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Full text of "Diana cazadora, o, Pena de muerte al amor : zarzuela cómica en tres cuadros"

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UNIVERSITY OF 

NORTH CAROLINA 

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DIALECTIC AND PHILANTHROPIC 

SOCIETIES 

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vol* 16 
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SERAFÍN y JOAQUÍN 
ÁLVAREZ QUINTERO 



DIANA CAZADORA 

O 

PENA DE MUERTE Al AMOR 



ZARZUELA CÓMICA EN TRES CUADROS 



MÜ8IGA DK 



MARÍA RODRIGO 




■ A 

SOCIEDAD DE AUTORES ESPAÑOLES 



1915 



DIANA CAZADORA 
PENA DE MUERTE AL AMOR 



Esta obra es propiedad de sus autores. 

Los representantes de la Sociedad de Autores Españo- 
les son los encargados exclusivamente de conceder o 
negar el permiso de representación y del cobro de los 
derechos de propiedad. 

Droits de représentation, de traduction et de repro- 
duction, reserves pour tous les pays, y compris la 
Suéde, la Norvége et la Hollande. 

Copyright, 1915, by S. y J. Álvarez Quintero. 



SERAFÍN y JOAQUÍN 
ÁLVAREZ QUINTERO 



DIANA CAZADORA 

PEÍA DE MüeItE al AMOR 

ZARZUELA CÓMICA EN TRES CUADROS ¿Igl 



MÚSICA. DE 



MARÍA RODRIGO 



Estrenada en el TEATRO DE APOLO el 19 do Noviembre 
de 1915 




R. Velasco, imp., Marqués de Santa Ana, 11 dup.^ 

. TELÉFONO NÚMERO 551 
I915 



REPARTO 



PERSONAJES ACTORES 

DIANA Victoria Argota. 

AMALITA Consuelo Mayendía. 

DOÑA TULA Elisa Moreu. 

/ Pilar Perales. 

Francisca Nava. 
VARIAS MUCHACHAS <! Paula Cortés. 

María Gavilán. 

Piedad Gavilán. 

DON PEPE ALCOLEA José Moncayo. 

DIEGUITO FLORIDO Casimiro Ortas. 

LUCAS Pablo Gorgé. 

EL IMARQUÉS DE LA ESPUELA 

DE GALÁN Vicente García Valero. 

JUAN CORRALES Carlos Román. 

REBOLLEDO c . . Cristóbal S. del Pino. 

JOSÉ MARÍA Luis Fischer. 

RINCONERA Robustiano Ibarrola. 



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DIANA CAZADORA 

o 

PENA DE MUERTE AL AMOR 

CUADRO PRIMERO 

En Alminares, pueblo de Andalucía, en casa de doña Tula Galia - 
na de Ruiz, y en la habitación llamada media-casa por aquellas tie- 
rras. A la izquierda del actor el portón de entrada; a la derecha una 
puerta vidriera, y al foro un arco y dos grandes ventanas de antepe- 
cho, que dan a un patinillo con visos j honores de jardin. Todos los 
huecos, menos el del portón, rematan con medios puntos de cristales 
de colores. Suelo de losetas amarillas y rojas. Techo de bovedillas. 
Una gran lámpara. Velador, piano, sillas antiguas de rejilla, mece- 
doras, perchero, etc., etc. Dos o tres cuadros insignificantes. 

Es de noche, a fines de Mayo, y están encendidas la lámpara y 
las luces del piano. Al fondo, en el patinillo, luz de luna. El portón, 
entreabierto. 

REBOLLEDO, pianista comodín de la localidad, termina airosa- 
mente la ejecución— en el buen sentido de la palabra— de una pieza 
de música, ni callejera ni de virtuoso. DOÑA TULA la oye complacida 
y casi con los ojos en blanco. 

Doña Tula lleva muy bien sus cincuenta y cinco. No tiene mal 



607011 



— 6 — 

ver todavía, y es persona dada al trato social, bondadosa y amable, 
aunque no tanto como Rebolledo, que además de ser la quinta esen- 
cia de la dulzura, habla siempre como si llevase uu caramelo en la 
boca. 

Doña Tula. Muy bonito; muy bien. ¿De dónde es 
eso, Reboyedo? 

Rebolledo. De una sarsueliya. ¿Quiere usté que to- 
que otra cosita, mientras no viene nadie? 

Doña Tula. No; muchas grasias. Resérvese usté un 
poco. Bastante guerra le daremos a usté después. 

Rebolledo. Ya sabe usté que lo hago con gusto. 

Doña Tula. Si no fuera por usté, Reboyedó, esta ter- 
tulia de mi casa sería sosísima. Porque cuando se dise 
a toca er piano, to er mundo escurre el hombro. 

Rebolledo. Pos aquí tiene usté a Reboyedó pa toca 
lo que sea presiso. 

Doña Tula. Y esa es la verdá. Lo mismo toca usté a 
Beethoven que unas peteneras. 

Rebolledo. Lo mismo. La tecla no tiene predilecsio- 
nes: obedese ar dedo siegamente. 

Hace varias escalas para demostrarlo. 

Por el patinillo atraviesa LUCAS, viejo criado de la casa y hom- 
bre serio y parsimonioso. Doña Tula lo llama. 

Doña Tula. ¡Lucas! 

Lucas. Señora. 

Doña Tula. Pasa, pasa aquí. 

Lucas. Obedeciendo. Cori la venia. 

Doña Tula. Yégate ar Casino y dile a mi marido que 
Ja señora forastera acaba de anunsiarme por Reboyedó 
que seguramente vendrá a la tertulia: que se lo aviso, 
por si quiere deja er tresiyo antes que otras noches, y 
vení a saludarla siquiera. 

Rebolledo, ofreciéndose. ¿Le párese a usté que me ye- 
gue yo a darle esa rasón a don Arturo? 

Doña Tula. Grasias, Reboyedó. 

Rebolledo. Tendré en eyo un plaser muy grande. 



_ 7 «-- 

Doña Tula. Grasias; no es iiesesario. Lucas irá. ¿Te 
has enterao, Lucas? 

Lucas. Sí, señora. Ahora mesmo voy. ¿Argo más? 
Doña Tula. Nada más. 

Lucas. Con la venia. Vase por el fondo. 

Doña Tula. A mi marido estas tertuHas lo ponen 
frenético; pero lo que es yo me perezco por que venga 
gente a mi casa. Un pueblo como este Arminares sería 
un áburridero si no nos tratáramos unos con otros. Y 
que nada se pierde nunca con un ratito de buena so- 
siedá. 

Rebolledo. Eso está perfectamente dicho, doña Tu- 
la. Aquí tiene usté a su sobrinita. 

En efecto, ha llegado AMALITA por el portón. Es una monada 
con falda de lunares y mantón de espuma. 

AmalJta. Buenas noches, tía Tula. Buenas noches, 
Ricardo. 

Rebolledo. A los pies de usté. 

Doña Tula. Ven con Dios, pimpoyo. ¿Y tu madre? 

Amalita. Un poquiyo mejor está de sus dolores; pe- 
ro no se ha determinao a salí. ¡Qué sola, todavía! 

Doña Tula. Es temprano. ¿Sabes, Amahta? Por fin 
tendremos esta noche a la torastera. 

Amalita. Me alegro. Ganas de tratarla tengo ya. Es 
guapa. 

Doña Tula. Eso disen, que es guapa. 

Rebolledo. Mejorando lo presente, es guapa, es 
guapa. 

Amalita. ¿Con quién va a vení? 

üoña Tula. ¿Con quién ha de sé? Con el introductor 
de embajadores en mi casa: ¡con mi amor platónico! 

Rebolledo. El marqués de la Espuela de Galán. 

Amalita. ¡También he sido yo tonta ar pregun- 
tarlo! 

Doña Tula. Conose mis gustos de sosiedá, y satis- 
facsión que ér pueda proporsionarme... 



Amalita. Tía Tala, esas pasiones no se estilan aho- 
ra... ¿Qué tiempo yeva ya er marqués adorándola a usté 
en silensio? 

Doña Tula. ¡Qué sé yo! Desde mis quinse años. An 
tes de mis bodas, nunca se atrevió a desirme palabra. 
Argunos cantares sí me compuso. Y después de casada, 
mucho menos había de atreverse. 

Amalita. Pos lo que es ya, lo entierran sortero. 

Doña Tula. Sí; lo que es ya... con sesenta a la cola... 

Amalita. Por supuesto, se merese er castigo. En el 
infierno debía habé una cardera pa ios hombres que no 
se desiden a tiempo: pa los egoístas, pa los distraídos, 
pa los volanderos, pa los mariposones... 

Oportunamente asoma por el portón DIEGUITO FLORIDO y pre- 
gunta: 

Dieguito. ¿Ze hablaba de mí? 

Amalita No era de ti, pero te arcansa er cuento. 

Dieguito es un niño rico de la localidad, absolutamente feliz, que 
está rifado. Viste a lo señorito, con sencillez, pero con ciertos pujos 
de elegancia. Trae un terno de piqué blanco y zapatos de lona. Deja 
sombrero y bastón en el perchero. 

Dieguito. Buenas noches. 

Rebolledo. Buenas noches. 

Doña Tula. Buenas noches, Dieguito. 

Dieguito. Doña Tula, ahora es moda bezá la mano. 

Doña Tula. Pos besa, hijo. 

Dieguito. Amalita... 

Amalita. ¡Bésate las narises! 

Dieguito. intentándolo en vano. No pUcdo. ConstC, doña 

Tula, que me he limpiao ios pies en er ferpudo der za- 
guán. 

Doña Tula. Así se hase. 

Amalita. ¡Bueno lo habrás puesto de tisa! ¡Qué sa- 
patos, Dieguito! ¿Te has caío en una obra? 

Dieguito. ¿Zon feos los zapatos? ¿Te vas a mete con 
los zapatos? Zeñó, que me gusta que er carzao juegue 



oon la americana y corx er pantalón. Como me gusta 
que la corbata juegue con los carcetines y con er pa- 
ñuelo. 

Amalíta. Sí; la cuestión es toma las cosas a juego, 
¿no es verdá? 

Dieguito. De ezo no me he enterao. Tú, como ziem- 
pre, malicioza. To lo yevas por er mismo camino. 

Amalita. Por er que me conviene. 

Dieguito. Zí; pero no ze pué viví tranquilo ar lao 
tuyo. Uno, que quié zé libre como er pájaio... Cuando 
más descuidao está, le clavas tú un arfilé hasta la cabe- 
ciya. 

Amalita. Si las verdades son arfileres... Ya sé que 
estuviste anoche en casa de Teresa Carmona... 

Dieguito. Me gusta oírla canta .. me gustan zus 
ojos... 

Doña Tula. ¿Y de la de Marín, qué te gusta? Porque 
er domingo la acompañaste a misa de dcse. 

Dieguito. Me gusta zu trato... me gusta como ze 
pone er velo... 

Rebolledo. ¿Y de Consuelito Talavera? 

Dieguito. Me gusta zu hermana. Ya zaben ustedes 
la copla que he puesto en mi escudo. 

No quiero querer a nadie 
ni que me quieran a mí: 
quiero andar entre las flores ^ 
hoy aquíj mañana ayi. 
De pazao mañana no me ocupo. 

Amalita. ¿Ni de vé que hay quien padese con esas 
cosas tuyas? Mar corasón que tienes. 

Dieguito. Tampoco de ezo me he enterao. 

