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HISTORIA 



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DEL 



DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA 



HISTORIA 



DEL 



DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA 



Emilio Castelar 



MADRID 

ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO «SUCESORES DE RIVADENEYRA» 
20, Paseo de San Vicente, 20 

1892 



i. C. Cebrinn, 

VW:m , Octavia Sí . 

MN ■•lUMOtSOO - OAl. 



i y-'^ 



AL SEÑOR 



D. TELESFORO GARCÍA 



PRESIDENTE DE LA CÁMARA ESPAKOLA DE COMERCIO EN MÉJICO. 



Querido Telesforo : Te consagro y dedico esta obra , en la cual^ 
por mis antiguos oficios universitarios ^ he gastado algnnos años, 
aunque la escribiera en dos , el corriente y el último, á demanda 
de poderosísimos editores extranjeros, qtie han publicado lo capi- 
tal de toda ella, vertido á lengtia inglesa, en citidad tan celebre 
por sus periódicos y revistas excepcioíiales , como por sil indus- 
tria, por sti navegación y por su córner ció; en la ciudad de Nueva 
York. Yo profesé ante un auditorio joven , quien , renovándose 
todos los años, qtiedaba el mismo siempre por su atención á mis 
enseñanzas y por su amor á mi persona , en el primer instituto 
científico de nuestra patria, la Historia nacional, durante los 
tres más felices lustros de la carrera mía , y aquellas lecciones 
dieron al descubrimiento de Afnérica toda la importancia exi- 
gible por el hecho que ha , en el tiempo , abierto y caracterizado 
la edad moderna, pties á su virtud y eficacia llegaron las socie- 
dades feudales hasta la unidad del Estado, como ha, en el es- 
pacio, al florecimiento primaveral del universo, rejuvenecido co7i 
las surrecciones de continentes , mares y archipiélagos , nunca 
vistos, la creación y la vida. Suele retóricamente decirse por los 
naturales y justos apologistas de mundo tan hermoso y proge- 



248850 



— 6 — 

sivo como América, que la humanidad , al Jiallarlo en periodo 
tan creador de suyo, como el Renacimiento , creyó haber hallado 
de nuevo el edén perdido por nuestro primer padre en el día fatal 
de su primera culpa. Y es verdad que la humanidad lo halló, 
pues desde las irrupciones bárbaras vivía bajo el recuerdo de 
aquella culpa, y recelaba la próxima terminación del planeta 
en una especie de mileranismo apocalíptico, precursor del Juicio 
final, donde habrán de romperse á una los siete sellos del enorme 
libro de la vida, venirse al horizonte sensible desde los cuatro 
extremos cardinales los ángeles exterminadores, enrollarse como 
un pergamino al fuego los espacios, caerse como en lluvia de 
cenizas las estrellas, y morirse la humanidad: ensueños seme- 
jantes á una pesadilla, que se revelan en las esctilturas y en los 
cuadros y en las epopeyas medioevales , sugeridos por un terror 
al infierno y al diablo, sólo disipado del todo cuando á una di- 
latación del espacio nueva y á un diluvio de luz creadora y á un 
advenimiento de tierras con palmares vestidas y de metales pre- 
ciosos coronadas y á un brillante centelleo de constelaciones aus- 
trales que aumenten la copia de luminosas estrellas y á una 
savia virgen se rehace y se renueva de tal modo la vida, que 
sacúdela humanidad el recuerdo de su culpa, corno si hubiese 
visto de nuevo el llorado edén, y entrado, vencedora de la secular 
nirvana pesimista, en los tiempos gloriosos del progreso. La 
voluntad cree que lo puede todo, cuando ha logrado repetir el 
acto divino de la creación ; y el pensamiento que puede cristali- 
zarse por doquier, cuando ha invenido un mundo nuevo sin los 
escombros de las antiguas tradiciones con que tropezamos por 
todas partes en el viejo mundo histórico. Así han tenido razón 
cuantos han dado á nuestra edad por comienzo el año mismo en 
que fué América descubierta, y han creído que la serie de trans- 
formaciones , característica del espíritu moderno , comienza por 
esta capital transformación, por la transformación del espacio. 
La nueva humanidad se agrandó, como Anteo, así que pudo po- 
ner el pie con firmeza en la tierra, y tocó en el cielo con la frente, 



— 7 — 

como Júpiter, encontrando una base tan sólida y tan hermosa 
como América para punto de apoyo. No fué casual conviviera 
con Colón en la tierra el astrónomo Copérnico, que fijara como 
foco inmóvil de las elipses planetarias el sol; no fué casual con- 
viviera con Colón el filósofo Vives, que llamara, mucho antes de 
Bacán Verulamio, el espíritu á la experiencia; no fué casual 
conviviera con Colón el artista que prestara , co^no Rafael, á la 
forma humajta el vigor y hermosura perdidos desde que murió la 
Grecia clásica; no fué casual conviviera con Colón el monje, como 
Las Casas, que antes de Grocio proclamara el derecho natural y 
protestara contra todas sus violaciones; no fué casual convivie- 
ran con Colón los reyes que, como Luis XI y Fernando V, lu- 
charan á brazo partido con el feudalismo y fundaran la unidad 
del Estado, generadora de nuestras progresivas naciones : el es- 
píritu, uno en su esencia, se revela en diversas manifestaciones, 
matices diversos de la misma luz, que 7nuestran tanto lo con- 
sustancial de todas ellas en el fondo, como lo idéntico de su 
origen celeste y de su finalidad providencial. En el descubri- 
mieato de América, hecho capitalísimo, se hallaban encerrados 
todos los hechos con él correlativos, que significan y representan 
otras tantas lógicas determinaciones del espíritu moderno en la 
sociedad y en la historia. 

Si nosotros reconocemos que Ainérica señala un punto de par- 
tida capital en el desarrollo de la Humanidad, nuestros hermanos 
de América están en el caso de reconocer que toda la cultura mo- 
derna y todo el espíritu vivificador de tal cultura les provino de 
la gente y de la tierra española , quienes hicieron los esfuerzos 
mayores de voluntad conocidos para descubrirla en bien de la 
especie nuestra toda entera, y emplearon el siglo de su mayor po- 
derío y exuberancia iniciándolos en los principios de la civiliza- 
ción cristiana , cuyo aquistamiento nos había costado edades y 
edades incalculables , según lo que dilatara la crítica contemporá- 
nea el tiempo, conforme ha dilatado la reciente astronomía el 
cielo. Podrán los animales vivir en lo presente, atenerse á lo útil, 



— 8 — 

recluirse dentro del ejercicio de sus instintos en los dos ministerios 
de alimentarse y de reproducirse; pero no los hombres^ que mues- 
tran su eternidad cuasi divina dilatándose con el recuerdo en lo 
pasado y en lo porvenir con el presentimiento y la esperanza. Un 
testimonio de tamaña verdad nos ofrecen ahora los Estados Uni- 
dos del Norte al celebrar, no obstante su origen sajón y su lengua 
británica , el hecho capitalísimo de nuestra historia como un he- 
cho capital de su historia p?-opia, y al ponerla invención de todo 
el continente, como generadora de su espíritu, en las alturas donde 
pusieron los franceses el día mayor de su inspirada revolución. Y 
no podrían sino pensar y proceder así los yankées en el claro sen- 
tido que los ilustra y en la natural propensión de todos los pue- 
blos á dilatarse por lo pasado. Aquellas montañas que guardan 
todavía la sombra de sus primeros escaladores, cual guardan los 
volcanes de Sicilia el recuerdo de los primitivos titanes; aquellos 
ríos , como el Mississipí, abiertos al cambio universal por el valor 
español; aquellas ciudades, como San Francisco y San Agustín, 
que aun llevan los nombres de nuestro santoral, y aquellas otras 
denominadas con los apellidos de nuestro insigne Toledo y de 
nuestro Madrid por los agradecidos yankées; aqtiellos territorios 
de la Florida, que penetran en los espacios antillanos y revisten 
su flora y su fauna como para ser un lazo de unión entre la ma- 
dre tierra hispánica y las hijas mismas que no hablan ya su 
lengua y qtce muestrají muy mezclada su. sangre con sangre di- 
versa; todo esto dice cómo mantienen las razas boreales mismas 
el culto religioso debido á los atavismos fisiológicos y á las tra- 
diciones seculares del creador tiempo, recordados en los anales de 
la historia, y á los entroncamientos de unas genealogías con 
otras, que forman como los ramajes del árbol de la vida, quien 
¡ah! no puede por la inmensidad extender su copa sino á condi_ 
ción de que se hundan sus raíces en los sepulcros de las genera- 
ciones extintas. Cuando el año J4. nos apercibíamos á celebrar 
la Exposición de Filadelfia, yo anuncié que, al acercarse la 
fecha del Ceiitenario de su descubrimiento, daría la América 



— 9 — 

sajona, en honra de la invención de su continente por España, 
una fiesta intercontinental á los pueblos, conforme con la que 
daba entonces en honra de su propia libertad y de su ya secu- 
lar independencia. Y decía yo con este motivo: «.América necesi- 
taría perder la memoria y el habla para perder el recuerdo de 
nuestro nombre. Todo está en ella ligado con nosotros. Si quiere 
elevai'se á los orígenes de su cultura presente y de su civilización 
cristiana, tiene que tropezar con aquel humilde cotivento de fran- 
ciscanos, á cuya puerta pedia limosna un hombre que comenzaba 
á entrar en la edad madura, y que, sin embargo, tenía la cabeza 
cana, la cara arrugada por los profundos surcos de la idea y 
por ios sacudimientos de la inspiración; astrónomo, poeta, gue- 
rrero, orador y navegante como los hombre-siglos de aquellas fe- 
races edades; desconocido en Italia, desconocido en Inglaterra, 
desconocido en Francia, desconocido en Portugal, y sólo adivi- 
nado por la inspiración y audacia de nuestra España. No hay 
allí de extremo á extremo ningún objeto sin el sello de nuestro 
pensamiento. Las encendidas nubes del trópico guardan aún 
la escudriñadora y ardiente mirada de Pinzón; las islas de las 
Lucayas han sido vistas por la vez primera desde el mar con 
los ojos de un Rodrigo de Triana; por las campiñas de la Flo- 
rida anda errante aun la sombra majestuosa de Ponce de León, 
que ha pasado, en alas de su fe, desde las vegas de Granada á 
las vegas del Nuevo Mundo; la tierra del Yucatán ha sido adi- 
vinada por un Fernández de Córdova y por un Grifalba descu- 
bierto el inmenso imperio mejicano; la primera visita al golfo, que 
es por excelencia el seno comercial del joven continente , se debe 
á un Caray; la aparición de la Carolina meridional á un Váz- 
quez; ese gran río, esa arteria de los Estados Unidos, que sobre- 
lleva en sus espaldas los productos del trabajo humano , el Mi- 
ssissipí, yacería aún ignorado si un Soto no lo descubre entre 
fatigas increíbles, no lo atraviesa entre dolores y martirios sm 
cuento, pronunciando en sus selvas, al querer las tribus salvajes 
tomarle por un Dios sobre la tierra , el nombre sublime del Dios 



lO — 



de los ciclos; como el estrecho de Magallanes y el mar Pacifico 
han sido surcados la vez primera por la nave llamada Santa 
Victoria, cubierta con la bandera de España , pues por doquier^ 
lo 7nismo en las costas que en las selvas^ lo mismo en los campos 
que en los m,ontes^ lo mismo en las arenas del mar que en las 
estrellas del cielo, se refleja este santo nombre; y España dicen 
los volcanes y los ventisqueros y los aludes de los Andes; España 
las ondas del Plata y las ondas del Amazonas; España los de- 
siertos de la Tierra Caliente y las pintadas selvas del Paraguay; 
porque el genio de España, extendiéndose alli como las alas del 
águila sobre su nido, empolló con el calor de su vida las nacio- 
nes del Nuevo Mundo. > 

Yo perfectamente sé cómo esta maternidad social es más dolo- 
rosa que la maternidad natural, y no encuentra, en compensa- 
ción á sus dolores , ni siquiera el amor de los por ella genera- 
dos. Como la Iglesia maldice de la Sinagoga que le ha dado 
vida; como la revolución maldice de la Iglesia, en cuyos Evan- 
gelios ha encontrado los principios de libertad y de igualdad, 
por los cuales consumara extraordinarios sacrificios ; como el 
mundo latino incendia y tala el mundo griego, á quien sigue y 
copia; como el mundo germánico reniega del mundo latino y se 
proclama su azote, mientras le plagia desde su religión hasta su 
lengua; en cumplimiento de leyes minea desmentidas , América 
maldijo por espacio de una centuria entera, sin piedad, ásu alma 
y cuasi divina madre, la inmortal España. ¡Cuan injustas las 
maldiciones que se lanzan, y cuan apasionados los juicios que se 
forman al siniestro resplandor del odio sentido por las especies 
sociales contra sus padres cuando se creen llegadas á la hora de 
huir del hogar paterno y realizar su natural emancipación! ¡Como 
atribuían los primeros romanos , acaparadores de Grecia, la 
corrupción subsiguiente á tal hecho , corrupción que se metió en 
sus huesos por internas relajaciones del organismo propio , á la 
próvida conquistada Musa, cuyo genio les inspiró todas sus artes 
y toda su literatura! ¡ Con cuál furor procedieron los primeros 



II 



cristianos contra las estatuas griegas, por simulacros de los ven- 
cidos dioses , ctiando adornan el planeta con sus armoniosas lí- 
neas, parecidas d compendios de la geometría celeste y lucen sobre 
sus cabezas esféricas las llamas del humano ideal! ¡Qué injusto 
el Renacimiento, por clásico y casi pagano, con las catedrales gó- 
ticas, aunque símbolos en sus arcos ojivales de la Trinidad, aun- 
que aromadas á los rezos de cien generaciones diluidos en sus 
atmósferas de Í7icienso, aunque por el éter increado esclarecidas 
en aquellos vidrios multicolores que parecen iris de ideas pues- 
tos en los místicos rosetones y en aquellas lámparas que parecen 
estrellas errantes volando á buscar su luz en los espirituales res- 
plandores del santuario! La filosofía enciclopédica mostró, al juz- 
gar el dogma cristiano, injusticia idéntica con la mostrada por el 
Renacimiento al juzgar el arte católico, no obstante haber sido el 
dogma una inflexible aplicación á la moral y á la fe de todo 
ctianto pensaran y dijeran las antiguas ciencias profanas. Pero 
asi es el mundo y no hay medio alguno de contrastar sus leyes. 
Necesitadas las instituciones de diferenciarse, tienen que defi- 
nirse, y al definirse, necesitadas para su definición de con- 
vertir las generaciones que les han precedido en enemigas y con- 
trarias que las han atormentado, les arman una guerra de 
separación, eri la cual, como en todas las guerras, no busques 
ni un escrúpulo de justicia. Por un movimiento natural forzoso, 
América tuvo que separarse de nuestra España, como se apartó 
Grecia de Frigia, donde habían sus dioses nacido; como se 
apartó Cartago de Fenicia, que le diera el espíritu de su alma 
con la sangre de sus venas; como se apartó España misma de 
su madre Roma, no obstante haberse visto con poetas como Lu- 
cano, y cónsules como Balbo, y trágicos y filósofos como los dos 
Sénecas, y satíricos como Marcial, y maestros como Quintiliano, 
y ciudades como Córdoba, Hispalis, Toledo, Mérida, Zaragoza, 
Cádiz, y emperadores como Tr ajano y como Teodosio, unida 
consustancialmente á la Ciudad Eterna. Pero no pueden tales 
apartamientos de hogares mutuos y tales separaciones de cuerpos 



respectivos en el mundo social realizarse y cumplirse jamás sino 
por medio de rompimiejttos terribles , los cuales evaporan espe- 
sas nubes henchidas de sangre. En nuestra especie., un hijo pide 
la bendición de su padre al constituir la nueva familia, y en las 
especies sociales, el hijo que se constituye independiente , maldice 
impío al padre que lo ha engendrado ^ y además de maldecirlo 
sin entrañas , lo combate sin tregua, mientras cree insegura ó 
incierta su deseada emancipación. Examina los apellidos de 
aquellos que separaron en los empeños por la independencia de 
América, esos hogares de nuestros hogares, y verás que los Bolí- 
vares , los Itúrbides , los Egañas , los Hidalgos , pertenecen á las 
clases y á las regiones más conservadoras de nuestra España, 
hijos de nuestros magistrados y de nuestros gobernadores en su 
mayor parte, oriundos del hogar vasco, que se cree y proclama el 
más antiguo y genuino de todos nuestros solares. En la inde- 
pendencia del mundo americano sajón hubo de contrario á la 
Metrópoli aquella tribu ilustre, los republicanos evangélicos, que 
había huido de los Estuardos como huyera Moisés de los Farao- 
nes, y que había fundado antes de la guerra una república cris- 
tiana, punto de apoyo legítimo quizá á su emancipación; pero en 
la emancipación de los nuestros no hubo tal cosa, la cornenzaron 
y la conchiyeron los españoles más netos: que por tan lógica é in- 
dispensable la tenían. 

Pero estos terribles sacudimientos sociales traen consigo apa- 
rejados odios cuya intensidad no podéis disminuir y cuyo fuego 
no podéis apagar en los primeros instantes sucesivos á la volcá- 
nica explosión. España no podía conformarse con tanta facili- 
dad á perder la material tutela sobre sus hijos predilectos ; y 
estos hijos predilectos no podían perdonar á España el empeño 
suyo en sostener allende lo que creían el término de su minori- 
dad, poder y gobierno tan repulsivos á ellos como al mozo la 
dulce lactancia, gustada y relamida del niño. Resultado natural 
á semejante angustiosa y triste situación, fué aquí en España 
una serie de reacciones lógicas hacia el restablecimiento de su 



- 13 - 

antiguo poder, como hay en América otra serie de rompiínientos 
cruentísimos con la madre patria, sustentados por maldiciones á 
su nombre y á su historia, tan excesivas y exageradas como 
todas cuantas sugiere la guerra. De aquí una mala inteligencia 
que ochenta y más años perdurara entre los destinados á cum- 
plir la independencia y los destinados á resistirla. Mas el tiempo 
creador, en su movimiento eterno, y el espíritu humano, en sus 
evoluciones lógicas, han poco á poco ido cambiando las ideas, y 
las ideas los sentimientos , y los sentimientos las costumbres , y 
las costumbres los ánimos , y los ánimos la política intercontinen- 
tal. Merced á estas fuerzas tmiversales, ha comprendido España 
que no debe intentar cosa ninguna, ni en sueños, contra la inde- 
pendencia de América; y ha comp7'endido América que todos los 
adelantos fisiológicos, etnológicos, científicos de todas clases, así 
como todos sus intereses continentales , tan varios y complejos, la 
obligan á creerse consustancial con España y á tomar como una 
dilatación de la vida española su propia vida en el nuevo con- 
tinente. Cual en el campo de batalla los huesos de amigos y 
enemigos muertos á los sendos encarnizados odios juntan sus 
átomos y los transfunden á las fibras de los mismos vegetales y 
á las plumas de los misiJios pájaros, trocándolos en deleitables 
efluvios de suavísimos aromas y en músicas escalas de enamo- 
radas notas; en el seno de la historia las ideas contrarias for- 
man 7Lnas síntesis, y los dioses enemigos Jinas religiones , y los 
pueblos en guerra unas alianzas, de las cuales el htcmano espí- 
ritu vive y en las cuales se determina el universal progreso, 
Nunca se dijo cosa tan profunda como aquella proclamación de 
la tricotomía del httmano pensamiento, que resulta de supo'ior 
armonía entre principios contrarios, los cuales entran en esa 
trilogía lógica que preside al universo visible, como preside al 
universo invisible la Trinidad cristiana. Con estas contradiccio- 
nes armonizadas tropezáis á cada paso en la vida; como que se 
hallan reconciliados en ella el amor y la muerte. Así, las almas 
profundamente piadosas asisten con tristeza interior á tina boda. 



— 14 — 

porque sólo engendra mortales el amor^ y con una conformidad 
interior á los entierros, porque sólo engendra inmortales ¡ ah ! la 
muerte. ^Cómo hemos de maldecir nosotros á los pueblos ameri- 
canos, cuando el sentido moral y el sentido común de la huma- 
nidad llaman de consuno, con razón, pecados españoles á sus pe- 
cados, y cómo han de maldecir los pueblos americanos á su ma- 
dre gloriosísima España, sin declararse co7i ello los bastardos y 
los expósitos de la historia} Asi tenernos que celebrar el descu- 
brimiento de América unidos , y asi nos coge reconciliados este 
trascedental hecho de la común vida patria. Pero nada se con- 
siguiera sin la corriente de simpatías promovida por previsores 
publicistas españoles hacia un reconocimiento y hacia un ol- 
vido; hacia el reconocimiento ahí de que las instituciones moder- 
nas estaban en el germen de los municipios por nosotros sembra- 
dos, asi como en toda nuestra incomparable legislación de Indias; 
y hacia el olvido, aquí, no ingrato, necesario, de que fuéramos, 
amén de sus padres, un día sus tutores y curadores en la indis- 
pensable minoridad social, quedándonos ahota en la mayor 
edad y en la emancipación inevitables , con el título primero, 
con el titulo amantisimo y el poder moral de verdaderos padres. 
Permíteme ufanarme de todo cuanto hice yo para prosperar este 
resultado, escribiendo, con la sola interrupción de -mi fugaz y 
tormentoso Gobierno, treinta y ocho años consecutivos en los prin- 
cipales diarios hisp ano-americanos , La Tribuna, El Siglo, La 
Nación, El Mercurio, El Monitor Republicano, El Mercantil y 
tantos otros, para demostrar á los españoles que la república 
y la independencia son incontrastables ya en América , y á los 
americanos , que para quitarse á España de su alma necesitarían 
quitarse de la conciencia su religión , del arte sus más resonantes 
cuerdas , de la vida sus costiunbres más piadosas y ainadas, de 
la memoria sus tradiciones más santas , del cognomen los ape- 
llidos paterno y materno, del próvido labio la más hermosa entre 
todas las lenguas modernas , de la nobleza etnológica y fisioló- 
gica esta pura sangre nuestra que animara tantos héroes y ge- 



— 13 — 

nios, así como de la nobleza moral y secular una historia, donde 
consta cómo España engrandeció los mares con sus esfuerzos, 
é iluminó, como Dios, el cielo con nunca vistas estrellas. 

No debemos olvidar en modo alguno , amigo del alma , cuánto 
ha7i cooperado á esta obra de nuestra salvación muchos escritores 
hispano-americanos , los cuales han tenido á honra ostentar su 
ascendencia española, y muchos plenipotenciarios , los cuales han 
venido llamando ante las personificaciones y los poderes de nues- 
tro Estado, á España, en oficiales actos, la bendita madre patria 
de su gente y de su territorio : efluvios misteriosos intelectuales y 
morales, penetrantes, como los efluvios magnéticos, por modo 
misteriosísimo, en la red nerviosa nuestra, y produciendo afectos 
de paz que traen y determinan la reconciliación y la concordia. 
Muchísimos conozco; pero me abstengo, por la copia misma del 
m'cmero, me abstengo de nombrar á ninguno. Bien es verdad que 
hay un factor de inteligencia y alianza , en cuyo bendito influjo 
no caen la mayor parte de los escritores , y que, sin embargo, lo 
ejerce por tal modo constante y beneficioso, que guarda la patria 
Vestay el fuego á su culto consagrado, con una inviolable fide- 
lidad, lo cual debe darnos á todos los españoles maravilla y hasta 
envidia. Hubo un tiempo en que, dominante la reacción entre 
nosotros, y de pie aún las instituciones antiguas muy erguidas, 
la intolerancia religiosa y la monarquía semiabsoluta y el censo 
restringido y la censura en todos sus aspectos, existía una falta 
de inteligencia entre las Repúblicas americanas, de unas consti- 
tuciones políticas tan avanzadas en su letra, y las colonias es- 
pañolas de ellas, que, por amarlo iodo en su patria, se creían 
obligadas á querer hasta sus leyes más abusivas y á defender 
hasta sus más tiránicos gobiernos. Pero ahora que hacemos 
nosotros raya en materia de libertad y democracia, pudiendo 
apostarnos á libres , no sólo en las leyes, en las costumbres , con 
todos los pueblos del viejo y del nuevo mundo, ha cesado la mala 
inteligencia que había , y miestras colonias representan á una 
todo cuanto queda de histórico en ese joven suelo, sin contrastar 



- i6 — 

todo cuanto hay también de progresivo , pues nuestra España se 
ha redimido también de tiranías seculares merced al numen 
vivificador de la creadora revolución de Septiembre , que nos 
dio los derechos individuales y el gobierno de la nación por 
. si misma en toda su verdadera plenitud. Entre las colonias 
hispanas de América luce con luz vivísima esa de Méjico., 
quien al par presta un culto religioso al espíritu español histó- 
rico y al progreso universal moderno. Bien es verdad que tiene 
á su cabeza la colonia un hombre como tú., patriota entre los 
patriotas, consagrado á defender el honor nuestro á todas horas., 
y á decirnos todos los días, no sólo en obras , como tus folletos 
y tus artículos , de mérito extraordinario , en actos de caridad 
que , aun siendo colectivos, diriges y organizas , como la nación 
nuestra está viva en esas familias nunca desarraigadas del 
suelo nacional por su ausencia, y cómo, si América debe ofrecer 
á España y á sics recuerdos el sentimiento de tina piedad filial 
sin término, España debe concentrar en América, republicana 
é independiente, sus más vivas esperanzas de glorioso renombre 
y de viva perpetuidad. Pensador profundo tú, economista de 
primer orden, maestro en tina política desligada de todo ensueño 
y atenta de suyo á la realidad y á la historia, verdadero biólogo 
social, dotado con una observación certera y con una ciencia 
vastísima; en tus obras y en tus conversaciones me has expli- 
cado mil veces con exactitiíd matemática y con magistral acento 
la serie de sendas evoluciones que deben verificar América y 
España para llegar á una conjunción espiritual intiína y aná- 
loga con la que tuvieran en otro tiempo , sin detrimento alguno 
de su respectiva independencia y de sus mutuas y nattirales 
autonomías. Por estas razones, por tu patriotisjno y por tu cien- 
cia, te dedico la Historia del descubrimiento de América, des- 
tinada en mi propósito á unir el viejo y el mievo mundo españoh 
y te pido la lean en esas tierras apartadas tus hijos., los cuales 
tendrán dos patrias en la cada día más cordial intimidad y en 
el cada día 7nás intenso amor entre los dos continentes. Presen- 



— vi- 
ciaste tú la sesión del Congreso en Febrero de 1888, donde yo 
anuncié á la Cámara, movida como matea Jamás al eco de mi 
palabra, el propósito irrevocable de consagrarme á escribir la 
Historia de España después de haber reconquistado la libertad y 
la democracia en porfiadísimo trabajo. Decía entonces: « Yo no 
puedo cooperar activamente al gobierno de una monarquía demo- 
crática por lo que tiene de monarquía; yo 7to puedo combatir al 
gobierno de una monarquía democrática por lo que tiene de demo- 
cracia. Yo, nunca, jamás, abites me arrancaré la lengua, lo juré 
en la madrugada del 3 de Enero, yo nunca combatiré á ningún 
gobierno liberal, y mucho menos á ningún gobierno democrá- 
tico. ¡Ah, señores] Yo concluiré mi vida por donde la he comeji- 
zado. Cuando era joven , yo enseñaba oralmente, de palabra, en 
mi cátedra, el amor patrio á hombres tan ilustres como el señor 
Moret, como el Sr. Gamazo, como el Sr. Duque de Veragua, 
como el Sr. Marqtiés de Sardoal. Que se levanten todos , y que 
digan si, reunidos allí, 710 formábamos de nuestra España una 
especie de divinidad, y no nos prosternábamos todos los días en 
su presencia. Pero ya no puedo hacer esto oralmente, porque la 
oratoria es un arte de jóvenes y 710 es un arte de viejos ; la ora- 
toria necesita fuerzas que aun tengo , peto que se me acabarán 
muy pronto. Yo me dedicaré á escribir la historia nacional, si 
vosotros dais la libertad con la democracia. Y á medida que mi 
sangre se hiele , qtic mis ojos se extingan, que mi voz se apague; 
aquel comercio con los héi'oes que han hecho de sus huesos este 
suelo, con los mártires que han de sus sacrificios henchido estos 
aires, con los pensadores y con los poetas qtie lian ptiesto tantas 
ideas é inspiraciones en este cielo, como estrellas y luz pusiera 
Dios, acaso me rejuvenezca, y me quede tiempo , no sólo para 
cantar aquella epopeya, en cuya virtud nuestra España , rota en 
Guadalete y refugiada en Covadonga, descendió de allí para en- 
garzar los mares como esmeraldas en sus sandalias y los soles 
como diamantes en su corona, sino para contar esta gran- 
diosa transformación en que las instituciones faraónicas se han 



— i; 



hundido y ha llegado la libertad; y entonces , acabadas las envi- 
dias y los rencores, la nueva generación me dará un sepulcro 
honrado y bendecido, y me pondrá en él de manera que pueda 
besar con mis labios fríos la tierra nacional, y pueda pedirle su 
grandeza para mi pequenez, y para mi muerte el calor de su 
gloriosa Í7imortaUdad.y> Empiezo con este volmne7i el cumpli- 
miento de mi palabra. 

Tuyo sieinpre, amigo del alma, 

Emilio Castelar. 



PRÓLOGO. 




ADA más propio del artista y del poeta que requerir 
la originalidad; nada más impropio del historiador y 
del político. Sugestiones y hechuras de genial inspi- 
ración, las obras artísticas y poéticas ostentan el sello indeleble 
de una sola personalidad, la cual surge sin predecesores casi del 
suelo al Olimpo, y está condenada por su nativa grandeza en el 
tiempo á no tener herederos, conforme ha sucedido con Shakes- 
peare y con Cervantes. Pero, ajenas á la voluntad individual y á 
nuestro íntimo albedrío las humanas sociedades, y su forma el 
Estado, parecen como una obra secular de las estudiadas por el 
geólogo en los espacios terrestres; y más ajenas aún las edades 
que se han sucedido en el transcurso de los tiempos, el estadista, 
y sobre todo el historiador, deben atenerse á la realidad objetiva 
y no á la subjetiva creencia ó idea. Sin embargo, fenómeno fre- 
cuentísimo en historia y en política la sustitución del pensa- 
miento individual á las grandes objetividades, que han surgido 
en el tiempo y en el espacio, tan fuera y tan lejos y tan aparte 
de nuestra voluntad y de nuestro pensamiento, como el suelo 
en que nacemos ó el aire que respiramos. ¡Cuántas veces un 
historiador se pone á disertar sobre lo que hubiera pasado en 



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el mundo á no morir de muerte violentísima César, dadas las 
maravillas de sus proyectos, y sobre la inoportunidad con que 
llegaron al Imperio romano las tribus del Norte, cuando acep- 
tara el cristianismo en Bizancio Constantino y rehiciera la cul- 
tura helénica el poeta y filósofo alejandrino con diadema que se 
llamó JuHano! La intuición puede llenar con las urdimbres relu- 
cientes y multicolores de sus ensueños y fantasías el mundo 
real; pero la observación y la experiencia, predominantes en los 
estudios históricos y sociales, deben atenerse á la verdad. Por 
no verla en sí, hay algunos historiadores hispanos que inscriben 
muy graves entre las desgracias patrias el descubrimiento de 
América, juzgándolo agotador de nuestra raza, como hay algu- 
nos escritores americanos que maldicen muy serios la llegada 
de nuestra nación allí, especie de serpiente metida en el edén 
primitivo sin mancha, donde vivían inocentes y tranquilos, en 
casta desnudez y perdurable ociosidad, sus padres sin pecado. 
Yo seré un poco á lo Bossuet en mis miramientos con la Pro- 
videncia de Dios, ó un mucho á lo Hegel en mis convicciones 
de que la idea humana, el conjunto de ideas humanas, consti- 
tutivo de la civilización terrestre, se determina en series lógicas 
por medio de un movimiento dialéctico interno, ajeno en abso- 
luto á nuestra voluntad individual, y tan encadenado en sus 
nexos invisibles, que no puede ni quitarse, ni añadirse un hecho 
capital, producto del tiempo eterno, cuya virtud, así como trans- 
forma esas masas ígneas á que llaman soles en habitables tierras, 
concreta los hechos más singulares en sistema con otros inaca- 
bables hechos, consiguientes al primero, su generador, los cuales 
llegan á formar en las líneas del espacio y en las horas del tiempo 
una edad histórica de incontestada evidencia. Nosotros no pu- 
dimos menos que descubrir América; y América no pudo menos 
que ser descubierta por nosotros en el plan providencial ó lógico 
de la humana historia. ¿Cuál civilización, cuál de las conocidas, 
una vez al zenith llegada, dejó de tener la expansión que tuvo 
la cultura española en el siglo decimoquinto } Los arios nacidos 



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sobre la meseta central del Asia, llegaron, á impulsos del movi- 
miento expansivo, de un lado, hasta la desembocadura del Gan- 
ges, y de otro lado, hasta la desembocadura del Eufrates; los 
egipcios ascendieron desde las bocas del Nilo á las arenas de 
Libia y Etiopía; los caldeos entraron en la Bactriana por Oriente, 
la Bactriana, techo del mundo, y en Jerusalén por Occidente, 
Jerusalén, santuario de la metafísica religiosa; en cuanto Tiro 
tuvo los cedros del bíblico Líbano flotando en el Mediterráneo 
bajo sus pies y en sus manos la letra del revelador alfabeto, 
abordó á Cartago y á Gades, señoreó la costa meridional del 
Mediterráneo y circunvaló el África; la civilización helénica no 
podía quedarse á la sombra del armonioso Parthenón, oyendo 
el dúo compuesto por el Cefiso y el Alfeo bajo su bóveda de 
laureles, tuvo que volver al Asia, de donde había venido, y que 
llegar en sus expansiones á Cachemira por los bosques indios, y 
á las Pirámides por el desierto africano; la civilización latina 
concibió la idea universal del derecho civil, no para ella misma, 
para el mundo entero, y así necesitó conquistarlo primero y es- 
clarecerlo después; la civilización católica no se redujo á Europa, 
en cuanto rebasara su infancia, como no podía la civilización 
mongola por su parte, así que constituyó su Estado, reducirse 
á Tartaria, y por ello, mientras los turcos bajaban en sus irrup- 
ciones al Bosforo, subían los cristianos en sus cruzadas á Siria; 
como la cultura española, tan espléndida, no podía quedar en- 
cerrada entre los Pirineos y la desembocadura del Tajo y del 
Estrecho, necesitó extenderse, y para extenderse, mientras Por- 
tugal encontraba las perdidas Indias, nosotros evocábamos en- 
tre los dos Océanos América , en la hora providencial en que la 
conciencia se renovaba por la revolución religiosa, el pensa- 
miento se redimía y se multiplicaba por medio de la prensa , y 
el Arte revivía y la Historia se completaba en el Renacimiento. 
Ministros de Dios y servidores de la humanidad fueron , pues, 
los marinos hispanos que hallaron el Nuevo Mundo en la sole- 
dad de los mares. 



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Para ver cómo las fuerzas naturales y las fuerzas humanas con- 
curren á estas grandes obras históricas , no hay sino estudiar la 
repetición de los mismos hechos en tiempos entre sí apartados 
y en pueblos entre sí diferentes. El curso de la civilización se 
relaciona con el curso de las aguas. En las riberas, como los fa- 
ros , los ideales. El curso de los ríos coincide con el movimiento 
de las almas. Los brahamanes del Indo, los magos del Tigris, 
los profetas del Jordán, los sacerdotes del Nilo, los filósofos del 
Pireo nos dicen cómo las civilizaciones se dilatan por costas y 
riberas. Puede asegurarse que la civilización ha sido primero flu- 
vial, después mediterránea, y por último, interoceánica. La tie- 
rra por Dios á este fin apercibida; la que debía transformar en 
interoceánica la civilización encerrada desde los tiempos fenicios 
hasta el siglo decimoquinto en el Mediterráneo; era la península 
que tiene sobre las costas mediterráneas , Barcelona y Valencia, 
y Cartagena y Málaga, como sobre las costas oceánicas Lisboa 
y Huelva y Cádiz, y hasta cierto punto Sevilla. Tal como estaba 
el descubrimiento de América en la serie natural de los hechos 
históricos, no hay más que saludarlo con toda la efusión de nues- 
tras almas sin volver los ojos á tesis tan baldía como la incom- 
prehensible tesis de si hubiese sido mejor no descubrirla ni civi- 
lizarla por medio de aquel nuestro singular y titánico esfuerzo, 
el cual parecía movido por los egoísmos de raza y resultó en 
procomún de la civilización universal. Aunque América no hu- 
biese otra cosa hecho que renovar la vida, bienaventurada su 
presencia entre los viejos continentes y su arribo providencial á 
la común cultura cristiana. Bendito, mil veces bendito el Nuevo 
Mundo. La mezela de su vida con la vida europea trajo alimen- 
tos, al pobre tan indispensables, como el maíz y como la patata. 
El número de medicinas, con que robusteciera nuestra comple- 
xión y ahuyentara tantas enfermedades terribles como nos asal- 
tan, algún día, cuando éntrela historia más en el acervo común 
de los conocimientos populares, quedará escrito con recuerdos 
indelebles por la gratitud universal. Basta recordar que le debe- 



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mos la quina , basta, para entender cuántas enfermedades terri- 
bles ha conjurado y qué filtro de salud ha difundido en las hu- 
manas venas. Aquel inmenso continente, desde uno á otro polo 
extendido; por manera tan feliz angostado en el istmo que une 
como sortija preciosa los dos hemisferios; revelador del cielo 
austral con sus astros nuevos y sus constelaciones multiformes; 
cortado por venas de agua tranquila y mansa tan idóneas para 
facilitar las comunicaciones; con el Pacífico á un lado y á otro 
el Atlántico, maravillosos ambos; por un collar de islas unido á 
Europa y por otro collar de islas unido al Asia; con pampas 
donde hay espacio y alimento para innumerables generaciones; 
con ríos que creeríais mediterráneos y cuyos desagües endulzan 
las marinas sales; con cordilleras donde brillan los ventisqueros 
y los volcanes reunidos en alturas tan enormes, que parecen es- 
trellas de diversos colores y aspectos; con bosques henchidos de 
tal savia, que llegan por sus excesos á producir como una voraz 
combustión de vida, y con vetas tan abundantes de metales ri- 
cos y con criaderos tan copiosos de pedrería inapreciable; con 
tal número de aromas y especias, que los tomaríais por jugo de 
una sangre nueva, y con tal corte de costas, bahías y puertos, 
que convidan al comercio, al cambio; no solamente centuplicó 
las fuerzas materiales del hombre allegándole con prodigalidad 
el tributo de sus producciones, rejuveneció el planeta en general 
y particularmente nuestro humano ser anegándolo en éter in- 
maculado y nuevo. Como la revolución religiosa renovó la con- 
ciencia; como la Pascua del Renacimiento renovó las artes; Amé- 
rica renovó la Naturaleza. Y, tanto como la Naturaleza, renovó 
la sociedad. Los cambios del comercio nuevo excedieron á los 
productos del suelo antiguo. Concluyó la guerra por la guerra, 
signo de los tiempos feudales; y empezó la guerra y la conquista 
por el provecho material, un relativo bien. A los afanes por el 
combate sucedieron los afanes por la navegación. Los cruzados 
se trocaron en exploradores. Recibió un terrible sacudimiento 
la propiedad feudal con aquella competencia de campos jóvenes 



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entregados al trabajo y á la colonización. Ninguna casta posible 
allí como en Asia; ninguna teocracia como en África; ninguna 
monarquía como en Europa. La Religión misma, llegada en el 
período crítico de sus renovaciones completas, no podrá pasar 
allí por las fases que tuvo aquí en la Edad Media. Esta falta de las 
sobreposiciones históricas, tan gravosas con su gran pesadumbre 
sobre las tierras del viejo continente, imposibilitaba el privilegio 
y favorecía la libertad, como la falta de cultivo en las tierras 
vírgenes prepara y apercibe á toda clase de plantaciones y siem- 
bras el campo henchido por intenso vegetal jugo. No podían los 
privilegios allí brotar de las raíces del tiempo histórico y de la 
vieja tradición como entre nosotros. Semejábase aquel espacio 
americano á encerado inmenso, permitiendo escribir en él todas 
las fórmulas algebraicas de los problemas sociales, como lo de- 
muestra la sociedad republicana establecida por los Puritanos en 
la Pensylvania ó la sociedad comunista organizada por los jesuí- 
tas en el Paraguay. Tierra de la navegación, del cambio, del 
comercio, de las exploraciones, de los descubrimientos, de las 
cruzadas mercantiles, puesta en sus comienzos y prinicipios so 
el amparo de la tutela europea, debía concluir por ser más tarde, 
allá en la madurez de su desarrollo, tierra de progreso, de liber- 
tad, de democracia, de república, de todos los nuevos ideales, 
más realizables en aquella Naturaleza sin escombros y en aquella 
sociedad sin recuerdos, que aquí en esta Naturaleza tan trabajada 
donde llevamos dentro de nosotros mismos, en nuestro espíritu, 
como dentro de un cementerio inmenso, tantos y tantos muer- 
tos. No debe, pues, haber más que una voz en el mundo euro- 
peo para bendecir el descubrimiento de América y el pueblo 
descubridor. 

Pero cosa más fácil convencer á los españoles y demás euro- 
peos de cuánto bien hicieron en descubrir América que conven- 
cer á los americanos de cuánto bien les reportara el ser des- 
cubiertos. Los que habitan el territorio, antes hollado por las 
tribus primitivas indias, lloran su edén perdido, como nuestros 



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padres echados del Paraíso; y los que habitan el espacio consa- 
grado por dos tan aventajadas civilizaciones como la inca y az- 
teca, lloran unos Imperios, en su concepto y sentir, sabios al 
modo de los consultados y encarecidos por Pitágoras y por 
Platón. En vano la ponderada ciencia moderna, tan admiradora 
de sus colosales edificios, pone ante sus ojos el término que re- 
presentaron en el desarrollo de la humanidad sus Imperios , un 
término á lo sumo análogo con los Imperios caldeo y asirlo: 
creen á puño cerrado en la virtud intrínseca de aquellas religio- 
nes, y juran por el adelanto enorme de aquellas sociedades, con- 
vencidísimos de que interrumpiéramos una vida, la cual, abando- 
nada en el aislamiento y en el silencio á sí misma, hubiera con- 
cluido por alcanzar desarrollo, ácuyo término se producen como 
frutos naturales cerebros superiores al de Servet ó Calderón, y 
metafísica y moral tan perfectas como la moral y la metafísica 
del Cristianismo. En vano, para mostrarles cuál suerte hubieran 
corrido en su abandono y en su silencio, les mostró la Historia 
filosófica un imperio no perturbado por los descubrimientos ó 
por los descubridores europeos, como el Imperio chino; jamás 
quieren á la evidencia rendirse y siempre hablan de aquellos pos- 
tizos abuelos que se han decretado á sí en lengua castellana y 
bajo apellidos tan aztecas como García ó como Ramírez. Sí; la 
China consiguió una civilización en el Viejo Mundo superior á la 
civilización prehispánica en el Nuevo, pues una especie de moral 
sin metafísica, bien semejante á la predicada por el positivismo á 
la moda, señoreó allí las conciencias; un colegio de bibliotecarios 
y escritores, como en parte alguna se ha visto ningún otro igual, 
guardó integérrimo el saber, legado de unos siglos á otros siglos; 
un culto á los progenitores muertos, convertido en reUgión do- 
méstica, hizo del hogar templo y de la paternidad sacerdocio; 
un régimen industrial, como el soñado por la sociología con- 
temporánea, señaló con medida el trabajo y lo distribuyó con 
provecho; unas faenas agrícolas de primer orden fecundaron el 
suelo con cultivo intenso y lo regaron sabiamente con próvida 



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irrigación; un cúmulo perdurable de noticias é ideas mantenido 
por los mayorazgos de la tradición intelectual, prosperó dicho 
movimiento, á cuyo calor encontraron alfabeto, prensa, brújula^ 
pólvora y aun telescopio; pero como decidieran, en la perver- 
sión del sentido común, guardarlo todo para sí tras el circuito 
de su formidable muralla, no han pasado todavía de la infancia 
cuando son ya presa de una vejez deshonrosa y decrépita: que 
resultan grandezas estériles todas cuantas son inútiles á la Hu- 
manidad y á sus progresos. Por el descubrimiento aun pasan 
los americanos; pero no pasan por la conquista. Mas yo les pre- 
gunto: ¿qué remedio nos queda, si de tal modo nos hizo la Na- 
turaleza.^ Renegar de los conquistadores porque guerrearon, 
equivaldría, en último término, á renegar de toda la estirpe hu- 
mana y de toda la progenie nuestra, porque comenzó en el 
hombre prehistórico, forzado por el medio ambiente suyo y por 
las imposiciones del fatalismo universal á una perpetua matanza. 
Somos hijos del sacrificador que inmolaba los prisioneros de 
guerra; hijos del caníbal que se nutría de carne humana; hijos 
del inquisidor que aventaba las cenizas de los herejes á los cua- 
tro puntos del aire; pues en cada húngaro hay por siempre un 
Atila, en cada germano un Genserico, encada noruego y demás 
escandinavos, hoy tan buenos, un pirata oceánico, en cada fran- 
cés un celta inmolador de víctimas humanas, en cada inglés culto 
y libre un Ficto bárbaro, y en todos los hombres una triste as- 
cendencia sujeta por su mal á cien fatalidades inevitables , de 
cuyo imperio no podían eximirse por ningún excepcional buleto 
los descubridores y los conquistadores de América. Cuando yo 
leo las indignaciones de los enciclopedistas del siglo pasado 
contra las crueldades hispanas en el Nuevo Mundo, no puedo 
menos que recordar las crueldades apercibidas y preparadas por 
ellos sin quererlo y sin saberlo en las enormes cristalizaciones 
de sus ideas á que llamamos revolución francesa. Los cultísimos 
discípulos de la enciclopedia se portaron como caníbales. En- 
sangrentáronse Ródano y Sena con la sangre que destilaba la 



guillotina de París y con la sangre que diluviaban las matanzas 
de Lyon. Los innovadores, no obstante haber escrito el humano 
derecho en la conciencia de nuestra humanidad emancipada, 
renovaron los degüellos de San Bartolomé tras tantas revela- 
ciones nuevas de la ciencia y tras tanta progresión increíble de 
la idea. Pero, sin obscurecer nuestra conciencia en complici- 
dad ninguna con el terror, maldiciéndolo y abominándolo, se- 
ríamos indignos de pertenecer al género humano, si no procla- 
másemos tres veces santa la revolución francesa , Génesis del 
espíritu moderno, y no declaráramos que ha roto las cadenas 
de todos los esclavos y las argollas de todos los tormentos, des- 
arraigando las raíces del despotismo y reconociendo en el gé- 
nero humano su natural prístina libertad. Pues lo mismo digo 
del descubrimiento de América, lo mismo. En otro planeta, con 
otra humanidad, bajo leyes diversas de las leyes vigentes sobre 
nuestra especie, acaso hubiérase realizado la indispensable apro- 
piación del Nuevo Mundo por el viejo á impulsos del amor, en 
virtud y por eficacia de suave y fraternal predicación. Querer el 
descubrimiento de América sin guerra, la guerra sin conquista, 
la conquista sin violencia, la violencia sin estrago, el estrago sin 
ruina y desolaciones, equivale á querer el parto sin dolor y la 
vida sin muerte. Quien haya guerreado con medios distintos 
que los esgrimidos por España, puede tirar á España la primera 
piedra. Cualquiera guerra civil entre pueblos hermanos renueva 
los horrores de una conquista entre pueblos extranjeros mutua- 
mente unos á otros. 

La identidad completa del género humano se conoce, no sólo 
en las comunes grandezas, en las desgracias también comunes. 
Nada prueba que los pueblos no pueden echarse, históricamente 
considerados, cosa ninguna en rostro, cual esas idénticas mise- 
rias de que, sin excepción, por sus comienzos adolecen. Así 
como en la célula todo está confundido, en fetos tales de socie- 
dad, como las tribus primitivas de cualquier continente, la se- 
mejanza es mucho mayor que entre las sociedades creadas y 



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maduras. Leyendo yo al escritor Acosta en su libro del origen 
de los indios, no pude menos que decir y exclamar: ¡Sancta 
simplicitasl Trata de probar Acosta cómo los indios provienen 
de los mismos españoles que los conquistaron, y á este fin re- 
coge cuantos rasgos encuentra en las historias sobre las familias 
hispanas primitivas, y se los aplica sin empacho, ni escrúpulo, ni 
meditación, á los indios, por haber topado con iguales rasgos en 
los primitivos historiadores de Indias, no cayendo en la cuenta 
de cómo han empezado todos por salvajes y de cómo todos los 
salvajes se asemejan. Así dice como fueran los españoles de 
costumbres feroces , y usaran groseros mantenimientos, y peca- 
sen de idólatras, y consultaran agüeros, y permutasen las cosas 
unas con otras sin tener idea del dinero, y se deleitaran en lle- 
var los cabellos largos, y no conociesen la política y menos la 
crianza, é hicieran sacrificios hasta de hombres; con todo lo cual 
demostraban, en sentir suyo, haber generado á los indios, de 
quienes cuenta la tradición cosas idénticas á las que cuentan 
de los iberos Plutarco, Estrabón, Tito Livio, y casi todos 
los historiadores antiguos en sus viejas narraciones clásicas. 
Las luces traídas por las ciencias contemporáneas acerca del 
hombre primitivo y de las edades prehistóricas, mucho cam- 
bian la historia de nuestra especie, mostrándonos cuan mi- 
sérrimo fuera su origen y cuan tardo y lento su gradual 
desarrollo. Mientras todas las teogonias convienen á una en 
paraísos ó edenes, dispuestos como albergues de una felicidad 
completa y sin mancha, el pecado los desparramó de tal ma- 
nera sobre la tierra y sus varias zonas, que solamente se topa 
con huellas de tristísimos estados humanos, confinantes casi con 
la vida material de los animales y ejemplos de una especie su- 
mida por las entrañas del planeta é identificada con la Natura- 
leza casi en una confusión espantosa. Por los terrenos primario, 
secundario, terciario, no aparece, no, el organismo humano, de 
todo punto incompatible con aquellos ambientes vitales. No po- 
díamos vivir allí, como no podemos vivir en hogueras voraces 



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ó en océanos hirvientes. El terreno cuaternario genera en su 
aire más puro y en su clima de mayor suavidad al hombre. Y 
en este mismo terreno han de ser sus Bautistas muchas plantas 
vivificadoras y muchas especies animadas. Antes de nuestra ve- 
nida, las rosáceas debieron aromar los aires; las gramíneas aper- 
cibirse á transmitirnos el jugo chupado á la tierra por sus raíces; 
las abejas, después de recibir en metamorfosis varias las dobles 
alas con que discurren de flor en flor, sacar á estas grandes ela- 
boradoras y transformadoras de la vida, con punzantes aguijo- 
nes, las mieles de sus respectivos cálices, pintados y aromosos. 
Por los inmensos espacios, más ó menos desiertos, corría ya el 
gigantesco avestruz , con alas y sin vuelo , para los primeros 
transportes muy apropiado, ágil y celero, mientras de los picos 
inaccesibles á la tempestad y bañados en las superiores regiones 
de un aire puro y enrarecido, bajaban á bandadas los cóndores, 
depositando en sus vientres insaciables los cadáveres é impi- 
diendo así la putrefacción universal. Y poco á poco modificadas 
las especies todas, vinieron aquellas varias, sin cuya cooperación 
apenas comprendemos la vida. El elefante abrió camino en las 
selvas espesísimas con su trompa gigantesca, y puso en precipi- 
tada fuga los animales carniceros que nos combatían y que nos 
cerraban aquellas vías triunfales, conducentes á nuestra domi- 
nación sobre la tierra. El camello poníase de rodillas, como 
brindando su lomo seguro al viaje, y en los almacenes de sus 
buches y de sus estómagos guardaba el agua y el alimento ne- 
cesarios á largas peregrinaciones. Aparecían los perros á guisa 
de un ejército de caza, disciplinado y sometido por instintiva 
providencial fidelidad. El pez y el ave, para cumplir las finalida- 
des varias de las cosas, comenzaron á purificar aires y aguas, 
por lo que unos pudieran ser con facilidad respirados y las otras 
bebidas en la transformación universal. Cuando se observa esto, 
ya no parece maravilloso y extraño que pueblos poco dispues- 
tos á comprender las causas primeras se detuvieran en las se- 
gundas y adoraran á las especies purificadoras de la tierra , cual 



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adora el egipcio al perro bajo la forma de sus dios Anubis, ese 
animal que le ha servido con sumisa docilidad y le ha preser- 
vado de tantas asechanzas. Lo cierto es que las espirales de los 
organismos van en progresión ascendente, como si convergieran 
todas de acuerdo en instintiva intuición á producir el fruto di- 
vino por excelencia , creando el humano cerebro. La tradición 
religiosa quiere que la cuna del hombre haya estado en las tie- 
rras extendidas entre las riberas del Eufrates y las riberas del 
Tigris, mientras la ciencia, en sus hipótesis más ó menos auto- 
rizadas por la observación , coloca este lugar en la zona tórrida, 
como sitio más apropiado á nuestra primitiva desnudez y á 
nuestra connatural debilidad. Ninguna de tales suposiciones lle- 
gará jamás á esclarecerse, pues en torno de las ideas habrá 
siempre obscuros misterios, cual en torno de los astros espesí- 
simas sombras. Lo averiguado es que, ora la debilidad primera 
del hombre proviniese de su pecado, como quiere la Religión, 
para cohonestar el mal humano con la divina bondad, ora pro- 
viniese de su naturaleza contingente, como quieren la mayor 
parte de los sistemas filosóficos, el comienzo de la humanidad 
está circuido por males sin cuento, y la vida primera, tal como 
nos la revela el estudio geológico aplicado á la historia, resulta 
por todo extremo bárbara y penosísima, en lo cual nos parece- 
mos todos al comienzo de la vida humana, todos, asiáticos, eu- 
ropeos, africanos, indios orientales y occidentales, todos sin ex- 
cepción. 

(i Qué mengua puede sufrir el cuerpo en haber pasado por las 
viscosidades primitivas de la célula; ni qué mengua el alma en 
haber pasado por los balbuceos indecisos de la infancia.? Pues lo 
mismo les acaece á las sociedades humanas. Ninguna de las lle- 
gadas á un superior estado de civilización y de cultura debe 
avergonzarse de haber pasado un día por las primeras tribus 
donde laten los gérmenes de otra superior vida social. El griego, 
ascendido por esfuerzos de genio hasta producir lo perfecto, la 
Minerva de Fidias en escultura, el Timeo de Platón en filosofía, 



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el Edipo de Sófocles en tragedias , estuvo sujeto al matriarcado 
como los indios, y pasó por los sacrificios humanos sobre los 
dólmenes sangrientos como cualquier azteca. Bien ha podido 
atravesar la tierra generadora de Franklin y de Bello por donde 
atravesara la tierra generadora de Aristóteles y de Píndaro. Ahora, 
tenga los fundamentos que quiera la tesis de los americanos so- 
bre una posesión de cultura prehispana superior á la difundida 
por nosotros allí, basta convertir la vista del espíritu á su conti- 
nente patrio en la edad nada remota de su invención, y compa- 
rar esta edad con la corriente del cuarto Centenario de esta in- 
vención misma, para persuadirse al juicio nuestro, al juicio de 
haber conseguido América la suma civilización moderna , obra 
de tantos siglos y esfuerzos en el Viejo Mundo, á costa de un 
tiempo muy corto y de sacrificios comunes á la irremediable 
contingencia de la misérrima humana especie. Casualmente la 
revelación primera del mundo americano al mundo europeo tiene 
un historiador incomparable, tiene á Colón; y un documento de 
valor indecible, el diario, aunque mutilado, interesantísimo, del 
inmortal descubridor. Por tales testigos de mayor excepción se 
advierte que la vida social estaba en rudimentarios comienzos, 
compensados con tal dulzura de costumbres y tal ingenuidad de 
sentimientos y candor tan puro y tan grande inocencia, que re- 
cuerda todo cuanto ha cantado la poesía sobre los goces de la 
bienaventuranza en los Campos Elíseos ó sobre la felicidad y 
ventura de nuestros padres en el Paraíso terrenal. Lo dicho 
por la utopía respecto de un estado de naturaleza en el hom- 
bre, anterior y superior al estado de civilización, se descubre 
allí en las líneas escritas por el piloto desde su cámara ó al 
pie de su bitácora, mientras las islas van surgiendo sobre los 
mares vírgenes y bajo los cielos espléndidos como nereidas ce- 
ñidas con coronas de palmas. ¡ Cuan dóciles y buenos los indios 
del islote primeramente descubierto y abordado por Colón, 
los indios de Guanahaní! Iban desnudos como Adán y Eva sin 
pecado ; y no sentían el rubor en la mejilla, porque tampoco sen- 



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tían el remordimiento en la conciencia. Brindaban á sus huespe- 
des con todo cuanto tenían, dándolo de grado. Poníanse los go- 
rros colorados y las zarandajas muy sonantes de la civilización y 
cultura nuestra con extrañezas y algazaras de monos agasajados. 
Pintadas las carnes con multicolores zumos, ignorantes de las 
armas nuestras hasta tomar los sables por el filo , sin hierro de 
clase ninguna, y sin gobierno y sin comercio, desprovistos por 
completo de la imperiosa necesidad del trabajo, bien hallados 
con el alimento que les ofrecían las próvidas ramas de sus fruc- 
tíferos árboles, parecen anticipaciones del hombre natural soñado 
por el revolucionario Rousseau, antes de firmar los contratos que 
han de sujetarlo á la sociedad y poetizado en las obras de los dos 
escritores que han encarecido con mayor elocuencia la vida vir- 
gen del Nuevo Mundo, en las obras de Chateaubriand y de 
Saint-Pierre. Parecen, balanceándose á una sobre sus canoas, 
con los papagayos en el puño y el asombro en las miradas, unas 
especies mitológicas de aquellas que indicaban instintivamente 
los parentescos de la especie humana con las especies inferiores 
y las raíces que tiene fruto como el humano cerebro en los de- 
más organismos. Cual si fueran unos anfibios, con igual facilidad 
corrían por sus selvas que nadaban hasta largas distancias por 
sus mares. Así Colón perdió uno de los indios aprehendidos en 
la isla del Salvador , el cual creyó posible, arrojándose al agua, 
volver á su partida desde la isla de Santa María. Y en sus creen- 
cias y en sus fantasías y en sus afectos de pueblos niños toma- 
ban á los españoles por dioses y les ofrecían acatamiento como 
á los ídolos, con brazos y ojos convertidos al cielo. Tendría que 
ver el primero á quien Colón vistió, para enseñanza y captación 
de los demás, bonete colorado á la frente, cuentecillas de vidrio 
verde al brazo, cascabeles á las orejas, todo lo cual no valía cua- 
tro maravedís. Y el ornado tan pajarescamente, apreciaba todas 
aquellas bujerías cual si fuesen verdaderos tesoros. Y cuando 
pasó de la Santa María, en i6 de Octubre, ala Fernandina, en- 
contró indios más domésticos y los llamó á sí, por más duchos 



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en el ajuste y en el regateo de cosillas baladíes, que llevaban 
unas veces á nado y otras veces en almadías. Por la isla de Sa- 
moet ya encontró casas como alfanegues ó tiendas de campaña, 
por cuya configuración debemos llamarlas chozas, muy barridas 
y limpias, pero á sus habitantes considerólos como de igual con- 
dición y naturaleza que á los anteriores. Aquí vio hamacas para 
dormir, y halló que «las mujeres casadas traían bragas de algo- 
dón, las mozas no, sino salvo algunas que eran ya de edad de 
diez y ocho años». Y puso á la isla donde tales cosas vio, Isa- 
bela, en recuerdo y remembranza de la reina Isabel. Y así, de 
isla en isla, encontrando la misma gente siempre, llegó á Cuba, 
donde buscaba Imperios, y únicamente halló tribus; oro, y algo 
más que oro encontró, pues de allí, principalmente, salieron las 
patatas, y el tomate, y el maíz, y el tabaco. ¡Cuan sencillo al 
contar como iban de un punto á otro los cubanos chupando las 
hojas secas de esta última planta y despidiendo un humillo que 
trascendía muy lejos ! ¡ Cuál encantadora la narración de aquel 
indio que, habiendo cambiado un pedazo de metal precioso por 
varios cascabeles, echó á correr gozosísimo de su negocio, vol- 
viendo á cada paso la cabeza, en su temor infantil de que pu- 
diera el español arrepentirse de su descuido, y deshiciese tal tra- 
to, rescatando las baratijas de su civilización y devolviéndole al 
inocente y sin pecado su oro nativo! Grande gozo le procuró 
tal isla, comparada por él con Sicilia; muchos embajadores envió 
en busca y requerimiento del gran Kan, creyéndose ya en los 
áureos veneros de la fabulosísima Cipango; mayores aglomera- 
ciones humanas encontró en ranchos dispuestos á guisa de aldea, 
y con casas provistas de algún ajuar; pero los indios eran de 
condición y naturaleza idénticas con los anteriormente hallados; 
y así tomaban por divinidades á los españoles, tanto más dignos 
de su adoración, cuanto que, al oir el estampido para ellos horrí- 
sono de sus cañones, y ver el fogonazo, y experimentar los des- 
trozos causados por los tiros, creyéronlos arrastrados por nubes 
tempestuosas, entre culebreos de relámpagos tonantes como los 



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espíritus misteriosos de las tempestades y del huracán, dueños y 
arbitros de los exterminadores rayos celestiales. Igual blandura 
de complexión y dulcedumbre de inocencia en aquellos natura- 
les de la Española, tan semejante á nuestra España, según Colón, 
y tan hermosa como Andalucía, región edénica, donde encontró 
sus más fraternales amigos y sus más sinceros aliados, como que 
le convidaban á quedarse allí perpetuamente , y en caso de no 
querer quedarse, á transportarlos consigo al cielo, de donde no 
podían menos que provenir tan excelsos huéspedes. No quitare- 
mos ni un tilde á los elogios consagrados por Cristóbal Colón y 
el P. Las Casas á estas primitivas tribus americanas, creyén- 
dolas tan inocentes como las creían ellos, y tan dispuestas á la 
virtud y al bien como ellos las describen. Pero no hay que ceder 
á las entusiastas apologías de todos estos pilotos y apóstoles; ni 
hay que desvanecerse al aroma edénico exhalado por el mundo 
recién invenido en la soledad inmensa de los mares. La casta 
desnudez de los cuerpos, el primitivo candor de las almas, el 
aroma de paraíso que por todas partes allí se respira, la induda- 
ble ausencia de todo gobierno y de todo Estado, y de todo ejér- 
cito y de todo tribunal; aquella carencia del sentimiento de apro- 
piación en que la propiedad se arraiga; el abandono de toda 
industria y hasta de todo trabajo; aquellos modos de alimenta- 
ción semejantes á comidas de aves, que ni siembran ni cosechan; 
todo aquel edén tan encarecido por Colón en su diario , resulta, 
bien mirado y comprendido, la tribu comunista de los pueblos 
y de los tiempos prehistóricos , en la vida del Universo material 
por completo inmersa y coetánea con el comienzo de todas las 
sociedades y con los alboreos de todas las religiones en el naci- 
miento y niñez de todas las razas. Primordiales tribus adheridas 
al seno de la Naturaleza: he ahí cuanto hallara el gran descubri- 
dor en las primeras islas encontradas al rayar en el tiempo los 
albores de sus descubrimientos. 

