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Full text of "D. Fernando el Católico y el descubrimiento de América"

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PRESENTED TO 

BRANDÉIS UNIVERSITY • 1961 



D. FERNANDO EL CATÓLICO 



EL DESCUBRIIIENTO OE ABÉRICA 



POR 



EDUARDO IBARRA Y RODRÍGUEZ 

CATEDRÁTICO DE HISTORIA UNIVERSAL EN LA UNIVERSIDAD 
DE ZARAGOZA 



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MADRID 

IMPRENTA DE FORTANET 

CALLE DE LA LIBERTAD, XÚM. 29 
18 9 2 



D. FERNANDO EL CATÓLICO 



EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA 



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D. FERNANDO EL CATÓLICO 



EL DESGHMnO DE AMÉRICA 



POR 

EDUARDO IBARR& T RODRÍGUEZ 

CATEDRÁTICO DE HISTORIA UNIVERSAL EN LA UNIVERSIDAD 
DE ZARAGOZA 



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MADRID 

IMPRENTA DE FORTANET 

CALLE DE LA LIBERTAD, NÚM. 29 
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... / ansí como no debe ser agraviada Cas- 
tilla^ permitiendo que los Escritores callen 
lo que su Nación ha obrado en aquel Mun- 
do, tampoco se ha de consentir que alguno 
defraude al Rey Católico la gloria de aver 
dado principio á la mayor obra de la Tie- 
rra, de muchos siglos á esta parte... 

Bartolomé Leonardo de Argensola. 
Anales^ lib. i, cap. x. 



INTRODUCCIÓN. 




I. 



ELÉBRASE actualmeute el IV Cente- 
nario del descubrimiento de Amé- 
rica, y en todos los pueblos cultos 
realízanse trabajos encaminados á 
conmemorar de modo digno acontecimiento de 
tamaña importancia para la humanidad y á 
tributar un homenaje de admiración y respeto 
á la memoria del descubridor: movimiento es 
este digno de loa; espectáculo verdaderamente 
grande el que presentan naciones y pueblos, 
Gobiernos y Academias, aunando sus esfuerzos 
y dirigiéndolos unidos cá este fin: fiesta hermo- 
sísima será aquella, en la que representantes 
de todos los pueblos y razas se postren de hino- 
jos ante un hombre que simboliza un hecho de 
general interés: significación inmensa tendrá 
en la presente centuria, en que las ideas de 



— 10 — 

cosmopolitismo se abren paso en la conciencia 
universal: será la primera fiesta á que acuda la 
humanidad entera sin distinciones religiosas, 
sociales ni políticas. 

Empero la celebración del IV Centenario ha 
dado origen á un poderoso movimiento cientí- 
fico, encaminado á estudiar el hecho del descu- 
brimiento: no solamente ha estallado el entu- 
siasmo, sino que éste ha servido de acicate 
para el estudio reflexivo, y este movimiento 
aparece caracterizado por la tendencia analiza- 
dora y crítica con que la investigación histórica 
se presenta en nuestra época. 

No es la Historia, al presente, tan solo una 
artística y bella exposición de sucesos: hoy no 
basta referir gallardamente el hecho que pasó; 
es preciso descubrir sus causas y determinar 
sus consecuencias: no se contempla á la Historia 
cual bellísimo tapiz de brillantes colores y deli- 
cados dibujos, ante el cual nos detenemos 
ansiosos de experimentar únicamente la emo- 
ción estética que su contemplación nos produce: 
hoy es preciso acercarnos con el microscopio á 
aquella tela, contar sus hilos, descubrir su 
trama, y sobre todo adivinar la obra del teje- 
dor, el ir y venir de la lanzadera, saber cómo y 
por qué aquellos hilos se entrecruzaron, de 
dónde vinieron aquellos brillantísimos tintes, 
quién ideó los dibujos y dónde funcionaron los 
telares; y esta tarea hay que realizarla cuando 



— 11 — 

el tejedor y el artista murieron siglos há, 
cuando para vislumbrar su obra hay que ser- 
virse á guisa de punto de observación de abul- 
tados in folios j en cuyos caracteres precisa 
adivinar lo que acaso palpitaba en las entrañas 
de la Crónica cuando la escribió su autor, pero 
que hoy es para nosotros un cadáver impreso, 
falto del alma que huyó con el tiempo pasado. 

Se ha comenzado, pues, á estudiar con esta 
tendencia analizadora y crítica la historia del 
descubrimiento, y se ha convenido, como no 
podía menos de suceder, en que hay que recons- 
truir completamente la historia del descubri- 
miento y del descubridor: puestos á esta tarea 
los escritores, han aportado observaciones nue- 
vas y hasta nuevos textos al material histórico 
existente, y examinando, no ya el descubri- 
miento en general, sino las distintas personas 
y sucesos que en él aparecen, no cabe duda 
que se ha adelantado bastante en el conoci- 
miento cada vez más perfecto de la historia 
colombina. 

Cual acontece en todo asunto, sujeto á inter- 
pretaciones, y que se presta á emitir juicios 
diversos, las personas que han intervenido 
directa ó indirectamente en el descubrimiento 
han sido juzgadas con criterios distintos y su 
intervención apreciada en más ó en menos y 
considerada ya beneficiosa, ya perjudicial para 
el feliz resultado del proyecto de Colón, según 



— 12 — 

los distintos puntos de vista en que los histo- 
riadores se han colocado: esta divergencia de 
pareceres ha dado lugar á gran número de 
polémicas, sostenidas por escritores eminentes, 
en las que algunas veces el apasionamiento se 
ha sobrepuesto á los dictados de la razón fría y 
serena, deduciendo consecuencias poco en armo- 
nía con las premisas sentadas, ó totalmente 
desprovistas de fundamentos racionales: entre 
estas distintas apreciaciones de personajes y 
sucesos, hay una que solicita especialmente mi 
atención, y á cuyo estudio va encaminado este 
trabajo: tal es la intervención del Rey Fernando 
el Católico y de los Aragoneses, en el descubri- 
miento del Nuevo Mundo. 



II. 



Nótase en la inmensa mayoría de los histo- 
riadores que se han ocupado del descubrimien- 
to de América, una tendencia manifiesta y clara 
á adjudicar á Castilla y á su Reina Isabel todas 
las glorias y méritos de la empresa, relegando 
á segundo término á Aragón y á Fernando; 
escritores hay que prescinden en absoluto del 
príncipe aragonés al ocuparse de aquellos suce- 
sos; otros le consideran como un obstáculo 
opuesto á la realización de los planes de Colón; 
y no faltan algunos que, prodigándole los más 



— 13 — 

duros calificativos, ven en él al acérrimo ene- 
migo del navegante genovés y al Monarca de 
estrechas miras y de entendimiento corto, que 
no supo presentir la providencial misión (lue 
Colón venía á realizar. Según esta tendencia, 
el descubrimiento se debe casi exclusivamente 
á la Reina Católica y á su reino: el rey juzgó 
desde un principio el proyecto con gran frialdad 
y despego; prontamente abandonó el negocio á 
la Reina, que con gran entusiasmo lo apoyaba, 
entusiasmo que llegó al extremo de ofrecer sus 
joyas cuando advirtió la penuria del Tesoro 
Real, que impedía entregar á Colón las canti- 
dades necesarias para el equipo de las carabelas. 
Y la causa de esta diferente apreciación de 
los reales cónyuges está en las personales cua- 
lidades de cada uno; era la Reina una mujer 
dotada de clarísimo talento, generosa, despren- 
dida, pronta á apoyar proyectos grandiosos; 
que desde el primer instante en que tuvo cono- 
cimiento de los planes de Colón, adivinó el 
genio que fulguraba en el cerebro de aquel 
mercader de libros de estampa envuelto en una 
capa raída y pobre: era el Rey un príncipe 
indocto, estrecho de miras, avaro, poco suscep- 
tible de entusiasmos ni de ideales que no po- 
dían albergarse en aquel cerebro vulgar y ado- 
cenado, frío y positivista, apegado á la realidad 
é incapaz de comprender al navegante: tales 
asertos son hoy comunes y corrientes en los 



— 14 — 

escritores: no han dicho que Isabel fuese un 
D. Quijote femenino, pero sí han tratado de 
convertir á D. Fernando el Católico, en un real 
Sancho Panza. 

Dadas estas premisas, lógicamente, se des- 
prende la intervención de cada uno en el des- 
arrollo del descubrimiento: apenas surge algún 
inconveniente, que lo aplaza, es el Rey Católico 
el culpable del aplazamiento: es más, llega la 
animosidad de algunos escritores contra el Mo- 
narca aragonés, á tal extremo, que no vacilan 
en considerarlo, no ya indiferente al proyecto 
de Colón, sino enemigo acérrimo del navegante; 
el Rey apoyó la oposición de Talavera; el Rey 
constituyó Juntas, que de antemano estaban 
decididas á rechazarlo; el Rey se resistió á 
acceder á las peticiones de Colón sin motivos 
en qué fundamentar su resistencia; el Rey, por 
líltimo, firmó las capitulaciones de Santa Fe, 
obligado por su esposa, que le convence, con 
ese ascendiente que siempre tuvo, no el cariño 
y amor de la compañera, sino el talento supe- 
rior sobre la inteligencia mediocre. 

Firmadas las capitulaciones, el Rey Católico 
se aparta totalmente de la empresa; la Reina la 
dirige; y solamente cuando el descubrimiento 
queda realizado, es cuando el Monarca — apro- 
vechado adorador del Dios Éxito — recibe pla- 
centeramente á Colón en Barcelona, y por un 
instante le concede su real gracia. 



— 15 — 

Porque después comienza una lucha sorda 
entre uno y otro: todos los descontentos que vie- 
nen de las posesiones ultramarinas encuentran 
su apoyo en el Monarca: trata de dificultar los 
sucesivos viajes del Almirante, alienta á Boba- 
dilla y Ovando, niega al descubridor sus títulos 
y honores, suscita dificultades para el ejercicio 
de sus derechos y corona su proceder, abando- 
nando á Colón, que muere pobre y miserable, 
víctima de la injusticia del Monarca. 

Tales son las opiniones, comunes y corrien- 
tes, salvo excepciones honrosísimas y escasas: 
los límites en que ha de encerrarse este trabajo, 
impiden que me ocupe de los sucesos posterio- 
res al descubrimiento: la vindicación ha de 
limitarse á los hechos anteriores á éste: en el 
instante en que Colón sale de Palos, termina 
mi cometido: quede para otra ocasión comple- 
mentar este estudio, demostrando la inexactitud 
de los juicios expuestos por los historiadores, 
al tratar de los hechos posteriores al descubri- 
miento. 

Por otra parle, el reino de Aragón parece que 
pierde — según algunos historiadores — su propia 
y característica individualidad al realizarse el 
matrimonio de los Pveyes Católicos: todos los 
importantes sucesos que en este reinado se veri- 
fican, redundan en prestigio y honra de las ar- 
mas y el pueblo castellano; apenas se concibe 
que Aragón tenga parte alguna en los gloriosos 



— 16 — 

timbres que abrillantan aqnel reinado: cae en 
el olvido más completo, y sólo aparece más tar- 
de en la historia de nuestra patria, como un 
pueblo levantisco y rebelde, que ora protégelas 
dcslealtades de un secretario infiel perdiendo 
en eljuego la cabeza de su principal magistrado, 
ó ya apoya á príncipes extranjeros rechazados 
por la mayoría de los españoles, manifestando 
en estas sublevaciones marcadas tendencias 
separatistas, que intentan romper el hermoso 
espectáculo de la unidad nacional, lograda á 
costa de infinitos esfuerzos y sinsabores. 

Mas no basta que estos conceptos, á todas lu- 
ces erróneos, aparezcan ya en algunas obras 
magistrales, y lo que es más sensible todavía, en 
los manuales de historia, que como libros des- 
tinados por su índole especial á la vulgarización 
de la ciencia, son leídos por mayor número de 
personas; es que el Poder público y las Corpo- 
raciones científicas vienen á sancionar en cier- 
to modo estos errores históricos, depresivos en 
alto grado para Aragón: inténtase simbolizar en 
un grupo escultórico el reinado de los Reyes 
Católicos, y en la misma capital de la nación 
española álzase un monumento sobre el cual 
aparecen tres figuras: la Reina Isabel, Gonzalo 
de Córdoba y el Cardenal D. Pedro González de 
Mendoza: nadie echó de ver que allí faltaba 
algo, que no es posible separar de la figura poé- 
tica y delicada de la Reina la figura severa y 



— 17 — 

enérgica del Rey Católico, á quien se quiere 
reducir á los estrechos límites de un rey-con- 
sorte, como si para agigantar la figura de la 
Reina castellana fuese preciso achicar la del 
Monarca aragonés. 

Y este monumento ante el cual debieran en- 
rojecerse de vergüenza las mejillas de todo ara- 
gonés amante de su país y de su historia, sigue 
bañándose en las aéreas ondas, sin que nadie 
haya protestado contra su erección. 

Todo esto indica que es forzoso emprender 
un trabajo de vindicación completa del Rey 
Católico y de su reino: que hay que destruir 
ideas y conceptos que, no por estar extendidos, 
tienen categoría de verdaderos; que hay que 
emprenderla demolición de nociones que existen 
en las inteligencias y palpitan en las páginas de 
los libros, levantando sobre sus ruinas edificio 
más sólido y mejor cimentado: tarea es esta á 
que me llaman de una parte mi amor ferviente 
y entusiasta á las cosas de mi país, y de otra mi 
afición álos estudios históricos, á los que consa- 
gro el tiempo por vocación y por deber, pero de la 
cual me aparta el fundado temor de no dar cima 
á la empresa cual fuera mi deseo, pues si no abri- 
go dudas respecto á la vehemencia de mis senti- 
mientos, me asaltan en cuanto al valor y poten- 
cia de mis energías intelectuales. 

Mas ya que por circunstancias especiales no 
me sea posible realizar la empresa de vindicar 



— 18 — 

completamente la memoria de nuestro último 
rey D. Fernando el Católico, séame permitido 
intentarlo en lo que al descubrimiento de Amé- 
rica se refiere; empero antes de ello, necesito 
consignar algunas reflexiones acerca de la ten- 
dencia y sentido del presente trabajo. 



III. 



No es mi propósito vestir y engalanar la figu- 
ra del Rey Católico, arrancando girones de glo- 
ria á nadie ; la crítica histórica debe de ser an- 
torcha que ilumine los hechos con sus claros 
resplandores, y no tea destructora por el solo 
placer de destruir ó por el pueril capricho de 
aparentar una vana originalidad: Isabel y Colón 
son dos figuras acaso excesivamente idealizadas, 
convertidas en héroes de novela, mejor que 
apreciadas y examinadas en lo que tienen de 
real y positivo; no es mi propósito desvirtuar 
sistemáticamente sus méritos y arrebatarles la 
gloria que su intervención en los hechos les 
asigna: basta á mi objeto recabar las legítimas 
consideraciones á que es acreedor el Monarca 
aragonés. 

Fijado de esta suerte el objeto especial de mi 
trabajo, claro está que mis esfuerzos han de 
encaminarse á estudiar detenidamente aquellos 
momentos en los que Fernando el Católico in- 



— 19 — 

terviene en las vicisitudes del proyecto de Colón: 
la primera entrevista entre Colón y los Reyes 
en Córdoba, la Junta de marineros y letrados 
presidida por el Prior de Prado, así como los 
resultados de la misma y la conducta del Rey 
en vista de su dictamen, formarán un capítulo; 
otro capítulo estará dedicado al examen de las 
primeras negociaciones entabladas entre Colón 
y los Reyes y á la investigación de las causas 
de la ruptura entre el proyectista y los Monar- 
cas: este es otro de los momentos en que Fer- 
nando interviene en el desarrollo de los pla- 
nes del descubridor; otro capítulo estará dedi- 
cado al estudio de las nuevas negociaciones que 
dieron por resultado las famosísimas capitula- 
ciones de Santa Fe; tales son los puntos capita- 
les de este trabajo, pues son las tres ocasiones 
en las que el Rey Católico y el descubridor se 
ponen en relación. 

Otra cuestión importante, es fijar la proceden- 
cia de los fondos para realizar la expedición: 
también será objeto de mi estudio, que termi- 
nará poniendo de manifiesto la ayuda que de 
D. Fernando recibió el futuro Almirante de 
Indias, hasta el instante en que zarparon de 
Palos las carabelas. 

Aun cuando tratándose del siglo xv puede 
decirse que la intervención de Aragón está 
como sintetizada y resumida en D. Fernando, 
marcaré además la inñuencia que varios ara- 



— 20 — 

goneses ejercieron en el descubrimiento, apo- 
yando grandemente la empresa del descubri- 
dor, con lo cual creo que queda completamente 
fijada la parte que Aragón, don Fernando y los 
aragoneses han tenido en el descubrimiento del 
Nuevo Mundo. 

En realidad, estos debieran ser los únicos ex- 
tremos objeto de mi estudio; pero la compleji- 
dad del hecho histórico es tal, y tan diversos 
los factores que hay que tener en cuenta para 
su cabal concepción, que necesariamente habré 
de ocuparme de otros sucesos que tienen rela- 
ción inmediata con el descubrimiento de Amé- 
rica: así, es forzoso estudiar la situación polí- 
tica de Aragón y Castilla en aquella época, las 
varias vicisitudes del descubridor en nuestro 
suelo, los inconvenientes con que tuvo que lu- 
char y las personas é instituciones que le apo- 
yaron: estos estudios, aunque indispensables, 
como necesarios precedentes unos, como com- 
plemento y base otros, de los que constituyen 
mi especial objetivo, no han de desviarme de- 
masiado de mis puntos de mira; sirva esto de ex- 
plicación al lector, que deseare mayor amplitud 
al tratar algunas cuestiones, que tan sólo inci- 
dentalmente he de tocar por la razón antedicha. 

Trazado en general, el plan externo, á que de- 
berá sujetarse este estudio, he de exponer algu- 
nas consideraciones acerca del fondojdel mismo. 

Precisa en materias históricas, en las que, 



— 21 — 

como acontece en la presente, no son los datos 
que existen, ni muy numerosos, ni muy claros; 
tener un especialísimo cuidado en el examen y 
crítica del material histórico: es necesario no 
caer en exageraciones fantásticas, desfigurando 
hechos y adivinando intenciones: no consiste 
la tarea del crítico en presentir, sino en dedu- 
cir; ha de guiarse por la inducción, no por la 
intuición; en este escollo tropiezan la mayoría 
de los escritores colombinos que nos describen 
con vivos colores escenas de la vida de Colón 
acerca de las cuales apenas hay verdaderos 
datos: por este camino se va derecho á la novela 
histórica, más en lo que tiene de novela que en 
lo que tiene de histórica, pero no ala verdadera 
historia; hay que prescindir de estas Historias 
literarias y brillantemente escritas, en las que 
la cadencia del lenguaje y la descripción ani- 
mada constituyen su principal mérito: mien- 
tras la verdad de los hechos no aparezca perfec- 
tamente clara y distinta, mientras la Historia 
del descubrimiento esté envuelta entre sombras, 
debemos aplicarnos á martillar en el yunque 
la barra enrojecida, no á pulimentar el lingote 
para que se quiebre la luz en su bruñida super- 
ficie, produciendo irisaciones que nos encanten 
y embelesen. 

Esto no impide, que al tratar de determina- 
dos puntos de la génesis del descubrimiento, 
no sean lícitas y aun convenientes las hipótesis: 



— . 22 — . 

en buenos principios de lógica, no cabe proscri- 
birlas del campo de la ciencia; allí donde nos 
falte el documento, donde no exista afirmación 
terminante y dato cierto de escritor imparcial 
contemporáneo, cuando no haya más que vagas 
indicaciones, susceptibles de varia interpreta- 
ción, allí está el campo apropiado para la hipó- 
tesis, que debe exponerse como tal, esto es, 
como afirmación posible, aunque no cierta, de 
la existencia de sucesos que se suponen ocurri- 
dos; de esta suerte, sin faltar á la verdad — 
requisito esencial de toda obra científica — pue- 
den tener cabida afirmaciones hipotéticas, que 
tal vez á la luz de nuevos descubrimientos 
resultan verdades incontrovertibles. 

Tal será, pues, mi manera de construir este 
trabajo: los documentos, los historiadores y 
escritores contemporáneos, ó los escritores de 
posteriores tiempos, me suministrarán los ma- 
teriales: allá donde no haya dato seguro expon- 
dré mi opinión, y los fundamentos en que se 
apoye, dispuesto siempre á retirarla y á modi- 
ficarla, sin apasionamientos de amor propio, en 
cuanto se me demuestre su inexactitud. 



IV. 

Tratándose en el presente trabajo de vindicar 
á D. P'ernando el Católico, de los injustos ata- 



— 23 — 

ques de que es objeto por parte de algunos his- 
toriadores, por su intervención en los hechos 
relacionados con el descubrimiento, claro está 
que necesariamente tiene que revestir este tra- 
bajo caracteres de alegato; por eso no se extrañe 
el lector de que á veces abandone el tranquilo 
y reposado tono del narrador, para entrar en 
disquisiciones críticas y aun en vehementes 
polémicas: esto no obstante, procuraré no extre- 
mar la defensa influido por el apasionamiento 
y el falso patriotismo, que á veces conduce á 
mantener seriamente los mayores dislates: en 
este punto, protesto de que convencido de la 
razón que me asiste al emprender la vindica- 
ción, no iré en ella más allá de lo justo y ver- 
dadero: no necesita ciertamente el Católico Rey 
de artificiales reflectores que den á su figura 
mayor brillo del que tiene ; basta simplemente 
con sacarlo de la inmerecida oscuridad á que 
se le ha condenado y presentarlo á la luz del 
día, para que se perciban claramente los rasgos 
de su enérgica y valerosa figura. 

Tal es el sentido y el objeto de este estudio: 
si con él consigo recabar para Aragón y su 
Monarca la consideración á que son acreedores 
por su valiosa intervención en el descubrimiento 
de América, habré conseguido el propósito que 
guía mi pluma al trazar estos renglones, que 
con el mayor temor someto al juicio del público. 
Madrid, Octubre de 1892. 



CAPÍTULO I. 

VICISITUDES DE CRISTÓBAL COLÓN HASTA SU PRIMERA 
ENTREVISTA CON LOS REYES CATÓLICOS. 



I. 




ANiFESTÁBAMOs en l'á lutroducción^ á 
este trabajo, nuestro propósito de no 
escribir una biografía de Cristóbal 
Colón , tarea de grande empeño re- 
servada á escritores de mayor empuje; mas sin 
embargo, no podemos prescindir de dar algu- 
nos antecedentes, acerca de las vicisitudes de 
Colón antes de su llegada á España, como pre- 
cedente necesario para nuestro estudio. 

Según la opinión más probable, el futuro 
descubridor nació en la provincia de Genova en 
el año 1436, de familia humilde: su padre Do- 
minico Colombo, fué cardador de lana y tejedor 
de paños, y de su matrimonio con Susana Fon- 
tanarosa, tuvo cinco hijos, cuatro de ellos va- 
rones: aun cuando en aquel tiempo había en 



— 26 — 

diferentes puntos de la provincia de Genova 
familias del mismo apellido, algunas de ellas de 
noble estirpe, no está averiguado su parentesco 
con los progenitores de Colón. 

Según parece, Cristóbal fué el hermano ma- 
yor, y en sus primeros años debió dedicarse 
juntamente con sus hermanos Juan Peregrín, 
Bartolomé y Diego á auxiliar á su padre en las 
tareas de su oficio: respecto de la hermana, 
sábese que se llamó Blanca y casó con Santiago 
Bavarello de quien tuvo un hijo llamado Pan- 
taleón. 

Cuantos relatos existen acerca de la infancia 
de Colón y de sus estudios en la Universidad 
de Pavía, carecen de base histórica: su infan- 
cia juntamente con la de sus hermanos debió 
deslizarse tranquila en el taller de su padre: no 
<ionsta que el futuro Almirante, recibiese educa- 
ción esmerada ni instrucción profunda. 

En edad temprana abandonó su primitivo 
oficio para dedicarse á la navegación: hay un 
texto del propio Colón que no deja lugar á duda: 
dice en carta dirigida á los Reyes Católicos: 
«jDe muy pequeña edad entré en la mar nave- 
gando^ y lo he continuado hasta hoy^n su hijo 
Hernando confirma lo dicho por su padre. 

Prescindimos de las varias vicisitudes de Co- 
lón y de sus viajes marítimos hasta su llegada á 
Portugal: consta positivamente que entre el 1470 
y 1472 llegó á este país en donde se estableció. ^ 



— 27 — 

No cabe, faltos de testimonios directos, deter- 
minar las causas que le movieron á fijar su re- 
sidencia en Lisboa: se puede presumir que con- 
tribuyeron á ello, el ser Lisboa un centro náutico 
importantísimo; la afluencia de genoveses esta- 
blecidos en la capital del reino lusitano y acaso 
el que la efervescencia y el ansia de descubrir que 
las tentativas iniciadas por el infante D. Enri- 
que, habían despertado, llamaron la atención del 
navegante geno vés, que presumió encontrar en 
aquel reino campo apropiado para desarrollar 
sus proyectos. 

Prontamente se relacionó en Lisboa con una 
distinguida familia, la de Perestrello, amistad 
que se convirtió en parentesco, puesto que en 
1474 ó 1475, contrajo matrimonio con doña 
Felipa Mogniz de Perestrello. 

Discrepan los biógrafos de Colón en este pun- 
to acerca de algunas cuestiones poco interesantes 
para nuestro estudio: sostienen unos que la 
boda se verificó en la isla de Madera, otros que 
en la de Porto Santo y otros como el Sr. Asen- 
sio que en Lisboa. Los argumentos que aduce 
este docto americanista nos parecen de mayor 
peso y á esta opinión nos inclinamos. 

Aquí comienza uno de los períodos más inte- 
resantes de la génesis del descubrimiento; no 
puede puntualizarse con exactitud, cuándo co- 
menzó á brotar en la mente de Colón el proyec- 
to de buscar un nuevo camino para ir á las In- 



— 28 — 

dias: su hijo y biógrafo D. Hernaudodice en la 
Historia del Almirante capítulo v c(estando en 
Portugal comenzó á congeturar que del mismo 
modo que los portugueses navegaron tan lejos al 
Mediodía j podría navegarse la vuelta de Occi- 
debite y hallar tierra en aquel viajey> y Las Ga- 
sas sigue en este punto la opinión del hijo del 
Almirante, pero acaso la idea originaria hubiese 
brotado antes en su mente, si bien la madaró 
durante su estancia en Portugal. 

Tanto Las Gasas como Hernando Golón dan 
curiosos datos acerca de los fundamentos en 
que Golón se apoyaba al concebir un proyecto: 
preséntalos reducidos á tres grupos el segundo 
en el cap. vi de su historia; dice: (.^Llegando á 
decir las causas que movieron al Almirante á 
descohrir las Indias digo que fueron tres^ los 
fundamentos naturales^ la autoridad de los 
escritores y los indicios de los navegantess) á 
continuación pone todas estas causas, que copia 
Las Gasas difusamente, en los capítulos v al xiv 
inclusive de su Historia de las Indias; de estos 
dos escritores han tomado sus datos todos los 
que posteriormente se han ocupado de la ma- 
teria. 

En esta época se citan como acontecimientos 
importantes en la vida de Golón, el nacimiento 
de su hijo Diego que tuvo lugar, según la opi- 
nión más probable, en 1476, y varios viajes, 
realizados sin duda para completar sus conoci- 



— 29 — 

mientos náuticos y adquirir noticias en apoyo 
de sus planes. 

A poco de contraer matrimonio, fué en com- 
pañía de su esposa á la isla de Puerto Santo, 
donde estaba de gobernador su cuñado Pedro 
Correa, casado con una hermana de Doña Felipa 
Mogniz; con este marino consultó Colón sus 
proyectos y de él recibió no pocos datos acerca 
de lo que su hijo Hernando llama indicios de 
navegantes; por este tiempo recibió nueva con- 
firmación su teoría, del físico Toscanelli á 
quien por mediación del genovés Girardi esta- 
blecido en Lisboa, consultó Cristóbal Colón; es 
curiosa la carta de Toscanelli á Colón envián- 
dole copia de otra escrita por el físico floren- 
tino al canónigo Fernando Martínez de Lisboa; 
pueden verse estos documentos en la Historia 
del Almirante y son interesantes para seguir, 
lo que pudiera llamarse el proceso evolutivo 
del pensamiento de Colón; lo cierto es, que 
indudablemente, los datos suministrados por 
Toscanelli, movieron á Colón á emprender dos 
viajes á los extremos del mundo entonces cono- 
cido, al objeto de afirmar más y más su teoría. 

El primer viaje fué á los mares del Norte: no 
cabe duda de este hecho que nos refiere el mis- 
mo Colón: a Yo navegué el año 411 (1477) en el 
mes de Febrero: ultra Tile isla cien leguas, etc. 

Aquí agítase la cuestión de si Colón conoció, 
merced á este viaje, los descubrimientos reali- 



— 30 — 

zados por los scandinavos en el siglo x en sus 
viajes á la América del Norte; nada autoriza 
para suponer que Colón los conociera: ni en 
sus escritos, ni en las obras de Hernando Colón 
y Las Casas, se ve la menor alusión á ellos; es 
más, aunque en su viaje á Islandia hubiese 
conocido la tradición de estos viajes, no amen- 
guaría en lo más mínimo la gloria del descu- 
bridor; los scandinavos viajando por el Norte 
hablan llegado á las tierras del Vinland; nada 
tenía que ver esto con la India que buscaba 
Colón; ni los scandinavos supusieron la exis- 
tencia de un continente, ni Colón lo buscaba; 
su proyecto aparece perfectamente claro de los 
datos en que su opinión se funda; busca un 
camino para las Indias por el Occidente, no un 
nuevo Continente por el Norte. 

El otro viaje fué al Sur, á las posesiones por- 
tuguesas del golfo de Guinea; entre uno y otro 
viaje, mediaron bastantes años; no hay datos 
ciertos para determinar las ocupaciones de 
Colón en este intervalo; no consta si emprendió 
nuevos viajes en el intermedio; más bien puede 
creerse, á juzgar. por ciertos indicios, que se 
dedicó á empresas mercantiles; el viaje á 
Guinea consta también por texto del futuro 
Almirante <iYo estuve en el castillo de la Mina 
del Rey de Portugal que está debajo de la equi^ 
nodal y ansy soy buen testigo que no es inhabi-^ 
table como dicen. ^^ 



— 31 — 

El Sr. Asensio observa, fundado en un texto- 
de la Historia de Asia del portugués Joan de 
Barros, que dicho castillo no se reedificó hasta 
el reinado de D. Juan II que comenzó en Agos- 
to de 1481, y por tanto, este viaje tuvo que ser 
posterior á esta fecha. 

Termina aquí, lo que pudiéramos llamar el 
período de gestación del proyecto; Colón lo ve 
con toda claridad; comienza la segunda parte, 
es hora de llevarla á la práctica. 

Dirígese con tal objeto á quien lógicamente 
debía dirigirse, al Monarca portugués: estaba 
en aquel tiempo este reino en plena efervescen- 
cia y fiebre de descubrir, la circunstancia de 
estar desde muchos años antes en Portugal 
había proporcionado á Colón numerosos ami- 
gos en aquel reino; el estar emparentado con 
distinguida familia portuguesa, prestaba mayo.- 
res facilidades para que pudiera exponer su 
proyecto al Monarca; tan cierto es esto, que 
así como al tratar de someter idéntico proyecto 
á los Reyes Católicos, nos dicen los historiado- 
res, las dificultades que tuvo que vencer para 
acercarse á los Reyes, no hacen mención de 
ningún obstáculo que se opusiera á su entre- 
vista con el Rey de Portugal. 

Oyó D. Juan II al proyectista y ciertamente 
sus razones debieron impresionarle: era Don 
Juan II monarca de claro talento, aunque de 
genio violento é irascible, apasionadísimo por 



— 32 — 

los descubrimientos y fiel continuador de la 
línea trazada por el Infante D. Enrique; cono- 
cidos los proyectos del descubridor, y acaso im- 
presionado por su grandeza, no quiso decidirse 
á realizarlos sin que los examinara y dictami- 
nase acerca de ellos una Comisión de personas 
importantes peritas en cosmografía y navega- 
ción: esta Comisión se compuso de cuatro per- 
sonas: dos médicos, maestre Joseph y maestre 
Rodrigo, personas entendidas en astronomía y 
cosmografía, y D. Diego Ortiz Castellano, Obis- 
po de Ceuta, y el licenciado Calzadilla, Obispo 
de Viseo. 