DON PEPE ALCOLEA y JUAN CORRALES se cuelan de rondón 
Es don Pepe Alcolea un hombre de cuarenta y tantos años, jactan- 
cioso y de los llamados 'castizos.» Juan Corrales es un desocupado 
del pueblo, propicio siempre a toda broma. 

Corrales. ¡Aquí está don Pepe Arcolea, er ganadero, 



— lo- 
que no se cambia hoy por ningún ganadero de Es- 
paña! 

Don Pepe. ¡Chachipé! 

Corrales. Buenas noches. 

Todos contestan. Corrales da la mano a las señoras. 

Do-n Pepe. Yéndose flechado a Dieguito, aun antes de quitarse 

el sombrero. Oiga usté, nene: ¿yo había mandao a Mansa- 
nares una corría de seis mansos, eh? Pos vaya usté en- 
terándose. Saca del bolsillo un fajo de telegramas y telefonemas. 

No vi a lee más que uno. Er primero: sin escoge. Lee. 
«CoriisL colosalísima. Color ao, dos cabayos; Betunero, tres 
cabayos; Bonito, cuatro cabayos; Capriclioso, ¡siete caba- 
yos! Gitanito, ¡ocho cabayos! Liisero, ¡nueve cabayos! 
Tota, treinta y tres cabayos. Se ha suisidao er contratis- 
ta de cabayos. Emocionándose. Al arrastre der Caprichoso, 
der Gitanito y der Lusero, obligó er público a darle a 
ca uno dos vuertas a la plasa^ ovasionando con delirii^ 
ar ganadero en las personas de las reses. se enjuga una lá- 
grima. Mil abrasos. Pepe Calahorra.» ¡Seis mansos que 
había yo mandao a Mansanares! 

Dieguito. Hombre... 

Don Pepe. ¡Seis monas! 

Dieguito. Hombre, yo... 

Don Pepe. ¡Treinta y tres cabayos pa el arrastre y er 
contratista en er campo santo! ¡Que lo cuente otro ga- 
naderito! Y buenas noches a to esto. Usté me dispense, 
doña Tula, pero cuando se toca a la familia, pierdo 
pies. 

Doña Tula. Ya, ya: no nos coge de nuevas. 

Don Pepe. Conque a tragarse, poyo, to lo que había 
usté hablao en er Casino. 

Corrafes. Y a paga la convida pa los que estábamos 
ayí presentes. 

Dieguito. ¿Cómo es ezo? Le arvierto a usté, don Pe 
pe, que yo me alegro mucho de que los toros de usté 
zeau bravos. ¡Yo no voy a ponerme delante! 



— 11 — 

Corrales. No te distraigas: ¡a paga la convida! 

Dieguito. De ezo no me he enterao. 

Don Pepe. ¡Pos a Cádiz he mandao ayé seis cara- 
colesl 

Dieguito. Muy bien que los guizan ayí. 

Amalita. Estoy notando que se encona la rivalidad 
entre don Pepe y Diego. 

Dieguito. Cuestión de novias. No le dejo una. 

Don Pepe. Poniendo en sus palabras todo el desdén que el ri- 
val le inspira. ¿Qué le contesto yo a este niño? Y a pro- 
pósito, doña Tula: ¿viene por fin esta noche la viudita 
esa? 

Doña Tula. Sí, señó; por fin. Esperándola estoy. 

Corrales. La veremos de serca. 

Don Pepe. Er que no la haya visto. 

Dieguito. Yo. 

Amalita. Se han puesto de moda las viudas. 

Doña Tula. Verdá que sí. 

Amalita. ¿Qué haría yo pa quedarme viuda? 

Rebolledo. La forasterita en cuestión es además una 
viuda elevada ar cubo, si se me permite la frase. 

Dieguito. ¡Hay que vé; tres veces viuda! 

Don Pepe. ¡Y guapa veintisinco veses! Le viene de- 
casta. Toas las que yevan ese yerro son juncales. 

Corrales. ¿Usté la ha tratao? 

Don Pepe. Me la presentaron en la feria e Jerez, 
hase dos años. Iba ya de alivio der terser marío. Es- 
una mujé que avasaya. Dos ojos tiene que desde lejos 
paese que gasta gafas negras. 

Rebolledo. ¿Y es joven, no? 

Don Pepe. De veintisinco a treinta abriles. 

Dieguito. ¿Na más? 

Don Pepe. Na más. ¡Y ha despachao ya media co- 
rría! Mucho cuidao con eya, nene. 

Dieguito. ¡Dios me libre! 

Amalita. Dieguito ve los toros desde la barrera. 



12 — 

Dieguito. Zí; pero loz hay que zartan ar cayejón, 
Amalita. 

Vuelve LUCAS. 

Lucas. Con la venia, señora. 

Doña Tula. ¿Viste ar señorito? 

Lucas. Y me ha dicho que hará por vení, pero que 
si no viene, usté no se sorprenda. 

Doña Tula. Pos ya sé que no viene. 

Lucas. ¿Argo más? 

Doña Tula. Espérate. Aquí Lucas puede darles a 
ustedes notisias... 

Lucas. ¿De qué? 

Doña Tula. fc"e estaba hablando presisamente de esa 
señora. 

Lucas. ¡Ah! 

Dieguito. ¿También usté la conoce, Lucas? 

Lucas. Un hijo mío, Curro, sirvió en casa der señor 
marqués del A-ofaifo... 

Dieguito. ¿Er zegundo marío? 

Lucas. Er «egundo. 

Don Pepe. Entendámonos, ¿Cuá rompió plasa? 

Doña Tula. ¡Qué manera de pregunta por un ma- 
rido! 

Lucas. Rompió plasa, como dise don Pepe, un seño- 
rito de Doña Molina, buen moso é. yamao don Anto- 
nio Palomiyo. Y le siguió en suerte, vamos ar desí, er 
señor marqués del Asofaifo. Y, claro está, sirviendo mi 
hijo en casa der señor marqués, más e cuatro veses me 
ha relatao a mí curiosos pormenores de la señora. 

Corrales. Hombre, cuente usté. 

Dieguito. Zí, zí; vamos a cortarle un vestío antes de 
que yegue. 
. , Lucas. ¿Y no más vale que sierre mi pico? 

Dieguito. ¿Por qué? 

Lucas. Porque si ya es notorio, señorito, que doña 
Diana va a toma casa en Arminares, ¿ustés me com- 



— 13 — 

prenden? como eso no hay quien lo remedie ni lo im- 
pida, creo yo que es preferible inora que sabe. ¿Está 
explicao? 

Dieguito. No, que no está explicao. ¿Qué vamos per- 
diendo con zabé? 

Amalita. Tienes mucha rasón. Enterarse de siertas 
cosas siempre es conveniente. 

Doña Tula. Habla, habla sin reparo ninguno, Lucas. 

Lucas. Con la venia. Pos han de sabe los señores^ 
en primer luga, que con doña Diana la viuda caminan 
siempre los trastornos. Pueblo a que yega, pueblo ar- 
borotao. 

Don Pepe. ¡Lo creo! 

Lucas. Pero no por el aqué de que se arboroten los 
hombres en presensia de una mujé guapa, ¿ustés me 
comprenden? que esto no sería de nota; sino porque eya 
yega, le echa el ojo a uno, y aquér cae. 

Eisas. 

Dieguito. ¡Qué Lucaz este! 

Lucas. Su historia acredita 1g que yo digo. Sortera 
estaba, yegó a Doña Molina, se encaprichó de don An- 
tonio Palomiyo, y antes de tres meses se casaba con é.., 
y antes del año lo enterraba. 

Don Pepe. ¡Una faenita corta! 

Lucas. Se marchó de Doña Molina, porque a la 
cuenta le era enojoso seguí morando ayí, y en Puente 
Rea se repitió la mesma historia poco más o menos^ 
con er marqués del Asofaifo. Lo conquistó, se casó, y a 
los pocos meses de matrimonio .. 

Don Pepe. ¡Las muliyas! 

Lucas. ¡Las muliyas! — dicho sea con respeto. 

Amalita. ¡Ay, Jesús! 

Lucas. Y er fin der cuento ya lo conosen los seño- 
res: en Arenales der Río, hay ahora dos años... 

Don Pepe. ¡Sí; dobló er terserol ¿Es eso to lo que sa- 
bes, Lucas?... « 



— 14 — 

Lucas. No, señó; que sé más de un por qué. 

Amaüta. ¡Pero esa mujé es una epidemia que va de 
pueblo en pueblo! 

Dieguito. Zólo que en ca pueblo no hay más que un 
cazo. ¡Ezo zí; furminante! 

Corrales. Hasta que le venga la contraria. 

Rebolledo. Hombre, lo que iba a desí yo. Me lo ha 
•quitao usté de la boca. 

Doña Fula. Ya no se mueren ustedes este año. 

Dieguito. ¡Como no ze caze arguno con la viuda! 

Don Pepe. ¡Ja, ja, ja! 

Lucas. ¿Se ríe don Pepe? 

Dieguito. ¿Va a habé que huirle a una mujé tan 
guapa? 

Amalita. ¡Qué lástima! ¿Verdá, Dieguito? 

Lucas. Iguá tiene Ifuirle que no huirle. 

Dieguito. ¿Eh? 

Lucas. Er que eya escoja se lo yeva, aunque se 
meta en los profundos. Usa un arte inferna. 

Don Pepe. ¡Señó, porque habrá dao hasta ahora con 
noviyeriyos! 

Lucas. No digo que no; me remito a las pruebas. 
¡Una mujé que en la fió de la edá ha vestío luto por 
tres hombres!... Y eya^ como los buenos casaores, se 
jata de que donde pone el ojo pone er tiro. Ése, dise 
■eya, y ése es. 

Dieguito. ¿Por qué no zeñala usté pa otro lao? 

Lucas. Así acontesió en Doña Molina, y en Puente 
Rea, y en Arenales. 

Dieguito. un si es no es temeroso. ¿Y quién le ha reco- 
mendao este clima? 

Don Pepe. ¿De manera que ése, y ése es? ¡Como 
quien va a la plasa y escoge un poyo pa guisarlo! ¡Va- 
mos, hombre! 

Lucas. De eso se jata eya, torno a repetí, 

Don Pepe. ¿Se qué? 



— 16 — 

Lucas. Se jata. 

Díeguito. Ze jarta, quiere decí Lucas. 

Lucas. No, señó; no quieo desí se jarta: quieo des^ 
lo que he dicho: se jata. ¿Ustés me comprenden? Se 
jata, blasona de eyo, presume, tiene esa arrogansia, ese 
alarde, se enorguyese... ¿Está explicao? 

Rebolledo. A la perfesión, amigo Lucas: la viuda se 
jacta; se jacta. ¿Comprende usté, Dieguito? ¡Se jacta! 

Lucas. Justo. 

Díeguito. ¡Ah! ¿ze jacta? Ezo no lo pronuncio yo 
bien como no me trague una espina. ¡Jac! ¡jac! 

Lucas. Y los señores han de vé si andando er tiem- 
po nos acordamos o no nos acordamos de esta conver- 
sasión. Y verán asiraesmo cómo dentro de pocos días 
comiensan a ocurrí cosas nuevas en Arminares; y cómo 
hay peleas entre los hombres, y anónimos, y amenasas, 
y letreros y sentensias por las esquinas, y fantasmas 
de noche... 

Díeguito. ¿Fantasmitas también? 