Pero me observarán los americanos hispanófobos que las no- 
tas de Colón se refieren al archipiélago de las Bahamas y de las 



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Antillas, mientras los testimonios de la indígena cultura, que 
hubiera dejado atrás la civilización española, se hallan por 
doquier en los dos continentes, y con especialidad en la parte 
de los dos continentes, civilizada por ios sendos, colosales im- 
perios aztecas é incas, en el hemisferio boreal aquéllos, y éstos 
en el hemisferio austral. Nadie me aventaja en admiración á los 
restos colosales de maravillosos edificios americanos, invenidos 
por los arqueólogos de nuestro siglo, los cuales han hecho con 
los monumentos anegados en la vegetación de los trópicos, 
algo parecido á lo hecho con los gigantes fósiles hundidos en 
las tierras prehistóricas por la Geología: presentar su existen- 
cia como un término natural del desarrollo de nuestro espíritu, 
á la manera que ese medio ambiente ó zona geológica, donde 
nacieron y procrearon las especies titánicas, resulta otro término 
natural del desarrollo de nuestro planeta. Cuanto hemos estudiado 
por motivo y razón del ministerio ejercido en la Universidad Cen- 
tral, del ministerio de historiadores, y cuanto hemos visto en 
museos varios, así nacionales como extranjeros, acerca de la 
civilización prehispánica en el Nuevo Mundo, hanos infundido 
asombro semejante al que merecen los restos de las civilizacio- 
nes desaparecidas en las riberas del Nilo y del Eufrates y 
del Ganges, donde nacieron desde nuestros primeros dioses 
hasta nuestras ciencias primeras. Palenque, Uxal, Copan, Ti- 
guanaco y los demás espacios reveladores de las antiguas gran- 
dezas americanas, confirman en los descarnados esqueletos de 
sus templos y de sus palacios todo cuanto Sahagún, Acosta, 
Bernal Díaz, Cortés y tantos otros nos refieren de antiguas 
grandezas, las cuales pueden medirse con las mayores por los 
pueblos primeros del planeta dejadas en su genésico trabajo de 
la encarnación del humano espíritu y del humano ideal dentro 
de la rebelde y resistente materia. Los fundamentos de aque- 
llos edificios que parecen penetrar por su profundidad allende 
la primer corteza del globo; las moles, como verdaderos montes 
en magnitud, por legiones de audaces encelados sobrepuestas 



-36 - 

en sus asedios al Olimpo; la copia de innúmeros bajos relieves 
abiertos sobre la piedra por buriles en fuerza casi análogos con 
los que trazaran el remate de las cordilleras por lo alto y con- 
cluyeran los cimborrios de las montañas; el batallón de colosos 
destinados á sobrellevar las cornisas de una pesadumbre incal- 
culable; las especies de monstruos, esculpidos como zoología 
litúrgica, en los lugares hieráticos; aquellos estucos de líneas 
arabescas muy granadinos y de grotescos muy próximos á los 
encontrados en las ruinas clásicas restauradas por el Renaci- 
miento moderno; la estatua tendida sobre amplia losa y que 
lleva puesto en su rostro un tan intenso recogimiento y absor- 
ción en ideas sobrenaturales como las que puedan mostrar en 
sus respectivas producciones los antiguos escultores egipcios; la 
suma de pirámides por doquier esparcidas con destino á soste- 
ner sacros santuarios; el obelisco tallado por sus cuatro fases 
que creeríais titanesca mazorca en que los granos fuesen caras 
de diversos aspectos y expresiones; las gigantescas tortugas, y 
las culebras aladas, y los barros cocidos, y los vasos lustrosos, y 
las pinturas históricas, y las calzadas inacabables, y los diques, 
y los canales, y los acueductos reveladores de una ciencia hi- 
dráulica perfectísima, nos demuestran cuánta razón tenían los 
primitivos historiadores hispanos de América cuando nos retra- 
taban aquellos palacios en guisa de verdaderas ciudades, donde 
había patios como mesetas, intercolumnios como alamedas, te- 
rrados como plazas, unas salas revestidas de oro macizo y otras 
cuajadas de esmeraldas, cuarteles en que podían albergarse no 
sólo ejércitos sino hasta pueblos, adoratorios capaces para los 
innumerables ídolos de tantas y tantas religiones como nacían 
y se acababan en aquellos tiempos de theúrgica feracidad y de 
diarios milagros bajo tan grandes imperios, á un tiempo teócra- 
tas y militares, cuyas victorias encerraban las tribus y naciones, 
como gentes domésticas suyas, en los complicados recintos de 
sus alcázares inmensos. Recuérdense las enormes ciudades 
como Tlascala, erigidas menos á la comodidad que á la defensa; 



— ar- 
los sitios y retiros compuestos por Axayaca, en cuyas habita- 
ciones, revestidas de tapices multicolores y adornadas con sillas 
de muy hermoso pulimento, cupo todo el ejército de Cortés; 
los edificios desmesurados en que por treinta puertas se pene- 
traba; los jaspes y mármoles de buena colocación y brillo; los 
escudos blasonados con grifos y leones semejantes á los usua- 
les entre las aristocracias europeas; los techos construidos de 
tablas olorosas, y las paredes cubiertas de plumas varias, y los 
pavimentos esterados por juncos finísimos; aquellos búcaros de 
frescura y fragancia que solían artistas de paciencia y artificio 
decorar con bellas pinturas; los simulacros de dioses liminares 
en patios donde bailaban durante las festividades públicas diez 
mil parejas; los castillos del adoratorio principal retorcidos como 
caracoles y entallados de piedras negras tan relucientes como 
pedazos de azabache; los ídolos asentados sobre unas esferas 
azules á que llamaban cielos y coronados con penachos de plu- 
mas prendidos á crestas de oro; los altares ornamentados como 
por un diluvio de piedras preciosas; las pajareras donde las 
aves, por su canto y por su pluma y por su procedencia, se cla- 
sificaban dentro de jaulas tan enormes que les permitían su 
libertad nativa; los joyeros de una riqueza como fantástica y so- 
ñada; los jardines con todas las hierbas que recetaban los médi- 
cos y pedían los dolientes al consejo de sabios botánicos muy 
duchos en medicina; los acueductos y encañados portadores 
desde Chatultepech de manantiales consagrados á difundir por 
aquellos verjeles y florestas alegría con abundancia; las casas de 
recreación circuidas de parques donde cazadores industriados 
por las artes de cetrería ejercitaban su agilidad y sus fuerzas; 
los centros múltiples en que podían á cada paso verse las ven- 
tajas de una industria muy hábil nacida de una civilización muy 
adelantada: toda la grandeza del mundo prehispánico recono- 
cida por la ciencia moderna y consagrada en la Historia Uni- 
versal. Mas habrán los hispanófobos de perdonarme si les digo 
que todo cuanto leo en sus autores más acreditados, como 



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Squier, Nadaillac, Río, Winner, Charnay, respecto de los edi- 
ficios mayas y toltecas y aztecas y peruanos, me recuerda 
cuanto he leído en mis sabios amigos Layard y Oppert y Mas- 
pero tantas veces respecto de los edificios asiáticos. Hanse ya 
los desiertos caldeos tragado aquellas grandes capitales como 
si fueran las arenas oleajes oceánicos. La soledad estéril ha 
sido tan voraz para Babilonia como la vivida selva tropical para 
Palenke. Aquellos escombros en las arenas caldeadas parecen 
despojos, y nada más que despojos del tiempo , fragmentos de 
un planeta derruido, carbones apagados y fríos de un sol ex- 
tinto. Y fueron propíleos guardados por esfinges aladas y ceñi- 
das de coronas murales; patios mayores que las plazas más 
magníficas de nuestras capitales más populosas; arcos geométri- 
camente trazados sobre portones gigantescos, tras los que apa- 
recían pasadizos muy semejantes á cavernas; salas innumerables 
más ó menos adornadas, según el destino y oficio á que las 
apercibían y destinaban; porcelanas multicolores incrustadas 
entre ladrillos y sobre puertas de bronce concluidas por su 
parte inferior unas en garra y otras en pezuña; observatorios 
que decían cómo la ciencia se ligaba con la política y con la 
guerra en estos colosales edificios; harenes muy recluidos en lo 
más oculto y en lo más interno y más recatado, para que no 
pudiese penetrar en ellos la sensualidad, allí tan imperiosa, 
despertando los celos del déspota; cien sitios diversos que cons- 
tituían un palacio de aquellos tiempos y de aquellos pueblos, 
palacios muy semejantes á los antiguos de Méjico y del Perú, 
tan desmesurados como una ciudad cualquiera de ahora, y de- 
mostrativos, para quien ha interrogado la historia y sus secretos, 
de que las muchedumbres asiáticas yacían allí como siervos 
amontonados en interminables ergástulas. Cuanto más leo los 
trabajos hechos sobre americana prehistoria; cuanto más com- 
paro los edificios de aquellas edades prehispanas tan brillantes 
con los edificios simbólicos de otras edades análogas en la His- 
toria Universal; cuanto más cotejo las ruinas del Yucatán y del 



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Perú con las ruinas de otros sitios y de otros siglos análogos, 
persuádeme á creer con más viva y profunda creencia que los 
términos de cultura simbolizados por estos fragmentos en el 
Nuevo Mundo se parecen mucho á las edades más célebres de 
Caldea y Asiría, representando un momento así en las fases 
casi celestes del humano espíritu tal como se desarrolla en el 
tiempo y en el espacio históricos. No hay en América el arado 
armenio, no hay el toro índico , no hay el alfabeto fenicio , no 
hay la nave cartaginesa, no hay el caballo persa, no hay el ca- 
rro médico, no hay la vela tiria, no hay el Dios hebreo, no hay 
la teogonia doria, no hay la metafísica siciliana , no hay la esta- 
tua griega, no hay la numeración egipcia , no hay el arte ate- 
niense, no hay el eclecticismo alejandrino, no hay el romano 
derecho, no hay el Verbo católico, no hay la personalidad ó in- 
dividualidad germánicas ; luego las fases del espíritu y del 
tiempo y del trabajo, representadas por todo cuanto sabemos 
de sus pueblos, corresponde con los imperios asirlos, y á este 
gradual término del movimiento humano debemos referirlas, 
según su naturaleza intrínseca cotejada con todo cuanto nos 
han transmitido en su continua sucesión para nuestra enseñanza 
los pasados siglos. Una religión astronómica en la cual entraba 
por mucho el culto al sol y á la luz como en el sabeísmo caldeo 
de Zoroastro; una cosmogonía que colocaba todo el peso de 
nuestro planeta sobre la espalda enorme de monstruosas balle- 
nas semejantes á la tortuga de los indios; una evaporación 
eterna de las almas huidas á los cadáveres hacia otros cuerpos 
animados por la transmigración universal; unos colegios de sacer- 
dotes menos poderosos y más laicos que los asiáticos antiguos, 
colegios compuestos por tal número de gentes adscritas á los 
templos, que había cinco mil en el adoratorio mayor ó primero 
de Méjico; una cronología muy semejante á la recibida por 
nosotros de los pueblos astrólogos y con la particularidad única 
de los días llamados inútiles por no encajar bien dentro de la 
cuenta del año; una realeza electiva de doble aspecto religioso 



— 40 — 

y guerrero, en la cual no excluía la elección el despotismo; una 
grande aristocracia territorial, no exenta de cierto carácter cor- 
tesano, y más parecida en su dependencia de la corona y en el 
origen de sus bienes, á los sátrapas medos que á las órdenes de 
castas orientales; una familia muy amorosa y establecida en re- 
laciones muy dulces y consagrada por costumbres muy buenas, 
pero no libre de poligamia, sobre todo entre los reyes y los no- 
bles; una educación colectiva muy moral que inculcaba un ver- 
dadero culto á los padres en el ánimo de sus hijos, así como 
una esclavitud mitigadísima por los hereditarios usajes domés- 
ticos; una lengua copiosa que había llegado á la poesía y aun á 
la elocuencia; una escultura muy asiática, más semejante de 
suyo á la encontrada en los desiertos ribereños del Eufrates y 
del Nilo, que en los campos del Cefiso y del Alfeo; una escri- 
tura entre ideográfica y jeroglífica; todos los aspectos, en fin, de 
su vida, nos enseñan cómo la civilización hallada por los espa- 
ñoles en el continente americano, aunque autóctona é indígena 
de suyo, sin relación alguna conocida y testificada con Asia ó 
con Europa, se parece á la civilización caldea, posterior á los 
egipcios y á los indios, pero anterior á los fenicios y á los grie- 
gos en el desarrollo de la cultura universal. Y no quiero hablar 
de las víctimas humanas en los sacrificios religiosos, tan abomi- 
nables, que podrían poner el mundo americano de la conquista 
tras el mundo con que nosotros queremos compararlo en la 
evolución universal, si no supiéramos cómo había recrudecido 
estos usajes caníbales un error de los aztecas, sobreponiéndo- 
los á los más humanos de la gente maya, y cómo los habían 
disminuido en sus litúrgicas ceremonias los incas, inmoladores 
también de doncellas como gratas ofrendas á divinidades antro- 
pófagas. Aquella horrible ceremonia de tender un joven sobre 
ara de pórfido y sacarle con cuchillo de sílex el corazón del 
pecho para embutirlo con una cuchara de oro en la boca del 
ídolo, que chorreaba sangre caliente; aquella festividad siniestra 
del fin de cada siglo, fundada en el temor de no tornar á ver la 



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salida del sol, temor conjurado por la degollación de cualquier 
noble altísimo y selecto; aquella comunión en que devoraban 
la carne humana los fieles, creyendo Dios mismo el cuerpo de 
las víctimas degolladas en culto antropofágico, demuestran, aun 
siendo un retroceso en las primitivas costumbres de los pue- 
blos americanos, cómo estaban en un término de la serie ante- 
rior al sacrificio de la virgen Ifigenia en Grecia y al sacrificio de 
la hija de Jepté á la vez en Judea, sacrificios luego abolidos 
por ideas más humanas y por leyes más progresivas en el tardo 
y lento desarrollo de nuestra desgraciada humanidad. 

Examinando el movimiento de los siglos y las distancias enor- 
mes entre los varios términos de la evolución universal, maraví- 
llase uno á la vista del poco tiempo empleado por las socieda- 
des americanas en el paso desde civilizaciones muy anteriores 
al Cristianismo hasta las maduras y plenas civilizaciones cristia- 
nas. En dos años Cortés aportó á Méjico la cultura elaborada 
por el humano espíritu desde Abraham hasta Colón. Pensad los 
penosos tránsitos de les estados nómadas á los estables; las enor- 
mes luchas de los pueblos aspirantes á su independencia con los 
Faraones de todos tiempos y países; los sitios luctuosos de 
Troya y de Cartago; las irrupciones de africanos en Italia y de 
italianos en África; la fundación de Roma y Tiro tan costosas; 
el conflicto de Asia con Grecia, representado por Darío y Ciro, 
amén del conflicto de Grecia con Asia, representado por Ale- 
jandro; aquellas revelaciones de Sión en materias religiosas y de 
Alejandrías en materias científicas; la conquista romana y las 
calamidades traídas por los bárbaros á quienes comandaban 
Atila y Genserico; el esfuerzo que suponen las guerras por las 
investiduras y por las herejías y por las cruzadas y por el res- 
cate de la España cristiana y por el conflicto entre la monar- 
quía y el feudalismo; pensad todo esto, reconoced todo esto, 
medid todo esto, la cantidad incalculable de humano esfuerzo y 
de tiempo creador en todo ello latente, y decidme después de 
cuántos dolores no provenían y dimanaban aquellos frutos de 



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cultura conducidos por los descubridores al Nuevo Mundo y por 
una ley natural en la humana contingencia fecundados con tanta 
sangre. En política llevábamos los Estados modernos recién sa- 
lidos del caos feudal; en administración, los tribunales perma- 
nentes y las Chancillerías, que generaba un profundo y mayor 
conocimiento del derecho romano; en milicia, los ejércitos orgá- 
nicos, muy contrapuestos á las antiguas mesnadas; en ciencias, 
una filosofía que comenzaba su emancipación de Aristóteles, y 
una astronomía que comenzaba su emancipación de Tolomeo; 
en artes, la arquitectura y la escultura del Renacimiento; en le- 
tras, una inspiración juvenil expresada por medio de lenguas 
tan sonoras como la lengua nacional nuestra, fija ya por escrito- 
res tan eximios como Garcilaso; en religión, el Cristianismo; en 
industria, la pólvora y la imprenta; en medios de locomoción, el 
barco y el caballo y el buey; en alimentos, el pan y el vino, amén 
de todos los ideales del humano derecho y de todas las esperanzas 
congénitas al espléndido alboreo del espíritu moderno. Así, ved 
las naciones americanas en el Centenario y comparadlas con las 
naciones americanas del descubrimiento. Lo que fuera en aquellos 
días el territorio de Chicago , lo que fuera por mil cuatrocientos 
noventa y tres, comparado con lo que será en mil ochocientos 
noventa y tres, parece un símbolo del Nuevo Mundo al minuto 
de su descubrimiento y del Nuevo Mundo al cuarto Centenario 
de tan beneficioso y providencial suceso. En los puertos, donde 
apenas bogaba la canoa, el barco de vapor, movido por sus pro- 
pias fuerzas y emancipado de los vientos , conduciendo pobla- 
ciones enteras de pasaje y almacenando en sus bodegas produc- 
tos más copiosos que los reunidos antes por todos los mercados 
históricos; en el suelo los pararrayos, contrastando las nubes y 
sus devastadoras centellas, como el vapor contrasta las olas y las 
corrientes; en el aire los telégrafos, que comunican á una con su 
red eléctrica , semejante á la red nerviosa, todos los continentes 
entre sí de la tierra, y el telescopio, que comunica la tierra con 
el cielo; no lejos de los altares antiguos, la Iglesia cristiana, hen- 



— 43 — 

chida con la idea del Dios único y aromada con el incienso de 
un puro idealismo; aquí las colosales máquinas que metamorfo- 
sean la materia, y allí las escuelas que pulen y abrillantan el 
alma; en política, las instituciones más altas y las formas de go- 
bierno más perfectas; el Jurado popular, el comicio universal, 
el sentimiento religioso entregado á la espontaneidad, la prensa 
periódica escribiendo á cada minuto un libro para el pueblo, la 
democracia plena, el trabajo libre, la República. Ved á Buenos 
Aires cómo anima y esclarece con su espíritu ateniense la pampa, 
y lleva la idea humana desde la desembocadura del Plata, con 
esfuerzos continuos, hasta la Patagonia; ved esa culta República 
de Chile con su sólida estructura que le permite superar las 
asechanzas , así de la insolente dictadura , como de la terrible 
anarquía; ved esa Nueva España, ese Méjico, cada día más or- 
denado y más progresivo y más firme, no obstante rodearlo por 
todas partes el oleaje de las ideas nuevas, é impelerlo todos los 
vientos del espíritu moderno; ved esas naciones centrales del 
Continente asentadas en el istmo, despidiendo cánticos exhala- 
dos por los coros de los poetas; ved esas Universidades ameri- 
canas en la elaboración incesante de ideas; ved esas ciencias que 
dominan todos los problemas y educan las generaciones en el 
ideal; ved el derecho vivo en la realidad, y decidme si hay ra- 
zón ó no para bendecir el descubrimiento y celebrarlo como una 
de las mayores bienaventuranzas de la Humanidad y como uno 
de los timbres más gloriosos de la Historia. Cuando se ven los 
monumentos imperiales, por grandes que aparezcan, por bellos 
que sean, por poesía y arte que tengan, el pensamiento no puede, 
no, desasirse á la consideración de que los han levantado siervos 
con el grillo al pie, para que los sacerdotes de la superstición 
ungieran los déspotas monstruosos y adoraran los fetiches an- 
tropófagos, entre ríos de sangre humana, ofrecida, cual holo- 
causto litúrgico, en banquetes de caníbales celebrados á ma- 
nera de una comunión religiosa; y vuelve los ojos al Capitolio 
de Washington, iluminado por los resplandores del Evangelio, 



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donde resuena el Verbo de la democracia; con el rayo de los 
dioses antiguos apagado en sus aras; con las cadenas del siervo 
pendientes de aquellas paredes sacrosantas; con el éter de to- 
das las ideas en sus espacios; no puede sino sentir las esperan- 
zas más optimistas y asociarse al Te Deuin del progreso elevado 
allí por todo cuanto os rodea en mudo himno al Dios de la li- 
bertad. Y como el descubrimiento de América sea la obra capi- 
tal de nuestra España, y al nombre hispano se hallen todos 
estos progresos unidos , no será mucho creer que , un día ya 
cercano, cuando los pueblos del Nuevo Mundo alcancen ma- 
yor conocimiento de todo cuanto deben á quienes les lleva- 
ron la moderna cultura, consagren una especie de culto re- 
ligioso á la madre histórica suya, nuestra España, como hemos 
tenido que consagrar en el helenismo un culto á Grecia, y en el 
catolicismo un culto á Roma nosotros, fundados en que hicie- 
ron por todos los hombres cultos en el Viejo Mundo y en la an- 
tigua historia, lo mismo que los españoles hemos hecho, lo 
mismo, en la historia moderna por el Nuevo Mundo. 




CAPITULO PRIMERO. 



EXCEPCIONAL IMPORTANCIA DE COLON. 



vocAMOs aquí ahora un hombre por todo extremo ex- 
traordinario , á quien pudiéramos denominar, en las 
riquezas adjetivas de nuestra lengua, hombre singu- 
larísimo; evocamos á Cristóbal Colón, quien aparece hoy á 
nuestros ojos en lo alto de la tierra por él invenida, cual en los 
cuadros litúrgicos el Eterno sobre toda su Creación. Cierto; 
habiendo encontrado y descubierto América, ni supo la im- 
portancia y extensión del hallazgo, ni quiso el hado ciego que 
le pudiera dar su nombre inmortal, prestado á la joven tierra 
por un dependiente suyo, por un piloto de orden secun- 
dario. Pero, en desquite de esto, deja entre sombras, por 
los segundos términos de la fama, fuera del altar suyo único, 
lejos de su gloria universal, á los demás descubridores y nau- 
tas, cuyos nombres las crónicas de los descubrimientos guar- 
dan en sus preciosos anales. El primer nómada que se apartó 
de los ríos y se internó en las arenas del desierto; la primera 
navecilla confiada por el atrevimiento humano á las ondas 
hirvientes; el explorador fenicio que recalara en Cartago; el 
taimado heleno, constreñido á huir de los escollos, contra 
cuyas estrías los esquifes se rompen, y á taparse ojos y oídos 



- 46 - ' 

para volver á la patria y no quedarse adscrito á los seguros 
puertos y á las rientes costas; el perseguido rebuscador del 
áureo vellón; todos cuantos, por r'edio de arriesgadas expedi- 
ciones, han descubierto ignotos territorios ó comunicado entre 
sí apartadas gentes, permanecen allá en las penumbras del cre- 
púsculo matutino, muy natural á los comienzos de las eda- 
des históricas; imaginarios y fabulosos seres, cual esos qui- 
méricos evocados en los monumentos hidráulicos á la continua, 
cuyos humanos cuerpos terminan en colas de delfines y pasan 
por seres naturales ó verdaderos en la credulidad fácil de los 
pueblos prehistóricos. ¡Cuánta vaguedad en figuras, como las 
de Ulyses, Jason, Dido y cien otras, que representan en los infi- 
nitos horizontes del tiempo los primeros descubridores y los pri- 
meros descubrimientos, con la indecisión propia de unas edades, 
en cuyos senos concluyen por confundirse la poesía y la histo- 
ria! Venido el descubridor por excelencia en tiempos de ma- 
durez para la razón humana y de reconciliaciones entre la na- 
turaleza y el espíritu, en tiempos de renovación religiosa y 
científica, su persona se dibuja con delineamientos por tal modo 
matemáticos, y se tiñe de color tan claro, que no se confundirá 
con otra ninguna y no podrá eclipsarse tras los inciertos celajes, 
cuyos arreboles rodean otras personalidades históricas de pri- 
mer orden, quienes, más infelices, no han rayado, con todos sus 
méritos, donde rayara Colón, y menos conseguido, cual éste 
consiguiera, un recuerdo y un reconocimiento universal. El paso 
por los estrechos que unen dos mares como el Atlántico y el 
Pacífico; la entrada en China de las Ordenes religiosas; los viajes 
por el África desde los tiempos del infante D. Enrique hasta los 
tiempos de Alburquerque; la invención del Cabo de Buena Es- 
peranza; el desfloramiento de aguas fluviales como las formadas 
por los ríos Amazonas y Mississipí; la reintegración en el viejo 
mundo y en la vida nuestra de regiones como las Indias orien- 
tales, por tantos tiempos olvidadas, yá conjuros milagrosos 
como los de Gama, redivivas en la comunidad universal de los 



- 47 — 

pueblos; tantos y tantos milagrosos hechos no han obtenido, ni 
en la Historia, ni en la leyenda, ni en el Teatro, ni en el poema, 
la fervorosa y constante admiración prestada por todos al des- 
cubrimiento de América y á las incidencias múltiples que lo 
prepararon y lo produjeron en período tan excepcional y extra- 
ordinario. Yo atribuyo esta felicidad histórica de tamaño héroe 
al martirio suyo, mejor dicho, á la virtud y eficacia que para 
inmortalizar lo deleznable y mortal guardan en sí las penas, 
que acaban á una con la vida de un día para granjearnos la 
vida eterna; pues sangre y lágrimas del martirio bautizan y 
aperciben para la eternidad. Aquel combate porfiadísimo del 
descubridor con las supersticiones antes de su invención mila- 
grosa, y aquel otro después de su invención milagrosa con los 
propios yerros y las ajenas ingratitudes, hanle ceñido una co- 
rona tal de abrojos, que cada una de sus espinas, si mientras 
vivía le trituraban las sienes, después de muerto se han conver- 
tido en luminosos rayos de gloria. Bajo todos los altares debe 
haber siempre su respectivo sacrificio. 

Los descubrimientos y los descubridores apenas ocupan en 
los panteones de la Historia el merecido lugar. Dcslumbrados 
los cronistas por el espectáculo tormentoso de la guerra que 
mata, no han atendido al espectáculo tranquilo de la industria 
que vivifica. El combate precede al trabajo. Los nombres de 
Niño, de Sesostris, de Nabucodonosor, se oyen más en las eda- 
des que los nombres de aquellos bienhechores del género hu- 
mano, por cuyos esfuerzos obtuvimos el imperio y dominación 
sobre la Naturaleza y la materia, tan rebeldes á nuestra volun- 
tad y pensamiento. Imaginaos enredado el hombre primitivo, 
en una existencia casi vegetativa, con las raíces del mundo in- 
ferior inorgánico; sin fuego á su disposición todavía; sin medio 
ninguno de forjar y machacar el hierro; vestido con los filamen- 
tos de los árboles que le procuran las lianas de los bosques 
gigantescos; armado de un hacha conseguida con rozamientos 
que han dado á las piedras toscas filo ; en el seno de cavernas 



- 48 - 

abiertas bajo las aguas y parecidas á la gruta por los castores 
cavada en sus rudimentarios instintos; forzado á comer, como 
las alimañas feroces, de la depredación feroz, á sus guerras eter- 
nales consiguiente; en una batalla sin término con los elemen- 
tos airados y en una guerra sin tregua con todas las especies 
inferiores; imagináoslo así confundido con la naturaleza y ape- 
nas elevado un punto de las escalas animales ; ayuntándose al 
acaso con su hembra; sin presentimiento siquiera de la posteri- 
dad ; y decidme cuál gradería tendrá el trono de sus invencio- 
nes, cuando lo ha elevado desde semejantes miserias á eminen- 
cias, donde ha cogido en su puño el rayo tonante y prestado así 
á su palabra, como á su escritura, las tempestuosas alas del re- 
lámpago. La historia no ha recogido los nombres de los primeros 
inventores ni los actos de las primeras invenciones; y los ha reco- 
gido la poética leyenda, según hánselos dado á conocer las con- 
sejas orales, cuyo sentido, al pasar de labio en labio, se modifica 
y altera. El nombre de Prometeo, del Titán que roba su fuego 
á Júpiter, el fuego que no sabe procurarse ninguna otra especie 
más qi:e la especie humana; ese mitho está mezclado á la in- 
vención de la llama del hogar, ó sea, del etéreo elemento, 
cuya luz nos esclarece y cuyo calor nos anima. La sabida le- 
yenda, que pasa de mitología en mitología, leyenda personifi- 
cada por Ceros, cuya hija, tan amada, tan bella, tan inocente, 
la diosa Proserpina, baja una parte del año al orco y asciende 
otra parte mejor al Olimpo, no enseña en el fondo sino 
que los hombres han inventado el trigo, sujeto á pasar de 
las tenebrosidades del surco bajo los hielos del invierno al 
brote de sus espigas en los calores de la primavera. Y el episo- 
dio bíblico de Noé, por la ciencia moderna encontrado, tal 
como se halla por los primeros capítulos del Génesis, en las 
leyendas orales de la Caldea , representa y significa la invención 
del vino. Así, cuantos quieran enterarse de lo que valen las 
grandes invenciones ó los inmortales descubridores en la tradi- 
ción oral, no tienen más que dirigirse á cualquiera de los libros 



— 49 — 

en que la tradición oral se fija y se formula. Por ejemplo, la 
historia de los Patriarcas, desde la creación hasta el diluvio, 
apenas abraza una media docena de capítulos en el Génesis. Y 
á pesar de su brevedad narra las creaciones geológicas y las 
creaciones industriales. Dos genealogías, cuya raíz común está 
en Adán, se dividen, la una desde Caín y la otra desde Seth, 
bifurcándose luego en dos descendencias, ambas de inventores. 
La genealogía de Caín genera todos los grandes industriales 
hasta Tubal , en quien se inicia la edad verdadera del cobre ; y 
la genealogía de Seth engendra los grandes agricultores hasta 
Noé mismo, en quien se inicia la edad verdadera del vino. De 
ningún modo la viña hubiese aparecido en el planeta sin que 
aquellos hombres tan fuertes domaran las alimañas indómitas 
y las uncieran al pesado yugo. Y no solamente se necesitó la 
sujeción de los animales al hombre, alcanzada tras tenaces re- 
sistencias; necesitóse forjar esos férreos instrumentos que hieren 
y abren el seno de nuestra madre la tierra, buscando en sus 
entrañas la vida universal. Examinad la descendencia de Caín 
y veréis cómo revela en sus primeros representantes todos los 
progresos del trabajo, á cuyo término coronará la espiga el 
trigo, brillará entre los pámpanos la uva, y los frutales ceñi- 
ránse con guirnaldas de olorosas flores y copia de sabrosos 
frutos. Henoch, hijo de Caín, edifica un hogar. Jarai fija la tien- 
da, que llevaban en los hombros las tribus errantes, y trueca 
muchas especies bravas en domésticas. Tubal inventa las flau- 
tas, cuyos ecos acompañan el cántico de las aves y expiden las 
notas melodiosas del arte bajo los cielos y sobre las campiñas, 
amén de preparar, como Ceres, el hierro, y preparándolo, forjar 
el azadón que abre los hoyos y el arado que abre los surcos. 
Entonces ya comienza el mundo, redimido por tales grandiosos 
esfuerzos del trabajo, á entrar en las armonías del cultivo agra- 
rio, Y aparece la vida. No hay que dudarlo, ha dado impor- 
tancia grande la humanidad al descubrimiento del vino. Tras 
tantos siglos, después de haberse los cultos espiritualizado en 



— so- 
la medida que ahora los vemos, aun bajo las bóvedas de nues- 
tras catedrales consagradas al Dios espíritu , y en torno de cu- 
yas lámparas aletean enjambres de puros pensamientos metafí- 
sicos, el sacerdote ofrece ante los altares y sobre las aras liba- 
ciones de vino al cielo como la mejor entre todas sus ofrendas. 
Un dios ha tenido la clásica antigüedad para el vino; un dios 
llegado en peregrinación larguísima desde las Indias á Grecia, 
seguido por turbas ebrias, artífice de las más dulces melodías, 
personificación de los placeres, verdadero tipo del exceso en la 
vida y de la plenitud en el ser. Indudablemente no fueron arios 
quienes descubrieran el vino. La invención de tal vivificante 
licor se debe al semita. Así la poesía hebraica y sus efusiones 
líricas encontraron una cantera de tropos en la vid, en el vas- 
tago de la vid ó sarmiento, en el pámpano verde por la prima- 
vera y purpúreo por la otoñada, en el polen de las viñas, en el 
racimo hermoso, en la benéfica vendimia, en el oliente lagar de 
donde rebosa el mosto. Pues todo esto no quiere decir otra cosa, 
y no significa otra cosa á la verdad, sino que, así como la 
invención ó descubrimiento del fuego encontró sus resonancias 
en las tradiciones relativas á Prometheo, la invención ó descu- 
brimiento del vino encontró sus resonancias en las tradiciones 
relativas á Baco y á Noé. Tal honda huella dejan en la humana 
memoria los inventores útiles. 

Pues lo sucedido en la Mitología con el titán Prometheo y 
en la Biblia con el patriarca Noé, sucede á su vez en la Historia 
con el descubridor Colón. Su vida no se desarrolla en tiempo de 
leyendas y fábulas. Bien al revés nace, fluye, acaba, cuando co- 
mienza un cierto análisis crítico, á cuyos cortes mil poéticas le- 
yendas se dividen y cercenan por completo del viejo mundo 
histórico. Ni la fe religiosa, tan crédula que imagina el patrimo- 
nio temporal de los Papas una graciosa donación de Constan- 
tino, pudo mantener ante la crítica de doctores criados por ella 
misma, ciertas piadosas creencias, las cuales, no en los cánones, 
pero sí en las devociones, revestían el sacratísimo carácter de ce- 



lestiales dogmas. Y al par que la crítica se iniciaba, ingeríase á 
su vez en la Historia un factor tal como la Razón de Estado. 
Así, mientras Maquiavelo escribe al dictado de la ciencia polí- 
tica, trabajaba Colón en sus empresas, mezclando cálculos ma- 
temáticos, fines útiles é intuiciones reveladoras. Poco á poco, 
pues, van las gentes de fantasía, corazón y sentimiento, apode- 
rándose de la ilustre personalidad de éste, y circuyéndola con 
poéticos misterios, como los arreboles con que la tarde rodea en 
su caída el ocaso, y como los espejismos con que el aire caldeado 
rodea, en los días ardientes, las arenas de 'os inmensos desiertos. 
El crecimiento de tamaña leyenda llegó á lo increíble. Cuando 
Colón educa su espíritu en todos los conocimientos racionales 
allegados hasta su edad; cuando propone á cuerpos universita- 
rios y sabios la indispensable aceptación de sus proyectos, de- 
bidos en una parte á sus adivinaciones personales, y en otra parte 
á sus experiencias y á sus estudios, hijos del trabajo y del tiempo; 
cuando lo espera todo, en la peparación tenaz aquella, del Es- 
tado y del Gobierno, de magnates, arzobispos, frailes, reinas y 
reyes efectivos; cuando el saber y el cálculo entran por tanto 
como la intuición y el genio en sus planes, han querido muchas 
almas piadosas descubrir allí revelaciones como las antiguas del 
Eterno á sus profetas, milagros como los hechos por Moisés en- 
tre las orillas del Nilo y las orillas del Jordán, aspectos religio- 
sos y sobrenaturales, hasta el extremo de trocar la biografía de 
un héroe tan histórico por lo menos como Lutero y Franklin, 
en capítulo piadoso de litúrgico santoral, y proponer á la Iglesia 
una beatificación como la que circunda hoy en los devocionarios 
católicos todos los nombres más ó menos gloriosos de la Cris- 
tiandad primitiva y heroica. Tan excepcional privilegio de Co- 
lón atribuyólo á que los descubrimientos y los descubridores 
hieren mucho la fantasía; y, sin embargo, entran menos en la 
Historia vulgar que los políticos y que los guerreros. ¿Cuánto 
más no le importa hoy al hombre conocer quién halló el molino 
de harina, que conocer quién ganó la batalla de Arbelas.^ Como 



— 52 — 

la costumbre de la imitación impera casi tanto entre los hom- 
bres cual entre los monos, repetimos lo que acabamos de decir 
arriba: un achaque, de antiguo contraído por los historiadores, 
ha compuesto la historia humana con espesa urdimbre de gue- 
rras y combates. Así, los descubrimientos han quedado en la pe- 
numbra de los crepúsculos y los relatos de ellos han adquirido 
un carácter intermedio entre la Historia y la fábula. Tal vez á 
esto, al carácter entre fabuloso y positivo que toma, por una re- 
gla general, el relato de los descubrimientos, débase la indife- 
rencia con que los ha recibido el pueblo y la parquedad con que 
los ha contado la Historia. Lo cierto es que, poniendo enfrente 
los volúmenes consagrados á la política y la guerra, de los volú- 
menes consagrados al trabajo y á la industria, se queda uno 
pasmado y asombradísimo de la increible desproporción. Aun la 
comprendo en edades que creían vil el trabajo manual y menos- 
preciaban el tráfico, relegado á gentes de poco más ó menos, 
inhabilitadas de hombrearse con los hidalgos. Pero en la edad 
nuestra, la edad por excelencia del trabajo y de la industria, 
mientras los nombres de los generales por doquier corren y se 
divulgan, el nombre de los descubridores cae con la mayor fa- 
cilidad en triste olvido ingrato. Por un Galvani, por un Franklin, 
por un Daguerre, por un Edison, que han difundido entre todas 
las clases el renombre propio y han puesto á los descubrimien- 
tos el sello de sus apellidos, ¡qué número de olvidadas ó desco- 
nocidas glorias! Cuando vamos por el ferrocarril, como en alas 
del viento, no tenemos un recuerdo para Wath, que aplicó el 
vapor al transporte; ni para los ingenieros que acabaron la pri- 
mera línea de Liverpool á Manchester en 1830. Y mucho más 
de lo que sucede con el vapor, sucede con el telégrafo. Se opera 
el milagro á vuestra vista: la palabra puesta en cualquier apa- 
rato de la Florida ó de la Patagonia, llega instantáneamente á 
vuestros oídos; el hecho que ha pasado dentro de la muralla 
china ó al borde de los ríos índicos, se os noticia tan pronto cual 
si hubiera pasado en vuestra vecindad ó en vuestro barrio; por 



— sa- 
linos hilillos de metal, que burlan los climas y los océanos, es- 
táis como dioses á un mismo tiempo en todas partes, y sentís 
los afectos y las ideas del género humano cual si formarais con 
todos vuestros semejantes un solo cuerpo: sin embargo, nada sa- 
béis del profesor de Gotinga, Lichtenberg, el primero en aplicar 
la electricidad á la telegrafía; ni del industrioso Wea'^tone, el 
primero en establecer una línea en Inglaterra; ni del inmortal 
Morse, más conocido entre la gente del oficio, entre los telegra- 
fistas, que los anteriores, pero desconocido en el pueblo, no obs- 
tante haber obligado la máquina eléctrica á escribir y casi ha- 
blar con sus campanillas de alarma: magos milagrosísimos y 
sobrenaturales, más que los buscadores de la piedra filosofal, 
pues han hallado riquezas no comparables al oro en los medios 
de centuplicar las fuerzas de nuestra especie y extender sobre la 
creación el imperio de nuestra inteligencia y la intensidad de 
nuestra vida. Las gentes de lo porvenir no habrán de ser tan in- 
gratas. Los primeros años del siglo crecerán en la memoria uni- 
versal, no por esas victorias napoleónicas, en mil poemas divini- 
zadas, no ciertamente, por otro mejor timbre, por esa pila de 
Volta, donde la difusa electricidad se condensa, y que guarda 
en sus líquidos y en sus metales corrientes y fuerzas, como si 
fuera un reducido Universo, un resumen de la química con que 
producen y conservan la vida los grandes agentes de la Natura- 
leza. Hoy mismo, cuando entráis en la catedral de Pisa, bajo 
aquellas bóvedas semiorientales, en los senos del edificio por ex- 
celencia original que nos ha legado la Edad Media, vuestros 
ojos se fijan y vuestro espíritu se reconcentra sobre aquella lám- 
para suspendida de la piedra central del crucero, que despertó 
con su llama vacilante, á Dios consagrada, y con sus oscilacio- 
nes continuas, la teoría del péndulo en la inteligencia de Galileo 
para que demostrase la figura del globo y su eterno movimiento 
por las esferas celestes. Los pueblos cambiarán sus peregrinacio- 
nes de hoy por otras peregrinaciones en tiempos no lejanos. 
Y agradecidos á todos sus bienhechores, irán á ver, por ejemplo, 



— 54 — 

el escollo cercano á Alejandría, conocido con la denominación 
de Faros, por el cual se denominan faros también esas estrellas 
terrestres, esas próvidas luminarias, esos guías salvadores que 
muestran al navegante las costas y le excitan á luchar con las 
tormentas y á obtener las victorias del trabajo sobre la fuerza, 
sin las cuales victorias no tiene valor alguno la vida. En verdad 
que, para entender la importancia de los descubrimientos, se ne- 
cesita cambiar por completo el sentido histórico y hasta el sen- 
tido poético. Si un día por la huerta de Játiva os paseáis, pocos 
sabrán deciros que allí se descubrió el papel de escribir á la mo- 
derna, tan diverso del papiro de unos y del pergamino de otros, 
cuyo empleo estaba reservado por su coste á los poderosos y á 
los magnates. La tenue hoja, cayendo en todas las manos, ini- 
cia la emancipación intelectual de la humanidad. Cuando la co- 
géis descuidados, cuando le infundís vuestro pensamiento y le 
confiáis vuestro secreto, jamás os asaltará la idea de todo cuanto 
ha hecho esa leve materia, tan barata y extendida, por vuestra 
lenta redención. Los chinos, raza bien poco religiosa, casi han 
divinizado, y si no divinado, inmortalizado, al tercer Emperador 
de la dinastía Tag por haber descubierto el papel. Mas todo el 
mundo sabe la inutilidad completa de las invenciones chinas 
para nosotros. Aislado este pueblo por su muralla, que lo dividía 
del mundo, ha sentido nuestras mismas necesidades y las ha sa- 
tisfecho de un modo parecido al nuestro; pero las invenciones 
chinas, su brújula, su pólvora, su papel, no se comunicaron al 
resto del Asia, ni mucho menos á Europa. Cuando en la Edad 
Media se halló el aguardiente, creyeron todos que se había encon- 
trado el elixir de la inmortalidad. Y hallado por el cordobés 
Abul Hasem en aquellos jardines cercanos á Córdoba, y de los 
cuales únicamente quedan reflejos en correspondencia con su 
brillo por los relatos de las crónicas árabes, el tal médico maho- 
metano comunicó su invento al sabio Arnaldo de Villanueva, su 
discípulo, y el sabio Arnaldo á otro discípulo suyo, no menos 
ilustre, Raimundo Lulio; y merced á las continuas comunicado- 



- 55 - 
nes de Cataluña y de Provenza con Italia, se dilató por Europa. 
El papel y el aguardiente, ¡cuan útiles! Y sin embargo, ¡cuan 
ignorada su historia! Pues igual ha sucedido con todo. El es- 
truendo de las armas ciertamente se ha oído más que los golpes 
del azadón y del arado sobre la tierra. Y nunca nos hubiéramos 
enseñoreado del planeta sin esa red maravillosa de invenciones, 
que han contribuido á formarlo, como sus zonas geológicas, sus 
irradiaciones sucesivas, su enfriamiento gradual, sus terrenos so- 
brepuestos y todo lo demás que nos ha enseñado la Historia na- 
tural de nuestro globo. Sin el astrolabio que para estudiar el 
cielo tenían las escuelas árabes de Córdoba y Sevilla; sin el Al- 
gebra que tanto facilita los cálculos enormes; sin la brújula que 
señala un punto seguro al barco perdido entre lo infinito del 
cielo y lo infinito del mar; sin la imprenta que, al medio siglo 
de inventada, servía ya mucho á prosperar el espíritu , no hu- 
biera podido la invención del Nuevo Mundo verificarse, pro- 
ducto y resultado evidentísimo de una lenta y segura evolución 
graduada, como todos los grandes hechos humanos, los cuales 
nunca sobrevinieron de improviso. El descubrimiento de Amé- 
rica está en la Historia tan preparado, como está en la Geología 
preparada la tierra vegetal tras las zonas, que por sucesivas gra- 
daciones han debido producirla en una especie de sucesión se- 
mejante á la que tienen las ideas en los sistemas filosóficos y los 
términos ó factores en las evoluciones así materiales como lógi- 
cas. Cual una continua producción de profecías preparó los ca- 
minos á la venida de Cristo y á la revelación del cristianismo, 
una continua serie de sobrehumanos esfuerzos preparó la venida 
de Colón y el descubrimiento de la nueva tierra, semejante á 
renovado y primaveral universo. 



CAPITULO II. 

NACIMIENTO Y CRIANZA DE COLÓN. 




UANDO á SUS promedios el siglo decimoquinto se acer- 
caba, por el año treinta y tres ó treinta y cuatro, 
nacía el descubridor por excelencia entre los descu- 
bridores, nacía Colón. La Naturaleza y la Providencia quisieron 
de consuno que tan excelso nauta creciese y se criase á orillas 
del mar. Los verdaderos centros de civilización y cultura histó- 
ricos hanse de antiguo relacionado con riberas, ó sea con lugares 
próximos á las aguas. Tended los ojos por el mundo histórico, 
y veréis qué relación estrecha existe desde tiempos inmemo- 
riales entre las corrientes de los ríos y las formaciones ó trans- 
formaciones de los Estados. El Indo y la India, el Eufrates y la 
Caldea, el Israel y su Jordán, los Faraones y el misterioso Nilo, 
Cartago y su ensenada en el Mediterráneo africano, Sidón y Tiro 
establecidas en el sitio donde parece que se aproximan por me- 
diación de aquellas celestes aguas los tres continentes de la 
vieja tierra, Grecia y sus escultóricas costas y sus conocidísimos 
coros de islas, Italia y su estructura peninsular en el centro de 
nuestra Europa y del mar meridional europeo, España entre las 
aguas oceánicas y las aguas mediterráneas, dan, por sus res- 
pectivas situaciones fluviales ó marinas, una clarísima clave que 



abre sus peculiarísimas historias. La soledad inmensa del mar 
enseña el infinito al hombre más todavía que la infinidad azul 
del cielo; porque mientras éste se halla sobre nuestra cabeza 
como dominándonos, aquél se tiende á nuestra pobre altura y 
muchas veces bajo nuestras propias manos. Todo en el mar os 
enseña la especie de ascensión á que los afectos grandes y los 
grandes pensamientos obligan al hombre, todo, sus oleajes, sus 
embravecimientos, sus trombas, sus vapores, que suben y suben 
como en raudos espirales. No hay en la creación universal cosa 
ninguna tan bella como el mar, con sus frescas corrientes, sus 
celestes superficies, sus espumas jaspeadas de iris, sus estelas 
fosforescentes, sus animales multicolores, sus gérmenes gelati- 
nosos que parecen embriones de vida ó semillas de mundos, los 
besos de sus curvas con las curvas del cielo. En el contacto entre 
un alma llena de fantasía y un mar lleno de vida y un cielo 
lleno de luz debía despertarse un genio como el genio creador 
de Colón. En cuanto saludáis las primeras palabras de su historia 
ó veis los primeros rasgos de su fisonomía, seguidamente ad- 
vertís el sello espléndido grabado en su ser por el Mediterráneo, 
No puede, no, desconocerse; así como hay un parentesco en 
pintura, por ejemplo, entre todos los artistas holandeses y fla- 
mencos, lo hay entre todos los pintores italianos, de Florencia, 
de Milán, de Roma, de Venecia, de Umbría. Y así como hay 
un parentesco entre los pintores italianos, hay un parentesco 
entre todos los marinos mediterráneos. Pues bien, al Mediter- 
ráneo, exclusivamente al Mediterráneo pertenece Colón, por la 
mezcla tan feliz de la inspiración y del cálculo, que lo hacen al 
mismo tiempo un comerciante y un profeta, capaz de moverse 
al aguijón del oro á guisa de cualquier nauta, que recorre los 
mares por el comercio, por el cambio y por el mezquino lucro, 
así como al llamamiento de la fe religiosa, en guisa de cruzado 
á quien se le aparece la cruz divina y el sepulcro de Cristo entre 
las tormentas que azotan su nave santa , ó entre los ardores del 
desierto, donde la sed y el hambre agobian sus fuerzas y mar- 



— 59 - 

tirizan su cuerpo. En el normando veis al marino siempre. Aquí, 
en el marino mediterráneo, veis, juntamente con el calculador, 
con el industrial, con el mercader, al religioso, al inspirado, al 
profeta y al mártir. Quien desconozca cómo se han juntado en 
Colón ambos extremos, no quiera estudiarlo. 

Lo que primeramente debemos considerar, estudiando á Co- 
lón, es el medio ambiente, como decimos ahora, en que vive y 
crece. Hombre maravilloso, en quien se unen acción y pensa- 
miento, fantasía y cálculo, el espíritu generalizador de los filó- 
sofos y el espíritu práctico de los mercaderes; verdadero marino 
por sus atrevimientos y casi un religioso por sus deliquios; poeta 
y matemático; el tiempo y el espacio en que nace y crece nos 
dan facilidades grandísimas de conocerlo y apreciarlo. Apenas 
interesa la vida particular de un hombre que ha influido tanto 
en la Humanidad, como Aristóteles, quien resumió y clasificó 
todo el saber heleno, poco antes de que perdiera Grecia, por la 
pérdida luctuosa de su libertad, el esplendor de su genio. En- 
cerrado en su pensamiento, reducido á escribir libros para las 
generaciones futuras y á dar consejos al vencedor Alejandro, 
nos interesa mucho lo que pensó en su mente y nada nos inte- 
resa lo que hizo en su vida. Pero Colón está por tal manera 
unido á la realidad viviente que su historia nos interesa con 
vivísimo interés. Como no podemos abstraer y separar los cuer- 
pos del espacio que los limita, no podemos abstraer y separar 
las almas del tiempo en que viven. La esencia del espíritu con- 
serva su íntima naturaleza y su interior unidad sobre la serie de 
los sucesos que pasan á su alrededor y sobre la corriente de los 
tiempos en que sus facultades se desarrollan. Pero no cabe duda, 
no, de que la edad en cuyo seno aparece un alma, y los suce- 
sos, independientes de su inteligencia y de su albedrío, que la 
rodean, concluyen por modificarla profundamente y por ponerle 
un sello indeleble. Así como para juzgar el alma pura no se 
puede prescindir del cuerpo que la encierra, de su natural, de su 
complexión, de su temperamento, no se puede prescindir tam- 



— 6o — 

poco del siglo, de su carácter, de sus leyes, de sus instituciones, 
de sus hechos políticos. Cuando un alma trae aptitudes en con- 
sonancia con la edad en que ha de pasar por este mundo, las 
desenvuelve plenamente á manera de esos árboles brotados en 
terrenos propicios á su desarrollo y crecimiento. Arrojad sobre 
una época de paz la ingente alma de Napoleón el guerrero, y 
se atrofiará, careciendo de espacio y del medio indispensables 
para cumplir sus interiores vocaciones y para realizar sus mara- 
villosas conquistas; pero poned esa misma alma, después de 
una revolución casi cósmica, en tiempos de guerra continua é 
incesante, al toque de la Marsellesa y al redoble de los tambo- 
res y al estampido de la artillería; veréis cómo sus facultades 
bélicas, sus instintos carniceros, su aptitud para aplicar las mate- 
máticas á la estrategia y á la táctica, su poder para conducir los 
hombres al combate y á la matanza se desarrollan á una todos, 
no sólo por la explosión de las facultades internas, sino también 
por la facilidad que le ofrece un mundo subvertido y desga- 
rrado á los estremecimientos de una batalla sin término y sin 
tregua. Colón fué como su edad, un profeta y un Bautista, y un 
revelador y un obrero de aquel renacimiento universal. El siglo 
decimoquinto fué un siglo muy propio para el desarrollo de las 
facultades que sobresalían con tan extraordinario relieve y co- 
lor en su espíritu. Corre el tiempo eternamente, pero los siglos 
tienen caracteres que los hacen ó más definitivos ó más revolu- 
cionarios, caracteres que dan á sus instituciones un movimiento 
vertiginoso, ó las paran y las detienen sobre sólidos y duraderos 
fundamentos. Expliquemos con mayor sencillez este juicio. Hay 
en la Historia edades de reposo y hay en la Historia edades de 
movimiento. En las edades de reposo cada institución está firme 
sobre su base, cada base está firme sobre la tierra. Luego hay 
otros siglos de transición, de cambio, de transformaciones, en 
que todo se renueva, todo, á la doble virtud del amor y de la 
muerte. No cabe dudar que en el siglo primero de nuestra era, 
por ejemplo, corriendo el tiempo con su medida igual, duraba 



— 6i — 

y perduraba el imperio; mientras que en el siglo quinto, el im- 
perio se descomponía y destrozaba, reduciéndose todo él á frag- 
mentos, porque era un siglo de transición el siglo quinto. Y lo 
mismo sucede desde el siglo octavo al siglo décimo. Los Carlo- 
vingios, en el primero de estos siglos, fundan el feudalismo teo- 
crático; y el feudalismo teocrático vive y domina hasta el siglo 
décimo con sus obispos señoriales, con su Iglesia sobre el patri- 
monio temporal asentada, con su imperio semifantástico sujeto 
completamente á la Iglesia. No era mucho, pues, que el espíritu 
humano creyese próxima en el año mil, como cumplimiento de 
innumerables profecías, la hora apocalíptica del Juicio Final. Y 
este siglo décimo es un siglo de transición, de movimiento, de 
transformaciones, como el mismo siglo quinto. Así, puede de- 
cirse que desde principios del siglo primero á fines del siglo 
cuarto la sociedad tiene, sin dejar de moverse y transformarse, 
una fórmula en su cima y una base en sus cimientos, perdidas 
por completo y arrastradas á la eternidad en el revolucionario 
siglo quinto. Y lo mismo sucede desde el siglo sexto al siglo 
décimo; la sociedad tiene en estos cuatro siglos un carácter dis- 
tinto al que ha de tomar después de oída la hora última del año 
mil en el reloj misterioso de los tiempos. Desde Cario Magno al 
siglo décimo feudalismo teocrático; desde el siglo décimo al 
término de la Edad Media feudalismo aristocrático. Y lo que 
decimos del siglo quinto y del siglo décimo, lo decimos también 
del siglo decimoquinto. Diríase que el tiempo tiene sus estacio- 
nes, sus fases, y que una sociedad ha de recorrer necesaria- 
mente un período de cuatro siglos para transformarse en trans- 
formaciones profundísimas. Lo cierto es que los cuatro grandes 
períodos de transición son éstos: siglo quinto, siglo décimo, si- 
glo decimoquinto y siglo decimonono. ¿Quién puede dudar que 
el siglo decimoquinto es uno de aquellos destinados á cumplir 
las transformaciones más radicales y más profundas.^ El Ponti- 
ficado se paganiza hasta el extremo de parecer los Papas sumos 
sacerdotes de Júpiter; la religión un arte y un arte plástico. Los 



— 62 — 

poetas, los pintores, los escultores, verdaderos espíritus angéli- 
cos de este cielo nuevo, despiertan los dioses antiguos en el 
seno de la Naturaleza y la antigua idolatría bajo la bóveda de 
los templos. El Imperio se reduce á una especie de farsa, y los 
Césares de Alemania á una especie de fastuosos y falsísimos 
actores. Cae la sociedad feudal, derribada por la virtud fausta 
del trabajo, tan opuesta de suyo á la fuerza nefasta de la gue- 
rra; los reyes, auxiliados por sus jurisconsultos, que contrastan 
el derecho feudal con el derecho canónico y romano, auxiliados 
más por los ejércitos permanentes, que suceden al pendón y á 
la caldera de las bandas antiguas; auxiliados por la pólvora, 
que atraviesa la cota del señor y derriba las piedras del castillo; 
auxiliados por tantos factores juntos, destruyen la encina secu- 
lar de los viejos privilegios feudales, donde tienen su habitación 
tantas aves rapaces como han roído los hígados de la humani- 
dad, enclavada sobre el potro de tantos y tan extraordinarios 
tormentos. Y á las antiguas ligas lombardas, á las antiguas so- 
ciedades militares, al antiguo Estado feudal, sucede ahora el 
predominio de las ciudades mercantiles, que tienen flotas como 
no las han tenido los imperios y que pagan artistas como no los 
han pagado jamás los emperadores. Estas ciudades convierten 
los palacios de sus gremios y de sus Ayuntamientos en museos, 
merced á las riquezas que aportan, y hacen de la vida entera, 
después de largas navegaciones, una serie de certámenes artís- 
ticos, de juegos olímpicos, de competencias poéticas, en que 
parecen resucitados los antiguos tiempos de Grecia y venidas á 
nuestro mundo las musas muertas al pie de los altares heléni- 
cos. El siglo decimoquinto es el Abril de la historia moderna. 
Por tal mes la yema se hincha de savia, la hojilla brota en el 
tallo, el tallo se orna de flores, las flores se pintan de matices y 
se cargan de mieles, las mieles llaman el aguijón de las abejas, 
y los pétalos las tenues alas de las mariposas, las mariposas de- 
jan sus larvas obscuras para tomar sus formas aéreas, y los 
arroyos sus prisiones de hielo para cantar en las honduras. 



- 63 - 

mientras allá arriba, en las copas de los árboles y en los giros 
de las auras, entonan sus coros todas las aves, desde las alon- 
dras que saludan con píos místicos la alborada, hasta el ruise- 
ñor que alza en la noche, cerca de su compañera y de su nido, 
la dulce gorjeada serenata, cuyas escalas cromáticas derraman 
en todos los corazones el primaveral amor y las primaverales 
esperanzas. Así, en el siglo decimoquinto, la industria da la im- 
prenta y contribuye á eternizar el pensamiento; las ruinas cu- 
biertas de jaramago y de cicuta dan como un sepulcro lleno de 
vida la estatua que contribuye á perfeccionar el arte; la filosofía 
escolástica da, como la larva la mariposa, el platonismo floren- 
tino, que ilumina con las ideas del más sublime de los filósofos 
griegos el abismo de los cielos y el abismo de los espíritus; el 
Océano da, por fin, para que todo sea milagroso, para que todo 
sea renovación, metamorfosis, progreso, esa América que viene 
con sus virgíneas selvas y con su exuberante vida, entre tales 
milagros, á renovar la misma Naturaleza, como si el Universo 
fuera un poema divino escrito en la inmensidad del espacio con 
letras de estrellas por el humano estro. El siglo decimoquinto 
es la Pascua de Resurrección tras el Viernes Santo de la Edad 
Media, en que los altares se hallan cubiertos de negros lutos, 
los santuarios vacíos y abiertos, la Virgen sola, el Salvador en 
su tumba de Getsemaní, la Cruz en la cima del Universo, los 
ángeles llorosos con los signos en las manos de la pasión uni- 
versal, el miserere de la penitencia llenando de lágrimas amar- 
gas los aires obscurecidos; Viernes Santo, tras el cual viene el 
día de Pascua, es decir, el día del Renacimiento en que Jesu- 
cristo resucita de su sepulcro para subir á los cielos, y Psiquis 
se levanta de su lecho para tomar sus alas de mariposa y su 
lámpara de novia; en que un Te Deum salido de todas las igle- 
sias sube á las alturas y el repique de las campanas baja, mez- 
clado con el hossanna de los ángeles; en que la inspiración 
religiosa llena con el aleluya de la mística alegría los aires, se 
mezcla al zumbido de la abeja, al vuelo de la mariposa, al aro- 



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ma de la flor, al brote en el tallo, al susurro en el arroyo, al 
centelleo en las estrellas, á la savia en las ramas, al cántico de 
ruiseñores y alondras, al sentimiento y expansión de la espe- 
ranza. La sociedad parecía complacerse por este tiempo del 
Renacimiento en satisfacer todas las necesidades y aspiraciones 
del espíritu. Necesitábase un medio de romper la roca feudal, 
hendirla y pulverizarla, y estalló la pólvora en el siglo décimo- 
cuarto. Necesitábase, para abrir los senos de la tierra, para ve- 
rificar las navegaciones legendarias de los nuevos argonautas, 
un punto fijo en el cielo y otro punto fijo en el barco, y vino en 
el siglo decimocuarto la brújula providencialmente á señalar 
con fijeza el Norte en medio del movimiento continuo y de los 
rápidos cambios de las expediciones marítimas. Necesitábase un 
nuevo modelo para el arte, y vino la antes ignorada estatua á 
ocupar las sacristías de nuestras catedrales y los palacios de 
nuestros Pontífices. Necesitábase una nueva sociedad, y vinie- 
ron las comunidades á organizar las democracias y las monar- 
quías á organizar los Estados. Necesitábase un nuevo sentido 
para escudriñar los abismos cerúleos, como se había tenido la 
imprenta para vencer al tiempo, la brújula para burlar al espa- 
cio; y en los tubos de un órgano cayeron por casualidad unos 
cristales que, revelando el telescopio, trastornaron la senil as- 
tronomía alejandrina. La conciencia necesitaba renovarse tam- 
bién, la Iglesia rehacerse, el Cristianismo refundirse, la concien- 
cia idealizarse, á fin de subir y subir y encontrar el más allá en 
los altares, como lo había encontrado en la ciencia, en el arte, 
en las instituciones, en la vida toda, el humano espíritu. Decir 
que todas las facultades adelantaban y sólo se detenían el sen- 
timiento y la fe, era decir lo imposible. La fe debía renovarse 
como todo se renovaba en esta edad de la renovación universal. 
Y á cumplir el ministerio de renovar la fe, sin apartarla de sus 
ideas y de sus dogmas tradicionales, vino el alma luminosa del 
inmortal Savonarola y el pensamiento revolucionario de Lutero. 
Necesitábase renovar la Naturaleza y apareció Colón. Exami- 



— 65 — 

nad la serie de las invenciones y veréis cómo la del gran ma- 
rino adviene á su hora, cuando la demandaban de consuno 
nuestra tierra y nuestro espíritu. Si lo desgajáis del Renaci- 
miento, jamás lo conoceréis. Como en su edad, en su frente se 
reúnen dos crepúsculos, el vespertino de la teocracia que huye 
y el matutino de la ciencia que alborea. Por su fe parece Colón 
un asceta de los siglos medios; por su saber un sabio de las 
edades modernas. Es como el Renacimiento vivo y personifi- 
cado. 