La opinión de esta Junta fué contraria en 
absoluto al proyecto de Colón: se le tachó de 
imposible y á su autor de insensato, y tal dic- 
tamen se puso en conocimiento del Monarca. 

A pesar de ello, Juan lí quiso someter nue- 
vamente el proyecto á otra Junta: con tal obje- 
to convocó al Consejo Supremo y esta numerosa 
reunión rechazó el proyecto, no tan solo por 
considerarlo imposible, sino por las excesivas 
exigencias del descubridor, que en Portugal, 
como después en Castilla, exigía grandes títulos, 
honores y recompensas. 

En Portugal se negó el Consejo á acceder á 
las peticiones de Colón: en España el Rey, fun- 
dado en razones cuya fuerza veremos en lugar 
oportuno: ningún historiador censura al Con- 
sejo de Portugal; D. Fernando el Católico es 



— 33 — 

tratado de tacaño, miserable y envidioso por 
negativa idéntica ¿cur tam variae'.' 

Entonces y en vista de que el Monarca sentía 
desistir de la empresa, aconteció lo que en vano 
procurarán atenuar los escritores portugueses: 
hubo consejero que á pesar de haber sostenido 
en las dos Juntas que los proyectos de Colón 
eran de imposible realización, aconsejó al Mo- 
narca que con los datos que había dado Colón 
y con nuevas instrucciones que se le pedirían, 
se enviase una embarcación con pretexto de 
llevar víveres á las islas de Cabo Verde, para 
que tentase el descubrimiento siguiendo la ruta 
occidental: la nave salió, chocó contra el mar 
de sargazos, los expedicionarios se aterraron, 
á la vuelta la sorprendió una tempestad que la 
desarboló y llegó averiada y maltrecha á la 
embocadura del Tajo. 

Dedúcese á nuestro juicio, de este hecho, que 
la oposición que suscitó el proyecto, no era por 
los medios materiales que el Almirante deman- 
daba, sino por sus excesivas peticiones de ho- 
nores y recompensas: la prueba es que no de- 
mandando más que una carabela, esta salió 
aunque sin su conocimiento, ¿cabe después de 
este hecho extrañarse de que D. Fernando el 
Católico se negara , á lo que había suscitado la 
negativa de toda la corte portuguesa? 

El proceder de los portugueses indignó á 
Colón; cuando regresó la carabela y se extendió 

3 



— Sa- 
la noticia del fracaso, cayeron sobre él toda 
clase de burlas. 

En tal situación y después de conferenciar 
detenidamente con su hermano Bartolomé, de- 
terminaron ambos abandonar el reino lusitano 
é ir á ofrecer su proyecto á otros Estados; nada 
sujetaba á Colón en Portugal, su esposa había 
fallecido, dejando á su hijo Diego, á la sazón 
de seis ó siete años: salieron, pues, del reino 
los dos hermanos: corría á la sazone! año 1484; 
Bartolomé se embarcó en Lisboa con rumbo 
á Inglaterra, Cristóbal acompañado de su hijo 
se dirigió á España. 



II. 



Con gran razón manifiesta Prescott, el docto 
historiador de los Reyes Católicos, que es ma- 
teria harto difícil fijar con exactitud las vicisi- 
tudes de la vida de Colón, durante el tiempo 
que medió entre su venida á España y su salida 
para realizar el descubrimiento; depende esta 
dificultad, como observa atinadamente el Padre 
Cappa, de que estos sucesos se desarrollan en 
el corto período de ocho años y de que son tales 
y de tanto bulto las contradicciones que entre 
los historiadores se observan, que realmente es 
tarea difícil poner de acuerdo las opiniones y 
los documentos. 



— 35 — 

La narración que generalmente suele hacerse 
de este período de la vida de Colón ha pasado 
por los trámites siguientes: Hernando Colón, 
Las Gasas, Gomara y Oviedo refieren los hechos 
discrepando en las fechas: de estos tomó los 
datos Herrera, que fué copiado por Muñoz: á su 
vez Wasingthon Irving y Prescott basan en 
la obra de éste sus narraciones: de estos dos, 
loman sus datos la mayoría de nuestros autores 
de manuales de historia, de suerte, que si co- 
metieron errores los primeros, como evidente- 
mente acaeció, pues así lo prueban algunos do- 
cumentos irrecusables, resulta que el error se 
ha transmitido de unos á otros. 

Es, pues, tarea difícil el fijar en vista de los 
datos de los historiadores y de los documentos 
existentes, lo que puede denominarse la cronolo- 
gía de la vida de Colón, y todavía es mayor la di- 
ficultad , cuando en vista de los datos distintos 
— á veces de escritores contemporáneos — hay 
que decidirse por uno ó por otro: el P. Coll, el 
P. Cappa, el señor Rodríguez Pinilla y el señor 
Torrey Vélez, han intentado la empresa de rea- 
lizar esta reconstrucción; no siendo, como no es 
esta, cuestión que nos interese grandemente, nos 
limitaremos, previo un examen atento de las 
razones que dan en apoyo de sus opiniones, á 
manifestar la nuestra. 

Comienza la discrepancia en la determinación 
del año en que Colón, saliendo de Portugal llegó 



— 36 — 

á España: fundados en las razones que alegan 
los señores Rodríguez Pinilla y el P. Cappa, 
creemos indudable su llegada en el año 1484, y 
debió ser al fin, pues hay datos suficientes para 
asegurar que este mismo año estaba en Por- 
tugal: debe desecharse, por tanto, la opinión 
de Irwing, que afirma que en el año 1485 es- 
taba en Genova y que no vino á España hasta 
el 1486, opinión, sin duda, tomada de Muñoz, 
quien afirma lo mismo. 

También existe discrepancia en cuanto al iti- 
nerario probable de Colón desde Portugal á 
España: Rodríguez Pinilla cree que se dirigió 
á Sevilla directamente desde Lisboa; el señor 
Asensio sostiene la opinión de que vino al Mo- 
nasterio de la Rábida por tierra; el P. CoU y 
el P. Cappa sostienen que llegó por mar; no 
falta quien retrásala visita á la Rábida hasta 1491 
y quien le hace desembarcar en Huelva, diri- 
giéndose de allí á Sevilla, y posteriormente á 
Córdoba. 

Enfrente de tales discrepancias, y bien pe- 
sadas las opiniones y argumentos aducidos en 
pro de las mismas, expondremos brevemente 
la nuestra. 

Colón, acompañado de su hijo Diego, niño 
de corta edad á la sazón, embarcóse en Lisboa 
con rumbo á Huelva, en donde vivía su cuñado 
Miguel Muliarte, casado con Doña Violante 
Mogniz: intentaba Colón dirigirse á Francia 



— 37 — 

á exponer su proyecto, cuando una tempes- 
tad obligó á la nave á refugiarse en el puerto 
de Palos. Colón, acompañado de su hijo, á 
quien pensaba dejar en compañía de sus cu- 
ñados, dirigióse ya en tierra á visitar el con- 
vento de la Rábida: llegado allá, detúvose y pi- 
dió agua y pan para su hijo, hecho naturalí- 
simo y del que se han deducido consecuencias 
estupendas por los aficionados á ver lo maravi- 
lloso en lo natural y lógico y á fabricar leyen- 
das con objeto de embellecer la Historia, cual 
si la recta interpretación de sus verdades, no 
fuese su mejor adorno y atavío. 

El habla y acento extranjero de Colón, así 
como sus vestiduras, hubieron de chocar al 
fraile que lo recibió, entablándose entre ellos 
animado diálogo: era Fray Juan Pérez antiguo 
confesor de la Reina Católica, y tal vez guar- 
dián del convento, por más que acerca de esta 
circunstancia no haya datos seguros; entró en 
conversación con Colón; hallábase entonces en 
el convento el físico dé Palos, Garcí Hernández, 
entendido en astrología, y entre los tres co- 
menzó una animada plática: Colón contó á sus 
interlocutores las varias vicisitudes que sus 
proyectos habían sufrido en la corte de Portu- 
gal, y las burlas de que habían sido objeto, y 
hasta hizo una alusión á la mala fe de los 
portugueses. 

Todos los sucesos anteriormente referidos, 



— as- 
estan apoyados en pruebas y testimonios irre- 
cusables; para proseguir la narración, debemos 
ahora entrar en el terreno de las hipótesis, fal- 
tos de base segura en que apoyar nuestras afir- 
maciones. 

Es de suponer, que considerando Fray Juan 
Pérez y el físico García Hernández que los ele- 
mentos que Colón pedía para realizar su descu- 
brimiento no eran de gran importancia, le su- 
giriesen la idea de dirigirse al Duque de Medina 
Sidonia con tal objeto, y le disuadieran de su 
propósito de pasar á la corte de Francia ; puede 
suponerse también que esta idea le fuera suge- 
rida á Colón en Sevilla; lo que únicamente se 
sabe de cierto, es que Colón, abandonando su 
primera idea de dejar á su hijo Diego bajo la 
guarda de su cuñado Muliarte, accediendo á 
las indicaciones de Fray Juan Pérez, lo dejó en 
la Rábida, en donde recibió su primera edu- 
cación. 

Piérdese aquí la pista de Colón; no se sabe 
el tiempo qne permaneció en la Rábida, ni si al 
pioseguir su viaje tocó en Huelva; debió per- 
sistir en su idea de pasar á Francia, para cuyo 
objeto presentaba grandes facilidades el ser Se- 
villa centro comercial de grande importancia y 
ciudad muy visitada por extranjeras naves, en 
las que fácilmente podía hacer la travesía; no 
se sabe si fué llevado allí por el deseo de 
impetrar la protección del poderoso magnate 



— 39 — 

antes citado, ó si le atrajo el existir en la ciudad 
andaluza desde largo tiempo una numerosa co- 
lonia genovesa. 

Llegado á Sevilla, dirigióse al Duque de Me- 
dina Sidonia, que no aceptó sus proposicio- 
nes, y después al de Medinaceli, D. Luis de la 
Cerda. 

El poderoso magnate acogió al proyectista 
extranjero: los medios materiales que éste pedía 
para la realización de su proyecto, no eran de 
grande importancia: el Duque le concedió su 
protección y ayuda, y Colón, durante algún 
tiempo, pudo creer que había llegado la ocasión 
de realizar el sueño de toda su vida. 

Entonces intervino la Corona deteniendo la 
empresa: pone el Duque en conocimiento de los 
Reyes su intento, y estos reclaman para sí el 
negocio y llaman á su corte al proyectista. 

Las negociaciones entre el Duque y los Reyes, 
la llegada de Colón á la corte, su primera en- 
trevista con los Monarcas y las consecuencias 
que tuvo, serán objeto de otro capítulo: veamos 
ahora la situación de España en esta época. 



CAPÍTULO II. 

ARAGÓN Y CASTILLA DESDE LA LLEGADA DE COLÓN 

HASTA SU PRIMERA ENTREVISTA CON LOS REYES 

CATÓLICOS. (1 ^8^-i ^86.) 



I. 




REEMOs indispensable en este lugar, 
un estudio algún tanto detenido de 
la situación de Aragón y Castilla en 
la época de la venida de Colón á Es- 
paña: la exposición del estado tanto interno 
como externo de nuestra patria, es la mejor 
contestación que puede darse á los que se ex- 
trañan, de que pidiendo el futuro descubridor 
tan escasos medios materiales para realizar el 
descubrimiento, no le fuesen concedidos por el 
Monarca aragonés, espíritu mezquino y egoista 
que no podía concebir, según ellos, ni el genio 
de Colón, ni la grandeza de sus proyectos. 

Y vamos á comenzar nuestro estudio en el 
mismo año en que Colón, según se deja probado 



— 42 — 

anteriormente, arriba á Castilla y comienza á 
buscar un protector que le facilitase la realiza- 
ción de su proyecto; y tomamos aquí el hilo de 
nuestra narración, por no dar extensión desme- 
surada á este estudio, si hubiéramos de traer 
desde sus orígenes, las varias guerras y com- 
plicaciones, tanto interiores como exteriores, 
que en estos años se desarrollan. 

En los comienzos del año 1484 encontrábanse 
los Reyes Católicos en la ciudad de Vitoria: 
allí recibieron una embajada del Rey de Fran- 
cia, que tenía el encargo de notificarles la 
muerte del Rey Luis y la sucesión de su hijo 
Carlos VIII: recibida esta embajada por los 
Reyes Católicos, determinaron enviar otra á 
Francia con el encargo de tratar de la devolu- 
ción de los condados de Rosellón y la Cerdaña, 
que indebidamente retenía en su poder el Mo- 
narca francés, contra la expresa voluntad de su 
difunto padre, que había ordenado antes de mo- 
rir que se hiciese la entrega de los dichos terri- 
torios: la embajada la componían D. Juan de 
Ribera, señor de Montemayor, el Dr. D. Juan 
Arias del Villar, deán de Sevilla, y del Consejo 
Real y gran número de escuderos y fijodalgos; 
despachados los embajadores, abandonaron los 
Reyes la ciudad de Vitoria el día 12 de Enero, 
dirigiéndose á Tarazona, en donde se habían 
convocado Cortes del Reino de Aragón para el 
día 15 de este mismo mes: la tardanza en la ida 



— 43 — 

de los Reyes fué acaso la causa de que el Vice- 
canciller de Aragón, Alonso de la Gavallería, 
las prorogase: en 19 de Enero entró en Tara- 
zona el Rey, y en 12 de Febrero comenzaron 
las sesiones: la duración de estas Cortes fué 
larga: los catalanes se resistían á concurrir á 
ellas, protestando que era contrario á sus Cons- 
tituciones concurrir á Cortes que se celebraban 
fuera de los límites del Principado: al fin acu- 
dieron representantes de Cataluña, pero no sin 
que el síndico de Barcelona persistiese en su 
protesta. También protestaron los valencianos 
de que se les convocase fuera de su territorio, 
y con estas diferencias y cuestiones pasaba el 
tiempo sin que pudiera venirse á un acuerdo. 
Llegó el mes de Abril en esta situación; la 
embajada que se había enviado al Rey de Fran- 
cia, lejos de lograr la restitución de los conda- 
dos del Rosellón y la Cerdaña no obtuvo más 
que respuestas dilatorias; la contestación dada 
á los embajadores puede verse en la crónica de 
Pulgar cap. xxviii, parte iii; conforme á las 
instrucciones recibidas, los embajadores caste- 
llanos requirieron solemnemente al Monarca 
francés ante notarios apostólicos^ dice la cró- 
nica, para la entrega de los condados, y en caso 
contrario considerar al soberano como trasgre- 
sor de los tratados de paz y alianza; á pesar de 
las tentativas del Monarca para llegar á un 
acuerdo, apelando á todos los medios, incluso á 



— 44 — 

las dádivas con el embajador, la notable ente- 
reza de este frustró todo arreglo y volvióse á 
Castilla la embajada sin renovar las alianzas de 
paz que de antiguo existían entre los dos reinos. 

Era esta, por tanto, una nueva complicación 
en las relaciones exteriores, que venía á aumen- 
tar el número de las cuestiones á que los Monar- 
cas debían prestar su atención; el Monarca ara- 
gonés^ fué de opinión de comenzar la guerra con 
Francia; la Reina, por el contrario, pretendía 
que se dedicase preferente atención á la lucha 
con los moros; no podemos resistirnos al deseo 
de transcribir, tomándolas de la crónica de Pul- 
gar, las razones en que se apoyaba D. Fernando 
para fundamentar su opinión, pues nos pintan 
admirablemente al político sagaz y enérgico, al 
Monarca de inteligencia clarísima para la go- 
bernación del reino, á quien tachan de indocto 
y hombre de corto entendimiento sus detracto- 
res, acaso porque no se entretuvo en mirar á 
las estrellas ó en hacer versos latinos, según la 
moda de sus contemporáneos, en vez de poner 
toda su actividad y energía en los negocios y 
asuntos del Estado. 

El voto del Rey, dice Pulgar, era que primero 
se debían recobrar los Condados de Ruissellon y 
de Cerdaina que los tenia injustamente ocupados 
el Rey de Francia: é que la guerra con los mo- 
ros se podia por agora suspender pues era 
voluntaria é para ganar lo ageno y la guerra 



— 45 — 

con Francia non se dehia escusar, pues era 
necesaria e para recobrar lo suyo, E que si 
aquella era guerra sabida, estotra guerra era 
justa, e muy conveniente d su honra. Por que si 
la guerra de los Moros por agora no se persi- 
guiese, no les seria imputada mengua^ e si 
estotra no se ficiese^ allende de recibir daño e 
pérdida, incurrian en deshonra por dexar á 
otro rey poseer por fuerza lo suyo^ sin tener a 
ello titulo ni razón alguna. Decia ansimesmo 
que el Rey de Francia era mozo, é su persona é 
reino andaba en tutorías é gobernación agena; 
las cuales cosas daban la oportunidad para facer 
la defensa de los Franceses mas flaca^ é la 
demanda de restitución mas fuerte. E que por 
si agora se dexase, era de pensar que crescien- 
dole la cobdicia con la edady seria mas dificile 
de recobrar é sacar de su poder aquella tierra. 
Otrosí decia que cuanto mas tiempo dexaxe de 
mover esta guerra tanto ynayor posesión ganaba 
el Rey de Francia de aquellos Condados: é los 
moradores dellos que cada hora esperaban ser 
tornados á su señorío, veyendo pasar el tiempo 
sin dar obra á los recobrar, perderían la espe- 
ranza que teyíian de ser reducidos al señorío 
primero: é que el tiempo faria asentar sus áni- 
mos en ser subditos del Rey de Francia é perde^ 
rían la aficio7i que tenían al señorío real de los 
Reyes de Aragón. La cual afición decía élj que 
no era pequeña ayuda para los recobrar presta- 



— 46 — 

mente. Otrosí decía que no podía buenamente 
sufrir ¡os clamores de algujios caballeros é 
cibdadanos de aquellos condados^ que por servi- 
cio del Rey su padre é suyo^ han estado tanto 
tiempo desterrados de sus casas y heredamientos ^ 
é reclamaban toda hora solicitando que se diese 
obra á la reducción de aquella tierra por tornar 
á sus casas é bienes. y) 

Mas á pesar de estas razones, la Reina persis- 
tía en continuar la guerra de Granada y en que 
se acudiese también á la de Francia, para lo 
cual debían quedar con el Rey algunas gentes 
de armas de Castilla y agregadas á estas las de 
los confines de Aragón y Cataluña podría el 
Rey sostenerla; vino el Rey á este acuerdo y 
quedóse en Tarazona contendiendo con sus 
aragoneses , mientras la Reina acompañada del 
Cardenal de España se dirigía á Toledo. 

Los acontecimientos vinieron á dar la razón al 
Rey Católico: no era posible emprenderla lucha 
con tan escasos medios y fuéle preciso, como 
veremos más adelante, abandonar la empresa y 
acudir en persona á la lucha con los moros. 

La Reina llegó á Toledo en los alrededores de 
la Pascua de Resurrección: permaneció tres días 
en la ciudad y continuó su viaje á Andalucía; 
detúvose en Úbeda, Baeza, Andújar y Jaén y por 
último se dirigió á Córdoba en donde fijó su re- 
sidencia, para organizar la campaña de aquel año 
contra el reino de Granada. 



— 47 — 

Al llamamiento de la soberana acudieron pre- 
surosos los andaluces: formóse un buen ejército 
en el que ocupaba importante lugar la artillería, 
pues como dice la crónica de Pulgar, la Reina 
amando traer gran número de carros e madera 
e fierro e piedras e maestros para las labrar ^ e 
todas las otras cosas que eran necesarias para 
las lombardas é otros tiros de pólvora de su arti- 
llería según la orden que para ello daban los 
maestros que fizo venir de Francia é de Alema- 
ña-Si además se organizó una gran flota, mandada 
por D. Alvaro de Mendoza, conde de Castro, para 
impedir que los moros recibiesen socorros de 
África. 

D. Fernando continuaba entre tanto en Tara- 
zona: en 1.° de Mayo dio orden de prorrogar las 
Cortes del reino de Valencia y que tuvieran 
lugar en esta ciudad, y en 13 de Mayo hizo lo 
mismo con los aragoneses, habilitando como 
representante suyo para que las concluyera á su 
hijo natural el arzobispo D. Alonso de Aragón: 
pretendió D. Fernando que se le concedieran 
auxilios para la guerra con Francia , sin conse- 
guir su objeto. 

Prorrogadas las Cortes, disponíase á partir de 
Tarazona D. Fernando, cuando un nuevo é im- 
portante asunto le obligó á detenerse: el 12 de 
Mayo llegó á Tarazona el Condestable Pierre de 
Peralta, que tenía el gobierno del castillo de 
Tudela, á prestar al Rey pleito homenaje y á po- 



— 48 — 

nerse á sus órdenes y el día 14 del mismo mes 
llegó una comisión de vecinos y jurados de Tu- 
dela presididos por su alcalde Pero Gómez, soli- 
citando el apoyo y defensa de D. Fernando y la 
guarda de sus privilegios para el caso de que se 
realizase el matrimonio de la Reina de Navarra, 
Doña Catalina con el Infante D.Juan, primogéni- 
to de los Reyes Católicos, y si esto no tenía lugar, 
que Tudela y los pueblos vecinos se agregasen 
al reino de Aragón: accedió D. Fernando á lo 
pedido y confirmó á Fierre de Peralta en el go- 
bierno del castillo de Tudela: la boda proyecta- 
da no tuvo efecto y Doña Catalina casó con Juan 
de Labrit, sin consentimiento de los tres Esta- 
dos ó brazos de Navarra: magnífica ocasión se 
presentaba al Rey Católico para intervenir en 
los asuntos de Navarra, y tal debió ser su deseo 
á juzgar por algunas frases sueltas de Zurita, 
mas no pudo hacerlo por el abandono en que le 
dejaron sus subditos, semi-rebelados, y su espo- 
sa, ocupada en la guerra con los moros en la 
cual no era posible adelantar gran cosa, pues 
como dice un historiador ala guerra era de talas, 
pues no se podía hacer más. 

Abandonados, mejor que arreglados los asun- 
tos de Aragón y Navarra, partióse el Rey el día 
30 de Mayo de Tarazona, en dirección á Andalu- 
cía, llegando á Córdoba á principios de Junio: 
púsose al frente del ejército y penetró en tierra 
de moros en son de guerra: el día 11 de este mes 



— 49 — 

presentóse ante los muros de Alora, batiólos con 
la artillería y el día 20 penetraba en la villa y 
hacía solemne entrega de ella á Luís Fernández 
Portocarrero, nombrado su capitán mayor: con- 
tinuó la guerra durante algún tiempo, llegando 
las huestes cristianas en sus talas hasta las 
mismas puertas de Granada: vuelto el Monarca 
á Córdoba, tratóse de hacer una segunda entra- 
da aquel año antes de que acabase el verano, y 
en el mes de Septiembre, dirigiéronse las armas 
cristianas hacia la villa de Setenil: durante 
quince días sostuviéronse los sitiados, hasta 
que derribadas por las lombardas dos torres y 
un gran trozo de muro, se rindieron á los sitia- 
dores quedando de capitán mayor D. Francisco 
Enriquez: el último hecho de armas de este año, 
fné la tala de la vega de Ronda á donde se di- 
rigió el Monarca desde Setenil. 

La Reina recibió gran placer de estos sucesos 
y como la campaña tocaba á su fin, trató de 
unirse á su esposo: salió de Córdoba y se dirigió 
hacia Sevilla: el Rey abandonó el campo de la 
lucha é incorporóse á su esposa en el camino; 
ambos consortes se dirigieron á Sevilla, donde 
pasaron el invierno, según dice el cronista Pul- 
gar ^proveyendo en las cosas necesarias , ansí á 
la huena gobernación de sus Reynos ^ como á la 
guerra de los moros, al hastecimiento de las vi" 
lias que eran tomadas^ e de las otras gentes que 
estaban puestas en la frontera. 



— 50 — 

La invernada duró hasta el mes de Marzo del 
año siguiente 1485 en cuyo mes, partieron los 
Reyes de Sevilla hacia Córdoba para comenzar 
nuevamente las talas en las vegas moras. 

Tales son según las crónicas contemporáneas, 
á las que hemos seguido fielmente, los princi- 
pales hechos ocurridos en el año 1484: aprecián- 
dolos en conjunto, vemos que la atención de los 
Monarcas estaba solicitada por los siguientes 
asuntos: la guerra de Granada, una probable 
lucha con Francia, la organización de Castilla, 
la sumisión completa de Aragón y la interven- 
ción en Navarra, una parte de cuyo territorio, 
se ofrecía á los Reyes Católicos; todos estos 
asuntos eran de por sí importantísimos y exi- 
gían la especial y directa atención de los regios 
consortes. 

Antes de proseguir en nuestro estudio, cree- 
mos oportuno llamar la atención acerca de un 
hecho que ha pasado desapercibido para los his- 
toriadores colombinos ó que al menos no hemos 
leído en ninguno de ellos: es evidente que como 
decimos arriba, los Reyes Católicos permane- 
cieron en Sevilla desde el 2 de Octubre de 1484 
hasta el mes de Marzo de 1485: queda consig- 
nado en el capítulo anterior, que la llegada de 
Colón al monasterio de la Rábida tuvo lugar á 
fines de 1484: si como generalmente se supone, 
Colón se dirigió inmediatamente á Sevilla y 
allá trató de buscar protección para su empresa 



— 51 — 

¿cómo no se dirigió en seguida á los Reyes, apro- 
vechando la coincidencia de estar invernando 
en dicha ciudad? ¿es que acaso la situación de 
España, era más intranquila y por tanto la oca- 
sión menos oportuna que en el mes de Enero 
de 1486? veremos que no; todas las complica- 
ciones y negocios tanto interiores como exterio- 
res están aumentadas en esta fecha, y en 1484 
no podía suponerse que dos años más tarde la 
situación se habría normalizado: utilizaremos 
este dato en el siguiente capítulo cuando expon- 
gamos las causas de la ida de Colón á la corte 
de los Reyes Católicos. 

Durante la estancia de los Monarcas en Sevi- 
lla fueron varias é importantes las cuestiones 
de que tuvieron precisión de ocuparse: Pulgar 
nos refiere los detalles de una Junta tenida en 
Orgaz, al objeto de arbitrar recursos para la 
guerra, y nos pinta á lo vivo el estado del Reino, 
esquilmado por las continuas _pec/ias y subsidios 
prestados: Alonso de Quintanilla convenció á 
los congregados á que auxiliasen con nuevas 
contribuciones á los Reyes y al fin pudieron 
recogerse algunas cantidades; con motivo del 
nombramiento del Arzobispo de Sevilla , hecho 
por el Pontífice, sin la previa presentación de 
los Monarcas, surgieron algunas d^esavenencias 
con la corte pontificia: los Reyes recabaron 
enérgicamente sus derechos á la presentación 
de Obispos, y al fin la cuestión pudo arreglarse: 



— 52 — 

también prutestaroü contra el asesinato del 
Duque de Viseo, cometido por orden de Don 
Juan II de Portugal; con este motivo fué á Lis- 
boa una embajada compuesta de caballeros cas- 
tellanos y aragoneses: la tirantez de relaciones 
entre los Monarcas de ambos países, llegó á tal 
punto, que Zurita asegura, que de no estar pen- 
diente la guerra de Granada, acaso se hubieran 
roto las hostilidades entre los dos reinos; el 
Monarca portugués dio cumplidas satisfacciones 
por medio de otra embajada que recibieron los 
Reyes antes de ausentarse de Sevilla: también 
el Rey de Fez envió sus embajadores á los 
Reyes Católicos, solicitando que no le siguiese 
perjuicio de la lucha con los moros de Granada. 

Partidos los Reyes dé Sevilla en el mes de 
Marzo, se dirigieron á Córdoba á preparar la 
campaña de aquel año: según dice Bernaldez, 
en 15 de Abril comenzó la lucha que duró 
hasta el 25 de Junio, conforme manifiesta la 
crónica de Pulgar: después de castigar á los 
mudejares de Benamejí, tomó el Rey á Coin, 
Cártama y Ronda, tras reñidísimos combates y 
volvió á Córdoba; la campaña tuvo segunda 
parte; en el mes de Septiembre, se tomaron los 
castillos de Cambil, y ei Arrabal; el invierno 
se aproximaba; cesó la guerra y los Reyes 
después de descansar en Córdoba dirigiéronse 
ai Norte de España. 

En este momento se enlaza la historia políti- 



— 53 — 

ca de España, con las vicisitudes de Colón, la 
primera entrevista entre el proyectista y los 
Reyes tiene lugar en la primavera de 1486. 

Tal era la situación de España en esta época: 
expuestos los hechos, huelgan los comentarios; 
podemos anudar ahora nuestro relato, ocupán- 
donos de la primera entrevista entre Colón y los 
Reyes, materia objeto del capítulo siguiente. 




CAPITULO III. 



LA PRIMERA ENTREVISTA. — LA JUNTA DE CÓRDOBA. 



I. 




A causa de la ida de Colón á la corte 
de los Reyes Católicos para celebrar 
con ellos su primera entrevista, está 
narrada en un documento de valor 
inapreciable para la justa apreciación de estos 
sucesos; es la carta dirigida por D. Luís de la 
Cerda, primer Duque de Medinaceli, al gran 
Cardenal de España D. Pedro González de 
Mendoza. 

El P. Las Casas y D. Hernando Colón, así 
como los restantes historiadores primitivos de 
Indias, que como es sabido basan sus narracio- 
nes en las obras de estos, desconocieron la exis- 
tencia de semejante documento, y de ahí nace 
la vaguedad que en sus relatos se observa acerca 



— se- 
de las causas que movieron á Cristóbal Colón 
para dirigirse á la corte. 

Tratemos de reconstruir este período de la 
génesis del descubrimiento. 

El primer hecho que á nuestro juicio aparece 
como indudable, es que el Duque de Medinaceli, 
enterado por el descubridor de sus proyectos, 
trató de ponerlos en práctica antes de que los 
Reyes tuviesen noticia de que existía Cristóbal 
Colón: en la carta citada al Cardenal Mendoza, 
dice el Duque: ^No sé si sabe vuestra Señoría 
como yo tuve en mi casa mucho tiempo d Cris- 
tóbal Colomo que se venia de Portugal y se que- 
ría ir al Rey de Francia, para que emprendiere 
de ir á buscar las Indias con su favor y ayuda 
é yo lo quisiere probar y enviar desde el Puerto, 
que tenia buen aparejo, con tres ó cuatro cara^ 
helas, que no demandaba mási> (J). 

El P. Las Casas comprueba lo que se afirma 
en esta carta, dice: «?/ tomando gusto el gene^ 
roso Duque en las pláticas que cada dia tenía 
con Cristóbal Colon y mas y mas se aficionando 
á su prudencia y buena razón, hobo de concebir 
buena estima de su propósito y viaje que deseaba 
hacer, y tener en poco cualquiera suma de gas- 
tos que por ellos se aventurasen cuanto mas 
siendo tan poco lo que pediay> (2). Más adelante 
dice: (^Satisfecho pues el magnifico y muy ilus- 
tre Duque de las razoyies que Cristóbal Colon le 
dio y entendida bien aunque no cuanto era 



— 57 — 

digncij la importancia y preciosidad de la em- 
presa que acometer disponia^ teniendo fé y es- 
peranza del buen suceso delta y prosperidad; 
determina de no disputar más si salaria con 
ella ó nó y magnifica y liheralmente^ como si 
fuera cosa cierta^ manda dar todo lo que Cris- 
tóbal Colon decia que era menester^ hasta 3 ó 
4000 ducados con que hiciese tres navios ó cara- 
belas proveidas de comida para un año é para 
mas y de rescates y gente marinera y todo lo 
que mas pareciere que era necesario^ mandando 
con extrema solicitud se pusieren los navios en 
aquel rio del Puerto de Santa María ^ en asti- 
llero sin que se alzase mano de ellos hasta aca- 
barlosn (3). 

El poderoso magnate andaluz tenía, en efecto, 
medios suficientes para realizar por propia 
cuenta el descubrimiento: los cronistas contem- 
poráneos ensalzan el poderío y colosal fortuna 
de los Duques de Medinaceli, que no reconocían 
por aquel tiempo más rivales que al Duque de 
Medina Sidonia y al famosísimo Marqués de 
Cádiz: mas para acometer empresa de tamaña 
importancia, y aunque el Duque podía como 
señor feudal — en el sentido que cabe aceptar 
esta frase tratándose de España y del siglo xv — 
tener fustas y carabelas en el Mediterráneo y 
en el Atlántico (4), era preciso que los Reyes 
concedieran su licencia, y de obtenerla trató el 
ilustre procer. 