Lucas. También. A to echa mano eya pa conseguí 
sus fines. En na repara. Cuando a mí me dijeron que 
a Arminares venía, yo no respondí sino esto:— Preferí 
ría la langosta en los trigos y la filosera en las viñas, a 
-esa señora en las casas der pueblo. Y dicho quea. ¿Argo 
más, doña Tula? 

Doña Tula. Anda con Dios. 

Lucas. Con la venia. Se retira por el patinillo. 

Díeguito. Ziempre ha zío este Lucas un poquito lú- 
gubre. Buen hombre, zerviciá, honrao zi loz hay... pero 
una mijita tenebrozo. ¿PJstá explicao? 

Don Pepe. ¡Como que a creerlo a é, Arminares va a 
convertirse en la Andalusía trágica de que hablan los 
periódicos! 

Corrales. ¡Pos ahí tenemos a la viuda! 

Amalita. Es verdá; ya está ahí. 

Díeguito. ¡Pos vamos a encomendarnos a Dios! 



— 16 - 
Don Pepe. Y que viene de negro y plata. 

Movimiento de gran curiosidad. El MARQUÉS DE LA ESPUELA 
DE GALÁN abre de par en par el portón para presentarse en la ter- 
tulia del brazo de DIANA, dándole al herho la solemnidad que me- 
rece. Viste Diana de negro con mantón blanco. Su sola presencia 
acredita las afirmaciones de Lucas. El Marqués es un señor co- 
rrecto y amojamado, cultivador de las letras clásicas. 

Marqués. Santas y buenas noches. 
Doña Tula. Buenas noches. 

Repiten todos el saludo. 

Marqués. Tula: amiga mía: tengo el honor y el gus- 
to de presentarte a Diana Vivar, la nueva Diana que^ 
aun de día, alumbra las calles de Alminares. 

Diana. ¡Qué galante es! Señora... 

Doña Tula. Es para mí un plaser resibir su visita. 
Viene usté a honrar mi casa... 

Diana. ¡Por Dios! 

Doña Tula. Presentándosela a los contertulios, con quienes 

cambia afectuosas sonrisas. Mi Sobrina Amalita... Juan Co- 
rrales... Dieguito Florido... Ricardo Reboyedo... Don 
Pepe Arcolea... 

Don Pepe. Nosotros 'nos conosemos ya. ¿Cómo está 
usté, Diana? 

Diana. Fingiendo que no lo recuerda. ¿Que noS COnOSe. 

mos? 

Don Pepe, ¿^o se acuerda usté!-^ ¡Arcolea! ¡Pepe Ar- 
colea! ¡Don Pepe Arcolea, como me y aman los amigos] 

Disna. Dispense usté, pero no caigo... ¿Dónde nos 
hemos conosido? 

Don Pepe. ¡En Jerez! ¡En los toros! ¡Si tomamos una 
copa e vino en er mismo parco! 

Diana. En .Jerez... en los toros... No caigo; la verdá. 

Dieguito. a corrales. (¡Vaya un revorcón que ze ha 
yevao por prezuntuozo!) 

Don Pepe. Le daré a usté unos rabitos e pasas pa 
que haga memoria: se me ocurrió desirle a usté, y usté 



— ir- 
se estuvo riendo diez minutos, que tenía usté dos niñas 
en los ojos que eran dos moñas de torero. 

Se rien todos, menos la viuda. 

Doña Tula. Cosas de don Pepe... 

Diana. Ah... sí... Ya, ya, ya voy recordando... a Doña 
' Tula. Pos yo, señora, no he venido antes a su casa de 
usté, porque no se meyamara entrometidiya... 

Doña Tula. ¡Qué disparate! Pero, siéntese usté... 

Diana. Crea usté que tenía verdaderos deseos... Yo 
soy muy partidaria der trato. Y sé que su casa de usté 
es muy hospitalaria. 

Doña Tula. Ya se echa de vé quién le ha hablao a 
usté de eya... 

Marqués. solemnemente. Justicía, jUSticia... 
Se aleja un poco y contempla embobado a la antigua dama de sus- 
pensamientos. 

Diana. Una cosa me han dicho que me ha hecho la 
grasia der mundo. 

Doña Tula. ¿Qué le han dicho a ustéV 

Diana. ¿Usté no se ofende? Me han dicho que le ya- 
man a esta tertulia la Aduana, porque por aquí pasan 
tos los forasteros. 

Risas generales. 

Doña Tula. Sí, sí; la Aduana le yaman, es verdá. Erk 
los pueblos nadie se libra de los motes. 

Don Pepe. Ese ha sío sertero: ¡la Aduana! 

Amalita. Dieguito se lo puso. 

Diana. ¿Quién? 

Amalita. señalándolo. Dieguito Florido. 

Dieguito. curándose en salud. Zí; pero zin queré yamá 
la atención ni busca las parmas. 

Diana. ¡Ay, qué sombra tiene! 

Clava los ojos en Dieguito. Éste se turba y pretende esquivarlos. 
Es inútil; la viuda lo sigue con ellos adonde quiera que él se va. 
Todos se dan cuenta del caso. Don Pepe, allá en lo intimo de su ser,, 
siente envidia. 



— 18 — 
Oon Pepe. ¡Este Dieguito es muy salao! 

El inesperado elogio de Don Pepe contraría a Dieguito. 

Amanta. Se corre por ahí que canta usté con mucho 
«stilo. 

Diana. Eso mismo se corre de usté. Y yo lo confie- 
so: er canto es una de mis pasiones. Con visio me 
gusta. 

Amalita. Como a mí. 

Don Pepe. Entonses, esta noche nos dará usté la 
alegría de escucharla... 

Diana. Hombre, esta noche es demasiado pronti- 
yo... ¿no? 

Doña Tula. Aquí pasamos así er rato: mi sobrina 
canta, Reboyedo toca, otras muchachas bailan, er mar- 
qués dise versos suyos... 

Marqués. ¡Oh! 

Doña Tula. Don Pepe nos cuenta chascarriyos con 
«r salero que Dios le ha dao .. 

Dieguito. ¡Porque don Pepe zí que es zalao de 
veras! 

Diana, a Dieguito. ¿Y usté, qué hase? 

Dieguito. Turbado. ¿Yo? ¡OÍgo! 

Diana, soltando la carcajada. ¡Ja, ja, ja! ¡Ay, qué grasia 
de hombre! Yo oigo, dise. ¡Ja, ja, ja! Usté disimule mi 
risa, pero cuando me da el ntaque, no sé contenerme. 
¡Y ha sido ese uti gorpe maestro! ¡Ja, ja, ja! 

Dieguito. a AmaUa, alarmadísimo. (¡Me paCCC qUC me ha 

echao bola negra!) 

Amalita. a Dieguito. (Bien empleao te estaría, por co- 
quetón.) 

Dieguito. (¡Yo no creo que tenga tanta gracia lo que 
yo he dicho!) 

Diana. ¿Hay secretos? 

Dieguito. No, no zeñora... Es que le estaba pidiendo 
a Amalita que, pa decidirla a usté, cantara eya argo. 

Diana. Muy buena idea. Es una idea muy oportuna. 



— 19 - 

Soy la primeía en agradeserla. Ande usté, Amalita, 
complázcalo usté. 

Amalita. Primero que er marqués diga argunos 
versos. 

Marqués. ¿Quién se acuerda de esas antiguallas? 

Don Pepe. Sí, marqués, sí: ¡esta noche tienen que 
banderiyeá los mataores! ¡Esta noc^he es solerne! 

Diana no ha prestado atención a la frase. 

Marqués. Bien, bien; más vale no hacerse rogar. 
^Qué digo, Tula? 

Doña Tula. Di un epigrama. 

Don Pepe. Uno picantiyo: er de Segunda, diga usté. 

Corrales. a nieguito. (¡Cuidao que yeva representa- 
siones!) 

Marqués. ¿El de Segunda? Sea. 

Casóse Paco Reinoso 
con Segunda Baraúnda, 
y desde que fué su esposo-, 
se volvió tan malicioso... 
¡que siempre va con Segunda! 

Risas de cortesía y aplausos. 

Diana. Muy bien, muy bonito... 
Marqués. Mil gracias. En mis juventudes hice has- 
ta una media docena de ellos. ¡Es un género tan difícil! 
Amalita. ¡Ahora, una copla! 

Diana. Ay, sí, una copla. Diga usté una copla. Yo 
tengo pasión por las coplas. 

Marqués. ¿Una copla? Vaya la de los días de gala. 
A Tula. 

Doña Tula. ¡A delardo! 
Marqués. A Tula. Cantar. 

Prendido al corazón llevo 
un negro lazo de tul; 
quítale la ele del luto, 
y el Ud, Tula, serás tú. 

Nuevos aplausos y muesttas de aprobación. 



- 20 ~ ., 

Diana. [Qué ingenioso! 

Marqués. ¡Qué amable, usted! El cantar también 
es género difícil. Yo escribí en mis tiempos así como 
una docenita del fraile. No más. 

Corrales. a Dieguito. (¡Y qué bien se debe de canta 
por hiderías eso der tur, Tula!) 

Doña Tula. Amalia, anda tú. Anímate. Canta una 
cosita. 

Amalita. ¡Sí, señora! a Diana. Y usté disimule les ga- 
yos que yo dé. 

Diana. No pase usté sustiyo. 

Amalita. Reboyedo. 

Rebolledo. Usté mande. 

Amalita. La muerte chiquita. 

Don Pepe. ¡Buena elersión! 

Amalita. ¿Le agrada, don Pepe? 

Diana. ¿Cómo se yama lo que va a canta? 

Don Pepe. La muerte chiquita. 

Diana, a Dieguito. ¿Cómo ha dicho usté? 

Dieguito. Yo no lo he dicho: ha zío don Pepe. La 
muerte chiquita. Ez una canción que canta Amalia como 
los propioz ángeles. 

Amalita. ¿Te vas a divertí conmigo? 

Diana. Vamos a oírla. 

Música 

Amalita. Ay, mamita, y ay, mamita, 
óigame usté un secretito: 
er sobrino de Benita, 

Benitito, 
me da la muerte chiquita. 

Que lo miro, que me mire, 
que lo veo, que me vea, 
que suspiro, que suspire, 



-^ 21 — 

que se marcha, que se quea, 
ya me tiene usté, mamaíta, 
trastorna por la muerte chiquita. 

Es un fresquito que es caló, 
es un sartito sin sarta,, 
es un temblá que no es tembló, 
es un tembló que no es temblá... 

¡Que me da! 

¡Que me dio! 

¡Que me dio! 

¡Que me da! 

Estremeciéndose. 

¡Aaaaah!... 

Que lo vea caye arriba, 
que se vaya caye abajo, 
que me pida que le escriba, 
que me cante por lo bajo, 
ya me tiene usté con la cosa 
de la muerte chiquita dichosa. 

Es un fresquito que es caló... etc., etc. 

Cesa la música. 

Grandes aplausos y felicitaciones. 

Diana. ¡Presiosa! ¡presiosa! ¡Y grasiosísima! ¡Y qué 
bien la dise! 

Amalita. Grasias; es favo. 

Diana. Tiene usté que enseñármela. Usté y yo va- 
mos a sé muy amiguiyas. 

Amalita. Sí, señora. 

Diana. ¡Cuidao si es monísima la cansión! ¡La muer- 
te chiquita! Me va a mí eso. Mirando a Dieguito. 

¡Que me da! 
¡Que me dio! 



— 22 - 

¡Que me dio! 

¡Que me dal 
¡Aaaaah!... 
jYa lo creo que tiene usté que enseñármelal 
Amalita. ¡Digo! 