Un suceso acaecido en el siglo de Colón exaltó los ánimos y 
trastornó las inteligencias por amenazar con amenazas apocalíp- 
ticas á todo el mundo cristiano. Constantinopla, la Ciudad Santa, 
sita en las puertas del Asia, fundada por la previsión de Cons- 
tantino, heredera de los últimos restos del romano imperio que 
pudieran preservarse á la irrupción de los bárbaros; asiento de 
aquella Basílica oriental que habían saludado las cruzadas con 
devoción semejante á la que causaba la iglesia del Sacro Sepul- 
cro ; presa de supersticiones teológicas , del Occidente separada 
por la procesión de la tercera persona de la Trinidad y por el 
pan con que debía consagrarse la hostia en la misa ; absorta en 
sus ensueños metafísicos y en sus disputas teológicas, se vio 
sorprendida por las hordas escapadas tres siglos antes de las frías 
llanuras de Mongolia y sometida como la Jerusalén del Profeta 
hasta el punto de que la media luna reemplazase en las roton- 
das de Santa Sofía á la cruz cristiana y el mohecín profiriese sus 
gritos donde antes profería el sacerdote sus plegarias y los pa- 
lacios de los griegos se trocaran en serrallos de los sultanes tur- 
cos y el nombre de Alah y su fatalismo ponzoñoso viniesen á 
obscurecer y á envenenar la tierra y la conciencia de la tierra 
griega como habían desde luengas edades emponzoñado y obscu- 
recido la tierra y la conciencia del Oriente asiático. Esta horrible 
desventura era tanto más de sentir y deplorar, cuanto que, al 
revés de lo sucedido en Roma, donde el último vastago de los 
Emperadores, á quien el destino ornara para mayor irrisión con 



— 66 — 

los nombres de Rómulo y de Augusto; aquel pobre trémulo 
niño, último de sus gentes, imbécil y cobarde, se asustaba de la 
sombra de su propia corona y huía á los brazos de su imperio; 
bien al revés, iba diciendo, de lo sucedido en Roma; el último 
Constantino, que también llevaba el nombre de aquel que fun- 
dara la capital y el imperio de Oriente, corre á las murallas con 
arrojo, pelea la hora última de la caída, y muere entre los su- 
yos, cubierto de heridas, con la cara vuelta á sus enemigos, víc- 
tima triste del hado fatal , realizando la hazaña más difícil á los 
protagonistas de las decadencias y de las ruinas : sacar incólume 
de suprema catástrofe la honra y la dignidad de su raza. Once 
siglos durara tanto imperio , y en su agonía no se uniera al Oc- 
cidente, ni en el Occidente hallara los necesarios socorros tan 
sólo por meras y baladíes disputas teológicas. Cincuenta mil 
cristianos habían caído en las humeantes ruinas de Constantino- 
pla sin encontrar en sus correligionarios de Roma la compasión 
y el auxilio á que tenían derecho. Las grandes ciudades religio- 
sas quedaban en los serrallos turcos: la Jerusalén de David, la 
Antioquía de Pedro, la Atenas de Pablo, la Alejandría de los 
apologistas , la Constantinopla de los Concilios. El dominio de 
la idea cristiana se iba restringiendo al mismo tiempo que agran- 
dando el dominio de la idea muslímica. Nicolás V, el cual á la 
sazón regentaba la Sede Pontificia, lamentóse en bula más retó- 
rica que sincera de esta pavorosa catástrofe; y el mundo cris- 
tiano sólo supo contestarle con arengas académicas en las escue- 
las ó con imposición de tributos, los cuales, en vez de alimentar 
una cruzada universal, sólo alimentaban el fisco y el erario de los 
reyes. Murió Nicolás V, y sucedióle un valenciano, un Borgia. 
Nacido en Játiva, canónigo de Lérida, arzobispo de Valencia, 
cardenal nombrado por Eugenio IV, secretario de Alfonso V el 
Grande, jurisconsulto de primer orden, á quien San Vicente 
Ferrer profetizara la alta dignidad del Pontificado , español , y 
por español acostumbrado á la guerra eterna con los infieles, 
debía Calixto III predicar la cruzada por Constantinopla, vender 



- 67 - 

las joyas del tesoro vaticano, considerablemente aumentadas 
por su antecesor, empeñar la más rica de las tiaras pontificias á 
fin de reunir y allegar dinero con que sostener la guerra santa, 
digna de la antigua Roma, á quien pedían todos sus recuerdos 
y todos sus privilegios un sacrificio fecundo por la nueva Roma 
de Oriente, caída en manos de los turcos, y marcada, como una 
esclava georgiana, con el sello deshonroso de la media luna. 
Muerto Calixto III, subió á la Sede Pontificia el hombre que re- 
presenta con mayores títulos el Renacimiento; subió Eneas Sil- 
vio Picolomini. Al celebrarse el cónclave, que sucedió á la 
muerte de Nicolás V y á la exaltación de Calixto III, hubo en 
el colegio cardenalicio quien quiso nombrar al cardenal Besa- 
rión, al gran sacerdote heleno. Pontífice romano. Uno de los 
más célebres prelados católicos se opuso con coraje, diciendo 
que no convenía en aquella sazón al catolicismo tener por jefe 
un cismático, recientemente convertido á la ortodoxia y no pa- 
sado todavía del simple carácter y oficio de neófito. No quisie- 
ron los cardenales elegir al representante del Renacimiento la- 
tino. Si alguna vez vais á Siena, os podéis formar una idea 
aproximada de este prelado, cuyas inclinaciones y tendencias 
exprésanse gráficamente en sus dos nombres puramente latinos 
de Eneas y de Silvio. Corred á la catedral sienense ; admirad su 
fachada de mármoles blancos y negros, cubierta de signos he- 
ráldicos y ceñida de estatuas religiosas; ved en sus naves sus dos 
series de arcos sobrepuestas, la superior tan aguda como las 
ojivas del Norte: deteneos un momento á contemplar las grafitas 
de Becaffiume, que ha entallado en piedras figuras envidiadas, 
por su atrevimiento y por su sublimidad, de los más audaces 
pinceles; notad aquel riquísimo altar mayor con sus tabernácu- 
los, en que los santos parecen recién venidos del cielo, con su 
Cristo resucitado y su Ascensión que se mueven como si cruza- 
ran todavía los aires para subir á las alturas etéreas; estudiad 
sus innumerables obras de arte, que muestran la fecundidad in- 
creíble de las ciudades italianas; y cuando creáis que nada os 



— 68 — 

queda por admirar, veréis aquella librería donde vive aún el 
Papa Eneas Silvio en todos los actos capitales de su historia, y 
al contemplar la alegría de su rostro , la riqueza de sus vestidu- 
ras, las damas y galanes que le rodean de un lujo asiático, las 
gallardas embarcaciones reunidas en Ostia contra el turco, los 
pajes y caballeros resplandecientes de pedrería , en vez de cree- 
ros en la corte de un Papa, os creeréis, á pesar de hallaros en 
el interior de una iglesia ojival y católica, caídos y encerrados 
en pleno paganismo. En efecto. Ferrara le vio un día rodeado 
por millares de barcas que cubrían el Po , todas ceñidas de flores 
y llenas de músicos y coros, entrando, en compañía de príncipes 
y caballeros que ostentaban riquezas sin cuento, sobre un caba- 
llo adornado como un Pegaso, bajo un dosel cerúleo, por una 
inmensa plaza en que danzaban damas mal ceñidas y lucían sus 
frentes serenas, reproducidas por marmóreas estatuas, los dioses 
principales del antiguo Olimpo, como si Cristo hubiera muerto 
en la conciencia humana, y renacido en los campos y en los cie- 
los de Italia el joven Adonis y el antiguo Pan con todo su exu- 
berante sensualismo. Pío II concibió la vasta idea de promover 
la cruzada contra los turcos y á esta vasta idea consagró toda 
su existencia. Fácil en idear era extremadamente difícil en 
cumplir y realizar. Aquel diestro secretario de todos los poten- 
tados del mundo europeo; aquel escritor, por quien conocemos 
tan gráficamente las guerras de Bohemia y las disputas de Basi- 
lea; retórico, que resucita en sus escritos la elocuencia cicero- 
niana; poeta, que escribe versos tan castigados y clásicos; imi- 
tador de las bellaquerías de Bocaccio; diplomático, mundano, 
escéptico , erudito ; al subir á su trono , y desde aquel trono pro- 
ponerse las mayores empresas, no midiendo bien la distancia 
enorme entre la realidad y la idealidad , cae por su culpa en lo 
extravagante y en lo ridículo. Lo primero que se le ocurre tiene 
gracia y explica bien hasta qué punto desconocía el mundo este 
hombre mundano. Se le ocurre desenterrar el más puro latín, 
cortar su mejor pluma, disponer del estilo más clásico y ende- 



-69 - 

rezar una carta elocuente al gran turco, recentísimo conquistador 
de Constantinopla, conjurándole con los ejemplos de Clodoveo, 
Recaredo y otros célebres conversos antiguos y modernos, á que 
abjure el mahometismo, y pasado á la religión cristiana, tome 
en la historia moderna el papel de los carlovingios en la Edad 
Media, el papel de único defensor del Papa , por lo cual recibirá 
Bohemia, Hungría y otras regiones orientales prontas á entre- 
garse á quien el Papa les designe por dueño yipor señor. Mucho 
debe trastornar el seso la posesión completa de un poder abso- 
luto, cuando literato de tan frío juicio y de tan sana descon- 
fianza como Eneas Silvio, cree posible, reciente aun el malogro 
del pacto florentino entre la Iglesia griega y la Iglesia romana, 
mover á un musulmán y á su pueblo, con una carta retórica en 
latín sapientísimo, á que abjure la religión de su raza y de su 
historia por una religión tan repulsiva de suyo al natural y al 
espíritu de los mongoles, como el cristianismo. Pero entre cartas 
retóricas, entre discursos aparatosos, entre arbitrios infecundos, 
entre procesiones teatrales, lo cierto es que la cruzada contra 
los turcos no crecía gran cosa. Citadas las gentes de armas á la 
ciudad de Ancona, apenas encontraron con qué mantenerse, y 
se dieron á la rapiña y al saqueo. Por todas partes bandas de 
milites desharrapadas y hambrientas acometían á los viajeros, 
asaltaban los hogares y esparcían los horrores de la guerra civil 
á sangre y fuego. Las frases menudeaban al compás que dismi- 
nuían las fuerzas. Los discursos retóricos se perdían y estre- 
llaban en la general indiferencia. «Somos, exclamaba Pío de- 
lante del colegio de cardenales, demasiado débiles para empuñar 
la espada; mas, á imitación de Moisés, arrodillado en el monte 
mientras Israel pugnaba con los amalecitas, sobre las tablas de 
una nave levantaremos el sacro cáliz á Dios en demanda de la 
victoria para nuestros guerreros.» Nadie oyó estas elocuentes 
palabras. Todos los príncipes laicos permanecieron silenciosos é 
indiferentes: los Esforzas tacharon de mezquinos los armamen- 
tos para una empresa tan grande ; los Médicis dijeron que un 



— 70 — 

Papa viejo se metía en calaveradas de jóvenes; los Reyes de 
Francia enviaron alguna que otra ofrenda de aparato y de honor; 
los Emperadores de Alemania no quisieron que, so pretexto de 
alimentar las cruzadas, se perdiera y se arruinara tristemente á 
su pueblo. El día 19 de Junio de 1464 encaminóse Pío II -á la 
ciudad de Ancona, devorado por la fiebre, y tendido en triste 
lecho sobre barca que lo llevaba por el Tíber y que parecía 
arrastrarlo á la eternidad. En efecto, su desmayo era tanto y 
tanta su tristeza, que al descender á la orilla y contemplar á lo 
lejos la Ciudad Eterna, le dirigió un último adiós en suprema y 
congojosa despedida. Quien le viera triste, solitario, abando- 
nado, deslizándose por la corriente, no diría que iba movido de 
un pensamiento tan alto á una empresa tan grande. Dos únicas 
naves había podido reunir en el puerto de Ancona, que flotaban 
tristemente, como para mostrar la irremediable decadencia del 
Pontificado. Por fin, el día 12 de Agosto las naves de Venecia 
en algún número llegaron mandadas por el dux Cristóbal Moro. 
Mas el día de su llegada no pudo ya verlas, no, la vista casi 
extinguida de Pío II. Sin embargo , hizo abrir las ventanas del 
palacio episcopal, erguido sobre una eminencia, y mirando con 
tristísimo mirar de moribundo, al caerla noche eterna sobre sus 
ardientes retinas, el sitio misterioso por donde sale el sol en 
aquellos cielos espléndidos y en aquellos mares luminosos, con- 
juró á los príncipes, á los cardenales congregados en torno de 
su lecho, con palabras que tenían aún sabor retórico á pesar de 
cortarlas el hipo de la agonía, para que fuesen á levantar el im- 
perio griego, á redimir á Constantinopla en su serrallo, á poner 
el lábaro de la cruz en las cúpulas de Santa Sofía , á emprender 
y cumplir una cruzada que pudiera ser parte á la toma y recon- 
quista de Jerusalén. Cuentan que Augusto, al morir , viendo tan 
admirablemente desempeñada por él hasta el fin la comedia de 
la vida, gritó: «Aplaudid.» Igual aplauso merecía este Papa de 
una vida tan teatral, y que expiraba en una grande escena, de- 
lante de una empresa y de una cruzada de teatro. ¿Cuáles emo- 



- 71 - 

ciones tantos y tan extraordinarios hechos dispertaron en el 
alma de Colón? Lo cierto es que no pueden saberse los móviles 
de su proceder sin contar las causas generales y las causas par- 
ticularísimas que lo determinaron. Y entre las causas generales, 
ninguna tan determinante como su profunda religiosidad. Y esta 
profunda religiosidad le llevó á soñar con todo lo que soñara y 
á emprender todo cuanto emprendiera. Uno de los móviles ca- 
pitales de su obra fué la intención sistemática y el deliberado 
propósito de restaurar las cruzadas con todos los recursos que 
le debían dar los áureos imperios fantaseados en su creadora 
imaginación. Y este móvil se origina y parte principalmente de 
las agitaciones sobrevenidas á Italia tras la desgracia de Cons- 
tantinopla. Joven, muy joven por aquel entonces, ¡cómo debía 
conmoverle no solamente la pérdida irremediable de la gran 
ciudad sita en el punto de intersección entre Asia y Europa, 
sino la rota y la muerte de los pueblos cristianos que la cimita- 
rra iba sin piedad á cercén degollando! ¡Cómo el abandono for- 
zado de los helenos á los mongoles debía desgarrar su corazón! 
¡Cuánto aquellos embajadores de un mundo en ruinas, escapa- 
dos por milagro á la tala y al incendio, debían tentarle á inten- 
tar lo imposible para socorrerlos y salvarlos! Cuando la media 
luna se vislumbraba nuevamente desde Sicilia; cuando entraban 
en el harén de Turquía las islas griegas; cuando los venecianos 
quedaban sepultados en Áurea; cuando el sultán se atrevía, en 
los ensoberbecimientos del triunfo , á estrangular con sus pro- 
pias manos al postrer Duque de Atenas; cuando los huidos á la 
catástrofe tenían que optar entre la servidumbre ó el destierro 
y la muerte; cuando el Ban de Besusa expiraba circuido por 
quinientos gentileshombres inmolados y mártires; cuando Co- 
rinto se consumía dentro de una hoguera que obscurece con sus 
bocanadas de humo los claros horizontes helénicos; cuando 
desde las costas del Peloponeso hasta los desiertos de Palestina 
se dilata un califato nuevo triunfante; los dolores despertados 
por todas aquellas desgracias debían dejar una hondísima huella 



— 72 — 

en alma tan profundamente católica como el alma de un joven, 
ya estudiante de ciencias en las escuelas y universidades, ya 
bracero en las industrias de su familia y casa, ya marino en 
aquel mar por donde se recogían en las brisas todas las ideas 
imaginables y en los arreboles de un ocaso luminosísimo se 
dibujaban como reales todas las más fantaseadas y más invero- 
símiles epopeyas históricas. 

Cada grandiosa personalidad surge del medio ambiente que la 
vivifica. Los sentimientos y las ideas y las instituciones y las 
históricas circunstancias del tiempo, forman en derredor de su 
vida intelectual como todo cuanto llamamos Universo en derre- 
dor de la vida material. Imposible nos expliquemos el anhelo por 
la renovación que atenacea las entrañas del gran marino, si con- 
juntamente con él no estudiamos la edad primaveral ó renova- 
dora en que naciera. Imposible comprender cómo le movía, con 
cuánto soberano impulso, además de tal afán de renovación, á 
su tiempo muy propio, este otro casi religioso de una cruzada 
nueva, sino recordando la impresión dejada en su pecho y las 
imaginaciones despertadas en su mente por sucesos como la toma 
de Bizancio, llorada en las elegías mayores del siglo. Pues así 
como el afán de renovar é inventar se origina en la Pascua del 
Renacimiento; y se origina en la caída de Constantinopla el afán 
de volver á las cruzadas; el afán mercantil , que le poseyó, se ori- 
gina en las ciudades mercantiles italianas; como el afán de bus- 
car esos lucros mercantiles por medio de grandes expediciones 
oceánicas en el espectáculo maravilloso que ofrecían entonces 
los descubrimientos portugueses; como el afán de tentar lo im- 
posible y fabuloso en aquel término de la empresa de siete siglos 
contra el conquistador, concluida por nuestra patria sobre la her- 
mosa Vega de Granada. Sin el Renacimiento , que todo lo rehace 
y renueva; sin la toma de Constantinopla, que impele hacia las 
cruzadas los espíritus mayores; sin el cálculo mezclado al arte de 
las ciudades mercantiles en aquel siglo creador; sin la estancia en 
el Portugal de las expediciones maravillosas que iban abriendo 



— 73 — 

focos de luz en el océano tenebroso ideado por las creencias se- 
culares; sin la fe viva de nuestra España en el milagro, fuera im- 
posible de toda imposibilidad la natural aparición de un pensa- 
miento como el que acabó de cristalizarse por una suma de ope- 
raciones matemáticas y de sentimientos proféticos, cual no han 
visto las edades ninguna otra parecida , en el alma innovadora de 
Cristóbal Colón y en su descubrimiento de una nueva tierra por 
la inmensidad de los mares. El cielo claro de nuestra Europa 
meridional, tan semejante al cielo de Caldea; el mar atractivo 
Mediterráneo, en que se miraban las fantasías de Colón, repeti- 
das y reflejadas allí con esplendor parecido al que toman las re- 
verberaciones de todos los rayos luminosos y el retrato de todos 
los cuerpos celestes; la renovación del humano espíritu en aque- 
lla florecencia de las ideas; el eco dejado en los espacios por el 
asedio de Constantinopla ó por el trastrueque de Santa Sofía en 
Aljama; invenciones como la imprenta, que vencía los tiempos, y 
el telescopio, que incipiente entreabría los espacios; un pueblo 
diseminado en los mares y compuesto casi de pilotos, como el 
pueblo portugués ; un Estado , contrastando los progresos de la 
media luna y del Koran en Oriente con retrocesos y rotas en 
Occidente ; la contemplación uniéndose con el saber, y las intui- 
ciones con la ciencia, concluyeron por dar de sí un alma como 
la inspiradísima de Colón , á la manera y modo que los organis- 
mos, en sus ramos y ramificaciones, concluyen por dar de sí cual 
increíble fruto el humano cerebro. Sin comprender el Renaci- 
miento, sin comprender la trascendencia del destino de Cons- 
tantinopla, sin comprender la fiebre de Portugal, sin compren- 
der la transfiguración de nuestra España, no comprenderéis ni 
describiréis el enigma de tanto milagro. Pero lo que principal- 
mente necesitamos para mirar bien uno de los matices del alma 
de Colón, es el estudio de las ciudades mercantiles italianas en 
aquel tiempo. Ninguna tan agitada como Genova, Por su cons- 
titución interior estaba entre los municipios republicanos, donde 
sobre una base amplia de verdadera democracia solía elevarse á 



— 74 — 

las alturas cierta nobleza, no diremos de verdadera elección, pero 
sí de verdadera selección , encargada por común asentimiento más 
ó menos expreso y por hábito más ó menos duradero, de dirigirlo 
y gobernarlo todo. Pero esta democracia se había roto en tal nú- 
mero de fracciones y su nobleza en tal número de caudillos, que 
necesitó Genova entregar una de sus fortalezas á los Duques de 
Milán, para que teniendo allí guarnición y enseña, impusiese á 
todos el mutuo respeto y la mutua consideración debidos entre 
libres y verdaderos ciudadanos. Mercaderes todos ellos , navegan- 
tes, marinos, habían menester de instituciones idóneas al des- 
arrollo de todos estos ministerios y oficios que se avivan al calor 
de una libertad consuetudinaria y al brillo de un pensamiento 
emancipado y espontaneo. Mas, como para vivir en el mundo no 
bastan las expansiones individuales que traen los humanos dere- 
chos, necesítase de las concentraciones centrípedas que los Estados 
producen y los ejércitos mantienen, el ciudadano había menester 
de armas que defendiesen con su fuerza coercitiva el orden y el 
poder legales dentro, y fuera el respeto á la independencia de 
cada ciudad soberana. Y como en la República mercantil de la 
Cartago histórica hubo los mercenarios extranjeros, y en la no 
menos mercantil Monarquía de Inglaterra existen ahora mismo 
los milites asalariados, en aquellas ciudades mercantiles brotaron, 
por aquel principio de que Naturaleza produce cuanto necesita, 
los condotieros, ofreciendo á todo buen postor sus manos arma- 
das para defensa de todos los principios y de todas las causas por 
merced y dinero. Así , únicamente así , en aquellas edades terri- 
bles de guerras perdurables , declaradas por un palacio á otro pa- 
lacio, por una calle á otra calle, por una ciudad á otra ciudad, 
por una región á otra región, coincidiendo las discordias civiles 
con las discordias extrañas , pudieron constituirse familias direc- 
toras, como los Médicis en Florencia, ó como los Dorias en Ge- 
nova; consagrarse los industriales á la elaboración de tantos pro- 
ductos como todavía hoy nos deslumhran; correr los cambios del 
comercio como una fecundación del trabajo; vivir en paz los me- 



— 75 — 

dieros del campo á toda servidumbre ajenos, con tal que diesen 
la mitad por mitad del rento al propietario ; moverse los plectros 
en las liras y los pinceles en las paletas y los buriles en los 
mármoles y los pedruscos en los edificios para levantar aquellas 
ciudades armoniosas, en que todo resplandecía con colores de 
iris y todo cantaba en triunfales himnos , cual si las hubiesen eri- 
gido, como en tiempo de Anfión aquellas primitivas poblaciones 
griegas tan esplendentes , la Poesía y la Música. El Papa de un 
lado y el Emperador de otro; la nobleza mayor y la nobleza me- 
dia; el mercader artista y el pueblo en oficios distribuido; los se- 
ñores montados sobre su trono y sobre su corcel , así como los 
condotieros esparcidos por todas partes; una Monarquía espa- 
ñola en Sicilia y Ñapóles con un Ducado casi fi-ancés en Milán y 
Lombardía; los fi-ancos por las montañas del Norte y los griegos 
por las riberas mediterráneas; navegantes , casi á la moderna, en 
Pisa y Genova , pero navegantes parecidos á los que pululaban 
por los tiempos en que se mezclaban las navegaciones con las pi- 
raterías por Venecia ; discordias entre todas las ciudades conve- 
cinas, como Sienna y Pisa, como Pavia y Milán; tiranos entre las 
agitaciones de aquella vida en oleaje continuo , como los Guini- 
gos en Luca, como los Bentivoglios en Bolonia, como los Esfor- 
zas en Lombardía; y dentro de todas estas cortes deslumbradoras 
asambleas elocuentes, repúblicas formadas de poetas y pinto- 
res, juegos á la manera helénica y torneos á la manera feudal, 
certámenes donde se recogían coronas frescas de laurel y vasos 
cincelados de oro, las paredes animándose con frescos cíclicso 
que parecían epopeyas vivas, el coro de los teatros antiguos re- 
petido por melodiosas voces en las plazas y frente á las iglesias 
cristianas, las naves resucitando las teorías ó procesiones clásicas 
de Atenas , yendo en socorro de las islas griegas ó en busca de 
tierra consagrada por los siglos evangélicos á Jerusalén para en- 
terrarse las ciudades en ella, el arte y la libertad unidos por her- 
mosas nupcias, de las cuales provienen obras inmortales qué 
honran á toda la humanidad, esmaltan todo el planeta y nos glo- 



- 76 - 

rificarán en todas las edades. Poned un alma como el alma de 
Cristóbal Colón en una ciudad como Genova, durante todo el 
período último de la Edad Media, y os explicaréis las propen- 
siones por la educación larga sobrepuestas á las naturales y na- 
tivas aptitudes. La Naturaleza, que le rodeaba, se abría, convi- 
dándole á la navegación por el mar infinito y á la emoción 
continua por esas comunicaciones íntimas entre lo material ex- 
terno y lo espiritual interno , que sólo pueden gozarse por com- 
pleto donde la placidez del horizonte y los esplendores del sol 
reverberados por las aguas atraen y sonríen al espíritu en guisa 
de sirenas. Pues poned sobre aquel espectáculo de la Naturaleza 
el espectáculo de esta libertad, y decidme luego si en sus discu- 
siones el pensamiento no se despertaría y la voluntad de Colón 
no se aceraría con todas las fuerzas intelectuales suyas como las 
fuerzas de músculos y nervios en los ejercicios gimnásticos. Y al 
espectáculo por la Naturaleza ofrecido, y al espectáculo de la li- 
bertad, unid el espectáculo de las Bellas Artes, las ideas que to- 
man color, las inspiraciones que toman visibles alas, el símbolo 
encerrando en líneas y figuras toda una doctrina , las piedras ani- 
madas, los bronces cincelados, los héroes redivivos, y decidme 
cómo en esta realización palpable de lo ideal, no vería el nave- 
gante, dado á sueños y fantasías desde sus primeros años, la posi- 
bilidad inmediata y patente de todo lo imposible. Pero junto al 
mar, que le sonríe y le atrae con sus ondas; junto á la ciudad, 
que lo eleva con las enseñanzas de sus libertades y con las ins- 
tituciones de sus democracias; junto al arte, que lo transfigura y 
le hace creer en la realización del milagro, están la industria y 
el comercio, que dan á tales ensueños aspectos materiales y úti- 
les, completando el sabio , el político, el artista, el piloto, el des- 
cubridor, el profeta, el vidente, con el industrial, con el merca- 
der, con el negociante. Las iglesias brillantísimas de Genova 
explican á Colón como cruzado; las escuelas como geógrafo; los 
palacios llenos de cuadros y estatuas como poeta y artista ; las 
costas como piloto; la industria y el comercio como calculador 



- 77 - 
positivo y como aprovechado negociante. Así en Genova, 
cuando veis enroscarse por la tierra pedregosa los olivos som- 
bríos; dormirse al pie de las dunas blanquecinas y agrias las 
aguas celestes, jaspeadas de verde obscuro por lo bajo, y por lo 
alto de perladas espumas; mecerse al beso de las brisas en los 
hondos barrancos las palmeras, por cuyos pies y troncos gallar- 
dean las adelfas; erguirse las crestas de los montes alpestres co- 
ronadas de pinos y las crestas de los humildes montecillos coro- 
nadas de fortalezas; lucir el mar en aquel dentadísimo golfo 
cortado en diminutas ensenadas donde las velas y las gaviotas se 
refugian; extenderse los edificios en amplio anfiteatro sobre una 
gradería que parece compuesta como las notas de una escala; 
florecer á las puertas de los palacios fabricados en mármol de 
Carrara los limoneros y por las galerías resplandecientes de 
multicolores frescos y por las terrazas ornadas de cincelados ja- 
rrones extenderse los cortinajes de jazmineros y jazmines; lucir 
el faro como un topacio desceñido de la corona del sol para es- 
plender en aquellas noches ; tenderse las redes colgadas en los 
vestíbulos y las naves aguardar al pie de las viviendas habitadas 
por aquellos almirantes que fueron la esperanza de los cristianos 
y el terror de los turcos, en todo ello no se descubre más, entre 
la tierra y el cielo, como un gigantesco ángel, que la figura, casi 
legendaria y litúrgica, de su inmortal Colón. 

Así como Genova debía influir en el temperamento fisiológico 
de sus naturales, y con especialidad, por mil razones varias, en 
el temperamento de un hijo suyo como Colón, estaba en el caso 
Pavía, la Universidad á que, muy joven, le mandaron sus padres, 
según algunos historiadores , de influir en el carácter psicológico 
y moral. Realmente las Universidades aparecían entonces como 
capitales sublimes de los espíritus y como focos reconcentra- 
dores de las ideas. Aunque nacidas bajo la doble protección del 
Emperador y del Papa, convertían poco á poco la ciencia teo- 
crática en ciencia civil ó laica, y fomentaban en lo posible así 
el Renacimiento de las letras como el estudio de la Naturaleza. 



- 78 - 

Había Universidades en que predominaba el Derecho sobre to- 
das las otras revelaciones del espíritu, como Bolonia; Universi- 
dades en que predominaba la Filosofía y las ciencias políticas, 
como Padua; Universidades en que predominaba la Medicina, 
como Salerno; Universidad en que predominaba con la Metafí- 
sica la Astrología , como en la ilustre lombarda , que , según 
tradiciones bastante inciertas, debió alimentar algún tiempo el 
alma de Colón en sus albores, como la Universidad célebre de 
Pavía. Mas ora fuese porque su complexión inquieta y nerviosa 
no lo dispusiera de modo alguno al estudio reflexivo y ordenado 
en trabajos y esfuerzos diarios; ora fuese porque le tentase antes 
el campo de la acción que el cielo de las indagaciones; ora fuese 
porque solamente las orillas del mar cuadrasen á las agitaciones 
de su ánimo y á las tormentas de su idea; ora fuese por motivos 
de orden secundario, como la escasa fortuna de padres reducidos 
á cardar lana en humilde oficio. Colón, ó abandonó á los tres 
años de residencia la Universidad, ó jamás estuvo en ella; y no 
puede contarse, por ende, con esta institución, cuando se quie- 
ren ver y estudiar los matices varios de su alma. Desde muy 
temprana edad, como todos aquellos á quienes domina una vo- 
cación soberana, el gran piloto gustaba como primera mental 
ocupación la Geografía y el mapa; como principal ocupación 
práctica, el mar y los combates y las porfías con el mar. Las 
civilizaciones verdaderamente concentradas y conservadoras es- 
tán en los desiertos y en las montañas, como la civilización de 
Nubia y de Palestina y de Mongolia ; las civilizaciones expansi- 
vas brotan y se difunden al borde luminoso de las aguas. Bo- 
rrad el Indo, borrad el Eufrates, borrad el Nilo, y no compren- 
deréis ni la primer cultura de los arios, que sembró las larvas 
de nuestros dioses y de nuestras ideas ; ni el Imperio asirlo, que 
nos reveló el secreto de los cielos materiales; ni la tribu siro- 
caldea, que nos reveló el Dios espiritual y sumo; ni el Imperio 
faraónico, que nos habló por vez primera de la inmortalidad. 
Pues bien; á las civilizaciones fluviales siguen las civilizaciones 



— 79 — ■ 

mediterráneas. No son otra cosa que civilizaciones mediterrá- 
neas la fenicia, la cartaginesa, la helénica, la romana, la proven- 
zal y la hispánica, de cuyos esmaltes hoy mismo se abrillantan 
y hermosean así el espíritu como la historia universal. Entre los 
muchos aspectos que toma la grandeza de Colón, quizá no fué 
ninguno tan característico de su personalidad como el cambio 
que determina de la civilización mediterránea en la civilización 
oceánica. Por eso la Providencia llamó su elegido para dilatar 
los mares y completar el planeta en su ciudad levantada en las 
orillas del Mediterráneo, atravesado por estelas de ideas lumino- 
sas que aun hoy resplandecen y sembrado de armoniosísimos 
escollos que aun hoy entonan el poema de la navegación. Ho- 
mero, que fué autor de la epopeya del Combate, la Ilíada^ fué 
también autor de la epopeya de la Navegación, la Odisea. En 
tal concepto mueven fuerza é ira la una epopeya, mientras inte- 
ligencia y astucia la otra. Las divinidades mismas, á servicio de 
los esfuerzos por el combate y sus horrores en la primera epo- 
peya, pónense á servicio de los esfuerzos del trabajo en la se- 
gunda. Vese allí todo aquello que destruye; vese aquí todo 
aquello que produce y crea. Neptuno airado significa el mar dis- 
puesto á no dejarse por las quillas del navio herir, ni someter 
por el trabajo de seres tan despreciables como el hombre, cuando 
se le compara de algún modo con los espacios y con los hori- 
zontes indecibles é inmensos y con los abismos insondables y 
con los encrespamientos de sus ondas, que parecen levantarse á 
extinguir las estrellas del cielo. Y las playas inhospitalarias 
donde Ulyses aborda; los escollos en que su esquife naufraga; 
los vientos, unas veces sueltos con furor y otras metidos en los 
odres con sumisión; aquellas sirenas que cantan suaves entre las 
sirtes y atraen hacia los abismos; aquellos cíclopes con resuellos 
de volcanes y hambre de antropófagos; el cielo, á cuyo soplo 
los vientos compiten con las nubes eléctricas; las piedras que se 
desgajan sobre los mástiles y timones; las cavernas que se abren 
á una con bostezos terribles y se tragan las gentes; aquel em- 



— 8o — 

peño de Calipso en mantener cautivos á los arribados; la magia 
de Circe y sus compañeras empeñadas en retener con sus encan- 
tos y hechizos al extranjero apartado de su patria; todos estos 
obstáculos representan por maravillosa manera las insuperables 
dificultades por el mar opuestas al dominio de la navegación y 
al imperio del marino. Mucho se parece todo esto á cuanto 
refieren la tradición y la historia del empleo que diera Colón 
á sus facultades en aquel Mediterráneo sembrado de guerras 
entre Francia y España por el Rosellón ; de guerras entre los 
postreros angevinos y los napolitanos; de guerras entre las na- 
ves genovesas y las naves venecianas; de guerras entre Venecia 
y Turquía por el Peloponeso, guerras de verdaderos piratas, en 
que por todas partes, como una epidemia marítima, se des- 
arrollaba el corso; en que infestaban terribles merodeadores las 
costas y las islas; en que los corsarios por las aguas se parecían 
á los condotieros por las tierras; en que los navegantes venci- 
dos morían sobre la mar devorados por las llamas, ó de sal- 
varse, quedaban tristemente condenados á pena mayor que la 
muerte, á perpetuo cautiverio, al remo y á la cadena eternos. 
Aunque las mocedades de Colón, después de bien examinadas 
todas las noticias referentes á ellas, con dificultad pueden certi- 
ficarse de históricas, mezcladas como están de suyo con mil tra- 
diciones desenvueltas y desarrolladas tras su gloria, y provinien- 
tes muchas del interés de los suyos ó de relatos adaptables á su 
vida y á sus trabajos, no puede negarse que perteneció al pro- 
celoso trabajo marítimo de su tiempo, en que las aguas solían 
encresparse así al soplo del huracán como al soplo del combate, 
Juan de Anjou, Duque de Calabria, lo llevó en las galeras expe- 
didas para obtener el trono de Ñapóles á Renato, Conde de 
Provenza. Y en estas expediciones empleó las dos grandes vir- 
tudes propias del marino, su valor y su astucia. El mismo Co- 
lón cuenta que, como Renato le mandase á Túnez en requeri- 
miento y busca de la galeota Fernandina, y como cerca del San 
Pedro, en Cerdeña, la tripulación se le insurreccionase, queriendo 



— 81 



constreñirle á dirigirse hacia Marsella, él, merced al crepúsculo 
y á sus sombras, cambió á hurtadillas su rumbo, y al amanecer 
encontráronse los rebeldes, contra su voluntad y sin presentirlo, 
frente al cabo de Cartagena. Por tanto, no debe parecemos mu- 
cho que navegara desde Chipre á Lisboa, y que al fin pasase, ya 
entrado en edad, por mil ochocientos cincuenta y cuatro, á los 
dominios de Portugal, nación muy consonante por aqnel enton- 
ces con todas las propensiones de su complexión fisiológica y 
con todos los ensueños de su exaltada fantasía. 



CAPITULO III. 

LA GLORIA DE COLÓN. 




pesar de que parece Colón la gloria más incontestable 
de los humanos anales, ha sido una de las más con- 
testadas. Aquellos que las echan de innovadores en 
erudición, creen el mayor de los méritos asequibles á su oficio 
la disputa sobre lo indisputable. Así hay quien atribuye al primer 
islandés con quien topa en las tradiciones náuticas de la vieja 
Escandinavia el descubrimiento de Colón, y quien al acaso de 
un triste naufragio sucedido en aguas lusitanas, estando por 
aquellas sus islas Colón, y al relato de un pobre náufrago dicho 
á la oreja de nuestro marino, en el punto y hora de las revela- 
ciones supremas, en el punto y hora en que moría como con- 
secuencia del naufragio y de sus trances amarguísimos. Acontece 
con esto igual que acontece con ciertos filósofos de la Historia, 
conjurados en su racionalismo cuasi matemático para demostrar 
que no hay nada en las doctrinas del Redentor de original y pro- 
pio. El Verbo de San Juan pertenece á los alejandrinos; el Dios 
uno á los semitas; la escena de Ana y Joaquín á los libros de San- 
són; las abluciones del Bautista y sus discípulos al esenio del 
desierto; las estancias del Magníficat á los cánticos nacionales 
judíos; el Sermón de la Montaña y los apotegmas salvadores del 



- 84- 

mundo á las fajas etéreas de materia filosófica diñisa por el cielo 
de la conciencia humana, merced á platónicos, estoicos, neoale- 
j andrinos, talmudistas, ebionitas, y no hay más que arrancar á 
Cristo su corona de abrojos, el trono de su cruz, el cáliz de sus 
amarguras, las llagas de sus costados, la muerte violenta en el 
ara de su Calvario, para menguarlo y reducirlo á la estatura mí- 
nima de cualquier profeta, muy santo, de una santidad vulgar 
en el desierto, donde sólo se pide aire para vivir, y muy copiador 
y muy plagiario, que iba repitiendo cuanto escuchaba, como 
ciertas aves de oído sumo, las cuales copian y repiten los gor- 
jeos que á otras aves oyen. En España, donde los refranes más 
vulgarizados resplandecen por una superior filosofía; para con- 
solar á quien se ve perseguido por la difamación ó la calum- 
nia, exclaman: «De Dios dijeron.» Y como de Dios dijeron co- 
sas malas, imposible á Colón salir exento de tales lacas im- 
puestas por el hado á nuestras limitaciones y contingencias. 
Miles de concausas explican este juicio contradictorio sobre 
personalidad tan clara de suyo y tan ciertamente histórica. En 
primer lugar, á principios del siglo, y muy entrado ya éste, 
predominaba en las ciencias históricas el criterio crítico y se 
confundía la crítica, el juicio sereno y sano, con el vejamen y la 
censura, cual si en las categorías judiciales se confundieran el 
juez con el verdugo. En segundo lugar, hale tocado á nuestra 
generación una triste multiplicidad horrible de reacciones, á 
cual más extravagante de suyo é inoportuna. Los ultrarreaccio- 
narios de nuestra Religión han htcho astillas de todos los palos 
y han habido menester de santos nuevos para renovar su viejo 
calendario. Y encontrando tan sólo algún que otro heroico már- 
tir, destripado en el Japón por la misma intolerancia religiosa 
que predican ellos , santidad muy común en los almanaques, 
han bebido los vientos por un sabio dotado del don de los mi- 
lagros y han abierto un informe para declarar la impecabilidad 
completa del genovés, elevado á la categoría de Purísima Con- 
cepción sin sombra de culpa original. Hay oficios que se pres- 



— es- 
tán á la santidad mucho, el oficio de cura ó fraile, por ejemplo; 
mas los hay que se prestan poco, el oficio de marino, para que 
no pierdan los demás. Gente honrada y buena la gente de mar, 
muy religiosa de suyo, porque no hay templo donde lo infinito 
se revele como en la inmensidad, celestial casi, de los espacios 
oceánicos, acostumbran á soltar un poco las riendas al amor, y 
mecerse á las olas de ciertas pasiones, disculpadas un tanto en 
las anchuras de manga, muy naturales á los laicos, pero terri- 
bles cuando se aspira nada menos que á una canonización, la 
cual trae aparejado consigo altar y ara , efigie y simulacro de 
madera multicolor, dosel con andas, el nimbo litúrgico en la 
cabeza, y entre los dones el reservado por completo á la santi- 
dad canónica y litúrgica, el don de los milagros. Para con viso 
de razón aquistar el título de santo á un piloto no escaso de 
aventuras en sus viajes y á quien las cordobesas y algún que 
otro hijo natural dieran hasta en la madurez de su vida y en el 
zenit de su gloría bastantes dolores de cabeza, exageraban los 
ultramontanos las virtudes honoríficas de Colón, y sus enemi- 
gos los racionalistas echábanlo por los suelos en críticas des- 
piadadas, no tanto con ánimo de rebajarlo á él, como de mos- 
trar á los devotos cuáles tragaderas tienen los piadosos cuando 
tratan de beneficiar una santidad provechosa por popular y mi- 
lagrera. De aquí á una constante apoteosis interesada seguíase 
otra interesada denigración sistemática. Y resultaba del escan- 
daloso litigio que Colón pecó en materias de amor y de dinero, 
que Colón fué codicioso y ambiciosísimo, que Colón gustó por 
modo extremo del oró y del amor. ¡Vaya por Dios! No miraran 
á esto siquiera, de haber notado lo que, por atavismo, por naci- 
miento, por vocación, por índole, por cultura, por toda su vida, 
fuera el inmortal piloto. (¡Qué fuera? Parece imposible cuánto 
suelen estudiarse, con qué detenimiento, ciertas vidas, y luego 
cómo suele á esos estudios esconderse la principal característica 
del objeto y del sujeto estudiados. 

Colón era pura y simplemente un argonauta. Los griegos, 



- 86 — 

qae lo supieran todo, y aquello que no lo sabían por sus 
escuelas y por sus ciencias, lo adivinaban por su genio, deja- 
ron una simbólica del descubridor y de los descubridores en 
la célebre leyenda, cristalizada en viejas tradiciones religiosas, 
luego al teatro por los grandes trágicos traducida, y puesta 
hoy mismo en escena por nuestros actores contemporáneos, la 
leyenda de Medea y Jasón. La fábula del vellocino de oro por 
manera muy gráfica reproduce los tiempos á que podemos 
llamar tiempos descubridores en Grecia. Solícita la Natura- 
leza por su finalidad, cuando quiere cumplir una obra colosal 
atrae á ella los seres que necesita para su cumplimiento por me- 
dio de ilusiones y esperanzas. El navegante no podría desafiar 
las cóleras oceánicas, de seguro, sin un apetito tan bajo, pero 
tan espoleador, como el deseo de lucro. Desde las primeras 
edades hasta nuestra edad , el descubridor ha buscado un vello- 
cino de oro siempre como premio á sus fatigas y como exci- 
tante al trabajo de sus compañeros, metidos por él en tan arries- 
gadas empresas y por él empeñados en tan horrorosos trabajos. 
El argonauta no es más ni menos que nuestro descubridor anti- 
cipado. La Colquide, sita en puesto tan vecino de Grecia como 
el mar Negro, recuerda nuestras Indias orientales y occiden- 
tales , á tanta costa buscadas é invenidas por los nuevos argo- 
nautas. El Rey de la misteriosa región se asemeja como á una 
gota de agua otra de suyo al gran Mogol, buscado por los na- 
vegantes nuestros y erigido como un grande y fijo norte de más 
ó menos ingeniosas esperanzas en todas las vías de los inespera- 
dos descubrimientos. Jasón anticipa en la Grecia fabulosa y 
prehistórica los marinos reales y verdaderos de nuestro Renaci- 
miento. El vellocino de oro brillaba en edad tan incierta como 
en la edad cierta del siglo decimoquinto brillaban los palacios 
de plata, los templos de oro, las puertas incrustadas en zafiros, 
pertenecientes al Preste Juan de las Indias. El vellocino de oro 
evoca el riente lago de agua fresca extendido por las refraccio- 
nes del sol en las arenas, á los ojos del peregrino y del cruzado, 



- 87 - 

á quien la sed abrasadora mata en las vías de Medina ó de Jeru- 
salén. Si el hombre adivinase, antes de cualquier apetecido lo- 
gro, los desengaños que le aguardan, renunciaría gustoso á la 
vida, y juntando cuna con sepulcro, apenas aparecido en la 
tierra, volveríase á ella de nuevo, prefiriendo el silencio y el va- 
cío y el sueño de la Nada por completo al perdurable martirio de 
ser y de existir. El vellocino de oro, el viaje de Jasón, la magia 
de Medea, representan la prehistoria, digámoslo así, el poema 
épico de los descubrimientos; el dolor en la incertidumbre , las 
ansias por el deseado puerto, las ilusiones al partirse, los com- 
bates en el esfuerzo, los engaños al arribo y llegada. El navio 
llamado Argos lleva en germen lo que más ilustrara en el mun- 
do á Grecia, su maravillosa colonización. Ulyses representa el 
explorador; Jasón representa mucho más: Jasón representa el 
descubridor. Su navio Argos es como la carabela indagadora y 
feliz que descubre con certeza y arriba con acierto al descubri- 
miento. Habíanse cortado las tablas del Argos en las vertientes 
del Pellón y los mástiles en las encinas de Dodona, por lo cual 
aquéllas destilaban mieles de poesía y éstos vibraban fórmulas 
de oráculos: audaces héroes y reflexivos sabios la tripulaban , los 
unos dioses como Castor y Pólux, los otros semidioses como 
Hércules, los otros más que hombres como Teseo; iba en ella 
Esculapio, á quien la Medicina confiaba todos sus secretos; y 
Orfeo, á quien la religión abría todos sus misterios; y aquel su 
viaje pasó de los mares helénicos al mar Negro, á la desembo- 
cadura del Nilo y del Eufrates, al estrecho de Gades, inviniendo 
la feliz región de los macrobios, donde los hombres vivían 
siglos; la tierra de los cimerios envuelta en tinieblas eternales; 
el mar de hielo y el mar de fuego; los escollos de Scila y 
Caribdis; las islas de Circe y las Nereidas; hasta que por fin 
llegó á este jardín de nuestra España incomparable, á este 
jardín de las Hespérides, circunvalando así dos veces Europa, 
desde nuestros luminosos mares béticos hasta el mar tene- 
brosísimo escandinavo, para esbozar allá en las anticipado- 



nes y profecías propias del numen griego la nave que con- 
dujo los lusitanos á resucitar el viejo mundo histórico, la nave 
que condujo los españoles á descubrir el Nuevo Mundo reno- 
vador, la nave que llevó los lusitanos y los españoles á circun- 
valar el planeta para que concluyese el viejo cielo de cristal que 
parecía una máquina pneumática; la nave que condujo los pere- 
grinos con su Evangelio en la mano, para que rematasen tan 
grandiosa epopeya con esta sublime trilogía: democracia, liber- 
tad y República. 

Para que las analogías no se acaben y las personificaciones 
aparezcan deslumbradoras en el mundo antiguo, descúbrese 
junto á Jasón Medea, nuevo símbolo también, el símbolo de 
las razas invenidas por los descubridores. Su amor, el amor al 
argonauta, representa el que los pueblos encerrados dentro 
de sí mismos sienten por aquellos que han tenido el arte y 
el valor necesarios, no sólo para encontrarlos, sino para di- 
rigirlos en los primeros pasos de una civilización desconocida 
y nueva, superior á la suya original y nativa. Medea debe apa- 
recer hechicera en representación de la Magia, fe natural á los 
pueblos primitivos. La veleidad de Jasón respecto de Medea, 
perdido por ella un día y al siguiente de ella olvidado, significa 
muy bien la inconsistencia y la inconstancia de todos cuantos 
viajan mucho, y al discurso del viaje tienen que cambiar mucho 
de naturales emociones por su comercio con las gentes, en cuyos 
cambios continuos toman mil varias fases y mil diferentes aspec- 
tos. Á su vez la magia, la seducción, las agorerías, las nigro- 
mancias de Medea recuerdan los halagos puestos por las gentes 
y por las tierras de arribo para retener á los arribados y uncirles 
así á sus altares como á sus palacios. La volubilidad de Jasón; 
sus facilidades en prometer, unidas á sus dificultades en cumplir; 
el arrojo con que á los mares se libra en requerimiento de un 
objeto codiciadísimo; las redes tendidas y los engaños hechos á 
una familia hospitalaria; la conquista y robo del áureo vellocino; 
las mil industrias arbitradas para deslumhrar á su poseedor; el 



- 89 — 

regreso á Grecia con Mcdea, ni bien esposa, ni bien cautiva; la 
mezcla de audacia y astucia en sus empresas ; la tenacidad y el 
disimulo en sus propósitos; el abandono de quien le ha facilitado 
el apetecido logro cuando no la necesita ya; su resolución de fun- 
dar su familia con la gente propia y erigir su hogar en la tierra 
patria; el menosprecio á Medea, enfurecida por engañada; cuantas 
fases nos muestra el espíritu y la vida del argonauta, significan 
por modo maravilloso las naturales aventuras corridas por nn 
descubridor en estos nuestros tiempos mismos y nos enseñan la 
indudable fatalidad que pesa tanto sobre la Naturaleza como 
sobre la Historia, reproduciéndose, á pesar de largas distancias 
en el tiempo y en el espacio, las mismas virtudes y los mismos 
defectos, en demostración de que permanece un fondo común 
en la Humanidad, y de que no podemos creernos ajenos á 
ninguna edad, ni á ninguna familia humanas, sino solidarios con 
todas desde sus desconocidos orígenes hasta el cumplimiento y 
realización de sus providenciales destinos. El desengaño padecido 
por Medea cuando se ve abandonada y enemiga de aquel Jasón, 
á qnien recibiera con los brazos abiertos, representa y significa 
el tradicional desengaño que reciben todos los pueblos descu- 
biertos y conquistados de sus nuevos señores, tomados por dio- 
ses en los primeros momentos, hasta que hallan al transcurso 
del tiempo en ellos varias condiciones inferiores á las suyas 
propias y se resisten y se vengan. La poesía helena representó 
tal particularísima leyenda con su maestría soberana indiscutible. 
No se mueren las tigres heridas, no rugen las leonas febriles, no 
graznan los cuervos hambrientos , no silban las serpientes airadas, 
no envenenan las víboras, no gritan los milanos y no tragan las 
hienas como los instintos feroces de Medea, ebria en el atroz de- 
lirio de su loca venganza. Medea es la alquimia delante de la 
química, la astrología delante de la astronomía, la cabala delante 
de la matemática, el augurio delante de la observación, el pre- 
sagio delante del cálculo, el hechizo y el milagro delante del 
saber humano, la naturaleza bruta y la tribu fetichista y la fa- 



milia casi salvaje delante de aquellos que los encuentran y los 
civilizan. No se puede iniciar la biografía de un argonauta como 
Colón , el gran revelador , sin tornar la vista y el pensamiento á 
los que le precedieron , cuyas vidas parecen como anuncios apar- 
tadísimos hechos por la historia de la vida inmortal del primero 
entre todos. Tito Livio en los comienzos de sus décadas; Plutarco 
en las biografías de sus hombres ilustres, griegos y romanos; Es- 
quilo y Sófocles y Eurípides en sus tragedias; los dos primeros 
dramáticos de las literaturas modernas , Calderón y Shakespeare 
en sus mejores obras, ponen profecías de lo que van á presentar, 
muy semejantes á las fábulas del vellocino de oro y al viaje de 
los argonautas, cuyo relato resulta indispensable al comienzo de 
una epopeya como la invención de América. 

Mas aun hay cierta coincidencia, la cual, no por sabida y vulgar, 
debe omitirse. Así como en una comedia de Lope aparece una 
profecía extraña, si bien clarísima, del telégrafo eléctrico, en la 
tragedia del español Séneca también aparece otra profecía clarí- 
sima del descubrimiento de América , tal vez por el genio de su 
patria sugerido, por aquel genio que providenciales designios se- 
ñalaban para producir esta maravillosísima obra. El profeta he- 
breo, aquella especie de sabio revelador que contempla y escu- 
driña con ojos avizores y profundos lo porvenir, anuncia siempre 
augurios y profecías referentes á su tierra y á los imperios que la 
persiguen ó avasallan; el oráculo griego , en sus fórmulas y sen- 
tencias sibilíticas, habla siempre de Grecia ó de los pueblos á 
Grecia circunvecinos; pero el poeta nuestro, inspirado por el 
genio romano é intérprete de la universalidad de sentimientos é 
ideas traídas por la Eterna Ciudad al mundo antiguo, rompe 
todas las fronteras con su luminosa inspiración; y adelantándose 
á los siglos, anuncia las exploraciones del Océano , cerrado en- 
tonces como un misterio, los agrandamientos del planeta y las 
apariciones de nuevos mundos en la soledad del espacio , no 
pudiendo sazón más oportuna escoger el genio poético para 
mostrar sus virtudes proféticas, que la gloria de los argonautas 



— 91 — 

antiguos y la investigación de aquel áureo vellocino buscado 
en la inmensidad del mar , también por los argonautas futuros, 
como que Jasón aparece realmente predecesor de Marco Polo, 
de Alburquerque, del príncipe Constante, de Gama, de Maga- 
llanes, de Colón, y al cantar sus hazañas y al escribir sus 
servicios, no es mucho que, viendo cómo había tendido la 
quilla sobre las aguas, dado á la nave gobierno con su próvido 
timón, puesto á nuestro servicio los vientos recogidos en las 
velas, el profeta viera los futuros descubridores contenidos en 
este descubridor antiguo y la sumisión por sus esfuerzos y por 
su tenaz voluntad, la sumisión del planeta y del cielo al hu- 
mano albedrío, pues en el fin de su acto segundo, pintada la 
temeridad increíble del que desafió primero las olas, y la ciencia 
del que leyó los astros, recogiéndolos y agrupándolos, á fin de 
que señalaran en el firmamento los caminos del Océano; canta- 
das y encarecidas las dificultades opuestas por escollos donde 
habitan sirenas, por cabos donde hierven líquidos abismos, por 
tormentas, huracanes y tempestades; visto el precio dado al áureo 
vellocino ; Séneca descubre que si en su tiempo se mezclaban las 
razas todas al punto de beber los indios las aguas del Araxo y 
los persas las aguas del Rhin, mientras las naves más humildes, 
sin necesidad alguna de que Atenea las construyese y Orfeo las 
guiase, recorrían los mares, merced á la creación lenta , pero di- 
vina, de los siglos, cual otra edad vendría, en la cual, traspa- 
sadas las columnas del divino Hércules, desvanecidas las supers- 
ticiones que ocultaban como con espadas de fuego el Océano, 
franqueados los límites de la polar Tule , que creía Roma infran- 
queables, nuevos continentes surgirían de las aguas y un mundo 
nuevo completaría el planeta, como premio al humano esfuerzo 
y como resultado necesario del progreso. 

Venient annis sécula seris, 
Quibus Oceanus vincula rerum 
Laxet, et ingens pateat tellus, 
Tethysque novos detegat orbes, 
Neo sit terris ultima Tule. 



— 92 — 

El argonauta nuestro aparece más complejo en comparación 
y paralelo con el antiguo. Los espíritus más difíciles de com- 
prender serán siempre los espíritus complejos. Aquéllos, que 
tocan por un lado á las cumbres del ideal y por otro lado á lo 
más bajo de la realidad, resultarán un enigma para la observa- 
ción histórica y obtendrán los juicios más opuestos por la opo- 
sición misma de su complexión doble y de sus actos contradic- 
torios. Colón, profeta y mercader, vidente y calculador, cruzado 
y matemático; especie de Isaías en sus adivinaciones y de ban- 
quero en sus cálculos; con el pensamiento á un tiempo en la re- 
ligión y en su negocio; sublime oráculo, de cuyos labios brotan 
profecías á borbotones y pésimo administrador que arbitra irre- 
gulares medidas; proponiendo la reconquista del Santo Sepulcro 
por un esfuerzo de su voluntad piadosa y el reencuentro con las 
minas de Golconda por un camino más corto que los conocidos 
á la India; siempre suspenso entre las idealidades y las conta- 
rriñás; capaz de crear un mundo con la fuerza de su visión inte- 
lectual para luego destruirlo con los expedientes de su impre- 
visión y de su desgobierno; con ojos de telescopio que le 
permiten hasta llegar á lo infinitamente grande y con ojos de 
microscopio para conocer y analizar lo infinitamente pequeño; 
matemático y revelador; teólogo y naturalista; místico y astró- 
nomo, se aparece tan múltiple y vario, que apenas cabe dentro 
de nuestras lógicas encadenadas series y en nuestros bien regu- 
lados y proporcionadísimos sistemas. Cuan fácil juzgar á un 
hombre todo para la poesía como Virgilio, todo para la pintura 
como Murillo, todo para la ciencia como Newton, todo para el 
teatro como Racine, todo para la virtud y la religión como San 
Francisco; pero cuan difícil juzgar á un hombre, piloto, cartó- 
grafo, matemático, negociante, cortesano, artista, profeta, polí- 
tico, administrador, penitente, que baja como un buzo á pescar 
madreperlas en los tenebrosos abismos y sube como un ángel á 
esparcir mundos en los espacios celestes. La pasión de crear 
ideando como un Dios y la pasión de redondearse vendiendo 



— 93 — 

como un Zulok no cabrán en el fondo de un saco y cabían en 
el alma de Colón. Y había hecho bien la Naturaleza, en sus fina- 
lidades misteriosas, haciéndolo así, con esas aptitudes contradic- 
torias y en abierta pugna dentro de su alma. Tenía que deslum- 
brar al idealista con sus visiones, al creyente con sus profecías, 
al poderoso con sus proyectos, al muy lastimado por las tristezas 
del mal con esperanzas de hallar el nuevo Paraíso sin mancha y 
la vida nueva sin pecado, al entristecido por la caída de Cons- 
tantinopla con la esperanza de recuperar Jerusalén, al egoísta 
y epicúreo con sensuales goces nunca gustados antes, á los 
interesados, que por doquier abundan, con el oro macizo de la 
soñada Mongolia y con los rubíes á cahíces del Preste Juan de 
las Indias. Tiene que dilatar los mares; que rehacer la Natura- 
leza; que completar el planeta; que sembrar de creaciones nue- 
vas el espacio; que traer á la superficie de aguas inexploradas 
numerosas islas y continentes nunca vistos y como soñados; 
que aumentar con brillantes constelaciones desconocidas el cie- 
lo; que mostrar prácticamente la figura de nuestro globo é im- 
pelerlo como un astro más en el éter; que alterar desde la pro- 
piedad, casi feudal todavía, completamente destruida por el 
nuevo espíritu de trabajo y que bautizar innumerables razas; 
que interrumpir los sacrificios del fetichismo para levantar el 
Dios Espíritu; que hacer una obra casi litúrgica, una obra 
semejante á la de Buda, á la de Zoroastro y á la de Mahoma, 
cuando las Cruzadas católicas se habían convertido en cruzadas 
mercantiles, cuando la fe tradicional había encontrado á Lutero, 
cuando la Sede Pontificia se trocaba en reino político , embar- 
gado por la colocación hasta de sus expósitos, cuando Maquia- 
velo escribía sus fórmulas infernales, cuando César Borgia invo- 
caba al diablo en sus brillantes combates y lo tenía en su persona, 
tan hermosa como el ángel caído, cuando Fernando V y Luis XI 
sustituían al ideal católico la imperiosísima Razón de Estado, 
cuando habían ya nacido los que se burlaban de todos los viajes 
heroicos parangonándolos con los viajes de Astolfo á la Luna, 



— 94 — 

cuando los caballeros con cruz al peto y su cimera sobre la frente 
caían yertos á las carcajadas del escepticismo y al Renacimiento 
de la Naturaleza y de la Razón. Quien desconozca de Colón las 
plegarias, las vis'ones, las profecías, el propósito de una evan- 
gelización, el proyecto de recuperar el Santo Sepulcro, la ten- 
dencia incontrastable á oraculear y á presagiar, desconoce toda 
una parte del ser suyo; pero quien desconozca su finura de ita- 
liano, su mercantilismo de genovés, su diplomacia de siglo deci- 
moquinto, su hidrópica sed natural de riqueza, sus estratagemas 
de navegante, sus dobleces florentinas de conspirador, su pro- 
pensión á entregarse al primer potentado con quien topaba en 
cuerpo y alma, sus continuas sumas y restas, lo desconoce á su 
vez en otro aspecto no menos curioso que el primero y no menos 
decisivo para su magna finalidad total y para su creación maravi- 
llosa. Reflexión é intuición casi parecen á primera vista excluirse. 
La una os reconcentra en vosotros mismos, la otra os difunde y 
esparce. La una, repliegue de todas nuestras facultades varias 
dentro de sí mismas; la otra, facultad espontánea, difusiva, ra- 
diante. Un matemático necesita de la reflexión; un poeta necesita 
de la intuición. Por la primera, todo lo veis con su medida, con 
su número, en sus proporciones, en su límite; por la segunda, 
todo lo veis desmedido, sobrenatural, poético. Por eso decís que 
los conocimientos matemáticos deben llamarse conocimientos re- 
flexivos y que las inspiraciones artísticas deben llamarse intuiti- 
vas. No ignoro, no, que un escultor y un pintor y un arquitecto 
necesitan de conocimientos en la línea y en la medida y en el 
número, como puedan un astrónomo y un matemático. Pero 
esta parte de su divino misterio suelen tenerla en los ojos más 
que en el entendimiento. El álgebra canta para un músico. La 
geometría pinta y esculpe de suyo en artistas pagados del ritmo 
de las formas, cual Fidias, Vinci, Rafael, que han visto las notas 
y las sinfonías de los colores, de igual guisa que Pitágoras oyera 
con oído atento la música de los mundos y en varios números 
la escribiera y anotara. Pero en genio ninguno la reflexión y la 



— 95 — 

intuición, el cálculo y la poesía, el sentimiento espontáneo y el 
cómputo calculado, la elocuencia y el silencio, la poesía y el 
interés, la religión idealista y la verdad positiva, la matemática 
y la fe, hanse jamás unido como en este Colón, quien parecía 
tener primero ideada y luego cumplida su creación, como pudiera 
tener un artista esbozos varios y luego el perfeccionamiento real 
de sus pinturas, ¡Qué mezcla de ciencia y de magia! Como ya se 
os aparece cual un sabio sencillo á lo Copérnico, su contemporá- 
neo; ya como un caballero de los que habían entrevisto Pulci ó 
Ariosto. En algunos momentos diríase que lleva las tablas astro- 
nómicas más perfectas en su inteligencia y otras veces le daríais 
las manos para que os anunciara quirománticos horóscopos. Hay 
en su espíritu algo de los algebristas positivos que han renovado 
en Córdoba las ciencias matemáticas con sus propios saberes y 
sus recuerdos alejandrinos, como algo de los alquimistas que han 
encontrado, no el oro, pero sí la química, superior al oro, en sus 
retortas industriales. Y le pasa todo esto porque va con él á con- 
cluir la Edad Media y á comenzar la Edad Moderna. Virgilio, tan 
pagano en todas sus poesías, viera con tal intuición el nuevo espí- 
ritu vagando en la dulce alba de nuevo día, que la Égloga cuarta 
pertenece de suyo al Cristianismo. No empieza la Edad Mo- 
derna en Gutenberg que descubre la imprenta; no en Lutero que 
subleva la conciencia; no en Copérnico que impele por los es- 
pacios infinitos el planeta; no en León X que ampara el Renaci- 
miento; no en Fernando V que soterra el feudalismo: empieza 
en Colón, que rejuvenece con su descubrimiento de América el 
cielo y la tierra. 

No hay que imaginar por su grandeza el advenimiento de 
Colón y la invención del Nuevo Mundo cosas de súbito hechas 
y no apercibidas por la ciencia y por el tiempo, con sus ideas 
la una, el otro con sus evoluciones. Por tal modo los productos 
del centro de Asia tentaban al comercio y al cambio en aquellos 
días que las inteligencias de cierta estirpe y género no descan- 
saban hasta no invenir el camino más corto posible á esa fuente 



-96- 

milagrosa de riquezas. Todo el mundo soñaba con la India. El 
aroma de sus clavos y canelas tentaba el olfato y el gusto; las 
chispas refulgentes de sus piedras preciosas tentaban la vista; el 
oro macizo empleado en sus templos y palacios el universal in- 
terés: así todos los pilotos buscaban las Indias por todos los ma- 
res. El vellocino antiguo renacía de nuevo en los libros del ve- 
neciano Marco Polo, escritos de prisa y divulgados como nunca 
en este período creador del Renacimiento, que poco á poco, 
desde los últimos días del siglo decimotercio, había trastornado 
la guerra cuerpo á cuerpo con la pólvora; vencido al tiempo 
con la imprenta; orientado al nauta con la brújula; rehecho la 
historia con los helenos fugitivos de Constantinopla; ensanchado 
el cielo con los nuevos anteojos; y desvanecido supersticiones 
que antes paralizaban ó por lo menos encogían á una la volun- 
tad y la inteligencia del hombre. Los artistas escalaban las rui- 
nas y los descubridores exploraban el mar. Aquí unos se su- 
mergían en la historia para encontrar el mundo de lo pasado y 
otros en el espacio inmenso para encontrar el mundo de lo por- 
venir. Explorador de los cielos como Regiomontano iba por 
doquier apoyado en personificación de las ruinas como Bessa- 
rion. Mientras aquél andaba por su tiempo lloviendo estrellas en- 
cendidas que lo porvenir esclarecían, éste andaba deletreando 
lenguas muertas que lo pasado evocaban. Á pesar de los obser- 
vatorios caldeos, los cuales habían guardado siempre su comu- 
nicación franca y abierta con las estrellas relucientes en las 
noches de aquellos luminosos desiertos, donde las arenas seme- 
jan vías lácteas; á pesar de las adivinaciones agoreras, cuyos 
números aparecieron como cabalas de nuestras verdades as- 
tronómicas; á pesar de haberse la ciencia oriental y helena 
concentrado con los Ptolomeos en la ciudad sapientísima de 
Alejandro y transmitídose hacia el Oriente á Bagdad y hacia el 
Occidente á Córdoba; el terror milenario y el influjo teocrático 
habían en tal modo paralizado á Europa, que la vida humana se 
asemejaba de suyo á la vida vegetal, hundiendo, como ésta sus 



— 97 — 

raíces en la tierra, sus raíces aquélla en la tumba. Los hombres 
del período extendido entre los siglos quinto y décimo viven 
bajo las bóvedas obscuras y achaparradas del santuario bizan- 
tino, aguardando la hora del juicio final de rodillas sobre las 
tumbas que llaman hacia sus abismos á todos los mortales. Pero 
de pronto la cristiandad se mueve por haber pasado la línea del 
año mil y no haber visto desgajarse la tierra bajo sus plantas ni 
convertirse las estrellas del cielo en mares de ceniza. Europa 
nuevamente anda, pero movida y aguijoneada por impulsos re- 
ligiosos. Las Cruzadas despiertan y suscitan este movimiento, 
que, religioso en sus comienzos bajo San Bernardo y con Godo- 
fredo de Buillón, degenera en herético y cosmopolita con el em- 
perador Federico de Suabia, y concluye de suyo en mercantil 
con Venecia y sus nobles mercaderes. Eterna rival de Venecia, 
Genova, la patria de Colón, aguijoneada por el deseo de lucro, 
explora tierra y mar en todo lo posible. Notad cómo al con- 
cluirse la fascinación religiosa, ejercida por Jerusalén y el sepul- 
cro de Cristo, á causa de haberse visto precisada la misma 
institución pontificia, que suscitó los cruzados en el siglo un- 
décimo, á excomulgarlas en el siglo decimotercio, sustituyóla 
una intensa fascinación mercantil ejercida por el gran Mogol de 
Tartaria y los diversos espejismos de sus fabulosas riquezas. Las 
embajadas expedidas por Enrique III desde sus reinos castella- 
nos y contadas por Clavijo con tanta encantadora ingenuidad; 
la peregrinación del veneciano atrevidísimo Nicolás Conti, ya en 
vida de Colón; las múltiples exploraciones referidas por viajeros 
numerosos, no tenían, como las Cruzadas, un móvil y un objeto 
religioso, inspirábanse, por lo contrario, en el interés mercantil y 
buscaban mercados y no tumbas. Coincidía con todo un mayor 
empeño é insistencia mayor en los estudios geográficos. La carto- 
grafía prosperaba por modo maravilloso. El genio de las abstrac- 
ciones tomistas y de los silogismos escolásticos iba poco á poco, sin 
dejar del todo la teología tradicional, observando la Naturaleza, 
embelesándose con solicitud tanto en su contemplación como 



en su estudio. Lo mismo Roger Bacón que Raimundo Lulio no 
se contentaban y satisfacían sólo con sus indagaciones religiosas; 
el uno entraba en las ciencias que llamamos por antonomasia 
naturales y el otro en las ciencias químicas. Los discípulos su- 
cesores suyos pudieron escribir enciclopedias cosmográficas más 
tarde, que aun frescas se encontraban, como las de Bauvais, por 
ejemplo, cuando el invento de Guttenberg, la reproductora má- 
quina, que parecía un milagro venido para perpetuarlas y difun- 
dirlas. Las naves catalanas, tan civilizadoras, llevaban por las 
orillas del Mediterráneo cartas relativamente perfectas del mundo 
conocido, trazadas en centros de cultura tan espléndidos como 
Barcelona y Mallorca. Por eso el genio de la gloria catalogará 
entre las mayores nuestras eternamente aquel mapamundi ca- 
talán llamado el Grande por antonomasia en todos los tratados 
científicos y que se trazó el año setenta y cinco de la centuria 
decimocuarta, por lo cual este año se cuenta entre las estrellas 
de mayor magnitud que brillan en los hemisferios del tiempo y 
entre los recuerdos más santos que guardan los anales del 
mundo. Planisferio terrestre y carta marina instruyó en tales 
modos á los nautas, que puede muy bien denominarse escritura 
en que consta la toma de posesión de la mar por el hombre 
después de haberse descubierto maravilla tan enorme como 
la brújula. Así el planisferio invenido en la biblioteca de los 
Borgias y el trazado por los monjes de San Miguel en las pare- 
des de su monasterio que se levanta en las lagunas de Venecia, 
cerca de Murano, los dos hechos ya en tiempos de Colón, re- 
sumen y ordenan todos los conocimientos geográficos del tiempo 
é industrian en geografía con todo el posible acierto á los viaje- 
ros y exploradores de aquella edad fecundísima. Pero donde 
Colón halló quizás la mayor copia de noticias indispensables á 
su ministerio y á su oficio, fuera en Genova, célebre como Bar- 
celona y Palma por sus cartas marinas. Llámanse periplos, con 
el mismo nombre griego que hizo tan famosa la carrera del car- 
taginés Hannon. Vivien, que ha escrito una historia de la Geo- 



— 99 — 

grafía, hoy consultada por todos, atribuye al genovés Pedro 
Vesconte, muy ducho en arte marina, el primer periplo com- 
puesto en la Edad Media. Ellos, los de Pizzagani, los de Bianco, 
los de nuestro compatriota balear Valsecas, no solamente sir- 
vieron para industriar á Colón, así en su arte como en sus cien- 
cias ; sirvieron también para procurarle medios de sustento, pues 
los trazaba y los vendía; después de haberlos empleado en sus 
propias navegaciones. Cuando se ven estas cartas, nótase desde 
luego en ellas vaguedades y sombras cuando se refieren á mares 
que no sean el Mediterráneo, tan explorado ya y tan conocido 
entonces como en este nuestro tiempo. Amén de todo esto, 
la imprenta se consagraba en sus primeros esfuerzos á fijar 
para siempre los Ubros de Astronomía, de Cosmografía, de Geo- 
grafía. Lo mismo el Almagesto de Ptolomeo, más ó menos re- 
tocado por los árabes, que la Historia natural de Plinio, con 
mayor ó menor fidelidad extraída de los antiguos manuscritos 
y palimpsestos, abundaban en ideas y noticias de todas clases, 
según las cuales sistematizaba Colón sus conocimientos y razo- 
naba sus propias experiencias. Un Papa en persona contribuía 
con su caudal de raros estudios al aumento de la ciencia, el 
pontífice Pío II. Esta llegaba por mil circunstancias á subir hacia 
su apogeo. Y cuando tal sucedía, consideró Colón estrecho el 
Mediterráneo á su genio, y se partió, no sabemos ahora si por 
móviles reflexivos ó por súbitas inspiraciones, al punto del pla- 
neta donde más resonaba el afán de los descubrimientos, al tér- 
mino de la Península ibérica, á Portugal, quien iba explorando 
el África y trayendo nuevamente á la vida y á la historia el Asia 
Oriental, para que todo esto se completara y perfeccionase con 
el milagroso descubrimiento de América. He ahí, pues, lo que 
constituye la gloria de Colón , el haber sido en la Historia el 
primero de los descubridores. 