— 58 — 

Al llegar á este punto nos faltan documentos 
por los que podamos seguir el curso de las ne- 
gociaciones entre el Duque y los Reyes; sin em- 
bargo, con algunos datos que se contienen en 
la carta citada, con lo que nos dicen Las Gasas 
y los cronistas generales del reinado y con al- 
gunos documentos que se refieren á descubri- 
mientos y empresas marítimas realizadas por los 
españoles antes de la llegada á España de Cris- 
tóbal Colón, podremos establecer alguna hipó- 
tesis: para ello observamos: 

I.*» Que el Duque de Medinaceli tenía nece- 
sariamente que poner en conocimiento de los 
Reyes su propósito de enviar á Colón á realizar 
el descubrimiento: no era posible que sin per- 
miso expreso de los Reyes saliera la expedición 
de puertos españoles; pruébase esta afirmación 
por el examen de algunas Cédulas Reales con- 
cedidas á subditos españoles para descubrir tie- 
rras, en las cuales se dice terminantemente 
que no puedan salir del reino expediciones ma- 
rítimas sin el permiso real: es curiosísimo el 
estudio de estas Cédulas (5), y sobre todo la com- 
paración entre los derechos que en ellas se 
conceden á los descubridores y las peticiones 
que formuló el genovés en Santa Fe; dadas 
estas diferencias ¿era político en un Monarca 
semi-extranjero para Castilla, conceder á un 
italiano lo que no se concedía á los natura- 
les del reino? ¿Podía herir de tal suerte la vi- 



-- 59 — 

driosa susceptibilidad castellana, quien tenía 
en Castilla no pocos enemigos y descontentos 
de su política? 

2,° En la citada carta al Cardenal Mendoza 
dice el Duque apero como vi que era ésta empre- 
sa para la Reina ^ nuestra señora ^ escrihilo 
á S. A. desde Rota y respondióme que se la en- 
viase», este párrafo ha dado lugar á grandes 
confusiones y no pequeños errores históricos: 
parece deducirse de él, que la noticia de los pro- 
yectos del Duque, fué transmitida tan sólo á la 
Reina, y que de ésta partió la iniciativa para 
tratar del descubrimiento; este hecho no puede 
admitirse; la lógica y el sentido común, dicen 
que necesariamente, de proyecto de tal trans- 
cendencia tuvo que tener conocimiento D. Fer- 
nando, el Duque ni le nombra siquiera en la 
carta y más adelante dice: «S. A. (la Reina) lo 
recibió (á Colon) y le dio encargo á Alonso de 
Quintanilla el cual me escribió por su parte etc.n^ 
nótase aquí el propósito deliberado de apartar 
al Rey de todo lo que se relacione con el descu- 
brimiento siendo innegable: l.o Que quien reci- 
bió á Colón fueron los Reyes y no Isabel tan solo. 
2.° Que ante quien expuso el proyecto fué ante 
los dos, y 3.'', que quien nombró la comisión 
presidida por Fray Hernando de Talavera fué 
D. Fernando. 

La preterición del Rey por parte del Duque se 
explica fácilmente: no estaba la unidad de Es- 



— 60 ~- 

paña consolidada de tal modo , que se viese en 
Fernando el Monarca de Castilla y en Isabel la 
Reina de Aragón; de aquí, que los castellanos se 
dirigían á Isabel y la tenían siempre como 
reina aunque de hecho entendiesen los dos en 
los asuntos de gobierno: deducir de estas frases 
del Duque, que tan solo la Reina tuvo noticia de 
los proyectos de Colón, que debido tan solo á su 
llamamiento acudió á la corte y que ante ella tan 
solo expuso su proyecto, nos parece un absurdo. 

3." Según aparece de la carta del Duque, el 
dar noticia á la Reina de los propósitos de Co- 
lón, fué un acto espontáneo de aquel: claramen- 
te lo indica apero como vi que era esta empresa 
para la Reina^ nuestra señora^ i/o no lo quise 
tentar y lo aderezaba para su servicio etc.^^, de 
suerte que según parece desprenderse de la car- 
ta, los sucesos se desarrollaron del siguiente 
modo: el Duque recibe á Colón, le expone éste 
su proyecto, ve el Duque que no es imposible y 
que requiere escasos medios para realizarlo, 
comienza á ponerlo en práctica, se comienzan á 
construir las naves y entonces le asalta el es- 
crúpulo de que esta empresa debe ser para la 
Reina y se dirige á ella , dándole noticia de la 
existencia de Colón y de sus proyectos: á esta 
historia habremos de observar. 

(A) Parece natural que antes de poner en 
práctica una empresa para cuyo resultado era ne- 
cesaria la autorización délos Reyes, se tratase de 



— 61 — 

obtener esta autorización; el Duque nada intenta 
en este sentido, calla y obra y pone las quillas 
de los barcos: conoce el proyecto desde el prin- 
cipio y nada dice: de repente brilla en su inteli- 
gencia la idea de que tal empresa debe ser para 
los Reyes y se dirige á estos: tal cosa nos parece 
inverosímil, y se explica por lo que á continua- 
ción se dice. 

(B) La carta en que se dan estas noticias es 
lina verdadera solicitud á los Reyes; el Duque, 
según dice en su carta, solicitó que se le diese 
parte en la empresa y que el cargo y descargo 
de los buques fuera en el Puerto: á esto se le 
contestó que si salía bien el negocio se le daría 
parte aunque sin precisar qué fuese la que el 
Duque pedía; va Colón á las Indias, vuelve y 
entonces, en 19 de Marzo de 1493 se escribe esta 
carta en que se recuerdan los servicios presta- 
dos, al abandono y voluntario desistimiento del 
Duque y su espontáneo ofrecimiento á los Re- 
yes, como méritos para que se le conceda lo 
que pide: de suerte que se ve aquí una petición, 
en vista del resultado favorable, no sospechado, 
del descubrimiento, para cuya consecución se 
presentan servicios del Duque; hay pues moti- 
vos para sospechar de la certeza de las razones 
que se exponen con tan interesado objeto, si 
como acontece están disconformes con la lógica, 
que después de todo, suele ser la única ley que 
preside el desarrollo de los hechos. 



— 62 — 

(C) Consta positivamente que al Duque no 
se concedió lo que pedía; esto prueba que no 
debieron ser exactos los motivos indicados, 
pues mediando la real promesa de efectuarlo, 
no se explica que se deje de acceder si nó á lo 
pedido por el Duque, á concederle alguna 
merced. 

4." Según dice Bernaldez (6) «en i5 de 
Abril de 14S5 salió á campaña D. Fernando (de 
Córdoba) con un poderoso ejército en el cual iba 
el Duque de Medinaceli D. Luis de la Cerda; 
este mismo hecho lo atestigua Pulgar en su 
Crónica (7); en aquel tiempo Colón estaba ya 
en casa del Duque, tenía este conocimiento de 
sus proyectos y acaso hubiese comenzado á 
poner los medios para realizarlos; de modo que 
es lógico suponer que estando en el ejército, 
pusiera en conocimiento del Rey el proyecto, y 
acaso le pidiera permiso para intentar la em- 
presa; claro está que todo esto es hipotético, 
pero no absurdo; tiene visos de probable por 
más que no descanse en documentos sino en 
simples inducciones de buen sentido. 

5.^ La llegada de Colón al puerto de Sevilla 
se fija á fines de 1484; su primera entrevista 
con el Duque debió de celebrarse poco después; 
la preparación de los barcos debió comenzar 
en seguida; los Reyes estuvieron en Sevilla 
desde el mes de Septiembre de 1484 á Marzo 
de 1485; ¿cómo no dijo nada el Duque á los 



— 63 — 

Reyes de los proyectos de Colón que pretendía 
realizar á su costa? en Abril de 1485 salen los 
Reyes á campaña desde Córdoba y el Duque les 
acompaña; ¿cómo no dice nada tampoco? La 
carta escrita desde Rota á que hace referencia 
el Duque en la suya al Cardenal Mendoza; 
¿cuándo se escribió? no cabe que se escribiera 
sino desde el ñn de la campaña de 1485 en 
adelante, es decir, durante el viaje délos Reyes 
por el Norte de España, puesto que desde la 
llegada de Colón en 1484 hasta el fin déla cam- 
paña de 1485 puede decirse que los Reyes y el 
Duque están juntos; ¿á qué obedece, pues, el 
mutismo del Duque cuando tiene ocasión pro- 
picia para hablar, y su carta en cuanto se 
ausentan los Reyes? todos estos puntos no bien 
dilucidados se prestan á toda serie de conjeturas. 

Vendrían á arrojar viva luz acerca de estos 
extremos dos documentos no publicados hasta 
ahora; la carta del Duque escrita desde Rota y 
la contestación de Alonso de Quintanilla al 
Duque; respecto de estas dos cartas observare- 
mos lo siguiente: 

La carta escrita por el Duque desde Rota, 
debió ser escrita desde fines de 1485 á princi- 
pios de 1486; no había necesidad de escribir 
antes, porque hasta esa época está el Duque con 
los Reyes; no pudo ser después porque en 20 de 
Enero de 1486 llega Colón á la corte; á esta 
carta del Duque, contestan los Reyes con otra 



— 64 — 

desconocida ó no publicada; claramente lo da á 
entender el Duque al decir: nescrihilo á S. A. 
desde Rota y respondióme que se lo en- 
viase;» va Colón á la corte con nuevas cartas 
del Duque para Quintanilla y demás favorece- 
dores y otra nueva para los Reyes á la que se 
hace referencia asimismo al decir «se lo envié 
entonces y supliqué á S. A., pues yo no la 
quise tentar y lo aderezaba para su servicio 
que me mandase hacer merced y parte en ella 
y que el cargo y descargo de este negocio fuese 
en el Puerto. ^^ Reciben los Reyes á Colón, y 
á esta última carta del Duque, contesta en su 
nombre Alonso de Quintanilla; claramente se 
desprende de este pasaje: S. A. lo recibió y le 
dio encargo á Alonso de Quintanilla el cual 
me escribió de su parte, que no tenia este 
negocio por muy cierto; pero que si se acertase^ 
que S. A. me haría merced y daría parte en 
ello.y> 

De suerte que para determinar con certeza 
las verdaderas causas de la ida de Colón á la 
corte, necesitamos conocer, además de la carta 
del Duque al Cardenal Mendoza, los siguientes 
documentos: 

I.*» Carta escrita desde Rota, acaso á fines 
de 1485 por el Duque de Medinaceli á los Reyes 
Católicos. 

2." Contestación de los Reyes diciendo al 
Duque que enviase al proyectista extranjero. 



— 65 — 

3.° Carta del Duque, que tal vez llevara el 
mismo Colón, en la que se suplica á los Reyes 
que le concedan la merced de darle parte en la 
empresa. 

4.° Carta deQuintanilla, escrita por encargo 
de los Reyes, al Duque de Medinaceli, en la 
que se da noticia de la llegada de Colón á la 
corte y se promete que si se acertase en el 
negocio tenido por inseguro, se le haría merced 
y daría parte al Duque en la empresa. 

La busca y publicación de estos documentos, 
sería labor más útil para el esclarecimiento de 
la historia colombina, que todos los párrafos 
elocuentes y brillantes , que se escriban ó pro- 
nuncien con motivo del Centenario. 

Mientras estos documentos no parezcan, será 
lícito á título de hipótesis no descabelladas, 
sostener cuantas opiniones se presenten basa- 
das en alguna inducción nacional; vamos, por 
tanto, á exponer la nuestra, á reserva de modi- 
ficarla ó retirarla definitivamente, en el instante 
en que se nos demuestre su completa inexac- 
titud. 



II. 



Llega Colón á Sevilla sin intención decidida 
de pedir auxilio á los Reyes de España y acaso 
obedeciendo su ida á esta población al deseo de 
encontrar una nave que le condujese á Francia; 



— 66 — 

no debió tener grandes deseos de presentar sus 
proyectos á los Reyes, cuando no practica nin- 
guna gestión para acercarse á ellos, estando 
como estaban estos en Sevilla cuando llegó 
allí el proyectista extranjero. 

Claramente indica su idea de pasar á Fran- 
cia un pasaje de la carta citada al Cardenal 
Mendoza: «iV^o se si sabe V. S. como yo tove en 
mi casa mucho tiempo á Cristóbal Colomo que 
se venia de Portugal y se queria ir al Rey de 
Francia. y> 

Acaso por mediación de Juaa Berardi ó de 
algún otro genovés que tuviera su residencia 
en Sevilla, con quienes es lógico que se rela- 
cionase Colón desde su llegada á la ciudad del 
Guadalquivir, ofrece su proyecto al Duque de 
Medina Sidonia, que lo rechaza, y al de Medi- 
naceli, que lo acepta; trasládanse á la casa del 
Duque en el Puerto de Santa María, en donde 
colocadas las quillas. Colón vigila la construc- 
ción de los barcos, mientras el Duque cumplien- 
do sus deberes feudales para con el Monarca, 
marcha en Abril de 1485 á Córdoba para unirse 
con el grueso del ejército real y comenzar la 
lucha con los moros. 

Constándole al Duque que para enviar la ex- 
pedición marítima era necesario el permiso de 
los Reyes, intenta obtenerlo, creyendo que sería 
sencillo y fácil, dado que el tal proyecto era una 
humilde é insignificante tentativa, y en tal sen- 



— 67 — 

tido debió decirlo al Rey Católico, acaso du- 
rante la campaña de 1485. 

El Rey Católico, con aquel profundo sentido 
político de que dio tan notables y patentes 
pruebas en el transcurso de su reinado, echó 
de ver lo que acaso no había visto el Duque: la 
inmensa importancia y transcendencia del des- 
cubrimiento de un nuevo camino para las In- 
dias Occidentales ; comprendió el Monarca que 
tal empresa, de tener un afortunado desenlace, 
elevaría el nombre y poderío de la ya poderosa 
casa de la Cerda, á tal grado, que acaso eclip- 
sara el brillo de la corona: toda la política de los 
Royes Católicos dirígese á quebrantar la pu- 
janza de la nobleza castellana; no era posible 
permitir que un noble realizase empresas que 
tan sólo debieran dirigir reales cetros. Y sobre 
todo, antes de examinar el proyecto en todos 
sus detalles, lo que urgía era separar á Colón 
del Duque. 

La respuesta del Monarca debió ser decisiva; 
la corona entendería en ocasión propicia en la 
disposición de la empresa. 

Termina la campaña de 1485; necesidades de 
orden político obligan á los Monarcas á dirigirse 
al Norte de España; el Duque recibe la orden de 
volver á su casa hasta la próxima campaña del 
año venidero, y de participar á Colón que los 
Reyes oirían sus proyectos ; vuelve el Duque y 
les trasmite la respuesta de Colón: esta debió 
ser la carta escrita desde Rota. 



— 68 — 

En esta carta debió manifestar el Duque á los 
Reyes que Colón se avenía á tratar con ellos; la 
carta debieron recibirla los Reyes durante su 
estancia en el Norte de España; contestaron al 
Duque que enviase al proyectista y fijaron como 
punto adecuado para celebrar la entrevista la 
ciudad de Córdoba, á donde necesariamente 
habían de acudir los Reyes al comenzar la pri- 
mavera de 1486, para comenzar la expedición 
acostumbrada contra los moros granadinos. 

Este debió ser el segundo documento á que 
nos referíamos anteriormente. 

Provisto de cartas de recomendación para al- 
gunos altos funcionarios de la corte, parte Co- 
lón del Puerto en dirección á Córdoba en el 
mes de Enero de 1486; el Duque, que ve su em- 
presa destruida, intenta sacar todo el partido 
posible de la misma y entrega á Colón una 
carta para los Reyes, en la que les suplica que 
le concedan parte y merced en la empresa ; es 
el tercer documento á que antes nos referíamos. 

Á esta carta contesta en nombre de los Reyes 
su contador mayor Alonso de Quintanilla: la 
contestación debió ser posterior á la entrevista 
de los Reyes con Colón y aun acaso á la reu- 
nión de la Junta presidida por el Prior de 
Prado; en esta carta se dice, que aunque el 
proyecto no se tiene por muy cierto, si se logra, 
se recompensarán de algún modo los servicios 
del Duque. 

Finalmente, después de la vuelta del Almi- 



— 69 — 

rante de su primer viaje, escribe el Duque desde 
Gogolludo en 19 de Marzo de 1493 su conocida 
carta al Cardenal Mendoza, en la que nueva- 
mente reclama una recompensa por los servi- 
cios prestados, visto el favorable resultado de 
la empresa. 

Tal es la hipótesis que presentamos: tenemos 
la convicción íntima de que de tal suerte de- 
bieron realizarse los acontecimientos. 



III. 

Dirígese Colón á Córdoba á avistarse con los 
Reyes; aquí se suscita otro extremo interesante 
de la historia colombina: determinar las fechas 
en que llega á Córdoba y se avista con los Mo- 
narcas: cuestiones estudiadas con poca deten- 
ción por los escritores. 

Ocúpase de esta primera entrevista D. Her- 
nando Colón (8), pero nada nos dice de la fecha 
en que se verificó; limítase á manifestar que 
Colón apasó á Córdoba donde estaba la corte y 
con su amabilidad y dulzura trabó amistad con 
las personas que gustaban de su proposición^ 
entre las cuales Luis de San Ángel, caballero 
aragonés, escribano de la Razón de la Casa 
Real, sugeto de gran prudencia y capacidad, 
entró muy bien en ella. Habló al Rey sobre que 
el Almirante mostraría por razón la posibilidad 



— Yo- 
de la empresa. El Rey cometió al Prior de 
Prado, etc.» 

Salazar de Mendoza, que describió esta pri- 
mera entrevista (9), tampoco dice nada de la 
fecha. 

Más explícito que los anteriores es el P. Las 
Casas; dice (10): a Llegado en la corte á 20 de 
Enero de i 485 comenzó á entrar en una terri' 
tle, continua^ penosa y prolija batalla que por 
ventura no le fuera áspera ni tan horrible la de 
material y armas^ cuanto la de informar á 
tantos gue no le entendían^ aunque presumian 
de le entender, responder y sufrir á muchos que 
no conocían ni hadan mucho caso de su persona, 
recibiendo algunos baldones de palabras que le 
afligian el ánima.y) Continúa manifestando las 
personas que ayudaron á Colón en sus proyec- 
tos y las que le proporcionaron su entrevista 
con los Reyes, y que estos (11), aoida y enten- 
dida su demanda superficialmente^ por las ocu- 
paciones que tenian con la dicha guerra (por 
esto es regla general, que cuando los Reyes tie- 
nen guerra^ poco entienden ni quieren entender 
en otras cosas), puesto que, con benignidad y 
alegre rostro, acordaron de lo cometer á letra- 
dos para que oyesen á Cristóbal Colón más par- 
ticularmente, para que viesen la calidad del 
negocio y la prueba que dabat). 

Tenemos pues una fecha, la de la llegada de 
Colón á la corte que el P. Las Casas fija en 20 



— 71 — 

de Enero de 1485; esta fecha está equivocada y 
por error de copia sin duda se puso 1485 en 
donde debe decir 1486; elSr. Rodríguez Pinilla, 
notó ya la equivocación y en su obra Colón en 
España dice (12) Las Casas ha debido padecer 
en este punto una equivocación de cálculo; indu- 
dablemente contó mal. Y la prueba de esto es 
clara como la luz. Las Casas redactó el relato 
del primer viage de Colón, tenioido á la vista el 
diario del mismo Almirante y copiándole á 
trozos. Hizolo asi al llegar al lunes i4 de Enero 
de i493 y él mismo escribe alli lo siguiente: 

«...Y dice mas el Almirante, asi han 
sido causa (sus opositores) de que la Co- 
rona Real de Vuestras Altezas no ten- 
ga 100 cuentos mas de renta de la que 
tiene después que yo vine á les servir, 
que son siete años agora á 20 días de 
Enero de este mismo mes...» 

Indudablemente fue de este aserto de Colón 
del que se sirvió Las Casas para escribir en su 
(íBisioriay) lo que antes copiamos. ((Llegó 
Colón á la corte en 20 de Enero de 
1485.» Pero su equivocación es palmaria. Los 
siete años á terminar el 20 de Enero de 1493^ 
no arrancaban del 85 sino del 86. 

Por consiguiente^ fué el 20 de Enero de 1486 
cuando se verificó la presentación de Cristóbal 
Colón á los Reyes, 

Conformes con el Sr. Rodríguez Pinilla en 



— 72 — 

que la llegada de Colón á la corte tuvo lugar en 
20 de Enero de 1486 y no en 1485 (aunque no en 
que en esta fecha se verificase la presentación, 
por las razones que luego se expondrán), vamos 
nosotros á aducir otra prueba de que en 1485 
no pudo tener lugar la llegada de Colón á la 
corte de Córdoba; en el mes de Enero de 1485, 
los Reyes Católicos estaban en la ciudad de Se- 
villa; no hemos de repetir las razones expuestas 
en otro lugar y allí hemos demostrado que 
desde la terminación de la campaña de 1484 por 
la toma de Setenil en el mes de Septiembre 
hasta el Marzo de 1485 en que los Reyes salen 
nuevamente á campaña, permanece la corte en 
Sevilla; por tanto es evidente que no fué posible 
que la entrevista se celebrase en Córdoba. 

Queda demostrado, por consiguiente, que la 
fecha que da Las Casas, único dato que existe en 
los primitivos historiadores de Indias para de- 
terminar la fecha de la primera entrevista, debe 
rectificarse y que la llegada de Colón á la corte, 
con ánimo de exponer sus proyectos, tuvo 
lugar en 20 de Enero de 1486. 

Los historiadores colombinos han confundido 
dos fechas que á nuestro entender deben separar- 
se cuidadosamente; la de la llegada de Colón á 
Córdoba y la de su primera entrevista con los 
Reyes: el Sr. Rodríguez Pinilla en su obra cita- 
da, distingue los dos momentos, pero cae 
después en la confusión más lamentable afir- 



— 73 — 

mando con manifiesta inexactitud, «r^ue en 20 
de Enero de 1486 se verifica la presentación de 
Cristóbal Colón á los Reyess) (13); más avisado y 
escudriñador, el P. Ricardo Cappa, niega ter- 
minantemente esta afirmación en su libro 
aColón y los Españoles-» (14) aduciendo para 
ello un argumento que no tiene réplica: en 20 y 
en 23 de Enero de 1486 estaban los Reyes en 
Madrid y por tanto no pudo tener lugar la en- 
trevista el día 20 del mismo mes, en la ciudad 
de Córdoba. 

Prueba el P. Cappa su afirmación, con dos 
textos de los v Aciales eclesiásticos y seculares de 
la ciudad de Sevillana escritos por D. Diego Or- 
tiz de Ziíñiga. Dice este escritor, refiriendo los 
sucesos acaecidos en 1486: «A veinte de Enero 
de este año^ escribieron (los Reyes) desde Madrid 
al deán y cabildo de Sevilla, dando las gracias 
por lo mucho que en esta calamidad habian sO' 
corrido al pueblo^, y más adelante dice el mismo 
Zúñiga: «A veintitrés de Enero escribieron otra 
vez (desde Madrid) á ambos cabildos, mandando 
publicar y predicar la Cruzada.» 

Queda por tanto sentado de un modo induda- 
ble, que la entrevista no pudo tener lugar el 
día 20 de Enero, según se afirma generalmente 
por los historiadores. 

El P. Cappa, se detiene en este punto y no 
prosigue sus investigaciones; después de afir- 
mar que los Reyes se encontraban en Madrid 



— 74 — 

en 23 de Enero de 1486, agrega (15): (^Llegaron 
por fin á Córdohaj después de una breve deten- 
ción en Toledo, y en este tiempo fué cuando Co- 
lón, apoyado eti las recomendaciones del Duque, 
habló á los Reyes por vez primera.y) 

Vamos á intentar proseguir, el hilo abando- 
nado en este punto, y á ver si es posible agre- 
gar algún dato que esclarezca la cuestión. 

El Dr. D. Lorenzo Galindez de Carvajal, en 
su «Memorirtí y registro breve de los lugares don- 
de el Rey y Reyna Católicos^ nuestros Señores^ 
estuvieron cada año, desde el de i468 hasta que 
Dios los llevó para sin (16), dice solamente: «£'n 
principio de este ario estuvieron los Reyes en 
Alcalá de Henares y desde allí se fueron á Cor- 
doba^K 

Hernando del Pulgar, cronista de los Reyes 
Católicos, dice en su Crónica (17): «Eí Rey é la 
Reyna como partieron de la villa de Medina del 
CampOy vinieron para la cibdad de Toledo, 
donde estovieron algunos días, proveyendo en la 
administración é en otras cosas que entendieron 
ser necesarias en aquellas partes. E luego partie- 
ron de aquella cibdad, é fueron á la cibdad de 
Córdoba.yy 

Tenemos ya una estación intermedia en el 
itinerario de los Reyes, aunque no una fecha 
terminante de la partida de Medina del Campo, 
de la estancia en Toledo, ni de la llegada á 
Córdoba. 



— 75 — 

El Cara de los Palacios nada dice de la lle- 
gada á Córdoba, aunque sí de la salida de esta 
población, como veremos. 

El Cronista que viene á completar los datos 
de los escritores castellanos en asuntos de Cas- 
tilla, y á arrojar vivísima luz en esta cuestión, 
es nuestro inmortal Zurita. 

Eu sus Anales (18), establece claramente el iti- 
nerario de los Reyes, supliendo las deficiencias 
de los anteriores cronistas: (íFueron el Rey y la 
Reina (dice) de Alcalá de Henares á Segovia y 
de allí á Medina del Campo... el Rey y la Rey na 
hahian ido á Alba á visitar á D. García Alvarez 
de Toledo, Duque de Alba... De allí pasaron el 
Rey y la Reyna á Bejar^ por consolar al Duque 
en su viudez... y fueron por Guadalupe á Cór- 
doba á donde entraron á veinte y ocho del 
mes de Abril.» 

Tenemos ya la fecha de la llegada á Córdo- 
ba; las conferencias de Colón con los Reyes 
hubieron de ser indudablemente después de 
este día. 

La permanencia del Rey en Córdoba fué cor- 
ta: había llegado á esta población para ponerse 
á la cabeza del ejército y comenzar la campaña 
anual contra los moros, de suerte que, apenas 
hubo descansado de s'u viaje, abandonó la ciu- 
dad para penetrar en son de guerra en las ve- 
gas del reino de Granada; ni Zurita ni Pulgar 
dan noticia de la fecha en que D. Fernando 



— 76 — 

abandona la ciudad de Córdoba; pero en cam- 
bio el Gura de los Palacios nos lo dice, aunque 
con alguna vaguedad; el cap. lxxix de su Cró- 
nica, que tiene como epígrafe «De como el Rey 
tomó d Loxa é lllora^y, comienza con las siguien- 
tes palabras: a Sacó su hueste el Rey D. Fer- 
nando muy poderosa con muchos de los grandes 
de Castilla^ el cual partió de Córdoba en un dia 
del mes de Mayo del año i486r>. Esta afirma- 
ción de Andrés Bernaldez viene á completarse 
con otro texto de este mismo cronista: en el 
mismo capítulo refiere que el Rey D. Fernando 
salió de Córdoba y se dirigió directamente á po- 
ner sitio á Loxa, cuya ciudad rindió en este 
mismo mes. Dice Bernaldez: «Fue el día que la 
villa de Loxa entregaron al Rey Lunes 28 dias 
de Mayo del dicho año de Sí?». Calculando que 
en la llegada, sitio y toma de Loxa, se invirtie- 
sen ocho días tan sólo, podemos suponer que 
D. Fernando salió de Córdoba hacia el 20 de 
Mayo, de donde resulta que la primera entre- 
vista entre los Reyes y Colón y la designación 
del Prior de Prado, para que examinase los pro- 
yectos del futuro descubridor, debió tener lugar 
en el mes de Mayo de 1486, puesto que hemos 
demostrado que el Rey llega á Córdoba en 28 
de Abril y sale de esta ciudad en la segunda 
mitad del mes siguiente. 

Hay que rectificar, por tanto, en este punto, 
la opinión común y corriente de la mayoría de 



— 77 — 

los historiadores colombinos, y distinguir los 
dos hechos: la llegada de Colón á Córdoba y su 
presentación á los Reyes. 



IV. 



Hemos visto que la llegada de Colón á la ciu- 
dad de Córdoba, podemos fijarla en 20 de Enero 
de 1486, y que hasta el mes de Mayo de este mis- 
mo año no tiene lugar su presentación á los 
Reyes; pasó por tanto el tiempo comprendido 
entre estas dos fechas, preparando la favorable 
acogida de sus proyectos, adquiriendo amigos 
que los apoyaran y procurando convencer á los 
que no se mostraban propicios á sus designios. 

Las vicisitudes de Colón en la corte, hasta la 
llegada de los Reyes, la acogida que en esta 
misma corte merecieron sus proyectos, las per- 
sonas que le favorecieron y las que le fueron 
hostiles, todo esto aparece algún tanto confuso 
en los historiadores primitivos de Indias y en 
los cronistas contemporáneos; los escritores pos- 
teriores han fantaseado grandemente acerca de 
estos extremos, y es por tanto conveniente que 
fijemos, con la claridad que sea posible, tan in- 
teresantes cuestiones. 

Según dicen Hernando Colón, Las Casas y 
Salazar de Mendoza, en textos que habremos 
de transcribir más tarde, llegado Colón á la 



— 78 — 

corte, comienza á buscar protectores que le 
proporcionen una entrevista con los Reyes á 
fin de exponer sus proyectos y le apoyen en el 
ánimo de aquellos, contrarrestando el partido 
contrario que se forma: tal relato es cierto en 
el fondo, aunque, á nuestro juicio, cabe dis- 
tinguir dos fases distintas en los trabajos pre- 
paratorios de Colón. 

Hemos demostrado anteriormente, que Colón 
permanece en la corte de Córdoba desde el 20 
de Enero de 1486 hasta el mes de Mayo de 
aquel mismo año en que se verifica la entre- 
vista; de suerte que ésta no fué inmediata á su 
llegada: va Colón á la corte, en virtud de man- 
dato expreso de los Monarcas , no cual simple 
proyectista que va allí á buscar protección y 
apoyo y á ganarse valedores para que lo admi- 
tan á la real presencia ; de suerte que quien va 
llamado por los Reyes, quienes conocen ya por 
el Duque los proyectos de Colón, no puede 
abrigar dudas ni temores de que los Reyes le 
oigan, cuando precisamente estos lo llaman 
exclusivamente para oirle. 

Si la entrevista se hubiese verificado inme- 
diatamente á la llegada, ni hubiese tenido que 
sufrir el futuro Almirante las burlas y chanzas 
de los cortesanos, ni hubiese tenido necesidad 
de practicar las gestiones que practicó para lo- 
grar la entrevista con los Monarcas; la fecha de 
la ida de Colón debió ser fijada por los mismos 



— 79 — 

Reyes en alguno de los documentos cuya falta 
sentíamos anteriormente; los Reyes creyeron 
que en el mes de Enero podrían acaso estar en 
Córdoba; tan cierto es esto, que el itineraria 
seguido por los Reyes desde el mes de Enera 
al de Mayo lo confirma. Léase con detención en 
los cronistas citados anteriormente dicho viaje, 
y se vercá que desde el mes de Enero en que aban- 
donan los Reyes á Madrid se dirigen á Córdo- 
ba; la tardanza es debida á detenciones inespe- 
radas , que brotan, digámoslo así, espontá- 
neamente; no obedecen al plan preconcebido de 
llegar á Córdoba en Mayo; prueba esto también 
la circunstancia de que todas las campañas de 
los años anteriores comienzan á mediados de 
Abril, y antes de salir á campaña están los Re- 
yes algún tiempo preparando en Córdoba el 
ejército; en el año 1486 sale Fernando á cam- 
paña á fines de Mayo, es decir, mes y medio 
después de lo acostumbrado, y en los veinte 
días próximamente que permanece en Córdoba,, 
se ocupa en organizar deprisa el ejército que ya 
le estaba aguardando. 

Por tanto, si los Reyes no estuvieron en Cór- 
doba en la fecha fijada á Colón, no fué por su 
voluntad, sino porque acontecimientos impre- 
vistos lo impidieron. 

¿Qué pasaba entre tanto en Córdoba? lo que 
es natural y lógico que sucediese: cabe suponer 
que Colón llevaría alguna carta del Duque para 



— 80 — 

algún alto dignatario de la corte, acaso para 
Alonso de Qaintanilla, y tal vez para el mismo 
Luís de Santangel. La presencia del extranjero 
suscitaría la curiosidad de los cortesanos, que 
jamás en corte alguna han pecado de poco cu- 
riosos y amigos de saber historietas; pregunta- 
rían á Qaintanilla y á Santangel la causa de la 
estancia del italiano y el negocio que lo condu- 
cía á Córdoba; Quintanilla y los que estuviesen 
en antecedentes por las cartas del Duque y aun 
por lo que los Reyes hubiesen dejado traslucir 
antes de su marcha, satisfarían la curiosidad 
de los preguntones, y entonces, en aquellos 
meses de Febrero, Marzo y Abril de 1486, cayó 
sobre el pobre extranjero toda la lluvia de bro- 
mas, preguntas y chanzas de los cortesanos. 

