccesibles á la tempestad y bañados en las superiores regiones
de un aire puro y enrarecido, bajaban á bandadas los cóndores,
depositando en sus vientres insaciables los cadáveres é impi-
diendo así la putrefacción universal. Y poco á poco modificadas
las especies todas, vinieron aquellas varias, sin cuya cooperación
apenas comprendemos la vida. El elefante abrió camino en las
selvas espesísimas con su trompa gigantesca, y puso en precipi-
tada fuga los animales carniceros que nos combatían y que nos
cerraban aquellas vías triunfales, conducentes á nuestra domi-
nación sobre la tierra. El camello poníase de rodillas, como
brindando su lomo seguro al viaje, y en los almacenes de sus
buches y de sus estómagos guardaba el agua y el alimento ne-
cesarios á largas peregrinaciones. Aparecían los perros á guisa
de un ejército de caza, disciplinado y sometido por instintiva
providencial fidelidad. El pez y el ave, para cumplir las finalida-
des varias de las cosas, comenzaron á purificar aires y aguas,
por lo que unos pudieran ser con facilidad respirados y las otras
bebidas en la transformación universal. Cuando se observa esto,
ya no parece maravilloso y extraño que pueblos poco dispues-
tos á comprender las causas primeras se detuvieran en las se-
gundas y adoraran á las especies purificadoras de la tierra , cual
— 30 —
adora el egipcio al perro bajo la forma de sus dios Anubis, ese
animal que le ha servido con sumisa docilidad y le ha preser-
vado de tantas asechanzas. Lo cierto es que las espirales de los
organismos van en progresión ascendente, como si convergieran
todas de acuerdo en instintiva intuición á producir el fruto di-
vino por excelencia , creando el humano cerebro. La tradición
religiosa quiere que la cuna del hombre haya estado en las tie-
rras extendidas entre las riberas del Eufrates y las riberas del
Tigris, mientras la ciencia, en sus hipótesis más ó menos auto-
rizadas por la observación , coloca este lugar en la zona tórrida,
como sitio más apropiado á nuestra primitiva desnudez y á
nuestra connatural debilidad. Ninguna de tales suposiciones lle-
gará jamás á esclarecerse, pues en torno de las ideas habrá
siempre obscuros misterios, cual en torno de los astros espesí-
simas sombras. Lo averiguado es que, ora la debilidad primera
del hombre proviniese de su pecado, como quiere la Religión,
para cohonestar el mal humano con la divina bondad, ora pro-
viniese de su naturaleza contingente, como quieren la mayor
parte de los sistemas filosóficos, el comienzo de la humanidad
está circuido por males sin cuento, y la vida primera, tal como
nos la revela el estudio geológico aplicado á la historia, resulta
por todo extremo bárbara y penosísima, en lo cual nos parece-
mos todos al comienzo de la vida humana, todos, asiáticos, eu-
ropeos, africanos, indios orientales y occidentales, todos sin ex-
cepción.
(i Qué mengua puede sufrir el cuerpo en haber pasado por las
viscosidades primitivas de la célula; ni qué mengua el alma en
haber pasado por los balbuceos indecisos de la infancia.? Pues lo
mismo les acaece á las sociedades humanas. Ninguna de las lle-
gadas á un superior estado de civilización y de cultura debe
avergonzarse de haber pasado un día por las primeras tribus
donde laten los gérmenes de otra superior vida social. El griego,
ascendido por esfuerzos de genio hasta producir lo perfecto, la
Minerva de Fidias en escultura, el Timeo de Platón en filosofía,
— 31 —
el Edipo de Sófocles en tragedias , estuvo sujeto al matriarcado
como los indios, y pasó por los sacrificios humanos sobre los
dólmenes sangrientos como cualquier azteca. Bien ha podido
atravesar la tierra generadora de Franklin y de Bello por donde
atravesara la tierra generadora de Aristóteles y de Píndaro. Ahora,
tenga los fundamentos que quiera la tesis de los americanos so-
bre una posesión de cultura prehispana superior á la difundida
por nosotros allí, basta convertir la vista del espíritu á su conti-
nente patrio en la edad nada remota de su invención, y compa-
rar esta edad con la corriente del cuarto Centenario de esta in-
vención misma, para persuadirse al juicio nuestro, al juicio de
haber conseguido América la suma civilización moderna , obra
de tantos siglos y esfuerzos en el Viejo Mundo, á costa de un
tiempo muy corto y de sacrificios comunes á la irremediable
contingencia de la misérrima humana especie. Casualmente la
revelación primera del mundo americano al mundo europeo tiene
un historiador incomparable, tiene á Colón; y un documento de
valor indecible, el diario, aunque mutilado, interesantísimo, del
inmortal descubridor. Por tales testigos de mayor excepción se
advierte que la vida social estaba en rudimentarios comienzos,
compensados con tal dulzura de costumbres y tal ingenuidad de
sentimientos y candor tan puro y tan grande inocencia, que re-
cuerda todo cuanto ha cantado la poesía sobre los goces de la
bienaventuranza en los Campos Elíseos ó sobre la felicidad y
ventura de nuestros padres en el Paraíso terrenal. Lo dicho
por la utopía respecto de un estado de naturaleza en el hom-
bre, anterior y superior al estado de civilización, se descubre
allí en las líneas escritas por el piloto desde su cámara ó al
pie de su bitácora, mientras las islas van surgiendo sobre los
mares vírgenes y bajo los cielos espléndidos como nereidas ce-
ñidas con coronas de palmas. ¡ Cuan dóciles y buenos los indios
del islote primeramente descubierto y abordado por Colón,
los indios de Guanahaní! Iban desnudos como Adán y Eva sin
pecado ; y no sentían el rubor en la mejilla, porque tampoco sen-
— 32 —
tían el remordimiento en la conciencia. Brindaban á sus huespe-
des con todo cuanto tenían, dándolo de grado. Poníanse los go-
rros colorados y las zarandajas muy sonantes de la civilización y
cultura nuestra con extrañezas y algazaras de monos agasajados.
Pintadas las carnes con multicolores zumos, ignorantes de las
armas nuestras hasta tomar los sables por el filo , sin hierro de
clase ninguna, y sin gobierno y sin comercio, desprovistos por
completo de la imperiosa necesidad del trabajo, bien hallados
con el alimento que les ofrecían las próvidas ramas de sus fruc-
tíferos árboles, parecen anticipaciones del hombre natural soñado
por el revolucionario Rousseau, antes de firmar los contratos que
han de sujetarlo á la sociedad y poetizado en las obras de los dos
escritores que han encarecido con mayor elocuencia la vida vir-
gen del Nuevo Mundo, en las obras de Chateaubriand y de
Saint-Pierre. Parecen, balanceándose á una sobre sus canoas,
con los papagayos en el puño y el asombro en las miradas, unas
especies mitológicas de aquellas que indicaban instintivamente
los parentescos de la especie humana con las especies inferiores
y las raíces que tiene fruto como el humano cerebro en los de-
más organismos. Cual si fueran unos anfibios, con igual facilidad
corrían por sus selvas que nadaban hasta largas distancias por
sus mares. Así Colón perdió uno de los indios aprehendidos en
la isla del Salvador , el cual creyó posible, arrojándose al agua,
volver á su partida desde la isla de Santa María. Y en sus creen-
cias y en sus fantasías y en sus afectos de pueblos niños toma-
ban á los españoles por dioses y les ofrecían acatamiento como
á los ídolos, con brazos y ojos convertidos al cielo. Tendría que
ver el primero á quien Colón vistió, para enseñanza y captación
de los demás, bonete colorado á la frente, cuentecillas de vidrio
verde al brazo, cascabeles á las orejas, todo lo cual no valía cua-
tro maravedís. Y el ornado tan pajarescamente, apreciaba todas
aquellas bujerías cual si fuesen verdaderos tesoros. Y cuando
pasó de la Santa María, en i6 de Octubre, ala Fernandina, en-
contró indios más domésticos y los llamó á sí, por más duchos
— 33 —
en el ajuste y en el regateo de cosillas baladíes, que llevaban
unas veces á nado y otras veces en almadías. Por la isla de Sa-
moet ya encontró casas como alfanegues ó tiendas de campaña,
por cuya configuración debemos llamarlas chozas, muy barridas
y limpias, pero á sus habitantes considerólos como de igual con-
dición y naturaleza que á los anteriores. Aquí vio hamacas para
dormir, y halló que «las mujeres casadas traían bragas de algo-
dón, las mozas no, sino salvo algunas que eran ya de edad de
diez y ocho años». Y puso á la isla donde tales cosas vio, Isa-
bela, en recuerdo y remembranza de la reina Isabel. Y así, de
isla en isla, encontrando la misma gente siempre, llegó á Cuba,
donde buscaba Imperios, y únicamente halló tribus; oro, y algo
más que oro encontró, pues de allí, principalmente, salieron las
patatas, y el tomate, y el maíz, y el tabaco. ¡Cuan sencillo al
contar como iban de un punto á otro los cubanos chupando las
hojas secas de esta última planta y despidiendo un humillo que
trascendía muy lejos ! ¡ Cuál encantadora la narración de aquel
indio que, habiendo cambiado un pedazo de metal precioso por
varios cascabeles, echó á correr gozosísimo de su negocio, vol-
viendo á cada paso la cabeza, en su temor infantil de que pu-
diera el español arrepentirse de su descuido, y deshiciese tal tra-
to, rescatando las baratijas de su civilización y devolviéndole al
inocente y sin pecado su oro nativo! Grande gozo le procuró
tal isla, comparada por él con Sicilia; muchos embajadores envió
en busca y requerimiento del gran Kan, creyéndose ya en los
áureos veneros de la fabulosísima Cipango; mayores aglomera-
ciones humanas encontró en ranchos dispuestos á guisa de aldea,
y con casas provistas de algún ajuar; pero los indios eran de
condición y naturaleza idénticas con los anteriormente hallados;
y así tomaban por divinidades á los españoles, tanto más dignos
de su adoración, cuanto que, al oir el estampido para ellos horrí-
sono de sus cañones, y ver el fogonazo, y experimentar los des-
trozos causados por los tiros, creyéronlos arrastrados por nubes
tempestuosas, entre culebreos de relámpagos tonantes como los
— 34 —
espíritus misteriosos de las tempestades y del huracán, dueños y
arbitros de los exterminadores rayos celestiales. Igual blandura
de complexión y dulcedumbre de inocencia en aquellos natura-
les de la Española, tan semejante á nuestra España, según Colón,
y tan hermosa como Andalucía, región edénica, donde encontró
sus más fraternales amigos y sus más sinceros aliados, como que
le convidaban á quedarse allí perpetuamente , y en caso de no
querer quedarse, á transportarlos consigo al cielo, de donde no
podían menos que provenir tan excelsos huéspedes. No quitare-
mos ni un tilde á los elogios consagrados por Cristóbal Colón y
el P. Las Casas á estas primitivas tribus americanas, creyén-
dolas tan inocentes como las creían ellos, y tan dispuestas á la
virtud y al bien como ellos las describen. Pero no hay que ceder
á las entusiastas apologías de todos estos pilotos y apóstoles; ni
hay que desvanecerse al aroma edénico exhalado por el mundo
recién invenido en la soledad inmensa de los mares. La casta
desnudez de los cuerpos, el primitivo candor de las almas, el
aroma de paraíso que por todas partes allí se respira, la induda-
ble ausencia de todo gobierno y de todo Estado, y de todo ejér-
cito y de todo tribunal; aquella carencia del sentimiento de apro-
piación en que la propiedad se arraiga; el abandono de toda
industria y hasta de todo trabajo; aquellos modos de alimenta-
ción semejantes á comidas de aves, que ni siembran ni cosechan;
todo aquel edén tan encarecido por Colón en su diario , resulta,
bien mirado y comprendido, la tribu comunista de los pueblos
y de los tiempos prehistóricos , en la vida del Universo material
por completo inmersa y coetánea con el comienzo de todas las
sociedades y con los alboreos de todas las religiones en el naci-
miento y niñez de todas las razas. Primordiales tribus adheridas
al seno de la Naturaleza: he ahí cuanto hallara el gran descubri-
dor en las primeras islas encontradas al rayar en el tiempo los
albores de sus descubrimientos.
Pero me observarán los americanos hispanófobos que las no-
tas de Colón se refieren al archipiélago de las Bahamas y de las
— 35 —
Antillas, mientras los testimonios de la indígena cultura, que
hubiera dejado atrás la civilización española, se hallan por
doquier en los dos continentes, y con especialidad en la parte
de los dos continentes, civilizada por ios sendos, colosales im-
perios aztecas é incas, en el hemisferio boreal aquéllos, y éstos
en el hemisferio austral. Nadie me aventaja en admiración á los
restos colosales de maravillosos edificios americanos, invenidos
por los arqueólogos de nuestro siglo, los cuales han hecho con
los monumentos anegados en la vegetación de los trópicos,
algo parecido á lo hecho con los gigantes fósiles hundidos en
las tierras prehistóricas por la Geología: presentar su existen-
cia como un término natural del desarrollo de nuestro espíritu,
á la manera que ese medio ambiente ó zona geológica, donde
nacieron y procrearon las especies titánicas, resulta otro término
natural del desarrollo de nuestro planeta. Cuanto hemos estudiado
por motivo y razón del ministerio ejercido en la Universidad Cen-
tral, del ministerio de historiadores, y cuanto hemos visto en
museos varios, así nacionales como extranjeros, acerca de la
civilización prehispánica en el Nuevo Mundo, hanos infundido
asombro semejante al que merecen los restos de las civilizacio-
nes desaparecidas en las riberas del Nilo y del Eufrates y
del Ganges, donde nacieron desde nuestros primeros dioses
hasta nuestras ciencias primeras. Palenque, Uxal, Copan, Ti-
guanaco y los demás espacios reveladores de las antiguas gran-
dezas americanas, confirman en los descarnados esqueletos de
sus templos y de sus palacios todo cuanto Sahagún, Acosta,
Bernal Díaz, Cortés y tantos otros nos refieren de antiguas
grandezas, las cuales pueden medirse con las mayores por los
pueblos primeros del planeta dejadas en su genésico trabajo de
la encarnación del humano espíritu y del humano ideal dentro
de la rebelde y resistente materia. Los fundamentos de aque-
llos edificios que parecen penetrar por su profundidad allende
la primer corteza del globo; las moles, como verdaderos montes
en magnitud, por legiones de audaces encelados sobrepuestas
-36 -
en sus asedios al Olimpo; la copia de innúmeros bajos relieves
abiertos sobre la piedra por buriles en fuerza casi análogos con
los que trazaran el remate de las cordilleras por lo alto y con-
cluyeran los cimborrios de las montañas; el batallón de colosos
destinados á sobrellevar las cornisas de una pesadumbre incal-
culable; las especies de monstruos, esculpidos como zoología
litúrgica, en los lugares hieráticos; aquellos estucos de líneas
arabescas muy granadinos y de grotescos muy próximos á los
encontrados en las ruinas clásicas restauradas por el Renaci-
miento moderno; la estatua tendida sobre amplia losa y que
lleva puesto en su rostro un tan intenso recogimiento y absor-
ción en ideas sobrenaturales como las que puedan mostrar en
sus respectivas producciones los antiguos escultores egipcios; la
suma de pirámides por doquier esparcidas con destino á soste-
ner sacros santuarios; el obelisco tallado por sus cuatro fases
que creeríais titanesca mazorca en que los granos fuesen caras
de diversos aspectos y expresiones; las gigantescas tortugas, y
las culebras aladas, y los barros cocidos, y los vasos lustrosos, y
las pinturas históricas, y las calzadas inacabables, y los diques,
y los canales, y los acueductos reveladores de una ciencia hi-
dráulica perfectísima, nos demuestran cuánta razón tenían los
primitivos historiadores hispanos de América cuando nos retra-
taban aquellos palacios en guisa de verdaderas ciudades, donde
había patios como mesetas, intercolumnios como alamedas, te-
rrados como plazas, unas salas revestidas de oro macizo y otras
cuajadas de esmeraldas, cuarteles en que podían albergarse no
sólo ejércitos sino hasta pueblos, adoratorios capaces para los
innumerables ídolos de tantas y tantas religiones como nacían
y se acababan en aquellos tiempos de theúrgica feracidad y de
diarios milagros bajo tan grandes imperios, á un tiempo teócra-
tas y militares, cuyas victorias encerraban las tribus y naciones,
como gentes domésticas suyas, en los complicados recintos de
sus alcázares inmensos. Recuérdense las enormes ciudades
como Tlascala, erigidas menos á la comodidad que á la defensa;
— ar-
los sitios y retiros compuestos por Axayaca, en cuyas habita-
ciones, revestidas de tapices multicolores y adornadas con sillas
de muy hermoso pulimento, cupo todo el ejército de Cortés;
los edificios desmesurados en que por treinta puertas se pene-
traba; los jaspes y mármoles de buena colocación y brillo; los
escudos blasonados con grifos y leones semejantes á los usua-
les entre las aristocracias europeas; los techos construidos de
tablas olorosas, y las paredes cubiertas de plumas varias, y los
pavimentos esterados por juncos finísimos; aquellos búcaros de
frescura y fragancia que solían artistas de paciencia y artificio
decorar con bellas pinturas; los simulacros de dioses liminares
en patios donde bailaban durante las festividades públicas diez
mil parejas; los castillos del adoratorio principal retorcidos como
caracoles y entallados de piedras negras tan relucientes como
pedazos de azabache; los ídolos asentados sobre unas esferas
azules á que llamaban cielos y coronados con penachos de plu-
mas prendidos á crestas de oro; los altares ornamentados como
por un diluvio de piedras preciosas; las pajareras donde las
aves, por su canto y por su pluma y por su procedencia, se cla-
sificaban dentro de jaulas tan enormes que les permitían su
libertad nativa; los joyeros de una riqueza como fantástica y so-
ñada; los jardines con todas las hierbas que recetaban los médi-
cos y pedían los dolientes al consejo de sabios botánicos muy
duchos en medicina; los acueductos y encañados portadores
desde Chatultepech de manantiales consagrados á difundir por
aquellos verjeles y florestas alegría con abundancia; las casas de
recreación circuidas de parques donde cazadores industriados
por las artes de cetrería ejercitaban su agilidad y sus fuerzas;
los centros múltiples en que podían á cada paso verse las ven-
tajas de una industria muy hábil nacida de una civilización muy
adelantada: toda la grandeza del mundo prehispánico recono-
cida por la ciencia moderna y consagrada en la Historia Uni-
versal. Mas habrán los hispanófobos de perdonarme si les digo
que todo cuanto leo en sus autores más acreditados, como
- 38 -
Squier, Nadaillac, Río, Winner, Charnay, respecto de los edi-
ficios mayas y toltecas y aztecas y peruanos, me recuerda
cuanto he leído en mis sabios amigos Layard y Oppert y Mas-
pero tantas veces respecto de los edificios asiáticos. Hanse ya
los desiertos caldeos tragado aquellas grandes capitales como
si fueran las arenas oleajes oceánicos. La soledad estéril ha
sido tan voraz para Babilonia como la vivida selva tropical para
Palenke. Aquellos escombros en las arenas caldeadas parecen
despojos, y nada más que despojos del tiempo , fragmentos de
un planeta derruido, carbones apagados y fríos de un sol ex-
tinto. Y fueron propíleos guardados por esfinges aladas y ceñi-
das de coronas murales; patios mayores que las plazas más
magníficas de nuestras capitales más populosas; arcos geométri-
camente trazados sobre portones gigantescos, tras los que apa-
recían pasadizos muy semejantes á cavernas; salas innumerables
más ó menos adornadas, según el destino y oficio á que las
apercibían y destinaban; porcelanas multicolores incrustadas
entre ladrillos y sobre puertas de bronce concluidas por su
parte inferior unas en garra y otras en pezuña; observatorios
que decían cómo la ciencia se ligaba con la política y con la
guerra en estos colosales edificios; harenes muy recluidos en lo
más oculto y en lo más interno y más recatado, para que no
pudiese penetrar en ellos la sensualidad, allí tan imperiosa,
despertando los celos del déspota; cien sitios diversos que cons-
tituían un palacio de aquellos tiempos y de aquellos pueblos,
palacios muy semejantes á los antiguos de Méjico y del Perú,
tan desmesurados como una ciudad cualquiera de ahora, y de-
mostrativos, para quien ha interrogado la historia y sus secretos,
de que las muchedumbres asiáticas yacían allí como siervos
amontonados en interminables ergástulas. Cuanto más leo los
trabajos hechos sobre americana prehistoria; cuanto más com-
paro los edificios de aquellas edades prehispanas tan brillantes
con los edificios simbólicos de otras edades análogas en la His-
toria Universal; cuanto más cotejo las ruinas del Yucatán y del
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Perú con las ruinas de otros sitios y de otros siglos análogos,
persuádeme á creer con más viva y profunda creencia que los
términos de cultura simbolizados por estos fragmentos en el
Nuevo Mundo se parecen mucho á las edades más célebres de
Caldea y Asiría, representando un momento así en las fases
casi celestes del humano espíritu tal como se desarrolla en el
tiempo y en el espacio históricos. No hay en América el arado
armenio, no hay el toro índico , no hay el alfabeto fenicio , no
hay la nave cartaginesa, no hay el caballo persa, no hay el ca-
rro médico, no hay la vela tiria, no hay el Dios hebreo, no hay
la teogonia doria, no hay la metafísica siciliana , no hay la esta-
tua griega, no hay la numeración egipcia , no hay el arte ate-
niense, no hay el eclecticismo alejandrino, no hay el romano
derecho, no hay el Verbo católico, no hay la personalidad ó in-
dividualidad germánicas ; luego las fases del espíritu y del
tiempo y del trabajo, representadas por todo cuanto sabemos
de sus pueblos, corresponde con los imperios asirlos, y á este
gradual término del movimiento humano debemos referirlas,
según su naturaleza intrínseca cotejada con todo cuanto nos
han transmitido en su continua sucesión para nuestra enseñanza
los pasados siglos. Una religión astronómica en la cual entraba
por mucho el culto al sol y á la luz como en el sabeísmo caldeo
de Zoroastro; una cosmogonía que colocaba todo el peso de
nuestro planeta sobre la espalda enorme de monstruosas balle-
nas semejantes á la tortuga de los indios; una evaporación
eterna de las almas huidas á los cadáveres hacia otros cuerpos
animados por la transmigración universal; unos colegios de sacer-
dotes menos poderosos y más laicos que los asiáticos antiguos,
colegios compuestos por tal número de gentes adscritas á los
templos, que había cinco mil en el adoratorio mayor ó primero
de Méjico; una cronología muy semejante á la recibida por
nosotros de los pueblos astrólogos y con la particularidad única
de los días llamados inútiles por no encajar bien dentro de la
cuenta del año; una realeza electiva de doble aspecto religioso
— 40 —
y guerrero, en la cual no excluía la elección el despotismo; una
grande aristocracia territorial, no exenta de cierto carácter cor-
tesano, y más parecida en su dependencia de la corona y en el
origen de sus bienes, á los sátrapas medos que á las órdenes de
castas orientales; una familia muy amorosa y establecida en re-
laciones muy dulces y consagrada por costumbres muy buenas,
pero no libre de poligamia, sobre todo entre los reyes y los no-
bles; una educación colectiva muy moral que inculcaba un ver-
dadero culto á los padres en el ánimo de sus hijos, así como
una esclavitud mitigadísima por los hereditarios usajes domés-
ticos; una lengua copiosa que había llegado á la poesía y aun á
la elocuencia; una escultura muy asiática, más semejante de
suyo á la encontrada en los desiertos ribereños del Eufrates y
del Nilo, que en los campos del Cefiso y del Alfeo; una escri-
tura entre ideográfica y jeroglífica; todos los aspectos, en fin, de
su vida, nos enseñan cómo la civilización hallada por los espa-
ñoles en el continente americano, aunque autóctona é indígena
de suyo, sin relación alguna conocida y testificada con Asia ó
con Europa, se parece á la civilización caldea, posterior á los
egipcios y á los indios, pero anterior á los fenicios y á los grie-
gos en el desarrollo de la cultura universal. Y no quiero hablar
de las víctimas humanas en los sacrificios religiosos, tan abomi-
nables, que podrían poner el mundo americano de la conquista
tras el mundo con que nosotros queremos compararlo en la
evolución universal, si no supiéramos cómo había recrudecido
estos usajes caníbales un error de los aztecas, sobreponiéndo-
los á los más humanos de la gente maya, y cómo los habían
disminuido en sus litúrgicas ceremonias los incas, inmoladores
también de doncellas como gratas ofrendas á divinidades antro-
pófagas. Aquella horrible ceremonia de tender un joven sobre
ara de pórfido y sacarle con cuchillo de sílex el corazón del
pecho para embutirlo con una cuchara de oro en la boca del
ídolo, que chorreaba sangre caliente; aquella festividad siniestra
del fin de cada siglo, fundada en el temor de no tornar á ver la
— 41 —
salida del sol, temor conjurado por la degollación de cualquier
noble altísimo y selecto; aquella comunión en que devoraban
la carne humana los fieles, creyendo Dios mismo el cuerpo de
las víctimas degolladas en culto antropofágico, demuestran, aun
siendo un retroceso en las primitivas costumbres de los pue-
blos americanos, cómo estaban en un término de la serie ante-
rior al sacrificio de la virgen Ifigenia en Grecia y al sacrificio de
la hija de Jepté á la vez en Judea, sacrificios luego abolidos
por ideas más humanas y por leyes más progresivas en el tardo
y lento desarrollo de nuestra desgraciada humanidad.
Examinando el movimiento de los siglos y las distancias enor-
mes entre los varios términos de la evolución universal, maraví-
llase uno á la vista del poco tiempo empleado por las socieda-
des americanas en el paso desde civilizaciones muy anteriores
al Cristianismo hasta las maduras y plenas civilizaciones cristia-
nas. En dos años Cortés aportó á Méjico la cultura elaborada
por el humano espíritu desde Abraham hasta Colón. Pensad los
penosos tránsitos de les estados nómadas á los estables; las enor-
mes luchas de los pueblos aspirantes á su independencia con los
Faraones de todos tiempos y países; los sitios luctuosos de
Troya y de Cartago; las irrupciones de africanos en Italia y de
italianos en África; la fundación de Roma y Tiro tan costosas;
el conflicto de Asia con Grecia, representado por Darío y Ciro,
amén del conflicto de Grecia con Asia, representado por Ale-
jandro; aquellas revelaciones de Sión en materias religiosas y de
Alejandrías en materias científicas; la conquista romana y las
calamidades traídas por los bárbaros á quienes comandaban
Atila y Genserico; el esfuerzo que suponen las guerras por las
investiduras y por las herejías y por las cruzadas y por el res-
cate de la España cristiana y por el conflicto entre la monar-
quía y el feudalismo; pensad todo esto, reconoced todo esto,
medid todo esto, la cantidad incalculable de humano esfuerzo y
de tiempo creador en todo ello latente, y decidme después de
cuántos dolores no provenían y dimanaban aquellos frutos de
— 42 —
cultura conducidos por los descubridores al Nuevo Mundo y por
una ley natural en la humana contingencia fecundados con tanta
sangre. En política llevábamos los Estados modernos recién sa-
lidos del caos feudal; en administración, los tribunales perma-
nentes y las Chancillerías, que generaba un profundo y mayor
conocimiento del derecho romano; en milicia, los ejércitos orgá-
nicos, muy contrapuestos á las antiguas mesnadas; en ciencias,
una filosofía que comenzaba su emancipación de Aristóteles, y
una astronomía que comenzaba su emancipación de Tolomeo;
en artes, la arquitectura y la escultura del Renacimiento; en le-
tras, una inspiración juvenil expresada por medio de lenguas
tan sonoras como la lengua nacional nuestra, fija ya por escrito-
res tan eximios como Garcilaso; en religión, el Cristianismo; en
industria, la pólvora y la imprenta; en medios de locomoción, el
barco y el caballo y el buey; en alimentos, el pan y el vino, amén
de todos los ideales del humano derecho y de todas las esperanzas
congénitas al espléndido alboreo del espíritu moderno. Así, ved
las naciones americanas en el Centenario y comparadlas con las
naciones americanas del descubrimiento. Lo que fuera en aquellos
días el territorio de Chicago , lo que fuera por mil cuatrocientos
noventa y tres, comparado con lo que será en mil ochocientos
noventa y tres, parece un símbolo del Nuevo Mundo al minuto
de su descubrimiento y del Nuevo Mundo al cuarto Centenario
de tan beneficioso y providencial suceso. En los puertos, donde
apenas bogaba la canoa, el barco de vapor, movido por sus pro-
pias fuerzas y emancipado de los vientos , conduciendo pobla-
ciones enteras de pasaje y almacenando en sus bodegas produc-
tos más copiosos que los reunidos antes por todos los mercados
históricos; en el suelo los pararrayos, contrastando las nubes y
sus devastadoras centellas, como el vapor contrasta las olas y las
corrientes; en el aire los telégrafos, que comunican á una con su
red eléctrica , semejante á la red nerviosa, todos los continentes
entre sí de la tierra, y el telescopio, que comunica la tierra con
el cielo; no lejos de los altares antiguos, la Iglesia cristiana, hen-
— 43 —
chida con la idea del Dios único y aromada con el incienso de
un puro idealismo; aquí las colosales máquinas que metamorfo-
sean la materia, y allí las escuelas que pulen y abrillantan el
alma; en política, las instituciones más altas y las formas de go-
bierno más perfectas; el Jurado popular, el comicio universal,
el sentimiento religioso entregado á la espontaneidad, la prensa
periódica escribiendo á cada minuto un libro para el pueblo, la
democracia plena, el trabajo libre, la República. Ved á Buenos
Aires cómo anima y esclarece con su espíritu ateniense la pampa,
y lleva la idea humana desde la desembocadura del Plata, con
esfuerzos continuos, hasta la Patagonia; ved esa culta República
de Chile con su sólida estructura que le permite superar las
asechanzas , así de la insolente dictadura , como de la terrible
anarquía; ved esa Nueva España, ese Méjico, cada día más or-
denado y más progresivo y más firme, no obstante rodearlo por
todas partes el oleaje de las ideas nuevas, é impelerlo todos los
vientos del espíritu moderno; ved esas naciones centrales del
Continente asentadas en el istmo, despidiendo cánticos exhala-
dos por los coros de los poetas; ved esas Universidades ameri-
canas en la elaboración incesante de ideas; ved esas ciencias que
dominan todos los problemas y educan las generaciones en el
ideal; ved el derecho vivo en la realidad, y decidme si hay ra-
zón ó no para bendecir el descubrimiento y celebrarlo como una
de las mayores bienaventuranzas de la Humanidad y como uno
de los timbres más gloriosos de la Historia. Cuando se ven los
monumentos imperiales, por grandes que aparezcan, por bellos
que sean, por poesía y arte que tengan, el pensamiento no puede,
no, desasirse á la consideración de que los han levantado siervos
con el grillo al pie, para que los sacerdotes de la superstición
ungieran los déspotas monstruosos y adoraran los fetiches an-
tropófagos, entre ríos de sangre humana, ofrecida, cual holo-
causto litúrgico, en banquetes de caníbales celebrados á ma-
nera de una comunión religiosa; y vuelve los ojos al Capitolio
de Washington, iluminado por los resplandores del Evangelio,
— 44 —
donde resuena el Verbo de la democracia; con el rayo de los
dioses antiguos apagado en sus aras; con las cadenas del siervo
pendientes de aquellas paredes sacrosantas; con el éter de to-
das las ideas en sus espacios; no puede sino sentir las esperan-
zas más optimistas y asociarse al Te Deuin del progreso elevado
allí por todo cuanto os rodea en mudo himno al Dios de la li-
bertad. Y como el descubrimiento de América sea la obra capi-
tal de nuestra España, y al nombre hispano se hallen todos
estos progresos unidos , no será mucho creer que , un día ya
cercano, cuando los pueblos del Nuevo Mundo alcancen ma-
yor conocimiento de todo cuanto deben á quienes les lleva-
ron la moderna cultura, consagren una especie de culto re-
ligioso á la madre histórica suya, nuestra España, como hemos
tenido que consagrar en el helenismo un culto á Grecia, y en el
catolicismo un culto á Roma nosotros, fundados en que hicie-
ron por todos los hombres cultos en el Viejo Mundo y en la an-
tigua historia, lo mismo que los españoles hemos hecho, lo
mismo, en la historia moderna por el Nuevo Mundo.
CAPITULO PRIMERO.
EXCEPCIONAL IMPORTANCIA DE COLON.
vocAMOs aquí ahora un hombre por todo extremo ex-
traordinario , á quien pudiéramos denominar, en las
riquezas adjetivas de nuestra lengua, hombre singu-
larísimo; evocamos á Cristóbal Colón, quien aparece hoy á
nuestros ojos en lo alto de la tierra por él invenida, cual en los
cuadros litúrgicos el Eterno sobre toda su Creación. Cierto;
habiendo encontrado y descubierto América, ni supo la im-
portancia y extensión del hallazgo, ni quiso el hado ciego que
le pudiera dar su nombre inmortal, prestado á la joven tierra
por un dependiente suyo, por un piloto de orden secun-
dario. Pero, en desquite de esto, deja entre sombras, por
los segundos términos de la fama, fuera del altar suyo único,
lejos de su gloria universal, á los demás descubridores y nau-
tas, cuyos nombres las crónicas de los descubrimientos guar-
dan en sus preciosos anales. El primer nómada que se apartó
de los ríos y se internó en las arenas del desierto; la primera
navecilla confiada por el atrevimiento humano á las ondas
hirvientes; el explorador fenicio que recalara en Cartago; el
taimado heleno, constreñido á huir de los escollos, contra
cuyas estrías los esquifes se rompen, y á taparse ojos y oídos
- 46 - '
para volver á la patria y no quedarse adscrito á los seguros
puertos y á las rientes costas; el perseguido rebuscador del
áureo vellón; todos cuantos, por r'edio de arriesgadas expedi-
ciones, han descubierto ignotos territorios ó comunicado entre
sí apartadas gentes, permanecen allá en las penumbras del cre-
púsculo matutino, muy natural á los comienzos de las eda-
des históricas; imaginarios y fabulosos seres, cual esos qui-
méricos evocados en los monumentos hidráulicos á la continua,
cuyos humanos cuerpos terminan en colas de delfines y pasan
por seres naturales ó verdaderos en la credulidad fácil de los
pueblos prehistóricos. ¡Cuánta vaguedad en figuras, como las
de Ulyses, Jason, Dido y cien otras, que representan en los infi-
nitos horizontes del tiempo los primeros descubridores y los pri-
meros descubrimientos, con la indecisión propia de unas edades,
en cuyos senos concluyen por confundirse la poesía y la histo-
ria! Venido el descubridor por excelencia en tiempos de ma-
durez para la razón humana y de reconciliaciones entre la na-
turaleza y el espíritu, en tiempos de renovación religiosa y
científica, su persona se dibuja con delineamientos por tal modo
matemáticos, y se tiñe de color tan claro, que no se confundirá
con otra ninguna y no podrá eclipsarse tras los inciertos celajes,
cuyos arreboles rodean otras personalidades históricas de pri-
mer orden, quienes, más infelices, no han rayado, con todos sus
méritos, donde rayara Colón, y menos conseguido, cual éste
consiguiera, un recuerdo y un reconocimiento universal. El paso
por los estrechos que unen dos mares como el Atlántico y el
Pacífico; la entrada en China de las Ordenes religiosas; los viajes
por el África desde los tiempos del infante D. Enrique hasta los
tiempos de Alburquerque; la invención del Cabo de Buena Es-
peranza; el desfloramiento de aguas fluviales como las formadas
por los ríos Amazonas y Mississipí; la reintegración en el viejo
mundo y en la vida nuestra de regiones como las Indias orien-
tales, por tantos tiempos olvidadas, yá conjuros milagrosos
como los de Gama, redivivas en la comunidad universal de los
- 47 —
pueblos; tantos y tantos milagrosos hechos no han obtenido, ni
en la Historia, ni en la leyenda, ni en el Teatro, ni en el poema,
la fervorosa y constante admiración prestada por todos al des-
cubrimiento de América y á las incidencias múltiples que lo
prepararon y lo produjeron en período tan excepcional y extra-
ordinario. Yo atribuyo esta felicidad histórica de tamaño héroe
al martirio suyo, mejor dicho, á la virtud y eficacia que para
inmortalizar lo deleznable y mortal guardan en sí las penas,
que acaban á una con la vida de un día para granjearnos la
vida eterna; pues sangre y lágrimas del martirio bautizan y
aperciben para la eternidad. Aquel combate porfiadísimo del
descubridor con las supersticiones antes de su invención mila-
grosa, y aquel otro después de su invención milagrosa con los
propios yerros y las ajenas ingratitudes, hanle ceñido una co-
rona tal de abrojos, que cada una de sus espinas, si mientras
vivía le trituraban las sienes, después de muerto se han conver-
tido en luminosos rayos de gloria. Bajo todos los altares debe
haber siempre su respectivo sacrificio.
Los descubrimientos y los descubridores apenas ocupan en
los panteones de la Historia el merecido lugar. Dcslumbrados
los cronistas por el espectáculo tormentoso de la guerra que
mata, no han atendido al espectáculo tranquilo de la industria
que vivifica. El combate precede al trabajo. Los nombres de
Niño, de Sesostris, de Nabucodonosor, se oyen más en las eda-
des que los nombres de aquellos bienhechores del género hu-
mano, por cuyos esfuerzos obtuvimos el imperio y dominación
sobre la Naturaleza y la materia, tan rebeldes á nuestra volun-
tad y pensamiento. Imaginaos enredado el hombre primitivo,
en una existencia casi vegetativa, con las raíces del mundo in-
ferior inorgánico; sin fuego á su disposición todavía; sin medio
ninguno de forjar y machacar el hierro; vestido con los filamen-
tos de los árboles que le procuran las lianas de los bosques
gigantescos; armado de un hacha conseguida con rozamientos
que han dado á las piedras toscas filo ; en el seno de cavernas
- 48 -
abiertas bajo las aguas y parecidas á la gruta por los castores
cavada en sus rudimentarios instintos; forzado á comer, como
las alimañas feroces, de la depredación feroz, á sus guerras eter-
nales consiguiente; en una batalla sin término con los elemen-
tos airados y en una guerra sin tregua con todas las especies
inferiores; imagináoslo así confundido con la naturaleza y ape-
nas elevado un punto de las escalas animales ; ayuntándose al
acaso con su hembra; sin presentimiento siquiera de la posteri-
dad ; y decidme cuál gradería tendrá el trono de sus invencio-
nes, cuando lo ha elevado desde semejantes miserias á eminen-
cias, donde ha cogido en su puño el rayo tonante y prestado así
á su palabra, como á su escritura, las tempestuosas alas del re-
lámpago. La historia no ha recogido los nombres de los primeros
inventores ni los actos de las primeras invenciones; y los ha reco-
gido la poética leyenda, según hánselos dado á conocer las con-
sejas orales, cuyo sentido, al pasar de labio en labio, se modifica
y altera. El nombre de Prometeo, del Titán que roba su fuego
á Júpiter, el fuego que no sabe procurarse ninguna otra especie
más qi:e la especie humana; ese mitho está mezclado á la in-
vención de la llama del hogar, ó sea, del etéreo elemento,
cuya luz nos esclarece y cuyo calor nos anima. La sabida le-
yenda, que pasa de mitología en mitología, leyenda personifi-
cada por Ceros, cuya hija, tan amada, tan bella, tan inocente,
la diosa Proserpina, baja una parte del año al orco y asciende
otra parte mejor al Olimpo, no enseña en el fondo sino
que los hombres han inventado el trigo, sujeto á pasar de
las tenebrosidades del surco bajo los hielos del invierno al
brote de sus espigas en los calores de la primavera. Y el episo-
dio bíblico de Noé, por la ciencia moderna encontrado, tal
como se halla por los primeros capítulos del Génesis, en las
leyendas orales de la Caldea , representa y significa la invención
del vino. Así, cuantos quieran enterarse de lo que valen las
grandes invenciones ó los inmortales descubridores en la tradi-
ción oral, no tienen más que dirigirse á cualquiera de los libros
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en que la tradición oral se fija y se formula. Por ejemplo, la
historia de los Patriarcas, desde la creación hasta el diluvio,
apenas abraza una media docena de capítulos en el Génesis. Y
á pesar de su brevedad narra las creaciones geológicas y las
creaciones industriales. Dos genealogías, cuya raíz común está
en Adán, se dividen, la una desde Caín y la otra desde Seth,
bifurcándose luego en dos descendencias, ambas de inventores.
La genealogía de Caín genera todos los grandes industriales
hasta Tubal , en quien se inicia la edad verdadera del cobre ; y
la genealogía de Seth engendra los grandes agricultores hasta
Noé mismo, en quien se inicia la edad verdadera del vino. De
ningún modo la viña hubiese aparecido en el planeta sin que
aquellos hombres tan fuertes domaran las alimañas indómitas
y las uncieran al pesado yugo. Y no solamente se necesitó la
sujeción de los animales al hombre, alcanzada tras tenaces re-
sistencias; necesitóse forjar esos férreos instrumentos que hieren
y abren el seno de nuestra madre la tierra, buscando en sus
entrañas la vida universal. Examinad la descendencia de Caín
y veréis cómo revela en sus primeros representantes todos los
progresos del trabajo, á cuyo término coronará la espiga el
trigo, brillará entre los pámpanos la uva, y los frutales ceñi-
ránse con guirnaldas de olorosas flores y copia de sabrosos
frutos. Henoch, hijo de Caín, edifica un hogar. Jarai fija la tien-
da, que llevaban en los hombros las tribus errantes, y trueca
muchas especies bravas en domésticas. Tubal inventa las flau-
tas, cuyos ecos acompañan el cántico de las aves y expiden las
notas melodiosas del arte bajo los cielos y sobre las campiñas,
amén de preparar, como Ceres, el hierro, y preparándolo, forjar
el azadón que abre los hoyos y el arado que abre los surcos.
Entonces ya comienza el mundo, redimido por tales grandiosos
esfuerzos del trabajo, á entrar en las armonías del cultivo agra-
rio, Y aparece la vida. No hay que dudarlo, ha dado impor-
tancia grande la humanidad al descubrimiento del vino. Tras
tantos siglos, después de haberse los cultos espiritualizado en
— so-
la medida que ahora los vemos, aun bajo las bóvedas de nues-
tras catedrales consagradas al Dios espíritu , y en torno de cu-
yas lámparas aletean enjambres de puros pensamientos metafí-
sicos, el sacerdote ofrece ante los altares y sobre las aras liba-
ciones de vino al cielo como la mejor entre todas sus ofrendas.
Un dios ha tenido la clásica antigüedad para el vino; un dios
llegado en peregrinación larguísima desde las Indias á Grecia,
seguido por turbas ebrias, artífice de las más dulces melodías,
personificación de los placeres, verdadero tipo del exceso en la
vida y de la plenitud en el ser. Indudablemente no fueron arios
quienes descubrieran el vino. La invención de tal vivificante
licor se debe al semita. Así la poesía hebraica y sus efusiones
líricas encontraron una cantera de tropos en la vid, en el vas-
tago de la vid ó sarmiento, en el pámpano verde por la prima-
vera y purpúreo por la otoñada, en el polen de las viñas, en el
racimo hermoso, en la benéfica vendimia, en el oliente lagar de
donde rebosa el mosto. Pues todo esto no quiere decir otra cosa,
y no significa otra cosa á la verdad, sino que, así como la
invención ó descubrimiento del fuego encontró sus resonancias
en las tradiciones relativas á Prometheo, la invención ó descu-
brimiento del vino encontró sus resonancias en las tradiciones
relativas á Baco y á Noé. Tal honda huella dejan en la humana
memoria los inventores útiles.
Pues lo sucedido en la Mitología con el titán Prometheo y
en la Biblia con el patriarca Noé, sucede á su vez en la Historia
con el descubridor Colón. Su vida no se desarrolla en tiempo de
leyendas y fábulas. Bien al revés nace, fluye, acaba, cuando co-
mienza un cierto análisis crítico, á cuyos cortes mil poéticas le-
yendas se dividen y cercenan por completo del viejo mundo
histórico. Ni la fe religiosa, tan crédula que imagina el patrimo-
nio temporal de los Papas una graciosa donación de Constan-
tino, pudo mantener ante la crítica de doctores criados por ella
misma, ciertas piadosas creencias, las cuales, no en los cánones,
pero sí en las devociones, revestían el sacratísimo carácter de ce-
lestiales dogmas. Y al par que la crítica se iniciaba, ingeríase á
su vez en la Historia un factor tal como la Razón de Estado.
Así, mientras Maquiavelo escribe al dictado de la ciencia polí-
tica, trabajaba Colón en sus empresas, mezclando cálculos ma-
temáticos, fines útiles é intuiciones reveladoras. Poco á poco,
pues, van las gentes de fantasía, corazón y sentimiento, apode-
rándose de la ilustre personalidad de éste, y circuyéndola con
poéticos misterios, como los arreboles con que la tarde rodea en
su caída el ocaso, y como los espejismos con que el aire caldeado
rodea, en los días ardientes, las arenas de 'os inmensos desiertos.
El crecimiento de tamaña leyenda llegó á lo increíble. Cuando
Colón educa su espíritu en todos los conocimientos racionales
allegados hasta su edad; cuando propone á cuerpos universita-
rios y sabios la indispensable aceptación de sus proyectos, de-
bidos en una parte á sus adivinaciones personales, y en otra parte
á sus experiencias y á sus estudios, hijos del trabajo y del tiempo;
cuando lo espera todo, en la peparación tenaz aquella, del Es-
tado y del Gobierno, de magnates, arzobispos, frailes, reinas y
reyes efectivos; cuando el saber y el cálculo entran por tanto
como la intuición y el genio en sus planes, han querido muchas
almas piadosas descubrir allí revelaciones como las antiguas del
Eterno á sus profetas, milagros como los hechos por Moisés en-
tre las orillas del Nilo y las orillas del Jordán, aspectos religio-
sos y sobrenaturales, hasta el extremo de trocar la biografía de
un héroe tan histórico por lo menos como Lutero y Franklin,
en capítulo piadoso de litúrgico santoral, y proponer á la Iglesia
una beatificación como la que circunda hoy en los devocionarios
católicos todos los nombres más ó menos gloriosos de la Cris-
tiandad primitiva y heroica. Tan excepcional privilegio de Co-
lón atribuyólo á que los descubrimientos y los descubridores
hieren mucho la fantasía; y, sin embargo, entran menos en la
Historia vulgar que los políticos y que los guerreros. ¿Cuánto
más no le importa hoy al hombre conocer quién halló el molino
de harina, que conocer quién ganó la batalla de Arbelas.^ Como
— 52 —
la costumbre de la imitación impera casi tanto entre los hom-
bres cual entre los monos, repetimos lo que acabamos de decir
arriba: un achaque, de antiguo contraído por los historiadores,
ha compuesto la historia humana con espesa urdimbre de gue-
rras y combates. Así, los descubrimientos han quedado en la pe-
numbra de los crepúsculos y los relatos de ellos han adquirido
un carácter intermedio entre la Historia y la fábula. Tal vez á
esto, al carácter entre fabuloso y positivo que toma, por una re-
gla general, el relato de los descubrimientos, débase la indife-
rencia con que los ha recibido el pueblo y la parquedad con que
los ha contado la Historia. Lo cierto es que, poniendo enfrente
los volúmenes consagrados á la política y la guerra, de los volú-
menes consagrados al trabajo y á la industria, se queda uno
pasmado y asombradísimo de la increible desproporción. Aun la
comprendo en edades que creían vil el trabajo manual y menos-
preciaban el tráfico, relegado á gentes de poco más ó menos,
inhabilitadas de hombrearse con los hidalgos. Pero en la edad
nuestra, la edad por excelencia del trabajo y de la industria,
mientras los nombres de los generales por doquier corren y se
divulgan, el nombre de los descubridores cae con la mayor fa-
cilidad en triste olvido ingrato. Por un Galvani, por un Franklin,
por un Daguerre, por un Edison, que han difundido entre todas
las clases el renombre propio y han puesto á los descubrimien-
tos el sello de sus apellidos, ¡qué número de olvidadas ó desco-
nocidas glorias! Cuando vamos por el ferrocarril, como en alas
del viento, no tenemos un recuerdo para Wath, que aplicó el
vapor al transporte; ni para los ingenieros que acabaron la pri-
mera línea de Liverpool á Manchester en 1830. Y mucho más
de lo que sucede con el vapor, sucede con el telégrafo. Se opera
el milagro á vuestra vista: la palabra puesta en cualquier apa-
rato de la Florida ó de la Patagonia, llega instantáneamente á
vuestros oídos; el hecho que ha pasado dentro de la muralla
china ó al borde de los ríos índicos, se os noticia tan pronto cual
si hubiera pasado en vuestra vecindad ó en vuestro barrio; por
— sa-
linos hilillos de metal, que burlan los climas y los océanos, es-
táis como dioses á un mismo tiempo en todas partes, y sentís
los afectos y las ideas del género humano cual si formarais con
todos vuestros semejantes un solo cuerpo: sin embargo, nada sa-
béis del profesor de Gotinga, Lichtenberg, el primero en aplicar
la electricidad á la telegrafía; ni del industrioso Wea'^tone, el
primero en establecer una línea en Inglaterra; ni del inmortal
Morse, más conocido entre la gente del oficio, entre los telegra-
fistas, que los anteriores, pero desconocido en el pueblo, no obs-
tante haber obligado la máquina eléctrica á escribir y casi ha-
blar con sus campanillas de alarma: magos milagrosísimos y
sobrenaturales, más que los buscadores de la piedra filosofal,
pues han hallado riquezas no comparables al oro en los medios
de centuplicar las fuerzas de nuestra especie y extender sobre la
creación el imperio de nuestra inteligencia y la intensidad de
nuestra vida. Las gentes de lo porvenir no habrán de ser tan in-
gratas. Los primeros años del siglo crecerán en la memoria uni-
versal, no por esas victorias napoleónicas, en mil poemas divini-
zadas, no ciertamente, por otro mejor timbre, por esa pila de
Volta, donde la difusa electricidad se condensa, y que guarda
en sus líquidos y en sus metales corrientes y fuerzas, como si
fuera un reducido Universo, un resumen de la química con que
producen y conservan la vida los grandes agentes de la Natura-
leza. Hoy mismo, cuando entráis en la catedral de Pisa, bajo
aquellas bóvedas semiorientales, en los senos del edificio por ex-
celencia original que nos ha legado la Edad Media, vuestros
ojos se fijan y vuestro espíritu se reconcentra sobre aquella lám-
para suspendida de la piedra central del crucero, que despertó
con su llama vacilante, á Dios consagrada, y con sus oscilacio-
nes continuas, la teoría del péndulo en la inteligencia de Galileo
para que demostrase la figura del globo y su eterno movimiento
por las esferas celestes. Los pueblos cambiarán sus peregrinacio-
nes de hoy por otras peregrinaciones en tiempos no lejanos.
Y agradecidos á todos sus bienhechores, irán á ver, por ejemplo,
— 54 —
el escollo cercano á Alejandría, conocido con la denominación
de Faros, por el cual se denominan faros también esas estrellas
terrestres, esas próvidas luminarias, esos guías salvadores que
muestran al navegante las costas y le excitan á luchar con las
tormentas y á obtener las victorias del trabajo sobre la fuerza,
sin las cuales victorias no tiene valor alguno la vida. En verdad
que, para entender la importancia de los descubrimientos, se ne-
cesita cambiar por completo el sentido histórico y hasta el sen-
tido poético. Si un día por la huerta de Játiva os paseáis, pocos
sabrán deciros que allí se descubrió el papel de escribir á la mo-
derna, tan diverso del papiro de unos y del pergamino de otros,
cuyo empleo estaba reservado por su coste á los poderosos y á
los magnates. La tenue hoja, cayendo en todas las manos, ini-
cia la emancipación intelectual de la humanidad. Cuando la co-
géis descuidados, cuando le infundís vuestro pensamiento y le
confiáis vuestro secreto, jamás os asaltará la idea de todo cuanto
ha hecho esa leve materia, tan barata y extendida, por vuestra
lenta redención. Los chinos, raza bien poco religiosa, casi han
divinizado, y si no divinado, inmortalizado, al tercer Emperador
de la dinastía Tag por haber descubierto el papel. Mas todo el
mundo sabe la inutilidad completa de las invenciones chinas
para nosotros. Aislado este pueblo por su muralla, que lo dividía
del mundo, ha sentido nuestras mismas necesidades y las ha sa-
tisfecho de un modo parecido al nuestro; pero las invenciones
chinas, su brújula, su pólvora, su papel, no se comunicaron al
resto del Asia, ni mucho menos á Europa. Cuando en la Edad
Media se halló el aguardiente, creyeron todos que se había encon-
trado el elixir de la inmortalidad. Y hallado por el cordobés
Abul Hasem en aquellos jardines cercanos á Córdoba, y de los
cuales únicamente quedan reflejos en correspondencia con su
brillo por los relatos de las crónicas árabes, el tal médico maho-
metano comunicó su invento al sabio Arnaldo de Villanueva, su
discípulo, y el sabio Arnaldo á otro discípulo suyo, no menos
ilustre, Raimundo Lulio; y merced á las continuas comunicado-
- 55 -
nes de Cataluña y de Provenza con Italia, se dilató por Europa.
El papel y el aguardiente, ¡cuan útiles! Y sin embargo, ¡cuan
ignorada su historia! Pues igual ha sucedido con todo. El es-
truendo de las armas ciertamente se ha oído más que los golpes
del azadón y del arado sobre la tierra. Y nunca nos hubiéramos
enseñoreado del planeta sin esa red maravillosa de invenciones,
que han contribuido á formarlo, como sus zonas geológicas, sus
irradiaciones sucesivas, su enfriamiento gradual, sus terrenos so-
brepuestos y todo lo demás que nos ha enseñado la Historia na-
tural de nuestro globo. Sin el astrolabio que para estudiar el
cielo tenían las escuelas árabes de Córdoba y Sevilla; sin el Al-
gebra que tanto facilita los cálculos enormes; sin la brújula que
señala un punto seguro al barco perdido entre lo infinito del
cielo y lo infinito del mar; sin la imprenta que, al medio siglo
de inventada, servía ya mucho á prosperar el espíritu , no hu-
biera podido la invención del Nuevo Mundo verificarse, pro-
ducto y resultado evidentísimo de una lenta y segura evolución
graduada, como todos los grandes hechos humanos, los cuales
nunca sobrevinieron de improviso. El descubrimiento de Amé-
rica está en la Historia tan preparado, como está en la Geología
preparada la tierra vegetal tras las zonas, que por sucesivas gra-
daciones han debido producirla en una especie de sucesión se-
mejante á la que tienen las ideas en los sistemas filosóficos y los
términos ó factores en las evoluciones así materiales como lógi-
cas. Cual una continua producción de profecías preparó los ca-
minos á la venida de Cristo y á la revelación del cristianismo,
una continua serie de sobrehumanos esfuerzos preparó la venida
de Colón y el descubrimiento de la nueva tierra, semejante á
renovado y primaveral universo.
CAPITULO II.
NACIMIENTO Y CRIANZA DE COLÓN.
UANDO á SUS promedios el siglo decimoquinto se acer-
caba, por el año treinta y tres ó treinta y cuatro,
nacía el descubridor por excelencia entre los descu-
bridores, nacía Colón. La Naturaleza y la Providencia quisieron
de consuno que tan excelso nauta creciese y se criase á orillas
del mar. Los verdaderos centros de civilización y cultura histó-
ricos hanse de antiguo relacionado con riberas, ó sea con lugares
próximos á las aguas. Tended los ojos por el mundo histórico,
y veréis qué relación estrecha existe desde tiempos inmemo-
riales entre las corrientes de los ríos y las formaciones ó trans-
formaciones de los Estados. El Indo y la India, el Eufrates y la
Caldea, el Israel y su Jordán, los Faraones y el misterioso Nilo,
Cartago y su ensenada en el Mediterráneo africano, Sidón y Tiro
establecidas en el sitio donde parece que se aproximan por me-
diación de aquellas celestes aguas los tres continentes de la
vieja tierra, Grecia y sus escultóricas costas y sus conocidísimos
coros de islas, Italia y su estructura peninsular en el centro de
nuestra Europa y del mar meridional europeo, España entre las
aguas oceánicas y las aguas mediterráneas, dan, por sus res-
pectivas situaciones fluviales ó marinas, una clarísima clave que
abre sus peculiarísimas historias. La soledad inmensa del mar
enseña el infinito al hombre más todavía que la infinidad azul
del cielo; porque mientras éste se halla sobre nuestra cabeza
como dominándonos, aquél se tiende á nuestra pobre altura y
muchas veces bajo nuestras propias manos. Todo en el mar os
enseña la especie de ascensión á que los afectos grandes y los
grandes pensamientos obligan al hombre, todo, sus oleajes, sus
embravecimientos, sus trombas, sus vapores, que suben y suben
como en raudos espirales. No hay en la creación universal cosa
ninguna tan bella como el mar, con sus frescas corrientes, sus
celestes superficies, sus espumas jaspeadas de iris, sus estelas
fosforescentes, sus animales multicolores, sus gérmenes gelati-
nosos que parecen embriones de vida ó semillas de mundos, los
besos de sus curvas con las curvas del cielo. En el contacto entre
un alma llena de fantasía y un mar lleno de vida y un cielo
lleno de luz debía despertarse un genio como el genio creador
de Colón. En cuanto saludáis las primeras palabras de su historia
ó veis los primeros rasgos de su fisonomía, seguidamente ad-
vertís el sello espléndido grabado en su ser por el Mediterráneo,
No puede, no, desconocerse; así como hay un parentesco en
pintura, por ejemplo, entre todos los artistas holandeses y fla-
mencos, lo hay entre todos los pintores italianos, de Florencia,
de Milán, de Roma, de Venecia, de Umbría. Y así como hay
un parentesco entre los pintores italianos, hay un parentesco
entre todos los marinos mediterráneos. Pues bien, al Mediter-
ráneo, exclusivamente al Mediterráneo pertenece Colón, por la
mezcla tan feliz de la inspiración y del cálculo, que lo hacen al
mismo tiempo un comerciante y un profeta, capaz de moverse
al aguijón del oro á guisa de cualquier nauta, que recorre los
mares por el comercio, por el cambio y por el mezquino lucro,
así como al llamamiento de la fe religiosa, en guisa de cruzado
á quien se le aparece la cruz divina y el sepulcro de Cristo entre
las tormentas que azotan su nave santa , ó entre los ardores del
desierto, donde la sed y el hambre agobian sus fuerzas y mar-
— 59 -
tirizan su cuerpo. En el normando veis al marino siempre. Aquí,
en el marino mediterráneo, veis, juntamente con el calculador,
con el industrial, con el mercader, al religioso, al inspirado, al
profeta y al mártir. Quien desconozca cómo se han juntado en
Colón ambos extremos, no quiera estudiarlo.
Lo que primeramente debemos considerar, estudiando á Co-
lón, es el medio ambiente, como decimos ahora, en que vive y
crece. Hombre maravilloso, en quien se unen acción y pensa-
miento, fantasía y cálculo, el espíritu generalizador de los filó-
sofos y el espíritu práctico de los mercaderes; verdadero marino
por sus atrevimientos y casi un religioso por sus deliquios; poeta
y matemático; el tiempo y el espacio en que nace y crece nos
dan facilidades grandísimas de conocerlo y apreciarlo. Apenas
interesa la vida particular de un hombre que ha influido tanto
en la Humanidad, como Aristóteles, quien resumió y clasificó
todo el saber heleno, poco antes de que perdiera Grecia, por la
pérdida luctuosa de su libertad, el esplendor de su genio. En-
cerrado en su pensamiento, reducido á escribir libros para las
generaciones futuras y á dar consejos al vencedor Alejandro,
nos interesa mucho lo que pensó en su mente y nada nos inte-
resa lo que hizo en su vida. Pero Colón está por tal manera
unido á la realidad viviente que su historia nos interesa con
vivísimo interés. Como no podemos abstraer y separar los cuer-
pos del espacio que los limita, no podemos abstraer y separar
las almas del tiempo en que viven. La esencia del espíritu con-
serva su íntima naturaleza y su interior unidad sobre la serie de
los sucesos que pasan á su alrededor y sobre la corriente de los
tiempos en que sus facultades se desarrollan. Pero no cabe duda,
no, de que la edad en cuyo seno aparece un alma, y los suce-
sos, independientes de su inteligencia y de su albedrío, que la
rodean, concluyen por modificarla profundamente y por ponerle
un sello indeleble. Así como para juzgar el alma pura no se
puede prescindir del cuerpo que la encierra, de su natural, de su
complexión, de su temperamento, no se puede prescindir tam-
— 6o —
poco del siglo, de su carácter, de sus leyes, de sus instituciones,
de sus hechos políticos. Cuando un alma trae aptitudes en con-
sonancia con la edad en que ha de pasar por este mundo, las
desenvuelve plenamente á manera de esos árboles brotados en
terrenos propicios á su desarrollo y crecimiento. Arrojad sobre
una época de paz la ingente alma de Napoleón el guerrero, y
se atrofiará, careciendo de espacio y del medio indispensables
para cumplir sus interiores vocaciones y para realizar sus mara-
villosas conquistas; pero poned esa misma alma, después de
una revolución casi cósmica, en tiempos de guerra continua é
incesante, al toque de la Marsellesa y al redoble de los tambo-
res y al estampido de la artillería; veréis cómo sus facultades
bélicas, sus instintos carniceros, su aptitud para aplicar las mate-
máticas á la estrategia y á la táctica, su poder para conducir los
hombres al combate y á la matanza se desarrollan á una todos,
no sólo por la explosión de las facultades internas, sino también
por la facilidad que le ofrece un mundo subvertido y desga-
rrado á los estremecimientos de una batalla sin término y sin
tregua. Colón fué como su edad, un profeta y un Bautista, y un
revelador y un obrero de aquel renacimiento universal. El siglo
decimoquinto fué un siglo muy propio para el desarrollo de las
facultades que sobresalían con tan extraordinario relieve y co-
lor en su espíritu. Corre el tiempo eternamente, pero los siglos
tienen caracteres que los hacen ó más definitivos ó más revolu-
cionarios, caracteres que dan á sus instituciones un movimiento
vertiginoso, ó las paran y las detienen sobre sólidos y duraderos
fundamentos. Expliquemos con mayor sencillez este juicio. Hay
en la Historia edades de reposo y hay en la Historia edades de
movimiento. En las edades de reposo cada institución está firme
sobre su base, cada base está firme sobre la tierra. Luego hay
otros siglos de transición, de cambio, de transformaciones, en
que todo se renueva, todo, á la doble virtud del amor y de la
muerte. No cabe dudar que en el siglo primero de nuestra era,
por ejemplo, corriendo el tiempo con su medida igual, duraba
— 6i —
y perduraba el imperio; mientras que en el siglo quinto, el im-
perio se descomponía y destrozaba, reduciéndose todo él á frag-
mentos, porque era un siglo de transición el siglo quinto. Y lo
mismo sucede desde el siglo octavo al siglo décimo. Los Carlo-
vingios, en el primero de estos siglos, fundan el feudalismo teo-
crático; y el feudalismo teocrático vive y domina hasta el siglo
décimo con sus obispos señoriales, con su Iglesia sobre el patri-
monio temporal asentada, con su imperio semifantástico sujeto
completamente á la Iglesia. No era mucho, pues, que el espíritu
humano creyese próxima en el año mil, como cumplimiento de
innumerables profecías, la hora apocalíptica del Juicio Final. Y
este siglo décimo es un siglo de transición, de movimiento, de
transformaciones, como el mismo siglo quinto. Así, puede de-
cirse que desde principios del siglo primero á fines del siglo
cuarto la sociedad tiene, sin dejar de moverse y transformarse,
una fórmula en su cima y una base en sus cimientos, perdidas
por completo y arrastradas á la eternidad en el revolucionario
siglo quinto. Y lo mismo sucede desde el siglo sexto al siglo
décimo; la sociedad tiene en estos cuatro siglos un carácter dis-
tinto al que ha de tomar después de oída la hora última del año
mil en el reloj misterioso de los tiempos. Desde Cario Magno al
siglo décimo feudalismo teocrático; desde el siglo décimo al
término de la Edad Media feudalismo aristocrático. Y lo que
decimos del siglo quinto y del siglo décimo, lo decimos también
del siglo decimoquinto. Diríase que el tiempo tiene sus estacio-
nes, sus fases, y que una sociedad ha de recorrer necesaria-
mente un período de cuatro siglos para transformarse en trans-
formaciones profundísimas. Lo cierto es que los cuatro grandes
períodos de transición son éstos: siglo quinto, siglo décimo, si-
glo decimoquinto y siglo decimonono. ¿Quién puede dudar que
el siglo decimoquinto es uno de aquellos destinados á cumplir
las transformaciones más radicales y más profundas.^ El Ponti-
ficado se paganiza hasta el extremo de parecer los Papas sumos
sacerdotes de Júpiter; la religión un arte y un arte plástico. Los
— 62 —
poetas, los pintores, los escultores, verdaderos espíritus angéli-
cos de este cielo nuevo, despiertan los dioses antiguos en el
seno de la Naturaleza y la antigua idolatría bajo la bóveda de
los templos. El Imperio se reduce á una especie de farsa, y los
Césares de Alemania á una especie de fastuosos y falsísimos
actores. Cae la sociedad feudal, derribada por la virtud fausta
del trabajo, tan opuesta de suyo á la fuerza nefasta de la gue-
rra; los reyes, auxiliados por sus jurisconsultos, que contrastan
el derecho feudal con el derecho canónico y romano, auxiliados
más por los ejércitos permanentes, que suceden al pendón y á
la caldera de las bandas antiguas; auxiliados por la pólvora,
que atraviesa la cota del señor y derriba las piedras del castillo;
auxiliados por tantos factores juntos, destruyen la encina secu-
lar de los viejos privilegios feudales, donde tienen su habitación
tantas aves rapaces como han roído los hígados de la humani-
dad, enclavada sobre el potro de tantos y tan extraordinarios
tormentos. Y á las antiguas ligas lombardas, á las antiguas so-
ciedades militares, al antiguo Estado feudal, sucede ahora el
predominio de las ciudades mercantiles, que tienen flotas como
no las han tenido los imperios y que pagan artistas como no los
han pagado jamás los emperadores. Estas ciudades convierten
los palacios de sus gremios y de sus Ayuntamientos en museos,
merced á las riquezas que aportan, y hacen de la vida entera,
después de largas navegaciones, una serie de certámenes artís-
ticos, de juegos olímpicos, de competencias poéticas, en que
parecen resucitados los antiguos tiempos de Grecia y venidas á
nuestro mundo las musas muertas al pie de los altares heléni-
cos. El siglo decimoquinto es el Abril de la historia moderna.
Por tal mes la yema se hincha de savia, la hojilla brota en el
tallo, el tallo se orna de flores, las flores se pintan de matices y
se cargan de mieles, las mieles llaman el aguijón de las abejas,
y los pétalos las tenues alas de las mariposas, las mariposas de-
jan sus larvas obscuras para tomar sus formas aéreas, y los
arroyos sus prisiones de hielo para cantar en las honduras.
- 63 -
mientras allá arriba, en las copas de los árboles y en los giros
de las auras, entonan sus coros todas las aves, desde las alon-
dras que saludan con píos místicos la alborada, hasta el ruise-
ñor que alza en la noche, cerca de su compañera y de su nido,
la dulce gorjeada serenata, cuyas escalas cromáticas derraman
en todos los corazones el primaveral amor y las primaverales
esperanzas. Así, en el siglo decimoquinto, la industria da la im-
prenta y contribuye á eternizar el pensamiento; las ruinas cu-
biertas de jaramago y de cicuta dan como un sepulcro lleno de
vida la estatua que contribuye á perfeccionar el arte; la filosofía
escolástica da, como la larva la mariposa, el platonismo floren-
tino, que ilumina con las ideas del más sublime de los filósofos
griegos el abismo de los cielos y el abismo de los espíritus; el
Océano da, por fin, para que todo sea milagroso, para que todo
sea renovación, metamorfosis, progreso, esa América que viene
con sus virgíneas selvas y con su exuberante vida, entre tales
milagros, á renovar la misma Naturaleza, como si el Universo
fuera un poema divino escrito en la inmensidad del espacio con
letras de estrellas por el humano estro. El siglo decimoquinto
es la Pascua de Resurrección tras el Viernes Santo de la Edad
Media, en que los altares se hallan cubiertos de negros lutos,
los santuarios vacíos y abiertos, la Virgen sola, el Salvador en
su tumba de Getsemaní, la Cruz en la cima del Universo, los
ángeles llorosos con los signos en las manos de la pasión uni-
versal, el miserere de la penitencia llenando de lágrimas amar-
gas los aires obscurecidos; Viernes Santo, tras el cual viene el
día de Pascua, es decir, el día del Renacimiento en que Jesu-
cristo resucita de su sepulcro para subir á los cielos, y Psiquis
se levanta de su lecho para tomar sus alas de mariposa y su
lámpara de novia; en que un Te Deum salido de todas las igle-
sias sube á las alturas y el repique de las campanas baja, mez-
clado con el hossanna de los ángeles; en que la inspiración
religiosa llena con el aleluya de la mística alegría los aires, se
mezcla al zumbido de la abeja, al vuelo de la mariposa, al aro-
- 64-
ma de la flor, al brote en el tallo, al susurro en el arroyo, al
centelleo en las estrellas, á la savia en las ramas, al cántico de
ruiseñores y alondras, al sentimiento y expansión de la espe-
ranza. La sociedad parecía complacerse por este tiempo del
Renacimiento en satisfacer todas las necesidades y aspiraciones
del espíritu. Necesitábase un medio de romper la roca feudal,
hendirla y pulverizarla, y estalló la pólvora en el siglo décimo-
cuarto. Necesitábase, para abrir los senos de la tierra, para ve-
rificar las navegaciones legendarias de los nuevos argonautas,
un punto fijo en el cielo y otro punto fijo en el barco, y vino en
el siglo decimocuarto la brújula providencialmente á señalar
con fijeza el Norte en medio del movimiento continuo y de los
rápidos cambios de las expediciones marítimas. Necesitábase un
nuevo modelo para el arte, y vino la antes ignorada estatua á
ocupar las sacristías de nuestras catedrales y los palacios de
nuestros Pontífices. Necesitábase una nueva sociedad, y vinie-
ron las comunidades á organizar las democracias y las monar-
quías á organizar los Estados. Necesitábase un nuevo sentido
para escudriñar los abismos cerúleos, como se había tenido la
imprenta para vencer al tiempo, la brújula para burlar al espa-
cio; y en los tubos de un órgano cayeron por casualidad unos
cristales que, revelando el telescopio, trastornaron la senil as-
tronomía alejandrina. La conciencia necesitaba renovarse tam-
bién, la Iglesia rehacerse, el Cristianismo refundirse, la concien-
cia idealizarse, á fin de subir y subir y encontrar el más allá en
los altares, como lo había encontrado en la ciencia, en el arte,
en las instituciones, en la vida toda, el humano espíritu. Decir
que todas las facultades adelantaban y sólo se detenían el sen-
timiento y la fe, era decir lo imposible. La fe debía renovarse
como todo se renovaba en esta edad de la renovación universal.
Y á cumplir el ministerio de renovar la fe, sin apartarla de sus
ideas y de sus dogmas tradicionales, vino el alma luminosa del
inmortal Savonarola y el pensamiento revolucionario de Lutero.
Necesitábase renovar la Naturaleza y apareció Colón. Exami-
— 65 —
nad la serie de las invenciones y veréis cómo la del gran ma-
rino adviene á su hora, cuando la demandaban de consuno
nuestra tierra y nuestro espíritu. Si lo desgajáis del Renaci-
miento, jamás lo conoceréis. Como en su edad, en su frente se
reúnen dos crepúsculos, el vespertino de la teocracia que huye
y el matutino de la ciencia que alborea. Por su fe parece Colón
un asceta de los siglos medios; por su saber un sabio de las
edades modernas. Es como el Renacimiento vivo y personifi-
cado.
Un suceso acaecido en el siglo de Colón exaltó los ánimos y
trastornó las inteligencias por amenazar con amenazas apocalíp-
ticas á todo el mundo cristiano. Constantinopla, la Ciudad Santa,
sita en las puertas del Asia, fundada por la previsión de Cons-
tantino, heredera de los últimos restos del romano imperio que
pudieran preservarse á la irrupción de los bárbaros; asiento de
aquella Basílica oriental que habían saludado las cruzadas con
devoción semejante á la que causaba la iglesia del Sacro Sepul-
cro ; presa de supersticiones teológicas , del Occidente separada
por la procesión de la tercera persona de la Trinidad y por el
pan con que debía consagrarse la hostia en la misa ; absorta en
sus ensueños metafísicos y en sus disputas teológicas, se vio
sorprendida por las hordas escapadas tres siglos antes de las frías
llanuras de Mongolia y sometida como la Jerusalén del Profeta
hasta el punto de que la media luna reemplazase en las roton-
das de Santa Sofía á la cruz cristiana y el mohecín profiriese sus
gritos donde antes profería el sacerdote sus plegarias y los pa-
lacios de los griegos se trocaran en serrallos de los sultanes tur-
cos y el nombre de Alah y su fatalismo ponzoñoso viniesen á
obscurecer y á envenenar la tierra y la conciencia de la tierra
griega como habían desde luengas edades emponzoñado y obscu-
recido la tierra y la conciencia del Oriente asiático. Esta horrible
desventura era tanto más de sentir y deplorar, cuanto que, al
revés de lo sucedido en Roma, donde el último vastago de los
Emperadores, á quien el destino ornara para mayor irrisión con
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los nombres de Rómulo y de Augusto; aquel pobre trémulo
niño, último de sus gentes, imbécil y cobarde, se asustaba de la
sombra de su propia corona y huía á los brazos de su imperio;
bien al revés, iba diciendo, de lo sucedido en Roma; el último
Constantino, que también llevaba el nombre de aquel que fun-
dara la capital y el imperio de Oriente, corre á las murallas con
arrojo, pelea la hora última de la caída, y muere entre los su-
yos, cubierto de heridas, con la cara vuelta á sus enemigos, víc-
tima triste del hado fatal , realizando la hazaña más difícil á los
protagonistas de las decadencias y de las ruinas : sacar incólume
de suprema catástrofe la honra y la dignidad de su raza. Once
siglos durara tanto imperio , y en su agonía no se uniera al Oc-
cidente, ni en el Occidente hallara los necesarios socorros tan
sólo por meras y baladíes disputas teológicas. Cincuenta mil
cristianos habían caído en las humeantes ruinas de Constantino-
pla sin encontrar en sus correligionarios de Roma la compasión
y el auxilio á que tenían derecho. Las grandes ciudades religio-
sas quedaban en los serrallos turcos: la Jerusalén de David, la
Antioquía de Pedro, la Atenas de Pablo, la Alejandría de los
apologistas , la Constantinopla de los Concilios. El dominio de
la idea cristiana se iba restringiendo al mismo tiempo que agran-
dando el dominio de la idea muslímica. Nicolás V, el cual á la
sazón regentaba la Sede Pontificia, lamentóse en bula más retó-
rica que sincera de esta pavorosa catástrofe; y el mundo cris-
tiano sólo supo contestarle con arengas académicas en las escue-
las ó con imposición de tributos, los cuales, en vez de alimentar
una cruzada universal, sólo alimentaban el fisco y el erario de los
reyes. Murió Nicolás V, y sucedióle un valenciano, un Borgia.
Nacido en Játiva, canónigo de Lérida, arzobispo de Valencia,
cardenal nombrado por Eugenio IV, secretario de Alfonso V el
Grande, jurisconsulto de primer orden, á quien San Vicente
Ferrer profetizara la alta dignidad del Pontificado , español , y
por español acostumbrado á la guerra eterna con los infieles,
debía Calixto III predicar la cruzada por Constantinopla, vender
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las joyas del tesoro vaticano, considerablemente aumentadas
por su antecesor, empeñar la más rica de las tiaras pontificias á
fin de reunir y allegar dinero con que sostener la guerra santa,
digna de la antigua Roma, á quien pedían todos sus recuerdos
y todos sus privilegios un sacrificio fecundo por la nueva Roma
de Oriente, caída en manos de los turcos, y marcada, como una
esclava georgiana, con el sello deshonroso de la media luna.
Muerto Calixto III, subió á la Sede Pontificia el hombre que re-
presenta con mayores títulos el Renacimiento; subió Eneas Sil-
vio Picolomini. Al celebrarse el cónclave, que sucedió á la
muerte de Nicolás V y á la exaltación de Calixto III, hubo en
el colegio cardenalicio quien quiso nombrar al cardenal Besa-
rión, al gran sacerdote heleno. Pontífice romano. Uno de los
más célebres prelados católicos se opuso con coraje, diciendo
que no convenía en aquella sazón al catolicismo tener por jefe
un cismático, recientemente convertido á la ortodoxia y no pa-
sado todavía del simple carácter y oficio de neófito. No quisie-
ron los cardenales elegir al representante del Renacimiento la-
tino. Si alguna vez vais á Siena, os podéis formar una idea
aproximada de este prelado, cuyas inclinaciones y tendencias
exprésanse gráficamente en sus dos nombres puramente latinos
de Eneas y de Silvio. Corred á la catedral sienense ; admirad su
fachada de mármoles blancos y negros, cubierta de signos he-
ráldicos y ceñida de estatuas religiosas; ved en sus naves sus dos
series de arcos sobrepuestas, la superior tan aguda como las
ojivas del Norte: deteneos un momento á contemplar las grafitas
de Becaffiume, que ha entallado en piedras figuras envidiadas,
por su atrevimiento y por su sublimidad, de los más audaces
pinceles; notad aquel riquísimo altar mayor con sus tabernácu-
los, en que los santos parecen recién venidos del cielo, con su
Cristo resucitado y su Ascensión que se mueven como si cruza-
ran todavía los aires para subir á las alturas etéreas; estudiad
sus innumerables obras de arte, que muestran la fecundidad in-
creíble de las ciudades italianas; y cuando creáis que nada os
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queda por admirar, veréis aquella librería donde vive aún el
Papa Eneas Silvio en todos los actos capitales de su historia, y
al contemplar la alegría de su rostro , la riqueza de sus vestidu-
ras, las damas y galanes que le rodean de un lujo asiático, las
gallardas embarcaciones reunidas en Ostia contra el turco, los
pajes y caballeros resplandecientes de pedrería , en vez de cree-
ros en la corte de un Papa, os creeréis, á pesar de hallaros en
el interior de una iglesia ojival y católica, caídos y encerrados
en pleno paganismo. En efecto. Ferrara le vio un día rodeado
por millares de barcas que cubrían el Po , todas ceñidas de flores
y llenas de músicos y coros, entrando, en compañía de príncipes
y caballeros que ostentaban riquezas sin cuento, sobre un caba-
llo adornado como un Pegaso, bajo un dosel cerúleo, por una
inmensa plaza en que danzaban damas mal ceñidas y lucían sus
frentes serenas, reproducidas por marmóreas estatuas, los dioses
principales del antiguo Olimpo, como si Cristo hubiera muerto
en la conciencia humana, y renacido en los campos y en los cie-
los de Italia el joven Adonis y el antiguo Pan con todo su exu-
berante sensualismo. Pío II concibió la vasta idea de promover
la cruzada contra los turcos y á esta vasta idea consagró toda
su existencia. Fácil en idear era extremadamente difícil en
cumplir y realizar. Aquel diestro secretario de todos los poten-
tados del mundo europeo; aquel escritor, por quien conocemos
tan gráficamente las guerras de Bohemia y las disputas de Basi-
lea; retórico, que resucita en sus escritos la elocuencia cicero-
niana; poeta, que escribe versos tan castigados y clásicos; imi-
tador de las bellaquerías de Bocaccio; diplomático, mundano,
escéptico , erudito ; al subir á su trono , y desde aquel trono pro-
ponerse las mayores empresas, no midiendo bien la distancia
enorme entre la realidad y la idealidad , cae por su culpa en lo
extravagante y en lo ridículo. Lo primero que se le ocurre tiene
gracia y explica bien hasta qué punto desconocía el mundo este
hombre mundano. Se le ocurre desenterrar el más puro latín,
cortar su mejor pluma, disponer del estilo más clásico y ende-
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rezar una carta elocuente al gran turco, recentísimo conquistador
de Constantinopla, conjurándole con los ejemplos de Clodoveo,
Recaredo y otros célebres conversos antiguos y modernos, á que
abjure el mahometismo, y pasado á la religión cristiana, tome
en la historia moderna el papel de los carlovingios en la Edad
Media, el papel de único defensor del Papa , por lo cual recibirá
Bohemia, Hungría y otras regiones orientales prontas á entre-
garse á quien el Papa les designe por dueño yipor señor. Mucho
debe trastornar el seso la posesión completa de un poder abso-
luto, cuando literato de tan frío juicio y de tan sana descon-
fianza como Eneas Silvio, cree posible, reciente aun el malogro
del pacto florentino entre la Iglesia griega y la Iglesia romana,
mover á un musulmán y á su pueblo, con una carta retórica en
latín sapientísimo, á que abjure la religión de su raza y de su
historia por una religión tan repulsiva de suyo al natural y al
espíritu de los mongoles, como el cristianismo. Pero entre cartas
retóricas, entre discursos aparatosos, entre arbitrios infecundos,
entre procesiones teatrales, lo cierto es que la cruzada contra
los turcos no crecía gran cosa. Citadas las gentes de armas á la
ciudad de Ancona, apenas encontraron con qué mantenerse, y
se dieron á la rapiña y al saqueo. Por todas partes bandas de
milites desharrapadas y hambrientas acometían á los viajeros,
asaltaban los hogares y esparcían los horrores de la guerra civil
á sangre y fuego. Las frases menudeaban al compás que dismi-
nuían las fuerzas. Los discursos retóricos se perdían y estre-
llaban en la general indiferencia. «Somos, exclamaba Pío de-
lante del colegio de cardenales, demasiado débiles para empuñar
la espada; mas, á imitación de Moisés, arrodillado en el monte
mientras Israel pugnaba con los amalecitas, sobre las tablas de
una nave levantaremos el sacro cáliz á Dios en demanda de la
victoria para nuestros guerreros.» Nadie oyó estas elocuentes
palabras. Todos los príncipes laicos permanecieron silenciosos é
indiferentes: los Esforzas tacharon de mezquinos los armamen-
tos para una empresa tan grande ; los Médicis dijeron que un
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Papa viejo se metía en calaveradas de jóvenes; los Reyes de
Francia enviaron alguna que otra ofrenda de aparato y de honor;
los Emperadores de Alemania no quisieron que, so pretexto de
alimentar las cruzadas, se perdiera y se arruinara tristemente á
su pueblo. El día 19 de Junio de 1464 encaminóse Pío II -á la
ciudad de Ancona, devorado por la fiebre, y tendido en triste
lecho sobre barca que lo llevaba por el Tíber y que parecía
arrastrarlo á la eternidad. En efecto, su desmayo era tanto y
tanta su tristeza, que al descender á la orilla y contemplar á lo
lejos la Ciudad Eterna, le dirigió un último adiós en suprema y
congojosa despedida. Quien le viera triste, solitario, abando-
nado, deslizándose por la corriente, no diría que iba movido de
un pensamiento tan alto á una empresa tan grande. Dos únicas
naves había podido reunir en el puerto de Ancona, que flotaban
tristemente, como para mostrar la irremediable decadencia del
Pontificado. Por fin, el día 12 de Agosto las naves de Venecia
en algún número llegaron mandadas por el dux Cristóbal Moro.
Mas el día de su llegada no pudo ya verlas, no, la vista casi
extinguida de Pío II. Sin embargo , hizo abrir las ventanas del
palacio episcopal, erguido sobre una eminencia, y mirando con
tristísimo mirar de moribundo, al caerla noche eterna sobre sus
ardientes retinas, el sitio misterioso por donde sale el sol en
aquellos cielos espléndidos y en aquellos mares luminosos, con-
juró á los príncipes, á los cardenales congregados en torno de
su lecho, con palabras que tenían aún sabor retórico á pesar de
cortarlas el hipo de la agonía, para que fuesen á levantar el im-
perio griego, á redimir á Constantinopla en su serrallo, á poner
el lábaro de la cruz en las cúpulas de Santa Sofía , á emprender
y cumplir una cruzada que pudiera ser parte á la toma y recon-
quista de Jerusalén. Cuentan que Augusto, al morir , viendo tan
admirablemente desempeñada por él hasta el fin la comedia de
la vida, gritó: «Aplaudid.» Igual aplauso merecía este Papa de
una vida tan teatral, y que expiraba en una grande escena, de-
lante de una empresa y de una cruzada de teatro. ¿Cuáles emo-
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ciones tantos y tan extraordinarios hechos dispertaron en el
alma de Colón? Lo cierto es que no pueden saberse los móviles
de su proceder sin contar las causas generales y las causas par-
ticularísimas que lo determinaron. Y entre las causas generales,
ninguna tan determinante como su profunda religiosidad. Y esta
profunda religiosidad le llevó á soñar con todo lo que soñara y
á emprender todo cuanto emprendiera. Uno de los móviles ca-
pitales de su obra fué la intención sistemática y el deliberado
propósito de restaurar las cruzadas con todos los recursos que
le debían dar los áureos imperios fantaseados en su creadora
imaginación. Y este móvil se origina y parte principalmente de
las agitaciones sobrevenidas á Italia tras la desgracia de Cons-
tantinopla. Joven, muy joven por aquel entonces, ¡cómo debía
conmoverle no solamente la pérdida irremediable de la gran
ciudad sita en el punto de intersección entre Asia y Europa,
sino la rota y la muerte de los pueblos cristianos que la cimita-
rra iba sin piedad á cercén degollando! ¡Cómo el abandono for-
zado de los helenos á los mongoles debía desgarrar su corazón!
¡Cuánto aquellos embajadores de un mundo en ruinas, escapa-
dos por milagro á la tala y al incendio, debían tentarle á inten-
tar lo imposible para socorrerlos y salvarlos! Cuando la media
luna se vislumbraba nuevamente desde Sicilia; cuando entraban
en el harén de Turquía las islas griegas; cuando los venecianos
quedaban sepultados en Áurea; cuando el sultán se atrevía, en
los ensoberbecimientos del triunfo , á estrangular con sus pro-
pias manos al postrer Duque de Atenas; cuando los huidos á la
catástrofe tenían que optar entre la servidumbre ó el destierro
y la muerte; cuando el Ban de Besusa expiraba circuido por
quinientos gentileshombres inmolados y mártires; cuando Co-
rinto se consumía dentro de una hoguera que obscurece con sus
bocanadas de humo los claros horizontes helénicos; cuando
desde las costas del Peloponeso hasta los desiertos de Palestina
se dilata un califato nuevo triunfante; los dolores despertados
por todas aquellas desgracias debían dejar una hondísima huella
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en alma tan profundamente católica como el alma de un joven,
ya estudiante de ciencias en las escuelas y universidades, ya
bracero en las industrias de su familia y casa, ya marino en
aquel mar por donde se recogían en las brisas todas las ideas
imaginables y en los arreboles de un ocaso luminosísimo se
dibujaban como reales todas las más fantaseadas y más invero-
símiles epopeyas históricas.
Cada grandiosa personalidad surge del medio ambiente que la
vivifica. Los sentimientos y las ideas y las instituciones y las
históricas circunstancias del tiempo, forman en derredor de su
vida intelectual como todo cuanto llamamos Universo en derre-
dor de la vida material. Imposible nos expliquemos el anhelo por
la renovación que atenacea las entrañas del gran marino, si con-
juntamente con él no estudiamos la edad primaveral ó renova-
dora en que naciera. Imposible comprender cómo le movía, con
cuánto soberano impulso, además de tal afán de renovación, á
su tiempo muy propio, este otro casi religioso de una cruzada
nueva, sino recordando la impresión dejada en su pecho y las
imaginaciones despertadas en su mente por sucesos como la toma
de Bizancio, llorada en las elegías mayores del siglo. Pues así
como el afán de renovar é inventar se origina en la Pascua del
Renacimiento; y se origina en la caída de Constantinopla el afán
de volver á las cruzadas; el afán mercantil , que le poseyó, se ori-
gina en las ciudades mercantiles italianas; como el afán de bus-
car esos lucros mercantiles por medio de grandes expediciones
oceánicas en el espectáculo maravilloso que ofrecían entonces
los descubrimientos portugueses; como el afán de tentar lo im-
posible y fabuloso en aquel término de la empresa de siete siglos
contra el conquistador, concluida por nuestra patria sobre la her-
mosa Vega de Granada. Sin el Renacimiento , que todo lo rehace
y renueva; sin la toma de Constantinopla, que impele hacia las
cruzadas los espíritus mayores; sin el cálculo mezclado al arte de
las ciudades mercantiles en aquel siglo creador; sin la estancia en
el Portugal de las expediciones maravillosas que iban abriendo
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focos de luz en el océano tenebroso ideado por las creencias se-
culares; sin la fe viva de nuestra España en el milagro, fuera im-
posible de toda imposibilidad la natural aparición de un pensa-
miento como el que acabó de cristalizarse por una suma de ope-
raciones matemáticas y de sentimientos proféticos, cual no han
visto las edades ninguna otra parecida , en el alma innovadora de
Cristóbal Colón y en su descubrimiento de una nueva tierra por
la inmensidad de los mares. El cielo claro de nuestra Europa
meridional, tan semejante al cielo de Caldea; el mar atractivo
Mediterráneo, en que se miraban las fantasías de Colón, repeti-
das y reflejadas allí con esplendor parecido al que toman las re-
verberaciones de todos los rayos luminosos y el retrato de todos
los cuerpos celestes; la renovación del humano espíritu en aque-
lla florecencia de las ideas; el eco dejado en los espacios por el
asedio de Constantinopla ó por el trastrueque de Santa Sofía en
Aljama; invenciones como la imprenta, que vencía los tiempos, y
el telescopio, que incipiente entreabría los espacios; un pueblo
diseminado en los mares y compuesto casi de pilotos, como el
pueblo portugués ; un Estado , contrastando los progresos de la
media luna y del Koran en Oriente con retrocesos y rotas en
Occidente ; la contemplación uniéndose con el saber, y las intui-
ciones con la ciencia, concluyeron por dar de sí un alma como
la inspiradísima de Colón , á la manera y modo que los organis-
mos, en sus ramos y ramificaciones, concluyen por dar de sí cual
increíble fruto el humano cerebro. Sin comprender el Renaci-
miento, sin comprender la trascendencia del destino de Cons-
tantinopla, sin comprender la fiebre de Portugal, sin compren-
der la transfiguración de nuestra España, no comprenderéis ni
describiréis el enigma de tanto milagro. Pero lo que principal-
mente necesitamos para mirar bien uno de los matices del alma
de Colón, es el estudio de las ciudades mercantiles italianas en
aquel tiempo. Ninguna tan agitada como Genova, Por su cons-
titución interior estaba entre los municipios republicanos, donde
sobre una base amplia de verdadera democracia solía elevarse á
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las alturas cierta nobleza, no diremos de verdadera elección, pero
sí de verdadera selección , encargada por común asentimiento más
ó menos expreso y por hábito más ó menos duradero, de dirigirlo
y gobernarlo todo. Pero esta democracia se había roto en tal nú-
mero de fracciones y su nobleza en tal número de caudillos, que
necesitó Genova entregar una de sus fortalezas á los Duques de
Milán, para que teniendo allí guarnición y enseña, impusiese á
todos el mutuo respeto y la mutua consideración debidos entre
libres y verdaderos ciudadanos. Mercaderes todos ellos , navegan-
tes, marinos, habían menester de instituciones idóneas al des-
arrollo de todos estos ministerios y oficios que se avivan al calor
de una libertad consuetudinaria y al brillo de un pensamiento
emancipado y espontaneo. Mas, como para vivir en el mundo no
bastan las expansiones individuales que traen los humanos dere-
chos, necesítase de las concentraciones centrípedas que los Estados
producen y los ejércitos mantienen, el ciudadano había menester
de armas que defendiesen con su fuerza coercitiva el orden y el
poder legales dentro, y fuera el respeto á la independencia de
cada ciudad soberana. Y como en la República mercantil de la
Cartago histórica hubo los mercenarios extranjeros, y en la no
menos mercantil Monarquía de Inglaterra existen ahora mismo
los milites asalariados, en aquellas ciudades mercantiles brotaron,
por aquel principio de que Naturaleza produce cuanto necesita,
los condotieros, ofreciendo á todo buen postor sus manos arma-
das para defensa de todos los principios y de todas las causas por
merced y dinero. Así , únicamente así , en aquellas edades terri-
bles de guerras perdurables , declaradas por un palacio á otro pa-
lacio, por una calle á otra calle, por una ciudad á otra ciudad,
por una región á otra región, coincidiendo las discordias civiles
con las discordias extrañas , pudieron constituirse familias direc-
toras, como los Médicis en Florencia, ó como los Dorias en Ge-
nova; consagrarse los industriales á la elaboración de tantos pro-
ductos como todavía hoy nos deslumhran; correr los cambios del
comercio como una fecundación del trabajo; vivir en paz los me-
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dieros del campo á toda servidumbre ajenos, con tal que diesen
la mitad por mitad del rento al propietario ; moverse los plectros
en las liras y los pinceles en las paletas y los buriles en los
mármoles y los pedruscos en los edificios para levantar aquellas
ciudades armoniosas, en que todo resplandecía con colores de
iris y todo cantaba en triunfales himnos , cual si las hubiesen eri-
gido, como en tiempo de Anfión aquellas primitivas poblaciones
griegas tan esplendentes , la Poesía y la Música. El Papa de un
lado y el Emperador de otro; la nobleza mayor y la nobleza me-
dia; el mercader artista y el pueblo en oficios distribuido; los se-
ñores montados sobre su trono y sobre su corcel , así como los
condotieros esparcidos por todas partes; una Monarquía espa-
ñola en Sicilia y Ñapóles con un Ducado casi fi-ancés en Milán y
Lombardía; los fi-ancos por las montañas del Norte y los griegos
por las riberas mediterráneas; navegantes , casi á la moderna, en
Pisa y Genova , pero navegantes parecidos á los que pululaban
por los tiempos en que se mezclaban las navegaciones con las pi-
raterías por Venecia ; discordias entre todas las ciudades conve-
cinas, como Sienna y Pisa, como Pavia y Milán; tiranos entre las
agitaciones de aquella vida en oleaje continuo , como los Guini-
gos en Luca, como los Bentivoglios en Bolonia, como los Esfor-
zas en Lombardía; y dentro de todas estas cortes deslumbradoras
asambleas elocuentes, repúblicas formadas de poetas y pinto-
res, juegos á la manera helénica y torneos á la manera feudal,
certámenes donde se recogían coronas frescas de laurel y vasos
cincelados de oro, las paredes animándose con frescos cíclicso
que parecían epopeyas vivas, el coro de los teatros antiguos re-
petido por melodiosas voces en las plazas y frente á las iglesias
cristianas, las naves resucitando las teorías ó procesiones clásicas
de Atenas , yendo en socorro de las islas griegas ó en busca de
tierra consagrada por los siglos evangélicos á Jerusalén para en-
terrarse las ciudades en ella, el arte y la libertad unidos por her-
mosas nupcias, de las cuales provienen obras inmortales qué
honran á toda la humanidad, esmaltan todo el planeta y nos glo-
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rificarán en todas las edades. Poned un alma como el alma de
Cristóbal Colón en una ciudad como Genova, durante todo el
período último de la Edad Media, y os explicaréis las propen-
siones por la educación larga sobrepuestas á las naturales y na-
tivas aptitudes. La Naturaleza, que le rodeaba, se abría, convi-
dándole á la navegación por el mar infinito y á la emoción
continua por esas comunicaciones íntimas entre lo material ex-
terno y lo espiritual interno , que sólo pueden gozarse por com-
pleto donde la placidez del horizonte y los esplendores del sol
reverberados por las aguas atraen y sonríen al espíritu en guisa
de sirenas. Pues poned sobre aquel espectáculo de la Naturaleza
el espectáculo de esta libertad, y decidme luego si en sus discu-
siones el pensamiento no se despertaría y la voluntad de Colón
no se aceraría con todas las fuerzas intelectuales suyas como las
fuerzas de músculos y nervios en los ejercicios gimnásticos. Y al
espectáculo por la Naturaleza ofrecido, y al espectáculo de la li-
bertad, unid el espectáculo de las Bellas Artes, las ideas que to-
man color, las inspiraciones que toman visibles alas, el símbolo
encerrando en líneas y figuras toda una doctrina , las piedras ani-
madas, los bronces cincelados, los héroes redivivos, y decidme
cómo en esta realización palpable de lo ideal, no vería el nave-
gante, dado á sueños y fantasías desde sus primeros años, la posi-
bilidad inmediata y patente de todo lo imposible. Pero junto al
mar, que le sonríe y le atrae con sus ondas; junto á la ciudad,
que lo eleva con las enseñanzas de sus libertades y con las ins-
tituciones de sus democracias; junto al arte, que lo transfigura y
le hace creer en la realización del milagro, están la industria y
el comercio, que dan á tales ensueños aspectos materiales y úti-
les, completando el sabio , el político, el artista, el piloto, el des-
cubridor, el profeta, el vidente, con el industrial, con el merca-
der, con el negociante. Las iglesias brillantísimas de Genova
explican á Colón como cruzado; las escuelas como geógrafo; los
palacios llenos de cuadros y estatuas como poeta y artista ; las
costas como piloto; la industria y el comercio como calculador
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positivo y como aprovechado negociante. Así en Genova,
cuando veis enroscarse por la tierra pedregosa los olivos som-
bríos; dormirse al pie de las dunas blanquecinas y agrias las
aguas celestes, jaspeadas de verde obscuro por lo bajo, y por lo
alto de perladas espumas; mecerse al beso de las brisas en los
hondos barrancos las palmeras, por cuyos pies y troncos gallar-
dean las adelfas; erguirse las crestas de los montes alpestres co-
ronadas de pinos y las crestas de los humildes montecillos coro-
nadas de fortalezas; lucir el mar en aquel dentadísimo golfo
cortado en diminutas ensenadas donde las velas y las gaviotas se
refugian; extenderse los edificios en amplio anfiteatro sobre una
gradería que parece compuesta como las notas de una escala;
florecer á las puertas de los palacios fabricados en mármol de
Carrara los limoneros y por las galerías resplandecientes de
multicolores frescos y por las terrazas ornadas de cincelados ja-
rrones extenderse los cortinajes de jazmineros y jazmines; lucir
el faro como un topacio desceñido de la corona del sol para es-
plender en aquellas noches ; tenderse las redes colgadas en los
vestíbulos y las naves aguardar al pie de las viviendas habitadas
por aquellos almirantes que fueron la esperanza de los cristianos
y el terror de los turcos, en todo ello no se descubre más, entre
la tierra y el cielo, como un gigantesco ángel, que la figura, casi
legendaria y litúrgica, de su inmortal Colón.
Así como Genova debía influir en el temperamento fisiológico
de sus naturales, y con especialidad, por mil razones varias, en
el temperamento de un hijo suyo como Colón, estaba en el caso
Pavía, la Universidad á que, muy joven, le mandaron sus padres,
según algunos historiadores , de influir en el carácter psicológico
y moral. Realmente las Universidades aparecían entonces como
capitales sublimes de los espíritus y como focos reconcentra-
dores de las ideas. Aunque nacidas bajo la doble protección del
Emperador y del Papa, convertían poco á poco la ciencia teo-
crática en ciencia civil ó laica, y fomentaban en lo posible así
el Renacimiento de las letras como el estudio de la Naturaleza.
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Había Universidades en que predominaba el Derecho sobre to-
das las otras revelaciones del espíritu, como Bolonia; Universi-
dades en que predominaba la Filosofía y las ciencias políticas,
como Padua; Universidades en que predominaba la Medicina,
como Salerno; Universidad en que predominaba con la Metafí-
sica la Astrología , como en la ilustre lombarda , que , según
tradiciones bastante inciertas, debió alimentar algún tiempo el
alma de Colón en sus albores, como la Universidad célebre de
Pavía. Mas ora fuese porque su complexión inquieta y nerviosa
no lo dispusiera de modo alguno al estudio reflexivo y ordenado
en trabajos y esfuerzos diarios; ora fuese porque le tentase antes
el campo de la acción que el cielo de las indagaciones; ora fuese
porque solamente las orillas del mar cuadrasen á las agitaciones
de su ánimo y á las tormentas de su idea; ora fuese por motivos
de orden secundario, como la escasa fortuna de padres reducidos
á cardar lana en humilde oficio. Colón, ó abandonó á los tres
años de residencia la Universidad, ó jamás estuvo en ella; y no
puede contarse, por ende, con esta institución, cuando se quie-
ren ver y estudiar los matices varios de su alma. Desde muy
temprana edad, como todos aquellos á quienes domina una vo-
cación soberana, el gran piloto gustaba como primera mental
ocupación la Geografía y el mapa; como principal ocupación
práctica, el mar y los combates y las porfías con el mar. Las
civilizaciones verdaderamente concentradas y conservadoras es-
tán en los desiertos y en las montañas, como la civilización de
Nubia y de Palestina y de Mongolia ; las civilizaciones expansi-
vas brotan y se difunden al borde luminoso de las aguas. Bo-
rrad el Indo, borrad el Eufrates, borrad el Nilo, y no compren-
deréis ni la primer cultura de los arios, que sembró las larvas
de nuestros dioses y de nuestras ideas ; ni el Imperio asirlo, que
nos reveló el secreto de los cielos materiales; ni la tribu siro-
caldea, que nos reveló el Dios espiritual y sumo; ni el Imperio
faraónico, que nos habló por vez primera de la inmortalidad.
Pues bien; á las civilizaciones fluviales siguen las civilizaciones
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mediterráneas. No son otra cosa que civilizaciones mediterrá-
neas la fenicia, la cartaginesa, la helénica, la romana, la proven-
zal y la hispánica, de cuyos esmaltes hoy mismo se abrillantan
y hermosean así el espíritu como la historia universal. Entre los
muchos aspectos que toma la grandeza de Colón, quizá no fué
ninguno tan característico de su personalidad como el cambio
que determina de la civilización mediterránea en la civilización
oceánica. Por eso la Providencia llamó su elegido para dilatar
los mares y completar el planeta en su ciudad levantada en las
orillas del Mediterráneo, atravesado por estelas de ideas lumino-
sas que aun hoy resplandecen y sembrado de armoniosísimos
escollos que aun hoy entonan el poema de la navegación. Ho-
mero, que fué autor de la epopeya del Combate, la Ilíada^ fué
también autor de la epopeya de la Navegación, la Odisea. En
tal concepto mueven fuerza é ira la una epopeya, mientras inte-
ligencia y astucia la otra. Las divinidades mismas, á servicio de
los esfuerzos por el combate y sus horrores en la primera epo-
peya, pónense á servicio de los esfuerzos del trabajo en la se-
gunda. Vese allí todo aquello que destruye; vese aquí todo
aquello que produce y crea. Neptuno airado significa el mar dis-
puesto á no dejarse por las quillas del navio herir, ni someter
por el trabajo de seres tan despreciables como el hombre, cuando
se le compara de algún modo con los espacios y con los hori-
zontes indecibles é inmensos y con los abismos insondables y
con los encrespamientos de sus ondas, que parecen levantarse á
extinguir las estrellas del cielo. Y las playas inhospitalarias
donde Ulyses aborda; los escollos en que su esquife naufraga;
los vientos, unas veces sueltos con furor y otras metidos en los
odres con sumisión; aquellas sirenas que cantan suaves entre las
sirtes y atraen hacia los abismos; aquellos cíclopes con resuellos
de volcanes y hambre de antropófagos; el cielo, á cuyo soplo
los vientos compiten con las nubes eléctricas; las piedras que se
desgajan sobre los mástiles y timones; las cavernas que se abren
á una con bostezos terribles y se tragan las gentes; aquel em-
— 8o —
peño de Calipso en mantener cautivos á los arribados; la magia
de Circe y sus compañeras empeñadas en retener con sus encan-
tos y hechizos al extranjero apartado de su patria; todos estos
obstáculos representan por maravillosa manera las insuperables
dificultades por el mar opuestas al dominio de la navegación y
al imperio del marino. Mucho se parece todo esto á cuanto
refieren la tradición y la historia del empleo que diera Colón
á sus facultades en aquel Mediterráneo sembrado de guerras
entre Francia y España por el Rosellón ; de guerras entre los
postreros angevinos y los napolitanos; de guerras entre las na-
ves genovesas y las naves venecianas; de guerras entre Venecia
y Turquía por el Peloponeso, guerras de verdaderos piratas, en
que por todas partes, como una epidemia marítima, se des-
arrollaba el corso; en que infestaban terribles merodeadores las
costas y las islas; en que los corsarios por las aguas se parecían
á los condotieros por las tierras; en que los navegantes venci-
dos morían sobre la mar devorados por las llamas, ó de sal-
varse, quedaban tristemente condenados á pena mayor que la
muerte, á perpetuo cautiverio, al remo y á la cadena eternos.
Aunque las mocedades de Colón, después de bien examinadas
todas las noticias referentes á ellas, con dificultad pueden certi-
ficarse de históricas, mezcladas como están de suyo con mil tra-
diciones desenvueltas y desarrolladas tras su gloria, y provinien-
tes muchas del interés de los suyos ó de relatos adaptables á su
vida y á sus trabajos, no puede negarse que perteneció al pro-
celoso trabajo marítimo de su tiempo, en que las aguas solían
encresparse así al soplo del huracán como al soplo del combate,
Juan de Anjou, Duque de Calabria, lo llevó en las galeras expe-
didas para obtener el trono de Ñapóles á Renato, Conde de
Provenza. Y en estas expediciones empleó las dos grandes vir-
tudes propias del marino, su valor y su astucia. El mismo Co-
lón cuenta que, como Renato le mandase á Túnez en requeri-
miento y busca de la galeota Fernandina, y como cerca del San
Pedro, en Cerdeña, la tripulación se le insurreccionase, queriendo
— 81
constreñirle á dirigirse hacia Marsella, él, merced al crepúsculo
y á sus sombras, cambió á hurtadillas su rumbo, y al amanecer
encontráronse los rebeldes, contra su voluntad y sin presentirlo,
frente al cabo de Cartagena. Por tanto, no debe parecemos mu-
cho que navegara desde Chipre á Lisboa, y que al fin pasase, ya
entrado en edad, por mil ochocientos cincuenta y cuatro, á los
dominios de Portugal, nación muy consonante por aqnel enton-
ces con todas las propensiones de su complexión fisiológica y
con todos los ensueños de su exaltada fantasía.
CAPITULO III.
LA GLORIA DE COLÓN.
pesar de que parece Colón la gloria más incontestable
de los humanos anales, ha sido una de las más con-
testadas. Aquellos que las echan de innovadores en
erudición, creen el mayor de los méritos asequibles á su oficio
la disputa sobre lo indisputable. Así hay quien atribuye al primer
islandés con quien topa en las tradiciones náuticas de la vieja
Escandinavia el descubrimiento de Colón, y quien al acaso de
un triste naufragio sucedido en aguas lusitanas, estando por
aquellas sus islas Colón, y al relato de un pobre náufrago dicho
á la oreja de nuestro marino, en el punto y hora de las revela-
ciones supremas, en el punto y hora en que moría como con-
secuencia del naufragio y de sus trances amarguísimos. Acontece
con esto igual que acontece con ciertos filósofos de la Historia,
conjurados en su racionalismo cuasi matemático para demostrar
que no hay nada en las doctrinas del Redentor de original y pro-
pio. El Verbo de San Juan pertenece á los alejandrinos; el Dios
uno á los semitas; la escena de Ana y Joaquín á los libros de San-
són; las abluciones del Bautista y sus discípulos al esenio del
desierto; las estancias del Magníficat á los cánticos nacionales
judíos; el Sermón de la Montaña y los apotegmas salvadores del
- 84-
mundo á las fajas etéreas de materia filosófica diñisa por el cielo
de la conciencia humana, merced á platónicos, estoicos, neoale-
j andrinos, talmudistas, ebionitas, y no hay más que arrancar á
Cristo su corona de abrojos, el trono de su cruz, el cáliz de sus
amarguras, las llagas de sus costados, la muerte violenta en el
ara de su Calvario, para menguarlo y reducirlo á la estatura mí-
nima de cualquier profeta, muy santo, de una santidad vulgar
en el desierto, donde sólo se pide aire para vivir, y muy copiador
y muy plagiario, que iba repitiendo cuanto escuchaba, como
ciertas aves de oído sumo, las cuales copian y repiten los gor-
jeos que á otras aves oyen. En España, donde los refranes más
vulgarizados resplandecen por una superior filosofía; para con-
solar á quien se ve perseguido por la difamación ó la calum-
nia, exclaman: «De Dios dijeron.» Y como de Dios dijeron co-
sas malas, imposible á Colón salir exento de tales lacas im-
puestas por el hado á nuestras limitaciones y contingencias.
Miles de concausas explican este juicio contradictorio sobre
personalidad tan clara de suyo y tan ciertamente histórica. En
primer lugar, á principios del siglo, y muy entrado ya éste,
predominaba en las ciencias históricas el criterio crítico y se
confundía la crítica, el juicio sereno y sano, con el vejamen y la
censura, cual si en las categorías judiciales se confundieran el
juez con el verdugo. En segundo lugar, hale tocado á nuestra
generación una triste multiplicidad horrible de reacciones, á
cual más extravagante de suyo é inoportuna. Los ultrarreaccio-
narios de nuestra Religión han htcho astillas de todos los palos
y han habido menester de santos nuevos para renovar su viejo
calendario. Y encontrando tan sólo algún que otro heroico már-
tir, destripado en el Japón por la misma intolerancia religiosa
que predican ellos , santidad muy común en los almanaques,
han bebido los vientos por un sabio dotado del don de los mi-
lagros y han abierto un informe para declarar la impecabilidad
completa del genovés, elevado á la categoría de Purísima Con-
cepción sin sombra de culpa original. Hay oficios que se pres-
— es-
tán á la santidad mucho, el oficio de cura ó fraile, por ejemplo;
mas los hay que se prestan poco, el oficio de marino, para que
no pierdan los demás. Gente honrada y buena la gente de mar,
muy religiosa de suyo, porque no hay templo donde lo infinito
se revele como en la inmensidad, celestial casi, de los espacios
oceánicos, acostumbran á soltar un poco las riendas al amor, y
mecerse á las olas de ciertas pasiones, disculpadas un tanto en
las anchuras de manga, muy naturales á los laicos, pero terri-
bles cuando se aspira nada menos que á una canonización, la
cual trae aparejado consigo altar y ara , efigie y simulacro de
madera multicolor, dosel con andas, el nimbo litúrgico en la
cabeza, y entre los dones el reservado por completo á la santi-
dad canónica y litúrgica, el don de los milagros. Para con viso
de razón aquistar el título de santo á un piloto no escaso de
aventuras en sus viajes y á quien las cordobesas y algún que
otro hijo natural dieran hasta en la madurez de su vida y en el
zenit de su gloría bastantes dolores de cabeza, exageraban los
ultramontanos las virtudes honoríficas de Colón, y sus enemi-
gos los racionalistas echábanlo por los suelos en críticas des-
piadadas, no tanto con ánimo de rebajarlo á él, como de mos-
trar á los devotos cuáles tragaderas tienen los piadosos cuando
tratan de beneficiar una santidad provechosa por popular y mi-
lagrera. De aquí á una constante apoteosis interesada seguíase
otra interesada denigración sistemática. Y resultaba del escan-
daloso litigio que Colón pecó en materias de amor y de dinero,
que Colón fué codicioso y ambiciosísimo, que Colón gustó por
modo extremo del oró y del amor. ¡Vaya por Dios! No miraran
á esto siquiera, de haber notado lo que, por atavismo, por naci-
miento, por vocación, por índole, por cultura, por toda su vida,
fuera el inmortal piloto. (¡Qué fuera? Parece imposible cuánto
suelen estudiarse, con qué detenimiento, ciertas vidas, y luego
cómo suele á esos estudios esconderse la principal característica
del objeto y del sujeto estudiados.
Colón era pura y simplemente un argonauta. Los griegos,
- 86 —
qae lo supieran todo, y aquello que no lo sabían por sus
escuelas y por sus ciencias, lo adivinaban por su genio, deja-
ron una simbólica del descubridor y de los descubridores en
la célebre leyenda, cristalizada en viejas tradiciones religiosas,
luego al teatro por los grandes trágicos traducida, y puesta
hoy mismo en escena por nuestros actores contemporáneos, la
leyenda de Medea y Jasón. La fábula del vellocino de oro por
manera muy gráfica reproduce los tiempos á que podemos
llamar tiempos descubridores en Grecia. Solícita la Natura-
leza por su finalidad, cuando quiere cumplir una obra colosal
atrae á ella los seres que necesita para su cumplimiento por me-
dio de ilusiones y esperanzas. El navegante no podría desafiar
las cóleras oceánicas, de seguro, sin un apetito tan bajo, pero
tan espoleador, como el deseo de lucro. Desde las primeras
edades hasta nuestra edad , el descubridor ha buscado un vello-
cino de oro siempre como premio á sus fatigas y como exci-
tante al trabajo de sus compañeros, metidos por él en tan arries-
gadas empresas y por él empeñados en tan horrorosos trabajos.
El argonauta no es más ni menos que nuestro descubridor anti-
cipado. La Colquide, sita en puesto tan vecino de Grecia como
el mar Negro, recuerda nuestras Indias orientales y occiden-
tales , á tanta costa buscadas é invenidas por los nuevos argo-
nautas. El Rey de la misteriosa región se asemeja como á una
gota de agua otra de suyo al gran Mogol, buscado por los na-
vegantes nuestros y erigido como un grande y fijo norte de más
ó menos ingeniosas esperanzas en todas las vías de los inespera-
dos descubrimientos. Jasón anticipa en la Grecia fabulosa y
prehistórica los marinos reales y verdaderos de nuestro Renaci-
miento. El vellocino de oro brillaba en edad tan incierta como
en la edad cierta del siglo decimoquinto brillaban los palacios
de plata, los templos de oro, las puertas incrustadas en zafiros,
pertenecientes al Preste Juan de las Indias. El vellocino de oro
evoca el riente lago de agua fresca extendido por las refraccio-
nes del sol en las arenas, á los ojos del peregrino y del cruzado,
- 87 -
á quien la sed abrasadora mata en las vías de Medina ó de Jeru-
salén. Si el hombre adivinase, antes de cualquier apetecido lo-
gro, los desengaños que le aguardan, renunciaría gustoso á la
vida, y juntando cuna con sepulcro, apenas aparecido en la
tierra, volveríase á ella de nuevo, prefiriendo el silencio y el va-
cío y el sueño de la Nada por completo al perdurable martirio de
ser y de existir. El vellocino de oro, el viaje de Jasón, la magia
de Medea, representan la prehistoria, digámoslo así, el poema
épico de los descubrimientos; el dolor en la incertidumbre , las
ansias por el deseado puerto, las ilusiones al partirse, los com-
bates en el esfuerzo, los engaños al arribo y llegada. El navio
llamado Argos lleva en germen lo que más ilustrara en el mun-
do á Grecia, su maravillosa colonización. Ulyses representa el
explorador; Jasón representa mucho más: Jasón representa el
descubridor. Su navio Argos es como la carabela indagadora y
feliz que descubre con certeza y arriba con acierto al descubri-
miento. Habíanse cortado las tablas del Argos en las vertientes
del Pellón y los mástiles en las encinas de Dodona, por lo cual
aquéllas destilaban mieles de poesía y éstos vibraban fórmulas
de oráculos: audaces héroes y reflexivos sabios la tripulaban , los
unos dioses como Castor y Pólux, los otros semidioses como
Hércules, los otros más que hombres como Teseo; iba en ella
Esculapio, á quien la Medicina confiaba todos sus secretos; y
Orfeo, á quien la religión abría todos sus misterios; y aquel su
viaje pasó de los mares helénicos al mar Negro, á la desembo-
cadura del Nilo y del Eufrates, al estrecho de Gades, inviniendo
la feliz región de los macrobios, donde los hombres vivían
siglos; la tierra de los cimerios envuelta en tinieblas eternales;
el mar de hielo y el mar de fuego; los escollos de Scila y
Caribdis; las islas de Circe y las Nereidas; hasta que por fin
llegó á este jardín de nuestra España incomparable, á este
jardín de las Hespérides, circunvalando así dos veces Europa,
desde nuestros luminosos mares béticos hasta el mar tene-
brosísimo escandinavo, para esbozar allá en las anticipado-
nes y profecías propias del numen griego la nave que con-
dujo los lusitanos á resucitar el viejo mundo histórico, la nave
que condujo los españoles á descubrir el Nuevo Mundo reno-
vador, la nave que llevó los lusitanos y los españoles á circun-
valar el planeta para que concluyese el viejo cielo de cristal que
parecía una máquina pneumática; la nave que condujo los pere-
grinos con su Evangelio en la mano, para que rematasen tan
grandiosa epopeya con esta sublime trilogía: democracia, liber-
tad y República.
Para que las analogías no se acaben y las personificaciones
aparezcan deslumbradoras en el mundo antiguo, descúbrese
junto á Jasón Medea, nuevo símbolo también, el símbolo de
las razas invenidas por los descubridores. Su amor, el amor al
argonauta, representa el que los pueblos encerrados dentro
de sí mismos sienten por aquellos que han tenido el arte y
el valor necesarios, no sólo para encontrarlos, sino para di-
rigirlos en los primeros pasos de una civilización desconocida
y nueva, superior á la suya original y nativa. Medea debe apa-
recer hechicera en representación de la Magia, fe natural á los
pueblos primitivos. La veleidad de Jasón respecto de Medea,
perdido por ella un día y al siguiente de ella olvidado, significa
muy bien la inconsistencia y la inconstancia de todos cuantos
viajan mucho, y al discurso del viaje tienen que cambiar mucho
de naturales emociones por su comercio con las gentes, en cuyos
cambios continuos toman mil varias fases y mil diferentes aspec-
tos. Á su vez la magia, la seducción, las agorerías, las nigro-
mancias de Medea recuerdan los halagos puestos por las gentes
y por las tierras de arribo para retener á los arribados y uncirles
así á sus altares como á sus palacios. La volubilidad de Jasón;
sus facilidades en prometer, unidas á sus dificultades en cumplir;
el arrojo con que á los mares se libra en requerimiento de un
objeto codiciadísimo; las redes tendidas y los engaños hechos á
una familia hospitalaria; la conquista y robo del áureo vellocino;
las mil industrias arbitradas para deslumhrar á su poseedor; el
- 89 —
regreso á Grecia con Mcdea, ni bien esposa, ni bien cautiva; la
mezcla de audacia y astucia en sus empresas ; la tenacidad y el
disimulo en sus propósitos; el abandono de quien le ha facilitado
el apetecido logro cuando no la necesita ya; su resolución de fun-
dar su familia con la gente propia y erigir su hogar en la tierra
patria; el menosprecio á Medea, enfurecida por engañada; cuantas
fases nos muestra el espíritu y la vida del argonauta, significan
por modo maravilloso las naturales aventuras corridas por nn
descubridor en estos nuestros tiempos mismos y nos enseñan la
indudable fatalidad que pesa tanto sobre la Naturaleza como
sobre la Historia, reproduciéndose, á pesar de largas distancias
en el tiempo y en el espacio, las mismas virtudes y los mismos
defectos, en demostración de que permanece un fondo común
en la Humanidad, y de que no podemos creernos ajenos á
ninguna edad, ni á ninguna familia humanas, sino solidarios con
todas desde sus desconocidos orígenes hasta el cumplimiento y
realización de sus providenciales destinos. El desengaño padecido
por Medea cuando se ve abandonada y enemiga de aquel Jasón,
á qnien recibiera con los brazos abiertos, representa y significa
el tradicional desengaño que reciben todos los pueblos descu-
biertos y conquistados de sus nuevos señores, tomados por dio-
ses en los primeros momentos, hasta que hallan al transcurso
del tiempo en ellos varias condiciones inferiores á las suyas
propias y se resisten y se vengan. La poesía helena representó
tal particularísima leyenda con su maestría soberana indiscutible.