CAPITULO IV. 



PORTUGAL Y COLÓN, 



AS armonías entre los destinos y las vocaciones indi- 
viduales no pueden desconocerse, pues se demues- 
ÍJ tran en todo el transcurso de la humana historia y en 
todas cuantas biografías andan escritas de los personajes, cons- 
picuos y superiores, dignos, por mil conceptos, de universal 
estudio. No perteneciera Colón á los marinos primeros de la hu- 
manidad si dejara de sentir inclinaciones hacia Lisboa, donde 
comenzó la navegación oceánica en grande, tan superior en su 
esfuerzo y en su dilatación á las navegaciones mediterráneas 
como las navegaciones mediterráneas á las antiguas navegacio- 
nes fluviales. ¡Cuál diferencia entre la caravana patriarcal y 
errante, que lleva por el desierto á lomo de camello la tienda 
nómada, y el madero echado á las aguas de los grandes ríos, que 
aumenta el movimiento disminuyendo el esfuerzo, y presta, por 
una mayor facilidad en las comunicaciones, impulso al cambio y 
al comercio! Pues la cultura del mundo comienza por las ciuda- 
des fluviales, por Babilonia y Nínive , á las orillas del Eufrates y 
del Tigris; por Tebas, con sus cien puertas, alas orillas del Nilo; 
por Jerusalén y su templo, á las orillas del Jordán. Pero esta civi- 



— T02 — 

lización se hubiera estancado, persistiendo en sus formas orien- 
tales y asiáticas, de no haber existido las ciudades marinas como 
Tiro, como Cartago, como Atenas, como Corinto, como Sira- 
cusa, como Marsella, como Vcnecia, como Barcelona, que con- 
virtieron la civilización fluvial asiática en civilización europea 
mediterránea. Y así como la barca fluvial supera en mucho al 
camello nómada, y el barco marino á la barca fluvial, superan en 
mucho á las navegaciones por el mar interno, que llamamos nues- 
tro los levantinos, las navegaciones por el mar Océano, infinito é 
insondable. Pues lo que fuera la Efrón de Abraham en los tiempos 
primitivos; lo que fuera la Nínive de Semíramis en los tiempos 
fluviales; lo que fuera la Cartago de Dido en los tiempos medi- 
terráneos; es la Lisboa del infante D. Enrique y del hermano suyo 
D. Fernando en las edades oceánicas. La caravana comunica los 
desiertos entre sí, el desierto caldeo con el egipcio, el desierto 
egipcio con el arábigo, el desierto arábigo con el israelita en 
tiempo de los Patriarcas; la navecilla fluvial el desierto con el 
río, Nubia con el Nilo, Caldea con el Tigris y el Eufrates; la 
barca mediterránea los pueblos sitos en las dos orillas de tan 
hermoso mar; la navegación oceánica concluye por comunicar 
entre sí los continentes y por circunvalar el planeta. Como las se- 
manas cumplidas por el mesianismo religioso traen á Cristo en 
su hora oportuna, las promesas y las esperanzas científicas trae- 
rán á su hora oportuna también los reveladores del mundo. Y 
como Cristo, natural de Galilea, tendrá que predicar en Jerusa- 
lén, por hallarse allí el templo de Dios; Colón, natural de Genova, 
tendrá que personarse á su vez en Lisboa, por hallarse allí el 
templo de la ciencia. Todo afluía entonces á la desembocadura 
del Tajo. Desde los normandos á los mallorquines buscaban allí 
las relaciones comerciales y los conocimientos náuticos. El 
Preste Juan de las Indias, asentado en su silla de oro puro; la 
ciudad aquella de Catay, donde se medían las perlas como el 
trigo, á cahíces; los templos del gran Mogol, reifiatados por enor- 
mes rotondas compuestas de rubíes y esmeraldas y zafiros; el 



— 103 — 

Océano de tinieblas, tras cuyas ondas brumosas lucían palacios 
fabricados con estrellas y embellecidos con rosadas auroras per- 
manentes, veíanse lucir y esplender en las encrucijadas de Lisboa, 
porque todo el mundo los llevaba en su retina, como fiel trasunto 
de profunda mirada interior que trascendía de los espíritus á los 
ojos. Pues el colosal personificador de tales aspiraciones debía 
ir allí, si en realidad estaba designado por providenciales acuer- 
dos, á preparar y apercibir en la realidad lo mismo que tenía en 
la idea: un mundo ignorado y nuevo. Y esta decisión suya, de- 
cisión reflexiva, deliberada, voluntaria, consciente, no casual, 
como quieren aquellos que lo arrojan á las playas portuguesas 
tras deshecha borrasca y trágico naufragio, proviene de la voz 
oída en su interior á la continua, de una voz del pensamiento 
íntimo, propulsor que lo mueve y lo determina en su obra. Las 
relaciones entre los pueblos occidentales de la península itala y 
los pueblos occidentales de la península ibera en todos los siglos 
medios aparecen estrechísimas. Se comprende y explica por el 
contacto entre Cataluña é Italia que fueran almirantes aragoneses 
héroes como Roger de Launa; se comprende y se explica por 
el dominio de Carlos V sobre toda la tierra que desempeñara 
largo tiempo el almirantazgo español un marino genovés como 
Andrea Doria: la presencia de los genoveses en Galicia y Portugal 
solamente puede uno explicársela por el superior concepto que 
los genoveses alcanzaban entre gallegos y lusitanos. Lo cierto 
es que Oliveira Martins, el gran historiador de Portugal, declara 
maestra de Lisboa en marítima navegación á Genova. Y, con 
efecto, allá, por el siglo undécimo, el Obispo de Compostela ó 
Santiago encargaba pilotos á la Liguria; y más tarde, un Rey tan 
sabio como D. Denis de Portugal, vinculaba y amayorazgaba el 
almirantazgo portugués en la ilustre familia genovesa de los 
Pezzagnas. Reuniéndose tal número de pobladores extraños en 
Lisboa por los siglos decimocuarto y decimoquinto que su cro- 
nista la llama ciudad grandísima de desvariadas gentes, debía 
parecerse , no á Venecia , donde había tres factores predominan- 



— 104 — 

tes , griegos y esclavones y latinos, á lo que ahora mismo son la 
ciudades, como Buenos Aires, como Nueva York, como tantas y 
tantas de América pobladas por colonos idos allí de los cuatro 
puntos cardinales del aire. Para mí Lisboa ejerce una influen- 
cia decisiva en el ánimo de Colón y le presta con los caracteres 
de universalidad, por ella desde la centuria décimacuarta toma- 
dos, aquel ensueño gnóstico que lo mantenía en perpetua neuro- 
sis de alucinación y esperanza. Cuando se ven las naves de todos 
los puertos y se trata con las representaciones varias de todos 
los climas y se oyen los acentos de todas las lenguas y se asiste 
al cambio de todos los productos y se respira el espíritu de 
todos los climas y se tocan los resultados del comercio entre 
todas las mercancías; una de esas almas, en las cuales desembocan 
los ríos de ideas, alma comprensiva y luminosa, concibe las sín- 
tesis supremas y universales, á que suelen deberse de antiguo las 
revoluciones, así políticas como artísticas, literarias como cientí- 
ficas, á cuyo poder se transmite desde una edad á otra el ser de 
las sociedades humanas y se tuercen las corrientes del tiempo. 
Así, aquellos que prestan culto á lo antiguo , el poeta y el histo- 
riador, por motivo y razón de su oficio, romántico el uno y reac- 
cionario el otro, revuélvense contra los que han cambiado la 
naturaleza de los pueblos y disuelto la sangre propia de éstos y 
sus ideas nativas en el cuerpo y en el espíritu de la humanidad. 
El planeta se iba ensanchando al influjo de Lisboa, y el es- 
piritu se iba engrandeciendo bajo el ala de un cielo y de un 
mundo agrandados: no cabía dudar que los intereses antiguos 
y los antiguos principios se iban poco á poco achicando en 
proporción matemática y exacta con el engrandecimiento de la 
tierra toda y del alma universal. Como la nueva grande astro- 
nomía destronaba nuestro planeta de aquel centro de la creación, 
donde lo habían colocado las supersticiones de otros tiempos, 
obedientes al testimonio de los sentidos, el influjo de Lisboa 
iba disminuyendo poco á poco el influjo de Venecia y Genova, 
como la invención de nuevas regiones y ciudades, andando el 



— 105 — 

tiempo, debía disminuir el influjo soberano por Lisboa ejer- 
cido en los últimos años de la Edad Media. No recogeríamos el 
fruto, si la simiente no se pudriese y desapareciera en su obra, 
como no abriríamos la cuna para las generaciones recién lle- 
gadas, si no cerráramos el sepulcro sobre las generaciones ex- 
tintas. 

¿Cuál misteriosa relación entre las escuelas artísticas del Rena- 
cimiento, fundadas por los Médicis en Florencia, y las escuelas 
experimentales de Náutica, fundadas por los hijos de D. Juan I 
en Cabo Sagres? Las academias de las orillas del Arno miraban á 
lo pasado, mientras las escuelas de las orillas del Océano mira- 
ban á lo porvenir. Predominaba en aquéllas la interior astrono- 
mía del pensamiento y en éstas la exterior astronomía del cielo. 
Allá tañían dedos rosados liras y cítaras; desbastaban agudos 
cinceles mármoles y bronces ; animaba el pincel, mojado en pale- 
tas de iris, las tablas; el Verbo, henchido por ideas platónicas, á 
su vez animaba los espíritus, surgiendo de todo esto la evoca- 
ción de Grecia representada por sus estatuas : mientras aquí abor- 
daban pilotos de todos los mares conocidos; enseñaban la geo- 
grafía y sus adelantos , mapas de todos los territorios explorados 
y aun de los territorios explorables ó supuestos ; se aplicaba con 
verdadera novedad á los trabajos y operaciones de la navega- 
ción el astrolabio, ideado para pasear la idea por el cielo ; encen- 
dían llamas de pensamientos abstractos en las estrellas los discí- 
pulos de Raimundo Lulio, ya por aquella sazón muerto para el 
mundo, mas redivivo en la ciencia; daba lecciones prácticas de 
marear el consumado nauta Jaime de Mallorca ; y andaban de 
labio en labio, realizados por la imaginación de tanto experto allí 
reunido, los fantaseos increíbles de Marco Polo, cual de memoria 
en memoria las noticias prácticas de Valseca, formándose con 
todo esto una especie de materia radiante científica, la cual, 
tarde ó temprano, había de condensarse y formar un verdadero 
núcleo central en el espíritu y en el pensamiento de Cristóbal 
Colón, destinado, como los artistas florentinos á evocar el 



— io6 — 

mundo de la Historia y de la tradición , él á evocar el mundo de 
la Naturaleza y de la Libertad. Los espejismos formados por las 
reverberaciones del éter en las aguas luminosas del Océano y 
las esperanzas caídas en los senos del alma desde los salmos y 
libros de las profecías religiosas; la grande Atlántida, evocada 
en los místicos banquetes de Platón , y la tierra nueva, puesta por 
Séneca en sus tragedias allende los términos entonces conocidos 
del cielo y del mar; las experiencias racionales y científicas de 
sabios consultados cual oráculos, y los anuncios de almas extá- 
ticas, como aquellas que profetizaban una florescencia nueva 
en el mundo aparecíanse por los horizontes de Portugal como 
esas nubes extendidas por los bordes obscuros del ocaso, que 
os fingen, á la refracción de los últimos rayos solares en sus 
arrebolados vapores acuosos, ya castillos, ya palacios inmen- 
sos, ya legiones de ángeles apocalípticos, ya mares de topa- 
cio , ya cordilleras de rubíes y esmeraldas , un cuadro disol- 
vente de multicolores matices que inspiran y sugieren, por su 
parte, brillantísimos fantaseos al contemplativo espectador poeta. 
¿Comprendéis una concordancia mayor que la existente por ley 
natural entre la situación ó estado íntimo del alma de Colón y 
la situación ó estado intelectual de Lusitania en tiempo tan crea- 
dor como este del Renacimiento? Las ocupaciones de la inteli- 
gencia individual del Profeta resultaban ocupaciones del inte- 
lecto colectivo de un pueblo. Todo el mundo en los muelles de 
Lisboa calculaba, preveía, se fijaba en el cielo y en el mar, iba 
en pos de tierras desconocidas, formaba ese poema de la nave- 
gación y délos descubrimientos condensado luego en el poema de 
Camoens, como en la Ilíada y en la Odisea de Homero se con- 
densara el poema oral cantado de puerta en puerta por los aedos 
helénicos errantes. Colón recogía por los poros allí el ideal de su 
ciencia, como esas canoras aves que recogen por todos los ca- 
ñones de sus plumas y respiran el aire vital donde vuelan y se 
mecen. Durante los tiempos anteriores á la conquista romana, 
en el Cabo Sagres, la noche del plenilunio, al subir á su me- 



— 107 — 

lancólico zenit el astro de la poesía y de la tristeza, iban en 
espíritu, requeridos y reclamados por los salmos y los ritos 
druidas, los muertos á rozar la superficie del oleaje y las ramas 
del encinar, entre fórmulas de conjuros y humaredas de sacrifi- 
cios, vibrando unísonas, como vibran las copas de los pinos al 
viento del Océano. Pues como ha dicho un gran escritor, así 
en aquella centuria extendida entre la Edad Media y la Edad 
Moderna, iban las ideas científicas, no como almas en pena, 
como espíritus vivos, al Cabo Sagres, y formaban sistemas com- 
puestos de series diversas, como forman constelaciones los seg- 
mentos del cielo, y vías lácteas en la infinidad del tiempo y 
del espacio los sistemas solares aglomerados en las inciertas 
nebulosas. Todo el mundo gritaba, siguiendo la voz y la ban- 
dera del infante D. Enrique: «África». Todo el mundo hablaba 
de un continente, como el africano, ceñido por palmeras que 
daban dulces dátiles y áureas mieles; aromado por azahares, que 
sugerían, como pebeteros gigantes, ardorosa voluptuosidad; re- 
corrido por misteriosos ríos que se creían fluyentes de la luna; 
ornado por patios como los de Sevilla y por aljamas como la 
de Córdoba y por palacios como los del Darro y del Genil ; con 
pavimentos más muelles que las alfombras de Persia, con tejas 
de oro macizo, con estancias edénicas, donde los aires trascen- 
dían á especias suaves, y resonaban, al son de guzlas invisibles, 
tañidas por ángeles de cielos no soñados, melodiosas canciones 
acompañadas por concertadísimas orquestas. Veía Colón caer 
los pinos, al hacha, en las aguas; citarse los caballeros á torneos 
permanentes; ponerse las damas los colores del más arriesgado; 
pedir los frailes puesto en las expediciones; aprontar auxilios 
los codiciosos mercaderes ; reunirse desde los escandinavos 
hasta los griegos en las numerosas tripulaciones; excitar los tro- 
vadores á la exploración y á la cruzada con sus cánticos, mien- 
tras en el mar desierto iban surgiendo islas como las Azores y 
Madera, tendidas, preciosísima sarta de perlas, entre los extre- 
mos del continente africano y los extremos del europeo conti- 



— io8 — 

nente. Los sendos polos de la inteligencia se reunían en el des- 
cubridor: la inspiración sobrehumana y el cálculo matemático. 
Pues ambas facultades, tan opuestas, recibían del estado en que 
Portugal se hallaba entonces, excitaciones intensas y sostén só- 
lido. Había en Colón un profeta y un mercader. Pues el profeta 
crecía en su contacto con las ideas vagas y poéticas por todas 
partes allí difusas, y el mercader en la enseñanza viva de tan- 
tas y tan varias combinaciones económicas como se realizaban 
en aquella inacabable Casa de Contratación. El espectáculo 
pasmoso de todos los embarques, el congreso vivo de tantos pi- 
lotos, la llegada continua de marineros, la enseñanza pública 
de aquellas ciencias indispensables á la náutica, iban deján- 
dose atrás las antiguas circunspectas navegaciones costeras, sus- 
tituidas y reemplazadas por estas otras navegaciones en el 
Océano, semejantes á un vuelo en lo vacío, á una inmersión en 
lo infinito , á un ingreso peligrosísimo en el misterio , á una so- 
brenatural tentativa, cuya mayor personificación debía ser en el 
transcurso de los siglos este piloto genovés, quien á la callada 
iba en su interior apercibiéndose y preparándose para su obra 
y se recogía en sí como el Dios Creador se debió recoger al 
crear el mundo. 

Todo el siglo decimoquinto lusitano está henchido con la 
universal aspiración de recorrer y dominar el continente afri- 
cano. De aquí los viajes más ó menos arriesgados y las explora- 
ciones más ó menos continuas. El archipiélago de las Azores y 
el continente de Guinea, invenidos tras tantos esfuerzos, pare- 
cieron paraísos, mientras los buscaban, á la imaginación; eriales, 
después de hallados, á la vista. El deseo está condenado á enga- 
ñarse. Infinito como el alma y espiritual, sus aspiraciones insacia- 
bles caen por fuerza en el desengaño al tocar la verdad objetiva y 
exacta. No hay ninguna realidad que al ideal responda. Lo refleja 
muy mitigado; jamás lo repetirá en toda su extensión y en toda 
su grandeza. Así, desde las islas Azores y desde los territorios 
encontrados en las tierras occidentales africanas, el deseo había 



— I09 — 

volado á posarse con empeño en el continente de África. Siem- 
pre que hay una luminosa idea muy extendida y una grande 
aspiración muy arraigada en la sociedad, encuentra su encarna- 
ción propia en una grande personalidad histórica. El deseo de 
abordar al continente africano tomó carne y se hizo hombre ó 
personalidad en el infante D. Enrique, hijo tercero del rey don 
Juan, perteneciente á la dinastía de Avis, sucesora de los Borgo- 
ñas, predecesora de los Austrias y de los Braganzas, dinastía co- 
menzada en la guerra con Castilla por un dignatario semiletrado 
y semifeudal, concluida en guerra de moros por los requeridos 
arenales africanos con el sublime loco que se llamó rey D. Se- 
bastián. Enrique no parecía una persona, parecía una cifra. Nin- 
gún afecto humano le divertía de su fin providencial é histórico. 
La porfiada constante aspiración á los viajes llenaba su inteli- 
gencia, que señoreaba la voluntad, por completo sujeta de suyo 
al ideal. Poblado su espíritu de tierras más ó menos fantásticas 
por las alucinaciones de su propia imaginación y por las lecturas 
de los libros ajenos, poblaba el Océano extendido al pie del 
Cabo Sagres, con iguales objetos, más ó menos fantaseados, y 
con iguales perspectivas, más ó menos idealizadas, que descubría 
su interior pensamiento. Portugal, contenido por el poder de 
Castilla en tierra, no tenía más remedio que apelar, para dila- 
tarse, al Océano. La expansión de su ser y las irradiaciones de 
su idea lo pedían así. Don Enrique, á fuer de lusitano, era descu- 
bridor natural por propia naturaleza nativa y por herencia vin- 
culada en la sangre de sus abuelos. Y esta vocación, recibida de 
la línea paterna, se reforzaba por el influjo poderoso de la línea 
materna. Empeñados los Papas de la Edad Media en prohibir 
todo matrimonio entre parientes, quedaban los reyes obligados 
á requerir de luengas tierras sus esposas. San Fernando, por 
ejemplo, casó con Beatriz de Suabia. La madre de D. Enrique 
Avis era sajona y normanda por su complexión, á fuer de in- 
glesa. Llamábase D."* Felipa Lancáster. Parece imposible la serie 
de coincidencias existente de antiguo entre la historia portu- 



no 



guesa y la historia española. Esta casa de Larxáster, que sir- 
viera con su infanta D.'' Constanza en su oportuna sazón á unir 
la dinastía legítima de los Trastamaras con los últimos repre- 
sentantes de la dinastía legítima sacrificada en los campos de 
Montiel, sirvió en Portugal para prosperar la dinastía de los 
Avis. Doña Felipa de Lancáster dio hasta muy madura edad un 
hijo por año á su marido el rey D. Juan. Provinientes de lusita- 
nos, de sajones, de normandos, los hijos de tal matrimonio co- 
rrían desalados al mar, como corren al agua las especies acuáti- 
cas; y en el mar, como buenos reyes, corrían á la conquista. El 
infante D. Enrique impuso, pues, á los suyos con la doble fuerza 
de su voluntad y de su inteligencia las conquistas africanas, cre- 
yendo penetrar así por tierra en los dominios del gran Mogol y 
alzarse con sus cahíces de aljófares y brillantes. Catay, palacio- 
ciudad descrita en todas las relaciones del tiempo, empedrada de 
plata, revestida con láminas de oro , perfumada por fuentes olo- 
rosas de madreperlas y ópalos gigantes emanadas y surgidas, co- 
ronada por cresterías interminables de rubíes y esmeraldas, con 
almenas de ágatas, con muros de pórfidos, con lloviznas de al- 
jófares, Catay se aparecía en sueños allende el Estrecho de Cá- 
diz, allende el istmo de Suez, allende los desiertos arábigos, en 
la Mongolia, donde había realizado Alejandro Magno la transfu- 
sión de la sangre desde unas venas en otras del ejército suyo y 
realizado nupcias entre las razas que preparaban la unidad interior 
del humano linaje. La pasión que agitaba el ánimo de Colón, la 
idea que tiránicamente lo poseía, estaba difusa y esparcida en 
su tiempo. Sin esos engaños, sin esos espejismos, sin esos fanta- 
seos, sin las alucinaciones provinientes de las fábulas, nunca se 
hubiese descubierto desde nuestro hemisferio el opuesto y nunca 
se hubiera completado con el nuevo el viejo mundo. Buscad el 
invento que os parezca más positivo y más cercano: la historia 
os demostrará cómo la ciencia no hubiese llegado á ninguna 
parte sin esos fantaseos de la imaginación, sin esos desarreglos de 
los nervios, sin esos engaños del alma. Nada tan práctico para 



III — 



nosotros y nada tan cercano de nosotros como el teléfono y el 
telégrafo , satisfacciones de nuestras necesidades por medio y por 
obra de la electricidad , reunida en instrumentos debidos á la 
ciencia positiva. Pues ¿cuántas ilusiones no precedieron á este 
invento y cuántas fábulas y aun farsas no acompañaron al en- 
cuentro é invención de la electricidad? ¿Sabéis algo más conocido 
y vulgar que los inventos relacionados con la electricidad, desde los 
ámbares antiguos á la rana de Galvany; desde la rana de Galvany 
hasta el pararrayos de Franklin; desde el pararrayos de Franklin 
hasta la botella de Leyden ; desde la botella de Leyden hasta el 
telégrafo de Morse; desde el telégrafo de jNIorse hasta las lámparas 
de nuestro Edison y sus maravillosos fonógrafos? ¿Conocéis algo 
más prosaico y calculador que la pasada centuria? El verso 
mismo se había hecho prosa y la inspiración cálculo. Sin em- 
bargo, con encuentro tan positivo como las grandes aplicaciones 
de la electricidad, y en siglo tan prosaico de suyo como el siglo 
décimooctavo , se dieron alucinaciones muy semejantes á las 
que fascinaban el ánimo de los descubridores y de los nautas y 
de los viajeros allá en la décimaquinta centuria. Se había per- 
dido la fe viva en los milagros de la religión y tomaban los dis- 
cípulos de la Enciclopedia como cosa corriente ios milagros de 
la ciencia. Cuando se veía subir á unos en el montgolfier hacia 
las regiones superiores del aire, y á otros, metidos en la cam- 
pana del buzo, descender á los abismos del mar; cuando en la 
retorta del químico se hallaban, con los gases ayer ignorados, 
nuevos elementos de vida, y en las botellas del físico las chis- 
pas del rayo entregado al arbitrio del hombre; cuando el mag- 
netismo se difundía por los nervios y los exaltaba, creía tener 
el hombre un dominio sobrehumano en la Naturaleza y ser en 
la creación todo un agente divino del Criador. 

Pues qué, ¿no acudían los pueblos á las cadenas de Mesmer, 
cuyas sacudidas ofrecían á los crédulos aquellos eterna juventud? 
¿No iban los diplomáticos más abonados á escuchar boquiabier- 
tos las palabras del Conde de San Germán, para saber de aquel 



— 112 — 

conviviente con toda la historia, testigo de todos los hechos capi- 
tales, contemporáneo de todas las generaciones, interlocutor con 
todos los hombres ilustres de todas las edades, cómo estaba la 
curia romana el día que mataron á César y cómo retumbaba la 
tempestad en el Gólgota mientras Cristo moría en la Cruz? La 
vida etérea, al ascenso de este á otro planeta, la juventud eterna, 
la fe viva en los filtros regeneradores, la reducción de un rayo de 
sol al encierro de un cristal, el encuentro con seres fantásticos en 
la celeste inmensidad, las dos alas del águila en los sendos hom- 
bros para subir á lo infinito, la segunda vista en el espíritu para 
penetrar con ella dentro del corazón, la florescencia del suelo en 
una primavera continua; todo esto y mucho más parecía posible 
al hombre de la última centuria, que respiraba en el aire la elec- 
tricidad recién invenida y en el espíritu la revolución recién con- 
densada. Reinaban un iluminismo y un misticismo humanitarios 
que habían facilitado la invención del pararrayos maravilloso de 
Franklin, del precipitado químico Lavoissier, del globo aeros- 
tático de Montgolfier. La ciencia parecía un Tabor donde la 
Humanidad se transfiguraba y subía de un vuelo al Empíreo. 
Unos creyentes misteriosos, que se decían bajados de las Pirámi- 
des egipcias, asistentes al templo de Salomón, ascetas en las 
quebraduras del monte Líbano, restos de antiguos templarios, 
perdíanse por las profundidades obscuras de subterráneos miste- 
riosos, cual si del globo terráqueo pasasen á los vecinos globos; 
y allí, después de haber buscado la estrella misteriosa entre los 
vapores producidos al humo de los inciensos puestos por los 
esclavos en los incensarios consagrados á los déspotas, entre- 
gábanse á la meditación y á la contemplación de los arqueti- 
pos eternos, donde se modelan las cosas, en cámaras tendidas 
de negros paños sobre los cuales se destacaban blancos esquele- 
tos, y al borde horrible de sarcófagos sobre los cuales se veían 
mondadas calaveras; y entre tales horrores, propios para desper- 
tar un escalofrío de terror, erigían el templo visible al invisible 
Arquitecto del Universo, cuyo símbolo resplandecía en el trian- 



— 113 — 

guio refulgente como la luz del sol, donde resaltaba en letras 
hebreas el nombre incomunicable de Jehová. Todo esto se con- 
juraba para infundir la idea extendida universalmente de que las 
sociedades secretas se hallaban á un mismo tiempo en todas par- 
tes. Las gentes creían que guardaban éstas en depósito las fuer- 
zas mágicas y las fuerzas demoniacas del Universo; que compo- 
nían filtros, los cuales daban á la sangre un calor tropical y una 
vida exuberante á todas las fibras y moléculas del cuerpo; que 
forjaban oro en el crisol de sus hornos alquímicos; que doblaban 
el tamaño de los diamantes; que podían subir de astro en astro 
hasta la cumbre misma del sol y allí cobrar una segunda vida 
con creces animada por la llama de nuevo y luminoso espíritu. 
Á éstos uníanse otros sectarios con tendencias aun más políticas 
y con liturgias aun más extrañas. Los temperamentos exaltados, 
las damas nerviosas, los jóvenes de imaginación y sensibilidad, 
se unían á tantas sectas, creyendo, no solamente verdaderos sus 
dogmas, ciertos y positivos sus milagros. En las cortes de Ale- 
mania se oía por los mármoles de aquellos grandes corredores, 
que circunvalaban los patios de sus palacios, barrer á las noc- 
turnas escobas de sus brujas, y en las cámaras imperiales y reales 
aparecíanse las damas sobrenaturales, envueltas en blancos su- 
darios, anunciando la muerte de los más jóvenes y más floridos 
príncipes de las familias reinantes para un día dado. Encerrábase 
un Apocalipsis en casi todos los hechos. Los muertos dejaban 
los sepulcros y venían al comercio con los vivos. Nuevos seres 
surgían al calor de la idea como surgen las mariposas al soplo 
de Abril. Por todas partes corrían profetas, hiero fantas, revela- 
dores, iluminados. Fundábanse palacios destinados á círculos 
mágicos de electricidad , con salones cubiertos de sederías al- 
mohadilladas, donde, al resplandor de luminarias extrañas, al 
compás de suaves músicas, al eco de armoniosísimos coros, 
danzaban los poseídos del magnetismo hasta caer exhaustos, 
unas veces á los espasmos de la epilepsia, otras veces á los de- 
liquios del éxtasis. Fingíanse árboles magnetizados, que infun- 



— lu- 
dían bajo sus ramas, propias para figurar en el jardín de Armida 
ó en la isla de Circe , sueños henchidos de místicas y voluptuo- 
sas visiones. Una especie de profeta, que detestaba el mundo 
como si fuese un cenobita, que se holgaba en la soledad como 
cualquiera de los precursores ó bautistas evangélicos, que apa- 
rentaba decir una idea para significar otra opuesta, ángel de 
nuevo Apocalipsis, arrojaba palabras incoherentes sobre la so- 
ciedad antigua en su agonía y sobre la nueva sociedad en su 
cuna. Por tamaña crisis de los ánimos , por tal exaltación de los 
temperamentos, por las agitaciones de Pitonisa, que sobrecogían 
á la humana conciencia, como en los primeros siglos del Cristia- 
.nismo, adivinaréis qué de prosélitos no arrastraría el Conde 
misterioso de Cagliostro , bendecido por Lavater como un provi- 
dencial redentor, llamado en unas partes Bálsamo y en otras 
Fénix; aquí con un nombre griego y allí con un nombre caldeo; 
profeta y aventurero; filósofo y prestidigitador; dispuesto así á 
un sermón como á un escamoteo ; capaz de robar el corazón 
del pecho con su elocuencia semibárbara y de la bolsa el dinero 
y aun el reloj con sus dedos habilísimos; alquimista y médico; 
astrólogo y astrónomo; sabio y sicofanta; caballero rosa-cruz y 
caballero de industria; quien así podía pasar por un templario 
escapado á las persecuciones antiguas como por un reo escapado 
á los presidios de África; habitador de una casa misteriosa donde 
reinaba el crepúsculo y sacerdote de una secta theúrgica donde 
reinaba el misterio ; enemigo de la Iglesia y amigo de los carde- 
nales; enemigo de la Monarquía y amigo de los monarcas; ex- 
plotando á todas las sociedades secretas, que lo mantenían como 
un Nabab de la India, y haciendo creer que debía sus riquezas al 
arte de forjar el oro voluntariamente, y que debía sus ideas y 
sus ciencias al vuelo diario en alas de siete ángeles por los siete 
planetas, y al comercio con hermosas doncellas encerradas en 
capillas cubiertas de raso blanco, so la denominación de palomas, 
quienes le contaban arcanos del cielo y le servían con sus nigro- 
mancias y sus sortilegios para la regeneración intelectual y moral 



— 115 - 

de nuestra humanidad. Pues bien; todo esto no era más que un 
anuncio de la revolución en política y en ciencia de la electrici- 
dad. Como para sacar el metal precioso se necesita de muchas 
escorias, y para conseguir el fruto regalado se necesita de muchos 
estiércoles, para llegar á la verdad pura se necesita de muchas le- 
yendas y muchísimas alucinaciones. Cuando esto pasa en el siglo 
precedente al siglo decimonono, imaginaos lo que pasaría en 
el siglo último de la Edad Media. Por eso la predestinación del 
piloto genovés al descubrimiento de la nueva tierra se nota en 
el arte sumo con que ligaba los cálculos del saber á los hipno- 
tismos, como ahora decimos, inspirados y sugeridos por la tra- 
dición y por la leyenda fabulosas. El cuento le servía como el 
astrolabio. Junto á un mapa disponía un salmo. Así era la en- 
camación sublime del espíritu de su tiempo. Paraíso nuevo ideado 
por la Humanidad en el potro de sus tormentos y en el horror 
de sus Vía Crucis; libros sibilinos en que se hablaba de un re- 
florecimiento universal; cantares órficos transmutados al pasar de 
unos labios á otros labios en mil generaciones; números pitagóri- 
cos interpretados por la idea sincrética de Alejandría; églogas pro- 
féticas de Virgilio é intuiciones sobrehumanas de Séneca; la 
inmensa isla, aquella increíble Atlántida, pintada en los banque- 
tes de Platón, donde rebosaban las mieles bíblicas de todos los 
pensamientos divinos ; profecías murmuradas por los profetas en 
los oídos del pueblo de Israel bajo los sauces de Babilonia en 
las orillas del Eufrates; rayos rotos de las theurgias múltiples 
perdidas en los recodos más obscuros de la memoria humana; 
restos de tradiciones; viajes por Marco Polo dictados; embajadas 
al gran Mogol desde Castilla y desde Venecia; referencias di- 
chas por pilotos que parecían venidos de un mundo sobrenatu- 
ral; ejemplares de flores extrañas flotantes alguna vez sobre las 
aguas oceánicas occidentales ; reminiscencias islandesas y escan- 
dinavas de una expedición casi fantástica y de un mundo casi 
mitológico : todo esto iba Colón recogiendo en su peregrinación 
por el hipnotizado Portugal , y condensándolo , hasta formar un 



— it6 — 

mundo ideal en el cielo de la idea interior antes de que apa- 
reciera el mundo verdadero y real en lo infinito del mar Océano, 
vencedor de aquel otro tenebroso, conjurado y desvanecido 
por nuestro sublime profeta. Y amén de todo esto, la navegación 
lusitana iba llegando á un punto de perfección por las aplica- 
ciones del astrolabio al arte de marear y por el perfecciona- 
miento de la brújula, que los buques costeros se trocaban en 
buques veleros, y discurrían por el mar inmenso más sujeto al 
hombre y por el cielo más esclarecido al espléndido luminar de 
las ideas, en derroteros, cuyas estelas iban desvaneciendo las 
viejas supersticiones y cuyos cálculos revelando á la Humani- 
dad el planeta. 

Lo cierto es que, llegado Colón á la monarquía portuguesa, 
entraba en punto, donde vivían las ideas relativas á viajes arries- 
gados y descubrimientos innumerables. Tomar toda el África y 
tras toda el África toda el Asia , idea era que latía en el alma de 
D. Enrique, cual en el cuerpo la sangre. A ella lo sacrificará 
todo en este mundo. Apuesto, robustísimo, gentil, no conocerá 
el amor, ni la familia. Como Godofredo de Bouillon en los 
tiempos teocráticos, vivirá y morirá virgen. Aquel corazón úni- 
camente ama su África portentosa. La incontrastable voluntad 
suya no dejará más descendencia que sus innumerables descu- 
brimientos , medio factorías , medio colonias. Así la imagen de 
Ceuta se le aparece todas las noches, porque Ceuta significa para 
él una brecha por donde tomar el desierto libio y rendir á Ma- 
rruecos. Después de pasar las noches enteras soñando con Ceu- 
ta, pasa los días leyendo las descripciones hechas por los árabes 
de la ciudad codiciada. Y así no habla sino de ella, no vive sino 
para ella, procediendo con la ciudad como un enamorado pri- 
merizo con el objeto de su amor. Aquella Sierra Bullones que 
parece una grande aglomeración de nubes por sus formas y por 
su color un gigantesco zafiro ; aquella posición entre los dos ma- 
res; el istmo donde se levanta; los senos y ensenadas que la cer- 
can; los palacios que la ornan, tráenle á mal traer, llamándole y 



— 117 — 

requiriéndole á la continua con sus múltiples atractivos. Pene- 
trado por completo de que ha nacido para conquistar el África, 
para conocer y explorar los mares tenebrosos, para invenir el ca- 
mino á las Indias, cumplirá su finalidad sin oir ningún otro clamor 
de su conciencia, ningún otro latido en su corazón, reclamo nin- 
guno de su familia, como indiferente á todo aquello que no 
fuera su vocación interior y sus providenciales destinos. Así ha- 
bíalo dotado Naturaleza con las facultades más contradictorias. 
Tenía inteligencia de poeta y de matemático á un tiempo como 
juntaba en su complexión violencia con destreza. En tal estado 
prescindía de su cuerpo como un asceta. Especie de pensamiento 
abstracto, ni quería una forma que lo revelase á los demás, ni 
quería la vida que lo distrajese con sus contradicciones. Alimen- 
tarse y reproducirse parecíale funciones puramente animales. 
Como no amaba, no comía casi. Cuentan las crónicas que ayu- 
naba la mitad entera del año. Compadecíanse, sin embargo, en 
él, por modo admirable, las condiciones opuestas del mercader 
y del cruzado. Lo mismo le daba levantar la tizona en el combate 
por la cruz que sacar las cuentas de una factoría fundada por 
su cálculo. El interés se juntaba en su compleja complexión al 
éxtasis. Despreciaba todo aquello que no servía para el objeto 
de su vida; mas, en cuanto servían á viajes y exploraciones, es- 
tudiaba desde la Medicina y el Algebra hasta la Teología. Con- 
centrado en sí mismo, salía de su reclusión interior para la 
organización de fuerzas y para el comercio con las gentes nece- 
sarios á poner por obra sus planes. De las meditaciones del 
filósofo pasaba sin transición al mando y al imperio del general. 
Así conquistó á Ceuta. Y después de haber conquistado á Ceuta, 
emprendió, contra la opinión de todos los suyos, la conquista de 
Tánger. Por cierto que aquí tuvo la desgracia irreparable de su 
vida y causó la muerte y martirio de aquel su hermano D. Fer- 
nando, á quien ha cantado Calderón en su obra inmortal El Prin- 
cipe constante ^ considerada por Schleegel como prototipo aca- 
bado y perfecto del drama ortodoxo. Vencido al pie de Tánger, 



— II8 — 

tuvo que prometer Enrique al Sultán de Fez la devolución de 
Ceuta. Y como prenda pretoria de esta devolución tuvo que dar en 
rehenes á su hermano D. Fernando. Pero no pudo humanamente 
devolver Ceuta. Y D. Fernando , conducido desde Tánger á Fez 
por una larga calle de amargura en los candentes desiertos ; gol- 
peado por los hombres y maldecido por las mujeres y apedreado 
por los muchachos ; de día comido por las moscas y de noche 
por los mosquitos; azotado al terrible látigo musulmán y asido al 
hierro de la servidumbre; obligado á barrer las cuadras y cavar 
los jardines; puesto en el potro que descoyuntaba sus huesos y 
metido en las cloacas donde sólo respiraba pestilencias y des- 
compuesto antes de muerto; padeció años y años de cautiverio 
con una pasión , en la cual , para más acercarle á la pasión de 
Cristo, crucificáronle boca abajo, entre golpes asestados á su 
cuerpo, hecho todo él una llaga, y denuestos escupidos á su 
alma, desvanecida y evaporada en los horrores del bárbaro sacri- 
ficio. Así resultan las vocaciones de todos aquellos que han de 
cumplir destinos análogos á los del infante D. Enrique ; proceden 
y obran, cruelísimos é implacables, con una indiferencia seme- 
jante á la que ofrece Naturaleza, evaporando impasible las lágri- 
mas y los rocíos, ó comiéndose voraz todos los cadáveres por la 
muerte segados en sus amplios devoradores senos. Bajo el afán de 
descubrir, Enrique entregó á la crucifixión su hermano menor 
D. Fernando; mató á dolores y penas en el desastre de Tánger al 
hermano mayor, al rey D. Duarte; dejó que se perpetrara con su 
hermano el Regente un crimen análogo al perpetrado en la in- 
molación de D. Pedro por los bastardos Trastamaras. Como el 
asceta consume la llama de su vida en rezos y penitencias; como 
el astrólogo desgasta su vista contemplando las conjunciones as- 
trales ; como el químico se petrifica sobre la retorta donde hier- 
ven sus mixturas , por el pecho respiradas de modo que conclu- 
yen circulando en venas y fibras ; el descubridor aquel aislaba 
en su Cabo de Sagres el cuerpo, como en el propósito de las 
exploraciones el alma, y no hacía más que sembrar de tierras 



— 119 — 

con sus planes y sus proyectos el Océano, antes desierto, cual 
sembrara con su Verbo Dios de soles y mundos los vacíos 
espacios. Inútilmente morirá su madre , á quien amaba con ter- 
nura, y que le había regalado en las ansias precursoras de su 
beata muerte la espada de cruzado y el relicario de la Cruz: 
vestiráse de gala cuando el entierro no había concluido aún y 
celebrará con regocijo sin fin la fiesta de su embarque hacia 
Ceuta. Inútilmente apresarán los moros de Fez á su hermano don 
Fernando, y pedirán por su rescate á Ceuta ; dejará que lo mar- 
tiricen y que lo maten , pero Ceuta no saldrá del poder de Por- 
tugal. En vano le habrán vencido en Tánger; volverá de nuevo 
contra la voluntad expresa del rey D. Duarte, quien, menos 
inspirado y grande, pero más tierno y dulce, morirá de dolor á los 
golpes del martirio de Fez, resonantes en su piadoso y destrozado 
corazón de verdadero hermano. Como atisba el ave rapaz la 
presa y no ve ningún otro ser ú objeto, Enrique atisbaba desde 
Cabo Sagres sus tierras, y no veía nada más. El afán de invenir 
gentes y más gentes ataraceaba entonces todos los ánimos. El 
mismo infante D. Pedro había ido á Chipre y á Constantinopla, 
y al Cairo y al Tíber, y al Gólgotha y al Sinaí en una peregri- 
nación de dos años, movido por ese viento de los cielos que 
despierta inquieta curiosidad y que parece sugestión ingerida 
en cada cual por el colectivo espíritu de su tiempo. Quitadle á 
D. Enrique de Avis lo exclusivo de su vocación con lo concen- 
trado de su pensamiento, y no se alzaría en la Historia como el 
más alto y el primero de los descubridores lusitanos, quienes se 
ufanan justamente con grandezas como las de Gama y Albur- 
querque. Así , á este trabajo surgieron para Portugal en el conti- 
nente conocido de África, Ceuta y Tánger; en el desconocido, 
Río de Oro y Sierra Leona; entre las costas africanas y las costas 
europeas , archipiélagos como el de las Azores , é islas muy se- 
mejantes, por su flora y su fecundidad , á las más hermosas de 
Asia, como Madera; en los costados de África misma las islas 
de Cabo Verde ; tras todo lo cual había de venir muy pronto el 



— 120 — 

doblar aquel Cabo de las Tormentas, que remataba todo un 
continente , y el traer á la levadura de nuestra vida y al escena- 
rio de nuestra historia las olvidadas regiones orientales con sus 
collares de perlas para enriquecernos y con sus embriagado- 
ras especias para exaltarnos en la orgía inenarrable de una 
nueva vida. 

Hay muchos historiadores empeñados en que la historia debe 
responder á intrincados acertijos de una solución muy difícil- 
Creyendo la concepción espiritual tan sujeta de suyo á la cate- 
goría de tiempo como la concepción material indagan el día y 
aun la hora en que llegó á concebir Colón su idea del descubri- 
miento de América, Desde nuestro tiempo , tras todo cuanto ha 
pasado, cosa fácil esa ilusión de creer al piloto visitado por una 
idea súbita en cierto instante de los conocidos ahora con dictado 
de psicológicos y análogos á las revelaciones venidas desde los 
alto sobre los espíritus extáticos. Colón de ninguna suerte alcan- 
zó esas confianzas del Hacedor que alcanzaron Elias en el Car- 
melo y Moisés en el Sinaí. No aquistó lo que supo merced á los 
eléctricos sacudimientos experimentados por las pitonisas en sus 
trípodes. Mucho tenía de poeta y aun de vidente, pero sus 
visiones motivábanse de la experiencia y su idealismo pare- 
cíase á una especie de aroma suave muy encerrado en la reali- 
dad. Como la metafísica no pudo separarse de la religión, la 
ciencia no pudo separarse del arte y su poesía en el transcurso 
de muchas y muy prolongadas centurias. Colón debía resumir 
en su fe la Edad Media y en su saber la Edad Moderna. Por el 
sentimiento perteneció á las creencias antiguas; por el estudio 
perteneceá la razón y á la experiencia científica. Los que imagi- 
nan la historia compuesta de milagrosas casualidades creen la ida 
de Colón al reino portugués obra de un deshecho naufragio , y su 
acierto en el encuentro de vías nuevas marítimas y en el hallazgo 
de ignorados territorios obra de la confianza puesta en él por 
náufragos conducidos casualmente á su hogar. Y equivocáronse 
de medio á medio , como habrán de por fuerza equivocarse todos 



— 121 — 

cuantos crean en las inesperadas y súbitas improvisaciones so- 
ciales. Antes de Sócrates hay una ciencia socrática, en la cual 
entran á una, sin quererlo y sin saberlo ellos mismos, los sofistas 
que habían de combatirlo, como antes de Cristo, un cristianismo 
natural, en gran parte formado por los mismos sacerdotes sumos 
que habían de crucificarlo. Un pensamiento, sobre todo, un pen- 
samiento científico, no surge á la callada é inesperadamente 
como un sol sin aurora en el cielo de la conciencia. Las ideas, 
antes de nacer, se anuncian al espíritu por medio de albores lar- 
guísimos, como después de morir dejan á su vez en el ocaso in- 
extinguibles arreboles. Hay que creer en la idea difiisa como 
creemos en la materia difijsa y radiante también. Hay que creer 
en la condensación de los pensamientos como creemos en la for- 
mación de los núcleos solares. Hay que creer en una especie de 
solidificación de los sistemas abstractos y científicos dentro de 
lo real, mediante la que van perdiendo grado por grado en suce- 
sivas series luz y calor, pero ganando en solidez como los pla- 
netas, habitables únicamente cuando se apagan y enfrían dejando 
de ser soles. Por el milagro sobrenatural, por la improvisación 
súbita, por el relampagueo celeste, por la sugestión hipnóstica, 
por el encuentro casual de una idealidad ignorada, paréceme 
imposible de todo punto explicar la natividad sublime del pen- 
samiento innovador en Colón. Hay que ver las ideas precedentes 
á la suya y sus matices; que recordar los hechos capitales gene- 
radores del hecho concreto al cual debemos nosotros un mundo 
nuevo y debe á su vez él una gloria inmarcesible; que notar 
cuantos profetas lo predijeron y cuantos bautistas lo prepararon; 
que advertir cómo se apercibían en derredor suyo por grados y 
por series todos los adelantos á recibir el grito anunciando la 
nueva tierra renovadora de la naturaleza, del alma y de la 
sociedad. Sí, una evolución interminable, un movimiento casi 
continuo, una lógica interior de los hechos, una serie no inte- 
rrumpida de ideas, un cúmulo de titánicos esfuerzos, la suma de 
innumerables preparaciones, algo así como la fuerza interior que 



— 122 



va componiendo las capas geológicas del planeta, precedió al 
día creador en que se halló Colón, el creador mártir, frente 
á frente de su obra realizada y cumplida. En todo grande móvil 
humano hay lo consciente y lo inconsciente siempre, como en 
todo hecho trascendental que inmane y perdura en el mundo, hay 
las causas eternas y las causas ocasionales. La presencia de Colón 
en Lisboa se parece á la presencia de los artistas en Roma y de 
los arqueólogos en Atenas. Matemático, mareante, nauta, piloto, 
el Mediterráneo debía ser angosto á su ambición generosísima 
y corrió al Océano. Criado en aquellas ciudades italianas que 
miraban al Oriente y á lo pasado , él debía venir aquí, donde se 
miraba por una ley providencial hacia el Occidente y hacia lo 
porvenir. Esta fué la causa generatriz de su arribo á Lisboa; pero 
la causa ocasional y determinante fué la estancia de Bartolomé 
Colón, su hermano, entre los portugueses. Muy sujetas á crítica 
se hallan todas las fechas biográficas en la historia de Colón 
antes de que su obra le diera un tan elevado renombre y una 
tan extendida fama; pero debemos suponer que llegó tres ó cua- 
tro años antes de que pasara desde esta mortal á la otra vida eter- 
na el infante D. Enrique. Tan feliz coincidencia le permitió cono- 
cer el cuadrante, ó sea la mejora llevada por nuestros marinos á 
la brújula; el nuevo método de las aplicaciones del astrolabio á 
la náutica, merced á las cuales podían los barcos apartarse de 
las costas y dirigirse á lo infinito en la mar; el atrevido em- 
puje con que habían los descubridores expedidos desde Sagres 
doblado la punta del promontorio Bojador, que se tenía por 
término del mundo; la carabela occidental, pequeña, pero tan 
ágil , que sus latinas velas parecían alas de gaviota y su cuerpo 
un pez, como un eximio lusitano la describe, de poco calado 
para que pudiese costear y abordar fácilmente , de mucha resis- 
tencia y fuerza para que pudiese darse con facilidad á olas y 
vientos; artefacto indispensable al sumo trabajo de las explo- 
raciones y de los descubrimientos. Con todo esto no pudo ca- 
berle ya duda respecto á la forma esférica del planeta. Y no 



— 123 — 

cabiéndole duda respecto de tal forma, tampoco le cabía res- 
pecto de una convicción á ella concunstancial: que habría de 
topar con las tierras de Oriente navegando por Occidente. Y no 
cabiéndole á este respecto duda de ningún género, tampoco 
podría tenerla respecto de que ni las Azores, ni las islas de Cabo 
Verde, ni Guinea, ni descubrimiento ninguno hecho por los por- 
tugueses podía ser la postrera extremidad occidental de nuestro 
globo. 

Admirables concepciones y profundamente verdaderas todas 
las anteriores, no contribuyeron, sin embargo, en tanta medida, 
no, á la obra de Colón, como un error capital, como el error de 
creer la tierra mucho más pequeña de lo que es realmente. 
No admitió las ideas vulgares de su tiempo en la cuestión de 
los antípodas, tenidos por imposibles dentro de la ciencia tradi- 
cional. No escuchó á los que negaban la forma esférica de nuestra 
tierra, fundados en que los profetas habían puesto en comparanza 
la extensión del cielo con el techo de una tienda, Pero creyó en 
las dimensiones dadas por Ptolomeo al mundo, y poseído de esta 
idea creyó que había muy poco mar, y por ende muy cortas dis- 
tancias entre los descubrimientos últimos de Portugal hacia Occi- 
dente y las Indias Orientales. Ya penetrado de todo esto en su 
interior y resuelto á realizarlo, iba observando todo lo que veía 
en torno suyo y robusteciendo con estas observaciones sus ínti- 
mas creencias. Por ejemplo, la ciencia del mallorquín Jaime , los 
mapas de nuestro Valseca , las noticias de un tal Vicente que le 
aseguraba en su alma y en su Dios el hallazgo de maderos tallados 
por una industria no clasificable ni conocida entre las industrias 
usuales, aquellos juncos gigantescos notados por D. Juan I y cuya 
magnitud añadiera dificultades invencibles á todo conato de na- 
vegación por el mar tenebroso , el globo de Besaín que ponía la 
fabulosa é increíble Atlántida en el espacio mismo donde ponía 
Colón las Indias Orientales; miles de circunstancias, perdidas 
para la historia, pero todas inmanentes en el centro y foco de la 
idea que podremos llamar colombina, formaron la nebulosa in- 



— 124 — 

mensa en el tiempo y en el espacio, de cuyo seno se desprendió 
como un sol espléndido el maravilloso descubrimiento. Imposi- 
ble negar los indicios más ó menos seguros que pululaban por to- 
das partes, imposible de todo punto. Tal anunciaba la vista cierta 
de islotes triples aparecidos en días claros hacia el trópico y per- 
manentes en el mismo sitio siempre. Tal otro tomaba las refrac- 
ciones de los rayos solares en el aire marino por continentes 
verdaderos. Contaban éstos haberse visto cadáveres de seres hu- 
manos muy desemejantes en la color y en las facciones de los 
seres humanos generalmente conocidos y contaban aquéllos ha- 
ber descubierto pinos flotantes muy diversos de los pinos euro- 
peos. Varios grumetes aseguraban haber cogido en unos islotes 
occidentales puñados de arenas para su fogón, encontrando 
en gran parte oro purísimo. Los pilotos aumentaban todos estos 
espejismos de la imaginación y del deseo con relaciones más ó 
menos verosímiles de fenómenos más ó menos reales. Los que 
navegaban por mares islandeses á una solían convenir en que 
miles de indicios anunciaban una tierra occidental, hacia la cual 
zarparon mil veces, teniendo que volverse mal de su grado á la 
resistencia opuesta por desatados huracanes. Un hombre na- 
cido en Genova, criado en las costas, puesto desde su niñez 
al tanto de las cosas marinas, conocedor del Mediterráneo, ave- 
zado á sacar leyes de las observaciones particulares, en la flor de 
su vida llegado con toda clase de conocimientos náuticos á la 
inmensa factoría que formaba en aquella sazón Portugal, tenía 
sobradas piedras de toque para que acerara el genio nativo de 
revelador y oyera los llamamientos y obedeciera los impulsos de 
sus providenciales vocaciones. Así no puede admitirse la fábula 
contada por Oviedo y repetida por Herrera mismo, atribuyendo 
el viaje de Colón á las noticias dadas por un piloto de Palos que 
abordara, impelido por un huracán, al Nuevo Mundo; y tomadas 
lenguas, y hechas medidas de aquellas alturas, y calculada con 
profunda sabiduría su latitud, se volviera muy á la callada camino 
de Portugal, y al retorno, encontrándose con Colón por una de 



— 125 — 

las islas portuguesas, como efecto del cansancio y del trabajo 
sintiese que se avecinaba la muerte, refiriera en sus ansias al ge- 
novés el tesoro de sus conocimientos y de sus experiencias , con 
el cual enriquecido, pudo ya poner por obra el plan de su inven- 
ción y aseverarlo cual si llevara en sus palabras y en sus promesas 
la viviente realidad. Inútil, después de referido todo esto, añadir 
cómo carece de fundamento histórico. No se basa en escrito de 
ninguna clase, ni en documento capaz de hacer fe, ni en testimo- 
nio alguno estimable. Por lo que vemos en los historiadores antes 
mencionados, que lo repiten y no lo creen , todo se funda en las 
consejas con que la vulgar envidia deslustra siempre al mérito, 
persiguiéndole y acosándole con terribles insanias. De tener Co- 
lón la evidencia que atribuye tal cuento á su proyecto , no vaci- 
lara como vaciló tantas veces; no tuviera las congojas que le ate- 
nacearon en el período larguísimo de veinte años; no tanteara 
como tanteó tantas vías; no hiciera como hizo tal número de pro- 
posiciones; no empleara los argumentos empleados de intuición y 
de ciencia: bastábale con haber cogido los comprobantes de sus 
asertos, los papeles varios depositados en su poder por la ciega 
confianza de un amigo, y con ellos vencer la incredulidad general 
tan tenazmente contraria y enemiga de sus colosales proyectos. 
Una prueba práctica y tangible de que los sostenía únicamente 
con cálculos probables, se halla en que, habiéndole pedido mil 
veces algo cierto, nunca pudo aportarlo á los mil juicios contra- 
dictorios abiertos acerca de su plan y en los cuales apelaba unas 
veces á la fe católica, otras veces á los cálculos científicos; ya 
sabio ó ya profeta, parapetado tras ilusiones y cálculos; pero sin 
que nunca jamás pudiera fundarse aquella fábrica de sus alucina- 
ciones y de sus esperanzas en fundamento real ninguno, que no 
habían menester las adivinaciones de un genio en quien Dios 
había puesto con la intuición sobrehumana que allega y for- 
mula adivinaciones proféticas, un raciocinio tan claro, una ob- 
servación tan profunda, un cálculo tan matemático, una maestría 
en cosas náuticas, un saber astronómico y cosmográfico tan 



— 120 — 

grande, una paciencia en el trabajo, una tenacidad en el propó- 
sito, una esperanza tan perdurable y una voluntad tan viva y un 
culto tan firme al pensamiento, que habremos de contarlo entre 
los ejemplares más extraordinarios y más extraños cognoscibles 
por las sendas ciencias del temperamento y del carácter, por 
la Psicología y la Fisiología humanas. 



CAPITULO V. 

CASAMIENTO DE COLÓN Y ESTANCIA DE CASADO 
EN PORTUGAL. 




OLÓN había no sólo estudiado su idea en Portugal, 
habíala vivido, como ahora se dice. Muy pobre, los 
aguijones de la necesidad espoleábanle á ejercer 
como un oficio lucrativo su maestría en cartología y á estudiar 
de este modo el mundo conocido, como base para las indaga- 
ciones acerca de los mundos por conocer todavía. Su destreza 
en la composición de las cartas marinas y de los mapamundis 
y de las esferas armilares y de las tablas y de los cómputos 
habíale granjeado medios de vivir con estrechez, pero con de- 
cencia, nutriéndolo de aquello mismo con que debía ilustrar el 
propio nombre y servir al planeta entero, pues no hay escuela, 
donde tanto pueda enseñarse y aprenderse, como en la necesi- 
dad impuesta por una grande miseria. Cuentan los biógrafos de 
Colón que, no contento con ocurrir á las propias necesidades 
en lo posible por medio de aquel su oficio, allegaba también 
algún recurso que ofrecer á su anciano padre ausente. Así, poco 
á poco, á guisa del gusano de seda, extraía de su propia sus- 
tancia y esencia los hilos de la urdimbre de ideas, en cuyas ma- 
llas prendió al Nuevo Mundo, estudiado, entrevisto, presentido 



— I2Í 



á la manera que un adivinador astrónomo el sol apartado y le- 
janísimo, que no se refleja con claridad ni en la retina ni en el 
telescopio. Con más ó menos gusto ha denominado la poesía en 
sus tropos al navegante pescador de tierras como al astrónomo 
cazador de astros. Y si el trabajo de su oficio cooperó al destino 
que debía cumplir en este mundo, no cooperó menos el objeto 
de su amor. Colón se unió en matrimonio con una familia luso- 
italiana. Llamóse Felipa Muñiz Perestrello la mujer á quien eli- 
giera por esposa. Originarios de Plasencia, fuéronse á fines del 
siglo decimocuarto los Perestrellos por Lusitania, donde alcanza- 
ron el favor asequible á las familias italianas entre los reyes por- 
tugueses, deseosos de contribuir á la obra común del Renaci- 
miento con la colaboración de los consumados maestros nacidos 
en la grande Academia que se llama Italia. Este Sr. Perestrello 
exentábase de pechar en el año último de la centuria décima- 
cuarta, por habérsele reconocido su dignidad y carácter de fijo- 
dalgo en Oporto. Llamábase Filippone. Muy hermosas debieron 
de ser las dos hijas que tuvo, cuando trastornaron el seso de un 
señor tan obligado á castidad por sus votos y su ministerio sacer- 
dotales, como el arzobispo Noroña, quien ceñía en aquella oca- 
sión la mitra de Lisboa. Con dos señoritas Perestrellos enredó 
su corazón el voluptuoso eclesiástico; con las dos tuvo sendos 
hijos, que nacieron, para mayor escándalo, por las celdas de las 
vírgenes consagradas al Señor, cual si los monasterios de Cristo 
se hubieran trocado en harenes de sultán. Mas los vicios de sus 
predecesoras y parientes no afearon el alma de la mujer pre- 
ferida por Colón, casta por su natural propio y por su educa- 
ción religiosa. En el organismo dado á la familia entonces, 
fundada sobre institución como el mayorazgo, y en las dobles 
exigencias de la vida feudal, condenada de suyo á los com- 
bates, y de la vida nauta, condenada de suyo á los viajes, las 
jóvenes casaderas no podían vivir bajo techos desiertos; y si 
no iban al hogar matrimonial, tenían que ir, aunque no pro- 
fesasen, al recatado convento en calidad de huéspedas pasaje- 



— 129 — 

ras, designadas con este genérico nombre: pensionistas. No hay 
para qué ir muy lejos ni para qué remontarse muy alto, si que- 
réis ver hoy mismo una señorita cualquiera de tales condiciones. 
En Madrid radican varios conventos de monjas, por cierto muy 
empingorotadas, que ceden cuartos á jóvenes solteras pudien- 
tes, permitiéndoles llevar una vida entre claustral y mundana. 
En esta vida, por más que tenga horas de comunicación amplia 
con la sociedad y aun de salidas á la calle para visitas y atencio- 
nes, hay siempre cierto recogimiento, que da pie para cierto va- 
gar por la lectura y por el estudio. Existen, cual base de toda vida, 
en tal género de conventos, monjas profesas, impedidas de salir 
á la calle, las cuales allí se amaestran en algunas labores feme- 
niles y en algunas letras humanas, enseñándolas á sus pensio- 
nistas con la efusión propia del alma de la mujer. Y siempre las 
guarecidas jóvenes , por lo mismo que se hallan lejos de sus fa- 
milias, guardan la religión de sus recuerdos. Pertenecía D.* Fe- 
lipa Muñiz Perestrello á una familia noble, asociada por don 
Enrique de Avis á sus exploraciones y descubrimientos, bien 
por méritos de tal familia, bien por gracia y favor del Infante. 
Esta familia tuvo en lote, ó como premio á tal cooperación, la 
isla de Porto-Santo, descubierta por los talentos y los esfuerzos 
de la noble y trabajadora compañía fundada en Sagres. Tal ori- 
gen é índole de la familia fueron parte á que D."* Felipa supiese 
por el sentimiento y por la educación, de oídas y de vista, mu- 
chísimo en todo aquello á que los suyos prestaban atención en el 
hogar, muchísimo del estado y del gobierno de las islas. Leyes 
como las que asocian en química las moléculas afines asocian 
en sociedad las almas afines. El descubridor por excelencia 
debía casarse con la hija de un descubridor. Colón solía ir á 
misa con frecuencia, no sólo en cumplimiento de sus obligacio- 
nes religiosas los domingos y demás fiestas de guardar, por 
pura devoción. En aquel tiempo no se habían divorciado el 
pensamiento científico y la Iglesia cristiana. 