Doña Tula. ¿Y usté, qué va a cantarnos? 
Diana. ¿Por fin? 
Don Pepe. ¡No fartaría otra cosa! 
Amaiita. ¡Claro! Ande usté, ande usté. 

Todos insisten. 

Diana. Ea, pos vamos aya. Estoy yo pensando qué- 
cantarles... Diga usté, maestro. 

Rebolledo. Señora. 

Diana. ¿Conose usté la cansión der Sinito mío? 

Rebolledo. ¡Sí, señora! ¡La conozco y la sé! 

Don Pepe. ¡Este Reboyedo es una corchea con pan 
talones! 

Diana. ¿Podrá usté acompañármela? 

Rebolledo. ¿Quién dijo podrá? 

Dieguito. a corrales. (No ze entera de na de lo que- 
le brinda don Pepe. ¡Ze le ha zentao en la boca 'el est(')- 
mago!) 

Diana. ¡Vamos, que haserme a mí canta esta no- 
che]..^. 

Don Pepe. Y me desía usté a mí que era prontiyo... 

Diana. ¡Pos ha cambiao el aire! 

Rebolledo. Cuando usté guste, doña Diana. 

Diana. ¿Doña Diana? ¿Qué le he hecho yo a usté? 

Rebolledo. Cuando usté guste. 

Música 

Diana canta con intención y brío, dedicándole la canción a Die- 
guito, que no sabe dónde meterse. 

Diana. ¡Fué mi sino 

encontrarte en mi camino! 



— 2;i — 

¡Fué mi suerte 
vorvé los ojos y verte! 



Sin conoserte te quería, 
sin que me hablases te escuchaba,, 
y aunque tu nombre no sabía, 

¡por ér te yamaba! 

¡ Fué mi suerte 
vorvé los ojos y verte! 

y me asartó un desvarío 
\ . y la sangre se me ardió, 

y sentí que tú eras mío 
y de otra ninguna, no. 

¡Fué mi orguyo 
lograr er cariño tuyo! 

¡Fué mi sino 
encontrarte en mi camino! 

Cesa la música. 

Aplausos de entusiasmo, ¡bravos! etc., etc. 

Doña Tula. ¡Soberbia! ¡soberbia! 
iVlarqués. ¡Deliciosísima canción! 
Amaiita. ¡Qué voz más bonita! ¡Qué encanto! 
Corrales. ¡Y qué estilo más neto! 
Don Pepe. ¡Sangresiya torera, na más! 
Dieguito. Muy bien, muy bien cantao... 
Diana. Muy bien oído... y muy bien acompañao. 
Rebolledo. ¡Se acompaña usté sola! 
Diana. No lo crea usté. 
Marqués. ¡Bis! ¡bis! 
Dieguito. ¿Cómo? 

Marqués. ¡Bis! ¡bis! ¡Esto hay que oírlo nueva- 
mente! 



— 24 — 

AmaMta. ¡Sí! ¡sí! ¡Otra vez! ¡otra vez! 

Generales aplausos. 

Diana, ¡Cuánta amabilidá!... Acabaré por abochor- 
narme... 

Rebolledo. A la disposibión de usté, señora. 

Diana. Nos echaremos la vergüensiya a la esparda. 
Después de to, a nadie le amarga un durse. se prepara a 

pactar. 

DiegUitO. Buscando un pretexto para irse, mira su reloj 

¡Huy, qué tarde! Yo con permizo de ustedes me tengo 
que í... Lo ziento... pero me tengo que í... 

Don Pepe. ¿Será usté capaz de deja esto ahora? 

Dieguito. Aturdido. No tcngo más remedio... Es que 
mi tita está un poco malucha... 

Doña Tula. ¿Sí? 

Amalita. ¿Sí? 

Dieguito. No es coza de cuidao... Un catarriyo... Ze 
azomó ar barcón la otra noche y ze pasmó... Y hoy le 
dolía mucho la cabeza... Y he quedao en ye varíe dos 
zinapismos... 

Amalita. Mira, compra cuatro. 

Dieguito, ¿Eh? Condiós, doña Tula... 

Doña Tula. Adiós, hijo. Que se alivie la enferma. 

Dieguito no ve la salida. Azoradísimo, les va dando la mano a to 
dos los presentes. 

Dieguito. Gracias... Zeñora, ya zabe usté donde tie- 
ne zu caza y un amigo... 

Diana. confundiéndolo aún más con su sonrisa y sus palabras 
■y estrechándole la mano mientras habla con él. MuchlSimaS gra- 

sias... Por mi parte, en cuanto yo ponga mi casa, que 
aun vivo en la fonda, me fartará tiempo pa ofresérsela 
a usté... 

Dieguito. Gracias... gracias... 

Diana. Cuento con sus visitas... 

Dieguito. Zí, zeñora, zí... 

Diana. Con su amista... 



— 26 — 

DIeguito. Zí, zeñora... 

Diana. Con su... Vaya usté con Dios, Diego. 
Dieguito. Condiós, zeñora... Amalita, condiós... 
Amalita. Que te alivies, hombre... 
Dieguito. No, zi la enferma es mi tita. Condiós, Co- 
rrales... 
Corrales. Condiós, Dieguito. 
Dieguito. Condiós, Reboyedo... 
Reholle. ^0. Vaya usté con Dios. 
Dieguito. Condiós, Marqués... 
Marqués. ¡Siempre a su devoción! 
Dieguito. Condiós, don Pepe... 
Don Pepe. Hasta mañana, niño. 
Dieguito. Hasta mañana... ¿Doña Tula? 
Doña Tula. De mí te despediste ya. 
Dieguito. Zí, pero como ez usté la dueña... Buenas 

noches... a lucas, que aparece eu el fondo, dándole la mano 
también. CondiÓS, LucaS... 

Lucas. Sorprendido. Pásclo usté bien, señorito. 
Don Pepe. ¡Que se va usté sin er sombrero! 
Dieguito Tengo en mi caza otro... Buenas noches .. 
Pero de toas maneras... Buenas noches... 

Coge su sombrero y gana la puerta como puede. 

Don Pepe. ¡Ja, ja, ja! 

Don Pepe se ríe con intención de que se hsga leña de Dieguito. 
Diana corta la risa con una pregunta de interés. 

Diana. ¿Quién es este muchacho tan simpático? 

Doña Tula. Dieguito Florido. Una beya persona. 

Don Pepe. ¡Y un hazmerreí, como está usté viendo! 
¡Una mojiganga! 

Diana. Eso será según se mire, a Amanta. ¿Verdá? 

Amalita. ¡Naturarmente! 

Doña Tula. Vive solo con una tía que adora en é. 

Rebol leda. Diana, yo estoy aquí a sus ordene?. Cuan- 
do usté me mande, señora. 

Diana. A eyo! 



— 26 — 
Luces. Que ta permanecido observando el cuadro, (¡Ya Sen- 

tensió! jDon Dieguito Florido ha hecho su fortuna!) 

Música 

Diana. ¡Fué mi sino 

encontrarte en mi camino! ' 

¡Fué mi suerte 
vorvé los ojos y verte!... 

Cae el telón. 



FIN DEL CUADEO PfilMRKO 



27 



CUADRO SEGUNDO 

Calle. A la izquierda del actor la casa de Dieguito Florido. Es de 
noche y hay luna. En una esquina un farol encendido. Cerca de el 
colgado en la pared, un cepillo de Ánimas. 

Música 

El misterio de la noche envuelve las blancas calles de Alminares. 
De vez en cuando sopla el aire con rumor temeroso, de vez en cuan- 
do con suspiros de amor, con ayes de celos o con lamentos de des- 
víos. Una campanada suena en la torre de cercana iglesia. 

DIANA, recatado el hermoso rostro tras un negro velo de encaje, 
sale por la derecha. Se detiene ante el cepillo de Animas y deja una 
limosna en él. Sigue su camino y desaparece por el opuesto extremo 
de la calle, mirando con ilusión e interés la casa de Dieguito. Él 
aire que al pasar respira queda lleno de palpitaciones juveniles, de 
secretos de amor... 

Cuando cesa la música, DON PEPE ALCOLEA, que a 1;^ cuenta 
-eguia o espiaba los pasos de la interesante viuda, sale por donde 
ella. 

Don Pepe. Con el achaque ele la limosnita pa las 
Ánimas, esta mujé yeva ya ocho días paseándole la 
cave a ese nene. ¿Le paese a usté? ¡Y tres meses lar- 
gos disiéndole de toas maneras que le gusta! ¿Es o no 
es una aberrasión? Pero ¿qué grasia le habná encontrao 
pa perseguirlo asíV Cuando a un mataó le sale un toro 
de esas condisiones, que le embiste a to menos ar trapo, 
loco se vuerve y no sabe qué lidia darle. Mira hacia la 
izquierda. Ayí vicne mi hombre. ¡Con toa la cara de un 
sacristán de monjas!... Y acompañao de dos amigos, pa 
que no se pierda la criatura. ¡AngeHto! Aguardaré a que 
lo dejen solo. Por supuesto, í*epe Arcolea, si antes de 



— V8 — 

una semana no has clavao tú media estoca en lo lo arto, 
¡córtate la coleta ya, y ponía en tu casa en un cuadrito, 
junto a la trensa de tu abuela! ¡Y sin crista, pa que se 
entretengan las moscas! 

Se oculta por donde salió. Queda la calle sola uu momento. Lue- 
go aparecen por la izquierda DIEGUITO, CORRALES y JOSÉ MARÍA, 
nuevo camarada. 

Corrales. Ea, Dieguito: ya yegaste a tu casa sano y 
sarvo. Ni te nan maniatao en er camino, ni te ha sallo 
ar paso er fantasma, ni te han cortao la nuez. 

José María. Esta guarda nos la tienes tú que paga 
de argún modo. 

Corrales. Eso en la bodega, en la bodega. 

Dieguito. Estaba mirando pa aya, porque me pare- 
cía que había ayí un hurto... 

Corrales ¡Lo que hase er mieo! 

Se ríen los dos amigos. 

Dieguito. Es que ar más guapo le doy yo esto que a 
mí me paza... ¡Acozao por una mujé que en cinco años 
ha enterrao a trez hombres, y que ze lia fijao en mí pa 
que zea er cuarto! Reirze, reírze, que tiene mucha gra- 
cia; pero yo he pazao un veranito... — ¿No hay a}^ un 
burtoV 

Corrales. ¡No, hombre! ¡Son tus ojos! 

Dieguito. Es menesté ponerze en mi luga. ¡No voy a 
un zitio que no me la encuentre! Y luego a mi tita la 
ha envuerto. La tiene embelezá. Tos los días le manda 
un regalito: o tortas, o yemas, o flores, o vino durce, o 
azofaifas... Ahora mismo ze va a pazá en zu ñuca de Los 
Naranjales er mes de Zetiembre. ¡Pos ya ha comprome- 
tió a mi tita pa que vayamos unos días eya y yo! 

Corrales. Es que ha invitao a mucha gente, hom- 
bre. 

Dieguito. ¡Como que no zabe dizimulá! 

José María. Por sierto que a don Pepe Arcolea no lo 
ha invitao, y está don Pepe que echa humo. 



— 29 -. 

Dieguito. A don Pepe no lo traga ni con meloja. Y 
lo que iba a decí: figúrenze ustedes a Diana en Los 
Naranjales, a la luz der zó o a la luz de la luna... con loz 
olores de la huerta... con lo que marean las maripozas... 
con er calorcito de Zetiembre. . ¡No voy! ¡No voy, porque 
no zoy de amianto! 