No se mueren las tigres heridas, no rugen las leonas febriles, no
graznan los cuervos hambrientos , no silban las serpientes airadas,
no envenenan las víboras, no gritan los milanos y no tragan las
hienas como los instintos feroces de Medea, ebria en el atroz de-
lirio de su loca venganza. Medea es la alquimia delante de la
química, la astrología delante de la astronomía, la cabala delante
de la matemática, el augurio delante de la observación, el pre-
sagio delante del cálculo, el hechizo y el milagro delante del
saber humano, la naturaleza bruta y la tribu fetichista y la fa-
milia casi salvaje delante de aquellos que los encuentran y los
civilizan. No se puede iniciar la biografía de un argonauta como
Colón , el gran revelador , sin tornar la vista y el pensamiento á
los que le precedieron , cuyas vidas parecen como anuncios apar-
tadísimos hechos por la historia de la vida inmortal del primero
entre todos. Tito Livio en los comienzos de sus décadas; Plutarco
en las biografías de sus hombres ilustres, griegos y romanos; Es-
quilo y Sófocles y Eurípides en sus tragedias; los dos primeros
dramáticos de las literaturas modernas , Calderón y Shakespeare
en sus mejores obras, ponen profecías de lo que van á presentar,
muy semejantes á las fábulas del vellocino de oro y al viaje de
los argonautas, cuyo relato resulta indispensable al comienzo de
una epopeya como la invención de América.
Mas aun hay cierta coincidencia, la cual, no por sabida y vulgar,
debe omitirse. Así como en una comedia de Lope aparece una
profecía extraña, si bien clarísima, del telégrafo eléctrico, en la
tragedia del español Séneca también aparece otra profecía clarí-
sima del descubrimiento de América , tal vez por el genio de su
patria sugerido, por aquel genio que providenciales designios se-
ñalaban para producir esta maravillosísima obra. El profeta he-
breo, aquella especie de sabio revelador que contempla y escu-
driña con ojos avizores y profundos lo porvenir, anuncia siempre
augurios y profecías referentes á su tierra y á los imperios que la
persiguen ó avasallan; el oráculo griego , en sus fórmulas y sen-
tencias sibilíticas, habla siempre de Grecia ó de los pueblos á
Grecia circunvecinos; pero el poeta nuestro, inspirado por el
genio romano é intérprete de la universalidad de sentimientos é
ideas traídas por la Eterna Ciudad al mundo antiguo, rompe
todas las fronteras con su luminosa inspiración; y adelantándose
á los siglos, anuncia las exploraciones del Océano , cerrado en-
tonces como un misterio, los agrandamientos del planeta y las
apariciones de nuevos mundos en la soledad del espacio , no
pudiendo sazón más oportuna escoger el genio poético para
mostrar sus virtudes proféticas, que la gloria de los argonautas
— 91 —
antiguos y la investigación de aquel áureo vellocino buscado
en la inmensidad del mar , también por los argonautas futuros,
como que Jasón aparece realmente predecesor de Marco Polo,
de Alburquerque, del príncipe Constante, de Gama, de Maga-
llanes, de Colón, y al cantar sus hazañas y al escribir sus
servicios, no es mucho que, viendo cómo había tendido la
quilla sobre las aguas, dado á la nave gobierno con su próvido
timón, puesto á nuestro servicio los vientos recogidos en las
velas, el profeta viera los futuros descubridores contenidos en
este descubridor antiguo y la sumisión por sus esfuerzos y por
su tenaz voluntad, la sumisión del planeta y del cielo al hu-
mano albedrío, pues en el fin de su acto segundo, pintada la
temeridad increíble del que desafió primero las olas, y la ciencia
del que leyó los astros, recogiéndolos y agrupándolos, á fin de
que señalaran en el firmamento los caminos del Océano; canta-
das y encarecidas las dificultades opuestas por escollos donde
habitan sirenas, por cabos donde hierven líquidos abismos, por
tormentas, huracanes y tempestades; visto el precio dado al áureo
vellocino ; Séneca descubre que si en su tiempo se mezclaban las
razas todas al punto de beber los indios las aguas del Araxo y
los persas las aguas del Rhin, mientras las naves más humildes,
sin necesidad alguna de que Atenea las construyese y Orfeo las
guiase, recorrían los mares, merced á la creación lenta , pero di-
vina, de los siglos, cual otra edad vendría, en la cual, traspa-
sadas las columnas del divino Hércules, desvanecidas las supers-
ticiones que ocultaban como con espadas de fuego el Océano,
franqueados los límites de la polar Tule , que creía Roma infran-
queables, nuevos continentes surgirían de las aguas y un mundo
nuevo completaría el planeta, como premio al humano esfuerzo
y como resultado necesario del progreso.
Venient annis sécula seris,
Quibus Oceanus vincula rerum
Laxet, et ingens pateat tellus,
Tethysque novos detegat orbes,
Neo sit terris ultima Tule.
— 92 —
El argonauta nuestro aparece más complejo en comparación
y paralelo con el antiguo. Los espíritus más difíciles de com-
prender serán siempre los espíritus complejos. Aquéllos, que
tocan por un lado á las cumbres del ideal y por otro lado á lo
más bajo de la realidad, resultarán un enigma para la observa-
ción histórica y obtendrán los juicios más opuestos por la opo-
sición misma de su complexión doble y de sus actos contradic-
torios. Colón, profeta y mercader, vidente y calculador, cruzado
y matemático; especie de Isaías en sus adivinaciones y de ban-
quero en sus cálculos; con el pensamiento á un tiempo en la re-
ligión y en su negocio; sublime oráculo, de cuyos labios brotan
profecías á borbotones y pésimo administrador que arbitra irre-
gulares medidas; proponiendo la reconquista del Santo Sepulcro
por un esfuerzo de su voluntad piadosa y el reencuentro con las
minas de Golconda por un camino más corto que los conocidos
á la India; siempre suspenso entre las idealidades y las conta-
rriñás; capaz de crear un mundo con la fuerza de su visión inte-
lectual para luego destruirlo con los expedientes de su impre-
visión y de su desgobierno; con ojos de telescopio que le
permiten hasta llegar á lo infinitamente grande y con ojos de
microscopio para conocer y analizar lo infinitamente pequeño;
matemático y revelador; teólogo y naturalista; místico y astró-
nomo, se aparece tan múltiple y vario, que apenas cabe dentro
de nuestras lógicas encadenadas series y en nuestros bien regu-
lados y proporcionadísimos sistemas. Cuan fácil juzgar á un
hombre todo para la poesía como Virgilio, todo para la pintura
como Murillo, todo para la ciencia como Newton, todo para el
teatro como Racine, todo para la virtud y la religión como San
Francisco; pero cuan difícil juzgar á un hombre, piloto, cartó-
grafo, matemático, negociante, cortesano, artista, profeta, polí-
tico, administrador, penitente, que baja como un buzo á pescar
madreperlas en los tenebrosos abismos y sube como un ángel á
esparcir mundos en los espacios celestes. La pasión de crear
ideando como un Dios y la pasión de redondearse vendiendo
— 93 —
como un Zulok no cabrán en el fondo de un saco y cabían en
el alma de Colón. Y había hecho bien la Naturaleza, en sus fina-
lidades misteriosas, haciéndolo así, con esas aptitudes contradic-
torias y en abierta pugna dentro de su alma. Tenía que deslum-
brar al idealista con sus visiones, al creyente con sus profecías,
al poderoso con sus proyectos, al muy lastimado por las tristezas
del mal con esperanzas de hallar el nuevo Paraíso sin mancha y
la vida nueva sin pecado, al entristecido por la caída de Cons-
tantinopla con la esperanza de recuperar Jerusalén, al egoísta
y epicúreo con sensuales goces nunca gustados antes, á los
interesados, que por doquier abundan, con el oro macizo de la
soñada Mongolia y con los rubíes á cahíces del Preste Juan de
las Indias. Tiene que dilatar los mares; que rehacer la Natura-
leza; que completar el planeta; que sembrar de creaciones nue-
vas el espacio; que traer á la superficie de aguas inexploradas
numerosas islas y continentes nunca vistos y como soñados;
que aumentar con brillantes constelaciones desconocidas el cie-
lo; que mostrar prácticamente la figura de nuestro globo é im-
pelerlo como un astro más en el éter; que alterar desde la pro-
piedad, casi feudal todavía, completamente destruida por el
nuevo espíritu de trabajo y que bautizar innumerables razas;
que interrumpir los sacrificios del fetichismo para levantar el
Dios Espíritu; que hacer una obra casi litúrgica, una obra
semejante á la de Buda, á la de Zoroastro y á la de Mahoma,
cuando las Cruzadas católicas se habían convertido en cruzadas
mercantiles, cuando la fe tradicional había encontrado á Lutero,
cuando la Sede Pontificia se trocaba en reino político , embar-
gado por la colocación hasta de sus expósitos, cuando Maquia-
velo escribía sus fórmulas infernales, cuando César Borgia invo-
caba al diablo en sus brillantes combates y lo tenía en su persona,
tan hermosa como el ángel caído, cuando Fernando V y Luis XI
sustituían al ideal católico la imperiosísima Razón de Estado,
cuando habían ya nacido los que se burlaban de todos los viajes
heroicos parangonándolos con los viajes de Astolfo á la Luna,
— 94 —
cuando los caballeros con cruz al peto y su cimera sobre la frente
caían yertos á las carcajadas del escepticismo y al Renacimiento
de la Naturaleza y de la Razón. Quien desconozca de Colón las
plegarias, las vis'ones, las profecías, el propósito de una evan-
gelización, el proyecto de recuperar el Santo Sepulcro, la ten-
dencia incontrastable á oraculear y á presagiar, desconoce toda
una parte del ser suyo; pero quien desconozca su finura de ita-
liano, su mercantilismo de genovés, su diplomacia de siglo deci-
moquinto, su hidrópica sed natural de riqueza, sus estratagemas
de navegante, sus dobleces florentinas de conspirador, su pro-
pensión á entregarse al primer potentado con quien topaba en
cuerpo y alma, sus continuas sumas y restas, lo desconoce á su
vez en otro aspecto no menos curioso que el primero y no menos
decisivo para su magna finalidad total y para su creación maravi-
llosa. Reflexión é intuición casi parecen á primera vista excluirse.
La una os reconcentra en vosotros mismos, la otra os difunde y
esparce. La una, repliegue de todas nuestras facultades varias
dentro de sí mismas; la otra, facultad espontánea, difusiva, ra-
diante. Un matemático necesita de la reflexión; un poeta necesita
de la intuición. Por la primera, todo lo veis con su medida, con
su número, en sus proporciones, en su límite; por la segunda,
todo lo veis desmedido, sobrenatural, poético. Por eso decís que
los conocimientos matemáticos deben llamarse conocimientos re-
flexivos y que las inspiraciones artísticas deben llamarse intuiti-
vas. No ignoro, no, que un escultor y un pintor y un arquitecto
necesitan de conocimientos en la línea y en la medida y en el
número, como puedan un astrónomo y un matemático. Pero
esta parte de su divino misterio suelen tenerla en los ojos más
que en el entendimiento. El álgebra canta para un músico. La
geometría pinta y esculpe de suyo en artistas pagados del ritmo
de las formas, cual Fidias, Vinci, Rafael, que han visto las notas
y las sinfonías de los colores, de igual guisa que Pitágoras oyera
con oído atento la música de los mundos y en varios números
la escribiera y anotara. Pero en genio ninguno la reflexión y la
— 95 —
intuición, el cálculo y la poesía, el sentimiento espontáneo y el
cómputo calculado, la elocuencia y el silencio, la poesía y el
interés, la religión idealista y la verdad positiva, la matemática
y la fe, hanse jamás unido como en este Colón, quien parecía
tener primero ideada y luego cumplida su creación, como pudiera
tener un artista esbozos varios y luego el perfeccionamiento real
de sus pinturas, ¡Qué mezcla de ciencia y de magia! Como ya se
os aparece cual un sabio sencillo á lo Copérnico, su contemporá-
neo; ya como un caballero de los que habían entrevisto Pulci ó
Ariosto. En algunos momentos diríase que lleva las tablas astro-
nómicas más perfectas en su inteligencia y otras veces le daríais
las manos para que os anunciara quirománticos horóscopos. Hay
en su espíritu algo de los algebristas positivos que han renovado
en Córdoba las ciencias matemáticas con sus propios saberes y
sus recuerdos alejandrinos, como algo de los alquimistas que han
encontrado, no el oro, pero sí la química, superior al oro, en sus
retortas industriales. Y le pasa todo esto porque va con él á con-
cluir la Edad Media y á comenzar la Edad Moderna. Virgilio, tan
pagano en todas sus poesías, viera con tal intuición el nuevo espí-
ritu vagando en la dulce alba de nuevo día, que la Égloga cuarta
pertenece de suyo al Cristianismo. No empieza la Edad Mo-
derna en Gutenberg que descubre la imprenta; no en Lutero que
subleva la conciencia; no en Copérnico que impele por los es-
pacios infinitos el planeta; no en León X que ampara el Renaci-
miento; no en Fernando V que soterra el feudalismo: empieza
en Colón, que rejuvenece con su descubrimiento de América el
cielo y la tierra.
No hay que imaginar por su grandeza el advenimiento de
Colón y la invención del Nuevo Mundo cosas de súbito hechas
y no apercibidas por la ciencia y por el tiempo, con sus ideas
la una, el otro con sus evoluciones. Por tal modo los productos
del centro de Asia tentaban al comercio y al cambio en aquellos
días que las inteligencias de cierta estirpe y género no descan-
saban hasta no invenir el camino más corto posible á esa fuente
-96-
milagrosa de riquezas. Todo el mundo soñaba con la India. El
aroma de sus clavos y canelas tentaba el olfato y el gusto; las
chispas refulgentes de sus piedras preciosas tentaban la vista; el
oro macizo empleado en sus templos y palacios el universal in-
terés: así todos los pilotos buscaban las Indias por todos los ma-
res. El vellocino antiguo renacía de nuevo en los libros del ve-
neciano Marco Polo, escritos de prisa y divulgados como nunca
en este período creador del Renacimiento, que poco á poco,
desde los últimos días del siglo decimotercio, había trastornado
la guerra cuerpo á cuerpo con la pólvora; vencido al tiempo
con la imprenta; orientado al nauta con la brújula; rehecho la
historia con los helenos fugitivos de Constantinopla; ensanchado
el cielo con los nuevos anteojos; y desvanecido supersticiones
que antes paralizaban ó por lo menos encogían á una la volun-
tad y la inteligencia del hombre. Los artistas escalaban las rui-
nas y los descubridores exploraban el mar. Aquí unos se su-
mergían en la historia para encontrar el mundo de lo pasado y
otros en el espacio inmenso para encontrar el mundo de lo por-
venir. Explorador de los cielos como Regiomontano iba por
doquier apoyado en personificación de las ruinas como Bessa-
rion. Mientras aquél andaba por su tiempo lloviendo estrellas en-
cendidas que lo porvenir esclarecían, éste andaba deletreando
lenguas muertas que lo pasado evocaban. Á pesar de los obser-
vatorios caldeos, los cuales habían guardado siempre su comu-
nicación franca y abierta con las estrellas relucientes en las
noches de aquellos luminosos desiertos, donde las arenas seme-
jan vías lácteas; á pesar de las adivinaciones agoreras, cuyos
números aparecieron como cabalas de nuestras verdades as-
tronómicas; á pesar de haberse la ciencia oriental y helena
concentrado con los Ptolomeos en la ciudad sapientísima de
Alejandro y transmitídose hacia el Oriente á Bagdad y hacia el
Occidente á Córdoba; el terror milenario y el influjo teocrático
habían en tal modo paralizado á Europa, que la vida humana se
asemejaba de suyo á la vida vegetal, hundiendo, como ésta sus
— 97 —
raíces en la tierra, sus raíces aquélla en la tumba. Los hombres
del período extendido entre los siglos quinto y décimo viven
bajo las bóvedas obscuras y achaparradas del santuario bizan-
tino, aguardando la hora del juicio final de rodillas sobre las
tumbas que llaman hacia sus abismos á todos los mortales. Pero
de pronto la cristiandad se mueve por haber pasado la línea del
año mil y no haber visto desgajarse la tierra bajo sus plantas ni
convertirse las estrellas del cielo en mares de ceniza. Europa
nuevamente anda, pero movida y aguijoneada por impulsos re-
ligiosos. Las Cruzadas despiertan y suscitan este movimiento,
que, religioso en sus comienzos bajo San Bernardo y con Godo-
fredo de Buillón, degenera en herético y cosmopolita con el em-
perador Federico de Suabia, y concluye de suyo en mercantil
con Venecia y sus nobles mercaderes. Eterna rival de Venecia,
Genova, la patria de Colón, aguijoneada por el deseo de lucro,
explora tierra y mar en todo lo posible. Notad cómo al con-
cluirse la fascinación religiosa, ejercida por Jerusalén y el sepul-
cro de Cristo, á causa de haberse visto precisada la misma
institución pontificia, que suscitó los cruzados en el siglo un-
décimo, á excomulgarlas en el siglo decimotercio, sustituyóla
una intensa fascinación mercantil ejercida por el gran Mogol de
Tartaria y los diversos espejismos de sus fabulosas riquezas. Las
embajadas expedidas por Enrique III desde sus reinos castella-
nos y contadas por Clavijo con tanta encantadora ingenuidad;
la peregrinación del veneciano atrevidísimo Nicolás Conti, ya en
vida de Colón; las múltiples exploraciones referidas por viajeros
numerosos, no tenían, como las Cruzadas, un móvil y un objeto
religioso, inspirábanse, por lo contrario, en el interés mercantil y
buscaban mercados y no tumbas. Coincidía con todo un mayor
empeño é insistencia mayor en los estudios geográficos. La carto-
grafía prosperaba por modo maravilloso. El genio de las abstrac-
ciones tomistas y de los silogismos escolásticos iba poco á poco, sin
dejar del todo la teología tradicional, observando la Naturaleza,
embelesándose con solicitud tanto en su contemplación como
en su estudio. Lo mismo Roger Bacón que Raimundo Lulio no
se contentaban y satisfacían sólo con sus indagaciones religiosas;
el uno entraba en las ciencias que llamamos por antonomasia
naturales y el otro en las ciencias químicas. Los discípulos su-
cesores suyos pudieron escribir enciclopedias cosmográficas más
tarde, que aun frescas se encontraban, como las de Bauvais, por
ejemplo, cuando el invento de Guttenberg, la reproductora má-
quina, que parecía un milagro venido para perpetuarlas y difun-
dirlas. Las naves catalanas, tan civilizadoras, llevaban por las
orillas del Mediterráneo cartas relativamente perfectas del mundo
conocido, trazadas en centros de cultura tan espléndidos como
Barcelona y Mallorca. Por eso el genio de la gloria catalogará
entre las mayores nuestras eternamente aquel mapamundi ca-
talán llamado el Grande por antonomasia en todos los tratados
científicos y que se trazó el año setenta y cinco de la centuria
decimocuarta, por lo cual este año se cuenta entre las estrellas
de mayor magnitud que brillan en los hemisferios del tiempo y
entre los recuerdos más santos que guardan los anales del
mundo. Planisferio terrestre y carta marina instruyó en tales
modos á los nautas, que puede muy bien denominarse escritura
en que consta la toma de posesión de la mar por el hombre
después de haberse descubierto maravilla tan enorme como
la brújula. Así el planisferio invenido en la biblioteca de los
Borgias y el trazado por los monjes de San Miguel en las pare-
des de su monasterio que se levanta en las lagunas de Venecia,
cerca de Murano, los dos hechos ya en tiempos de Colón, re-
sumen y ordenan todos los conocimientos geográficos del tiempo
é industrian en geografía con todo el posible acierto á los viaje-
ros y exploradores de aquella edad fecundísima. Pero donde
Colón halló quizás la mayor copia de noticias indispensables á
su ministerio y á su oficio, fuera en Genova, célebre como Bar-
celona y Palma por sus cartas marinas. Llámanse periplos, con
el mismo nombre griego que hizo tan famosa la carrera del car-
taginés Hannon. Vivien, que ha escrito una historia de la Geo-
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grafía, hoy consultada por todos, atribuye al genovés Pedro
Vesconte, muy ducho en arte marina, el primer periplo com-
puesto en la Edad Media. Ellos, los de Pizzagani, los de Bianco,
los de nuestro compatriota balear Valsecas, no solamente sir-
vieron para industriar á Colón, así en su arte como en sus cien-
cias ; sirvieron también para procurarle medios de sustento, pues
los trazaba y los vendía; después de haberlos empleado en sus
propias navegaciones. Cuando se ven estas cartas, nótase desde
luego en ellas vaguedades y sombras cuando se refieren á mares
que no sean el Mediterráneo, tan explorado ya y tan conocido
entonces como en este nuestro tiempo. Amén de todo esto,
la imprenta se consagraba en sus primeros esfuerzos á fijar
para siempre los Ubros de Astronomía, de Cosmografía, de Geo-
grafía. Lo mismo el Almagesto de Ptolomeo, más ó menos re-
tocado por los árabes, que la Historia natural de Plinio, con
mayor ó menor fidelidad extraída de los antiguos manuscritos
y palimpsestos, abundaban en ideas y noticias de todas clases,
según las cuales sistematizaba Colón sus conocimientos y razo-
naba sus propias experiencias. Un Papa en persona contribuía
con su caudal de raros estudios al aumento de la ciencia, el
pontífice Pío II. Esta llegaba por mil circunstancias á subir hacia
su apogeo. Y cuando tal sucedía, consideró Colón estrecho el
Mediterráneo á su genio, y se partió, no sabemos ahora si por
móviles reflexivos ó por súbitas inspiraciones, al punto del pla-
neta donde más resonaba el afán de los descubrimientos, al tér-
mino de la Península ibérica, á Portugal, quien iba explorando
el África y trayendo nuevamente á la vida y á la historia el Asia
Oriental, para que todo esto se completara y perfeccionase con
el milagroso descubrimiento de América. He ahí, pues, lo que
constituye la gloria de Colón , el haber sido en la Historia el
primero de los descubridores.
CAPITULO IV.
PORTUGAL Y COLÓN,
AS armonías entre los destinos y las vocaciones indi-
viduales no pueden desconocerse, pues se demues-
ÍJ tran en todo el transcurso de la humana historia y en
todas cuantas biografías andan escritas de los personajes, cons-
picuos y superiores, dignos, por mil conceptos, de universal
estudio. No perteneciera Colón á los marinos primeros de la hu-
manidad si dejara de sentir inclinaciones hacia Lisboa, donde
comenzó la navegación oceánica en grande, tan superior en su
esfuerzo y en su dilatación á las navegaciones mediterráneas
como las navegaciones mediterráneas á las antiguas navegacio-
nes fluviales. ¡Cuál diferencia entre la caravana patriarcal y
errante, que lleva por el desierto á lomo de camello la tienda
nómada, y el madero echado á las aguas de los grandes ríos, que
aumenta el movimiento disminuyendo el esfuerzo, y presta, por
una mayor facilidad en las comunicaciones, impulso al cambio y
al comercio! Pues la cultura del mundo comienza por las ciuda-
des fluviales, por Babilonia y Nínive , á las orillas del Eufrates y
del Tigris; por Tebas, con sus cien puertas, alas orillas del Nilo;
por Jerusalén y su templo, á las orillas del Jordán. Pero esta civi-
— T02 —
lización se hubiera estancado, persistiendo en sus formas orien-
tales y asiáticas, de no haber existido las ciudades marinas como
Tiro, como Cartago, como Atenas, como Corinto, como Sira-
cusa, como Marsella, como Vcnecia, como Barcelona, que con-
virtieron la civilización fluvial asiática en civilización europea
mediterránea. Y así como la barca fluvial supera en mucho al
camello nómada, y el barco marino á la barca fluvial, superan en
mucho á las navegaciones por el mar interno, que llamamos nues-
tro los levantinos, las navegaciones por el mar Océano, infinito é
insondable. Pues lo que fuera la Efrón de Abraham en los tiempos
primitivos; lo que fuera la Nínive de Semíramis en los tiempos
fluviales; lo que fuera la Cartago de Dido en los tiempos medi-
terráneos; es la Lisboa del infante D. Enrique y del hermano suyo
D. Fernando en las edades oceánicas. La caravana comunica los
desiertos entre sí, el desierto caldeo con el egipcio, el desierto
egipcio con el arábigo, el desierto arábigo con el israelita en
tiempo de los Patriarcas; la navecilla fluvial el desierto con el
río, Nubia con el Nilo, Caldea con el Tigris y el Eufrates; la
barca mediterránea los pueblos sitos en las dos orillas de tan
hermoso mar; la navegación oceánica concluye por comunicar
entre sí los continentes y por circunvalar el planeta. Como las se-
manas cumplidas por el mesianismo religioso traen á Cristo en
su hora oportuna, las promesas y las esperanzas científicas trae-
rán á su hora oportuna también los reveladores del mundo. Y
como Cristo, natural de Galilea, tendrá que predicar en Jerusa-
lén, por hallarse allí el templo de Dios; Colón, natural de Genova,
tendrá que personarse á su vez en Lisboa, por hallarse allí el
templo de la ciencia. Todo afluía entonces á la desembocadura
del Tajo. Desde los normandos á los mallorquines buscaban allí
las relaciones comerciales y los conocimientos náuticos. El
Preste Juan de las Indias, asentado en su silla de oro puro; la
ciudad aquella de Catay, donde se medían las perlas como el
trigo, á cahíces; los templos del gran Mogol, reifiatados por enor-
mes rotondas compuestas de rubíes y esmeraldas y zafiros; el
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Océano de tinieblas, tras cuyas ondas brumosas lucían palacios
fabricados con estrellas y embellecidos con rosadas auroras per-
manentes, veíanse lucir y esplender en las encrucijadas de Lisboa,
porque todo el mundo los llevaba en su retina, como fiel trasunto
de profunda mirada interior que trascendía de los espíritus á los
ojos. Pues el colosal personificador de tales aspiraciones debía
ir allí, si en realidad estaba designado por providenciales acuer-
dos, á preparar y apercibir en la realidad lo mismo que tenía en
la idea: un mundo ignorado y nuevo. Y esta decisión suya, de-
cisión reflexiva, deliberada, voluntaria, consciente, no casual,
como quieren aquellos que lo arrojan á las playas portuguesas
tras deshecha borrasca y trágico naufragio, proviene de la voz
oída en su interior á la continua, de una voz del pensamiento
íntimo, propulsor que lo mueve y lo determina en su obra. Las
relaciones entre los pueblos occidentales de la península itala y
los pueblos occidentales de la península ibera en todos los siglos
medios aparecen estrechísimas. Se comprende y explica por el
contacto entre Cataluña é Italia que fueran almirantes aragoneses
héroes como Roger de Launa; se comprende y se explica por
el dominio de Carlos V sobre toda la tierra que desempeñara
largo tiempo el almirantazgo español un marino genovés como
Andrea Doria: la presencia de los genoveses en Galicia y Portugal
solamente puede uno explicársela por el superior concepto que
los genoveses alcanzaban entre gallegos y lusitanos. Lo cierto
es que Oliveira Martins, el gran historiador de Portugal, declara
maestra de Lisboa en marítima navegación á Genova. Y, con
efecto, allá, por el siglo undécimo, el Obispo de Compostela ó
Santiago encargaba pilotos á la Liguria; y más tarde, un Rey tan
sabio como D. Denis de Portugal, vinculaba y amayorazgaba el
almirantazgo portugués en la ilustre familia genovesa de los
Pezzagnas. Reuniéndose tal número de pobladores extraños en
Lisboa por los siglos decimocuarto y decimoquinto que su cro-
nista la llama ciudad grandísima de desvariadas gentes, debía
parecerse , no á Venecia , donde había tres factores predominan-
— 104 —
tes , griegos y esclavones y latinos, á lo que ahora mismo son la
ciudades, como Buenos Aires, como Nueva York, como tantas y
tantas de América pobladas por colonos idos allí de los cuatro
puntos cardinales del aire. Para mí Lisboa ejerce una influen-
cia decisiva en el ánimo de Colón y le presta con los caracteres
de universalidad, por ella desde la centuria décimacuarta toma-
dos, aquel ensueño gnóstico que lo mantenía en perpetua neuro-
sis de alucinación y esperanza. Cuando se ven las naves de todos
los puertos y se trata con las representaciones varias de todos
los climas y se oyen los acentos de todas las lenguas y se asiste
al cambio de todos los productos y se respira el espíritu de
todos los climas y se tocan los resultados del comercio entre
todas las mercancías; una de esas almas, en las cuales desembocan
los ríos de ideas, alma comprensiva y luminosa, concibe las sín-
tesis supremas y universales, á que suelen deberse de antiguo las
revoluciones, así políticas como artísticas, literarias como cientí-
ficas, á cuyo poder se transmite desde una edad á otra el ser de
las sociedades humanas y se tuercen las corrientes del tiempo.
Así, aquellos que prestan culto á lo antiguo , el poeta y el histo-
riador, por motivo y razón de su oficio, romántico el uno y reac-
cionario el otro, revuélvense contra los que han cambiado la
naturaleza de los pueblos y disuelto la sangre propia de éstos y
sus ideas nativas en el cuerpo y en el espíritu de la humanidad.
El planeta se iba ensanchando al influjo de Lisboa, y el es-
piritu se iba engrandeciendo bajo el ala de un cielo y de un
mundo agrandados: no cabía dudar que los intereses antiguos
y los antiguos principios se iban poco á poco achicando en
proporción matemática y exacta con el engrandecimiento de la
tierra toda y del alma universal. Como la nueva grande astro-
nomía destronaba nuestro planeta de aquel centro de la creación,
donde lo habían colocado las supersticiones de otros tiempos,
obedientes al testimonio de los sentidos, el influjo de Lisboa
iba disminuyendo poco á poco el influjo de Venecia y Genova,
como la invención de nuevas regiones y ciudades, andando el
— 105 —
tiempo, debía disminuir el influjo soberano por Lisboa ejer-
cido en los últimos años de la Edad Media. No recogeríamos el
fruto, si la simiente no se pudriese y desapareciera en su obra,
como no abriríamos la cuna para las generaciones recién lle-
gadas, si no cerráramos el sepulcro sobre las generaciones ex-
tintas.
¿Cuál misteriosa relación entre las escuelas artísticas del Rena-
cimiento, fundadas por los Médicis en Florencia, y las escuelas
experimentales de Náutica, fundadas por los hijos de D. Juan I
en Cabo Sagres? Las academias de las orillas del Arno miraban á
lo pasado, mientras las escuelas de las orillas del Océano mira-
ban á lo porvenir. Predominaba en aquéllas la interior astrono-
mía del pensamiento y en éstas la exterior astronomía del cielo.
Allá tañían dedos rosados liras y cítaras; desbastaban agudos
cinceles mármoles y bronces ; animaba el pincel, mojado en pale-
tas de iris, las tablas; el Verbo, henchido por ideas platónicas, á
su vez animaba los espíritus, surgiendo de todo esto la evoca-
ción de Grecia representada por sus estatuas : mientras aquí abor-
daban pilotos de todos los mares conocidos; enseñaban la geo-
grafía y sus adelantos , mapas de todos los territorios explorados
y aun de los territorios explorables ó supuestos ; se aplicaba con
verdadera novedad á los trabajos y operaciones de la navega-
ción el astrolabio, ideado para pasear la idea por el cielo ; encen-
dían llamas de pensamientos abstractos en las estrellas los discí-
pulos de Raimundo Lulio, ya por aquella sazón muerto para el
mundo, mas redivivo en la ciencia; daba lecciones prácticas de
marear el consumado nauta Jaime de Mallorca ; y andaban de
labio en labio, realizados por la imaginación de tanto experto allí
reunido, los fantaseos increíbles de Marco Polo, cual de memoria
en memoria las noticias prácticas de Valseca, formándose con
todo esto una especie de materia radiante científica, la cual,
tarde ó temprano, había de condensarse y formar un verdadero
núcleo central en el espíritu y en el pensamiento de Cristóbal
Colón, destinado, como los artistas florentinos á evocar el
— io6 —
mundo de la Historia y de la tradición , él á evocar el mundo de
la Naturaleza y de la Libertad. Los espejismos formados por las
reverberaciones del éter en las aguas luminosas del Océano y
las esperanzas caídas en los senos del alma desde los salmos y
libros de las profecías religiosas; la grande Atlántida, evocada
en los místicos banquetes de Platón , y la tierra nueva, puesta por
Séneca en sus tragedias allende los términos entonces conocidos
del cielo y del mar; las experiencias racionales y científicas de
sabios consultados cual oráculos, y los anuncios de almas extá-
ticas, como aquellas que profetizaban una florescencia nueva
en el mundo aparecíanse por los horizontes de Portugal como
esas nubes extendidas por los bordes obscuros del ocaso, que
os fingen, á la refracción de los últimos rayos solares en sus
arrebolados vapores acuosos, ya castillos, ya palacios inmen-
sos, ya legiones de ángeles apocalípticos, ya mares de topa-
cio , ya cordilleras de rubíes y esmeraldas , un cuadro disol-
vente de multicolores matices que inspiran y sugieren, por su
parte, brillantísimos fantaseos al contemplativo espectador poeta.
¿Comprendéis una concordancia mayor que la existente por ley
natural entre la situación ó estado íntimo del alma de Colón y
la situación ó estado intelectual de Lusitania en tiempo tan crea-
dor como este del Renacimiento? Las ocupaciones de la inteli-
gencia individual del Profeta resultaban ocupaciones del inte-
lecto colectivo de un pueblo. Todo el mundo en los muelles de
Lisboa calculaba, preveía, se fijaba en el cielo y en el mar, iba
en pos de tierras desconocidas, formaba ese poema de la nave-
gación y délos descubrimientos condensado luego en el poema de
Camoens, como en la Ilíada y en la Odisea de Homero se con-
densara el poema oral cantado de puerta en puerta por los aedos
helénicos errantes. Colón recogía por los poros allí el ideal de su
ciencia, como esas canoras aves que recogen por todos los ca-
ñones de sus plumas y respiran el aire vital donde vuelan y se
mecen. Durante los tiempos anteriores á la conquista romana,
en el Cabo Sagres, la noche del plenilunio, al subir á su me-
— 107 —
lancólico zenit el astro de la poesía y de la tristeza, iban en
espíritu, requeridos y reclamados por los salmos y los ritos
druidas, los muertos á rozar la superficie del oleaje y las ramas
del encinar, entre fórmulas de conjuros y humaredas de sacrifi-
cios, vibrando unísonas, como vibran las copas de los pinos al
viento del Océano. Pues como ha dicho un gran escritor, así
en aquella centuria extendida entre la Edad Media y la Edad
Moderna, iban las ideas científicas, no como almas en pena,
como espíritus vivos, al Cabo Sagres, y formaban sistemas com-
puestos de series diversas, como forman constelaciones los seg-
mentos del cielo, y vías lácteas en la infinidad del tiempo y
del espacio los sistemas solares aglomerados en las inciertas
nebulosas. Todo el mundo gritaba, siguiendo la voz y la ban-
dera del infante D. Enrique: «África». Todo el mundo hablaba
de un continente, como el africano, ceñido por palmeras que
daban dulces dátiles y áureas mieles; aromado por azahares, que
sugerían, como pebeteros gigantes, ardorosa voluptuosidad; re-
corrido por misteriosos ríos que se creían fluyentes de la luna;
ornado por patios como los de Sevilla y por aljamas como la
de Córdoba y por palacios como los del Darro y del Genil ; con
pavimentos más muelles que las alfombras de Persia, con tejas
de oro macizo, con estancias edénicas, donde los aires trascen-
dían á especias suaves, y resonaban, al son de guzlas invisibles,
tañidas por ángeles de cielos no soñados, melodiosas canciones
acompañadas por concertadísimas orquestas. Veía Colón caer
los pinos, al hacha, en las aguas; citarse los caballeros á torneos
permanentes; ponerse las damas los colores del más arriesgado;
pedir los frailes puesto en las expediciones; aprontar auxilios
los codiciosos mercaderes ; reunirse desde los escandinavos
hasta los griegos en las numerosas tripulaciones; excitar los tro-
vadores á la exploración y á la cruzada con sus cánticos, mien-
tras en el mar desierto iban surgiendo islas como las Azores y
Madera, tendidas, preciosísima sarta de perlas, entre los extre-
mos del continente africano y los extremos del europeo conti-
— io8 —
nente. Los sendos polos de la inteligencia se reunían en el des-
cubridor: la inspiración sobrehumana y el cálculo matemático.
Pues ambas facultades, tan opuestas, recibían del estado en que
Portugal se hallaba entonces, excitaciones intensas y sostén só-
lido. Había en Colón un profeta y un mercader. Pues el profeta
crecía en su contacto con las ideas vagas y poéticas por todas
partes allí difusas, y el mercader en la enseñanza viva de tan-
tas y tan varias combinaciones económicas como se realizaban
en aquella inacabable Casa de Contratación. El espectáculo
pasmoso de todos los embarques, el congreso vivo de tantos pi-
lotos, la llegada continua de marineros, la enseñanza pública
de aquellas ciencias indispensables á la náutica, iban deján-
dose atrás las antiguas circunspectas navegaciones costeras, sus-
tituidas y reemplazadas por estas otras navegaciones en el
Océano, semejantes á un vuelo en lo vacío, á una inmersión en
lo infinito , á un ingreso peligrosísimo en el misterio , á una so-
brenatural tentativa, cuya mayor personificación debía ser en el
transcurso de los siglos este piloto genovés, quien á la callada
iba en su interior apercibiéndose y preparándose para su obra
y se recogía en sí como el Dios Creador se debió recoger al
crear el mundo.
Todo el siglo decimoquinto lusitano está henchido con la
universal aspiración de recorrer y dominar el continente afri-
cano. De aquí los viajes más ó menos arriesgados y las explora-
ciones más ó menos continuas. El archipiélago de las Azores y
el continente de Guinea, invenidos tras tantos esfuerzos, pare-
cieron paraísos, mientras los buscaban, á la imaginación; eriales,
después de hallados, á la vista. El deseo está condenado á enga-
ñarse. Infinito como el alma y espiritual, sus aspiraciones insacia-
bles caen por fuerza en el desengaño al tocar la verdad objetiva y
exacta. No hay ninguna realidad que al ideal responda. Lo refleja
muy mitigado; jamás lo repetirá en toda su extensión y en toda
su grandeza. Así, desde las islas Azores y desde los territorios
encontrados en las tierras occidentales africanas, el deseo había
— I09 —
volado á posarse con empeño en el continente de África. Siem-
pre que hay una luminosa idea muy extendida y una grande
aspiración muy arraigada en la sociedad, encuentra su encarna-
ción propia en una grande personalidad histórica. El deseo de
abordar al continente africano tomó carne y se hizo hombre ó
personalidad en el infante D. Enrique, hijo tercero del rey don
Juan, perteneciente á la dinastía de Avis, sucesora de los Borgo-
ñas, predecesora de los Austrias y de los Braganzas, dinastía co-
menzada en la guerra con Castilla por un dignatario semiletrado
y semifeudal, concluida en guerra de moros por los requeridos
arenales africanos con el sublime loco que se llamó rey D. Se-
bastián. Enrique no parecía una persona, parecía una cifra. Nin-
gún afecto humano le divertía de su fin providencial é histórico.
La porfiada constante aspiración á los viajes llenaba su inteli-
gencia, que señoreaba la voluntad, por completo sujeta de suyo
al ideal. Poblado su espíritu de tierras más ó menos fantásticas
por las alucinaciones de su propia imaginación y por las lecturas
de los libros ajenos, poblaba el Océano extendido al pie del
Cabo Sagres, con iguales objetos, más ó menos fantaseados, y
con iguales perspectivas, más ó menos idealizadas, que descubría
su interior pensamiento. Portugal, contenido por el poder de
Castilla en tierra, no tenía más remedio que apelar, para dila-
tarse, al Océano. La expansión de su ser y las irradiaciones de
su idea lo pedían así. Don Enrique, á fuer de lusitano, era descu-
bridor natural por propia naturaleza nativa y por herencia vin-
culada en la sangre de sus abuelos. Y esta vocación, recibida de
la línea paterna, se reforzaba por el influjo poderoso de la línea
materna. Empeñados los Papas de la Edad Media en prohibir
todo matrimonio entre parientes, quedaban los reyes obligados
á requerir de luengas tierras sus esposas. San Fernando, por
ejemplo, casó con Beatriz de Suabia. La madre de D. Enrique
Avis era sajona y normanda por su complexión, á fuer de in-
glesa. Llamábase D."* Felipa Lancáster. Parece imposible la serie
de coincidencias existente de antiguo entre la historia portu-
no
guesa y la historia española. Esta casa de Larxáster, que sir-
viera con su infanta D.'' Constanza en su oportuna sazón á unir
la dinastía legítima de los Trastamaras con los últimos repre-
sentantes de la dinastía legítima sacrificada en los campos de
Montiel, sirvió en Portugal para prosperar la dinastía de los
Avis. Doña Felipa de Lancáster dio hasta muy madura edad un
hijo por año á su marido el rey D. Juan. Provinientes de lusita-
nos, de sajones, de normandos, los hijos de tal matrimonio co-
rrían desalados al mar, como corren al agua las especies acuáti-
cas; y en el mar, como buenos reyes, corrían á la conquista. El
infante D. Enrique impuso, pues, á los suyos con la doble fuerza
de su voluntad y de su inteligencia las conquistas africanas, cre-
yendo penetrar así por tierra en los dominios del gran Mogol y
alzarse con sus cahíces de aljófares y brillantes. Catay, palacio-
ciudad descrita en todas las relaciones del tiempo, empedrada de
plata, revestida con láminas de oro , perfumada por fuentes olo-
rosas de madreperlas y ópalos gigantes emanadas y surgidas, co-
ronada por cresterías interminables de rubíes y esmeraldas, con
almenas de ágatas, con muros de pórfidos, con lloviznas de al-
jófares, Catay se aparecía en sueños allende el Estrecho de Cá-
diz, allende el istmo de Suez, allende los desiertos arábigos, en
la Mongolia, donde había realizado Alejandro Magno la transfu-
sión de la sangre desde unas venas en otras del ejército suyo y
realizado nupcias entre las razas que preparaban la unidad interior
del humano linaje. La pasión que agitaba el ánimo de Colón, la
idea que tiránicamente lo poseía, estaba difusa y esparcida en
su tiempo. Sin esos engaños, sin esos espejismos, sin esos fanta-
seos, sin las alucinaciones provinientes de las fábulas, nunca se
hubiese descubierto desde nuestro hemisferio el opuesto y nunca
se hubiera completado con el nuevo el viejo mundo. Buscad el
invento que os parezca más positivo y más cercano: la historia
os demostrará cómo la ciencia no hubiese llegado á ninguna
parte sin esos fantaseos de la imaginación, sin esos desarreglos de
los nervios, sin esos engaños del alma. Nada tan práctico para
III —
nosotros y nada tan cercano de nosotros como el teléfono y el
telégrafo , satisfacciones de nuestras necesidades por medio y por
obra de la electricidad , reunida en instrumentos debidos á la
ciencia positiva. Pues ¿cuántas ilusiones no precedieron á este
invento y cuántas fábulas y aun farsas no acompañaron al en-
cuentro é invención de la electricidad? ¿Sabéis algo más conocido
y vulgar que los inventos relacionados con la electricidad, desde los
ámbares antiguos á la rana de Galvany; desde la rana de Galvany
hasta el pararrayos de Franklin; desde el pararrayos de Franklin
hasta la botella de Leyden ; desde la botella de Leyden hasta el
telégrafo de Morse; desde el telégrafo de jNIorse hasta las lámparas
de nuestro Edison y sus maravillosos fonógrafos? ¿Conocéis algo
más prosaico y calculador que la pasada centuria? El verso
mismo se había hecho prosa y la inspiración cálculo. Sin em-
bargo, con encuentro tan positivo como las grandes aplicaciones
de la electricidad, y en siglo tan prosaico de suyo como el siglo
décimooctavo , se dieron alucinaciones muy semejantes á las
que fascinaban el ánimo de los descubridores y de los nautas y
de los viajeros allá en la décimaquinta centuria. Se había per-
dido la fe viva en los milagros de la religión y tomaban los dis-
cípulos de la Enciclopedia como cosa corriente ios milagros de
la ciencia. Cuando se veía subir á unos en el montgolfier hacia
las regiones superiores del aire, y á otros, metidos en la cam-
pana del buzo, descender á los abismos del mar; cuando en la
retorta del químico se hallaban, con los gases ayer ignorados,
nuevos elementos de vida, y en las botellas del físico las chis-
pas del rayo entregado al arbitrio del hombre; cuando el mag-
netismo se difundía por los nervios y los exaltaba, creía tener
el hombre un dominio sobrehumano en la Naturaleza y ser en
la creación todo un agente divino del Criador.
Pues qué, ¿no acudían los pueblos á las cadenas de Mesmer,
cuyas sacudidas ofrecían á los crédulos aquellos eterna juventud?
¿No iban los diplomáticos más abonados á escuchar boquiabier-
tos las palabras del Conde de San Germán, para saber de aquel
— 112 —
conviviente con toda la historia, testigo de todos los hechos capi-
tales, contemporáneo de todas las generaciones, interlocutor con
todos los hombres ilustres de todas las edades, cómo estaba la
curia romana el día que mataron á César y cómo retumbaba la
tempestad en el Gólgota mientras Cristo moría en la Cruz? La
vida etérea, al ascenso de este á otro planeta, la juventud eterna,
la fe viva en los filtros regeneradores, la reducción de un rayo de
sol al encierro de un cristal, el encuentro con seres fantásticos en
la celeste inmensidad, las dos alas del águila en los sendos hom-
bros para subir á lo infinito, la segunda vista en el espíritu para
penetrar con ella dentro del corazón, la florescencia del suelo en
una primavera continua; todo esto y mucho más parecía posible
al hombre de la última centuria, que respiraba en el aire la elec-
tricidad recién invenida y en el espíritu la revolución recién con-
densada. Reinaban un iluminismo y un misticismo humanitarios
que habían facilitado la invención del pararrayos maravilloso de
Franklin, del precipitado químico Lavoissier, del globo aeros-
tático de Montgolfier. La ciencia parecía un Tabor donde la
Humanidad se transfiguraba y subía de un vuelo al Empíreo.
Unos creyentes misteriosos, que se decían bajados de las Pirámi-
des egipcias, asistentes al templo de Salomón, ascetas en las
quebraduras del monte Líbano, restos de antiguos templarios,
perdíanse por las profundidades obscuras de subterráneos miste-
riosos, cual si del globo terráqueo pasasen á los vecinos globos;
y allí, después de haber buscado la estrella misteriosa entre los
vapores producidos al humo de los inciensos puestos por los
esclavos en los incensarios consagrados á los déspotas, entre-
gábanse á la meditación y á la contemplación de los arqueti-
pos eternos, donde se modelan las cosas, en cámaras tendidas
de negros paños sobre los cuales se destacaban blancos esquele-
tos, y al borde horrible de sarcófagos sobre los cuales se veían
mondadas calaveras; y entre tales horrores, propios para desper-
tar un escalofrío de terror, erigían el templo visible al invisible
Arquitecto del Universo, cuyo símbolo resplandecía en el trian-
— 113 —
guio refulgente como la luz del sol, donde resaltaba en letras
hebreas el nombre incomunicable de Jehová. Todo esto se con-
juraba para infundir la idea extendida universalmente de que las
sociedades secretas se hallaban á un mismo tiempo en todas par-
tes. Las gentes creían que guardaban éstas en depósito las fuer-
zas mágicas y las fuerzas demoniacas del Universo; que compo-
nían filtros, los cuales daban á la sangre un calor tropical y una
vida exuberante á todas las fibras y moléculas del cuerpo; que
forjaban oro en el crisol de sus hornos alquímicos; que doblaban
el tamaño de los diamantes; que podían subir de astro en astro
hasta la cumbre misma del sol y allí cobrar una segunda vida
con creces animada por la llama de nuevo y luminoso espíritu.
Á éstos uníanse otros sectarios con tendencias aun más políticas
y con liturgias aun más extrañas. Los temperamentos exaltados,
las damas nerviosas, los jóvenes de imaginación y sensibilidad,
se unían á tantas sectas, creyendo, no solamente verdaderos sus
dogmas, ciertos y positivos sus milagros. En las cortes de Ale-
mania se oía por los mármoles de aquellos grandes corredores,
que circunvalaban los patios de sus palacios, barrer á las noc-
turnas escobas de sus brujas, y en las cámaras imperiales y reales
aparecíanse las damas sobrenaturales, envueltas en blancos su-
darios, anunciando la muerte de los más jóvenes y más floridos
príncipes de las familias reinantes para un día dado. Encerrábase
un Apocalipsis en casi todos los hechos. Los muertos dejaban
los sepulcros y venían al comercio con los vivos. Nuevos seres
surgían al calor de la idea como surgen las mariposas al soplo
de Abril. Por todas partes corrían profetas, hiero fantas, revela-
dores, iluminados. Fundábanse palacios destinados á círculos
mágicos de electricidad , con salones cubiertos de sederías al-
mohadilladas, donde, al resplandor de luminarias extrañas, al
compás de suaves músicas, al eco de armoniosísimos coros,
danzaban los poseídos del magnetismo hasta caer exhaustos,
unas veces á los espasmos de la epilepsia, otras veces á los de-
liquios del éxtasis. Fingíanse árboles magnetizados, que infun-
— lu-
dían bajo sus ramas, propias para figurar en el jardín de Armida
ó en la isla de Circe , sueños henchidos de místicas y voluptuo-
sas visiones. Una especie de profeta, que detestaba el mundo
como si fuese un cenobita, que se holgaba en la soledad como
cualquiera de los precursores ó bautistas evangélicos, que apa-
rentaba decir una idea para significar otra opuesta, ángel de
nuevo Apocalipsis, arrojaba palabras incoherentes sobre la so-
ciedad antigua en su agonía y sobre la nueva sociedad en su
cuna. Por tamaña crisis de los ánimos , por tal exaltación de los
temperamentos, por las agitaciones de Pitonisa, que sobrecogían
á la humana conciencia, como en los primeros siglos del Cristia-
.nismo, adivinaréis qué de prosélitos no arrastraría el Conde
misterioso de Cagliostro , bendecido por Lavater como un provi-
dencial redentor, llamado en unas partes Bálsamo y en otras
Fénix; aquí con un nombre griego y allí con un nombre caldeo;
profeta y aventurero; filósofo y prestidigitador; dispuesto así á
un sermón como á un escamoteo ; capaz de robar el corazón
del pecho con su elocuencia semibárbara y de la bolsa el dinero
y aun el reloj con sus dedos habilísimos; alquimista y médico;
astrólogo y astrónomo; sabio y sicofanta; caballero rosa-cruz y
caballero de industria; quien así podía pasar por un templario
escapado á las persecuciones antiguas como por un reo escapado
á los presidios de África; habitador de una casa misteriosa donde
reinaba el crepúsculo y sacerdote de una secta theúrgica donde
reinaba el misterio ; enemigo de la Iglesia y amigo de los carde-
nales; enemigo de la Monarquía y amigo de los monarcas; ex-
plotando á todas las sociedades secretas, que lo mantenían como
un Nabab de la India, y haciendo creer que debía sus riquezas al
arte de forjar el oro voluntariamente, y que debía sus ideas y
sus ciencias al vuelo diario en alas de siete ángeles por los siete
planetas, y al comercio con hermosas doncellas encerradas en
capillas cubiertas de raso blanco, so la denominación de palomas,
quienes le contaban arcanos del cielo y le servían con sus nigro-
mancias y sus sortilegios para la regeneración intelectual y moral
— 115 -
de nuestra humanidad. Pues bien; todo esto no era más que un
anuncio de la revolución en política y en ciencia de la electrici-
dad. Como para sacar el metal precioso se necesita de muchas
escorias, y para conseguir el fruto regalado se necesita de muchos
estiércoles, para llegar á la verdad pura se necesita de muchas le-
yendas y muchísimas alucinaciones. Cuando esto pasa en el siglo
precedente al siglo decimonono, imaginaos lo que pasaría en
el siglo último de la Edad Media. Por eso la predestinación del
piloto genovés al descubrimiento de la nueva tierra se nota en
el arte sumo con que ligaba los cálculos del saber á los hipno-
tismos, como ahora decimos, inspirados y sugeridos por la tra-
dición y por la leyenda fabulosas. El cuento le servía como el
astrolabio. Junto á un mapa disponía un salmo. Así era la en-
camación sublime del espíritu de su tiempo. Paraíso nuevo ideado
por la Humanidad en el potro de sus tormentos y en el horror
de sus Vía Crucis; libros sibilinos en que se hablaba de un re-
florecimiento universal; cantares órficos transmutados al pasar de
unos labios á otros labios en mil generaciones; números pitagóri-
cos interpretados por la idea sincrética de Alejandría; églogas pro-
féticas de Virgilio é intuiciones sobrehumanas de Séneca; la
inmensa isla, aquella increíble Atlántida, pintada en los banque-
tes de Platón, donde rebosaban las mieles bíblicas de todos los
pensamientos divinos ; profecías murmuradas por los profetas en
los oídos del pueblo de Israel bajo los sauces de Babilonia en
las orillas del Eufrates; rayos rotos de las theurgias múltiples
perdidas en los recodos más obscuros de la memoria humana;
restos de tradiciones; viajes por Marco Polo dictados; embajadas
al gran Mogol desde Castilla y desde Venecia; referencias di-
chas por pilotos que parecían venidos de un mundo sobrenatu-
ral; ejemplares de flores extrañas flotantes alguna vez sobre las
aguas oceánicas occidentales ; reminiscencias islandesas y escan-
dinavas de una expedición casi fantástica y de un mundo casi
mitológico : todo esto iba Colón recogiendo en su peregrinación
por el hipnotizado Portugal , y condensándolo , hasta formar un
— it6 —
mundo ideal en el cielo de la idea interior antes de que apa-
reciera el mundo verdadero y real en lo infinito del mar Océano,
vencedor de aquel otro tenebroso, conjurado y desvanecido
por nuestro sublime profeta. Y amén de todo esto, la navegación
lusitana iba llegando á un punto de perfección por las aplica-
ciones del astrolabio al arte de marear y por el perfecciona-
miento de la brújula, que los buques costeros se trocaban en
buques veleros, y discurrían por el mar inmenso más sujeto al
hombre y por el cielo más esclarecido al espléndido luminar de
las ideas, en derroteros, cuyas estelas iban desvaneciendo las
viejas supersticiones y cuyos cálculos revelando á la Humani-
dad el planeta.
Lo cierto es que, llegado Colón á la monarquía portuguesa,
entraba en punto, donde vivían las ideas relativas á viajes arries-
gados y descubrimientos innumerables. Tomar toda el África y
tras toda el África toda el Asia , idea era que latía en el alma de
D. Enrique, cual en el cuerpo la sangre. A ella lo sacrificará
todo en este mundo. Apuesto, robustísimo, gentil, no conocerá
el amor, ni la familia. Como Godofredo de Bouillon en los
tiempos teocráticos, vivirá y morirá virgen. Aquel corazón úni-
camente ama su África portentosa. La incontrastable voluntad
suya no dejará más descendencia que sus innumerables descu-
brimientos , medio factorías , medio colonias. Así la imagen de
Ceuta se le aparece todas las noches, porque Ceuta significa para
él una brecha por donde tomar el desierto libio y rendir á Ma-
rruecos. Después de pasar las noches enteras soñando con Ceu-
ta, pasa los días leyendo las descripciones hechas por los árabes
de la ciudad codiciada. Y así no habla sino de ella, no vive sino
para ella, procediendo con la ciudad como un enamorado pri-
merizo con el objeto de su amor. Aquella Sierra Bullones que
parece una grande aglomeración de nubes por sus formas y por
su color un gigantesco zafiro ; aquella posición entre los dos ma-
res; el istmo donde se levanta; los senos y ensenadas que la cer-
can; los palacios que la ornan, tráenle á mal traer, llamándole y
— 117 —
requiriéndole á la continua con sus múltiples atractivos. Pene-
trado por completo de que ha nacido para conquistar el África,
para conocer y explorar los mares tenebrosos, para invenir el ca-
mino á las Indias, cumplirá su finalidad sin oir ningún otro clamor
de su conciencia, ningún otro latido en su corazón, reclamo nin-
guno de su familia, como indiferente á todo aquello que no
fuera su vocación interior y sus providenciales destinos. Así ha-
bíalo dotado Naturaleza con las facultades más contradictorias.
Tenía inteligencia de poeta y de matemático á un tiempo como
juntaba en su complexión violencia con destreza. En tal estado
prescindía de su cuerpo como un asceta. Especie de pensamiento
abstracto, ni quería una forma que lo revelase á los demás, ni
quería la vida que lo distrajese con sus contradicciones. Alimen-
tarse y reproducirse parecíale funciones puramente animales.
Como no amaba, no comía casi. Cuentan las crónicas que ayu-
naba la mitad entera del año. Compadecíanse, sin embargo, en
él, por modo admirable, las condiciones opuestas del mercader
y del cruzado. Lo mismo le daba levantar la tizona en el combate
por la cruz que sacar las cuentas de una factoría fundada por
su cálculo. El interés se juntaba en su compleja complexión al
éxtasis. Despreciaba todo aquello que no servía para el objeto
de su vida; mas, en cuanto servían á viajes y exploraciones, es-
tudiaba desde la Medicina y el Algebra hasta la Teología. Con-
centrado en sí mismo, salía de su reclusión interior para la
organización de fuerzas y para el comercio con las gentes nece-
sarios á poner por obra sus planes. De las meditaciones del
filósofo pasaba sin transición al mando y al imperio del general.
Así conquistó á Ceuta. Y después de haber conquistado á Ceuta,
emprendió, contra la opinión de todos los suyos, la conquista de
Tánger. Por cierto que aquí tuvo la desgracia irreparable de su
vida y causó la muerte y martirio de aquel su hermano D. Fer-
nando, á quien ha cantado Calderón en su obra inmortal El Prin-
cipe constante ^ considerada por Schleegel como prototipo aca-
bado y perfecto del drama ortodoxo. Vencido al pie de Tánger,
— II8 —
tuvo que prometer Enrique al Sultán de Fez la devolución de
Ceuta. Y como prenda pretoria de esta devolución tuvo que dar en
rehenes á su hermano D. Fernando. Pero no pudo humanamente
devolver Ceuta. Y D. Fernando , conducido desde Tánger á Fez
por una larga calle de amargura en los candentes desiertos ; gol-
peado por los hombres y maldecido por las mujeres y apedreado
por los muchachos ; de día comido por las moscas y de noche
por los mosquitos; azotado al terrible látigo musulmán y asido al
hierro de la servidumbre; obligado á barrer las cuadras y cavar
los jardines; puesto en el potro que descoyuntaba sus huesos y
metido en las cloacas donde sólo respiraba pestilencias y des-
compuesto antes de muerto; padeció años y años de cautiverio
con una pasión , en la cual , para más acercarle á la pasión de
Cristo, crucificáronle boca abajo, entre golpes asestados á su
cuerpo, hecho todo él una llaga, y denuestos escupidos á su
alma, desvanecida y evaporada en los horrores del bárbaro sacri-
ficio. Así resultan las vocaciones de todos aquellos que han de
cumplir destinos análogos á los del infante D. Enrique ; proceden
y obran, cruelísimos é implacables, con una indiferencia seme-
jante á la que ofrece Naturaleza, evaporando impasible las lágri-
mas y los rocíos, ó comiéndose voraz todos los cadáveres por la
muerte segados en sus amplios devoradores senos. Bajo el afán de
descubrir, Enrique entregó á la crucifixión su hermano menor
D. Fernando; mató á dolores y penas en el desastre de Tánger al
hermano mayor, al rey D. Duarte; dejó que se perpetrara con su
hermano el Regente un crimen análogo al perpetrado en la in-
molación de D. Pedro por los bastardos Trastamaras. Como el
asceta consume la llama de su vida en rezos y penitencias; como
el astrólogo desgasta su vista contemplando las conjunciones as-
trales ; como el químico se petrifica sobre la retorta donde hier-
ven sus mixturas , por el pecho respiradas de modo que conclu-
yen circulando en venas y fibras ; el descubridor aquel aislaba
en su Cabo de Sagres el cuerpo, como en el propósito de las
exploraciones el alma, y no hacía más que sembrar de tierras
— 119 —
con sus planes y sus proyectos el Océano, antes desierto, cual
sembrara con su Verbo Dios de soles y mundos los vacíos
espacios. Inútilmente morirá su madre , á quien amaba con ter-
nura, y que le había regalado en las ansias precursoras de su
beata muerte la espada de cruzado y el relicario de la Cruz:
vestiráse de gala cuando el entierro no había concluido aún y
celebrará con regocijo sin fin la fiesta de su embarque hacia
Ceuta. Inútilmente apresarán los moros de Fez á su hermano don
Fernando, y pedirán por su rescate á Ceuta ; dejará que lo mar-
tiricen y que lo maten , pero Ceuta no saldrá del poder de Por-
tugal. En vano le habrán vencido en Tánger; volverá de nuevo
contra la voluntad expresa del rey D. Duarte, quien, menos
inspirado y grande, pero más tierno y dulce, morirá de dolor á los
golpes del martirio de Fez, resonantes en su piadoso y destrozado
corazón de verdadero hermano. Como atisba el ave rapaz la
presa y no ve ningún otro ser ú objeto, Enrique atisbaba desde
Cabo Sagres sus tierras, y no veía nada más. El afán de invenir
gentes y más gentes ataraceaba entonces todos los ánimos. El
mismo infante D. Pedro había ido á Chipre y á Constantinopla,
y al Cairo y al Tíber, y al Gólgotha y al Sinaí en una peregri-
nación de dos años, movido por ese viento de los cielos que
despierta inquieta curiosidad y que parece sugestión ingerida
en cada cual por el colectivo espíritu de su tiempo. Quitadle á
D. Enrique de Avis lo exclusivo de su vocación con lo concen-
trado de su pensamiento, y no se alzaría en la Historia como el
más alto y el primero de los descubridores lusitanos, quienes se
ufanan justamente con grandezas como las de Gama y Albur-
querque. Así , á este trabajo surgieron para Portugal en el conti-
nente conocido de África, Ceuta y Tánger; en el desconocido,
Río de Oro y Sierra Leona; entre las costas africanas y las costas
europeas , archipiélagos como el de las Azores , é islas muy se-
mejantes, por su flora y su fecundidad , á las más hermosas de
Asia, como Madera; en los costados de África misma las islas
de Cabo Verde ; tras todo lo cual había de venir muy pronto el
— 120 —
doblar aquel Cabo de las Tormentas, que remataba todo un
continente , y el traer á la levadura de nuestra vida y al escena-
rio de nuestra historia las olvidadas regiones orientales con sus
collares de perlas para enriquecernos y con sus embriagado-
ras especias para exaltarnos en la orgía inenarrable de una
nueva vida.
Hay muchos historiadores empeñados en que la historia debe
responder á intrincados acertijos de una solución muy difícil-
Creyendo la concepción espiritual tan sujeta de suyo á la cate-
goría de tiempo como la concepción material indagan el día y
aun la hora en que llegó á concebir Colón su idea del descubri-
miento de América, Desde nuestro tiempo , tras todo cuanto ha
pasado, cosa fácil esa ilusión de creer al piloto visitado por una
idea súbita en cierto instante de los conocidos ahora con dictado
de psicológicos y análogos á las revelaciones venidas desde los
alto sobre los espíritus extáticos. Colón de ninguna suerte alcan-
zó esas confianzas del Hacedor que alcanzaron Elias en el Car-
melo y Moisés en el Sinaí. No aquistó lo que supo merced á los
eléctricos sacudimientos experimentados por las pitonisas en sus
trípodes. Mucho tenía de poeta y aun de vidente, pero sus
visiones motivábanse de la experiencia y su idealismo pare-
cíase á una especie de aroma suave muy encerrado en la reali-
dad. Como la metafísica no pudo separarse de la religión, la
ciencia no pudo separarse del arte y su poesía en el transcurso
de muchas y muy prolongadas centurias. Colón debía resumir
en su fe la Edad Media y en su saber la Edad Moderna. Por el
sentimiento perteneció á las creencias antiguas; por el estudio
perteneceá la razón y á la experiencia científica. Los que imagi-
nan la historia compuesta de milagrosas casualidades creen la ida
de Colón al reino portugués obra de un deshecho naufragio , y su
acierto en el encuentro de vías nuevas marítimas y en el hallazgo
de ignorados territorios obra de la confianza puesta en él por
náufragos conducidos casualmente á su hogar. Y equivocáronse
de medio á medio , como habrán de por fuerza equivocarse todos
— 121 —
cuantos crean en las inesperadas y súbitas improvisaciones so-
ciales. Antes de Sócrates hay una ciencia socrática, en la cual
entran á una, sin quererlo y sin saberlo ellos mismos, los sofistas
que habían de combatirlo, como antes de Cristo, un cristianismo
natural, en gran parte formado por los mismos sacerdotes sumos
que habían de crucificarlo. Un pensamiento, sobre todo, un pen-
samiento científico, no surge á la callada é inesperadamente
como un sol sin aurora en el cielo de la conciencia. Las ideas,
antes de nacer, se anuncian al espíritu por medio de albores lar-
guísimos, como después de morir dejan á su vez en el ocaso in-
extinguibles arreboles. Hay que creer en la idea difiisa como
creemos en la materia difijsa y radiante también. Hay que creer
en la condensación de los pensamientos como creemos en la for-
mación de los núcleos solares. Hay que creer en una especie de
solidificación de los sistemas abstractos y científicos dentro de
lo real, mediante la que van perdiendo grado por grado en suce-
sivas series luz y calor, pero ganando en solidez como los pla-
netas, habitables únicamente cuando se apagan y enfrían dejando
de ser soles. Por el milagro sobrenatural, por la improvisación
súbita, por el relampagueo celeste, por la sugestión hipnóstica,
por el encuentro casual de una idealidad ignorada, paréceme
imposible de todo punto explicar la natividad sublime del pen-
samiento innovador en Colón. Hay que ver las ideas precedentes
á la suya y sus matices; que recordar los hechos capitales gene-
radores del hecho concreto al cual debemos nosotros un mundo
nuevo y debe á su vez él una gloria inmarcesible; que notar
cuantos profetas lo predijeron y cuantos bautistas lo prepararon;
que advertir cómo se apercibían en derredor suyo por grados y
por series todos los adelantos á recibir el grito anunciando la
nueva tierra renovadora de la naturaleza, del alma y de la
sociedad. Sí, una evolución interminable, un movimiento casi
continuo, una lógica interior de los hechos, una serie no inte-
rrumpida de ideas, un cúmulo de titánicos esfuerzos, la suma de
innumerables preparaciones, algo así como la fuerza interior que
— 122
va componiendo las capas geológicas del planeta, precedió al
día creador en que se halló Colón, el creador mártir, frente
á frente de su obra realizada y cumplida. En todo grande móvil
humano hay lo consciente y lo inconsciente siempre, como en
todo hecho trascendental que inmane y perdura en el mundo, hay
las causas eternas y las causas ocasionales. La presencia de Colón
en Lisboa se parece á la presencia de los artistas en Roma y de
los arqueólogos en Atenas. Matemático, mareante, nauta, piloto,
el Mediterráneo debía ser angosto á su ambición generosísima
y corrió al Océano. Criado en aquellas ciudades italianas que
miraban al Oriente y á lo pasado , él debía venir aquí, donde se
miraba por una ley providencial hacia el Occidente y hacia lo
porvenir. Esta fué la causa generatriz de su arribo á Lisboa; pero
la causa ocasional y determinante fué la estancia de Bartolomé
Colón, su hermano, entre los portugueses. Muy sujetas á crítica
se hallan todas las fechas biográficas en la historia de Colón
antes de que su obra le diera un tan elevado renombre y una
tan extendida fama; pero debemos suponer que llegó tres ó cua-
tro años antes de que pasara desde esta mortal á la otra vida eter-
na el infante D. Enrique. Tan feliz coincidencia le permitió cono-
cer el cuadrante, ó sea la mejora llevada por nuestros marinos á
la brújula; el nuevo método de las aplicaciones del astrolabio á
la náutica, merced á las cuales podían los barcos apartarse de
las costas y dirigirse á lo infinito en la mar; el atrevido em-
puje con que habían los descubridores expedidos desde Sagres
doblado la punta del promontorio Bojador, que se tenía por
término del mundo; la carabela occidental, pequeña, pero tan
ágil , que sus latinas velas parecían alas de gaviota y su cuerpo
un pez, como un eximio lusitano la describe, de poco calado
para que pudiese costear y abordar fácilmente , de mucha resis-
tencia y fuerza para que pudiese darse con facilidad á olas y
vientos; artefacto indispensable al sumo trabajo de las explo-
raciones y de los descubrimientos. Con todo esto no pudo ca-
berle ya duda respecto á la forma esférica del planeta. Y no
— 123 —
cabiéndole duda respecto de tal forma, tampoco le cabía res-
pecto de una convicción á ella concunstancial: que habría de
topar con las tierras de Oriente navegando por Occidente. Y no
cabiéndole á este respecto duda de ningún género, tampoco
podría tenerla respecto de que ni las Azores, ni las islas de Cabo
Verde, ni Guinea, ni descubrimiento ninguno hecho por los por-
tugueses podía ser la postrera extremidad occidental de nuestro
globo.
Admirables concepciones y profundamente verdaderas todas
las anteriores, no contribuyeron, sin embargo, en tanta medida,
no, á la obra de Colón, como un error capital, como el error de
creer la tierra mucho más pequeña de lo que es realmente.
No admitió las ideas vulgares de su tiempo en la cuestión de
los antípodas, tenidos por imposibles dentro de la ciencia tradi-
cional. No escuchó á los que negaban la forma esférica de nuestra
tierra, fundados en que los profetas habían puesto en comparanza
la extensión del cielo con el techo de una tienda, Pero creyó en
las dimensiones dadas por Ptolomeo al mundo, y poseído de esta
idea creyó que había muy poco mar, y por ende muy cortas dis-
tancias entre los descubrimientos últimos de Portugal hacia Occi-
dente y las Indias Orientales. Ya penetrado de todo esto en su
interior y resuelto á realizarlo, iba observando todo lo que veía
en torno suyo y robusteciendo con estas observaciones sus ínti-
mas creencias. Por ejemplo, la ciencia del mallorquín Jaime , los
mapas de nuestro Valseca , las noticias de un tal Vicente que le
aseguraba en su alma y en su Dios el hallazgo de maderos tallados
por una industria no clasificable ni conocida entre las industrias
usuales, aquellos juncos gigantescos notados por D. Juan I y cuya
magnitud añadiera dificultades invencibles á todo conato de na-
vegación por el mar tenebroso , el globo de Besaín que ponía la
fabulosa é increíble Atlántida en el espacio mismo donde ponía
Colón las Indias Orientales; miles de circunstancias, perdidas
para la historia, pero todas inmanentes en el centro y foco de la
idea que podremos llamar colombina, formaron la nebulosa in-
— 124 —
mensa en el tiempo y en el espacio, de cuyo seno se desprendió
como un sol espléndido el maravilloso descubrimiento. Imposi-
ble negar los indicios más ó menos seguros que pululaban por to-
das partes, imposible de todo punto. Tal anunciaba la vista cierta
de islotes triples aparecidos en días claros hacia el trópico y per-
manentes en el mismo sitio siempre. Tal otro tomaba las refrac-
ciones de los rayos solares en el aire marino por continentes
verdaderos. Contaban éstos haberse visto cadáveres de seres hu-
manos muy desemejantes en la color y en las facciones de los
seres humanos generalmente conocidos y contaban aquéllos ha-
ber descubierto pinos flotantes muy diversos de los pinos euro-
peos. Varios grumetes aseguraban haber cogido en unos islotes
occidentales puñados de arenas para su fogón, encontrando
en gran parte oro purísimo. Los pilotos aumentaban todos estos
espejismos de la imaginación y del deseo con relaciones más ó
menos verosímiles de fenómenos más ó menos reales. Los que
navegaban por mares islandeses á una solían convenir en que
miles de indicios anunciaban una tierra occidental, hacia la cual
zarparon mil veces, teniendo que volverse mal de su grado á la
resistencia opuesta por desatados huracanes. Un hombre na-
cido en Genova, criado en las costas, puesto desde su niñez
al tanto de las cosas marinas, conocedor del Mediterráneo, ave-
zado á sacar leyes de las observaciones particulares, en la flor de
su vida llegado con toda clase de conocimientos náuticos á la
inmensa factoría que formaba en aquella sazón Portugal, tenía
sobradas piedras de toque para que acerara el genio nativo de
revelador y oyera los llamamientos y obedeciera los impulsos de
sus providenciales vocaciones. Así no puede admitirse la fábula
contada por Oviedo y repetida por Herrera mismo, atribuyendo
el viaje de Colón á las noticias dadas por un piloto de Palos que
abordara, impelido por un huracán, al Nuevo Mundo; y tomadas
lenguas, y hechas medidas de aquellas alturas, y calculada con
profunda sabiduría su latitud, se volviera muy á la callada camino
de Portugal, y al retorno, encontrándose con Colón por una de
— 125 —
las islas portuguesas, como efecto del cansancio y del trabajo
sintiese que se avecinaba la muerte, refiriera en sus ansias al ge-
novés el tesoro de sus conocimientos y de sus experiencias , con
el cual enriquecido, pudo ya poner por obra el plan de su inven-
ción y aseverarlo cual si llevara en sus palabras y en sus promesas
la viviente realidad. Inútil, después de referido todo esto, añadir
cómo carece de fundamento histórico. No se basa en escrito de
ninguna clase, ni en documento capaz de hacer fe, ni en testimo-
nio alguno estimable. Por lo que vemos en los historiadores antes
mencionados, que lo repiten y no lo creen , todo se funda en las
consejas con que la vulgar envidia deslustra siempre al mérito,
persiguiéndole y acosándole con terribles insanias. De tener Co-
lón la evidencia que atribuye tal cuento á su proyecto , no vaci-
lara como vaciló tantas veces; no tuviera las congojas que le ate-
nacearon en el período larguísimo de veinte años; no tanteara
como tanteó tantas vías; no hiciera como hizo tal número de pro-
posiciones; no empleara los argumentos empleados de intuición y
de ciencia: bastábale con haber cogido los comprobantes de sus
asertos, los papeles varios depositados en su poder por la ciega
confianza de un amigo, y con ellos vencer la incredulidad general
tan tenazmente contraria y enemiga de sus colosales proyectos.
Una prueba práctica y tangible de que los sostenía únicamente
con cálculos probables, se halla en que, habiéndole pedido mil
veces algo cierto, nunca pudo aportarlo á los mil juicios contra-
dictorios abiertos acerca de su plan y en los cuales apelaba unas
veces á la fe católica, otras veces á los cálculos científicos; ya
sabio ó ya profeta, parapetado tras ilusiones y cálculos; pero sin
que nunca jamás pudiera fundarse aquella fábrica de sus alucina-
ciones y de sus esperanzas en fundamento real ninguno, que no
habían menester las adivinaciones de un genio en quien Dios
había puesto con la intuición sobrehumana que allega y for-
mula adivinaciones proféticas, un raciocinio tan claro, una ob-
servación tan profunda, un cálculo tan matemático, una maestría
en cosas náuticas, un saber astronómico y cosmográfico tan
— 120 —
grande, una paciencia en el trabajo, una tenacidad en el propó-
sito, una esperanza tan perdurable y una voluntad tan viva y un
culto tan firme al pensamiento, que habremos de contarlo entre
los ejemplares más extraordinarios y más extraños cognoscibles
por las sendas ciencias del temperamento y del carácter, por
la Psicología y la Fisiología humanas.
CAPITULO V.
CASAMIENTO DE COLÓN Y ESTANCIA DE CASADO
EN PORTUGAL.
OLÓN había no sólo estudiado su idea en Portugal,
habíala vivido, como ahora se dice. Muy pobre, los
aguijones de la necesidad espoleábanle á ejercer
como un oficio lucrativo su maestría en cartología y á estudiar
de este modo el mundo conocido, como base para las indaga-
ciones acerca de los mundos por conocer todavía. Su destreza
en la composición de las cartas marinas y de los mapamundis
y de las esferas armilares y de las tablas y de los cómputos
habíale granjeado medios de vivir con estrechez, pero con de-
cencia, nutriéndolo de aquello mismo con que debía ilustrar el
propio nombre y servir al planeta entero, pues no hay escuela,
donde tanto pueda enseñarse y aprenderse, como en la necesi-
dad impuesta por una grande miseria. Cuentan los biógrafos de
Colón que, no contento con ocurrir á las propias necesidades
en lo posible por medio de aquel su oficio, allegaba también
algún recurso que ofrecer á su anciano padre ausente. Así, poco
á poco, á guisa del gusano de seda, extraía de su propia sus-
tancia y esencia los hilos de la urdimbre de ideas, en cuyas ma-
llas prendió al Nuevo Mundo, estudiado, entrevisto, presentido
— I2Í
á la manera que un adivinador astrónomo el sol apartado y le-
janísimo, que no se refleja con claridad ni en la retina ni en el
telescopio. Con más ó menos gusto ha denominado la poesía en
sus tropos al navegante pescador de tierras como al astrónomo
cazador de astros. Y si el trabajo de su oficio cooperó al destino
que debía cumplir en este mundo, no cooperó menos el objeto
de su amor. Colón se unió en matrimonio con una familia luso-
italiana. Llamóse Felipa Muñiz Perestrello la mujer á quien eli-
giera por esposa. Originarios de Plasencia, fuéronse á fines del
siglo decimocuarto los Perestrellos por Lusitania, donde alcanza-
ron el favor asequible á las familias italianas entre los reyes por-
tugueses, deseosos de contribuir á la obra común del Renaci-
miento con la colaboración de los consumados maestros nacidos
en la grande Academia que se llama Italia. Este Sr. Perestrello
exentábase de pechar en el año último de la centuria décima-
cuarta, por habérsele reconocido su dignidad y carácter de fijo-
dalgo en Oporto. Llamábase Filippone. Muy hermosas debieron
de ser las dos hijas que tuvo, cuando trastornaron el seso de un
señor tan obligado á castidad por sus votos y su ministerio sacer-
dotales, como el arzobispo Noroña, quien ceñía en aquella oca-
sión la mitra de Lisboa. Con dos señoritas Perestrellos enredó
su corazón el voluptuoso eclesiástico; con las dos tuvo sendos
hijos, que nacieron, para mayor escándalo, por las celdas de las
vírgenes consagradas al Señor, cual si los monasterios de Cristo
se hubieran trocado en harenes de sultán. Mas los vicios de sus
predecesoras y parientes no afearon el alma de la mujer pre-
ferida por Colón, casta por su natural propio y por su educa-
ción religiosa. En el organismo dado á la familia entonces,
fundada sobre institución como el mayorazgo, y en las dobles
exigencias de la vida feudal, condenada de suyo á los com-
bates, y de la vida nauta, condenada de suyo á los viajes, las
jóvenes casaderas no podían vivir bajo techos desiertos; y si
no iban al hogar matrimonial, tenían que ir, aunque no pro-
fesasen, al recatado convento en calidad de huéspedas pasaje-
— 129 —
ras, designadas con este genérico nombre: pensionistas. No hay
para qué ir muy lejos ni para qué remontarse muy alto, si que-
réis ver hoy mismo una señorita cualquiera de tales condiciones.
En Madrid radican varios conventos de monjas, por cierto muy
empingorotadas, que ceden cuartos á jóvenes solteras pudien-
tes, permitiéndoles llevar una vida entre claustral y mundana.
En esta vida, por más que tenga horas de comunicación amplia
con la sociedad y aun de salidas á la calle para visitas y atencio-
nes, hay siempre cierto recogimiento, que da pie para cierto va-
gar por la lectura y por el estudio. Existen, cual base de toda vida,
en tal género de conventos, monjas profesas, impedidas de salir
á la calle, las cuales allí se amaestran en algunas labores feme-
niles y en algunas letras humanas, enseñándolas á sus pensio-
nistas con la efusión propia del alma de la mujer. Y siempre las
guarecidas jóvenes , por lo mismo que se hallan lejos de sus fa-
milias, guardan la religión de sus recuerdos. Pertenecía D.* Fe-
lipa Muñiz Perestrello á una familia noble, asociada por don
Enrique de Avis á sus exploraciones y descubrimientos, bien
por méritos de tal familia, bien por gracia y favor del Infante.
Esta familia tuvo en lote, ó como premio á tal cooperación, la
isla de Porto-Santo, descubierta por los talentos y los esfuerzos
de la noble y trabajadora compañía fundada en Sagres. Tal ori-
gen é índole de la familia fueron parte á que D."* Felipa supiese
por el sentimiento y por la educación, de oídas y de vista, mu-
chísimo en todo aquello á que los suyos prestaban atención en el
hogar, muchísimo del estado y del gobierno de las islas. Leyes
como las que asocian en química las moléculas afines asocian
en sociedad las almas afines. El descubridor por excelencia
debía casarse con la hija de un descubridor. Colón solía ir á
misa con frecuencia, no sólo en cumplimiento de sus obligacio-
nes religiosas los domingos y demás fiestas de guardar, por
pura devoción. En aquel tiempo no se habían divorciado el
pensamiento científico y la Iglesia cristiana.
Así como Copérnico, destinado á cambiar el cielo tradicional,
— 130 —
defendido por la teología católica, murió en brazos, como buen
sacerdote, de sus creencias maternas, vivió Colón, destinado á
traer, con disgusto de las supersticiones ortodoxas, los antípo-
das á conocimiento de todos, destinado á cambiar el planeta de
la tradición, como Copérnico el cielo, vivió bajo las dos alas de
su vivísima y pura fe. Habitando en Lisboa cerca del monasterio
de Todos los Santos, á él concurría para sus devociones; y con-
curriendo con asiduidad á él, debió prendarse allí de doña
Felipa Muñiz Perestrello, hasta pedirla y obtenerla en casa-
miento. El misterio resulta siempre un templo para el amor.
Hay en todo misticismo una parte de sensualidad que se de-
muestra con leer obras, por su intención íntima tan puras, y por
sus conceptos varios tan sensuales, como Las Moradas de Santa.
Teresa ó como los versos de San Juan de la Cruz. Miradas que
fulguran tras las rejas y las celosías de los coros; dulces voces
femeniles unidas con las cadencias del órgano y con los mur-
mullos del rezo; alientos trascendiendo á incienso y suspiros
tomando á la oración prestado el vuelo; promesas de una eter-
nidad como la que asegura el amor á sus juramentos; figuras
envueltas en velos y hábitos que van errando entre vírgenes y
ángeles, junto á las aras, por el pie de los altares, bajo bóvedas
esclarecidas por melancólicas lámparas semejantes á idealizadas
estrellas; todo aquello que constituye y caracteriza un encierro
de monjas, ocurre al amor con tantas emociones, que debe tro-
carse, allí sentido, como en deliquio donde; se derrite el alma
deseosa de buscar por otro mundo, sólo abierto á la muerte,
una seguridad y un reposo necesarios en los afectos profundos
y en los arrobamientos extáticos. La religión entra por mucho
en pasiones como las que unieron á Felipa y Colón, pues
junta en su amplio seno, por medio de una síntesis maravillosa,
lo que crea y lo que destruye, ó el amor y la muerte. Sin em-
bargo, el cariño de Colón á la joven luso-italiana debió tener
caracteres más positivos, dado el deseo que sentía de vivir el
marino para realizar en edad madura la obra, ya pensada ma-
— 131 —
duramente al tocar en los últimos años de la florida juventud.
Además, creyendo como debemos creer á sus contemporáneos,
el excelso piloto presentaba dos condiciones capaces de tras-
tornar el seso, no diré á D.'^ Felipa Miiñiz, á toda mujer: la
elocuencia y la prestancia. Por su prestancia cautivaba los sen-
tidos y por su elocuencia cautivaba las almas. Tan bien confor-
mado como toda la raza heleno-latina, raza de formas estatua-
rias, tenía la color blanca y el pelo rubio de sajones y eslavos,
hermosura muy atractiva en los pueblos morenos y peline-
gros. Respecto de su elocuencia, creemos firmemente que debía
enamorar por las naturales transiciones, en todos sus escritos
notadas, ya del habla vulgar al habla científica, ya del habla
científica al habla religiosa, elegante sin énfasis en la primera y
profundo sin obscuridad en la segunda y arrebatado sin extra-
vío en la última.
Cosa tan averiguada, como dicha por un historiador cercano
á los hechos que refiere, Fernando Colón, cual el nombre de la
mujer legítima de su padre, oído mil veces en labios de éste y
del hermano mayor, no debía engendrar dudas de ningún gé-
nero y correr como hecho cierto en la posteridad. Pero no so-
lamente se duda hoy de que Felipa Muñiz fuera Perestrello por
su padre; se niega. Y se niega por hombre tan sabedor de his-
toria colombina y americana como Harrisse. No puede, no, ne-
garse que, aparte los escritos trazados por la pluma del descu-
bridor ó por la pluma de aquellos que alguna vez le acompaña-
ran, como el Dr. Chanca, no hay monumento histórico alguno
tan cercano á Cristóbal Colón, como la historia escrita por su
propio hijo. Pedro Mártir escribe de todo y de todos en un
centón epistolario, ó en unas décadas á vuela pluma, en que sus
emociones cabrillean mucho, pero en que trata poco de los orí-
genes del descubridor. Con decir que, para designar su naci-
miento, le llama ligur, nombre comprensivo de toda una re-
gión, y con añadir que comienza las décadas oceánicas con el
embarque de Colón, está dicho todo. Otro tanto digo de Ber-
— 132 —
náldez , historiador de los Reyes Católicos y de su política ge-
neral: no podía subir hasta los antecedentes de Cristóbal Colón;
aunque lo conoció y trató, redújose á los viajes del descubridor,
que tantos esplendores inmortales y tantos épicos tonos prestan
á la gloria de sus héroes. Oviedo, paje de la corte castellana en
aquel tiempo, presencial testigo de los hechos por él referidos,
sigue respecto del matrimonio de Cristóbal, como afirma el
mismo Harrisse, á Las Casas y á Fernando, es decir, á los dos
autores con mayor autoridad y competencia para industriarnos
en la vida privada del maravilloso Almirante. Pero todos los his-
toriadores contemporáneos que la echan de críticos, dan tras
Fernando con verdadero furor, y lo ponen de oro y azul á causa
de los muchos errores ancontrados en sus páginas. Á cada línea
suya salta un gazapo, suelen deciros. Así, muchos eruditos,
como el escrito castellano y original de la historia trazada por
Fernando sobre la vida de su padre, no ha parecido todavía;
como se publicó la primera vez en italiano y entró en las letras
patrias por el camino tortuoso de las traducciones; como sólo
hubiera la versión de UUoa hecha del libro italiano, versión éste
á su vez, creían apócrifa, contrahecha ó interpolada con pasa-
jes llenos de fábulas y mentiras la célebre biografía del padre
por el hijo. Necesitóse la publicación del P. Las Casas, la pu-
blicación de sus volúmenes históricos acerca del descubrimiento
de las Indias, para que, mencionado allí el trabajo de Fernando,
desistieran los contradictores de la negación esgrimida por ellos
tantas veces, y vinieran mal de su grado á reconocer la incon-
testable autenticidad. Pero proclamada y reconocida, todavía lo
tachan de mentiroso y falso; todavía imputan al dichoso libro
el propósito deliberado de una divinización del Almirante, in-
compatible con la verdad y exactitud históricas. En efecto, la
narración hecha por Fernando de la llegada de su padre al seno
de Portugal tras un combate marítimo espantoso y un heroico
naufragio, resulta falsa de toda falsedad. Y aquí los contradic-
tores hacen hincapié para demostrar la falsedad del nombre
'.3..
— 133 —
Perestrello dado á Felipa y de su generación por el Goberna-
dor de tal apellido, por Bartolomé. En juicio y sentir de sus
contradictores, Fernando atribuyó semejante paternidad á la
mujer de su padre con el único propósito de unirlo á una fami-
lia de almirantes italianos que llevaban sangre azul en sus venas
y pertenecían á secular nobleza de Plasencia. Convengamos en
que los descuidos propios del tiempo aquel aumentan mucho
las perplejidades é incertidumbres de un historiador concien-
zudo. Nadie querría creer que , refiriéndose á su mujer Colón
en su testamento, condene á preterición el nombre y apellido.
La primera mención de su nombre aparece con el testamento
de Diego Colón , su hijo , quien la llama Felipa Muñiz, pero no
Felipa Muñiz Perestrello. Este segundo apellido no aparece
sino cincuenta y más años después de su muerte, y en la pluma
de Fernando Colón, dispuesta siempre á exaltar el nombre de
Colón como de buen hijo, y todos aquellos nombres que tienen
alguna concomitancia con este gloriosísimo. Pero se saca mu-
cho partido del silencio de los historiadores contemporáneos
portugueses respecto de Felipa y su genealogía, cuando mira-
ban los tales historiadores con un desvío el descubrimiento de
las Indias occidentales tan enorme que hay entre ellos quien
yerra en el nombre de Colón hasta llamarle Pedro en vez de
llamarle Cristóbal. Mas, no obstante tales reparos, cuya fuerza
no puede, no, desconocerse, ninguna razón concluyente nos da
el sabio Harrisse de su aserto, sujeto á litigio más, ó por lo menos
tanto, como los asertos por él combatidos. En la Edad Media
no se han fijado nunca los nombres patronímicos de las familias,
sujetos á muchos cambios. Cada hijo tomaba el apellido que
creía cuadrarle mejor, sin acordarse para nada del apellido de
su padre. Los hermanos de padre y madre se designaban con
apellidos distintos de los que ahora heredarían todos en las leyes
y en las costumbres nuestras. La mujer de Colón pudo ser hija
de un Perestrello y de una Muñiz, anteponiendo, como solían
las mujeres, el apellido materno al paterno. Lo cierto es que un
— 134 —
cuñado de Colón tuvo el mando superior de Porto-Santo, Pedro
Correa, y lo tuvo porque lo había tenido el suegro suyo en vida
y entregádoselo después de su muerte la suegra viuda. Lo cierto
es que otra cuñada de Colón se casó con un marino llamado
Muiarte, de Huelva, y fué la causa ocasional de la ida del des-
cubridor á la región donde se alza el convento de la Rábida. Lo
cierto es que las disquisiciones de Harrisse aumentan la confu-
sión y llenan de dudas la historia. Y como quiera que sea en
estas dudas lo mejor quedarse á la versión más establecida;
como quiera que ningún interés podríamos suponer á Fernando
Colón en cambiar el nombre de la mujer del Almirante, su pa-
dre; como quiera que debían los contemporáneos saberlo, y las
tres autoridades mejores del tiempo, Fernando, Las Casas y
Oviedo, aunque indirectamente este último, lo confirman, y
luego lo reproduce, andando el tiempo, Herrera , historiador de
las Indias en el siglo decimoséptimo que tuvo á su disposición
todos los archivos y pudo examinar todos los papeles en ellos
existentes respecto de la materia histórica que trataba, debemos
atenernos á lo establecido y continuar llamando á la esposa de
Colón, como casi todos los historiadores la llamaron, Felipa
Muñiz Perestrello. Y si dicen que tal apellido lo fingió Fer-
nando para ennoblecer á su padre , por el amor que le tenía y
el empeño de agrandarlo, digamos nosotros también que Oviedo,
contemporáneo del descubridor y compañero en la corte de los
hijos de éste, no tuvo motivos iguales á los de Fernando, y en-
laza los cognómenes del descubridor, quien no era santo de su
devoción, á la familia Perestrello, aunque no extrae tal enlace
ds su matrimonio con Felipa Muñiz, aumentando las dudas y
constriñendonos á seguir el texto de Fernando y Las Casas.
Pero, fuese de todo esto lo que fuese, D.^ Felipa Muñiz y
D. Cristóbal Colón se casaron en Lisboa como previenen la reli-
gión y la ley, en santo perdurable matrimonio, y tuvieron al año
de unidos un vastago, á quien bautizaron en Lisboa misma con
el nombre de Diego. Las primeras y más importantes resultas de
— 135 —
tal matrimonio fueron que tuvo Colón dos cuñados influyentes
por todo extremo en su vida: uno en Palos, puertecito español
poblado de audaces nautas; otro en Porto-Santo, isla des-
cubierta, ya lo hemos dicho, por exploraciones que presidía el
infante D. Enrique y entregada en feudo á la familia de los
Perestrellos por motivos no bien aclarados en la historia. Lla-
mábase Pedro Correa el cuñado de Porto-Santo, y tenía la isla
en vínculo y herencia por haberla entregado á Bartolomé Peres-
trello, padre de su mujer y de Felipa, el Congreso y Academia
de Sagres. Á tal isla, gobernada por los suyos, debió ir Colón
para entender en varios negocios de su hacienda doméstica,
poco después de casado; y allí se informó en el hogar de cómo
habían ido hasta las costas aquellas objetos de otras civilizacio-
nes, cadáveres de otras razas, plantas de otras floras, que con-
trastaban mucho con los caracteres comunes á todo lo típico
en la cultura de nuestra civilización entonces y en las produc-
ciones de nuestros climas conocidas. Imagináoslo al contacto
de su espíritu indagador con estos seductores cuentos ; bajo un
espléndido cielo meridional; sobre una isla que pide con sus
recodos cubiertos de blancas espumas los ejercicios de la na-
vegación; teniendo ante los ojos atisbadores la línea curva del
horizonte y la línea curva del Océano, como para demostrarle
con sus esféricos aspectos la figura de nuestro planeta; exacer-
badísimo el husmeador olfato á las emanaciones salinas de!
mar, que huele como jardín, y á los aromas balsámicos de las
florestas y jardines bienhadados, que huelen como un mar; el
avizor oído abierto á todos los rumores oceánicos; en presencia
de las aguas celestiales, agitadas por brisas constantes que las
mueven y esclarecidas por el éter solar que las jaspea, seme-
jantes á las ninfas y á las sirenas mitológicas, tendiendo por
doquier abrazos en las ondas y besos en los aires, para tirar
hasta su blando seno al navegante ansioso de coronarse con
algas y perlas ó de perderse allá en abismos que parecen cerú-
leos; y decidme luego si tenía motivo el grande nauta que his-
— 136 —
toriamos, ante tal espectáculo, para codiciar los tesoros tras
aquella inmensidad ocultos, cuya copia milagrosa debía gran-
jearle una vida beata en este mundo y ofrecerle muchos me-
dios para la redención y rescate del Santo Sepulcro, que le
asegurase allá en otro mundo mejor la bienaventuranza. Lo
cierto es que, amén de trabajar mentalmente Colón en su car-
tología, favorable á una expansión intelectual, cuyos efluvios
por doquier se irradiaban, emprendía navegaciones continuas
prácticamente, cuyas experiencias le industriaban en el arte y
oficio de mareante consumadísimo. Así ascendió hasta el ex-
tremo Norte y descendió hasta el extremo Sur de las tierras
entonces conocidas. Fué á Guinea y á Islandia. El objeto cien-
tífico de todos estos viajes hállase patentizado en las notas es-
critas por el mismo Colón, y reunidas para demostrar que son
habitables las diversas zonas del planeta muy allende los Hmites
que á tal carácter habían opuesto las supersticiones seculares.
«Yo navegué, decía, el año cuatrocientos setenta y siete, en el
mes de Febrero, ultra Tile isla, cien leguas, cuya parte austral
dista del equinoccial 73°, y no 63, como algunos dicen, y no
está dentro de la línea que incluye el Occidente, como dice
Tolomeo, sino mucho más occidental, y á esta isla, que es tan
grande como Inglaterra, van los ingleses con mercaderías, es-
pecialmente los de Bristol, y al tiempo que yo á ella fui, no
estaba congelado el mar, aunque había grandísimas mareas,
tanto que, en algunas partes, dos veces al día subía 25 brazas
y descendía otras tantas en altura.» ¡Qué grandes emociones,
aunque las calle Colón, debían despertar en su ánimo aquellos
mares parecidos por su densidad á cristal en vías de liquidarse;
aquellas montañas cubiertas de nieves perpetuas ; aquellos tém-
panos de hielos polares flotantes sobre las ondas en la misma
estación de sus licuefacciones, comenzada por Marzo! La erudi-
ción suya, muy copiosa, debía saber cómo el griego Phyteas
habíala encontrado y medido su geográfica posición; cómo
habíala designado Séneca en sus versos último extremo del
— 137 —
planeta; cómo Plutarco había puesto en ella el célebre mar
Saturnino que se iba corriendo atrás conforme las navega-
ciones antiguas ensanchaban el Océano. Pero lo que debía
ignorar Colón, lo que ignoraba seguramente, según la pérdida y
olvido de ciertas antiguas tradiciones, era la pretensión arraiga-
dísima en aquellos mares y territorios escandinavos, donde
creían muchos haber descubierto su ignorado mundo cinco
siglos antes de los proyectos y de los planes colombinos.
Á la verdad, los derroteros por el inmortal piloto seguidos,
habilitábanlo mucho al empeño que tenía en su voluntad y en
sus mientes. Guinea é Islandia servíanle á las demostraciones
que buscaba y á los experimentos que hacía con unidad tan
maravillosa de norte y de objeto. ¡África y Escandinavia! Los ra-
yos del sol oblicuos en una parte y en otra los rayos del sol
verticales; el cielo cargado con átomos de nieve allá y el cielo
seco é implacable aquí; los bancos glaciales parecidos á mura-
llas de cristal en una parte y los desiertos candentes como los
rescoldos de un horno en la otra; el abeto boreal y las palmas
africanas ; el rengífero confinado ya en los polos y el dromeda-
rio confinado en el Asia y en el África ecuatoriales; el ictiófago
comiendo el frío pescado casi crudo y el antropófago, de carne
humana gustoso; los habitantes blancos y rubios de unas zonas
y los habitantes negrísimos y crespos de otras decíanle á una
con sus contrastes, cómo aparecía todo el planeta habitable, y
por consiguiente, cómo había un pueblo de Catay, así como un
dominio del grande Kan, aquistables, al revés de todo cuanto
hasta entonces habían hecho los hombres, por el camino de Oc-
cidente. «Yo estuve, decía Colón, escribiendo sus notas perso-
nales, en el castillo de la Mina, del Rey de Portugal, que está
debajo de la equinoccial, y así soy buen testigo que no es in-
habitable como dicen.» Por tanto, tras este africano viaje, co-
rrelativo con el otro boreal. Colón tenía trazado en la inteli-
gencia todo el admirable proyecto suyo y desvanecidas las
capitales objeciones opuestas á sus sólidos fundamentos.
- 138 -
Concebido con claridad y madurado con espacio el plan de
Colón, era ya hora de ofrecerlo al mundo entero y hallarle,
para que lo pudiera cumplir él y aprovechar el mundo, una pro-
tección poderosa. No podía, no, creerse impremeditada precipi-
tación el empeño con que ofrecía nuestro piloto á las gentes el
plan y proyecto de su viaje. Estaba en el cénit de la vida y
había subido por esfuerzos y por trabajos de titán. Á intuicio-
nes de poeta y pensamientos de filósofo habíanse unido en su
espíritu estudios profundos de sabio y experiencias luminosas
de observador. Si en la complexión artística, muy propia del
abolengo suyo; si en los arrebatos líricos de poesía intuitiva que
cantaba dentro de su creadora imaginación; si en los afectos es-
téticos de un pecho idóneo para sentir y amar todo lo bello; si
en aquellos deliquios de asceta y extático que tanto le aseme-
jaban á su paisano San Francisco, le solían asaltar ensueños raros
de una indecisión connatural con los fantaseos de su ingenio,
religioso y poético al mismo tiempo, no acostumbraba por todo
esto á confinarse aislado y solitario en vaguedades y soñolencias
indefinidas ; estudiaba como un verdadero naturalista; calculaba
como un consumado matemático; volvía los ojos y los instru-
mentos náuticos al cielo y al mar en esfuerzos continuos; y nunca
dejaba el hilo de unión á lo real en los más nerviosos espasmos
de su cuerpo y en los vuelos más arrebatados de su espíritu al
Empíreo. Los jalones de su camino resplandecen á una con
igual intensidad en la historia del Renacimiento universal. Sin-
tiendo y estudiando había pasado su vida. En las márgenes de
sus profecías notábanse números y más números. Podía tomar
una observación aspecto poético, pero dentro del zurrón de un
tropo encerrábase, como dulce almendra, la verdad experi-
mental y tangible de un problema científico. Se trazaron mapas
donde había islas como las ideales de Aristóteles y Platón , ins-
critas en el sitio y espacio señalados por el geógrafo á la grandí-
sima extensión dada en sus creencias á los extremos de las Indias
orientales , en que radicaban su Kan y su Catay; se construyeron
— 139 —
carabelillas, gaviotas por sus velas, peces por sus calados, resis-
tentes para darse mucho al largo por el Océano, y fáciles para
penetrar por las desembocaduras fluviales; se aplicó el astrolabio
á la navegación, relacionando el cielo y el mar, los espacios de
arriba y los espacios de abajo, en grandes concepciones y expe-
riencias astronómicas; se llegó por el Norte allende Tile, señalada
como último límite boreal de la tierra, y por el Sur allende Boja-
dor, tenido como último límite meridional; se demostró práctica-
mente caber la vida lo mismo en la zona glacial que en la zona
tórrida; y entonces, sólo entonces, en la hora más oportuna del
tiempo creador y en el término más dialéctico de las invenciones
oceánicas, vino á surgir el plan destinado á explorar todos los
espacios del Océano y á reunir todos los territorios del planeta.
Cierto que se mezclaban, como en lo humano siempre, á estas
verdades exactas errores múltiples. Colón creía mayor la parte
sólida que la parte líquida del globo y menor la distancia entre
las Indias orientales y la Europa occidental por los caminos del
ocaso. Mas, á guisa de las maravillosas metamorfosis del uni-
verso, que sacan de la vida la muerte y del mal el bien y de los
estiércoles los ázoes, con cuya sustancia se componen las fibras
y las carnes de las más melifluas frutas, en aquellos dos errores
capitales radicaban los dos impulsos capitalísimos á la obra y
logro de su intento. Si él hubiera sabido los desmesurados es-
pacios planetarios cubiertos por las aguas; el continente inter-
puesto entre su Europa y la región de los brillantes , del oro y
de las especias; lo dificultoso y estrecho de un paso como el que
debe atravesarse allá por las cercanías del polo Antartico para
ir desde nuestra Europa continental hasta las Indias orientales
por Occidente, acaso retrocediera espantado de terror, en vez
de fiarse al collar de perlas ricas y á la guirnalda de flores
olientes, quiero decir, á la serie de archipiélagos benditos que
debían, en su concepto, desde las Azores, las Canarias, las islas
de Cabo Verde, dilatarse hasta la India, ligando el Occidente
con el Oriente y abriendo dichosísima serie de puertos bien-
— 140 —
aventurados á la navegación y al comercio. Colón veía todo
esto con la claridad interior de un alma doble, su alma de vi-
dente y su alma de sabio. Aquella especie de división hecha
por los escolásticos á nuestro espíritu, que subía desde vegeta-
tivo hasta racional , cumplíase por maravillosa manera en este
hombre, quien parecía quiromántico, astrólogo, alquimista, si-
cofanta, teurgo, adivino, al par de sacerdote y sabio. Así había
calculado con todo acierto que aquel Portugal del infante don
Enrique y del infante D. Fernando, el Portugal poseedor de la
recién conquistada Ceuta, y audaz al punto de sellar vencido
con sus quinas los muros de Tánger, evocando á repetidos con-
juros tantos archipiélagos en el Océano vacío y atravesando el
terrible cabo Bojador; el Portugal que soñaba con Fez y expedía
una tras otra escuadrilla por mar y una tras otra caravana por
tierra en busca del Preste Juan de las Indias y del gran Kan de
Tartaria; el Portugal requeridor de todos los mares y metido
en todos los misterios, dado á las exploraciones y á los descu-
brimientos, debía comprender su alma, en gran parte iluminada
y movida por los rayos partidos de aquel brillante y encendido
foco donde se habían animado sus ideas y templádose á una en
sus piedras de toque todas sus crencias y todos sus experimen-
tos. Portugal se hallaba entonces respecto de África y de las
Indias orientales y del mar entero, como se hallaba Grecia res-
pecto de Asia en los días que apareció Alejandro. Precisa recor-
dar á este casi mitológico héroe; precisa traer á cuento su alma
y las ideas de su alma, para sumergirse hasta en el fondo profun-
dísimo de las corrientes intelectuales que fluían á la sazón aque-
lla por la vida y por el alma de Lusitania, esencialmente reve-
ladora, y como reveladora, esencialmente universal ó humana.
Hay alma del mundo, hay alma del pueblo, hay alma del tiempo,
mejor dicho, ideales varios penetrando con su éter y con su ca-
lor en colectividades que parecen individuos por lo unidas y en
individuos que parecen colectividades por lo sintéticos.
Un solo individuo, como Alejandro , parecía Portugal en el
— 141 —
Renacimiento; un solo pueblo, la Grecia entera, parecía tam-
bién Alejandro en sus conquistas. Evocadlo; pues en su evoca-
ción se halla una imagen clara de lo que ocurría en la Europa
occidental durante la centuria de Colón; una imagen demos-
trativa de la unidad y de la inmanencia del humano espíritu eri
todos los tiempos y en todos los países. La emoción de Ale-
jandro, al pisar Asia, no podía ni medirse, ni expresarse. Jun-
tando, como Colón, intuiciones de poeta con cálculos de político,
veía en sus ensueños realizarse un amado ideal, el ideal de su
Asia griega. Sentado en la nave que lo conducía, nave á un altar
parecida por su carácter sacro y por su riqueza litúrgica, no
quiso ceder el timón, pues como poseía solo el ideal, solo debía
poseer la fuerza y autoridad necesarias á su realización y cum-
plimiento. Entrado en las tranquilas aguas del Bosforo de Tra-
cia, á la mitad exacta del canal, equidistando matemáticamente
de Asia y Europa , ofreció á Neptuno un toro inmolado en ho-
locausto; levantó aúreo cáliz al cielo en demanda y requeri-
miento de un auxilio, muy asequible á las libaciones religiosas;
asestó un dardo al seno de la tierra, donde sus conquistas de-
bían ejercerse; y pronunció los nombres de un Hércules para
evocar la fuerza, de un Júpiter para evocar la omnipotencia, de
una Minerva para evocar la sabiduría, como si, en vez de una
guerra cruel y porfiada, iniciase una ceremonia teogónica. Lo
cierto es que, artista por la mayor parte de sus propensiones,
tanto como guerrero y político y explorador, no quiso penetrar
en la tierra objeto de su deseo, sin certificar por algunos hechos
solemnes el enlace de todo cuanto ideaba y quería con lo inten-
tado y hecho por sus predecesores inmortales. Él iba con igual
empuje que los ejércitos de Agamen y Ayax á continuar la
eterna porfía de Asia con Europa; y, por consiguiente, hallá-
base obligado á recordarla en el suelo mismo de la epopeya
helénica, para resolverla en sus exploraciones y en sus con-
quistas por medio de su victoria, personal en apariencia, humana
y civilizadora en realidad. Las tierras de Frigia, los campos de
- 142 —
Troya, el sepulcro de Aquiles, obligáronle á desvestirse de sus
arreos regios, como si quisiera demostrar de aquella suerte la
igualdad humana delante del mundo asiático, del mundo de los
privilegios y de las castas. Así, después de ungirse con aceite
oloroso, vació las ánforas fúnebres sobre las piedras mortuorias,
y depuso coronas en solemnísimos homenajes que acompañaban
los tañedores con plañideras cítaras y los coros con sublimes
versos elegiacos. En las menores cosas Alejandro mostraba ser
la viviente síntesis que debía prevalecer después de su muerte
y quedar como un lazo de unión estrecha entre los dos conti-
nentes. Así, después de haberse desnudado como un griego de
Olimpias sobre la tumba de Aquiles, revistióse de trajes asiá-
ticos. Era de ver el dios, porque un dios parecía', circuido ma-
ravillosamente de su joven oficialidad, que se acercaba mucho
al coro compuesto en el Olimpo griego por los dioses segun-
dos; precedido del milagroso escudo perteneciente á Minerva;
centelleando á las chispas lanzadas por el esplendor de sus arma-
duras, las cuales atraían los ojos de sus amigos y deslumhraban
los ojos de sus enemigos; la rodela de acero al brazo, el casco
ceñido de blancas plumas dispuestas en forma de penacho á la
cabeza; su cota de muchos dobleces al talle; la gargantilla de
pedrería en el cuello; su espada, como un rayo por lo devasta-
dora y ligera, en el muslo; su túnica, de blanco lino en Sicilia
hilado, al cuerpo;- el manto de púrpura en la espalda; y á los
pies borceguíes como los usados por las divinidades mayores de
todas las teogonias en sus descensos á la tierra. No hay que du-
darlo: cuantas particularidades se veían en aquella vida tan ma-
ravillosa y extraña; cuantas actitudes tomaba su cuerpo, flexi-
ble como una serpiente y duro como un león; cuantas palabras
fluían de sus labios, como cuantas empresas ejecutaban sus
ejércitos , todo en él obedecía, por su conjunto, al proyecto ca-
pital y á la finalidad exclusiva de su íntimo y propio ser, á la
unión estrechísima entre Asia y Grecia. Da vértigos material-
mente la carrera de Alejandro. Vencedor en la batalla del Iliso,
— 143 —
y recogidos los despojos tras victorias tan enormes, entran sus
huestes en Damasco y suben como águilas por las laderas del
hermoso Líbano , cuyos cedros sirvieran á las primeras navega-
ciones, y domaran, convertidos en ligeras naves, el mar indó-
mito. Fenicia, Siria, Palestina, se doblegan á su paso como dé-
biles arbustos por su caballo de guerra pisoteados en los bélicos
empujes. El templo de Salomón le abre sus puertas y el canto
de los salmistas le bendice como si fuera de parte de Jehová.
Tiro, Sidón, Chipre, las tierras más ilustres, caen de hinojos
á sus plantas y ofrecen coronas á sus sienes. En la desembo-
cadura del Nilo establece su Alejandría, cuyos faros dirigen
las navegaciones y cuyos pensamientos dirigen las almas. Des-
pués de haber bebido las aguas sagradas en que van disuel-
tos tantos misterios; después de haber saludado las pirámides
iluminadas por las ideas egipcias y pulidas por siglos de siglos;
entre alamedas graníticas de obeliscos y mudos coros de gigan-
tescas esfinges, dirígese al templo de Júpiter Annón, y conversa
con el desierto líbico, fecundo en recuerdos, y con el cielo in-
finito, esplendente de revelaciones. Su voz hierática se mezcla
en himnos interminables á las profecías hebreas , prosperando
el mesianismo, que las sostiene, como sus manos sacerdotales
ofrecen sacrificios al buey Apis en los sacros muros de Menfis.
Desde allí, queriendo medirse con todos los poderes y tratarse
con todos los dioses, corre á Babilonia, no sin haber tenido que
vencer en batallas como la de Arbelas, y no sin haber tenido
que sumergir un poco su alma helénica en el inmenso pan-
teísmo de Asia. Después llegó á Persépolis , donde los monumen-
tos titánicos desconcertaron sus ideas griegas respecto de las
proporciones y de las armonías. Sus templos parecidos á mon-
tañas ; las poblaciones parecidas á cordilleras ; aquellos colosales
amontonamientos de aras sobrepuestas para ofrecer incienso á
los dioses; las pilastras parecidas á edificios enteros y coronadas
con diademas de palmitos sobre las cuales resplandecían tallados
en jeroglíficos pensamientos inuumerables ; los colosos hechos
— 144 —
de granito; las esfinges con sus cabezas de mujer y sus colas de
vaca; los altares enormes no hicieron más que agrandar las pro-
porciones de su gigantesco espíritu y que sugerirle ambición
superior á la sentida por su insaciable corazón hasta entonces.
Y luego corre á las montañas medas, asciende á la Bactriana de
Semíramis, donde hace de la vieja Ecbatana su sitio real y de la
hija del Oxo su mujer; vuela por los desiertos mongólicos, hasta
entrar en la India, y allí se halla con la cuna de sus dioses y con
el manantial de sus ideas, tras todo lo que puede buenamente
ya helenizar el mundo conocido con sólo su presencia, que deja
huellas inextinguibles, y apercibir la síntesis científica y la sínte-
sis religiosa de sus colegios alejandrinos, los cuales preparan á
un tiempo las bases de aquella cultura griega que habían- de
hallar los árabes y traer á Occidente por medio de Sevilla y
Córdoba, como los términos de aquella Trilogía platónica que
habían de recoger los teólogos y aportar por medio de Nicea y
Constantinopla y sus concilios á la eterna religión del, Verbo y
del Espíritu. Pues una fuerza y una persistencia como las mos-
tradas por Alejandro en sus expediciones, había mostrado Por-
tugal en sus descubrimientos.
Desde que los Avis reinaron, predominó Lisboa sobre todas
las ciudades, el comercio sobre la agricultura, el marino sobre
el soldado, los anhelos por el descubrimiento sobre los anhelos
por la conquista. Y, como hemos visto, el infante D. Enrique
fundó por esta grande alucinación Segres; el infante D. Fer-
nando murió por esta grande alucinación mártir en Fez; el rey
D. Juan I tuvo que lanzarse á una cruzada en los mares; el re-
gente D. Pedro, destinado á tan trágico fin, que llegar en pere-
grinación hasta las iglesias de Jerusalén y las cumbres del Sinaí;
los pilotos, cual Zarco y Eannes y Cabral, expedidos por el
Océano, que traer Puerto Santo, Madera, las Azores, el archi-
piélago de Cabo Verde, la Formosa, el desemboque de las aguas
del Congo en las aguas del Atlántico, invenciones halladas
todas sin excepción en la misma centuria de Colón, y todas
— 145 —
idóneas para despertar en aquella emprendedora y audaz co-
lectividad el propósito firme de intentar algo extraordinario
como lo propuesto por el inmortal genovés en cálculos y sue-
ños que parecían combinados para llevarse tras de sí todas
las inteligencias con todas las voluntades. Por aquellos mis-
mos años, en que inútilmente pugnaba Colón para conseguir el
asenso de Portugal á sus proyectos, enviaba Portugal su piloto
Bartolomé Díaz en busca y demanda del cabo que termina
las tierras australes del África, encontrado por su inspiración
y por su esfuerzo con toda felicidad, y poco explorado á
causa del terror sentido por los tripulantes , al cual regresaron
sin ir ultra, dejando la gloria y el fruto de tanta empresa
entonces á otra exploración y á otro explorador lusitanos.
Por aquellos mismos días, no contentos los portugueses con
las noticias traídas por su infante D. Pedro, diputaron otros
peregrinos en busca del Preste Juan de las Indias, talismán se-
mejante al vellocino de oro, puesto por los espejismos de las
fábulas antiguas en la Cólquide para despertar y atraerse á los
inquietos argonautas. Alfonso de Payra y Pero de Corvilhan,
partidos del Tajo con cartas de crédito para Cosme de Médicis,
visitaron la isla de Rodas; recorrieron el Nilo desde Alejandría
hasta el Cairo; acompañaron las caravanas árabes por los infini-
tos desiertos de Arabia; pusieron sus plantas, cual Moisés, en los
arenales vecinos al mar Rojo y en las cumbres tormentosas del
alto Sinaí; hasta que se apartaron en Aden; y desde allí el uno
tomó la ruta de Indias y el otro la ruta de Abisinia, visitando
así Goa, Malabar, Calcuta y el reino abisinio, donde Corvilhan
murió tras treinta y tantos años de residencia feliz en medio de
la riqueza y del fausto, convertido casi en el mismo fantaseado
ser á quien buscaba con tal tenaz ahinco. Y ¿cómo una gente
por este modo y manera dispuesta de suyo para los descubri-
mientos, no quiso escuchar al gran descubridor.^ ¿Cuáles no
hubieran sido los destinos de Portugal si escuchase á Colón.^*
La maravillosa desembocadura del Tajo; las dunas entre que
10
— 146 —
corre; los dos montes excelsos, alzados como centinelas titáni-
cos á los dos extremos de sus bocas; los riscos de Arralida y
de Cintra besados por los vientos y por los oleajes; el Océano in-
menso extendido por allí con grandeza y compenetrado por el
resplandor de aquellos espléndidos horizontes que lo esmaltan
con los iris de sus colores y matices; los cabos de Rocha y Es-
pichel tan majestuosos ; la gran ciudad en que las encinas con
las palmas y los azahares con los heléchos se juntan; las mara-
villas todas de aquel territorio, hubiéranlo constituido en la ca-
pitalidad incontestable de todo nuestro planeta, si por un lado
hubiera vuelto Vasco de Gama con sus indios orientales y sus
Indias testigos del primer día de la historia y por otro lado
Cristóbal Colón, portador del secreto de sus Indias occidentales,
y acompañado por los indios á quienes su falta de historia y
de tradiciones convertía en factores de todos los progresos
y Bautistas de todo lo futuro, celebrándose tal síntesis con
una fiesta de la humanidad que hubiera eclipsado todos los
milagros hechos por el mundo antiguo y achicado todas las
increíbles empresas del casi fabuloso Alejandro. La Providen-
cia 1^0 lo quiso así. Colón, dotado con la facilidad que tenían
los italianos de aquel entonces para servir á cualquier nación,
se naturalizó portugués; casó con portuguesa; tuvo hijo de
Portugal; emparentó con familias que gobernaban allí territo-
rios ultramarinos; estudió los progresos aquistados por la es-
cuela y academia de Segres; fué con sus expertos nautas, desde
Tile á Guinea; expuso los planes suyos recién formados sin re-
catar ninguna de sus experiencias y noticias; trabajó con empe-
ño para que su gloria personal fuese gloria lusitana también; se
afanó y se desvivió cuanto pudo por engrandecer á Portugal y
Portugal no lo comprendió.
Colón, antes de presentar su proyecto á D. Juan II, lo ha-
bía visto y revisto con prolijidad, amén de consultarlo á los
sabios con modestia. El cosmógrafo Behain, discípulo de Regio
Montano, grande astrónomo del siglo, había hecho un globo en
- 147 -
el cual constaba su conformidad con el pensamiento de Colón,
sólo que donde ponía éste la prolongación de Asia, ponía él
una de las muchas regiones descritas por los antiguos poetas y
filósofos. Del mismo pensar y del mismo sentir era Toscanelli.
Natural de Florencia y en Florencia educado, poseía la suma
de conocimientos que se respiraba entonces en el aire de la
nueva incomparable Atenas. Con darse un paseo por las ori-
llas del Amo y penetrar en los jardines donde ardían velas en
honor de Cristo y de Platón , allegábanse más ciencia que
asistiendo á las primeras universidades y escuelas florecientes
entonces en el por cien conceptos luminosísimo territorio italia-
no. Toscanelli pasaba por un médico y por un cosmógrafo con-
sumado. Colón debía juzgarlo así cuando le dirigió modesta
consulta sobre su plan y sus proyectos. El sabio le respondió
participándole su conformidad con todos ellos; le dijo cómo
había trazado un mapa en correlación verdadera con los con-
ceptos colombinos; y le aseveró entendía cosa fácil un encuen-
tro feliz, tras corta y segura navegación por Occidente, con las
Indias orientales. Oyendo tales votos y estudiando tales revela-
ciones, la creencia del nauta crecía en arraigo y se maduraba el
propósito de presentarla con toda claridad al Monarca reinante
á la sazón sobre Portugal y pedirle su apoyo poderosísimo para
el cumplido logro y la plena realización de una idea tan fecunda.
No se había lanzado el reino portugués á las exploraciones sin
dudas y sin resistencias. Allí, como en todas partes, la diferen-
cia de doctrinas y de ideas en los individuos provenía de las
diferencias en su educación y en su temperamento respectivos.
Estudiad cualquier sociedad ó compañía fundada para el cul-
tivo de las ideas; veréis como ha reunido las inteligencias afines.