Así como Copérnico, destinado á cambiar el cielo tradicional, 



— 130 — 

defendido por la teología católica, murió en brazos, como buen 
sacerdote, de sus creencias maternas, vivió Colón, destinado á 
traer, con disgusto de las supersticiones ortodoxas, los antípo- 
das á conocimiento de todos, destinado á cambiar el planeta de 
la tradición, como Copérnico el cielo, vivió bajo las dos alas de 
su vivísima y pura fe. Habitando en Lisboa cerca del monasterio 
de Todos los Santos, á él concurría para sus devociones; y con- 
curriendo con asiduidad á él, debió prendarse allí de doña 
Felipa Muñiz Perestrello, hasta pedirla y obtenerla en casa- 
miento. El misterio resulta siempre un templo para el amor. 
Hay en todo misticismo una parte de sensualidad que se de- 
muestra con leer obras, por su intención íntima tan puras, y por 
sus conceptos varios tan sensuales, como Las Moradas de Santa. 
Teresa ó como los versos de San Juan de la Cruz. Miradas que 
fulguran tras las rejas y las celosías de los coros; dulces voces 
femeniles unidas con las cadencias del órgano y con los mur- 
mullos del rezo; alientos trascendiendo á incienso y suspiros 
tomando á la oración prestado el vuelo; promesas de una eter- 
nidad como la que asegura el amor á sus juramentos; figuras 
envueltas en velos y hábitos que van errando entre vírgenes y 
ángeles, junto á las aras, por el pie de los altares, bajo bóvedas 
esclarecidas por melancólicas lámparas semejantes á idealizadas 
estrellas; todo aquello que constituye y caracteriza un encierro 
de monjas, ocurre al amor con tantas emociones, que debe tro- 
carse, allí sentido, como en deliquio donde; se derrite el alma 
deseosa de buscar por otro mundo, sólo abierto á la muerte, 
una seguridad y un reposo necesarios en los afectos profundos 
y en los arrobamientos extáticos. La religión entra por mucho 
en pasiones como las que unieron á Felipa y Colón, pues 
junta en su amplio seno, por medio de una síntesis maravillosa, 
lo que crea y lo que destruye, ó el amor y la muerte. Sin em- 
bargo, el cariño de Colón á la joven luso-italiana debió tener 
caracteres más positivos, dado el deseo que sentía de vivir el 
marino para realizar en edad madura la obra, ya pensada ma- 



— 131 — 

duramente al tocar en los últimos años de la florida juventud. 
Además, creyendo como debemos creer á sus contemporáneos, 
el excelso piloto presentaba dos condiciones capaces de tras- 
tornar el seso, no diré á D.'^ Felipa Miiñiz, á toda mujer: la 
elocuencia y la prestancia. Por su prestancia cautivaba los sen- 
tidos y por su elocuencia cautivaba las almas. Tan bien confor- 
mado como toda la raza heleno-latina, raza de formas estatua- 
rias, tenía la color blanca y el pelo rubio de sajones y eslavos, 
hermosura muy atractiva en los pueblos morenos y peline- 
gros. Respecto de su elocuencia, creemos firmemente que debía 
enamorar por las naturales transiciones, en todos sus escritos 
notadas, ya del habla vulgar al habla científica, ya del habla 
científica al habla religiosa, elegante sin énfasis en la primera y 
profundo sin obscuridad en la segunda y arrebatado sin extra- 
vío en la última. 

Cosa tan averiguada, como dicha por un historiador cercano 
á los hechos que refiere, Fernando Colón, cual el nombre de la 
mujer legítima de su padre, oído mil veces en labios de éste y 
del hermano mayor, no debía engendrar dudas de ningún gé- 
nero y correr como hecho cierto en la posteridad. Pero no so- 
lamente se duda hoy de que Felipa Muñiz fuera Perestrello por 
su padre; se niega. Y se niega por hombre tan sabedor de his- 
toria colombina y americana como Harrisse. No puede, no, ne- 
garse que, aparte los escritos trazados por la pluma del descu- 
bridor ó por la pluma de aquellos que alguna vez le acompaña- 
ran, como el Dr. Chanca, no hay monumento histórico alguno 
tan cercano á Cristóbal Colón, como la historia escrita por su 
propio hijo. Pedro Mártir escribe de todo y de todos en un 
centón epistolario, ó en unas décadas á vuela pluma, en que sus 
emociones cabrillean mucho, pero en que trata poco de los orí- 
genes del descubridor. Con decir que, para designar su naci- 
miento, le llama ligur, nombre comprensivo de toda una re- 
gión, y con añadir que comienza las décadas oceánicas con el 
embarque de Colón, está dicho todo. Otro tanto digo de Ber- 



— 132 — 

náldez , historiador de los Reyes Católicos y de su política ge- 
neral: no podía subir hasta los antecedentes de Cristóbal Colón; 
aunque lo conoció y trató, redújose á los viajes del descubridor, 
que tantos esplendores inmortales y tantos épicos tonos prestan 
á la gloria de sus héroes. Oviedo, paje de la corte castellana en 
aquel tiempo, presencial testigo de los hechos por él referidos, 
sigue respecto del matrimonio de Cristóbal, como afirma el 
mismo Harrisse, á Las Casas y á Fernando, es decir, á los dos 
autores con mayor autoridad y competencia para industriarnos 
en la vida privada del maravilloso Almirante. Pero todos los his- 
toriadores contemporáneos que la echan de críticos, dan tras 
Fernando con verdadero furor, y lo ponen de oro y azul á causa 
de los muchos errores ancontrados en sus páginas. Á cada línea 
suya salta un gazapo, suelen deciros. Así, muchos eruditos, 
como el escrito castellano y original de la historia trazada por 
Fernando sobre la vida de su padre, no ha parecido todavía; 
como se publicó la primera vez en italiano y entró en las letras 
patrias por el camino tortuoso de las traducciones; como sólo 
hubiera la versión de UUoa hecha del libro italiano, versión éste 
á su vez, creían apócrifa, contrahecha ó interpolada con pasa- 
jes llenos de fábulas y mentiras la célebre biografía del padre 
por el hijo. Necesitóse la publicación del P. Las Casas, la pu- 
blicación de sus volúmenes históricos acerca del descubrimiento 
de las Indias, para que, mencionado allí el trabajo de Fernando, 
desistieran los contradictores de la negación esgrimida por ellos 
tantas veces, y vinieran mal de su grado á reconocer la incon- 
testable autenticidad. Pero proclamada y reconocida, todavía lo 
tachan de mentiroso y falso; todavía imputan al dichoso libro 
el propósito deliberado de una divinización del Almirante, in- 
compatible con la verdad y exactitud históricas. En efecto, la 
narración hecha por Fernando de la llegada de su padre al seno 
de Portugal tras un combate marítimo espantoso y un heroico 
naufragio, resulta falsa de toda falsedad. Y aquí los contradic- 
tores hacen hincapié para demostrar la falsedad del nombre 



'.3.. 



— 133 — 

Perestrello dado á Felipa y de su generación por el Goberna- 
dor de tal apellido, por Bartolomé. En juicio y sentir de sus 
contradictores, Fernando atribuyó semejante paternidad á la 
mujer de su padre con el único propósito de unirlo á una fami- 
lia de almirantes italianos que llevaban sangre azul en sus venas 
y pertenecían á secular nobleza de Plasencia. Convengamos en 
que los descuidos propios del tiempo aquel aumentan mucho 
las perplejidades é incertidumbres de un historiador concien- 
zudo. Nadie querría creer que , refiriéndose á su mujer Colón 
en su testamento, condene á preterición el nombre y apellido. 
La primera mención de su nombre aparece con el testamento 
de Diego Colón , su hijo , quien la llama Felipa Muñiz, pero no 
Felipa Muñiz Perestrello. Este segundo apellido no aparece 
sino cincuenta y más años después de su muerte, y en la pluma 
de Fernando Colón, dispuesta siempre á exaltar el nombre de 
Colón como de buen hijo, y todos aquellos nombres que tienen 
alguna concomitancia con este gloriosísimo. Pero se saca mu- 
cho partido del silencio de los historiadores contemporáneos 
portugueses respecto de Felipa y su genealogía, cuando mira- 
ban los tales historiadores con un desvío el descubrimiento de 
las Indias occidentales tan enorme que hay entre ellos quien 
yerra en el nombre de Colón hasta llamarle Pedro en vez de 
llamarle Cristóbal. Mas, no obstante tales reparos, cuya fuerza 
no puede, no, desconocerse, ninguna razón concluyente nos da 
el sabio Harrisse de su aserto, sujeto á litigio más, ó por lo menos 
tanto, como los asertos por él combatidos. En la Edad Media 
no se han fijado nunca los nombres patronímicos de las familias, 
sujetos á muchos cambios. Cada hijo tomaba el apellido que 
creía cuadrarle mejor, sin acordarse para nada del apellido de 
su padre. Los hermanos de padre y madre se designaban con 
apellidos distintos de los que ahora heredarían todos en las leyes 
y en las costumbres nuestras. La mujer de Colón pudo ser hija 
de un Perestrello y de una Muñiz, anteponiendo, como solían 
las mujeres, el apellido materno al paterno. Lo cierto es que un 



— 134 — 

cuñado de Colón tuvo el mando superior de Porto-Santo, Pedro 
Correa, y lo tuvo porque lo había tenido el suegro suyo en vida 
y entregádoselo después de su muerte la suegra viuda. Lo cierto 
es que otra cuñada de Colón se casó con un marino llamado 
Muiarte, de Huelva, y fué la causa ocasional de la ida del des- 
cubridor á la región donde se alza el convento de la Rábida. Lo 
cierto es que las disquisiciones de Harrisse aumentan la confu- 
sión y llenan de dudas la historia. Y como quiera que sea en 
estas dudas lo mejor quedarse á la versión más establecida; 
como quiera que ningún interés podríamos suponer á Fernando 
Colón en cambiar el nombre de la mujer del Almirante, su pa- 
dre; como quiera que debían los contemporáneos saberlo, y las 
tres autoridades mejores del tiempo, Fernando, Las Casas y 
Oviedo, aunque indirectamente este último, lo confirman, y 
luego lo reproduce, andando el tiempo, Herrera , historiador de 
las Indias en el siglo decimoséptimo que tuvo á su disposición 
todos los archivos y pudo examinar todos los papeles en ellos 
existentes respecto de la materia histórica que trataba, debemos 
atenernos á lo establecido y continuar llamando á la esposa de 
Colón, como casi todos los historiadores la llamaron, Felipa 
Muñiz Perestrello. Y si dicen que tal apellido lo fingió Fer- 
nando para ennoblecer á su padre , por el amor que le tenía y 
el empeño de agrandarlo, digamos nosotros también que Oviedo, 
contemporáneo del descubridor y compañero en la corte de los 
hijos de éste, no tuvo motivos iguales á los de Fernando, y en- 
laza los cognómenes del descubridor, quien no era santo de su 
devoción, á la familia Perestrello, aunque no extrae tal enlace 
ds su matrimonio con Felipa Muñiz, aumentando las dudas y 
constriñendonos á seguir el texto de Fernando y Las Casas. 

Pero, fuese de todo esto lo que fuese, D.^ Felipa Muñiz y 
D. Cristóbal Colón se casaron en Lisboa como previenen la reli- 
gión y la ley, en santo perdurable matrimonio, y tuvieron al año 
de unidos un vastago, á quien bautizaron en Lisboa misma con 
el nombre de Diego. Las primeras y más importantes resultas de 



— 135 — 

tal matrimonio fueron que tuvo Colón dos cuñados influyentes 
por todo extremo en su vida: uno en Palos, puertecito español 
poblado de audaces nautas; otro en Porto-Santo, isla des- 
cubierta, ya lo hemos dicho, por exploraciones que presidía el 
infante D. Enrique y entregada en feudo á la familia de los 
Perestrellos por motivos no bien aclarados en la historia. Lla- 
mábase Pedro Correa el cuñado de Porto-Santo, y tenía la isla 
en vínculo y herencia por haberla entregado á Bartolomé Peres- 
trello, padre de su mujer y de Felipa, el Congreso y Academia 
de Sagres. Á tal isla, gobernada por los suyos, debió ir Colón 
para entender en varios negocios de su hacienda doméstica, 
poco después de casado; y allí se informó en el hogar de cómo 
habían ido hasta las costas aquellas objetos de otras civilizacio- 
nes, cadáveres de otras razas, plantas de otras floras, que con- 
trastaban mucho con los caracteres comunes á todo lo típico 
en la cultura de nuestra civilización entonces y en las produc- 
ciones de nuestros climas conocidas. Imagináoslo al contacto 
de su espíritu indagador con estos seductores cuentos ; bajo un 
espléndido cielo meridional; sobre una isla que pide con sus 
recodos cubiertos de blancas espumas los ejercicios de la na- 
vegación; teniendo ante los ojos atisbadores la línea curva del 
horizonte y la línea curva del Océano, como para demostrarle 
con sus esféricos aspectos la figura de nuestro planeta; exacer- 
badísimo el husmeador olfato á las emanaciones salinas de! 
mar, que huele como jardín, y á los aromas balsámicos de las 
florestas y jardines bienhadados, que huelen como un mar; el 
avizor oído abierto á todos los rumores oceánicos; en presencia 
de las aguas celestiales, agitadas por brisas constantes que las 
mueven y esclarecidas por el éter solar que las jaspea, seme- 
jantes á las ninfas y á las sirenas mitológicas, tendiendo por 
doquier abrazos en las ondas y besos en los aires, para tirar 
hasta su blando seno al navegante ansioso de coronarse con 
algas y perlas ó de perderse allá en abismos que parecen cerú- 
leos; y decidme luego si tenía motivo el grande nauta que his- 



— 136 — 

toriamos, ante tal espectáculo, para codiciar los tesoros tras 
aquella inmensidad ocultos, cuya copia milagrosa debía gran- 
jearle una vida beata en este mundo y ofrecerle muchos me- 
dios para la redención y rescate del Santo Sepulcro, que le 
asegurase allá en otro mundo mejor la bienaventuranza. Lo 
cierto es que, amén de trabajar mentalmente Colón en su car- 
tología, favorable á una expansión intelectual, cuyos efluvios 
por doquier se irradiaban, emprendía navegaciones continuas 
prácticamente, cuyas experiencias le industriaban en el arte y 
oficio de mareante consumadísimo. Así ascendió hasta el ex- 
tremo Norte y descendió hasta el extremo Sur de las tierras 
entonces conocidas. Fué á Guinea y á Islandia. El objeto cien- 
tífico de todos estos viajes hállase patentizado en las notas es- 
critas por el mismo Colón, y reunidas para demostrar que son 
habitables las diversas zonas del planeta muy allende los Hmites 
que á tal carácter habían opuesto las supersticiones seculares. 
«Yo navegué, decía, el año cuatrocientos setenta y siete, en el 
mes de Febrero, ultra Tile isla, cien leguas, cuya parte austral 
dista del equinoccial 73°, y no 63, como algunos dicen, y no 
está dentro de la línea que incluye el Occidente, como dice 
Tolomeo, sino mucho más occidental, y á esta isla, que es tan 
grande como Inglaterra, van los ingleses con mercaderías, es- 
pecialmente los de Bristol, y al tiempo que yo á ella fui, no 
estaba congelado el mar, aunque había grandísimas mareas, 
tanto que, en algunas partes, dos veces al día subía 25 brazas 
y descendía otras tantas en altura.» ¡Qué grandes emociones, 
aunque las calle Colón, debían despertar en su ánimo aquellos 
mares parecidos por su densidad á cristal en vías de liquidarse; 
aquellas montañas cubiertas de nieves perpetuas ; aquellos tém- 
panos de hielos polares flotantes sobre las ondas en la misma 
estación de sus licuefacciones, comenzada por Marzo! La erudi- 
ción suya, muy copiosa, debía saber cómo el griego Phyteas 
habíala encontrado y medido su geográfica posición; cómo 
habíala designado Séneca en sus versos último extremo del 



— 137 — 

planeta; cómo Plutarco había puesto en ella el célebre mar 
Saturnino que se iba corriendo atrás conforme las navega- 
ciones antiguas ensanchaban el Océano. Pero lo que debía 
ignorar Colón, lo que ignoraba seguramente, según la pérdida y 
olvido de ciertas antiguas tradiciones, era la pretensión arraiga- 
dísima en aquellos mares y territorios escandinavos, donde 
creían muchos haber descubierto su ignorado mundo cinco 
siglos antes de los proyectos y de los planes colombinos. 
Á la verdad, los derroteros por el inmortal piloto seguidos, 
habilitábanlo mucho al empeño que tenía en su voluntad y en 
sus mientes. Guinea é Islandia servíanle á las demostraciones 
que buscaba y á los experimentos que hacía con unidad tan 
maravillosa de norte y de objeto. ¡África y Escandinavia! Los ra- 
yos del sol oblicuos en una parte y en otra los rayos del sol 
verticales; el cielo cargado con átomos de nieve allá y el cielo 
seco é implacable aquí; los bancos glaciales parecidos á mura- 
llas de cristal en una parte y los desiertos candentes como los 
rescoldos de un horno en la otra; el abeto boreal y las palmas 
africanas ; el rengífero confinado ya en los polos y el dromeda- 
rio confinado en el Asia y en el África ecuatoriales; el ictiófago 
comiendo el frío pescado casi crudo y el antropófago, de carne 
humana gustoso; los habitantes blancos y rubios de unas zonas 
y los habitantes negrísimos y crespos de otras decíanle á una 
con sus contrastes, cómo aparecía todo el planeta habitable, y 
por consiguiente, cómo había un pueblo de Catay, así como un 
dominio del grande Kan, aquistables, al revés de todo cuanto 
hasta entonces habían hecho los hombres, por el camino de Oc- 
cidente. «Yo estuve, decía Colón, escribiendo sus notas perso- 
nales, en el castillo de la Mina, del Rey de Portugal, que está 
debajo de la equinoccial, y así soy buen testigo que no es in- 
habitable como dicen.» Por tanto, tras este africano viaje, co- 
rrelativo con el otro boreal. Colón tenía trazado en la inteli- 
gencia todo el admirable proyecto suyo y desvanecidas las 
capitales objeciones opuestas á sus sólidos fundamentos. 



- 138 - 

Concebido con claridad y madurado con espacio el plan de 
Colón, era ya hora de ofrecerlo al mundo entero y hallarle, 
para que lo pudiera cumplir él y aprovechar el mundo, una pro- 
tección poderosa. No podía, no, creerse impremeditada precipi- 
tación el empeño con que ofrecía nuestro piloto á las gentes el 
plan y proyecto de su viaje. Estaba en el cénit de la vida y 
había subido por esfuerzos y por trabajos de titán. Á intuicio- 
nes de poeta y pensamientos de filósofo habíanse unido en su 
espíritu estudios profundos de sabio y experiencias luminosas 
de observador. Si en la complexión artística, muy propia del 
abolengo suyo; si en los arrebatos líricos de poesía intuitiva que 
cantaba dentro de su creadora imaginación; si en los afectos es- 
téticos de un pecho idóneo para sentir y amar todo lo bello; si 
en aquellos deliquios de asceta y extático que tanto le aseme- 
jaban á su paisano San Francisco, le solían asaltar ensueños raros 
de una indecisión connatural con los fantaseos de su ingenio, 
religioso y poético al mismo tiempo, no acostumbraba por todo 
esto á confinarse aislado y solitario en vaguedades y soñolencias 
indefinidas ; estudiaba como un verdadero naturalista; calculaba 
como un consumado matemático; volvía los ojos y los instru- 
mentos náuticos al cielo y al mar en esfuerzos continuos; y nunca 
dejaba el hilo de unión á lo real en los más nerviosos espasmos 
de su cuerpo y en los vuelos más arrebatados de su espíritu al 
Empíreo. Los jalones de su camino resplandecen á una con 
igual intensidad en la historia del Renacimiento universal. Sin- 
tiendo y estudiando había pasado su vida. En las márgenes de 
sus profecías notábanse números y más números. Podía tomar 
una observación aspecto poético, pero dentro del zurrón de un 
tropo encerrábase, como dulce almendra, la verdad experi- 
mental y tangible de un problema científico. Se trazaron mapas 
donde había islas como las ideales de Aristóteles y Platón , ins- 
critas en el sitio y espacio señalados por el geógrafo á la grandí- 
sima extensión dada en sus creencias á los extremos de las Indias 
orientales , en que radicaban su Kan y su Catay; se construyeron 



— 139 — 

carabelillas, gaviotas por sus velas, peces por sus calados, resis- 
tentes para darse mucho al largo por el Océano, y fáciles para 
penetrar por las desembocaduras fluviales; se aplicó el astrolabio 
á la navegación, relacionando el cielo y el mar, los espacios de 
arriba y los espacios de abajo, en grandes concepciones y expe- 
riencias astronómicas; se llegó por el Norte allende Tile, señalada 
como último límite boreal de la tierra, y por el Sur allende Boja- 
dor, tenido como último límite meridional; se demostró práctica- 
mente caber la vida lo mismo en la zona glacial que en la zona 
tórrida; y entonces, sólo entonces, en la hora más oportuna del 
tiempo creador y en el término más dialéctico de las invenciones 
oceánicas, vino á surgir el plan destinado á explorar todos los 
espacios del Océano y á reunir todos los territorios del planeta. 
Cierto que se mezclaban, como en lo humano siempre, á estas 
verdades exactas errores múltiples. Colón creía mayor la parte 
sólida que la parte líquida del globo y menor la distancia entre 
las Indias orientales y la Europa occidental por los caminos del 
ocaso. Mas, á guisa de las maravillosas metamorfosis del uni- 
verso, que sacan de la vida la muerte y del mal el bien y de los 
estiércoles los ázoes, con cuya sustancia se componen las fibras 
y las carnes de las más melifluas frutas, en aquellos dos errores 
capitales radicaban los dos impulsos capitalísimos á la obra y 
logro de su intento. Si él hubiera sabido los desmesurados es- 
pacios planetarios cubiertos por las aguas; el continente inter- 
puesto entre su Europa y la región de los brillantes , del oro y 
de las especias; lo dificultoso y estrecho de un paso como el que 
debe atravesarse allá por las cercanías del polo Antartico para 
ir desde nuestra Europa continental hasta las Indias orientales 
por Occidente, acaso retrocediera espantado de terror, en vez 
de fiarse al collar de perlas ricas y á la guirnalda de flores 
olientes, quiero decir, á la serie de archipiélagos benditos que 
debían, en su concepto, desde las Azores, las Canarias, las islas 
de Cabo Verde, dilatarse hasta la India, ligando el Occidente 
con el Oriente y abriendo dichosísima serie de puertos bien- 



— 140 — 

aventurados á la navegación y al comercio. Colón veía todo 
esto con la claridad interior de un alma doble, su alma de vi- 
dente y su alma de sabio. Aquella especie de división hecha 
por los escolásticos á nuestro espíritu, que subía desde vegeta- 
tivo hasta racional , cumplíase por maravillosa manera en este 
hombre, quien parecía quiromántico, astrólogo, alquimista, si- 
cofanta, teurgo, adivino, al par de sacerdote y sabio. Así había 
calculado con todo acierto que aquel Portugal del infante don 
Enrique y del infante D. Fernando, el Portugal poseedor de la 
recién conquistada Ceuta, y audaz al punto de sellar vencido 
con sus quinas los muros de Tánger, evocando á repetidos con- 
juros tantos archipiélagos en el Océano vacío y atravesando el 
terrible cabo Bojador; el Portugal que soñaba con Fez y expedía 
una tras otra escuadrilla por mar y una tras otra caravana por 
tierra en busca del Preste Juan de las Indias y del gran Kan de 
Tartaria; el Portugal requeridor de todos los mares y metido 
en todos los misterios, dado á las exploraciones y á los descu- 
brimientos, debía comprender su alma, en gran parte iluminada 
y movida por los rayos partidos de aquel brillante y encendido 
foco donde se habían animado sus ideas y templádose á una en 
sus piedras de toque todas sus crencias y todos sus experimen- 
tos. Portugal se hallaba entonces respecto de África y de las 
Indias orientales y del mar entero, como se hallaba Grecia res- 
pecto de Asia en los días que apareció Alejandro. Precisa recor- 
dar á este casi mitológico héroe; precisa traer á cuento su alma 
y las ideas de su alma, para sumergirse hasta en el fondo profun- 
dísimo de las corrientes intelectuales que fluían á la sazón aque- 
lla por la vida y por el alma de Lusitania, esencialmente reve- 
ladora, y como reveladora, esencialmente universal ó humana. 
Hay alma del mundo, hay alma del pueblo, hay alma del tiempo, 
mejor dicho, ideales varios penetrando con su éter y con su ca- 
lor en colectividades que parecen individuos por lo unidas y en 
individuos que parecen colectividades por lo sintéticos. 

Un solo individuo, como Alejandro , parecía Portugal en el 



— 141 — 

Renacimiento; un solo pueblo, la Grecia entera, parecía tam- 
bién Alejandro en sus conquistas. Evocadlo; pues en su evoca- 
ción se halla una imagen clara de lo que ocurría en la Europa 
occidental durante la centuria de Colón; una imagen demos- 
trativa de la unidad y de la inmanencia del humano espíritu eri 
todos los tiempos y en todos los países. La emoción de Ale- 
jandro, al pisar Asia, no podía ni medirse, ni expresarse. Jun- 
tando, como Colón, intuiciones de poeta con cálculos de político, 
veía en sus ensueños realizarse un amado ideal, el ideal de su 
Asia griega. Sentado en la nave que lo conducía, nave á un altar 
parecida por su carácter sacro y por su riqueza litúrgica, no 
quiso ceder el timón, pues como poseía solo el ideal, solo debía 
poseer la fuerza y autoridad necesarias á su realización y cum- 
plimiento. Entrado en las tranquilas aguas del Bosforo de Tra- 
cia, á la mitad exacta del canal, equidistando matemáticamente 
de Asia y Europa , ofreció á Neptuno un toro inmolado en ho- 
locausto; levantó aúreo cáliz al cielo en demanda y requeri- 
miento de un auxilio, muy asequible á las libaciones religiosas; 
asestó un dardo al seno de la tierra, donde sus conquistas de- 
bían ejercerse; y pronunció los nombres de un Hércules para 
evocar la fuerza, de un Júpiter para evocar la omnipotencia, de 
una Minerva para evocar la sabiduría, como si, en vez de una 
guerra cruel y porfiada, iniciase una ceremonia teogónica. Lo 
cierto es que, artista por la mayor parte de sus propensiones, 
tanto como guerrero y político y explorador, no quiso penetrar 
en la tierra objeto de su deseo, sin certificar por algunos hechos 
solemnes el enlace de todo cuanto ideaba y quería con lo inten- 
tado y hecho por sus predecesores inmortales. Él iba con igual 
empuje que los ejércitos de Agamen y Ayax á continuar la 
eterna porfía de Asia con Europa; y, por consiguiente, hallá- 
base obligado á recordarla en el suelo mismo de la epopeya 
helénica, para resolverla en sus exploraciones y en sus con- 
quistas por medio de su victoria, personal en apariencia, humana 
y civilizadora en realidad. Las tierras de Frigia, los campos de 



- 142 — 

Troya, el sepulcro de Aquiles, obligáronle á desvestirse de sus 
arreos regios, como si quisiera demostrar de aquella suerte la 
igualdad humana delante del mundo asiático, del mundo de los 
privilegios y de las castas. Así, después de ungirse con aceite 
oloroso, vació las ánforas fúnebres sobre las piedras mortuorias, 
y depuso coronas en solemnísimos homenajes que acompañaban 
los tañedores con plañideras cítaras y los coros con sublimes 
versos elegiacos. En las menores cosas Alejandro mostraba ser 
la viviente síntesis que debía prevalecer después de su muerte 
y quedar como un lazo de unión estrecha entre los dos conti- 
nentes. Así, después de haberse desnudado como un griego de 
Olimpias sobre la tumba de Aquiles, revistióse de trajes asiá- 
ticos. Era de ver el dios, porque un dios parecía', circuido ma- 
ravillosamente de su joven oficialidad, que se acercaba mucho 
al coro compuesto en el Olimpo griego por los dioses segun- 
dos; precedido del milagroso escudo perteneciente á Minerva; 
centelleando á las chispas lanzadas por el esplendor de sus arma- 
duras, las cuales atraían los ojos de sus amigos y deslumhraban 
los ojos de sus enemigos; la rodela de acero al brazo, el casco 
ceñido de blancas plumas dispuestas en forma de penacho á la 
cabeza; su cota de muchos dobleces al talle; la gargantilla de 
pedrería en el cuello; su espada, como un rayo por lo devasta- 
dora y ligera, en el muslo; su túnica, de blanco lino en Sicilia 
hilado, al cuerpo;- el manto de púrpura en la espalda; y á los 
pies borceguíes como los usados por las divinidades mayores de 
todas las teogonias en sus descensos á la tierra. No hay que du- 
darlo: cuantas particularidades se veían en aquella vida tan ma- 
ravillosa y extraña; cuantas actitudes tomaba su cuerpo, flexi- 
ble como una serpiente y duro como un león; cuantas palabras 
fluían de sus labios, como cuantas empresas ejecutaban sus 
ejércitos , todo en él obedecía, por su conjunto, al proyecto ca- 
pital y á la finalidad exclusiva de su íntimo y propio ser, á la 
unión estrechísima entre Asia y Grecia. Da vértigos material- 
mente la carrera de Alejandro. Vencedor en la batalla del Iliso, 



— 143 — 

y recogidos los despojos tras victorias tan enormes, entran sus 
huestes en Damasco y suben como águilas por las laderas del 
hermoso Líbano , cuyos cedros sirvieran á las primeras navega- 
ciones, y domaran, convertidos en ligeras naves, el mar indó- 
mito. Fenicia, Siria, Palestina, se doblegan á su paso como dé- 
biles arbustos por su caballo de guerra pisoteados en los bélicos 
empujes. El templo de Salomón le abre sus puertas y el canto 
de los salmistas le bendice como si fuera de parte de Jehová. 
Tiro, Sidón, Chipre, las tierras más ilustres, caen de hinojos 
á sus plantas y ofrecen coronas á sus sienes. En la desembo- 
cadura del Nilo establece su Alejandría, cuyos faros dirigen 
las navegaciones y cuyos pensamientos dirigen las almas. Des- 
pués de haber bebido las aguas sagradas en que van disuel- 
tos tantos misterios; después de haber saludado las pirámides 
iluminadas por las ideas egipcias y pulidas por siglos de siglos; 
entre alamedas graníticas de obeliscos y mudos coros de gigan- 
tescas esfinges, dirígese al templo de Júpiter Annón, y conversa 
con el desierto líbico, fecundo en recuerdos, y con el cielo in- 
finito, esplendente de revelaciones. Su voz hierática se mezcla 
en himnos interminables á las profecías hebreas , prosperando 
el mesianismo, que las sostiene, como sus manos sacerdotales 
ofrecen sacrificios al buey Apis en los sacros muros de Menfis. 
Desde allí, queriendo medirse con todos los poderes y tratarse 
con todos los dioses, corre á Babilonia, no sin haber tenido que 
vencer en batallas como la de Arbelas, y no sin haber tenido 
que sumergir un poco su alma helénica en el inmenso pan- 
teísmo de Asia. Después llegó á Persépolis , donde los monumen- 
tos titánicos desconcertaron sus ideas griegas respecto de las 
proporciones y de las armonías. Sus templos parecidos á mon- 
tañas ; las poblaciones parecidas á cordilleras ; aquellos colosales 
amontonamientos de aras sobrepuestas para ofrecer incienso á 
los dioses; las pilastras parecidas á edificios enteros y coronadas 
con diademas de palmitos sobre las cuales resplandecían tallados 
en jeroglíficos pensamientos inuumerables ; los colosos hechos 



— 144 — 

de granito; las esfinges con sus cabezas de mujer y sus colas de 
vaca; los altares enormes no hicieron más que agrandar las pro- 
porciones de su gigantesco espíritu y que sugerirle ambición 
superior á la sentida por su insaciable corazón hasta entonces. 
Y luego corre á las montañas medas, asciende á la Bactriana de 
Semíramis, donde hace de la vieja Ecbatana su sitio real y de la 
hija del Oxo su mujer; vuela por los desiertos mongólicos, hasta 
entrar en la India, y allí se halla con la cuna de sus dioses y con 
el manantial de sus ideas, tras todo lo que puede buenamente 
ya helenizar el mundo conocido con sólo su presencia, que deja 
huellas inextinguibles, y apercibir la síntesis científica y la sínte- 
sis religiosa de sus colegios alejandrinos, los cuales preparan á 
un tiempo las bases de aquella cultura griega que habían- de 
hallar los árabes y traer á Occidente por medio de Sevilla y 
Córdoba, como los términos de aquella Trilogía platónica que 
habían de recoger los teólogos y aportar por medio de Nicea y 
Constantinopla y sus concilios á la eterna religión del, Verbo y 
del Espíritu. Pues una fuerza y una persistencia como las mos- 
tradas por Alejandro en sus expediciones, había mostrado Por- 
tugal en sus descubrimientos. 

Desde que los Avis reinaron, predominó Lisboa sobre todas 
las ciudades, el comercio sobre la agricultura, el marino sobre 
el soldado, los anhelos por el descubrimiento sobre los anhelos 
por la conquista. Y, como hemos visto, el infante D. Enrique 
fundó por esta grande alucinación Segres; el infante D. Fer- 
nando murió por esta grande alucinación mártir en Fez; el rey 
D. Juan I tuvo que lanzarse á una cruzada en los mares; el re- 
gente D. Pedro, destinado á tan trágico fin, que llegar en pere- 
grinación hasta las iglesias de Jerusalén y las cumbres del Sinaí; 
los pilotos, cual Zarco y Eannes y Cabral, expedidos por el 
Océano, que traer Puerto Santo, Madera, las Azores, el archi- 
piélago de Cabo Verde, la Formosa, el desemboque de las aguas 
del Congo en las aguas del Atlántico, invenciones halladas 
todas sin excepción en la misma centuria de Colón, y todas 



— 145 — 

idóneas para despertar en aquella emprendedora y audaz co- 
lectividad el propósito firme de intentar algo extraordinario 
como lo propuesto por el inmortal genovés en cálculos y sue- 
ños que parecían combinados para llevarse tras de sí todas 
las inteligencias con todas las voluntades. Por aquellos mis- 
mos años, en que inútilmente pugnaba Colón para conseguir el 
asenso de Portugal á sus proyectos, enviaba Portugal su piloto 
Bartolomé Díaz en busca y demanda del cabo que termina 
las tierras australes del África, encontrado por su inspiración 
y por su esfuerzo con toda felicidad, y poco explorado á 
causa del terror sentido por los tripulantes , al cual regresaron 
sin ir ultra, dejando la gloria y el fruto de tanta empresa 
entonces á otra exploración y á otro explorador lusitanos. 
Por aquellos mismos días, no contentos los portugueses con 
las noticias traídas por su infante D. Pedro, diputaron otros 
peregrinos en busca del Preste Juan de las Indias, talismán se- 
mejante al vellocino de oro, puesto por los espejismos de las 
fábulas antiguas en la Cólquide para despertar y atraerse á los 
inquietos argonautas. Alfonso de Payra y Pero de Corvilhan, 
partidos del Tajo con cartas de crédito para Cosme de Médicis, 
visitaron la isla de Rodas; recorrieron el Nilo desde Alejandría 
hasta el Cairo; acompañaron las caravanas árabes por los infini- 
tos desiertos de Arabia; pusieron sus plantas, cual Moisés, en los 
arenales vecinos al mar Rojo y en las cumbres tormentosas del 
alto Sinaí; hasta que se apartaron en Aden; y desde allí el uno 
tomó la ruta de Indias y el otro la ruta de Abisinia, visitando 
así Goa, Malabar, Calcuta y el reino abisinio, donde Corvilhan 
murió tras treinta y tantos años de residencia feliz en medio de 
la riqueza y del fausto, convertido casi en el mismo fantaseado 
ser á quien buscaba con tal tenaz ahinco. Y ¿cómo una gente 
por este modo y manera dispuesta de suyo para los descubri- 
mientos, no quiso escuchar al gran descubridor.^ ¿Cuáles no 
hubieran sido los destinos de Portugal si escuchase á Colón.^* 
La maravillosa desembocadura del Tajo; las dunas entre que 

10 



— 146 — 

corre; los dos montes excelsos, alzados como centinelas titáni- 
cos á los dos extremos de sus bocas; los riscos de Arralida y 
de Cintra besados por los vientos y por los oleajes; el Océano in- 
menso extendido por allí con grandeza y compenetrado por el 
resplandor de aquellos espléndidos horizontes que lo esmaltan 
con los iris de sus colores y matices; los cabos de Rocha y Es- 
pichel tan majestuosos ; la gran ciudad en que las encinas con 
las palmas y los azahares con los heléchos se juntan; las mara- 
villas todas de aquel territorio, hubiéranlo constituido en la ca- 
pitalidad incontestable de todo nuestro planeta, si por un lado 
hubiera vuelto Vasco de Gama con sus indios orientales y sus 
Indias testigos del primer día de la historia y por otro lado 
Cristóbal Colón, portador del secreto de sus Indias occidentales, 
y acompañado por los indios á quienes su falta de historia y 
de tradiciones convertía en factores de todos los progresos 
y Bautistas de todo lo futuro, celebrándose tal síntesis con 
una fiesta de la humanidad que hubiera eclipsado todos los 
milagros hechos por el mundo antiguo y achicado todas las 
increíbles empresas del casi fabuloso Alejandro. La Providen- 
cia 1^0 lo quiso así. Colón, dotado con la facilidad que tenían 
los italianos de aquel entonces para servir á cualquier nación, 
se naturalizó portugués; casó con portuguesa; tuvo hijo de 
Portugal; emparentó con familias que gobernaban allí territo- 
rios ultramarinos; estudió los progresos aquistados por la es- 
cuela y academia de Segres; fué con sus expertos nautas, desde 
Tile á Guinea; expuso los planes suyos recién formados sin re- 
catar ninguna de sus experiencias y noticias; trabajó con empe- 
ño para que su gloria personal fuese gloria lusitana también; se 
afanó y se desvivió cuanto pudo por engrandecer á Portugal y 
Portugal no lo comprendió. 

Colón, antes de presentar su proyecto á D. Juan II, lo ha- 
bía visto y revisto con prolijidad, amén de consultarlo á los 
sabios con modestia. El cosmógrafo Behain, discípulo de Regio 
Montano, grande astrónomo del siglo, había hecho un globo en 



- 147 - 

el cual constaba su conformidad con el pensamiento de Colón, 
sólo que donde ponía éste la prolongación de Asia, ponía él 
una de las muchas regiones descritas por los antiguos poetas y 
filósofos. Del mismo pensar y del mismo sentir era Toscanelli. 
Natural de Florencia y en Florencia educado, poseía la suma 
de conocimientos que se respiraba entonces en el aire de la 
nueva incomparable Atenas. Con darse un paseo por las ori- 
llas del Amo y penetrar en los jardines donde ardían velas en 
honor de Cristo y de Platón , allegábanse más ciencia que 
asistiendo á las primeras universidades y escuelas florecientes 
entonces en el por cien conceptos luminosísimo territorio italia- 
no. Toscanelli pasaba por un médico y por un cosmógrafo con- 
sumado. Colón debía juzgarlo así cuando le dirigió modesta 
consulta sobre su plan y sus proyectos. El sabio le respondió 
participándole su conformidad con todos ellos; le dijo cómo 
había trazado un mapa en correlación verdadera con los con- 
ceptos colombinos; y le aseveró entendía cosa fácil un encuen- 
tro feliz, tras corta y segura navegación por Occidente, con las 
Indias orientales. Oyendo tales votos y estudiando tales revela- 
ciones, la creencia del nauta crecía en arraigo y se maduraba el 
propósito de presentarla con toda claridad al Monarca reinante 
á la sazón sobre Portugal y pedirle su apoyo poderosísimo para 
el cumplido logro y la plena realización de una idea tan fecunda. 
No se había lanzado el reino portugués á las exploraciones sin 
dudas y sin resistencias. Allí, como en todas partes, la diferen- 
cia de doctrinas y de ideas en los individuos provenía de las 
diferencias en su educación y en su temperamento respectivos. 
Estudiad cualquier sociedad ó compañía fundada para el cul- 
tivo de las ideas; veréis como ha reunido las inteligencias afines. 
Estudiad cualquier otra que se consagre á la acción antes que 
á la idea y veréis como ha reunido los temperamentos análo- 
gos. El Portugal agrícola debía pugnar con el Portugal marino. 
Los sedentarios apostaban por la tierra y los inquietos por el 
mar. Las ideas en el campo se arraigan y duran como los árboles; 



— 148 — 

en el mar se mueven y cambian como las olas. Hubo, pues, un 
partido feudal de terratenientes contrario al partido innovador 
de navegantes. Á la cabeza del primero se habían encontrado 
el rey D. Duarte y el infante D. Pedro; á la cabeza del segundo 
los dos gloriosísimos infantes D. Enrique y D. Fernando. El 
gran historiador Martins los compara con Catón el Viejo y Esci- 
pión el Africano en Roma. Efectivamente, Catón quería con- 
centrar á Roma en su Lacio y Escipión esparcirla por el mundo; 
Catón verla dentro de su Pomerio, sobre los bueyes de Cinci- 
nato, y Escipión verla sobre los mares en requerimiento de le- 
janas conquistas ; Catón conservarla en su austeridad y vestirla 
del vellón de sus ganados y Escipión extenderla por las factorías 
y cubrirla de púrpura tiria y piedras preciosas deslumbrantes; 
Catón sujetarla con el cable de sus cáñamos al puerto de una 
república patricia y Escipión soltarla henchida por todos los 
vientos del cielo al oleaje de las aventuras cosmopolitas. Don 
Duarte y D. Pedro fortalecían á Portugal en bases rurales y 
D. Enrique y D. Fernando disipábanlo en la inmensidad del 
Océano, Bajo la idea de aquéllos , Portugal brillara menos, pero 
viviera más tiempo; bajo la idea de los dos Infantes, explorado- 
res y héroes, Portugal se ha desvanecido en su obra. El Rey, 
con quien Colón se las hubo, nieto de D. Duarte, hijo de don 
Alfonso V, pupilo ingrato de D. Pedro, estaba por las navega- 
ciones, por los descubrimientos, por las empresas marítimas, 
por la epopeya de los viajes, como que reinaba sobre Vasco de 
Gama y sobre Fernando de Magallanes. Por eso nos maravilla 
más que no aceptara el plan de Colón y no remitiese á hombre 
tan grande la realización del altísimo pensamiento. Había here- 
dado á D. Alfonso V, hijo del rey D. Duarte. Acostumbrado 
Alfonso á perpetua minoridad, en su infancia vivió bajo la tu- 
tela de su madre D.^ Leonor; en la mocedad bajo la tutela de 
su tío D. Pedro, á quien mató; en la madurez bajo el partido 
mejor ó peor que le oprimía y lo explotaba. Exprimiendo la 
sangre y el sudor de los pueblos para enriquecer la nobleza, muy 



— 149 — 

su amiga, por suelta y devastadora bajo su nominal soberanía, 
ufanóse con el renombre de Africano á expensas del reino y del 
vasallo destruidos, víctimas de la mayor miseria por las africanas 
empresas de su desatentado Rey, corpulento, craso, fuerte, vale- 
roso, peleador y guerrero, mas vengativo y obtuso. Vencido 
en la batalla de Toro y refugiado tras su derrota en tierra de 
Francia, le sucedió su hijo D. Juan II, á quien Colón debía pre- 
sentar sus planes y sus proyectos. Tengo por imposible ninguna 
explicación probable de cuanto entre Juan II y Cristóbal Colón 
ocurriera, sin fijar dos cosas con suma claridad: primera, la po- 
lítica del Rey; segunda, las pretensiones del piloto. Inexplicable 
la política del Rey sin explicar antes el estado general entonces 
de nuestra vieja Europa; inexplicable á su vez el estado general 
de nuestra vieja Europa, sin explicar antes aquella evolución 
dialéctica de la política continental en sus capitales movimientos 
generadores de sus diversas fases. Por la serie de acciones y de 
reacciones que constituyen la vida humana, cayó la Europa mo- 
derna en el fraccionamiento y en la separación de sus regiones 
con contraste opuesto á la unidad excesiva del Imperio romano, 
irrupto por la gente boreal y bajo los pies de la gente boreal 
roto hasta en sus bases' y dividido en cien fragmentos. Aunque 
muchos declaran inútil fatalidad la irrupcción de los bárbaros, 
quizás no hubiera brotado la idea del individuo moderno sin 
aquella infusión de sangre germánica, que traía en sus moléculas 
el sentimiento de nuestra personalidad, ni se hubieran formado 
las naciones europeas, la nación, esa entidad de las entidades, 
sin aquellas terribles fragmentaciones que nos hicieron caer en 
espantoso caos, cual nunca, ni antes, ni después, lo han visto 
las edades históricas. Desde aquella irrupción en el siglo quinto 
hasta la Europa del siglo décimo, el estado general europeo se 
caracteriza por una sola palabra, por el feudalismo eclesiás- 
tico. Y como este feudalismo duró desde el siglo quinto al si- 
glo décimo, desde el siglo décimo al siglo decimoquinto duró 
el militar y guerrero siempre. Reina, pues, en sus dos fases, la 



— ISO — 

teocrática y la patricia, mil años sobre nuestra Europa, destruida 
en cien fragmentos. Y dos principios lo contrastarán y lo comba- 
tirán, dos principios de unidad: el Pontificado y el Imperio, Bajo 
este último, bajo su ideal romano, irán poco á poco formándose 
las monarquías, destinadas á combatir el feudalismo en todas 
sus manifestaciones y á fundar la unidad interna del Estado. En 
la primera serie de los monarcas, desde fines del siglo quinto 
hasta fines del siglo undécimo, todos serán teócratas contra el 
feudalismo civil y todos pondrán sus nacientes coronas bajo 
las dos alas del Pontificado En la segunda serie de los monar- 
cas, desde fines del siglo undécimo hasta fines del siglo deci- 
motercio, todos serán cruzados ó santos: Ricardo Corazón de 
León, Federico Barbarroja, San Luis, San Fernando, y muchos 
otros. En la tercera serie, desde fines del siglo decimotercio hasta 
mediados del siglo decimoquinto, serán todos crueles en su com- 
bate per arrancarle una parte de sus privilegios políticos al clero 
católico y una parte de sus privilegios nobiliarios al patriciado 
feudal. Pedro el Cruel en Castilla, Pedro el Cruel en Portugal, 
Pedro el del Puñalet en Aragón, y sus demás contemporáneos, 
no me dejarán mentir. Desde mediados del siglo decimoquinto 
hasta mediados del siglo decimosexto los reyes cambian. Á la 
verdad, no pierden el carácter de crueles revestido por sus 
progenitores, pues no podían perderlo en aquella horrible 
guerra con el feudalismo expirante; mas se tornan pérfidos y 
traidores, teniendo, á pesar de su fuerza, incalculable ya en- 
tonces, las calidades y condiciones de los débiles: destreza y 
astucia. Un maquiavelismo inconsciente se anticipa casi por 
adivinación al Príncipe de Maquiavelo, y un maquiavelismo 
razonado y consciente al hombre y al escritor destinados á la 
formulación de los principios, bajo cuyo triste imperio debía 
la razón de Estado desarrollarse. Fernando V, Luis XI, Enri- 
que VII parecen un solo monarca por sus grandezas y por sus 
dobleces. 

Á esta clase de reyes pertenecerá , por razón de su tiempo y 



— 151 — 

de su carácter, D. Juan II de Portugal. La perfidia, la doblez, la 
mentira, juntas con la crueldad natural, debían constituir las 
calidades múltiples de estos reyes maquiavélicos. La política se 
había sobrepuesto en ellos á la conciencia, como suele aconte- 
cer en los tiempos agitados con los revolucionarios, según lo 
prueban Cronwell, Robespierre, Dantón, todos grandes y to- 
dos grandemente homicidas. La inmaculada pureza moral de 
Washington luce á larguísimos intervalos en la trágica historia 
humana. Los reyes tuvieron que hacer una revolución contra 
el feudalismo, como los cabezas redondas de Inglaterra y los 
improvisados convencionales de Francia tuvieron que hacer 
una revolución contra los reyes. Así no se pararon en barras 
ni unos ni otros. El frío rigor, con que Naturaleza cumple sus 
fines, entraba en aquellos espíritus abstractos y secos á manera 
de fórmulas algebraicas. «Dice Luis XII, de Francia, exclamaba 
Fernando V de Aragón, que lo engañé dos veces: miente 
como un bellaco; lo engañé más de cinco.» Esgrimiera este 
Rey nuestro tal número de perfidias en la salvadora y defi- 
nitiva reincorporación de la Navarra y de los navarros occi- 
dentales á España, que los reyes despojados aguardaban la 
restitución tras los Sacramentos, como en penitencia y al fin de 
conseguir el eterno rescate, á la hora en que murió el despoja- 
dor. Y como le hablaran adrede gentes apostadas en la cámara 
mortuoria para este fin religioso, el Rey, político implacable y 
consumado, volvió la cabeza y no dijo una sola palabra. De 
iguales procedimientos, crueles y hábiles al mismo tiempo, se 
valieron León XI y Enrique VIII para desarzonar aquél á los 
últimos caballeros feudales, y disolver éste los partidos, ya cató- 
licos, ya cortesanos, que se iban reuniendo en torno de sus nu- 
merosas mujeres, implacablemente sacrificadas á sus caprichos 
y á sus razones de política y de Estado. Ya lo hemos dicho: así 
era también D. Juan II, en virtud de las leyes generales que 
producían monarcas idénticos, del mismo carácter y del mismo 
ideal, en apelados y aun contradictorios reinos. El cronista 



— 152 — 

Bernáldez, en las primeras páginas de su Historia de los Reyes 
Católicos^ describe á Juan II con toda verdad, y lo presenta, 
como nosotros lo creemos y lo presentamos , diestro y cruel al 
mismo tiempo. En efecto, únicamente para examinar las juris- 
dicciones aristocráticas donadas por la Corona, y limpiarlas de 
tanta herrumbre como les había una usurpación sistemática so- 
brepuesto, necesítanse fuerzas de combate parecidas á las fuerzas 
del mecanismo celeste. Restringir la intervención aristocrática en 
el juicio de los tribunales y en el nombramiento de los regidores, 
alzándose con ambas facultades arrancadas por el feudalismo á 
la monarquía, resultaba en el fondo un radicalísimo cambio 
social; y estos cambios no se verifican jamás en la vida sin pro- 
fundas revoluciones; y estas revoluciones no pueden cumplirse 
y realizarse nunca sino por el hierro y el fuego. Sin embargo, 
Juan II creía el crimen sólo practicable hasta un límite muy 
preciso, hasta el exacto y concreto de su patentísima utilidad. 
En esto se distinguía la perversidad de los reyes del siglo deci- 
moquinto de aquella perversidad de los Nerones y de los Tibe- 
rios, quienes cometían crímenes baldíos á roso y velloso, por el 
placer y la satisfacción de cometerlos. Sobrio en comer y be- 
ber, corto en dormir y regalarse, enemigo de las ostentaciones 
artísticas y del pagano lujo en que Reyes y Papas del Renaci- 
miento cayeran , como los Borgias y los Estes y los Médicis y 
los Urbinos de Italia, mataba de modo muy reflexivo y á golpe 
muy seguro. Así acabó con López Vaz, muerto por impulso y 
ordenamientos suyos, á manos de varios caballeros, los cuales 
recibieron en premio de tal crimen, á traición perpetrado, va- 
liosísimas y copiosas mercedes; así degolló al Duque de Bra- 
ganza en Évora, tras un simulado proceso urdido con el fin de 
arrancarle á mansalva la tercera parte de Portugal, amortizada 
en aquellas manos extendidas sobre las coronas de los Reyes; 
así mató al Duque de Vizeo, haciéndolo comparecer desarmado 
á su presencia y apuñalándolo por la espalda con su propio 
regio puño y su propio regio puñal; así en Pálmela precipitó al 



— 153 — 

Obispo de Evora en una cisterna para que se ahogase; así envió 
esbirros tras los patricios huidos á Francia, y aUí murieron ase- 
sinados á su orden y á su mandato, implacables cuando á la ra- 
zón de Estado convenía, semejándose así el Rey á la misma des- 
piadada muerte, ciega para no ver, y para no escuchar sorda, 
en sus crueldades, á quien se traga y devora. Este pensamiento 
de la unidad interior del Estado, á que prestaba culto, como 
buen Monarca de una centuria esencialmente monárquica, debía 
impelerle hacia las navegaciones y los descubrimientos, genera- 
dores con su actividad continua de una clase tan opuesta en sus 
caracteres á los nobles feudales provinientes del terruño, des- 
truido por la increíble aparición de los nuevos territorios y por 
la milagrosa llegada de los nuevos frutos, á cuyas competencias 
no podía conservarse, no, el valor de los inmensos estipendios 
señoriales sobre los que levantaba sus almenas la vivienda mu- 
rada del noble y sus cordeles la siniestra horca del pechero. 
Por consiguiente, los caracteres políticos y los caracteres per- 
sonales del Monarca portugués convidaban al intento de Colón, 
y le debían sugerir á éste la confianza más completa en el se- 
guro favorable resultado. Enamoradísimo D. Juan de un formi- 
dable Imperio rematado en una sola cabeza^ en la cabeza de un 
Estado vigoroso, cumpliera su obra cual ningún otro monarca 
de la historia, si aceptado el pensamiento de Colón ¡ah! no se 
hubiera visto, como se vio más tarde, obUgado á la fuerza, cons- 
treñido por el hecho irrevocable, contra su voluntad y su grado, 
á repartir el mar y los dominios en el mar invenidos, entre 
castellanos y portugueses. Mas, desde los comienzos de la em- 
presa y desde su primer atención á sus proposiciones, paten- 
tizóse con evidencia que deseaba D. Juan II realizar la obra 
colombina sin Colón. ¿Por qué tal insensato empeño en Rey 
de tanta inteligencia y estudio.? Averigüelo Vargas. La historia 
entierra los móviles internos en una idea, en la imposibilidad 
absoluta de conocerlos, cuando los calla el mismo que se mo- 
vió y se determinó á su empuje. Pero, conjeturando probabi • 



— 154 — 

lidades, lógicamente sacadas del estudio de los caracteres y de 
las vidas que historiamos, y coligiendo especies fundadas en 
inducciones que aproximan los objetos de la realidad al juicio 
subjetivo , ya induzcamos, ya deduzcamos, cosa posible apuntar 
dos razones capitales, explicativas de las causas que movie- 
ron el ánimo de D. Juan á su proceder. Quería la obra de Co- 
lón sin Colón. Error grandísimo, en verdad, el suyo. La justicia 
social no quiere desposeer á los bienhechores de la humani- 
dad, no, del justo premio y del verde lauro que debe corres- 
ponderles en el templo de la gloria, y ha puesto á las obras 
más excelsas el nombre de sus autores más legítimos. Á virtud 
de esto apellidamos la religión del espíritu con el nombre de 
Cristo; las escuelas sincréticas del Egipto heleno con el nombre 
de Alejandro ; la filosofía idealista con el nombre de Platón ; la 
filosofía experimental con el nombre de Aristóteles ; así como á 
la teología escolástica llamámosla tomismo de Santo Tomás y á 
todos los sistemas de Descartes, Kant y Hegel, los unimos con 
sus autores bajo el mismo común denominador, que confunde las 
personas mortales y transitorias con su permanente inmortal 
ciencia. Querer la obra de Colón y no querer al autor que la 
concibiera y la estudiara, que la pusiera en relación estrecha 
con todas las tradiciones históricas y la comprobara con todos 
los datos de su experiencia continua recibidos, ¡cuál desvarío! 
Y sin embargo, este desvarío poseyó al rey D. Juan, según todas 
las enseñanzas históricas. No debió el piloto intentar ganarse á 
un político así por el corazón y por la fantasía, omnipotentes de 
suyo sobre las almas apasionadas y estéticas, pero de ningún 
valor sobre las almas calculadoras y frías. Muy latinado, como 
decían los portugueses, muy sabedor de ideas abstractas y 
concretas, muy ducho en asuntos y negocios del Estado, muy 
sagaz , muy experto, muy al cabo de todo lo sabido en su 
tiempo, imposible que Colón quisiera determinarle por la idea 
de ganar muchas almas al cielo, por la idea de reconquistar 
Santa Sofía y el Santo Sepulcro , por ninguna de las ideas reli- 



, — 155 — 

giosas y poéticas guardadas en el bien provisto carcax de sus 
argumentos para espíritus de otra complexión y género. Colón 
debió hablarle á la continua de inmensos dominios, de fabu- 
losas riquezas, de dilatados imperios, y D. Juan debía, por su 
parte, obedecer á esta fascinación poderosa. Mas había en el 
nauta dos pretensiones incompatibles ambas con la política de 
D. Juan, política enteramente consustancial con su complexión 
y con su vida; la pretensión de muchas riquezas , mal vista por 
la regia codicia, y la pretensión de mucho poder y autoridad, 
contradictorias con el poder y autoridad reales, elevados al su- 
premo dominio sobre todos y erigidos en fórmula de todo. 

Imposible pasara D. Juan, él, que había quitado á la no- 
bleza lusitana gran parte de sus rentas, por una participación 
ajena en los rendimientos del territorio á descubrir, y más im- 
posible por la cesión de un gobierno perpetuo, como Colón 
pedía, copartícipe casi del suyo, á tanta costa y por medios 
tan dolorosos levantado sobre las espaldas de los nobles, en 
trances tan amargos, donde había tenido que recurrir á las 
potencias infernales del crimen para sacar á salvo la unidad 
y la integridad y la totalidad de su Monarquía. La indispen- 
sable aceptación del plan, precursora y preparatoria, se frus- 
tró entonces por las mismas causas que estuvieron á punto 
de frustrarlo después, por las excesivas pretensiones de mando 
y de tributación para sí expuestas por el sublime descubri- 
dor. Y como éste se hallaba tan seguro de la realización del 
proyecto; como veía tan claro el encuentro de tierras fabu- 
losamente ricas, con sólo navegar hacia el Occidente, y no ha- 
cia el Mediodía, cual navegaban los portugueses; como tocaba 
con sus manos las paredes de oro, y cogía en sus puños los pu- 
ñados de aljófares, y con sus ojos miraba las cresterías de rubíes 
y esmeraldas, emperrábase con una tenacidad sin ejemplo en 
la demanda del premio en poderes, del premio en riquezas, del 
premio en honores, bajo una seguridad tan grande que rayaba en 
aparente petulancia, repulsiva de suyo á todos, y con especial!- 



- 156 - 

dad á" persona tan pagada de sí mismo como el rey D. Juan II. 
Cristóbal Colón se lamenta y dice: «Fui á aportar á Portugal, 
adonde el Rey de allí entendía en el descubrir más que otro; el 
Señor le atajó la vista y todos los sentidos, que, en catorce años, 
no le pude hacer entender lo que yo dije.» Sin embargo, el Rey 
nombró una Comisión encargada de apreciar el asunto. Y esta 
Comisión dio un fallo en armonía y consonancia con las costum- 
bres lusitanas, adscritas á buscar el África austral y las Indias 
orientales, navegando en larguísimos derroteros hacia el Medio- 
día. Maestre Joseph y maestre Rodríguez, médicos, juntamente 
con los dos prelados de Ceuta y de Vizeo, constituyeron la Junta 
encargada del dificultosísimo examen. Las letras de aquel tiem- 
po, las humanidades tan vivas, todo cuanto se sabía del mundo 
y todo cuanto se sabía del cielo, estaba reunido y personificado 
en aquellos hombres eminentísimos, que habían bajado á los se- 
pulcros de la historia y subido á los altos de la metafísica ; he- 
cho los instrumentos de navegación más perfectos y puesto en 
las carabelas el revelador cuadrante; relacionado el cielo y sus 
constelaciones con el mar y sus derroteros por medio del astro- 
labio; desvanecido una gran parte de los misterios que cubrían 
el mar tenebroso é impulsado los pilotos que doblaban la punta 
del inabordable Bojador, viendo surgir en torno suyo islas, como 
veía nereidas y sirenas el viejo Neptuno, cuando, arrastrado por 
los tritones en conchas y nácares de madreperlas , recorría por 
luminosas noches mediterráneas, entre brisas y estelas, aquellas 
diáfanas aguas de su hermosa Grecia. Dar por buena, después 
de tantas fortunas, la innovación del genovés, cuando surcaban 
en aquel minuto los mares barcos obedientes á las ideas por ellos 
allegadas y á las fórmulas por ellos escritas , fuera inconsecuen- 
cia incalculable. Así la rutina se burló de las adivinaciones de 
aquel espíritu profético y el cálculo venció á la inspiración. Pero 
D. Juan, en sus adentros, no debió quedar muy persuadido á la 
negativa por el dictamen de los sabios, cuando convocó y con- 
gregó el Consejo Superior de la Corona. Este Cuerpo, esencial- 



— 157 — 

mente político, en su mayoría compuesto de aquellos juriscon- 
sultos á quienes la ciencia y conocimiento del derecho romano 
sugirieron la idea del poder absoluto moderno y la fundación de 
los Estados poderosos, apartó las ideas puramente científicas de 
la Comisión, compuesta por los cosmógrafos técnicos, y se 
apoyó en las pretensiones de autoridad y de rentas formuladas 
por Colón, creyéndolas contrarias al derecho eminente de la Mo- 
narquía y al poder absoluto del Monarca. En verdad que la 
Junta técnica y el Consejo político daban los dos motivos de la 
negativa: aquélla el hábito acreditado de los derroteros y descu- 
brimientos portugueses y éste el principio recién establecido de 
la unidad monárquica. Con el un dictamen se opusieron al pen- 
samiento expuesto y con el otro dictamen se opusieron al premio 
pedido por Colón. Y aquí surgió la idea propia del espíritu y del 
temperamento de D. Juan: aprovecharse de la obra colombina 
y deshacerse de Colón. El cristianismo sin Cristo, el mosaísmo 
sin Moisés, el mahometismo sin Mahoma, el viaje de Colón sin 
Colón: he ahí la idea del taimado y astuto D. Juan. En las largas 
comunicaciones del proyecto, en los diálogos íntimos con el 
descubridor, en las consultas hechas á la sabiduría del siglo, en 
los datos reunidos para el dictamen, aprendió D. Juan todo 
cuanto podía entonces aprenderse y lo puso en práctica inme- 
diatamente. Llamó al más experto entre los pilotos portugueses, 
á Pero Vázquez, compañero un día del infante D. Enrique, y á 
hurtadillas, á la callada, con todo sigilo y recato, le impelió á 
recorrer, so pretexto de provisionar las islas del Cabo Verde, 
los derroteros de Colón. Entonces vióse claramente cómo lo 
mecánico, lo externo, el cálculo material, una consigna de sol- 
dado, una orden de rey, no pueden reemplazar al esfuerzo, al 
empeño, al estudio, al pensamiento, y sobre todo, al dolor de 
un verdadero genio hecho mártir de su propia grandeza, y por 
mártir de su propia grandeza, redentor de sus semejantes. ¡Ah! 
Tan sólo conocemos aquello que causamos; por eso Dios lo 
conoce todo, porque todo lo ha causado. Y sólo quiere Dios 



- 158 - 

que alcancemos aquello por cuyo logro hemos padecido. En la 
pasión, en el sufrimiento, en el martirio, en el cáliz de acíbar, 
en la calle de Amargura, en el Calvario y en la Cruz se hallan 
la redención y los redentores. Únicamente sabemos aquello que 
causamos, y únicamente conseguimos aquello por que pade- 
cemos. Colón había causado su obra , y Colón había padecido 
por ella; únicamente Colón podía realizarla. El piloto mecá- 
nico se asustó al verse metido en el mar de Zargazo, entre cuya 
vegetación se detenían y enredaban las quillas; se asustó más al 
sentirse azotado por la tempestad y por el huracán; se asustó 
más al bogar y bogar días tras días sin descubrir nunca tierra; 
y en su terror volvió proa, demandando de nuevo Portugal 
y excusándose del regreso con la exageración de los peligros. 
El secreto llegó á transpirar, Colón llegó á saberlo. En cuanto 
lo supo, sus irritaciones momentáneas, sólo comparables, en 
fuerza de intensidad, á la duración de sus calmas y á las pruebas 
de su paciencia, le sublevaron y le movieron á huir de allí para 
encaminarse á nuestra España. Comenzaba en tal momento el 
invierno de 1484. Casualidad, casualidad, casualidad, repiten 
á porfía los que ven la historia humana por su lado pequeño. 
Pero en el plan de la Providencia estaba, en el sistema lógico 
que forman las sociedades humanas , en la evolución jamás in- 
terrumpida de los tiempos, en el cumpHmiento de los humanos 
destinos y en el curso de la civilización universal, que aquella 
España, conocida por los antiguos con el nombre de luminosa 
estrella de la tarde, se dirigiese por el ocaso á completar el cielo 
y el planeta, como á renovar con otra nueva creación toda la 
Naturaleza. 




