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Full text of "El Album mexicano"

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in 2011 with funding from 

Boston Public Library 



http://www.archive.org/details/elalbummexicano01cump 









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•INTEODUCCION. 




ÁCIDOS ala vida polí- 
tica en medio de una 
lucha sangTienta y a- 
bundante en g-randes 
acciones y en resulta- 
dos todavía mas grandes, liemos visto, en el cor- 
to espacio de una generación, "los ardientes sue- 
ños de la filosofía moderna convertirse en hechos, 
y venir á ser la vidgaridad del día; las formida- 
'híé's violaciones de la libertad, en nombre de la 
libertad misma, usurpar casi al punto su lug-ar;" 
y á las revoluciones mihtares, y á la anarquía ó 
al despotismo entronizados por ellas, sacudir to- 
do el continente hispano-americano, acabar con 
la tranquilidad pública, destruir el bienestar indi- 
vidual, consumir las riquezas y devorar los hom- 
bres, hasta que naciendo aun en los espíritus mas 
sensatos y mas patrióticos la duda sobre las ven- 
tajas de nuestra situación actual, se ha llegado á 
veces á desear lo pasado, á maldecir lo presente 
y á perder la fe en lo venidero. 

Fuertes, terribles, horrendas, son las calamida- 
des que de tiempo atrás ha esperimentado, y que 
acaba de sufrir recientemente la República, ora 
porque la falta de educación política nos hiciera 
incurrir en funestos desaciertos, y cometer gra- 
ves- faltas, de aquellas que rara vez dejan de es- 
piar en este mundo sub-lunar las naciones como 
los individuos; ora porque un sentimiento ecsa- 
gerado d^e honor nos condujera mas lejos de lo 
que debiéramos ir; ora, en fin, porque el patrio- 
tismo descarriado nos llevara á la región de lo 



ensueños. Como quiera que sea, esas calamida- 
■des han sido demasiado efectivas: los ánimos es- 
tán hartos de emociones tristes; los ojos tiempo 
ha que no encuentran en nuestros periódicos casi 
otra cosa que la relación de hechos desagrada- 
bles, de sucesos penosos, de acciones humillan- 
tes, en medio de algunas pocas consoladoras, he- 
roicas, sublimes. Y como el hombre, por mas 
que se diga, tiene necesidad de creer en el triun- 
fo final de la virtud sobre la tierra, y el patriota 
deseos de que su país alcance la mayor suma de 
los bienes esparcidos por la mano de la Provi- 
dencia sobre el globo, no es estraño que hoy, ha- 
biendo cesado en parte las causas que produje- 
ron un orden de cosas tan lamentábré, todos los 
que están fatigados de sufrir, todos los que se 
hallan sedientos de alivio, clamen porque raye 
tina época diversa; época en que la ciencia y la 
amena literatura vengan á ministrar á los ánimos 
el consuelo que tanto han menester; época en 
que se proporcionen goces puros y agradable ó 
útü recreo á los amantes todos de las letras, á 
ese secso hermoso y delicado, que tan poderoso 
influjo ejerce entre los pueblos cultos en los des- 
tinos de la humanidad, y á cuantos Se hallaren 
lastimados por las convulsiones de la política, ó 
por las tempestades del corazón; época, en suma, 
en que la inteligencia, por cuyo medio se apropia 
el hombre los tesoros de la naturaleza, y cimenta 
la ley su imperio en la sociedad, llegue á hacerse 
superior en la nuestra á toda? las iemm Rierz^s- 
Deseosos de contribuir á qifé se popuiancea 



II 



INTRODUCCIÓN. 



las sanas ideas, á que calmen las pasiones malé- 
ficas, á que se enarbole en la liepública el pen- 
dón de una santa cruzada de libertad y orden, de 
civilización pacífica y de nacionalidad, para que 
Ileg'ue á la ma^i^-estad de los destinos que parece 
le deparó allá en su mente el Dios de la natura- 
leza,nos hemos animado á publicar un periódico 
titulado: Bh ÉMmm miSICHSASM®, en el cual, 
á la vez que procuremos fomentar el bienestar y los 
intereses materiales, propendamos también á fun- 
dar el orden moral, mezclando siempre lo útil 
con lo deleitable. Así nos dedicaremos á la vez á 
propagar los conocimientos g-eogTaficos y estadís- 
ticos, ávulg;arizar las doctrinas económicas, á dilu- 
cidar nuestra liistoriay á halagar ala imaginación. 

Cuando se ignora, ó se sabe imperfectamente, 
si la división territorial es buena ó mala, y sus- 
ceptible de mejoras; cuál es el número, la distri- 
bución y la ocupación de los habitantes; lo que 
produce el pais, lo que consume, lo que importa, 
lo que estrae, lo que permuta; cuáles son sus re- 
cursos y cuáles sus necesidades; qué es lo que le 
molesta, lo que le traba, lo que conviene variar 
y adoptar para mejorar su condición, fomentar 
su comercio, adelantar su industria, y acrecentar 
su riqueza; cuando no se sabe bien todo esto, na- 
da puede hacerse en beneficio de la sociedad, 
porque ahí están los elementos, los datos, la ba- 
se de toda medida legislativa ó administrativa, 
y porque sin la luz que todo eso ministra, se pro- 
cede enteramente á ciegas, siendo funestísimas 
las consecuencias. De ahí la necesidad de escla- 
recer en cuanto sea dable estas materias. 

Ni es menos interesante depurar los hechos his- 
tóricos para esplicarnos por ellos el estado social, 
político y literario en las diversas fases de nues- 
tra ecsistencia como nación; y por él los faustos 
ó tristes acontecimientos que han influido unas 
veces en nuestro progreso, otras en nuestro atra- 
so; y pondremos, por lo tanto, mano á la obra, lle- 
vando por norma, en cuanto esté á nuestro alcan- 
ce, ejei'cer alta é imparcial justicia. La vida pú- 
blica, los hechos de los fundadores, de los próce- 
i'es de la independencia, de los benefactores de la 
sociedad, de los que han asociado su nombre á 
los fastos mexicanos, no pueden menos de intere- 
sar, por cuanto propenden á formar la educación 
popular. 