No hay que olvidar que la corte en Córdoba 
estaba formada en su mayoría por andaluces, y 
que estos tienen justificada fama de maleantes 
y guasones, lo mismo en el siglo xv que en 
el XIX. La incultura de la época debió dar mayor 
auge á estas bromas y preguntas indiscretas y 
molestas; el proyecto conocido imperfectamente, 
pues ni aun ante la Junta presidida por el 
Prior de Prado quiso Colón explicarse con cla- 
ridad, daba motivo abundante á chanzas y bur- 
las de gente desocupada, y poco á poco vióse 
Colón en la situación molesta de quien ve sus 
ideas tomadas por el lado cómico, y discutidas 
por gente que, como dice el P. Las Casas, <.mo 



— 81 — 

le entendían aunque presumían de le enten- 
der» (19). 

Debió ser penosísimo el efecto que todas estas 
cosas produjeron en Colón: el graznido de los 
grajos ha sido siempre una música desagrada- 
ble para el oído de las águilas. Colón vio que 
poco á poco se iba formando un partido de des- 
creídos ignorantes, que acaso darían con su 
proyecto en tierra agostándolo en flor; sabía 
por propia experiencia lo que son las cortes de 
los Monarcas; sus vicisitudes en la de Portugal 
estaban recientes; aquellos cortesanos que ini- 
cuamente le volaron su palabra^ acaso pudieran 
darse en nuestro suelo ; era preciso á todo tran- 
ce buscar apoyos; esta fué la segunda fase; á 
esta aluden indudablemente las frases de Las 
Casas y Hernando Colón; buscó protectores y 
los encontró; trató de que algunos caracteriza- 
dos personajes le apoyasen en su entrevista con 
los Reyes, y claramente puede verse quiénes 
fueron estos, entresacando de la lista que con- 
fusamente nos presenta Las Casas, los que en 
aquella ocasión le prestaron su apoyo. 

La lista de protectores que presenta Las 
Casas, es la siguiente: 

El Cardenal D. Pedro González de Mendoza. 

El maestro del Príncipe D. Juan, Fray Diego 
de Deza. 

El Comendador Mayor Cárdenas. 

El Prior de Prado. 

6 



— 82 — 

Juan Cabrero, aragonés, camarero del Rey. 

Luís de Santangel, aragonés, escribano de 
ración. 

Las Gasas dice: aque todos ó algunos dellos, 
negociaron que Cristóbal Colon fuese oído de los 
Reyes y les diese noticia de lo que deseaba hacer 
y venia á ofrecer y en qué quería servir á Sus 
Altezas^) ¡20). 

Esta lista es incompleta; Las Casas prescinde 
de las siguientes personas que pueden agregarse 
á ella, porque está demostrado que ayudaron á 
Colón en diversas ocasiones. 

Fray Juan Pérez. 

Fray Antonio de Marchena. 

Alonso de Quintanilla. 

La Marquesa de Moya. 

Doña Juana de la Torre. 

El Duque de Medinaceli. 

Gabriel Sánchez, aragonés. Tesorero Real. 

Gaspar Gricio, Secretario castellano, 

y Juan de Coloma, Secretario aragonés. 

Hernando Colón no menciona de todos estos 
personajes, más que á dos, á Fray Juan Pérez 
y á Santangel. 

Descartando los que prestaron su apoyo en 
otras ocasiones al navegante genovés, veamos 
los que le ayudaron á tratar con los Reyes por 
vez primera: 

Fueron estos Santangel, Quintanilla y el 
Cardenal Mendoza. 



— 83 — 

Qae le ayudó Santangel, lo dice claramente 
Hernando Colón (21); (íPasó á Córdoba^ donde 
estaba la Corte y con su afabilidad y dulzura^ 
trabó amistad con las personas que gustaban de 
su proposición, entre las cuales, Luís de San 
Ángel, caballero Aragonés y escribano de la 
Ración, sujeto de gran prudencia y capacidad, 
entró muy bien en ella. Habló al Rey sobre que el 
Almirante mostraría por razón la posibilidad 
de su empresa.^ 

La intervención de Quintanilla y del Carde- 
nal Mendoza, la especifica claramente el cro- 
nista Salazar, dice ¡22): (í Acordó de meterse por 
la puerta de Aloyiso de Quintanilla, Contador 
mayor de Castilla, el cual agradándose mucho 
de la pretensión, le introdujo con el Cardenal^ 
y habiéndole oido le parecieroyi muy bien las 
razones que daba de su intento. El Cardenal 
que lo mandaba todo, como dice el Dr. Gonzalo 
de lllescaSj le negoció audiencia de los Reyes y 
lugar para que los informase. ■>■> 

Claramente se deduce de los textos transcrip- 
tos quiénes le ayudaron; merced á tan valiosos 
apoyos, Colón fué oído por los Reyes. 

V. 

Y hé aquí el primer punto que nos interesa 
demostrar: Colón expuso su proyecto, no á 
Isabel sino á los regios consortes; es sensible 



— Sa- 
que ante textos tan claros y explícitos como los 
que citaremos, se haya sostenido que tan solo 
Isabel tuvo noticia del proyecto y oyó al nave- 
gante; es más, no solamente se ha impreso 
repetidas veces tal dislate, sino que según 
nuestras noticias, se trata de elevar un monu- 
mento escultórico en que refiriéndose á esta 
entrevista, aparece la Reina sentada y Colón 
mostrándole en un mapa la ruta que intenta 
seguir; tal monumento, arguye en su autor y 
en sus patrocinadores, un desconocimiento com- 
pleto de la historia colombina. 

Mas basta de consideraciones y vamos á pre- 
sentar los textos que relatan la entrevista. Dice 
Hernando Colón (23): (íSantang el habló al Rey 
sobre que el Almirante mostraría por razón la 
posibilidad de su empresa;» nótese bien que 
para nada cita á la Reina; en todo el capítulo 
sucede lo mismo; es el Rey tan solo el que in- 
terviene en la convocación de la Junta y el que 
nombra su Presidente y escucha su dictamen. 

Las Casas, más explícito y no tan escaso de 
noticias, dice después de indicar como ya 
hemos visto, las personas que apoyaron y nego- 
ciaron la entrevista (24). aEstos^, todos ó algunos 
dellos negociaron que Cristóbal Colon fuese oido 
de los Reyes y les diese noticias de lo que 
deseaba hacer y venia á ofrecer ^ y en qué quería 
servir á Sus Altezas; las cuales oída y 
entendida su demanda superficialmente <&.*» 



— 85 — 

Después de este texto es imposible sostener 
que fuese Isabel tan solo la que escuchase los 
proyectos de Colón. 

Oyeron, pues, los Reyes al descubridor; mas 
no pudieron dedicar mucho tiempo á este nego- 
cio; la guerra apremiaba, era forzoso que el 
Monarca saliera á campaña; si como sostienen 
algunos escritores, era tan solo Isabel la que 
entendía en el negocio, podía este seguir sus 
trcámites, sin necesidad del Monarca; Isabel 
debiera haber continuado negociando; nada de 
esto sucede: Las Gasas lo dice; «oyeron,» al 
genovés (.(con benignidad y alegre rostro, acor- 
daron cometerlo á letrados &/» (25). 

Detengámonos un instante sobre este punto: 
la impresión que produjo el proyecto de Colón, 
superficialmente expuesto á los Monarcas, debió 
ser distinta en el ánimo de estos: la Reina, 
apasionóse ante la magnificencia del proyecto, 
acaso Colón deslizó la idea, que aparece en sus 
escritos, de dedicar los rendimientos de la em- 
presa á rescatar el Santo Sepulcro, y esto debió 
impresionar á la Reina: en tanto el Rey poco 
dado á entusiasmos, como debe serlo quien rige 
un Estado que se gobierna no con el corazón 
sino con la cabeza, espíritu sutil al par que re- 
flexivo, pesó las ventajas é inconvenientes del 
proyecto, y quiso asegurarse más y más de su 
certeza y conveniencia; en tal situación, no 
pudiendo detenerse en Córdoba v tratándose de 



— 86 — 

materias cosmográficas en las que el Monarca 
no entendía, decidió nombrar una Junta que 
dictaminase acerca del proyecto. 

Aparte de estas razones que por sí son bas- 
tante poderosas para explicar tal resolución, hay 
otras, en que debemos fijarnos. No debe olvi- 
darse la posición especial en que Fernando el 
Católico estaba en Castilla, enfrente de una no- 
ble levantisca y á veces hostil al Monarca, y de 
un reino profundamente quebrantado por anti- 
guas banderías y todavía no acostumbrado á 
la dominación del aragonés: Fernando el Cató- 
lico temió sin duda el ridículo inmenso que 
caería sobre su persona, quebrantando su auto- 
ridad, en el caso de que el descubrimiento no 
se realizase: además, en la misma corte, había 
quien tomaba á broma el proyecto y aun quien 
se oponía á su realización; no había pues, per- 
fecta unanimidad, y ante tales circunstancias, 
trató de buscar apoyo para su resolución futura 
en una junta que lo fundamentase con su dic- 
tamen: la conducta del Monarca no pudo ser ni 
más lógica, ni más previsora y sensata; sin 
embargo, hay escritores que le motejan por no 
ceder á momentáneo é irreflexivo impulso. 

Al Jlegar á este punto nos ocurre una ob- 
servación: presenta Colón su proyecto al Mo- 
narca portugués, cuyo reino goza de profunda 
paz, á un Monarca acostumbrado á ocuparse 
diariamente en cuestiones coloniales y en expe- 



i 



diciones marítimas de descubrimientos; Mo- 
narca que gobierna un Estado, que cifra toda 
su gloria en los descubrimientos y qne está ha- 
bituado á esta suerte de expediciones, á las que 
no se opone la opinión pública , sino que lejos 
de esto las aplaude y apoya; en una corte perita 
en cuestiones náuticas, y sin embargo , el Mo- 
narca que sabe que no ha de encontrar oposi- 
ción ni malquerencia por parte de nadie, vacila 
y no se decide á realizarlo, sin la previa consul- 
ta con dos comisiones oficiales: nadie censura á 
D. Juan II por su previsión y prudencia; si se 
le moteja es por cosa distinta , por la incaliñca- 
ble conducta que siguió con el genovés, preten- 
diendo realizar el descubrimiento á espaldas del 
proyectista: preséntase Colón á los Reyes Cató- 
licos, á unos Monarcas cuya atención esiá ocu- 
pada en una guerra que no deja paz ni sosiego 
para empresa de ningún género , en un reino 
que como hemos visto, en la época de la llegada 
de Colón, está envuelto en complicaciones in- 
ternacionales que pudieron traer nuevas luchas: 
la pública opinión reclama que no se deje de la 
mano la guerra con los moros: no hay tradicio- 
nes marítimas de descubrimientos, ni costum- 
bre en los Monarcas, ni en el pueblo, de ocu- 
parse ni atender á estas cuestiones, y sin em- 
bargo, por el hecho de nombrar una Junta 
técnica que examine el proyecto de Colón, se le 
tacha de enemigo del navegante genovés; se 



— 88 — 

dice que con el nombramiento de Talavera, 
pretendió condenarle antes de oirle, se le coloca 
en desacuerdo con su esposa que desde el pri- 
mer momento desea realizar el descubrimiento, 
y se cree que el nombramiento de la Junta es 
un acto de maquiavélica política, á donde le lle- 
van su odio al navegante ó su escaso talento 
para comprenderlo. 

¿Es esto justo? ¿cabe censurará D. Fernando 
por el hecbo que no merece censura en don 
Juan II á pesar de las diferentes circunstancias 
en que uno y otro están colocados? 



VI. 



Determinóse D. í'ernando el Católico á nom- 
brar la Junta: el hecho está perfectamente esta- 
blecido, nos lo dicen Hernando Colón y Las Ca- 
sas: el primero manifiesta que (26): aEl Rey lo 
sometió al Prior del Prado, que después fué Ar- 
zobispo de Granada^ para que con los mas hábi- 
les cosmógrafos^ confiriesen con Colon ^ hasta 
que quedasen pleyíamente instruidos de su de- 
signio, y le informase con su dictamen , y vol- 
verlos á juntar después para determinar sobre 
las proposiciones que hubiese hecho, -o 

Las Casas dice que los Reyes (27) (.^acordaron 
de lo cometer á letrados, para que oyesen á 
Cristóbal Colon mas particulamente y viesen la 



— 89 — 

calidad del negocio y la prueba que daba para 
que fuese posible confiriesen y tratasen dello if 
después hiciesen á Sus Altezas plenaria re- 
lación: cometiéronlo principalmente al dicho 
Prior de Prado y que él llamase las personas 
que le pareciesen mas entender de aquella ma- 
teria de cosmografía, de las cuales no sobraban 
muchos en aquel tiempo en Castilla. y^ 

Transcriptos los textos detengámonos á comen- 
tarlos; nótase que la Junta está compuesta de 
cosmógrafos y letrados: á primera vista pareco, 
que tratándose de un asunto náutico, tan solo 
los marineros debieron ser los llamados á dicta- 
minar, y que por tanto al convocar á los letrados, 
juntamente con estos, trató el Monarca de que 
hubiese en la Junta individuos poco aptos para 
entender del proyecto y acaso decididos á recha- 
zarle; cuando menos, da á entender la composi- 
ción de la Junta, que el Monarca no la constituya 
exclusivamente de personas peritas en. el arte de 
navegar, y si á esta consideración se agrega el 
calificativo de ignorantes que Hernando Colón 
da á los individuos que la compusieron, puede 
deducirse la ineptitud del Monarca que los 
nombró. 

A nuestro juicio, es este un cargo completa- 
mente infundado: todo el que haya leído en 
Las Gasas, en Hernando Colón y en las cartas 
del Almirante, las razones en que éste fundaba 
su proyecto, habrá visto que eran estas de ín- 



— 90 — 

-dolé distinta; al lado de los argumentos náuti- 
cos, están los textos de geógrafos antiguos y 
modernos, la Biblia, las obras teológicas y hasta 
los Santos Padres; de aquí, que ante razones de 
tan diversa índole, fuese preciso que los comi- 
sionados, pudiesen entender todos los razona- 
mientos del navegante: ¿que sabían los cosmó- 
grafos y marineros de Séneca, Pedro Aliaco, los 
^geógrafos Árabes y Ptolomeo? tales razones, ex- 
puestas superficialmente á los Reyes, debieron 
hacer que estos designasen letrados y marine- 
ros juntamente: recuérdese la constitución de 
la primera Junta convocada por D. Juan II de 
Portugal; al lado de dos médicos entendidos en 
cosmografía, hay dos Obispos, el de Ceuta y el 
de Viseo; no hay pues mala intención ni inep- 
titud en el Monarca que nombra la Junta, 
esta se constituyó tal como debía ser consti- 
tuida. 

La Junta estaba presidida por el Prior de 
Prado, Fray Hernando de Talavera: y aquí es 
donde se desatan los escritores colombinos, en 
censuras á D. Fernando; es ya costumbre, pre- 
sentar á Talavera como enemigo declarado y 
acérrimo del navegante, y por tanto juzgar su 
nombramiento como un ardid de mal género 
para frustrar los planes de Colón; según dicen, 
este nombramiento fué un acto de maquiavélica 
política; Fernando el CatóUco, opuesto al pro- 
yecto desde el primer instante, nombró un Pre- 



— 91 — 

sidente del cual sabía con toda certeza que 
había de rechazar el proyecto. 

Semejante cargo, á nuestro juicio, no tiene 
razón de ser; podríamos aducir diversos textos 
que probasen la integridad, rectitud, ciencia y 
conocimientos del futuro Arzobispo de Grana- 
da; se trataba de dar un dictamen imparcial, y 
en ocasión semejante, el Monarca, que ante 
todo quiere una base firme para su futura reso- 
lución, necesita que la Junta, y sobre todo su 
Presidente, tenga las siguientes condiciones: 
1.°, gran autoridad en la corte; 2.% indepen- 
dencia de juicio y energía de carácter para no 
dejarse alucinar por entusiasmos prematuros; 
¿hubiera sido lógico, y sobre todo racional y 
sensato, formar la Junta y nombrar Presidente 
de la misma, á alguno de los que públicamente 
favorecían al descubridor, apoyaban sus pro- 
yectos y eran sus amigos y partidarios? ¿qué 
garantías de imparcialidad hubiese ofrecido 
una Junta presidida por Sautangel ó Quiuta- 
nilla? 

Indudablemente Fernando el Católico pensó 
de este modo al nombrar Presidente; escogió 
para el cargo á un hombre sabio, poco dado 
á entusiasmos por lo desconocido, de carác- 
ter enérgico y de gran lealtad y amor á los 
Reyes; si á esto se agrega la autoridad y el res- 
peto que Talavera inspiraba á los cortesanos, 
no podemos menos de aplaudir el nombra- 



— 92 — 

miento, prueba patente del conocimiento que 
de las personas tenía el Rey y su previsión en 
tan importante asunto. 

Constituyóse la Junta; no tenemos datos 
acerca délos individuos que la formaron; tan 
sólo sabemos que entre ellos estaban el doctor 
Rodrigo Maldonado y Fray Antonio de Mar- 
chena; consta la asistencia del primero por su 
declaración consignada en las yrohanzas del 
pleito incoado por D. Diego Colón contra la co- 
rona, de cuyo texto habremos de ocuparnos en 
seguida, y la del P. Marchena, por una carta 
de la Reina Católica en que así se hace constar, 
y por texto expreso del Almirante, en que dice 
que no tuvo más ayuda que la del P. Marchena, 
é indudablemente, como dice nuestro querido 
amigo el docto americanista Sr. Sancho y 
Gil (28), la protección á que alude es la protec- 
ción científica, pues de otros protectores tenemos 
noticia que le protegieron en sus vicisitudes, 
pero no defendiendo técnicamente su proyecto: 
el P. Marchena debió capitanear la minoría de 
esta Junta, é indudablemente á ello alude Colón 
en el texto indicado. 

Ante la Junta expuso el genovés su proyecto; 
pero ¿cómo lo expuso? Oigamos á los escritores 
contemporáneos. 

Hernando Colón dice (29): aObedeció el Prior 
de Prado, pero como los que habia juntado eran 
ignorantes, no pudieron comprender nada de 



los discursos del Almirante^ que tampoco 
quería explicarse mucho, temiendo no 
le sucediese lo que en Portugal.» 

Las Gasas manifiesta (30) : iiEllos juntos mu- 
chas veces (los comisionados) propuesta Cristo^ 
bal Colon su empresa dando razones y autori- 
dades para que la tuviesen por posible, aun- 
que callando las más urgentes porque 
no le acaeciese lo que con el Rey de 
Portugal.» 

De suerte, que se ve con toda claridad que el 
conocimiento de la Junta fué imperfecto, y que 
Colón no explicó su proyecto con la lucidez ne- 
cesaria; este hecho es de grandísima importan- 
cia, porque determina el dictamen de la Junta. 

Este fué completamente adverso : chocaban 
las ideas de Colón con las nociones geográficas 
de la época; no se explicó con claridad, no con- 
venció á la mayoría de los comisionados, y 
estos lógicamente tuvieron su proyecto por im- 
posible; así lo manifestaron á los Reyes. Her- 
nando Colón trae un fragmento de la respues- 
ta (31): fíLos cosmógrafos dijeron al Rey: uQue 
el intento de Colon era imposible y que 
después de tantos millares de años, 
no podia descubrir tierras desconoci- 
das, aventajándose á un número casi 
infinito de gentes hábiles que tenian 
experiencia de la navegación.» 

Las Gasas no es menos explícito (32): ay ansy 



~ 94 — 

fueron dellos juzgadas sus promesas y ofertas 
por imposibles y vanas y de toda repulsa dig- 
nas, y con esta opinión, por ellos asi concebida, 
fueron á los Reyes y luciéronles relación de lo 
que sentian, persuadiéndoles que no era cosa 
que á la autoridad de sus personas reales con- 
venia ponerse á favorecer negocio tan flaca- 
mente fundado y que tan incierto y imposible á 
cualquiera persona letrada, por indocto que 
fuese podia parecer, porque perderiari los dine- 
ros que en ello gastasen y derogarian su autori- 
dad real sin ningún frutoy>. 

Por último, un individuo déla Junta, Ro- 
drigo Maldonado, dice contestando á las pre- 
guntas del fiscal en el pleito citado (33): nque 
este testigo con el Prior de Prado que á la sazón 
hera, que después fué Arzobispo de Granada e 
con otros sabios e letrados e marineros, platyca- 
ron con el dicho almirante sobre su hida á las 
dichas yslas, e que todos ellos concordaron que 
hera ymposyble ser verdad lo quel dicho almi- 
rante decya; e que contra el parecer de los 
mas dellos porfió el dicho almirante de yr al 
dicho viaje ^ etc.» 

La frase contra el parecer de los más dellos 
demuestra que, aunque el consejo de que no 
podía aceptarse el proyecto, fué el que se trans- 
mitió á los Reyes, no hubo unanimidad com- 
pleta, siquier la minoría, no tuviese gran im- 
portancia, cuando ni Las Gasas ni Hernando 



— 95 — 

Colón dicen nada de ella; este dato se compa- 
gina con lo que decíamos antes referente al 
P. Marchena. 

Volvió el Rey de la campaña de aquel año, y 
oyó el dictamen adverso de la Junta; si el Mo- 
narca hubiese acogido desde un principio con 
frialdad y esquivez el proyecto de Colón , si 
hubiera tenido deseos vehementes de no reali- 
zarlo y tan sólo hubiera obedecido á influencias- 
y sugestiones de su esposa, la ocasión no podía 
ser más oportuna para desahuciar en absoluto 
al navegante; una Junta técnica, presidida por 
una persona tan respetable como el Prior de 
Prado, manifiesta claramente la imposibilidad 
en la realización y la falta de fundamento del 
proyecto; la solución en tal caso es clara: el 
Rey debió rechazar en absoluto el proyecto y 
despedir al proyectista. 

Y sin embargo, no sucedió así; el Rey, que 
no había podido examinar detenidamente por sí 
mismo las razones en que se apoyaba Colón, y 
que indudablemente vio algo digno de ser estu- 
diado y atendido en el proyecto, no despide al 
proyectista, sino que aplaza la solución; y no 
podía ser de otro modo: en el momento en que el 
Rey regresa á Córdoba, el Conde de Lemos se 
subleva en Galicia, hay que acudir á sofocar la 
insurrección; la campaña del año 1486 había 
sido grandemente favorable á las armas caste- 
llanas; había que continuar sin tregua la lucha; 



los asuntos de Aragón, Navarra é Italia requie- 
ren la atención del Monarca; no es posible aten- 
der á todo, Y no cabe duda que en aquella 
época lo de menor importancia para los Reyes 
es el proyecto del navegante genovés. 

Que los Reyes no despidieron á Colón, lo 
consignan claramente los escritores citados. 

Hernando Colón, dice (34): ce Respondieron 
Sus Altezas al Almirante^ hallarse impedidos 
de entrar en Jiuevas empresas, por estar empe- 
ñados en otras muchas guerras y conquistas^ es- 
pecialmente en la de Granada, en que se halla- 
baUj pero que con el tiempo habría mejor oca^ 
sión para examinar sus proposiciones y tratar 
de lo que o f recio. s) 

Las Gasas expone la misma idea (35): ^Final- 
mente los Reyes maridaron dar respuesta á Cris- 
tóbal Colon j despidiéndole por aquella razón, 
aunque no del todo, quitáiidole la esperanza de 
tornar á la materia^ cuando mas desocupados 
Sus Altezas se viesen. n 



VIL 

Llegamos al final de este estudio: la conducta 
del Rey no puede ser más lógica, natural y 
justa; conoce la existencia de Colón por el Du- 
que de Medinaceli, y comprende en seguida la 
transcendencia del proyecto y la necesidad de 



que sea la Corona la que lo realice en el caso 
de ser realizable: llama á Colón á Córdoba y es- 
cucha sus proposiciones; comprende la necesi- 
dad de asesorarse de personas imparciales y pe- 
ritas, y nombra la Junta de Córdoba; oye el 
dictamen adverso de ésta; no puede en su vista, 
y en atención <á las especiales circunstancias 
del reino sublevado y envuelto en guerras, y de 
la corte hostil en cierto modo al navegante, de- 
cidirse á apoyarlo inmediatamente, pero su pre- 
visión no lo rechaza, lo aplaza para ocasión más 
oportuna. 

¿Qué hay en todos estos hechos que sea digno 
de censura? ¿Cabe conducta más política, justa 
y racional? 

La entrevista y la Junta de Córdoba, y la re- 
solución del Monarca, son, á nuestro juicio, 
una de las páginas más gloriosas de nuestro in- 
signe Monarca Fernando el Católico. 



NOTAS AL CAPITULO IIL 



(1) Al Reverendísimo Señor, el Sr. Cardenal de 
España, Arzobispo de Toledo, etc. 

Reverendísimo Señor: no sé si sabe vuestra señoría 
como yo tuve en mi casa mucho tiempo á Cristóbal 
Colomo, que se venía de Portugal y se quería ir al 
Eey de Francia, para que emprendiese de ir á buscar 
las Indias con su favor y ayuda, é yo lo quisiere pro- 
bar é enviar desde el Puerto, que tenía buen aparejo 
con tres ó cuatro carabelas, que no demandaba más, 
pero como vi que era esta empresa para la Peina 
nuestra Señora, escribilo á su Alteza desde Rota, y 
respondióme que ge lo enviase ; yo ge lo envié enton- 
ces, y supliqué á su Alteza, pues yo no lo quise ten- 
tar y lo aderezaba para su servicio, que me mandase 
hacer merced y parte en ella, y que el cargo y des- 
cargo de este negocio fuese en el Puerto. Su Alteza lo 
recibió y le dio encargo á Alonso de Quintanilla, el 
cual me escribió de su parte, que no tenía este nego- 
cio por muy cierto; pero que si se acertase, que su 
Alteza me haría merced y daría parte en ello : y des- 
pués de haberle bien examinado, acordó de enviarle 
á buscar las Indias. Puede haber ocho meses que par- 



— 100 — 

tió, y agora es él venido de vuelta á Lisbona, y ha 
hallado todo lo que buscaba y muy cumplidamente, 
lo cual luego yo supe , y por facer saber tan buena 
nueva á su Alteza ge lo escribo con Xuarez, y le en- 
vío á suplicar me haga merced que yo pueda enviar 
en cada año alia algunas carabelas mías. Suplico á 
vuestra Señoría me quiera ayudar en ello, y ge lo su- 
pliqué de mi parte , pues á mi cabsa, é por yo dete- 
nerle en mi casa dos años, y averie enderezado á su 
servicio, se ha hallado tan grande cosa como esta. 
Y porque de todo informará más largo Xuarez á 
vuestra Señoría, suplicóle le crea. Guarde Nuestro 
Señor vuestra Reverendísima persona como vuestra 
Señoría desea. De la villa de Cogolludo á 19 de Marzo. 
Las manos de vuestra Señoría besamos. — El Duque. 

(2) Historia de Indias, cap. xxx. 

(3) Loco citato. 

(4) Así lo asegura Rodríguez Pinilla en su obra 
ColÓ7i en España, pág. 120. 

(5) Están publicadas estas Cédulas en el tomo 
xKxviii de los Documentos inéditos del Archivo de 
Indias, j las inserta Xavarrete en el tomo iii de su 
Colección diplomática. 

(6) Crónica de los Reyes Católicos, cap. lxxv. 

(7) Parte iii, capítulos xli y xlii. 

(8) Yida del Almirante, cap. xi. 

(9) Crónica del Gran Cardenal de España, lib. i, 
cap. Lxii. 

(10) Historia de las Indias, cap. xxix. 

(11) Loco citato. 

(12) Cap. III, pág. 140. 

(13) Pág. 140. 

(14) Pi'olegómenos, pág. 9. 



— 101 — 

(15) Loco citato. 

(16) Está inserto en el tomo lxx, pág. 553 y siguien- 
tes de la Biblioteca de Autores Españoles, por Eiva- 
deneyra. 

(17) Cap. Lvi, parte iii. 

(18) Lib. XX, cap. lxvii, parte ii. 

(19) Historia de las Indias, cap. xxix. 

(20) Loco citato. 

(21) Vida del Almirante, cap. xi. 

(22) Crónica del Gran Cardenal, lib. i, cap. lxii. 

(23) Vida del Almirante, cap. xi. 

(24) Historia de las Indias, cap. xxix. 

(25) Loco citato. 

(26) Vida del Almirante, cap. xi. 

(27) Historia de las Indias, cap. xxix. 

(28) En su memoria inédita titulada Fray Juan 
Pérez y Fray Antonio de Marchen a. 

(29) Vida del Almirante, cap. xi. 

(30) Historia de las Indias, cap. xxix. 

(31) Vida del Almirante, cap. xi. 

(32) Historia de las Indias, cap. xxix. 

(33) ISTavarrete Colección de viajes etc., tomo iii, 
pág. 559, edición 2.a 

(34) Vida del Almirante, cap. xi. 

(35) Historia de las Indias, cap. xxix. 



CAPÍTULO IV. 



DE A <4S 



A ^ A-Q-í 




AZONES do plan, exigen que agrupe- 
mos en un capítulo y expongamos con 
toda brevedad las varias vicisitudes de 
Colón, desde las juntas de Córdoba 
hasta que el futuro Almirante, comienza á ne- 
gociar con los Monarcas á fin de conseguir los 
honores y preeminencias que como premio á 
sus descubrimientos apetecía. 

No desconocemos la importancia que tiene 
este período de la historia colombina; agítanse 
y resuélvense en él cuestiones de entidad, y 
en el relato que del mismo suelen hacer los es- 
critores, hay no pocos errores que desvanecer y 
aclarar; para quien trazase una biografía de 
Colón ó escribiese una historia del descubri- 
miento, serían tales materias importantísimas; 
mas para nosotros, dado nuestro especial punto 



— 104 — 

de mira, carecen por completo de interés: por 
esta razón no hemos de detenernos á dilucidar 
cuestiones, transcribir textos y citar autorida- 
des; nos limitaremos á exponer los hechos, ge- 
neralmente admitidos como ciertos, sin entrar 
en prolijas discusiones ni en detenidos ni minu- 
ciosos comentarios. 

Al terminar la campaña de 1486, recibieron 
los Reyes cartas del Conde de Benavente, noti- 
ciándoles la rebelión del de Lemos, que se ha- 
bía sublevado en Galicia; era preciso atajarle 
prontamente, y á este fin, después de oir el pa- 
recer de la Junta de Córdoba y de contestar á 
Colón, aplazando para ocasión más oportuna el 
entender en el negocio, abandonaron los Reyes 
la ciudad andaluza, dirigiéndose al Noroeste de 
la Península; la presencia de los Monarcas bastó 
para reducir á la obediencia al rebelde magnate; 
sosegada Galicia y asentada la autoridad real, 
regresaron los Reyes deteniéndose en Salaman- 
ca; no hay seguridad, en la fecha de su llegada 
á esta población, porque los cronistas difieren 
en este punto: pero lo que parece seguro es que 
los Monarcas permanecieron en dicha ciudad 
durante el Diciembre de 1486 y el Enero de 
1487; en 27 de este mes, salieron de Salamanca 
en dirección á Córdoba, para comenzar la cam- 
paña de aquel año y emprender el sitio de Ye- 
lez-Málaga. 

Mientras los Monarcas reducían á la obedien- 



— 105 — 

cia al Conde de Lemos y hacíanle sentir todo el 
peso de su real autoridad, tenía lugar en Sala- 
manca uno de los acontecimientos más notables 
y decisivos para la suerte ulterior del descubri- 
miento, nos referimos á las célebres Confe- 
rencias. 

Es verdaderamente extraordinario, que un su- 
ceso de tal importancia, haya sido confundido 
con las Juntas de Córdoba por casi todos los his- 
toriadores que se han ocupado en escribir la 
historia del descubrimiento; merced á diligen- 
tísimos esfuerzos de doctos escritores contem- 
poráneos, está hoy perfectamente averiguado 
que son dos reuniones distintas, que obedecie- 
ron á diversas causas y tuvieron diferente ca- 
rácter: el Sr. Rodríguez Pinilla, ha demostrado 
cumplidamente este aserto: nos referimos á su 
obra Colon en España al tratar este punto, y 
en ella pueden verse todas las pruebas y argu- 
mentos que aduce en apoyo y demostración de 
su tesis. 