CAPÍTULO VI. 

VENIDA DE COLÓN Á ESPAÑA. 



MARCADÍSIMO dcbió qucdar Colón, viendo á la Monar- 
quía lusitana, metida entonces en los descubrimien- 
I tos que llenaban sus mares, y á la familia de Avis, 
glorificada por las increíbles invenciones debidas á su inspira- 
ción, menospreciar al poseedor del más precioso entre aquellos 
secretos, cuya continuada revelación iba engrandeciendo la tierra 
con costas nuevas y dilatando el espacio así en los mares como 
en los cielos. Aferrado á la vida por la realización del trabajo, 
que á su inteligencia y á su voluntad defiriera la interior voca- 
ción providencial propia, revolvíase contra todos los obstáculos 
opuestos por la ignorancia y por las supersticiones á la sublime 
adivinación, hechura en parte de su fantasía intuitiva y en parte 
de su aquistada ciencia. Pero en tal combate sucumbía el infeliz 
á diario muy dolorido. Y este dolor intenso, el cual á veces co- 
municaba desórdenes horribles á sus nervios, remontados por 
las múltiples segregaciones de hiél producidas en el insomnio 
consiguiente á las grandes faenas intelectuales , cuyos ejercicios 
tanto adoloran así la complexión moral como la complexión 
física de los hombres destinados al bien de nuestra tierra y de 
nuestra especie, debían de suyo no desesperarle del todo, como 



— 1 6o — 

le desesperaban de continuo aveces, antes bien sugerirle una 
idea consoladora, la idea de que jamás deja el Universo al en- 
tendimiento descifrar un enigma suyo sino desde los potros y 
torcedores del martirio. Nacido Colón en aquella edad creadora 
de tanta y tan múltiple revelación, cuya labor, no sólo circun- 
daba el espacio con las navegaciones maravillosas, que iban 
evocando por el Océano islas y continentes como á conjuros 
mágicos, doblaba el tiempo, trayendo lo pasado á completar lo 
presente con aquellas apariciones de los helenos huidos al turco 
soberano en Constantinopla, y con aquella resurrección de las 
estatuas despertadas á una del polvo y de las ruinas en Roma 
y en Italia entera, bien podrá remontar el vuelo de sus ideas 
á las altas contemplaciones históricas, y descubrir en su pro- 
pia pena el premio reservado á todos los esfuerzos redentores 
por el mal inferido á cuantos héroes del humano progreso pro- 
duce la Naturaleza y consagra la historia, coligiendo así él dé 
sus mismas dificultades indecibles el carácter grandioso y extra- 
ordinario de su personal obra. ¡Ah! Sólo extrayendo con perse- 
verancia del diario dolor y de la continua contrariedad una per- 
suasión profundísima del ministerio que desempeñaba y del fin 
que cumplía, érale dado sostenerse contra el número de pruebas 
por que pasaba el infeliz ; como la ceguera de su propia patria, 
que le había dejado partirse á extraña tierra, sin columbrar en 
aquella espaciosa frente la estrella de su predestinación; como 
la indiferencia de cuantos le oían y no le secundaban, cegados 
por su ignorancia é inmóviles en sus heredadas costumbres^ 
como la perfidia de los mismos, que, habiendo visto ya reali- 
zarse otras profecías , cual aquellos Reyes y Príncipes portugue- 
ses de su tiempo , defraudábanle á él en la realización de todo 
cuanto había profetizado y prometido en sus previsiones admi- 
rables y con los datos debidos á sus propias espontaneidades 
geniales expedían marinos al perverso fin de robar al revelador 
todos los justos premios y todas las múltiples glorias á que te- 
nía indubitado derecho. Las dos grandes corrientes de ideas, 



— i6i — 

que corrían por el humano espíritu en aquella edad creadora, 
debían dulcificarle con ejemplos varios el dejo de hiél puesto en 
sus labios por múltiples amarguras , y decirle cómo Naturaleza 
no daba inteligencia y comprehensión de lo porvenir tan claras, 
voluntad tan firme y robusta para la consecución de un fin y ob- 
jeto, fuerzas tan extraordinarias en un hombre, sino destinán- 
dolo al cumplimiento de una grande obra y á la realización de 
un ideal maravilloso. Uno, entre los caracteres distintivos de 
la especie humana, es, á no dudarlo, aquella útil aplicación á 
sus necesidades varias del fiíego, por ningún animal, ni por los 
más próximos á nosotros en las escalas zoológicas, aprovechado 
jamás; y quizás á causa de tal grande utilidad, el titán, á quien 
tamaña obra el consentimiento universal atribuye, soportó, cla- 
vado al Cáucaso, los hierros de todas las servidumbres, y vio 
renovarse su corazón y su hígado perdurablemente, para que 
se los comieran y se los devoraran todos los dolores. El mismo 
Jehová, que distinguió entre los pueblos á Israel, confiándole 
una revelación como la del absoluto Ser, incomunicable á la 
mortal penetración, quejábase por boca del profeta Isaías, en 
versículos magníficos, de que mientras el asno conoce dónde se 
halla su pesebre, y el buey barrunta entre otros muchos á su 
gañán y amo, los escogidos por él para depositarios y guarda- 
dores de la verdad, no conocían á su Dios, Pero ¡ahí que la 
magnitud enorme del conjunto y totalidad de una obra uni- 
versal, como la obra del piloto genovés, no empece al terrible 
dolor de cada día. 

Naturalmente, desprendido en los tiempos que historiamos 
por completo de su patria, Genova, cuyos tráfagos por mar y 
tierra no podían prometerle auxilio, y desahuciado además de 
la Corte portuguesa, que le jugara una felonía tan grande , Co- 
lón pensó en España, la cual, tras los desórdenes feudales del 
reinado de Juan II y Enrique IV, recomenzaba por entonces á 
brillar con ese resplandor nuevo, tan persistente y continuo, 

que, sucediendo á todas las decadencias en todos los períodos 

11 



— l62 — 

de su historia, nos la muestra como un sol, según su luz propia, 
un sol, sobre cuyo disco pasarán muchos eclipses, cuyas som- 
bras podrán obscurecerla con frecuencia, pero nunca jamás ex- 
tinguirla. Y, amén de la natural atracción ejercida sobre todos 
los ánimos y todos los espíritus superiores por nuestra patria 
en tal momento, un hecho particular y privado influyó con gran- 
dísima influencia sobre la voluntad del genovés, al venirse des- 
engañado entre nosotros é instalarse so el techo nuestro: la 
muerte de su esposa, quien le había dejado un varón, el primo- 
génito D. Diego. Con este único acompañante y apoyo, débil 
báculo en su temprana edad, se puso desde Portugal en camino 
Colón hacia Extremadura y Andalucía, no sabemos aún si por 
mar ó por tierra, buscando y requiriendo tanto el hogar habi- 
tado por una cuñada suya unida en matrimonio con obscuro 
andaluz, como las relaciones en Sevilla. Ante todos los actos de 
la vida pide cualquier buena investigación que se busquen á 
una con cuidado las causas generales á que llamamos primeras 
y las causas ocasionales á que llamamos impulsoras ó deter- 
minantes. Puede reconocerse por causa ocasional de aquel 
viaje de Colón á España , ciertamente, la muerte de su com- 
pañera , que le afligiría mucho, dado su natural exaltadísimo; 
pero desde que se sintió por Genova olvidado , y en Portugal 
preterido, soñó con venirse á la tierra que, según tradicio- 
nes transmitidas desde tiempos inmemoriales, prolongara cos- 
tas , desvanecidas más tarde , tan lejos mar adentro , que se 
llamó con razón la estrella del ocaso, destinada en misteriosos 
designios á esclarecer con su luz propia y á ensanchar con su 
virtud mágica el misterioso Atlántico. Para un marino empe- 
ñado en buscar el derrotero de las Indias orientales por Occi- 
dente, no podía, no, existir centro tan propio de su alma como 
las tierras occidentales, Lisboa y Sevilla, España y Portugal. 
Todavía entonces Venecia y Genova miraban á Oriente mien- 
tras á Occidente Sevilla y Lisboa. Nuestra patria llevábale á 
Portugal, á pesar de los maravillosos descubrimientos portu- 



— i63 — 

gueses en aquella centuria, una ventaja: el habérsele adelantado 
mucho en exploraciones é invenciones marítimas. Desde los si- 
glos de la conquista germana hasta el siglo de los primeros cru- 
zados, la parálisis intelectual, apoderada del mundo europeo, 
aguardando sobre los sepulcros de sus iglesias bizantinas el su- 
premo llamamiento de las trompetas apocalípticas, prontas á 
señalar el Juicio Final, no llegó á nuestra España, en los océa- 
nos de la vida universal anegada, y por la ciencia esclarecida, 
merced á sus reveladoras y sabias escuelas hispano-arábigas de 
la ilustre Andalucía. Los ojos del árabe, abiertos para mirar el 
cielo sereno, mientras los ojos cristianos se iban cerrando para 
no ver esos mismos cielos arrollarse como un pergamino calen- 
tado por el incendio universal, los ojos del árabe penetraron en 
los misterios astronómicos, y vieron la tierra y el mar con anti- 
cipaciones que debían prepararnos y apercibirnos á nuestras 
posteriores empresas. El Alabderita escribió en Valencia un 
itinerario de África; como en Sevilla pintó el sabio Abregat los 
mapas indispensables á una reveladora cosmografía; como Al- 
bufeda se adelantó con sus tratados geográficos en tal modo á 
todos los geógrafos, que fuera imposible sin su guía y sin sus 
noticias emprender ningún viaje, según dicen y confiesan los 
mismos comentaristas de aquella peregrinación de Marco Polo, 
en cuyo relato bebiera Colón sus mayores y más luminosas es- 
peranzas. Bien es verdad que á los relatos de Marco Polo, agui- 
jón y estímulo de las peregrinaciones y de los descubrimientos, 
habíase adelantado un siglo el hebreo Benjamín de Tudela, 
quien, apoyado en la seguridad por sus conocimientos cien- 
tíficos dada, no se contentó y satisfizo con explorar en los ma- 
res asiáticos las islas y los archipiélagos; penetró en la Tar- 
taria y en la Mongolia, objeto de grande curiosidad y germen 
de innumerebles fábulas, avivando así la ciencia investigadora 
del planeta bajo las sombras espesísimas de una ignorancia, 
invencible casi por los obstáculos que la guerra entre todos y 
el fraccionamiento de todo suscitaba con incontrastables resis- 



— 164 — 

tencias á la exploración y al descubrimiento. Nada se desva- 
nece tanto con el estudio profundo de la historia como esas im- 
provisaciones de los hechos, tan gustosas para los que desdeñan 
las series generadoras de todo, y desconocen la evolución en 
cuyos términos todo se desarrolla por sucesiones lógicas, ya de 
fases en el espacio, ya de momentos y edades en el tiempo, de- 
mostrativas de la sabia lentitud con que todo se ha creado y 
ha crecido en el universo espiritual y en el universo material, 
quienes dentro de sí abrazan lo mismo las ideas que los seres 
en verdadero sistema desarrollado por siglos de siglos equiva- 
lente á una eternidad. 

Así no comprenderíamos la obra del descubrimiento por Es- 
paña, si con anticipación verdadera no supiésemos los rastros 
tle luz dejados en España por los árabes. Pero si las ideas de 
los árabes resplandecieron en tiempos á la ciencia tan opuestos 
como los tiempos que se dilatan del siglo séptimo al duodé- 
cimo siglo, en este último comenzaron los reinos cristianos es- 
pañoles á prosperar así los estudios del cielo como las explora- 
ciones del Océano, estableciendo por un lado en sus dominios 
escuelas continuadoras de las acabadas en Córdoba y Sevilla, 
tendiendo por otro lado barcos en las aguas, los cuales, so color 
de guerra, sembraban preciosos y primerizos gérmenes del cam- 
bio y del comercio. Coincidieron los primeros barcos, del Guadal- 
quivir expugnadores en el sitio de Sevilla, con las primeras tablas 
alfonsinas , del cielo reveladoras en la vega de Toledo. Fernan- 
do III premió á las gentes de mar, quienes, por virtud y por obra 
de aquellos premios, pudieron ir en socorro de naciones extra- 
ñas, cuando no hacía un siglo que vinieran al sitio de Almería, 
bajo Alonso VII en auxilio nuestro las naves extranjeras. Á 
este despertamiento de la marina dos viejas ciudades maravillo- 
sas crecieron, fundación de fenicios y cartagineses un día: en las 
costas meridionales, Barcelona y Sevilla, mirando hacia Oriente 
la una y hacia Occidente la otra, émula de Venecia y Genova 
la primera, émula de Lisboa y Oporto la segunda, por cuya do- 



— i65 — 

ble legión pacífica de mercaderes y de marineros, así poseíamos 
Ñapóles y Sicilia en los mares ítalos, apoyábamos á Constantino- 
pla y Atenas en los mares helénicos, grabábamos nuestros bla- 
sones en el Asia Menor, como íbamos ensanchando el Atlántico 
bajo nuestras quillas, y trayendo al comercio común europeo 
esas islas afortunadas, parecidas á fragmentos de aquel soñado 
mundo, ya roto, en que pusieran los pensadores y los poetas 
antiguos la realización milagrosa de sus utópiccs ensueños. Y no 
cejó esta obra un punto, ni en reinados adversos, porque á San- 
cho IV le permitieron sus guerras de familia y sus usurpaciones 
de regios derechos cortar maderas y multipUcar naves; á Fer- 
nando, su hijo, las discordias con los grandes y las citas dadas por 
éstos ante la divina justicia prosperar factorías como la esplén- 
dida de Bilbao; al noveno Alfonso sus combates con los moros 
en el Salado y sus vigilias por la legislación en Alcalá favorecer 
los cómitres y exentarlos de pechos; á Pedro el Cruel aquellos 
terrores, naturales en su guerra sangrienta con el feudalismo, 
comandado por su parentela bastarda, el armamento de flotas 
y el propio embarque suyo en pos de pueblos y de costas; á 
Juan I sus desgracias en las porfías con Portugal expedir em- 
bajadas que llegaron hasta las desembocaduras del Eufrates, in- 
terponiendo su influjo con los soldanes de Babilonia en favor 
de los cautivos reyes armenios; á Enrique III la propia flaqueza, 
consiguiente á los desmedros del principio monárquico y á las 
insolencias del poder feudal, tocar con sus manos la tierra lla- 
mada techo del mundo por medio de sus enviados idos á visitar 
al Gran Tamerlán de Persia y al Gran Mongol de Tartaria para 
pedirles noticias de aquellos herederos del Preste Juan de las 
Indias, entrevisto en la décimatercia centuria, quien pedía, so 
un techo retejado de oro y sobre un pavimento embutido en es- 
meraldas, el auxilio cristiano; á Juan II las enemigas suscita- 
das en torno suyo por el favorito Alvaro de Luna, provocador 
á sediciones y asonadas, recibir el pleito homenaje de las recién 
conquistadas Canarias y salvarlas de las codicias portuguesas; á 



— i66 — 

Enrique IV los escándalos de su vida y de su corte acrecentar 
los seguros del viaje y del viajero por mar; á los reyes católicos 
D. Fernando y D,^ Isabel tantas dificultades encontradas en los 
comienzos de su reinado llevar el quinto de las mercerías resca- 
tadas en Guinea, como de tierra suya, sostener con sus naos la 
navegación en Sierra Leona, facilitar los cambios continuos del 
tráfico y los esfuerzos de la explotación en Mina de Oro, prelu- 
diando así con toda esta serie de seculares continuos esfuerzos 
creadores nuestra patria la obra capital de su historia, el des- 
entrañamiento de los secretos del Océano, la revelación mate- 
rial á todas las edades de la redondez del planeta: obra pare- 
cida, por su grandeza incalculable y por su trascendencia virtual, 
á la divina creación. Estaba, pues, en la lógica de todos nuestros 
hechos históricos; estaba en la suma de los antecedentes caste- 
llanos; estaba en el seno de las obras hechas por los siglos; es- 
taba en la índole temeraria de nuestra complexión conocida y 
en las exigencias múltiples de nuestra situación geográfica, el 
que así como los egipcios esclarecieron y guiaron á los hebreos 
y á los fenicios; así como los fenicios esclarecieron á los grie- 
gos y fundaron Cartago; así como los griegos esclarecieron á 
los latinos de Roma y los cartagineses fundaron tantas ciuda- 
des ilustres en las costas de nuestra España; así como los lati- 
nos domaron á helvecios, britanos, bátavos, germanos; España, 
sita en los últimos confines del ocaso europeo, y dotada con una 
gran civilización, escudriñase la mar toda y revelara todo el 
planeta. Y como estaba en todo nuestro ser y en toda nuestra 
historia el cumplimiento de tamaño destino, llegó al momento 
propio, el revelador, Cristóbal Colón, á nuestro elegido y pre- 
destinado suelo. 

Tal vez, por tales sentimientos aguijoneado, se fijó en Sevilla 
mucho tiempo. La venida resuelta de Colón á España y su estan- 
cia entre nosotros , hanse por tal manera esmaltado en la suce- 
sión de los tiempos con fábulas más ó menos provinientes de la 
verdad real, que dificultan mucho una relación ingenua y sencilla 



- i67 - 

y verdadera de lo averiguado como exacto. Paréceles á la mayor 
parte de los historiadores que la verdad achica el interés dra- 
mático de una biografía ilustre, necesitada para su lucimiento de 
varios y espléndidos fantaseos. Así exageran allende lo verda- 
dero mil contradicciones por Colón sufridas, y acibaran adrede 
sus amargos y acerbísimos sinsabores con minucias trágicas de 
melodrama romántico. Harto padeció con el desconocimiento 
de su propia patria; con el despego que acaso encontró en ciu- 
dad tan ilustre como Venecia; con las fechorías del rey don 
Juan 11 en Lisboa; con los viajes á Islandia y á Guinea, demos- 
trativos del acierto en sus pronósticos, é inútiles al común de 
las gentes, aferradas á sus tradicionales errores; con las prue- 
bas conseguidas á diario por su perseverancia y la ceguera es- 
pesísima de todos alrededor suyo; para que añadamos á estos 
sinsabores una miseria tan grande que le veamos tender la mano 
como un pordiosero, de puerta en puerta, y dejar sus hijos, ya 
criados, como si fueran míseros expósitos, al amparo de cual- 
quier establecimiento de caridad ó penitencia. Desconocido es- 
taba Colón, desconocidísimo , si atendemos al mérito intrínseco 
de su inteligencia y al mérito, sobrenatural casi, de su obra; pero 
no tanto que cayera en estado y condición de mendigo y nece- 
sitado la pública beneficencia. Mucho ganaría en esmaltes poé- 
ticos la vida suya, de aparecer cual un Bautista en el desierto, 
vestido como los lirios del valle, con una túnica que le hubieran 
tejido fibras campestres; alimentado como las aves del cielo, 
con las semillas que hubieran llevado á sus labios los elementos; 
parecido á los profetas y á los penitentes, que sacaban de su 
maceración y de su miseria las revelaciones, cuyos rayos escla- 
recían y guiaban á los pueblos. Colón pasa algunas veces por po- 
breza confinante con la condición de un pordiosero; mas vivió 
mucho tiempo de sus viajes y de los trabajos relacionados con 
su oficio. El desconocimiento de su mérito no llegó jamás á 
menosprecio de su persona. Durante su permanencia en Por- 
tugal pudo emprender sendos viajes á la zona tórrida y á la 



— Ib» — 



zona glacial; enlazarse con familias tan ilustres como la familia 
de su mujer; dirigirse á sabios del carácter y del entendimiento 
de Toscanelli; estudiar en el archipiélago de las Azores y en el 
paraíso de Madera los descubrimientos lusitanos; instruir la ma- 
durez de su vida en las relaciones entre las ciencias náuticas y 
las ciencias astronómicas, descubiertas por las escuelas de los 
Algarves y comprobadas por nuestros astrolabios; vivir expen- 
diendo mapas é instrumentos científicos; tratar con el Rey de 
Portugal en muchas ocasiones y hasta contraer deudas entre 
sus numerosos amigos: por consecuencia, no hay que juzgarlo á 
guisa de trovador antiguo, requiriendo de puerta en puerta el 
alimento diario y dejando tras sí el vapor de sus lágrimas y el 
eco de sus ayes. Pudo la leyenda, que todos hemos aprendido 
en versos y discursos, convertir en pordiosero al pobre, que 
pordioseó alguna vez por accidentes sabidos, en su necesidad, 
pero no constituyó esta desgracia en él una definitiva condición 
y una real naturaleza. Que atraía los espíritus, que fijaba la ge- 
neral atención, que difundía eñuvios reveladores de su mérito, se 
demuestra con sólo considerar cuántas veces los poderes públi- 
cos habían examinado proyectos, los cuales creen muchos reci- 
bidos y pagados tan sólo con despreciativas carcajadas. Ahora, 
oponía el plan de Colón tan grande número de ideas nuevas al 
sentido común de su tiempo, que no deben maravillarnos hoy ni 
las repugnancias ni las resistencias, también opuestas, en estos 
días de saber positivo, á inventores tan útiles como los que pusie- 
ron el vapor en las naves, á comienzos del siglo nuestro, desco- 
nocidos y aun rechazados muchas veces en los varios incidentes 
de sus múltiples trabajos. Colón debía tener mucha seguridad de 
su mérito, y granjearse por este mérito mucha estima, cuando se 
fué á Lisboa y pudo llegar hasta el Consejo de los Reyes portu- 
gueses; se vino á Sevilla y pudo llegar hasta la corte de los mag- 
nates andaluces. No, no podía estar por tal modo ignorado y des- 
conocido, como suponen la tradición y la leyenda, quien contaba 
en la ciudad, cabeza del territorio andaluz entonces, valedores 



■ — 169 — 

bastante fuertes y poderosos para conducirlo y acreditarlo en 
palacios como los que habitaban el Duque de Medinasidonia y el 
Duque de Medinaceli, ambos á dos ricoshombres, elevados por 
lo antiguo de su prosapia, por lo rico de sus dominios, por lo 
noble de su sangre, por lo esclarecido de sus servicios, por el 
número de sus lanzas y castillos, á las alturas del trono, sobre 
cuyas cumbres á una proyectaban sombras obscuras sus respec- 
tivas coronadas cimeras. Muy esparcidos los italianos en su glo- 
riosísima centuria décimaquinta por todas las grandes ciudades 
europeas de Occidente, y muy acreditados por sus artes y por 
sus ciencias entre las personas de pro , valían en Sevilla como va- 
lían en Lisboa. Y así como una carta del italiano Geraldi le valió 
á Colón en Lisboa granjearse la epístola célebre de Toscanelli, 
que tanto le prosperara y le sirviera , otra carta del florentino 
Berardi, gerente de una gran casa mercantil en Sevilla, y la 
influencia de los hermanos Geraldinis , príncipes eclesiásticos, 
le abrieron las puertas del palacio que habitaba en la capital 
el Duque de Medinasidonia y del palacio que habitaba en la 
bahía de Cádiz el Duque de Medinaceli, magnate de sangre real 
este último, nunca mezclada con la impura y bastarda de los 
Trastamaras, como lo estaba la sangre de los reyes castellanos; 
y aquel otro, el primero, generalísimo de numerosas mesnadas, 
competidoras con los ejércitos reales. 

¿Quién pudiera fingirse allá en la imaginación Sevilla, cuando 
arribara el piloto genovés á su seno por los últimos años del 
siglo decimoquinto? Aquello que hay eterno en el espacio 
donde se alza la ciudad, resplandecería como siempre con su 
hermosura inmortal; pero miles de circunstancias propias de 
tal período histórico acrecentaban su animación y su vida. De- 
jemos, pues, á un lado la dulzura del clima, la pureza del cielo, 
su aire aromadísimo por azahares y jazmines; el eco de las guz- 
las moriscas en sus serenatas voluptuosas; los cristalinos ser- 
penteos de aquel río á quien los árabes comparaban en sus 
elegías con los más caudalosos del Oriente; las torres almoha- 



— lyo — 

des ornadas de multicolores azulejos parecidos á oro puro mez- 
clado con rica pedrería; la Giralda, de tan bella forma y de tan 
aéreos alicatados; las iglesias en que los hábiles mudejares po- 
nían su destreza en el embutido y en el almohadillado alrededor 
de nuestras imágenes; la catedral elevando á lo infinito su fá- 
brica, ya casi acabada; los palacios construidos por alarifes mi- 
lagrosos, donde las estatuas antiguas recién descubiertas y las 
modernas recién concluidas llenaban las galerías de corte asiá- 
tico; los patios de mármol parecidos á grutas de amor con el 
rumor de los surtidores y de los conciertos resonando noche y 
día; los aijmeces festonados por las guirnaldas compuestas de 
alejandrinas rosas; los alminares en que la campana sustituía la 
voz del muecín; aquel alcázar henchido de poesía; los jardines 
llenos de limoneros y cedros; los bosques por claros pinares y 
obscuros olivos compuestos; las puertas de alerce maqueadas 
con estrellas de marfil; el cinto de muros esmaltados á guisa de 
rojos corales por el éter andaluz; tanto resplandor de belleza; 
y fijémonos en las ideas y en los intereses allí concentrados en- 
tonces á consecuencia de su capitalidad sobre los espacios, 
donde á la sazón se libraba la última guerra con los moros, y 
sobre las posesiones nuevas que acababan de traernos el de- 
finitivo dominio de las Canarias y las exploraciones en el golfo 
de Guinea y en el Río de Oro, que la llenaban de guerreros, de 
gentileshombres, de cortesanos, de sabios, de mercaderes, de 
navegantes, de muy concurridas escuelas, de muy completas 
factorías, constituyendo así una concentración tan intensa de 
ideas y de valores , que debían despertar en Colón múltiples 
ambiciones y aguijonearle al cumplimiento de sus varios y 
complicados proyectos, en cuyo seno se ocultaban tierras nue- 
vas y nuevos cielos, otra maravillosísima y milagrosa creación. 
La fantasía del sublime adivinador exaltaríase al aroma de 
tantas ideas poéticas en aquel mar de inspiraciones vividas; 
el camino soñado á la continua se aclararía con el constante 
cruce de naves llegadas al pie de la Giralda y venidas desde 



— lyi — 

muy cerca de los puntos que los supersticiosos creían inhabita- 
bles. El comercio y cambio activos de tantos productos como 
circulaban entonces desde sus almacenes, provistos por las in- 
dustrias españolas, en todas direcciones; la copia en cosechas é 
industrias de seda; los artefactos inventados para la elevación 
de aguas con grandes premios del Estado retribuidos; las casas 
particulares de contratación, en que intervenían hombres como 
el italiano Américo Vespucio ; las cátedras y enseñanza de cos- 
mografía y náutica; los adelantos que se hacían en las bombas 
de desagüe y hasta en la dulcificación de aguas marinas, debían 
mucho y muy de veras contribuir á los consumados y profundos 
experimentos con que completaba Colón todas aquellas rápidas 
intuiciones provinientes de unas facultades nativas muy capaces 
de alimentar sus numerosas y adivinas esperanzas. Así, el período 
de vida pasado por el descubridor, tras una larga estancia en Cór- 
doba, por los senos de la incomparable Sevilla, debieron servir 
mucho á sus planes y proyectos, prosperados y engrandecidos 
por tantos factores de ciencia é industria como contaba una 
ciudad que sólo podía tener una rival en Occidente, la espléndida 
Lisboa. Y en lo que primero Sevilla sirvió á sus planes, fué, 
no lo dudemos, en haberle procurado el conocimiento y trato de 
ricos banqueros italianos muy poderosos, los cuales, por su parte 
y á su vez, le procuraron el afecto amistosísimo de magnates 
como el Duque de Medina Sidonia y el Duque de Medinaceli, 
quienes, más ó menos interesados uno y otro por los planes del 
piloto, más ó menos comprometidos en su realización, más ó 
menos entusiasmados de sus efectos, cooperaron ambos á la pre- 
sentación y al crédito de su protegido en la corte. 




CAPÍTULO VIL 



ESPAÑA Y SU ESTADO AL ARRIBO DE COLÓN. 



OSA difícil, por todo extremo difícil, imposible casi, 
decir los años de la vida de Colón transcurridos en 
Córdoba, en Granada, en Huelva, en Palos, en la Rá- 
bida, en Sevilla, sitios recorridos, y aun habitados por él con 
seguridad, pero sin que pueda fijar el cronólogo la fecha exacta 
de su estancia en varios, y quizás en los más importantes. Des- 
de luego le movió para su ingreso y fijación en España la idea 
de que tal empresa, como la suya, no podía prosperar sino con 
la copia de recursos disponibles por un Estado poderosísimo, y 
llegó en requerimiento de tal Estado á España, muy ordenada 
y engrandecida en aquella sazón por el sabio gobierno y la 
luminosa política de los Reyes Católicos. Vino, pues, á España 
en 1485, y estuvo en España preparando su invención desde 
tal año, salvo una corta excursión á Lisboa, hasta 1492, en que 
inició y comenzó el primero, y por tanto el más glorioso, de 
todos sus viajes. Lo que pedía, lo que necesitaba, lo que por 
todo extremo le urgía y le apremiaba en aquellos primeros 
meses de su apartamiento del reino lusitano, era encontrar 
otro monarca no tan felón para él como su aparente ampa- 
rador y traicionero enemigo el Rey engañador, cuyos embus- 



- 174 - 

tes y perfidias le arrojaron de ciudad por él tan preferida como 
la mercantil y náutica Lisboa. Un Estado rico, un monarca 
poderoso, un potentado con resolución y con oro: he aquí 
lo por él buscado en una especie de magnética hipnotización, 
pues tocaba en el seno de su fantasía la tierra prometida como 
de bulto y de relieve, sin poder abordarla por carencia de algu- 
nas entre tantas y tantas naves como dejaban podrir en sus 
puertos los poderosos del mundo. La Señoría de Genova, el 
Consejo de Venecia, los reyes principales del Occidente de 
nuestra Europa, frustrada la empresa en Portugal, pasábanle de 
día por los ojos abiertos y de noche por los insomnios perdura- 
bles. En cuanto se veía contrariado, empleaba una frase de las 
calificadas en el vulgar lenguaje nuestro con el nombre de mu- 
letilla: «Entregaré, decía casi por máquina, mi descubrimiento 
al Rey de Francia.» Y bajo la presión de tales ideas, en el mismo 
año de su arribo aquí, envió el hermano suyo Bartolomé Colón 
al Rey de Inglaterra en demanda y requerimiento de auxilio 
para su obra. Bartolomé, como Cristóbal, pertenecía por su vas^ 
tísimo saber á los cosmógrafos, y por su mucha industria y 
por su arte consumado, á los pilotos mejores de aquel siglo, par- 
ticipando así de la ciencia, pero no de la prestancia material y 
de la inspiración espiritual que distinguían y elevaban á su her- 
mano, superado sólo en cualidades segundas, como la simula- 
ción en los negocios públicos á veces indispensable, como la 
sagacidad profunda y como la fina constante astucia. Pero el sa- 
crificio y el martirio han de acompañar por necesidad, dadas la 
contingencia y limitación nuestras, á todos los esfuerzos reden 
tores; y Bartolomé cayó en manos de corsarios , andando larguí- 
simo tiempo de forzado remero por aguas y 'costas varias, sin 
logro de prosperidad ninguna y con mucho sufrimiento. Mas, 
al comenzar del 88, tres años después del arribo á España de su 
hermano, llegó Bartolomé á Londres y trazó con figuras más 
ó menos fantásticas, en coloreado mapamundi, las tierras adi- 
vinadas y prometidas, valiéndose para explicarlas de maca- 



- 175 - 

carrónicos versos, compuestos en lengua latina, como á guisa 
de un compendio donde se invocaban , en corroboración de lo 
allí contenido, autoridades como la del rey Tolomeo, del geó- 
grafo Estrabón, del naturalista Plinio, del sabio San Isidoro, to- 
dos contestes, aunque por modos muy diversos, en profecías 
idénticas á las tantas veces anunciadas por los desoídos y menos- 
preciados Colones. Enrique recibía frecuentemente á Bartolomé, 
y se holgaba con escucharlo atento, pero cuidando mucho de no 
desesperarlo; aunque si bien se proponía mantener sus esperan- 
zas, no se proponía cumplirlas. Obstaban toda resolución dos 
circunstancias concurrentes en el Monarca, una externa y otra 
interna, siendo, á saber, la externa, el mucho cuidado que le 
daba la necesidad imprescindible de impedir la resurrección de 
los antiguos combates entre la casa de York y la casa de Lan- 
cáster, mientras la interna, su voraz codicia. Así venía por la 
real dialéctica de los hechos demostrándose cómo no lograban 
jamás ni el talento, ni la constancia, ni la penetración, alcanzar 
por sus medios subalternos y segundos lo reservado á la fuerza 
y al poderío del genio. En mal hora llegaba el buen Bartolomé 
á la corte de Inglaterra y en peor hora el gran Cristóbal á la 
corte de nuestra España. Los Reyes Católicos habíanse ha- 
llado desde su ascensión al trono hasta el año 88 entre el mar- 
tillo y el yunque. Antes no los dejó vivir el Rey de Portugal, 
D. Alfonso V, con sus guerras casi civiles por la consecución 
del trono de su sobrina la Beltraneja, y no los dejó vivir el Rey 
de Francia, Luis XI, manteniendo á la continua con ellos una 
guerra extraña y obligándolos á defenderse contra pertinaces 
asechanzas en todos sus dominios; y luego á estas porfías y 
guerras con los vecinos de Oriente y Occidente uníanse los úl- 
timos coleteos del monstruo feudal, suelto desde la exaltación 
de los Trastamaras al trono, y reanimado á los golpes mismos 
que le asestaba el poder monárquico, rehecho por los nuevos 
monarcas, á la cabeza. En Galicia, el feudalismo agrícola y 
terrateniente se Iqs resistía y sublevaba con la persona del 



— 176 — 

Conde de Lemus, mientras en el territorio andaluz un feuda- 
lismo guerrero, por tantos y tan valerosos nobles representado, 
se les anteponía en el camino de Granada, y les contradecía su 
autoridad propia, y les disputaba su propio ministerio con algo 
peor que la hostilidad para unos reyes deseosos de recabar 
todos sus fueros, con la gloria. 

No bien establecido el poder real á la llegada con sus preten- 
siones y con sus proyectos del insigne piloto; ni bien domada la 
nobleza, que había corrido á su grado el territorio de Castilla en 
una tromba de asaltos y en un ciclón de guerras; ni bien aquieta- 
dos los inquietos vecinos en armas, que parecían oponer un ase- 
dio continuo á las dos coronas reunidas en tan excelso matrimo- 
nio; ni bien asentadas las diferencias éntrelas fuerzas monárquicas 
y las fuerzas feudales congregadas en los campos andaluces contra 
los últimos nazaritas; Colón debía encontrar á su proyecto inven- 
cibles obstáculos, así en estas inquietudes como en la irremediable 
absorción de todas las actividades y de todas las ideas por la gra- 
nadina guerra y en los gastos enormes consiguientes á tan colosal 
empresa. Luego, dada la indeterminación todavía subsistente del 
principio monárquico en su lucha con el principio feudal, así 
como no hacía más que comenzar el ejército regular, no estaba, 
ni comenzada, ni siquiera concebida, la regularidad en los tribu- 
tos, siendo cosa imposible preverlos y menos apercibirlos á 
ningún grande objeto y á ninguna lejana empresa. Para que 
nada faltase á la dificultad enorme del debido logro en tan au- 
daz propósito y en tan complicado proyecto, no existía una ca- 
pital fija. Los Reyes iban á Santiago, Sevilla, Segovia, Córdoba, 
Medina, Barcelona, Toledo, Madrigal, Pinto, Madrid, según que 
lo pedían sus deberes; más no se fijaban en parte ninguna. De 
aquí la imposibiUdad completa en que debía Colón encontrarse 
de acercárseles y manifestarles todo su proyecto, y menos de 
recabar ninguna promesa, por vaga y por incierta que fuera. En 
el mismo año de la llegada del descubridor habían los Reyes fun- 
dado, para la consecución de la deseada unidad monárquica, 



— 177 — 

tribunal como la Inquisición, al fin de recabar la unidad católica, 
no sin haber topado con resistencias tales que llegaron á en- 
sangrentar iglesias como la Seo de Zaragoza, donde la plebe 
inmoló á un inquisidor en el sitio mismo consagrado luego á 
prestarle culto de mártir. Y así como en tal año establecieron 
la Inquisición los Reyes Católicos en requerimiento de la unidad 
católica, juraron extirpar del suelo patrio el retoño último de 
la dominación musulmana. ¡Triste coincidencia! ¿"Como en el em- 
peño soberano de fundar sobre tantas razas la unidad religiosa, 
y sobre tantos feudos la unidad monárquica, y contra los mo- 
ros, tan valerosos todavía, la unidad nacional, pudiera prevale- 
cer un pensamiento cual este pensamiento de Colón, brillando, 
estrella única, entre aquellas ráfagas y aquellos relampagueos 
de verdadera tempestad.?* Así pueden explicarse los tristes y 
obscuros días y aun años subsiguientes á la llegada entre los 
españoles; así que pareciese con su aire triste una especie de 
aparecido; así que las facciones de su rostro delatasen á su 
alma como un alma en pena del otro mundo; así que al verlo 
absorto en una idea, flojo y desceñido con el descuido impuesto 
por la desesperación, errante por las encrucijadas de las calles y 
por los claustros de las catedrales, yéndose unos días á Córdoba 
y otros á Sevilla en requerimiento de tal gentilhombre ó de 
cual poderoso eclesiástico, siempre fuera de sí, las gentes le 
designaran á una con el dedo y lo creyeran loco. Su mirada 
parecería, según lo fijo de aquella su absorción en sí, hacia den- 
tro volverse; su frente se asombraría con las nubes prendidas 
de sus hondas arrugas y evaporadas de sus hondísimos desen- 
gaños; temblarían á los golpes eléctricos de las emociones más 
trágicas aquellos nervios que debían sonar más tarde como 
un arpa en las creaciones de Dios; sonrisas extrañas pasarían 
por sus labios agitados y palabras incoherentes exhalaría su 
pecho herido; una fiebre, la fiebre más letal, aquella de la inspi- 
ración proviniente y por los profetas comparada con carbones 
encendidos, haría hervir á su sangre y achicharrarse á sus fibras, 

13 



- 178 - 

mientras la inquietud perdurable, los desasosiegos connaturales 
al combate diario, las hieles derramadas en todo el cuerpo suyo 
por los insomnios, el recelo de morir sin mostrar cuanto había 
de cierto en sus fines y de fundado en sus esperanzas, daríanle 
un aspecto diabólico, al cual alzaríanse alrededor suyo apren- 
siones tantas y tristezas tales, que le huirían como á un apes- 
tado y á un leproso las gentes, creyendo ver la desgracia y la 
maldición en su sombra. 




CAPITULO VIH. 

AMORES DE COLÓN EN CÓRDOBA. 



ENDO á Huelva el infeliz, y á Sevilla, y al Puerto, y 
á Córdoba, crecería su desasosiego con lo nómada 
y errático de su vida, como con el aumento de los 
años y de los desengaños, aumentaríase lo intenso de su deses- 
peración hasta constituir semejante afecto, capitalísimo en él, 
una segunda naturaleza ó complexión. Así, llamaba con dobla- 
dos golpes á todas las puertas conforme iba temiendo que se le 
abriesen las pesadas é inevitables de la eternidad y lo encerraran 
en el perdurable silencio con su desconocido secreto. Bajo tal 
superstición, expedía emisarios, importunaba conocidos y deu- 
dos , iba en pos de cuantos marinos habían bogado un tanto le- 
jos de las costas, requería de los pilotos más expertos noticias y 
de los frailes más reclusos ideas, en una exaltación vecina de la 
demencia y acrecentada por el discurso de sus años , muy de 
prisa corrientes hacia la cercana vejez. Quizás la tristeza lo hu- 
biera consumido, y á la muerte arrastrado con seguridad, de no 
haberlo poseído pronto la pasión de las pasiones: el amor, ese 
amor de la madurez, menos desordenado é intenso por sus apa- 
riencias que los amores de la juventud , pero mucho más pode- 
roso y de mayor influjo sobre las varias virtualidades del alma y 



— i8o — 

sobre los diversos modos del ser. Imposible que Andalucía, el 
suelo predilecto de todos los amores, no llegara tarde ó tem- 
prano á fascinar su espíritu é impelerle hacia el edén cuando ape- 
nas contaba entonces cuarenta y nueve años más ó menos cum- 
plidos, y en la soledad triste de su alma necesitaba otra con que 
comunicarse, y en la inquietud constante de sus nervios algún 
seguro donde allegar indispensable reposo. El amor es lo único 
en que la realidad vence á la imaginación. El amor es lo único en 
que la vida consigue una completa calma. El amor es lo único que 
trae olvido á las penas, calmante á las inquietudes, sosiego á las 
zozobras, ilusiones al desierto de las tristezas humanas, esperan- 
zas al seno de la desesperación. Por eso aquellos más empeñados 
en los oficios que tienen su fin en la guerra, y que por lo mismo 
necesitan de los esfuerzos del odio, aparecen á una por todas las 
edades como los más prontos y los más dispuestos á rendir su 
albedrío al amor. Los griegos, tan profundamente filósofos en el 
simbolismo de sus mitos y en la significación de sus mitologías, 
presentaban á Marte y Venus, la guerra y el amor, como los 
dioses más unidos en las cumbres del Olimpo. Quizás por eso 
el tipo esencialmente guerrero, el tipo feudal, lleva, como su 
lanza en la cuja, como su coraza en el pecho, como su casco en 
la cabeza, como su espada en el cinto, su mujer en el alma. Y 
lo que pasa con los guerreros, pasa también con los navegantes. 
El poema de las navegaciones antiguas ha puesto en cada pal- 
pitación de las ondas una sirena bellísima; en cada escollo de 
los arrecifes una Circe amorosa; en cada recodo de las playas 
amigas una Leucothea hospitalaria; en cada regreso al hogar 
una Penélope fiel y amante destinada por el cielo á curar los 
dolores inñigidos á los nautas por el azote de las tempestades y 
de las tormentas. Vagando el marino á la continua por calles 
como las calles de Córdoba, y viendo tras las rejas y las celo- 
sías ojos de mujer como los ojos andaluces, cuyas miradas le 
penetrarían seguramente hasta lo más recóndito del alma, ¿qué 
mucho si lo sojuzgó por completo el amor.f* Lo cierto es que la 



— ISI — 



casualidad ejerce grandísimo influjo en una vida errante, como 
las recomendaciones y cartas escritas desde uno á otro punto 
por sendas familias, no poco hacen; y así Colón trabó amis- 
tad con los Enríquez y Aranas, todos de bien antigua prosapia 
y de bien escasa fortuna. Y en la casa intimado ya, prendóse 
de una joven, á quien debemos imaginar tan inteligente como 
hermosa; y prendado de esta joven, los lazos de flores por ella 
tendidos á su cuello y los bálsamos por ella puestos en su hefida, 
debieron en Córdoba retenerlo y para nuestra patria guardarlo 
contra tantos arrebatos de su natural desesperación como le 
arrojaban de nuestra patria y le impelían en pos de otros Esta- 
dos y Gobiernos capaces de prosperar sus planes. Lo cierto es 
que desde la fecha del 85 año de aquella centuria, en que llegó á 
España, hasta la fecha del 92, en que á su primer gran viaje se 
partiera. Colón estuvo en Sevilla, y en Cádiz, y en Huelva, y en 
Lisboa; pero permaneció más tiempo que en parte ninguna, en 
Córdoba. Bajo aquel cielo de luz; á la sombra de su hermosí- 
sima sierra, donde se juntan los alminares con los campanarios 
y las blancas azucenas con los verdinegros cipreses; entre los 
patios aromados de azahar y los miradores embutidos de azule- 
jos; oyendo el eco de la guzla sarracena, todavía no extinto, y 
aspirando el amor diluido en los suspiros, que parecen los espí- 
ritus de las sultanas; el inmortal piloto amó; y este amor, enar- 
decido por la intensidad increíble de la pasión amorosa en las 
mujeres andaluzas, no solamente lo retuvo en la tierra tantas ve- 
ces maldecida por sus desengaños dolorosos , y le conservó una 
vida tantas veces odiada en los desastres de sus empeños y en 
el desvanecimiento de sus esperanzas, sino que lo encadenó 
al hispano suelo, y entre nosotros le retuvo, para que fuese 
uno de los mayores nombres en los anales de nuestras glorias. 
La escuela ultramontana europea, en su empeño de hacer lo 
natural sobrenatural y lo humano divino , ya lo recordamos, 
propúsose acreditar de revelación milagrosa el descubrimiento 
colombino y poner á su autor en la corte celestial. Mas los 



— 182 — 



amores de Cristóbal Colón y Beatriz Enríquez Arana la moles- 
taban en este objeto, por aparecérsele como amores no santifi- 
cados por el sacramento eclesiástico, ni legitimados por las leyes 
civiles. Esta contrariedad hace del santo infalible, impecable, 
iluminado por las celestiales revelaciones, puesto sobre la hu- 
manidad en apologías y panegíricos sin fin, un hombre, como 
los demás, exaltado á las alturas de una gloria inextinguible 
por la claridad de su inteligencia y por la fuerza de su voluntad, 
Pero esta convicción, bebida en todas las historias y en todos 
los papeles del tiempo , no conviene á los ultramontanos , nece- 
sitados de levantar el hallazgo de Colón á las alturas de una ver- 
dadera maravilla milagrosa. Y no sabiendo cómo componérse- 
las para salir del apuro , han casado á los amantes en muerte, 
ya que no quisieron ó no pudieron ellos en vida casarse. Y los 
han hecho esposo y esposa legítimos. Las costumbres del Rena- 
cimiento autorizaban mucho en aquellos siglos, tan ensalzados 
por nuestra reacción, esta especie de matrimonios naturales, 
como los deseados por los partidarios modernos del amor libre. 
Clases y tribus no reconocidas en la severa contextura moral 
de nuestros Códigos reconocíanse con suma frecuencia en aque- 
llas leyes. No hay sino registrar los cuadernos de nuestras Cor- 
tes y los artículos de nuestros Códigos para tropezar á cada paso 
con las mancebas, por ejemplo, y barraganas de los curas. Junto 
á las dinastías de los hijos, engendrados en legítimo enlace, 
veíanse las dinastías de los bastardos. La corona de Portugal se 
forjó para una rama de esta clase. Los dos reyes, á la sazón rei- 
nantes en España, D.* Isabel por su padre Juan II de Castilla, y 
el marido por su padre Juan II de Aragón, provenían de los 
Trastamaras, habidos en D.* Leonor de Guzmán por D. Alfonso 
el Onceno, de ganancia, como se decía entonces al fruto de la 
generación ilegítima. Fernando el Católico llevaba en el sitio 
de Granada junto á sí el buen D. Juan de Aragón, su hermano, 
proviniente del amor de su padre á una hermosa judía. Casas 
ilustres de toda ilustración y nobles de toda nobleza provenían 



- i83 - 

del amancebamiento de arzobispos muy venerados con barra- 
ganas muy obscuras. El pontífice Alejandro VI promovía toda 
suerte de dificultades á los gobiernos laicos , en el empeño de 
buscar alianzas poderosas á los hijos suyos sacrilegos, de cuya 
madre se hablaba en Roma como pudiese hablarse de cualquier 
princesa ó reina ungida por el cielo mismo y consagrada santí- 
sima esposa por un católico matrimonio. Las familias más pode- 
rosas de Italia, familias con corona y reino, como los Estes, 
bebían los vientos por alianzas matrimoniales con Lucrecia Bor- 
gia. Cuando mató á su hermano Rodrigo, Duque de Gandía, por 
envidia que le tuviera y por alzarse desde los principados ecle- 
siásticos á los principados civiles, César Borgia, señoras tan castas 
como nuestra reina Isabel escribían al Papa el pésame por la 
muerte de su hijo, como si trataran de lo más vulgar y ordinario 
y admitido y usual. Así eran las costumbres en tal edad. Beatriz 
y Colón vivieron amistados ilegítimamente. Y en tal amistad ile- 
gítima tuvieron un hijo, á quien llamaron Fernando, venido al 
mundo cuatro años después de la llegada del padre á España. Y 
un hermano de Beatriz acompañaba de continuo á Colón. Y do- 
blas de Beatriz y de su familia sirvieron para mantener los gastos 
necesarios á la preparación del plan extraordinario. Y sobre las 
carnicerías de Córdoba compró censos el piloto , así que mejoró 
en fortuna, de cuyos rendimientos debía mantenerse la man- 
ceba. Y hasta en los acuerdos testamentarios de la segunda 
generación se tropieza con arreglos de cuentas atrasadas en 
los tratos entre las dos familias , y del pago de maravedís por 
estas misteriosas causas debidos, pero no satisfechos. Y 
amigos de Colón , como el P. Las Casas , tan ortodoxos y tan 
severos, hablan del bastardo Fernando por medio de reticen- 
cias y de insinuaciones que no dejan espacio ninguno á vacila- 
ciones y dudas en la calificación de los amores entre Colón y 
Beatriz habidos. Así, acredita el concepto de que la pasión de 
las pasiones en Colón fuera ésta, el silencio guardado y el 
apartamiento tenacísimo por algunos meses , en el trascurso de 



— 184 — 

los cuales no se ocupa en su magna obra y no recuerda su divino 
ministerio. Mientras, durante la estancia en Portugal, departe 
con los maestros de Segres, visita los archipiélagos vecinos á 
Lisboa, consulta con los pilotos consumados, corre Guinea é 
Islandia en las zonas glaciales y en las zonas ardientes, habla 
con los reyes , importuna los ministros á diario, se escribe con 
Toscanelli, se arriesga de continuo á todo, en cerca de dos años 
no da señal de vida entre nosotros, cual si le faltase tiempo de 
saborear una dicha tan grande como la encontrada en Córdoba, 
y se perdiese en esta florescencia tardía del otoño de su vida, 
cual un mozo enamoradísimo inexperto en el goce de unos pri- 
meros amores, que de todo enajenan el alma, concentrada so- 
bre los deliquios de una bienaventuranza sin medida y sin tér- 
mino. Después, cuando las satisfacciones de aquel amor trajeron 
un hijo, y el afecto paterno y materno al hijo trajeron la cura y 
vigilia de su destino y suerte, joven aún el corazón, avivada la 
fantasía por los rayos de unos ojos amantes y amados, encen- 
dida la sangre por los suspiros de la pasión, exaltada la fe por 
las creencias compartidas con la mujer amada, el deseo de lu- 
cro y de gloria , y hasta de penitencia , nuevamente aguijonea- 
ron al profeta y lo impelieron á granjear aquellos mares y aque- 
llos cielos que ofrecer al Dios de sus padres y al hijo de sus 
entrañas, en la mezcla de creencias piadosas y gustos pecami- 
nosos que caracterizaron á los héroes del Renacimiento , y que 
constituían algo del carácter de aquellas generaciones. 




CAPITULO IX. 



COLÓN ANTE LOS NOBLES ANDALUCES. 



os italianos del Renacimiento, por su reconocida su- 
perioridad intelectual sobre los Estados centrales, 
aparecían, doquier se presentaban, como aparecen 
los griegos en todo el Oriente, como guías y maestros de los 
mismos á quienes, por subditos ó esclavos, estaban sometidos y 
sujetos. Así ejercían influencia en Lisboa , en Sevilla , en donde 
quiera que un centro de ideas ó un centro de contrataciones 
fijaba la general actividad. Y no hay duda en lo arriba expuesto: 
ellos, y sólo ellos , facilitaron las relaciones del piloto con los 
grandes señores á quienes todos consideraban verdaderos sobe- 
ranos andaluces. Hacía bien el piloto acercándose al Guzmán 
que reinaba en aquella sazón sobre los dominios comprendidos 
bajo el común denominador del título de Medinasidonia. En el 
vocabulario de un hombre tan fuerte no debía constar la palabra 
imposible. Su voluntad rebosaba de todo límite. Allí donde po- 
nía el deseo, ponía la mano. Coronas sin número estaban amon- 
tonadas á sus pies férrreos, más que sobre su cabeza, coronada 
ya de sobra por el casco feudal. Pechos múltiples, tributo de 
siervos innumerables, henchían sus arcas, las cuales contaban 
además con el suplemento casi diario de los despojos conseguí- 



— i86 — 

dos sobre la rica morisma en correrías de combates sin término 
y depredaciones sin número. Un ejército terrestre campaba en 
torno de sus fortalezas, todas por campamentos rodeadas, y una 
escuadra, siempre á su merced, flotaba sobre las desembocaduras 
de sus ríos y sobre las costas de sus mares señoriales. La ex- 
tensión infinita de dominios, la copiosa cosecha de lucros, el 
campo abierto á sus heroicidades nativas , el mar hasta entonces 
inexplorado ante sus ojos de águila, debían de veras tentarle; 
pero no pudieron moverle á causa del terrible conflicto empe- 
ñado entre las clases aristocráticas y el poder monárquico en 
dos lustros de tanta importancia como aquel que antecedió á la 
presencia de Colón en España y aquel que con la presencia de 
Colón en España coincidiera. Muchos historiadores en boga in- 
vestigan las menores minucias de causas pequeñas y segundas, 
apenas merecedoras de mención histórica, y menosprecian las 
causas universales y primeras que lo producen todo y lo mueven 
y lo determinan. El Duque de Medinasidonia hubiese patroci- 
nado el plan de Colón, quizás con mayores medios que Portu- 
gal, que Genova, que Venecia, que Francia é Inglaterra mis- 
mas, donde no tenían, por el fraccionamiento propio de la Edad 
Media, todas las fuerzas y todas las riquezas necesarias los Esta- 
dos, como las tenía un magnate del fuste y del poder de los mag- 
nates andaluces, metidos por su cuenta y riesgo en una recon- 
quista como la del reino granadino y en una guerra perpetua con 
sus émulos, aunque parientes y afines; pero la pretensión, anti- 
gua en los Reyes, decididos á desarzonar sus nobles y someterlos, 
de mandar y dirigir ellos todas las grandes obras iniciadas dentro 
de sus dominios, coartaban la voluntad y el poder aristocrático 
en cosa tan grave y trascendental como las exploraciones de 
nuevos mares y los descubrimientos de nuevos mundos. El his- 
toriador de la casa de Niebla dice que, por motivo y razón de 
un mandato real, prohibiendo al Duque la residencia en Sevilla, 
para impedir sus continuos combates con el Marqués de Cádiz, 
que hasta las calles de la gran capital ensangrentaban, fué im- 



- i87 - 

posible toda inteligencia entre los poderosísimos Príncipes y 
Cristóbal Colón. Pero la expulsión de Sevilla era un incidente, 
y sólo un incidente menor en el épico encuentro, último casi, 
del patriciado feudal con la fuerza y autoridad monárquicas. 
Cuando el poder monárquico estaba flojo y desmayado, ya por 
culpa de quien lo ejercía, como en los tiempos últimos del cuarto 
Enrique, ya por circunstancias adversas, como en los primeros 
tiempos de Fernando é Isabel, constituíanse monarquías parcia- 
les frente á la monarquía central, como la que constituyó D.Pedro 
Girón, por ejemplo, quien mandaba ejércitos y expedía embaja- 
dores. De aquí, de tanta debilidad en el centro y de tanta fuerza 
en la circunferencia, continuas guerras. Pues bien: un monarca se- 
mejante á D. Pedro Girón era el duque de Medinasidonia. Cuando 
su rival, el Marqués de Cádiz, en Alhama sucumbía, sublime 
rasgo de generosidad mostrado por el Duque de Medinasidonia, 
reveló á los Reyes cómo los podría obscurecer aquella omnipo- 
tente aristocracia de Andalucía, si llegaban los magnates á en- 
tenderse y unirse. Conquistador Cádiz de Alhama, veía sobre sí 
todas las fuerzas del rey Hassem y estaba irremisiblemente per- 
dido si en su auxilio no iba cualquier potentado andaluz. En 
todos hubiera pensado el Marqués entre los apuros del asedio 
moro; en todos, menos en su enemigo hereditario el Duque de 
Medinasidonia. Pero lo que jamás hubiera pensado el entendi- 
miento de tal héroe, lo hizo el corazón de su mujer. Juzgando 
al rival por sí misma, por sus propios impulsos nobilísimos, por 
su nativa caridad inagotable, por su abnegación y su grandeza 
morales, creyó que no podía negarse al ruego de una esposa y 
de una cristiana, poseída por supremas angustias, y envió un 
emisario á la fortaleza de Arcos, donde Medinasidonia residía, en 
busca del deseado socorro, invocando la cruz que todos adora- 
ban y la tierra en que todos vivían. No la engañó su confianza. 
El Duque recibió al embajador de la Marquesa como á un 
amigo, y resolvió, después de oída la embajada, correr al reme- 
dio de tanto mal, y salvar al caballero andaluz con abnegación 



18» — 



de su propia persona y sacrificio del desquite á sus agravios. 
Seguidamente mandó urgentísimas órdenes á los adelantados 
de sus fronteras, á los alcaides de sus villas, á los jefes de sus 
tropas, á los monteros de sus cazas, á los jinetes de todos sus 
dominios, y aun á los voluntarios de los contornos que quisiesen 
ganar en la tierra prez y en el cielo dicha, llamándoles á una 
cruzada en que, asistidos de armas y municiones, ganarían mu- 
chos despojos y muchas indulgencias , porque los necesitaban 
religión, patria, honor, en socorro de aquellos cuyo ardor man- 
tenía la cruz de Cristo sobre los altos de la combatida y triste 
Alhama. 

Pocas veces había visto Andalucía ejército semejante. Bien es 
verdad que por el Duque debieron escribirse las romancescas 
frases, repetidas en todos los libros caballerescos, de que su 
descanso era pelear. Su cama, cubierta de rica holanda, pocas 
veces recibía en los blandos colchones aquel su cuerpo metido 
dentro del hierro de su armadura, la cual parecía tan sobre- 
puesta como su misma carne á sus huesos, según lo á ellos ad- 
herida y lo inseparable de su persona. Engendrado en la guerra, 
nacido para la guerra, puesto desde su infancia en condiciones 
de que fuesen los combates á su vida tan propios y necesarios 
como la respiración, peleaba en todas partes y en todo momen- 
to, ya en correrías contra los moros fronterizos, ya en batidas á 
las fieras de sus propios montes, según demandaba de los gran- 
des aquella centuria, en la cual trababan su combate postrero 
el feudalismo y la realeza. El socorro de Alhama consiguió tal 
importancia, el ejército contó número tanto, la reunión de ca- 
balleros andaluces fué tan grande, que los Reyes Católicos, á 
la sazón asentados por negocios públicos en Medina del Cam- 
po , comprendieron cómo necesitaban personarse allí en aquel 
sitio y tomar la dirección de aquellas huestes, si no querían que 
la nobleza levantisca de tal tierra eclipsase la luz y disminuyera 
el poder de su naciente Monarquía, Veíase la reina Isabel impo- 
sibilitada en aquel momento de asistir á tales peligrosas empresas 



— i89 — 

por su avanzadísimo estado de preñez y el Rey se fué á uña de 
caballo. Cuando se acercaba el ejército de Medinasidonia en 
esta sazón al cerco mantenido por Hassem en persona, y se acer- 
caba Fernando á este poderoso ejercito, el rey moro tuvo que 
abandonar su puesto y retirarse á su Alhambra. Las crónicas 
árabes lo describen á los pocos días del regreso á Granada pa- 
sando á sus tropas una revista para volver al cerco de su Alha- 
ma. Pasó , efectivamente , caballero en su trotón de guerra , el 
cual parecía enorgullecido con sus áureos arreos sembrados de 
pedrería, y con sus gualdrapas de púrpura y tisú, que relum- 
braban como las reverberaciones del sol al tocar en su ocaso 
tras los montes de Loja en tarde serena de granadino estío. Los 
anchos estribos, sobre los cuales descansaban sus regios pies, 
valían dos coronas de las perdidas por las gentes fieles al Islam 
en las tierras del Andaluz. Túnica de no menor precio, jaique 
bordado por las huríes en el harén, botas curtidas en el reino 
de Fez y realzadas con sedas de mil colores, alfanje de Damasco, 
en cuyo mango los esmaltes más lucientes con sus matices va- 
rios, y en líneas intrincadísimas, se mezclaban con rica pedrería; 
turbante blanco, propio délos califas, y, sobre aquel turbante, 
áureo casco , propio de los reyes , uno y otro con leyendas del 
Koran y preseas y amuletos para conjurar el mal y traer el bien, 
adornaban de tal suerte á su persona, que parecía un ser sobre- 
natural, salido de lejano santuario y revelado á los mortales con 
tanta riqueza para que se avasallasen y se rindiesen á su inteli- 
gencia divina y á su voluntad omnipotente. Mas la desgracia, 
como un cuervo siniestro, aleteaba sobre su frente, porque Me- 
dinasidonia recogió un ejército feudal contra su Alhama, y á la 
cabeza de tal ejército se puso el rey Fernando, en demostración 
de la supremacía que se arrogaba el poder monárquico sobre 
su antes rebelde y desvariada nobleza. Pues bien; si esto pasaba 
por 1482, cuando el principio monárquico estaba todavía conva- 
leciente de los asedios puestos á su trono en los principios del 
reinado de los Reyes Católicos, imaginaos lo que sucedería cinco 



— 190 — 

años más tarde, poco más ó menos, cuando Colón presentaba 
un mundo á Medinasidonia. Los Reyes se hubieran opuesto con 
todo su poder y la voluntad firmísima del Duque se hubiera 
estrellado contra tal fuerza incontrastable. 

Mayores ventajas ofrecía indudablemente á Colón su trato 
con el Duque de Medinaceli, no tan tachado, por cierto, de gue- 
rrero y conquistador feudal como el atrevido Medinasidonia, y 
más propenso, por una especie de atavismo antiguo y de propia 
peculiar índole, á las expediciones marítimas. El Duque habi- 
taba recinto tal como el Puerto de Santa María, desde cuyos 
muelles y ensenadas habían zarpado muchas y muy varias ex- 
pediciones, lo mismo á explorar en la tierra firme africana, que 
á descubrir y tomar posesión del archipiélago canario, com- 
puesto por las constelaciones de preciosas islas, calificadas en 
todos los idiomas con el congruente apellido de Afortunadas. 
Por el antiguo enlace de los Medinacelis con los Coroneles do- 
minaba la familia ducal en todo el territorio extendido entre la 
desembocadura del Guadalquivir y la desembocadura del Gua- 
dalete , ó sea la hermosísima lengua de tierra dilatada frente á 
frente de Cádiz en su maravillosa bahía. Pocos espacios tan á 
propósito para hospedar á un explorador cual Colón y ofrecerle 
incentivos á las avizoras miradas y objeto á las profundas me- 
ditaciones. El viejo continente allí terminaba en sacratísimos 
cabos y las columnas del semidiós Hércules allí se veían en idea 
colocadas por la tradición universal. En aquellas azules aguas, 
ó entre los canales abiertos en áureas arenas y blancas salinas; 
al desagüe de tantas vías fluviales como por allí terminan; sobre 
las juncosas marismas, pobladas de gaviotas y ceñidas de cara- 
coles; á la vista de mil velas blancas destacándose airosas en el 
celaje luminoso; á las reverberaciones del sol en las cresterías 
de montañas altísimas y celestes; entre los jardines, aromados 
por el azahar, y las ensenadas llenas de barcas, ofreciendo jun- 
tos el cenacho de la pesca con el cubo de la vendimia ; tendida 
la entena junto al arado, y en la cepa el alga prendida y rozando 



— 191 — 

en la mar los aromosos limoneros; el Puerto de Santa María 
presentaba con todas estas ventajas un asilo muy propio para 
que pudiese Colón holgarse con sus ensueños y apercibirse á 
realizarlos. La familia, con quien se las había entonces, contaba 
como familia real, no obstante haber prescrito en la dinastía de 
los segundones, hijos del rey D. Sancho, agravada por usurpa- 
ción de los Trastamaras, el derecho al trono, á causa de la con- 
tinua no interrumpida posesión, y del consentimiento, ya ex- 
preso, ya tácito, de los pueblos. Los Lacerdas, primogénitos 
del Rey Sabio, eran los reyes de derecho en España, como na- 
cidos al fijarse los principios y los antecedentes de la primoge- 
nitura y sus privilegios hereditarios en el inmortal Código de las 
Partidas. Pero este derecho hereditario, como todos los princi- 
pios políticos , pasó por una verdadera indeterminación en sus 
comienzos. Mientras las Partidas, el Código donde inscribiera 
D. Alonso X el derecho teórico, vinculaba la sucesión al trono en 
los hijos mayores del primogénito muerto, lo vinculaba el Fuero 
Real, el Código donde inscribiera D. Alonso el derecho consue- 
tudinario, en los hermanos mayores del primogénito muerto; y 
de aquí, al morir un infante como La Cerda, primer hijo de don 
Alonso X, el porfiado litigio, mejor dicho, el combate cruento 
entre sus herederos naturales y el rey D. Sancho, hermano del 
difunto heredero á la corona. 