Será asimismo objetó de nuestras tareas lo que 
pueda contribuir á que el hombre mejore su sa- 
Jud, enrojjustíizca su cuerpo, ó ilustre su espí- 
'Ytátp'^'mo ene k»lo á virtud del conocimiento y 



práctica "de la higiene, y de los progresos de la 
educación fisica, moral é intelectual, disfrutará 
de lo presente, conocerá sus deberes, apreciará sus 
derechos, amará el trabajo, "esa fuente viva de 
donde brotan el bienestar y la moralidad de los 
pueblos," y fundará su porvenir, al paso que la 
sociedad su adelantamiento. 

También es nuestro ánimo ocuparnos de los que 
han escrito sobre nuestras cosas, sean nacionales 
ó estrangeros, y generalizar aquellas produccio- 
nes que por su mérito ó su rareza puedan inte- 
resar, y que por su volumen ó por su valor no es- 
tán al alcance de todos. 

Cuando el continente hi^iano-americano se ha 
regenerado todo él á la par que nosotros; cuando 
en las diferentes repúblicas hermanas se han con- 
sumado hechos gloriosos y brillado varones pro- 
minentes en las armas y en las letras; cuando 
tantos distinguidos escritores y viageros, inter- 
nándose en el océano del entendimiento, han der- 
ramado clara luz sobre la historia natural y civil 
del hemisferio que habitamos, ignorar esos he- 
chos, desconocer esas ilustraciones, no tener si- • 
quiera idea de esas producciones, seria una men- 
gua para el estadista y para el literato mexicano. 
A fin de suplir semejante falta, harto notable en 
nuestra sociedad, trataremos de llenar ese vacío 
intelectual. De hoy mas, tal vez no será nuestra 
la culpa, si nuestros conciudadanos están mas ver- 
sados en lo que pasó á orillas del Sena, del Táu^e ■ 
sis, ó del Tíber, que en lo que aconteció en las ri- 
beras del Plata, del Rimac ó del Magdalena. 

En ima palabra, entresacar de tanto hecho, do 
tanto documento, de tanto dato, de tanto ensayo 
como ecsiste inédito en los archivos y bibliotecas, 
ó impreso en multitud de volúmenes y papeles, 
cuanto sea digno de conocerse ó de reproducirse 
mas ó menos estensamente; salvar del naufragio 
del olvido los preciosos títulos de la gloria ó do la 
riqueza de los compatriotas de Guatimotzin, de Hi- 
dalgo ó de Iturbide, y de los otros moradores del 
continente descubierto por Colon; evocar todas 
las edades de su historia, y seguir al través de los 
tiempos sus razas, sus acontecimientos, su civili- 
zación; reunir ademas en un foco los inventos y 
los productos esparcidos de la humana inteligen- 
cia, en cuanto sean gratos, útiles ó aplicafe|e&-á. 
nuestra sociedad; popularizar las altas concepcio- 
nes que á costa de tanta vigilia y fatiga emitieron 
los sabios, para que su intelig'encia, ^'ese primer 
motor de la vida de las naciones," se ponga en 
contacto coa la inteh'gencii de las masas .popula- 



INTRODUCCIÓN. 



III 



res, tal es el proj^ecto que nos ha heclio formar el 
ardiente deseo que nos anima de ver instruida, 
mejorada y perfeccionada la gran mayoría de la 
nación mexicana. 

Mas á fin de que haya producciones de color 
variado y frutos de diverso g'énero, entre los cua- 
les escoja cada lector el que mas acomode á su 
carácter y á su tendencia estudiosa ó recreati- 
va, nos proponemos amenizar EL ÁLBUM con 
rasg-os de bella literatura, con composiciones de 
nuestros poetas y muy señaladamente con artícu- 
los pintorescos, instructivos á la par que de ima- 
ginación. Preparados estamos para comenzar 
la serie de nuestros trabajos en este g-énero, con 
la interesante traducción de una obra que ha me- 
recido la mayor aceptación en Francia y en el 
mundo literario, y que es conocida con el nom- 
bre de: Las Flores animadas, obra en la cual 
pueden seguir los jóvenes y las bellas mexica- 
nas un curso fácil y entretenido de botánica, co- 
mo que en ella, en medio de interesantes nar- 
raciones y alusiones, se hace la descripción de 
cada flor, de una manera sencilla y atractiva? 
á la vez que estará representada con fidelidad 
por la correspondiente estampa iluminada. Los 
profanos, los que hasta aquí se han contentando 
con admirar las flores, con dejarse deslumhrar 
y embalsamar por ellas, no podían ser iniciados 
en la teoría de esa ciencia de un modo mas agra- 
dable á la vista, y menos trabajoso para el enten- 
dimiento, que en esta bella recopilación, en la 
que se encuentran nociones sobre los principios 
(deméntales de la botánica y sobre el ciiltivo es- 
pecial de las principales flores, á la vez que lin- 
dísimas estampas. 

Claro es que para una empresa tan vasta co- 
mo la que acometemos, son inadecuadas nuestras 
débiles fuerzas; y desde lueg-o no la habríamos ín- 
tentadOj si no confiásemos en que se dig'narán ayu- 
darnos, para darle noble cima, nuestros conciu- 
dadanos ilustrados. La ciencia debe salir del re- 
trete del sabio, y esparcirse en beneficio de la so- 
ciedad; é invitamos encarecidamente á los que en- 
tre nosotros son acreedores á aquel dictado, á que 
nos ausilien con los tesoros de su ing'enio para 
enaltecer los varones que han influido de un mo- 
do benéfico en los destinos de la patria; para in- 
mortalizar los sitios consagrados por hechos gran- 
diosos; para propagar los sanos principios y las 
útiles doctrinas de esa filosofía prog'resiva que mi- 
nistra la sabiduría de todos los siglos y naciones, 
á fin de que á favor de ellos pueda el pueblo me- 



xicano resolver con acierto el problema de su en- 
grandecimiento y felicidad. 

