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Full text of "Diario de su residencia en Chile (1822) y de su viaje al Brasil (1823). San Martin.--Cochrane.--O'Higgins"

EDITORIAL-AMÉRICA 



DIrectort R. BLANCO-FOMBOMA 



PUBLICACIONES: 

1 

Biblioteca Andrés Beilo (liter a cura)- 

II 
Biblioteca Ayacucho (historia). 

III 

Biblioteca de Ciencias políticas y so- 
ciales. 

IV 

Biblioteca de la Juventud hispano- 
americana. 



De venta en todas las buenas librerías de España y America. 



Itrprenta de Juan Pueyo, Luna, 29, teléf. 14-30. Madrid. 



DIARIO 

DE SU RESIDENCIA EN CHILE (1822) Y DE SU VIAJE AL BRASIL (1823) 
SAN MARTÍN.—COCHRANE. - O'HIGGINS 



BIBLIOTECA AYACUCHO 

B>VIO LA DIRECCIÓN DE DON RUFINO BLANCO-FOUBONA 

OBRAS PUBLICADAS 

t-íí. — Memorias del general O'Leary: 

Bolívar y la emancipación de Sur'América. 
Dos lujosos volúmenes de 700 á 800 pág'inas er 4.*S« 
venden separadamente ai precio de 7,S0 pesetas cada 
uno. 

III. — Memorias de O'Connor 

sobre la 

Independencia Americana. 
La obra en 4.", en papel pluma. Precio: 5 pesetas. 

V. — Memorias del general Jcíé Antonio Páez. 

Un volumen muy bien impreso, en 4." Precio: 7,50 
pesetas. 

V,— Memorias de un oficial del ejército español. 

Por el Capitán Rafael Sevilla. 
Un volumen en 4.°, 5 pesetas. 

VI-VIL— Memorias del general García Camba. 

Para la historia de las armas españolas en el Perú. 
Dos magníficos y gruesos volúmenes en 4.°, á todo 
lujo. Precio: 7,50 pesetas cada uno. 

VIH. — Memorias de un oficial de la legión británica. 

Campañas y Cruceros durante la guerra de emanci- 
pación Hispano-americana. 

Un volumen en 4.°, 4 pesetas. 

ÍX, — Memorias del General O'leary. 

Últimos años de la vida pública de Bolívar 
Este libro, desconocido hasta ahora, complementa los 
dos volúmenes sobre Bolívar y la emancipación; es una 
joya de historia americana por sus revelaciones, á las cua- 
les debió el que se le hubiera ocultado por tantos años. 
En 4.° á todo lujo. Precio: 7,50 pesetas. 

X. — Diario de María Graham. 

San Martín. — Cochrane. — OHiggins. 



BIBLIOTECA AYACUCHO 
Bajo la dirección de Don Rufino Blanco-Fombona 



MARÍA GRAHAM 

DIARIO 

DE SL' RESIDENCIA EN CHILE (1822) 
Y DE SU VIAJE AL BRASIL (1823) 

SAN MARTÍN.-COCHRANE.-O'HIGGINS 

Prólogo de DON JUAN CONCHA 



EDITORIAL - AMERICA 

MADRID 
CONCESIONARTA EXCLUSIVA PARA Ui VENTA; 

SOCIEDAD ESPAÑOLA DE LIBRERÍA 
FERRAZ, 25 



5oC3 



PRÓLOGO DE JUAN CONCHA 



GLOSAS AL DIARIO DE UN VIAJERO 



Santiago en 1822. 

Un viajero ha desembarcado en el puerto y se dirige á la ca- 
pital, Santiago del Nueva Extremo. Estamos en Agosto. La pri- 
mavera se anuncia espléndida; el cielo, de un azul intenso; la 
brisa, fresca, cálida, remece las ramitas nuevas de los árboles. 
Hay una suave quietud en el ambiente. Nuestro viajero se diri- 
ge á la capital; dista varias decenas de leguas del lugar de su 
arribo; el trayecto hay que hacerlo á lomo de muía, por entre 
lomas escarpadas y áridos breñales. Son sus acompañantes un 
peón y una esclava. Lleva sus bártulos en tres muías. Estamos 
en 1822; primavera... 

Nuestro viajero ha tomado el camino viejo, camino «suma- 
■taente escabroso >, pero frecuentado por leñadores y recuas de 
carga. A medida que avanza, va extasiándose en la contempla- 
ción del paisaje: <las boscosas hondonadas, las nevadas mon- 
tañas en el horizonte». A lo largo del camino, serpenteando por 
•entre valles y lomas, siguen recuas de muías cargadas que van á 
ia capital. Llega á la cumbre de un cerro que atraviesa el ca- 
mino: aparecen «los Andes, en su nevada majestad, dominando 
los numerosos cordones de los cerros más bajos». Va nuestro 
viajero parando en pueblos y villorrio.% en casas de postas y 
haciendas, que le brindan un hogar hospitalario. Descansa, duer- 
me, observa y sigue su viaje. Lleva tres días de fatigosa camina- 
ta. En la tarde del tercer día vienen por nuestro viajero unas 



8 PRÓLOGO DE JUAN CONCHA 

amigas, á encontrarlo, en dos coches. Rehusa el ofrecimiento de 
entrar á un vehículo *por no penetrar cubierto de polvo >; si- 
guió, pues, á caballo. Llega María Graham nuestro aporrea- 
do viajero— el veinticuatro de Agosto de mil ochocientos vein- 
tidós años á Santiago del Nuevo Extremo. 



Nuestro viajero es huésped de una linajuda familia de Santia- 
go. Después de disfrutar de algún descanso y vestirse, es llama- 
do á comer. «La comida fué más copiosa de lo que en nuestros 
hábitos permitiría el buen gusto...» Más adelante observa: «se 
considera como una muestra de la más delicada atención sacar- 
le á alguien una porción de su plato y ponerla en e<l de su ami- 
go, y á nadie se le hace escrúpulo servirle á uno con el cuchillo 
ó cuchara con que ha estado comiendo». «A juzgar por lo que 
hoy he visto, podría decir que los chilenos comen mucho...> 
Después de la comida, la mayor parte de la familia se ha ha re- 
tirado á practicar sus devociones. Pronto llegan algunas fami-- 
lias amigas; las personas mayores conversan alrededor de un 
brasero; los jóvenes bailan un minué «incorrecto y descuidado». 

En el silencio de la noche ha sonado á lo lejos una campani- 
ta y se ha extendido por las calles desiertas la voz del sereno, 
que monótona cantaba: ¡Ave María Purísima, las once de la 
noche han dado, y nublado!... 



Examina nuestra viajera la casa en la cual se hospeda. Sobre 
la muralla, «baja y blanqueada», «se proyecta un enorme alero 
de tejas >. En el centro, un zaguán empedrado de menudos gui- 
jos; cerca de la puerta de calle, «la habitación del portero». De- 
talla la disposición de las habitaciones y dependencias de la 
casa: los amplios corredores, las confortables alhanías, los gran- 
des patios solados de menudos cantos, la abastecida despensa... 

Recorre María Graham la ciudad y anota: «El aspecto de las 
calles es feo á causa de la desnudez y monotonía de los frentes 
de las casas particulares... > «La disposición de las casas es fea 
exteriormente y comunica á las calles un aspecto triste y plebe- 
yo. > Santiago conserva durante esos años todo el carácter del 
Santiago del siglo xviii, del Santiago colonial de Frezier, Juan y 
UUoa, de Vancouver... Dominando el lado Norte de la plaza, se 



PRÓLOGO DE JUAN CONCHA V 

alza el palacio de residencia del director O'Higgins, el antiguo 
palacio de los capitanes generales; la Audiencia; la cárcel. Ai 
Poniente, la catedral levanta sus torres, y los palacios de las 
dignidades eclesiásticas yerguen sus muros fríos; al frente de 
éstos, en el lado opuesto, «sólo hay unos cuantos edificios vul- 
gares»; cierran la plaza las arquerías del costado Sur, donde 
tienen sus tiendas los vendedores de telas, zapatos, quincalla, 
comestibles y algunas chucherías más. En las noches de luna, 
estos portales y tenduchos «presentan un aspecto muy alegre y 
animado», i^os amplios aleros proyectan sombras discretas; los 
murallones son propicios á secretos encantos: «las damas acos- 
tumbran recorrer entonces las tiendas y puestos á pie, y, como 
todos están iluminados, la escena es bellísima». «Todos los pe- 
queños puestos están iluminados; las mejores mercancías salen á 
relucir, y las señoras, que para este paseo nocturno se visten 
con elegancia, se ven muy bien.» «El sitio, bello de por sí — agre- 
ga — , lo es mucho más en las noches de luna; disímúlanse en- 
tonces los defectos y se observan mejor las bellezas.» El agua de 
la pila central de la plaza cae discretamente y canta sus melodías 
rumorosas; tañen, distantes, las campanas; las sombras de las ca- 
sas se proyectan uniformes; la luna simula en las sombras de los 
árboles figuras fantasmales; en el cielo, unas nubecitas blancas 
van huyendo veloces; reverbera la luz lunar en las blanqueadas 
paredes; corre una brisa fresca, ligera... A lo lejos se oye la 
voz monótona de un sereno, que canta indiferente una hora... 
Sigue nuestro curioso forastero huroneando por la ciudad. 
Recorre La Cañada, la Climba, los Tajamares... Sube al peñón 
del Santa Lucía, rastrea por callejuelas, atraviesa el puente de 
cal y canto, visita sus jardines... 

Ha visitado la Casa de Moneda. No será para ella como para 
aquel capitán general, una «absurda ridiculera», sino que un 
«soberbio edificio». Ha curioseado por sus diversas dependen- 
cias; nos habla con detenimiento de la «tosquedad, superior 
á cuanto podría haberme imaginado, de la maquinaria»; observa 
la calidad «imperfecta y grosera» de la moneda, «lo más grose- 
ro que hasta ahora he visto en materia de monedas», y anota 
algunas disquisiciones eruditas sobre cuestiones monetarias. 

También ha visitado María Graham la Biblioteca Naciona!, 
cuyo director en un ^instruido y culto caballero» — don Manuel 
de Salas — ; observa que «los libros de leyes ocupan la mitad de 



10 PRÓLOGO DE JUAN CONCHA 

los estantes», y que hay «un buen número de obras francesas, 
pero pocas inglesas»; hojea un incunable; hace algunos comen- 
tarios pertinentes á libros, y se va «con pesar». 

María Graham frecuenta salones y pasa las noches en con- 
tinuos y alegres saraos. Los jóvenes danzan; los minués, los 
bailes populares españoles, son los más socorridos. Hay música 
y charla. El canto tampoco falta. Las jóvenes «son, por lo común, 
de mediana altura, bien conformadas, de andar airoso, con 
abundantes cabelleras y lindos ojos, azules y negros». Pero 
estas «lindas criaturas», cuyo «sonrosado color nunca lo puso 
más bello la pura y diestra mano de la Naturaleza», «tienen, 
generalmente, una voz desapacible y áspera». 

Antes ya había anotado: «pude observar que en Chile la 
belleza y el traje de una joven son criticados por los demás, lo 
mismo que entre nosotros»... * 



Domingo. Hoy, nuestra viajera ha salido á los alrededores á 
ver los entretenimientos del pueblo, del «bajo pueblo». Las 
señoras mayores van en calesas, las demás gentes á pie. El lugar 
se llena de peatones, perros, gente á caballo, en calesas y 
carretas. 

En los puestos se venden frituras, carne asada, pescado, 
licores, buñuelos fritos en aceite, chicha... «El pueblo parece 
gozar extraoidinariamente en haraganear y beber diversas clases 
de licores». Suena el arpa, el tamboril, el triángulo, el rabel, la 
guitarra... «Los músicos se instalan en carros»; los mozalbetes 
compran licores, flores, frutas, «para su propio consumo ó para 
las mozas á quienes desean agradar». 

Llenan el aire la música de los instrumentos, la gritería de 
ios chiquillos, los requiebros de los mozos. Hinche los corazones 
una fuerte, pura, sana alegría... 



Chocan á nuestra viajera los prejuicios, la rutina, la intoleran- 
cia de las gentes. «Es sensible — anota en su «Diario» — que las 
antiguas rutinas de la colonia dirijan todavía estas cosas en 
Chile...» «Este país — escribe más adelante — ha sido el más 
reacio de todos los de este Continente á los adelantos.» El 
atraso de los campos, el desorden en la administración, la pasi- 



PRÓLOGO DE JUAN CONCHA 11 

vidad de los campesinos, la rutina en todo orden de cosas, 
sugiere á María Graham sesudas reflexiones y severos reparos. 
Una campana suena, después otra, después otra, y otra... 
Nuestro forastero mira del lado del plácido repiqueteo y ve 
«una pequeña iglesia, de cuyas puertas salía una larga y solemne 
procesión de sacerdotes, que comenzaban una rogativa de nueve 
días á San Isidro para pedirle lluvia». Agrega en seguida algu- 
nas consideraciones acerca de la superstición, á guisa de co- 
mentario... 



El 28 de Septiembre parte María Graham de Santiago del 
Nuevo Extremo. Estuvo en la ciudad de D. Pedro de Valdivia 
treinta y seis días. Murió veinte años más tarde, en 1842, en 
su residencia de Kensington Pits, á la edad de cincuenta y siete 
años. Nos dejó un fuerte — admirable en la precisión y penetra- 
ción de las observaciones — , hermoso, imperecedero «Diario.» 

Juan Concha. 

Santiago. (Chile). 



PRÓLOGO DEL TRADUCTOR 



A fines de Abril del año 1822 llegaba á Valparaíso la fragata 
Doris, de la armada de S. M. B., trayendo á su bordo los restos 
de su comandante, el capitán Thomas Graham, fallecido en 
brazos de María Graham, su esposa, al doblar el Cabo de 
Hornos . 

La piedad y el amor de su mujer habían preservado los res- 
tos del malogrado marino de ser sepultados en las ondas, hasta 
<^ue la fragata arribó á Valparaíso, donde fueron depositados 
en tierra hospitalaria, con los honores debidos á su rango y las 
preces de su culto. 

La triste viuda desechó las proposiciones que le hacían los 
oficiales de la Doris para que siguiera viaje á bordo de la fra- 
gata hasta que encontraran otro buque que pudiera trasladarla 
directamente á Europa, y prefirió quedarse en Valparaíso para 
recobrar sus fuerzas quebrantadas por el sufrimiento. 

El romántico interés que inspiraba la soledad en qne su viudez 
la dejaba en tierra extraña, la distinción social que suponía el 
rango de su marido, y sobre todo su exquisita cultura y lo agra- 
dable de su trato, eran motivos más que sobrados para que la 
■-.encilla y reducida sociedad de aquella época la acogiera con 
í.a más afectuosa hospitalidad. 

Relacionada desde un principio con el elemento oficial, que 
en aquellos años era el de más valía en Chile, tuvo pronto opor- 
tunidad de tratar con una de las personalidades más sobresa- 
lientes de la revolución: nos referimos á lord Cochrane. Lord 
Cochrane, á más de ser su compatriota, tenia para distingiirla 
con su amistad otro motivo: cuando él figuraba entre los 
guardias marinas más antiguos de la marina inglesa, llegó á 
bordo de la Thetis, en que él estaba embarcado, un joven 



14 PRÓLOGO DEL TRADUCTOR 

guardia-marina que se iniciaba en la carrera naval y que más 
tarde llegó á ser el capitán Thomas Graham. 

Atendió, pues, lord Cochrane con toda solicitud á la viuda 
de su antiguo camarada, que era una dama de esclarecida inte* 
ligencia y fino trato, y la presentó en Santiago á las familias de 
la mejor sociedad. 

Dotada de una clara inteligencia, enriquecida por los conoci- 
mientos adquiridos en largos viajes y por una variadísima lec- 
tura, era natural que sus ideas y sentimientos afinaran estrecha- 
mente con las ideas y sentimientos de lord Cochrane, que tan- 
to aventajaban á las preocupaciones y añejeces que formaban el 
ambiente intelectual en que había dejado la dominación espa- 
ñola á sus antiguos subditos. 

De aquí que apreciaran de idéntica manera los hombres y las 
cosas de la revolución, á tal punto, que hay en este «Diario» mu- 
chao páginas que uno se sentiría inclinado á suponerlas directa- 
mente sugeridas por lord Cochrane, si María Graham no hu> 
biese dado á conocer sus agudas facultades analíticas, su pro- 
fundo espíritu de observación en las diversas obras que forma- 
ban su bagaje literario mucho antes de su arribo á Chile. 

La simpatía por el héroe injustamente proscrito de su patria, 
el recuerdo de sus gloriosas hazañas en las guerras napoleóni- 
cas, la admiración por su denuedo y abnegación para hacer 
triunfar la causa de la independencia de los lejanos estados 
americanos, todo concurría á desarrollar en ella un culto vehe- 
mente por lord Cochrane, lo que Carlyle llama herozuorship, 
que hace que tanto en las páginas del «Diario» como en las del 
Bosquejo de la Historia de Chile que á la Revolución se refie- 
ren, la personalidad del ilustre marino se destaque en medio de 
una gigantesca aureola. En torno de ella se agitan, pálidas, 
animadas por mezquinas pasiones, las figuras de sus enemigos 
políticos, especialmente la del más formidable y maquiavélico, 
San Martín. 

Pero, fuera del escenario político, donde la ignorancia, el te- 
mor y la ambición se exhiben en cuadros disgustantes, la vida 
doméstica, los afectos de familia, el alma entera de la naciente 
sociedad chilena, proporcionan á María Graham precioso mate- 
rial para trazar con galana y apacible pluma diversos cuadros, 
ricos de colorido y de frescura. 

Como á casi todos los viajeros, la belleza de las mujeres chi- 



PRÓLOGO DEL TRADUCTOR 15 

lenas la entusiasma, y dice así en una ocasión: «que una linda 
chilena se ve diez veces más linda cuando se pone la mantilla 
para ir á misa», y cuando cuenta que ha asistido á una tertulia 
en casa de D. José Antonio de Cotapos, dice: «estoy segura de 
no haber visto jamás reunidas en un solo día tantas mujeres 
bonitas, como en esa ocasión; no estoy segura de que fuesen 
todas de trascendental belleza; pero sí de que no había una 
sola fea». 

Ahora, su abnegación incomparable, que la hace arrostrar 
junto con el hombre qne ella ama, esposo, padre ó hermano, 
todos los rigores de las adversidades políticas; sus hospitalérios 
sentimientos; hasta su misma pasmosa ignorancia, «que las hace 
recurrir con mayor gracia á los medios de seducción que la Na- 
turaleza ha dado á la mujer, la amabilidad y la ternura», son 
temas que vuelven muchas veces á los puntos de su pluma para 
dar á estas páginas un encanto que no empañan jamás ni el 
adulo ni la sátira. 

Su temperamento artístico, su ilimitado amor á las plantas y 
á las flores le hacen admirar entusiasmada los variados paisajes 
que ofrecen á su vista los campos de la región central, que ella 
ha recorrido; detiénese en sus excursiones campestres y recoge 
las plantas indígenas, cuyas virtudes indaga, cuyos hábitos des- 
cribe con toda prolijidad, sin someterse á las arideces de la 
terminología botánica. Interésase por la suerte de los pobres, 
conversa con ellos y se sienta á su lado para aprender sus in- 
dustrias rudimentarias: la alfarería, el hilado. 

Conversa con O'Higgins, con San Martín, con Centeno, y 
desde el primer momento los penetra, hace su psicología, y 
descubre al hombre bajo las deslumbrantes exterioridades que 
imponen al vulgo. 

Hay un retrato de San Martín, hecho ctaprés nature, puede 
decirse, que es una obra maestra de observación y de factura: 
el procer va á hacerle una visita, invitado por Centeno, y habla, 
habla de todo, para lucirse, mientras los de su comitiva le escu- 
chan asombrados de tanto saber. María Graham le escucha, 
avanza algunas ideas; pero la locuacidad inagotable de aquel 
espíritu versátil se las lleva por delante; entonces, lo mira con 
atención, critica in mente la vaciedad de esa charla incontenible, 
y piensa que esa hombre locuaz y amanerado estaría mejor en 
un sarao que no al frente de los Estados incipientes, que tiene la 



16 PRÓLOGO DEL TRADUCTOR 

ambición de domÍDar como jefe absoluto. Son dos páginas real- 
mente soberbias las que dedica á esta visita. 

A O'Higgins también lo vemos vivir en estas páginas; com- 
prendemos cómo ha latido siempre acompasado su sano corazón 
en medio de 'a tormenta revolucionaria: su valor es frío y re- 
suelto, su palabra sobria y precisa, tiene todas las virtudes de 
un gran soldado; pero carece de las cualidades que imponen al 
hombre de estado: no sabe sobreponerse á las intrigas palacie- 
gas ni acierta 1 debelar las cabalas de sus adversarios políticos. 
Los Carreras, Freiré, Monteagudo, el ministro Rodríguez, le 
sugieren juicios que nos parecen ser los de un contemporáneo 
nuestro, que quedan en el fiel de la balanza, entre la acendrada 
adhesión de sus parciales y las acerbas invectivas de sus adver- 
sarios políticos. 

Es sensible que la ruptura de una arteria, que sufrió mientras 
regresaba á Santiago de una excursión á Melipilla y que puso en 
peligro su existencia, no permitiera á María Graham realizar el 
proyecto que abrigaba de recorrer el territorio de la República 
hasta Concepción. Tenía listas varias cartas de introducción para 
diversas personas, y entre ellas una de lord Cochrane para el ge- 
reral Freiré que estaba al mando de las tropas de la frontera. 
Con estas condiciones, el libro tiene todo el mérito de un do- 
cumento histórico, y con los Recuerdos de Zapiola, los de Pérez 
Rosales y las pocas Memorias y correspondencias privadas que 
nos han quedado del período revolucionario, habrá de servir 
para estudiar la historia bajo un aspecto que no ofrecen los do- 
cumentos y comunicaciones de carácter oficial, que han sido la 
fuente de los estudios históricos hechos hasta ahora. 

Otro título tiene además para darlo á conocer al pueblo chi- 
leno, que habrá de leerlo con agrado y reconocimiento, y es la 
sincera simpatía que revelan todas sus páginas para nuestro 
país; sus ardientes deseos por la prosperidad de Chile, cuyo 
engrandecimiento político y cuya prosperidad comercial predijo 
liace ochenta años, al observar )a energía y homogeneidad de 
su raza y las riquezas de su suelo. 
Esto, en cuanto á la obra. 

En cuanto á su autora, es sensible que no se encuentren en 
nuestra literatura nacional datos que nos permitan reconstituir 
su fisonomía moral ni su vida entre nosotros. Vicente Pérez 
Rosales, á quien ella recogió en Río Janeiro donde lo había 



PRÓLOGO DEL TRADUCTOR 17 

abandonado lord Spence", y á quien repatrió á bordo de la Do- 
ris, no ha dejado, por desgracia, más que unas cuantas líneas 
en sus Recuerdos del Pasado, que nos dan á conocer las bon- 
dadosas disposiciones de carácter de la ilustre viajera. Así, 
pues, habremos de contentarnos con dar á conocer su intelec- 
tualidad por medio de los escasos datos biográficos que hemos 
podido obtener en la National Biography de Leslie Stephen y 
algunas otras fuentes de información no menos compendiosas. 

María, hija de Jorge Dundas, contraalmirante de la escuadra 
azul y miembro del Almirantazgo, nació el año de 1785 en Pap- 
castle, cerca de Cockersmouth. 

Desde sus primeros años manifestó una decidida afición á la 
lectura y al estudio de las plantas y las flores. La governess que 
dirigió su educación era mujer muy ilustrada y que cultivaba 
relaciones de amistad con las más esclarecidas inteligencias de . 
la época: Burney, Johnson, Reynolds, á quienes dio á conocer 
las brillantes disposiciones de su discípula. María Dundas, por 
su parte, frecuentaba la casa de su tío. Sir David Dundas, don- 
de se reunían Campbell, Lawrence y otros. 

En 1808, impulsada por su vivaz imaginación y por su amor 
á lo nuevo y á lo bello, acompañó á su padre en un viaje á la 
india; á su regreso contrajo matrimonio, en 1809, con el capi- 
tán Thomas Graham, de la Marina real, de quien no se hace 
mayor mención en las obras de consulta que hemos podido pro- 
curarnos. Luego emprendió con su marido otro viaje á la India, 
de donde regresó en 1811, estableciéndose en Londres. Por ra- 
zones de servicio, el capitán Graham hubo de permanecer va- 
rios años ausente de su patria, durante los cuales su esposa se 
dedicó por entero á los trabajos literarios. En 1812 publicó su 
Diario de Residencia en la India, que años mas tarde fué tra- 
ducido al francés; en 1814, unas Cartas de la India; en 1815, 
una traducción del francés de las Memorias de Rocca sobre las 
guerras de los franceses en España, reimpresa al año siguiente. 
En 1819 regresó el capitán Graham á Inglaterra y, en compañía 
de su esposa, emprendió un viaje de recreo á Italia, que propor- 
cionó á María Graham los materiales para una de sus obras más 
apreciadas en Europa, Tres meses en las Montañas de Roma, pu- 
blicada en 1820. El mismo año publicó un Ensayo sobre el Pous- 
sin, que la crítica francesa considera como un libro de primer 
orden. En 1821 el capitán Graham, al mando de la fragata bri- 



18 PRÓLOGO DEL TRADUCTOR 

tánica Doris, zarpó en comisión para la América del Sur, y des • 
pues de tocar en Río Janeiro siguió viaje con destino al Pacífico. 
Como en otras ocasiones, acompañábalo su esposa, interesa- 
da en conocer estos países, que comenzaban á llamar la aten- 
ción europea con motivo de su levantamiento contra el domi- 
nio de España. Desgraciadamente, el capitán Graham enfermó 
durante la navegación, y al llegar á la altura del Cabo de Hornos 
exhaló el último suspiro en brazos de su abnegada compañera. 
La fragata prosiguió viaje hasta Valparaíso, adonde arribó 
el 28 de Abril de 1822, fecha en que comienza el Diario de Re- 
sidencia en Chile. María Graham permaneció entre nosotros 
hasta Febrero de 1823, en cuya fecha se embarcó en el bergan- 
tín Colonel Allen con destino al Brasil; en Río Janeiro perma- 
oeció hasta fines de ese año, sirviendo de institutriz á la prin- 
cesa doña María, que más tarde fué reina de Portugal. 

Vuelta por fin á su patria, continuó dedicándose á sus traba- 
jos literarios, y en 1824 publicaba su Diario de viaje al Brasil 
y de residencia en este país durante los años 1821 á 1823, y su 
Diario de Residencia en Chile, que ahora se traduce al caste- 
llano por primera vez. Los dibujos, que representan paisajes, 
tipos y costumbres del país, que ilustran ambos libros, revelan 
en ella una artista de felices disposiciones, que sabe poner de 
relieve los rasgos más característicos de las cosas. 

En 1827 contrajo segundas nupcias con uno de los más céle- 
bres pintores ingleses de la primera mitad del siglo xix, Augus- 
to Wall Callcott, que frisaba entonces la cincuentena. Artista 
por temperamento, sus primeras inclinaciones lo llevaron al es- 
tudio de la música, y desde niño fué una de las voces más apre- 
ciadas de la capilla de la Abadía de Westminster. 

Leyendo en una ocasión el Robinson Crusoe, ilustrado por 
Stothard, los grabados del célebre dibujante despertaron en él 
la afición al dibujo, que le abrió la senda en que tantos laureles 
había de cosechar más tarde. Entró entonces á estudiar pintura 
con Hoppner, que, como él, era además un músico muy apre- 
ciable, y bajo cuya dirección llegó pronto á ser uno de los más 
brillantes paisajistas ingleses. En 1806, el mérito de sus cuadros 
lo hizo ser admitido como socio de la Royal Academy, de la 
cual llegó á ser miembro académico en 1810. Los paisajes que 
exhibió entre 1810 y 1835, que se reputan las mejores de sus 
obras, le valieron que sus contemporáneos lo llamaran el Clau- 



PRÓLOGO DEL TRADUCTOR 19 

de inglés, por tenerlos en tanta estima como los mejores de 
Claude Lorrain. En 1837, con motivo de la ascensión de la rei- 
na Victoria, fué hecho caballero, y desde entonces se dedicó á 
la figura, género que había abandonado desde sus primeros tra- 
bajos. Entre los cuadros de este género que más han populari- 
zado los grabadores ingleses se cuentan Milton dictando su 
poema á sus hijas y Rafael y la Fornarina. Con todo, la crítica 
moderna, que lo considera un talento serio y lo coloca entre 
Constable y Turner, lo encuentra frío, sin pasión ni poesía; pero 
le reconoce una factura amplia, fácil, una tonalidad justa y una 
luz franca y agradable, que constituyen el gran mérito de sus 
paisajes. Por otra parte, Callcott era hombre muy estimado por 
sus amables disposiciones de carácter, por su generosidad y 
falta de prejuicios en su arte y por la liberal protección que 
dispensaba á los artistas jóvenes. 

Unida á un hombre de estas condiciones, lady Callcott tuvo 
un feliz compañero de sentimientos y de gustos artísticos, en 
cuyo consorcio su inteligencia se inclinó decididamente á los 
estudios críticos, á la historia y á la literatura de ficción. En 1822 
publicó una Historia de España. En 1831, cuando regresaba de 
un viaje de estudio que había hecho por Italia en compañía de 
su marido, sufrió lady Callcott la ruptura de una arteria, que la 
dejó inválida por el resto de sus días. No por eso abandonó la 
pluma. En 1835 publicó la Little Arthur's History of England, 
en dos volúmenes, que alcanzó una gran popularidad y fué re- 
impresa varias veces, y además una Descripción de la capilla de 
Giotto en Padua, con motivo de una serie de dibujos de Sir 
A. W, Callcott; en 1836, un Ensayo sobre la Historia de la 
Pintura; en 1840, un prefacio á otra colección de dibujos de su 
marido, titulada Los Siete Estados del Hombre, y en sus úl- 
timos años, los libros para los niños que se titulan Little 
Blackehumer, Little Mary's ten days y A Scripture Herbal. 

Por fin, el 28 de Noviembre de 1842, en su residencia de 
Kensington Pits, la muerte puso fin á sus sufrimientos y apagó 
para siempre los destellos de su privilegiada inteligencia. Se- 
pultada en el cementerio de Kensal Green, fué pronto á reunír- 
sele su compañero de afección y de trabajo, á cuyo ilustre nom- 
bre quedó asociado el suyo en la historia de la intelectualidad 
inglesa. 

José Valenzuela D. 



PREFACIO 



El "Diario" de mi residencia en Chile debiera haber 
ocupado lógicamente su lugar entre el de las dos visitas a) 
Brasil, que son materia de mi primer libro; mas ya he 
dado en el prefacio del de mi residencia en el Brasil las 
razones que me indujeron á dividir los diarios. 

La introducción del presente volumen es quizás su 
parte más importante. Pocos son los informes que pueden 
procurarse de los seis primeros años de la revolución de 
Chile, sea que se les busque en los archivos de las secre- 
tarías de Estado, sea entre los papeles de los actores del 
drama. Durante los pocos dias calamitosos que transcu- 
rrieron entre la derrota de los patriotsis en Rancagua y el 
paso de los Andes, fueron quemados todos los papeles y 
documentos públicos que se halló á mano, para evitar 
que cayeran en poder de los españoles, que habrían per- 
seguido á las familias que quedaron en el país, y cuyos 
nombres se hubiesen encontrado entre los de los patrio- 
tas. Desde entonces, hasta el año de 1817, no se encuen- 
tran ni en los archivos de gobierno documentos que 
rastrear, y hasta mediados de 1818, nada de lo impreso 
en Chile; de manera que dentro de pocos años más podría 
haberse perdido todo recuerdo del primer período de la 
revolución de este país. 

Fué una gran fortuna para mí el haber conocido duran- 
te mi residencia en Chile á muchas personas que tuvieron 
participación en el gran acontecimiento, sea como acto- 



22 PREFACIO 

res, sea como espectadores, y las cuales tuvieron la 
amabilidad de permitirme escribir, sobre sus relaciones 
verbales, los puntos capitales que he detallado. Los rela- 
tos de los realistas concordaban en todos los hechos con 
los de los patriotas, y todos ellos con las claras y entre- 
tenidas narraciones del Supremo Director O'Higgins, 
cuya liberalidad y cortesía para conmigo, en este como 
en todos respectos, merecen mis más calurosas expresio- 
nes de reconocimiento. 

Desde 1818 hasta 1821 se daba en las gacetas amplios 
pormenores de todo acontecimiento público y se imponía 
al pueblo de todo documento. Pero ya, desde 1821, las 
especulaciones políticas del Protector del Perú y los pla- 
nes comerciales de los hombres de gobierno de Chile no 
eran evidentemente de una naturaleza tan desembozada, 
y, en consecuencia, las publicaciones comenzaron á ha- 
cerse muy defectuosas. No podré jactarme de ser capaz 
de llenar esas deficiencias, pero confío que los puntos 
capitales que me ha sido dado establecer, serán suficientes 
para inducir á otros más capaces á acabar el bosquejo 
<jue yo dejo apenas indicado. 

Como la lucha de la América española fué solamente 
de las colonias con la madre patria, no he tenido para 
qué referirme á las transacciones de aquéllas con las na- 
ciones neutrales, cuyos buques, tanto de guerra como 
mercantes, han surcado los mares de Chile, salvo cuando 
un caso como el de la intervención del capitán Hillier en 
el tratado de! Sur de Chile, lo hace necesario. 

El post-scriptum del diario contiene algunas publica- 
ciones que permitirán apreciar la actual situación políti- 
ca de Chile. Hay tanto de bueno en ese país, tanto en el 
carácter de su pueblo como en la excelencia de su suelo 
y de su clima, que no cabe duda sobre el futuro éxito de 
sus esfuerzo en pro de una situación libre y floreciente; 
pero, hay dificultades extraordinarias que salvar, necesi- 
dades nada comunes que llenar, y si las siguientes pági- 
nas, directa ó indirectamente contribuyeran en lo más 



PREFACIO 23 

mínimo á proveer esas necesidades, á suavizar esas difi- 
cultades, llamando la atención hacia ese país, por su es- 
pecial preparación para los intercambios comerciales ó 
por los recursos y energías naturales que hay todavía en 
él por cultivar, sería para mí la más verdadera satis- 
facción. 



BOSQUEJO DE LA HISTORIA DE CHILE 



El descubrimiento de Chile por los españoles y la re- 
lación de sus primeras fundaciones en él, forman uno de 
los más romancescos capítulos de la historia de la con- 
quista de Sur-América por los europeos. 

Después de la muerte del inca Atahualpa, en 1535, 
Pizarro, receloso de la influencia y de la ambición de su 
compañero Almagro, representóle la conquista de Chile 
como empresa digna de su talento, y lo comprometió á 
ella, no obstante lo avanzado de su edad, que frisaba en 
los setenta años. 

El desierto de Atacama separa el Perú de Chile, y de 
los dos caminos practicables entre ambas provincias, la 
ávida impaciencia de Almagro escogió el de la cordille- 
ra, por más corto, aunque difícil, en vez de tomar el ca- 
mino de la costa. Parecen increíbles los sufrimientos y 
las pérdidas que el hambre y el frío impusieron á las tro- 
pas de Almagro durante su marcha, y probablemente el 
mayor número hubiera sucumbido, si unos pocos solda- 
dos, de los mejor montados, no se hubieran adelantado 
hasta el valle de Copiapó y obtenido recursos de los hos- 
pitalarios indígenas, á quienes mandaron que fueran á 
encontrar á sus asendereados compañeros. 

Los españoles fueron tratados bondadosamente, y reci- 
bidos en un principio por los chilenos con una venera- 
ción que rayaba en idolatría; pero la sed de oro y de pia- 
fa que los había lanzado en busca de este país á través 



26 MARÍA GRAHAM 

de los ardores del desierto y de las nieves de la cordille- 
ra, promovió luego las disputas entre los indígenas y los 
soldados, que Almagro castigó severamente entre aqué- 
llos, y formó así la base de esa tenaz oposición de parte 
de los indígenas que mantiene todavía desoladas algunas 
de las mejores provincias del país. Cuando el ejército 
español llegó á la ribera Sur del río Cachapoal, encontre- 
dle con varias de las tribus indígenas, y particularmente la 
de los promaucaes, preparados para oponerse á sus avan- 
ces, y aunque Almagro salió siempre victorioso, juzgó por 
último que era insuficiente el provecho de la conquista 
en proporción á los trabajos de los conquistadores, y re- 
gresó con su ejército al Perú, en el año 1538. 

Allí, después de haber dominado el Cuzco por un cor- 
to tiempo, fué ajusticiado de orden de Francisco Pizarro, 
á los setenta y cinco años de edad. 

Pedro de Valdivia fué el otro capitán español que, en 
seguida, designó Pizarro para llevar un ejército á Chile; 
así lo hizo, con 200 españoles y un numeroso cuerpo de 
peruanos, siguiendo el mismo camino de Almagro; pero, 
como la marcha se hizo en verano, los soldados no tuvie- 
ron que soportar el frío que tantos estragos causó á Al- 
magro. La recepción de Valdivia fué enteramente distinta 
de la que se le dispensó á su predecesor. Los chilenos 
habían aprendido á odiar á la vez que temer á los inva- 
sores. Cada paso se ganaba por la fuerza de las armas, y 
las posesiones ó colonias establecidas por Valdivia fueron 
destruidas repetidas veces. Ni el mismo Santiago, fun- 
dado en 1541, encontró suficiente defensa con su cinda- 
dela del Santa Lucía, porque fué incendiada por los in- 
dios del valle de Mapocho mientras Valdivia se hallaba 
en marcha hacia las orillas del Cachapoal para repeler 
á los promaucaes. 

A su regreso de esta expedición, envió á Alonso Mon- 
roy y á Pedro Miranda, con seis compañeros más, á las 
fronteras del Perú en demanda de socorros, habiéndoles 
dado frenos, estribos y espuelas de oro macizo á fin de 



DIARIO 27 

que pudieran tentar más fácilmente á los soldados eu- 
ropeos á agregárseles. La pequeña compañía fué asaltada 
sin embargo por los indios de Copiapó y sólo escaparon 
Monroy y Miranda. Conducidos ante el jefe del valle, 
fueron condenados á muerte; pero la intercesión de la 
mujer de éste los salvó. Este beneficio lo retribuyeron 
con la más baja ingratitud. Como la hubieran traído va- 
rios de los caballos tomados á los españoles, ella rogó á 
los prisioneros que le enseñaran á su hijo á cabalgar; 
oportunidad que aprovecharon para escapar, apuñalando 
antes, sin necesidad alguna, al hijo de la india y huyendo 
en seguida hacia el Cuzco. 

Esta ciudad estaba entonces gobernada por Castro, 
sucesor de Pizarro, que otorgó el auxilio solicitado por 
Valdivia, y Monroy condujo por tierra hasta Copiapó un 
corto número de reclutas, al mismo tiempo que se des- 
pachaba por mar una fuerza considerable, bajo el mando 
de Juan Bautista Pastene, noble genovés. Entretanto, 
Valdivia se había apoderado de las ricas minas de oro 
del valle de Quillota, y, penetrado de que no se podía 
hacer nada de eficacia sin comunicarse por mar con el 
Perú, había comenzado á construir una embarcación en 
la desembocadura del río Aconcagua, que nace cerca de 
las cumbres de los Andes, atraviesa todo el valle de Qui- 
llota y se precipita en la peligrosa bahía de Concón, entre 
las de Valparaíso y de Quinteros, que no reciben ningún 
río de consideración. 

En cuanto recibió los refuerzos de Castro, Valdivia or- 
denó inmediatamente á Pastene que explorara la costa 
de Chile hasta el estrecho de Magallanes; en seguida lo 
despachó al Perú en busca de nuevos socorros, porque 
los indígenas iban poniéndose cada vez más atrevidos, 
habiendo, recientemente, dado muerte á toda la compa- 
ñía de soldados que estaba de guarnición en las minas 
de oro cerca de Quillota, quemado la embarcación recién 
construida, y destruido los almacenes situados en la boca 
del río. Al recibir la noticia de tal desastre. Valdivia 



28 MARÍA GRAHAM 

dejó á SantiaT^o, vengf 3 la muerta de sus gentes ejecutando 
cuanta crueldad fué posible sobre los infelices quillota- 
no3 y levantó un fuerte para proteo^er las minas. En se- 
guida, S3 adelantó á encontrar los nuevos refuerzos que 
venían á las órdenes de Villajrán y de Escobar, quienes 
le traían 300 hombres del Perú; y deseando tener una 
base en la parte Norte de Chile, se fijó en la hermosa 
llanura que se extiende á la desembocadura del Coquim- 
bo, donde fundó, en 1543, la colonia de La Serena, co- 
múnmente llamada Coquimbo (1). 






El año siguiente se señaló por haberse ganado la adhe- 
sión de los promaucaes á la causa de los españoles, á 
los cuales fueron fieles desde entonces, impelidos proba- 
blemente por recelo á sus inmediatos vecinos los arauca- 
nos. Valdivia prosiguió entonces sus conquistas en el Sur; 
pero, después de haber atravesado el Maule, fué derro- 
tado en Itata y se vio obligado á ir en persona al Perú en 
busca de refuerzos. Durante su ausencia, los indios de 
Copiapó, que no habían olvidado el alevoso asesinato de 
su joven jefe por Monroy y Miranda, cayeron sobre un 
destacamento de cuarenta españoles, á los cuales dieron 
muerte, y los de Coquimbo ultimaron á todos los habitan- 
tes y arrasaron hasta las murallas de la nueva colonia. In- 
mediatamente se mandó á ese punto á Francisco A^uirre, 
quien reconstruyó la ciudad en una situación más con- 
veniente, en 1549. Por fin, habiendo regresado Valdivia 
con un considerable número de aventureros, fué reducida 
á la tranquilidad la parte Norte de Chile, después de 
nueve años de incesantes y pesadas fatigas de parte del 

(1) Eso es error: se llama Coquimbo el puerto de mar que eitá á 
media hora de camino del pueblo de Serena, por ferrocarril. — (El 
editor.) 



DIARIO 29 

jefe, quien distribuyó las tierras entre sus más antiguos 
adictos, siguiendo las costumbres feudales que entonces 
prevalecían en Europa. 

Al año siguiente, Valdivia avanzó hacia el Sur hasta las 
márgenes del Bio-Bio, cerca de cuya desembocadura, en 
la hermosa bahía de Penco, fundó la ciudad de Concep- 
ción, en una de las más ricas y fértiles provincias de Chile. 
Pero allí fueron contrastados sus progresos por el caci- 
que ó toqui Ailavilla, jefe de los araucanos, que cruzó el 
río para socorrer á los indios de Penco y resistir hasta la 
muerte á los invasores de su territorio. 

Arauco es una provincia fértil y rica, que se extiende 
desde el Bio-Bio hasta el Calle-Calle, muy boscoja por lo 
general, llena de cerros y bien regada. Los naturales son 
fuertes, valerosos y amantes de su libertad; hasta ahora 
no han sido nunca domados, y han resistido con ijual 
éxito los ejércitos de los Incas y los de los españoles. Ha 
sido una fortuna para ellos el tener, entre sus enemigos, 
un poeta como Ercilla que supo hacer justicia á su valor 
y preservó el recuerdo de sus peculiares costumbres y de 
su constitución política, que le cupo presenciar como 
testigo ocular, por haber tomado parte distinguidísima 
en varias de las batallas que describe. 

Entre la primera fundación de Concepción, en 1550, y 
su destrucción, en 1554, la actividad de Valdivia había 
fundado la ciudad de Imperial sobre el río, que form^ un 
puerto en sus mismas murallas, la cual fué durante el 
corto período de su existencia la más rica ciudad de Chi- 
le; Villarrica, en las márgenes del lago de Lauquen; Val- 
divia, sobre el Calle-Calle, que domina la bahía más có- 
moda y hermosa del Pacífico; Angol, ó ciudad de la 
Frontera, y había levantado los fortines de Puren, Tuca- 
pel y Arauco. Estos dos últimos f leron luego destruidos 
por el cacique Caupolican, quien, auxiliado por Lautaro, 
joven héroe de su raza, venció á los españoles en una 
gran batalla, en la cual Valdivia cayó prisionero y fué 
condenado á muerte. 



30 MARÍA GRAHAM 

Lautaro había sido tomado prisionero por Valdivia, 
quien lo educó y destinó á su servicio. Parecía muy adic- 
to á su señor y nunca había manifestado deseos de unirse 
á sus connacionales hasta que, al verlos derrotados en 
una batalla y que huían delante de la aiiilleria española, 
se sintió avergonzado, desgarró sus vestidos europeos, 
corrió hacia sus compatriotas, y exhortándolos á seguirle, 
en nombre de su país, los condujo á la victoria, que fué 
confirmada por la muerte de Valdivia. 

Desde ese día, pasó á ser su jefe principal. Villagrán, 
sucesor de Valdivia, evacuó inmediatamente á Concep- 
ción, que fué incendiada por Lautaro; pero, habiendo 
aparecido la viruela entre los araucanos, los españoles se 
aprovecharon de la confusión que la mortífera enferme- 
dad introdujo entre aquéllos para reconstruir á Concep- 
ción, en 1555. Lautaro atacó inmediatamente á los nuevos 
colonos, les destruyó una vez más su ciudad y marchó 
directamente hacia Santiago. En el camino, sin embargo, 
fué sorprendido por Villagrán á quien un espía había 
conducido por un paso secreto hasta la playa, donde los 
araucanos habían acampado en un paso entre un alto ce- 
rro y el océano. Cayó sobre ellos al rayar el alba, en el 
momento mismo en que Lautaro se había recogido á des- 
cansar, después de haber velado durante la noche. Lau- 
taro, que corrió á ponerse al frente de su ejército en cuan- 
to oyó que se acercaba el enemigo, fué herido de muerte 
en el corazón, antes de que pudiera dar sus órdenes para 
el combate; su gente pereció toda, dejando á sus enemi- 
gos el recuerdo de su valor incontrastable y la admiración 
de las virtudes del joven héroe, que al morir á los diez y 
nueve años de edad, dejó un nombre culminante en la 
historia del patriotismo. 



DIARIO 31 

Después de la muerte de Lautaro, los españoles recons- 
truyeron á Concepción, fundaron á Cañete y descubrieron 
el archipiélago de Chiloé. Ercilla, que acompañaba á los 
descubridores, inscribió en un árbol unos versos que re- 
cordaban su nombre y la fecha del descubrimiento, 31 de 
Enero de 1558. La ciudad de Osorno fué fundada ai re- 
greso de Chiloé. 

Con este período acaba la Araucana de Ercilla, poe- 
ma que comprende los sucesos ocurridos en los nueve años 
que el poeta sirvió en el ejército de Sur- América. A su 
regreso á España, Ercilla continuó figurando en las gue- 
rras europeas, bajo Felipe II. La continuación del poe- 
ma, por Santisteban Osorio, dista mucho de poseer el 
mérito del de Ercilla, no abarca más allá de la muerte 
del segundo cacique Caupolican, el dominio temporal de 
Arauco y la desaparición de sus jefes. 

Pero mientras los españoles se ocupaban de la inva- 
sión de Tucumán y de levantar las ciudades de San Juan 
y Mendoza, allende los Andes, los araucanos se prepara- 
ban en silencio para nuevas guerras, y antes de que se 
les afrontara, abandonaron sus selvas y destruyeron la 
ciudad de Cañete, que fué reconstruida, sin embargo, en 
1665, por Villagrán el joven, que había sucedido á su pa- 
dre en el gobierno. Al ano siguiente, Rui?, Gamboa fué 
enviado á tomar posesión de Chiloé y fundó la ciudad de 
Castro y el puerto de Chacao. 

Durante este tiempo, la prolongación de la guerra 
en una provincia tan importante como Chiloé y la con- 
sideración de los grandes inconvenientes para apelar 
al Perú en todas las causas de jurisdicción civil ó cri- 
minal, indujeron á Felipe II á establecer un Tribunal de 
Audiencia en Concepción; pero, habiéndose arrogado la 
Audiencia tanto la autoridad civil como militar, empeo- 
ró muy luego la situación y fué, en consecuencia, su- 
primida el año 1575. Hubo entonces una suspensión de 
hostilidades entre españoles y chilenos, que duró cerca 
de cuatro años, debido en gran parte á los efectos de un 



32 MARÍA GRAHAM 

terremoto, que desoló una grande extensión del territorio. 

Los araucanos emplearon diligentemente este intervalo 
en buscarse aliados entre los indios vecinos, y consiguie- 
ron que los pehuenches, tribu de la montaña, y los che- 
quillanes, los más salvajes de los indios, los ayudaran á 
resistir á los españoles, y continuó así la incesante lucha 
que ha señalado el gobierno de todos los capitanes gene- 
rales desde el tiempo de Valdivia. 

A pesar de estos continuos disturbios en el Sur, la can- 
tidad de metales preciosos extraídos de Chile, la fertili- 
dad de sus tierras y la bondad de su clima, comenzaron á 
atraerle la atención de otras naciones. Los ingleses, bajo 
sir Thomas Cavendish, que a/ribó con tres buques en 
1586, intentaron establecer una posesión en la bahía de 
Quinteros; pero fueron inmediatamente atacados y des- 
alojados por los españoles, que no sufrían que nación al- 
g- jna se entrometiera en sus nuevos dominios. Más des- 
graciada fué todavía la segunda expedición, á las órdenes 
de sir John Narborough, durante el reinado de Carlos 11, 
porque la flota entera zozobró en el estrecho de Maga- 
llanes. 

Los holandeses intentaron también, en 1600, estable- 
cerse en la isla de Chiloé, adonde arribaron con cinco 
buques, y comenzaron por saquear la posesión y por ase- 
sinar á los moradores; pero, en una ocasión en que la tri- 
pulación del comodoro desembarcó cerca de Talca, los 
i adiós cayeron sobre ella y la destruyeron, lo que indujo 
á los demás á abandonar la empresa. Durante este tiempo, 
los araucanos, dirigidos por Paillamachu, habíanse coali- 
gado con las deniás tribus de indios, hasta los del archi- 
piélago de Chiloé. 

Todo español que se aventuraba fuera de los fuertes 
caía asesinado, y las ciudades de Osorno, Valdivia, Villa- 
rrica, Imperial, Cañete, Ango!, Coya y los fortines de 
menor importancia, fueron sitiados. Concepción y Chi- 
llan fueron incendiados, y en poco más de tres años 
desaparecieron todas las poblaciones establecidas por 



DIARIO 33 

Valdivia y sus sucesores, entre el Bio-Bio y Chiloé. Sus 
habitantes, extenuados por el hambre, cayeron prisione- 
ros, siendo repartidos entre los indígenas los solteros de 
ambos sexos; á los casados se les permitía conservar ^us 
mujeres y sus familias. Los descendiente de estos prisio- 
neros, han figurado después entre los más acérrimos ene 
migos de los españoles, habiendo mejorado con su trato 
las relaciones de la vida civil de los indígenas. El afortu- 
nado cacique murió el año 1603, un año después de la 
toma de Osorno, que fué la última plaza que redujo. 

Para prevenir la frecuencia de estos desastres se esta- 
bleció en la frontera, el año 1608, un cuerpo de 2.000 hom- 
bres de tropas regulares, que sirvió para prevenir toda in- 
tentona seria de parte de los indios para invadir los dis- 
tritos del Norte; pero no pudo reprimir sus incursiones de 
rapiña, y Arauco continuó libre. 

En 1609, la Audiencia, que había sido suprimida en 
Concepción, fué restablecida en Santiago, ciudad que, si 
bien se hallaba lo bastante lejos de la frontera para no 
temer las incursiones de los indios, quedaba, en cambio, 
muy distante del mar, á noventa millas de Valparaíso, su 
puerto más vecino. 

Esta situación tuvo, sin embargo, sus ventajas en aque- 
lla época, porque dejaba á la capital lejos del alcance de 
los aventureros franceses, holandeses é ingleses que en- 
tonces turbaban la tranquilidad y amagaban las posesio- 
nes de los españoles en las playas del Pacífico. 

En 1638, los holandeses trataron de celebrar una alian- 
za con los araucanos para obtener así posesión de Chiloé; 
pero éstos rehusaron todo trato con los europeos y des- 
truyeron las guarniciones que los holandeses habían des- 
embarcado en las islas de la Mocha y en Talca. Sin des- 
corazonarse por este descalabro, aquella raza empren- 
dedora volvió en 1643 con una numerosa flota, tropas y 
artillería; tomó posesión de la abandonada Valdivia y co- 
menzó á construir tres formidables fortalezas á la entrada 
de la bahía. Pero los indios no sólo les rehusaron el con- 



34 MARÍA GRAHAM 

curso de sus brazos, sino que les negaron las provisiones, 
obligándolos á abandonar la plaza tres meses después de 
he^»er arribado á ella. 

Los españoles se aprovecharon de la labor de los ho- 
landeses, acabr.on sus fuertes y fortificaron la isla de 
Mancera. Desde entonces no fué turbada esa colonia, 
hasta la última revolución. 

Mientras que esta continua lucha desolaba y despobla- 
ba las provincias del Sur de Chile, se hacían también sen- 
tir en este pequeño Estado las mismas causas que amena- 
zaban á las demás provincias españolas. El desproporcio- 
nado engrandecimiento de España durante el reinado de 
Carlos V la envolvió en todas las guerras del continente 
europeo; y como había perdido las ventajas que sacaba de 
las artes y la agricultura de los moros, que no fueron susti- 
tuidas por ninguna industria equivalente, aquel príncipe 
sólo contaba para sus largas y dispendiosas campañas con 
la cantidad de metales preciosos importados del Nuevo 
Mundo. 

De aquí la poco perspicaz política de sofocar en las 
colonias toda industria que no estuviese directamente 
aplicada á la extracción del oro y de la plata; la recelosa 
exclusión del comercio y las prohibiciones impuestas á 
las manufacturas, exceptuando, apenas, las más indispen- 
sables para las necesidades domésticas. Los reveses su- 
fridos por los sucesores de Carlos V se hicieron sentir 
también, en cierto grado, en sus posesiones del extranjero, 
y á medida que las exigencias del tesoro iban haciéndose 
más premiosas, más difíciles se hacían las circunstancias 
de Sur-América para proveerlos de los recursos necesa- 
rios. Las guerras y las'crueldades de los españoles habían 
destruido tantos indios,¡que apenas si quedaban los ne- 
cesarios para el trabajo de las minas; y aunque se celebró 
un tratado con Holanda para suplirlos con negros, el 
número de éstos nunca llegó^en Chile á ser crecido. 

Los primeros virreyes y gobernadores habían sido hom- 
bres de empresa y^ de talento; y si bien el carácter de 



DIARIO 35 

Valdivia no está libre del carg-o de crueldad, la construc- 
ción de ciudades, el establecimiento de corporaciones 
que hacían de Tribunales de Justicia y la disposición á 
granjearse, si era posible, la voluntad de los naturales, 
que forman el principal objeto de su gobierno y del de 
sus inmediatos sucesores, eran sumamente benéficos. 

Pero, ya antes de la ascensión de Felipe V, las esca- 
seces de una corte menesterosa aconsejaron la necesidad 
de poner en venta los altos puestos de las Indias. Los 
virreyes no pensaron más en distinguirse por las armas ni 
por su política, y en su afán de conservar ellos solos e! 
monopolio, sustraían el comercio á toda intrusión de los 
extranjeros. Las instrucciones enviadas en 1701 por la 
corte de Versalles á Marsin, su embajador en Madrid, 
contienen las siguientes observaciones: — «Los derechos 
de la corona en las Indias Occidentales, han sido sacrifi- 
cados á la avaricia de los virreyes, de los gobernadores 
y de los empleados subalternos». — Y todavía: — «Los di- 
ferentes consejos de Madrid están llenos de abusos, y 
particularmente el de Indias, porque en él, en vez de 
castigar las malversaciones, se tolera á los malvados en 
proporción al cohecho que emplean. Los excesos de los 
virreyes y demás empleados, quedan impunes. Esta im- 
punidad y los cuantiosos valores con que regresan, alien- 
tan á sus sucesores á seguir el mismo ejemplo. Por el 
contrario, si alguno, siguiendo las prescripciones del 
honor, toma un camino diferente, ve castigado su desin- 
terés con las más vergonzoza pobreza. Si es un subal- 
terno, los reproches que su conducta puede acarrear 
sobre sus superiores, ó la atención que emplee para hacer 
luz sobre la de ellos, lo expone á ser aborrecido. Luego 
siente sus efectos con la pérdida de su empleo; la ver- 
dad nunca llega hasta el rey de España: la distancia da 
facilidades para disfrazarla, y algunos obsequios de tiem- 
po en tiempo, logran siempre obscurecerla." 

Por esta época, la ambiciosa y emprendedora corte de 
Luis XIV dirigía la vista á las ventajas que se podrían 



36 MARÍA GRAHAM 

sacar de la posesión de una colonia en la costa occidental 
de Sur-América, ó por lo menos, de un exclusivo privi- 
legio de comercio. Consecuente con estas expectativas, 
después de haber obtenido el privilegio de proveer de 
esclavos al Perú y Méjico, en lugar de los holandeses, los 
buques franceses comenzaron á traficar con aquellos 
países, y en cuanto se presentaba una oportunidad, se 
despachaban hombres distinguidos en los diversos ramos 
de la ciencia á observar é informar sobre el estado de 
esas regiones. Uno de ellos fué el padre Feuillé, á quien 
se le debe el mejor estudio botánico sobre Chile, donde 
residió tres años, y otro fué Frézier, cuyo Viaje en el 
Mar del Sur, nunca será lo bastante recomendado por 
su exactitud. Pero las consecuencias del comercio fran- 
cés, tan exclusivo como el de los españoles mismos, dis- 
taron mucho de ser provechosas para España ó las co- 
lonias. 

Los mercaderes franceses se organizaron en dos com- 
pañías, que se abrogaron los derechos de los comercian- 
tes españoles y excluyeron á todos los demás, y en 1709 
hallamos el siguiente notable pasaje en un memorial so- 
bre el estado de España, transmitido por Amelot, ministro 
francés en Madrid: "Las riquezas del Perú y Méjico, esas 
inagotables fuentes de fortuna, están casi perdidas para 
España. No sólo hay las quejas que se formulan contra 
los mercaderes franceses de estar arruinando el comercio 
de Cádiz y de Sevilla, á pesar de las medidas tomadas 
por la corte de Francia contra los que infringen las reglas 
establecidas, sino que continúan con toda fuerza los enor- 
mes abusos de la administración de los virreyes. La ava- 
ricia y el pillaje quedan impunes; las fortalezas y las 
guarniciones pasan desatendidas, y todas las cosas pa- 
recen tender hacia una fatal revolución." En este perío- 
do, algunos virreyes fueron separados, y se hizo una ten- 
tativa para reducir los enormes beneficios que sacaban de 
su empleo. Chile quedó bajo el virreinato de' Perú, cu- 
yos virreyes nombraron casi siempre á los capitanes ge- 



DIARIO 37 

nerales; de manera que el mismo sistema de extorsión y 
el consiguiente empleo del soborno y del cohecho que 
había corrompido el Consejo de las Indias en Madrid, se 
desarrolló en inferior escala en la corte de Lima. 

Los débiles monarcas de la casa de Borbón que reina- 
ron en España, pasaban demasiado afanados en las lu- 
chas domésticas con su pueblo, que nunca amó ni respetó 
cordialmente á la dinastía francesa, y en la participación 
que tomaron en todas las g-uerras europeas, para tener 
tiempo ni poder para mejorar lo condición de los reina- 
dos de Occidente. En realidad, después de los edictos 
provinciales de 1818, hábilmente confeccionados y per- 
fectamente adoptados á las circunstancias del país, no 
aparece otro esfuerzo de consideración hecho en Europa 
en beneficio de los colonos. 

Algunos virreyes y capitanes generales merecieron, con 
todo, el dictado de padres del pueblo que presidían: 
Chile, en particular, tiene razón para estar agradecido á 
don Ambrosio O'Higgins, militar irlandés, al servicio de 
España, quien, después de comandar las tropas en la 
frontera de Chile y de rechazar á los araucanos que de 
nuevo habían comenzado á amargar la tranquilidad del 
Estado, puso varias de las ciudades y fortificaciones de la 
frontera en estado de conveniente defensa, descubrió las 
ruinas de Osorno, que reconstruyó, y practicó un exce- 
lente camino entre Valdivia y esa ciudad, facilitando así 
la comunicación con Chiloé. 

Estos servicios le merecieron el título de marqués de 
Osorno y el empleo de capitán general de Chile. Promo- 
vido á la capital, continuó sus provechosos y espléndidos 
trabajos. Construyó puentes, practicó el camino de San- 
tiago á Mendoza, que atraviesa la cumbre de los Andes, 
dotándolo de casuchas de descanso para comodidad de 
los viajeros, ideó de tal manera la construcción del camino 
carretero entre Valparaíso y la capital, que á pesar de los 
frecuentes temblores y temporales que tantos estragos ha- 
cen en Chile, no ha necesitado todavía reparación alguna. 



38 MARÍA GRAHAM 

Trasladado á Lima, como virrey del Perú, continuaron 
distinguiendo su carácter el mismo derinterés por su for- 
tuna privada, la misma preocupación del bien público. 
A él deben los limeños el hermoso camino que une su 
ciudad con el puerto del Callao y varias otras obras de 
utilidad y de ornato. Todavía se recuerdan con gratitud, 
tanto en Chile como el Perú, la justicia y la beneficencia 
de su administración, y al morir, en 1799 ó 1800, dejando 
á su familia muy lejos de la riqueza, fué sinceramente 
sentido. 



* 

* * 



Estos antecedentes prepararon en pocos años el perío- 
do en que las colonias españolas del Sur-América co- 
menzaron á abogar, en un principio, por tener ¡guales 
privilegios que la madre patria, y finalmente, por recla- 
mar como un de^-echo su independencia, cuya posesión 
estaban resueltos á sostener como un hecho que los ejér- 
citos y la armada española no se hallaban en condición 
de disputar. La emancipación de la América del Norte 
había producido cierto efecto, tanto en las colonias espa- 
ñolas como en las portuguesas, desapercibido al principio, 
pero que de tiempo en tiempo se fué haciendo sentir en 
impotentes y prematuras luchas. A medida que las cortes 
europeas se hacían más débiles, ó se comprometían más 
estrechamente en las importantes contingencias de la 
larga guerra revolucionaria, sus posesiones occidentales 
comenzaban á sentir que no sólo eran bastante fuertes 
para protegerse por sí solas, sino que podían verse impe- 
lidas á hacerlo si quisieran sacudir el yugo de una poten- 
cia cuyas costumbres, índole é idioma les eran extraños 
y, por consiguiente, odiosos para ellas. 

El período durante el cual se les dejó entregadas á sí 



DIARIO 



39 



mismas, enseñóles á conocer sus propios recursos y á va- 
lerse de ellos; y las continuas exigencias de dinero de un 
gobierno lejano, que sólo podía retribuirles con escasí- 
sima ayuda ó protección, disgustaron á los naturales con 
una monarquía tan distante y tan costosa. 

Por otra parte, la influencia de la Iglesia, que hasta 
entonces había sido casi omnipotente, en favor del anti- 
guo orden d^ cosas, comenzó á hacerse valer en pro de 
la causa de la independencia, casi sin tal intención. Pre- 
ocupaba seriamente al clero la manera de evitar que la 
América del Sur cayese en manos de los franceses, pue- 
blo sin inquisición y que toleraba sin distinción á judíos, 
herejes é infieles, por cuyo motivo figuró siempre el clero 
al lado de los patriotas, mientras éstos procedían caute- 
losamente en sus principios, bajo el pretexto de que tra- 
taban de preservar á su país de la usurpación francesa y 
de conservarlo para su legítimo soberano. 

Los clérigos comenzaron á descubrir la necesidad de 
mejorar su propia instrucción, y, en consecuencia, mu- 
chos libros que hasta entonces habían sido proscritos y 
que figuraban en las listas de libros prohibidos, comenza- 
ron á ser buscados con avidez. Llegóse hasta mandar 
algunas personas á buscarlos á Inglaterra, y si bien en el 
calor de los primeros momentos se tomó junto lo bueno 
y lo malo y se mezcló y confundió toda clase de sistemas, 
todo tendía, sin embargo, á producir una ansiosa aspira- 
ción de independencia, una seria resolución para zafarse 
del yugo de la madre patria. 

Este propósito fué secundado en pequeño grado por 
los emisarios mandados por la Junta Central de la vieja 
España, que venían en parte á buscar recursos para la 
guerra peninsular, y en parte á incitar á las colonias á des- 
conocer la soberanía de José Bonaparte para que se re- 
servaran á su legítimo soberano D. Fernando. Traían 
consigo la opinión que D. Gaspar de Jovellanos presen- 
tó á la Junta Central en la sesión de 7 de Octubre de 18C8, 
diciendo: "Cuando un pueblo descubre el inminente pe- 



40 MARÍA GRAHAM 

ligro en que se halla la sociedad de que forma parte, y 
sabe que los encargados de la autoridad, que deben go- 
bernarlo y defenderlo, se hallan subordinados y avasalla- 
dos, siente naturalmente la necesidad de defenderse por 
sí mismo, y en consecuencia, adquiere un extraordinario 
y legítimo derecho de insurrección." 

Los sur-americanos estaban demasiado penetrados de 
sus aspiraciones de independencia para dejar que se esca- 
para un pretexto tan favorable, y los que todavía no se 
habían embarcado en la obra revolucionaria, avanzaron 
hacia ella con más ó menos cautela, como su situación se 
lo permitía. 

Pero no cabe comparación entre las circunstancias 
bajo las cuales afirmaron su independencia las colonias 
británicas de la América del Norte, y aquellas en que se 
encuentran todavía luchando por la suya las colonias es- 
pañolas de la América del Sur. Las colonias españolas 
habían producido desde un principio tal abundancia de 
oro y plata, que llamaron desde el primer momento la 
atención y la vigilancia del gobierno en Europa, que tras- 
ladó á ellas todo el pesado andamiaje eclesiástico, militar 
y civil de una vieja monarquía. 

El derecho de mayorazgo, estrecho vínculo que hace 
conservar en manos de unos cuantos individuos inmensas 
extensiones de tierras sin cultivo, perjudicó á la pobla- 
ción, impidiendo la división de la propiedad, que tanto 
favorece su cultivo y la consiguiente prosperidad del tra- 
bajo individual (1). Finalmente, todo acto de gobierno 
emanaba directamente de Madrid, y para todo empleo 
de importancia, se mandaba de Europa un español, de 
manera que á los naturales del país no se les dejaba oca- 



(1) Temo que se lleve la subdivisión de la propiedad á un extremo 
perjudicial, como sucede ó está por suceder en Francia por la nueva 
ley agraria. Sólo que en Chile las grandes haciendas son perjudiciales, 
porque es imposible que un propietario, en el estado actual del país, 
y quizás en cualquiera otra situación, pueda dedicarse á mejorar ni la 
'vigésima parte de su tierra. 



DIARIO 41 

sión algfuna para manifestar sus talentos ni para ejercitar 
sus facultades. 

Las instituciones políticas de las colonias británicas, 
eran más favorables que cualesquiera otras al adelanto de 
los estados y al cultivo de la tierra. Muchos de los pri- 
mitivos colonos eran hombres que habían ido allí guiados 
por su amor á la libertad de conciencia, que habían lle- 
vado consigo aquel indómito é independiente espíritu 
que rechaza toda vigilancia como una opresión, y que, 
formando sus propios consejos provinciales, legislaban y 
gobernaban para sí y transmitían esos privilegios á sus 
hijos. 

Por otra parte, no se favorecía el acaparamiento d e las 
tierras; se facilitaba su enajenación, y como cada perso- 
na que obtenía una nueva concesión quedaba obligada 
á cultivar cierta proporción de sus terrenos, la población 
aumentaba con tanta rapidez como los medios de subsis- 
tencia. Además, como los gobernadores eran en su mayor 
parte elegidos entre los mismos miembros de las colonias, 
había siempre cierto número de hombres preparados para 
el desempeño de tan importantes funciones. 

De aquí que los Estados de Norte-América, firmes y 
unidos en su propósito, y preparados con la mejor edu- 
cación (porque, como para los hombres, hay una educa- 
ción para los Estados) pudieron levantarse después de 
una costosa guerra, desde el estado de una colonia des- 
unida al rango de una gran nación; mientras que muchos 
años transcurrirán quizás antes de que las asoladas pro- 
vincias de la América Española puedan asumir carácter 
nacional, por más que esté virtualmente roto el yugo de 
España, por la falta de material doméstico, por decirlo 
así, para formar un gobierno. 



42 MARÍA GRAHAM 

Todo el sistema de España respecto á las colonias, 
mientras las tuvo bajo su dominio, fué comercial y no 
político. Los virreyes, después de terminadas las prime- 
ras guerras con los indígenas, no fueron en realidad otra 
cosa que presidentes de una compañía de monopolistas, 
sus propósitos estaban limitados por sus sórdidos y mez- 
quinos intereses y el gobierno y ocupación de Méjico y 
del Perú no fueron nunca contemplados de otra manera 
que como medios para hacer fortuna, descuidándose en 
consecuencia la libertad, la felicidad ó el interés de los 
habitantes. 

La pereza y la ignorancia fueron las consecuencias ne- 
cesarias, y cuando el pueblo se levantó, como de un sue- 
ño, y proclamó su independencia, estaban tan amoldados 
al antiguo régimen de cosas las costumbres é ideas de la 
clase donde por necesidad escogió á sus jefes y goberna- 
dores, que éstos siguieron por la misma senda. Conside- 
rando la posesión del poder simplemente como la pose- 
sión del capital de una compañía mercantil, especularon 
con él, y con su mezquino tráfico, con los monopolios 
públicos y privados, y con sus ardides mercantiles, per- 
judicaron al pueblo que gobernaban, excitaron la descon- 
fíanza entre los extranjeros y, en muchos casos, se arrui- 
naron ellos mismos. 

Tal ha sido últimamente el caso en Chile y lo mismo 
creo que ha sucedido en el Perú y en las provincias del 
Plata. Pocos informes tengo de los acontecimientos de 
Colombia y Méjico; pero, por lo que he llegado á saber, 
sospecho que aquello no ha sido mejor. Pero ya es tiem- 
po que vuelva á la historia de Chile, que es la única de 
que puedo hablar con alguna certidumbre. 

El 22 de Junio de 1810 fué el día en que ocurrió el 
primer tumulto popular, con motivo de una reunión en 
la plaza de Palacio á que el capitán general Carrasco ha- 
bía citado á los habitantes de Santiago, para promulgar- 
les las órdenes impartidas por la espatriada corte de Es- 
paña para que prestaran obediencia á la regencia fran- 



DIARIO 43 

cesa. Antes, habíanse celebrado algunas reuniones pri- 
vadas. 

Los agentes de la Junta Central no habían pasado en 
la inacción; pero no se había presentado ninguna oca- 
sión pública para manifestar el sentimiento popular. Ese 
día, sin embargo, fué dado á conocer muy claramente, y 
aunque se toleró á Carrasco que continuase en su puesto, 
todos los demás miembros de su gobierno, con excepción 
del secretario Reyes, fueron depuestos, aprehendidos ó 
desfceirados. Pocos días después, el mismo Carrasco fué 
encarcelado y por aclamación del pueblo fué elegido ca- 
pitán general de Chile el brigadier general Toro, conde 
de la Conquista. 

Por ese tiempo, las tropas realistas que había en Chile 
consistían únicamente en los 2.000 hombres que prote- 
gían la frontera, aparte de unos 50 dragones destacados 
en la capital, de los cuales había ya ganados unos cuan- 
tos á la causa de la independencia por don Bernardo 
O'Higgins, que desempeñaba entonces el cargo de coro- 
nel en Chillan, su ciudad. 

Este oficial era hijo de don Ambrosio O'Higgins, mar- 
qués de Osorno, quien lo mandó en edad temprana á 
Europa, donde residió algunos años, cinco de los cuales 
pasó en Inglaterra en la Academia de Mr. Hill, en Ri- 
chmond, Suney, donde no sólo aprendió á perfección el 
idioma, sino que también se asimiló el espíritu libre é in- 
dependiente de la nación. 

Toro fué elegido capitán general de Chile con la con- 
dición de qse no reconociese la regencia francesa, sino 
que reservase la provincia de Chile para el rey don Fer- 
nando, adhiriéndose entre tanto á los principios y cons- 
titución de la Junta. Pero algunos patriotas más exaltados 
reclamaron una independencia más completa; el conde, 
con su timidez natural, trató en un principio de acallar 
esos susurros, hasta que por fin mandó presos á Lima á 
sus principales promotores, entre los cuales figuraba un 
poeta, ti doctor Vera. 



44 MARÍA GRAHAM 

Durante este tiempo, los principales personajes del 
país habían resuelto un completo cambio de gobierno, y 
el 18 de Septiembre del mismo año se celebró una asam- 
blea, que acordó la supresión del empleo de capitán ge- 
nera! y creó una Junta que, reconociendo los derechos 
de Fernando VII, habría de resistir contra toda autoridad 
extranjera. El ex-capitán general Toro fué nombrado pre- 
sidente, y fueron sus colegas Márquez de la Plata, el 
hombre más rico de Chile; don Francisco Reina, don 
Juan Enrique Rosales, don Juan Martínez de Rozas y don 
Ignacio Carrera, secretario de la Junta. 



* 
i * 



El primer acto de la Junta fué levantar un ejército, si 
tal nombre puede darse á dos pequeños cuerpos de biso- 
ños reclutas. El primero, de infantería, fué confiado al 
mando de don José Santiago Luco, agente de la Junta de 
la vieja España, y á don Juan José Carrera, segundo hijo 
de don Ignacio Carrera, y el mando del segundo, que 
era un cuerpo montado, fué encomendado á Toro, hijo 
del presidente. 

El otro objeto á que la Junta dedicó inmediatamente 
su atención, fué la convocatoria de un Congreso Nacio- 
nal, que se compondría de los miembros de todos los ca- 
bildos de Chile, y mientras se arbitraban los medios para 
llevar á efecto este plausible propósito, falleció el conde 
de la Conquista, á mediados de Noviembre, y el activo 
Martínez de Rozas fué elegido en su lugar. 

Sólo el 11 de Abril del año siguiente (1811) se reunie- 
ron los habitantes de las diversas ciudades para elegir sus 
representantes, y en esta ocasión fué cuando se derramó 
la primera sangre por la causa revolucionaria. 

La causa de estos sucesos se produjo así: El partido 
realista de Buenos Aires había pedido auxilio á Chile 



DIARIO 45 

por cuyo motivo se habían desprendido 400 hombres del 
ejército de la frontera Sur, mandados por don Tomás de 
Figfueroa, trasladándose por mar de Talcahuano á Valpa- 
raíso, desde donde debían dirigirse á Mendoza, atrave- 
sando la cumbre de los Andes. 

Habían llegado ya á Casablanca, cuando los 50 drago- 
nes de la capital salieron á encontrar á Figueroa, alarma- 
dos por las reuniones electorales, instándolo á apresurar 
su marcha, y á tomar bajo su mando no sólo á ellos mis- 
mos, sino también á los reclutas que se estaba instruyendo 
para el ejército patriota, á quienes se comprometían á 
asegurar. Figueroa avanzó hacia Santiago y poniéndose á 
la cabeza de los dragones, que cumplieron su promesa de 
asegurar á los reclutas obligándoles espada en mano á 
agregárseles, entró á la plaza con el imprudente propó- 
sito de dispersar al pueblo, reunido para elegir sus repre- 
sentantes. Pero el pueblo, que no estaba dispuesto á de- 
jarse perturbar en sus propósitos, se volvió contra los rea- 
listas, los derrotó completamente y los obligó á retirarse, 
quedando unas cuarenta personas por cada bando muer- 
tas en la plaza. Figueroa se refugió en el convento de 
Santo Domingo; descubierto al día siguiente, fué condu- 
cido á la plaza, donde se le fusiló. (1) 

Verificada la elección, el congreso se reunió en Junio. 
El primer acto del cuerpo representativo, fué deponer la 
Junta, constituyéndose en asamblea legislativa y come- 
tiendo el Poder Ejecutivo á tres hombres: Rozas, presi- 
dente de la primitiva Junta, don Martín de Encalada y 
Mackenna. 

Pero Rozas por este tiempo se hallaba ausente en Con- 
cepción, adonde había sido llamado por una especie de 



(1) 5 de Mayo de 1810. — El virrey Cisneros, se siente incapaz de 
resistir á la opinión pública de Buenos Aires y convoca á la primera 
junta de gobierno con el objeto de rechazar las pretensiones francesas 
y de establecer un gobierno provisional. — Desde 1811 comienza á 
distinguirse Artigas — puede decirse que desde entonces no ha cesa- 
do ni tres meses la guerra civil en esta extensa provincia. 



46 MARÍA GRAHAM 

discordia civil que casi arruinó la causa patriota. Concep- 
ción, que antes habia tenido ciertas pretensiones á que se 
la considerara como capital de Chile, por hallarse en rea- 
lidad en el centro de sus provincias y estar situada á in- 
mediaciones de una bahía de las más ventajosas para el 
comercio, había sido también la que más había impul- 
sado desde un principio la causa revolucionaria. Sus 
habitantes insistían, en consecuencia, que el gobierno se 
radicara allí y que también funcionase alli el Congreso. 
Los habitantes de Santiago, que habían disfrutado 
largo tiempo de las ventajas consiguientes al estableci- 
miento de la metrópoli en su ciudad, no estaban por su 
parte dispuestos á ceder, alegando la seguridad de .su si- 
tuación, igualmente alejada de los indios y del mar; 
mientras que Concepción, por hallarse tan inmediata de 
los indios araucanos, que podían fácilmente animarse á 
invadirla y desolar sus tierras, era demasiado expuesta 
para que en ella pudiera reunirse el Cuerpo legislativo. 
La prudencia de Rozas acalló el clamor de los habitantes 
de Concepción, y mientras él permanecía en dicha ciudad, 
se le dio por sustituto en el triunvirato ejecutivo á don 
Juan Miguel Benavente. 

El primer acto de la asamblea legislativa fué abolir la 
esclavitud. Todos los hijos de los esclavos nacían libres 
desde aquel momento; todos los esclavos introducidos á 
Chile debían ser libres á los seis meses de residencia en 
el país. Pero el congreso, como sucede á todas las nue- 
vas corporaciones políticas, trató de abarcar más de lo que 
estaba á su alcance, en una época tan prematura. 

No contento con tratar de establecer la independencia, 
adoptando á las circunstancias las antiguas instituciones, 
sustituyéndolas por nuevas donde fuese necesario, levan- 
tando tropas y sobre todo resguardando la frontera, pro- 
yectó la creación de un colegio, de un museo, de una im- 
prenta, que no alcanzaron á llegar á ningún grado de per- 
fección antes de que se produjera una nueva revuelta, en- 
cabezada por un joven que desempeñó durante varios 



DIARIO 47 

años un papel importantísimo tanto en Chile como en 
Bueno Aires. 

Don José Miguel Carrera era el segundo hijo de don 
Ignacio Carrera, de una rica familia criolla, que, siendo 
originariamente rica, se enriqueció más todavía durante 
el período de la revolución, gracias á las concesiones y fá- 
ciles compras que obtuvo don Ignacio de algunas propie- 
dades confiscadas á los españoles ó á algunas congrega- 
ciones religiosas que habían sido suprimidas. Este joven, 
dotado de relevantes prendas personales, de natural in- 
teligencia y de muchas cualidades de clase superior, 
era turbulento y sin educación. 

En su edad temprana, como los héroes de las comedias 
de Moliere, había apelado á toda suerte de mezquinas y 
originales picardías para procurarse el dinero que necesi- 
taba para sus gastos privados, que no siempre eran muy 
inocentes, hasta que por fin uno de estos expedientes 
hizo tanta mella en la fortuna de un tío suyo que era co- 
merciante en Lima, que don Ignacio, para separarlo de los 
malos compañeros á quienes miraba como los seductores 
de su hijo, lo mandó á España, donde ingresó al ejército. 
Hay cierta historia de un indio asesinado en defensa 
de su mujer ó de su hija que sus enemigos repiten en alta 
voz, y que sus amigos no están lejos de considerarla ver- 
dadera y que guarda consonancia con sus actos. 

Pero en ese tiempo España, ocupada por ejércitos de 
todos los países de Europa, llena de todos los crímenes 
y miserias consiguientes á las luchas intestinas y extran- 
jeras, era el país que menos servía para corregir los hábi- 
tos y cualidades morales de un joven de la índole de José 
Miguel Carrera. 

Saturóse allí de un entusiasta espíritu y aprendió el 
manejo de la guerrilla que tanto daño ocasionó á los fran- 
ceses, contribuyendo á arrojarlos de España, más que las 
victorias de Wellington, y regresó á Chile sin otro pro- 
vecho que el deseo de adherirse á la lucha por la inde- 
pendencia y sin otra aspiración que la de imitar á Ñapo- 



48 MARÍA GRAHAM 

león en lo de aprovecharse de la labor de los demás para 
dominar el país y levantar á su familia á un rango hasta 
entonces ahí desconocido. 

Su familia tenía una gran influencia. Don Ignacio, aunque 
no era miembro del actual gobierno, conservaba todavía 
gran influjo; Juan José era segundo comandante del prin- 
cipal cuerpo de ejército; su hermana, doña Javiera, dama 
de gran belleza é inteligencia, estaba emparentada con 
las mejores familias de Chile por su primero y segundo 
matrimonio, y el hermano menor, un joven singularmente 
hermoso, era universalmente estimado por las dulzuras de 
sus maneras y su trato siempre amable. Con estas ventajas, 
no encontró José Miguel dificultades para provocar la di- 
misión de Luco del mando del ejército y obtener que se 
se le nombrara en su lugar. 

Sus desenvueltas y nobles maneras le conquistaron el 
afecto de los soldados, cuya adhesión confirmó con su li- 
beralidad, al mismo tiempo que su entusiasmo y elocuen- 
cia le asignaban bastantes partidarios entre la clase más 
elevada. 

Pero el mando del ejército, sometido al congreso y 
compartido con el coronel de artillería y otros oficiales 
que no eran de su familia ó camarilla, no satisfacía su am- 
bición. Así, pues, comenzó á sondear las opiniones de los 
diversos partidos que siempre se producen en época de 
revolución. 

A los patriotas les manifestaba un celo acendrado por 
su causa mezclado con temores por los lentos progresos 
del congreso; á los realistas prometíales restablecer el 
antiguo orden de cosas, mientras que entre los de su parti- 
do se trataba de establecer una Junta encabezada por don 
Ignacio y de entregar á los tres hijos el -mando de las tro- 
pas de infantería, caballería y artillería de la nación. 

A pesar del sigilo con que se agitaban estos planes, sa- 
lieron á luz algunas revelaciones y rumores acerca de 
ello; pero don José Miguel se condujo con tanta franqueza, 
con tanta impavidez negó ó se rió de los que se aventu- 



DIARIO 49 

raban á nombrarle, que toda sospecha pareció disiparse. 

En la noche del 14 de Noviembre, cuando Mackenna, 
que era comandante de artillería, pasó á ver á Juan José 
á su cuartel, encontró reunida á la familia entera: los tres 
hermanos, doña Javiera y el padre; pero como don Juan 
José parecía estar postrado por la enfermedad, no le sor- 
prendió ni la inusitada presencia de don Ignacio en la 
ciudad. José Miguel acompañó á Mackenna hasta su casa, 
diciéndole entre risas: "Lo que falta es que digan que mi 
padre ha venido á la ciudad para ponerse al frente del mo- 
vimiento." A la mañana siguiente, al romper el día, alar- 
maba la ciudad el llamamiento á las armas. Los principa- 
les oficiales de artillería y granaderos fueron arrestados. 
Juan José quedaba en la enfermería mientras Luis se po- 
nía al frente de la artillería y mandaba dos cañones en 
auxilio de su hermano. 

José Miguel dispersó el senado y estableció una nueva 
Junta que lo declaró su presidente, y todas las oficinas de 
gobierno fueron ocupadas por los Carreras y sus relacio- 
nes. Semejante gobierno disgustó á las provincias, que no 
estaban en inmediato contacto con la capital, porque si 
bien el poder estaba en manos de un hombre de talento, 
era éste de un carácter tan imprudente que nadie podía 
confiar en él; tan variable de voluntad, que ni él mismo 
sabía muchas veces cuáles eran sus propias intenciones, y 
tan amigo del placer, que la más ligera tentación lo hacía 
olvidarse de los más graves negocios de Estado en medio 
de la música y el baile (1). 

(1) La relación que he hecho anteriormente de la primera época 
de la vida de José Miguel Carrera y da la manera cómo se apoderó 
del gobierno me fué comunicado por un caballero qua ha residido du- 
rante todo ese tiempo en Santiago, que profesaba una afectuosa adhe- 
sión á Luis Carrera, su compañero de colegio, y que evidentemente 
suavizaba su relación en lo posible respecto á varias cosas. Con todo, 
me refiero al interesante folleto de Mr. Yates, que publicó como apén- 
dice, enteramente satisfecha de la verdad de todo lo que Mr. Yates 
ha presenciado personalmente y sabiendo que lo demás es el eco de lo 
que le ha referido la familia, que amaba á José Miguel con el más ca- 

4 



50 MARÍA GRAHAM 

Las Juntas de Valdivia y Concepción, en particular, 
formularon serias quejas; renovóse la antigua pretensión 
de esta última ciudad á ser considerada como !a metró- 
poli y la g-uerra civil pareció inevitable. El descontento 
del Sur subió á ta! g-rado, que Carrera se puso al frente de 
las tropas y avanzó hasta el Maule á fin de reducir á Con- 
cepción; pero Rozas, que se encontraba todavía allí, al 
tener noticias de la marcha del ejército se adelantó á en- 
contrarlo. 



* 



Una vez en el cuartel general de Carrera, que estaba á 
orillas del río, con sus prudentes reflexiones indujo al jo- 
ven gfeneral á retirarse y á evitar por entonces la efusión 
de sangre. El 12 de Marzo de 1813 regresó á la capital y 
volvió á tomar las riendas del gobierno. Los diez y seis 
meses de su poder no fueron de ningún provecho para el 
país. Su prodigalidad con los soldados aumentó su núme- 
ro; pero era este un gasto que un Estado tan nuevo no 
estaba en situación de soportar, y de muchos útiles pro- 
yectos que formó no llegó á realizarse cumplidamente 
ninguno, parte debido á su volubilidad y parte á la falta 
de dinero (1). 

Durante este tiempo el virrey del Perú, Abascal, ob- 
servaba, no sin interés, los asuntos de Chile, y viendo que 
la discordia prevalecía, dio í orden al general Pareja, de 
guarnición en Chüoé, que observara cuidadosamente á 



luroso afecto, á pesar de que hasta sus propios amigos confiesan que 
carecía de cordura y que sus principios dejaban que desear hasta en 
su vida privada. 

(1) Los medios que se idearon para procurar caballos y otros re- 
cursos para el ejército parecían más bien las acciones de un forajido 
que las del jefe de un gobierno regular, porque la propiedad privada 
no era respetada en ningún caso. 



DIARIO 51 

ambos partidos para aprovechar la primera ocasión favo- 
rable que se presentara para restablecer el gobierno rea- 
lista. A cosecuencia de esta crden, Pareja desembarcó 
en Chile á mediados del mismo mes en que Carrera ha- 
bía hecho su excursión al Maule. Parece que los realistas' 
de Concepción y Valdivia habían creído que Carrera obra- 
ba en conformidad á las promesas de adliesión á su par- 
tido al apoderarse por primera vez del gobierno y que se 
uniría con Pareja en cuanto se presentara la oportunidad. 
En consecuencia, se declararon abiertamente por la causa 
realista. No había unión en el bando opuesto, y luego 
todo el Sur de Chile estuvo en manos del invasor. 

Pero aun cuando con su imprudencia favorecieron 
miichas veces la causa de los realistas, ó perjudicaron la 
de los patriotas, los Carreras no eran traidores, por lo 
menos en este sentido, inmediatamente marcharon hacia 
el Sur, y á principios de Abril los cuarteles generales deil 
ejército estaban en Talca. 

Todos los oficiales que en sus disensiones habían en- 
carcelado ó desterrado fueron llamados de nuevo al ser- 
vicio. Mackennatuvo el servicio de Intendencia; O'Higgins 
mandaba todas las tropas del Sur y la milicia nacional — 
cuerpo útilísimo en este país formado de expertos jinetes 
armados con lanzas de quince pies de largo. 

Formaba la línea de defensa el caudaloso y rápido 
Maule, cuyos vades, no siempre practicables para la caba- 
llería, lo son mucho menos para la infantería. 

Acompañaba á los Carreras un sujeto llamado Poinsett, 
que desempeñaba el cargo de cónsul americano y que 
parece haber tomado parte muy activa en todos los asun- 
tos de la época, interviniendo hasta en los asuntos milita- 
res; pero parece que su ignorancia, si no su cobardía, fué 
singularmente perjudicial para esos infortunados jóvenes 
que, siguiendo sus consejos, se retiraron más de una vez 
á cuartel seguro mientras sus oficiales subalternos estaban 
ganándole ventaja al enemigo; y se atribuye enteramente 
á él el desastroso resultado de la acción de Yerbas 



52 MARÍA GRAHAM 

Buenas, que al principio se había presentado favorable á 
los patriotas. 

José Miguel quedó con sus cuarteles en Talca, á cinco 
leguas del río, mientras que don Luis acampaba con el 
o-rueso del ejército á orillas del Maule. Afortunadamente 
para los chilenos, parece que Pareja era hombre de tan 
poca capacidad como sus jefes para los asuntos militares. 
Se empeñaron numerosas escaramuzas, en las cuales los 
patriotas iban ganando generalmente terreno, hasta que al 
principio de Octubre la acción del Roble, donde la fortuna 
favoreció O'Higgins, cerrojo al enemigo á Chillan y dejo á 
los chilenos dueños del terreno entre el Maule y el Itata. 
La irregular y anómala conducta de los Carreras había 
disgustado á muchos chilenos. Su ausencia de la capital 
dióles tiempo para conspirar en contra de ellos, y su depo- 
sición se llevó á cabo tranquila y decorosamente. Se cree 
que la familia de los la Reina fué el centro de la conspi- 
ración; pero éstos, prudentemente, no tomaron parte en 
el gobierno nombrando Supremo Director del Estado á 
don Enrique Lastra (1), hombre de indiscutible probidad 
y de muy buen sentido, aunque tardío para proceder, 
que desempeñaba entonces el cargo de gobernador de 
Valparaíso y comandante de marina, y se intimó á don 
José Miguel Carrera la orden de entregar el mando del 
ejército á don Bernardo O'Higgins. 

Esta orden fué eludida por algún tiempo; pero por fin 
se llevó á efecto cuando los hermanos don José Miguel y 
Luis cayeron prisioneros de los realistas y se les confinó 
en Chillan. Por este tiempo los patriotas habían recobrado 
la mayor parte del territorio del Bio-Bio y particularmen- 
te la ciudad de Concepción. O'Higgins encontró el 
ejército en un estado desastroso: las municiones ago- 
tadas, las deserciones haciéndose día á días más numero- 



(1) D. Juan José Carrera era casado con doña Ana María de Cota- 
pos, mujer hermosísima, sobrina de D. Enrique Lastra. Debido á una 
disputa de familia, Juan ¡osé se había ido á Mendoza, quedando don 
José Miguel y D. Luis en el ejército. 



DIARIO 53 

sas (1); así, no vaciló en entrar en negociaciones con el 
nuevo general español Gainza, á quien el virrey del Perú 
había enviado en reemplazo de Pareja, á la muerte de éste. 
El capitán Hillier, de la Phoebe, buque de la armada 
de Su Majestad Británica, se constituyó en fiador del 
cumplimiento de las condiciones de la paz, cuyos artícu- 
los se firmaron en Lircai, cerca de Talca, el 3 de Mayo 
de 1814. Se estipulaba que Chile reconocería la sobera- 
nía de Fernando VII, á la época de su restauración; y que, 
mientras tanto, se gobernaría con un congreso propio y 
gozaría de comercio libre. Gainza se comprometía á po- 
ner en libertad á los Carreras y á evacuar á Chile con su 
ejército. Pero mientras los comisionados se encaminaban 
á Lima para someter estos artículos á la consideración del 
virrey, un nuevo cambio de las cosas volvía á poner á los 
Carreras á la cabeza del gobierno. 

Se dice que la escapada de los hermanos de Chillan se 
debe á una dama realista que los libertó de la prisión, 
dándoles caballos y dinero para que se fuesen á Santiago. 
Disfrazados de campesinos llegaron á Santiago á princi- 
pios de Agosto, y allí fueron de casa en casa, de cuartel 
en cuartel donde tenían conocidos; una vez preparado su 
partido y ganados la mayor parte de los soldados, depu- 
sieron á Lastra y José Miguel volvió á ser el jefe del 
Estado (2). 

El primer objetivo de los hermanos fué apoderarse del 
tesoro, que contenía cerca de $ 800.000 y en seguida die- 
ron curso á toda la imprudencia de su carácter, haciendo 
un gobierno opresor é insufrible. 

Mientras estas cosas ocurrían en Chile, habían llegado 
á Lima las bases del convenio de Lircai, y cuando Abas- 
cal estaba á punto de firmarla, llegó de España, con 



(1) El ejército estaba tan desprovisto de armas, que se usaban 
como mazas los yugos de los bueyes. O'Higgins ideó la fabricación 
de un cañón de madera, rodeado de alambre, que hizo ejqilosión al 
primer disparo. 

eron sus colegas D. F. Muñoz y D. José Uribe. 



54 MARÍA GRAHAM 

Marcó, el regimiento de Talayeras, que se ofreció para ir 
á Chile y reconquistarlo. Con esto, el virrey cambió de pa- 
recer, y despachó un fuerte cuerpo de ejército (1) á las 
órdenes del general Osorio, que zarpó del Callao el 18 de 
Julio, desembarcó el 12 de Agosto en Talcahuano y mar- 
chó inmediatamente hacia Santiago. "La incapacidad de 
un gobierno débil y atolondrado, dice Gibbons, asume 
muchas veces la apariencia de una traidora complicidad 
con el enemigo y produce los efectos consiguientes." 

Y esta coyuntura ofrece una prueba fatal de la exacti- 
tud de tal observación, porque mientras el general O'Hig- 
gins, que se había mostrado infatigable en la formación 
de nuevas trepas y en reducir al orden las antiguas, obs- 
truía y entorpecía la marcha de Osorio y estaba á punto 
de presentarle batalla á inmediaciones de San Fernando, 
recibió una diputación de todas las autoridades de San- 
tiago y de las provincias vecinas que iba á pedirle que 
se pusiera inmediatameele en marcha á la capital, para 
combatir á un enemigo peor que los mismos españoles, 
en la persona de los Carrera, cuyo yugo era ya intolera- 
ble. En consecuencia, dejó el principal cuerpo de ejérci- 
to, que consistía en unos 2.000 hombres, para observar 
al enemigo, y se puso en marcha á la ciudad con unos 
900 hombres. 

En el llano de Maipú, en un punto llamado lo Espejo, 
ííe encontró con Carrera, que mandaba una fuerza supe- 
rior y le infligió una seria derrota. Después de esto, 
apeló á la vez al versátil Carrera y á los que habían trata- 
do á inducirlo á licenciar el ejército, haciéndoles ver si 
ao sería mejor unirse para destruir al enemigo común y 
arreglar después sus disputas internas, manifestando tam- 
bién á sus propios partidarios que sería fácil acabar con 
la tiranía de los Carrera, que era nueva; pero que por 
ningún motivo debían permitir que los españoles reco- 
braran su antiguo dominio. Aprobada la proposición, José 



(1) El solo regimiento de Talayeras constaba de 700 plazas. 



DIARIO 55 

Miguel Carrera volvió á la ciudad, O'Higgins marchó 
sobre Rancagua, donde había llegado el enemigo, y Juan 
José, á ia cabeza de un numeroso cuerpo de ejército, 
quedó de seguirlo y juntarse con él. 

Pero O'Higgins sufrió una decepción: nunca llegaron 
las tropas de Carrera. Acorralado en Rancagua, sostuvo 
durante cuarenta y ocho horas una lucha incesante, resis- 
tiendo calle por calle, casa por casa, á los españoles, que 
no daban cuartel. Al caer la tarde del segundo día, Oso- 
rio mandó una comisión donde O'Higgins á ofrecerle, á 
más de las seguridades personales, el favor del rey si se 
rendía. Rechazó con indignación la oferta, diciendo que ni 
el cielo !e aceptaría al rey y que, aunque él daba cuartel, 
no lo pedía. Una hora después la ciudad ardía en dife- 
rentes puntos (1). "Nos rodearon — dice el general (2) — 
con la muerte y el incendio, todo se veía rojo y negro 
á nuestro alrededor. En esta emergencia, tomé mi bande- 
ra, que el enemigo atravesó de un balazo, y habiendo 
llegado el fuego y la casa donde sosteníamos la lucha, y 
agotadas ya las municiones, nos abrimos paso, espada en 
mano, en medio de los enemigos que rodeaban la casa 
y seguimos viaje á la capital." 



En cuanto se juntó con Carrera, O'Higgins le mani- 
festó que, si se uniesen todas las tropas tendrían bastan- 



(1) En Junio de 1818, Santa Cruz de Triana ó Rancagua, recibió 
en memoria de lo que había sufrido, el título de muy leal ciudad de 
la nación; también el permiso de tener por armas un escudo rojo 
rodeado de laureles, con un fénix levantándose de sus cenizas y 
llevando el árbol de la libertad en la garra derecha, y esta divisa: 
"Rancagua se levanta de sus cenizas; el patriotismo la hizo inmortal." 

(2) Una vez oí á don Bernardo O'Higgins relatar con la mayor 
sencillez la historia de esta acción, y estoy segura de que empleó 
en inglés las mismas palabras que he citado. En esta ocasión fué 
cuando los patriotas cargaron sus cañones con pesos fuertes. 



56 MARÍA GRAHAM 

te para derrotar á Osorio, que había perdido mucha gen- 
te, y salvar la capital. Pero parece que el pánico se había 
apoderado de todo el gobierno. Carrera dio orden apre- 
suradamente de destruir varios edificios públicos, prin- 
cipalmente el polvorín; se quemaron todos los papeles 
públicos y actas del nuevo gobierno, y tomando consigo 
los restos del tesoro público, emprendió una desordena- 
da fuga hacia Mendoza el 1.** de Octubre de 1814. 

El 5 del mismo mes, entró Osorio á la ciudad, resta- 
bleciendo la sala de la real Audiencia, nombrándose ca- 
pitán general é iniciando sus funciones con el severo cas- 
tigo de los patriotas más distinguidos, á muchos de los 
cuales mandó desterrados á Juan Fernández. 

Por este mismo tiempo, algunos de los que habían sido 
más hostiles á la causa realista buscaron su salvación en 
la fuga y se agregaron á los 600 hombres que seguían á 
Carrera á través de los Andes. La estación estaba muy 
atrasada, las nieves no se habían derretido todavía, y 
muchas de las 2.000 personas que dejaron la ciudad, es- 
pecialmente las mujeres y los niños, perecieron en la cum- 
bre de hambre y de frío. 

No era tiempo todavía para que pudiesen atravesarla 
los caballos y bestias de carga; de manera que los desdi- 
chados fugitivos tuvieron que hacer á pie el largo y peno- 
so viaje, cargados con las provisiones necesarias para la 
travesía. 

Al llegar á Mendoza pretendieron reivindicar para sí 
al derecho al gobierno de la ciudad, pretensión que 
guardaba una evidente inconsistencia con su situación de 
prófugos, y que San Martí.n (1), que entonces gobernaba 
la ciudad bajo la dependencia de la Junta de Buenos 
Aires, no había de atender; pero que tuvo el efecto de 
dar comienzo á aquella arraigada malquerencia contra 



(1) Nunca he podido averiguar con exactitud ni el lugar de su na- 
cimiento ni su verdadero parentesco. Estuvo en España, agregado á 
la policía militar, y es una persona distinta del valiente general San 
Martín, con quien muchas personas lo han confundido. 



DIARIO 57 

ellos, que al cabo origfinó la muerte de los tres hermanos. 

Tales fueron los sucesos que caracterizaron la primera 
revolución de Chile, en la cual se hizo mucho, porque se 
rompieron los moldes de los viejos sistemas, y el pueblo 
aprendió en cierto modo á conocer su poder; habíase 
dado cuenta también de que no podría sentirse á salvo de 
invasiones de las tropas de Lima y aun de las de España, 
si no dirigía su atención á la marina y formaba una fuerza 
naval. 

Hasta entonces sólo había contado con dos ó tres mi- 
serables caiíoneras y lanchas, que habían servido única- 
mente para transmitir las noticias é instrucciones por la 
costa y para mantener la correspondencia con los patrio- 
tas del Perú. 

El gobierno de Osorio duró dos años, durante los 
cuales los Carreras, con su hermana doña Javiera y sus 
mujeres, habían vivido ocasionalmente en Buenos Aires, 
Montevideo, etc. José Miguel habíase dirigido á Norte 
América para tratar de conseguir recursos y adquirir 
algunos buques: O'Higgins servía en el ejército patriota 
en Buenos Aires y Mackenna había sido muerto en duelo 
por Luis Carrera. 

Pero no bastaba ya la mera posesión del gobierno por 
un general español para someter á Chile al yugo de 
España. Aparte de los deseos de independencia y de 
libertarse de su doble esclavitud, porque á eso equivalía 
estar sometidos á la vez al rey de España y al virrey del 
Perú, había muchas personas que habían llegado á un 
grado de importancia tal que nunca se lo habían sospe- 
chado y que no querrían abandonar así no más, una vez 
logrado. "De tenderos, mercaderes y leguleyos que eran, 
se han convertido en hombres de estado y legisladores", 
y como no hay hombre que no aspire á poseer cierta in- 
fluencia é importancia, por lo menos en su propio país» 
no había esperanza razonable para llegar á vencer fácil- 
mente un móvil semejante. 

Así, pues, el reinado de Osorio, ó de Marcó, su dele- 



58 MARÍA GRAHAM 

gado, no fué muy tranquilo en Santiago; y como el aflic- 
tivo estado de España le impedía socorrer á sus generales 
de las colonias, aquél se encontró de lo más mal preparado 
para afrontar los sucesos de la primera época del año 
1817, que importó para la corona de España la pérdida 
definitiva de Chile. El estado del país era, por lo demás, 
miserable. 

En toda época han sido terribles para la humanidad 
los efectos de la guerra civil. Y ésta era, á la vez, una 
guerra civil y extranjera. En uno y otro bando han com- 
batido hijos del rnismo país, con soldados y generales 
extranjeros. Muchos de los soldados licenciados habían 
formado bandas de ladrones y asesinos que infestaban los 
montes por doquiera entre Santiago y Concepción, sin 
que estuviese exento tampoco el camino á Valparaíso. 

Los regimientos Chillan y Talaveras fueron fraccionados 
en destacamentos que debían recorrer por turno el país, 
y si era posible, prender y conducir á la ciudad á los 
ladrones, ocupación demasiado fatigosa para ellos y que 
respondía muy mal á su destino. En cualquier otro país, 
con otro clima, el hambre habría sido la consecuencia 
natural de estas revueltas; pero, entretanto, Chile con- 
tinuaba produciendo sus grandes cosechas de trigo, como 
si fuera cosa espontánea, y abasteciendo al Perú. 

Buenos Aires, bajo sus diversos gobernadores y formas 
de gobierno, había mirado siempre á Chile como vincu- 
lado á sus propios intereses. Los que ideaban la funda- 
ción de un gran imperio, lo miraban como la provincia 
que había de dominar el comercio de la costa del Pacífí- 
co y asegurar probablemente las riquezas de las Filipinas 
y las islas Molucas; mientras que los que contemplaban 
la formación de un estado federal lo miraban bajo un as- 
pecto no menos halagüeño, como uno de sus miembros, y 
todos contaban como cosa corriente con su unión á las 
provincias al oriente de los Andes. De aquí que, cuando 
llegaron á Buenos Aires los fugitivos chilenos después de 
la batalla de Rancagua, no sólo fueron favorablemente 



DIARIO 59 

acogidos, sino que se hizo un gran esfuerzo para restau- 
rarlos á su país y para ayudarlos á sacudir una vez más 
el yugo de España. 

Había además un poderoso motivo para tal esfuerzo. 
Los pasos á través de los Andes chilenos son fáciles y 
cortos, mientras que los del Perú son distantes y difíciles; 
de moco que mientras las tropas realistas dominaran á 
Chile, el virrey del Perú podría siempre socorrer á los 
españoles de allende los Andes y comunicarse con ellos 
por medio del puerto de Valparaíso. Por consiguiente, 
era de la mayor importancia para Buenos Aires cortar 
esta comunicación. 

Con este propósito, los últimos días del año 1816 se 
emplearon en reclutar un ejército en Mendoza bajo las 
órdenes del general D. José de San Martín. A más de 
los chilenos que habían huido después de la acción de 
Rancagua y de muchos otros de ese lado de los Andes, 
había algunas tropas de Buenos Aires, especialmente dos 
regimientos de negros que fueron colocados bajo las in- 
mediatas órdenes del general D, Bernardo de O'Hig- 
gins. 

El general Las Heras mandaba también un considera- 
ble cuerpo de ejército; y el total del ejército de los An- 
des llegaba á unos 4.000 hombres más ó menos. 

Mientras San Martín se consagraba á preparar en Men- 
doza la invasión de Chile, dio ocasión varias veces á que 
algunos prisioneros de guerra españoles que estaban por 
regresar junto á Osorio lo sorprendieran examinando ma- 
pas y planos del camino para Chile, conocido por el 
Planchón y que va por el Sur, y escribió además despa- 
chos falsos que los españoles secuestraban, y en los cuales 
manifestaba que, á fin de evitar las dificultades de la cum- 
bre, intentaba hacer la travesía del Planchón. 



* * 



60 MARÍA GRAHAM 

Con tales datos, se acuarteló en ese punto á la mayor 
parte de las tropas realistas para que estuviesen listas 
para recibirlo. Efectivamente, una pequeña división, á 
las órdenes del general D. Ramón Freiré, emprendió la 
marcha por ese lado y otra pequeña división sig^uió por 
el acostumbrado camino de la cumbre, mientras el grue- 
so del ejército se internaba por el paso de San Juan de 
los Patos guardando un sigilo tan absoluto, que su tota- 
lidad logró atravesar la cordillera y llegar á los llanos de 
Chacabuco antes de que el enemigo supiese que habían 
partido de Mendoza. El 14 de Febrero de 1814, cuando 
todo el mundo esperaba oir hablar de la invasión por el 
Sur, se recibió en Santiago la inesperada noticia de que 
una partida de patriotas había sorprendido á la guarni- 
ción de los Andes, á unas quince leguas de la villa de 
Santa Rosa y que sólo habían librado unos 30 hombres 
para traer las noticias. 

La guarnición de los Patos dio aviso también de que 
el enemigo había sido avistado en aquel paso. La capital 
fué presa al instante de la mayor agitación: el gobernador 
Marcó, junto con el cabildo, daba órdenes y contra órde- 
nes, nombraba oficiales y los cambiaba, y todo parecía 
que eran preparativos para la fuga. El día 5 se despachó 
al coronel Quintanilla para que fuese á reforzar las tropas 
que se hallaban estacionadas en Aconcagua, Santa Rosa 
y los caminos. El día 6 se encontró con que la mayor 
parte de las tropas, á las órdenes del mayor Atero, se 
habían retirado á las alturas de Chacabuco, dejando 
abandonadas sus municiones y bagajes; tan precipitada 
había sido su fuga. El 7 hubo una escaramuza entre las 
avanzadas, cerca de Curimón, en la que resultaron ven- 
cidos los realistas; pero, sólo el día 12 tuvo lugar la gran 
acción de Chacabuco, acción de infinita importancia, no 
sólo para Chile sino para toda la América del Sur. Bolí- 
var acababa de ser arrojado de Tierra Firme y había 
buscado refugio en Jamaica; los de Buenos Aires habían 
sufrido recientemente una memorable derrota en Tucu- 



DIARIO 61 

man, y s¡ hubiesen obtenido la victoria las tropas de 
Marcó, habría quedado franqueada la comunicación entre 
los ejércitos realistas y se hubiesen originado las más de- 
sastrosas consecuencias. 

En la madrugada del 12, el general O'Higgins logró 
ver el llano desde la cumbre de un cerro, y distinguió al 
enemigo, cuyo número apreció muy aproximadamente en 
3.000 hombres (1). San Martín no podía creer que fue- 
sen tan numerosos; pero, O'Higgins, seguro de lo que 
había visto, persuadió á Soler á que lo acompañara á 
pedirle permiso para hacer en seguida frente al enemigo 
en favorables condiciones, aun cuando no era su división 
la señalada para el ataque: repetidos rechazos no lo hicie- 
ron desistir de su propósito, hasta que el cabo logró más 
bien arrancar el permiso que ganar el asentimiento de San 
Martín, y como á las tres de la tarde emprendió el ataque. 

Los patriotas se vieron en un principio tan acosados, 
que como eran apenas el puñado que formaban la di- 
visión particular de O'Higgins, tuvieron que mandar en 
busca de refuerzos; pero no los esperaron, y antes de 
que les llegaran se les habían hecho innecesarios. O'Hig- 
gins se lanzó á la carga y rompió la primera línea, todos 
huyeron y los patriotas quedaron! dueños, no sólo del 
campo sino de los bagajes, municipales, etc., desbandán- 
dose los realistas en todas direcciones encabezados por 
sus jefes Maroto y Elorriaga. 

Cuando se supo en Santiago la pérdida de la batalla, 
la confusión pasó los límites de toda ponderación: todo 
el mundo trataba arrancar cargado con cuanto podía 
acarrear, y entre los primeros arrancó el jefe. Unos se 

(1) 1.000 infantes, 1.000 de caballería, 360 húsares, cuatro pie- 
zas de artillería de campaña con su dotación completa de artilleros, 
sirvientes, etc. 

La mayor parte de esta relación de la batalla de Chacabuco 
está sacada de un interesante folleto escrito por un español con el 
título de Relación de los acontecimientos de la pérdida del Reino 
de Chile: el resto, lo he tomado de la relación verbal del director 
D. Bernardo O'Higgins. 



62 MARÍA GRAHAM 

marchaban por la Cuesta de Prado, otros por los desfila- 
deros de Espejo y varios por el camino de Melipilla, todos 
afluían hacia el mar. En la tarde del 13 la confusión se 
propag-ó á Valparaíso, donde apenas si encontraron cabi- 
da en los buques atestados de gente los oficiales de gra- 
duación cuando allí llegaron. Todos los magistrados se 
hallaban embarcados, el puerto estaba abandonado; en 
varios puntos el populacho saqueaba las casas y la playa 
estaba cubierta de gente que pugnaba en vano por em- 
barcarse en los buques. 

Dos mil onzas de oro y plata que pertenecían al tesoro 
se perdieron ó se las robaron; los presos se habían esca- 
pado y apuntaban los cañones de las baterías sobre los 
realistas. Nueve buques llenos de fugitivos zarparon para 
el Perú; pero como salieran escasos de agua, entraron á 
Coquimbo, donde los patriotas les hicieron fuego contra 
los botes; entonces continuaron para Huasco, y allí des- 
cubrieron que en la precipitación de la partida habían 
dejado atrás á su jefe, Marco, creyendo los de cada bu- 
que que iría en el de más atrás. Con motivo de este des- 
cubrimiento, tomó el comando D. Manuel Olaguer Zelin 
y la flotilla prosiguió en salvo hasta el Callao. 

Los patriotas marcharon en seguida sobre Santiago, 
donde se les juntaron todos sus amigos y los que creye- 
ron conveniente pasar por tales. Se ofreció al general San 
Martín que se hiciera cargo del puesto de supremo direc- 
tor; pero él se excusó y recomendó la elección del gene- 
ral O'Higgins, que era hijo del país y uno de sus más 
valerosos y esclarecidos defensores. 

San Martín continuó á la cabeza del ejército. Mientras 
tanto, los realistas poseían todavía las provincias del Sur, 
y mantenían con el Perú una constante comunicación, 
gracias á su superioridad en el mar, superioridad que ame- 
nazaba hacer inútiles todos los esfuerzos de los patrio 
tas (1). La atención del nuevo gobierno se dirigió, por 

(1) Los comerciantes ingleses habían auxiliado eficazmente á los 
patriotas proporcionándoles armas y bagajes. Un documento oficial 



DIARIO 63 

consio^uiente,á la creación de una fuerza nava!. Desde hacía 
tiempo hallábase establecido en Chile un francés, el capi- 
tán Torte!, que antes había sido corsario y contrabandista 
en grande escai'a, y comandado de un navio de guerra. 

Era natura! ds Tolón, y tenía los sentimientos y princi- 
pios de ios mejores y más primitivos republicanos france- 
ses. Suyas eran las dos lanchas que, durante el primer 
gobierno patriota, h:\bian prestado tan buenos servicios 
transmitiendo las instrucciones por la costa, y ahora, que 
lo habím nombrado capitán de puerto, empeñábase en 
formar una pequeña escuadra afrontando increíbles difi- 
cultades. Se mandó á algunas personas con poderes para 
comprar dos fragatas en Norte América, y los agentes de 
los patriotas en Inglaterra recibieron orden de contratar 
oficiales y comprar buques allí. 

Pero el principal objetivo, incuestionablemente, era 
reconquistar la parte Sur de Chile, y en consecuencia, en 
el mes de Mayo de 1817, ó sea dos meses después de la 
acción de Chacabuco, O'Higgins asumió el mando del 
ejército del Sur, poniendo el gobierno en manos de tres 
comisionados. Habiéndose suscitado entre ellos algunas 
divergencias y dificultades, se nombró diputado-director 
á D. Luis Cruz (1). Al cabo de poco tiempo gran parte de 
la provincia y la ciudad de Concepción estaban reduci- 
das; pero á principios de 1818 llegó á Talcahuano un con- 
siderable refuerzo procedente de Lima, á las órdenes de 
Osorio, quien inmediatamente marchó sobre Santiago 
con 5.000 hombres. 



El 19 de Marzo, en un lugar llamado Cancha Rayada., 



del gobierno realista de 1816 aleara como razón para no permitir á ¡os 
extranjeros la entrada á los puertos, ni aun para traficar en cobre, el 
que D. Juan Diego Bernad había proporcionado á los patriotas no-- 
venta y ocho pares de pistolas. 

(1) Después gobernador del Callao. 



64 MARÍA GRAHAM 

le salió al encuentro San Martín al frente de las tropas 
patriotas, sobre las cuales obtuvo la más completa victo- 
ria, dispersando á los chilenos é hiriendo á O'Higgins, 
que inmediatamente regresó á la capital, donde todo era 
alarma. Mujeres y niños volvieron á arrancar, atravesando 
la cordillera para llegar á Mendoza, lo mismo que des- 
pués de la batalla de Rancagua (1). 