Desde que medió el reinado de D. Alonso el Sabio hasta que 
concluyó el reinado de D. Fernando IV duró tal querella entre 
los reyes de las dos Castillas y los infantes de La Cerda. Prote- 
gían á estos desheredados, monarcas como Pedro III de Aragón, 
por nietos los Lacerdas de su hermana D.^ Violante, y reyes como 
Felipe el Atrevido de Francia , por hijos de su hermana doña 
Blanca, hija de San Luis. Pero, con tales protectores y con ha- 
berse arrepentido el mismo D. Alonso de observar el Fuero Real 
y preferir su hijo D. Sancho, nunca pudieron reinar los Lacer- 
das. Habitadores de Játiva, donde los reyes aragoneses les ha- 
bían procurado una pequeña corte, veían transcurrir años y años, 



, — 192 — 

destruyendo sus esfuerzos y llevándose sus esperanzas. Así 
renunciaron á todas sus pretensiones y ofrecieron á los usurpa- 
dores homenaje á la terminación del reinado de D. Fernando el 
Emplazado. Á D. Alfonso de La Cerda, el heredero legítimo de 
la corona castellana, se le cedieron varios pueblos, de cuyos pe- 
chos viviese; y al hermano suyo, D. Fernando, la renta de los 
príncipes al trono cercanos , de los infantes de Castilla. Por tal 
razón, hubo al lado de la dinastía de Borgoña, proviniente de 
Alonso VII en el siglo duodécimo, é injerta de bastarda sangre 
por D. Enrique de Trastamara en el siglo decimocuarto, la dinas- 
tía más legítima, según el derecho monárquico, y más pura por 
su sangre , pero sin corona , la dinastía de los Medinacelis. Mas, 
como todos aquellos nacidos en palacios á la continua suspiran 
por el trono, suspiraban los Lacerdas, y habiéndose frustrado el 
cismarino aquende, instalábanse á orillas del mar en requeri- 
miento de otro allende, por lejos que fuera, de otro ultramarino. 
Así, el príncipe Luis La Cerda, que vivía en comienzos del siglo 
decimocuarto, requirió las Canarias, escala misteriosamente adi- 
vinada en el camino á mayores empresas. El Papa Clemente VI 
lo declaró soberano en ellas y lo revistió con el título de Prín- 
cipe de la Fortuna. Pero si no fué allá, y si la gloria de haberlas 
engarzado en la corona castellana quedó para Juan de Betan- 
courth, un germen atavista de propensión á las exploraciones 
marítimas quedó en el Duque, representante á la sazón de aque- 
lla regia casa. Y como quedó este germen atavista, recibió á Co- 
lón cual un mensajero del cielo, y lo alojó, en la seguridad com- 
pleta de que le daría un reino, pues no había podido extinguir 
en los Lacerdas el curso de los siglos la constante aspiración á 
reinar. Medinaceli tenía en su castillo todos cuantos factores 
de ciencia se conocían entonces, y al pie de sus escaleras, pe- 
netrando en el mar y á la sombra de^us reales blasones, aque- 
llas carabelas que pedía Colón para poner alas materiales á su 
deseo, avivado por una visión espiritual. El Duque se las había 
prometido y él con impaciencia las demandaba. Nada le parecía 



— 193 — 

más fácil al magnate. Y sin embargo , la fase que atravesaba la 
sociedad española entonces , aquella evolución hacia el estable- 
cimiento de la unidad monárquica sobre la variedad feudal, im- 
pedía realizar los ensueños ambiciosos de Luis La Cerda y los 
ensueños científicos de Cristóbal Colón. Si D. Fernando el Cató- 
lico no había tolerado que Medinasidonia se acercase solo á los 
muros de Alhama en trance tan amargo para los cristianos como 
el cerco puesto á la ciudad por Hassem, ¿ había de consentir el 
aparejamiento de carabelas, el empleo de marinos, la invención 
de tierras, el establecimiento de dominios eminentísimos fuera 
de la sombra del trono y sin dirección alguna dada por el cetro.!* 
Á pesar de que vivieron Colón y Medinaceli algún tiempo juntos 
bajo el mismo techo, y estudiaron mar y cielo con los mismos 
astrolabios , y se reunieron en igual pensamiento , y prepararon 
la obra con igual empeño, bien pronto comprendieron que 
bajo una monarquía tan imperiosa estábale vedado á todo par- 
ticular, y muy especialmente á todo noble, tan extraordinarias 
empresas. Medinaceli dio al descubridor para gentes allegadas 
á los Reyes cartas de recomendación, y como sus abuelos re- 
nunciaron á la corona efectiva, él renunció á la corona soñada. 
Y aquí empiezan á entender en el asunto los Reyes Católicos. 



13 



CAPITULO X. 

COLÓN ANTE LA CORTE. 




EL Puerto , por las cartas de La Cerda favorecido , y 
mucho, Colón debió dirigirse á Sevilla, y de Sevilla, 
donde no le faltarían sus habituales favorecedores, el 
rico Berardi, amén de los influyentes hermanos Giraldinis, debió 
dirigirse á Córdoba. El tiempo corría bajo ios pies del descubridor, 
llevándose poco á poco la vida, sí, aquella vida con un grande ob- 
jeto, pero sin logros, y en las cerrazones de los horizontes ¡ay! sin 
esperanzas. Los años, acumulándose, le habían encanecido ya la 
cabellera, siquier no le hubiesen mermado las fuerzas, ni las fuer- 
zas físicas, ni las fuerzas intelectuales, ni las fuerzas morales. Por 
tal modo, la certeza de sus cálculos, y la evidencia de sus planes, 
y la exactitud matemática de todo cuanto se prometía le sus- 
tentaban que, doliéndose muchas veces de sus afecciones, de sus 
tristezas, de sus rabias provinientes del despecho engendrado 
por el desengaño, nunca se dolía de achaques ni desperfectos en 
su robusta salud material. El espíritu y las creencias del espíritu 
mantenían los nervios muy acerados, aunque remontadísimos; y 
el vigor de los nervios, combinándose con una buena circulación 
de la sangre y ordenadas segregaciones del hígado, le mantenían 
sano y robusto como á los mareantes, curtidos por la sal batida 



— 196 — 

del viento, amarga y acre, pero adobo fortísimo de la piel y 
jugo vivificador de los poros. No puede saberse cuánto la per- 
suasión de un ministerio divino sostiene al cuerpo abstraído de 
los homicidas goces viciosos como cuánto esta grande abstrac- 
ción de todo lo material mantiene sana la complexión física 
del sabio y del profeta. Cuando Colón se partió para la corte, 
desahuciado por los Duques de Medinasidonia y de Medinaceli, 
atenido ya solamente á lo recabable del poder de los Reyes Ca- 
tólicos, tan embargados por múltiples atenciones, hallábase muy 
afligido por la desesperación; pero muy fuerte y muy robusto 
de salud. En el naufragio donde se ahogaba, nunca jamás per- 
dió la voluntad firme y nunca dejó de columbrar la esperanza 
fija. El primero, á quien se dirigió con propósito de que le 
abriera las cerradas puertas del palacio de los Reyes, fué el 
contador Quintanilla. Hombre de cálculos y de matemáticas 
éste; á la continua embargado por las múltiples ocupaciones 
anejas al difícil oficio suyo; de mucha ciencia económica para 
su tiempo, y de sumo cuidado por el enfermo y achacoso te- 
soro de sus Reyes, vacío siempre; inclinóse á Colón desde los 
primeros instantes, y estas propensiones unieron el profeta de 
todos los idealismos con el procurador de todas las utilidades. 
Quintanilla, en su vivo y grande interés por el piloto, no creyó 
hartas las fuerzas propias al atrevido empeño, y contó con el 
cardenal Mendoza, en quien se reunían la riqueza y la ciencia 
y las artes y la política, vinculadas en aquellos poderosos 
magnates del Renacimiento, pudiendo así ofrecer al descu- 
bridor toda suerte de auxilios. Mendoza, el gran Cardenal, 
como le llamaban por antonomasia en su tiempo, acostumbrado 
á promover de antiguo las altas empresas en Castilla, se prendó 
como el Contador del plan de Colón y lo prosperó cuanto pudo. 
Imposible formarnos idea hoy del poder y la grandeza de todo 
un Arzobispo en aquel tiempo ni de la monarquía constituida 
por la increíble archidiócesis primada de todas las Españas. 
. . Entraos por la catedral de. Toledo y estudiad las joyas y 



— 197 — 

las riquezas del tiempo de Mendoza: os quedaréis atónitos. Los 
brocados con bordaduras y realces tan costosos como artísticos; 
los broches de las capas, muy parecidos á las joyas del Asia; 
las arañas y candelabros del carísimo cristal de roca, donde 
las luces del santuario se quiebran en arcos iris multicolores; las 
custodias, entre góticas y platerescas, de oro macizo puro; las 
reliquias, esmaltadas con toda clase de colores y esculpidas de 
preciosos relieves; perlas á cahíces, brillantes á manera de lluvia 
sobre los mantos, altares colosales de plata, dicen á donde ha- 
bía llegado en aquel siglo la copia de riquezas allegadas por 
estas catedrales, en cuyo seno se concentraba la vida y desde 
cuyas bóvedas se irradiaban, esclareciendo y vivificando las 
almas, los rayos luminosos de la cristiana fe. Príncipes de la 
Iglesia como el cardenal Mendoza, lo mismo inauguraban las 
universidades que asistían al coro, y lo mismo asistían al coro 
que al consejo, y lo mismo al consejo que á la guerra, y lo 
mismo á la guerra que á las fiestas, y lo mismo á las fiestas que 
á todo género de varias y múltiples empresas. Cuando uno dis- 
curre por las calles de Toledo y ve monumentos como el hos- 
pital de Mendoza, cuya erección y fábrica necesitaría hoy toda 
la fuerza y todos los recursos de un Estado poderosísimo, qué- 
dase absorto en la contemplación de tanta maravilla. La cruz 
de sus cuatro naves, donde lanza el arte gótico los resplan- 
dores últimos; el crucero, coronado por su airoso cimborrio y 
esculpido como una joya gigantesca; los patios, en que los albo- 
res del Renacimiento se unen á los esmaltes y alharacas mude- 
jares; el portal plateresco, donde la piedra está como blanda 
cera trabajada, bajo cuyos doseletes y sobre cuyas repisas bri- 
llan las estatuas modernas animadas por el espíritu nuevo; los 
alicatados preciosos de las techumbres y los ricos retablos 
de pinturas maestras sobre los espléndidos altares, dicen bien 
claramente que aquel arzobispado de Toledo era, por su exten- 
sión y por su magnificencia, un verdadero imperio. Así, cuando 
lo regía un hombre de la inteligencia y de la voluntad recono- 



— 198 — 

cidas por todo el mundo en Mendoza , levantábase hasta frisar 
con el trono, rayando casi á su mismo nivel. Las gentes, por 
ende, llamaban á Mendoza el rey tercero de España, cual si es- 
tuviese como una persona de la trinidad en sustancia con doña 
Isabel y D. Fernando bajo el círculo de la corona. Y este prín- 
cipe de la Iglesia, cuando algo quería, queríalo formidablemente. 
Quiso fabricarse la tumba propia en vida, y escogió para ello 
el alto muro de la derecha, en la capilla mayor de su primada 
iglesia. Y como el cabildo no fuera en ello, temeroso de acabar 
con la preciosísima disposición de tal preciado sitio, impuso 
desde la eternidad el sepulcro donde hoy duerme aún el sueño 
de la muerte. Un hombre tal debía, en su firmeza de vo- 
luntad y en su audacia de propósitos , arrestarse hasta el ex- 
tremo de favorecer á Colón y ponerse resueltamente á su 
lado. Por consecuencia, como los Berardis presentaron á Me- 
dinaceli Colón; Medinaceli presentólo por cartas de solícitas 
recomendaciones á Quintanilla; y Quintanilla, por su parte, 
al cardenal Mendoza; y el cardenal Mendoza, por su parte, 
á los Reyes Católicos. En la desidia natural á tales tiempos y á 
tales gentes, nadie sabe con seguridad el día y el año en 
que los Reyes por vez primera con Colón hablaron; mas por 
deducciones sacadas con acuerdo bueno de algunas palabras de 
éste, créese que fuera por Enero del 87. Momento decisivo y 
supremo éste, así en la historia del sublime descubridor, como 
en la historia de los Reyes Católicos. Detengámonos á con- 
templarlo. 

Era en Colón muy fuerte la fibra y muy grande la compos- 
tura; su actitud majestuosísima, sus ademanes contenidos; el 
cuerpo todo muy bien conformado; la estatura mediana y más 
bien alta que chica; nervudos los brazos, como remos curtidos 
por las olas; despiertos los nervios y á todas las emociones 
fáciles, siempre por ende vibrantes; el cuello gordo y los hom- 
bros anchos; carilargo el rostro y aguileña la nariz; el color tan 
encendido, que á rojo carmín tiraba, un poco afeado por las 



— 199 — 

pecas; el mirar tan hondo y los ojos tan claros, que parecían 
profundidades oceánicas; la frente un cielo donde se arremoli- 
naban arreboladas todas las ideas que discurrían por su inteli- 
gencia, y á guisa de nubes, todos los afectos que dominaban 
su corazón; el cabello de oro, y los labios de púrpura; todo el 
conjunto imperioso; con la fuerza de un mareante, unida en ex- 
traño consorcio á la irratibilidad, según ahora se dice, propia de 
un artista. La elocuencia fluía con espontaneidad admirable de 
su boca, siempre inspirada; las ideas resplandecían en su vista, 
siempre luminosa; los más tiernos sentimientos se mezclaban á 
los más varoniles en su pecho, abierto á todos los generosos 
afectos; la religión, profesada y creída con ardoroso entusiasmo, 
ofrecía y prestaba sublime vuelo á su profunda ciencia, ra- 
diante y difusiva de continuo; la estética natural á los nacidos 
en su tierra, se compadecía con el cálculo, y el ideal con la uti- 
lidad, y el costado sublime de todas las cosas con el costado 
mercantil; pues afable sin humillación, comunicativo sin garru- 
lidad, alegre sin ligereza, grave sin pesadez, sobrio sin exagera- 
ción; tan pronto al enojo como al olvido; tan dispuesto á un 
atropello cuando le cegaban las pasiones, como á los arrepenti- 
mientos cuando lo esclarecía la conciencia; perseverantísimo 
hasta la tenacidad, heroico hasta el martirio, calculador y após- 
tol, cruzado y mercader, poeta y matemático, reunía todo el ro- 
mántico carácter de la Edad Media como cualquier caballero 
de los consagrados á guardar el Santo Graal, con todas las apti- 
tudes industriales y mercantiles de aquellos pilotos fenicios, los 
cuales tomaban la navegación por merodeo ; arcángel bíblico de 
los enviados por Dios á sembrar ó esclarecer mundos, y lobo de 
mar propenso, cuando le hurgaban y le contradecían, al combate 
carnicero de los peces; viva contradicción, cuyos términos opues- 
tos aumentaban en mucho su nativa colosal grandeza. Sin esta 
complexión doble nunca hubiera podido concebir su plan y me- 
nos realizarlo. El desorden de su genio profético no empecía en 
su complexión las destrezas y habilidades que parecen reserva- 



^— áoó — 

das á los proyectistas vulgares. Así la historia de su hijo D. Fer- 
nando nos dice cómo no solamente dibujaba Colón á maravilla; 
tenía letra tal, que pudo ganarse la vida escribiendo y copiando. 
En sus confidencias aseguraba que todo buen cosmógrafo había 
de ser buen pintor, y lo era él en mapas y globos y cartas, donde 
campeaban todas suertes de figuras, excelentísimo y eximio. Mu- 
chos de sus escritos huelen que trascienden á místico incienso, al 
lado de otros que creeríais facturas. Jamás escribía una carta ó un 
capítulo cualquiera sin poner á la cabeza esta invocación religio- 
sa: Jesús cuín María sit nobis in via. Privaban en él juntamente 
con los estudios de Teología los estudios astronómicos y geomé- 
tricos. Así podía enseñar matemáticas, por su inteligencia con 
todos los progresos de su tiempo sumadas, y recitar las horas 
y oficios canónicos cual un clérigo en el coro. Era un místico y un 
mercader, ya lo he dicho, un profeta y un algebrista. Si muchas 
veces envolvió en cabalas sus estudios, y degeneraron en irrita- 
ciones pueriles sus magnos esfuerzos, fué porque su tiempo lo 
desconoció y lo maltrató durante varios lustros, desde su juven- 
tud hasta su entrada en la vejez, sin acordarnos de los sinsabo- 
res que obscurecieron y amargaron sus últimos años. ¿Quién le 
hubiera dicho á tanto ciego como le rodeaba , que allí, en aquel 
siglo de lumbreras inextinguibles, el nombre de Colón cansaría 
con su increible celebridad á la fama? Hay quien cree que todo 
fué obra de la casualidad y que América estaba descubierta 
desde que descubrieron los portugueses el Cabo de Buena Es- 
peranza. Pero no creo yo en esos cambios postumos de la his- 
toria por un capricho, ni en esos genios putativos muertos en la 
obscuridad. Como hay quien ha escrito acerca del Cristianismo 
antes de Cristo, hay quien habla del Nuevo Mundo descubierto 
antes de Colón. Le condenaron á un combate demasiado fuerte y 
duro el sentido general del tiempo entonces corriente y las cos- 
tumbres de aquellas generaciones circunstantes para que la his- 
toria no le consagre un larguísimo desagravio. No puede ne- 
garse que la obra de Colón fuera imposible sin las precedentes 



— 201 — 

invenciones contemporáneas, como quizás no hubiese Wath 
aplicado el vapor á la navegación, si antes no aplica Papín la 
presión del aire descubierta por Garrik y por Torricelli. No hay 
redentor sin cruz. La pasión y la muerte acompañan á las prin- 
cipales obras progresivas en el calvario altísimo de la historia. 
Una religión ha menester los mártires tanto como los revelado- 
res. Colón ha tomado su estatura sobrehumana en los tiempos 
á él subsiguientes; en su tiempo tenía la estatura de los de- 
más en suma. ¡ Cuál filosofía está contenida en los dos refranes 
siguientes: «Oh, no hay hombre grande para su ayuda de cáma- 
ra >, y «Ningún mortal es profeta en su patria!» Pocos creadores 
han adivinado la trascendencia de sus creaciones. Lope de 
Vega ignoró que su gloria estaba, no en las obras acompasadas, 
que tenían el sello de la ciencia , puesto por su erudición y por 
las sujeciones serviles á las reglas; en las obras sugeridas por las 
necedades del vulgo. ¡Dios mío: la cicuta está en el fondo de 
todos los cálices, donde va el genio á beber la inmortalidad! Á 
Copérnico lo hubieran quemado si publica el sistema suyo cua- 
tro lustros antes de su muerte tardía, en vez de recibirlo impreso 
y acabado sobre la cama de su enfermedad última y en los ano- 
checeres de su postrer agonía. Á Guttenberg le robaron su 
prensa, como á Colón el nombre de su América; mas harto les 
quedó á uno y otro con la propiedad eterna de su gloria. Y ne- 
cesitan el espíritu y el ánimo fortalecerse y animarse á estas re- 
flexiones, para contemplar con paciencia y conformidad la calle 
de Amargura que recorre Colón desde que departiera con los 
Reyes hasta que zarpara de Palos. Veamos. 

Inmediatamente que presentó Colón sus planes á Quintanilla 
y á Mendoza, cristalizáronse, al calor de dos pensamientos y dos 
afectos muy opuestos, sendos partidos contrarios. Todo ideal vi- 
vido genera una escuela, una secta, una compañía, una iglesia, 
una colectividad, según sus caracteres propios y sus fuerzas natu- 
rales. En cuanto cualquier idea innovadora estalla, organízanse 
á su derecha fuerzas que la impelen, como á su izquierda fuerzas 



— 202 — 

que la resisten. Y á los organismos, de tales fuerzas resultantes, 
llámaseles partidos cuando militan mucho y por principios con- 
cernientes á la gobernación del Estado se determinan; cual se 
les llama sectas cuando creen mucho y por ideas concernientes 
á la religión se determinan; cual se les llama escuelas cuando 
meditan mucho y por sistemas y enseñanzas concernientes á la 
filosolía y á la ciencia se determinan también. Si estudiáis estas 
grandes colectividades sociales, que al fin y al cabo resultan una 
personalidad superior, veréis cómo los átomos hanse agregado 
en ellas por operaciones de afinidades psicológicas, muy seme- 
jantes de suyo á las afinidades químicas. No se reúnen las gen- 
tes en partido tan sólo por afinidad y armonía en sus creencias; 
reúnense también por afinidad y armonía en sus temperamentos. 
Los místicos, los exaltados, los idealistas, los poetas y adivinos, 
aquellos en quienes predominan las intuiciones, constituyeron 
las escuelas metafísicas de Platón; como los prácticos, los ex- 
pertos, los naturalistas, aquellos en quienes predomina sobre lo 
intuitivo lo reflexivo, y sobre lo ideal y metafísico el raciocinio 
y el experimento , constituyeron la escuela de Aristóteles. Ra- 
fael mostró dónde rayaba su fuerza de pictórica expresión po- 
niendo, en el fresco titulado «Escuela de Atenas», al frente de 
todos sus filósofos á Platón y Aristóteles, personificado el uno 
en robusto joven, cuyo índice, vuelto hacia abajo, señala con 
sumo acierto la tierra , y personificado el otro en sacerdotal an- 
ciano , cuyo índice, vuelto arriba, señala el cielo. Estudiad la 
historia del humano pensamiento, y veréis cómo aquellos espí- 
ritus en que predomina lo moral, forman el partido estoico de 
Roma; y aquellos espíritus en que predomina lo sensual, forman 
el partido epicúreo. Y esto que decimos de la filosofía, lo deci- 
mos de la religión; y esto que decimos de la religión, lo decimos 
de la ciencia. El pensamiento de Colón tocaba por su carácter 
astronómico y geográfico, en lo científico; por su carácter profé- 
tico y casi revelador , en lo religioso ; por su carácter práctico y 
útil, en lo económico y en lo político: de consiguiente, alrededor 



— 203 — 

suyo debían sumarse, como alrededor de todo lo grande y tras- 
cendente, sectas, escuelas y partidos. Los filósofos y sabios al mo- 
do escolástico, petrificados en la vieja tradición tomista, debían 
chocar con todas estas innovaciones del profeta, que perturbaban 
el universo tal como ellos lo comprendían , á la manera que los 
viejos sacerdotes arrojan del templo al hereje que lo mancha 
con el vapor de sus ideas, y al profano que no comprende su 
inconmensurable grandeza; mientras que los platónicos, los 
ciceronianos, los artistas, los dados á las ciencias, á las artes 
aquellas novísimas, los verdaderos hijos del Renacimiento, que 
parecía una pascua natural y religiosa, debían estar por la reno- 
vación del espacio, tan armónica y congruente con la renovación 
del espíritu. 

Y lo mismo pasaba en los demás órdenes de la natural acti- 
vidad humana. El estadista intuitivo, innovador, inspirado, 
profético, debía estar por Colón; y contra Colón el estadista 
experto, consumado, calculador, positivista, pues nunca los 
hubo de tal índole, ni en tanto número, ni de tan preciado 
mérito en siglo alguno como en aquel siglo de Luis XI y de 
Fernando V , en cuyos días naciera Maquiavelo y su maquia- 
velismo. Necesítase comprender la naturaleza del humano es- 
píritu y sus tendencias capitales, para explicar por qué unos 
contemporáneos de Colón se pusieron al lado de sus proyectos, 
y otros contemporáneos en contra. El escolasticismo y el Rena- 
cimiento luchaban, personificado uno en el obispo Hernando de 
Talavera y otro en el gran cardenal Mendoza. La política de 
intuición y la política de reflexión luchaban, personificada la 
una en Isabel I, y la otra en Fernando V. Hasta el modo y forma 
de comprender las viejas instituciones influía en el modo y for- 
ma de comprender á Colón; pues mientras un caballero feudal 
dado á las correrías terrestres, como Medinasidonia, lo com- 
prendía, sí, pero lo comprendía poco, un caballero feudal dado 
á las expediciones marítimas, ó pagadísimo de ellas por sus 
abuelos, ó trabajando en proyectos sobre ellas, como Medinaceli, 



— 204 — 

¡oh! lo comprendía poco también, pero lo comprendía mucho 
más que Medinasidonia. Igual contraposición entre Hernando 
de Tálavera y la Marquesa de Moya. Aquél representaba el viejo 
espíritu religioso, y representaba ésta el Renacimiento; aquél, 
metido en sus libros de teología y en sus argumentaciones silo- 
gísticas, tornaba sus ojos á lo pasado; y ésta, en comercio espi- 
ritual con los clásicos inmortales, y con los escritores florentinos, 
y con los poetas , volvíales al nuevo ideal ; recogía Tálavera el 
espíritu de los sepulcros y de los claustros, que despiden como 
un hálito de muerte, mientras la Marquesa recogía el espíritu 
de su tiempo, el cual exhalaba por aquella florescencia y pri- 
mavera universal un soplo de resurrección; por todo lo que, 
ante problema como el viaje propuesto, debía por la invención 
y el inventor apasionarse la sabia señora que representaba el 
Renacimiento; mientras debía contra el inventor y la invención 
apasionarse, á su vez, el sabio y austero Prelado que representaba 
todas las viejas tradiciones, generadoras de irremediables y here- 
dados escrúpulos. Pasa con el pensamiento de Colón en Geografía 
lo mismo que con el pensamiento de Sócrates en Metafísica; lo 
mismo que con el pensamiento de Cristo en Religión; lo mismo 
que con el pensamiento de Galileo en Física; lo mismo que con 
el pensamiento de Copérnico en Astronomía ; lo mismo que 
con el pensamiento de Guttenberg en Indus<-.ria; lo mismo que 
con todos los pensamientos reveladores : las altas montañas del 
espíritu; las eminencias donde se agarra el ideal progresivo; los 
sublimes picos al cielo cercanos , recíbenlos y reverbéranlos 
de suyo al amanecer, antes de que hayan podido levantarse 
arriba en las líneas del horizonte sensible; mientras lo bajo, lo 
profundo, los valles hondísimos, envueltos en las tinieblas y 
embargados por el sueño, apenas pueden, por ley natural, no 
ya presentirlo , ni siquiera verlo , cuando alborea y asoma. Las 
esperanzas, las adivinaciones, el presentimiento que profetiza, 
el albor de la idea nueva que raya en todas las auroras del 
tiempo, tan parecidas á las auroras del espacio, se agrupaban 



— 205 — 

de un lado, escribiendo ese libro de las inspiradas sibilas, que 
contiene los oráculos de lo porvenir y prepara el advenimiento 
de los futuros tiempos; mientras la superstición de lo pasado, 
con sus ojos convertidos atrás y su enemiga implacable á toda 
innovación y á todo progreso, los principios hieráticos de la 
casta sacerdotal, petrificada entre los ídolos, fríos como el gra- 
nito, y la tradición, helada como las momias, iba levantando 
ese muro de resistencias invencibles y de tradiciones insupera- 
bles, que viene á mellar y destruir el impulso de las creadoras 
progresivas ideas. 




CAPITULO XI. 

COLÓN ANTE LOS REYES CATÓLICOS. 



RECiSA penetrarse mucho de la clasificación en los es- 
píritus, anteriormente dicha, para comprender las 
relaciones del descubridor con los Monarcas, vistos 
por él á comienzos del año 1488. El mucho vagar que había 
desde su partida de Portugal tenido, y el poco provecho gran- 
jeado en las consultas de Sevilla y el Puerto, debieron agravar 
su pobreza, pues iba tan pésimamente trajeado, que le llama- 
ban el extranjero de la capa raída. En estas condiciones de 
fortuna escasísima se presentó ante aquel matrimonio de noto- 
ria selección, en quien las aptitudes y las propensiones más opues- 
tas , combatiéndose y negándose mutuamente , se completaban 
y producían un equilibrio parecido al que recibe de las fuerzas 
contrarias el universo y una luz muy análoga con la que dan dos 
electricidades opuestas al relámpago. Fernando parecía el racio- 
cinio hecho hombre, mientras Isabel parecía la inspiración hecha 
mujer. En él predominaba un criterio político y en ella un cri- 
terio moral. Fernando , como andaba siempre por el suelo de la 
realidad, veía los obstáculos; Isabel, como volaba por el cielo de 
las idealidades, no veía sino luz y estrellas. El Rey, piadoso, creía, 
no obstante su piedad , en las obras , y profesaba el dogma de 



— 208 — 

ayudar á la providencia de Dios, aunque pareciera muy favora- 
ble á sus proyectos; Isabel, exaltadísima, confiaba en la espe- 
ranza y en la oración. Presentía y profetizaba ésta, mientras 
aquél preveía y calculaba. Espontaneidad en todo la Reina y en 
todo reflexión el Rey. Ella iba por los caminos del bien al bien 
mismo; importábanle á él poco los embustes, los engaños y, en 
caso de necesidad, los delitos. La Reina se parecía de suyo á las 
damas ideadas por los caballeros andantes, cuyos labios no po- 
dían decir una palabra deshonesta y cuya inteligencia no podía 
idear nada erróneo ni malo, santas como los bienaventurados en 
el cielo y purísimas como en los altares la Virgen Madre de Dios. 
Fernando, valerosísimo y guerrero, sumaba con fuerzas de león 
instintos de zorra. Quizás no hayan conocido las edades un hé- 
roe tan enérgico y tan astuto. Cautela mostraba él sobre todo, 
mientras sobre todo mostraba ella confianza. Él era una inteligen- 
cia, ella era un corazón. Las combinaciones políticas le agrada- 
ban á él, y á ella los altos sentimientos. El no tomaba resolución 
alguna sino tras una serie graduada y medida de impulsos y 
de cálculos que le suministrasen la certidumbre del apetecido 
logro, mientras ella veía en los éxtasis y en los deliquios de su 
natural misticismo la realización de sus esperanzas más engaño- 
sas é ilusorias. Isabel gustaba de aumentar el número de sus va- 
sallos para poseer un dominio sobre las almas que le permitiese 
aumentar los cristianos en el mundo y los escogidos en el cielo; 
á Fernando le gustaba también que la Iglesia creciese y la cris- 
tiandad se aumentase; pero ponía sobre tales satisfacciones reli- 
giosas las provinientes de la dominación y de la conquista. Hija 
Isabel de un rey literato y de una inglesa que murió en la de- 
mencia , veía con mucha facilidad las ideas, y por ellas exaltá- 
banse á la continua sus nervios , sobreexcitados al calor de la fe 
viva en lo ideal. Hijo Fernando de un rey como Juan II de Ara- 
gón, pendenciero y astuto, así como de una mujer varonil y am- 
biciosa, heredó de su padre la mezcla del temperamento político 
y del temperamento guerrero, y de su madre aquella increíble 



— 209 — 

ambición que le llevó á meter por conquistas ó por casamiento 
dentro de su familia y de su patria Italia, Portugal, Borgoña, 
Flandes, Holanda, el Rosellón y la Cerdania, media Francia, In- 
glaterra é Irlanda y el Imperio de Alemania. Pero si obtuvo esto 
por el cálculo tan grande hombre, la divina mujer obtuvo por el 
sentimiento y la fe unir las cifras de su nombre á una nueva 
creación. Fundaron los dos la Inquisición: Fernando por razones 
políticas, Isabel por razones religiosas. Conquistaron los dos, Isa- 
bel Granada para su Castilla, Fernando Navarra para su Ara- 
gón. La conquista de Granada es un libro de caballería, la con- 
quista de Navarra es un capítulo de Maquiavelo. Con la una 
expulsó Isabel á los moros y con la otra expulsó Fernando á los 
franceses de nuestra Península. Los poemas del santo Graal bri- 
llan en la vega y en el Pirineo prevalece la razón de Estado. 
«Quien ignora el arte de fingir, decía Fernando, ignora el arte de 
reinar.» Así la indiferencia suya tenía mucho de la fatalidad y 
del destino. Isabel creía que para dirigir bien á los pueblos hay 
que amarles mucho y para triunfar en el mundo hacer el bien 
siempre y decir siempre la verdad. Para el Rey, ningún grande 
negocio sin graves dificultades y peligros; para la Reina, ningún 
peligro y ninguna resistencia siempre que ideas luminosas diri- 
gieran la firme voluntad. Enérgico y perseverante , Fernando 
imaginaba toda energía y toda perseverancia limitadas por lo 
imposible, bien fuera fundamental, bien fuera circunstancial; la 
Reina jamás creyó en lo imposible cuando mediaba el auxilio de 
Dios alcanzado por la oración y por la penitencia. El valor en 
Fernando era frío, en Isabel entusiasta y ardiente; la previsión 
reflexiva resultaba en él certera, como en ella las adivinaciones 
hipnósicas. Isabel persuadía; Fernando trataba de persuadir, y 
de serle imposible, no persuadía, compraba. ¡Cuántas veces en 
arduos negocios que hubieran podido resolver las guerras, ape- 
laba, para que lo dejaran en paz, al dinero! La Reina creía tan 
incapaces de malas acciones y de malas ideas á los demás como 
á sí misma. La gratitud más cariñosa dominaba en su vida,mien- 

14 



2IO 



tras en Fernando la ingratitud más implacable. Aun las severidades 
anejas á su cargo templaba Isabel con sus bondades , mientras 
Fernando, siempre que lo exigía el bien de sus Estados, llegaba 
sin esfuerzo á la crueldad. Sin embargo, él antepuso á la fuerza 
la destreza y á la guerra el trabajo para dominar, mientras Isa- 
bel, con los ojos puestos en su estrella, dominó siempre por la 
virtualidad creadora del genio. La franqueza trascendía en todos 
los actos de Isabel y en los de Femando el disimulo. La histo- 
ria fué la musa de Fernando, y la fe, de Isabel. La impasibili- 
dad prevalecía en el uno y en la otra una inextinguible pasión. 
Era Isabel un misterio sobrenatural casi, Fernando la industria 
humana. Isabel cerraba los siglos medios, Fernando inaugu- 
raba la política de gabinete moderna. En ella reinaba divina 
efusión y en él suma templanza. Grandes los dos; pero la gran- 
deza de Isabel más clara y visible, mientras la de Fernando más 
recóndita y extraña. Para penetrar su espíritu, necesítase pen- 
sar que brilló junto á un astro tan de primera magnitud en 
los cielos del tiempo, como Isabel I. Esta comprendió su destino 
providencial desde un principio, y nunca le fué infiel; Fernando 
traicionó su propio nombre cuando pretendió, ya casado, ele- 
varse por su naturaleza de varón y por su derecho de primo- 
genitura, con detrimento de la esposa incomparable, al trono de 
Castilla; y cuando viudo, pretendió primero casarse con la Bel- 
traneja y se casó luego con Germana de Foix en busca de un 
heredero legítimo, cuyo nacimiento y cuyos derechos rompie- 
ran la unidad interior del Estado, á tanta costa conseguida. En 
virtud y por obra de ambos temperamentos, procedieron de su 
respectiva suerte y manera Isabel y Fernando con Cristóbal 
Colón; entusiasta como siempre la primera, y el segundo como 
siempre, cauteloso, precavido, taimado, con reservas. El calcu- 
laba lo que podía costar la empresa y lo que podía traer; ella 
sólo pensaba en que los dominios de su Castilla idolatrada cre- 
cían y las gentes cristianas se aumentaban. Amén de todo esto, 
el Océano debía tentar á la Reina de Castilla, porque al Océano 



— 211 — 

iban á dar todas sus empresas y todas sus conquistas, como al 
Océano sus ríos capitales: el Tajo, y el Duero, y el Guadalqui- 
vir y el Miño. Bien al revés para Fernando: sus conquistas des- 
aguaban, como el Ebro, como el Llobregat, como el Segura, en 
cuyas bocas pusiera D. Jaime sus barras, como el Turia, en las 
celestes aguas mediterráneas. Las posesiones insulares de Isabel 
eran sus Canarias; las posesiones insulares de Fernando se dila- 
taban de las Baleares á Sicilia. Fernando sólo soñaba con Italia, 
é Isabel con África. De aquí el uno volvíase á lo pasado, 
mientras á lo porvenir la otra. Pero ambos á dos tuvieron una 
grandeza desmesurada, porque tomaron la estatura de una idea y 
sirvieron por distintos caminos y con cualidades contradictorias 
al espíritu vivo y al pensamiento capital de su creadora edad. 
La unidad del Estado, la unidad del territorio, la unidad del 
derecho se imponían entonces, y á conseguirla consagraron todos 
sus esfuerzos, por lo cual, amén de adquirir gloria propia, sir- 
vieron á su nación y á su tiempo. Se habían los nobles repar- 
tido el territorio, y ellos incorporaron cuantos feudos pudieron á 
la Corona; el Poder se había roto en pedazos y dividídose y des- 
menuzádose á mansalva entre las manos de soberbios magnates 
generadores de anarquía escandalosa, y ellos le devolvieron al 
Poder su augusta indispensable autoridad; el ejército estaba, en 
manos de las Ordenes militares una fracción, en manos del mons- 
truo feudal otra fracción, y otra en manos de las Repúblicas 
municipales, y ellos, alzándose con las grandes maestranzas, y 
estableciendo la Santa Hermandad, iniciaron la necesaria con- 
centración de toda fuerza en el Gobierno; administrábase justicia 
por tribunales en quienes la jurisdicción propia no era clara, ni 
patente la legalidad, y ellos establecieron las Chancillerías, en- 
cargadas de ir elaborando lentamente la unidad indispensable 
del derecho; desde Gregorio VII ios Papas habían invadido las 
regalías naturales del pueblo español en términos de hallarse 
fundado un absolutismo eclesiástico, y ellos tomaron disposicio- 
nes respecto de las sedes, muy análogas á las que habían tomado 



— 212 — 



respecto de las Chancillerías, poniendo así la unidad civil y po- 
lítica sobre la Iglesia misma, de suerte que fueron los fundado- 
res del Estado moderno, bajo cuyos auspicios había de brotar 
tres siglos más tarde, al calor de la libertad, nuestra imperso- 
nalísima unidad nacional. Así no parece mucho que les devol- 
viera el espíritu de su tiempo en glorias las prosperidades mis- 
mas que le habían granjeado ellos con sobrehumanos esfuerzos, 
y pudieran expulsar á los últimos nazaritas de Granada y á los 
últimos Albrets de Pamplona; preparar la unión estrecha con 
Portugal y readquirir el Rosellón y la Cerdania; extender sus 
dominios por las costas continentales de la magna Grecia y por 
las costas continentales de la inexplorable África; en su corona 
robustecer Sicilia y para su corona recuperar Canarias; aliarse 
con potentados tales como los Duques de Borgoña y Flandes 
y como los Reyes de Inglaterra, mediante lo cual extendieran 
los blasones de sus inmediatos descendientes desde las orillas 
del Danubio á las desembocaduras del Rhin y del Escalda, 
humillando el orgullo de poderosos vecinos y convirtiendo en 
hispano el sacro Imperio germánico: milagrosísimas obras, ó con- 
cluidas ó preparadas por ellos; pero que todas llegan á borrarse 
como las estrellas en el sol, en aquella otra increíble, cuando á 
los diez meses de haber la cruz cristiana resplandecido en el to- 
rreón de la Vela, surgen, como por encanto, nuevas islas y nue- 
vas tierras en los espacios del mar, de nadie aquí, en el viejo 
mundo, conocidas, y en cielos nunca por los europeos antes vis- 
tos, en cielos nuevos, constelaciones resplandecientes y estrellas 
innumerables, como si para premiar nuestros combates y nuestros 
esfuerzos hubiera Dios querido engrandecer la tierra y renovar la 
creación. 

Pero tales cosas épicas piden, para ser bien alcanzadas en todo 
su conjunto, que las miremos desde cierta distancia en el tiempo, 
quien acaba con lo fugaz y con lo chico pronto, pero engran- 
dece lo magno de suyo, eternizando lo verdaderamente perdura- 
ble. Por eso quedará el modo mejor de celebrar la invención del 



— 213 — 

Nuevo Mundo á la epopeya. Estos enormes cuerpos solares del 
tiempo, como los enormes cuerpos solares del espacio, se ven 
mejor con el telescopio de la poesía que con el microscopio de 
la historia. Más bien que referirlos debiéramos cantarlos. Pero 
no hay remedio: en la Historia se busca lo particular y lo mí- 
nimo, el análisis, mientras en la epopeya lo universal y lo eterno, 
la síntesis. Por eso debemos referir con tristeza cuanto Colón 
padeciera con acerbidad en la consecución de su obra. Los Reyes 
le oyeron según sus respectivas índoles: Isabel con entusiasmo 
y Fernando con reserva. Pero la reserva de éste y el entusiasmo 
de aquélla debían dar iguales resultados: una indispensable di- 
lación. La reconquista de Granada no consentía otro expe- 
diente. Imposible divertir de tal objeto supremo los regios 
ánimos.. Así defirieron el asunto al confesor de la Reina, fray 
Hernando de Talavera. Dadas nuestras ideas y nuestras costum- 
bres, dificilísimo comprender un verdadero confesor del siglo 
decimoquinto, consejero nato y supremo de los Reyes en el 
apartamiento de sus confesonarios. Fray Hernando de Talavera, 
primero prior del monasterio de Prado, en Valladolid, Obispo de 
Ávila más tarde, y por último Arzobispo de Granada, sentado en 
el confesonario creía su silla más alta que los tronos, y se juzgaba 
él dispensador á sí mismo de la salud terrenal y eterna de los 
Reyes. En la primer confesión ya tuvo un altercado con la Reina, 
pues indicando ésta que podía confesarse de pie ó sentada, le dijo 
aquél que no, que de hinojos á las plantas del confesor. Podía, 
pues, llamársele tanto Ministro de Estado como Ministro de Ha- 
cienda, y tanto Ministro de Hacienda como IMinistro de Instruc- 
ción y de Bellas Artes, dejando á un lado el ministerio de las 
buenas costumbres. Isabel, así encomendaba el arreglo á su celo 
de la Deuda, como el arreglo á su literatura de la Biblioteca; y 
así le pedía opinión sobre los decretos más importantes, como 
sobre las fiestas más domésticas. El buen Talavera no se andaba 
con escrúpulos de monja, no; reñía con adusteces de patriarca 
y con palmetazos de dómine á la primera y más santa Reina de 



la Cristiandad entonces. Las frases sacramentales que vibrabah 
en los labios suyos y se difundían por los oídos de sus peniten- 
tes y confesados, tiraban á recordarles cómo debían apercibirse 
y aparejarse á la muerte. Por esto decíale Isabel á su confesor: 
«Os ruego y encargo mucho por Nuestro Señor, si cosa aveys 
de hacer por mí, a buelta de quantas y quan grandes las aveys 
hecho por mí, que queráis ocuparos en sacar todas mis deudas, 
así de emprestidos, como de servicios y daños de las guerras 
pasadas, y de los juros viejos que se tomaron quando Princesa, 
y de la Casa de Moneda de Abila, y de todas las cosas que a vos 
os parezca que hay que restituir en cualquier manera que sea.> 
Después de remitirle negocios de tal monta, le comisionaba con 
dulzura para que vigilase las ciudades ó territorios donde arzo- 
bispaba y episcopaba. El buen confesor le hablaba en epístolas 
de todo cuanto podía ocurrirle á la Soberana: del reintegro de 
Cerdania y Rosellón, del deber de impedir guerras entre cristia- 
nos por justas que fuesen, de las alianzas deseables, del buen 
proceder esperado del mozo rey Carlos VIII, del cordón de 
tres hilos formado por una triple alianza entre Francia y España 
y Alemania, de los festejos dados á embajadores y prínci- 
pes, del memorial de las deudas puesto en manos de un Fer- 
nando Alvarez, del cielo y de la tierra. Para comprender la ex- 
tensión de su influjo y la intensidad de su desabrimiento, bastará 
decir que riñe á la Reina con acritud, y con el infierno le arguye y 
amenaza, no por las mercedes á los cortesanos y demás gente, no 
por el gasto de ropas nuevas, no por las colaciones y cenas rui- 
dosas, no por las alegrías de los ejercicios militares, por las lan- 
zas, en las que tomó una licencia tan grave como la de mezclar 
las damas castellanas y aragonesas con los caballeros franceses, 
llevando cada cual de éstos á la que quisiese y le gustase, de 
rienda. Tras lo cual decía de una Reina tan piadosa y de los di- 
vertimientos palaciegos suyos: «¡O mezcla y soltura no católica, 
ni honesta, gentílica y dissoluta! ¡O, si yo lo entiendo, quanto 
pierde mi Reina y mi soberana en ello, ante los hombres digo, que 



— Zl 



ante Dios no dubdo nada! » Y para comprender hasta donde lle- 
vaba su crueldad este confesor implacable, baste decir lo siguien- 
te, cuyo recuerdo no más presta verdaderos escalofríos de terror 
al cuerpo y le pone á uno de carne de gallina, como vulgar- 
mente decimos en castellano, todo el cuerpo. La primer desgra- 
cia que hirió el corazón de la Reina, y le amargó los restantes 
años de su vida con inenarrable amargor, fué sin duda el malo- 
gro de D. Alonso, casado con su primogénita D.^ Isabel y fe- 
necido á los seis meses de su boda en violenta desgracia. Pues 
bien; Talavera dice á la Reina que le ocurrieron tales adversida- 
des por la liviandad horrible de aquellas regias fiestas en que se 
corrieron sortijas y se lidiaron toros. Ahora bien: un hombre 
así llega poco á poco, tras largas meditaciones ascéticas y conti- 
nuos argumentos teológicos, á estado tal, que parece una grande 
abstracción. Y en esta grande abstracción de todo cuanto le ro- 
deaba, no tenía sino un pensamiento seguro, fijo, continuo, per- 
durable: la toma de Granada. Y cuando en este pensamiento 
se absorbían todas sus ideas y se concentraban todos sus esfuer- 
zos con esa fuerza de concentración en él universalmente recono- 
cida, y esa fuerza de voluntad, venía Colón á divertir al maestro 
en Escolástica de sus ideas tradicionales y al empeñado en re- 
conquistar Granada de sus empeños formidables. Era, pues, tal 
distracción, por tanto, incompatible con las dos ideas capitales 
del Arzobispo ; y Talavera miraba los proyectos relativos á las 
Indias como una innovación peligrosa en las ideas generalmente 
admitidas, y como una distracción punible de los esfuerzos y de 
los recursos hacia un objeto, profano en verdad, comparado con 
la coronación del poema de los siete siglos, con la reconquista 
de aquella sultana entre las ciudades ismaelitas, con el triunfo 
de la Cruz, adorada por él en culto fervoroso y continuo. Así, 
cuando la Reina le prometía en mil circunstancias varias, antes 
de la conquista, un arzobispado, él contestaba: «O seré Arzobispo 
de Granada, ó no lo seré de ninguna parte. > Tal fué Talavera. 
No podían los Reyes encomendar á persona más impropia de 



— 2l6 — 

tan alta comisión este arduo problema , inaccesible al entendi- 
miento suyo á causa de la vieja ciencia que lo poseía y al ánimo 
á causa del deseo que le embargaba. Móviles permanentes de 
creencias, innatas casi, al par de móviles particulares, nacidos 
en las circunstancias especialísimas de aquella ocasión, obstruían 
su voluntad hasta impedirle por completo la comprensión de 
una idea cuya originalidad rayaba en extravagancia, como la 
del audaz y porfiado marino. Ayudábale á Talavera una persona 
de competencia y de seso, como el consejero real Maldonado, 
quien menos creía en el pensamiento , á medida que más lo es- 
cuchaba del facundo labio de su autor, persuadiendo á todos 
ser cosa imposible la por Colón ideada y propuesta. Lo primero 
en que fijaba su creencia era en suponer indispensable , para 
cumplir la idea de Colón, una forma esférica de la tierra; forma 
de todo punto inadmisible, por haber calificado los salmos al 
cielo como una tienda tendida sobre una especie de cuadrado, 
y por haber San Agustín reconocido como herética la existencia 
de los antípodas, con los pies puestos junto á nuestros pies en 
otro hemisferio y hacia abajo la cabeza. En este período, indu- 
dablemente , cuando las objeciones religiosas predominaban so- 
bre todas las demás, debió estudiar con tanta profundidad el 
descubridor los libros bíblicos al par de los problemas teológi- 
cos, y debió profundizar en las ideas místicas de su tiempo y 
de los tiempos anteriores. Entonces le dominaría como un pen- 
samiento exclusivo y absoluto la reconquista de Jerusalén, para 
la cual se creía predestinado por Dios en medio de las agitacio- 
nes que había en sus mocedades alrededor suyo suscitado la 
toma de Constantinopla. El profetismo de Israel , unido con las 
ideas medio sibilinas del mundo antiguo, movía su corazón y 
sus labios. Á estas anticipaciones del tiempo que por venir se 
hallaba, extraídas de la Biblia, unía una impaciencia extrema, 
dimanada del milenarismo, que preveía y fijaba para muy pronto 
el postrero juicio, cuyo soplo debia extinguir, con todos los as- 
tros, todos los pensamientos, y derribar así el cielo como el pía- 



— 217 — 

neta. Sumábase también al milenarismo, y los pensamientos que 
hacia lo pasado se convertían, una doctrina expresada siglos antes 
por el abad calabrés Joaquín de Flora, quien se prometía un com- 
plemento de la Religión del Padre, contenida en la Biblia, y de 
la Religión del Hijo, contenida en el Evangelio, con la Religión 
del Espíritu, que anunciaba renovaciones ideales del espíritu con 
renovaciones materiales del cielo. Y así para esclarecer todas 
estas vaguedades en que nadaba su idea, como para contrastar 
todos los escrúpulos teológicos á sus argumentos opuestos, re- 
gistraba de continuo la Biblia, y veía en ella tan señalado su 
ministerio de redimir la cautiva montaña de Sión, como el mi- 
nisterio de redimir la ciega y pecaminosa especie nuestra en 
Cristo. Para él , casi todos los salmos y casi todas las profecías 
lloraban los pecados múltiples de Israel, por cuya causa cayera 
cautiva Sión, y prometían un libertador, quien, á la verdad, no 
podía ser otro sino él, Colón mismo en persona. Libro de los 
Reyes, libro de los salmos, libro de las profecías, libro de Job, 
anunciaban todos la redención de Jerusalén por un hombre 
como él, predilecto de la divinidad y predestinado á estos pro- 
videnciales fines. Algunas veces añadía, en las confusiones de 
su misticismo, que no sólo estaba él en persona llamado por 
Dios á tanta obra, sino que Joaquín de Flora en sus libros de- 
signaba el pueblo español por su nombre, y la Biblia, por su 
parte, designaba también los últimos pueblos de Occidente con 
toda claridad. Y pretendía sin vacilación haber oído estas 
restituciones de la Santa Casa de Jerusalén á los cristianos, 
desde muy temprana edad, en todos sus viajes. Así aseguraba 
no haber tanto bebido su idea en la Cosmografía y en la Astro- 
logia, y en otras profanas ciencias por él aprendidas á fondo, 
como en la frecuente lectura de los libros revelados por Dios y 
reveladores al mundo del bien y de la verdad. En Isaías encon- 
traba toda suerte de anuncios, y por Isaías allegaba sus espe- 
ranzas. Á este inspirado de Dios é inspirador de los demás no 
debe llamársele únicamente profeta, debe llamársele también 



— 2i; 



evangelista. Y el capítulo xxx de su libro maravilloso profético 
enseña que los hijos de Israel habían dejado caer en manos pro- 
fanas y extranjeras el monte de Sión ; pero que Dios, compade- 
ciéndolos en su corazón, suscitó un elegido para que lo rescatase 
y lo restituyese coronado de flores, y entre cánticos de hosannas 
y melodías, así de salterio, cual de cítara y flauta. Y David, en 
el salmo xxi, anuncia que llegará el nombre de Dios así á los 
confines últimos de la tierra, como á las gentes más recónditas. 
Y en el capítulo lxv vuelve á decir Isaías cómo las razas igno- 
rantes por siglos de siglos del nombre santísimo, irían á El, pro- 
clamándolo con todo regocijo. Y añadió Jeremías en el profiítico 
libro , capítulo xvi , cómo irían á Sión desde los últimos fines de 
la tierra. Por manera que aparecían Colón y sus descubrimientos, 
no tan sólo en el resplandor de la ciencia envueltos, sino tam- 
bién rodeados con el nimbo de la revelación. Pero ni Hernando 
de Talavera, ni el consejero Maldonado , quisieron creerlo, y 
por su consejo negaron la posibilidad del descubrimiento á pri- 
mera vista, mientras los Reyes remitieron su revista ó estudio 
nuevo á mejores tiempos. Aquí debió celebrarse , y por este pe- 
ríodo de las primeras relaciones entre Talavera y Colón, la 
junta de teólogos atribuida por un error acreditadísimo á Sala- 
manca y reunida en Córdoba realmente, que dio un dictamen 
opuesto al plan y pensamiento del descubridor y fué causa de 
largas dilaciones. 



CAPITULO XII. 

COLÓN EN SALAMANCA, 



JERO mientras así lo desahuciaban unos, acorríanlo con 
sus influencias y con sus luces otros. Entre los adep- 
tos allegados á la idea colombina entonces, lucen 
como los primeros el padre franciscano Antonio de Marchena 
y el padre dominico Diego de Deza. Indudablemente, aquél 
debió sostenerlo en Andalucía con su consejo y con su auxi- 
lio contra las negaciones de la Junta presidida por Talavera 
en Córdoba, como éste debió abrirle con su ciencia y con su 
influjo las puertas de Salamanca. Ninguna tradición tan acre- 
ditada como la que dilata por el mundo un desconocimiento 
tal de la geografía y de la cosmografía en la Universidad salman- 
tina, que llegó á suscribirse con todos sus doctores unánimes en 
contra de Colón, y á oponer todas las supersticiones del sentido 
común á todos los presentimientos y á todos los anuncios y á 
todas las profecías del genio y del saber. Sin embargo, una fun- 
dada rectificación de tales errores, no solamente revoca la creen- 
cia secular y la invalida para siempre, sino que atribuye á Sala- 
manca el comienzo de la fortuna del descubridor, y coordina 
con su estancia en la ciudad sabia los primeros auxilios metá- 
licos entregados por los Reyes al descubridor para prosperar su 



— 220 — 

obra. Muchos juzgan de las universidades en el Renacimiento 
por aquello que fueron á fines del siglo último, cuando heridos á 
una Pontificado y Monarquía, empeñábanse las viejas escuelas, 
al calor de ambos institutos nacidas , en permanecer inmóviles 
junto á sus ídolos, alzados en el altar y en el trono. Las univer- 
sidades habíanse fundado para extraer del monasterio la ciencia 
y llevarla con mejor acuerdo á poder del Estado. Pasaba con 
esto en el mundo cristiano lo mismo que pasara en el mundo 
antiguo al salir la filosofía de los colegios sacerdotales: iba el 
ideal bajando al pueblo y esclareciéndolo con resplandores, los 
cuales poco á poco le prestaban una superior vida social. Si las 
universidades en el Renacimiento no hubieran hecho más que fo- 
mentar la jurisprudencia y difundir el gusto á las antiguas letras, 
hicieran muchísimo , pues con las humanidades completaron la 
historia, reducida largo tiempo á relatar lo que interesaba única- 
mente á los pueblos cristianos en las crónicas de latín eclesiás- 
tico, y con el derecho romano destruyeron á un tiempo los ex- 
cesos de la teocracia y los excesos del feudalismo. En vano los 
Papas contendían con los Reyes por la dirección universitaria: 
tales institutos, por sí, revestían un carácter antiteocrático y laico. 
Verdad su cooperación al regalismo de la Corona, muy exagerado 
con detrimento de los Pontífices; verdad también su cooperación 
al absolutismo por las apariencias de imperio romano dadas en 
sus exageraciones y en sus violencias á las Monarquías cristia- 
nas. Pero todos los progresos humanos adolecen de una oposición 
radical á los tiempos y á los ideales que los han engendrado. La 
Universidad salmantina brillaba entonces en el Derecho y en 
las Humanas Letras. Por consecuencia, no podía oponer á las 
innovaciones una vieja resistencia como la sobre sus espaldas 
impuesta por un error secular á los proyectos de Colón. Sala- 
manca por sí, con excepción de algunas casas nobles y guerre- 
ras, las cuales unas con otras combatían en perdurable combate 
sin descanso y sin tregua, se nos aparece como una ciudad uni- 
versitaria, donde los monasterios eran escuelas, y las capillas cá- 



— 221 — 

tedras, y las salas capitulares academias, y la población conjunto 
y suma de discípulos que aprendían y maestros que enseñaban 
á todas horas y en todas partes. 

Fundó aquella Universidad en comienzos del siglo décimo- 
tercio Alonso IX de León; amplióla Fernando III el Santo, Rey 
de Castilla y León ya, en mediados del siglo decimotercio; y á 
fines de este mismo siglo ya organizóla y coronóla D. Alfonso X 
el Sabio. Exenciones de peajes y portazgos á los que aprendían 
ó enseñaban; cesión de tercias reales para proveer á su manteni- 
miento; preferencia de inquilinatos á los escolares; posadas ins- 
tituidas y hospitales dotados para procurar el bien de la juven- 
tud estudiantil; disposiciones encaminadas á la conservación del 
orden público y del respeto de las leyes; privilegios concedidos 
á sus sabios habitantes; milicias encargadas de la pública segu- 
ridad y de sobreponerse á los levantiscos señores, para que no 
turbasen los estudios con sus algaradas de costumbre y sus alar- 
des de combate; cuanto pudiese contribuir á la formación de una 
población universitaria y científica, lo hacían de consuno en 
emulación porfiadísima Reyes y Papas, quienes le ponían, ora 
el nombre de regia, como hicieron las reinas Catalina é Isabel, 
ora el nombre de pontificia, como hicieron Martín V y el Papa 
Luna; pero que la sustentaron siempre allá en la cumbre donde 
resplandecían sus tres compañeras: Bolonia, París y Oxford. El 
Tostado la cercó de piedra para que apareciese como una cinda- 
dela en la ciudad; la catedral no quiso nunca renunciar á la her- 
mandad con ella, la cual fué de antiguo al extremo de sentarse 
los doctores como canónigos en el coro y los canónigos como 
doctores en el claustro. Así tuvo un predominio tal, que la con- 
sideraron todos los pueblos como asiento de la sabiduría. Y por 
tal razón, cuando se le suele preguntar cualquier importunidad 
á uno, contesta: «Quien desee saber, que vaya á Salamanca». 
Pues bien: como época principal y mejor de su grandeza quedará 
siempre la época que coincide con la llegada del inmortal des- 
cubridor á su seno. Y esta grandeza intelectual trasciende hoy 



— 222 — 



mismo desde sus ruinas á nuestra consideración y á nuestro pen- 
samiento, catándose, no tan sólo en los admirables monumentos 
consagrados á la enseñanza, como su maravillosa Universidad, 
blasonada cual una gran señora con cien complicados escudos 
pontificios ó regios, y engrandecida por una portada plateresca, 
la cual creeríais por joyeros florentinos cincelada; no tan sólo en 
aquellas capillas donde aun vuelan tantas ideas exhaladas por 
profesores universitarios, y en aquellos claustros henchidos en 
tiempo de una estudiantina entusiasta y bulliciosa, cuyos nom- 
bres laureados leéis en cada piedra con vítores y loores; no tan 
sólo en monumentos como el gloriosísimo de San Esteban, donde 
resplandecen maravillas propias de los Guas y de los Siloes, 
ó el tan celebrado de los irlandeses, ornamentado por nuestros 
mejores buriles: en algo moral que ha sobrevivido á su gran- 
deza , en una distinción de modales entre sus habitantes, en un 
hábito de cortesía, en una propiedad de lenguaje y estilo, en un 
respeto al saber y en un amor á la ciencia que allí se aquista 
por la respiración y por los poros, como si el aire de ideas estu- 
viera impregnado y el bien decir antiguo, con toda su elegancia, 
se hubiera transmitido á las almas, como á las venas se mandan 
y se transmite por unas generaciones á otras generaciones la 
sangre. Aquella Universidad, que contaba con humanistas como 
Nebrija, quien parecía en su ciencia literaria y en su lenguaje 
puro haber con los antiguos convivido ; con filósofos como 
Soto y Vitoria, los cuales alcanzaron los conceptos fundamen- 
tales del derecho mucho antes que Grocio; con profesores de 
moral como Ximénez, y de lógica cual Herrera, que anticipaba 
las ideas de Bacón y Descartes contra el vacío escolasticismo, 
y de astrología cual Torres; aquella Universidad, decía, no 
pudo levantar á la frente del Profeta las nefastas sombras su- 
puestas por una falsa leyenda urdida con errores, los cuales hasta 
el día de ayer se han agrandado por una falsa tradición, ya 
desvanecida felizmente por los progresos de una sabia y fundada 
crítica. 



— 223 — 

Todas las investigaciones hechas en los años últimos, y todos 
los documentos encontrados, confirman la sagaz opinión del sa- 
bio escritor salmantino Sr. Rodríguez Pinilla, que imputa la 
primer negativa rotunda, opuesta en la corte al proyecto de 
Colón, á la Junta oficial presidida en Córdoba por el prior de 
Prado, Hernando de Talavera, y atribuye los comienzos de una 
propensión del Estado al proyecto mostrada en los maravedís 
mandados dar por los Reyes á las Juntas extraoficiales, juntas 
universitarias celebradas en el salón de San Esteban y seguidas 
de una inteligencia inmediata entre la Corona y el Profeta. Sin 
embargo, el arte y la poesía, cuando no la historia, siguen car- 
gando sobre Salamanca y su claustro la resistencia tenaz al des- 
cubrimiento, que lleva el sambenito puesto por todas las gene- 
raciones en todas las lenguas á los enemigos del humano pro- 
greso. Aquellos doctores, pintados en una parte por pinceles 
hostiles á ellos, zaheridos en otras por indignaciones justas si los 
cargos puestos sobre su ceguera y ofiíscamiento fueran ciertos, 
anatematizados por una tradición que dura de siglo en siglo y 
se transmite de generación en generación, no merecen tal nota, 
pues iluminados por la ciencia cosmográfica del P. Marchena, 
en quien tuvo siempre Colón un colaborador competente y asi- 
duo completado con un amigo entusiasta y constante, en sobe- 
rano impulso al bien y á la verdad por el sabio Deza determi- 
nados, por Deza que representaba la voluntad á servicio del 
progreso, cual Talavera por su parte representaba la resisten- 
cia, lograron una reconciliación entre la ciencia y la fe, á cuya 
virtud se debe la buena fortuna y la eterna gloria del des- 
cubrimiento. Monasterio de San Esteban, sala De Pfvf unáis 
en este monasterio, quinta de Vallcuevos, salón de la Uni- 
versidad, riberas deleitosas del Tormes, todo cuanto en Sala- 
manca los ojos del alma columbran como circuido de recuerdos 
y de ideas, todo lleva impresa la retina de Colón, que recibía de 
lo interior tanta luz y que se fijaba en los objetos con la certera 
mirada del marino avizor. Allí, en Salamanca, no debió encontrar 



— 224 — 

las burlas que tanto amargaran su vida en otras partes. No de- 
bió allí ver tan adustos rostros como aquel de Talavera, suma- 
mente airado á la consideración de que divertía el proyectista 
con sus proyectos la general atención de un objeto tan predi- 
lecto y tan preferente como la reconquista de Granada. El padre 
Deza oía con arrobamiento á Colón, y confiaba en él y en Dios 
revelador con viva fe. Los frailes dominicos le trataban como á 
un hermano más, y le asistían en sus dolores con los consuelos 
debidos por una grande amistad y con los manuscritos de una 
biblioteca escasa en impresos todavía, por no haber pasado ni 
medio siglo siquiera tras el hallazgo de la imprenta. La dehesa 
de Vallcuevos le ofrecía reposo, esparcimiento, solaz, tiempo y 
lugar para sus estudios, espacio y silencio á los recogimientos 
en sí mismo y á las absorciones en el ideal. Todavía enseñan las 
gentes el altillo desde donde miraba los horizontes y cielos, lla- 
mado Teso de Colón! Cuántas veces en aquellas infinitas llanu- 
ras de Castilla, bajo el cielo encendido y caldeado por los ar- 
dientes rayos del sol de nuestra España, vería en los vapores 
condensados por las nubes recamadas de púrpura y violeta y 
gualda, sobre las líneas del ocaso agruparse las islas y los archi- 
piélagos que llevaba sobre su espíritu como sobre inmenso 
mapamundi, entre los esplendores del crepúsculo multicolor, y 
surgir la región de Cipango con el reino de Catay, perfumados 
por especias embriagadoras, revestidos de rubíes y esmeraldas, 
con casas de plata maciza, con templos de oro puro, con pare- 
des en topacios y brillantes embutidas, de bosques henchidos 
por alados coros y ornados por gayas flores, y con una corona 
de reverberaciones ideales, en las que iban engarzados versículos 
de Isaías con hexámetros de Séneca y de Virgilio, ensueños sibi- 
linos con capítulos evangélicos, formando y componiendo el 
sublime conjunto de otra nueva creación. Lo cierto es que hoy 
no podemos penetrar en el salón inmenso de San Esteban, lla- 
mado todavía De Profundis¡ quizá por lo mal que alumbran sus 
espacios los ventanillos aquellos, parecidos á tragaluces tristísi- 



22: 



mos, sin qiie bajo sus diez y seis grandes arcos la memoria re- 
cuerde y la imaginación evoque las angustias que desde las 
cumbres del Cáucaso á las cumbres del Calvario han experi- 
mentado todos los redentores cuando han querido romper el 
eslabón de una pesada cadena ó encender la lumbre de un pro- 
gresivo ideal. 