El dictamen dado por la Junta de Córdoba 
debió disgustar extraordinariamente á Colón y 
á sus amigos y favorecedores: contábase entre 
estos Fray Diego de Deza, maestro del Príncipe 
D. Juan, Prior de la comunidad de dominicos 
de Salamanca y catedrático de prima de Teolo- 
gía: Colón dice claramente que Deza fué uno de 
sus más poderosos auxiliares: viendo el efecto 
que el dictamen había producido en el ánimo de 



— 106 



los Reyes, debió pensar el ilustre dominico, que 
acaso si pudiese conseguir que el proyecto de Co- 
lón lo examinasen en Salamanca, personas peri- 
tas en las ciencias cosmográficas y que le presta- 
sen su aprobación, tal circunstancia había de in- 
fluir poderosamente en el ánimo de los Reyes, y 
tal vez conseguirían de esta suerte, contrapesar 
el efecto producido por el desfavorable dictamen 
de la Junta de letrados y marineros que había 
presidido el Prior del Prado: fijo en esta idea, 
apenas los Reyes se partieron de Córdoba en 
dirección á Galicia, trató Deza de llevar á cabo 
sus propósitos; llamado por él, llegó á Sala- 
manca el genovés, hospedándose en el convento 
de San Esteban: allí, y en la granja de Yal- 
cuebo, propiedad de los frailes dominicos, tu- 
vieron lugar las conferencias: doctísimos profe- 
sores en ciencias sagradas y profanas, en cos- 
mografía, astrología y matemáticas, acudían á 
estas reuniones y discutían con el descubridor 
sus planes: poco á poco fué convenciendo á sus 
contradictores, y se iba extendiendo por la ciu- 
dad, la noticia de estas frecuentes reniones á 
las que asistían los más sabios catedráticos de 
la Universidad salmantina; los proyectos de 
Colón eran el tema obligado de todas las con- 
versaciones, y extendíase la noticia de que lejos 
de ser irrealizables, como habían dicho en Cór- 
doba, los marineros presididos por Talavera, 
tenían tales visos de probabilidad en opinión de 



— • 107 — 

los doctos, que bieii merecían que los Reyes 
se preocupasen do ellos. 

En tal situación llegaron los Reyes á Sala- 
manca en el invierno de 1486: los favorecedo- 
res de Colón pondrían en su noticia tales opi- 
niones: acaso el mismo Deza, acompañado de 
alguno de los sabios á quienes había conven- 
cido el futuro Almirante, hablaron á los Reyes 
en favor del descubridor; esta debió ser tam- 
bién la tarea de los que en la corte le favore- 
cían; tratábase por todos los medios, de desva- 
necer la mala impresión que produjo en el áni- 
mo de los Monarcas el dictamen de Córdoba, y 
al ñu se consiguió este objeto; los Reyes agre- 
garon á Colón á su servicio y aun cuando las 
negociaciones no comenzaron entonces, no cabe 
dudar de que prestaron mayor atención al na- 
vegante; el Sr. Asensio afirma en su obra, Cris- 
tóbal Colón — su vida — sus viajes — sus descubri- 
mientos^ tomo I, pág. 119, que los Reyes cuando 
volvieron á Córdoba en la primavera de 1487 
para continuar la guerra de Granada, dijeron á 
Colón por medio del tesorero Francisco Gonzá- 
lez de Sevilla a que cuando las circunstancias lo 
y) permití eran y se ocuparían detenidamente de su 
((pretensión y>\ en 5 de Mayo de 1487, los Reyes 
ordenan que se entreguen á Cristóbal Colón 
3.000 maravedises, prueba evidente de que se 
le considera ya al servicio de los Monarcas. 

Tales fueron los efectos de las célebres confe- 



— 108 — 



rencias de Salamanca; por la rápida relación 
que de ellas hemos hecho, se puede comprender 
que difieren profundamente de las Juntas de 
Córdoba; estas tienen carácter oficial, las confe- 
rencias no; las unas se reúnen convocadas por 
el Monarca, las otras merced á los buenos ofi- 
cios de Fray Diego de Deza; las primeras dan 
su dictamen, las segundas se limitan á exponer 
su particular opinión á los Monarcas, que no 
tiene más significación ni alcance, que la de ser 
la opinión de personas doctas y peritas; mucho 
debieron, pesar sin embargo, en el ánimo de 
los Reyes las opiniones de los profesores y 
frailes de Salamanca; puede decirse, que el 
efecto moral de el dictamen de Córdoba, quedó 
destruido. 

Ea la primavera de 1487 reanudaron los Re- 
yes la campaña contra los moros; el viernes 27 
de Abril cayó en poder del Rey Católico la ciu- 
dad de Vélez-Málaga y en 3 de Mayo decidióse 
á poner sitio á Málaga; largo y duro fué el ase- 
dio; la Reina llegó al campamento, llamada por 
el Monarca; al fin en 18 de Agosto se rindió la 
ciudad. 

Colón entretanto, había regresado á Córdoba 
desde Salamanca; durante el 1487 recibe diver- 
sas cantidades do los Reyes; constan en los libros 
de tesorería de Francisco González de Sevilla, 
existentes en el archivo de Simancas; en 5 de 
Mayo recibió 3.000 maravedises, en 3 de Julio 



— 109 — 

Otros 3.000, en 27 de Agosto 4.000 para ir al 
Real, esto es, al cerco de Málaga, y en 15 de 
Octubre 4.000; no hay dato ninguno acerca del 
motivo que impulsó á los Reyes á llamarle al 
Real de Málaga, ni respecto al tiempo que per- 
maneció allí; ni los historiadores de Indias, ni 
los cronistas contemporáneos dicen nada acerca 
de las causas y duración de este viaje. 

El futuro Almirante residía habitualmente en 
Córdoba; allí y por este tiempo comenzaron sus 
relaciones amorosas con Doña Beatriz Enríquez; 
no entraremos en la debatida cuestión de si 
contrajo matrimonio con ella; bien pesados los 
argumentos que en pro y en contra aducen los 
escritores, nos inclinamos por la negativa. 

Terminada la campaña de 1487, regresó la 
corte á Córdoba: prontamente se vieron obliga- 
dos los Monarcas á ausentarse en dirección á 
Zaragoza: la campaña del año siguiente tuvo 
por teatro el reino de Valencia; detuviéronse los 
Reyes en Murcia y hasta el año 1489 no volvie- 
ron á Andalucía. 

Desde el momento en que Colón se separa de 
los Reyes hasta que en 1491 comienza la nego- 
ciación, la vida del Almirante está envuelta en 
el misterio; tan sólo de vez en cuando tenemos 
algún dato que nos da señales de su existencia: 
consideramos inútiles los esfuerzos que algunos 
escritores realizan para llenar esta laguna; 
mientras nuevos datos no aumenten los que hoy 



lio — 



existen, la empresa es imposible; nos limitare- 
mos á irlos presentando cronológicamente. 

Es de suponer que viendo Colón el estado del 
reino envuelto en guerras y la atención de los 
Monarcas dirigida á otros asuntos, así como el 
alejamiento de la corte, á la sazón en el reino 
de Valencia, trató de reanudar sus interrumpi- 
das relaciones con el Monarca portugués: pare- 
ce indudable que practicó gestiones en este sen- 
tido; así lo demuestra un notabilísimo docu- 
mento que insertó Navarrete en su Colección 
Diplomática y copian todos los colombistas, es 
la carta de D. Juan II de Portugal á Cristóbal 
Colón; está fechada en Avis á 20 de Marzo de 
1488 y contiene afirmaciones de interés grandí- 
simo; según se infiere del documento, Colón 
había escrito con anterioridad al Monarca por- 
tugués, proponiéndole reanudar las negociacio- 
nes interrumpidas por su salida de Portugal y 
ofreciéndole trasladarse á Lisboa con tal objeto; 
el Rey se congratula de ello, le excita á que 
vaya á Portugal, prometiéndole que quedarían 
satisfechos sus deseos y le asegura que no será 
molestado en su reino por la justicia, si teme ir 
á él por (ivazon dalgunas cousas á que sejades 
obligado. y> 

Relacionando estas frases de la carta de Don 
Juan II, con la precipitada salida de Colón del 
reino de Portugal en 1484 y con la orden que 
da el Almirante en su testamento de que sean 



— 111 — 

pagadas varias cantidades á comerciantes geno- 
veses residentes en Lisboa, han supuesto algu- 
nos escritores, que el proyectista huyó del reino 
portugués perseguido como deudor insolvente; 
no nos interesa dilucidar esta cuestión, pero bien 
pudiera ser así y desde luego los dalos en que 
se funda esta hipótesis no están totalmente des- 
provistos de fundamento. 

La mayoría délos escritores colombinos están 
conformes en asegurar que no obstante los 
ofrecimientos del Rey portugués, Colón no se 
movió de España en 1488; tan sólo el señor 
Asensio sostiene la tesis de que realizó el viaje; 
á nuestro juicio, las razones que el Sr. Asen- 
sio alega no son convincentes; opinamos con la 
mayoría de los colombistas, que tal viaje no se 
efectuó, mientras nuevos datos no demuestren 
lo contrario. 

Por este tiempo dirigióse también el Almi- 
rante á los Reyes de Francia y de Inglaterra: 
nos consta tal hecho por declaración del mismo 
descubridor; Hernando Colón en el capítulo xii 
de su Historia del Almirante^ copia un frag- 
mento de una cai-ta dirigida al Rey Católico, 
en la que Colón dice: «Por servir á vuestras Al- 
tezas no he querido empeñarme con Francia, 
Inglaterra ni Portugal^ como lo verán vuestras 
Altezas^ por las cartas de sus Principes que 
están en poder de Villarán » ; estos ofrecimien- 
tos tuvieron lugar en 1488, según opinión ge- 



— 112 — 

oeral de los colombistas, á cuyo parecer asen- 
timos. 

Las proposiciones de los Monarcas extranje- 
ros no fueron aceptadas por Colón; ignórase la 
causa de este hecho: tal vez temiese las dilacio- 
nes á que daría lugar el entenderse con una 
corte á quien hubiese de enterar del asunto; 
por otra parte, los Reyes Católicos no tenían 
olvidado al descubridor; en 16 de Junio de 1488 
se le entregan 3.000 maravedises, según cédula 
de los Monarcas. 

En el mes de Agosto de este año otro aconte- 
cimiento vino á aumentar los lazos que ligaban 
á Colón con nuestro suelo: Doña Beatriz Enrí- 
quez de Arana dio á luz un niño, que recibió el 
nombre de Hernando ; no era ocasión oportuna 
para ausentarse de la Península los momentos 
en que los goces de la paternidad sujetaban á 
Colón en Córdoba. 

En los primeros meses de 1489 vinieron los 
Reyes de Valladolid á Andalucía para comen- 
zar la campaña de aquel año; en 12 de Mayo 
expiden desde Córdoba una real cédula, en la 
que se ordenaba que se aposentara á Colón y 
los suyos en buenas posadas, que non sean me- 
sones, sin dineros^ y que los mantenimientos 
se le diesen á los precios corrientes; es digno 
de notar, que así como en los primeros años la 
protección de los Reyes consiste en darle perió- 
dicamente diversas cantidades de maravedises, 



— 113 — 

desde 1489 en adelante no recibe el genovés canti- 
dad alguna, y en cambio, se le otorga esta cédula; 
cabe sospechar, por tanto, que hasta 1489 Colón 
permanece en Córdoba, quizá al lado de Doña 
Beatriz, y desde esta fecha hasta 1491 ocúpase en 
viajar por España, acaso para adquirir noticias 
necesarias para el desarrollo de sus proyectos. 

Durante toda la campaña ocupó á los Monar- 
cas el sitio de Baza, que se sentó en el mes de 
Mayo y duró hasta principios del de Diciembre, 
en que se entregó la ciudad; también al real de 
Baza fué Colón, según dicen algunos historia- 
dores; además conquistaron los Reyes varias 
villas y ciudades, y terminada la campaña se 
dirigieron á invernar en Sevilla. 

En la primavera del año 1490 realizóse un 
acontecimiento que distrajo la atención de los 
Reyes de todo otro negocio; en el mes de Marzo 
llegaron á Sevilla el Canciller mayor de Portu- 
gal y D. Fernando Silveira, enviados por el 
Monarca portugués para celebrar los desposo- 
rios de la Princesa Isabel con el Príncipe don 
Alonso, hijo de D. Juan II; el 18 de Abril se 
celebró la ceremonia, y los cronistas refieren 
menudamente las fiestas y diversioness que 
hubo con tan fausto motivo; terminados los 
festejos, comenzáronlas talas en la misma vega 
granadina, y duraron todo el verano ; al entrar 
el invierno retiróse la corte á Sevilla. 

Al comenzar el año 1491 trataron los Reyes 

8 



— 114 — 

de terminar la lucha con los moros; pasaron el 
invierno ocupados en preparar la próxima cam- 
paña, y en 16 de Abril acampaba el ejército 
cristiano en la vega de Granada, á dos leguas 
de la ciudad musulmana ; largo fué el asedio; 
los cronistas nos refieren las mil peripecias del 
sitio, durante el cual los sitiadores y los sitia- 
dos dieron patentes pruebas de su valor y co- 
raje; en 14 de Julio se incendió el campamento 
cristiano y los Reyes acordaron construir la 
ciudad de Santa Fe: ochenta días bastaron para 
conseguirlo; en 5 de Octubre comenzaron las 
negociaciones con los sitiados para establecer 
las condiciones de la capitulación: acordada 
ésta, en 2 de Enero de 1492 se verificó la en- 
trega de la ciudad. 

Durante estos últimos años no tenemos noti- 
cias de Colón; aun cuando los Reyes no entra- 
ron en Granada hasta el 2 de Enero de 1492, la 
entrega de la ciudad estaba acordada desde el 
25 de Noviembre de 1491, es decir, que desde 
esta fecha pudieron los Reyes tenor la seguridad 
de que Granada se rendía; entonces, libres del 
cuidado de la guerra, trataron de cumplir á 
Colón la promesa tantas veces repetida, de que 
se ocuparían del negocio cuando la lucha de los 
moros lo permitiese. 

Comenzaron, pues, las negociaciones, mate- 
ria interesantísima para nuestro estudio, que 
será objeto del capítulo siguiente. 



CAPÍTULO V. 



LAS NEGOCIACIONES 



1. 




s tal la confusión que en los escrito- 
res existe al tratar de este período de 
la génesis del descubrimiento, que 
l'^^M' verdaderamente ofrece dificultades 
grandísimas el ordenar los sucesos, atendiendo 
á lo puramente histórico y comprobado, aban- 
donando lo ficticio y falso, producto de fantasías 
acaloradas y mentes soñadoras; aumenta más y 
más la dificultad, la carencia de noticias minu- 
ciosas y claras en los historiadores antiguos, lo 
cual ha dado origen á toda una serie de afirma- 
ciones sin fundamento, que pretenden llenarlos 
huecos que se observan en los escritores con- 
temporáneos de estos sucesos. 
Ignórase la fecha de la llegada de Colón á 



— 116 — 

Santa Fe; ignórase si fué al Real en virtud de 
orden de los Reyes, si llegó allí obedeciendo á 
propio impulso, ó si fué llamado por sus amigos 
y valedores; ni Hernando Colón, ni Las Gasas, 
ni ninguno de los escritores de aquel tiempo, 
nos resuelven la cuestión; puede suponerse que 
debido á alguna de las dos últimas causas se 
dirigió Colón á Santa Fe. 

Llegado al campamento, trató de comenzar 
sus negociaciones con los Reyes; y al llegar á 
este punto, confesamos con toda ingenuidad 
que no nos explicamos una contradicción en 
que incurren la mayoría de los escritores co- 
lombinos; dícese, sin texto que apoye tal supo- 
sición, que D. Fernando, enemigo del futuro 
descubridor, y que siempre había acogido con 
frialdad el proyecto, abandonó el negocio á su 
esposa; y sin embargo, á renglón seguido,^y en 
vista de la ruptura de las negociaciones, atribu- 
yese el fracaso á la terquedad del Rey y á su 
estrechez de miras , al no concebir la grandeza 
y beneficios que el descubrimiento había de 
reportar. 

Tal opinión es absurda: D. Fernando enten- 
dió en las negociaciones, y su inflexibilidad, 
enfrente de las peticiones de Colón, produjo la 
ruptura; tal es lo que arroja el estudio de los 
textos , única base histórica para presentar 
afirmaciones. 

Los textos de D. Hernando Colón y del P. Las 



— 117 — 

Gasas, parécenos que se refieren á la segunda 
ruptura de relaciones más bien que á la pri- 
mera, es decir, á la segunda vez que Colón fué 
á Santa Fe, desde la Rábida, llamado por los 
Reyes, merced á las excitaciones de Fray Juan 
Pérez; de suerte, que tanto por esta causa, 
cuanto por no repetir razonamientos y conside- 
raciones, pasaremos brevemente por este epi- 
sodio. 

No constan las primeras proposiciones de Co- 
lón á los Reyes; puede suponerse fundadamente 
que fueron las mismas que presentó la segunda 
vez. Tales proposiciones suscitaron la negativa 
rotunda del Monarca; el Rey no pod/a ni debía 
acceder á las exigencias de Colón ; la ruptura 
fué completa: Colón salió de Santa Fe, conven- 
cido de que no encontraba en España apoyo ni 
recursos para su empresa. 

Marchó el navegante decidido á dirigirse al 
Rey de Francia y á presentarle sus proyectos; 
no consta si se detuvo en Córdoba, residencia 
de Doña Beatriz Enríquez; es de suponer que 
sí: después partió en dirección á la Rábida; allá 
estaban su hijo Diego, cerca su cuñado Muliar- 
te y Doña Violante Mogniz; parece lógico que 
antes de alejarse de la Península, se despidiese 
de la mujer que había endulzado con sus cari- 
cias las amarguras de su estancia en España, y 
de los individuos de su familia, únicos lazos 
que podían atarlo á nuestro suelo. 



— 118 — 

La visita á la Rábida está perfectamente esta- 
blecida por textos que no dan lugar á dudas de 
ningún género, así como los hechos que moti- 
varon su vuelta á Santa Fe; expongámoslos: 

El más importante, por ser de un testigo pre- 
sencial de los sucesos, es la declaración del físi- 
co Garci Hernández en las Probanzas del pleito 
que D. Diego Colón suscitó á la Corona; abraza 
esta declaración dos partes que se refieren á dos 
tiempos distintos, como observa atinadamente 
el P. Cappa (1) refutando las opiniones de Na- 
varrete y Rodríguez Pinilla; no entraremos en 
esta discusión ajena á nuestro objeto; seguimos 
en este punto al P. Cappa por estimar sus 
argumentos incontrovertibles: la parte de la 
declaración que se refiere á este período, relata 
perfectamente los sucesos; después de ella, tan 
sólo aduciremos algún texto que complete y 
apoye lo que allí se dice. 

El físico declara que el fraile Juan Pérez, 
después que llegó Colón, (.cenvió á llamará este 
testigo, con el cual tenia mucha conversación de 
amor y e porque alguna cosa sabia del arte as- 
tronómico para que hablase con el dicho Cris- 
tóbal Colon e viese razón sobre este caso del des- 
cubrir, e que este dicho testigo vino luego, e 
f oblaron todos tres sobre dicho caso ^ e que de 
aqui eligieron luego un hombre para que llevase 
una carta á la Reina Doña Isabel, que haya 
sancta gloria^ del dicho Fray Juan Pérez que 



— 119 — 

era sii confesor; el cual ^portador de dicha carta 
fue Sebastian Rodríguez ^ un piloto de Lepe^ e 
que detuvieron al dicho Cristóbal Colon en el 
monasterio fasta saber respuesta de la dicha 
corte de S. A. para ver lo que por ella proveían 
y ansí se fizo: e dende catorce días, la Reina 
nuestra señora escribió al dicho Fray Juan Pé- 
rez agradeciéndole mucho su buen proposito e 
que le rogaba e inundaba que luego, vista la 
presente^ pareciese en la corte ante S. A. y que 
dejase al dicho Cristóbal Colon en seguridad de 
esperanza fasta que S. A. le escribiese, e vista 
la dicha carta e su disposición ^ secretamente se 
partió antes de media noche el dicho fraile del 
monasterio é cabalgó en un mulo e cumplió el 
mandato de S. A.; e pareció en la corte e de 
allí consultaron que se diesen al dicho Cristóbal 
Colon tres navios para que fuese á descubrir e 
facer verdad su palabra dada, e que la Reina 
nuestra señora concedido esto^ envió 2.000 ma- 
ravedises en florines, los cuales trujo Diego 
Prieto j vecino de esta villa, e los dio con una 
carta á este testigo, para que los diese á Cristo- 
bal Colon para que se vistiese honestamente y 
mercase una vestezuela e pareciese ante S. A., 
e que el dicho Cristóbal Colon recibió los dichos 
2.000 maravedises e partió ante S. A.» 

Ni Las Gasas ni Hernando Colón , agregan 
detalle á lo substancial de este texto; hacemos 
gracia al lector de estos textos, así como de 



— 120 — 

algún otro que agrega cosa de poca importancia 
á la narración y vamos á comentar la declara- 
ción del físico de Palos. 

Admitiendo que las visitas á la Rábida fueron 
dos, una en 1484 y otra después de la ruptura 
de las negociaciones, es evidente que antes de 
esta segunda visita, tuvieron conocimiento el 
P. Juan Pérez y Garci Hernández de los pro- 
yectos de Colón, si bien en la primera visita, 
este no explicó detenidamente su proyecto, pues 
no es de sospechar que se espontanease con dos 
desconocidos, quien tal reserva guardó en la 
Junta de Córdoba; en su segunda visita, con el 
corazón lacerado al considerar que definitiva- 
m.ente había de renunciar por entonces al sueño 
de toda su vida, es de suponer que les hiciera 
relación completa y detallada de sus proyectos; 
en este momento, fué cuando el P. Juan Pérez 
interviene, como hemos visto, á fin de procurar 
una reconciliación. 

Pero ¿cómo interviene? el P. Juan Pérez se 
dirige á la Reina y no al Rey, y de este hecho, 
que como veremos es perfectamente lógico, se 
han deducido las consecuencias más estupendas, 
entre otras la de suponer, que tan solo la Reina 
entendía en el negocio, y que por tanto el Rey 
completamente apartado del mismo, ni le con- 
cedía importancia, ni le veía con buenos ojos. 
El P. Juan Pérez, no consta que tuviese intimi- 
dad, ni relación estrecha con el Monarca; cons- 



— 121 — 

ta lo contrario, respecto de la Reina; el P. Juan 
Pérez había sido confesor, no délos Reyes, sina 
de la Reina tan solo, y así se dice en la declara- 
ción del físico y lo confirma Las Gasas: ¿es de 
extrañar por tanto que se dirija á la Reina con 
preferencia al Rey? 

El Monarca debió dar á Colón una negativa 
rotunda y terminante á proseguir las negocia- 
ciones; ¿es lógico suponer que en tal caso, la pe- 
tición de reanudarlas se dirigiese á quien se 
había negado á ello, ó más bien á persona que 
como la Reina, por su influjo cerca del Rey 
pudiese lentamente hacerle desistir de su pro- 
pósito? ¿qué efecto hubiese producido en el Mo- 
narca la carta de un subdito, en que se le roga- 
se que volviera sobre su acuerdo, tomado á la 
faz de la corte entera? 

Hé aquí por qué el P. Juan Pérez, con pro- 
funda y exacta apreciación de las personas, y 
del estado del negocio, se dirige á Isabel y no 
al Monarca. 

Lleva la carta el piloto de Lepe: la lee la Rei- 
na y se decide, movida sin duda por las razones 
en ella expuestas, á convencer á Fernando de la 
conveniencia de reanudar la interrumpida ne- 
gociación; ¿á que medio apeló? ¿que pasó en el 
Real de Santa Fe, desde la llegada de Sebastián 
Rodríguez hasta que la Reina contesta llamando 
al P. Juan Pérez? Hé aquí dos hechos descono- 
cidos, acerca de los cuales no hay dato de 



— 122 — 

ningún género en los historiadores; desde luego 
puede afirmarse que los esfuerzos de la Reina, 
para convencer al Rey Católico, no debieron 
tener gran éxito, y nos fundamos para afirmar 
esto en un argumento incontrovertible; si la 
Reina sola hubiese logrado convencer al Mo- 
narca ¿para que se necesitaba llamar á Fray 
Juan Pérez? Al llamarle, claramente se despren- 
de que la Reina le buscó como un poderoso 
auxiliar que determinase al Rey á reanudar la 
negociación, prueba evidente, de que el Rey no 
estaba aún decidido á ello. 

Llega el P. Juan Pérez al Real de Santa Fe: 
es de suponer que hablase al Monarca, y sus 
razonamientos decidieran á éste; lo cierto es 
que, según dice el físico de Palos, hasta después 
de la llegada del guardián de la Rábida, no 
parte Diego Prieto con la orden y los recursos 
para que volviese Colón á la corte; y de esto 
debia estar enterado, pues él mismo fué el que 
recibió la misiva real y los 2.000 maravedises 
en florines para entregarlos al navegante: de- 
dúcese por tanto, que sin desconocer ni amen- 
guar en lo más mínimo la intervención de la 
Reina en tal asunto, lo cierto es que á quien 
principalmente pertenece la gloria de haber 
conseguido que las negociaciones se reanuda- 
sen, es al P. Juan Pérez, cuya intervención en 
este asunto, constituye un timbre de gloria que 
le hace inmortal para la posteridad. 



— 123 — 



II. 



Llamado por los Reyes, dirígese Colón se- 
gunda vez á la corte: las negociaciones conti- 
núan, acaso pensaron los Reyes, que en vista 
de la anterior ruptura moderaría sus pretensio- 
nes el futuro Almirante; no fué así, nueva- 
mente las reprodujo. 

Hernando Colón nos dice (2) lo que el descu- 
bridor pedía: las peticiones sonlas mismas que 
se otorgaron más tarde por las Capitulaciones de 
Santa Fe: como habremos de examinarlas dete- 
nidamente, prescindimos de transcribir el texto: 
el P. Las Casas (3), también indica lo que Colón 
pedía, y también están conformes las peticiones 
con las cláusulas del convenio con los Mo- 
narcas. 

El Rey Católico se resistió á aceptarlas: no 
podía acceder á las inauditas exigencias de Co- 
lón: el mismo D. Hernando, explica este segun- 
do fracaso, dice (4): «pero como por una parte 
le contradecía el Prior del Prado y sus secuaces^ 
y por otra pedia el Almirante el titulo de Virrey 
y otras cosas de tacita estimación ¿importancia^ 
pareció cosa dura concederlas; pues 
saliendo con la empresa, parecía mu- 
cho y malográndose ligereza, con lo 
cual se cesó en el negocio. 

Las Casas por su parte añrma (5): Hacia más 



_ 124 — 

difícil la aceptación de este negocio lo mucho 
que Cristóbal Colon, en remuneración de sus 
trabajos y servicios é industria pedia, conviene á 
saber, estado, Almirante Yisorrey y Gobernador 
perpetuo etc., cosas que ala verdad, enton- 
ces se juzgaban por muy grandes y so- 
beranas, como lo eran, y hoy por tales 
se estimarían, puesto que mucha fué enton- 
ces la inadvertencia, y hoy lo fuera, no conside- 
rándose que si pedia esto, no era sino como el que 
pide las albricias de ellas mismas (como arriba 
hablando del Rey de Portugal dijimos) llegó á 
tanto el no creer ni estimar en nada lo que Co- 
lon ofrecia que vino en total desprendimiento , 
mandando los Reyes que le dijeren que se 
fuese en hora buena. n Nótense estas palabras; 
son los Reyes los qne le despiden, no tan sólo 
el Rey Católico. 

Es de admirar en este punto la grandeza de 
alma de Colón: consintió en retirarse antes que 
ceder en sus peticiones; abandonó la corte y se 
dirigió á Córdoba, cuando á dos leguas antes 
de Granada, al llegar al puente de los Pinos, 
lo alcanzó un alguacil de la corte, ordenándole 
que volviese; los Monarcas accedían á sus pre- 
tensiones, y estaban dispuestos á otorgarle los 
títulos, recompensas y honores que pedía. 



125 



III. 



¿Á qué fué debido este cambio? ¿Qué pasó en 
la corte, mientras Colón se dirige á Córdoba, 
después de la segunda ruptura? 

Los historiadores primitivos de Indias traen 
abundantes datos acerca de este punto; sobre 
todo Las Casas refiere con tal lujo de detalles y 
pormenores lo sucedido, que tan sólo con la 
simple transcripción del texto podemos deter- 
minar y referir la escena. 

Fué este el momento supremo: los Reyes ha- 
bían despedido definitivamente á Colón; éste se 
ausentaba de la corte, decidido á alejarse de Es- 
paña; entonces, dos aragoneses, Mosen Luís 
Santangel y Mosen Juan Cabrero, son los que 
deciden á los Monarcas á que llamen al descu- 
bridor, y accedan á sus pretensiones. 

La intervención de Santangel aparece clarí- 
sima: oigamos á Las Casas (6). 

(.(Despedido esta segunda vez, por mandado 
de los Reyes, Cristóbal Colon^ y sin darle al- 
guna esperanza, como en la otra le dieron^ de 
que en algún tiempo se tornaria á tratar dello, 
sino absolutamente, acompañado de harta triste- 
za é disfavor, como cada uno podrá considerar , 
salióse de la ciudad de Granada, donde los Reyes 
habian ya con gran triunfo y gloria de Dios, y 
alegría del pueblo cristiano, entrado á dos dias 



— 126 — 

del mes de Enero, según dice el mismo Cristóbal 
Colon en el principio del libro de su navegación 
primera^ en el mes de Enero, dijo, que salió 
para proseguir su ida de Francia. Entre otras 
personas de las que le ayudaban en su corte y 
deseaban que su obra se concluyese e pasase ade- 
lante, fue aquel Luis de Santangel, que arriba 
digimos, escribano de racio7ies. Este recibió tan 
grande y tan excesiva pena y tristeza desta se- 
gunda y final repulsa, sin alguna esperanza, 
como si á él fuera en ello alguna gran cosa y 
poco menos que la vida; viendo así á Cristóbal 
Colon despedido, y no pudiendo sufrir el daño 
y menoscabo que juzgaba á los Reyes seguirse, 
ansí en perder los grandes bienes y riquezas que 
Cristóbal Colon prometía si acaecía salir verdad 
y haberlos otro rey cristiaiio, como en la dero' 
gacion de su real autoridad que tan estimada 
en el mundo era, no queriendo aventurar tan 
poco gasto por cosa tan infinita, confiando en 
Dios y en la privanza é estima que los Reyes de 
su fidelidad y deseo de servirles sabia que te- 
nían, confiadamente se fué á la Reina y dijola 
desta manera: ^iSeñora, el deseo que siempre he 
tenido de servir al Rey mi señor, y á Vuestra 
Alteza, que si fuere menester moriré por su real 
servicio, me ha costreñído á parecer ante Vues- 
tra Alteza y hablarle en cosa, que ni convenia á 
mi persona, ni dejo de conocer que excede las 
reglas ó limites de mi oficio, pero á la confianza 



— 127 — 

que siempre tuve de la clemencia de Vuestra 
Alteza y de su real generosidad, y que mirará 
las entrañas con que lo digo, he tomado ánimo 
de notificarle lo que en mi corazón siento^ y que 
otros quizá muy mejor lo sentirán que yo, que 
también aman fielmente á vuestras Altezas y de- 
sean su prosperidad como yo su siervo mínimo; 
digo. Señora, que considerando muchas veces el 
ánimo tan generoso, tan constante de que Dios 
adornó á Vuestras Altezas, para emprender co- 
sas grandes y obras excelentisimas, heme ma- 
ravillado mucho no haber aceptado una empresa 
como este Colon ha ofrecido, en que tampoco se 
perdía puesto que vana saliese, y tanto bien se 
aventuraba conseguir para servicio de Dios y 
utilidad de su Iglesia, con grande crecimiento 
del Estado real de Vuestras Altezas y prosperi- 
dad de todos estos vuestros reinos, porque en la 
verdad. Señora serenísima, este negocio es de 
calidad, que si lo que tiene Vuestra Alteza por 
dificultoso y por imposible á otro Rey se ofrece, 
y lo acepta y sale próspero, como este hombre 
dice, y, á quien bien lo quiere entender, da muy 
buenas razones paradlo, manifiestos son los in- 
convenientes que á la autoridad de Vuestras 
Altezas, y daños á vuestros reinos vernian. Y 
esto ansí sucediendo, lo que Dios no permita_, 
Vuestras Altezas toda su vida de si mesmas ter- 
nian queja terrible, de vuestros amigos y servi- 
dores con razón culpados seriades, á los enemi- 



— 128 — 

gos no les faltaría materia de insultar y escar- 
necer^ y todos, los unos y los otros, afirmar osa- 
rían que Vuestras Altezas, tenían su merecido; 
pues lo que los Reyes sucesores de Vuestras Al- 
tezaSy podran sentir é quizá padecer , no es muy 
oscuro á los que 'profundamente lo consideran. 
y pues este Colon , siendo hombre sabio y pru- 
dente y de tan buena razón como es, y que pa- 
rece dar muy buenos fundaynetitos , de los cua- 
les algunos los letrados á quienes Vuestras Alte- 
zas lo han sometido le admiten, puesto qne otros 
le resisten, pero vemos que á muchas cosas no le 
sabe7i responder, y él á todas las que le oponen 
dd sus salidas y respuestas, y él aventura su 
persona y lo que pide para luego es muy poco, 
y las mercedes y remuneraciones no las quiere 
sino de lo que él mismo descubriere ; suplico á 
Vuestra Alteza no estime este negocio por tan 
imposible que no pueda con mucha gloria y ho- 
ñor de vuestro real nombre y multiplicación de 
vuestro estado y prosperidad de vuestros subdi- 
tos y vasallos, suceder, y de lo que algunos ale- 
gan que no saliendo el negocio como deseamos 
y este Colon profiere, seria quedar Vuestras Al- 
tezas con alguna nota de mal miramieiito por 
haber emprendido cosa tan incierta, yo soy de 
muy contrarío parecer; porque por mas cierto 
tengo que aquesta obra añadirá muchos quilates 
sobre la luz y fama que Vuestras Altezas de mag- 
nificentisímos y a^iimosos Principes tienen^ que 



— 12^' — 

procuran saber con gastos suyos las secretas 
grandezas que contiene el mundo dentro de sij 
pues no serán los primeros Reyes que semejan- 
tes hazañas acometieron^ como fue Ptolomeo y 
Alexandre y otros grandes y poderosos Reyes, 
y, dado que del todo lo que pretendían no consi- 
guieron, no por eso faltó de á grandeza de áni- 
mo y menosprecio de los gastos serles por todo 
el mundo atribuido. Cuanto mas. Señora, que 
todo lo que al presente pide no es sino solo un 
cuento, y que se diga que Vuestra Alteza lo deja 
por no dar tan poca cuantia, verdaderamente 
sonaría muy feo, y en ninguna manera conviene 
que Vuestra Alteza obre menos de tan grande 
empresa, aunque fuese tnuy mas inciertay>. Cog- 
nosciendo pues la Reina Católica la intención y 
buen celo que tenia Luis de Santangel á su ser- 
vicio, dijo que le agradecía mucho su deseo y el 
parecer que le daba y que tenia por bien de se- 
guirlo, pero que se difiriese por entonces hasta 
que tuviese un poco de quietud y descanso, por- 
que ya vía cuan necesitados estaban coyi aquella 
guerra que tan prolija había sido». El relato 
de Hernando Colón conviene en lo sustancial 
con Las Gasas, y tan sólo discrepa en algún de- 
talle poco importante. 