Pero el director se dedicó con todo empeño á reparar 
el mal; inmediatamente se despacharon vestidos, provisio- 
nes y dinero para el ejército. Muchas familias donaron su 
vajilla para que fuera acuñada; los comerciantes extranje- 
ros contribuyeron con sus mercaderías, su dinero y su 
crédito, de modo que el 5 de Abril el ejército chileno, 
mandado por los generales San Martín y Balcarce y los 
coroneles Las Heras, Freiré y otros, volvió á interceptarle 
á Osorio su avance á Santiago. A un día de camino de 
esta ciudad, en los llanos del Sur, llamados de Espejo, se 
peleó la batalla de Maipú, y jamás se ha visto una acción 
más decisiva. 

Del ejército de Osorio, 2.000 hombres quedaron muer- 
tos en el campo de batalla; 2.500 cayeron prisioneros, á 
más de 190 oficiales; la artillería, la ambulancia y el par- 
que, todo cayó en manos de los chilenos; sólo escapó 
Osorio con 200 jinetes. 

Esta victoria fué celebrada con justicia como la mayor 
y la más completa que se había ganado durante el dilata- 
do transcurso de la guerra revolucionaria, y asimismo 
como la más importante por sus consecuencias. 

Este fué, en realidad, el último esfuerzo que hicieron 
los españoles para reconquistar á Chile, si bien Talcahua- 
no. Valdivia y Chiloé, resistían todavía á los patriotas, y 
permitió á los chilenos llevar la guerra fuera de su propio 
territorio, lo que era una ventaja más importante todavía. 

Pero mientras las hojas y proclamas públicas aclamaban 



(1) En esta ocasión se echó al fuego todos los papeles públicos, 
órdenes, documentos, informes, etc., á fin de que las familias no que- 
daran expuestas á la venganza de París. 



DIARIO 65 

al general San Martín como el héroe de Cachabuco y de 
Maipú, los que tomaron parte en esas batallas y que, por 
consiguiente, fueron testigos oculares de su conducta, se 
permitían dudar de su valor personal. En Chacabuco ape- 
nas se le vio en el campo de acción. 

En Maipú el general Balcarce, los coroneles Las Heras 
y Freiré y otros fueron los que llamaron la atención de los 
soldados que sólo vinieron á recordar á San Martín cuan- 
do apareció al mando de las tropas victoriosas después 
de la acción. Sin embargo, se le decretaron pirámides y 
cintas y medallas, y la gloria del general era demasiado 
grande para consentir en fastidiosas averiguaciones. 

Las fuerzas de ambos bandos no eran numerosas; como 
ya lo hemos dicho, las de Osorio subían á poco más de 
5.000 hombres, pero consistían principalmente de tropas 
aguerridas y disciplinadas, mientras que el ejército chile- 
no estaba totalmente formado de bisónos reclutas y de 
milicianos armados únicamente con lanzas de indios; su 
número era de 4.500 infantes y 2.500 hombres de á caba- 
llo, con 20 piezas de artillería. 

Después de la relación de victoria semejante, da pena 
anotar el trágico suceso que tuvo lugar en Mendoza casi 
en ese mismo tiempo. La tentativa de los Carreras para 
apoderarse de esa ciudad, cuando su retirada de Chile, 
en 1814, no la había olvidado ni la perdonaba San Mar- 
tín, que estaba entonces de gobernador; por otra parte, 
el inquieto y ambicioso espíritu de José Miguel había 
comprometido muy estrechamente en sus proyectos á sus 
dos hermanos para que éstos pudiesen cruzar en salvo el 
camino de su común enemigo. 

A pesar de todo, Juan José y Luis, después de varias 
aventuras derivadas de la condición de los partidos diri- 
gentes de Buenos Aires, y guiados por el deseo de re- 
unirse con sus familias, se pusieron en viaje para Chile 
por diferentes caminos y en distintas épocas. Fueron co- 
gidos y reconocidos, sin embargo, cerca de Mendoza y 
estrictamente encarcelados. Sabedores de que bien poca 

5 



66 MARÍA GRAHAM 

gracia podían esperar del gobernador militar, intentaron 
escaparse más de una vez. 

La joven y amable esposa de Juan José acompañaba á 
su marido y vendió cuanta prenda de valor tenía para po- 
derle procurar las cosas más indispensables en su prisión: 
se tendrá una idea de sus sufrimientos cuando se sepa 
que habiéndola mandado de regalo un amigo una fanega 
de trigo, ella se fué inmediatamente á la plaza del mer- 
cado público á venderla para obtener con qué comprar 
algunas cosas para su marido; un zapatero á quien antes 
había ocupado, la vio en la plaza, é impresionado por su 
infortunio la llevó á descansar á su casa, mientras él co- 
locaba el trigo de la manera más ventajosa que se podía, 
y con el precio que se obtuvo subsistieron ella y su ma- 
rido casi hasta que acaeció la prematura muerte de éste. 
Entretanto, una comisión había estado funcionando con 
el objeto de tomar conocimiento de los crímenes de los 
Carreras. 

He leído atentamente el informe que dio á luz; el prin- 
cipal capítulo consiste en su tentativa para escapar de la 
prisión; que en cuanto á lo de haber sido miembros del 
gobierno de Chile y de haber tratado de recobrar su 
anterior influencia, los tiempos de guerra civil dejan abier- 
to un campo tan vasto á todos los aventureros, que nin- 
gún cabecilla aforí:unado deja traslucir sus recelos al cas- 
tigar tan severamente tales tentativas, cuando puede la 
cuchilla darse vuelta y caer sobre su propio cuello. Des- 
pués de haber funcionado algún tiempo la comisión en 
Mendoza, llegó á esta ciudad el secretario privado de 
San Martín, Monteagudo, según se dijo á causa única- 
mente del desastre de Cancha Rayada. Pero, el 8 de 
Abril, no muchas horas después de haber llegado á aque- 
lla plaza, lu nombre apareció firmando la sentencia de 
muerte pronunciada contra los infortunados jóvenes, cuya 
sentencia se ejecutó ese mismo día, á las seis de la tarde. 
Los sentaron en un banquillo en la plaza pública, y cuando 
los soldados les hicieron fuego, se abrazaron estrecha- 



DIARIO 67 

mente, y así murieron. Su muerte excitó la compasión par.? 
ellos y el t?mor para con el partido que tan pérfidamente 
abusaba del poder, temor que después se ha convertido 
en un profundo horror para alguno de sus individuos. 
Hay que confesar que tanta severidad fué inútil; y en los 
gobiernos la severidad inútil es siempre criminal. 

La autoridad se les confiere para que puedan aumen- 
tar y resguardar la felicidad de la comunidad con la me- 
nor restricción posible de la libertad ó de la felicidad de 
los individuos. Pero mientras se desarrollaba la lucha por 
la independencia, los nuevos gobernadores sintiéronse tan 
embriagados por el poder, que con el nombre de libertad 
en los labios oprimían y asesinaban, y cuando satisfacían 
así sus bajas pasiones personales llamaban á eso sus de- 
beres públicos. 

No eran los Carreras buenos ni útiles ciudadanos; pero 
los dos que acababan de ser ajusticiados eran, por lo rae- 
nos, inofensivos, y se les podía haber dejado respirar con 
sus familias, en otro clima donde no hubiesen podido 
tratar ni con los soldados ni con los gobernadores de 
Chile. 

Mientras tanto, los españoles habían bloqueado eí 
puerto de Valparaíso con la fragata Esmeralda, de 40 
cañones, y el bergantín Potrillo; pero como el gobierno 
había comprado una gran fragata, denominada la Lauta- 
ro, armada y tripulada en guerra, y cuyo mando había 
confiado á Mr. George O'Brien, teniente de la ar.Tiada 
británica, éste resolvió salir á atacar al enemigo el 27 de 
Abril de 1818. Así lo hizo, en efecto, yéndose al aborda- 
je de la nave enemiga; pero el capitán O'Brien, que en- 
cabezaba á los que saltaron al abordaje y que había to- 
mado posesión del alcázar, fué herido por un hombre de 
la batería, cuya vida acababa él de perdonar. 



68 MARÍA GRAHAM 

Este triste suceso, que importó para Chile la pérdida 
de un oficial inteligente y activo, junto con la confusión 
ocasionada por haber comenzado á incendiarse la Esme- 
ralda, obligaron á la Lautaro á retirarse sin sus presas, 
que escaparon; pero el puerto quedó libre del bloqueo. 
Esta corta, pero brillante acción, levantó el espíritu de 
los chilenos al más alto grado, por lo cual redoblaron sus 
esfuerzos para conseguir dinero con que comprar y equi- 
par una escuadra. 

Impuestos, empréstitos voluntarios, suscripciones, á to- 
do se recurrió, y todos fueron cubiertos gustosamente 
para lograr el gran objetivo. Alistáronse con el mismo 
fin varios corsarios, que sirvieron por lo menos para 
transmitir noticias de los movimientos del enemigo. Pero 
como se notara que el estímulo de los corsarios dificulta- 
ba la tripulación de los buques de guerra regulares, se 
publicó una orden para que licenciaran su marinería y 
volvieran al comercio en Agosto. De este mes datan tam- 
bién las primeras disposiciones sobre el rango de los 
oficiales y los primeros nombramientos navales, siendo 
almirante don Manuel Blanco Encalada, oficial de artille- 
ría, que muchos años antes había servido de guardia-ma- 
rina en la armada española; y así, con pocas excepciones, 
fueron calificados los demás oficiales, sin tomar gran cosa 
en cuenta su preparación anterior para el servicio. 

En el curso del mismo mes llegó á Valparaíso un gran 
buque llamado el Cumberland, cargado de carbón y man- 
dado por Mr. Wilkinson, que antes había sido piloto de 
un buque de la Compañía de Indias; inmediatamente fué 
comprado y se decidió á su capitán á continuar á su car- 
go. El 30 de Agosto ya estaba transformado en buque de 
guerra, bautizado de nuevo con el nombre de San Mar- 
tín, é izaba la bandera chilena. 

En este estado de las cosas, la fortuna mostróseles sin- 
gularmente propicia á los chilenos. El gobierno español 
había despachado nueve transportes, convoyados por la 
María Isabel, fragata de 50 cañones, en los cuales iban 



DIARIO 69 

2.000 hombres, á las órdenes de don Francisco del Hoyo, 
destinadas á reforzar al virrey del Perú. La tripulación, 
ó más bien dicho, los soldados que iban á bordo del Tri- 
nidad, uno de los transportes, se amotinaron contra sus 
oficiales, apoderáronse del buque, y lo condujeron á Bue- 
nos Aires, donde se juntaron á los patriotas, y les dieron 
informes sobre las fuerzas de los restantes y su destino 
al Sur de Chile. 

Inmediatamente se despachó un correo por los Andes; 
el gobierno tomó sus medidas en consonancia, y redo- 
blados los esfuerzos para que la escuadra se hiciera á la 
mar, el 9 de Octubre zarpaba en busca del enemigo. La 
fuerza consistía del San Martín, con 64 cañones, coman- 
dado por el capitán Wilkinson, y que llevaba la insignia 
del amirante Blanco, el Lautaro, con 54 cañones, coman- 
dado por el capitán Worcester, que fué dueño de un 
corsario americano durante la última guerra, y que vino á 
Chile por especulaciones mercantiles; la corbeta Chaca- 
buco, de 20 cañones, al mando de don Francisco Díaz, 
oficial de artillería; el bergantín Araucano, de 18 caño- 
nes, capitán Morris; y el Pueyrredon, capitán Vázquez. 
El 28 del mismo mes la escuadra avistó á la María Isa- 
bel y los transportes en la bahía de Talcahuano, bajo el 
abrigo del fuerte, que contenía cuatro piezas de campa- 
ña, cuatro de á una libra y otros tres cañones del mismo 
calibre. Pero con esto, poco ó nada podía hacer para 
molestar á los buques. La María Isabel y los transportes 
estaban en un estado lastimoso — una tercera parte de la 
tripulación y de los soldados había muerto durante el 
viaje, en parte, á causa de haberse embarcado á bordo 
demasiada gente en proporción al tonelaje de los buques, 
y en parte, á causa de la falta de ventilación y de aseo 
durante tan largo viaje; de modo que, después de des- 
embarcados sus enfermos, la tripulación de la fragata 
española quedó reducidad á unos doscientos hombres, 
á lo más. 

Tal era la situación de los buques contrarios cuando los 



70 MARÍA GRAHAM 

patriotas llegaron á la bahía con cerca de 1.000 hombres. 
Los españoles hicieron una defensa honrosa para ellos, y 
cuando la María Isabel fué obligada á arriar, corrió á 
ponerse bajo las baterías de las costa, que trataron de pro- 
tegerla, pero que eran demasiado débiles para el efecto, y 
ai siguiente día fué apresada Este fué un verdadero triun- 
fo para el pueblo de Chile. No sólo habían reducido el 
poder del enemigo, sino que habían ganado para su es- 
cuadra un buque, inferior á ninguno de los de su clase, 
admirable velero, ampliamente provisto de toda clase de 
pertrechos. Por esta misma época había doblado el Cabo 
de Hornos el bergantín Intrépido, de Buenos Aires, que 
\/enía á auxiliar á la escuadra de los chilenos; pero que no 
llegó hasta el 11 de Noviembre, el mismo día en que era 
apresado uno de los transportes que iba en viaje á Lima, 
y antes de que los buques llegaran á Valparaíso fué cap- 
turado el Helena, otro de los transportes del mismo 
óonvoy. 

De los nueve transportes que zarparon de Cádiz, uno, 
el Trinidad, se quedó en Buenos Aires, siete fueron cap- 
turados por los chilenos y del otro no se volvió á saber 
más. Nunca fué flota alguna más bien venida á las costas 
de Chile como lo fuera á su regreso la escuadra del Sur 
el 17 de Noviembre; con ella se resolvió apresurar los 
planes tanto tiempo meditados para llevar la guerra fuera 
del país. Pero, si bien el gobierno se sentía satisfecho por 
este primer triunfo y se enorgullecía con el número de 
buques que había alistado en siete meses, no dejaba de 
lamentar amargamente la escasez de oficiales competen- 
tes. Sus esperanzas se dirigían ansiosamente á Inglate- 
rra, de donde acababa de llegar, por lo demás, el Galva- 
rf.no (1), que había ingresado al servicio. 

A Eiás de su comandante, el capitán Spry, había traído 



(1) Bergantín de guerra inglés, de 18 cañones, llamado antes He- 
cate, que había sido comprado y conducido á Chile por los capitanes 
Guise y Spry para negociarlo. El gobierno de Chile se lo compró 
después de haber sido rehusado por el de Buenos Aires. 



DIARIO 71 

á bordo al capitán Guise, de la armada inglesa, que abri- 
gaba la esperanza de obtener el comando de las fuerzas 
navales del país; y junto con él había cierto número de 
allegados, que estaban tan interesados que así fuera, que 
parecían considerar que le correspondía de derecho, y en 
parte habían logrado persuadirlo á pensar la misma cosa. 
El capitán Forster, de la armada británica, había llega- 
do á Chile con iguales esperanzas y las mismas fantásticas 
pretensiones; á esto se juntaba que con el resultado de la 
última expedición, ni el capitán Wilkinson ni el capitán 
Worcester se sintieran dispuestos á someterse á ningún 
oficial de menor graduación en el servicio de Chile. Ocio- 
so sería inquirir adonde habrían ido á parar estas dispu- 
tas si no hubiesen sido acalladas, á lo menos por el mo- 
mento, con la llegada de uno de los más hábiles oficiales 
que hasta entonces hubiera producido la Inglaterra. 



* 
* * 



Por una de aquellas singulares coincidencias que no 
podían haber anticipado ni las más favorables expecta- 
tivas para Chile, los agentes del gobierno, que tenían 
instrucciones de conseguir el concurso de algún experto 
comandante (entre los cuales se había mencionado á 
sir H. Popham), tuvieron la fortuna de encontrar á lord 
Cochrane en libertad para dedicarse enteramente á la 
causa de la independencia de Sur-América, causa á la 
cual podía honrosamente consagrar su tiempo y sus ta- 
lentos sin violar los principios de libertad y de justicia, 
de que nunca se había separado. 

El estado de la marina de Chile requería la presencia 
de un hombre de tanta prudencia como valor, de tanta 
templanza como firmeza, y en hombre alguno se hallaban 
como en él reunidas en tan alto grado estas cualidades. 
Su inteligencia, naturalmente poderosa, había recibido 



72 MARÍA GRAHAM 

todas las sólidas ventajas y los atractivos de la educación, 
y su trato, singularmente caballeresco y cortés, que velaba 
á la par que adornaba la resolución de su carácter, pa- 
recían admirablemente calculados para conciliar todas las 
opiniones (1). 

Llegó con su familia el 29 de Noviembre á bordo de 
una pequeña embarcación llamada la Rosa, y fué recibido 
con la mayor alegría por el Director, que vino de Santia- 
go á Valparaíso para darle la bienvenida. 

El 9 de Diciembre se le dio á la María Isabel el nom- 
bre de O'Higgins, y quedó acordado que le sería ofrecida 
á lord Cochrane; pero éste no izó su insignia á bordo de 
la nave hasta el día 22. 

En el entretanto, habíanse desarrollado diversas tretas 
é intriguillas entre los oficiales que había ya establecidos 
en Chile, que antes que tener á la cabeza á un hombre 
tan superior á todos ellos, ó atemorizados quizás de que 
no fuese á ponerlos en un disparadero, trataron de con- 
certar una especie de comando dividido, deseando, según 
decían, de tener dos comodoros y no á Cochrane solo. 

Este no era sólo el clamor de los oficiales ingleses, 
sino que estaban ganados también algunos de los gober- 
nantes inferiores, en quienes no era difícil excitar la 
envidia contra un noble extranjero; pero el almirante 
Blanco, que era el único oficial cuyo rango é interés 
podía afectarse realmente con el arribo de lord Cochra- 
ne, lo apoyó cordialmente, convencido de que era el 
hombre aparente para la situación. 

Tal era el estado de los asuntos navales en Chile á 
fines del año 1818, el año más lleno de episodios en la 
historia del país desde el descubrimiento. Pero á fin de 



(1) Si yo tuviese menos motivos de gratitud para lord Cochrane, 
podría hacerle probablemente más justicia; pero para hablar de él 
como se debe se necesitarían no sólo una pluma más preparada, si [no 
también juicios más libres de esa sensibilidad que hace que un amigo 
al hablar de otro amigo lo haga con la misma modestia que si se tra- 
tara de su propia persona. 



DIARIO 73 

dar á conocer el estado del gobierno civil, será necesario 
volver unos cuantos meses atrás. 

Al ser nombrado por primera vez el Director, todos 
los poderes, tanto el Legislativo como el Ejecutivo, se 
concentraron necesariamente en él. Jamás monarca alguno 
es, por el momento, tan absoluto como un caudillo militar 
recientemente victorioso, especialmente en la causa de la 
independencia, porque dispone á la vez del poder de la 
opinión y del poder de su espada. 

Le premier quifut Roi, fut un Soldat heureux. 

Pero se hizo necesario pensar en dar al país una especie 
de Constitución. En consecuencia, el Director nombró 
una comisión encargada de formular un proyecto de go- 
bierno provisional que serviría hasta que las circunstan- 
cias permitieran convocar un Congreso representativo. 
En cuanto quedó formulado, en cada parroquia se abrió 
un libro donde todo jefe de familia ó todo hombre que 
tuviese medios para vivir con su trabajo y que no se ha- 
llase acusado por ningún delito ante las Cortes de Justi- 
cia, tenía derecho para estampar su asentimiento ó di- 
sentimiento, en presencia del cura, del juez y del escri- 
bano; la mayoría de los votos decidió la aprobación de 
la Constitución provisora, que fué jurada solemnemente 
el 23 de Octubre. 

En conformidad á uno de sus artículos, el mismo día 
el director nombró un senado, que debía asesorarlo y 
asistirlo, cuyas funciones eran hacer y modificar las leyes 
y cuidar los negocios del Estado; pero quedaba todo el 
poder ejecutivo en manos del Director y no tenía admi- 
sión en el senado ningún secretario ni ministro. Sus 
miembros eran cinco, á saber: 

Don José Ignacio Cienfuegos, gobernador de la pro- 
vincia de Santiago; 

Don Francisco de Borja Fontecilla, gobernador de la 
ciudad; 

Don Francisco Antonio Pérez, decano del tribunal de 
apelaciones; 



74 MARÍA GRAHAM 

Don Juan Agustín, alcalde, y 

Don José María Rozas. 

Cada uno de ellos tenía un suplente para los casos de 
enfermedad ó ausencia. 

Los primeros trabajos del senado, se dirigieron natu- 
ralmente al mejoramiento de las finanzas, que, á pesar 
de la carencia total de los conocimientos y principios de 
la economía política, adelantaron considerablemente. 
Entonces se dirigió su atención al establecimiento de es- 
cuelas, á la reparación de las obras públicas y á la cons- 
trucción de otras nuevas, principalmente el canal de 
Maipó, que conduce las aguas de este río á un alto nivel 
con el objeto de irrigar una inmensa llanura, antes esté- 
ril, y que sólo servía de campamento á los ladrones, y 
para dar agua á toda clase de mejoras (1). 

Estcis obras tenían la ventaja de dar ocupación á los 
numerosos prisioneros de guerra, cuya subsistencia habría 
sido de otro modo una pesada carga para el Estado, y 
cuyo tratamiento era tal, cuando así no se les ocupaba, 
que la humanidad habría preferido correr un velo sobre 
él. Pero como los españoles habían dado terribles ejem- 
plos, no es de maravillarse que las naciones que ellos 
habían oprimido les aplicaran á veces la pena del tallón. 

El general San Martín, entretanto, había visitado á 
Buenos Aires, pero residía la mayor parte del tiempo en 
Mendoza; se dedicaba á aumentar el ejército con el pro- 
pósito de invadir el Perú por medio de la escuadra chi- 
lena en cuanto estuviesen listas las tropas y el dinero, y 
era tenido, no sin razón, por el verdadero director de to- 
dos los negocios de Chile. 

Es singular el ascendiente que este hombre había ad- 
quirido; su valor es más que dudoso y sus talentos no 
sobresalen de la mediocridad. Pero tiene una hermosa 
figura, un aire imponente, un trato versátil, que se aco- 



(1) Las ventas de terrenos y de agua en este llano han cubierto 
con exceso el gasto y comienzan á ser una fuente de utilidades para 
el gobierno. 



DIARIO 75 

moda á todos los g-ustos, así á los de un refinado cortesa- 
no como á los de un payaso vulg-ar, y un gran poder de 
fingimiento. Es uno de aquellos de quienes Bacon dice: 
"Hay quienes saben empandillar los naipes y no pueden 
jugar bien; así también hay quienes sobresalen en las in- 
trigas y divisiones, pero que fuera de ahí no valen nada." 
Su secretario, Monteagudo, tiene de común con él muchas 
cualidades; pero los defectos del jefe los tiene más exa- 
gerados, y, sin duda alguna, es superior al mismo San 
Martín en su insensible crueldad. 

Pero su perspicacia es asombrosa: es "perfecto en co- 
nocer el carácter de los hombres", á quienes maneja por 
su lado flaco; su elocuencia sirvió bastante á la buena 
causa, por más que en varias ocasiones sus proclamas y 
documentos de Estado estén saturados de ese giro bom- 
bástico que en general se reprocha á los españoles, y que, 
en realidad, es muy notable en la ribera occidental del 
Atlántico. 

La lianeza, el sencillo buen sentido, la honradez y rec- 
tos sentimientos de O'Higgins, no siempre podían pa- 
rearse con los talentos más variados de San Martín; ade- 
más, era O'Hggins muy propenso á descansar en la hon- 
radez de los demás, que él juzgaba por la rectitud de sus 
propias intenciones. 

Es de extrañar que, con aquella natural honradez y 
rectitud que lo guiaban, haya podido ser inducido á ad- 
mirar ó practicar los actos de una política torcida; pero 
le hacían consentir en que aquello era un mal necesario 
en el gobierno civil, y de aquí que siempre prefiriese el 
campo de batalla al palacio, porque allí, por lo menos, la 
decepción podía no ser indispensable. Su secretario, Zen- 
teno, que después fué ministro de Marina y gobernador 
de Valparaíso, comenzaba por entonces á adquirir cierta 
importancia. Era escribano en Concepción cuando se en- 
roló en el ejército patriota, á principios de la revolución, 
y habiendo salido entre los fugitivos de 1814, se había 
visto reducido á servir de mozo en una pulpería de Men- 



76 MARÍA GRAHAM 

doza para poder vivir; pero en 1817 volvió á acompañar 
al ejército de los Andes y reapareció en su propia posi- 
ción. 

Zenteno ha leído un poco más que lo que es de uso 
entre sus conciudadanos, y piensa ese poco más; como San 
Martín, dignifica con el nombre de filosofía el escepticis- 
mo en religión, el relajamiento en moral y ia frialdad, si 
no crueldad, de corazón; y si bien no dejaría de mostrar 
cierta ostensible sensibilidad por la suerte de un gusano, 
sería capaz de juzgar la muerte ó la tortura de un adver- 
sario político como un motivo de congratulación. 

Su trato es frío; pero como siempre se manifiesta grave 
y sentencioso y tiene mucho de la argucia y sagacidad 
atribuidas comúnmente á su primera profesión, pasa por 
hombre muy capaz. 

Tales era 1 los personajes principales con quienes tuvo 
que entenderse lord Cochrane á su llegada á Chile. 
O'Higgins era sincero, y de San Martín puede decirse 
que, como lord Angelo, una conveniente sinceridad re- 
gía sus actos hasta que divisaba... la posibilidad de 
ejercer el poder absoluto en el rico país del Perú. Pero 
los sucesos hablarán por sí solos. Por ahora, de lo que se 
trata, es de la historia de Chile durante la primera parte 
del año 1819. 

La escuadra de Chile consistía entonces de la O'Hig- 
gins, buque insignia de lord Cochrane, comandado por 
el capitán Forster; el Lautaro, capitán Guise; la San 
Martin, capitán Wilkinson, y la Chacabuco, capitán 
Carter (1). Estos buques zarparon de Valparaíso el 15 de 
Enero á las órdenes de lord Cochrane. 

El pueblo de Chile contemplaba ansiosamente la expe- 
dición. Era la primera vez que se atrevía á atacar al ene- 
migo en su propio baluarte. Siempre había parecido inex- 
pugnable el Callao, y los buques de España estaban acos- 
tumbrados á considerarlo como un santuario inviolable. 



(1) Se contaban también el Galvarino, el Araucano y el Puey- 
rredon. 



DIARIO 77 

Ahora los chilenos veían á sus buques que sah'an á 
atacarlo, y un sentimiento de temor de su propia osadía 
se mezclaba á sus esperanzas. Pocos meses antes, cuando 
había estado bloqueado el puerto, todos sus deseos se 
limitaban á verse libres de los buques enemigos; pero 
las situaciones habían cambiado, su puerto era ahora el 
inviolable, y sus buques los que iban á atacar la ciuda- 
dela del enemigo. 

No es de extrañarse, pues, que se prestara oídos ávi- 
damente á todo rumor y que toda vela extranjera que tra- 
jera buenas nuevas de la escuadra fuese recibida con an- 
sia; al cabo llegaron, sin embargo, despachos verdaderos, 
que se publicaron en una serie de gacetas extraordina- 
rias como los más importantes documentos que hubiesen 
jamás llegado á Chile. La flota había sido tripulada prin- 
cipalmente con nacionales, muchos de los cuales eran 
huasos de las montañas; á bordo de toda la escuadra ha- 
bía unos trescientos marinos extranjeros, inclusos los ofi^ 
cíales, de modo que era natural que hubiese ansiedad 
por más de un motivo respecto á la expedición. Pero la 
primera tentativa era suficiente para probar que la marina 
de Chile tendría dentro de poco tiempo el dominio del 
Pacífico. 



* 
* * 



La escuadra se había encontrado en su camino con 
varios buques, y en vista de las informaciones obtenidas, 
el almirante había determinado quedarse voltejeando no 
lejos del Callao hasta el 21 de Febrero, para interceptar 
el paso al San Antonio que iba destinado á Cádiz con 
un tesoro considerable á bordo, y en seguida, el 23, que 
era el último día de Carnaval, entrar en la bahía con el 
Lautaro y atacar los buques y las fortalezas durante la 



78 MARÍA GRAHAM 

confusión que, como de costumbre, ocasiona esa fiesta (1). 
El San Martín debía permanecer oculto detrás de la 
isla de San Lorenzo, para proceder en conformidad á las 
circunstancias. 

Pero el 21 cayó una neblina tan espesa que los buques 
se perdieron de vista: así continuaron cuatro días, de 
modo que el plan del 23 quedó frustrado. El 26 aclaró un 
poco, y el San Martín capturó á la Victoria, cargado de 
provisiones de Chiloé para Lima; pero las nieblas, que 
son tan comunes en la costa del Perú, hicieron imposible 
á la escuadra toda acción hasta el día 29, en que se dejó 
oir un vivo cañoneo. £1 almirante se imaginó que sería 
uno de sus buques que afrontaba al enemigo, y en conse- 
cuencia puso proa hacia la bahía del Callao. 

El San Martín, el Lautaro y la Chacabuco, que creye- 
ron cada cual por su lado que el almirante había entrado 
en acción, hicieron el mismo rumbo, y en un momento en 
que la neblina se disipó un poco, pudieron reconocerse. 
Ese instante de luz descubrió entre ellos una vela extraña; 
el O'Higgins la siguió y le dio caza; era una cañonera que 
tenía á bordo un teniente y 20 hombres, un cañón de 
24 libras y dos morteros. 

El almirante supo por la cañonera que el cañoneo que 
se había oído en la mañana era en honor del virrey, que 
andaba revistando los buques y las fortalezas. Seguro 
lord Cochrane de que alguno de sus buques había sido 
visto, resolvió entrar al Callao, á la vez que para probar á 
sus compañeros, para tratar de capturar algún buque de 
guerra, ó por lo menos, una de las cañoneras: el Lautaro 
le seguía de cerca. 

Encontráronse con los buques del enemigo dispuestos 
en una media luna de dos líneas; la línea de retaguardia 
ordenada de manera que cubría los intervalos que deja- 



(1) La razón (por tal la dan algunos) que se tuvo para entrar con 
dos buques solamente, con los colores ingleses, fué que se tuvo noti- 
cias de que debían arribar pronto dos buques que se esperaban de 
Inglaterra . 



DIARIO 79 

ban los buques de la línea del frente; los buques mercan- 
tes estaban estacionados en la línea de retaguardia, y á la 
derecha estaban anclados los neutrales. El O'Higgins lle- 
vaba bandera neutral (1); pero sin resultado, porque á léis 
cuatro de la tarde la Esmeralda comenzó á hacer fuego 
sobre los dos buques, fuego que inmediatamente fué se- 
guido por el de toda la línea de buques españoles y el de 
los fuertes. Por desgracia, el capitán Guise cayó grave- 
mente herido y su buque se retiró de la acción. 

Ni el San Martin ni la Chacabuco vinieron á reforzar 
al O' Higgins, sin que jamás se haya sabido si porque les 
pareciera dudoso el resultado, ó por mala inteligencia de 
las órdenes; y, en consecuencia, el almirante se vio obliga- 
do, á su pesar, á retirarse, después de haber afrontado por 
dos horas el fuego de 300 cañones de los buques y los 
fuertes (2). El puerto del Callao fué declarado en blo- 
queo, y la escuadra, cuando no andaba voltejeando, se 
retiraba á la isla de San Lorenzo, fuera del alcance de los 
fuertes del Callao, á una distancia de dos y media millas 
próximamente. 

El 2 de Marzo, los botes de la escuadra, á las órdenes 
del capitán Forster, atacaron la estación de señales de la 
isla de San Lorenzo, la destruyeron, libertaron á 29 chile- 
nos, parte de la tripulación del Maipú, que estaban con 
cadenas ocupados en los trabajos públicos é hicieron pri- 
sioneros á unos cuantos peruanos. 

En cuanto se presentó la escuadra patriota en la bahía 
del Callao, discutióse en el consejo del virrey si se podía 
legalmente emplear contra ella la bala roja, y la opinión 
del arzobispo se pronunció en ese sentido; pero, por más 



(1) La O' Higgins y la Lautaro estaban pintados como los buques 
de guerra norte-americanos. 

(2) El hijo menor de lord Cochrane pasó andando en cubierta du- 
rante todo el tiempo, tomado de la mano de su padre. Como viera 
caer muerto á un hombre de los que servían los cañones del alcázar, 
se dirigió á su padre diciéndole: "Todavía no han hecho la bala que ha. 
de tocarle á Tomasito, papá!" 



80 MARÍA GRAHAM 

que algunas cayeron cerca de la O'Higgins, mientras 
cruzaba la bahía para detener, á pesar de los fuegos 
de los fuertes y de los buques, una embarcación que 
llegaba en esos momentos, parece que ninguna le hizo 
daño. 

Entre el 4 y el 17 de Marzo se cambió entre lord Co- 
chrane y el virrey del Perú una correspondencia de na- 
turaleza tan singular y característica, que al fin de este 
volumen la daré á conocer por algunos extractos. 

El objeto de ella era el canje de prisioneros, hombre 
por hombre, grado por grado. Las cartas de lord Cochrane 
están llenas de humanidad é hidalguía; todas tienden á in- 
troducir en la lucha un sistema más humano que el que 
había mancillado hasta entonces las contiendas de la Amé- 
rica del Sur, y contienen, respecto de su patria, de sí mis- 
mo y de los hombres de su rango en su país, la más digna 
justificación de su conducta en la guerra de la indepen- 
dencia. 

En la noche del 22 de Marzo se trató de poner en eje- 
cución un proyecto ideado para la noche del 19, pero que 
entonces fué abandonado por haberse apercibido de él el 
enemigo; se ordenó que los botes se internaran en la 
bahía con un brulote, y que los buques los siguieran, 
apoyaran y protegieran; pero, por una inexplicable fatali- 
dad, no estuvo allí más que el O'Higgins, y el plan quedó 
frustrado. 

Por este tiempo comenzaron á escasearle á la escuadra 
el agua y otras provisiones, y, en consecuencia, el 25 zar- 
pó con dirección á Huara para procurárselas allí. En di- 
cho punto, después de dos días de amigables relaciones 
con los naturales, los oficiales se encontraron con que de 
repente se les negaba el agua y que le estaba prohibido 
á los pobladores el llevarles provisiones; entonces se des- 
embarcó una patrulla de los buques, que se puso en mar- 
cha hacia las pequeñas ciudades de Huara y Huacho, de 
las que tomaron posesión el día 30 sin ninguna dificultad, 
asegurando así una buena aguada y centro de abastecí- 



DIARIO 81 

mientos. Mientras estaba la escuadra en Huara llegó allí 
el almirante Blanco en el Galvariao. 

Este oficial izó su insignia en el San Martin^ como se- 
gundo, y poco después se hizo á la vela para reunirse 
con la escuadra y mantener el bloqueo del Callao. 

Por informaciones recibidas de la costa, supo lord Co- 
chrane que unos buques neutrales estaban embarcando 
cargamentos españoles en varios de los puertos menores, 
por lo cual se puso á recorrer la costa con algunas naves, 
desembarcando varias patrullas en las pequeñas pobla- 
ciones, cuyos habitantes no se resistían á entregarse. 

En Patabilco se hizo una presa considerable de dinero 
(como 67.000 pesos) y provisiones, azúcares y alcoholes 
En Guambacho se sacaron 60.000 pesos de un bergantín» 
que los llevaba á bordo de contrabando. En Supe, su se- 
ñoría hizo desembarcar á los marineros, que intercepta- 
ron unos 120.000 pesos que iba custodiando una escolta 
de infantería española. Un tal Mr. Smith, americano, re- 
clamó el dinero como propiedad particular suya; pero 
como venía bajo la custodia de una escolta del gobierno, 
fué mandado á bordo del O'Higgins. Más tarde se supo 
que este dinero iba á ser embarcado en Guarmey en la 
goleta americana Macedonia, á nombre de /\badie y 
Blanco, agentes de la Compañía de Filipinas. 

El americano Smith se encolerizó tanto con la captura 
del dinero, qu3 en la cámara del O'Higgins sacó su pisto- 
la y se la puso en la frente á lord Cochrane, quien la 
apartó con la mano diciendo: "Guárdese su pistola mister 
Smith, y haga de ella un uso más prudente", y prosiguió 
fríamente en su trabajo, sin prestar la menor atención al 
encolerizado comerciante (1). 



(1) Véase la Gaceta extraordinaria del 2 de Agosto de 1819, en la 
cual aparece que Mr. Smith había perdido todo título á que se le con- 
siderara neutral, porque se había consagrado calurosamente al servi- 
cio del virrey, conduciendo sus despachos y trasladando de un puerto 
á otro á sus oficiales, servicios que el virrey reconoce en documentos 
públicos. 

6 



82 MARÍA GRAHAM 

A mediados de Abril, parte de la escuadra se presentó 
en Paita, cuya rendición intimó el almirante; pero el go- 
bernador español, á pesar de hallarse convencido de su 
falta de medios para resistir, desafió á los patriotas. Lord 
Cochrane, en su deseo de evitar un derramamiento de 
sangre, despachó un segundo parlamentario, sobre el cual 
los españcles hicieron fuego. 

Entonces su señoría hizo desembarcar unos cuantos 
soldados y marineros de su nave, los cuales se apodera- 
ron casi al instante de la ciudad, apresando al mismo 
tiempo la goleta Sacramento, tres cañones de bronce de 
á 18, dos piezas de campaña y una cantidad de municio- 
nes, azúcar, algodón, cacao, resina, etc. 

Habiéndose robado unos marineros algunos ornamen- 
tos de la iglesia, el almirante los obligó á devolverlos y 
castigó á los delincuentes, aparte de mandar al vicario un 
mil pesos para reparar el agravio hecho al sagrado recin- 
to (1). Por esos días se escapó una rica presa, la flota de 
Guayaquil, advertida á tiempo por un buque americano. 

Mientras lord Cochrane estaba empeñado en esta expe- 
dición al Norte, el almirante Blanco sostenía el bloqueo 
del Callao con el San Martin, el Lautaro, la Chacabuco 
y el Pueyrredon, que se prolongó hasta comienzos de 
Mayo, en que la escuadra regresó á Chile entre las con- 
gratulaciones de todas las clases del pueblo (2). Y en ver- 
dad había motivo para tales transportes de júbilo. Durante 
el primer mes la escuadra de Chile se componía única- 
mente de los siguientes buques: 

Fragata O'Higgins 48 cañones 

„ Lautaro 38 „ 



(1) Véase la Gaceta extraordinaria del 9 de Agosto de 1819. 

(2) En cuanto llegó el almirante Blanco á Valparaíso, el 26 de 
Mayo, se le puso arrestado por haber suspendido el bloqueo del Ca- 
llao, sin tomarse en cuenta que los buques carecían de provisiones^ 
Juzgado por una Corte marcial, que presidía lord Cochrane, sirviendo 
lonte de fiscal, fué absuelto honrosamente el 22 de Julio. 



DIARIO 83 

Navio San Martin 60 cañones. 

Corbeta Chacabuco 24 „ 

Esta reducida fuerza iiabía bloqueado enteramente el 
puerto del Callao, cuyas baterías son formidables, y doncie 
estaban estacionados los siguientes: 

Frag. de guerra. . Venganza 42 cañones. 

„ „ Esmeralda 44 „ 

Goleta Sebastiana 28 ,, 

„ Resolución 36 „ 

„ Cleopatra 28 „ 

„ La Tocha 20 „ 

Bergantín Maipú 18 „ 

Berg. de guerra. Pezuela 22 „ 

,, „ Potrillo 18 „ 

Nombre desconocido 18 „ 

Goleta con un cañón de 24 y 20 culebrinas. 

Guarney 18 cañones. 

San Fernando 26 „ 

San Antonio 18 „ 

aparte de 28 cañoneras. Se había hecho presa de dos- 
cientos mil pesos pertenecientes á la Compañía de Fili- 
pinas, fuera de otras presas menores, y se había libertado 
del yugo español á varias ciudades de la costa. 

Así, pues, el virrey se veía en la más humillante situa- 
ción, privado de las provisiones que eran absolutamente 
indispensables para el país, y encerrado en su capital por 
una fuerza que no llegaba á la cuarta parte de las suyas, 
pero que, con una actividad nunca vista en esos mares, 
iba de puerto en puerto, vencía todos los obstáculos, 
apresaba sus convoyes en mar y en tierra y atacaba sus 
fortalezas y navios hasta en su más poderosa ciudadela. 

Entre otros homenajes rendidos á lord Cochrane al 



84 MARÍA GRAHAM 

volver la escuadra á Chile, se pronunció un elogio de su 
señoría en el Instituto Nacional de Santiago, del cual 
sólo he podido procurarme el siguiente extracto: "Llega 
al Callao: el puerto está defendido por las fortificaciones 
más poderosas del Pacífico y coronado de baterías. Diez 
buques de guerra y un gran número de cañoneras for- 
man una formidable barrera. 

„E1 bizarro almirante se apodera de la Isla de San Lo- 
renzo, ancla allí su escuadra, intenta hacer una entrada al 
puerto y se adelanta con el O'Higoins y el Lautaro) 300 
piezas de artillería vomitan la muerte alrededor de él. 
De tres lados parten los proyectiles á destruirle sus bu- 
ques; pero, en medio de esos torrentes de fuego, él sigue 
avanzando, inalterable, con toda resolución; infunde el 
terror en el enemigo, siembra por doquiera el horror y la 
muerte, le cañonea sus buques, y el pánico del enemigo 
llega á tal grado que emplea medios vedados, disparando 
proyectiles incendiarios de todos los castillos. 

Después de haberlos acosado rudamente, vuelve, sere- 
namente, victorioso á reunirse con el resto de su escua- 
dra, etc." 

Mientras tanto había llegado á Chile una de las fraga- 
tas contratadas en Nueva York, después de recalar en 
Buenos Aires. Parece que, conforme á las estipulaciones 
de un tartado con España, la América del Norte se obli- 
gaba á no suministrar á los patriotas de Sud-América 
ningún buque armado; así es que, al encargar al gobierno 
de Buenos Aires dos fragatas para Chile, alistáronse dos 
buques, el Horacio y el Curiado, con toda clase de per- 
trechos, exceptuando armas y municiones, las que, sin em- 
bargo, seguían á las fragatas en el buque Sanchem, y lle- 
garon pocos días después que ellas á Buenos Aires. 

La escasez de recursos en esa ciudad impidió que fue- 
ra pagado totalmente el precio de venta de las dos na- 
ves, por cuyo motivo sólo el Horacio izó el pabellón chi- 
leno después de recibir sus cañones y de completar su 
marinería, y el Curiado zarpó para Río Janeiro, donde 



DIARIO 85 

fué comprado por el gobierno, quedando Chile* defrauda- 
do del dinero que había anticipado á cuenta. 

Al regreso de la división Blanco de la escuadra, el 
Supremo Director se fué á Valparaíso para recibirla y 
también para inspeccionar la fragata últimamente adqui- 
rida, cuyo mando se le había ofrecido en particular al 
capitán Guise. 

Sin embargo, cuando llegó el G'Higgins se nombró en 
su lugar al capitán Foster, como oficial más antiguo, cam- 
biándole el nombre de Curiado por el de Independencia 
ó Nuestra Señora del Carmen. Se hicieron en la escua- 
dra otros cambios de importancia y se puso todo empeño 
para recorrerla y abastecerla, á fin de renovar el bloqueo 
del Callao. 

Mientras la armada acosaba así las costas enemigas, el 
ejército del Sur, á las órdenes del general Balcarce, se- 
guía ganando terreno gradualmente. La guerra, sin em- 
bargo, se desarrollaba allí de la manera más desoladora. 

El realista Benavides, en particular, había hecho odioso 
su nombre por sus muchas atrocidades, y especialmente 
por el asesinato á sangre fría de un oficial que le manda- 
ra el general Freiré con bandera de parlamento, y de 
todo el pelotón que lo acompañaba, fuera de otros prisio- 
neros; todos fueron ultimados á sablazos para ahorrar el 
gasto de pólvora. El general Sánchez no le iba en zaga 
en crueldad. Este último había evacuado á Talcahuano. 
Freiré se había tomado á Chillan y el éxito favorecía en 
todas partes á los patriotas. (Véase la Gaceta, Marzo 13 
de 1819.) 

Se les dirigió á los indios las proclamas más concilia- 
torias, invitándoles como hermanos á unirse á la causa de 
la independencia, y se abrigaban esperanzas de que se 
aliarían á los patriotas contra los españoles. El gobierno 
interior parecía también haber consolidado su estabili- 
dad. 

Los adictos de los Carreras guardaban silencio, por 
entonces, á lo menos. Ninguna nación extranjera interve- 



86 MARÍA GRAHAM 

nía entre la madre patria y sus colonias, y todos, por el 
contrario, parecían mirar con complacencia un cambio 
que prometía el libre comercio del Pacífico. 

Es singular que la experiencia de siglos no haya po- 
dido enseñar á ninguna nación que es imposible retener 
el oro y la plata dentro de un estado determinado más 
allá de cierta cantidad, ni que cuando se les confina de 
ese modo no hacen más rico al país; porque cuando el 
oro y la plata son más que lo que se necesita para la ad- 
quisición de otros artículos, pierde totalmente su valor. 

Esto se aplica especialmente á los países donde los me- 
tales preciosos constituyen la producción principal. Y así, 
los gobiernos reformistas de la América del Sur imponen 
todavía al oro y la plata un derecho de exportación tan 
subido, que equivaldría á una prohibición si todas las 
naciones no se concertaran para hacer su contrabando. 
En países como éste, donde no hay manufacturas y donde 
no hay otros productos naturales que los metales precio- 
sos, es más aparente todavía el cambio de éstos por ar- 
tículos de cualquier otra clase. Pero, como prevalece 
todavía la manera de pensar de los españoles, resulta que 
el contrabando, que en cualquier otro país sería motivo 
de escándalo, se practica aquí abiertamente, hasta por 
los buques de guerra ingleses, porque el comerciante no 
puede obtener por otro medio un retorno para sus mer- 
caderías. ¿No sería este un artículo digno de ser conside- 
rado en alguno de los tratados que se lleguen á celebra*" 
para reconocer la independencia de la América del Sur? 

Los comerciantes ingleses habían prestado servicios 
materiales á la causa de la independencia con las gran- 
des importaciones de armas y pertrechos, tanto navales 
como militares, que, á pesar de toda prohibición, conti- 
nuaba proporcionándoles. 

Es verdad que á veces surtían también á los realistas; 
pero, en general, los cargamentos de esta especie los des- 
tinaban para los patriotas, con quienes cultivaban relacio- 
nes más cordiales que las que habían tenido con los es- 



DIARIO 87 

pañoles. En Chile era consentido el culto protestante en 
casas privadas, y se les había permitido á los protestantes 
que compraran un terreno para cementerio, tanto en la 
capital como en el puerto; algo también se había intenta- 
do para facilitar los matrimonios entre protestantes y ca- 
tólicos, pero, por entonces, era todavía demasiado pre- 
maturo pensar en una tolerancia pública y perfecta. Tam- 
poco eran incomodados los oficiales que entraban al ser- 
vicio respecto á sus creencias religiosas ni se les inducía 
á que las cambiaran. 

La estación lluviosa, con fuertes temporales de viento 
Norte, se había afirmado; no obstante, seguíase atendien- 
do con todo celo al equipo de los buques, de manera 
que el 11 de Septiembre la escuadra estaba lista para 
hacerse á la mar; se había solicitado un empréstito de 
2.000 pesos de los comerciantes de Valparaíso, que lo 
rehusaron por considerarlo como una contribución for- 
zada; pero, en cambio, suscribieron en un instante la suma 
de 4.393 pesos como donativo espontáneo para impulsar 
la expedición, que debía ahora adoptar medidas más ac- 
tivas que en la primera ocasión. 

La cuarta parte de esa suma fué erogada por comer- 
ciantes ingleses. Lord Cochrane ofreció en préstamo, por 
tiempo ilimitado, las presas de dinero que había hecho 
durante la expedición. 

La escuadra, compuesta del O'Higgins, con la insignia 
de lord Cochrane; el San Martín, capitán Wilkinson; el 
Lautaro, capitán Guise; la Independencia, capitán Fos- 
ter; el Gaharino, capitán Spry; el Araucano, capitán 
Crosbie, y el Pueyrredon, capitán Prinier, se reunió en 
Coquimbo para completar su provisión de agua y demás 
pertrechos. Iban además dos transportes ocupados en la 
conducción de los morteros y cohetes explosivos con que 
jse intentaba molestar al enemigo. El 28 de Septiembre 
llegó la escuadra á la altura del Callao y comenzó inme- 
diatamente á construir bases para los morteros y cohetes 
explosivos y á preparar los buques para la acción. El al- 



88 MARÍA GRAHAM 

mirante comenzó por varios falsos ataques para fatigar 
al enemigo; pero, en la noche del 1." de Octubre, el Gal- 
varino, el Araucano y el Pueyrredon entraron á la bahía 
del Callao, llevando cada uno á remolque una balsa, dos 
con los cohetes y una con los morteros; la Independencia 
recibió orden también de seguir en protección de los 
bergantines; pero por cierta mala inteligencia ancló á 
ocho millas de la costa. 

Desdichadamente, hizo explosión una de las balsas de 
cohetes, hiriendo gravemente al capitán Hind, que la 
mandaba, y á los hombres que en ella estaban ocupados. 
Los cohetes tampoco respondieron á su objeto, sea por 
mala calidad de los materiales, sea por falta de compe- 
tencia en su preparación; en cambio, las bombas produ- 
jeron cierto efecto y se dispararon constantemente. Mien- 
tras tanto, los fuertes y los buques hacían fuego incesante- 
mente sobre los bergantines y las balsas y empleaban la 
bala roja; pero el daño que causaban era insignificante 
para las circunstancias, pues no pasó de la pérdida del 
palo de trinquete del Araucano y del destrozo de una de 
sus anclas; el Galvarino perdió al teniente Bealy y algu- 
nos hombres. 

En las tres noches siguientes efectuáronse algunos ata- 
ques simulados que fatigaron al enemigo, según pudo ver- 
se particularmente por una tentativa que la tercera noche 
hicieron sus buques para escapar de la bahía; á la quinta 
noche todo estaba listo para otro ataque en serio. Los 
bergantines, como antes, remolcaban las balsas á su lugar. 
Mr. Morgell tenía el mando del burlóte Victoria, y la es- 
cuadra se dispuso de manera de impedir que los buques 
se escaparan de la bahía; en el momento en que los ber- 
gantines se pusieron á tiro de cañón, los buques y los 
fuertes rompieron el fuego sobre ellos. 

En cuanto el burlóte estuvo á tiro de metralla y junto á 
ia línea que defendían los buques, Mr. Morgell le prendió 
fuego, y á los diez minutos hizo explosión; si hubiese so- 
plado entonces la más ligera brisa, habrían sido destruí- 



DIARIO 89 

dos la mayor parte, si no todos los buques del enemigo. 
Pero, desgraciadamente, el tiempo estaba en calma y pro- 
dujo poco efecto; los cohetes volvieron á fallar, por más 
que se les manejara con mayor cuidado que antes, por lo 
cual lord Cochrane adoptó otro procedimiento (1). 

Habiéndose hecho fuera de la bahía la fragata espa- 
ñola Prueba, la escuadra salió inmediatamente á darle 
caza; pero logró escapar, y entonces la mayor parte de los 
buques zarpó para Pisco á fín de obtener víveres, y particu- 
larmente aguardiente para la dotación de los buques, 
dejando encargada al Araucano la vigilancia del puerto. 
En Pisco desembarcaron los soldados de la escuadra, á 
las órdenes del coronel Charles, de infanfería de marina, 
valeroso y excelente oficial, que merecía mejor suerte que 
la de caer muerto en el asalto de una plaza tan insignifi- 
cante (2). También cayó herido el mayor Miller y los 
patriotas sufrieron la pérdida de diez hombres. Pero se 
consiguió el resultado que se buscaba con los víveres que 
se tomaron. 






De vuelta al Callao, lord Cochrane tuvo noticias de 
que la Prutba se había dirigido á Guayaquil en busca de 
refugio con otros buques españoles. Inmediatamente se 
lanzó en su persecución con el Gaharino, la Lautaro y 
el Pueyrredon, y al llegar el 25 de Noviembre á la al- 
tura de la isla de Puna, á la entrada del río Guayaquil, 
resolvió hacer que su escuadra remontara la rápida y 
peligrosa corriente, no obstante las indicaciones con- 



(1) Las personas que lord Cochrane encomia especialmente en su 
parte son los capitanes Spry, Croslie, Prunier y Morgell; tiene también 
una honrosa recomendación el almirante Blanco. 

(2) Al regreso de la escuadra, fué sepultado en Valparaíso con 
todos los honores militares. 



90 MARÍA GRAHAM 

trarias estampadas ingeniosamente por las cartas espa- 
ñolas. 

La noche era el único momento propicio para la atre- 
vida tentativa, y, en consecuencia, en la noche del 26 se 
internó en el río, pero la falta de viento lo obligó á salir 
otra vez, y sólo en la noche del 27 logró seguir su mar- 
cha. Mientras tanto supo que la Prueba se había corrido 
hacia Puna sin desmontar siquiera sus cañones, precau- 
ción acostumbrada usualmente á causa de los bajos del 
río, y se hallaba ahora bajo la protección de la batería, 
que él se inclinaba á suponer muy poderosa; pero que el 
Águila, de 30 cañones, y la Begoña de 20 cañones, que 
eran de los mejores buques alquilados y armados en gue- 
rra, estaban fondeados donde él había esperado encon- 
trar á la Prueba. Inmediatamente largó velas en esa di- 
rección, y al romper el día los dos buques vieron con 
espanto que la O'Higgins estaba anclada en su propio 
fondeadero, á 40 millas río arriba. Cada uno de los 
buques tenía cien hombres á bordo y sostuvieron un 
nutrido fuego durante veinte minutos. Pero las andanadas 
de la O'Higgins eran demasiado formidables para ellos, 
de modo que sus tripulantes arriaron los botes y se 
escaparon, dejando abandonados los buques en poder 
del almirante. 

Durante esta acción la Lautaro y los bergantines, que 
se habían quedado cerca de la Puna, sintiéndose alar- 
mados con el cañoneo, que atribuían á la Prueba, se 
habían preparado para hacerse á la vela en Cciso de que 
la acción hubiese sido desfavorable para el almirante; 
pero luego se tranquilizaron á la vista de las presas (1). 

Lord Cochrane se quedó tres semanas cerca de la isla 
de la Puna, después de haber ocupado la ciudad de ese 
nombre, con el objeto de hacer agua y de procurarse pro- 
visiones para los buques, como también con el de cortar 
maderas para cargar las presas. 

(1) Los hermosos cañones de bronce de la Begoña (de á 15 libras) 
se le dieron á la Lautaro para completar su artillería. 



AIARIO 91 

Habiendo tenido noticia de que una de las fragatas 
españolas se había refugiado en Valdivia, el almirante de- 
cidió zarpar inmediatamente en su busca dejando á Gua- 
yaquil, y en efecto, el 17 de Diciembre hizo rumbo con 
dirección á ese puerto. En su viaje se encontró con un 
pequeño buque español denominado el Potrillo, que con- 
ducía provisiones, pertrechos y 20.000 pesos en dinero 
para la guarnición de Valdivia. Lo capturó, y después de 
despacharlo para Valparaíso siguió viaje á la bahía de 
Talcahüano, donde llegó el 22 de Enero de 1820. 

Ahí encontró á la goleta chilena Moctezuma y el ber- 
gantín de guerra Intrépido, que pertenecía á Buenos Aires, 
y deseando reconocer el puerto de Valdivia dejó la 
O'Higgins en Talcahüano y continuó en la goleta, con pa- 
bellón español, para hacer sus observaciones en la bahía. 

Siempre se había considerado á Valdivia como inex- 
pugnable. Su bahía la forma el río Calle-Calle, que frente 
á ia ciudad se abre en un estuario de cuatro leguas de 
ancho y vuelve á estrecharse á media legua en su desem- 
bocadura. Defienden la angosta entrada cuatro fuertes 
poderosos, fuera de una batería situada en el Morro Gon- 
zález, en los cuales hay por junto más de 100 cañones, 
cuyos fuegos se cruzan de un punto á otro. 

Sin embargo, lord Cochrane, bajo la bandera española, 
navegó hasta tan cerca de la plaza, que lo abordó el bote 
del práctico, por cuyo oficial se impuso del estado del 
puerto y de la guarnición, devolviéndose inmediatamente 
á Talcahüano para tomar las medidas convenientes para 
el ataque que proyectaba. 

En cuanto se impuso de los planes de su señoría, el 
general Freiré puso á su entera disposición unos 250 
hombres, á las órdenes del mayor Beauchef, sobreponién- 
dose así á las pequeñas rivalidades y envidias que tan 
á menudo malogran las operaciones de la guerra cuando 
las fuerzas de mar y tierra tienen que proceder juntas. 
El 29 se embarcaban todos en la O'Higgins, el Intrépido 
y el Moctezuma, que se hicieron á la vela el día 30. Des- 



92 MARÍA GRAHAM 

graciadamente, la fragata encalló en las rocas de la isla 
de Quiriquina al hacerse mar afuera; pero como parecía 
entonces que sus averías no eran de mucha considera- 
ción, la flotilla siguió su viaje, y el 2 de Febrero de 1820 
llegó á las alturas de Valdivia, á unas 10 leguas al Sur. 
Allí se hizo pasar los soldados á los pequeños buques, 
ordenándose á la O'Higgins que permaneciera fuera de 
vista hasta el día siguiente. 

A la puesta del sol se desembarcó la tropa en la agua- 
da del Inglés; lord Cochrane los acompañaba, y mientras 
iban marchando él dirigía la marcha desde una chalupa 
tripulada con seis remeros, exponiéndose al fuego del 
enemigo. El primer fuerte que debía atacarse era el del 
Inglés, situado en un promontorio y defendido por una 
recia empalizada, coronado por seis cañones que domina- 
ban la orilla. Los soldados, de á dos en fondo, continua- 
ban marchando arrimados á la empalizada, que parecía 
impracticable, hasta que un guardia marina chileno notó 
que uno de los palos estaba podrido en el pie; lo agarró 
fuertemente, tratando de abrirse paso, pero como encon- 
trara que todavía no le era posible el paso, por impedír- 
selo su gran sombrero, se lo sacó, y tirándolo por encima 
de la palizada se introdujo, ensanchando rápidamente la 
abertura, el resto le siguió y atacó al fuerte tan vigorosa- 
mente, que en pocos minutos se apoderaron de él. 

En cuanto estuvo asegurada esta posición, la tropa se 
dirigió al fuerte de Corral, que era el más poderoso é 
importante de todos, sin prestar la menor atención á algu- 
nas pequeñas baterías situadas atrás. Luego fué también 
reducido, y por consiguiente cayeron todas las baterías 
del Sur, de Avanzada, de Barros, de Amargos y de Cho- 
rocomoyo. 

El coronel don Fausto del Hoyo fué hecho prisionero 
con los restes de su regimiento (el Cantábrico). Las pér- 
didas del enemigo, entre muertos y heridos, fueron nume- 
rosas; la de los patriotas fué sólo de seis muertos y 18 
heridos. 



DIARIO 



93 



A la mañana siguiente, cuando arribó la O'Higgins, 
sufrieron los de abordo las más vivas alarmas por 
una circustancia insignificante. Conociendo el estre- 
mado peligro del ataque que se proyectaba, habían 
obtenido del almirante la promesa de que, si todo iba 
bien, izaría dos banderas de cualquiera especie en e» 
palo de bandera de la entrada. Al acercarse sólo divisa- 
ron una, que era la insignia del bote de lord Cochrane 
con los colores chilenos. 

Su señoría no tenía sino esa consigo y no había podido 
procurarse otra. Esto les hizo temer por la suerte de sus 
compañeros y que la bandera estuviese izada sólo para 
engañarlos. Al mismo tiempo las tropas que estaban en 
los fuertes del Norte, al divisar á la fragata creyeron que 
fuera un buque español, por lo cual le hicieron la señal 
convenida, que la O'Higgins contestó, siguiendo su ca- 
mino hasta que un bote le salió al encuentro. 

Todo estaba asegurado y el almirante muy bien. In- 
mediatamente se arrió la bandera española y se izó en su 
lugar la bandera patriota. Los soldados de los fuertes, que 
no esperaban ya ningún auxilio, abandonaron precipita- 
damente los fuertes restantes, huyendo en todas direccio- 
nes. Los estandartes, los pertrechos, el parque mili- 
tar, etc., etc., todo cayó en manos del almirante. 

Esta acción es quizá una de las más atrevidas y afortu- 
nadas de que haya recuerdo y, como todas las cosas en 
que lord Cochrane ha tomado parte, fué hecha en exclu- 
sivo provecho de la causa y no para dar á conocer su pro- 
pio talento ó su valor (1); á consecuencia de ella se vio 
privado el enemigo de su último punto de resistencia en 
Chile, y, lo que es de más importancia todavía, los chile- 
nos aprendieron á tener confianza en sí mismos y en sus 
oficiales y á poner en juego tanto el valor físico como el 
valor moral, necesarios para todas las grandes hazañas. 

(1) 350 hombres, alentados por la presencia y el renombre de su 
jefe, habían vencido á una división de 2.000 hombres, que contaba 
además con 100 cañones. 



94 MARÍA GRAHAM 

Cuando llegaron á Valparaíso las noticias de la toma 
de Valdivia, despertáronse todas las mezquinas y bajas 
pasiones de algunos hombres apocados. 

El pueblo se entregó á tan vivas manifestaciones de 
alegría que los envidiosos se sintieron quizá exasperados; 
lo cierto es que hubo muchas personas en el poder, con 
Zenteno á la cabeza, y hasta algunos de sus propios com- 
patriotas, que no tuvieron escrúpulo para decir que lord 
Cochrane merecía perder la cabeza por la temeridad de 
atacar por su cuenta y riesgo aquella plaza y por haber 
expuesto á los soldados patriotas á los peligros de seme- 
jante aventura. 

Pero no había llegado todavía la oportunidad para 
intentar un ataque eficaz contra lord Cochrane. El go- 
bierno reconoció su valor, ó más bien la absoluta nece- 
sidad que el Estado tenía de sus servicios, y por una vez 
más fueron acallados los clamores de los envidiosos y de 
los ingratos (1). 

Ignorante de estas intrigas y alentado por sus triunfos 
en Valdivia, lord Cochrane dirigió, naturalmente, su 
atención á Chiloé, donde los españoles conservaban to- 
davía una fuerte posición bajo las órdenes del coronel 
Quintanilla, oficial experto y valeroso. El relato de aque- 
lla expedición está muy bien dado en una carta que su 

(1) El 2 de Marzo, el pueblo de Coquimbo envió una nota de 
felicitación al Director y al almirante con motivo de la toma de Val- 
divia. 

El 14 de Agosto, el gobierno decretó una medalla con una cinta 
tricolor para los captores de Valdivia. Las de lord Cochrane, del ca- 
pitán Carter, del mayor Miller, del mayor Beauchef y mayor Vicente, 
eran de oro; había además 23 medallas de plata para otras personas. 
El decreto, al referirse á la toma de Valdivia, dice que fué el feliz 
resultado de un plan admirablemente ideado y de la más atrevida y 
valiente ejecución. Concluye haciendo donación á lord Cochrane de 
una hacienda de más de 4.000 cuadras de superficie en las tierras 
confiscadas en Concepción. 

Lord Cochrane solicitó que se le permitiera devolver esta hacienda 
para que fuera vendida y atender con su valor al pago de la marine- 
ría de la escuadra. Esta ofer ta no fué aceptada. 



DIARIO 95 

señoría dirigió al ministro de Marina, fechada en Chiloé 
el 19 de Febrero de 1820. 

A su regreso á Valdivia, lord Cochrane proveyó de 
las armas que pudo á los habitantes de la vecindad para 
llevarlos á arrojar al enemigo, y despachó á Beauchef para 
Osorno con 1 00 hombres para apoderarse de esa ciudad, 
que es el centro de una de las fuentes de provisiones de 
Chiloé. 

Beauchef y su reducida tropa fueron recibidos por los 
indios con el más vivo regocijo, tanto en los campos como 
en Osorno. "Creo, dice aquel jefe en carta oficial dirigi- 
da á lord Cochrane, haber abrazado á más de 1.000 caci- 
ques y sus mocetones. Todos me han ofrecido á su gente 
para que sirva en la causa patriota; pero como las cir- 
cunstancias no lo hace necesario, los he invitado á regre- 
sar á su tierra y he recibido sus promesas á estar listos si 
el país llegara á reclamar sus servicios. Al despedirme 
he distribuido entre ellos un poco de añil, algún tabaco» 
cintas y otras bagatelas." 

El 26 de Febrero se izó la bandera de Chile en el cas- 
tillo de Osorno, donde se tomaron algunos cañones, 40 
fusiles y municiones sin ninguna resistencia por haber es- 
capado los españoles hacia Chiloé. 



* 
* * 



Mientras tanto, á consecuencias de las averías sufridas 
cuando encalló en las Quiriquinas, la O'Higgins estaba 
inhabilitada para navegar, por cuyo motivo fué conduci- 
da á remolque á Valdivia para ser reparada, regresando 
el almirante á Valparaíso á bordo del Moctezuma. Des- 
pués de su partida, los españoles dispersados hicieron 
algunos débiles esfuerzos para poder apoderarse de Val- 
divia é inducir á los indios á caer sobre Beauchef; pero 
este valeroso ofícial puso fín rápidamente á la lucha, y 



96 MARÍA GRAHAM 

después de dejar suficientes guarniciones en Osorno y 
otros puntos, estableció su cuartel general en Valdivia. 

En cuanto lord Cochrane arribó á Valparaíso, despa- 
chó á la Independencia y al Araucano con todo lo 
necesario para las reparaciones de la O'Higgins y con 
órdenes de regresar con ella á ese puerto lo más lue- 
go que fuera posible. Era ya tiempo de emprender la 
gran expedición á la costa del Perú, tanto tiempo proyec- 
tada. 

El temperamento político de los peruanos, y especial- 
mente del pueblo de Lima, eran favorables á la empresa. 
Se había reunido un considerable cuerpo de ejército, y la 
toma de Valdivia había arrojado al enemigo de su último 
baluarte en Chile; quedaba sólo la preparación y aprovi- 
sionamiento de la escuadra para llevar el ataque á la mis- 
ma ciudad de los virreyes, por lo cual se resolvió que en 
cuanto pasara la próxima estación lluviosa zarpara in- 
mediatamente (1). 

Mientras tanto los buques se ocupaban, bajo la dirección 
personal de lord Cochrane, en vigilar la costa en las ve- 
cindades de Valparaíso, particularmente las bahías de 
Concón y de Quinteros 

La primera está situada en la desembocadura de un río 
muy ancho y puede ser de importancia como puerto para 
embarcar los productos traídos del interior por el río; y 
la segunda es una excelente rada, mejor protegida de los 
vientos que la de Valparaíso, y que si bien está á mas dis- 
tancia de la capital, se halla mejor situada por lo que res- 
pecta á las facilidades para procurarse agua y provisiones. 

Parte de la tripulación de los buques trabajaba en la 
formación de puentes para el embarque de las tropas, en 



(1) En las instrucciones del virrey Pezuela al gobernador de Valdi- 
via, que se hallaron en las oficinas públicas, le encarecía aquél que se 
mantuviera firme en su puesto, no sólo para conservar un lugar de des- 
embarco en Chile, sino también para distraer una parte considerable 
de las fuerzas del gobierno é impedirle así llevar á cabo el anunciado 
ataque al Perú. (Veáse la Gaceta del 22 y 29 de Abril de 1822). 



DIARIO 97 

el alistamiento de los medios de trasporte y otros prepa- 
rativos para la expedición. 

Pero la escuadra estaba casi sin tripulación y le faltaba 
la mitad de sus oficiales, á causa de que las estrechas 
miras de los financistas de estos gobiernos nuevos no les 
permite ver que es más conveniente asegurarse la fideli- 
dad y el buen servicio del ejército y de la marina pagán- 
dolos puntualmente, que no retener en sus manos el dine- 
ro para negociar con él ó prestarlo con usura. 

El descontento estalló en el San Martín y el Araucano 
á principios de Mayo, y sólo á principios de Julio vino á 
aplicarse el único remedio justo y adecuado, pagando á 
los jefes y oficiales, que inmediatamente restablecieron la 
tranquilidad, sin que nada de importancia volviera á ocu- 
rrir hasta que las tropas emprendieron viaje al Perú. (1) 

Al propio tiempo que las armas de Chile seguían cose- 
chando nuevos triunfos, el gobierno civil mejoraba tam- 
bier poco á poco. Se había puesto cierto orden en el 
ramo de Hacienda, y si bien los reglamentos de aduanas 
estaban todavía vaciados en su mayor parte en el estre- 
cho molde del antiguo sistema español, se había introdu- 
cido en ellos algunas reformas de consideración. 

En Santiago se había establecido un colegio y llevado 
á efecto varias obras de utilidad. Fundóse una biblioteca 
pública, se construyó un teatro, y el Supremo Director 
llegó á pensar hasta en establecer un telégrafo; pero los 
prejuicios del pueblo y de los sacerdotes, en especial, 
eran demasiado fuertes contra tan milagroso modo de 
comunicación, y por esta razón tendrá el telégrafo que 
esperar todavía unos veinte años para que se le admita en 
Chile. 

Por entonces hallábase ya reunido en Valparaíso el 
ejército destinado al Perú, y el nombre del Ejército Li- 
bertador se oía en todas partes. 

El Director había venido á Valparaíso á presenciar la 

(1) Fué en esta ocasión cuando lord Cochrane ofreció su hacienda 
para pajear á la gente. 

7 



98 MARÍA GRAHAM 

partida de la escuadra, y él y el general San Martin, nom- 
brado capitán general de la expedición libertadora, re- 
novaron solemnemente las protestas en favor de la liber- 
tad del Perú que habían consignado en las proclamas lan- 
zadas anteriormente por ellos y distribuidas entre los ha- 
bitantes del Perú durante los diez y ocho meses prece- 
dentes. En una de ellas, fechada en Febrero de 1819, de- 
cía O'Higgins, después de anunciarles que la expedición 
estaba casi lista: 

"No penséis que pretendamos trataros como á pueblo 
conquistado; tal intento sólo puede caber en la cabeza 
de los enemigos de nuestra común felicidad. Nosotros 
aspiramos solamente á veros libres y felices: vosotros or- 
ganizaréis vuestro gobierno, escogiendo la forma que 
guarde más armonía con vuestros hábitos, vuestra situa- 
ción y vuestros anhelos; Vosotros seréis vuestros propios 
legisladores, y por consiguiente instituiréis una nación tan 
ilbre é independiente como la nuestra." 

En otra, de fecha posterior, dice: 

"Peruanos: he aquí los pactos y condiciones con que 
Chile, delante del Sur Supremo y poniendo á todas las 
naciones por testigos y vengadores de su violación, arros- 
tra la muerte y las fatigas para salvaros. Seréis libres é 
independientes, contituiréis vuestro gobierno y vuestras 
leyes por la única y espontánea voluntad de vuestros re- 
presentantes; ninguna influencia militar ó civil, directa ó 
indirecta, tendrán estos hermanos en vuestras disposicio- 
nes sociales: despediréis la fuerza armada que pasa á pro- 
tegeros en el momento que dispongáis; sin que vuestro 
peligro ó vuestra seguridad sirva de pretexto, si no lo ha- 
lláis por conveniente, jamás una división militar ocupará 
un pueblo libre si no es llamada por sus legítimos magis- 
trados; ni por nosotros ni con nuestro auxilio se castiga- 
rán las opiniones ó partidos peninsulares que hayan pre- 
cedido á vuestra libertad." 

Una larga proclama de San Martíi , fechada en Marzo 
de 1819, emplea el mismo lenguaje. Después de declarar 



DIARIO 99 

que ha recibido amplia autorización de los Estados Inde- 
pendientes de las Provincias Unidas de Sud América y 
de Chile para invadir el Perú con el objeto de defender 
la causa de la libertad, entra en extensas consideraciones 
sobre la esclavitud de ese reino y se regocija de que se 
haya encomendado á sus manos su liberación. — "No es 
mi propósito — dice — el de un conquistador que trata de 
sistematizar una nueva esclavitud. La fuerza de las cosas 
ha preparado el gran día de vuestra emancipación polí- 
litica, y yo sólo soy el instrumento accidental de la justi- 
cia, el agente del destino." 

Continúa después proclamando la seguridad de la vic- 
toria sobre loe opresores, y dice: "La victoria tendrá por 
resultado que la capital del Perú vea por primera vez 
unidos á sus hijos, eligiendo libremente su gobierno y 
presentándose á la faz del mundo en la categoría de las 
naciones." Tales eran las miras que preconizaban los 
jefes de la expedición, miras de que sinceramente parti- 
cipaba lord Cochane; sus sentimientos respecto á dejar á 
los peruanos gobernarse por sí solos, eran tan bien en- 
tendidos que, temeroso San Martín de que no fueran á 
cruzarle los proyectos que en reserva acariciaba, obtuvo 
inmediatamente del gobierno chileno instrucciones secre- 
tas que le permitían obrar como contrapeso en la con- 
ducta del almirante; pero supo dejar pasar algún tiempo 
antes de encontrar por conveniente dar á conocer que 
tenía tales instrucciones. 

Los oficiales del ejército y armada, tanto chilenos como 
extranjeros, confiaban en la sinceridad de sus jefes y se 
imaginaban que, preparado como se hallaba el Perú para 
recibirlos, se les conduciría inmediamente al ataque de 
la capital para poner cuanto antes término á la guerra. 

El mayor entusiasmo reinaba en todos los ánimos, y 
el 21 de Agosto de 1820 izó San Martín la insignia de 
capitán general á bordo del buque de su nombre y zarpó 
con los buques de la escuadra y los transportes en medio 
de las congratulaciones de todas las clases del pueblo. 



JOO MARÍA GRAHAM 

Con San Martín iban los soldados de Chacabuco y de 
Maipú, y lord Cochrane tenía el mando de la escuadra. 
La victoria se consideraba asegurada, y la partida del 
ejército tenía el aspecto de un triunfo (1). 

Marineros y soldados iban animados por la esperanza 
de g-randes recompensas, por haberles ofrecido San Mar- 
tín que, después de la toma de Lima, se les gratificaría 
con la paga de un año, fuera de sus sueldos. 

La escuadra se detuvo en Coquimbo para hacer más 
provisiones y embarcar las tropas reunidas en esa ciudad, 
y en seguida siguió rumbo al Perú. 

Al propio tiempo el Director declaraba en estado de 
bloqueo todos los puertos situados entre los 2.° 12' y 
21" 48' de latitud Siir, ó sea, desde Iquique á Guayaquil, 
á no ser que cayesen en poder de los jefes chilenos; 
pero á fin de no oprimir á los neutrales más de lo nece- 
sario, se le dieron al almirante plenos poderes para 
concederles permisos para el desembarque y el trasbor- 
do de sus mercaderías, bajo ciertas condiciones (2). 

Inmediatamente después de publicado este documento, 
el Director entregó á la circulación un manifiesto fechado 
en 31 de Agosto de 1820. Se titula "Manifiesto del ca- 
pitán general del Ejército, don Bernardo O'Higgins, al 
pueblo que gobierna". 

Comienza por felicitar á sus conciudadanos por la par- 
tida de la expedición libertadora y pasa en seguida á dar 



(1) Entre las poesías que se publicaron con esta oportunidad, 
merecen la atención la despedida de las damas de Chile y su res- 
puesta. 

(2) Ei comandante en jefe de la división británica protestó con 
cierta intemperancia, observándole á Chile que era una nación peque- 
ña que carecía de elementos para llevar adelante el bloqueo, contra 
el cual protestaba, invocando la ley de las naciones, como si ésta no 
fuera la misma para todos, grandes ó pequeños. Zenteno le contestó 
diciéndolc que había sido capturada la Esmeralda, y que con el au- 
mento de fuerza que esto le representaba, Chile tenía buques suficien- 
tes para mantener el bloqueo. (Véase la Gaceta del 24 de Febrero 
de 1821.) 



DIARIO 101 

una corta pero clara reseña de su vida política y de los su- 
cesos civiles y militares en que ha tenido parte. Dice: 
"Educado en el libre país de Inglaterra, se ha fortalecido 
en mí ese innato deseo de independencia que alienta en 
todo hombre nacido en tierra araucana. Amante de la li- 
bertad, por principios y por sentimientos, juro ayudar á 
obtener la de mi patria ó sepultarme entre sus ruinas". 

El documento está bien escrito y los sentimientos ex- 
presados hacen honor á la cabeza y al corazón del Supre- 
mo Director, cuyo carácter personal ha sido siempre esti- 
mado, habiéndose atribuido uniformemente á la influencia 
de sus ministros aquellos actos suyos que le han alienado 
la voluntad del pueblo. 



Mientras tanto, la expedición había llegado á Pisco. El 
7 de Septiembre la escuadra pasó por San Galbán y an- 
cló á la altura de ese puerto á las seis de la tarde. 

Lord Cochrane propuso inmediatamente el desembarco 
de un pequeño destacamento para sorprender la ciudad 
antes de que el enemigo tuviese tiempo para mandar fue- 
ra los esclavos, el ganado y las provisiones. El ejército 
carecía de reemplazos y de caballos y como los buques 
estaban escasos de víveres, era conveniente asegurar los 
aguardientes y provisiones que se sabía haber en Pisco; 
pero al capitán generalparecióle muy aventurada la pro- 
posición de su señoría, y el ataque de la plaza quedó pos- 
tergado para la mañana siguiente. 

Así, pues, el día 8 desembarcó la primera división del 
ejército, á las órdenes del general Las Heras, con dos pie- 
zas de artillería, y formó en dos cuadros de á 1.000 hom- 
bres cada uno, en la ardiente playa de Paracas, donde 
permanecieron hasta la puesta del sol. En ciert^o momen- 
to, avistóse una patrulla como de sesenta )j»^eteis enemigos 



102 MARÍA GRAHAM 

en lo alto de una colina, que venían aparentemente á ha- 
cer un reconocimiento; pero fueron dispersados por unos 
cuantos disparos de la Moctezuma; y cuando, después de 
una marcha de seis horas, las tropas lleoraron á Pisco, se 
hallaron con que los españoles habían mandado sus escla- 
vos, su ganado y provisiones al interior, retirándose ellos 
mismos á lea, sin dejar tras de sí más que unos jarros de 
aguardiente del país, llamado pisco, que fueron repartidos 
entre el ejército y la marina, con vivo contento de los 
marineros, que tenían gran necesidad de alcohol ó de 
vino. 

Al día siguiente desembarcó el resto del ejército y se 
estableció el cuartel general en Pisco, donde se publica- 
ron boletines periódicos que contenían pomposos deta- 
lles de los fastos de la expedición y diversas proclamas 
relativas al buen orden y disciplina de la tropa. En esos 
boletines aparecían disimulados á los ojos del público 
los errores y deficiencias en la marcha, el orden y el 
mando del ejército. Las patrullas de requisición traían 
caballos y ganado en cantidad suficiente para el ejército; 
pero la armada continuaba escasa de víveres. 

Durante los cincuenta días que el ejército tuvo sus 
cuarteles en Pisco, el coronel Arenales ocupaba á lea, 
Falque, Nazca y Acari, apoderándose de una cantidad de 
pertrechos militares y revolucionando el país á su paso, 
mientras el capitán general se quedaba en completa inac- 
ción. En realidad, desde el 26 de Septiembre al 4 de Oc- 
tubre, estaba llevando á cabo una negociación con el vi- 
rrey, para lo cual se había celebrado un armisticio en 
Miraflores. Cuáles han podido ser las expectativas que 
cada parte contemplaba en la negociación, es cosa que 
no se explica claramente. 

La base sobre que discurría el virrey era, no obstante, 
la constitución que el rey de España había jurado reco- 
nocer en el mes de Marzo precedente. La misma consti- 
tución había sido promulgada en Lima el día 9 y jurada 
e! 15 del mes en curso. ¿Sería de propia ¡inspiración y con 



DIARIO 103 

motivo de la llegada de las fuerzas libertadoras que Pe- 
zuela había dado instrucciones para que á todos los Esta- 
dos que de hecho estaban separados de la madre patria, 
se les invitara á adherirse á ella, bajo el amparo de la 
constitución, asegurándoles á sus primeros magistrados 
todos los honores y consideraciones compatibles con la 
dignidad de la corona española. 

Pero Pezuela debe de haber estado profundamente 
engañado respecto á la índole de los sur-americanos si 
ha podido imaginarse que por tan vagas invitaciones iban 
á renunciar su independencia, que tanto les costaba, ó que 
un ejército como el que acampaba en Pisco, iba á retirar- 
se tranquilamente del territorio enemigo ante una simple 
petición de su gobierno. Sin embargo, como no podía 
desecharse ninguna oportunidad para asegurar pacífica- 
mente la libertad, por la cual todo hombre había jurado 
morir si España no la concedía, fueron oídas las propo- 
siciones del virrey, nombrándose al efecto plenipotencia- 
rios al coronel Tomás Guido y al secretario García del 
Río (1). 

Pero, como el virrey insistía en la sumisión de todas 
las provincias sud-americanas á la corona y cortes de 
España, la negociación fué abandonada. El siguiente es 
el párrafo más conciliador que se encuentra en las cartas 
del virrey, después de manifestarle á San Martín que el 
mejor camino que puede seguir es someterse al rey y ju- 
rar la constitución: "Si bien los americanos pueden tener 
ciertas objeciones, ciertas quejas que formular respecto á 
algunos asuntos en que ellos se creen perjudicados, ello 
es cosa de poco momento, porque puedo asegurar á vue- 
cencia que toda queja fundada será atendida con justicia 
por las cortes y el rey" 

Además, el virrey rehusaba tratar sobre otros puntos 
si antes no se prestaba el juramento de la constitución 

(1) El mismo que más tarde estuvo empleado, en unión con Pa- 
roíssien, en difamar á lord Cochrane, no sólo en Chile, sino también 
en el Brasil y en Inglaterra. 



104 MARÍA GRAHAM 

aprobada por las cortes, mientras los emisarios de San 
Martín insistían en el reconocimiento de la completa au- 
toridad de Chile como país independiente reg-ido por un 
gobierno representativo. Así, pues, pronto se dio fin al 
armisticio, y se declararon abiertas las hostilidades el 4 de 
Octubre, al reabrirse las noticias de la revolución de 
Guayaquil. 

El comandante en jefe, después de haber reforzado su- 
ficientemente sus tropas durante los cincuenta días que 
pasó en Pisco, se embarcó de nuevo el 28 de Octubre (1) 
y emprendió viaje hacia el Norte, pero no directamente 
á Lima, como oficiales y soldados se lo figuraban en el 
ejército. 

Su primera intención era dirigirse á Trujillo, ciudad si- 
tuada á no menos de cuatro grados de! Callao, donde 
el ejército no habría reportado ventaja alguna, como no 



(1) El único suceso de importancia que ocurrió durante este in- 
tervalo fué la muerte del auditor de guerra, Alvarez Jonte, acaecida 
el 22; el ejército guardó luto por él durante tres días. Este hombre 
había sido uno de los agentes que Chile mandó á Inglaterra. Era de 
aquellos que toman por habilidad las malas artes, y no tenía escrúpu- 
lo para emplear los medios más reprochables con el fin de obtener los 
informes que necesitaba, usando de ellos en su beneficio y en el de 
sus superiores, conforme solía convenirle. Estos hombres que co- 
mienzan por los bajos ardides del espionaje, llegan á apasionarse por 
el espionaje mismo. A consecuencia de esto, no sólo se violan las co- 
municaciones ofíciales, sino también la correspondencia privada. En 
cuanto á Alvarez Jonte, su curiosidad se había transformado en una 
pasión casi insaciable, y bajezas que él no habría excusado á nadie, 
practicábalas diariamente pt>ra su propia satisfacción. Se dice que 
tuvo la comisión de ir á ofrecer la soberanía de Chile, el Perú y creo 
que la de las provincias de Buenos Aires, á un principe de la familia 
real de Inglaterra y después á un príncipe de la casa de Borbón. Si 
fuese cierto, habría sido solamente con el objeto de inducir á esas 
potencias á mantenerse neutrales mientras las colonias españolas lu- 
chaban por su independencia. La estratagema era digna de sus auto- 
res, que nunca pensaron seguramente en cumplir tales planes, sino 
únicamente halagar á Inglaterra y á Francia para que se abstuvieran 
de auxiliar á España; la treta era pueril é ineficaz, y revela la flaqueza 
de los jefes de Jonte. 



DIARIO 105 

fuera e! hallarse á salvo de un ataque de Lima, ya que 
no era accesible por tierra, y que por mar habría estado 
protegido por la escuadra; con algfunn dificultad se consi- 
gfuió que el general San Martín abandonara su plan y se 
acercara un poco más al principal punto de ataque. Si 
hubiera procedido así desde un principio, hubiera asegu- 
rado el éxito; porque en todo el país estaba la gente muy 
bien dispuesta para recibir al ejército libertador con los 
brazos abiertos; pero él dejó correr el tiempo. 

Algunos se declararon muy temprano en su favor, y 
fueron desterrados ó aprisionados ó castigados corporal- 
mente por el virrey; otros, al acercarse las tropas de San 
Martín, pusieron dificultades para proveerlas, y fueron 
tratadas por éste con todo el rigor militar, de aquí que la 
gente se fastidiara y se sintiera tan hostilizada que llegara 
á mirar como opresores á ambos bandos y perdiera el 
amor á la independencia nacional, cuya introducción des-- 
virtuaba la violación de la libertad civil. 

La conducta del general parece guiada por la idea de 
que con sólo presentarse en la costa atemorizaría al vi- 
rrey hasta la sumisión, y que hostilizando á las pequeñas 
poblaciones de la costa llegaría á apoderarse de las for- 
talezas del Callao. No obstante, como se ha visto, se em- 
barcó el 28, y el 29 la flota ancló en la bahía del Callao, 
y habiendo satisfecho su curiosidad con un vistazo á los 
castillos y á las fuerzas navales, el capitán general siguió 
viaje el 30 para Ancón, donde permaneció con las tropas 
á bordo de los transportes durante diez días. 

Mientras tanto, el regimiento Numancia desertaba del 
campamento español el día 2 de Noviembre y se juntaba 
á los patriotas. Mientras el ejército permanecía así inacti- 
vo, lord Cochrane se había ocupado con toda diligencia 
en el reconocimiento del Callao, habiéndose formado el 
propósito de apoderarse de la fragata Esmeralda, de 40 
cañones, que estaba anclada entonces en la bahía bajo la 
protección de los castillos. Aparte de las 300 piezas de 
artillería que había en la playa, estaba defendida por 



106 MARÍA GRAHAM 

fuertes cadenas y amarras; varias filas de buques viejos 
armados como pontones la resguardaban, rodeábanla 27 
cañones de distintos tamaños, y el enemigo, temeroso que 
pudieran atacarla, había reforzado su tripulación y la de 
Jos pontones, de modo que tenía á bordo 370 marineros 
é infantería de marina, los mejores que se podían conse- 
guir, los cuales dormían al pie de sus cañones y en alcá- 
zar hacían seis semanas. 

El 5 de Noviembre se hizo saber á los oficiales y tripu- 
lación de los buques el objeto á que obedecían los pre- 
parativos hechos para esta empresa y se les leyó la si- 
guiente proclama: 

"Soldados de marina y marineros: 

„Esta noche vamos á dar un golpe mortal al enemigo 
y mañana os presentaréis con orgullo delante del Callao. 
Todos nuestros camaradas envidiarán nuestra buena suer- 
te. Una hora de coraje y de resolución es cuanto se re- 
quiere de vosotros para triunfar. Acordaos de que sois 
vencedores de Valdivia y no os atemoricéis de aquéllos 
que un día huyeron de nuestra presencia. 

„ El valor de todos los bajeles que se capturen en el 
Callao os pertenecerá, y se os dará la misma recompensa 
que ofrecieron los españoles en Lima á aquellos que se 
apoderasen de cualquiera de los buques de la escuadra 
chilena (1). 

„El momento de la gloria se acerca, y yo espero que 
los chilenos se batirán como tienen de costumbre, y que 
los ingleses obrarán como siempre lo han hecho en su pa- 
tria y fuera de ella. — A bordo de la OHiggins, 5 de No- 
viembre de 1820." 

Todos los marineros y soldados de marina de la O'Hig- 
gins, la Lautaro y la Independencia se ofrecieron vo- 



(1) Como los españoles habían ofrecido $ 50.000 de prima por la 
captura de una de las fragatas chilenas, cuando la caída de Lima se 
les impuso un cupo de guerra por la misma suma, diciendo que era 
para los captores de la Esmeralda; pero San Martín se apropió del di- 
aero y nunca se pagó ni ese valor ni el del buque. 



DIARIO 107 

luntariamente para el servicio; pero sólo fueron aceptados 
240, y á las ocho de la noche todos los botes, en número 
de 14, se reunieron al costado de la O'Higgins con sus 
tripulaciones vestidas de blanco, yendo cada hombre ar- 
mado de un cuchillo y una pistola. La primera división 
de botes fué confiada al capitán Crosbie, y la segunda 
al capitán Guise, y á las diez de la noche lord Cochrane, 
después de haber dado algunas órdenes para guardar es- 
tricto silencio y para usar exclusivamente el arma blanca, 
saltó á su bote y gobernó directamente hacia el Callao. 

Una de las cañoneras, situada á popa de la Esmeralda, 
alerteó á los botes, y entonces lord Cochrane se puso de 
pie en el suyo, y desnudando la espada dijo en voz baja: 
"Silencio ó muerte" y fué obedecido. Preguntó por el 
santo y seña de la noche, que era "Victoria, Gloria", lo 
que auguraba un buen presagio, y pasó en seguida sin ser 
molestado. En pocos minutos los botes estuvieron al cos- 
tado de la fragata, abordándola á un mismo tiempo por 
babor y estribor. Lord Cochrane fué el primero que saltó 
á bordo, é inmediatamente recibió un balazo en el muslo 
derecho, poco más arriba de la rodilla; pero habiendo co- 
gido por las piernas al centinela que le hizo fuego, lo tiró 
al mar y se sentó tranquilamente en un cañón y continuó 
dando sus órdenes; mientras tanto los españoles se habían 
reconcentrado en el castilo de proa y parecían resueltos á 
defender sus puestos. Dos veces los capitanes Guise y 
Crosbie cargaron á la cabeza de sus divisiones y fueron 
rechazados. Sólo al tercer ataque lograron vencer. 

Los soldados de marina habían caído como un solo 
hombre; se habían lanzado á ocupar el puesto que les co- 
rrespondía. La lucha se renovó en el castillo de popa; en 
comparación fué débilmente sostenida por haberse refu- 
giado la mayor parte de la tripulación en la bodega, rin- 
diéndose por fin el buque. 

Lord Cochrane ordenó en seguida que se tripularan los 
botes, á fin de seguir su plan de apoderarse del Maipú y 
de algunos otros buques; pero los hombres se habían en- 



108 MARÍA GRAHAM 

tregado al saqueo, y la obscuridad y la confusión hicieron 
imposible llevar á cabo sus órdenes. Además los castillos 
habían comenzado un sostenido fuego sobre la fragata y 
aunque había izado las mismas luces que los buques neu- 
trales Hyperion, fragata inglesa (1) y Macedonia^ fragata 
de los Estados Unidos, el fuego continuó. 

De manera que para evitar que sufriera averías, se le 
cortaron las amarras y fué trasladada fuera de tiro de ca- 
ñón con dos cañoneras de las más grandes, de que lord 
Cochrane se había apoderado. 

Las pérdidas del enemigo fueron numerosas entre 
muertos, heridos y ahogados. Todos los oficiales, de los 
cuales tres estaban heridos, cayeron, y el capitán Coig, 
comandante, recibió una seria contusión de una bala de 
las baterías; ciento cincuenta hombres de la tripulación 
fueron también apresados, y á más de la insignia del co- 
mandante en jefe una considerable cantidad de pertrechos 
navales y algún tesoro. La pérdida por parte de los chi- 
lenos fué de 15 muertos y 50 heridos. 

Si bien lord Cochrane no quedó en aptitud de prose- 
guir su plan, el resultado que había obtenido sobrepuja- 
ba á cuanio se había hecho ó proyectado en aquellos 
mares, y en realidad, si se exceptúan sus propias hazañas 
en servicio de su patria, no hay época ni nación que haya 
presenciado un plan más atrevido, más hábilmente eje- 
cutado. 

Pero nadie como él poseyó una vista más certera para 



(1) La Hyperion y la Macedonia habían izado luces para distin- 
guirse como neutrales. Un guardia-marina de la Hyperion que estaba 
«n el portalón obsen^ando lo que pasaba, al notar la noble presencia 
de lord Cochrane, palmoteo las rnanos en señal de aplauso y excla- 
mó; "(qué bien y qué á la inglesa!" 

El capitán S. lo reprendió por esto, ordenándole que bajara al ins- 
tante y amenazándolo con ponerlo arrestado. Si lord Cochrane hu- 
biera sido un enemigo, e! guardia-marina habría merecido los repro- 
ches de cualquier hombrí, por generoso que fuera; ¡pero siendo neu- 
tral y compatriota! 

La Macedonia se condujo de muy distinta manera. 



DIARIO 109 

percibir todas las ventajas, ni espíritu más resuelto para 
la empresa, y sobre todo una más perfecta posesión de 
sí mismo en los momentos de las grandes acciones. 

El sigilo con que fué proyectado el golpe y lo súbito 
de su ejecución, le aseguraron á lord Cochrane á la vez 
la reputación de político y de guerrero. Por el yelmo de 
Plutón, dice lord Bacon, lo que hace invisible al político 
en su marcha es el secreto en el consejo y la celeridad 
en la ejecución; no hay secreto comparable á la celeridad; 
se parece al movimiento de la bala en el aire, tan veloz en 
su trayecto que la vista no la puede seguir. 

Coroliano, cuando su país se portó ingrato con él, fué 
á ponerse al frente del ejército enemigo, y así se vengó. 
Alcibíades huyó á la corte de un tirano y asoló con sus 
excesos la tierra que había renegado, y así muchos han 
seguido, sea el ejemplo del uno, sea el del otro. Lord 
Cochrane, cuando salió de su amada patria, rehusó las 
espléndidas ofertas de una corte extranjera, por no luchar 
contra los principios de su pueblo, sino que se dirigió á 
una remota y débil nación á poner sus talentos al servicio 
de la sagrada causa de la independencia nacional. Y si 
bien Chile está lejos todavía de gozar de todas las ven- 
tajas que debían derivarse del ideal por que luchó, él 
cumplió su parte; fueron arrojadas de las costas del Pa- 
cífico las flotas de los opresores; quedaron establecidos 
algunos principios y sembradas algunas semillas de futu- 
ros beneficios que lo inmortalizarán como un benefactor 
de la humanidad á la par que como un héroe, cosas ¡ay! 
que suelen ser tan completamente diferentes. Pero volva- 
mos á nuestro relato. 






En la mañana del día 6, las mujeres del Callao come- 
tieron una horrible matanza entre los tripulantes de al- 



lio MARÍA GRAHAM 

g-unos botes de la Macedonia. No se daba crédito á que 
lord Cochrane, sólo con los botes hubiera podido zafar 
con la Esmeralda sin el concurso de los buques ingleses, 
y como el populacho no distinguía entre ingleses y ame- 
ricanos, cayó sobre los tripulantes de los botes, que, 
como de costumbre, habían ido al mercado en busca de 
carne fresca y de legumbres, y pasó á cuchillo á la mayor 
parte de ellos. 

En cuanto se tuvo noticia del suceso en el castillo, 
el gobernador despachó tropas en protección de los 
extranjeros, y gracias á esta precaución escaparon algunos 
con vida. En esta ocasión el almirante propuso un canje 
de prisioneros. 

En la misma tarde, el Araucano llevó á Ancón las 
noticias del triunfo, que fué recibido con el mayor en- 
tusiasmo por el ejército. El 8 llegaron también á Ancón 
la O'Higgins y la Esmeralda^ donde el ejército volvió á 
aclamar al almirante, acariciando las más fundadas espe- 
ranzas de que pronto se emprendería el ataque de la 
ciudad. Guayaquil se había declarado independiente y el 
regimiento Numancia se había incorporado al ejército 
libertador. 

El mejor buque del enemigo había sido apresado, y los 
efectos morales de estos acontecimientos, para no hacer 
mención de las diarias aunque menos importantes venta- 
jas que ganaban diversos oficiales, parecían calculadas, no 
sólo para llevar el prestigio de los patriotas y estimular 
á declararse á sus secretos amigos, sino más bien para 
desalentar al enemigo. Sin embargo, á pesar de que todas 
las cosas parecían invitarlo á la acción, no se conseguía 
inducir por medio alguno á San Martín á que abando- 
nara sus recelosos planes, y en consecuencia, el 9 si- 
guió viaje para Huacho, más lejos de Lima todavía, y con 
todo su ejército desembarcó y fijó su cuartel general en 
Supe, donde propuso despachar la mitad de su ejército 
para Guayaquil, probablemente con el intento de asegurar 
esa provincia como una porción de su futuro imperio. 



DIARIO 111 

Este imprudente proyecto fué, sin embargo, dejado de 
mano y el general se contentó con hacer que el ejército 
se replegara á Huaura, en el mismo momento en que se 
agregaba á las felices circunstancias ya mencionadas la 
emancipación de Trujillo y la que el general Arenales 
obtenía en Pasco, el 6 de Diciembre, con una victoria 
decisiva sobre los realistas mandados por O'Reilly (1). 
Pronto comenzaron las tropas á sentir los malos efectos 
de la insalubre posición de Huaura, y cerca de la tercera 
parte murió de fiebre durante los largos meses que acam- 
pó allí. 

Mientras tanto don Tomás Guido y el coronel Luzu- 
rriaga habían salido para Guayaquil, comisionados para 
retornar los cumplimientos presentados á la fuerza liber- 
tadora por Escobedo, jefe de aquella ciudad, al logro de 
cuyos propósitos había ofrecido todos los recursos de la 
rica provincia de que Guayaquil es capital. Otras eran, 
en tanto, las miras que contemplaba San Martín : los 
éxitos extraordinarios de Bolívar en el Norte habían hecho 
nacer la idea de que su celo infatigable habría de condu- 
cirlo á las provincias del Perú. 

Pero no entraba por manera alguna en los planes de 
San Martín que una expedición parecida llegase á tener 
la fortuna de privarlo de una parte del imperio que comen- 
zaba á ambicionar para sí. En consecuencia, sus emisarios 
propalaron que, con la caída de Lima, Guayaquil sería el 
puerto principal de un gran imperio, que el estableci- 
miento de los arsenales y diques que requería la armada 
de San Martín enriquecería, no sólo á los individuos em- 
pleados en ellas, si no á la ciudad entera; mientras que 
si Guayaquil quedaba sometido á Bolívar sería consi- 



(1) Las pérdidas del enemigo fueron 58 muertos, 18 heridos, 343 
prisioneros, incluso 28 oficiales, dos piezas de artillería, 300 fusiles, las 
banderas, municiones, etc.; la derrota fué tan completa que O'Reilly 
huyó solamente con tres lanceros, habiendo durado la batalla apenas 
cuarenta minutos. Arenales tuvo un oficial y cinco soldados muertos 
y doce heridos. 



112 MARÍA GRAHAM 

derada únicamente como provincia conquistada y de 
muy escasa importancia para el inmenso estado de Co- 
lombia. Con este razonamiento se indujo al gobierno exis- 
tente á formar un cuerpo de milicia y á tomar todo gé- 
nero de medidas para tener á raya á cualquier invasor co- 
lombiano. 

No fué esta la única negociación que se condujo desde 
el cuartel general de Supe; entre San Martín y el virrey 
tuvo lugar un cambio de correspondencia voluminosísi- 
ma, referente, á veces, al canje de prisioneros, otras á los 
títulos honoríficos, y de vez en cuando algunas quejas del 
Libertador sobre los triviales desacatos de los diarios de 
Lima, quejas que el virrey replicaba. 

Por su parte, la prensa de Supe no se estaba ociosa; 
fuera de los boletines del ejército libertador se publica- 
ban edictos llamando á los esclavos á incorporarse al 
ejército, prometiéndoles que serían pagados sus amos, y 
proclamas halagadoras dirigidas á los "Españoles Eu- 
ropeos". 

Desde que la expedición partió de Chile, el Director y 
el Senado habían dedicado sus esfuerzos al aumento de 
las entradas públicas; pero su ignorancia de los principios 
úe la economía política no les permitió nunca levantar 
sino recursos temporales. 

En los ramos del gobierno anduvieron más afortuna- 
dos; revisáronse las leyes relativas ai matrimonio, dándo- 
les una base más liberal que antes, se mejoró la policía de 
Ja capital y, generalmente hablando, se procuró una más 
estricta ejecución de las leyes. 

Sin embargo, las provincias del Sur sufrían las pertur- 
baciones que ocasionaba la actividad de Benavides, hom- 
bre de carácter feroz, que se había hecho odioso, no sólo 
por su rigurosa obediencia á las órdenes que tenía recibi- 
das de España para no dar cuartel á los europeos que 
fueren cogidos en armas en favor de los patriotas, sino 
por haber extendido la crueldad de sus prácticas á los 
mismos hijos del país. Las atrocidades que ambos bandos 



DIARIO 113 

cometían afrentaban á la humanidad, y no era de las me- 
nos odiosas señales del tiempo la manera escandalosa con 
que los sacerdotes prostituían la religión cristiana ante 
las conveniencias bélicas y políticas (1); en una palabra, 
las postrimerías del año 1820 distaban mucho de ser sa- 
tisfactorias en la frontera del Sur. 

Por ese entonces ocurrieron dos incidentes que, si bien 
no tuvieron importancia, eran característicos de la época. 
Habiendo recalado en San Carlos de Chiloé un buque in- 
glés para reparar las averías sufridas en el viaje y renovar 
sus víveres, el o-obernador apresó á la tripulación, alegando 
que lord Cochrane y la mayor parte de los tripulantes de 
la escuadra chilena eran ingleses, y que á no ser por ellos 
nunca habrían triunfado los enemigos del rey su señor. 

El otro incidente parece dar consistencia á la idea de 
que en cierta época un partido había ofrecido á un prín- 
cipe de la casa de Borbón una corona imperial en Sur- 
América. Los periódicos de Río Janeiro habían dado 
cuenta del arribo á los mares del Sur de cierto número de 
buques de guerra franceses que venían convoyando á un 
gran personaje, cuyas expectativas habíanse visto desvane- 
cidas por el estado actual de Buenos Aires. Poco tiempo 
después de la llegada de estas noticias, doblaron el cabo 
de Hornos varios buques de guerra franceses, que recala- 
ron en diferentes bahías de Chile, con cuyo motivo el 
ministro de Marina se dirigió al comodoro francés para 
saber por qué motivo habían pasado al Pacífico. 

La respuesta acalló todos los temores. En una carta muy 
cortés, M. Jurien aseguró al gobierno de Chile que el único 
objeto que había tenido en vista S. M. C. Majestad al en- 
viar aquí sus buques era la preparación de los jóvenes ofi- 
ciales de su armada y el reconocimiento de estos mares. 



(1) Ed cierta ocasión se colocó una imagen de la Virgen en un 
sitio espectable y se le presentó la bandera de los patriotas: la imagen 
movió la cabeza. Presentósele después la bandera española, y al ins- 
tante los brazos de la imagen la estrecharon. Naturalmente, la multi- 
tud acató tal homenaje. 

8 



114 MARÍA GRAHAM 

Mientras tanto, lord Cochrane sostenía vig-orosamente 
el bloqueo del Callao; el 2 de Diciembre, 16 cañoneros 
salieron de la bahía á atacar á la O'Higgins y la Esmeral- 
da, pero, después de una acción que duró poco más de 
una hora, se vieron obligadas á retirarse, con serias pér- 
didas. El día 26 se repitió una tentativa parecida, con el 
mismo resultado, sin que hasta comienzos de 1821 ocu- 
rriera otra cosa de importancia que el apresamiento de 
varias embarcaciones cargadas de víveres. 

El mes de Enero se empleó de la misma manera: la es- 
cuadra conservaba estrechamente el bloqueo, y algunos 
destacamentos del ejército, á las órdenes de Arenales y 
otros, ganaban pequeñas ventajas en las inmediaciones, 
mientras el grueso del ejército continuaba en la más com- 
pleta inacción. 

El mes de Febrero fué más notable, por varios moti- 
vos. En primer lugar, el general La Serna sucedió al vi- 
rrey Pezuela en el cargo de virrey del Perú, por voluntad 
de la tropa; en seguida, San Martín publicó, el día 12, un 
"Reglamento provisional para establecer los límites del 
territorio actualmente ocupado por el ejército libertador 
y la forma de administración que debe observarse hasta 
que pueda constituirse una autoridad central por la vo- 
luntad de las ciudades libres". 

Merecen ser reproducidas algunas frases de esta pieza, 
para dar á conocer el estilo y espíritu de las publicacio- 
nes del capitán general. "Encargado de restituir á esta 
vasta porción del continente americano su existencia y 
sus derechos, es deber mío consultar sin restricción algfu- 
na todos los medios que puedan contribuir á esa grande 
obra. Por más que la victoria conservara una estricta 
alianza con mis armas, quedaría un peligroso vacío en los 
compromisos que he contraído si no preparara con antici- 
pación los elementos de la reforma universal, que no es 
posible perfeccionar en un solo día ni es justo postergar 
indefinidamente. 

Los más ^brillantes resultados de la guerra y las más 



DIARIO 



115 



gloriosas empresas del genio del hombre sólo pueden ex- 
citar en el pueblo un sentimiento de admiración mezcla- 
do de ansiedad, si no descubre á su terminación el mejo- 
ramiento de sus instituciones y una indemnización de sus 
actuales sacrificios. Entre la confusión de una reforma pre- 
matura y el peligro de dejar abusos sin corregir, hay un 
término medio, cuya amplitud señalan las circunstancias 
del momento y la gran ley de la necesidad." Después de 
una cantidad de frases de la misma especie siguen veinte 
reglamentos, sin que ninguno de ellos remueva ningún 
mal, sino que todos se refieren al nombramiento de go_ 
bernadores y recaudadares de impuestos y á los plenos 
poderes que él se arrogaba para gobernar, y especialmen- 
te para castigar á aquellas personas cuya conducta po- 
lítica pudiera ser ofensiva para él ó contraria á sus miras. 

Pero la envidia, que había comenzado á intrigar contra 
lord Cochrane aun antes de su llegada, estuvo á punto 
de estallar por entonces de una manera grandemente bo- 
chornosa para muchos de los oficiales de la escuadra chi- 
lena y extremadamente perjudicial para la causa que ser- 
vían. Todos habían llegado más ó menos como aventure- 
ros independientes, y no obstante haber adoptado Chile 
formalmente las ordenanzas y reglamentos del servicio 
británico, se imaginaban que el buque cuyo mando se les 
había confiado era cosa propia y que su obediencia al 
almirante era en cierto modo facultativa, particularmen- 
te, los asuntos concernientes á los oficiales de los buques. 

Tales ideas perturbaban necesariamente la disciplina y 
el buen orden del servicio; además las provisiones de la 
escuadra eran desgraciadamente tan escasas, tanto de per- 
trechos navales y de guerra como de vestuario y hasta de 
víveres para la tripulación, que siempre se presentaba 
algún motivo de queja y siempre había buenas razones 
para poner de relieve algunos defectos que en otras cir- 
cunstancias habrían sido fáciles de evitar sin que degene- 
raran en serios conflictos. 

El 28 de Enero el gobierno resolvió cambiar el nom- 



116 MAÍRA GRAHAM 

bre de la fragata Esmeralda con el propósito de halagar 
á lord Cochrane. Había ya entre los buques de la escuadra 
un Lautaro, una O'Higgins y un San Martin, y se quiso 
que hubiera un Cochrane; pero su señoría prefirió que se 
le diera el nombre de Valdivia, en conmemoración de la 
toma de aquella plaza. 

Con este motivo el cirujano, el contador y dos tenien- 
tes le escribieron á lord Cochrane una carta de lo más 
insolente, manifestándole que no tenían objección que 
hacer por que el buque se llamara Cochrane, pero que 
pens=íban que el nuevo nombre de la fragata debía tener 
alguna referencia con sus captores y no llevar el del hom- 
bre que había sido el primer tirano que había habido en 
Chile. A estas cartas se siguieron otras igualmente impro- 
pias, de manera que para desvanecer lo que ya era en 
realidad una pequeña conspiración, el almirante trasbor- 
dó á otros bqques á esos señores, renovando la oficialidad 
de la Valdivia. 

A pesar de estas molestias, lord Cochrane había ideado 
un plan que habría coronado el éxito á no haber mediado 
estas intrigas. 

Habiendo reconocido personalmente la bahía del Ca- 
llao, quiso internarse en ella con la San Martin y todos 
los botes de la escuadra para apoderarse de los buques y 
cañoneras y volver los propios cañones del enemigo con- 
tra los fuertes de la plaza. 

Los oficiales y la tripulación de la San Martín se ofre- 
cieron voluntariamente para el servicio, lanzando tres vi- 
vas, y todo estaba listo para la ejecución de este audaz 
proyecto cuando en el mismo momento en que debía lle- 
varse á efecto, el capitán Guise declaró que él no serviría 
si no tenía á sus órdenes á sus propios oficiales, el capitán 
Spry declaró que él apoyaba al capitán Guise, y toda la 
escuadra se sintió conmovida. 

El día 23 ambos oficiales renunciaron sus empleos en 
la armada de Chile, y el 1.° y 2 de Marzo se celebró una 
corte marcial por los oficiales de la Valdivia, que separó 



DIARIO 117 

del servicio al cirujano Michael, al contador Frery; los 
tenientes Bell y Freeman con el segundo cirujano Ken- 
yon fueron separados del buque en que servían por sen- 
tencia de una corte marcial (1). 

Estas personas, junto con el capitán Guise, se dirigie- 
ron donde San Martín para inducirlo á que los hiciera 
reponer en sus puestos, y éste, en consecuencia, los mandó 
donde lord Cochrane con una recomendación al efecto. 
Su señoría le ofreció al capitán Guise su propio buque y 
á los tenientes ocuparlos en otras de las naves; pero és- 
tos rehusaron todo servicio si no quedaban juntos con su 
capitán y bajo sus órdenes, y en consecuencia retiráronse 
juntos del servicio. 

No sólo lastimó al almirante esta ocurrencia, que pare- 
cía amenazar con peores resultados á la escuadra, sino 
también la intervención directa del comandante en jefe 
en favor de estas personas. El proceder del capitán Guise 
parece que no era más que una nueva manifestación d% 
aquel espíritu de hostilidad que en Valparaíso había ins- 
pirado la pretenciosa é insolente conducta que observó 
con el almirante y que lo había hecho caer en desprecio 
antes de que zarpara la expedición., pero que los sucesos 
posteriores parecían haber hecho desaparecer de entre 
ambos. 

El capitán Spry era un hombre de cortos alcances, y 
probablemente meditaba ya por entonces la traición por 
la cual fué poco mas tarde tan liberalmente recompensa- 
do. Con sus argucias había alcanzado un gran ascendiente 
sobre el capitán Guise, por cuyo principal instigador se le 
tiene. 

El otro suceso digno de mención es la ocupación de 
Pisco por segunda vez. Esta infortunada población, des- 
pués de haberse visto obligada á mantener durante cin- 
cuenta días al ejército patriota, había vuelto á caer en 
manos de los españoles, que castigaron con toda severi- 
dad la defección de sus habitantes. 

(1) El capitán Spry desertó después . 



118 MARÍA GRAHAM 

EI 22 de Marzo fué recobrado por 500 patriotas, á las 
órdenes del coronel Miller, que se apoderaron el primer 
día de 300 caballos para el uso del ejército y de otros 
tantos bueyes, corderos y muías. Lord Cochrane que ha- 
l)ía acompañado á la pequeña expedición, izó su insignia 
el día 1 8 á bordo de la San Martín, y dejando á la O'Hi- 
ggins y la Valdivia para proteger las tropas en Pisco, re- 
gresó al Callao, donde volvió á atacar con éxito las caño- 
neras. 

Por esos mismos días el coronel Arenales había alcan- 
zado otra decidida ventaja sobre un cuerpo de ejército de 
2.000 hombres que mandaba el general Ricafort. 

A principios de Mayo se empeñó un vigoroso ataque 
sobre Arica (1); pero como el desembarcadero estaba 
muy bien fortificado, las tropas tuvieron que desembarcar 
un poco más al Norte. Después de un bombardeo de 
cinco días, los españoles abandonaron la ciudad, dejando 
un botín considerable, fuera de 120.000 pesos en dinero, 
que fué capturado. 

Estos triunfos de los patriotas indujeron al virrey á 
proponer un armisticio de tres semanas al general San 
Martín, que lo aceptó alborozadamente, como signo pre- 
cursor de la pacífica terminación de una campaña fatigosa 
para los invasores y cruelmente opresiva para los habitan- 
tes del país. 

Sin embargo, como el general Laserna no tenía más 
poderes que su predecesor para reconocer la absoluta 
independencia de los colonos de la América del Sur, la 

(1) Arica, capital de la provincia del mismo nombre, es el puerto 
situado más al Sur que tiene el Perú. Las minas de oro y cobre que 
allí existen son extremadamente ricas; pero la falta de agua en ese 
distrito y en toda la provincia es un obstáculo para trabajarlas conve- 
nientemente. El valle que hay detrás de la ciudad es muy fértil y pro- 
duce una inmensa cantidad de ají colorado. La ciudad ha sufrido 
mucho á causa de los terremotos, y en 1680 fué saqueada por el famoso 
capitán Sharpe, calamidad de que ha podido reponerse enteramente. 
En lu parte oriental de la provincia hay un gran volcán, en cuyas 
faldas se encuentran vertientes de agua caliente y fétida. 



DIARIO 119 

negociación sólo sirvió para proporcionar un corto des- 
canso á los dos bandos. 

Pero la escuadra había seofuido manteniendo el bloqueo 
en tanta vigilancia y resolución, que el virrey tuvo que 
convencerse de que la ciudad no podía resistir mucho 
tiempo por falta de provisiones. Los clamores del pueblo 
se acentuaban, y se había abandonado toda esperanza de 
refuerzos de España; en consecuencia, el día 6 de Julio 
el general Laserna evacuó la ciudad de Lima. Los habi- 
tantes esperaban ansiosamente que de un momento á 
otro llegara á ocuparla el ejército libertador; pero con 
gran asombro, tanto de peruanos y chilenos como de los 
neutrales anclados en la bahía, el ejército de San Martín 
no hizo el menor movimiento hacia la ciudad hasta el 
día 9, en que se mandó allá un reducido destacamento (1). 
Durante este intervalo se temió que, con motivo de la 
retirada de las tropas y la desorganización del gobierno, 
ocurrieran en la ciudad los más serios desórdenes, por 
cuyo motivo el capitán Basil Hall, del Conway y buque de 
la armada de su majestad británica, mandó á ofrecer al 
cabildo los servicios de sus marineros y sus soldados de 
marina, á fin de resguardar el orden y proteger la propie- 
dad pública y privada. 