Corrales. ¿Que no vas? 

Dieguito. ¡Que no voy! ¡Como no ze empeñe mi tita! 
jEs mucha mujé la viuda! ¡Ze le mete a uno por los 
zentíos! ¿Cómo dirán ustedes que me recibió la otra 
mañana? ¡Pos na más que en zu arcoba; porque decía 
que ze encontraba acatarraíya! ¡Mentira arrastra! Y me 
hizo pazá ayí, y me la encontré muy entre zábanas de 
Holanda, azomando na más que ]a cabecita por el em- 
bozo, y con una cofia de encajes muy escarola. Yo no zé 
zi eya tendría de veras un catarro, pero er que zudaba 
era yo. De cuando en cuando zacaba una manita y ze 
zonaba con un pañolito roza tamaño azi. Dos pulgadas en 
cuadro. ¡Pa comérzela! ¡Pa comérzela! Yo lo comprendo. 
¡Pero a mí no me da la gana de comérmela, porque me 
va a hace daño! 

Corrales. ¡Vamos, hombre! ¡Me da rabia oírte! 
^ Dieguito. ¿Rabia? ¡Tú te orvías de los antecezores!... 
Que en paz descanzen. Ayí tenía er retrato de los tres. 
Con unas caras muy zonrientes. . ¡Caray! 

José María. Rasón de más. ¿Dónde hay camino más 
seguro que er camino robao? 

Corrales. ¡Kr muerto al hoyo!... 

Dieguito. ¡Er muerto zí, pero er vivo nol 

Corrales. ¡En tu peyejo quisiea yo verme! 

Dieguito. Ezo me paza a mí: que quiero verme en 
mi peyejo muchoz años. 

Corrales. Bueno, pos condiósy que descanses. 

José María. No vayas a soñá con ej^a. 

Dieguito. Condiós, zeñores. Hasta mañana. Fijarze 
ar pazá ahora zi no hay ayí un burto. Los dos {imigos se 



— 30 — 

marchan por la derecha riéndose. Dieguito da dos pasos hacia su 
casa. Se oyen dentro maullidos y ladridos en competencia. Ya van 

ezos dos haciendo er perro y er gato pa azustarme. ¡Qué 
mala zombra tienen! ¡Ay, ze me orvidaba! Acércase ai 

cepillo y echa en él cuatro o cinco monedas. ¡Por to lo Contrario! 

¡Yo creo que me harán a mí más cazo que a eya!- 

¡Echo más dinero y ZOy vecino! Sale nuevamente DON 
PEPE, se acerca a él y le pone una mano en un hombro. Die- 
guito se encoge sin mirarlo. ¡Er burto!... ¡Este ez er burto!... 
¿Quién? 

Don Pepe. Gente de paz. 

Dieguito. Respirando de gozo. ¡Doil Pepe! 

Don Pepe. Me yamo. Don Pepe Arcolea Martín y 
Kamírez de la Cuesta. 

Dieguito. ¿Y a qué viene ahora la fe de bautismo? 

Don Pepe. \ recordarle a usté con quién habla esta 
noche y en este momento: ¡Don Pepe Arcolea Martín y 
Ramírez de la Cuesta! 

Dieguito. Fos 3^0, don Pepe, estoy tan achicao, que 
cazi cazi no zo}^ más que D F. La marca de los carzon- 
ciyos. 

Don Pepe. Bueno, no vengo a escucha tonterías. 

Dieguito. A la recíproca, don Pepe. ¿Quié usté pazá? 

Don Pepe. Grasias. Tengo que basé en la caye. 

Dieguito. ¿A estaz horas? 

Don Pepe. De la una pa arriba. Ar grano. Usté sabe 
tan bien como yo que base ya tres o cuatro noches qué 
sale por las cayes un fantasmita a asusta a las viejas y 
a los chiquij^os... 

Dieguito. ¡Ya lo creo que lo zé! ¡Más me he acordao 
de los vaticinios de Lucas!... Apenas da la una en la 
iglezia y ze apagan las luces der pueblo, aparece en la 
esquina. Desde aqueya véntanita lo veo yo. señala hacia 
arriba, a la izquierda. Viene, mira pa tos laos, y escribe un 
letrerito en mi paré. 

•Oon Pepe. ¿Un letrerito? , 



— 31 ^ 

Dieguito. Es claro que lo primero (lue mi criao hace 
por las mañanas es zacá una escobiya y encalarlo... 

Don Pepe. Pero, hombre, ¿y teniéndole la hora co- 
gía, cómo no le han dao ustés ya un susto? 

Dieguito. Porque ér ze adelanta; y er que da prime- 
ro da dos veces. Además, ze enteraría mi tita... Y luego, 
que no pone más que tonterías, no ze figure usté... Ya 
ze canzará. Miste lo que me puzo anoche: ze me ha 
quedao imprezo: 

«Dieguito, Dieguito, 
te cazarás con la viuda, azao, aliñao o frito.» 
Que ni tiene gracia, ni pega bien... ¡ni na! 

Don Pepe. Pos en mi puerta han aparesío también 
unos versos chistosos, y he estao dos noches esperando 
pa darle las grasias ar poeta. Pero no ha vuerto por ayí. 
De ahí que me haya determinao a vení a buscarlo en 
esta caye. 

Dieguito. Don Pepe... 
Don Pepe. ¿Qué pasa? 

Dieguito. ¿Y zi ze encuentra usté un dijusto? 
Don Pepe. Er dijusto lo que voy es a darlo, niño. 
Dieguito. Aya usté, entonces. Oiga usté: ¿qué de- 
cían los verzitos; que me ha picao la curiozidá? 

Don Pepe. ¡Qué sé yo! No me acuerdo... Una cosa 
así... 

«Vive en este caserón 
un hombre que ar mundo pasma... 
por su mucho corasón; 
y no le asusta er fantasma... 
porque él es un fantasmón.'» 
jYa le daré yo a ese aleluyas! 

Dieguito. sin poder reprimir la risa. ¡Ja, ja_, ja! 

Don Pepe. Mosqueado. Bucno está de risa, mosito.' Y 
quéese usté con Dios. 

Dieguito. Vaya usté enhorabuena. ' 



— 32 - 
Don Pepe. ¡No se descomponga usté si oye un tiro! 

Vuelve a marcharse por la derecha. 

Dieguito. ¡Caray! No creía yo que era don Pepe tan 
rezuerto. Y lo han puesto azi los dezaires de la viuda. 
No conziente é que ninguna mujé lo dezaire. ¡Ya podía 
tomarla con é! ¡Lástima que no zea zu tipo! Da la una eu 

la iglesia. ¡La Una! Se apaga la luz del farol. ¡Huy! A cazita. 
Éntrase en su casa y cierra la puerta tras de sí. 

Pausa. La música en la orquesta recuerda hasta el final del cua- 
dro los temerosos ecos del principio. A poco aparece por ia izquier- 
da el FANTASMA. Es una máscara de pueblo, que lleva sobre la 
cabeza una luz dentro de un puchero agujereado. And^ como que- 
riendo parecer alma del otro mundo. Observa la calle, y cerciorado 
de su soledad, escribe un letrero en Ja fachada de la casa de Die- 
guito. Cuando va a retirarse por la derecha, sale DON PEPE, revól- 
ver en mano. 

Don Pepe. Apuntándole. Arto ahí, fantasmita. Éste se 

para en seco. Como te menees, te tiendo de un balaso. 
¿Quién eres? ei Fantasma calla. ¿Quién eres? O hablas o 
le doy gusto ar deo. 

Rinconera, con voz entrecortada. Bíu... ría... Rinconera 
zoy, zeñorito. 

Don Pepe. ¿Binconera? ¿Er cochero de doña Diana? 

Rinconera. Zervidó. 

Don Pepe. ¿Y'' sales así por tu gusto? 

Rinconera. No; que zoy mandao. 

Don Pepe. Pos elige entre estos dos caminos: o deja 
que te apague yo de un tiro la luz de la oya, y se acaba- 
ron los fantasmas en er pueblo, o haserte amigo mío. 

Rinconera. Prefiero hacerme amigo de un hombre 
tan hombre como lo es don Pepe Arcolea. se descubre. 

Don Pepe. ¿Me conoses? 

Rinconera. De zobra, zeñorito. 

Don Pepe. Pos echa caye arriba. 

Rinconera. ¿x\dónde vamos? 

Don Pepe. Por lo pronto, a mi casa. 



- 33 — 

Rinconera. Está bien. Se encamma hacia la derecha y des- 
aparece diciendo: (¡Er mesmo demonio es mi zeñora!) 

Don Pepe. ¡Fantasmitas a mí! ¡Tanto mato yo de 
noche como de día! 

Dieguito habla desde la ventana alta que señaló antes. No se 
le ve. 

Dieguito. ¡Don Pepe! 

Don Pepe. Buscándolo en torno. ¿Eh? 

Dieguito. ¡Aquí estoy! 

Don Pepe. ¡Ah! 

Dieguito. ¿Bajo? 

Don Pepe. ¿Pa qué, hombre? ¡Siga usté con lo que 
esté hasiendo! 

Dieguito. ¿Quién ez er fantasma? 

Don Pepe. ¡Esas cosas se averiguan personarmente! 
¡Tómese asté una tasita e tila con asahá! 

Dieguito. ¿Quié usté leerme lo que ha puesto esta 
noche? 

Don Pepe. ¡Sí, señó! Acércase a la fachada, se alumbra y lee. 

La viudita, la viudita, 
la viudita se quiere casa, 
con er conde, conde de Cabra, 
conde de Cabra se le dará. 
Dieguito. ¿Y er conde de Cabra zoy yo? 
Don Pepe. ¡Eso, ya lo veremos! — ¡En x\rminares no 
hay más mataó de arternativa que don Pepe Arcolea!: 

Vase tras Rinconera. 



FIN DEL CUADRO SEGUNDO 



— 34 



CUADRO TERCERO 



Pequeña glorieta en un naranjal de la huerta de Diana, conocida 
por "Los Naranjales». Dos o tres bancos de azulejos. Es pleno 
día. 

Por entre los naranjos de la derecha sale DIEGUITO, huyendo 
de Diana, y se sienta eu un banco a meditar. 

Dieguíto. Ze lo dije a mi tita. ¡Cuidao que ze lo dijel 
Busque usté un pretexto, y no vayamos a Los Naranja- 
les. ¡Zi no quié usté pone en peligro er zobrino que tie- 
ne! En cuatro días que yevo aquí, he perdió tres kilos. 
¡Yo no zé qué hace ya con esta zeñora! Me perzigue 
como a una liebre. Y corre más que yo. V^i a tené que 
rezorverme a lo que he penzao. Zí, zí: es lo más zeguro. 
Amalita está aquí; Amalita zueña conmigo... y zuspira 
porque yo le diga «buenoz ojos tienes»; a mí me gusta 
eya... ¡Pos la zaco de penas, y vaya un burladero que 
he encontrao! Pero ¿cómo no ze me ocurriría esto antes? 
Na, na: en cuanto que la encuentre zola le digo que la 

quiero. Quédase abstraído. 

Por la derecha también aparece DIANA. Viene paia comérsela, 
aunque haga daño, como teme Dieguito. En sus ropas no hay ya ni 
la más ligera alusión a sus difuntos. Se acerca a Dieguito de pun- 
tillas y le tapa la cara con el abanico, preguntándole candorosa- 
mente. 

Diana. ¿Quién soy? 