Estudiad cualquier otra que se consagre á la acción antes que
á la idea y veréis como ha reunido los temperamentos análo-
gos. El Portugal agrícola debía pugnar con el Portugal marino.
Los sedentarios apostaban por la tierra y los inquietos por el
mar. Las ideas en el campo se arraigan y duran como los árboles;
— 148 —
en el mar se mueven y cambian como las olas. Hubo, pues, un
partido feudal de terratenientes contrario al partido innovador
de navegantes. Á la cabeza del primero se habían encontrado
el rey D. Duarte y el infante D. Pedro; á la cabeza del segundo
los dos gloriosísimos infantes D. Enrique y D. Fernando. El
gran historiador Martins los compara con Catón el Viejo y Esci-
pión el Africano en Roma. Efectivamente, Catón quería con-
centrar á Roma en su Lacio y Escipión esparcirla por el mundo;
Catón verla dentro de su Pomerio, sobre los bueyes de Cinci-
nato, y Escipión verla sobre los mares en requerimiento de le-
janas conquistas ; Catón conservarla en su austeridad y vestirla
del vellón de sus ganados y Escipión extenderla por las factorías
y cubrirla de púrpura tiria y piedras preciosas deslumbrantes;
Catón sujetarla con el cable de sus cáñamos al puerto de una
república patricia y Escipión soltarla henchida por todos los
vientos del cielo al oleaje de las aventuras cosmopolitas. Don
Duarte y D. Pedro fortalecían á Portugal en bases rurales y
D. Enrique y D. Fernando disipábanlo en la inmensidad del
Océano, Bajo la idea de aquéllos , Portugal brillara menos, pero
viviera más tiempo; bajo la idea de los dos Infantes, explorado-
res y héroes, Portugal se ha desvanecido en su obra. El Rey,
con quien Colón se las hubo, nieto de D. Duarte, hijo de don
Alfonso V, pupilo ingrato de D. Pedro, estaba por las navega-
ciones, por los descubrimientos, por las empresas marítimas,
por la epopeya de los viajes, como que reinaba sobre Vasco de
Gama y sobre Fernando de Magallanes. Por eso nos maravilla
más que no aceptara el plan de Colón y no remitiese á hombre
tan grande la realización del altísimo pensamiento. Había here-
dado á D. Alfonso V, hijo del rey D. Duarte. Acostumbrado
Alfonso á perpetua minoridad, en su infancia vivió bajo la tu-
tela de su madre D.^ Leonor; en la mocedad bajo la tutela de
su tío D. Pedro, á quien mató; en la madurez bajo el partido
mejor ó peor que le oprimía y lo explotaba. Exprimiendo la
sangre y el sudor de los pueblos para enriquecer la nobleza, muy
— 149 —
su amiga, por suelta y devastadora bajo su nominal soberanía,
ufanóse con el renombre de Africano á expensas del reino y del
vasallo destruidos, víctimas de la mayor miseria por las africanas
empresas de su desatentado Rey, corpulento, craso, fuerte, vale-
roso, peleador y guerrero, mas vengativo y obtuso. Vencido
en la batalla de Toro y refugiado tras su derrota en tierra de
Francia, le sucedió su hijo D. Juan II, á quien Colón debía pre-
sentar sus planes y sus proyectos. Tengo por imposible ninguna
explicación probable de cuanto entre Juan II y Cristóbal Colón
ocurriera, sin fijar dos cosas con suma claridad: primera, la po-
lítica del Rey; segunda, las pretensiones del piloto. Inexplicable
la política del Rey sin explicar antes el estado general entonces
de nuestra vieja Europa; inexplicable á su vez el estado general
de nuestra vieja Europa, sin explicar antes aquella evolución
dialéctica de la política continental en sus capitales movimientos
generadores de sus diversas fases. Por la serie de acciones y de
reacciones que constituyen la vida humana, cayó la Europa mo-
derna en el fraccionamiento y en la separación de sus regiones
con contraste opuesto á la unidad excesiva del Imperio romano,
irrupto por la gente boreal y bajo los pies de la gente boreal
roto hasta en sus bases' y dividido en cien fragmentos. Aunque
muchos declaran inútil fatalidad la irrupcción de los bárbaros,
quizás no hubiera brotado la idea del individuo moderno sin
aquella infusión de sangre germánica, que traía en sus moléculas
el sentimiento de nuestra personalidad, ni se hubieran formado
las naciones europeas, la nación, esa entidad de las entidades,
sin aquellas terribles fragmentaciones que nos hicieron caer en
espantoso caos, cual nunca, ni antes, ni después, lo han visto
las edades históricas. Desde aquella irrupción en el siglo quinto
hasta la Europa del siglo décimo, el estado general europeo se
caracteriza por una sola palabra, por el feudalismo eclesiás-
tico. Y como este feudalismo duró desde el siglo quinto al si-
glo décimo, desde el siglo décimo al siglo decimoquinto duró
el militar y guerrero siempre. Reina, pues, en sus dos fases, la
— ISO —
teocrática y la patricia, mil años sobre nuestra Europa, destruida
en cien fragmentos. Y dos principios lo contrastarán y lo comba-
tirán, dos principios de unidad: el Pontificado y el Imperio, Bajo
este último, bajo su ideal romano, irán poco á poco formándose
las monarquías, destinadas á combatir el feudalismo en todas
sus manifestaciones y á fundar la unidad interna del Estado. En
la primera serie de los monarcas, desde fines del siglo quinto
hasta fines del siglo undécimo, todos serán teócratas contra el
feudalismo civil y todos pondrán sus nacientes coronas bajo
las dos alas del Pontificado En la segunda serie de los monar-
cas, desde fines del siglo undécimo hasta fines del siglo deci-
motercio, todos serán cruzados ó santos: Ricardo Corazón de
León, Federico Barbarroja, San Luis, San Fernando, y muchos
otros. En la tercera serie, desde fines del siglo decimotercio hasta
mediados del siglo decimoquinto, serán todos crueles en su com-
bate per arrancarle una parte de sus privilegios políticos al clero
católico y una parte de sus privilegios nobiliarios al patriciado
feudal. Pedro el Cruel en Castilla, Pedro el Cruel en Portugal,
Pedro el del Puñalet en Aragón, y sus demás contemporáneos,
no me dejarán mentir. Desde mediados del siglo decimoquinto
hasta mediados del siglo decimosexto los reyes cambian. Á la
verdad, no pierden el carácter de crueles revestido por sus
progenitores, pues no podían perderlo en aquella horrible
guerra con el feudalismo expirante; mas se tornan pérfidos y
traidores, teniendo, á pesar de su fuerza, incalculable ya en-
tonces, las calidades y condiciones de los débiles: destreza y
astucia. Un maquiavelismo inconsciente se anticipa casi por
adivinación al Príncipe de Maquiavelo, y un maquiavelismo
razonado y consciente al hombre y al escritor destinados á la
formulación de los principios, bajo cuyo triste imperio debía
la razón de Estado desarrollarse. Fernando V, Luis XI, Enri-
que VII parecen un solo monarca por sus grandezas y por sus
dobleces.
Á esta clase de reyes pertenecerá , por razón de su tiempo y
— 151 —
de su carácter, D. Juan II de Portugal. La perfidia, la doblez, la
mentira, juntas con la crueldad natural, debían constituir las
calidades múltiples de estos reyes maquiavélicos. La política se
había sobrepuesto en ellos á la conciencia, como suele aconte-
cer en los tiempos agitados con los revolucionarios, según lo
prueban Cronwell, Robespierre, Dantón, todos grandes y to-
dos grandemente homicidas. La inmaculada pureza moral de
Washington luce á larguísimos intervalos en la trágica historia
humana. Los reyes tuvieron que hacer una revolución contra
el feudalismo, como los cabezas redondas de Inglaterra y los
improvisados convencionales de Francia tuvieron que hacer
una revolución contra los reyes. Así no se pararon en barras
ni unos ni otros. El frío rigor, con que Naturaleza cumple sus
fines, entraba en aquellos espíritus abstractos y secos á manera
de fórmulas algebraicas. «Dice Luis XII, de Francia, exclamaba
Fernando V de Aragón, que lo engañé dos veces: miente
como un bellaco; lo engañé más de cinco.» Esgrimiera este
Rey nuestro tal número de perfidias en la salvadora y defi-
nitiva reincorporación de la Navarra y de los navarros occi-
dentales á España, que los reyes despojados aguardaban la
restitución tras los Sacramentos, como en penitencia y al fin de
conseguir el eterno rescate, á la hora en que murió el despoja-
dor. Y como le hablaran adrede gentes apostadas en la cámara
mortuoria para este fin religioso, el Rey, político implacable y
consumado, volvió la cabeza y no dijo una sola palabra. De
iguales procedimientos, crueles y hábiles al mismo tiempo, se
valieron León XI y Enrique VIII para desarzonar aquél á los
últimos caballeros feudales, y disolver éste los partidos, ya cató-
licos, ya cortesanos, que se iban reuniendo en torno de sus nu-
merosas mujeres, implacablemente sacrificadas á sus caprichos
y á sus razones de política y de Estado. Ya lo hemos dicho: así
era también D. Juan II, en virtud de las leyes generales que
producían monarcas idénticos, del mismo carácter y del mismo
ideal, en apelados y aun contradictorios reinos. El cronista
— 152 —
Bernáldez, en las primeras páginas de su Historia de los Reyes
Católicos^ describe á Juan II con toda verdad, y lo presenta,
como nosotros lo creemos y lo presentamos , diestro y cruel al
mismo tiempo. En efecto, únicamente para examinar las juris-
dicciones aristocráticas donadas por la Corona, y limpiarlas de
tanta herrumbre como les había una usurpación sistemática so-
brepuesto, necesítanse fuerzas de combate parecidas á las fuerzas
del mecanismo celeste. Restringir la intervención aristocrática en
el juicio de los tribunales y en el nombramiento de los regidores,
alzándose con ambas facultades arrancadas por el feudalismo á
la monarquía, resultaba en el fondo un radicalísimo cambio
social; y estos cambios no se verifican jamás en la vida sin pro-
fundas revoluciones; y estas revoluciones no pueden cumplirse
y realizarse nunca sino por el hierro y el fuego. Sin embargo,
Juan II creía el crimen sólo practicable hasta un límite muy
preciso, hasta el exacto y concreto de su patentísima utilidad.
En esto se distinguía la perversidad de los reyes del siglo deci-
moquinto de aquella perversidad de los Nerones y de los Tibe-
rios, quienes cometían crímenes baldíos á roso y velloso, por el
placer y la satisfacción de cometerlos. Sobrio en comer y be-
ber, corto en dormir y regalarse, enemigo de las ostentaciones
artísticas y del pagano lujo en que Reyes y Papas del Renaci-
miento cayeran , como los Borgias y los Estes y los Médicis y
los Urbinos de Italia, mataba de modo muy reflexivo y á golpe
muy seguro. Así acabó con López Vaz, muerto por impulso y
ordenamientos suyos, á manos de varios caballeros, los cuales
recibieron en premio de tal crimen, á traición perpetrado, va-
liosísimas y copiosas mercedes; así degolló al Duque de Bra-
ganza en Évora, tras un simulado proceso urdido con el fin de
arrancarle á mansalva la tercera parte de Portugal, amortizada
en aquellas manos extendidas sobre las coronas de los Reyes;
así mató al Duque de Vizeo, haciéndolo comparecer desarmado
á su presencia y apuñalándolo por la espalda con su propio
regio puño y su propio regio puñal; así en Pálmela precipitó al
— 153 —
Obispo de Evora en una cisterna para que se ahogase; así envió
esbirros tras los patricios huidos á Francia, y aUí murieron ase-
sinados á su orden y á su mandato, implacables cuando á la ra-
zón de Estado convenía, semejándose así el Rey á la misma des-
piadada muerte, ciega para no ver, y para no escuchar sorda,
en sus crueldades, á quien se traga y devora. Este pensamiento
de la unidad interior del Estado, á que prestaba culto, como
buen Monarca de una centuria esencialmente monárquica, debía
impelerle hacia las navegaciones y los descubrimientos, genera-
dores con su actividad continua de una clase tan opuesta en sus
caracteres á los nobles feudales provinientes del terruño, des-
truido por la increíble aparición de los nuevos territorios y por
la milagrosa llegada de los nuevos frutos, á cuyas competencias
no podía conservarse, no, el valor de los inmensos estipendios
señoriales sobre los que levantaba sus almenas la vivienda mu-
rada del noble y sus cordeles la siniestra horca del pechero.
Por consiguiente, los caracteres políticos y los caracteres per-
sonales del Monarca portugués convidaban al intento de Colón,
y le debían sugerir á éste la confianza más completa en el se-
guro favorable resultado. Enamoradísimo D. Juan de un formi-
dable Imperio rematado en una sola cabeza^ en la cabeza de un
Estado vigoroso, cumpliera su obra cual ningún otro monarca
de la historia, si aceptado el pensamiento de Colón ¡ah! no se
hubiera visto, como se vio más tarde, obUgado á la fuerza, cons-
treñido por el hecho irrevocable, contra su voluntad y su grado,
á repartir el mar y los dominios en el mar invenidos, entre
castellanos y portugueses. Mas, desde los comienzos de la em-
presa y desde su primer atención á sus proposiciones, paten-
tizóse con evidencia que deseaba D. Juan II realizar la obra
colombina sin Colón. ¿Por qué tal insensato empeño en Rey
de tanta inteligencia y estudio.? Averigüelo Vargas. La historia
entierra los móviles internos en una idea, en la imposibilidad
absoluta de conocerlos, cuando los calla el mismo que se mo-
vió y se determinó á su empuje. Pero, conjeturando probabi •
— 154 —
lidades, lógicamente sacadas del estudio de los caracteres y de
las vidas que historiamos, y coligiendo especies fundadas en
inducciones que aproximan los objetos de la realidad al juicio
subjetivo , ya induzcamos, ya deduzcamos, cosa posible apuntar
dos razones capitales, explicativas de las causas que movie-
ron el ánimo de D. Juan á su proceder. Quería la obra de Co-
lón sin Colón. Error grandísimo, en verdad, el suyo. La justicia
social no quiere desposeer á los bienhechores de la humani-
dad, no, del justo premio y del verde lauro que debe corres-
ponderles en el templo de la gloria, y ha puesto á las obras
más excelsas el nombre de sus autores más legítimos. Á virtud
de esto apellidamos la religión del espíritu con el nombre de
Cristo; las escuelas sincréticas del Egipto heleno con el nombre
de Alejandro ; la filosofía idealista con el nombre de Platón ; la
filosofía experimental con el nombre de Aristóteles ; así como á
la teología escolástica llamámosla tomismo de Santo Tomás y á
todos los sistemas de Descartes, Kant y Hegel, los unimos con
sus autores bajo el mismo común denominador, que confunde las
personas mortales y transitorias con su permanente inmortal
ciencia. Querer la obra de Colón y no querer al autor que la
concibiera y la estudiara, que la pusiera en relación estrecha
con todas las tradiciones históricas y la comprobara con todos
los datos de su experiencia continua recibidos, ¡cuál desvarío!
Y sin embargo, este desvarío poseyó al rey D. Juan, según todas
las enseñanzas históricas. No debió el piloto intentar ganarse á
un político así por el corazón y por la fantasía, omnipotentes de
suyo sobre las almas apasionadas y estéticas, pero de ningún
valor sobre las almas calculadoras y frías. Muy latinado, como
decían los portugueses, muy sabedor de ideas abstractas y
concretas, muy ducho en asuntos y negocios del Estado, muy
sagaz , muy experto, muy al cabo de todo lo sabido en su
tiempo, imposible que Colón quisiera determinarle por la idea
de ganar muchas almas al cielo, por la idea de reconquistar
Santa Sofía y el Santo Sepulcro , por ninguna de las ideas reli-
, — 155 —
giosas y poéticas guardadas en el bien provisto carcax de sus
argumentos para espíritus de otra complexión y género. Colón
debió hablarle á la continua de inmensos dominios, de fabu-
losas riquezas, de dilatados imperios, y D. Juan debía, por su
parte, obedecer á esta fascinación poderosa. Mas había en el
nauta dos pretensiones incompatibles ambas con la política de
D. Juan, política enteramente consustancial con su complexión
y con su vida; la pretensión de muchas riquezas , mal vista por
la regia codicia, y la pretensión de mucho poder y autoridad,
contradictorias con el poder y autoridad reales, elevados al su-
premo dominio sobre todos y erigidos en fórmula de todo.
Imposible pasara D. Juan, él, que había quitado á la no-
bleza lusitana gran parte de sus rentas, por una participación
ajena en los rendimientos del territorio á descubrir, y más im-
posible por la cesión de un gobierno perpetuo, como Colón
pedía, copartícipe casi del suyo, á tanta costa y por medios
tan dolorosos levantado sobre las espaldas de los nobles, en
trances tan amargos, donde había tenido que recurrir á las
potencias infernales del crimen para sacar á salvo la unidad
y la integridad y la totalidad de su Monarquía. La indispen-
sable aceptación del plan, precursora y preparatoria, se frus-
tró entonces por las mismas causas que estuvieron á punto
de frustrarlo después, por las excesivas pretensiones de mando
y de tributación para sí expuestas por el sublime descubri-
dor. Y como éste se hallaba tan seguro de la realización del
proyecto; como veía tan claro el encuentro de tierras fabu-
losamente ricas, con sólo navegar hacia el Occidente, y no ha-
cia el Mediodía, cual navegaban los portugueses; como tocaba
con sus manos las paredes de oro, y cogía en sus puños los pu-
ñados de aljófares, y con sus ojos miraba las cresterías de rubíes
y esmeraldas, emperrábase con una tenacidad sin ejemplo en
la demanda del premio en poderes, del premio en riquezas, del
premio en honores, bajo una seguridad tan grande que rayaba en
aparente petulancia, repulsiva de suyo á todos, y con especial!-
- 156 -
dad á" persona tan pagada de sí mismo como el rey D. Juan II.
Cristóbal Colón se lamenta y dice: «Fui á aportar á Portugal,
adonde el Rey de allí entendía en el descubrir más que otro; el
Señor le atajó la vista y todos los sentidos, que, en catorce años,
no le pude hacer entender lo que yo dije.» Sin embargo, el Rey
nombró una Comisión encargada de apreciar el asunto. Y esta
Comisión dio un fallo en armonía y consonancia con las costum-
bres lusitanas, adscritas á buscar el África austral y las Indias
orientales, navegando en larguísimos derroteros hacia el Medio-
día. Maestre Joseph y maestre Rodríguez, médicos, juntamente
con los dos prelados de Ceuta y de Vizeo, constituyeron la Junta
encargada del dificultosísimo examen. Las letras de aquel tiem-
po, las humanidades tan vivas, todo cuanto se sabía del mundo
y todo cuanto se sabía del cielo, estaba reunido y personificado
en aquellos hombres eminentísimos, que habían bajado á los se-
pulcros de la historia y subido á los altos de la metafísica ; he-
cho los instrumentos de navegación más perfectos y puesto en
las carabelas el revelador cuadrante; relacionado el cielo y sus
constelaciones con el mar y sus derroteros por medio del astro-
labio; desvanecido una gran parte de los misterios que cubrían
el mar tenebroso é impulsado los pilotos que doblaban la punta
del inabordable Bojador, viendo surgir en torno suyo islas, como
veía nereidas y sirenas el viejo Neptuno, cuando, arrastrado por
los tritones en conchas y nácares de madreperlas , recorría por
luminosas noches mediterráneas, entre brisas y estelas, aquellas
diáfanas aguas de su hermosa Grecia. Dar por buena, después
de tantas fortunas, la innovación del genovés, cuando surcaban
en aquel minuto los mares barcos obedientes á las ideas por ellos
allegadas y á las fórmulas por ellos escritas , fuera inconsecuen-
cia incalculable. Así la rutina se burló de las adivinaciones de
aquel espíritu profético y el cálculo venció á la inspiración. Pero
D. Juan, en sus adentros, no debió quedar muy persuadido á la
negativa por el dictamen de los sabios, cuando convocó y con-
gregó el Consejo Superior de la Corona. Este Cuerpo, esencial-
— 157 —
mente político, en su mayoría compuesto de aquellos juriscon-
sultos á quienes la ciencia y conocimiento del derecho romano
sugirieron la idea del poder absoluto moderno y la fundación de
los Estados poderosos, apartó las ideas puramente científicas de
la Comisión, compuesta por los cosmógrafos técnicos, y se
apoyó en las pretensiones de autoridad y de rentas formuladas
por Colón, creyéndolas contrarias al derecho eminente de la Mo-
narquía y al poder absoluto del Monarca. En verdad que la
Junta técnica y el Consejo político daban los dos motivos de la
negativa: aquélla el hábito acreditado de los derroteros y descu-
brimientos portugueses y éste el principio recién establecido de
la unidad monárquica. Con el un dictamen se opusieron al pen-
samiento expuesto y con el otro dictamen se opusieron al premio
pedido por Colón. Y aquí surgió la idea propia del espíritu y del
temperamento de D. Juan: aprovecharse de la obra colombina
y deshacerse de Colón. El cristianismo sin Cristo, el mosaísmo
sin Moisés, el mahometismo sin Mahoma, el viaje de Colón sin
Colón: he ahí la idea del taimado y astuto D. Juan. En las largas
comunicaciones del proyecto, en los diálogos íntimos con el
descubridor, en las consultas hechas á la sabiduría del siglo, en
los datos reunidos para el dictamen, aprendió D. Juan todo
cuanto podía entonces aprenderse y lo puso en práctica inme-
diatamente. Llamó al más experto entre los pilotos portugueses,
á Pero Vázquez, compañero un día del infante D. Enrique, y á
hurtadillas, á la callada, con todo sigilo y recato, le impelió á
recorrer, so pretexto de provisionar las islas del Cabo Verde,
los derroteros de Colón. Entonces vióse claramente cómo lo
mecánico, lo externo, el cálculo material, una consigna de sol-
dado, una orden de rey, no pueden reemplazar al esfuerzo, al
empeño, al estudio, al pensamiento, y sobre todo, al dolor de
un verdadero genio hecho mártir de su propia grandeza, y por
mártir de su propia grandeza, redentor de sus semejantes. ¡Ah!
Tan sólo conocemos aquello que causamos; por eso Dios lo
conoce todo, porque todo lo ha causado. Y sólo quiere Dios
- 158 -
que alcancemos aquello por cuyo logro hemos padecido. En la
pasión, en el sufrimiento, en el martirio, en el cáliz de acíbar,
en la calle de Amargura, en el Calvario y en la Cruz se hallan
la redención y los redentores. Únicamente sabemos aquello que
causamos, y únicamente conseguimos aquello por que pade-
cemos. Colón había causado su obra , y Colón había padecido
por ella; únicamente Colón podía realizarla. El piloto mecá-
nico se asustó al verse metido en el mar de Zargazo, entre cuya
vegetación se detenían y enredaban las quillas; se asustó más al
sentirse azotado por la tempestad y por el huracán; se asustó
más al bogar y bogar días tras días sin descubrir nunca tierra;
y en su terror volvió proa, demandando de nuevo Portugal
y excusándose del regreso con la exageración de los peligros.
El secreto llegó á transpirar, Colón llegó á saberlo. En cuanto
lo supo, sus irritaciones momentáneas, sólo comparables, en
fuerza de intensidad, á la duración de sus calmas y á las pruebas
de su paciencia, le sublevaron y le movieron á huir de allí para
encaminarse á nuestra España. Comenzaba en tal momento el
invierno de 1484. Casualidad, casualidad, casualidad, repiten
á porfía los que ven la historia humana por su lado pequeño.
Pero en el plan de la Providencia estaba, en el sistema lógico
que forman las sociedades humanas , en la evolución jamás in-
terrumpida de los tiempos, en el cumpHmiento de los humanos
destinos y en el curso de la civilización universal, que aquella
España, conocida por los antiguos con el nombre de luminosa
estrella de la tarde, se dirigiese por el ocaso á completar el cielo
y el planeta, como á renovar con otra nueva creación toda la
Naturaleza.
CAPÍTULO VI.
VENIDA DE COLÓN Á ESPAÑA.
MARCADÍSIMO dcbió qucdar Colón, viendo á la Monar-
quía lusitana, metida entonces en los descubrimien-
I tos que llenaban sus mares, y á la familia de Avis,
glorificada por las increíbles invenciones debidas á su inspira-
ción, menospreciar al poseedor del más precioso entre aquellos
secretos, cuya continuada revelación iba engrandeciendo la tierra
con costas nuevas y dilatando el espacio así en los mares como
en los cielos. Aferrado á la vida por la realización del trabajo,
que á su inteligencia y á su voluntad defiriera la interior voca-
ción providencial propia, revolvíase contra todos los obstáculos
opuestos por la ignorancia y por las supersticiones á la sublime
adivinación, hechura en parte de su fantasía intuitiva y en parte
de su aquistada ciencia. Pero en tal combate sucumbía el infeliz
á diario muy dolorido. Y este dolor intenso, el cual á veces co-
municaba desórdenes horribles á sus nervios, remontados por
las múltiples segregaciones de hiél producidas en el insomnio
consiguiente á las grandes faenas intelectuales , cuyos ejercicios
tanto adoloran así la complexión moral como la complexión
física de los hombres destinados al bien de nuestra tierra y de
nuestra especie, debían de suyo no desesperarle del todo, como
— 1 6o —
le desesperaban de continuo aveces, antes bien sugerirle una
idea consoladora, la idea de que jamás deja el Universo al en-
tendimiento descifrar un enigma suyo sino desde los potros y
torcedores del martirio. Nacido Colón en aquella edad creadora
de tanta y tan múltiple revelación, cuya labor, no sólo circun-
daba el espacio con las navegaciones maravillosas, que iban
evocando por el Océano islas y continentes como á conjuros
mágicos, doblaba el tiempo, trayendo lo pasado á completar lo
presente con aquellas apariciones de los helenos huidos al turco
soberano en Constantinopla, y con aquella resurrección de las
estatuas despertadas á una del polvo y de las ruinas en Roma
y en Italia entera, bien podrá remontar el vuelo de sus ideas
á las altas contemplaciones históricas, y descubrir en su pro-
pia pena el premio reservado á todos los esfuerzos redentores
por el mal inferido á cuantos héroes del humano progreso pro-
duce la Naturaleza y consagra la historia, coligiendo así él dé
sus mismas dificultades indecibles el carácter grandioso y extra-
ordinario de su personal obra. ¡Ah! Sólo extrayendo con perse-
verancia del diario dolor y de la continua contrariedad una per-
suasión profundísima del ministerio que desempeñaba y del fin
que cumplía, érale dado sostenerse contra el número de pruebas
por que pasaba el infeliz ; como la ceguera de su propia patria,
que le había dejado partirse á extraña tierra, sin columbrar en
aquella espaciosa frente la estrella de su predestinación; como
la indiferencia de cuantos le oían y no le secundaban, cegados
por su ignorancia é inmóviles en sus heredadas costumbres^
como la perfidia de los mismos, que, habiendo visto ya reali-
zarse otras profecías , cual aquellos Reyes y Príncipes portugue-
ses de su tiempo , defraudábanle á él en la realización de todo
cuanto había profetizado y prometido en sus previsiones admi-
rables y con los datos debidos á sus propias espontaneidades
geniales expedían marinos al perverso fin de robar al revelador
todos los justos premios y todas las múltiples glorias á que te-
nía indubitado derecho. Las dos grandes corrientes de ideas,
— i6i —
que corrían por el humano espíritu en aquella edad creadora,
debían dulcificarle con ejemplos varios el dejo de hiél puesto en
sus labios por múltiples amarguras , y decirle cómo Naturaleza
no daba inteligencia y comprehensión de lo porvenir tan claras,
voluntad tan firme y robusta para la consecución de un fin y ob-
jeto, fuerzas tan extraordinarias en un hombre, sino destinán-
dolo al cumplimiento de una grande obra y á la realización de
un ideal maravilloso. Uno, entre los caracteres distintivos de
la especie humana, es, á no dudarlo, aquella útil aplicación á
sus necesidades varias del fiíego, por ningún animal, ni por los
más próximos á nosotros en las escalas zoológicas, aprovechado
jamás; y quizás á causa de tal grande utilidad, el titán, á quien
tamaña obra el consentimiento universal atribuye, soportó, cla-
vado al Cáucaso, los hierros de todas las servidumbres, y vio
renovarse su corazón y su hígado perdurablemente, para que
se los comieran y se los devoraran todos los dolores. El mismo
Jehová, que distinguió entre los pueblos á Israel, confiándole
una revelación como la del absoluto Ser, incomunicable á la
mortal penetración, quejábase por boca del profeta Isaías, en
versículos magníficos, de que mientras el asno conoce dónde se
halla su pesebre, y el buey barrunta entre otros muchos á su
gañán y amo, los escogidos por él para depositarios y guarda-
dores de la verdad, no conocían á su Dios, Pero ¡ahí que la
magnitud enorme del conjunto y totalidad de una obra uni-
versal, como la obra del piloto genovés, no empece al terrible
dolor de cada día.
Naturalmente, desprendido en los tiempos que historiamos
por completo de su patria, Genova, cuyos tráfagos por mar y
tierra no podían prometerle auxilio, y desahuciado además de
la Corte portuguesa, que le jugara una felonía tan grande , Co-
lón pensó en España, la cual, tras los desórdenes feudales del
reinado de Juan II y Enrique IV, recomenzaba por entonces á
brillar con ese resplandor nuevo, tan persistente y continuo,
que, sucediendo á todas las decadencias en todos los períodos
11
— l62 —
de su historia, nos la muestra como un sol, según su luz propia,
un sol, sobre cuyo disco pasarán muchos eclipses, cuyas som-
bras podrán obscurecerla con frecuencia, pero nunca jamás ex-
tinguirla. Y, amén de la natural atracción ejercida sobre todos
los ánimos y todos los espíritus superiores por nuestra patria
en tal momento, un hecho particular y privado influyó con gran-
dísima influencia sobre la voluntad del genovés, al venirse des-
engañado entre nosotros é instalarse so el techo nuestro: la
muerte de su esposa, quien le había dejado un varón, el primo-
génito D. Diego. Con este único acompañante y apoyo, débil
báculo en su temprana edad, se puso desde Portugal en camino
Colón hacia Extremadura y Andalucía, no sabemos aún si por
mar ó por tierra, buscando y requiriendo tanto el hogar habi-
tado por una cuñada suya unida en matrimonio con obscuro
andaluz, como las relaciones en Sevilla. Ante todos los actos de
la vida pide cualquier buena investigación que se busquen á
una con cuidado las causas generales á que llamamos primeras
y las causas ocasionales á que llamamos impulsoras ó deter-
minantes. Puede reconocerse por causa ocasional de aquel
viaje de Colón á España , ciertamente, la muerte de su com-
pañera , que le afligiría mucho, dado su natural exaltadísimo;
pero desde que se sintió por Genova olvidado , y en Portugal
preterido, soñó con venirse á la tierra que, según tradicio-
nes transmitidas desde tiempos inmemoriales, prolongara cos-
tas , desvanecidas más tarde , tan lejos mar adentro , que se
llamó con razón la estrella del ocaso, destinada en misteriosos
designios á esclarecer con su luz propia y á ensanchar con su
virtud mágica el misterioso Atlántico. Para un marino empe-
ñado en buscar el derrotero de las Indias orientales por Occi-
dente, no podía, no, existir centro tan propio de su alma como
las tierras occidentales, Lisboa y Sevilla, España y Portugal.
Todavía entonces Venecia y Genova miraban á Oriente mien-
tras á Occidente Sevilla y Lisboa. Nuestra patria llevábale á
Portugal, á pesar de los maravillosos descubrimientos portu-
— i63 —
gueses en aquella centuria, una ventaja: el habérsele adelantado
mucho en exploraciones é invenciones marítimas. Desde los si-
glos de la conquista germana hasta el siglo de los primeros cru-
zados, la parálisis intelectual, apoderada del mundo europeo,
aguardando sobre los sepulcros de sus iglesias bizantinas el su-
premo llamamiento de las trompetas apocalípticas, prontas á
señalar el Juicio Final, no llegó á nuestra España, en los océa-
nos de la vida universal anegada, y por la ciencia esclarecida,
merced á sus reveladoras y sabias escuelas hispano-arábigas de
la ilustre Andalucía. Los ojos del árabe, abiertos para mirar el
cielo sereno, mientras los ojos cristianos se iban cerrando para
no ver esos mismos cielos arrollarse como un pergamino calen-
tado por el incendio universal, los ojos del árabe penetraron en
los misterios astronómicos, y vieron la tierra y el mar con anti-
cipaciones que debían prepararnos y apercibirnos á nuestras
posteriores empresas. El Alabderita escribió en Valencia un
itinerario de África; como en Sevilla pintó el sabio Abregat los
mapas indispensables á una reveladora cosmografía; como Al-
bufeda se adelantó con sus tratados geográficos en tal modo á
todos los geógrafos, que fuera imposible sin su guía y sin sus
noticias emprender ningún viaje, según dicen y confiesan los
mismos comentaristas de aquella peregrinación de Marco Polo,
en cuyo relato bebiera Colón sus mayores y más luminosas es-
peranzas. Bien es verdad que á los relatos de Marco Polo, agui-
jón y estímulo de las peregrinaciones y de los descubrimientos,
habíase adelantado un siglo el hebreo Benjamín de Tudela,
quien, apoyado en la seguridad por sus conocimientos cien-
tíficos dada, no se contentó y satisfizo con explorar en los ma-
res asiáticos las islas y los archipiélagos; penetró en la Tar-
taria y en la Mongolia, objeto de grande curiosidad y germen
de innumerebles fábulas, avivando así la ciencia investigadora
del planeta bajo las sombras espesísimas de una ignorancia,
invencible casi por los obstáculos que la guerra entre todos y
el fraccionamiento de todo suscitaba con incontrastables resis-
— 164 —
tencias á la exploración y al descubrimiento. Nada se desva-
nece tanto con el estudio profundo de la historia como esas im-
provisaciones de los hechos, tan gustosas para los que desdeñan
las series generadoras de todo, y desconocen la evolución en
cuyos términos todo se desarrolla por sucesiones lógicas, ya de
fases en el espacio, ya de momentos y edades en el tiempo, de-
mostrativas de la sabia lentitud con que todo se ha creado y
ha crecido en el universo espiritual y en el universo material,
quienes dentro de sí abrazan lo mismo las ideas que los seres
en verdadero sistema desarrollado por siglos de siglos equiva-
lente á una eternidad.
Así no comprenderíamos la obra del descubrimiento por Es-
paña, si con anticipación verdadera no supiésemos los rastros
tle luz dejados en España por los árabes. Pero si las ideas de
los árabes resplandecieron en tiempos á la ciencia tan opuestos
como los tiempos que se dilatan del siglo séptimo al duodé-
cimo siglo, en este último comenzaron los reinos cristianos es-
pañoles á prosperar así los estudios del cielo como las explora-
ciones del Océano, estableciendo por un lado en sus dominios
escuelas continuadoras de las acabadas en Córdoba y Sevilla,
tendiendo por otro lado barcos en las aguas, los cuales, so color
de guerra, sembraban preciosos y primerizos gérmenes del cam-
bio y del comercio. Coincidieron los primeros barcos, del Guadal-
quivir expugnadores en el sitio de Sevilla, con las primeras tablas
alfonsinas , del cielo reveladoras en la vega de Toledo. Fernan-
do III premió á las gentes de mar, quienes, por virtud y por obra
de aquellos premios, pudieron ir en socorro de naciones extra-
ñas, cuando no hacía un siglo que vinieran al sitio de Almería,
bajo Alonso VII en auxilio nuestro las naves extranjeras. Á
este despertamiento de la marina dos viejas ciudades maravillo-
sas crecieron, fundación de fenicios y cartagineses un día: en las
costas meridionales, Barcelona y Sevilla, mirando hacia Oriente
la una y hacia Occidente la otra, émula de Venecia y Genova
la primera, émula de Lisboa y Oporto la segunda, por cuya do-
— i65 —
ble legión pacífica de mercaderes y de marineros, así poseíamos
Ñapóles y Sicilia en los mares ítalos, apoyábamos á Constantino-
pla y Atenas en los mares helénicos, grabábamos nuestros bla-
sones en el Asia Menor, como íbamos ensanchando el Atlántico
bajo nuestras quillas, y trayendo al comercio común europeo
esas islas afortunadas, parecidas á fragmentos de aquel soñado
mundo, ya roto, en que pusieran los pensadores y los poetas
antiguos la realización milagrosa de sus utópiccs ensueños. Y no
cejó esta obra un punto, ni en reinados adversos, porque á San-
cho IV le permitieron sus guerras de familia y sus usurpaciones
de regios derechos cortar maderas y multipUcar naves; á Fer-
nando, su hijo, las discordias con los grandes y las citas dadas por
éstos ante la divina justicia prosperar factorías como la esplén-
dida de Bilbao; al noveno Alfonso sus combates con los moros
en el Salado y sus vigilias por la legislación en Alcalá favorecer
los cómitres y exentarlos de pechos; á Pedro el Cruel aquellos
terrores, naturales en su guerra sangrienta con el feudalismo,
comandado por su parentela bastarda, el armamento de flotas
y el propio embarque suyo en pos de pueblos y de costas; á
Juan I sus desgracias en las porfías con Portugal expedir em-
bajadas que llegaron hasta las desembocaduras del Eufrates, in-
terponiendo su influjo con los soldanes de Babilonia en favor
de los cautivos reyes armenios; á Enrique III la propia flaqueza,
consiguiente á los desmedros del principio monárquico y á las
insolencias del poder feudal, tocar con sus manos la tierra lla-
mada techo del mundo por medio de sus enviados idos á visitar
al Gran Tamerlán de Persia y al Gran Mongol de Tartaria para
pedirles noticias de aquellos herederos del Preste Juan de las
Indias, entrevisto en la décimatercia centuria, quien pedía, so
un techo retejado de oro y sobre un pavimento embutido en es-
meraldas, el auxilio cristiano; á Juan II las enemigas suscita-
das en torno suyo por el favorito Alvaro de Luna, provocador
á sediciones y asonadas, recibir el pleito homenaje de las recién
conquistadas Canarias y salvarlas de las codicias portuguesas; á
— i66 —
Enrique IV los escándalos de su vida y de su corte acrecentar
los seguros del viaje y del viajero por mar; á los reyes católicos
D. Fernando y D,^ Isabel tantas dificultades encontradas en los
comienzos de su reinado llevar el quinto de las mercerías resca-
tadas en Guinea, como de tierra suya, sostener con sus naos la
navegación en Sierra Leona, facilitar los cambios continuos del
tráfico y los esfuerzos de la explotación en Mina de Oro, prelu-
diando así con toda esta serie de seculares continuos esfuerzos
creadores nuestra patria la obra capital de su historia, el des-
entrañamiento de los secretos del Océano, la revelación mate-
rial á todas las edades de la redondez del planeta: obra pare-
cida, por su grandeza incalculable y por su trascendencia virtual,
á la divina creación. Estaba, pues, en la lógica de todos nuestros
hechos históricos; estaba en la suma de los antecedentes caste-
llanos; estaba en el seno de las obras hechas por los siglos; es-
taba en la índole temeraria de nuestra complexión conocida y
en las exigencias múltiples de nuestra situación geográfica, el
que así como los egipcios esclarecieron y guiaron á los hebreos
y á los fenicios; así como los fenicios esclarecieron á los grie-
gos y fundaron Cartago; así como los griegos esclarecieron á
los latinos de Roma y los cartagineses fundaron tantas ciuda-
des ilustres en las costas de nuestra España; así como los lati-
nos domaron á helvecios, britanos, bátavos, germanos; España,
sita en los últimos confines del ocaso europeo, y dotada con una
gran civilización, escudriñase la mar toda y revelara todo el
planeta. Y como estaba en todo nuestro ser y en toda nuestra
historia el cumplimiento de tamaño destino, llegó al momento
propio, el revelador, Cristóbal Colón, á nuestro elegido y pre-
destinado suelo.
Tal vez, por tales sentimientos aguijoneado, se fijó en Sevilla
mucho tiempo. La venida resuelta de Colón á España y su estan-
cia entre nosotros , hanse por tal manera esmaltado en la suce-
sión de los tiempos con fábulas más ó menos provinientes de la
verdad real, que dificultan mucho una relación ingenua y sencilla
- i67 -
y verdadera de lo averiguado como exacto. Paréceles á la mayor
parte de los historiadores que la verdad achica el interés dra-
mático de una biografía ilustre, necesitada para su lucimiento de
varios y espléndidos fantaseos. Así exageran allende lo verda-
dero mil contradicciones por Colón sufridas, y acibaran adrede
sus amargos y acerbísimos sinsabores con minucias trágicas de
melodrama romántico. Harto padeció con el desconocimiento
de su propia patria; con el despego que acaso encontró en ciu-
dad tan ilustre como Venecia; con las fechorías del rey don
Juan 11 en Lisboa; con los viajes á Islandia y á Guinea, demos-
trativos del acierto en sus pronósticos, é inútiles al común de
las gentes, aferradas á sus tradicionales errores; con las prue-
bas conseguidas á diario por su perseverancia y la ceguera es-
pesísima de todos alrededor suyo; para que añadamos á estos
sinsabores una miseria tan grande que le veamos tender la mano
como un pordiosero, de puerta en puerta, y dejar sus hijos, ya
criados, como si fueran míseros expósitos, al amparo de cual-
quier establecimiento de caridad ó penitencia. Desconocido es-
taba Colón, desconocidísimo , si atendemos al mérito intrínseco
de su inteligencia y al mérito, sobrenatural casi, de su obra; pero
no tanto que cayera en estado y condición de mendigo y nece-
sitado la pública beneficencia. Mucho ganaría en esmaltes poé-
ticos la vida suya, de aparecer cual un Bautista en el desierto,
vestido como los lirios del valle, con una túnica que le hubieran
tejido fibras campestres; alimentado como las aves del cielo,
con las semillas que hubieran llevado á sus labios los elementos;
parecido á los profetas y á los penitentes, que sacaban de su
maceración y de su miseria las revelaciones, cuyos rayos escla-
recían y guiaban á los pueblos. Colón pasa algunas veces por po-
breza confinante con la condición de un pordiosero; mas vivió
mucho tiempo de sus viajes y de los trabajos relacionados con
su oficio. El desconocimiento de su mérito no llegó jamás á
menosprecio de su persona. Durante su permanencia en Por-
tugal pudo emprender sendos viajes á la zona tórrida y á la
— Ib» —
zona glacial; enlazarse con familias tan ilustres como la familia
de su mujer; dirigirse á sabios del carácter y del entendimiento
de Toscanelli; estudiar en el archipiélago de las Azores y en el
paraíso de Madera los descubrimientos lusitanos; instruir la ma-
durez de su vida en las relaciones entre las ciencias náuticas y
las ciencias astronómicas, descubiertas por las escuelas de los
Algarves y comprobadas por nuestros astrolabios; vivir expen-
diendo mapas é instrumentos científicos; tratar con el Rey de
Portugal en muchas ocasiones y hasta contraer deudas entre
sus numerosos amigos: por consecuencia, no hay que juzgarlo á
guisa de trovador antiguo, requiriendo de puerta en puerta el
alimento diario y dejando tras sí el vapor de sus lágrimas y el
eco de sus ayes. Pudo la leyenda, que todos hemos aprendido
en versos y discursos, convertir en pordiosero al pobre, que
pordioseó alguna vez por accidentes sabidos, en su necesidad,
pero no constituyó esta desgracia en él una definitiva condición
y una real naturaleza. Que atraía los espíritus, que fijaba la ge-
neral atención, que difundía eñuvios reveladores de su mérito, se
demuestra con sólo considerar cuántas veces los poderes públi-
cos habían examinado proyectos, los cuales creen muchos reci-
bidos y pagados tan sólo con despreciativas carcajadas. Ahora,
oponía el plan de Colón tan grande número de ideas nuevas al
sentido común de su tiempo, que no deben maravillarnos hoy ni
las repugnancias ni las resistencias, también opuestas, en estos
días de saber positivo, á inventores tan útiles como los que pusie-
ron el vapor en las naves, á comienzos del siglo nuestro, desco-
nocidos y aun rechazados muchas veces en los varios incidentes
de sus múltiples trabajos. Colón debía tener mucha seguridad de
su mérito, y granjearse por este mérito mucha estima, cuando se
fué á Lisboa y pudo llegar hasta el Consejo de los Reyes portu-
gueses; se vino á Sevilla y pudo llegar hasta la corte de los mag-
nates andaluces. No, no podía estar por tal modo ignorado y des-
conocido, como suponen la tradición y la leyenda, quien contaba
en la ciudad, cabeza del territorio andaluz entonces, valedores
■ — 169 —
bastante fuertes y poderosos para conducirlo y acreditarlo en
palacios como los que habitaban el Duque de Medinasidonia y el
Duque de Medinaceli, ambos á dos ricoshombres, elevados por
lo antiguo de su prosapia, por lo rico de sus dominios, por lo
noble de su sangre, por lo esclarecido de sus servicios, por el
número de sus lanzas y castillos, á las alturas del trono, sobre
cuyas cumbres á una proyectaban sombras obscuras sus respec-
tivas coronadas cimeras. Muy esparcidos los italianos en su glo-
riosísima centuria décimaquinta por todas las grandes ciudades
europeas de Occidente, y muy acreditados por sus artes y por
sus ciencias entre las personas de pro , valían en Sevilla como va-
lían en Lisboa. Y así como una carta del italiano Geraldi le valió
á Colón en Lisboa granjearse la epístola célebre de Toscanelli,
que tanto le prosperara y le sirviera , otra carta del florentino
Berardi, gerente de una gran casa mercantil en Sevilla, y la
influencia de los hermanos Geraldinis , príncipes eclesiásticos,
le abrieron las puertas del palacio que habitaba en la capital
el Duque de Medinasidonia y del palacio que habitaba en la
bahía de Cádiz el Duque de Medinaceli, magnate de sangre real
este último, nunca mezclada con la impura y bastarda de los
Trastamaras, como lo estaba la sangre de los reyes castellanos;
y aquel otro, el primero, generalísimo de numerosas mesnadas,
competidoras con los ejércitos reales.
¿Quién pudiera fingirse allá en la imaginación Sevilla, cuando
arribara el piloto genovés á su seno por los últimos años del
siglo decimoquinto? Aquello que hay eterno en el espacio
donde se alza la ciudad, resplandecería como siempre con su
hermosura inmortal; pero miles de circunstancias propias de
tal período histórico acrecentaban su animación y su vida. De-
jemos, pues, á un lado la dulzura del clima, la pureza del cielo,
su aire aromadísimo por azahares y jazmines; el eco de las guz-
las moriscas en sus serenatas voluptuosas; los cristalinos ser-
penteos de aquel río á quien los árabes comparaban en sus
elegías con los más caudalosos del Oriente; las torres almoha-
— lyo —
des ornadas de multicolores azulejos parecidos á oro puro mez-
clado con rica pedrería; la Giralda, de tan bella forma y de tan
aéreos alicatados; las iglesias en que los hábiles mudejares po-
nían su destreza en el embutido y en el almohadillado alrededor
de nuestras imágenes; la catedral elevando á lo infinito su fá-
brica, ya casi acabada; los palacios construidos por alarifes mi-
lagrosos, donde las estatuas antiguas recién descubiertas y las
modernas recién concluidas llenaban las galerías de corte asiá-
tico; los patios de mármol parecidos á grutas de amor con el
rumor de los surtidores y de los conciertos resonando noche y
día; los aijmeces festonados por las guirnaldas compuestas de
alejandrinas rosas; los alminares en que la campana sustituía la
voz del muecín; aquel alcázar henchido de poesía; los jardines
llenos de limoneros y cedros; los bosques por claros pinares y
obscuros olivos compuestos; las puertas de alerce maqueadas
con estrellas de marfil; el cinto de muros esmaltados á guisa de
rojos corales por el éter andaluz; tanto resplandor de belleza;
y fijémonos en las ideas y en los intereses allí concentrados en-
tonces á consecuencia de su capitalidad sobre los espacios,
donde á la sazón se libraba la última guerra con los moros, y
sobre las posesiones nuevas que acababan de traernos el de-
finitivo dominio de las Canarias y las exploraciones en el golfo
de Guinea y en el Río de Oro, que la llenaban de guerreros, de
gentileshombres, de cortesanos, de sabios, de mercaderes, de
navegantes, de muy concurridas escuelas, de muy completas
factorías, constituyendo así una concentración tan intensa de
ideas y de valores , que debían despertar en Colón múltiples
ambiciones y aguijonearle al cumplimiento de sus varios y
complicados proyectos, en cuyo seno se ocultaban tierras nue-
vas y nuevos cielos, otra maravillosísima y milagrosa creación.
La fantasía del sublime adivinador exaltaríase al aroma de
tantas ideas poéticas en aquel mar de inspiraciones vividas;
el camino soñado á la continua se aclararía con el constante
cruce de naves llegadas al pie de la Giralda y venidas desde
— lyi —
muy cerca de los puntos que los supersticiosos creían inhabita-
bles. El comercio y cambio activos de tantos productos como
circulaban entonces desde sus almacenes, provistos por las in-
dustrias españolas, en todas direcciones; la copia en cosechas é
industrias de seda; los artefactos inventados para la elevación
de aguas con grandes premios del Estado retribuidos; las casas
particulares de contratación, en que intervenían hombres como
el italiano Américo Vespucio ; las cátedras y enseñanza de cos-
mografía y náutica; los adelantos que se hacían en las bombas
de desagüe y hasta en la dulcificación de aguas marinas, debían
mucho y muy de veras contribuir á los consumados y profundos
experimentos con que completaba Colón todas aquellas rápidas
intuiciones provinientes de unas facultades nativas muy capaces
de alimentar sus numerosas y adivinas esperanzas. Así, el período
de vida pasado por el descubridor, tras una larga estancia en Cór-
doba, por los senos de la incomparable Sevilla, debieron servir
mucho á sus planes y proyectos, prosperados y engrandecidos
por tantos factores de ciencia é industria como contaba una
ciudad que sólo podía tener una rival en Occidente, la espléndida
Lisboa. Y en lo que primero Sevilla sirvió á sus planes, fué,
no lo dudemos, en haberle procurado el conocimiento y trato de
ricos banqueros italianos muy poderosos, los cuales, por su parte
y á su vez, le procuraron el afecto amistosísimo de magnates
como el Duque de Medina Sidonia y el Duque de Medinaceli,
quienes, más ó menos interesados uno y otro por los planes del
piloto, más ó menos comprometidos en su realización, más ó
menos entusiasmados de sus efectos, cooperaron ambos á la pre-
sentación y al crédito de su protegido en la corte.
CAPÍTULO VIL
ESPAÑA Y SU ESTADO AL ARRIBO DE COLÓN.
OSA difícil, por todo extremo difícil, imposible casi,
decir los años de la vida de Colón transcurridos en
Córdoba, en Granada, en Huelva, en Palos, en la Rá-
bida, en Sevilla, sitios recorridos, y aun habitados por él con
seguridad, pero sin que pueda fijar el cronólogo la fecha exacta
de su estancia en varios, y quizás en los más importantes. Des-
de luego le movió para su ingreso y fijación en España la idea
de que tal empresa, como la suya, no podía prosperar sino con
la copia de recursos disponibles por un Estado poderosísimo, y
llegó en requerimiento de tal Estado á España, muy ordenada
y engrandecida en aquella sazón por el sabio gobierno y la
luminosa política de los Reyes Católicos. Vino, pues, á España
en 1485, y estuvo en España preparando su invención desde
tal año, salvo una corta excursión á Lisboa, hasta 1492, en que
inició y comenzó el primero, y por tanto el más glorioso, de
todos sus viajes. Lo que pedía, lo que necesitaba, lo que por
todo extremo le urgía y le apremiaba en aquellos primeros
meses de su apartamiento del reino lusitano, era encontrar
otro monarca no tan felón para él como su aparente ampa-
rador y traicionero enemigo el Rey engañador, cuyos embus-
- 174 -
tes y perfidias le arrojaron de ciudad por él tan preferida como
la mercantil y náutica Lisboa. Un Estado rico, un monarca
poderoso, un potentado con resolución y con oro: he aquí
lo por él buscado en una especie de magnética hipnotización,
pues tocaba en el seno de su fantasía la tierra prometida como
de bulto y de relieve, sin poder abordarla por carencia de algu-
nas entre tantas y tantas naves como dejaban podrir en sus
puertos los poderosos del mundo. La Señoría de Genova, el
Consejo de Venecia, los reyes principales del Occidente de
nuestra Europa, frustrada la empresa en Portugal, pasábanle de
día por los ojos abiertos y de noche por los insomnios perdura-
bles. En cuanto se veía contrariado, empleaba una frase de las
calificadas en el vulgar lenguaje nuestro con el nombre de mu-
letilla: «Entregaré, decía casi por máquina, mi descubrimiento
al Rey de Francia.» Y bajo la presión de tales ideas, en el mismo
año de su arribo aquí, envió el hermano suyo Bartolomé Colón
al Rey de Inglaterra en demanda y requerimiento de auxilio
para su obra. Bartolomé, como Cristóbal, pertenecía por su vas^
tísimo saber á los cosmógrafos, y por su mucha industria y
por su arte consumado, á los pilotos mejores de aquel siglo, par-
ticipando así de la ciencia, pero no de la prestancia material y
de la inspiración espiritual que distinguían y elevaban á su her-
mano, superado sólo en cualidades segundas, como la simula-
ción en los negocios públicos á veces indispensable, como la
sagacidad profunda y como la fina constante astucia. Pero el sa-
crificio y el martirio han de acompañar por necesidad, dadas la
contingencia y limitación nuestras, á todos los esfuerzos reden
tores; y Bartolomé cayó en manos de corsarios , andando larguí-
simo tiempo de forzado remero por aguas y 'costas varias, sin
logro de prosperidad ninguna y con mucho sufrimiento. Mas,
al comenzar del 88, tres años después del arribo á España de su
hermano, llegó Bartolomé á Londres y trazó con figuras más
ó menos fantásticas, en coloreado mapamundi, las tierras adi-
vinadas y prometidas, valiéndose para explicarlas de maca-
- 175 -
carrónicos versos, compuestos en lengua latina, como á guisa
de un compendio donde se invocaban , en corroboración de lo
allí contenido, autoridades como la del rey Tolomeo, del geó-
grafo Estrabón, del naturalista Plinio, del sabio San Isidoro, to-
dos contestes, aunque por modos muy diversos, en profecías
idénticas á las tantas veces anunciadas por los desoídos y menos-
preciados Colones. Enrique recibía frecuentemente á Bartolomé,
y se holgaba con escucharlo atento, pero cuidando mucho de no
desesperarlo; aunque si bien se proponía mantener sus esperan-
zas, no se proponía cumplirlas. Obstaban toda resolución dos
circunstancias concurrentes en el Monarca, una externa y otra
interna, siendo, á saber, la externa, el mucho cuidado que le
daba la necesidad imprescindible de impedir la resurrección de
los antiguos combates entre la casa de York y la casa de Lan-
cáster, mientras la interna, su voraz codicia. Así venía por la
real dialéctica de los hechos demostrándose cómo no lograban
jamás ni el talento, ni la constancia, ni la penetración, alcanzar
por sus medios subalternos y segundos lo reservado á la fuerza
y al poderío del genio. En mal hora llegaba el buen Bartolomé
á la corte de Inglaterra y en peor hora el gran Cristóbal á la
corte de nuestra España. Los Reyes Católicos habíanse ha-
llado desde su ascensión al trono hasta el año 88 entre el mar-
tillo y el yunque. Antes no los dejó vivir el Rey de Portugal,
D. Alfonso V, con sus guerras casi civiles por la consecución
del trono de su sobrina la Beltraneja, y no los dejó vivir el Rey
de Francia, Luis XI, manteniendo á la continua con ellos una
guerra extraña y obligándolos á defenderse contra pertinaces
asechanzas en todos sus dominios; y luego á estas porfías y
guerras con los vecinos de Oriente y Occidente uníanse los úl-
timos coleteos del monstruo feudal, suelto desde la exaltación
de los Trastamaras al trono, y reanimado á los golpes mismos
que le asestaba el poder monárquico, rehecho por los nuevos
monarcas, á la cabeza. En Galicia, el feudalismo agrícola y
terrateniente se Iqs resistía y sublevaba con la persona del
— 176 —
Conde de Lemus, mientras en el territorio andaluz un feuda-
lismo guerrero, por tantos y tan valerosos nobles representado,
se les anteponía en el camino de Granada, y les contradecía su
autoridad propia, y les disputaba su propio ministerio con algo
peor que la hostilidad para unos reyes deseosos de recabar
todos sus fueros, con la gloria.
No bien establecido el poder real á la llegada con sus preten-
siones y con sus proyectos del insigne piloto; ni bien domada la
nobleza, que había corrido á su grado el territorio de Castilla en
una tromba de asaltos y en un ciclón de guerras; ni bien aquieta-
dos los inquietos vecinos en armas, que parecían oponer un ase-
dio continuo á las dos coronas reunidas en tan excelso matrimo-
nio; ni bien asentadas las diferencias éntrelas fuerzas monárquicas
y las fuerzas feudales congregadas en los campos andaluces contra
los últimos nazaritas; Colón debía encontrar á su proyecto inven-
cibles obstáculos, así en estas inquietudes como en la irremediable
absorción de todas las actividades y de todas las ideas por la gra-
nadina guerra y en los gastos enormes consiguientes á tan colosal
empresa. Luego, dada la indeterminación todavía subsistente del
principio monárquico en su lucha con el principio feudal, así
como no hacía más que comenzar el ejército regular, no estaba,
ni comenzada, ni siquiera concebida, la regularidad en los tribu-
tos, siendo cosa imposible preverlos y menos apercibirlos á
ningún grande objeto y á ninguna lejana empresa. Para que
nada faltase á la dificultad enorme del debido logro en tan au-
daz propósito y en tan complicado proyecto, no existía una ca-
pital fija. Los Reyes iban á Santiago, Sevilla, Segovia, Córdoba,
Medina, Barcelona, Toledo, Madrigal, Pinto, Madrid, según que
lo pedían sus deberes; más no se fijaban en parte ninguna. De
aquí la imposibiUdad completa en que debía Colón encontrarse
de acercárseles y manifestarles todo su proyecto, y menos de
recabar ninguna promesa, por vaga y por incierta que fuera. En
el mismo año de la llegada del descubridor habían los Reyes fun-
dado, para la consecución de la deseada unidad monárquica,
— 177 —
tribunal como la Inquisición, al fin de recabar la unidad católica,
no sin haber topado con resistencias tales que llegaron á en-
sangrentar iglesias como la Seo de Zaragoza, donde la plebe
inmoló á un inquisidor en el sitio mismo consagrado luego á
prestarle culto de mártir. Y así como en tal año establecieron
la Inquisición los Reyes Católicos en requerimiento de la unidad
católica, juraron extirpar del suelo patrio el retoño último de
la dominación musulmana. ¡Triste coincidencia! ¿"Como en el em-
peño soberano de fundar sobre tantas razas la unidad religiosa,
y sobre tantos feudos la unidad monárquica, y contra los mo-
ros, tan valerosos todavía, la unidad nacional, pudiera prevale-
cer un pensamiento cual este pensamiento de Colón, brillando,
estrella única, entre aquellas ráfagas y aquellos relampagueos
de verdadera tempestad.?* Así pueden explicarse los tristes y
obscuros días y aun años subsiguientes á la llegada entre los
españoles; así que pareciese con su aire triste una especie de
aparecido; así que las facciones de su rostro delatasen á su
alma como un alma en pena del otro mundo; así que al verlo
absorto en una idea, flojo y desceñido con el descuido impuesto
por la desesperación, errante por las encrucijadas de las calles y
por los claustros de las catedrales, yéndose unos días á Córdoba
y otros á Sevilla en requerimiento de tal gentilhombre ó de
cual poderoso eclesiástico, siempre fuera de sí, las gentes le
designaran á una con el dedo y lo creyeran loco. Su mirada
parecería, según lo fijo de aquella su absorción en sí, hacia den-
tro volverse; su frente se asombraría con las nubes prendidas
de sus hondas arrugas y evaporadas de sus hondísimos desen-
gaños; temblarían á los golpes eléctricos de las emociones más
trágicas aquellos nervios que debían sonar más tarde como
un arpa en las creaciones de Dios; sonrisas extrañas pasarían
por sus labios agitados y palabras incoherentes exhalaría su
pecho herido; una fiebre, la fiebre más letal, aquella de la inspi-
ración proviniente y por los profetas comparada con carbones
encendidos, haría hervir á su sangre y achicharrarse á sus fibras,
13
- 178 -
mientras la inquietud perdurable, los desasosiegos connaturales
al combate diario, las hieles derramadas en todo el cuerpo suyo
por los insomnios, el recelo de morir sin mostrar cuanto había
de cierto en sus fines y de fundado en sus esperanzas, daríanle
un aspecto diabólico, al cual alzaríanse alrededor suyo apren-
siones tantas y tristezas tales, que le huirían como á un apes-
tado y á un leproso las gentes, creyendo ver la desgracia y la
maldición en su sombra.
CAPITULO VIH.
AMORES DE COLÓN EN CÓRDOBA.
ENDO á Huelva el infeliz, y á Sevilla, y al Puerto, y
á Córdoba, crecería su desasosiego con lo nómada
y errático de su vida, como con el aumento de los
años y de los desengaños, aumentaríase lo intenso de su deses-
peración hasta constituir semejante afecto, capitalísimo en él,
una segunda naturaleza ó complexión. Así, llamaba con dobla-
dos golpes á todas las puertas conforme iba temiendo que se le
abriesen las pesadas é inevitables de la eternidad y lo encerraran
en el perdurable silencio con su desconocido secreto. Bajo tal
superstición, expedía emisarios, importunaba conocidos y deu-
dos , iba en pos de cuantos marinos habían bogado un tanto le-
jos de las costas, requería de los pilotos más expertos noticias y
de los frailes más reclusos ideas, en una exaltación vecina de la
demencia y acrecentada por el discurso de sus años , muy de
prisa corrientes hacia la cercana vejez. Quizás la tristeza lo hu-
biera consumido, y á la muerte arrastrado con seguridad, de no
haberlo poseído pronto la pasión de las pasiones: el amor, ese
amor de la madurez, menos desordenado é intenso por sus apa-
riencias que los amores de la juventud , pero mucho más pode-
roso y de mayor influjo sobre las varias virtualidades del alma y
— i8o —
sobre los diversos modos del ser. Imposible que Andalucía, el
suelo predilecto de todos los amores, no llegara tarde ó tem-
prano á fascinar su espíritu é impelerle hacia el edén cuando ape-
nas contaba entonces cuarenta y nueve años más ó menos cum-
plidos, y en la soledad triste de su alma necesitaba otra con que
comunicarse, y en la inquietud constante de sus nervios algún
seguro donde allegar indispensable reposo. El amor es lo único
en que la realidad vence á la imaginación. El amor es lo único en
que la vida consigue una completa calma. El amor es lo único que
trae olvido á las penas, calmante á las inquietudes, sosiego á las
zozobras, ilusiones al desierto de las tristezas humanas, esperan-
zas al seno de la desesperación. Por eso aquellos más empeñados
en los oficios que tienen su fin en la guerra, y que por lo mismo
necesitan de los esfuerzos del odio, aparecen á una por todas las
edades como los más prontos y los más dispuestos á rendir su
albedrío al amor. Los griegos, tan profundamente filósofos en el
simbolismo de sus mitos y en la significación de sus mitologías,
presentaban á Marte y Venus, la guerra y el amor, como los
dioses más unidos en las cumbres del Olimpo. Quizás por eso
el tipo esencialmente guerrero, el tipo feudal, lleva, como su
lanza en la cuja, como su coraza en el pecho, como su casco en
la cabeza, como su espada en el cinto, su mujer en el alma. Y
lo que pasa con los guerreros, pasa también con los navegantes.
El poema de las navegaciones antiguas ha puesto en cada pal-
pitación de las ondas una sirena bellísima; en cada escollo de
los arrecifes una Circe amorosa; en cada recodo de las playas
amigas una Leucothea hospitalaria; en cada regreso al hogar
una Penélope fiel y amante destinada por el cielo á curar los
dolores inñigidos á los nautas por el azote de las tempestades y
de las tormentas. Vagando el marino á la continua por calles
como las calles de Córdoba, y viendo tras las rejas y las celo-
sías ojos de mujer como los ojos andaluces, cuyas miradas le
penetrarían seguramente hasta lo más recóndito del alma, ¿qué
mucho si lo sojuzgó por completo el amor.f* Lo cierto es que la
— ISI —
casualidad ejerce grandísimo influjo en una vida errante, como
las recomendaciones y cartas escritas desde uno á otro punto
por sendas familias, no poco hacen; y así Colón trabó amis-
tad con los Enríquez y Aranas, todos de bien antigua prosapia
y de bien escasa fortuna. Y en la casa intimado ya, prendóse
de una joven, á quien debemos imaginar tan inteligente como
hermosa; y prendado de esta joven, los lazos de flores por ella
tendidos á su cuello y los bálsamos por ella puestos en su hefida,
debieron en Córdoba retenerlo y para nuestra patria guardarlo
contra tantos arrebatos de su natural desesperación como le
arrojaban de nuestra patria y le impelían en pos de otros Esta-
dos y Gobiernos capaces de prosperar sus planes. Lo cierto es
que desde la fecha del 85 año de aquella centuria, en que llegó á
España, hasta la fecha del 92, en que á su primer gran viaje se
partiera. Colón estuvo en Sevilla, y en Cádiz, y en Huelva, y en
Lisboa; pero permaneció más tiempo que en parte ninguna, en
Córdoba. Bajo aquel cielo de luz; á la sombra de su hermosí-
sima sierra, donde se juntan los alminares con los campanarios
y las blancas azucenas con los verdinegros cipreses; entre los
patios aromados de azahar y los miradores embutidos de azule-
jos; oyendo el eco de la guzla sarracena, todavía no extinto, y
aspirando el amor diluido en los suspiros, que parecen los espí-
ritus de las sultanas; el inmortal piloto amó; y este amor, enar-
decido por la intensidad increíble de la pasión amorosa en las
mujeres andaluzas, no solamente lo retuvo en la tierra tantas ve-
ces maldecida por sus desengaños dolorosos , y le conservó una
vida tantas veces odiada en los desastres de sus empeños y en
el desvanecimiento de sus esperanzas, sino que lo encadenó
al hispano suelo, y entre nosotros le retuvo, para que fuese
uno de los mayores nombres en los anales de nuestras glorias.
La escuela ultramontana europea, en su empeño de hacer lo
natural sobrenatural y lo humano divino , ya lo recordamos,
propúsose acreditar de revelación milagrosa el descubrimiento
colombino y poner á su autor en la corte celestial. Mas los
— 182 —
amores de Cristóbal Colón y Beatriz Enríquez Arana la moles-
taban en este objeto, por aparecérsele como amores no santifi-
cados por el sacramento eclesiástico, ni legitimados por las leyes
civiles. Esta contrariedad hace del santo infalible, impecable,
iluminado por las celestiales revelaciones, puesto sobre la hu-
manidad en apologías y panegíricos sin fin, un hombre, como
los demás, exaltado á las alturas de una gloria inextinguible
por la claridad de su inteligencia y por la fuerza de su voluntad,
Pero esta convicción, bebida en todas las historias y en todos
los papeles del tiempo , no conviene á los ultramontanos , nece-
sitados de levantar el hallazgo de Colón á las alturas de una ver-
dadera maravilla milagrosa. Y no sabiendo cómo componérse-
las para salir del apuro , han casado á los amantes en muerte,
ya que no quisieron ó no pudieron ellos en vida casarse. Y los
han hecho esposo y esposa legítimos. Las costumbres del Rena-
cimiento autorizaban mucho en aquellos siglos, tan ensalzados
por nuestra reacción, esta especie de matrimonios naturales,
como los deseados por los partidarios modernos del amor libre.
Clases y tribus no reconocidas en la severa contextura moral
de nuestros Códigos reconocíanse con suma frecuencia en aque-
llas leyes. No hay sino registrar los cuadernos de nuestras Cor-
tes y los artículos de nuestros Códigos para tropezar á cada paso
con las mancebas, por ejemplo, y barraganas de los curas. Junto
á las dinastías de los hijos, engendrados en legítimo enlace,
veíanse las dinastías de los bastardos. La corona de Portugal se
forjó para una rama de esta clase. Los dos reyes, á la sazón rei-
nantes en España, D.* Isabel por su padre Juan II de Castilla, y
el marido por su padre Juan II de Aragón, provenían de los
Trastamaras, habidos en D.* Leonor de Guzmán por D. Alfonso
el Onceno, de ganancia, como se decía entonces al fruto de la
generación ilegítima. Fernando el Católico llevaba en el sitio
de Granada junto á sí el buen D. Juan de Aragón, su hermano,
proviniente del amor de su padre á una hermosa judía. Casas
ilustres de toda ilustración y nobles de toda nobleza provenían
- i83 -
del amancebamiento de arzobispos muy venerados con barra-
ganas muy obscuras. El pontífice Alejandro VI promovía toda
suerte de dificultades á los gobiernos laicos , en el empeño de
buscar alianzas poderosas á los hijos suyos sacrilegos, de cuya
madre se hablaba en Roma como pudiese hablarse de cualquier
princesa ó reina ungida por el cielo mismo y consagrada santí-
sima esposa por un católico matrimonio. Las familias más pode-
rosas de Italia, familias con corona y reino, como los Estes,
bebían los vientos por alianzas matrimoniales con Lucrecia Bor-
gia. Cuando mató á su hermano Rodrigo, Duque de Gandía, por
envidia que le tuviera y por alzarse desde los principados ecle-
siásticos á los principados civiles, César Borgia, señoras tan castas
como nuestra reina Isabel escribían al Papa el pésame por la
muerte de su hijo, como si trataran de lo más vulgar y ordinario
y admitido y usual. Así eran las costumbres en tal edad. Beatriz
y Colón vivieron amistados ilegítimamente. Y en tal amistad ile-
gítima tuvieron un hijo, á quien llamaron Fernando, venido al
mundo cuatro años después de la llegada del padre á España. Y
un hermano de Beatriz acompañaba de continuo á Colón. Y do-
blas de Beatriz y de su familia sirvieron para mantener los gastos
necesarios á la preparación del plan extraordinario. Y sobre las
carnicerías de Córdoba compró censos el piloto , así que mejoró
en fortuna, de cuyos rendimientos debía mantenerse la man-
ceba. Y hasta en los acuerdos testamentarios de la segunda
generación se tropieza con arreglos de cuentas atrasadas en
los tratos entre las dos familias , y del pago de maravedís por
estas misteriosas causas debidos, pero no satisfechos. Y
amigos de Colón , como el P. Las Casas , tan ortodoxos y tan
severos, hablan del bastardo Fernando por medio de reticen-
cias y de insinuaciones que no dejan espacio ninguno á vacila-
ciones y dudas en la calificación de los amores entre Colón y
Beatriz habidos. Así, acredita el concepto de que la pasión de
las pasiones en Colón fuera ésta, el silencio guardado y el
apartamiento tenacísimo por algunos meses , en el trascurso de
— 184 —
los cuales no se ocupa en su magna obra y no recuerda su divino
ministerio. Mientras, durante la estancia en Portugal, departe
con los maestros de Segres, visita los archipiélagos vecinos á
Lisboa, consulta con los pilotos consumados, corre Guinea é
Islandia en las zonas glaciales y en las zonas ardientes, habla
con los reyes , importuna los ministros á diario, se escribe con
Toscanelli, se arriesga de continuo á todo, en cerca de dos años
no da señal de vida entre nosotros, cual si le faltase tiempo de
saborear una dicha tan grande como la encontrada en Córdoba,
y se perdiese en esta florescencia tardía del otoño de su vida,
cual un mozo enamoradísimo inexperto en el goce de unos pri-
meros amores, que de todo enajenan el alma, concentrada so-
bre los deliquios de una bienaventuranza sin medida y sin tér-
mino. Después, cuando las satisfacciones de aquel amor trajeron
un hijo, y el afecto paterno y materno al hijo trajeron la cura y
vigilia de su destino y suerte, joven aún el corazón, avivada la
fantasía por los rayos de unos ojos amantes y amados, encen-
dida la sangre por los suspiros de la pasión, exaltada la fe por
las creencias compartidas con la mujer amada, el deseo de lu-
cro y de gloria , y hasta de penitencia , nuevamente aguijonea-
ron al profeta y lo impelieron á granjear aquellos mares y aque-
llos cielos que ofrecer al Dios de sus padres y al hijo de sus
entrañas, en la mezcla de creencias piadosas y gustos pecami-
nosos que caracterizaron á los héroes del Renacimiento , y que
constituían algo del carácter de aquellas generaciones.
CAPITULO IX.
COLÓN ANTE LOS NOBLES ANDALUCES.
os italianos del Renacimiento, por su reconocida su-
perioridad intelectual sobre los Estados centrales,
aparecían, doquier se presentaban, como aparecen
los griegos en todo el Oriente, como guías y maestros de los
mismos á quienes, por subditos ó esclavos, estaban sometidos y
sujetos. Así ejercían influencia en Lisboa , en Sevilla , en donde
quiera que un centro de ideas ó un centro de contrataciones
fijaba la general actividad. Y no hay duda en lo arriba expuesto:
ellos, y sólo ellos , facilitaron las relaciones del piloto con los
grandes señores á quienes todos consideraban verdaderos sobe-
ranos andaluces. Hacía bien el piloto acercándose al Guzmán
que reinaba en aquella sazón sobre los dominios comprendidos
bajo el común denominador del título de Medinasidonia. En el
vocabulario de un hombre tan fuerte no debía constar la palabra
imposible. Su voluntad rebosaba de todo límite. Allí donde po-
nía el deseo, ponía la mano. Coronas sin número estaban amon-
tonadas á sus pies férrreos, más que sobre su cabeza, coronada
ya de sobra por el casco feudal. Pechos múltiples, tributo de
siervos innumerables, henchían sus arcas, las cuales contaban
además con el suplemento casi diario de los despojos conseguí-
— i86 —
dos sobre la rica morisma en correrías de combates sin término
y depredaciones sin número. Un ejército terrestre campaba en
torno de sus fortalezas, todas por campamentos rodeadas, y una
escuadra, siempre á su merced, flotaba sobre las desembocaduras
de sus ríos y sobre las costas de sus mares señoriales. La ex-
tensión infinita de dominios, la copiosa cosecha de lucros, el
campo abierto á sus heroicidades nativas , el mar hasta entonces
inexplorado ante sus ojos de águila, debían de veras tentarle;
pero no pudieron moverle á causa del terrible conflicto empe-
ñado entre las clases aristocráticas y el poder monárquico en
dos lustros de tanta importancia como aquel que antecedió á la
presencia de Colón en España y aquel que con la presencia de
Colón en España coincidiera. Muchos historiadores en boga in-
vestigan las menores minucias de causas pequeñas y segundas,
apenas merecedoras de mención histórica, y menosprecian las
causas universales y primeras que lo producen todo y lo mueven
y lo determinan. El Duque de Medinasidonia hubiese patroci-
nado el plan de Colón, quizás con mayores medios que Portu-
gal, que Genova, que Venecia, que Francia é Inglaterra mis-
mas, donde no tenían, por el fraccionamiento propio de la Edad
Media, todas las fuerzas y todas las riquezas necesarias los Esta-
dos, como las tenía un magnate del fuste y del poder de los mag-
nates andaluces, metidos por su cuenta y riesgo en una recon-
quista como la del reino granadino y en una guerra perpetua con
sus émulos, aunque parientes y afines; pero la pretensión, anti-
gua en los Reyes, decididos á desarzonar sus nobles y someterlos,
de mandar y dirigir ellos todas las grandes obras iniciadas dentro
de sus dominios, coartaban la voluntad y el poder aristocrático
en cosa tan grave y trascendental como las exploraciones de
nuevos mares y los descubrimientos de nuevos mundos. El his-
toriador de la casa de Niebla dice que, por motivo y razón de
un mandato real, prohibiendo al Duque la residencia en Sevilla,
para impedir sus continuos combates con el Marqués de Cádiz,
que hasta las calles de la gran capital ensangrentaban, fué im-
- i87 -
posible toda inteligencia entre los poderosísimos Príncipes y
Cristóbal Colón. Pero la expulsión de Sevilla era un incidente,
y sólo un incidente menor en el épico encuentro, último casi,
del patriciado feudal con la fuerza y autoridad monárquicas.
Cuando el poder monárquico estaba flojo y desmayado, ya por
culpa de quien lo ejercía, como en los tiempos últimos del cuarto
Enrique, ya por circunstancias adversas, como en los primeros
tiempos de Fernando é Isabel, constituíanse monarquías parcia-
les frente á la monarquía central, como la que constituyó D.Pedro
Girón, por ejemplo, quien mandaba ejércitos y expedía embaja-
dores. De aquí, de tanta debilidad en el centro y de tanta fuerza
en la circunferencia, continuas guerras. Pues bien: un monarca se-
mejante á D. Pedro Girón era el duque de Medinasidonia. Cuando
su rival, el Marqués de Cádiz, en Alhama sucumbía, sublime
rasgo de generosidad mostrado por el Duque de Medinasidonia,
reveló á los Reyes cómo los podría obscurecer aquella omnipo-
tente aristocracia de Andalucía, si llegaban los magnates á en-
tenderse y unirse. Conquistador Cádiz de Alhama, veía sobre sí
todas las fuerzas del rey Hassem y estaba irremisiblemente per-
dido si en su auxilio no iba cualquier potentado andaluz. En
todos hubiera pensado el Marqués entre los apuros del asedio
moro; en todos, menos en su enemigo hereditario el Duque de
Medinasidonia. Pero lo que jamás hubiera pensado el entendi-
miento de tal héroe, lo hizo el corazón de su mujer. Juzgando
al rival por sí misma, por sus propios impulsos nobilísimos, por
su nativa caridad inagotable, por su abnegación y su grandeza
morales, creyó que no podía negarse al ruego de una esposa y
de una cristiana, poseída por supremas angustias, y envió un
emisario á la fortaleza de Arcos, donde Medinasidonia residía, en
busca del deseado socorro, invocando la cruz que todos adora-
ban y la tierra en que todos vivían. No la engañó su confianza.
El Duque recibió al embajador de la Marquesa como á un
amigo, y resolvió, después de oída la embajada, correr al reme-
dio de tanto mal, y salvar al caballero andaluz con abnegación
18» —
de su propia persona y sacrificio del desquite á sus agravios.
Seguidamente mandó urgentísimas órdenes á los adelantados
de sus fronteras, á los alcaides de sus villas, á los jefes de sus
tropas, á los monteros de sus cazas, á los jinetes de todos sus
dominios, y aun á los voluntarios de los contornos que quisiesen
ganar en la tierra prez y en el cielo dicha, llamándoles á una
cruzada en que, asistidos de armas y municiones, ganarían mu-
chos despojos y muchas indulgencias , porque los necesitaban
religión, patria, honor, en socorro de aquellos cuyo ardor man-
tenía la cruz de Cristo sobre los altos de la combatida y triste
Alhama.
Pocas veces había visto Andalucía ejército semejante. Bien es
verdad que por el Duque debieron escribirse las romancescas
frases, repetidas en todos los libros caballerescos, de que su
descanso era pelear. Su cama, cubierta de rica holanda, pocas
veces recibía en los blandos colchones aquel su cuerpo metido
dentro del hierro de su armadura, la cual parecía tan sobre-
puesta como su misma carne á sus huesos, según lo á ellos ad-
herida y lo inseparable de su persona. Engendrado en la guerra,
nacido para la guerra, puesto desde su infancia en condiciones
de que fuesen los combates á su vida tan propios y necesarios
como la respiración, peleaba en todas partes y en todo momen-
to, ya en correrías contra los moros fronterizos, ya en batidas á
las fieras de sus propios montes, según demandaba de los gran-
des aquella centuria, en la cual trababan su combate postrero
el feudalismo y la realeza. El socorro de Alhama consiguió tal
importancia, el ejército contó número tanto, la reunión de ca-
balleros andaluces fué tan grande, que los Reyes Católicos, á
la sazón asentados por negocios públicos en Medina del Cam-
po , comprendieron cómo necesitaban personarse allí en aquel
sitio y tomar la dirección de aquellas huestes, si no querían que
la nobleza levantisca de tal tierra eclipsase la luz y disminuyera
el poder de su naciente Monarquía, Veíase la reina Isabel impo-
sibilitada en aquel momento de asistir á tales peligrosas empresas
— i89 —
por su avanzadísimo estado de preñez y el Rey se fué á uña de
caballo. Cuando se acercaba el ejército de Medinasidonia en
esta sazón al cerco mantenido por Hassem en persona, y se acer-
caba Fernando á este poderoso ejercito, el rey moro tuvo que
abandonar su puesto y retirarse á su Alhambra. Las crónicas
árabes lo describen á los pocos días del regreso á Granada pa-
sando á sus tropas una revista para volver al cerco de su Alha-
ma. Pasó , efectivamente , caballero en su trotón de guerra , el
cual parecía enorgullecido con sus áureos arreos sembrados de
pedrería, y con sus gualdrapas de púrpura y tisú, que relum-
braban como las reverberaciones del sol al tocar en su ocaso
tras los montes de Loja en tarde serena de granadino estío. Los
anchos estribos, sobre los cuales descansaban sus regios pies,
valían dos coronas de las perdidas por las gentes fieles al Islam
en las tierras del Andaluz. Túnica de no menor precio, jaique
bordado por las huríes en el harén, botas curtidas en el reino
de Fez y realzadas con sedas de mil colores, alfanje de Damasco,
en cuyo mango los esmaltes más lucientes con sus matices va-
rios, y en líneas intrincadísimas, se mezclaban con rica pedrería;
turbante blanco, propio délos califas, y, sobre aquel turbante,
áureo casco , propio de los reyes , uno y otro con leyendas del
Koran y preseas y amuletos para conjurar el mal y traer el bien,
adornaban de tal suerte á su persona, que parecía un ser sobre-
natural, salido de lejano santuario y revelado á los mortales con
tanta riqueza para que se avasallasen y se rindiesen á su inteli-
gencia divina y á su voluntad omnipotente. Mas la desgracia,
como un cuervo siniestro, aleteaba sobre su frente, porque Me-
dinasidonia recogió un ejército feudal contra su Alhama, y á la
cabeza de tal ejército se puso el rey Fernando, en demostración
de la supremacía que se arrogaba el poder monárquico sobre
su antes rebelde y desvariada nobleza. Pues bien; si esto pasaba
por 1482, cuando el principio monárquico estaba todavía conva-
leciente de los asedios puestos á su trono en los principios del
reinado de los Reyes Católicos, imaginaos lo que sucedería cinco
— 190 —
años más tarde, poco más ó menos, cuando Colón presentaba
un mundo á Medinasidonia. Los Reyes se hubieran opuesto con
todo su poder y la voluntad firmísima del Duque se hubiera
estrellado contra tal fuerza incontrastable.
Mayores ventajas ofrecía indudablemente á Colón su trato
con el Duque de Medinaceli, no tan tachado, por cierto, de gue-
rrero y conquistador feudal como el atrevido Medinasidonia, y
más propenso, por una especie de atavismo antiguo y de propia
peculiar índole, á las expediciones marítimas. El Duque habi-
taba recinto tal como el Puerto de Santa María, desde cuyos
muelles y ensenadas habían zarpado muchas y muy varias ex-
pediciones, lo mismo á explorar en la tierra firme africana, que
á descubrir y tomar posesión del archipiélago canario, com-
puesto por las constelaciones de preciosas islas, calificadas en
todos los idiomas con el congruente apellido de Afortunadas.
Por el antiguo enlace de los Medinacelis con los Coroneles do-
minaba la familia ducal en todo el territorio extendido entre la
desembocadura del Guadalquivir y la desembocadura del Gua-
dalete , ó sea la hermosísima lengua de tierra dilatada frente á
frente de Cádiz en su maravillosa bahía. Pocos espacios tan á
propósito para hospedar á un explorador cual Colón y ofrecerle
incentivos á las avizoras miradas y objeto á las profundas me-
ditaciones. El viejo continente allí terminaba en sacratísimos
cabos y las columnas del semidiós Hércules allí se veían en idea
colocadas por la tradición universal. En aquellas azules aguas,
ó entre los canales abiertos en áureas arenas y blancas salinas;
al desagüe de tantas vías fluviales como por allí terminan; sobre
las juncosas marismas, pobladas de gaviotas y ceñidas de cara-
coles; á la vista de mil velas blancas destacándose airosas en el
celaje luminoso; á las reverberaciones del sol en las cresterías
de montañas altísimas y celestes; entre los jardines, aromados
por el azahar, y las ensenadas llenas de barcas, ofreciendo jun-
tos el cenacho de la pesca con el cubo de la vendimia ; tendida
la entena junto al arado, y en la cepa el alga prendida y rozando
— 191 —
en la mar los aromosos limoneros; el Puerto de Santa María
presentaba con todas estas ventajas un asilo muy propio para
que pudiese Colón holgarse con sus ensueños y apercibirse á
realizarlos. La familia, con quien se las había entonces, contaba
como familia real, no obstante haber prescrito en la dinastía de
los segundones, hijos del rey D. Sancho, agravada por usurpa-
ción de los Trastamaras, el derecho al trono, á causa de la con-
tinua no interrumpida posesión, y del consentimiento, ya ex-
preso, ya tácito, de los pueblos. Los Lacerdas, primogénitos
del Rey Sabio, eran los reyes de derecho en España, como na-
cidos al fijarse los principios y los antecedentes de la primoge-
nitura y sus privilegios hereditarios en el inmortal Código de las
Partidas. Pero este derecho hereditario, como todos los princi-
pios políticos , pasó por una verdadera indeterminación en sus
comienzos. Mientras las Partidas, el Código donde inscribiera
D. Alonso X el derecho teórico, vinculaba la sucesión al trono en
los hijos mayores del primogénito muerto, lo vinculaba el Fuero
Real, el Código donde inscribiera D. Alonso el derecho consue-
tudinario, en los hermanos mayores del primogénito muerto; y
de aquí, al morir un infante como La Cerda, primer hijo de don
Alonso X, el porfiado litigio, mejor dicho, el combate cruento
entre sus herederos naturales y el rey D. Sancho, hermano del
difunto heredero á la corona.
Desde que medió el reinado de D. Alonso el Sabio hasta que
concluyó el reinado de D. Fernando IV duró tal querella entre
los reyes de las dos Castillas y los infantes de La Cerda. Prote-
gían á estos desheredados, monarcas como Pedro III de Aragón,
por nietos los Lacerdas de su hermana D.^ Violante, y reyes como
Felipe el Atrevido de Francia , por hijos de su hermana doña
Blanca, hija de San Luis. Pero, con tales protectores y con ha-
berse arrepentido el mismo D. Alonso de observar el Fuero Real
y preferir su hijo D. Sancho, nunca pudieron reinar los Lacer-
das. Habitadores de Játiva, donde los reyes aragoneses les ha-
bían procurado una pequeña corte, veían transcurrir años y años,
, — 192 —
destruyendo sus esfuerzos y llevándose sus esperanzas. Así
renunciaron á todas sus pretensiones y ofrecieron á los usurpa-
dores homenaje á la terminación del reinado de D. Fernando el
Emplazado. Á D. Alfonso de La Cerda, el heredero legítimo de
la corona castellana, se le cedieron varios pueblos, de cuyos pe-
chos viviese; y al hermano suyo, D. Fernando, la renta de los
príncipes al trono cercanos , de los infantes de Castilla. Por tal
razón, hubo al lado de la dinastía de Borgoña, proviniente de
Alonso VII en el siglo duodécimo, é injerta de bastarda sangre
por D. Enrique de Trastamara en el siglo decimocuarto, la dinas-
tía más legítima, según el derecho monárquico, y más pura por
su sangre , pero sin corona , la dinastía de los Medinacelis. Mas,
como todos aquellos nacidos en palacios á la continua suspiran
por el trono, suspiraban los Lacerdas, y habiéndose frustrado el
cismarino aquende, instalábanse á orillas del mar en requeri-
miento de otro allende, por lejos que fuera, de otro ultramarino.
Así, el príncipe Luis La Cerda, que vivía en comienzos del siglo
decimocuarto, requirió las Canarias, escala misteriosamente adi-
vinada en el camino á mayores empresas. El Papa Clemente VI
lo declaró soberano en ellas y lo revistió con el título de Prín-
cipe de la Fortuna. Pero si no fué allá, y si la gloria de haberlas
engarzado en la corona castellana quedó para Juan de Betan-
courth, un germen atavista de propensión á las exploraciones
marítimas quedó en el Duque, representante á la sazón de aque-
lla regia casa. Y como quedó este germen atavista, recibió á Co-
lón cual un mensajero del cielo, y lo alojó, en la seguridad com-
pleta de que le daría un reino, pues no había podido extinguir
en los Lacerdas el curso de los siglos la constante aspiración á
reinar. Medinaceli tenía en su castillo todos cuantos factores
de ciencia se conocían entonces, y al pie de sus escaleras, pe-
netrando en el mar y á la sombra de^us reales blasones, aque-
llas carabelas que pedía Colón para poner alas materiales á su
deseo, avivado por una visión espiritual. El Duque se las había
prometido y él con impaciencia las demandaba. Nada le parecía
— 193 —
más fácil al magnate. Y sin embargo , la fase que atravesaba la
sociedad española entonces , aquella evolución hacia el estable-
cimiento de la unidad monárquica sobre la variedad feudal, im-
pedía realizar los ensueños ambiciosos de Luis La Cerda y los
ensueños científicos de Cristóbal Colón. Si D. Fernando el Cató-
lico no había tolerado que Medinasidonia se acercase solo á los
muros de Alhama en trance tan amargo para los cristianos como
el cerco puesto á la ciudad por Hassem, ¿ había de consentir el
aparejamiento de carabelas, el empleo de marinos, la invención
de tierras, el establecimiento de dominios eminentísimos fuera
de la sombra del trono y sin dirección alguna dada por el cetro.!*
Á pesar de que vivieron Colón y Medinaceli algún tiempo juntos
bajo el mismo techo, y estudiaron mar y cielo con los mismos
astrolabios , y se reunieron en igual pensamiento , y prepararon
la obra con igual empeño, bien pronto comprendieron que
bajo una monarquía tan imperiosa estábale vedado á todo par-
ticular, y muy especialmente á todo noble, tan extraordinarias
empresas. Medinaceli dio al descubridor para gentes allegadas
á los Reyes cartas de recomendación, y como sus abuelos re-
nunciaron á la corona efectiva, él renunció á la corona soñada.
Y aquí empiezan á entender en el asunto los Reyes Católicos.
13
CAPITULO X.
COLÓN ANTE LA CORTE.
EL Puerto , por las cartas de La Cerda favorecido , y
mucho, Colón debió dirigirse á Sevilla, y de Sevilla,
donde no le faltarían sus habituales favorecedores, el
rico Berardi, amén de los influyentes hermanos Giraldinis, debió
dirigirse á Córdoba. El tiempo corría bajo ios pies del descubridor,
llevándose poco á poco la vida, sí, aquella vida con un grande ob-
jeto, pero sin logros, y en las cerrazones de los horizontes ¡ay! sin
esperanzas. Los años, acumulándose, le habían encanecido ya la
cabellera, siquier no le hubiesen mermado las fuerzas, ni las fuer-
zas físicas, ni las fuerzas intelectuales, ni las fuerzas morales. Por
tal modo, la certeza de sus cálculos, y la evidencia de sus planes,
y la exactitud matemática de todo cuanto se prometía le sus-
tentaban que, doliéndose muchas veces de sus afecciones, de sus
tristezas, de sus rabias provinientes del despecho engendrado
por el desengaño, nunca se dolía de achaques ni desperfectos en
su robusta salud material. El espíritu y las creencias del espíritu
mantenían los nervios muy acerados, aunque remontadísimos; y
el vigor de los nervios, combinándose con una buena circulación
de la sangre y ordenadas segregaciones del hígado, le mantenían
sano y robusto como á los mareantes, curtidos por la sal batida
— 196 —
del viento, amarga y acre, pero adobo fortísimo de la piel y
jugo vivificador de los poros. No puede saberse cuánto la per-
suasión de un ministerio divino sostiene al cuerpo abstraído de
los homicidas goces viciosos como cuánto esta grande abstrac-
ción de todo lo material mantiene sana la complexión física
del sabio y del profeta. Cuando Colón se partió para la corte,
desahuciado por los Duques de Medinasidonia y de Medinaceli,
atenido ya solamente á lo recabable del poder de los Reyes Ca-
tólicos, tan embargados por múltiples atenciones, hallábase muy
afligido por la desesperación; pero muy fuerte y muy robusto
de salud. En el naufragio donde se ahogaba, nunca jamás per-
dió la voluntad firme y nunca dejó de columbrar la esperanza
fija. El primero, á quien se dirigió con propósito de que le
abriera las cerradas puertas del palacio de los Reyes, fué el
contador Quintanilla. Hombre de cálculos y de matemáticas
éste; á la continua embargado por las múltiples ocupaciones
anejas al difícil oficio suyo; de mucha ciencia económica para
su tiempo, y de sumo cuidado por el enfermo y achacoso te-
soro de sus Reyes, vacío siempre; inclinóse á Colón desde los
primeros instantes, y estas propensiones unieron el profeta de
todos los idealismos con el procurador de todas las utilidades.
Quintanilla, en su vivo y grande interés por el piloto, no creyó
hartas las fuerzas propias al atrevido empeño, y contó con el
cardenal Mendoza, en quien se reunían la riqueza y la ciencia
y las artes y la política, vinculadas en aquellos poderosos
magnates del Renacimiento, pudiendo así ofrecer al descu-
bridor toda suerte de auxilios. Mendoza, el gran Cardenal,
como le llamaban por antonomasia en su tiempo, acostumbrado
á promover de antiguo las altas empresas en Castilla, se prendó
como el Contador del plan de Colón y lo prosperó cuanto pudo.
Imposible formarnos idea hoy del poder y la grandeza de todo
un Arzobispo en aquel tiempo ni de la monarquía constituida
por la increíble archidiócesis primada de todas las Españas.
. . Entraos por la catedral de. Toledo y estudiad las joyas y
— 197 —
las riquezas del tiempo de Mendoza: os quedaréis atónitos. Los
brocados con bordaduras y realces tan costosos como artísticos;
los broches de las capas, muy parecidos á las joyas del Asia;
las arañas y candelabros del carísimo cristal de roca, donde
las luces del santuario se quiebran en arcos iris multicolores; las
custodias, entre góticas y platerescas, de oro macizo puro; las
reliquias, esmaltadas con toda clase de colores y esculpidas de
preciosos relieves; perlas á cahíces, brillantes á manera de lluvia
sobre los mantos, altares colosales de plata, dicen á donde ha-
bía llegado en aquel siglo la copia de riquezas allegadas por
estas catedrales, en cuyo seno se concentraba la vida y desde
cuyas bóvedas se irradiaban, esclareciendo y vivificando las
almas, los rayos luminosos de la cristiana fe. Príncipes de la
Iglesia como el cardenal Mendoza, lo mismo inauguraban las
universidades que asistían al coro, y lo mismo asistían al coro
que al consejo, y lo mismo al consejo que á la guerra, y lo
mismo á la guerra que á las fiestas, y lo mismo á las fiestas que
á todo género de varias y múltiples empresas. Cuando uno dis-
curre por las calles de Toledo y ve monumentos como el hos-
pital de Mendoza, cuya erección y fábrica necesitaría hoy toda
la fuerza y todos los recursos de un Estado poderosísimo, qué-
dase absorto en la contemplación de tanta maravilla. La cruz
de sus cuatro naves, donde lanza el arte gótico los resplan-
dores últimos; el crucero, coronado por su airoso cimborrio y
esculpido como una joya gigantesca; los patios, en que los albo-
res del Renacimiento se unen á los esmaltes y alharacas mude-
jares; el portal plateresco, donde la piedra está como blanda
cera trabajada, bajo cuyos doseletes y sobre cuyas repisas bri-
llan las estatuas modernas animadas por el espíritu nuevo; los
alicatados preciosos de las techumbres y los ricos retablos
de pinturas maestras sobre los espléndidos altares, dicen bien
claramente que aquel arzobispado de Toledo era, por su exten-
sión y por su magnificencia, un verdadero imperio. Así, cuando
lo regía un hombre de la inteligencia y de la voluntad recono-
— 198 —
cidas por todo el mundo en Mendoza , levantábase hasta frisar
con el trono, rayando casi á su mismo nivel. Las gentes, por
ende, llamaban á Mendoza el rey tercero de España, cual si es-
tuviese como una persona de la trinidad en sustancia con doña
Isabel y D. Fernando bajo el círculo de la corona. Y este prín-
cipe de la Iglesia, cuando algo quería, queríalo formidablemente.
Quiso fabricarse la tumba propia en vida, y escogió para ello
el alto muro de la derecha, en la capilla mayor de su primada
iglesia. Y como el cabildo no fuera en ello, temeroso de acabar
con la preciosísima disposición de tal preciado sitio, impuso
desde la eternidad el sepulcro donde hoy duerme aún el sueño
de la muerte. Un hombre tal debía, en su firmeza de vo-
luntad y en su audacia de propósitos , arrestarse hasta el ex-
tremo de favorecer á Colón y ponerse resueltamente á su
lado. Por consecuencia, como los Berardis presentaron á Me-
dinaceli Colón; Medinaceli presentólo por cartas de solícitas
recomendaciones á Quintanilla; y Quintanilla, por su parte,
al cardenal Mendoza; y el cardenal Mendoza, por su parte,
á los Reyes Católicos. En la desidia natural á tales tiempos y á
tales gentes, nadie sabe con seguridad el día y el año en
que los Reyes por vez primera con Colón hablaron; mas por
deducciones sacadas con acuerdo bueno de algunas palabras de
éste, créese que fuera por Enero del 87. Momento decisivo y
supremo éste, así en la historia del sublime descubridor, como
en la historia de los Reyes Católicos. Detengámonos á con-
templarlo.
Era en Colón muy fuerte la fibra y muy grande la compos-
tura; su actitud majestuosísima, sus ademanes contenidos; el
cuerpo todo muy bien conformado; la estatura mediana y más
bien alta que chica; nervudos los brazos, como remos curtidos
por las olas; despiertos los nervios y á todas las emociones
fáciles, siempre por ende vibrantes; el cuello gordo y los hom-
bros anchos; carilargo el rostro y aguileña la nariz; el color tan
encendido, que á rojo carmín tiraba, un poco afeado por las
— 199 —
pecas; el mirar tan hondo y los ojos tan claros, que parecían
profundidades oceánicas; la frente un cielo donde se arremoli-
naban arreboladas todas las ideas que discurrían por su inteli-
gencia, y á guisa de nubes, todos los afectos que dominaban
su corazón; el cabello de oro, y los labios de púrpura; todo el
conjunto imperioso; con la fuerza de un mareante, unida en ex-
traño consorcio á la irratibilidad, según ahora se dice, propia de
un artista. La elocuencia fluía con espontaneidad admirable de
su boca, siempre inspirada; las ideas resplandecían en su vista,
siempre luminosa; los más tiernos sentimientos se mezclaban á
los más varoniles en su pecho, abierto á todos los generosos
afectos; la religión, profesada y creída con ardoroso entusiasmo,
ofrecía y prestaba sublime vuelo á su profunda ciencia, ra-
diante y difusiva de continuo; la estética natural á los nacidos
en su tierra, se compadecía con el cálculo, y el ideal con la uti-
lidad, y el costado sublime de todas las cosas con el costado
mercantil; pues afable sin humillación, comunicativo sin garru-
lidad, alegre sin ligereza, grave sin pesadez, sobrio sin exagera-
ción; tan pronto al enojo como al olvido; tan dispuesto á un
atropello cuando le cegaban las pasiones, como á los arrepenti-
mientos cuando lo esclarecía la conciencia; perseverantísimo
hasta la tenacidad, heroico hasta el martirio, calculador y após-
tol, cruzado y mercader, poeta y matemático, reunía todo el ro-
mántico carácter de la Edad Media como cualquier caballero
de los consagrados á guardar el Santo Graal, con todas las apti-
tudes industriales y mercantiles de aquellos pilotos fenicios, los
cuales tomaban la navegación por merodeo ; arcángel bíblico de
los enviados por Dios á sembrar ó esclarecer mundos, y lobo de
mar propenso, cuando le hurgaban y le contradecían, al combate
carnicero de los peces; viva contradicción, cuyos términos opues-
tos aumentaban en mucho su nativa colosal grandeza. Sin esta
complexión doble nunca hubiera podido concebir su plan y me-
nos realizarlo. El desorden de su genio profético no empecía en
su complexión las destrezas y habilidades que parecen reserva-
^— áoó —
das á los proyectistas vulgares. Así la historia de su hijo D. Fer-
nando nos dice cómo no solamente dibujaba Colón á maravilla;
tenía letra tal, que pudo ganarse la vida escribiendo y copiando.
En sus confidencias aseguraba que todo buen cosmógrafo había
de ser buen pintor, y lo era él en mapas y globos y cartas, donde
campeaban todas suertes de figuras, excelentísimo y eximio. Mu-
chos de sus escritos huelen que trascienden á místico incienso, al
lado de otros que creeríais facturas. Jamás escribía una carta ó un
capítulo cualquiera sin poner á la cabeza esta invocación religio-
sa: Jesús cuín María sit nobis in via. Privaban en él juntamente
con los estudios de Teología los estudios astronómicos y geomé-
tricos. Así podía enseñar matemáticas, por su inteligencia con
todos los progresos de su tiempo sumadas, y recitar las horas
y oficios canónicos cual un clérigo en el coro. Era un místico y un
mercader, ya lo he dicho, un profeta y un algebrista. Si muchas
veces envolvió en cabalas sus estudios, y degeneraron en irrita-
ciones pueriles sus magnos esfuerzos, fué porque su tiempo lo
desconoció y lo maltrató durante varios lustros, desde su juven-
tud hasta su entrada en la vejez, sin acordarnos de los sinsabo-
res que obscurecieron y amargaron sus últimos años. ¿Quién le
hubiera dicho á tanto ciego como le rodeaba , que allí, en aquel
siglo de lumbreras inextinguibles, el nombre de Colón cansaría
con su increible celebridad á la fama? Hay quien cree que todo
fué obra de la casualidad y que América estaba descubierta
desde que descubrieron los portugueses el Cabo de Buena Es-
peranza. Pero no creo yo en esos cambios postumos de la his-
toria por un capricho, ni en esos genios putativos muertos en la
obscuridad. Como hay quien ha escrito acerca del Cristianismo
antes de Cristo, hay quien habla del Nuevo Mundo descubierto
antes de Colón. Le condenaron á un combate demasiado fuerte y
duro el sentido general del tiempo entonces corriente y las cos-
tumbres de aquellas generaciones circunstantes para que la his-
toria no le consagre un larguísimo desagravio. No puede ne-
garse que la obra de Colón fuera imposible sin las precedentes
— 201 —
invenciones contemporáneas, como quizás no hubiese Wath
aplicado el vapor á la navegación, si antes no aplica Papín la
presión del aire descubierta por Garrik y por Torricelli. No hay
redentor sin cruz. La pasión y la muerte acompañan á las prin-
cipales obras progresivas en el calvario altísimo de la historia.
Una religión ha menester los mártires tanto como los revelado-
res. Colón ha tomado su estatura sobrehumana en los tiempos
á él subsiguientes; en su tiempo tenía la estatura de los de-
más en suma. ¡ Cuál filosofía está contenida en los dos refranes
siguientes: «Oh, no hay hombre grande para su ayuda de cáma-
ra >, y «Ningún mortal es profeta en su patria!» Pocos creadores
han adivinado la trascendencia de sus creaciones. Lope de
Vega ignoró que su gloria estaba, no en las obras acompasadas,
que tenían el sello de la ciencia , puesto por su erudición y por
las sujeciones serviles á las reglas; en las obras sugeridas por las
necedades del vulgo. ¡Dios mío: la cicuta está en el fondo de
todos los cálices, donde va el genio á beber la inmortalidad! Á
Copérnico lo hubieran quemado si publica el sistema suyo cua-
tro lustros antes de su muerte tardía, en vez de recibirlo impreso
y acabado sobre la cama de su enfermedad última y en los ano-
checeres de su postrer agonía. Á Guttenberg le robaron su
prensa, como á Colón el nombre de su América; mas harto les
quedó á uno y otro con la propiedad eterna de su gloria. Y ne-
cesitan el espíritu y el ánimo fortalecerse y animarse á estas re-
flexiones, para contemplar con paciencia y conformidad la calle
de Amargura que recorre Colón desde que departiera con los
Reyes hasta que zarpara de Palos. Veamos.
Inmediatamente que presentó Colón sus planes á Quintanilla
y á Mendoza, cristalizáronse, al calor de dos pensamientos y dos
afectos muy opuestos, sendos partidos contrarios. Todo ideal vi-
vido genera una escuela, una secta, una compañía, una iglesia,
una colectividad, según sus caracteres propios y sus fuerzas natu-
rales. En cuanto cualquier idea innovadora estalla, organízanse
á su derecha fuerzas que la impelen, como á su izquierda fuerzas
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que la resisten. Y á los organismos, de tales fuerzas resultantes,
llámaseles partidos cuando militan mucho y por principios con-
cernientes á la gobernación del Estado se determinan; cual se
les llama sectas cuando creen mucho y por ideas concernientes
á la religión se determinan; cual se les llama escuelas cuando
meditan mucho y por sistemas y enseñanzas concernientes á la
filosolía y á la ciencia se determinan también. Si estudiáis estas
grandes colectividades sociales, que al fin y al cabo resultan una
personalidad superior, veréis cómo los átomos hanse agregado
en ellas por operaciones de afinidades psicológicas, muy seme-
jantes de suyo á las afinidades químicas. No se reúnen las gen-
tes en partido tan sólo por afinidad y armonía en sus creencias;
reúnense también por afinidad y armonía en sus temperamentos.
Los místicos, los exaltados, los idealistas, los poetas y adivinos,
aquellos en quienes predominan las intuiciones, constituyeron
las escuelas metafísicas de Platón; como los prácticos, los ex-
pertos, los naturalistas, aquellos en quienes predomina sobre lo
intuitivo lo reflexivo, y sobre lo ideal y metafísico el raciocinio
y el experimento , constituyeron la escuela de Aristóteles. Ra-
fael mostró dónde rayaba su fuerza de pictórica expresión po-
niendo, en el fresco titulado «Escuela de Atenas», al frente de
todos sus filósofos á Platón y Aristóteles, personificado el uno
en robusto joven, cuyo índice, vuelto hacia abajo, señala con
sumo acierto la tierra , y personificado el otro en sacerdotal an-
ciano , cuyo índice, vuelto arriba, señala el cielo. Estudiad la
historia del humano pensamiento, y veréis cómo aquellos espí-
ritus en que predomina lo moral, forman el partido estoico de
Roma; y aquellos espíritus en que predomina lo sensual, forman
el partido epicúreo. Y esto que decimos de la filosofía, lo deci-
mos de la religión; y esto que decimos de la religión, lo decimos
de la ciencia. El pensamiento de Colón tocaba por su carácter
astronómico y geográfico, en lo científico; por su carácter profé-
tico y casi revelador , en lo religioso ; por su carácter práctico y
útil, en lo económico y en lo político: de consiguiente, alrededor
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suyo debían sumarse, como alrededor de todo lo grande y tras-
cendente, sectas, escuelas y partidos. Los filósofos y sabios al mo-
do escolástico, petrificados en la vieja tradición tomista, debían
chocar con todas estas innovaciones del profeta, que perturbaban
el universo tal como ellos lo comprendían , á la manera que los
viejos sacerdotes arrojan del templo al hereje que lo mancha
con el vapor de sus ideas, y al profano que no comprende su
inconmensurable grandeza; mientras que los platónicos, los
ciceronianos, los artistas, los dados á las ciencias, á las artes
aquellas novísimas, los verdaderos hijos del Renacimiento, que
parecía una pascua natural y religiosa, debían estar por la reno-
vación del espacio, tan armónica y congruente con la renovación
del espíritu.
Y lo mismo pasaba en los demás órdenes de la natural acti-
vidad humana. El estadista intuitivo, innovador, inspirado,
profético, debía estar por Colón; y contra Colón el estadista
experto, consumado, calculador, positivista, pues nunca los
hubo de tal índole, ni en tanto número, ni de tan preciado
mérito en siglo alguno como en aquel siglo de Luis XI y de
Fernando V , en cuyos días naciera Maquiavelo y su maquia-
velismo. Necesítase comprender la naturaleza del humano es-
píritu y sus tendencias capitales, para explicar por qué unos
contemporáneos de Colón se pusieron al lado de sus proyectos,
y otros contemporáneos en contra. El escolasticismo y el Rena-
cimiento luchaban, personificado uno en el obispo Hernando de
Talavera y otro en el gran cardenal Mendoza. La política de
intuición y la política de reflexión luchaban, personificada la
una en Isabel I, y la otra en Fernando V. Hasta el modo y forma
de comprender las viejas instituciones influía en el modo y for-
ma de comprender á Colón; pues mientras un caballero feudal
dado á las correrías terrestres, como Medinasidonia, lo com-
prendía, sí, pero lo comprendía poco, un caballero feudal dado
á las expediciones marítimas, ó pagadísimo de ellas por sus
abuelos, ó trabajando en proyectos sobre ellas, como Medinaceli,
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¡oh! lo comprendía poco también, pero lo comprendía mucho
más que Medinasidonia. Igual contraposición entre Hernando
de Tálavera y la Marquesa de Moya. Aquél representaba el viejo
espíritu religioso, y representaba ésta el Renacimiento; aquél,
metido en sus libros de teología y en sus argumentaciones silo-
gísticas, tornaba sus ojos á lo pasado; y ésta, en comercio espi-
ritual con los clásicos inmortales, y con los escritores florentinos,
y con los poetas , volvíales al nuevo ideal ; recogía Tálavera el
espíritu de los sepulcros y de los claustros, que despiden como
un hálito de muerte, mientras la Marquesa recogía el espíritu
de su tiempo, el cual exhalaba por aquella florescencia y pri-
mavera universal un soplo de resurrección; por todo lo que,
ante problema como el viaje propuesto, debía por la invención
y el inventor apasionarse la sabia señora que representaba el
Renacimiento; mientras debía contra el inventor y la invención
apasionarse, á su vez, el sabio y austero Prelado que representaba
todas las viejas tradiciones, generadoras de irremediables y here-
dados escrúpulos. Pasa con el pensamiento de Colón en Geografía
lo mismo que con el pensamiento de Sócrates en Metafísica; lo
mismo que con el pensamiento de Cristo en Religión; lo mismo
que con el pensamiento de Galileo en Física; lo mismo que con
el pensamiento de Copérnico en Astronomía ; lo mismo que
con el pensamiento de Guttenberg en Indus<-.ria; lo mismo que
con todos los pensamientos reveladores : las altas montañas del
espíritu; las eminencias donde se agarra el ideal progresivo; los
sublimes picos al cielo cercanos , recíbenlos y reverbéranlos
de suyo al amanecer, antes de que hayan podido levantarse
arriba en las líneas del horizonte sensible; mientras lo bajo, lo
profundo, los valles hondísimos, envueltos en las tinieblas y
embargados por el sueño, apenas pueden, por ley natural, no
ya presentirlo , ni siquiera verlo , cuando alborea y asoma. Las
esperanzas, las adivinaciones, el presentimiento que profetiza,
el albor de la idea nueva que raya en todas las auroras del
tiempo, tan parecidas á las auroras del espacio, se agrupaban
— 205 —
de un lado, escribiendo ese libro de las inspiradas sibilas, que
contiene los oráculos de lo porvenir y prepara el advenimiento
de los futuros tiempos; mientras la superstición de lo pasado,
con sus ojos convertidos atrás y su enemiga implacable á toda
innovación y á todo progreso, los principios hieráticos de la
casta sacerdotal, petrificada entre los ídolos, fríos como el gra-
nito, y la tradición, helada como las momias, iba levantando
ese muro de resistencias invencibles y de tradiciones insupera-
bles, que viene á mellar y destruir el impulso de las creadoras
progresivas ideas.
CAPITULO XI.
COLÓN ANTE LOS REYES CATÓLICOS.
RECiSA penetrarse mucho de la clasificación en los es-
píritus, anteriormente dicha, para comprender las
relaciones del descubridor con los Monarcas, vistos
por él á comienzos del año 1488. El mucho vagar que había
desde su partida de Portugal tenido, y el poco provecho gran-
jeado en las consultas de Sevilla y el Puerto, debieron agravar
su pobreza, pues iba tan pésimamente trajeado, que le llama-
ban el extranjero de la capa raída. En estas condiciones de
fortuna escasísima se presentó ante aquel matrimonio de noto-
ria selección, en quien las aptitudes y las propensiones más opues-
tas , combatiéndose y negándose mutuamente , se completaban
y producían un equilibrio parecido al que recibe de las fuerzas
contrarias el universo y una luz muy análoga con la que dan dos
electricidades opuestas al relámpago. Fernando parecía el racio-
cinio hecho hombre, mientras Isabel parecía la inspiración hecha
mujer. En él predominaba un criterio político y en ella un cri-
terio moral. Fernando , como andaba siempre por el suelo de la
realidad, veía los obstáculos; Isabel, como volaba por el cielo de
las idealidades, no veía sino luz y estrellas. El Rey, piadoso, creía,
no obstante su piedad , en las obras , y profesaba el dogma de
— 208 —
ayudar á la providencia de Dios, aunque pareciera muy favora-
ble á sus proyectos; Isabel, exaltadísima, confiaba en la espe-
ranza y en la oración. Presentía y profetizaba ésta, mientras
aquél preveía y calculaba. Espontaneidad en todo la Reina y en
todo reflexión el Rey. Ella iba por los caminos del bien al bien
mismo; importábanle á él poco los embustes, los engaños y, en
caso de necesidad, los delitos. La Reina se parecía de suyo á las
damas ideadas por los caballeros andantes, cuyos labios no po-
dían decir una palabra deshonesta y cuya inteligencia no podía
idear nada erróneo ni malo, santas como los bienaventurados en
el cielo y purísimas como en los altares la Virgen Madre de Dios.
Fernando, valerosísimo y guerrero, sumaba con fuerzas de león
instintos de zorra. Quizás no hayan conocido las edades un hé-
roe tan enérgico y tan astuto. Cautela mostraba él sobre todo,
mientras sobre todo mostraba ella confianza. Él era una inteligen-
cia, ella era un corazón. Las combinaciones políticas le agrada-
ban á él, y á ella los altos sentimientos. El no tomaba resolución
alguna sino tras una serie graduada y medida de impulsos y
de cálculos que le suministrasen la certidumbre del apetecido
logro, mientras ella veía en los éxtasis y en los deliquios de su
natural misticismo la realización de sus esperanzas más engaño-
sas é ilusorias. Isabel gustaba de aumentar el número de sus va-
sallos para poseer un dominio sobre las almas que le permitiese
aumentar los cristianos en el mundo y los escogidos en el cielo;
á Fernando le gustaba también que la Iglesia creciese y la cris-
tiandad se aumentase; pero ponía sobre tales satisfacciones reli-
giosas las provinientes de la dominación y de la conquista. Hija
Isabel de un rey literato y de una inglesa que murió en la de-
mencia , veía con mucha facilidad las ideas, y por ellas exaltá-
banse á la continua sus nervios , sobreexcitados al calor de la fe
viva en lo ideal. Hijo Fernando de un rey como Juan II de Ara-
gón, pendenciero y astuto, así como de una mujer varonil y am-
biciosa, heredó de su padre la mezcla del temperamento político
y del temperamento guerrero, y de su madre aquella increíble
— 209 —
ambición que le llevó á meter por conquistas ó por casamiento
dentro de su familia y de su patria Italia, Portugal, Borgoña,
Flandes, Holanda, el Rosellón y la Cerdania, media Francia, In-
glaterra é Irlanda y el Imperio de Alemania. Pero si obtuvo esto
por el cálculo tan grande hombre, la divina mujer obtuvo por el
sentimiento y la fe unir las cifras de su nombre á una nueva
creación. Fundaron los dos la Inquisición: Fernando por razones
políticas, Isabel por razones religiosas. Conquistaron los dos, Isa-
bel Granada para su Castilla, Fernando Navarra para su Ara-
gón. La conquista de Granada es un libro de caballería, la con-
quista de Navarra es un capítulo de Maquiavelo. Con la una
expulsó Isabel á los moros y con la otra expulsó Fernando á los
franceses de nuestra Península. Los poemas del santo Graal bri-
llan en la vega y en el Pirineo prevalece la razón de Estado.
«Quien ignora el arte de fingir, decía Fernando, ignora el arte de
reinar.» Así la indiferencia suya tenía mucho de la fatalidad y
del destino. Isabel creía que para dirigir bien á los pueblos hay
que amarles mucho y para triunfar en el mundo hacer el bien
siempre y decir siempre la verdad. Para el Rey, ningún grande
negocio sin graves dificultades y peligros; para la Reina, ningún
peligro y ninguna resistencia siempre que ideas luminosas diri-
gieran la firme voluntad. Enérgico y perseverante , Fernando
imaginaba toda energía y toda perseverancia limitadas por lo
imposible, bien fuera fundamental, bien fuera circunstancial; la
Reina jamás creyó en lo imposible cuando mediaba el auxilio de
Dios alcanzado por la oración y por la penitencia. El valor en
Fernando era frío, en Isabel entusiasta y ardiente; la previsión
reflexiva resultaba en él certera, como en ella las adivinaciones
hipnósicas. Isabel persuadía; Fernando trataba de persuadir, y
de serle imposible, no persuadía, compraba. ¡Cuántas veces en
arduos negocios que hubieran podido resolver las guerras, ape-
laba, para que lo dejaran en paz, al dinero! La Reina creía tan
incapaces de malas acciones y de malas ideas á los demás como
á sí misma. La gratitud más cariñosa dominaba en su vida,mien-
14
2IO
tras en Fernando la ingratitud más implacable. Aun las severidades
anejas á su cargo templaba Isabel con sus bondades , mientras
Fernando, siempre que lo exigía el bien de sus Estados, llegaba
sin esfuerzo á la crueldad. Sin embargo, él antepuso á la fuerza
la destreza y á la guerra el trabajo para dominar, mientras Isa-
bel, con los ojos puestos en su estrella, dominó siempre por la
virtualidad creadora del genio. La franqueza trascendía en todos
los actos de Isabel y en los de Femando el disimulo. La histo-
ria fué la musa de Fernando, y la fe, de Isabel. La impasibili-
dad prevalecía en el uno y en la otra una inextinguible pasión.
Era Isabel un misterio sobrenatural casi, Fernando la industria
humana. Isabel cerraba los siglos medios, Fernando inaugu-
raba la política de gabinete moderna. En ella reinaba divina
efusión y en él suma templanza. Grandes los dos; pero la gran-
deza de Isabel más clara y visible, mientras la de Fernando más
recóndita y extraña. Para penetrar su espíritu, necesítase pen-
sar que brilló junto á un astro tan de primera magnitud en
los cielos del tiempo, como Isabel I. Esta comprendió su destino
providencial desde un principio, y nunca le fué infiel; Fernando
traicionó su propio nombre cuando pretendió, ya casado, ele-
varse por su naturaleza de varón y por su derecho de primo-
genitura, con detrimento de la esposa incomparable, al trono de
Castilla; y cuando viudo, pretendió primero casarse con la Bel-
traneja y se casó luego con Germana de Foix en busca de un
heredero legítimo, cuyo nacimiento y cuyos derechos rompie-
ran la unidad interior del Estado, á tanta costa conseguida. En
virtud y por obra de ambos temperamentos, procedieron de su
respectiva suerte y manera Isabel y Fernando con Cristóbal
Colón; entusiasta como siempre la primera, y el segundo como
siempre, cauteloso, precavido, taimado, con reservas. El calcu-
laba lo que podía costar la empresa y lo que podía traer; ella
sólo pensaba en que los dominios de su Castilla idolatrada cre-
cían y las gentes cristianas se aumentaban. Amén de todo esto,
el Océano debía tentar á la Reina de Castilla, porque al Océano
— 211 —
iban á dar todas sus empresas y todas sus conquistas, como al
Océano sus ríos capitales: el Tajo, y el Duero, y el Guadalqui-
vir y el Miño. Bien al revés para Fernando: sus conquistas des-
aguaban, como el Ebro, como el Llobregat, como el Segura, en
cuyas bocas pusiera D. Jaime sus barras, como el Turia, en las
celestes aguas mediterráneas. Las posesiones insulares de Isabel
eran sus Canarias; las posesiones insulares de Fernando se dila-
taban de las Baleares á Sicilia. Fernando sólo soñaba con Italia,
é Isabel con África. De aquí el uno volvíase á lo pasado,
mientras á lo porvenir la otra. Pero ambos á dos tuvieron una
grandeza desmesurada, porque tomaron la estatura de una idea y
sirvieron por distintos caminos y con cualidades contradictorias
al espíritu vivo y al pensamiento capital de su creadora edad.