Según el plan que nos hemos propuesto, serán 
proscritos del periódico la política especial, la po- 
lémica irritante, la sátira personal, el sarcasmo, 
todo cuanto escite pasiones innobles, ó despierte 
rencorosas memorias de lo pasado. Dicho se es- 
tá con ésto que, aspirando á desempeñar el her- 
moso papel de promotores de instrucción, de paz, 
de humanidad, nos mantendremos siempre en 
una región pura y elevada, siendo nuestro lema: 

Deseosos de que 12Li Ah'mWl HIEIKOAS!© 
corresponda á su nombre, no perdonaremos es- 
fuerzo para que sea un verdadero depósito de las 
obras de aquellos de nuestros compatriotas, que 
por su capacidad merecen ocupar un lugar dis- 
tinguido en la historia de nuestra literatura. Los 
artículos que se publiquen en el periódico serán 
en su mayor parte originales, porque á pesar de 
que no tenemos la ridicula pretensión de querer 
rivalizar con los genios eminentes del viejo mun- 
do, cuyas producciones pudieran servirnos para 
llenar las columnas del ÁLBUM, nuestro objeto 
es que éste no sea un eco de composiciones agenas, 
sino la voz de la literatura mexicana, la espre- 
sion de los sentimientos patrios, la medida de 
nuestra civilización y el termómetro de los ade- 
lantamientos hechos en las ciencias y en las ar- 
tes. No insertaremos por lo mismo otros artícu- 
los traducidos, que aquellos que, como los de las 
Flores animada-^, sean de un mérito tan elevado, 
que puedan presentarse como modelos de buen 
g'usto. 

Fundados en las razones ya esplicadas, toma- 
remos también especial empeño en que se traten 
en el ÁLBUM, de prefei'encia, asuntos naciona- 
les. De esa manera lograremos que sea mejor 
conocido nuestro hermoso y privileg-iado país, 
del que se tienen aun ideas tan escasas como 
inesactas, y que el periódico que nos pi'oponemos 
redactar tenga un carácter verdaderamente me- 
xicano. Tiempo es ya de que emancipemos nues- 
tro entendimiento de las trabas que lo sujetan, 
para que libre y esforzado pueda aspirar, no á la 
triste gioria de la imitación, sino á la envidiable 
y grata de la orig-inalidad, y á la no menos ape- 
tecible de fundar por fin una era nacional. 

Por la falta de estímulo, por la severidad de 
la crítica, por las dificultades mismas de la pu- 
blicidad, dejan de componerse, ó por lo menos de 
darse á luz, obras que honrarían á la vez á sus 



IV 



INTRODUCCIÓN. 



autores y á la nación. En otros países acontece 
que por cii'cunstancias análog-as, aunque siempre 
en escala mas reducida, viven y mueren desco- 
nocidos hombres que hubieran sido admirados 
como Cicerón y Virgilio, como Bacon y Voltaire, 
si se les hubiera presentado la ocasión de brillar; 
pero entre nosotros debe suceder asi con mas 
frecuencia, por los mayores obstáculos con que 
se tienen que luchar; y pasarán desapercibidos 
claros ing-enios, que hubieran inmortalizado su 
nombre; ág-uilas que no han volado, porque no 
han ])odido despleg-ar sus alas. 

.Corregir en parte ese mal, vencer tales incon- 
venientes, es uno de los objetos principales que 
llevamos en la publicación del AEüjBIDÍIE l!Ii^E= 
(Bi^MDa Sus columnas están abiertas para to- 
dos los que sientan en su mente las inspiraciones 
de la dulce poesía; para los que se hayan ilustra- 
do con el estudio de las ciencias; para los que se 
distingan en el ejercicio de las bellas artes; en 
una palabra, para que cuantos deseen cooperar al 
lustre del nombre mexicano, tengan donde con- 
sig-nar sus pensamientos. Mucho nos engranare- 
mos si esta invitación es desatendida por esa g'e- 
neracion nueva, que se levanta entusiasta é ins- 
truida, y que es á la vez la gioria y la esperanza 
de la patria. 

También las MODAS encontrarán lugar en 
nuestro periódico. La puntualidad con que reci- 
biremos las noticias de las últimas de París, nos 
permitirán escribir oportunamente varios artículos 
sobre este ramo, que esperamos no desag*radarán 
á nuestras bellas y amables lectoras. 



Los escesivos gastos que ecsige el estableci- 
miento de este nuevo periódico, entre los que de- 
be contarse como uno de los mas ecsorbitantes 
el de la adquisición de las hermosas láminas ilu- 
minadas que lo acompañarán, harían subir el pre- 
cio de suscricion que han tenido otros de su cla- 
se menos costosos, si esta obra solo fuese de mera 
especulación; pero como no tiene tal carácter, no 
habrá en esta parte aumento alguno. 

Con lo que hemos dicho, creemos suficiente- 
mente esplicado el espíritu del AIL1BTOI Ml^Eo 
(Oi^lf®í) y el progTama que nos proponemos seguir. 

¡Felices si algunos de nuestros pensamientos ó 
de los que al país importáremos, llega á produ- 
ducir, en época mas ó menos remota, el bien que 
de todo corazón deseamos á esta tierra, tan pri- 
vilegiada por Dios y por la naturaleza! ¡Mil ve- 
ces dichosos si en nuestras columnas proporcio- 
namos á los mexicanos todos un banquete inte- 
lectual, donde las sanas ideas fraternicen, y se 
confundan los sentimientos generosos, y todos los 
méritos se unan por una simpatía vivificadora! 