El general llegó al Callao en la goleta Sacramento, el 
día 6 ó 7, y después de esperar que una división de su 
ejército se hallara seguramente acuartelada en Lima y 
que se le enviara una solemne diputación de la ciudad 
para invitarle á tomar posesión de ella, desembarcó y 
prosiguió su marcha con toda seguridad en la noche 
del 10. 

El primer día fué empleado en la publicación de pro- 
clamas halagadoras y en aquellas manifestaciones de 
jactancia y de congratulación á que tan propensos son 



(1) Entre las pubHcaciones patrióticas de la época hay una especie 
de comedia, en que los hombres y las mujeres de Lima van al camino 
real á la espera del ejército libertador, lamentando lo que éste tarda, 
para alentarlos con su presencia. 



120 MARÍA GRAHAM 

los g^enerales y los ejércitos cuando ocupan un nuevo te- 
rritorio, y en lo que San Martín ha sobrepujado á cuanto 
jefe cuyos manifiestos he podido ver. 

A pesar de haber permanecido en la más completa 
inacción todo el tiempo desde que llegó á las costas del 
Perú, y de haberse rendido la capital á las exigencias del 
hambre, causada por las maniobras de la escuadra y 
excitada por las discusiones civiles consiguientes á las 
grandes calamidades privadas, él se da la importancia y 
el renombre de conquistador, y á atenerse á lo que se 
lee en sus Boletines Oficiales era de creer que se había 
tomado la ciudad después de una porfiada lucha. Sin 
embargo, el Callao resistía, á pesar de hallarse reducido 
á los últimos extremos con motivo de la ocupación de 
Lima. 

La escuadra continuaba atacando á los fuertes y caño- 
neras cada vez que se presentaba la oportunidad, y el 
día 24, como notara lord Cochrane una abertura en la 
cadena que resguardaba á los buques, mandó en la noche 
al capitán Crosbie á dar un asalto con las embarcaciones 
menores de la escuadra, lo que dio por resultado la cap- 
tura de los buques de guerra San Fernando, Milagro y 
Resolución, fuera de varios botes y lanchas, y el incendio 
de dos naves más. Pocos días antes la escuadra había 
sufrido una pérdida de consideración con el naufragio 
' del San Martin, que ocurrió el 15 de Julio en la bahía 
de Chorrillos, adonde había ido con un cargamento de 
trigo para venderlo á bajo precio á los pobres, perdién- 
dose totalmente el 16. 

Pero por entonces el pueblo sólo tenía ojos y lengua 
para celebrar el logro de la gran victoria á que Chile 
había consagrado todos sus esfuerzos. El día 25 fué ju- 
rada solemnemente la independencia del Perú; pero en la 
misma noche ocurrió un accidente que envenenó el rego- 
cijo de San Martín, como la presencia del judío Mardo- 
queo en la puerta del rey. Habiendo ido al teatro con 
lord Cochrane, el público los recibió con léis más ruido- 



DIARIO 121 

sas aclamaciones: dábanle á San Martín todos los califi- 
cativos y epítetos que podían halag-arlo , menos el de 
valiente, que constantemente asociaban al nombre de 
lord Cochrane, envidiosa distinción de que él se quejó á 
su señoría al salir del teatro. Lord Cochrane se desen- 
tendió generosamente de ella, y parodiando las palabras 
de Cromwell á Lambert, que Lambert recordaba después 
como una profecía, le dijo: "General, si son españoles 
viejos, que gritarían del mismo modo si nos vieran á 
usted y á mí en camino de la horca." A lo cual San Mar- 
tín replicó, repitiendo con vehemencia las palabras varias 
veces: ¡Ah, los trataré de la manera más feroz! (1). 

Desde ese momento quedaron acordadas sus medidas 
contra los españoles, si bien no era llegado todavía el 
tiempo para completar su venganza. Y no fueron ellos 
solos los únicos objetos de su cólera. Para el envidioso, 
las bagatelas más livianas que el aire son confirmaciones 
tan sólidas como el testimonio de las Sagradas Escrituras, 
y no dudo que á causa de esta circunstancia aumentó la 
envidia que á lord Cochrane le tenía, hasta llegar al 
grado con que después se manifestó. 

El día 29 se cantaron las misas más solemnes en ac- 
ción de gracias por la liberación de Lima de los españo- 
les, y San Martín, que era un incrédulo reconocido, no 
sólo no se contentó con prestar decorosa aquiescencia á 
los ritos á que debía estar presente por necesidad, sino 
que se hizo notar por su celo por todas las cosas religio- 
sas, su acendrada devoción y sobre todo por su excesiva 
veneración á la tutelar Santa Rosa (2), cosas que, á mi 
juicio, más perjudicaron que favorecieron su causa, aun 
entre el clero mismo. 

(1) "Je les traiterai de la maniere ia plus feroce." Hablaban en 
francés. 

(2) En la Iglesia de Santa Rosa se muestran los dados con que la 
Santa acostumbrada á jugar cuando Cristo venía en persona á dis- 
traerla. Es una de las leyendas menos inofensivas y decentes de las 

que corren acerca de sus relaciones con el Salvador. 



122 MARÍA GRAHAM 

Pero en aquella coyuntura había que tocar todos los 
resortes para conciliar á todos los hombres; el clero fué 
particularmente adulado. Se le escribió una carta al arzo- 
bispo, exhortándolo á emplear sus buenos oficios para 
mantener tranquilo al pueblo y darle á conocer los bene- 
ficios del nuevo orden de cosas. 

A los españoles se les halagó y se les aseguró la pro- 
tección de sus personas, y á los que quisieran quedarse 
se les ofreció el goce de todas sus propiedades con sólo 
que solicitaran cartas de ciudadanía. A los oficiales de la 
escuadra se les agasajó, halagando á varios de ellos con 
promesas de honores y recompensas y con la amistad 
personal <lel general. 

Por fin, el 4 de Agosto se llevó á efecto la gran medi- 
da que todos estos preparativos anunciaban: San Martín 
lanzó una proclama declarándose Protector del Perú con 
una autoridad absoluta é indivisible. Violando abierta- 
mente sus promesas anteriores, se dirige á los peruanos 
para decirles que los diez años de experiencia que tiene 
de las revoluciones le han hecho conocer los peligros 
que resultan de convocar congresos mientras el enemigo 
no ha salido todavía del país, y que, á pesar de que su 
aspiración sería retirarse á la vida privada, dirigirá los 
negocios del Perú hasta que las fuerzas españolas no sean 
totalmente arrojadas del país. Nombró á García del Río 
ministro de Relaciones Exteriores, á Bernardo Monte- 
agudo, ministro de Guerra y Marina y á Torre Tagle, de 
Hacienda. 

El despotismo fué absoluto; todas las antiguas leyes 
fueron derogadas, sin que en su lugar se establecieran 
otras que la sola voluntad del Protector, y no pasó mucho 
tiempo antes de que éste se dejara llevar á esos actos 
que sólo pueden explicarse por la embriaguez que pro- 
duce la posesión del poder absoluto. 

Sin pérdida de tiempo se le transmitieron al Director 
de Chile las nuevas de estas incidencias, y parece que San 
Martín creyó que, con mandarle las cuatro banderas que 



DIARIO 123 

cayeron en poder de Osorio en Rancagua y que fueron 
halladas en la catedral de Lima, quedaría excusada su 
falta á los juramentos de fidelidad que había prestado á 
Chile y á su gobierno y que acababa naturalmente de 
violar al declararse jefe independiente (1). 

Y no fué ésta la única ofensa que meditó contra el país 
de que así se separaba. La escuadra había pasado un 
año entero en constante actividad; escasamente dotada 
desde un principio de velas y aparejos, y aprovisionada 
sólo para unas cuantas semanas, no habría podido con- 
servarse á no haber sido por la buena conducta de los 
oficiales en general y la actividad y vigilancia de su co- 
mandante. 

Haciendo uso á veces de las facultades que se le habían 
otorgado para trocar los derechos de aduana en provisio- 
nes para la flota, ó concediendo permisos á los neutrales 
para comerciar en la costa bloqueada, á virtud de esas 
mismas facultades; otras, comprando los artículos de más 
apremiante necesidad con su propio peculio y el de los 
oficiales de la escuadra, ó apoderándose de los depósitos 
y bodegas de los enemigos para aprovecharlos en uso de 
los patriotas, así había podido conservar hasta entonces 
la escuadra á flote. Pero, habiendo expirado el plazo por 
el cual se había contratado la mayor parte de los marine- 
ros, comenzaron éstos á clamar por su pago, y con mayor 
motivo cuanto que la gratificación de un año de sueldo 



(1) Esto parece que produjo gran efecto en el ánimo del Director, 
porque en su circular, publicada en la Gaceta del 25 de Agosto de 
1821, en la cual felicita al país por I®s triunfos del ejército y de la 
armada y por la adquisición de una república hermana, se explaya de- 
tenidamente sobre la restauración de las banderas en cuestión. El 30 
de Septiembre fueron enviadas á Rancagua en solemne procesión y 
con escolta y entregadas á la municipalidad con una proclama del Di- 
rector. El 2 de Octubre, aniversario de la infortunada derrota de 
Rancagua, se mandaron las banderas al altar de N. S. del Carmen, 
protectora de las armas de Chile, á quien se las consagraron. Con 
este motivo, la ciudad presentó un aspecto de fiesta durante varios 
días. 



124 MARÍA GRAHAM 

que se les había ofrecido para la caída de Lima, parecía 
haber sido echada ai olvido. 

Lord Cochrane llamó la atención de San Martin sobre 
este asunto el mismo día en que éste se declaraba Pro- 
tector; diéronsele excusas, primeramente, alegando falta 
de fondos, á pesar de que la Casa de Moneda de Lima 
se hallaba en sus manos; por fin, declaró que jamás pa- 
garía á la escuadra de Chile, á no ser que el almirante se 
la diera en venta, y que aún entonces la paga se conside- 
raría parte del precio de su compra. La indignación que 
manifestó lord Cochrane con este motivo exasperó vio- 
lentamente al flamente Protector; pero, como el Callao 
no había caído aún, disimuló sus pasiones, si bien se for- 
taleció más en él la determinación de adueñarse de la 
escuadra. 

Con el propósito de impedir que los buques se alejaran 
de la costa y con la esperanza de forzar á oficiales y ma- 
rineros á irse con él, esta determinación lo llevó hasta 
negar á los buques toda especie de víveres y de provi- 
siones, tanto que la tripulación de la Lautaro se vio obli- 
gada á abandonar el buque para no perecer de hambre. 

Al siguiente día lord Cochrane escribió una carta al 
Protector, en la cual le pregunta: "¿Qué diría el mundo 
si el primer acto del Protector fuera violar ios compro- 
misos de San Martín, por más que la gratitud no sea una 
virtud pública si no privada? ¿Qué dirá si el Protector 
se niega á pagarle los gastos de la expedición que ¡o ha 
elevado á la alta posición que ocupa, y qué, si rehusa 
recompensar á los marinos que tanto han contribuido 
materialmente á su fortuna?" 

A pesar de estas cartas y de otréis más apremiantes so- 
bre el mismo asunto, no se hizo nada. 

Los buques estaban tan destituidos de velas, aparejos 
y pertrechos, que corría peligro su seguridad; las provi- 
siones eran escasas y sólo consistían en charqui apolilla- 
do; la marinería no tenía aguardiente, y sus vestidos esta- 
ban en la más desastrosa condición. El almirante hizo pre- 



DIARIO 125 

senté más de una vez que la marinería estaba á punto de 
amotinarse y para apaciguarla tenía él que quedarse á 
bordo; en realidad, ía gente comenzaba á darse cuenta de 
que nunca había habido la intención de pagarla, y amena- 
zaba apoderarse de los buques para capturar cuanta em- 
barcación pudieran en las costas y así pagarse por sí 
misma. 

El 15 de Agosto, sin embargo, alarmado el Protector 
por las reclamaciones de lord Cochrane, renovó sus pro- 
mesas de pagar á la escuadra en cuanto pudiera procurar- 
se el dinero necesario, habiendo destinado á este objeto 
una quinta parte de los derechos de Aduana. Esta quinta 
parte debía, sin embargo, dividirse con el ejército; y ios 
marinos conocían demasiado la naturaleza de estas divi- 
siones con el ejército para no sentirse más exasperados 
con una promesa que parecía más bien una burla á sus 
sufrimientos. 

Pero antes de proseguir con los asuntos de la escua- 
dra, será necesario volver la vista á los del ejército du- 
rante este último tiempo, porque, habiéndose San Martín 
declarado independíente y convertido el ejército de Chile 
en ejército protector del Perú, no es mi proposito seguir 
con su historia más allá de aquello que á Chile y á su 
escuadra se refiere. 

Cuando Laserna dejó á Lima, retiróse á Jauja, donde 
se unió al general Canterac, resolviendo entre ambos so- 
correr, si era posible, el Callao y salvar por lo menos el 
tesoro, que en gran cantidad estaba allí depositado. Este 
plan habría resultado irrealizable á haber San Martín 
continuado por tierra el bloqueo de la plaza, especial- 
mente entonces que la escuadra continuaba maniobran- 
do activamente en la bahía y que el 15 de Agosto no más 
se había apoderado de otros dos buques y un bergantín; 
en vez de esto, replegóse con su ejército á las murallas 
de Lima, y Canterac, aprovechando la oportunidad, se 
dirigió á marchas forzadas hacia el Callao, á cuyas inme- 
diaciones llegó el 10 de Septiembre. 



126 MARÍA GRAHAM 

El ejército de San Martín se formó en batalla. El va- 
liente general Las Heras y lord Cochrane estaban á caba- 
llo con gran número de ofíciales y de particulares ansio- 
sos de entrar en acción. La fuerza del enemigo era redu- 
cida en comparación con el ejército del Protector, y el 
general mismo, cuando llamó á los dos jefes antes nom- 
brados, parecía realmente animado por un sincero deseo 
de empeñar resueltamente el ataque; pero, gradualmente 
fué enfriándose, perdió la mañana en inútiles palabreos, 
fuese á dormir la siesta de costumbre y después ordenó á 
la tropa que se fuera á comer. 

Los soldados, que estaban dispuestos á esgrimir sus 
sables, dieron una carga sobre un piño de ganado que 
divisaron, y después de matar las reses obedecieron las 
últimas órdenes del general; mientras tanto, el enemigo 
prosiguió su marcha y entró al Callao sin sufrir molestia 
alguna. Fué en esta ocasión cuando Las Heras, después 
de haber insistido en la ventaja de atacar á Canterac, 
rompió su espada y juró no volver á llevar más el unifor- 
me de aquel bochornoso día (1). 

El almirante también lo exhortó al ataque hasta el últi- 
mo momento y ésta fué la última entrevista que tuvo con 
San Martín, y le señaló el camino que le quedaba abierto 
para preservar su propio honor y el del ejército; entonces 
San Martín le contestó: "Yo soy el único responsable de 
la libertad del Perú", y se retiró. Este paso fué seguido el 
día 15 por otro igualmente bochornoso para el general. 

El ejército de Canterac se retiró del Callao llevándose 
el tesoro y todos los pertrechos militares, sin que se hi- 
ciera la menor tentativa para detenerlo. 

En este intervalo, tanto lord Cochrane como San Mar- 
tín, habían estado en negociaciones con el gobernador 
Lámar para obtener la rendición del Callao. Lord Co- 
chrane, que pensaba en el cumplimiento de sus compro- 

(1) Mantuvo su palabra y se dirigió á Chile, en donde vivió retira- 
do hasta que San Martín volvió escapado, en Octubre de 1823; enton- 
ees Las Heras se retiró á Buenos Aires. 



DIARIO 127 

misos, ofreció salvoconducto y protección personal para 
todos, á condición de que los fuertes le fueran entregfa- 
dos á la escuadra, la cesión de una tercera parte de los 
bienes españoles y el pago de fletes y pasajes á bordo de 
los buques que él designaría para el transporte de los que 
emigraran del país. San Martín, que no tenía intención de 
cumplir su palabra, ofreció una protección ilimitada é in- 
condicional, tanto á las personas como á los bienes, 
con sólo que los individuos adquirieran carta de ciuda- 
danía (1). 

Por este motivo no fueron aceptadas las promesas de 
lord Cochrane, frustrándose así sus esperanzas de obte- 
ner por este medio una suma suficiente para la reparación 
y alistamiento de los buques (2). Entonces resolvió adop- 
tar un medio atrevido, pero que, contempladas las cir- 
cunstancias del caso, me parece de lo más perfectamente 
justo. Se recordará que, como antes lo he manifestado, la 
escuadra había pasado doce meses en constante actividad; 
los marineros no habían recibido ni sueldos ni vestidos; 
no habían contado con otras provisiones de repuesto que 
las que habían capturado en la costa ó en el mar; algunos 
de los buques estaban llenos de aberturas, y todos esca- 
sos de toda clase de aparejos, y, sobre todo, la marine- 
ría, que en su mitad por lo menos se componía de ingle- 
ses, se quejaba de falta de pago. 

El ejército, por el contrario, había sido abastecido con 
toda prodigalidad, y parecía que todos los honores y to- 



(1) En cuanto San Martín tuvo en su poder á los españoles rea- 
listas, los despojó de la mitad de sus bienes, so pretexto de asegurar 
así la tranquilidad pública; cuando ellos trataban de mudarse ó tras- 
portar el resto, les eran confiscados sus bienes y, salvo raras excepcio- 
nes, encarceladas ó asesinadas sus personas. 

(2) A un gran número de españoles fugitivos que se habían refu- 
giado en los buques Lord Lynedoch y St. Patrick, que fueron deteni- 
dos por este motivo, les permitió lord Cochrane su rescate, dedican- 
do el dinero al abastecimiento de la escuadra. Uno ó dos que prefirie- 
ron confiarse á San Martin, se vieron después cruelmente tratados y 
privados de cuanto tenían. 



128 MARÍA GRAHAM 

das las ventajas de la campaña habían sido para los sol- 
dados; su general había violado la fidelidad que debía al 
país á que el ejército y la armada habían jurado ser fieles, 
y deseaba ahora comprar los buques á sus oficiales, que, 
en primer lugar, no tenían título para disponer de ellos, 
y que, en seguida, tenían la obligación de conservarlos 
para el gobierno de Chile. San Martín había ofrecido, no 
sólo pagar, sino que hasta recompensar á la escuadra; 
pero, no sólo no había hecho ni lo uno ni lo otro, sino 
que negaba haberse comprometido á ello. Además, había 
reclamado para su dominio particular varias de las pre- 
sas hechas por la escuadra. 

Alarmado por el avance de las tropas de Canterac, San 
Martín había mandado á Ancón todo el dinero y pastas 
metálicas de la moneda y la tesorería de Lima, y embar- 
cádolos á bordo de los transportes por vía de seguridad. 
A más de este tesoro, iban otros dineros públicos y grue- 
sas sumas pertenecientes á particulares y también, á bor- 
do del Sacramento, el oro y plata de propiedad particu- 
lar del Protector, la plata en tal cantidad, que hubo que 
arrojar parte del lastre para darle lugar; el oro amone- 
dado lo había mandado en cuatro muías, esto es, sin ha- 
blar del oro en barras (1). 

En cuanto lord Cochrane supo que los transportes con- 
ducían á bordo una cantidad tan considerable de fondos 
públicos, zarpó para Ancón, donde la Lautaro estaba con 
los transportes, y se apoderó de todo el dinero, excepto 
de aquel que se probaba fehacientemente que era pro- 
piedad privada (2) y excepto también el cargamento del 
bergantín Sacramento, que no se tocó. 

Al momento que se oyó hablar de la captura, San Mar- 



(1) El edecán de! general que atendió al embarque de su propie- 
dad particular cargó las muías de regreso con mercaderías de contra- 
bando de un buque inglés, la Rebeca. 

(2) Hasta después de tener á bordo el tesoro, se le restituyó su 
dinero á todo aquel que pudo justificar su derecho por escrito ó con 
testigos; esta restitución alcanzó á 40.000 pesos. 



DIARIO 129 

tin empleó todos los medios, la amenaza y el halago, para 
inducir á lord Cochrane á devolver los fondos públicos 
y depositarlos en manos de sus comisionados, que, á fin 
de dejar á salvo su dignidad, pagarían en su nombre á 
las tripulaciones de los buques; naturalmente, lord Co- 
chrane no consintió en ello, si bien en espera de que el 
Protector mandara un comisario para que lo asistiera, re- 
tardó el pago hasta que los marineros comenzaron á de- 
sertarse, descontentos por la falta de pago de sus haberes, 
lo que le hizo comprender que no debía retardar más la 
operación. 

En el entretanto, los fuertes del Callao habíanse rendi- 
do á las banderas republicanas de Chile y el Perú, y para 
alejar todo peligro ulterior, ya que los buques se prepa- 
raban para abandonar la costa, San Martín consintió for- 
zosamente en que se pagara á la escuadra con el dinero 
secuestrado en Ancón. Inmediatamente se le pagó á la 
marinería y á los oñciales todos sus haberes atrasados, 
excepto lord Cochrane, que no recibió nada. 



* 
* * 



No se consiguió esto, sin embargo, sin nuevos esfuer- 
zos de San Martín para recobrar el dinero ó por lo menos 
para vengarse de su captura. Para lograr el primero de 
estos fines, había mandado á Monteagudo á ponerse al 
habla con lord Cochrane, conociendo lo hábil que era 
"para presentar como buena la peor causa"; entonces, 
lord Cochrane convino en que sería devuelta una parte 
de las pastas metálicas, á condición de que se proporcio- 
nara á los buques los repuestos que necesitaban, espe- 
cialmente algunas anclas (1); pero, como se negaran los 

(1) Dos que le fueron cortadas á la Esmeralda cuando su captura 
y una que había perdido la O'Higgins en un ataque al Callao, esta- 
ban en poder de San Martín, que las negó. 

9 



130 MARÍA GRAHAM 

repuestos, se retuvo el dinero, que sumaba unos 285.000 
pesos, que fué distribuido como ya se ha dicho, lleván- 
dose cuenta y razón de todo y cargándola al crédito del 
gobierno chileno. La treta que se urdió para la venganza 
surtió mejor efecto. 

En la media noche del mismo día 26 de Septiembre, en 
que el Protector había significado al almirante que podía 
hacer el uso que quisiese del dinero, dos edecanes de 
San Martín, el capitán Spry (1) y el coronel Paroissien, 
abordaron varios buques de la escuadra, y por primera 
vez dieron á conocer las instrucciones secretas y los ple- 
nos poderes que el gobierno de Chile había dado al Pro- 
tector respecto á la escuadra. 

A más de esto, ofrecieron á los que se desertaran para 
servir á las órdenes del Perú empleos, honores, títulos y 
regalías. Cuando supo Paroissien que el almirante había 
descubierto sus visitas nocturnas, fué insolentemente don- 
de él y le habló en un lenguaje parecido, insistiéndole en 
que era preferible ser almirante de un país rico como el 
Perú y no vicealmirante de una provincia tan pobre como 
Chile, tratando así de cohecharlo. De aquellos oficiales 
que desertaron vergonzosamente su bandera halagados 
con estas sugestiones, la mayor parte han sufrido el cas- 
tigo de ver defraudadas sus esperanzas, y todos el despre- 
cio de amigos y enemigos. 

A los marineros se les inducía por todos los medios 
posibles á entrar al servicio del Perú, aprovechándose la 
oportunidad para sobornarlos ó someterlos por fuerza 
cuando iban á divertirse, recién pagados. A los oficiales 
fíeles que trataban de hacerlos volver á sus buques se les 
metía á la cárcel. De esta manera iba quedándose sin tri- 
pulación la escuadra, que ya estaba en malas condiciones 
y escasa de víveres. 

Esto no obstante, ahora que el Callao se había ren- 
dido, San Martín dio orden terminante á lord Cochrane 

(1) El mismo que fué separado de su buque por una corte marcial 
y que después desertó. 



DIARIO 131 

de salir de la costa del Perú con todos los buques de 
su mando. (1) Con motivo de esta orden, que fué transmi- 
tida por iMonteagudo, lord Cochrane escribió á este mi- 
nistro la siguiente carta, que inserto porque corrobora 
ciertos hechos, que de otra manera parecerían increí- 
bles (2): 

"A bordo de la O'Higgins, bahía del Callao, 28 de 
Septiembre de 1821. 
Señor: 

Muy molesto me hubiera sentido si la carta que usted 
me ha dirig-ido por orden de S. E. el Protector del Perú, 
hubiese contenido solamente la orden del Jefe Supremo 
para partir de los puertos que se hallan bajo el dominio 
sin consignar sus motivos; y ine había sentido confundi- 
do, en verdad, si estos motivos hubiesen estado fundados 
en la razón ó en hechos concretos; pero, cuando me he 
impuesto de que la orden se origina de la infundada im- 
putación de que he rehusado hacer lo que no tengo me- 
dios de efectuar, me ha consolado la idea de que S. E. el 
Protector tendrá la satisfacción de convencerse de que no 
hay motivo de censura para mí; de todos modos, tengo la 
satisfacción de que no afecta á mi conciencia ninguna in- 
tención torcida, y me congratulo con la convicción de que 
por más que los hechos aparezcan desfigurados á través 
de una atmósfera de chismes y calumnias, las personas 
que viven en un medio más sereno verán las cosas con 
sus propios colores y me harán la justicia que merezco. 

Dirígeme usted sus cartas llenas de argumentos, como 
si yo necesitara que me convenciesen de sus buenas in- 
tenciones. No, señor; es á los marineros á quienes hay 

(1) San Martín, que conocía e! estado de los buques, impartió ór- 
denes á todos los puertos donde podían tocar para que se les negara 
toda clase de recursos, hasta el agua y el fuego. 

(2) Esta carta me fué dada á conocer en una época en que yo no 
podía preguntarle al almirante si era enteramente exacta; pero tengo 
razones para creerla asi, salvo los errores de palabras en que pueda 
haber incurrido yo al traducirla del castellano. 



132 MARÍA GRAHAM 

que convencer; son ellos los que no dan crédito á las pro- 
mesas después de haber sido engañados una vez. 

No se preocupan de si los víveres de la escuadra pro- 
ceden de los españoles, como los que se han procurado 
con el ganado y el pisco capturados, ó si proceden del 
tesoro de sus superiores; son hombres de pocas palabras, 
pero resueltos en sus actos; dicen que por su trabajo tie- 
nen derecho á ser pagados y alimentados, y que sólo tra- 
bajarán mientras se les pague y alimente. Este es, señor, 
un lenguaje nada cortés y malsonante á los oídos de la 
suprema autoridad. 

Además observan que no se les paga á ellos, mientras 
sus compañeros de trabajo, los soldados, han recibido las 
dos terceras partes de su sueldo; que están pereciendo de 
hambre ó sustentándose con charqui apolillado, mientras 
las tropas de tierra se regalan con carne de buey y de 
cordero en abundancJaj c¡uc no tienen aguardiente, mien- 
tras los otros tienen dinero y oportunidad para obtener 
esa codiciada bebida y todo lo demás que apetezcan. 

Tales son, señor, los sólidos fundamentos en que un 
marino inglés apoya su opinión y sostiene su ruda argu- 
mentación. El espera un equivalente al cumplimiento de 
su contrato, y cuando, por su parte, lo ha cumplido con 
fidelidad y se deja pasar el día del pago y se le desco- 
nocen sus derechos, se pone turbulento como el elemento 
en que vive. De nada servirá á usted, en consecuencia, 
entrar en más pormenores relativos á un asunto sobre 
cuya corrección no puedo hacer obfervación alguna. 

En el último párrafo de su carta, parece que usted ma- 
nifiesta cierta sorpresa de que, cuando apenas han trans- 
currido veinte días, volvamos á pedir más provisiones; 
pero toda extrañeza se disipará si usted consulta sus car- 
tas y sus propias órdenes para entregarnos hace treinta 
días provisiones para veinte. 

Respecto á la aserción que usted hace sobre la provi- 
sión gratuita de pisco, debo informarle de que se pagó 
por ella la suma de 1.900 pesos, según consta de mi reía- 



DIARIO 133 

ción, justificada por los recibos y iesguardos otorgados 
en Pisco y que nos fueron entregados por el capitán Cob- 
bett, de la Valdivia, cuya veracidad é integridad puedo 
sostener contra las de cualquiera de los más honorables 
de vuestros informantes. Mientras tanto, me abstendré de 
insistir sobre lo delicado de la contradicción que hace 
usted de lo que yo asevero, y abriré una investigación 
para que quienquiera que haya falseado los hechos, sea 
expuesto ai merecido desprecio del público. 

Me dice usted, señor, que es en vano que me refiera á 
mis cartas en las cuales he manifestado la situación de 
la escuadra para salvar mi responsabilidad, porque esas 
cartas han sido contestadas (y podía usted haber agregado 
que con muy buenas palabras); pero, ¿no le he advertido 
ya que las buenas palabras no sirven de nada contra la 
fuerza bruta de hombres despechados que claman por su 
derechos? ¿No le he pedido á usted mismo en persona que 
les hablara á los marineros, diciéndole que yo lo ayuda- 
ría en la medida de mis fuerzas, y no ha olvidado usted 
este deber? ¿Cómo puede usted entonces afirmar que yo 
he rehusado mi concurso á los planes del Gobierno? 

¿En qué comunicación, señor, he insistido sobre el des- 
embolso de 200.000 pesos? Es verdad que le remití una 
cuenta del dinero que se debía (1); pero en mi carta le 
decía que eran los marineros amotinados los que pedían 
esos desembolsos, pero que yo había hecho cuanto esta- 
ba en mi poder para reprimir sus violencias y aquietar 
sus temores. 

Usted agrega que es imposible pagar á las tripulacio- 
nes clamorosas. ¿Cómo es entonces (y el hecho es indis- 



(1) La cuenta del dinero adeudado á ia escuadra chilena contenía 
ítems por salarios, recompensas ofrecidas, presas, pagos por buques 
tomados y usados por el gobierno peruano y flete de naves pertene- 
cientes á la escuadra y usados como transportes, sin contar el precio 
de la lona, de los cordeles y de los equipajes para marineros. San 
Martín estaba comprometido á pagarlo todo ai gobierno de Chile, 
q\ie había alistado toda la expedición. 



134 MARÍA GRAHAM 

cutible) que hayan sido pagadas ahora con el mismo di- 
nero que en ese entonces estaba ocioso en poder de us- 
ted? Debo agregar aquí que la promesa de repartirse con 
los soldados el 20 por 100 de las entradas de aduana no ha 
satisfecho las esperanzas de los marineros, que saben ya 
por experiencia lo que son esas reparticiones. La adver- 
tencia que á usted le hice de que no podía entretenérseles 
por más tiempo con ese halago, estaba basada en mi largo 
conocimiento de sus caracteres y disposiciones, y los he- 
chos han comprobado la necesidad de lo que le he dicho 
á usted, y pueden comprobarla más plenamente todavía. 

¿Por qué, señor, ha puesto usted la palabra "inmedia- 
tamente" en su orden para que salgamos del puerto? 
¿No habría sido más decoroso haber sido menos peren- 
torio, sabiendo, como usted lo sabe, que la demora en el 
pago ha dejado sin tripulación á los buques? ¿Que la ab- 
soluta desatención á todos mis reclamos ha dejado á la 
escuadra destituida de provisiones y que los marineros 
han sido cohechados por personas que proceden bajo la 
autoridad del gobierno del Perú? 

¿Por qué no me ha dado usted una respuesta á la car- 
ta oficial de fecha 23 que le dirigí invitándole á poner 
término á tan injustificables procedimientos? No me fué 
bastante desembarcar los víveres que la Moctezuma traía 
para la escuadra, mientras ésta tenía absoluta necesidad 
de ellos, fuera del insulto de poner guardias á bordo y 
en tierra, como si usted sintiese el convencimiento de que 
la necesidad á que tenía reducida la escuadra podía au- 
torizar el empleo de la fuerza para recobrar los alimen- 
tos. Y si era así, ¿por qué lleva el gobierno del Perú las 
cosas hasta este extremo? 

Mucho le agradezco los elogios que usted rne dedica 
por los servicios que he prestado desde el 20 de Agosto 
de 1820, y que deben ser dedicados al país que sirvo. Le 
aseguro á usted que mi celo por el servicio de S. E. el 
Protector del Perú no había experimentado decaimiento 
alguno hasta el día 5 de Agosto en que tuve conocimien- 



DIARIO 135 

to de la instalación de S. E., cuando en presencia de us- 
ted mismo reveló sentimientos que me produjeron esca- 
lofríos y que ning-ún acto posterior, ninguna protesta de 
intenciones, ha podido disimular más tarde. 

Demasiado bien recuerdo las palabras que profirió, 
inspiradas por pensamientos que era de haberle rogado á 
Dios iio se los hubiera nunca permitido. ¡Ah! ¿no dijo, 
no lo oí yo mismo declarar que no pagaría la deuda á 
Chile, ni los sueldos atrasados de la escuadra, si Chile 
no le vendía su escuadra al Perú? ¿Qué habría pensado 
usted de mí, de un oficial que ha jurado serle fiel al Es- 
tado de Chile, si yo hubiese prestado oídos á semejante 
lenguaje con el frío silencio del cálculo, pesando mi de- 
cisión en la balanza del interés personal? No, señor; la 
promesa de que "mi fortuna sería igual á la de San Mar- 
tín", nunca me hará apartarme del camino del honor. 

Su obediente y humilde servidor, 

Cochrane." 

Después de esta carta, poca fué la correspondencia que 
se cruzó entre lord Cochrane y San Martín, y ninguna de 
carácter amistoso. Su señoría continuó el pago de los ofi- 
ciales y marineros, y como después de la caída del Callao 
el principal objetivo de Chile consistía en apoderarse ó 
destruir las dos fragatas Prueba y Venganzay que eran los 
últimos buques españoles que quedaban en el Pacífico, se 
aprestó para hacer rumbo al Norte en su persecución, 
zarpando por fin el 6 de Octubre con ese objeto (1). 



Tiempo es ya de volver á los asuntos domésticos de 
Chile. Benavides mantenía todavía una activa y cruenta 

(1) La escuadra se componía entonces de la (y Higgins, capitán 
Crosbie; Valdivia, capitán Cobbet; ¡udependencia, capitán Vilkinson; 
Lautaro, capitán Worcester, y San Fernando. 



136 MARÍA GRAHAM 

lucha en el Sur de Chile, y José Miguel Carrera, foguea- 
do por la experiencia de ocho años y sediento de vengan- 
za contra los exterminadores de sus hermanos, estaba á 
la cabeza de un ejército reducido pero animoso, y se 
había abierto paso con las armas por el continente de la 
América del Sur, haciendo alianzas con los indios y co- 
municándose por medio de ellos con Benavides y con los 
muchos descontentos que había en Chile. 

Benavides había tenido varios encuentros afortunados; 
pero, en general, iba perdiendo terreno. Los jefes patrio- 
tas, de los cuales Freiré era sin duda el más distinguido, 
habían ido estrechándolo gradualmente, y á pesar de que 
incitaba á los indios á cometer las mayores depredacio- 
nes, incendiar las haciendas y saquear las cosechas de 
las provincias del Sur, no recibía de ellos la ayuda nece- 
saria para eludir su destrucción final, y menos podía re- 
cibir auxilios del exterior, por haberlo hecho imposible la 
superioridad de la escuadra chilena. 

El ejército de Carrera, que sus propias victorias tenían 
diezmado, y que ahora apenas contaba unos 500 hombres, 
cuya marcha entorpecían gran número de mujeres y otros 
allegados, era completamente derrotado el 31 de Agosto. 

Carrera, su segundo, don José María Benavente, con 
23 oficiales más, cayeron prisioneros en la Punta del 
Médano y fueron llevados á Mendoza, donde aquél y va- 
rios de sus oficiales principales fueron fusilados en la 
plaza pública, empleándose para ello los recursos de la 
más injustificable crueldad y de la más falsa política. 

Por lo que hace á la causa de la salvación de Bena- 
vente y á los detalles de la muerte de don José Miguel, 
me refiero á la publicación de Mr. Yates que figura en el 
Apéndice; las gacetas en que se anunciaron al público 
estos sucesos respiran tanta ferocidad, tanto espíritu de 
venganza, que son una vergüenza para los jefes de la Na- 
ción y para la época. 

Don José Miguel Carrera tenía solamente treinta y 
cinco años de edad. Era su persona notablemente her- 



DIARIO 137 

mosa y su bella fisonomía predisponía á su favor. He oído 
decir que sus ojos parecían poseer cierto poder de fasci- 
nación sobre las personas á quienes se dirigía. 

De todos los individuos que se han hecho notar en la 
lucha por la independencia de Sur-América, era, induda- 
blemente, el más amable: de carácter muy versátil, tenía 
una imaginación muy vivaz y grandes facultades que reve- 
laba en cualquier cosa á que se contrajera. He oído con- 
tar que mientras residía en Montevideo quiso imprimir 
algunas proclamas para distribuirlas, y como no encon- 
trara elementos para ello, se encerró semanas enteras en 
su casa y construyó una prensa é imprimió él solo su ma- 
nifiesto. 

Era de espíritu alegre y cariñoso, y su cuerpo no cono- 
cía la fatiga; pero tenía muy poca prudencia y ninguna 
reserva; de manera que tan poco podía confiársele los 
planes ajenos como descansar en los suyos propios, que, 
sin embargo, eran siempre concebidos con precisión y 
energía y encaminados rectamente al objeto que se tenía 
en vista, pero que él luego daba á conocer abiertamente. 

Carecía de educación, porque no tenía ni principios ni 
ilustración que lo guiaran, y creo que su carácter no puede 
compararse á ningún otro con más semejanza que al del 
duque de Buckingham que figuró durante el reinado de 
Carlos II. No es de extrañarse, pues, que no lograra colo- 
carse, ó más bien dicho, mantenerse á la cabeza de nin- 
guno de los estados recientemente independizados de I a 
América del Sur. 

Su afición á los placeres lo metió en gastos que le ab- 
sorbían los medios que debía haber empleado en gratifi- 
car ó pagar á sus parciales, y su natural despreocupado y 
llano no le permitió asegurar á aquellos que podían serle 
peligrosos. 

Después de su muerte, sus principales partidiarios y 
algunos de sus parientes más cercanos fueron estricta- 
mente encarcelados, otros desterrados, y varios huyeron 
á los bosques y las montañas, donde vivieron precaria- 



138 MARÍA GRAHAM 

mente hasta que pudieron hallar un refugio amistoso, ó 
hasta que la ''ley de olvido", de Septiembre de 1822, les 
permitió volver á sus hogares. 

La suerte de Chile se vio, pues, libre de los peligros 
que le suscitaba aquella activa y poderosa familia. El 
padre había muerto poco después de la ejecución de sus 
otros dos hijos, y ahora se iba el último y el más grande 
de los de su casa. De los que llevaban el mismo apellido, 
don Carlos era un ciudadano pacífico que vivía en su 
hacienda en Viña del Mar, cerca de Valparaíso, sin mez- 
clase en política; de sus tres hijos sólo uno vivía, á quien 
sus rústicas costumbres y corta inteligencia parecían pre- 
servar tanto de hacer como de recibir daño alguno. 

De los otros dos, uno había perecido en los primeros 
tiempos de la revolución y el otro había sido asesinado 
en una insurrección, en Juan Fernández, donde se hallaba 
desterrado. 

La seguridad del Estado parecía todavía más asegurada 
con el aniquilamiento total de Benavides, en el mes de 
Diciembre. Este hombre era hijo del alcaide de la cárcel 
de Quirihue, Concepción, y había sido soldado de infan- 
tería en el primer ejército patriota; hecho prisionero por 
los realistas, ingresó á su ejército, pero luego fué captu- 
rado por Mackenna, que lo mandó á su cuartel, á orillas 
del Maule, para que fuera juzgado como traidor. De allí 
logró escaparse, prendiéndole fuego al rancho donde lo 
tenían prisionero, y volvió á reunirse con los realistas, 
entre los cuales se distinguió por sus talentos, llegando á 
tener un puesto importante en el ejército de Osorio. 

En la batalla de Maipú fué hecho prisionero otra vez, 
siendo condenado á muerte por desertor, con muchos 
otros: cayó entre los muertos, pero no murió como se 
creía; poco después mandó pedirle una entrevista á San 
Martin, que consintió en verlo solo en la plaza, debiendo 
ser la señal para darse á conocer que sacara tres chispas 
del mechero. Benavides hizo la señal, y San Martín, á su 
vez, le presentó su pistola. Benavides la hizo á un lado. 



DIARIO 139 

y notándolo sobresaltado le aseguró que no pensaba ase- 
sinarlo, sino servirlo, cosa que podía hacer eficazmente 
por el conocimiento local que tenía de las provincias del 
Sur y de las tropas que allí se encontraban. San Martín 
aceptó sus servicios, pero conservaba el temor que le 
había producido su repentina y fantástica aparición, y de 
aquí que, sin que hubiera el menor fundamento para supo- 
ner que intentara engañarle, comenzó á sospechar de él y 
trató de meterlo preso una vez más. 

El espíritu de Benavides se sublevó ante este proceder; 
acusado de traición, hízose traidor, si es que así puede 
llamársele, y se pasó resueltamente al ejército de Osorio, 
animado por un feroz deseo de venganza, que una vez 
despierto no se adormeció jamás en su pecho. De aquí 
se originaron todas las crueldades, y son monstruosas, en 
que incurrió. Asesinaba á sus prisioneros con toda sangre 
fría, y su mayor deleite era invitar á los oficiales prisio- 
neros á un suntuoso festín, y después que habían comido 
y bebido, los hacía conducir á un patio para ser fusilados 
allí mismo, presenciando él desde una ventana la ejecu- 
ción. A algunos á quienes les había prometido la libertad, 
entregábalos á los indios, cuya cruel conducta con los 
prisioneros de guerra es bien conocida. 

Cuando el general Prieto le escribió para informarle 
de la caída de Lima y de que era inútil que perserverara 
en su campaña, él le contessó que "mientras le quedara 
un soldado vivo lucharía contra Chile, por más que el 
el rey y la nación reconocieran su independencia". 

Alistó un corsario para piratear contra toda bandera, á 
fin de proporcionarse víveres y municiones. Por fin, el 
1.° de Febrero de 1822, convencido de que no podía sos- 
tenerse por más tiempo, trató de escaparse hacia alguno 
de los puertos españoles en una chalupa; pero habién- 
dose visto obligado á recalar en Topocalma en busca de 
agua, fué reconocido, apresado y enviado á Santiago, 
donde fué juzgado y sentenciado á muerte el 21 del 
mismo mes. 



140 MARÍA GRAHAM 

EI 23 fué sacado de la prisión, amarrado á la cola de 
una muía y ahorcado luego en la plaza del palacio; en 
seguida se le cortaron la cabeza y las manos para ser 
expuestas en las ciudades del Sur, que había asolado, y 
tales fueron las indignidades que se hicieron con sus 
restos que más parecen obra de la venganza de salvajes 
que castigo impuesto por un gobierno justo del siglo XIX. 

Sin embargo, el Director, al consentir en esta ejecu- 
ción, prohibió que se condenara á muerte á ninguno de 
los secuaces de Benavides, porque ya podía considerarse 
libre de enemigos la parte continental de Chile. Sólo 
quedaban las tropas que mandaba Quintanilla, que se 
hacían fuerte todavía en Chiloé. 

Es difícil inquirir de dónde salió, por entonces, el 
rumor de que al dirigirse lord Cochrane á los puertos del 
Norte, en persecución de las fragatas enemigas, nunca 
había de regresar á Chile (1). Es posible que tuviera su 
origen en el conocimiento del lastimoso estado de sus 
buques, en los cuales, probablemente, ningún otro mari- 
no hubiera osado hacerse á la mar, y que algunos espe- 
raban que nunca se volviera á oir hablar de él, como mu- 
chos lo temían. 

Sea como sea, San Martín aprovechó el período de su 
ausencia para tratar de arruinarle en la opinión del go- 
bierno de Chile, y envió á Chile á sus dignos emisarios, 
el coronel Paroissen (que todo lo debía á lord Cochrane) 
y García del Río, con un sartal de acusaciones, algunas 
de lo más ridiculas, y otras, aunque más sombrías de apa- 
riencia, igualmente falsas é imposibles tratándose de su 
señoría. San Martín, que no se atrevía á achacarle los vi- 
cios de su propio carácter, que eran la cobardía, la cruel- 



(1) Juzgando las cosas por sí propios, los divulgadores de la espe- 
cie pretendían dar á entender que el almirante, que había enviado su 
familia á Europa pEU-a atender á la educación de sus hijos, intentaba 
adueñarse en la costa de todas las propiedades de españoles que pu- 
diera, á fin de enriquecerse, y entonces no preocuparse más del país 
que se había comprometido á servir. Esos tales lo conocían bien poco. 



DIARIO 141 

dad y la perfidia, le atribuyó la avaricia y la falta de hon- 
radez, aduciendo como pruebas los reclamos que su 
señoría había hecho en interés de los marineros de la 
escuadra y de víveres para los buques (1). 

Si bien el gobierno no parecía creer los cargos, man- 
túvose en calma por temor de entrar en hostilidades con 
San Martín, no obstante que en las oficinas públicas de 
Santiago existían documentos que desautorizaban total- 
mente los cargos formulados contra el almirante. La últi- 
ma parte del memorial presentado por García del Río y 
Paroissíen, pidiendo al Director que aplicara á lord Co- 
chrane el condigno castigo por faltas contra el honor y 
la dignidad del Protector del Perú, nos revelan todo el 
secreto de los motivos que tenía su excelencia para ata- 
car á aquel que el pueblo llamaba generoso y valiente, 
mientras llamaba sólo afortunado á San Martín. 

Entretanto, la escuadra se había dirigido á Guayaquil; 
y á pesar de la opinión corriente de que el río era peli- 
groso, ó más bien innavegable para buques de gran cala- 
do, á no ser que desembarcaran sus cañones á la entrada, 
el almirante mismo piloteó la O'Higgins hasta la ciudad 
y dejó asombrados á los habitantes al presentarse delante 
de sus fuertes el 28 de Octubre, con el Independencia, el 
Valdivia, el Araucano, el San Fernando y el Mercedes. 
Fueron sumamente bien recibidos y cambiaron saludos 
con los fuertes. 

Lord Cochrane se consagró en seguida á reparar y 
abastecer sus buques, para cuyo efecto no podía darse 
un sitio más aparente que aquél; había allí maderas de 
construcción de todas clases y muchos operarios exce- 
lentes; el gobierno patrocinaba y estimulaba todos sus 
trabajos, y de ambas partes ofreciéronse diversiones pú- 
blicas, que contribuyeron á mantener las más amistosas 
relaciones. 



(1) Estas acusaciones las hicieron circular habilidosamente en 
Valparaíso, variado sólo la forma en algunas copias, según las perso- 
nas á quienes iban dirigidas. Yo he visto dos variedades. 



142 MARÍA GRAHAM 

Los gastos originados por las reparaciones y por el 
abastecimiento de los buques fueron cubiertos por su se- 
ñoría con el dinero que tenía á bordo, perteneciente á él 
mismo y á la escuadra, cosa que se hizo voluntariamente en 
la confianza de que el gobierno de Chile les reembolsaría 
esas sumas, y con el deseo de cumplir cuanto antes su 
objeto de arriar hasta las últimas banderas españolas que 
flotaban en el Pacífíco. 

Los operarios se expidieron con tanta diligencia, que el 
20 de Noviembre estuvieron los buques listos para ha- 
cerse á la mar. Cuando llegó el momento de la partida 
de lord Cochrane, el pueblo de Guayaquil lo saludó con 
un poema en su honor, iluminado con letras doradas y 
colocado bajo un cristal en un marco de ébano tallado. 
Su señoría correspondió á esta atención con una procla- 
ma al pueblo de Guayaquil, que comienza así: 

"Á LOS DIGNOS É INDEPENDIENTES HABITANTES 
DE GUAYAQUIL 

„La acogida que habéis dispensado á la escuadra de 
Chile no sólo revela los generosos sentimientos de vues- 
tros corazones, sino que prueba, si tal prueba fuere nece- 
saria, que un pueblo capaz de afirmar su independencia 
á despecho de todo poder arbitrario, tendrá siempre no- 
bles y superiores sentimientos. Creédmelo, el Estado de 
Chile os quedará reconocido para siempre de vuestro 
concurso, y muy en particular el Supremo Director, gra- 
cias á cuyos esfuerzos se creó la escuadra, y á quien en el 
hecho la América del Sur debe todos los beneficios que 
de ella se han derivado. 

„Ojalá seáis tan libres como sois independientes, y que 
vuestra independencia sea tanta como la libertad que 
merecéis. Con la libertad de la prensa, que ampara ahora 
vuestro ilustrado gobierno, Guayaquil no será jamás es- 
clavizado. 

«Observad la diferencia que en la opinión pública ha 



DIARIO 143 

producido un año de independencia. En aquellos á quie- 
nes mirabais como vuestros enemigos, habéis descubierto 
á vuestros verdaderos amigos; y os habéis dado cuenta 
de que aquellos que juzgabais amigos eran vuestros ene- 
migos. 

„ Recordad las ideas que hasta hace poco tiempo se aca- 
taban respecto al comercio y á los manufactureros, y com- 
paradlos con las justas y liberales nociones que ahora te- 
néis sobre esas materias. Acostumbrados como estabais 
á las estrechas miras del monopolio español, ¿no creíais 
una verdadera defraudación para Guayaquil el que su co- 
mercio no estuviese limitado á su propios comerciantes? 
¿No se les impedía á todos los extranjeros, por medio de 
leyes prohibitivas, la atención de sus negocios ó intereses 
particulares, como si sólo hubiesen venido aquí para 
vuestro exclusivo provecho? Y teníais oficíales, marineros 
y buques para vuestro comercio, excluyendo á los de las 
demás naciones. 

„Ahora os dais cuenta de la verdad y tenéis un gobier- 
no ilustrado, dispuesto, no sólo á seguir á la opinión pú- 
blica en la promoción de vuestra riqueza, de vuestra fe- 
licidad y de vuestra fuerza, sino para apoyarla con el 
glorioso privilegio de esparcir por medio de la prensa 
las justas opiniones de grandes y sabios hombres sobre 
los asuntos políticos, sin temor á la Inquisición, al látigo 
ó al garrote." 

Sigue lord Cochrane ponderando los grandes benefi- 
cios del comercio libre, comparados con las desventajas 
del monopolio, que hace á la comunidad tributaria de 
unos cuantos privilegiados, y después de trazar con gran 
amplitud de miras el brillante porvenir que le espera á 
un pueblo de ideas liberales que abre sus puertas al co- 
mercio y al capital extranjero y cuyos destinos están regi- 
dos por un gobierno ilustrado y guiados por una prensa 
independiente, concluye: 

"Dad al Nuevo Mundo un ejemplo con la amplitud de 
vuestras miras, y así como por su situación es Guayaquil 



144 MARÍA GRAHAM 

la República Central, así también llegará á ser el centro 
de la agricultura, del comercio y de las riquezas de esta 
porción del globo. 

«¡Quayaquileños! la libertad de vuestros sentimientos 
y la justicia de vuestros actos y opiniones son un baluarte 
para vuestra independencia y libertad, mucho más seguro 
que el que puedan ofrecerle ejércitos y escuadras. 

„Que prosigáis por el camino que ha de haceros tan 
libres y dichosos cuanto es fértil y ha de ser productivo 
el territorio que poseéis, tal es el sincero deseo de vues- 
tro reconocido amigo y servidor, Cochrane." 

He traducido este documento para dar á conocer el 
espíritu que animaba á lord Cochrane en sus relaciones 
con los pueblos de la América del Sur. Nada de mezqui- 
nas intrigas ni de componendas para obtener ventajas 
personales ó poderío, que en la situación en que él se 
hallaba podía haber ensanchado á su antojo, sino que 
contentándose con las ventajas que se derivaban simple- 
mente del servicio á que se había consagrado, dedicó 
todo su empeño á ilustrar á los pueblos que protegía y á 
enseñarles los principios de una libertad racional. 

Paso ahora á relatar su expedición á Acapulco, lo que 
me hará ocuparme de los asuntos de Chile y de su escua- 
dra hasta la fecha de mi arribo á Valparaíso. 

Aunque la escuadra dejó á Guayaquil el 20 de No- 
viembre, llegó el día 3 de Diciembre antes de que pu- 
diera salir del río. La necesidad de hacerse cuanto antes 
á la mar en busca de las fragatas enemigas no había per- 
mitido, naturalmente, más que algunas reparaciones pasa- 
jeras de los buques, y en el libro de navegación de la 
O'Higgins he leído que el buque tenia una vía de agua 
que hacía tres pulgadas por hora. 

El 5, el almirante prosiguió su viaje, sin embargo, cer- 
ca de la costa y examinando todos los puertos y bahías 
por si encontraba los buques que perseguía. El 19, los 
buques fondearon en la bahía de Fonseca para tomar 
agua y reparar las bombas de la O'Higgins, que por en- 



DIARIO 145 

tonces se hallaban inservibles á causa de su constante 
trabajo. 

Como fuera muy salobre el agua que se descubrió pri- 
mero, despachóse á los botes en busca de otras aguadas, 
que se descubrieron el día 21, á ocho millas del primer 
fondeadero; el 25, los buques se trasladaron á ese punto, 
que fué denominado bahía de Pascua. Hubo que comen- 
zar por rozar los bosques para abrirse camino hasta la 
aguada, que era abundante y agradable. 

En el entretanto, la O'Higgins había logrado habilitar 
dos nuevas bombas, pero el agua había subido á tal altu- 
ra en la bodega, que toda la gente tenía que estar echán- 
dola á baldadas por las escotillas, y aunque el 26 tenía 
ya compuestas todas sus bombas, hubo que aclarar la bo- 
dega de popa y el pañol del pase para librar las provisio- 
nes. Durante todo ese tiempo de dificultades y penurias 
el almirante fué el primero en todos los trabajos para li- 
blar el buque y sostener á la gente, y el último en acor- 
darse comodidad alguna. 

En cierta ocasión en que cada uno lo daba todo por 
perdido y el carpintero declaraba por fin, con lágrimas 
en los ojos, que ya no podía hacer más, lord Cochrane 
ocupó su lugar, trabajó en persona hasta que las bom- 
bas pudieron funcionar é infundió en todos el valor y la 
energía que permitieron asegurar la salvación del buque. 

Pero la tripulación estaba tan gastada con el incesan- 
te trabajo de las bombas y del baldeo, que hubo que pe- 
dir 30 hombres de la Valdivia y 20 de la Independencia 
para el servicio de las bombas; por fin, habiendo vaciado 
el buque, la escuadra surgió el 28 de la bahía de Fon- 
seca. 

El 6 de Enero de 1822 lord Cochrane entró á la bahía 
de Tehuantepec en demanda de agua, donde observó 
cinco volcanes no lejos de tierra; se dice que el distrito 
vecino es fértil; la ciudad del mismo nombre tiene una 
bahía muy regular que, sin embargo, presenta el incon- 
veniente de estar atravesada por una barra á la entrada. 

10 



146 MARÍA GRAHAM 

El 15 viraron de nuevo en dirección á una isla donde 
encontraron agua fresca en abundancia; y después de ha- 
ber refrescado y hecho agua prosiguieron el viaje el 19 y 
anclaron el 29 en Acapulco. Esta ciudad, que debe toda 
su antigua celebridad á las ricas flotas de Manila y de 
España que acostumbraban anclar en su bahía, espaciosa 
y segura, apenas si tiene ahora la importancia de una al- 
dea. Tiene, sin embargo, una fortaleza, una iglesia parro- 
quial y dos conventos. 

Su población permanente es ds unas 4.000 almas, cuyo 
número se dobla cuando llega el único buque que viene 
actualmente de Manila. Entonces se celebra una gran fe- 
ria, á la cual concurren todos los habitantes del país, que 
permanecen algunas semanas en Acapulco para realizar 
sus negocios, regresando lo más pronto posible á sus ho- 
gares para escapar á la fiebre endémica de esos lugares. 

A pesar del aire fresco que se hace pasar á través de 
la famosa abra de San Nicolás, el clima es cálido, húme- 
do y malsano. Disgustado con las miserias é insolencias 
del gobernador y avisado de que las dos fragatas habían 
pasado para Guayaquil, lord Cochrane abandonó el puer- 
to el día 3 de Febrero para proseguir viaje al Sur. 

Fué éste mucho más penoso que el viaje al Norte. A 
más de los frecuentes y repentinos temporales de viento, 
había que sufrir la escasez de agua, que era tal, que ha- 
bía que estar alertas á cada chubasco para recoger en las 
velas el agua de la lluvia; y esta era toda el agua con que 
se contaba para las tripulaciones en muchos casos. 

El capitán Crosbie me ha referido que muchas veces 
se sentaba en uno de los botes, con el sombrero exten- 
dido para recoger un buen trago de agua, que en e«30s 
momentos, de un calor horrible, era la mayor delicia. Du- 
rante todo este tiempo, la vía de agua de la O'Higgins 
había seguido agrandándose, y para colmo de desdichas, 
el 10 se descubrió en la Valdivia una vía de agua más 
peligrosa, que comenzó á hacer tres pies de agua por 
hora. 



DIARIO 147 

La Independencia, que se hallaba bien recorrida, re- 
cibió orden de permanecer en sus costas para su vigilan- 
cia y también para acechar á los buques españoles que 
pudieran ir á rondar por allí. 

Recaló en la bahía de San José para hacer agua, salar 
carne y procurarse alumbrado, después de lo cual prosi- 
guió en su inspección y no llegó á Valparaíso sino el 29 
de Junio. Durante este viaje, un teniente, dos soldados 
y dos marineros de su dotación fueron asesinados en 
tierra. 

Lord Cochrane se detuvo en la bahía de Tacames^ 
cerca del río Esmeralda, para tomar provisiones, y en 
compañía de la Esmeralda prosiguió viaje á Guayaquil, 
donde se había producido una decidida mudanza en el 
ánimo del gobierno. Los agentes de San Martín habían 
estado allí, y en parte con halagos y en parte con amena- 
zas, habían inclinado al gobernador al partido de su jefe, 
haciendo nacer en él recelos contra lord Cochrane, que 
si podían tener algún justificativo, dadas su energía y acti- 
vidad, habríalos desvanecido en absoluto el conocimiento 
de su carácter y de su conducta. Como se hicieran algu- 
nas intentonas para incomodarlo y aun para intimidarlo, 
su señoría llegó con sus naves hasta la altura misma de 
los fuertes, anclando delante de ellos, y los llamó al orden, 
ya que no á la deferencia. 

En Guayaquil encentró á la Venganza, á la cual tenía 
derecho para considerar legítima presa, ya que la había 
hecho arrancar de todas partes, forzándola á refugiarse 
en aquel puerto en estado de rendirse, estado en que 
también había llegado la Prueba al Callao. Pero los agen- 
tes del Perú habían entrado en tratos con los comandan - 
tes de la Venganza y de la Prueba y les habían prometi- 
do tierras y pensiones si consentían en entregar sus bu- 
ques al gobierno del Perú, á lo que accedieron. 

De esta manera le escamoteaba San Martín á Chile las 
presas que pertenecían á su escuadra, é inducía á los je- 
fes españoles á vender los buques cuyo mando les había 



148 MARÍA GRAHAM 

confiado su gobierno. Resuelto, sin embargo, lord Co- 
chrane á no meter al país que servía en dificultades de 
ningún género con sus vecinos, mandó al capitán Cros- 
bie á tomar el mando de la Verganza para Chile y el 
Perú unidos, y ante las representaciones del gobierno de 
Guayaquil, dejó la fragata bajo los colores de dicho Es- 
tado, obteniendo la promesa de que no sería entregada 
á ningún otro gobierno sin el expreso consentimiento de 
Chile, bajo una multa de 8.000 pesos. 

Pero, para estos gobiernos de Sur-América, los com- 
promisos son cosa de risa. Al poco tiempo se rompió lo 
pactado, sin que jamás se pagara la multa estipulada; de 
manera que los oficiales y tripulantes de la Armada que 
los habían perseguido por su cuenta y habían pagado las 
reparaciones, aparejos y provisiones necesarios, no sólo 
no han recibido la recompensa debida por la captura de 
esos buques, sino que han sido literalmente defraudados 
de las sumas que habían gastado en la persecución. Las 
causas y las consecuencias de esta falta de probidad pú- 
blica quedarán de manifiesto con algunos datos que más 
adelante se darán á conocer. 

La escuadra recaló en Guambacho, pequeña bahía al 
Sur de Guayaquil, para permitir que la Valdivia pudiera 
carenarse. Reparósele la vía de agua de babor, que era la 
más seria, manejándose con las bombas para vaciar el 
agua que hacía la vía de estribor. Los buques prosiguie- 
ron su viaje y el 25 de Abril llegaban al Callao (1), don- 
de permanecieron hasta el 8 de Mayo. A su arribo, San 
Martín hizo todos los esfuerzos posibles para atraerse á 
lord Cochrane, pero sin resultado. 

Monteagudo fué á bordo á visitar á su señoría. Le ase- 



(1) Se cuenta que cuando el honorable capitán F. Spencer, del 
Alacrity, de la armada de su majestad británica, saludó á la insignia 
de lord Cochrane, su señoría se vio imposibilitado para devolver la 
atención hasta el día siguiente, por tener cargados sus cañones, ya 
que no había seguridad para estar en el Callao sin tomar precau- 
ciones. 



DIARIO 149 

guró que San Martín le profesaba la más alta estima y lo 
invitó á bajar á tierra, donde el ministro Torre Tagle te- 
nía dispuesta su propia casa para recibirle. Propúsole que 
tomara el título de almirante de las escuadras unidas del 
Perú y Chile, lo cual sólo era una treta para llegar á en- 
trar en posesión de los buques chilenos. 

Desarrollóle el plan que ideaba San Martín para apo- 
derarse de las islas Filipinas, con lo cual podría adquirir 
una inmensa fortuna, y, entre otros halagos que cuadira- 
ban muy bien en realidad con los gustos semi-bárbaros 
de su amo, habló á lord Cochrane de una estrella de dia- 
mantes de la Orden del Mérito que le tenían dedicada y 
que, junto con una amable carta de San Martín, le ha- 
bían reservado al recibo de la carta que el día anterior 
había dirigido al ministro de la Guerra anunciándole su 
arribo. 

A todo esto respondió lord Cochrane que él no podía 
ni quería aceptar título, empleo ni honores de un gobier- 
no fundado en el desconocimiento de la fidelidad, que 
había prometido la libre elección de su constitución al 
pueblo del Perú y que sustentaba la tiranía, la opresión y 
la violación de toda ley: que no se izaría á bordo de sus 
naves otra bandera que la bandera de Chile, ni izaría su 
insignia á bordo de la Prueba, porque no quería engañar 
al gobierno del Perú; que agradecía á Torre Tagle el 
ofrecimiento de su casa, pero estaba resuelto á no poner 
pie en una tierra gobernada no sólo sin ley, sino contra 
toda ley, y que en cuanto á fortuna, eran modestos sus 
hábitos y suficientes sus recursos. 

He referido detalladamente esta conferencia, porque 
tuvo lugar el 26 de Abril, seis semanas después de que 
García del Río y Paroissien habían presentado al gobier- 
no de Chile una serie de acusaciones contra lord Cochra- 
ne, reclamando contra él una venganza especial en nom- 
bre de su superior. Esto presenta el carácter y la conduc- 
ta de San Martín bajo un aspecto tan odioso, que permi- 
te dar entero crédito á la idea de que haya sido él el ins- 



150 MARÍA GRAHAM 

tig-ador de dos tentativas que por entonces se hicieron 
para asesinar al almirante por unos individuos que trataron 
de introducirse furtivamente á bordo del buque. Uno de 
ellos era un ¡ng-lés que había estado preso durante algún 
tiempo en el Callao por un crimen odioso, y que fué 
puesto repentinamente en libertad, sin que nadie supiera 
cómo ni por qué. 

Este facineroso, al ser descubierto en acecho junto al 
buque, no pudo dar cuenta de quién era ni de cuáles eran 
sus propósitos, y sólo se supo que estaba proteg-ido por 
San Martín. Nadie que conozca el carácter de MDnteagu- 
do podrá dudar de que sea él el agente oficioso de un 
plan para ultimar á lord Cochrane con el propósito de 
hacerlo desaparecer, y que, tanto él como San Martín 
usaran los más cortesanos halagos para atraerlo á tierra 
para el mejor y más seguro cumplimiento de su ven- 
ganza. 

No habrá de parecer esto extraño á los que recuerden 
la suerte de los prisioneros de guerra que llevaban cartas 
para el gobernador de San Luis, en las cuales se les de- 
seaba fueran tratados con toda cortesía y distinción y fes- 
tejados tres ó cuatro días; pero había que tener cuidado 
con que no pasaran por cierto bosque, en el cual muchos, 
y entre ellos el coronel Rodríguez, habían desaparecido, 
sin que se hubiese oído hablar más de ellos desde en- 
tonces. 

Lord Cochrane permaneció delante del Callao hasta 
el 9 de Mayo; pero en vano reclamó el pago de los suel- 
dos y las presas que el gobierno del Perú adeudaba á la 
flota chilena y los víveres y pertrechos necesarios. El mie- 
do que se apoderó de San Martín durante el tiempo que 
el almirante permaneció allí era de lo más ridículo. 

Hizo rodear á la Prueba con amarras y cadenas y que 
se embarcara en ella tanta gente, que de noche apenas 
si podía contenerla, haciéndose todo lo posible para im- 
pedir que algo parecido ocurriera en la Esmeralda) pero 
se ha dicho que su señoría había dado palabra de que no 



DIARIO 151 

intentaría apoderarse de ella, cosa que de otra nnanera 
hubiera hecho en pleno día, á pesar de todas las precau- 
ciones. 

El 2 de Junio, lord Cochrane llegó con la O'Higgins y 
la Valdivia á Valparaíso. El 4, el supremo gobierno le 
dirigió desde Santiago las siguientes cartas de congratu- 
lación y de agradecimiento para él y sus oficiales, presen- 
tándose todas las cosas lo más favorablemente que podía 
desearse para el interés de la escuadra. 



«Ministerio de Marina 



Santiago de Chile 19 de Julio de 1822. 

Excmo. señor: 

El arribo de su excelencia á la ciudad de Valparaíso 
con la escuadra de su mando ha sido para el Supremo Di- 
rector motivo de la más viva satisfacción, y en los senti- 
mientos de gratitud que ha despertado la gloria adquirida 
por V. E. durante la última y prolongada campaña, en- 
contrará V. E. la prueba de la alta consideración que sus 
heroicos servicios tan justamente merecen. 

Cabe también una señalada distinción á los jefes y ofi- 
ciales que, fíeles á su deber, han permanecido á bordo de 
los buques de esta nación, y cuya nómina se ha servido 
V. E. hacerme el honor de remitirme. Pueden estos se- 
ñores tener la seguridad de que recibirán la recompensa 
debida á su laudable constancia. 

Sírvese V. E. aceptar las expresiones de mi mayor es- 
timación. 

Joaquín de Echeverría. 

A S. E. el honorable lord Cochrane, 
vicealmirante y comandante en jefe de la escuadra.* 



152 MARÍA GRAHAM 



"Ministerio de Marina. 



Santiago de Chile, 19 de Junio de 1822. 

Excmo. señor: 
Su Excelencia, el Supremo Director, deseoso de hacer 
pública demostración de los altos servicios que la es- 
cuadra ha prestado á la nación, ha resuelto la acuñación 
de una medalla para los oficiales y tripulantes de la es- 
cuadra, que llevará una inscripción que exprese la grati- 
tud de la nación para con los dignos sostenedores de su 
poder marítimo. 

De orden suprema, tengo el agrado de comunicar lo 
anterior á V. E., y ofreciéndole mi respetuosa considera- 
ción. 

Firmado: 

Joaquín de Echeverría. 

A S. E. el honorable lord Cochrane, 
vicealmirante y comandante en jefe de la escuadra." 



Lord Cochrane había pasado dos años y medio á la ca- 
beza de las fuerzas navales de Chile, habiendo captura- 
do, destruido ó forzado á rendirse á todos los buques es- 
pañoles que surcaban el Pacífico y limpiado de piratas la 
costa occidental de Sur-América. Bloqueándolas ó asal- 
tándolas á viva fuerza, había reducido las más importan- 
tes fortale.zas del común enemigo de los patriotas; había 
protegido el comercio con las potencias neutrales y había 
añadido mayor lustre á la causa de la independencia con 
hazañas dignas de su gran renombre y una firmeza y hu- 
manidad hasta entonces muy raras en la noble lucha por 
la libertad. 



DIARIO 



28 DE ABRIL.— 17 DE AGOSTO DE 1822 



Valparaíso.- Quinteros. 

A bordo de la fragata de S. M. Doris, en la bahía de 
Valparaíso, el domingo 28 de Abril de 1822 por la no- 
che. — Han transcurrido ya varios días, y todavía me sien- 
to sin fuerzas ni voluntad para reanudar mi diario. Hoy, 
la novedad deí puerto y los demás incidentes de nuestro 
arribo han logrado que mis pensamientos tomen cierto 
interés por las cosas que nos rodean. No puedo concebir 
espectáculo más glorioso que la vista de los Andes, que 
divisamos esta mañana al rayar el alba, cuando íbamos 
acercándonos á tierra; como si surgieran del seno mismo 
del océano, sus cumbres eternamente nevadas brillaban 
con toda la majestad de la luz, mucho tiempo antes que 
se iluminara la tierra; súbitamente apareció el sol de de- 
trás de ellos, y antes de divisar la costa navegamos toda- 
vía algunas horas. 

Al largar hoy el ancla, lo primero que vi fué el bergan- 
tín chileno Galvarino, que antes fué el bergantín de gue- 
rra británico Hecate, primer buque que tuvo á su mando 
mi marido y en el cual hice con él la navegación de los 
mares de las Indias Orientales. ¡Doce años han transcu- 
rrido desde entonces! 



154 MARÍA GRAHAM 

Hemos encontrado al Blossom, de la armada de su ma- 
jestad. Creo que su comandante, capitán Vernon, se hará 
cargo mañana del mando de este buque. 

Se hallan también aquí los buques de los Estados Uni- 
dos Fraiiklin y Constellation. 

En cuanto el comodoro Stewart avistó al Doris, que se 
acercaba con su bandera izada á media asta, se apresuró 
á ofrecer todos los auxilios y servicios que el buque pu- 
diera neceoitar,y cuando supo queyome encontraba á bor- 
do, volvió con Mrs. Stewart á hacerme una visita y á ofre- 
cerme un camarote en el Franklin, si yo prefería que- 
darme aquí hasta que encontrara una habitación en tierra. 

Lunes 29. — Hoy ha sido un día de prueba. Muy de 
mañana llegaron á bordo los sirvientes del capitán para 
preparar el camarote para el recibimiento de su jefe. 
Que lo que ha de suceder, suceda cuanto antes, tal es mi 
pensamiento. 

Poco después del almuerzo, el capitán Ridgely, de la 
h'agata de los Estados Unidos Constellation, estuvo á ha- 
cerme una visita con la señora y la señorita Hogan, que 
son la esposa y la hija del cónsul americano, para ofre- 
cerme todos los auxilios que estuviesen en sus manos, 
y me dijo que el comodoro había retardado el viaje de su 
fragata, la Constellation, que iba á doblar el cabo de 
Hornos, á fin de que pudiera llevar cartas de la Doris y 
que lo retardaría más todavía si yo deseaba aprovechar 
la oportunidad para regresar á mi hogar inmediatamente. 
Le agradecí mucho la oferta, pero no la acepté. Siento 
que no tengo salud ni ánimo para hacer un viaje tan 
luego. 

Inmediatamente después vino á bordo el gobernador 
del puerto, don José Ignacio Zenteno, con dos oficiales, á 
hacerme una visita de condolencia y de respeto. Me dijo 
que había reservado un sitio en la fortaleza, donde yo po- 
dría sepultar los restos de mi esposo, lejos de mi vista, y 
con todas las ceremonias y honores que nuestra iglesia y 
nuestro servicio prescriben, y prometió el concurso de sh 



DIARIO 155 

tropa, etc. Todo esto es muy bondadoso y es muy liberal. 

A las cuatro de la tarde me trajeron la noticia de que 
ia señora Campbell, una dama española casada con un 
comerciante inglés, me recibiría en su casa hasta que 
pudiera encontrar una habitación, y momentos después 
desembarqué. 

Difícilmente puedo darme cuenta cómo dejé el buque, 
ni cómo atravesé el puente donde apenas un año antes 
había sido tan bienvenida con sentimientos y esperanzas 
bien diversas. 

Hace ya dos horas que estoy en tierra. La señora 
Campbell tiene la bondad de dejarme en libertad para 
estar sola, atención que estimo como la más delicada que 
puede ofrecerme. 

Abril, Jí?.— Esta tarde la he pasado en mi ventana 
mirando hacia la bahía. La falúa del capitán de la Doris 
trajo á tierra los restos de mi indulgente amigo, compa- 
ñero y esposo. Acompañábanlos toda su gente y las tri- 
pulaciones del Blossom y de los buques americanos, con 
sus banderas unidas y entrelazadas con las de Inglaterra 
y Chile; sus músicos tocaban juntos los himnos adecuados 
al sepelio del hombre puro de corazón; la comitiva era 
numerosa y se habían agregado á ella muchos que pensa- 
ban en los que ya no existen, y muchos otros que desea- 
ban manifestar su respeto á nuestro país; todo, en verdad, 
me hace creer, y así lo creo, que se hizo cuanto pueden 
desear los sentimientos piadosos de nuestra naturaleza 
para los que se van, y si tales cosas pueden aliviar un 
pesar como el mío, ellas no han escaseado. 

Pero mi inteligencia se ha prosternado delante de aquel 
en cuyas manos están las fuentes de la vida y de la muer- 
te. Sé que no podré quedarme atrás por mucho tiempo, 
por más que se prolongue mi vida hasta los últimos ex- 
tremos de la existencia humana. 

Y confío que, cuando se me llame á otra existencia, 
podré decir: "¿Oh, muerte, dónde está tu arma? ¿Oh, 
tumba, dónde está tu victoria?" 



156 MARÍA GRAHAM 

Mayo, 6. — He pasado muy mal; mientas tanto mis ami- 
gos me han buscado una casita á alguna distancia del 
puerto, y me preparo para mudarme. 

9 de Mayo de 1822. — Tomo posesión de mi casita de 
Valparaíso y siento un indescriptible placer al encontrar- 
me sola y en medio de un gran silencio. 

Teniendo que ir y volver dos veces de mi casa á la de 
la señora Campbell, he visto todo lo que hay que verle 
por fuera á la ciudad de Valparaíso. Es un lugar que se 
extiende á lo largo, construido al pie de áridos cerros 
que dominan el mar y se avanzan tanto hacia él en al- 
gunas partes que apenas dejan trecho para una angos- 
ta callejuela, y se abren en otras hasta permitir dos 
plazas regulares, una de las cuales sirve de mercado, y 
tiene á un costado la casa del gobernador, que se halla 
espaldeada por una pequeña fortaleza que corona una 
colina. La otra plaza se ve honrada por la iglesia matriz, 
que como aquí no hay obispado, hace las veces de ca- 
tedral. 

De estas plazas arrancan varias quebradas, llenas de 
casas, que albergan á la mayor parte de la población, la 
cual se me ha dicho que llega á 15.000 almas. Un poco 
más lejos se halla el arsenal, que contiene algunos ele- 
mentos para la construcción de botes y la reparación de 
buques, y que ofrece una pobrísima apariencia, y más le- 
jos todavía, el fuerte, que termina el puerto por ese lado. 
Al oriente de la casa del gobernador la ciudad se ex- 
tiende medio cuarto de milla ó poco más, y entonces se 
juntan sus suburbios con el barrio del Almendral, situado 
en una extensa llanura arenosa, pero fértil, que dejan los 
cerros más apartados entre su pie y el mar. 

El Almendral se extiende como más de tres millas á lo 
largo, pero es muy angosto; las casas, como casi todas las 
de la ciudad, son de un piso. Su construcción es de ladri- 
llos sin cocer, que llaman adobes, y están blanqueadas y 
techadas con tejas coloradas. 

Hay en el barrio dos iglesias; la de la Merced tiene 



DIARIO 157 

muy regular aspecto, y dos conventos, fuera del hospital, 
que es una fundación religiosa. 

El Almendral está lleno de planteles de olivos y de 
huertos de almendros, de donde le ha venido su nombre; 
pero, si bien es el barrio más agradable de la ciudad, no 
lo consideran muy seguro para vivir en él sin peligro de 
ser robado y asesinado, por lo cual causó más asombro 
que aprobación mi propósito de alquilar una casa casi al 
fin del barrio. 

Por mi parte, me siento muy tranquila, porque creo que 
nadie roba ó mata sin tentación y sin provocación; y 
como no tengo nada para tentar á los ladrones, no he de 
provocar tampoco á los asesinos. 

Mi casa es una de los más acabados tipos de las vi- 
viendas chilenas. Consiste en un pequeño zaguán á la 
entrada y una espaciosa antesala de 16 pies cuadrados, á 
un extremo del cual se abre una puerta que da á un obs- 
curo dormitorio; en el zaguán hay una puerta que da ac- 
ceso á otra pieza más pequeña. 

Este es el cuerpo principal de la casa, que tiene al fren- 
te un espacioso balcón con vista al Sur-Oeste. Casi inme- 
diata está la pieza de sirvientes, y á corta distancia la 
cocina. El propietario, que negocia en caballos, tiene en 
los alrededores algunos establos y cuadras para ellos y 
para los bueyes, y varias casas para su familia y sus peo- 
nes, y ademas un despacho. 

Al frente de la casa hay un jardín que desciende has- 
ta el estero que me separa del Almendral, plantado de 
manzanos, perales, almendros, parras, duraznos, naranjos, 
olivos y membrillos, y además de calabazas, melones, re- 
pollos, papas, habas y maíz y unas cuantas flores; detrás 
de la casa se alza abruptamente un cerro rojizo y pelado. 
Crecen en él algunos arbustos muy hermosos, y por su 
falda transitan constantemente las recuas de muías que 
traen la leña, el carbón y las legumbres al mercado de 
Valparaíso. 

El interior de la casa es aseado, las murallas son blan- 



158 MARÍA GRAHAM 

queadas y el techo entablado, porque los cielos de estuco 
no soportarían los frecuentes temblores, de los cuales 
hemos tenido en la noche uno bastante recio. 

Ninguna casa de Valparaíso de la clase media osten- 
ta más de una ventana, sin vidrios, resguardada por lo 
general con barrotes de madera tallados ó con rejas de 
hierro. Por lo demás, esta ventana le toca á la antesala, de 
manera que el dormitorio está perfectamente á obscuras. 

Me considero muy afortunada con que el mío tenga 
puertas, pero como no hay ninguna entre el zaguán y la 
antesala, me he permitido colgar una cortina, con gran 
asombro de mí patrona, que no puede comprender cómo 
no encuentre entretenido observar los movimientos de 
los sirvientes y de las visitas que pueden estar en las pie- 
zas de afuera. 

Mayo 10. — Gracias á mis amigos de tierra y de la fra- 
gata, estoy ahora muy confortablemente instalada en mi 
reducido home. Todo el mundo se ha portado muy aten- 
to conmigo; un vecino me presta caballo, otro, tal utensi- 
lio que necesito; ni la nacionalidad ni las costumbres 
hacen diferencias. He llegado aquí habiendo menester de 
bondad y de ternura y las he recibido de todos. 

Me agrada mucho vagar por el cerro que está detrás 
de la casa, desde el cual se domina el hermoso panorama 
del puerto y de los cerros vecinos. Carece totalmente de 
cultivo, y en la mejor estación apenas crece algún pasto 
para las muías y caballos. En la actualidad, casi todos los 
arbustos están sin hojas y no crece ninguna hierba. Pero 
las variedades de plantas y arbustos vivaces están toda- 
vía bastante verdes para recrear la vista. 

Algunos de ellos, como la lobelia, conservan todavía 
algunas flores anaranjadas ó escarlata, y hay varias plan- 
tas parásitas cuyas flores, exquisitamente hermosas, ador- 
nan las desnudas ramas de los arbustos deshojados, y 
cuyas vivaces hojas verdes, con sus flores rojas y amari- 
llas, avergüenzan el severo color gris de los olivos, cuyos 
frutos comienzan á madurar. 



DIARIO 159 

La rojiza cumbre del cerro se presenta surcada aquí y 
allá por largas vetas de mármol y espato, y en sus faldas 
están señala Jas las profundas huellas de los torrentes in- 
vernales; en el lecho de éstos he encontrado unas piedras 
verdes de apariencia muy pulida y pedazos de cuarzos y 
gfranitos. Una de estas quebradas la trabajaron cierta vez 
por oro, pero la cantidad encontrada fué tan poco apre- 
ciable que el propietario no vaciló en abandonar la aven- 
tura y dedicarse á cultivar la chacra que está junta á la 
mía y que le rinde mejor producto para atender á su fa- 
milia. 

Suelo ir á dar un paseo por esa chacra, donde encuen- 
tro, ú más de las frutas que hay en la viña, higos, limo- 
nes y granados y los cercos llepos de rosas blancas. La 
señora de la casa es pariente cercana de mi patrona, y 
se ocupa en lavar, lo que de ningún modo significa que 
ni su rango ni sus pretensiones sean tan bajas como las 
de una lavandera europea. Su madre era dueña de no 
menos de ocho chacras; pero como ella tiene por lo roe- 
nos noventa años, aquello debe haber sido unos cien 
años atrás, cuando Valparaíso no tenía la extensión que 
ahora, y por consiguiente cuando las chacras eran menos 
valiosas. 

Sin embargo, la señora era una gran propietaria de 
tierras; pero, conforme á la costumbre de aquí, la mayor 
parte de éstas sirvió para dotar á una numerosa familia 
de mujeres, y se me ocurre que alguna parte sirvió tam- 
bién para pagar el oro que se encontró en quebrada de 
la hacienda. 

Al verme en su jardín, la anciana señora me invitó 
cortésmente á entrar. El corredor del frente de la casa es 
igual al que hay en la mía, pavimentado con ladrillo de 
nueve pulgadas y sostenido con macizos pilares de ma- 
dera, que la fantasía de los arquitectos chilenos ha tallado 
con cierto gusto. Allí encontré dos niños de los más her- 
mosos que he visto y una jovencita muy donosa, que son 
nietos de la vieja señora. 



160 MARÍA GRAHAM 

Todos se levantaron del banco en que estaban senta- 
dos y corrieron á recibirme, manifestándome la mayor 
amabilidad. Uno de los niños corrió en busca de su ma- 
dre, el otro fué á coger un manojo de flores para mí, y 
Juanita me condujo á la casa, obsequiándome unos her- 
mosos claveles. Del jardín pasamos inmediatamente á la 
sala, donde conforme á la costumbre, una estrecha ven- 
tana enrejada dejaba pasar una luz muy escasa. 

Al lado de la ventana, un largo banco cubierto con 
una especie de grosero tapiz de Turquía, hecho aquí, 
ocupa casi todo el largo de la pieza, y adelante hay una 
plataforma de madera, que llaman estrado, que se levan- 
tan unas seis pulgadas del suelo y tiene cerca de cinco 
pies de ancho, cubierto con un tapiz de la misma clase; 
el resto del piso es de ladrillos pelados. 

Una hilera de sillas de respaldo alto ocupa el costado 
opuesto de la pieza. En una mesa que hay en un rincón 
veo una curiosidad religiosa, como para niños, cubierto 
bajo un fanal de vidrio, es un pequeño Jesús, de cera, 
de una pulgada, que retoza en las faldas de una Virgen 
de cera, rodeados por José, los bueyes y los asnos, todo 
del mismo material, y decorado con musgo y conchillas! 

Al lado observo un jarrón con flores muy hermosas, 
dos utensilios de plata, de formas muy bonitas, que tomo 
al principio por accesorios religiosos, después por tinte- 
ros y que, finalmente, descubro que uno es el cenicero en 
que las jóvenes queman pastillas olorosas para perfumar 
sus pañuelos y sus mantos, y el otro es la taza que sirve 
para contener la infusión de hierba del Paraguay, que 
llaman mate comúnmente, y que todo el mundo bebe, ó 
más bien dicho, chupa aquí. 

La hierba tiene el aspecto de hojas secas de sen; se 
pone una corta cantidad en la tacita, con un poco de 
azúcar, y á veces con una cascarita de limón, se le echa 
el agua hirviendo, y al instante se chupa por medio de 
un tubo de unas seis pulgadas de largo. Este es el gran 
lujo de los chilenos, tanto hombres como mujeres. 



DIARIO 161 

Lo primero, en la mañana, es un mate; lo primero, des- 
pués de la siesta de la tarde, es también un mate. Toda- 
vía no le he probado, y me halaga muy poco la idea 
de usar el mismo tubo de que se ha servido una docena 
de personas. 

Me impresionó mucho la presencia de mi venerable 
vecina, que aunque encorvada por los años no presenta 
otras señales de enfermedad; su paso es rápido y ligero, 
y en sus grises ojos chispea la inteligencia. Siguiendo la 
costumbre del país, lleva descubiertos sus cabellos pla- 
teados, que le cuelgan por la espalda en una gruesa 
trenza; usa una camisa de hilo, recogida muy arriba del 
pecho y cuyas mangas le llegan hasta las muñecas; la 
enagua es de un género de lana blanca, y el vestido, de 
lana de color, es una especie de chaqueta cerrada, á la 
cual va unida una pollera llena de plegados y adornada 
con una doble corrida de botones al frente. 

Un rosario le cuelga sobre las faldas, y lleva siempre 
puesto el manto ó el pañuelo, que las demás se ponen 
solamente cuando tienen que salir á la calle ó hace mal 
tiempo. El vestido de la nieta no se diferencia mucho del 
de una francesa, sólo que el manto hace inútiles los som- 
breros, cofias y capotas. 

Las jóvenes, sea que se arreglen el pelo con peinetas 
ó que lo dejen colgando en trenzas, son muy amigas de 
adornarse con flores naturales, y es muy común verlas con 
una rosa ó un junquillo prendido detrás de la oreja ó en 
los aretes. 

Después de estar algún rato en la casa acepté la invi- 
tación de Juanita para ir á pasear por la huerta; parte 
estaba ya plantada de papas y parte estaba arándose 
para cebada, que la cortan en hierba para forraje. 

£1 arado es una herramienta de lo más rudo, tal como 
los españoles lo trajeron aquí hace trescientos años: un 
codo de madera reforzado en una punta por una plancha 
de fierro, forma el arado, en el cual se fija, por medio de 
cuñas, una pértiga ó palo largo; amarrada la pértiga al 

II 



162 MARÍA GRAHAM 

yugo de los bueyes, comienzan éstos á arrastrar el arado 
por el suelo, escarbando apenas la superficie. 

Lo que es un rastrillo, no lo he visto ni oído hablar 
de él. Con lo que se le reemplaza ordinariamente es con 
un atado de ramas, que arrastra un buey ó un caballo, y 
si no tiene bastante peso, se le agregan piedras ó el peso 
de uno ó dos hombres. 

Las calabazas, lechugas y repollos se cultivan con más 
cuidado; se forman surcos para su cultivo con las azadas 
de madera originales del país ó con palas de hierro de 
mango largo y forma parecida. El trabajo más considera- 
ble, sin embargo, es el que se consagra á la irrigación de 
las fincas, cosa indispensable con ocho meses de sequía. 
Una multitud de pequeños canales cruzan el campo en 
todas direcciones, y las horas para darles el agua se re- 
gulan de acuerdo con sus necesidades entre los vecinos 
por cuyos terrenos pasa la corriente común. 

En todas las chacras hay un huerto ó arboleda, peque- 
ño sin embargo, y pocas son las que no tienen su pequeño 
jardín, donde se cultiva la mayor parte de las plantas de 
flores conocidas en Inglaterra. El altramuz perenne y el 
anual son aquí plantas rústicas. Las plantas bulbosas ori- 
ginarias del país sobrepasan en belleza á muchas de las 
nuestras; sin embargo, las extranjeras son tratadas con in- 
justa preferencia. 

Las rosas, claveles y jazmines son justamente aprecia- 
das: la clavelina y el escaramujo olorosos son escasos, y 
la madreselva no se consigue; á la escabiosa la llaman 
aquí flor de la viuda, y los niños me la traen á manos 
llenas. 

Desde el jardín pasamos al lavadero, donde encontré 
una gran fogata de carbón encendido á la orilla de un 
lindo arroyuelo. En el fuego había un gran tiesto de co- 
bre lleno de agua hirviendo, en la que flotaba una hoja 
de tuna (cactus ficus Indians), planta á que se atribuye 
la propiedad de aclarar y suavizar el agua. Al lado había 
una ancha tinaja de greda, que me pareció que estaba 



DIARIO 163 

llena de burbujas de jabón, pero que luego vi que no te- 
nía nada de jabón común. 

El árbol llamado quillai, que es muy común en esta 
parte de Chile, da una corteza dura y rugosa, tan llena 
de materia jabonosa, que si se pone un pedazo envuelto 
en un trapo, se le humedece y después se le golpea en- 
tre dos piedras, produce lavaza, como el mejor jabón, de 
una calidad superior para desmanchar. 

Con ella se lavan todos los vestidos de lana, y tanto la 
seda como la lana adquieren con su uso un tinte tan fres- 
co como si fueran nuevos. Pedí un pedazo de la corteza 
seca; la parte interna está salpicada de cristales muy me- 
nudos, y el gusto es muy parecido al de la soda. 

Durante mi regreso á casa desde el lavadero tuve oca- 
sión de ver algunos ejemplares de los vehículos que se 
usan en Chile. Las ruedas, el eje, la cama, todo está ajus- 
tado sin un clavo ni ningún pedazo de hierro. Las ruedas 
se componen de un doble círculo de madera, dispuestos 
de modo que las junturas del uno quedan cubiertas por 
el otro, y las de éste están ajustadas con fuertes clavijas; 
el resto es de una sólida armazón de madera amarrada 
con tiras de cuero, que, puestas frescas, al secarse se 
contraen y endurecen y forman la más segura de las liga- 
duras. 

Tanto el piso de los coches como el de las carretas es 
de cuero; las carretas tienen un toldo de coligues y de 
paja muy bien trenzado; el del coche es comúnmente de 
lona pintada, cosida en una ligera armazón, con asientos 
á los lados y la entrada por detrás. 

El coche es tirado generalmente por una muía, si bien 
con frecuencia se emplean bueyes para el objeto; para 
las carretas se emplean siempre los bueyes, enyugados 
como para el arado. Estos animales hacen el viaje de 
aquí á Santiago, ó sea unas noventa millas, con una ca- 
rreta cargada, en tres días. 

Los bueyes son aquí tan hermosos como no los he vis- 
to en parte alguna del mundo; las muías también son par- 



164 MARÍA GRAHAM 

ticularmente buenas. Excusado es decir cosa alg-una de 
los caballos, que por su belleza, fuerza é inteligencia no 
tienen rival, no obstante su pequeño porte. 

11 de Mayo. — Tentada por la sorprendente belleza del 
tiempo y la suave frescura del aire, he salido esta maña- 
na á seg"u¡r el curso del pequeño estero que rieg-a mi jar- 
dín, en busca de su fuente. Después de faldear el cerro 
un buen trecho, siempre mirando hacia un fértil valle y 
de vez en cuando echando una ojeada á la bahía y me- 
tiéndome entre los árboles frutales, sentí el sonido de una 
caída de agua, y al dar vuelta rápidamente el ángulo de 
una roca me encontré en una quebrada llena de grandes 
peñascos de granito, que el hermoso torrente, al saltar de 
peña en peña, había despojado de su arcilla, yendo des- 
pués á caer en un pequeño lecho de arena en que relu- 
cían algunas partículas de mica con el fantástico brillo 
del oro. 

En este mismo punto, que los arrayanes hacían casi 
inaccesible, una espesura boscosa detenía parte del este- 
ro en su caída y lo echaba al canal trabajado en el cerro 
para el servicio de las tierras de cultivo de ese lado; el 
resto del estero corre hacia el camino de Santiago, donde, 
encontrándose con varios otros pequeños riachuelos, baña 
el otro lado del valle y encuentra su curso hacia la playa 
donde se vacia en el mar, formando una barra de arena, 
junto á una caleta llena de casas de pescadores. 

Subiendo un poco más por la quebrada, encontré en la 
cumbre de la caída de agua un lecho de mármol blanco 
en medio del opaco gris de la roca, y á cierta distancia de 
él, medio oculta por los arbustos, el agua formaba mil 
caídas entre los tupidos heléchos y las campestres flores; 
de los argentinos manantiales se esparce grata frescura, y 
sus caprichosos chorros surgen de las fuentes de granito 
para llevar la vida y ofrecerse chispeantes á nuestra sed. 
Pero en este valle, como en todos los que están inme- 
diatos á Valparaíso, los árboles escasean. Los arbustos, 
sin embargo, son muy hermosos y se presentan aquí y allí 



DIARIO 165 

mezclados con el áloe chileno (Pourretia coarctata) y los 
cardos silvestres, que alcanzan una altura considerable. 
Entre las humildes flores noté algunas variedades de las 
hierbas comunes de nuestros jardines: alcaravea, hinojo, 
salvia, tomillo, menta, ruda, zanahoria silvestre y varias 
clases de acederas. Pero no estamos en la estación de las 
flores; en una que otra parte se divisa una fucsia solitaria 
y una andromeda. No me hacen falta las flores; la sola 
sensación del aire libre, la verdura, la luz viva del sol me 
bastan para gfozar intensamente con este mi primer paseo 
campestre después de tanto tiempo que he pasado en 
el mar. 

Viernes 17 de Mayo. — Tres días de neblina y de 
lluvia nos previenen de la partida del tiempo seco y, en 
consecuencia, el dueño de la casa ha mandado trabaja- 
dores para arreglar el techo para el tiempo húmedo que 
va á llegar. Esto rae ha dado oportunidad para iniciar- 
me en todoá los misterios ds la albañilería y arquitectura 
chilena, ó sea ds la manera de edificar que hay aquí, 
sea cual sea la denominación que se le dé. Los pobres 
campesinos viven en chozas semejantes á las viviendas 
primitivas de todos los países; pero, construidas con 
menos cuidado aquí, donde el clima es tan suave y la 
temperatura tan igual, que con tal que el techo resista 
bien las lluvias no importan gran cosa las murallas. 
Estas chozas se hacen con estacas enterradas en el suelo 
y unidas entre sí por medio de palos transversales, ama- 
rrados con soga ó cordel, hecho con cáñamo del país, ó 
con correas. Algunos sólo tienen una espesa muralla de 
ramas de arrayán ó de hinojo, que algunos rellenan con 
arcilla en sus aberturas, blanqueando las paredes unas 
veces con cal, que los habitantes saben preparar en los 
yacimientos de conchas descubiertas en el país desde 
antes de la invasión de los españoles, sea con una espe- 
cie de ocre blanco, que es muy fino y se encuentra en 
grandes mantos en diversas partes del país. Los techos 
son de construcción^[más solida y tienen, generalmente, 



166 MARÍA GRAHAM 

sobre las vigías de soporte un techo de ramas revocado 
con barro y cubierto con hojas de palma tejera, que es 
muy común en los valles de Chile. Empléase también 
para los techos el hinojo, la caña y cierto pasto bastante 
largo y bonito. Por pobre que sea la casa, siempre tiene, 
sin embargo, una construcción separada para la cocina. 

Las casas mejores, la mía, por ejemplo, tiene murallas 
muy sólidas, muchas veces de cuatro pies de espesor, 
construidas de adobes de diez y seis pulgadas de largo, 
diez de ancho y cuatro de grueso. 

Tanto los adobes como la argamasa ó barro que sirve 
para asentarlos, se hacen de tierra común, que se prepara 
con este objeto en la vecindad. 

Cuando una persona desea edificar, hace una excava- 
ción en el cerro vecino y humedece la tierra suelta hasta 
que adquiere la consistencia y suavidad requeridas; en- 
tonces se le agrega una cantidad de paja picada y se le 
vuelve á pisar hasta que la paja queda igualmente distri- 
buida en la masa, que queda muy sólida. A los adobes se 
les da forma en unos moldes de madera, y en seguida se 
les pone á secar á la sombra, y por fin se les hace endu- 
recer á todo sol. 

Después que están construidas las murallas, se las deja 
asentarse algún tiempo antes de colocar las vigas, porque 
el techo es, en realidad, un peso formidable. 

Una espesa cubierta de ramas, con hojas y todo, se 
amarra primero con cordeles á las vigas, llenándose cui- 
dadosamente los huecos con coligues; sobre todo esto se 
extiende una capa de mezcla, ó más bien de barro, de cua- 
tro pulgadas de grueso por lo menos; en el barro se colo- 
can tejas redondas, con una mezcla de cal para pegarlas 
en hileras; de esta mezcla se da una mano más delgada 
sobre el revoque de barro, tanto por dentro como por 
fuera de las casas. 

Los edificios de adobes y las habitaciones rústicas que 
tienen tejado y cuyos muros están revocados por dentro 
y fuera se denominan casas; las demás se llaman ranchos, 



DIARIO 167 

g^eneraimente. La palabra rancho suele aplicarse también 
al grupo de habitaciones que sirven do residencia al cam* 
pesino chileno. 

Todo está aquí tan atrasado con respecto á las con- 
veniencias y mejoras de la vida civilizada, que si no re- 
cordásemos el estado de los high-lands de Escocia hace 
setenta años, sería de no creer que este país haya estado 
por más de tres siglos en poder de ua pueblo tan culto y 
tan brillante como era el pueblo español en el siglo XVI, 
cuando tomó por primera vez posesión de Chile. 

Las únicas prendas de vestir que se venden pública- 
mente en Chile son zapatos, ó más bien zapatillas, y som- 
breros. Esto no quiere decir que no se puedan comprar 
también géneros de Europa ó vestidos para las clases 
superiores, puesto que desde la apertura del puerto son 
tan comunes en Valparaíso las tiendas para la venta al 
detalle de toda clase de artículos europeos como en 
cualquier ciudad del mismo porte en Inglaterra. Es que 
las gentes del país conservan todavía la costumbre de hi- 
lar, tejer, teñir y hacerse todas las cosas para su uso en 
su misma casa, excepto los zapatos y sombreros. La rue- 
ca y el huso, la devanadera, el telar, especialmente este 
último, son de la más simple y grosera construcción; y el 
mismo telar, construido con unos cuantos palos cruzados, 
sirve para tejer la camisa ó los calzones de lienzo, la cha- 
queta de lana y la manta, lo mismo que la alfombra ó ta- 
piz que se extiende en el estrado, en la cama, en la silla, 
y se lleva á la iglesia como lleva el musulmán su estera 
á la mezquita para arrodillarse en ella á recitar sus ora- 
ciones. 

Las hierbas y raíces del país proporcionan abundantes y 
variadas tinturas, y pocas son las familias que no tengan 
una mujer entendida en las propiedades de las plantas 
sean medicinales ó para teñir. La corteza de quillai se 
usa constantemente para limpiar y restaurar los colores. 
El traje de los hombres de Chile se parece al de los 
campesinos del Sur de Europa: camisa y calzoncillos de 



168 MARÍA GRAHAM 

lienzo, chaqueta, chaleco y calzones cortos de paño con 
franjas de color en las costuras, abiertos y desabotonados 
en la rodilla para dejar ver los calzoncillos. En la vecin- 
dad de Valparaíso, sin embargo, está prevaleciendo el 
uso de los pantalones largos. 

La clase decente entre los hombres usa medias blancas 
de algodón ó de lana y zapatos de cuero negro; los hom- 
bres de condición inferior rara vez usan medias, y en vez 
de zapatos se ponen suecos de palos ó bien ojotas, pe - 
dazos de cuero cuadrados y ajustados al pie, y á ios cua- 
les se les da forma amarrándolos á una horma mientras 
están frescos todavía. El pelo se usa dispuesto en una 
gruesa trenza que cuelga por detrás, con un pañuelo de 
colores amarrado á la cabeza y encima un sombrero de 
paja afianzado con un lazo negro. En algunos departa- 
mentos se usas sombreros de fieltro negro; en otros, unos 
altos bonetes. 

Cuando el chileno monta á caballo, cosa que hace cada 
vez que la ocasión se le presenta, usa como abrigo el 
poncho, que es una prenda de vestir exclusiva de la Amé- 
rica del Sur: es un pedazo de paño cuadrado con una 
abertura en el centro, lo bastante ancho para dejar que 
pase la cabeza, y en particular es muy conveniente para 
andar á caballo, porque deja los brazos libres y proteje 
completamente el cuerpo. 

Un par de toscas polainas de paño, muy sueltas, que 
llegan hasta más arriba de la rodilla, amarradas con tiras 
de colores, defienden las piernas, y un enorme par de es- 
puelas con rodajas de tres pulgadas de ancho completa 
el equipo de un jinete. Estas espuelas son á veces de co- 
bre, pero el mayor orgullo de un chileno es tener de pla- 
ta los estribos y los adornos de las riendas. Las riendas 
se hacen ordinariamente de correas trenzadas, muy bien 
trabajadas, y terminan en un ramal de cuerdas, también 
de correas trenzadas, que sirve de látigo. El freno es sen- 
cillo, pero muy severo. 

La silla consiste en una armazón de madera colocada 



DIARIO 169 

sobre ocho ó nueve pedazos de paño, de alfombra y de 
pellejos, y sobre esta armazón van todavía unos cuantos 
cueros, peinados y teñidos de azul, de castaño ó de negro; 
sobre todo esto, los más acomodados usan una especie de 
cubierta de silla de cuero muy suave y bien armada; el 
todo va ajustado con una faja de cuero estampado ama- 
rrada con correas en lugar de hebillas. Algunos hacen 
grandes gastos en los paños, tapices y pellejos que re- 
quiere la silla, pero el material es en casi todos el mismo, 
de modo que un caballo ensillado parece que llevara una 
carga de pisos y alfombras. 

Usualmente va amarrado á la silla el lazo ó cuerda de 
cuero trenzado que los colonos de la América española 
de ambos lados de los Andes manejan con singular des- 
treza, sea para pillar el ganado ó para tomar prisioneros 
en la guerra. Los estribos, que completan estas monturas 
de tan peculiar apariencia, son á veces estribos sencillos 
de plata, que tienen presillas de plata en las acionesr 
pero cuando se trata de largos viajes por las montañas, 
son una especie de cajas talladas, muy pesadas, suma- 
mente anchas, con e! objeto de defender el pie contra las 
espinas y las ramas. 

De vuelta de un corto paseo, tuve hoy oportunidad de 
ver un grupo de jinetes, jóvenes y viejos, que venían de 
los alrededores de Rancagua, ciudad situada casi ai pie 
de los Andes, al Sur de Santiago, con un cargamento de 
vino y aguardiente. El licor es traído en cueros y á lomo 
de muías. 

No es raro ver unos 150 de estos animales arreados 
por 10 ó 12 peones á las órdenes del huaso ó hacendado, 
acampando á campo raso junto á las casas de un fundo 
inmediato á ¡a ciudad. Varias de estas casas tienen un 
edificio separado, en el cual los amigos transeúntes dejan 
depositado el licor mientras van á los fundos vecinos ó á 
la ciudad misma en busca de clientes, á fin de no pagar 
peaje sin la seguridad de vender el vino. 

Compré cierta cantidad para el consumo diario; es un 



170 MARÍA GRAHAM 

vino rico, de fuerza y algo dulce, capaz de mucha mejo- 
ría con una buena manipulación, é infinitamente preferi- 
ble á todos los vinos del Cabo que he bebido, excepto el 
Constancia. 

Lo pagué á razón de seis pesos por dos arrobas, lo que 
hace 3 '/., peniques por botella. £1 aguardiente sería bas- 
tante bueno si no estuviera tan mal destilado y echado á 
perder ordinariamente con una infusión de anís. El licor 
que bebe comúnmente la clase baja es la chicha, descen- 
diente en línea recta de aquella embriagadora chicha que 
los españoles encontraron que los salvajes poseían el arte 
de hacer, mascando varias clases de bayas y de granos y 
escupiéndolos en una gran tinaja, donde los dejaban fer- 
mentar. 

Pero la demanda siempre creciente de la chicha ha in- 
troducido un método más limpio de prepararla, de modo 
que en la actualidad es algo como una cidra agria, elabo- 
rada en su mayor parte con manzanas y aromatizada con 
las diversas bayas que primitivamente componían por sí 
solas las chichas de los indios- 

18. — Uno de los jóvenes amigos de la Doris que vie- 
nen todos los días á visitarme, me ha traído unas exce- 
lentes perdices cazadas por él mismo. Son algo más gran- 
des que las de Inglaterra, y tan buenas como ellas cuando 
están bien guisadas, ó asadas, mejores todavía; pero las 
cocineras tienen aquí la costumbre de pelar las aves con 
agua caliente, con detrimento de la fragancia de la carne. 
Hay aquí varias especies de aves buenas para la comida, 
pero no hay faisanes ni codornices; pero tienen una mul- 
titud de enemigos, desde el cóndor y las diversas varieda- 
des de aves de rapiña, buitres, halcones y lechuzas, hasta 
el horroroso y pesado loro verde de Chile, que nunca se 
puede ver bien, excepto en la cuerda donde muestra la 
parte inferior, de plumas purpurinas y amarillas. Su cara 
es peculiarmente fea, porque tiene el pico de loro, muy 
achatado. Son grandes enemigos de los pajaritos cantores, 
cuyas notas y plumajes recuerdan los del pardillo, y que 



DIARIO 171 

son muy abundantes en estos alrededores. Hay también 
una especie de mirlo, cuyas notas son suaves, dulces, pero 
muy bajas, y un pajarülo descarado que repite solamente 
dos notas, algo parecido al sinsonte, que no se aparta 
nunca de los caminos; las g-olondrinas y ios guainambies 
son muy abundantes, y los niños me dicen que han visto en 
los pantanos cigfüeñas y grullas maravillosas, que no per- 
deré la ocasión de ir á ver después de las lluvias. No sé 
si debo creer que los aborígenes chilenos poseyeran aves 
domésticas. Al presente son abundantes y excelentes, en- 
tre otras, los patos del país y extranjeros y los gansos. Los 
pichones no son muy comunes, pero se reproducen y do- 
mestican muy bien; este delicioso clima parece favorable 
para la producción de todo lo que se necesita para el uso 
y alimento del hombre. 

Lunes 20 de Mayo. — El día de hoy es un triste día. La 
Doris zarpó esta mañana temprano y vuelvo á sentirme 
sola en el mundo; en ella se van las únicas relaciones, las 
únicas amistades que tenía en este extenso país. Cuando 
los amigos se separan, los que se van tienen menos que 
sentir que los que se quedan. Los primeros tienen el ejer- 
cicio del movimiento, los encantos de la novedad ó del 
cambio de situación por lo menos, y la ventaja de que los 
nuevos objetos que se le presentan á la vista no desper- 
tarán recuerdos ligados á las personas que echamos de 
menos; mientras tanto, el que se queda ve en cada objeto 
un recuerdo de los que se han ido: la voz tan conocida se 
echa de menos á la hora acostumbrada, y el paseo solita- 
rio trae una serie de pensamientos que nos produce la 
pena de sentir que estamos solos. En el curso del día, 
sin embargo, las caritativas obras y expresiones de mis 
nuevos vecinos y las amistosas atenciones del comodoro 
Stewart, del buque de guerra americano Franklin, y de su 
señora; del barón Macau, del buque de S. M. C. Clorin- 
da y de otros, tanto ingleses como extranjeros, me per- 
suaden de que siempre quedan alrededor mío muchos 
corazones generosos y mitigan la tristeza á que me deja- 



172 MARÍA GRAHAM 

ría llevar de otra [manera. Sin embargo, no puedo ol- 
vidar que estoy viuda, desamparada, en un país extraño^ 
separada de todos mis amigos naturales por distantes 
y peligrosos trayectos, sea que regrese por mar ó por 
tierra. 

22. — Por primera vez, según creo, tenemos noticias del 
Perú, desde mi llegada. Un cuerpo de ejército del general 
San Martin ha sido sorprendido y destrozado por los rea- 
listas. La escuadra chilena, á las órdenes de lord Ce- 
chrane, ha vuelto al Callao, después de su difícil y peli- 
groso viaje á Acapulco, habiendo echado los dos últimos 
buques españoles á los puertos patrioteis, donde fueron 
obligados á rendirse; y se dice que San Martín ha ofrecido 
á lord Cochrane los más halagadores términos de recon- 
ciliación. Si comprende bien las cosas, puede que su se- 
ñoría le preste oídos en pro de la causa; pero, personal- 
mente, no depositará seguramente la menor confianza 
en él. 

23. — Hoy, por primera vez desde que estoy estableci- 
da aquí, he salido á caballo á ver el puerto, y he tenido 
oportunidad de observar las tiendas^ los mercados y el 
muelle, si este nombre puede dársele á la plataforma que 
hay delante de la aduana. 

Las tiendas nacionales, si bien pequeñas, las encuen- 
tro generalmente más aseadas que las de la América por- 
tuguesa. En ellas se encuentran generalmente las sederías 
de China, Francia é Italia, los algodones de colores de la 
Gran Bretaña, los rosarios, amuletos y vidrios de Alema- 
nia. Los artículos del país rara vez se compran en las 
tiendas, porque los pocos que se fabrican son sólo para 
el consumo doméstico. 

Las tiendas francesas contienen una rica variedad de la 
misma cíase de artículos, y hay una modista francesa muy 
pasable, que con sus modales y sonrisas tan artificiales, en 
comparación con la graciosa sencillez de las jóvenes chi- 
lenas, no haría mala pareja con el maestro de baile fran- 
cés de Hogarth. Las tiendas inglesas son las más numero- 



DIARIO 173 

sas. La mercería, la loza y los géneros de lana y algodón, 
son, naturalmente, los artículos principales. 

Es divertido observar la ingenuidad con que los artistas 
de Birminghan se han amoldado á los rudimentarios gus- 
tos trasatlánticos. Los santos de bulto, las vistosas taba- 
queras de oropel, los adornos de lujo, lo hacen á uno son- 
reír cuando los compara con la decente y elegante senci- 
llez que tienen estas cosas en Europa. 

Los alemanes proporcionan la mayor parte de cristale- 
ría de uso corriente, que es de mala calidad; pero lo mis- 
mo que los espejítos alemanes, que se compran principal- 
mente como ofrendas votivas en las capillas, responden 
suficientemente á las necesidades del consumo chileno; 
los abalorios, peines, juguetes y perfumes ordinarios se 
encuentran también en las tiendas alemanas. Hay estable- 
cidos aquí algunos artesanos alemanes, y se hace notar 
principalmente un herrero mariscal, un tal Freit, cuya casi- 
ta, hermosa y aseada, con su taller y su jardín, es un exce- 
lente modelo para los chilenos que se levantan. 

En todas las calles se ven colgando las muestras de sas- 
tres, zapateros, talabarteros y posaderos ingleses; y ia 
preponderancia del idioma inglés sobre todas las demás 
lenguas que se hablan en la calle, lo harían á uno creerse 
en una ciudad de la costa Inglesa. 

Los norteamericanos contribuyen en gran parte á esto: 
sus artículos, que consisten en materiales corrientes, hari- 
na, galletas y provisiones navales, los hacen necesaria- 
mente pasar ocupados más que cualquiera otra gente. Los 
artículos más elegantes de París y Londres se despa- 
chan generalmente sin abrirlos para Santiago, donde es 
natu.'-almente mayor la demanda de artículos de puro 
lujo. 

Es asombroso el número de píanos importados de In- 
glaterra. Casi no hay casa en que no haya uno, y el gusto 
por la música es excesivo: muchas jóvenes tocan con des- 
treza y gusto, aunque pocas se dan el trabajo de aprender 
por méliodo, confiando enteramente en el oído. 



174 MARÍA GRAHAM 

En cuanto al mercado, no se ve en é! la carne muy á 
menudo, por estar el matadero fuera de la ciudad, en el 
Almendral, desde donde se conducen las reses beneficia- 
das á las carnicerías, á lomo de caballo ó en carreta. Las 
carnes de buey, de cordero y de chancho son todas exce- 
lentes, pero el burdo método de cortarlas ofende la vista 
y el gusto de un inglés. 

Unos cuantos ingleses, sin embargo, han establecido 
carnicerías, donde también se prepara carne salada, y uno 
de ellos ha hecho fundir últimamente bujías tan finas 
como las de Inglaterra, lo que es un positivo beneficio 
para el país. Las bujías comunes son verdaderamente des- 
agradables y costosas, hechas con sebo sin refínar ni 
blanquear y con mechas groseras. 

El mercado de pescado se surte con mucha deficien- 
cia, por desidia, se me ocurre, porque el pescado es 
abundante y de excelente calidad. Hay algunos muy deli- 
cados, y uno de ellos, el congrio, es tan agradable como la 
mejor trucha-salmón, á cuyo gusto se asemeja; pero la 
carne es blanca, el pescado es largo, muy achatado hacia 
la cola y cubierto con una piel amarmolada de bellos co- 
lores blanco y rojo. 

Hay varias clases dé excelentes pescados que los ha- 
bitantes secan lo mismo que los pescadores del Devons- 
hire, siéndome desconocidos sus nombres, tanto indígenas 
como ingleses. Hay uno que, comido fresco, es tan bueno 
como el pez-gallo, al que se parece mucho exteriormente, 
pero que pasadas unas cuantas horas ya no se puede co- 
mer. En Frezier puede consultarse un buen catálogo de 
pescados. 

Los mariscos son variados y muy buenos, particular- 
mente una variedad muy abundante, llamada loco, y unas 
jaivas admirables, de forma redonda. 

De las provincias del Sur se trae con frecuencia una 
abundante variedad de ostras, y las rocas de Quinteros 
proporcionan el pico, que es el marisco más delicado, 
sin excepción, que he probado. 



DIARIO 175 

Las legumbres y frutas del mercado de Valparaíso son 
excelentes en su clase, pero el estado de atraso en que se 
halla aquí la horticultura, como tantas otras cosas, hace 
que dejen mucho que desear. Aquí las frutas se dan, á 
pesar del descuido con que se las trata, y aun cuando no 
estamos en la estación de las fruías frescas ó verdes, las 
manzanas, las peras y las uvas, los duraznos y las cerezas 
secas, los hig-os y la abundancia de naranjas, limones y 
membrillos, prueban que sólo hace falta el cultivo para 
mejorar todas las frutas á perfección. 

En cuanto á los veg^etales de cocina, los primeros y me- 
jores son las papas, que son originarias de este suelo y de 
primera calidad. Hay coles de toda especie, lechugas, 
inferiores sólo á las de Lamberth; unos cuantos nabos y 
zanahorias, que recién comienzan á cultivarse aquí; toda 
clase de calabazas y melones; cebollas que son una per- 
fección, y sus variedades de cebolletas, ajos y chalotas; 
para la estación me han prometido coliflores, porotitos 
verdes, habas francesas, apio y espárragos. Las habas 
francesas son, naturalmente, de lo mejor; granos secos, 
hay los fréjoles, los faggioli de Italia y los haricots de 
Francia. 