Tanto Hernando Colón como Las Casas refie- 
ren el ofrecimiento hecho por la Reina de sus 
propias joyas para que sobre ellas se allegasen 
los medios materiales para realizar la empresa; 



— 130 — 

tal ofrecimiento ha dado origen á que se can- 
tase el hecho por oradores y poetas; por desgra- 
cia, hay no pocos reparos que poner á su cer- 
teza, y desde luego, aun suponiéndolo cierto, 
no hay que darle ni la importancia ni la signi- 
ficación que generalmente recibe; dúdase de 
que la Reina pudiese en aquella ocasión ofre- 
cer joyas que estaban ya empeñadas con ante- 
rioridad, y aunque las ofreciese, no era este 
ofrecimiento un hecho extraordinario; en dife- 
rentes ocasiones los Reyes dieron en prenda sus 
ricas preseas para allegar fondos con que sub- 
venir á los crecidos gastos que las guerras pro- 
porcionaban; ocasión hubo en que la corona 
real quedó en poder de prestamistas, y el collar 
de balajes de la Reina estaba á la sazón en Va- 
lencia afianzando un préstamo; el Sr. Fernán- 
dez Duro ha destruido en absoluto la leyenda 
de las joyas de la Reina; en su precioso tra- 
bajo (7) pueden verse las razones que alega en 
apoyo de su tesis, la duda es imposible. 

Entonces ofreció Santangel el dinero ; según 
la opinión general de los escritores, el escribano 
de raciones adelantó de su propio peculio la 
cantidad necesaria; no dilucidaremos ahora tal 
cuestión, á la que dedicamos un capítulo más 
adelante ; allí expondremos nuestra opinión 
acerca del asunto. 

Prescindiendo de que el discurso que Las Ga- 
sas pone en boca de Santangel sea exacto en 



— 131 — 

todas sus partes y no una imitación de las clási- 
cas arengas de historiadores griegos y romanos, 
lo cierto parece que las razones expuestas por 
el aragonés debieron de convencer á la Reina; 
en el fondo Las Gasas dice la verdad, siquiera la 
forma sea algún tanto artificiosa y muy en 
consonancia con el gusto literario de la época; 
la mitad del camino estaba andado; la Reina 
accedía á que se concediesen á Colón sus inmo- 
deradas pretensiones, era preciso lograr el asen- 
timiento del Rey, y aquí estaba la principal 
dificultad; por dos veces habíase negado rotun- 
damente el Monarca á ello ; reciente estaba su 
segunda negativa ¿quién convenció al Rey Ca- 
tólico de la conveniencia de acceder á las peti- 
ciones del genovés? á nuestro juicio Mosen 
Juan Cabrero; expongamos los fundamentos de 
esta opinión. 

Dice Cristóbal Colón en carta dirigida al 
Rey que «e¿ susodicho maesti^o del Prmcipe 
Arzobispo de Sevilla D. Fray Diego de Deza y 
el dicho camarero Juan Cabrero habían sido 
causa de que los Reyes tuviesen las Indias^ y 
Las Casas manifiesta (8) que Juan Cabrero era 
(íhombre de buenas entrañas que querían mu- 
cho el Rey e la Reynayy, y más adelante dice: 
« y muchos años antes que lo viese yo escrito 
de la letra del Almirante Colon^ había oido de- 
cir que el dicho Arzobispo de Sevilla^ por sí, ¡/ 
lo mismo el camarero Juan Cabrero , se gloria- 



— 132 — 

han que liahian sido la causa de que los Reyes 
aceptasen la dicha emjpresa y descubrimiento de 
las Indias. y) 

Los textos apuntados no dejan lugar á dudas 
de ningún género; Juan Cabrero intervino en la 
realización de la empresa y su intervención 
fué eficaz y decisiva; pero ¿en qué ocasión y 
para qué? 

Si recordamos que Juan Cabrero fué el inse- 
parable é íntimo amigo y consejero del Monar- 
ca, que le acompañó en todas sus empresas, 
que en él depositaba su confianza el Soberano, 
hasta el punto de nombrarle su albacea en el 
testamento que otorgó en 1512, que por su 
cargo de camarero estaba en íntimo contacto 
con el Rey Católico y que por tanto debía tener 
gran ascendiente sobre él, nos explicaremos 
para qué interviene; Juan Cabrero debió ser la 
persona que en un momento decisivo para la 
realización del proyecto de Colón, decidió al 
Monarca á aceptar las peticiones del genovés; 
debió ser elegido por los favorecedores del pro- 
yectista para cumplir tal fin. 

¿Y en qué ocasión? para determinar este 
punto, habremos de proceder por exclusión; no 
pudo ser á raíz de las Juntas de Córdoba, pues 
entonces Colón no formuló pretensiones, se 
limitó á exponer veladamente sus proyectos; no 
fué en Salamanca porque allá le ayudó y pro- 
tegió Deza; después de la primera ruptura en 



— 133 — 

Santa Fe, es el P. Juan Pérez el que negocia el 
arreglo; rómpense por segunda vez las nego- 
ciaciones, Colón se ausenta del Real, Santangel 
habla á la Reina, pero ¿quién convence al Rey? 
á nuestro juicio Cabrero; mediante su influjo, 
se logra que el Monarca acceda á las peticiones 
del descubridor; de no ser entonces, no pudo 
ser en otra ocasión, y de no ser en alguna, caen 
por su base las afirmaciones del Almirante y de 
Las Casas; hé aquí por qué decíamos que en el 
momento supremo, son dos aragoneses los que 
deciden á los Reyes á capitular con el futuro 
Almirante. 

Dispuestos los Reyes á la capitulación, des- 
pachóse un emisario para que lo participase al 
genovés; alcanzólo en el puente de Los Pinos; 
Colón volvió al Real; entonces se estipularon 
las capitulaciones. 

Es tal la importancia que para nuestro objeta 
tiene el documento, que su análisis detenido 
será la materia del capítulo siguiente. 



NOTAS AL CAPÍTULO V. 



(1) Colón y Los Españoles, pág. 10 de las Notas y 
apéndices. 

(2) Historia del Almirante, cap. xiii. 

(3) Historia de las Lidias, cap. xxxi. 

(4) Historia dal Almirante, cap. xiii. 

(5) Historia de las Lndias, cap. xxxi. 

(6) Historia de las Indias, cap. xxxii, 

(7) Las joyas de Isahel, publicado en el tomo 
XXXVIII de la Revista contemporánea. 

(8) Historia de las Indias, cap. xxix. 



CAPÍTULO VI. 

LAS CAPITULACIONES DE SANTA FE. 




I. 

LEGAMOS á uno de los puntos más in- 
teresantes de nuestro estudio; aveni- 
dos al fin los Monarcas y Colón, en 
17 de Abril de 1492, otórganse en el 
Real de Santa Fe las Capitulaciones que llevan 
este nombre, que vienen á poner término al 
período de sinsabores, porque pasó el navegan- 
te hasta ver autorizada y protegida su empresa. 
Extraña sobremanera, que un documento de 
tal importancia apenas haya merecido que en 
su detenido examen se ocupasen los historiado, 
res colombinos; todos ellos lo citan y aún lo 
insertan, pero pocos son los que se detienen á 
reflexionar sobre su contenido: conténtanse alo 
más, con indicar la importancia de los honores 



— 138 — 

y preeminencias concedidos á Colón , y pasan 
seguidamente á narrar las últimas dificultades 
que tuvo que vencer, hasta salir del puerto de 
Palos en busca del nuevo camino para las Indias. 
Nosotros hemos de detenernos en el estudio 
del documento, porque lo juzgamos necesario 
para nuestra vindicación del Rey Católico; á 
nuestro juicio, en las Capitulaciones de Santa 
Fe, está la explicación de las sucesivas rupturas 
entre Colón y los Reyes, y de la resistencia que 
tuvo el Monarca para acceder á las pretensiones 
del proyectista, y como esta resistencia ha sido 
malamente interpretada, y calificada de terque- 
dad aragonesa, de avaricia, de falta de espíritu 
amplio y noble, de escasez de talento y de sobra 
de susceptibilidad vidriosa y de frialdad de 
corazón, hé aquí por qué nos interesa ver con 
detención lo que Colón pedía, y las consecuen- 
cias que podían traer tales concesiones, pues 
de aquí ha de brotar la justificación completa 
del Monarca aragonés; dice así el documento (1). 

Capitulación fecha en Santa Fe antes de ser 
descohiertas las Indias. 

Las cosas suplicadas e que Vuestras Altezas 
dan e otorgan a Don Crhistobal Colon, en algu- 
na satisfagion de lo que ha descohierto en las 
Mares Oceanas, e del viage que agora con la 
ayuda de Dios ha de hacer por ellas en servicio 
de Vuestras Altezas son las que se siguen: 



— 139 — 

Notemos en primer término un hecho impor- 
tante: las Capitulaciones están otorgadas por 
los Reyes, no por Isabel; prueba evidente de 
que el Rey intervino en la capitulación y no 
dejó abandonado el negocio á su esposa; si el 
Monarca no hubiese querido intervenir, si fuera 
Isabel tan sólo la que negoció con Colón, y so- 
bre todo si el reino de Castilla fuese el único 
que patrocinó la empresa, dada la independen- 
cia de los reales cónyuges en la gobernación de 
sus respectivos Estados, para nada tenía que 
aparecer el Monarca, era negocio de Castilla y 
de su Reina; lejos de ser así, aparecen las ñrmas 
de los dos en el otorgamiento: dice así: 

Son otorgados e despachados con las respues- 
tas de Vuestras Altezas en fin de cada un capítu- 
lo^ en la Villa de Santa Fee de la Vega de Gra- 
nada á diez ]j siete dias de Abril del año del 
nacimiento de Nuestro Salvador Jesucristo de mil 
cuatrocientos noventa y dos años=Yo el Rey^= 
Yo la Reyna=Por mandato del Rey e de la 
Reyna=Joan de Coloma=Registrada=Galgena. 

Pero hay más todavía que notar en el otor- 
gamiento: el Secretario que intervino en la ne- 
gociación, y autorizó el documento es Juan de 
Goloma, y Juan de Coloma es el Secretario ara- 
gonés del Rey: en la organización de la corte de 
los Reyes Católicos, los funcionarios tanto polí- 
ticos — si cabe esta frase aplicada al siglo xv — 
como administrativos, son dobles; hay un Se- 



— 140 — 

cretario castellano que es Gaspar Gricio, y un 
aragonés, que es Juan de Goloma; trátase de 
negociar con Colón y negociase por intermedio 
del aragonés no del castellano; este hecho es 
altamente significativo; ¿cabe, después de men- 
cionarlo, suponer que el Monarca abandonó á 
su esposa la negociación? 

Buscando datos y noticias acerca de Juan de 
Goloma hemos tropezado con una que es inte- 
resante: Juan de Goloma había sido Secretario 
de D. Juan II de Navarra y después ocupó este 
cargo en el reinado de su hijo Fernando el Ga- 
tólico: lo aseguran Zurita en sus Anales (2) y 
D. Antonio de Prado y Rozas en su libro titu- 
lado (íReglas para oficiales de Secretarias y ca- 
tálogo de los Secretarios del despacho y del Con- 
sejo de Estado habidos desde los Reyes Católicos 
hasta entonces = Madrid i155 (3). Tanto con el 
padre como con el hijo tuvo Juan de Goloma 
gran privanza: dice el citado cronista aragonés, 
después de referir un episodio de la vida del 
Secretario (4) ay volvió á tener tanta privanza 
y favor del Rey, como la tuvo del Rey su padre^ 
cosa que acaecerá pocas vecesn. 

Era pues Juan de Goloma, hombre ducho y 
experimentado en los negocios políticos: habíase 
formado en la escuela de Juan II de Navarra^ 
y después puso toda su experiencia y conoci- 
mientos á disposición de su hijo Fernando el 
Católico; se ve pues, que echó mano el Rey de 



— 141 — 



persona de su completa confianza para negociar 
la Capitulación^ de su Secretario aragonés. 

También es aragonés el funcionario que re- 
gistra las Capitulaciones; Juan Ruíz de Calce- 
na, Secretario del Rey Católico, fué natural de 
Calatayud (5). 



IL 

Entremos, ya, en el examen de las peticiones 
otorgadas por los Reyes; dice la primera: 

Primeramente,— Que Vuestras Altezas^ como 
Señores que son de las dichas Mares Oceanas^ 
hacen desde agora al dicho Don Crhisiohal 
Colon su Almyrante en todas aquellas Yslas e 
Tierra-firmes que por su mano e industria se 
descubrirán ó ganaran en las dichas Mares 
Oceanas para durante su vida, e después de él 
muerto á sus herederos e subcesores de uno en 
otro perpetuamente, con todas aquellas prehemi- 
nencias e prerrogativas pertenecientes al tal 
oficio, e segund que D. Alonso Enriquez, Vues- 
tro Almirante mayor de Castilla, e los otros 
predecesores en el dicho oficio lo tenian en sus 
distritos. =Place a Sus Altezas^^Joan de Coloma. 

Como puede deducirse de la simple lectura 
de esta petición, abraza dos partes y pide el 
descubridor dos mercedes; la primera que se le 
nombre Almirante con todos los honores y pre- 



— 142 — 

rrogalivas del Almirante castellano; tal petición 
es justa y lógica, á pesar de la importancia que 
tiene; era el Almirante de Castilla la segunda 
persona del reino, estaba á la cabeza de la aris- 
tocracia, y son tales y tantos sus honores y pre- 
rrogativas, que no es de extrañar que fuese 
cargo ambicionadísimo; el P. Cappa, inserta un 
apéndice en su obra aColón y los Españoles,-» 
titulado (íLo que comprendía el título de almi- 
rante,y> en el cual se transcribe un testimonio 
expedido por Francisco de Soria á Cristóbal 
Colón, á petición de éste, en el que se especifi- 
can los honores, derechos y preeminencias otor- 
gados en 1405 por Enrique líl á su Almirante 
D. Alfonso Enríquez, á fin de que á su tenor se 
acuerden los del nuevo Almirante de Indias; el 
Sr. Navarrete inserta asimismo en su aColec- 
ción diplomáticay> (6), varios documentos acerca 
de este cargo, y el Sr. Fernández Duro, en su 
magnífico estudio aColón y Pinzóns) (7) trae el 
arancel de los derechos que percibía el Almi- 
rante de Indias; con todos estos documentos 
á la vista, se forma idea de la importancia gran- 
dísima del cargo. 

La segunda parte de la petición, es absurda; 
pretende Colón que un cargo de tal importancia 
quede vinculado en su familia y se transmita 
«á sus herederos e suhcesores perpetuamente. y) 

¿Era posible que el Rey accediese á esta 
enajenación del derecho de nombrar Almirante? 



— 143 — 

y no solamente en su reinado sino en el de 
todos los Monarcas que le sucedieren; ¿quién 
garantizaba que los sucesores de Colón serían 
dignos del cargo y tendrían la necesaria com- 
petencia para ejercerlo? compréndese que se 
transmita un título de nobleza que no repre- 
senta más que un honor inherente á la persona 
que lo tiene; pero ¿es igual un cargo que 
lleva aneja jurisdicción? buena prueba de que 
no era posible cumplir esta cláusula, fué lo que 
aconteció: Diego Colón, hijo del Almirante, 
fué despojado del cargo; Luís Colón, tercer 
sucesor del descubridor, dio pruebas de que na 
servía para gobernar territorios y murió oscu- 
ramente, desterrado en Oran; los hechos com- 
probaron lo absurdo de la petición; ¿cabe cen- 
surar á un Monarca que se opone enérgica- 
mente á conceder tales peticiones? 



III. 



La segunda petición del descubridor, está 
concebida en los siguientes términos: 

Otrosí: Que Vuestras Altezas faceyx al dicho 
Don Crhistohal Colon su Visorrey e Gouernador 
General en todas las dichas Islas e Tierras- 
Firmes, Yslas que como dicho es, el descohriere 
e ganare eyi las dichas Mares; e que para el 
Regimiento de cada una e cualquier dellaSj, haga 



— 144 — 

éleQion de tres personas para cada oficio^ é que 
Vuestras Altezas tomen e escojan uno el que, 
mas fuere su servicio_, e ansí serán mejor regidas 
las tierras que Nuestro Señor le dejare fallar e 
ganar á servicio de Vuestras Altezas=PlaQe á 
Sus AUezas=Joan de Coloma. 

También esta petición abraza dos extremos; 
encontramos perfectamente lógico el primero; 
el descubridor pide qne se le nombre Virrey y 
Gobernador general de los territorios descu- 
biertos; el título de Virrey y el de Gobernador 
general son idénticos, y el cargo no era desco- 
nocido en España; gobernaba en nombre del 
Rey los territorios sujetos á su jurisdicción y era 
en ellos la autoridad suprema; no sucede lo mis- 
mo en cuanto al segundo extremo: pide el Almi- 
rante que se le den facultades para proponer á 
los Reyes, tres personas para cada oficio de los 
que se creen en los territorios que se descubran 
y que los Reyes hayan de nombrar una de las 
personas propuestas,'; esta petición equivale á 
un desmembramiento de la soberanía real; 
cierto es que los Reyes nombran, pero dentro 
de ciertos límites; tienen que nombrar necesa- 
riaynente á una de las tres personas que Colón 
les proponga, es decir, que se deja á su arbitrio 
la elección de todos los funcionarios de la Coro- 
na que hayan de prestar servicio en los nuevos 
territorios; compréndese que el Monarca se 
resistiese á esta petición. 



— 145 — 

Coa tales dificaltades tropezó en la práctica 
esta concesión , que el Monarca se vio obligado 
á dejarla sin cumplir; quéjase de este incumpli- 
miento el inmediato sucesor de Cristóbal Colón 
en un documento importante, cual esa (.^Relación 
ó memorial de los agravios en que el Almirante 
de las Indias pide ser desagraviado: sobre que 
ay pleyto entre el y el Fiscal de Sus Majestades, 
año de 11497 y> (8) y son dignas de notarse algu- 
nas razones que acerca de ello da el Fiscal don 
Gonzalo Maldonado: laméntase el hijo de Colón 
de que aha sido agramado en auelle quytado de 
la posesión que su Padre e el han tenydo en el 
elegir de los dichos oficios^ porque el e su Padre 
elegian las personas que ueyan ser mas suficien- 
tes e de quyen mejor Vuestra Majestad hera ser- 
iado e aquellas tierras mejor rregidasr) y dice 
el Fiscal cdo qual es por el contrario^ después 
que le quebrantaron la dicha merced, porque 
como asi no se tiene noticia particular de las 
personas que alia abitan e de los que son ydo- 
neos e suficientes jjara los tales oficios^ han se 
proueido e dado a jjersonas que los uenden a 
quien mus da por ellos, e a otros que ni están 
auegindados en las dichas tierras ny tienen no- 
ticia del procomún de los pueblos dellas, ni amor 
ni noluntad de venir ny perseuerar en ellosa, y 
más adelante al refutar la cláusula segunda de 
las Capitulaciones confirmada por documentos 
posteriores, dice aque la ¡^rouision patente que 

JO 



— 146 — 

desto dice que tiene no le aprouecha, porque 
aquella fue nijuguna^ por se dar contra las 
leyes del Reino, que disponen, que de 
ofígios no se pueda fager merced per- 
petua.» 

Estas fueron las necesarias consecuencias de 
tales peticiones; explícase ahora la resistencia 
de Fernando el Católico á acceder á ellas. 



IV. 

La tercera petición es como sigue: 
Iten: que todas e cualesquier mercaderías^ 
siquier sean perlas, piedras preciosas ^ oro^ 
plata^ especeria e otras cualesquier cosas e mer- 
caderias de cualquier especial nombre e manera 
que sean, que se compren ^ trocaren^ hallaren, 
ganasen e hubieren dentro de los limites del 
dicho Almyrantadgo, que dende agora Vuestras 
Altezas facen Merced al dicho Don Crhistobal, e 
quieran que haga e lleve para si la degima 
parte de todo ello: por manera que de lo que 
quedare limpio e libre y haga o tome la decima 
parte para si mesmOj e haga della a voluntad; 
quedando las otras nueue partes para Sus AltC' 
zas.=Plage a Sus Altezas=^Juan Coloma. 

Ciertamente que merecía recompensa Colón 
por sus descubrimientos; verdad es que parece 
lógico y natural que el Almirante no se conten- 



— 147 — 

tase tan solo con títulos honoríficos, por más 
que llevaran anejos el percibo de crecidos dere- 
chos, y buscase positivas y pecuniarias recom- 
pensas; pero ¿es posible que estas recompensas 
consistan en lo que pide? nótese bien, que en la 
práctica había de ser dificilísimo satisfacerle: 
pide la décima parte de todas las rentas que á 
la Corona produzcan los nuevos territorios: es 
decir, que si había de cumplirse la petición, era 
preciso que el Almirante tuviese á su disposi- 
ción todos los libros de cuentos reales, y que 
interviniese en todas las operaciones de Hacien- 
da de la Corona: ¿cabe tal cosa? ¿es posible ac- 
ceder á tal petición, que somete á un particular, 
siquiera fuese de calidad tan insigne como 
Colón, toda la Hacienda de un Estado? 

Juiciosamente se negó á tal cosa la Corona, 
y, al fin, semejante derecho fué transigido por 
los descendientes del Almirante, que aceptaron 
una crecida pensión, renunciando sus derechos 
á la décima parte de las rentas; esto debiera 
haber pedido Colón, y con seguridad hubiese 
sido menor la resistencia del Monarca á suscri- 
bir las peticiones del descubridor. 

Pero hay más; en el documento citado ante- 
riormente, demuestra el Fiscal de Sus Majes- 
tades que tal concesión no debió hacerse, y es 
nula con arreglo á las leyes del reino ; vamos á 
transcribir el texto que es notabilísimo: dice 
que no se pudo hacer esta enajenación de ren- 



— 148 — 

tas, aporque segund leyes del ReynOj en especial 
por la ley del Ordenamiento de Alcalá ^ que 
uino á dar concordia entre las leyes de las Par- 
tidas del Fuero adonde ouo diuersas se^itencias 
sobre sy las rentas del Rey no , asi como la de 
niyneroSy e de puertos, e portadgos^ e salinas e 
ferreriaSy e otros metales_, e pechos, e tributos e 
otras cosas desta calidad, se podrían dar; e otras 
leyes decian que no se podían dar sino sola- 
mente por uida del Rey que les daua, la dicha 
ley del dicho Ordenamiento, dando concordia 
entre las dichas ley es ^ dispone que las dichas 
cosas de suso declaradas, si el Rey las diese á su 
natural e uasallo e uecino en su Reyno^ en tal 
caso uale la donación como la escriptura del 
priuillegio lo dixere; pero si la enagenacion o 
donación se ficiere en persona no natural ni 
íiecino del Reyno e estrangero del ReynOj en tal 
caso la donación e enagenagion de las dichas 
cosas, no uale ny deue ser guardada; de donde 
se concluye, que pues el dicho Don Crhistobal 
fera estrangero^ no natural ny uecino del Rey- 
nOj ny morador en el, segund la dispusicion de 
la dicha ley, la Merced que le fue fecha , aunque 
fuera para siempre e para sus ferederos, no 
ualio ny se deue guardar. y> 

Demuestra á condnuación que Colón era ex- 
tranjero, que no había ganado vecindad, que 
las leyes podían aplicarse á este caso, que la 
merced no estaba inscripta, en plazo legal, en el 



— 149 — 

libro de asientos de jaros, y que no se confirmó 
cuando los Reyes ordenaron que se confir- 
mase. 

De suerte que, extremando el argumento, 
podría sostenerse que la resistencia del Rey á 
negociar con Colón, es una enérgica negativa á 
violar las leyes del reino. 



La cuarta petición del descubridor, otorgada 
por los Reyes, está concebida en los siguientes 
términos: 

Otrosí j que si a cahsa de las mercaderías que 
el trahíra de las dichas Yslas e tierras que ansij 
como dicho es, se gaviaran o descohrieren ; o de 
las que en troque de aquellas se tomaren acá de 
otros mercaderes j naciere pleito cdguno en el 
lugar donde el dicho comercio e trato se terna e 
fara que si por la pree^ninencia de su oficio de 
Almyrante le pertenecerá conocer del tal pleyto, 
plega á Vuestras Altezas que el e su Teniente e 
no otro Juez conozcan del tal pleyto; e ansy lo 
prouean dende agora=Place á Sus Altezas si 
pertenece al dicho ofigio de Almyrante segund 
que lo tenia el dicho Almyrante Don Alonso 
Enrriquez e los otros sus antecesores en sus des- 
tritos e seyendo justo=Juan de Coloma. 

En la cláusula anterior llaman la atención 



— 150 — 

dos cosas: primero, lo absurdo de la petición; 
segundo, las frases con las que se otorga. 

Decimos que la petición es absurda; basta 
fijarse en ella para echarlo de ver; compréndese 
que el Almirante tenga jurisdicción civil y cri- 
minal en los puertos y ciudades del Almiran- 
tazgo; lo que no se comprende es que, en aque- 
llos asuntos en que el Almirante tiene interés 
como negociante, sea á la vez juez y parte: ¿qué 
garantías de imparcialidad tiene un juzgador 
así? ¿fallará en contra suya? 

Pero, además, resulta que no solamente pre- 
tende intervenir en los asuntos que se susciten 
en las Indias, sino en aquellos que pueden 
tener su origen en España y con mercaderes 
residentes en la Península. De suerte que, in- 
vada la jurisdicción del Almirante castellano; 
bien lo comprendió el Fiscal al decir en el do- 
cumento citado: (í mayormente que sy lo que 
pide se le otorgare^ no solo se faria cosa 7iueua, 
pero aun serya ynjusta^ al Almirante de Casti- 
lla^ que en su destrito e jurisdÍQÍon otro alguno 
usase de la tal jurisdÍQÍ07i, e que seria dalle 
jurisdigion en todas las Mares del mundo, jor- 
que en todas se trata e fage comercio para las 
Yndias^ lo qual serya cosa muy ahsurdar). 

Así lo comprendieron los Monarcas; por eso en 
vez de la acostumbra fórmula (fPlage á Sus Alte- 
zas: Joan de Coloma, dicen los Reyes, si pertenece 
al dicho oficio de Almyrante e seyendo justo. 



— 151 — 



En el pleito sostenido por el sucesor del Almi- 
rante, el Fiscal demuestra que no pertenece al 
dicho oficio; esta es otra de las cláusulas que se 
enmendaron y que no se cumplieron. 



VI. 

Llegamos á la última petición; dice así el 
documento otorgado por los Monarcas: 

Yten: que en todos los nauios que se armasen 
para el dicho trato e negociación, cada e cuando 
e cuantas vegas se armaren^ que pueda el dicho 
Don Crhistobal Colon si quisiere contribuir e 
pagar la ochava parte de todo lo que se gastare 
en el armazón^ ij que también haga e lleue del 
prouecho la ochava parte de lo que resultare de 
la tal armada=Place á Sus Attezas=Joan de 
Coloma, 

Era de tal suerte imposible cumplir lo man- 
dado en esta cláusula, que en 12 de Junio 
de 1497 dan los Reyes Católicos una Cédula, en 
la que ocupándose de esta cláusula, derogan lo 
en ella mandado (9). 

Desde luego se comprende que no cabe tráfico 
ni comercio, si una persona tiene el derecho de 
intervenir en todas las expediciones mercantiles 
que se realicen; y no ya por obligación, sino á 
voluntad suya; la cláusula lo dice claramente: 
cada e cuando e cuantas veges se armaren; la 



— 152 — 

complicación en las cuentas tenía que ser 
inmensa; la octava parte de cada expedición 
podía pagarla el Almirante y recobrar para sí la 
octava parte de las ganancias; además, antes 
había que sacar la décima y deducir las costas; 
no podía salir expedición alguna sin su consen- 
timiento; y por último, en el caso de haber 
cuestión ó pleito, este lo falla el mismo Almi- 
rante; compréndese que no fuese posible cum- 
plir semejante petición. 

La Cédula antes citada, es lo que en lenguaje 
mercantil se llama un corte de cuentas con el 
Almirante; los Reyes asientan en ella: 1.", que 
no se exija al Almirante cantidad alguna por 
las expediciones que se habían verificado hasta 
entonces, 1497; 2.°, que tampoco pida nada ni 
por el diezmo ni por el ochavo; 3.°, que por tres 
años, de las cantidades que vengan de los terri- 
torios descubiernos se saquen: 1.°, la octava 
parte para el Almirante, sin costas; 2,°, las 
costas; 3.°, de lo que quede se saque el diezmo; 
4.°, que pasado este tiempo, no perciba más que 
aquello á que tiene derecho por las otras cláu- 
sulas de la capitulación. 

Este acuerdo de los Monarcas tomado á los 
cinco años de extendidas las Capitulaciones, es 
el mejor comentario que puede ponerse á la 
ultima cláusula. 



153 — 



Yir. 



Hemos terminado el examen de las Capitula- 
ciones de Santa Fe; deduzcamos ahora las 
consecuencias; las peticiones formuladas por 
el descubridor, fueron rechazadas dos veces; 
hemos visto los textos de los escritores contem- 
poráneos en los que se dice, que la principal 
causa de ello eran las excesivas exigencias del 
navegante; el estudio de las Capitulaciones nos 
ha probado, que no solamente eran excesivas, 
sino imposibles de cumplir; el Monarca se 
resiste á aceptarlas; ¿debe ser censurado por esta 
resistencia? á nuestro juicio no; creemos que 
en aquella corte de espíritus vehementes y 
apasionados, prontos á discurrir con el corazón 
mejor que con la cabeza, Fernando el Católico 
fué el único que conservó la serenidad de espí- 
ritu y la rigidez y seguridad de pensamiento 
propios de un Monarca; si la empresa hubiese 
fracasado, el Rey hubiese sido en concepto de 
los historiadores un espíritu sobrenatural y 
clarividente, al negarse repetidas veces á las 
peticiones de Colón; triunfa éste en su empresa 
y el Rey es un espíritu vulgar y adocenado; 
¿es esta manera lógica de formular juicios his- 
tóricos? 