La unidad del Estado, la unidad del territorio, la unidad del
derecho se imponían entonces, y á conseguirla consagraron todos
sus esfuerzos, por lo cual, amén de adquirir gloria propia, sir-
vieron á su nación y á su tiempo. Se habían los nobles repar-
tido el territorio, y ellos incorporaron cuantos feudos pudieron á
la Corona; el Poder se había roto en pedazos y dividídose y des-
menuzádose á mansalva entre las manos de soberbios magnates
generadores de anarquía escandalosa, y ellos le devolvieron al
Poder su augusta indispensable autoridad; el ejército estaba, en
manos de las Ordenes militares una fracción, en manos del mons-
truo feudal otra fracción, y otra en manos de las Repúblicas
municipales, y ellos, alzándose con las grandes maestranzas, y
estableciendo la Santa Hermandad, iniciaron la necesaria con-
centración de toda fuerza en el Gobierno; administrábase justicia
por tribunales en quienes la jurisdicción propia no era clara, ni
patente la legalidad, y ellos establecieron las Chancillerías, en-
cargadas de ir elaborando lentamente la unidad indispensable
del derecho; desde Gregorio VII ios Papas habían invadido las
regalías naturales del pueblo español en términos de hallarse
fundado un absolutismo eclesiástico, y ellos tomaron disposicio-
nes respecto de las sedes, muy análogas á las que habían tomado
— 212 —
respecto de las Chancillerías, poniendo así la unidad civil y po-
lítica sobre la Iglesia misma, de suerte que fueron los fundado-
res del Estado moderno, bajo cuyos auspicios había de brotar
tres siglos más tarde, al calor de la libertad, nuestra imperso-
nalísima unidad nacional. Así no parece mucho que les devol-
viera el espíritu de su tiempo en glorias las prosperidades mis-
mas que le habían granjeado ellos con sobrehumanos esfuerzos,
y pudieran expulsar á los últimos nazaritas de Granada y á los
últimos Albrets de Pamplona; preparar la unión estrecha con
Portugal y readquirir el Rosellón y la Cerdania; extender sus
dominios por las costas continentales de la magna Grecia y por
las costas continentales de la inexplorable África; en su corona
robustecer Sicilia y para su corona recuperar Canarias; aliarse
con potentados tales como los Duques de Borgoña y Flandes
y como los Reyes de Inglaterra, mediante lo cual extendieran
los blasones de sus inmediatos descendientes desde las orillas
del Danubio á las desembocaduras del Rhin y del Escalda,
humillando el orgullo de poderosos vecinos y convirtiendo en
hispano el sacro Imperio germánico: milagrosísimas obras, ó con-
cluidas ó preparadas por ellos; pero que todas llegan á borrarse
como las estrellas en el sol, en aquella otra increíble, cuando á
los diez meses de haber la cruz cristiana resplandecido en el to-
rreón de la Vela, surgen, como por encanto, nuevas islas y nue-
vas tierras en los espacios del mar, de nadie aquí, en el viejo
mundo, conocidas, y en cielos nunca por los europeos antes vis-
tos, en cielos nuevos, constelaciones resplandecientes y estrellas
innumerables, como si para premiar nuestros combates y nuestros
esfuerzos hubiera Dios querido engrandecer la tierra y renovar la
creación.
Pero tales cosas épicas piden, para ser bien alcanzadas en todo
su conjunto, que las miremos desde cierta distancia en el tiempo,
quien acaba con lo fugaz y con lo chico pronto, pero engran-
dece lo magno de suyo, eternizando lo verdaderamente perdura-
ble. Por eso quedará el modo mejor de celebrar la invención del
— 213 —
Nuevo Mundo á la epopeya. Estos enormes cuerpos solares del
tiempo, como los enormes cuerpos solares del espacio, se ven
mejor con el telescopio de la poesía que con el microscopio de
la historia. Más bien que referirlos debiéramos cantarlos. Pero
no hay remedio: en la Historia se busca lo particular y lo mí-
nimo, el análisis, mientras en la epopeya lo universal y lo eterno,
la síntesis. Por eso debemos referir con tristeza cuanto Colón
padeciera con acerbidad en la consecución de su obra. Los Reyes
le oyeron según sus respectivas índoles: Isabel con entusiasmo
y Fernando con reserva. Pero la reserva de éste y el entusiasmo
de aquélla debían dar iguales resultados: una indispensable di-
lación. La reconquista de Granada no consentía otro expe-
diente. Imposible divertir de tal objeto supremo los regios
ánimos.. Así defirieron el asunto al confesor de la Reina, fray
Hernando de Talavera. Dadas nuestras ideas y nuestras costum-
bres, dificilísimo comprender un verdadero confesor del siglo
decimoquinto, consejero nato y supremo de los Reyes en el
apartamiento de sus confesonarios. Fray Hernando de Talavera,
primero prior del monasterio de Prado, en Valladolid, Obispo de
Ávila más tarde, y por último Arzobispo de Granada, sentado en
el confesonario creía su silla más alta que los tronos, y se juzgaba
él dispensador á sí mismo de la salud terrenal y eterna de los
Reyes. En la primer confesión ya tuvo un altercado con la Reina,
pues indicando ésta que podía confesarse de pie ó sentada, le dijo
aquél que no, que de hinojos á las plantas del confesor. Podía,
pues, llamársele tanto Ministro de Estado como Ministro de Ha-
cienda, y tanto Ministro de Hacienda como IMinistro de Instruc-
ción y de Bellas Artes, dejando á un lado el ministerio de las
buenas costumbres. Isabel, así encomendaba el arreglo á su celo
de la Deuda, como el arreglo á su literatura de la Biblioteca; y
así le pedía opinión sobre los decretos más importantes, como
sobre las fiestas más domésticas. El buen Talavera no se andaba
con escrúpulos de monja, no; reñía con adusteces de patriarca
y con palmetazos de dómine á la primera y más santa Reina de
la Cristiandad entonces. Las frases sacramentales que vibrabah
en los labios suyos y se difundían por los oídos de sus peniten-
tes y confesados, tiraban á recordarles cómo debían apercibirse
y aparejarse á la muerte. Por esto decíale Isabel á su confesor:
«Os ruego y encargo mucho por Nuestro Señor, si cosa aveys
de hacer por mí, a buelta de quantas y quan grandes las aveys
hecho por mí, que queráis ocuparos en sacar todas mis deudas,
así de emprestidos, como de servicios y daños de las guerras
pasadas, y de los juros viejos que se tomaron quando Princesa,
y de la Casa de Moneda de Abila, y de todas las cosas que a vos
os parezca que hay que restituir en cualquier manera que sea.>
Después de remitirle negocios de tal monta, le comisionaba con
dulzura para que vigilase las ciudades ó territorios donde arzo-
bispaba y episcopaba. El buen confesor le hablaba en epístolas
de todo cuanto podía ocurrirle á la Soberana: del reintegro de
Cerdania y Rosellón, del deber de impedir guerras entre cristia-
nos por justas que fuesen, de las alianzas deseables, del buen
proceder esperado del mozo rey Carlos VIII, del cordón de
tres hilos formado por una triple alianza entre Francia y España
y Alemania, de los festejos dados á embajadores y prínci-
pes, del memorial de las deudas puesto en manos de un Fer-
nando Alvarez, del cielo y de la tierra. Para comprender la ex-
tensión de su influjo y la intensidad de su desabrimiento, bastará
decir que riñe á la Reina con acritud, y con el infierno le arguye y
amenaza, no por las mercedes á los cortesanos y demás gente, no
por el gasto de ropas nuevas, no por las colaciones y cenas rui-
dosas, no por las alegrías de los ejercicios militares, por las lan-
zas, en las que tomó una licencia tan grave como la de mezclar
las damas castellanas y aragonesas con los caballeros franceses,
llevando cada cual de éstos á la que quisiese y le gustase, de
rienda. Tras lo cual decía de una Reina tan piadosa y de los di-
vertimientos palaciegos suyos: «¡O mezcla y soltura no católica,
ni honesta, gentílica y dissoluta! ¡O, si yo lo entiendo, quanto
pierde mi Reina y mi soberana en ello, ante los hombres digo, que
— Zl
ante Dios no dubdo nada! » Y para comprender hasta donde lle-
vaba su crueldad este confesor implacable, baste decir lo siguien-
te, cuyo recuerdo no más presta verdaderos escalofríos de terror
al cuerpo y le pone á uno de carne de gallina, como vulgar-
mente decimos en castellano, todo el cuerpo. La primer desgra-
cia que hirió el corazón de la Reina, y le amargó los restantes
años de su vida con inenarrable amargor, fué sin duda el malo-
gro de D. Alonso, casado con su primogénita D.^ Isabel y fe-
necido á los seis meses de su boda en violenta desgracia. Pues
bien; Talavera dice á la Reina que le ocurrieron tales adversida-
des por la liviandad horrible de aquellas regias fiestas en que se
corrieron sortijas y se lidiaron toros. Ahora bien: un hombre
así llega poco á poco, tras largas meditaciones ascéticas y conti-
nuos argumentos teológicos, á estado tal, que parece una grande
abstracción. Y en esta grande abstracción de todo cuanto le ro-
deaba, no tenía sino un pensamiento seguro, fijo, continuo, per-
durable: la toma de Granada. Y cuando en este pensamiento
se absorbían todas sus ideas y se concentraban todos sus esfuer-
zos con esa fuerza de concentración en él universalmente recono-
cida, y esa fuerza de voluntad, venía Colón á divertir al maestro
en Escolástica de sus ideas tradicionales y al empeñado en re-
conquistar Granada de sus empeños formidables. Era, pues, tal
distracción, por tanto, incompatible con las dos ideas capitales
del Arzobispo ; y Talavera miraba los proyectos relativos á las
Indias como una innovación peligrosa en las ideas generalmente
admitidas, y como una distracción punible de los esfuerzos y de
los recursos hacia un objeto, profano en verdad, comparado con
la coronación del poema de los siete siglos, con la reconquista
de aquella sultana entre las ciudades ismaelitas, con el triunfo
de la Cruz, adorada por él en culto fervoroso y continuo. Así,
cuando la Reina le prometía en mil circunstancias varias, antes
de la conquista, un arzobispado, él contestaba: «O seré Arzobispo
de Granada, ó no lo seré de ninguna parte. > Tal fué Talavera.
No podían los Reyes encomendar á persona más impropia de
— 2l6 —
tan alta comisión este arduo problema , inaccesible al entendi-
miento suyo á causa de la vieja ciencia que lo poseía y al ánimo
á causa del deseo que le embargaba. Móviles permanentes de
creencias, innatas casi, al par de móviles particulares, nacidos
en las circunstancias especialísimas de aquella ocasión, obstruían
su voluntad hasta impedirle por completo la comprensión de
una idea cuya originalidad rayaba en extravagancia, como la
del audaz y porfiado marino. Ayudábale á Talavera una persona
de competencia y de seso, como el consejero real Maldonado,
quien menos creía en el pensamiento , á medida que más lo es-
cuchaba del facundo labio de su autor, persuadiendo á todos
ser cosa imposible la por Colón ideada y propuesta. Lo primero
en que fijaba su creencia era en suponer indispensable , para
cumplir la idea de Colón, una forma esférica de la tierra; forma
de todo punto inadmisible, por haber calificado los salmos al
cielo como una tienda tendida sobre una especie de cuadrado,
y por haber San Agustín reconocido como herética la existencia
de los antípodas, con los pies puestos junto á nuestros pies en
otro hemisferio y hacia abajo la cabeza. En este período, indu-
dablemente , cuando las objeciones religiosas predominaban so-
bre todas las demás, debió estudiar con tanta profundidad el
descubridor los libros bíblicos al par de los problemas teológi-
cos, y debió profundizar en las ideas místicas de su tiempo y
de los tiempos anteriores. Entonces le dominaría como un pen-
samiento exclusivo y absoluto la reconquista de Jerusalén, para
la cual se creía predestinado por Dios en medio de las agitacio-
nes que había en sus mocedades alrededor suyo suscitado la
toma de Constantinopla. El profetismo de Israel , unido con las
ideas medio sibilinas del mundo antiguo, movía su corazón y
sus labios. Á estas anticipaciones del tiempo que por venir se
hallaba, extraídas de la Biblia, unía una impaciencia extrema,
dimanada del milenarismo, que preveía y fijaba para muy pronto
el postrero juicio, cuyo soplo debia extinguir, con todos los as-
tros, todos los pensamientos, y derribar así el cielo como el pía-
— 217 —
neta. Sumábase también al milenarismo, y los pensamientos que
hacia lo pasado se convertían, una doctrina expresada siglos antes
por el abad calabrés Joaquín de Flora, quien se prometía un com-
plemento de la Religión del Padre, contenida en la Biblia, y de
la Religión del Hijo, contenida en el Evangelio, con la Religión
del Espíritu, que anunciaba renovaciones ideales del espíritu con
renovaciones materiales del cielo. Y así para esclarecer todas
estas vaguedades en que nadaba su idea, como para contrastar
todos los escrúpulos teológicos á sus argumentos opuestos, re-
gistraba de continuo la Biblia, y veía en ella tan señalado su
ministerio de redimir la cautiva montaña de Sión, como el mi-
nisterio de redimir la ciega y pecaminosa especie nuestra en
Cristo. Para él , casi todos los salmos y casi todas las profecías
lloraban los pecados múltiples de Israel, por cuya causa cayera
cautiva Sión, y prometían un libertador, quien, á la verdad, no
podía ser otro sino él, Colón mismo en persona. Libro de los
Reyes, libro de los salmos, libro de las profecías, libro de Job,
anunciaban todos la redención de Jerusalén por un hombre
como él, predilecto de la divinidad y predestinado á estos pro-
videnciales fines. Algunas veces añadía, en las confusiones de
su misticismo, que no sólo estaba él en persona llamado por
Dios á tanta obra, sino que Joaquín de Flora en sus libros de-
signaba el pueblo español por su nombre, y la Biblia, por su
parte, designaba también los últimos pueblos de Occidente con
toda claridad. Y pretendía sin vacilación haber oído estas
restituciones de la Santa Casa de Jerusalén á los cristianos,
desde muy temprana edad, en todos sus viajes. Así aseguraba
no haber tanto bebido su idea en la Cosmografía y en la Astro-
logia, y en otras profanas ciencias por él aprendidas á fondo,
como en la frecuente lectura de los libros revelados por Dios y
reveladores al mundo del bien y de la verdad. En Isaías encon-
traba toda suerte de anuncios, y por Isaías allegaba sus espe-
ranzas. Á este inspirado de Dios é inspirador de los demás no
debe llamársele únicamente profeta, debe llamársele también
— 2i;
evangelista. Y el capítulo xxx de su libro maravilloso profético
enseña que los hijos de Israel habían dejado caer en manos pro-
fanas y extranjeras el monte de Sión ; pero que Dios, compade-
ciéndolos en su corazón, suscitó un elegido para que lo rescatase
y lo restituyese coronado de flores, y entre cánticos de hosannas
y melodías, así de salterio, cual de cítara y flauta. Y David, en
el salmo xxi, anuncia que llegará el nombre de Dios así á los
confines últimos de la tierra, como á las gentes más recónditas.
Y en el capítulo lxv vuelve á decir Isaías cómo las razas igno-
rantes por siglos de siglos del nombre santísimo, irían á El, pro-
clamándolo con todo regocijo. Y añadió Jeremías en el profiítico
libro , capítulo xvi , cómo irían á Sión desde los últimos fines de
la tierra. Por manera que aparecían Colón y sus descubrimientos,
no tan sólo en el resplandor de la ciencia envueltos, sino tam-
bién rodeados con el nimbo de la revelación. Pero ni Hernando
de Talavera, ni el consejero Maldonado , quisieron creerlo, y
por su consejo negaron la posibilidad del descubrimiento á pri-
mera vista, mientras los Reyes remitieron su revista ó estudio
nuevo á mejores tiempos. Aquí debió celebrarse , y por este pe-
ríodo de las primeras relaciones entre Talavera y Colón, la
junta de teólogos atribuida por un error acreditadísimo á Sala-
manca y reunida en Córdoba realmente, que dio un dictamen
opuesto al plan y pensamiento del descubridor y fué causa de
largas dilaciones.
CAPITULO XII.
COLÓN EN SALAMANCA,
JERO mientras así lo desahuciaban unos, acorríanlo con
sus influencias y con sus luces otros. Entre los adep-
tos allegados á la idea colombina entonces, lucen
como los primeros el padre franciscano Antonio de Marchena
y el padre dominico Diego de Deza. Indudablemente, aquél
debió sostenerlo en Andalucía con su consejo y con su auxi-
lio contra las negaciones de la Junta presidida por Talavera
en Córdoba, como éste debió abrirle con su ciencia y con su
influjo las puertas de Salamanca. Ninguna tradición tan acre-
ditada como la que dilata por el mundo un desconocimiento
tal de la geografía y de la cosmografía en la Universidad salman-
tina, que llegó á suscribirse con todos sus doctores unánimes en
contra de Colón, y á oponer todas las supersticiones del sentido
común á todos los presentimientos y á todos los anuncios y á
todas las profecías del genio y del saber. Sin embargo, una fun-
dada rectificación de tales errores, no solamente revoca la creen-
cia secular y la invalida para siempre, sino que atribuye á Sala-
manca el comienzo de la fortuna del descubridor, y coordina
con su estancia en la ciudad sabia los primeros auxilios metá-
licos entregados por los Reyes al descubridor para prosperar su
— 220 —
obra. Muchos juzgan de las universidades en el Renacimiento
por aquello que fueron á fines del siglo último, cuando heridos á
una Pontificado y Monarquía, empeñábanse las viejas escuelas,
al calor de ambos institutos nacidas , en permanecer inmóviles
junto á sus ídolos, alzados en el altar y en el trono. Las univer-
sidades habíanse fundado para extraer del monasterio la ciencia
y llevarla con mejor acuerdo á poder del Estado. Pasaba con
esto en el mundo cristiano lo mismo que pasara en el mundo
antiguo al salir la filosofía de los colegios sacerdotales: iba el
ideal bajando al pueblo y esclareciéndolo con resplandores, los
cuales poco á poco le prestaban una superior vida social. Si las
universidades en el Renacimiento no hubieran hecho más que fo-
mentar la jurisprudencia y difundir el gusto á las antiguas letras,
hicieran muchísimo , pues con las humanidades completaron la
historia, reducida largo tiempo á relatar lo que interesaba única-
mente á los pueblos cristianos en las crónicas de latín eclesiás-
tico, y con el derecho romano destruyeron á un tiempo los ex-
cesos de la teocracia y los excesos del feudalismo. En vano los
Papas contendían con los Reyes por la dirección universitaria:
tales institutos, por sí, revestían un carácter antiteocrático y laico.
Verdad su cooperación al regalismo de la Corona, muy exagerado
con detrimento de los Pontífices; verdad también su cooperación
al absolutismo por las apariencias de imperio romano dadas en
sus exageraciones y en sus violencias á las Monarquías cristia-
nas. Pero todos los progresos humanos adolecen de una oposición
radical á los tiempos y á los ideales que los han engendrado. La
Universidad salmantina brillaba entonces en el Derecho y en
las Humanas Letras. Por consecuencia, no podía oponer á las
innovaciones una vieja resistencia como la sobre sus espaldas
impuesta por un error secular á los proyectos de Colón. Sala-
manca por sí, con excepción de algunas casas nobles y guerre-
ras, las cuales unas con otras combatían en perdurable combate
sin descanso y sin tregua, se nos aparece como una ciudad uni-
versitaria, donde los monasterios eran escuelas, y las capillas cá-
— 221 —
tedras, y las salas capitulares academias, y la población conjunto
y suma de discípulos que aprendían y maestros que enseñaban
á todas horas y en todas partes.
Fundó aquella Universidad en comienzos del siglo décimo-
tercio Alonso IX de León; amplióla Fernando III el Santo, Rey
de Castilla y León ya, en mediados del siglo decimotercio; y á
fines de este mismo siglo ya organizóla y coronóla D. Alfonso X
el Sabio. Exenciones de peajes y portazgos á los que aprendían
ó enseñaban; cesión de tercias reales para proveer á su manteni-
miento; preferencia de inquilinatos á los escolares; posadas ins-
tituidas y hospitales dotados para procurar el bien de la juven-
tud estudiantil; disposiciones encaminadas á la conservación del
orden público y del respeto de las leyes; privilegios concedidos
á sus sabios habitantes; milicias encargadas de la pública segu-
ridad y de sobreponerse á los levantiscos señores, para que no
turbasen los estudios con sus algaradas de costumbre y sus alar-
des de combate; cuanto pudiese contribuir á la formación de una
población universitaria y científica, lo hacían de consuno en
emulación porfiadísima Reyes y Papas, quienes le ponían, ora
el nombre de regia, como hicieron las reinas Catalina é Isabel,
ora el nombre de pontificia, como hicieron Martín V y el Papa
Luna; pero que la sustentaron siempre allá en la cumbre donde
resplandecían sus tres compañeras: Bolonia, París y Oxford. El
Tostado la cercó de piedra para que apareciese como una cinda-
dela en la ciudad; la catedral no quiso nunca renunciar á la her-
mandad con ella, la cual fué de antiguo al extremo de sentarse
los doctores como canónigos en el coro y los canónigos como
doctores en el claustro. Así tuvo un predominio tal, que la con-
sideraron todos los pueblos como asiento de la sabiduría. Y por
tal razón, cuando se le suele preguntar cualquier importunidad
á uno, contesta: «Quien desee saber, que vaya á Salamanca».
Pues bien: como época principal y mejor de su grandeza quedará
siempre la época que coincide con la llegada del inmortal des-
cubridor á su seno. Y esta grandeza intelectual trasciende hoy
— 222 —
mismo desde sus ruinas á nuestra consideración y á nuestro pen-
samiento, catándose, no tan sólo en los admirables monumentos
consagrados á la enseñanza, como su maravillosa Universidad,
blasonada cual una gran señora con cien complicados escudos
pontificios ó regios, y engrandecida por una portada plateresca,
la cual creeríais por joyeros florentinos cincelada; no tan sólo en
aquellas capillas donde aun vuelan tantas ideas exhaladas por
profesores universitarios, y en aquellos claustros henchidos en
tiempo de una estudiantina entusiasta y bulliciosa, cuyos nom-
bres laureados leéis en cada piedra con vítores y loores; no tan
sólo en monumentos como el gloriosísimo de San Esteban, donde
resplandecen maravillas propias de los Guas y de los Siloes,
ó el tan celebrado de los irlandeses, ornamentado por nuestros
mejores buriles: en algo moral que ha sobrevivido á su gran-
deza , en una distinción de modales entre sus habitantes, en un
hábito de cortesía, en una propiedad de lenguaje y estilo, en un
respeto al saber y en un amor á la ciencia que allí se aquista
por la respiración y por los poros, como si el aire de ideas estu-
viera impregnado y el bien decir antiguo, con toda su elegancia,
se hubiera transmitido á las almas, como á las venas se mandan
y se transmite por unas generaciones á otras generaciones la
sangre. Aquella Universidad, que contaba con humanistas como
Nebrija, quien parecía en su ciencia literaria y en su lenguaje
puro haber con los antiguos convivido ; con filósofos como
Soto y Vitoria, los cuales alcanzaron los conceptos fundamen-
tales del derecho mucho antes que Grocio; con profesores de
moral como Ximénez, y de lógica cual Herrera, que anticipaba
las ideas de Bacón y Descartes contra el vacío escolasticismo,
y de astrología cual Torres; aquella Universidad, decía, no
pudo levantar á la frente del Profeta las nefastas sombras su-
puestas por una falsa leyenda urdida con errores, los cuales hasta
el día de ayer se han agrandado por una falsa tradición, ya
desvanecida felizmente por los progresos de una sabia y fundada
crítica.
— 223 —
Todas las investigaciones hechas en los años últimos, y todos
los documentos encontrados, confirman la sagaz opinión del sa-
bio escritor salmantino Sr. Rodríguez Pinilla, que imputa la
primer negativa rotunda, opuesta en la corte al proyecto de
Colón, á la Junta oficial presidida en Córdoba por el prior de
Prado, Hernando de Talavera, y atribuye los comienzos de una
propensión del Estado al proyecto mostrada en los maravedís
mandados dar por los Reyes á las Juntas extraoficiales, juntas
universitarias celebradas en el salón de San Esteban y seguidas
de una inteligencia inmediata entre la Corona y el Profeta. Sin
embargo, el arte y la poesía, cuando no la historia, siguen car-
gando sobre Salamanca y su claustro la resistencia tenaz al des-
cubrimiento, que lleva el sambenito puesto por todas las gene-
raciones en todas las lenguas á los enemigos del humano pro-
greso. Aquellos doctores, pintados en una parte por pinceles
hostiles á ellos, zaheridos en otras por indignaciones justas si los
cargos puestos sobre su ceguera y ofiíscamiento fueran ciertos,
anatematizados por una tradición que dura de siglo en siglo y
se transmite de generación en generación, no merecen tal nota,
pues iluminados por la ciencia cosmográfica del P. Marchena,
en quien tuvo siempre Colón un colaborador competente y asi-
duo completado con un amigo entusiasta y constante, en sobe-
rano impulso al bien y á la verdad por el sabio Deza determi-
nados, por Deza que representaba la voluntad á servicio del
progreso, cual Talavera por su parte representaba la resisten-
cia, lograron una reconciliación entre la ciencia y la fe, á cuya
virtud se debe la buena fortuna y la eterna gloria del des-
cubrimiento. Monasterio de San Esteban, sala De Pfvf unáis
en este monasterio, quinta de Vallcuevos, salón de la Uni-
versidad, riberas deleitosas del Tormes, todo cuanto en Sala-
manca los ojos del alma columbran como circuido de recuerdos
y de ideas, todo lleva impresa la retina de Colón, que recibía de
lo interior tanta luz y que se fijaba en los objetos con la certera
mirada del marino avizor. Allí, en Salamanca, no debió encontrar
— 224 —
las burlas que tanto amargaran su vida en otras partes. No de-
bió allí ver tan adustos rostros como aquel de Talavera, suma-
mente airado á la consideración de que divertía el proyectista
con sus proyectos la general atención de un objeto tan predi-
lecto y tan preferente como la reconquista de Granada. El padre
Deza oía con arrobamiento á Colón, y confiaba en él y en Dios
revelador con viva fe. Los frailes dominicos le trataban como á
un hermano más, y le asistían en sus dolores con los consuelos
debidos por una grande amistad y con los manuscritos de una
biblioteca escasa en impresos todavía, por no haber pasado ni
medio siglo siquiera tras el hallazgo de la imprenta. La dehesa
de Vallcuevos le ofrecía reposo, esparcimiento, solaz, tiempo y
lugar para sus estudios, espacio y silencio á los recogimientos
en sí mismo y á las absorciones en el ideal. Todavía enseñan las
gentes el altillo desde donde miraba los horizontes y cielos, lla-
mado Teso de Colón! Cuántas veces en aquellas infinitas llanu-
ras de Castilla, bajo el cielo encendido y caldeado por los ar-
dientes rayos del sol de nuestra España, vería en los vapores
condensados por las nubes recamadas de púrpura y violeta y
gualda, sobre las líneas del ocaso agruparse las islas y los archi-
piélagos que llevaba sobre su espíritu como sobre inmenso
mapamundi, entre los esplendores del crepúsculo multicolor, y
surgir la región de Cipango con el reino de Catay, perfumados
por especias embriagadoras, revestidos de rubíes y esmeraldas,
con casas de plata maciza, con templos de oro puro, con pare-
des en topacios y brillantes embutidas, de bosques henchidos
por alados coros y ornados por gayas flores, y con una corona
de reverberaciones ideales, en las que iban engarzados versículos
de Isaías con hexámetros de Séneca y de Virgilio, ensueños sibi-
linos con capítulos evangélicos, formando y componiendo el
sublime conjunto de otra nueva creación. Lo cierto es que hoy
no podemos penetrar en el salón inmenso de San Esteban, lla-
mado todavía De Profundis¡ quizá por lo mal que alumbran sus
espacios los ventanillos aquellos, parecidos á tragaluces tristísi-
22:
mos, sin qiie bajo sus diez y seis grandes arcos la memoria re-
cuerde y la imaginación evoque las angustias que desde las
cumbres del Cáucaso á las cumbres del Calvario han experi-
mentado todos los redentores cuando han querido romper el
eslabón de una pesada cadena ó encender la lumbre de un pro-
gresivo ideal.
Lo cierto es que cuando recomponemos con el pensa-
miento la Universidad, y penetrando por la maravillosísima
portada reconstruímos sus espacios, al rehacer aquella capilla,
cuyas bóvedas, pintadas de finísimo azul, resplandecían á
una con cuarenta y ocho imágenes de la llamada entonces
octava esfera, todas labradas en oro, y oímos en idea el reloj
complicado en que bella luna de plata ofrecía todos los fenóme-
nos astronómicos vulgares y corrientes, no podemos menos que
descubrir la vista y la idea de Colón fijadas allí como un tér-
mino brillantísimo de aquella serie de revelaciones, por las cua-
les hemos escudriñado los misterios del universo, y entrevis-
tas desde nuestras penas y nuestros dolores, un sobrehumano
ideal. Es lo cierto, lo histórico, lo indudable, que tras las confe-
rencias de Salamanca, celebradas en comienzos del 87, diéronse
por los Reyes las oportunas órdenes para la ehtrega de recursos
al descubridor, y se proveyó para que lo tratasen como adscri-
to á Real servicio y le reconocieran derecho, doquier que
fuese, á posada y alojamiento. En legajo de cuentas llevadas
por el tesorero Francisco González de Sevilla, que puede cual-
quiera ver trasladadas al tomo 11 de la célebre colección de Na-
varrete, hállanse las partidas siguientes: «En dicho dia 5 de
Mayo de 1487 di á Cristóbal Colomo, extrangero, que está aquí
faciendo algunas cosas complideras al servicio de sus Altezas,
tres mil maravedís, por cédula de Alonso de Quintanilla, con
mandamiento del Obispo de Falencia.» «En 27 de dicho mes
(Agosto de 1487) di á Cristóbal Colomo cuatro mil maravedís
para ir al Real, por mandado de sus Altezas y por cédula del
Obispo. Son siete mil maravedís con tres mil que se le manda-
— 220 —
ron para ayuda de costa por otra partida de 3 de Julio.» «En
dicho dia (i 5 de Octubre de 1487) di á Cristóbal Colomo cuatro
mil maravedís, que sus Altezas le mandaron dar para ayuda de
costa.» «En 16 de Junio de 1488 di á Cristóbal Colomo tres mil
maravedís por cédula de sus Altezas.» Como se comprueba pa-
tentemente por estos datos históricos, así como desde la presen-
tación á la Junta oficial celebrada en Córdoba y presidida por
Talavera, no hay rastro de auxilio á Colón; en cuanto á Sala-
manca llega y se presenta, por Deza dirigido y aconsejado, á
las Juntas extraoficiales de Salamanca, empiezan los auxilios
demostrativos de que los Reyes habían venido en socorrerlo
y sustentarlo con el fin de prosperar su plan y moverle á su
viaje.
A no dudarlo , en Salamanca entonces debían vagar las ideas
capitales del Renacimiento, despertadas por la evocación de los
autores griegos y latinos, llamados á compartir la historia y
la ciencia con los cristianos en aquella pascua de resurrección.
Seguramente no habrían de faltar los empeñados en aplicar al
proyecto del vidente la excomunión mayor, contenida en la
Ciudad de Dios, del inspirado San Agustín, contra todos cuan-
tos de antípodas hablasen, y en recordar aquellas donosuras de
Lactancio, que tan ligeramente se burlaba de un hemisferio
como el opuesto al boreal; hemisferio donde los árboles crecerían
hacia abajo y las nubes lloverían hacia arriba. No habría de fal-
tar tampoco quien porfiara en declarar inhabitables , tanto la
zona tórrida, como la zona polar, no obstante haber Colón estado
y vivido en Islandia y en Guinea. Para muchas de aquellas gen-
tes universitarias, el único hemisferio bueno era el hemisferio
boreal, pues en el austral todo se vuelve confusión y caos, como
indica el mar tenebroso, que comienza de suyo allende la punta
del apartadísimo africano Bojador. Pero junto á estas ideas, que
miraban á lo pasado , corrían por el cielo de las almas ideas que
miraban á lo por venir; junto á las obscuridades y sombras
espesísimas lucían destellos deslumbradores. Virgilio é Isaías
— 227 —
uníanse dentro de confusa palingenesia en los mismos pensa-
mientos y en las mismas esperanzas. Según tales ensueños,
mientras el profeta de Jerusalén anunciaba una especie de Ciu-
dad del Sol , hogar de Dios , alrededor de la cual florecen los
desiertos, que toman la magnificencia del altísimo Líbano, y
dentro de cuyo recinto ven los antes ciegos y los antes mudos
hablan; el profeta de Roma, ungido mil quinientos años des-
pués de sus profecías como un doctor cristiano por el Dante,
anuncia que un orden nuevo nace del seno alterado de los siglos,
que baja nueva progenie del cielo, que llega un Redentor, por
cuyas leyes y revelaciones perderá la tierra el borrón de sus pe-
cados, y el espíritu la sombra de sus errores, y su fiereza el car-
nicero león, y su astucia la tentadora serpiente, y las adelfas su
veneno; el cual Redentor lo purificará todo de tal suerte, que se
llenará el campo de doradas espigas sin necesidad alguna del
trabajo, y la vid, por su parte, de racimos dorados, y la dura
corteza del roble destilará mieles, y el vellón de los corderos se
teñirá de iris, y la juguetona cabra irá de grado, con sus tetas
cargadas, al aprisco , y las vacas al establo , y las hierbas no sen-
tirán el filo de las hoces, ni el buey la pesadumbre de los yugos, y
las colinas se coronarán de azucenas, y los valles abundarán en
aromas asirlos, y el planeta en sus fundamentos, y el Océano en
su lecho, y el cielo en sus abismos, habrán de saludar este nuevo
reinado de Saturno y este nuevo día de Astrea, cuya gloria es-
plenderá tanto, que no podrán loarla ni Lino, ni Orfeo, y el mis-
mo Pan arrojará lejos de sí el caramillo y la flauta, con que des-
pertaba las ninfas en los arroyos y hacía resonar las azules mon-
tañas de Thesalia , dejando á otro poeta mayor que cante tal
florecimiento de la Naturaleza y del Alma en cánticos cuyos ecos
asombren y suspendan á todo el universo. Estas ideas religiosas,
estas esperanzas sibilinas , estos ensueños tesálicos embargaban
de tal suerte los ánimos y los espíritus entonces, que un hombre
dotado de un genio gemelo con el genio de Colón, un hombre
de intuiciones y de profecías, un revelador también, Miguel Án-
— 228 —
gel, ponía por estos mismos años los profetas y las sibilas juntos
en el cielo inmortal de sus creaciones.
Tenemos en los libros de la época múltiples noticias indica-
torias del cruce de ideas confusas que había en los espíritus.
Como ni Vives ni Bacón habían aún convertido la observación
de los fenómenos naturales hacia el estudio de la realidad , y
como ni Pereira ni Descartes habían convertido la observación
de los fenómenos psíquicos hacia la conciencia, predominaba
un criterio histórico, el cual oía, como los antiguos oyentes la
voz del oráculo, aquellos juicios de los autores clás'cos, recién
resucitados y venidos de sobrenaturales regiones y esferas, mez-
clados con los juicios confusos y vacilantes de los autores cris-
tianos. Así, por ejemplo, Alberto Magno certificaba la existencia
de dos clases de nei,Tos etíopes, adscritos á dos opuestos hemis-
ferios. Pero estas afirmaciones del gran doctor medioeval no
podían en modo alguno contrastar el decimosexto libro de la
Ciudad de Dios, en que San Agustín traza una Historia uni-
versal copiada literalmente de la Biblia, y niega la existencia
de los antípodas á causa de su imposible descendencia de Adán
y de lo embustera que aparecería la bendición á los hijos del
patriarca Jacob y el reparto de la tierra trazado en el divino
Génesis. Mas aquellos ilustres universitarios contendían igual-
mente sobre la dispersión del género humano á los cuatro
extremos del cielo, que sobre la distribución de lo sólido y de
lo líquido en el desconocido planeta. Y mientras los enemigos
de Colón aseguraban resultar en sus cálculos el Océano exten-
sísimo, y, por ende, imposible hallar en él tierras bajando á
Occidente, por la dificultad incontrastable de remontarlo y de
volver, sus amigos, fundados en Esdras y en su capítulo vi,
aseguraban ser la tierra seis veces mayor que la mar , y , por
consiguiente, facilísimo el encuentro por Occidente de las Indias
orientales, cuyo extremo debía estar muy cerca de las columnas
del divino Hércules y del mar de la hermosa Gades. Colón man-
tenía todas estas aserciones últimas con grandísimo empeño, se-
— 229 —
gún el P. Las Casas nos dice , fundándose , al par que sobre los
versos del profeta Esdras, tan seguido entonces, sobre los libros
del cardenal Aliaco, su oráculo, quien también restringía el mar y
agrandaba la tierra, apoyado sobre noticias y especies de Aristó-
teles, de Séneca, de Plinio, los cuales debían, según él, conocer
mucho la tierra, por una razón bien extraña, porque los dos pri-
meros fueran preceptores de Alejandro y Nerón, así como el
último amigo de Trajano, tres emperadores errantes y viajeros,
quienes debían tener, por sus viajes continuos y por su. vida nó-
mada, copiosas noticias del reparto de la tierra nuestra y del ca-
rácter de las agrupaciones humanas. Y aquí no se detenían las
razones de autoridad en que los partidarios de Colón se funda-
ban, pues recogían á granel abundantísima cosecha de obras en
obras, como la Historia Natural á^ Plinio, cuyo libro ii, capítulo
Lxvn, hablaba de nociones referentes al mar y sus secretos, bas-
tantes para desatinar y aturdir al más experto, como de la fa-
cilidad completa de navegar los mares del ocaso, como de la
exploración de costas indias por los antiguos seleucidas here-
deros en Siria del poder y gloria de Alejandro, como de las
navegaciones que partiendo de la Bética recorren además de
aguas mauritanas otras meridionales más adentro, como de los
restos de naves hispanas, vistos por Cayo César al tiempo de
Augusto en el golfo arábigo , como del viaje circunvalador del
cartaginés Hannón, lleno de reveladores indicios, como del
arribo de un Eudoxio á Cádiz por ignotos y misteriosos rum-
bos, huyendo de Ptolomeo, como de cien otras indicaciones, á
cual más congruente con los proyectos oídos entonces y con los
resplandores varios que servían á darles crédito y autoridad con
alguna consistencia. Á su vez Macrobio, en el segundo libro
de sus Comentarios al Stieño de Escipión, también ofrecía en
aquellos tiempos armas á los amigos de Colón, pues con muchos
errores mezclada, sostenía vagamente la redondez del planeta y
la existencia del antípoda. É igual parecer compartían Polibio,
Mela, Solino, citados varias veces por Las Casas en los primeros
•^ 230 —
Capítulos de su grande Historia de las Indias occidentales^ tan
favorable al recuerdo y al nombre de Colón.
Y con el problema de los antípodas uníase también otro pro-
blema, referente al carácter de habitable que tienen la zona tó-
rrida y la zona helada, negados generalmente, á pesar de haber
dicho Colón que habitara él en Islandia y en Guinea, Despre-
ciando tales pruebas prácticas ó experimentales, íbanse los con-
tendientes á pruebas de autoridad, y decían cómo Aristóteles
poblaba en su libro de El Mundo la mar occidental con islas
numerosas y aun con tierras ó continentes mayores que nuestro
mundo conocido, todo ello muy habitable; cómo Lucano aludía
en sus poemas á una clase de árabes misteriosos esparcidos por
desiertos ignotos; cómo le mostró y enseñó Marciano á Plinio la
existencia cerca del Polo Norte de los hiperbóreos, tan felices,
que se creían en sus bosques bajo las ramas de los elíseos cam-
pos, y tan longevos que para sucederse tenían que suicidarse,
arrojándose de cabeza desde las montañas más encumbradas y
eminentes, cosa también frecuentísima en las zonas tórridas, re-
frescadas por el oceánico aliento; cómo dos autores de tan di-
versa índole cual Avricena y cual Anselmo, hablaban de archipié-
lagos perdidos y olvidados , á manera de ingentes madreperlas,
en las aguas del mar tenebroso; cómo Platón, en sus dos sublimes
diálogos del Timeo y de Cricias, conmemora una incomparable
tierra, denominada, según las tradiciones egipcias recogidas por
los varios sacerdotes en sus templos, testigos de la historia y
depositarios de la tradición, Atlántida, tendida, con arrecifes
de corales y bosques de palmas y mares de ópalos y montes
de pedrería, entre las columnas del Divino Hércules y las cos-
tas occidentales del África y el extremo de Asia, que se ha-
bían tragado los abismos, y que aun mostraba sus residuos
en los bosques de plantas variadísimas é inclasificables, donde
los barcos enredaban sus quillas y detenían sus moles; cómo
los platónicos habían recibido las ideas respecto de su At-
lántida misteriosa del sabio legislador Solón, y Solón del
— 231 —
misterioso río Nilo ; cómo los principales geógrafos clásicos su-
maban á una con esta sumersión la de Acarnania por el golfo
ambracio, la de Acaya por el golfo corintio , la de una parte del
continente asiático y otra del europeo por la Propóntide y el
Pontho, la ruptura entre los dos bordes espléndidos del Bosforo
y la formación relativamente recentísima de Geslos; como Séne-
ca, en el sexto libro de sus Morales, atribuye á Tucídides el inten-
to de señalar una fecha irrevocable á la sumersión del continente
atlántido; cómo ciertos rumores hablaban de la unión del suelo
africano con el europeo suelo , por medio de un istmo formado
entre las dos riberas del Estrecho, y además hablaban de haber
desaparecido un brazo entero del Guadalquivir, y hablaban
de haberse llenado con ovas y ramajes y algas las aguas al ocaso
de Canarias; cómo San Ambrosio anunciaba en sus Disertacio-
nes sobre vocación de las gentes una esperanza clara y segurí-
sima de abrir y patentizar apartadas regiones donde nuevas razas
recibirían la luz y revelación del Evangelio: confusas y contra-
dictorias noticias , en las cuales hubiera podido perderse cual-
quier incierto espíritu ó cualquier irresoluto ánimo; pero no Co-
lón, aquel profeta de absoluta confianza en sus profecías, quien,
dentro de tal mar de confusiones , formado con tantos caudales
de ideas, unas por él conocidas y desconocidas otras, oía su vo-
cación segura, del cielo transmitida, y caminaba con firme é in-
contrastable voluntad á la realización y cumplimiento de su di-
vino ideal.
CAPITULO XIII.
LA RÁBIDA.
>í resultado práctico tuvieron todas las remociones de
ideas diversas, que fué la mayor inteligencia del piloto
con los Reyes y la mayor protección concedida por
éstos á los planes condenados en la Junta de Córdoba. Pero, si bien
abundaban los auxilios con alguna frecuencia, á pesar del continuo
apuro en que vivía la Corte, un decreto decisivo y determinante
del viaje no podía sobrevenir, impedido por el natural embargo
en la reconquista. Tras la estancia en Salamanca emprendió el
regio matrimonio, que gobernaba sobre nosotros, la conquista de
Málaga, y durante la conquista de Málaga estuvo alternativamente
Colón unas veces en el sitio de la ciudad , otras veces en la corte
de Córdoba, y hasta en la corte de Lisboa. Muchos niegan este
viaje; pero no debe maravillarnos tal negación, atendido á que
reina una tal incertidumbre y perplejidad en los historiadores de
toda esta época, que hay quien desconoce y niega las conferen-
cias mismas de Salamanca, poniendo las dos Juntas reunidas
para oir al descubridor y entender del descubrimiento, en Cór-
doba y en Granada. Mas no cabe duda respecto del viaje á Lis-
boa de Colón. Basta considerar que tenemos la carta del rey
D. Juan, concediéndole salvoconducto y preservándolo de toda
— 234 —
demanda por deudas, fechada en el año 88, así como tenemos
una célebre apostilla, puesta por la mano del descubridor en su
libro predilecto, El Mundo de Aliaco, donde consta la coinciden-
cia de su arribo á Lisboa con el descubrimiento, á sus planes tan
favorable , con el descubrimiento de aquella extrema tierra del
África austral, conocida con este nombre : Cabo de Buena Espe-
ranza. No sabemos cuánto hiciera en Lisboa Colón durante la
visita postrimer á la hermosa capital portuguesa ; no podemos es-
tablecer ni la fecha de su partida, ni la fecha de su regreso; pero sí
podemos decir que recogió cuantas noticias pudo en aquel tiempo
hallar de carácter geográfico y las puso con sobra de diligencia
y matemática exactitud en su memoria y en sus libros. Efectiva-
mente; Bartolomé Díaz acababa por entonces de hallar el Cabo,
allende cuyas aguas no pudo pasar por el terror de la tripulación.
El mundo había dado un paso más hacia la corte del Preste
Juan de las Indias, que provocaba tantas expediciones y que in-
fluyera en los ensueños de Colón. La residencia del misteriosísimo
personaje , puesta por el veneciano Polo en las aromadas selvas
del Asia central , pasaba , en concepto del portugués Corilhan, á
los riscos de Abisinia circuidos por los arenales líbicos; y mien-
tras llegaban estas noticias, refería el piloto descubridor todas
las angustias sufridas en requerimiento de un Cabo conocido ya
desde aquel entonces con dos nombres tan opuestos como Espe-
ranza y Tempestad. En tales disertaciones orales aseveraba Díaz
cómo había desistido , para una segunda expedición , de dar di-
mensiones grandes á sus naves, y las deseaba sólidas para que
resistiesen á todas las tormentas del aire , y diminutas para que
penetrasen por todos los senos del mar. Así, de cuanto necesi-
taba entonces un barco para navegar lejos, había llevado suma
tres veces superior á la llevada en los viajes anteriores. É hizo
bien. Las tormentas se arremolinaban en aquellas aguas con tal
frecuencia y tal furor, que las naves iban bajo de las alteradas
ondas. Pero el mar tenebroso estaba desvanecido ; el África cir-
cunvalada en lo posible casi; el Preste Juan próximo á las ma-
— 235 —
nos que lo requerían por todas partes; las Indias orientales, reen-
contradas en expediciones tan maravillosas como las expedicio-
nes de Alejandro; los aromas de nuevas especias difundidas en
las venas, y casi descubierto el origen de la humanidad y de la
historia; el territorio ario de fetiches y de castas, y de palanqui-
nes, y de palmas, y de jeroglíficos, y de oro, y de brillantes, y
de simbólicas flores, y de cuentos prehistóricos, que completaba
el planeta con su vida exuberante y coincidía con el encuentro
de la estatua griega entre los escombros y las ruinas del tiempo
pasado, y el encuentro de nuevos mundos entre las esperanzas del
tiempo por venir. Mas Colón, que así trazaba una profecía como
una cuenta, dijo en las apostillas y anotaciones de sus lecturas
cómo Bartolomé Díaz navegara seiscientas leguas allende lo na-
vegado hasta entonces, é inviniera el Cabo de Buena Esperanza;
en el cual, tomando altura por el astrolabio de Behain, así como
probó que distaba 45 grados de la equinoccial, probó también
que distaba tres mil cien leguas de Lisboa. El matemático y el
profeta se completaban en Colón , quien , al mismo tiempo que
leía Esdras ó Job en sus oraciones con santa piedad, tomaba con
matemática exactitud alturas y distancias en peladas cifras.
En cuanto volvió Colón de Portugal quiso avistarse nueva-
mente con los Reyes; pero encontró las vías materiales á su
corte y las vías morales á su corazón muy obstruidas por los
olvidos consiguientes á la triste ausencia y por el embargo y
absorción de los espíritus y de los ánimos en la reconquista.
Vencedores los Reyes en Málaga y Vélez-Málaga , el triunfo
les aguijoneaba con sugestiones vivas á la continuación de su
obra, facilitada por las innumerables divisiones interiores del
reino granadino, roto en fragmentos , que ocupaban , como ene-
migas fortalezas alzadas por unos contra otros, los tres nomi-
nales reyes moros Hassem , Boabdil , el Zagal. Así , después que
celebraron en Aragón una de aquellas Cortes vivamente agitadas
por el saludable soplo de la libertad, y que celebraron en Sevilla
con torneos y cañas y festejos y saraos el enlace de su hija ma-
— 236 —
yor, D.'' Isabel, con mozo de tanto poder y nombre como el
príncipe D. Miguel, heredero de la corona portuguesa, convir-
tieron sus pensamientos y sus fuerzas al indispensable remate de
la gloriosa reconquista. Mala coyuntura para tratar de ningún
otro asunto. Habían crecido los partidarios de Colón y aumen-
tádose la particularísima influencia de cada cual. Quintanilla, el
bueno y próvido Contador, ganaba influjo á medida que hacía
gala de sus talentos en procurar al Real Tesoro cuantiosísimos
servicios; Mendoza, el Cardenal fiel, aumentaba en poder y me-
recía gracias conforme iban sus caridades asistiendo á los vivos
y sus oraciones á los muertos, sin descuidar por esto el combate
perdurable con los guerreros moros; la Marquesa de Moya, ex-
puesta en el asedio de Málaga, por el esplendor de sus arreos y
la riqueza de su alojamiento, á violentísima muerte, pues la hi-
riera un santón árabe , tomándola por Isabel , ganaba el corazón
de la Reina , quien decía que jamás hubiera en España reinado
sin la decisión del marido de su amiga ; y no obstante la grande
autoridad y poderosa influencia de todos en el gobierno regio y
en el campamento cristiano , hallábanse como muertos , y no
querían divertir ni un hombre, ni un escudo de la obra capital
del tiempo , de la cercana reconquista. Mientras Colón llamaba
de puerta en puerta, ofreciendo continentes á quien reconcen-
traba todas sus actividades en una sola ciudad, la tala de los
cármenes granadinos , azotados por una invasión cristiana ; el
asiento de las vencedoras huestes alrededor de Baza, donde se
había levantado una ciudad española frente á la ciudad árabe,
ardiendo las dos en fiestas y en combates ; las hazañas caballe-
rescas de los Pulgares, inspirando á los soldados de la cruz alien-
tos nuevos en la cruzada religiosa y á los romances moriscos
nuevas cadencias en la epopeya nacional ; el penúltimo Rey
moro, de hinojos ante los Reyes, presentándoles en homenaje,
á la vista del mar azul , que resaltaba en marco de asiáticos no-
pales y de rosáceos adarves, la sultana feliz, Almería, coronada
de torres y de palmeras ; los embajadores turcos, llegados desde
— 237 —
la cautiva Jerusalén á detener el brazo extendido sobre Granada,
vacilante y, en su tribulación, hermosísima como la Sión de los
profetas; el muro de las mismas Alpujarras, encendido por el
sol andaluz y perfumado por el jazmín oriental, resonante con
el fragor de encuentros, cruentísimos por sus resultados, pero
épicos por sus gentiles aspectos; Salobreña despidiendo al ciego
Hassem, terror de la cristiandad, muy llorado por las elegías de
una raza, parecidas al sublime lamento de los trenos bíblicos;
cada laurel de la vega convertido en lanza de los combatientes,
y cada eslabón de las cadenas rotas en el pie de los cautivos
redentos en chuzo de estas lanzas; cada huerto trocado en arena
de torneo continuo ; cada hogar en fortaleza á los defensores y
objeto de ataque á los asaltantes; el espacio aquel todo hecho
los de Troya para los helenos, término de una guerra secular
y comienzo de una nueva patria, no dejaban lugar para ningún
otro empeño ajeno á la terminación y coronamiento de tan ma-
ravillosa epopeya. ¿Cómo habría en tal minuto espacio para
pensar en Colón , antes desconocido y olvidado ahora ?
Colón, al verse así olvidado, lloraba los tiempos en que se viera
combatido; y, taladrado el corazón; heridas sus más caras prefe-
rencias; deshojada la fantasía de todas sus ilusiones; con las zar-
zas de los desengaños, más penetrantes que las espinas, en sus
sienes, la hiél de todas las acerbidades juntas en sus labios, el ho-
rror al ciego mundo por sus nervios, los primeros asomos de la
vejez en su frente arrugada por los surcos que deja todo ideal
frustrado, las heladas del invierno de su vida llevándole, silen-
ciosas, el frío de la desesperación, y cerrándole todos los horizon-
tes; empecatadísimo en rehacer su obra, ofreciéndola de nuevo
á otros reyes, y en reanudar su pasos, apartándose, como se ha-
bía en oportuna sazón apartado y huido de Portugal, apartán-
dose y huyendo de nuestra España, tomó la resolución de una
suprema despedida del suelo español, donde todo le abandonaba,
y de un llamamiento á la corte de Francia, donde se habían refu-
giado las pavesas de aquellas últimas llamaradas que lo esclare-
— 238 —
cieran y le alentaran en tan amargo dolor con algún vislumbre
de salvación y con algún asomo de triunto. En tal estado te-
rrible, debió ir á Córdoba para despedirse de D.^ Beatriz y besar
al hijo de sus amores con ella, Fernando; desde Córdoba debió
irse á Sevilla para verse con amigos como los Geraldinis y noti-
ciarles sus amarguras, á fin de que á su vez las noticiaran ellos á
Mendoza; desde Sevilla irse á Marchena para contarle á su pro-
tector, el sabio fraile Antonio, los desvanecimientos de todas las
esperanzas y los malogros de todas las promesas; desde Marchena
irse á Huelva en busca de su cuñado Muliarte y de su hijo Diego,
puestos so el amparo de sus tíos carnales, en el afán y desaso-
siego consiguientes á las peregrinaciones del descubridor; desde
Huelva, en aquel errar de un desgraciado, poseído por la terrible
hipnotización de las ideas y aquejado por la neurosis, ó desarre-
glo de los nervios, muy semejante á la que asalta en vísperas de
su demencia ó de su muerte á un loco y á un suicida, entrarse
por un monasterio aislado y solitario como pudiera entrarse por
los umbrales del sepulcro y acogerse á la silenciosa eternidad,
pues no debía caberle ya el corazón en su pecho y el dolor en su
corazón. La histeria del místico éxtasis cuando esperanzado, ha-
bía sido sustituida, cuando desesperado, por la histeria de infernal
dolor. Le creían un alucinado, cuando era un matemático. Le
abandonaban por unos cuantos cármenes al pie de las viejas Al-
pujarras, cuando él traía mundos nuevos, y mares, y cielos. El
insomnio magnético por tales consideraciones llevado á sus pár-
pados; el desatino y destiento de una sensibilidad sobreexcitada
por estos combates interiores; los espasmos inconscientes de una
epilepsia irremediable; las agitaciones de los músculos, constre-
ñidos por el aguijón de la intranquilidad á una movilidad per-
durable; todas las pasiones encrespadas en oleajes amarguísimos
y tormentosos; el delirio en algunas horas de necesaria exalta-
ción, y el desorden de todas sus fibras, seguido por un sueño de
síncope y un reposo de ataxia ; las contorsiones ocasionadas al
sacudimiento del contacto con las penas íntimas, tan fulminantes
— 239 —
y tan devastadoras de la red nerviosa como la centella y el rayo;
unas letargías parecidas á catalepsias, tras unos desvelos, en las
demencias más agudas y continuas únicamente posibles, debían
darle ¡ay! el aspecto de un endemoniado, como la esperanza de
logro los éxtasis de un santo. Al tornar de la vega, donde todos
se volvían á mirar las bermejas torres y nadie se acordaba de su
persona y de su proyecto, debió aparecérsele como un faro la
Rábida en dura noche de naufragio. Se necesita no haber pen-
sado nunca, ó no haber nunca padecido, para ignorar, en esta
evaporación de las lágrimas, en estas extinciones del alma, cómo
consuela una campana que tañe, cómo abriga un sauce que llora,
cómo conhorta una cruz que tiende sus brazos vacíos en la sole-
dad, cómo serena el encuentro de olvidado sepulcro que nos pro-
mete la paz y el sueño de la muerte. Colón se dirigió á la
Rábida en aquel dolor, como á la Virgen alzada en los altares de
proa se dirigiera entre las deshechas tempestades. Un seto cu-
bierto de pinos en medio de la soledad; el mar inmenso de Occi-
dente á la vista; un cielo claro donde fijar las retinas obscuras; un
pavimento de losas sepulcrales; claustros en que recogerse y pre-
pararse para la postrimer agonía ; altares adonde asirse para lle-
gar perdonado á una eternidad olvidada por los deseos de mun-
danales glorias, menos que humos, y por el descubrimiento de
tierras, en presencia de lo infinito menos que átomos; penitentes
y monjes aceptos á su alma, porque le parecían sombras: he ahí
todo cuanto explica el asilo y refugio demandado por Colón á
la Rábida. Las tradiciones antiguas pusieron al profeta en el mo-
nasterio á la hora de su llegada y de sus ilusiones; la crítica con-
temporánea , más docta , pone al profeta en el monasterio á la
hora de su partida y de su desencanto. Ahí está la gloria de tal
sitio, en haber presenciado el renacimiento de una perdida espe-
ranza. Y volvió la esperanza porque Colón creía y á Colón lo
amaron. Escollo santo de la fe , donde brotó el más puro entre
todos los afectos: el afecto de una inagotable admiración mez-
clado con el afecto de una inextinguible amistad. Cierto humilde
— 240 —
Juan Pérez descubrió el Nuevo Mundo , sépanlo el desamor y la
envidia, por haber querido y por haber admirado mucho.
Colón, llegado allí en tal arrebato de ánimo, debió interesar
por todo extremo al Guardián del convento, consagrado á las
contemplaciones de un infinito como el cielo, de un infinito
como el mar, de un infinito como el alma, tres revelaciones de
Dios. Un sentimiento de caridad nativo en el solitario le con-
dujo á socorrer y á consolar al hombre aquel, desasido de todo
cuanto no fueran sus invenciones, y una incontrastable aspira-
ción al saber le sugirió la firme resolución de auxiliar á obra tan
cristiana como el hallazgo de razas ocultas al sol del Evangelio.
Pero lo que principalmente debió moverle á la participación de-
cisiva en el necesario logro de tal deseo y aceptación de tal pro-
yecto, fijé la elocuencia bíblica de Colón, mezclada con las íór-
mulas numéricas, pues en su virtud ponía tras un cálculo un
salmo, y tras las combinaciones matemáticas que señalaban la-
titudes y alturas en las zonas terrestres, las oraciones místicas
que prometían milagrosa renovación del Universo. Indudable-
mente Colón cayó en la Rábida fatigadísimo, á consecuencia del
insomnio continuo y del malestar nervioso y del movimiento in-
deliberado á que le sujetaban los intensos dolores provinientes del
duro desengaño. Juan Pérez comenzaría por darle algún consejo
al pie mismo de la cruz del vestíbulo, donde le cataría en se-
guida el alma con esas adivinaciones propias de la nativa com-
pasión. Seguidamente Uevaríale, para procurarle algún reposo, á
la hospedería, conjurándole, tras las promesas de su auxilio y
las fianzas en que podía librarse algún indicio de consuelo, á
granjearse la necesaria paz por algún conhorte moral seguido
de una confortación material, cuya virtud eficaz, venciendo la
desgana y el insomnio, le facilitaran el necesario alimento y le re-
conciliaran el tranquilo sueño. Aunque los hombres del Renaci-
miento no sentían la naturaleza como la sentimos nosotros, cosa
indudable que la inmensidad celeste del mar, y la diáfana bóveda
del cielo, y las bocas de los ríos en la bahía de Huelva, y los pue-
— 241 —
blos agrupados al pie de la colina, y los recodos con las ensena-
das de aquellas costas, y el suelo andaluz á un lado y el suelo
lusitano á otro, sumados con los olores de tomillos y alhucemas
y salvias, con las guirnaldas de rosas y jazmines, con la música
de palmas y de pinos vibrantes, con el apacible recreo que dan
al olfato los naranjales y al oído las avecillas, debieron servir de
laxante á la exacerbada irritación de los nervios que atormenta-
ban al descubridor, quien se iba de una segunda patria donde
había encontrado amistad, y amor, y admiración, á tierra ex-
traña, donde acaso temía supremas y definitivas repulsas por no
dar de cabeza, según los arrebatos de su desesperación, en una
desenfrenadísima demencia. Luego el Padre le hablaría de su con-
vento y de su Orden. Para creer en el milagro no hay como
tratar á una comunidad. El bueno de Juan Pérez diría con se-
guridad al marino todo cuanto en aquella clausura se contaba: el
antiguo culto idolátrico á Proserpina, honrada con la degollación
anual de una bella moza vecina, cuya sangre bebían los pa-
ganos para fortalecerse, y sólo alcanzaban endemoniarse; la cele-
bración de procesiones análogas á las Lupercales romanas, escla-
recidas por cirios como los usados ahora en la Candelaria y en
el Tenebrario católicos; la institución de una iglesia en el sitio
mismo consagrado á Proserpina, diosa hija de Ceres, según
unos, y según otros, á princesa hija de Trajano, por un san-
tuario á la Virgen llamada de la Rábida desde tal sazón, á causa
del remedio aguardado contra la rabia, entonces muy extendida
entre los cristianos; el portento de haberse debido la imagen allí
adorada á Jerusalén, donde la talló el mismísimo San Lucas,
ante aquel retrato de la Virgen trazado por sus doctos pinceles,
teniéndole unos ángeles la divina paleta y moliéndole otros án-
geles con sus manos lavadas los brillantes colores; el rapto
y ocultación á la venida de los árabes, por los fieles mismos de
tal simulacro milagroso, dentro del mar, para más confianza y
seguridad, en cuyas líquidas profundidades no solamente se con-
servaba para la hora del triunfo, impedía la colocación del zan-
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carrón de Mahoma, caído por los suelos cuantas veces quisieran
los infieles alzarlo á las bóvedas que vieran la Virgen Madre so-
bre su peana y bajo su solio, circuida siempre de luces y de flo-
res; el establecimiento de la Orden franciscana por el Padre será-
fico en persona cuando sin miedo iba de Asís á Francia, de
Francia y París á Burgos, de Burgos, donde aun guardan mo-
delado en piedra su recuerdo, á Lisboa, de Lisboa á Huelva,
de Huelva á Sevilla; la defensa que debió á los templarios la
casa y el martirio de gloriosos habitantes suyos en África: todo
lo cual andaba en la tradición secular mezclado con antiguas
consejas de ancianos vecinos y se contenía en vitelas arruga-
das é ilegibles , guardadas en el altar mayor y ante las aras para
edificación de todas las generaciones en todo el transcurso de
los siglos, y gloria y prosperidad magníficas de aquel sacratísimo
templo, cuyos arcos, unos de corte gótico y otros de corte mude-
jar, dicen acerca de su historia más que todas las leyendas mo-
násticas y que todos los cuentos seculares. Y al mismo tiempo
que le mostraba el P. Juan la iglesia y el monasterio, aconsejaríale
se remitiese y encomendase á la divina imagen de María Santí-
sima, bastante milagrosa por todo lo que allí se contaba y se
creía, para tocar en el corazón de sus enemigos y ablandarlo,
así como para subirlo y ponerlo á él en los pináculos de la for-
tuna y de la gloria. Colón debió rezar con la fe propia de su pie-
dad cristiana y debió insistir en una idea que le atenaceaba mu-
cho, en la probabilidad indudable de reconquistar la santa casa
de Sión y el santo sepulcro de Cristo, si lograba cumplir sus ma-
ravillosas profecías. Pero, después de haber pedido á Dios, acor-
daríase de que la ciencia mucho ayuda, como la voluntad mucho
vale, y expondría la confianza en sus cálculos, amén de la con-
fianza en el cielo. Juan Pérez, arrobado á las dobles ideas religio-
sas y científicas, recordaría lo mucho que del mar inmenso y de
las costas lejanas habría oído hablar á tanto y tanto piloto cual
por allí pululaba. Y entre todos descollaría el astrólogo y cos-
mógrafo Garci-Fernández, quien, por el Padre movido y de Colón
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encantado, certificaba la probabilidad de topar con las Indias
orientales navegando por el mar occidental. ¡Oh! Lo cierto es que
mandaron un señor llamado Sebastián Rodríguez', vecino de
Lepe, al campo de Santa Fe con ep'stolas de Juan Pérez á la
Reina; que Lepe volvió á los quince días con una orden expresa
y apremiante de presentación á la Corte, del fraile; que, muy en-
tusiasmado éste y diligentísimo, emprestó ágil muía de paso al
buen labrador Cabezudo, y se partió por trochas y atajos, con
riesgo de su vida y de su libertad, al real de Granada; que vio
á la Reina el Guardián, recibiendo de sus manos veinte mil ma-
ravedís en florines para que los expidiera con Diego Prieto, de
Palos Alcalde, á la Rábida, entregándolos por su mano á Colón,
quien, provisto de una bestezuela, y decentemente trajeado, es-
taba ya en ocasión de presentarse á recibir lo conducente al
equipo de tres carabelas, destinadas en el ánimo de los Reyes
al gloriosísimo viaje.
CAPÍTULO XIV.
COLON EN EL REAL DE SANTA FE.
RA de ver aquel campamento. Para formarse una idea
del esplendoroso lujo que lo decoraba, precisa ver los
frescos de aquel tiempo, los cartones de Paulo Ucello
reproducidos por P'elipe II en El Escorial ; ó los cuadros de Van-
Eyk, quien arribó hasta Granada en sus viajes; ó las grandes figu-
ras de la sacristía de Siena, dejadas allí por el pmcel de Pinturri-
chio. Los brocados vestidos por damas y caballeros; los tisúes de
oro y plata, que no podía un puñal atravesar; las áureas bordadu-
ras de artísticos realces; los plumajes traídos entonces por las
expediciones lusitanas del Asia y del África; las gasas orientales
que servían á los bellos rostros como las sombras á las estrellas; el
copioso encuentro de perlas en los mares y esmeraldas en los
montes por aquellas recién invenidas comarcas; el artístico gusto
resucitado por pintores y escultores del seno de Grecia y traído al
seno de Italia para irradiarse por Europa; estas ventajas de la
civilización moderna, que se iniciaban entonces, veíanse reunidas
en el real de Granada como en ninguna otra parte, gracias al
esplendor mágico de nuestra hermosa patria. Imaginaos las tien-
das innumerables de brocados riquísimos, donde pendían los ta-
pices de Arras con sus realzadas figuras; las alfombras de Persia,
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que valían un imperio ; las mesas talladas con todas las guirnal-
das del deslumbrador Renacimiento; los platos áureos repujados
en Florencia; los vasos de cristal de roca puestos sobre pies de
oro, lloviznados todos ellos con rocío de rubíes; las armaduras
embutidas con toda sueite de metales preciosos; las adargas rica-
mente grabadas con los blasones de sus respectivos dueños ; las
lanzas, parecidas á rayos del cielo por lo fulminantes; las espadas
con sus empuñaduras de sin igual valor; los talíes, sembrados de
zafiros y ópalos; todas aquellas maravillas del arte, que parecían
á una ensueños fantásticos de poetas y no realidades verdaderas
del mundo. ¡Y en medio de tanto lujo, más propio para la moli-
cie que para la guerra, cuánto valor y esfuerzo! Quien hubiese
visto , por ejemplo , al Marqués de Cádiz , vestido con su túnica
mora de oriental tisú, ornado el pecho de venecianos encajes,
pendiente del hombro capa de terciopelo negro bordada de oro,
rojas calzas de seda indiana y zapatos de telas acuchilladas y con
pedrería, la gorra de cintillo y plumaje á la cabeza, el cinturón
de zafiros y esmeraldas al cuerpo, una especie de alfanje al cos-
tado y guantes con puños de metales preciosos, no le creyera
ciertamente aquel vencedor en cien combates, que á los cuarenta
y cinco años había saltado tantos muros, visto tantos pueblos y
fuertes puestos á sus pies y rendidos á su brazo, hecho tantas
campañas como los primeros héroes de la historia y como los
primeros campeones de la guerra. Y allí, en aquel campamento,
sucedíanse á las cenas las danzas, á las danzas los conciertos, á
los conciertos los torneos, á los torneos los juegos de cañas y de
sortijas, y á los juegos los combates. Por fin. Granada tuvo que
darse al sitiador, y señaló su entrega para el día 2 de Enero
de 1492.
En la víspera de tal acontecimiento , los Reyes tomaron todas
las precauciones indispensables para que no pudiese deslustrarse.
Los pregoneros del campamento notificaron á voces cómo, al
amanecer del día siguiente, debían hallarse las tropas apercibi-
das á la entrada, con sus mejores aprestos y arreos. También se
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dieron rigurosas órdenes á fin de que los caballeros y sus pajes
y todas las gentes de pro se presentaran revestidos de sus prin-
cipales galas y ornados con sus más bellas preseas. No rayaba el
alba por las altas y empinadas crestas, cuando los clarines con-
fundían sus llamamientos con los píos y arpegios de las vigilan-
tes alondras. El cielo tenía ese azul claro que presentan los hori-
zontes meridionales si pica el frío, haciendo transparentarse al
aire. Las nieves de la Sierra nunca relumbraron como aquella
mañana, con tal esplendor, ni lucieron sus colosales facetas de
diamante. Aunque riguroso el invierno, los muchos árboles que
no pierden la hoja en la dura estación, como cipreses, olivos,
palmeras, limoneros , laureles, hallábanse realzados con gotas de
rocío y bordaduras de escarcha. Nada tan hermoso como aquel
amanecer, cuando los primeros rayos de luz rebotaban en las
armas y en las armaduras de los cristianos, tendidos por la vega,
y hacían resaltar los trajes y los turbantes multicolores de los
árabes, agrupados por última vez en sus torres y en sus torreo-
nes. ¡Qué contraste. Dios mío, el de las campanas saludando,
desde las torres de Santa Fe, al nuevo día, con los muhecines ó
muhedanos, por vez última, diciendo en luctuosos acentos, desde
los alminares de sus mezquitas, las alabanzas al Dios de los mus-
limes, cercano á ser proscripto de aquel edén, hecho para placer
de los suyos por las manos de las huríes y de los ángeles! Desde
Santa Fe podía la vista contemplar aquel maravillosísimo es-
pectáculo, nunca tan hermoso como al salir la ciudad sultana
de sus harenes para postrarse ante las aras de los altares cató-
licos. Desde allí, desde el real de Santa Fe, podía verse á la de-
recha el valle inmenso entre cuyas arboledas y plantíos cule-
brea el Genil; á la izquierda Sierra Elvira, y, como acercándose
á sus lavas frías, el tormentoso Albaicín, coronado con su for-
midable Alcazaba , y el Darro abriéndose paso entre colinas en-
cantadas y por lecho de granito; al frente los cristales de la Sie-
rra, cuyas faldas, entre azules y rosáceas, entonaba la luz mati-
nal; y más abajo de la Sierra, el Generalife con sus rotondas de
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porcelana y sus tejas de reverberaciones metálicas entre bosques
de mirtos y de adelfas; el cerro más hermoso, el cerro de la Al-
hambra, poblado de sus innumerables torres, á las cuales han
dado tintes, que llegan del rosa pálido al carmín rojo, los ardores
del Mediodía; y, entre tanta belleza, la ciudad como una granada
que se hubiese abierto al caer de los edenes del cielo á los abis-
mos del mundo. Ya el sol montaba de su oriente á su cénit
cuando el Cardenal Arzobispo de Toledo, Mendoza, llevando á
su frente la cruz de plata que debía erguir sobre Granada , como
la irguiera sobre cien otros pueblos rescatados á la morisma, en-
caminábase con dos mil milites de todas armas , equipados bri-
llantemente, á posesionarse de la deseada conquista. Los trajes
eclesiásticos de la comitiva, su propia roja púrpura cardenalicia,
mezclada con las casullas de sus diáconos, caballeros en los li-
túrgicos mulos, al frente de un ejército en marcha, contrastarían
hoy con todos nuestros sentimientos y todos nuestros gustos,
pero no entonces, por tener cada prelado una parte de temporal
poder, é ir anejas á sus facultades religiosas ciertas prerrogativas
soberanas, sin las cuales no se concebía ninguna dignidad social,
ni á la hora de morir y expirar el feudalismo.
Al llegar Mendoza con su hueste á la puente por donde , so-
bre los fosos, debía pasar con todos los suyos á la fortaleza, dio
de manos á boca con Boabdil, quien salía, seguido por un gran
tropel de moros principales. Viéndole, veíase la imagen misma
del desaliento. Aunque apuesto y erguido de suyo, la pesadum-
bre del dolor inmenso le hacía como encorvar las espaldas.
Aunque joven, pues apenas alcanzaba treinta años , tenía dema-
crado y arrugadísimo el rostro , como un viejo , merced á la
tensión de su pensamiento en todo el sitio y á los surcos
abiertos por las penas en las noches últimas. Aunque de un
color moreno, el insomnio le había vuelto como verdoso, y
diluido unas moradas ojeras en torno de aquellos sus negros
y profundos ojos, hundidos á la sazón y muertos. Por su ne-
gra barba se veían blanquear varios cabellos blancos, y por
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los tendones rígidos del cuello se notaba el esfuerzo empleado
para reprimir y ahogar amargos y violentos suspiros. Los la-
bios se le caían con menosprecio, como á quien, atenaceado
por una grande aflicción suprema, no le va nada en la vida, ni
aguarda nada del mundo. Maldecido por el hado adverso, en
ciertos momentos creía cumplir una especie de ministerio divino
en la observancia y en el cumplimiento de sus fatales decretos.
Mas realmente no podía sobreponerse á su dolor. Así que se
imaginaba solo, y creía que nadie le miraba, quedábase rígido é
inmóvil como al frío de la muerte. Una languidez , en la que se
notaba con el desmayo del espíritu el desmayo del cuerpo, apo-
derábase de todo su ser, y sin que pudiese impedirlo el empeño
y el esfuerzo propios, suspiros hondos y amargos salían de su
despedazado pecho. El grupo formado por él y por los suyos
junto al Cardenal y su comitiva, tenía todo el color de los gru-
pos orientales. Turbantes de mil colores, acusando la dignidad
y estirpe de aquellos que los ceñían; alquiceles de blanquísima
lana y marlotas de bordados realces; túnicas al cuerpo ceñidas
por talíes de pedrería; damasquinadas adargas, embutidas en oro
y plata con leyendas koránicas; gualdrapas tunecinas, que re-
lumbraban maravillosamente; arreos vistosísimos y apropiados
al color de los caballos; bandas é insignias; todo el esplendor
de aquella ciudad reñnadísima desplegábase ahora, en el mo-
mento mismo de acabar su vida é iniciarse los tristes y últimos
funerales debidos á su muerte. El sitio de la escena denominá-
base Abaul, y sobre aquel sitio campeaban, de un lado airosa
mezquita, y de otro lado la torre célebre de los Siete Suelos.
Viendo venir el Cardenal de Toledo á los primates granadinos
tan humillados, no pudo menos que dirigirles algunas palabras
muy discretas y reservadas, pues la misma natural conmisera-
ción á la desgracia podía creerse un rebajamiento infligido al an-
tiguo poder y fortuna. Bajaba Boabdil en busca de los Reyes,
cuando encontró al Cardenal; y anheloso indudablemente de
romper su pecho y desahogarlo con alguna expansión y alguna
— 250 —
confidencia, díjole al prelado: «Vais á ocupar esos alcázares, en
que nací y en que debiera yo haber muerto. Tomadlos á nombre
de los esclarecidos Reyes á quienes aquel que todo lo puede
ha querido entregarlos, parte por los merecimientos suyos, y
parte también por los pecados nuestros. > En estas palabras, con-
servadas por la historia, descúbrese desde luego cómo el fatalismo
ismaelita, poderoso para mover al combate y á la guerra, tam-
bién es poderoso para infligir una conformidad y una resigna-
ción á la desgracia, que hace perdurables y casi eternos los esta-
dos tristes del alma en los individuos, y los decaimientos y las
postraciones en los pueblos.
Un poco más abajo se presentó Boabdil al rey D. Fer-
nando, acompañado por brillante comitiva. Una legión de pajes
con sus dalmáticas bordadas de realce le precedían á pie,
abriéndole camino en aquella procesión triunfal hacia la cum-
bre de su gloriosa conquista. Los primeros ricoshombres de
Castilla y Aragón, montados en sus corceles de fiesta, y vestidos
con sus preseas de gala, circuían al Monarca, llevando tales bla-
sones é insignias, cortes tan lujosas, banderas tan varias, maceros
tan blasonados , que parecía el grupo aquel un ejército de ver-
daderos reyes. Fernando se había vestido su traje regio, y el rojo
manto con vueltas de armiño cubría casi el caballo, mientras las
coronas innumerables de su casa y familia se notaban prendidas
en abreviadas pero relucientes joyas á su espléndida gorra cu-
bierta de plumajes. Boabdil , por lo contrario , vestía de negro,
traje conforme con su dignidad y su situación, llevando un capa-
cete de acero damasquinado á la cabeza, con leyendas propias de
su rango, y esparcidos por todo el cuerpo aquellos amuletos
orientales, cuya eficacia no había visto jamás, pero en cuya vir-
tud y fuerza confiaba el cuitado aun después de sus irreparables
desgracias. Boabdil quiso apearse al ver á Fernando, y aun sacó
el pie de su estribo para bajar y ponerse de hinojos ante quien le
había roto y humillado; pero le detuvo un imperioso ademán del
Monarca cristiano. Entonces, conturbado el Rey Chico por aque-
-^ 251 —
lias muestras de afecto benévolo, pidió con grandísimo encare-
cimiento besar la Real mano; pero Fernando le dijo cómo se
usaban aquellos homenajes de vasallo á señor , pero nunca entre
iguales. Acercó entonces Boabdil su caballo al caballo del ara-
gonés, y tendiendo con grandísimo empeño la cabeza, besóle
con ardiente ósculo en el derecho brazo. Cuando ya hubo cum-
plido este acto de cortesía, que imaginaba impuesto por el venci-
miento al vencido, palpóse con presteza el cinto y creció su ama-
rillor al encontrar lo que buscaba, las dos principales llaves de la
ciudad mágica, las dos llaves que abrían las dos puertas de aquel
paraíso, donde lanzaban el espíritu mahometano y la mahome-
tana cultura sus últimas fulguraciones, su resplandor postrimero.
Al entregar las dos llaves, Boabdil debió creer que daba con ellas
las mezquitas de su Dios, los sepulcros de sus padres, la honra
de su raza, y debió maldecirse á sí mismo por la mala hora en
que Hassem lo engendrara y por la mala estrella que presidiera
desde los cielos á su nacimiento, designándole para que acabara
en sus manos la obra milagrosa de Muza y de Tarik, los restos
del Imperio que habían los Abderramanes y los Almanzores im-
puesto á toda España entre la maravilla y asombro de todo el
Universo. Cuando ya se había desprendido Boabdil de sus llaves,
después de un vértigo, como si la vida se le acabara y se le fuera,
excusó la desgracia suya con los decretos de la Providencia, é
imputó al destino aquella irreparable catástrofe. Los tres axiomas
del islamismo, que paralizan la más firme voluntad, gastando los
resortes motores de la vida humana, ó sean las grandes liberta-
des, los tres flotaban sobre aquel grupo de árabes destinados á
hacer entrega solemne de su patria incomparable á los enemigos
implacables y eternos. El santón, vestido con túnica de lana
blanca, entre cuyos pliegues parecía como una estatua funeraria,
rozando el suelo con sus mangas perdidas, y envuelta la cabeza
en el turbante de lino , análogo á la tiara de nubes que la mon-
taña ciñe á su cumbre , no quería explicarse la causa de tamaña
ruina, y exclamaba: «Dios lo sabe.> Á su vez el guerrero, que
— 252 —
llevaba todavía su cota de malla en el cuerpo , su escudo en el
brazo, la vibrante lanza en la diestra, y al costado el corvo al-
fanje, viendo su valor y sus medios, conformábase con arrinconar-
los á un lado, sin haberlos esgrimido bastante, con esta frase fa-
talista: «Dios lo puede todo.» Y Boabdil, que representaba la
fuerza de aquel Estado, la voluntad unánime de aquel pueblo, el
poder de aquella sociedad tan ilustre y grandiosa en otro tiempo,
al ver cómo las torres del palacio de sus mayores se desvanecían
á su vista , y cómo la corona de Alhamar , en los edenes grana-
dinos recluida trescientos años frente á las victorias cristianas, se
caía de sus sienes, en vez de revolverse airado contra la suerte y
luchar aún con porfía, exclamaba: «Dios lo quiere.» Cumplida la
entrega de las llaves , preguntó Boabdil por el caballero que de-
bía gobernar, bajo la noble advocación de los Reyes Católicos, á
Granada; y como le indicaran ser el Conde célebre de Tendilla,
D. íñigo López de Mendoza, dirigióse á él, y sacándose una sor-
tija de oro con preciosa piedra que al dedo llevaba, le dijo esta
frase, conservada también por la historia: «Con este sello se ha
gobernado Granada. Tomadlo para que la gobernéis vos, y Alah
prospere vuestro poder más que ha prosperado el mío.» Siguió
el Zogoibí su camino de amargura, y después de haber encon-
trado al cardenal Mendoza en la puerta de los Siete Suelos y al
rey Fernando por las alturas de San Sebastián, encontró á la
Reina Católica en Armillas, dentro ya de la vega, y camino del
real de Santa Fe. Vestía Isabel, como Fernando, su traje de gala,
y asentada en su caballo como en un trono , lucía sobre sus sie-
nes aquella corona que bien pronto debía ser la corona de dos
mundos. Su hijo, el infante D. Juan, vestido con oriental riqueza
y relumbrante de pedrería, caracoleaba en su corcel á la derecha,
mientras á la izquierda se veían las Infantas ornadas con trajes
caprichosos y ricos, en que se combinaban los brocados florenti-
nos con las gasas y los tisúes árabes. Una muchedumbre de mo-
zos nobilísimos y de damas componían su corte y aumentaban,
si era posible, su esplendor. Por un sentimiento de natural deli-
— 253 —
cadeza los Reyes habían convenido en que allí se compensaran
las tristezas del vencido con un acto verdaderamente grato á su
corazón. El joven primogénito, que desde los pactos cordobeses
había estado como prenda en poder de sus enemigos/fué puesto
allí mismo en libertad y entregado por Isabel á su padre. Boab-
dil , á pesar de sus grandes angustias y del esfuerzo que le cos-
tara traspasar las llaves de su ciudad al vencedor, no vertió una
lágrima siquiera, y ahogó mil veces con valeroso esfuerzo los sus-
piros escapados á su roto pecho. Pero entonces, en aquella oca-
sión, viendo á su hijo, al hijo de Moraima su amada, fruto de sus
primeros amores, flor en que se perpetuaba y rehacía su vida,
renuevo de su ser , y á pesar de todo esto , quien más perdía en
aquel acto, el más castigado aunque por su inocencia el menos
culpable, nacido en el trono y puesto en el duro trance de con-
tentarse con triste destierro al África, lejos de aquel paraíso fun-
dado por sus gloriosos abuelos, rompió todos los diques al dolor,
abriendo de par en par las puertas del respeto á sí mismo y de
la consideración á los demás, que hasta entonces habían como
retenido y refrenado las amargas cataratas de su llanto. Cu-
briendo su cara con la cara del pobre primogénito , lloró á todo
llorar sobre ella , y desahogó así un tanto su pecho y sus ojos.
Esta escena tierna impidió que dirigiera el Rey moro á la reina
Isabel aquellas frases que había dirigido antes al rey Fernando
y al cardenal Mendoza, pues los caballeros castellanos abrevia-
ron el dolor abreviando la trágica escena. Y en efecto, el Adelan-
tado de Cazorla, bajo cuyo poder pusiera el Rey cristiano al Rey
Chico, le invitó á continuar hasta Santa Fe, donde, según las
instrucciones recibidas, alojóle con grandísima cortesía y regalo,
en la tienda del Cardenal, según lo convenido. El día iba cre-
ciendo, y la cruz, llevada por Mendoza en sus manos con el fin
de coronar y rematar la historia de siete siglos , no aparecía en
las cumbres y adarves del palacio mahometano. Isabel, que
aguardaba con impaciencia verla, engañó este deseo, primero es-
perando la entrevista de Boabdi 1, y después con la entrevista.
— 234 -
Así , en cuanto el Rey moro pasó, y no tuvo ni objeto ni asunto
con que pacientarse y en que distraerse, volvió á fijar la vista en
las torres , y á sentir disgusto por el recelo de si podía suceder
un contratiempo cualquiera en aquella grande ocasión al insigne
cardenal Mendoza. Los moros aparecidos por todas partes en las
primeras horas de la mañana, curiosos y anhelantes por ver al
ejército cristiano desplegar sus huestes y lucir sus armaduras,
conforme la cruz iba entrando so aquellos arcos orientales, iban
ellos desapareciendo para enterrarse dentro de sus casas como
dentro de un sepulcro. Granada parecía una ciudad sin habitan-
tes, entre diez y once de aquella milagrosa é inolvidable mañana
de su rescate. Y las horas pasaban , y la cruz no se veía relucir
sobre las torres Bermejas, bañadas por un sol que iba majestuo-
samente subiendo á su cénit. Imaginaba ya Isabel, en su impa-
ciencia, que la capitulación no se había cumplido, y que había
llegado el Cardenal á ser víctima de alguna emboscada. Pero , á
eso del mediodía, sobre aquel torreón que se denomina la Vela
el signo de la Cruz apareció relumbrante, como un astro diurno
que compitiera con el sol brillantísimo; y al verlo relumbrar allí,
en la fortaleza más alta y más hermosa del Koran, rodeado por
el fuego místico de tantos martirios y por las almas innumera-
bles de tantas generaciones heroicas, todos los soldados y todos
los magnates, reyes, príncipes, obispos, ricoshombres, cuantos
sentían la fe católica y la patria española en su pecho , se pusie-
ron de hinojos sobre la tierra, cruzaron sus manos, y al son mís-
tico de las trompetas y de los clarines , trocados en trompetas y
clarines de un órgano inmenso, entonaron piadoso Te Deum, el
cual parecía salir del seno de toda la nación , que había comba-
tido siete siglos por su independencia y unidad santísimas, desde
Covadonga hasta Granada. En aquel día sublime hubo también
una resurrección. Los sepulcros se abrieron y resucitaron los
muertos. Sí : quinientos cautivos repitieron en sus mazmorras el
Te Deum de la vega, y cuando éste no había concluido todavía,
salieron en libertad, entonando los cánticos de su religión y po-
- 255 -
niendo sus cadenas rotas en los altares de la patria. Desde los
tiempos de las Navas, en que los diez mil negros de la Nubia y
los cien mil almohades del Atlas huían al ímpetu de las tropas
españolas entre las sombras de aquella noche, sólo interrumpidas
por los reflejos del incendio; y el gran Miramamolín, que había
soñado con ir desde Tremecén á Toledo, y desde Toledo á
Roma, huye despavorido al desierto dejando su tienda y su Ko-
ran ; desde aquella noche no se había oído un Te • Deiivi como
éste, sacro y solemne cántico religioso, cuyas estrofas sublimes
significaban el rescate de nuestra libertad y la coronación y perfec-
cionamiento de nuestra patria.
Realizada la reconquista, encontrábase Colón frente á frente
de maravilloso milagro , cumplido por la voluntad firme de un
pueblo, el cual, en espacio relativamente restricto, sin auxilio de
nadie, con su fe ardiente y su valor nativo, por siete siglos tuvo
á raya, y venció al cabo, dos continentes como el Asia y el
África, inagotables, cuyas razas más batalladoras, aceradas por
un dogma de guerra y precedidas por un Profeta de combate,
inútilmente contra nosotros porfiaron, mezclando el empuje á la
tenacidad: venciéronlas dos virtudes patrias, el arrojo y la cons-
tancia. Sonaba la hora de convertir tantas energías al milagrosí-
simo logro de otra no menor empresa. Colón vio al Rey moro
hincado de hinojos ante la Reina, un mundo en el ocaso ante
un sol en el cénit; vio el cardenal Mendoza sobre la torre Ber-
meja, con su cruz en la mano, que parecía bajo aquel cielo
celeste y sobre aquel pedestal rosáceo, un astro diurno resplan-
deciente de sublimes ideales y de consoladoras esperanzas. Todo
á sus ojos lo podía la fe viva, sustentada por la voluntad re-
suelta. El Te Deum de la vega entonado ante las ruinas de un
pueblo viejo y roto, debió anticipar á su espíritu el misterioso
Te Deum ante la surrección de un pueblo niño y de una tierra
virgen. Ya no podía esperar más tiempo: la vida suya entraba en
su ancianidad á más andar y la impaciencia lo destrozaba como
al arbusto el huracán. Ya no hubo término medio posible, impo-
— 256 —
niéndose como se imponía la incontrastable alternativa de irse á
otro suelo más propicio á sus planes, ó arrancar al poder de los
Reyes las tres carabelas pedidas en vano durante cuatro lustros
á todos los principales poderes de la rica Europa. Otra junta de
sabios parece haberse reunido aquí, bajo la presidencia del car-
denal Mendoza, muy semejante á la presidida en Córdoba por
Talavera y la reunida en Salamanca por Deza. Geraldini la re-
fiere mucho después de celebrada, y cuenta cómo se repitieron
las argumentaciones de cajón, por el Profeta desvanecidas mil
veces. Hallábase Geraldini tras Mendoza, cuando apretaban los
ciegos del alma con mayor furia en sus tesis negativas, todas ellas
fundamentadas sobre reminiscencias de pensamientos falsísimos
arrancados á las obras de Leris y San Agustín. «Buenos teólogos,
dijo el joven eclesiástico italiano al viejo Arzobispo español, pero
malos naturalistas.» Negar el hemisferio austral cuando los por-
tugueses habían ya en varias expediciones perdido de vista la
estrella polar, parecíale una insensatez. El Cardenal recogió con
su ímpetu la idea, é impuso una decisión favorable, no obstante
resistencias expresadas en sarcasmos parecidos á groseras rechi-
flas. La Corte de los Reyes tuvo que oir nuevamente al descu-
bridor, quien presentó sus proposiciones, como si no cupiera
duda ni perplejidad respecto del resultado. Con tal confianza en
sí mismo hablaba y con tanta resolución procedía, que hubiéra-
sele creído poseedor ya de sus tierras recién invenidas, tratando
en presencia del descubrimiento de su organización territorial y
de su gobierno civil. Reclamaba la dignidad suprema de Almi-
rante, por la que á casi rey subía entre los reyes, pues aparejada
iba con ella la grandeza cubierta de Castilla. Reclamaba después
el cargo de Visorrey ó Gobernador en todos cuantos pueblos y
territorios descubriese. Reclamaba tras esto un diezmo de todo
cuanto pudiera recogerse, y una participación como juez en cuan-
tos tribunales pudieran entender de los litigios consiguientes á
estas apropiaciones del suelo y á esta repartición de los produc-
tos. Y como instrumentos de la invención y de su logro pedía
— 257 —
tres carabelas bien equipadas y un cuento de maravedís bien con-
tado. Al sobrevenir tamaña incidencia, retrocedió el proyecto
de rechazo á los comienzos, Talavera, contrastado por Mendoza
en aquellos días, y casi vuelto sobre sus pasos por la toma de
Granada, enfurecióse de nuevo y dijo no podían tolerarse los
aires de rey en aquel desarrapado mendigo: Fernando, no obs-
tante hallarse rodeado por una corte propicia de todo en todo
á Colón, observaba con pena el renacimiento de las potestades
feudales, con tanto esfuerzo combatidas aquí en la Península,
más allá del Océano. Muchos y muchos otros observaban que,
lograda la empresa, Colón subía de un vuelo á Rey; y malo-
grada, sin perder él cosa mayor, los Reyes perdían toda serie-
dad en el concepto universal, por lo que debía irse de seguida
el desatinado y ambiciosísimo visionario á otra parte con la mú-
sica. En cambio, nunca rayó tan alto el descubridor en clarivi-
dencia y en voluntad. Veía su empresa tan lograda, y los nue-
vos territorios tan palpables, y los mares tan poblados, y el
grande Kan por tal modo vivo, y el reino de Catay tan resplan-
deciente de oro, y la isla de Cipango tan bordada de especias
y tan ceñida de perlas, que no daba su brazo á torcer y no
quería malbaratar por poco los metales y la pedrería, cuyos res-
plandores y cuyos iris deslumhraban sus ojos, arrobados y ex-
táticos á tanta maravilla. Así que lo desahuciaron, saltó en su
muía, y á rienda suelta echóse á correr hacia Córdoba, para-
despedirse de prendas caras á su corazón, y recalar luego por
Francia, entregándole sin vacilaciones la propiedad entera de sus
proyectos, desconocidos por la ciega España. En aquella marcha
de noctámbulo, una capital consideración le molestaba principal-
mente: la de haber escogido el territorio ibero para su partida,
por lo más occidental de nuestra Europa, y lo más próximo á
las Indias orientales en los caminos de Occidente, y ninguno de
los tres grandes Reyes suyos, ni el de Castilla, ni el de Portugal,
ni el de Aragón, le habían creído. Fernando, político antes que
todo, quedó muy conforme con que no renaciera el feudalismo
17
2^8 —
allende los mares, después de acogotado aquende; pero Isabel,
más exaltada y más piadosa y más creyente y más amante y
más poeta, quedó entristecida por no completar la empresa en
tierra concluida, con otra empresa en mar, y no traerle á la
Iglesia de Dios nuevos territorios que bendecir con nuevas ra-
zas que bautizar, tras aquellas victorias henchidas de promesas
y esperanzas. Conociendo tal estado de su ánimo acudieron to-
dos los partidarios de Colón á la Reina, y le presentaron en ani-
madísimos discursos lo que perdía con el desahucio al Profeta y
con el menosprecio de su profecía. Quintanilla, el contador;
Deza, el sabio; Mendoza, el arzobispo; Medinaceli, el potentado;
Geraldini, el influyente; Cabrero, el doméstico; la escuchada no-
driza del infante D. Juan; el gloriosísimo Conde que acompa-
ñara por su estrecho parentesco, algo misterioso, con el Cardenal
á éste sobre la Vela en Granada; Marchena, siempre al habla con
el descubridor, para quien se desojaba leyendo letras y mirando
astros; todos á una debieron arrestarse á caer sobre los Reyes
en tropel, exigiéndoles con firmeza y respeto no privasen de
aquel dominio nuevo á la Iglesia y de aquel inmarcesible lauro
á la patria. Con efecto, el genio de Colón pertenecía de suyo á
los oráculos y el genio de Isabel á las pitonisas. En sus sendas
almas dominaba la inspiración, y en sus sendos corazones el sen-
timiento. Creían porque amaban; y amaban porque creían. La
fe los guiaba; y aunque la íe aparece con los ojos vendados, es
para no ver los obstáculos con que tropieza en toda realidad im-
pura el purísimo ideal. Isabel y Colón aparecen por tal modo
sublimes en este instante, que sólo podrían simbolizarlos aque-
llas sibilas y aquellos profetas puestos por pinceles parecidos
á manojo de rayos y en el éter creador empapados, por los
pinceles de Miguel Ángel, en aquel espacio henchido de ideas
que se llama la Capilla Sixtina.
Pero ¡ah! que hasta los profetas y las sibilas tropiezan en este
mundo con lo que tropezaban entonces los dos titanes de nuestra
historia, tropiezan con el dinero. La manzana de oro, en que no
— 259 —
podían clavar el diente, érales tan fatal como á nuestros prime-
ros padres la manzana del Paraíso, á este Adán cíclico y á esta
Eva inmaculada, que gemían á la puerta del nuevo paraíso. Te-
níanlo todo: fe, genio, inspiración, intuiciones, pero no tenían
dinero. Pues como si nada tuviesen. Lope hizo decir á Colón en
diálogo con Fernando, el cual requiere con instancias al descu-
bridor á demandarle lo que necesitaba , estos versos :
«Señor, dineros, que el dinero en todo
Es el maestro, el norte, la derrota,
El camino, el ingenio, industria y fuerza.
El fundamento y el mayor amigo.»
Ahora bien: la reina Isabel no tenía dinero. Su guerra con
Granada le había costado un sentido. Veíase con sus mismos
criados empeñada. Quintanilla le prestó mil maravedís para po-
der salir de Segovia con su hermano Alonso; en los Toros de
Guisando, además de trescientos mil adelantados por el Marqués
de Medina, ochenta mil de su bolsillo particular para el negocio
de Ávila; cincuenta mil manteniendo bajo una peste horrorosa
en Santisteban seiscientas lanzas al servicio real; doscientos mil
en los tratos con la Marquesa de Moya que le impusieron la tra-
vesía del Puerto unas treinta y seis veces, en las cuales perdió
siete muías; ciento cincuenta mil en captar los desterrados que
debían revolver sobre Tordesillas, y tomarla, el Duque de Alba
entre otros; y en los Merinos, y en las Hermandades, y en los
receptores de Castilla y en las armadas contra el turco, y en el
reino de Navarra, y en el socorro á Estella tal número de millo-
nes á la continua pedidos por el tesorero, y con dificultad pa-
gados por el erario, tal número de millones, que muestran la mi-
seria de los Reyes y la riqueza de alguno que otro entre sus
pobres vasallos. No debe tal situación maravillarnos si atende-
mos á lo sucedido poco antes en Castilla. El predecesor de los
Reyes Católicos, Enrique IV, había dispendiado todo el patri-
monio real. Sobre las alcabalas, tercias y demás rentas reales
daba sin tasa y sin escrúpulo á troche y moche juros de heredad
— 200 —
en blanco, para que los llenase á su guisa y gusto el querido
de su mujer, D. Beltrán de la Cueva, y el Duque de Benavente
y el Conde de Lemos y el repostero mayor de su casa y el
enano de Jerez y el negro Rodrigo y el Lazarico de Sevilla, co-
sas parecidas á las contadas en picarescos romances. Así vendían
los Reyes, como cualquier perdido tras una noche de juego, sus
ajuares. Para enviar la sin ventura D.^ Catalina de Aragón al
Príncipe de Gales en matrimonio y poner sobre Londres la dote
pedida por su avaro suegro Enrique VII, se vendieron las mejo-
res y más ricas tapicerías de la Reina. Para negocios del Estado
se mandaron las alhajas más preciosas de la corona real á los
usureros de Valencia y se pusieron depositadas en San Jeró-
nimo de Córdoba. El riquísimo collar de los balajes enormes y
de las perlas gordas, tantas veces lucido en torneos y saraos,
todo él con áureo engaste llamado de araña; el otro, de los cor-
dones con catorce piezas, en pedrería copiosas; el joyel de la sa-
lamandra, con dos cabezas compuestas de rubíes y brillantes;
las flechas hermosísimas de aljófares, y las manillas y las sala-
manquesas tan costosas como un imperio , pesadas todas en el
peso de Cámara, iban al bueno de Talavera, convertido en único
depositario, á fin de venderlas ó empeñarlas para cosas cumpli-
deras al Real servicio, Y se hacía esto por tal modo en toda la
Edad Media, que D. Alonso el Sabio envió á empeñar la corona
de Castilla en el palacio de los Benimerines, para que le diese di-
neros Ibn Kaldun, el Sultán, con que combatir al infante D. San-
cho, rebelado en armas contra el Rey su padre. Razones políti-
cas, muy poderosas en la voluntad concentrada de Fernando V,
pagadísimo con razón de la unidad del poder, y razones econó-
micas, en la voluntad intensa de Isabel muy poderosas, como
deseosísima de algún orden y arreglo en sus rentas, persuadié-
ronles al desahucio dictado por las nuevas cantidades pedidas
para la expedición y por las innumerables preeminencias pedi-
das para el caso de que la expedición tuviese los prometidos re-
sultados.
— 201 —
Pero ni una ni otra consideración parecían entre los amigos
del descubridor bastantes á justificar el abandono y desahucio
de sus maravillosos planes. La Marquesa de Moya se portaba
en el cénit de tanta gloria como se portara otros días en sus
comienzos desastrados y en sus albores tormentosos. Allí acon-
sejaba resolución y resolución aquí. Allí amenazaba con matar
á quien impidiese la unión de las dos Coronas por el matri-
monio de los dos Príncipes: aquí movía el pensamiento y la
voluntad regias de aquel bienhadado matrimonio en la mayor
de sus empresas, donde les aguardaba el más verde y más
preciado entre todos sus lauros. En su alma entraba el espíritu
de aquel siglo, que, después de haber encontrado la imprenta
en una mísera sacristía del apartado Estrasburgo ; de haber sor-
prendido en los escombros de las ruinas aquellas estatuas clási-
cas que venían á interrumpir las penitencias cenobíticas y á reju-
venecer la forma humana; de haber fijado en el sibilino volumen
de Copérnico la esfera del sol en el centro de todas las esferas y
en el foco de todas las elipses planetarias ; de haber ensanchado
los espacios del viejo mundo, por los portugueses, debía crear
nuevas tierras en el Océano, y completándolo con el ignorado
Pacífico, y el polo austral, sembrar de nuevos soles y de cons-
telaciones jamás vistas el infinito, más lleno de luz etérea y más
henchido de Dios. La Marquesa de Moya, como Victoria Colon-
na, como Renata de Anjou, como Blanca Cornaro, como tantas
mujeres gloriosas del Renacimiento, enciende con el soplo de sus
labios la espléndida luz del nuevo ideal. Pero si ella fué la idea y
el sentimiento, Santángelo fué á su vez el cálculo y la realización
práctica del proyecto. Quintanilla le abrió á Colón el camino de
la Corte, y Santángelo el puerto de Palos. De familia conversa;
cristiano nuevo por ende; uno de aquellos judíos viejos, grandes
ilustradores del mundo cristiano, como los Cartagenas de Bur-
gos, por ejemplo, reunía, según la índole y complexión de su
raza, con el amor al ideal, propio de los profetas adivinadores
de Dios, el cálculo reflexivo de los arbitristas y de los matemáti-
— 202 —
COS. Lo cierto es que un día, Fernando V, de paso desde Ara-
gón á Castilla, y necesitado de alguna cantidad en los apuros
continuos y en la pobreza de aquellas monarquías, detuvo el
caballo ante la puerta de su casa en Calatayud, y desmontán-
dolo, entróse á emprestarle una cantidad que halló en su inago-
table tesoro familiar. Mucho poder debía disfrutar, cuando gente
de su familia y sangre participó en el sacrificio é inmolación de
Pedro Arbués, el primer inquisidor, muerto en la catedral á
los furores de un motín popular, sin que le alcanzase al tesorero
de Fernando, ni la desgracia del regio favor, ni la sabida pena
de infamia. Santángelo entró en el cuarto de la Reina, así que
supo la partida inesperada de Colón, á conjurarla en favor de la
vuelta, y se halló con la Marquesa de Moya. Y como la Reina
se quejara de las peticiones del descubridor, le dijo que todo
valía poco si el plan se lograba, y todo se reducía, en último
término, á cero si el plan se frustrase. Y como á estas razones
potentísimas la Reina le opusiera la penuria del Tesoro y la nece-
sidad en que se hallaría de volver á empeñar nuevamente sus jo-
yas, Santángelo, en su decisión, mostróle cuan repleto estaba el
Tesoro aragonés, indudablemente por las granjerias que le tra-
jera la expulsión de los judíos, y cómo allí podrían encontrarse
recursos, prometiendo al par de todo esto persuadir el ánimo
parado y el pensamiento incierto de Fernando el Católico. Y en
efecto, expidióse un correo que detuvo á Colón en el cercano
puente, á dos leguas, y que le hizo tornar bridas á Granada, en
donde se firmaron las capitulaciones de Santa Fe, concediendo
á Colón todo aquello que pedía por el mes de Abril, y desde
donde se partió á Palos por Mayo, para salir de allí en Agosto
al nuevo increíble viaje argonáutico, en cuyo término, buscando
el más viejo y más histórico espacio de las tierras antiguas , tro-
pezó el adivino, sin pensarlo y sin quererlo, con una nueva
creación.
CAPÍTULO XV.
DE SANTA FE A PALOS.
O se necesita esforzar mucho la imaginación para com-
prender cuál cúmulo de satisfacciones llenarían el
i alma de Colón al tocar el deseado logro de sus an-
helos y cumplir el objeto y fin á donde dirigiera desde la moce-
dad toda su vida. Bajo esta impresión se partió á Córdoba desde
Granada. El camino entre la ciudad hermosísima del Darro , to-
davía vestida con sus preseas orientales como asentada en la
puerta del harén antiguo, y la vieja capital del Califato, cristia-
nizada por tres siglos de rezos católicos , debió conmoverle pro-
fundamente con regocijos espirituales, nunca gustados antes, y
evocarle, allá en la imaginación, de suyo creadora y plástica,
cual buena imaginación italiana, el conjunto de visiones dobles,
inspiradas unas en las páginas del sacro Viejo Testamento, é ins-
piradas otras en los descriptores del áureo reino mongólico. Y
no debe olvidarse que Colón emprende su camino en Mayo.
Nada tan ocasionado á ensueños como aquella Sierra Nevada,
parecida en su esplendor argénteo á disco inmenso de irregular
y divina luna, que nadara en el éter y tocase con sus bordes in-
feriores en la tierra; como aquellos torreones y aquellos muros,
todos resáceos , entre los cuales , transparentes á manera de ám-
— 264 —
bar y lustrosos á manera de coral , gallardean melancólicos ci-
preses, á cuyos troncos los jazmines de Damasco y los rosales
de Alejandría se abrazan, y á cuyos pies florecen los embriaga-
dores azahares; como aquellas orillas del Genil, cubiertas en
todo su largo de adelfas matizadas por las gradaciones del color
purpurino, y murtas siempre verdes ceñidas de coronas siempre
blancas; como aquellas colinas de cortes tan armoniosos, orna-
das con el plateado follaje casi metálico del olivar en flor y con
el claro pámpano de la viña en ciernes ; como aquellos pueblos
tan alegres, rematados por alminares tan airosos y cubiertos por
espontáneos jardines naturales, como los que pinta Mayo en An-
dalucía, llena de zarzales floridos y de amapolas encendidas y
de lirios sedosos y de alhucema y de cantueso; como aquellas
cordilleras en que las ya dentadas ó ya esféricas cumbres relu-
cen á modo de las facetas en los brillantes y amatistas, despi-
diendo chispas que tomaríais por multicolores aerolitos; como
aquel cielo donde se adivinan las visiones de Murillo con sus
aleteos místicos y se oyen los cantares andaluces acompañados
por el rasgueo continuo de melodiosísimas guitarras. Sí, el 12
de Mayo, que tomaba Colón su camino de Granada á Córdoba,
para ir luego de Córdoba á Sevilla, de Sevilla á Huelva, de
Huelva á Moguer y Palos, punto este último donde le aguar-
daba el embarque deseado, hacia la realización de sus visiones,
verificadas ya en su fe y en sus seguras esperanzas; ese camino,
sembrado de venturas tangibles ¡oh! brilla como una esplen-
dente nebulosa de ilusiones, como un istmo sembrado de flores
entre las fatigas y las penas consiguientes á la preparación de
su obra y los desengaños consiguientes á su realización. Dios ha
querido poner enormes desproporciones entre todo lo ideado en
la mente y todo lo cumplido en la realidad; entre todo aquello
que se desea por el corazón y todo aquello que se consigue ó
alcanza en la vida. Y ha querido más en sus misericordias, ha
querido que al cumplimiento y logro de un deseo se tornen sa-
tisfacciones, y satisfacciones de una grande intensidad, las penas
— 265 —
sufridas por lograrlo y cumplirlo. Desde todo Tabor se aparece
radiante la visión del pasado Gólgota; porque así como no hay
nacimiento posible para la criatura humana sin lágrimas y san-
gre, no hay posible transfiguración celestial, sino después de
haber pasado por las angustias del Huerto y por las agonías del
Calvario. Á Colón se le aparecería de seguro aquella larga ges-
tación del pensamiento suyo con todos los dolores á ella por
precisión anejos, como un contraste necesario para la verdadera
comprensión y el cumplido goce de su victoria. La indiferencia
de su Italia, la ignorancia de aquel tiempo, los desdenes de cien
poderosos por el egoísmo cegados, las repulsas de tantos y tan-
tos como lo creían loco , las celadas puestas á sus planes por la
empecatadísima envidia, el despego de tal sabio y la excomu-
nión de tal monje; aquella Junta de Lisboa, empeñada en aniqui-
larlo ; aquel Rey de Portugal, riéndose de los colombinos planes
como de cosa desatinada, para luego á hurtadillas escamotearlos;
el estudio prolijo del mar y del cielo en sus cavilaciones astro-
lógicas ; los derroteros peligrosos en el Mediterráneo , sembrado
de piratas berberiscos y turcos, como en el Océano desde la isla
de Thulé hasta la punta Bojador, entre hielos aquélla y entre
ardores ésta; el dictamen áspero de la comisión presidida en
Córdoba por Talavera ; las chacotas y las pedreas del vulgo
viéndolo pasar como aquejado por una demencia inofensiva, pero
burlesca ; el continuo é inútil reclamo á las puertas del poderoso
con los tormentos en las antesalas henchidas de cortesanos que
se guiñaban el ojo al verlo y se reían de sus promesas, conside-
radas como desatinos; la caída rodando cien veces desde las es-
peranzas más ciertas á los desengaños más acerbos; los días de
sus despedidas supremas desahuciado de la Corte, y el anochecer
de su llegada horrible á la Rábida, sepulcro en que iban sus ilu-
siones á enterrarse, debían apareccrsele como interminable calle
de amargura extendida veinte años á sus ojos, la cual, vista de
nuevo ahora entre los deUquios de la felicidad, debía con sus re-
cuerdos aumentar satisfacciones y esperanzas en aquel grande
— 266 —
ánimo. No quiso pasar á Palos sin en Córdoba detenerse. No
quiso entregarse al azar de lo desconocido sin ver á la mujer que
había contrastado con las flores del amor las espinas de sus ta-
ladradas sienes. El matrimonio legítimo con la primera mujer le
había dado su hijo Diego y el amor ilegítimo con su amada le ha-
bía dado su hijo Fernando. No fuera marino y descubridor, si le
ciñeran unos brazos de tal modo al hogar, que no quisiese, rete-
nido por ellos, arriesgarse á una expedición temeraria; y no fuera
hombre, si dejara con criminal descuido las prendas de su amor
faltas de la indispensable asistencia. Detúvose, pues, unos días en
Córdoba para despedirse de su amada y proveer á la suerte de
sus hijos. La familia hidalga, con quien tuvo trato y alianzas de
tan extraña especie, aunque pobre de suyo, cooperó con poco
dinero, pero cooperó materialmente, á la preparación del intui-
tivo plan; y un Arana, hermano de Beatriz, fué devoto compa-
ñero de Colón, tanto en este primer embarque como en todo su
viaje, asistiéndolo en todos sus combates, apoyándolo en todos
sus desmayos, y auxiliándolo en la difícil empresa de arreglar la
primer expedición ; porque miraba los asuntos relativos á la in-
vención como asuntos de familia. ¡Cuánto debió costarle al pi-
loto la separación y apartamiento de aquella Córdoba, en cuyo
aromado seno encontrara el más intenso amor de su vida y tu-
viera el predilecto hijo de sus entrañas ! ¡ Qué diferencia entre
aquel hogar amado y el mar inmenso, entre los ojos de la mujer
predilecta y los relampagueos de la horrible tempestad, entre la
familia cariñosísima y la tripulación recelosa, entre los abismos
del misterio donde se sumergía en sombras y los reclamos del
amor á los goces más puros del alma y á los mayores encantos
del mundo! Pero en cosa ninguna se conoce la verdad absoluta
de aquella ley providencial, que rige las moles y las ideas, junta-
mente con la verdad absoluta de una finalidad universal mos-
trada por la correlación de las facultades en los individuos y en
las especies con su ministerio sobre la Naturaleza y sobre la so-
ciedad, como en este poder supremo de los hombres superiores
— 267 —
y predestinados para sobreponerse á todas las propensiones más
arraigadas en la complexión humana, y menospreciando los
más precisos sentimientos, consagrarse á una obra, de la cual
suele tan sólo clavarse todas las espinas, mientras la humanidad
entera y el tiempo eterno reportan para sí todas las ventajas.
¡ Con qué dolor se apartaría Colón de aquellos jardines del Gua-
dalquivir donde habían corrido felices días para su corazón hasta
en medio de los combates y de los desengaños ! ¡ Cuánta fuerza
de voluntad necesitaría para sobreponerse al imperio de los más
avasalladores instintos el imperio de su razón y el presenti-
miento de su destino! En el regocijo connatural á su victoria,
un dejo bien amargo quedaba por esas mezclas de bien y mal
que constituyen la triste levadura de nuestra humana vida, y era
esta separación dolorosa del ser que le había sonreído en la des-
gracia y vendábale con sus manos las heridas del alma. Así fué
para Colón el mes de Mayo en 1492.
El mes de Junio resulta luego un mes de luchas y de an-
gustias. Arreglados sus negocios domésticos, el descubridor
se personó en Palos, consagrándose con empeño al trabajo
enorme de apercibir y preparar la expedición. Aquel primer ele-
mento de toda empresa útil, el aceite de los cilindros que mue-
ven todas las ruedas, ó sea el dinero, estaba pronto. Habíanse
los recursos arbitrado por bien varias maneras y bien diversos
métodos. Á la villa de Palos imponíasele con toda solemnidad
en cédula Real, y á guisa de tributación forzosa, el embargo de
tres carabelas pertenecientes á pilotos y armadores suyos, para
una empresa misteriosa, por tiempo indefinido. Aunque se usó
en la fórmula el oficial estribillo, asegurando destinarlas á cosas
cumplideras al servicio de los Reyes, y se declaró por el pueblo
y sus autoridades la conformidad con lo proveído, no hubo en
la preparación el necesario empeño, ni la diligencia con el em-
peño correlativa y al empeño correspondiente. Dióse por fines
de Abril aquella trascendental orden; publicó en fines de Mayo
el Municipio requerido á su cumplimiento la necesaria confor-
— 268 —
midad; y, sin embargo, en fines de Junio se hicieron precisas
conminaciones de todo género, y luego apremios de toda ur-
gencia, para que la ejecución de lo mandado con tanta premura
por los de arriba y prometido con tanta obediencia por los de
abajo se cumpliese. Estos auxilios municipales , de mucha cuan-
tía é importancia, se unieron al millón y ciento cuarenta mil
maravedises concedidos por la Corona de Castilla y á los qui-
nientos mil maravedises por Colón aportados como participa-
ción suya personal en la octava parte , allegada y cumplida con
muchos y muy complejos esfuerzos y con muchos recursos ve-
nidos de diversos orígenes. No se tenía todo, sin embargo, con
tener el dinero. Las gentes requeridas á cooperar en la empresa
y seguir al descubridor encabritábanse bajo el anhelo de sacudir
aquella pesadísima carga y burlar aquella onerosa obligación. Por
deservicios á la Corona y en forma de castigo se les imponía el
aprontamiento de las carabelas y su costosa provisión ; medida,
cuya gravedad pesaba mucho sobre los hombros de aquel pueblo
mareante y necesitado por ende para sí de todos los recursos ma-
rítimos. El sentir general revolvíase contra el aventurero gárrulo
y ligerísimo que les apenaba con habladurías sugeridas por su
facundia italiana y con fantaseos nacidos en una imaginación , se-
gún ellos, del todo confusa y desarreglada. Maldecían la hora en
que á sus puertas llegó aquel peregrino, capaz de dar con sus
hechicerías y embustes mal de ojo á todo un pueblo, hacia el
cual únicamente podía sentir la indiferencia, cuando no el odio,
natural en gentes extrañas y extranjeras. Quien haya sido ex-
trañado alguna vez por fuerza y se haya visto forastero en cual-
quier pueblo comprenderá los afectos despertados por Colón
en la gente á quien tales dolores infligía. Y con estas naturales
repulsiones juntábase lo maravilloso y extraordinario de aquel
caso con lo temible y pavorosísimo de sus circunstancias y ac-
cidentes. El nombre de tenebroso, dado al mar occidental,
prueba en cuan tupido velo de negras supersticiones lo había
envuelto la general ignorancia, tan propensa de suyo á creer
— 269 —
todas las fábulas trágicas. Corrientes bituminosas, como las
ideadas para pintar los ríos del infierno, enturbiaban la superfi-
cie de océano tan por extremo terrible ; y vapores meñ'ticos , á
nubes de muerte semejantes, henchían aquellos caliginosos aires.
Todo cuanto se dice y se cree de los peligros en el mar fi-e-
cuentes agrandábase al tratarse de un mar circuido por impene-
trable misterio. Si la imaginación ha puesto en las aguas más
rientes, bajo los cielos más espléndidos, al pie de costas abiertas
como senos amorosos, en olas que guardan perlas y lamen co-
rales, aquellas engañadoras sirenas, cuya sonrisa os atrae para
destrozaros en sus brazos; aquellas Gorgonas que os petrifican;
aquellas Circes, contra las cuales precisa tapiarse de cera los
oídos; aquellos Encelados, escaladores de las alturas sidéreas
por escalones de lava y entre chasquidos de rayos ; aquellos ti-
tanes desmesurados, cuyos pulmones remedan la fragua del
Etna ; el cavernoso antro de donde suelta Eolo , desde sus odres
y pellejos, los huracanes y las tormentas que tronchan como
cañas los mástiles: si tales cosas espantables pensó la riente
Grecia y la idílica Sicilia del mar y sus procelas , imaginaos lo
que la supersticiosa Edad Media expirante creería de un océano
como el Atlántico, tan embravecido á la continua y proceloso,
hacia cuyos abismos empujaba el poder con sus fuerzas coerci-
tivas á gentes cansadas de ver cómo se iban muchos y no vol-
vían, hundidos en profundidades que la tempestad azota con
tanta frecuencia y que pueblan en tanto número titánicos
monstruos.
Así que pusieron los continos el embargo á las carabelas,
emigraron cuantos podían tripularlas como si el mar se los hu-
biera tragado. La orden de acopiar mantenimientos para un año
aterraba con terror pánico y contagioso á los más audaces,
acostumbrados en sus correrías de mayor atrevimiento á derro-
teros, los cuales unas doscientas leguas, á lo sumo, les aparta-
ban de las costas. En vano los Reyes expedían cartas sobre
cartas; en vano los alcaldes pubUcaban una tras otra en bandos
— 270 —
públicos á voces, de trompetas y tambores acompañadas, las in-
dispensables órdenes; en vano el contino de SS. AA., Juan de
Peñalosa, compelía los pilotos á embarcarse, si no de grado, por
fuerza; en vano acababa de llegar el corregidor Juan de Cepeda,
que había inmediatamente aprestado las fortalezas, artillándolas,
para llevar la imposición del mandato á las últimas violencias:
los marinos corrían como alma que se llevase por los aires el
diablo, y haciendo la cruz al charlatán genovés, volvíanse invi-
sibles cual por arte de magia y encantamento. Con aquella co-
rajuda tenacidad, propia del temperamento que reconoce la
ciencia en Colón, éste porfiaba tanto por embarcarse á cualquier
coste y con cualquier tripulación , que prometía , según el con-
texto de poderes fehacientes, perdonar las condenas y abrir las
cárceles, llevándose los criminales , aun á riesgo de que lo ma-
tasen, como si aquella expedición, en lugar de ser una empresa,
fuera un suicidio. Estas heroicas resoluciones, bastantes, en otro
cualquier caso y ocasión, á acreditarlo de mártir, ó héroe, ó
redentor; en esta porfía le daban como aires de monomaniaco
y le ponían en peligro de que lo ataran á la menor novedad y
lo recluyeran en cualquier hospital. Por todos estos engaños
del público, las resistencias ajenas redoblaban á medida que re-
doblaba Colón los esfuerzos propios. ¿Cómo, decían las gentes,
podéis fiaros de quien lleva la demencia, no sólo á querer levas
alzadas con amenazas de un cañoneo asolador, sino á reabrir
las cárceles y arramblar con los presidiarios en una empresa
marítima, para la cual tanto se pide la virtud, y la humildad, y
la obediencia, y la sujeción á las ordenanzas materiales y mora-
les de una disciplina militar y religiosa.?