En cuanto á las aves de corral son bastante buenas de 
por sí; pero un pollero de Londres se sorprendería no 
poco ante el estado en que se presentan al mercado. 
Todo se trae á muía ó á caballo á la ciudad. Las frutas, en 
arguenas cuadradas, hechas de mimbre, ingeniosamente 
trenzadas y tejidas, y las legumbres en una especie de 
cambuchos, hechos también de mimbre, que en realidad 
sirve para casi todos los objetos: canastos, cestas, cam- 
buchos, puertas, pisos, bateas para acarrear mezclas, en 
una palabra, todo se hace ocasionalmente con él. 

Fuera de estos artículos de consumo ordinario, la gente 
del pueblo expone en venta ponchos, sombreros, zapatos, 
tejidos groseros, útiles de greda y algunas veces jarros de 
greda fína de Melipilla ó de Penco y tacitas del mismo 
material para tomar mate. 



176 MARÍA GRAHAM 

El pueblo rodea los puestos con un aire de verdadera 
importancia, fumando y retirándose algunas veces un poco 
a! interior, donde el sabroso olor que se exhala y el chis- 
porroteo de la grasa hirviendo hace saber á los transeún- 
tes que allí pueden encontrar frituras dulces y sabrosas; 
además no escasean las copas de vino ó aguardiente para 
mejorar la merienda. 

Pero el mayor regalo para la gente del mercado consis- 
te en un surtidor de excelente agua que cae á una tosca 
fuente de granito desde la boca de un león horroroso 
empotrado en la muralla de la casa de gobierno, más bien 
dicho, de la pequeña fortaleza que habita el gobernador. 
El agua no escasea en los alrededores de Valparaíso, 
pero está muy mal distribuida para servir á las necesida- 
des domésticas y para la aguada de los buques de la 
bahía. La fuente más ventajosa es un bonito y abundan- 
te estero que va á desembocar en una punta de la 
bahía, pero corre inmediato al hospital y hay, por lo tan- 
to, cierta prevención contra él. Además, he oído decir 
que este estero no tiene agua constantemente. Hay ade- 
más otro que no tiene este defecto, en el cual se paga 
una pequeña suma por cada vasija, grande ó chica, que se 
llena, y me parece que los buques de guerra ingleses lle- 
nan usualmente sus estanques aquí. 

De vuelta de mi excursión por las tiendas, pasé donde 
el boticario (porque no hay aquí más que uno) para com- 
prar un poco de azul, que con gran sorpresa mía supe 
que sólo ahí podía procurarse. Su vista me hacía pensar 
en un boticario del siglo xiv, porque es de un aspecto 
mucho más anticuado que los que he visto en Francia y 
en Italia. 

El hombre tiene cierto gusto por la historia natural, de 
manera que á más de sus tarros de medicinas pasadas de 
moda, rotulados con signos cabalísticos, confusamente re- 
vueltos con paquetes de medicinas de patente de Londres, 
hierbas secas y sucias vasijas de greda, hay cabezas de 
pescado y cueros de serpiente. 



DIARIO 177 

En un rincón se ve un gran cóndor arrancando la carne 
de los huesos de un cordero; en otro, un monstruoso car- 
nero que tiene una pata de más, que le nace en la frente; 
y hay gatos, papagallos, pollos, etc.; todo junto produce 
una combinación de antiguo polvo y de reciente mugre 
que excede por mucho á cuanto he visto. "Inglaterra, 
con todas tus faltas, siempre te quiero", decía Cowper en 
su casa, y lord Byron en Calais. Por mi parte, creo que 
si cualquiera de ellos hubiera estado en Valparaíso, habría 
olvidado que hubiera faltas en Inglaterra. 

Es muy lindo, muy encantador leer relaciones de deli- 
ciosos climas y de arboledas de mirto y de habitantes 
inocentes y sencillos que tienen pocas necesidades; pero 
como el hombre es un animal nacido con disposiciones 
sociales y de adelanto, es realmente muy desagradable 
tener que dar sus pasos retrogradando á un estado que 
hace menospreciar las bendiciones del clima y que se 
encuentre menos bienestar en un palacio de Chile que 
en la choza de un labrador en Escocia. Bien dice el Es- 
píritu: "No es bueno para el hombre vivir solo. Mientras 
yo tenía otro ser con quien comunicarme, yo siempre veía 
el lado más hermoso de toda escena; pero ahora sospecho 
que va creciendo en mí esa presunción que mira con 
frialdad ó disgusto todas las cosas que no se conforman 
á mis propios gustos ó ideas y que sólo ve las tristes 
realidades de las cosas." La poesía de la vida no está en 
todo, y comienzo á sentir que las pinturas de Grabbe son 
más verídicas que las de lord Byron. 

Domingo 27 de Mayo. — Tentada por la belleza del día 
y por el deseo de ver nuevamente algunos árboles rústi- 
cos, porque á las inmediaciones de Valparaíso no hay 
más que árboles frutales, resolví dar un paseo á caballo 
é invitar á mi criada á lo mismo. La dificultad consistía 
en obtener montura para ella, porque yo tenía solamente 
una silla. Sin embargo, ella se acomodó en una albarda 
de las que usan las mujeres del país para cabalgar en lo 
que llamaríamos el anca del caballo, y nos metimos 



178 MARÍA GRAHAM 

resueltamente por !a Zorra ó Sierra que espaldea la 
ciudad. Seguimos unas cuantas millas en el camino de 
Santiago, y entonces nos internamos en un delicioso valle 
llamado el "Cajón de las Palmas", que es parte de la 
hacienda del mismo nombre que depende de la Merced. 

Durante la primera media milla bajamos una escarpada 
colina, que no ofrecía otras hierbas y arbustos que los que 
habíamos dejado en el camino real; pero cuando llegamos 
á un hermoso esterito que salta de piedra en piedra, 
ora formando cascadas de miniatura, ora pequeños lagos 
entre e' espeso pastito, nos encontramos con arbustos de 
mayor crecimiento; y mientras nos emboscábamos en 
medio de ellos, la fragancia que exhalaban sus hojas me 
traían al pensamiento el recuerdo de las enramadas que 
describe Müton en el Paraíso perdido. 

Las variedades de laurel y arrayán son de las más no- 
tables, y hay gran abundancia de otros árboles y arbustos, 
cuyas hojas, en su mayor parte, despiden un delicado 
aroma al restregarlas. 

Uno de los más grandes y más hermosos es el canelo, 
ó falso cinamomo, que se usa en medicina, tanto por los 
españoles como por los indios, y cuyas propiedades son 
muy parecidas á las del verdadero cinamomo del Oriente. 

Es además un árbol de interés en lo que se relaciona 
con la historia y las supersticiones de los indígenas. A 
su sombra los indios de Chile ofrecían los sacrificios á 
sus divinidades é invocaban á Pillan, el supremo juez; 
creo que todavía lo veneran algunas tribus indígenas. 
Mojan las ramas de este árbol en la sangre de los sacrifi- 
cios V con ellas rocían y consagran los sitios de reunión; 
además se usan las mismas ramas como señales de paz y, 
en consecuencia, les son dadas á los embajadores para la 
celebración de los tratados. Hace aquí el canelo el papel 
que entre los druidas hacía la encina, y su belleza, su fra- 
gancia y su extendida sombra le compensan en agrado lo 
que le falta de la grandeza del rey de los árboles. 

Después de andar á caballo algún tiempo, parte por 



DIARIO 179 

el lecho del río, parte por sus suaves márgenes, llenas de 
verdura y en medio de fragantes arboledas, llegamos á 
un claro donde uñéis tres ó cuatro pintorescas viviendas, 
con jardines y algunos sembrados ocupaban un plancito 
rodeado de montañas escarpadas y boscosas, donde por 
primera vez se nos presentan las palmas que dan el nom- 
bre al valle. 

Las huertas son bastante extensas, pero están casi en- 
teramente plantadas de frutillas. Actualmente se están 
arando los campos, y el ganado pasta en los cerros veci- 
nos; dos ó tres palmas se levantan en medio de las huer- 
tas de árboles frutales que rodean los jardincitos Son 
diferentes de todas las demás variedades que he visto, y 
producen una nuez de la forma de la avellana, pero mu- 
cho más grande, la almendra se parece á la del coco y 
como ésta es lechosa cuando nueva, la hoja es más ancha, 
más gruesa y más rica que la palma cocotera y además 
es más aparente para techar con ellas, á cuyo uso la des- 
tina comúnmente aquí, recibiendo el nombre de "palma 
tejera"; las hojas inferiores se cortan todos los años y no 
se dejan más de unas dos ó tres de las superiores. Por 
este medio el derecho y elevado fronco se ve coronado 
por un capitel muy singular antes de que se ramifíquen 
las hojas, tan parecido á algunos de los capiteles de las 
iuinas del antiguo Egipto, que no podía dejar de imagi- 
narme que contemplaba el modelo de su sólida y elegan- 
te arquitectura. 

Esta palma difiere considerablemente de todas \as que 
he visto en el mundo. 

La altura de las que he visto más crecidas es de cin- 
cuenta á sesenta pies, y como á los dos tercios de esa 
altura el tronco se angosta considerablemente. La corteza 
se compone de anillos circulares nudosos y castaños; el 
tronco es siempre muy derecho y excede en circunferen- 
cia á todas las palmas que he conocido, excepto el "drago"; 
la envoltura que contiene la flor es tan grande que los 
campesinos la usan para guardar varios artículos domes- 



180 MARÍA GRAHAM 

ticos, y tiene una forma tan exactamente igual á las canoas 
de la costa que me parece que ha servido de modelo 
para su construcción. 

No he visto la flor; pero como casi todas las de la es- 
pecie, las flores hembras y machos se producen en dife- 
rentes plantas; los indígenas respetan más los árboles 
con cocos, cuyas hojas no cortan, ó por lo menos no pe- 
lan tanto como lo hacen con las plantas estériles. 

Cuando el árbol llega á viejo, esto es, cuando ss calcula 
que ha visto pasar unos ciento cincuenta años, los habi- 
tantes lo cortan y, aplicándole fuego, se le hace destilar 
un rico jugo que llaman aquí miel, que tiene un gusto 
entre el de la miel de abejas y el de la más fina almíbar. 
La cantidad que produce cada árbol se vende en 200 pe- 
sos. Algunas otras variedades de palmas que conozco pro- 
ducen una especie de azúcar. 

El dátil es uno de ellos, pero recuerdo que en las Indias 
Orientales se acostumbraba barrenarlos. Intento insinuar- 
le á algunos de mis amigos que prueben con este árbol 
si, como el verdadero cocotero y el "palmetto" de Adam- 
son, y las cycas ó toddapana, soporta el barrenaje por me- 
dio del cual se destila el excelente arrack de las Indias 
Orientales. Pedro Ordóñez de Ceballos dice que los in- 
dios lo llaman maguey y hacen de él miel, vino, vinagre, 
tejidos, cuerdas y techos. 

Después de detenernos algún tiempo, junto al primer 
grupo de palmeras, continuamos á caballo por el cajón, 
siguiendo el curso del estero, que á veces se desliza por 
un suave valle y otras entre montañas tan escarpadas que 
el sol á medio día no da en sus profundidades, donde los 
arbustos brillan todavía á esa hora con el rocío. 

Cuando volvíamos, encontramos el primer piño de ove- 
jas que he visto aquí. Son más bien chicas, la lana es del- 
gada y fina, su valor actual es de dos á tres y hasta cuatro 
reales por las más finas, no excediendo el precio de siete 
reales; me es grato decir que durante mi excursión á ca- 
ballo vi varios campos que estaban en preparación para 



DIARIO 181 

dedicarlos al cultivo; da pena ver tanta tierra fértil perdi- 
da aquí por !a escasez de brazos. 

Creo que toda la población de las provincias de Chile 
no alcanza á igualar á la de Londres. Pero 5ería todavía 
nnuy prematuro un juicio sobre estas cosas. Tales como 
son, rae inclino á tener una alta idea del carácter y dispo- 
sición de los chilenos. Son francos, alegres, dóciles y va- 
lientes, y con seguridad estas cualidades les servirán para 
formar un hermoso pueblo, una nación que será algo. 

Mayo 30. — Hoy comí en el puerto con mis buenos ami- 
gos, el cónsul americano, Mr. Hogan, su esposa é hija, 
el capitán Guise, que perteneció hasta hace poco á la 
armada chilena, junto con sus acompañantes el doctor... 
y Mr... El capitán Guise estuvo sumamente cortés con- 
migo y parece ser un hombre muy caballeroso. No dudo 
que en e! servicio los conocimientos técnicos y profesio- 
nales del doctor... y de Mr... han sido de infinita utili- 
dad, y que hasta cierto grado tienen derecho á la gratitud 
de todos los que aman la causa de la independencia; pero 
ni poseen la altura de miras necesaria para dirigir á los 
hombres y tener influencia en los consejos, ni tino para 
dejarse guiar por otros. En una palabra, sólo puedo con- 
siderarlos como aventureros que han tenido por único 
objetivo acumular fortuna en estas ricas provincias, sin 
tener ni la filantropía ni las caballerosas miras que han 
acompañado á las esperanzas de ventajas personales en la 
mente de muchos de sus compañeros de labor en ¡a gran 
lucha por la independencia. 

Es natural que el despecho sea consiguiente á los que 
han tenido miras tan limitadas. El oro y la plata por sí so- 
los no sirven para hacer ricos á los individuos, y las nacio- 
nes que no tienen otra cosa pueden considerarse pobres. 
De aquí es que Chile y el Perú, que sólo tienen dinero y 
no cosas de valor, están muy distantes de poder recom- 
pensar convenientemente á sus servidores extranjeros, y 
que todo lo que podía racionalmente anticipárseles eran 
las precarias probabilidades de las presas españolas. 



182 MARÍA GRAHAM 

Tengo la convicción de que las divisiones que, según he 
oído, se han producido en la escuadra, han tenido su ori- 
gen en el despecho de expectativas demasiado exageradas; 
salvo el caso, y me avergüenzo de pensarlo, de que al- 
gunos oficiales ingleses esperasen que sus servicios en 
Chile fueran únicamente una especie de piratería autori- 
eada, en que cada uno sería dueño de su buque y de sus 
acciones sin someterse á reglamento ni subordinación 
alguna. 

Pero el gobierno previo sabiamente el peligro, y adoptó 
el Código Naval inglés y estableció una rígida subordi- 
nación. Confió el supremo comando en manos expertas, 
fírmes y honorables, y me es grato confiar en que los bo- 
nefícios de esta sensata medida se harán sentir perma- 
nentemente. 

Por cartas recibidas hoy de Lima, parece que lord 
Cochrane no ha bajado á la playa peruana, que permanece 
en la bahía del Callao con sus cañones cargados, y que 
habremos de esperarlo aquí por algún tiempo todavía. 

Hoy tuve oportunidad de observar con qué poco cui- 
dado hacen algunos hombres cultos sus observaciones en 
países extranjeros sobre materias que son de su diario 
conocimiento. 

Durante la comida un médico mencionaba las cualida- 
des medicinales del culen (Cytisus arbóreas), agregando 
que valía la pena introducirlo en Chile y hacer, por lo 
menos, algunas plantaciones en las vecindades de Valpa- 
raíso, á fin de cultivarlo para la exportación. Como recién 
llegada, tuve cierto temor de adelantar que la gente del 
pueblo me había mostrado una planta que llamaba culen; 
y cuando me aventuré á decírselo, este señor me contestó 
que no podía ser, porque nunca había oído hablar aquí 
de tal planta. 

Cuando volví á casa, me dirigí á la quebrada, donde en- 
contré las rocas de ambos lados cubiertas del mejor culen, 
QO siendo escasa la especie inferior que crece á más 
altura. 



DIARIO 183 

Y sin embargo, este es un hombre culto y que ha re- 
sidido algunos años en el país. El mismo culen es muy 
agradable como té y se dice que posee cualidades anti- 
escorbúticas y anti-febriles; el olor de sus hojas es muy 
agradable, y de los pedúnculos sale una goma dulce que 
los zapateros emplean en lugar de cera; las hojas frescas 
hechas emplasto con un poco de manteca de chancho se 
aplican con buen resultado en las heridas recientes. 

Los errores respecto del culen me ha traído á la me- 
moria el admirable cuento de las Tardes del Hogar, de 
Mrs. Barbauld, Los ojos que no ven. Cuánto debemos á 
esta excelente mujer, qué tanto talento y gusto tenía para 
dar agrado á los primeros pasos de los jóvenes en la lite- 
ratura, y que desdeñaba la fama con tal de hacerles un 
bien encaminándolos por la senda de la verdadera inves- 
tigación. 

Siento orgullo de pertenecer al sexo y á la nación que 
ha de producir nombres acreedores al respeto y al afecto 
de nuestros semejantes mientras sigan cultivándose la 
virtud y las letras. 

Mientras haya padres que enseñen é hijos que ense- 
ñar, ningún padre, ninguna madre oirá con indiferencia 
los nombres de Barbauld, Trimmer ó Edgeworth. Hasta 
en este lejano país serán admirados. Está asentada la pri- 
mera piedra: se han establecido escuelas, y sus obras es- 
tán prontas para formar é ilustrar á los hijos de otro he- 
misferio y otro idioma. 

Viernes 31 de Mayo. — Hoy me he dado un paseo, que 
proyectaba desde varios días, por una obscura porción 
del Almendral llamada la Rinconada, supongo que á cau- 
sa de encontrarse en un ángulo que forman dos cerros. 
Mi objeto al ir allí era ver la manufactura de alfarería que 
suponía que existiera en ese punto, porque me habían 
dicho que ahí era donde se fabricaban las ollas para la 
cocina y los cántaros para acarrear agua, las lámparas y 
los braseros de greda. 

Pasada la calle derecha del Almendral, un poco más 



184 MARfA GRAHAM 

allá del estero que la separa de mi cerro, entré en una 
callejuela por el medio de la cual corre un estero que 
baja de los cerros de detrás de la Rinconada y que des- 
pués de ser subdividido é internado en diversos jardines 
y chacras llega muy mermado á su cauce de los arenales 
del Almendral, donde se pierde. 

Siguiendo por esa dirección, encontré la Rinconada, 
que está á alguna distancia de unas murallas ruinosas que 
se extienden desde el pie de los cerros hasta el mar y 
que en otro tiempo estuvieron destinadas á la defensa del 
puerto por ese lado: ahora no sirven para nada. En vano 
miré á mi alrededor tratando de descubrir alguna cons- 
trucción bastante grande que sirviera de fábrica ó bien 
que contuviera los hornos necesarios para cocer loza; con 
todo, pasé por delante de varias chozas en cuyas puertas 
había en venta fuentes y cántaros, por lo que deduje que 
serían las viviendas de los trabajadores de clase inferior. 
Sin embargo, adelantándome un poco más lejos, me con- 
vencí que no había esperanzas de encontrar ninguna ma- 
nufactura regular, nada de división del trabajo ni de ma- 
quinaria, ni siquiera la rueda del alfarero; nada, en fin, de 
los auxilios de la industria que me parecían casi indispen- 
sables para un trabajo tan artificial como la preparación 
de la loza de barro. 

A la puerta de uno de los ranchos más pobres, hecho 
únicamente de ramas y cubierto con totora, y que tenía 
un cuero á guisa de puerta, estaba sentada una familia de 
loceros. Trabajaban sentados en unos cueros de carnero, 
extendidos bajo la sombra de una pequeña enramada ver- 
de. Delante tenían una masa de arcilla recién compuesta, 
y cada cual, según sus años y su capacidad, iba haciendo 
cántaros, platos y fuentes. Sólo las mujeres hacen estos 
trabajos pequeños, y, según me parece, ningún hombre 
consentiría en hacerlos; ellos hacen las grandes tinajas de 
Melipilla para el vino, etc. 

Como el medio más corto para aprender algo es mez- 
clarse desde luego con las personas cuyo oficio deseamos 



DIARIO 185 

aprender, me senté en uno de los cueros y comencé á 
trabajar con empeño, imitando como podía á una mucha- 
cha que estaba haciendo una fuentecita sencilla. 

La vieja que parecía hacer de directora me contempló 
con gravedad, y en seguida tomó mi trabajo y me enseñó 
á hacerlo de nuevo y á trabajar con esmero en darle for- 
ma. Lo que es esto, seguramente, no me habría costado 
gran cosa; pero el secreto que yo necesitaba conocer era 
el arte de pulir la greda, porque el brillo que tiene no se 
lo dan por ninguno de los procedimientos para vidriar 
que yo he visto; así, pues, esperé con paciencia y trabajé 
en mi fuente hasta que estuvo concluida. 

Entonces la vieja metió la mano en un saco de cuero 
que llevaba delante y sacó una conchuela pulida, con la 
cual le formó de nuevo los bordes y en seguida comenzó 
á rasparlo, primero suavemente y con más fuerza á medi- 
da que la arcilla iba endureciéndose, humedeciendo de 
vez en cuando la concha de agua, hasta que se produjo 
un pulido perfecto; después se puso á secar el tiesto á la 
sombra. 

A veces se cuece la loza así preparada en grandes hor- 
nos construidos para el objeto; pero la mayor parte de 
las veces sirven para este fin los hoyos que quedan en los 
cerros donde se ha excavado la arcilla, ó más bien donde 
se la ha escarbado á mano. 

La leña que se usa principalmente para estos sencillos 
hornos es la espinela, arbusto distinto de! espino, que es 
la leña común del país, y cuyas flores son sumamente aro- 
máticas. La e. pinela tiene más bien la apariencia de una 
coronilla espinosa, y se dice que de las maderas del país 
es la que da el fuego más ardiente. 

La alfarería de aquí produce sólo utensilios muy ordi- 
narios; pero he visto algunos jarros de Melipilla y de Pen- 
co, que por su forma y su acabado trabajo podrían pasar 
por etruscos, que se venden á veces á precios tan eleva- 
dos como el de 50 pesos y que se usan para guardar agua. 
Los adornan con listas y varios dibujos blancos y rojos 



186 MARÍA GRAHAM 

donde ei terreno es negro, y donde la tierra es roja ó 
café los adornan con blanco y negro. 

Los adornos de algunos jarros rojos son de una subs- 
tancia brillante que tiene ei aspecto de un polvo de oro, 
y que creo es greda que contiene piritas de hierro; mu- 
chos tienen cabezas grotescas, con imitaciones de brazos 
humanos á modo de asas; pero no he encontrado ningu" 
na vasija chilena con otras decoraciones en relieve fuera 
de las imitaciones de brazos y cabezas. 

Es imposible imaginarse un grado mayor de pobreza 
que el que se exhibe en las viviendas de los loceros de la 
Rinconada. Algunos, sin embargo, tienen un lecho de- 
cente: unas cuantas estacas enterradas en el suelo y en- 
trelazadas por correas forman el catre, un colchón de 
lana, y donde hay mujeres industriosas, unas sábanas de 
algodón ordinario y una gruesa sobre-cama tejida propor- 
cionan un sitio de descanso nada despreciable para el 
marido y la mujer, ó más bien dicho, para la mujer, por- 
que, según creo, los hombres pasan la mayor parte de la 
noche durmiendo al aire libre, envueltos en sus ponchos, 
como es costumbre en el país. 

A los niños se les cuelga en pequeñas hamacas de cue- 
ro, amarradas á las vigas del techo, y los demás niños y 
parientes duermen como pueden, tendidos en el suelo so- 
bre unos cueros y envueltos en sus ponchos. En uno de 
\oi ranchos no había una cama; todo el mobiliario con- 
sistía en dos baúles de cuero, y ahí dormían once habitan- 
tes, incluso dos mellizos de corta edad, sin padre ni 
hombre alguno que los protegiera. 

La natural bondad y sencillez de carácter de la gente 
de Chile la preserva de los vicios y, por lo menos á 
las mujeres, de la desvergüenza que habría exhibido en 
Europa una familia semejante á la que yo he visto aquí. 

Mi instructora era casada, y su casa era más decente; 
tenía una cama, había un banco de barro y además tenía 
algunos útiles de industria femenina: la rueca y el huso y 
agujas de tejer, hechas con espinas de los grandes quiscos 



D4ARI0 187 

de Coquimbo, donde crecen hasta de nueve pulgadas de 
largo. Jamás he visto un caserío más miserable que el de 
la Rinconada. 

Sus habitantes, sin embargo, me hacían notar la her- 
mosa vista de que gozan entre el Océano y los Andes 
cubiertos de nieve, y ponderaban el placer de dar un 
paseo por los cerros en la tarde de un día de fiesta; mos- 
trábanme su estero, de suave y tranquila corriente, y sus 
viejas higueras, invitándome á volver "cuando los higos 
estuviesen maduros y las flores se miraran en el estero". 
Me avergoncé de las frases de compasión que se me 
habían escapado. Si no puedo mejorar su condición, ¿á 
qué despertar en ellos el sentimiento de su miseria? 

Me retiré de la Rinconada, y en vez de seguir directa- 
mente por el Almendral, me fui por el cerro hasta el 
caserío llamado Pocuro, donde encontré viviendas de 
mejores condiciones, muchas de las cuales tenían su 
huertecito con cerezos y manzanos y algunas hortalizas j 
flores. En el corredor de una de ellas, una mujer tejía 
un paño azul, muy basto. La operación es fastidiosa, 
porque no se conocen el telar fijo ni la lanzadera, y fuera 
del tejido de las esterillas de cerda entre los árabes, no 
concibo que en parte alguna del mundo se practique esta 
operación de una manera más primitiva é inconveniente. 
A un extremo de Pocuro, un carnicero inglés ha edifica- 
do una casa, que aquí hace el efecto de un palacio, con 
gran admiración de los vecinos. 

Algo más arriba, en una meseta que está á unos 80 ó 
100 pies sobre la ciudad, está el nuevo cementerio ó pan- 
teón; el gobierno ha tomado algunas medidas muy pru- 
dentes para evitar que se continúen haciendo inhumacio- 
nes en la ciudad ó en sus alrededores. Sin embargo, las 
preocupaciones que se aferran al antiguo cementerio, no 
permiten que se ocupe el nuevo conforme á la intención 
de sus fundadores. Separado de él solamente por una 
muralla se halla el sitio que la superstición católico- 
romana ha asignado por fín á los herejes para sus sepul- 



188 MARÍA GRAHAM 

turas, más bien dicho, que se ha permitido que compren 
los herejes. 

Hasta hace poco, todo aquel que no tenía permiso 
para ser sepultado en los fuertes, donde podía quedar 
resguardado, prefería ser conducido al mar y ser sepul- 
tado allí en las aguas; muchos casos ocurrieron de herejes 
sepultados en la playa, que los fanáticos del pueblo ex- 
humaron después, dejando expuestos los restos á las aves 
y animales de rapiña. 

Este sitio de reposo se halla en medio de una hermosa 
situación; algo elevado sobre plan, rodeado de cerros, 
mira hacia el Océano á través de huertos y olivares; 
si es verdad que los espíritus rondan sobre sus despojos 
mortales, aquí, por lo menos, se verán rodeados de "for- 
mas y vistas deliciosas". 

Era ya la hora del crepúsculo antes de que yo llegara á 
mi casa, y la tarde se había puesto fría y el cielo encapo- 
tado; en mi solitaria vivienda, me senté y me puse á pen- 
sar en las esperanzas y deseos que había abrigado cuando 
salí de Inglaterra, y casi llegé á dudar si no había pasado 
ya los límites de la vida; felizmente, tales reflexiones no 
pueden durar nunca largo rato. 

El curso ordinario de la existencia no pasa tan suave- 
mente que á cada vuelta no nos despierte á la conciencia 
de las cosas alguna interrupción; y así, me desperté para 
dedicarme á mi diaria tarea de estudio y de escribir las 
ocurrencias del día. 

Muchas veces he pensado que una colección de memo- 
rias fidedignas darían mejor material á un filósofo para 
sus especulaciones que todas ¡as disquisiciones de apara- 
to que se han escrito hasta ahora. Hay días en que nos 
vemos felices y llenos de actividad, que apenas si permi- 
ten también á la inteligencia preocupada unas cuantas 
anotaciones breves y concisas; otros hay en que la vani- 
dad y el amor propio que todos sentimos más ó menos 
cuando escribirnos un Diario, llenan las páginas de nece- 
dades artificiosas, y otros hay todavía en que unas cuan- 



DIARIO 189 

tas frases breves dejan transparentar un estado de ánimo 
que se necesita valor para exhibirlo á los ojos de un ex- 
traño. 

La copia de un Diario tiene menos carácter: puede ser 
igualmente verídico y dar una relación mejor de los paí- 
ses recorridos, por lo mismo que es más razonado y más 
cuidado; pero al copiarlo, pueden despertarse en el es- 
critor asociaciones que lo lleven á contemplar otras mi- 
ras, á discurrir con otros sentimientos sobre los mismos 
sucesos. 

Y aunque no haya variaciones de intento, cierto temor 
hará que se disimulen algunos rasgfos del carácter, y que 
otros se supriman, aunque sea por modestia; y hay senti- 
mientos respecto de otras personas que no podemos me- 
nos que borrarlos del manuscrito: sin embargo, el Diario 
es verídico; verídico en cuanto á la naturaleza de las co- 
sas y en cuanto á los hechos, y más verdadero por fin en 
cuanto á los buenos sentir.íientos que lüs que dictaron en 
algunas ocasiones las líneas de tedio y de sufrimiento. 
Esta veracidad es la que me comprometo á observar en 
las páginas de mi Diario. 

No puedo dar más y así confío en que no me pedirán 
más. 

Junio 2. — La mañana está lluviosa y hace frío, á pesar 
de que el termómetro no baja de los 50 grados Fahren- 
heit. Mientras estaba almorzando entró uno de mis veci- 
nitos, á toda carrera, gritando: "jSeñora, ya llegó, ya llegól 
— ¿Quién llegó, hijo? — El almirante, nuestro grande y 
querido almirante, y si usted se acerca al balcón verá las 
banderas en el Almendrado." 

Con esta noticia me asomé y vi la bandera izáca en 
todas las puertas: en la bahía había también dos buques 
más que el día antes. La O'Higgins y la Valdivia habían 
arribado durante la noche y todos los habitantes del 
puerto y de los alrededores se habían dado prisa a des- 
plegar sus banderas y celebrar el feliz regreso de lord Co- 
chrane. 



190 MARÍA GRAHAM 

Su arribo me complace, no sólo porque necesito verle, 
considerándole aquí mi natural amigo, sino porque creo 
que él tendrá influencia bastante para enmendar algunas 
cosas y prevenir otras; que, mucho me temo que influyan 
perjudicialmente sobre el naciente Estado de Chile y qui- 
zás sobre la causa general de la independencia sur-ameri- 
cana, si no se cuenta con una influencia parecida. Durante 
algún tiempo después de mi llegada no rae he sentido con 
la inteligencia bastante libre para prestar ningún grado de 
interés al estado político del país, á pesar de estar pen- 
diente de una medida de tal importancia. 

En el nuevo orden de cosas después de la batalla de 
Chacabuco habíase elegido á don Bernardo O'Higgins 
para presidir la nación, con el título de Supremo Director 
de Chile, designándole un Senado compuesto de respeta- 
bles ciudadanos para asesorarlo, y adoptándose una cons- 
titución provisoria. 

Las leyes del país continuaron siendo las mismas que 
dejaron los españoles. La constitución, sin embargo, daba 
á todos los mismos derechos, abolía la esclavitud, limita- 
ba los derechos de los mayorazgos, disminuía el poder y 
la renta de la Iglesia, y adoptaba la ordenanza naval ingle- 
sa para el régimen del servicio marítimo. 

Pero tres años y medio de paz interna y de triunfos en 
lejanas expediciones habían permitido á las provincias de! 
Norte de Chile, y particularmente á la capital, ver y sentir 
los inconvenientes de la actual forma de gobierno, que en 
un principio fué en el hecho una oligarquía despótica, 
cuyo poder, por la ausencia y división de los miembros 
del Senado, que estaban disgustados por la oposición que 
encontraron á un proyecto para declarar sus cargos per- 
petuos y hereditarios, había venido á parar por entero en 
manos del Supremo Director, que si hubiera tenido un 
destello de ambición vulgar, podía haberse hecho señor 
absoluto. 

Es raro que un soldado afortunado como O'Higgins 
tenga la sensatez de ver el peligro- del poder absoluto y 



DIARIO 191 

el buen sentido de evitarlo; éi, sin embargo, posee ambas 
cualidades, y disuelto el Senado, ha convocado una asam- 
blea deliberante con el objeto de formar una constitución 
permanente. Sus miembros serán designados por él y por 
consejo privado de entre los habitantes más respetables 
de cada municipalidad. Esta asamblea debe proponer los 
medios para formar y asegurar la represeníación nacional, 
y mientras tal representación pueda reunirse y se consti- 
tuya en cuerpo legislativo, el poder ejecutivo continuará 
en manos del Director por unos tres meses á lo menos. 

Si semejante asamblea cumpliera honradamente su 
deber, nada habría más sabio que esta medida. Pero es- 
cogida por el ejecutivo, y por lo tanto naturalmente incli- 
nada á su favor, me parece que toda la dificultad estriba en 
obtener por medio de tal asamblea un gobierno efectiva- 
mente representativo; más atinado hubiera sido, y dada 
la constitución del gobierno, por cierto más legal, haber 
dictado un decreto para que desde luego cada ciudad eli- 
giera sus representantes. 

El número de éstos iría naturalmente aumentando á 
medida que se incrementara la población del país y me- 
jorara su cultura, de modo que el gobierno fuera des- 
arrollándose conforme á las necesidades de la población. 

Tengo bastante experiencia para no sentirme recelosa 
de las conslituciones que se hacen á la carrera y espe- 
cialmente de ver súbitamente aplicada á una nación inci- 
piente como ésta una constitución adecuada á los hábi- 
tos de otros pueblos de una civilización superior. 

Cuanto más simple sea una cosa así, tanto mejor; es 
probable que el Director y un Senado ó el Director y un 
alcalde por cada ciudad, que serían removidos anual- 
mente, y que equivaldrían á los consejos de los primiti- 
vos reyes ó patriarcas, se adaptaría por muchos anos á 
ese estado social más bien que ninguna otra complicada 
forma de legislatura. 

A este consejo habría de llamarse, naturalmente, á los 
jefes del ejército y de la arm.ada. Con una población tan 



192 MARÍA GRAHAM 

Jimitada serían no sólo inútiles sino perjudiciales otras 
corporaciones encargadas de regular los diferentes ramos 
del gobierno. Ni los hombres ni el dinero pueden econo- 
mizarse para un objeto semejante, y respondería á todas 
las necesidades un solo jefe competente para cada depar- 
tamento. 

Aquí donde tan pocos han recibido una educación 
aparente para servir de legisladores, los abogados y el 
clero tienen que actuar en una proporción desmedida 
respecto de los demás. 

Por la ciudad marítima de Valparaíso se ha elegido un 
sacerdote, y los comerciantes que ocupan los demás lu- 
gares, con unos tres ó cuatro militares, sin que haya un 
solo representante de la armada, son hombres cuyas mi- 
ras se hallan limitadas por sus mezquinas especulaciones, 
y de quienes en vano se esperaría ningún procedimiento 
ilustrado, por mejor intención que tengan. 

Tengo interés por el carácter de este pueblo y abrigo 
los mejores deseos por la noble causa de la independen- 
cia: que las colonias sur-americanas logren asegurarla de 
una vez, y la libertad civil con todas las bondades que de 
ellas se derivan irán llegando á su tiempo. 

Pero he pasado escribiendo toda la mañana y me he 
dejado llevar por pensamientos semejantes á los de los 
singulares habitantes del Pandemonium de Milton. ¿Qué 
me importan estados y gobiernos á mí que el sufrimiento 
me hace vivir en tierra extraña y que puedo decir con ex- 
periencia cuan poco influyen en los sufrimientos del co- 
razón humano los reyes y las leyes? 

Junio 6. —Hoy día se celebró la fiesta del Corpus y fui 
á la iglesia matriz con mi amiga la señora Campbell á 
oír predicar á su hermano don Mariano de Escalada. Sa- 
limos á las nueve de la mañana; ella se había quitado su 
traje á la francesa y adoptó el traje español; yo tuve que 
hacer lo mismo y hube de ponerme mantilla en lugar de 
sombrero, porque ese es el traje que se usa para ir á la 
iglesia. Un niño nos seguía llevando un libro de misa y 



DIARIO 193 

una alfombra para arrodillarnos. La iglesia, como todos 
los demás edificios de aquí, presenta por fuera un aspecto 
miserable, pero en el interior está suntuosamente decora- 
da; naturalmente, la Virgen estaba vestida de blanco, con 
una aureola y con guarniciones de plata, rodeada de es- 
pejos y sostenida de las manos por San Pedro y San Pa- 
blo; el primero con una casaca de encajes y el segundo 
con un vestido tallado en el mismo trozo de madera que 
compone su graciosa persona. 

Como iba á haber una procesión en que el gobernador 
debía ir á la cabeza como la persona principal, hubimos 
de esperar su llegada hasta las once del día para que co- 
menzara el servicio; de este modo tuve tiempo suficiente 
para examinar la iglesia, los santos y las señoras; éstas, 
generalmente hablando, eran muy buenas mozas y estaban 
muy graciosamente vestidas con sus mantillas y con el 
cabello dividido en trenzas. 

Por fin llegó el grande hombre que, según se susurraba, 
había estado en conferencia con el almirante para trans- 
mitirle á él, á los capitanes y demás oficiales los agrade- 
cimientos del gobierno por sus servicios. Pero los mur- 
mullos se acallaron y comenzó su plática el joven predi- 
cador. El sermón, como era natural, era de ocasión; habló 
con muy buen lenguaje de la libertad moral que confería 
la dispensación cristiana, de la cual no había mucha dis- 
tancia á la libertad política; pero el argumento fué mane- 
jado con tanto decoro que nadie podía ofenderse, y aun 
también recomendado con tanta fuerza que debe haber 
convencido á muchos. 

El sermón me agradó bastante, y me disgustó ver que 
lo sucedía la ceremonia de besar un relicario, que pare- 
ció no ser muy del gusto de Zenteno, á juzgar por el ges- 
to de inefable desdén que le hizo al pobre sacerdote que 
se lo presentó. La procesión estaba ya formada, y enton- 
ces, para no vernos envueltos en ella, salimos apresura- 
damente de la iglesia y fuimos á buscar un sitio desde 
donde observarla á la distancia. 

13 



194 MARÍA GRAHAM 

Cuando vi aparecer la diminuta procesión, porque era 
bien poco numerosa, á pesar de formarla todos los digna- 
tarios municipales y militares que pudieron reunirse, no 
pude dejar de recordar el espléndido espectáculo que 
presencié tres años ha en el día de Corpus Domini, en 
Roma, y de pensar cómo, en ambos casos, las formas deí 
culto hacen desmerecer la ¡dea del poder de la divinidad, 
y cuánta distancia hay de esto á la fe que adora á Dios 
en espíritu y en verdad. 

En el mar se desarrolla, sin embargo, una parte inte- 
resante del espectáculo: unos 150 botes y canoas, ador- 
nadas con los colores nacionales, van remando por la 
bahía, quemando cohetes y deteniéndose delante de cada 
iglesia y de cada caleta de pescadores para entonar un 
himno. 

Después de acompañarlos cierto tiempo me fui á casa 
de Mr. Hoseason, donde encontré á lord Cochrane. Noté 
que tenía mejor aspecto que cuando lo vi la última vez 
en Inglaterra, por más que su vida de trabajos y penu- 
rias no haya sido de lo más propicia para mejorar su 
aspecto. 

He sentido entristecido mi corazón ai pensar que mi 
país, al perder sus servicios, ha procedido como el mise- 
rable etíope que arroja al fango una perla que vale más 
que toda su especie junta. 

Pero él hace cumplido honor á su patria sosteniendo la 
causa por la cual ella siempre ha abogado, y espero que 
en el porvenir su nombre habrá de figurar entre los de los 
genios tutelares de los chilenos. 

Cuando llegó lord Cochrane de Lima, todo el mundo 
tenía ansiedad, naturalmente, por saber qué pensaban él 
y los oficiales de la escuadra acerca del Protectorado del 
Perú. Su señoría no ha dicho ni una palabra respecto á 
la conducta de San Martín; los oficiales, sin embargo, no 
son tan discretos: unánimemente presentan al actual go- 
bierno del Perú como lo más despótico y tiránico; que 
repetidas veces se mancha con crueldades que hacen 



DIARIO 195 

recordar no sólo las arbitrariedades de los más grandes 
tiranos militares, sino más bien los frenéticos actos del 
czar Pablo. 

Tengo una carta de un ofícial de la Doris, en la cual 
se refiere que una respetable y anciana señora de Lima 
que se permitió hablar con demasiada libertad de San 
Martín fué condenada á ser expuesta durante tres horas 
en la calle pública con un traje infamante, y que como sus 
palabras eran las que habían ofendido, amordazáronla, 
empleando como mordaza un hueso humano. Conducida 
á su casa cayó aniquilada por el asco y murió. 

Se halla actualmente en el puerto un buque, el Mila- 
gro, lleno de prisioneros españoles á quienes San Martín 
había ofrecido seguridad y protección para sus personas 
y propiedades. Después de haber adquirido cartas de 
ciudadanía mediante el pago de la mitad de su fortuna, á 
fin de obtener permiso para conservar el resto y poder 
retirarse de Lima, fueron apresados, despojados de todo 
en el camino al Callao y arrojados al fondo del buque- 
presidio; ahora se hallan en la bahía para ser enviados 
con los demás prisioneros á Santiago. Su cautividad du- 
rará probablemente toda la vida, porque sólo serán pues- 
tos en libertad cuando España reconozca la independen- 
cia de sus colonias. Esta pobre gente ha llegado care- 
ciendo hasta de lo más indispensable y se les ha negado 
permiso para suplir á algunas de sus más premiosas nece- 
sidades; pero lord Cochrane ha atendido á ello sin pre- 
ocuparse de permiso alguno. Ojalá pudiera inculcar en 
este puesto algunas de las prácticas humanitarias que en 
Europa se acostumbran en la guerra. 

Según se dice, en el Milagro han venido dos agentes 
del gobierno del Perú con el propósito de espiar el estado 
de las naves de lord Cochrane, y probablemente para 
entrar en tratos con los oficiales y hasta con el mismo 
gobierno para adquirirlos para el Perú. Se corre, sin 
embargo, que sólo vienen como encargados de los pri- 
sioneros; puede que sea así, pero ya la opinión está for- 



196 MARÍA GRAHAM 

mada respecto á !a honradez del Protectorado del Perú. 
^ El almirante se dispone para ir á Santiag-o á visitar 
al Director. Espero que el g-obierno querrá hacerle la 
justicia de atender á la reparación de sus buques; le 
queda todavía mucho por hacer. Mientras los realistas 
continúen haciéndose fuertes en Chiloé bajo las órdenes 
de Quintanilla, siempre habrá allí un refugio y un centro 
para recibir refuerzos de España; y si bien me parece 
imposible que estas provincias vuelvan á verse unidas á 
la madre patria, los reveses y las miserias de la guerra 
civil pueden prolongarse quién sabe cuánto. Por otra 
parte, ¿qué mejor defensa puede tener Chile para sus di- 
latadas costas que su escuadra? 

8. — Fui á hacerle una visita á la esposa de mi arren- 
dador, que me tenía muy convidada á ir á tomar mate 
con ella; pero hasta hoy me lo impedía el temor de tener 
que usar la bombilla ó tubo que sirve para chupar el 
mate y que pasa por boca de toda la concurrencia. Me 
resolví, sin embargo, á desechar esta preocupación y así 
dispuesta me dirigí esa tarde á su casa. 

El edificio tiene más ó menos la disposición de las 
casas semi-moriscas que los españoles introdujeron en el 
país. Después de pasar un zaguán, á cuyos lados hay va- 
rias tiendas con vista á la calle, que pertenecen á distin- 
tos comerciantes, me encontré en un patio espacioso, al 
cual dan las ventanas de la casa. 

A continuación del costado de la entrada, hay una bo- 
dega que ocupa otro costado; en los otros dos están las 
habitaciones, á juzgar por las ventanas medio entornadas 
y con celosías. 

En la antesala, los sirvientes estaban sentados, de 
ociosos, por haber pasado ya el trabajo del día, y se en- 
tretenían en mirar hacia el departamento de la familia, 
donde las mujeres, reclinadas en unos cojines, dormitaban 
en el estrado, plataforma cubierta por un tapiz (alfombra) 
que se levanta en uno de los costados de la pieza; al 
otro lado estaban los hombres, con sombrero puesto, 



DIARIO 197 

sentados en altas sillas, fumando y escupiendo. A todo 
el largo de la muralla del estrado se apoyaba un banco 
tapizado; invitáronme á sentarme allí y se pidió el mate 
en seguida. 

Una de las amigas de las señoras bajó entonces del 
estrado y se sentó en el borde de la plataforma, delante 
de un ancho brasero lleno de carbón encendido, en el cual 
había una tetera de cobre llena de agua hirviendo. Pa- 
sáronsele á la que iba á preparar el mate los útiles nece- 
sarios, y ella, después de cebar la taza con los ingredien- 
tes acostumbrados, vertió sobre ellos el agua hirviendo, 
se llevó la bombilla á los labios y después de chupar el 
mate me lo pasó á mí; pasó largo rato antes de que pu- 
diese atreverme á probar el hirviente brebaje, que si bien 
más áspero que el té, es muy agradable. 

En cuanto concluí mi taza, rellenáronla al instante y se 
la pasaron á otra persona, y de esta manera se siguió 
hasta que todos se hubieron servido; dos tazas con sus 
bombillas circularon entre toda la concurrencia. Poco 
después del mate, se nos sirvieron bizcochos azucarados, 
y por último un trago de agua fresca, con lo cual conclu- 
yó la visita. 

La gente que fui á visitar son tenderos de la mejor 
clase, dignificados con el nombre de comerciantes, que 
tienen el mayorazgo de un pequeño fundo cerca de la 
chacra donde resido. 

Tienen maneras muy decentes y hay en su mujeres 
cierta gracia y amabilidad que lucirían en los salones más 
correctos y que hacen que la falta de educación no sea 
tan insoportable como en nuestro país, donde va siempre 
acompañada de la vulgaridad. Aquí la falta de cultura 
hace que las mujeres tengan que recurrir á sus medios 
naturales de persuasión, la gracia y las caricias, y si en 
esto entra algo de astucia, es que ésta es la protección 
que la Naturaleza ha dado al débil contra el fuerte. En 
Inglaterra una mujer ignorante es una grosera, á excep- 
ción de una entre diez, y como tal se conduce y como tal 



198 MARÍA GRAHAM 

trata á los demás. Aquí, la simplicidad de la naturaleza 
se aproxima á la más refinada educación, y una jovencita 
inglesa, bien nacida y educada, no se diferencia mucho 
en las maneras de una niña chilena. 

Junio 12. — Después de tres días de lluvia, la mañana 
de hoy es tan hermosa "como aquella en que fué creado 
el paraíso"; así, pues, pasé la primera mitad de ella en el 
jardín y la otra mitad vagando por las quebradas en bus- 
ca de flores silvestres. Desde luego, en el arenoso sen- 
dero vecino encontré una variedad de la amapola amari- 
lla, algunas malvas de las que son comunes en Inglaterra 
y otras de cultivo, rojizas; verbenas, dos ó tres clases de 
trébol, hinojo y una pequeña malva escarlata de dimi- 
nutas flores. Estas, y tres ó cuatro geranios, las acederas, 
los llantenes, la alfalfa, que es el forraje usual aquí, y va- 
rias flores más me hicieron imaginarme en un camino in- 
glés. Una de las plantas desconocidas que primero llama- 
ron mi atención fué el rojo y hermoso quintral, que al- 
gunos llaman la madreselva chilena por su caprichosa 
semejanza con aquella enredadera, aunque es una planta 
parásita y sin perfume. Hay otra florecita muy hermosa, 
parásita también, que se llama aquí cabello de ángel 
(cuscuta), desprovista de hojas, tiene en lugar de ellas 
largos tallos semitransparentes, que al mecerse en el aire» 
colgando de los árboles á que se han adherido, parecen 
copos de dorados cabellos, de lo que ha nacido el nombre 
de la planta. La flor se da en gruesos y apretados racimos 
y tiene la apariencia de la cera blanca, con un ligero tin- 
te rosado en el centro; es de seis pétalos, más ó menos 
del porte de las flores sencillas del lirio del valle, y muy 
fragante. La gente del país considera estos parásitos 
como emolientes y los aplican en las heridas. Pronto me 
encontré con mi conocimiento de las plantas agotado, y 
entonces cogí un gran puñado de toda clase de hojas y 
de flores para llevarlas donde un vecino que tiene repu- 
tación de ser muy buen conocedor; mientras caminaba, 
iba recordando el apostrofe de Clorinda á las hierbas que 



DIARIO 199 

ha cogido, y que es uno de los más bellos pasajes del 
acto segundo de la Pastora Fiel. 

Luego supe que el calen, cuyas virtudes he menciona- 
do ya, es también un encanto contra los maleficios. El 
lilre, cuyas hojas levantan ampollas en las manos, es tan 
acre que las personas que pasan á su lado quedan con la 
cara hinchada, y es muy peligroso dormir bajo su sombra. 
Sin embargo, con sus bayas se hace una bebida muy 
saludable; la madera es dura como hierro y se usa para 
los arados. 

La algarrobilla es una pequeña y bonita acacia, que 
produce una tintura negra, de la cual se hace la tinta 
ordinaria para escribir. El quilo es un arbustito rampante 
que da unas flores verduscas, á las cuales suceden unas 
bayas, ó semillas encerradas en una envoltura carnosa, 
que se divide en cinco segmentos y deja á la vista la 
semilla; la baya es del porte de una grosella y tiene un 
sabor un poco ácido, muy agradable: las raíces, hervidas, 
úsanse para restaurar al cabello su primitivo color. 

El floripondio (Datura arbórea) da una hermosa flor en 
forma de embudo de diez pulgadas de largo por cuatro 
de ancho y de un color blanco lechoso, cuyo suave per- 
fume se hace sentir á la puesta del sol El romerillo ó ro- 
mero bastardo, se emplea en infusión para fortalecer el 
estómago. 

Palqui, hay de dos clases: una amarilla y otra de flores 
lilas; esta última huele como el jazmín durante la noche; 
pero es muy desagradable después de la salida del sol; la 
planta es útil para lociones en los casos de hinchazones y 
erupciones cutáneas; pero muy dañina tomada para el uso 
interno; su mayor consumo lo hacen los fabricantes de 
jabón, porque da las cenizas más finas y en mayor canti- 
que ninguna otra planta. 

La hierba mora es una variedad de solanum, que se 
considera como un específico para las afecciones de los 
ojos; hay una variedad muy bonita de flores de un azul 
profundo, con hojas endentadas. 



200 MARÍA GRAHAM 

La manzanilla, llamada así porque su olor recuerda el 
de las manzanas, es un amargo muy fuerte, semejante á la 
camomila, en cuyo lugar se usa, y á la cual se parece por 
sus flores abiertas y listadas; á la verdadera camomila se 
la llama aquí manzanilla de Castilla. 

La maravilla ó girasol crece abundantemente en los ce- 
rros vecinos, donde proporciona un excelente alimento 
para el ganado. El mayu, que pertenece al orden natural 
de las Lomentaceas, de Linneo, produce unas vainas que 
contienen un polvo obscuro que sirve para hacer una ex- 
celente tinta de escribir. La pimentilla es una especie de 
salvia, de espléndidas flores y de hojas de un gris ceni- 
ciento, que se usa para los dolores reumáticos. 

El guillo quilloi ó lychnis blanco y la tornatilla, una 
malva, se usan también en medicina; en la casa he visto 
atados de cachanlagua seca ó centaurea ordinaria, que, 
según se me aseguró, es un remedio soberano para los 
desgarros de sangre. Además de todas estas útiles plan- 
tas he cogido la flor del soldado (celsia escarlata), la barba 
de viejo, arbusto que da unos pequeños racimos de flores 
apretadas, de un olor parecido al de la reina del prado, 
la endromeda, y una fucsia ordinaria; así es que, si se con- 
sidera que no estamos en la estación de las flores, no he 
podido andar más afortunada. 

Me entristece saber tan poco de botánica, porque soy 
realmente afícionada á las plantas. Me agrada ver su des- 
arrollo y conocer su procedencia y sus usos; pero me pa- 
rece que la nomenclatura botánica ha sido creada para 
mantener alejada á la gente de todo conocimiento real de 
una de las más hermosas clases de objetos de la Natura- 
leza. ¿Qué es lo que esos rudos vocablos tienen que ha- 
cer con cosas tan agradables como las rosas, los jazmines 
y las violetas? 

Miércoles 19 de Junio. — Durante estos últimos días be 
pasado menos sola. Mi amiga la señorita H. me acora- 
paña y hemos hecho juntas varios agradables paseos 
además, he conocido á unos cuantos oficiales de la escua* 



DIARIO 201 

dra chilena. El capitán Forster, que era el capitán más 
antig^uo, ha dejado el mando y, según se dice, ha presen- 
tado al Supremo Gobierno la renuncia de su empleo; el 
otro día tuvo la amabilidad de venir á dirigir la instala- 
ción de una estufa en mi saloncito. Hasta ahora, había 
usado yo un brasero abierto; pero, como á pesar de ser 
muy confortable, deja circular la humareda del carbón,, 
que puede ser dañino, he preferido colocar una estufa^ 
que le da salida por la chimenea. Son varias las casas que 
en la actualidad tienen estufas y fogones ingleses; pero el 
consumo del carbón no es todavía muy general. El car- 
bon inglés es muy caro, y el que se extrae de la provincia 
de Concepción, más ó menos de la calidad del carbón de 
Escocia, no se explota todavía en cantidad suficiente para 
abastecer al mercado. 

De los oficiales que en la actualidad pertenecen á la 
escuadra he visto al capitán Crosbie, capitán de la in- 
signia de lord Cochrane: es un joven irlandés, cumplido 
caballero, inteligente y valeroso, como debe serlo todo 
capitán de lord Cochrane. 

Otro, es el capitán Cobbet, sobrino de Cobbet, que 
tiene mucho del espíritu batallador de su tío y dotado 
también, si las señales físionómicas no son falsas, de no 
pequeña dosis de su mismo engreimiento; todo se lo 
debe á lord Cochrane: educación y rango, tanto en la 
armada inglesa como en la chilena, y goza de la repu- 
tación de ser un excelente marino; lo encuentro correcto, 
inteligente y comunicativo. 

Con todo, la persona que parece poseer particularmente 
los conocimientos relativos á todas las cosas que me in- 
teresan, es el Dr. Craig, cirujano de la O'Higgins. Hábil 
en su profesión, de buen sentido, dotado de una racional 
curiosidad y de un entusiasta carácter que cierta fría apa- 
riencia disimula, es una de las personas más atrayentes 
que pueda encontrarse á este lado del cabo de Hornos, 
y por eso me complace particularmente su amistad. 

No deja de ofrecer cierto agrado que vengan á inte- 



202 MARÍA GRAHAM 

rrumpir de vez en cuando nuestra soledad algunas per- 
sonas que, como éstas, tienen un carácter propio, ya que 
entre la sociedad inglesa que aquí se encuentra existe 
una sensible proporción de ordinariez. Sin embargo, 
como la vulgaridad, la ignorancia y la rudeza ocultan á 
menudo la bondad de algunos corazones, y como es esta 
última la que he experimentado en todos aquí, poco me 
acontece tener que lamentarme de lo grosero de la cor- 
teza de la pina mientras saboreo las delicias de la fruta. 

Ayer zarpó de aquí para Lima Mr. Thompson, uno de 
aquellos hombres á qsienes la verdadera filantropía cris- 
tiana ha traído á través del Océano y de los Andes para 
difundir los beneficios de la educación entre sus seme- 
jantes. Ha pasado algún tiempo en Santiago, donde, bajo 
el patrocinio del Supremo Director, ha establecido una 
escuela de instrucción mutua según el sistema de Lan- 
caster. 

En Valparaíso ha pasado también cierto tiempo diri- 
giendo la formación de una escuela parecida, á cuyo 
sostenimiento se ha destinado la renta de un monasterio 
clausurado. 

Ei gobernador, con el cabildo y los oficiales militares en 
procesión, acompañó á Mr. Thompson en la apertura de 
la escuela, á fin de darle al acto toda la importancia posi- 
ble, y me es grato decir que se tuvo un buen resultado. 
Ahora es muy concurrida, y he encontrado á mucha gente 
del pueblo que, de mañana, lleva allí á sus hijos. El go- 
bierno ha declarado solemnemente á Mr. Thompson ciu- 
dadano libre de Chile. Las necesidades más apremiantes 
son para Chile la educación de las clases media y supe- 
rior y un gran número de manos de obra. Debiera decir 
trabajadores productivos; pero la verdad es que escasean 
las manos directa ó indirectamente productivas. No se 
cultiva ni la centésima parte del suelo, que rinde de 16 
por 1 en la costa, á 100 por 1 de trigo en los terrenos más 
elevados; el rendimiento ordinario es de 60 en todas par- 
tes y en algunos puntos de 90 para la cebada y otro tan- 



DIARIO 203 

to para el maíz; por otra parte, los frutos trasplantados 
aquí parecen haber adoptado el suelo y aun mejorado en 
calidad y en cantidad en este favorecido clima. 

20. — Hoy, con el deseo de procurarle un nuevo espec- 
táculo á mi joven amig-a, hemos ido á pasear á lo que se 
llama aquí comúnmente el jardín, y he pasado muy feliz 
todo el día. Cuando ileg-amos á la casa de la dueña del 
jardín, encontramos á ésta sentada en el banco de ladri- 
llo que está delante de la puerta. Parece ser muy vieja; 
tiene el pelo, que le cae en una sola trenza por la espal- 
da, completamente gris. Es alta y de muy buen aspecto 
de salud, y pronto llamó á tres de sus cinco hijas para 
que fueran á recibirnos. La más joven de ellas parece te- 
ner por lo menos cincuenta años: es alta, musculosa, bien 
hecha, con restos de una decidida belleza, el paso ágil y 
la voz agradable; adelantóse trayendo unas alfombras 
para que nos sentáramos y naranjas para refrescarnos. 
Las otras dos, cuya apariencia es no menos atrayente, se 
nos juntaron y nos invitaron á pasear por el jardín. No 
hay en él nmguna de las flores de cultivo; pero el gusto 
de estas mujeres ha adornado la arboleda de duraznos, 
cerezos y manzanos, con todas las flores rústicas de la ve- 
ciudad, alguna de las cuales crecen cerca del pequeño 
arroyo que surca el terreno y otras se enredan en los 
troncos de los árboles frutales que recién comienzan á 
florecer. 

Yo desearía, sin embargo, ver todo esto cuidado con 
más aseo. Hasta Eva escardaba su jardín y Adán tenía la 
obligación de adornar el terreno que cultivaba. Nos mos- 
traron un hermoso rincón de verdura situado en el ángulo 
que forman dos colinas, donde la joven y bella lady Co- 
chrane acostumbraba á invitar á sus amigos á comer y á 
gozar del agreste paisaje. 

Parece que su alegría y vivacidad han producido una 
fuerte impresión en la gente de aquí, que hablan de ella 
con admiración y sentimiento. De vuelta á la casa, pasa- 
mos por íel jardín particular, donde vi por primera vez el 



204 MARÍA GRAHAM 

lúcumo (Achraes lúcumo) fruta rara aquí, pero que abun- 
da bastante en Coquimbo y florece muy bien en Qui- 
llota. 

La simiente parece una castaña, está envuelta en una 
pulpa como el níspero en la sustancia y de un sabor agra- 
dable y dulce. Hay también el chirimoyo (una anonna, 
de las coadunatas del método natural de Linneo), tan fa- 
moso en el Perú, cuyos árboles se parecen exactamente 
uno á otro. 

Encontramos á la anciana señora sentada donde mismo 
la habíamos dejado, repartiendo consejos y plantas de 
varias clases á dos ó tres mujeres y algunos niños que se 
habían reunido á su alrededor mientras nosotros andába- 
mos en el jardín. 

Entre las muchachas había dos hijas de pescadores que 
iban á vender una clase de algas y varios mariscos; como 
yo dijera que no había visto antes varios de esos maris- 
cos, las señoras nos invitaron á mí y á mi compañera para 
que viniésemos un día á comerlos guisados á la manera 
del país. 

Hoy era ya tarde para su preparación; pero nos enca- 
recieron tanto que volviésemos después del paseo que 
pensábamos hacer á la quebrada y que participásemos de 
la comida de la familia, que yo, que gusto de ver todas 
las cosas, consentí luego en ello; y, en efecto, á las dos 
de la tarde volví á la casa del jardín. 

Encontramos á la madre, que estaba sola en el estrado 
reclinada en unos cojines; delante de eíla tenía una mesi- 
ta baja y redonda, en la cual se había extendido un man- 
tel de algodón muy poco limpio. Las hijas entraban sólo 
para servir á su madre, pues comían en la cocina, junto al 
fuego; á nosotras nos dispusieron asiento junto á la mesa 
de la señora. 

El primer guiso que apareció fué una pequeña fuente 
de barro que contenía médula cocida, invitándosenos á 
untar en él el pan que á cada cual se le había dado; la 
anciana señora dio el ejemplo y aun llegó á pasarle con 



DIARIO 205 

sus dedos unos pedacitos bien sopeados á miss H., que 
trató de pasárselos á un perrillo que estaba detrás de ella. 
Yo que no estaba tan cerca, escapé mejor; por lo de- 
más, como no me disgusta realmente la médula, unté mi 
pan diligentemente y lo comí con gusto, si bien echando 
de menos un poco de sal y de pimienta. En Chile el pan 
no es bueno después del primer día. Los panaderos del 
país acostumbran ponerle sebo ó grasa, de modo que 
tiene gusto á bollo; hay, sin embargo, unos pocos pana- 
deros franceses que hacen excelente pan; lo que es el 
que tuvimos hoy, era pan del país y cuadraba muy bien 
con la médula derretida. 

Después de este aperitivo, como lo llamarían mis com- 
patriotas, se nos puso delante una gran fuente de char- 
quican. Consiste el charquican en carne fresca de buey 
muy hervida, pedazos de charqui ó carne seca de buey, 
rebanadas de lengua seca y tomates, calabazas, papas y 
otras legumbres cocidas en la misma fuente. 

La dueña de casa comenzó inmediatamente á comer en 
la fuente con los dedos, invitándonos á que hiciéramos 
lo mismo; pero una de sus hijas nos trajo á cada una un 
plato y un tenedor, diciendo que ella sabía esa era la 
costumbre nuestra. 

Esto no obstante, la buena señora persistió en poner- 
nos en el plato los pedazos más delicados con su pulgar 
é índice. El guiso era bueno y estaba bien cocinado. Si- 
guióle una ave que ella partió con las manos; otro guiso 
de ave despedazada, montada en torrejas, espolvoreada 
con hierba picada, después unos menudillos de ave, so- 
pas, y, por último, un pocilio de leche y un plato de ha- 
rina de yalle, ó sea harina hecha con una variedad de 
maíz pequeña y delicada. 

Habiéndonos servido cada una una copa de leche, 
echamos la harina adentro y la revolvimos: la encontré 
excelente y muy parecida á lo que llamamos milk brose. 
La bebida que tuvimos fué vino del país, y cuando Íba- 
mos á la ventana después de comer, se nos ofrecieron 



206 MARÍA GRAHAM 

manzanas y naranjas. Como todavía no era hora para que 
la anciana se fuera á dormir su siesta, aproveché la opor- 
tunidad para hacerle una pregunta acerca de la creencia 
de la gente del pueblo sobre las brujas. 

Hay algo en su aspecto cuando la rodean sus cinco 
altas hijas, que irresistiblemente me hace pensar en las 
hermanas brujas y sentirme medio inclinada á preguntar- 
les quiénes son, "que no parecen habitantes de la tierra, 
y están sin embargo en ella". 

Si tal cosa hubiera hecho, en vez de hacerle la senci- 
lla pregunta que le hice, no se hubiera mostrado más 
asombrada mi patrona: santiguóse, sacó un escapulario 
de la Merced (1) para besarlo y dijo en seguida: "ha ha- 
bido brujas, pero sería pecado mortal creer en ellas ó 
consultarlas: que Nuestra Señora nos defienda de ellas á 
mí y á los míos". 

Poco más podía sacarse de ella sobre este asunto, á pe- 
sar de que comenzó á explayarse en una larga historia de 
santos y milagros, fabricada especialmente contra los 
herejes, especialmente contra los rusos y en favor de los 
fíeles españoles. Hallo, sin embargo, que las brujas se 
dedican aquí á hacer las mismas cosas que en Europa: 
influyen en el nacimiento de los animales y hasta en el 
de los niños; cortan la leche, secan los árboles y dirigen 
á su antojo los vientos. No hace treinta años todavía 
que fué metido á la cárcel de la Inquisición el piloto de 
un buque mercante por haber hecho el viaje desde Lima 
en treinta y cinco días, tiempo que entonces se conside- 
raba demasiado corto para haber hecho el viaje sin una 
ayuda sobrenatural. 

(1) El escapulario es un pedazo de paño ó de seda, que en un lado 
tiene bordada una cruz blanca en campo rojo, y en el otro las armas 
de Aragón: se usa colgado del cuello, y me hace recordar el cordón 
de los brahmanes. En el día de la Asunción, los que se han incorpo- 
rado á la Hermandad, ó sociedad, pagan dos reales, y un real todos 
los meses siguientes, por derechos de sepultación en el panteón con- 
sagrado á la Merced. El escapulario es el recibo que los santos her- 
manos dan por el dinero que perciben. 



DIARIO 207 

La gente es aquí tan española en sus costumbres, que 
sería difícil para una persona determinar qué parte de 
sus supersticiones, hábitos é inclinaciones se derivan de 
los aborígenes chilenos, y mucho más difícil lo es para 
mí que no he estado nunca en España; de modo que don- 
de las costumbres se diferencian de las de los campesinos 
de Italia, quedo ignorando igualmente si la diferencia 
procede de los antecesores hispano-moriscos ó de los 
chilenos. 

Las supersticiones y la cocina de hoy día son decidi- 
damente españolas, á pesar de que algunos de los mate- 
riales de ambos son de origen netamente americanos; no 
es mal tipo, me parece, para caracterizar á la nación. 

24t día de San Juan. — Parece que hubiera caído aquí 
la balsámica nucca, el rocío celestial que cayó sobre el 
Egipto é hizo desaparecer las plagas: todo está alegre y 
risueño en la ciudad y parece que las gentes se hubiesen 
puesto sus vestidos domingueros. 

Es sensible, sin embargo, oír hablar del tiempo de los 
españoles echándoles de menos con cierto pesar. El go- 
bierno actual, ai suprimir muchas de las prácticas religio- 
sas, ha librado al pueblo de una pesada carga, á no du- 
darlo; pero también le ha cercenado sus diversiones 
acostumbradas. En un clima como éste, donde no es ne- 
nesario el constante trabajo para el sustento de la vida,. 
debe prestarse cierta consideración á la necesidad de di- 
vertirse que tienen las clases populares, especialmente 
donde las diversiones puramente intelectuales no existen. 
A mi juicio, no debiera haberse abolido la festividad de 
San Pedro, que tan peculiarmente se adapta á un lugar 
marítimo. 

En el día de San Pedro se acostumbraba sacar su es- 
tatua con toda solemnidad de la iglesia matriz, donde se 
guarda, y colocarla en una goleta adornada con cintas y 
guirnaldas, enteramente empavesada y con otras imá- 
genes á bordo. La goleta, tripulada por pescadores, daba 
una vuelta por la bahía, seguida por todos los botes y^ 



208 MARÍA GRAHAM 

canoas de pescadores. En diversos puntos de la bahía se 
estacionaban algunas bandas de música, y cuando la go- 
leta iba acercándose, quemábanse cohetes y petardos 
para saludarla. 

Siempre he admirado la sabiduría de Venecia en lo que 
se refiere á sus festividades. Casi no hay ninguna de las 
fiestas de la Iglesia que no tenga relación con algún 
acontecimiento nacional. En la fiesta de la Purificación 
celébrase la captura y el rescate de las novias venecianas, 
conocidas bajo el nombre de las Marías, que ha servido 
de tema á innumerables leyendas y poemas en todos los 
idiomas. Las ceremonias del último día de carnaval con- 
memoraban el fin de una división interna de la ciudad. 
Pero entre mil otras, la más importante en todo sentido 
era la que se celebraba el día de la Asunción; el dux se 
internaba en alta mar á bordo del Busentauro y se des- 
posaba solemnemente con el Adriático, en conmemora- 
ción del triunfal regreso del dux Urseolí el día de la 
Ascensión después de haber sometido todo el Adriático 
al dominio de Venecia. 

Puede objetarse que ingertar de esta manera los sagra- 
dos sentimientos del patriotismo en el tronco de la supers- 
tición sólo aprovecha á esta última, y que la ilustrada 
política de los tiempos actuales debe sobreponerse al 
espíritu de contemporización que semejante unión exige. 
Pero si las poblaciones tienen actualmente la ilustración 
suficiente para ser insensibles á la ostentación, á los en- 
tretenimientos y á las manifestaciones externas, ¿no sería 
cuerdo utilizar esas ostentaciones y manifestaciones para 
ligarlas á los sentimientos patrióticos? 

Chile es un país tan esencialmente marítimo, limitado 
como se halla su territorio por los Andes, de los países 
orientales y por el desierto de Atacama de los países 
del Norte, que si yo fuera legislador dirigiría toda mi 
atención y todo mi interés hacia el mar. Haría del día de 
San Pedro una festividad nacional esencialmente marí- 
tima; distribuiría premios á los pescadores y á los lanche- 



DIARIO 209 

ros; acordaría recompensas honoríficas á los oficiales, 
recibiría y solucionaría todas las peticiones y representa- 
ciones que tuvieran atingencia con el mar; en una palabra, 
haría sentir en ese día que la protección del gobierno se 
daba la mano con la de la religión para amparar á la más 
útil y, por consiguiente, á la más favorecida clase de los 
ciudadanos chilenos. 

Junio 25. — He ido de paseo con una numerosa com- 
pars? á la "Lagunilla", pequeña laguna de agua dulce que 
forman las aguas de diversos esteros, separada del mar 
sólo por un banco de arena; el camino por el valle de la 
laguna es bueno; pero es uno de los más escarpados que 
he conocido para hacerlo á caballo. Al dejar á Valparaíso, 
que queda á tres leguas de distancia de la laguna, nos 
encontramos en una elevada planicie, de donde se goza 
de una magnífica vista de los Andes centrales por un lado, 
y de la costa, con todas sus bahías y caletas, por el otro. 
Se dice que la bahía de la "Lagunilla" no es segura para 
los buques, :;_e siempre recalan allí cuando vienen del Sur. 

En el fondo del valle encontramos un rancho que ofre- 
ce actualmente un triste aspecto de pobreza y de miseria: 
esta es la estación más pobre del año; las provisiones traí- 
das para la temporada están casi agotadas; sin embargo, 
el campesino espera sin impaciencia íporque los chilenos 
son alegres y de buen humor) que vuelva la estación que 
ha de traerle las manzanas para hacerle el pan más agra- 
dable y las verdes ramas para dar más frescura á sus ra- 
madas y sus cercos que, desde que se acabó la cosecha 
de la chacra, han ido desapareciendo gradualmente para 
alimentar el fuego. 

Habíamos enviado una muía cargada de provisiones á 
este punto, y uno de nuestros compañeros había cazado 
algunas perdices, que fueron guisadas en el rancho. Se 
extendió el mantel en un agradable rincón de verdura, 
donde comimos oyendo los murmullos del pequeño arro- 
yado que surca el valle dándole verdura y fertilidad. Unos 
cuantos árboles frutales crecen entre los macizos trozos 

14 



210 MARÍA GRAHAM 

de piedra que una furiosa avalancha de invierno ha traído 
rodando desde el cerro vecino. 

Es esta la primera excursión en que he tomado parte 
desde mi llegada, no sin cierta resistencia, porque no me 
encuentro todavía en condiciones de hacer buena com- 
pañía á los jóvenes y á su alegría; pero ahora no lo sien- 
to. El buen tiempo, el ejercicio, las agradables vistas tie- 
nen que hacer bien, tanto al cuerpo como al alma; me 
siento ahora mucho mejor que lo que jamás había espera- 
do sentirme cuando recién desembarqué en estas playas. 

Cuando volvíamos, divisamos la fragata inglesa Aurora, 
que venía llegando en ese momento á Valparaíso, proce- 
dente del Brasil y que al entrar saludó á la insignia de 
lord Cochrane. Su Señoría se encuentra actualmente en 
Santiago. Según dice la gente, está tratando de obtener 
de la justicia del gobierno el pago de los sueldos y pre- 
sas que se le deben á la armada. Algunos de sus amigos 
le atribuyen, infundadamente á mi juicio, estar intervi- 
niendo en la reorganización que se proyecta hacer en el 
gobierno. Otros, tal vez mejor informados, dicen que se 
ocupa de refutar los absurdos cargos que en su contra 
ha formulado San Martín. 

Estos cargos proceden de los más bajos motivos; envi- 
dia de su reputación, despecho por sus acciones y miedo 
de sus resentimientos; esto sin hablar de la descabellada 
cólera que le ha ocasionado la opinión de su señoría de 
que es "más honroso revelar las muestras de un franco 
disgusto que disimular secretos rencores", como se ex- 
presó a! descubrir los infames designios que abrigaba 
San Martín contra el Estado que había jurado servir. 

Estos cargos son tan frivolos, tan mezquinos, tan des- 
preciables como los que un ladrón pudiera lanzarle des- 
de las galeras á un hombre inocente que lo ha ofendido, 
y siempre he pensado que en este caso ponerse á vindi- 
car la integridad é incorruptibilidad de un hombre como 
lord Cochrane, sería hacele una afrenta á sus virtudes. 

27. — Hoy fui á pagarle una visita á la señora del go- 



DIARIO 211 

bernador Zenteno, dama muy fina y agradable, que me 
recibió muy cortésmente y mandó en busca de su marido. 
Este llegó inmediatamente, al parecer muy regocijado 
de poder exhibir las comodidades á la inglesa que había 
en el departamento en que fui recibida. 

En un día frío y lluvioso como éste es agradable en- 
contrarse en una habitación donde hay un tapiz inglés, 
una estufa inglesa y hasta carbón inglés encendido. Zen- 
teno me aseguraba que no había para él nada que estimu- 
lara mejor la conversación que un fuego encendido así en 
una estufa abierta, y que lamentaba haber pasado tantos 
años sin sospechar siquiera que existiera tal comodidad. 
Puede decirse que todo su afán es introducir el gusto por 
la elegancia de la vida civilizada; en cualquiera otra cir- 
cunstancia habría podido decir yo que en su gran admi- 
ración por todo lo inglés había cierto fondo de afecta- 
ción. El pueblo de Valparaíso le debe, sin embargo, con- 
siderables mejoras en calles y caminos, y, entre otros 
proyectos, tiene ahora en estudio el de construir un nue- 
vo mercado en cuanto los recursos lo permitan. Estas co- 
sas les parecen insignificantes á los extranjeros, que olvi- 
dan que Valparaíso, uno de los más grandes puertos de 
este lado del vasto continente Sur-Americano, es poco 
más, en la apariencia, que cualquiera ciudad inglesa de 
pescadores. En comparación, Sidmouth es una ciudad 
capital. 

De la casa del gobernador me dirigí á la cárcel, maci- 
zo edificio de pésimas condiciones, que ahora está vacío. 
Los prisioneros han sido trasladados al hospital de San 
Juan de Dios; me da vergüenza decir que los prisione- 
ros españoles que San Martín ha mandado de Lima es- 
tén también allí revueltos con los reos comunes. A su lle- 
gada, los españoles se encontraban en una situación tan 
deplorable, que, para evitar que pereciesen de hambre, 
los vecinos ingleses levantaron una suscripción, encar- 
gándose uno de los comerciantes de vigilar todos los días 
que se les distribuyan sus alimentos. 



212 MARÍA GRAHAM 

29. — Hoy ha arribado la Independencia, uno de los 
buques de la escuadra chilena. Lord Cochrane la había 
dejado vigilando las costas del Norte para ayudar á la 
causa de la independencia y conseguir provisiones (1) en 
compañía con el Araucano; pero en una ocasión en que 
aquélla se separó para ir en servicio á la bahía de Lore- 
L'o, el piloto, el condestable y el contramaestre del Arau- 
cano se amotinaron, aprovechando la ausencia del capi- 
tán y de algunos oficiales que se hallaban en tierra por 
razón de servicio, y se adueñaron del buque. 

Habiendo desembarcado todos los chilenos y los in- 
gfíeses que no quisieron acompañarlos, los sublevados hi- 
ciéronse á la vela con 16 hombres, sin que hasta ahora se 
haya oído hablar más de ellos. Cuarenta y siete tripulan- 
tes á las órdenes del capitán han quedado en situación de 
\^olver al servicio, y es de notar que no hubo ningún chi- 
leno entre los desertores. 

La Independencia ha traído algunos reconocimientos 
ie importancia y en varios casos ha prestado útiles servi- 
cios á la buena causa, estimulando á las ciudades de la 
costa á declarar su adhesión á los gobiernos independien- 
tes de los territorios en que están situadas. 

Es de sentir, sin embargo, que la intemperante con- 
ducta de uno de sus oficiales, que expió su culpa con la 
7¡da, haya ocasionado algunos disturbios que mucho me 
temo tengan mal resultado. 

30. — Hoy se remitieron á Santiago 300 prisioneros de 
Lima, algunos á pie y otros en carretas, por serles imposi- 
ble caminar á causa de su edad y de sus enfermedades. 
Entre estos últimos iba un anciano de cabellos grises que 



(1) Todas las órdenes para obtener provisiones para la escuadra 
chilena encarecen particularmente que sean pagadas cumplidamente, 
y que, en caso de no poderlo hacer, que se emplee la fuerza sólo con 
las propiedades que se amparen bajo la bandera española, respetando 
cuidadosamente la propiedad privada. (Véanse las órdenes impartidas 
al Araucano, etc.) Tal fué la práctica constante de la escuadra mien- 
tras estuvo á las órdenes de lord Cochrane. 



DIARIO 213 

apostrofaba al mar, cuyas playas dejaba, diciendo que se 
separaba del único camino que podía llevarlo á su tierra 
nativa; con débiles lamentos sentóse descuidadamente en 
una orilla del vehículo; mas, al dar vuelta la primera cues- 
ta, cayó al suelo y murió ahí mismo, no á causa de la 
caída, sino por habérsele roto el corazón. Dicen sus com- 
pañeros que murió en la misma carreta con la palabra 
"España" en los labios, cayendo después al suelo. 

Cosas son éstas que acongojan el corazón, y lo máj 
sensible es que el mal no viene del curso ordinario de los 
sucesos de la Naturaleza, donde los sufrimientos y las 
pruebas le vienen al hombre en proporción á sus fuerzas, 
ni de esa altísima mano que es tan poderosa como cle- 
mente, sino que viene del hombre, que hace presa de sus 
semejantes, que agrega la hipocresía á la crueldad y que 
comete sus crímenes bajo el sagrado nombre de la vir- 
tud (1). La historia de estos prisioneros resume todo 
cuanto hay de bajo, de cruel y de cobarde; porque ¿cuán- 
do ha sido valiente un hombre cruel? 

Hoy es la festividad de Nuestra Señora del Pilar, la 
abogada de los marineros. ¿Cómo podía dejar yo de 
observarla? Me dirigí, pues, donde mi vieja amiga del 
jardín, á quien llaman comúnmente la Chabelita, y en 
cuanto supe que ella pensaba ir á la ceremonia que se 
celebra en la iglesia de la Merced, obtuve permiso para 
acompañarla. La tarde no pudo ser más provechosa, ya 
que sin tal compañera no hubiera podido tener yo tanto 
entretenimiento é información. Desde luego no sé cómo 
me hubiera atrevido yo de otra manera á entrar en una 
venta ó negocio de licores, como hoy lo hice. 

Llegamos á la iglesia muy temprano, y después de re- 
correr en todo sentido el espacio por donde debía pasar 
la procesión, nos dirigimos á la expresada venta, que se 
halla precisamente al frente de la iglesia. Al principio me 
imaginé que fuera la casa particular de alguna amiga de 

(1) Son de recordar las palabras de Mme. Stael, frente á la estatua 
de la Libertad: "Oh, Liberté! que de crimes on commet dans ton nom". 



214 MARÍA GRAHAM 

la Chabelita, pareciéndome que la mesa que había dis- 
puesta en la puerta con frutas y bollos para la venta, se- 
ría solamente un adorno para la festividad. 

Cuando entramos á una pieza muy grande, rodeada de 
bancos en tres de sus costados y con un brasero en el 
centro, vi que en el cuarto costado del departamento ha- 
bía una mesa cubierta de jarros y botellas que contenían 
licores de varias clases, rodeadas de vasos de diferentes 
tamaños. Sentados en uno de los bancos hallábanse dos 
religiosos de la orden de la Merced, vestidos de amplios 
y largos trajes blancos con cruces negras, y que llevaban 
puestos unos enormes sombreros, fumando y conversan- 
do de política. 

Los principales temas de su conversación eran el des- 
tierro del obispo, los probables resultados de un concilio 
que debía reunirse para tratar asuntos eclesiásticos, y al- 
gunas murmuraciones acerca de la elección de diputado 
por Valparaíso, recaída en don Celedonio Márquez, pro- 
vincial del convento de Santo Domingo, con olvido de 
los mucho más dignos hermanos de la Merced. Nuestra 
entrada pareció interrumpir por un momento su conver- 
sación; pero después de un cuchicheo de unos cuantos 
minutos, durante los cuales oí una y otra vez las palabras 
viuda inglesa, volvieron á su política, hasta que habiendo 
concluido sus cigarros se levantaron y se fueron. 

Mientras tanto había estado observando que unas cuan- 
tas viejas gordas andaban ocupadas haciendo mezclas de 
distintos licores, que llevaban á otro departamento inte- 
rior. Probé algunos de esos licores. Muy poco era el 
aguardiente ó el vino que se pedía; en cambio había un 
gran consumo de diversas clases de sorbetes, de los cua- 
les el mejor es la aloja. (1) La aloja es una infusión de 
culen, canela ó cinamomo silvestre, y un poco de almí- 
bar, á la cual se le atribuyen condiciones tan saludables 
como agradables. Muy luego comenzó á llenarse la casa. 



(1) Luca dice el original. (N. del T.) 



DIARIO 215 

Iban llegando grupo tras grupo de jóvenes, que eran con- 
ducidos á diversas piezas, y sólo entonces vine á darme 
cuenta de dónde me hallaba. 

Algunos parroquianos comenzaron á pedir comida de 
variados guisos; otros, vino; unos cuantos, refrescos y biz- 
cochos, música también, y todos pedían cigarros. Entonces 
aparecieron unas cuantas muchachas de buen aspecto que 
llevaban guitarras y que entraron á las piezas donde se 
pedía música. 

Muy pronto oí el sonido de los cantos y del baile, y 
entonces, con la satisfacción de ver á todos alegres y con- 
tentos, me retiré de aquel sitio, persuadida de que el re- 
gocijo sería aún mayor en la tarde y de que los bailes, 
que he visto á menudo entre la gente ordinaria de las 
más ínfimas tabernas cuando he pasado de noche por 
el Almendral, se acostumbran también, aunque más en 
privado, por la gente decente en casas de la tranquila 
apariencia de ésta. 

El juego es aquí tan común entre la clase baja como 
entre la mejor sociedad. Toda nación rudimentaria juega; 
todo pueblo de una civilización reñnada hace lo mismo. 
El salvaje, en los intervalos que le dejan la caza y la gue- 
rra, no tiene más que el ocio, y cuando su vida se estagna, 
siente la necesidad de un estímulo: entonces juega. El 
caballero de una sociedad civilizada no necesita de la 
caza para su sustento, y si no se dedica á ella por ejerci- 
cio, necesita procurarse ese mismo estímulo, que parece 
indispensable para la existencia, y entonces también juega. 

Las especulaciones comerciales y la guerra no son sino 
un juego en grande escala. 

Hay aquí varios juegos que se practican lo mismo que 
los de Europa y los de Oriente, y que deben de haber 
sido importados por los españoles. La especie de golf 
que en Persia se juega á caballo, se juega aquí de la 
misma manera (1). 



(1) Según se dice, este juego es iodigena; antes de la llegada de 



216 



MARIA GRAHAM 



De puertas adentro, se juega á las cartas, á los dados 
y al billar; al aire libre se juega á las bolas y al volantín, 
juego este último á que se dedican jóvenes y viejos. 

Hay una especie de juego de bolas que es una no- 
vedad para mí. Debajo de una ramada se arregla la 
cancha para el juego; en el suelo se dispone un armazón 
de madera de unos 30 pies de largo por unos 15 de 
ancho: dentro de cuyo espacio se aplana conveniente- 
mente el piso con tierra gredosa, de modo que la armazón 
sobresalga una seis pulgadas del suelo poi* todo el con- 
torno. 

Como al tercio de la distancia de una de las extre- 
midades se coloca un anillo que está fijo de un arco y 
que gira al menor contacto; el jugador se sienta en el 
costado opuesto de la armazón y trata de mandar su bola 
de modo que atraviese el anillo sin tocarlo. Este es el 
juego favorito, y tengo la seguridad de que no hay peón 
de la vecindad que no haya perdido y ganado alternati- 
vamente, no sólo todo su dinero, sino hasta la camisa, 
por lo menos media docena de veces al año en este 
juego. 

Era ya tiempo de volver á la iglesia. Ahí, de rodillas 
delante del elevado altar, oímos la misa dedicada á Nues- 
tra Señora, la de relucientes cejas, y oramos por la salud 
de los marineros vivos y por las almas de los que ya no 
existen. 

No puedo ni quiero pensar en mezclar mis oraciones á 
las de otro culto; pero la verdad es que jamás he orado 
con más fervor que ahora. Pero cuando de pronto me vi 
obligada á interrumpir mis oraciones para seguir la proce- 
sión, sentí que renacían todos mis prejuicios de protes- 
tante. Vestida con un traje obscuro y adornada con joyas 
de valor, Nuestra Señora fué sacada en una anda, condu- 
cida hasta cerca del mar en medio de un sendero de mirto 
y laurel; aquí y allí había altares, delante de los cuales se 

los españoles se jugaba á pie; pero desde la introducción del caballo, 
todo se hace aquí de á caballo. 



DIARIO 217 

detenía, y entonces la multitud entonaba un canto. Una vez 
que hubo visitado de esta manera á San José, á N. S. de 
los Dolores (1) y á Santa Gertrudis, fué conducida de 
nuevo á su altar á la hora de la puesta del sol, cantándose 
el Ave María. A la luz del día queda en descubierto la 
horrorosa superstición que realza la ridicula decora- 
ción de los santos: los espejos y los chiches que les sir- 
ven de adorno son groseros y sin elegancia. 

Ahora que la noche ha caído y que todo queda oculto 
en la sombra, el Ave María Stella me trae á la imagina- 
ción á la Italia y ese mágico poder que, aun en su decre- 
pitud, arroja cierto resplandor sobre ella. ¡Cuántas veces 
en las tardes embalsamadas he escuchado con delicia las 
voces que cantaban el Ave María con las melodiosas en- 
tonaciones italianas, mientras Roma parecía sumergirse 
en un religioso, en un tétrico silencio. 

Julio />*'— Anoche llegó de Lima la fragata de S. M. B. 
Alacrity, que me ha traído cartas de mis amigos de la 
Doris. Trae también algunas noticias de Lima, que con- 
firman todo lo que hemos oído del odioso y amanerado 
San Martín. 

Como se sabe, el comerciante don Pedro Abadía, á 
más de ser uno de los comerciantes más ricos de la Amé- 
rica del Sur, es también uno de los hombres más ilustra- 
dos, más liberal y más digno de respeto. San Martín ha- 
bía manifestado siempre la mayor amistad por esta exce- 
lente persona y utilizado sus conocimientos y talentos 
para hacer la reglamentación de sus aduanas y demás im- 
puestos. Una vez que hubo logrado este objeto, las ri- 
quezas de Abadía excitaron su codicia, y valiéndose de 
la más baja traición ideó un medio que justificara su pri- 
sión. Sabedor de que los realistas estaban en posesión 
de una inmensa propiedad que Abadía poseía en Pasco, 
San Martín dio instrucciones á dos frailes para que fue- 
ran donde él y le ofrecieran conducir algunas cartas su- 



(1) Santa Dolores dice el original. (N. del J.) 



218 MARÍA GRAHAM 

yas á los jefes de las tropas españolas para ver si se po- 
día evitar la absoluta ruina de su propiedad, que consis- 
tía principalmente en minas y en costosas maquinarias 
que había importado de Inglaterra con la ¡dea de hacer 
progresar el país con su introducción. 

Fácilmente engañaron los frailes á Abadía, que con este 
pretexto fué mandado á la cárcel y juzgado por un tribu- 
nal instituido por San Martín. Sin embargo, como su car- 
tas se referían exclusivamente á los negocios de su ha- 
cienda y de sus maquinarias, fué absuelto, no sin que an- 
tes tratara de obtener del tribunal la revisión de la sen- 
tencia. 

Con todo, antes de ser puesto en libertad obligósele á 
pagar una inmensa multa, reteniéndole á su mujer é hijos 
como rehenes, para mandarlo desterrado á Panamá ó á 
cualquiera otro punto no menos distante. Abadía logró 
refugiarse en la Alacrity, de donde pasó á la Doris, 
captándose á bordo de ambos buques la estima y simpa- 
tía de toda la gente. Se dice generalmente que San Mar- 
tín es aficionado á la bebida; no creo que esto sea ver- 
dad; pero tiene el vicio del opio y le acometen accesos 
de pasión tan frecuentes y violentos que nadie cuenta se- 
gura su cabeza. Gracias á la liberalidad que gasta con sus 
soldados, su gobierno es entre ellos muy popular; pero no 
por eso es menos precario, porque no parece muy difícil 
que el general realista La Serna vuelva á recobrar á Lima, 
en cuyo caso se espera que declararía al Perú indepen- 
diente y licenciaría de cualquier modo al ejército Liber- 
tador. Es verdad que no hay para una nación una calami- 
dad mayor que soportar al despotismo militar; pero tam- 
bién es cierto que este despotismo jamás dura mucho 
tiempo. 

Cuando se ha realizado algún cambio queda la posibi- 
lidad de efectuar otros más; los lazos de la tiranía están 
rotos y el pueblo crecerá, se educará, con cierta rudeza, 
probablemente; pero los conocimientos irán desarrollán- 
dose, y, como los conocimientos son una pofencia, no 



DIARIO 219 

está muy distante la época en que el pueblo sea capaz 
de sacudir la tiranía, tanto de los gobiernos extranjeros 
como de los déspotas domésticos, y obligar á sus go- 
bernantes á reconocer que están allí para el servicio del 
pueblo y que no es el pueblo el que debe servirlos á 
ellos. 

Julio 2. — Hoy día, mientras estaba en el cerro que hay 
detrás de casa admirando el hermoso paisaje que se ex- 
tendía á mi vista y las sombras que á su paso dejaban las 
nubes mientras se deslizaban por el mar, ocultando á ve- 
ces y otras descubriendo los peñascos de Valparaíso, vino 
á hacer más imponente la escena el cañoneo con que la 
Aurora saludaba á lord Cochrane, que iba á visitarla; el 
humo de los cañones, después de encresparse en blancos 
copos sobre el agua, dilatábase gradualmente en nubes 
grises que iban á mezclarse con las brumas que se exten- 
dían al pie de los cerros. En la noche estuvo su señoría 
en casa á tomar el té. Me dijo que tenía permiso para au- 
sentarse por cuatro meses, con el bergantín Moctezuma á 
su disposición, y que pensaba ir á visitar la hacienda de 
Concepción, que hace tiempo le había decretado el go- 
bierno, y de la cual, hasta la fecha, no había sacado pro- 
vecho alguno, á pesar de ser una de las más fértiles de 
aquella fértil región. La verdad es que por estar situada 
tan inmediata á la frontera de los indios y tan expuesta á 
sus depredaciones, durante muchos años ha quedado 
completamente abandonada, sin que se haya cosechado 
gran cosa en ella. Habilitar de nuevo para el cultivo una 
hacienda como ésta representaría más para el bien públi- 
co que para el provecho particular. El solo ejemplo de 
una empresa tan animosa tendría importantes consecuen- 
cias, y antes de no mucho tiempo, esa deliciosa tierra, que 
ha sufrido más que ninguna otra provincia, volvería á ser 
lo que antes fué, cuando era Villa Rica su capital y cuando 
el autor del Robinson Crusoe, recordando los relatos de 
los aventureros ingleses de su tiempo que habían recorri- 
do el Sur de Chile, describía esa región como el paraí- 



220 MARÍA GRAHAM 

SO terrestre y á sus habitantes como seres dignos de él. 

7. — Invitada por lord Cochrane, me dirigí ayer por la 
mañana al puerto para reunirme á un grupo de amigos 
que debía embarcarse con él á bordo del buque á vapor 
Rising Star, é ir de paseo á su hacienda de Quinteros, 
situada á unas 20 millas al Norte de este puerto. La 
distancia por tierra es de 30 millas, porque el camino va 
bordeando la bahía de Concón. 

Formaban la partida, don José Zenteno, gobernador de 
Valparaíso; su hija, doña Dolores; el honorable capitán 
Frederick Spencer, comandante de la Alacrity, fragata 
de S. M. B.; el capitán Crosbie, el capitán Wilkinson, 
varios oficiales de la escuadra patriota á quienes no co- 
nozco, y otros cuantos caballeros más. El almirante llegó 
conmigo á bordo á las diez de la mañana. 

Lo primero que hice fué visitar la maquinaria, que con- 
siste en dos máquinas de vapor, de 45 caballos cada una, 
y de las ruedas, que van cubiertas. El buque es una ga- 
llarda polacra, cuya construcción se activó bastante antes 
de la venida de lord Cochrane, pero que sólo este año 
arribó á estos mares- Con no poco placer puse el pie en 
la cubierta del primer buque á vapor que navega en el 
Pacífico, y me entusiasmaba el pensar en los triunfos del 
hombre sobre los obstáculos que la Naturaleza parece 
haberse complacido en colocar entre él y el cumplimien- 
to de sus deseos. 

Qué transporte no hubiera sentido en su pecho Alma- 
gro si en el encantado espejo del futuro un mago le hu- 
biese mostrado el puerto de Valparaíso, lleno de buques 
de Europa, del Asia y de países que entonces no existían 
todavía, y en medio de ellos, este buque, deslizándose 
suave y tranquilamente, sin una sola vela, contra viento y 
marea, llevando en cubierta una artillería más fuerte que 
la que él jamás mandó y conduciendo á bordo á un héroe 
cuyo nombre, tanto en Chile como en el Perú, había de 
sobrepasar no sólo el suyo sino también el de sus afama- 
dos compañeros los Pizarros. 



DIARIO 221 

La cruel politica que España observó con estos países 
reprimió siempre toda tentativa para establecer el tráfico 
de las costas, por más que las de Chile abunden en ba- 
hías de lo más cómodas para el objeto. De aquí que estas 
bahías no hayan sido nunca bien reconocidas ó que apa- 
rezcan tan erróneamente ubicadas en las cartas dadas á 
luz, que los buques de todas las naciones, incluso los de 
España, no se decidan á recalar en ellas, y que todo el 
tráfico tenga que hacerse á lomo de muía por los cami- 
nos más difíciles del mundo. 

Por ejemplo, el cobre de Coquimbo, que se encuentra 
sólo á tres grados y medio de Valparaíso, se trae á este 
puerto á lomo de muía á través de un montañoso y escar- 
pado camino, sin que se emplee jamás un bote para su 
conducción. 

Los enormes impuestos que pesan sobre el tráfico ma- 
rítimo con el nombre de derechos de puerto, etc., y que 
pesan sobre las embarcaciones pequeñas más que sobre 
cualquiera otra, impiden, no sólo el cabotaje, que sería el 
sustento de los marineros de Chile, sino también el culti- 
vo de las dilatadas extensiones de fértil terreno inme- 
diatos á la costa. La vecindad de los cerros con la costa 
y su abrupto descenso no permite la existencia de ríos 
caudalosos que sirvan para la navegación; en cambio, las 
bocas de los ríos de menor cauce forman bahías adonde 
se puede mandar flotando para embarcarlos convenien- 
temente los productos de sus riberas de asombrosa 
fertilidad. Con todo, no sé que se preste atención algu- 
na á nada que se semeje al comercio de cabotaje, y de 
aquí que el carbón de Concepción, á pesar de su abun- 
dancia y buena calidad y de estar situada la mina á 300 
millas de distancia, cueste en Valparaíso más caro que 
el que se trae de Inglaterra. 

De la misma manera, las extensiones de terreno de alu- 
vión que han formado las lluvias invernales que lavan la 
falda de ios cerros, y que fertilizan las lagunas formadas 
por la reunión de las aguas de lluvias en los valles, perma- 



222 MARÍA GRAHAM 

necen sin cultivo, á pesar de ser de lo más aparente para 
la producción de toda ciase de legumbres; actualmente 
esos terrenos sólo se aprovechan para el pastoreo de ve- 
rano, cuando, si se aplicara al cultivo de forrajes más nu- 
tritivos y productivos, podría fomentarse eficazmente la 
crianza de ganado ovejuno, cuya alimentación en el in- 
vierno es la mayor dificultad con que ahora se tropieza, y 
entonces se tendría en la lana, que es de excelente cali- 
dad, un valioso artículo de exportación. Pero ¿quién pue- 
de pensar en cultivar la remolacha ó el nabo cuando tie- 
ne que pagar por derechos de puerto para traerlo á la 
plaza casi tanto como el valor íntegro de la cosecha? 
¿Y quién se dedicará á la crianza de ovejas si la lana te- 
ñida ó manufacturada paga un derecho de exportación 
más elevado que el precio de los géneros importados al 
país? Recuerdo particularmente que en Coquimbo, la re- 
gión de las minas de cobre, don Felipe del Solar ha pa- 
gado por derechos de exportación de algunos cargamen- 
tos de cobre más que el precio de cargamentos de igual 
tonelaje de artículos de primera calidad importados de 
Bengala. Esto equivale á un impuesto directo y opresivo 
sobre la industria, y el efecto que produce es retardar la 
población del país, como también su civilización. 

Estas reflexiones me eran naturalmente sugeridas por la 
vista de las pequeñas bahías y caletas de la costa mien- 
tras navegábamos rápidamente á bordo del primer buque 
que ha traído á estos mares el más completo triunfo del 
genio del hombre sobre los obstáculos que le presentaba 
la materia bruta. Confío en que no está distante el tiempo 
en que la Rising Star no sea el único buque á vapor que 
navegue en estas costas, y que queden cumplidas las sabias 
y preciosas miras con que fué traído. 

Los vientos regulares que ahora obligan á los buques á 
alejarse hasta Juan Fernández para hacer un viaje razona- 
ble entre Valparaíso y el Callao no son nunca tan fuertes 
que impidan el trabajo de un buque á vapor; además, la 
facilidad de comunicación entre estos puertos y sus inter- 



DIARIO 223 

medios, no sólo desarrollaría sus intereses comerciales, 
sino que sería un medio de seguridad contra los enemi- 
gos de afuera que pueden temer estos países. 

Es probable que la América del Sur esté libre de inva- 
siones mientras la Europa permanezca tranquila, y que 
España se reponga de las locuras de la guerra civil; pero 
si alguna de las potencias que no han reconocido la in- 
dependencia de estos Estados llegara á entrar en guerra 
con España, ¿quién podría asegurar que, aprovechándose 
de no haber hecho ese reconocimiento, no quisieran apo- 
derarse de una parte de ellos como provincias que de 
jure pertenecen á la madre patria? Confieso que una in- 
vasión francesa (porque no puedo creer que Inglaterra 
fuera tan malvada) sería para estos nacientes Estados una 
de las mayores calamidades, de la que sólo puede defen- 
derlos una fuerza naval. 

Hoy he conversado con Zenteno como me lo ha per- 
mitido mi imperfecto conocimiento del español. Parece 
verdaderamente deseoso del bien de Chile; pero su igno- 
rancia respecto de las cosas que más contribuirían á ello 
es sorprendente. La mañana pasó agradablemente; nos 
sentamos á una mesa provista de cuantas regalías pueden 
ofrecer Europa y América, y nos divertimos quizás algo 
inconsideradamente con la glotonería del cura de la Pla- 
cilla, aldea situada cerca de la boca del río Ligua, que 
corre hacia la bahía de Quinteros, y en cuyas márgenes se 
halla la ciudad de la Ligua, famosa por sus pastos y sus 
crías de caballos. 

El pobre cura, que había sido obsequiado en varias oca- 
siones con cerveza inglesa por sus amigos, tomó el cham- 
pagne por cerveza blanca y se puso á beberlo como tal, 
declarando que incondicionalmente le daría la absolución 
por cien añoá á todo el que se embriagara con tan divino 
licor, é indudablemente se hubiera transformado en un se- 
gundo Caliban y hubiese adorado al bodeguero si un acci- 
dente no hubiese venido á llamar nuestra atención. Una 
pieza de la máquina se había descompuesto por estar mal 



224 MARÍA GRAHAM 

ajustada y ser esta la primera ocasión en que se hacía una 
prueba á toda máquina en estos mares, de modo que el 
viaje quedó interrumpido precisamente cuando enfrentá- 
bamos á Quinteros. Teníamos el viento á proa; pero como 
estábamos tan cerca, se votó por aclamación que siguié- 
ramos adelante, y en consecuencia, nos confiamos á la 
marea para que nos llevara al puerto. Pero no siempre 
ocurren las cosas conforme á nuestro deseo, y así se nos 
vino encima la noche, una noche pavorosa, fría y neblino- 
sa. Los que no estaban acostumbrados al mar, comenza- 
ron á sentirse cansados y aburridos: el cura y los demás 
partidarios de la cerveza blanca, comenzaron á sentir sus 
efectos, junto con los de los vaivenes del buque, que za- 
pateaba al empuje de las olas, que comenzaban á agi- 
tarse impelidas por un viento contrario; de suerte que to- 
dos resolvimos irnos á acostar. 

Poco después que los pasajeros estuvieron acostados, 
se largaron las velas, que hasta entonces se habían tenido 
recogidas, tan seguros estábamos de nuestro viaje, y lo 
primero que aconteció fué que las dos chimeneas de la 
máquina fueron á estrellarse contra el trinquete. Después 
aumentó el viento y el mal tiempo y todo el aparejo co- 
menzó á correrse, hasta que por fin, en la mañana, nos en- 
contramos más lejos que nunca del lugar de nuestro 
destino. 

El almuerzo, sin embargo, nos dio valor y se resolvió 
q je nos aguantaríamos unas cuantas horas más; pero el 
tiempo comenzó á empeorar cada vez más y el cielo á po- 
nerse cada vez más negro, de modo que, por último, hici- 
mos rumbo á Valparaíso, donde desembarcamos á las dos 
de la tarde. 

Un gran placer nos esperaba, que algo nos consoló del 
fracaso de la expedición, si es que las noticias públicas 
pueden consolarnos de las decepciones privadas. Mister 
Hogan me saludó en la playa con la buena nueva de que 
el Congreso de los Estados Unidos había reconocido la 
independencia de las colonias hispano-americanas de Mé- 



DIARIO 225 

jico, Colombia, Buenos Aires, Perú y Chile. Este es, en 
realidad, un naso adelante que vale, naturalmente, por 
veinte: los Estados Unidos, que acaban de emanciparse 
del yugo de la madre patria, son los naturales protecto- 
res de la independencia de sus hermanas americanas; 
además, la moral de la historia política de la época habría 
sido menos interesante si cualquier otro Estado hubiese 
dado el ejemplo (1). 

Comí en casa del señor..., donde estuvo lord Cochra- 
ne en la noche, y pudimos presenciar una escena que 
nunca olvidaré. Mr. Bedett, secretario de su señoría, 
llegaba de Santiago, donde había estado de servicio, y 
venía acompañado del coronel don Fausto del Hoyo. Este 
caballero había sido tomado prisionero por lord Cochra- 
ne en Valdivia, y su señoría había obtenido del gobier- 
no la promesa que el coronel sería tratado con generosi- 
dad. Sin embargo, en cuanto el almirante abandonó las 
costas, tuvo que sufrir el coronel del Hoyo las mismas in- 
justas y crueles restricciones que se les imponía á todos 
los prisioneros de guerra^ cualquiera que fuera su rango. 
Fué arrojado á una obscura prisión, donde se le detuvo sin 
fuego, sin luz, sin libros, como si el cruel tratamiento in- 
dividual de los prisisneros hubiese de obligar á España á 
reconocer la independencia de Chile. Ahora había salido 
en libertad bajo palabra, gracias á la intervención de lord 
Cochrane, y nunca, nunca olvidaré la ferviente expresión 
de reconocimiento, no sólo de palabra, con que saludó á 
su generoso vencedor, ni la cumplida y modesta manera 
con que su señoría las recibió y les puso término. Después 
que hubo pasado esto, no me maravillé de que, á pesar 
del contratiempo que habíamos experimentado á bordo 
del vapor, su señoría tuviese el ánimo mejor que nunca. 



(1) Sólo el 10 de Agosto se recibió la noticia directa del voto del 
Congreso para el reconocimiento de la independencia de Chile, que 
fué aprobada por una mayoría de 191 votos contra un solo voto disi- 
dente; en el Senado hubo 37 votos por la afirmativa y 17 por la ne- 
gativa. 

15 



226 MARÍA GRAHAM 

Julio 8. — Hoy día estuvo á visitarme un joven nacido 
en Cundinamarca, pero educado en Quito, que desea que 
yo lo ponga en vías de perfeccionar su gran talento natu- 
ral para el dibujo. Ha estado antes algún tiempo en el 
buque de lord Cochrane, en no sé qué puesto, y ha ma- 
nifestado poseer un notable gusto en algunos bocetos de 
costumbres, etc. El pueblo de Quito se enorgullece de 
conservar esa excelencia en la pintura que distinguió á 
sus predecesores del tiempo de los Pizarros. Los sacer- 
dotes cristianos han introducido los modelos y la práctica 
europea; pero el talento para las artes imitativas es inhe- 
rente á todos ó casi todos los quiteños; la verdad es que 
los pintores, sean de retratos ó de historia, que se en- 
cuentran en diversas partes en la América del Sur, son 
casi todos quite ños. Mi alumno es agradable y perseve- 
rante, si bien algo indolente; está dotado de muy buen 
sentido y de un vivo sentimiento poético. Si yo lo tuviera 
en Europa, donde pudiera hacerlo ver buenas pinturas, 
y sobre todo buenos dibujos, no dudo de que llegaría á 
ser un buen pintor; pero aquí, donde no tiene nada que 
ver que sea mejor que lo suyo, hay pocas probabilidades 
de que progrese gran cosa. He oído extravagantes ala- 
banzas de los cuadros de varios pintores sur-americanos; 
pero dábanlas personas que probablemente nunca han 
visto un cuadro europeo de primer orden, porque mu- 
chas veces ponderaban al mismo tiempo las esculturas ^ 
de los propios pintores, poniéndolas en las nubes. Con 
mayores datos he llegado á darme cuenta de que la es- 
cultura que se practica aquí consiste en tallar la cabeza, 
las manos y los pies de los santos que hay que vestir. Es- 
tos los pintan después, y no dudo de que producen una 
fuerte impresión de realidad; pero esto no es escultura. 
La escultura no es la imitación, si no el perfeccionamien- 
to de la Naturaleza; así es que, sólo con cierta descon- 
fianza he oído hablar de espléndidas novedades de cua- 
dros y esculturas hechas por mano de los naturales que, 
según dicen, adornan las iglesias de Lima y de Quito. Las 



DIARIO 227 

que yo he visto aquí en el templo de la Merced, por 
ejemplo, están buenas para el local y son evidentemente 
de algunos de los frailes españoles, que han decorado sus 
iglesias á la usanza europea, con todo el esplendor que 
les han permitido sus circunstancias. Los retratos que he 
visto son ciertamente un punto mejor que los retratos de 
la China, pero son igualmente duros, y si bien las Vírge- 
nes tienen cierto aire de gracia que recuerda algo el de 
las antiguas Madonas, pintadas antes del Renacimiento 
del Arte, están mal dibujadas, y sobre todo mal acaba- 
das. No creo que haya actualmente en todo Chile un solo 
pintor, nacional ó extranjero, y me duele pensar que tie- 
ne todavía que atender á muchas coséis de importancia 
Más apremiante que las bellas artes. 

10 de Julio. — El capitán... estuvo á almorzar hoy con- 
migo y después tuvo ¡a amabilidad de acompañarme á 
hacer una jira de visitas, para corresponder á las que he 
recibido aquí de las señoras inglesas. Es curioso, á esta 
distancia de la patria, ver tipos como los que sólo se en- 
cuentran entre los Brangtons, de la Cecilia, de madame 
D'Arblay, ó como las Mrs. Elton, de las admirables nove- 
las de miss Austin; y con todo, éstas son las personas más 
aptas para vivir aquí. 

El país es nuevo; el gobierno no está reconocido por 
el nuestro; los comerciantes que aquí vienen son, por lo 
general, comisionistas ó vendedores al detall de casas al 
por mayor establecidas en países más grandes y más vie- 
jos. Como á todos los ingleses, desde el más encumbrado 
al más humilde, les agrada tener su home consigo, no 
hay dependiente que aquí llegue que no traiga á su mu- 
jer ó que no la encuentre aquí de su misma condición, de 
donde resulta que esta sociedad, por lo menos en lo que 
á los ingleses se refiere, es de muy mal tono. 

Las simpatías del corazón son tan vividas entre ellos, 
sin embargo, como entre las clases más cultas; de modo 
que si en un momento nos apartamos disgustados del 
hombre que llama familiarmente á su mujer con un apodo, 



228 MARÍA GRAHAM 

iueg'O podemos, con respeto, admirar en él al hombre 
que ha acogfido y consolado bondadosamente al enfermo 
y al moribundo, en cuya casa ha encontrado un asilo y en 
cuya familia ha tenido los mejores servidores más de uno 
de sus compatriotas, cuya existencia ha terminado lejos 
de sus amig-os y de su tierra natal. 

75.— Hoy hemos tenido dos ligeros remezones de tie- 
rra. Las sensaciones que ocasionan son peculiarmente 
desagradables. 

En todas la demás convulsiones de la tierra, siempre 
parece posible hacer, ó por lo menos intentar, algo para 
evitar el peligro. En la tempestad, g-obernamos el buque 
en demanda de puerto seg-uro; los pararrayos nos prome- 
ten apartar el rayo de nuestras cabezas; pero un temblor 
parece que conmueve los cimientos mismos de la tierra, 
y se nos ocurre que es tan difícil escapar como refugiarse 
bajo techo. El efecto físico es igualmente desagradable: 
puede compararse al mareo. 

No porque sean aquí frecuentes los temblores se han 
hecho insensibles á ellos los habitantes. Recuerdo haber 
visto en las callas de Valparaíso personas que salían co- 
rriendo, caían de rodillas y se encomendaban á todos los 
santos. En el campo, los campesinos dejan de mano el 
trabajo, se quitan el sombrero, golpeándose el pecho, y 
claman: ¡Misericordia!, abandonando las casas. Uno de 
los temblores de hoy duró cerca de un minuto; fué acom- 
pañado por un recio ruido, como el de un repentino es- 
cape de vapor de una caldera. 

Se dice que los temblores son más frecuentes á prin- 
cipios de la estación lluviosa. Algunos, sin embargo, han 
fíjado los meses de Octubre y Noviembre como más su- 
jetos ¿ ellos; pero no sé en qué datos puedan fundarse 
para asegurarlo. Algunos escritores han dicho que las 
provincias de Coquimbo y Copiapó está exentas de ellos; 
lo cierto es que, durante los últimos cinco años. Coquimbo 
ha sido totalmente destruido dos veces, y Copiapó seria- 
mente damnificado y casi arruinado otra vez. Hace co- 



DIARIO 229 

mo noventa años ocurrió un temblor en Valparaíso, du- 
rante el cual el mar se desbordó sobre el Almendral; casi 
por el mismo tiempo fué destruida por otro cerca de la 
tercera parte de Santiago. 

18. — A los temblores han sucedido dos días de ince- 
sante lluvia, pero el termómetro no ha bajado de 50**, á 
pesar de hallarnos á mediados del invierno. El estero 
que corre entre el Almendral y mi quinta ha crecido 
tanto, que durante estos dos días no ha habido comuni- 
cación posible con la ciudad, y ayer se ahogó un hombre 
que trataba de pasarlo. Circula la noticia de que el go- 
bierno se unirá con el del Perú para dar un ataque so- 
bre Arica, donde se han hecho fuertes otra vez los espa- 
ñoles, y de que el almirante mandará la expedición. Esto 
no es probable. En primer lugar, su señoría se ha ido 
á su fundo, haciendo uso de una licencia de cuatro me- 
ses; y después los buques de la escuadra chilena no se 
encuentran en estado de hacerse á la mar; además, como 
hasta ahora no han sido pagados los oficiales ni los ma- 
rineros, no es posible que el gobierno piense ocuparlos. 

22. — Continúa el mal tiempo, si bien en algunas oca- 
siones hay un poco de sol. Me he deleitado leyendo los 
primeros libros nuevos que he visto en Chile: los Fosca- 
ri, el Caín y el Sardanápah, de lord Byron. No puede 
escribir sin sacudir nuestros sentimientos. En Foscari h-\.y 
páginas que, aparte de la magia que tienen para mí, dis- 
tante como me hallo de mi patria, habrán de impresionar 
hondamente á muchos corazones. La lectura de estos 
dramas me ha proporcionado un gran deleite, y es éste el 
primero que tengo desde hace días. 

Julio 24. — Hoy fui al puerto á comer en casa de mis 
amigos los H..., y mientras me hallaba ahí recibí la noticia 
de la primera reunión que celebró ayer la asamblea cons- 
tituyente, que, según parece, se ha abrogado además las 
atribuciones de una asamblea legislativa; quizá es difícil 
separar ambos caracteres. Asistieron treinta y tres miem- 
bros y estuvieron ausentes siete. 



230 . MARÍA GRAHAM 

El director asistió á la apertura de la convención, y su 
ilegfada fué anunciada por una salva de artillería, sin la 
cual nada se hace aquí. 

Abrió la sesión con un corto discurso en que hizo refe- 
rencia á los errores y á la prematura disolución de la con- 
vención de 1810, augurando para la presente un resaltado 
más feliz. 

Los convencionales procedieron entonces á la elección 
de un presidente y vicepresidente; en seg-uida, entre los 
gritos de "jViva la Patrial" "jViva la convención!" el di- 
rector presentó un mensaje, que hizo leer rápidamente, y 
se retiró. 

El documento contiene una alocución congratulatoria á 
la convención; un rápida bosquejo de la vida política de» 
director; algunos consejos sobre las medidas que deben 
proseguirse; un estado de las necesidades del país, y con- 
cluye con la renuncia de su autoridad. 