Dieguito. sobresaltado. ¿Qué? 

Diana. ¿Quién soy? 

Dieguito. Riéndose de la gracia como un conejo que ve una 

escopeta. ¡Jeee! 

Diana. Tunantiyo... ¿qué hase usté aquí tan solo? 
Dieguito. ¡Penzando!... 



— 36 — 

Diana. ¿Pensando? ¿Y en qué está usté pensando, 
ingiatiyo? 

Dieguito. En mis cozas... en miz azuntos... 

Diana. ¿No será en arguna personiya, truhán? ¿A 
que sí? ¿Por qué letra empiesa? Dieguito sopla sofocado. 
Vamos, dígamelo usté a mí: ¿por qué letra empiesa? 

Vuelve a soplar Dieguito. ¿Qué eS eSO? ¿Tiene USté CalÓ? Lo 
abanica con mimo. Dieguito siente uu leve mareo. ¿Qué le pasa 

a usté? 

Dieguito. ¡Pos que cuando usté me abanica me en- 
tra más caló!... 

Diana. ¡Ay, qué grasioso! No lo pué usté remedia: 
está usté sembrao. Ea, tome usté; abaniqúese usté so- 
lito... 

Dieguito. Muchas gracias. Se abanica mirándola. 

Diana. Estoy pasando unos días en Los naranjales, 
Dieguito, que nunca se me orvidarán. 
Dieguito. No; ni a mí tampoco. 
Diana. ¿De veras? 
Dieguito. Ze lo juro a usté. 

Diana. suspirando intencionadamente. jAyl... 

Dieguito. Diana... 

Diana. como si esperara la declaración amorosa de Dieguito, 
lo detiene con un cariñoso ademán. AqUl nO... 

Dieguito. ¿Aquí no... qué? 

Diana. Lo que tenga usté que desirme... eso que 
estoy leyendo ya en sus ojiyos, no quiero que me lo 
diga usté aquí... Va usté a desírmelo oriyita e la arber- 
ca. Yo tengo pasión por aquer rinconsiyo... ¡Eotá tan 
ocurto y tan solitario!... 

Dieguito. Pero... 

Diana. ¿No oye usté? Ya vienen ahí las muchachas... 
Aquí no tenemos soleda ni sosiego... Vayase usté a la 
arberca y espéreme ayí... 

Dieguito. Bueno, bueno... me voy a la arberca... 
jPué zé que me encuentre usté en er fondo! 



— 38 - 
Diana. ¡Ay, qué grasia de horabrel 

Dieguito la mira, no sabe qué decirle o no se atreve a decirle lo 
que piensa, sopla nuevamente muy sofocado y se va por la izquierda. 
Diana lo ve ir muerta de risa. 

Música 

Diana. Dirigiéndose a un grupo de muchachas, entre las cua- 
les viene AMALITA, y cuyas voces llamándola se oyen dentro. 

¡Aquí, niñas, aquí me tenéis! 

¡Venir si queréis 
que yo os dé mi consejo mejor! 

Salen las MUCHACHAS. 

¡Venir y sabréis 
cómo lograréis 
la victoria segura en amor! 

Ellas. ¡Hable ya, que escucharla queremos! 
¡A vé si aprendemos 
de sus artes el arte mejor! 
Sorteras nos vemos, 
amor pretendemos, 
¡y nos vuerve la esparda el amor! 



Diana. 



Unas. 
Otras. 
Diana. 
Todas. 



Tres veses me enamoré, 
tres victorias conseguí: 
tres fortalesas sitié, 
tres fortalesas rendí. 
¿Cómo? 

¿Cómo? 

¿Cómo? ¡Así! 
¡Diga usté! 



Diana. La mujer a quien un hombre le interese, 
que nunca lo confiese; 
que nunca dé su nombre; 



- 37 — 

que se finja enamorada de otro hombre, 
y que si ha de señalarlo diga: ¡Ese! 
¡Ése! ¡Ése! 

Señala a la vez con el índice y con el pulgar, abiertos en án- 
gulo. 

Ellas. La mujer a quien un hombre le interese... 
etc., etc. 

Diana. Y esto suele sé bastante: 

pocas veses es presiso nada más: 
señalando ar de delante, 
se consigue ar de detrás. 

Porque el hombre pierde siempre la cabesa 
y siempre se interesa 
si no se le prefiere, 
y dolido der desaire que le hiere, 
se enardese y se enamora y grita: ¡Ésa! _ 
¡Ésa! ¡Ésa! 
Ellas. Porque el hombre pierde siempre la cabesa... 
etc., etc. 



Diana. 

Ellas. 

Diana. 

Ellas. 



Así, niñas, lo hice yo: 
asi tres veses vensí! 
Así tres veses vensió! 
Tres fortalesas rendí! 
Tres fortalesas rindió! 



Cesa la música. 

Sale por la derecha RINCONERA, criado de Diana, a quien co- 
nocimos vestido de fantasma en el cuadro anterior. 

Rinconera. Zeñora. 

Diana. ¿Qué hay, Eiriconera? 

Rinconera. Carretera alante, en zu jaca baya, he di- 
vizao a don Pepe Arcolea, comiéndoze los campos. Ha- 
■cia acá viene. 

Diana. Bueno, ¿y qué? 



^ 88 - 

Rinconera. Yo, por zi la zeñora quería... 

Diana. No, no... Es desí... Niñas, ¿ustedes quieren 
que lo hagamos pasa? 

Amalita. Sí, sí; que es muy grasioeo. ¡Vamos a salir- 
le al encuentro! 

Todas. [Vamos, sí; vamos! Se van corriendo por la de 
recha. 

Diana. Bajo a Rinconera. (¡No hay oro para pagarte a ti!) 
Rinconera. Bajo también a eHa. (¡Pos págueme usté en 

plata!) Vase detrás de las muchachas. 

Amalita. Que se ha detenido en el fondo. ¿Us(é Se queda? 

Diana, ¿Yo? Sí. De qué poquito les sirven a ustedes- 
mis lesiones. 

Amalita. ¿Por qué lo dise usté? 

Diana. Porque a los hombres no debe demostrárse- 
les nunca interés por eyos. ¿No te has enteraoV A mí 
don Pepe me va a encontrá hablando con Dieguito en 
la arberca. 

Amalita. ¿Sí, eh? Pos usté con Dieguito no sigue er 
sistema que nos aconseja a nosotras. 

Diana, confidencialmente. Con Dieguito, no; pero con 
ese otro, que es er que yo persigo, ya lo ves. 

Amalita. Atónita. ¿Que usté ar que persigue es a don 
Pepe? 

Diana. ¡Claro! ¡Y por eso la he tomao con Dieguitol 

Amalita. Pero ¿desde cuándo es eso, Diana? 

Diana. Desde la feria de Jerez en que lo conosí. Le 
gusté, me gustó, me enteré de quién era... y le puse loa 
puntos. ¡Yo suspiraba por tené una ganadería!... Guár- 
dame, por Dios, er secreto. Te lo he confiao... pa que 
estés tranquila por tu Dieguito... Hasta luego, tonta... 

tontísima. Se aleja por la izquierda, cantando: 

La mujer a C|uien un hombre le interese... 
Amalita. Vaya usté con Dios. ¡Qué alegría me ha 
dao esta mujé! ¡Y qué rasón tiene! ¡Ahora lo veo claro 
como el agua! ¡He sío una chiquiya! Naturarmente... 



-- 39 — 

como una no ha experimentao... ¡Er día que sea yo tres 
veses viuda, ya habré abierto los ojos! Abstraída continúa 

monologueando, lleno el pensamiento de iniciativas portentosas. 

DIEGÜITO vuelve por la izquierda del fondo, en cautelosa 
huida. 

Dieguíto. ¡Zí, zí! ¡En la arberca te van a espera a ti 

los peces de colores! Reparando en Amalia. ¡Digo! ¡Y ésta 
aquí! ¡Esto es providencia! Dirigiéndose muy ufano a ella. 

¡Amalita! 
Amanta. ¿Eh?¿Qué? 
Dieguito. ¡Amalita! 

Amalita. Ásperamente. ¿Qué? Dieguito la mira, con gotas de 

miel en las pestañas. ¡Jesús, hijo, qué cara de panfilo! ¿Qué 
quieres? 

Dieguito. Referirte aquí a zolas un zueño que he te- 
nio esta noche. 

Amalita. ¿Ah, sí? Pos no estoy en vena de escucha 
sandeses. Entretente cogiendo griyos. 

Dieguito. Desconcertado. Amalita, no te conozco... 

Amalita. Yo a ti sí. Nasiste tonto, y te vas redon- 
deando con la edá. Encamínase hacia la derecha. ¡Gumer- 
sindo! 

Dieguito. sin poder contenerse. ¿Quién es Gumerzindo? 
Amalita. ¿A ti qué te importa? ¡Gumersindo! se reti- 
ra llamándolo. 

Dieguito. Perplejo. Zin habla me he quedao... To lo 
podía yo espera menoz estezofión... ¡Me fayó er burla- 
dero! Pausa. Eze Gurmerzindo va a zé uno dergaíto con 
escrófulas que ha venío ayé de Arenales... ¡Entienda 

usté a estas niñas! Nueva pausa. Continúa reflexionando sobre 
su suerte, mustio y desolado. 

Entre tanto aparecen en el fondo, por la derecha, RINCONERA y 
DON PEPE, que hablan aparte. 

Rinconera. Cuando yo le he dicho a usté que venga, 
es porque estoy zeguro de que va usté ganando terreno. 
No le pezará a usté la vizita. 



^ 40 — 

Don Pepe. Grasias, Rinconera, A ti tampoco te pesa- 
rá servirme. 
Rinconera. Aguarde usté aquí a la zeñora, que vi a 

^yizarle. Vase por el fondo hacia la izquierda. 

Don Pepe da unos pasos, ve a Dieguito y se dirige a él. Viene de 
punta en blanco; no se habría compuesto más un mozo que corriese 
su primera aventura de amor. Sombrero ancho de rico fieltro, mar- 
sellés de paño finísimo y alamares de oro, faja de seda, pantalón de 
punto y espuelas de plata. En la mano trae una delgadísima fusta. 

Don Pepe. ¿Qué hase usté aquí tan solo y tan abu- 
rrió, camaraíya? 

Dieguito. volviendo en sí. ¡Caramba! ¡Don Pepe! 

Don Pepe. ¡Paese que le han echao a usté un toro ar 
corra! 

Dieguito. Es pozible. Pero, ¿cómo usté por aquí? 

Don Pepe. Pasaba a cabayo... y me han hecho una 
seña pa que entre. 

Dieguito. ¡Miste zi me la hicieran a mí pa que me 
fuera! 

Don Pepe. ¿Eh? 

Dieguito. Lo que está usté oyendo. Don Pepe de mi 
arma, er cerco que me pone Diana es ca día máz estre- 
cho y máz apretao. 

Don Pepe. ¿No serán esas ilusiones de usté? 

Dieguito. ¡Ya le daría yo a usté, pa que ze conven- 
ciera, los diítas que yevo en Los Naranjales! 

Don Pepe. Pero ¡es usté un chiquiyo! ¿Hay na más 
fasi pa un mataó que corre si no quié lidia un toro? 
¡Tírese usté ya ar cayejón de cabesal 

Dieguito. He querío meterme en un burladero y no 
he dao con é. 