Lo cierto es que cuando recomponemos con el pensa- 
miento la Universidad, y penetrando por la maravillosísima 
portada reconstruímos sus espacios, al rehacer aquella capilla, 
cuyas bóvedas, pintadas de finísimo azul, resplandecían á 
una con cuarenta y ocho imágenes de la llamada entonces 
octava esfera, todas labradas en oro, y oímos en idea el reloj 
complicado en que bella luna de plata ofrecía todos los fenóme- 
nos astronómicos vulgares y corrientes, no podemos menos que 
descubrir la vista y la idea de Colón fijadas allí como un tér- 
mino brillantísimo de aquella serie de revelaciones, por las cua- 
les hemos escudriñado los misterios del universo, y entrevis- 
tas desde nuestras penas y nuestros dolores, un sobrehumano 
ideal. Es lo cierto, lo histórico, lo indudable, que tras las confe- 
rencias de Salamanca, celebradas en comienzos del 87, diéronse 
por los Reyes las oportunas órdenes para la ehtrega de recursos 
al descubridor, y se proveyó para que lo tratasen como adscri- 
to á Real servicio y le reconocieran derecho, doquier que 
fuese, á posada y alojamiento. En legajo de cuentas llevadas 
por el tesorero Francisco González de Sevilla, que puede cual- 
quiera ver trasladadas al tomo 11 de la célebre colección de Na- 
varrete, hállanse las partidas siguientes: «En dicho dia 5 de 
Mayo de 1487 di á Cristóbal Colomo, extrangero, que está aquí 
faciendo algunas cosas complideras al servicio de sus Altezas, 
tres mil maravedís, por cédula de Alonso de Quintanilla, con 
mandamiento del Obispo de Falencia.» «En 27 de dicho mes 
(Agosto de 1487) di á Cristóbal Colomo cuatro mil maravedís 
para ir al Real, por mandado de sus Altezas y por cédula del 
Obispo. Son siete mil maravedís con tres mil que se le manda- 



— 220 — 

ron para ayuda de costa por otra partida de 3 de Julio.» «En 
dicho dia (i 5 de Octubre de 1487) di á Cristóbal Colomo cuatro 
mil maravedís, que sus Altezas le mandaron dar para ayuda de 
costa.» «En 16 de Junio de 1488 di á Cristóbal Colomo tres mil 
maravedís por cédula de sus Altezas.» Como se comprueba pa- 
tentemente por estos datos históricos, así como desde la presen- 
tación á la Junta oficial celebrada en Córdoba y presidida por 
Talavera, no hay rastro de auxilio á Colón; en cuanto á Sala- 
manca llega y se presenta, por Deza dirigido y aconsejado, á 
las Juntas extraoficiales de Salamanca, empiezan los auxilios 
demostrativos de que los Reyes habían venido en socorrerlo 
y sustentarlo con el fin de prosperar su plan y moverle á su 
viaje. 

A no dudarlo , en Salamanca entonces debían vagar las ideas 
capitales del Renacimiento, despertadas por la evocación de los 
autores griegos y latinos, llamados á compartir la historia y 
la ciencia con los cristianos en aquella pascua de resurrección. 
Seguramente no habrían de faltar los empeñados en aplicar al 
proyecto del vidente la excomunión mayor, contenida en la 
Ciudad de Dios, del inspirado San Agustín, contra todos cuan- 
tos de antípodas hablasen, y en recordar aquellas donosuras de 
Lactancio, que tan ligeramente se burlaba de un hemisferio 
como el opuesto al boreal; hemisferio donde los árboles crecerían 
hacia abajo y las nubes lloverían hacia arriba. No habría de fal- 
tar tampoco quien porfiara en declarar inhabitables , tanto la 
zona tórrida, como la zona polar, no obstante haber Colón estado 
y vivido en Islandia y en Guinea. Para muchas de aquellas gen- 
tes universitarias, el único hemisferio bueno era el hemisferio 
boreal, pues en el austral todo se vuelve confusión y caos, como 
indica el mar tenebroso, que comienza de suyo allende la punta 
del apartadísimo africano Bojador. Pero junto á estas ideas, que 
miraban á lo pasado , corrían por el cielo de las almas ideas que 
miraban á lo por venir; junto á las obscuridades y sombras 
espesísimas lucían destellos deslumbradores. Virgilio é Isaías 



— 227 — 

uníanse dentro de confusa palingenesia en los mismos pensa- 
mientos y en las mismas esperanzas. Según tales ensueños, 
mientras el profeta de Jerusalén anunciaba una especie de Ciu- 
dad del Sol , hogar de Dios , alrededor de la cual florecen los 
desiertos, que toman la magnificencia del altísimo Líbano, y 
dentro de cuyo recinto ven los antes ciegos y los antes mudos 
hablan; el profeta de Roma, ungido mil quinientos años des- 
pués de sus profecías como un doctor cristiano por el Dante, 
anuncia que un orden nuevo nace del seno alterado de los siglos, 
que baja nueva progenie del cielo, que llega un Redentor, por 
cuyas leyes y revelaciones perderá la tierra el borrón de sus pe- 
cados, y el espíritu la sombra de sus errores, y su fiereza el car- 
nicero león, y su astucia la tentadora serpiente, y las adelfas su 
veneno; el cual Redentor lo purificará todo de tal suerte, que se 
llenará el campo de doradas espigas sin necesidad alguna del 
trabajo, y la vid, por su parte, de racimos dorados, y la dura 
corteza del roble destilará mieles, y el vellón de los corderos se 
teñirá de iris, y la juguetona cabra irá de grado, con sus tetas 
cargadas, al aprisco , y las vacas al establo , y las hierbas no sen- 
tirán el filo de las hoces, ni el buey la pesadumbre de los yugos, y 
las colinas se coronarán de azucenas, y los valles abundarán en 
aromas asirlos, y el planeta en sus fundamentos, y el Océano en 
su lecho, y el cielo en sus abismos, habrán de saludar este nuevo 
reinado de Saturno y este nuevo día de Astrea, cuya gloria es- 
plenderá tanto, que no podrán loarla ni Lino, ni Orfeo, y el mis- 
mo Pan arrojará lejos de sí el caramillo y la flauta, con que des- 
pertaba las ninfas en los arroyos y hacía resonar las azules mon- 
tañas de Thesalia , dejando á otro poeta mayor que cante tal 
florecimiento de la Naturaleza y del Alma en cánticos cuyos ecos 
asombren y suspendan á todo el universo. Estas ideas religiosas, 
estas esperanzas sibilinas , estos ensueños tesálicos embargaban 
de tal suerte los ánimos y los espíritus entonces, que un hombre 
dotado de un genio gemelo con el genio de Colón, un hombre 
de intuiciones y de profecías, un revelador también, Miguel Án- 



— 228 — 

gel, ponía por estos mismos años los profetas y las sibilas juntos 
en el cielo inmortal de sus creaciones. 

Tenemos en los libros de la época múltiples noticias indica- 
torias del cruce de ideas confusas que había en los espíritus. 
Como ni Vives ni Bacón habían aún convertido la observación 
de los fenómenos naturales hacia el estudio de la realidad , y 
como ni Pereira ni Descartes habían convertido la observación 
de los fenómenos psíquicos hacia la conciencia, predominaba 
un criterio histórico, el cual oía, como los antiguos oyentes la 
voz del oráculo, aquellos juicios de los autores clás'cos, recién 
resucitados y venidos de sobrenaturales regiones y esferas, mez- 
clados con los juicios confusos y vacilantes de los autores cris- 
tianos. Así, por ejemplo, Alberto Magno certificaba la existencia 
de dos clases de nei,Tos etíopes, adscritos á dos opuestos hemis- 
ferios. Pero estas afirmaciones del gran doctor medioeval no 
podían en modo alguno contrastar el decimosexto libro de la 
Ciudad de Dios, en que San Agustín traza una Historia uni- 
versal copiada literalmente de la Biblia, y niega la existencia 
de los antípodas á causa de su imposible descendencia de Adán 
y de lo embustera que aparecería la bendición á los hijos del 
patriarca Jacob y el reparto de la tierra trazado en el divino 
Génesis. Mas aquellos ilustres universitarios contendían igual- 
mente sobre la dispersión del género humano á los cuatro 
extremos del cielo, que sobre la distribución de lo sólido y de 
lo líquido en el desconocido planeta. Y mientras los enemigos 
de Colón aseguraban resultar en sus cálculos el Océano exten- 
sísimo, y, por ende, imposible hallar en él tierras bajando á 
Occidente, por la dificultad incontrastable de remontarlo y de 
volver, sus amigos, fundados en Esdras y en su capítulo vi, 
aseguraban ser la tierra seis veces mayor que la mar , y , por 
consiguiente, facilísimo el encuentro por Occidente de las Indias 
orientales, cuyo extremo debía estar muy cerca de las columnas 
del divino Hércules y del mar de la hermosa Gades. Colón man- 
tenía todas estas aserciones últimas con grandísimo empeño, se- 



— 229 — 

gún el P. Las Casas nos dice , fundándose , al par que sobre los 
versos del profeta Esdras, tan seguido entonces, sobre los libros 
del cardenal Aliaco, su oráculo, quien también restringía el mar y 
agrandaba la tierra, apoyado sobre noticias y especies de Aristó- 
teles, de Séneca, de Plinio, los cuales debían, según él, conocer 
mucho la tierra, por una razón bien extraña, porque los dos pri- 
meros fueran preceptores de Alejandro y Nerón, así como el 
último amigo de Trajano, tres emperadores errantes y viajeros, 
quienes debían tener, por sus viajes continuos y por su. vida nó- 
mada, copiosas noticias del reparto de la tierra nuestra y del ca- 
rácter de las agrupaciones humanas. Y aquí no se detenían las 
razones de autoridad en que los partidarios de Colón se funda- 
ban, pues recogían á granel abundantísima cosecha de obras en 
obras, como la Historia Natural á^ Plinio, cuyo libro ii, capítulo 
Lxvn, hablaba de nociones referentes al mar y sus secretos, bas- 
tantes para desatinar y aturdir al más experto, como de la fa- 
cilidad completa de navegar los mares del ocaso, como de la 
exploración de costas indias por los antiguos seleucidas here- 
deros en Siria del poder y gloria de Alejandro, como de las 
navegaciones que partiendo de la Bética recorren además de 
aguas mauritanas otras meridionales más adentro, como de los 
restos de naves hispanas, vistos por Cayo César al tiempo de 
Augusto en el golfo arábigo , como del viaje circunvalador del 
cartaginés Hannón, lleno de reveladores indicios, como del 
arribo de un Eudoxio á Cádiz por ignotos y misteriosos rum- 
bos, huyendo de Ptolomeo, como de cien otras indicaciones, á 
cual más congruente con los proyectos oídos entonces y con los 
resplandores varios que servían á darles crédito y autoridad con 
alguna consistencia. Á su vez Macrobio, en el segundo libro 
de sus Comentarios al Stieño de Escipión, también ofrecía en 
aquellos tiempos armas á los amigos de Colón, pues con muchos 
errores mezclada, sostenía vagamente la redondez del planeta y 
la existencia del antípoda. É igual parecer compartían Polibio, 
Mela, Solino, citados varias veces por Las Casas en los primeros 



•^ 230 — 

Capítulos de su grande Historia de las Indias occidentales^ tan 
favorable al recuerdo y al nombre de Colón. 

Y con el problema de los antípodas uníase también otro pro- 
blema, referente al carácter de habitable que tienen la zona tó- 
rrida y la zona helada, negados generalmente, á pesar de haber 
dicho Colón que habitara él en Islandia y en Guinea, Despre- 
ciando tales pruebas prácticas ó experimentales, íbanse los con- 
tendientes á pruebas de autoridad, y decían cómo Aristóteles 
poblaba en su libro de El Mundo la mar occidental con islas 
numerosas y aun con tierras ó continentes mayores que nuestro 
mundo conocido, todo ello muy habitable; cómo Lucano aludía 
en sus poemas á una clase de árabes misteriosos esparcidos por 
desiertos ignotos; cómo le mostró y enseñó Marciano á Plinio la 
existencia cerca del Polo Norte de los hiperbóreos, tan felices, 
que se creían en sus bosques bajo las ramas de los elíseos cam- 
pos, y tan longevos que para sucederse tenían que suicidarse, 
arrojándose de cabeza desde las montañas más encumbradas y 
eminentes, cosa también frecuentísima en las zonas tórridas, re- 
frescadas por el oceánico aliento; cómo dos autores de tan di- 
versa índole cual Avricena y cual Anselmo, hablaban de archipié- 
lagos perdidos y olvidados , á manera de ingentes madreperlas, 
en las aguas del mar tenebroso; cómo Platón, en sus dos sublimes 
diálogos del Timeo y de Cricias, conmemora una incomparable 
tierra, denominada, según las tradiciones egipcias recogidas por 
los varios sacerdotes en sus templos, testigos de la historia y 
depositarios de la tradición, Atlántida, tendida, con arrecifes 
de corales y bosques de palmas y mares de ópalos y montes 
de pedrería, entre las columnas del Divino Hércules y las cos- 
tas occidentales del África y el extremo de Asia, que se ha- 
bían tragado los abismos, y que aun mostraba sus residuos 
en los bosques de plantas variadísimas é inclasificables, donde 
los barcos enredaban sus quillas y detenían sus moles; cómo 
los platónicos habían recibido las ideas respecto de su At- 
lántida misteriosa del sabio legislador Solón, y Solón del 



— 231 — 

misterioso río Nilo ; cómo los principales geógrafos clásicos su- 
maban á una con esta sumersión la de Acarnania por el golfo 
ambracio, la de Acaya por el golfo corintio , la de una parte del 
continente asiático y otra del europeo por la Propóntide y el 
Pontho, la ruptura entre los dos bordes espléndidos del Bosforo 
y la formación relativamente recentísima de Geslos; como Séne- 
ca, en el sexto libro de sus Morales, atribuye á Tucídides el inten- 
to de señalar una fecha irrevocable á la sumersión del continente 
atlántido; cómo ciertos rumores hablaban de la unión del suelo 
africano con el europeo suelo , por medio de un istmo formado 
entre las dos riberas del Estrecho, y además hablaban de haber 
desaparecido un brazo entero del Guadalquivir, y hablaban 
de haberse llenado con ovas y ramajes y algas las aguas al ocaso 
de Canarias; cómo San Ambrosio anunciaba en sus Disertacio- 
nes sobre vocación de las gentes una esperanza clara y segurí- 
sima de abrir y patentizar apartadas regiones donde nuevas razas 
recibirían la luz y revelación del Evangelio: confusas y contra- 
dictorias noticias , en las cuales hubiera podido perderse cual- 
quier incierto espíritu ó cualquier irresoluto ánimo; pero no Co- 
lón, aquel profeta de absoluta confianza en sus profecías, quien, 
dentro de tal mar de confusiones , formado con tantos caudales 
de ideas, unas por él conocidas y desconocidas otras, oía su vo- 
cación segura, del cielo transmitida, y caminaba con firme é in- 
contrastable voluntad á la realización y cumplimiento de su di- 
vino ideal. 



CAPITULO XIII. 



LA RÁBIDA. 




>í resultado práctico tuvieron todas las remociones de 
ideas diversas, que fué la mayor inteligencia del piloto 
con los Reyes y la mayor protección concedida por 
éstos á los planes condenados en la Junta de Córdoba. Pero, si bien 
abundaban los auxilios con alguna frecuencia, á pesar del continuo 
apuro en que vivía la Corte, un decreto decisivo y determinante 
del viaje no podía sobrevenir, impedido por el natural embargo 
en la reconquista. Tras la estancia en Salamanca emprendió el 
regio matrimonio, que gobernaba sobre nosotros, la conquista de 
Málaga, y durante la conquista de Málaga estuvo alternativamente 
Colón unas veces en el sitio de la ciudad , otras veces en la corte 
de Córdoba, y hasta en la corte de Lisboa. Muchos niegan este 
viaje; pero no debe maravillarnos tal negación, atendido á que 
reina una tal incertidumbre y perplejidad en los historiadores de 
toda esta época, que hay quien desconoce y niega las conferen- 
cias mismas de Salamanca, poniendo las dos Juntas reunidas 
para oir al descubridor y entender del descubrimiento, en Cór- 
doba y en Granada. Mas no cabe duda respecto del viaje á Lis- 
boa de Colón. Basta considerar que tenemos la carta del rey 
D. Juan, concediéndole salvoconducto y preservándolo de toda 



— 234 — 

demanda por deudas, fechada en el año 88, así como tenemos 
una célebre apostilla, puesta por la mano del descubridor en su 
libro predilecto, El Mundo de Aliaco, donde consta la coinciden- 
cia de su arribo á Lisboa con el descubrimiento, á sus planes tan 
favorable , con el descubrimiento de aquella extrema tierra del 
África austral, conocida con este nombre : Cabo de Buena Espe- 
ranza. No sabemos cuánto hiciera en Lisboa Colón durante la 
visita postrimer á la hermosa capital portuguesa ; no podemos es- 
tablecer ni la fecha de su partida, ni la fecha de su regreso; pero sí 
podemos decir que recogió cuantas noticias pudo en aquel tiempo 
hallar de carácter geográfico y las puso con sobra de diligencia 
y matemática exactitud en su memoria y en sus libros. Efectiva- 
mente; Bartolomé Díaz acababa por entonces de hallar el Cabo, 
allende cuyas aguas no pudo pasar por el terror de la tripulación. 
El mundo había dado un paso más hacia la corte del Preste 
Juan de las Indias, que provocaba tantas expediciones y que in- 
fluyera en los ensueños de Colón. La residencia del misteriosísimo 
personaje , puesta por el veneciano Polo en las aromadas selvas 
del Asia central , pasaba , en concepto del portugués Corilhan, á 
los riscos de Abisinia circuidos por los arenales líbicos; y mien- 
tras llegaban estas noticias, refería el piloto descubridor todas 
las angustias sufridas en requerimiento de un Cabo conocido ya 
desde aquel entonces con dos nombres tan opuestos como Espe- 
ranza y Tempestad. En tales disertaciones orales aseveraba Díaz 
cómo había desistido , para una segunda expedición , de dar di- 
mensiones grandes á sus naves, y las deseaba sólidas para que 
resistiesen á todas las tormentas del aire , y diminutas para que 
penetrasen por todos los senos del mar. Así, de cuanto necesi- 
taba entonces un barco para navegar lejos, había llevado suma 
tres veces superior á la llevada en los viajes anteriores. É hizo 
bien. Las tormentas se arremolinaban en aquellas aguas con tal 
frecuencia y tal furor, que las naves iban bajo de las alteradas 
ondas. Pero el mar tenebroso estaba desvanecido ; el África cir- 
cunvalada en lo posible casi; el Preste Juan próximo á las ma- 



— 235 — 

nos que lo requerían por todas partes; las Indias orientales, reen- 
contradas en expediciones tan maravillosas como las expedicio- 
nes de Alejandro; los aromas de nuevas especias difundidas en 
las venas, y casi descubierto el origen de la humanidad y de la 
historia; el territorio ario de fetiches y de castas, y de palanqui- 
nes, y de palmas, y de jeroglíficos, y de oro, y de brillantes, y 
de simbólicas flores, y de cuentos prehistóricos, que completaba 
el planeta con su vida exuberante y coincidía con el encuentro 
de la estatua griega entre los escombros y las ruinas del tiempo 
pasado, y el encuentro de nuevos mundos entre las esperanzas del 
tiempo por venir. Mas Colón, que así trazaba una profecía como 
una cuenta, dijo en las apostillas y anotaciones de sus lecturas 
cómo Bartolomé Díaz navegara seiscientas leguas allende lo na- 
vegado hasta entonces, é inviniera el Cabo de Buena Esperanza; 
en el cual, tomando altura por el astrolabio de Behain, así como 
probó que distaba 45 grados de la equinoccial, probó también 
que distaba tres mil cien leguas de Lisboa. El matemático y el 
profeta se completaban en Colón , quien , al mismo tiempo que 
leía Esdras ó Job en sus oraciones con santa piedad, tomaba con 
matemática exactitud alturas y distancias en peladas cifras. 

En cuanto volvió Colón de Portugal quiso avistarse nueva- 
mente con los Reyes; pero encontró las vías materiales á su 
corte y las vías morales á su corazón muy obstruidas por los 
olvidos consiguientes á la triste ausencia y por el embargo y 
absorción de los espíritus y de los ánimos en la reconquista. 
Vencedores los Reyes en Málaga y Vélez-Málaga , el triunfo 
les aguijoneaba con sugestiones vivas á la continuación de su 
obra, facilitada por las innumerables divisiones interiores del 
reino granadino, roto en fragmentos , que ocupaban , como ene- 
migas fortalezas alzadas por unos contra otros, los tres nomi- 
nales reyes moros Hassem , Boabdil , el Zagal. Así , después que 
celebraron en Aragón una de aquellas Cortes vivamente agitadas 
por el saludable soplo de la libertad, y que celebraron en Sevilla 
con torneos y cañas y festejos y saraos el enlace de su hija ma- 



— 236 — 

yor, D.'' Isabel, con mozo de tanto poder y nombre como el 
príncipe D. Miguel, heredero de la corona portuguesa, convir- 
tieron sus pensamientos y sus fuerzas al indispensable remate de 
la gloriosa reconquista. Mala coyuntura para tratar de ningún 
otro asunto. Habían crecido los partidarios de Colón y aumen- 
tádose la particularísima influencia de cada cual. Quintanilla, el 
bueno y próvido Contador, ganaba influjo á medida que hacía 
gala de sus talentos en procurar al Real Tesoro cuantiosísimos 
servicios; Mendoza, el Cardenal fiel, aumentaba en poder y me- 
recía gracias conforme iban sus caridades asistiendo á los vivos 
y sus oraciones á los muertos, sin descuidar por esto el combate 
perdurable con los guerreros moros; la Marquesa de Moya, ex- 
puesta en el asedio de Málaga, por el esplendor de sus arreos y 
la riqueza de su alojamiento, á violentísima muerte, pues la hi- 
riera un santón árabe , tomándola por Isabel , ganaba el corazón 
de la Reina , quien decía que jamás hubiera en España reinado 
sin la decisión del marido de su amiga ; y no obstante la grande 
autoridad y poderosa influencia de todos en el gobierno regio y 
en el campamento cristiano , hallábanse como muertos , y no 
querían divertir ni un hombre, ni un escudo de la obra capital 
del tiempo , de la cercana reconquista. Mientras Colón llamaba 
de puerta en puerta, ofreciendo continentes á quien reconcen- 
traba todas sus actividades en una sola ciudad, la tala de los 
cármenes granadinos , azotados por una invasión cristiana ; el 
asiento de las vencedoras huestes alrededor de Baza, donde se 
había levantado una ciudad española frente á la ciudad árabe, 
ardiendo las dos en fiestas y en combates ; las hazañas caballe- 
rescas de los Pulgares, inspirando á los soldados de la cruz alien- 
tos nuevos en la cruzada religiosa y á los romances moriscos 
nuevas cadencias en la epopeya nacional ; el penúltimo Rey 
moro, de hinojos ante los Reyes, presentándoles en homenaje, 
á la vista del mar azul , que resaltaba en marco de asiáticos no- 
pales y de rosáceos adarves, la sultana feliz, Almería, coronada 
de torres y de palmeras ; los embajadores turcos, llegados desde 



— 237 — 

la cautiva Jerusalén á detener el brazo extendido sobre Granada, 
vacilante y, en su tribulación, hermosísima como la Sión de los 
profetas; el muro de las mismas Alpujarras, encendido por el 
sol andaluz y perfumado por el jazmín oriental, resonante con 
el fragor de encuentros, cruentísimos por sus resultados, pero 
épicos por sus gentiles aspectos; Salobreña despidiendo al ciego 
Hassem, terror de la cristiandad, muy llorado por las elegías de 
una raza, parecidas al sublime lamento de los trenos bíblicos; 
cada laurel de la vega convertido en lanza de los combatientes, 
y cada eslabón de las cadenas rotas en el pie de los cautivos 
redentos en chuzo de estas lanzas; cada huerto trocado en arena 
de torneo continuo ; cada hogar en fortaleza á los defensores y 
objeto de ataque á los asaltantes; el espacio aquel todo hecho 
los de Troya para los helenos, término de una guerra secular 
y comienzo de una nueva patria, no dejaban lugar para ningún 
otro empeño ajeno á la terminación y coronamiento de tan ma- 
ravillosa epopeya. ¿Cómo habría en tal minuto espacio para 
pensar en Colón , antes desconocido y olvidado ahora ? 

Colón, al verse así olvidado, lloraba los tiempos en que se viera 
combatido; y, taladrado el corazón; heridas sus más caras prefe- 
rencias; deshojada la fantasía de todas sus ilusiones; con las zar- 
zas de los desengaños, más penetrantes que las espinas, en sus 
sienes, la hiél de todas las acerbidades juntas en sus labios, el ho- 
rror al ciego mundo por sus nervios, los primeros asomos de la 
vejez en su frente arrugada por los surcos que deja todo ideal 
frustrado, las heladas del invierno de su vida llevándole, silen- 
ciosas, el frío de la desesperación, y cerrándole todos los horizon- 
tes; empecatadísimo en rehacer su obra, ofreciéndola de nuevo 
á otros reyes, y en reanudar su pasos, apartándose, como se ha- 
bía en oportuna sazón apartado y huido de Portugal, apartán- 
dose y huyendo de nuestra España, tomó la resolución de una 
suprema despedida del suelo español, donde todo le abandonaba, 
y de un llamamiento á la corte de Francia, donde se habían refu- 
giado las pavesas de aquellas últimas llamaradas que lo esclare- 



— 238 — 

cieran y le alentaran en tan amargo dolor con algún vislumbre 
de salvación y con algún asomo de triunto. En tal estado te- 
rrible, debió ir á Córdoba para despedirse de D.^ Beatriz y besar 
al hijo de sus amores con ella, Fernando; desde Córdoba debió 
irse á Sevilla para verse con amigos como los Geraldinis y noti- 
ciarles sus amarguras, á fin de que á su vez las noticiaran ellos á 
Mendoza; desde Sevilla irse á Marchena para contarle á su pro- 
tector, el sabio fraile Antonio, los desvanecimientos de todas las 
esperanzas y los malogros de todas las promesas; desde Marchena 
irse á Huelva en busca de su cuñado Muliarte y de su hijo Diego, 
puestos so el amparo de sus tíos carnales, en el afán y desaso- 
siego consiguientes á las peregrinaciones del descubridor; desde 
Huelva, en aquel errar de un desgraciado, poseído por la terrible 
hipnotización de las ideas y aquejado por la neurosis, ó desarre- 
glo de los nervios, muy semejante á la que asalta en vísperas de 
su demencia ó de su muerte á un loco y á un suicida, entrarse 
por un monasterio aislado y solitario como pudiera entrarse por 
los umbrales del sepulcro y acogerse á la silenciosa eternidad, 
pues no debía caberle ya el corazón en su pecho y el dolor en su 
corazón. La histeria del místico éxtasis cuando esperanzado, ha- 
bía sido sustituida, cuando desesperado, por la histeria de infernal 
dolor. Le creían un alucinado, cuando era un matemático. Le 
abandonaban por unos cuantos cármenes al pie de las viejas Al- 
pujarras, cuando él traía mundos nuevos, y mares, y cielos. El 
insomnio magnético por tales consideraciones llevado á sus pár- 
pados; el desatino y destiento de una sensibilidad sobreexcitada 
por estos combates interiores; los espasmos inconscientes de una 
epilepsia irremediable; las agitaciones de los músculos, constre- 
ñidos por el aguijón de la intranquilidad á una movilidad per- 
durable; todas las pasiones encrespadas en oleajes amarguísimos 
y tormentosos; el delirio en algunas horas de necesaria exalta- 
ción, y el desorden de todas sus fibras, seguido por un sueño de 
síncope y un reposo de ataxia ; las contorsiones ocasionadas al 
sacudimiento del contacto con las penas íntimas, tan fulminantes 



— 239 — 

y tan devastadoras de la red nerviosa como la centella y el rayo; 
unas letargías parecidas á catalepsias, tras unos desvelos, en las 
demencias más agudas y continuas únicamente posibles, debían 
darle ¡ay! el aspecto de un endemoniado, como la esperanza de 
logro los éxtasis de un santo. Al tornar de la vega, donde todos 
se volvían á mirar las bermejas torres y nadie se acordaba de su 
persona y de su proyecto, debió aparecérsele como un faro la 
Rábida en dura noche de naufragio. Se necesita no haber pen- 
sado nunca, ó no haber nunca padecido, para ignorar, en esta 
evaporación de las lágrimas, en estas extinciones del alma, cómo 
consuela una campana que tañe, cómo abriga un sauce que llora, 
cómo conhorta una cruz que tiende sus brazos vacíos en la sole- 
dad, cómo serena el encuentro de olvidado sepulcro que nos pro- 
mete la paz y el sueño de la muerte. Colón se dirigió á la 
Rábida en aquel dolor, como á la Virgen alzada en los altares de 
proa se dirigiera entre las deshechas tempestades. Un seto cu- 
bierto de pinos en medio de la soledad; el mar inmenso de Occi- 
dente á la vista; un cielo claro donde fijar las retinas obscuras; un 
pavimento de losas sepulcrales; claustros en que recogerse y pre- 
pararse para la postrimer agonía ; altares adonde asirse para lle- 
gar perdonado á una eternidad olvidada por los deseos de mun- 
danales glorias, menos que humos, y por el descubrimiento de 
tierras, en presencia de lo infinito menos que átomos; penitentes 
y monjes aceptos á su alma, porque le parecían sombras: he ahí 
todo cuanto explica el asilo y refugio demandado por Colón á 
la Rábida. Las tradiciones antiguas pusieron al profeta en el mo- 
nasterio á la hora de su llegada y de sus ilusiones; la crítica con- 
temporánea , más docta , pone al profeta en el monasterio á la 
hora de su partida y de su desencanto. Ahí está la gloria de tal 
sitio, en haber presenciado el renacimiento de una perdida espe- 
ranza. Y volvió la esperanza porque Colón creía y á Colón lo 
amaron. Escollo santo de la fe , donde brotó el más puro entre 
todos los afectos: el afecto de una inagotable admiración mez- 
clado con el afecto de una inextinguible amistad. Cierto humilde 



— 240 — 

Juan Pérez descubrió el Nuevo Mundo , sépanlo el desamor y la 
envidia, por haber querido y por haber admirado mucho. 

Colón, llegado allí en tal arrebato de ánimo, debió interesar 
por todo extremo al Guardián del convento, consagrado á las 
contemplaciones de un infinito como el cielo, de un infinito 
como el mar, de un infinito como el alma, tres revelaciones de 
Dios. Un sentimiento de caridad nativo en el solitario le con- 
dujo á socorrer y á consolar al hombre aquel, desasido de todo 
cuanto no fueran sus invenciones, y una incontrastable aspira- 
ción al saber le sugirió la firme resolución de auxiliar á obra tan 
cristiana como el hallazgo de razas ocultas al sol del Evangelio. 
Pero lo que principalmente debió moverle á la participación de- 
cisiva en el necesario logro de tal deseo y aceptación de tal pro- 
yecto, fijé la elocuencia bíblica de Colón, mezclada con las íór- 
mulas numéricas, pues en su virtud ponía tras un cálculo un 
salmo, y tras las combinaciones matemáticas que señalaban la- 
titudes y alturas en las zonas terrestres, las oraciones místicas 
que prometían milagrosa renovación del Universo. Indudable- 
mente Colón cayó en la Rábida fatigadísimo, á consecuencia del 
insomnio continuo y del malestar nervioso y del movimiento in- 
deliberado á que le sujetaban los intensos dolores provinientes del 
duro desengaño. Juan Pérez comenzaría por darle algún consejo 
al pie mismo de la cruz del vestíbulo, donde le cataría en se- 
guida el alma con esas adivinaciones propias de la nativa com- 
pasión. Seguidamente Uevaríale, para procurarle algún reposo, á 
la hospedería, conjurándole, tras las promesas de su auxilio y 
las fianzas en que podía librarse algún indicio de consuelo, á 
granjearse la necesaria paz por algún conhorte moral seguido 
de una confortación material, cuya virtud eficaz, venciendo la 
desgana y el insomnio, le facilitaran el necesario alimento y le re- 
conciliaran el tranquilo sueño. Aunque los hombres del Renaci- 
miento no sentían la naturaleza como la sentimos nosotros, cosa 
indudable que la inmensidad celeste del mar, y la diáfana bóveda 
del cielo, y las bocas de los ríos en la bahía de Huelva, y los pue- 



— 241 — 

blos agrupados al pie de la colina, y los recodos con las ensena- 
das de aquellas costas, y el suelo andaluz á un lado y el suelo 
lusitano á otro, sumados con los olores de tomillos y alhucemas 
y salvias, con las guirnaldas de rosas y jazmines, con la música 
de palmas y de pinos vibrantes, con el apacible recreo que dan 
al olfato los naranjales y al oído las avecillas, debieron servir de 
laxante á la exacerbada irritación de los nervios que atormenta- 
ban al descubridor, quien se iba de una segunda patria donde 
había encontrado amistad, y amor, y admiración, á tierra ex- 
traña, donde acaso temía supremas y definitivas repulsas por no 
dar de cabeza, según los arrebatos de su desesperación, en una 
desenfrenadísima demencia. Luego el Padre le hablaría de su con- 
vento y de su Orden. Para creer en el milagro no hay como 
tratar á una comunidad. El bueno de Juan Pérez diría con se- 
guridad al marino todo cuanto en aquella clausura se contaba: el 
antiguo culto idolátrico á Proserpina, honrada con la degollación 
anual de una bella moza vecina, cuya sangre bebían los pa- 
ganos para fortalecerse, y sólo alcanzaban endemoniarse; la cele- 
bración de procesiones análogas á las Lupercales romanas, escla- 
recidas por cirios como los usados ahora en la Candelaria y en 
el Tenebrario católicos; la institución de una iglesia en el sitio 
mismo consagrado á Proserpina, diosa hija de Ceres, según 
unos, y según otros, á princesa hija de Trajano, por un san- 
tuario á la Virgen llamada de la Rábida desde tal sazón, á causa 
del remedio aguardado contra la rabia, entonces muy extendida 
entre los cristianos; el portento de haberse debido la imagen allí 
adorada á Jerusalén, donde la talló el mismísimo San Lucas, 
ante aquel retrato de la Virgen trazado por sus doctos pinceles, 
teniéndole unos ángeles la divina paleta y moliéndole otros án- 
geles con sus manos lavadas los brillantes colores; el rapto 
y ocultación á la venida de los árabes, por los fieles mismos de 
tal simulacro milagroso, dentro del mar, para más confianza y 
seguridad, en cuyas líquidas profundidades no solamente se con- 
servaba para la hora del triunfo, impedía la colocación del zan- 

16 



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carrón de Mahoma, caído por los suelos cuantas veces quisieran 
los infieles alzarlo á las bóvedas que vieran la Virgen Madre so- 
bre su peana y bajo su solio, circuida siempre de luces y de flo- 
res; el establecimiento de la Orden franciscana por el Padre será- 
fico en persona cuando sin miedo iba de Asís á Francia, de 
Francia y París á Burgos, de Burgos, donde aun guardan mo- 
delado en piedra su recuerdo, á Lisboa, de Lisboa á Huelva, 
de Huelva á Sevilla; la defensa que debió á los templarios la 
casa y el martirio de gloriosos habitantes suyos en África: todo 
lo cual andaba en la tradición secular mezclado con antiguas 
consejas de ancianos vecinos y se contenía en vitelas arruga- 
das é ilegibles , guardadas en el altar mayor y ante las aras para 
edificación de todas las generaciones en todo el transcurso de 
los siglos, y gloria y prosperidad magníficas de aquel sacratísimo 
templo, cuyos arcos, unos de corte gótico y otros de corte mude- 
jar, dicen acerca de su historia más que todas las leyendas mo- 
násticas y que todos los cuentos seculares. Y al mismo tiempo 
que le mostraba el P. Juan la iglesia y el monasterio, aconsejaríale 
se remitiese y encomendase á la divina imagen de María Santí- 
sima, bastante milagrosa por todo lo que allí se contaba y se 
creía, para tocar en el corazón de sus enemigos y ablandarlo, 
así como para subirlo y ponerlo á él en los pináculos de la for- 
tuna y de la gloria. Colón debió rezar con la fe propia de su pie- 
dad cristiana y debió insistir en una idea que le atenaceaba mu- 
cho, en la probabilidad indudable de reconquistar la santa casa 
de Sión y el santo sepulcro de Cristo, si lograba cumplir sus ma- 
ravillosas profecías. Pero, después de haber pedido á Dios, acor- 
daríase de que la ciencia mucho ayuda, como la voluntad mucho 
vale, y expondría la confianza en sus cálculos, amén de la con- 
fianza en el cielo. Juan Pérez, arrobado á las dobles ideas religio- 
sas y científicas, recordaría lo mucho que del mar inmenso y de 
las costas lejanas habría oído hablar á tanto y tanto piloto cual 
por allí pululaba. Y entre todos descollaría el astrólogo y cos- 
mógrafo Garci-Fernández, quien, por el Padre movido y de Colón 



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encantado, certificaba la probabilidad de topar con las Indias 
orientales navegando por el mar occidental. ¡Oh! Lo cierto es que 
mandaron un señor llamado Sebastián Rodríguez', vecino de 
Lepe, al campo de Santa Fe con ep'stolas de Juan Pérez á la 
Reina; que Lepe volvió á los quince días con una orden expresa 
y apremiante de presentación á la Corte, del fraile; que, muy en- 
tusiasmado éste y diligentísimo, emprestó ágil muía de paso al 
buen labrador Cabezudo, y se partió por trochas y atajos, con 
riesgo de su vida y de su libertad, al real de Granada; que vio 
á la Reina el Guardián, recibiendo de sus manos veinte mil ma- 
ravedís en florines para que los expidiera con Diego Prieto, de 
Palos Alcalde, á la Rábida, entregándolos por su mano á Colón, 
quien, provisto de una bestezuela, y decentemente trajeado, es- 
taba ya en ocasión de presentarse á recibir lo conducente al 
equipo de tres carabelas, destinadas en el ánimo de los Reyes 
al gloriosísimo viaje. 



CAPÍTULO XIV. 



COLON EN EL REAL DE SANTA FE. 




RA de ver aquel campamento. Para formarse una idea 
del esplendoroso lujo que lo decoraba, precisa ver los 
frescos de aquel tiempo, los cartones de Paulo Ucello 
reproducidos por P'elipe II en El Escorial ; ó los cuadros de Van- 
Eyk, quien arribó hasta Granada en sus viajes; ó las grandes figu- 
ras de la sacristía de Siena, dejadas allí por el pmcel de Pinturri- 
chio. Los brocados vestidos por damas y caballeros; los tisúes de 
oro y plata, que no podía un puñal atravesar; las áureas bordadu- 
ras de artísticos realces; los plumajes traídos entonces por las 
expediciones lusitanas del Asia y del África; las gasas orientales 
que servían á los bellos rostros como las sombras á las estrellas; el 
copioso encuentro de perlas en los mares y esmeraldas en los 
montes por aquellas recién invenidas comarcas; el artístico gusto 
resucitado por pintores y escultores del seno de Grecia y traído al 
seno de Italia para irradiarse por Europa; estas ventajas de la 
civilización moderna, que se iniciaban entonces, veíanse reunidas 
en el real de Granada como en ninguna otra parte, gracias al 
esplendor mágico de nuestra hermosa patria. Imaginaos las tien- 
das innumerables de brocados riquísimos, donde pendían los ta- 
pices de Arras con sus realzadas figuras; las alfombras de Persia, 



— 246 — 

que valían un imperio ; las mesas talladas con todas las guirnal- 
das del deslumbrador Renacimiento; los platos áureos repujados 
en Florencia; los vasos de cristal de roca puestos sobre pies de 
oro, lloviznados todos ellos con rocío de rubíes; las armaduras 
embutidas con toda sueite de metales preciosos; las adargas rica- 
mente grabadas con los blasones de sus respectivos dueños ; las 
lanzas, parecidas á rayos del cielo por lo fulminantes; las espadas 
con sus empuñaduras de sin igual valor; los talíes, sembrados de 
zafiros y ópalos; todas aquellas maravillas del arte, que parecían 
á una ensueños fantásticos de poetas y no realidades verdaderas 
del mundo. ¡Y en medio de tanto lujo, más propio para la moli- 
cie que para la guerra, cuánto valor y esfuerzo! Quien hubiese 
visto , por ejemplo , al Marqués de Cádiz , vestido con su túnica 
mora de oriental tisú, ornado el pecho de venecianos encajes, 
pendiente del hombro capa de terciopelo negro bordada de oro, 
rojas calzas de seda indiana y zapatos de telas acuchilladas y con 
pedrería, la gorra de cintillo y plumaje á la cabeza, el cinturón 
de zafiros y esmeraldas al cuerpo, una especie de alfanje al cos- 
tado y guantes con puños de metales preciosos, no le creyera 
ciertamente aquel vencedor en cien combates, que á los cuarenta 
y cinco años había saltado tantos muros, visto tantos pueblos y 
fuertes puestos á sus pies y rendidos á su brazo, hecho tantas 
campañas como los primeros héroes de la historia y como los 
primeros campeones de la guerra. Y allí, en aquel campamento, 
sucedíanse á las cenas las danzas, á las danzas los conciertos, á 
los conciertos los torneos, á los torneos los juegos de cañas y de 
sortijas, y á los juegos los combates. Por fin. Granada tuvo que 
darse al sitiador, y señaló su entrega para el día 2 de Enero 
de 1492. 

En la víspera de tal acontecimiento , los Reyes tomaron todas 
las precauciones indispensables para que no pudiese deslustrarse. 
Los pregoneros del campamento notificaron á voces cómo, al 
amanecer del día siguiente, debían hallarse las tropas apercibi- 
das á la entrada, con sus mejores aprestos y arreos. También se 



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dieron rigurosas órdenes á fin de que los caballeros y sus pajes 
y todas las gentes de pro se presentaran revestidos de sus prin- 
cipales galas y ornados con sus más bellas preseas. No rayaba el 
alba por las altas y empinadas crestas, cuando los clarines con- 
fundían sus llamamientos con los píos y arpegios de las vigilan- 
tes alondras. El cielo tenía ese azul claro que presentan los hori- 
zontes meridionales si pica el frío, haciendo transparentarse al 
aire. Las nieves de la Sierra nunca relumbraron como aquella 
mañana, con tal esplendor, ni lucieron sus colosales facetas de 
diamante. Aunque riguroso el invierno, los muchos árboles que 
no pierden la hoja en la dura estación, como cipreses, olivos, 
palmeras, limoneros , laureles, hallábanse realzados con gotas de 
rocío y bordaduras de escarcha. Nada tan hermoso como aquel 
amanecer, cuando los primeros rayos de luz rebotaban en las 
armas y en las armaduras de los cristianos, tendidos por la vega, 
y hacían resaltar los trajes y los turbantes multicolores de los 
árabes, agrupados por última vez en sus torres y en sus torreo- 
nes. ¡Qué contraste. Dios mío, el de las campanas saludando, 
desde las torres de Santa Fe, al nuevo día, con los muhecines ó 
muhedanos, por vez última, diciendo en luctuosos acentos, desde 
los alminares de sus mezquitas, las alabanzas al Dios de los mus- 
limes, cercano á ser proscripto de aquel edén, hecho para placer 
de los suyos por las manos de las huríes y de los ángeles! Desde 
Santa Fe podía la vista contemplar aquel maravillosísimo es- 
pectáculo, nunca tan hermoso como al salir la ciudad sultana 
de sus harenes para postrarse ante las aras de los altares cató- 
licos. Desde allí, desde el real de Santa Fe, podía verse á la de- 
recha el valle inmenso entre cuyas arboledas y plantíos cule- 
brea el Genil; á la izquierda Sierra Elvira, y, como acercándose 
á sus lavas frías, el tormentoso Albaicín, coronado con su for- 
midable Alcazaba , y el Darro abriéndose paso entre colinas en- 
cantadas y por lecho de granito; al frente los cristales de la Sie- 
rra, cuyas faldas, entre azules y rosáceas, entonaba la luz mati- 
nal; y más abajo de la Sierra, el Generalife con sus rotondas de 



-- 248 — 

porcelana y sus tejas de reverberaciones metálicas entre bosques 
de mirtos y de adelfas; el cerro más hermoso, el cerro de la Al- 
hambra, poblado de sus innumerables torres, á las cuales han 
dado tintes, que llegan del rosa pálido al carmín rojo, los ardores 
del Mediodía; y, entre tanta belleza, la ciudad como una granada 
que se hubiese abierto al caer de los edenes del cielo á los abis- 
mos del mundo. Ya el sol montaba de su oriente á su cénit 
cuando el Cardenal Arzobispo de Toledo, Mendoza, llevando á 
su frente la cruz de plata que debía erguir sobre Granada , como 
la irguiera sobre cien otros pueblos rescatados á la morisma, en- 
caminábase con dos mil milites de todas armas , equipados bri- 
llantemente, á posesionarse de la deseada conquista. Los trajes 
eclesiásticos de la comitiva, su propia roja púrpura cardenalicia, 
mezclada con las casullas de sus diáconos, caballeros en los li- 
túrgicos mulos, al frente de un ejército en marcha, contrastarían 
hoy con todos nuestros sentimientos y todos nuestros gustos, 
pero no entonces, por tener cada prelado una parte de temporal 
poder, é ir anejas á sus facultades religiosas ciertas prerrogativas 
soberanas, sin las cuales no se concebía ninguna dignidad social, 
ni á la hora de morir y expirar el feudalismo. 

Al llegar Mendoza con su hueste á la puente por donde , so- 
bre los fosos, debía pasar con todos los suyos á la fortaleza, dio 
de manos á boca con Boabdil, quien salía, seguido por un gran 
tropel de moros principales. Viéndole, veíase la imagen misma 
del desaliento. Aunque apuesto y erguido de suyo, la pesadum- 
bre del dolor inmenso le hacía como encorvar las espaldas. 
Aunque joven, pues apenas alcanzaba treinta años , tenía dema- 
crado y arrugadísimo el rostro , como un viejo , merced á la 
tensión de su pensamiento en todo el sitio y á los surcos 
abiertos por las penas en las noches últimas. Aunque de un 
color moreno, el insomnio le había vuelto como verdoso, y 
diluido unas moradas ojeras en torno de aquellos sus negros 
y profundos ojos, hundidos á la sazón y muertos. Por su ne- 
gra barba se veían blanquear varios cabellos blancos, y por 



- 249 - 

los tendones rígidos del cuello se notaba el esfuerzo empleado 
para reprimir y ahogar amargos y violentos suspiros. Los la- 
bios se le caían con menosprecio, como á quien, atenaceado 
por una grande aflicción suprema, no le va nada en la vida, ni 
aguarda nada del mundo. Maldecido por el hado adverso, en 
ciertos momentos creía cumplir una especie de ministerio divino 
en la observancia y en el cumplimiento de sus fatales decretos. 
Mas realmente no podía sobreponerse á su dolor. Así que se 
imaginaba solo, y creía que nadie le miraba, quedábase rígido é 
inmóvil como al frío de la muerte. Una languidez , en la que se 
notaba con el desmayo del espíritu el desmayo del cuerpo, apo- 
derábase de todo su ser, y sin que pudiese impedirlo el empeño 
y el esfuerzo propios, suspiros hondos y amargos salían de su 
despedazado pecho. El grupo formado por él y por los suyos 
junto al Cardenal y su comitiva, tenía todo el color de los gru- 
pos orientales. Turbantes de mil colores, acusando la dignidad 
y estirpe de aquellos que los ceñían; alquiceles de blanquísima 
lana y marlotas de bordados realces; túnicas al cuerpo ceñidas 
por talíes de pedrería; damasquinadas adargas, embutidas en oro 
y plata con leyendas koránicas; gualdrapas tunecinas, que re- 
lumbraban maravillosamente; arreos vistosísimos y apropiados 
al color de los caballos; bandas é insignias; todo el esplendor 
de aquella ciudad reñnadísima desplegábase ahora, en el mo- 
mento mismo de acabar su vida é iniciarse los tristes y últimos 
funerales debidos á su muerte. El sitio de la escena denominá- 
base Abaul, y sobre aquel sitio campeaban, de un lado airosa 
mezquita, y de otro lado la torre célebre de los Siete Suelos. 
Viendo venir el Cardenal de Toledo á los primates granadinos 
tan humillados, no pudo menos que dirigirles algunas palabras 
muy discretas y reservadas, pues la misma natural conmisera- 
ción á la desgracia podía creerse un rebajamiento infligido al an- 
tiguo poder y fortuna. Bajaba Boabdil en busca de los Reyes, 
cuando encontró al Cardenal; y anheloso indudablemente de 
romper su pecho y desahogarlo con alguna expansión y alguna 



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confidencia, díjole al prelado: «Vais á ocupar esos alcázares, en 
que nací y en que debiera yo haber muerto. Tomadlos á nombre 
de los esclarecidos Reyes á quienes aquel que todo lo puede 
ha querido entregarlos, parte por los merecimientos suyos, y 
parte también por los pecados nuestros. > En estas palabras, con- 
servadas por la historia, descúbrese desde luego cómo el fatalismo 
ismaelita, poderoso para mover al combate y á la guerra, tam- 
bién es poderoso para infligir una conformidad y una resigna- 
ción á la desgracia, que hace perdurables y casi eternos los esta- 
dos tristes del alma en los individuos, y los decaimientos y las 
postraciones en los pueblos. 

Un poco más abajo se presentó Boabdil al rey D. Fer- 
nando, acompañado por brillante comitiva. Una legión de pajes 
con sus dalmáticas bordadas de realce le precedían á pie, 
abriéndole camino en aquella procesión triunfal hacia la cum- 
bre de su gloriosa conquista. Los primeros ricoshombres de 
Castilla y Aragón, montados en sus corceles de fiesta, y vestidos 
con sus preseas de gala, circuían al Monarca, llevando tales bla- 
sones é insignias, cortes tan lujosas, banderas tan varias, maceros 
tan blasonados , que parecía el grupo aquel un ejército de ver- 
daderos reyes. Fernando se había vestido su traje regio, y el rojo 
manto con vueltas de armiño cubría casi el caballo, mientras las 
coronas innumerables de su casa y familia se notaban prendidas 
en abreviadas pero relucientes joyas á su espléndida gorra cu- 
bierta de plumajes. Boabdil , por lo contrario , vestía de negro, 
traje conforme con su dignidad y su situación, llevando un capa- 
cete de acero damasquinado á la cabeza, con leyendas propias de 
su rango, y esparcidos por todo el cuerpo aquellos amuletos 
orientales, cuya eficacia no había visto jamás, pero en cuya vir- 
tud y fuerza confiaba el cuitado aun después de sus irreparables 
desgracias. Boabdil quiso apearse al ver á Fernando, y aun sacó 
el pie de su estribo para bajar y ponerse de hinojos ante quien le 
había roto y humillado; pero le detuvo un imperioso ademán del 
Monarca cristiano. Entonces, conturbado el Rey Chico por aque- 



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lias muestras de afecto benévolo, pidió con grandísimo encare- 
cimiento besar la Real mano; pero Fernando le dijo cómo se 
usaban aquellos homenajes de vasallo á señor , pero nunca entre 
iguales. Acercó entonces Boabdil su caballo al caballo del ara- 
gonés, y tendiendo con grandísimo empeño la cabeza, besóle 
con ardiente ósculo en el derecho brazo. Cuando ya hubo cum- 
plido este acto de cortesía, que imaginaba impuesto por el venci- 
miento al vencido, palpóse con presteza el cinto y creció su ama- 
rillor al encontrar lo que buscaba, las dos principales llaves de la 
ciudad mágica, las dos llaves que abrían las dos puertas de aquel 
paraíso, donde lanzaban el espíritu mahometano y la mahome- 
tana cultura sus últimas fulguraciones, su resplandor postrimero. 
Al entregar las dos llaves, Boabdil debió creer que daba con ellas 
las mezquitas de su Dios, los sepulcros de sus padres, la honra 
de su raza, y debió maldecirse á sí mismo por la mala hora en 
que Hassem lo engendrara y por la mala estrella que presidiera 
desde los cielos á su nacimiento, designándole para que acabara 
en sus manos la obra milagrosa de Muza y de Tarik, los restos 
del Imperio que habían los Abderramanes y los Almanzores im- 
puesto á toda España entre la maravilla y asombro de todo el 
Universo. Cuando ya se había desprendido Boabdil de sus llaves, 
después de un vértigo, como si la vida se le acabara y se le fuera, 
excusó la desgracia suya con los decretos de la Providencia, é 
imputó al destino aquella irreparable catástrofe. Los tres axiomas 
del islamismo, que paralizan la más firme voluntad, gastando los 
resortes motores de la vida humana, ó sean las grandes liberta- 
des, los tres flotaban sobre aquel grupo de árabes destinados á 
hacer entrega solemne de su patria incomparable á los enemigos 
implacables y eternos. El santón, vestido con túnica de lana 
blanca, entre cuyos pliegues parecía como una estatua funeraria, 
rozando el suelo con sus mangas perdidas, y envuelta la cabeza 
en el turbante de lino , análogo á la tiara de nubes que la mon- 
taña ciñe á su cumbre , no quería explicarse la causa de tamaña 
ruina, y exclamaba: «Dios lo sabe.> Á su vez el guerrero, que 



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llevaba todavía su cota de malla en el cuerpo , su escudo en el 
brazo, la vibrante lanza en la diestra, y al costado el corvo al- 
fanje, viendo su valor y sus medios, conformábase con arrinconar- 
los á un lado, sin haberlos esgrimido bastante, con esta frase fa- 
talista: «Dios lo puede todo.» Y Boabdil, que representaba la 
fuerza de aquel Estado, la voluntad unánime de aquel pueblo, el 
poder de aquella sociedad tan ilustre y grandiosa en otro tiempo, 
al ver cómo las torres del palacio de sus mayores se desvanecían 
á su vista , y cómo la corona de Alhamar , en los edenes grana- 
dinos recluida trescientos años frente á las victorias cristianas, se 
caía de sus sienes, en vez de revolverse airado contra la suerte y 
luchar aún con porfía, exclamaba: «Dios lo quiere.» Cumplida la 
entrega de las llaves , preguntó Boabdil por el caballero que de- 
bía gobernar, bajo la noble advocación de los Reyes Católicos, á 
Granada; y como le indicaran ser el Conde célebre de Tendilla, 
D. íñigo López de Mendoza, dirigióse á él, y sacándose una sor- 
tija de oro con preciosa piedra que al dedo llevaba, le dijo esta 
frase, conservada también por la historia: «Con este sello se ha 
gobernado Granada. Tomadlo para que la gobernéis vos, y Alah 
prospere vuestro poder más que ha prosperado el mío.» Siguió 
el Zogoibí su camino de amargura, y después de haber encon- 
trado al cardenal Mendoza en la puerta de los Siete Suelos y al 
rey Fernando por las alturas de San Sebastián, encontró á la 
Reina Católica en Armillas, dentro ya de la vega, y camino del 
real de Santa Fe. Vestía Isabel, como Fernando, su traje de gala, 
y asentada en su caballo como en un trono , lucía sobre sus sie- 
nes aquella corona que bien pronto debía ser la corona de dos 
mundos. Su hijo, el infante D. Juan, vestido con oriental riqueza 
y relumbrante de pedrería, caracoleaba en su corcel á la derecha, 
mientras á la izquierda se veían las Infantas ornadas con trajes 
caprichosos y ricos, en que se combinaban los brocados florenti- 
nos con las gasas y los tisúes árabes. Una muchedumbre de mo- 
zos nobilísimos y de damas componían su corte y aumentaban, 
si era posible, su esplendor. Por un sentimiento de natural deli- 



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cadeza los Reyes habían convenido en que allí se compensaran 
las tristezas del vencido con un acto verdaderamente grato á su 
corazón. El joven primogénito, que desde los pactos cordobeses 
había estado como prenda en poder de sus enemigos/fué puesto 
allí mismo en libertad y entregado por Isabel á su padre. Boab- 
dil , á pesar de sus grandes angustias y del esfuerzo que le cos- 
tara traspasar las llaves de su ciudad al vencedor, no vertió una 
lágrima siquiera, y ahogó mil veces con valeroso esfuerzo los sus- 
piros escapados á su roto pecho. Pero entonces, en aquella oca- 
sión, viendo á su hijo, al hijo de Moraima su amada, fruto de sus 
primeros amores, flor en que se perpetuaba y rehacía su vida, 
renuevo de su ser , y á pesar de todo esto , quien más perdía en 
aquel acto, el más castigado aunque por su inocencia el menos 
culpable, nacido en el trono y puesto en el duro trance de con- 
tentarse con triste destierro al África, lejos de aquel paraíso fun- 
dado por sus gloriosos abuelos, rompió todos los diques al dolor, 
abriendo de par en par las puertas del respeto á sí mismo y de 
la consideración á los demás, que hasta entonces habían como 
retenido y refrenado las amargas cataratas de su llanto. Cu- 
briendo su cara con la cara del pobre primogénito , lloró á todo 
llorar sobre ella , y desahogó así un tanto su pecho y sus ojos. 
Esta escena tierna impidió que dirigiera el Rey moro á la reina 
Isabel aquellas frases que había dirigido antes al rey Fernando 
y al cardenal Mendoza, pues los caballeros castellanos abrevia- 
ron el dolor abreviando la trágica escena. Y en efecto, el Adelan- 
tado de Cazorla, bajo cuyo poder pusiera el Rey cristiano al Rey 
Chico, le invitó á continuar hasta Santa Fe, donde, según las 
instrucciones recibidas, alojóle con grandísima cortesía y regalo, 
en la tienda del Cardenal, según lo convenido. El día iba cre- 
ciendo, y la cruz, llevada por Mendoza en sus manos con el fin 
de coronar y rematar la historia de siete siglos , no aparecía en 
las cumbres y adarves del palacio mahometano. Isabel, que 
aguardaba con impaciencia verla, engañó este deseo, primero es- 
perando la entrevista de Boabdi 1, y después con la entrevista. 



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Así , en cuanto el Rey moro pasó, y no tuvo ni objeto ni asunto 
con que pacientarse y en que distraerse, volvió á fijar la vista en 
las torres , y á sentir disgusto por el recelo de si podía suceder 
un contratiempo cualquiera en aquella grande ocasión al insigne 
cardenal Mendoza. Los moros aparecidos por todas partes en las 
primeras horas de la mañana, curiosos y anhelantes por ver al 
ejército cristiano desplegar sus huestes y lucir sus armaduras, 
conforme la cruz iba entrando so aquellos arcos orientales, iban 
ellos desapareciendo para enterrarse dentro de sus casas como 
dentro de un sepulcro. Granada parecía una ciudad sin habitan- 
tes, entre diez y once de aquella milagrosa é inolvidable mañana 
de su rescate. Y las horas pasaban , y la cruz no se veía relucir 
sobre las torres Bermejas, bañadas por un sol que iba majestuo- 
samente subiendo á su cénit. Imaginaba ya Isabel, en su impa- 
ciencia, que la capitulación no se había cumplido, y que había 
llegado el Cardenal á ser víctima de alguna emboscada. Pero , á 
eso del mediodía, sobre aquel torreón que se denomina la Vela 
el signo de la Cruz apareció relumbrante, como un astro diurno 
que compitiera con el sol brillantísimo; y al verlo relumbrar allí, 
en la fortaleza más alta y más hermosa del Koran, rodeado por 
el fuego místico de tantos martirios y por las almas innumera- 
bles de tantas generaciones heroicas, todos los soldados y todos 
los magnates, reyes, príncipes, obispos, ricoshombres, cuantos 
sentían la fe católica y la patria española en su pecho , se pusie- 
ron de hinojos sobre la tierra, cruzaron sus manos, y al son mís- 
tico de las trompetas y de los clarines , trocados en trompetas y 
clarines de un órgano inmenso, entonaron piadoso Te Deum, el 
cual parecía salir del seno de toda la nación , que había comba- 
tido siete siglos por su independencia y unidad santísimas, desde 
Covadonga hasta Granada. En aquel día sublime hubo también 
una resurrección. Los sepulcros se abrieron y resucitaron los 
muertos. Sí : quinientos cautivos repitieron en sus mazmorras el 
Te Deum de la vega, y cuando éste no había concluido todavía, 
salieron en libertad, entonando los cánticos de su religión y po- 



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niendo sus cadenas rotas en los altares de la patria. Desde los 
tiempos de las Navas, en que los diez mil negros de la Nubia y 
los cien mil almohades del Atlas huían al ímpetu de las tropas 
españolas entre las sombras de aquella noche, sólo interrumpidas 
por los reflejos del incendio; y el gran Miramamolín, que había 
soñado con ir desde Tremecén á Toledo, y desde Toledo á 
Roma, huye despavorido al desierto dejando su tienda y su Ko- 
ran ; desde aquella noche no se había oído un Te • Deiivi como 
éste, sacro y solemne cántico religioso, cuyas estrofas sublimes 
significaban el rescate de nuestra libertad y la coronación y perfec- 
cionamiento de nuestra patria. 

Realizada la reconquista, encontrábase Colón frente á frente 
de maravilloso milagro , cumplido por la voluntad firme de un 
pueblo, el cual, en espacio relativamente restricto, sin auxilio de 
nadie, con su fe ardiente y su valor nativo, por siete siglos tuvo 
á raya, y venció al cabo, dos continentes como el Asia y el 
África, inagotables, cuyas razas más batalladoras, aceradas por 
un dogma de guerra y precedidas por un Profeta de combate, 
inútilmente contra nosotros porfiaron, mezclando el empuje á la 
tenacidad: venciéronlas dos virtudes patrias, el arrojo y la cons- 
tancia. Sonaba la hora de convertir tantas energías al milagrosí- 
simo logro de otra no menor empresa. Colón vio al Rey moro 
hincado de hinojos ante la Reina, un mundo en el ocaso ante 
un sol en el cénit; vio el cardenal Mendoza sobre la torre Ber- 
meja, con su cruz en la mano, que parecía bajo aquel cielo 
celeste y sobre aquel pedestal rosáceo, un astro diurno resplan- 
deciente de sublimes ideales y de consoladoras esperanzas. Todo 
á sus ojos lo podía la fe viva, sustentada por la voluntad re- 
suelta. El Te Deum de la vega entonado ante las ruinas de un 
pueblo viejo y roto, debió anticipar á su espíritu el misterioso 
Te Deum ante la surrección de un pueblo niño y de una tierra 
virgen. Ya no podía esperar más tiempo: la vida suya entraba en 
su ancianidad á más andar y la impaciencia lo destrozaba como 
al arbusto el huracán. Ya no hubo término medio posible, impo- 



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niéndose como se imponía la incontrastable alternativa de irse á 
otro suelo más propicio á sus planes, ó arrancar al poder de los 
Reyes las tres carabelas pedidas en vano durante cuatro lustros 
á todos los principales poderes de la rica Europa. Otra junta de 
sabios parece haberse reunido aquí, bajo la presidencia del car- 
denal Mendoza, muy semejante á la presidida en Córdoba por 
Talavera y la reunida en Salamanca por Deza. Geraldini la re- 
fiere mucho después de celebrada, y cuenta cómo se repitieron 
las argumentaciones de cajón, por el Profeta desvanecidas mil 
veces. Hallábase Geraldini tras Mendoza, cuando apretaban los 
ciegos del alma con mayor furia en sus tesis negativas, todas ellas 
fundamentadas sobre reminiscencias de pensamientos falsísimos 
arrancados á las obras de Leris y San Agustín. «Buenos teólogos, 
dijo el joven eclesiástico italiano al viejo Arzobispo español, pero 
malos naturalistas.» Negar el hemisferio austral cuando los por- 
tugueses habían ya en varias expediciones perdido de vista la 
estrella polar, parecíale una insensatez. El Cardenal recogió con 
su ímpetu la idea, é impuso una decisión favorable, no obstante 
resistencias expresadas en sarcasmos parecidos á groseras rechi- 
flas. La Corte de los Reyes tuvo que oir nuevamente al descu- 
bridor, quien presentó sus proposiciones, como si no cupiera 
duda ni perplejidad respecto del resultado. Con tal confianza en 
sí mismo hablaba y con tanta resolución procedía, que hubiéra- 
sele creído poseedor ya de sus tierras recién invenidas, tratando 
en presencia del descubrimiento de su organización territorial y 
de su gobierno civil. Reclamaba la dignidad suprema de Almi- 
rante, por la que á casi rey subía entre los reyes, pues aparejada 
iba con ella la grandeza cubierta de Castilla. Reclamaba después 
el cargo de Visorrey ó Gobernador en todos cuantos pueblos y 
territorios descubriese. Reclamaba tras esto un diezmo de todo 
cuanto pudier