Todo el mensaje hace mucho honor al director, excep- 
to la renuncia. Esta constituyente ó, como la llaman, 
convención preparatoria, no es competente para acep- 
tarla. Es verdad que parece que sus m'embros lo han 
comprendido así, porque han insistido en que reasuma 
su autoridad, y después de un largo y estudiado discurso 
del vicepresidente sobre los romanos, los cartagineses y 
los fenicios, una diputación fué á saludar al Director y, 
confiriéndole de nuevo el cargo, le reiteró las manifesta- 
ciones de agradecimiento debidas á los actos de su pa- 
sada administración. Considero esta transacción como un 
engaño de ambas partes; la convención preparatoria, ele- 
gida por el Director mismo, no era la asamblea aparente 
en cuyas manos pudiera renunciar la autoridad que se 
le había conferido al recobrar la libertar de Chile, des- 
pués de la jornada de Chacabuco, ni él tampoco podía 
recibir de manos de semejante convención la renovación 
de su autoridad. En cambio si se hubiese reunido una 
íisamblea elegida por el pueblo, aunque fuese en la for- 
ma, ambas cosas h abríanse verificado correctamente; 



DIARIO 231 

quizá yo me equivoque, ya que él ha de conocer mejor 
á sus conciudadanos. Naturalmente, la instalación de la 
convención ha ocasionado un gran regocijo entre las mu- 
jeres y mucha especulación entre los hombres. Algunos 
están calculando de antemano las nuevas tarifas de 
aduana; otros el número de leyes antiguas que hay que 
derogar y de las nuevas que hay que dictar. Muchos se 
asombran de que no se haga ninguna provisión especial 
para la marina de Chile y para el pago de ella y de su 
ejército, que se encuentran impagos, tanto que ni los 
soldados ni los marineros se hallan en estado de ser lla- 
mados al servicio en caso de necesidad. Pero Chile se 
considera seguro, y el ministro Rodríguez, procediendo 
conforme al principio de que la riqueza individual hace 
la prosperidad pública, está haciendo especulacicnes pri- 
vadas en compañía de su amigo el comerciante Arcos, y 
comprando con el dinero del gobierno todo el tabaco y 
los alcoholes que existen en el mercado para aprovechar 
los pesados derechos con que trata de gravar esos ar- 
tículos el nuevo reglamento. 

30 de Julio. — -Como aquí no existen sitios de público 
entretenimiento para la juventud, los ingleses, cuando 
tienen que celebrar un día de fiesta, organizan, con el 
nombre de pic-nics, sus excursiones á los cerros y valles 
vecinos, adonde van en partidas de á caballo, y pasan 
corriendo, comiendo, bebiendo y bailando alegremente. 
He tomado parte en uno de los pie nics más serios de 
esta clase y he andado á caballo la mayor parte del viaje 
en compañía de mis más jóvenes amigos, á veces sobre 
rocas escarpadas, otras entre cañadas y boscosos barran- 
cos, y aquí y allí por pequeñas vegas donde crecen los 
hongos más hermosos del mundo. Los duraznos y los 
cerezos están en flor, y todo tiene un aspecto alegre y 
risueño. La mayor parte fuimos á caballo hasta el si- 
tio de rendez-vous, en el Valle de las Palmas; pero al- 
gunos prefirieron el reposado transporte de una carreta 
chilena tirada por cuatro nobles bueyes, que tenían que 



232 MAÍRA GRAHAM 

arrastrar el peso adicional de una excelente comida. 

El sitio se hallaba al pie de una escarpada colina cu- 
bierta de arrayanes; de dosel teníamos, colgada como los 
cortinajes que Claude introduce á veces en sus paisajes, 
la estrellada bandera de los Estados Unidos, cuyo cónsul 
era el patrono de la fiesta, y cerca de nosotros corría un 
esterito de limpias aguas. Las bondadosas mujeres de los 
ranchos vecinos vinieron á rodearnos y nos auxiliaron en 
nuestros pequeños arreglos, trayéndonos flores y ayu- 
dándonos á cortar el arrayán con que hicimos nuestros 
asientos. Algunos pasaron muy felices; desgraciadamente, 
la felicidad no es lo que florece todos los días, y no son 
muchas las manos destinadas á arrancar la rama de oro; 
por mi parte he pasado tan bien el día como no me lo hu- 
biera imaginada tres meses atrás. 

2 Agosto. — Mr. Hogan me trajo de visita al juez Pre- 
vost, cónsul general americano, que actúa también en 
cierto modo como ministro. Pertenece á la familia Pre- 
vost, de Ginebra, que ha dado varios ciudadanos respeta- 
bles y algunos notables, tanto á los Estados Unidos como 
á Inglaterra. Tiene un vivo interés por la suerte de Chile 
y mira á esta naciente República con la simpatía que su 
propio país y el de su padre le dan derecho á sentir. Pero 
estoy segura de que yerra al tratar de inculcar en el go- 
bierno la idea de que á Chile no le convendrá mante.ier 
buques de guerra ni mercantes durante cien años per lo 
menos y que debiera alquilar los primeros y emplear 
transportes extranjeros en lugar de los segfundos; es tan 
palpable el interés de la nación que saldría gananciosa 
en caso semejante, que me asombra cómo el juez no ha 
tenido para sostenerlo la menor vacilación. Es que la sen- 
cillez de pensamiento de los chilenos no puede compe- 
tir con la sagacidad ginebrina, unida á la especulación 
norteamericana. 

4 de Agosto.— Las circunstancias que han obligado á 
suicidarse al capitán de un buque mercante americano 
han despertado un gran sentimiento de interés: hace dos 



DIARIO 233 

años naufragó en las inmediaciones del cabo de Hornos, 
de donde llegó á este puerto con uno ó dos compañeros 
de penuria, después de haber recorrido la costa en un 
bote ballenero, alimentándose de mariscos y de focas. 
De vuelta á Norte- América, donde tenía mujer é hijos, 
empleó la mayor parte de sus recursos en armar un balle- 
nero, con el que esperaba resarcirse de sus pasadas pér- 
didas, y á bordo del cual entró otra vez al Pacífico. AI 
cabo de mucho voltejear, recaló en Valparaíso sin un 
solo pescado; después de vagar en tierra dos ó tres días 
en lamentable estado de desesperación, recogióse á su 
camarote, escribió unas cartas para su familia, dejó ins- 
trucciones para que su cuerpo fuese entregado á las olas, 
¡y se descerrajó un tirol 

5 de Agosto. — Las noticias que llegan del Sur no son 
de lo más agradable: ha habido en Valdivia una conspi- 
ración que ha sido debelada gracias á una estratagema. 
En cierta reunión, organizada no sé con qué pretexto, to- 
dos los oficiales implicados quedaron colocados cada cual 
al lado de la persona encargada de apresarlos, lo que se 
hizo, en consecuencia, fácilmente. Todavía no se ha re- 
suelto nada acerca de ellos. 

Con éste y otros motivos, y especialmente por la falta 
de provisiones, la expedición que debía partir para Chi- 
loé á las órdenes de Beauchef, protegida por la Lautaro, 
ha sido aplazada, sin que haya esperanzas de que salga 
en esta estación; de modo que Quintanilla dispondrá to- 
davía de un año más para desplegar su lealtad, compara- 
ble á la de los antiguos caballeros de los romances. Ence- 
rrado en el pequeño puerto de San Carlos, rodeado por 
una indiada enemiga, amagado por las tropas regulares y 
la flota chilena, falto de toda comunicación directa ó in- 
directa con la madre patria, no por eso ha flaqueado un 
solo instante. 

72 de Agosto. — Mr. D. estuvo á almorzar conmigo y 
después me acompañó á caballo hasta Concón, parroquia 
situada á 15 millas de aquí, en la ribera del río Acón- 



234 MARÍA GRAHAM 

cagua. Este río nace en el paso de los Andes denominado 
la Cumbre y riega el fértil valle de Santa Rosa y la flori- 
da región de Quillota. La jornada es agradable, no obs- 
tante lo malo del camino, que en Inglaterra apenas si se- 
ría considerado transitable; sólo en los Apeninos he vis- 
to caminos peores. En muchas partes va al borde de pre- 
cipicios. 

Desde Valparaíso á Viña del Mar, sobre el estero de 
Marga-Marga, el panorama es el mismo que en los alre- 
dedores del puerto. Escarpados cerros y rocas completa- 
mente cubiertas de arbustos floridos; es-caso cultivo, salvo 
en los valles form idos par los ríos y que se abren hacia 
el mar, donde todo rancho se ve rodeado de huertos y de 
sembrados de cebada. El océano está siempre á la vista: 
unas veces rompiendo al pie de las escarpadas rocas que 
íbamos cruzando, otras bañando mansamente las amari- 
llentas arenas de la desembocadura de los ríos que rie- 
gan los valles cultivados. 

El panorama comienza á cambiar en Viña del Mar, ha- 
cienda que pertenece á una rama de la familia de los Ca- 
rreras. La llanura se abre y se ensancha, las viñas y los 
potreros tienen más extensión, los arbustos toman casi la 
apariencia de árboles; en los cerros hay frecuentes man- 
tos de pasto fino, donde el ganado encuentra abundante 
forraje, y aquí y allá palmas que adornan los costados del 
valle. La vista de las inmediaciones hace recordar algu- 
nos de los más lindos sitios del Devonshire; pero los ce- 
rros de Quillota, entre los cuales descuella el volcán Acon- 
cagua, que forma un punto culminante en el cordón cen- 
tral de los Andes, no tienen nada que se les asemeje, no 
sólo en Inglaterra, sino en la Europa entera. 

Las altas montañas de Suiza se ven siempre desde un 
punto extremadamente elevado; aquí, desde la playa se 
divisa toda la masa de la cordillera, situada á noventa mi- 
llas de distancia. Esto le da al paisaje en Chile una pecu- 
liaridad que lo distingue hasta en sus cálidos colores de 
todo cuanto he visto anteriormente. 



DIARIO 235 

El propietario de Viña del Mar está mejorando su ha- 
cienda en todo sentido: se están levantando millas de 
cierros; va desapareciendo el monte; en los valles se ve el 
trigo, y la mejor clase de ganado está poblando los cerros. 
La excavación de los surcos y canales se hace todavía con 
la pala de madera. Es verdad que he tenido oportunidad 
de ver á un hombre que trabajaba en su huerto con una 
paletilla de carnero amarrada á un palo á guisa de pala, 
y he leído que los antiguos habitantes de Chile araban 
sus tierras con astas de cabras y huesos de buey. 

Después de Viña del Mar, aumenta la pintoresca be- 
lleza del paisaje, hasta que por fin se abre el risueño va- 
lle que forma el río, sin otros límites que el océano y la 
cordillera. 

Encontré que mis amigas, la señora Miers y su hija, á 
quienes iba á visitar, andaban en los cerros ocupadas en 
buscar raíces bulbosas, que aquí abundan mucho. Inme- 
diatamente fui á acompañarlas y nos volvimos á pie á la 
casa, que está cerca del río, no muy cerca, sin embargo, 
porque las creces del invierno amagan mucho los planes 
vecinos. 

Mr. Miers llegó á Chile con una gran instalación para 
laminación de cobre, cuños para sellar metales y otras 
maquinarias adaptables sólo para un país de un estado de 
cultura mucho más adelantado. Así es que ha tenido que 
convertir algunos de sus aparatos en excelentes molinos 
harineros, y ha instalado asimismo unas sierras circulares 
para cortar duelas, aprovechando la abundancia de made- 
ra aparente para este objeto que hay en los alrededores. 

La instalación de Mr. Miers puede considerarse adelan- 
tada en cien años á la civilización de Chile. 

Después de haber pasado un día muy entretenido vien- 
do diversas cosas, adecuadas unas é inadecuadas otras al 
actual estado de cosas del país, y admirando la exposición 
y las costumbres de algunas plantas que jamás había visto 
antes, nos dirigimos á Quintero con Mrs. Miers en la 
Inañana del 



236 MARÍA GRAHAM 

13 de Agosto. — Después de vadear tres veces el río 
Aconcagua, el camino sigue unas tres leguas á lo largo 
de una árida y desolada costa. A un lado se ven grandes 
cerros de arena donde no arraiga la menor vegetación, 
y que son tan altos que excluyen la vista de todo otro 
objeto; al otro lado se agita incesantemente una tremenda 
resaca que no permite que se acerque ni bote ni canoa 
alguna. A medio camino, entre Concos y Quinteros, la 
gran laguna de Quinteros se comunica con el mar. Duran- 
te el buen tiempo se vacia sólo á través de la arena; pero 
en otra época rompe la barra y entonces el vado no es 
muy seguro. Cuando íbamos pasándolo estaba cubierto de 
varias clases de aves acuáticas: el flamenco, con el pico y 
las alas de color rosa; el cisne de Chile, que tiene las 
patas blancas y el cuello negro azabache; un pájaro obs- 
curo, cuyas alas parecen de bronce bruñido y que tiene 
la cabeza, el pico y las alas sumamente parecidas á las 
del ibis egipcio; gansos, taguas y toda la innumerable 
tribus de las ánades. 

Cuando dejamos la costa subimos á un cerrito é inme- 
diatamente entramos á un bosque en el cual había un 
ancho sendero tan plano que parecía ser obra del arte; á 
muchos lados, entre nosotros y los corpulentos árboles 
cuyas hojas perfumaban el aire, espesos matorrales daban 
nido á multitud de pichones silvestres, torcazas y perdi- 
ces, entre las cuales Don, mi viejo perdiguero, parecía 
volverse loco de gusto; pero de vez en cuando, después 
de señalar un nido, echaba hacia atrás una mirada de 
reproche porque no había una sola escopeta en la 
partida. 

El viento del Sur-Oeste hace doblarse aquí los árboles 
de la misma manera que en el Devonshire, excepto en 
los puntos donde ofrecen un refugio contra él las suaves 
ondulaciones de las colinas. 

La casa que lord Cochrane está construyendo en 
Quinteros dista mucho de estar en la más bonita situa- 
ción de la hacienda. La bahía de Quinteros, ó más bien 



DIARIO 237 

dicho la Herradura, es muy bonita, mejor abrigada que 
Valparaíso contra los vientos del Norte, más abastecida 
de agua y de leña, y más inmediata á los campos de 
Quillota y del valle de Santa Rosa para la provisión de 
víveres para los buques. Antes de la embocadura de la 
bahía hay algunas rocas que son muy conocidas; pero 
adentro, salvo en muy pocos lugares, el fondeadero es 
muy bueno. 

El famojo navegante holandés Jorge Spilberg, des- 
pués de haber tratado en vano de hacer agua en Val- 
paraíso con su flota formada por los buques el Sol Na- 
ciente, la Luna Nueva, Venus, el Cazador, Eolo y Lucifer, 
recaló en Quinteros, donde mandó á su gente en busca 
de agua y de leña, disponiendo para protegerla que se 
armara una batería en media luna y que se destacara un 
pelotón de marineros en la playa. 

Al hablar de Quinteros, dice que es un puerto que no 
puede considerarse inferior á ninguno en cuanto á abrigo, 
seguridad, pesca y aguada. Después de él, nuestro com- 
patriota Cavendish y también algunos filibusteros inten- 
taron establecerse aquí; pero no se lo permitió el recelo 
de los españoles. 

Mirando desde la casa, precisamente donde la vista se 
fija en la graciosa curva de la bahía, distingüese una her- 
mosa laguna de agua dulce, que parece reposar entre sus 
márgenes tupidas de verdura. Pequeños cerros se levan- 
tan en todas direcciones, cubiertos en algunas partes por 
espesos matorrales y en otras sembrados por bosques de 
árboles rústicos; y mañana y tarde pueden verse los pi- 
ños de ganado haciendo su acostumbrada emigración de 
los bosques á la abierta llanura y de la llanura á los bos- 
ques. 

La casa de Quinteros no está habitable todavía, porque 
aún hay una gran parte sin concluir. Como las demás ca- 
sas de Chile, es de un solo piso. Las piezas están distri- 
buidas en grupos separados. ¿Pero quién piensa en la 
casa, cuando el amo está presente? 



238 MARÍA GRAHAM 

Si bien no es hermoso, lord Cochrane tiene una expre- 
sión de superioridad que, desde que por primera vez se 
le mira, induce á mirarlo una y otra vez. Su expresión va- 
ria conforme á los sentimientos que pasan por él, pero 
por lo general su aspecto es de benevolencia. Cuando 
rompe su silencio habitual, su conversación es rica y va- 
riada; clara y animada cuando trata de asuntos relaciona- 
dos con su profesión. 

Si alguna vez he conocido el genio, puedo decir que 
en lord Cochrane es sobresaliente (1). 

Después de comida fuimos á pasear á la chacra, que 
está situada en un sitio pintoresco y abrigado, como á 
una legua de la casa. A la entrada hay varias herramien- 
tas agrícolas que lord Cochrane ha traído con el objeto 
de introducir los adelantos modernos en Chile, país de su 
adopción. 

£1 arado, el rastrillo, la pala de la Europa moderna, 
todo es nuevo aquí, donde durante siglos no se ha cono- 
cido ningún adelanto. Dentro de los cierros de la chacra 
hay un espacio dedicado á la multiplicación del alerce, 
de la haya y de la encina; creo que el alerce se adapta 
peculiarmente á este clima. 

Desde que lord Cochrane llegó á Chile, se encuentran 
en las despensas las zanahorias, los nabos y varias otras 
clases de legumbres que antes eran desconocidas aquí. 
De vuelta á la casa, estuvimos viendo varios diseños de 
buques de pequeño calado para hacer el cabotaje, y así 
se pasó para mí la más agradable de las noches que he 
pasado en Chile. 

14. — Poco después de almuerzo todos montamos á ca- 
ballo para dirigirnos á la punta de más afuera de la He- 
rradura, donde debía reunirse el ganado de la hacien- 
da para contarlo. Técnicamente, una reunión de esta 
especie se llama rodeo, y tiene lugar ordinariamente en 



(1) El capitán Graham era uno de los yuardia-marinas más nue- 
vos de la Thetis cuando lord Cochrane era ya de los más antiguos. Sir 
A. Cochrane era el capitán del buque. 



DIARIO 239 

el verano, ó más bien en el otoño. En tal ocasión reúnen- 
se todos los inquilinos de la hacienda, y seg'uidos de 
las muchachas que se han quedado atrás para engala- 
narse alegremente, aparecen después en el corral. El día 
señalado para el rodeo, los hombres, que van todos mon- 
tados, se dividen en grupos; cada tropa tiene un jefe, á 
cuyas órdenes avanza, se estrecha, se separa, ó se retira, 
conforme á la naturaleza del terreno, y no hay terreno 
tan escabroso, ni cerro tan encumbrado, ni bosque tan 
espeso que no lo franqueen. A fín de defenderse los 
brazos y las piernas contra las ramas, usan unas curiosas 
envolturas de cuero, amarradas á las caderas, que les 
defienden enteramente las rodillas y la parte inferior de 
la pierna; son por lo general de piel de foca, curiosamen- 
te laboreados y amarrados fantásticamente por cordones. 
He visto algunos muy caros, que han costado quince pe- 
sos. Los cueros para los brazos son más sencillos. Estos 
hombres pasan á veces varias noches con sus perros en^ 
los cerros para recoger el ganado; una vez reunido, se 
apartan los animales que pertenecen á extraños y se 
marca todo el ganado de la hacienda. Un rodeo es una 
escena de regocijo: uno ve ahí al chileno en sus glorias; 
corriendo á caballo, tirando el lazo, domando anima- 
les chucaros, sean caballos ó muías, y á veces, por chan- 
cearse, montándosele en los lomos al mismo grave buey. 
El rodeo de hoy no es tan festivo: tiene por objeto única- 
mente contar el ganado de la hacienda, que deben ser 
unas 2.000 cabezas; pero que desde la última vez que 
lord Cochrane zarpó de aquí ha sufrido una merma 
considerable por falta de cuidado. Hoy se han traído sola 
unos cuantos cientos; sin embargo, como esto es sólo el 
principio y la estación no es la regular, probablemente se 
logrará reunir casi todo en unos pocos días más. Los 
vaqueros mayores deben, generalmente hablando, ser 
nacidos en la misma hacienda donde trabajan. Las guari- 
das del ganado están á tanta distancia y el campo está 
tan poco poblado y tiene tan poco tráfico, que las huellas 



240 MARÍA GRAHAM 

y las señales no sirven de nada, y sólo la experiencia puede 
guiar al vaquero en las distintas estaciones para dar con 
las diferentes guaridas de las bestias. Su ocupación, á 
más de atender á los rodeos, es llevar á pastar el ganado, 
sea al llano, sea á los cerros, según la estación; apartarlos 
de manera que tengan libre acceso al agua y vigilar las 
nuevas crías, sean terneros, caballos ó muías. Rara es la 
vez que un vaquero no anda á caballo; es de dudar si 
la parte humana y el bruto fueron en los centauros más 
inseparables que en un vaquero y su cabalgadura. Cada 
uno de estos hombres tiene á su cargo cierto número de 
animales vacunos, de los que debe responder al mayor- 
domo de la hacienda. Hay una parte de la ceremonia, 
muy agradable para los hombres que en ella toman parte. 
-Como á las doce del día se le pide á uno de los peones 
que lacee un novillo para matarlo inmediatamente y ofre- 
cerlo asado á la concurrencia; el cuero, sin embargo, 
pertenece á la hacienda, y en consecuencia, se procede 
al momento á cortarlo en tiras, que sirven para hacer 
lazos, correas y una multitud de cosas por el estilo. 

Después de pasar la tarde á caballo viendo el ganado 
y de haber plantado algunos árboles frutales y algunas 
fresas en el huerto, Mrs. Miers y yo nos despedimos y 
regresamos á Concón por el camino de las casas viejas 
de Quinteros, más pintorescamente situadas cerca del 
íago, y que ya habíamos divisado cuando íbamos galo- 
pando por la costa. Parte del paisaje es muy bonito, par- 
ticularmente en los alrededores de la casa; pero á medida 
que se sigue costeando la laguna hacia el mar la vegeta- 
ción comienza á ceder el campo á la arena, y luego tuvi- 
mos que seguir por una orilla arenosa con tanto declive 
que á haber resbalado habríamos ido á dar en las profun- 
didades del lago; además, la arena era tan suelta, que á 
cada instante el resbalón parecía inevitable. 

Al cabo llegamos á la ribera del mar, y allí nos encon- 
tramos con que la barra del lago se había roto á causa del 
fuerte viento y de la marea, por lo cual nos costó algúa 



DIARIO 241 

tiempo dar con un vado. Después de mucho conseguimos 
pasar en salvo; pero no vinimos á atravesar el río frente á 
Concón hasta la noche. 

El paso lo hicimos con toda seguridad, gracias á la sa- 
gacidad de los caballos, que no sienten vacilación alguna 
para tomar el vado cuando lo han pasado una vez; á pe- 
sar de Lodo, siempre infunde cierto temor vadear de no" 
che un río profundo y torrentoso. El empuje de las aguas, 
la sensación de lucha debida la resistencia que oponen á 
las patas de los caballos, el grito de una ave acuática que 
vuela asustada de su nido, todo parece que va á desper- 
tar al espíritu de las aguas y á hacerlo apoderarse del via- 
jero. 

La noche, la duda y el temor son magos poderosos que 
saben poblar como nadie el mundo de la ficción. 

/5. — De vuelta de un largo y agradable paseo, nos en- 
contramos con el capitán T. S. y otros dos caballeros 
que han tenido la amabilidad de venir á caballo desde 
Valparaíso con el objeto de acompañarme para volver á 
casa. Siento un verdadero pesar al despedirme de mis 
amables huéspedes, que sobresalen por sus conocimientos 
y real distinción de las demás familias que he conocido 
aquí desde hace tiempo. Empleamos tres horas en llegar 
á mi casa, porque en muchos puntos el camino no permi- 
te galopar; pero una linda puesta de sol, una deliciosa 
vista y la agradable compañía hacen que no se sientan las 
dificultades del camino. 

Valparaíso, 17 de Agosto. — He ido al puerto para pre- 
parar mi viaje á Santiago. Ahora que ha pasado la esta- 
ción lluviosa, comienzo á sentirme impaciente por cono- 
cer la capital; pero, aunque la distancia es sólo de noven- 
ta millas, tengo que llevar cama y sábanas, porque las po- 
sadas, excepción hecha de la de Casablanca, que es la 
primera, no cuentan con esos artículos. Además, necesito 
muías para mi equipaje; mi peón me servirá de guía, y 
parece que emplearé tres días en el viaje. 

En el puerto encontré al capitán Morgell, que tuvo últi- 

16 



242 MARÍA GRAHAM 

mámente el mando del bergantín chileno Aranzazú, que 
se hundió mientras se trataba de ponerle en descubierto 
la quilla para repararlo. Hace veintiocho días que se vino 
de Guayaquil, en cuya época la plaza estaba en poder 
de Bolívar, que hacía causa común con San Martín y le 
había ofrecido mandarle 4.000 hombres de refuerzo para 
lograr la dominación definitiva del Perú. 

La población de Guayaquil, influenciada por los agen- 
tes de Lima, se había estado conduciendo muy mal con 
los buques de guerra del Estado de Chile, y hasta había 
amenazado hacer fuego sobre el Aranzazú y el Mercedes, 
Bolívar, sin embargo, los hizo entrar en orden, porque si 
bien odia á los extranjeros y les tiene recelo, comprende 
que nada puede hacerse sin ellos en el estado actual de 
la América del Sur (1). 



(1) Esta señora hubiera hecho mejor en sólo hablar de lo que vio, 
oyó y pudo juzgar. Si todos sus informes tuvieran la validez de éste, 
caería por tierra el libro. — (El Editor.) 



22 DE AGOSTO DE 1822.-13 DE MARZO DE 1823 



22 de Agosto. — Comencé mi viaje á Santiago. Era mi 
compañero el iionorable Federico de Roos, guardia ma- 
rina del navio de S. M. B. Alacrity, y llevaba conmigo á 
mi criada y un peón con tres muías para el equipaje. Nos 
acompañaron hasta la primera casa de postas, á unas doce 
millas de Valparaíso, varios amigos de ambos sexos que 
habían almorzado con nosotros. 

En vez de subir las alturas del puerto por el ancho ca- 
mino carretero que Chüe debe al padre del actual Direc- 
tor, tomamos el antiguo, que, por ser más corto que 
aquél, es todavía preferido, á pesar de su poca comodi- 
dad, por los leñadores y, á veces, por las recuas de carga. 

Este camino es sumamente escabroso y cortado en mu- 
chas partes por las lluvias de invierno, que, acopiándose 
en las mesetas superiores, se precipitan cerro abajo y 
abren profundos surcos en el blando suelo rojizo. 

Cuando llegamos á la cumbre vimos extenderse ante 
nosotros una inmensa llanura llamada "los Llanos de Pe- 
ñuelas", limitada á lo lejos por cerros sobre cuyas cimas 
se destacaba la nevada cordillera de los Andes. Atravie- 
san esta llanura numerosos riachuelos y pacían en ella al- 
gunos rebaños de ganado mayor; pero carece de árboles. 

Hay al fin de ella otra casa de postas, pasada la cual 
entramos en un camino que va serpenteando al través de 
una cadena de cerros que separa los Llanos de Peñuelas 
de los de Casablanca. El pastoral y pintoresco aspecto de 
este paso nos hizo recordar á Devonshire con sus verdes 



244 MARÍA GRAHAM 

colinas, sus arroyuelos y rebaños. Saliendo de él, un ca- 
mino recto y completamente plano, de unas doce millas 
de largo, conduce á Casablanca. 

Los campos, á uno y otro lado, están casi enteramente 
cubiertos de espinelas ó mimosas, cuyas fragantes flores 
perfuman la atmósfera, y el suelo tapizado de césped, 
anémonas silvestres, onagras blancas, azules y amarillas, 
ornitógalos, saxífragas y una gran variedad de malvas y 
diminutos geranios. Pero la estación es aún demasiado 
temprana para la mejor y más bella parte de Chile. 

Casablanca es una pequeña villa con una iglesia, un go- 
bernador y varios administradores de justicia, y envía un 
representante á la convención. Es célebre por su mante- 
quilla y otros productos análogos; pero debe su principal 
importancia á que es la única población que hay en el ca- 
mino entre el puerto y la capital, como también el punto 
en que se reúnen los productos de varios distritos vecinos 
para ir de allí á Santiago y á Valparaíso, ya para la ex- 
portación, ya para el consumo del país. 

Redúcese el pueblo á una larga calle y una plaza, pero 
la mayor parte de la población de la parroquia reside en 
las haciendas vecinas. En un costado de la plaza leván- 
tase la pequeña iglesia; ocupan los otros tres dos posadas 
y algunas quintas y huertos, y en el centro tiene lugar 
una vez al año una corrida de toros, en tan pequeña es- 
cala, que los sanfiaguinos han hecho de ella un tema de 
risas y, con no poco disgusto de los habitantes del pue- 
blo, han puesto en escena una comedia titulada La corrida 
de toros de Casablanca. Ignoro si Casablanca tiene algún 
otro título literario á la celebridad, á no ser quizás, el capí- 
tulo de los Viajes de Vancouver en que éste equipara la 
construcción de sus casas con la de las de Valparaíso. 

Dice allí, si mal no recuerdo, que ellos enseñaron á la 
gente de Chile el uso de escobas para el barrido de las 
casas, suposición que ha herido mucho á los chilenos, 
que son notablemente aseados y barren sus casas por lo 
menos dos veces al día. 



DIARIO 245 

El capitán Spencer ha tenido la amabilidad de acom- 
pañarnos hasta aquí. El viaje á caballo, que sólo es de 
treinta millas, me fatig^ó poco, pero mi pobre criada ha 
llegado tan rendida de cansancio, que me arrepentí de 
haberla traído, pues aú n no llevamos sino la tercera parte 
del viaje. 

Sin embargo, una noche de descanso en camas tan 
buenas que no quise sacar las nuestras del equipaje, una 
excelente comida y un almuerzo mejor aún, restauraron de 
tal modo nuestras fuerzas, que ya no dudamos que ama- 
neceríamos con nuevos ánimos para proseguir el viaje. 

El dueño de la posada es un negro británico que algo 
conoce de las comodidades á que están acostumbrados 
los ingleses, y en realidad ella ofrece al viajero un lugar 
de descanso bastante satisfactorio. 

23. — El capitán Spencer fué con nosotros hasta la 
Cuesta de Zapata, cerro muy escarpado por el cual el ca- 
mino sube serpenteando de tal manera que forma diez y 
seis mesetas, una sobre otra, que presentan un singula- 
rísimo aspecto vistas en perspectiva desde el largo ca- 
mino recto que va directamente de Casablanca hasta la 
Cuesta. 

El campo de este lado de la ciudad parece mucho más 
fértil que el que pasamos ayer; entre los grupos de espi- 
nelas veíanse espaciosos claros pertenecientes á diversas 
propiedades rústicas. El camino corre entre dos filas de 
hermosos árboles: maitenes, sauces del país, moUes y 
otros árboles de hoja perenne, que eran más y más nu- 
merosos á medida que nos acercábamos á la Cuesta, y 
formaban matorrales y bosquecillos en las profundas ca- 
ñadas que interrumpen el camino. 

Al pie del cerro nos dejó el capitán Spencer, con gran 
pesar mío, pues si en cualquier parte es grato tener un 
compañero inteligente y simpático, lo es mucho más á tan 
grande distancia de Europa. 

Me asombra no haber oído nunca encarecer la belleza 
de este camino. Quizás los comerciantes que lo frecuen- 



246 MARÍA GRAHAM 

tan van preocupados durante sus viajes de las g-anancias 
y pérdidas mercantiles; y los oficiales de la marina ingle- 
sa, que van á la capital en busca de diversiones, piensan 
demasiado en los entretenimientos que les esperan para 
fijarse en las bellezas del camino. Este me recuerda algu- 
nos de los más hermosos paisajes de los Apeninos. 

El onduloso valle llamado Cajón de Zapata, que se 
desplegó á nuestra vista cuando llegamos á la cumbre, 
sus boscosas hondonadas y las nevadas montañas en el 
horizonte, formaban un bellísimo paisaje. El cielo estaba 
sereno, y la temperatura era deliciosa. En una palabra, 
aquello habría sido un paraje de Italia á no faltar allí los 
edificios y íemplos, signos de la presencia del hombre; 
pero aquí todo es aún demasiado nuevo, tal que uno casi 
no se sorprendería de ver salir un salvaje de entre los 
árboles más próximos ó de oir rugir una fiera desde el 
cerro. 

Cuando pudimos resignarnos á dejar el hermoso sitio 
desde donde dominábamos el espléndido panorama, des- 
cendimos al valle y dimos descanso á los caballos en la 
casa de postas. Mientras éstos descansaban, la dueña de 
casa nos obligó á entrar y compartir su comida. Es una 
casa de campo de decente aspecto, y no una posada, aun. 
que está instalado allí el servicio de postas. 

Sirviéronnos el popular charquican, preparado con 
carne fresca y seca y diversas legumbres y sazonado con 
ají, ó pimienta chilena, en una gran fuente de plata; y á 
cada una de las ocho personas que nos sentábamos á la 
mesa se le distribuyeron cubiertos de plata. Leche, hari- 
na de maíz y aguardiente completaban la comida. Por fin, 
descansados ya nosotros y las cabalgaduras, proseguimos 
el viaje, habiendo tomado la delantera el peón y las 
muías. 

Saliendo del Cajón de Zapata, entramos al largo y pro- 
fundo valle en que se encuentran Curacaví y Bustamante. 
El primero de esos pueblos se extiende graciosamente al 
pie de un cerro, entre huertos y jardines y á las orillas de 



DIARIO 247 

un ancho riachuelo llamado Estero de Curacaví, que 
nace de una hondonada distante, y cayo vado se encuen- 
tra precisamente en el punto más pintoresco de esa co- 
marca. 

Bustamante es un villorrio, y debe su nombre al del 
mayorazgo á que pertenece; está situado bajo una parte 
de la serranía que forma la Cuesta de Prado, y poco hay 
en él que sea digno de mencionarse. La casa de postas 
esta á cargo de una muy atenta y amable señora, de edad 
ya avanzada, que nos proporcionó sabrosa carne de cor- 
dero con excelente vino y un aseado dormitorio. 

El piso de éste es de tierra, en que se hallan afianza- 
das varias armazones de madera que sirven de lechos. 
Sobre ellas acomodamos nuestras camas, y dormimos 
perfectamente. 

Mi criada era, como antes, la más cansada de todas, lo 
que prueba que la juventud y la salud no siempre son los 
más resistentes compañeros de viaje. Acostóse ella mien- 
tras yo me ocupaba en escribir y hacer los preparativos 
para la mañana siguiente. 

24. — A las siete nos pusimos de nuevo en marcha, 
acompañados del peón Felipe, y como á una mila de Bus- 
tamante se nos agregó sencillamente y sin ceremonias 
otro peón, que conducía carga, é hizo con nosotros el res- 
to de la jornada. 

Como el nuevo camino de la Cuesta de Prado da una 
vuelta de varias millas, Felipe tomó la acertada determi- 
nación de llevarnos por el antiguo sendero, abierto en la 
sierra, que si no hubiéramos estado ya algo acostumbrados 
á la vista de los precipicios, nos habría infundido terror. 

Más ó menos á media milla de Bustamante abandona- 
mos el camino de O'Higgins y entramos en lo que aquí 
llaman un monte (1), ó espesura de bellos arbustos, con 



(1) Esta aplicación de la palabra monte tuvo origen, según parece, 
en las pampas argentinas, que son tan planas y desnudas que cual- 
quier bosquecillo ofrece desde lejos el aspecto de un pequeño cerro ó 
monte. 



248 MARÍA GRAHAM 

algunos grandes árboles de trecho en trecho. Los gigan- 
tescos cardones, que aquí y allá sobresalen de entre los 
arbustos, dan al paisaje un carácter especial muy pintores- 
co. Como en el centro del monte, en un extenso espacio 
desprovisto de vegetación, vimos un interesante espec- 
táculo. 

Tomaba allí descanso una recua de muías destinada al 
transporte de mercaderías por la cordillera. Estaban éstas 
dispuestas en círculo, un fardo sobre otro, y en el centro 
del círculo los arrieros y los acémilas descansaban ó co- 
mían; dos ó tres de los hombres preparaban la comida en 
un pequeño fuego que ardía á poca distancia. 

Comenzamos luego á trepar la abrupta y escabrosa 
montaña, y no podíamos menos de detenernos de cuando 
en cuando á admirar el magnífico panorama que dejába- 
mos detrás de nosotros y asomarnos á los verdes y bos- 
cosos abismos que se abrían á nuestros pies. 

Aquí y allá seguían las sinuosidades del camino largas 
recuas de muías cargadas que se dirigían á la capital, y 
los prolongados gritos de los muleteros, repercutidos por 
los cerros opuestos, se armonizaban admirablemente con 
el paisaje. 

Llegamos por fin á la cumbre, y aparecieron los Andes 
en su nevada majestad, dominando los numerosos cordo- 
nes de los cerros más bajos; pero no habíamos llegado 
aún al sitio más bello, que dista como media milla de la 
unión de los dos caminos, el antiguo y el nuevo, de la 
cuesta de Prado. 

A un lado, los largos valles que acabábamos de pasar, 
se extendían á lo lejos, engrandecidos por la niebla de la 
mañana, al través de la cual los cerros circunvecinos bri- 
llaban con gran variedad de tintes; al otro encuéntrase el 
hermoso valle de Santiago, en que se distingue á trechos 
el camino, 

Los elevados cerros que rodean la ciudad y la cadena 
de montañas más espléndida del mundo, la cordillera de 
los Andes, coronada de nieve, con sus cimas que parecen 



DIARIO 249 

llegar al cielo y sus obscuras quebradas en que fio tan den- 
sas masas de nubes, ofrecían á mi vista una escena como 
jamás había contemplado antes. En el primer plano hay 
abundancia de bellos árboles; con un río el paisaje habría 
sido perfecto. 

A los pies de la Cuesta, hacia la parte de la ciudad, tu- 
vimos la suerte de encontrar un excelente almuerzo de 
cordero después de nuestra larga jornada; y tanto nos- 
otros como los caballos pudimos darnos un buen des- 
canso. Desde este punto hasta la parada siguiente, Pu- 
dahuei, el camino va por un llano arenoso, salpicado de 
mimosas y calentado por el reflejo del sol en la tersa y 
árida superficie. Pudahuel está situado en las márgenes 
del lago del mismo nombre, que termina en este punto. 

Créese vulgarmente que el Mapocho, á cuyas orillas 
se levanta la ciudad de Santiago, corre hasta aquí y des- 
aparece bajo el cascajo y las arenas para reaparecer por 
siete bocas al otro lado del monte de San Miguel, de don- 
de se dirige al valle de Maipo, uniéndose á este río cerca 
de Melipilla; pero el lago de Pudahuel no se comunica 
con el Mapocho, sino que es alimentado por los riachue- 
los de Colina y Lampa. 

El Mapocho, muy disminuido por los canales que de él 
se sacan para el regadío, desaparece en cierto punto del 
llano de Maipo, y por ser las aguas de la bella fuente de 
San Miguel semejantes en dulzura y otras cualidades á las 
del Mapocho se le da este nombre hasta su confluencia 
con el blanquizco y turbio Maipo. 

Accidentes ó circunstancias de este género eran poeti- 
zados por los griegos con esa rica y fabulosa fantasía que 
comunicaba especial encanto á todos los objetos que 
creían dignos de su inspiración. 

¡Cuánto más bello es el paisaje que rodea las orillas 
del Pudahuel que el sucio lavadero que hoy marca el lu- 
gar de la en otro tiempo celebrada fuente de Aretusa en 
Sicilial Y, sin embargo, mientras estaba allí oyendo y 
viendo vulgares sicilianos, rodeada de sórdidas y misera- 



250 MARÍA GRAHAM 

bles casas y sin otro objeto sagrado á la vista que una mu- 
tilada imagen de yeso de la Virgen, mi imaginación, que 
desde mi juventud había anhelado ver el sitio donde "el 
divino Alceo se deslizó bajo la tierra para ir al encuentro 
de su Aretusa", no tardó en revestir de mármol las rocas 
y restaurar los palacios, las estatuas y la magnificencia de 
esa fuente que en otro tiempo mereció la alabanza ó el 
reproche de ser el sitio más voluptuoso de una voluptuo- 
sa ciudad. Aquí Pudahuel desaparece en su belleza soli- 
taria, sin que ningún poeta lo cante, sin que se le tribute 
honor alguno. 

El panorama que se divisa desde el paseo de Pudahuel 
es bellísimo. Mirando á través del río, cuyas escarpadas 
orillas adornan grandes árboles, el valle de Santiago se 
extiende hasta las montañas, á cuyos pies se despliega 
la ciudad con sus blancas torres, y da á todo el conjunto 
un carácter especial que lo distingue de los demás be- 
llos paisajes de Chile, en que la ausencia de habitacio- 
nes humanas imparte cierto sello de melancolía sobre la 
Naturaleza. 

Tres millas más allá de Pudahuel nos encontramos con 
<lon José Antonio de Cotapos, cuya familia me había in- 
vitado bondadosamente á alojarme en su casa mientras 
permaneciera en Santiago, y aunque no había aceptado 
la invitación, creyendo que tendría más libertad en un 
hotel inglés, no pude realizar tal propósito, pues algu- 
nas millas más adelante me encontré con Mr. Prevost, 
quien me dijo que las señoras se darían por ofendidas si 
no aceptaba su hospitalidad con preferencia á cualquiera 
otra. 

Apenas había dado mi asentimiento, llegaron dos co- 
ches con la señora de Cotapos y tres de sus bellísimas 
hijas, que habían venido á mi encuentro para llevarme á 
la ciudad. Rehusé este ofrecimiento por no entrar al co- 
che cubierta de polvo. Seguí, pues, á caballo, y fui muy 
amablemente recibida por doña Merceditas, otra hija de 
la señora, cuya gracia y cortesanía igualan su hermosura. 



DIARIO 251 

Después de tomar algún descanso y vestirme me lla- 
maron á comer; allí encontré toda la familia reunida y al- 
gunos otros caballeros que habían sido invitados para que 
me conocieran é hicieran honor á la fiesta de recep- 
ción. La comida fué más copiosa de lo que en nuestros 
hábitos permitiría el buen gusto; pero todos los manjares 
estaban bien preparados, aunque demasiado cargados 
de ajos y aceite. Sirvióse el pescado entre los últimos 
platos. 

Todos los guisos fueron servidos en la misma mesa, y 
era difícil resistir á las apremiantes y repetidas invitacio- 
nes á comer de cuanto había. Se considera como una 
muestra de la más delicada atención sacarle á alguien una 
porción de su plato y ponerla en el de su amigo, y á na- 
die se le hace escrúpulo servirle á uno con el cuchillo ó 
cuchara con que ha estado comiendo, ó tomar algo direc- 
tamente de la fuente sin intervención de platos. Entre los 
servicios ofrecíase pan, mantequilla y aceitunas. 

A juzgar por lo que hoy he visto, podría decir que los 
chilenos comen mucho, especialmente dulces, pero son 
muy parcos en la bebida. 

Después de la comida tomamos café, y, habiéndose ya 
hecho tarde, todo pasó más ó menos como en una casa 
inglesa, salvo que la mayor parte de la familia se retiró 
á practicar sus devociones. En la noche llegaron algunos 
amigos y parientes de la familia, y los jóvenes de ambos 
sexos se entretuvieron en danzar. 

Las personas mayores conversaban alrededor de un bra- 
sero, resguardadas por una gruesa cobertura, dispuesta de 
tal modo que á la vez que conducía el calor á las rodillas 
impedía que subieran hasta la cabeza los nocivos gases 
del carbón. 

Hace muy poco tiempo que las damas chilenas han 
aprendido á sentarse en sillas, en vez de hacerlo sobre 
el estrado. Ahora, en lugar del estrado, hay generalmente 
largas alfombras á cada lado de la sala y dos filas de si- 
llas, con tan poca distancia entre una y otra fila, que los 



252 MARÍA GRAHAM 

pies de una persona quedan en contacto con los de la que 
está sentada frente á ella. 

Los más graves y de más edad se sientan con las espal- 
das hacia la muralla, y frente á ellos las niñas; los jóvenes 
se colocan detrás de éstas, y la conversación, general ó 
particular, se hace sin ceremoaiosa afectación y á me- 
dia voz. 

Cuando hay un número suficiente de personas comien- 
za el baile, con un minué, que poco se parece, en verdad, 
al grave y majestuoso minué que hemos visto en Euro- 
pa. Grave es, sin duda, pero incorrecto y descuidado; no 
hay en él elegancia, finura, nada, en una palabra, en que 
el famoso capitán Nash de Bath pudiera reconocer los 
graciosos movimientos de las danzas que presidió duran- 
te tanto tiempo y con tanta maestría. 

Después del minué se bailan alemandas, cuadrillas y 
danzas españolas. Estas últimas son muy graciosas, y ta- 
les como las he visto aquí me recuerdan las poéticas dan- 
zas que suelen representar la antigua escultura y la pintura 
moderna; pero en aquellos tiempos el arte coreográfico 
no establecía tan íntimo contacto entre la juventud, ale- 
gría y belleza femeninas y un compañero de baile. Sin 
embargo, aquí parecen estar habituados á ello, y reconoz- 
co que fué una tontería mía el haberme dejado alarmar 
por semejante espectáculo. 

Luego que terminó el baile y se retiraron las visitas, ce- 
rróse la puerta de la casa, y la familia pasó al comedor á 
tomar una cena caliente, que aquí es ¡a comida principal. 
Como yo no acostumbro comer en la noche, me retiré á 
mi aposento, sumamente complacida de las amables y 
finas atenciones y franca hospitalidad de mis nuevos ami- 
gos, y demasiado cansada para pensar en otra cosa que en 
dormir. 

Hacía tanto tiempo que no oía cantar á un guardián de 
ronda, que experimenté una indecible sorpresa cuando 
llegó á mis oídos, mientras me acostaba, el canto de 
Ave María purísima] las once de la noche han dado, y 



DIARIO 253 

sereno", canto que despertó en mí muchos recuerdos, 
asociados con 

The bellman's drowsy charm. 

To bless ihe doors from nightly harm. (1) 

25. — Los primero que hice después de levantarme fué 
examinar la distribución de los diversos departamentos 
de la casa, y comencé mi inspección por la puerta por 
donde había entrado ayer, buscando en vano á uno y 
otro lado de ella alguna ventana que diera á la calle. La 
casa, como todas las que desde aquí alcanzaba á descu- 
brir, tenía por todo frente una muralla baja y blanquea- 
da, sobre la cual se proyectaba un enorme alero de te- 
jas; en el centro un gran portal ó zaguán, con puertas 
de doblar, y una torrecilla llamada el alto, con ventanas 
y balcón en la parte superior, donde se encuentra mi 
aposento; debajo de ella, cerca de la puerta de calle, está 
la habitación del portero. Este portal desemboca en un 
gran cuadrángulo empedrado, á que dan numerosos de- 
partamentos. Los de la derecha é izquierda parecen ser 
ajlmacenes ó depósitos de provisiones; al frente se en- 
cuentran la sala, el dormitorio principal, que hace tam- 
bién las veces de sala, y una ó dos piezas más pequeñas. 

A continuación de este cuadrángulo sigue otro, ador- 
nado con plantas en macetas y árboles frutales, y circun- 
dado por una cómoda y agradable galería, donde las 
hijas de la dueña de casa acostumbran recibir á sus ami- 
gas ú ocuparse en sus labores domésticas. 

Alrededor de este cuadrángulo ó patio están dispues- 
tos los aposentos privados de la familia, y detrás de él 
hay otro más pequeño, donde se encuentra la cocina, des- 
pensa y piezas de la servidumbre, y por el cual, como en 
ceisi todas las casas de Santiago, corre una acequia cons- 
tantemente llena de agua. 



(1) «El soñoliento canto del rondador, que defiende las habita- 
ciones de los peligros de la noche.» 



254 mar/a graham 

La disposición de las casas, bastante cómoda y agra- 
dable para sus moradores, es fea exteriormente y comu- 
nica á las calles un aspecto triste y plebeyo. Estas son 
anchas y bien empedradas; tienen aceras con pavimentos 
de granito, y por casi todas ellas corre siempre un arro- 
yuelo, que, con un poco de más atención de la policía, 
podría hacer de esta ciudad la más limpia del mun- 
do. Con todo, no es muy sucia, y cuando recuerdo á 
Río Janeiro y Bahía estoy por declararla absolutamente 
aseada. 

La casa de Cotapos está amueblada con lujo, pero sin 
elegancia. Sus ricos espejos, sus hermosas alfombras, un 
piano fabricado por Broadwood, y una buena provisión 
de sillas, mesas y camas, no precisamente de las que hoy 
se usan en París ó en Londres, pero sí de las que estuvie- 
ron allá de moda hace un siglo ó poco más, hacen un 
lucidísimo papel en esta apartada tierra del continente 
austral. Pero con el comedor no puedo transigir. Es el 
aposento más obscuro, triste y feo de la casa. La mesa 
está casi pegada á la muralla, en un rincón, de suerte que 
una de las extremidades y un costado apenas dejan espa- 
cio suficiente para las sillas; un regular servicio es así 
punto menos que imposible. 

Cualquiera creería que ha sido dispuesto de esta ma- 
nera para comer en secreto; y me hace pensar, especial- 
mente cuando las grandes puertas se cierran de noche 
antes de la principal comida, en los moros é israelitas de 
la península española, ocultándose celosamente de la 
vista de los godos, sus opresores. 

Me sirvieron en mi aposento mi acostumbrado desayuna 
de té, huevos y pan con mantequilla. La familia no come 
nada á esta hora; pero aquí algunos se desayunan con 
una jicara de chocolate, otros con un poco de caldo, y 
los más con mate. 

Las señoras pasaron á saludarme antes de irse á misa, 
y en esta ocasión habían cambiado sus vestidos de estila 
francés por otros enteramente negros, con la mantilla, que 



DIARIO 255 

hace aparecer á una hermosa española ó chilena diez 
veces más hermosa y agraciada. 

Como á medio día, el señor de la Salle^ uno de los 
ayudantes de campo del Director Supremo, me trajo un 
atento saludo de bienvenida de su excelencia. Por con- 
ducto de este caballero envié mis cartas de introducción 
á doña Rosa D'Higgins, y se convino en que la visitaría 
mañana por la noche, porque hoy va al teatro. Poco des- 
pués de comer, el señor de Roos y yo acompañamos á 
don Antonio de Cotapos y dos de sus hermanas al llano, 
situado al Sur-Oeste de la ciudad, á ver las chinganas j ó 
entretenimientos del bajo pueblo. 

Reúnense en este lugar todos los días festivos, y parecen 
gozar extraordinariamente en haraganear, comer buñuelos 
fritos en aceite y beber diversas clases de licores, espe- 
cialmente chicha, al son de una música bastante agradable 
de arpa, guitarra, tamboril y triángulo, que acompañan 
las mujeres con cantos amorosos y patrióticos. Los músi- 
cos se instalan en carros, techados generalmente de caña 
ó de paja, en los cuales locan sus instrumentos para atraer 
parroquianos á las mesas cubiertas de tortas, licores, 
flores, etc., que éstos compran para su propio consumo ó 
para las mozas á quienes desean agradar. 

Algunas de las flores, como los claveles y los ranúncu- 
los, se venden á precios exorbitantes: suelen pedir hasta 
medio peso por cada una, y un peso por un ranúnculo 
amarillo con pétalos matizados de rojo y verde. El pueblo, 
hombres, mujeres y niños, tiene verdadera pasión por las 
chinganas. El llano se cubre enteramente de paseantes 
á pie, á caballo, en calesas y carretas; y aunque la aristo- 
cracia prefiere la Alameda, no deja de concurrir también 
á las chinganas, donde todos parecen sentirse igualmente 
contentos en medio de una tranquila y ordenada alegría. 
En Inglaterra estoy cierta de que en una concurrencia tan 
grande de gente no dejaría de haber desórdenes y riñas; 
pero nada de esto ocurrió aquí, á pesar de que se jugó 
mucho y se bebió no poco. 



256 MARÍA GRAHAM 

En la noche asistí á la tertulia de la familia Cotapos, 
en que hubo la música, baile y charla de costumbre, y 
pude observar que en Chile la belleza y el traje de una 
Joven son criticados por las demás lo mismo que entre 
nosotros. Y ya que hablo de cosas femeninas, agregaré 
^que jamás había visto tantas mujeres hermosas en un 
solo día como he visto hoy aquí. 

No me atrevo á asegurar que hubiera entre ellas algu- 
na de extraordinaria belleza; pero sí puedo afirmar que 
iampoco vi ninguna fea. Son por lo común de mediana 
altura, bien conformadas, de andar airoso, con abundan- 
tes cabelleras y lindos ojos, azules y negros, y en cuanto 
al sonrosado color de su tez, nunca lo puso más bello 
"la pura y diestra mano de la Naturaleza"; pero ¡ay! "la 
cariñosa mano de la Naturaleza es generosa, mas no 
pródiga", y estas lindas criaturas, dotadas de tantos 
atractivos, tienen generalmente una voz desapacible y 
áspera, y en el cuello de algunas observé cierta tumefac- 
ción que indica que la papera ó bocio es frecuente en 
Chile. 

26. — Esta mañana, al asomarse á la calle poco después 
de aclarar el día, vi llegar las provisiones de los campos 
vecinos para el mercado. Los cuartos de vaca y las mita- 
des de cordero venían sobre el lomo de los caballos de- 
lante de un hombre ó muchacho, envuelto en su poncho 
y montado junto á la cola de la cabalgadura; las aves, en 
grandes arcas de cuero con rejillas, sobre muías. Huevos, 
mantequilla, leche, queso, verduras, legumbres, todo era 
conducido por bestias de carga, porque ningún chileno 
se allana á emprender á pie una larga caminata, y mucho 
menos con una carga sobre los hombros, salvo que una 
imperiosa necesidad se lo exija. Y mientras desfilaban en 
,una dirección las acémilas cargadas de comestibles, nume- 
rosas mujeres con manto, alfombra y devocionario iban 
^n otra al templo, á oir misa. 

Los gritos de los vendedores en las calles son casi tan 
ininteligibles como los de Londres, y, con excepción de 



DIARIO 257 

Sweep! y Old Clothes! (1), se refieren á los mismos ar- 
tículos. 

El juez Prevost vino poco después del almuerzo y me 
hizo algunas indicaciones acerca de mi vista de esta no- 
che á doña Rosa O'Higgins. Parece que ir á pie á una 
visita de etiqueta, aunque sea á la casa vecina, es algo 
tan contrario al buen tono que no debo ni pensar en tal 
cosa. Debo ir, por lo tanto, en un coche de la familia 
Cotapos, acompañada por dos de las señoras. Confieso 
que este último punto me alarmó. 

Esta familia es una de las más respetables de Santiago; 
pero una de las hijas fué casada con un Carrera; toda la 
familia fué partidaria de Carrera, y más de uno de sus 
miembros ha tomado parte en conspiraciones contra el 
gobierno actual, mas aún, contra la vida del Director^ 
según se dice, y yo sé perfectamente que, á pesar de los 
generosos deseos del señor Prevost, no se ha dado aún 
ningún paso hacia una reconciliación amistosa entre el 
palacio directorial y la casa de Cotapos. Si yo he de ser 
un instrumento de reconciliación y paz, en buena hora, 
pero me agradaría más que se me dijera francamente qué 
se espera de mí. 

Fui á ver la plaza: uno de sus costados es ocupado por 
el palacio, que comprende la residencia del director, los 
tribunales de justicia y la cárcel pública. La construcción 
es de muy bella arquitectura, pero aun está inconclusa, 
porque cuando se agregó el palacio directorial faltó el 
dinero; sin embargo, todo el primer piso corresponde al 
orden dórico del resto, y podrá ser terminado tan pronto 
como el gobierno tenga fondos con que hacerlo. 

En el costado Poniente de la plaza se encuentra la ca- 
tedral, inconclusa también y de orden dórico, el palacio 
del obispo y algunos edificios inferiores. En el lado Sur 
hay una arquería frente á las casas particulares, cuyos 
primeros pisos sirven de tiendas de comercio, y debajo 

(1) El primero es el grito de los deshollinadores Je chimeneas, el 
segundo el de los ropavejeros. — (N. del T.) 

n 



258 MARÍA GRAHAM 

de la arquería se ve una serie de puestos por el estilo de 
los bazares de Londres. 

En las noches de luna la arquería y sus tiendas pre- 
sentan un aspecto muy alegre y animado. Las damas 
acostumbran recorrer entonces las tiendas y puestos á 
pie, y como todos están iluminados, las escena es be- 
llísima. 

En el cuarto costado sólo hay edificios vulgares, de los 
cuales el hotel inglés es uno de los mejores. Pasamos por 
varios otros edificios públicos, bellos en general y casi 
todos de orden dórico; sin embargo, el aspecto de las ca- 
lles es feo á causa de la desnudez y monotonía de los 
frentes de las casas particulares. 

Después de la comida el señor De Roos y yo fuimos á 
los Tajamares y á la Alameda. 

Los Tajamares son un sólido parapeto de albañilería 
construido para defender la ciudad de las creces del Ma- 
pocho, que, aunque de ordinario es un inofensivo ria- 
chuelo que corre por un angosto canal en medio de un 
ancho lecho de piedras, se convierte dos veces al año en 
un impetuoso torrente. 

El invierno por las lluvias, y el verano, por la fusión de 
las nieves andinas, son las estaciones en que suelen tener 
lugar sus formidables creces, y si no fuera por los Taja- 
mares inundaría la mayor parte de la ciudad. 

La Alameda está dentro del recinto de los Tajamares; 
un paseo encantador, con largas filas de sauces y una 
vista espléndida. 

Una angosta callejuela nos llevó de aquí al peñón de 
Santa Lucía, que debería ser la cindadela de Santiago. 
Se alza más ó menos en el centro de la ciudad y la do- 
mina; en sus extremidades opuestas hay actualmente dos 
pequeñas baterías de cañones. 

Mientras lo subíamos no podíamos menos de admirar 
los inmensos bloques de granito que la naturaleza parece 
haber amontonado aquí jugando, que unas veces forman 
cavernas y otras quedan suspendidos sobre el camino, y 



DIARIO 259 

nos recordaban las enormes rocas que los antiguos caci- 
ques precipitaban sobre sus invasores. 

Desde el Santa Lucía veíamos todo el valle de Santia- 
go hasta la cuesta de Prado, el llano de Maipo, que iba á 
perderse en el horizonte, la nevada cordillera, y á nues- 
tros pies la ciudad, sus jardines, sus templos y su magní- 
fico puente, todo iluminado por los rayos del sol ponien- 
te, que en la ciudad, el valle y las montañas producía esos 
mágicos efectos que los poetas y pintores se complacen 
en describir. Pero ¿qué pincel y qué pluma podrán dar- 
nos una pálida idea de los Andes iluminados por los últi- 
mos rayos del sol? Yo los contemplaba. 

— "Till the place became 
Religion, and my heart ran o'er 
In secre worsip" (1). 

La campana de San Isidro vino á sacarme de mi con- 
templación, haciéndome volver los ojos hacia su pequeña 
iglesia, sobre la cual se cernía una inmensa y negra nube 
y de cuyas puertas salía una larga y solemne procesión de 
sacerdotes que comenzaban una rogativa de nueve días á 
San Isidro y al apóstol Santiago, patrono de la ciudad, 
para pedirles lluvia.. 

Yo quisiera que la superstición se hubiera limitado á 
poner cada país, ciudad é individuo bajo la tutela de un 
santo patrono, ya que hay algo tan consolador en la 
creencia de que un ser superior vela sobre nosotros, 
pronto siempre á interceder por nosotros ante el Supremo 
Juez. Los frivolos atenienses tenían á su Minerva, los po- 
derosos romanos á Júpiter, el señor de los dioses; Ingla- 
terra reconoce todavía la protección de San Jorge; ¿por 
qué, pues, no ha de tener Santiago por patronos al santo 
de su nombre, el espejo y modelo de las órdenes de ca- 
ballería, y á San Isidro, el labrador? Una mujer con quien 

(1) "Hasta que aquel sitio se transformó en un templo de la Di- 
vinidad y mi corazón se desbordó en secreta adoración." 



260 MARÍA GRAHAM 

entré en conversación en el cerro me dijo que aquí el 
tiempo seco es tenido por muy malsano, y que cuando no 
llueve los cuerpos se resecan como la tierra, y que por 
lo tanto había gran necesidad de recurrir á la intercesión 
de los santos para alejar de la ciudad las epidemias y la 
carestía. Me agregó que de la sequedad del tiempo pro- 
venían fiebres é inflamaciones de la garganta. Si esto no 
es una preocupación infundada, es bastante singular. 

Volvimos á casa á vestirnos para la visita á palacio, á 
la que fui acompañada por el juez Prevost, la señora Co- 
tapos y su hija segunda, Mariquita, joven más cultivada 
de lo que aquí se acostumbra. Ambas me pidieron excu- 
sas de presentarse con medias de algodón y toscos zapa- 
tos negros, manifestándome que, á causa de un voto que 
habían hecho durante una grave enfermedad del anciano 
don José Miguel Cotapos, estaban obligadas á usar esas 
medias y zapatos durante un año, si sus oraciones alcan- 
zaban la salud del paciente. 

Aunque no pude menos de sonreirme al oír tal cosa, 
comprendí que el afecto que les había inspirado esta pro- 
mesa era demasiado respetable para reírme de ella; ni se 
me ocultó el extraordinario mérito de semejante voto, 
pues en nada es más delicada una dama chilena que en la 
elección de su calzado. 

La señora Cotapos me hizo la confidencia de que los 
zapatos le atormentaban de tal manera, que se había visto 
obligada á ponerles algodón para que la mortificaran un 
poco menos los pies. Afortunadamente no me compren- 
dió cuando murmuré entre dientes las palabras de Peter 
Pindar: // took the liberty to boil mi peas (1). Mariquita 
cumple su voto sin salvedades de ninguna especie. 

Entramos al palacio con menos alboroto y ceremonias 
que en cualquier casa particular. Las salas están bien amue- 
bladas; pero con sencillez: estufas inglesas de hierro fun- 

(1) Literalmente: Me tomé la libertad de cocer mis guisantes. 
Esta frase encierra un sentido análogo al de nuestro refrán: "Cada 
uno es dueño de hacer de su capa un sayo". — (N. del T.) 



DIARIO 261 

dido, alfombras escocesas, porcelanas y relojes de mesa 
franceses, poco ó nada que pareciera español y mucho me- 
nos chileno. La madre del Director, doña Isabel, y su her- 
mana doña Rosa nos recibieron, no sólo cortésmente, 
sino con exquisita amabilidad. 

El recibimiento del Director fué de lo más haiag-ador 
para mí y mi joven amigo De Roos. Su excelencia había 
residido varios años en Inglaterra, de los cuales pasó gran 
parte en una academia, en Richmond. Luego me pre- 
guntó si había estado alguna vez allí; se informó con mu- 
cho interés de mi tío, sir David Dundas, y de varios ami- 
gos y parientes míos, por sus nombres y, muy especial- 
mente, de sus viejos maestros de música y otras artes. 

Mucho me agradó la bondad de sentimientos que de- 
mostraban estos recuerdos, y más aún cuando vi que al- 
gunas muchachitas de aspecto salvaje entraron á la sala, 
corrieron hacia él y se abrazaron de sus rodillas y supe 
que eran indiecitas huérfanas salvadas de morir en los 
campos de batalla. En las invasiones que suelen hacer en 
los territorios de que han sido despojados, los indios 
acostumbran llevar consigo á sus mujeres é hijos. 

Cuando se libra un combate y se hace encarnizado, las 
mujeres toman generalmente parte en él. Si la suerte les 
es adversa, no es raro que los hombres maten á sus mu- 
jeres é hijos para impedir que caigan en poder del ene- 
niigo, y, en realidad, con esto no se conseguía hasta aho- 
ra otra cosa que anticipar unos cuantos minutos la muerte 
de estas infelices criaturas, pues ni por una ni por otra 
parte se da ni se acepta cuartel, y tanto menos, cuanto 
que en las filas españolas militan muchos indios, qua, á 
despecho de su semicivilización, conservan siempre sus 
feroces costumbres guerreras. 

El Director da una recompensa por cada persona salva- 
da en esas ocasiones, especialmente por las mujeres y ni- 
ños. A los niños se les educa, y servirán más tarde de me- 
diadores entre la raza indígena y Chile, y, para este fín se 
procura que no olviden su lengua nativa. 



262 MARÍA GRAHAM 

El Director les dirigió la palabra en araucano para que 
yo oyese hablar en este idioma, que me pareció armonio- 
so y ag^radable, debido, quizá, en parte, á la suavidad de 
las voces infantiles. Una de ellas me agradó especialmen- 
te, la pequeña María, hija de un cacique que, con su mu- 
jer y los hijos mayores, fué muerto hace poco en un com- 
bate. Doña Rosa cuida á las pequeñas prisioneras con es- 
mero y bondad maternales. 

He quedado encantada del modo tan noble y humano 
con que les hablaba. En cuanto á doña Isabe.l, parece 
vivir de la fama y grandeza de su hijo: lo contempla con 
miradas que revelan el más tierno amor maternal y escucha 
con siiagular satisfacción los cumplimientos que le dirigen. 

El es modesto, abierto, de modales sencillos, sin pre- 
tcnsiones de ninguna clase. Si ha realizado grandes he- 
chos, los atribuye á la influencia del amor patrio, que 
como él dice, puede inspirar á un hombre vulgar los más 
nobles sentimientos. 

Discurrió con mucha franqueza sobre la actual condi- 
ción de Chile, y me dijo que no dudaba que yo estaría 
sorprendida del atraso del país en muchas cosas, hacien- 
do especial mención de la falta de tolerancia religiosa, ó 
más bien, la pequeñísima proporción en que, dado el es- 
tado general de las cosas, ha podido hasta ahora conce- 
derla sin turbar la tranquilidad pública, y se manifestó 
algo dispuesto á censurar á ciertos protestantes que pre- 
maturamente pretendían exigirle la construcción de un 
templo y el reconocimiento oficial de aquel culto, olvi- 
dando que hace todavía muy poco tiempo que se les con- 
cedió la libertad privada de conciencia y un cementerio 
exclusivo para ellos en un país que apenas doce años ha 
estaba sometido á la Inquisición de Lima. 

Insistió mucho en la necesidad de la instrucción públi- 
ca, y me habló de las escuelas lancasterianas y otras re- 
cientemente establecidas en Santiago y otras ciudades de 
Chile, que en proporción al número de habitantes son, 
sin duda, numerosas. 



DIARIO 263 

Llegaron en este momento otras personas, entre ellas 
el coronel Cruz, que me fué presentado por el Director 
como el futuro gobernador de Talcahuano, y á quien re- 
comendó que me atendiera en mi próximo viaje al Sur. 

Entre los militares presentes había algunos franceses 
que no me parecieron tener mucha de esa distinción y 
finura que caracterizan á sus compatriotas. 

Permanecían en profundo silencio mientras algunos 
miembros del Cabildo, esto es, de la corporación muni- 
cipal de Santiago, discutían diversos temos políticos rela- 
cionados con la proyectada constitución, hasta que doña 
Rosa, viendo que la conversación llevaba visos de hacer- 
se exclusivamente política, pidió á doña Mariquita que 
tocara alguna pieza de música francesa, lo que hizo al 
punto de memoria y con notable perfección, dando prue- 
bas de que posee un finísimo oído y manos muy diestras. 

Plíseme á observar mientras tanto las personas que me 
rodeaban. El Director vestía, como de costumbre, su uni- 
forme de general; es bajo y grueso, pero muy activo y 
ágil; sus ojos azules, sus cabellos rubios, su tez encendida 
y sus algo toscas facciones no desmienten su origen ir- 
landés, al par que la pequenez de sus pies y manos son 
signos de su procedencia indígena. Doña Isabel represen- 
ta mucha menos edad de la que tiene, y, aunque de baja 
estatura, es muy hermosa. 

En doña Rosa se reproducen en mayor escala los ca- 
racteres físicos del Director. Vestía un sobretodo de raso 
carmesí y faldas blancas, traje muy usado aquí. A juzgar 
por lo que hasta ahora he visto, en Chile el tipo masculi- 
no es más feo y tosco que el femenino, que, en general, se 
distingue por su belleza y distinción. 

Las chilenas poseen una urbanidad natural y llana y 
maneras afectuosas que me encantan; pero á la vez he 
notado en ellas algunas costumbres desagradables. Por 
ejemplo, una rolliza y bella señora que vino hoy á palacio 
vestida de raso azul, se hizo poner delante de ella una 
escupidera, en que escupía sin cesar y con gran destreza, 



264 MARÍA GRAHAM 

carao para demostrar que estaba habituada á semejante 
maniobra. Sin embarg-o, las jóvenes aristocráticas y todas 
las que quieren ser tenidas por tales están abandonando 
rápidamente estos feos hábitos. 

Como á las diez nos retiramos del palacio, y encontra- 
mos á nuestros jóvenes entretenidos todavía en danzar. 
Me quedé con ellos un rato, y en seguida me fui á mi 
aposento á escribir el diario de mi segundo día en esta 
capital, con la que estoy muy complacida. 

27. — Visité á doña Mercedes del Solar, cuyo padre, 
don Juan Enrique Rosales, fué uno de los miembros de 
la primera Junta del gobierno revolucionario de 1810. Es 
una hermosa y distinguida señora; conoce bastante bien 
la literatura francesa y habla esta lengua con perfección. 

Me recibió en su dormitorio, que, como he dicho an- 
tes, es usado con frecuencia como sala de recepciones. 
Rodeábanla graciosos niños y algunas lindas sobrinas. 
Tenía junto á ella una pequeña mesa con libros y útiles de 
costura, y delante un gran brasero lleno da carbones en- 
cendidos, de plata maciza, artísticamente grabado en real- 
ce, dentro de una armadura de madera curiosamente labra- 
da, y con tenazas de plata cincelada para atizar el fuego. 

Ya había visto antes otros de la misma clase, pero aquí 
parecía guardar armonía con el resto del mobiliario y con 
las personas. El majestuoso lecho francés, el piano abier- 
to, la guitarra, el ostentoso reloj de bronce, las damas, 
ios niños, los libros, los materiales de costura, los jarro- 
nes de porcelana llenos de flores y el rico brasero chile- 
no, del que subía el humo fragante del sahumerio, for- 
maban un encantador conjunto, iluminado por la luz que 
entraba por una alta ventana y que desearía ver reprodu- 
cido por un hábil pintor. 

No habría cambiado el amplio ropaje de pieles de la 
madre, que dejaba descubierta su blanca y algo llena gar- 
ganta, ni el pálido rostro del pequeño Vicente (1), por 



(1) Don Vicente Pérez Rosales, hijo del primer matrimonio de 



DIARIO 265 

todas las invenciones de los pintores que más han sobre- 
salido en la pintura de interiores. Tengo especial interés 
por Vicente, intelig-entísimo niño. Viajó conmigo en el 
Doris desde Río de Janeiro, adonde había llegado en el 
Owen Glendoxuer. Se resfrió al doblar el cabo de Hor- 
nos, y lo hacía pasar en mi camarote todo el tiempo que 
permitían las circunstancias. Hablábamos un día de las 
islas recientemente descubiertas, de New Shetland del 
Sur (1) y de los restos de un navio español que allí se 
encontraron, navio que conducía tropas á Chile y del 
cual nada se había sabido hasta entonces. 

El niño, que estaba pendiente de la conversación, me 
dijo: "He ahí la fortuna de Chile; cuando los tiranos en- 
vían buques para oprimirlo Dios los hace naufragar en 
costas desiertas". Espero que sus excelentes disposicio- 
nes, que tanto prometen, no serán destruidas por su con- 
tinuo trato con los franceses que frecuentan la casa de su 
padre, don Felipe del Solar, que es agente general de to- 
dos los buques franceses que llegan á Chile. 

Acaso será este un sentimiento poco noble, pero no 
puedo evitarlo; hay ciertas cosas que, como la fe, no de- 
penden de la voluntad, y ésta es una de ellas. Quizás en- 
vidiaba á los autores franceses el lugar que ocupan sobre 
la mesa de la señora Solar, y habría preferido ver allí el 
Rape of the lock en lugar del Lutrin (2). 

En la tarde fuimos á caballo á la quinta del canónigo 
Herrera, cerca de la Alameda, hacia el Noreste. La casa 
es espaciosa y cómoda, el jardín delicioso. Pequeñas co- 
rrientes de agua, conducidas por canales curiosamente 
dispuestos, lo recorren en todas direcciones y mantienen 



doña Mercedss. fundador de la colonia alemana de Llanquihue y au- 
tor, entre otras obras, de los Recuerdos del pasado. 

(1) Propiamente, descubiertas por segunda vez. Walter Raleigh 
estuvo en ellas é hizo ahorcar en la costa á algunos soldados amoti- 
nados. 

(2) Célebres poemas satíricos, inglés y de Pope el primero, fran- 
cés y de Boileau el segundo. — (N, del T.) 



266 MARÍA GRAHAM 

una nunca interrumpida sucesión de las más bellas y ra- 
ras flores: violetas, alelíes, claveles, ranúnculos. 

Hay exquisitas naranjas, de que comimos una buena 
cantidad, limoneros, un extenso huerto, viña, lechería, 
todo lo que hace grata y provechosa la vida del campo. 

De la quinta del canónigo seguimos nuestro paseo en- 
tre un frondoso olivar y extensos huertos de cerezos, du- 
raznos, manzanos y perales, cubiertos de flores, y cruzan- 
do dos ó tres cercados, en cada puerta de los cuales es- 
tábamos seguros de encontrar alguien que nos la abriera 
(y también alguien que nos pidiera dinero, práctica de 
que aquí nadie parece avergonzarse), salimos á la Caña- 
da, que hasta hace poco era un suburbio pantanoso de la 
ciudad. 

Actualmente O'Higgins la hace secar, despejar y plan- 
tar de árboles, de modo que pronto superará á la Alame- 
da en belleza, como la supera en extensión. El agua, que 
antes corría libremente, va ahora por un canal artificial, 
con árboles á uno y otro lado y cómodos senderos para 
el tráfico á pie y caminos más anchos para los carruajes y 
caballos. Esto se encuentra terminado ya en parte, y se 
sigue trabajando con actividad. 

28. — Día de San Agustín. No estoy en muy buenos tér- 
minos con este santo, porque no ha hecho otra cosa que 
contrariarme todo el día. Pero, comencemos por el prin- 
cipio: 

En las primeras horas de la mañana sentí una campani- 
lla que me recordó la que en las tardes de invierno hacen 
sonar los vendedores de muffins (1). 

Me asomé á la ventana, y vi en primer lugar un niño 
que agitaba la mencionada campanilla, y en seguida otro 
con un lío de cirios. Todos al verlos se detenían, con la 
cabeza descubierta, y en actitud como de rendir homer a- 
je. Detrás de los dos niños apareció una calesa de color 



(1) Especie de panecillos, muy populares en Inglaterra, que se to- 
man generalmente con el te. — (N. del T.) 



DIARIO 267 

azul obscuro, con pinturas de g-lorias y espíritus santos. 
Dentro de ella venía un hombre vestido de raso blanco 
con bordados de plata y seda de varios colores. 

Precedíala un hombre con un farol dorado; otros, con 
quitasoles, la seg-uían. Pregunté qué significaba aquello, y 
me contestaron que era el Padre Eterno, expresión cho- 
cante para nosotros, mas no para un español católico, que 
reconoce la presencia de la Divinidad en la Hostia que 
se le lleva á un moribundo, que no otra cosa era la pro- 
cesión que acabo de describir. 

Esto fué lo único digno de mencionarse que ocurrió 
antes que comenzara la serie de contratiempos ocasiona- 
dos por San Agustín. Fué el primero la visita que en 
compañía de Mr. De Roos hice á la es-cuela lancasteriana, 
pues nos encontramos con que los alumnos estaban en 
la misa de San Agustín y la escuela cerrada. Nos dirigi- 
mos á la imprenta nacional, cerrada también, y los im- 
presores en la fiesta del santo. 

De allí seguimos al Consulado, deseosos de presenciar 
una sesión de la convención, idéntica cosa, los señores 
convencionales estaban en misa. Perdiendo entonces toda 
esperanza de ver ningún establecimiento público, resolví 
batirme en retirada y me encaminé á la plaza con inten- 
ción de tomar algunos croquis desde un balcón que para 
este objeto me habían ofrecido, nada tampoco, el dueño 
de la casa se había ¡do á la misa de San Agustín con las 
llaves en el bolsillo. 

No me quedó, pues, otro recurso que volverme á casa, 
esperando tener mejor suerte en la tarde. Comencé á 
dibujar el patio interior; pero numerosas visitas, aprove- 
chando el día festivo, llegaron unas tras otras y no pude 
hacer casi nada. 

Después de comer cobré nuevos ánimos y me dispuse 
para ir, con la señora Cotapos y sus hijas, á visitar el 
monasterio de las monjas de San Agustín; pero como 
acababan de celebrar la fiesta de su santo, y con ella y la 
vigilia y el tanto cantar durante todo el día y parte de la 



268 MARÍA GRAHAM 

noche la madre abadesa y su comunidad habían quedado 
sumamente fatigadas, no pudieron recibirnos. 

La esquela en que se nos comunicaba esta desagrada- 
ble noticia nos llegó cuando estábamos vestidas y listas 
para salir, y fuimos á visitar á las señoras Godoy, en cuya 
casa vive el juez Prevost. Son parientes de la señora 
Cotapos y muy joviales y agradables. 

Pasamos un buen rato charlando en el patio ó jardín 
interior, que se asemeja á los moriscos que describen los 
novelistas y viajeros. Unas lindas indiecitas, graciosamen- 
te vestidas, nos sirvieron mate; y en seguida pasamos á la 
casa, cuyas chimeneas, mobiliario y demás comodidades 
le dan un perfecto aire europeo. Tuvimos un poco de 
música y nos volvimos á pie; mis amigas, co*mo de cos- 
tumbre, sin sombreros ni velos y con zapatos de raso. 

Aproveché los intervalos entre los contratiempos oca- 
sionados por San Agustín para ir al grande y hermoco 
templo que perteneció á los jesuítas, donde las músiczis 
militares de las tropas durante la misa y las solemnes 
melodías del órgano producían un soberbio efecto, y á la 
catedral, cuyo interior es muy hermoso, aunque todavía 
inconcluso. 

Hay allí valiosos artículos de plata, y particularmente 
un rico frontal de altar (1). Para estas visitas hube de 
ponerme manto, porque aquí no se permite á las mujeres 
entrar á los templos con sombrero. 

29. — El juez Prevost, que siempre está pronto á satis- 
facer mis deseos de ver todas las cosas interesantes de 
Chile, Mr. De Roos, doña Mariquita y don José Antonio 
Cotapos, algunos jóvenes ingleses y yo, fuimos á caballo 
al Salto de Agua, única obra de los antiguos araucanos 
que queda en los alrededores de la capital. Atravesamos 
el Mapocho por el magnífico puente de piedra construido 
por don Ambrosio O'Higgins, y después de recorrer el 



(1) Probablemeate el que fué de los jesuítas y se conserva todavía 
en el altar mayor. — (N. del T.) 



DIARIO 269 

barrio de la Chimba, famosa por su bien montada cerve- 
cería y sus salazones de cerdo, nos dirigimos á la fábrica 
de pólvora, actualmente ruinosa. 

Los molinos de la pólvora eran movidos por el agua, y 
ia maquinaria tosca y muy peligrosa, pues los ingredien- 
tes se pulverizaban y unían en morteros de piedra. Esta 
fábrica, que costó al antiguo gobierno español una enor- 
me suma de dinero, fué destruida por los Carreras en su 
retirada ante el ejército de Osorio, en 1814, y, á pesar de 
la gran falta que hace, no ha sido restaurada desde 
entonces. 

Encontramos instalado en una par te de los terrenos 
que ocupan los molinos á Mr. Goldsegg, inteligente artis- 
ta, que después de trabajar algún tiempo en los talleres 
de Woolwich se vino á Chile con su mujer y familia á fa- 
bricar cohetes para la expedición contra el Callao. Por 
no sé qué fatalidad sus cohetes dieron mal resultado, y 
el pobre Goldsegg se ha quedado aquí esperando algún 
empleo. Por desgracia las especulaciones mercantiles del 
ministro Rodríguez han distraído á otros objetos los fon- 
dos que podrían haber servido para reparar obras públi- 
cas y pagar especialistas en diversos ramos útiles al Esta- 
do, por lo que mucho temo que Goldsegg, con todo su 
mérito, vaya á aumentar la ya larga lista de las victiméis 
de frustradas esperanzas. 

Desde los molinos de pólvora el camino sigue por una 
llanura baja y fértil, regada por numerosos canales artifi- 
ciales y rodeada de cerros. Al pie de uno de los más es- 
carpados contemplamos el agua del Salto, que, confor- 
me á su nombre, salta de roca en roca desde la cumbre, 
ocultándose á veces detras de tupidos matorrales, brillando 
otras al sol de mediodía. 

Los que han visto las Cascatelle de Tívoli han visto lo 
único que yo recuerdo comparable con esto; pero aquí 
no hay casa rústica de Mecenas que corone la cima del 
monte, ni templo de la Sibila que dé á la escena el en- 
canto de la poesía clásica. Permanecí algunos minutos se- 



270 MARÍA GRAHAM 

parada de mis compañeros; y mientras una dansa nube 
desprendida de los Andes avanzaba lentamente por el 
cielo, podría haber imao^inado, imitando las fantasías de 
Ossián, que esa nube era el alma de algún antiguo cacique 
que, al par que lamentaba el olvido de su nombre y las 
desventuras de su pueblo, soberano un tiempo de estas 
tierras, se complacía en contemplar los ruiseños campos 
cultivados que él contribuyó á hacer fructíferos con su tra- 
bajo, mas no, quizás, en verme á mí, uno de los blancos 
hijos del Oriente, de donde recibirían una vez más la li- 
bertad los hijos de los primeros dueños de este suelo. 

Sea como fuere, ello es que la nube pasó, y mi animo- 
so caballo comenzó á trepar por uno de los más escarpa- 
dos caminos que jamás pensara escalar cuadrúpedo algu- 
no, á no ser una cabra montes, tal que luego me asaltó el 
pensamiento de que, según todas las probabilidades, no 
tardaría en ahogarme en alguna de esas corrientes, des- 
pués de haber cruzado el inmenso océano sana y salva. 
Sin embargo, caballo y jinete encontrábanse poco después 
ilesos en la cima del peñón, á unos doscientos cincuenta 
pies, antes más que menos, sobre la cumbre, de donde di- 
visamos por primera vez el Salto, y en la cual hay un pe- 
queño villorrio. Me bajé del caballo, y con la ayuda de 
dos de los compañeros atravesé uno de los canales para 
dominar el conjunto de la obra y de las caídas del agua. 

No habíamos descendido, perceptiblemen!:e al menos, 
desde que salimos de Santiago; sin embargo, aunque ha- 
bíamos trepado el escarpado peñón del Salto, nos encon- 
trábamos aún en el llano de la ciudad, con un elevado ce- 
rro entre ella y nosotros, de bases desiguales, de modo 
que la falda Norte descansa bajo las cascadas y la falda 
Sur sobre ellas. A uno y otro lado la región parece á la 
simple vista perfectamente á nivel. 

El Mapocho corre desde los Andes por la llanura supe- 
rior; la inferior no tiene otras aguas que las de los cana- 
les artificiales, y no obstante la tierra baja es evidente- 
mente mejor que la otra. 



DIARIO 271 

Los araucanos, bien conocedores de esta disposición 
de la comarca, abrieron canales por las rocas de granito, 
desde el Mapocho hasta los bordes del precipicio, y apro- 
vecharon la pendiente natural del terreno para arrojar una 
considerable masa de agua desde el río hasta el valle de 
abajo, que cortan numerosos canales; y los campos rega- 
dos de esta manera son los más fértiles de los que rodean 
á Santiago. 

Los indios, en lugar de abrir un gran canal han abier- 
to tres más pequeños, uno de los cuales va al centro 
del valle y los otros dos á los costados de los cerros 
que se alzan á uno y otro lado, fertilizando así toda la 
comarca, acertadísima disposición, tan interesante para 
el que admira la pintoresca belleza del paisaje como ven- 
tajosa para el agricultor. 

A las bellas cascadas artifíciales alabadas por los viaje- 
ros debe agregarse ésta, que es tan rica en belleza natu- 
ral como Tívoli, y no menos notable, como obra de un 
arte primitivo, que el canal que lleva al Ñera las aguas del 
Velino (1). 

Yo, que conozco la obra del cónsul roma?.o, puedo 
apreciar la de los indígenas de Chile; y sólo siento no ser 
poeta para inmortalizar estas bellas cascadas que se pre- 
cipitan en el valle para reaparecer en graciosos arroyue- 
los que fertilizan el extenso llano. Con pesar nos aleja- 
mos de aquel sitio para regresar á la ciudad. 

Tomando otro camino, cruzamos una llanura entera- 
mente cubierta de piedrecillas, con grupos aislados de 
unos pequeños arbustos, á que son muy aficionados los 
caballos. Este es el lecho de invierno del Mapocho, que 
cubre todo este llano con sus aguas y deposita en él aque- 
llas piedrecillas. 

A medio camino entre el Salto y la ciudad nos detuvi- 
mos en una quinta perteneciente al hermano de la se- 



(1) La célebre cascada delle Marmore, de 200 metros de altura, 
que desagua el río Velino en el Ñera. — (N. del 1 .) 



272 MARÍA GRAHAM 

ñora Cotapos, ó para llamarla con más propiedad, doña 
Mercedes de Cotapos. Este caballero, don Enrique Las- 
tra, ex Director de Chile, está actualmente alejado de la 
vida pública y se dedica al cultivo de su hacienda y á 
hacer experimentos para mejorar los vinos del país. 

Ha conseguido fabricar un vino apenas inferior al cham- 
paña, y una imitación del vino de Madera, comparable 
con el mejor vino tinto de Tenerife. Los vinos chilenos 
son en general dulces y gruesos. Sus campos me pare- 
cieron muy bien cultivados, y su hacienda es la que más 
se ajusta á los métodos europeos de todas las que he 
visto en este país. Don Enrique no estaba en la casa 
cuando llegamos; pero fuimos amablemente recibidos por 
su esposa, que pertenece á la familia Izquierdo de Jara 
Quemada. 

Estaba rodeada de sus ocho niños, enseñando á algu- 
nos y trabajando para los otros. La casa es pequeña, pero 
se construye actualmente un edificio anexo que duplicará 
su tamaño. En los principales aposentos habrá chimeneas, 
que reemplazarán los tradicionales braseros. Comienzan 
ya á darse grandes pasos en el sentido del progreso en 
este país, que hasta ahora ha sido el más reacio de todos 
los de este continente á los adelantos por causas de or- 
den político, moral y físico que le son peculiares. 

Luego llegó el ex Director. Parece hombre llano y sen- 
sible, de modales sencillos pero corteses; y no tardé en 
descubrir en su conversación cierto pulimiento, que debe 
haber adquirido de los libros, y un vigor de expresión, 
debido quizás á las circunstancias de una vida activa 
puesta al servicio de la pasada revolución. Sin embargo, 
me inclino á creerlo algo tardo y apocado, y falto quizás 
de esa prontitud y presencia de ánimo para hacer frente 
á las situaciones extraordinarias que son absolutamente 
necesarias para un hombre público en los actuales 
tiempos. 

Su gabinete de trabajo es muy pequeño y haría sonreír 
á un estadista inglés ó francés habituado á trabajar en 



DIARIO 273 

medio de toda clase de comodidades; pero en la nueva 
casa se destina una sala para una numerosa bibliote- 
ca, ordenada por el mismo buen sentido que hasta aho- 
ra ha preferido los conocimientos útiles á los de mero 
adorno. 

Sirviósenos un lunch compuesto exclusivamente de 
productos de la hacienda: salchichones tan buenos como 
los de Bolonia, pan tan blanco como el de trigo siciliano, 
mantequilla de que podrían enorgullecerse las lecherías 
de Inglaterra; de los vinos he hablado ya. 

Queda complacidísima con la visita, con la cariñosa 
hospitalidad de la familia y con los progresos que para 
bien del país está realizando. 

Momentos después de llegar á casa recibí un magní- 
fico obsequio de frutas y flores de doña Rosa O'Higgins: 
sandias, lúcumas, naranjas, limas y las más hermosas y 
raras flores, acomodadas en bandejas cubiertas con ser- 
villetas bordadas, que traían sobre la cabeza varios cria- 
dos, vistosamente vestidos con la librea de palacio. Uno 
que venía sin librea se adelantó á darme un saludo de la 
señora. 

En la noche las señoritas Cotapos y su hermano don 
José Antonio me agasajaron con el baile nacional del 
cuándo. 

Lo ejecutan dos personas, y comienza lentamente como 
un minué; luego los movimientos se aceleran en confor- 
midad con la música y el canto, que representa una espe- 
cie de querella amorosa y la reconciliación final. El arte 
del danzante consiste en mantener el cuerpo á plomo y 
mover los pies con suma rapidez, que es lo que llaman 
zapatear. 

Doña Mariquita tocaba el acompañamiento y cantaba 
unos versos que ella misma ha adaptado á la música, por- 
que los versos corrientes son amorosos, que ella no qui- 
so cantar, por corresponder al hombre cantarlos á su 
compañera. 

Hay varias letras para el cuándo, y en la tierra en que se 

i8 



274 MARÍA GRAHAM 

habla el lenguaje de Sancho Panza, algunas son burles- 
cas (1). 

30. — Día de Santa Rosa, que aquí se celebra con gran- 
des fiestas; en primer lugar, porque es santa sur-america- 
na, y en segundo lugar, porque es el onomástico de la her- 
mana de su excelencia. Por supuesto que todo el mundo 
fué á palacio á dejar sus tarjetas de congratulación. 

Mi ánimo no está para fiestas; pero el que viaja por un 

(1) He aquí algunas de las letras con que suele acompauarse este 
baile: 

Primer Cuándo. 

Anda, ingrato, que algún día 
con las mudanzas del tiempo, 
llorarás como yo lloro, 
sentirás como yo siento. 

Cuándo, cuándo, 
cuándo, mi vida, cuándo, 
cuándo será ese día 
de aquella feliz mañana, 
que nos lleven á los dos 
el chocolate á la cama. 

Hay otro del mismo género cuyo texto no conservo. En él pregunta 
el galán á la dama cuándo llamará madre y heimana á la madre y 
hermana de él. Los primeros versos sos iguales. 

Segundo Cuándo. 

Cuándo, cuándo, 
cuando yo me muera, 
no me lloren los parientes, 
llórenme los alambiques 
donde sacan aguardiente. 
A la plata me remito, 
lo demás es bobería, 
andar con la boca seca 
y la barriga vacia. 

Estas dos letras se cantan con frecuencia en las chinganas, y hasta 
hace pocos años eran aceptadas por todas las clases sociales. Pero la 
apertura de los puertos de Sur- América poniendo álos nacionales en 
más íntimo contacto con los europeos, ha refinado el gusto de las cla- 
ses elevadas. 



DIARIO 275 

país nuevo necesita observarlas, porque los entreteni- 
mientos públicos dan mucha luz acerca del carácter é in- 
clinaciones del pueblo. Por lo tanto, determiné tomar un 
palco en el teatro para la función de la noche, y allá me 
fui con mis amigas después de tomar mate con las señoras 
Izquierdo. Por una puerta que hay en un bajo muro entre 
el palacio del Consulado y el templo de los jesuítas, en- 
tramos á un recinto cuadrado, dentro del cual se encuen- 
el teatro, que me recordó los teatros provisionales que 
suelen verse en Europa en las ciudades de provincia. 

Por otra parte, la sencillez y poca elevación de los edi- 
ficios tienen satisfactoria explicación en un país de fre- 
cuentes terremotos. El interior dista mucho de ser des- 
preciable; en esta materia he visto cosas peores en París. 
El escenario es bastante extenso, las decoraciones muy 
buenas, pero el proscenio demasiado bajo. En el telón de 
boca se lee en letras doradas: 

"Aquí está el espejo de la virtud y del vicio: 
Miraos en él, y pronunciad juicio." 

A la derecha del proscenio está el palco deí Director, 
adornado con sederías azules, rojas y blancas, los colores 
nacionales, con franjas doradas. Al frente se encuentra 
el palco del cabildo, menos suntuoso, pero decorado con 
los mismos colores. Aquí hay mucha afición al teatro, y 
casi todos los palcos son tomados por el año, de modo 
que sólo por especial favor conseguí uno esta noche. 

El teatro estaba completamente Heno, y la belleza de 
las mujeres daba un gran lucimiento al conjunto de la 
sala. Poco después que nosotros llegaron el Director y su 
familia, las indiecitas inclusive. Acostumbrada á ver tri- 
butar homenajes á los soberanos, me puse de pie é hice 
una cortesía, y con no poca confusión observé que yo fui 
la única en toda la sala que tal hizo. En el palco direc- 
torial tomaron mi cortesía como una manifestación indi- 
vidual mía, y me devolvieron el saludo. 



276 MARÍA GRAHAM 

La concurrencia pidió el himno nacional, que fué to- 
cado y cantado como se acostumbra antes de comenzar 
la representación. Mientras se cantaba el himno, un grupo 
de señoras permaneció sentada, volviendo la espalda y 
hablando en alta voz, acto de imprudente y grosera im- 
pertinencia que en ninguna parte habría sido tolerada 
sino por la bondad del Director O'Higgins (1). Los ac- 
tores hablan con voz muy clara, una excelente cualidad; 
pero sin expresión, y más bien que declamar parecen re- 
petir una lección de memoria, defecto que hizo desmere- 
cer mucho la pieza. 

Era ésta El Rey Nino Segundo, pero no recuerdo 
ningún rey de este nombre que haya tenido la trágica his- 
toria que se le atribuye en este drama; y como aquí no 
dispongo de libros ni de literatos á quienes consultar, 
debo resignarme á no salir de mi ignorancia, aunque, si 
mis recuerdos no me engañan, la intriga de la pieza tiene 
algo de la historia de Zenobia. Por otra parte, hay en 
ella amoríos y asesinatos por mayor. 

Representóse en seguida una comedia titulada Los lo- 



(1) El himno nacional, de que transcribimos la primera estrofa y 
el coro, fué publicado por decreto del gobierno el 20 de Septiembre 
de 1819, ordenándose que se cantara en el teatro antes de las repre- 
sentaciones. Consta de diez estrofas; es obra de mérito, pero dema- 
siado larga. 

Ciudadanos, el amor sagrado 

de la patria os convoca á la lid: 

Libertad es el eco de alarma, 

la divisa, triunfar ó morir. 

El cadalso ó la antigua cadena 

os presenta el soberbio español; 

arrancad el puñal al tirano, 

quebrantad ese cuello feroz. 

Coro. 

Dulce patria, recibe los votos 
con que Chile en tus aras juró 
que ó la tumba serás de los libres, 
ó el asilo contra la opresión. 



DIARIO 277 

COS de Sevilla. El gracioso de la pieza, un mendigo, 
ha ido ha parar al manicomio de la ciudad, donde los lo- 
cos, empeñados cada uno en granjearse su amistad, le ha- 
cen mil jugadas. 

No me fué posible compartir el regocijo con que la 
concurrencia celebró esta farsa, y experimenté un senti- 
miento de alivio cuando hubo concluido. Trajéronnos al 
palco algunos refrescos, que aceptamos de buena gana, y 
noté que fuera de nosotros y algunas otras personas, los 
asistentes consumieron dulces y vino, que parecen ser 
preferidos á otras clases de refrescos. La galería se reser- 
va á ios soldados, que tienen entrada gratis. 

Sábado J/.— Después de cerciorarnos de que ningún 
santo se nos atravesaría en el camino, el señor De Roos y 
yo salimos nuevamente á recorrer la ciudad; y habiéndonos 
encontrado con el señor Prevost, aprovechamos su bon- 
dadoso ofrecimiento demostrarnos la Casa de Moneda. 
Es, en verdad, un soberbio edificio. Iba á decir, demasia- 
do espléndido para Chile, sin acordarme de que el gobier- 
no español lo construyó principalmente para el ensayo y 
amonedación de los productos de sus ricas minas, que la 
metrópoli consideró durante largo tiempo como el único 
objeto digno de atención en sus dominios americanos. 

El edificio se compone de una serie de bellas colum- 
nas y pilastras de orden dórico que cubren dos pisos: los 
talleres en el inferior y los departamentos de los emplesi- 
dos arriba. Pasada una herxnosa puerta, preséntase otro 
edificio interior, semejante á un templo y del mismo or- 
den; allí están el tesoro, las prensas y los laboratorios de 
ensayos. La maquinaria es de una tosquedad superior á 
cuanto podría haberme imaginado. 

Se proyecta instalar nuevas máquinas de modelo fran- 
cés, que resultan más costosas que las de Boulton, y que, 
comparadas con éstas son lo que el antiguo martillo acu- 
ñador á los cuños de tornillo que se usan aquí en la ac- 
tualidad. La mayor parte de la moneda que circula en 
Chile consiste en toscos trozos de plata, de pesos det er- 



278 MARÍA GRAHAM 

minados y de formas irregulares, sellados á martillo, y lo 
más imperfecto y grosero que hasta ahora he visto en ma- 
teria de monedas. 

Ya han abandonado, sin embargo, este método de acu- 
ñación, reemplazándolo por el no menos lento y pesado 
de punzonear primero el metal y poner en seguida las 
piezas una por una bajo el tornillo. La oficina de ensayos 
está montada más á la moderna, pero yo soy demasiado 
incompetente en cosas de química para dar de ella una 
explicación apropiada. He oído que el gobierno piensa 
acuñar moneda de poco valor, que beneficiará mucho ai 
pueblo. Más de una vez he tenido ocasión de notar aquí 
los inconvenientes que resultan de la falta de moneda 
divisionaria. No hay en circulación ninguna de menos 
valor que un cuartillo ó cuarto de real que, estimando el 
dolar en cuatro chelines seis peniques, vale más de peni- 
que y medio; y, además, no se acuñan cuartillos, y son tan 
escas'os que sólo he visto tres desde Abril. 

Podemos, pues, considerar como la moneda corriente 
de menos valor el medio, que equivale aproximadamente 
á tres y medio peniques, suma con que, dado el bajo pre- 
cio del pan y la carne, puede comer una fanailia. ¿Qué 
hará en tales circunstancias un jornalero sin familia? Este 
mal, grande de suyo, ha ocasionado otro mayor. 

A fin de suministrar á los clientes una cantidad inferior 
á un medio ó á un cuartillo, los dueños de pulperías dan 
en cambio de pesos ó reales pagarés ó vales; pero, aun 
cuando el artículo comprado valga medio peso, y otro 
tanto el vale, el dueño de la pulpería no lo paga en dine- 
ro sino en mercaderías, de suerte que, en resumidas 
cuentas, toda la moneda del pobre parroquiano queda en 
poder de aquél, á que se agrega la posibilidad ó proba- 
bilidad de que un campesino, que no sabe leer ni escri- 
bir, rompa el vale como un papel inútil. 

Muchas y rápidas fortunas se han formado con estos 
vales, y la pérdida que ellos representan para los pobres 
e& superior á cualquiera de las contribuciones directas 



DIARIO 279 

impuestas por el gobierno. Algunos ricos comerciantes, 
amigos ó parientes del ministro, han aprovechado este 
estado de cosas y se han establecido un buen número de 
pulperías costeadas por ellos, bajo el nombre de agentes 
subalternos. Y esta es probablemente una de las razones 
de la demora en acuñar la indispensable moneda divisio- 
naria. 

De la Casa de Moneda fuimos al Consulado, donde 
me habría gustado hallarme desde e! principio de la 
sesión. Había preguntado de antemano al Director si era 
permitido á las mujeres ir allá. Me dijo que su madre y 
su hermana habían asistido á la sesión inaugural, y que 
los extranjeros tenían entrada libre; pero, como la inusi- 
tada presencia de una señora podría sorprender á los 
convencionales, hablaría previamente con el presidente 
de la corporación. 

Nos dirigimos, pues, allá, el señor De Roos y yo, sin 
tener por desgracia á nadie que nos diera á conocer los 
nombres de los diputados. Empero, logramos saber que 
el presidente era Albano (1), diputado por Talca, y el 
vicepresidente Camilo Henríquez, el editor del Mercurio 
de Chile y poeta de circunstancias. 

Entramos á la sala en los momentos en que se votaba 
una indicación sobre que en la discusión de todo proyec- 
to de ley se necesitaría el acuerdo de los dos tercios de 
ios miembros para la aprobación de cada artículo. Asis- 
tían unos veinte diputados y una media docena de espec- 
tadores, fuera de nosotros. 

La sala es bella y espaciosa. En uno de sus extremos 
se halla el sillón del presidente, bajo un hermoso dosel 
tricolor, con adornos de oro. Cuando asiste el Director, 
ocupa este sillón, y el presidente se sienta á su derecha. 
Los diputados se acomodaban en bancos arrimados á la 
pared, á uno y otro lado de la sala, los secretarios y el 

; (1) El presbítero don Casimiro Albano, canónigo, miembro del 
congreso en varías ocasiones y autor de una Memoría sobre don 
Bernardo 0'H¡ggins.-(M del T.) 



280 MARÍA GRAHAM 

vicepresidente en una mesa delante del presidente, y los 
espectadores en bancas semejantes á las de los diputados, 
pero á mayor distancia del presidente. 

Pensaba que la asistencia de una señora inglesa y de un 
marino inglés á las deliberaciones de una asamblea nacio- 
nal en Chile es, después de todo, un caso bastante curio- 
so. Pero lo que en tiempo de Addison habría parecido 
cosa de cuento, en el actual se realiza todos los días, sin 
que nadie se sorprenda. Yo me encontré en la capital 
Mahratta, mientras la defendían fuerzas inglesas; he asisti- 
do á un templo protestante en la plaza Trajano en Romaj 
he concurrido á las sesiones de un tribunal inglés de jus- 
ticia en Malta, ¿qué tiene, pues, de extraño que ahora es- 
cuchara las deliberaciones de un congreso nacional repre- 
sentativo de una colonia española? 

Quizás nunca ha experimentado el mundo tan grandes 
cambios como en los últimos treinta y cinco años. Que 
todo haya sido para bien, nadie que reflexione sobre el 
imperfecto estado de la humanidad lo creerá; pero abri- 
go la esperanza de que la mayor parte de estos cambios 
ha mejorado la condición general de la naturaleza huma- 
na. No sé hasta dónde me habrían llevado mis meditacio- 
nes si el vicepresidente y el secretario no hubieran inte- 
rrumpido el silencio que se siguió á la votación con la 
lectura de un informe, leído el cual la sala procedió á de- 
liberar. 

Leyó en seguida el presidente un mensaje del Director, 
en que sometía á la consideración de la asamblea la con- 
veniencia de enviar representantes á diversos estados ex- 
tranjeros y de asignarles sueldos adecuados. Esto dio lu- 
gar á una animada discusión, de una libertad é indepen- 
dencia que no esperaba en una cámara tan joven y nom- 
brada por el poder ejecutivo. No hubo oposición al envío 
de representantes, pero sobre el segundo punto se susci- 
taron varias cuestiones. 

¿Podría la Convención autorizar tales sueldos antes de 
conocer las entradas actuales del país? ¿Podría conceder- 



DIARIO 281 

se dinero para nuevos gastos, cuando se debía al ejército 
una fuerte suma? (Más de 18.000 pesos.) Y no se hizo 
mención de la escuadra, que se halla en el mismo caso. El 
discurso del presidente al abrir la discusión y su réplica 
á la indicación de que se examinaran previamente las 
cuentas de las entradas y gastos del país, fueron habilísi- 
mos y dichos con la facilidad y elocuencia de un hombre 
acostumbrado á hablar en público. Es sacerdote. Se dis- 
cutió con calor, pero á la vez con gran decoro. 

Los convencionales se ponían de pie para hablar, y 
cuando se levantaban dos al mismo tiempo, el presidente 
daba la palabra al que veía primero. 

Quedé muy complacida con mi visita á la Convención, 
y me retiré con el deseo de que pronto tuviera el país 
un gobierno regular cimentado sobre bases más firmes y 
más fecundo en resultados prácticos que hasta el pre- 
sente. 

A mi juicio, Chile ha dado grandes pasos en el cami- 
no del progreso; creo, sin embargo, que los hombres, co- 
mo todas las cosas, aparecen cuando se les necesita. Hay 
aquí elementos par?; la formación de un Estado; pero, 
antes de tenerse lo que constituye esencialmente un Esta- 
do, es necesario formar hombres. 

"Men, high-minded men, 

Men who their duties know: 

But know their rights, and knowing dare maintain" (1). 

Desde la revolución los impulsa un amargo sentimien- 
to de rencor contra la pasada tiranía de la metrópoli, 
pero sus ideas siguen siendo aún esencialmente españo- 
Ia3, y la formación y desarrollo del carácter nacional 
chileno serán la obra de la educación y del tiempo. 

Doña Isabel y doña Rosa O'Higgins me esperaban en 



(1) "Hombres, hombres de mente superior, hombres que conozcan 
sus deberes, pero que conozcan también sus derechos y sepan de- 
fenderlos." 



282 MARÍA GRAHAM 

casa, aunque se me había asegurado que era imposible 
que se resolvieran á venir. Ahora, muertos los hermanos 
Carrera y extinguida ya, según se cree, la facción que 
ellos presidieron, toca á los que están á la cabeza de los 
negocios públicos de Chile conquistarse la estimación 
general del país, y no dudo que ellos ven gustosos mi 
presencia en el hogar de esta familia como un pretexto 
para visitarla sin las formalidades de una reconciliación. 

En la noche fui al palacio y conversé largamente con 
el Director, en especial sobre la primera época de la 
revolución, en que le cupo desempeñar tan brillante 
papel. A propósito de la escasez de armas del ejército 
patriota mientras ocupaba las riberas del Maule, me 
dijo que los patriotas no tenían frecuentemente otras 
armas que los yugos de sus bueyes, con los cuales com- 
batían con los realistas cuerpo á cuerpo. 

El mismo, entre otros arbitrios inspirados por la deses- 
peración, se hizo fabricar un cañón de madera, que estalló 
al quinto disparo. Le pedí que me dijera algo de su par- 
ticipación en los negocios públicos, á lo que accedió «on 
ingenua franqueza. Con la llegada de varios caballeros 
la conversación se hizo general. Versó sobre el Libertador 
Simón Bolívar y la recepción de los diputados españoles 
en Caracas; se rechazó la idea de escuchar proposiciones 
que no estuvieran fundadas en el reconocimiento de la 
independencia de la América española. 

Me retiré temprano del palacio, y atravesé la plaza 
para ver la gente que recorría las tiendas de las arquerías. 
La escena es tan bella como me lo imaginaba. Todos los 
pequeños puestos están iluminados; las mejores mercade- 
rías salen á relucir; y las señoras, que para este paseo 
nocturno se visten con elegancia, se ven muy bien. 

El sitio, bello de por sí, lo es mucho más en las noches 
de luna; disimúlanse entonces los defectos y se observan 
mejor las bellezas. Las sombras proyectadas por los gran- 
des aleros hacen menos sensible la poca elevación de las 
casas. Las anchas calles y los hermosos edificios públicos. 



DIARIO 



283 



y, sobre todo, las majestuosas montañas, que dominan 
todo el paisaje y que á pesar de su lejanía parecen conti- 
guas á la ciudad, aparecen de noche mucho más ventajo- 
samente que de día. 

Domingo 1.^ de Septiembre de J822.— Fui esta noche 
con mis amigas á casa de las señoras Godoy, donde en- 
contramos al señor Prevost y otras doce personas mas, 
que nos esperaban para hacer un paseo á los alrededores. 
Partimos, en efecto, las señoras mayores en calesas y las 
demás á pie, hacia el llano donde suelen tener lugar las 
chinganas. Pero ¡ay! no había chinganas. Actualmente se 
hace una rogativa de íiueve días á San Isidro para alcan- 
zar lluvia, y mientras tanto se suspenden las diversiones 
populares. 

Sin embargo, aunque se prohibe á los músicos la en- 
trada al llano, en los puestos se venden frituras, carne 
asada, pescado y licores como de costumbre, y la gente 
del pueblo, haraganeando y observándolo todo, parece 
preguntarse qué tienen que hacer San Isidro y ia rogativa 
con los músicos y las cantoras, que pierden hoy de ganar 
su acostumbrado real y medio. Liévanlo, empero, con 
paciencia y dicen: "Indudablemente los campos necesitan 
agua, y los padres saben pedirla." 

Llegados al llano, nos dirigimos á uno de sus sitios más 
pintorescos, y allí encontramos que los criados de la casa 
de Godoy habían tendido alfombras y puesto sillas y 
cojines para la comitiva, y en pequeñas mesas prepara- 
ban te mate con leche, frutas y tortas. Doña Carmen 
Godoy distribuyó ramos de flores entre las invitadas; para 
cada uno tenía la galante y jovial señora alguna palabra 
amable. 

Los caballeros sirvieron á las señoras, y después de 
una hora muy agradable anduvimos un rato por entre la 
gente del pueblo, observando sus trajes y juegos. Las 
costumbres del país no permiten que las señoritas tomen 
el brazo de los caballeros, aunque valsan y danzan con 
ellos. Algunos comienzan ya á quebrantar esta regla, pero 



284 MARÍA GRAHAM 

nuestras jóvenes amigas son sumamente delicadas á este 
respecto. 

Los chilenos, con su afición á los entretenimientos 
campestres, me recuerdan lo que cuentan los viajeros de 
los habitantes del feliz valle de Cashmeer, quienes pasan 
los días y las noches de luna en su hermoso lago ó en las 
floridas islas que lo adornan. Para una familia chilena no 
hay placer mayor que un paseo á pie ó á caballo al cam- 
po, un mate tomado en un jardín ó en las faldas de un 
cerro, bajo un frondoso árbol, y todas las clases sociales 
parecen ser igualmente aficionadas á estos rústicos goces. 

Al ponerse el sol regresamos á la gasa de Cotapos, 
donde los jóvenes cantaron y bailaron hasta una hora 
avanzada de la noche. 

Recibí la visita de don Camilo Henríquez, diputado 
por Valdivia y en el año pasado secretario de la Conven- 
ción. Es persona inteligente y de agradable trato. Lo 
acompañaba el doctor Vera, literato y poeta. A ser ver- 
dad lo que he oído, posee el don de improvisar en igual 
grado que Metastasio; me dicen también que sus poesías 
escritas son tan limadas como las del mismo poeta. 

Es albino; sus cabellos, ojos y tez se asemejan á los de 
los albinos que suelen verse en Europa, pero su inteli- 
gencia dista mucho de tener la debilidad que general- 
mente acompaña los caracteres físicos de los albinos; por 
el contrario, es superior á la inteligencia media de sus 
compatriotas, y no temo afirmar que el doctor Vera po- 
dría figurar como literato en Europa. Últimamente ha me- 
jorado de un enorme bocio, tan enorme, que amenazaba 
ahogarlo, cuando un amigo le aconsejó que lo bañara con 
agua de Colonia. 

Hízolo así durante algún tiempo y varias veces al día, 
y ya la hinchazón ha disminuido tanto, que puede usar 
corbata como cualquier otro. Yo no me di cuenta de que 
tenía bocio hasta que me lo dijeron. Nadie acierta á ex- 
plicarse esta curación, que refiero tal como me la relató 
él mismo. 



DIARIO 285 

2 de Septiembre. — Hoy á las diez, el señor Prevost, el 
señor de Roos, doña Mariquita, don José Antonio y yo 
emprendimos viaje á los baños de Colina, como á diez le- 
guas ó un poco más de la ciudad. Hasta las primeras tres 
leg^uas de Santiago se sigue el camino de Mendoza, que 
atraviesa una llanura, en su mayor parte pedregosa, con 
excepción de una pequeña altura, llamada el Portezuelo^ 
por la cual pasamos entre dos cerros á otra parte del 
llano; la parte próxima á la ciudad está cubierta de huer- 
tos, regados por el agua del Salto. Pasado el Portezuelo 
llegamos á una vasta hacienda de uno de los Izquierdo, 
donde se hacían los preparativos del rodeo anual. 

Las haciendas ganaderas, parecidas á las tierras fores- 
tales de Inglaterra, son mucho más pintorescas que las 
otras, pero al mismo tiempo más incultas y con menos 
apariencias de civilización. 

Seguimos por la falda de un elevado cerro que se des- 
prende de los Andes en una extensión como de cuatro 
leguas, y entramos á la garganta de la montaña en que 
están situados los baños. Anuncian la proximidad de ellos 
anchos esteros, en parte secos actualmer.te, árboles más 
altos y vigorosos y más variados á la vez que más ence- 
rrados paisajes. Encontramos durante el camino varias ca- 
sas de campo, en una de las cuales nos detuvimos á des- 
cansar y tomar algún alimento. 

El ir y venir de los criados de la hacienda impartía ani- 
mación é interés á la escena. Pero ahora no veíamos ni 
vestigios de habitación humana, y pasamos la garganta 
por un angosto sendero de cinco á seis millas, de no fácil 
ejecución y algo peligroso, hasta que llegamos á los ba- 
ños, que presentan un aspecto de la mayor desolucíón, á 
que contribuye quizás la tristeza del día. 

Aún no termina el invierno; la hierba no alegra las fal- 
das rojizas del cerro; sólo uno que otro arbusto de hojas 
perennes, coa sus yemas todavía cerradas, pende de la 
ladera de la montaña sobre el valle que se extiende á sus 
pies. Un hermoso y cristalino arroyo se abre paso por el 



286 MARÍA GRAHAM 

valle; sus fuentes son los célebres baños. Varios abun- 
dantes manantiales brotan de la roca viva á una tempera- 
tura que no baja de 100 grados Fahrenheit (1). El agua 
es clarísima, sin ningún sabor ni olor especial, cualidades 
que adquiere embotellada en unas pocas horas, según 
dicen. 

Dos series de construcciones de ladrillos, divididas en 
varios departamentos (no recuerdo si tres en una y cuatro 
en la otra, ó tres en cada una), protegen los manantiales 
de la lluvia y el polvo. Cavidades abiertas en las rocas 
forman los baños, con un frente de ladrillo, por el cual 
un pequeño conducto cuadrado deja salir libremente el 
agua, de modo que una corriente constante pasa por cada 
depósito, sin comunicarse entre sí. 

La cantidad de agua caliente es tan grande que, a[ 
salir de los baños, con el aumento de un pequeño ma- 
nantial que se le une en su camino, forma el río Colina, 
que va serpenteando por más de treinta leguas y ali- 
menta el lago Pudahuel. Anexas á los baños hay tres 
largas filas de edificios, cada una de las cuales contiene 
diez á doce aposentos, con un corredor común al frente. 
En ellos se instalan los bañistas que acuden á Colina 
durante el verano, esto es, desde Noviembre hasta Ju- 
nio. 