Hoy, explorado el cielo por los telescopios, henchidos los
barcos del vapor que los impele contra viento y marea, el rayo
de las tormentas cambiado en luz eléctrica, la tierra explorada,
las costas esclarecidas en su mayor parte por faros amigos del
navegante, no podemos explicarnos los terrores de aquel tiempo
ante un misterio como el Atlántico mar, que las gentes creían
— 271 —
cerrado por témpanos gigantescos perpetuos, lamiendo zonas
inhabitables, donde por necesidad habrían de tropezar con su
sepultura los atrevidos que fuesen osados á reirse de las divinas
prohibiciones; preñado del Erebo, del caos formidable, de donde
las cosas al eco de la palabra divina surgieran y adonde han de
volver las cosas también, deshechas y disueltas en las ráfagas
precursoras del juicio final : Apocalipsis espantoso, en que unas
veces aparecía la mano de Satanás, semejante por sus dimen-
siones á colosal araña, manchando los cielos, y abierta para en-
redar en sus negros dedos los barcos, y otras veces aquel enor-
me Leviathan^ forjado por cíclopes horribles y por feos hipo-
centauros, combatido entre sendos huracanes eléctricos, seguido
de voraces y exterminadores monstruos, los cuales se conjuran
para extender y difundir por las aguas inexploradas perdura-
bles y exterminadores naufragios. Para que nada faltase , había
la imaginación, extraviada en sus delirios, alterado hasta la his-
toria natural, y visto en el agua peces de extraordinarias formas
asaltando á los pobres mareantes, y aves de dos cabezas con
garras más afiladas que todos los aceros juntos, cuyas negras
alas podían obscurecer el sol como con dobles sudarios y cuyo
hueco buche devorar y sepultar pueblos enteros. Así, no recor-
demos que los pobladores de Moguer y Palos preferían sus bu-
ques y sus hogares á la incertidumbre de una empresa, por más
que la esmaltasen los iniciadores con toda suerte de halagos y
prometiesen al terminar ríos de plata líquida , montañas de oro
macizo, mares donde se cosechaban las perlas á puñados, llo-
viznas y rocíos de brillantes ; no recordemos esta resistencia de
los pacíficos ciudadanos; recordemos únicamente cómo los pe-
nados preferían la cadena perpetua y la horca misma, si los
apuraban, á morir achicharrados en la zona tórrida ó hervidos
en agua de una continua ebullición. Ni las suspensiones de cau-
sas decretadas en pro del número de reos que quisieran tripular
las carabelas ; ni las inverosímiles medidas congruentes con estas
violencias lograban resultado ninguno favorable á la empresa;
— 272 —
y Colón corría el grave riesgo de ahogarse á la orilla misma del
mar de su deseo, y perder el ahorro de unos treinta y más
años en que había vuelto su vida y su idea por entero hacia la
colosal obra de su viaje, frustrado casi por increíbles repugnan-
cias de abajo, completamente inesperadas, cuando parecía más
cierto y más seguro por las concesiones de arriba con tan her-
cúleos empeños alcanzadas. Los nervios de Colón á tal recelo
se descompusieron por completo y la cabeza padeció vértigos
no experimentados en las contrariedades mayores. Aquella su
paciencia inacabable se fundió en una impaciencia febril que lo
mataba, y estalló en sacudimientos casi epilépticos y en deses-
peranzas casi suicidas. Con las ordenanzas Reales puestas sobre
su cabeza; con el oro, á tanto esfuerzo allegado, en su escar-
cela; con las autoridades todas á sus pies; el plan suyo se per-
día y desconcertaba en la resistencia popular.
Afortunadamente, Colón tenía por sí á la providencia de su
obra, tenía por sí al franciscano Juan Pérez: y éste, como le
había con su influjo acorrido en las dificultades opuestas por la
Corte, acorreríale también ahora en las dificultades opuestas por
el pueblo. Colón le pidió auxilio en tres consecutivos naufragios
morales, peores que los naufragios oceánicos, y á los tres dio
puerto de refugio la caridad y la sabiduría del monje. Su cono-
cimiento de la muchedumbre corría parejas con su conocimiento
de la realeza. Y cual supo buscar en el trono la fuente de los
recursos necesarios para la obra, supo buscar en el pueblo los
medios de que los recursos allegados no se frustraran por caren-
cia de cooperación popular en el trabajo, más ínfimo quizás,
pero más indispensable, á tanta empresa. Movíale primero su
amistad por la persona de Colón, exaltada en términos de pa-
recerse mucho á la sentida más tarde por el nombre y memoria
de Colón en el pecho de un hombre tan fervoroso y vehemente
como el P. Las Casas, amistades las dos en culto rayanas y trans-
mitidas casi con sus obras materiales é intelectuales á todos los
siglos. Mas, dejando aparte afectos personalísimos tan dignos y
— 273 —
nobles, aun movía de seguro al P. Juan, mayormente que su
amistad con Colón, su amor á la ciencia cosmográfica, en las
orillas del mar y en las conversaciones con los pilotos allegada,
y su amor á la religión cristiana , próxima en sus experiencias
y en sus conclusiones á extenderse por los mares y por los
horizontes y por los territorios y por los pueblos de que le ha-
blaba el descubridor en la cruz del convento, mirando al cielo y
oyendo al Océano, por las noches, al saltarle la cabeza el genio
y bullirle en los labios el verbo de sus proféticas visiones. Y allá,
con su amistad por el Profeta y con su afecto entusiasta por la
ciencia, con su culto piadosísimo á la religión, uníase por nece-
sidad el deseo natural de tan exaltado fraile de que su Orden,
la seráfica Orden franciscana, cuyo espíritu había inspirado á
Giotto sus cuadros, y á Dante sus tercetos, y á San Buenaven-
tura sus libros, extrayendo del cristianismo aquella tendencia
democrática que había de juntarlo por siempre al progreso uni-
versal, inscribiese durante toda una eternidad su recuerdo impe-
recedero en la obra, que creía él y anunciaba imperecedera tam-
bién, de su amado amigo, el inmortal nauta. Y, con efecto, el
presentimiento luminosísimo se cumplió; la religión de San Fran-
cisco brilló en aquella ocasión y sobre aquel plan como la es-
trella evangélica que guiara los Reyes del Oriente antiguo y
extremo al portal de Belén. Diríase que Dios había querido pre-
miar la caridad inagotable de San Francisco asociando su Or-
den á tan caritativa obra ; los amores de San Francisco por la
naturaleza, guardados en sus poemas de las florecillas, asociando
su Orden al hallazgo de nuevos aromas en campos recién crea-
dos, como el paraíso terrenal sin mancha, por recién invenidos,
y de astros nunca lucientes hasta entonces en lo infinito ; el cui-
dado de San Francisco por los pobres y por los humildes, de
tanto más precio cuanto que los cumplía bajo las feudales terri-
bles ladroneras y horcas del férreo mundo medioeval, asociando
su orden al continente oculto en que debían brotar la hbertad,
la democracia, la república, esa clarísima trilogía del mundo so-
is
— 274 —
cial correspondiente con la trinidad sublime del cielo cristiano.
Los desasimientos de todo interés mezquino; los entusiasmos y
efusiones por el ideal religioso; la mezcla feliz de su fe viva con
su adivinada ciencia; el efluvio magnético de un éter como el
que despiden las noches andaluzas y las absorciones de una eva-
poración salina como la que los mares oceánicos exhalan; aque-
lla natural confianza que se adquiere por necesidad al recogi-
miento y al estudio monásticos, en la posible verificación de
todas las sobrehumanas intuiciones, hiciéronle, no sólo santo,
sabio en astronomía y náutica, determinando su ánimo á mez-
clarse con tanto empeño en la empresa increíble hasta cum-
plirla con tanta felicidad, que su ascética figura luce hoy, entre
todas, á las puertas del Nuevo Mundo; y su nombre no se apa-
gará en los recuerdos de la eterna humanidad, ni siquiera cuando
se hayan extinguido las estrellas australes en los espacios del
nuevo hemisferio.
CAPITULO XVI.
MARTÍN ALONSO PINZÓN,
|uÉ se necesita, preguntóse á sí mismo el P. Pérez, para
preparar la obra de Colón en este instante supremo?
Pues necesitábase de una influencia en los pueblos tan
poderosa como la que había tenido él en los Reyes. Tal influencia
debía estar cimentada en la solidez de una posición social , y en
el crédito de un saber marítimo que destruyese las desconfianzas
populares y embarcase las dotaciones indispensables en las vacías
carabelas. Para esto había que buscar autoridad, y autoridad co-
marcana capaz de compeler las muchedumbres á poner mano en
la empresa. Nadie está obligado á tener el don de adivinanza. Un
asceta como el buen franciscano debía entrever en sus deliquios el
Nuevo Mundo y el nuevo cielo. Pero la muchedumbre no podía
subir á esas alturas y necesitaba juzgar por la experiencia. Sin
que sea preciso visitarlas y conocerlas, basta con recorrer en
cualquier compendio geográfico la ribera, presidida por líuelva
hoy sobre la extrema parte del territorio andaluz, para com-
prender cómo en ella predominan dos caracteres indudables: el
marino y el minero. Con ríos formados casi por óxidos de hierro;
con minas de cobre, celebradas desde los prehistóricos tiempos;
con marismas inacabables, que parecen pedir poblaciones anfi-
— 276 —
bias de agricultores y nautas á un tiempo; con aquellas costas,
donde termina el viejo continente y comienza el Océano infinito;
con bocas y desembocaduras de agua muy aprovechables; con
cabos y promontorios muy conocidos por todos los geógrafos;
con radas y bahías muy llenas en cualquier estación de nume-
rosas embarcaciones; con ermitas é iglesias ribereñas cargadas
de ofrendas y exvotos marítimos; aquella región debía poseer,
cuando el descubridor la requería y apremiaba, un patriciado in-
dustrial y marino, en cuyas manos estuviera el comienzo de su
navegación y por lo mismo el fundamento de su colosal em-
presa. Los patricios allí arraigados podían disipar los escrúpulos
en las muchedumbres naturales. Su competencia no debía ofre-
cer dudas á nadie , como que cien veces al mar se dieran en sus
naves y cien veces del mar volvieron á sus casas. Las familias
dejadas por ellos entre las poblaciones, los hogares á la vista de
todos, los bienes raíces, los intereses múltiples, las relaciones con
los parientes y los conciudadanos podían servir de hipoteca se-
gura y de fiadores verdaderos en cualquier empresa ó proyecto,
pues contrastaban mucho con el origen lejano, con el carácter
extranjero, con los misterios indecibles que circuían al descono-
cido piloto nómada, llegado allí en escasez confinante con la
miseria, llevando un pobre hato al hombro y un mísero niñico á
la mano, sin que pudiesen saberse de su competencia y saber
ninguna noticia más que las seguridades dadas por un fraile,
cuyo sublime candor le hacía ver cosas y personas envueltas en
mágicos tintes prestados por una caridad optimista, la cual re-
fleja su ciencia y su amor interiores sobre todos cuantos la ro-
dean y concluye por elevarlos con palabras y obras á su altura.
Juan Pérez, no tan desconocedor del mundo como creían las
gentes de Moguer y Palos, comprendiendo que nada hiciera, si
después de haber asegurado los planes de Colón en la Corte, los
dejaba inejecutados y baldíos por las resistencias del pueblo,
pensó en unir con la cabeza del proyecto, como decimos en len-
gua vulgar, las manos y los pies, moviendo los Pinzones como
— 277 —
extraordinariamente idóneos á procurar el auxilio requerido de
los nautas, quienes propendían á creer en lo que llamaban ellos
habladurías é imaginaciones de un desconocido aventurero.
Y aquí aparecen los Pinzones, que aparejan la expedición en
Julio.
El primer efecto de tal intervención fué la inmediata facilidad
en el apercibimiento de las tripulaciones y en el acarreo á bordo
de los tripulantes. El segundo efecto fué un total abandono de
las violencias y una saludable apelación á las persuasiones. El
tercer efecto una confianza total en la formalidad indudable del
propósito é intento y seguridades plenas en el pueblo de una
salida ó éxito feliz al viaje. Garci-Fernández fiaba con sus ideas,
á fuer de cosmógrafo, la verdad científica del proyecto; Juan Pé-
rez, con sus oraciones, á fuer de franciscano, el fin moral y re-
ligioso ; pero el más influyente de suyo era en aquel período,
á fuer de marino experto, Martín Alonso Pinzón, pues con sus
viejas experiencias, con su valor nativo, con sus muchos des-
embolsos, aseguraba la realización práctica de todo lo ideado
por Colón y sostenido por sus entusistas partidarios. Pinzón
había navegado mucho. Armador, no por afición únicamente,
por herencia, por esa herencia conocida en el saber moderno
con la denominación de atavismo, formaba sumado á los pilotos
y marineros de su región y de su tiempo una de las familias
grandes, una colectividad y suma de familias, á que llamamos
en Historia Natural especies. Muy curtido por el agua salada su
cuerpo, y muy atezada por el sol marino^su tez, y muy movida
por las olas y por los aires su flotante casa, y muy comunicado
su espíritu con diversas gentes, y muy abierto su pueblo al co-
mercio de sus intereses y de sus industrias con varias factorías,
y muy penetrado todo su ser de las experiencias marítimas, á
ningún atrevimiento del descubridor se asustó y retrocedió; an-
tes bien, túvolos todos por hacederos, y á lo sumo por posibles,
aunque no le pareciesen de modo alguno sencillos y fáciles. Á
fines de Junio, ni las ideas de Garci-Fernández, ni los sermo-
- 278 -
nes de Fr. Pérez, ni los apremios del contino Real suscitando
levas, ni los medios coercitivos del Corregidor, empeñado en al-
canzar con palizas la obediencia negada del todo al mandato im-
puesto en representación y nombre del Rey, habían cosa nin-
guna conseguido; y las naves, que debían estar aparejadas, se
iban pudriendo en la costa, mientras desaparecían como fantas-
mas las tripulaciones con tanto empeño congregadas para el em-
barque. Pero así que Martín Alonso Pinzón puso mano en la
obra, cambió como por milagrosa maravilla el estado y aspecto
de la comarca. Los tímidos cobraron valor, los desesperados es-
peranza y seguridad, los perezosos diligencia, los indiferentes
interés, los escépticos fe, los perplejos certidumbre; y la desierta
playa se pobló de marineros, y los calafateadores tendieron sus
breas por las quillas á reparar, y los carpinteros clavaron sus ta-
blas en los boquetes á cubrir, y los proveedores aportaron sus
cargas en las bodegas á llenar, y los hilanderos suspendieron
sus lonas en los mástiles á completar; y no hubo necesidad al-
guna de forzados para remeros, ni de criminales para proveer y
ocurrir á obra, como aquella, de ciencia y de paz. El buen Mar-
tín Alonso Pinzón describía con tan vivos colores y con tan
marinera elocuencia el término de la navegación, que, por una
de las reacciones frecuentes en los bruscos cambios de tempe-
ratura moral, connaturales á los pueblos, la irreductible oposi-
ción antigua se había trocado en verdadero entusiasmo. Con
unos noventa hombres Colón se hubiera contentado para co-
mienzo de la empresa; pues más de ciento veinte le procuró su
activo y poderoso auxiliar. Muy escaso andaba de recursos el
descubridor por sus cortas previsiones administrativas y los
cuantiosísimos dispendios demandados para la preparación del
plan; pues el inteligente y ducho cooperador sumó un medio-
cuento de maravedises al cuento con colmo entregado por los
Reyes Católicos. La población de Palos componíase por aquella
sazón de unos dos mil vecinos escasos; pues tres pilotos dio al
descubridor, amén del núcleo de la marinería. Con los hijos de
— 279 —
Palos, con otros en menor número del cercano Moguer, con va-
rios de Niebla y Huelva y Ayamonte, con pocos de otras comar-
cas, y con algún aventurero, sumóse la tripulación, que, para
lo singular del caso y para lo grave del peligro, no era muy con-
fusa y muy heterogénea en sus factores.
Las carabelas embargadas no le parecían á Pinzón cosa ma-
yor. Aunque prefería estas embarcaciones, no obstante su pe-
quenez, por más costeras y más fáciles á la entrada en bocas de
ríos y en senos de radas, dio de mano el sabio armador á todo
lo inútil y extrajo de sus almacenes lo útil y aprovechable. Ha-
bilitó la Niña, propiedad y hechura de su hermano menor. A la
Gallega, la de mayores proporciones, y por lo mismo con aires
y significación de capitana, más que carabela, nao de conside-
rable bordo, única con cubierta, resistente y bien aparejada, re-
bautizóla con el nombre de Santa María, y la dispuso para la
enseña principal y para el Almirante. La tercera, de las embar-
gadas, según unos, y según otros, de la propiedad del hábil ma-
rino, tomó el nombre de Pinta. Créese también que una de las
naves perteneció á al gran piloto Cosa. Parecía otro el pueblo.
Su camino á Moguer hormigueaba de gentes como su camino á
la Rábida. Iban y venían muchas en busca y requerimiento de
Colón, huésped del monasterio; pero iban y venían más en busca
de los Pinzones, habitantes de Palos, y ,con parentela en todos
los pueblos de la comarca. Estos tres hermanos, y el médico as-
trólogo Garci-Fernández, y el fraile francisco Juan Pérez, y el
gran descubridor Colón, componían una especie de familia espi-
ritual, convergente á preparar la expedición toda ella. Aportó
Pinzón al acervo de los recursos allegados quinientos mil mara-
vedises; proveyó la grandiosa empresa del material de embarque
y de las provisiones indispensables á tan larga navegación; re-
unió, parte por convicción como parte con dádivas, la gente; y
no medió papel ninguno de recibos y entregas, ni se convino
por escritura ningún reparto en los provechos remitidos á la
buena fe y á la recíproca lealtad suyas y del Almirante. Muchos
explicaban esto por indicios que tenía el auxiliar de las múl-
tiples noticias sobre cuyas sólidas sugestiones apoyaba los pla-
nes suyos el descubridor, indicios provinientes de la mucha
ciencia que tenía Pinzón. Y estudiando con cuidado la vida en-
tera de este activo mareante, á pesar del descuido suyo, y de
la incuria de sus contemporáneos, «más largos en realizar haza-
ñas que en referirlas», viénese á conocimiento de que debió ha-
ber aprendido mucho por lo mucho también que había estu-
diado. Sus correrías marítimas por el Mediterráneo; su estada en
puertos y ciudades, donde al cambio de productos se unía el
cambio de ideas; sus observaciones leídas en el doble libro com-
puesto por signos de reveladores astros y por líneas de lumino-
sas estelas; su carácter observador y su inteligencia indagadora
le alzaban por tal modo sobre los contemporáneos, que pudo y
debió comprender á Colón y seguirlo, sin dejar por eso aquellas
emulaciones y competencias anejas de suyo á nuestra pobre y
miserable humanidad. En una veta de su historia se halla quizás
el secreto de aquel su proceder y la razón de aquellas sus pre-
visiones, en el viaje á Roma, hecho para requerir datos condu-
centes á exploraciones nuevas, inspiradas por el ejemplo de los
portugueses y por las noticias reunidas en las navegaciones de
éstos á Guinea y á Canarias. Pinzón conoció mucho á cierto bi-
bliotecario de Inocencio VIII, que la historia no designa por su
nombre; y este bibliotecario sapientísimo le mostró un mapa
donde constaban ciertas indicaciones de tierras allende las islas
Afortunadas y en dirección hacia Occidente. Será verdad, será
■ mentira: no hay dato cierto y justificativo de tal especie; pero
corre por todos los libros y nace del esplendor con que lucía la
corte pontificia en aquella edad. Figura poco saliente la del buen
Inocencio, borrada entre las obras artísticas de su antecesor, el
feliz en maravillas Sixto IV, que diera su nombre á inmortales
monumentos, y el extrañísimo Alejandro VI, que levantara sus
ambiciones tan alto y dirigiera su política tan lejos, no brilla sino
por haber su familia querido asociar el nombre suyo á los preli-
281 —
minares del descubrimiento colombino, como consta en la ins-
cripción que pusieron sobre su sepulcro en el Vaticano, excusa
de inexcusables flaquezas y título al perdón de la posteridad.
Y estos viajes de Pinzón por la península itálica; sus estancias
en Roma, entonces resplandeciente de ideas y de inspiraciones;
sus visitas á la biblioteca vaticana y su amistad con el bibliote-
cario de Inocencio VIII, si no testifican la existencia del nunca
encontrado mapa, testifican los muchos tesoros de saber cosmo-
gráfico acumulados en la corte pontificia, y muy propios para
prestar al glorioso auxiliar de Colón la diligencia con que acu-
dió á los preparativos de la proyectada obra y el ojo certero con
que columbró su realización matemática.
La región de Huelva está, como ninguna otra, unida por guir-
nalda hermosísima de recuerdos y por constelación luminosa de
nombres con la epopeya del descubrimiento. Dejando aparte
Garci-Fernández, Juan Pérez, los tres Pinzones, Peñalosa, no
deben olvidarse otros nombres , bien pertenecientes á la leyen-
da, bien pertenecientes á la historia , cuya fama compite con la
fama de los anteriores. Natura! de Lepe , Sebastián Rodríguez,
que aportara el acuerdo supremo desde Granada para una defi-
nitiva inteligencia, conducente á procurar la invención del Nuevo
Mundo, entre la Reina y el piloto; señor de Ayamonte y de
Huelva el Duque de Medinasidonia,,que recibiera confidencias
íntimas de Colón y esbozara varios, aunque frustrados, proyec-
tos; de Huelva el Alonso Sánchez, mencionado un siglo después
de la invención por el inca Garcilaso como primero en abordar,
conducido por las tempestades , á desconocidas playas , acaso
pertenecientes al Nuevo Mundo ; de Moguer y de Palos el ma-
yor número entre los reunidos para la tripulación de los tres
barcos á quienes cupo haber cumplido las profecías del sobre-
natural nauta y evocado en los mares la nueva creación que al
sublime profeta confiara el secreto de su existencia. Por eso los
peregrinos de la civilización, al hollar todo aquel espacio sacro-
santo donde se iniciara una obra tan grande, y visitar los sitios
— 282 —
ungidos con recuerdos que interesan á la historia universal , no
se paran en el esplendor de aquel cielo andaluz y en la trans-
parencia de aquellos mares meridionales ; no atienden , ni á las
hermosas lagunas llenas así de plantas como de aves acuáticas,
ni á los bosques de pinos cortados por verjeles de frutales y por
cepas de viñedo que alegran la campiña; no aprecian tanto mi-
neral esparcido á flor de tierra, ni tanto río cargado con sus-
tancias ricas ; no miran siquiera los monumentos mudejares, de
una originalidad tan extraña, y los azulejos multicolores, de
unas reverberaciones tan hermosas; no saludan la solitaria pal-
mera crecida entre las costas, en que las navecillas atracan, y el
montículo, sobre cuyo tope se levanta la Rábida, aquella palmera,
testigo de toda la ya legendaria expedición : en el ánimo de to-
dos privan principalmente las evaporaciones de ideas revelado-
ras despedidas por la comarca y las figuras tradicionales de una
epopeya inmortal , tan admirablemente coronadas de luz por la
poesía y por la historia.
CAPÍTULO XVII.
EL día de la partida,
RA el día 2 de Agosto de 1492 cuando todos los prepa-
rativos para el embarque de Colón hacia el mundo
ignoto se dieron por terminados, y quedaron avisa-
das las gentes para que se apercibiesen á la partida, pues no
había hora segura de zarpar, librada solamente á la espera de
una favorable y necesaria brisa. Como el mar guarda misterios,
que parecen divinos, y sorpresas, que parecen providenciales,
aquellas ideas religiosas , por la fe cristiana sobrepuestas á todo
lo inexplicado é inexplicable, se recrudecen y exaltan en la
infinita extensión de los espacios marítimos, como en el silencio
nunca interrumpido y en el secreto siempre insondable de la
muerte. Por mucho que creamos en la regularidad fatal de las
leyes universales y en el enlace y concordancia de todos los fenó-
menos con el sistema de la Naturaleza rigurosamente lógico y
con el equilibrio perdurable de las fuerzas, hay algo, lo cual
podrá explicarse por quien todo lo ha causado y todo en sí lo
ha comprendido, pero no por nuestra contingente inteligencia,
cuya limitación sólo descubre un lado parcialísimo de las cosas,
y ahí penetra el enjambre de ideas místicas, subiendo al cielo
deliquios de plegaria, espirales de incienso, acentos de órgano,
— 284 —
y bajando del cielo rayos de santa inspiración y rocíos de conso-
ladoras esperanzas. Así, nada tan puesto en razón, y tan justifi-
cado por todo aquello apercibido y preparado en aquel minuto
solemne, como una procesión de rogativa por los tripulantes
hecha desde las carabelas ya dispuestas á partirse, hasta las
iglesias, donde se fijaban los ojos como en faro espiritual, supe-
rior á cuantos faros materiales pudieran encenderse por los
promontorios y por las costas. Poco, muy poco resta de la Rá-
bida, castigada por los cambios sociales, tan parecidos á terre-
motos, que trastornan desde las instituciones y las leyes hasta
los monumentos con sus terribles sacudidas; pero junto á un
claustro bien ojival de la época, junto á una techumbre mudejar
de alerce donde Colón fijaría de seguro los ojos, consérvase una
efigie muy arqueológica de María, en cuya presencia los mari-
neros acaso rezaran, al rumor de las brisas y de los pinos, las
poéticas letanías que denominan luminosa estrella de los mares
á la Virgen Madre. ¡ Cuántas evaporaciones de mal ocultas lá-
grimas, cuántos soplos de suspiros profundos, cuántos ecos de
plegarias ardorosas, no habrán quedado en el regazo de aquella
efigie, preferida en las devociones marineras! Por poco poeta que
seáis , no podéis acercaros á la Virgen de la Rábida sin ver en
sus sienes tal aureola de recuerdos.
Realizado este acto de piedad, rezada en Palos una misa, las
tripulaciones volvieron á las carabelas, donde aguardaron sumi-
sas la orden de zarpar, mientras Colón se recogía en el monas-
terio y velaba diligentísimo en escucha y atención del aguardado
viento. Sublimes horas las que le separaban de los comienzos de
su empresa, horas en que se agolparían á su memoria todos los
recuerdos transmitidos por lo pasado y á su corazón todas las
esperanzas que centelleaban sobre lo por venir y esclarecían los
caminos conducentes al anhelado logro de su empresa. Las dos
virtudes mayores de Colón resultan la fe viva en Dios y en el
amparo de Dios, así como una confianza en sí mismo y en su
obra capital proviniente de esta fe viva. Su lectura favorita re-
— 28í —
sulta el Evangelio de San Juan, como el Evangelio resulta, junto
á los tres que con el constituyen las revelaciones directas del
Dios cristiano, una encarnación milagrosa del Verbo, bastante
fuerte y eficaz para mover el sublime piloto á cuajar y cristalizar
toda la idealidad aquella que debía cumplir sus seguras esperan-
zas. Así esperaba poder zarpar el día mismo en cuya madrugada
se había entrado, el día 3 de Agosto, por ser viernes, y como
viernes, fausto, no obstante lo dicho por viejas supersticiones
italianas en contrario, pues en viernes la primera cruzada, diri-
gida por Godofredo de Bouillón, tomó á Jerusalén, y la última,
comandada por los Reyes Católicos, en viernes tomó á Granada.
Pero no solamente favorecían los designios suyos estas fechas y
reminiscencias célebres; los favorecían también las piadosas tra-
diciones franciscanas. No comprenderá jamás á Colón quien olvide
cuánto la vista suya tenía de telescópica y de microscópica; cuánto
el carácter suyo de profeta y de negociante ; cuánto el proceder
suyo de sinceridad honrada y de doblez florentina: cualidades
opuestas, excluidas unas por otras en los espíritus segundos, pero
que se armonizan y hasta se completan en los espíritus superiores.
Así no descuidó cosa ninguna, ni desatendió á ningún perfil en
sus preparativos, sin empecer esta minucia en lo particular á lo
sublime del sintético y sobrenatural conjunto. Él supo encontrar
quien le procurase dinero para entrar como socio capitalista en
la misma sociedad mercantil donde tenía la parte capitalísima
de socio industrial. El dio con lugartenientes, los cuales coope-
raron á su obra en la preparación de cosas segundas, á cuyo
seno, por bajas, no descendía el influjo de su espíritu altísimo.
El escribió contratos llenos de números y granjerias con los
Reyes, al mismo tiempo que dictaba cartas llenas de fantaseos
para que le valieran cuando tuviese que presentarse ante la per-
sona del Grande Kan de Mongolia. Y á todo esto añadía sus
propias oraciones, muy repetidas é insistentes, sumadas con las
oraciones del Rdo. Fr. Pérez y de toda la Comunidad fran-
ciscana.
2«6 —
Colón veló sus carabelas desde la noche del 2 á la mañana
del 3 de Agosto, ni más ni menos que velaban sus arreos de pe-
lear los caballeros andantes en la Edad Media. Esperábase por
todos los marinos expertos un viento favorable á la salida y no
había de faltar la vigilancia suya en tan dichosa espera. Como
desde sitio, cual el altillo de la Rábida, podía observarse mar
y cielo, el piloto con atención sostenida observaba, y parecía en
su observatorio ave agorera de las que presagian el cambio en
los vientos sobre un pie á la cumbre porosa y humedísima del
alto y combatido escollo. La tradición franciscana y los escrito-
res piadosos han puesto aquí un episodio cercano de la leyenda,
que si no tiene histórica exactitud, tiene moral probabilidad.
En punto de las tres, cuando aun brillaban todos los luceros en
el cielo y dormían en la tierra todos los seres , el viento aguar-
dado llegó, difundiendo vida nueva en las venas del descubri-
dor y acelerando con las vibraciones de sus nervios los latidos
de su corazón. Los pinos vibraron, como si lanzaran un cántico
matinal; y las olas comenzaron á ondular blandamente, cual si
latieran, como al soplo de las brisas, al soplo de la esperanza
y del amor. Colón despertó al P. Juan Pérez, el P. Juan Pérez
al niño Diego, y los tres fuéronse á la iglesia en busca de auxi-
lio celeste y de conhorte religioso para las necesarias terribles
separaciones y para el misterioso viaje. Como en la inmensi-
dad etérea lucían las estrellas, en el reducido templo lucían las
lámparas. El fulgor de aquéllas esclarecía los derroteros del
Océano y el fulgor de éstas esclarecía los derroteros del espíritu.
El fraile se revistió y dijo en el altar mayor, ante la Virgen escla-
recida por lámparas y cirios litúrgicos, el santo sacrificio. La misa
que se decía delante de los altares ; la campana que resonaba en
el espacio silencioso; la ola que despedía dulce rumor á lo alto;
el pino que vibraba como si quisiera murmurar una oración cris-
tiana; el tomillo y la salvia que confundían sus bocanadas de
aromas con las espirales del incienso; los rezos del niño lloroso
al pensamiento de la separación y los píos armoniosísimos de
— 287 —
las alondras anunciando ya el nuevo día; las brisas del aire y
los versículos del ritual; el áureo cáliz resplandeciendo dentro
del templo al par que resplandecía fuera el matinal lucero, como
destello de la luz ideal el uno, y como destello de la luz material
el otro; las evaporaciones lanzadas por el Océano y las lágrimas
por el profeta vertidas; todo cuanto sucedía en esta mañana
creadora, todo compenetraba el espíritu con la Naturaleza y
confundía las criaturas unas con otras en los senos de su divino
Criador.
¡Cómo rezaría Juan Pérez aquella misa, una de las más augus-
tas y solemnes, si en esto caben grados , que se hayan jamás
dicho en los altares católicos! ¡Y cómo la oiría Colón, pensando
en sus deliquios interiores y en sus adivinaciones proféticas, que
por aquella noche, á las nupcias divinas del alma humana con
el espíritu divino, virgen creación, más bella que la referida por
el Génesis, é iluminada por una luz más hermosa que la luz ma-
terial, por la luz del pensamiento redimido y libre, iba en los
mares á surgir, como una evocación de su genio. El paso ante
sus ojos de los divinos misterios conmemorados en la misa de-
bía confortarle para soportar el recuerdo de los dolores antiguos
y apercibirlo para recibir la triste visita de los dolores futuros.
He ahí por qué nunca podrá extinguirse la virtud santa del cris-
tianismo, ni contrastarse la milagrosa influencia suya sobre las
almas, porque, al revés de todas las religiones, divinizadoras de
la fortuna y de la fuerza, ha divinizado la religión cristiana el do-
lor, el martirio, el sacrificio, la pobreza y la muerte. Pasó ante Co-
lón, como ante todos los reveladores, el melancólico cenáculo,
el triste Olívete, la noche del huerto, la venida del ángel con los
acíbares de todas las amarguras en su cáliz, el traidor sueño de
los apóstoles, el beso de Judas, la negativa de Pedro, las blasfe-
mias de Caifas, los insultos en el Pretorio, la calle de Amargura,
las tres caídas, los azotes á la columna, el lazo de los puños, el
clavo de las manos y de los pies, la esponja de hieles en los la-
bios, la corona de abrojos en las sienes, el suspiro de dolor que
288 —
llenó el Universo, la muerte de todo un Dios en la cruz, es decir,
la condensación de todas las lágrimas y de toda la sangre derra-
mada por la humanidad en el triste Calvario de su misérrimo pla-
neta. Después, extáticos los ojos, las manos plegadas, las rodillas
en el suelo, no cabiéndole ya el corazón en el pecho ni la espe-
ranza en el corazón, acercóse á la mística cena y tomó el pan
eucarístico, por cuya virtud, transfundida en sus carnes y en su
sangre la carne y la sangre de Cristo, ninguno de los dolores
pasados podían extrañarle y ninguno de los dolores venideros
sorprenderle ya, pues á medida que crece la grandeza intelectual
y moral en el hombre, también crece la pena y la desgracia en
la vida. El alma de Colón estará por una eternidad en el coro
donde resplandecen las almas de todos los grandes iniciadores
históricos. El carácter intelectual suyo será el carácter intelec-
tual de lo porvenir; una ciencia que no excluya la fe y una fe
que no maldiga la ciencia. Como en el Evangelio de San Juan,
recitado aquella sublime madrugada por Fr. Pérez al oído del
Profeta, será luz material el Verbo divino y Verbo divino la
luz material: lumen de lumiite, Deum veriim de Deo vero. La
ciencia no se mantendrá en abstracciones puras y estériles,
creyendo su ministerio concluido con decir la verdad; tomará
de la fe sus piedades por los desvalidos y proclamará que no
valen cosa los secretos arrancados al misterio eterno, cuando su
revelación marre de algún modo en prosperar el humano bien.
Concluiráse todo esto de que la religión se niegue al racioci-
nio, y de que la ciencia nos condene á la pena capital de una
eterna muerte y de un olvido eterno. La grandeza de Colón
consistía en esto, en el Sursum corda con que respondía su fe
espiritual á todas las negativas, y en la confianza de sí con que
penetraba sin arredrarse dentro de los misterios: que así como
hay fuego bajo la tierra más fría, está Dios bajo la obscuridad
más espesa. Sin aquel nativo entusiasmo suyo, nunca concibiera
el plan inverosímil que ha renovado la Naturaleza; y sin la per-
tinacia en su entusiasmo, nunca lo hubiera cumplido; mas no
— 289 —
debe olvidarse que tal fuerza creadora le provino de la misterio-
sísima suma entre dos factores tan luminosos y tan vivificantes
como la religión y la ciencia.
Semejante al Yima que nos presenta el Zendavesta, lanzóse au-
daz por el camino, donde parecía que se apagaba el sol, y puso
muy lejos el ocaso, robándole así dominios á la noche y espacio
á las tinieblas. Pero conseguía esto porque sus ideas volaban al
mismo tiempo entre las lámparas y entre las estrellas, calentán-
dose así al rayo luminoso del humano saber como al místico
fuego del divino altar. Colón se había refugiado en sí mismo cuan-
tas veces lo tendiera derribado por el suelo frío la desgracia im-
placable, y en sí mismo había encontrado la esperanza; porque,
cual en lo más hondo del Universo, en sí mismo había encon-
trado también á Dios. ¿Nos extrañará que haya sido iniciador
quien combinaba los números con los astros y los astros con
las ideas y las ideas con los intereses.? ¿Nos extrañará que haya
hecho hablar á la esfinge de una tierra callada y oculta quien
uniera con el dogma el cálculo y á las abstractas operaciones
del matemático juntara las prácticas piadosas del creyente.'* Así,
este revelador Hermes ha descifrado jeroglíficos del Universo
inscritos en las entradas tormentosísimas del mar tenebroso por
la mano del destino antiguo, los cuales jeroglíficos, al caerse y
disiparse bajo el conjuro de la palabra del descubridor, nos mos-
traron á una con ríos tan grandes como nuestros mares y monta-
ñas tan enormes que parecían levantar el cielo á mayor altura y
floras extrañas y perlas sinnúmero y gentes sin pecado, como si
nos hubiera devuelto á la triste descendencia de Adán el perdido
paraíso. Los velos que ocultaban esa Isis del mar, á la cual de-
nominamos América por designarla con cualquier nombre, ja-
más se hubiesen rasgado, si Colón, al mismo tiempo que calcu-
laba, no hubiera creído.
Así, cuando terminó de oir misa y de tomar la comunión, sin-
tióse más fuerte. Y bien lo había menester; porque le inundaban
las lágrimas el rostro y le rompían los latidos de su corazón el
19
— 290 —
pecho al separarse y despedirse del fraile que le asegurara la
realización de su empresa, del cosmógrafo que la esclareciera
con sus ideas, y sobre todo del hijo de sus entrañas, que le par-
tía en pedazos con sus besos, y con sus lloros y con sus cariños
el alma. Pero precisaba descender á la playa por fuerza, y des-
cendió con resolución, arrancándose á brazos que lo retenían en
la tierra como las raíces al árbol, cuando iban abriéndose ya las
alas de sus velas para conducirlo por el cielo y el mar. Así llegó
bien pronto al muelle de Palos, y cuando el alba iba rayando por
Oriente, la nao capitana se acercó á recibir con verdadera ma-
jestad al nuevo argonauta. La vibración de cuerdas y lonas, el
movimiento de tripulaciones y aparejos, el silbato de contra-
maestres y el grito de marineros, propios á las preparaciones del
zarpar, divulgaron las señales de partida por el aire y atrajeron
la gente ribereña, siempre madrugadora, por la costa, en el vivo
natural deseo de ver la operación curiosísima y despedir á los
expedicionarios, de todos naturalmente amados. Imposible com-
prender estas despedidas en los pueblos marineros como no se
hayan alguna vez presenciado. Las ausencias y separaciones fre-
cuentes en los trabajos marítimos acrecientan el amor en la fa-
milia y este acrecentamiento del amor los dolores anejos á las
terribles separaciones. Así, mientras los marineros movían el
estruendo natural á la ejecución de sus maniobras, oíanse gritos
de tiernas despedidas, ayes lanzados por las almas y mal repri-
midos por las enronquecidas gargantas, sollozos de mujeres des-
esperadas acompañados por lloros de niños, los cuales se dolían,
sin saber por qué, avisados de un instinto, cuyas revelaciones
les decían también cuánto y cómo tenían que llorar ellos en la
vida por la tristísima herencia de penas y dolores, en verdad
aceptada sin beneficio de inventario. Cuando Colón pasó del
esquife á la carabela y se levantaron las áncoras, un escalofrío
general recorrió el cuerpo de los tripulantes que se iban y el
cuerpo de las personas que los despedían. Al dolor, engendrado
por todas las navegaciones, uníase ahora en ésta la incertidum-
— 291 —
bre del resultado, sólo propia para generar la perplejidad en los ■
ánimos, esa perplejidad llena de verdaderas angustias. Sabían
de dónde iban; pero así que, tomado el rumbo á Cádiz, y tras
Cádiz á Canarias, y tras Canarias al Occidente, dejasen tales
islas, recién conquistadas unas, y otras por conquistar todavía,
desconocían todos el derrotero que iban á seguir y á dónde
llegarían y en cuánto tiempo. La cruz flotaba sobre aquella nao
capitana, que iba zarpando hacia lo desconocido, hacia lo igno-
rado, hacia lo misterioso, quizás todo ello impenetrable, quizás
todo ello inaccesible, quizás á la inteligencia humana superior c
inaquistable por la humana voluntad, como lo infinito que nos
rodea, como la eternidad en que todo se sucede, como el ideal
de perfección adonde nos dirigimos de continuo sin llegar jamás,
como el más allá de todos los deseos y de todos los afanes y
de todos los esfuerzos y de todos los anhelos á que nuestra
vida entera se dirige y se alza, volviendo á caer sobre sí misma
dentro de su límite y de su lecho, á la manera del mar embra--
vecido y encrespado, que los huracanes del cielo baten y levan-
tan en tormentosas aguas, las cuales como que quieren apagar
los astros y luego tornan dentro de su inmenso lecho á caerse y
á callarse.
Ya hemos dicho en otra ocasión que la carabela se prestaba,
como ningún barco del tiempo , al hercúleo esfuerzo de las ex-
ploraciones oceánicas y al hallazgo de los territorios apartados.
Harto resistentes y grandes para el fin de contrastar las altera-
ciones y embates oceánicos, eran también harto Hgeras y estre-
chas para reconocer la desembocadura de los ríos y bogar entre
orillas mansamente. Sin embargo , según el sentir de maestros
en las artes náuticas, llamábase carabela, por regla general, en
tiempo de Colón á todo barco de carga, cualesquiera que fuesen
sus dimensiones y su resistencia. «Embarcación de una cubierta,
larga y angosta, con un espolón á la proa», dice nuestro Diccio-
nario de Autoridades, al cual consultamos como á un oráculo del
idioma nacional, definiendo la palabra carabela. Esta definición
— 292 —
verdaderamente no puede sufrir ningún reparo en su primera fór-
mula," si hemos de atender á cuanto dicen tratados de náutica es-
critos con verdadera competencia. Pero cuando el clásico Diccio-
nario añade que tienen las carabelas tres mástiles iguales casi,
con tres vergas muy largas y en cada verga su correspondiente
vela latina, el reparo surge, pues carabelas llamamos á las tres
embarcaciones de la flotilla mandada por Colón y sólo una lleva-
ba la clase de vela indicada por nuestro Diccionario, la más di-
minuta y frágil, bautizada por ende con el nombre de Niña.
También el Diccionario de Autoridades castellano riñe luego
con los libros clásicos de marinería, cuando asegura que apare-
cen como de mucho peligro las carabelas, pues á causa de su li-
gereza vuelcan pronto, si no se cambian con grande celeridad
las velas, que son uniformes, mientras maestros en mar, en
ciencia y experiencia náuticas, las presentan hoy como resis-
tentes y fortísimas para los menesteres de aquellos tiempos.
Ochenta toneladas le reconocen á la carabela colombina los
más, y una popa cuadrada concluida por un castillo alto en con-
traposición al de proa, mucho menor y con velas recuadradas
unas y latinas otras generalmente. Sin embargo, la definición de
un maestro en estas cosas hace las carabelas mayores que lo
generalmente de sus dimensiones creído, y las describe como
«de marcha rápida, de construcción sólida, de dos castillos alte-
rosos á popa y proa, de tres palos verticales y bauprés , aparejo
redondo en el mayor trinquete y mcsana latina.» Unos dicen
que andaban veintiocho leguas en cada veinticuatro horas y
dicen otros que andaban hasta setenta y dos. Yo he visto con
mis propios ojos en la Biblioteca Colombina las carabelas de
Colón perfectamente dibujadas. El descubridor mismo las ha
trazado con aquella mano firme, de antiguo hecha, por su oficio,
al dibujo de mapas y derroteros y objetos marítimos, con una
indudable fideUdad. Hállanse copiadas sobre la primera Década
de Angleria, que se conserva entre los Ubros más preciosos del
segundogénito de Colón, su Fernando. La desproporción de
— 293 -
dimensiones entre las naves á primera vista salta y con la des-
proporción de dimensiones la diversidad completa de aparejos.
La Santa María excede y aventaja mucho á sus compañeras en
forma y en grandeza. El aparejo suyo aparece mucho más com-
plicado que los correspondientes á las otras. Velas cuadradas
penden del palo mayor y del palo segundo. Una latina se tiende
á popa. La diferencia de altura entre popa y proa muy enorme
á la simple vista parece. La Pinta en el dibujo resulta una espe-
cie de término medio entre la Santa María y la Niña, más pa-
recida por su arboladura y por su cordaje á la primera que á la
segunda. Por fin , la Niña se parece mucho á los laúdes pesca-
dores y mercantes de ahora, como que sus latinas velas traen á
las mientes aquellas ligerísimas embarcaciones, frecuentes por
las aguas del Mediterráneo, cuyas blancas lonas, heridas por los
rayos de un sol meridional, aparecen gallardas entre las aguas y
los cielos azules, á manera de gaviotas que huellan con las puntas
de sus alas aquella superficie luminosa rizada por un oleaje lige-
rísimo y blando. Desde luego cada embarcación llevaba el nú-
mero de tripulantes con arreglo á su capacidad y á su impor-
tancia. En la nave capitana iban por compañeros del Almirante
un maestro, como Juan Cosa, natural de las montañas cantábri-
cas, muy curtido por aquel turbulento mar; un físico de Moguer,
maestre Alonso, provisto de todas las experiencias permitidas
por los deficientes medios de observación que había en su
tiempo; un alguacil mayor de Córdoba; un repostero de los es-
trados Reales; un paje de corte y un escribano de armada; un
judío converso como intérprete; un veedor, llamado así por estar
adscrito en las ciudades y villas para reconocer si estaban á ley ú
ordenanza conformes las obras de cualquier gremio y oficina de
bastimentos. Así, en el segundo libro de los Reales ordenamien-
tos valía veedor lo mismo que visitador; y la voluntad clara del
Rey era diputar cada año personas discretas, las que fueran me-
nester, por veedores para que visitasen tierras ó provincias. La
Pinta llevaba muchos marinos, casi todos naturales de Palos,
— 294 —
-mientras algunos tan sólo de Moguer. Por el carácter de las sen-
das tripulaciones veíase cómo la Santa María llevaba el go-
bierno de todas y la Pinta el mayor número posible de marine-
ros muy expertos en cosas anejas á su difícil oficio. En menor
número la Niíia, llevaba una tripulación semejante á la congre-
gada por Martín Alonso Pinzón en la Pinta. Contábanse junto á
los avezados y expertos en el mar, un cirujano, un platero ensa-
-yador, un explorador natural de Irlanda y otro natural de In-
glaterra, con varios labriegos y campesinos de regiones adentro»
extremeños, andaluces, manchegos, y aun castellanos viejos.
-Verdaderamente , aquellos hombres tenían corazón de acero , y
despreciaban la vida con profundo menosprecio, arriesgándose
á una expedición semejante. Los marinos anteriores á ellos con-
taban con advertencias más ó menos ciertas y tradiciones más ó
menos seguras que á sus empresas los guiasen. Ulyses, en quien
personificó Grecia los trabajos y amarguras del mareante, reco-
-rrió un corto espacio ; Jason se apartó muy poco del suelo pa-
trio y del hogar paterno; Alejandro mismo recorrió continentes
-muy conocidos por la geografía de su tiempo y muy estudiados
por la ciencia helénica , poniendo sus pies en tierra consistente
y sólida; mientras estos marinos españoles á una se lanzaban en
los abismos de inexplorado mar, que creía inexplorable la uni-
versalidad de las gentes, y por ende imposible la vuelta desde
ellos, como veían su ingreso defendido por apocalípticas espadas
de ángeles exterminadores , muy semejantes á los puestos por la
tradición católica en la postrimer jornada de nuestra cansadísima
tierra. Tentar á Dios ; llamar al diablo ; caer en una sima seme-
jante al infierno; por mar tenebroso extenderse, de plomo de-
rretido quizás compuesto, y en atmósfera caliginosa envuelto,
como en paño fúnebre; tropezar con jamás vistos monstruos
abortados por satanescos misterios : he ahí cuanto encontraban
como aguijón y estímulo y espoleo de su empresa los compa-
ñeros de Colón en el momento de zarpar desde sus tierras , tan
conocidas y tan amadas, para sumergirse como piedras mágicas
— 295 —
en abismos insondables. Aquel viaje únicamente podía compa-
rarse con los viajes fantásticos pintados durante la Edad Media
por medio de litúrgicos círculos y esferas de un mundo sobrena-
tural y diabólico. Todavía Colón llevaba consigo su ciencia, sus
adivinaciones, las facultades correlativas con el ministerio que
debía desempeñar en la naturaleza y con el fin que había de
cumplir en la sociedad y en la historia; el sentimiento interior
de su grandeza y la vista certera de una creación que tocaba con
sus audaces manos de atrevido explorador y que contemplaba en
sus intuiciones milagrosas de inspirado profeta; por lo cual no
retrocedía delante de ningún obstáculo, ni desmayaba por con-
trariedad ninguna, ni hacía caso del sofisma, ni se amedrentaba
por las amenazas, ni se retorcía en el potro de las calumnias,
viendo siempre aquellos mares orlados de perlas, aquellas minas
preñadas de metales preciosos, aquellos bosques de canela y
otras olorosas especias, aquellas cresterías de brillantes y esme-
raldas sobre las cordilleras, aquellos empedrados de plata y
aquellos templos de oro macizo , tras todo lo cual iba desalado
en alucinaciones, cuya magnética influencia le inspiraban una
seguridad en sí mismo y una certidumbre de su obra, del éxito
afortunado y del seguro logro, que nos explican su fe vivísima
y su esperanza inalterable. Pero ¿qué tenían los compañeros?
Únicamente su valor.
CAPÍTULO XVIII.
VIAJE DE PALOS Á CANARIAS.
ONVIRTAMOS los ojos al comienzo del viaje. El pueblo
perdió pronto las carabelas de vista por lo sinuoso
, de la costa; mas el franciscano Fray Pérez y sus
compañeros las observaron tres consecutivas horas en el Océano,
hasta que una distancia larga borró sus líneas tras la línea del
horizonte sensible. Alas primeras singladuras, avistaron estos
buques, portadores de tantas promesas para lo porvenir, otros
buques portadores de odios y de rencores provenientes de lo
pasado. Con efecto, una de las últimas naves que transporta-
ban allende los judíos expulsos de nuestra España por la into-
lerancia religiosa, personificada en el odioso Tribunal de la Fe
recién establecido, cruzaba cerca de la flota ida en pos del
Nuevo Mundo para renovar la creación y ofrecer un seguro al
principio de la humana libertad renaciente y un templo al Dios
de la conciencia redimida. Como si el sol no saliera para todos;
como si á todos el cielo en sus designios no nos hubiera hecho
iguales; ¡ah! la maldita reacción cometía uno de sus enormes
inútiles crímenes á la misma hora en que surcaba el genio de
la libertad los mares buscando y requiriendo la tierra induda-
blemente surgida para ofrecer su espacio inmaculado á todos
los ideales del progreso. En sus miras estrechas, los poderes
directores de la Edad Media negaban el aire y el fuego á los ju-
— 298 —
dios al instante de abrir la nueva creación á la nueva socie-
dad , según su plan providencial destinada por Dios á concluir
por medio de sus inmortales puritanos con todas las intoleran-
cias y á sumar por medio de sus repúblicas un territorio infinito
á las modernas democracias. Mientras las naves impelidas por
el soplo abrasador de la Inquisición llevaban su cargamento
humano al suelo de África, donde reina todavía la fatalidad
musulmana ; las naves impelidas por el soplo creador de una
nueva idea iban á traer con una inconsciencia y una indelibera-
ción sublimes al escenario de la Historia el continente de la
idea progresiva inspirada y animada por el Espíritu Santo de la
libertad. Colón tornó el derrotero hacia Cádiz y desde Cádiz
hacia Canarias. Puesta la proa de su nave capitana con certera
y firme resolución á Occidente, descendió al camarote y co-
menzó su Diario. Alma religiosa, inscribe al comienzo de tan
excelso memorial, como letras primeras, el sagrado nombre de
Cristo. Y hecho esto, invocado así el protector divino de su em-
presa, enlaza la obra que acomete con las obras que le han pre-
cedido, y cual si viera por adivinación intuitiva de qué suerte
misteriosa iba el género humano á unir con la toma de Granada
el descubrimiento de América, refiere cómo vio brillar la cruz
traída de Toledo en el torreón de la Vela, y despedirse los Reyes
moros de su edénica ciudad vencida, prestando acatamiento á
los Reyes cristianos que coronaban en aquel minuto supremo la
unidad española. No sé quién ha tachado la Introducción al Dia-
rio de fantaseadora y enfática por estas reminiscencias, cuando
no hay cosa que determine á las grandes empresas para lo fu-
turo como las grandes empresas intentadas y concluidas en lo
pasado. La invocación al Catolicismo y la invocación al Rey
habían de acompañar todo descubrimiento, porque se nece-
sitaban entonces aquellas dos grandes unidades , como dos nú-
cleos á cuyo centro reunir el semillero innumerable de territo-
rios nuevos en el globo terráqueo y la constelación luminosa de
almas nuevas en el espíritu humano. Á la Iglesia tenían que pe-
— 299 —
dir ideas los descubridores para educar los hombres nuevos y á
la Monarquía fuerzas para someterlos, dado aquel minuto de los
tiempos, aquel término de la serie, aquella fase de la universal
evolución histórica. Por medio de intuiciones veía todo esto
Colón y colocaba su obra increíble so los sendos amparos de la
Religión y de la Monarquía. Pero seguidamente recuerda y fija
el objeto de su expedición. Y, al fijarlo, evoca la sombra que
llena todos los caminos del Oriente, la sombra de aquel gran
Kan, rey de los reyes y señor de los señores, quien, desde su
áureo palacio erigido en el fondo de Tartaria, pidiera mil
veces el bautizo cristiano, que iba en este momento á en-
contrar por virtud y obra del viaje, cuyo dietario él comienza,
y que no es el antiguo viaje á Oriente por tierra, sino por mar,
y por un mar hasta entonces de nadie conocido ni surcado.
Y en seguida , entre todos estos espléndidos horizontes de
ideal y todas estas reverberaciones de gloria, surgen (dejaría
de ser hombre Colón si alguna debilidad no le aquejase) los
dos demonios de su vida, el deseo de lucro y el deseo de mando.
Y así, recuerda que le han permitido los Reyes recibir tratamiento
de don, revestirse con los títulos de Almirante y de Virrey, ama-
yorazgando todo ello con hereditario vínculo en sus herederos
y sucesores, hasta la última generación. «Así, habla Colón, que
después de haber echado fuera todos los judíos de todos los
reinos y señoríos, en el mismo mes de Enero, mandaron vues-
tras Altezas á mí que con armada suficiente me fuese á las
Indias; y para ello me hicieron grandes mercedes y me ano-
blecieron que dende en adelante yo me llamase don, y fuese
Almirante mayor de la mar Oceana , é Visorrey é Gobernador
perpetuo de todas las Islas y Tierra Firme que yo descobriese
y ganase y de aquí adelante se descobriesen y ganasen en la
mar Oceana, y así sucediese mi hijo mayor, y así, de grado en
grado, para siempre jamás. >
Con leer la Introducción al Diario hay de sobra para persua-
dirse á la estimación merecida por su autor, cuyo talento teles-
— 300 —
cópico para ver lo sobrehumano y lo misterioso no empecía, no,
al talento microscópico para ver y estudiar los más vulgares pro-
vechos. Pero el Diario no sólo sirve al conocimiento de los mó-
viles que determinaron la obra; sirve al conocimiento del des-
arrollo que la obra tuvo cada día. Los tres primeros de navega-
ción aparecen felicísimos. Habiendo salido el viernes, en sólo un
día, en el domingo subsiguiente, anduvieron, contado el andar
en leguas castellanas, muy cerca de medio centenar. Mas, al
cuarto día, la Pinta corrió peligro por desperfectos en el timón;
y aunque, atentísimo á su deber, llegó á estar muy al habla el
Almirante con ella, no se atrevió á socorrerla por temor á un
choque, facilísimo en el viento que soplaba y en el oleaje batido
por ese viento. Las resistencias y las dificultades por todas par-
tes al paso suelen surgir en cada obra capital de nuestro espí-
ritu ; y cuando no bastan las opuestas por la realidad , impura
siempre, sobrevienen las opuestas por nuestra misma razón y
nuestro mismo pensamiento. Los dos armadores. Quintero y
Rascón, cuyo era el barco, debilitaron adrede su gobernarlo,
para que, maltrecho y desgobernado, no pudiera perderse, cual
en su concepto se perderían los otros dos por las procelas
y tempestades del mar tenebroso. Antes de partirse habían
opuesto los antedichos al viaje reveses y grisquetas. Fió Colón
la compostura del barco á la maestría de su consumado capitán,
Martín Alonso Pinzón, quien ocurrió á ello provisionalmente,
pues la grande avería demandaba cuidados superiores á los que
pueden procurarse allá en las soledades inmensas de alta mar.
No hubo más remedio sino dirigirse hacia Canarias. Y como
el 7 de Agosto faltase de nuevo el timón , adobáronlo y an-
duvieron en demanda de Lanzarote. Pero, habiendo andado
muchísimo, no sabían el 8 dónde se hallaban, y hubo entre
los pilotos marejada de disputas, únicamente apaciguadas por
la ciencia náutica del Almirante, quien les aseguró estaban en
el archipiélago de las Afortunadas. Y, en efecto, abordó en
Lanzarote, y de Lanzarote pasó á la isla llamada Gran Ca-
— 2,01 —
naria ; y de la isla llamada Gran Canaria tuvo que ir á la
Gomera; y de la Gomera que volver á la Gran Canaria nue-
vamente. Su primer idea fué armar otra carabela, vistos los
desperfectos experimentados por la Pinta. Y en busca de ella
requirió la Gomera , sin poder encontrar la nave apetecida.
Así, tuvo que reducirse á cambiar el timón de la Pinta y el
velaje de la Niña. Con buen gobernarlo aquélla y ésta con
velas cuadradas, en vez de triangulares, pudieron á una conti-
nuar la expedición. Y urgía , en verdad, continuarla, pues con
suma insistencia se aseguraba por la generalidad una bien triste
cosa: la estada en senos del islote último canario de una escua-
drilla, por el Rey de Portugal armada, y en los postreros confi-
nes del mar conocido entonces apercibida con empeño á impedir
el paso de Colón. Pero, por mucho que la incansable actividad y
constancia del descubridor pudiera esforzar y aun violentar el
trabajo, entre reparar averías y proveer raciones pasó un mes
entero. Por fin, el 6 de Septiembre dejaron á su espalda los ex-
ploradores el mar conocido y entraron en el desconocido mar.
Abriendo camino, la Pinta navegaba; seguíala de cerca la Santa
María, con sus insignias de gobierno y seguía detrás de ésta la
Niña; pareciéndose aquella navegación verdaderamente á un
poema vivo; y las dificultades encontradas al paso pareciéndose
también á los genios suscitados contra los héroes de todo poema
clásico por aquellos dioses adversos, representantes simbóhcos
del mal, connaturalísimo á nuestra contingencia y disuelto, como
sutil venenoso miasma, por toda la creación.
¡El marl Cosa fácil ahora, tras la exploración de todos los
océanos y el sondeo de todos sus abismos, tras la visita de
todos los rincones del planeta; con las cartas de marear exac-
tas; vencidos los vientos contrarios por la máquina de vapor;
domesticado el titánico Leviatán hasta convertirse de gigan-
tesco marino monstruo en cómodo paquete; la noche ahuyen-
tada por haberse trccado el homicida rayo en suave luz ar-
géntea; encendido un faro sobre la cabeza de cada cíclope.
Í02 —
antes dispuesto á expirar huracanes y gozarse desde sus cabos
inclementes en atisbar los naufragios continuos; cosa fácil dis-
minuir la grandeza del descubrimiento de América y poner
hecho tan extraordinario entre los azares felices de la suerte y
los premios de lotería enviados por la fortuna y por la casua-
lidad arbitrariamente á sus felices y mimados predilectos. Por
esto mismo, por la dificultad invencible de colocarse los que
historian donde se hallan los que viven y luchan, aparece como
un triunfo mágico de la evocación el relato de los hechos trans-
curridos y pasados hace tiempo, en circunstancias opuestas á
nuestro modo de ser, con un medio ambiente de creencias
y de ideas generales más difíciles á la comprehensión nuestra que
los antiguos terrenos geológicos, los cuales, aunque yertos y fosi-
lificados, aun se presentan de alguna manera especial á nuestra
consideración y á nuestra vista. No se puede medir la grandeza
del proyecto, sino con el cálculo de las varias supersticiones que
reinaban en aquel tiempo. Acto de verdadero heroísmo lanzarse
á un mar conocido; imaginaos lo que sería lanzarse á un mar
ignorado. Ver la expedición en un siglo, como el siglo décimo-
quinto, desde las ventajas ofrecidas á las expediciones por los
progresos de cuatro consecutivas centurias, es como ver la tor-
menta marítima y el horrible naufragio desde la segura tierra
firme, dentro de un cómodo y bien aderezado castillo alzado en-
tre jardines y bosques en el tope de las dunas, para que sus
dueños contemplen los espectáculos oceánicos. El mar cono-
cido, el mar explorado, el mar habitual á nuestros ojos, repre-
senta siempre un desierto, movible y cambiante si queréis,
como líquido, pero al cabo desierto, interrumpido por el ave
marina que lo riza con sus alas y por el pez que lo desflora con
su cabeza. Á las pocas brazas ya está en sus senos el abismo y
en sus abismos la eterna noche. Mundo inferior, no podemos
respirar en él nosotros, pues nos amenaza por todas partes con
ahogos y asfixias. A pesar de tanta vida como tiene, sólo nos
reserva la muerte, si á él nos entregamos; y á pesar de tan-
— 303 —
tas aguas, sólo sirve para exacerbar y recrudecer nuestra sed.
La noche, y el abismo, y el silencio, por abajo: he ahí lo que nos
guarda el elemento líquido. Así comprendemos que los occi-
dentales del siglo séptimo creyeran abortos del infierno á los
normandos paridos por la tempestad en sus costas , puestas á
saco por aquellos piratas. Delante del Océano se habían hasta
el Renacimiento detenido los pueblos. No se atrevieron, á pesar
de sus varias navegaciones, mucho con él, ni los fenicios, ni los
cartagineses, ni los griegos, atentos á la costa en sus más atre-
vidas circunvalaciones. El árabe mismo, tan dominador del Me-
diterráneo, le huyó espantadísimo. Al ocaso de las Canarias
había un gigante que jugaba con los barcos á la pelota. El sil-
bido de los vientos del mar, que parecen arremolinarse para dar
al traste con la tierra, pone miedo en el más atrevido y ani-
moso. El fragor de la ola, encrespada y batida por el huracán,
aterra. Y no decimos nada de las mareas fuertes, de los des-
agües tumultuosos, de las espirales traidoras, de los azotazos
eléctricos, de las trombas horribles, de los desatados huracanes.
El que no ha visto una cordillera de olas, coronadas por crestas
de hirvientes y alteradísimas espumas, desde los hondos surcos
donde la nave se sumerge al descender entre torbellinos á lo
profundo, y no ha oído el fragor de los diluvios y el estruendo
de los rayos, desprendiéndose desde las tormentosas alturas, no
ha visto el infierno frente á frente. Ningún campo de batalla,
ninguno, adolora y aterra, como adolora y aterra el naufragio,
porque hay una gran diferencia para nuestro cuerpo, entre
caer sobre la tierra de donde provino, como de una madre, y
caer bajo la muda é incansable voracidad de los peces , todos
enemigos. Hasta las nubes, amigas en los campos del hombre, se
asemejan, cuando en la mar se congregan y anuncian la tormenta,
de suyo á gigantescas aves rapaces, venidas desde otro mundo
apartadísimo á devorar el nuestro. Y lo repito: si pasa esto en
mares conocidos, ¿qué no temerían los tripulantes en la flota ex-
ploradora del mar desconocido.? Se necesita la codicia de oro
— 304 —
despertada en el Renacimiento por todas partes para empu-
jarlos al abismo. La Naturaleza pone como una estrella de
guía el oro al término y logro de tales proyectos, Y como la
química moderna jamás encontrara los elementos de vida, que
hoy enriquecen la industria, sin los fantaseos de la increíble
alquimia, empeñada en forjar oro puro dentro de los crisoles
diabólicos, el descubrimiento de las nuevas tierras jamás se
iniciara y consiguiera si el oro no hubiese brillado como un mis-
terioso astro, como un punto Norte, como un centro de atrac-
ción, allá en los lejanos cielos y tras los ignotos mares. Por él
hemos ceñido España y Portugal con nuestros brazos el pla-
neta entero, y levantádonos juntos á sembrar, como dioses, de
soles nuevos y nuevas constelaciones lo infinito. Nada menos
extraño que los terrores de la tripulación aquella, cuyos espas-
mos la hicieran retroceder cien veces, á no haber mediado en
el intento una inteligencia tan clara como la del Almirante y
una voluntad tan entera como la de su segundo Martín Alonso
Pinzón. Todo cuanto á la fe viva y á la inspiración creadora y
á la inteligencia superior y al ideal deslumbrante y á la espe-
ranza y á las adivinaciones, y á las profecías tocaba en aquel
viaje creador, iba seguramente con Colón; pero la experiencia
náutica, el arreglo administrativo, la ejecución acertada, las
disposiciones para proveer á todo lo práctico y factible, á todo
lo cumplidero en el detalle último y en el ordenamiento infe-
rior, todo eso iba en aquel vasto plan con Martín Hernández
Pinzón.
Las naturales asignaciones de los méritos, que corresponden
á cada uno de los autores del descubrimiento, aparecen todavía
embrolladísimas , por las pasiones ciegas de unos , por las ideas
sistemáticas de otros , por el empeño en casi todos los historia-
dores de conceder excepcional importancia moral á los informes
y atestiguaciones de un pleito, en el cual, disputados intereses y
sólo intereses, cada litigante arrimaba el ascua con razón á su sar-
dina y cada testigo servía las personales conveniencias de aque-
— 305 —
líos en cuyo pro y por cuyo servicio estaba pronto, no sólo á
disminuir, á ocultar, si era preciso , la verdad. Hay disidencias
en apreciar lo que hiciera el piloto de Genova y lo que hiciera
el piloto de Palos en la invención del Nuevo Mundo , porque se
lleva el temperamento de los justipreciadores, el cargo que des-
empeñan, el pueblo á que pertenecen, la carrera y profesión que
siguen, al controvertido justiprecio. Quién cree que, por marino,
debe poner la técnica sobre la intuición y los experimentos del
experto sobre las revelaciones del profeta; quién que, por cre-
yente, necesita divinizar á Colón y poco menos que creerlo in-
maculado , como la Virgen Santísima, é infalible , como el Papa
católico, en razón de haber aportado un mundo nuevo á la Igle-
sia en la hora suprema en que perdía el viejo por las herejías
enormes del protestantismo y por las tendencias paganas del
Renacimiento; quién, á fuer de librepensador, da tras el Estado,
representante de la unidad reÜgiosa en el mundo moderno, tras
España, y la veja por el hecho capitalísimo, por el descubri-
miento y apropiación de América, imputándole horrible ingra-
titud con quien encontró aquella virgen tierra en el secreto mar
y la extendió á sus plantas cuando en la granadina vega se re-
mataba la obra de su rescate con la cruz de Mendoza nublada
por el humo de la Inquisición; quién, como buen poeta, con-
vierte un descubrimiento de ayer en epopeya religiosa , como á
Colón en litúrgico héroe; quién, por español, cual si la justicia
estuviese con el patriotismo reñida y pudiera en cosa ninguna
empecer el amor de nuestro suelo al reconocimiento y confe-
sión de sus culpas , disminuye á Colón para justificar á España,
como si no hubiese Inglaterra menospreciado á Shakespeare y
maldecido á Byron, Francia negado sepultura decente á Mo-
liere, Italia preso á Galileo y desconocido á Colón, Ginebra,
tan progresiva y tan republicana, quemado á Servet; achaques
á la humanidad congénitos y de los que ningún pueblo se
exime y salva en el curso muchas veces turbio y cenagoso
de toda vida, especialmente de la vida que viven todas las
— 3o6 —
grandes colectividades humanas. Colón aventajaba en ciencias
abstractas, en pensamientos intuitivos, en inspiraciones genia-
les, á su rival, Pinzón; pero su rival. Pinzón, aventajábale segu-
ramente á él en experiencia, en cálculo, en administración,
en aptitudes para el mando, en espíritu de disciplina, en ta-
lentos de organizador, en todo lo ejecutivo y cumplidero y
practicable. Para los gastos de la escuadrilla fué Pinzón consu-
mado hacendista; para el arreo y aparejo de las naves consu-
mado administrador; para la leva y disciplina de tripulaciones
consumado capitán; pero no fué, no, el revelador, calidad ex-
cepcional y suma, reconocida en Colón por el voto de todos los
pueblos y por el transcurso de todas las edades. No sólo adi-
vinó más que nadie y antes que nadie; no sólo padeció como
no había padecido ninguno de sus colaboradores; no sólo re-
clamó y trabajó con aquella tenacidad rayana en monomanía,
sino que creyó; y cuantos al mismo tiempo creyeron, ó se con-
tagiaron más tarde con los efluvios de sus sentimientos, en-
cendiéronse al calor de su corazón é ilumináronse al éter de
su inteligencia. Y habiendo visto á Pinzón levantar levas que
no consiguieron los continos y corregidores de la reina Isabel;
organizar la escuadra en sólo quince días como no la organiza-
ran Colón y sus agentes en tres meses; proveer á los gastos del
propio peculio, en la deficiencia del dinero procurado por la
corte y por las tesorerías Reales ; conducir la Pinta con averías
tan peligrosas desde Cádiz á Canarias; y tras todo esto, aun
hemos de verle en mejores ocasiones, con mayor brillo, é in-
fluyendo con sumo poder y resuelta decisión en el resultado
último, digamos que, sin achicar un punto la línea esplendente y
alta donde frisa Colón, aun quedan márgenes en el poema de las
exploraciones gigantescas para una tan grande figura como la
colosal del piloto y armador de Palos, quien por sí, no solamente
facilitó la difícil salida, sino que fué quizás el más resuelto, ya
lanzada la escuadrilla en su derrotero, á impedir que retrocediese
y marrara, empleando en ello su firme y poderosa voluntad.
107 —
Desde que zarpó de la Gran Canaria, dirigió Colón el rumbo á
Occidente; y desde que dirigió el rumbo á Occidente con tan
resuelto propósito, sus compañeros convirtieron á Oriente la
vista. Nada más natural. El profeta se regía por sus esperanzas;
los marineros por sus recuerdos. El uno solamente veía la tierra
de quien iba en demanda ; los otros solamente veían la tierra de
cuyo seno amorosísimo salieran. Por la extensión de nuestros
dominios y por la forma de nuestro territorio, habían visto desde
su heroica salida, Cádiz, la estrella vespertina, término sacro,
como una piedra miliaria consagrada por la religión, término
sacro de nuestra patria , y habían encontrado nuevamente otra
España en aquellas islas Canarias que, á guisa de sirenas, los
reclamaban y los retenían para sí con la dulzura de su clima, con
la transparencia de su aire, con la ondulación de sus costas, con
la claridad de su cielo, y sobre todo, con las insignias del do-
minio patrio allí recién establecido, especialmente sobre la Gran
Canaria, siquier no se hubiera dilatado todavía en tal año por todo
el archipiélago. La devoción de aquellos tripulantes al suelo
se acrecentaba en el ingreso de un desconocido mar, donde
iban los cuitados á perderse y abismarse tristemente, sin derro-
teros, sin cartas, sin ciencia ni noción alguna de su camino y sin
idea ni noticia del punto al cual pudieran arribar y del tiempo de
que pudieran disponer. Así Colón se apremiaba con sumo celo
á sí mismo , y apremiaba la diligencia de los cooperadores al
plan , para que pronto dejasen todos á sus espaldas la tierra
conocida, cuyos encantos y atractivos los retraían del mar y los
ataban fuertemente á la ribera. El poema de las navegaciones an-
tiguas personificaba esta propensión del marino á la tierra firme
y estas llamadas de su deber al elemento líquido ; la contrapo-
sición del suelo donde tenéis bajo vuestros pies el sustento de
la vida con el mar donde tenéis bajo vuestros pies el abismo de
la muerte; todas estas luchas de impulsos contrarios, que com-
baten y asaltan á los nautas, repelidos del agua por su natura-
leza terrestre y al agua llamados por su deber moral, todas ellas
— 3o8 -
las personificaba, como decíamos arriba, el poema de las nave-
gaciones antiguas, la Odisea, en la hermosa Calipso, que impide
los viajes de Ulises, en la prudente Nausicaa, que halaga con su
tierna hospitalidad al rey piloto, en aquellas sirenas que lo re-
quieren á una con suaves cánticos para que se lance en sus
brazos y en sus brazos se quede. Pues aquello mismo, tan
poéticamente descrito por Homero, temía Colón, á saber: que
las Canarias, en guisa de sirenas , retuviesen á los navegantes,
desorganizando por completo la compañía, con tanta dificultad
reunida y tan opuesta de suyo al fin para que fué aparejada.
En primeros de Septiembre dejó tras de sí el archipiélago y se
abismó en el mar. Urgíale tanto más esta determinación, cuanto
que se trocaban á la vista de sus compañeros los más naturales
fenómenos en celestiales advertencias. Por claras noches, como
las noches semiandaluzas y semitropicales de Canarias; en cielo
transparente, donde los luceros á una con mágicos rayos brillan
y centellean; al espléndido borde de un mar tan diáfano como el
cielo y tan por extremo sensible á todos los besos de la luz; el
cono violáceo de un estriado volcán en purpúrea erupción, como
el volcán de Tenerife, que parecería un sol nuevo formándose
allá en lo infinito, con llamaradas productoras de irradiaciones
semajantes á iris entre nubes ligeras y aeriformes de rojizas huma-
redas, por enjambres de aerolitos circundado, que habían de se-
mejarse á un estallido de planetas y á una vía láctea incandescen-
te; un tan espléndido espectáculo prestábales horroroso terror
pánico, porque creían al encendido monte un cíclope colocado
allí por Dios sobre las puertas últimas del mundo conocido, para
cerrarlo é impedir todo el paso al mundo desconocido , por su
providencia oculto en la líquida y desierta inmensidad inase-
quible al hombre, de igual manera que allá en los paraíso y ede-
nes de la religión era inasequible y estaba prohibido el árbol de
la ciencia, cuyo temerario conocimiento pagaran ¡ay! nuestros
primeros padres con el dolor y con la muerte. Colón debió mos-
trarles cómo las supersticiones los engañaban y cómo aquellos
— 309 —
mismos fenómenos se repetían en costas entonces tan conocidas
como las costas del Tirreno y sobre los bordes tan estudiados
de tierras como Italia, Sicilia y Grecia. Pero, aunque se calmara
por el pronto, al bálsamo de su maravillosa elocuencia y al ejem-
plo y recuerdo de otras erupciones análogas, el terror aquel; un
accidente cualquiera, una circunstancia imprevista, un caso for-
tuito podía reanimarlo, perdiéndose todo y todos á la terrible
sacudida de sus espasmos. Las colectividades superan en instinto
de conservación á los individuos. La idea nueva siempre aparece
allá en lo más alto, como un astro de primera magnitud, solitaria
isla de luz en océanos de sombras. El recelo de un pánico en la
tripulación y de un combate con las naves portuguesas aceleró
la partida.
Pero les había costado mucho zarpar y separarse del archi-
piélago de Canarias, Veían la segunda nave, \a Finía, de tal
suerte maltrecha, que deseaban dejarla en aquella costa para su
carena y arreglo, reemplazándola con cualquier otra. Parecía
natural el debido logro de sus esperanzas y deseos, atento el
excepcional ministerio desempeñado por aquellas islas, tan ape-
tecidas de Portugal , en el objeto y fin magnos de la explora-
ción del mar tenebroso. Los bateles, enviados á tierra de Gomera
desde la nao capitana, volvieron pronto, sin haber hallado nin-
guna otra nave y sin haber sabido más noticia sino que aguar-
daban, según dice Fernando Colón, allí á D.'' Beatriz de Boba-
dilla, señora de la isla, quien iría en el navio sevillano Grajeda,
capaz de cuarenta toneladas y muy á propósito para el teme-
roso viaje. Pero D.'* Beatriz no llegaba nunca; y el Almirante
sólo tropezó con un carabelón, acabando por convencerse de lo
imposible que resultaba el aquistamiento de buques y por per-
suadirse á una marcha pronta y á una separación indispensable
de aquellas seductoras sirenas. Como él mismo en su Diario
dice, la Pinta quedó adobada el 2 de Septiembre, y convertido
su aparejo en redondo , de latino que era. Mas la presencia
larga en el archipiélago de las Afortunadas corroboróle más y
— 310 —
más en su idea del hallazgo de las codiciadas Indias por su dere-
cho camino al ocaso. Muchos hombres honrados y españoles
dice Cristóbal Colón en los comienzos de su Diario ^ al servicio
de D.^ Inés Peraza, madre del que fué después Conde titular de
la Gomera, avecindados en la Isla de Hierro, juraban por su ho-
nor, en Dios y en conciencia, ver cada un año, durante ciertas
estaciones , tierras firmes occidentales , tan de bulto y relieve á
los ojos, que parecían accesibles también á las manos. Y unía
con estas noticias dadas por los canarios Colón otras de su pro-
pia cosecha y acervo, como que, hallándose de larguísima estada
en Madera, cierto isleño fiaese á Lisboa, y le pidió al Rey de
Portugal una carabela con ánimo de dirigirse y abordar á vecina
tierra, la cual veía de continuo entre los celajes del horizonte y
las evaporaciones del mar. Con efecto, las refracciones del aire,
así en los océanos como en los desiertos, fingían estos conti-
nentes aéreos, tomados unas veces por la imaginación y otras
veces por la esperanza de los comarcanos aquellos como efec-
tivos y reales, hasta el punto de idear numerosas navegaciones
en su busca y requerimiento, al término de las cuales recogían
sólo tristísimos desengaños. La ilusión llegó al extremo de ge-
nerar una certidumbre tal sobre la existencia y una confianza
en el hallazgo, que todos estos espejisrpos, bautizados con deno-
minaciones varias, inscribíanse á una en los mapas y constaban
como verdaderos en las tradiciones ribereñas. La física moderna,
en sus revelaciones del éter y de la luz, ha dado la razón de ta-
les fenómenos atmosféricos y aéreos. Mas ¿no demostraba esto
que así cual sobre los capullos de las flores en primavera discu-
rren las mariposas, como anunciando el fruto lejano, discurren
las ilusiones y las esperanzas sobre todos los apartados horizon-
tes de una realidad viva, que se acerca y se cumple á despecho
de todas las dificultades y de todos los obstáculos, sirviendo
para prestar en los pilotos aquellos en sus esperanzas é impeler
los barcos más con estas esperanzas del espíritu que con las
brisas del cielo?
CAPITULO XlA.
EL MAR TENEBROSO.
L día 6 de Septiembre dejaban tras de sí el archipié-
lago y se metían en el Océano infinito é insondable.
No fué sino muy costosa la demanda y requerimien-
to de aquel abismo. Una calma chicha reinó que semejaba má-
gico sortilegio de las islas para retenerlos. En tres días anduvie-
ron bien pocas singladuras. Las velas semejaban alas mojadas
en el agua salobre y caídas en una inercia invencible. Sobre tal
espejo del mar, bajo aquel cielo que parecía como turquesa con-
vertida en rotonda, tras las reverberaciones del transparente
aire, las tierras, de que se despedían, tomaban esmaltes, á cuyos
toques en los ojos los corazones movíanse uniformes y unísonos
al deseo de la estada en una eterna contemplación que les pre-
servase del misterio donde se habían sumergido. Por ñn empezó
á soplar una brisa favorable del Oriente que convirtió los bar-
cos, antes inmóviles y pesadísimos, como cantos, en rápidas fle-
chas. Á este impulso toda lá tierra se perdió de vista y los explo-
radores se hallaron entre los mares y los cielos como suspensos.
Colón alzó á Dios su pensamiento, aromado en misticismo pro-
fundo, y le dio gracias por haber extinguido las inflamadas
líneas terrestres, cuyo atractivo divertía los perplejos ánimos
— 312 —
del fin deseado. Así, aquel viento alisio le oreaba el atezado
rostro, le recomponía los nervios descompuestos, le animaba
la sangre y le aceleraba el corazón. Pero no determinaba, no,
así el ánimo de los marineros; y no ejercía en ellos igual influen-
cia: todo lo contrario, los amedrentaba también. Y los amedren-
taba, porque la constancia de sus soplos, provenidos del mismo
cuadrante siempre, les hacía creer que los alejaba indefinida-
mente de la patria y del hogar, á cuyo seno jamás podrían volver
contrastados por el embate de una fuerza que deshacía todo
esfiierzo empleado en marchar contra ella, imposibilitando la
vuelta. Los planes de Colón suponían la esferoicidad del pla-
neta. Sólo en una esfera, siquier fuese achatada, podían encon-
trarse las tierras de Oriente marchando hacia Occidente. Pero
la idea de una tierra esférica contradecía el sentido común en
aquel tiempo, que, al creerla planísima, estaba en el caso de
creer también imposible todo regreso, huyendo por la recta del
plano al punto de partida, cada vez más distante. Conocedor el
astuto genovés de la grandeza y cuerpo tomados por los terrores
á medida que crecían las distancias, llevaba dos cuentas , una
para sí , otra para los demás; una pública, otra callada; una fiel,
otra mentida. En la exacta inscribía el total de leguas que real-
mente anduviera, y en la otra mucho menor número, con cuya
industria disminuía los recelos y moderaba las impaciencias de
sus muy susceptibles compañeros. Pero en esto le sobrevino
accidente inesperadísimo. La guía certera, que siempre mira en-
tre las innumerables constelaciones y en la infinidad del espacio
á un solo punto, al Norte, permitiendo en medio de las variacio-
nes del movimiento la fijeza indispensable al marino viaje, la brú-
jula, comenzó á desviarse un tanto y á oscilar. Así creyéronse los
tripulantes perdidos é imaginaron que aun lo más fijo cambiaba
para ellos, y lo más inmóvil se removía, cual si la tienda del
cielo se replegase de sobre sus cabezas, la estrella polar se abis-
mara en lo infinito como una piedra lanzada en las aguas, y
Dios no los tuviera por hijos y les enviara plagas y maldiciones
— 313 —
como á todos cuantos intentaban medirse con su sabiduría y
con su omnipotencia. Colón conoció que necesitaba explicar tal
causa de perturbación, como había explicado los volcanes. Pero
la explicación parecía más difícil á causa de que los volcanes
presentaban otros ejemplos, y la desviación del imán resultaba
imposible de comprender ni explicar por antecedente ninguno
y por ninguna experiencia. Hay quien afirma que no podían
el piloto de Palos y el piloto de Genova ignorar un fenómeno,
como la desviación de los imanes, sobre cuya existencia se
cree que había memorias en aquella biblioteca vaticana, llena de
tratados astronómicos y náuticos, indispensables á quien, como
el Pontífice, aspiraba por su religioso poder y autoridad á domi-
nar en todo el mundo. Pero esta desviación, que se nota según
cada latitud, hasta llegar á la oscilación en el Ecuador, y al cam-
bio en el otro hemisferio, esta desviación podía ser conocida en-
tonces, pero no tenía explicación plausible, como no la tiene
todavía hoy, oculta por completo en los misterios que circundan
como un anillo de sombras tantos y tantos hechos registrados y
reconocidos en las luminosas tablas de nuestras ideas. Á esta in-
explicable acción de desviarse la aguja de su centro llamábanle no-
roestear los mareantes. Y Colón lo explicaba, ora por oscilaciones
de la estrella polar, ora porque no estuviese allí en ella misma
el centro de atracción, sino en otro cualquier objeto verdadera-
mente opaco y próximo á su luz, ora por otras mil más ó me-
nos especiosas razones, propias de aquella previsora fantasía, tan
dúctil y tan rica y tan copiosa, que iba despidiendo luces natu-
rales y artificiales, ideas verdaderas ó falsas, como un estallante
volcán. El sabio Alejandro Humboldt, cuando llega en el re-
cuento de las ideas físicas por Colón traídas á la ciencia toda,
se pasma delante de sus adivinaciones en problema tan obscuro
como esta desviación del imán.
La colectividad, el número, cegábanse á la continua; y en
faltándoles así la palabra persuasiva como la mirada imperiosa
del descubridor, volvían á las antiguas sospechas y porfiaban
— 314 —
en sus violentas recriminaciones. Quien espera, desespera, sole-
mos decir en lengua castellana. Sobre los temperamentos meri-
dionales predominan los nervios y sobre los temperamentos
nerviosos las impaciencias. Un hombre del Norte generaliza
menos que los hombres del Mediodía. Nosotros no podemos
ver un principio sin sacar derecha y rápidamente todas las con-
secuencias y no podemos oir un anuncio sin que creamos cum-
plido lo anunciado. Á estas imaginaciones plásticas todo se les
aparece de bulto, Y como Colón gustase de la soledad y se re-
cluyera en misteriosísimo silencio, cual suelen todos los hombres
superiores, la incomunicación entre su gente y él acrecentaba las
supersticiones, enemigas de plan y jefe. Navegando el Almirante,
concentraba toda la reflexiva potencia de su atención en el estu-
dio de cuantos hechos anunciaran la tierra, que se le aparecía cer-
cana, muy cercana. El constante latido de su profundo corazón
revelador; las agitaciones de unos nervios por los cuales toda sen-
sación se transfundía con celeridad; la intuición de su espíritu
profético, se completaban en él con una vista de lince, con un ol-
fato de sabueso, con un oído de gamo, con tal finura de órganos,
que no se perdía una particulilla de aroma, un rumor de cualquier
intensidad, un viso de objeto, si presagiaban la buscada tierra, sin
que lo advirtiera en su observación y lo anotara en sus libros, á
diario trazados, y los guardara en su memoria siempre despierta.
¡Qué matemático para el cálculo, qué observador de la natura-
leza, qué profeta en las esperanzas, qué místico en las oraciones
y en los éxtasis, qué utilitario y casi egoísta en materia de lu-
cros y provechos! Su mirada, como nuestros telescopios y
nuestros microscopios de ahora, veía con igual facilidad lo infi-
nitamente grande y lo infinitamente pequeño en todo lo rela-
cionado con advertencias y anuncios de tierra próxima venidos
del ambiente donde se había como anegado. A lo mejor, si
Pinzón, el más apto entre todos para entenderlo, se le acercaba)
de barco á barco solía dirigirle, ó bien advertencias con la
bocina, muy resonante por la inmensidad, ó bien, por medio de
— 315 —
cuerdas, mapas varios, donde inscribiera Cipango, sita por
aquellas latitudes, dado su erróneo concepto de la extensión del
Océano. Algunas veces , en el menor objeto divisaba la desva-
necida tierra, dentro del abismo de las aguas disipada, la tierra
que denominó Platón Atlántida. Poco después de haber dejado el
archipiélago canario , un mástil roto aparecía en la oceánica su-
perficie, ante cuya vista presagiaron los agoreros el castigo para
ellos aparejado, según tales despojos, atestiguaciones de un
terrible naufragio sufrido por los audaces empeñados en arrancar
al Océano su secreto y romper el misterio donde la divina Provi-
dencia quiso envolverlo en sus inescrutables designios. Unas
cuantas toñinas le servían para confirmar la opinión dada por
Aristóteles en su Historia Natural respecto á la grande abun-
dancia de atunes allende las Afortunadas, conocidas de antiguo.
Un pardalejo cualquiera le aportaba viva profecía. Pagábase
principalmente de las aves menudas y nerviosas, porque no
podían vivir sino cerca de habitaciones y sobre campos, donde
las gramíneas les ofreciesen alimento y los manantiales agua.
Notaba con suma perspicacia cómo no iban las avecillas cansa-
das, y, por consecuencia, no se habían separado mucho trecho
de los lugares habitables, en que únicamente les era dado vivir.
Sobre su pico debían traer señales del fruto picoteado, y aromas
del jardín recién recorrido en su plumaje , y ecos de bosque y
selva en su pío. Pues lo que le mostraban los pardales también
se lo mostraban las ballenas. Á lo mejor aparecían estos cetáceos,
elevando surtidores de sus narices, meciéndose sobre las ha-
macas de aquella dulce oscilación marina; y Colón recurría en
el acto á sus experiencias náuticas y á su Historia Natural de
piloto, mostrando cómo semejantes animales no se apartan
mucho de las costas, porque viven al amor de tierra. En cierta
ocasión, que vio un cárabo pegado á una rama, recogiólo cui-
dadoso en sus redes, guardándolo cual viva demostración de
que había cerca fluviales aguas. Cuando no podía más, tomaba
el mismo líquido que la quilla hendía, y gustándolo con sus
— 3^6 —
labios de alquitara, cotejábalo con el recogido en días y en
espacios más lejanos, de lo cual deducía, de su sabor más ó
menos salobre, la mezcla con afluencias del monte y del campo
vecinos, que todo lo endulzaban. Un alcatraz lo inundaba de
gozo y le sumergía en vividas esperanzas. Llámanse así, alca-
traces, ciertas aves, á los cisnes parecidas, pero más corpulentas
que los cisnes mismos. Entre lila y blanca la pluma; largo el
cuello y flexible; á manera de sierra, por dentado, el pico; pal-
meadísimos los pies; ¡oh! pescan en el mar lo que deben comerse
allá en el campo, según su doble naturaleza campestre y acuá-
tica, llevándose consigo dentro del buche, parecido á zurrón,
los pecezuelos, para digerirlos después á sus anchas bajo los
árboles. Onocrótalos llamaban á estos pájaros los naturalistas
antiguos por sonar á crótalo el repiqueteo de sus picos. Así,
acerca del sueño suyo y de las costumbres suyas en el dormir
y reposarse , trae en la Historia Natural Plinio curiosas y muy
repetidas y muy copiadas noticias. Crótalos llamaban los roma-
nos á las castañuelas, que repicaban ya en su tiempo las baila-
doras gaditanas, como puede verse todavía en unos versos de
Virgilio, describiendo hética danza bajo parral frondoso y ubé-
rrimo, en cierto sesteo romano, dentro de una taberna sombreada
por el ciprés y ceñida por el mirto; versos cuyas cadencias trans-
cienden á manzanilla y Puerta de Tierra ya en aquellos apartadí-
simos tiempos. Como unas castañuelas sonaban los picos de las
palmípedas y como unas castañuelas de alegre, si es permitido
hablar así, Colón se puso al oirlos, porque le anunciaban la pro-
ximidad cierta de lagunas costeras, alimentadas por las ondas
salobres y por las filtraciones dulces, componentes de marismas,
esteros, albuferas, ó como quieran llamarlos. ¡Ah! Lo cierto es
que no podían explicarse los terrores de aquellas gentes sino por
arraigo tan sumamente hondo de las creencias viejas en el alma,
que no acertaba, no, á extirparlas, ni á combatirlas siquiera, la
evidencia. Se creían en el mar tenebroso, poblado de feroces cí-
clopes que iban á devorarlos, y de titánicos Etnas que iban á
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consumirlos; por honduras, en cuyos remolinos el cielo era fune-
rario paño y ios soles nubes de ceniza, y como estridentes cla-
rines de ángeles exterminadores los aires; al borde temerosísimo
de las cataratas, que trajeran con sus desplomes el diluvio, pron-
tas á lanzarlos, al choque de sus rápidas despeñadas aguas, seme-
jantes á trombas del huracán batidas, en los infiernos; se creían
dentro de un colosal Apocalipsis que les anticipara el Juicio
final, donde se hallarían entre los reprobos; y todo les halagaba,
todo: el mar, parecido en lo llano y en lo aromático al Guadal-
quivir so sus bóvedas de azahares ; el viento alisio , que oreaba
los rostros y encendía la sangre y adobaba las fibras; el coro de
juguetones delfines, que saltaban junto á las quillas y el círculo
de terrestres aves que seguían desde lo alto á las velas ; el res-
plandor de la diurna luz, agrandando los horizontes y prestándo-
les una transparencia incomparable y una extensión infinita,
como si fueran empíreo visible sus espacios ; los iris producidos
por la refracción solar en aquellas aguas jaspeadas como la con-
cha de una madreperla ó como la superficie de un ópalo rosáceo;
el aroma, entre salitroso y selvático, disuelto por doquier, y
capaz de alegrar el más apocado ánimo y difundir fantaseos por
las más apagadas imaginaciones; el florecimiento de las criptó-
gamas, extendidas en guirnaldas sin fin, entre cuyas hojas es-
plendían moluscos estriados de rayas, que semejaban facetas de
rica pedrería; el espectáculo mágico de las nubes, pintadas, cual
paletas enormes, por aquel éter tan fácil á quebrar su claridad
intensa en multicolores prismas; el frescor de las corrientes conti-
nuas, bajadas, como inmensos ríos submarinos, desde las nieves
del polo á los hervores del trópico; el amasijo de vida en los glú-
tenes y en las viscosidades y en los infusorios, y en tantas leva-
duras de varias sustancias y en tantos gérmenes de numerosas
especies y en tantas raíces de organismos y en tantos viveros
de infusorios y de corolas y de madréporas como hay por aquel
infinito laboratorio, que debía disuadir á los más apocados de
todo presagio agorero del siniestro sino de una perdición inevita-
ble y de una muerte eterna, imposible cuando el Ser Supremo,
como de una inmaterial atmósfera los rodeaba y les ofrecía
en aquella continua sucesión de tantas perspectivas deslumbra-
doras por lo infinito y en aquellos metamorfoseos múltiples
de la naturaleza, una seguridad completa de que podían entre-
garse á consoladoras esperanzas y encontrar en el seno de tan
vividos ambientes otro mundo mejor. Y no quiero decir nada
¡oh! de la noche; no quiero decir nada de las estrellas tan resplan-
decientes, de las fosforescencias tan hermosas, de las chispas eléc-
tricas lanzadas por los peces, de la infusión luminosa diluida por
el día en las aguas, de los arreboles rojizos del ocaso, de las albo-
radas perladísimas del amanecer, de la estela por las quillas abierta
y correspondiente con la vía láctea en el cielo infinito, del baño
en la luna rielada por los cristales de la superficie oceánica,
parecidos á un cielo que se os extendiera y dilatara bajo los
pies : el profeta compara estas noches primeras de navegación
por las latitudes próximas al Trópico y al Ecuador, con una her-
mosa velada en Andalucía, y solamente le falta, para que la
ilusión resulte perfecta y los goces de la vista y del olfato se
completen allí con alguna melodía, la escala cromática exhalada
por un amoroso ruiseñor.
Esta misma hermosura y tranquilidad, por la cual tanto Colón
se esperanzaba, desesperaba de suyo á los tripulantes, quienes,
en sus naturales recelos, veían al abismo hermosearse con es-
maltes engañosos, para deslumhrarlos mejor antes de perderlos,
en guisa de sirena. La constancia del viento, favorable al avance,
y para la vuelta de una invencible dificultad; la desviación del
imán, en que parecía el Norte mismo abandonarlos al acaso; el
número de leguas andadas sin topar con tierra ; el horizonte in-
acabable y de terrible uniformidad; el medio ambiente todo,
como decimos ahora, compuesto de fluidos y líquidos; cuanto
les rodeaba, parecíales algo así como la entrada en otro pla-
neta, donde no hubiese ningún elemento firme y sólido. De
aquí una instintiva creencia, muy en armonía con su estado
— 319 —
mental propio; la creencia de que, para vivir en aquel medio
cortipuesto de aire y agua, necesitábase, ó ser pez, ó ser pájaro,
todo, menos hombre. ¡Cuan ajenos discurrían de que muy pronto
iban á enredarse los barcos en dificultades y topar con obs-
táculos sobradamente sólidos! En efecto, llegados á cierto espa-
cio del Océano, surgieron hierbas por todas partes, que recor-
daban el musgo de los peñascos; las cuales hierbas eran pura-
mente acuáticas, disponiéndose y combinándose como anudadas
malezas en largos laberintos de follaje intrincado y enredadísi-
mo, flotante al acaso. Estos hierbajos, como el vegetal terrestre
llamado estrella, sin pie ni tronco para que pudiesen mejor so-
brenadar, cargados por frutillas rojas análogas á las del montaraz
lentisco, tendíanse por la extensión del mar, convertido en
prado inacabable, como si por arte de magia ó encantamiento
hubiese cambiado su fluidez en espesa y sólida y extraña vege-
tación. Á marineros ya tan recelosos, navegando mal de su grado,
¡dos tan lejos por un mar sin término, al impulso de un viento
sin mudanzas, fatigadísimos de penetrar con su vista en rededor
suyo sin hallar más signo de animación que los peces varios y
las aves por casualidad llegadas, y bien pronto partidas, ¡ah!
debía parecerles aquella triste alfombra puesta bajo las quillas
una red echada por el diablo á sus naves, una red en cuyas
traidoras mallas iban á quedarse prendidos y enganchados para
siempre. Así murmuraban y murmuraban, produciéndose todos
esos siniestros murmullos de disgusto, en guisa de prodomos
precedentes á los estallidos terribles de la cólera. Cuando con tal
obstáculo toparon, llevaban once días de no haber amainado las
velas un palmo, henchidas á la continua del mismo viento. Y
aunque muchas veces las sondas suyas penetraran en las aguas,
no traían revelación alguna de fondo los incesantes sondeos; y
eso que soltaron más de doscientas brazas en aquellas explora-
doras operaciones. Así, entre lo continuo del viento, lo inson-
dable del mar, lo espeso del sargazo, había para que los temores
antiguos crecieran y para que desatinaran los atemorizados. Muy
— 320 —
sabedores de cuantas consejas y tradiciones andaban por do-
quier acreditadas en achaques, marineros, temían pudiera suce-
derles á ellos lo sucedido al pobre San Amaro, preso con grillos
de hielo, y muerto en su prisión flotante, al internarse con teme-
ridad en el mar glacial, no tan temible como el mar tenebroso.
Difícil hacerles comprender en el estado de la ciencia todos aque-
llos fenómenos. La geología no había sido sospechada todavía.
Fuera de lo dicho por el Génesis y sus comentarios acredita-
dos en las escuelas tomistas; fuera de lo aprendido en el culto
dado por los eruditos entonces á las letras humanas y al poema
naturalista de Lucrecio, y á los trabajos del buen Hesiodo y á
los Metamorf óseos de Ovidio; fuera de todo esto, no había quien
interrogase á las cosas por sus orígenes, y menos quien presin-
tiese cómo unas se derivan de otras en la serie de los seres, tan
sistematizada y en su evolución lógica tan perdurable. Si les hu-
bierais dicho que la creación todavía continúa, y mostrádoles
aquella sirte vegetal con su polen generador de otras plantas y
su polvillo de infusorios petrificándose al transcurso del tiempo,
hasta formar con sus celdillas las madréporas componentes de
islas, y archipiélagos, y tierras, os hubieran creído loco, y cerrado
con vuestra demencia irremediable á burlas, cuando no á golpes.
Unida un tiempo á Europa el África por lo que hoy llamamos
Estrecho de Gibraltar, cual ayer mismo estaba también al Asia
unida por el istmo de Suez , roto á nuestra vista; el coro de ar-
chipiélagos tendido desde Occidente al Nuevo Mundo señala sin
duda larga serie de jalones, cuyas cumbres nos muestran aquel
territorio atlántide, guardado en la poesía y desaparecido en la
realidad, como esos bosques enmarañados de vegetación gigan-
tesca, entre marina y campestre, tan horrorosos á la vista de sus
exploradores primeros, presentan esbozos de la constante vida
universal, elevándose por el organismo inferior vegetativo al or-
ganismo superior animado, en ascensión nunca interrumpida.
Mas, al encontrarse con este nuevo inesperado fenómeno, en el
cual sólo veían un misterio, como en el misterio un abisrho, las
— 321 —
gentes murmuraban á una sin tasa como Colón resistía el mur-
mullo sin perturbaciones. Por fin vencieron el mar herbáceo y
le hurtaron el cuerpo á sus peligros. Pero el terror, más ó menos
disimulado, de los mareantes, no cedió; pues como en algún
transcurso de tiempo se durmieron las aguas bajo aquellas
capas de hojas, más tarde se durmieron los aires bajo una
espantosa calma chicha. Así, los cuitados no hacían más que
mirar la disminución de raciones en sus despensas, temiendo el
hambre; los descensos de las aguas en sus barriles, temiendo la
sed; hasta predominar sobre todos los terrores el terror al viento
continuo, en la sospecha de llegar á deslizarse por el Océano
infinito en una indeterminada cantidad de tiempo, durante la
cual unos cayesen sobre otros en montón muertos. No hay ago-
nía tan dolorosa como la que precede al morir desesperado por
hambre y por sed. La consideración de los tormentos por ve-
nir hacíales desvariar. El recuerdo de los innumerables náufra-
gos que, lanzados al Océano en una tabla, pretendieran mor-
der su propia carne y chupar sus propias venas en los desatinos
provenientes del hambre y de la sed, les anticipaba dolores no
llegados todavía, y tan acerbos en aquellas neurosis del terror,
como si estuvieran presentes. Nada tan puesto en razón como
que la perdurable tardanza del arribo les desgarrara los nervios y
como que aquel desgarro de los nervios les impeliese atrás. Nin-
gún marinero se había de las costas alejado hasta entonces dos-
cientas leguas y llevaban estos cuitados ochocientas de conti-
nua separación. Las noches de Andalucía, henchidas por las
cadencias de serenatas perpetuas; el amor á las personas predi-
lectas, entre los meridionales tan vivo; el recuerdo santo de los
espacios por donde corre la infancia y ama la juventud; aquellos
lejanos toques de la campana que resuenan en los oídos, acom-
pañando todos los actos más solemnes de la vida; el culto á la
familia y á sus reuniones solemnes; la evocación de tantas fies-
tas en la calle y en el barrio y en la parroquia; el mes mismo en
que la navegación sucedía, mes de festividades religiosas tan
31
— 322 —
bellas como la Natividad de María, con trabajos campestres
tan fecundos como la próvida vendimia, exaltaban los ánimos y
los convertían hacia los pedazos del alma perdidos atrás y por
su ingratitud abandonados para lanzarse á los horrores del mar
tenebroso, donde solamente sentían la desesperación, porque
solamente reinaba la muerte. Los dos afectos, en la lengua
nuestra señalados con las frases de nostalgia y odio á bordo,
por aquella tripulación iban extendiéndose como peste y conta-
giándolos de unos en otros á la totalidad de ellos, sin excepción
alguna. Metidos en tal cárcel flotante debían aborrecerse nece-
sariamente sin causa ni motivo, y aborrecer todos por la causa
y el motivo de haberlos metido en tantas congojas al perse-
verantísimo descubridor. Así, los ojos relampagueaban iras mal
de su grado, y mal de su grado lanzaban las roncas gargantas
blasfemias preñadas de terribles desacatos y rebeldías. Ningún
hecho externo cambiaba el interno estado de los ánimos. Salu-
dadas las primeras aves con sumo regocijo, veían pasar las sub-
siguientes con indiferencia. Ni siquiera cuando cambió el viento
cambiaron las sospechas. Aunque Colón lo bendecía, maguer
contrario, como demostración de la posibilidad completa del
regreso , parecíales demasiado violento el primero , que los ale-
jaba de su Andalucía, y demasiado flojo este último, destinado
á volverlos hacia su Andalucía. Cuando la calma chicha lo pa-
ralizaba todo, movíanse como energúmenos ellos, y cuando se
movía la superficie del mar á las submarinas corrientes, ellos
decían que iban llevados por el acaso al abismo, y se retorcían
á la pena moral como si los descoyuntaran en un potro y los
mordieran en sus carnes con enrojecidas tenazas.
Tejían razón los muchos sabios que tachaban de loco al
genovés, murmuraban los marineros. En vez de atarlo á él,
ataba los prevenidos en contra suya, él, con audacia de verda-
dero demente, á la triste suerte suya. No le guiaba más que la
codicia; no se prometía sino hallar bienes y riquezas imposibles
de allegar en la medianía de su talento y en lo incapaz para
— 323 —
su oficio, únicamente un extranjero descastado, como el Almi-
rante, podía sacrificar, con ligereza tal, vidas españolas á sus pro-
yectos vanos, ingeridos en el magín por una demencia cierta. Los
Reyes bien se habían resistido á creerlo; pero varios cortesanos,
más vanagloriosos que inteligentes, los engañaron y les persua-
dieron á proteger en su bondad aquel desvariado desatino. Era
cosa de cogerlo por la cintura y echarlo al mar, para que diesen
buena cuenta de su cuerpo los tiburones circunvagantes, los cua-
les acompañaban las carabelas, avisados por su instinto del pró-
ximo festín, donde se hartarían de carne cruda y se emborra-
charían de sangre caliente. No había tierra, ni tales carneros, en
todo aquel mar tenebroso, cuyos halagos tiraban á engañarlos
con alucinaciones de luz para después en sus antros sumergirlos.
Habían leguas y leguas andado, largas singladuras hecho, espa-
cios sin fin recorrido, puesto á un rumbo y á un derrotero la proa,
sin encontrar más que aguas y aguas en aquel Atlántico vacío
de tierras, donde se repetía la soledad acuosa del bíblico diluvio.
Nada podrá en epidémico al miedo compararse; nada, por ende,
tan comunicativo y contagioso. Así, decíanse unos á otros todas
estas cosas, agrandadas del labio al oído y del oído al labio. Colón,
por su parte, aUmentaba con la vida que hacía las sospechas que
sembraba. No dormía; pues de loco señal este insomnio perpe-
tuo. No comía; señal de alucinado, exclamaban, este ayuno.
Gustaba de la soledad en donde tanto se necesita de compañía;
rezaba las horas como un cura , en señal de no servir para pi-
loto; se gloriaba de haberse inscrito en la Orden Tercera, como
amortajándose, antes de morir, para una muerte próxima segura;
escribía como un mago en sus papeles signos indescifrables; pre-
sagiaba fenómenos como agorero; extraía de los hechos más ba-
ladíes las consecuencias más latas, á guisa de quiromántico que
saca horóscopos de manos y rayas; anunciaba felicidades nunca
venidas, como cualquier gitano diciendo la buenaventura: pues
había que tratarlo, bien como á un trufaldín, bailador y bufón
arlequinado y cascabelero de comedia ó danza italianas, en
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burlas; ó bien como á un brujo requerido por la Santa Inquisi-
ción para entregarlo al secular brazo de la justicia y á sus bien
alimentadas hogueras. La grande absorción en el pensamiento
único de su alma extática; los arrobos y deliquios consiguien-
tes á sus visiones múltiples; la mezcla rara de monje y de piloto;
los rezos en el breviario y las observaciones en el cielo; sus al-
ternativas miradas á la brújula del barco y á la cruz del Salvador;
sus vigilias en el castillo de la Santa María ^ donde remedaba
unas veces á los hechiceros con sus signos diabólicos y otras
veces á los santos con sus plegarias místicas; el menosprecio á
todo cuanto no fuera su viaje; las intensas alucinaciones de su
vista; las palabras incoherentes de s-us labios; todo el ser suyo
acreditaba la sospecha, en aquella gente arraigadísima, de habér-
selas con un loco, el cual á todos los había perdido con su incu-
rable locura. En vista de todo esto, las murmuraciones iban á
las amenazas y las amenazas presagiaban tumultos. Colón opo-
nía siempre á tal estado de ánimo en su tripulación el desdén
connatural á la idea interna de su propia suficiencia y á la segu-
ridad completa de un éxito afortunado en sus empresas. Á la mi-
rada sugerida por el odio , respondía con otra mirada sugerida
por su altivez, y á cualquier gesto de amenaza con aquel aire de
majestad é imperio congénito á su naturaleza y propio de su
oficio. Cuando le oponían objeciones respetuosas, respondíales
con evangélica mansedumbre, según las opuestas calidades y
condiciones de un alma extraordinaria verdaderamente y su-
blime. Mientras le circuían y escuchaban, hipnotizábales con el
efluvio material del resplandor de sus ojos y con el efluvio inte-
lectual del poder de su elocuencia; pero, en cuanto se recluía
en el soberbio pedestal de su cargo é indispensable á su estu-
dio, libres del ascendiente sobre la suma de voluntades varias
ejercido por una poderosísima voluntad individual como la
suya, volvían á las andadas y murmuraban de lo lindo, aunque
sin atreverse al desacato y sin arriesgarse al tumulto. Y aunque
la fuerza de las objeciones marineras fuese mucha, no era menos
— 325 —
la fuerza con que aquel agudo ingenio de Colón las desviaba
cuando no las deshacía. Como desvaneció el recelo por las erup-
ciones del Teyde con ejemplos emprestados al Etna y al Vesu-
bio; el recelo por las agujas imanadas con los movimientos en
las constelaciones donde brilla la estrella polar; el recelo por las
aguas herbáceas con la certeza y casi evidencia de que la tierra
estaba próxima ; el recelo por la permanencia del viento alisio
con la promesa del contrario así que arribasen á otras latitudes;
el recelo por los meteoros parecidos á volcanes aéreos y erran-
tes por las explicaciones pedidas á su ciencia cosmográfica; el
recelo por los oleajes violentísimos en las aguas cuando carecía
de aire casi la enrarecida atmósfera con adivinaciones sobrena-
turales casi de las corrientes que fluyen allá en las entrañas oceá-
nicas; todos los recelos con pruebas extraídas de sus conoci-,
mientos ó con fulguraciones bellísimas de su imaginación, si no
con frases agudas de su penetrante ingenio italiano y con cálcu-
los más ó menos verdaderos de su saber matemático; mas, hecho
todo esto y cumplido, exaltábase hasta tocar en la transfigura-
ción, y transfigurado por su fe interior, presentaba, ya paraísos
voluptuosos, como Mahoma, ya ciudades áureas, como Marco
Polo, ya églogas bienaventuradas, como Virgilio, ya edades fe-
Uces, como la sibila de Cumas, ya dilatación del nombre de Dios
por tribus remotas, como Daniel é Isaías, ya deliquios por el
amor de Dios sugeridos, como San Francisco de Asís, ya pro-
yectos de reconquistar el Santo Sepulcro , como Godofredo de
Buillón, cosmógrafo, matemático, vidente, profeta y mercader al
mismo tiempo. En estos coloquios y con estos discursos fácil-
mente detenía la catarata de pasiones embravecidas que tronaba
sobre su persona. Pero, en cuanto desaparecían los tripulantes
de su vista ó se despegaban de sus frases, ó no iban por cual-
quier motivo á su presencia, reunidos en la parte de barco reser-
vada por los usos náuticos á la tripulación, volvían á las andadas
y se tornaban airados al extremo de pensar en proposiciones
de regreso, puesto que habían llegado adonde antes nadie lie-
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gara y cerciorádose con evidencia de como por ciertas latitudes
únicamente hay cielo y mar que nunca jamás concluyen. Punti-
llosos como buenos españoles, temerarios como buenos marinos,
locuaces como buenos andaluces, la fuerza interior opuesta, en
resumen, al proyecto de regreso, era la negra honrilla, el temor
de que los llamasen cobardes, calificativo inaplicable á quienes,
como ellos , entraran en el mar tenebroso y estuvieran allí dos
meses consecutivos, desafiando las cóleras del Universo con
audacia sin ejemplo en la Historia y tentando con aquella explo-
ración á Dios. Lo cierto es, lo indudable, lo averiguado, que se
reunieron en son de protesta y que formularon, de manera más
ó menos respetuosa, pero de manera clara, un retroceso á
Oriente, donde nuestra España está, dejándose ya de aquella
continua navegación hacia Occidente, tan larga y tan inútil, y
en cuyas incidencias únicamente habían descubierto aires sin
límite, aguas sin fondo, la extensión infinita, el insondable abis-
mo , el inmenso lecho donde se revolcaba un mar sin término y
sin riberas, parecido al caos genésico en que las ondas hervían
y rafagueaban los huracanes por una inacabable soledad.
Numerosos escritores han descubierto en tales hechos, pro-
pios de toda empresa muy arriesgada, margen para urdir dra-
mas y novelas de sumo interés, y han puesto aquí un verdadero
motín, terminado por un desenlace muy dramático, la demanda
de plazo brevísimo por Colón, plazo de tres días, tras los cuales,
de no topar con las requeridas Indias, habría de rendirse á dis-
creción el engañador y entregarse al arbitrio de los rebeldes
juramentados para descuartizar su cuerpo y echarlo á los peces,
hecho lo cual, tornarían su rumbo á España, donde habrían de
hallar triunfal acogida por este acto de justicia inferido en alta
mar á un tan redomado embustero. La especie corrió desde
luengo tiempo en boga y el público rumor la repitió con in-
sistencia. Oviedo, un tantico novelador, la ingirió en su Historia
con su resuelto amor á todo lo dramático. Y los más versados
en este período tan interesante de nuestras crónicas, creerían
— 327 —
quitarle interés histórico elidiendo el cuadro de un Colón asal-
tado por marineros los cuales agitan hachas amenazadoras sobre
su cabeza casi herida, reduciéndolo por la fuerza bruta y el nú-
mero superior de los amotinados á pedirles un plazo angustioso
de tres días para terminar su obra, el cual plazo, con su bre-
vedad y con su angustia, movía el corazón de los curiosos
leyentes á trágicas emociones, muy buscadas en las amenas
lecturas. Pero, sintiendo mucho quitarle interés á la historia,
debemos decir, en Dios y en conciencia, sin reservas de ningún
género, haber en todas las investigaciones hechas por nuestro
ministerio de historiador, encontrado las murmuraciones ya
conmemoradas, pero no el motín, si creemos al testimonio de
lo escrito en aquellos días y á lo por aquellas gentes certificado.
Murmuraron mucho del Almirante, y aun lo requirieron á la
vuelta, pero sin asomo de irreverencia ó desacato, ni menos de
subversión ó tumulto. Este reconocimiento de la verdad no em-
pece á la indispensable atestiguación de una demanda formal y
solemne del regreso, impuesto , tras la frustración y marro del
viaje, por una imposibilidad patente del deseado logro; pero
nada de conjuración, de acuerdo, de motín y pronunciamientos.
Las proposiciones contrarias á su resolución y á su rumbo
y á su plan debieron dirigírsele , si no con carácter irreverente
y tumultuario, con carácter de apremio impacientísimo, cuando
el Almirante se vio constreñido mal de su grado á reunir un
consejo y pedirle para continuar la expedición sus luces y
para someter los ánimos su auxilio. No hay sino abrir los
testimonios fehacientes en la materia histórica del primer viaje,
para persuadirse á creer la tesis de que hubo murmuraciones,
inspiradas por el deseo vivísimo de virar en redondo hacia
España, pero no manifestación tumultuaria y facciosa de se-
mejante deseo. Pedro Bilbao, vizcaíno, tripulante de la cara-
bela capitana, refiere haber oído muchas veces que algunos
pilotos y marineros querían volverse, si no fuera por el Al-
mirante, que les prometió dones. García Alonso, de Palos,
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oyó decir entre sí á los marineros que venían perdidos y el Al-
mirante les respondió que les daría presto tierra. En las pro-
banzas, donde tantos compañeros de Colón atestiguan, uno
sólo habla de motín y de sublevación en armas, pero por oídas
y de referencia, pues no asistió al primero y más glorioso de
todos los viajes. Tras larga consulta sobre tal incidente y pro-
lija confrontación entre diversos papeles, deduzco yo que no
sobrevino motín alguno, aunque sobrevinieron muchas murmu-
raciones y requerimientos, por lo cual me atengo al relato de
tal escena, hecho por el erudito investigador Fernández Duro,
en su informe sobre las relaciones entre Pinzón y el Almirante,
al iniciarse y concluirse la primer exploración del mar tene-
broso y el primer encuentro de América. Se funda toda la refe.
rancia del académico historiador en las atestiguaciones más
sinceras y más dignas de crédito, expresadas por el piloto, re-
tirado á Santo Domingo , Hernán Pérez Mateos, que las dio tal
como las guardaba su memoria, cercano por su edad á presen-
tarse al divino Juez y sabiendo cuánto se pena en el otro mundo
y cómo nos deshonra en éste la mentira. Con efecto, la tripula-
ción del buque almirante pedía la vuelta, insistiendo mucho y
muy alto en su petición. Hay quien ha querido aminorar la ce-
guera de aquellas gentes con el ingenioso alegato de que pedían
la vuelta, pero no á España, no, á islas dejadas en el camino
por la pertinacia del descubridor en ir hacia Occidente, pertina-
cia contrastada por Pinzón, quien barloventeaba con frecuencia,
como que tenía nave superior como velera de suyo á la capitana,
pero sin separarse nunca de la vista del capitán. Con efecto,
proponía el teniente inclinarse un poco al Sur en aquella de-
manda continua de Occidente, pero sin llevar su proposición
allende los límites del consejo. Algún grado menos de respeto
debieron emplear los marineros de la Santa Maña que Pinzón,
cuando un día el Almirante reunió de súbito la asamblea de
jefes, si creemos las probanzas judiciales, en que tanto se contro-
vertieron y dilucidaron los hechos componentes de una trama
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tal como la historia del primer viaje. Y en cuanto barloventearon
las dos carabelas y departieron entre sí los capitanes con su jefe,
poniéndose al habla, Colón debió contar lo sucedido con toda
lisura y exponer lo demandado con toda verdad. Y sabido lo pa-
sado, Pinzón expuso lisa y llanamente su juicio, corroborador
de todo lo dispuesto por Colón, juicio seguido de reproba-
ción militar á las reprobables pretensiones y á los insumisos
pretendientes. « ¡Señor! — exclamó el animoso armador de Palos,
dirigiéndose al jefe de todos, en reprobación de la irre^^erencia
de algunos — ahorque vuesa merced á media docena de ellos
y écheles al mar, y si no se atreviere, yo y mis hermanos bar-
loaremos sobre ellos y lo haremos, que armada que salió con
mandado de tan altos príncipes, no habrá de volver atrás sin
buenas nuevas, » Y al oir esto de hombre tan experto, en caste-
llano tan limpio, con acento de convicción dicho, y corroborado
por ademanes demostrativos de que seguiría inmediatamente al
vocablo el hecho, conformáronse los recelosos con la suerte
suya, y volvieron, bien ó mal de su grado, á la calma necesaria y
á la consiguiente obediencia. Pasó en esta singladura lo mismo
que pasara en el acto y momento de la dificultosa leva: lo ve-
dado al hombre genial se facilitó por la experiencia y por el
crédito y por el valimiento de un segundo, poderoso en cosas
muy secundarias, pero tan precisas é indispensables como las
primeras al debido logro y deseado fin de la empresa. Créese la
gente vulgar menos humillada obedeciendo los mandatos de un
hombre á su altura que tomando los consejos venidos desde las
vertiginosas cumbres del genio, impenetrables á la vista común.