Sin embargo; el Rey, cuando ve la tenacidad 
de Colón, al no consentir la más pequeña varia- 



— 154 — 

cióa en sus peticiones, accede, firma las Capitu- 
laciones y protege el descubrimiento; es decir, 
no se encierra en inconcebible y absurda ter- 
quedad; antes por el contrario, resuelve el 
asunto después de haber puesto todos los me- 
dios para encauzarlo debidamente; no abandona 
el negocio, no se decide por la primera impre- 
sión, tantea, conferencia, procura traer á Colón 
á la realidad; cuando ve que no es posible y 
que el genovés se ausenta, que ya no hay tér- 
minos hábiles para negociar accede, ¿puede 
darse conducta más hábil y prudente? 

Para terminar transcribiremos un párrafo 
que el P. Ricardo Cappa, escribe en su obra 
Colón y los Españoles (10) en que se juzga la 
conducta del Monarca; dice así el eminente 
jesuíta: 

uPara nosotros el nombre de Colón es insepa- 
ble del de América] decir Colón^ y representár- 
senos el bello continente americano tendido de 
polo á polo sobre el azul del w.ar ofreciéndose al 
viejo mundOj es una misma cosa; pero no es 
éste el criterio con que debemos juzgar ni á Fer- 
nandOy ni á Isabel^ ni á Talavera. ¿Qué propo- 
nía Colón? Hallar por Occidente un camino más 
breve del que por Oriente intentaban los portu- 
gueses al Asia. Asunto, á la verdad, digno de 
consideración y acción; pero ¿qué podía valer 
para los españoles la Cipango del gran Khan en 
comparación del reino de Granada? ¿Podían 



— 155 — 

los Reyes de España distraer buques y caudales 
en una empresa que en nada respondía^ como 
la de Granada^ á las exigencias tradicionales y 
seculares de la nación enterad Cuando, con 
razón ó sin ella, habia en la corte un poderoso 
partido que la rechazaba^ ifira prudente imitar- 
lo':^ ¿Podía un religioso^, un prelado que fué el 
alma de esa guerra^ podía Talavera permitir 
que se debilitara en algo empleando los recursos 
nacionales en lo que no fuere derrocar de una 
vez para siempre á la media luna de las muslí- 
micas torres de Granada'? La empresa de Colón 
era de un orden secundario por la ocasión en 
que se presentó, por lo dudoso de la ejecución^ 
por lo problemático del resultado. n 




NOTAS AL CAPÍTULO VL 



(1) Inserta las Capitulaciones Las Casas en el ca- 
pítulo xxxiii de su Ristoria de las Lidias. El original 
del documento está en el archivo del Duque de 
Veragua. 

(2) Zurita — Ajiales, t. iv, lib. xx, cap. xxxiii — dice 
«que fué el Eey á Valencia á presentarse á la Ciudad 
después de la muerte de su padre , y entre las cosas 
que ordenó una fué «mandar secuestrar todos los bift- 
nes que fueron de Juan de Coloma, secretario del 
Rey su padre , y suyo , qne había sido llevado al cas- 
tillo de Játiva , y hizo el secuestro Luís Zapata , Co- 
mendador de Ares , de la orden de Montesa , y tomá- 
ronse á poder del Rey el castillo y lugares de la 
baronía de Alfajarín, que era del Secretario , tenién- 
dolo no sólo por inculpado de delitos muy graves, 
pero por convencido. Después fué llevado á la sala 
de Valencia y de allí se dio en fiador y fué á Toledo 
y declaró estar libre de las culpas que se le imponían 
y volvió á tener tanta privanza y favor del Rey como 
la tuvo del Rey su padre, cosa que acaecerá pocas 
veces. > 

(3) Número 37: esta obra la cita el Sr. Danvila en 
su obra El Poder civil en España, t. i, pág. 463. 



— 158 — 

(4) Loco citato. 

(5) El doctor D. Miguel Martínez del Villar, en su 
Tratado del Patronato, antigüedades, gobierno y varo- 
nes ilustres de la ciudad y comunidad de Calatayud, y 
su Arcedianado, parte 10.a, pág. 510, dice ^Juan Bioiz 
de Calcena. » Juan Ruiz de Calcena, Secretario también 
del Católico Rey D. Fernando , y de Calatayud. Por la 
eminencia de sus partes, alto juyzio, gran bondad y 
singular fe lengua y manos suyas. Y assi dignamente 
en el magnifico sepulchro de Alabastro que tiene en 
la capilla mayor de la iglesia de santa Clara de aque- 
lla Ciudad , donde jace sepultado se le puso este epi- 
tafio 

Hac Alabastri speciosa mole Joannis 

Roiz Calcenae corpus e osa iacent 

Cuius in arcanis Ferdinando cognita Regí 

Fama, Fides Prohitas lingua munus q. fuit 

(6) Navarrete, Colección Diplomática j t. iii. 

(7) Pág. 186. 

(8) Este documento está publicado en el tomo xtx 
de la Colección de documentos inéditos relativos al des- 
cubrimiento, conquista y organización de las antiguas 
posesiones españolas de América y Oceanía, sacados 
de los archivos del reino y muy especialmente del de 
Indias. Madrid, imprenta del Hospicio, 1873. Com- 
prende desde la página 305 á la 431. 

(9) La cédula está dada en Medina del Campo á 
12 de Junio de 1497. — La inserta el Fiscal Gonzalo 
Maldonado en el documento que en el texto se cita: 
tomo XIX, Col. de doc. inéd. de Indias, pág. 383. 

(10) Pág. 2, segunda edición. Madrid, 1887. 



CAPÍTULO VIL 



ORIGEN DE LAS CANTIDADES PARA REALIZAR 
EL DESCUBRIMIENTO. 



L 




UANDO los Reyes Católicos firmaron 
las Capitulaciones de Santa Fe, y en 
30 de Abril, extendieron las Cédulas 
y órdenes necesarias para que se lle- 
vase á cabo el descubrimiento, hubieron de dar 
á Cristóbal Colón los medios materiales que 
para realizar su proyecto había solicitado. 

Al llegar á este punto, los historiadores co- 
lombinos dicen que Luís de Santangel ade- 
lantó los fondos necesarios, pues era tal la esca- 
sez y penuria del Tesoro Real, y tales y tantos 
los gastos ocasionados por las guerras, que los 
Monarcas no disponían en aquella ocasión de 
cantidades, para entregarlas al navegante ge- 
no vés. 



— 160 — 

Y hé aquí resuelta al parecer, una de las 
cuestiones más obscuras y enredadas de la his- 
toria del descubrimiento: cierto es que gran 
parte de los historiadores de Indias y aun al- 
gunos documentos, así ló manifiestan, pero en 
cambio, hay tales variantes entre los escritores, 
que, á nuestro juicio, merece el asunto que nos 
fijemos en él y procuremos, si es posible, desen- 
redarlo y aclararlo. 

Y en este punto, creemos lo mejor ir presen- 
tando, en primer término, las opiniones de los 
escritores acerca de este particular. 

Hernando Colón dice tan solo, que, Santan- 
gel manifestó á la Reina aque él serviría á Su 
Alteza prestándola el dineroy» (1). 

El P. Las Gasas pone en boca de Santangel 
estas palabras: vmuy pequeño será el servicio que 
yo haré á vuestra Alteza y al Rey mi Señor, pres- 
tando el cuento (de maravedises) de mi casar> (2) 
y más adelante dice refiriéndose á las entre- 
vistas de Colón con los Pinzones y á ios auxi- 
lios pecuniarios que le prestaron estos aque 
con solo el cuento de maravedises que por los 
Reyes prestó Luis de Santagel, no podía despa- 
charsen (el apresto de las carabelas) (3). 

Oviedo dice en su Historia natural y gene- 
ral de las Indias, lib. ii, cap iv. Y porque avia 
necesidad de dineros para su expedición ^ a 
causa de la guerra^ los prestó para fager esta 
primera armada de las Indias y su descubrí- 



— 161 



miento, el escribano de ragion Luis de Sanct 
Ángel. 

Gomara, apunta una variante, en la noticia 
del préstamo: dice. ^cYpor que los Reyes no 
tenian dineros para despachar a Colon, les pres- 
tó Liiys de Sant Ángel, su escribano de ración, 
seis cuentos de maravedises, que son en cuenta 
mas gruesa Í6000 ducados» (4). 

Enfrente de estos textos, hay otros según los 
cuales, la cantidad la entregó Santangel tomán- 
dola del Tesoro de Aragón. 

Dice el cronista Blancas: aCúpoles (á los 
Reyes) por la bondad de Dios, la singularísima 
dicha, de que en su reinado, y lo que mas es, 
por su cooperación y a expensas suyas, queda- 
se abierto á nuestras carabelas el anchuroso mar 
Atlántico!) (5). 

Cita Blancas en su apoyo un texto del 
Marqués del Risco, que es más explícito toda- 
vía; dice así: (.^Los Reyes Fernando é Isabel con- 
i^eden primeramente á Colón para los gastos de 
su expedición ciento y setenta y seis mil 
reales de plata^ cuya suma no despreciable 
para aquella época, entregó el entonces Real Te- 
sorero de Aragón Gabriel /Sánchez a Luis de 
Santangel, escribano de raciones reales del 
mismo reino, prestándola á los Reyesi> (6). 

Dormer dice: « Y es de notar, que el primer 
dinero que se libró á Colón para tan gloriosa 
empresa, se sacó de la Thesoreria de Aragón. 

11 



— 162 — 

Bartolomé Leonardo de Argensola manifiesta 
que: d Considerólo en los principios el Rey con 
madurez (el asunto); y (por su mandamiento) el 
primer dinero con que los Reyes alentaron aquel 
insigne varón para la Empresa^ fué llevado de 
estos Reinos. Ansi consta de los papeles guarda- 
dos en la Tesorería general de Aragón^ y la 
cantidad por la libranza^ y por los demás reca- 
dos de aquel efecto: en cuyos Registros origina- 
les quedó anotado en esta forma: aEn el mes de 
Abril MCCCCLXXXXll, estando los Reyes Cató- 
licos en la Villa de Santa Fe, cerca de Granada 
capitularon con D. Crhistobal Colon, para el 
primer viage de las Indias; y por los Reyes lo 
trató su secretario Juan de Coloma. Y para el 
gasto de la Armada presto Luis de Santangel 
escribano de raciones de Aragón diez y siete m,il 
florines^ (7). 

Transcribiremos para terminar con la exposi- 
ción de los textos, las opiniones de dos eminen- 
tes historiadores del presente siglo. 

Dice Prescott: (^El recaudador Santangel ade- 
lantó las sumas necesarias^ de las re7itas de 
Aragón depositadas en su poder (8), y agrega 
Washington Irving: aEl dinero fué realmente 
tomado de las arcas de Aragón; Santangel ade- 
lantó 11000 florines, tomados del Tesoro del Rey 
Fernando (9). 



— 163 — 



11. 



Presentados ya los textos de los escritores, 
veamos los documentos: el Sr. D. Tomás Gon- 
zález, comisionado en 1824 por el Rey Fernan- 
do Vil, para el reconocimiento, arreglo y des- 
pacho del Real Archivo de Simancas, transcribe 
los documentos que allí existen acerca de las 
cantidades dadas por los Reyes á Colón: respec- 
to al punto que nos ocupa, existen dos documen- 
tos: dice así la certificación del Sr. González (10): 

<íEn un libro de cuentas de Luis de Santangel 
y Francisco Pinelo, Tesoreros de la Hermandad 
desde el año i491 hasta el de iA9S ^ en el fini^ 
quito de ellas se lee la partida siguiente: 

(.íVos fueron recibidos e pagados en cuenta un 
cuento é ciento cuarenta mil maravedis que dis- 
te por nuestro mandado al Obispo de Avila^que 
agora es Arzobispo de Granada, para el despa- 
cho del Almirante D. Cristóbal Colono. 

En otro libro de cuentas de Garda Martinezy 
Pedro de Montemayor, de las composiciones de 
Bulas del Obispo de Falencia del año i484 en 
adelante^ hay la partida siguiente: 

<íDió y pagó 7nas el dicho Alonso de las Cabe- 
zas (Tesorero de la Cruzada en el obispado de 
Badajoz) por otro libramiento del dicho Arzo- 
bispo de Granada, fecho 5 de Mayo de 92 años 
á Luis de Santangel, Escribano de Ración del 



— 164 — 

Rey Nuestro Señor, e por el á Alonso de Ángulo, 
por virtud de un poder que del dicho Escribano 
de Ración mostró , en el cual estaba inserto dicho 
libramiento y doscientos mil maravedis, en cuen- 
ta de quatrocientos mil en el, en Vasco de Qui- 
roga, le libró el dicho Arzobispo por el dicho li- 
bramiento de dos cuentos seiscientos cuarenta 
mil maravedis que hobo de haber en esta mane- 
ra: un cuento e quinientos mil maravedis para 
pagar á D. Isag Abraham por otro tanto que 
prestó á Sus Altezas para gastos de la guerra^ e 
el cuento ciento quarenta mil maravedis restan- 
tes para pagar el dicho Escribano de Ración en 
cuenta de otro tanto que prestó para la paga de 
las Carabelas que sus Altezas ^ mandaron ir de 
avanzada á las Indias^ e para pagar á Cristóbal 
Colon que va en la dicha armada. 



IIT. 



Tales son los datos que pueden aducirse para 
formar juicio en esta cuestión. 

La mayoría de los textos afirman que Luís 
de Santangel prestó la cantidad que se entregó 
á Colón: si esta conformidad fuese completa, la 
cuestión podría darse por resuelta; pero discre- 
pan los textos aducidos, en primer término en 
la cantidad que prestó, en segundo, y esto es 
de más importancia, en la intervención de per- 



— 165 — 

sonas distintas de Santangel, en la dación del 
préstamo. 

Hay quien dice que el dinero no lo dio San- 
tangel de sus propios bienes, sino que lo tomó 
de las cantidades que tenía en su poder, pertene- 
cientes á la Corona de Aragón; hay quien dice 
que este dinero lo entregó previamente á San- 
tangel el Tesorero Gabriel Sánchez; de suerte 
que las opiniones pueden reducirse á tres: 

1.^ Santangel realiza el préstamo, de su pro- 
pio peculio. 

2.* Santangel da el dinero de las cantidades 
que tiene en su poder. 

3.* Santangel recibe el dinero de Gabriel 
Sánchez, Tesorero de la Corona de Aragón. 

En los casos segundo y tercero, es evidente, 
que para que pudiese realizarse la entrega de 
las cantidades, debió mediar orden expresa del 
Rey D. Fernando; no se concibe que sin auto- 
rización del Monarca, dispongan de cantidades 
pertenecientes á la Corona ni Santangel ni 
Gabriel Sánchez; en estos dos casos, Santangel 
obra como funcionario administrativo; en el 
piimero como un particular, desprendido y 
leal, que no vacila en adelantar una cantidad á 
los Reyes en calidad de préstamo. 

De modo, que, al parecer, hay incompatibili- 
dad entre los dos casos: Santangel obró como 
particular ó como funcionario administrativo*,, 
una hipótesis excluye la otra. 



— 166 — 

Es de notar, que los escritores castellanos, son 
los que con más claridad afirman que Santan- 
gel prestó el dinero sin mandato ni intervención 
de nadie; y por el contrario, los aragoneses, 
son los que afirman que tomó el dinero de 
manos de Gabriel Sánchez, y por tanto, del 
Tesoro del Rey; y no aducimos esta observa- 
ción, para deducir que los castellanos ponen 
empeño en quitar á Aragón esta gloria, y por 
el contrario, los aragoneses en reivindicarla, 
porque en ninguno de ellos se ve tal deseo; 
refieren el hecho sin comentarios; la aducimos, 
porque es posible que la diferencia en la afir- 
mación, resulte del mayor conocimiento que los 
aragoneses tienen de este asunto, por ser arago- 
neses los funcionarios de la Corona de Aragón 
que intervienen en él y de cuyas atribuciones 
y deberes hay que suponer lógicamente más 
enterados á los aragoneses, que no á los cas- 
tellanos. 

Por esta razón, pensamos al fijar nuestra 
atención en este asunto, que acaso no resultaría 
inútil para esclarecerlo, estudiar la organiza- 
ción de la Hacienda aragonesa y las atribucio- 
nes y deberes del Secretario de Ración, pues 
tal vez este estudio pudiese desvanecer algunas 
de las sombras en que está envuelta la cuestión. 

Y después de practicadas estas investigacio- 
nes, nos atrevemos á exponer una hipótesis, 
que tan solo á título de tal pueda hoy admi- 



167 — 



tirse; ciertamente donde no existen dudas, por 
haber fundamentos claros y explícitos, no cabe 
formular presunciones, pero sí cuando hay 
diversos pareceres y diferentes juicios. 



IV. 



La organización de la Real Hacienda arago- 
nesa^ es una de las materias menos estudiadas 
en la época presente; todo el ardor regional por 
nuestras antiguas leyes, se consume y gasta en 
el campo del derecho civil; apenas osa nadie 
penetrar en las tendencias, detalles y principios 
de nuestro antiguo derecho político y adminis- 
trativo; verdad es, que para las necesidades de 
la vida jurídica actual, tan solo el derecho civil 
tiene aplicación, pero tal circunstancia, no 
debiera hacer -que se abandonara el estudio de 
los demás aspectos de nuestras inmortales 
leyes; no podemos pedir que los abogados — en 
el sentido estricto de la palabra, esto es, los 
que ejercen dicha profesión — se dediquen á tan 
arcaicas investigaciones, pero sí debieran ser 
estas tarea preferente de los eruditos, historia- 
dores y corporaciones científicas aragonesas. 

La Hacienda aragonesa , puede considerarse 
como modelo en su época, y aun en la presen- 
te, hay no pocos principios que podrían ser 



168 — 

Utilizados y tenidos en cuenta por nuestros le- 
gisladores (11). 

El jefe de la Hacienda aragonesa, es el Mes- 
tre racional^ cargo equivalente al de Ministro 
en la actual organización administrativa, y que 
se ha confundido por algunos escritores colom- 
binos con el de Secretario de ración ó racional 
que es totalmente distinto: así hemos visto que 
algunos escritores, adjudican con equivocación 
palmaria á Luís de Santangel, el título de Mes- 
tre racional confundiendo los dos cargos. 

El Mestre racional, no abandona nunca el ter- 
ritorio aragonés: es el Jefe superior de la jerar- 
quía administrativa; bajo su mando están el 
Tesorero, los escribanos ó secretarios de racio- 
nes, los bayles, procuradores generales, vegue- 
res y administradores subalternos. 

El Mestre racional, lleva tres libros: 1.° Libra 
de anotaciones comunes, donde constan todas 
las cantidades recaudadas por los oficiales infe- 
riores; 2.° Libro de Albarán de cuentas, en el que 
se registran los cargos y datas y las cuentas 
saldadas; y 3.° Libro ordinario, donde constan 
los resúmenes de las cuentas y las cantidades 
de que puede disponer el Monarca: este libro es 
secreto y tan solo puede examinarle el Rey. 

Inmediato en jerarquía está el Tesorero; este 
cargo en 1492 estaba desempeñado por Gabriel 
Sánchez; el Tesorero recibe las cantidades en 
depósito y las entrega mediante airarán ó reci- 



— 169 — 

bo, á aquellas personas á quienes se hacen los 
pagos, ó bien á los funcionarios que han de in- 
tervenir en ellos; no tiene más oñcio, ni ofrece 
particularidades el cargo. 

Llegamos al Escribano de ración; las leyes 
aragonesas establecen una distinción fundamen- 
tal acerca de las atribuciones de este funciona- 
rio, según está el Monarca en paz ó en guerra; 
en tiempo de paz, es el jefe de Hacienda de la 
Casa Real: en el libro llamado Carta de ración^ 
apunta el nombre y sueldos de todos los fun- 
cionarios de la corte, domésticos, número de 
caballerías ó acémilas etc., en el Libro de notas 
lleva un inventario de los enseres, joyas, reli- 
quias y ornamentos de capilla, y en el Libro de 
cuentas^ apunta los restantes gastos de la casa 
del Rey; no se extienden sus deberes á la per- 
sona del Rey, ese es oficio del Mayordomo, se 
limitan á la Gasa Real. 

Estas atribuciones las tiene el Secretario en 
circunstancias normales, y en tiempo de paz; 
pero en tiempo de guerra, cuando el Monarca 
abandona el reino, el cargo sufre tal modifica- 
ción, que se transforma completamente: como 
el Mestre racional no sale del reino, el Escriba- 
no de raciones ocupa su puesto, y á los cargos y 
deberes referidos, se agregan, todas las atribu- 
ciones del Jefe superior de la Hacienda, de 
suerte, que si con una frase quisiéramos expre- 
sar la idea de esta transformación, podríamos 



— 170 — 

decir, que en tiempo de guerra, es el Escribano 
de raciones un Ministro de Hacienda ambulan- 
te, que va agregado siempre al Monarca; en su 
virtud, interviene en todos los pagos que el Rey 
ordena, y todas las cantidades que salen del 
Tesoro, tienen que pasar necesariamente por su 
mano. 

Por eso los textos que hemos citado, dicen 
que Gabriel Sánchez entregó los fondos á San- 
tangel, y que este los dio ó bien directamente á 
Colón según unos autores, ó bien al Obispo de 
Ávila Fray Hernando de Talavera, para que á 
su vez los entregase al Almirante, como se dice 
en la nota puesta al libro de cuentas de Luís 
de Santangel y Francisco Pinelo, que hemos 
transcrito. Dados estos antecedentes, cabe esta- 
blecer la siguiente hipótesis. 

El Tesoro castellano está agotado por los gas- 
tos de la guerra; el Tesoro aragonés tiene fondos, 
cuya existencia no conocen los castellanos, por 
el secreto con que en Aragón se llevan las 
cuestiones de Hacienda; el Rey ordena á su 
Tesorero Gabriel Sánchez la entrega de fondos; 
Gabriel Sánchez los da á Santangel, que por 
razón de su cargo tiene que intervenir necesa- 
riamente en la operación; Santangel los recibe 
y los da á Colón ó á Talavera, y de esta inter- 
vención, mal apreciada por los historiadores 
y aun por contemporáneos del mismo Colón, 
y aun acaso por el mismo Colón, brota la idea 



— 171 — 

de que Santangel los entrega de su peculio par- 
ticular. 

En cuanto á la devolución de la cantidad 
dada, tenía necesariamente que seguir los mis- 
mos trámites; no se devuelve el dinero directa- 
mente á Gabriel Sánchez, sino por intermedio 
de Santangel; por eso, en el documento inserto 
en que se da cuenta de la devolución, se dice 
así; de modo que toda la dificultad se resuelve 
con esta hipótesis; y se explica que los escrito- 
res hayan confundido actos de un funcionario, 
en el ejercicio de su cargo, con actos de un 
particular. 

Nótese que ningún texto indica que Santan- 
gel, al hacer el préstamo, ingresase los fondos 
en el Tesoro, como parece natural, sino que 
por el contrario, se dice que Gabriel Sánchez 
los entrega á Santangel; si Santangel hubiese 
adelantado los fondos de sus propios bienes, 
¿qué necesidad había de que interviniese para 
nada el Tesorero? 

Toda la dificultad está en el verbo prestó; tal 
vez pudiera explicarse el empleo de dicho voca- 
blo; en el reinado de los Reyes Católicos, había 
separación completa en las Haciendas de Ara- 
gón y Castilla; para las empresas comunes á los 
dos reinos, contribuían los dos poniéndose de 
acuerdo; para los gastos peculiares de cada uno, 
cada cual atendía á sus necesidades; trátase de 
una empresa que va á emprenderse; el Tesoro 



— 172 — 

castellano eslá exhausto; entonces el Tesoro 
aragonés presta al castellano, pero presta por 
intermedio de Santangel, en esta ocasión repre- 
sentante del Tesoro aragonés, y dicen los docu- 
mentos prestó; esto es, el Tesoro aragonés _presíá 
al Tesoro castellano; después los historiadores 
tergiversan esta cuestión como tantas otras, y 
convierten un préstamo del funcionario repre- 
sentante, en préstamo particular del servidor 
aragonés. 

El documento con que el Tesorero aragonés 
anota la salida de los fondos, lo conocemos im- 
perfectamente, por la cita que de él hace Argen- 
sola: no se conoce el documento en que el Te- 
sorero aragonés anota la devolución: tal vez el 
estudio de estos dos documentos origrinaíes acla- 
rase la cuestión; hemos tratado de averiguar si 
existen; consultado el Sr. BofaruU, erudito 
archivero del Archivo de la Corona de Aragón, 
por un querido amigo y compañero nuestro nos 
dice: aEn el Archivo de la Corona de Aragón, 
no existen cuentas de la Tesorería de los Sobe- 
ranos que reinaron en diferentes épocas^ y en 
caso de existir alguna^ podría tal vez hallarse 
en el archivo del Maestre racional que, des- 
pués de un incendio que sufrió recientemente^ 
fué trasladado en el mayor desorden á los bajos 
del edificio de la Capitanía General de Barcelo- 
na, donde sigue poco menos que inútil del todo.i> 

Sin comentarios; pueden tomar nota de ello 



— 173 — 

ios extranjeros que acudan al Centenario, para 
elogiar nuestra previsión, cuidado y amor á las 
fuentes históricas. 

Tales son los datos, que acerca del origen de 
los fondos para realizar la empresa del descu- 
brimiento, hemos podido allegar: no es cues- 
tión resuelta: señalamos esta investigación á 
los eruditos, como campo apropiado para ejerci- 
tar su actividad; tal vez nuevos estudios ven- 
gan á ilustrarla y á resolverla. 

De todas suertes, sea un particular el presta- 
mista, sea el Tesoro, lo cierto, -lo innegable, lo 
incontrovertible, es que un aragonés dio los fon- 
dos necesarios y que de Aragón salieron: es por 
consiguiente, un título de gloria para nuestro 
reino, el haber contribuido ala realización de la 
empresa, aportando entre otras cosas, los me- 
dios materiales para realizarla. 



NOTAS AL CAPÍTULO VIL 



(1) Historia del Almirante, cap. xiii. 

(2) Historia de las Indias^ cap. xxxii. 

(3) Historia de las Indias, cap. xxxiv. 

(4) Historia de las Indias, cap. xv, Ǥ Lo que tra- 
bajó Cristóbal Colón por ir á las Indias,» pág. 167, 
tomo XXII de la Biblioteca de Autores Españoles de 
Rivadeneyra. 

(5) Comentarios de las cosas de Aragón, pág. 242 de 
la edición publicada por la Biblioteca de Escritores 
Aragoneses, que edita la Diputación de Zaragoza. 

(6) No dice Blancas de cuál obra del Marqués del 
Risco toma la cita; Latassa, en su Biblioteca, en el ar- 
tículo dedicado á Mi^er Miguel Luys de Santangel, 
cita la obra así: Discep. Jise, de Jiir. Maiestat.,pág. 35, 
núm. 28; no he podido ver el libro del Marqués, ni se 
ha encontrado en la Biblioteca Nacional, ni en la de la 
Academia de la Historia, donde lo han buscado algu- 
nos amigos á quienes rogué que evacuasen la cita. 

(7) Anales, lib. i, cap. x. 

(8) Historia del reinado de los Reyes Católicos, ca- 
pítulo XVI. 

(9) Vida de Colón, tomo i. 

(10) Esta certificación , con los documentos trans- 



— 176 — 

criptos , está publicada en el tomo xix de la Colección 
de docimientos inéditos del Archivo de Indias, publica- 
dos por D. Luís Torres de Mendoza, pág. 456. 

(11) Los datos que aparecen en el texto acerca de 
la Hacienda aragonesa y las atribuciones y deberes 
de sus funcionarios, están tomados de las Ordinagio- 
nes que los Monarcas aragoneses redactaron para go- 
bierno de la Casa Keal; estos curiosísimos documen- 
tos, han sido publicados por D. Próspero de BofaruU 
y Mascaró en la Colección de documentos inéditos del 
Archivo de la Corona de Aragón, tomos v, vi y vii. 



CAPÍTULO VIII. 



ÚLTIMOS SUCESOS HASTA LA SALIDA DE COLON 



I. 




SÍ como hemos visto que repetidas 
veces habíase negado el Monarca ara- 
_ gonés á conceder á Cristóbal Colón 
^ los títulos, honores, y derechos que 
el genovés pedía, en el momento en que 
suscribió las Capitulaciones de Santa Fe, lejos 
de oponer ningún obstáculo á la realización de 
sus ]3lanes, ayudó con toda eficacia y energía 
al futuro descubridor, para la pronta realiza- 
ción del descubrimiento. Y compréndese que 
así tenía que suceder; vaciló el Monarca ante 
las exigencias del Almirante; pero en el mo- 
mento en que accede á sus peticiones, y toma 
bajo su gobierno y dirección la empresa, había 
de ayudarle y procurar remover todos los obs- 
táculos, que á la realización del proyecto se opu- 
sieran. 

12 



— 178 — 

Sin embargo, de que esta conducta es lógica j 
natural, la ceguedad de algunos colombinos y 
su afán de descartar la ñgura del Monarca de- 
toda intervención en el descubrimiento, es tal, 
que no vacilan en afirmar lo contrario, supo- 
niendo que tan solo la Reina dirigió el asunto 
desde las Capitulaciones. 

No hay prueba de semejante afirmación; vése 
por el contrario, que todas las órdenes que se 
dictan para facilitar el armamento de las cara- 
belas, van suscriptas por los dos Monarcas, y 
lo que es más notable, por el Secretario arago- 
nés Juan de Goloma: de suerte que no cabe su- 
poner este apartamiento del Rey, cuando es su 
Secretario y no el Secretario castellano, el que 
sigue entendiendo en el asunto. 

En ninguno de los historiadores de Indias, 
encuéntrase texto alguno que pueda fundamen- 
tar la opinión contraria: todos dicen que Ios- 
Reyes, proveyeron á Colón de los despachos y 
órdenes necesarias para realizar su empresa, 
sin hacer especial mención de la Reina. Rápi- 
damente, reseñaremos los sucesos que tuvieron 
lugar desde las Capitulaciones de Santa Fe, 
hasta la salida de Colón del puerto de Palos: 
al referirlos, intentamos tan solo poner de 
manifiesto que los Reyes, lejos de tomar con ti- 
bieza el negocio, ayudaron á Colón en todo lo- 
que pudo depender de su iniciativa y resolu- 
ción. 



179 



II, 



Las Capitulaciones, se firmaron como ya sa- 
bemos en 17 de Abril de 1492: en 30 del mismo 
mes y para despacho del Almirante, se dictan 
los siguientes documentos: 

1." Carta confirmatoria del titulo de Almi- 
rante para Colon, sus herederos y sucesores. 

2° Cédula Real para que no lleven derechos 
de las cosas que se sacaren de Sevilla^ para las 
carabelas que lleve Cristóbal Colon. 

3.° Provisión para que á Cristóbal Colon que 
iba con tres carabelas a acer las partes del Océa- 
no^ se le facilitase cuanto pudiese necesitar para 
repararlas y proveerlas de madera^ víveres, pól- 
vora^ pertrechos etc., pagándolo todo á precios 
razonables, 

4.** Provisión de los Reyes, mayidando sus- 
pender el conocimiento de los negocios y causas 
criminales^, contra los que van con Cristóbal 
Colon, fasta que vuelvan. 

5.° Provisión para que los habitantes de Pa- 
los den dos carabelas, á que habiayí sido conde- 
nados por cosas hechas en deservicio 
de los Reyes. Las carabelas habian de estar 
á disposición de los Monarcas, bastecidas de 
todo lo necesario, por doce meses. 

Esta provisión, según testifica Francisco Fer- 
nández, escribano público de Palos, fué leída en 



— 180 — 

23 de Mayo, en la iglesia de San Jorge de Palos, 
ante Fray Juan Pérez, Cristóbal Colón y los re- 
gidores y alcalde de Palos. 

Provisto de todos estos documentos y de car- 
tas de los Reyes recomendándole al gran Khan 
y á los restantes Príncipes de la India, partió 
Colón de la corte: no se sabe positivamente el 
itinerario que siguió: dirigióse á Palos, y en 
23 de Mayo, dio conocimiento de las órdenes 
que llevaba consigo al Alcalde y regidores del 
puerto: acataron estos las órdenes recibidas, 
pero tropezó el Almirante con la resistencia 
pasiva de los marineros, que no se atrevían á 
lanzarse á una empresa de dudoso éxito y por 
mares desconocidos. 