Las aguas son recomendadas para el reumatismo, la 
ictericia, las escrófulas y las enfermedades cutáneas. 
Para la gente pobre hay una serie de habitaciones, cuyas 
piezas miden seis pies por siete. En cada pieza se al- 
berga una familia entera, que en algún sitio inmediato 
construye una ramada para preparar la comida. De 
igual manera se acomodan los ricos, con la sola diferen- 
cia que sus aposentos son mayores, llegando algunos á 
tener quince pies por lado. 

La gente vive principalmente fuera de las casas, pues 



(1) Que equivalen á 37,78 centígrados. En los últimos años se ha 
observado un descenso notable en la temperatura de estas aguas. — 
(N, del T.) 



DIARIO 287 

en ese tiempo los cerros están cubiertos de flores y los 
bosques umbrosos y sin humedad. La pequeña capilla 
ocupa el sitio más pintoresco del valle, pero ahora está 
cerrada, pues ni sacerdotes ni fíeles se atreven á inver- 
nar en este paraje desolado y cubierto de nieve. 

En la primera semana de Junio, ó antes, los pacientes 
se retiran, ciérranse las puertas de las casas, el capellán 
guarda las llaves de la capilla, y todo queda en profunda 
soledad. 

Nos sentamos en uno de los corredores y tomamos el 
lunch que habíamos traído. Sentía tanto frío, que sumergí 
las manos en el manantial de agua caliente y la mezclé 
con mi vino. Mientras preparaban los caballos para el 
regreso doña Mariquita y yo tuvimos la curiosidad de 
entrar á uno de los aposentos que encontramos abierto, 
curiosidad que nos costó muy cara, pues nos invadieron 
millares de pulgas, que supongo habían pasado varios 
meses sin alimento fresco, porque nos atacaron tan des- 
apiadadamente que creí tener una fuerte erupción en 
todo el cuerpo. 

Después que hubimos subido á nuestros caballos y lle- 
gado á la pequeña altura detras de la capilla, me detuve 
un instante á mirar las casas solitarias; la iglesia desierta; 
los tristes y desnudos campos, sobre que se cernían en 
esos momentos negras nubes, todo tan diferente de la 
animación y alegría que, según me dicen, reinan allí en 
los meses de verano, cuando los ancianos y los enfermos 
vienen en busca de salud y fuerzas y, en mayor propor- 
ción que aquéllos, los jóvenes y sanos en busca de pla- 
ceres ó para pedir á las aguas de Colina la belleza que 
según una arraigada y general creencia comunican. 

Pero, aunque doña Margarita y yo nos mojamos con 
ella el rostro, no notamos cambio alguno, y nos queda- 
mos como éramos y sin nada de maravilloso que poder 
contar después de nuestro viaje. Apenas salimos de la 
garganta, en vez de regresar á la ciudad por el mismo 
camino torcimos á la derecha, y un galope de tres leguas 



288 MARÍA GRAHAM 

nos puso en el pueblo de Colina, primera parada de San- 
tiago á Mendoza y casi equidistante de la ciudad y del 
famoso campo de Chacabuco. 

A una media milla de la iglesia de Colina está la ha- 
cienda de don Jorge Godoy, con cuya esposa é hija tengo 
amistad. Encontramos al anciano caballero descansando 
á la entrada de la casa de las fatigas del día, con gorro, 
chinelas y poncho. Va muy rara vez á la ciudad, y reside 
aquí con su sobrino, como un patriarca en medio de sus 
labradores. 

Apenas habíamos entrado comenzó á llover con fuerza, 
gracias á la intercesión de San Isidro, y nos alegramos no 
poco de hallarnos protegidas contra la lluvia, con el rega- 
lo de un enorme brasero lleno de carbones encendidos y 
pieles de carnero bajo los pies, mientras tomábamos mate, 
que refresca más que el te después de un día de viaje. 

Muy oportunamente hizo su aparición una abundante 
cena, que comenzaba con huevos preparados de diversas 
maneras, seguía con estofados y pucheros de vaca, cor- 
dero y aves, y terminaba con manzanas, y á la cual se le 
hizo justicia en toda regla, desde los huevos hasta las 
manzanas, sin perdonar tampoco los vinos de don Jorge. 

3 de Septiembre. — Esta mañana salió el sol claro y bri- 
llante, sorprendiendo á los Andes y aun á los cerros más 
próximos completamente cubiertos por la nieve, que cayó 
durante la noche mientras llovía en los planos. 

Antes de almuerzo recorrimos los almacenes de la ha- 
cienda, comenzando por el granero, ahora casi vacío. 
Vimos allí tendido sobre el piso un cuero seco y en él un 
rimero de carne fresca para el consumo inmediato, según 
la costumbre del país, cortada en tiras de unas tres pulga- 
das de ancho, y sin huesos. Pendían de los muros cuerdas 
de varias clases, lazos, fajas, etc., para diversos usos 
rústicos. 

Dentro del granero había otra despensa, toda rodeada 
de cuelgas de velas de sebo; en el piso centenares de 
arrobas de sebo en cueros, para la venta, y un gran mon- 



DIARIO 289 

ton de skimmings, esto es, de la gordura que sobra des- 
pués de derretir la grasa para extraer el sebo. Este residuo 
lo usan los peones en lugar de manteca ó aceite para 
condimentar su comida, y es tan necesario para ellos 
como tlghee (1) para los indios del Oriente. 

En otro departamento se guardan los yugos y aguija- 
das (2) para los bueyes, las azadas para cavar canales de 
regadío, etc. Estas azadas son de una madera durísima y 
provistas de un largo mango; las de hierro se emplean 
sólo en la capital y alrededores y en algunas haciendas 
cerca de Valparaíso, donde las han introducido los ex- 
tranjeros. Estos almacenes comunican con una puerta 
lateral con un patio cuadrado, en un costado del cual 
está la matanza, donde, á fines de otoño, se benefician 
los animales para obtener cueros, sebo y charqui. Actual- 
mente parece una barraca inconclusa, pero en tiempo de 
matanza la cubren de ramas verdes para que la carne y 
demás productos se conserven frescos. A un lado del pa- 
tio se hallan los fondos para derretir el sebo, hechos con 
greda de la misma hacienda y de dos pulgadas y media 
de grueso. Junto á este departamento hay una barraca con 
hornos para cocer las heces, que se agregan al mosto 
para acelerar su fermentación, y más allá un alambique, 
de sencillísima factura, para destilar aguardiente. 

De diez y seis á veinte familias de inquiiinos viven 
de la hacienda, y dos ó tres veces ese número de peo- 
nes á jornal se ocupan en las épocas de mayor trabajo. 
Se les paga salarios subidos, no por el elevado precio 
de los artículos de consumo, sino por la escasez de 
brazos. 

La reducida población de Chile, á pesar de la natural 
fertilidad del suelo y de la benignidad del clima, se ex- 
plica fácilmente. Las concesi'^nes de tierras á los prime- 
ros pobladores españoles subsisten aún en su mayor par- 

(1) Grasa de búfalo derretida, que forma parte de la alimentación 
de los hindúes.— (TV. del T.) 

(2) O picanas, como las llaman nuestros campesinos. — (N. del T.) 

19 



290 MARÍA GRAHAM 

te. Son tan extensas que entre Santiago y Valparaíso tres 
mayorazgfos poseen todo el suelo (1). 

Los primeros propietarios, dedicados exclusivamente á 
la extracción de metales preciosos, única cosa que se bus- 
caba entonces en este país, cultivaban sólo la tierra sufi- 
ciente para proveerse de los artículos de consumo más 
necesarios, y este cultivo, reducido á lo indispensable, era 
ejecutado por encomiendas, esto es, por los indios que la 
corona sometía al servicio del rico colono. Naturalmente, 
esta especie de esclavitud impedía el acrecentamiento de 
la población. En el primer año de la revolución de la in- 
dependencia las encomiendas y la esclavitud fueron abo- 
lidas. 

Ahora los criados reciben salario y comienzan ya á te- 
ner casas propias con pequeños huertos. Con todo, toda- 
vía subsiste de hecho el trabajo forzoso de peones y mes- 
tizos en las haciendas, a pesar de las leyes que lo prohi- 
ben. ¿Qué pueden hacer los infelices? Necesitan que al- 
gún patrón les proporcione albergue y alimento, y en 
cambio el patrón les exige servicios y trabajos que las le- 
yes prohiben. 

El actual gobierno proyecta facultar á los mayorazgos 
para vender pequeñas porciones de sus tierras con hipo- 
tecas de largo plazo ó perpetuas. De este modo el suelo 
pasará á dueños que tendrán interés personal en él, y la 
población se aumentará juntamente con los medios de 
subsistencia (2). 

De vuelta de nuestra visita á los almacenes nos espera- 
ba un excelente almuerzo. 

Pasé la tarde en mi aposento, donde además de las 
niñas de la casa, me visitaron Mr. de Roos, don José 



(1) Los mayorazgos Prado, Aguirre y Balmaceda. Al primero per- 
teneció acaso más de la mitad de esa enorme extensión de tierras. — 
^A^. del T.) 

(2) Recordaremos, á propósito de mayorazgos, que O'Higgins 
decretó su abolición en 1818, decreto que quedó sin efecto. — (N. 
del T.) 



DIARIO 291 

Antonio y don Domingo Reyes. Don Domingo es un gra- 
ve, instruido y bondadoso caballero, á quien debo buena 
parte de mis conocimientos históricos y físicos del país. 
Su padre (1) fué secretario de don Ambrosio O'Higgins 
y de otros capitanes generales, y aun de Osorio en el 
intervalo que medió entre las batallas de Rancagua y 
de Chacabuco, después de la cual emigró. Su conducta, 
siempre correcta y honorable, le mereció ia confíanza y el 
aprecio de todos los partidos. 

Llamado nuevamente al país, se ie devolvieron sus bie- 
nes y se le dio un empleo. El carácter de don Domingo 
ha sido formado por las circunstancias y vicisitudes del 
tiempo en que le ha tocado vivir, carácter cuyo rasgo do- 
minante es el amor á su padre, á quien ha visto sobrelle- 
var tantas pruebas y mudanzas de fortuna. Es piadoso, y 
aun diría fanáticamente piadoso, si no supiera de qué tris- 
teza ha sido testigo. 

No obstante, siempre^se le ve sereno y contento, pron- 
to siempre á servir á sus amigos y benévolamente dispues- 
to con todos. Mi amigo don Antonio no posee ni los co- 
nocimientos, ni la inteligencia, ni la cultura de Reyes, pero 
sí una excelente índole y bondadosos sentimientos. Ape- 
nas se levanta se toma media docena de mates, fuma el 
día entero, asiste con regularidad á su ofícina, y en la 
noche baila cuandos, canta y toca la guitarra, mejor afuera 
que en su casa. Nada de esto es de extrañar ni desdice 
del carácter de un galán chileno. 

Esta noche cantó y tocó muy agradablemente algunas 
canciones con que los jóvenes de Santiago suelen dar se- 
renatas á sus pretendidas, costumbre tan general aquí 
como en Italia. Después de todo, en materia de serenatas 
no hay nada más bello en el mundo que el Harkj the 
lark at heaven's gate sings (2) de nuestro Shakespeare, 
que hace avergonzarse á todas las trovas de amor canta- 

(1) Don Judas Tadeo Reyes.— (N. del T.) 

(2) ¡Escuchal la alondra canta en las puertas del cielo (Cimhelina, 
acto II, escena III.) -(N, del T.) 



292 MARÍA GRAHAM 

das á bellas que mientras tanto están durmiendo ó que 
por oirías se mantienen despiertas. 

Jueves, 5 de Septiembre. — Toda la familia Cotapos y 
muchas otras personas, entre las cuales los señores Pre- 
vost y De Roos y yo, treinta por todo, hemos pasado el 
día en el campo. Las señoras que no quisieron ir á caba- 
llo fueron en carretones, pequeños vehículos cubiertos 
del país, provistos de alfombras y cojines. 

Los criados y las provisiones iban en otro, techado con 
paja como una choza rústica. Toda la comitiva se reunió 
en el patio de la casa Cotapos, y se puso en marcha á las 
nueve de la mañana, con la alegría que dan la juventud, 
la salud y la resolución de divertirse y gozar. De divertir' 
nos, debería decir, porque á lo menos, en cuanto á dicha 
resolución, yo no me diferenciaba de los demás. 

Después de una agradable cabalgata de unas cinco 
millas hacia el Oriente de la ciudad llegamos á Nuñoa, 
pintoresco pueblo en que reside un obispo (1) y donde 
pasamos un día delicioso en una chacra que con ese fin 
nos había sido ofrecida. 

Es un lugar lindísimo, lleno de huertos y jardines y 
rodeado de sementeras de trigo. El espléndido círculo de 
montañas que lo rodea, especialmente los nevados Andes, 
hacen resaltar más aún la belleza de los floridos campos 
de Nuñoa. 

Doña Mariquita y yo, con dos ó tres más, entre los 
cuales el padre de doña Mariquita, el apuesto anciano 
don José Miguel de Cotapos, con poncho de vicuña en su 
color natural, sombrero de anchas alas, riendas enchapa- 
das en plata, espuelas, etc., fuimos á una casita como á 
dos leguas de allí. 

Debería haber comenzado por describir la comitiva. 
Don José Miguel no era el único de poncho, ó mejor di- 
cho, muy pocos iban sin él, aunque algunos de los jóve- 
nes lo llevaban alrededor de la cintura en vez de cubrir 



(1) Don José Santiago Rodríg^uez Zorrilla, de cuyo destierro y 
vuelta á Santiago habla la autora un poco más adelante. — (N. del T.) 



DIARIO 293 

con él sus hombros. Casi todos usaban monturas chile- 
nas, con un gran número de alfombras y pieles, unas so- 
bre otras. 

Las señoras montaban sillas inglesas. La generalidad de 
ellas vestía casacas de color, largos vestidos blancos y 
sombreros adornados con flores; dos llevaban pequeños 
sombreros de teatro con plumas y ricos vestidos de seda: 
sólo mi criada y yo teníamos sencillas y serias ama- 
zonas. 

Más parecíamos una vistosa cabalgata de cuentos de 
hidas que no una partida de simples mortales que pasean 
á caballo juiciosamente sobre la tierra. Siento no haber 
podido dibujar las figuras de los paseantes. Acá Mariqui- 
ta, vestida de blanco y escarlata y con un gorro negro de 
castor que le sienta admirablemente; allá Rosario, con so- 
bretodo castaño, flotantes faldas blancas, sombrero de 
paja y rosas, que no lucen tanto como sus mejillas; acullá 
Mercedes Godoy y otra Mercedes, con plumas que on- 
dean graciosamente al viento y trajes de seda que brillan 
á los rayos del sol, reprimen sus briosos caballos; á ambos 
lados de ellas la alegre Herrera, con su casaca verde, José 
Antonio, con su poncho azul turquesa, tachonado de flo- 
res, y De Roos, con su chaqueta de seda gris y su rubi- 
cundo rostro británico; y por fin, acompañando los carre- 
tones, donde iban las señoras mayores en trajes de gala, 
don Domingo Reyes y otros graves caballeros. 

Tal era el aspecto que la caravana presentaba en Nu- 
ñoa, cuando los cuatro ó cinco que dije más arriba resol- 
vimos ir á la casita de Egaña, que ocupa el punto más 
elevado de esa comarca. Conduce á ella un bellísimo ca- 
mino, por entre campos de trigo y olivares y al través 
de una linda aldehuela, desde donde nos llevó hasta la 
casita una calle de sauces que comienzan á cubrirse de 
hojas. 

Es una casa muy pequeña, adornada con papeles de di- 
versos colores y estampas, calculada para una breve resi- 
dencia de verano. Se encuentra á nta altura en las fal- 



294 MARÍA GRAHAM 

das de la cordiílera que su dueño dispone siempre de 
nieve para refrescar su bebida. Dos manantiales perennes 
atraviesan el huerto. Divísase desde aquí un bellísimo 
panorama: varios pueblecillos y sementeras en el primer 
plano; en seguida la ciudad, con su Santa Lucía y San 
Cristóbal y los cerros adyacentes, que en otros países me* 
recerían el nombre de montañas, más allá la llanura, que 
termina en la Cuesta de Prado, actualmente coronada de 
nieve. 

De vuelta á Nuñoa encontramos á nuestros amigos en- 
tretenidos en danzar. Habían conseguido un par de mú- 
sicos, y bailaban minués y danzas popu'ares españolas, 
quizás las más grociosas de! mundo. Las que más me gus- 
taron fueron el cuándo y la zamba, bailados y cantados 
con más expresión y entusiasmo que los que permiten las 
Costumbres de la ciudad, pero sin salir de los ¡imites del 
decoro. 

El baile no puede expresar sino dos pasiones: el odio 
y el amor. Aun el grave minué de la corte, por sus acer- 
camientos, alejamientos y presentación de manos, como 
por las separaciones y encuentro final de los danzantes, 
expresa el amor. ¡Cuánto más el minué popular y rústico, 
que representa un rompimiento y su reconciliación! Esto 
es lo que eleva la danza á la categoría de arte. 

Las figuras de bailes en que toman parte más de dos 
personas, como la generalidad de los bailes franceses ó 
ingleses, tienen tan poco que hacer con la poesía del 
baile como los dibujos impresos á máquina en las telas 
con la poesía de la pintura. Mis chilenos sienten el baile, 
y hasta cuando bailan una contradanza escocesa saben in- 
fundirle algo de expresión poética. 

El bailoteo fué interrumpido por la comida, que dio 
ocasión á que se descubriera una nueva habilidad de mis 
amigos. Pidióse un brindis á doña Mariquita, que decla- 
mó c uatro graciosas estrofas, adaptadas alas circunstan- 
cias y á los comensales, con una facilidad que demostra- 
ba que estaba habituada á improvisar. 



DIARIO 295 

Siguieron varios otros brindis de los caballeros, algu- 
nos verdaderamente ingeniosos, y los jóvenes de ambos 
sexos que poseían esta habilidad la ejercitaban cuando 
se les pedía, sin cortedad, á la vez que sin ostentación. 

Al caer la tarde preparé té para los danzantes, y luego 
regresó á la ciudad la más alegre cabalgata que jamás 
haya entrado á ella. Una tertulia en casa de Cotapos puso 
remate á los entretenimientos del día. 

5 de Septiembre. — Visité á varias personas inglesas y 
chilenas. Nada diré de los ingleses residentes en Santia- 
go, porque, con una ó dos excepciones, Mr. B. y Mr. C, 
por ejemplo, son individuos muy vulgares. Mr. B. (1) 
llamado comúnmente don Diego, ha vivido aquí desde la 
revolución, y dice que nunca ha sido tratado con injusti- 
cia ó malevolencia en el país, que conoce mejor que mu- 
chos nacionales. Mr. C. ha viajado mucho; tuvo cierta 
participación en la guerra del Sur, prestando dinero, ca- 
ballos y buques á los patriotas y es, de las personas que 
conozco, una de las que poseen más claras ideas acerca 
de la actual condición de Chile. 

Hay entre mis paisanos excelentes sujetos, algunos que 
se dan aires de caballeros distinguidos y otros que se 
dedican á estafar al prójimo. Así sucede en todas partes; 
pero desearía que aquí hubiera mayor número de cumpli- 
dos ingleses, por el honor de nuestra nación y para bien 
de Chile. 

7. — Fui temprano á la imprenta nacional, bastante 
buena para un país pequeño y nuevo, aunque algo es- 
casa de tipos. Dudo que se pueda imprimer un volumen 
en cuarto de cuatrocientas páginas. Compré las gacetas 
desde 1818 hasta la fecha. Antes de ese año no se había 
impreso nada (2). Adquirí también algunas leyes, regla- 
mentos y poesías. Bajo la dominación española Chile no 



(1) Don Diego Bernard, que dejó familia en Chile. En cuanto á 
Mr. C, ignoramos quién es. — (N. del T.) 

(2) Error de la autora, pues ia imprenta fué introducida en el 
país en IH12.--(N, del T.) 



296 MARÍA GRAHAM 

tuvo imprenta, así me parece, al menos, porque no estoy 
segura de ello n¡ he podido saberlo á punto fijo. Todas 
las impresiones necesarias, esto es, las que e! virrey, el ar- 
zobispo y la Inquisición permitían, se ejecutaban en 
Lima. 

Después de medio día visita á las monjas de San Agus- 
tín. Es una felicidad que por las nuevas disposiciones gu- 
bernativas todos los conventos hayan quedado tan pobres, 
porque así hay esperanzas de que pronto disminuyan. Es- 
tas monjas son viejas y feas, con excepción de una sola, 
joven de bellos ojos y muy pálida, belleza peligrosa para 
un enamorado caballero; me inspiró compasión. 

Las ancianas señoras nos obsequiaron con mate, el me- 
jor que he tomado en Chile, preparado con leche y cane- 
la del país, servido en bandejas de flores, de modo que el 
gusto y el olfato se deleitaban á la vez. Este convento es 
uno de los más hermosos de Santiago. Desde el locutorio 
divisábamos uno de sus siete patios, en el cual, en el cen- 
tro de un estanque, se levanta una estatua de piedra de 
la Virgen, la más fea que jamás haya tallado la mano del 
hombre. 

Ha sido dispuesta de modo que pueda arrojar agua por 
la boca y el pecho; pero ahora no funciona, porque la 
fuente está en reparación, en que se ocupaban en esos 
momentos varios albañiles, custodiados por media doce- 
na de soldados, no sé si para hacer trabajar á los obreros 
ó para proteger á las monjas. 

En el breve rato que permanecí en el locutorio oí más 
charla que antes en un mes, y noté que las enclaustradas 
siguen interesándose por las cosas de este picaro mundo. 
Cuando se me advirtió que ya era tiempo de ir á otra 
parte no lo sentí, y, dejando un poco de dinero de re- 
cuerdo á las buenas señoras, acompañé á los señores Pre- 
vost y De Roos á la biblioteca pública. Comprende unos 
diez ó doce mil volúmenes, provisoriamente instalados en 
el Colegio; pero habiendo ofrecido el convento de Santo 
Domingo su biblioteca á la nación, aquellos libros serán 



DIARIO 297 

trasladados allá tan pronto como se disponga el local 
conveniente, y la biblioteca se abrirá para el público. El 
director es D. Manuel de Salas y Corvalán, instruido y 
culto caballero, que me mostró un bello ejemplar de Clu- 
verius (1) y me habló con orgullo de su colección de 
obras da viajes y geografía. 

Lo3 libros de leyes ocupan la mitad de los estantes. 
Hay un buen número de obras francesas, pero pocas in- 
glesis, y de éstas pocas lo más conocido es el pequeño 
Viaje de Vancouver. Aquí le guardan tanto rencor por 
haber denigrado á Chile que, como por vía de desahogo, 
lo muestran á todos los visitantes. Encontré en la biblio- 
teca al diputado Albano, á quien había visto presidir la 
Convención. Tuve con él una grata hora de conversación. 

Al pasar delante de los libros de leyes, me dijo: "He 
aquí nuestra gran plaga. Treinta y siete mil de estas or- 
denanzas están todavía vigentes, y los comentarios so- 
bre ellas forman por lo menos el triple de ese número. 
Los chilenos son excesivamente litigantes. Consideran 
un título de honor tener un pleito, y, sin embargo, los 
pleitos suelen durar años enteros y arruinan más familias 
que todas las demás causas de ruina juntas, con excepción 
del juego." 

Abriga la esperanza de establecer una institución aná- 
loga á nuestros jueces de paz para evitar las prisiones 
arbitrarias, tan frecuentes aquí. Citó á este respecto una 
real cédula de 1718, que fija reglas á los jueces de distri- 
to de la América española, y expresó el deseo de verla 
adoptada en Chile como base de la administración civil. 

Oía con tanto agrado los razonamientos del señor Al- 
bano, que recibí con pesar la insinuación de mis amigos 
de que estábamos abusando de la bondad del biblioteca- 
rio y de que las señoras Godoy me esperaban para tomar 
mate. Fui, pues, á la casa de éstas, y allá encontré á la 
hermosa, jovial y simpática señora Blanco, esposa del 

(1) Felipe Cluver (ó en su forma latinizada, Cluverius), geógrafo y 
anticuario del siglo xvii. — (N. del T.) 



298 MARÍA GRAHAM 

ex conlraalmirante de Chile, hoy comandante en jefe 
naval de San Martín (1). 

8. — Compré mi caballo roano Fritz. Tiene patas blan- 
cas y ojos azules; es alto y fuerte, y nunca ha sido monta- 
do por una mujer. Quería dar á mi buen Charles algún 
descanso, y el precio de veinte pesos no me pareció 
excesivo. 

Pag-uélos de buen grado, y montada en mi Fritz, fui con 
De Roos á hacer una visita al Director en su chacra, con 
intención de regresar luego; pero no nos dejaron retirar- 
nos antes de la comida. Las señoras estaban en el jardín, 
y las indiecitas jugaban cerca de ellas. Este lugar se 
llama el Conventillo. Perteneció antes á los franciscanos, 
que comenzaron á construir en las inmediaciones una 
iglesia bajo la advocación de Nuestra Señora, y para ese 
fin colectaban dinero de todos los transeúntes. 

La construcción del templo, sin embargo, no avanzaba, 
á pesar de las cuantiosis sumas erogadas por los fieles. 
El Director, en vista de esco, compró todo el terreno, y á 
les frailes su iglesia, poniendo así término á esa exacción. 
Esta compra, como las construcciones y grandes plantíos 
que allí está haciendo, inspiran al pueblo confianza en la 
estabilidad del gobierno, y esta confianza contribuirá á su 
vez á darle estabilidad. 

Este es un día memorable en Chile. El obispo Rodrí- 
guez, desterrado durante largo tiempo á causa de sus 
principios políticos, y de su intromisión en los negocios 
de estado, ha sido por fin llamado. 

No hace muchos días que llegó privadamente á su 
residencia de Nuñoa; hoy se presenta por primera vez en 
público en la catedral. Antes de esa ceremonia visitó al 
Director, quien lo felicitó por su vuelta á su diócesis, 
agregándole que esperaba que en lo sucesivo no olvidaría 
que el progreso del país y de la opinión pública exigían 
en los negocios eclesiásticos ideas y actos más liberales 

(1) Don Manuel Blanco Encalada, casado con doña Carmen Gana. 
{N. del T.) 



DIARIO 299 

que los que pudieron convenir á los tiempos pasados; 
que abrigaba la confianza de que el buen sentido de su 
señoría lo haría ajustar su conducta á semejante norma, y 
que mientras él fuera Director de Chile, ni el Papa ni 
eclesiástico alguno tendría poder temporal ni derecho de 
exención de la jurisdicción civil y criminal del país. 

El obispo procedió en seguida á tomar posesión de la 
sede, y con ese motivo pontificó solemnemente en la ca- 
tedral. Su vuelta ha causado satisfacción á muchos de los 
fieles que deseaban á su pastor; á numerosas relaciones 
particulares, que estiman mucho al obispo, y sobre todo, 
á las familias de los desterrados políticos, porque el re- 
greso del principal de ellos les da esperanzas de que 
pronto volverán los otros (1). 

Por suerte no había otros extraños presentes fuera de 
nosotros. El Directar llevó la conversación á los asuntos 
de Chile y á los sucesos de su vida (2). Se manifestó dis- 
gustado por los últimos acontecimientos del Perú (depo- 
sición de Monteagudo, etc), estimando la conducta de 
ese ministro y sus consecuencias como una mancha para 
la buena causa. No me atreví á insinuarle que la conduc- 
ta no menos mala que aquélla, aunque en otro orden de 
cosas, de su ministro Rodríguez, estaba produciendo aquí 
efectos igualmente lamentables. 

Anduvimos un buen rato por los jardines y nos entre- 
tuvimos con un telescopio, con el cual me mostró el Di- 



(1) Pocos días antes de mi llegada á Santiago, se celebró la fies- 
ta de San Bernardo, patrono del director. Durante la dominación es- 
pañola era costumbre que los capitanes generales concedieran alguna 
gracia en el día de sus cumpleaños ó de sus onsmásticos. Este año se 
rogó al director en el día de su santo que llamara á los desterrados. 
"No" — contestó — ; yo soy un simple ciudadano, y no me corresponde 
solemnizar mi día de esta manera; pero si pedís á la Convención que 
celebre el 18 de Septiembre, aniversario de vuestra independencia, 
con este acto de gracia, yo apoyaré la solicitud con todo el poder é 
influencia que poseo." 

(2) Con su autorización he hecho uso de esta conversación en mi 
bosquejo de la historia de Chile. 



300 MARÍA GRAHAM 

rector varias haciendas del llano de Maipo, regladas por 
el canal que ha abierto durante su gobierno (1). Todos 
esos campos eran antes estériles y sus jarales servían de 
escondite á los asalteadores y asesinos, tal que no se po- 
día pasar por allí sin peligro. Los bandoleros han desapa- 
recido ya, y pacíficas haciendas ocupan las antes incultas 
tierras. Sirvióse una sencilla y bien dispuesta comida en 
que la limpieza y corrección inglesas daban á los platos 
chilenos lo que hasta entonces había echado menos en 
ellos. 

Fuera de nosotros sentáronse á la mesa doña Isabel, 
doña Rosa, la joven y hermosa sobrina del Director, doña 
Javiera y un edecán. Las indiecitas comían en una mesa 
baja, presididas por la hija del cacique y servidas con tan- 
to respeto como las señoras de la casa. La llegada de al- 
gunas personas después de la comida, puso término á 
nuestra conversación confidencial, y recorrí con doña Isa- 
bel los departamentos de la casa. Los dormitorios de las 
señoras son muy aseados y confortables. 

El Director usa un lecho de campaña portátil, y á juz- 
gar por su aposento, no se preocupa mucho de la como- 
didad de su persona. Al ponerse el sol regresamos á la 
ciudad juntamente con la familia de su excelencia, que iba 
al teatro, á que doña Rosa nunca falta. Su carruaje es in- 
glés, sencillo y elegante. 

Lunes 9 de Septiembre. — Elsta mañana doña Rosario, 
don José Antonio, De Roos y yo, acompañados por mi 
peón Felipe, salimos de la ciudad con rumbo á la hacien- 
da de don Justo Salinas, yerno de mi huésped. El camino 
va por el llano de Maipo, perfectamente á nivel entre la 
ciudad y el río en una distancia de veinte á treinta mi- 
llas. Esta es la parte de! llano fertilizada por el canal de 
O'Higgins, que riega la antes estéril tierra entre el Ma- 
pocho y el Maipo. 

El gobierno colonial se propuso realizar esta obra; 

(1) El canal de Maipo, comenzado en tíen»po de la Colonia, fué 
terminado por O'Higgins. — (TV. del T.) 



DIARIO 301 

pero después de invertir una ingente suma en trabajos 
preparatorios, nada se hizo. Después de la independencia 
se han gastado 25.000 pesos en el canal principal, y ven- 
diendo las tierras por anualidades que para las grandes 
propiedades ascienden á 500 pesos, no sólo se ha reem- 
bolsado esa suma, sino que, según mis informaciones, el 
producto de las ventas ha llegado á cerca de 200.000 pe- 
sos. Cada propietario queda obligado á revestir de piedra 
su parte de canal y á conservarlo en buen estado. Las se- 
menteras del llano prometen muy buenas cosechas; el te- 
rreno parece de tierra vegetal delgada, mezclada con 
arena y abundante en piedrecillas, por haber estado largo 
tiempo bajo el agua. 

Estas piedrecillas son mayores y más irregulares en el 
llano que en los lechos del Mapocho y del Maipo, excep- 
to en los puntos donde éste, en el centro de su canal, ha 
albergado ó descubierto rocas de considerable tamaño. 
A medio camino, entre la ciudad y el río, uno de los pe- 
queños cordones de cerros que cruzan el llano en ángulo 
recto con los Andes y parecen unir las cimas de la Cues- 
ta de Prado y otras con la gran cordillera, atraviesa el ca- 
mino, disminuyendo gradualmente hasta desaparecer del 
todo en el llano antes de llegar á la montaña. 

El paso que queda entre el último pequeño cono de 
este cordón y la masa principal, se llama Portezuelo de 
San Agustín de Tango. A su entrada hay algunas chozas 
rodeadas de pequeños huertos, que riega un antiguo ca- 
nal del Maipo y cuva vista nos alegró después de quince 
millas de monótono camino. Otras quince millas, tan mo- 
nótonas como las anteriores, nos llevaron al vado del rá- 
pido y turbio Maipo. Este río nace de los Andes, cerca 
de un paso llamado El Portillo, poco frecuentado, porque 
sus paredes verticales no ofrecen refugio alguno contra 
los aludes que continuamente caen de arriba. 

Es, no obstante, más corto que el próximo á la cum- 
bre, y suele ser transitable cuando éste se cierra. Me di- 
cen que en ese profundo valle, donde la rápida corriente 



302 MARÍA GRAHAM 

se abre paso sobre un desigual y áspero lecho, formanda 
numerosas cataratas, es verdaderamente sublime. Si la 
estación lo hubiera permitido, habría caído en la tenta- 
ción de viajar medio día por verlo. El paso del Maipo es 
sumamente peligroso durante las creces, y á veces in- 
vadeable, á juzgar por la altura de sus márgenes, que 
calculo en poco menos de cuarenta pies; el espacio com- 
prendido entre ellas tendrá aproximadamente un cuarto 
de milla. 

Dentro de este ancho lecho el río se divide ahora en 
varios canales fáciles de vadear; sobre el pricipal, profun- 
do y cerrentoso, hay un puente de construcción indígena 
que sirve para el tránsito cuando el río no está vadeable. 
Consiste en palos verticales, fijos á uno y otro lado de la 
corriente; fuertes cuerdas de cuero entre los postes, en- 
trelazadas con otras, forman un puente de cimbra, sus- 
pendido sobre el río. 

Este puente desaparece durante las grandes creces, y 
es reemplazado por otro tan pronto como se normaliza la 
corriente. Al Norte del río no se ve un solo árbol, y la 
vista domina un inmenso espacio absolutamente plano. 
Por el lado Sur la tierra es más fértil y más cultivada, 
particularmente en Viluco, en cuya vecindad se encuentran 
el pueblo y la capilla de Maipo, iglesia parroquial de una 
vasta región. 

La hacienda de Viluco pertenece al marqués de La- 
rrain, uno de los hombres más ricos de Chile (1). Produ- 
ce como 25.000 pesos al año y está perfectamente culti- 
vada. Sepárala del camino un muro de dos leguas de lar- 
go, que me aburrió soberanamente. Los cercos ó muros 
divisorios de propiedades rústicas se construyen aquí con 
tierra arcillosa batida y comprimida en marcos de made- 
ra que, una vez bien aprensado un bloque, los sacan, los 
colocan encima y los llenan de nuevo, de modo que cuan- 
do el muro está terminado parece una construcción de 
ladrillos gigantescos. 

(1) Don José Toribio Larraín. — (N. del T.) 



DIARIO 303 

Llegfamos por fin á un pésimo y fangoso camino á ori- 
llas del estero de Paine, que desciende rápidamente de 
un contrafuerte de la cordillera que avanza aquí casi hasta 
el cerro de Pangfue y forma el estrecho paso ó Angostu- 
ra de Paine, comúnmente llamado la Angostura, por el 
cual va el camino de Rancagua. Desde Paine, donde hay 
una casa de postas, el camino sigue entre dos filas de 
magníficos árboles, principalmente maitenes; y casas de 
campo y hermoras plantaciones, reemplazan la extensa y 
desolada llanura que acabamos de pasar. Una de las más 
bellas propiedades pertenece al hospital de San Juan de 
Dios y la arrienda un Valdés. 

Allí dejamos el camino principal para seguir el curso 
de un pintoresco río que nace del mencionado paso, á lo 
que debe su nombre de río de la Angostura, Pasadas al- 
gunas haciendas, como las de Herrera y de Solar, llega- 
mos á la de Salinas, donde nos recibieron amabilísima- 
mente don Justo y su esposa, la hija m.ayor de mis hués- 
pedes y viuda del infortunado don Juan José Carrera, que 
espero habrá encontrado en su segundo matrimonio algu- 
na compensación de los padecimientos que sufrió duran- 
te el primero. 

Tiene uno de los más bellos rostros que he visto, ojos 
que ruegan y mandan, y una boca que jamás pudo igualar 
pintor alguno en sus Hebes ó Gracias. Su edad no pasa 
de veinticinco años, aunque apenas representa diez y sie- 
te. Mientras contemplaba extasiada su belleza, recordando 
su historia, dudaba si todo esto era realidad ó un sueño 
de cosas que hasta ahora sólo había encontrado en las 
novelas. Don justo es un joven de bella figura, dos años 
menor que su esposa. Mucho se alegraron de ver á sus 
dos hermanos, y á De Roos y á mí nos recibieron con 
amabilidad exquisita. 

Soplaba un recio viento de la montaña y hacía mucho 
frió. Sentados alrededor del brasero, en una linda sala, 
esperamos la comida, que se sirvió como á las nueve. 
Nos felicitaron, como de una proeza, de haber recorrido 



304 MARÍA GRAHAM 

en nueve horas sin mudar caballos una distancia de más 
de catorce legfuas, incluyendo en esas nueve horas dos 
de descanso que dimos á las bestias y un rato que se per- 
dió en componer uno de mis estribos, que se quebró en 
el camino. 

En Chile acostumbran tomar algo tarde el desayuno, 
que consiste á veces en caldo, ó carne y vino, pero todos 
toman mate ó chocolate junto á la cama. Doña Ana Ma- 
ría, sabiendo cuan diferentes son las costumbres ingle- 
sas, envió á mi aposento té, pan y mantequilla, para De 
Roos y yo. Describiré la casa. 

La puerta exterior da al dormitorio principal, que sirve 
también de salón. A un lado hay una pieza de tocador y 
otra para los niños; al otro la sala y más allá el comedor, 
bien iluminado y alegre; á lo largo del frente de la casa, 
un corredor, á que dan varios departamentos, como el de 
don Justo, y algunos dormitorios para huéspedes. Doña 
Rosario y yo ocupamos uno de ellos, y don José Antonio 
y De Roos otro. En Chile no se respeta la interioridad de 
los dormitorios como en Inglaterra; felizmente tengo el 
hábito de madrugar, que entre otras ventajas me procura 
la de librarme de intrusiones inoportunas. 

La mayor parte del día se pasa en el corredor, lo que 
no es de extrañar con tan agradable temperatura y tan 
hermosa vista. En el transcurso del día recorrí casi toda 
la hacienda, comenzando por las viñas. La principal ocu- 
pa dos cuadras cuadradas; las vides están apoyadas en 
rodrigones y reducidas por la poda á una altura de cinco 
pies. Aquí no se acostumbra remover anualmente la tierra 
entre las hileras como en Italia, sino que cada veinte ó 
treinta años se descubren y mondan las raíces. 

Visitamos en seguida el huerto, en que hay nogales, 
duraznos, ciruelos, albaricoques, perales y cerezos, que 
comienzan apenas á florecer, porque, además de hallarse 
esta hacienda un grado más hacia el Sur, está más cerca 
de la cordillera y más expuesta á los vientos fríos. Del 
huerto pasamos á los corrales de vacas y terneros, de 



DIARIO 305 

hermosa raza. La lechería está mal administrada, pues de 
diez y seis bellas vacas lecheras no se alcanzan á obtener 
doce libras de mantequilla por semana, y algunas no más 
de seis; de queso se produce una cantidad insignificante, 
aunque éste y aquélla de excelente calidad. 

El ganado lanar es bellísimo, de muy buena y larga 
lana; cada vellón vale por lo menos tres reales. La tras- 
quila se hace en Octubre. Vi un carnero pehuenche con 
cinco cuernos desiguales. Colgado delante de la puerta 
hay un jaguar empajado, llamado comúnmente león chi- 
leno, animal que habita en los cerros y hace estrados en 
el ganado lanar y los terneros, pero que, según he oído, 
no ataca al hombre. 

Don Justo me dio una garra de seis pulgadas de ancho, 
que debe haber pertenecido á un enorme individuo de 
esta especie. En las bodegas las grandes botijas de ^eda 
están medio enterradas en el suelo, como refieren los au- 
tores jesuítas que practican los indios del interior con sus 
tinajas de chicha. Cada bodega contiene unas sesenta tina- 
jas de veinticinco arrobas cada una. Son fabricadas 
con arcilla de los cerros vecinos y cuestan tantas veces 
cuatro reales como arrobas contienen. Cuando se quiere 
vinifícar el mosto, se vierte jugo de uva caliente en la 
proporción de una arroba por cuatro de mosto, para ace- 
lerar la fermentación. Hay que tener cuidado de no dejar 
hervir el jugo, retirándolo del fuego en el punto próximo 
á la ebullición, para que no comunique al vino un sabor 
empireumático. 

Las bocas de las botijas se tapan herméticamente con 
barro para la maduración del vino, que, cuando está á 
punto, se encierra en cueros para la venta. Probé varias 
clases de vino y mosto, muy buenos casi todos, y mucho 
mejores aún los aguardientes, á pesar de la imperfecta 
construcción de los alambiques. El trigo produce aquí el 
ciento por uno; la cebada el setenta. Los cultivos se al- 
ternan: trigo ó cebada un año, alfalfa al siguiente. 

Algunos pastos de forraje crecen espontáneamente 

20 



306 MARÍA GRAHAM 

después de cosechado el grano. De ellos el preferido por 
el ganado mayor es el alfilerülo, así llamado por la forma 
de la semilla; es una planta de la familia de las geraniá- 
ceas, indígena en Inglaterra como en Chile; créese que 
comunica un sabor agradable á la carne de los animales 
que la comen en ciertas épocas. Otra planta predilecta 
del ganado es el cardo silvestre, apreciable sobre todo 
antes de la estación de las lluvias. 

Tanto me gustan las cabezas de cardo, en ensalada ó 
guisadas de otras maneras, que no me extraña oir que- 
jarse á los hacendados de que los animales destruyan los 
cercos por ir á buscarlas en otras heredades. Críase aquí 
en los corrales de vacas cierto insecto que cogen y con- 
servan por la fragancia que despide. 

En la noche un tal don Lucas, que vino de visita á casa 
de don Justo, tocó la guitarra y cantó algunas tonadas po- 
pulares, y bailó algunos bailes del país, especialmente uno 
llamado la campana, desconocido aún para mí, con ani- 
mación y gracia. 

Echándose el poncho sobre los hombros, tomó su gui- 
tarra, sacó á bailar á una de las señoras, y danzó, hizo 
guiñadas, tocó y cantó, todo al mismo tiempo y de la 
manera más grotesca. La campana es propiamente un 
pas seal (1) y la letra tan incoherente y falta de sentido 
como nuestro Hey diddle diddle, the cat and fiddle, 
digna compañía de los visajes de don Lucas, cuya cara es 
tan grotesca como la de Grimaldi, á quien se parece algo. 
He aquí la letra de la campana' 

«Al mar me arrojara por una rosa, 
pero le temo al ag-ua, que es peligrosa. 
Repiquen las campanas con el esquilón, 
que si no hay badajo, con el corazón. 
Pescado salado desecho ya un lado, 
repiquen las campanas de la catedral. 
Por ver si te veo, hermosa deidad, 



(1) Baile ejecutado poruña sola persona. — (N, del T.) 



DIARIO 307 

un clavel que me diste por la ventana 
en una jarra de oro lo tengo en agua. 
Repiquen las campanas de la catedral.» 

Creo que este canto, como el Yankee Doodle^ es sus- 
ceptible de ser alarg-ado ad infinitum por el cantor. 

Después del baile sentóse don Lucas en un rincón de 
la sala sobre un escaño bajo y acompañó con su g-uitarra 
algunas baladas y tristes, que más que por la voz del can- 
tante se recomendaron por la letra y ejecución. Repro- 
duzco uno de los tristes que, aunque demasiado concep- 
tuoso, me pareció bastante bello. 



Triste 

Llorad, corazón, llorad, 
llorad si tenéis por qué, 
Que no es delito en un hombre 
llorar por una mujer. 

Llora este cielo sereno, 
marchitando sus colores; 
la tierra llora en vapores 
Tagua que abriga en su seno; 
llora el arroyo más lleno, 
si espera esterilidad; 
y las flores con lealtad 
le lloran de varios modos, 
pues ah«ra que lloren todos. 
Llorad, corazón, llorad. 

Llora el prado, á quien destina 
el cielo una estéril suerte; 
el árbol más duro vierte 
sus lágrimas en resina, 
llora, pues, si se examina, 
todo insensible que ve 
una mal pagada fe; 
y si lo insensible llora, 
llorad, corazón, ahora, 

llorad, que tenéis por qué. 



308 MARÍA GRAHAM 

Llora el ave su orfandad, 
mirando á su dueño ausente; 
el jilguerilio inocente 
llora su cautividad; 
el pez llora la impiedad 
del que le prende, y el hombre 
llora, porque más te asombre; 
pues en extremo tan raro 
no es culpa en ellos, es claro 

que no es delito en un hombre. 

Llora el bruto, y no es dudable 
que llora, pues es pasible, 
cuando siente lo insensible, 
y llora aun lo veg-etable 
llora todo lo animable, 
porque puede padecer, 
y si el hombre ha de tener 
sentido más exquisito, 
¿cómo será en él delito 
llorar por una mujer? 

Don Justo tiene una memoria prodigiosa para los ver- 
sos. Recitó más de los que puedo recordar ó don Lucas 
cantar. Esta es una de las cualidades que más se aprecian 
en un joven chilleno; el que no puede cantar algfuna cosa 
en los paseos campestres, puede por lo menos recitar 
poesías de memoria. 

No hace mucho tiempo don Justo estuvo gravemente 
enfermo en la casa de su suegro en Santiago, y todos los 
de la familia, especialmente sus cuñadas, que lo aprecian 
mucho, hicieren mil votos y promesas para alcanzar su 
salud. El día en que fué declarado fuera de peligro, don 
José Antonio y sus hermanas le dieron una serenata. 
Doña Mariquita cantó primero, con acompañamiento de 
guitarra, una felicitación compuesta por ella, seguida de 
una estrofa cantada por cada una de las hermanas y un 
coro final de los cuatro en nombre de la familia, todo 
ello obra de doña Mariquita. 

Esta cariñosa manifestación impresionó tanto al enfer- 



DIARIO 309 

mo, que no pudo contener las lágrimas. Entonces don 
José Antonio, con admirable oportunidad, aceleró el 
compás de la música é hizo una parodia tan graciosa de 
los versos, que las lágrimas se convirtieron en risas, y 
desde ese momento don Justo comenzó á mejorar rápida- 
mente. No hay duda que los chilenos han heredado de 
España este talento para improvisar. ¿Quién no recuerda 
los lindos versos que cantan Clemente y Andrés en ala- 
banza de Preciosa, en la Gitanilla de Cervantes? Todos 
nos asombramos de lo avanzado de la hora cuando nos 
separamos; pero los versos y cantos y la belleza y linda 
voz de Ana María fueron suficiente disculpa, si alguna 
era menester, de haber robado al sueño algunas horas. 

1 1 de Septiembre. — Las descripciones suelen ser com- 
pletamente falsas. ¿Cómo se explica esto? A todos nos 
parece que describir lo que hemos visto y examinado 
con atención es la cosa más fácil del mundo. Sin embar- 
go, apenas uno entre ciento logra dar á otros una idea 
exacta de lo que ha visto. Hoy tuve una prueba de ello. 
Fuimos á ver la laguna de Acúleo. Me la habían descrito 
como circular, rodeada de un cordón de elevados cerros, 
y, cosa singular, salada como el mar. No hay en todo esto 
una palabra de verdad. 

El lago es de forma irregular y sinuosa, con hermosas 
islas. Domínanlo algunos escarpados cerros; pero sus 
márgenes tienen por lo general un suave declive y pacen 
en ellas numerosos ganados; su pequeño valle se abre 
hacia el Este, en cuya dirección sale uno de sus brazos á 
unirse con el río de la Angostura. 

Desde la hacienda de don Justo hasta Acúleo, el ca- 
mino va por bosques y fértiles llanos, rodeados de cerros 
regados por numerosos riachuelos. Hay algunas buenas 
casas de campo, alrededor de cada una de las cuales se 
agrupa generalmente un pequeño caserío de labriegos, 
como en las grandes granjas inglesas. 

El golpe de vista que presenta el lago me recordó el 
Lago Maggiore y sus contornos. La nevada cordillera, las 



310 MARÍA GRAHAM 

fértiles márgenes, las alegres islas, el clima mismo, se 
parecen á los del Norte de Italia. Nos detuvimos un mo- 
mento en una casita á orillas del lago, con intención de 
usar un bote que allí se encuentra, pero estaba en repa- 
ración. El lago y las tierras adyacentes pertenecen á uno 
de los Larraines; la pesca constituye una de sus principa- 
les entradas. 

Doña Ana María, doña Rosario y don José Antonio 
prefieren quedarse en la casita, mientras De Roos y yo, 
acompañados de dos campesinos, fuimos dos leguas más 
allá por la orilla derecha del lago, después de probar el 
agua de éste, que es dulce y fresca. Sólo en Europa 
había visto paisajes forestales comparables á los que iban 
apareciendo aquí á nuestro paso. Los bosques de Chile 
tienen una fragancia especial, debida en parte al olor 
del aromo, actualmente en flor, en parte al que exhalaban 
laá hojas caídas al ser magulladas por los cascos de nues- 
tros caballos. 

Pero estos deliciosos paisajes son enteramente solita- 
rios; sólo una pequeña choza de pescadores, en una de 
las islas, atestigua la presencia del hombre. Sobre la isla 
se ciernen las águilas, y en ella hacen sus nidos los cisnes 
y otras aves acuáticas. 

Por consideración á los caballos regresamos á la casi- 
ta, después de tomar una vista del lago. Nuestros amigos 
nos esperaban con comida, después de la cual todos se 
fueron á dormir la siesta: las señoras sobre el estrado; 
los caballeros á la sombra de los árboles, sobre sus pon- 
chos y monturas, y los dueños de casa en sus camas. Yo 
también dormí unos pocos minutos. 

Entre las personas de la casa merece especial mención 
una mujer de unos cincuenta y cinco años, que tiene fama 
de ser la mejor domadora de caballos de toda la comar- 
ca, tal que con frecuencia le traen potros altivos para que 
los amanse. A las tres se levantaron todos para tomar 
mate, y una hora después emprendimos viaje de regreso 
á la casa de don Justo, de que nos separaban cuatro lar- 



DIARIO 



311 



gas leguas. Las montañas habían tomado bellísimos tin- 
tes, desde el violado casi negro hasta el más delicado 
color de rosa. 

Del Este llegaban de cuando en cuando á nuestros 
oídos ruidos sordos, causados quizá por caídas de lejanos 
aludes ó por algunos de los medio apagados volcanes de 
las cordilleras vecinas. 

Don Justo nos salió al encuentro como á milla y media 
de la casa. Aguardábannos en la puerta dos nuevos y ex- 
traños personajes. Uno de ellos, E..., que en todas partes 
reciben con placer por su travieso y alegre carácter, nos 
presentó al otro con el nombre de don Juan de Buepa- 
ventura. Este sujeto, que vestía un tosco traje de campe- 
sino, es hacendado propietario y un buen hombre, aunque 
desgraciadamente tonto, esto es, un individuo falto de 
entendimiento y hazmerreír de los demás. 

Cuando entramos á la sala y pude observarlo bien á la 
luz, pensé en que la Naturaleza suele hacer con la huma- 
nidad extrañas travesuras, como la de dar tan bella figura 
á un hombre á quien ha negado la inteligencia. Después 
de cambiar nuestras ropas de montar nos reunimos á to- 
mar el te. 

De Roas y doña Rosario se sentaron en un sofá y don 
Lucas los tuvo muy entretenidos con su guitarra y sus 
cantos. Don José Antonio y don Justo no estaban con 
nosotros, porque este último no se sentía bien. Doña 
Ana María, con sus costuras; yo, con mis útiles de dibu- 
jo; E... y el tonto, nos sentamos junto á la mesa. Conver- 
samos sobre muchos asuntos, y yo, de cuando en cuando, 
por urbanidad, dirigía la palabra al hermoso mentecato, 
cuyas respuestas se parecían extraordinariamente á las 
del Touchstone (1) de Shakespeare, y cada vez era mayor 
mi asombro de ver un exterior tan bello en que "todos 
los dioses parecían haber puesto su sello", unido á tan 



(1) Personaje grotesco de la comedia Como gustéis (As you 
like it). Es un curioso tipo de bobalicón con ribetes de filósofo. — 
(N. del T.) 



312 MARÍA GRAHAM 

escasa inteligencia. Esto me puso melancólica, y vi llegar 
con gusto la hora de la cena, donde las bufonadas de don 
Lucas provocaron risas muy diferentes de las forzadas 
y melancólicas que nos había arrancado el pobre idiota. 
Me retiré á dormir tristemente impresionada. 

12. — Hoy al levantarme me encontré con que don Lucas 
se había marchado á Santiago, á pesar de la niebla y de 
la lluvia y sin despedirse de nosotros. Ocupé la mañana 
en escribir mi diario, visitar la lechería y hacer investiga- 
ciones sobre el tonto, de quien nadie supo decirme nada. 
A las doce se despejó la niebla, y don Justo, doña Ana 
María, Rosario, De Roos y yo fuimos á caballo á un cerro 
vecino, donde gozamos con la espléndida vista del llano 
de Maipo, tomamos mate y charlamos hasta la puesta del 
sol. 

Declaro, y puedo repetirlo mil y mil veces, que este 
día es el más bello que he visto, porque en las escenas de 
la naturaleza no tocadas por la mano del hombre, la últi- 
ma es siempre más bella que la anterior. Las flores estre- 
lladas bajo mis pies; el precioso arbusto de follaje purpú- 
reo inclinado sobre la altísima roca, que don Justo trepaba 
como un corzo silvestre para coger la espléndida planta; 
la cima en que se habían tendido las pieles en que Ana 
María y Rosario, más hermosas que las flores que las ro- 
deaban, estaban graciosamente reclinadas mientras se ser- 
vía el mate en tazas de plata, todo, todo era bello; y char 
lábamos, y se referían historias de personas reales y aun 
en vida, que los autores de obras de imaginación se ale- 
grarían de poseer. 

El primer marido de doña Ana María fué, como ya de 
mucho antes lo sabía, don Juan José Carrera. Después de 
su muerte, don José Antonio, hermano de doña Ana Ma- 
ría, hizo viaje á Mendoza por los Andes y la trajo á la casa 
de sus padres, donde vivió algún tiempo en absoluto re- 
tiro. A la edad de diez y nueve años había visto á su ma- 
rido á la cabeza del gobierno de su país, ó á lo menos, 
sin reconocer otro superior que su propio hermano; dos 



DIARIO 313 

veces había hecho con él, fugitivo, la penosa travesía de 
los Andes; había compartido su prisión; había intercedi- 
do por él; lo había visto morir en el cadalso, en los bra- 
zos de su hermano menor. 

¿Qué tiene, pues, de extraño que el sobreviviente de 
los Carrera conservara por ella un tierno afecto y que le 
escribiera esas cartas confidenciales en cifra que casi le 
costaron la vida? Algunas de esas cartas fueron intercep- 
tadas, y ella encerrada en el convento de monjas agusti- 
nas de Santiago. Quiero relatar esta parte de su historia 
en los mismos términos de la carta en que no hace mu- 
chos días me la refirió su madre. 

"Cuando Ana María volvió de Mendoza la notamos tan 
decaída de salud á causa de sus sufrimientos, que nos 
apresuramos á enviarla al campo, adonde el pobre Mi- 
guel y yo la acompañamos. Una gran fiebre de Mariquita 
me obligó á volver á la ciudad. El mismo día en que la 
enfermedad hizo crisis se presentó en casa un oficial del 
senado, requiriendo á nuestra hija mayor. Mi marido fué 
á ver al Director y le expuso la angustiosa situación de la 
familia, y especialmente el delicado estado de Ana María. 
Pero á esto se le replicó que graves razones de Esta- 
do exigían su presencia. Hube, pues, de dejar á Mari- 
quita con sus hermanas, y partí con el oficial á traer á mi 
hija. 

„La trajimos á la ciudad. Se le obligó á comparecer 
ante el senado, mostrósele la carta de José Miguel (1) 
y se le exigió que la leyera. Ella contestó que no conocía 
la cifra de la carta y que, por consiguiente, no podía 
leerla. Uno de los miembros del tribunal le recordó que 
varias veces había escrito en cifras á su marido mientras 
estuvo preso en Mendoza. Ella, que hasta entonces nunca 
pudo oir el nombre de su marido sin violentos ataques 
de nervios, pareció ahora haber recibido del cielo un 

(1) La carta le fué realmente dirigida, y trataba, no tanto de pla- 
nes y proyectos, como de esperanzas de derrocar el actual gobierno 
Fué una gran imprudencia, y acaso más que imprudencia. 



314 MARÍA GRAHAM 

valor extraordinario. — Sí, replicó, le escribí algunas veces 
cartas en cifra. ¿Podía acaso permitir que se impusieran 
de nuestros más íntimos secretos los extraños, que, como 
harto bien lo sabíamos, leían nuestras cartas antes que lle- 
garan á nuestras manos? ¿Podíamos soportar que en el 
cuarto de guardia, donde eran leídas, se hiciera insultante 
y grosera mofa de las efusiones de nuestro amor? Cuando 
vosotros me quitasteis las cartas y papeles de mi esposo 
mártir, me quitasteis también la clave de esa cifra, y no 
tengo otra — . Uno de los senadores, mirando con airado 
ceño á la hermosa joven, le preguntó: — ¿Quiere doña 
Ana María que las palabras esposo mártir se inser- 
ten en la minuta de su interrogatorio? — He dicho es- 
poso mártir, contestó ella, y lo mantengo. Observá- 
ronle entonces los jueces que si no leía la carta al tribu- 
nal sería encerrada en un convento. A lo que contestó 
una vez más. — No puedo, no conozco la cifra. Y si esa 
carta fuera en realidad dirigida á mí, cosa de que no te- 
néis prueba alguna, ¿por ventura el hecho de que otra 
persona me escriba me constituye criminal? Hay otras 
mujeres y otras viudas de mi nombre y familia á quienes 
bien podría la carta haber sido dirigida. Además, si es un 
crimen escribir cartas, ¿tenéis pruebas de que yo he es- 
crito á don José Miguel, ó contestado ó siquiera recono- 
cido sus cartas? ¿O acaso os parece extraño que en la 
desolación de su casa haya escrito algunas palabras de 
consuelo á la viuda de su hermano mártir? Ese día no 
se le intorrogó más, pero fué enviada al monasterio de 
las monjas agustinas, de donde fué llevada dos veces 
ante el tribunal, que no pudo obtener de ella otras res- 
puestas. Como el estado de su salud fuera cada día más 
delicado, se permitió á su madre y á su hermana menor 
acompañarla en el convento, donde permanecieron cinco 
meses". 

Por fin, el Director la hizo poner en libertad, creo que 
á instancias del señor Prevost. Algunas personas la creían 
realmente complicada en una conspiración política. Su 



DIARIO 315 

familia ve en ella un ángel, víctima de crueles infortunios. 

Durante su prisión en el convento trabó íntima amis- 
tad con una interesantísima joven, cuyos infortunios, de 
distinta naturaleza de los de nuestra amiga, la habían in- 
ducido á encerrarse para siempre en el claustro. Su mari- 
do había desertado del ejército patriota para servir bajo 
las banderas reales, á una edad en que de ordinario care- 
cen todavía de fijeza los principios. 

Fué fiel á esta causa. Tomado en un combate, se le en- 
carceló más como desertor que como enemigo. Ella, que 
á la sazón se hallaba en Talcahuano esperando su primer 
alumbramiento, resolvió juntarse con su marido, y partió, 
sin más compañía que una fiel criada, á pie, y con tan 
poco dinero, que durante la mayor parte del viaje, 500 
millas, se mantuvo de la generosidad de sus compatriotas, 
para quienes su nombre no era, por cierto, indiferente. 

Llegó á Santiago. Un pariente la hospedó en su casa. 

Dio allí á luz á su niño, y diariamente enviaba á la 
prisión á saber de su marido, de quien recibía siempre 
alguna palabra de esperanza y de consuelo. Una mañana 
sintió una descarga de fusilería, y luego otra. Temblando 
de terror, preguntó por su marido. — "Ha salido ya de la 
cárcel — se le contestó — y no se le volverá á molestar". 

No preguntó más. Dejó el lecho tan pronto como 
pudo, y se retiró al monasterio de las agustinas. Com- 
prendió perfectamente el significado de aquella respues- 
ta; su marido había sido fusilado esa mañana. £1 niño 
también había muerto. Algunos amigos la visitaban de 
cuando en cuando en su soledad, y entre ellos su herma- 
no Justo Salinas, que vio varias veces con ella á Ana 
María, la viuda de Carrera. La juventud, naturalmente, 
simpatiza con la juventud. Oyó relatar su historia, ¿quién 
la ignoraba en Chile? y la refirió á su madre, anciana ya, 
que vivía en el campo, en la misma casa en que ahora 
estamos hospedados. 

Cuando doña Ana María salió en libertad de su hon- 
rosa prisión encontró á su hermano don Miguel grave- 



316 MARÍA GRAHAM 

mente enfermo, y cuando se la desterró de Santiag-o y se 
le fijó como residencia la casa de campo que había here- 
dado de su marido, solicitó del enfermo que la acompa- 
ñara en ese lugar á fin de que pudiera tomar baños de 
agua corriente, que consideran aquí como eficaz remedio 
de diversas dolencias. 

Las tiernas atenciones prodigadas por Ana María á su 
hermano atrajeron la observación de sus vecinos, espe- 
cialmente de la señora de Salinas, que insistió en llevar 
á los hermanos á su casa, donde las aguas eran más puras 
y más fuerte la corriente. Doña Ana María y su hermano 
aceptaron la invitación. Poco tiempo después llegó don 
Justo. 

¿Necesito decir que la joven viuda fué invitada á con- 
siderar la casa como propia? No estoy seguro si todo 
esto fué referido hoy; pero la relación que precede forma 
parte de una historia que deseaba conocer más por com- 
pleto, y á cuyo encadenamiento faltan todavía algunos 
eslabones. 

Por fin el sol nos notificó que ya debíamos dejar nues- 
tro elevado y pintoresco sitio, y descendimos por un si- 
nuoso sendero y al través de un bosque, cuyas ramas ame- 
nazaban á veces cerrarnos el camino. En estos casos Sa- 
linas, que como todos los chilenos lleva siempre consigo 
su cuchillo montes, cortaba rápidamente las invasoras ra- 
mas. Llegamos á la casa al mismo tiempo que £... y el 
tonto... Hallábanse, pues, presentes czisi las mismas per- 
sonas que en la noche anterior. 

Había esta noche en el aspecto del tonto algo que me 
movió á observarlo más detenidamente que la primera 
vez. Dirigí la conversación á diversos puntos relacionados 
con la agricultura, con el estado de los caminos del país 
y con la posibilidad para una persona sola de ir á Con- 
cepción en unas pocas semanas. Las respuestas que daba 
á mis preguntas eran cada vez más razonables y cada vez 
más vehementes mis sospechas de que se fingía tonto. 
De pronto E..., acercándose á nosotros, le dijo algo en 



DIARIO 317 

alta voz, llamándolo por su nombre, y la respuesta fué 
tan absolutamente la de un idiota, que me volví hacia E... 
para cortar toda conversación con la infeliz criatura. 

Hablé de Santiago, del Director O'Higgins, tema que 
no había tocado hasta entonces por consideración á doña 
Ana María, y del 18 de Septiembre, aniversario de la in- 
dependencia del país; y como le preguntara si él, como 
capitán de milicias, no pensaba asistir á la parada militar 
con los lanceros, vi otra vez fijos en mí los ojos del ton- 
to con una inteligencia y expresión que me interesaron 
nuevamente, y me asaltó la idea de que su estado mental 
era quizás debido á alguna desgracia ocasionada por la 
guerra civil. Continué hablando é hice mención especial- 
mente de la promesa del Director de apoyar cualquiera 
solicitud que se presentara á la Convención para alcan- 
zar la amnistía de todas las personas procesadas por de- 
Utos políticos y la repatriación de todos los desterrados. 

Noté entonces en los rostros de todos los presentes 
algo que me movió á repetir esto otra vez, continuando 
en seguida mi dibujo. E... se retiró, y oí al tonto decir 
algo acerca de mí en voz baja á doña Ana María, quien 
le contestó en el mismo tono, y después me dirigió la pa- 
labra. El nuevo rumbo que tomó la conversación me in- 
dujo á preguntar al misterioso personaje: "¿Y por qué 
usted, que vive en el campo y en sus propias tierras, no 
sería feliz como cualquiera de nosotros"? — "¡Yo felizl" 
— me contestó en el acto, y esta vez su voz y modo de 
expresarse correspondieron á la nobleza de su figura y á 
sus bellas facciones — ¡yo feliz en medio de faenas rústi- 
cas y labriegos y ganados! ¡No! Durante largos años he 
sido desdichado, y mi primer instante de felicidad lo de- 
bo á usted". — "¡A mí!" — exclamé — . "¿Entonces no es 
usted lo que parece?" — Púsose entonces de pie, y ergui- 
do y centelleando los ojos, me contestó: "¡No! No quiero 
seguir haciendo este papel de idiota, indigno del hijo de 
doña Javiera Carrera, del sobrino de don José Miguel 
Carrera. Yo soy el infeliz desterrado Lastra, reducido á 



318 MARÍA GRAHAM 

huir de desierto en desierto, á guarecerme en cavernas, á 
alimentarme con las aves del aire, hasta ver destruidas 
mis fuerzas y perdida mi juventud. ¡Y mi único crimen ha 
sido haber amado demasiado bien á Chile! ¡Oh, Chile! 
¡Oh, patria mía! ¡Qué no sufriría por ti!" 

Yo, que había permanecido inmóvil en mi asiento du- 
rante este estallido de sentimiento, me levanté ahora 
asombrada, como creo que todos los presentes lo fueron, 
no por la revelación del secreto, que sólo De Roos y yo 
ignorábamos, sino de oiría de la boca de Lastra. Me acer- 
qué á él y le tendí la mano, expresándole el deseo de que 
me visitara en Santiago después del Dieciocho. Esto de- 
volvió á nuestros ánimos la serenidad y el contento. El 
resto de la noche se pasó en dar y recibir detalles acerca 
de la vida del fugitivo. Fué reducido á prisión (y la pri- 
sión en Chile es cruel) por el delito de prestar apoyo ar- 
mado á la causa de Carrera. Logró evadirse de la cárcel, 
y se le declaró fuera de la ley. 

Vivió varios años en el desierto, yendo de cuando en 
cuando á la ciudad disfrazado de campesino para saber 
de sus amigos ó procurarse de ellos algunos medios de 
subsistencia. Residía á veces en pueblos donde era des- 
conocido, pero luego tenía que huir apresuradamente de 
los que habían descubierto su lugar de refugio y se pro- 
ponían traicionarlo. De tarde en tarde, como en el pre- 
sente caso, salía al caer la noche de sus escondites de 
las selvas para cenar con sus amigos, pero se retiraba sin 
dormir. 

Una vez estuvo expuesto tanto tiempo á la humedad 
en la estación de las lluvias, que un fuerte ataque de reu- 
matismo lo tuvo postrado dos meses en una caverna, y si 
no hubiera sido por la fidelidad de un niño que le llevaba 
alimento todos los días, habría perecido. Tal fué durante 
largo tiempo la vida del infeliz proscripto. ¡Y así pasó 
muchos años de su vida uno de los más inteligentes y dis- 
tinguidos jóvenes de Chile! Cuando nos separamos, avan- 
zada ya la noche, sentí tener que dejar la casa de Salinas 



DIARIO 319 

á la mañana siguiente sin saber más aún de la vida del 
fingido idiota (1). 

1 1 de Septiembre.— Partimos de la hacienda de Salinas 
en medio de una densa y húmeda neblina, en dirección 
de Melipiila, una de las principales poblaciones de Chile, 
situada como á veinte leguas de la Angostura de Paine» 
Cruzamos el río en un lugar muy pintoresco, donde aquél 
recibe las aguas de otro brazo no menos profundo y cris- 
talino, probablemente el Paine. Se unen en un pequeño 
llano pastoso, en que hay hermosos árboles irre^ularmen- 
te distribuidos y que limitan por el Norte los vallados de 
los espléndidos campos de trigo de Viluco. 

La niebla ocultaba enteramente las montañas y todo lo 
que caracteriza á los paisajes de Chile, de modo que el 
reducido círculo que quedaba visible en torno nuestro me 
recordaba los bellos y serenos paisajes del centro de In- 
glaterra. Los carneros que aquí y allá pacían en las verdes 
márgenes del río y algunas vacas manchadas como las de 
Lancanshire hacían mayor aún la semejanza. 

La súbita llegada á un sitio como éste produce en el 
viajero una impresión semejante á la que experimentaron 
los marineros ingleses que encontraron en Kamschatka 
un trozo de cuchara con la marca "Londres"; me costaba 
trabajo convencerme de que este sitio no me era de antes 
conocido y familiar. 

A cuatro leguas de la hacienda de Salinas se halla la 
hacienda de Viluco, una de las más notables de) país. 
Pertenece al marqués de Larrain, y es una magnífica pro- 
piedad, mantenida en admirable orden. El capellán pre- 
side en la casa, y siempre hay en ella un buen número de 
criados, de suerte que los viajeros son perfectamente aten- 
didos, esié ó no el dueño. Aquí encuentran siempre bue- 
na mesa y cómodo hospedaje. 

El que llega á Viluco, conocido ó desconocido, está en 
su casa. Esta es buena, sólida y bien, aunque sencillamen- 

(1) Antes de partir de Chile tuve el gusto de verlo y estrechar su. 
mano, devuelto ya á su familia y amigos. 



320 MARÍA GRAHAM 

te, amueblada. El jardín es una joya en su género: sus sen- 
deros y avenidas tienen pavimento de mosaico; sus cua- 
dros presentan gran variedad de formas. Cada uno de 
ellos está rodeado de una pequeña corriente de agua y 
tiene en el centro una pirámide, urna ó cesta, primorosa- 
mente formada, de romero, cubierto ahora de flores, y al- 
rededor alhelíes, claveles, ranúnculos, anémonas. 

Al fondo del jardín hay un bosquecillo de naranjos, 
limos, limoneros y granados, y á lo largo de la casa toda 
clase de pájaros en espaciosas jaulas con plantas en su in- 
terior. El ja-rdín comunica con una ancha calle de enreja- 
do, cubierta de vides, y á uno y otro lado hay huertos de 
árboles frutales y viñas. Del jardín pasamos á ver los gra- 
neros, los galpones de matanza y los secadores de cueros 
y charqui, todo dispuesto en mayor escala y más cuidado- 
samente conservado que cuanto había visto hasta ahora. 

El ganado mayor de la hacienda se calcula en 9.000 ca- 
bezas; el año pasado se mataron 2.000 y sus cueros fueron 
vendidos en un lote á un comerciante inglés á 22 reales 
cada uno. Laméntanse algunos de que desde los comien- 
zos de la guerra civil el ganado mayor ha disminuido no- 
tablemente en Chile, y lo atribuyen á la guerra. Este mal, 
concediendo que realmente lo sea, puede quizás imputarse 
con razón á la guerra; pero hay todavía tanto desorden y 
despilfarro en la administración de loa ramos de lechería 
y matanza, que el número de reses podría disminuir aún 
mucho más sin que los productos de la carnicería llegaran 
á escasear de una manera alarmante. Más aún, creo que 
esta disminución redundaría en bien del país. 

En tiempo del padre Ovalle no se aprovechaban de las 
reses mayores sino las lenguas y costillares; lo demás era 
arrojado al mar, en los fundos de costa, ó abandonado á 
las aves de rapiña, en las haciendas del interior. En algu- 
nas botan todavía las cabezas, y en todas los huesos, des- 
pués de despojarlos de su mejor carne, salvo en los luga- 
res en que hay extranjeros, que los aprovechan para la 
sopa. La misma suerte corren los corazones é hígados, de 



DIARIO 321 

modo que aquí se pierde casi la cuarta parte del alimento 
que un buey daría en Europa, fuera de la pérdida total de 
otros productos útiles, como cuernos, cascos y huesos. 

Pero no sólo á la guerra debe imputarse la disminución 
del ganado bovino. Hoy se destina al cultivo de granos 
una extensión de tierras mucho mayor que antes; el pue- 
blo consume más pan; hay gran demanda de harina para 
el aprovisionamiento de los buques y flotas extranjeras 
del Pacífico y se exporta mayor cantidad de grano. Hay, 
por consiguiente, más tierras cerradas, y los que antes de- 
rivaban todas sus entradas de la ganadería han descubier- 
to que les conviene más sembrar trigo en una parte con- 
siderable de sus campos. 

Apenas habíamos dejado á Viluco cuando el día co- 
menzó á despejarse. Jamás he visto nada más hermoso 
que la gradual dispersión de las nubes, que ya flotaban 
bajo las cimas de las montañas, descendiendo casi hasta 
los valles, ya se rizaban sobre las altas cumbres y se dis- 
persaban y desvanecían en el aire. A poca distancia de la 
casa de Viluco llegamos á un vado del Maipo, más difí- 
cil que el que habíamos pasado antes. 

El cascajoso lecho del río se extiende aquí al pie de 
una montaña casi una milla; pero el río mismo ocupa sólo 
una pequeña parte de este espacio. Atravesamos seis 
grandes brazos, cuatro de los cuales llegaban hasta las 
cinchas de los caballos, y uno de ellos tan correntoso que 
algunos de los caballos se asustaron y comenzaron á per- 
der terreno, pero el ejemplo de los demás los animó á 
luchar con la corriente y pasamos con toda felicidad. 

Más arriba y más abajo del vado la corriente es tan 
compacta y poderosa, que sería una locura pretender pa- 
sarla. En Chile no se puede viajar sin un guía que co- 
nozca bien los ríos, porque éstos son por lo común muy 
correntosos y sus vados cambian continuamente de lugar. 

Como á cinco leguas del vado se encuentra el bonito 
pueblo de Lonquen, donde el camino va entre una mon- 
taña y dos pequeñas colinas que de ella se desprenden. 



322 MARÍA GRAHAM 

Los cerros de uno y otro lado abundan en grandes ro- 
cas que avanzan sobre el camino y forman mesetas, en 
cada una de las cuales hay una casita con su pequeño 
jardín, palizadas, fosos, y algunas hasta con sólidos y bien 
asentados portones que dan acceso á la propiedad. 

Entramos por uno de éstos, y subimos á la más alta de 
las dos colinas arriba mencionadas, en cuya cima se halla 
la casa de Tagle (1), el primer presidente de la Conven- 
ción. Es una pequeña casa de campo con ciertas pretensio- 
nes de elegancia, pero deliciosa por su vista, pues domina 
todo el fértil valle que riega el Maipo. A un lado se ve 
el elevado cordón de los cerros de San Miguel, al otro la 
serranía cuyo más alto monte es el de Chocalan, que nos 
parecería estupendo si no tuviéramos los Andes á la vis- 
ta. En esta comarca hay pocas pero bellas sementeras de 
trigo, como también pocas viñas y olivares. 

Este lugar y Melipilla producen principalmente man- 
tequilla, quesos, cueros, sebo y charqui; las orillas del 
Maipo se destinan enteramente al pasturaje. Nos detuvi- 
mos cerca de una hora en Lonquen para dar descanso á 
los caballos y tomar un lunch que habíamos traído. Desde 
allí presenciamos un rodeo que tenía lugar en un corral 
bajo la casa, el encierro y marcadura de los animales y la 
separación de los terneros de sus madres. 

Desde Lonquen hasta el Pueblo de San Francisco del 
Monte el camino sigue por entre un monte de espinos ó 
mimosas de fragante flor amarilla, que proporcionan no 
sólo el mejor combustible del país, sino también un abri- 
go para el ganado, sin perjudicar en lo menor á la hier- 
ba que crece debajo. Cerca de San Francisco atravesa- 
mos el Mapocho después^ de su reaparición desde los 
cerros de San Miguel, en su camino á unirse con el 
Maipo. 

Es realmente un hermoso río, y no me admiro de la 
estimación en que se le tiene por la dulzura, limpidez 



(1) Don Francisco Ruiz Tag\e.—(N. del T.) 



DIARIO 323 

y ligereza de sus aguas. De él se sacan aquí numerosas 
acequias ó tomas para los molinos, el regadío y la bebi- 
da. Como á una legua de San Francisco pasamos por ei 
pueblo de indios de Talagante, que se distingue por sus 
magníficas palmeras, árboles que hacía mucho tiempo 
que no veía. Aquí fundaron los franciscanos una de sus 
primeras misiones, transferida más tarde á los jesuítas. 
Por la expulsión de éstos los negocios espirituales de! 
cacique y sus indios volvieron á los franciscanos, y los 
temporales quedaron á cargo del jefe civil del distrito. 
El edificio más notable que se ve al entrar á San Fran- 
cisco es la casa que perteneció á los jesuítas y actual- 
mente á los Carreras, que tienen en las inmediaciones 
su principal hacienda. No nos detuvimos, aunque lo de- 
seaba, en este bonito pueblo, porque ya el día estaba 
avanzado y nos quedaban aún varias leguas que recorrer. 

Los poblados suburbios de San Francisco se extienden 
hasta una larga distancia, y los campos eran cada vez más 
fértiles á medida que avanzábamos. En Paico, á unas dos 
leguas de Melipilla, hay excelentes lecherías, de las me- 
jores del país, y vi también allí algunos bellísimos árboles 
frutales á orillas de un arroyuelo que, atravesando el ca- 
mino, entra en una espesura casi impenetrable de molles, 
cuyo suave aroma perfumaba el aire de la tarde. 

Habíamos recorrido ya cincuenta y cuatro millcis, y tan- 
to nuestros caballos como nosotros deseábamos llegar 
luego al término del viaje. La tarde comenzaba á cerrar, 
y la obscuridad, una molesta llovizna y la ausencia de la 
persona que debía darnos hospedaje se juntaron para 
hacer desagradable nuestra llegada á Melipilla. Transidos 
de frío, con hambre y cansados, tuvimos que buscar un 
albergue para la noche. No tardamos en encontrarlo: una 
casa grande, fría y vacía. Por suerte, los vecinos se mani- 
festaron dispuestos á proporcionarnos lo más necesario, 
y doña Rosario y yo acabábamos de improvisar un par 
de asientos con nuestras capas de viaje cuando nos traje- 
ron á la vez carbón y esperanzas de comida. 



324 MARÍA GRAHAM 

Mientras tanto don José Antonio había conseguido 
una casa más confortable, donde tuvimos el gusto de en- 
contrar fuego y unas apariencias de estrado con el lujo 
de una alfombra, sobre la cual nos sentamos, invitados por 
una mujer de agradable aspecto, y tomamos mate mien- 
tras se preparaba la comida. La buena mujes nos pidió 
mil excusas por lo pobre de la comida, que había tenido 
que preparar con tanto apuro. Nuestro hambre habría ha- 
llado deliciosa una comida ncucho peor. Tuvimos sabrosa 
carne asada, un estofado de ave, buen pan y una botella 
de muy tolerable vino. La cuestión camas tenía muy per- 
plejo á De Roos. 

En cuanto á mí, los largos viajes me han enseñado á 
mirar con filosofía estas cosas, y nuestros amigos chilenos 
están habituados á ellas. No quedó, pues, á mi joven 
compatriota otro remedio que resignarse á que todos pa- 
sáramos la noche dentro de los mismos cuatro muros. 
Para doña Rosario y yo dispuso en un extremo del estra- 
do un excelente colchón con sus debidos aditamentos, y 
á los pies de nuestra cama se arreglaron otras dos con 
los paños y cueros de las monturas para De Roos y don 
José Antonio. Acordándome del Viaje sentimental (1), 
puse entre nosotras y nuestros compañeros algunas sillas 
de respaldo alto, sobre las cuales extendí las largas faldas 
de mi vestido de montar, diligencia que bien pudo excu- 
sarse, si todos durmieron tan profundamente como yo; y 
presumo que tal sucedió, porque al levantarme en las 
primeras horas de la mañana los encontré á todos dor- 
midos. 

Entré á un pequeño cuarto, destinado á guardar papas 
y lana, en que había improvisado un tocador, y recibí en 
seguida á dos visitantes, que entraron al aposento antes 
que los demás despertaran y, sentándose sin ceremonias, 
comenzaron á interrogarnos acerca de nuestras personas 
y del viaje. No tardé en saber que uno de ellos era un in- 

(1) Del célebre humorista inglés Lorenzo Sterne. La autora alude 
al episodio que se refiere en el capítulo final de la obra.— (M del T.) 



DIARIO 325 

gflés que había pertenecido á la tripulación de un buque 
ballenero que naufragó cerca de Juan Fernández. Admi- 
nistra ahora aquí una g-ran fábrica de velas y jabón, de un 
caballero chileno. 

La situación es muy buena para esta industria, por la 
facilidad de proveerse de sebo, cenizas y carbón. En Lon- 
quen, dicho sea de paso, vi hacer carbón. Cortan la leña 
en trozos de unos dos pies de largo, que ponen en capas 
dentro de un foso cubierto con tierra, y en seguida que- 
man, procedimiento que me parece algo primitivo y poco 
económico. Si no estuviera tan decaído y descuidado el 
comercio de cabotaje, Melipilla podría ser un lugar in- 
mensamente rico. 

Dista sólo diez leguas de la abrigada y pequeña bahía 
de San Agustín, en la desembocadura del Maipo. El que- 
so, la mantequilla, el charqui, los cueros, el sebo, el jabón 
y la loza podrían ser embarcados allí para todos los puer- 
tos de Chile, mientras que ahora todos esos artículos sa- 
len, con gran recargo de precios y pérdida de tiempo, 
por los caminos interiores de Santiago, Casablanca y Val- 
paraíso. Es muy sensible que las antiguas rutinas de la 
colonia dirijan todavía estas cosas en Chile, con grave 
daño del comercio extranjero y total ruina del tráfico in- 
terior. 

Me imagino que los melipillanos no habían visto nun- 
ca una inglesa, pues el patio de la casa se llenó comple- 
tamente de hombres, mujeres y niños, que al ver mi cofia 
y vestido negro me tomaron por monja de alguna orden 
extranjera. Salí al patio y les hablé y expliqué quién era, 
y luego nos vimos libres de ellos, coa excepción de algu* 
ñas personas que no se cansaban de contemplar y admirar 
al rubio, como llamaban á De Roos, cuyos cabellos rubios 
y fresca y rosada tez provocaban universal admiración. 

Rodean el primer patio pequeños cobertizos destinados 
á talleres de oficios manuales, de suerte que cuando la fa- 
milia necesita que se haga algún trabajo, alquila al obrero 
y sus herramientas por un día ó una semana, y aquél en- 



326 MARÍA GRAHAM 

cuentra su taller listo. El patio interior da á un huerto muy 
bien tenido, en que se encuentran la cocina y otras de- 
pendencias. 

Después de almorzar salimos á ver la ciudad, cuya de- 
lincación se asemeja á la de Santiago: todas las calles y 
ángulos perfectamente rectos. Casi en el centro del pue- 
blo está la iglesia matriz, en un costado de una extensa 
plaza; ocupan otro de los costados la casa del goberna- 
dor, don T. Valdes, y el cuartel. 

Esta, como todas las demás casas de la ciudad, tiene 
triste aspecto, porque todo lo que de ellas se ve exterior- 
mente en las calles y plazas se reduce á muros desnudos 
con una gran puerta; las casas están en el interior. Y 
aumenta la tristeza de Melipilla la circunstancia de que, 
con excepción de los edificios públicos, que están blan- 
queados, todos tienen el color natural de la tierra gredosa 
con que hacen los ladrillos de construcción. Fuera de la 
corrida de toros que todavía se celebra anualmente en la 
gran plaza, no hay en Melipilla ningún lugar de entre- 
tenimiento popular, ni siquiera un paseo público. 

Hay sólo tres iglesias, las de San Agustín, y la Merced 
y la matriz, y algunos oratorios privados pertenecientes á 
las principales familias de la ciudad. Además de las indus- 
trias de velas, jabón y loza, merecen mención las de pon- 
chos y alfombras, que son de muy buena calidad, porque 
los fundos vecinos suministran excelente lana y los cam- 
pos inmediatos las substancias vegetales para teñirla. Los 
tejedores practican su arte con mucha destreza, en los te- 
lares más toscos y ruines que jamás he visto; en casi to- 
dos se trabaja sin lanzadera. 

En la tarde fuimos á la chacra de don José Fuenzalida 
con el objeto de ver las minas de donde se extrae la ar- 
cilla roja con que se fabrica la famosa loza de Melipilla. 
Mirando hacia el llano al Este de la ciudad se divisa un 
largo y elevado promontorio perfectamente horizontal en 
toda su vasta extensión. 

Allí, bajo una capa de tierra vegetal negra, de unos dos 



DIARIO 327 

pies de espesor, se encuentra la arcilla roja, casi tan dura 
como piedra. Con ella se fabrican las hermosas jarras ro- 
jas para agua y vino, como también vasijas de diversas 
formas para la cocina y otros usos. El llano contiguo al 
banco de arcilla está cubierto de grandes hornos para co- 
cer las vasijas y de alambiques para destilar. No pertene- 
cen todos ellos á una sola grande empresa; sino que los 
campesinos hacen la loza por su cuenta, en proporción, 
naturalmente, con los recursos y destreza de cada uno. 
De todos los hornos que vimos no pertenecían más de 
tres á un mismo dueño. 

No hay diferencia entre los procedimientos que aquí 
se emplean para la fabricación de la loza ordinaria y los 
que se practican en Valparaíso, salvo que aquí requiere 
mayor trabajo el amasijo de la arcilla. Visité el taller de 
una de las más famosas alfareras, á quien hallé ocupada 
con su nieta en pulir su obra de' día con una bella ágata. 
Allí vi la arcilla negra con que fabrican pequeños ar- 
tículos, como mates, azafates, platos y jarras, que suelen 
adornar con cabezas y brazos grotescos y matizar con 
las tierras blancas y rojizas que abundan en estos lu- 
gares. 

Los hombres fabrican las grandes botijas para vino y 
los alambiques, cuya factura demanda fuerzas varoniles, 
tanto más cuanto que el trabajo se hace sin ruedas, que 
ni siquiera conocen. Los artículos pequeños se cuecen or- 
dinariamente en hoyos abiertos en la tierra; los grandes, 
en los hornos. Los obreros los trabajan y modelan por lo 
común en el mismo sitio donde deben ser cocidos. 

Los hornos quedan en parte bajo tierra, pero de modo 
que no les falte un buen tiraje de aire; ocupa cada uno 
como ocho pies cuadrados, con una altura de 18 pies. 
Son de pintoresca forma,'y el conjunto de ellos, esparci- 
dos en el llano, evoca la idea de una antigua necrópolis. 

A un lado del río se deslizaba majestuosamente, no le- 
jos de la ciudad, y más allá se alzaba el monte de Choca- 
lán, con ligeros festones de nubes en sus faldas é incen- 



328 MARÍA GRAHAM 

dios de bosques en diversos puntos cerca de la cumbre. 
Al Este, los Andes, más ó menos á la misma distancia del 
pueblo que el Monte Blanco de Ginebra, se ven al extre- 
mo de un largo valle, circundado de cerros que parecen 
anonadarse en presencia del "gigante de la estrella de 
Occidente". 

Poco después de nuestro regreso, algunas mnchachas, 
aseadamente vestidas, con sus largos cabellos trenzados y 
adornados con flores naturales, se estacionaron bajo nues- 
tra ventana, y acompañándose con sus guitarras, nos can- 
taron algunos versos en que nos daban la bienvenida á 
Melipilla. 

Las invitamos á entrar y se quedaron con nosotros 
hasta tarde, cantando baladas y tristes y ejecutando 
bailes populares, entre los cuales me llamó la atención 
por su novedad y elegancia La Patria, con letra nada mal 
adaptada á los actuales tiempos. 

15 de Septiembre. — Esta mañana doña Rosario y su 
hermano fueron á misa, mientras De Roos y yo prepa- 
rábamos las cosas para nuestro regreso á Santiago. De- 
jamos á Melipilla convencidos de que, en su presente 
condición, hay en ella poco que ver, al mismo tiempo de 
que podría ser una de las ciudades más florecientes de 
Sur-América. Sus alfarerías, actualmente considerables, 
podrían ser incomparablemente más productivas, y mu- 
cho más numerosas y desarrolladas sus manufacturas de 
ponchos y alfombras, por la abundancia inagotable y ex-^ 
célente calidad de la lana y de los tintes. En los planos 
inmediatos á la ciudad se produce cáñamo de la mejor 
clase; sus lecherías son las mejores de esta región de 
Chile, y su charqui, cueros y demás productos del gana- 
do mayor podrían tener fácil y ventajosa salida por el 
puerto de San Agustín, que sólo dista 30 millas y adonde 
todo iría por agua, aunque la rapidez de la corriente no 
permitiría á los botes regresar de subida por el Maipo. 

Podría también sacar Melipilla un gran provecho, de 
especial importancia en Chile, de las fuentes medicinales 



DIARIO 329 

de sus inmediaciones, en el punto donde el Pangue des- 
emboca en el Maipo. Gran número de enfermos acude 
allá en la estación de los baños y se alojan en incómodas y 
miserables chozas, siendo facilísimo para la ciudad man- 
tener casas y baños cómodos y bien servidos. 

He oído que estas aguas son calientes por la mañana y 
frías de noche, cosa tan contraria á la experiencia y á la 
razón, que sospecho, ya que no las he experimentado por 
mí misma, que hay en esto an error tan grande como el 
de creer saladas las de Acúleo. 

No teníamos intención de pasar hoy de San Francisco 
del Monte, donde hay una decente casa para viajeros, 
mantenida por un antiguo criado de un pariente de los 
Cotapos. Apenas llegamos allí, los caballeros fueron á vi- 
sitar á un pariente de nuestros compañeros, mientras 
doña Rosario y yo nos hacíamos un toilette más esmerada 
que la que habíamos podido hacernos en Melipilla. 

La casa en que nos hospedábamos era una verdadera 
pulpería, combinada con negocio de abarrotes y cervece- 
ría. El dueño tiene sangre india y africana y es hombre 
hábil é ingenioso. Ha instalado un telar para tejer pon- 
chos, en que produce más en una semana que los tejedo- 
res de Melipilla en un mes. Su mujer hila y tiñe la lana, 
y con esta industria y las ganancias de la pulpería obtie- 
nen una no despreciable renta. Me puse otro vestido y 
salí á recorrer el pequeño pueblo, que me pareció muy 
limpio, y admiré sus jardines y campos, aunque, á juzgar 
por la gente que vi, me formé la idea de que San Fran- 
cisco tuvo en otro tiempo habitantes de más elevada ca- 
tegoría que los actuales. 

Las mejores casas están cerradas, y ellas y sus vecinda- 
des revelan decadencia y abandono. Pertenecieron á los 
Carreras. Su heredera, doña Javiera, vive ahora desterrada 
en Montevideo. Fui á la plaza, donde se encuentran la 
iglesia y el convento de los franciscanos y algunas buen as 
casas. Me atrajo una gran multitud apiñada en la puerta 
de una de ellas. Había un grupo de huasós á caballo, con 



330 MARÍA GRAHAM 

la cabeza descubierta, como si estuvieran ejecutando un 
-acto de devoción. Cuando llegué al centro de la multitud, 
que me abrió paso cortésmente, vi con no poco asombro 
nueve personas que danzaban, como dicen los españoles, 
con mucho compás. 

Formaban una figura parecida á la de un juego de bo- 
los, alrededor de un muchacho vestido de una manera 
grotesca, que de cuando en cuando cambiaba de lugar 
con otros dos, uno de los cuales tenía una guitarra y el 
otro un rabel. Por su altura y conformación los danzantes 
parecían hombres, mujeres por sus trajes y aderezos. Se 
me ocurrió que podían ser mujeres patagonas, y pregun- 
té á uno de los circunstantes de dónde venían. Obtuve de 
él la siguiente explicación: "Cuando los franciscanos em- 
prendieron la conversión de los indios de estas comarcas 
centrales, establecieron su convento en Talagante, el 
pueblo de las palmeras, más arriba mencionado, contan- 
do entre sus primeros prosélitos á los caciques de Ta- 
lagante, Llupeo y Chenigué. 

No tardaron los buenos padres en «íescubrir que era 
más fácil convertir á los indios á una nueva fe que alejar- 
los de ciertas prácticas supersticiosas de la antigua idola- 
tría, y punto menos que imposible hacerlos renunciar á la 
danza que en honor de un poder tutelar ejecutaban anual- 
mente bajo el follaje de los canelos. Hubieron, pues, de 
tolerarles esta práctica, pero deberían ejecutar la danza 
dentro de los muros del convento y en honor de Nuestra 
Señora de la Merced. Los caciques tomarían á su cargo, 
por turnos, los costos de la fiesta. 

Trasladado el convento á su sitio actual, se les permi- 
tió celebrarla en la iglesia. Los danzantes, en vez de pin- 
tarse el cuerpo y adornarse la cabeza con plumas y la tra- 
dicional cinta, que todavía consideran sagrada, se presen- 
tan ahora con trajes y atavíos femeninos, los mejores que 
pueden procurarse, y como los religiosos han reducido 
mucho el tiempo de la solemnidad, la danza se prosigue 
y termina delante de la iglesia, con tanto respeto de lo s 



DIARIO 331 

circunstantes como en e! templo mismo. Los danzantes y 
todos los que quieren acompañarlos se dirigen en segui- 
da á la casa del cacique, donde comen lo que éste puede 
ofrecerles y beben hasta agotar su provisión de chicha. 

Quedé muy contenta de haber visto á estos danzantes, 
que me inclino á tener por descendientes de los Pro- 
maucaes, que opusieron resistencia á las tentativas de los 
incas de conquistar el país y que, después de defenderlo 
intrépidamente contra los españoles, terminaron por 
celebrar con ellos una alianza á que siempre se han man- 
tenido fíeles. 

No fui menos afortunada en la persona de quien soli- 
cité estos datos. Es un hombre contrahecho, pero des- 
pierto y jovial, que desempeña el doble oficio de maestro 
de escuela y de gracioso del pueblo. Hoy, mientras co- 
míamos, entró á saludarnos y dirigió á cada uno de nos- 
otros un cumplimiento improvisado, en verso, con no me- 
nos facilidad y soltura que los improvisatori populares 
de Italia. Ofrecíle en pago de su galantería un vaso de 
vino, y comenzó entonces á recitar versos, unos tras 
otros, hasta que, entusiamado probablemente por las 
copas que le prodigaban nuestros jóvenes amigos, sus 
relatos empezaron á ponerse tan escabrosos que nos vi- 
mos obligados á hacerlo callar y enviarlo á comer con 
los criados. 

De Roos y yo deseábamos hacer una visita al cacique 
de Chenigué para presenciar, aunque fuera desde lejos, 
la fiesta trienal; pero vimos que estaba demasiado lejos 
para ir á pie y no podíamos pensar en valemos para esto 
de nuestros caballos, que á la mañana siguiente debían 
llevarnos á Santiago. Nos contentamos, por consiguiente, 
con visitar al cacique de Llupeo, pueblo vecino de San 
Francisco del Monte. Nos encontramos con que Su Ma- 
jestad (¿deberé darle este título?) estaba ausente, quizás 
en la fiesta de Chenigué. Su esposa, inteligente y bien 
parecida mujer, nos recibió muy afablemente. Cuando 
entramos estaba sentada en el estrado con una amiga y 



332 MARÍA GRAHAM 

una de sus hijas. Otra de ellas, una bellísima muchacha, 
se ocupaba en amasar pan. La casa, aunque grande y 
cómoda, es un simple rancho de paja. 

Los huertos y campos anexos son bellos y perfectamen- 
te mantenidos, gracias al trabajo personal del cacique, 
sus dos hijos y sus mocetones, sobre quienes ejerce to- 
davía una jurisdicción nominal y una autoridad moral, no 
menos poderosa aquí que en las naciones más civilizadas. 
Como se le supone dueño de derecho de la tierra, recibe 
por cada campo una pequeña contribución voluntaria en 
productos, á modo de reconocimiento de su dominio. 
Durante las dos últimas generaciones se le ha despojado 
de las dos terceras partes del pueblo, de manera que 
ahora el cacique no es más que una sombra. 

Habla de ir, acompañado de una veintena de sus me- 
jores mocetones, á la capital, á hablar con el Director, 
para librarse de la intervención de los comandantes de 
distritos, que lo vejan y hostilizan de mil maneras. El 
lenguaje, hábitos y vestido de estos indios no se diferen- 
cian casi de los de los demás chilenos, de que sólo unas 
pocas costumbres los distinguen; hasta tai punto se han 
asimilado á sus conquistadores, quienes, por su parte, 
han adoptado también muchos de sus usos. 

A nuestro regreso de la casa del cacique, donde se nos 
agradeció nuestra visita como un gran favor y se nos en- 
careció cuánto sentiría haber perdido esta oportunidad 
de atender personalmente á dos visitantes ingleses y de 
mostrarles las mejoras que ha introducido en su residen- 
cia (1) entramos á otra choza de indios á devolver un 
bastón que habían tenido allí la amabilidad de prestarnos 
para pasar apoyados en él un charco cenagoso del ca- 
mino. 

Encontramos en ella dos mujeres muy enfermas: una de 
fiebre, de consunción la otra. Me dicen que estas enfer- 
medades son muy comunes aquí á causa de los pantanos 
inmediatos al pueblo. 

(1) Últimamente le ha puesto ventanas. 



DIARIO 333 

Teng-o por no menos nocivos los pisos de barro y las 
paredes de paja de las chozas, al través de las cuales pe- 
netran los fuertes y fríos vientos de la cordillera. 

En la tarde vinieron á visitarnos doña Dolores Ureta y 
y su simpática hija, á cuya casa habían ido los jóvenes en 
la mañana. Me pidió que disculpara la ausencia de su ma- 
rido, retenido por una grave enfermedad. Pocas señoras 
he conocido más agradables y distinguidas que ésta, y sus 
hijas son dignas de ella. Tuve verdadero gusto de verla y 
de la nota de distinción que traía á nuestro pobre al- 
bergue. 

Por ser hoy domingo, el aposento principal de la casa, 
que yo creía exclusivamente reservado para nosotros, se 
llenó en la noche de hombres y mujeres de todas condi- 
ciones, y luego comenzaron los entretenimientos de cos- 
tumbre. 

Primero el gracioso ejecutó en el centro de la pieza 
unas cuantas payasadas y dedicó loas á cada una de las 
personas presentes. 

Mandó en seguida por su arpa, con que acompañó toda 
clase de bailes. Doña Rosario y yo, sentadas en nuestra 
cama, y en compañía de doña Dolores y su hija, no nos 
preocupábamos gran cosa de, atender á los pasatiempos 
con que una pulpería de campo celebrada la noche del 
domingo. 

Estas escenas gustan más descritas que vistas. La posa- 
da de doña Josefa podría haber dado tema á Le Sage ó á 
Smollet para un delicioso capítulo; pero, como sucede 
con ciertos cuadros holandeses de costumbres, el atracti- 
vo de estas escenas no está en las escenas mismas, sino 
en el arte con que se les pinta ó describe. Mucho sentí 
que nos dejara doña Dolores. 

Parece que la alegre concurrencia tomó su partida 
como señal de retirada, pues junto con irse ella se fueron 
todos. 

Un momento después que acompañamos á las señoras 
hasta su carruaje, se declaró un incendio en una gran casa 



334 MARÍA GRAHAM 

de la vecindad, y allá acudimos todos. Hacía un frío in- 
tenso. Habiéndoseme asegurado que en la casa incendia- 
da no había nadie en peligro, me volví luego con un lige- 
ro dolor en un costado. 

16 de Septiembre. — Partimos de San Francisco, pasan- 
do por Talagante con intención de ir costeando el cerro 
de San Miguel hasta la hacienda donde el Mapocho sale 
de la tierra por varios abundantes manantiales. Nos detu- 
vimos á saludar al cacique y compramos algunas peque- 
ñas jarras y fuentes de arcilla roja, con adornos de una 
tierra mezclada con piritas de hierro que le dan cierta 
apariencia de polvo de oro. 

Talagante es una aldea muy poblada, y parece que en 
todas las chozas las mujeres se dedican á la alfarería. Los 
hombres son soldados, marineros, carreteros, labradores, 
fuertes y bien contormados, con rostros de marcado tipo 
araucano. Apenas nos habíamos alejado una legua del 
pueblo, un violento acceso de tos, que me produjo la rup- 
tura de una vena, me obligó á quedarme atrás de mis 
compañeros (1). 

Sólo después de un largo rato pude alcanzar á mis 
amigos, á quienes causó lo ocurrido gran consternación, 
pues nos hallábamos á diez leguas por lo menos de la ca- 
pital. Les propuse que siguieran adelante, mientras yo 
continuaba lentamente el viaje con el criado. No consin- 
tieron en ello, y como la hemorragia iba en aumento, me 
alegré de que se quedaran conmigo. No tenía nada con 
qué detener la sangre, y deseaba agua. 

Como don José Antonio se acordara de que no lejos de 
allí había un manantial, él y De Roos fueron por agua, 
con que llenaron las pequeñas jarras que habíamos com- 
prado en Talaganter. Agregamos al agua algunas cascaras 
de naranja, y cada vez que me volvía la tos bebía un sor- 
bo. Me sentía incapaz de hablar y de caminar ligero. 



(1) Este accidente bastante moles';© de lor sí, me privó, además, 
de ver el reaparecimiento del Mapocho, si ese río es realmente el 
Mapocho. 



DIARIO 335 

Hubimos, pues, de seguir paso á paso hasta Santiago. 
Antes de llegar á la ciudad tuve dos fuertes accesos, 
pero á pesar de todo, no sufría gran cosa. Hacía un día es- 
pléndido y recreaban nuestra vista bellísimos paisajes. 
Atravesamos el llano de Maipo, más hacia el Poniente y 
más cerca que antes del sitio en que tuvo lugar la gran ba- 
talla. La tierra estaba cubierta de flores, á que acudían in- 
numerables pajarillos. Pensaba en que si esta debía ser la 
última jornada que me fuera dado hacer entre las obras 
de Dios, de ella se derivaban para mí gratas impresiones 
y suaves consuelos. No me sentía decaída de ánimo. Se- 
parada como estoy de todos los míos, puedo pensar en 
mi fín más tranquilamente que muchos. 

Algunas millas antes de llegar. De Roos se adelantó á 
comunicar lo ocurrido á doña Carmen, quien ordenó á mi 
criada que me esperara con fuego, agua caliente y cama. 
Encontró también De Roos al doctor Craig, que vino á 
verme inmediatamente, y como casi no tenía fiebre y sen- 
tía disposición para dormir, el accidente prometía no ser 
de graves consecuencias. 

17. — Cartas de Valparaíso me anunciaban la llegada 
del Doris y que mi pobre primo Glennie ha tomado po- 
sesión de mi casa, en un estado de salud que da muy po- 
cas esperanzas. A consecuencia de un esfuerzo demasia- 
do grande prodújosele en el Callao la ruptura de una 
vena, que lo deja inválido. 

El médico opina que el viaje por el cabo de Hornos, 
adonde lleva rumbo el buque, le sería fatal. Me aflije so- 
bremanera no poder ir inmediatamente á Valparaíso á re- 
cibirlo, pero yo también me encuentro postrada en cama. 
Recibí también atentas cartas de lord Cochrane, en que 
me incluye una de presentación para el general Freiré, en 
caso de que realice mi propósito de ir de aquí á Concep- 
ción á caballo. Me propone como más conveniente y 
práctico que haga el viaje por mar en el Moctezuma, en 
su compañía. Por desgracia ni una ni otra cosa puedo ha- 
cer, y temo tener que renunciar á toda esperanza de co- 



336 MARÍA GRAHAM 

nocer e! Perú y el Sur de Chile. Nada me importaría mi 
propia enfermedad; pero el pobre inválido de Valparaíso 
reclama todo mi tiempo y atenciones. 

18. — Aniversario de la independencia de Chile. Lo 
primero que oí después de una larga noche de insomnio 
fué el ruido de la caballería. Me levanté de la cama y fui 
al balcón, desde donde vi á los milicianos que iban al 
terreno en que les pasará revista el Director. Son unos 
2.000 hombres, armados de lanzas de caña de veinte 
pies de largo y con puntas de hierro. Visten su uniforme 
ordinario, con gorras militares y capas rojas. Las diversas 
secciones se distinguen por ribetes ó cuellos ó algún otro 
distintivo insignificante. 

He oído á varias personas burlarse de la disciplina de 
los colorados; pero B., que los conoce mucho, dice: "Es 
verdad, en las paradas suelen confundir las voces de man- 
do á la derecha y á la izquierda, pero en la batalla de 
Maipú supieron muy bien cuál era y dónde estaba el ene- 
migo." Efectivamente, á ellos se atribuye la gloria de ha- 
ber decidido el triunto ese día, cuando las tropas regula- 
res habían comenzado á perder terreno. Son admirables 
jinetes, como en general todos los chilenos. Montan como 
centauros, pareciendo formar una sola persona con el ca- 
ballo, y los he visto ejecutar á caballo simulacros de 
combate como si hubieran estado á pie. Me alegré de 
que la casa de Cotapos estuviera en la calle por donde 
van las milicias al campo de ejercicios. La única com- 
pensación que tengo de no poder presenciar las fiestas 
nacionales, es ver desfilar las tropas. 

Pensaba en el joven Lastra, y he tenido el gusto de 
saber que hoy se ha firmado el decreto de amnistía que lo 
devolverá á él y á muchos otros al seno de sus familias. 

Hoy pontificó el obispo en la catedral por primera vez 
después de su vuelta á la sede. Las señoras se han visita- 
do y felicitado unas á otras. En las noches de ayer y de 
hoy se iluminaron las calles. Me he sentido mal y sin áni- 
mos todo el día. 



DIARIO 337 

21 de Septiembre. — Todos mis buenos amigos de 
Santiag-o, de una manera ó de otra, me han demostrado 
el sentimiento que les inspira mi enfermedad, desde el 
Director, que mandó al señor de La Salle con una afec- 
tuosa carta en su nombre y el de las señoras, hasta las 
pobres monjas que visité hace algunos días, quienes me 
enviaron un exquisito flan, elaborado según una receta 
especial que posee el monasterio. Reyes ha venido con 
frecuencia y me trajo un plano de la ciudad y una nómina 
de los principales árboles indígenas, autorizándome para 
copiar ambas cosas. 

24. — Después de haber experimentado alguna mejoría 
me siento mucho peor. Mi amigo Mr. Dance, del Doris, 
llegó anteayer con cartas de los amigos de á bordo y no- 
ticias favorables del pobre Glennie. Mr. B. me busca una 
calesa cómoda para el viaje al puerto; deseo vivamente 
regresar y no me encuentro capaz de hacer el viaje á ca- 
ballo. 

No acierto á encarecer la incomparable bondad con 
que me ha atendido doña Carmen de Cctapos y todas 
sus hijas desde que me hospedé en su casa, y especial- 
mente durante mi enfermedad. El señor Prevost ha sido 
también infatigable en sus amables atenciones, pero ¿qué 
podré decir de mi bueno y hábil médico el doctor Craig 
que exprese suficientemente mi gratitud por sus servicios? 
En cuanto á mis amigos marinos, todo lo espero de sus 
solícitos cuidados. 

Desde que volví de MeÜpilla me ha preocupado el tris- 
te estado en que una piedad mal entendida ha puesto á 
una bella y amable niña. Antes de mi viaje era alegre y 
jovial, el encanto de la casa de sus padres. Su música, 
sus dotes poéticas, su lectura en alta voz mientras los 
demás trabajaban, hacían grata y amable para los suyos 
la vida del hogar. Su madre, mujer de clara inteligencia, 
es de exagerada piedad, y María, joven de noble y ele- 
vado carácter, muy sensible á las impresiones religiosas. 
Bajo la influencia de éstas y llevada de su delicadeza 

22 



338 MARÍA GRAHAM 

de conciencia, resolvió ir á pasar diez días en una casa 
de ejercicios para combatir un amor que su familia des- 
aprobaba y que ella aún sentía, aunque por complacer á 
sus padres había renunciado ya al objeto de su cariño. 
Allí, bajo la dirección de un sacerdote, las jóvenes pasan 
rezando día y noche, con tan poco sueño y alimento, que 
se debilitan corporal y mentalmente. 

En los intervalos que median entre las misas, en que 
sólo se oyen cantos lúgubres, se guarda un silencio ab- 
soluto, interrumpido á lo más por algún leve susurro. 
Apenas se deja entrar á la casa un rayo de sol. Una joven 
casada que entró junto con María salió más alegre que 
antes; su corazón había estado, sin duda, durante el retiro 
con su esposo y su hogar. Pero ¿qué podría ocupar los 
pensamientos y afectos de una niña, cuyos mejores senti- 
mientos se pretendía sofocar y matar? ¿Podía abrigar allí 
algún deseo que no fuera de la muerte, algún sentimiento 
que no fuera desesperación? La vista de sus amigas le 
causa ataques histéricos, de que sólo se alivia postrán- 
dose ante el altar y repitiendo las misas (sic) de la lúgu- 
bre casa. 

Tales son los efectos de las casas de ejercicio?. Podría 
haber creído que las predisposiciones de mi joven amiga 
fueron las verdaderas causantes del mal; pero conozco un 
joven, orgullo un tiempo de sus padres, ilustrado, cum- 
plido, de honorables y generosos sentimientos, hoy casi 
idiota. En este estado salió de una casa de ejercicios. 
¡Oh! si tuviera poder ó influencia, aquí acabaría con estor> 
funestos establecimientos. Aun cuando no causan, como 
en este caso, un extravío de la inteligencia, fomentan la 
beatería y el fanatismo. 

Tiénese por un título de orgullo el haber estado algu- 
na vez en ellos, y por punto de conciencia el conformarse 
á los sentimientos que allí se inculcan, y como cuesta 
menos ser santurrón que virtuoso de veras, se permite 
una gran laxitud de conciencia, que estimula á los fieles 
á trabajar en el sostenimiento de la religión y á perse- 



DIARIO 339 

guir, ó por lo menos, humillar á los que no pertenecen á 
ella (1). 

El 28 de Septiembre, dejé no sin pesar á Santiagfo, don- 
de he sido tan bondadosamente recibida y donde hay aún 
muchas cosas nuevas é interesantes que ver. Espero vol- 
ver en el verano y pasar entonces la cordillera por el paso 
de la cumbre (2), visitar á Mendoza y volver por el paso 
de San Juan de los Patos, por donde el ejército de San 
Martín entró á Chile en 1816. Mientras tanto debo hacer 
acopio de salud y fuerzas. Casi no me pesa haberme visto 
obligada á viajar en calesa. 

Después de pasar por la ofícina de portazgo y otros 
trámites, nos reunimos todos en la casa de Loyola, dueño 
de la calesa, como á una legua de Santiago, en el llano 
llamado de las Lomas. Enferma como estaba, no pude 
menos de reirme al ver los arreos de viaje. La calesa era 
un ligero carruaje cuadrilongo, montado sobre un tosco y 
pesado eje y dos gruesas ruedas pintadas de rojo; la caja, 
cubierta exteriormente de adornos de ramas y de flores, 
como los géneros con que se tapizan muebles y, forrado 
el interior con vieja tela china de seda roja y amarilla, 
con cortinas de olancillo listado en vez de vidrios. 

Entre las varas, parecidas en forma y tamaño á las de 
un carretón basurero, había una hermosa muía, cuyos 
jaeces lucían clavos de plata. La montaba un apuesto 

(1) La disparatada pintura que hace la autora de las casas de ejer- 
cicios, de cuya maravillosa acción moral y social se manifíesta tan ab- 
solutamente ignorante, como de las prácticas y modo de vida que en 
ellas se observan, nos excusa de una refutación. Es sensible que una 
persona tan inteligente, culta y observadora como la señora Graham 
se haya dejado llevar de sus prejuicios de secta hasta el punto de lan- 
zar una diatriba contra una de las más benéficas y santas instituciones 
del catolicismo, sin conocerla, y de olvidar que la religión católica, que 
más adelante califica de superstición absurda, es la religión del país 
en que se le dio cariñosa hospitalidad y se le prodigaron las más deli- 
cadas atenciones. — (N. del T.) 

(2) El barómetro da 12.000 pies como la mayor altura del paso al 
pie del volcán Aconcagua, donde el río de este nombre se dirige al 
Oeste y el Mendoza al Este. 



340 MARÍA GRAHAM 

muchacho con poncho, espuelas de grandes rodajas y pe- 
queño sombrero de paja á un lado de la cabeza. A uno y 
otro lado de la muía había un caballo asegurado al eje de 
la rueda, cada uno con su jinete vestido á la chilena. Ser- 
vía de guía el hijo de Loyola, pintorescamente vestido de 
huaso, y montada en un arrogante caballo, Mr. Dance y 
Mr. Candler, del Doris, iban vestidos de la misma mane- 
ra. En cuanto á mi joven amigo De Roos, nos había dejado 
algunos días antes por cumplirse el término de su licen- 
cia. Mencionaré, por último, aunque no lo era en su propia 
estimación, á mi peón Felipe, encargado de tres muías y 
el equipaje, y á quien acompañaba otro peón con los ca- 
ballos de remuda para la calesa. Una vez en mi asiento, 
me entretuve en observar cómo enjaezaban á los caballos. 

Fijan primero á la silla un fuerte anillo de hierro, que 
unen al eje por medio de cuerdas, que sirven de tiros, 
por medio de los cuales cada caballo arrastra su parte de 
peso al lado que le corresponde. De cuando en cuando 
los cambian de lado para aliviarlos. Al bajar una pequeña 
pendiente los caballos se apartan un poco del carruaje 
para darle mayor apoyo. 

Para descender un cerro se les quita del frente y las 
cuerdas se llevan desde los ejes á la parte trasera, asegu- 
rándolas en los anillos de la parte delantera de las sillas, 
de modo que en este caso los caballos no sólo sirven de 
obstáculo á la velocidad de las ruedas, sino que también 
soportan una parte del peso del vehículo, que de otra 
suerte podría vencer á la muía en el descenso. 

La estación ha avanzado considerablemente después de 
nuestro viaje á la capital; abundantes hierbas cubren los 
campos; los huertos se ven verdes y floridos, y ha comen- 
zado ya la poda de las vides. Los caballos y demás anima- 
les son enviados una vez más á pacer en los potreros, y 
la primavera llega para todos menos para mí. 

La mía pasó para no volver, y la mano del infortunio 
arrasó y esterilizó mi estío. Sin embargo, aún me queda 
la esperanza, la bendita esperanza de que el otoño de mi 



DIARIO 341 

vida será siquiera más tranquilo. Sufrí mucho los dos pri- 
meros días de viaje; pero al tercero me sentí notablemente 
mejor, hasta el punto de creerme restablecida del todo. 
Ese día, en la primera casa de postas antes de Valparaíso, 
encontré al capitán Spencer con media docena de mis jó- 
venes marinos, que tuvo la delicada atención de traer á 
mi encuentro, y entre ellos al pobre Glennie. Tomamos 
un alegre lunch, y seguimos viaje á Valparaíso. Mi criada 
montó á caballo y Glennie ocupó su lugar en la calesa. 