Don Pepe. Pos si ya de pura jindama ha yegao usté 
a perdé hasta la vista, pierda usté la vergüensa también 
y haga lo que yo, que he toreao ganao de toas clases, 
he hecho más de una vez cuando me ha importao poco 
deja mar carté en una plasa. 



- 41 - 

Dieguito. ¿Y qué es lo que usté ha hecho, don PepeV 

Don Pepe. Er SúlUvan. 

D'eguito. ¿Er Zúllivan^¿Me quié usté decí con qué ze 
come ezo? 

Don Pepe. Er Sídlivan es un drama antiguo, en er 
que un hombre, Sídlivan, pa desengaña a una mujé que 
de ér se ha prendao, en una fiesta a que lo invitan y 
donde eya está, prinsipia a hasé cosas feas en presensia 
suya: se emborracha, dise palabrotas, comete tartas de 
educasión, pega voses... ¡En ñn, no para hasta que la 
propia dama enamora lo pone en la puerta e la caye! 

Dieguiío. con súbita alegría. ¡Ay, don Pepe! ¡Usté es 
mi amigo! ¡Usté me ha dao la zalía de la ratonera! ¡Zú- 
Uivan! ¡ZúUivan! ¡La vo}^ a pone como un trapo! ¡Yo zoy 
Zúllivan! 

Don Pepe, con petulancia. ¡Había de sé yo quien le hi- 
siera a usté er quite! 

Dieguito. ¡Vi a emborracharme en la bodega! ¡Zúlli- 
van! ¡Yo zoy Zúllivan! 

Vase por la derecha muy resuelto. 

Don Pepe. ¡Ja, ja, ja! 

En esto viene por la izquierda DIANA, que se llega a Don Pepe 
con grandes muestras de sorpresa y de regocijo. 

Diana. ¡Pos es verdá! ¡Si lo estoy viendo y no lo creo! 
jDichosos los ojos, don Pepe! ¡Venga usté con Dios! ¿A 
qué se debe tanto bueno en mi finca? 

Don Pepe. Dios guarde a usté, Diana. Lo bueno es 
lo que en la finca se encuentra, no lo que a eya viene 
conmigo. 

Diana. ¡Ay, don Pepe! ¡Lo que le agradezco yo a 
usté esta visita... en este momento! Siéntese usté un 
ratito. 

Don Pepe. ¡Er tiempo que usté mande! 

Diana. Don Pepe... yo soy una mujé sin ventura. 

Don Pepe. ¿Usté, Diana? ¿Ha tirao usté por er bar- 
cón tos los espejos? ¿No se ve usté la cara nunca? 



— 42 — 

Diana. Y ¿qué tiene que vé ..? 

Don Pepe. ¿Que no tiene que vé esa cara, hija mía? 

Diana, sonnéndoie. No es eso... A mí, don Pepe, me 
sigue una leyenda terrible por la muerte de mis tres 
difuntos... Usté la conose... A usté, que es hombre de 
esperiensia y de sentío... 

Don Pepe. Cuarenta y cuatro yerbas. 

Diana. Se le pué habla de cosas tan graves... Ya ve 
usté: ese muchacho... me huye. Lo noto, lo adivino, lo 
comprendo... ¡Me huye! 

Don Pepe. ¡Porque es un manso! 
[Diana. ¡No! Por mi leyenda picara, ¡Esta desgrasia 
de mis matrimonios! Y entérese usté de lo que son las 
cosas... Mi primer marido era milita... y er pobresito 
murió en un combate... ¿Fui yo la bala que lo mató? 
Er segundo, el infehz, cogió una purmonía, y se murió 
de eya... ¿Fui yo el aire colao? Y er desventurao der 
tersero, se suisidó, porque perdió en er juego media for 
tuna... ¿Fui yo la bola de la ruleta? Pos, sin embargo, 
Ja gente dise que he acabao con tres hombres, que soy 
er cólera con fardas... } ahí tiene usté las consecuensias: 
Dieguito me huye. 

Don Pepe. ¡Lo que paese mentira, Diana, es que una 
paloma marchenera, que pué vola con orguyo por tos 
los palomares der mundo...! 

Diana. ¡Ay, qué fino está eso!... 

Don Pepe. ¿Fino? ¡Pos cambiaré la sea por er perca ^ 
que es er trapo e brega! ¡Lo que paese mentira, Diana, 
lo que paese mentira es que usté, con esos ojos negros, 
que son dos miuras corríos en tres plasas, se sorprenda 
de que un noviyeriyo prinsipiante se asuste de eyos, y 
no quiera enterarse de que hay un mataó de arternati- 
va, de lo poco clásico que quea, que está deseando brin- 
darle a usté una faena de adorno, pa yevarse las parmas- 
e la tarde, er tabaco der pueblo, los sombreros de la pro- 
vinsia, y las dos orejas, y er rabo! ¿Y esto, está fino? 



— 43 — 

Diana. Está grasioso. ¿Y quién es ese mataó, don 
Pepe? ¿Usté por casualidá lo conose? 

Don Pepe. Por lo visto, lo conozco y lo apresio. 

Diana. Entonses dígame usté su nombre, porque si 
me brinda esa faena, yo tendré que haserle un regalito. 
Es la costumbre, ¿no? 

Don Pepe. ¡Con que le tire usté una horquiya de su 
pelo tiene ér muy bastante! 

Diana. ¿Una horquiya, don Pepe? 

Don Pepe. ¡Pa ahorcarse de gusto, presiosal 

Diana. Pero... ¡don Pepe! 

Don Pepe. Pero, Diana, ¿tan ofusca está usté por ese 
Don Tancredo que no ha arvertío desde que hablamos 
por primera vez que yo soy ese mataó de vergüensa to 
rera, que de na se asusta, que quiere ganao voluntarioso 
y de podé, que prefiere morí en la plasa mejó que en la 
fonda, y que...— ¡vaya por los der só!-que cuando a 
usté le dé la gana torea con usté al alimón ar cura que 
a usté más le agrade? ¡Pos ya lo sabe usté! ¡Lo dise y lo 
sostiene don Pepe Arcolea Martín y Ramírez de la Cues- 
ta, que yeva en ca palabra un notario! 

Diana. Fingiéudose confusa. ¡Ay... don Pepe!... Don Pe- 
pe... yo no sé lo que oigo... Estoy temblando, mire 
usté... Le tiende una mano. Me he quedao como ei hielo... 

Don Pepe. ¿Qué idea tiene usté de las temperaturas, 
mi arma? 

Diana. Hase farte está siega y sorda... Por más que 
¿cómo había yo de pensá nunca .. cómo había yo de 
pone mis ojos...? ¡Ay, Jesús, lo que iba a desí! 

Don Pepe. ¡Dígalo usté, por su salusita! 

Diana. No... no... Bastante digo ya con mi tembló... 
con mi desconsierto... Don Pepe... Don Pepe... ¿No estoy 
yo soñando, don Pepe? 

Don Pepe. ¡Ar que le paese que sueña, es a mí! 
¿Esos sinco, pa enterarnos bien de que estamos des- 
piertos? 



— 44 --. 

Diana. Dándole ahora la mano con coquetería. Pepe... 

Don Pepe. ¡Diana! ¡Na; que hay tardes que uno cree 
que va a queá malamente porque ha visto un tuerto en 
ei camino, y lo yevan en hombros a la fonda! ¡Na más! 

Diana. ¿Vuerve Dieguito? 

Don Pepe. ¡Qué sé 3^0! ¡Mardita sea su estampa, si 
vuerve! 

Diana. Pos ahí yega, sí. 

Aparece Dieguito por donde se marchó, un tantico alegre y con el 
propósito de recobrar la libertad perdida, poniendo en juego el re- 
curso que le recomendó Don Pepe. 

Dieguito. ¡Zúlüvan! Pos, zeñó; yo no he visto más 
pretenziones que hay en e-ta caza. Le yaman bodega a 
tres barriles, uno con campeche, otro con mosto y otro 
€on vinagre! ¡Pf!... ¡Qué barbaridá! Zi yo zé esto, ¡en ze- 
guía me peocan a mí en Los Naranjales! ¡Los Naranja 
les!... ¡Los Naranjales!... ¡Ze yenan la boca diciéndolo!... 
¡Los Naravjides!... ¡Los Naranjales!... ¡Er Paraízo! ¡Y 
después e to no hay más que rábanos!... ¡Pf!... ¡Qué 
barbaridá! 

Don Pepe. Oiga usté, criaturita... 

Diana. ¿Ha perdió usté la cabesa, Diego? 

Dieguito. ¿Ze le pazo a usté ya, don Pepe, la corajina 
que le entró porque no lo invitaron? 

Don Pepe. ¿Eh? 

Dieguito. Na, na; no ze haga usté er dizimulao, por- 
que renegaba usté de la viuda y de tos zus difuntos. 
jZúllivan! 

Don Pepe. ¿Se quié usté cayá, niño? 

Dieguito. Aqueyo fué una porquería. No tiene otro 
nombre. Y místela ahí: paece que nunca ha roto un 
plato. Es guapa, ¿zabe usté? pero muy pegajoza. ¡Zúlli- 
van! Ya ze lo yevará a usté pa la arberca. 

Don Pepe. ¡En serio, nene: o se come usté toas esas 
insolensias que está disiendo, o der trompaso le saco a 
usté er puño por la coroniya! 



— 45 — 

Dieguito. Sincerándose. /ZiUHvmi, doo Pepe! 

Don Pepe. ¡Qué SúUívan ni qué canastos! 

Diana. Déjelo usté, don Pepe. No le haga usté caso 
ninguno. Es un muñequiyo engreío. Lo halaga una pa 
que le sirva de bufón... 

Dieguito. ¿Eh? 

Diana. Riéndole las grasias que le escucha a usté... 

Dieguito. ¡Hombre! 

Diana. Y ha yegao a creerse que es un monte de sá. 

Don Pepe. ¡De sar sosa! 

Diana. ¡Eso: de sar sosa! 

Gran carcajada de los dos, que descompone a «Súllivan.» 

Dieguito. ¡Pos no abro yo la boca que no me diga 
usté que estoy zembrao! 

Diana. ¡Y está usté sembrao!... ¡Pero de pepitas de 



melón! 

Dieguito. Reprimiéndose. Es demaziao Zúllivan lo que 
ze me ocurre pa contestarle a usté. 

Diana. Anda, don Pepe, ven tú conmigo... que te 
quiero enseña la finca. 

Dieguito. Estupefacto. ¿Ven tú conmigo? 

Don Pepe Desdeñándolo presuntuosamente. ¡Er braSO, 

Diana! 

Diana. ¡Con er gusto cormao! 

Don Pep9. Yéndose muy amartelado, por la izquierda. ¡Xa 

amigo, na! ¡Que le voy a da la vuerta ar rueo! 

Dieguito, viéndolos alejarse, da rienda suelta a su satisfacción y 
líe alborozado. 

Dieguito. ¡Le tocó la china a don Pepe! Aquí zí que 
viene bien aqueyo de: «¡ya te lo dirán de mizas!» Saltan- 
do de júbilo. ¡Pero qué zuerte tengo! ¡De buena me he li- 
brao! ¡Ez un gran amigo don Pepe! Yo le voy a reza una 

zarve. a Amanta, que llega oportunamente por la derecha. ¡Ama- 

Uta! 

Amalita. ¡Dieguito! 
Dieguito. ¡Mira pa aya! 



— 46 ~- 

Amalita. ¡Don Pepe y Diana der braso! 
Dieguito. Como dos caramelos. 
Ama lita. ¡Rasón tenia! 