^axi^lKe» 



El periódico se publicará el sábado de cada se- 
mana, comenzando el 6 de Enero de 1849, y ca- 
da cuaderno, que constará de 24 páginas impresas 
en el mismo tipo que el prospecto, irá acompaña- 
do de ima estampa iluminada, y las mas veces de^. 
otra negra litografiada. El precio de la suscri- 
cion es el de 2J reales para la capital y tres pa- 
ra fuera, franco de porte. 







(ESTADO DE CHIHUAHUA.) 



iliAS producciones mas abundantes que da el 
fértil j privileg-iado suelo de la Eepública mexi- 
cana, son el oro y la plata; j mientras lia pasado 
ya la celebridad de las minas del Potosí en la 
América del Sur, no solo permanecen en México 
intactas las antiguas vetas que han producido, 
sin ecsag-eracion, una corriente de plata que ha 
ido á fertilizar en mucha parte el comercio y la 
industria europea, sino que con frecuencia apa- 
recen en diversos puntos de la cordillera de mon- 
tañas que atraviesa este suelo, nuevos y abundan- 
tes minerales, cuya riqueza llama la atención y 
aun sorpi^ende, como si lo que de ellos se refiere 
perteneciera á los cuentos orientales. — Muchos 
opinan que es un mal para la nación el tener, 
por decirlo así, su pavimento de plata y de oro; 
y otros se avanzan hasta creer, como la mayor 
de las calamidades, la estraccion de oro y plata 
ya en moneda, ya en barras. Cuestiones son és- 
tas de bastante interés; pero tratando nosotros 
de amenizar nuestra publicación, y no de hacer 
disertaciones de economía política, pasamos por 
alto sobre tales puntos, limitándonos solamente 
á cumplir lo que ofrecemos en la introducción, 
es decir, á consignar sencillos apuntes que sir- 
van para hacer conocer nuestro país, y para que 
mas adelante un hombre científico y laborioso 
forme una Geografía y estadística nacionales, 
obras de que carecemos, y que serian de inmensa 
utilidad aun para el arreglo del sistema admi- 
nistrativo. 

Hace algún tiempo el Mineral del Zorrillo 
era el objeto de las conversaciones, y por decirlo 
así, había llamado su considerable riqueza la 
atención pública, como ahora la llaman los pla- 
cei'es de oro de Californias, y los pingües pro- 



ductos de las minas de la Luz y San José de los 
Muchachos en Guanajuato. Pero como sucede 
en casos semejantes, se tenían noticias imperfec- 
tas y ecsageradas de un lugar, que aunque ro- 
deado del prestigio de su riqueza, no se conocía. 
El Zorrillo era, en efecto, un ^itio despoblado y 
solitario; pero la actividad de los ingleses, ta,n 
afectos á las especulaciones de minas, y la nece- 
sidad de emplear trabajadores, formaron como 
por encanto una población, no solo regular sino 
muy importante. La bonanza de las minas del 
Zorrillo no fué de miicha duración, y natural- 
mente lo resintieron los moradores, y la nue- 
va ciudad no continuó progresando; mas, sin em- 
bargo, subsiste hasta el día, aunque en deca- 
dencia. Nosotros tenemos la satisfacción de 
oñ-ecer á nuestros lectores unos apuntes esactos 
sobre el Mineral y población de Guadalupe y 
Calvo, que debemos á la fina atención de nues- 
tro amigo D. Castillo Chavez, así como cuatro 
estampas litografiadas que hasta ahora no se 
han publicado en ningua periódico. La que va 
al fi'ente de este artículo, representa una vista 
de la población de Guadalupe y Calvo, tomada 
desde una altura que se halla al Sur en el cami- 
no de Dolores, y las tres restantes, que se inser- 
tarán en los números siguientes, representan: 
una vista tomada por el camino que baja á la 
hacienda de Mariquita, un plano y vista de la 
casa de moneda, y una vista de las labores y 
trabajos emprendidos en las minas. Al fin del 
artículo van dos pequeñas noticias estadísticas 
de la plata y oro ensayados hasta 1846, y de los 
productos que dicho Mineral ha dado al erario, 
de 1838 á 1845. 
En el mes de Octubre de 1835 se descubrió la 



2 



MINERAL DE GUADALUPE Y CALVO. 



veta del Rosario en el Mineral de Guadalupe y 
Calvo por unos barreteros del Refug-io, á quienes 
se las enseñó un indio taraumar del pueblo de 
Navog-ame: éstos, después de bacer sus esperimen- 
tos, y persuadidos de la riqueza metálica, vieron 
á varias personas del mineral del Refugio para 
que los habilitasen en su trabajo, dándoles parte 
en la veta. La g-rande riqueza que presentó en 
la superficie, bizo que su fama se propag'ase, y 
para el mes de Diciembi'e habia mas de dos mil 
almas en el punto que se llamó Meal de Ahajo, 
al pié del cerro de la mina. Una ley del Estado 
mandaba, que en cualesquiera punto en que por 
descubrimiento de minas i\ otra causa se reunie- 
sen cien personas, se eligiese un alcalde, el que 
haría veces de juez de minas: tuvo lugar dicha 
elección en este mineral, y ante él se registró la 
mina; la posesionó, repartió solares para casas y 
haciendas, y era el único gefe de la nueva pobla- 
ción. Para los primeres meses de 1836, con la 
concurrencia de nuevos mineros, comerciantes y 
artesanos, se empezó á poblar la mesa que está al 
Sur del cerro de las minas, lug'ar á donde ha per- 
manecido el Real, en donde se fabricó la iglesia, 
se establecieron el ensaye, la prefectura, juzgado 
y cárcel, y últimamente, se edificó la casa de 
moneda. 

Al principio de su descubrimiento ñié conoci- 
do este distrito con el nombre del Zorrillo, to- 
mado de unos llanos inmediatos, al Sur: después, 
por advocación á la patrona Mexicana y obse- 
quio al Sr. Calvo, gobernador del Estado en 
aquella época, se conoció con el nombre de Gua- 
dalupe y Calvo, cabecera del partido del mismo 
nombre, que antes era Batopilas. 