Mientras gestionaba Colón en Palos el apres- 
to de la expedición, la Reina daba al Almirante 
un elocuente testimonio de su real aprecio: en 8 
de Mayo de 1492, dicta un alhalá, nombrando á 
Diego Colón hijo legítimo del descubridor, paje 
del Príncipe D. Juan: dos circunstancias son dig- 
nas de observarse en este documento: lo encabe- 
za y firma la Reina solamente: dice el encabeza- 
miento «Yo la Reyna fago saber á vos el mi Ma- 
yordomo etc., y lo suscribe Fernando Alvarez de 
Toledo, Secretario de nuestra Señora la Reyna: 
es decir que el wiico documento, que nada tiene 
que ver con la empresa de Colón, sino que es 
una merced particular, es el único que firma la 
Reina y su Secretario, todos los demás van fir- 



- 181 — 

mados por los dos Monarcas y autorizados por 
Juan de Goloma ó por un Secretario del Rey e 
de la Re y na. 

En 15 de Mayo se dicta otra cédula ordenando 
que (íCristohal Colon pueda sacar y llevar para 
su viage las provisiones ^ mantenimientos , per- 
trechos, jarcias, etc., que comprase ^ sin pagar 
derecho alguno: nótese que ya anteriormente ha- 
bían dado los Monarcas dos cédulas con objeto 
de facilitar el armamento de las carabelas: en 
una se ordena que pueda tomar de Sevilla las 
cosas que necesite, sin pagar derechos; en otra 
pagándolos á precios razonables; esta tercera es 
más amplia, puede tomar lo que necesite sin 
pagar derechos, no ya de Sevilla, sino de cual- 
quier villa ó ciudad del reino; es decir, que á 
medida que va siendo necesario proteger con 
mayor eficacia al navegante, dictan los Reyes 
las órdenes necesarias para ello. 

Colón proseguía en Palos sus tentativas para 
organizar la expedición, eficazmente auxiliado 
por el P. Fray Juan Pérez; después de exami- 
nar las naves surtas en el puerto y viendo que 
sus dueños no se prestaban de buen grado á 
cederlas, formalizó el embargo contra dos de 
ellas, que autorizó el Escribano Alonso Pardo; 
mas la dificultad principal estaba en la resis- 
tencia de los marinos á alistarse; acude Colón á 
los Reyes y estos envían á su con ti no Juan de 
Peñalosa, á fin de que obligue á los marineros 



— 182 — 

á obedecer las órdenes reales; en Guadalupe á 
20 de Junio de 1492, dictan los Reyes una 
Sobre-carta dirigida á Juan de Peñalosa; la 
firman los dos Monarcas y la autoriza Ferran 
Dalvarez de Toledo, Secretario del Rey y de la 
Reina; en ella se ordena al contino, que obligue 
á los Corregidores asistentes^, Alcaldes^ etc. de las 
Villas é logares de la costa de Andalucia á cum- 
plir la Cédula de 30 de Abril, que se inserta en 
la Sohre-carta; dicen los Reyes que la haga 
obedecer en Palos, é costringades á los maestres 
e gentes deltas que fueren menester ^ que vayan 
con él. 

Los esfuerzos de Peñalosa también se estre- 
llaron contra la resistencia pasiva de los mari- 
neros; nuevamente pide Colón á los Reyes que 
le auxilien; envían estos al Coi-regidor Juan de 
Cepeda con terminantes órdenes, y se dispone 
la artillería de la fortaleza de Palos á apoyar 
las prescripciones reales; todo fué inútil; las 
carabelas que Colón había embargado, fueron 
abandonadas por los tripulantes; llegó la resis- 
tencia de estos hasta el extremo de ausentarse 
de Palos, para no ir al descubrimiento: á ins- 
tancias de Colón, le autorizan los Reyes para 
que tripule las naves con los presos de la cárcel 
de Palos; antes habían suspendido el conoci- 
miento de toda causa, contra los que fuesen en 
la expedición; no acudió Colón á este medio y 
puede asegurarse que fué su salvación; el 



— 183 — 

Escribano Alonso Pardo manifestó que <Uenia 
á Colon por muerto desde el momento en que se 
embarcase en las naos-a y ciertamenle tenía 
razón el Escribano; si Colón se pone á la cabeza 
•de semejante tripulación, es dudoso que hubiese 
llegado vivo á las Canarias; para completar la 
escuadrilla, trató el Almirante de adquirir una 
nao mandada por un piloto vizcaíno llamado 
Juan de la Cosa; no es cosa averiguada si 
llegaron á un acuerdo; entonces el P. Juan 
Pérez, trató de relacionar á Colón con otros 
marinos de Palos, que tal vez podrían facilitar 
el logro de la empresa; eran los hermanos 
Pinzones. 

No vamos á detenernos á estudiar la inter- 
vención de los Pinzones en el descubrimiento; 
sabido es el distinto criterio con que es juzgada; 
hay quien pretende que tan solo fueron meros 
auxiliares del navegante genovés; otros les 
asignan papel más importante y los consideran 
como co-autores del descubrimiento; para nues- 
tro objeto, nada interesa determinar este punto; 
lo cierto es que ayudaron de tal suerte al Almi- 
rante, que desde su intervención, van des- 
apareciendo y venciéndose todos los inconve- 
nientes. 

Eran los Pinzones marinos esforzados y 
valientes; pronto participaron de los entusias- 
mos del genovés, y se decidieron á acompañarle 
personalmente en la expedición; el hermano 



— 184 — 

mayor Martín Alonso Pinzón, parece que presta 
medio cuento de maravedís para completar el 
equipo de las naves, pues no bastaban los fon- 
dos que Colón había traído; por su consejo se 
abandonaron las dos naos embargadas, se ulti- 
mó el contrato con Juan de la Cosa y se toma- 
ron otras dos pertenecientes á vecinos de Palos; 
Martín Alonso animó á los marineros á tomar 
parte en la empresa, y pronto merced á su 
influjo, estuvieron armadas y equipadas las tres 
naves y con la marinería necesaria para tripu- 
larlas. 

El Almirante arboló en la Santa María el 
pendón Real; era la nave de Juan de la Cosa- 
Martín Alonso Pinzón mandaba La Pinta donde 
iba de piloto su hermano Francisco Martín 
Pinzón, Vicente Yañez Pinzón dirigía La Niña. 

En los primeros días del mes de Agosto, la 
armada estuvo dispuesta; el día 2 confesaron 
y comulgaron los tripulantes; en la madrugada 
del día 3 las carabelas, sueltas las amarras, 
surcaron la inmensa llanura del Océano; el 
sueño de Colón estaba cumplido; comenzaba el 
primer viaje. 



CONCLUSIÓN. 




EMOs terminado; no intentamos re- 
sumir ahora las investigaciones ex- 
puestas, aunque sí afirmar las ver- 
dades que de ellas se deducen. 
La gloria de haber concebido la idea de buscar 
un nuevo camino para las Indias, por el Occi- 
dente, pertenece íntegra á Colón; esta idea pug- 
naba con las nociones científicas de su época, y 
fué el resultado de investigaciones personales y 
de juicios acertados acerca de textos de autores, 
indicios de navegantes y observaciones propias 
del descubridor; Colón maduró lentamente su 
plan;' no fué la idea del descubrimiento cual 
chispa eléctrica que salta repentinamente en 
las negruras del cerebro; fué corriente con- 
tinua que se produjo en aquella inteligencia y 
le hizo moverse á realizarla. 



— 186 — 

Colón fué rechazado en Portugal; apenas 
llega á España el navegante, encuentra protec- 
tores; el Duque de Medinaceli impide que pase 
á Francia; sin las promesas del magnate caste- 
llano, las Indias no hubiesen sido españolas. 

Desde el instante en que los Reyes tienen 
noticia del proyecto, fijan en él su atención y 
llaman al proyectista; tuvo enfrente de sí la 
oposición natural que suscita toda idea desco- 
nocida y no bien explicada; la ocasión en que 
la expuso no era la más oportuna;.sin embargo, 
no se rechazó al navegante. 

En Salamanca, la ciencia española apadrinó 
el proyecto; los Reyes oyeron la opinión de los 
sabios; allí quedó resuelta la cuestión científi- 
camente. 

En la corte halló Colón protectores; entre el 
grupo que forman estos, descuellan los arago- 
neses: Santangel, Coloma, Gabriel Sánchez y 
Cabrero, ayudaron al genovés é intervinieron 
en las negociaciones de tal suerte, que contri- 
buyeron eficazmente á su feliz resultado; de 
Aragón procedieron los fondos necesarios para 
realizar la empresa. 

La Reina acogió favorablemente al descubri- 
dor; de acuerdo con su esposo, trató de realizar 
el descubrimiento. 

El Rey vio desde el primer instante en que 
tuvo noticia del proyecto, su importancia y 
transcendencia; con exquisito tacto político, 



— 187 — 

sorteó las dificaltades que su realización inme- 
diata presentaba; con severa y viril energía se 
opuso á las desmedidas peticiones del descu- 
bridor; con entereza le ayudó una vez aceptado; 
si el Rey se hubiera opuesto, ni la Reina ni los 
cortesanos hubiesen torcido su voluntad; el 
descubrimiento de América se debe al Rey 
Católico. 









APÉNDICE. 



LUÍS DE SANTANGEL. — JUAN DE COLOMA. — GABRIEL 
SÁNCHEZ. JUAN CABRERO. ^ 




STANDO ya escrito — aunque no dado á 
la imprenta — gran parte de este libro, 
aparecieron en la revista titplada El 
Ce?iíena)'io unos eruditísimos artículos 
del académico P. Miguel Mir titulados Lifluen- 
cia de los aragoneses en el descubrimiento de 
América: nada he de decir en su elogio, pues 
basta la firma colocada al pie de los mismos, 
para acreditarlos en el mundo científico; con- 
forme con la casi totalidad de las conclusiones 
á que llega el eminente académico, no puedo 
menos de transcribir algunos párrafos de tan 
brillante y profundo estudio, para completar 
loque en el texto se dice, acerca délos aragone- 
ses que intervinieron en el descubrimiento: los 



— 190 -— 



datos biográficos que el P. Mir presenta, son 
curiosísimos, y dignos de que se extiendan y 



vulgaricen. 



Luís de Santangel. 

«La casa de Santangel era una de las más ricas 
y poderosas que había en Aragón á últimos del 
siglo XV y principios del xvi. Oriunda de Gala- 
tayud, había logrado extenderse extraordinaria- 
mente, como quiera que se la encuentra en Za- 
ragoza, Barbastro, Teruel, Alcañiz y otras ciu- 
dades aragonesas y aun en algunas valencianas. 
Gomo tantas otras familias qne lograron levan- 
tarse en aquellos días á las cumbres más altas 
del poder y de la influencia política, social y 
aun religiosa, era procedente del judaismo. Los 
Santangel fueron generalmente juristas, pues en 
las historias y papeles del tiempo llevan por lo 
común el título de micer^ que, como es notorio, 
se daba en Aragón á los abogados, doctores en 
leyes y magistrados. Gracias á su actividad é 
influencia no sólo habían logrado borrar el 
vicio de su origen, sino gozar de prestigio y 
poder universal, invadiéndolo casi todo, los tri- 
bunales, la Diputación, el Ayuntamiento de 
Zaragoza, el palacio de los Reyes, lo civil y lo 
eclesiástico, la Corte, la Iglesia y la Magistra- 
tura. En los documentos de aquel tiempo halla- 



— 191 — 



mos con el apellido de Santangel un Embaja- 
dor, un Obispo, dos Priores de órdenes monás- 
ticas, dos Canónigos de la Catedral, varios Di- 
putados del Rey no. Consejeros y Abogados (1). 



(1) Estas noticias sobre la familia de Santangel las 
debemos al erudito investigador de la historia de Ara- 
gón y Brigadier de Artillería D. Mario de la Sala, quien 
ha tenido la bondad de remitirnos una lista formada 
por él de los personajes que llevan este apellido y de 
los cuales se hace mención en las historias y docu- 
mentos del siglo XV, XVI y xvii; la cual es del tenor si- 
guiente: 

Siglo xv. 1. Luis de Santangel. Fué Embajador 
de D, Alfonso V" de Aragón al soldán de Babilonia 
para tratar treguas por cinco años y otros negocios 
importantes.— 2. D. Pedro Santangel. Abad mitrado 
de la Eeal Casa de Monte Aragón por la bula del Papa 
Pío II del año 1462, Consejero del Rey D. Juan II y 
Obispo de Mallorca, electo en 1466.— 3. Micer Luís de 
Santangel. Era Diputado del reino del 1473 por el 
brazo de caballeros é infanzones. — 4. Diego de Santan- 
gel, infanzón y ciudadano rico de Zaragoza; sostenía 
en 1466 un pleito ruidoso con la casa de ganaderos. — 
5. El Maestro Fr. Martin de Santangel. Dominico, 
Prior del Convento de Zaragoza, Provincial de Aragón 
é Inquisidor en 1465. — 6. Antón de Santangel. Diputa- 
do del reino por la ciudad de Calatayud en 1473 y 
1485. — 7. M osen Luís Sánchez de Santangel. Fué uno 
de los que tramaron el asesinato de San Pedro de 
Arbués, por cuya causa fué condenado á decapita- 



— 192 — 

»A esta poderosa familia pertenecía Micer 
Luís de Santangel, Escribano de raciones del 
Reyno de Aragón, oficio que equivalía á lo que 
se llamaba en Castilla Contador mayor. Mucha 



ción.— 8 y 9. Miguel de Santangel y Salvador de San- 
tangel. Eran Consejeros en la ciudad de Zaragoza en 
1494. 

Siglo xvi. 10. Micer Luis de Santangel. Asistió 
como Abogado é infanzón á las Cortes de 1518 y el Em- 
perador Carlos V le nombró tratador en ellas y 
después lugarteniente de la corte del Justicia. Tal vez 
este sujeto sea el mismo Micer Luís de Santangel que 
en 1527 fué Diputado del Reyno por el brazo de ca- 
balleros é infanzones. — 11. Maestro Miguel Santangel 
Canónigo de la Seo de Zaragoza, fué Diputado del 
reino por el brazo eclesiástico en 1534. — 12. Micer 
Bartolomé de Santangel. También fué lugarteniente de 
Justicia al mismo tiempo que 31icer Luis, lo que con- 
vence que no eran hermanos. — 13. Diego de Santan- 
gel. Fué nombrando gentil-hombre por el Emperador 
Carlos V en 1533. — 14. Martin de Santangel. Era 
Canónigo de Huesca en 1560. — 15. Micer Miguel Luis 
de Santangel. Fué jurado de Zaragoza en 1586, Doctor 
de la Universidad de Huesca y Abogado famoso, 
cuya biografía trae Latassa en su Biblioteca. — 16. Pa- 
dre D. Miguel Santangel y Vera, zaragozano. Cartujo y 
Prior del Monasterio de Fortaceli donde murió en 1587. 

Siglo xvii. 17. Ana de Santangel, mujer de Micer 
Jerónimo liópez, que murió sin sucesión y legando 
sus bienes al Colegio de Padres Jesuítas, en cuya an- 



— ■ 193 — 

gloria y grandes servicios pudieron prestar los 
Santangel á la Monarquía aragonesa en los di- 
ferentes puestos y oficios en que la sirvieron; 
pero de todos estos servicios ninguno recuerda 
la edad moderna con más placer que el que le 
prestó el Escribano de raciones en aquella crí- 
tica ocasión en que, á últimos de Enero del año 
de 1492, desesperanzado Cristóbal Colón de dar 
vado á su empresa, se marchó del Real de Santa 
Fe y se dirigía á la ciudad de Córdoba.» 

Ocupándose del préstamo que se supone que 
hizo Santangel para el apresto de las carabelas, 
dice el P. Mir. 

«Entre las personas particulares que en ocasio- 
nes prestaron al Rey Católico dinero para salir 
de sus apuros , una fué , y no por una sola vez, 
Luís de Santangel. Cuenta la tradición en Cala- 
tayud (1), patria del Santangel, que en ocasión 



tigua casa (ahora Seminario Sacerdotal) se conserva 
un retrato de la bienhechora, de cuerpo entero. 

De aquí en adelante van desapareciendo los San- 
tangel. 

No es fácil asegurar qué clase de parentesco tuviese 
el Escribano de raciones Luís Santangel con los perso- 
najes de este apellido del siglo sv; pudo ser hijo del 
Embajador D. Luis (núm. 1), del Letrado Micer Luís 
(núm. 3), ó del ciudadano D. Diego (núm. 4). 

(1) D. Vicente de la Fuente en su Historia de la 
ciudad de Calatayud, i. ii, pág. 131. 

13 



— 194 — 

en que el Rey D. Fernando andaba apurado do 
dinero, cosa que le sucedía con frecuencia, vino 
apresuradamente á Galatayud con escasa comi- 
tiva y se fué derecho á casa del Escribano de 
raciones que le sacó de aquel apuro.» 



«Santangel era rico, á lo menos lo bastante 
para hacer el préstamo que hizo; había here- 
dado mucho de sus antepasados, y algo había 
él aumentado su caudal con su buena diligencia 
é industria, aunque es posible que tuviese tam- 
bién que ver con tal aumento de su fortuna un 
hecho algo oscuro y misterioso. El caso es que 
recientemente se ha encontrado en uno de los 
archivos de Aragón un documento ó sea privile- 
gio real por el cual se faculta á Luís Santangel 
para hacer excavaciones en su casa de Galata- 
yud, casa que había sido de sus ascendientes y 
donde suponía la fama pública enterrados cuan- 
tiosos caudales. Ignórase si en verdad se hicie- 
ron las tales excavaciones, y si el bueno del 
Escribano de raciones dio con el codiciado tesoro. 
Si hubiese dado con él y él hubiese sido la base 
del empréstito hecho á la Real Hacienda, sería 
en verdad curioso que un tesoro sepultado por 
tantos años en las entrañas de la tierra, metido 
en ella por un antepasado avaricioso, quien tal 
vez lo habría recogido peso á peso de la usura 
judaica, hubiese venido á ser la materia con que 



195 



había de forjarse la llave que había de abrir á 
España y aun al mundo entero los ignorados 
tesoros de los minerales americanos.» 



«Grande tuvo que ser la alegría que hubo de 
experimentar el buen Escribano de raciones 
con el descubrimiento de las Indias, pero á lo 
que parece no sacó de él grande utilidad y pro- 
vecho. Habiendo estado casado con una señora 
de la poderosa familia de los Caballería, seño- 
res de la villa de Galanda, y, como los Santan- 
gel, procedentes del Judaismo, tuvo por lo 
menos tres hijos y una hija, que fueron Fer- 
nando, Jerónimo, Alfonso y Luisa. Constan 
sus nombres en el privilegio del Rey Católico 
expedido en Medina del Campo, á 30 de Mayo 
de 1497, en el cual en atención á los servicios 
prestados por su padre se les conceden grandes 
mercedes, nombrándose á los dos primeros 
Escribanos de raciones con su salario y dotando 
al tercero y á la hija. Esta casó más adelante 
con D. Ángel Vilanova que fué Virrey de Cer- 
deña, nombrado por D. Fernando en 1515, y 
confirmado en 1516 por el Emperador D. Carlos 
por un decreto fechado en Bruselas. Por lo que 
toca al mismo Luís de Santangel es de presu- 
mir que falleciese antes que su Rey y señor. 
Muerto éste, sus hijos hubieron de caer en des- 
gracia, pues los Gobernadores de España du- 



— 196 — 



rante la ausencia del Rey D Carlos les quita- 
ron la escribanía de raciones, dándosela á 
Micer Rodrigo Geldrán. Con tal motivo se vio 
Fernando Santangel obligado á defender sus 
derechos ante la corte del Justicia de Aragón 
en pleito que tuvo gran resonancia; probable- 
mente moriría sin verlos respetados. Así pudo 
la familia de Santangel ser trasunto vivo de la 
desgracia que generalmente ha acompañado en 
Esp°aña á los que llevados de nobilísimos senti- 
timientos han sacrificado su reposo, el caudal 
de sus haciendas y el más precioso y estimable 
de sus entendimientos al servicio del público y 
al honor y engrandecimiento de su patria. >> 



Juan de Coloma. 

«Mosen Juan Goloma fué uno de los hombres 
de mayor confianza que tuvo el Rey D. Fer- 
nando y uno de los que más le ayudaron en la 
obra del engrandecimiento de la monarquía. 
Fué natural de Borja; sus progenitores eran 
plebeyos, pero cristianos viejos, como se com- 
place en consignarlo Hernández de Oviedo (1). 



(1) En las Quinquagenas.— Batalla 1.a, quinqua- 
gena 3 a, diálogo 4.o— (Ms. perteneciente á la Biblio- 
teca de la Universidad de Salamanca.) 



— lí»7 — 

Antes de ser Secretario del Rey D. Fernando, 
ya lo había sido de su padre el Rey D. Juan el 
segundo de Aragón, con el cual llegó á tener 
tal cabida y confianza, que estando el Rey ciego 
de las cataratas le había dado facultades de 
firmar, como si fuera el Rey, en su nombre, y 
así firmaba YO EL REY, poniendo al pie POR 
MANDADO DEL REY, MOSEN JUAN GOLO- 
MA. En la escuela de este Monarca alcanzó su 
Secretario aquella suma de prudencia y cono- 
cimiento de los asuntos políticos de que dio 
muestra gallardísima en el reinado del Rey 
D. Fernando. Por sus manos pasaron la mayor 
parte de los negocios de Estado que en aquellos 
gloriosos tiempos se agitaron en la corte arago- 
nesa y cuya acertada resolución fué el funda- 
mento de la preponderancia política de la nación 
española no ya en el tiempo de los Reyes Cató- 
licos solamente, sino en el de sus sucesores; de 
suerte que á D. Juan Goloma le toca no escasa 
porción de la gloria de aquel memorable reinado 
y á él debió la posteridad no pequeña parte de las 
grandezas y adelantos que logró España en aque- 
lla época tan importante de nuestra historia. 

Fué casado con Doña María Pérez, hija de 
D. Juan Pérez Galvillo, que fué caballero muy 
heredado y rico en Aragón; y de la dicha mujer 
tuvo un hijo que fué llamado como su padre, 
D. Juan Goloma, que le sucedió en su casa y 
estado, y á quien dejó 12.000 ducados de renta 



— 198 — 

cada un año y 100.000 maravedís de lo que 
tenía en Molina de Aragón y más de 100.000 
ducados en dinero y joyas y bienes muebles. 
Faé fundador del Monasterio de religiosas fran- 
ciscas de Zaragoza llamado de Jerusalén, en el 
cual quiso ser enterrado él y su mujer. Allí, en 
verdad, se custodiaron sus cenizas hasta época 
muy reciente, en que, habiéndose alineado el 
Monasterio para las obras de la calle de la 
Independencia, se trastornó el edificio de la 
iglesia, con lo cual hubieron de removerse los 
restos mortales del glorioso fundador, ignorán- 
dose hoy día su paradero.» 

Gabriel Sánchez. 

«Entre los personajes que más protegieron á 
Colón en sus atrevidos proyectos, debe contarse 
otro aragonés, por nombre Gabriel Sánchez, 
que era Tesorero del Rey Católico y deudo muy 
allegado de Luís Santangel. Como éste, era 
también procedente de raza judaica. Privó mu- 
cho con D. Fernando y su nombre figura en los 
principales acontecimientos de su tiempo. En 
1492 asistía como síndico de Zaragoza, y jun- 
tamente con Pero Díaz Escamilla, á la Junta de 
la Hermandad, que se celebró en la villa de 
Borja. En 1502 era jurado en Zaragoza, y se 
hallaba presente á la jura de la princesa Doña 
Juana, la madre de Carlos V; un hijo suyo, lia- 



— 199 — 

mado Luís, fué herido ea el socorro que el Rey 
D. Fernando dio á Salsas, sitiada por las tropas 
francesas en 1503. Que favoreció mucho á Co- 
lón, y que éste le agradeció sus servicios, apa- 
rece en los libros y escritos de aquel tiempo; 
pruébalo concluyentcmente la carta que le es- 
cribió apenas hubo desembarcado en Lisboa, y 
-en la cual repite, casi con las mismas palabras, 
la relación de su descubrimiento que ya había 
enviado á Luís de Santangel (1). Y aquí es 
digno de advertirse un punto de suma trans- 
cendencia en la historia del descubrimiento de 
las Indias, es á saber: que las dos primeras 
cartas escritas por el Almirante después de la 



(1) Esta carta de Colón á Gabriel Sánchez fué el 
medio por el cual las naciones de Europa en general 
tuvieron noticia del descubrimiento de las Indias. 
Traducida al latín fué impresa por lo menos seis 
veces en el mismo año de 1493, es á saber: cuatro en 
Roma y dos en París (véase Harrisse, Bibliotheca 
Americana VetustissimaJ . En dos de ellas se equivoca 
el nombre de Gabriel Sánchez llamándole Rafael. Este 
error y otras circunstancias del texto ha dado lugar á 
sospechar si la carta á Gabriel Sánchez sería la misma 
que fué escrita por Colón á Luís de Santangel, la 
cual llegada á Roma en copia imperfecta y abreviada 
y falta de exacta dirección con la noticia no más de 
haber sido escrita al Escribano de raciones, fué su- 
puesta dirigida al Tesorero Sánchez, equivocándose 
su nombre y aun haciéndose de una carta dos. 



— 200 — 

que escribió á los Reyes Católicos están escri- 
tas á personajes de la corte aragonesa: argu- 
mento evidente de que en aquella corte fué 
donde encontró el Almirante sus mejores ami- 
gos, los que más se interesaron en sus proyec- 
tos y los que más trabajaron para que los lle- 
vase adelante.» 

Juan Cabrero. 

«Fué D. Juan Cabrero hijo de D. Martín Ca- 
brero y de Doña Isabel de Paternoy y de no- 
bleza antigua aragonesa. Como era de tan buen 
linaje, desde sus primeros años fué continuo de 
la casa real, y por sí mismo, según advierte 
Oviedo, «gentil caballero y valiente por su lan- 
za, muy privado, cordial y acepto á su Alteza y 
de su consejo secreto y del estado» (Ij. Siendo 
comendador de Montalbán en la Orden militar 
de Santiago, fué uno de los 13 electores que 
eligen al Maestre y de los que solos entran en 
número para el dicho oficio. Concurrió por el 
brazo de los caballeros á las Cortes celebradas 
en Zaragoza el año de 1498 para la jura de 
Doña Isabel de Portugal como Princesa de Ara- 



(1) En las Qiiinquagenas. — BataWa 2.*, quinqua- 
gena 4.', diálogo xii del manuscrito de la Universidad 
de Salamanca, del cual y de los Anales de Zurita se 
han tomado estas noticias. 



— 201 — 

gón, y por el brazo eclesiástico como comenda- 
dor mayor de Montalbáa en 1502 á la de los 
Príncipes Archiduques D. Felipe y Doña Juana. 
Y como la jura de la Princesa Doña Isabel 
coincidiese con los días en que la Iglesia cele- 
bra la solemnidad del Corpus Ghristi, que la 
corte aragonesa celebraba con gran suntuosidad 
y aparato, le cupo la honra de llevar una de 
las varas del palio, no menos que en compañía 
del mismo Rey D. Fernando, del Rey de Por- 
tugal, de los Infantes hijos del Rey moro de 
Granada, del Justicia Mayor de Aragón, del 
Jurado en Cap y otros señores y grandes de 
título. Todas las cuales preeminencias y hono- 
res suponen que nuestro D. Juan Cabrero era, 
no solo amigo y privado de D. Fernando , sino 
uno de los personajes más calificados de la corte 
aragonesa. 

Sirvió al Rey con lealtad y fué de él corres- 
pondido, en especial, como advierte Oviedo, 
«después que murióla Reina Católica Doña Isa- 
bel, que pudo el Rey adelantar y beneficiar á 
sus aragoneses en Castilla». «Era, dice Fray 
Bartolomé de Las Casas en su Historia de las 
Indias, hombre de buenas entrañas, que querían 
mucho el Rey y la Reina». Como fiel servidor 
de su Rey le acompañó en la próspera y en la 
adversa fortuna, en la vida tranquila de los pa- 
lacios y en la áspera y peligrosa de los campos 
de batalla. Á su lado peleó en la dura y prolon- 



— 202 — 

gada guerra de Granada, tomando machas ve- 
ces parte en los combates; en los frecuentes via- 
jes de la corte nunca se apartó del lado de 
D. Fernando; y viejo, achacoso y aun privado 
de la vista, no desamparó á su real amigo en 
los trances más difíciles y apurados. En aque- 
llos días tristes y vergonzosos en que el glorioso 
vencedor de Granada hubo de entregar el go- 
bierno del reino de Castilla á su descastado 
yerno el Príncipe D. Felipe, cuando las irreve- 
rentes exigencia de éste y la ingratitud de los 
grandes de Castilla, á quienes tanto había le- 
vantado y beneficiado, le obligaron á retirarse 
á Aragón, cuando los hombres y los pueblos 
castellanos, que tanto le debían, le volvían la 
espalda, el buen D. Juan Cabrero ni un mo- 
mento le abandonó, y él y el Secretario Miguel 
Pérez de Almazán y Tomás Malferit, regente de 
la Chancillería, fueron sus constantes servidores, 
y los testigos y firmantes de aquella noble pro- 
testa, fecha en Villafavila á 27 de Junio de 1506, 
que la indignación del Monarca aragonés le 
obligó á publicar después de las vistas que tuvo 
con el desnaturalizado Felipe en las cercanías 
de la Puebla de Sanabria. 

Habiendo en los postreros días de su vida 
cegado D. Juan Cabrero de cataratas , ni aun 
en aquella desgracia quiso el Rey privarse de 
los buenos servicios y prudentes consejos de su 
camarero, haciendo que se lo trajesen á su cá- 



— 203 — 

mará, donde sentado en una silla pequeña, ra- 
zonaba con él amigablemente como con hombre 
á quien amaba y que merecía su confianza. En 
las consultas arduas y de graves negocios de 
Estado admitíale también á su consejo, siendo 
él y el citado Pérez Almazán, señor de Maella y 
el comendador mayor de Castilla y el duque de 
Alba D. Fadrique de Toledo, los más fieles ami- 
gos y confidentes del Rey Católico. En fin, como 
prenda déla cordialidad de relaciones que había 
entre el Monarca aragonés y nuestro D. Juan 
Cabrero, y muestra también de las relevantes 
prendas y acrisolada lealtad que en él recono- 
cía-, le nombró su albacea y ejecutor testamen- 
tario en el testamento que hizo en Bnrgos el 
año de 1512, y si no hizo lo mismo en el que 
firmó más adelante en el año de 1515, sería pro- 
bablemente por ser ya fallecido D. Juan en 
aquellos días. 

Pnes este varón insigne, amigo y confidente 
del Rey de Aragón, su fiel compañero en la 
prosperidad y en la desgracia, y su leal y pru- 
dente consejero en los negocios más difíciles del 
Estado, fué quien tuvo influencia mas directa y 
eficaz que todos en la resolución de la empresa 
de las Indias, moviendo y determinando la vo- 
luntad del Monarca y siendo el instrumento 
más poderoso para vencer las dificultades que 
se oponían á la empresa.» 



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Págs. 

Dedicatoria 6 

Lema 7 

Introducción y 9 

Capítulo I. — Vicisitudes de Cristóbal Colón 
hasta su primera entrevista con los Eeyes 

Católicos 25 

Capítulo II. — Aragón y Castilla desde la llegada 
de Colón hasta su primera entrevista con 

los Eeyes Católicos (U84-1486) 41 

Capítulo III. — La primera entrevista.=La Jun- 
ta de Córdoba 55 

Notas al capitulo III. 99 

Capítulo IV.— De 1486 á 1491 103 

Capítulo V. — Las negociaciones 115 

Notas al capitulo F. . . . -. 135 

Capítulo VI. — Las capitulaciones de Santa Fe. 137 

Notas al capitolio YI 157 

Capítulo VIL — Origen de las cantidades para 

realizar el descubrimiento 159 

Notas al capitulo Vil 175 

Capítulo VIH. — Últimos sucesos hasta la salida 

de Colón 177 

Conclusión , 185 

Apéndice 189 



Se acabó de imprimir este libro en el 

Establecimiento tipográfico de Fortanet, 

impresor de la Real Academia 

de la Historia y en Madrid 

el día 26 de Octubre de 

MDCCCXCII. 



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