Encontré en casa á Mr. Hogan y otros amigos, que me 
esperaban para darme la bienvenida. Muy rara vez he 
gozado con el descanso tanto como esta noche; mi mente 
y mi cuerpo reposaron como no había logrado hacerlo 
desde que supe la llegada de Glennie enfermo. 

1° de Octubre. — Los asuntos de la escuadra están mu- 
cho peores que cuando salí del puerto. Aún no se pagan 
los sueldos, y las tripulaciones de los buques claman por 
dinero, ropa y demás cosas necesarias. El descontento 
cunde más y más, y como de costumbre, va contra todos, 
con ó sin razón. 

El mismo lord Cochrane, á pesar de todos sus esfuer- 
zos y sacrificios por la nación y la escuadra, ha sido con- 
vertido en blanco de una malévola calumnia, que, aunque 
confutada por él de una manera convincente, es con todo 
mortificante, porque procede directamente de individuos 
á quienes él y el país á quien sirven han beneficiado y 
dispensado su confianza. Esta calumnia le imputa que ha 
hecho un negocio privado ventajoso para él y recibido ya 
del gobierno la mayor parte del dinero destinado al pago 
de la escuadra. Me ha llenado de satisfacción una carta 
que acerca de esto le dirigieron los oficiales de la escua- 
dra, de fecha de ayer, y de la cual uno de los firmantes 
ha tenido la amabilidad de proporcionarme una copia: 

"Con la venia de vuestra excelencia. 
„ Nosotros, los abajo suscritos, oficiales de la escuadra 



342 MAÍRA GRAHAM 

de Chile, hemos oído con sorpresa é indignación las 
viles y escandalosas calumnias encaminadas á arrojar 
sombras sobre e) elevado carácter de vuestra excelencia 
y á destruir la confianza y admiración que él nos ha 
inspirado siempre. 

„Hemos visto con satisfacción las medidas que ha to- 
mado vuestra excelencia para confundir tan malévolos y 
absurdos planes, y confiamos en que no se omitirá medio 
alguno para exponer á sus autores á la vergüenza pública. 

„En un tiempo como el actual, en que los mejores in- 
tereses de la escuadra y nuestros más preciosos derechos 
como individuos están en juego, nos sentimos especial- 
mente indignados de semejante tentativa de destruir la 
unión y confianza que al presente existen y que no duda- 
mos existirá siempre, mientras tengamos la honra de ser- 
vir bajo las órdenes de vuestra excelencia. 

„Con estos sentimientos nos suscribimos 

„De vuestra excelencia los más obsecuentes y humil- 
des servidores. 

„P. O. Grenfell. — Teniente comandante Mercedes 

„Y todos los oficiales de la escuadra." 

Las especies calumniosas á que se refiere la carta ante- 
rior, aunque aparentemente ocasionadas por la ligereza 
de una persona imparcial, tienden de un modo tan di- 
recto á la realización de los fines de cierto partido í)oiíti- 
co, que no se puede menos de ver una estrecha relación 
entre ellos y dichos fines. 

La envidia que tienen al almirante los que se ven 
eclipsados por él, fortalecida por las sospechas á que en 
todas partes están expuestos los extranjeros, goza ahora de 
más libertad para desahogar su rabia, realizado ya el gran 
objeto de destruir el poder naval de España en el Pací- 
fico. Y esta envidia ha sido ingeniosamente fomentada 
por personajes subalternos, interesados en acabar con la 
influencia de los ingleses en Chile, especialmente por al- 
gunos agentes de los Estados Unidos, que han hecho 



DIARIO 343 

causa común con San Martín y sus agentes. Si sus secua- 
ces pudieran de alguna manera separar á lord Cochrane 
de la escuadra, realizarían fácilmente el gran objeto que 
se proponen, y las actuales circunstancias les son favo- 
rables. 

Los sufrimientos y pobreza de las tripulaciones son di- 
fíciles de soportar, y persuadir á los oficiales y hombres 
de mar de que el almirante, sin tomarlos para nada en 
cuenta, ha hecho un arreglo favorable para él sería un 
medio directo de destruir la confianza y unión que han 
constituido hasta ahora la fuerza de la escuadra. Por esta 
vez ha fracasado el plan; pero ¿quién puede decir cuánto 
durará esta tranquilidad? 

2. — Como mi salud dista mucho de estar restablecida y 
mi pobre inválido necesita una atención constante, no 
puedo salir á buscar noticias. Debo, pues, recibirlas to- 
das por junto como me las traen. Hoy, por ejemplo, casi 
me han abrumado de detalles acerca de los nuevos regla- 
mentos de co>mercio, los impuestos que van á crearse 
y los monopolios del ministro Rodríguez y su socio 
Arcos (1). 

Además de los alcoholes y tabacos que compraron 
hace tiempo con el dinero del gobierno, han monopoli- 
zado ahora las telas de algodón, los paños y otros ar- 
tículos de vestir, y sólo sus agentes ó pulperos pueden su- 
ministrarlos á los parroquianos. Esto, agregado á la falta 
de moneda divisionaria y al uso de vales por tres centa- 
vos, sólo pagaderos, ó más bien cambiables por artículos 
de sus tiendas, causa graves é injustos daños, y á la vez 
que retardará la civilización del país le robará sus entra- 
das, pues hará que el pueblo vuelva á su antiguo hábito 
de no usar más telas que las de sus propios telares y qui- 
tará, por consiguiente, brazos y tiempo á la agricultura, 
producirá la disminución de los artículos de consumo y 
detendrá el acrecimiento de la población, al mismo tiem- 



(1) Don Santiago Arcos. — (N. del T.) 



344 MARÍA GRAHAM 

po que, dificultando el uso de telas extranjeras, reducirá 
notablemente los derechos de importación. ¿Son las na- 
ciones como los individuos, que nunca sacan provecho de 
la experiencia ajena? ¿Debe tener cada país su siglo de 
ignorancia y de tinieblas? 

Hoy he recibido muchas visitas de felicitación por mi 
regreso, la mayor parte y las más afectuosas de mis ami- 
gos marinos, y ia muy honrosa para mí de lord Cochra- 
ne, que vino con los capitanes Wikinson y Crosbie y mis- 
ter H. E. á tomar te conmigo. 

Antes de poder servírselos ocurrió un incidente muy 
característico; tuvimos que esperar, para tener leche, que 
un hombre laceara una vaca en el cerro. Después de lo 
que había visto en la administración de la lechería de la 
hacienda de Salinas no podía admirarme de nada, y no 
me quedaba otra cosa que hacer sino esperar con pacien- 
cia la llegada de la leche. Mis visitantes, más antiguos en 
el país que yo, se resignaron fácilmente, y pasamos el 
tiempo de espera en agradable charla. 

Los exorbitantes derechos, aún no impuestos, pero 
anunciados, sobre varias mercaderías inglesas han induci- 
do al capitán Vernon, del navio de S. M. B., Doris, á ir á 
Santiago á ver el modo de conseguir una reducción de 
los derechos, ó, por lo menos, una regulación menos gra- 
vosa con relación al manifiesto. Mucho deseo que nuestro 
gobierno reconozca la independencia de los Estados sur- 
americanos y envíe cónsules ó agentes que amparen nues- 
tro comercio y lo rediman del oprobio de ser una especie 
de contrabando en gran escala. 

Nada habría sido más fácil que establecer, por ejem- 
plo, que los minerales del país fueran retornos legales de 
los artículos manufacturados de Europa, India y China, en 
vez de exponerlos, como ahora sucede, á los riesgos y 
pérdidas del comercio de contrabando; pues siendo los 
minerales los únicos artículos que este país puede dar á 
Europa, se abrirán necesariamente caminos á sus merca- 
dos. Pretender impedir su salida es tan absurdo como 



DIARIO 345 

aquella antigua ley de Atenas que prohibía vender los 
higos del Ática para que los extranjeros no compraran ni 
comieran un fruto demasiado delicioso para paladares 
que no fueran atenienses. 

Este nuevo reglamento no es ei único punto que puede 
servir de pretexto á movimientos subversivos. El Director 
había nombrado al general Cruz gobernador de Talca- 
huano y jefe del ejército del Sur, en reemplazo del ge- 
neral Freiré; pero los soldados se niegan á recibirlo ni 
consienten en la partida de Freiré, á que se agrega que 
están clamando por sus sueldos, como los marinos. 

Algunos políticos no vacilan en atribuir á Freiré pensa- 
mientos ambiciosos y acusarlo de instigar el clamoreo de 
los soldados; pero la verdadera causa debe buscarse en la 
mala fe del gobierno en negarse á pagar los sueldos atra- 
sados, en su demora en compensar de alguna manera los 
sufrimientos y pérdidas del pueblo de Concepción, que 
padeció más que el de cualquiera otra provincia durante 
la guerra de la independencia, y en su tiránico empeño de 
arruinar todos los puertos de Chile, menos el de Valpa- 
raíso, á fín de monopolizar el comercio del país. 

En cuanto á la escuadra, los marineros hablan de apo- 
derarse de los buques si no se les paga inmediatamente, 
y se dice que los oficiales estarán con ellos. Pero creo 
que más que en declaraciones expresas de ellos se fundan 
tales rumores en las provocaciones que se les hacen á 
que se hagan justicia por sí mismos. 

8. — El gusto que me causaron hoy las visitas de varios 
amigos ha sido amargado, por el empeoramiento del po- 
bre Glennie. Sus sufrimientos han encontrado simpatía, 
pero no alivio, en una persona de quien no lo esperaba, 
de la Chavelita, la vieja del jardín, que se me apareció 
como á las cuatro con un muchachito que traía un atado 
de hierbas. 

Entrando á la sala con paso majestuoso, engrandecida 
más aún su elevada talla por un alto sombrero negro, se 
sentó al lado de la cama y comenzó á interrogar al pa- 



346 MARÍA GRAHAM 

cíente sobre su enfermedad. Volviéndose después á mí, 
me dijo que había traído algunas medicinas, una de las 
cuales quería aplicar inmediatamente, y para ello me pi- 
dió que le proporcionara un poco de aguardiente calien- 
te. Hecho esto, sacó de su alforja de cuero un trozo de 
grasa de coco, con el cual, después de mojarlo en el 
aguardiente, comenzó á untar los hombros de Glennie, 
disertando mientras tanto sobre la íntima relación que hay 
entre los hombros y los pulmones, y aseverando que cual- 
quiera que quiera curar éstos debe principiar por refres- 
car aquéllos. 

Después de emplear en esta operación un cuarto de 
hora, dejó acostarse al enfermo, y tomando un manojo de 
cachanlagua (hierba centaurea), me dijo que hiciera una 
infusión con la mitad del manojo en agua hirviente y se 
la diera á beber de cuando en cuando. La otra mitad de- 
bería ponerse en un vaso de aguardiente y azotarle con 
ella los hombros. Me aseguró que con el uso continuado 
de esta hierba la fiebre bajaría y cesaría la hemorragia 
poco á poco. 

Me dio también un manojo de zanahoria silvestre para 
que con ella le hiciera una tisana azucarada, que debería 
beber con frecuencia, y en seguida, después de referir 
varios casos semejantes curados con sus recetas, á que 
suele agregar una infusión de hojas de vinagrillo (oxalis 
amarilla de hojas carnosas), se despidió. 

9. — No puedo consagrarme á mis asuntos privados dos 
días seguidos. Esta maríana supe que la escuadra se halla 
en tal estado de penuria que ha enviado un delegado al 
Supremo Gobierno y que los capitanes que sirven en las 
naves chilenas le han dirigido una seria representación 
en que exponen sus reclamos, sus padecimientos y la 
injusticia con que se les trata. En otros respectos las co- 
sas están más tranquilas, y parece que la paciencia es- 
tuviera dando tiempo á que las representaciones surtan 
efecto. 

Lord Cochrane y el capitán Crosbie vinieron en la tar- 



DIARIO 347 

de, y como nunca hablamos de política mientras toma- 
mos te con pan y miel, tuvimos siquiera una hora de 
agradable charla, sin acordarnos de gobiernos, motines, 
ni injusticias de ninguna especie, felicidad de que aquí se 
disfruta muy rara vez cuando se juntan dos ó tres per- 
sonas. 

Hay tan poca gente y todos están tan directamente in- 
teresados en estos asuntos, que no es de extrañar que no 
se hable de otra cosa; pero yo, de paso por estos luga- 
res, suelo apetecer lo que me fué dado disfrutar es^a 
tarde: un rato de conversación razonable sobre materias 
de interés general. 

El capitán Vernón volvió en la noche con un ejemplar 
del reglamento en los bolsillos. Me dicen que es tan in- 
conexo y tan ilógico, que frustrará el fin que se propone 

13. — Todo el mundo ha sido electrizado hoy por la sú- 
bita llegada del general San Martín, Protector del Perú, 
á este puerto. Desde la violenta expulsión de su minis- 
tro y favorito Monteagudo de su oficio por el pueblo de 
Lima (1), mientras se hallaba en Guayaquil con Bolívar, 
había abrigado algún temor por su propia seguridad y 
depositado, según se cree, en diversas ocasiones conside- 
rables sumas de dinero á bordo del Puirredon, para el 
peor de los casos. 

Embarcóse por fin el 20 de Septiembre á media no- 
che y ordenó al capitán que levara anclas inmediata- 
mente, á pesar de tener el navio apenas la mitad de su 
tripulación y escasísima provisión de agua. Dirigióse 
apresuradamente á Ancón, donde despachó un mensajero 
á Lima, cuya vuelta aguardó con febril impaciencia. 

Tan pronto como llegó, ordenó al capitán que se 
hiciera al punto á la vela con rumbo á Valparaíso; y ahora 
hace correr la voz de que un dolor reumático en un brazo 
le obliga á recurrir á los baños de Cauquenes. Si es ver- 
dad, es extraño, bastante extraño. 



(1) El 25 de Julio de 1822. 



348 MARÍA GRAHAM 

14, — Me llegan noticias esta mañana de que San Mar- 
tín ha sido arrestado, y que, habiendo pretendido intro- 
ducir de contrabando cierta cantidad de oro, éste ha 
caído en comiso. 

A m&diodia. — Lejos de haber sido arrestado, dos de 
los edecanes del Director han venido á saludarlo. Ade- 
más, el fuerte saludó su insignia. 

Muchas personas que saben cómo piensa lor Cochrane 
respecto del general y que lo considera como un traidor 
á Chile y un mal hombre, se inclinan á creer que lo arres- 
tará. 

Si lo hubiera hecho, me parece que habría contado 
con la aprobación del gobierno. Pero la rectitud y deli- 
cadeza de sentimientos de lord Cochrane lo han inducido 
á dejárselo al gobierno mismo. 

En la noche. — Ha llegado el carruaje del Director para 
conducir á San Martín á la capital. Asístenlo el general 
Prieto V el mayor O'Carrol, con cuatro ordenanzas que 
truen instrucciones de no perderlo de vista. Esto, á 
juicio de algunos, significa un arresto honroso. Otros 
opinan, y yo me inclino á contarme entre ellos, que esta 
constante compañía de tan numerosa comitiva es ocasio- 
nada por el temor real ó fingido de que se atente contra 
su vida durante su permanencia en el puerto. 

El general insiste en decir que ha venido á Chile sólo 
por sus dolores reumáticos, y á primera vista parece duro 
dudar de la palabra de un hombre que debe conocer me- 
jor que los extraños los motivos de sus propios actos. 
Pero uno de los castigos de los que están en puestos 
eminentes, es el ser severamente juzgados por los demás. 

"¡Oh, hard condition and twin-bom of greatness, 
Subject to breath of ev'ry fool!" (1). 

15 de Octubre. — Después de ocupar todo el día en 



(1) "¡Oh, dura condición, óremela de la grandeza expuesta al há- 
bito insolente de los necios," (Shíikespeare.) (Enrique V.) — (N. del T.) 



DIARIO 349 

despedirnos de mis amigos del Doris, que parten maña- 
na, me sorprendió, cuando acababa de despedirme del 
último, el anuncio de que llegaba una numerosa partida 
de gente. Y junto con el anuncio entró Zenteno, gober- 
nador de Valparaíso, acompañado de un hombre muy alto 
y de buena figura, sencillamente vestido de negro, á quien 
me presentó como el general San Martín. Seguíanlos la 
señora de Zenteno y su hijastra doña Dolores, el coro- 
nel D'Albe y su esposa y hermana, el general Prieto, el 
mayor O'Carrol, el capitán Torres, capitán de puerto se- 
gún creo, y otros dos caballeros que no conozco. No fué 
fácil tarea disponer asientos para tanta gente en una pie- 
za de apenas diez y seis pies cuadrados y atestada de li- 
bros y otras cosas necesarias para la comodidad de una 
europea. Terminados por fin los arreglos, pude sentarme, 
observar y escuchar. 

Los ojos de San Martín tienen una peculiaridad que 
sólo había visto antes una vez en una célebre dama. Son 
obscuros y bellos, pero inquietos; nunca se fijan en un 
objeto más de un momento, pero en ese momento expre- 
san mil cosas. Su rostro es verdaderamente hermoso, ani- 
mado, inteligente; pero no abierto. Su modo de expresar- 
se, rápido, suele adolecer de obscuridad; sazona á veces 
su lenguaje con dichos maliciosos y refranes. Tiene gran- 
de afluencia de palabras y facilidad para discurrir sobre 
cualquier materia. 

No me gusta repetir ni aun en globo, y en sus líneas 
generales las conversaciones privadas que, á mi juicio, 
deben siempre mantenerse reservadas. Pero San Martín 
no es un hombre privado, y además, los asuntos de que 
se habló fueron generales y no personales. Hablamos del 
gobierno, y sobre este punto creo que sus ideas distan no 
poco de ser claras ó decididas. 

Parece haber en él cierta timidez intelectual que le im- 
pide atreverse á dar libertad á la vez que atreverse á ser 
un déspota. El deseo de gozar de la reputación de liber- 
tador y la voluntad de ser un tirano, forman en él un ex« 



350 MARÍA GRAHAM 

traño contraste. No ha leído mucho, n¡ su genio es de 
aquellos que pueden ir solos. Citó continuamente autores 
que sin duda alguna sólo conoce á medias, y de la mitad 
que conoce paréceme que no comprende el espíritu. Al 
girar la conversación sobre temas religiosos, conversación 
en que también tomó parte Zenteno, habló mucho de filo- 
sofía. Ambos caballeros parecen creer que la filosofía 
consiste en dejar la religión á los sacerdotes y al vulgo, y 
que los sabios deben reírse igualmente de frailes, protes- 
tantes y deístas. 

Con razón dice Bacon: "Sólo niegan la existencia de 
Dios aquellos á quienes conviene que no haya Dios». Y 
á la verdad, cuando considero sus actos me parece que 
si quisiera evitar la desesperación debería ser ateo. Pero 
quizá juzgo á San Martín con demasiada severidad. La 
natural sagacidad y penetración de su juicio debe haber- 
le hecho ver lo absurdo de las supersticiones romano-ca- 
tólicas, que ostentan aquí toda su fealdad, sin el barniz 
que les dan la pompa y la elegancia de Italia, y á las cua- 
les ha solido asociarse por razones de Estado con todas 
las demostraciones exteriores de respeto. 

Alguien ha observado que "cuesta mucho más des- 
prenderse de las doctrinas católico-romanas que de las 
que se enseñan en las iglesias reformadas; pero, una vez 
que pierden su dominio sobre el alma, preparan de ordi- 
nario el camino al más absoluto escepticismo». Tal es, á 
mi juicio, el estado de alma de San Martín. De la religión 
y de los cambios que ha experimentado por obra de la 
corrupción y de las reformas se pasó fácilmente á las re- 
voluciones políticas. Casi todos los reformadores sur- 
americanos se han inspirado en autores franceses. Se ha- 
bló del siglo de Luis XIV como de la causa directa y 
única de la revolución francesa y, por consiguiente, de las 
de Sur-América. 

Hicieron un obsequioso recuerdo del rey Guillerma 
antes que me aventurara á observar que los pasados males 
y los bienes presentes de estos países bien podrían atri- 



DIARIO 351 

huirse en parte á las guerras de Carlos V y de su sucesor, 
que agotaron el oro de las colonias sin devolverles nada 
en cambio. Siguióse discurriendo sobre éste y otros temas, 
hasta terminar con una alusión al progreso intelectual de 
Europa, que en un solo siglo había producido la inven- 
ción de la imprenta, el descubrimiento de América y los 
comienzos de la reforma, que mejoró las prácticas mismas 
de Roma. Zenteno, contento de que se le presentara una 
oportunidad para atacar á Roma y lucir sus conocimien- 
tos, exclamó: «Y harto que necesitaban reforma sus prác- 
ticas, pues Roma, que quiso coronar al Tasso y coronó á 
Petrarca, aprisionó á Galileo», volviendo á la inversa la 
cierta y admirable doctrina de Foseólo, de que las cien- 
cias exactas pueden ser instrumentos de la tiranía, pero 
no la poesía, la historia ni la oratoria. 

Me alegraré de que el té viniera á interrumpir estas 
pedantescas declamaciones, de que no habría tomado 
nota á no haber pertenecido ellas también á San Martín. 
Les pedí excusas por no poder ofrecerles mate; pero supe 
que el general y Zenteno acostumbraban tomar té puro, 
después del cual fumaron sus cigarros. La interrupción 
del té no detuvo la locuacidad de San Martín sino por un 
breve rato. Prosiguiendo su discurso, habló sobre medi- 
cina, lenguas, climas, enfermedades, y sobre este punto 
con poca delicadeza, y por último, sobre antigüedades, 
principalmente del Perú. 

Refirió á este respecto algunas maravillosas historias de 
familias de los antiguos caciques é incas que se enterra- 
ron vivas en tiempo de la invasión española y que habían 
sido encontradas en perfecto estado de conservación. 
Esto nos llevó á la parte más interesante de su discurso, 
su partida de Lima. Me dijo que, deseoso de saber si el 
pueblo era realmente feliz, solía disfrazarse de hombre 
del pueblo, como el califa Haroun Al Raschid, para visi- 
tar las fondas y mezclarse con los grupos que charlaban 
en las puertas de las tiendas, donde muchas veces oyó 
hablar de él. 



352 MARÍA GRAHAM 

Me dio á entender que se había cerciorado de que el 
pueblo era ahora bastante feliz y no necesitaba ya su pre- 
sencia, agregando que después de haber llevado una vida 
tan activa apetecía descanso; que se había retirado de la 
vida pública, con la satisfacción de haber cumplido su 
misión, y que sólo había traído consigo el estandarte de 
Pizarro, el glorioso estandarte bajo el cual conquistó el 
imperio de los incas y que había sido desplegado en to- 
das las guerras, no sólo en las que se empeñaron entre 
españoles y peruanos, sino también en las de los jefes es- 
pañoles rivales. Su posesión — dijo —ha sido considerada 
siempre como el signo del poder y la autoridad; YO LO 
TENGO AHORA; y al decir esto se irguió cuan alto era y 
miró á su alrededor con un aire de soberano. 

Esto fué !o más característico que ocurrió en las cuatro 
horas que duró la visita del Protector, y este el único mo- 
mento en que se reveló tal cual era. El resto fué en parte 
una charla superficial sobre toda clase de asuntos para 
deslumbrar á los menos inteligentes, y en parte una ma- 
nifestación de la impaciencia de ser el primero, aun en la 
conversación vulgar, que le ha dado su largo hábito del 
mando. Omito los cumplidos que con algo excesiva pro- 
fusión me hizo. De ellos podemos decir, como Johnson 
de la afectación, que merecen excusas por cuanto proce- 
den del laudable deseo de agradar. Sus modales son, en 
verdad, muy finos, y elegantes sus movimientos y perso- 
na, y no tengo inconveniente para creer lo que he oído 
de que en un salón de baile pocos hay que le aventajen. 

De las demás personas presentes sólo el coronel d'Al- 
be y las señoras hablaron algunas palabras. Con dificul- 
tad, en mi empeño por ser política con todos, pude arran- 
car una que otra sílaba á los demás caballeros. Parecían 
temerosos de comprometerse. Déjelos, por fin, en su mu- 
tismo, y el Protector se adueñó luego exclusivamente de 
la palabra. 

En suma, esta visita no me ha dejado una impresión 
muy favorable de San Martín. Sus miras son estrechas y 



DIARIO 353 

aun, si no me equivoco, egoístas. Lo que él llama su filo- 
sofía y su reiig-ión, corren parejas: de ambas hace osten- 
siblemente uso como simples máscaras para engañar al 
mundo, máscaras, á la verdad, tan gastadas, que no lo- 
gran engañar á nadie, sino á los que tienen la desgracia 
de estar bajo su férula. 

No tiene genio, sin duda alguna, sino cierta dosis de ta- 
lento, ninguna instrucción y sólo un ligero barniz de co- 
nocimientos generales, que luce con habilidad; nadie po- 
see como él ese talento que llaman los franceses /' art de 
se faire valoir. Su bella figura, sus aires de superioridad y 
esa suavidad de modales á que debe principalmente la 
autoridad que durante tanto tiempo ha ejercido, le pro- 
curan muy positivas ventajas. Comprende el inglés y habla 
mediocremente el francés, y no conozco otra persona con 
quien pueda pasarse más agradablemente una media 
hora; pero su falta de corazón y de sinceridad, que se re- 
velan aun en un rato de conversación, cierran las puertas 
á toda intimidad y mucho más á la amistad. 

A las nueve se retiraron los visitantes, dejándome muy 
complacida de haber visto á uno de los hombres más no- 
tables de Sur-América, y creo haberlo conocido en esta 
ocasión tanto como es posible conocerlo. Aspira á la 
universalidad, como Napaleón, que, según he oído, tuvo 
algo de esa debilidad y de quien habla siempre como de 
su modelo ó, mejor dicho, su rival (1). 

Creo, asimismo, que se propuso manifestarse á mí en 
mi carácter de extranjera, ó quizá Zenteno me sugirió 
que aun el pequeño aumento de fama que mis comunica- 
ciones acerca de él pnedieran darle, valía la pena de pro- 
curarlo. Sea como fuere, es un hecho que esta noche ha- 
bló para hacer ostentación de si mismo. 

16. — He perdido hoy á mis mejores amigos. El capi- 
tán Spencer ha partido á Buenos Aires por la Cordillera; 



(1) En su residencia de Mendoza tenía su retrato entre los de 
Napoleón y del Duque de Wellington. 

23 



354 MARÍA GRAHAM 

el Doris se ha hecho á la vela para Río Janeiro, y siento 
doblemente su partida por mi pobre inválido. De todos 
los que hacían ese buque interesante para mí sólo queda 
conmigo el pobre Glennie, y de los demás mucho temo 
no volver á ver á la mayor parte de ellos. 

17. — Mr. Clarke vino de pziso para la capital, trayén- 
dome la despedida de San Martín al Perú, que trascri- 
bo (1). 

"Peruanos: 

«Presencié la declaración de la independencia de los 
estados de Chile y el Perú. Existe en mi poder el estan- 
darte que trajo Pizarro para esclavizar el imperio de los 
Incas, y he dejado de ser hombre público; he aquí recom- 
pensados con usura diez años de revolución y de guerra. 

„Mis promesas para con los pueblos en que he hecho 
la guerra están cumplidas: hacer su independencia y de- 
jar á su voluntad le elección de sus gobiernos. 

„La presencia de un militar afortunado, por más des- 
prendimiento que tenga, es temible á los Estados que 
de nuevo se constituyen; por otra parte, ya estoy aburri- 
do de oir decir que quiero hacerme soberano. Sin em- 
bargo, siempre estaré pronto á hacer el último sacrificio 
por la libertad del país; pero en clase de simple particu- 
lar y nada más. 

„En ciiani:o á mi conducta pública, mis compatriotas 
(como en lo general de las cosas) dividirán sus opiniones; 
los hijos de éstos darán el verdadero fallo. 

„ Peruanos: os dejo establecida la representación nacio- 
nal; si depositáis en ella una entera confianza, cantad el 
triunfo; si no, la anarquía os va á devorar. 

„Que el acierto presida vuestros destinos y que éstos 
os colmen de felicidad y paz. 

„ Pueblo libre y Septiembre, 20 de 1822. 

„JosÉ DE San Martín." 



(\\ Damos e! texto original de esíe documento, prescindiendo de 
la traducción inglesa de la señora Graham. — (N. del T.) 



DIARIO 355 

S¡ hay en esto algo de verdad, si realmente se retira y 
deja en paz al mundo, merecerá por los menos la alaban- 
za que se tributó á 

"The Roman, when his burning heart 
Was slaked with blood of Rome, 
Threw down his dagger, dared depart 
In savage grandeur home: 

He dared depart in utter scorn 
Of men that such a yoke had borne" (1). 

No ha empleado, por cierto, modestamente sus faculta- 
des, pero algo ha hecho por la buena causa. ¡Oh! si los 
medios hubieran sido tan buenos como la causa, sería el 
primero de sus conciudadanos; pero hay sangre en sus 
manos, la traición grava su conciencia. 

Hoy ha partido á Cauquenes, dejando el puerto entera 
mente á obscuras respecto de los verdaderos motivos de 
su alejamiento del Perú. Es probablemente, como el de 
Monteagudo, un sacrificio de su existencia política para 
salvar su existencia natural (2). 

Creo que lord Cochrane fué hoy ó ayer á Quintero. 
Los porteños habrían visto con regocijo algún encuentro, 
alguna escena entre él y San Martín; pero su buen juicio 
y sus honorables sentimientos para con el país á quien 
sirve lo han evitado. Si San Martín es infortunado y se 
ve obligado á huir de sus dominios, la conducta de lord 
Cochrane es magnánima; si el proceder de San Martín es 
una ruse de guerre para salvarse, es prudente y dejará al 
almirante en libertad para poner al Protector en descu* 
bierto, como merece. 

Lunes 21. — Durante estos últimos días, Valparaíso ha 
recobrado casi por completo su estado ordinario de mo- 



il) "El Romano, cuando su ardiente corazón se bañó en la sangre 
de Roma arrojó su daga, y revestido de fiera majestad, osó retirarse á 
su hogar, osó partir, lleno de desprecio por los hombres que habían 
tolerado semejante yugo". — (N. del T.) 

(2) Véase la carta de lord Cochrane y Lima Justificada. 



356 MARÍA GRAHAM 

nótona tranquilidad. Parece que la Convención, á pesar 
del deseo expreso del Ejecutivo, rechazó in toto el regla- 
mento; pero la revisión de su voto demorará todavía al- 
gunos meses la conclusión definitiva de este negocio. 

Mi pobre inválido sigue sufriendo, aunque la bondad 
de mis vecinos y lo avanzado de la estación me permiten 
proporcionarle todas las pequeñas comodidades que pue- 
den distraerlo ó agradar todavía á su escaso y delicado 
apetito. La leche abunda en este tiempo; hay ya guisan- 
tes; un amigo me manda espárragos de la ciudad; las fre- 
sas están en sazón. 

Aquí acostumbran cuando comienza á cosecharse esta 
deliciosa fruta, disponerla en ataditos, con una rosa, un 
clavel ó una ramita de toronjil, que colocan sobre hojas 
de maiten en pequeñas cestas de mimbre, cubiertas tam- 
bién con maiten, que frescos niños traen á vender al 
puerto de todos los jardines de los alrededores, de diez 
millas de distancia. He visto dar un real por una sola fresa 
cuando comienzan á salir; pero ahora con un real se 
pueden comprar más que las suficientes para dos per- 
sonas. 

26. — La Lautaro llegó de Talcahuano en muy lamenta- 
bles circunstancias. Estalló á bordo un serio motín, 
ocasionado por la falta de alimento y demás cosas nece- 
sarias mientras permaneció en el Sur. Como los oficiales 
se encontraban en la misma penosa situación, no pudieron 
contener á los marineros, cosa que no les habría sido 
difícil en otras circunstancias. Tan pronto como el buque 
llegó á un puerto donde pudo avituallarse, los amotina- 
dos volvieron á su deber. 

El capitán y los oficiales habrían querido perdonarlos; 
pero el motín había sido ya comunicado al gobierno, que, 
según dicen, está resuelto á castigar á los cabecillas. Es- 
pero, sin embargo, que su justicia no le impedirá recordar 
la misericordia, las crueles necesidades que exasperaron 
á la tripulación y la buena conducta que observó después. 
He sabido que lord Cochrane ha ¡do á la capital por 



DIARIO 357 

asuntos concernientes á la escuadra. Dicen que se halla 
hospedado en casa del Director. Esto da esperanzas de 
que el gobierno haga por fin justicia en su departamento 
naval. 

31 de Octubre. — Este mes ha sido importantísimo para 
Chile. El gobierno ha promulgado la nueva Constitución 
y los nuevos reglamentos de comercio. Ni éstos ni aquélla 
parecen corresponder á su objeto. 

El reglamento comienza por un largo preámbulo, diri- 
gido por el ministro del Interior á la Convención al pre- 
sentarle el reglamento que ha formado una comisión de 
ministros y comerciantes. Poco entiendo de estas cosas; 
pero hay allí disposiciones tan contrarias al sentido común, 
que hasta un niño las notaría. Las tres primeras secciones 
tratan de la creación y reglamentación de oficiales de 
aduana. 

De éstos, unos son fijos, oíros ambulantes. A los últi- 
mos se les acatará y obedecerá dondequiera que se les 
encuentre, en los cerros, en los caminos ó fuera de ellos, 
en buen ó mal tiempo. Tendrá cada uno de ellos un dis- 
tintivo de cobre como del tamaño de una corona (1), que 
llevará ocutto. Si detienen un cargamento en medio de la 
más dilatada llanura ó durante un temporal furioso, será 
necesariamente abierto y no podrá moverse mientras no 
vengan emplados especiales que lo trasladan á la estación 
más próxima, donde se examinará si contiene mercaderías 
de contrabando, ó si una pieza de tela de algodón tiene 
una vara más ó menos que las indicadas en el manifiesto; 
pues ahora debe especificarse el número de piezas de 
cada bulto y el de varas de cada pieza. 

De tal reglamento resultará la destrucción ó deterioro 
de muchas mercaderías. El azúcar, por ejemplo, bajada 
de las muías y examinada al cielo raso, durante un agua- 
cero, si no se pierde del todo, quedará en muy mala con- 
dición. Es indispensable y urgente que se renuncie de 



(1) Moneda inglesa de cinco chelines. — (N. del T.) 



358 MARÍA GRAHAM 

una vez á tan torpe y grosero ensayo en materias mercan- 
tiles. 

En la sexta sección se declara que Valparaíso es el úni- 
co puerto libre de Chile, con lo que se hace á todos los 
demás una injusticia manifiesta, fuera de la enorme im" 
prudencia de semejante declaración, á causa de los anti- 
guos celos de los puertos del Sur y los que en diversas 
ocasiones han aparecido en Coquimbo. 

Los puertos menores, como Concón, Quintero, etc., 
quedan absolutamente cerrados para los buques extranje- 
ros. A los buques nacionales se imponen algunas duras 
restricciones, como, por ejemplo, la prohibición de tocar 
en aquellos puertos á su vuelta de países extranjeros. 

A los buques extranjeros se les permite tocar, además 
de Valparaiso, en Coquimbo, Talcahuano y Valdivia; en 
San Carlos de Chiloé, cuando sea dominado por las ar- 
mas chilenas; y con especial licencia del gobierno, en el 
Huasco y Copiapó, pero únicamente para tomar cobre. 

Todo buque extranjero que toque en cualquiera de esos 
puertos debe pagar cuatro reales por tonelada, con excep- 
ción de los balleneros, que no pagan nada. Los naciona- 
les que lleguen de afuera pagarán dos reales por tonela- 
das; pero si se dedican al cabotaje, nada. Por pilotaje, 
anclaje y fondeo los buques de un mástil pagan cinco pe- 
sos; los de dos, diez; los de tres, quince. Los buques na- 
cionales y los balleneros extranjeros que no comercian pa- 
gan la mitad de estos derechos. 

En la séptima sección se declara como único paso legal 
y libre de los Andes el del valle de Santa Rosa. Quedan, 
pues, cerrados los de San Juan de los Patos, del Portillo 
y del Planchón. Me parece que esta no es la manera de 
civilizar un país. 

Además, toda carga debe pasar por Mendoza y recibir 
allí un certificado, sin el cual no se le permite entrar á 
Chile. Siguen á todo esto las más estrechas y vejatorias 
reglamentaciones de manifiestos, trasbordos, conduccio- 
nes por tierra, etc., que jamás haya ideado la ingeniosi- 



DIARIO 359 

dad humana, todas las cuales pesan indistintamente sobre 
extranjeros y nacionales, comerciantes y ag-ricultores. 

Lo más curioso de este notable engendro es lo que se 
dice sobre importaciones en la parte del preámbulo que 
se refiere á la duodécima sección. Se gravan con dere- 
chos tan altos las mercaderías iihportadas, que en muchos 
casos equivalen á derechos prohibitivos. Preténdese pro- 
teger así las manufacturas nacionales, olvidando que, con 
excepción de las de sombreros y cerveza, no hay en Chi- 
le manufactura alguna, pues no merecen tal nombre las 
rudimentarias industrias de jabón y velas. 

Por cuanto un hombre ha logrado hacer en Santiago 
un par de medias en un día, no se introducirán ya más 
medias extranjeras, y las señoras tendrán que aprender á 
tejer ó á andar descalzas, pues no parece probable que á 
razón de un par de medias por día se alcance á proveer 
de ese artículo ni siquiera la capital. Más valdría traer al- 
gunas medias de Manchester hasta que el industrial san- 
tiaguino pueda ocupar en su fábrica unos pocos obreros 
más. Como no hay mueblistas chilenos, la prohibición de 
introducir sillas y mesas extranjeras obligará á las damas 
á volver á la antigua costumbre de acuclillarse sobre el 
estrado; y como pasarán algunos años, siglos quizás, antes 
que aquí se produzca y teja la seda ó se manufacturen 
muselinas, seguirán usando sus antiguas capas y vestidos 
de lana; y los futuros viajeros hablarán de las chilenas 
como de lindas salvajes, en vez de deleitarse en la socie- 
dad de bien vestidas y bien educadas señoritas. 

El pasaje á que me refiero es tan curioso, que quiero 
copiarlo para utilidad de mis amigos que deseen formarse 
una idea exacta de la sabiduría de la legislatura chilena 
en estas materias. 

Después de observar que estos reglamentos deben pro- 
ducir ó bien un aumento de los fondos públicos ó una su- 
presión total de las importaciones, que el ministro consi- 
dera con mucha razón como el resultado más probable, 
dice: 



360 MARÍA GRAHAM 

"¡Ojalá nuestras instituciones preparen el día en que 
los productos de todas las aduanas, por importaciones del 
extranjero, les viésemos reducidos á cero! Este mismo se- 
ría el día en que veríamos la verdadera estrella naciente 
de nuestra prosperidad. Nuestro fértil suelo abunda en 
producciones de todas clases y son muy pocas las que 
necesitamos de las extrañas. A cualquiera parte que mi' 
remos se está brindando la Naturaleza y pide sólo fondos, 
talentos, actividad, industria. Sí, lo repito; llegue este día, 
auméntense nuestras exportaciones á medida que se dis- 
minuya la importación; disminuyanse en hora buena con 
ella los ingresos del Erario." etc., etc., etc. (1). 

Esto, para una nación que se halla todavía en su infan- 
cia> con un millón apenas de habitantes y de éstos la mitad 
salvajes, y produce metal suficiente para comprar las ma- 
nufacturas del mundo, es quizás la más exquisita muestra 
de perversión de principios y de su falsa aplicación que 
puede concebirse. Los discursos de Mentor en el Telé- 
maco serían igualmente aplicables á este caso. 

Durante largo tiempo Chile no dispondrá de gente para 
manufacturar artículos no absolutamente necesarios; nece- 
sita brazos para cultivar la tierra, para trabajar las minas, 
para tripular los buques, que debe poseer si quiere po 
seerlo todo. Su producción en bruto, su principal comer- 
cio consiste en oro, ó en el no menos importante cobre; 
y da grima ver que reglamentos buenos para un adelan- 
tado país europeo en que la mezquina tierra no produce 
lo suficiente para las necesidades del comercio y en que 
todo exige el trabajo y la industria del hombre y el oro y 
la plata deban ser elaborados por sus manos, se adopten 
aquí, donde todas las circunstancias son diametralmente 
opuestas á las de Europa. 

Y con lo dicho del tal reglamento me basta y sobra. 
Me falta paciencia para ocuparme en registros aduaneros, 
manifiestos, facturas, etc., cosas de que no entiendo ni 



(1) Tomamos este pasaje del original. — (N. del T.) 



DIARIO 361 

me agradan. Ni tengo nada que hacer con ellas, sino en 
cuanto forman parte de un ensayo de gobernar un país 
nuevo que no está absolutamente preparado para tales 
cosas. 

Recuerdo un tiempo en que así habría pensado en 
leer el reglamento comercial de Chile como en estudiar 
el informe de una comisión de vecinos de cualquier país 
remoto sobre caminos y portazgos, y en que mucho menos 
habría soñado en preocuparme de la Constitución Polí- 
tica del Estado de Chile. 

Pero el tiempo y las circunstancias suelen hacer extra" 
ñas invasiones en nuestros modos habituales de ser y de 
pensar, y he aquí que me he sorprendido infraganti leyen- 
do, con bastante interés, dicha Constitución política. Fué 
promulgada el 23 del presente y acaba de imprimirse, 
para lo cual hubo necesidad de suspender las publicacio- 
nes periódicas, por no haber suficientes tipos y tipógrafos 
(y éstos escasean más que aquéllos) para imprimir gace- 
tas y Constitución al mismo tiempo. 

Divídese la constitución en ocho secciones, y éstas en 
capítulos y artículos, según las materias lo requieren. Co- 
mienza por declarar la libertad é independencia de Chi- 
le como nación y fijar sus límites, á saber: al Sur el Cabo 
de Hornos, al Norte el desierto de Atacama, al Este y al 
Oeste los límites naturales de los Andes y del Pacífico. 

Declara, además, pertenecientes al territorio chileno el 
archipiélago de Chiloé y las islas de la Mocha, Juan Fer- 
nández y Santa María. El capítulo segundo de la pri- 
mera sección establece que pueden llamarse chilenos: 
1.°, los nacidos en el país; 2°, los nacidos de padres chi- 
lenos fuera del país; 3.*^, los extranjeros casados con nacio- 
nales, después de tres años de residencia; 4.**, los extran- 
jeros que inviertan en Chile un capital que no baje de 
2.000 pesos y tengan cinco años de residencia. Todos los 
chilenos son iguales ante la ley, tienen opción á todos los 
empleos y deben contribuir al sostenimiento del Estado. 

La segunda sección declara que la religión del Estado 



362 MARÍA GRAHAM 

es la Católica, Apostólica, Romana, con exclusión de 
todas las demás, y que todos los habitantes del país 
deben respetarla, cualesquiera que sean sus opiniones 
privadas. 

La tercera sección establece que el gobierno es repre- 
sentativo y que el poder legislativo reside en el Congreso, 
el ejecutivo en el Director y el judicial en los tribunales. 
Gozan de la ciudadanía los chilenos que tengan veinticin- 
co años ó sean casados. Desde 1833 todos deberán saber 
leer y escribir. 

Pierden los derechos de ciudadanía: 1°, los naturaliza- 
dos en otros países; 2°, los que acepten empleos de cual- 
quier otro gobierno; 3.**, aquellos contra quienes recaiga 
una sentencia judicial no revocada; 4.°, los que perma- 
nezcan ausentes de Chile, sin permiso, por más de cinco 
años. Suspéndense estos derechos: 1.", en caso de inter- 
dicción ó de incapacidad moral ó física; 2°, á los insol- 
ventes; 3°, á los defraudadores de los fondos públicos; 
4.°, á los sirvientes asalariados; 5°, á los que carezcan de 
medios conocidos para vivir; 6°, durante un proceso cri- 
minal. 

La cuarta sección contiene sesenta y dos artículos y 
trata de las facultades y división del Congreso, que cons- 
tará de dos Cuerpos: el Senado y la Cámara de Diputa- 
dos. El Senado, ó Corte de Representantes, constará de 
siete miembros elegidos en votación por los diputados, 
cuatro, por lo menos, de este Cuerpo; de los exdirecto- 
res, ministros de Estado y obispos con jurisdicción en 
Chile, ó á falta de ellos el depositario interino de la au- 
toridad eclesiástica; un miembro del Tribunal Supremo 
de Justicia; tres jefes militares, nombrados por el Direc- 
tor; el delegado directorial del departamento en que ce- 
lebre sus sesiones el Congreso; un doctor de cada univer- 
sidad; dos comerciantes y dos dueños de tierras cuyo ca- 
pital no bajará de 30.000 pesos, nombrados por los dipu- 
tados. 

Los senadores, como se ve, no serán menos de veinte. 



DIARIO 363 

La presidencia corresponde al exdirector más antiguo. 
El Senado durará mientras no expire el período fijado al 
Director, esto es, seis años; en caso de reelección de éste, 
seguirá sesionando. 

La Cámara de diputados se elige anualmente, por lis- 
tas en la proporción de un diputado por 15.C00 almas. 
Pueden ser electores todos los ciudadanos de más de 
doce años de edad y los militares que no manden tropas 
de línea, y diputados los que, además de cumplir con las 
condiciones anteriores, posean propiedades de valor de 
2.000 pesos ó hayan nacido en el departamento en que se 
les elige. 

El Congreso funcionará durante tres meses cada año, 
desde el 18 de Septiembre. Los diputados prestarán jura- 
mento ante el Director y el Senado, en esta forma: "¿Ju- 
ráis por Dios y por vuestro honor proceder fielmente en 
el encargo de vuestras augustas funciones, dictando las 
leyes que mejor convengan al bien de la nación, á las li- 
bertades civil y política, á la seguridad individual y de las 
propiedades de sus individuos, y á los demás fines para 
que os habéis congregado, explicados en nuestra Cons- 
titución? — Sí, juro. — Si así lo hiciereis, Dios os alumbre 
y defienda, y si no, os lo demande." 

La quinta sección contiene sesenta y un artículos. Trata 
del poder ejecutivo. El Director es electivo, y su oficio 
no podrá ser hereditario. Gobernará por un período de 
seis años, pudiendo reelegírsele por otros cuatro. 

Debe ser nacido en Chile y haber residido en el país 
los cinco años inmediatamente anteriores á su elección. 
Tendrá más de veinticinco años y lo elegirán por votación 
ambas Cámaras, bastando para la elección los dos ter- 
cios de los votos. La elección del actual Director hecha 
este año por la Convención se considerará como la pri- 
mera. 

Para el caso de que fallezca el Director estando el 
Congreso en receso, en los días 12 de Febrero, 5 de 
Abril y 18 de Septiembre, depositará el Director en una 



364 MARÍA GRAHAM 

urna con tres llaves, que guardarán otras tantas perso- 
nas, un papel sellado y firmado, en que se expresarán los 
nombres de los regentes que se harán cargo del gobier- 
no mientras el Congreso nombre sucesor. 

Siendo el Senado un cuerpo permanente, citará en 
unión con el gobierno regente á los diputados á una se- 
sión extraordinaria del Congreso, que terminará tan 
pronto como se verifique la elección. 

El Director es jefe del ejército y de la escuadra. Tie- 
ne plenas facultades para celebrar tratados con las na- 
ciones extranjeras y para firmar la paz y declarar la gue- 
rra. Presentará, en unión con el Senado, para los obispa- 
dos y demás dignidades y beneficios eclesiásticos. Tiene 
la dirección del tesoro público. Nombra embajadores, 
ministros, secretarios de Estado y jueces de distrito. Pue- 
de indultar ó conmutar penas. 

Siguen á la exposición de estas facultades y privilegios 
algunos artículos que parecen restricciones; pero como 
no se me ocurre de qué manera pueda exigirse su cum- 
plimiento, creo que están destinados á obrar como el te- 
mor de las penas de la otra vida sobre los pecadores de 
ésta, más bien que como verdaderas limitaciones de la 
autoridad absoluta. 

Hay tres ministros de Estado de Negocios Extranjeros» 
del Interior y de Guerra y Marina. El Director puede dar 
dos de estos oficios á una misma persona. Estos ministros 
están sometidos á una responsabilidad limitada, ó lo que 
es lo mismo, á ninguna. 

La sexta sección se refiere al régimen interno del Es- 
tado. Las antiguas intendencias quedan abolidas y el país 
se divide en departamentos y distritos. En cada departa- 
mento habrá un delegado que tendrá la dirección de los 
asuntos civiles y militares. 

Nombrarán estos delegados el Director y el Congreso, 
y á ellos se confía la superintendencia de los tribunales 
de justicia, de las aduanas, contribuciones, etc. Presidirán 
los cabildos, que en lo demás quedan como antes. Los 



DIARIO 365 

miembros del cabildo no pueden ser arrestados sin auto- 
rización expresa del Director. 

La séptima sección trata de los poderes judiciales que 
residen en los tribunales. Hay un tribunal supremo de 
cinco jueces, sin cuya sanción ninguna ejecución puede 
tener lugar. Este tribunal sirve también de corte de ape- 
laciones. 

Le corresponde examinar las leyes y recomendar su 
corrección al ejecutivo. Sus miembros deben visitar las 
cárceles semanalmente por turnos; asesorar al Director y 
Senado en materias legales, etc. Se les prohibe recibir 
emolumento alguno fuera de su renta. 

Hay también una Corte de apelaciones compuesta de 
cinco miembros. Pero todas estas cosas son tan complica- 
das y fastidiosas en todas sus partes, tan inadecuadas para 
el país por ser una mescolanza de leyes españolólas, mo- 
riscas, godas, latinas y costumbres locales, que suman 
72,000 disposiciones para un país donde el doble de ese 
número no sabe leer, que renuncio á seguir ocupándome 
en ellas. 

El único párrafo sensato de esta parte de la Constitu- 
ción es aquel en que se declara que ninguna institución 
inquisitorial podrá jamás establecerse en Chile. 

Sigue á éste una breve sección sobre instrucción pú- 
blica, que me parece digna de aplauso, siquiera por la 
buena intención que manifiesta de fundar numerosas es- 
cuelas y atender al establecimiento de un instituto na- 
cional. 

La sección relativa al ejército y la marina se reduce á 
ponerlos á disposición del Director. La última concierno 
á la observancia y promulgación de la Constitución, que 
trae las firmas de la Convención y del Director. 

1° de Noviembre. — Mi inválido se siente tanto mejor, 
que hemos dado un paseo á caballo por los cerros y co- 
nocido nuevos lugares y nuevas flores. ¡Pobre Glennie! 
Parece gozar más de su recobrada libertad que yo de 
la mía. El que ha experimentado muchas veces el pía- 



366 MARÍA GRAHAM 

cer de recobrar la salud, se admira de volverlo á experi- 
mentar; pero 

"Sans doute que le Dieu qui nous rend l'cxistence, 

A l'heureuse convalescence 
Pour de nouveaux plaisirs donne de nouveaux sens; 

A ses regards impatiens 
Le chaos fuit; tout nait, la lumiere commence; 

Tout brille des feux du printemps; 
Les plus simples objets, le chant d'une fauvette, 
Le matin d'un beau jour, la verdure du bois, 

La fraicheur d'une violette, 

Mille spectacles qu 'autrefois, 

On voyait avec nonchalance 
Transportent aujourd'hui, présentent des apas 

Inconnus a l'indifférence 

Et que la foule ne voit pas" 

No dudo de que Grey tuvo presente estos hermosos 
versos de Gresset al escribir su oda sobre la salud reco- 
brada. Los sentimientos, sin embargfo, son naturales y 
propios de cada coraión, y sólo necesitamos el don de la 
expresión poética para darles la forma del verso. Inde- 
pendientemente de todo esto, los alrededores de Valpa- 
raíso son bellísimos en este tiempo. 

Las lluvias han vivificado los arbustos; innumerables 
flores cubren la tierra, las frutas comienzan á madurar, el 
clima, siempre agradable, es ahora delicioso. Jamás poe- 
ta alguno imaginó para su Tempe (1) un cielo más encan- 
tador que el de Chile. Tiene aquí el aire una dulzura y 
suavidad que calma las agitaciones del ánimo y acrecien- 
ta todos los demás gustos. 

2. — Hemos tenido muchas visitas, y naturalmente, algu- 
nas noticias, la más interesante de las cuales es que el 
gobierno piensa seriamente pagar los sueldos de la es- 
cuadra. Se dice que la mitad del pago se hará en dinero 
y la otra mitad en giros contra la aduana. Lord Cochrane 

(1) Valle de Tesalia, muy celebrado por los antiguos poetas grie- 
gos por su romántica belleza. — (N. del T.) 



DIARIO 367 

llegó de la capital anoche y está armando tiendas de cam- 
paña en la playa más allá del fuerte, para su uso, porque, 
en vista de la manera como se entienden aquí las cosas, 
no quiere aceptar casa del gobierno. 

Tiene derecho, sin duda, á que se le proporcione casa, 
y el gobernador de Valparaíso recibió orden de suminis- 
trarle una. Eligió éste una de las mejores del puerto y no- 
tificó á Mr. C, caballero inglés, que se retirara de dicha 
casa con su familia y se la dejara amueblada al almirante, 
según la antigua costumbre española. Pero lord Cochra- 
ne no ha consentido en semejante despojo y ha armado 
tiendas en la playa. Sus amigos se manifiestan algo alar- 
mados con este motivo. Ningún chileno levantaría la mano 
contra el almirante; pero hay ahora en Chile personas 
que lo aborrecen y que ya se han hecho culpables de in- 
tentos y de perpetración de asesinatos. 

Domingo 3 de Noviembre. — Esta noche, como á las 
nueve, llegó el Director al puerto. Dicen que viene á pre- 
senciar el pago de la escuadra; según otros, para demorar 
su encuentro con San Martín, que, después de tomar al- 
gunos baños en Cauquenes, se dirige á Santiago y se hos- 
pedará en el palacio directorial, pero sólo como indivi- 
duo privado (1). Tendrá doble guardia; pero si es tan que- 
rido como él dice, ¿por qué teme? Sospecho que, como 
todos los bebedores de opio, se ha puesto nervioso. 

Espero, por el honor de la naturaleza humana, que una 
opinión que he oído acerca de la venida del Director re- 
sulte infundada: que ha venido con el objeto de aprove- 
char una oportunidad de apoderarse de la persona de 
lord Cochrane, esto es, de sacrificarlo á la venganza de 
San Martín, accediendo á las instancias transmitidas del 
Perú por los agentes Paroissien y Del Río. 

7 de Noviembre. — Hemos salido á pasear á caballo 
varios días y trabado amistad con algunos hacendados de 
los alrededores. En todas partes nos invitan á desmontar- 

(1) Si yo fuera primer magistrado de un país, no me gustaría 
brar al pueblo á ver á otro en mi lugar. 



368 MARÍA GRAHAM 

nos y tomar leche, ó siquiera descansar un rato y andar 
por los jardines y coger flores. 

Después del bullicio del puerto y de las mezquinas in- 
trigas de sus habitantes, la amabilidad y sinceridad de los 
campesinos refrigera y conforta. Hoy, sin embargo, he 
pasado un día muy agradable en el puerto, principalmen- 
te en las tiendas del almirante, bastante lejos de la ciu- 
dad para no sentir su ruido. Dejando á Glennie en las 
tiendas, volví á la ciudad á visitar al Director, que vive 
en la casa del goi)ernador; Zenteno y su familia se han 
ido á otra. Su Excelencia está muy bien de salud y me re- 
cibió con exquisita cortesía; luego que me senté me ob" 
sequió con una flor, según la costumbre del país. La con- 
versación rodó, no sé á propósito de qué, sobre los con- 
ventos de monjas, y le hablé de las Filipinas de Roma. 

Manifestó deseos de obtener datos acerca de ellas y su 
regla, con el objeto de mejorar, si era posible, la condi- 
ción de las religiosas de Chile y especialmente de las que 
se dedican á la educación de las niñas. Se los prometí; y 
apenas llegué á casa le envié todos los datos que pude, 
con referencias á las historias eclesiásticas que supongo 
se hallarán en la biblioteca pública. Nunca me habría 
imaginado, cuando visité aquel convento, que fué en otro 
tiempo el palacio de César Borgia, y al contemplar desde 
sus galerías, pintadas por el Dominiquino, las ruinas de 
Roma, que esa visita podría influir algún día en la condi- 
ción de las pobres enclaustradas de Chile. 

De vuelta á las tiendas del almirante, después de al- 
gunas visitas, encontré que mi enfermo había dormido 
tranquilamente. Lord Cochrane, que se interesa mucho 
por é!, me pidió que lo llevara á Quintero para que cam- 
bie de aire. Lo haré con el mayor gusto; y tan pronto 
como recobre un poco sus fuerzas, pienso ir allá. El almi- 
rante no está del todo bien. No es raro, pues aún no se 
paga á la escuadra. Los cargos aducidos contra él por 
San Martín, aunque no creídos por el gobierno, que po- 
see numerosos documentos con que refutarlos, no han 



DIARIO 369 

sido contradichos por él, á solicitud del gobierno, para 
evitar excitaciones del espíritu de partido ó una desave- 
nencia ó quizás una guerra entre el Perú y Chile. 

Ha pasado ya todo el peligro de esa especie, y como 
se honra á San Martín asignándosele por residencia el 
palacio directorial, donde, como con el expreso objeto de 
insultar á lord Cochrane, recibe toda clase de demostra- 
ciones públicas de obsequioso respeto, esos cargos de- 
ben ser y serán contestados, y contestados con hechos y 
fechas que confundirán enteramente todas las acusacio- 
nes directas é indirectas que se han formulado ó insinua- 
do contra él. Hay, además, otros motivos de inquietud 
para los hombres dirigentes de Chile. 

Del Norte y del Sur llegan noticias y rumores de des- 
contentos de diversas especies. Los hermanos y parien- 
tes de los muertos y de los proscriptos no los han olvida- 
do, y ven con dolor y cólera colmado de honores al hom- 
bre á quien consideran autor de sus infortunios. Respe- 
tando la persona del Director, ven en él al amigo y aliado 
de San Martín y al sostenedor de Rodríguez y sus com- 
pañeros, y ya me parece oír ese murmullo sordo y encu- 
bierto que precede á la guerra civil. 

El gobierno de Santiago culpa de este descontento á 
la escuadra y ha enviado tropas para intimidarla, según 
dicen. Pero su número es tan reducido, que apenas 
bastaría para escoltar al Director ó para asegurar á un 
prisionero político, objeto á que las creen destinadas 
los que conocen mejor los propósitos del gobierno. El 
almirante es, sin duda, la persona que tomarían, si los 
secuaces de San Martín se atrevieran á cometer tamaño 
crimen. 

Dado el prisier paso, no se detendrían en é!. Las vícti- 
mas de San Martín no sobreviven al apretón de sus garras. 
Siento que el Director se preste á semejantes planes. La 
gente del puerto, aparentemente temerosa de hablar, en 
realidad lo dice todo. Mucbo me alegré de verme libre, 
en las tiendas del almirante, de oír cosas desagradables; 

24 



370 MARÍA GRAHAM 

alii siquiera estamos seguros de no oir nada de la política 
de Chile. 

Puedo decir con los norte-americanos que todo pro- 
gresa. Glennie está mucho mejor. Los descontentos cun- 
den. La escuadra está en camino de que se le pague, 
aunque quizás demasiado tarde. Cuando enviaron el di- 
nero, olvidaron enviar junto con él papel sellado para los 
vales, etc. 

Los oficiales y marineros deberán, pues, esperar que 
sellen el papel y lo manden de Santiago. Recibí una carta 
del Director en contestación á la que le escribí sobre las 
monjas. El reglamento de comercio está produciendo mil 
enredos y confusiones. Lord Cochrane sigue ocupado en 
su refutación de San Martín. Lo he visto y acordado con 
él el día de mi viaje á Quintero. Lo único que no pro- 
gresa es la reparación de los buques. 

Entiendo que Mr. Olver, muy competente en estas co- 
sas, ha hecho el cálculo de los costos y ofrecido ejecutar 
las reparaciones; pero dudo que el gobierno que, como 
algunos otros, suele ser mezquino para los gastos peque- 
ños y derrochador de grandes sumas, se resuelva á des- 
prenderse del dinero necesario para poner los buques en 
buen estado. Si no lo hace, las costas quedarán indefen- 
sas ó habrá que comprar buques nuevos á precios exorbi- 
tantes. 

He echado una ojeada á mi Diario de las últimas seis 
semanas y he encontrado que se parece algo á una galería 
de pinturas, en que hay cuadros históricos, retratos, pai- 
sajes, Naturaleza muerta, flores, uno al lado del otro^ 
Cada escrito pretende ser un todo, independiente y com- 
pleto de suyo, historia, paisaje, retrato, que el autor ter- 
mina generalmente para que pueda figurar por sí solo en 
una galería de cuadros. 

Pero mi pobre Diario, escrito en un país nuevo, en 
tiempo de agitaciones políticas, no puede aspirar á tener 
unidad de plan, pues ¿puedo acaso prever lo que acaece- 
rá mañana? Y como mis héroes y heroínas (más escasas 



DIARIO 371 

éstas que aquéllos) son personajes independientes, no 
puedo, como un novelista, obligarlos á figurar en mis 
páginas á mi satisfacción y gusto, sino que se gobiernan 
por sí solos; lo cual, después de todo, en un lugar donde 
llevar un diario es sólo un modo de suplir la lectura de los 
libros nuevos del día (lectura de que ciertamente gozaría 
en mi casa) vale quizá tanto como lo otro: en uno y otro 
caso la incertidumbre del desenlace mantiene el interés. 
14 de Noviembre. Concón. — Esta mañana temprano 
partimos de Valparaíso y á las once llegamos á Viña del 
Mar, la hacienda de los Carrera. La familia, cuyo jefe es 
primo hermano de don José Miguel Carrera, ha sufrido 
mucho durante la revolución. Algunos de los hijos murie- 
ron prematuramente; uno de ellos está descerrado, al ser- 
vicio de Artigas; de nueve hijas sólo hay tres casadas; las 
demás viven con sus padres en Viña del Mar. Es una bella 
propiedad; la cruza el riachuelo de Margamarga, formando 
un valle extraordinariamente fértil; en el pueblo, que da 
su nombre al riachuelo, se encuentran las mejores leche- 
rías de la comarca. 

Las casas de la hacienda están situadas en el centro de 
un pequeño llano formado por las tierras de aluvión 
arrastradas por las aguas de las montañas circunvecinas, 
que se alzan detrás de él como un anfiteatro. Unos pocos 
sembrados y un hermoso huerto cultivado por un francés, 
Mr. Pharoux, ocupan el espacio entre el llano y el mar. 
Al otro lado de aquél se halla la extensa viña de la 
hacienda, que poco á poco está cediendo su lugar al 
trigo, que aquí prospera más y deja más provecho que 
la vid. 

Nos recibió muy amablemente la señora de Carrera, á 
quien encontramos sentada en un sofá á un extremo del 
estrado, sobre el cual jugaban algunos de sus nietos. Las 
hijas, sentadas en sillas y taburetes, rodeaban á su madre. 
Ofreciéronnos luego refrescos y leche caliente con azúcar 
y canela y rebanadas de pan. 

Llevaron en seguida al inválido á un alegre y fresco 



372 MARÍA GRAHAM 

aposento para que descansara. Mientras dormía, las niñas 
mostraron á Mr. Davidson, que nos había acompañado 
desde el puerto, y á mí el jardín, el huerto y las ofícinas 
de la hacienda, poco diferentes de las que antes había 
visto, salvo que se hallan en muy mal estado. Como en la 
hacienda se están reemplazando las viñas por siembras 
de trigo, las cubas y alambiques van quedando fuera de 
servicio y cederán su lugar á los g-raneros. En la comida 
observé que manjares y costumbres fueron en parte chi- 
lenos y en parte ingleses, debido á que entre los nietos 
predomina la nacionalidad chilena (que es también la de 
la abuela) y entre las hijas la inglesa. 

Transcurrido algún tiempo después de la comida, pro- 
seguimos viaje á Concón. Como á medio camino nos sa- 
lieron al encuentro el señor Miers y su esposa é hija. La 
tarde fué una de las más deliciosas que he visto en este 
clima privilegiado y me sentía más alegre y dispuesta á 
gozar que de costumbre. No había hecho ningún viaje á 
caballo tan largo desde el desastroso de San Francisco 
del Monte á Santiago. 

15. — Fuimos á la desembocadura del río, de cuyas 
aguas una parte se pierde en las arenas aquí acumuladas, 
otra, deteniéndose en la tierra, forma un lago cenagoso; 
otra, por fin, bastante considerable, llega al mar. Me 
sorprendió desagradablemente ver en la playa, donde 
Mr. Miers ha construido un pequeño muelle, una gran 
cantidad de excelentes maquinarias para laminar cobre. 

Algunos miembros del gobierno han visto con ojos 
envidiosos estas maquinarias, porque parte de ellas po- 
dría servir para amonedar cobre; pero no creo que esta 
envidia induzca al gobierno á comprarlas á fin de me- 
jorar los groseros procedimientos actuales de amoneda- 
ción. 

Mientras tanto las ruedas, tornillos y palancas yacen 
en la playa, esperando que circunstancias más favorables 
permitan á Mr. Miers realizar sus proyectos. Pero el 
tiempo, su ciudadanía chilena, su calidad de propietario 



DIARIO 373 

de tierras y la circunstancia de haber nacido sus hijos en 
el país, espero que obrarán en su favor. 

Los cerros de Coscón presentan caracteres muy di- 
versos de los que rodean á Valparaíso. Allá una arcilla 
rojiza, con venas de granito y de cuarzo blanco, forma 
toda ó casi toda la masa de los cerros; los de esta región 
son de una arena gris ó negrusca, con capas de piedre- 
cillas y conchas visibles á diferentes alturas frente á la 
playa. A ambos lados del río la tierra del llano es exce- 
lente y profunda, cubierta de toda esa variedad de cosas 
que deposita un río que dos veces al año crece y traspasa 
sus límites. 

La primera crece, casi una verdadera inundación, tiene 
lugar en la estación lluviosa; la segunda cuando se derri- 
ten las nieves de los Andes. Dicen que también crece en 
tiempo nebuloso. Probablemente por la proximidad de 
este lugar á las montañas, el río es sensible á los cam- 
bios diarios de tiempo que ocurren en la cordillera; y en 
efecto, creo que trae menos agua en la mañana que en la 
tarde, debido, sin duda, á la fusión de la nieve durante 
el día. 

17. — Nos dirigimos á Quintero, deteniéndonos á des- 
cansar en la vieja casa á orillas de la laguna. Por ser 
hacienda principalmente ganadera, su población no guar- 
da proporción con su superficie. Cada valle tiene, sin 
embargo, una ó dos habitaciones, alrededor de las cua- 
les, después de la época lluviosa y mientras los gana- 
dos pacen en las montañas, forman los campesinos sus 
pequeñas chacras^ como llaman los terrenos en que culti- 
van habas, calabazas, melones, cebollas, patatas, judías (ó 
fréjoles que constituyen uno de los principales artículos 
de su alimentación) y otros vegetales. Deben cosechar es- 
tos productos antes que el ganado vuelva al llano, porque 
el patrón tiene derecho de echar los animales á todos los 
campos de cultivo, con mucho gravamen á veces de los 
campesinos, obligados á trabajar seis, ocho, diez doce ó 
más días al año, á voluntad del patrón y según la época. 



374 MARÍA GRAHAM 

Ahora bien; suele suceder que los ocupa en cosechar 
su propia chacra precisamente cuando las de ellos están 
listas para la cosecha, y el tiempo pasa y el alimento del 
pobre labriego es pisoteado por los bueyes. En esta pro- 
piedad no sucederá tal cosa mientras su actual dueño per- 
manezca en el país; pero el derecho legal existe y un pa- 
trón ó administrador de duras entrañas puede ejercerlo. 
Lord Cochrane ha dado á los campesinos una libertad 
tan complatamente insólita para ellos, que la han tomado 
por negligencia y han abusado de ella. Es preferible que 
abusen á que se les oprima. 

Cada colono paga unos pocos reales por alquiler del 
suelo; dos pesos (en algunas haciendas más) por el talaje 
de cada caballo, muía, buey ó vaca y el doble por cada 
cien carneros. Los inquilinos de Quintero, aprovechando 
la larga ausencia del dueño y la negligencia ó falta de 
honradez del administrador, han aumentado sus rebaños 
y ganados más de lo que la propiedad puede soportar, 
sin abonar los pagos debidos y causándole un grave daño 
material. 

Recibiéronnos Mr. Bennet, secretario de lord Cochra- 
ne para las comunicaciones en castellano, y mi amigo el 
pintor Carrillo. Su larga residencia y extrañas aventuras 
en América del Sur han hecho del primero un interesan- 
te personaje. // narre bien, y sospecho que mejor en cas- 
tellano que en inglés. Hay un no sé qué de agradable en 
su dialecto de Lincolnshire que comunica cierto aire de 
originalidad á sus expresiones y relatos. 

Le gusta vestirse de una manera estrafalaria. Constitu- 
yen unas veces su indumentaria una camisa suelta, panta- 
lones anchos, chinelas de mahón, un gorro negro de piel 
y un cinturón; otras, anchos pantalones cosacos, chaqueta 
azul, botones de oro, pequeñas charreteras, gorro militar 
y cinturón bien ceñido á la cintura. Aunque se vista se- 
gún las costumbres del país, rara vez consiente en poner- 
se corbata. 

En traje de parada, su flacura y palidez y la extraña ex- 



DIARÍO 375 

presión de sus ojos se armonizan muy bien con su ropa 
negra, sus brillantes calzones de seda que parecen de ca- 
lamaco constitucional, sus enormes rosas de cintas en las 
rodillas y sus zapatos con hebillas. 

Yo no podía contener la risa cada vez que lo veía en 
este traje que formaba tan absoluto contraste con la des- 
cripción que él mismo hace del que llevó cuando fué go- 
bernador de Esmeralda, durante el primer período de la 
revolución, cargo que, como bien puede creerse, se le 
obligó á aceptar. Andaba entonces con el cuerpo pinta- 
rrajeado, con adornos de plumas en la cabeza y tan lige- 
ramente vestido como cualquier salvaje. 

Púsose ahora un traje término medio para hacer los 
honores de Quintero, honores que hizo muy cortésmente 
á la señora Miers y á mí y muy afectuosamente á Glen- 
nie. Después de comer le pedimos que nos refiriera algu- 
nas de sus aventuras, y especialmente las que le ocurrie- 
rron en Barranca durante el terremoto, cuando los ate- 
rrorizados habitantes huyeron á los cerros, temiendo á 
cada instante ver desaparecer la arruinada ciudad como el 
Callao en 1747 (1). 

Terminada la relación del terremoto, nos refirió sus ex- 
pediciones á varios formidables volcanes y nos dijo que 
había descendido al cráter del Pichincha más abajo que el 
punto donde Humboldt dejó su señal. Le pregunté si en 



(1) La destrucción del Callao fué la más completa y espantosa 
que puede imaginarse. No escapó sino uno de los habitantes, que sal - 
vó gracias á la más singular y extraordinaria Providencia. Hallábase 
este hombre en el fuerte que domina la bahia, é iba á arriar la bande- 
ra cuando vio que el mar se retiraba á gran distancia de la playa. Mi- 
nutos después, elevadas sus aguas como montañas, volvió impetuosa- 
mente. Los habitantes salieron de las casas, enloquecidos de terror; el 
hombre oyó subir de la ciudad un angustiado grito de ¡misericordia!, 
y todo quedó en silencio. El mar habia cubierto enteramente la ciu- 
dad, sepultándola para siempre en su seno; pero la misma inmensa ola 
que habia destruido la ciudad arrastró un bote cerca del sitio donde 
se hallaba el hombre, quien, arrojándose á él, logró así salvar su vida. 
Burke, Account of the European Settlers in America. 



376 MARÍA GRAHAM 

alguno de los países en que había vivido se creía que los 
terremotos pudieran repetirse periódicamente y si los ca- 
sos en que habían ocurrido dos con intervalos regulares, 
eran considerados como presunciones de que el fenóme- 
no volvería á repetirse en un período más ó menos igual, 
en cuyo caso sólo faltaría un año ó á lo más dos para que 
ocurriera un terremoto en esta región de Chile. 

Pero no pude saber si hay alguna creencia ó tradición 
indígena á este respecto, ni lo que sobre el particular 
opinan los sabios europeos. Y, en efecto, dentro de los 
últimos cinco años. Coquimbo y Copiapó, no visitados 
hasta entonces por estas calamidades, han sido completa- 
mente destruidos, contradiciendo así algunas teorías ba- 
sadas en la naturaleza del suelo, situación geográfica, et- 
cétera (1). 

Tratamos de persuadir á la señora Miers á que se que- 
dara con nosotros, mas no pudimos conseguirlo. Estaba 
con cuidado por sus niños, y partió, calculando llegar á 
su casa antes de oscurecer. Hice un pequeño bosquejo de 
la casa; y habiendo encontrado en eila una prensa lito- 
gráfica, pienso reproducirlo en piedra. Será el primer gra- 
bado hecho en Chile, y probablemente en este lado de 
América del Sur. 

20 de Noviembre. — Ayer, después de la comida, ha- 
biéndose quedado Glennie profundamente dormido en 
su sillón frente á la chimenea, Mr. Bennet y yo, atraídos 
por la belleza de la tarde, llevamos nuestros asientos al 
corredor que mira al mar, y, por primera vez desde mi 
llegada á Chile, vi relampaguear. Los reIámpr\gos conti- 
nuaron sin interrupción sobre los Andes hasta después 
de oscurecer. A un día sereno y algo caluroso siguióse 
una deliciosa y tranquila noche de luna. De mala gana 
volvimos á la casa, por acompañar al inválido, y estába- 

(1) Podrá creerse quizás que esta conversación ha sido supuesta 
después de! suceso, mas no lo fué. Tomaron parte en ia conversación 
Mr. Beanet, la señora Miers, Glennie y yo, y mucho tiempo después 
la recordamos. 



DIARIO 377 

mos conversando tranquilamente cuando, á las diez y 
cuarto, la casa se sacudió violentamente, con un ruida 
semejante á una explosión de pólvora. Mr. Bennet, salió 
de la casa corriendo y exclamando: "¡Un terremoto, un 
terremoto! salgan, síganme, por Dios!" 

Yo, más solícita por Glennie que por cualquier otra 
cosa, y temerosa de que el aire de la noche le hiciera 
mal, permanecí sentada; él, mirándome para ver qué de- 
terminación tomaba, tampoco se movió, hasta que, conti- 
nuando con mayor fuerza el sacudimiento, cayó el cañón 
de la chimenea y los muros se abrieron. Mr. Bennet vol- 
vió á gritar desde afuera: "¡Por amor de Dios, salgan de 
la casa!" 

Resolvimos entonces salir al corredor, con intención, 
naturalmente, de valemos de las gradas; pero el movi- 
miento cobró en ese instante tal violencia que, mientras 
se derrumbaba un muro detrás de nosotros, saltamos de 
la pequeña plataforma al suelo; y en ese mismo instante 
la rápida trepidación de la tierra se cambió en un movi- 
miento ondulatorio semejante al de un buque en alta mar, 
de suerte, que apenas y con gran dificultad podíamos sos- 
tener á Glennie. 

El sacudimiento duró tres minutos. Cuando cesó, todas 
las personas de la casa y sus alrededores se hallaban re- 
unidas en el prado que hay delante de ella, con excepción 
de dos personas: la mujer de un albañil, que se quedó en- 
cerrada en un aposento que no pudo abrir, y el pintor 
Carrillo, que al querer salir de su cuarto por el hueco 
que dejó la pared al derrumbarse fué sepultado por los 
escombros, debiendo su salvación á que el dintel de la 
puerta quedó suspendido sobre él. 

Jamás olvidaré las horribles emociones de esa noche. 
En los demás trastornos de la Naturaleza, creemos ó nos 
imaginamos que un pequeño esfuerzo de nuestra parte 
puede alejar ó aminorar el peligro; pero en un terremoto 
no hay refugio seguro ni medio de escapar. La "loca an- 
gustia" que agita entonces los corazones y se revela en 



378 MARÍA GRAHAM 

todas las miradas, me parece comparable en horror á la 
que se apoderará de las almas en el juicio final. 

Como la inquietud que sentía por mi enfermo dominaba 
en mí sobre cualquier otro sentimiento, no participé de 
ese sublime terror, pero miré en torno mío y lo vi en 
todos. Entre el fragor de la destrucción sentí durante toda 
la noche los mug-idos del ganado y el graznar de las aves 
marinas, que no cesó hasta el amanecer. 

No había el más leve soplo de viento, y sin embargo, 
tal era la agitación de los árboles, que sus copas parecían 
tocar la tierra. 

Pasó algún tiempo antes que recobráramos nuestra san- 
gre fría para deliberar sobre lo que debíamos hacer. Lo 
primero fué poner á Glennie, á quien sobrevino una fuerte 
hemorragia de los pulmones, en un sillón bajo un árbol. 
Me quedé á su lado mientras Mr. Bennet iba á la casa en 
busca de aguardiente y agua, de que todos bebimos un 
poco. 

Armamos en seguida una tienda para el enfermo y le 
tragimos de la casa un sofá y frazadas. Precedida de un 
hombre con una luz, entré á los cuartos interiores, donde 
esperaba hallar algunos remedios. Por este tiempo 
habían tenido lugar dos remezones más, pero mucho me- 
nos violentos que el primero, lo que parecía significar 
<jue ya lo peor había pasado. Seguimos por los departa- 
mentos en ruinas hasta el patio donde se derrumbó la 
muralla y allí un nuevo y rápido sacudimiento pareció 
hacer ondular las ruinas bajo nuestros pies. 

Llegamos, por fin, á la primera puerta de los dormito- 
rios, y al entrar vi los muebles separados de los muros, 
cosa á que de pronto no di impontancia. En el segundo 
aposento el desorden ó mejor dicho, el cambio de lugar 
de los muebles, era más notable, y me pareció observar 
cierta regularidad en la distribución de todos los objetos, 
especialmente en mi dormitorio. 

Después de tomar las medicinas y abrigos que necesi- 
taba, examiné la posición de los muebles en los diversos 



DIARIO 379 

aposentos y me cercioré de que todos se habían movido 
en la misma dirección. Determínela esta mañana por me- 
dio de la brújula, y resultó ser Noroeste y Sureste. 

La noche continuaba serena, y aunque la luna se puso 
temprano, había luz en el cielo y una débil aurora austral. 
Luego de hacer acostarse á Glennie en la tienda, extendí 
mi colchón en el suelo cerca de él. Mr. Bennet, el admi- 
nistrador y demás empleados instalaron sus camas con 
la ropa que pudieron eucontrar alrededor de la tienda. 
Eran las doce: la tierra estaba todavía inquieta, y cada 
dos minutos se sentía una conmoción acompañada de 
ruidos semejantes á explosiones de pólvora, ó más bien, 
á los que acompañan las erupciones volcánicas. 

Los conté, reloj en mano, durante cuarenta y cinco mi- 
nutos, hasta que, cansada, me quedé dormida. Un poco 
antes de las dos una fuerte explosión y un tremendo sacu- 
dimiento nos despertó á todos. Un caballo y un cerdo se 
escaparon y vinieron á refugiarse entre nosotros. 

A las cuatro hubo otro violento remezón. En el inter- 
valo entre éste y el anterior había temblado sin interrup- 
ción, á veces con movimientos contrarios, en direcciones 
por lo común Norte y Sur. A la seis y cuarto otro que á 
otra hora habría sido sentido con mayor violencia. Desde 
esa hora, aunque la agitación de la tierra ha continuado 
con suficiente fuerza para mover y aun derramar parcial- 
mente un vaso de agua, y aunque el suelo tiembla toda- 
vía bajo mis pies, no hemos tenido ningún motivo espe- 
cial de alarma. Escribo á las cuatro P. M. 

Al rayar el día salí de la tienda á inspeccionar la tie- 
rra. La hierba estaba cubierta de rocío y todo tan bello 
como si nada hubiera sucedido durante la noche. Sólo 
en el cerro se veían aquí y allá grietas de varios tamaños, 
y en las raíces de los árboles y en las bases de los pilares 
del corredor removida la tierra, como por el almocafre 
del hortelano. 

A las siete llegaron personas de diversos puntos á in- 
formarse de nuestra situación ó á darnos noticias de otras 



380 MARÍA GRAHAM 

partes. Supimos que de las casas de Valle Alegre, aldea 
situada dentro de los términos de la hacienda, hay mu- 
chas deterioradas y algunas totalmente destruidas. En 
varios huertos de ios alrededores la fuerza de los sacudi- 
mientos abrió la tierra é hizo subir por las grietas agua y 
arena. En varias partes se han producido grandes de- 
rrumbes de tierra, y los canales de regadío han sufrido 
mucho. 

Mr. Cruikshank ha venido á caballo de Quintero viejo. 
Nos dice que hay grandes hendiduras en las orillas del 
lago; la casa quedó inhabitable; algunas de las personas 
que en ella vivían fueron derribadas por el terremoto, 
otras por muebles que cayeron sobre ellas. En Concón la 
casa quedó destechada, los muros abiertos, los pilares 
de hierro tronchados, el molino en ruinas, y destruido su 
canal. 

El terreno de aluvión á ambos lados del río está en tal 
grado agrietado y removido que parece una esponja. A 
lo largo de la playa hay grandes hendiduras, y parece que 
durante ia noche el mar se retiró á considerable distancia, 
especialmente en la bahía de Quintero. Desde el cerro 
alcanzo á divisar rocas que antes cubría enteramente el 
mar, y los restos del Águila parecen desde aquí accesi- 
bles á pie enjuto, cosa que hasta ahora jamás había su- 
cedido ni aun en las más bajas mareas. 

Ocho y media P. M. — Nos llegan noticias de que la 
grande y poblada ciudad de Quillola es un montón de 
ruinas, y Valparaíso poco menos. En tal caso la catástrofe 
debe haber comprendido á los habitantes junto con las 
casas. ¡Dios quiera que no sea así! 

A las seis menos un cuarto otro fuerte remezón, y otro 
en el momento en que escribo. Tiembla ligeramente cada 
quince ó veinte minutos. La noche está bellísima; la luna 
se refleja en el lago y el mar; brillan las estrellas y la 
aurora austral; una suave brisa del Sur ha soplado desde 
el amanecer. Hemos construido un espacioso rancho con 
cañas de Guayaquil y del lago, de modo que podemos 



DIARIO 381 

comer y dormir bajo techo. Glennie y yo dormimos en la 
tienda; los demás en el rancho. 

Jueves 21 de Noviembre. — A las dos y media A. M. me 
despertó un recio temblor. Diez minutos antes de las 
tres hubo otro muy recio que nos hizo sentir de nuevo 
esa absoluta impotencia del hombre que tanto consterna 
y aterroriza. 

Un cuarto antes de las ocho, otro menos fuerte; á las 
nueve y cuarto, diez y media y una y cuarto, otros sacu- 
dimientos; veinte minutos antes de las dos hubo uno 
acompañado de un fuerte ruido, que duró minuto y me- 
dio, y á las diez y cuarto otro más, el último algo consi- 
derable de hoy. Fuera de estos temblores más ó menos 
alarmantes, hubo ligeros movimientos cada veinte ó trein- 
ta minutos. 

Mr. M. ha vuelto del puerto. Lord Cochrane se en- 
contraba á bordo de la O'fíiggins cuando sobrevino el 
primer terrible temblor, é inmediatamente bajó á tierra y 
se dirigió á casa del Director, para quien hizo armar una 
tienda en el cerro, detrás de la ciudad (1). El almiran- 
te me escribe que mi casita de campo subsiste en pie, 
en rnedio de ruinas. Dice Mr. M. que en el Almendral no 
ha quedado servible ninguna casa. La iglesia de la Merced 
está enteramente destruida. En el puerto no hay ningu- 
na casa habitable, aunque muchas conservan aún sus 
formas. 

No se ve á nadie en las calles. Los cerros están cubier- 
tos de infelices sin hogar, presas del terror que mutua- 
mente se transmiten y acrecientan. Los buques atestados 

(1) E! Director don Bernardo O'Higgins, que vino á Valparaíso 
con fines evidentemente hostiles respecto de lord Cochrane, logró 
apenas salvar con vida, gracias á su prontitud para salir de la casa de 
ia gobernación. Recibió en esa terrible noche protección y atenciones 
del almirante, que, así al menos lo espero por el honor de la huma- 
nidad, lo indujeron á suspender sus hostiles intenciones. Pero mucho 
temo que su alejamiento temporal del gobierno al llegar á Santiago 
haya sido sólo para dejar á otros en libertad de obrar como les 
plazca. 



382 MARÍA GRAHAM 

de gente; faltan provisiones; los hornos de pan destruidos, 
y ios panaderos sin poder trabajar. Han muerto cinco in- 
gleses. Están saccando cadáveres de los escombros; pero 
las pérdidas de vidas no han sido tantas como pudo te- 
merse. Si la catástrofe hubiera sobrevenido más tarde, 
cuando la gente se hubiera retirado á dormir, el número 
de víctimas habría sido espantoso. Casablanca, según di- 
cen, está totalmente arruinada. 

Viernes 22 de Noviembre. — Tres recios temblores á 
las cuatro y cuarto, siete y media y nueve. Después de 
esto, tres fuertes explosiones, alternando con ligeras tre- 
pidaciones de la tierra; á las once, violento remezón; dos 
ó tres suaves antes de la una y tranquilidad hasta las siete 
P. M., hora en que tembló ligeramente. 

Como estamos á treinta millas del puerto y á noventa 
de la capital, las noticias se demoran en llegarnos. Hoy 
hemos sabido que Santiago sufrió menos de lo que te- 
míamos. La casa de moneda, seriamenle deteriorada; una 
parte del palacio directorial derrumbada; algunas casas é 
iglesias con las murallas abiertas; pero fuera de la des- 
trucción, en varios puntos de los canales de regadío, no 
hay que lamentar daños muy graves. Un caballero de Val- 
paraíso dice que la sensación que se experimentó á bordo 
de los buques fué como si hubieran levado anclas y par- 
tido con súbita velocidad, chocando con rocas á medida 
que avanzaban. Anoche predijeron los sacerdotes un tem- 
blor más violento que el primero. Nadie se acostó; la 
gente se agolpó en los buques; los cerros se cubrieron 
de infelices que alrededor de fuegos pasaron la noche 
esperando un horrendo cataclismo. 

En la noche del 19, en los momentos del terremoto, el 
mar subió repentinamente en la bahía de Valparaíso, y 
luego se retiró á gran distancia. Al cabo de un cuarto 
de hora pareció recobrar su equilibrio; pero la playa ha 
quedado más descubierta en toda su extensión y las ro- 
cas sobresalen del agua cuatro pies más que antes. 

Tales son las noticias que nos llegan de lejos. También 



DIARIO 383 

tuvimos aquí una profecía de un gran cataclismo y salida 
del mar, y los crédulos campesinos abandonaron sus cho- 
zas y huyeron á los cerros. La catástrofe no se realizó y 
lo atribuyen á la intercesión de Nuestra Señora de Quin- 
tero, que tiene una capilla en las antiguas casas, donde su 
imagen ha sido objeto de largo tiempo atrás de una es- 
pecial veneración. 

Allí acudieron, en aquella espantosa noche, todas las 
mujeres de la vecindad, y con clamores y sollozos implo- 
raron su protección, mesándose los cabellos y prodigán- 
dole los más tiernos nombres. 

No acudió á socorrerles, sin embargo, y á la mañana 
siguiente, cuando los sacerdotes consiguieron abrir las 
puertas obstruidas por los escombros, encontraron la 
imagen en tierra, con algunos dedos quebrados y sin ca- 
beza. No tardaron, empero, en restituirla á su anterior es- 
tado, y vistiéndola con ropas nuevas, la colocaron en acti- 
tud de bendecir delante de su destruido santuario. 

Hoy tuvimos una densa niebla y fría llovizna toda la 
mañana. Desde medio día se despejó el cielo é hizo ca- 
lor. En varios de los temblores observé que en la mesa el 
vino ó el agua no se agitaban con un movimiento vibrato- 
rio regular, sino que parecían como proyectados hacia 
arriba por porciones. 

En una botella de agua vi formarse en la superficie tres 
de estos agregados ó porciones, que luego parecieron 
lanzarse contra las paredes de la botella y se deshicieron. 
Lo mismo noté en un vaso de mercurio. No tenemos ba- 
rómetros, y no sé si se han hecho observaciones sobre 
este fenómeno. 

Sábado 23. — Los temblores disminuyeron en fuerza y 
frecuencia durante la noche y las primeres horas del día. 
Sólo se sintió uno antes de las cuatro P. M.; entre esta 
hora y las diez hubo cuatro. Tiempo nublado, pero agra- 
dable. 

Más noticias de los lugares vecinos. Los pescadores de 
ésta y las playas inmediatas afirman que en la noche 



384 MARÍA GRAHAM 

<lel 19 vieron una luz á gran distancia en el mar. Perma- 
neció un rato inmóvil; avanzó en seguida hacia !a costa y 
dividiéndose en dos desapareció. La credulidad de la 
gente la ha convertido en la Virgen, que vino á salvar 
sA pais. 

Una beata reputada por santa predijo en Santiago la 
catástrofe el día anterior. La gente oró, y la ciudad esca- 
pó casi ¡lesa. Despacharon un propio á Valparaíso á dar 
al pueblo la voz de alarma; pero llegó demasiado tarde, 
á pesar de haber muerto dos caballos en el viaje. 

Desde e! 19 ¡as jóvenes de Santiago, vestidas de blan- 
co, descalzas, con ia cabeza descubierta, sueltos los cabe- 
llos y con crucifijos negros, han recorrido las calles can- 
tando himnos y letanías, en procesión y precedidas por 
las órdenes religiosas. 

Al principio las iglesias pasaban atestadas de gente y 
Jas campanas doblaban sin cesar, hasta que el gobierno, 
en vista de que las torres de varias iglesias amenazaban 
derrumbarse, las mandó cerrar por temor de que cayeran 
«obre la gente, que ahora practica sus actos de devoción 
en las calles. Todas las familias dedica t á sus hijas á esta 
piadosa ocupación. 

Por fin hemos tenido noticias auténticas de la ruina de 
Quillota por medio de don Fausto del Hoyo, prisionero 
de lord Cochrane. Desde que goza de libertad de resi- 
dencia, vive generalmente en Quillota, y de cuando en 
cuando en Quintero. Llama á lord Cochrane el tío, trata- 
miento cariñoso que suelen dar los soldados á su jefe y 
los niños á los ancianos. 

Es hombre malicioso, pero de mediocre inteligencia, 
muy amante de España, su patria, y resuelto á no meterse 
más en guerras. Estuvo con Romana en el Norte de Ale- 
mania y Dinamarca; se embarcó con éí en el Victoria, sí- 
guió sus fortunas y por fin llegó á Chile con la expedi- 
ción en la María Isabel, hoy la O'Higgins, y cayó prisio- 
nero en Valdivia. 

Refiere don Fausto que se encontraba con algunos 



DIARIO 385 

amigos en la plaza de Quillota, tomando parte con el 
pueblo en las fiestas que celebran en la víspera de la oc- 
tava de San Martín, patrono de la ciudad (1). La plaza 
estaba llena de puestos y enramadas de arrayán y rosas, 
en que había jaranas, borracheras, bailes, músicas, más- 
caras, en suma, una escena de disipación, ó mejor dicho, 
de libertinaje. Sobrevino el terremoto, y todo cambió 
como por encanto. 

En lugar de los cantos y de los solidos del rabel, alzóse 
un grito de ¡misericordia! ¡misericordia! Todos se golpea- 
ban el pecho y se postraban en la tierra. Tejiendo coro- 
nas de espinas, las ponían sobre sus cabezas y las opri» 
mían hasta que la sangre les corría por el rostro. Las flo- 
res de la fiesta yacían pisoteadas sobre la tierra. Algunos 
corrieron á sus casas destruidas á salvar á sus hijos, olvi- 
dados en las horas de regocijo, amorosamente recordados 
en los momentos de peligro. Los sacerdotes oraban, re- 
torciendo angustiosamente sus manos, ante los destroza- 
dos altares, y el pueblo y las familias huían á los cerros. 
Tal fué la noche del 19 en Quillota. 

El día 20 amaneció sobre una escena de espantosa 
desolación. De la gran ciudad sólo quedaban en pie vein- 
te casas y una iglesia. Todos los hornos yacían en ruinas 
y no había pan. El gobernador había huido. 

Sus pecados atrajeron sobre la ciudad el castigo del 
cielo. Así lo proclamaba el pueblo á gritos, y algunos 
llegaron hasta acusar al gobierno de Santiago, cuya tira- 
nía hábil excitado á Dios á ia venganza. Mientras tanto, 
el teniente gobernador, Mr. Fawkner, inglés de nacimien- 
to, reunió á los principales de la ciudad para tomar algu- 
nas medidas en alivio de los damnificados. 

Acudió entre ellos un señor Dueñas, caballero de dis- 

(1) Don Fausto lo llama San Martín de Tours. En tal caso, debió 
decir la octava, no la víspera de la octava, pues San Martín de Tours 
se celebra el 4 de Julio, el 13 de Diciembre y el 11 de Noviembre. 
Esta última es su fiesta principal y su octava cae el 19. Si es realmen- 
te la víspera de la octava, se trata, sin duda, del Papa San Martín, 
cuya fiesta se celebra el 12 de Noviembre. 

25 



386 MARÍA GRAHAM 

ting"uida familia, casado con una de las Carreras de Viña 
del Mar y dueño da ia hacienda de San Pedro (1). En el 
momento del terremoto hallábase en su casa con su espo- 
sa y su hijo. En la imposibilidad de salvar á los dos al 
mismo tiempo, optó por salvar primero á su mujer. Mien- 
tras la sacaba de la casa, cayó el techo y aplastó á su 
hijo. Sufrió grandes pérdidas materiales. Agobiado bajo 
el peso del dolor, acudió al llamado de Fawkner. 

Le dijo que ya había dado orden de que mataran cua- 
tro bueyes y los distribuyeran entre los pobres, expresán- 
dole además el deseo de que él como gobernador recor- 
dara que él, Dueñas, á pesar de sus fuertes pérdidas, era 
relativamente rico y estaba dispuesto á compartir sus bie- 
nes con sus vecinos y compañeros de infortunio. 

Domingo 24. — Mi registro de temblores me da hoy 
cinco: á las ocho A. M., á la una, tres, cinco y once 
P. M. El primero me sorprendió á caballo y no lo sentí. 
Pensé ir al puerto el día 20; pero por la gran crece del 
río y lo peligroso de su vado demoré el viaje hasta hoy. 
Partí á las seis. Los terraplenes y bordes de los canales es 
tan en general agrietados ó derrumbados. En toda la playa, 
entre la Herradura y Concón, hay hendiduras, casi relle- 
nas ya por la arena; algunas rocas y piedras que las más 
bajas mareas nunca dejaban en seco, distan ahora de la 
orilla del agua en la baja mar un espacio suficiente para 
pasar á caballo. A medida que me aproximaba al río, la:> 
grietas y aberturas del suelo de aluvión asumían mayore 
proporciones. 

En las orillas del río la tierra parece haberse hundido. 
En algunas partes, como en Valle Alegre, ha subido agua 
y arena por las hendiduras. A pesar de la grande altura 
del agua en el vado lo pasamos sin peligro, aunque una 
muía que llevaba mi equipaje perdió pie y alcanzó á ser 
arrastrada un buen trecho por la corriente antes que pu- 
diera reponerse lo bastante para llegar nadando á la ori- 

(1) Don Joaquín de Dueñas y Balliontin, casado con doña Juana 
Carrera y Aguirre. (N. del T.) 



DIARIO 387 

Ha opuesta. Mis amig-os de Concón han sufrido mucho. 
De !a mitad del techo de !a casa cayeron todas las tejas; 
de la otra una g^ran parte. Las muraüas del molino se de- 
rrumbaron, pero los sólidos pilares de las esquinas sostu- 
vieron el techo, y la maquinaria sufrió poco. Las paredes 
del canal del molino, destruidas. Este ha ganado con la 
modificación del lecho del río, pues ahora el agua tiene 
algunas pulgadas más de caída que antes. 

La noche del 19 fué tremenda en Concón. Los dos ni- 
ños de Mr. Miers dormían en piezas separadas y no co- 
municadas entre sí, y una de ellas comunicaba solamente 
por el corredor con el resto de la casa. Después de sacar 
á su esposa, que clamaba por sus niños, Mr. Miers corrió 
á salvar al menor de ellos, porque la lluvia de tejas le im- 
pedía acercarse al aposento del mayor. Aprovechando un 
momento de tranquilidad, entró de nuevo; encontró ai 
niño dormido y lo sacó sano y salvo. La familia pasó toda 
la noche sin dormir, frente á las ruinas de su hogar. 

En la mañana armaron una carpa, y á mi llegada tenían 
ya una ramada ó choza de ramas de árboles. Durante el 
remezón principal la tierra se rasgó bajo sus mismos pies. 
Dicen que el fragor que se sentía en el valle fué de lo 
más espantoso que puede imaginarse. La iglesia se de- 
rrumbó. Las casas de la hacienda, casi destruidas. 

En Viña del Mar encontré á toda la familia instalada 
en una ramada en el zaguán; de la casa no queda en pie 
sino una parte del muro exterior; la ruina fué completa; 
no hay allí un sitio donde pueda refugiarse un ser vivien- 
te. El pequeño llano está cubierto de conos de uno á cua- 
tro pies de altura, que surgieron en la noche del 19 y 
arrojaron agua y arena. 

Traté de aproximarme á uno de ellos; pero el caballo 
comenzó á hundirse como si pisara sobre arena movedi- 
za, por lo cual desistí de mi intento, no queriendo expo- 
nerme á pagar demasiado caro la satisfacción de mi curio- 
sidad. 

E! camino entre Viña del Mar y el puerto ha sufrido 



388 MARÍA GRAHAM 

mucho por los derrumbes de rocas de los cerros. Hay una 
parte muy peligrosa; pero los caballos chilenos son tan 
seguros, que la pasé sin otro temor que el de que en ese 
instante sobreviniera un fuerte temblor. 

Llegué por fin á las alturas del puerto, desde las cuales 
no presenta la ciudad alteraciones notables, salvo la au- 
sencia de las torres y de los edificios mayores; vistas 
desde lejos, las ruinas en las líneas de las calles hacen la 
ilusión de que poco ó nada falta. Cuando estuve más 
cerca, las carpas y ramadas de los infelices fugitivos 
reclamaron toda mi atención, pues allí se me presentó la 
horrible catástrofe en un aspecto enteramente nuevo para 
raí. Ricos y pobres, jóvenes y ancianos, amos y criados, 
todos estaban confundidos y apiñados en una intimidad 
que, aun aquí donde las diferencias de clases no son tan 
marcadas y hondas como en Europa, me pareció verda- 
deramente pavorosa. 

Ahora comprendo el poder desmoralizador y relajador 
de los respetos sociales de las grandes calamidades. Los 
historiadores de la Edad Media nos describen epidemias 
en que la gente huía de las ciudades y se refugiaba en los 
campos por escapar al contagio, volviendo después con 
el contagio mil veces peor de la corrupción de las cos- 
tumbres. 

La famosa peste de Londres tuvo también su parte de 
calamidad moral. Muy útil es la adversidad para los indi- 
viduos y para los hombres educados; pero lo que hace 
desgraciadas á grandes masas de hombres, las daña tam- 
bién moralmente y las pervierte. 

Me dirigí entristecida á mi casa, donde se han refugia- 
do algunas personas. Ha sufrido tan poco con el terremo- 
to, que, á lo que creo, su deterioro se reduce á la pérdida 
de catorce tejas y el desprendimiento de algunos trozos 
de blanqueo, que atestiguan la violencia de los reme- 
zones. Abrigaba la esperanza, al ver el estado de los 
ranchos inmediatos, de que mis vecinos hubieran librado 
con vida. 



DIARIO 389 

Pero la pobre María se me acercó con evidentes 
demostraciones de un gran sufrimiento. Le pregunté por 
su hijo Pablito, un bello chico de cinco años, y prorrum- 
pió en llanto. Me refirió en medio de sollozos que salió á 
la casa de un vecino dejando al niño dormido en su cami- 
ta. Vino el terremoto; corrió á salvar á su hijo; entró á 
la choza y lo encontró en la cama; pero una viga despren- 
dida del techo le había caído sobre la cabeza... Sin saber 
que era su hijo, no le habría sido posible reconocerlo por 
su ros*^ro. 

Añadióse á éste otro dolor. Vinieron á sacar el pequeño 
cadáver para darle sepultura. Ella no alcanzaba á tener 
cuatro pesos para pagar los derechos. Negáronse, por 
tanto, á sepultarlo en lugar sagrado. "¡Han arrojado á mi 
hijo á un hoyo como á un perro, donde lo pisotearán los 
caballos y las muías y no tendrá una sola oración cristia- 
na!" Esto no necesita comentarios, que serían tan inútiles 
como lo fueron las palabras de consuelo que dirigí á la 
desdichada madre. "¡Ah, señora — exclamó en contesta- 
ción á ellas — ; si al menos hubiera estado usted aquí!" 

Viendo que mi casa había escapado casi ilesa, el clero 
lo atribuyó á milagro. El día 20 amaneció junto á mi 
estufa Nuestra Señora del Pilar, vestida de raso, á la que 
se ofrecieron numerosas dádivas en agra<lecimiento de la 
protección dispensada á mi casa. Supongo que los donan" 
tes se llevaron una brújula de plata de bolsillo y un frasco 
de esencias, únicos objetos que eché de menos. 

Como esta tarde no tenía ocupaciones que me retu- 
vieran en la casa, monté á caballo y fui al puerto, des- 
pués de tomar algún alimento. El Almendral presenta 
un aspecto tristísimo. No queda una sola casa habitable. 
Hacia la parte de los cerros los techos y las murallas en 
ruinas; hacia el lado del mar, muy deteriorados. La torre 
de la iglesia es un montón de arena, pedazos de ladrillos, 
trozos de estuco con restos de decoración y pintura; en 
una palabra, un hacinamiento de todo lo que tienen de 
feo y triste las ruinas recientes. 



390 MARÍA GRAHAM 

Aún subsiste una parte del techo, suspendida entre al- 
gunos de los estribos ó contrafuertes laterales; y los in- 
formes restos de santos y demonios acrecientan el horror 
de aquel espectáculo de desolación. El puerto, totalmen- 
te destruido en algunas partes; en otras, casi ileso. Hay 
fuertes en que no ha quedado piedra sobre piedra, y al- 
macenes en que apenas se aflojaron las tejas. 

Las filas de edificios destruidos alternan con las de edi- 
ficios no destruidos. Parece que en los lugares donde los 
fundamentos descansan sobre vetas de granito los edificios 
resistieron bastante bien; no así aquellos cuyos fundamen- 
tos descansan sobre arena. 

La ciudad estaba desierta. Me dirigí á bordo del buque 
mercante inglés Medway, donde el capitán White dio 
hospitalidad á mis amigos Hogans y muchos otros. Me 
invitó á quedarme á dormir. Las noticias que oí á bordo 
despertaron de nuevo mi interés por los negocios de 
Chile, que eí terremoto y las emociones por él produci- 
das me habían hecho olvidar. 

Por fin el gobierno ha resuelto pagar á los marinos. 
El primer proyecto, sugerido, según se cree, por San 
Martín, era pagar á los marineros y oficiales subalternos 
antes que á los de mayor graduación, y pagarles en tie- 
rra, en la oficina de pago, que les proporcionaría boletas 
de licencia absoluta ó por cuatro meses, á elección de los 
interesados, dejando así á los buques, almirante y oficia- 
les en la bahía, sin un solo marinero. El almirante, natu- 
ralmente, no aceptó semejanfe plan, y los pagos están ha- 
ciéndose á bordo. 

El primero tuvo lugar el día del terremoto, y me dicen 
que los marineros que bajaron á tierra con licencia y con 
dinero, para divertirse en compañía de sus amigos, au- 
mentaron la confusión y el trastorno de aquella desastrosa 
noche. Se les dan pagarés por veinticinco pesos, de que 
sólo reciben cuatro en dinero; el resto se les obliga á in- 
vertirlo en los almacenes que con este fin ha establecido 
Arcos en el puerto. 



DIARIO 391 

La Independencia, el mejor buque de la escuadra, fué 
despachado hoy sin autorización del almirante, sin siquie- 
ra la formalidad de transmitir la orden por su conducto. 
Zenteno, como ministro de Marina, decretó que el buque 
partiera á desempeñar una comisión. Se cree que va en 
persecución de uno ó más buques que conducen dinero 
y provisiones á San Carlos de Chiloé, 

Lunes 25. Pk las ocho y cuarto de la mañana hubo 
un fuerte temblor que derribó gran parte de lo que que- 
dó en pie en la noche del 19. Me he ocupado todo el día 
en empaquetar mis libros, vestidos, etc., para mudarme, 
porque mi casa ha sido arrendada á algunos sujetos que, 
viéndola en tan buen estado, cohecharon al dueño para 
que me la quitara. /jSon ingleses! 

Sorprendiéronme en esta tarea lord Cochrane y el 
capitán Crosbie. El almirante insistió bondadosa y no- 
bilísimamente en que me quedara en Quintero con mi 
pobre iiwálido y no pensara en salir de allí hasta mejo- 
res tiempos y circunstancias más favorables. Me agregó 
que él iría muy luego allá á preparar el albergue que 
deberemos ocupar hasta que Glennie esté capaz de resis- 
tir un viaje. 

Martes 26. — Hoy hubo cinco temblores. De muchos 
no tomo nota, porque, salvo que sean muy violentos, ya 
no me despiertan de noche. Mientras me ocupaba en 
empaquetar, me sorprendió ver llegar á caballo á mi 
amigo Mr. C. Acababa de llegar de Concepción: 170 le- 
guas, que ha recorrido por caminos desviados en cinco 
días. Pasó por Talca y San Fernando; en estos lugares y 
en Concepción se sintió el terremoto, pero con poca vio- 
lencia. Mr. H., que acababa de regresar de Santiago, me 
dice que Casablanca y Melipilla son montones de ruinas, 
lllapel, también destruida; sus iglesias, ruinosas. Sólo los 
ranchos resistieron, gracias á la elasticidad de su cons- 
trucción y materiales; y aunque el barro ha saltado de 
los intersticios, no ofrecen peligro. 

Mr. C. trae noticias más importantes que las referen- 



392 MARÍA GRAHAM 

tes al terremoto. El pueblo de Concepción, irritado por 
las injustas disposiciones del reglamento de comercio y 
otras medidas opresivas, lo quemó junto con la Constitu- 
ción en la plaza del mercado; convocó una Convención 
de oposición, é insistió en que Freiré se pusiera en mar- 
cha con el objeto (de que no hacen misterio) de derrocar 
á Rodríguez y la inicua administración de que forma par* 
te. Freiré se ha puesto ya en marcha; pero aún no es tiem- 
po de que sus movimientos se sepan en Santiago. Yo, 
por supuesto, no puedo decir nada mientras la noticia no 
venga de una fuente menos privada; pero sí conjeturar; 
y se me ocurre que el plan ha sido asegurar á Freiré el 
apoyo de la escuadra. Pero no, no puede ser; el honor lo 
prohibe, y la escuadra de Chile no olvidará el honor 
mientras lord Cochrane sea, siquiera nominalmente, su 
Almirante. 

Viernes 27, — Hoy, varios temblores suaves, dos muy 
recios á las 10 A. M. y á las 6 P. M. Vino mi simpático 
amigo Mr. B., cuyo próximo matrimonio y las circuns- 
tancias con él relacionadas constituyen un interesante 
capítulo en la historia del progreso de la tolerancia en 
Chile. En otros matrimonios de esta especie los extran- 
jeros han abrazado casi siempre la religión de sus novieis, 
pero mi amigo participa de los sentimientos de los hé- 
roes de Richardson; con lo cual no quiero significar que, 
como Sir Charles Grandison, se presenta á las seis de la 
mañana de gran parada y con redecilla y peluca, ni com- 
parar á la novia con la incomparable Clementina, sino 
que ha observado en este negocio una conducta firme y 
recta por lo que toca á su conciencia y sagaz y prudente 
por lo que atañe á su patria de adopción, conducta en 
que ha tenido el apoyo del Director, á despecho de la 
intolerancia y del espíritu de partido. No queriendo que 
su novia abjurara su fe, ni cambiar él la suya, solicitó 
del obispo la licencia y dispensa necesarias para casarse. 
El prelado se negó á dárselas mientras no entrara al 
seno de la Iglesia. El gobierno intervino, representando 



DIARIO 393 

al obispo que los actuales tiempos exigían menos fanatis- 
mo y el bien del país mayor liberalidad respecto de los 
extranjeros. El obispo persistió en su resolución, hasta 
que se le notificó que si no cedía no se devolverían á la 
Iglesia ciertos diezmos y emolumentos que había perdido 
en las últimas conmociones civiles. Y ahora, después de 
conceder de mala gana la licencia, todo lo que ha ganado 
se reduce á la propuesta por el gobierno de un concor- 
dato que cercena sus entradas y disminuye su poder. 

Es un hombre ambicioso y fanático, aparentemente vin 
culado al actual gobierno por varios lazos, de los cuales 
es, sin duda, el más fuerte la sociedad de Arcos, casado 
con una sobrina suya, con Rodríguez. Tiene, empero, más 
fuertes vinculaciones con los que hacen oposición á 
O'Higgins, ya como partidarios de los desdichados Ca- 
rreras, ya como descontentos. Este matrimonio ha dado 
lugar á violentas discusiones qus la firmeza y prudencia 
de M. B. han llevado á buen término. 

Propusiéronsele transacciones y componendas poco co- 
rrectas para salvar las apariencias de parte de la Iglesia; 
pero él quería que el asunto tuviera una solución legal y 
pública, no sólo por sus principios, sino también para es- 
tablecer un precedente importante para lo sucesivo. 

Hoy pensé volver á Quintero en la lancha de la Lauta- 
ro, que me ofrecieron amablemente para ese objeto. 
Pero, contra lo que generalmente ocurre en esta época 
del año, se levantó un recio viento Norte que frustró mis 
planes. En la noche se descargó una fuerte lluvia que 
causó grandes perjuicios en los objetos que quedaron á 
la intemperie después del terremoto y que puso en un 
estado miserable los infelices campamentos de los cerros. 
El pueblo la celebra, sin embargo, porque cree que la llu- 
via extinguirá el fuego que causa los terremotos, que, por 
tanto, ao volverán á repetirse. 

28. — A pesar de la lluvia, que duró hasta la media no- 
che, hoy tembló no menos de cinco veces. El fanatismo 
se ha puesto en campaña durante este calamitoso período. 



394 MARÍA GRAHAM 

creyendo, sin duda, favorable la ocasión para recuperar 
una parte del terreno que de algún tiempo atrás venía 
perdiendo. Hoy era el día fijado para la ejecución de un 
francés y tres chilenos que se introdujeron durante la no- 
che en un buque anclado en la bahía, hirieron gravemen- 
te al capitán y al piloto y robaron una fuerte suma. 

El clero ha estado excitando al pueblo á levantarse en 
favor de los reos, anunciando nuevas y grandes caianiida- 
des si se permite que buenos católicos sean ejecutados á 
causa de los herejes. 

El gobierno, sabedor de estas intrigas, hizo rodear de 
numerosos soldados el lugar de la ejecución, que se ve- 
rificó tranquilamente. Y no es éste un caso aislado. 

El clero ha tratado de excitar al pueblo á atacar á los 
herejes, pero siii resultado; ya sea porque éste oye tales 
insinuaciones con indiferencia, ya porque no reconoce en 
los cultos y benéficos extranjeros residentes en el país los 
execrables rasgos y costumbres que el clero atribuye á 
los pobres herejes en sus imaginarias pinturas. 

Fui después de almorzar á bordo del buque del almi- 
rante á visitar á algunos amigos que en la noche del 19 
se refugiaron allí con sus familias y á quienes ha cedido 
su cámara, instalándose él mismo en una carpa sobre 
cubierta. Los oficiales con quienes hablé sobre los efec- 
tos del terremoto á bordo, me dijeron que al sentir el sa- 
cudimiento y el pavoroso ruido, en que al fragor de la 
tierra convulsa se^gregaba el estrépito de la ciudad que 
se derrumbaba, miraron hacia el puerto y sólo vieron una 
inmensa nube de polvo, de que se alzó un terrible grito 
de horror y de angustia. 

Lord Cochrane y otros marinos se arrojaron inmedia- 
tamente á un bote para acudir en auxilio, si había aún 
posibilidad de auxilio, de las víctimas de la catástrofe. 
Arrebatados por una impetuosa ola, tocaron tierra en un 
punto á que jamás había llegado antes bote alguno . 
Viéronla en seguida retirarse enhiesta y terrible, dejando 
en seco numerosas lanchas y otras pequeñas embarcacio- 



DIARIO 395 

«es. No dudaron por un instante que volvería é inundaría 
«a arruinada ciudad. No volvió, y el fondo de la bahía se 
ha levantado como tres pies. Cada uno tenía algún ex- 
traordinario episodio que referir. 

La señora D. se encontraba sola con sus dos niños en 
su casa; su padre y su marido habían salido. Los criados 
huyeron al primer remezón. Ella estaba con los niños en un 
aposento del segundo piso; daba el pecho al menor mien- 
tras el mayor dormía en su cuna. En la imposibilidad-de sa- 
car á los dos á la vez, llegóse á la cuna y apoyada en ella, 
con la criatura en los brazos, resolvió aguardar, presa de 
mortal angustia, lo que sucediera. Allí la encontró alguien 
que acudió en su auxilio y la llevó á bordo de un buque- 

Después de pasar la mañana á bordo de la O'Higgins, 
escuchando con vivo interés estos emocionantes relatos, 
volví á Quintero en la lancha de la Lautaro, que hizo el 
viaje en tres horas; y podría haberlo hecho en menos 
tiempo á no impedírselo el fuerte oleaje causado por el 
viento Norte de ayer. 

29. — Hoy sólo un temblor, bastante recio. 

30. — Antes de la? diez y á las dos, temblores acompa- 
ñados de fuertes ruidos. Rara vez tiembla sin ningún rui- 
do. Algunas veces precede al temblor un sonido seme- 
jante á una explosión; oLras lo acompaña una especie de 
ruido sordo y prolongado; otras, por fín, se siente éste 
sin movimiento perceptible, aunque prueba que lo hay la 
agitación del mercurio en el vaso. 

J.° de Diciembre. — Temblores suaves, pero frecuentes. 
Fuimos hoy á caballo al pueblecito de La Placilla, pasan- 
do por la hacienda de los Maitenes y por la laguna de 
Campiche, que deslinda con la hacienda de Quintero. 
Paisajes bellísimos. El valle de la laguna es muy fértil y 
productivo. La Placilla es un bonito lugar, que rae re- 
cuerda algunos de Inglaterra. 

Está situada á orillas del riachuelo de la Ligua (1), Sus 



(1) El pequeño pueblo de la Ligua, famoso por sus caballos, fué 
destruido en la noche del 19. 