Guadalupe y Calvo está situado, según las ob- 
servaciones astronómicas del Sr. Buchan, direc- 
tor de la compañía del Zorrillo, á 26° 5' 53" la- 
titud boreal, y 106° 46' 50" longitud O. de Gren- 
wich: como siempre se ha carecido de un baró- 
metro, la altura ha sido tomada por el grado 
de hervor del agua, indicando ésta ser de 7.800 
pies sobre el nivel del mar. El temperamento 
en mucha estension es sano, aunque muy frió: la 
situación de la población es bastante amplia, y se 
puede aseguz'ar que es una de las mejor coloca- 
das en esta parte de la Sierra. En los años de 
1839 hasta 1842 hubo una población de siete á 
ocho mil almas: hoy solo hay ti'es mil escasas, y 
cada dia aumenta la emigración. 

La riqueza de la veta ha sido grande, como se 
ve por la cantidad de oí o y plata quintada desde 



Diciembre de 1838, en que se estableció el ensa- 
ye, hasta Agosto de 1846: grandes cantidades 
han salido por contrabando, y á quintarse á otros 
puntos antes que hubiese ensaye. La importan- 
cia de este mineral para la renta nacional está 
demostrada en la razón que se acompaña de lo 
producido de derechos aduanales en ocho años, 
no obstante el escandaloso contrabando que de to- 
das clases se ha hecho. 

Los operarios, primeros dueños de la mina, re- 
galaron y vendieron la parte que cada uno tenia 
en ella, algunos por fuertes cantidades; pero 
gastando al estilo barretero, pronto quedaron re- 
ducidos á su antiguo ejercicio y otros dueños mas 
prudentes que éstos lograron las ventajas que la 
veta ha dado, aunque no en toda su estension, por- 
que desde el principio descuidaron dar obras pa- 
ra hacer durable la mina, que entonces no les hu- 
biera sido gravoso el gastar, y hoy les es casi 
imposible, porque estando los planes, desde el 
cañón de Guadalupe, llenos de agua, solo por xm 
tiro general se podría estraer, y han calculado 
esta obra en doscientos mil pesos; cantidad que 
solo se podria reunir por acciones cortas entre 
muchos accionistas. Esta sola circunstancia hace 
el proyecto, si no imposible, dificil en nuestro pais, 
en donde no están desarrolladas esas empresas 
de asociación. 

La compañía del Rosario, que es como se ha 
conocido á los dueños de la mina, cedieron, me- 
diante un contrato, á una compañía inglesa, que 
se llamó de Guadalupe y Calvo, * una pertenen- 
cia al N. E. de la veta, y á otra compañía ingle- 
sa, conocida por del Zorrillo, le cedieron igual- 
mente por contrato, el derecho de trabajar desde 
un punto cien varas abajo del crestón del cerro á 
la profundidad y en toda la estension de la perte- 
nencia del Rosario: con este arreglo quedaron 
trabajando ti'es diversas compañías las minas, y 
por registro casi simultáneo que hicieron las com- 
pañías inglesas y algunos particulares, se formó 
en las pertenencias de San Francisco otra nueva 
compañía, que solo emprendió im trabajo muy 
corto, y aviados los mas de los particulares ó to- 
dos por la compañía del Zorrillo. De San Eran- 
cisco no hay noticia hayan sacado alguna pla- 
ta: lo que sí se sabe es, que han perdido dinero. 
En el corte vertical de las minas se ve la parte 
de cada pertenencia y el actual estado de su la- 
borío: en la parte alta ya no se encuentra ni un 

* La compañía de Guadalupe y Calvo es llamada también me- 
xicana. 



MINERAL DE GUADALUPE Y CALVO. 



jo se hace en donde se puede sacar algún metal 
sin conserval' cosa alguna j sin hacer ninguna 
indagación para descubrir algo: en los planes cu- 
biertos por el agua, haj puntos muy ricos. A 
principios del año pasado, la compañía del Zor- 
rillo dejó el trabajo, porque á la mucha agua que 
tenían sus labores, no se le podía dar salida con 
solo cigüeñas, y al mismo tiempo por haber em- 
prendido nxievas especulaciones en el mineral de 
Guanaseví del Estado de Durango: pocos meses 
antes había suspendido los suyos la compañía de 
Guadalupe y Calvo, y todas las pertenencias vol- 
vieron á sus antiguos dueños, que son los solos 
que esplotan. 

Para el beneficio de los metales, construyeron 
haciendas con maquinaria movida por la agua, 
para lo que presta comodidad el arroyo, que pa- 
sando por la población, va teniendo mas y mas 
vertientes á cortas distancias: la compañía ingle- 
sa del Zorrillo tenia las haciendas de Mariqui- 
ta, situadas al pié de la mina, con cuatro gTa,n- 
des ruedas de cubos, que dan movimiento á 23 
tahonas y 2 morteros, y la de Napoleón, á me- 
dia legua de ésta, arroyo abajo, con iina rueda 
de cubos, que mueve cuatro tahonas y un mor- 
tero. La compañía de Guadalupe y Calvo tie- 
ne las haciendas de San Carlos y el Salto en 
el mismo arroyo, la primera con una rueda que 
mueve seis tahonas y un mortero, y la segunda 
con tres, que mueven diez y nueve tahonas y un 
mortero, y otra rueda también de cubos para dar 
movimiento á las planillas y á los barquines de 
la fundición. Los accionistas del Rosario tienen 
sus haciendas en el pueblo de Dolores y Real de 
San Simón, distantes de este mineral, el primero, 
doce leguas y el segundo ocho: dan movimiento 
á sus tahonas y morteros con ruedas de alas y 
cubos. Las haciendas de Mariquita, Napoleón y 
San Carlos, de las compañías inglesas, están ac- 
tualmente arrendadas á particulares, y en la del 
Salto se benefician los metales de las especula- 
ciones mineras que hacen sus dueños á cortas dis- 
tancias de aquí. Hay por todo el arroyo varias 
tahonas movidas por ruedas de alas (de cuchara) 
por caballos ó también por hombre, en que mue- 
len algunos que compran ó recojen de los terre- 
ros, cortas cantidades de metal. 