Dieguito. ¿Quién tenia razón? ¿Gumerzindo, quizás? 
Amalita. ¡No, hombre! con tristeza. No pienses más 
en Gumersindo. 

Dieguito. Pero ¿a ti qué te paza, lucero'-^ 
:Lusero?... 



Amalita. 
Dieguito. 
Amalita. 
Dieguito. 
Amalita. 



¡Zí! ¿Qué te paza, rozita de oló? 
liosita de oló?... 



¡Que me da envidia 



¡Zi! ¿Qué te paza? 
¡No sé disimula!., 
aqueya pareja! 

Dieguito. ¡Y a mí también! ¿Veamos a dárzela noz- 
otros a eyos? 

Amalita. ¿Serías tú capaz? 

Dieguito. Aquí está mi brazo, Amalita. 

Amalita. ¡Grasias a Dios, hombre, grasias a Dios! 

Dieguito. Y ar rey. La gracia del indurto: en luga 
de la pena de muerte, que ha zío pa don Pepe, me toca a 
mí contigo la cadena ^jerpetua. 

Cogidos del brazo se dirigen al público. 

Un aplauzo para eya... 
Amalita. Un aplauso para é... 
Dieguito. Otro aplauzo para aquéya... 
Amalita. Y otro aplauso para aqué... 
Dieguito. ¡Y Dios nos dé buena estreya! 



FIN DE LA ZARZUELA 



Fuentcrrabía— Madrid, Octubre, 1915. 



OBRAS DE LOS MISMOS AUTORES 



Rsg'rima y amor, jugnete cómico. (2.* edición.) 

Kelén, 12, principal, jugaete cómico. (2.* edición.) 

Olllto, juguete cómico lírico. Música del maestro Osuna. (3.* edición ) 

La media naranja, juguete cómico. (3.* edición.) 

Kl tío de la flauta, juguete cómico. (3.* edición.) 

Kl ojito derecho, entremés. (4.* edición.) 

La reja, comedia en un acto. (5.* edición.) 

La buena sombra, sainete en tres cuadros, con música del maes- 
tro Brull. (7.* edición ) 

Kl peregrino, zarzuela cómica en un acto. Música del maestro 
Gómez Zarzuela. (2." edición.) 

La vida íntima, comedia en dos actos. (3.* edición.) 

Los borrachos, sainete en cuatro cuadros, con música del maes- 
tro Giménez. (3.* edición.) 

El chiquillo, entremés. (7.* edición.) 

Las casas de cartón, juguete cómico. (2.* edición.) 

ül traje de luces, sainete en tres cuadros, con música de los 
maestros Caballero y Hermoso. (2.* edición.) 

El patio, comedia en dos actos. (5.* edición.) 

El motete, pasillo con música del maestro José Serrano. (3.* edi» 
ción.) 

El estreno, zarzuela cómica en tres cuadros. Música del naaestro 
Chapí. (2.* edición.) 

Los Galeotes, comedia en cuatro actos. (4.* edición.) 

La pena, drama en dos cuadros. (2.» edición.) 

La azotea, comedia en un acto. (2.* edición.) 

El g'énero ínfimo, pasillo con música de los maestros Valverde 
(hijo) y Barrera. 

El nido, comedia en dos actos. (4 " edición.) 

Las flores, comedia en tres actos. (3.* edición.) 

Los piropos, entremés. (2.^ edición.) 

El flechazo, entremés. (3.* edición.) 

El an»or en el teatro, capricho literario en cinco cuadros, pró- 
logo y epílogo. (2.* edición.) 

Abanicos y panderetas o ¡A Sevilla en el botijo! humorada 
satírica en tres cuadros, con música del maestro Chapí. 

La dicha ajena, comedia en tres actos y un prólogo. (2.* edición.) 

Pepita Reyes, comedia en dos actos. (2.* edición.) 

Los meritorios, pasillo. 

La zahori, entremés. (2.* edición.) 

La reina mora, sainete en tres cuadros, con música del maestro 
José Serrano. (3.* edición.) 

Zaragratas, sainete en dos cuadros. (2 * edición.) 

JLa zaj^ala, comedia en cuatro actos. (2.* edición.) 

La casa de García, comedia en tres actos. 

La contrata, apropósito. 



El amor que pasa, comedia en dos actos. (2.* edición.) 

Ei mal de amores, saínete con música del maestro José Serrano .. 

El nuevo servidor, humorada. 

Rlañaua de sol, paso de comedia. (2." edición.) 

Fea y con g^racia, pasillo con música del maestro Tnrina. 

lia aventura de los galeotes, adaptación escénica de un capi- 
tulo del Quijote. 

lia musa loca, comedia en tres actos. 

lia pitanza, entremés. 

El amor en solfa, capricho literario en cuatro cuadros y un pró- 
logo, con música de los maestros Chapi y Serrano. 

Lios chorros del oro, entremés. (2.* edición.) 

Dforritos, entremés. 

Amor a oscuras, paso de comedia. 

lia mala sombra, saínete con música del maestro José Serrano ► 
(2.* edición.) 

El gfenio alegare, comedia en tres actos. (3/ edición.) 

El niüo prodig-io, comedia en dos actos. 

Nanita, nana..., entremés con música del maestro José Serrano. 

lia zancadillay entremés. 

lia bella liucerito, entremés con música del maestro Saco del 
Valle. 

Lia patria cliica, zarzuela en un acto. Música del maestro Chapí, 
(2.* edición.) 

lia vida que vuelve, comedia en dos actos. 

A la luz de la luna, paso de comedia. 

La escondida senda, comedia en dos actos. 

El ag-ua milag:rosa, paso de comedia. 

lias buñoleras, entremés. 

lias de Caín, comedia en tres actos. 

Amores y amoríos, comedia en cuatro actos. (2.'^ edición.) 

lias mil maravillas, zarzuela cómica en cuatro actos y un pró- 
logo. Música del naaestro Chapí. 

Sang-re g-orda, entremés. 

El patinillo, sainóte con música del maestro Gerónimo Griménez. 

Dona Clarines, comedia en dos actos. 

El centenario, comedia en tres actos. 

lia muela del Key FarfAn, zarzuela infantil, cómico-fantás tica. 
Música del maestro Amadeo Vives. 

Herida de muerte, paso de comedia. 

El últieno capítulo, paso de comedia. « 

lia rima eterna, comedia en dos actos, inspirada en ana rima de- 
Bécquer. 

lia flor de la vida, poema dramático en tres actos. 

Solico en el mundo, entremés. 

Palomilla, monólogo 
Rosa y Rosita, entremés. 
El bombre que hace reír, monólogo. 

Auita In Risueña, zarzuela cómica en dos actos. Música del maes- 
tro Amadeo Vives. 



Puebla de las 3Iujeres, comedia en dos actos. 

Malvaloca, drama en tres actos. 

Sábado sin sol, entremés con música del maestro Francisco Bravo. 

L.as bazaüas de Juanillo el de Molares, apropósito. 

Mundo, mundillo..., comedia en tres actos. 

Fortunato, historia tragi-cómica en tres cuadros. 

Nena Teruel, comedia en dos actos y un epilogo. 

Sin palabras, comedia en un acto. 

Sablando se entiende la gente, entremés. 

El amor bandolero, zarzuela en tres cuadros. Música de los 
maestros Bravo y Torres. 

liOS Leales, comedia en tres actos. 

lia consulesa, comedia en dos actos. 

Chiquita y bonita, monólogo. 

Polvorilla el corneta, monólogo. 

Dios dirá, comedia en dos actos. 

Isidrfn o L.as cuarenta y nueve provincias, sainóte con 
música del maestro Griménez- 

Becqueriana, ópera en un acto, inspirada en una rima de Bécquerl 
Música de María Rodrigo. 

El JUuque de Él, comedia romántica en tres actos. 

El ilustre huésped, humorada satírica en cuatro cuadros, prólo- 
go y epilogo. 

Diana cazadora o Pena de muerte al Amor, zarzuela cómica 
en tres cuadros. Música de María Rodrigo. 

EDICIÓN ESCOLAR: 

Doña Clarines y Maüana de sol. 

Edited ■vvith introduction, notes and vocabulary by S. Griswold 
Morley, Ph. D. Assistant Professor of Spanish, University of 
California. — Heath's Modern Langnage Series. — Boston New 
York Chicago. 



Pompas y honores, capricho literario en verso por El Diablo Co- 

juélo, Fernando Fe, Madrid. 
Fiestas de amor y poesía, colección de trabajos escritos ex pror 

foso para tales fiestas. Manuel Marín, Barcelona. 
Ea madrecita, novela corta. 



TRADUCCIONES 



Al italiano: 

I fastidi della celebrita (La vida intima), por Griulio de Medici, 

II patio (II cortile sivigliano), por Giaseppe Paolo Pacchierotti. 
I Oaleoti (Los Galeotes), por el mismo. 

£ia pena, por el mismo. 

I fiori (Laa floreaj, por el raismo. 

lia casa di García, por Luigi Motta. 

L'amore clie passa, por G-iussppe Paolo Pacchierotti. 

Mattina di solé (Mañana de sol), por Luigi Motta y Gilberto Bec- 

cari, 
Amore al buio (Amor a oscuras), por Luigi Motta. 
Anima alleg-ra (El genio alegre), por Juan Fabré y Oliver y Luigi 

Motta. 
Al chiaro di luna (A la luz de la luna), por Luigi Motta. 
L.e fatictie di £rcole (Las de Caín), por Juan Fabcé y Oliver. 
Donna Clarines, por GiuJio de Frenzi. Adaptación veneciana de 

Gino Cucchetti con el titulo de Siora Chinreta. 

II centenario, por Franco Liberati, 

li'altinio capitolo, por Luigi Motta y Gilberto Beccari. 

II flore della vita, por los mismos. 

Malvaloca, por los mismos. 

Ras^natele d'aniore (Puebla de las Mujeres), por Enrice Tedeschi. 

Adaptación veneciana de Cario Monticelli con el titulo de El paest 

de le done. 
I*a Zanze (La zagala), por Giuseppe Paolo Pacchierotti. 
lettatura (La mala sombra), por Luigi Motta y Gilberto Beccari. 
Anima malata (Herida de muerte), por los mismos. 

Al alemán: 

Ein Sommeridyll in Sevilla (M patio), por el Dr. Mas Brau- 

sewetter. 
Die Blninen (Las florea), por el mismo. 

I>as fremde Glück (La dicha ajena), por J. Gustavo Eohde. 
I>ie liiebe g-ebt vorüber (El amor que pasa), por el Dr. Max Bratt- 

sewetter. 
Ein sonni^er Morjsren (Mañana de sol), por Mary v. Haken, 
liCbenslast (El genio alegre), por el Dr. Max Braasewetter. 

Al francés: 

Matinée de soleil (Mañana de sol), por V. Borzia. 
La flear de la vie (La flor de la vida), por Georges Lafond y Albert 
Soucheron. 



Al holandés: 

I>e bloem vau het leven (La flor de la vida), por N. Smidt-Eei- 
neke. 

Al portugués: 

O sreiiio alegrre, por Joáo Soler. 

Mexericos (Puebla de las Mxijeres), por el mismo. 

Al inglés: 

A luoriiiiig' of sansbine (Mañana de sol), por Mrs. Lucretia Xa- 
vier Floyd. 



Precio: UNA peseta 



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RARE BOOK 
COLLECTION 




THE LIBRARY OF THE 

UNIVERSITY OF 

NORTH CAROLINA 

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V.16 
no. 1-14 



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