396 MARÍA GRAHAM 

ranchos, rodeados de huertos y jardines, son excelentes 
en su género. Circundan el pueblo campos de pasturaje y 
trigfOjy las montañas le forman un bello horizonte. A nues- 
tra llegada la gente venía saliendo de misa, que se cele- 
bró en una ramada, dentro del cementerio, pues la iglesia 
y casa parroquial, los únicos edificios de cal y ladrillo del 
pueblo, cayeron en tierra el 19, totalmente la primera, en 
parte la segunda. Encontramos al cura en un pequeño y 
sucio cuarto, su oficina probablemente, en que había unos 
veinte libros viejos con grasicntas cubiertas de cuero ne- 
gro y un lío de lana en un rincón. 

Después de ofrecernos un poco de ron nos condujo so- 
bre mo-ntones de escombros á otro aposento poco dete- 
riorado, en que nos presentó pan, queso, mantequilla, le- 
che y aguardiente, invitándonos á merendar con él, á que 
accedimos de buena gana. Fui en seguida á arreglar cuen- 
tas con la hija del juez del pueblo, mi lavandera, nada 
menos. En los antigux)s tiempos las reinas y las princesas 
lavaban para sus padres y hermano s, y no dudo que la 
princesa Nausica, como las damas de por acá, llevaba á 
lavar la ropa sucia al río (1). 

Fuerza es confesar que en figura y eleganc ia una joven 
lavandera chilena aventaja con mucho á las nuestras; pero 
si redunda ó no en bien de la comunidad que las hijas de 
los administradores de justicia se dediquen á este oficio» 
es punto que dejo á la consideración y dictamen de per- 
sonas más competentes que yo, aunque, si no me equivo- 
co, hay algo contra ello en un estatuto del primer año del 
reinado de Jorge 111 en que se declara que la independen- 
cia de los jueces debe considerarse necesaria para su rec- 
titud. Pero estamos muy lejos de Inglaterra. 

2 de Diciembre. — Hoy, un solo temblor, en las prime- 
ras horas de la mañana. Recuerdo haber oído comentar 
con extrañeza la flema de los habitantes de Caracas, que 
después de transcurrir algunos meses sin ninguna violen- 

(1) Hija del rey Antínoo, que figura en la Odisea de Homero. — 
(N. del T.) 



DIARIO 397 

ta convulsión terrestre y cuando sólo temblaba una vez 
cada cinco ó seis horas, volvieron á reedificar sus casas. 
El hombre se acostumbra á todo. 

Aunque apenas han trascurrido quince días desde que 
en torno nuestro "cayeron por tierra templos y torres", y 
aunque vivimos en carpas y chozas levantadas alrededor 
de nuestros arruinados hogares, seguimos ocupándonos 
en nuestros negocios y hasta en nuestras diversiones como 
si nada hubiera acontecido, y nos entregamos al sueño 
con tanta tranquilidad como si poco ha no hubiéramos 
visto á la tierra que nos sustenta bambolearse y perder su 
equilibrio. Y hasta nos queda tiempo para ocuparnos en 
lecturas de historia y poesía, á fin de comparar con los 
sucesos que hemos presenciado las descripciones de hom- 
bres que no fueron testigos de los luctuosos aconteci- 
mientos que nos refieren. Entre ellas se distingue por su 
belleza y verdad la que nos da Childe Harold de la bata- 
lla de Trasimeno, en que tal fué el furor y encarnizamien- 
to de la pelea, que los combatientes no sintieron un te- 
rremoto que durante ella sobrevino. 

"The earth to tem was as a rolling; bark 
Which bore them to eternity; they saw 
The ocean round, but had no time to mark 
The motions of their vessel: Nature's law 
Int hem suspended, reckd not of the awe 
Which reigns when mountains tremble, and the birds 
Plunge in the clouds for refuge, and withdraw 
From their downstoppling nests, and bellowing herds 
Stumble o'er heaving plains, and man's dread hath no words" (1). 



(1) "La tierra era para ellos como un barco mecido por las ondas 
que los llevaba á la eternidad. Veían el océano en torno de ellos; pero 
no tenían tiempo que marcara el movimiento del bajel. Las leyes de la 
Naturaleza, suspendidas para ellos, no hacían caso del terror que reina 
cuando las montañas tiemblan y los pájaros se refugian en las nubes, 
abandonando sus derribados nidos y los rebaños huyen mugiendo j 
desatentados por el convulso llano y el espanto hace enmudecer los 
labios del \\omhTe.."—Lord Byron, Childe Harolds Pilgrimage, Can- 
to IV, estrofa 6i.—(N. del T.) 



398 MARÍA GRAHAM 

EI viento Sur ha llegado ya con sus densas nubes de 
polvo que no nos permiten escribir. Para defender de 
ellas nuestros alimentos nos rufugiamos en una pequeña 
glorieta al abrigo de un cerro, donde en un comedor dis- 
puesto por la Naturaleza y cuya puerta y ventanas dan al 
mar, comemos y permanecemos hasta la caída de la tar- 
de, y entonces nos reunimos alrededor de un gran fuego 
que encendemos frente á nuestras carpas (1) y charlamos 
hasta la hora de dormir. Difícilmente podríamos tener 
un compañero mejor que don Benito (2). Ha visto tantas 
cosas que nosotros jamás hemos visto ni oído, que nunca 
le falta algo nuevo que contarnos. En cuanto ^ memoria, 
creo que ni la misma sultana Scheherezada le aventaja, 
motivo por el cual hemos bautizado sus relatos con el 
nombre de "Mil y una noches peruanas". 

Refiérenos historias de los estudiantes de Quito, que 
prueban que profesores y estudiantes son allá ¡o que son 
y siempre han sido en todojs. los tiempos y países; histo- 
rias de amor que demuestran que los corazones juveniles 
pueden sentir, confiar, sufrir, en los valles de los Andes 
como en los de Europa; episodios de la revolución, en 
que se ve de cuánto son capaces las pasiones y afectos 
humanos. Estos son con mucho los más interesantes y de 
ellos podrían sacarse argumentos de tragedias y novelas. 
He aquí, por ejemplo, dos que nos refirió anoche: 

Juana María Pola, de Santa Fe de Bogotá, era una mu- 
jer cuyo marido, hermanos é hijos estaban profundamen- 
te comprometidos en la causa de la revolución. Cuando 
los patriotas se apoderaron de Santa Fe, después de to- 
mar los cuarteles de la infantería y caballería realista, in- 
terrumpieron las hostilidades para reunir fuerzas suficien- 
tes con que atacar la artillería enemiga. Hubo entonces 



(1) Supe después que este fuego que todas las noches veían desde 
Valparaíso, d¡ó ocasión á que se creyera que en Quintero había esta- 
llado un volcán. 

(2) Así llamaban en Quintero á Mr. Bennet, por corrupción de 
este apellido. — (N. del T.) 



DJARIO 399 

un intervalo en que "los más intrépidos contuvieron su 
alienLo". Juana María encontró á su hijo entre las tropas 
que esperaban refuerzos. —"¿Qué haces aquí"-— le pre- 
guntó — . "Espero el momento de combatir por la patria". 
— "Arrodíllate entonces y recibe la bendición de tu ma- 
dre. Nosotras las mujeres iremos adelante á recibir los 
primeros fueg'os, y tú irás por sobre nuestros cuerpos 
á apoderarte de aquel cañón, y salvarás á tu patria." Dio 
la bendición á su hijo, se precipitó delante de los sol- 
dados y obtuvieron el triunfo. Desde ese día tuvo la 
intrépida mujer grado y paga de capitán. Pero los realistas 
reconquistaron á Santa Fe, y Juana María fué una de sus 
primeras víctimas. Lleváronla á la plaza del mercado y la 
fusilaron. 

José María Melgado era un joven de distinguida fami- 
lia y excelente educación. Se recibió de abogado á la 
edad de veintidós años y estaba al casarse con una joven 
que amaba. Cuando se levantó Pomacao, uniósele al 
instante Melgado, á quien nombraron fiscal militar del 
ejército patriota. Poco tiempo después el general Ramírez 
se apoderó del cuartel general de Pomacao, y Melgado, 
entre otros, fué tomado prisionero y condenado á muerte. 
Su familia y amigos gozaban de tanta influencia, que 
podría haber alcanzado su perdón sometiéndose á la real 
piedad y abrazando la causa realista. Pero fué sordo á 
todas las instancias que se le hicieron en este sentido y 
ni siquiera se le pudo arrancar una palabra de respuesta. 
Lleváronlo, por fin, al lugar de la ejecución. Un sacerdote 
vino á confeserlo, y en ese lugar y en esos solemnes 
momentos lo exhortó á que devolviera la paz á su con- 
ciencia reconociendo libre y plenamente su delito y 
sometiéndose al rey, prometiéndole alcanzar su indulto si 
tal hacía. 

Contestóle con fuego que menos que de nadie era 
propio de un sacerdote perturbar los últimos momentos 
de un moribundo y recordarle intereses mundanos á que 
ya había renunciado su alma; que era una insensatez 



400 MARÍA GRAHAM 

hablarle de indulto estando ya irrevocablemente sellado 
su destino, como él mismo lo sabía perfectamente, sí, y 
aún desde el momento en que se unió á Pomacao. "Un 
hombre — agregó — debe pensarlo muy bien antes de cam- 
biar de opiniones ó de partido; pero una vez que, después 
<le meditarlo seriamente, hace su elección, jamás debe 
apartarse de ella. 

«Además, ya es tarde para hablarme de indulto ó de 
cambio de ideas. Lo hecho, hecho está; no me arrepiento 
de ello. Creí de mi deber abrazar la causa de la libertad 
de mi patria; lo mismo creo todavía, y estoy dispuesto á 
morir por ella. Mal parece en un sacerdote, lo repito una 
vez más, que perturbe la tranquilidad de mi última hora." 
El sacerdote se retiró. Melgado pidió permiso al ayudante 
para fumar un cigarro, diciéndole que sentía los nervios 
excitados y deseaba tranquilizarse. Obtenido el permiso, 
volvióse hacia los circunstantes y dijo: "¿Quiere alguien 
darme un cigarro, por amor de Dios?> 

Un soldado le pasó uno, que fumó hasta la mitad y 
arrojó, diciendo que ya estaba pronto y tranquilo. Acer- 
cóse el oficial á vendarle los ojos. Lo rechazó, y dijo: 
"Déjenme siquiera morir con mis ojos libres". Se le 
observó que era necesario. 'Bien, bien — replicó — ; yo 
mismo me los cubriré". Y cubriéndolos con su mano, 
manifestó que estaba pronto, y recibió la descarga. 

Los sur-americanos abrazan sus causas con verdadero 
entusiasmo. Son ignorantes, oprimidos, indolentes y tí- 
midos quizá. Pero lanzaron el grito de independencia; 
apareció en su horizonte la estrella de la libertad, y 
ni ésta volverá á eclipsarse por orden de España, ni á 
aquél impondrá silencio el hasta ahora irresistible talis- 
mán de la autoridad real. Las huestes han penetrado en 
las selvas vírgenes del nuevo mundo, escalado montañas, 
aírevesado lagos y pantanos, para saludarse unos á otros 
como obreros de la misma causa, como copartícipes de la 
recién conquistada libertad que están resueltos á dejar á 
sus hijos. 



DIARIO 401 

Pasará largo tiempo quizá antes que estas naciones se 
arreglen y consoliden; sus formas de gobierno fluctuarán 
muchos años, y correrá todavía mucha sangre por la causa 
de la libertad, pues, ¡ay! ¿qué bien hay en la tierra que no 
sea comprado al precio de algún mal? Pero el cetro de 
hierro de la metrópoli no volverá á imperar sobre estos 
países. 

Martes 3 de Diciembre. — La tierra, que parecía haber 
recobrado su tranquilidad, se sacudió hoy con violencia á 
las tres treinta A. M., á las nueve, á medio día (largo y 
recio temblor con fuerte ruido), á las dos, y á media noche 
el quinto y último, no inferior á los de los tres primeros 
días, con excepción del grande del 19. 

Miércoles 4. — Cuatro fuertes remezones antes de las 
ocho de la mañana parecieron amenazar con una re- 
petición de los que se siguieron al día 19 de No- 
viembre. Tembló después dos veces más, pero suave- 
mente. 

Las noticias de la marcha de Freiré se han hecho pú- 
blicas, así como las de la reunión de la Convención pro- 
vincial y su censura de la de Santiago por haberse de- 
clarado la primera asamblea representativa y porque se 
atribuye la facultad de aceptar la renuncia del Director 
y de reelegirlo, aclos que consideran ilegales. Se susurra 
que el Director piensa abdicar. Le ha herido profunda- 
mente lo que él llama la ingratitud de Freiré, á quien 
fué adicto como un valiente á otro valiente y á quien 
siempre favoreció y patrocinó. Freiré y sus soldados han 
llevado adelante con feUz éxito una larga y penosa gue- 
rra. No se les ha pagado, y se dice que Freiré tiene otro 
motivo de resentimiento contra la familia del Director, si 
no contra el Director mismo. 

El general Freiré amaba apasionadamente á una joven 
que la batalla de Maipú dejó huérfana (1). Su amor era 



(1) Doña Nicolasa de Toro y Dumont, hija de don José Gregorio 
de Toro y Valdés. No quedó huérfana por ia batalla de Maipú, como 
dice la señora Graham, pues don {osé Gregorio falleció en 181 G En 

26 



402 MARÍA GRAHAM 

correspondido, y esperaba casarse con ella. En su calidad 
de huérfana la joven estaba bajo la tutela del gobierno, 
que la dio por esposa á otro. Ella, con sus cuantiosos 
bienes de fortuna, fué arrebatada al hombre que la amaba 
para premiar, según dicen, á un meritorio oficial. ¿Quién 
más meritorio que Freiré? Este devoró la afrenta en si' 
lencio, pero ¿puede haberla olvidado? Se le propuso 
otro matrimonio, que rechazó con indignación, infiriéndo- 
se así un doble ultraje á sus sentimientos. 

Provocaciones menores que éstas han armado en otros 
tiempos naciones contra naciones, y en un país semi-civi- 
lizado como éste los sentimientos privados tienen más 
parte en la suma total de las causas de las guerras civiles 
que en naciones más adelantadas, en que la cultura hace 
asemejarse tanto á los hombres unes á otros y les da tan- 
to dominio sobre las manifestaciones externas de sus sen- 
timientos que las emociones individuales rara vez tienen 
influencia fuera del círculo de la familia. 

El general Freiré nació en Chile, de padre europeo, no 
sé si francés ó inglés (1). No ha estado en Europa ni ha 
leído nada. Posee en cambio poderosas facultades natu- 
rales, sagacidad y un carácter recto y generoso. Se ha 
consagrado completamente á las armas. Lo siento por 
Chile. En el estado actual del país cada día de tranquili- 
dad es un gran beneficio para él, á pesar de su mal go 
bierno. Hay aquí buenos elementos que para prosperar 
sólo necesitan tiempo y tranquilidad. 

Es muy lamentable que el mal proceder de los minis- 
tros encienda la guerra civil, la peor de las plagas, y re- 
tarde el progreso de la nación, objeto de tantos esfuerzos 
y sacrificios. Podría dirigir á la República las palabras de 
un antiguo poeta: 



Maipú murió el otro hijo de éste, don Manuel, que combatía en el 
ejército realista. Por la muerte de don Manuel entró su hermana doña 
Nicolasa en el goce del majorazgo. — (N. del T.) 

(1) Ni francés, ni inglés, sino español, — (N. del T.) 



DIARIO 403 

"Ill-fated vessel! shall the waves again 
Tempestuous bear thee to the faithless main? 
What would thy madness, thus with storms to sport? 
Ah! yet with caution keep the friendly port 

The guardian gods are lost, 
Whom you might call in future tempests tost" (1). 

Jueves 5 de Diciembre. — Hemos pasado un día más 
tranquilo. Sólo hubo tres temblores suaves. 

Viernes 6. — Sólo dos temblores, pero el viento más 
fuerte de que tengo memoria. Día espléndido. La bahía, 
bella como nunca, con las blancas crestas de las olas so- 
bre la superficie azul. Nos vimos obligados á refugiarnos 
en el bosquecillo, porque la arena penetra en el rancho 
por todas partes y casi nos ahoga. 

Até las ramas de quintral que cuelgan de los maitenes 
á los arbustos que crecen debajo de éstos, con lo que 
nuestro muro quedó más firme y más elegante la ventana 
y con vista al mar y á los cerros. Con una de las puertas 
que cayeron en el terremoto y cuatro postes enterrados 
en el suelo fabricamos una magnífica mesa de comedor. 

7 de Diciembre. — Temblor suave á las seis A. M., se- 
guido de uno más fuerte. Otro en la tarde. 

Lord Cochrane llegó en el Moctezuma con el capitán 
Winter y los señores Grenfell y Jackson. Glennie, que 
parecía haber ganado terreno en los últimos quince días, 
tuvo hoy otro ataque. 

Domingo 8. — Temblor muy fuerte. 

Lunes 9. — Temblor suave; día nublado y obscuro; 65** 
Fahrenheit. En la tarde, agradable paseo por la playa 
con lord Cochrane. Fuimos principalmente con el objeto 

(1) "¡Desdichada nave! ¿De nuevo te llevarán las tempestuosas 
olas á la pérfida costa? ¿Qué locura es la tuya que así juegas con las 
tempestades? ¡Ah! sé prudente y quédate en el seguro puerto... Ya no 
existen los dioses tutelares á quienes podrías invocar en las futuras 
tormentas". — Horacio, oda 14 del libro II, de la elegante paráfrasis 
que de las poesías del lírico latino publicó en el siglo xvtii Felipe 
Francis. — (TV. del T.) 



404 MARÍA GRAHAM 

de ver los efectos causados por el terremoto en las rocas. 
En Valparaíso la playa se levantó como tres pies y algu- 
nas rocas quedaron descubiertas. En ellas han encontrado 
los pescadores una especie de ostra que creen no existía 
antes allí. Observamos g-randes hendiduras en la tierra 
entre la casa y la playa. En las rocas se ven numerosas 
quebraduras, evidentemente nuevas, y todas en una misma 
dirección. 

Parecíanos que penetrábamos en los secretos del 
laboratorio de la Naturaleza. Al través de los lechos na- 
turales de granito hay vetas de una pulgada á una línea 
de espesor, llenas la mayor parte de partículas blancas 
brillantes, probablemente cuarzo, y en algunas partes so- 
bresalen un poco de la superficie de la roca. En otras las 
vetas tienen los bordes contorneados y las partículas blan- 
cas no las llenan, sino que revisten parcialmente sus pa- 
redes. Las grietas producidas por este terremoto se dis- 
tinguen fácilmente por el filo de los bordes de las an- 
tiguas. 

Las que les corresponden en los cerros vecinos son 
mucho más anchas. En algunas partes la tierra se ha par- 
tido y caído, dejando descubierta la base rocosa de los 
cerros. En la playa, á pesar de la alta marea, muchas ro- 
cas, cubiertas de moluscos muertos, quedan en seco, lo 
que prueba que se ha levantado como cuatro pies en la 
Herradura. Sobre estas conchas recientes encuéntranse 
otras más antiguas á diversas alturas en toda la extensión 
de la costa, cemo también cerca de las cimas de los ce- 
rros más altos de Chile, más aún, en los Andes mismos, 
según he oído. ¿Provienen de levantamientos del fondo 
del mar, producidos por convulsiones terrestres? De vuel- 
ta de nuestro paseo recogí en la playa, en una pequeña 
caleta de pescadores, un poco de arena ó más bien polvo 
de hierro, muy sensible al imán é idéntico al que me tra- 
jeron RO ha mucho de las islas de las Perlas (1). Aquí las 



(1) Grupo de islas del golfo de Panamá. — (N. del T.) 



DIARIO 403 

rocas son de granito gris, y el suelo de arena mezclada 
con tierra vegetal y capas de piedrecillas y conchas que 
suelen elevarse á más de 50 pies sobre el nivel de la 
playa. 

Las tardes y las mañanas son en estos lugares de una 
belleza incomparable. Esta tarde, cuando volvíamos á la 
casa, los nevados Andes estaban vestidos de rosa y ber- 
mellón, y los cerros más próximos de brillante púrpura, 
mientras el sol desaparecía en el mar, esplendoroso y sin 
nubes. 

Martes 10. — Mientras comíamos con lord Cochrane y 
los señores Jackson, Bennet y Orelle sobrevino un tem- 
blor que excedió en fuerza y longitud á todos los ocurri- 
dos después del terremoto del 19 de Noviembre. Algu- 
nos salieron de la casa (1), pues ahora habitamos en la 
parte que de ella quedó en pie, y yo corrí al lecho del 
pobre Glennie, á quien causó el temblor una fuerte he- 
morragia que detuve con láudano. 

Poco después hubo uh temblor suave y otro bastante 
recio á las tres y media. Soplaba un fuerte viento y el 
termómetro marcaba 65° Fahrenheit. 

//.—A las 7,30 A. M. violento remezón, acompañado 
de fuerte explosión; otros, á las diez, seguidos de dos muy 
suaves. 

12. — A mediodía fuerte temblor y poco después uno 
suave. A nuestro regreso de una excursión á caballo por 
Valle Alegre y Campiche encontramos una gran cantidad 
de algas marinas y otra de moluscos muertos y fétidos, 
abandonados allí por el mar en la noche del 19 de No- 
viembre. Uno de los días más bellos de que tengo re- 
cuerdo. "Sobre la superficie del Océano todo dormía me- 
nos el viento", que á su paso por entre bosquecillos de 
aromáticos arbustos recogía y nos traía perfumes casi em- 
briagadores. No concibo un clima mejor qne el de Chile 
ni más delicioso para los que en él habitan, y ahora que 

(1) La parte construida de madera y enlucida resistió muy bien, 
pues sólo cayó el enlucido. 



406 MARÍA GRAHAM 

ya estoy acostumbrada á las convulsiones de la tierra me 
parecen un mal menor de lo que antes podría haber ima- 
gfinado. La curiosa descripción que hace de Chile el anti- 
guo Purchas (1) es tan exacta como singular y pintoresco 
su estilo. "El pobre valle — dice, hablando de Chile — , es 
de tal modo tiranizado por los meteoros y elementos, que 
á veces tiembla de miedo, y en estos accesos de fiebre y 
calofríos pierde sus mejores adornos. De esta suerte cayó 
por tierra Arequipa, una de sus más bellas ciudades, en el 
desastre de 1 582. Y algunas veces los cerros también se 
contagian con esta fiebre pestilente y caen como muertos 
en el llano, asustando de tal modo á los tímidos ríos que 
huyen de sus lechos y buscan otros nuevos, ó bien se 
quedan paralizados de espanto, y faltándoles entonces el 
calor motor, les sobreviene una extraña hinchazón del 
vientre, que crece hasta formar extensos é inmóviles lagos. 
Las mareas, al ver esto, detienen su curso y no se atreven 
á acercarse á sus amados ríos, que quedan á millas de dis- 
tancia, de suerte que los buques tienen que naufragar ne- 
cesariamente. Hallándose entonces la pobre tierra con la 
boca obstruida y el estómago sobrecargado, se ve obli- 
gada á abrirse otras bocas, por donde vomita torrentes de 
perjudiciales aguas. Nada digo de las bestias y de los 
hombres, que en estas guerras civiles de la Naturaleza tie- 
nen forzosamente que sufrir crueles miserias". 

/i, 14, 15 y 16 de Diciembre. — Cuatro temblores por 
día, acompañados de fuertes ruidos, y varias explosiones 
sin movimiento perceptible, semejantes á cañonazos dis- 
parados en el mar. Me he ocupado en leer las acusacio- 
nes de San Martín contra lord Cochrane y la contestación 
del almirante. 

Las acusaciones son tan frivolas como despreciables, y 
precisamente calculadas para excitar y fomentar la envi- 



(1) Samuel Purchas, sabio y erudito teólogo inglés que, después 
de reunir más de mil doscientas relaciones de viajeros ingleses y de 
otros paises, las aprovechó para redactar sus curiosísimas Peregrina- 
ciones, que publicó en 1625, en cinco volúmenes en folio. — (N . del T.) 



DIARIO 407 

dia que su talento y su doble calidad de extranjero y de 
noble han despertado contra él. Presentadas al gobierno 
de Santiago durante la ausencia del almirante y por con- 
ducto de personas cuya malevolencia agravó los cargos 
■con pérfidas insinuaciones, han ofendido su honor á la 
vez que importan un peligro para su seguridad personal. 
Felizmente ciertos íntimos sentimientos impidieron al 
Director dar crédito á algunos de esos cargos, y no igno- 
raba que existían documentos que refutaban otros. Por 
esta causa rogó á lord Cochrane que no contestara inme- 
diatamente á San Martín, temeroso de que la contestación 
envolviera á los gobiernos de Chile y del Perú en difi- 
cultades ó aun en una guerra. 

Ahora, sin embargo, alejado San Martín del gobierno 
del Perú y no pudiendo ya resultar ningún mal de la refu- 
tación de las atroces calumnias que ha esparcido aquí y 
hecho llegar á las naciones extranjeras, lord Cochrane le 
ha dirigido una carta en que no sólo se justifica sino que 
también expone la bajeza, crueldad y cobardía de su 
acusador. 

Aunque esta carta nada tuviera que hacer con la vindi- 
cación de lord Cochrane ó con las acusaciones de San 
Martin, el cuadro que presenta de la dirección de la gue- 
rra en el Perú, haría de ella uno de los documentos más 
interesantes que se hayan publicado sobre los asuntos 
sur-americanos. 

17. — Mr. Grenfell llegó hoy del puerto con importan- 
tes noticias. El general Freiré está en Talca, y una divi- 
sión del ejército de Santiago tiene orden de estar pronta 
para atacarlo. Los marinos de la escuadra, á las órdenes 
del mayor Hyne, partieron anoche á Santiago, por dispo- 
sición del ministerio de Marina, á reforzar las tropas del 
Director. 

Varias órdenes arbitrarias dadas á la escuadra han in- 
ducido al almirante á volver al puerto y reasumir el man- 
do. Ordenóse á la Galvarino estar pronto para salir, se 
susurra que con el objeto de tomar á bordo un personaje 



408 MARÍA GRAHAM 

importante, probablemente San Martín, y conducirlo á 
Buenos Aires ú otro lugar seguro, por temor de que le 
corten la retirada por los Andes. Dióse anteriormente 
esta misma orden, y con el mismo objeto, según se «ree, 
aunque el buque debía mantenerse cerca de la costa y 
tomar al pasajero ó pasajeros señalados en la desembo- 
cadura del Maipo. Pero la escuadra no permitió entonces 
su salida ni la permitirá ahora, pues tiene títulos sobre el 
buque, destinado á ser vendido para pagar á los ofíciales 
y marineros. 

La Lautaro ha cargado sus cañones para echar á pique 
á la Galvarino si pretende moverse sin licencia expresa 
del almirante. El fuerte ha cargado también los suyos, 
pero la escuadra se ríe del fuerte y sus cañones. La vuelta 
de lord Cochrane al mando pondrá de nuevo, sin duda* 
las cosas en orden. 

El pcx-tido del Sur ha desplegado actividad en tierra 
y en el mar. El capitán Casey, que lo fué de puerto en 
Talcahuano, manda un gran buque que llegó anoche á 
Valparaíso pero no ancló. Envió un bote á la O'Higgins, 
se supone con el designio de inducir á la escuadra á 
abandonar la causa del Director y pronunciarse contra el 
gobierno, á quien han jurado fidelidad los ofíciales y tri- 
pulación. Si tal fué su designio, ha fracasado. 

El capitán Casey siguió viaje á Coquimbo, donde pro- 
bablemente tendrá mejor éxito. Ese puerto, como los del 
Sur, es gravemente perjudicado por el reglamento de 
comercio; las tropas también están irritadas por la demora 
en pagárseles sus sueldos, y si he de creer en las noticias 
qua traen los traficantes en ganados y otras personas, es- 
tán á punto de sublevarse. Las tropas de Quillota y 
Aconcagua se han negado á marchar á la capital, y aun- 
que se reclutan nuevos milicianos en todos los lugares 
vecinos, el gobierno no puede contar con ellos con cer- 
teza. 

Se comienza á sentir la inquietud que precede á una 
guerra civil. Nuestras pistolas están limpias y tenemos 



DIARIO 409 

provisión de balas. Estamos muy inquietos por el almi- 
rante, que partió á caballo á la capital sin más compañía 
que la de un criado. 

Miércoles 18 de Diciembre. — Tres temblores suaves. 

Jueves 19. — Largo temblor con ruido muy fuerte y va- 
rios suaves. 

Viernes 20. — Varios temblores suaves, que no sentí 
por estar á caballo. Parece que los caballos y las muías 
no sienten los temblores y ruidos sino cuando son bas- 
tante fuertes. 

Fui á caballo á Valparaíso. La mañana estaba triste y 
brumosa. No acierto á describir el efecto de un día como 
éste en el paisaje en las nueve millas que median entre 
Quintero y Concón. A un lado las dunas, desprovistas de 
toda vegetación, al otro una fuerte marejada, ambas al 
parecer interminables y como perdidas en la niebla. 

Abríala de cuando en cuando una ráfaga de viento, y 
entonces las tierras distantes parecían suspendidas sobre 
el horizonte, y yo avanzaba con una especie de impacien- 
cia de ver cómo terminaba aquello. 

Me sentía con disposiciones para filosofar un poco. Te- 
rremotos bajo mis pies, pensaba; preludi-os de guerra civil 
en torno mío, mi pobre primo enfermo y muñéndose y 
mi noble amigo, el único verdadero amigo que aquí ten- 
go, próximo á dejar el país, al menos por algún tiem- 

po (1). 

Todo esto me dejaba sin nada con que contar fuera del 
presente, y, tal como el camino que en esos momentos 
recorría, el porvenir se me presentaba envuelto en den- 
sas nubes ó á lo sumo me permitía entrever apenas vagas 
vislumbres de lo que podría reservárseme. 

En casos como éste se despierta en el hombre cierta 
propensión á ver bajo un aspecto cómico sus infortunios. 
Más de una vez me sorprendí durante el camino sonrién- 
dome al descubrir no sé qué imaginarias semejanzas en- 

(1) Véase la proclama de lord Cochrane á los chilenos, que trans' 
cribimos más adelante. 



410 MARÍA GRAHAM 

tre la vida humana y las escenas que me rodeaban, ó la 
pensar en la mala estrella que había traído á una inglesa; 
esto es, á la más doméstica de las criaturas, casi á los 
antípodas, en medio de las conmociones de la Naturaleza 
y de la sociedad. 

Pero si jamás cae á la tierra un pajarillo sin que sea 
prevista su caída, puedo estar cierta de que no seré olvi- 
dada. Muchas veces tengo que recurrir á esta certidum- 
bre para poder soportar males y molestias á que nadie, ni 
aun el más abyecto, se sometería en mi dichoso país sin 
quejarse de su suerte. 

La aparición de Mr. Miers en la pequeña roca, cerca 
de la desembocadura del río, disipó mis sombrías re- 
flexiones. Había venido á mostrarme el nuevo vado, 
porque el antiguo estaba peligroso, y seguimos juntos á 
la casa, donde almorzamos. Empleé hora y cuarto en re- 
correr las doce millas, incluyendo el paso del vado, que 
no es fácil de encontrar y atravesar, pues el río, aunque 
de poca profundidad, es más ancho y correntoso que el 
Támesis en el puente de Londres. Mr. Miers me acompa- 
ñó al puerto. Después de hacer algunas compras (pues 
algunos comerciantes van durante el día á sus almacenes) 
y cambiar mis ropas de montar, fui á comer á bordo de 
la O'Higgins. 

Lord Cochrane ha presentado dos veces su renuncia al 
gobierno, que no se laha aceptado. Estáfírmemente resuel- 
to á ausentarse por algún tiempo. Después de la comida, 
mientras esperaba un bote para ir á bordo de otro bu- 
que, apoyada en el coronamiento de popa de la fragata, 
me puse á reflexionar sobre las dificultades de mi situa- 
ción actual y las que me aguardaban, especialmente si 
venían las lluvias antes que Glennie estuviera capaz de 
emprender viaje á otro lugar donde pudiera habitar en 
una casa seca y sana, y sentí un abatimiento de ánimo 
como muy pocos lances adversos (y he sufrido muchos y 
harto dolorosos) me habían ocasionado. No veía de dón- 
de podría venirme algún auxilio, y he aquí que me vino 



DIARIO 411 

de repente de donde no lo esperaba ni rae habría atre- 
vido á esperarlo. 

Lord Cochrane llegóse á mí y, solitando bondadosa- 
mente mi atención, me dijo que estando próximo á ale- 
jarse del país, yo le quitaría un gran peso del ánimo si 
consentía en irme con él. No podía conformarse — me 
dijo — con dejar así á la viuda de un oficial inglés aban- 
donada y sin protección alguna, en un país sembrado de 
ruinas y asolado por la guerra civil. Le repliqué que no 
podía dejar á mi primo enfermo y que había prometido á 
su madre velar por él. — "No le exijo tal cosa — contentó 
lord Cochrane — ; él también partirá con nosotros, y por 
cierto que no lo cuidaremos con menos solicitud y esme- 
ro que usted". — No pude contestar una palabra, ni si- 
quiera dirigirle una mirada de agradecimiento; pero cual- 
quiera que haya tenida un peso sobre su corazón, que le 
ha parecido imposible de soportar ó de aliviar, y ve que 
una mano generosa se lo quita con delicada bondad y 
cuando menos lo esperaba, comprenderá lo que sentí en 
aquel momento, adivinará una pequeña parte de la grati- 
tud que ilenó mi corazón y que no acerté á expresar. 

21. — Hoy un temblor fuerte y varios suaves. Mis ami- 
gos ingleses están instalados con relativa comodidad en 
los buques anclados en la bahía, por cuyas cámaras ó 
parte de ellas pagan alquiler. El gobernador de Valpa- 
raíso y su familia viven en las barracas de los arsenales. 
Muchos de los más ricos se han ido á Santiago; los po- 
bres y los de la clase media continúan acampados en ios 
cerros vecinos. 

Al extraer los escombros de la ciudad se han encon- 
trado más muertos de los que al principio se supuso que 
habría. Algunos comerciantes han armado carpas y casu- 
chas de madera en las calles más anchas y allí duermen y 
custodian sus mercaderías. Nadie se atreve todavía á pa- 
sar la noche en su casa, con excepción de madame Pha- 
roux, la linda esposa del dueño del hotel francés. Siem- 
pre sonriente detrás de su mostrador, estas cosas inouies 



412 MARÍA GRAHAM 

á Paris apenas le merecen un lig^ero encogimiento de 
hombros. Per lo demás, el terremoto, que apagó los fue- 
gos de todas las cocinas menos los de la suya, le ha 
dejado un buen provecho. Ha tenido suerte, y la merece. 

22. — Sólo tres sacudimientos ligeros. Los preparativos 
de mi viaje me retienen todavía en Valparaíso. Paso el 
día empaquetando en tierra y comiendo con mis amigos 
á bordo. Duermo en un rincón de la cámara en que se 
halla albergada la señora D. y su familia, á bordo de la 
O' Higgins. Con razón dice Shakespeare: "los infortunios 
obligan al hombre á familiarizarse con extraños compañe- 
ros". Ingleses y chilenos, hombres, mujeres y niños, nos 
encontramos reunidos en una familiar promiscuidad sólo 
explicable por los sufrimientos por que, unos más otros 
menos, todos hemos pasado. 

23. — Ligeros movimientos que fueron sentidos á bordo 
y en tierra. Fui á Quintero con mi equipaje en la lancha 
de la Lautaro. Empleamos cuatro horas y media en el 
viaje. Mi llegada á Quintero no careció de importancia. 
Había dicho chanceándome á mis amigos de ese lugar 
que estaba resuelta á celebrar con un plum-pudding la 
Pascua de Navidad y que volvería con todos los materia- 
les y á tiempo para hacerlo. 

Efectivamente, antes de embarcarme en el puerto me 
procuré pasas, azúcar, especias y frutas confitadas; pero 
no fui yo la única en recordar la promesa, pues fui salu- 
dada al llegar por Mr. Jackson con una chistosa poesía de 
circustancias. Para mí, que nunca leo un libro nuevo, ó 
sólo por casualidad cuando algún comerciante norte- 
americano trae alguna reimpresión hecha en Filadelfia de 
una novela de Londres ó Edimburgo (el Pirata (1) es la 
última que he visto), un nuevo poema, siquiera sea de 
cien ó cincuenta versos, sobre cualquier asunto, es un 
acontecimiento literario y como tal se le celebra. Sea lo 



(1) De Walter Scott. Su primera edición se publicó en Edimburg 
en 1822, es decir, unos pocos meses antes de la fecha en que escribía 
la señora Graham. — (N. del T.) 



DIARIO 413 

que fuere, estoy cierta de que ninguna oda de cumple- 
años, con excepción quizá de las famosas odas proba- 
torias (1), causó jamás á sus lectores ú oyentes mayor 
placer que nuestra budinesca rapsodia; y así como se 
levantaron las murallas de Tebas al son de la lira de 
Anfión, así también aderecé mis ciruelas y fabriqué mi 
budín con el acompañamiento de los versos de Mr. Jack- 
son. Libre ya de mis inquietudes y alentada por la espe- 
ranza de verme pronto en mi patria, mi ánimo está dis- 
puesto á gozar de todo. 

25 de Diciembre. — Después de la completa tranquilidad 
de ayer, nos sorprendió desprevenidos á las ocho de la 
mañana un violentísimo temblor, sólo inferior al del 19 de 
Noviembre. Siguiéronle otros menos intensos, que no nos 
alarmaron como el primero. 

Todos estamos ocupados en los preparativos para dejar 
esta deliciosa tierra, pues lo es a despecho de sus terre- 
motos. Sentina menos dejarla si la viera próspera y en paz; 
pero ácada momento nos llegan noticias y rumores de gue- 
rra. El pueblo de Coquimbo se ha declarado abiertamente 
en contra del Director, ha convocado un congreso provin- 
cial y se manifiesta resuelto á resistir al gobierno de San- 
tiago por todos los medios posibles. 
26. — Hoy sólo dos temblores. 

27. — Cuatro temblores. Hoy supimos que en la capital 
reina la mayor consternación. Dícese que los pagarés de 
Arcos tienen un descuento de 40 por 100. El mismo los 
rechaza. Nos aseguran que un meritorio oficial fué redu- 
cido á prisión á consecuencias de una disputa que se sus- 
citó sobre el particular y en que Arcos se condujo indig- 
namente. Sea lo que fuere, ello es que el gobierno de- 
muestra sus alarmas recurriendo á tan miserables expe- 
dientes. 

A fin de parecer fuerte y rico, ha expedido decretos 
concernientes á la reconstrucción de Valparaíso, y se ha- 
bla de grandes proyectos. Pero el golpe maestro es la or- 

(1) Ignoro á qué odas se refiere la señora. — {N. del T.) 



414 mar/a graham 

den dada a! almirante de poner los buques O'Higgins y 

Valdivia á disposición del comandante de Marina, so pre- 
texto de que necesitan reparación, y de convertir la Lau- 
taro en transporte. 

Esto corresponde á tres fines. Se hará creer al pueblo 
que el gobierno tiene suficientes recursos para tomar so- 
bre sí un gasto tan fuerte como el que demandará la re- 
paración de los dos buques en las presentes circunstan- 
cias. Se despoja á lord Cochrane de toda su autoridad, y 
como el gobierno no le ha aceptado todavía la renuncia, 
sus enemigos lo consideran, con no poca satisfacción, 
como una especie de prisionero de Estado, y no dudo 
que, si á tanto se atrevieran, sería sacrificado á la misma 
malevolencia personal que inspiró las acusaciones que 
contra él se formularon en Abril. Se quedará en el puerto 
hasta dejar á la Lautaro imposibilitada para navegar, ya 
sea quitándole los mástiles ó de otra manera. Ha enarbo- 
lado su insignia en la goleta Moctezuma^ lo único servible 
que hay actualmente en la bahía, pues el Galvarino, sin 
un solo inglés á bordo, se hizo por fin á la vela con su 
permiso, á solicitud del Director, para ir á desempeñar 
una comisión reservada. 

Los que concertaron este golpe se olvidaron probable- 
mente de la goleta. Pronto, á Dios gracias, estará fuera 
del alcance de los que así lo tratan en pago del bien que 
les ha hecho. Los marineros han sido pagados y despedi- 
dos. Quedan sólo los oficiales, y con sueldo íntegro. No 
se deben sueldos atrasados sino á la tripulación de la Moc- 
tezuma y á una parte de la Lautaro. 

Las tropas están descontentas y sospecho que el respe- 
to á la persona del Director es lo único que mantiene aún 
en pie su desgraciado gobierno. 

28. — Hoy algunos ligeros temblores. 

Domingo 29. — La tierra ha estado muy tranquila du- 
rante las últimas veinticuatro horas. 

Lord Cochrane llegó con D. y su familia. Estaban refu- 
giados á bordo de la O'Higgins, y ahora que el buque ha 



DIARIO 415 

sido desmantelado no tienen dónde guarecerse. Aquí, al 
menos, encontrarán albergue entre las carpas y los ran- 
chos y tranquilidad y bondadosas atenciones. 

Formamos una abigarrada compañía, congregada en 
un extraño sitio . La parte principal de la casa yace en 
tierra delante de nosotros. Toda la enmaderación ha sido 
removida, y las murallas blanqueadas yacen casi enteras 
delante de las ventanas de la parte habitable del edi- 
fício. 

Aún subsiste en pie un pequeño vestíbulo, que sirve 
de oficina al secretario del almirante y en que duermen 
dos ó más personas; un aposento, que por cortesía llaman 
mío, ocupado por Glennie, mi criada y yo, además de lo 
que puede contener de mi ropa, libros y muebles, que- 
dando el resto delante del cuarto, al aire libre; el apo- 
sento del almirante, donde duerme en un sofá y atiende 
á sus negocios y donde comemos todos cuando el viento 
no nos permite hacerlo en el rancho, sirviendo, además, 
de despensa; y por último, el cuarto que ocupan Mr. y 
Mrs. D., sus dos niños y dos criadas. Mr. Bennet, llamado 
comúnmente don Benito, ha armado una carpa en un bos- 
quecillo á poca distancia de !a casa; el rancho sirve de 
albergue á nuestro prisionero don Fausto, y una extraña 
colección de sirvientes y holgazanes se asila en las semi- 
arruinadas cocinas y bodega. ¡Tales son los habitantes y 
tal el actual estado de la casa de Quintero! 

La calamidad que cayó sobre el país ha reunido á per- 
sonas que ninguna otra combinación de circunstancias 
podría haber puesto en íntimo contacto, personas tan di- 
ferentes unas de otras en educación, hábitos y modales 
como en posición social y carácter, y sólo transitoria- 
mente unidas por una imperiosa necesidad común. ¡Y )a 
casa, todavía inconclusa y en cuya construcción se con- 
sultaba la comodidad y hasta la elegancia, convertida en 
un montón de ruinas! 

Martes 31 de Diciembre de 1822. — La tierra ha estado 
sosegada estos últimos días. Una ó dos veces durante el 



416 MARÍA GRAHAM 

día y generalmente otras tantas durante la noche, hay li- 
geros movimientos, y de cuando en cuando fuertes ruidos, 
pero nada de alarmante. 

Los preparativos de viaje nos dejan poco tiempo para 
preocuparnos de otras cosas. Hemos sabido, sin embargo, 
que el descontento contra el gobierno cunde día á día, 
especialmente en el Norte, y que la Convención de Co- 
quimbo hace lo posible por procurarse recursos con que 
resistir á O'Higgins. Envió 20.000 pesos á Freiré. 

Después de comer vamos, generalmente, á la playa á 
gozar de la vista y música del mar, que viene "como las 
dichas que pasaron, dulces y melancólicas para el alma". 
Hoy permanecimos largo tiempo en el promontorio de la 
Herradura para ver ocultarse en el Pacífico el último sol 
de 1822, y después que se perdió en el mar nos quedamos 
contemplando las cimas de los Andes doradas por sus 
rayos. Las olas rodeaban casi enteramente nuestra roca. 

Hacia el lado de la tierra y hasta donde podían al- 
canzar nuestros ojos, no se veía otra cosa que las ruinas 
de una habitación humana. Las sombras de la tarde nos 
impedían distinguir los pequeños espacios cultivados ro- 
bados aquí y allá á los espesos jarales que se extienden 
hasta los cerros. El ganado se había retirado á los bos- 
ques, y fuera de las aves nocturnas que revoloteaban en 
torno nuestro, ningún ser animado nos recordaba que 
aún pertenecemos al mundo de los vivos. 

Mis pensamientos volaban á otros tiempos ya lejanos 
en que la vida y sus goces eran jóvenes, en que tuve co- 
razones que simpatizaban con el mío y amigos que sentían 
conmigo. El último sol del año pasado se ocultó dejándo- 
me esperanzas, confianza casi; pero ahora la generosidad 
de un hombre, casi un extraño para mí, ofrece á mis pe- 
nas sólo un alivio pasajero. El dolor y la muerte han he- 
cho de mí su presa; mis mayores esperanzas se han des- 
vanecido, y tendré que buscar algo que llene mi vida para 
que no me sea insoportable. 

Mi compañero me sacó de mis reflexiones recordando- 



DIARIO 417 

me lo avanzado de la hora. Volví á la casa en silencio y 
entregada siempre á mis tristes, pero no ingratos recuer- 
dos. Así terminó este año, quizás el más desgraciado de 
mi vida. 

1 ° de Enero de 1823. — Razón tuvo Young para excla- 
mar: «jDulce restaurador de la fatigada Naturaleza, repara- 
dor sueño!» Esta bella y fresca mañana me ha despertado á 
la vida, á la luz, á la esperanza, á la certidumbre de que, 
suceda lo que suceda, este año no puede ser tan calami- 
toso como el pasado. No tengo ya nada que perder, y sí 
algo que ganar en cada pequeño goce que me depare la 
suerte. 

Los inconvenientes de vivir con tanta gente se hacen 
mayores á medida que avanzan nuestros preparativos de 
viaje. Lord Cochrane ha mandado armar carpas en la 
playa, á las que se trasladará inmediatamente mi equipaje 
y después una parte de los huéspedes. 

He cumplido solícitamente mi misión y tengo la satis- 
facción de ver que la salud de mi inválido va mejorando 
gradualmente. 

2. — Por fin, hemos dividido á los numerosos huéspe- 
des de Quintero. El comedor ha sido transportado cerca 
de las carpas. La familia D. queda en tranquila posesión 
de la casa, con el administrador de la hacienda, que ha 
establecido aquí un saladero en que ha preparado carne 
de buey por valor de cerca de diez mil pesos, tan buena 
como la mejor de Irlanda. 

Nuestra nueva residencia forma una línea á lo largo de 
la playa, en el orden siguiente: primero, el rancho que 
nos sirve de comedor, cerca del cerro, con una choza de 
pescadores en que hemos instalado la cocina y un manan- 
tial de agua dulce; segundo, una gran carpa, dividida por 
un biombo en dos departamentos, uno para Glennie y el 
otro para mí; tercero, la carpa que ocupa lord Cochrane; 
cuarto, otra, ocupada por el equipaje y un cuidador; 
quinto, la de Mr. Jackson ; sexto, la de don Fausto, y por 
fin, la de Carrillo. 

27 



418 MARÍA GRAHAM 

Don Benito ha armado la suya fuera de la línea y de- 
trás de las anteriores, de modo que cada uno dispone 
ahora de su departamento independiente, y todos pueden 
reunirse en el rancho cuando les place. Las olas lleg^an 
hasta unas pocas varas de nuestras carpas, rodando sua- 
vemente frente á ellas y rompiéndose un poco hacia la 
izquierda alrededor de las rocas y de los restos del Agui- 
/a, una de las presas tomadas por el almirante en Guaya- 
quil. Los moluscos los han invadido, interior y exterior- 
mente, y á esta circunstancia debemos uno de nuestros 
más exquisitos manjares, el gran barnacle comestible, co- 
nocido aquí con el nombre de pico. Mandé á mi criada á 
Concón á que se encargara del cuidado de los niños de 
la señora Miers. 

Aquí estaba de más, y no creo que la vida á lo Robín 
Hood que llevamos sea muy conveniente para una mu- 
chacha de buena cara. Allá no correrá peligro y lo pasará 
muy bien. 

3 de Enero. — Hoy armé la prensa litográfica en la car- 
pa de lord Cochrane para imprimir la siguiente proclama 
á los chilenos, que espero tener lista mañana: 



«¡CHILENOS, MIS COMPATRIOTAS! 

Quintero y Enero 4 de 1823. 

„E1 enemigo común de América ha sucumbido en 
Chile. Vuestra bandera tricolor tremola en el Pacífico» 
afianzada con vuestros sacrificios. Algunas conmociones 
intestinas perturban á Chile; no me toca investigar sus 
causas ni acelerar ó retardar sus efectos; sólo me es per- 
mitido desear que el resultado sea favorable á los intere- 
ses nacionales. 

„jChilenos! Habéis expulsado de vuestro país los ene- 
migos de vuestra independencia; no mancilléis acto tan 
glorioso alentando la discordia y promoviendo la anar- 



DIARIO 419 

quia, el mayor de todos los males. Consultad la dignidad 
á que os ha elevado vuestro heroísmo; y si os veis en la 
precisión de adoptar alguna medida para afianzar vuestra 
libertad nacional, juzgad por vosotros mismos, obrad con 
prudencia, y dejaos guiar por la justicia y la razón. 

„Cuatro años hace que la sagrada causa de vuestra 
independencia me llamó á Chile. Os ayudé á conquis- 
tarla. La he visto consumada. Sólo resta ahora conser- 
varla. 

„Os dejo por algún tiempo, á fín de no mezclarme en 
asuntos ajenos de mi deber, y por otras razones que guar- 
do por ahora en el silencio, para no fomentar el espíritu 
de partido. 

„¡ChiIenos! Sabéis que la independencia se obtiene á 
la punta de la bayoneta. Sabed también que la libertad 
se funda en la buena fe y en las leyes del honor, y que 
aquellos que contravienen á ellas son vuestros únicos 
enemigos, entre los que nunca encontraréis á 

Cochrane.» 

Nos proponemos también imprimir otra dirigida en la 
misma fecha á los comerciantes ingleses y de otras nacio- 
nalidades establecidos en Valparaíso. Dice así: 



«A LOS COMERCIANTES DE VALPARAÍSO 
» Quintero, Chile, Enero 4 de 1823. 

«Señores: 

„No me es posible dejar este país sin manifestaros la 
viva satisfacción que me causa el ver la extensión que se 
ha dado á vuestro comercio, abriendo á todos el tráfico 
de estas vastas provincias sobre las cuales alagaba Es- 
paña en otro tiempo un exclusivo derecho. La escuadra 
que mantenía ese monopolio ha desaparecido de la su- 
perficie del Océano, y la bandera de la independencia de 



420 MARÍA GRAHAM 

la América del Sur tremola por todas partes triunfante, 
protegiendo aquellas comunicaciones que entre naciones 
son el manantial de riquezas, poder y prosperidad. 

„Si para el logro de este grande objeto se impusieron 
algunas restricciones, sólo fueron aquellas que sanciona 
la práctica de todos los Estados civilizados; y si bien ellas 
han herido los intereses inmediatos de un corto número 
que deseaba aprovecharse de las circunstancias acciden- 
tales presentadas durante la lucha, es satisfactorio saber 
que semejantes intereses sólo han sido pospuestos por el 
bien general. Si hubiese, sin embargo, algunos que se 
considerasen agraviados con mi conducta, les ruego que 
me hagan saber sus quejas, para tener la oportunidad de 
darles una respuesta particular. 

„Espero me haréis la justicia de creer que no me he 
determinado á alejarme de estos mares hasta ver que 
nada quedaba por hacer, según los medios de que podía 
disponer, en vuestra ventaja y seguridad. 

„Tengo el honor de ser, señores, su muy adicto y hu- 
milde servidor (1). 

Cochrane". 

Mr. C, que conoce el manejo de la prensa mejor que 
nosotros, se ha ofrecido para ayudarnos á sacar las re- 
producciones. 

Me agrada esta rústica vida al aire libre; el más insigni - 
ficante suceso nos interesa; y como nunca sabemos lo que 
vendrá ó acaecerá después, el aguijón de la curiosidad 
nos mantiene en constante expectativa el día entero. La 
única cosa de que estamos seguros es nuestro paseo de 
la tarde. 

Algunas veces nos entretenemos en examinar los efec- 
tos del terremoto y creemos descubrir las huellas de otros 
incomparablemente más violentos, ocurridos en épocas 
remotas. Además del placer que nos causa la contempla- 

(1) Damos ei texto original de esta proclama y de la anterior. 
(N. del T.) 



DIARIO 421 

ción del mar, de la tierra y del cielo, no nos faltan otros 
pequeños pasatiempos. Vamos, por ejemplo, al jardín, 
que prospera admirablemente, y nos ocupamos en colec- 
cionar semillas de las plantas silvestres del país, aunque 
por lo temprano de la estación hay todavía pocas maduréis. 

5. — Hemos perdido otra vez al almirante por algunos 
días. Trasladamos la prensa litográfica á mi carpa, donde 
podemos trabajar con más libertad á cualquiera hora, sin 
interrumpir ocupaciones ajenas y sin que tampoco nos in- 
terrumpan. 

El trabajo habría marchado á las mil maravillas si no 
fuera que la tinta enviada por los fabricantes de prensas 
para la exportación es tan mala, que nos vemos obligados 
á renovar la escritura en la piedra con mucha frecuencia, 
de modo que en igualdad de tiempo podríamos haber 
hecho á pluma el mismo número de copias. 

9. — Hoy nos sorprendió la llegada á la bahía de un 
gran buque que permaneció varias horas lejos de la cos- 
ta. En las actuales circunstancias todo despierta sospe- 
chas, y como el almirante ha estado ausente más tiempo 
del que esperábamos y sin escribir, comenzamos á tener 
un poco de alarma por él. 

Según las noticias que corren, la actual contienda no 
tardará en decidirse. Freiré llegó al Maule, á seis días de 
Santiago. Aunque el Director protestó al principio que 
jamás abandonaría á Rodríguez, parece ahora que no sólo 
el ministro, sino también sus medidas y el reglamento 
han sido sacrificados, probablemente demasiado tarde 
para salvar el resto. 

Es indudable que hubo voluntad para reprimir los abu- 
sos y debilidad para tolerarlos, y que el respeto y el amor 
al gobierno han disminuido en proporción á esa debili- 
dad. Lo siento en el alma por el Director. Estoy conven- 
cida de que sus intenciones fueron buenas y no puedo 
olvidar su bondad para conmigo (1), 

(1) Recordaré aquí el capitulo primero del libro segundo de los 
comentarios de Delolme sobre la Constitución de Inglaterra, desde el 



422 MARÍA GRAHAM 

10. — Lord Cochrane regresó en la Motezuma. Todo lo 
relativo á nuestro viaje está ya acordado. Nos embarca- 
mos en el bergantín Colonel Allen, que vendrá con ese 
objeto á Quintero. 

Esperamos que levará anclas antes de ura semana. To- 
dos trabajan ahora activamente: los peones del adminis- 
trador salan carne en el cerro, los carpinteros clavan ca- 
jones, otros individuos cortan tiras de cuero para cuerdas, 
los secretarios escriben, la prensa litográfica funciona, los 
marineros ajustan maderos para construir balsas ó almadías 
en que transportar ía carga al buque (1); y en medio de to- 
do esto, personas que van y vienen, ingleses y de otras na- 
cionalidades, á despedirse del almirante, ó, siento decirlo» 
para darse la triste satisfacción de manifestar su ingratitud. 

Hombres por quienes él lo ha hecho todo, mientras es- 
tuvo al servicio de Chile y mucho antes, hombres que le 
deben todo lo que son y valen, le echan en cara el fraca- 
so de sus propias ambiciones y codicias, como si hubiera 
podido repartir á manos llenas títulos ó distinciones ho- 
noríficas ó disponer de los fondos públicos. A su regreso 
de Acapulco hizo en este sentido por ellos lo que hizo 
por él mismo: obtener de los ministros una promesa so- 
lemne de que se les pagarían y recompensarían sus ser- 
vicios (2). Si algunos de los oficiales han celebrado con- 
tratos privados en ventaja propia, ellos saben mejor que 
nadie con qué condiciones los ajustaron. 



párrafo que comienza: "Si volvemos los ojos á todos los paises libres", 
hasta la conclusión de la cita de la Historia de Florencia, por Maquia- 
vello, pasaje en que se refieren los sucesos ocurridos en Chile desde 
1810, año en que los Carreras abrieron el camino á todos los aconteci- 
mientos posteriores. 

(1) La palabra castellana balsa y la inglesa raft significan la mis- 
ma cosa, pero aquélla sirve también para designar los grandes troncos 
huecos de árboles, tan livianos como corcho, que se usan ahora en lu- 
gar de los cueros inflados de focas que empleaban los indígenas con 
el mismo objeto. 

(2) Véanse las cartas de 4 y 19 de Junio de 1822, en la introduc- 
ción á este Diario. 



DIARIO 423 

Sin embargo, hay algunos en este país, y de sus mejo- 
res ciudadanos, que respetan sinceramente al almirante; 
pero yo creo que en la amistad como en el amor ce n'esf 
pas tout d'etre aimé; il faut étre apprécié, y apenas hay 
aquí uno, que yo sepa, que sea capaz de apreciarlo en lo 
que vale; de suerte que hasta los homenajes que recibe 
son indignos de él. ¡Oh, si estuviera en su patria! 

J7, — Por fin ya está todo á bordo y nosotros listos para 
partir. Esta mañana lord Cochrane y yo subimos á las 
cumbres de casi todos los cerros que hay entre la casa 
•de la Herradura y el mar. Quizá será esta la última vez 
que él recorra estos lugares por los cuales tanto ha he- 
cho, y yo, probablemente, no volveré á ver los sitios 
xlonde, á pesar de tantos sufrimientos, he experimentado 
tantos y tan gratos goces. 

Tenemos una numerosa colección de semillas y raíces 
que espero ver brotar y florecer en mi tierra para que me 
recuerden ésta en que se me dio una bondadosa hospi- 
talidad que jamás olvidaré (1). 

En cuanto al almirante, á pesar de no habérsele re- 
compensado dignamente sus servicios, recordará siempre 
con satisfacción que fué útil á la gran causa de la inde- 
pendencia sur-americana y á los habitantes de este país, 
que le deben las primeras ideas de muchos adelantos en 
la agricultura, en las artes y hasta en el gobierno, ideas 
que algún día darán fruto. A este respecto, sus recuerdos 
de Chile no pueden menos de ser gratos. 

De vuelta á las carpas encontramos á varios amigos que 
venían á darnos la despedida, aunque, para decir verdad, 
las carpas ya no existían y sólo quedaba el rancho, en el 
cual comimos muy alegremente, aunque con poquísima 
comodidad, pues, fuera de unos pocos cuchillos y platos, 
todo estaba ya en el buque. Nos improvisamos tenedores 



(1) Mientras se imprimía este pliego un bulbo de la planta que en 
Chile llaman Mancaya floreció en el jardín de los señores Lee y Ken- 
nedy, en Hammersmith. Ha recibido el nombre científico de Cyrtanhia 
Cochranea. 



424 MARÍA GRAHAM 

de madera y tos cuchillos pasaron de mano en mano. Un 
trozo de carne asada al aire libre y algunas patatas al res- 
coldo, tal fué nuestra última comida en la Herradura. 

18. — Anoche dormimos á bordo. La mañana se empleó 
en hacer provisión de leña y agua. A las seis, el capitán 
Crosbie fué á bordo de la Motezuma á arriar la insignia 
de lord Cochrane (1), dándose así por terminada su auto- 
ridad naval en Chile. Dispárase un cañonazo y la insignia 
fué llevada á bordo del Colonel Allen y entregada á su 
señoría, que la recibió de pie en la popa, sin revelar emo- 
ción, y recomendó que la guardaran cuidadosamente. Al- 
gunos de los que lo rodeaban dieron signos de estar vi- 
vamente impresionados (2). Con esa bandera les había 
mostrado muchas veces el camino de la victoria y siem- 
pre el del honor. 

Quintero va perdiéndose más y más en el horizonte; 
sólo Dios sabe si lo volveremos á ver. 

Lord Cochrane adoptó á Chile por patria. El gobierno 
lo trató mal, y ahora, cuando le sería fácil, si lo quisiera, 
vengarse de los malos tratamientos que ha sufrido, se re- 
tira. No ignoro que hay quienes creen justo y convenien- 
te que todos ios hombres honrados tomen parte en las 
conmociones civiles para que los mejores y más pruden- 
tes procuren la reconciliación de los bandos. Esto puede 
convenir á los naturales de un país, mas de ninguna ma- 
nera á un extranjero, y mucho menos á un extranjero de 
noble alcurnia y cubierto de glorias militares, en quien 
podría suponerse que á los medios de imponer su autori- 
dad se uniría el deseo de ejecutarlo. 

En este caso, después de haber librado al país de un 
enemigo extranjero y afíanzado su independencia nacio- 
nal, es prudente, es noble, es generoso mantenerse lejos 
de las discusiones internas y dejar que los hijos del país 



(1) La bandera que usaba á bordo de la O'Higgins habia sido en- 
viada antes al gobierno. 

(2) El capitán Crosbie, los tenientes Grenfell, Shepherd y Clewly, 
y algunos caballeros de Valparaíso. 



DIARIO 425 

sean los arbitros de las conveniencias del mismo. La ley 
y la justicia mismas sólo pueden preservar á los ciudada- 
nos de males exteriores, más no entremeterse en sus 
asuntos de familia. 

22. — Del 18 al 21 tuvimos muy mal tiempo y mar agi- 
tado. Esta mañana divisamos á proa y al través de la nie- 
bla la isla de Más Afuera, á unas siete leguas de distancia. 
Un poco después pusimos proa hacia Juan Fernández, 
donde completaremos nuestra provisión de agua. Mucho 
habría sentido, en verdad, dejar el Pacífico sin conocer 
la isla de Alejandro Selkirk, que con el nombre de Ro- 
binson Crusoe es, después de Don Quijote, el prototipo 
del más interesante de los héroes de novelas. 

24, — Ayer y hoy, Juan Fernández á la vista. Aunque 
navegábamos á velas desplegadas no pudimos llegar sino 
en la tarde, poco antes de ponerse el sol. Es la isla más 
pintoresca que he visto, toda formada de grandes rocas 
perpendiculares y hermosos valles, en el mayor de los 
cuales se ven las ruinas de una pequeña ciudad, que real- 
zan lo pintoresco del conjunto. Cuando anclamos era de- 
masiado tarde para bajar á tierra, pero permanecimos so- 
bre cubierta hasta tarde, admirando la extraordinaria 
belleza de aquella escena, iluminada por la luz de la luna. 

25. — Antes de aclarar, lord Cochrane y demás caba- 
lleros bajaron á tierra con el objeto de subir el elevado 
cerro que se alza detrás del puerto y divisar desde la 
cumbre el otro lado de la isla, donde dicen que hay lla- 
nos y tierras cultivables. Los vi escalar un altísimo pico, 
y después desembarqué con Glennie y otros para recorrer 
un poco la isla y comer. Su señoría y compañeros volvie- 
ron de su excursión muy contrariados. 

El contramaestre del bergantín, que algunos años antes 
pasó varios días en la isla, se ofreció para guiarlos, pero 
en vez de llevarlos á la cima más elevada los hizo escalar 
trabajosamente un áspero picacho de 1.500 pies de altu- 
ra, rodeado de otros más altos aún, de suerte que desde 
su cumbre no se veía más que desde abajo. Lord Cochra-^ 



426 MARÍA GRAHAM 

ne trajo de allí un trozo de lava negra, pesada y porosa, 
y un poco de arcilla dura y llena de celdillas, cuyo inte- 
rior parece estar ligeramente vitrificado. La isla se com- 
pone principalmente, á lo que parece, de esta lava poro- 
sa, cuyas estratas, cruzadas en ángulos rectos por una lava 
negra y compacta, descienden hasta el mar con una incli- 
nación de 22 grados en el lado Este de la isla y de 16 en 
el opuesto, convergiendo hacia el centro de ella. Los 
valles son fértilísimos y surcados por numerosos arroyos, 
que de cuando en cuando forman pantanos en que abunda 
el berro y otras plantas acuáticas. 

El suelo es por lo común de color ocre rojizo; hay 
montículos y bancos de arcilla roja, y encontré una espe- 
cie de cenizas volcánicas parecidas á la puzzolana y algu- 
nas fragmentos de piedra pómez. El pequeño valle en 
que se halla la ciudad, ó mejor dicho, sus ruinas, es 
bellísimo, cubierto de árboles frutales, flores y hierbas 
aromáticas, y en la parte próxima á la costa de rábanos y 
avenas marítimas. Juan Fernández sirvió en otro tiempo 
de presidio para prisioneros políticos, ignoro desde 
cuándo, probablemente desde la revolución ó poco antes, 
pues sobre la puerta de la destruida iglesia se lee esta 
inscripción: 

«La casa de Dios es la puerta del cielo, y 
se colocó el 24 de Septiembre de 1811.» 

Había un pequeño fuerte en la playa, del cual no que- 
dan sino los fosos y parte de un muro, y otro, despropor- 
cionadamente grande para el lugar, en un punto elevado 
y estratégico. Este tenía un cuartel para la guarnición, 
arruinado como la mayor parte del fuerte; sólo quedan 
€n pie el muro del frente, el asta de la bandera y una 
torrecilla. 

Bajo el asta de bandera yace un hermoso cañón de 
bronce fundido en España en 1614. Subsisten aún algunas 
•casas y chozas en regular estado, aunque la mayor parte 



DIARIO 427 

de sus puertas, ventanas y techos han sido llevados ó 
empleados como combustible por las tripulaciones de 
buques balleneros ú otros que han tocado en la isla. 

La condición de la colonia fué floreciente durante 
algunos años. Los desterrados cultivaban legumbres y 
árboles frutales, que prosperan aquí admirablemente, tan- 
to que muchas especies se han hecho silvestres y multi- 
plicado hasta el punto de servir para el abastecimiento de 
los buques, que procuraba á los reos algunos medios con 
que hacer menos penoso su destierro. 

Esto, sin embargo, no tardó en suscitar envidias y 
recelos, y las autoridades lo prohibieron á los desterra- 
dos. Prohibióseles también el cultivo de la vid, á que el 
terreno de la isla era extraordinariamente favorable, y los 
rebaños fueron arrojados de los bosques por medio de 
perros para que los colonos no se hicieran demasiado 
independientes. No obstante, la colonia se mantuvo du- 
rante algún tiempo, y los buques tocaban á menudo en la 
isla, especialmente para proveerse de agua, que es mejor 
y más abundante que la de Valparaíso y se conserva más 
tiempo en el mar; pero después que se prohibió á los 
prisioneros abastecerse de provisiones, éstas eran envia- 
das por el gobierno. 

A mediados de 1821 estalló un motín contra el go- 
bernador, encabezado por el norteamericano Brandt, y 
en que se creyó implicado á uno de los desgraciados Ca- 
rreras de Viña del Mar, que se hallaba desterrado en la 
isla por motivos políticos y fué muerto en el primer dis- 
turbio, de modo que fué imposible saber á punto fijo si 
tomó ó no parte en la conspiración. He oído que uno de 
los confínados, que le guardaba rencor por una antigua 
ofensa, aprovechó la oportunidad del motín para vengar- 
se de su enemigo. 

Los insurgentes, después de encerrar al gobernador y 
vencer á la guarnición, se apoderaron de los botes de un 
buque ballenero norteamericano, que se hallaba allí an- 
clado, con intención de embarcarse en él y huir á algún 



428 MARÍA GRAHAM 

país extranjero, pero el buque, dejando sus botes en po- 
der de los amotinados, se hizo á la vela para Valparaíso, 
donde se supo por su conducto lo ocurrido en la isla (1). 

A consecuencia de la insurrección de Brandt el gobier- 
no de Chile resolvió abandonar la colonia. La guarnición 
fué llevada de allí, desmantelado el fuerte, y la isla priva- 
da en cuanto fué posible de cuanto pudiera ofrecer me- 
dios de subsistir á los futuros habitantes. 

El gobierno, sin embargo, publicó á principios de este 
año un manifiesto en que expone sus títulos sobre la 
isla y prohibe á cualesquiera personas establecerse en 
ella, matar el ganado ó sacar madera de los bosques. 

Después de andar largo tiempo por entre las arruina- 
das chozas y jardines volví al lugar donde dejé á mis 
compañeros, que durante mi ausencia habían dispuesto 
un comedor en un sitio delicioso. Bajo la sombra de dos 
enormes higueras hay un pequeño espacio circular limi- 
tado por un cristalino arroyuelo, que en su rápido des- 
censo salta de piedra en piedra, mezclando sus murmu- 
llos con los de la brisa y del mar. 

Aquí encontré á lord Cochrane y demás sentados alre- 
dedor de un mantel de hojas de higuera cubierto con pro- 
visiones traídas del buque y frutas de la isla aún no ente- 
ramente maduras. Refrescamos nuestro vino en el arroyo, 
y servían de decoraciones á nuestro rústico comedor el 
frondoso follaje de los árboles, car^^^ados de frutas, y las 
flores del cerro que dominan las ruinas del fuerte, cuya 
imagen se reflejaba en la plateada y murmurante superfi- 
cie del arroyuelo. 

Terminada la comida, fui con lord Cochrane al valle 
que llaman Parque de lord Anson. Encontramos en el 
camino numerosas plantas y hierbas europeas, "allí donde 
en otro tiempo lució sus encantos el jardín y donde sólo 



(1) El comodoro de S. M. B. lo comunicó al Brasil y á las colonias 
españolas para que las naves mercantes inglesas se abstuvieran de 
tocar en la isla, por temor de que los sublevados se apoderaran de 
ellas. 



DIARIO 429 

florecen hoy plantas silvestres". En los medio destruidos 
setos, deslindes de los antiguos campos, vimos manzanas, 
peras, membrillos y cerezas casi maduras. Como el te- 
rreno sube rápidamente desde la playa, aun en los valles, 
y la hierba estaba resbaladiza, el paseo nos fatigó un 
poco. 

Nos sentamos bajo un frondoso membrillo, sobre una 
alfombra de torongil rodeada de rosales, á descansar y 
recrear los ojos con la hermosa vista que teníamos delan- 
te de nosotros. Lord Anson no exageró la belleza de ese 
lugar y lo delicioso del clima. A pesar de lo temprano de 
la estación cogimos exquisitos higos, cerezas y peras, á 
que sólo faltaban para su perfecta madurez unos pocos 
días de sol. Sentí dejar este pintoresco sitio y tener que 
volver al desembarcadero para encerrarme de nuevo en 
la estrechez y obscuridad del buque. 

El desembarcadero es también el lugar en que los bu- 
ques se aprovisionan de agua dulce. Un pequeño dique, 
construido con las piedrecillas de la playa, forma allí una 
caleta para los botes á inmediaciones de una vertiente 
de agua que una canal conduce hasta la caleta, de modo 
que los marineros, sin necesidad de bajar á tierra, pueden 
llenar las pipas por medio de mangueras con el agua más 
pura y deliciosa. 

Algunos viejos cañones medio enterrados en la playa 
sirven para amarrar los buques, que están más seguros 
mientras más cerca de tierra fondean. Soplan á veces de 
la montaña fuertes ráfagas de viento que sólo duran unos 
pocos minutos. Durante nuestra ausencia Glennie se en- 
tretuvo en calcular la mayor altura de la isla, que estima 
en unos 3.000 pies. 

26. — Bajé temprano á tierra con los marinos con in- 
tención de hacer algunos croquis y de coleccionar plan- 
tas en los cerros. Mientras ellos realizaban su plan de 
subir al punto más elevado para divisar el lado opuesto 
de la isla, yo me quedé atrás. Pronto los perdí de vista; 
el buque estaba fuera del alcance de mi voz; en la playa 



430 MARÍA GRAHAM 

no había ningún bote, y yo me encontraba enteramente 
sola en medio de las ruinas de la en otro tiempo flore- 
ciente colonia. 

No permanecí allí largo tiempo. Arrastrándome más 
que corriendo, porque lo abrupto del terreno me obli- 
gaba con frecuencia á valerme de la manos para subir, 
me dirigí á un paraje en que ciertas señales de cultivo 
me indujeron á buscar hierbas ó plantas exóticas y en que 
encontré una considerable extensión de vides, en estado 
silvestre, abundantes hierbas comestibles, especialmente 
perejil, y gran cantidad de menta á orillas de los manan- 
tiales, que supongo indígena, como la fresca y el alque- 
quenje. 

Hallábame en un sitio enteramente solitario, en que 
nada revelaba el paso ó la presencia del hombre, y donde 
parecía estar excluida de toda comunicación con ningún 
ser viviente. Sola en medio de este magnífico desierto, 
mi primer impulso fué exclamar con el poeta: 

"/ am monarch of all I survey. 

My right there is none te dispute" (1). 

Luego sentí, sin embargo, que la soledad absoluta es 
tan desagradable como contraria á la naturaleza, y una 
vez más acudieron á traducir mis sentimientos los exquisi- 
tos versos de Cowper: 

"Oh, solitude! where are the charms 
That sages have seen in thy face? 
Better dwell in the midst of alarms 
Than reign in this horrible place" (2). 



(1) "Soy monarca de todo cuanto se extiende ante mi vista; na 
hay nadie que me dispute mi derecho". Así comienza una bella poesia 
de Cowper, que éste supone compuesta por Alejandro Selkirk en la 
isla de Juan Fernández. — (N. del T.) 

(2) «¡Oh soledad! ¿dónde están los encantos que los sabios hallan 
en ti? Es preferible vivir en medio de sobresaltos y peligros á reinar 
en este horrible desierto.» Segunda estrofa de la citada poesí% de 
Cowper. — (N. del T.) 



DIARIO 431 

Y repetí una y otra vez todo el poema, hasta que vien- 
do que dos de mis compañeros venían bajando el cerro^ 
corrí á su encuentro, como si realmente hubiera estado 
"fuera del alcance de la humanidad". Eran lord Cochra- 
ne y Mr. Sheperd, que, después de llegar á la cima que 
comunica los dos lados de la isla y divisar la parte opues- 
ta, dejaron á los demás proseguir su excursión por Ios- 
bosques. 

Dicen que no hay allá terrenos planos ni diferencia 
notable en la vegetación. Vienen entusiasmados con la 
belleza de los paisajes, y me trajeron espléndidas flores y 
plantas, fucsias, andrómedas, arrayanes, etc., y sobre todo 
una bellísima planta de flores monopétalas, hojas gruesas 
y brillantes, y flores y bayas de hermoso color purpúreo. 
No conozco ninguna otra que se le parezca. 

Mientras arreglábamos las plantas y flores en nuestro 
comedor bajo las higueras, llegaron los demás excursio- 
nistas con la noticia de haber descubierto vestigios de 
habitación humana, como restos de carbones reciente- 
mente apagados y un caballo que presentaba signos indu- 
dables de haber sido ensillado poco ha, de lo cual dedu- 
jimos que probablemente había en la isla algunos vaque- 
ros ocupados por cuenta del gobierno en hacer charqui y 
preparar cueros para Valdivia, suposición que muy luegO' 
vimos confirmada. 

Después de comer fuimos á la parte occidental de las 
ruinas del pueblo, y allí admiramos la extraordinaria regu- 
laridad de la estructura de las rocas y algunas curiosas 
cavernas parecidas á las de Monte Albano. 

En una de las mayores hallamos una cabra muerta, que 
naturalmente nos hizo pensar en Robinson Crusoe. Estog 
animales abundan en la isla, pero, aunque en mi paseo de 
hoy vi varias de sus guaridas, no encontré ninguna viva. 

En los momentos en que nos dirigíamos á bordo pre- 
sentóse un hombre que nos dijo que él y otros cuatro es- 
taban actualmente ocupados en beneficiar el ganado de 
la isla y que acababan de embarcar para Talcahuano un. 



432 MARÍA GRAHAM 

cargamento de charqui, sebo y cueros. Supongo que la 
presencia de los excursionistas en la montaña esta maña- 
na ocasionó esta visita. 

Lord Cochrane pagó unos cueros y sebo que el capitán 
del buque había llevado á bordo, y partimos de Juan 
Fernández, quizá para siempre. 

£1 buque estaba fondeado tan lejos de la costa que se 
demoró mucho en recoger el ancla y la cadena. El anco- 
raje es casi tan escarpado como el de Santa Elena. 
Mientras me ocupaba á bordo en dibujar las bahías, los 
caballeros fueron á pescar y trajeron un bote lleno de 
magníficos peces, conocidos y no conocidos. Distinguían- 
se entre los primeros algunos bellos bacalaos y grandes 
cangrejos. 

28. — Tan pronto como el buque completó su provisión 
de agua nos hicimos á la vela, muy satisfechos con nues- 
tra visita á la isla. En ella podrían producirse en gran 
cantidad ganados, vino y legumbres, pero el país que tome 
posesión de ella tendrá que importar el trigo. Puede man- 
tener fácilmente 2.000 personas, canjeando el exceso de 
carne, vinos y aguardientes por harina y ropa. Su abun- 
dancia de madera, agua y otras producciones útiles po- 
drían hacer de ella una de las más importantes estaciones 
del Pacífico. 

Actualmente los buques balleneros ingleses la visitan á 
menudo. Sus tres radas, conocidas con los nombres de 
bahías del Este, del Oeste y Central, están en la costa de 
sotavento, de suerte que en ellas el mar es muy tranquilo; 
las tres tienen manantiales de agua dulce y son muy her- 
mosas. 

Lunes 10 de Febrero. — Desde que partimos de Juan 
Fernández hemos navegado regularmente. El termómetro 
no ha bajado de 40° Fahrenheit, á pesar de nuestra pro- 
ximidad al Cabo de Hornos. Mi pobre inválido está muy 
mal, postrado en cama. 

Martes 11. — Hoy amanecieron á la vista las tierras pró- 
jcimas al Cabo de Hornos, que doblamos poco antes de 



DIARIO 433 

ponerse el sol. Cubrían la tierra nieblas y nubes, que de 
cuando en cuando dejaban pasar los rayos del sol; casi 
continuamente soplaban brisas húmedas y frías. La costa 
es bastante elevada, especialmente cerca del Falso Cabo 
de Hornos, donde hay varios cerros cónicos que no al- 
canzamos á distinguir claramente. 

Lord Cochrane desembarcó aquí en el mes de Noviem- 
bre de paso para Chile. Dice que anduvo alg^unas horas 
en un delicioso valle, lleno de bellas plantas y flores. Ele- 
vadas montañas avanzan hacia el mar, y aunque todavía 
estamos en otoño las más altas están coronadas de nieve. 
Los cerros más inmediatos son escarpados y abruptos. 

Las rocas del Cabo, blancas como tiza, se alzan en fan- 
tásticas puntas, que á la distancia parecen ruinas de anti- 
guos castillos; al ocultarse el sol al través de la atmósfera 
nebulosa tomaron hermosos tintes de oro y púrpura. 

Antesde obscurecerse alcanzamosá divisarlos desnudos 
é inhospitalarios picos de las islas ó, mejor dicho, peñones 
de Barneveldt, más allá de los cuales asoman las monta- 
ñas sus elevadas cimas por entre densas nubes. Los nom- 
bres de Horne y Barneveldt atestiguan la prioridad de los 
holandeses en el descubrimiento de este fácil paso del 
Atlántico al Pacífico. 

En 1616 Le Maire, natural de Horne, en Holanda, do- 
bló por primera vez este cabo, al cual dio el nombre del 
lugar de su nacimiento, asociando así á esa pequeña ciu- 
dad uno de los más conocidos lugares del mundo. 

Mucho celebro haber conocido el Cabo, pero preferi- 
ría haber pasado por el estrecho de Magallanes, á que las 
aventuras y sufrimientos de Drake, Cavendish y otros an- 
tiguos navegantes comunican un interés que la inmensa 
desolación de esas regiones no puede inspirar por sí sola. 
Por la misma razón siento no haber visto á Chiloé, que 
la memoria de Byron hace interesante para mí (1). 

(1) Excusado parece advertir que la señora Graham no se refiere 
al poeta Byron, que jamás visitó ni celebró en sus versos estas remo- 
tas tierras, sino al abuelo de¡ poeta, el célebre comodoro y navegante 

28 



434 MARÍA GRAHAM 

12 de Febrero. — Hoy pasamos el estrecho de Le Maire. 
Las tierras próximas al cabo Buensuceso parecen bue- 
nas y agradables, con cerros cubiertos de hierbas y árbo- 
les. Más allá se ven altas montañas, y en la costa rocas es- 
carpadas y numerosas ensenadas y caletas. La tierra de 
los Estados, en el lado Este del estrecho, es de tan triste y 
desolada apariencia que creo que será uno de los últimos 
puntos del globo que habitarán los hombres. 
Tiempo muy frío y desagradable. 

14. — Hoy amaneció á la vista la isla Falkland occiden- 
tal. Es de regular altura y parece desprovista de árboles, 
pero cubierta de hierba, con algunos grupos de peque- 
ños arbustos verdes. 

Las rocas parecen formadas de capas horizontales de 
arenisca; al Sur de la isla las cubre completamente el 
agua. Circundan la costa peñas quebradas, cuyas altas 
agujas semejan pináculos de iglesias. Aquí y allá se ven 
puertas y ventanas naturales que me recordaron las de 
Holy Island en la costa de Inglaterra. Hay magníficas ba- 
hías, todas desiertas. 

Los españoles destruyeron bárbaramente nuestro esta- 
blecimiento de Port Egmont, y después tuvieron que 
abandonar el suyo á causa, sagún dicen, de lo riguroso 
del clima y de la esterilidad de la tierra. Me inclino á 
creer que el cultivo podría remediar esos dos males, y no 
hay islas mejor situadas que éstas para abastecer los bu- 
ques que van al Pacífico. Hoy fluctuó el termómetro en- 
tre 43° y 50° y cayó una nevazón. El barómetro marca de 
29,15 á 29,20. La temperatura del mar es de 48°. 

1.° de Marzo. — Llegamos al cabo Santa Marta. En la 
noche hubo espléndidos relámpagos. Mientras los obser- 
vábamos sentimos caer en el mar, á alguna distancia del 
buque, algo como un cuerpo pesado desde una altura. 

Juan Byron, que acompañó á lord Anson en sus viajes de descubri- 
miento y circunnavegación y naufragó con varios compañeros en las 
regiones australes de Chile, donde sobrellevaron largos y crueles pa- 
decimientos.— fTV. del T.) 



DIARIO 435 

Media hora después Mr. J. vio y otros oyeron caer un se- 
gundo cuerpo en el ag-ua. ¿Serían piedras meteóricas? 
Durante algunos días el termómetro no ha bajado de 80°. 

4. — Vamos siguiendo la costa lentamente. El termó- 
metro marcó 82° en la mañana y en la noche y 89° á me- 
diodía. 

9. — Navegamos á lo largo de la costa y por entre las 
islas de la bahía de los Santos, de las cuales ni la mitad 
aparecen en los mapas. Casi todas son elevadas, muchas 
de ellas rocosas y algunas cubiertas de palmeras. El ter- 
mómetro llegó hasta 94°, pero anoche una tempestad 
eléctrica y algunas ráfagas de viento y mangas de lluvia 
refrescaron el aire. 

13. — Anclamos en la bahía de Río de Janeiro. 

POSTDATA 

La guerra civil que estalló antes de mi partida de Chi- 
le no fué de larga duración ni muy sangrienta. Termi- 
nó con la elección de Freiré para el cargo de Direc- 
tor y la convocación de una nueva Convención, que de- 
bemos esperar piadosamente que aprovechará los errores 
de la anterior. El Director O'Higgins pocos días después 
de su regreso de Valparaíso, donde el terremoto casi le 
costó la vida, se retiró á su residencia campestre del 
Conventillo á descansar y reparar sus fuerzas. 

A fin de que los negocios públicos no sufrieran duran- 
te su ausencia del gobierno y probablemente para dar 
aún mayor prestigio á Rodríguez, que era hechura de San 
Martín y á quien estaba en ese tiempo resuelto á soste- 
ner, delegó su autoridad en él y otros tres, que, según 
entiendo, la ejercieron sólo por unos pocos días. 

Los asuntos del Sur se acercaban á una crisis. Los sol- 
dados y el dinero que se esperaban de Coquimbo sirvie- 
ron para combatir al gobierno de Santiago. Aconcagua 
siguió el ejemplo y envió diputados á la Convención de 
Coquimbo. La tentativa de reclutar soldados para el ejér- 



436 MARÍA GRAHAM 

oito de O'Higgins costó algunas vidas en Quillota. El 
Director se vio obligado á abandonar á Rodríguez. Ar- 
cos huyó. San Martín se apresuró también á abando- 
nar al hombre á quien sus malos consejos arruinaron en 
parte. 

No quedaba ya al Director otro recurso que la adhesión 
de las tropas. Fué á los cuar-teles. Pidió á los soldados en 
el nombre de la patria que le prestaran su apoyo; les ha- 
bló de la gloria que juntos habían conquistado, del orgu- 
llo que cifraba en su adhesión. Unos pocos, impresiona- 
dos por este llamamiento, se declararon por el Director. 
Muchos les replicaron que sus medidas habían arruinado 
la causa de la patria y que Freiré no era menos amado 
que él y también había sido compañero y jefe de ellos; 
y, como para hacer más amarga aún esta respuesta, los 
nombres de los Carreras fueron pronunciados entre dien- 
tes en las fílas. O'Higgins entonces, descubriendo su pe- 
cho, les dijo que ya que no había logrado satisfacer á sus 
conciudadanos y compañeros de armas, les ofrecía una 
vida que ya no tenía valor para él; y después de un grito 
de "¡viva el Director O'Higgins!", lanzado por su guardia 
y no repetido por la tropa, se retiró, pidiéndoles que se 
mantuvieran tranquilos, porque él no quería exponerse á 
tener que derramar la sangre de sus compatriotas. 

Creo que éste fué el último acto público de este hom- 
bre tan bueno como débil. 

Mediante la influencia de su madre y de su hermana, 
una compañía mercantil hizo de él su instrumento. Esta 
fué una de las principales causas de su caída. Deseó irse 
á Irlanda, patria de sus antepasados, pero fué detenido 
en Chile con no sé qué pretexto de exigirle cuentas de la 
inversión de los fondos públicos y puesto bajo la custo- 
dia de Zenteno. 

El ejército de Freiré marchó directamente á Valparaí- 
so, donde se le juntó una pequeña fuerza que vino por 
mar de Talcahuano. Dirigióse de aquí á la capital, pero 
no inmediatamente, por temor de que algún resto de ad- 



DIARIO 437 

hesión á O'Hig-gins ocasionara resistencia de parte de 
las tropas. 

Mientras tanto los partidarios de Freiré y los ení;m¡gos 
de 0'Hig"gins hacían causa común. La antigua Conven- 
ción fué disuelta y reunióse la nueva, en cuya elección 
tuvo más parte el pueblo, y á que pertenecieron varios 
de los miembros de la anterior. Freiré resistió largo 
tiempo á las instancias de todos los partidos para que 
asumiera la dictadura, alegando que en sus proclamas y 
de palabra siempre había declarado que su venida del 
Sur tuvo por único objeto la destitución de ministros 
perniciosos. 

Pero era indudable que no se toleraría la continuación 
de O'Higgins en el gobierno. El país reclamaba un ma- 
gistrado supremo. Por fin, el 31 de Marzo de 1823, pre- 
sentóse á Freiré un oficio de los plenipotenciarios de 
Santiago, Concepción y Coquimbo, en que éstos solici- 
taban de él que aceptara el cargo. Otro designaba á estos 
tres, á saber, don Juan Egaña, plenipotenciario de Santia- 
go; don Manuel Novoa, de Concepción, y don Manuel 
Antonio González, de Coquimbo, para que con el nuevo 
director y el secretario Alamos formaran un senado, acor- 
daran una acta de unión y reunieran en una las conven- 
ciones de las tres divisiones del Estado. El primero de 
Abril aceptó Freiré el cargo de director, el senado entró 
en funciones y se reunió, si no me equivoco, la Con- 
vención. 

La revolución fué dirigida y llevada á cabo con inusi- 
tada moderación y serenidad, que honran á los caudillos 
de ambos partidos y que espero seguirán inspirando los 
procedimientos del nuevo gobierno. 

Creo que nada completará mejor esta suscinta exposi- 
ción de los cambios políticos ocurridos en Chile después 
de mi partida que el siguiente memorial, dirigido á la 
nueva Convención y firmado por los miembros de la 
Junta de gobierno que ejerció la autoridad suprema desde 
la abdicación del director O'Higgins hasta la reunión del 



438 MARÍA GRAHAM 

congreso, ó más bien hasta la elección del nuevo se- 
nado (1). 

«Señores diputados: 

„La reunión de los representantes del pueblo en esta 
augusta asamblea, es el momento suspirado de la Patria 
para aplicar remedios á los terribles males que la aflijen, 
y jamás gobierno alguno se vio en circunstancias de de- 
searla con tan ardiente empeño como la Junta gubernati- 
va en la crisis actual. 

«Vosotros vais, señores, á restablecer la Nación, que, 
desgracias que no era fácil prever, amagan reducir á la 
nada. Seis años de un gobierno coronado en todas sus 
empresas con sucesos felices, respetado entre los extra- 
ños y temido al menos en nuestro territorio, habían dado 
al directorio pasado todo el poder de hacer bien. 

„A1 ímpetu de las armas y á la exaltación de pasiones 
que acompañan los primeros momentos de toda revolu- 
ción, había sucedido la calma de la paz. 

El pueblo conocía que sus derechos no consistían en el 
uso de un poder ilimitado y ejercido aisladamente, que 
podía precipitarle en la anarquía, y que su sólida felici- 
dad estaba en el orden y en establecerse instituciones 
garantes que bajo el imperio de las leyes le defendiesen 
de la arbitrariedad. 

„Pero, por una desventura que acompaña al hado de las 
naciones, fahó tino para hacer el bien al gobierno que 
mejor pudo hacerlo. El descontento público rompió 
la barrera de la opresión, y agitadas las pasiones en este 
impetuoso choque contra el anterior gobierno, amagan 
males que, si no se evitan antes del término en que 
lleguen á ser irremediables, sumirían á la Patria en el 
sepulcro, llevando tras sí el recuerdo de doce años de 
gloria y sacrificios perdidos. A vosotros, pues, padres del 
pueblo, se encarga alejar la confusión, la desorganización, 
el deshonor de la Patria. Este es el preciso y el grande 
objeto con que sois llamados. 

(1) Damos el texto original de este documento. — (TV. del T.) 



DIARIO 439 

„La Junta no teme decirlo: Chile nunca se vio en crisis 
más peligrosa. Nuestra revolución presenta vicisitudes 
en que cuasi se han cometido todos los errores é inadver- 
tencias de que es capaz el espíritu humano; mas en un 
gobierno siempre concentrado y en la estrecha unión de 
todos sus hijos, oponía la Patria un dique á las desgracias 
que iban á inundarla. 

„Hoy por la primera vez amenaza el grito de desunión, 
y esta voz, más que á los oídos, debe herir el corazón de 
ios patriotas. 

„La prudencia, un generoso desprendimiento de inte- 
reses subalternos que nada son delante del bien general 
del Estado, y los principios de la más exacta igualdad y 
justicia, evitarán los desórdenes, las divisiones que van á 
hacer á los pueblos maldecir la hora en que salieron de 
tranquila esclavitud. 

„Luego se cumplirán dos meses que el voto de nuestros 
conciudadanos nos llamó á encargarnos de la administra- 
ción pública, y no ha pasado un día de este corto período 
que no haya sido señalado con alguna circunstancia que 
agravase la amargura de nuestro corazón. 

„Al haceros presente la situación política del Estado, 
vais á fijar la vista en un cuadro de desgracias presentes 
y de temores para lo futuro que avergüenza nuestros 
días, y que silenciaríamos para que fuera de Chile no se 
supiesen nuestras miserias interiores si el mal no necesi- 
tase de tan urgente remedio y si no estuviese en nuestras 
manos mejorar nuestra suerte y ser respetables y felices 
en el momento que queramos. 

„Chile formaba una república indivisible en principios 
de Noviembre último. Abrumados los pueblos del peso 
de la opresión, se sustrajeron de la obediencia del Direc- 
tor del Estado, estableciendo Asambleas que reuniesen 
respectivamente la representación de cada provincia. 

„Este esfuerzo generoso, dirigido únicamente contra el 
ciudadano que gobernaba con arbitrariedad, no ha podido 
ser una empresa contra nosotros mismos; no ha podido 



440 MARÍA GRAHAM 

tener por objeto atacar la unidad de la Nación. El Direc- 
tor, en los últimas días de su mando, para restituir al país 
la tranquilidad que no pudo conservar, ofreció á los re- 
presentantes de Concepción (que decían obrar de acuer- 
do con los de Coquimbo) abdicar en la persona que ellos 
le propusiesen la Dirección Suprema del Estado, cual la 
había ejercido, para que este trastorno no ocasionase la 
disolución de la república. 

„E1 pueblo de Santiago, que ignoraba tal propuesta y 
que además no creía aceptasen las provincias ofrecimien- 
tos del jefe á quien combatían y de cuyo influjo descon- 
fiaban, se anticipó á verificar el trastorno para reunirse á 
sus hermanos. 

«Permitid, señores, á la Junta una clase de vanagloria 
que, aunque la caractericéis de debilidad, es la que me- 
nos puede manchar la reputación del hombre honrado. 
Sus vocales tuvieron la satisfacción de creer que, ocupan- 
do provisoriamente el gobierno, podrían reunir la volun- 
tad de la nación. 

«Enemigos constantes del despotismo, y, por consi- 
guiente, de la administración que acababa; defensores im- 
pertérritos de los derechos de los pueblos, y habiendo 
dado pruebas de desprendimiento, se persuadieron que, si 
las provincias habían tomado las armas contra la persona 
únicamente del Director para reunirse en un Congreso, 
destituida aquélla, y convocándose éste, se había llenado 
el deseo universal. 

„Por otra parte, ¿qué males podrían haber sufrido Con- 
cepción y Coquimbo que no hubiese sentido más agra- 
vados Santiago? ¿Qué ventajas podrían prometerse de 
una reforma que Santiago no las esperase también? Igua- 
les los males, iguales las necesidades, iguales las circuns- 
tancias y unos mismos los remedios, no existía una pro- 
vincia en que se presumiesen aspiraciones ó intereses dis- 
tintos. 

„La Junta, sin embargo, no tuvo la ligereza de querer 
erigirse en suprema sin el voto de los demás pueblos. 



DIARIO 441 

Quiso, sí, que la República permaneciese una, y avisó á 
as provincias que se iba á citar á Congreso, y que, en- 
tretanto, para no aparecer en anarquía, debía existir una 
autoridad central y suprema, que estaba en las facultades 
de las mismas provincias proceder á nombrarla proviso- 
riamente hasta la reunión del Congreso, pero que, debien- 
do tardar tanto la elección de diputados á Congreso ge- 
neral como la de diputados para nombramiento del go- 
bierno provisorio, parecía más acertado y más conforme 
á la brevedad con que la nación deseaba reunir sus re- 
presentantes, reconocer á la Junta gubernativa como un 
gobierno provisional hasta la instalación de dicho Con- 
greso, para cuya convocatoria se consultó á las Asambleas 
de Concepción y Coquimbo, á fín de que acordasen los 
términos en que debía expedirse. 

„Las provincias estuvieron disconformes en sus contes- 
taciones. Ninguna tuvo á bien reconocer la autoridad 
central en la Junta gubernativa, ni convenir en la citación 
á Congreso sin que precediese un nuevo gobierno provi- 
sorio. 

„ Conocimos entonces que ya estaba sobre nuestras ca- 
bezas el mal temido; la separación, aunque momentánea, 
de diversos territorios del Estado. Para formar ese go- 
bierno general, centro de unión de una república indivi- 
sible, avivó la Junta negociaciones con el general Freiré 
y sus diputados, de que dará pormenor cuenta el ministro 
de Estado; y que, admitidas en gran parte, quedaron sin 
efecto por la consulta y poderes bastantes que los dipu- 
tados de Concepción anunciaron haber pedido á aquella 
Asamblea. 

„ Subsisten hasta hoy independientes de hecho las pro- 
vincias, y acaba de congregarse en esta capital una dipu- 
tación de las Asambleas de Concepción y Coquimbo, con 
amplitud de poderes para acordar la reunión de la Na- 
ción. 

„La Junta no considera á aquellas provincias, como 
tampoco á Santiago, en calidad de Estados soberanos é 



442 MARÍA GRAHAM 

independientes. Les mira como una fracción de la Nación, 
cuyos mag-nates y representantes, ocupando el mando 
para conservar el orden en la disolución del anterior 
g^obierno, tratan ahora de restablecer la unión de la Re- 
pública. 

„La provincia de Santiagfo, entretanto, reconoció tran- 
quila y espontáneamente á la Junta gubernativa hasta 
Cachapoal. Los partidos de Colchagua y Maule se agre- 
garon por sí mismos á la provincia de Concepción, obli- 
gados, según expusieron sus Cabildos, de la fuerza de las 
circunstancias. 

„ Excitados por la Junta á reunirse á la Intendencia de 
que siempre habían formado parte, Colchagua volvió á su 
antigua posición, al contrario de Maule, que, á conse- 
cuencia de un oficio de la Asamblea de Concepción que 
resistía esta medida, ha continuado agregado á aquella 
provincia. 

„En esta parte el general Freiré concurrió á secundar 
los deseos de la Junta, manifestando á aquellos partidos 
su anuencia en que se reuniesen á Santiago. Curicó ha 
protestado siempre su constante adhesión al gobierno de 
esta provincia, que en el día no sufre otra desmembración 
que la del territorio de Maule. 

„E1 ejemplo de provincias separadas de la indivisibi- 
lidad del Estado, de partidos segregados de sus provin- 
cias, de gobiernos municipales elegidos bajo formas 
distintas, ha sido funesto para la tranquilidad interior; lo 
es mucho más para nuestras relaciones exteriores y lo será 
incomparablemente con el trascurso del tiempo, que dé 
más extensión á las ideas desorganizadoras, y familiari- 
zarse más con ellas. 

„Nada es más cierto que el que los pueblos equivocan 
sus ideas de libertad hasta abrazar en su lugar al mons- 
truo precursor seguro de la esclavitud. 

„En varios partidos se han sentido síntomas de este 
desorden, último término á que pueden llegar las desgra- 
cias públicas. 



DIARIO 443 

,;En Casablanca una reunión de pueblo atacó con armas 
á su teniente gobernador. 

„En Quillota algunos vecinos descontentos dieron á 
Chile por la primera vez el lamentable espectáculo de la 
sangre de los hijos de la Patria, derramada en medio de 
las poblaciones por altercados sobre el gobierno. 

„En otros puntos la Junta ha conseguido sofocar las 
disensiones intestinas con medidas de suavidad y de pru- 
dencia. 

«Salvadas una vez las barreras del orden, es preciso 
que el gobierno se resienta de debilidad, puesto que, sin 
la obediencia y eficaz cooperación de los subditos, no 
puede hacer uso de los únicos resortes con que ha de 
manejarse el cuerpo político. 

„Los pueblos amenazan con separarse ó agregarse á su 
arbitrio. 

„Los ciudadanos particulares creen que usan de la so- 
beranía que reside en el pueblo cada vez que, reunién- 
dose, intentan un trastorno. 

„Los funcionarios públicos, vacilantes y fluctuando en- 
tre incertid'jmbres y temores de una variación repentina, 
no usan del vigor que convendría para contener la ruina 
del edificio social. 

„El subalterno no obedece al superior, cuya autoridad 
reputa momentánea y fácil de alejar de sí. 

En tales circunstancias, sin libertad, sin poder, ¿cuál 
será la administración? 

^Dividida de hecho la nación con tres autoridades so- 
beranas que gobiernan por sí mismas y aun sin consultar- 
se y acordarse entre sí, todos los negocios de interés ge- 
neral, todos los que dicen relación al cuerpo de la Re- 
pública se hallan abandonados para mayor desgracia y 
destrucción de la Patria. 

„E1 Perú, señores, es el objeto más triste y urgente que 
se presenta á nuestros ojos. El ejército libertador, com- 
puesto de los vencedores de Chacabuco y Maipo; este 
ejército, cuyo transporte á dar la libertad al Imperio de 



444 MARÍA GRAHAM 

los Incas había costado tan enormes sacrifícios á Chile ha 
sido batido por el general Canterac. 

„E1 Perú debe volver á encorvarse bajo el yugo de la 
atroz é irritada España, si Chile, adonde aquellos nues- 
tros desorraciados hermanos extienden los brazos, no les 
auxilia poderosa y oportunamente. 

„No sólo el interés general, que nos empeña en soste- 
ner la causa de la independencia; no sólo la humanidad y 
la fe de los tratados, sino nuestra propia conservación, 
nos impelen al socorro, á la defensa de la América, que 
debe hacerse en aquel último teatro de la guerra. 

„ Defendiendo al Perú, defendemos en su territorio á 
Chile, á todo el continente. ¿Quién dudó jamás que el 
empeño más noble, el más útil, el más necesario que al- 
guna vez pudo la Patria consagrar á su libertad era este 
auxilio? La Junta lo decretó después de acordarlo en con- 
sejo de los oficiales generales del Estado; más la falta de 
un gobierno central y supremo ha aparecido como un 
obstáculo para esta empresa: es decir, para salvar nuestra 
existencia. 

„No puede concebirse situación más deplorable que la 
que ofrece la Hacienda pública. Más de un millón de 
deuda de urgente pago; más de 40.000 pesos de presu- 
puesto para gastos inexcusables del momento, y una lista 
mensual que excede en cuatro tantos á las entradas actua- 
les del Erario, ofrecen un cuadro casi desesperadamente 
desconsolador. 

El ministro encargado de este departamento instruirá á 
la Asamblea de su pormenor. Establecer un nuevo sistema 
de Hacienda, reformar los abusos, reducir los gastos á 
una justa proporción con las entradas, son pasos que re- 
quieren la centralización de gobierno. 

„Un empréstito ruinoso que esclaviza por muchos 
años la nación y agota sus recursos llama, la atención del 
gobierno, ó para apartar de nosotros, si es posible, este 
peso insoportable, ó para hacer menos funestas sus con- 
secuencias. 



DIARIO 445 

„En cada día que corre se aumenta la deuda y se agra- 
va nuesta responsabilidad. Si toda la Nación obligada ha 
de ser la que adopte el remedio necesario, considerad, 
señores, qué menos motivo de urgencia es éste para ace- 
lerar la centralización del gobierno. 

„La escuadra nacional, esa escuadra á quien indisputa- 
blemente se debe la destrucción de la tiranía, se halla 
surta en nuestros puertos, donde los buques, ó ya se han 
inutilizado, ó por sus continuos deterioros están muy cer- 
ca de este término. 

„Sus oficiales, entretanto, que se cubrieron tantas veces 
de gloria en el Pacífico, existen á medio sueldo, y en la 
mayor parte extranjeros, se ausentan diariamente, siendo 
su pérdida irreparable en el momento del peligro. 

„Un gobierno general, aprovechando los recursos de 
todo el país, volvería nuestra marina al pie brillante de 
1820. Hoy, una sola provincia, incapaz de ocurrir á tales 
gastos, sería triste espectadora del aniquilamiento de la 
principal fuerza de una nación, cuya guerra es ya ultra- 
marina. 

„ Entre las empresas que el Director había combinado 
con acierto, lo era singularmente la ocupación de Chiloé. 
No sólo es este archipiélago una parte importante de 
Chile, que debe reunirse al resto libre de la Nación, sino 
que su posesión por el enemigo es para Chile un con- 
tinuo objeto de alarma, y hace además interminable la 
guerra de Valdivia. 

„Los gastos que sin intermisión exigía la fuerza de mar 
y tierra que había de cubrir aquel punto adonde per- 
manente llamaba la atención el enemigo, bien valían el 
empeño por una vez de acabar con este último atrinchera- 
miento de la tiranía en Chile. 

„Con nuevo sacrificio del pueblo se dirigió á Valdivia 
una expedición que debía, por sus aprestos y bravura de 
nuestras tropas, terminar la guerra continental. Nuestros 
últimos movimientos políticos hin inutilizado esta em- 
presa. Considerable parte de la guarnición regresó á 



446 MARÍA GRAHAM 

Valparaíso, y aunque la Junta, de acuerdo con el general 
Freiré, ha hecho volver la fuerza necesaria para defender 
á Valdivia, Chiloé queda siempre bajo la dominación es- 
pañola, y como un punto desde donde la tiranía, en el úl- 
timo acceso de la desesperación, y con importantes auxi- 
lios que ha recibido, puede renovar las escenas de 813, 
organizando y dirigiendo al continente ejércitos que nos 
subyuguen. 

„Un gobierno general haría revivir la expedición de 
Chiloé, tan necesaria para asegurar la libertad y lavar la 
afrenta que recibe la Patria en que aún permanezcan ene- 
migos en su territorio. 

„ Nuestras relaciones exteriores, subsistiendo en el 
mismo pie que en Julio del año anterior, aunque no nos 
ofrecen motivos de aflicción, nos recuerdan que nuestras 
desavenencias llevan consigo el deshonor de Chile y nos 
hacen perder el crédito de doce años, adquirido á tanta 
costa. 

„En Europa no se dudaba de la suerte de América. La 
unión y la consistencia de sus gobiernos se han mirado 
justamente como la mejor garantía de nuestra indepen- 
dencia; y la España, para retraer á aquellas potencias de 
su solemne reconocimiento, no ha usado de otras armas 
que la de representarnos sumidos en la anarquía. 

„En América, al revés del Perú, es reparable siempre 
que nos unamos; y la Junta, después de haber procurado 
en este corto tiempo estrechar sus relaciones con Co- 
lombia y con los Estados trasandinos, les ha excitado á 
ocurrir en el peligro común á la defensa del Perú. El 
ministro de Relaciones Exteriores os instruirá de los pa- 
sos dados á este fin. 

„Nuestras instituciones y nuestra administración inte- 
rior tampoco ofrecen, señores, un cuadro con que nos 
podamos consolar. No hay una que no necesite de refor- 
ma, y si el destino feliz de la Patria coloca á su frente á 
un genio capaz de dirigirla, él deberá crearlo todo. 

„La educación, esta base de la prosperidad nacional, se 



DIARIO 447 

halla en el estado más deplorable. Descuidada, por no 
decir abandonada, sin fomento, sin un plan, sentimos las 
consecuencias de este mal en los mismos movimientos ac-^ 
tuales. 

„La administración de justicia necesita reformas consi- 
derables, ó, por mejor decir, exige un nuevo sistema ade- 
cuado á las luces del siglo y á la posesión de los derechos 
que ha recobrado la humanidad, para ponernos siquiera 
al nivel de una nación de quien dependíamos y cuyos 
usos bárbaros y destructores hemos conservado, sin apro- 
vechar las mejoras saludables que ella misma hizo poste- 
riormente. 

„La policía, absolutamente abandonada en todos sus ra- 
mos, no existe, así como tampoco hay un establecimiento 
de beneficencia pública ó que fomente nuestro comer- 
cio, nuestra minería, nuestra industria y nuestra agricul- 
tura. 

„Nuestra fuerza militar se halla consignada en manos 
del general Freiré, de este oficial que, en catorce años de 
servicios no interrumpidos y en acciones gloriosas que 
llenaron de gozo á la Patria, acreditó su amor público y 
su moderación. 

„Si el manejo de la Junta no hubiese sido tan franco y 
manifiesto; si el testimonio de la conciencia no asegurase 
á sus vocales que han hecho cuanto en bien del país pe- 
dían el honor, la justicia y la política; si en las circunstan- 
cias eminentemente difíciles en que se ha visto constitui- 
da encontrase otro camino que haber tomado, ella teme- 
ría que en este punto la cargaseis con una responsabili- 
dad á que no pudiese satisfacer. 

„ Cuando expiró el gobierno directorial, era el gene- 
ral Freiré el ciudadano que reunía la opinión universal; 
era también el único que podía contener el ímpetu de pa* 
siones exaltadas y los funestos efectos de ilusiones políti- 
cas nacidas de principios mal entendidos y aplicados; en 
suma, era el hombre que debía arrancar á la Nación de 
las garras de la anarquía que amenazaba devorarla, y da^- 



-448 MARÍA GRAHAM 

á SU Patria una suerte más gloriosa. Jamás mortal se vio 
en circunstancias de hacer servicios más importantes al 
país en que vio la luz, teatro de sus fatigas y de sus lau- 
reles. 

„Su voz, escuchada con las íntimas efusiones del placer 
y del reconocimiento desde un extremo á otro de la Re- 
pública, debía ser la señal de reunión de todos pueblos 
bajo un gobierno taa respetable y vigoroso como el que 
acababa, y tan liberal, justo y benéfico como teníamos de- 
recho á esperar. En semejante coyuntura, se presentó en 
Valparaíso con un ejército y una expedición salida de Tal- 
cahuano, después de haber recibido comunicaciones de la 
Junta donde le manifestaba sus cordiales sentimientos, la 
separación del Director y la conformidad de votos de la 
Nación. Este acto, que acaso fué mirado por algunos como 
indicio de una conducta hostil ó solapada; como indicante 
de pretensiones exhorbitantes que se quisiesen hacer va- 
ler con las armas, como distante del respeto y considera- 
ción debidas al gobierno, sin cuya anuencia y aún sin pre- 
textos, se transportaba un ejército al territorio de su 
mando, sorprendió á la Junta, pero no la inquietó. ¿Por 
qué desconfiar del hombre cuya modestia y liberalidad 
de principios eran tan notorios y tan generalmente pro- 
clamados? ¿Cómo recelar del ciudadano en quien la Pa- 
tria ponía sus esperanzcis y á cuya virtud se confiaban sus 
destinos? El fué invitado á pasar á Santiago, él fué lla- 
mado á los acuerdos que tenían por objeto el bien gene- 
ral de la Nación. 

„Os aseguramos, señores, que no hemos omitido me- 
dio, temperamento, fatiga para cortar con su influjo las 
diferencias públicas. Reclamó el mando del ejército que 
existía en la provincia de Santiago, y le fué concedido en 
prueba de nuestra ilimitada confianza, como garantía de 
nuestra uniformidad de sentimiento y con la condición 
de reconocer la autoridad de quien recibía este mando, 
para no faltar á los deberes que nos impusieron los 
pueblos cuando, junto con el gobierno, nos entregaron 



biARio 449 

la fuerza destinada para su defensa y responsabilidad. 
,,A! observar que, sin establecerse el gobierno central, 
el jefe que se titulaba general de una provincia indepen- 
diente de hecho trasladaba allí las tropas de Santiago, al 
notar que se removían comandantes, se nombraban otros 
sin consulta de la Junta y aun contra su voluntad, ésta 
hizo las reclamaciones que creyó convenir á su deber y á 
su dignidad. Los ministros de Estado os pasarán la co- 
rrespondencia seguida entre la Junta y el general Freiré 
por los diversos departamentos del ministerio. En ella 
encontraréis que este general ha declarado solemne y 
formalmente que ni él ni el ejército están sujetos á la 
Junta, y que no reconoce en ella autoridad alguna sobre 
la fuerza militar, cuyo mando independiente y exclusivo 
corresponde á él mismo. 

„En ella observaréis igualmente que por este motivo 
se suspendieron las providencias acordadas para el pronto 
envío de tropas en auxilio del Perú, mal que, entre los ac- 
tuales, no ha sido el que menos ha afligido los días amar- 
gos de nuestra administración. 

^Si la Junta no ha podido conservar una estrecha armo- 
nía con el general Freiré, os recomienda fuertemente, se- 
ñores, que procuréis conseguir este bien. No olvidéis que 
es el hombre único que puede salvar la patria y contad 
seguramente con su desprendimiento. 

«Llamadle á vuestro seno y sed más felices que nos- 
otros en inspirarle confianza y borrar impresiones que 
suenen á provincialismos ó principios destructores. 

„Que los genios maléficos, que los que aspiran á un 
interés personal, que los irreflexivos é inexpertos no triun- 
fen y arranquen los laureles pacíficos reservados para los 
ciudadanos que restablecen su Patria oprimida por males 
interiores. 

„Si el general Freiré al conservar independiente el 
mando de la tropa ha querido evitar los estragos de la 
guerra civil, resultado preciso de la anarquía; si ha trata- 
do de impedir la disolución del ejército; si con toda la 

2Q 



450 MARÍA GRAHAM 

fuerza de la República á sus órdenes ha querido conser- 
var su influjo y respeto, para hallarse en situación de ha- 
cer el imponderable bien de terminar desavenencias; si 
aprovecha su crédito y su opinión para restablecer inme- 
diatamente la República á su anterior indivisibilidad bajo 
un gobierno supremo y enérgico; si con su fuerza no se 
constituye un espectador indiferente de las desgracias 
públicas, ó deja abismarse á las provincias en eternas 
disputas sobre derechos y teorías; si en el mejor modo 
que permitan las circunstancias, y con las garantías posi- 
bles para asegurar provisoriamente la libertad, concurre 
á establecer un gobierno provisional, ínterin se reúne el 
Congreso general que en plena libertad dicte la constitu- 
ción permanente del Estado, él habrá usado de una polí- 
tica tan sublime como benéfica, y será en todos sentidos 
el libertador de su Patria. 

„Tal es el gran cuadro de los negocios públicos, y vues- 
tros trabajos van á ser tan arduos como importantes. Mil 
reformas, mil providencias útiles habría dictado la Junta 
si su autoridad vacilante, la situación política del Esta- 
do y sus atenciones dirigidas exclusivamente á la unión 
de la Nación, no la hubiesen sido un obstáculo insu- 
perable. 

„Acaso nos hemos equivocado; tal vez el error ha pre- 
cedido á muchas de nuestras deliberaciones; él es inse- 
parable de la condición humana; pero dispensad, padres 
del pueblo, nuestras faltas, que ciertamente se han come- 
tido en medio de un desinterés y amor público de que 
nos lisonjeamos. 

„ Entretanto, buscad al ciudadano que haya de subro- 
gar nuestro cargo provisorio. ¡Ojalá su mando sea mo- 
mentáneo, porque consigáis tan pronto como conviene el 
establecimiento del Gobierno Soberano! La razón, la ex- 
periencia y la opinión pública están de acuerdo en que 
á uno solo debe confiarse el Poder Ejecutivo. Ni los tres, 
ni alguno de nosotros nos consideramos capaces de lle- 
var al término el triunfo del orden. 



DIARIO 451 

„Descaigacinos de un peso que nos abruma, y sea ésta 
la recompensa de una administración en que las fatigas, 
las dificultades y ios sinsabores han excedido al tiempo y 
á nuestras fuerzas, -Agustín de Eyzaguirrt. — José Miguel 
Infante. — Fernando Errázuriz. — Mariano de Egaña." 



índice 



Páginaa. 

Prólogo de Juan Concha: Glosas al diario de un viajero 7 

Prólogo del traductor 13 

Prefacio 21 

Bosquejo de la Historia de Chile 25 

Diario: 27 de Abril. -17 de Agosto de 1822 153 

22 de Agosto de 1822.-13 de Marzo de 1823 243 



Date Due 


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