En este mineral se ha usado para el beneficio 
la pella de cobre (amalgama) que echan en 
las tortas en proporciones fijas, al mismo tiempo 
de incorporarlas con azogue, ó en lugar de esto 
usan el cobre muy dividido precipitado del sul- 



pilar en frutos ni una guarda-raya, y dentro de 
poco ya no ecsistirá ni xm pegado, pues el traba- 
fato por medio de planchas de hierro: con este 
método aseguran ganar tiempo, tener menos pér- 
dida de azogue, y aun sacar mas cantidad de 
plata que por el beneficio corriente. 

Por decreto del supremo gobierno de 3 de Oc- 
tubre de 1842 se concedió á la compañía de Gua- 
dalupe y Calvo el establecer una casa de mone- 
da y apartado en este mineral, la que se empezó 
á construir en el mes de Diciembre, trabajándo- 
se con tal actividad, que á pesar de la escasez de 
útiles para construir, gente inteligente para el 
trabajo, y grandes reba,jes que tuvieron que ha- 
cerse en la peña, para el mes de Enero de 1844 
solo faltaba el concluir uno que otro horno y co- 
locar alg-unas piezas de la maquinaria que no ha- 
bían llegado. El día 1.° de Junio fué su apertu- 
ra, y se empezó á recibir plata; se hicieron las pri- 
meras operaciones, y se dio un libramiento en el 
mismo mes de 13.000 pesos en plata. 

El establecimiento está surtido de todo el apa- 
rato necesario para las operaciones; hay dos cá- 
maras de plomo para la fabricación del ácido sul- 
fúrico; un alambique de platina de diez arrobas 
de cabida para su concentración; ti-es olJas de 
platina para apartar en cada una 80 marcos de 
plata; de modo que en un día se apartan 480 mar- 
cos, pues se hacen dos operaciones diarias; tres 
tinas para precipitar la plata, y dos calderas pa- 
ra ministrar vapor á esta operación: el horno pa- 
ra granallar puede contener á la vez 800 mar- 
cos, y el calentarlo y hacer tres operaciones tar- 
da de once á doce horas: hay dos hornos para la 
plata ligada de moneda con crisoles de hierro de 
diversa cabida de mil doscientos á dos mil mar- 
cos; tres hornos de aire para el oro y un vaso pa- 
ra afinar las basuras y escobillas de las oficinas. 
El ensaye tiene todo lo necesario para las ope- 
raciones docimásticas y análisis y un aparato pa- 
ra los ensayes por la vía húmeda. Los cilindros 
para laminar, cortes, cepillos mecánicos y volan- 
te, todo está en el mejor estado, y es de muy bue- 
na calidad. 

En el plano que se publicará en uno de los si- 
guientes números, se observa la buena distribu- 
ción que en lo general tienen las oficinas y la in- 
dependencia de ellas: el terreno no permitió sa- 
liesen á un nivel los patios; pero esto no ha per- 
judicado en nada. Un pequeño arroyo, llamado 
de San Francisco, ministra agua á la casa, la que 
está distribuida en toda ella por cañería de pío- 



4 



MINERAL DE GUADALUPE Y CALVO. 



nio con llaves de fuente, sirviendo ig-ualmente 
para una pila que hermosea el patio principal. 

Los empleados de la casa son: un directoi-, un 
tesorero, un administrador de moneda encarg-a- 
do de la balanza, un apartador, su ayudante que 
ensaya las platas introducidas, tres guarda-vis- 
tas y un g-rabador: trabajan ademas, entré porte- 
ros, veladores, carpinteros, herreros, &c. y ope- 
rarios, mas de cien personas, ayudando este esta- 
blecimiento á que aun permanezca Guadalupe y 
Calvo. El gobierno solo tiene un ensayador que 
la empresa paga, y el interventor, que lo es el 
prefecto del partido. 

No obstante que esta casa se estableció en la 
época en que el mineral empezó á decaer, sus 
labores han sido constantes: ha recibido para su 
acuñación hasta mediados de Noviembre de este 
año, mil setecientos treinta y ocho (1738) piezas 
de plata y oro de diversos pesos, y se han acuña- 
do mas de dos millones de pesos en oro y plata. 

Plata, y oro «luintados en el ensaye Ael Ifline- 
ral «le Guadalupe y Calvo «lestle Diciembre 
de IJ^SS basta fin fie Agosto de IS^iG, se- 
g'un los libros q^ne ecsisten en él. 

Marcos de plata de 11 Marcos de oro 
dineros. de 22 quilates. 

Diciembre de 1838 . . '. 6.280 1 O T27 5 O 

Todo el ano 1839... 76.359 6 O 2.939 O 3 

„ 1840... 74.986 4 O 2.437 3 5 

„ 1841... 119.030 O O 3.643 3 1 

„ 1842... 129.159 2 O 3.342 6 6 

„ 1843... 97.275 7 O 2.482 2 2 

„ 1844... 89.614 2 O 2.952 4 6 

„ 1845... 88.081 7 O 1.540 6 O 

Hasta Agos. 1846. . . 64.120 6 842 1 2 

. 734.908 3 O 20.308 1 1 

Como el ensaye no se estableció sino hasta fin 
del año de 1838, y en los tres años anteidores fiié 
la estraccion muy grande, en particular de oro, 
se puede asegurar que solo han sido quintados 
menos de una tercera parte de los metales saca- 
dos de las minas de Guadalupe y Calvo, aten- 
diendo igualmente á que después de su creación, 
muchas cantidades de plata han salido sin pasar 
por él. 

!Razon de los productos atlaanales en el IWine- 
ral de Cruaflalupe y Calvo, en ocbo años des- 
de 1S3S hasta 1S4:5. 