En cuanto advirtió Colón la eficacia del poder moral de los
Pinzones sobre la marinería de su propia nave, díjole agrade-
cido, con lágrimas en los ojos y dulce melancolía en la voz:
«Seáis bienaventurado.» Y tras esta bendición, volviéndose á los
compañeros suyos, muy penetrado, por cierto, de que no les fal-
taba la razón, dadas las indefinidas prolongaciones del viaje
añadió: «Martín Alonso, con estos hidalgos hagámonos bien y
— 33° —
andemos otros días, é si en éstos no halláramos tierra, daremos
otra orden en lo que debamos hacer.» Debió parecerle al te-
niente sobrada concesión ésta por Colón á los disgustados, y
con voz que dominó por su pujanza los fragores de alisios y de
olas, gritó: «¡Adelante, adelante, adelante!» Con efecto, esta ex-
clamación triple, lanzada por aquel marino de firme voluntad y
acerado temple, salvó la expedición á los términos y acaba-
miento, como la diligencia y actividad suya la inició también y
aparejó á los comienzos. Cualesquiera que hayan sido más tarde
los procederes y actos de Pinzón, remitamos á más tarde tam-
bién el dar nuestro juicio sobre ellos, pero digamos ahora cómo
por su arresto y resolución en este supremo instante, merece
compartir sin segundo alguno con Colón la gloria inmarcesible
del descubrimiento de América.
Pero, á decir verdad, ninguno de los que al descubrimiento
cooperaron debe ser con ingratitudes retribuido , aunque sin-
tiera los espasmos del terror engendrado por naturales cavila-
ciones propias de una empresa tan temeraria que les daba una
perplejidad tan grande. Aquella marcha sin descanso y sin tér-
mino hubiera puesto miedo en el ánimo de los titanes destinados
á limpiar el mundo prehistórico de monstruos exterminadores.
Necesitábase menos coraje para cualquiera de los hercúleos
trabajos descritos por las fábulas que para este trabajo de pa-
ciencia. Y cuenta que, si los marinos conocían el tiempo em-
pleado en la expedición, desconocían el espacio recorrido. Colón
guardaba escondida la suma de millas , como ya hemos dicho,
llevando para ello dos cuentas, una verdadera para sí, otra
falsa para los demás. Ninguno de los cálculos, fuera del hecho
para sí mismo, acertaba con la distancia. El i° de Octubre
dijo el piloto de la capitana encontrarse del meridiano de la
Isla de Hierro hacia Poniente apartado unas quinientas setenta
y ocho leguas, cuando el descubridor sabía con evidencia que
se hallaban unas setecientas y siete. Y por aquellos mismos
días contaba la Finta una carrera de seiscientas treinta y cuatro
— 331 —
leguas desde la Isla de Hierro , mientras contaba la Niña qui-
nientas cuarenta leguas. Andando así, uno de los Pinzones, que
se había de las vergas colgado, lanzó el grito de «Tierra» caído
como repique de Resurrección pascual en las orejas de aquellos
viajeros, aquejados del achaque de darse por muertos , como
perdidos en el Océano inmenso é insondable. En cuanto el grito
salvador oyó Colón, hincóse de rodillas enajenado sobre cu-
bierta ; plegó las manos con devoción, como un asceta, sobre su
pecho; alzó en éxtasis al cielo su mirada resplandeciente de
regocijo ; y entonó el Gloria in excelsis Deo con que la Misa
exalta diariamente al Autor de todo lo criado. Por nuestras
creencias religiosas, por nuastras costumbres nacionales, por
nuestra educación doméstica, las aleluyas y los hosannas, ex-
halados en las festividades eclesiásticas, penetran, como una
suave melodía, por el oído y mueven hacia lo alto como un
aura celestial el corazón. En cuatro misas muy solemnes re-
suena el Gloria in excelsis de un modo excepcional: en las
misas de Jueves y Sábado Santo , en las misas de Nochebuena
y Ascención, llamadas por el habla popular misa del Gallo la
primera y misa de Hora la segunda. Muchas veces os habrá
conmovido el cántico triunfal bajo las bóvedas altísimas de nues-
tros templos, llenos de incienso que trasciende á plegaria y es-
clarecidos por lampadararios y candelabros que alimentan así la
cera como el aceite litúrgicos; y cuando el coro entona la salmo-
dia severísima y sublime al son de las trompetas angélicas reso-
nantes en el órgano y de los salterios regocijadores del ánimo
y de las campanas que agitan los aires con sus jubilosos repi-
ques, habréis visto pasar por vuestra retina, iluminada de fe
cristiana , la cuna de nuestro Redentor con sus pajillas y sus es-
trellas, la Resurrección de Pascua Florida con todo su cortejo
de alegres cánticos y todo su aleteo de ángeles y serafines, el
monte Tabor de la transfiguración divina eterizado al contacto
de las ideas cristianas , los panes angélicos que hacen consus-
tancial con el espíritu divino al humano espíritu; arrodillados
— 332 —
sobre las losas funerarias, bajo cuya pesadumbre duermen el
sueño eterno vuestros mayores, ya juzgados, y al pie del sacro
altar, tras cuyo retablo esplende la gloria entrevista en todas
las esperanzas religiosas; pero creed y confesad que debía su-
perar á todo esto la iglesia formada por el infinito material y el
tabernáculo compuesto por los esmaltes de cielos unidos con
los mares en las bóvedas de los horizontes visibles, y el órgano
de las brisas alisias acompañadas por los latidos del oleaje on-
dulante, y el incienso de las dulces evaporaciones oceánicas
condensado en rocío, y el ara erigida sobre aquella nave sus-
pensa entre dos abismos, y el coro de aquellos robustos marine-
ros, á cuyos ecos fervorosos, como al eco del Verbo divino lan-
zado sobre la sustancia caótica en el día primero de la creación
bíblica, se renovaba y se rehacía todo el Universo. Pero inútiles
todas estas exaltaciones. La tierra no parecía por ninguna parte;
antes bien se disipaba conforme se iban acercando al sitio desde
donde alucinaba los ojos y las esperanzas con sus mentidos
mirajes. Un fenómeno, parecido al frecuentemente generado,
por el sol en las arenas líbicas, repetíase por el Atlántico en
aquella ocasión. Así como al rebote de los rayos solares so-
bre los desiertos, un lago de agua dulce y fresca surge de-
lante de los ojos y humedece los labios; á la refracción de los ra-
yos solares en las columnas de vapores oceánicos fórmanse in-
tercolumnios, templos, ciudades, como en los nubarrones del
ocaso teñidos por los rayos del sol poniente se suceden cuadros
de contornos brillantísimos y de figuras increíbles por lo extrañas
y fantásticas, tras las cuales hemos columbrado, entre las pasiones
de mozos y entre los juegos de niños, las ilusiones y fantaseos del
alma, no menos embusteros que las falsas perspectivas trazadas
por el encuentro de las moléculas acuosas con las moléculas eté-
reas en la infinidad del espacio. Dos veces las dos carabelas que
iban á las órdenes de la nave capitana creyeron vislumbrar un
cercano continente, de suyo tan ficticio como los bien inciertos
deseos é inconsistentes alucinaciones que la sensación y el pen-
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Sarniento sugieren al espíritu. Compuesta la vida, por su condi-
ción irremediable, con materiales de grandezas enormes y tristes
pequeneces, mezclábase á la exploración y á la investigación pu-
ramente científicas el espoleo de los intereses y de los premios
y de los lucros tangibles. Los Reyes, entre las disposiciones pre-
cedentes al embarque de los expedicionarios, dieron una, seña-
lando diez mil maravedís al primero que viese tierra en la gi-
gante inquisición y busca del ignorado territorio tras las aguas
oceánicas escondido. Y así como antes de refrenado el desacato
parecidísimo á un motín incipiente, y frustrado apenas se for-
mara, nadie divisaba si no el abismo y la muerte y la nada, por
esas reacciones vulgares en las alternativas del ánimo, ahora
creían todos sentir las difusiones de una vida exaltada en sus ve-
nas y los asomos de un mundo nuevo en el Océano. Y esta cer-
tidumbre, sucediendo á la perplejidad antigua, por tal manera se
arraigara en los ánimos, que creían haber dejado á la espalda, si
no un continente, islas no descubiertas por la pertinacia del capi-
tán de la escuadrilla en dirigirse de continuo á Occidente. Así
debemos comprender y explicar el que los marinos de la Niña
llegasen á una tan grande alucinación como disparar su cañón y
enarbolar su bandera delante de un espejismo. Para evitar la fre-
cuencia de tales equivocaciones y precaverse contra ellas el Al-
mirante dispuso la mesura y la reserva en adelantar noticias, ex-
cluyendo para siempre de la merced regia y hasta de opción á
ella, sin remedio, á quien gritase haber visto la tierra y no tuviese
la dicha de ver al tercero día de su aviso cumplida y realizada su
visión. La vuelta de nuevos engaños tras mentidas esperanzas
podía traer nuevos desengaños, los nuevos desengaños desalíen ■
tos, los desalientos perturbaciones, y en éstas frustrarse toda
la expedición. Mas, para que los Pinzones no murmurasen tras
estos engaños de su deseo y tras este marro de sus avisos; como
fueran barloventeando siempre quince leguas á la redonda de
su capitana, por tener barcos más veleros bajo sus órdenes y
mayores impaciencias en sus almas. Colón los atendió un poco,
— 334 —
desviándose del paralelo de la Isla de Hierro, por donde procu-
rara dirigir siempre su rumbo, y yéndose por la cuarta del Sur.
Bien es verdad que, conforme iban los mediados de Octubre
acercándose, iban también los pajarillos en bandadas corriendo
á las carabelas, y conforme iban corriendo á las carabelas, iban
despertando esperanzas de tierras próximas en los ánimos.
Pinzón mostró al capitán que precisaba, no solamente seguir el
curso de las estrellas por los cielos, sino seguir también el vuelo
de las aves por los aires, como hicieran los portugueses, quienes,
á virtud de tal proceder encontraron los territorios recogidos en
el común acervo de sus innumerables dominios. Por manera que
las avecillas, no solamente acompañaban al marino en la soledad
infinita del Océano y regocijaban la vista con los colores de sus
plumas y henchían los aires con el coro de sus gorjeos, sino
que, verdaderos guías y pilotos, iban precediendo, á manera de
los ángeles en los relatos bíblicos, á los peregrinos aquellos, reno-
vadores de la Naturaleza; y sembraban á una con sus nerviosas
agitaciones y con sus cantos no aprendidos, por doquier, algo
parecido á los rezos murmurados por Colón sobre su nave al
aguardado anuncio de tierra.
CAPITULO XX.
i i i TIERRA ! ! !
RA la tarde del ii de Octubre de 1492. Precisaba, en
vista de todo, pues, aparejar y apercibir las ordenan-
zas y disposiciones conducentes al próximo desem-
barco. El Almirante las traía muy pensadas , pues ni un minuto
dudó en quince consecutivos años del cumplimiento de sus pre-
visiones y de la verificación de sus proyectos. Comenzó en aquel
momento revelador por sondear, y encontró fondo, bien al revés
de antes, que flotaba sobre un mar insondable. Miró los celajes,
y columbró en las nubes, tan escudriñadas por los avizores ojos
del marino experto, correspondencias misteriosas con costas y
riberas indudablemente cercanas. Unió á estas observaciones la
observación de los vientos , muy tranquilizadores , puesto que
soplaban de todas partes con suma variedad; y en esta variedad
traían avisos múltiples de las sinuosidades ingénitas á la parte
firme del planeta, en contraposición á la acuosa, que tan cons-
tante uniformidad presta con la uniformidad propia de sus senos
al curso de los vientos. Así ordenó que bajasen las velas en
cuanto les diera para ello la próxima orden; y, acercándose á
la capitana en lo posible , quedasen al pairo con ella. Insistió en
el mandato de cerciorarse mucho del encuentro cercano con la
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tierra firme antes de atreverse á gritarlo , y juntó bagatela tan
gentil como un jubón de raso, con el premio en oro decretado
por los Reyes al primer anuncio del feliz encuentro. Como la
línea se compone de puntos, y el tiempo de instantes, y el mar
y el cielo de átomos, la invención del Nuevo Mundo debía com-
ponerse de invenciones en series muy graduadas y medidas como
por una previa sistematización consciente y un previo plan
reflexivo. De haber continuado Colón la rota dispuesta por él
desde que zarpara de la Isla de Hierro , topa su nave con el te-
rritorio llamado la Florida hoy, es decir, con el continente; á lo
menos con isla de grandor casi continental, como Cuba; pero
en la desviación propuesta por los Pinzones , y admitida por él
á última hora, estaba llamado á dar con un islote muy hermoso
de aspecto, pero diminuto y baladí si lo parangonamos con el
inmenso mundo, en cuyos mares navegaban ya. Mas no adelan-
temos los hechos, y ciñamos las narraciones históricas á la su-
cesión de sus enlaces lógicos en el tiempo. Á cada minuto
sobrevenía una revelación. Cierta solitaria tórtola llegó revolo-
teando, una tórtola semidoméstica. Imaginaos lo que revelaba
el animalejo. Al ver su plumaje sedoso y al oir su arrullo ele-
giaco, los navegantes debieron acordarse de las viudeces del
alma en cada cual, y ver las mujeres amadas en la tristeza del
abandono, como aquella tórtola, y los pequeñuelos acostados
en sus cunas, como las avecillas en sus nidos. Tal ave poética,
en quien ha querido simbolizar la poesía un afecto de suyo tan
indispensable á la vida como la fidelidad conyugal, despertaría
en la mente de Colón el recuerdo de D.^ Beatriz, tan querida,
causa primera quizá de su larga estancia en España , y vería
junto á ella, tras las rejas y celosías de Córdoba, festoneadas
por azahares y jazmines, los dos amados hijos, cuyo bien y cuya
prosperidad entraban por mucho en los móviles determinantes
de la peligrosísima empresa. Tras la tórtola vio también Colón
desde la Santa María un junco verde, y en el junco verde una
marisma ó lago campestre, y en la marisma ó lago campestre
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las riberas próximas, componentes de tierra firme. Pues así
como la tripulación del barco almirante viera un junco , la tri-
pulación del barco Niña vio un espino, uno de esos espinos
que parecen coronas en los setos y ribazos andaluces, cargado
todo él de majuelas maduras, que parecían corales por su pur-
púreo lustre. Pero la más afortunada entre todas las carabelas
fué sin duda la Pinta, que dio con un objeto, demostrativo de
la existencia de seres humanos en la inmediación y en el costeo
de aquellas inmensas aguas extendidas ante los exploradores,
tan suspensos de todo aquello que á su alrededor pasaba y
tan atentos á todas las revelaciones ofrecidas por el espacio
que recorrían, Y así vieron flotar un tronco, el cual parecía
por humana industria de grandes árboles arrancado con instru-
mentos análogos á los usuales en Europa, indicio seguro de
una tierra próxima poblada por una sociedad madura. Al
verlo , echáronle como á un pez la red y en las mallas de ésta
lo arrastraron á bordo. Estaba primorosamente trabajado, y
este trabajo servía de indicio seguro al cumplimiento del feliz
hallazgo y al encuentro con la requerida tierra. Comunicáronle
á Colón el indicio, y tal nueva le sumergió en íntimas y secretas
consideraciones, tanto respecto de su gloria, como respecto de
su responsabilidad. Lauros para su frente, fama para su nombre,
tierras para sus Monarcas , lucro para su hacienda , nobleza y
bienestar para sus hijos; en el Océano Almirante; Visorrey en
tierra; próximo á disponer de riquezas y ejércitos que le permi-
tiesen recabar el Santo Sepulcro, perdido para siempre tras
cuatrocientos años de luchas titánicas , vería el descubridor;
pero si comparaba todas estas ventajas con todos los desvelos
y todos los amargores anejos á su deseado goce, ¡ah! sentiría
en su triunfo un dolor más agudo y más acerbo acaso que todos
los sentidos en sus contrariedades y en sus desalientos.
Así, en cuanto ya estuvo cerciorado por completo de que an-
daba cerca de tierra , se apercibió á recluirse dentro de su cama-
rote y comunicarse con sus internos é íntimos pensamientos,
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sugeridos por el cambio radical próximo en una vida como la
suya, larga y provecta. Pero antes rezó. El crepúsculo vespertino
tiñó con líneas rojas los bordes occidentales, donde se besan mar
y cielo. Brisas misteriosas trajéronle al recuerdo el eco de la cam-
pana despertando el rezo del Avemaria, sugerido por las len-
guas de bronce á todos los fieles del orbe católico , al borrarse
los encendidos arreboles del ocaso y brillar los relucientes lu-
ceros por las desiertas alturas. En parte ninguna toma el culto
á María los poéticos tintes que le presta el mar. Como se halla
el marino tan abandonado en las procelosas aguas, juguete,
cual desarraigado leño, de los contrarios vientos, por los torbe-
llinos amenazado siempre, con el aullido de las voraces olas en
sus orejas y el abismo insondable bajo sus pies, acógese al
manto que abriga la orfandad, al manto de María, como el
niño se agarra en sus lloros y en sus contrariedades á las vesti-
duras de su próvida y amada madre. ¡ Cuál consuelo ver entre
las opaladas aguas y los horizontes rojizos, cuando los últimos
rayos del sol inflaman las nubes del ocaso y los rayos primeros
de la luna blanquean y argentan el Oriente, á la Virgen, desli-
zándose amorosa entre los esmaltes de las brisas y los esmaltes
de las olas, con su manto celeste á los hombros, la vestidura
blanca ceñida por todo el cuerpo, á sus pies la esfera del mundo,
sobre sus cabellos la corona de astros, bajo las alas del divino
espíritu, sobre los anillos de la tentadora serpiente, circuida del
éter increado, absorta en la incomunicable audición de los coros
angélicos, los ojos en éxtasis, el Hijo en los brazos, henchido de
amor el pecho, como un iris de paz alzado entre la criatura y el
Creador, para desenojar las iras del cielo é interceder por los pe-
cadores del mundo! Ave maris stella, gritan á una las olas en las
letanías sin fin que les presta la piedad sin igual del marino; y á
María consagran los pueblos marineros las blancas ermitas pues-
tas sobre las cumbres que primero se ven á la vuelta , que más
tarde, á la ida, se pierden cual faros espirituales alimentados por
el místico aceite de las oraciones que reciben y bendecidps por
— 339 —
las reliquias y por las ofrendas y por los exvotos que guardan.
Así, el poeta de la duda en este nuestro siglo, aquel poeta, cuya
.inspiración tenía, como el espíritu de sus progenitores ñor-
mando-sajones , vuelos de esas aves marinas que lanzan gritos
agoreros, al volver una tarde primaveral desde las aguas del
veneciano Lido á las aguas del interior lago, jaspeadas todas por
trémulos iris de luminosas refracciones, parecidas á superficies
y facetas de multicolores cristales ; como las campanas de Ve-
necia tocasen al Avemaria del anochecer, comprendió la de-
voción de los marineros á la Madre del Verbo, y unió su voz al
coro universal que las almas conscientes y las cosas incons-
cientes le consagraban á una en aquellas cristalizaciones de las
ideas y etereidades de la materia que genera de continuo el
sentimiento religioso. Pues la Salve de Colón, á la hora de con-
templar el crepúsculo precedente á su milagroso hallazgo, acom-
pañada por la robusta voz de aquellos marinos, confundida con
los rumores oceánicos , debía tener un acento y una fuerza de
atracción tales, que como gigantesco imán atrajese , de haberse
hallado lejos, por intercesión de María, los escollos anteriores
al Nuevo Mundo, en torno de su bendita carabela.
Después de rezar Colón, encerrado ya en su cámara, y den-
tro de su cámara en sí mismo encerrado, con ánimo de mirar
-cara á cara los próximos instantes de su vida, ¡cómo el cora-
zón palpitaría en su pecho y en su cabeza latirían las sienes!
El triste loco de atar hallábase próximo á trocarse, por el en-
cuentro de unos escollos, tan buscados y requeridos, en una
especie de dios. Pocos hombres bajaron las gradas que Colón,
«n el aprecio universal, durante las dos primeras partes de su
vida; ni subieron las gradas que Colón después de muerto. Su
Calvario y su Tabor se tocan. De los menosprecios pasó á las
■idolatrías; de reído á glorificado. Natural nos parece que tuviera
en el minuto sublime de lograrlo todo, una satisfacción indeci-
ble, pensando cómo iba pronto á vengarse de todos. Facultad
en él culminante, la imaginación; carácter, el genio; virtud> la
— 34^ —
fe. Así, al conjuro de su palabra, unido con el esfuerzo de su
voluntad, vio bajar el ideal abstracto á la viva y concreta reali-
dad. Las tesis de una ciencia más ó menos fundada y las hi-
pótesis con esas tesis congruentes pasaron á objetivarse de bulto
á los ojos del alma suya, que había hecho lo atribuido al filó-
sofo antiguo por tradicionales cuentos; arrancarse los ojos de la
cara con el objeto de no ver la contradicción de los fenómenos
en el mundo con las ideas suyas en el espíritu. Cierto que no
están únicamente los fantaseos y las imágenes en aquel vastísi-
mo genio, dotado también de una razón altísima; pero esta fa-
cultad suprema, la razón, se animaba en el vivido calor de su
fantasía creadora, siempre radiosa y sin eclipse y sin descenso y
sin ocaso. Merced á tal complexión interior suya, idealizó lo real
como un artista, y realizó lo ideal como un político. El senti-
miento prestó á su idea fuego y la fantasía le prestó hermosura.
El cálculo matemático y las nociones cosmográficas, que cual-
quier otro sabio de menor estética hubiera formulado en cifras
algebraicas ó apotegmas científicos, pasaron á constelaciones de
ideas brillantísimas por el éter espiritual en que supo dorarlos y
esclarecerlos su inspiración, esa inspiración generadora en él de
todos los planes y próvida siempre hasta socorrerlo y asistirlo en
los momentos de mayor y más viva contrariedad. Las almas ver-
daderamente grandes tan sólo llegan á divinas, cuando las meta-
morfosea, sublimándolas con sus sacudimientos eléctricos, la
chispa celestial que llamamos sobrehumana inspiración. Y el des-
cubridor la tuvo siempre y la tuvo súbita. Por eso la envidia no
pudo llegar hasta el disco de su genio. Cuando parecía más apa-
gado, se reanimaba, merced á esos toques divinos, de una inspi-
ración misteriosa. Pero lo más admirable de todo en él será un
enlace verdaderamente sistemático de sus facultades, unidas en
Serie y sin solución de continuidad ninguna, como ahora se dice.
La razón, que piensa, determinaba en él á la imaginación, que
crea; la imaginación, que crea, determinaba en él al sentimiento,
que ama; el sentimiento, que ama, determinaba en él á la volun-
— MI —
tad, que quiere; la voluntad, que quiere, determinaba en él á la
fuerza, que hace, y obra, y produce, pasando, por obra y virtud de
tal correspondencia entre facultades tan admirablemente unidas
y ligadas en serie rigurosa, desde las idealidades altísimas del teó-
logo y las visiones místicas del profeta y los alucinamientos mag-
néticos del soñador á los cálculos matemáticos del sabio y á los
esfuerzos heroicos del combatiente y del guerrero. Ninguno le
aventajó en crear como en creer. Y no aventajándole ninguno
en crear y creer, tampoco le aventajó ninguno en calcular y ob-
servar. Junto á una intuición celeste colocaba una experiencia
útil; junto á las efusiones líricas de un himno religioso los núme-
ros infalibles de una bitácora exacta. Sobre cada cosa veía una
idea; y de cada idea el genio plástico suyo hacía una cosa; pues
no se abstraía en el ideal, sino que lo concretaba, poniéndolo
como en relieve á la mano de todo el mundo. Parecía que su pen-
samiento estaba fuera de él, ¿qué digo su pensamiento? parecía
que él estaba siempre fuera de sí mismo. Y sin embargo, nadie
tan reconcentrado en su pensamiento y tan mudo como él cuan-
do quería reservarse y callar.
Con tamañas cualidades, no debe maravillamos arrancara
una gran parte del velo, que cubría la creación y sembrara
con agujeros de luz eterna las perdurables sombras del eterno
misterio. Fué creador porque su idea movió su actividad, y
su actividad le llevó á considerarse causa primera en la re-
velación de lo creado y fuerza creadora en el universo mate-
rial. Los mares aquellos por donde iba, estaban, como el mundo
antes que Dios crease al hombre, sin alma: desde la embar-
cación en que navegaba, subíalo á conciencia de sí mismo,
al dejar en sus espacios inmensos la estela del pensamiento
humano. Verdad que no tendrá jamás el ser misterioso, á quien
llamamos genio, la reflexión profunda y la fuerza lógica na-
turales en el razonador y en el filósofo; habrá en sus intuiciones
algo de la ceguera que hay en los poetas y en los amantes; ten-
drá por eso entre mil equivocaciones un solo acierto; pero en
— 342 —
ese acierto intuitivo, creador, genésico, encerrará todo un mundo
y todo un cielo el alucinado Colón. Los instintos, que abajo
miran, rara vez yerran; y no yerran tampoco las intuiciones
que miran arriba, siquiera sean aquellos subhumanos ó anima-
les, y sean estas suprahumanas y casi angélicas. Con la razón
andaba el descubridor por la esfera de los hechos naturales;
con la imaginación volaba por el cielo de las causas primeras.'
Con la observación calculaba y adivinaba con la fantasía. Su
observación reunía y sistematizaba fenómenos; mientras su pre-
sentimiento revelaciones y profecías. Como Vinci, como Buo-
narroti, como Vives, como los hombres primeros del Rena-
cimiento, Colón se nos presenta múltiple, asceta y artista y
marino y observador y poeta y vidente y negociante. Por el
espacio celeste buscaba ideas al mismo tiempo que por el espa-
cio terrestre buscaba oro. La ciencia lo iluminaba con la ver-
dad; pero el arte y la religión, de que nunca llegó á desasirse,
por italiano de nacimiento, y por católico de fe, le prestaron los
esmaltes más bellos de su genio y los lauros más inapreciables
de su gloria. Él hacía, como su tiempo , como la edad creadora
del Renacimiento, una religión del arte; y de la religión una
fuente viva de inspiraciones continuas. Había convertido, al
igual de muchos pensadores contemporáneos , la estética en un
Evangelio viviente; pero no puede, no, dudarse que la religión,
la ciencia, el arte, esta trilogía sublime , hallaban en el alma su-
perior suya la unidad consustancial y suprema. En cada fenó-
meno hay una idea escondida; el abría los fenómenos, y encon-
trábala, como dentro de su concha, su recatada perla. Y cuál
sabía la cantidad que guarda de idea cada fenómeno; sabía lo
que hay de práctico en cada idea. Y luego de saber lo que hay
de práctico en cada idea, la cantidad que hay de idea en cada
fenómeno; sabía lo que hay en las ideas de ideal, quiero decir, de
universal, de permanente, de divino. Formaba los juicios sintéti-
cos á prioría, para ir luego á comprobarlos en el juicio analítico y
experimental á posteriori. Así, esta dualidad increíble de su alma,'
— 343 —
produciendo una doble serie de fenómenos, tan diferentes, y aun
opuestos casi, ha dado margen á juicios tan dispares acerca de
su contradictoria persona. Como á donde llegó él, pocos llegan;
á donde hoy está, pocos alcanzan. El genio nace y se pone por
necesidad entre misterios, como el sol, tan luminoso, nace y se
pone á su vez entre crepúsculos. Si lejos de haber sido cosa real
el descubrimiento, fuera cosa ideal, un sistema, en vez de un
mundo, quizá no se lo reconociéramos, como hay muchos que
no quieren reconocer el Cristianismo á Cristo. En Colón hay lo
impersonal, como su noble ambición de aumentar los fieles ca-
tólicos y de reconquistar el Santo Sepulcro, con mucho de per-
sonal, como sus capitulaciones, sus ajustes, sus regateos, sus
acaparamientos de atesorador y avaro. Mas ideó, creyó, razonó,
y adivinó como nadie. Interrogó la Naturaleza con insistencia.
Y después de haber ideado una hipótesis científica, la sujetó
á larga comprobación experimental. Así, hay en él un obser-
vador como Bacón y un vidente como San Francisco; sus
promesas tienen mucho del profeta Isaías y del viajero Marco
Polo. Por un lado ve la idolatría concluida, la regeneración del
Asia verificada, el Preste Juan de las Indias bautizado, el Reden-
tor puesto en los altares de todos los continentes á la cabeza de
toda la humanidad, el nombre de Dios conducido en alas de las
brisas por él desatadas, á luminosos horizontes por él agranda-
dos, Jerusalén cristianizada, la colina de Sión convertida en
templo de los espíritus , el Santo Sepulcro rescatado , la Iglesia
católica saludada por todos los confines del planeta; mientras,
por otro lado, junto á todos estos espirituales bienes, descubre y
promete mares llenos de perlas, ríos dulces como si fueran de
mieles, territorios infinitos oliendo á embriagadoras especias,
bosques de canelas, jardines de ñores perennes sobre cuyos ro-
sales cantan coros de aves en voz siempre, murallas de plata,
palacios de oro, torres de brillantes y esmeraldas, una copia in-
creíble de riquezas, un paraíso interminable de goces y placeres,
merced al rejuvenecimiento y exaltación de la vida. Estas dobles
— 344 —
alunaciones místicas y sensuales constituyen una parte capital
de su inteligencia, como ese doble cuidado de la idealidad más
alta y del interés más egoísta constituye otra parte capitalísi-
ma de su moral. Alucinábase como un extático sin abandonar
nunca la ganancia como un mercader. Codiciaba tanto el sol de
la ciencia para su espíritu como el oro sonante y contante para
su bolsillo. Su deseo de rescatar el Santo Sepulcro no empecía
en su ánimo al deseo de alzarse con una pingüe renta. Iba en
pos de fieles para la Iglesia, de subditos para los reyes, de do-
minios para la corona, de soldados para la última cruzada, y de
cuartos para sus hijos. Lo mismo explayaba su alma en una
letanía mística semejante á las floretas de Asís, que concentraba
su cálculo en comprar unas cargas sobre las carnicerías de Cór-
doba para sustento de su querida manceba. Tal Dios lo hizo y
tal aparecerá en la historia. El egoísmo de sus cálculos no em-
pecerá nunca, no, al reconocimiento de la grande abnegación
que generó su obra. El que haya querido con codicia reunir
unos cuantos dineros más á su peculio, no le obscurecerá la gloria
de haber con sus alucinaciones sobrehumanas agrandado el cielo
y sembrádolo de miñadas y miriadas de astros, al descubrir sin
quererlo y sin pensarlo un continente nuevo dividido en dos he-
misferios. ¡Cuáles instantes para Colón aquellos que precedieran
al encuentro de América! Corrientes de vivida electricidad por
sus nervios , relámpagos de súbita inspiración por su alma, pro-
fecías misteriosas en sus vibrantes labios, adivinaciones en sus
extáticos ojos, absorción de todo el ser en una idea, efusiones
de regocijo por todo lo que aguardaba unidas con lágrimas de
pena por todo lo que había sufrido hasta entonces, recuerdos
convertidos hacia las personas amadas y acción de gracias á
Dios, una especie de segunda vista sincrética trasparentándole
todos los objetos circunstantes para que penetraran en el espa-
cio donde surgía el Nuevo Mundo y una grande anticipación
de su gloria en la posteridad: he ahí el estado suyo á esta hora
suprema.
-- 345 —
Eran las nueve de la noche, jueves, ii de Octubre. Colón,
■ cumplidos los rezos diarios y recapacitada la situación suya, su-
bió á cubierta con sumo reposo y miró el espacio hacia Occi-
dente con suma curiosidad. Nadie le acompañaba. Solo con su
pensamiento iba escudriñando lo infinito con avizora mirada.
Después de las quejas más ó menos reprimidas y de los sobre-
saltos más ó menos patentes, la expedición sólo había encon-
trado una dificultad: las hondas supersticiones de los tripulantes.
Tranquilo el mar, serenísimo el cielo, dulce la brisa, buena la
salud á bordo, sin una tormenta en los aires y sin un escollo en
el agua, Colón, quien, á diferencia de nuestros sabios modernos,
tan materialistas por regla general , no se creyó nunca solo en
el universo, juguete de la ciega fuerza material, sino de Dios
acompañado y asistido por su Providencia, en una efusión mag-
nífica de su esperanza, dio gracias al cielo con mudas palabras,
no sólo sin sonido , sin forma casi , en su íntima espiritualidad.
Su previsión, la cual debia llamarse, por firme, completa evi-
dencia, lo mantuvo más vigilante que nunca y de pie sobre
cubierta. Todos á una velaban igualmente con él. ¿Quién duerme
cuando hay muerto en casa ó se aguarda un próximo naci-
miento.? Parecido el sueño á la muerte, cualquier accidente nos
lo quita, sintiéndolo y lamentándolo mucho siempre las pobres
criaturas, siquier la vigilia sea vida: que tan grato nos es el
morir á diario. Decir que se ha dormido poco equivale á decir
que se ha vivido mucho; y nos gozamos en esta muerte pe-
riódica, preludio de la eterna muerte. Colón apenas había
desde Palos dormido; entre sus compañeros ninguno durmió
aquella noche del ii. Hallándose completamente solo, pues
cada cual velaba desde su correspondiente sitio y todos cum-
plían su facción respectiva, tras una hora de reconcentrada fijeza
en el ambiente, dio un grito su garganta, porque había dado un
vuelco su corazón. Acababa de ver una luz terrestre, una luz
diversa por completo de los astros celestiales y de los fosfóreos
oceánicos. No solamente distingue al hombre de los demás ani-
— 346 —
málies la idea que lleva como un verbo divino invisible sobre su
cabeza: lo distingue la Hamaque lleva en sus manos y que ha en-
cendido con su industria. Ningún animal sabe hacer fuego. La
tenue lucecilla, columbrada por el Almirante, crecía y men-
guaba y andaba en opuestas direcciones, como una candela que
se moviese á la mano y vacilase al movimiento. No pertenecía
por su duración á los pasajeros aereolitos, frecuentes en aquellas
inmensas perspectivas; no pertene.cía por su color y por sus di-'
mensiones y por su singularidad á las piedras candentes y lumi-
nosas lanzadas por los volcanes y sus eruptivas lavas ; no era
fuego fatuo, que fosforea como el fuego marino, y menos aun
estrella que resplandece por las alturas etéreas: era, ó la llama
de un hogar, ó la tea de un viandante. Adivinóla él, entre todos,'
porque ningún marino contempló nunca el polo inmóvil , que le
fija un punto del cielo en su ruta por el mar, como este marino
mirara el polo móvil, cuyos resplandores y centelleos esclarecían
todas sus esperanzas, anunciándole con avisos bien ciertos el
cumplimiento de proyec';os bien maduros. Colón, meditando so-
bre su plan, tuvo despierto alucinaciones que debieron parecerle
sueños y dormido sueños que debieron parecerle alucinaciones.
En aquella luz tan tenue reconcentrábanse al par el alma y la
vida suyas: de ser verdad, la gloria inmortal; de ser mentira, la
muerte tras la desesperación. Así, frotaba mucho sus ojos, como
si quisiese azuzarlos con los puños á columbrar más y mejor
aquel puntillo imperceptible casi en el horizonte inmenso. No
estaba cierto de nada, en la confusión de ilusiones con realidades
y en el recuento de antiguos desengaños sucedidos tras seguras
esperanzas; y llamó al maestresala del Rey, quien se arrestó en
Palos á seguirle, y que por su dignidad y posición estaba de él á
la continua cerca, y le dijo cómo habían vislumbrado sus ojos
una luz, y le preguntó si la veía él á su vez con sus ojos propios,
más atestiguadores y más fidedignos por menos alucinados é
hipnósticos. El maestresala respondió que veía la luz; y Colón,
en su júbilo, no acertaba con la palabra propia del estado de su
— 347 —
ánimo, en una efusión radiosa y comunicativa. Para cerciorarse
más, llamaron al veedor de la flota, Rodrigo de Segovia. Pero;
sin duda, como tenía encargo de ver, el veedor no vio nada.
Cayó en la misma obscuridad anterior el horizonte y Colón en
el mismo anterior anhelo. Pero la flotilla continuaba navegando
muy de prisa y con viento muy fresco y próspero. Aunque sol^
taron pocos rizos, empujábala muchísimo la corriente continua;
Colón pasó la media noche sobre cubierta, inmóvil, rígido,
frío, como una estatua, absorto en contemplaciones parecidas á
éxtasis. Sabía que más andadoras la Pinta y la Niña , por me-
nos pesadas, eran las apercibidas mejor y más dispuestas á to-
par primero con tierra, y dejaba que lo precediesen á él, no
curándose de nada en aquel supremo instante , sino de dar con
el apetecido hallazgo. Tocóle tal buen acaso á la Pinta. Eran
las dos, poco más ó menos, cuando al centelleo de las estrellas
y á las fosforescencias del mar , un tripulante, sevillano, de ojo
certerísimo, hecho, como los ojos del ave nocturna y del gato
doméstico, á ver en las tinieblas, gritó tierra. Y en cuanto el ma-
rino gritó tierra, Martín Alonso Pinzón soltó un cañonazo, cuyo
estampido resonó con resonancias portadoras de infinitos con-
suelos en las tres hipnotizadas tripulaciones, las cuales no daban
fe al testimo^nio de los sentidos propios tras tantas perplejidades-
y angustias. Nunca debió estar Colón más fuera de sí, entre ner-
viosas agitaciones y eléctricos sacudimientos, como al encon-
trarse con la tierra buscada enfrente y no poder verla. Sus oídos
se aguzarían á percibir y sus ojos á columbrar el misterio ya
escudriñado por la propia idea y cubierto en minutos parecidos
á eternidades por la negra noche. Cualquier ligero accidente
podía malograr el encuentro; cualquier mal paercibida traza
destruir la obra en aquel extraordinario momento. ¡Cuan fácil
cosa en la orilla perderse y ahogarse! Largas noches las no-
ches de Octubre ya; tardo el día próximo venidero. Colón hu^
biese querido arrancar el paño de las tinieblas al mundo encon-
trado por su fe viva y por su constancia incontrastable. ^'Qué
- 348 -
sería? ^-Sería un edén osería un desierto? ¿Les aguardaba el cum-
plimiento de una esperanza tan acariciada ó el dolor de un des-
engaño monstruoso? La tierra invenida, ¿valdría el trabajo y
el tiempo en ella consumidos? Quizás les aguardaban monstruos,
capaces de acometerlos con rabia hidrófoba y razas capaces de
recibirlos con resistencias cruentas y guerras y combates á
muerte. Quizás resultaría un páramo sin fauna y sin flora y sin
pobladores y sin productos y sin provechos, impropio para
devolver en cosecha de bienes todo cuanto había pedido de afa-
nes. Dos profecías batallaban á la continua en los presentimien-
tos de Colón: religiosa la una y materialista la otra. Parecíale
unas veces que debía encontrar el paraíso devuelto á la huma-
nidad , el paraíso de los primeros días de la creación , cuyas re-
miniscencias llevamos á la continua dentro del alma, en confor-
midad con sus efusiones místicas de franciscano laico y mili-
tante ; y parecíale otras veces que iba con el Preste cristiano de
las Indias á topar, puesto el buen Juan, según le llamaban, so-
bre un trono áureo y bajo un pabellón de perlas y brillantes y
rubíes y zafiros, en conformidad con lo leído para desempeñar
su ministerio de inventor y cosmógrafo. Por fin rayó el alba. Por
fin, al resplandor perla de la suave alborada , se fué dibujando
el islote, de suyo parecido en sus risueños deslumbradores as-
pectos á nueva creación. Así como en las regiones del Norte
aparece la tierra más hermosa tras una mañana de neblinas
disipadas al resplandor del sol de mediodía, este intervalo
entre los tenebrosos misterios de la noche y los claros efluvios
del alba debió hacer que resaltaran á los ojos del descubridor
las tierras aquéllas bajo un cielo azul y etéreo; sobre un mar
jaspeado con toda suerte de colores; dentro de un cinturón
de arrecifes que parecían piedras preciosas; con alfombras de
arenales áureos tendidos por las riberas recortadas á modo de
anfiteatro; con un puerto hecho por la naturaleza misma en gra-
ciosísimo recodo de la ensenada , tan profunda cual quieta al
amor de sus dormidas aguas; por monte cónico rematadas, muy
— 349 —
semejante á espléndida corona ; revestidas de árboles gigantes,
cargados con frutos llenos de mieles y flores llenas de aromas;
con huertos de ramilletes ceñidos y de aves poblados, despi-
diendo esencias gustosas al olfato y gorjeos acariciadores del
oído; con un lago en medio, lago de agua dulce, cuyos cristales
repetían en sus reflejos aquella natural hermosura y cuyos va-
pores refrigeraban el ambiente, de suyo caluroso: espectáculos
increíbles á la vista, entonces alucinada y extática, como si re-
sultase, al cumplirse tan vivo deseo, la victoria definitiva el ma-
yor de los engaños y la realidad cierta el mayor de los embus-
tes. Colón volvió á ese magnético estado á que la ciencia llama
hipnosis , nervioso desarreglo producido tanto por excesos de
alegría como por excesos de dolor , en los cuales parece cual-
quiera un sonámbulo que sueña despierto y que anda dormido.
El éxtasis debió seguir á esta grande alucinación. Y en el éxta-
sis debió haber muchos efectos de la sorpresa, pues no creía
cumplido el deseo, aunque ya logrado; y muchos arrebatos de
la religiosidad, atribuyendo á milagro del cielo aquella increíble
aparición en el espacio; y muchos júbilos del ánimo desatinado
al golpe de tales nuevas emociones juntas; y muy grande admi-
ración, rayana con el embobamiento producido en los seres ena-
morados por las personas amadas; y una contemplación como
aquella puesta por el venerable pintor Angélico en los rostros de
sus místicos, arrobados al escuchar las melodías angélicas ó ver
la Santa Trinidad. El paso desde la mar solitaria é inacabable al
islote, de campestre vida muy henchido y rebosante, debía pa-
recerse al paso del espacio sin luz al espacio iluminado por la
palabra creadora en los primeros versículos del Génesis. Colón
se ciñó las más ricas vestiduras y se arrolló al hombro un manto
de roja púrpura; con una mano asió la espada del combate y con
la otra mano asió la cruz del Redentor; hizo que le cubrieran la
cabeza como un palio los pabellones recamados de oro en que
iban bordadas las cifras Reales de realce y la castellana corona;
llamó como corte y cortejo de aquella ceremonia sin precedente
— 350 —
á todos los compañeros más conspicuos de su navegación; y
desembarcando con solemnidad majestuosa, hincó la rodilla en
tierra, puso la mirada en Dios, alzó á las alturas los brazos, y
después entonó en coro con los suyos un Te Deum , semejante
al que los ejércitos españoles cantaron desde Covadonga hasta
las Navas en aquella gigantesca empresa de la reconquista, con-
cluida en la torre de la Vela y premiada con la surrección mila-
grosa, no de un mundo nuevo, de una nueva creación. El
milagro se hizo y se hizo por la fe. Leyendo quien estas líneas
escribe un soneto del gran poeta Schiller, encontró en él un
pensamiento filosófico tan original como profundo, por el cual
incitaba con entusiamo al descubridor á que anduviese adelante,
pues un mundo surgiría para él de cualquier modo: que cuanto
el genio promete la Naturaleza siempre lo cumple. Y comenté y
amplié yo así tal pensamiento, con él concluyo esta parte del
relato de la invención: «Al contemplar este poema lo más vivo,
lo más real y verdadero, lo más luminoso encontrado en él es el
triunfo de la fe. Para cruzar los mares de la vida, hay que em-
barcarse pues en la fe. En esa nave se embarcó sin recelo alguno
Colón y encontró al término de su viaje un Nuevo Mundo. Si
este mundo no hubiera existido, lo creara Dios en la soledad
del Atlántico, tan sólo para premiar la fe y la constancia de
aquel hombre. Se descubrió América porque Colón tuvo fe viva
en su ideal, fe viva en sí mismo, fe viva en su Dios.>
CAPITULO XXI.
LOS PRIMEROS DESCUBRIMIENTOS.
AY afectos que solamente pueden expresarse por me-
dio de la música é ideas que solamente pueden ex-
presarse por medio de la poesía. El misticismo vago
de las almas religiosas pide la melodía del órgano; y la sensación
suscitada en el descubridor, al contemplar su descubrimiento la
primera vez, el exámetro de la epopeya. Como el Verbo humano,
con ser lo más divino de la creación, más que la luz material,
no llega jamás á contener el amor intenso é infinito ; la Historia
escrita, con ser una manifestación del espíritu nuestro, cual de
Dios el Universo, no llega en sus análisis y con su prosa donde
se halla la poesía, única, en los humanos medios, capaz de pa-
tentizar con sus efusiones líricas la expresión de los pensa-
mientos que debían poseer el ánimo de Colón al encuentro de
, aquellas islas, y el arrobo de todos sus sentidos y el éxtasis de
su vista y la transfusión del ser entero suyo á la naturaleza vir-
gen, quien se le aparecía entre los mares y los cielos azules,
como hechura de su alma y como cristalización de su idea.
Milton en el Paraíso Perdido; Camoéns en los descubrimien-
tos cantados por sus Luisiadas; Miguel Ángel en el fresco de la
Sixtina, representativo de la creación del primer hombre; Goethe
— 352 —
en la última escena de su Fausto, cuando el Doctor columbra la
gloria celestial; Calderón en aquellas relaciones de Justina, di-
ciendo cómo le parece la Naturaleza, vista con los ojos del amor,
diversa de la Naturaleza vista sin amor; Meyerbeer en la grande
aria de su Africana, expresiva de los rumores oídos por estos
pilotos profetas entre las invenciones oceánicas halladas mer-
ced á los esfuerzos de su voluntad y á las advertencias de su
adivinación han esbozado lo sentido por Colón en la hora de
su encuentro con la nueva tierra: singularísima y excepcional y
sobrehumana impresión, guardada en el secreto de su profundo
espíritu, el cual tenía más medios de realizar aquella tierra ó
evocarla que de encarecerla con palabras, no obstante su elo-
cuencia, y decir con verdad, no obstante su entusiasmo rayano
en deliquio, lo que por ella sentía y de ella deseaba. Necesitaría
uno haber de algún modo recibido las primeras visitas del ideal;
experimentado los primeros afectos hacia él ; puesto las poten-
cias todas del alma en su penosa gestación; padecido las angus-
tias mortales consiguientes á las revelaciones y compañeras de
los reveladores; meditado cerca de cuarenta y más años sobre
los mares; correlacionado las ideas del alma con las estrellas del
cielo ; padecido las burlas y los insultos y el menosprecio de los
hombres; pasado hambriento y con una capa raída por las an-
tesalas de los reyes entre las chacotas de los cortesanos y las
soberbias de los sabios; luchado con algo más terrible que los
ejércitos en armas, con las viejas supersticiones resistentes al
progreso; corrido por el Océano tenebroso, cuyos espacios res-
guardaban monstruos puestos allí al conjuro de seculares inven-
cibles creencias; atravesado el misterio material infinito entre
zozobras del alma perpleja muchas veces ante las dificultades
morales, peores que las procelas del aire y del agua, para sentir
lo que sentía Colón, cuando al resplandor de aurora sonriente,
tras tales combates aquistaba su lauro, y veía el anhelado logro
de todos sus deseos en la isla con sus áureos arrecifes , con sus
argénteas arenas, con su laguillo celeste, con su corona de sel-
— 353 —
vas, con sus bocanadas de aromas, con sus tribus de indios, con
su edénica hermosura. Y no solamente necesitaría uno para sen-
tir los afectos del descubridor, pasar por todo cuanto él pasara;
necesitaría también tener las creencias que tenía él, semipagano
por nacido en el Renacimiento de Italia, y semiasceta por ins-
crito en la Orden Tercera de San Francisco; muy ortodoxo y
católico ferviente así en sus ideas religiosas como en sus devo-
ciones diarias, pero también semipantheista por su profesión náu-
tica, pues así como su cuerpo absorbía por la totalidad de sus
poros los efluvios marinos, absorbía su espíritu por la totalidad
de sus facultades el divino ser. Parecerá el aserto que voy á decir
una paradoja; pero yo por fundado lo tengo. Reunía Colón al co-
nocimiento de la cosmografía y al estudio del trazado de los ma-
pas y al arte náutica y á las ciencias aun astrológicas tal subido
tinte de nociones teológicas, demostrado en su libro de Profe-
cías donde reúne tesoros de avisos y anuncios cosmológicos sa-
cados del estudio de la Biblia y de los Padres, que debía expli-
car por la creación angélica del tomismo, todavía en boga en-
tonces, las innumerables apariciones de archipiélagos en el
espacio. Aquellos islotes, recién surgidos á su vista, debían re-
cordarle las lecciones acerca de la creación angélica diseminadas
en el aire y en el espíritu de Universidades, como la Universidad
de Pavía, por ejemplo, donde según algunos de sus biógrafos pa-
sara los primeros años de su agitada mocedad. Tantos arrecifes
parecidos á infinitas madreperlas, tantos islotes pintados como
las facetas de prismas gigantescos donde se quiebra la luz del
día, tantas selvas cargadas de frutos y flores , así como ceñidas
de gigantescas enredaderas á modo de guirnaldas; el aroma em-
briagador difundido por las especias y el coro melodioso difun-
dido por las aves en el aire debían recordarle aquella creación
angélica, trazada por los grandes oradores en las cátedras de
mística teología, cuando mostraban cómo Dios, para crear el
mundo, quiere mensajeros de sus mandatos, ministros de su vo-
luntad, mediadores de su palabra creadora con el espacio vacío.
— 354 —
y todavía no ha comunicado á su voz potente su típica idea,
cuando se alza un vapor blanquecino perlado como los arreboles
del ópalo, y en los senos de este vapor brota una rosácea luz
como alba de un eterno día, y en esta luz van dibujándose á una
con formas fugaces y brillantes los ángeles, cual esas fantásticas
figuras que producen y disipan los rayos del sol naciente sobre
neblinas matinales antes que lleguen á cuajarse en rocíos; y
pronto estas figuras angélicas rompen su indeterminación pri-
mera como la mariposa el capullo de su larva, y se muestran en
toda su hermosura, con la cabellera de luz que cae sobre los
blancos hombros, la frente inundada por una idea divina, los
ojos embebidos en místicas contemplaciones, vibrantes los la-
bios con himnos de alabanzas, las multicolores alas batiendo el
éter agitado por armoniosísimas ondas, los dedos en las arpas,
hasta componer con sus gasas de color gayo como el pétalo las
flores y con sus voces de dulcísimo dejo como el cántico de las
filomenas, una legión por tal manera hermosa y un concierto por
tal manera melódico, que sumergen al Criador en arrobamiento
sobrenatural producido por las contemplaciones de su creación
y de sus criaturas. Indudablemente algo parecido á lo que de-
bemos imaginar sucediera en Dios después de mirar la creación
y reconocer su bondad, debió suceder en Colón después de ha-
ber visto las islas y encontrádolas en el éxtasis proveniente de
su júbilo superiores á lo esperado por la inteligencia suya tras
los largos estudios de los libros y á lo fingido por la imagina-
ción suya tras los vivaces fantaseos de la esperanza. Sin em-
bargo. Colón se guarda como un tesoro sus afectos y las emo-
ciones por sus afectos causadas, así al columbrar la tenue luz
que le advertía la existencia del hombre por aquellos parajes,
como al ver la tierra primera que cumplía y verificaba todos sus
anuncios. Un cronista monástico, encerrado en su celda solitaria,
no hubiera contado con tal sequedad los hechos de otros como
cuenta Colón los hechos propios. «A las dos horas, dice, des-
pués de media noche, apareció la tierra, de la cual estaría dos
— 355 —
leguas. Amainaron todas las velas, y quedaron con el treo, que
es la vela grande, y sin bonetas, y pusiéronse á la borda tempo-
rizando hasta el día viernes que llegaron á una isleta de las Lu-
cayas, que se llamaba en lengua de indios Guanahaní. Luego
vieron gente desnuda y el Almirante salió á tierra en la barca
armada , y Martín Alonso Pinzón y Vicente Yáñez, su hermano,
que era capitán de la Niña. Sacó el Almirante la bandera Real
y los capitanes con dos banderas de la cruz verde, que llevaba
el Almirante en todos los navios por seña con una F y una Y:
encima de cada letra su corona, una de un cabo de la cruz y
otra de otro. Puestos en tierra vieron árboles muy verdes y aguas
muchas y frutas de diversas maneras. El Almirante llamó á los
dos capitanes, y á los demás que saltaron en tierra, y á Rodrigo
Descovedo, Escribano de toda la armada, y á Rodrigo Sánchez
de Segovia, y dijo que le diesen parte y testimonio como él por
ante todos tomaba , como de derecho tomó , posesión de dicha
isla, por el Rey e por la Reina, sus señores, haciendo las protes-
taciones que se requerían , como más largo se contiene en los
testimonios que allí se hicieron escriptos.» ¿Puede darse una
sencillez mayor.?' Tan escueta relación, parecida de suyo á fac-
tura mercantil ú oficial despacho, ¿contiene asomo de la emo-
ción, que algunas veces late más ó menos oculta, pero al cabo
late con fuerza en otros pasajes del Diario r Colón, afanadísimo
por topar con el reino que la tradición había puesto á sus es-
paldas, inquiriendo, como viajero fantástico de las epopeyas
medioevales, los palacios áureos del grande Kan de jVIongolia,
reinante sobre los territorios de Tartaria explorados por Alejan-
dro y Marco Polo en las fantaseadas correrías de tan difíciles é
intrincados rumbos, y que aparejaba y reunía en su imagina-
ción tesoros y más tesoros allegados al sacratísimo fin de abrir
las Cruzadas tras su frustración definitiva y rescatar el Santo
Sepulcro para la cristiandad, que abandonáramos á la última
irrupción de los turcos en Jerusalén; embargado por estas aluci-
naciones contraídas en la contemplación de lo retrospectivo an-
— 356 —
tiguo, no comprendía como se hallaba frente á frente del
misterioso mundo de lo porvenir, quien estaba llamado como
una especie de mágica tumbaga nupcial á desposar las tierras
con los mares en la unidad hasta entonces desconocida por
completo del planeta nuestro y en la unidad todavía superior
del humano linaje. Así la tierra, que iba surgiendo á sus
ojos, no tenía como el Asia buscada por Colón un carácter
histórico sobrepuesto, donde hubieran podido radicar los privi-
legios y las castas como mundo de lo pasado que era; por lo
contrario, como mundo de lo porvenir, tenía con sus ignoradas
selvas, con sus aguas vírgenes, con sus tribus primitivas, con sus
incipientes sociedades, con su patriarcado y su fetichismo inge-
nuos, aquel carácter aproximado á la naturaleza y á la vida na-
tural que los preparaba como blandísima cera en su materia
muelle á recibir todas las impresiones y los hacía idóneos para
producir la sociedad progresiva de lo porvenir, que, sin el peso
gravoso de las ruinas enormes y sin la ofuscación producida por
el fulgor de los dogmas heredados, aceptase de grado la comba-
tida libertad humana y los naturales derechos por su misma edé-
nica inocencia.
Como en la creación angélica se tropezó con la rebeldía de
Luzbel; como en la creación cosmológica se tropezó con la ser-
piente del mal; como en la creación humana se tropezó con el
pecado de Adán; en esta hora sublime y divina, cuando la Na-
turaleza parecía rejuvenecerse y renovarse, tropezó el descu-
bridor con desengaño terrible á la carencia de oro , tan bus-
cado por sus avaricias italianas, y al alejamiento de las grandes
Indias, tan requeridas por sus convicciones cosmográficas. En
lugar del continente, madréporas aisladas y ceñidas por un
verdor eternal ; en lugar de las ciudades inmensas, pagos pare-
cidos á colmenas ó madrigueras de inferiores brutas especies;
en lugar de aquellos purpúreos mantos en múrice tiria teñidos,
la paradisíaca desnudez primitiva; en lugar de diademas, pluma-
jes; en lugar de áureos templos, algún que otro grosero fetiche
— 357 —
no bien determinado ; en lugar de las perlas y de los zafiros y
de los rubíes y de las esmeraldas, pedazos de yuca ú ovillos de
algodón. Por aquellas Lucayas, con este nombre conocidas á
causa de la población de sus cayos , y por todo el archipiélago
bahámico, nada de oro. Los viejos imperios, tan semejantes á
los colosos con que Alejandro luchara; los Prestes de las Indias
y los Kanes de Tartaria; las cordilleras de plata, los palacios de
oro, el reluciente Ofir salomónico ; tantos ensueños quedaban
desvanecidos en presencia de aquellas cabanas compuestas por
palmitos, desde cuyos senos iban saliendo, con una especie de
sorpresa casi animal en el rostro espantado y recelosísimo, tribus
desnudas y pintadas, sin Dios y sin rey, adheridas casi á la ma-
teria, desnudas por su falta de necesidades y de industrias, las
cuales de hinojos se prosternaban delante de aquellos extranjeros
surgidos del mar, como delante de divinidades bajadas del cielo,
pero que no podían ofrecer, en la incipiencia de su vida y en
la inopia de sus recursos, ningún otro don que los ofrecidos por
sus arboledas á las manos tendidas hacia sus espontáneos frutos,
los cuales colgaban allí del ramaje como en el primitivo Paraíso,
donde no se hubiera evaporado la triste lágrima de nuestras pe-
nas, pero tampoco los fecundos sudores del próvido trabajo. Lo
más curioso allí era el contraste manifiesto entre aquel indio,
entregado á la naturaleza, pendiente del pezón de su madre
tierra, lactando la primera vida desde cuna formada por las sel-
váticas enredaderas, con la inocencia de niños sin pecado, y el
hombre civilizadísimo europeo , asaz viejo moralmente por cul-
to, y en su cultura dispuesto á emplear sobre los invenidos
todas las múltiples astucias de una civilización, en que iba pre-
dominando la implacable razón de Estado, para mejor domi-
narlos y arrancarles aquel norte inmóvil de los viajes atrevidos,
más luminoso que la estrella polar, el reluciente oro. Así discu-
rría Colón por un lado y por otro en busca del gran imperio
indio y del gran Kan tártaro parecido al Gran Señor turco. Y
mientras, deteniéndose tan sólo por tres días en la primer isla
— 358 —
encontrada, iba requiriendo las demás, poníales nombres reve-
ladores de sus pensamientos y de sus propósitos. Bautizó la
primera isla con el nombre de San Salvador, en obsequio á Je-
sucristo, que salvara generalmente á la humanidad, y con espe-
cialidad á él en sus amargos trances; bautizó la segunda con el
nombre de Santa María de la Concepción, el cual nombre invo-
caba en el misterioso viaje, y á cuya santa virtud creía deber la
venturosa dicha de no haber tenido una procela en el mar ni
una enfermedad á bordo; bautizó la tercera con el nombre de
Fernandina, en obsequio al Rey, obsequio demostrativo de que
no le fué á Colón hasta entonces tan mal con él como supone
cierta maliciosa escuela histórica, ó, si le fué mal, quiso congra-
ciárselo en lo futuro, y le perdonó lo pasado; bautizó la cuarta
con el nombre, que acaso hubiera debido poner primero, sobre
todo primero que el nombre de Fernando , con el nombre de
Isabel, quizás conociendo cómo halagaba su amor de fiel y ena-
moradísima esposa con aquel homenaje ofrecido á quien tuviera
ella por compañero en el trono, y por marido en el tálamo, y
por eternamente predilecto, aun después de nacer sus idolatra-
dos hijos, en el corazón; y así fué cumpliendo el descubridor,
con estas denominaciones , aquellos deberes , traídos por el re-
cuerdo á la obligada conciencia en el efusivo gozo de su primer
encuentro con la renovada y edénica naturaleza. Pero surgía
una isla tras otra isla, y nunca daba con el continente, cuando
creía encontrarse por el oriental extremo de Asia, en su igno-
rancia crasa del grandor de los mares y en su soñación eterna
con el imperio indio. Preguntaba y requería ; pero los indios no
le prestaban luz ninguna que le sirviera de indicio, por la difi-
cultad natural de entenderse unos á otros en lo diverso y opuesto
de sus lenguas, así como por la ignorancia irremisible á que se
hallaban éstos condenados en su aislamiento dentro de aquellas
reducidas isletas y en su carencia de fáciles comunicaciones
directas. La canoa sin remos y sin velas y sin timón , extraída
del tronco de los árboles, flotante al empuje de las olas; con
— 359 —
unas cortísimas palas por todo impulso y con unas calabazas
pendientes de los costados para mejor aligerarlas cuando las
cubría el agua, difícilmente iban de un lado á otro, y más difí-
cilmente trazaban y urdían relaciones de alguna duración y
consistencia. Los hombres aquellos , en el estado embrionario
de su íntimo espíritu y en las rudimentarias raíces de su vida
social, mucho se asemejaban á los vegetales, inmóviles sobre la
tierra donde brotan, y más aun á los animales de una locomo-
ción instintiva y errante , para la cual no podían entrar como
impulsores dos elementos de cultura tan activos como la nave-
gación y el comercio. Seres humanos de instinto, más que de
razón, miraban en aquellos huéspedes legiones de reveladores
celestiales, y oían el sonido extraño de los cascabeles como una
melodía celeste, y el estallido de la pólvora como el relampa-
gueo y la fulminación de tonante nube cargada con rayos ven-
gadores. En estado así, al corto número de las ideas correspon-
día el corto número de las palabras; por consiguiente, la escasez
de noticias respecto del archipiélago, cuyo número de islas en-
carecían haciéndolo llegar á ciento en su vaga y confusa nume-
ración primitiva. Colón, que recibiera del cielo tan perspicaz
vista para en las profundidades oceánicas ver y buscar el escon-
dido mundo, anhelado por sus ansias y previsto por sus adivi-
naciones, apenas comprendía los tesoros nuevos aumentados
al acervo común de los bienes humanos con aquel hallazgo,
y requería como fuera de sí el factor único destinado á valorar
su obra, el oro, bien escaso en aquellos islotes, parecidos á ca-
nastos de flores y frutas puestos por una mano mágica sobre
los escollos del Atlántico. Su inquieto anhelo se revolvía en ale-
teos continuos por aquellos espacios infinitos, demandándoles
los territorios grabados en los lóbulos del cerebro por sus es-
tudios cosmográficos, los territorios del grande Kan, de aquel
rey de los reyes, asentado sobre una peana de oro embutida en
brillantes y bajo un dosel de perlas orientales, como guardián
de aquellas montañas del Ofir, preñadas todas de minas, que
— 2.6o —
debían enriquecerlo á él hasta convertirlo en una especie de
rey Midas, y enriquecer á España en términos de poder con-
gregar una cruzada como nunca la vieran los siglos, y recoger
una gloria superior á la recogida en sus empresas de Andalucía,
el rescate de Jerusalén y su Santo Sepulcro para toda la huma-
nidad. Como el desengaño en este mundo acompaña y sigue
á todos los deseos cumplidos, holgábase Colón bien escasamente
con su anhelado encuentro y requería lleno de una impaciencia
casi febril el imperio infinito, enclavado, según sus conceptos
geográficos , en los senos del Asia. Conducido por esta idea,
especie de falsa guía, que lo engañaba en sus cálculos á cada
momento y le revolvía sus mejor combinados planes, interrogaba
dónde había mucha y muy grande tierra para ver si en tal tierra
encontraba mucho y muy luciente oro. Sin embargo , el archi-
piélago se iba extendiendo á medida que navegaba él , en islas
á cual más hermosa, como relieves externos tomados en el es-
pacio de los mares por las ideas ocultas en el espacio de sus
pensamientos. Si no le alucinara tanto la codicia del oro, viera
que la vida humana crecía sobre la vida material según y con-
forme tropezaba con islas mejores y más hermosas. Muy cerca
de la Fernandina encontró un indio apartadísimo del mar en su
canoa , y sobre la Fernandina encontró algunos objetos de la
humana industria, que suponían, si no una civilización superior,
un trabajo superior al habitual en los pobladores de las demás
islas. En la Fernandina vio las primeras hamacas tan usuales ya
entre los utensilios caseros de los trópicos, y cuya urdimbre,
consistente y fina , mostraba los esfuerzos de una modesta in-
dustria. Pues como encontró indios salvajes, pero dóciles, en la
Concepción y San Salvador; como encontró utensilios indus-
triales en la Fernandina; encontró en la isla de Samoeto, deno-
minada por él Isabela, una dulcedumbre tal en los penetrantes
aromas del trópico y en las emanaciones salinas del Océano,
que su alma , naturalmente cristiana , subía , como sube la ora-
ción en el incienso, á un vago misticismo. Pero lo que buscaba
— 3^1 —
era el continente, su continente asiático, según aquella idea,
clave de toda su empresa y norte de todo su viaje, la idea equi-
vocadísima, por cuya eficacia, imaginando el mar muy angosto
y mucho menor en el planeta que la tierra, colocaba el Asia
oriental cerca de la Europa occidental y creía ser muy fácil dar
con la primera saliendo de la última en dirección á occidente.
CAPITULO XXII.
LA ISABELA Y CUBA
MAGÍNESE cuál efccto haría en Colón el hallazgo de tie-
rra tan grande y hermosa como Cuba en mares donde
únicamente había encontrado isletas ó islitas, según
llama en su diario á los primeros encuentros. El genio intuitivo
suyo empezó á columbrar las enseñanzas geológicas de nuestra
edad, al ver que todas las islas por ley general se tendían en lo
largo de Oriente á Poniente y se angostaban de Norte á Medio-
día, como restos ó fragmentos de una tierra firme hundida en lo
profundo, al impulso del terremoto, al estrago del fuego creador
y destructor á un mismo tiempo, al eterno choque de las aguas
con los estriados y porosísimos escollos. Así no debe maravillar-
nos la creencia suya de hallarse ante la tierra firme y continental,
cuando se halló ante Cuba, tomada hoy por los escudriñadores de
la geología moderna cual un pedazo del continente, que debió di-
latarse desde la península del Yucatán ó desde los territorios de
la Florida, en busca de otra tierra como la nunca olvidada é inol-
vidable Atlántida, sobre cuyos restos sumergidos el Océano ex-
tiende hoy su infinita soledad y levanta su monótono bramido. El
hallazgo en Cuba de los gigantescos Megalonices , continenta-
les por su naturaleza, que no pudieron pertenecer sino á la
— 364 —
tierra firme, con la cual pudo estar unida por medio de los am-
plios istmos llamados restingas, dice como el fabuloso cuento de
las tierras anegadas en el Océano renace como una verdad histó-
rica y pasa de los etéreos cielos del arte á los comprobados expe-
rimentos del saber. Con efecto, sabios naturales de Cuba, consa-
grados al estudio de la tierra natal desde su juventud, nos ense-
ñan en sus disquisiciones científicas, como los dientes fósiles de
hipopótamos recogidos en capas de tierra prehistórica; y las dos
paredes colosales del Abra de Matanzas por el tiempo abiertas;
y los lagos, hoy secos y exhaustos, componentes del deleitoso
valle de Yumurí, prueban que perteneció Cuba en otro tiem-
po al continente americano y que, para creerla tierra firme,
Colón se fundaba, no sólo en las proporciones continentales casi
del aislado territorio, en las noticias parecidas á consejas de los
pobres indios. Tantos restos fósiles encontrados en las capas
geológicas postpliocenas dicen cómo el continente y Cuba
estuvieron unidos quizá por los tiempos en que los dos cabos
del estrecho de Gades aparecían juntos y en que las cordi-
lleras atlántidas levantaban sus cumbres sobre las aguas. Pero
sigamos al descubridor en sus descubrimientos. El día 12 de
Octubre halló Colón la isla de San Salvador. El día 1 5 de Oc-
tubre zarpó hacia la isla que apellidó de la Concepción y
desde ésta á la que dio el nombre de Fernandina. El día 19
de Octubre descubrió la Isabela. En la primera y segunda isla
observó sobre todo el estado primitivo y natural de los indios
desnudos é inocentes, que miraban los objetos colocados ante
su vista con una curiosidad, á la cual podríamos llamar pue-
ril por característica de los niños; en la segunda isla ob-
servó, como ya hemos dicho, algún ascenso de la vida y de
su graduado desarrollo, por el hallazgo de objetos, debidos á
los rudimentarios primeros esfuerzos de la industria; en la tercera
isla una pureza del aire incomparable y una irradiación miste-
riosa del éter y una transparencia cristalina de las aguas y un
aroma de las flores oliente á gloria y un sabor de los frutos y
— 365 —
unos colores del horizonte tales que le transportaron de gozo y
le imbuyeron por los poros el contento de la verdadera salud y
por el espíritu los efluvios de una indecible poesía. Llamó en
estas visitas principalmente su atención, entre los vegetales el
denominado sinaloe, y entre los animales el denominado ina-
gua. Como proviene del Asia oriental aquella planta, según le
mostraban sus nociones botánicas, cuya escasez en más de una
ocasión deplora, mirábala Colón muy preferentemente, y aten-
día mucho á investigar si abundaba ó no en los recién inveni-
dos campos aquellos. Nudoso el tronco, el ramaje corpulentí-
simo, la color de sus hojas obscura, y parecidos á cerezas sus
frutos, la savia de sabor amarguísimo, la goma destilada por sus
fibras y el perfume despedido por su madera muy fragantes,
admitíase, tanto en la medicina y en la farmacopea de aquellos
tiempos, que hubo de inscribirla Colón en el escueto diario
donde iba registrando cuantos objetos curiosos observaba su
penetración agudísima. No menos digno de recuerdo el animal
á que llamaba inagua, exclusivo de aquellas tierras é ignorado
en las nuestras, de carácter anfibio, aprovechado también para
un aceite medicinal, y gustado por los naturales, y aun por los
descubridores, puesto que Las Casas dice habérselos visto comer
sin participar de tal guisado repulsivo á su estómago, y Acosta
en su Historia de las Indias exclama, tras haber hablado de al-
gunos otros alimentos: «hasta mejor comida es la de iguana,
aunque su vista es bien asquerosa, pues parecen puros lagartos
de España. >
Discurriendo en aquellos mares, dos afectos bien contradic-
torios poseían al descubridor: la infinita satisfacción por todo
cuanto descubría y el triste desengaño de no dar por parte al-
guna con el oro apetecido. Así apunta los productos que le
traían los salvajes; y á cada paso plañe con verdadera ingenui-
dad la inopia de los codiciadísimos metales, lamentada y plañida.
La primera tribu llevaba ovillos de algodón hilados y cotorras y
flechas y otras cositas «que sería tedio de escribir», y aunque
- 366 -
trabajaba por ver si había oro, y notó que algunos traían un pe-
dazuelo colgado de un agujero abierto en las narices , no halló
cosa de provecho. Interrogó á los favorecidos y adornados
acerca del criadero de su oro, y pudo colegir de las respuestas,
dadas con gestos, no con palabras, la existencia de áureas areni-
llas en aquellos lugares y de vasos ó jarrones en tierras próxi-
mas, por un monarca poderosísimo dominadas y sitas hacia la
parte del Mediodía. Quiso Colón obligarles á que le llevaran ha-
cia ese nuevo Eldorado los informadores ó noticieros; y en se-
guida le demostraron que no entendían cosa ninguna en tal ida.
j\Ias industrióle todo lo conocido y observado en la necesidad
imprescindible de andar hacia el Sur, y por esta deducción per-
suadido, se determinó á tal rumbo, en la creencia firme de que
hallaría pronto á mano la isla de Cipango, pintada con minu-
ciosidad por Marco Polo, como un criadero de metales precio-
sos, y sita unas mil quinientas millas de la tierra firme india.
Nadaban como tritones los indios del Salvador en torno suyo
y le ofrecían claras aguas con sabrosos frutos; pero nada más,
nada, ni un adarme de oro. Solamente Cipango podía satisfacer
esta necesidad. Pero no dio con los Cresos de Cipango, dio nue-
vamente con salvajes en la Concepción. Sin embargo, los noti-
cieros de Salvador habíanle dicho como llevaban los naturales
de esta islita «muchas anillas de oro y muy grandes álos brazos
y á las piernas.» Pero el descubridor añade melancólicamente:
«Yo bien creí que todo lo que decían era burla para se fugir. >>
Y en efecto, habiendo tomado á bordo varios "hombres en San
Salvador y uno encontrado en canoa entre San Salvador y la
Concepción, huíanse los cuitadísimos á nado , en cuanto capita-
nes y tripulaciones tenían el menor descuido y marraban en las
necesarias vigilancias. Así encontraron un salvaje, que iba en
canoa ó almadía muy apresurado hacia ellos, con ánimo de res-
catar cierto algodón en ovillo. Y como le brindasen con amistad
los marinos al embarque en la carabela y se resistiese con em-
peño, echáronse algunos al agua y lo apresaron. El Almirante,
- 367 -
puesto en la popa, llamó al indio, y conociendo cómo necesi-
taba mover el ánimo de los naturales con espectáculos, ornóle
muy grotescamente, á manera de arlequín veneciano y lo expi-
dió al campo sin tardanza. Púsole un gorro colorado á la cabeza,
unas cuentecillas de vidrio verde al brazo, unos muy sonantes
y muy dorados cascabeles en guisa de zarcillos á las orejas; y
así lo despidió para que viesen los desnudos habitantes de aque-
llos parajes quién había llegado á visitarles y cuántas cosas por
ellos desconocidas les aportaba y traía. Conforme andaba Colón
iban recreándole aquellas islas, muy verdes y fértiles, el mar
claro y el roquedo brillante, y el aire dulcísimo y el cielo azul;
pero no quiere calar, sino andarse á otras en busca del oro, pues
todo lo encontrado se redujo á un poco de pan como el puño,
y á una calabaza de agua, y á un pedazo de tierra bermejísima
hecha polvo primero y después amasada, y á unas hojas secas
en estimación allí tenidas, mostrado todo por un indio, á quien
dio el Almirante mieles y bizcochos muy regalados, soltándolo
en seguida para que se hiciese lenguas de los recién venidos y
los loara como le pluguiera doquier fuese y hablase. Con efecto,
los indios de todos aquellos cayos, sabedores por los expedidos,
y aun por los escapados, del carácter de los huéspedes, iban en
sus almadías ó canoas alrededor de las carabelas, ofreciendo ricas
aguadas de sus copiosos manantiales, que aceptaba Colón de
grado para llenar en las bodegas los barriles, con lo que muchí-
simo se holgaban los naturales, quienes tras el obsequio suyo
recibían en pago sonajas de las que valen un maravedí en Castilla
y agujetas más baladíes aún que las sonajas y mieles de azúcar.
Esquivando los escollos, muy frecuentes en el archipiélago
bahámico, y corriendo desalado en pos del oro, circunvalaba las
islas y descubría varias gentes mercantiles y regateadoras , que
le llevaban paños de algodón hechos como mantillos. Árboles
muy disformes de los nuestros, que teniendo un solo pie y
tronco, echaban por un lado ramas de elentisco y hojas de ca-
ñaverales por otro, sin estar injertos; peces pintados con los
- 368 -
más finos colores del mundo; y otros objetos así le divertían del
dolor despertado por la escasez del oro. En otros puntos encon-
traba casas parecidas á los alfaneques ó tiendas de los campa-
mentos europeos, con humeros muy anchos y muy altos, pero
lo más extraño en concepto suyo fué cierto pedacito de oro en-
contrado en unas narices, el cual pedacito llevaba impresos lec-
turillas, cosa muy de averiguar, pero que no pudo averiguarse
por haber descuidado pedirle, ó por lo menos comprarlo, el
acompañamiento de Colón, que lo viera en ausencia de éste.
Por fin, el i8 de Octubre, después de haber navegado en de-
rredor de la Fernandina cuanto le pidió el gusto, surgió á tiempo
que no era de bogar ya, y en amaneciendo, izó las velas, y zarpó
de allí. Con efecto, encontró la isla que le decían los indios llena
de oro, y no se cumplieron los decires. Alguno que otro peda-
cilio le llevaron; pero tan diminuto que no valía la pena. Y sin
embargo, cuanto más aumentaban las burlas del impaciente de-
seo por los ejemplos de la triste realidad, menos de sus afirma-
ciones los indios desistían, emperrados en decir que imperaba
por allí un potentado riquísimo, el cual se parecía en llevar traje
á los españoles y sobre tal traje un verdadero tesoro. Dos noches
Colón estuvo aguardando á que apareciese con su vestido el mo-
narca, y le trajese, ó bien oro de nativa pureza, ó bien cualquier
cosa de sustancia; pero solamente vio indios desnudos, de igual
especie y familia que los otros ya encontrados en su camino, con
pintarrageos blancos y encarnados y prietos, iguales todos arreo,
exceptuando algunos, los cuales traían pedacitos de oro en la
nariz, «mas es tan poco, dice Colón, que no es nada.» El sen-
tido más regalado en esta exploración de la Isabela fué sin duda
el olfato. Parecíale un pomo la isla entera de aromas embriaga-
dores al descubridor. Mil especierías exhalaban esencias por allí,
cuando el olor aromaba en todas direcciones leguas y más le-
guas, hinchiendo el aire. Así maneras increíbles de árboles, esen-
cias nunca olidas antes , frutas de un sabor especial aparecían
por doquier, encantando la vista y regalando el olfato j sin que
— 369 —
tuviera medio alguno de calificarlas por sus cualidades ni po-
nerles adecuado nombre ni clasificarlas con lógica ni definirlas
con exactitud, falto de nociones científicas previas en que apo-
yar su observación y estudio , por todo lo cual sentía él acerbí-
sima pena, expresada en ayes y quejas de una intensa elocuen-
cia, cuyos ecos todavía nos conmueven , agrandados por la dis-
tancia en el tiempo y por la magnitud de una empresa que se
agiganta con la dilatación de los espacios. Ni el Salvador, ni la
Concepción, ni la Fernandina, ni la Isabela, ni otro ningún islote
de los encontrados en aquella travesía y recorridos en sabia cir-
cunvalación, correspondieron al fantasma de Cipango, dibujado
por las historias medioevales en la retina y en la idea de Colón,
como un paraíso de varia flora y como un tesoro donde podían
cogerse á manos llenas ricos metales y brillante pedrería. Así,
después de haber navegado por espacios tantos sin haber obte-
nido el oro tan buscado, no era en sentir del piloto cosa de ra-
zón calar allí, deteniéndose y holgándose, sino seguir sin reposo,
hasta topar con tierra de mayor provecho, como aquella Cuba,
cuyo nombre se oía en todas las brisas, porque vibraba en todos
los labios.
Una de las dificultades mayores encontradas por el descubri-
dor, consistía en la ignorancia del idioma usado por cada tribu
en cada sitio. El mismo dice que lo deducía todo de las señas
vistas, en la imposibilidad completa de alcanzar y entender las
palabras oídas. Así tomaba el nombre bohío por ciudad, cuando
significaba un albergue cualquiera; y el nombre naca lo trabu-
caba por el grande Kan, que traía en mientes, cuando significaba
en medio; y traducía babeque por imperio, sin pensar en su ig-
norancia pudiese decir otra cosa cualquiera, Pero sigamos, Á
media noche del 24 de Octubre levó anclas de la Isabela, y se
dirigió á la isla que llamaban Cuba los naturales y que llamaba
él, según sus confusas nociones y sus fantásticos mapas, isla de
Cipango. Llovió toda la noche con violencia y venteó con es-
truendo, Al amanecer calmaron lluvia y ventarrón. La brisa
24
— 37° —
dulce y suave llegó tras el viento fuerte y Colón abrió el vela-
men de lacarabela mayor á sus besos amorosísimos. Maestra, bo-
netas, trinquete, cebadera, mesana, vela de gavia, todas las que
el buque llevaba, como él mismo dice, y por popa el batel. Así
navegó con suma felicidad hasta el anochecer. Y anochecido
ventaba recio, por lo cual, no sabiendo cuánto camino le faltaba
de seguro á la isla, y receloso de requerirla y demandarla en
plena noche, á causa de lo muy manchado del mar aquel por
bancos de arena y por arrecifes de roquedo, entre los cuales po-
dría no surgir salvo; necesitadísimo de conocer todas las aguas á
vista de ojo, amainó velas y se detuvo, como le diera Dios á en-
tender, hasta la dulce aurora. No anduvo así esta noche dos le-
guas. El día 25 navegó desde la salida del sol hasta las nueve y
así andaría cinco leguas; y mudado entonces el camino al Oeste,
anduvieron ocho millas por hora. Y á las once de aquella ma-
ñana columbraron tierra, compuesta por unas ocho islas. Y llamó-
las islas de las Arenas, por los muchos arenales que se veían de
todos lados y por el poco fondo que mostraban hacia la parte
meridional. El 27 de Octubre por la mañana, se dirigió ya
en demanda cierta de Cuba; y llegada la noche, estuvo al re-
paro so la mucha lluvia que cayera. Y el 28 entró en río muy
hermoso y muy sin peligro de bajos y otros inconvenientes; y
toda la costa, que recorrió por allí, era hondísima, pero limpia.
Llegó así á un río, cuya boca tenía doce brazas; «nunca tan
hermosa cosa vido, de árboles todo cercado el río, fermosos y
verdes y diversos de los nuestros, con frutos y con flores,
cada uno á su manera.» Estaba, pues, Colón en Cuba. El hori-
zonte tropical inundado por intenso éter; el Atlántico entre azul
celeste y opalado rosáceo como una gigante madre perla; los
arrecifes áureos esmaltados de conchas y nácares; los cayos cu-
biertos de plantas acuáticas animadas por infinitos infusorios;
las bocas del río ceñidas con cañas bravas y bambúes flotando á
guisa de macetones ó florestas móviles; allá, en los lejos, monta-
ñas esmaltadas por un lila y un púrpura cuyos tonos semejaban
— 371 —
á condensaciones de luz; el follaje tan intrincado, que parecía
un muro impenetrable de verdura, y tan pintado que parecía
paleta de indecibles matices todos gayos como sólidos iris;
aquellas familias de insectos comparables á rubíes y á esmeraldas
y á zafiros, y á turquesas y á ópolos con alas; el voluble movi-
miento de las mariposas, en cuyas voladoras membranas parecían
haberse la gualda y las múrices y los añiles y todas las reverbe-
raciones del prisma esmerado para que semejasen ramilletes
aéreos; las hierbas de mil formas variadas con ornamentos de
flores, las cuales deslumhraban los ojos con sus pétalos y en-
loquecían el cerebro con sus fuertes é intensísimos aromas; el
tejido espeso de lianas ó enredaderas, que se tendían como al-
fombras pérsicas por el suelo, y como chales asiáticos de un
árbol á otro árbol por las alturas; el revoloteo de los pájaros
moscas y de los papagayos y de los colibríes con sus plumajes
más brillantes que sederías de Catay; los sisontes ó ruiseñores en
coro, acompañados del chirrido de la cigarras, que no suenan
jamás, ni unos ni otras, en estos climas nuestros por otoño é in-
vierno, y que allí se oían por los meses de Octubre y Noviembre;
los plátanos de hojas tan amplias y de urdimbre tan fuerte,
como verdes mantos de ricos terciopelos , con sus frutas encor-
vadas y amarillas; los palmerales de cocoteros que salían del
agua y llegaban al cielo ; aquellos heléchos arborecentes al in-
greso de las vírgenes selvas inaccesibles que formaban por arriba
como una bóveda impenetrable á los rayos solares, y por abajo
como un océano de vegetación donde latían abismos henchidos
de vapores semejantes á gasas de nubes indecisas; los maizales
de un verdor tan claro, cargados de panojas que semejan torza-
les de brillo y cabelleras de indecible finura; los palos campeches
con sus pintores jugos y los guanábanos y los chirimoyos de re-
galadas frutas; los cactus con las estaturas del cedro y las caobos
y los ébanos de tan sólidas tablas; las galegas medicinales con su
estriado tronco; el diluvio de hojas innumerables, las erupciones
volcánicas de seres animados, la fragancia de olores trascendentes
— 372 —
á distancias inmensas, las urdimbres de fibras entrelazadas como
una increíble madeja; el fragor de una sinfonía compuesta con el
concierto de las olas hirvientes y los ramajes casi estallando á los
excesos de su savia; el conjunto aquel, increíble por su exube-
rancia, debió conmover al viejo piloto del antiguo mundo, casi
exhausto, cual conmoviera el paraíso sin males al Adán bíblico
sin pecado en el momento de levantarse al soplo divino para
recoger en sus venas los primeros misteriosos efluvios de la vida
universal. Cuando queráis entender cómo Cuba conmovió á
Colón, dejaos de los escritores que han querido encerrar esta
conmoción en frases, lejanas del sitio y del momento y del des-
cubridor, consultadlo á él mismo en su propio Diario. Publi-
cado está en muchas partes y sabido es por muchas gentes:
leedlo un minuto, y á ser posible, leedlo en su original español,
que, trasmutado por el tiempo y por las copias, aun guarda los
primeros afectos del descubridor. Nos hemos antes dolido del
escueto relato llegado hasta nosotros del primer encuentro con la
isla llamada de San Salvador. Hemos dicho como no compren-
díamos aquellas líneas de cronista monástico y escribano de ra-
ción para historiarnos el momento más extraordinario y solemne
de la historia, el que cierra una edad y abre otra en la natura-
leza material y en el humano espíritu. Pero llegado Colón á Cuba,
no se contiene ya su ánimo, no se reserva su estilo, no se limita
su admiración, estallando sus ideas en fulguraciones como las
que agitan á un poeta inspirado cuando le posee la fiebre de su
creación y también sus afectos en una especie de lírica hipnosis
como la que posee á los místicos cuando se anegan en Dios. No
puede ciertamente compararse con la descripción del Paraíso en
Milton y con las descripciones del Océano en Camoens la des-
cripción colombina de Cuba por su forma; pero tiene sencilla in-
genuidad que raya en lo sublime, por carecer de todo aparato y
de toda hipérbole , realzándose á la consideración de que fuera
quien lo trazara el mismo descubridor, mártir de su propia gran-
deza, cpnsumido por el fuego de las grandes creaciones, el cual
— 373 —
ilumina con sus resplandores á los demás y devora con sus lla-
mas al infeliz que lo lleva en sí mismo. Siempre que Colón ha
querido encarecer los territorios encontrados en sus viajes, halos
puesto junto á los recuerdos que despertaban en él así los her-
mosos campos de Andalucía como los más severos de Castilla.
Ni una sola vez recuerda su Italia. No obstante haber nacido
Colón y criádose por las deslumbradoras playas ligures , nunca
recuerda ni los valles deleitosos, ni las montañas celestes, ni los
mares de blancas espumas recamados, ni las riberas de már-
moles, ni las arenas áureas besadas por aquellas ondas, en las
cuales palpitan y laten las sirenas. Pero á Cuba la compara con
una tierra de Cuba muy desemejante, con aquella Sicilia que
representa una gran parte del teatro antiguo, donde pasan los
divinos actos de la mitología helena. Su posición entre Italia
y Grecia, sus mares tan diáfanos y luminosos, sus cielos tan
azules, sus escollos tan lucientes, las hendiduras de sus valles
donde crecen adelfas y mirtos tan propicios á las divinidades
antiguas; el Etna, que brama y fulgura, encendiendo aquellos
espacios con sus reverberaciones y fecundando aquellas tierras
pedregosas con sus lavas; todos estos contrastes de su natura-
leza y todas estas manifestaciones de su vida le dieron el pro-
digioso atractivo, al cual debía la singular elección hecha por
la fábula de su extraño suelo que ofrece teatro apropiado á los
divinos dramas y á las divinas escenas del Olimpo helénico. Por
eso representa Sicilia en la entrada del viejo mundo histórico
lo pasado, mientras Cuba en la entrada del nuevo mundo ame-
ricano representaba lo porvenir.
Puede asegurarse que la mayor emoción despertada por el
descubrimiento en su descubridor, fué la emoción que le produ-
jera Cuba. En las Lucayas del archipiélago bahámico le intere-
saron los aspectos de su condición, ofrecidos por los hombres
inocentes, tan curiosos y extraños, en verdad, sobre los aspectos
de su vida ofrecidos por la Naturaleza , pero nada tan gigante
ni tan hermoso como la naturaleza de Cuba. Fueron sus prís-
— 374 —
tinos hallazgos isletas, muy distintas de las dos mayores encon-
tradas en este primer viaje á su terminación; y con somero
estudio reconocidas antes del primer regreso á España. Después
de las Lucayas, en el trayecto entre la Isabela y Cuba, encon-
tró, como ya hemos visto, el archipiélago que llamó islas de las
Arenas; menos interesante aun que la suma de islas componen-
tes del archipiélago bahámico. Así, en éste. Colón estudia el
hombre con preferencia natural á todo. Las gentes desnudas,
más dóciles al reclamo del amor que al imperio de la fuerza,
maravilladas de ver un gorro colorado y de oir un cascabel ó
una sonaja; tan placenteras, que se dirigían á nado hacia las ca-
rabelas con ovillos y papagayos en los puños; tan juguetonas,
que se ponían las cintas de color, y las cuentas de vidrio al cue-
llo y danzaban en celebración de tanta dicha; pobres de todo,
pues iban como su madre los parió; muy bien hechos, de muy
hermosos cuerpos y muy buenas caras; de cabellos gruesos
como las crines en los caballos; de cabelleras largas que les caen
desde las cejas casi á las espaldas ; de piernas muy derechas y
barrigas muy angostas; pintados unos de prieto y otros de blanco,
y muchos de colorado, siendo ellos del color del terrícola cana-
rio; tan desconocedores de todo armamento, que cogían las es-
padas por el filo , y tan ajenos al trabajo campestre , que no co-
nocían el hierro de los azadones y de los arados; con alguna cica-
triz demostrativa de que la guerra nace al nacer el hombre; más
dados al combate de suyo que á la industria ; sin sectas ni otra
creencia que una vaga idea de la superioridad y grandeza del
cielo, embargaban á Colón y le sumergían en comparaciones
nacidas del contraste patentísimo con los españoles , y en la na-
tural anticipación , por sus presentimientos ó sus previsiones de
la suerte que les deparaba su increíble y milagrosa visita. En
aquellos análisis trazados al vuelo, y por ende, interesantí-
simos, hay observaciones como ésta, inscrita en sus referencias
del primer vistazo á San Salvador: « Mujeres, no vide más que
una farto moza, y todos los que yo vi, todos oran mancebos;
— 375 —
que ninguno vide de edad de más de treinta años.» Y en otro
lugar observa que « todo lo que tenían lo daban por cualquier
cosa que les diesen»; pero que también 'agente farto mansa, por
la gana de haber de nuestras cosas, y temiendo que no se las
han de dar sin que les den algo, y no lo tienen, toman lo que
pueden, y se echan luego á nadar.» Y más abajo, añade, ha-
blando de su inexperiencia itiercantil: « Fasta los pedazos de las
escudillas y de las tazas de vidrio rotas rescataban; fasta que vi
dar diez ovillos de algodón por tres ceotis de Portugal, que
es una blanca de Castilla, y en ellos habría más de una arroba
de algodón filado.» En la parte de Leste de la isla, como él dice,
vio ya mujeres muchas y viejos y niños, que no viera en el
punto de arribo; y para dar idea de su condición blanda, nos
cuenta como «los unos traíannos aguas, los otros cosas de comer;
otros, cuando veían que yo no curaba de ir á tierra, se echaban
á la mar nadando y venían y entendíamos que nos preguntaban
si éramos venidos del cielo; y vino uno viejo en el batel dentro,
y todos, hombres y mujeres á voces grandes decían, venid á ver
los hombres que vinieron del cielo, traedles de comer y de
beber.» Y hablando respecto de los pobladores de la Fernán -
dina, dice otra vez: «Esta gente es semejante á aquella de las
dichas islas, y una fabla y unas costumbres , salvo que éstos ya
me parecen algún tanto más doméstica gente, y de trato, y más
sotiles, porque veo que han traído algodón y otras cositas, que
saben mejor regatear el pagamento.» Las familias aquellas tan
extrañas á las ideas y á las creencias del tiempo, que no admi-
tía disentimiento ninguno del relato bíblico respecto de la des-
cendencia de Adán , hubieran extrañado á Colón más todavía
de cuanto á la sazón le maravillaban, si hubiera sabido en qué
parte del mundo se hallaba y no hubiera tomado todas las tie-
rras esparcidas en el Océano , con que iba topando , como per-
tenecientes al Asia. Pero en Cuba la Naturaleza le divierte un
tanto de su atención al hombre. La desembocadura de los ríos en
el Océano; la superficie de aquéllos, cubierta por los pétalos lio-
— 370 -
vidos de tantas flores como la festonan en sus orillas y de tantos
árboles como entrelazan sus ramajes para sombrearla muy ale-
gremente; las palmas diversas de las de Guinea y de las nues-
tras; las hojas muy gigantes que cobijan sus cabanas muy pe-
queñas; la hierba grande como en Andalucía por los meses de
Abril y de Mayo; las verdolagas muchas y los bledos; las mon-
tañas muy hermosas, aunque no son muy grandes en longura,
salvo tres; las copiosas corrientes fluviales bautizadas con los
nombres de mar y luna; las aves y pardalejos de tan diversos
colores ; el canto de los grillos, cual aquí en verano ; las peñas
altas, como la conocida con el nombre de los enamorados en
Andalucía, con otras sobrepuestas, y parecidas de lejos, en lo ar-
moniosas y relucientes, á una grande aljama ; las arboledas fres-
quísimas y odoríferas; las especias y demás plantas y frutas aro-
máticas; los tubérculos farináceos semejantes á mamas y con el
gusto de las frutas del castaño; los faxones muy pintados y las
fabas muy sabrosas; lo copiosísimo del algodón, que no siem-
bran y crece por los montes á su guisa todo el año, pues vio
los cogujos abiertos y las flores al par, todo en un solo arbusto;
las almácigas, muy superiores á las recolectadas en el archipié-
lago heleno, tan fecundo en esta materia; el inacabable cinaloe;
los panizos y los tabacos; las sangrías hechas á los árboles para
extraerles resinas y gomas; todo cuanto hería sus sentidos, le
trasportaba en un entusiasmo, que seguramente hubiera sido
mucho más intenso y mucho más profundo si presintiera las le-
vaduras de vida nueva y más alta que traía con sus descubrimien-
tos á la vida general humana y las riquezas muy superiores al oro
que lanzaba en el comercio y en el cambio universal. Su Diario
se levanta en la quincena que describe Cuba y sus paisajes á la
extensión de clásica epopeya, y para convenceros, no hay sino co-
tejarlo con cualquiera de las descripciones análogas, contenidas
en las primeras obras épicas del mundo. La más antigua narración
de este género es la contada por Ulyses á la feliz Aretea en su re-
gio palacio. Superior la forma por el melodioso acento de los
- 377 —
hexámetros homéricos y por el ritmo acabado del músico len-
guaje griego en la Odisea^ no puede compararse, ni de lejos, por
el interés de sus respectivos argumentos con el relato de Colón.
La isla Ogygia, donde aborda Ulyses, azotado por las centellas
de Júpiter, tras nueve días de naufragio, en que las olas embra-
vecidas le llevaron de un punto á otro, asido de una tabla rota y
descuajada de su propia nave, no puede compararse, habitación
mágica de la hechicera Calipso, envuelta en los misterios de la
teurgia, con estos mares de las Antillas , que se revelan como el
cielo nuevo, anunciado por las profecías de los libros sibilinos;
con estos productos nunca vistos, que nutren de sustancias
vírgenes las venas del género humano ó centuplican sus fuerzas;
con estos archipiélagos que surgen como constelaciones de as-
tros novísimos en el espacio azul y parecen repeticiones subli-
mes de los primeros versículos del Génesis y obras divinas del
primer día de la creación envueltas en el éter de la primera in-
maculada luz. Otra relación épica existe de viajes, la relación
del troyano Eneas en la Eneida inmortal de Virgilio, superior á
la relación de nuestro descubridor, por la parte literaria, pero
inferior por el interés histórico y social. La Reina de Cartago,
Dido, á cuyos dominios había llegado Eneas náufrago, quiso co-
nocer todo cuanto á éste le ocurriera desde su despedida de
Troya en ruinas é incendios hasta su arribo á las riberas líbicas.
Eneas, después de pintar la última noche troyana, cuenta como
recorrió los mares frigios; Creta, la isla de los misterios; Délos,
el templo de Apolo; aquellos bosques de Ida, donde surgieron
los famosos coribantes; Naxos, por cuyas montañas elevadas
corre Baco ebrio; el mar de las arpías, tan terribles y nefastas;
las tierras donde se alzan altares á la luz del sol y reina con
^dominación tranquila el rey Heleno; los golfos y muros de
Tarento; las faldas inmensas del Etna heridas por terremotos
continuos; la epiléptica Trinacria por los sacudimientos del vol-
cán azotada y removida en su tierra firme como los navios por
el huracán; la dichosa Selimonte con sus palmeras orientales y la
— 378 —
terrible Lilibea con sus escollos multicolores; mas, aunque haya
querido Virgilio reunir en este relato los combates de la Riada
con los viajes de la Odisea^ su materia épica no puede compa-
rarse con la ofrecida por los escollos que al conjuro de Colón
surgen, iluminados de un sol nuevo en el mar tenebroso, ó lle-
nos de tribus desconocidas hasta entonces y destinadas á dilatar
desde sus chozas de palmas, no solamente los cielos del planeta,
los ideales del espíritu. Las aguas por Eneas en tan apartados
siglos recorridas, se habían visto desfloradas por muchas naves;
mientras las aguas que recorría Colón, fuera de las humildes
canoas costeras, que no podían apartarse de las tierras, jamás
habían ninguna quilla sentido sobre su inmensa virgen super-
ficie, ni soportado las marinas ni visto las maniobras de una
grande y adelantada navegación.
Precisa confesar que no existe poeta ninguno en el viejo y en
el nuevo mundo con la capacidad que Camoens para cantar el
poema de los descubrimientos y de las navegaciones. El objeto
y la materia de sus Luisiadas aseméjase mucho á la materia y
objeto del Diarto de nuestro descubridor. Precédenos y acom-
páñanos Portugal en la obra de agrandar los Océanos y centu-
plicar las tierras. Mientras España exploraba los mares tene-
brosos por sitios donde halló la surrección del nuevo mundo
americano, explorábalo Portugal por sitios donde halló la resu-
rrección del viejo mundo asiático. Y en la fecundidad que tenía
entonces el reino lusitano , á un mismo tiempo engendraba los
pilotos descubridores y el poeta cantor de los descubrimientos.
Cuando éste pide á las musas del Tajo, tan melodiosas como las
musas del Mondego, que cantan en el manantial de las lágri-
mas los tristes amores de D.* Inés de Castro , dejen de susurrar
desde Toledo á Lisboa los antiguos idilios pastoriles y los po-
pulares romances caballerescos y tomen aliento para la inten-
tada epopeya oceánica, en verdad recoge la inspiración más
vivida y real de aquellos tiempos con la materia épica más cier-
ta, encerrando una y otra en octavas inmortales, animadas
— 379 —
todas por estro incomparable y esclarecidas en luminoso ideal.
Era un poema vivo aquella resurrección de las Indias, recon-
quistadas para Europa entera por Alejandros Magnos de Occi-
dente. Camoens decía en los primeros cánticos de su poema por
excelencia que Vasco eclipsaría de seguro á Eneas y segura-
mente lo eclipsó para siempre. Nada tan maravilloso cual ver,
en los días mismos de levantarse resucitadas las estatuas clá-
sicas y de florecer las guirnaldas helenas en los ornamentos de
las logias rafaelinas; cuando el hexámetro de Virgilio resuci-
taba en los poemas de Zannazaro y los períodos de Cicerón en
los labios de Bembo; por la Roma de León X entrando ceñidos
á cadenas de oro portuguesas los elefantes y los leopardos, que
llenaran en lejanos días el circo de los Césares y mostraran la
universal sumisión del mundo antiguo á la Ciudad Eterna. Las
perlas de Manaar, los rubíes de Pegú, el clavo de las Molucas,
el oro de Sumatra, la canela de Simaliala, el alcanfor de Or-
mutz, el añil de Cambay, bastaban para enloquecer al mundo
cristiano y darle vértigos de verdadera embriaguez, al mismo
tiempo que levantaban la poesía , necesitada siempre de superar
y vencer la realidad, á una exultación y á una exuberancia ex-
traordinarias. Camoens tiene la estatura colosal indispensable
para soportar como un titán fabuloso aquel poema ciclópeo,
que cantaba la renovación del planeta, y para medirse con
Vasco de Gama, tan titánico, quien, á pesar de moderno y
cercanísimo á la edad nuestra , parece mitológico dios, más que
los héroes de Homero, por su maravillosísimo viaje á las Indias.
Pero los caracteres del Renacimiento pesaban como una cadena
sobre Camoens. Verdadero hijo de su edad, veíalo todo, cual
se veía entonces el universo, por las múltiples tradiciones del
genio clásico y por la irremisible superstición del espíritu anti-
guo. Así emplea, como la máquina sobrenatural de su poema,
el Olimpo. Y el Olimpo servía para lo que supieron aprove-
charlo las artes plásticas; para restaurar y rehacer la forma ex-
terna; pero muerto en la conciencia humana su ideal, disuelto
— 3^0 —
el espíritu suyo en los dogmas cristianos, por la Iglesia católica
sustituido en la dirección de nuestra cultura, no podía inspirar
un poema, el cual sólo merece la calificación de arqueológico y
erudito cuando intervienen las antiguas divinidades en él , mien-
tras merece la calificación de popular y épico sin duda cuando
canta la historia y la nación lusitanas, así en los tiempos antiguos
como en el Renacimiento. Más poética me parece la misa rezada
en el Monasterio de los franciscanos sobre las breñas del pro-
montorio de la Rábida; el Avemaria oída en el paso por las des-
embocaduras del Guadalquivir y por las costas de Gades, la
tarde misma de haber el misterioso descubridor, desde la boca
del Odiel, zarpado hacia el mar tenebroso; las letanías diri-
gidas á la Virgen Madre sobre la carabela cuando brillaban
tras el ocaso los primeros vespertinos astros ó rielaba en la su-
perficie oceánica, rizada por los vientos alíseos, la luna llena; los
ecos de la Salve y del Ave maris stella, como por un órgano
inmenso acompañado de los rumores del oleaje y del velamen;
los dos Te Deum entonados al descubrir tierra y al bajar á ella;
la sencillez con que da Colón gracias á Dios en su Diario por
la felicidad completa del viaje , que las apariciones de Mercu-
rio á Gama en sueños, para precaverlo contra los peligros cir-
cunstantes en Mombaza, que la bajada fabulosísima de Baco al
mar de Melinde, que las apariciones de Venus por las isletas in-
dias, que los agasajos de Tetis, que la presencia de dioses muer-
tos hacía mil años en la humana conciencia é incapaces de tras-
trocar en cumbres de poesía las heladas cenizas de los extintos
dogmas. En cambio es Camoens épico de primer orden, épico
al nivel de los mayores poetas, digno de colocarse junto á Ho-
mero, superior en muchas ocasiones á Virgilio, más natural que
Tasso y Milton, cuando, á la manera que su predecesor Dante
Alighieri evoca el mundo sobrenatural de la Edad Media en ter-
cetos sublimes, evoca él en octavas reales incomparables el
mundo natural, rejuvenecido por la pascua del Renacimiento, y
nos ofrece con toda la historia lusitana, encerrada en himnos de
-38i -
un vuelo increíble, las descripciones de los pueblos, descubier-
tos por los nautas compatriotas suyos, y con ellos la poesía del
mar, ya en el aparejo y apercibimiento de las expediciones te-
merarias, acompañadas por los plañidos y lloros de cuantos por
la playa se quedan maldiciendo las humanas ambiciones; ya en
la exquisita limpia de limazones y ostrios adheridos al casco de
las naves durante las estadas por los deseados puertos de arribo;
ya en las aguas encendidas á los latigazos de la centella eléctrica;
ya en la tromba que, á guisa de sanguijuela chupando la sangre,
levanta en ciclónicas espirales á las ondas tormentosas y luego las
diluye por doquier en diluvios espesos; por fin en todos los espec-
táculos del Océano, surcado por temerarias navegaciones, donde
la voluntad y las fuerzas del hombre superan y dominan todas las
resistencias y todas las fatalidades juntas del poderoso Universo.
Sí, Camoens, entre todos los poetas del Renacimiento, perdura y
prevalece como épico, llegando á gloria no gustada por el deli-
rante poema de Ariosto, y por el artificiosísimo poema de Tasso,
y por el británico poema de Milton, y por el irónico poema de
Pulci; porque Camoens canta la Naturaleza rejuvenecida por los
descubridores portugueses de su creadora edad ¿á dónde hubiera
llegado, si el estrecho patriotismo portugués, un patriotismo de
terruño, no le posee como le poseyó, é inspirándose, cual debía,
en toda la gloria peninsular , nos ofrece y presenta la invención
increíble de América por el milagroso genio de Colón? Reco-
nociendo yo, cual reconozo, el mérito de tan excelso poeta, digo
que no hallo en sus octavas, siendo tantas y tan hermosas y tan
inspiradas, ninguna en que su héroe Vasco de Gama, cuyos rela-
tos pasarán de siglo en siglo, exprese algo tan hondamente
humano, á pesar de su perfección literaria, como las frases del
Diario de Colón ante Cuba, parecidas en su concisión sublime
á los primeros versículos del Génesis. No podrá creerse; mas
donde yo hallo una escena épica, semejante al encuentro de
Colón y Cuba, es en el poema parlamentario, presbiteriano,
inglés, mencionado antes ; en el Paraíso Perdido , que parece
— ^82 —
tan apartado, por su materia poética y por su maquinaria so-
brenatural, de Colón y del descubrimiento de América. La
escena de Adán en su comunicación primera con el Paraíso
terrestre, algo se parece de suyo á la comunicación primera de
nuestro piloto con la espléndida naturaleza tropical de Cuba.
Encuéntrole un defecto semejante al que tiene para mí en Las
Luisiadas el jardín donde conduce á Vasco la diosa Venus;
como este jardín se halla recortado á la manera latina ó helena
de Teócrito y de Virgilio, el jardín edénico de Milton parece
un parque inglés del siglo decimoséptimo. Y con esto las emo-
ciones allí descritas del primer hombre de la Biblia, en la cuna
del antiguo mundo, se parecen mucho á las emociones del pri-
mer hombre de nuestro Renacimiento europeo, en la cuna del
Nuevo Mundo. Figuraos aquel día, en que creado ya el mundo
inorgánico y orgánico, aparecidos todos los minerales, todas las.
plantas, todas las especies, aquejaba la sed anhelante del espíritu
á la Naturaleza, en cuyo seno el hombre no había surgido aún.
Faltaba la cadencia más dulce de las divinas armonías, faltaba
el verbo humano y sus voces. Las cosas sin alma parecían jero-
glíficos sin posible interpretación. Aunque todo estaba ya con-
certado y dispuesto era el caos aquello, porque le faltaba la uni-
dad, nacida del pensamiento. Sombras de sombras los seres sin
ideas. El Universo material sin el hombre aseméjase al cielo sin
Dios. El mundo no puede completarse á sí mismo, cuando no en-
cuentra el espejo de nuestro espíritu; no pueden los seres enla-
zarse unos á otros y corresponderse á una entre sí, más que por
el sistema de nuestra ciencia. Todas las cosas tienen como una
inconsciente aspiración á lo infinito. La semilla se rompe y esta-
lla en el tallo que sube; la flor se abre en una corola que parece
místico incensario y se disipa en un aroma que parece incienso;
vuela el ave por lo infinito y entona un himno religioso; pero
todas caen sobre la tierra; y sólo se mantiene allá en el cielo
junto á Dios la idea, y sólo hay un objeto divino aquí, el huma-
no Verbo. El Eterno accedió al deseo de la materia por llegar
— 383 —
á espíritu, y mandó un soplo de sus labios á su Adán, al animal,
cuyos pies todavía estaban enredados con las raíces del mundo
vegetal, pero cuya frente se convertía de suyo á lo infinito y
reverberaba la idea. Desde aquel momento la creación tuvo con-
ciencia de sí misma y palabra expresiva de esta conciencia. El
hombre supo lo que dice cuando gorjea el ave; lo que busca el
vapor cuando sube al cielo infinito; á lo que aspiran todos los
seres y todos los objetos en las escalas de su ascensión universal
que llamamos en el defectuoso lenguaje humano progreso.
Como los espíritus se unieron á los cuerpos, la palabra se unió
á la idea, y la palabra y la idea se unieron al Universo. Fingid
aquel minuto edénico. La tierra palpitante con el primer amor;
la luz besando la creación entera con sus inmaculados resplan-
dores; los montes envueltos en gasas de nieblas, matizadas por
todas las gradaciones del iris; los bosques henchidos de sinfo-
nías concertadas entre sus ramajes y los manantiales ñuyentes al
pie de sus troncos; las cataratas despidiendo arias unísonas y su-
blimes, al despeñarse desde los riscos tan deslumbradores como
pedrería brillantísima; los animales bañándose á una en el éter y
queriendo con amor castísimo á sus parejas, sin recelo ninguno
del desengaño y de la muerte; un aroma suave y una música in-
comunicable, y un calor vivificante, y una brisa dulce, y un ale-
teo melodioso, y una florescencia maravillosa por todas partes;
el hombre sin pecado, de hinojos sobre la tierra, sin mancilla,
devolviéndole á Dios en himnos, llenos de ideas, con palabra de
agradecimiento, los rebotes y los ecos del Verbo creador, mien-
tras la Trinidad Santísima, inclinada sobre la creación, respi-
rando el vapor que sube de los mundos y viendo el éter que
irradian los soles, y escuchando la oda compuesta por las esferas,
bendice las nupcias sacratísimas del espíritu humano con la
naturaleza universal. Leed luego el Diario de Colón y perci-
biréis en su bíblica sencillez el Paraíso tal como lo entreveía
el primer hombre antes de su pecado, bajo las emociones des-
pertadas en su prístina sensibilidad por la vida sin mancha,
— 3^4 —
por el éter sin sombra, por el concierto de todos los mundos
en armonías inacabables sin disonancia ninguna.
Pero sigámosle, después de haber visto la emoción despertada
por el conjunto de la isla en su espíritu ; sigámosle paso á paso
en esta excursión reveladora oyendo sus numerosísimas obser-
vaciones. No perdamos de vista que nos ofrece á un mismo
tiempo el descubridor breve relato de sus juicios propios sobre
los indios y breve relato también del juicio formado por los in-
dios sobre su huésped recién descendido del cielo, según las
ilusiones propias de su candida inocencia. En este punto los
españoles no inspiraron á los naturales una tan ciega y tan
segura confianza como la que mostraban los naturales de otros
puntos. Lejos de ir á su presencia y adorarlos, huían de ellos
como de genios maléficos y se ocultaban á sus ojos. Aunque
había por allí canoas de mucha capacidad, ocultábanse arreo
entre los juncares, como se arrojan al mar y en las aguas se
ocultan los anfibios, al oir la voz ó el ruido de sus soberanos,
los hombres. Pero el natural de Colón, aquel natural de ver-
dadero explorador, no cedía, no, á tamañas resistencias, antes
bien se sobreexcitaba mucho bajo el espoleo de las ansias
inspiradas y sugeridas por la curiosidad inquieta de saber así
las causas primeras determinantes de ellas como los motivos
subalternos y secundarios. Bajó, pues, al campo ribereño del
agua, donde anclara, y lo escudriñó todo en todas direcciones.
Las dos casas primeras, con que tropezó al paso, estaban vacías
de humanos habitantes, demostrando nativa timidez en éstos;
mas llenas de objetos domésticos que demostraban una muy re-
ciente habitación. Hechas de palma, tenían, como las casas del
archipiélago anterior, formas de tiendas militares. Las redes para
coger peces, las fisgas para engañarlos, el anzuelo de hueso muy
usado, todos los aparejos de la industria encontrada indujéronle
á creerse allí en barrio de pescadores muy limpio y bien adere-
zado como en cualquier playa europea. La grande capacidad
suya y los amplios hogares, una y otros indicadores de indumen-
- 3^5 -
taria cultura, sugiriéronle muy lisonjeros juicios y muy optimis-
tas presentimientos respecto de la región adonde acababa de
abordar. Los indios debían tener alguna cabala, porque á las rei-
teradas preguntas que les dirigía Colón acerca del Imperio de
Catay, así como de la persona del grande Kan, respondíanle con
la noticia de que los grandes ríos del territorio aislado aquel á
diez llegaban y diez eran los días que se necesitaban para tocar
en tierra firme. Pero el P. Las Casas observa muy bien : ó enten-
dió Colón mal, ó le mintieron los indios, pues la tierra firme más
próxima estaba solamente á cinco días, era la región llamada
hoy Florida. Pero imposible zarpar en requerimiento de otras
tierras, como no se industriase más en la ciencia de aquellas in-
venidas ya y no tomara lenguas acerca de sus diversas particula-
ridades. Habituado á ver las asociaciones humanas revistiendo
las formas de Estado; y los Estados revistiendo las formas de mo-
narquías, preguntaba con insistencia en dónde se hallaba el Rey
de tan excelsa región, al cual sospechaba, según sus conceptos,
comprometido en continuo comercio con el Kan, jefe de un mer-
cantil Imperio. Fuese al amor de las vecinas costas abajo y an-
duvo hasta hora de vísperas, encontrando buenas poblaciones
de casas, las cuales quedaron todas vacías, porque sus poblado-
res, en cuanto descubrían las carabelas, se asustaban á una con
espanto y se corrían desolados y desatinadísimos hacia los mon-
tes. Mas entraron los exploradores, y vieron, amén de los usua-
les utensilios, muy bien compuestas sillas, con algún tallado
adornadas, y grandes, á guisa de camas, concluidas por cabezas
no mal cinceladas. También halló alguna que otra efigie, tirando
á reproducir el cuerpo de la mujer, y algún que otro pájaro bra-
vísimo domesticado por aquella industria, sin que permitiese to-
car á objeto ninguno para no producir en el indio contrariedad
ó desabrimiento. En su afán de referir todo cuanto veía del nuevo
mundo á todo cuanto en el viejo dejara, creyó haber dado con
unas cabezas de vacas, equivocándose por completo, pues no
había tan beneficioso animal allí, pertenecientes las vistas á ma-
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natíes, pescados fáciles de confundir con terneras, por su cuerpo
muy enorme y por su piel muy lustrosa, y por ser comestible,
según los descubridores, y con sabor casi de carne por lo consis-
tente de su fibra. En estas exploraciones comenzó el capitán de
la Pinta^ Martín Alonso Pinzón, á tomar informes de los indios,
pero tan mal y torcidamente, que dedujo ser Cuba una ciudad,
cuando así toda la isla se llamaba, y hallarse adherido su terri-
torio á tierra firme, cuando estaba rodeado de mar, y referirse
al Kan del Imperio indio la palabra «Gisanacan», cuando se
refería en absoluto á una de aquellas regiones. Realmente, por
la fuga general de los pobladores no podían aquilatar todos es-
tos juicios ; y expidieron un indio de los transportados en su
compañía desde la primer isla encontrada, con encargo de di-
suadir á los naturales del recelo mostrado y moverles al trato
con quienes, lejos de tomar objeto ninguno perteneciente á los
demás, y quedárselo, aun daban de lo suyo, todo maravillosí-
simo, aportado allí de luengas y casi celestiales regiones. A nado
el indio demandó la tierra; y ya en ella constituido , á voces ex-
presó la original embajada, que detuvo dos hombres por casua-
lidad encontrados, quienes lo cogieron en brazos y lo llevaron
al hogar más próximo, donde tales persuasivas palabras em-
pleó, y tantas pruebas de lo aseverado adujo, que consiguió lle-
var consigo en canoas largas á las pasmosas carabelas mucha
gente provista de ovillos y otras cosillas análogas. Colón ordenó
que no tocaran los tripulantes á nada y se redujeran al simple
inquirimicnto del oro. Mas, en esto mismo, tan simple, no po-
dían entenderse, porque tomaban por significativa de oro la pa-
labra «nucay», cuando llamaban los indios al oro «caona».
Mas llamáranlo como quisieran las gentes, no parecía por nin-
guna parte y su rareza y escasez continuaba como en las otras
islas. Así no había medio en lo humano de que retrocediesen
los descubridores de su busca, necesaria como testimonio para
Castilla del tesoro encontrado; y persistieron , enviando nuevos
embajadores adentro, que fueron, á saber: Rodrigo de Xerez, do-
- 387 -
miciliado en Ayamonte, y Luis de Torres, cristiano nuevo y ju*
dio antiguo, que había vivido con el Adelantado de Murcia y co-
nocía muchas lenguas semíticas. Con éstos y con dos indios
adjuntos, creyeron los exploradores por seguro hallar primero
al Rey, después el oro de la isla. Anduvieron doce leguas, con
efecto, y toparon los curiosos con una especie de villa, en la
cual morarían como unos mil vecinos. Dulcedumbre mayor que
la natural en aquella gente no se podía ni siquiera imaginar. Apo-
sentaron á maravilla los embajadores y á porfía los atendieron.
Tocábanles con reverencia las manos y besábanles los pies por
creerlos descendidos del cielo á honrar y esclarecer la tierra.
Dábanles de comer cuanto tenían con una liberalidad sin tasa.
Sentáronlos en sillas grandes y honrosas , mientras ellos se acu-
rrucaron al rededor suyo en cuclillas y por el suelo. Las muje-
res, que vinieron tras los hombres, formaban otro círculo externo
detrás de éstos; y como escuchaban las relaciones de los indios
del Guanahaní respecto de los cristianos recién venidos, rogá-
banles que les dijesen como debían allí quedarse cual en sus ca-
sas y con su familia. No entendieron una palabra de las lenguas
habladas por Torres, ni Torres, tan ducho en lenguas orientales,
tampoco entendió una palabra de las lenguas habladas por ellos.
No faltó á los indios sino adorar á los españoles. Pero, aunque
los había provisto el Almirante de cartas , y dádoles ejemplares
así de minería como de especiería, conocidos en Europa, para
qne tratasen al jefe de aquellas tribus como á monarca , y pac-
tasen comercio con él, nada lograron, convencidos de hallarse
frente á una grande aglomeración de personas faltas del orga-
nismo que tienen las sociedades reguladas por el gobierno y sin
carácter ninguno de las colectividades llamadas con el nombre
genérico de ciudad aquí. Tan dóciles á todas las emociones eran,
y tan prontos á enajenarse de admiración rayana en culto y ena-
jenar su voluntad en sacrificio confinante con la esclavitud, que
se iban tras los embajadores, á quienes no entendían, creyendo
cosa muy segura los condujesen al cielo, de donde habían bajado.
- 388 -
Quinientos pudieran llevar de su grado, á quererlo; pero se con-
tentaron tras buen acuerdo, con el principal y un hijo suyo y
otro. Pero el joven caudillo visitó á Colón y su gente con suma
cortesía; vio los objetos que le presentaban, muy desemejantes de
los conocidos por él, con grande indiferencia; y se partió diciendo
que á la siguiente mañana tornaría; pero nunca jamás tornó. De-
bió arrepentirse Colón de haberle dado suelta, pues tomó luego
indios de uno y otro sexo, hasta el número de cinco, en su nave,
y aun el marido de una india cautivada, el cual se interpuso ante
la carabela, y rogó á los tripulantes que lo recogieran y se lo lle-
varan, como así lo hicieron. Aquí el historiador de la expedición,
aquel por todos consultado como un oráculo, el P. Las Ca-
sas, toma todos los aires de un tribuno, é invocando ideas muy
análogas á las profesadas por los filósofos demócratas de nuestros
tiempos, invoca el derecho de gentes, y aun el derecho natural,
contra tal apropiación, y reprueba y maldice la conquista, mien-
tras el conquistador pacífico de aquellas tribus. Colón, refiere lo
mismo referido por el Padre como la cosa más natural de este
mundo y no muestra ni leve sombra de remordimiento ninguno
en su relato sencillísimo. Entre todos los historiadores, al descu-
brimiento cercanos, el descubridor no tuvo quien por él se apa-
sionara en el grado en que Las Casas llegó á exaltarse, abogado
eterno suyo ; pero , al encontrarse ante la increíble para él apro-
piación de sencillas familias sin pecado, el apóstol se indigna y
subleva como pudiera Moisés ante los Faraones del antiguo
Egipto y Daniel ante los déspotas de Babilonia. Reconoce la
buena intención del sublime piloto; mas acumula sobre tal aten-
tado á los derechos naturales y á la justicia eterna todos los do-
lores donde se anegara Colón más tarde, tomados por desgracias
y no por aquello que realmente fueron, por terribles y justicieros
castigos. En su estoicas filosofías, exacerbadas por la sugestión del
temperamento monástico, proclama que al bien únicamente se
puede ir por el bien, y que nunca al deseado logro de lo bueno,
nunca, debe uno encaminarse ni por los malos pensamientos ni
3^9 —
por las malas acciones. Así al P. Las Casas le parecía bien el
descubrimiento y le parecía la conquista mal, como si estos dos
actos no fuesen correlativos y no se correspondieran, por desgra-
cia, en la contingencia de nuestra especie, al mal sujeta siempre,
y en la tristeza de nuestra historia, llena de una serie de institu-
ciones tan dañosas y manchada por un cúmulo de actos tan te-
rribles y siniestros, que hasta la esclavitud resulta un progreso
cuando se considera cómo el hombre ha exterminado al hombre
sin piedad en los estallidos del odio inextinguible y en los horro-
res del combate perpetuo.