Alcabalas $106.565 2 

Consumo 30.151 O 

Municipal 6.598 3 

Tres por ciento de plata 155.614 1 

Id. de oro 68.134 4 

Fundición y ensaye 30.105 7 

Depósitos 6.602 4 

Total $403.771 6 



— -H-tl-í^-. — 

Los soldados del ejército que Bonaparte llevó 
á Egipto, estaban en la inteligencia de que la 
principal causa que habia obligado al directorio 
á disponer aquella espedicion oriental, habia sido 
la de favorecer las investigaciones de los sabios: 
así es que veian á éstos con ojeriza, y cuando es- 
taban de mal talante, desahogaban con ellos su 
mal humor. Lo poco acostumbrados que esta- 
ban á las fatigas hombres tan respetables, hacia 
que caminasen montados en burros. . De ahí es, 
que al acercarse tropas enemigas ó divisarse una 
tribu de beduinos, los soldados esclamaban: "Al 
centro los burros y los sabios," y celebraban con 
estrepitosas risotadas aquel chiste habitual. 

Tampoco al estado mayor del general en gefe 
le guardaban mas consideraciones. Deseoso de 
hacer descubrimientos, Caífarelli no pasaba nun- 
ca cerca de una ruina sin detenerse á ecsaminar- 
la. Los soldados, que lo veian andar cojeando por 
entre los batallones, decian, haciendo alusión á 
su pierna de palo: "Con razón no se le da nada 
al cojito de lo que aquí pasa: tiene siempre un 
pié en Francia^ Y éstas y otras ocurrencias 
semejantes disipaban su mal humor. 



Los perezosos están siempre deseando hacer 
alguna cosa. — Vauvenargues. 

La palabra es como una flecha; la flecha, una 
vez disparada, no vuelve á la cuerda del arco, ni 
la palabra á los labios. 



El avaro es un árbol estéril. Si fuese el Sol, 
ar á los hombres. 
{Mácsimas orientales^ 



se negaría á alumbrar á los hombres, 



El espectáculo del mar produce siempre una 
impresión profunda, porque el mar es la imagen 
de ese infinito, que atrae sin cesar el pensamien- 
to, y en el que va á perderse sin cesar. . . . 

El hombre trabaja la tierra, abre caminos en 
las montañas, forma de los ríos canales para con- 
ducir sus mercancías; pero si los buques surcan 
un momento las ondas, la ola viene á borrar al 
punto esa ligera huella de servidumbre, y el mar 
vuelve á aparecer tal cual es desde los primeros 
días de la creación. — Mme. de Stael. 



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B 



ELLA flor ig-norada 
Del aura mansa y del tranquilo rio; 
Flor tierna y delicada, 
Hermoso encanto mió, 
Huérfana de este monte, triste, umbrí*. 

Pesarosa te inclinas 

-Sobre el tallo tiecsible con tristura; 

Las ag'uas cristalinas 

No pintan tu hermosura 

Ni amorosas te brindan su frescura. 

Símbolo de tristeza: 

Tu perfume divag'a ingrato el viento 

Al g-emir con fiereza. 

Cuando pasa violento 

Entre las rocas que te dan asiento. 

Estrangera enti-e espinos. 
Cada Sol te arrebata indifei'ente 
Tus encantos divinos, 

Y el raudal inclemente 

Al cruzar junto á tí, hiere tu frente. 

Al nacer otras flores 

Encuentran la sonrisa de la aurora, 

Y sus bellos colores 
Ilustra encantadora 

Al saludarlas dulce y bienhechora. 

La lluvia en mil diamantes 
Torna en ellas las g-otas de roció, 
Que brillan inconstantes 
Al Sol que alumbra el rio, 

Y muere tenue en el confín sombrío. 

Flor vírg-en, escondida 

Como hermosura que la ausencia llora 

Del dueño de su vida: 

Mi voz del cielo implora 

Que mas galana te halle cada aurora. 

Imagen de mi suerte. 

Como tú en desamparo y en tormento, 

Que amenazas de muerte 

Te son la luz y el viento 

Cuando á los otros seres dan contento. 

TOM. I. — I. 



De pórfido en un trono 

Admiré en los festines otras flores: 

Yo enciientro en tu abandono 

Goces mas seductores. 

Porque eres la espresion de mis dolores. 

Aislada tu hermosura 
Suspira su perfume delicado, 
Solo ¡dulce ventura! 
Por mi pecho aspirado 

Y acogido con gozo apasionado. 

Descuella independiente: 

En el mundo un festín consumiría 

La gala de tu frente; 

Una mano insolente 

Por diversión tal vez te mataría. 

Tu perfume es idioma 

Para mi corazón, de sentimiento: 

Una alma en ese aroma 

Me parece que siento 

En relación con mi íntimo tormento. 

Como tú abandonado, 

Como tú en infortunio y aspereza, 

Y como tú ignorado, 
Aislamiento, tristeza. 

Hallo dó quier que vuelvo la cabeza. 

En tu orfandad te queda: 

Dulces son cual los labios de la infancia 

Tus pétalos de seda; 

El viento en su inconstancia 

No apure de tu cáliz la fragancia. 

Yo volveré á mirarte, 

¡Ay! y el tiempo tal vez habrá logrado 

Impío marchitarte: 

Cual huérfana ignorada, 

Morirás en tu cuna abandonada. 

Adiós, ó flor querida. 
Yo te amé entusiasmado solo al verte. 
Imagen de mi vida: 
Tú en mi asilo de muerte 
¡Fueras emblema de mi triste suerte! 
Oottíbre 18 de 134S.— -Guillermo Pkieio. 