Colón, que había entrado en Cuba con muchas esperanzas é
ilusiones, tampoco arrancó á Cuba el testimonio tan requerido
de su maravilloso descubrimiento, tampoco le arrancó el oro
codiciadísimo. Así abría los oídos á cuanto le hablaban los na-
turales, y, trabucando todas las especies, encerraba en aquel no
entendido lenguaje de los indios todo cuanto llevaba él en su
cabeza extraído, ya de abstractas concepciones, ó ya de sólidos
estudios. Decían los indios babcqiic, y él imaginaba oir la de-
nominación correspondiente á los áureos imperios grabados en
los mapas del tiempo aquel , tan fantásticos , y en las ideas cos-
mológicas del cerebro suyo , tan confusas. De falsa en falsa in-
terpretación llegó á creerse que había cerca otra tierra, donde
los naturales á una lucían arreos de oro macizo en todo su
cuerpo, así como también otras tierras donde los naturales dis-
ponían de un ojo únicamente, como los fabulosos cíclopes,
puesto en una cabeza de perro. Y tras semejantes tesoros viró
y en busca de tanta maravilla se fué. Había sentido algún frío,
natural á los meses de Diciembre y Noviembre, por lo que go-
bernó hacia el Este con inclinaciones al Mediodía. En aquel
viaje todo le sedujo y encantó: el cielo clarísimo, el agua celeste;
los cabos y promontorios de corte armonioso; las bahías hondas
y mansas, de una transparencia luminosa y de una seguridad
incontrastable, que le sugerían gritos de admiración; los agrupa-
mientos de isletas, componiendo archipiélagos parecidos á ce-
— 390 —
lestes constelaciones; todo el espectáculo que á la vista se le
presentaba, como un peregrino moderno de la naturaleza ó del
arte, y toda la vida que absorbía por sus poros el cuerpo como
la esponja sumergida en los mares el agua. Mas estas bellezas
múltiples y estos aspectos por el paisaje de Cuba presentados
á cada instante aumentaban la tristeza que le producía una tan
grande contrariedad como la falta completa de oro. El día 19
de Noviembre se partió desde Puerto-Príncipe, donde alzó una
cruz en demanda de la requerida nueva región. Hubiera querido
costear para conocer la tierra que tenía delante de sus carabe-
las, mientras buscaba la tierra que tenía delante de sus ideas.
Pero la oposición de los vientos, contrariándole mucho é im-
peliéndolo hacia temibles bajíos, constriñóle á irse al largo por
alta mar. En estos incidentes del viaje sobrevino cosa tan fu-
nesta como la separación de su segundo. Pinzón, el gran piloto,
aquel organizador sin par, á cuya diligencia se debió el apare-
jamicnto y arreglo de la empresa, como á su voluntad la vic-
toria sobre tantas y tan insuperables resistencias cual surgie-
ron en su paso. El deseo de gloria y lucro, á nuestra especie
humana congénito; la indiscipUna, irremediable por necesidad
en aquellas naturalezas pagadas de sí, que se creen á mandar y
no á obedecer venidas al mundo; el incentivo de hallar las tierras
del oro antes que Colón mismo, y alzarse así con todos los pro-
vechos del descubrimiento, ya que su excelso capitán se alzaba
con todas las glorias, determináronle á un acto, del cual dima-
naron luego todas sus desgracias. Pero Colón por esto no llegó
á desconcertarse. Continuó, siempre que lo permitía el viento,
volviendo á las costas desde alta mar y engolfándose en alta
mar desde las costas, encantado por cuanto al rededor suyo veía
y en la magia del encanto sobreexcitadísimo á creer una reali-
dad viva todo cuanto soñaba. El descubridor, en la efusión de
■poesía y sentimiento, connaturales á su genio, nunca se cansa
de contemplar en los mares, por él denominados de Nuestra
Señora, la tranquila superficie de los ríos transparentes; las flo-
- 391 -
restas de uno y otro lado en las márgenes; los pedruscos vetea-
dos de oro y relucientes como ilusiones ó esperanzas á sus ojos;
los pinares que transcendían á resina; las gomas parecidas al
ámbar; \oi deleitables arroyuelos abajo en contraste con los
picos arriba de las cordilleras esmaltadas por mil movibles iris;
el entrelace de las palmas con los cedros; la muchedumbre de
recodos parecidos á lagos por lo hermosos y á puertos por lo
tranquilos ; las canoas flotantes á lo largo de las orillas ó mon-
tadas en tierra bajo cobertizos de follaje; los indios desnudos y
sin más particularidad que los aumentos de pintarracheos en el
cuerpo y de plumajes multicolores en la cabeza; tantas emocio-
nes como despertaba en los salvajes el encuentro con los espa-
ñoles, blancos, barbadísimos, puestos dentro de armaduras, to-
madas por ellos como parte natural de su cuerpo, y con todos
los aires de haber dejado una superior esfera celeste para con-
fundirse con los míseros mortales en este bajo suelo.
CAPITULO XXIII.
LA ESPAÑOLA.
OR fin llegó al cabo más oriental de Cuba, y allí supo
cómo se hallaba cerca otra isla, denominada entre
los naturales Haiti, que significa tierra muy alta. Co-
lón, que continuaba poniendo á su guisa cuantos apodos le pedía
el gusto á las tierras encontradas , así como había llamado Sal-
vador á la primer isla , y á la segunda María , y á la tercera Fer-
nandina, y á la cuarta Isabela, llamó á esta isla de Cuba Juana,
en recuerdo al Príncipe D. Juan, segado en flor, cuando parecía
venido á realizar obras mayores aún que las realizadas por sus
padres con el triunfo sobre los moros y la unidad puesta sobre
Castilla y Aragón. En cuanto columbró Haiti, comenzó á pensar
los nombres que debía darle, pues no entendía bien á derechas la
palabra con que los indios la conocían y apellidaban. Descu-
brióla el 5 de Diciembre de 1492, después de haber andado,
desde la extremidad oriental de Cuba hasta allí, unas diez y seis
leguas. Pues desde que avistó aquella región hirióle mucho su
parecido con la región española. En el mar se pescaban lisas y
salmonetes; en los montes se cogían gamones y madroños; por
las faldas de sus colinas tendíanse muy espesos encinares y por
las honduras de sus cañadas muy bien dispuestos y cultivados
— 394 —
huertos; el arrayan festonaba, como aquí, los ríos con sus ver-
dinegras hojas y el pino coronaba las alturas con sus copas ver-
diclaras y esféricas; veíanse las chozas muy semejantes á nues-
tras barracas; por todo lo cual, tras la cuenta y suma de aquellas
analogías, Colón le puso el nombre de la Española, según
las aproximaciones hechas en sus recuerdos á la vista de aque-
llos descubrimientos y á la evocación subsiguiente natural de
nuestra madre tierra. Los indios parecían más blancos que las
tribus dejadas en el camino y algo más cultos. Huían, como
huyeran los anteriores, pero tornaban más pronto y mejor al re-
clamo español. Dos jefes de aquella gente se presentaron, y bien
pronto los españoles supieron como se les llamaba en todo aquel
archipiélago caciques. De los dos, el primero y más joven , se
mostró tímido y reservado; pero el segundo, por lo contrario, de
una grande confianza y de un espíritu muy abierto á todas las
emociones. Llegó en procesión y sobre unas andas, acompañado
con mucha pompa de gentes. Entró en la nave sin recelo y se
asentó á la mesa del Almirante con exquisita cortesía. Cuando
le ofrecían manjares, gustábalos por etiqueta y los repartía entre
sus acompañantes , que los tragaban arreo con voracidad. Más
oro había en esta isla que en las otras, pues lo encontraron bajo
forma de joyas sobre las narices de algunas mujeres y hasta
en laminillas, si bien todo ello diminuto y escaso. Así no debe
maravillarnos que pasara todo Diciembre sin fatiga entre la Es-
pañola y la Tortuga Colón inquiriendo noticias y bautizando
territorios. Al primer puerto, en que ancló, tan bello como los
antes celebrados de Cuba, llamóle San Nicolás por haber arri-
bado el día de tal Santo; al segundo Concepción por haber arri-
bado en su fiesta ; y al tercero Santo Tomás. Repetíase aquí lo
sucedido en todas las tierras encontradas. El indio huía en
cuanto llegaba el español. Pero así que al cuitadísimo le dirigían
algún reclamo por mediación de la gente del color suyo, torná-
base á los exploradores é iba seguidamente á verlos y tocar-
los, aunque muy prevenido en su contra y muy receloso de
— 395 —
sus mañas, estado de ánimo, que se ahuyentaba pronto al agasajo
más leve y á la dádiva más baladí , sustituyéndolo con una con-
fianza candorosa, la cual granjeaba con sus manifestaciones de
amistad y agrado á los recién llegados un hechizo y una satis-
facción increíbles. Aquí, en la Española, es donde aparece un
cacique de mayor cuenta que los encontrados en otras ocasiones
y en otras partes, Guacanagari, quien se distinguía de sus prede-
cesores por una superior atención al estado nuevo que anuncia-
ba la increíble visita de los huéspedes y por una reverencia
consciente á éstos, basada en cierta intuición milagrosa del
cambio que debían operar allí con su inesperada presencia.
Existían cinco semejantes caudillos en la isla; y Guacanagari se-
ñoreaba la parte norte, por donde discurrían las carabelas de
Colón en aquel momento. A las primeras de cambio reveló su
riqueza y su poder, superiores á los vistos en cuantos jefes
hallaran por los anteriores encuentros. Enviaban los indios cin-
turones en prueba y testimonio de amistad á sus huéspedes; y
Guacanagari regaló uno muy notable por su magnificencia. Com-
puesto con tres telas de algodón, tan espesas de urdimbre y te-
jidos, que un arcabuz no hubiera podido atravesarlas, llevaba
ornamentos de corales y conchas y perlas, pendiendo al costado,
en vez de alquicel á la usanza española, deforme, pero muy
valiosa, carátula con los huecos de su vista y con la lengua de
su boca en oro macizo. Una embajada le llevó el regalo, y un
día empleó Colón en traducir á ideas fijas las señas confusas
hechas y dirigidas á su persona por los embajadores salvajes
para ponerle al cabo de todo cuanto querían. En efecto, Guaca-
nagari estaba impacientísimo por ver á los españoles, y expedía
en torno suyo gentes y más gentes gozosas, con expreso en-
cargo de aclamarlos á una y hacerles toda clase de dones. El
entusiasmo demostrado no tuvo límites, ni tasa la esplendidez.
Ardió el territorio en fiestas y se llenó el mar de canoas. Las
gentes embarcadas en éstas, no bien se aproximaban á las cara-
belas, cuando en tropel se erguían, presentando con sus pro-
— 3Q6 —
pias manos toda clase de ofrendas al descubridor, en actitud y
recogimiento parecidos al usado por los fieles y los sacerdotes
más fervorosos de un culto ante sus ídolos.
En vista de tal entusiasmo, expidió una embajada formal Co-
lón á Guacanagari el indio; y, en vista de los informes por los em-
bajadores traídos, resolvió levar anclas, é irse, aunque con viento
terral, á los dominios de su aliado, distantes cosa de unas cinco
leguas. Era el día 24 de Diciembre de 1492, y salió por la hora
del alba. Navegaron todo el día, pero anduvieron poco. Llegó
la noche, la Nochebuena, y quiso Colón celebrarla con lo más
cumplidero á la salud suya y con lo mejor para los marinos,
con un buen sueño. Acostóse, pues, rendido por las vigilias y
desvelos de tres noches subsiguientes á tres días de trabajos
hercúleos. Sueño dulcísimo debió sobrevenirle. Aquella inven-
ción del Nuevo Mundo, negada por todos; aquella tranquilidad
profundísima de mares vírgenes desflorados por las quillas de
carabelas españolas; aquella interminable aparición de islas muy
semejantes á edenes; aquellos hombres inocentísimos, enlazados
á la naturaleza por tan misteriosas relaciones y prontos á en-
trar en la civilización y en el cristianismo debían sugerirle de
seguro ensueños benéficos y faustos, propios de la primer No-
chebuena tranquila que pasara tras unos seis lustros de titá-
nicas guerras, mantenidas con todo el mundo en general, y á
veces hasta consigo mismo. Era la hora de media noche, la más
propia para oir espiritualmente y dormido el eco de las fiestas
infantiles en las lontananzas sonrosadas del tiempo pasado. Todo
en el cielo sonreía y todo en el mar era bonanza. Los marine-
ros dormían á pierna suelta, conocedores del espacio aquel y
de sus bajíos por haberles precedido la flotilla de barquichuclos
y canoas enviadas por Colón al monarca indio. Un grumctillo
velaba sobre aquel timón : tanta seguridad tenían todos en el
bonancible tiempo y en la próspera navegación, cuando encalla
de pronto en unos bajíos la nao capitana. Su temperamento ner-
vioso avisó á Colón del peligro, y este aviso le transportó, como
- 397 -
con aías, á cubierta. Rápido cual el rayo, dio las órdenes con-
venientes para cortar el mástil y echar el cargamento. ¡Inútil
remedio! Aquel accidente no fué avería; fué naufragio. Deser-
tora la Pinta ^ encallada la Santa Alaría, de las tres carabe-
las que desde Palos al Nuevo INIundo zarparon, únicamente
restaba la más pequeña y frágil. Á ella se trasladó, y desde
ella expidió á Guacanagari nueva embajada, contándole su ad-
verso caso, mientras barloventeaba el hasta que fuese de día.
No bien supo el monarca indio la desgracia, procuró con todos
sus medios aliviarla, sin ahorrar ningún recurso ni perdonar
ningún sacrificio. Desastradísimo caso tener que presentarse
delante de tribus muy supersticiosas y muy creídas de que la
próspera fortuna siempre va en compañía de lo superior y de lo
sobrenatural con las menguas consiguientes á un verdadero
naufragio, demostrativas de cómo el mal se dilata por todo lo
criado y cómo de su poder y de su imperio seremos todos siem-
pre tributarios igualmente. Mas el afecto de amistosa hospitali-
dad sobrepujó á todo en aquella confiada tribu y en aquel su
efusivo monarca. El socorro necesario en la hora nefasta y todo
el aviamiento precavedor de lo futuro llegaron como providen-
ciales beneficios á los atribulados con un orden y un método ad-
mirables. Pusiéronse los despojos de aquel golpe cruelísimo en
montón , y los guardaron más que si fueran cosa propia la gente
aquella, cumpliendo así las órdenes de su caudillo. Descargaron
todo el cargamento con prontitud increíble, y lo pusieron á
buen recaudo, sin que marrase ningún asomo de auxilio, ni se
perdiese la punta de un alfiler. El día 26 de Diciembre visitó
Guacanagari á Colón, y, encontrándolo muy compungido, reite-
róle toda su amistad y brindóle con todo su concurso para en
adelante. Agradeciólo mucho el descubridor, y se propuso
aprovechar tales afectos en pro y en servicio de su descubri-
miento. Y como no hay mal que no venga por bien , la deten-
ción ésta prosperó mucho los planes del descubridor, dándole
seguros indicios de futuras exploraciones y prácticos medios de
— 398 -
aunar amistades con los naturales. En efecto; á poco de irse
muy apenado el caudillo, presentáronse otros indios en canoa,
y trajeron al descubridor oro en mutuo cambio de cascabeles.
Hombres aquellos muy cercanos á la naturaleza prendábanse
de todo cuanto á los sentidos se dirigía, y gustaban de los cas-
cabeles por el son alegre suyo, acostumbrados como estaban al
ronco fragor de las guijas, encerradas en troncos huecos y muy
parecidas en su ruido á las matracas groserísimas, usuales desde
tiempo inmemorial entre nosotros, bien diversas de las reso-
nantes campanas.
Los historiadores próximos á los días del suceso refieren las
mezclas que hacían los indios de nuestras recién oídas palabras
con su idioma nativo, tan curiosas como los primeros píos de
las avecillas anidadas en los árboles bajo las dos alas de sus ma-
dres, ó como los balidos del recental que pide la ubérrima teta.
«Chuca, chuca cascabeles», exclamaban, pidiendo las bujerías
aquéllas, tan ruidosas como inútiles, con insistencia de todo punto
infantil. Así aconteció que algunos, portadores de un pedazo de
oro para cambiarlo por un cascabel, soltaban el objeto riquísimo
pronto, como quien de cosa baladí se desprende, y tomaban las
chucherías europeas de prisa, echando á correr con precipitación
y volviendo á cada instante la cabeza con cuidado para ver si el
cambiante se arrepentía de su oneroso cambio. Buenas gentes y
envidiables que creían haber engañado á los españoles dándoles
oro por cascabeles en aquella dichosa edad que bien merecía
compararse con la tradicional poética señalada por el desprecio
de las riquezas y el contento con un puñado de bellotas en mano
y una bebida de agua en manantial. Parece imposible pueda en-
contrarse tan cercana de nuestra positiva edad la edad aquella
en que los indios creían engañar á sus huéspedes trocando su
oro por nuestros cascabeles. «Destos engaños, dice un escritor
monástico unos cuatro lustros después, destos engaños quisie-
ran muchos cada día los españoles de aquel tiempo, y aun creo
que los de éste no los rehusarían.» Todos los objetos de latón
— 399 —
privaban con prioridad en su candoroso ánimo. El sonido y lus-
tre de tal materia , juntos con su flexibilidad , encantábanlos en
términos, que la buscaban codiciosos y la retenían avarientos.
Llamábanlo «turey», lo que significaba en su lenguaje sencillo
tanto como celestial. Y se proponían trocarlo por su oro. Inútil
añadir cómo , estimado por Colón el precioso metal objeto pri-
mero de sus afanes y resultado primero de sus descubrimientos,
holgaríase con la disposición de los indios á entregarle tanta ri-
queza en cambio de tan pobres baratijas, y cómo concluiría en su
psiquis mística la desventura del naufragio en ventura dispuesta
por el cielo. Unióse con todo esto la generosa invitación del Ca-
cique á visitar sus tierras y las noticias de áureos provechos, tan
aceptas al espíritu del descubridor y tan enlazadas con todos los
fines de su épico viaje. Después de haber comido Guacanagarí
en la carabela Niña con el Almirante , comió el Almirante con
Guacanagari en el Bohío, lugar de este último. Y en tales entre-
vistas le dijeron que había un punto llamado Cibao, donde se
cogía el oro á flor de tierra y se daba de grado á todos por no
tenerlo aquellos habitantes en estima ninguna. Cuando el nom-
bre de Cibao resonó en los oídos del Almirante , creyó habérse-
las con Cipango; y comenzó á levantar castillos en el aire y á
creerse ya metido en el deseado imperio indio. Y conversando
sobre la población y sobre la tierra de aquellas regiones con na-
turales tan francos de suyo , entendió en las confusas interpreta-
ciones de cuanto le decían, quejas relativas al trato que les daban
los vecinos caribes é hipérboles terribles respecto de la voraci-
dad connatural á éstos. Así, ayudado en parte por las pésimas
traducciones que hacía él de todo cuanto le contaban, y en
parte por los fantaseos propios de su imaginación creadora,
creyó haber oído que le hablaban de una raza perversa en su
naturaleza moral, y en su naturaleza física deforme, la cual raza,
con un solo ojo en la frente, como los cíclopes de la fábula, y
una cabeza de perro en los hombros , y un rabo de mucha lon-
gitud en la espalda, manteníase con carne humana y bebía hu-
— 39» -
aunar amistades con los naturales. En efecto; á poco de irse
muy apenado el caudillo, presentáronse otros indios en canoa,
y trajeron al descubridor oro en mutuo cambio de cascabeles.
Hombres aquellos muy cercanos á la naturaleza prendábanse
de todo cuanto á los sentidos se dirigía, y gustaban de los cas-
cabeles por el son alegre suyo, acostumbrados como estaban al
ronco fragor de las guijas, encerradas en troncos huecos y muy
parecidas en su ruido á las matracas groserísimas, usuales desde
tiempo inmemorial entre nosotros, bien diversas de las reso-
nantes campanas.
Los historiadores próximos á los días del suceso refieren las
mezclas que hacían los indios de nuestras recién oídas palabras
con su idioma nativo, tan curiosas como los primeros píos de
las avecillas anidadas en los árboles bajo las dos alas de sus ma-
dres, ó como los balidos del recental que pide la ubérrima teta.
«Chuca, chuca cascabeles», exclamaban, pidiendo las bujerías
aquéllas, tan ruidosas como inútiles, con insistencia de todo punto
infantil. Así aconteció que algunos, portadores de un pedazo de
oro para cambiarlo por un cascabel, soltaban el objeto riquísimo
pronto, como quien de cosa baladí se desprende, y tomaban las
chucherías europeas de prisa, echando á correr con precipitación
y volviendo á cada instante la cabeza con cuidado para ver si el
cambiante se arrepentía de su oneroso cambio. Buenas gentes y
envidiables que creían haber engañado á los españoles dándoles
oro por cascabeles en aquella dichosa edad que bien merecía
compararse con la tradicional poética señalada por el desprecio
de las riquezas y el contento con un puñado de bellotas en mano
y una bebida de agua en manantial. Parece imposible pueda en-
contrarse tan cercana de nuestra positiva edad la edad aquella
en que los indios creían engañar á sus huéspedes trocando su
oro por nuestros cascabeles. «Destos engaños, dice un escritor
monástico unos cuatro lustros después, destos engaños quisie-
ran muchos cada día los españoles de aquel tiempo, y aun creo
que los de éste no los rehusarían.» Todos los objetos de latón
— 399 —
privaban con prioridad en su candoroso ánimo. El sonido y lus-
tre de tal materia, juntos con su flexibilidad, encantábanlos en
términos, que la buscaban codiciosos y la retenían avarientos.
Llamábanlo «turey», lo que significaba en su lenguaje sencillo
tanto como celestial. Y se proponían trocarlo por su oro. Inútil
añadir cómo , estimado por Colón el precioso metal objeto pri-
mero de sus afanes y resultado primero de sus descubrimientos,
holgaríase con la disposición de los indios á entregarle tanta ri-
queza en cambio de tan pobres baratijas, y cómo concluiría en su
psiquis mística la desventura del naufragio en ventura dispuesta
por el cielo. Unióse con todo esto la generosa invitación del Ca-
cique á visitar sus tierras y las noticias de áureos provechos, tan
aceptas al espíritu del descubridor y tan enlazadas con todos los
fines de su épico viaje. Después de haber comido Guacanagarí
en la carabela Niña con el Almirante , comió el Almirante con
Guacanagari en el Bohío, lugar de este último. Y en tales entre-
vistas le dijeron que había un punto llamado Cibao, donde se
cogía el oro á flor de tierra y se daba de grado á todos por no
tenerlo aquellos habitantes en estima ninguna. Cuando el nom-
bre de Cibao resonó en los oídos del Almirante , creyó habérse-
las con Cipango; y comenzó á levantar castillos en el aire y á
creerse ya metido en el deseado imperio indio. Y conversando
sobre la población y sobre la tierra de aquellas regiones con na-
turales tan francos de suyo, entendió en las confusas interpreta-
ciones de cuanto le decían, quejas relativas al trato que les daban
los vecinos caribes é hipérboles terribles respecto de la voraci-
dad connatural á éstos. Así, ayudado en parte por las pésimas
traducciones que hacía él de todo cuanto le contaban, y en
parte por los fantaseos propios de su imaginación creadora,
creyó haber oído que le hablaban de una raza perversa en su
naturaleza moral, y en su naturaleza física deforme, la cual raza,
con un solo ojo en la frente, como los cíclopes de la fábula, y
una cabeza de perro en los hombros , y un rabo de mucha lon-
gitud en la espalda, manteníase con carne humana y bebía hu-
— ^00 —
mana sangre arreo. Colón, en agradecimiento á las noticias reci-
bidas respecto de la soñada Cipango, les prometió auxilio de sus
poderosos Reyes contra los caribes y toda clase de gracias y de
beneficios á ellos por su oro. Y comenzó tras esta conversación
á ponerles ante los ojos las ventajas todas de una civilización
como la civilización hispánica y el incremento que tomarían sus
intereses con aceptarla; y al objeto de mostrarles el fundamento
de lo dicho, puso al desnudo cuerpo de su salvaje amigo una
camisa y le metió las dos manos callosas en sendos finos guantes.
Obsérvase cómo las costumbres adaptan el traje á la figura, en
cuanto vemos cualquier individuo ceñido con uno que no le cua-
dra, pues en ridículo cae sin remedio así que tal disfi-az inadap-
table á su cuerpo se viste. Cosa de risa y saínete la figura del ca-
cique, modelada por aire y luz en libertad , y adherida por sus
costumbres naturales al suelo, como un vegetal, ó moviéndose
con movimientos casi animales, vestida de los arreos propios á
la más alta civilización y cultura, los cuales reñían á una con
todo cuanto él era. Por lo que os parece un mono vestido de
hombre, podéis deducir lo que os parecería un indio vestido de
español, un indio enguantado. Se comprenden las costumbres de
aquellos salvajes en cuanto se sabe que no conocían armas de
ningún género , si debemos prestar crédito á lo trazado en su
Diario por el Almirante para información de los Reyes. Contra-
dice un poco esto lo aseverado en otro lugar por el mismo Almi-
rante acerca de las continuas guerras mantenidas entre los indios
haitianos y los indios caribes; pero, como sea Colón el singular
testigo de todos estos hechos, y su testimonio el único alegable,
á él y á lo por él dicho necesitamos atenernos. Así añade que
para más sorprenderlos y maravillarlos envió á la carabela por
un arco turquesco y unas flechas de Castillo , y como un tripu-
lante las ensayara, pareciéronles á los hijos aquellos de la pura
naturaleza verdaderamente milagrosos. Pero cuando su asom-
bro llegó hasta el terror, fué al oir el estruendo de cañones y
fusiles, disparados en salvas de regocijo, oídas por sus orejas,
— 4'^' —
ignorantes de tal fragor, como nubes tempestuosas y horribles.
El fogonazo , el estampido , el humo dados por aquellas ma-
terias inflamables con tanta facilidad y resonantes con tal es-
truendo, los efectos suyos de verdadero estrago y exterminio,
asombraron de modo tal á los indios, que todos cayeron por el
suelo, lanzando alaridos de miedo y haciendo gestos de terror,
cual si hubiesen visto llegarse á ellos la muerte. Así no debe ma-
ravillarnos la inmediata inducción hecha de todo cuanto veían y
les circundaba respecto á la naturaleza divina de quien así po-
día manejar elementos parecidos á los que avivan el relám-
pago, retumban en el trueno y con el rayo caen desde las
inaccesibles alturas sobre la honda tierra y sus misérrimos en-
gendros. La color blanca, la mirada imperiosa, la reluciente ar-
madura, la viril barba, el acero chispeante, la carabina mortífera,
bastaban á una con la superioridad evidentísima suya sobre los
utensilios y los rostros indios para revestir de caracteres sobrena-
turales y divinos los huéspedes abortados por un océano pareci-
do al cielo y hasta entonces en solemne soledad. Así los haitianos
se postraron de hinojos ante los españoles y les reconocieron
autoridad de naturales dominadores. Todo huésped les parecía
santísimo ; cuanto más aquellos huéspedes singulares y sobrehu-
manos. Colón por ende creyó la conquista moral de aquellos in-
dios concluida y perfecta. Nada más natural que sellarla con al-
guna marca exterior de verdadera importancia, un castillo, por
ejemplo, un fuerte improvisado, signos materiales y tangibles
de soberanía efectiva en la Europa feudal y monárquica. Los
restos de la embarcación á su fábrica sirvieron, y el auxilio de
los indios cooperó al pensamiento de los españoles con tal dili-
gencia, que bien de prisa el fuerte se levantó á los ojos de
aquellas tribus tan dóciles, y en el seno de aquella comarca tan
virgen, tomando el nombre de Fuerte de la Natividad, puesto por
Colón en memoria de su naufragio. Aquella toma de posesión,
lejos de asustar á los poseídos, empeñóles más y más en su obe-
diencia y acatamiento al poseedor, mientras á Colón sirvióle
— 402 —
para comenzar la conquista y descargarse de gente á su re-
greso embarazosa, cuando sólo disponía de la más diminuta
entre sus carabelas, y captar voluntades en España, volun-
tades útiles para ir de grado adonde tan de grado se quedaran
los recién idos. Las atenciones de los haitianos á los españoles
crecían mucho con el mutuo diario comercio y trato en vez
de aminorarse. Un hermano del cacique llevó el descubridor á
su cabana y le obsequió mucho en estrado amplio , compuesto
con camisas de palmas, á que llamaban yaguas. Sentáronle con
reverencia en sillón reluciente como azabache y parecido por
sus proporciones á una cama. Y avisado el cacique por su her-
mano de que allí estaba el Almirante, fuese al estrado, y des-
pués de saludar á su excelso huésped con grande reverencia,
colgóle al cuello una plancha de oro. Inútil decir el regocijo de
Colón. Pues no pararon en esto los obsequios. Como tuviera
Guacanagari otros caciques á él sujetos, convocólos con premura
y les condujo á presencia del Almirante, todos ellos coronados,
para que presenciasen como él mismo, su jefe natural y superior,
se quitaba la corona de oro, que á la sien ceñía, y la colocaba
sobre la cabeza del recién venido, en reconocimiento de su di-
vina y sobrenatural autoridad. En cambio de aquel oro Colón
puso al cacique unas cuentas de vidrio por el cuello, un capuz de
lana en la cabeza, un anillo argénteo en el dedo, y á los pies unos
borceguíes rojos, con todo lo cual creyóse riquísimo el engañado
y dio un sobrenatural precio á su engaño. Tras este reconoci-
miento de la superioridad española tan parecido al vasallaje,
debía Colón pensar en partirse y notificar en persona con au-
téntica notificación lo hallado á los Reyes, así para continuar en
los granjeados favores de éstos, como para moverles y determi-
narlos á seguir y rematar la empresa con medios mejores que
los traídos de la Península, ya mermadísimos por las circunstan-
cias y accidentes connaturales á su viaje, á pesar de haber éste
resultado por divina misericordia felicísimo. Así determinó dejar
en el Fuerte Natividad unos treinta y nueve hombres para mejor
— 403 —
partirse con el resto. Su amigo Arana, el deudo de la cordobesa
D.* Beatriz, recibió la comandancia del improvisado castillo y de
la escasa guarnición en él puesta. Un repostero del Rey debía
suceder al jefe nombrado en caso de inutilizarse por cualquier
causa éste y un segoviano al repostero. Un cirujano, un carpin-
tero, un calafate, un armador, un sastre y un artillero, debían
proveer, quedándose allí, á lo más necesario con sus respectivas
industrias. Había tantas provisiones embodegado Colón que
les dejó de los bastimentos copiosos y múltiples vino, bizco-
chos, artículos varios para todo un año. Á esto juntó armas
con las cuales pudieran defenderse y simientes con las cuales
pudieran prosperar y fecundar aquellos felices campos. Provistos
del material indispensable, proveyólos también del sabio con-
sejo. Encargóles primero la sumisión al jefe, pues donde no hay
cabeza no hay nada, y con la sumisión al jefe las buenas rela-
ciones y armonía entre todos ellos. Díjoles que, muy sometidos
al superior y muy estrechados entre sí, debían imponerse á la
región y á la gente india, no con alardeos inútiles de fuerza, con
el ascendiente natural de sus virtudes y de su inteligencia. Amis-
tad en sus relaciones con los naturales, respeto á las ajenas cos-
tumbres, castidad que justificase la idea concebida de sus virtu-
des, y resignación al destierro presente, compensado con los
provechos futuros y con la gloria de ser los primeros en el do-
minio de la invenida tierra, les aconsejó Colón muy autorizado
por la destreza consumada con que había dirigido hasta enton-
ces los difíciles negocios de su amada fabulosa empresa.
Mucho le dolió al cacique indio la separación de su amigo y
mucho al colono español de su jefe y guía tan previsor y tan pró-
vido. El adiós fué lloroso, aunque disparara el Almirante salvas
regocijadísimas con objeto de ahuyentar dolores é infundir
esperanzas. El 4 de Enero se partió , y el 5 se detuvo ante
una montaña, muy semejante á gallardísima catedral, que bau-
tiza con el nombre de Monte -Cristo. El 6 de Enero halló por
aquellas aguas á Martín Alonso Pinzón. Ya le habían dicho los
— 4^4 —
indios haitianos que vieran su barco en recodos y ensenadas de
Haiti; mas, aunque le costaba trabajo creerlos, escribióle cartas
de amistad, cual si nada hubiera sucedido, en el temor natural á
un rompimiento que se tornara guerra y malograse todos sus
afanes, entregado como estaba en la Niña, mandada por un her-
mano del rival, á merced y arbitrio suyos completamente. Pero
las cartas no fueron á manos de Martín Alonso jamás. Así,
cuando lo encontró, no le dio queja de ningún género, admi-
tiendo como buena la excusa pueril de haberlo impelido, mal de
su grado, los vientos y las olas, cuando sabía Colón muy bien
que le habían impelido los informes recibidos sobre la copia de
oro en aquellos parajes, habiéndolo para sí allegado en grandes
sumas, de las cuales repartiera dos terceras partes entre su tripu-
lación y quedádose con el resto. Penetrado Colón de que reci-
biera un sobrenatural ministerio en su cuna, imputó el proceder
de su segundo á maquinaciones de Satanás , que se había pro-
puesto perderlo, metiéndose con su natural arrojo por medio de
las malas pasiones en aquel cuerpo de su segundo convertido
á insuperable dificultad y obstáculo diabólico de su empresa.
Pero, como buen místico y franciscano, creyó Colón lo más con-
ducente á su objeto cortar el hilo á las conjuraciones infernales
con una paciencia muy semejante de suyo á la ofrecida por Cristo
en su Pasión, y calló; pero segurísimo de que no decía verdad
el piloto y dispuesto á castigarlo en cuanto por tierras de nues-
tra España lo tomase. El encuentro con Martín Alonso aceleró
la vuelta de Colón, en el natural temor de que á mayores pudiera
subirse añadiendo otro atentado al horrible de la separación. Así
en vano le halagaba cada día más cuanto iba en su travesía
viendo; peces que parecían sirenas, tortugas tan grandes como
escudos, ríos con arenillas de oro, campos como edenes, puntas
análogas á edificios, bahías muy serenas, isletas muy lindas, na-
turales muy bravos, promesas de oro muy numerosas, espejis-
mos incesantes que lo atraían á una con sus celajes y le cautiva-
ban la voluntad con sus prometidas riquezas. En vano le conta-
— 405 —
ban cosas estupendas, como que había dos islas en aquel mar
muy cercanas, la una compuesta de hombres y la otra de mu-
jeres, los cuales hombres y mujeres únicamente se juntaban en
cierta época del año, como los animales se ayuntan al celo, y si
los engendros de aquellos fugaces ayuntamientos resultaban por
ventura masculinos, enviábanlos á la isla de los machos, y si fe-
meninos á la isla de las hembras. En vano cinco marineros, que
bajaran á tierra cerca de Monte-Cristi con gente muy brava
toparon, la cual intentó hasta prenderlos y cazarlos, á cuyo in-
tento cayó allí la primer sangre india vertida en tales encuen-
tros. Colón tenía suma prisa de volver á España y se volvió sin
dilaciones nuevas, ni nuevas tardanzas. Y, en efecto, el día 1 7 de
Enero del año 1493, perdió de vista las recién halladas costas
del Nuevo Mundo.
CAPITULO XXIV.
REGRESO DE COLÓN Á ESPAÑA.
AVEGARON las dos carabclas en su derrotero á España
con buen tiempo y viento fresco, hasta el día 1 1 del
siguiente mes, hasta el día 1 1 de Febrero. Creíanse
tal día, tras la navegación comenzada en Enero, cerca de cos-
tas, por haber visto muchas aves. No sabían á ciencia cierta
dónde se hallaban. Creíanse unos en las Azores, otros en la
Madera, otros en la desembocadura del Tajo y á las inmedia-
ciones marítimas del monte bellísimo que se llama Cintra. Pero
donde realmente, por su malaventura, se hallaron, fué dentro
de una tempestad horrorosa, que les cayó encima el siguiente
día, el 12 de Febrero. Parecióles extraña en verdad, y lo era
por singularísima. Embarcados los descubridores del Nuevo
Mundo tanto tiempo, desde la madrugada del día de su in-
vención, del día 12, no habían tenido más contratiempo que la
pérdida de su capitana en los bajíos de Haiti, y este por des-
cuido, por sueño, por confianza, en mar de leche con suave
brisa, y compensado por una tan grande compensación como el
encuentro con la noble amistad del cacique Guacanagari, así como
con la exploración del territorio más fecundo en oro de cuantos
habían visitado. Desde la madrugada del 2 de Agosto de 1492 á
— 4o8 —
la madrugada del 12 de Febrero de 1493 parecía que todos los
genios benéficos del mundo se congregaban á impeler la navega-
ción por un mar idílico, iluminado de una luz dulce, movido al
beso de arrullos amorosos, como en cualquier égloga marina
del poeta mediterráneo por excelencia , que se llama Teócrito.
La fábula de Calatea en su concha de nácar, bajo cielo de añil,
sobre mar de cristalinas ondulaciones donde se rompía inma-
culada luz, por los tritones alegres circuida, de las ninfas y sire-
nas acompañada, junto á costas llenas de perlas, vecinas del te-
rritorio helénico, sembrado de corales, se reproducía en aquellas
noches del Trópico, henchidas por suaves aromas de una flora
maravillosísima, é iluminadas por un cielo sembrado de conste-
laciones brillantísimas y aerolitos innumerables de un resplan-
dor parecido, más que á cosas materiales, á un verdadero ideal.
El soplo de las brisas era tan por extremo constante, que lo
imaginaban venido siempre de un mismo lado, y opuesto, por
ende, al regreso de los exploradores hacia España. ¡Cuántas
veces, en la bienaventuranza de aquella navegación, á las altas
horas de sus noches, cuando llovían del cielo gotas de luz con
gotas de perfumes, y subían de las olas himnos sin término, el
Almirante comparaba la superficie del mar á la superficie del
Cuadalquivir, y el olor al azahar, y el horizonte al cielo de An-
dalucía , faltándole tan sólo al goce completo de las voluptuosi-
dades sevillanas, el cántico dulce de un ruiseñor enamorado! Y
si á la vuelta , cuando les aguijoneaban los deseos de contar lo
encontrado, sólo comparables á sus deseos por los encuentros,
una tempestad horrible los asalta, júzgala continuación de las
diabólicas sugestiones ingeridas en los objetos y en los cuerpos,
según sentir del descubridor, por Satanás en persona, oponién-
dose á que las nuevas tierras se descubrieran y tanto número
de tribus se bautizaran. Una tempestad horrible les sorpren-
dió, pues, del 11 al 12 de Febrero, tanto más temible, cuanto
que las carabelas hacían por todas partes agua y no llevaban
lastre. La ciencia entonces desconocía el mundo infinitamente
— 4C9 —
pequeño, revelado á nuestra vista por el microscopio. Y como
desconocía el mundo infinitamente pequeño , ignoraba que los
microbios tropicales iban carcomiendo aquellos barcos, cada día
más maltrechos. Con tal ligereza, producida por la carcoma,
junta con la ligereza producida por el deslastre de las carabelas,
corrían como dardos entre los huracanes del aire y las trombas
del oleaje. Todos los poetas á porfía pintaron las tormentas oceá-
nicas. En la virgiliana Eneida corren las ráfagas tempestuosas
sobre la mar antes tranquila, los cielos desaparecen tras las tinie-
blas tormentosas, las nubes se amontonan en tropel, culebrean
los relámpagos por todas partes, retumba el trueno, ñamean los
rayos como látigos que hacen vibrar los dioses, tiemblan las
cuerdas, se rasgan las velas , se rompen los mástiles , se desunen
las tablas, los remos se tronchan, la popa y la proa se apartan
divididas por los furores del agua , hierven las arenas , tiemblan
las islas; y, entre tantos horrores, flotan fríos cadáveres, en
cuyos desencajados rostros verdea la siniestra muerte. Colón
describe con mucha sobriedad la terrible tempestad que había
visto, bien al revés de Virgilio que describe con exageraciones
una tempestad jamás por él vista. Los historiadores de hoy no
han podido ver la tormenta sufrida entonces por el Almirante;
pero dedúzcanla de la lectura y contemplación del Diario suyo,
que pueden á la vista tener todos. Después de haber mucho
relampagueado y venteado las noches anteriores, la del 1 1 , la
del 12 y la del 13, crecieron los vientos la noche del 14. Súbito
cayó desde las alturas sobre aquellas frágiles carabelas espeso
nubarrón, que parecía pesado como el plomo y obscuro como la
ceniza; bajo la quilla estremecíanse las olas y chocaban unas
con otras, como si en opuestas direcciones las impeliesen dos
corrientes contrarias; por las velas y los cordajes corría un di-
luvio, cual si las aguas del mar se hubiesen transportado al cielo,
y entre las tablas se abrían abismos, cual si perdurable noche se
hubiese bajado á las aguas; montañas altísimas de base negra
como las tinieblas infernales y de cumbres eléctricas como las
— 4'o —
nubes tempestuosas, encrespábanse y deshacíanse, amenazando
tragárselo todo en sus remolinos , batidas por los vientos , que
parecían dobles y opuestos como las corrientes marinas; un
trueno continuo lanzaban los abismos de arriba y otro idéntico
los abismos de abajo; y así, en vano arriaron velas y recogieron
cuerdas, arrostrando la tempestad á palo seco; la muerte se pre-
sentó á los ojos del marino descarnada. En poco tiempo se llevó
el huracán á la Pinta por imposibilidad absoluta de resistir á la
tormenta. Pusiéronle faroles desde la Niña toda la noche; al
amanecer desapareció. Colón se creyó perdido.
Aquel descubrimiento suyo volvía de nuevo á inmergirse con
profunda y silenciosa inmersión en los abismos del mar, sobre
los cuales quedaban flotando las supersticiones antiguas para
mejor precaverlos contra una curiosidad tan demente como la
suya y que sería como la suya castigada por el airado cielo.
Aquella gloria, con la cual soñaba, que había de poner su nom-
bre inmortal entre los reveladores, hundiríase con el cadáver
último que desapareciese á la vista, como una virgen ahogada la
noche de sus nupcias, antes de haberse desceñido el velo nup-
cial. Sus dos hijos, á quienes llevaba la dignidad hereditaria de
Almirante, una monarquía sin antecedentes ni ejemplos anterio-
res, arrancada por un milagro de genio á Reyes y á Pontífices por
el pensamiento y la fuerza del heredero de un cardador, queda-
ban huérfanos y hechos unos tristes mendigos. Los bienhecho-
res monarcas y los altos magnates, que le protegieran tanto, no
lo recibirían, como él soñara cien veces, en sus brazos y no le
aclamarían vencedor en sus primeras gozosas entrevistas. Acla-
maciones de los pueblos, gracias de los monarcas, dones de la
fortuna, riquezas jamás igualadas, poder y nombre como los su-
yos, todo lo devoraba el abismo. Un pensamiento debió tam-
bién surgir en su alma consagrado á la mujer amante que lo re-
tuvo en Córdoba con su amor y contribuyó á darle horas de
felicidad y olvido entre los horrores de sus combates morales.
Hecho este mental testamento en su fuero interno, volvióse
— 411 —
Colón á la providencia de Dios primero y después al tribunal de
la Historia. En su fe de marino entraban mucho los votos; y no
podían menos de entrar, puesto que correspondían ellos con sus
creencias íntimas y con sus connaturales costumbres. Las olas
del mar todo y los revuelos del aire marinero henchidos están
de votos, cual de verdaderos ex votos llenos están los santua-
rios de las costas. No hay más que verlos cubiertos de poéticas
ofrendas para comprender cuántas ideas religiosas el mar de
sus hondos senos evapora y qué himno en sendos coros sin
fin componen sus vientos y sus oleajes. El espíritu de Colón era
por su naturaleza religioso, por su educación religioso, y reli-
gioso por su oficio. En medio de las tempestades volaba su
pensamiento al cielo , cual esos pájaros marinos que suben
allende las nubes tempestuosas y dominan con sus gritos el
fragor de la tempestad. Su ingreso en la Orden Tercera, sus
misas en el Monasterio franciscnno, sus letanías acompañadas
por los rumores oceánicos, el Avemaria en los dos crepúsculos
del ocaso y del alba, el oficio leído tras todas sus siestas, la
Salve cantada todas las tardes, el Rosario rezado todas las no-
ches, dicen cuanta fe católica su pecho abrigaba y cómo los
ejercicios connaturales á la vida santa de un monje se unían en
él con los combates y las porfías connaturales á un marino. Así
pensó durante aquella calamidad en la justicia divina; y cre-
yendo azotes á la soberbia, en él engendrada por tan milagroso
descubrimiento, los culebreos del relámpago, las ráfagas del hu-
racán, los bramidos y levantamientos del oleaje, los diluvios del
aire, los latigazos del rayo; creyó también desarmar la cólera
divina con ofrecerle una penitencia pública de humildad y una
peregrinación en camisa y de hinojos desde sus naves salvadas
al primer santuario en su carrera encontrado. Luego pasaron por
su mente las imágenes y las iglesias de su mayor devoción; aque-
lla virgen de Guadalupe veneradísima en Extremadura y An-
dalucía, cuyo santuario en abandono y en ruinas aun hoy nos
asombra; y aquella virgen de Loreto, invocada por todos los
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italianos; y aquella Iglesia de Santa Clara de Moguer, á donde
concurrían tantos marineros salvados de las asechanzas y de los
horrores del voraz Océano. Toda la tripulación se asoció á estos
recuerdos y á estas invocaciones. Todos los marineros quisieron
participar de la voluntaria penitencia, ya que participaban todos
del tremendo castigo. Así pusieron tantos garbanzos cuantos
hombres había en el buque, y señalaron uno con cruz bien ta-
llada por afilado cuchillo, para que aquél, á quien le tocara, fuese
de romeraje á Guadalupe. Encerrados en un bonete y revueltos,
metió la mano Colón y sacó el garbanzo de la cruz. Echóse la
suerte para enviar un romero á Loreto y le tocó á Pedro Villa,
marinero del Puerto de Santa María. Echóse luego la suerte para
ir á Santa Clara de Moguer y también le tocó á Colón, el cual
estuvo por la suerte y sus caprichos obligado á dos romerías y á
dos penitencias, de lo que tuvo muchísimo contento, atribuyendo
las preferencias en la elección de voto á predilecciones manifies-
tas del cielo. Y hecho esto con Dios , acordóse de los hombres.
Y para que no pudiese ignorarse lo descubierto, escribiólo en
medio de la tormenta, y envolviendo el escrito en hule y cera,
encerrólo dentro de un barril , lo echó al mar deseoso de que flo-
tara en las aguas el secreto y diera en manos de aquel á quien
pluguiese al Eterno.
Era el 15 de, Febrero cuando vieron tierra por delante, siquier
ignorasen que tierra fuese. Pero ver tierra en las circunstancias
aquellas no equivalía de ningún modo á poder abordarla. Estaba
la mar siempre altísima, y los marinos y el Almirante dando bor-
dos con sumas angustias, como dice Las Casas. Tras muchos re-
conocimientos, entendieron hallarse delante de una isla que per-
tenece al grupo de las Azores. Colón parecía en estos momentos
una sombra, según lo demacrado y macilentísimo. Como no ha-
bía comido, ni dormido, ni preservádose de las humedades, man-
teniendo su vida por la sobreexcitación de sus nervios y por la
fiebre de su sangre, andaba medio tullido de las piernas por los
estragos de la humedad y del frío. Del 15 al 18 de Febrero estu-
vieron barloventeando sin poder arribar. Y, con efecto, en este
día último arribaron y supieron que la isla, frente á cuyas costas
se hallaban, era la conocida con el nombre de Santa María. Es-
peraba Colón de aquel territorio y de aquellos pobladores un
cordial acogimiento. Salvado por modo milagrosísimo al embate
de las olas, parecía tener algo de sobrenatural. Con los descubri-
mientos de nuevas tierras en su pro, tan útiles á todos los isleños
de tal mar, debía prometerse triunfos en lugar de repulsas. En
efecto ; las primeras demostraciones aparecieron alegres y rego-
cijadas, holgándose todos mucho con lo invenido por aquel des-
cubridor extraordinario. Pero bajo tales algazaras y aleluyas es-
condíase una traición taimadísima. Á pesar de tener asentadas
paces Castilla con Portugal, el Rey de este último Estado no
podía resignarse á la idea de habérsele ido entre las manos em-
presa tal como la colombina empresa. Ya en la partida de Colón
le imputaban los susurros de la fama un propósito resuelto de
impedir sus exploraciones, y á la vuelta se vieron clarísimas las
añoranzas ingeridas en su propio ánimo por la imprevisión y por
el descuido añejos. Pero en todos los procedimientos del monarca
lusitano respecto de tal negocio se nota una perplejidad , expli-
cativa de sus malogros y de sus marros, pues las grandes empre-
sas piden siempre una grande y firme voluntad individual, así
como la estrella norte de un ideal claro y el objetivo de un plan
seguro. Don Juan de Portugal no tenía para qué dar tras de Colón
al dolor de sus desengaños: muda conciencia la de tal monarca,
si no le decía dónde radicaba la efectiva resposabilidad que trajo
aparejada de suyo ante la historia esa comisión de su error y de
su falta irreparables. Colón había mandado tres hombres á tie-
rra, y no volvían, retenidos por lo muy gustosos que les parecían
á los isleños sus maravillosísimos relatos. En cambio, dos envia-
dos del capitán de la isla fueron á la carabela y llevaron gallinas
con otras provisiones y refrescos á la tripulación. Hízoles mucha
honra el Almirante, y les anunció como, en cumplimiento de un
voto , irían la mañana próxima una mitad de sus marineros , en
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penitencias solemnes, á las primeras ermitas. En efecto, fueron;
mas ¡cuál asombro no sentirían, al verse asaltados por los lusi-
tanos, reunidos unos á pie y otros en cabalgaduras, que pene-
traban todos dentro del santuario no bien mediada la misa, con
gestos muy amenazadores y palabras muy soeces, prendiéndolos
como á enemigos cuando eran sus aliados y sus huéspedes! Pues
al asombro suyo unióse bien pronto el asombro de Colón. Espe-
rando estaba la vuelta de los peregrinos para emprender él su
correspondiente peregrinación, y, en vez de los esperados, se le
apareció sobre una barca el capitán portugués y le dijo como los
había preso á todos. Indignóse Colón al increíble atentado, y
después de proclamar sus títulos, los títulos de Almirante y
Virrey, así como de mostrar las cartas que tenía de sus Reyes,
en las cuales á sus aliados y amigos encarga le prestasen los
auxilios cambiados en todo evento entre las cordiales alianzas;
acabó por amenazar á quien así faltaba con toda la cólera de
Castilla, muy capaz, en los requerimientos del honor, muy ca-
paz de no dejar allí piedra sobre piedra. Amarrado el buque
á la tierra mandada por ei capitán á quien dirigiera Colón
tamañas frases , debió de allí zafarse pronto en el natural temor
á que cortasen las amarras. Pero no tenía buen lastre , como
constreñido á reponerlo con llenar los barriles de agua marina,
y ni siquiera marineros , por habérsele quedado los más duchos
presos en tierra. La cerrazón del horizonte y las agitaciones del
mar, así como la reducción de los marinos hábiles á tres, tantos
casos adversos pusieron á Colón en tales aprietos, que volvía los
ojos á las islas recién descubiertas y las consideraba como el
Paraíso terrenal. Dábale de costado el mar, y comunicaba tales
sacudidas al barco, que á todas sus calamidades externas su-
mábanse internas angustias, de los cuerpos verdaderamente
homicidas.
Y aun debían dar gracias á Dios Padre , pues si , en vez de
combatir las olas por un solo costado á la carabela, combatié-
ranla con dos corrientes contrarias por sendos y opuestísimos
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empujes, de seguro naufragara y se perdiera. Iba en demanda
el Almirante de una isleta, conocida bajo el nombre de San
Miguel, y no pudo alcanzarla, teniendo que volverse á la Santa
María, maguer los daños ya sufridos y los temibles. Allí volvió
á ver algunos que capeaban desde cercanos escollos y le reque-
rían á presentarse sobre cubierta. Y, tras este requerimiento,
se acercó un esquife con cinco marineros, dos capellanes y un
escribano, quienes le rogaron presentase los por él referidos
poderes y cacareadas epístolas Reales. Resistiéralo Colón , muy
sobre aviso ya respecto de lo que intentaban; pero desprovisto
de medios para ir á malas, avínose á buenas, y mostrando las
cartas, exigió la devolución de los prisioneros, como así lo al-
canzara en seguida, con grande satisfacción de todos y buena
lección y mejor escarmiento para él en lo sucesivo. Mandado
detener, según le testificó el capitán, por la Monarquía portuguesa
¿cuándo á la detención escapara .-' Sumas gracias debió dar á
Dios por haber salido á bonanza tras esta nueva tormenta mo-
ral , no menos peligrosa que las tormentas materiales. Cobró su
gente y puso la proa en ruta de Castilla el domingo 24 de Febre-
ro. Con vario tiempo anduvo unos cuatro días por aquellos ma-
res, hasta los primeros de Marzo, en que violentísima turbonada
le sorprendió de nuevo y lo tuvo á dos dedos de su perdición
y acabamiento. Ofreció nuevas romerías con romeros nuevos á
Santuarios de la Virgen y á Dios le ofreció el holocausto de la
conformidad interior con sus decretos y de la más probada y
firme paciencia. Esas cordilleras de olas, atribuidas á imagina-
ción de los poetas, que tanto al marino aterran, y de cuyo furor
no puede ninguna hipérbole dar idea, se arremolinaron en derre-
dor del barquichuelo, y lo subieron á las alturas, como al ren-
dirse con tanto estrépito y una tan enorme pesadumbre, bajá-
ronle también á los abismos. Vio tierra entre los paños fúnebres
de las tinieblas negrísimas, iluminadas por el relámpago; y
mandó dar al papahigo, como dicen los marinos, un poco de
vela en vulgar lengua, por ser cosa de mucho peligro la proxi-
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midad á tierra en tormentosa y obscura noche. Como por arte
de magia increíble, al fin y al cabo la tempestad se descorrió, y
aparecieron las blancas dunas á un lado , que cercan el abra de
Lisboa; las amplias bocas del Tajo en frente, ceñidas de áureos
arenales y recamadas con hirvientes olas ; muy cerca de allí el
pintoresco puerto de Cascaes , donde se mezclan casas y naves,
anzuelos y azadones; sobre todo la hermosa montaña de Cin-
tra, bordadísima de jardines multicolores, cubiertos de gayas
floras y aromado de balsámicas esencias ; una parte de la que-
rida península patria. Mucho gozo hubiera sentido Colón de
tropezar con tierras donde viera el pabellón de Castilla y poca
confianza debía inspirarle un Estado, cuyos agentes le habían
recibido tan mal en los dominios ultramarinos suyos, y cuyo
Rey se la tenía jurada por descargar sobre la voluntad ajena
responsabilidades á él únicamente imputables por una con-
ciencia recta y clara. Pero no podía evadirse de anclar en el
Tajo. La mar no se aquietaba y los temporales seguían tan des-
hechos como no los recordaba iguales nacido ninguno, hasta el
extremo de haberse los mares en aquellos días tragado unas
veinticinco naos flamencas con tripulaciones hábiles y nume-
rosas. Muy cerca de la desembocadura temía Colón verse asal-
tado por gentes de aquellas orillas y pidió que le permitiesen
anclar frente á Lisboa misma. Encontrábase allí en el rastelo
surta poderosísima nave real, de muchas toneladas y grande
artillería, comandada por patrón en cosas de mar tan ducho
como Bartolomé Díaz, el cual fué con su batel á la carabela y
requirió á Colón para que le siguiese, requerimiento á que opuso
el Almirante la resistencia propia de su alta dignidad y poder,
limitándose tan sólo á mostrar aquellos papeles por cuya vir-
tud y autoridad podía entrar libremente al habla en los puer-
tos de todos los Estados que tuvieran ó alianza ó paz con los
Monarcas de Castilla. En cuanto notificó su calidad, menudea-
ron los obsequios. El capitán de la nao lusitana, con acompaña-
miento de atabales y trompetas y añafiles , á que seguía grandí-
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sima pompa, le visitó, haciéndole mucha fiesta y holgándose con
su regocijo; las gentes de Lisboa corrieron á verle y aclamarle,
por haber tan grande misterio roto con su audacia y revelado al
mundo tierra tan extraña, trayendo consigo ejemplares de tribus
tan primitivas; D. Martín de Noroña, hidalgo portugués, llevóle
una carta de D. Juan II, en cuyas letras invitábale á pasarse por
la corte , donde hallaría singular acogimiento ; los naturales de
Sacambcn, donde pernoctó en su viaje á la visita del Rey, fes-
tejáronle con toda clase de festejos: el Prior de Crato, la prin-
cipal persona entre todos cuantos residían allí, lo tuvo por
huésped, obedeciendo Reales órdenes; asentólo á su mesa el
Rey con reverencia y oyó todas sus invenciones con inte-
rés; hasta la Reina, que vivía de temporada en el convento de
San Antonio, no quiso dejarlo partirse de ningún modo sin es-
cuchar de sus labios aquel poema real de navegación, superior
en milagros á cuanto los mayores poetas idearan y escribieran
en los arrebatos de sus respectivos estros ; y quien había salido
de Portugal tratado como un demente , á Portugal volvía reve-
renciadísimo como un dios. Esta contraposición hería más que
ningún otro pecho el pecho de D. Juan II. Á cada noticia dada
por el descubridor, un remordimiento le taladraría las sienes con
su venenosa punzada, y á cada relación hecha el vértigo engen-
drado por las grandezas frustradas le trastornaría el cerebro. Al
pensar que todos aquellos mares , cargados de perlas , y todos
aquellos territorios, henchidos de oro, y todas aquellas islas,
aromadas por especierías increíbles y parecidas en su hermosura
sin mancha de ningún género al reencuentro del Paraíso sin
pecado, pudieron pertenecerle, y todo lo perdió por no haber
oído con atención al mismo á quien escuchaba con envidia; mil
ideas , á cual más rara y de más imposible realización, cruzaron
por su obscurecida mente, y mil propósitos, á cual más desati-
nado y violento, lucharon en su incierta y perturbada voluntad.
Sufría su corazón agudísimo dolor á causa de no poder descar-
gar el peso de su conciencia sobre ninguna otra responsabilidad
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más que la propia. En el curso de la conversación diplomática
con el Almirante ya deslizó una especie tan peligrosa como su
creencia de que aquellas islas nuevas entraban en el radio de
los dominios pertenecientes al sumo imperante del Bojador y
de Guinea, según antiguos convenios con Castilla y supremas
decisiones del Pontífice. Pero Colón le deshizo tales argumentos
sin esfuerzo ninguno, merced á la competencia y maestría pro-
pias de quien juntaba con las adivinaciones del genio los estu-
dios del sabio. Se añade por algunos que, á hurtadillas, esqui-
vándose del descubridor todo cuanto podía, llevó á Palacio desde
la carabela un indio natural de la primer isla descubierta y le
hizo contar con granos de aluvias secas el número y la posición
de todos cuantos territorios componían el hermosísimo archi-
piélago. Y cuando vio el grupo délas Bahamas, compuesto por
los islotes Lucayos; y luego la inmensa Cuba, de fabulosa fera-
cidad; y más lejos la Española, tan grande como Portugal; y San
Salvador con su corona de arrecifes; y la Fernandina con sus
industriosos indios; y la Concepción y la Isabela, tan poéticas,
todas con sus raíces de corales en el mar y en el cielo su corona
de palmas, llegó á desesperarse por tal modo y en tales térmi-
nos, que volvió contra el descubridor toda la cólera natural en
los remordimientos descargados por la conciencia sobre su pro-
pia persona . ¡ Cuál dolor no sentiría cuando los cortesanos, di-
ligentes de suyo en cumplir todo aquello que creen deseado por
los Reyes, trataron de asesinar á Colón; y cogiendo sus cara-
belas y sus indios, volverse al mar, antes impenetrable, ya pene-
trado y descubierto, para izar allí el pabellón de Portugal. Mas
un poco de conciencia en el Monarca y otro poco de miedo á
Castilla entraron en la definitiva resolución, en la justísima y
cuerda de dejar ir á Colón donde le pluguiese, despidiéndole
muy satisfecho y muy honrado, no sin felicitar á los Reyes cas-
tellanos por su reciente, por su increíble, por su maravilloso im-
perio , de tanta novedad y grandeza.
La delicadeza en su complexión y la ternura en sus afectos
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muéstralas Colón, como en cien otras ocasiones, volviendo an-
tes al sitio de donde se había partido, y en el cual muchos re-
cuerdos tristes de su obscuridad y de su pobreza debía encon-
trar, que á la corte de donde sacara los primordiales elementos
para su obra y en donde aguardaba cuantiosísimos premios al
éxito milagroso de su empresa. Cosa bien cierta que las penas
por cualquier logro sufridas aumentan el valor material y
moral de éste muchísimo. El piloto modesto recién llegado
de lejos, el genovés nómada, el huésped obscuro de un lugar
costero modestísimo, el pariente vulgar de una familia descono-
cida casi, el padre infeliz, para quien su hijo mayor era como
pesadísimo gravamen, por no poder mantenerlo á su gusto, si-
quier lo amase con todo su corazón; el mago reído por todos, y
comprensible sólo á la ciencia de Garci-Fernández, el médico, y
á la intuición de Fr. Juan Pérez, el penitente, debía encontrar
en la remembranza de tamaños vejámenes, con los que sañuda-
mente le persiguiera la suerte adversísima, motivos de mayor
satisfacción por la gloria conseguida y de mayor aprecio á los al-
tísimos puestos de Almirante y Visorrey ganados por el heroico
esfuerzo doble de su voluntad y de su idea. ¡Cuántas vigilias en
su celda! ¡Qué número de burlas amarguísimas llevadas al seno
del claustro! ¡Qué impaciencia, viendo cómo se le concluía la vida
y con la vida la esperanza! ¿Y los días aquellos en que Juan
Pérez fué á Granada.? ¿Y la deficiencia de medios, aun después de
granjeadas unas capitulaciones tan favorables á su persona como
el solemne acuerdo de Santa Fe} ¿Y la fuga de todos los tripu-
lantes.? ¿Y la despedida de su hijo.^ ¿Y la mirada última puesta
en el monasterio altísimo, cuando se abría el mar tenebroso para
tragarse las carabelas del descubridor atrevido.? La liturgia de
nuestra Semana mayor católica tiene representaciones varias de
tal estado de ánimo en su Sábado Santo. Ábrese temprano la
iglesia y continúan las tristezas del Viernes, como si los aires
aquellos estuvieran cargados con las lamentaciones de Jeremías
aún y envueltos en las luctuosas tinieblas. El tenebrario está
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sin las velas á un lado, el ara sin los linos á otro, el velo morado
cae desde las tristes bóvedas sobre los solitarios altares desnu-
dos. Suena la siniestra carraca en la torre silenciosa y parecen
los rezos cual sollozos de muertos. Pero, en cuanto llega el glo-
ria, los velos se rasgan, las lámparas se iluminan, las trompetas
angélicas del órgano resuenan, el altar desnudo recobra sus
blancas vestiduras y el santuario desierto se llena con la pre-
sencia de su Dios, resucitado entre guirnaldas de luces regocijan-
tes é himnos de verdadero triunfo. Comparad aquella peregrina-
ción de penitentes á la salida con estas procesiones de triunfa-
dores al regreso; aquella misa, como si fuera de Réquiem^ á los
oídos de Colón rezada por el Padre Juan, solo entonces, con
el Te Demn en que tomaban parte las muchedumbres ahora;
el adiós horrible á la partida cuando se oían sollozos y se to-
caban desesperaciones tan sólo, con el acogimiento regoci-
jadísimo al triunfo; los denuestos al descubrir en el piloto de-
mencia de un intento imposible con las bendiciones cuando
traía un logro cierto; el universal omnímodo plañido en tantas
fechas tristísimas con este regocijo; y decidme si creéis acertado
que llamemos al primer día su elegiaco Viernes Santo y al se-
gundo día su Resurrección y su Pascua. El mundo es horrible
por la mezcla de lo bueno con lo malo en su seno. Junto á la
epopeya viva y regocijada una tragedia viva también y siniestra.
La serie de tristezas y las evaporaciones de lágrimas que se han
personificado en Job, en Prometeo, en Edipo, renacen aquí á
esta hora solemne. El hombre que más contribuyó al deseado
logro de la idea colombina, llega triste al puerto, entra solo, des-
embarca como un criminal perseguido, corre á su casa, donde se
oculta como en una prisión, y muere. ¡Oh! Era Martín Alonso
Pinzón, víctima de no haber apreciado toda la grandeza propia
de su participación en la obra y de haber querido acapararla
tristemente para sí. ¡Qué bello ángel fuera Luzbel, de no haber
querido ser Dios! ¡Qué grande hombre Martín Alonso, de no ha-
ber querido ser Cristóbal Colón! Había concluido de sus dineros
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los apercibimientos y preparaciones á la obra; juntado por su
autoridad las tres carabelas y las respectivas marinerías; puesto
empeño, seguido de feliz logro, en la organización del viaje, frus-
trada en manos de los continos del Rey; sometido los moralmente
rebelados; conseguido con sus consejos orden, allí donde toda su-
misión se perdía en los minutos más críticos de la colosal em-
presa; disipado tempestades morales más ter.ribles que las tem-
pestades oceánicas; mostrado en el arte difícil de la realización
del plan calidades excepcionales, dignas de ser colocadas por
la diversidad misma de sus méritos junto á las mágicas y sobre-
humanas de su competidor, misterioso adivino; pero el cálculo
certerísimo, la voluntad firme, la paciencia santa, el valor he-
roico, las dotes de administración y de mando se mezclaron á
celos tan rabiosos, á envidias tan punzantes, y á competencias
tan batalladoras, que le trajeron esta violentísima muerte y le
macularon la gloriosa vida. No se debió apartar nunca de Colón.
Aquel apartamiento en busca de las riquezas, que decían los
indios del Salvador entrañadas en los senos de Haiti, fué un
acto de indisciplina, en todas partes imperdonable, y más allí en
el mar, donde todo corre peligro de ruina cuando no se sujetan
y someten todos á la más pasiva obediencia. Vuelto, no cabe
duda que mostró destreza mareante y ciencia náutica supe-
riores con el arribo á tierra española como Galicia, mientras
Colón arribara con daño y peligro á tierra colocada bajo un
pabellón extranjero y casi enemigo. Mas no debió tampoco á
la vuelta codiciar el envidiable lauro debido al primer iniciador,
pues en el segundo puesto aun le quedaba una gloria y un
provecho sin ejemplo. El castigo correspondió con la culpa.
Cuando llegó él á Bayona de Galicia, cerca de la desemboca-
dura del Miño, estaba Colón ya en la desembocadura del Tajo;
cuando llegó él á la desembocadura de Saltes, había Colón
arribado con grande antelación y recibido el justo acogimiento.
No le quedaba más recurso que morirse. Hasta en el acabar
trágico y obscuro de dolor y despecho se descubre aquella
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condición altísima de un marino que antepone á cualquier cosa
la muerte.
No estaría Colón excesivamente retribuido en su gloria indu-
dable con todo cuanto le granjeó Castilla ; pero la falta y el
error de Pinzón quedaban excesivamente castigados. Algo, sin
embargo, excusa el error del piloto la falta imperdonable del
profeta, su codicia. No consentía dar á ningún tripulante la de-
bida participación en los aprovechamientos de una obra, la cual
por tan grande manera obedecía de suyo á los instintos del co-
mercio y los deseos de lucro. Desde que llegan á la primer
Lucaya, en el primer viaje, hasta que dejan los últimos escollos
de la Española y las Tortugas, no pensó Colón en otra cosa que
en allegar oro; ni habló de otra cosa más que del oro. ¡Cuan
pocas interrogaciones respecto de religión, de leyes, de costum-
bres á los indios! ¡Cuántas respecto de minas! Él mismo confiesa
que Pinzón, cuando se apartara de su compañía, rescató una
grande cantidad de oro á los indios y lo repartió en partes pro-
porcionales á los tripulantes, guardándose un factor de aquella
división para sí mismo. Colón, apartando lo debido al erario,
se alzaba con todo el que recogía. No hubo medra en el camino
que no le tentara, ni provecho en promesa cumplida que no
requiriera con instancias impertinentísimas en cuanto creía lle-
gada la ocasión propicia de cosecharlo. Hallóse á punto de per-
der la partida en Santa Fe por la codicia mostrada en el ajuste
de su obra. Y la desgracia suya en la corte de Lisboa, tan ducha
en descubrimientos, atribuyese por algunos á lo tenaz y em-
peñado y prolijo de sus regateos respecto del provecho suyo
y del provecho versible á la corona. Ni aun perdonó el corto
premio y el sueldo escaso concedidos al primero que viese
tierra. Ningún género de duda cabe: el primero en divisar la
célebre Lucaya descubierta la noche del 1 1 al 1 2 de Octubre,
fué Rodrigo de Triana, y porque viera el Almirante incierta
lucecilla en lontananza, ni bien segura, ni bien certificada, se
9IZÓ con, la pensión, cosa muy mal vista por el buen Rodrigo,
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quien, muy molestado por aquella herida en su nombre y en su
peculio, dejó el servicio de sus Reyes y se pasó al moro. Mucho
soñaba, como puede verse por el volumen curiosísimo de sus
profecías, con rescatar Jerusalén del gran Turco, pero en cuanto
encontrase mares de perlas, ciudades de oro, vías empedradas
de zafiros, montañas de esmeraldas, ríos de brillantes, riquezas
como nunca las contaran en su vida ni Creso ni Salomón, los
tesoros de todas las Indias, bien superiores á cuanto puede cal-
cular un matemático y hasta fingir un poeta. Comprendían esto
mismo que nosotros decimos aquí los Reyes en Colón, cuando al
dirigirle documento por tal manera solemne, como la epístola
felicitándolo por su invención, hablan primero un poco del servi-
cio hecho á Dios y al Rey; otro poco luego del servicio hecho
á la religión y á la patria; y concluyen dedicando largo espacio
á los provechos del descubridor, á sus múltiples títulos, á sus
numerosas ventajas, á su enorme participación en el rendimiento
de todos los tributos, á su personal provecho. Parecía que la pri-
mer carta escrita después del faustísimo suceso debía ser un
himno y no una cuenta. Pues fué una cuenta y no un himno. Y
fué una cuenta, cosa que no pasara en triunfo alguno de los con-
seguidos entre Isabel y Fernando, porque ambos á dos conocían
toda la codicia del descubridor y todo su empeño en retener hasta
la piltrafa última de sus convenidos provechos. Así Pinzón, más
generoso de natural, diga cuanto quiera Colón; más desprendido
por sugestiones, así de las costumbres nacionales, como de la
educación doméstica; más largo en dar, cual está demostrado por
la circunstancia de no haber querido ni un recibo de sus aporta-
ciones cuantiosísimas á la común empresa; debió concluir por
enojarse á la codicia del piloto y resentirse de que intentara
siempre quedarse con todo él y apropiárselo así á su personal
medra como á su perdurable gloria. Pero aquel, que á Colón le
arroje semejante vicio al rostro con insistencia, desconoce los
capitales caracteres propios de naturaleza y complexión como
las suyas y cierra los ojos frente á la excepcional finalidad para
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que fuera nacido y creado. No se descubriera el Nuevo Mundo,
si á los impulsos divinos provinientes del calor que lleva en sí
misma una idealidad cuasi religiosa no se juntaran los aguijo-
neos pequeños, pero continuos, de las causas segundas y de los
motivos inferiores, á cuyos pinchazos la voluntad espoleada no
puede arrojarse por tierra y se mantiene despierta y viva en
grande movimiento. La Providencia y la Naturaleza tenían que
dirigirse de consuno así á lo más noble y más alto de Colón
como á lo más inferior y más animal, para que cumpliese y rea-
lizase una idea tan parecida de suyo á imaginada fábula, movido
por todos los resortes impulsores de la humana voluntad. Si
careciera de uno solo marrara la totalidad de su obra. Estos com-
puestos humanos, tan excelsos, pero tan contradictorios, así
como tienen por las alturas del ser suyo mucho más de ángel
que los otros mortales, tienen por lo bajo también mucho más
de bestia. Eran éstos caracteres congénitos á los hombres de
aquel tiempo en que moría la caballerosidad feudal antigua y bro-
taba el interés mercantil moderno; á los hijos de una ciudad,
como Genova, artística y comercial juntamente; al oficio de
marino , que necesita por una doble coordinación tomar el
Océano como un templo y como un mercado, cual tomar la
vida como un combate y como un negocio, cual tomar el cielo
como la condensación etérea de todas las revelaciones divinas
y como la tabla logarítmica de todos los humanos cálculos;
por fin á los artistas y á los sabios del Renacimiento, en quie-
nes la imaginación, el estro, las facultades instintivas , las inspi-
raciones soberanas, la estética en acción, la filosofía reveladora,
el pensamiento profundo, el arte sobrenatural, y hasta el culto
de lo verdadero y de lo bello, crecían en proporciones gigan-
tescas á expensas , me atreveré á decirlo ante un revelador tan
sublime, que muchos han querido proponer para una canoni-
zación á expensas de la moral y la conciencia.
Desde Palos , donde tantos recuerdos había dejado , se partió
Colón á Sevilla, y desde Sevilla, por tierra, se partió á Barce-
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lona, donde le aguardaban los Reyes. Debiendo recorrer la por-
ción más hermosa y más rica de nuestra península, creo inútil
decir cómo lo recibirían andaluces, murcianos, levantinos, cata-
lanes, en aquella excursión triunfal. Difícilmente podrá for-
marse idea del regocijo popular quien haya tenido la desgracia
de no haber jamás presenciado una fiesta levantina. Entrado
Abril ya cuando el Almirante caminaba por aquel encantador
edén, paréceme inútil decir cómo llovería el azahar sobre su ca-
beza en las florestas sin término y resonarían en sus oídos las
palmas de los palmerales sin número. En cada recodo del ca-
mino descubriría su celeste mediterráneo tras las cortinas de
almendros y granados alzadas sobre los nopales y los áloes.
A su solemne ingreso en un pueblo, el estruendo y fragor de la
pólvora, el repique de las campanas, el acorde sonido de las
músicas, el clamoreo de las muchedumbres, el timbal y la cha-
ramita de los dulzaineros, los homenajes de aquellos municipios
rodeados por sus pintorescos alguaciles , el cántico y salmodia
de los clérigos en procesión solemne y con aleluyas de alegría
en los labios, el aroma levantado de las calles todas enramadas
con altos montones de romero y alhucema, los marcos de flores
en las puertas y los ramos de tarajes y cañaverales en las fa-
chadas, el damasco rojo y el blanco lino pendientes de las ven-
tanas y balcones en vistosísimas colgaduras, la multitud in-
creíble de multicolores gallardetes y banderolas ondeando al
embriagador aire, los toldos cerniendo la luz como en acrecen-
tamiento de los matices tan delicados y de las penumbras tan
dulces, prestaban á los cuadros aquellos, continuos y sucesivos,
una tal animación y vida, que inútilmente querrían de consuno
las artes plásticas todas, no ya superarlos, reproducirlos en su
verdadera realidad. Por fin el descubridor se acercó á Barcelona,
donde le aguardaban los Reyes. Sería de ver la ciudad en fiesta.
Después de haberlo saludado la multitud, grupos de ca-
balleros muy vistosos con grupos de damas ataviadas como á
su sexo cumplía, puestos en rededor del trono, apercibíanse
— 426' —
á ver el descubridor en toda la grandeza' de su intacta gloria.
Ya una diputación de la nobleza lo había recibido jerca de la
ciudad y entrado en su compañía por las puertas donde le
aguardaban todas las autoridades populares precedidas de sus
correspondientes maceros. ¡ Magnífica procesión! ¡ Encuentro
sublime del viejo con el nuevo mundo! Precedían los tripu-
lantes de las carabelas, atezados por el sol y curtidos por el agua
de los mares, dispertando con el bamboleo de su andar marino
y el rigor de sus rostros morenos la popular atención y el uni-
versal entusiasmo; seguían en pos, llevados á hombros, aquellos
vegetales tan dispares de los conocidos entonces entre nosotros,
como el maíz con sus ricas panojas, y la yuca, jamás nombrada
en las lenguas del tiempo, y las palmas del cocotero, y las hojas
amplísimas del plátano, y los tubérculos farináceos y dulces que
hoy denominamos batatas: á la flora seguía la fauna curiosísima,
viva la que podía conservarse tal, y disecada una gran parte,
asombrando á todos los manatíes, semejantes á oceánicas vacas,
y las iguanas, parecidas á cocodrilos amansados, y las sirenas de
cuerpo carnoso, no tan bellas como ha querido la fábula, ofre-
ciendo como una irrupción de nuevas especies; tras las alimañas
aquellas , los pájaros , especialmente los papagayos , de muchas
diversas clases , luciendo sus sedosos y brillantes plumajes ; tras
los papagayos, conducidos en perchas muy altas, los indios á
pie, desnudos y pintarrachados, con sus coronas de plumas á la
cabeza y sus taparrabos al vientre, muy pasmados del pasmo
que producían y muy atentos al descubridor, que los movía con
sus miradas y con sus sonrisas á seguir entre las frases y los ges-
tos de admiración y extrañeza que levantaban por doquier; tras
los indios los pedazos de oro, las joyas primitivas, los cintos
de aljófares dados por los caciques, todo expuesto con arte; y
por último, una especie de estado mayor general marino, y tras
él Colón, adornado con todas las insignias de sus dignidades,
caballero en gallarda cabalgadura, muy erguido á pesar de sus
años, muy atento á las demostraciones recibidas , en los labios
— 427 —
la sonrisa de su gratitud, en la frente los surcos de su idea y en
la mirada el resplandor de su alma. Inútil nos parece añadir, co-
nociendo todos á Barcelona como asiento de gentileza, y á
los barceloneses como prototipos acabados de aquella civiliza-
ción y cultura, cuánto se esforzaron en mostrar que alcanzaban
y comprendían toda la trascendencia del increíble suceso. Desde
los arroyos de las calles á los terrados de las casas , apiñábase
compacta muchedumbre, delirante de verdadero entusiasmo,
expresado en aclamaciones sin cuento y sin medida, que llena-
ban y henchían á una con sus ecos todos los giros del aire , y
difundían por todas parles las corrientes eléctricas de los afec-
tos comunes en que concluye por condensarse, como en una
quinta esencia, el alma de todo un pueblo. En este poema de la
invención del Nuevo Mundo, poema épico, siquier se refiera
en prosa por la Historia , una elección cual esta de Barcelona
para el recibimiento á Colón parecía como adrede, y no casual,
pues ninguna de nuestras poblaciones tenía derecho á inaugurar
la edad nueva del trabajo y del cambio como esta ciudad excep-
cional de trabajadores é industriales, cuyas glorias náuticas y
mercantiles compiten indudablemente con las mejores que ha-
yan podido alcanzar las ciudades itálicas y helenas en el claro
curso de su legendaria vida. Bajo un dosel de rico brocado, so-
bre un trono cubierto de alfombra pérsica, estaban los dos Mo-
narcas, entre la corte más gallarda y más lujosa del mundo. Gon-
zález Oviedo, historiador que tanto se para en minucias, una
especie de San Simón anticipado, como puede verse por sus cu-
riosísimas Quincuagenas ^ refiere que , así como asistió en Santa
Fe á la triste salida de Boabdil, asistió en Barcelona un año des-
pués á la triunfal entrada de Colón. Y había motivo para enva-
necerse y recordarlo, porque pocos hechos de tal trascendencia
en sus anales guarda la humana historia. El descubridor se des-
montó de su cabalgadura , y anticipándose á toda la procesión
que le acompañaba gorra en mano, bajo el estandarte clavado
en los arrecifes del Salvador á nombre de Castilla, entró donde
— 428 —
se hallaban los dos Reyes con una emoción tan viva y honda,
que difícilmente podría sobrellevarla en toda su intensidad y con
todo su peso la débil naturaleza humana. Junto al solio se ha-
llaba el príncipe D. Juan, en cuyo loor había dado Colón á la
isla de Cuba el nombre de Juana, y entre la corte debían de se-
guro hallarse los protectores de Colón, sobre quienes descollaba
por su grandeza el cardenal de España, D. Pedro de Mendoza.
Un rumor de asombro y admiración acogió al descubridor, que
no veía su camino en el salón, cuando tan claros había visto sus
caminos en el Océano. Movidos por un impulso incontrastable,
los Reyes olvidaron la regia etiqueta y se pusieron de pie, con-
tra todo lo usado en las cortes castellanas y aragonesas. Al ver
Colón tamaña muestra de afecto, quiso de rodillas hincarse; pero
lo impidió Fernando, que bajó del trono y lo estrechó en sus
brazos.
Año y medio hacía que despidieran los Reyes á Boabdil,
cuando recibieron á Colón. ¡Qué diferencia entre uno y otro su-
ceso histórico, entre una y otra persona épica! En la Vega de
Granada concluía el mundo antiguo de la fatalidad y en el es-
trado de Barcelona comenzaba el nuevo mundo de la libertad;
allí se hundía el despotismo, en tanto que aquí alboreaba el
derecho; veníase á tierra bajo la cruz de Mendoza erigida en las
bermejas torres á impulsos de su propio peso la sociedad que
se fundó en la guerra y alzábase bajo el estandarte clavado por
Colón sobre los arrecifes del Salvador otra sociedad que, no
obstante comenzar como todas por la conquista y por las ar-
mas, debía bien pronto convertirse por su propia virtud en una
sociedad nutrida por el cambio y por el trabajo; Boabdil signifi-
caba, con su cimera coronada en la frente y su corvo alfanje
al costado, la irrupción; Colón, ido sin más armada que unas
modestísimas carabelas y unos cuantos marineros, significaba la
ciencia y el pensamiento; descendía el uno desde las cimas del
despotismo á la rota y á la servidumbre por una serie de lar-
gas degeneraciones atávicas, mientras el otro ascendía desde la
— 429 —
pobreza y la obscuridad al poder y á la gloria y á la grandeza
por el esfuerzo y por la soberanía del genio; veíase la casta y su
decaimiento en Boabdil, mientras en Colón veíase la democra-
cia y sus progresos; nieto de cien reyes el uno dejaba como
despojo á sus espaldas la tierra de sus padres, y nieto de cien
cardadores el otro, extendía una nueva creación para las nue-
vas reveladoras ideas; el Asia de los tiranos se iba con el uno y
venía con el otro la joven América de los pueblos. ¡Cómo las
verdades sociales para ser bien alcanzadas y comprendidas piden
perspectivas que únicamente pueden ofrecerles el tiempo y
el espacio infinitos! Aquel Boabdil, que se iba con los solda-
dos del Koran vencidos por la guerra, camino de los arenales
líbicos, cerraba la edad antigua; y este Colón, que volvía del
Océano inmenso con los hijos inocentes de la Naturaleza, reve-
lados por los esfuerzos del genio, abría la edad moderna; pero
los mismos que obraran aquellas maravillas, no las conocían en
toda su extensión y en toda su trascendencia, y cual ignoraban
haber descubierto un continente nuevo material en el Océano,
creyendo lo hallado continuación del viejo continente histórico,
ignoraban haber descubierto un universo nuevo social, creyendo
lo hallado un rejuvenecimiento de la vieja Monarquía, y no el
espacio reservado por Dios á la libertad, á la democracia, á la
República. El espíritu nuevo que se irradiaba de la prensa recién
descubierta; del Renacimiento ya perfeccionado por aquellas
legiones artísticas con sus buriles y sus pinceles en las manos;
de la renovación religiosa comenzada en los Concilios y pedida
por todos los reveladores, traía con la invención del inmortal
descubridor como una nueva naturaleza material, la naturaleza
virgen americana , para completar el nuevo espíritu colectivo, á
que llamaremos el espíritu moderno. Pero ni los Reyes ni el
mismo descubridor veían esto, á sus ojos oculto en el tiempo,
cual á sus ojos estaba también todavía oculto el nuevo conti-
nente que habían descubierto en el espacio.
Suspendiendo todos los usos de la tradicional etiqueta corte-
— 43° —
sana, los Reyes Católicos hicieron sentar á Colón en su presen-
cia y le otorgaron permiso para que hablase á su guisa todo
cuanto quisiese acerca de sus viajes y de sus hallazgos. El des-
cubridor habló con mucho desembarazo y larga extensión, repi-
tiendo casi de coro lo capital de cuanto escribiera en su Diario
de la Navegación y en sus informes á los Reyes. Un reconoci-
miento del auxilio que le prestará Dios y otro reconocimiento
del auxilio que le prestarán los representantes de Dios en la
tierra, Isabel y Fernando, sirvieron como de bello exordio á su
bien ordenado discurso. Puestos en sistematizada serie los he-
chos , y elevados á ideas con prestancia de forma y lógica de
ordenación, siguieron tras los debidos homenajes las circunstan-
cias más sobresalientes de aquella su divina odisea, como las
emociones despertadas en el alma por los súbitos encuentros
con aquellas vírgenes y hermosas islas. Colón encarecía el oro
que rescatara, y volvía con esperanza y seguridad al oro que se
prometía recoger aún; pero, como ignoraba la posición geográ-
fica y la grandeza inconmensurable del archipiélago encontrado,
ignoraba los factores aportados también por sus hallazgos al
cambio y al comercio. Quien le hubiera podido poner ante la
vista lo que iban á prosperar el bien de la humanidad ingredien-
tes como el febrífugo que se llama quina, oculto en la tierra fir-
me, con la que no había tropezado aún, pero próxima en aquel
momento á descubrirse, diérale de su obra ventajosas ideas in-
concebibles entonces para su genio, deslumbrado por los res-
plandores del oro. No podía saber el pan que al pobre pueblo
llevaba con las panojas de maíz y no podía saber el alimento
que le llevaba con tubérculo tan despreciable á primera vista
como la patata y tan útil hoy á la vida. ¿Quién le hubiera hecho
comprender lo que sería el tabaco.!* Encontrólo por vez primera
en Cuba. Ciertos pobres indios lo llevaban encendido de un
lado para otro en hojas secas que chupaban, regalándose con el
humo. ¿Cómo presentir y cómo prever lo que serían aquella
hoja y aquel humo para los recreos y para los presupuestos del
— 431 —
mundo civilizado en uno y otro hemisferio ? Pero, dejando esto
aparte, no podía Colón adivinar los nuevos jugos que traía para
las venas con las múltiples savias en gomas y resinas sacadas á
tantos árboles; el número de aromas y especias, con que iba el
olfato á regalarse y á robustecerse iban las materias nutritivas
para el humano alimento; las medicinas innumerables que aper-
cibían alivio á tanta enfermedad como nos aqueja; los sacudi-
mientos que amenazaban la raíz del castillo feudal, quebrantado
ya, con esta movible y aventurera vida nueva en que la navega-
ción y el comercio cambiarían desde los átomos en el suelo hasta
los pensamientos en el espíritu ; la improvisación de ciudades
brotadas como árboles con una grandísima espontaneidad, y la
composición de asociaciones humanas sin historia , en que todo
sería nuevo, desde los mares nunca surcados por nuestros bar-
cos hasta los cielos nunca vistos por nuestros ojos; el espíritu,
en fin, rejuvenecedor que todo lo rehacía y todo lo innovaba en
aquella renovación universal. Con los ojos puestos sobre lo pa-
sado Colón creía que tantos, territorios habían venido al domi-
nio de nuestra España para que sirviesen á las Cruzadas de los
siglos medios y á los cruzados feudales cuando estaban preve-
nidos en el plan de la Providencia divina y en los desarrollos del
progreso humano á renovar la sociedad como habían renovado
la vida. Pero las circunstancias y los oyentes no tenían para qué
darse á tantas adivinaciones. Colón aun creía que Cuba formaba
parte del continente asiático y que la segunda expedición, á las
orillas de Cuba y la Española enviada, llevando como había de
llevar más buques y más dotaciones que la primera, encontraría
el fabuloso reino de Cathay, la ciudad áurea de Cipango, los do-
minios del grande Kan todos empedrados de rica pedrería. Pero
creyera lo que creyera él, no podía dudarse ni un momento de
que la Iglesia, merced á su invención, recibía nuevos fieles y el
Estado nuevos subditos, extendiéndose la nación española bajo
cielos nuevos por nuevos mares enteramente vírgenes , como si
Dios hubiera querido premiar su fe y su constancia con una
— 432 —
creación inmaculada y reciente. Así no debe maravillarnos que,
acabada la reíación del descubridor, sonase un coro celestial
acompañado por una cadencia mística, levantando á las alturas
glorioso Te Deum^ expresivo de la efusión que á todos embar-
gaba por aquel singular momento, en que parecían unirse sobre
un reencuentro del paraíso perdido la Humanidad y Dios.
CAPITULO XXV.
EL DESCUBRIMIENTO EN EUROPA.
A noticia del descubrimiento no llegó á extenderse y
divulgarse por Europa con la celeridad y el crédito
merecidos por su trascendencia grande al universo
todo. Reinaba entre las mayores supersticiones de aquellos tiem-
pos el culto al secreto y al misterio , como si pudiera guardarse
tras la reserva de los labios y de las plumas el Océano infinito
y la nueva creación. Tal empeño en guardar para sí lo hallado
para todos ha cedido en desdoro del descubridor y nos explica
la injusticia cometida por un indeliberado instinto social de
apodar el Nuevo Mundo, principalmente debido á Colón y sus
inspiraciones, con el secundario nombre de un piloto, ilustre,
sí, pero subalterno y secundario respecto del cíclico profeta en
quien se mezclaron la ciencia y la poesía, los números y cálculos
del matemático y cosmógrafo sabio con las iluminaciones del
profeta y del revelador sobrehumano. Las leyendas medioeva-
les, tan poéticas, abundan en cuentos y narraciones de inventores
perseguidos y acosados á causa de sus invenciones. El secreto
de su mágica letra plúmbea y de su misteriosa prensa novísima,
que constituyeron la imprenta, fuéle arrancado á Guttenberg
por un émulo; y el haber sabido cuál aceite se invertía en las
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recién inventadas pinturas al óleo, le costó al primer pintor ita-
liano, industriado en el empleo y uso de tal ingrediente, la vida,
por un compañero suyo arrancada, quien le clavó asesino puñal
en las entrañas así que aquistó la noticia del brillante líquido
para el propio taller y los propios cuadros. La importancia mis-
ma del descubrimiento disminuyó su fama por el temor á las
expediciones ajenas y al provecho de los demás. Cuando alcan-
zara varios días de reposo en Barcelona tras el primer descubri-
miento y el primer viaje, Colón compaginó un libro, confiado,
en la hora de su nueva partida, con suma recomendación á los
Reyes, quienes lo retuvieron para trasladarlo á dos copias, reca-
tándolo de tal modo, no obstante haber convenido y quedado
en devolvérselo, que sólo tenemos de tan precioso escrito las
menciones y los recuerdos guardados en los historiadores de
aquella época. Parece cosa increíble, pero es cosa verdadera,
que los primeros impresos publicados por las imprentas de Roma
en aquella sazón certificando del descubrimiento , eluden el
nombre de la reina Isabel nada menos, aunque se restablezca
en otros, si coetáneos, posteriores á aquéllos. No hay sino ver las
copiosísimas y bien compuestas Bibliotecas americanas, que nos
han coleccionado tantos americanistas eruditos, á cuya cabeza
debemos colocar por sus condiciones de colector el célebre
Harrisse, para persuadirse al concepto nuestro de que la increí-
ble nueva no tomó el vuelo correspondiente á su importancia,
como si una mano misteriosa hubiese tapado el resonante clarín
de la diosa Fama. Esparcidos en las factorías y puertos espa-
ñoles por aquel tiempo los mercaderes y nautas italianos, al
extremo de componer colonias importantes y numerosas, muy
sabedores de lo acaecido en Portugal, donde sonsacaran á los pri-
meros indios y oyeran á Colón recién llegado; notificados los Re-
yes Católicos del descubrimiento en carta escrita para ellos por
el descubridor de su puño y enviada bajo sobre ó cubierta se-
guros á Santángelo; traducida una duplicada de tal epístola por
Gabriel Sánchez, poseedor de ella, con apresuramiento, al idio-
— 435 —
ma latino; asesorado Alejandro VI de la milagrosa invención
por el requerimiento solemne interpuesto desde Castilla y Ara-
gón al objeto de moverlo á que lo sancionase con su indispu-
table autoridad, adjudicándolo al verdadero Estado inventor;
impresa en Basilea una noticia como las romanas, pero con
aditamentos é ilustraciones de toscas estampas; impresa otra
noticia en la región donde no hacía medio siglo aún se descu-
briera la imprenta, en Alsacia; unido por Plank al drama épico
de Verardo sobre la rendición de Granada el documento de
Gabriel Sánchez, que contenía la noticia del primer viaje colom-
bino en otro curiosísimo incunable muy célebre y acreditado;
puesto empeño por Cesio en que la feliz ventura se supiese y
cantada por Dati en erudito poema; es lo cierto que á principios
del siglo decimosexto se había obscurecido en tales términos la
memoria del servicio prestado por Colón á la humanidad, y se
habían callado los viajes casi mitológicos suyos con tal sigilo,
que atribuían papeles muy leídos y acreditados á Vespucio el
hallazgo, y le ponían su nombre de Américo, restante ya en las
lenguas humanas por toda una eternidad.
Y eso que la necesidad imprescindible de ir á Roma requi-
riendo la legitimación del hallazgo, y los litigios empeñados en-
tre Portugal y Castilla sobre su aprovechamiento, daban grande
notoriedad al magno hecho y contribuían á mantener el uni-
versal interés en todos los ánimos y en todos los espíritus.
Mucho debía ver y presenciar la Ciudad Eterna en la mezcla
del crepúsculo vespertino de la centuria décimaquinta con el
crepúsculo matutino de la centuria décimasexta. Los prelados
helenos, huidos á la cautividad horrible de Constantinopla, y
llegados con el resplandor de la filosofía idealista en la frente, y
en los brazos con las guirnaldas del nuevo arte; la resurrección
entre los escombros de las estatuas antiguas, que sacudían el
polvo de las ruinas y de las edades para ofrecerse radiosas, cual
modelos perfectos de plástica hermosura, entre flores y aleluyas
y mariposas, al organismo nuestro, limpio del terror milenario
— 436 —
y de la penitencia monástica; el renacimiento de las lenguas clá-
sicas, habladas por los cardenales bajo las rotondas cristianas,
como si el Partenón y el Foro se hubiesen levantado en aquella
Pascua del espíritu con todos sus oradores; la recomposición de
los bajos relieves cincelados por el buril ateniense, como aras
de las divinidades paganas renacidas al soplo de una nueva idea;
la dilatación del tiempo en la Historia completada por el nuevo
lustre dado á los manuscritos, antes ilegibles, y la dilatación del
espacio por los lentes de Copérnico, á cuyas revelaciones el
planeta, inerte antes, como que se esperezaba y se movía; los
coros de artistas inmortales embelleciendo la materia y llenando
de líneas luminosas y de colores gayos y de armonías melodiosí-
simas el alma, no pueden compararse con la savia nueva, con
el rejuvenecimiento universal, con los mares agrandados, con
los hombres surgidos en prístina inocencia del seno de la Na-
turaleza, con los innúmeros mundos puestos en las anotaciones
del invento de las esferas, con los edenes recién hallados cual
si hubiera desaparecido la vieja culpa humana, con los cielos
nunca vistos por las generaciones precedentes y cargados de es-
trellas nunca soñadas ni por la fantasía, como si el éter sin som-
bras del primer día de la creación sin mancha hubiese recibido
mayor intensidad y pureza; con las esperanzas de progreso co-
sechadas en aquel diluvio de vida; con todo aquello que al bien
y procomún del género humano aportaba el descubrimiento de
América. Ya Lutero había nacido y hablado Savonarola y
puesto en protestas solemnes palabras de revolución las con-
venciones religiosas de Basilea y Constanza que atacaban á los
Pontífices, cual más tarde atacaron á los reyes el Parlamento
británico y los Estados generales franceses, cuando al papa pro-
tervo, Alejandro VI, el Jacobo I y el Luis XV de la revolución
religiosa, por venido á condensar en el espíritu humano y á
traer sobre la cima del Pontificado católico la idea revolucio-
naria, los delegados de la Monarquía española se presentan en
demanda, primeramente de que les adjudicase los mares expío-
— 437 -
rados y las islas invenidas, y después de que dirigiese una línea
divisoria entre la parte perteneciente á Portugal y la parte per-
teneciente á España en el grandioso acervo común de las inven-
ciones oceánicas, merced á la cual aparecía en las Indias oc-
cidentales el nuevo continente, y reaparecía el viejo y más
antiguo de todos los continentes en las Indias orientales, mos-
trándose así el planeta en toda su extensión como en toda su
verdad y confundiéndose así en un abrazo el cielo nuevo, el terri-
torio nuevo y el espíritu nuevo, como un aliento más á la libertad
en el alma y una revelación más del Criador en la Naturaleza.
Con efecto, como quiera que Martín V hubiese reconocido á los
portugueses el derecho de dilatar su dominio por todas las tie-
rras que pudiesen descubrir desde los extremos del Bojador en
continente africano á las Indias orientales en territorio asiático;
Alejandro VI, deseoso de no contradecirse con su antecesor y
no sembrar discordias entre pueblos nacidos bajo el ala de un
mismo cielo, designó á los españoles el dominio de todas las
tierras que cayesen, trazada una línea entre los dos polos, cien
leguas más allá del oeste de las Azores y de las Islas del Cabo
Verde. Mucho enoja hoy á historiadores contemporáneos, priva-
dos por los anteojos de las ideas modernas, puestos en la vista
para mirar lo lejanísimo y distante, el poder sereno de ver con
exactitud y á derechas lo pasado, esta mediación religiosa entre
Lusitania y España de un Pontífice como Alejandro VI, en
quien descubren airados, no el arbitro espiritual, sino el peor de
todos los déspotas, el déspota teocrático. Pero debían pararse á
considerar cuánto sobrepuja en bondad este medio, incompren-
sible ahora en el desarrollo de la vida civil y en el poder de los
gobiernos laicos al entendimiento nuestro, imbuido en otras
muy diversas ideas y regido por otras leyes más progresivas,
al infame derecho de conquista, muy anterior á los Pontífices
y hostigadísimo por éstos cuando se lanzaban con los brazos
abiertos en las irrupciones bárbaras é imponían un yugo mo-
ral á las boreales tribus, inmenso inapreciable servicio prestado
— 440 —
lemne corte de los Monarcas españoles; recordados los pactos
de Granada y confirmadas las dignidades altísimas de Almirante
y Visorrey; dispensada la honra increíble al humildísimo nauta
de cabalgar por calles y plazas y paseos junto á D. Fernando, el
soberano, y junto á D. Juan, el heredero de tamaña realeza;
constituida una especie de dinastía, según las mercedes y hono-
res otorgados á la familia del descubridor en vínculo y mayo-
razgo ; frescos los laureles de su gloria y resonantes doquier los
ecos de su fama, no había sino prosperar las expediciones, pre-
sentadas con atractivos tan deslumbradores , y cosechar los
bienes encerrados en tan múltiples y lisonjeras esperanzas.
Habíase ya cerrado el período cíclico de la reconquista. Los
que metidos en el combate continuo, cubiertos con los arreos
de la guerra, caballeros en sus trotones cordobeses; al costado
la mudejar espada de Toledo y al cinto el puñal esculpido en
Florencia; con el argénteo casco nielado y el plumaje de
cien colores á la cabeza, el escudo de damasquinados dibu-
jos al pecho, el pesadísimo lanzón de caballero al puño, lu-
ciendo divisas diversas y cubiertos de brocados sobre gualdrapas
semejantes á los matices del iris y á las colas del pavo real,
habían recorrido desde las costas casi africanas de Almería, se-
guidos por sus aedos , que cantaban , y por sus mesnadas , que
combatían, hasta las costas edénicas de Málaga, y habían subido
desde Jaén á Baza y á Loja y á Guadix en una carrera celebrada
por el poema improvisado que constituye nuestro romancero
morisco; después de luchar en tantos encuentros, poner la cruz
de Cristo sobre tantas murallas, subir por las escalas pendientes
de las almenas, en vuelo vertiginoso, á tantas fortalezas, y hecho
del reino granadino un torneo sin fin, en el cual mantenían ba-
tallas sin tregua con los árabes, poetizados por el prestigio de
su desgracia y por el crepúsculo de su ocaso , bien habían me-
nester nuevas empresas donde blandir sus armas, nunca ociosas,
y ejercitar su actividad , nunca satisfecha. El mar apenas explo-
rado, el mundo apenas invenido, el edén patentizado por aquellas
— 44T —
renovaciones de la vida, que revelaban los inocentes indios re-
cién advenidos y los productos recién encontrados en las selvas
vírgenes , aparecíanse á los ojos de la gente caballeresca ejerci-
tada en la reconquista como cebo á sus inquietísimos deseos y
promesas de mayores y más arriesgadas aventuras. Así, la defini-
tiva derrota del mundo musulmán en la oriental Andalucía, la
derrota del mundo representante de la fatalidad y de la casta, se
une y engrana por enlace misteriosísimo, en la lógica de los he-
chos, con esta increíble aparición del mundo de la libertad y de la
democracia, del mundo americano, que abre sus puertas de oro
á los golpes dados por el guantelete y el mazo mismo con que
habíamos golpeado en los portones del palacio nazarita para
cerrarlo al Koran, viniendo los primeros indios al mismo tiempo
que huían los últimos sultanes. Así tenían razón las tribus primi-
tivas cuando se postraban de hinojos ante los héroes abortados
por el Océano, y viéndolos volar sobre sus trotones y esgrimir
el rayo en sus arcabuces, proclamarlos descendidos del cielo,
con la divina facultad de hacer milagros.
Corría Julio de 1493. La escuadra, reunida en Bermeo, para
conducir al glorioso Almirante con sus compañeros por el mar,
tenebroso en otros tiempos, ya esclarecido entonces, hasta las
islas recién descubiertas, zarpó, no con este objeto, divertida de
su fin capitalísimo, con el objeto de trasportar el desdichado
Boabdil, á quien llamaban «zegoibi», sin ventura, los suyos, al
África. Mayor escuadra por el número de sus barcos, por el ca-
rácter de su tripulación, por la riqueza de su cargamento, debía
mostrar el anhelo de todos por las invenciones oceánicas y el
cuidado diligente y perseverantísimo que ponían en ellos los
poderosos Monarcas españoles; y fué á saber, la escuadra re-
unida en Cádiz por el otoño siguiente. La indispensable aten-
ción á lo invenido adquiría tal incremento, y la prisa por apro-
piárselo inspiraba impaciencia tal en la corte, que los Reyes, en
sus respuestas al mensaje del descubridor, anunciando el éxito
feliz de su primer viaje, le ordenaban ya el segundo. Potentados
— 442 —
tan desdeñosos con Colón un día, como el Duque de Medinasi-
donia, sabedor de los escozores experimentados por el Rey de
Portugal á la noticia del descubrimiento, que creía de su pro-
piedad, levantaban ahora la voz al trono de los Reyes, sus pri-
mos, ofreciéndoles todas las carabelas adscritas á los feudos
marítimos de sus dominios, todos los préstamos posibles en las
condiciones de sus tesoros. Un verdadero Consejo de Indias se
organizó, cuya presidencia obtuvo Fonseca, el Arcediano de la
Catedral sevillana, hombre de alto entendimiento, pero de dura
y desabrida condición. Como proveedor de la expedición, di-
putaron los Reyes el contino de su casa, Gómez Tello, con el
ministerio de allegar cuantos provechos tocaban á los Monarcas
en el reparto de los rendimientos tributados por el nuevo do-
minio. Quince mil ducados de oro Hbraron á Francisco Pinedo
para el aprestamiento indispensable á la reunión de tan grande
Armada y para el pago de los arreos y mensajeros que despa-
chase Fonseca. Un Zafra reunió los jornaleros destinados á cons-
truir acequias por cédula Real. Imperioso mandamiento dispuso
la entrega de almojarifes y diezmeros á la menor insinuación
del Consejo de Indias; Berardi compró la nao capitana de Colón.
Veinte lanceros jinetes expidió Granada sin dilaciones al puerto
de Cádiz. Los recaudadores de granos ocurrieron á la tripula-
ción toda con el necesario bizcocho. Los asistentes de Sevilla
por mandato Real asistieron á la empresa. El Alcaide de Málaga
expidió cincuenta corazas y otras tantas espingardas y ballestas;
Rodrigo Narváez la pólvora y las balas. Todo apresto para ex-
plorar el espacio recién explorado, que no tuviera la conformi-
dad de Colón, quedó prohibido. El doctor Chanca iba como
cirujano; Alvaro Acosta como alguacil. La disposición de apo-
sentos gratuitos por donde quiera que transitase Colón y sus
cinco criados, exentos de todo pago y hasta de todo registro,
quedó establecida. Bula de Roma, demandada por los Reyes y
expedida seguidamente á su demanda, constituye al Reveren-
do P. Buil en autoridad religiosa y espiritual sobre los territo-
— 443 —
ríos descubiertos al primer viaje y sobre los por descubrir en
este viaje segundo, Sebastián Olano marchó de receptor. La
suma de escuderos que debía llevar el Viso-Rey, así como los
acatamientos que debían guardarle, se controvirtió con ampli-
tud entre Fonseca y los Reyes. Á Juan de Soria, que molestó y
aun desacató á Colón, se le reprendió con severidad, mandán-
dole dejar al arbitrio del Almirante los criados continos que le
pluguiese adscribir al servicio propio, pues todo iba en el viaje
bajo la especial gobernación de éste. Así Juan de la Cosa fué
como maestro de hacer cartas, y al P. Marchena se le desig-
nó para ir por los reyes como consumado, eximio y competen-
te astrólogo. Con los tesoros al pueblo judío secuestrados en su
expulsión, y los cinco millones prestados por el Duque de Me-
dinasidonia y las alcabalas y demás rentas concedidas, allegóse
la suma indispensable á tan colosal empresa, en cuyos prepa-
rativos y apercibimientos Colón disponía gastos sin medida y sin
tasa, yéndole á la mano Soria y Fonseca, por lo cual se desabría
y se disgustaba con ellos, no sin resistencia de los Reyes, muy
pagados del Almirante y muy creídos en aquella sazón de
que poseía ciencias y adivinaciones sobrehumanas. Pasman y
asombran las minuciosidades á que ocurrían los Reyes desde
sus palacios, así como los apremios con que instaban á Colón,
para que apercibiera y comenzara la segunda empresa. Desde
los concordatos con la Santa Sede y los convenios con los
Reyes portugueses, que debían dar á Isabel y á Fernando auto-
ridad sobre los territorios descubiertos y prevenir las guerras
oceánicas, tan dañosas para el milagroso plan, hasta el número
de calcetines que debía tener para sus pies y el número de sá-
banas para su lecho, todo estaba prevenido y arreglado y dis-
puesto con una increíble prolijidad y un seguro acierto verdade-
ramente maravillosos. Las cartas de los Reyes á este respecto,
ya parecen tratados de política trascendental, ya rescriptos de
soberanos todo poderosos, ya cuentas de lavandera y de plaza.
Poco después de un luminoso informe respecto de las diferen-
— 444 —
cias luso-hispánicas y de una recomendación sobre astrología
y astrólogos; de una operación económica, propia de cualquier
competente hacendista moderno, expiden una relación de las
semillas y de los brutos necesarios al progreso de la ganadería
y del cultivo en los vírgenes recién invenidos campos. Que tenga
en su lecho el Almirante seis colchones y sean éstos de bretaña;
que ponga cuatro almohadas revestidas de tejidos holandeses
bajo su cabeza en los reposos del sueño; que disponga de dos
paños arbolados y diez manos de papel con algunos perfumes;
que los manteles alcancen un largo de cinco varas y los cu-
biertos lleguen á doce, y los candelabros á dos pares, hechos
de azófar, y haya dos cazos grandes con dos pequeños, y un
almirez, y unas parrillas para asar pescado, y una bacina grande
para jabonar; todo esto acuerdan los Reyes, y todo esto dis-
ponen, como pudieran acordar el pacto de Tordesillas con
Juan II y las reincorporaciones solemnes del Rosellón á la co-
rona ó el traslado al África desde Almuñécar del último Sultán,
Como buen genovés debía tener Colón achaques de goloso
porque le cargan los Reyes de golosinas la nao capitana, encar-
gando para su consumo cincuenta libras de confites sin piñones.
De arroz creen que sobra con un quintal, pero de las riquísimas
pasas de Almuñécar embodéganle cinco quintales; mientras de
aceitunas aperciben sólo dos tarros, de azúcar blanca cuatro
arrobas. Ni los criados quedan eludidos en estos arreglos, que
les asignan ochenta varas de paño verde y pardillo, á dos reales
la vara; ciento veinte pares de zapatos comunes; doce colchones
groseros; doce pares de sábanas gruesas. Resumiendo: unas diez
y siete naves comandadas todas por Cristóbal Colón, cinco ma-
yores y doce menores, componían la escuadra que llevaba cre-
cidísima tripulación. Dirigía por delegación de los Reyes todo lo
concerniente á las relaciones económicas entre las Indias y Es-
paña, el Arcediano de Sevilla, Fonseca; compendiaba en sí las
facultades propias del poder espiritual y religioso el P. Boil, muy
acreditado por su ciencia y por sus virtudes; llevaba con uni-
— 445 —
versal satisfacción la sanidad Chanca , en quien todos veían el
saber unido con la virtud; entendía en las cosas militares Pedro
Margarit, muy conocedor de la guerra y sus artes, como expe-
rimentado en todas las colosales batallas de su tiempo; un an-
tiguo empleado hispalense , Tello , ejercía el cargo de provee-
dor; y Ojeda, como Ponce de León, ocurrían á personificar
aquel espíritu aventurero y gentil, que, después de haber cerra-
do los siglos medios con la rendición de Granada, comenzaba ó
abría la edad moderna con el descubrimiento de América.
Esta segunda salida del descubridor guarda los días más
felices de su existencia y el período más lleno de consoladoras
esperanzas en su historia. Ida triunfal desde Sevilla á Barce-
lona y vuelta desde Barcelona á Sevilla; recepción en la corte
por los Reyes y por los magnates; alta sanción á su obra por
la bula de Alejandro VI; convenio con Portugal que le des-
embarazaba de obstáculos el Océano; reconocimiento público
de haber visto el primero la nueva tierra é indicado la clara
lucecilla reveladora de la existencia de aquélla; confirmación en
los cargos de Almirante y Virrey; cédulas innumerables prove-
yéndole de todo cuanto necesitaba; reunión de numerosa escua-
dra; ennoblecimiento de su familia y distinciones á sus hijos;
orden para que le acompañara su hermano Diego, una especie
de monje por la complexión, pero muy querido entre todos sus
deudos; reprimendas regias á Soria y advertimientos á Fonseca
para que no le molestaran por cosa ninguna y lo acataran reve-
rentes con toda suerte de acatamiento y le prestasen completa
obediencia; tripulación de mil quinientas personas, todas henchi-
das de un exaltadísimo entusiasmo; armas y blasones con cas-
tillo de color dorado en verde campo , á lo alto en la mano de-
recha y á lo alto en la mano izquierda león rampando sobre
campo blanco y otros no menos expresivos símbolos; acompa-
ñamiento de todos aquellos héroes, cuyos nombres ya corrían
de boca en boca por las estancias del romancero popular; despe-
dida entusiasta como la merecía quien llevaba sobre sus sienes
— 446 —
aureola tal, que, de haber nacido en las edades mitológicas, le
designaran la poesía y la fábula de consuno por un dios crea-;
dor, á cuya voz dilatábanse mares y cielos al par que surgían
islas ceñidas de flores y engarzadas en perlas. Desabrimientos
tuvo que sufrir de Fonseca; resistencias tuvo que oponer á So-
ria; lágrimas de los hijos tuvo que beber mezcladas con las pro-
pias al separarse otra vez de sus caricias para partirse al Océano;
pues todo se desvanecía y borraba en el placer experimentado
al comparar los dolores de los primeros expedicionarios con el
regocijo de los segundos, y el clamoreo de duelo que resonó en
Palos con las aleluyas de alegría y de gloria que revoloteaban
ahora en torno de todas las naves. Un conocedor del corazón
humano , que recordase cómo se rueda en la vida desde las al-
turas del idealismo á los hondos y negros surcos de la realidad,
y cómo la desesperación desvaría en cuanto el menor soplo gla-
cial hiela el temprano florecimiento de las esperanzas súbitas,
presintiera que, habiendo de suceder al período gozosísimo del
descubrir, semejante á los primeros versículos del Génesis^
donde surgen la virgen luz y el inmaculado paraíso, un período,
aunque subsiguiente por el tiempo, contradictorio por necesidad,
el período de administrar y gobernar y combatir, el período de
las conquistas y apropiación, por fuerza lógica irremisible ha-
bía éste de parecerse al segundo capítulo del Génesis , en que
surge la culpa, y Dios mismo, cuya vista se complaciera contem-
plando la creación recién nacida en el espacio celestial , se arre-
piente, cuando el pecado la obscurece, de haberla hecho, hasta
concluir por aborrecerla y maldecirla. Seamos humanos y mire-
mos la Historia con arreglo á lo que piden y reclaman de nos-
otros las contingencias y las tristezas humanas. Cuando á la
frente de Dios mismo suben las sombras nefastísimas proyecta-
das por el mal en la obra divina, ¿cual razón había para que Co-
lón pudiera eximirse del común tributo á la común pena y su
persona y su creación exentarse de las tinieblas donde se hallan
montados á una, en el silencioso abismo de lo vacío, así los munr
— 447 —
dos como los soles innumerables? El profeta, el adivino, el re-
velador, el sabio, el vidente, convertiráse por necesidad en el
político, en el juez, en el hacendista, en el administrador, que
deberá remover los impuros intereses, á sus vapores negrísimos
cegado y apestadísimo de su hedor. ¡Cómo las especies conciben
generalmente con placer y cómo generalmente con dolor paren!
¡ Cómo la pura filosofía decrece y mengua en la secta , y cómo
la secta ó escuela misma decrece y mengua cuando se cristaliza
en instituciones impuras y en leyes objetivas de una limitación y
de una imperfección irremediables ! Precisa tener á Colón por
uno de los caracteres más complejos que nos presenta la Histo-
ria, y por uno de los hombres con facultades más varias y más
ricas que ha producido la Naturaleza; pero la conquista y apro-
piación y gobierno de un mundo no se podía cumplir por aquel
revelador tan apto para mirar al cielo azul como al infinito inte-
rior espiritual: necesitábanse hombres de acción, como lo fueron
Pizarro y Cortés más tarde, hombres ante todo y sobre todo de
guerra y de combate.
Así á Colón la conciencia universal no puede perdonarle
aquello mismo que, si no perdón, excusa encuentra en la com-
plexión de otros hombres opuestos á él y para obra distinta de
la suya por Dios criados. No aparece tan cruel Colón como el
gran Magallanes , por ejemplo ; ni tan maquiavélico y tan doble
como Pizarro; ni tan peleador como Cortés; pero como aparece
allá en otros ciclos de la Historia, con otros atributos, irradiando
luz ideal, viviendo la vida del espíritu; especie de poeta hipno-
tizador á causa de su genio misterioso, é hipnotizado por sus
ideas subjetivas y propias , cuando se presenta codicioso en el
allegar, avaro en el guardar, pedigüeño hasta la impertinencia,
vendedor de indios cogidos sin escrúpulos y mercadeados como
bestias, con mezcla en algunos actos de flaqueza y crueldad,
inspira mayores indignaciones que sus émulos, por crecer las
responsabilidades á medida que crecen los altos ministerios his-
tóricos y los múltiples merecimientos personales. Pero no atrl-
- 448 -
huyamos á Colón solo cuanto resulta de reprobable y de peca-
minoso en su obra colosal ; atribuyámoslo también á lo triste
que son todos los comienzos , á lo doloroso de todas las inicia-
ciones, á lo que cuesta de grandes errores y hasta de grandes
crímenes, en muchas ocasiones, el implantar sobre la impura
vida un puro ideal. Con todos sus defectos mirados al micros-
copio del análisis; con todas sus culpas, agrandadas á veces por
las mismas bellas partes de sus facultades psíquicas ; con todos
los errores y todas las faltas que haya podido cometer, lo divi-
niza hoy el sentimiento universal y lo coloca en el coro de
redentores á quienes debe la humanidad su rescate de la escla-
vitud primera y en el coro de reveladores á quienes deben la
creación y el alma esos efluvios místicos del ideal, de los cuales,
no solamente recogemos el éter en que nuestro espíritu se ilu-
mina, sino también el calor y la fuerza con que nuestra vida se
mantiene y se mueve. Para la canonización que una escuela so-
brado idolátrica requiere del Pontífice romano, acaso necesita el
descubridor algunas de las modestas virtudes granjeadoras del
privilegio de la beatitud á los bienaventurados puestos en el
almanaque y bendecidos en el altar; mas para las glorificaciones,
para las apoteosis , para la divinización , en una palabra , que
puede la historia laica dar, sin daño alguno de la verdad y sin
empecimientos fútiles á la crítica, posee todo aquello que ha
menester y con todos sus yerros, con todas sus debilidades y
con todas sus culpas permanece gloriosísimo entre los dioses
mayores del humano progreso.
Miércoles, 25 de Septiembre, á la hora del alba, izó las velas
y zarpó de Cádiz. En evitación de conflictos con Portugal se
apartó cuanto pudo de los mares vecinos á los cabos portugue-
ses y á los archipiélagos dependientes de tal reino, gobernando
sus naves en dirección á Canarias. El 2 de Octubre arribó á la
mayor de aquellas islas, de donde salió con mucha diligencia,
cumplidas unas horas de brevísima estada en requerimiento de
la Gomera, donde llegó el 5, permaneciendo tres días escasos.
— 449 —
En la ciencia y en la experiencia de Colón, en las ideas y en las
noticias, allegadas unas por intuiciones de profeta y otras por
estudios de cosmógrafo, notó la condición de aclimatadoras,
natural á todas las islas Afortunadas , y se proveyó allí de las
semillas vegetales y de las especies animadas, en los territo-
rios descubiertos desconocidas, é indispensables para el univer-
sal bien y provecho de la especie humana y de la naturaleza
toda. Cuando el gaucho corre caballero en su yegua, competi-
dora del viento, sin la cual no podría enseñorearse de la estepa;
cuando el tasajero corta y sala con tanto arte las carnes ali-
mentadas en el heno, y dentro de colosales frigoríferos las
expide á Europa desde las orillas del Plata en los cambios del
comercio, tan indispensables á la vida social como el cambio de
fluidos y de gases á la vida natural; cuando el cosechero de la-
nas finísimas en las riberas del Uruguay ó del Paraguay ve pasar
el ganado revestido de sus sedosos vellones; cuando en la colo-
sal Chicago el tocino, con que aderezan su modesta comida una
gran parte de los pobres en el planeta, sale cortado de las má-
quinas, ignoran, por lo menos olvidan, cómo un descubridor,
tenido por loco en el vulgar concepto de las gentes muchas ve-
ces, cogió un día, sí, un día creador, especies tan útiles y si-
mientes tan vividas; el buey que abre los surcos, el trigo que
compone nuestro pan de cada día, el huevo que lleva la gallina
dentro de su corteza, el cerdo que rebosa en los domésticos
pucheros, el azahar que aroma los aires, y la naranja que mitiga
la sed, y todo lo extendió por América de manera muy semejante
á la escrita por la Biblia en el relato de la Creación, cuando dice
cómo la mano misma del Criador puso una pareja de todos los
animales en el primitivo é inmaculado edén. Ocho fueron las
puercas embarcadas por Colón en la Gomera, y costaron á se-
tenta maravedises pieza, como el P. Las Casas nos refiere.
A 7 de Octubre zarpó y á 3 de Noviembre dio con tierra nueva-
mente. Los terrores acometidos á la tripulación en el primer
viaje no se repitieron ahora ; pero sí le aquejó un liQrrible ha§-
— 450 —
tío. El rríar inmenso y el cielo marino con sus sendas uniformi-
dades así del aire como del agua parecen multiformes y bellos
desde las riberas; pero, en cuanto dentro de sus senos ¡ay! os
abismáis, un giro del aire se asemeja de suyo á otro giro del aire,
y una ola del mar se asemeja también á otra ola del mar, por
tal modo, que hastían y enojan al más conforme con los incon-
venientes de la vida y más resignado á las realidades tristísimas
del mundo. Se prolongaba tanto el viaje y se retardaba tanto el
arribo, que parecía sin riberas el mar tenebroso, como en las
supersticiones medioevales, y sin realidad el mundo conocido
y visitado por los primeros exploradores. Así todo fué regocijo
en las embarcaciones al topar con tierra. Domingo era este día
feliz y Dominica llamó Colón á la primer isla encontrada. Como
había demandado la parte más austral del Océano, fué á dar
con las Antillas menores. La Dominica no le ofrecía puerto
seguro por Levante y precisóle al explorador el abordo en otra
isla cercana. Marigalante llamó á ésta, más hospitalaria y accesi-
ble, del nombre de su nao.
. Descendió con un escribano á tierra, y levantó acta notarial
de la toma de posesión. Partido á otro día de Marigalante , ha-
llóse con la Guadalupe, denominada con tal apellido en recuerdo
y obsequio al célebre monasterio extremeño, cuyo simulacro de
María Santísima, traído por los prelados insignes de la Iglesia
visigoda desde Bizancio, y preferido en sus devociones por don
Alfonso el onceno, quien lo invocó al mantener los combates
épicos á las puertas de África, concluidos con la victoria del
Salado, atrajo tal número de arquitectos y escultores, que le-
vantaron desde la centuria décimacuarta sus frontones góticos
en competencia con los mejores de Toledo y sus claustros mu-
dejares parecidos á los patios más alicatados de Sevilla y su
Glorieta comparable con una custodia de las más primorosa-
mente cinceladas y los sepulcros de Reyes tan cercanos á los
Católicos cual su predecesor Enrique IV y de Príncipes tan
famosos como el hijo engendrado por D. Pedro de Portugal en
— 451 —
D.*CIñés de Castro j aquella mujer amante sin ventura, bende-
cida porCamoens en sus estancias al poético Mondego y al ma-
nantial de las lágrimas, así como evocada más tarde por don
Pedro Calderón de la Barca en su Reinar después de morir: que
tal número de gloriosos recuerdos debían cristalizarse antes y
después de Colón en edificio conmemorado por la increíble apa-
rición de una tan hermosa isla como la Guadalupe, recién ha-
llada en medio del Océano, Poblezuelos de treinta bohíos ó ca-
sas componían sus habitaciones; alto volcán, por cuyas laderas
caían despeñados clarísimos torrentes, la coronaba; una vegeta-
ción viciosísima, en la cual se daban las dulces y suaves frutas
conocidas con el nombre de anonas y semejantes á leche cua-
jada, la cubría; volaban por sus aires los antes desconocidos gua-
camayos, mucho mayores que los otros pájaros de su especie, y
pintados con plumas negras y azules de metálicos reflejos; el
algodón aparecía tejido con grande arte y por medio de artificios
análogos á los telares europeos; mas semejantes ventajas se dis-
minuían al encuentro y hallazgo de horrores como la horrible
antropofagia, usual entre aquellos pobladores, por su fiereza
denominados caribes; de rostros espantables tiznados por be-
tunes untuosos ; de miradas siniestras ; enrojecidas por los
relampagueos del ojo avieso y por el encarnado sobrepuesto en
las mejillas parecidas á coagulaciones de sangre ; armados con
unos arcos que despedían flechas emponzoñadas; ceñidos de
collares hechos con dientes y ternillas de los descabezados; y á la
continua, en su natural cruelísimo y en sus costumbres inhu-
manas, dispuestos al festín canibalesco, en que comían cabezas
humanas, y las devoraban feroces con sacudimientos de tigres,
gestos de hienas, graznidos de cuervos, voracidad de tiburones
y castañeteo de mandíbulas semejante al producido por los bos-
tezos del insaciable cocodrilo. En esta isla debió aparecer Colón
como un salvador, puesto que algunas mujeres huidas le refi-
rieron cómo se hallaban en cautiverio, temerosas de que las
descuartizaran y comieran, pues las tribus aquellas, que acaba-
— 452 —
ban de expedir trescientos hombres en canoas al combatQ y al
pirateo , los cuales rompían en irrupción por todas partes, gus-
tando de la humana carne hasta mutilar los muchachuelos , y,
muy engordados , engullírselos como el mejor y más sabroso de
cuantos capones podía obtener la industria y saborear el gusto.
Mucho les hubiera debido interesar un sitio donde hallaron ma-
teriales de hierro, nunca vistos antes, y fragmentos de buques
europeos, con que no habían soñado. Pero Colón tenía mucha
prisa por arribar á la Española, y no pudo vagar allí cuanto
hubiera deseado, en atención á lo extraño del suelo, poblado de
flora y de fauna especialísimas. así como á lo particular de aque-
llos pobladores antropófagos. Y aun se detuviera menos tiempo
á no haberle retenido la espera de unos tripulantes tan curiosos
como temerarios, que por las inextricables selvas se perdieron
y emboscaron desatinados , y luego no podían salir. En aquellas
redes tan espesas de raíces; en aquellos laberintos de troncos;
bajo los parasoles de ramajes, tan entrelazados como techos;
dentro de sombras parecidas á la noche, perdieron toda ruta y
toda luz; desorientáronse de toda dirección cierta y exacta; se
hallaron como si el cielo y el día, y hasta el aire, hubieran huido
de ellos; y creyeron morir en el abandono, sin dar ni recibir
noticia ninguna, completamente anegados en aquellos abismos
de vegetación tropical, que les enloquecía el seso y les incen-
diaba la sangre.
La naturaleza, la sociedad, las costumbres de aquellos cari-
bes, dados al culto fetichista y á los horrores canibalescos y al
combate de verdadero exterminio en sus pirateos continuos,
bien merecían un prolijo estudio y cuidado del sublime descu-
bridor, tanto más cuanto que podía presentarse á la vista y con-
sideración de los cautivos que le pidieran socorro en su viaje,
víctimas de aquellas tribus antropófagas , ejerciendo un ministe-
rio, tan propio de las altísimas propensiones proféticas suyas
como el ministerio de libertador sobrehumano y milagroso. El
paraíso de las Lucayas trocado en este infierno de la Guadalupe;
- 453 -
los indios inocentes del año anterior subseguidos por los indios
homicidas en aquella sazón encontrados; el combate sustitu-
yendo á la sumisión voluntaria y el odio al culto religioso anti-
guo; los rostros deformes á las gorgonas fabulosas parecidos;
aquellos ligamentos destinados en los salvajes cuerpos á engor-
dar por monstruosa manera los remos, los brazos y las piernas,
desmesuradísimos, de tal gente; sus arreos y pertrechos de pelea,
consistentes en dardos agudos, extraídos á los grandes peces y
empapados en terribles ponzoñas, que hacían las heridas abier-
tas por su conducto de necesidad mortales; el comienzo de in-
dustria observado en sus artificios y los idolillos y estatuelas y
figuritas de madera ó piedras , tan feas y rudas como sus artífi-
ces, pero significativas de un comienzo de arte, demandaban
una detención digna del cristiano fin tantas veces invocado por
los descubridores en los espasmos y sacudimientos de sus asom-
bros, cuando veían entre aquellas selvas vírgenes, que parecían
surgir del mar serenísimo y transparente, familias humanas inte-
resantísimas por la indudable singularidad , así de la naturaleza
física y moral como de las habituales costumbres. Pero el descu-
bridor no podía en parte ninguna detenerse. La imagen de aque-
lla primer colonia, dejada en su afán de colonizar pronto so el po-
der de su aliado, el amigo cacique de la Española, aparecíasele al
pensamiento de continuo y le apremiaba con insistencia grande
á que procurase noticias del suceso alcanzado por tan exigua
corporación y la socorriese con los auxilios requeridos por un
año entero de ausencia. El viaje desde la Deseada y la Domi-
nica por el archipiélago de las Antillas, pequeñas y grandes, que
forma como un círculo inmenso hasta la desembocadura del Ori-
noco; este viaje de tantos encuentros y sorpresas debía parecer
á Colón un continuo hechizo por las islas que le salían al paso,
cual si fueran recién creadas adrede para él en aquellos extra-
ordinarios instantes ; y por las estelas de vida y de animación
que se tendían como cintas de luz inefable por todas partes á
siis maravillados ojos. Parecían las islas ir en tropel, cual coros
— 454 —
de blancas vírgenes coronadas con guirnaldas nupciales, á que
las bendijese y las bautizara el Profeta. Devoto, devotísimo éste,
lector asiduo de libros eclesiásticos, franciscano de la Orden
Tercera, ponía sobre todas las devociones de su espíritu místico
la devoción á María, saludada en las navegaciones por todos los
nautas cristianos con la poética invocación de Santa Estrella de
los mares. El santuario, lleno de gratos exvotos y erigido sobre
la cumbre de los más altos montes, objeto último que se colum-
bra en las despedidas y primero en los arribos, con sus vírgenes,
envueltas en mantos azules por argénteas estrellas realzados, y
puestas sobre la media luna, unida con la serpiente, recuerdan,
símbolos de religión y de arte, como el amor y la ternura feme-
niles pueden contrastar los huracanes y las tormentas en el Océa-
no encrespado más que la fuerza y la violencia. Colón hacía
cantar la salve todas las mañanas, el Avemaria todas las tardes
á sus tripulaciones, añadiendo los rayos de su fe á los matutinos
albores y á los vespertinos arreboles de los dos crepúsculos y
llenando de melodiosas letanías el aire al par que se llenaba de
luz por las mañanas y de astros por las noches el inmenso es-
pacio. Por tal razón, el nombre de María no se le iba nunca ni
de la memoria ni de los labios. Guadalupe á una isla el piadosa
cristiano la llamaba, en recuerdo de monasterio secular consa-
grado por efigie venida de Oriente y adorada tras victorias
como la victoria del Salado ; Monserrate á otra isla , en home-. /
naje á la montaña barcelonesa , coronada de cresterías natura-
les que parecen obra de artífice, y henchida de plegarias y ora-
ciones, cuyos ecos resuenan entre los cuarzos de aquel titánico
intercolumnio como un poético romancero de la Virgen Madre;
Santa María la Redonda en sus admiraciones y deliquios , y ac-
ción de gracias á otro islote , que le fingía una catedral en los
ojos enardecidos de mirar increíbles apariciones; Santa María la
Antigua, por fin, á otra isla en remembranza de la iglesia más
veneranda que, por sus tradiciones y por sus años, Valladolid
tiene, y quizá como presentimiento misterioso de que debía ex-.
— 455 —
pirar en la jurisdicción de aquella parroquia y recibir sobre sus
melladas losas, en humilde ataúd estrecho ¡él! que agrandara la
tierra, los rezos y cánticos dedicados por el ritual católico á los
muertos. Encontró allí tal número de islas, que, aventajando y
excediendo á los nombres posibles dentro de nuestra ya entonr
ees copiosísima lengua, denominó, en cierto grupo, á la mayor
Santa Úrsula, y las Once mil vírgenes á las numerosísimas en
formas varias y con diferentes aspectos invenidas.
No lejos brotó, al paso de Colón, otra isla, denominada Santa
Cruz, en su registro de nombres nuevos y notabilísima por la
furia que mostraron los habitantes al encuentro de los españoles
y el empuje terrible con que los acometieron y asaltaron. En
efecto, llegadas las naves á cualquier punto, solían encontrar la
soledad tras los abordos, á causa del terror de los pobladores al
interior huidos como ligeros y asustados ciervos. Pero aquí, en
Santa Cruz, unos caribes hicieron frente á los nuestros, pudien-
do más la curiosidad salvaje que la timidez natural. Necesita-
ríamos fingirnos en aquel sitio y en aquella ocasión para com-
prender la emociones recíprocas de los descubridores y de los
descubiertos. Las enormes naos de un lado y de otro las breves
canoas; la vida salvaje y primitiva de los unos junto á la civili-
zación y cultura de los otros; las vestimentas de selecto gusto
y arte finísimo en los recién llegados y los ligamentos y armas
de los recién invenidos discordaban en contrastes tan bruscos y
horrorosos que parecían seres pertenecientes, no á sociedades y
regiones diversas del mismo planeta, sino á otros planetas gober-
nados por leyes opuestas y aun contradictorias con las físicas
leyes universales. Así los indios miraban, como alucinados por
las visiones de un sueño, aquellas viviendas flotantes, llenas de
hombres vestidos con trajes multicolores, y encerrados muchos
de ellos en relucientes armaduras parecidas á caparazones de
animales fantásticos. Parecía que, absortos y embebidos en la
contemplación, estaban como petrificados, anteponiéndose á
todo en ellos una extrañeza capaz de rendirlos y someterlos al
- 456 -
influjo de lo que debían creer en su candidez un milagro y dé
los que debían imaginar en su asombro dioses. Pero no; pasada
la primera conmoción en sus duros pechos y el primer confuso
concepto de lo visto en sus angostas cabezas, la crueldad nativa
suya se sobrepuso á todos los afectos, y partieron en guerra y
en combate con tal temeridad y dispararon sus flechas con tal
acierto, que por todas partes la muerte silbaba en los oídos de
nuestras gentes, quienes lo pasaran muy mal, si pusiesen de lado
sus adargas y tablachinas para preservarse y guarecerse del
ataque tan rudo, en cuyas incidencias, herido de dardo un sol-
dado español, á los pocos días perdió la vida. Cogiéronles apre-
sados en la flota y daban horror con sus caras, negras y rojas á
un mismo tiempo; así como con sus alaridos y con sus forcejeos
de fieras enjauladas y presas. Los indios mansos invenidos por
Colón, contaban y no acababan del natural cruelísimo de tales
gentes, y decían hallarse riberas, bohíos, pueblos, personas en
terror perdurable, al azote de sus desoladoras irrupciones. En
estos encuentros y coloquios dio el descubridor con la isla que
llamamos hoy Puerto Rico. Boriquen la llamaban los naturales
y pertenecía de suyo al grupo de las edénicas y mansas; puestas
por los vecinos antropófagos á la continua en apuros y aprietos
espantosos. Á pesar de tan blanda y dulce complexión huyeron
los naturales al abordo de los nuestros, por quienes debían sen-
tir la estimación que por los amigos y por los salvadores, cual
pudieran huir de las irrupciones homicidas, y embreñándose por
aquellos declives cubiertos de selvas, hurtaron el cuerpo á todo
encuentro. Fiel Colón al conjunto de prácticas religiosas y de
nombres cristianos que inspira la devoción á todo verdadero
creyente, apellidó la isla feliz con palabra de una significación
y sentido tan claros en punto á promesas y esperanzas, como la
palabra San Juan Bautista, el precursor de nuestra redención.
Mares fecundos en pesca, florestas parecidas á los jardines de
Murcia y Valencia, poblejos de doce bohíos, vías abiertas entre
verjeles como las alamedas de nuestras más cultas ciudades,
— 457 —
una logia ó palacio apercibido para la contemplación del mar y
el cielo por gentes principales, mil agradables encuentros endul-
zaron la repugnancia engendrada por los feroces antropófagos
de las otras islas pertenecientes á los caribes, y casi convidaron
á una detención llena de recreo y esparcimientos, muy gustosa
y cumplidera, si el cavilosísimo Almu^ante no tuviese á la con-
tinua en su vista y en su recuerdo el clavo de su colonia Isabela,
dejada con tanta confianza en poder del amigo Guacanagari
allá por la isla Española
El 1 1 de Noviembre zarpó Colón de Guadalupe y descubrió
el mismo día Monserrate, y Santa María la Redonda el 12, y
Santa María la Antigua el 13, y San Martín con Santa Cruz
el 14, y el 16 Puerto Rico, hasta el 18 avistar nuevamente
la Española, descubierta el año anterior. Las ideas del profeta
concentrábanse, no obstante hallazgos tales, todas sin excep-
ción en una sola: rever y reencontrar el fuerte de Natividad
en la isla últimamente nombrada, fuerte allí erigido para en-
sayo y experiencia del arraigo que podían tomar los colonos
en suelo tan desapropiado á ellos y entre gentes á ellos tan ex-
trañas. La experiencia le parecía decisiva. Por tanto, deseaba
un logro de todos los deseos y de todas las esperanzas que pu-
diesen asegurarle un comienzo de apropiación al Estado español
de aquellos inacabables territorios. A tales empeños de tenaz
explorador juntábanse afectos imperiosos del corazón y deci-
sivos de suyo en la humana vida. El jefe de la guarnición era un
Arana, deudo próximo de la mujer que rindiera y cautivara en
Córdoba su voluntad, é ido á la isla impulsado por afectos de
índole particular y privada que más y más comprometían al Vi-
rrey en su empeñode hallar floreciente la guarnición que allí
quedó animosa. Las primeras disposiciones tomadas con acierto
fueron los envíos de indios, idos á España y de España vueltos
con Colón, para que industriasen las gentes en el poder de los
Monarcas españoles, y les refiriesen las grandezas vistas con sus
ojos y tocadas con sus manos en el viejo y culto continente: ne-
- 458 -
cesario acuerdo en atención al abandono de las costas por los
naturales siempre que se descubría la escuadra y de la tenaci-
dad puesta por ellos en rechazar todo consiguiente homenaje y
toda indeclinable aproximación á los recién llegados. Desde
los primeros arribos y abordos á cada punto no hacían otra
cosa los expedicionarios del segundo viaje que husmear los ras-
tros y huellas del grupo de antecesores quedados en regiones
donde habían de arraigar por necesidad ó sucumbir sin reme-
dio. Mal indicio en aquellas inquisiciones constantes, el haber
topado con dos cadáveres, de hombre maduro y muchacho,
desfiguradísimos por el tiempo y por la descomposición, pero con
indudables indicios de muerte violenta, según las sendas sogas
que mostraban ceñidas y pendientes al cuello, como estrangula-
dos. Á los pocos pasos y á los pocos días dieron los descubrido-
res con otras noticias más claras de la requerida colonia en colo-
quios más ó menos confusos con indios dóciles, que pronuncia-
ban las palabras jubón y camisa, designando los objetos expre-
sados por ellas; pero que, preguntados por los colonizadores,
alzaban los hombros y hacían gestos de pena grande, asom-
brando el alma de Colón, ya muy apenado por todos los indicios
anteriores y poniéndolo en suma é íntima tristeza con perpleji-
dad, natural en tales casos; pues quería y no quería Colón llegar
á la Natividad; y así preguntaba y se resistía después al conoci-
miento primero de la misma deseada respuesta. Por fin, el 27
por la noche llegó al punto fatal requerido en todo su viaje.
Nunca llegara. Las nocturnas sombras ennegrecían su triste in-
certidumbre. Profundo silencio imperaba por todas partes. Al
grito de los marineros únicamente respondía el eco de las selvas
y montañas. Los cañonazos hacían retemblar el suelo y agita-
ban el aire; más no atraían señal ninguna de vida, ni desperta-
ban agitación y movimiento cual antaño. En esto una canoa se
deslizó en las sombras con los sigilos y el silencio de un pez en
las aguas. Los indios embarcados en ella preguntaron por el Al-
mirante; y hasta que no salió éste y le miraron ellos al resplan-
— 459 —
dor de una linterna sorda el rostro, no se dieron á partido en-
trando en la Capitana. Llevábanle caratiirales de madera, co-
nocidas en su lengua con el nombre de guaycas, ornadas con
pedazos de oro macizo, recibiendo en cambio y en reciprocidad
unas bacinetas de latón por ellos estimadísimas. El encuentro
aquel y la siguiente mañana notificaron á Colón toda la reali-
dad tristísima de su desgracia irreparable. Los setos arranca-
dos, las fronteras borradas, los maderámenes hechos cenizas dis-
persas al viento, los vivos trocados en sombras; el espacio hen-
chido un día por la grande animación y resonante con algazaras
propias del carácter militar, aparecíase cual un desierto exten-
dido por los siglos y sobrepuesto á pasmosa ruina, de la cual se
había tragado la muerte con sus voracidades hasta los restos, sin
dejar más que una desolación irreparable. Colón fué por grados
enterándose del rudísimo golpe. Lo presintió al topar con los
primeros cadáveres aunque desfigurados, y lo entrevio más tarde
al ver otros, no tan descompuestos como los anteriores, pues
aun tenían aquéllos barba ; y acabó por cerciorarse de todo con
desesperación al experimentar cómo en los abismos de un silen-
cio inmutable se perdían el clamor de sus tripulantes y el tiro de
sus cañones. En efecto, la ociosidad había estragado á los colo-
nos y pervertídolos en el vicio. A la ociosidad y al vicio con-
siguiente, habían seguido el menosprecio, cuando no el odio de
los naturales, y las discordias entre sí, naturales en quienes se dis-
gustan á una consigo mismos y odian en los demás las faltas co-
metidas por cada cual y de suyo inexcusables en todos. Murie-
ron una parte como suicidas, es decir, al filo de sus propios erro-
res y delitos. Murieron en las guerras promovidas entre sí otros.
Murieron los últimos al exterminio decretado por un cacique
del territorio de La Maguna, conocido entre las tribus aquellas
con el nombre de Caonabo. No conozco raza ninguna en el
mundo á quien tanto vigorice la guerra y el combate y el sa-
crificio como á nuestra raza, ni á quien tanto corrompa la pros-
peridad y la victoria. Oviedo mismo, al historiar estas cosas, des-
— 4^0 —
cribe la incompatibilidad antigua entre los naturales de nuestras
regiones y los obstáculos que se tocan al querer meterlos á to-
dos en un solo saco. Indicios hay de rivalidad regional en aque-
llas parricidas discordias que acabaran con los españoles allí. La
sobriedad espartana, el vigor titánico, la energía indomable, la
perseverancia confinante de suyo en tenacidad, el desinterés lle-
vado hasta los límites de un voluntario sacrificio, no resisten á
los ocios de la victoria y no sirven para el gobierno de sí, que
logran otras razas bien inferiores á la nuestra y conservan á
una con grande y envidiable felicidad.
Al ver la colonia desaparecida, el castillo desarraigado, los
pozos abiertos para el servicio colmados de tierra y escombros,
hasta los muertos comidos por la nada, volviéronse contra Gua-
canagari todas las sospechas y le acusaron todas las lenguas.
Á mayor abundamiento él ponía las apariencias del lado de los
recelos con su apartamiento deliberado, so color de maltrecho
y herido por la desgracia común á todos y por las luchas man-
tenidas en pro del español. Por fin , le hizo Colón una visita, en-
contrándolo acostado y doliente. Quejábase de las heridas en su
cuerpo abiertas por la defensa del fuerte colombino; mas, aun-
que los médicos registraron el cuerpo con sumo cuidado, no
descubrieron llaga ni cicatriz, sino algún magullamiento, de con-
tusiones provenido, y éstas poco graves. No debe maravillarnos,
en presencia de todo, la opinión del Vicario apostólico Buil, que
demandaba el castigo de tan taimado cacique y la conversión
pronta de todo el mundo. Investido por bula del Papa este
fraile con la delegación del poder eclesiástico, y mandado allí
á la obra de convertir á los indios, cuando se rociaba con agua
bendita, mal de su grado, al moro de las Alpujarras, y se des-
pedía, contra todo interés púbhco, al judío de la Península, y
se fundaba el Santo Tribunal de la Fe para perseguir y castigar
aun á los más ocultos y recatados disidentes de la Iglesia cató-
lica, estaba en el carácter propio de su ministerio religioso y en
el espíritu propio de su edad intolerante aquel severo béñédic-
— 461 —
tino , pidiendo así cayera el infierno sobre Guacanagari , como
el bautismo sobre los indios. El agustino dogma, concretado en
la fórmula teológica de aquel covipelle intrare , tan coactivo
hasta sobre facultades humanas, como la conciencia libre y el
libre albedrío, inaccesibles á toda coacción de fuera, ese dogma
centelleaba en las ideas del monje y urgía con sus determina-
ciones aquella su firme y constante voluntad, muy pagada del
ministerio religioso que debía cumplir y muy creída del bien
que á todos hacía en este y en el otro mundo con sus exigen-
cias y con sus imposiciones. Parece imposible, dada la natura-
leza del siglo aquel, parece imposible; pero así consta en las
obras contemporáneas de Buil, y así debe fijarse aquí para glo-
ria del pensamiento español: un historiador de semejantes días,
hijo legítimo y sobrino predilecto de dos caballeros principales
idos en compañía de Colón á este segundo viaje, el P. Las Ca-
sas , explica las pretensiones exageradamente religiosas de Buil
y las violencias del Virrey en los indios más ó menos resistentes
á la civilización cristiana por esta fórmula tan profunda como
sencilla: ignorancia completa del derecho natural. Hízose Colón
sordo, sin embargo, á las insinuaciones de Buil, y trocó la pena
militar demandada por aquel celoso y exaltado Vicario, con el
cambio recíproco de objetos y productos pertenecientes á cada
cual. Guacanagari donó al Virrey piedras preciosas, ocibas muy
estimadas en su pueblo; una corona de oro macizo, y una huera
ó calabacita repleta de oro en polvo ; mientras, á cambio, el Al-
mirante le dio á él cuentas de vidrio, que brillaban á sus ojos
como riquísima pedrería; cuchillos y tijeras, muy aceptos donde
no había hierro á causa de su coste ; agujas y espejuelos , todo
lo cual no valdría cinco reales, y, sin embargo, el cacique lo
quería y lo tomaba todo, creyéndose con sinceridad, en su na-
tural candor, un verdadero rico. Y realmente, si aquel cacique
se adelantara con el pensamiento á los tiempos, y viera su des-
arrollo en el seno monótono y uniforme de la eternidad, segura-
mente comprendiera que aquel continente áureo no había de
— 4^2 —
valer por el oro nativo encerrado en sus prolíficas entrañas:ha-
bía de valer por su trabajo, por su industria, por las produccio-
nes del arte y del pensamiento humano , que comenzando en
bujerías como las dadas á Guacanagari por Colón, acaban en la
máquina de vapor, en el comunicativo telégrafo , en el teléfono,
en el pararrayos , en la centella eléctrica del cielo , tan temida,
puesta como alba luz misteriosa en la frente del género humano,
redimido de la servidumbre y coronado por tan etérea diadema.
Sin embargo, la humanidad no conoce á primera vista los bienes
múltiples que le granjea el trabajo, y no suele, sino con mucho
tiempo y con muy larga experiencia, enterarse de los opimos
resultados del progreso. Los altares de la gloria y de la inmor-
talidad están todos fundados en aras de sacrificio y piden á
una holocaustos cubiertos por vapores de sangre. La fábula de
Prometeo, la historia de Sócrates, el Gólgota de Cristo, debían
repetirse aquí en el descubrimiento de América, trocándose,
por una fatalidad, en desengaños horribles las más legítimas
esperanzas, y mordiendo como víboras venenosas á sus propios
autores los benéficos progresos que más habían de utilizar en lo
porvenir la humanidad y la tierra.
Historiemos. El Almirante pensaba establecer una población
en la Española; pero desistió de señalar sitio tan infausto como
aquel donde se levantó la desaparecida Natividad. Movióle á
este desistimiento, no tan sólo su propia pena por lo sucedido,
el consejo de su aliado indicándole otros más propicios y favo-
rables territorios. Aunque los exámenes médicos del cuerpo de
tal reyezuelo y las capas moriscas, así como los arambeles an-
daluces, encontrados en las chozas de sus siervos, indicaban un
proceder bien contrario á los españoles , enardeciendo las exi-
gencias de Buil contra la pérfida tribu; el pago de la visita hecha
por el Almirante al cacique se puntualizó con reciprocidad por
éste, y las advertencias oídas con atención tanta por Colón sé
dieron por el cabeza de aquellos naturales con verdadera hon-
radez. Razas de suyo pueriles todas estas razas primitivas, á to-
— 463 —
das las emociones dispuestas como los niños, facilísimas en pa-
sar del odio al cariño y del miedo á la confianza, olvidaron
pronto los desórdenes y las discordias de los españoles allí muer-
tos, para de nuevo acatar como sobrenaturales á los que lleva-
ban en esta segunda expedición artefactos múltiples del trabajo
é industria con tipos de animadas especies, tan superiores aque-
llos á sus humildes enseres como éstos á sus animales domésti-
cos. Las espadas relucientes como siniestros cometas; las espin-
gardas fulminantes como tempetuosas nubes; el cañón preñado
de muerte , y tan poderoso y tan rápido en la obra y hechura
de sus estragos como las fuerzas destructoras en el universo;
aquellos trotones con sus jinetes, considerados como sobrena-
turales monstruos por gentes que nunca los habían, en su igno-
rancia invencible, no ya visto, ni siquiera imaginado ; los rever-
beos de las lanzas, en cuyas aristas el sol se rompía, y los
crujidos de las banderas multicolores , dadas al viento, así como
las armaduras, en cuyo acero los cuerpos se encerraban, y los
penachos parecidos á celestes aves posadas sobre los cascos; to-
das las circunstancias de los recién llegados infundían terrores
análogos á los muchos de que tantas religiones han brotado , y
despertaban culto y obediencia como los ofrecidos á tantos y
tantos dioses , en las supersticiones del alma que generan innu-
merables mitologías. De todo debía Colón aprovecharse para la
gigantesca obra del comienzo de la civilización cristiana en el
recién hallado mundo , cuya importancia no pudo conocer des-
pués de haberlo descubierto, cual Moisés, después de haber
guiado los israelitas hacia la deseada predilecta tierra, no pudo
llegar á su seno y morir en su regazo. Apresurábase Colón á es-
tablecer colonia con mayor motivo en vista de lo difícil que para
él era la vida errante marina, en la cual se facilitaban mucho las
frecuentísimas fugas de indígenas huidos á las seducciones del
mundo culto y católico , como verdaderamente añorados de su
libertad y de sus selvas. Á diez leguas de Monte Cristi estable-
cieron la ciudad llamada Isabela, en recuerdo de la Reina, den-
— '464 —
tro de lugar á esta clase de colonias muy propicio*, por lo puro
del aire y lo fértil del suelo y lo abundante del agua y lo coi-
pioso del material de construcción y la suma de condiciones fa-
vorables, que le auguraban un destino bien opuesto al que tu-
viera la desgraciadísima Natividad. Mas, para construir un esta-
blecimiento así, necesitábase del universal trabajo; y para emplear
el universal trabajo, necesitábase del auxilio y del concurso de
todos los recién llegados; y para obtener el auxilio y el con-
curso de todos los recién llegados, necesitábase que tanto gran-
des como chicos, patricios como plebeyos, pobres como poten-
tados arrimaran el hombro á la común obra y empleasen las
fuerzas personales suyas en el colectivo esfuerzo. Trasladaos
desde un tiempo como el nuestro, de industria y trabajo, á un
tiempo como aquél, de guerra y combate; pensad en los privi-
legios que todavía separaban á unos ciudadanos de otros y eii
los abismos que á manera de fosos encastillaban los altos en sus
fortalezas y sumergían á los pequeños en el polvo de sus terru^
ños; medid el menosprecio sentido por la hidalguía ociosa y por
los caballeros que la representaron al trabajo y al comercio, á
todo lo manual y útil, tenido generalmente arriba por deshonro-
so; y decidme cuál afecto sentirían de cruel desengaño los idos
allí al llamamiento de una soñada riqueza extendida por todas
partes, á flor de tierra, y puesta en sus manos por el mero
conjuro de la personal presencia suya, como llovida del cielo,
encontrándose con la corvea de una jornada diaria sin jornal y
con el deber de arrancar piedras al suelo y sobreponerlas en pa-
redes y murallas como los últimos albañiles, cuando habían so-
ñado con hallarse tras los arrestos de una expedición tan teme-
raria y los contratiempos de unas tan procelosas navegaciones,
elevados al carácter y al poder y al oñcio de verdaderos reyes.
Trabajar los guerreros, en tiempo de verdadera esclavitud, sobre
la tierra y con los brazos; empleando las fuerzas ennoblecidas en
la vega de Granada para serviles oficios; parecíales una terrible
abominación, y realmente á sus ojos era como un descensp en
— 465 —
lá* escalas del ser y de la vida, como una retrogradación desde
la naturaleza nobilísima de dioses á la vil naturaleza de bestias.
Luego, aquellas fecundas campiñas, hinchadas de savia y cubier-
tas por espesos toldos de ramaje, y con las alfombras de una
vegetación lujuriosísima, donde se hundían como en los abismos
oceánicos el náufrago, y se enredaban como en las redes el ave,
no producían frutos gustosos al paladar de los españoles y asi-
milables á su estómago y á sus fibras.
Faltaba el bizcocho llevado de allende, y había necesidad
imprescindible de levantar molinos para procurarse harinas con
que amasar lo necesario al sustento continuo ; con todo lo cual,
aquellos, que habían ido allí por oro, se hallaban sin pan y en el
caso de maldecir la hora en que asintieron al reclamo de tantas
promesas y zarparon en pos de una engañosa fehcidad. La es-
casez de bastimentos , menguados á la vista , para su alimenta-
ción; la frecuencia de calenturas, despedidas por los miasmas de
un suelo removido; la triste alongación del hogar patrio, cada
día echado con mayor tristeza de menos; la falta de sueño, con-
siguiente á las vigilias pedidas por mares no surcados y por
tierras ignoradas; tanta y tanta contrariedad como trae apare-
jada una exploración bien diversa de las soñadas bienaventu-
ranzas, postraron á todos en cama, y con todos al mismo Almi-
rante, apenado y fatigadísimo de aquel doble combate con los
elementos y con los hombres, capaz de herir y perder á la natu-
raleza más fuerte y más robusta con sus terribles golpes. Pero
había menester de una grande actividad , y á brazo partido lu-
chaba con las horribles abrumadoras fatalidades. Y por lo mismo
que luchaba con la fatalidad, promovía uno tras otro natural
obstáculo, surgidos todos en su contra, por el conjuro mismo
de sus ideas y por el esfuerzo de su voluntad, como si luchase,
amén de con todos los demás , consigo mismo , en tan titánica
guerra. Y así, enardecido por la fiebre, con los ojos fuera de las
órbitas , pegado el pellejo al hueso como en la figura de un
penitente asceta, moviéndose cual en una especie de sonam-
30
— 466 —
bulismo, donde se confundían el sueño y la vigilia, el pensa-
miento y el delirio, ordenaba lo necesario á la construcción de
ciudad tan importante como la Isabela , y disponía lo necesario
para dar con aquella Cibao, tantas veces descrita por los indios
y por él considerada como la Cipango áurea de las tradiciones
asiáticas, creyendo todavía estar en el viejo mundo después de
haber ya encontrado el nuevo. Era necesario desvanecer el de-
sengaño sufrido por los exploradores y cosechar el oro aguar-
dado de tantas promesas. Unas minas como las de Cibao pre-
sentaban ocasión á lo primero, y un capitán como Alonso de
Ojeda tenía medios en su actividad y en su coraje de acaparar
tal sitio y unirlo con los dominios de Castilla. Colón expidió á
Cibao al capitán Ojeda. Ninguno de los expedicionarios perso-
nificaba como este guerrero heroico la edad aquella de combates
y de conquistas con que concluía y terminaba la Edad Media.
Su armadura parecía más de él que su cuerpo mismo. Su fuerza
nunca se paraba ni detenía delante de ningún obstáculo. En los
naufragios parecía, según su nadar, un pez; en los asaltos un
pájaro, según su vuelo; en los combates, con mahullidos de tigre
daba zarpazos de león. Las postreras campañas del poema de
la reconquista le habían ser\4do para esgrimir toda clase de
armas y correr todo género de aventuras en una vida más pro-
pia de la poesía que de la historia. Pertenecía de suyo á los que
penetraban de pronto en los torneos árabes, retando cien contra
uno; y á los que trocaban un tronco en chuzo, machucando
compañías enteras de fuertes enemigos; y á los que clavaban,
tras una correría entre las huestes moras , el dulce nombre de
María en los portones de Granada. Una vez que la Reina Cató-
lica miraba desde lo alto de la Giralda el abismo profundo allá
abajo , él , muy erguido y muy gentil , corrió sin vacilaciones y
sin temores por un palo tendido desde la torre sobre el vacío,
con general asombro del público, que no podía comprender ni
lo seguro de la cabeza, ni lo fuerte y lo animoso del corazón.
Ancho de espaldas, nervudo de brazos, fuerte de fibras, aceradí-
-467 -
simo de músculos, hercúleo de huesos, resistente al dolor hasta
frisar con la paciencia de un mártir y corajudo en el ataque
hasta dejar tras sí á los más temerarios combatientes; aquel
hombre sólo tenía un defecto: el ser bajo de estatura, no obs-
tante su fortaleza de cuerpo. Mas en el combate crecía como
enorme gigante, cual sus hechos semejaban soñada fábula. Este
hombre fué á Cibao por mandato del Virrey, con grupo cortí-
simo, en correría temeraria. No tuvo que apelar entonces á la
fuerza; se le rendían los indígenas de grado y le dejaban su
camino libre. Por tales excursiones vemos que aun en la Espa-
ñola no había nacido el sentimiento de propiedad, y que la vida
en común, presentada por todos los utopistas de la Historia,
tenía un vigor tal allí, que todos los objetos entraban en el
acervo colectivo, perteneciente á todos, sin que se distinguiese
lo propio de lo ajeno en aquella primitiva confusa indistinción,
semejante á rudimentario protoplasma, donde se guardan fami-
lias y sociedades futuras como la flor y el fruto en los cerrados
gérmenes.
Poco después de la Isabela encontraron unos campos edéni-
cos los exploradores, llamándolos Vega Real, y poco después de
la Vega Real encontraron el criadero de oro, llamándolo Cibao,
como los indios, pero uno y otro encuentro imponían sumo tra-
bajo; y el trabajo repugnaba con repugnancia invencible á los co-
lonos idos á recoger metales preciosos , no á derramar sudores
acerbos. El disgusto general se personificó en un hombre; y este
hombre urdió una conspiración. Llamábase Bemal de Pisa el
conspirador y había pasado de alguacil de la corte á contador
de la flota. El exceso de fatiga y la falta de alimento le ha-
bían movido á conjurarse contra Colón; y la conjura le había
llevado á expresar en amargos plañidos los agravios que creía
llevar en el alma como heridas abiertas por las obras y por las
palabras del descubridor. Así trazó el memorial correspondiente
de quejas con ánimo de dirigirlo á la Reina , encerrándolo, para
precaverlo de toda pesquisa, en una boya. Pero esa boya se
— 468 —
descubrió; y fué á dar como cuerpo de delito en manos del
Virrey, que se apercibió á ejercer sus facultades como admi-
nistrador de justicia y á reprimir con violencia y reparar con
castigos aquella rebelión, cuyo contagio debía contrastarse por
medio de la mayor severidad. Así Pisa fué preso y atado. El
artificio de las aceñas para los molinos había costado grande
trabajo; y este trabajo traído gravísimas enfermedades; y estas
enfermedades necesitado remedios regateadísimos por la sobra-
da previsión y parquedad del Almirante á las que llamaban los
malheridos miseria y codicia. Mas no aparecía tan grave la re-
belión abierta de Pisa contra Colón, cual una resistencia hipó-
crita, desde los comienzos de aquella segunda exploración, al
explorador opuesta por los eclesiásticos llevados á bordo para
ejercer su divino ministerio en los cristianos y bautizar á los
indios. Religioso Colón hasta el punto de pertenecer á la Orden
Tercera de San Francisco, y rezar como si viviese vida de
monje, sus libros piadosos y de horas á diario, no había llevado
ningún eclesiástico al primer viaje y llevaba muy pocos al se-
gundo; si habemos consideración al fin que debían cumplir tan
alto y al imperio que debían tener entonces las ideas religiosas y
teológicas, así sobre las conciencias como sobre los ánimos. El
delegado apostólico debió tan increíble designación á su capa-
cidad intelectual y á sus aptitudes morales; pero su virtud enér-
gica y su temperamento robusto y su voluntad firmísima, cali-
dades indudablemente de primer orden para un estadista civil,
aparecían como despegos y desabrimientos en este ministro re-
ligioso. Estuvo largo tiempo de buenas con el descubridor. Ben-
dijo sin duda el viaje aquel, en que las islas iban apareciendo
como nereidas de la fábula en los sendos costados de las naves;
y una especie de cielo dilatándose bajo el corte de las quillas.
Confiado en la cosecha de gran suma de bienes, crecían sus es-
peranzas al contacto con aquellas fulguraciones de vida. Pero se
le vinieron encima todas estas esperanzas y lo aplastaron; así
que vio el reverso de la medalla, es decir, una fortaleza tan bien
— 469 —
aparejada como el castillo de la Natividad en ruinas, y una
guarnición tan animosa, como la que allí quedó, muerta y sacri-
ficada por los indígenas. Vino la primer discordia entre Colón
y Buil de la benignidad empleada por el Almirante con las tri-
bus á la Natividad cercanas y con su cacique, merecedores, en
concepto del monje, de un grande castigo, Y sobrevenido el
disentimiento, se agravó al choque de las dos inteligencias y
de las dos voluntades aquellas. Buil creía su poder eclesiástico,
delegado del Pontífice, con falcultades para inmiscuirse á su
arbitrio y á sus anchas en asuntos civiles, como Colón creía
su poder político, delegado del Rey , con facultades para inmis-
cuirse á su arbitrio y á sus anchas en asuntos eclesiásticos. Di-
sintiendo á cada paso uno con otro; el sacerdote negaba sin
escrúpulo al seglar los auxilios espirituales y el seglar negaba
sin empacho al sacerdote los auxilios materiales. Reprodúcese
aquí la eterna discordia entre la potestad espiritual y la potes-
tad temporal.
Así como la epopeya fabulosa del antiguo mundo, la Iliada
de Homero, comienza por un disentimiento entre Agamemnón,
monarca, y Chryses, sacerdote; la epopeya histórica del mundo
moderno, la invención de América, comienza por un disenti-
miento entre Buil, delegado de los Papas romanos, y Colón, de-
legado de los Monarcas españoles. Sin embargo, cuando, comen-
zada la Isabela, Colón expidió ciertas naves correos á la corte,
mientras Pisa maquinaba perder al Virrey en la consideración de
los Reyes, y denostaba su obra y le decía embustero á boca llena,
por lo cual se atrajo un castigo del denostado jefe y la consi-
guiente prisión, Buil, por todo extremo loaba los viajes y des-
cribía las islas descubiertas en perfecta consonancia con el des-
cubridor. Pero, dejando aparte la diferencia por el asunto de
Guacanagari suscitada, lo que más determinó la enemistad y
discordia entre ambos fué aquella provisión de bastimentos,
tasada para todos por Colón y que Buil no juzgaba extensible
á los eclesiásticos, quienes debían quedar exentos de las limita-
— 470 —
ciones y del previo señalamiento impuestos por lo calamitoso de
las adversas circunstancias. Buil y sus defensores quieren expli-
car los procederes aquellos con el Almirante, atribuyéndolos á
la eficaz virtud y obra de una intercesión suya piadosísima en
favor de los indios, la cual intervención poco se compadece con
la ira generada por las bondades del Almirante al cacique Gua-
canagari. No, Buil se partió de América en aquel momento á
la sugestión de una competencia con el Almirante y Virrey en
materia de poderes y atribuciones. Herido por las facultades su-
periores que se arrogaba Colón, fué poco á poco entrando con
el espíritu y con el ánimo en cuantas resistencias á Colón opo-
nían sus inferiores y en cuantas rebeldías se tramaban durante
crisis tan aguda y mortal. No se confabuló con Pisa; pero se con-
fabuló con Margarit. General éste, por sus legítimos títulos pri-
mero y además por sus calidades varias, del ejército de ocupa-
ción en Cibao, mandaba el fuerte por Colón erigido y la guarni-
ción allí situada y toda la comarca circundante, mientras iba
Ojeda de un lado á otro en maravillosas correrías, tanto para
proveerle y asistirle á él como para explorar y conocer aquel
áureo territorio. Partido el capitán tierras adentro y el Almirante
mares afuera, Margarit quedó á las órdenes de un superior con-
sejo sito en la Isabela, donde componían los principales factores
en el producto de la suma ó multiplicación de poderes el P. Buil
y Diego Colón. Débil éste, dejaba que Buil hiciese cuanto el gusto
le demandase; y airado ya Buil con Colón, en aquellos días au-
sente, mientras el Profeta exploraba Cuba é invenía Jamaica,
dejábale toda rienda suelta sobre el cuello á Margarit. Para la
disciplina del inferior en milicia necesita un superior ser el pri-
mer disciplinado siquier sea completamente libre. Mal avenido
Margarit con las tristes asperezas de un territorio minero , plú-
gole holgarse y esparcirse por la deliciosa Vega Real, entre cu-
yas florestas encontró una Capua que granjeara toda clase de
placeres á sus desatinados sentidos y á su voluntariedad nativa
toda clase de arbitrariedades. Opresos los indios por tales fatali-
— 471 —
dades, tomaron una resolución de suicidas: para concluir ellos y
concluir con el general y su gente, dejaron de sembrar y care-
cieron, á virtud del abandono aquel, de todo sustento, acortán-
dolo así también á sus enemigos. Al hambre morían las gentes
cual moscas y reinaban las enfermedades varias cual si estuvie-
sen aquellos siervos bajo el exclusivo imperio de la muerte. Mar-
garit mismo se inficionó con vergonzosa infición, producida por
los placeres anejos á sus holganzas. Algún recurso nuevo llegó
de Andalucía en barcos que habían expedido los Reyes á Colón,
así como Colón expidiera por su parte barcos á los Reyes. Pero,
como en éstos fueran con Torres, el jefe de la expedición, á la
corte noticias de la Isabela; en los barcos de la corte fueron á
la Isabela, como jefe de aquella nueva expedición, Bartolomé
Colón y las consiguientes noticias de los Reyes. A la verdad no
era Bartolomé del temperamento tímido de su hermano Diego,
ni aun del temperamento bondadoso de su hermano Cristóbal,
era de un temperamento resuelto y fuerte; tan curtido de alma
como de cuerpo, y tan acostumbrado á combatir con el oleaje
de las pasiones como con el oleaje de las tormentas.
Llegado allí, como Cristóbal estuviese, vuelto de su viaje,
postrado y sin conocimiento ni sentido, tomó las riendas que
Diego no había querido tomar , y se puso á regir la colonia con
el derecho de que le revestían tanto su firme voluntad como su
glorioso nombre. Cristóbal había cautivado en la Española con
alardes á los indios dóciles y con batallas á los indios altaneros.
Había enviado, para someter á los unos y retenerlos en la sumi-
sión, los añafiles y los atambores con las banderas vistosas y
con las cabalgaduras cubiertas de acero, que tanto lustre daban
á los jinetes y tantos visos de dioses. Cuando esto no le bastaba,
empleó la fuerza. Con una correría de los caballeros y una des-
carga de los mosquetes y una fuerte ayuda de su aliado Guaca-
nagari rompió en pedazos los rebeldes y sometió á España la
Isabela, que crecía con celeridad; la vega, que semejaba un Pa-
raíso; la sierra de Cibao, tan rica en vetas de oro y tan llena
— 472 —
de gozosas esperanzas. Las pesimistas ideas de Buil y las malas
pasiones de Margarit, general y apóstol primeros en las tie-
rras invenidas, perturbaron así la invención como las sucesivas
apropiaciones de lo descubierto. Uno y otro zarparon á hurta-
dillas de la Española y se partieron á España, con rompimiento
del estrecho lazo de deberes que les ceñían al descubridor y con
voluntad resuelta de perseguirlo y perderlo en la corte. Uno y
otro merecen el anatema de la historia universal y de la humana
conciencia. Cuanto han intentado sus inhábiles defensores para
excusarles, no ha servido sino para hundirlos en justa y unánime
reprobación. Que fuera fraile, ya mínimo, ya máximo, el Padre
Buil; que llevara bula más ó menos auténtica y más ó menos
lata del Pontífice Alejandro VI; que pudiera volverse ó no, según
su grado y albedrío; que no sufriese la sujeción, en su carácter
de catalán, al genovés; no atenúa la enorme falta cometida,
hurtando el cuerpo á sus penosos deberes en estado de peste y
guerra, para irse airadísimo en pos de innobles desquites y cor-
tesanas intrigas, cuando le invitaban á quedarse allí la gloria de
construir y consagrar el primer templo del Mundo Nuevo al
Dios de los cristianos; el sacro deber de un ministerio destinado
á respirar el último suspiro de los moribundos y á enterrar el
triste despojo de los muertos; la esperanza de verter el agua de
los bautizos cristianos sobre las frentes y las ideas católicas
sobre las almas de los indios adoctrinados y redimidos ; la con-
sideración de que aquellas selvas podrían trocarse á una en
iglesias vivas del Eterno, y aquellos inocentes indios en bien-
aventurados del empíreo, si, desciñéndose , como debía, él de
todo cargo civil y de todo empeño político ante aquellas islas,
necesitadas de su religión y de su virtud, empleaba para doctri-
narlas en el dogma y ungirlas con el óleo santo los esfuerzos de
un verdadero apostolado y corría sin arrogancia y sin temeridad
los riesgos de un redentor martirio.
Coincidiendo con muchos de los sucesos antes historiados,
adelantándose á ellos ó retrocediendo un poco, empezó el ex-
— 373 —
plorador exploraciones nuevas, con ánimo de cumplir el minis-
terio recibido de los Reyes y extender los descubrimientos y
tomar de éstos plena posesión. En las múltiples calidades, com-
ponentes de suma tal, como su genio profético y su espíritu lu-
minoso, había el piloto ejercitado la observación en términos
de que atendía con cuidado á muchos objetos de estudio y los
notaba con esmero. Contaba y no acaba, por ejemplo, en la Es-
pañola, de aquellos indios desnudos, cuyos cuerpos, en su des-
nudez, parecían, por lo durísimos, pétreas esculturas, y por lo
pintarrajeados , esculturas policromas ; de los cenus grandes ó
ídolos movidos á formular oráculos por medio de cerbatanas, que
iban á los labios, ó del sacerdote, ó del creyente mismo, y de
los cenus pequeños, que pendían como amuletos y medallas,
ensartados en guitas, de las sienes; del ocio impuesto por aque-
lla naturaleza exuberante, donde se bebía y se respiraba la vida
y su alimento, como el agua y como el aire , sin esfuerzo y sin
fatiga ; del baile semejante á un ejercicio litúrgico y del tabaco
apurado hasta la embriaguez y el envenamiento ; de las bebidas
fermentadas hechas con maíz mascado; de las brujerías y sor-
tilegios empleados en las enfermedades, atendidas y curadas en
juntas de brujos ó hechiceros ; del estrangulamiento inferido al
desahuciado para precipitar su muerte y atajarle las ansias ó
agonías postreras; del culto á los muertos, cuyos cráneos reve-
renciadísimos se colocaban junto á los prestigiosos idoUUos; en
fin, de aquel estado edénico, á una sociedad primitiva connatu-
ral, con todos los encantillos y con todos los inconvenientes
también de la primera infancia. Nada más congruente con el
ministerio desempeñado y el oficio ejercido por Colón, que ir
extendiendo con los nuevos dominios las observaciones, una^
veces apuntadas por él en persona, otras por compañeros suyos
tan diligentes como el médico Chanca. El 24 de Abril, en la
primavera del año 1494, comenzó la exploración capital de este
segundo viaje. Dirigióla Colón desde la Española, con tres bu-
ques á Cuba, muy al revés de los años anteriores, que fué de
— 474 —
Cuba á la Española. En los primeros encuentros repitiéronse
jas escenas de siempre. Huyeron los indios á la primera vista de
los recién idos, y se mostraron dándose á partido, aunque rece-
losos y vigilantes, así que los creyeron buenos é inofensivos. En
esta reacción de ánimo á favor del huésped colmaban los natu-
rales de dones con cariño á los que miraran poco antes con
terror. Así acaeció en la hermosísima bahía de Santiago, desde
donde, al bogar en busca del oro esperado y requerido, con
sólo navegar unas cuantas leguas marinas, descubrieron la Ja-
maica, realzada por montañas aeriformes, que parecían transpa-
rentes en la diafanidad del aire y ceñidas de multicolores nuba-
rrones. Valle de bienaventurados la llamaba en sus transportes
de intenso entusiasmo Colón, y el nombre le puso de nuestro
nacional patrono Santiago, que supo convertir á Compostela en
una Jerusalén de Occidente, visitada de innumerables peregri-
nos y henchida de piadosas plegarias. En prados de verdura,
bajo cielos etéreos y junto á mar diáfano, veiánse innumerables
bohíos compuestos de ramas y troncos, que guardaban pobla-
ción muy numerosa, la cual expidió varios naturales en canoas
larguísimas á impedir la profanación del suelo, y á contrastar la
entrada del recién venido, blandiendo lanzas manejadas con
suma destreza y lanzando gritos despedidos con fragoroso es-
panto; pero á estos impulsos del terror sucedían emociones más
dulces, unas veces despertadas por el miedo y otras provenidas
de la reflexión, las cuales permitieron al piloto anclar en dos
bahías y reconocer algunas costas. Mas, como quiera que lo
principalmente allí buscado, el oro, no se hallase, tomó de nue-
vo el rumbo á Cuba, explorada con grande prolijidad, y mere-
cedora de aquella devoción por el espectáculo maravilloso que
ofrecían las aguas transparentes, llenas de peces, cuyas escamas,
parecidas á preciosas lacas, dejaban líneas de colores y círculos
en el celeste líquido; por las costas, en que gigantes tortugas an-
daban perezosamente al lado de conchas y caracoles tendidos
entre las guijas , como perlas y ópalos en infusión próximos á
- 475 -
cuajarse; por los bosques de resonantes palmeras cargadas con
frutos, los cuales mitigaban hambre y sed con sus zumos y con
sus azúcares; por las bandadas de pájaros, parecidos, según las
pintadas plumas, á ramilletes volando sobre la flora tan varia y
entre tan intensos aromas; por las canoas llenas de ofrendas y
tripuladas con indios coronados de vistosos plumajes; por los
ritmos de las danzas populares, movidas al dulce deseo de vivir;
por el coro de los arpados sinsontes ; por todo aquello que per-
cibían gusto, y olfato, y vista, y oído, en el esplendor de la Na-
turaleza y en el exceso de la vida. Cuba no solamente sobre los
sentidos de Colón ejercía este mágico influjo ; ejercíalo también
sobre su alta inteligencia. Engañábalo como una especie de maga,
diciéndole no ser isla como decían muchos en sus consejas, sino
aquel continente asiático flotante con su preste Juan de las In-
dias y su grande Kan de Tartaria en los fantaseos producidos
por las tradiciones medioevales. Á cualquier indicio le sacaba la
punta de su engañosísima superstición en el estado hinóptico á
que lo alzaba la seguridad completa de haber hallado el extremo
oriente por el extremo occidente. Nadie ignora como se llama
desde los griegos acá el mundo de los largos ropajes blancos á
los imperios asiáticos. Las flotantes túnicas de lino, usadas por
emperadores y sacerdotes, justifican esta calificación. Colón por-
fiaba en buscar los pueblos de los blancos ropajes, y algunos de
sus intérpretes le aseguraban haber oído á indios la existencia
de gentes así vestidas en aquellos países. Con efecto; un día que
cierto grupo de tripulantes desembarcó en Cuba, emboscóse con
facilidad en una de aquellas selvas, donde los ramajes entrelaza-
dos como en bóveda , y las lianas tendidas como tapices , y las
hierbas altas á modo de laberintos, extienden la noche material,
maguer el pleno día, ó por lo menos producen una especie de
tibio crepúsculo, semejante al compuesto por los cruces del cen-
telleo de los astros sobre nuestra retina en el anochecer ó en el
amanecer tropicales. Rezagóse uno de los exploradores en aque-
lla dulce obscuridad ; y de súbito se le apareció extraño perso-
— 476 —
naje cubierto de blanca túnica y parecido por su estatura y por
su porte á una estatua que allí ambulara. Tomólo al pronto el
animoso español por el fraile de la Merced que acompañaba
la expedición, quizás descendido á tierra. Pero ¿cuál no sería
su asombro, y como se pondría de nervioso y espeluznado,
viendo que al primero sucedían otros muchos, puestos en dos
hileras, iluminados por los inciertos resplandores y perdidos en
los lejos del follaje, que se movían como al acaso, y moviéndose,
le saludaban á una con caprichosas reverencias de todo el cuer-
po, con especialidad, de las altas y angostísimas cabezas? No
sabiendo qué hacer el sorprendido, retrogradó espantado con
riesgo de caerse de espaldas, mientras la visión se desvanecía y
se disipaba en los lejos de aquellas cambiantes perspectivas.
Muchas apariciones de tal género referían los cuentos cam-
biados por los exploradores en las correrías de mar ó tierra y en
las vigilias á ellas consiguientes. Las Casas nos refiere , cómo
por las noches, en el recinto donde se construía la Isabela, cu-
bierto por los despojos de tantos cadáveres como tendieran en
tierra los efluvios de la peste , veíanse figuras de caballeros , con
sus espadas al cinto, sus collares al cuello, sus mantos á la
espalda, sus corazas al pecho, sus guanteletes al brazo, sus es-
puelas al pie, sus ropillas al cuerpo, quitándose las cabezas, ce-
ñidas con blasonadas gorras de plumas, en saludos sobrenatura-
les á los viandantes y esparciendo por el aire largos y lastimosísi-
mos sollozos. En tal situación de las cosas y en tal estado de los
ánimos, nada tan propio del buen sentido como atribuir á hip-
nosis ó alucinaciones de la vista los ropajes aquellos, ó al paso
por allí de grandes aves conocidas, muy semejantes, por su
porte y por sus actitudes, á verdaderas personas. Pero Colón
vio en aquello un indicio más de la existencia del pueblo de los
ropajes y otra fianza más del carácter continental de Cuba. No
le cupieron desde tal expedición dudas á ese respecto, cual de-
muestra la increíble ceremonia de su bajada con un escribano y
varios testigos á tierra, levantando acta notarial, que hacía de
- 477 —
la región aquella un verdadero continente, y conminaba con
pena tan terrible como la horadación por un hierro candente á
toda lengua capaz de llamarla isla. No lo creeríamos, en verdad,
si un documento auténtico y solemne, con todos los caracteres
de la evidencia irrefragable, no lo confirmase. El 6 de Julio en-
tró en el golfo de Santa Cruz, y sobre uno de sus cabos ordenó
que se levantase improvisado altar y se dijese misa bajo el do-
sel de las palmas. Al oir el murmullo de los rezos, y notar la
devoción ferviente con que veían la hostia consagrada los cris-
tianos de hinojos y se daban entre abrazos el beso de paz ; un
anciano indio se conmovió al punto de manifestar la reverencia,
con que á semejantes ceremonias hermosísimas asistiera, y la es-
peranza por ellas despertado de inmortalidad, explicable dentro
de sus ritos merced á transmigraciones, donde las almas se puri-
fican por obra de los castigos y de los premios eternales. Tales
palabras, y algún que otro acto, indicaban ciertas inclinaciones
en los indios hacia los españoles ; despertadas dentro de los inge-
nuos ánimos salvajes por la natural y evidentísima superioridad
de los civilizados. Unas veces aparecía inteligente y apuesto jo-
ven, que, sobreponiéndose á su familia llorosa, requería plaza de
los tripulantes en cualquier nave al deseo de ver las regiones,
desde donde hombres tan sobrenaturales bajaban ; otras veces
maldecía un viejo su estrella que le deparaba tan tarde la vista de
aquellos huéspedes revestidos del carácter de dioses y con los
cuales quería vivir y morir; otras veces los primates de tribus en-
teras prestaban homenaje , y pedían entrar en aquella corpora-
ción de cristianos, alardeando con sus arcos de buenos auxilia-
res para toda empresa, y ofreciendo á los ojos maravillados, so-
bre canoas esculpidas ricamente, sus preseas más hermosas, los
cinturones de bordado algodón, los mantos de multicolores plu-
majes devestidos de las más pintadas especies, las banderas
semejantes á las colas de las aves llamadas por los iris en ellas
extendidos pájaros del Paraíso, las ajorcas pendientes como
nuestros zarcillos de las orejas, los cintillos de pedrería en las
- 47? -
sienes , y colgados al cuello de una cadena las láminas de oro
sobre sus pechos. Así Colón se holgaba en ver cómo surgían las
islas á su paso y cómo se acercaban, después de haber huido
al primer encuentro, los naturales reconciliados con los espa-
ñoles por el siguiente reflexivo impulso en las canoas cargadas
de ricas ofrendas. Gozábase mucho con los nombres á dar y con
los datos á recoger en aquellas exploraciones. Á un grupo de
numerosas isletas le llamaba Jardín de la Reina, en homenaje á
Isabel I, y á una mayor, como la de Pinos, Evangelista, en re-
cuerdo y conmemoración del cuarto Evangelio, donde resuena
el Verbo creador. Mucho más anduviera, y á poco de haber
andado en fines de Septiembre, persuadíerase á tomar Cuba por
isla en una reveladora experiencia que ya iba pronto á ofrecerle
su derrotero, cuando los vientos le contrariaron de tal suerte,
y las vigilias y los cuidados le pusieron en términos tales, que
á fuerza de luchar con los elementos contrarios y con los obs-
táculos espirituales, que á su providencial ministerio y destino
se oponían por todas partes, cayó enfermo en términos de ha-
ber quedado como muerto, sin conocimiento, ni sentido, mos-
trándose tan sólo la vida que le restaba en los horrores y exa-
cerbaciones de una fiebre altísima.
CAPITULO XXVII.
CAUSAS DEL REGRESO SEGUNDO DE COLÓN Á ESPAÑA.
uÉ sucedía en Castilla mientras Colón erraba por Haití,
por Cuba, por Jamaica, por Pinos, por el mar de las
Antillas y arribaba casi muerto á la Isabela? Dos ex-
pediciones habían de este último punto zarpado hacia España en
aquel año , noventa y cuatro , una muy favorable al descubridor
y otra muy adversa. De las dos hemos en otro lugar hablado, la
favorable comandada por Antonio Torres, y la contraria por
Margarit con Buil, aquélla bajo los auspicios de Colón, ésta en
abierta rebeldía contra él y en desacato á él. Cuando llegó por
primera vez Torres , un tropel de ilusiones y esperanzas revo-
loteaban y relucían en torno de su nave. Llevaba las epístolas
del Almirante con informes verdaderos de sus innumerables des-
cubrimientos , y piezas y ejemplares de oro bastantes á deslum-
hrar al más desconfiado. Con decir que un pedazo de oro nativo,
entre los que Antonio Torres ofrecía por encargo de Colón á la
vista del Estado español, pesaba nueve onzas, está dicho cuánto
cebo daría de suyo al vulgo , pagadísimo del áureo país recién
invenido á los conjuros del mago y á los presentimietos del pro-
feta. Todo era júbilo en la maravilladísima España, y el entu-
siasmo, despertado por la vuelta de Colón en persona tras el
— 48o —
primer viaje , se reproducía con motivo de este regreso en la per-
sona de Torres. Así, por Agosto de aquel año expidieron los
Reyes cartas muy laudatorias á Colón en una flotilla que gober-
naba el hermano de éste, Bartolomé, recibido bajo los mejores
auspicios y despachado con toda suerte de ventajas, A la expedi-
ción de Torres, llegada en primavera, subsigue la expedición
de Margarit, llegada en otoño. Tres meses fueron bastantes á
trastocarlo todo. Buil, que se había hecho lenguas de los descu-
brimientos en cartas llevadas por Torres á los Reyes , desembar-
caba tras tan corto espacio echando pestes de los descubrimien-
tos y del descubridor. No pueden referirse los desloores y los
denuestos que proferían en los oídos de cuantos les prestaban
atención y tenían en estima sus calumnias. Los Reyes, á pesar
del natural desconfiadísimo de Fernando, no procedieron en tal
extraño trance con ligereza, ni aceptaron como buenas al primer
impulso las malas noticias. Se recogieron y meditaron, cual á su
responsabilidad cumplía. Pero, mientras Margarit y Buil denos-
taban, el silencio subsiguiente al apartado discurso de Colón por
Jamaica y Cuba parecía decir que todo estaba perdido , como los
recién llegados decían de todas maneras y propalaban por todas
partes. Así como la obscuridad aumenta los fantasmas del sueño,
aumenta el silencio los recelos sugeridos por la perplejidad y por
la incertidumbre. Encontraban los recelos despedidos por tal es-
tado de las inteligencias su nutrición en las maniobras del arce-
diano Fonseca, puesto por los Reyes á la cabeza de un departa-
mento tan alto como lo que podríamos llamar el Ministerio de
relaciones con Ultramar, consagrado, en parte por malicia natural
y en otra parte por sórdidos intereses del pro de la nación, al pro
y al provecho suyos en una aviesa y triste administración, única-
mente notada por lo mucho que á todo el mundo molestaba y
lo mucho también que al administrador enriquecía. Los despe-
chos de Margarit y los enfatuamientos de Buil quedaran baldíos
á no tener el apoyo de FonseCa, quien, ofendido con Colón por
las preferencias que merecía el descubridor á los Reyes, per-
— 4^1 —
turbaba las relaciones entre ambos y su Almirante , desistiendo
del bien para que fueran ordenadas ciertas disposiciones y en-
grosando en el lente de sus personalísimos rencores ciertas irre-
parables faltas. Poco tiempo llevaba Colón de gobierno en la
Española para que pudiera cometer muchos errores, y harto
complejos resultaban sus cargos para que no hubiera de consi-
derarse con una grandísima circunspección cuanto superaban á
fuerzas aun sobrehumanas como las suyas. Luego el principal
desengaño traído por los irreverentes consistía en la escasez de
oro, en lo cual no sabe uno qué reprobar y condenar más, si la
malicia ó la ignorancia, pues no podía responder Colón de tal
carencia, y aun habiéndolo en abundancia, como lo había, no
estaba de ningún modo á flor de tierra, sino que obedecía de
suyo al esfuerzo empleado en buscarlo, y entregábase, como
todos los productos, al empeño gigantesco del trabajo. Más
fundadas que las acusaciones burocráticas de dos estadistas
como Buil y Margarit, parécenme las acusaciones morales de
un historiador como Las Casas, quien, dando de mano á todo
interés económico y político, juzga los males caídos sobre un
tan grande hombre como el Almirante, de facultades naturales
rayanas en divinas, á trasgresiones de la ley moral tan grandes
como la imposición de gravámenes y corveas, dificilísimas para
los indígenas como la presentación de cascabeles y dedales
flamencos repletos de oro al Erario ; como la suelta de perros
feroces que hincaban en las carnes desnudas de los indios sus
agudos dientes hasta destrozarlos , convirtiendo las guerras, no
obstante sus violencias, reguladas por ciertos principios jurí-
dicos, en un ojeo y caza de humanos seres ; como la reducción
de los indígenas á siervos, almacenados cual bestias en el vientre
de las naves y vendidos á guisa de rebaños como vil mercancía
y objeto groserísimo de apropiación tras quince siglos de igual-
dad religiosa y de revelaciones cristianas.
Pero el P. Las Casas pertenece á la estirpe de pensadores, los
cuales únicamente laboran y trabajan en abstracto con el éter es-
21
— 4^2 —
piritual de las ideas, que á toda combinación ideal se presta, en
tanto que había de responder Colón en esferas distantes de las
científicas, á costumbres y á instituciones que sólo cuatro siglos
de progresos intelectuales continuos y grandes adelantos de la
razón individual y colectiva pudieran alterar al influjo de fórmu-
las políticas superiores y al sacudimiento de radicales revolucio-
nes. Además, Las Casas, eminente pensador y teólogo, pensaba
con razón así respecto de Colón, á quien la mezcla de lo profé-
tico y de lo administrativo en su complejo carácter obligaba y
constreñía con sus fuerzas fatales á mirar más la realidad y ser-
virla; pero los enemigos de Colón seguramente no estaban en
igual caso que Las Casas; y ni Buil ni su cofrade Margarit se le-
vantaban sobre su siglo; ni Fonseca podía dar en rostro al des-
cubridor con sus debilidades en materia de servidumbre, ofrecida
y presentada por el Almirante como un recurso del Estado,
cuando él se completaba ó enriquecía en el comercio y en la
trata de siervos, mantenida por errores de los Estados más pro-
gresivos, y sancionada por complacencia de las Iglesias más cris-
tianas, y ejercida en bazares babilónicos hasta nuestros mismos
días. Lo peor del caso fué aquella influencia ejercida sobre un
repostero de las casas Reales como Aguado, por un administra-
dor como Fonseca, quien le impelió á convertir la información
en juicio y á trocarse de comisionado en gobernador y casi mo-
narca, con olvido criminal de sus facultades y desacato patente
á quien ejercía el supremo poder y autoridad, por una delega-
ción en regla y un poder en forma de los altísimos jefes y direc:
tores del Estado. Colón, resucitado casi tras la enfermedad letár-
gica en que pareciera como muerto, y muy sostenido por la vo-
luntad firme de su hermano Bartolomé, púsose con empeño á re-
matar la indispensable apropiación de la Española, y supo á cabo
llevarla con esfuerzo unas veces y otras con verdadera y con-
sumada industria. Mucho le auxilió Ojeda, sagaz en su fortaleza,
diestro en su fuerza, reflexivo en sus arrestos, audaz de suyo
sin arrogancia, conciliador en los ajustes y arreglos tanto como
-483 -
atrevido en los asaltos y ataques, de una inspiración militar que
nunca le cegaba y de una constancia compatible del todo con
sus arrebatos de verdadero héroe y con sus empresas de legen-
dario caballero. Nada muestra esta suma de facultades opuestas
como el apresamiento del cacique célebre Caonabo, rodeado de
todas sus innumerables gentes y asistido de todas sus fuerzas.
Traía observado el español que la curiosidad del reyezuelo se
paraba mucho en su armadura hispana, la cual aparecíase á sus
Cándidos ojos de salvaje como un cuerpo de quita y pon; en
su espingarda, que mataba como el rayo de los cenúes; en su
trotón, que prestaba las fuertes alas de los grandes pájaros y la
incalculable celeridad del viento al Guamiquina, apellido con que
designaban ellos á los jefes y capitanes. Pero lo que principal-
mente observó el buen Ojeda fué la extraña fascinación al indio
sugerida por la campana del fuerte de Santo Tomás en Cibao y
el religioso estupor en que aquella voz lo sumía. Faltos de los
metales que componían la campana, ó faltos del arte de explo-
tarlos, y mucho más aún del arte de fundirlos , considerábanla
como un sobrenatural instrumento, destinado á traer aquí abajo
voces y mandatos de arriba. Varios lucayos , de los instruidos
por Colón para intérpretes, debieron decirle con alguna vague-
dad, aprendiéndolo él con alguna confusión, que por aquellos
sonidos, lanzados desde las alturas de una torre alta en todo el
aire de la espaciosa comarca, se comunicaban los míseros mor-
tales con los inmortales dioses y los muertos con los vivos en
la inmensidad , llena de revelaciones que bajaban del cielo y de
plegarias que al cielo subían, pues resulta certificado el empeño
en Caonabo de poseer metales así, que, puestos en el cuerpo
más débil , en formia de armadura , lo preservaban al golpe de la
muerte, y colocados por lo alto, en forma de campana resonante,
acercaban al hombre los invisibles dioses. Vestir hierro, montar
caballos , ver con sus propios ojos la divina campana: he ahí todo
cuanto deseaba el cacique, y todo cuanto le procuró el héroe,
yendo con diez ó doce jinetes á su vista, cuando se hallaba circuí-
-484 -
do de numerosas gentes en armas, todas dispuestas á pelear y á
morir en su defensa como lo habían mostrado en cien batallas
campales. La industria le sirvió como la temeridad nativa suya
indudablemente al castellano héroe. Llevaba unos grillos forjados,
y persuadió al cacique á ponérselos, mostrando como, hechos
del metal mismo que las armaduras y las campanas, tenían el
mismo poder y virtud. Ya con los grillos, le invitó á cosa del ca-
cique indio deseada, le invitó á compartir el caballo, subiéndose
tras él en las ancas y á la grupa. Ya en el caballo, le dijo como
lo conducía presto á ver la campana misteriosa; y apretando los
ijares al bruto sobre que cabalgaban, corrió á su campo ante
un ejército enemigo, suspenso de asombro, y redujo al formida-
ble caudillo á perpetuo cautiverio. Caonabo únicamente consi-
deraba Guamiquina en este mundo á Ojeda, que lo había ven-
cido y cautivado. Cuando, preso en la casa de Colón, veía pasar
á este sublimado Virrey , no le hacía caso ; pero , en cuanto á
Ojeda vislumbraba, poníase de pie con prontitud y lo saludaba
con reverencia, como dueño natural suyo por derecho de con-
quista y por el título de una incontestable victoria. Quiso el Al-
mirante conducir consigo el cacique á España, y se murió éste
de pena en la navegación á los tristores de un suicidio indirecto
en el natural deseo de no testificar con su persona el propio
deshonor y el ajeno triunfo. Su esposa, que lo acompañaba, no
pudo salvarlo con su cariño, ni Colón imitar los generales ro-
manos llevando ante sí un vencido tan poderoso antes y tan
conspicuo siempre. Con todos estos medios y otros muchos, ca-
yéndose y levantándose, unas veces errando y otras veces acer-
tando, pacificó el Virrey la hermosa y feraz isla. Pero el regio
comisario Aguado creíase capaz de hacer lo mismo con sus
regios poderes; como si un oficial nombramiento pudiera pro-
veerlo de un altísimo genio , cual se necesitaba en aquella
magna obra. «Si quieres saber quién es Juanillo, dice la gente
vulgar española en sus sabios refranes , dale un empleíllo. » La
guerra que le diera Margarit al Virrey, guerra fué de león; la
- 485 -
guerra que Aguado le diera , guerra fué de mosquito , pero al
cabo guerra. Molestadísimo , decidió partirse á España Colón
para industriar á los Monarcas por sí mismo de todo cuanto
sucedía, y deshacer la red espesa de intrigas que habían urdido
alrededor suyo tanto y tanto enemigo como le salieran al paso
en Ultramar y en Castilla. Un horrible temporal impidióle zar-
par con la debida diligencia. Las naves traídas por el pesqui-
sidor Aguado y las propias de Colón zozobraron, salvándose
únicamente la Niña , bien que maltrecha. Durante la detención
y estada, impuestas por el contratiempo al diligentísimo Almi-
rante, súpose de unas minas tan copiosas en el río Hayna, re-
nombrado entre los naturales por su oro puro , y en esta sazón
reconocido y certificado , que se creyó el Virrey en la tierra de
Ofir celebrada por Salomón y en Asia plena, según le inducía
siempre á creer la natural ignorancia de su tiempo en geografía
y la persistente ilusión del propio deseo. Por fin zarpó de la Isa-
bela el lo de Marzo, y llegó á Cádiz el 20 de Junio , en difícil
navegación, durante la cual pasaron tantas hambres, que al ex-
tremo estuvieron casi de comer como los caribes carne humana.
Pero con todas estas dificultades. Colón traía islas innumera-
bles que unir al territorio nacional y perlas de nuevas glorias
que engarzar en la diadema de nuestra España, merced á ins-
piraciones de genio profético y á porfías de trabajo tenaz que le
agradecerá eternamente la humanidad y eternamente le alabará
la Historia.
Cuando llegara Colón, el desabrimiento para con él de los
Reyes y de la corte, que determinara el envío de Aguado, muy
calmado estaba, mucho, y muy propicia su vuelta era en aque-
llos momentos á rectificarlo y convertirlo en amistad perdura-
ble. Momento crítico el momento de la llegada del héroe. La
política española pasaba por una de las líneas capitales que se
descubren, como en las zonas del espacio, en las zonas del
tiempo, y se dirigía con determinación deliberada y reflexiva
por un camino bien señalado á un fin bien claro, á la supremacía
— 486 —
nuestra en Europa. Por desgracia, este fin divertía el pensamiento
y el esfuerzo español de las exploraciones oceánicas y lo com-
plicaba en el espantoso problema territorial europeo. Nuestro
Estado español terminaba en las últimas decenas del siglo de-
cimoquinto la Reconquista sobre los moros y comenzaba el des-
cubrimiento de América. Su instinto de conservación debió de-
cirle cómo tales dos hechos capitalísimos le separaban del con-
tinente, á cuyo término y ñn resplandecía, y lo lanzaba sobre
África, donde habíamos de coronar la vieja historia española, y
sobre América, donde habíamos de comenzar la nueva. Portu-
gal, apropiándose una parte de África, la que avecinaba princi-
palmente á sus posesiones marinas y reencontrando las Indias
orientales; mientras España convirtiendo su pensamiento, como
lo muestra la expedición de Cisneros y el testamento de Isabel,
á las puertas del norte de África y descubriendo las Indias orien-
tales; Portugal y España tenían harto que hacer por la humanidad
y por la tierra para que hubieran podido tropezar en decadencia
ninguna, ni marrado á su destino en la Historia. Civilizar en lo
posible tres continentes: el asiático, el africano, el nuevo y recién
descubierto; no cabía ni más colosal trabajo, ni más fecunda
gloria. Y los pueblos que trabajan por el progreso no decaen
jamás. La humanidad , al necesitarlos para su desarrollo, los co-
loca y luego los mantiene allá en el alto puesto indispensable al
ministerio humano que deberán ejercer y al fin progresivo que
deberán cumplir. Lo mismo en Asia, que en África, que en
América, reservaban los designios providenciales, directores de
la vida humana, un trabajo de instrucción, de esclarecimiento,
de impulso hacia los grandes ideales á la península ibérica. Un
viento del cielo hubiéranos impelido adelante y un empleo justo
de tantas facultades múltiples, como tenemos, dádonos aquella
salud interior del alma, generadora en los pueblos como en los
individuos de la salud del cuerpo. Hay que decirlo en puridad.
Los dos retoños de la dinastía borgoñona , reinantes en España
y Portugal con las dos familias bastardas de Trastamara y Avis,
- 48/ -
habían comprendido que los sendos ministerios de sus respecti-
vos Estados las movían de consuno á unirse con lazos de amor
entre sí, como á volverse hacia el vivaz Océano inmenso y al ne-
gro continente vecino. Después de haberse apartado con tanto
estruendo y tan mutuo agravio en Aljubarrota, emprendieron y
terminaron enlaces de familia y matrimonio entre sí, por lo que
debían las tres coronas de Aragón, Portugal y Castilla recaer
sobre una sola cabeza, como refundirse y aligarse la vida de los
tres grandiosos Estados en superior unidad. Todos los principa-
les matrimonios celebrados en tiempo de Alfonso V, de Juan II,
de Manuel el Grande, de Enrique IV y de los Reyes Católicos,
entre Princesas y Príncipes de las tres dinastías de España y
Portugal, iban encaminados á fundir en una las tres coronas,
parecidas á la Trinidad, en que, siendo tres entidades ó tres
hipóstasis distintas, se identifican y unen allá en la superior
unidad del espíritu peninsular, sobrepuesto siempre á todas las
diferencias y aun á todas las discordias. Si los matrimonios ce-
lebrados en los tiempos últimos de la Reconquista y primeros
del descubrimiento hubiesen prosperado , Portugal y España se
hubieran unido, y Asia con África y América hubieran llevado
desde los días del Renacimiento las hispánicas marcas en su
frente , prosperando y engrandeciendo así , por maravillosa ma-
nera, la civilización universal. Pero había una porción del terri-
torio patrio que nos llamaba sobre todo el europeo continente,
y que por medio de su glorioso tratado y de su incomparable
dinastía, mezclaba nuestro propio ser y vida con la vida y el ser
continental; y era, lo han adivinado mis lectores, Aragón. Su
corona nos trajo las tres cuestiones que complicaron la historia
particular de nuestra patria con la historia universal de la vieja
Europa: la dominación por Sicilia en la península italiana; la ri-
validad con Francia por el Rosellón y la Cerdania; el estado de
complicaciones eternas en que vivirrflos con el poder temporal de
los Pontífices , cuando más sacrificios ofrecíamos en aras de su
poder espiritual , á causa de la posesión y herencia del reino de
— 488 —
Ñapóles, reinvindicado por la Sede Pontificia como dominio te-
rritorial propio. Cuantos critican á Fernando el Católico por la
frialdad mostrada en el problema de la invención del Nuevo
Mundo no entienden una palabra de política.
Puestos á mirar hacia Occidente , donde se hallaba el interés
castellano, apenas comprenden cómo debía Fernando el Cató-
lico mirar al Oriente europeo, donde se hallaban los intereses
de Aragón. El trabajo era, pues, complejísimo. Alejandro es-
tuvo á Oriente siempre vuelto, y César vuelto siempre á Oc-
cidente, pues las empresas orientales de este último se redu-
jeron á meras correrías impuestas por las guerras civiles. Si
Alejandro tenía que mirar á Oriente y César á Occidente , Fer-
nando tenía que mirar á Oriente y Occidente. Mientras Alejan-
dro y César, héroes al modo antiguo, iban á Oriente y á Oc-
cidente uno y otro en persona, Fernando, rey al modo moderno,
tenía que ir en la persona de sus enviados por medio de cé-
dulas y rescriptos. Dos escrúpulos enormes habían de surgir
por necesidad en su alma siempre que convirtiese al Nuevo
Mundo sus ojos, uno de política interior y otro de política in-
ternacional. Estribaba el primero en su repugnancia invencible
á crear con el Almirantazgo y el Virreinato de los Colones, un
feudo ultramarino, después de haber destrozado con perfecto
acuerdo tantos cismarinos feudos aquí; estribaba el segundo en
la pesadumbre, por lo mucho que las empresas en el Océano le
apartaban de sus empresas en Europa, y por el mucho dinero
que aquellas pedían en detrimento de sus intereses europeos,
los cuales , á su vez, traían aparejados excesivos y diversos dis-
pendios. Cuando llegó de su segundo viaje Colón, estaba Fer-
nando V embargado en una guerra con Francia por causa del
Rosellón, la cual guerra debía durar con varias alternativas y
treguas nada menos que dos siglos completos , y estaba Isabel
embargada en aparejar la escuadra que debía llevar á Flandes
la princesa D.* Juana, prometida en matrimonio al príncipe don
Felipe, hijo del emperador Maximiliano de Alemania y heredero
- 489 -
del Ducado de Borgoña y de los territorios flamencos y holan-
deses que debían traernos otra guerra de tres siglos con todas
las potencias mayores del continente. Así el trabajo y el dinero
prestables á regiones tan apartadas como las por Colón inve-
nidas en el mar tormentoso les embargaba mucho la voluntad y
el pensamiento políticos á los Monarcas españoles, como em-
bargaba los dineros al erario regio apremiado por la política
europea , tan enmarañada y dificultosa. Y Colón , á fin de con-
centrar el interés de los Reyes en su empresa, loaba con exce-
sivos encarecimientos aquellos territorios idílicos, necesitados,
á pesar del edénico carácter suyo, de un trabajo fecundante, in-
tensísimo, y prometía oro á manos llenas, cuando exigían ellos
que las regara en su reciente aparición el oro español. No hay,
pues, que reconvenir á España por las dificultades con que tro-
pezó la obra del descubridor. Ningún pueblo hubiera hecho más
que hizo el pueblo español, en aquella sazón sólo, ninguno. Todo
cuanto le permitían sus fuerzas, empleadas en mil trabajos, y su
actividad, presa de mil conflictos, lo consagró al Nuevo Mundo,
que no íué creado á una palabra milagrosa, como la primera luz
bíblica, sino adherido á España con esfuerzos de un heroísmo y
de un martirio , en los cuales todos por igual padecimos , con-
quistadores y conquistados, obedeciendo á fatalidades históri-
cas, tan inevitables en la sociedad y en la vida, como en el uni-
verso las fataUdades físicas que no consienten excepciones, ni
mitigamientos.
CAPITULO XXVIII.
LOS PREPARATIVOS DEL TERCER VLAJE.
OR Junio de 1496 llegó á Cádiz Colón, y no pudo
avistarse con los Reyes hasta Octubre del mismo año
en Burgos. Durante su camino se fué deteniendo á
su guisa , y alojándose casa de amigos , como el cura de los Pa-
lacios, y casa de familias tan ligadas con él, como las familias
de los Aranas en Córdoba. Ya el exceso de los desengaños ha-
bía sustituido al exceso de las esperanzas en muchos ánimos;
pero en este segundo regreso el alarde y ostentación así de los
productos allegados como de los naturales sometidos cambiaban
mucho el sentir común, revolviéndolo en pro del Almirante.
Las muestras de tintes y especierías, los ejemplares de flora y
fauna rarísimos, las telas de algodón pintarrajeadas variamente
de llamativos colores, las pepitas y carátulas y cadenas de oro
puro, las diademas y cintillos de pedrería, los príncipes indios
con sus plumajes así á la cabeza como á la cintura y su carcax
de flechas á la espalda y su arco en las manos; aquella colección
de idolillos tan dignos de curiosidad y estudio hasta en épocas
de fe dogmática y de intolerancia religiosa exageradas y exce-
sivas; tantos y tan varios testimonios de la invención milagrosí-
sima , si no despertaron el fervoroso entusiasmo que á la vuelta
— 492 —
del primer viaje colombino, hicieron meditar á los menos expertos
acerca del nuevo territorio y de la nueva sociedad surgidos en-
tre las incertidumbres y perplejidades propias del comienzo y de
la iniciación en toda humana empresa. Pero Colón, que, ignorante
de haber descubierto un mundo, apreciaba en su íntima estima-
ción todo cuanto había visto en sus exploradoras expediciones,
realmente no podía consolarse de las rebeldías perpetradas en
contra suya por Buil y Margarit, así como de los múltiples y altí-
simos recelos patentes en la comisión investigadora de Aguado
y en las continuas resistencias de Fonseca. El grandísimo dolor
suyo trascendía por todas partes á todos sus actos y palabras.
La cabellera desgreñada y descuidadísima , los ojos iluminados
por una fiebre interior, la estameña de San Francisco al cuerpo,
á los ríñones el cíngulo y el cilicio de la penitencia, el voto rei-
terado de consagrar las participaciones en los resultados del
proyecto á la toma de Jerusalén, un extraño milenarismo que le
imbuyó los tristes presentimientos del cercano fin de nuestra
tierra y de la proximidad del Juicio Final, en medio de aquellos
efluvios de nueva vida, entre la florescencia del suelo recién ha-
llado y la multiplicación de los astros y de las constelaciones en
el cielo entrevistos, mil afectos de dolor demostraban cómo nin-
gún desagravio y ninguna reparación habían podido arrancarle
del pecho los abrojos puestos en él como la corona litúrgica de
la pasión por aquella desconfianza de los demás ó por aquellos
desengaños bebidos como corrosiva ponzoña en sus penas innu-
merables é intensísimas. Sin embargo, la epístola de los Reyes
en respuesta fiel á la notificación de su vuelta, el respeto de
aquellos que le saludaron desde Cádiz á Burgos, el recibimiento
en esta última ciudad, donde los grandiosos monumentos gó-
ticos y románicos, así como los venerandos sepulcros de tantos
héroes patrios que habían luchado con las humanas • pasiones y
con las fatalidades mecánicas, debieron confortar con su ideal
radioso el alma , y robustecer con sus santos recuerdos el
ánimo , pusieron algún bálsamo de consuelo en las heridas del
— 493 —
corazón y alguna gasa de olvido en los espacios de la memoria.
Sin embargo, la debilidad capital de su complexión le aqueja
en estos días de prueba, y aparece pedigüeño hasta llegar á la
impertinencia, y codicioso hasta llegar á la sordidez. Aquellos
que tachan á los españoles de ingratos con Colón debían con-
venir en que pueblo ninguno pagó servicios, sea cualquiera su
cuantía, parecidos ó análogos al suyo, con tanta esplendidez.
Al regreso del segundo viaje confirmación de todo lo pactado
en Santa Fe: dignidades vitalicias y hereditarias, con desdoro
y daño de la unidad del poder; condonación de las sumas apor-
tables por él á la empresa y nunca aportadas; merced á ojo de
buen cubero del tanto debido á los Reyes, que dedicó él á todo
aquello que le plugo; concesión de gozar por los tres años sub-
siguientes al 97 la ochava y décima parte del producto, y pri-
vilegio de que allegase lo perceptible sin que se apartaran las
costas ; facultad completa de instituir un mayorazgo ; título de
Adelantado á Bartolomé Colón; reintegro al otro hermano, á
Diego, del oro puesto aparte por Fonseca en la llegada de aquél
hasta que rindiese cuentas; designación de los dos hijos del des-
cubridor para pajes de la Real Casa; promesas de ducado, que
hubieran cumplido á no creerlas el mismo Colón excesivas,
después de haberlo deseado; señalamiento de muchas leguas
cuadradas de terreno sobre la Española en plena propiedad ; en
fin, premios innumerables, cuya cuantía é importancia se acre-
cientan á medida que observa uno cuan excesivos gastos exigía
y cuan pocos rendimientos aportaba en aquella crítica sazón
el nuevo territorio.
Y amén de todo esto , le presupuestaron , como decimos en
el habla parlamentaria moderna, seis cuentos ó millones de
maravedises para el aparejo y flete de las ocho naves, al tercer
viaje asignadas y para él dispuestas. Pero, como quiera que las
mayores cosas de este picaro mundo tropiezan y se frustran mu-
chas veces en pequeñas circunstancias y en despreciables minu-
cias; una equivocación de lenguaje, cometida por un subalterno
— 494 —
Hgerísimo y no embustero, sin deliberación y sin ánimo y sin
conciencia en lo dicho , dio al traste con todo en larguísimo
transcurso de tiempo y retrasó la expedición como adrede.
Había enviado Bartolomé Colón á Pero Ñuño con la horrible
carga de carne humana, que tanto á las cosas del nuevo territo-
rio dañaba y tan en desloor y descrédito de sus gobernadores
cedía, cuando el expedicionario, en vez de ir á la corte directa-
mente para noticiar lo ajustado, despachó un correo , y con el
correo la noticia de que había llegado, y con crecida suma de
oro. Siempre se hallaban los Reyes Católicos necesitados de oro;
y más entonces, que debían casar un hijo con la Archiduquesa
Margarita de Austria y colocar tres hijas en Portugal y en In-
glaterra y en Flandes, á costa de innumerables dispendios agra-
vados por una doble guerra en Francia y en Italia. Ver el Rey
que acababa de arribar tal cantidad en oro, hasta cuarenta mi-
llones se dijo, y expedir regia cédula para que á Colón lo prove-
yesen de seis cuentos, y le mandaran el resto á su corte y casa,
fué obra de un día. Figúrese, quien esto leyera, el desengaño
suyo, viendo convertido el cargamento de oro puro en carga-
mento de indios siervos, despreciadísimos ya en el mercado. La
contrariedad en los Reyes, despertada por la infausta noticia, re-
sultó tan intensa, y la confusión y la vergüenza del descubridor
tan enorme, al comparar lo hecho por los Reyes respecto de él
y de los suyos con lo hecho, no por él , pero sí por los suyos
respecto de los Reyes, que dirigió á éstos una carta diciéndoles
como estaba de la vida y del ser tan aborrecido, que pedía con
clamores intensos la muerte y esperaba en Dios se la enviase
pronto. Entre unos y otros sucesos los preparativos de la expe-
dición duraron dos años. Aunque aun hubo quien quiso ir en
compañía del Almirante, no fué tal su número que llegase á im-
pedir medida tan triste como la conversión del Establecimiento
de la Española en una colonia penitenciaria, donde iban á ver-
terse todos los rebujos de nuestra España, trocando en una
evitación de pena la estada en tan bendecido territorio, del cual
— 495 —
dos años antes se las prometían todos muy íeiices. Y con esto no
se resolvió la salida, porque tuvo necesidad el descubridor de
desatar los enmarañamientos de las manipulaciones de Fonseca,
el cual, no tan sólo le oponía toda clase de obstáculos y dificul-
tades, le mandaba feroces bravos, si no para que lo cosieran á
puñaladas, para que le atravesaran el corazón á insultos. Andaba
por allí un tal Briviesca, judío converso , confidente del Arce-
diano de Sevilla, quien ya estaba en tales momentos ascendido
á Obispo de Badajoz; y como en connivencia y acuerdo estu-
viera siempre con su amo y señor, oyéndole decir pestes del
Almirante, se propasó al insulto personalísimo en presencia de
las tripulaciones, y á la hora misma del embarque, y con un tal
desacato, que Colón, mesurado, reflexivo, circunspecto, muy
dueño y señor de sí, pacientísimo, perdió el sentido y el seso,
en términos tales, que llegó á la extremidad de patearlo. Este
arrebato, del cual se arrepintió pronto su mansedumbre nativa
con la equivocación de Ñuño, dando los esclavos indios por oro
puro, fueron parte á labrar mayores desconfianzas en el ánimo
de los Reyes, que las anteriormente sentidas y á indisponerlos
un tanto con Colón, pues es cosa muy difícil sustraerse á la uni-
versal influencia de un espíritu muy difuso y extendido en todo
aquello y en todos aquellos que os rodean y ejercen sobre vues-
tro ánimo una presión semejante á la que suelen con sus alzas
y bajas ejercer también aire y atmósfera. No debemos extrañar-
nos que saliera Colón para el tercer viaje bajo la pesadumbre de
una grande amenaza, y bajo la obsesión de un fundadísimo re-
celo, pues decía, departiendo por escrito con los Reyes: <No me
desechen Vuestras Altezas, pues que siempre me sostuvieron.»
Miércoles, penúltimo día de Mayo, en 1498, zarpó Colón de la
desembocadura del Guadalquivir hacia el nuevo continente, para
explorar lo desconocido todavía y apropiarse, con mayor empeño
é industria, y más sabia política y administración, lo conocido.
Como la guerra estaba empeñadísima en Francia, esquivó el Cabo
de San Vicente y tomó el rumbo y derrotero hacia la isla de Ma-
— 496 —
dera, muy resuelto á inclinar al Mediodía el derrotero más que en
los últimos viajes. Dios quiso que viese la primera luz del Nuevo
Mundo y quiso que tocase antes que todos con sus naves el
continente; á donde no llegó, aunque anduvo muy cerca, en la
primera y en la segunda expedición, engañado por las falsas no-
ciones extendidas entonces respecto del grandor de los mares y
creído de que al tocar en Cuba, ¡oh! había tocado en el conti-
nente asiático.
CAPÍTULO XXIX.
TERCER VIAJE.
N lapidario, llamado Ferrer, acreditadísimo en aquel
tiempo, escribió á los Reyes meditada Memoria, en-
careciendo las ventajas y las riquezas del mundo de
Mediodía; y esta Memoria, comunicada por los Reyes á Colón,
influyó con poderosa influencia en los derroteros al Sur del
tercer viaje. Después de haber pasado las felices posesiones de
Portugal en la zona templada demandó el Almirante la zona
tórrida. Y , con efecto , alongádose había mucho espacio de los
tristes archipiélagos portugueses , conocidos por antífrasis con
el nombre de islas de Cabo Verde , cuando entró en las aguas
dormidas é inertes. ¡Horrible caso! Durante algunos días el
cielo se obscureció en tal manera y abundaron las nubes en
tanto número, que parecían metidos los nautas dentro de aguas
hirvientes , cuyas burbujillas despidiesen muy espesas humare-
das , prestando al día el aspecto siniestro de cálida y caliginosa
noche. Nunca, sin embargo, hubiera lucido el sol para tan míse-
ros y probados mortales. Aquellos rayos, que despiertan espe-
ranzas sin número en las zonas dulces , y atraen los saludos del
ave y los esmaltes del rocío aquí, allá, en la zona tórrida, difun-
dían la muerte con sus botes homicidas y trastocaban todo lo
32
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líquido , ligero , fluido y aeriforme de suyo , en algo así pesadí-
simo, como los inacabables desiertos de abrasadas arenas. Un
sol, que creeríais en contacto con vuestra cabeza como ingente
brasa, devorándoos el cerebro; unos rayos perpendiculares, que
caen como haces de fuego y truecan en voraz incendio el aire
mismo sin un soplo ; una calma imperturbable , bajo la cual se
pliegan como alas de ave moribunda las banderolas y las velas
inmóviles ; un mar de acero caldeado, semejante por lo bruñido
á inmensa rodela; un calor infernal, que derrite la brea, y resque-
braja los toneles, y seca el agua como el vino, y tuesta el grano,
y asfixia el pecho , y afloja todas las fibras , esparciendo en las
tripulaciones laxitud tal, que os entra una soñarrera semejante á
los accesos del sueño último ; la inmovilidad , como si barcos y
ondas se hubieran petrificado ; la inercia universal , como si la
vida se hubiera extinguido y acabádose la movilidad consi-
guiente á la vida; un silencio y un vacío mayores que los su-
puestos por todas las teogonias, en los abismos donde se dilatan
y extienden las tinieblas y las soledades eternales : he ahí todo
cuanto hallaron Colón y sus marinos al entrar en aquellas regio-
nes, donde aguardaban ver, al reclamo y alucinación de tantas
promesas , renacidas poco después de frustradas , aguas en que
á su vista se cuajasen las perlas, y montañas en que á la continua
se cristalizaran los rubíes bajo un horizonte y sobre un océano
celestiales. Ocho días estuvieron así; ocho días en que imagina-
ron morir mil veces. Chubascos refrigeradores, brisas propicias,
corrientes impulsoras y algún que otro cambio de rumbo ali-
viaron un poco la situación ; pero no trajeron remedio ninguno
al hambre y sed, emanadas de la imposibilidad de todo alimento
y de toda bebida por la descomposición del bizcocho y por los
derrames de las aguadas. En todas partes os incomoda la sed;
pero en parte ninguna como en el mar, donde la tienen los ma-
rinos por uno de los tormentos que ha causado más muertes y
hecho más víctimas en aquella líquida inmensidad , donde pare-
cen llamaros y atraeros las aguas despertadoras del ardiente in-
— 499 —
saciable deseo. Ya iban á beberse la sangre de sus encías en el
ardor de sus fauces y á prepararse para morir en la mayor con-
formidad posible con los decretos de la Providencia, cuando un
criado del Almirante , subido á las gavias , dio el grito de tierra
y señaló tres cumbres de montaña, parecidas á tres rotondas de
zafiros transparentes, que se destacaban en la inmensidad etérea
de aquel horizonte, poco ha maldito.
No comprenderá, no, en estas críticas horas y en estos ins-
tantes supremos, al descubridor quien lo juzgue por las cualida-
des características de un sabio moderno, industriadísimo en
matemáticas y demás ciencias exactas; con su compás de acero
en la mano y su tabla de logaritmos á la vista; de todo arte y
de toda fe desvestido; estudiando los fenómenos en una obser-
vación desnuda de poesía y de esperanza; resuelto por su mate-
rialismo dogmatizante á no encontrar en los espacios sino la
indiferencia brutal del universo exclusivamente compuesto de
fuerza y de materia. Con tales prototipos nada tiene de común
el descubridor, quien, ido por sus estudios al cabo de las cien-
cias cosmográficas, tal como entonces las profesaban los mayo-
res maestros; observador pacientísimo de los horizontes y de los
océanos, como habrá de serlo por fuerza todo marino; al encon-
trarse con relaciones tales entre los espacios extendidos bajo
sus pies y los extendidos sobre su cabeza, que las naves parecen
surcar el empíreo; teniendo salinas arenas abajo y en lo alto
luminosas arenas, con todas las cuales precisa contar en todos
los derroteros; profeta adivinador, amén de sabio, pues cien
rumbos, tomados cuando iba como un ciego palpando lo des-
conocido en las espesísimas sombras del misterio, provinieron
de un indeliberado impulso; unía con estas altísimas ciencias de
cosmógrafo y estos presentimientos proféticos de agorero un
culto por la Naturaleza tan grande, que sus diarios sencillísimos
semejan odas y sinfonías animadas por el soplo de la vida uni-
versal; y una piedad tan intensa, que le impelía en todas las
ocasiones extraordinarias á caer de hinojos sobre las tablas de
— 500 —
sus buques en adoración al Autor de todo lo criado ; piedad
mezclada con cierto milenarismo , cuyas sugestiones le hacían
ver un Apocalipsis material tras todas las cosas, y con cierto
gnosticismo, cuya vaguedad ponía en torno de los seres todos
idealidades entre cristianas y panteístas, despedidas por la infi-
nidad del mar, la infinidad del cielo y la infinidad del espíritu,
por los tres infinitos, que identificaba él en la esencia incomu-
nicable de Dios. Así el Evangelio de San Juan, revelador de la
palabra creadora, Logos ó Verbo, cautiva poderosamente á esta
especie de creador, quien parece ir evocando tierras en el espa-
cio marítimo, tan hermosas como las estrellas en el espacio ce-
leste , al conjuro de ideas entre matemáticas y teológicas , inspi-
radas las primeras en sus estudios técnicos y las segundas en
este dogma de la Trinidad, que, si bien une las tres personas
divinas en la sustancia esencial , identificándolas , también las
distingue y separa de algún modo, sin dividirlas del ser común
suyo , y que , sin dejar de reconocer en todos los mismos atri-
butos, atribuye al Padre lo eterno, lo inmóvil y fundamental,
como al Hijo la creación por medio del Verbo, como al Espíritu
aquel soplo de vida que lo alienta todo y todo lo mantiene.
Colón asemejábase mucho á los alejandrinos en su método y
práctica de las analogías, tan manifiestas doquier; y jamás con-
templó lo visible con sus ojos de carne sin elevar á lo invisible
la mirada interior de su espíritu ; y jamás observó un fenómeno
sin engarzarlo en aquellas leyes universales á que llamamos
noúmenos; pues como la misma luz brilla en el aerolito fosfo-
rescente, que semeja humilde alada luciérnaga, y en la estrella
sirio, que nos revela un sol circuido de opacos mundos; el mismo
Dios, trino y uno, lo baña todo con su Verbo, y á la misma
divina ley están sujetos desde los infusorios en la gota de agua
humilde hasta los ángeles en la celestial bienaventuranza. Así,
con igual facilidad empleaba el Almirante la inducción, subiendo
de los hechos á las ideas, que la deducción, bajando de las ideas
á los hechos; y lo mismo recurría para ver el Verbo interior
— $01 —
transparentando en las cosas y el universal espíritu animador de
las especies al rayo de la fe que al rayo de la ciencia. En la sa-
lida para su tercer viaje con toda religiosidad invocó el nombre
de la Santísima Trinidad; y al llegar, después de tantas fatigas
y trabajos , á tierra nueva otra vez , halló tres celestiales cum-
bres unidas por sus raíces en una sola montaña, como las tres
hipóstasis trinitarias están unidas é identificadas por lo uno de
su esencia en la misma divinidad. Podrá parecer esto cabala y
magia y mística en el método matemático, al uso ahora, que
hace de los filósofos y los sabios abstractas cifras, desnudas de
carne y hueso y sangre; pero imposible habrá de ser al histo-
riador el conocimiento de la epopeya colombina, como el re-
conocimiento al divino poeta que la dejó grabada en cielo y
tierra con sus odiseas inmortales hacia lo desconocido y ocul-
to, sin parar mientes en las chispas de intuiciones religiosas
é ideas científicas á un mismo tiempo despedidas de su espí-
ritu y que ciñen á sus sienes el místico nimbo de sobrenatural
aureola.
Como la nota no es únicamente sonido, es armonía, por el
espacio y el tiempo que le ha señalado la inspiración música;
como en el cuadro no hay solamente color, tan análogo al so-
nido, sino línea geométrica trazada por el arte; como en la
célula no hay sólo germen, sino virtud y potencia tendentes al
órgano, cual el órgano tiende al organismo y el organismo á las
especies, sistemas encadenados por una lógica inconsciente; hay
en el universo, de que todos formamos parte, y hay en la vida
universal, donde todos nos bañamos, no solamente átomos com-
binados hasta producir sonidos y colores, hay escalas, hay poe-
sías, hay espíritus, hay arquetipos, hay, por último, ideas, luz
de la luz , descendiendo de Dios mismo en las revelaciones del
ideal religioso, en las revelaciones del ideal artístico, en las re-
velaciones del ideal científico, trilogia también divina, como la
Trinidad que invocara Colón en las plegarias del espíritu suyo
al zarpar hacia lo desconocido, y como la Trinidad que halló en
— 502 —
su tercer viaje al contacto de su interno pensamiento con el
Nuevo Mundo en los espacios oceánicos. Nunca, pues, lo ad-
miraremos bastante.
Por los últimos días de Julio en 1498 encontró la Trinidad y
por los primeros de Agosto el nuevo continente. La Trinidad
le pareció como las huertas de Valencia en Marzo, y la nave-
gación de la Trinidad en adelante no le mostró más que playas
despobladísimas y de una desesperante monotonía. Pero, al
transcurso del tiempo y al sucesivo estudio del espacio , topa-
ron pronto con selvas pobladas de bohíos y con canoas carga-
das de indios. Entre las últimas vieron una que les fijó extra-
ordinariamente aquella intensísima natural atención , puesta por
los descubridores sobre cuanto surgía doquier á sus ojos. Tripu-
lábanla jóvenes indios absortos en contemplar tales máquinas
nunca por ellos soñadas, las cuales debían aparecérseles cual
marinos monstruos dotados de alígeras alas , conduciendo sobre
sus lomos hombres vestidos de acero, que debían ser, por sus
aposturas y por sus vestimentas, verdaderos dioses. El asombro
anegó á los indios en éxtasis y el éxtasis los petrificó en fría in-
movilidad. Para distraerlos de su absorción extática, y llamar-
los á sí, Colón mandó tocar el parche y tañer algunos instru-
mentos que movieran los marineros al baile; pero debería este
gozoso ejercicio de bailar allí preceder á los combates , cuando
requirieron los indios sus armas, y las aprestaron en actitud
amenazadora de ataque y son fragorosísimo de guerra; por lo que
mandó Colón disparar los mosquetes, cuyos estampidos produ-
jeron sus habituales efectos, la sumisión súbita de aquellos se-
res edénicos é inocentes á los poseedores del trueno y del rayo.
Colón observó cómo habían aquí marrado alguna de sus previ-
siones, pues navegando en latitudes más hacia el Sur de Gui-
nea, creyó encontrar gentes más negras que las de tal región, y
por lo contrario, encontrólas mucho más blancas. Entre los
cabos de la Trinidad y otros fronteros extendíase un trozo de
mar tan peligroso por los remolinos, semejantes á trombas ahu-
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padas al choque y batida de las aguas unas con otras , que lo
denominó boca de Sierpe y colocó su nombre y su recuerdo en-
tre las muchas malandanzas de los temerarios trabajos suyos.
Pasó de allí á otro pedazo de mar tranquilo, el cual se le ofrecía
con suma seducción hacia el Sudoeste; y llegado allí, tuvo de-
lante de su nao la tierra firme, que creyó isla, como creyera
tierra firme á Cuba, siendo isla. Mucho disputan los historiado-
res acerca de si Colón bajara ó no bajara de su nave al suelo;
muchos datos aducen algunos en demostración de que hubo
por las líneas boreales quien viera un año antes, Sebastián Ca-
bot, por ejemplo, la tierra continental; pero como el toque de
descubrir no está en el acto de bajar al suelo y el confuso liti-
gio de las fechas no queda muy claro , según los mismos auto-
res que regatean á Colón la prioridad en el hallazgo de la tierra
firme americana, reconozcamos á la Providencia premiando con
merced tan grande, como la de haber quedado el día de la lle-
gada de Colón el más cierto y más seguro en los varios arribos
y abordos cercanos al suyo entre las exploraciones coetáneas á
las dos últimas realizadas por su esfuerzo y su constancia en el
Nuevo Mundo. Llamábase costa de Paria la costa que á su vista
Colón tenía en aquel momento ; y se diferenciaban sus pueblos
de los demás pueblos antes invenidos en la color de los natura-
les, más blancos que otros indios, así como en traer al rescate
perlas y aljófares no vistos en ninguna parte , ostentando al
cuello espejillos de oro muy ricos y muy relucientes. Por allí
estaba, en el espacio comprendido entre América y Trinidad,
cuando le sorprendió un extraño fenómeno , un monte de agua,
que se le vino encima, y puso en aprieto al fin las naves to-
das, salvas en parte por milagro y en otra parte por diestras
maniobras. Colón supo que se producían estos choques al
topetazo de las corrientes fluviales , tan crecidas éstas y tan co-
piosas, que dulcifican muchos espacios oceánicos leguas y le-
guas fuera de sus bocas. Por tanto , dedujo pertenecer aquellas
aguas dulces á tierra firme y continental, pues únicamente di-
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manando de lejanísimos territorios y recibiendo en su cuenca y
lecho los afluentes de muchos caudales tributarios, podían en-
trarse con tanta soberanía en el inmenso Atlántico y limpiarlo
de sus acerbidades y de sus amarguras.
Después de haber dado con este acierto, cometía un des-
acierto , trasladándose del campo de la observación al campo de
la hipótesis en un vuelo y conduciendo las aserciones allende lo
permitido á una sana lógica, en deducción é inducción infunda-
das y sin datos, por el carácter hiperbólico de una fantasía
inquieta, si bien creadora y luminosa, con aseverar que no
podía ser aquel recién invenido un mundo nuevo, sino la secu-
lar Asia, cuyos ríos parecíanle Tigris y Eufrates, por lo cauda-
losos, por lo amplios y largos, por lo fecundos y fecundantes,
por lo parecidos al que corría en aquella sazón bajo las quillas
de sus naves y endulzaba en todas direcciones el mar acerbísimo
y amargo. Y, después de haber dicho todo esto, aun entraba
más adentro y más arriba subía en fantaseos, creyendo haber
dado con la región , donde un día estuvo el jardín edénico sin
mancha ni sombra de nuestros primeros padres sin pecado ni
culpa, según todo cuanto leyera en sus libros y observara en
sus viajes, iluminado por los conocimientos que le suministra-
ban sus propios estudios y por las revelaciones que había de-
bido al cielo en sus ensueños y en sus plegarias, cuyos vapores
lo sumergían en el éxtasis de un verdadero arrobamiento. Y
cuando tales ideas por la mente le surgían en tropel, y de la
mente le bajaban en borbotones á los labios, hablaba él, cual
dentro de verdaderos transportes, á la manera profética, de
Isaías, designando en sus versículos España, la estrella vesper-
tina, como reveladora del planeta todo y destinada en los pla-
nes providenciales á difundir el nombre de Dios por las últimas
tierras y sus más remotos confines; de Salomón, dirigiendo tres
naves en busca del Sopara, monte, á cuya presencia permane-
cieron estas naves tres años; de Alejandro, que quiso levantar
el plano y designar el punto de la isla Trapabona en los espa-
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cios indios; hasta de Nerón, empeñado en expedir embajadores
allende los templos de Júpiter Annón y allende los arenales del
desierto Libio y allende las fronteras de todo lo explorado y
conocido en la Nubia de su tiempo al fin de que le averiguaran
y dijeran dónde nacían los manantiales verdaderos del Nilo,
que las gentes de su tiempo se figuraban bajados al suelo desde
la luna: imaginaciones diversas y vagas, demostrativas de como
no había facultad en el descubridor que pudiese atrofiarse,
cuando trabajaban todas á una, desde la sensibilidad hasta la
inteligencia, por descubrir y revelar el orbe, según su misión
verdaderamente celestial, y digna de colocarse por la humana
gratitud junto á las más extraordinarias que hayan adivinado
y cumplido los más inspirados profetas y los más excelsos re-
dentores en la Historia Universal. Y llevado de sus profundas
observaciones, mezcladas con sus múltiples fantaseos, hablaba
de la tierra y su forma, diciendo no poder creerla esférica ó re-
donda del todo, sino más bien como pera de árbol ó mama de
mujer, en cuyos pezones debía el Paraíso hallarse, por cuanto
dijeron Beda, Escoto, Estrabón y San Isidoro, según sus re-
cuerdos, escritos muy cerca del punto donde se acaba el cielo
boreal y comienza el cielo austral, entre visiones dibujadas en
su retina y en su pensamiento, no sólo por la evocación muy
confusa de sus lecturas traídas á cuento en aquel extraño lugar
y singularísima ocasión , por las corrientes magnéticas de aque-
llos espacios del globo y por los centelleos luminosos de las
constelaciones, si no entrevistas, adivinadas por él en los co-
mienzos de aquel nuevo hemisferio. Corrige al descubridor una
parte de sus ideas, dictadas por incertísimas remembranzas y
alucinaciones ciertas, el amigo y biógrafo suyo Las Casas, di-
ciendo que no fueron á Sapor las naves de Salomón, sino á
Ofir; registrando luego cuanto desde Ptolomeo hasta San An-
selmo se ha dicho de la isla Trapabona, que hierve así en per-
las como en elefantes, según concepto y sentir de Josefo, y
está, según Pompinio, habitada por unas hormigas muy gran-
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des, que sacan el oro de la tierra con sus uñas muy largas y lo
colocan en montones como montañas ; de lo cual no resulta sea
la Española, según afirmara el Almirante, pues de serlo, no se
verían los Septentriones, que son la Osa Mayor llamado Carro,
y la Menor, que es la Bocina, como afirma Solino que no se
ven de la Trapabona, reconocida por mandato del grande Ale-
jandro, mientras todas estas constelaciones se ven desde la Espa-
ñola explorada por Colón , concluyendo tras largas disertaciones
con todas cuantas noticias recogiera respecto del Nilo en sus
prolijas lecturas , puestas como comentarios amplificadores á las
notas colombinas, difusas todas ellas en esta Historia de las In-
dias^ pecioso manantial de donde fluyen innumerables ideas,
esclarecedoras del poema que se llama la invención del Nuevo
Mundo. Leed la relación del tercer viaje por Colón improvisada,
y veréis junto á observaciones ingeridas allí por un infantil
candor, noticias científicas como la hinchazón del planeta por su
Ecuador y como las corrientes marinas en los abismos del
Océano, juntas con efusiones líricas como la descripción del ho-
rizonte y del suelo. Así creía subir á las alturas, verificar una
especie de ascensión divina, como si las velas de sus naves fue-
ran alas angélicas para elevarse al Tabor de una transfiguración
y desde la transfiguración reingresar en el renovado y rehecho
Paraíso. ¡Cuánto se burla de tal concepto el prosaico criterio de
aquellos que consideran la Naturaleza como un montón de fenó-
menos y la historia como un montón de hechos y la humanidad
como un montón de individuos! Y bajo aquel cielo transparente
y etéreo; en el diluvio de creatriz y animadora luz; al desagüe de
ríos que parecían mares dulces; entre cabos relucientes como
enormes murallas compuestas de multicolores pedrerías; á la vista
de montañas puestas cual incrustaciones y relieves de lápiz-lá-
zuli y corales-rosa en los lejanos límites del horizonte; oliendo
aquellos aromas, á cuyos efluvios la vida se dobla y la sangre
se enciende; ante los cactus de reverbeos metálicos, los bam-
búes coronados por sedosa flor semejante á flexible y vistosísima
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pluma , los palmitos en el bajo suelo y los cocoteros en el alto
aire, las acacias ceñidas de guirnaldas, las enredaderas festo-
neadas de ramilletes, la lluvia de hojas aromáticas, la nube de
colibríes tornasolados, los arrecifes cubiertos de madre-perlas,
el obscuro cacao de almendra suave y dulcísima , los maizales
infinitos, las palmas sonoras, la vegetación tropical cargada por
su flora de iris inextinguibles; bien podemos justificar el que
Colón se levantara entre tantas maravillas y tantos milagros
enajenado , y creyera que , redimida la humanidad por Cristo y
por su navegación rehecho el planeta, se había perdido toda
memoria de la vieja culpa y se había reencontrado entre los ma-
res y los cielos nuevos el antiguo Paraíso.
En estas expediciones, tan útiles, pero tan penosas, contrajo
Colón una oftalmía que lo tuvo como ciego, y una debilidad
que lo tuvo como muerto. Así resolvió partirse á la Española,
germen de todas las colonizaciones futuras y centro donde to-
dos los radios de sus empresas debían á una juntarse. Funda-
dísimo cuidado el suyo, pues la isla, desde su ausencia, iba de
mal en peor. Había tomado el gobierno por mandato suyo , que
los Reyes aprobaron, el enérgico y tenaz D. Bartolomé, su her-
mano, con la dignidad y denominación de Adelantado. La ca-
pital del territorio quedaba erigida definitivamente á la desem-
bocadura del Hozama, donde se constituyera Santo Domingo,
ciudad que aun hoy conserva su nombre. Ya en Santo Domingo
comenzó Bartolomé correrías hacia todas las direcciones posi-
bles, mostrando en ellas á los indios el poder español y exi-
giéndoles el debido tributo. Estas expediciones tenían un
carácter tan civil, que nunca se hablaba en ellas de ningún
asunto religioso, sino del gobierno recognoscible por los indios
y del tributo prestable á los españoles. El piadoso Las Casas
revuelve su pluma indignado contra tal descuido y lamenta que
penetraran allí los castellanos como conquistadores y no como
católicos. Así, pues, con exclusivas pretensiones de poder y
dominio enderezó Bartolomé sus pasos al río Neyba y entró en
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los territorios del rey Behechio. Sintieron mucho los naturales
tal profanación de su territorio y se aprestaron á cortar el paso
de los irruptores en abierta campaña. Mas ¿qué campaña po-
dían sostener, observa Las Casas, ante lanzas y mosquetes con
sus barrigas desnudas? Á la presencia del extranjero los afectos
de odio se trocaron en afectos de amistad; y un recibimiento
de sumisión y homenaje sucedió al recibimiento de resistencia
y de guerra. En vez de hallar un general, hallaron una Diosa, la
célebre Anacaona , que merecía figurar en los metamorfoseos de
Ovidio y en los jardines de Armida. Sabia, poetisa, composi-
tora de areitios ó danzas, agorera, verdaderamente reina, pare-
cíase á las amazonas frigias exterminadas por Aquiles, á las
sacerdotisas celtas puestas de pie sobre los dólmenes y bajo los
robles para dirigir las plegarias del pueblo hasta las misteriosas
divinidades del cielo. Una guirnalda de flores la coronaba ; un
manto de flores pendía desde sus hombros á sus plantas; en
andas de flores iba y bajo un dosel de flores se asentaba; cir-
cuida por compañías de guerreros que la custodiaban y sendos
grupos de doncellas á un lado y otro de su palanquín que la
divertían trenzando y destrenzando bailes ideados por ella, en
que tendían al paso con acompasadas cadencias palmas y ra-
milletes, cuyas hojas alfombraban el suelo y cuyos olores aro-
maban el ambiente. Alojaron á los españoles en cabanas muy
compuestas; ofreciéronles hamacas muy limpias; obsequiáronlos
con panes de cazabí, guisados de hutía y vino de maíz; ofrecié-
ronles alardes guerreros que llegaron hasta la realidad triste de
verter sangre y que mataran mucha gente , si Bartolomé no lo
impidiera con su piadosa intervención.
Cuando notificó éste al reyezuelo su decisión de imponer tri-
buto, respondióle cómo extrañaba tal pretensión en el cristiano,
careciendo sus dominios del oro tan requerido y buscado por
los advenas. Pero, como le replicara Bartolomé que se satisfacían
los dominadores con una porción de los