2 



lyÍNO de los estudios mas gratos y atractivos pa- 
ra el hombre, es sin disputa el del pais en que ha 
nacido, porque al interés que inspiran siempre los 
sucesos históricos, se une el particular, que lo ha- 
ce partícipe en cierto modo de los hechos de sus 
compatriotas. Y no solo la historia contemporá- 
nea escita la curiosidad; también se desea saber 
la de los tiempos pasados, estar al tanto de los 
acontecimientos, conocer la vida de los hombres 
ilustres de aquella época. Ninguna nación es tan 
pipbre en sus anales, que no cuente algunos he- 
chos de innegable importancia, y se gloríe de va- 
rios ingenios, notables por mas de un título; y 
el orgullo nacional se lisongea de presentar tinos 
y otros como modelos dignos de admiración. 

Tampoco entre nosotros faltan esos preciados 
recuerdos; pero son por desgracia casi general- 
mente desconocidos, en parte, por la desidia con 
que se ha visto ese útil estudio; en parte, por fal- 
ta de documentos y libros que consultar para el 
esclarecimiento de los hechos. La reunión de es- 
tas dos circunstancias ha dado por resultado que 
esté tan generalizada la ignorancia de la historia 
patria, que aun gente bastante ikistrada se resien- 
te de semejante vicio; y es muy frecuente encon- 
trar quien dé razón de los sucesos mas raros de 
otras naciones y cite sus hijos mas distinguidos, 
uno á uno, al paso que nada sabe de lo que sucedió 
en México ahora ciento ó ciento cincuenta años, 
y jamas ha oído mentar los nombres de mexica- 
nos eminentes por su ciencia ó por sus virtudes. 

Así, sucesos que ocurrieron hace poco tiempo, 
cuya memoria debiera conservarse fresca, están 
ya casi enteramente perdidos, como si el trascur- 
so de muchos siglos los hubiese colocado á una 
distancia inmensa de nosotros: así, al buscar da- 
tos para formar la biografía de mexicanos escla- 
recidos, aun de los que ecsistieron en el siglo xvm, 



las dificultades con que se tiene que luchar son 
tan grandes, como cuando se quiere conocer á 
fondo la vida de Pitágoras, ú otro de los hombres 
célebres que ecsistieron centenares y acaso miles 
de años antes de la vida de Jesucristo. 

La escasez de libros en que aprender la histo- 
ria de ntiestros padi*es, da un aprecio estraordi 
nario á las pocas obras que tratan de esta mate- 
ria, sea cual fuere su mérito literario, á la mane- 
ra que vale mas en manos del pobre una moneda 
de poco valor, que sirve para satisfacer su necesi- 
dad, que en las del rico otra de un precio incom- 
parablemente mayor. Así es qixe, aunque no fue- 
ra mas que por ese título, merecerla una particu- 
lar recomendación la obra del insigne veracruza- 
no D. Juan Luis Maneyro, que contiene las vidas 
de mexicanos célebres, ó de estrangeros que flo- 
recieron en nuestra patria por su sabiduría y su 
virtud. No es ese, sin embargo, el único elogio 
que puede hacerse del libro á que nos referimos. 

Pero, tanto por ser muy pocos los ejemplares 
que se encuentran de la obra de Maneyro, como 
por la circunstancia de estar escrita en latin, se- 
gún el fatal sistema usado durante tanto tiempo 
por los escritores españoles en todas materias, ha- 
cen que sean muy pocas las personas que puedan 
disfrutar de su lectura. Para obviar en parte es- 
te inconveniente, nos proponemos formar una se- 
rie de artículos biográficos, valiéndonos de los da- 
tos que nos suministre esa curiosa colección, á los 
que agregaremos los que nos sea posible recoger 
de otros autores. De esa suerte, los nombres de 
mexicanos, dignos de ser conocidos y apreciados, 
saldrán del profundo olvido en que yacen, y ocu- 
parán el lugar que les coi'responde en la memo- 
ria de sus conciudadanos. 

Comenzamos hoy mismo la serie que ofrecemos, 
con la siguiente 



MEXICANOS CELEBRES. 





NOTICIA BIOGRÁFICA 

J03EJC 

ILliSTUE JALISCIESSE 



N. 




ACIO éste en Gruadalajara, en el mes de Mar- 
zo de 1727. Destinado por sus padres al estu- 
dio, hizo rápidos adelantos en las cátedras de la- 
tin y filosofía, y anunció desde los principios de 
su carrera los grandes talentos que lo distinguian. 
Se cuenta como uno de los mas notables títulos 
de gloria de D avila, que en unión de otro jó- 
ven"de claro ingenio, casi rivalizasen con su con dis- 
cípulo Antonio López Portillo, de quien es sabi- 
do que de edad apenas de veintitrés años sostu- 
vo por espacio de tres dias un severo eesámen de 
todas las materias que se enseñaban en aquel tiem- 
po, en los ramos de filosofía, teología y ambos de- 
rechos, mereciendo por su lucimiento grandes pre- 
mios de la Academia mexicana, y honores y dis- 
tinciones bien poco comunes de la misma corte de 
España. Con razón, pues, se reputa como un tim- 
bre honorífico para Dávila el aprecio con que era 
visto en su colegio, que poseia alumnos tan ade- 
lantados, porqu.e quien casi caminaba al lado de 
un López Portillo, no podia menos de ser una no- 
tabilidad. 

A los diez y ocho años entró Salvador á la so- 
ciedad de Jesús, en la que pronto se hizo notar, 
no solo por su talento y los conocimientos no vul- 
gares que ya habia adquirido, y en que seguia per- 
feccionándose, sino por la práctica de las virtu- 
des, por la dulzura de su trato, por la bondad de 
su carácter. Querido de maestros y condiscípu- 
los, proseguía haciendo rápidos progresos en su 
carrera, y dando pruebas inequívocas de sus feli- 
ces disposiciones para la poesía y otros ramos de 
bella literatura. No por eso descuidó los estu- 
dios serios: continuólos por el contrario en Pue- 
bla, donde sostuvo un acto público de toda filoso- 
fía; y aficionado cada vez mas á ellos, dedicó pos- 
teriormente todo su tiempo á perfeccionar su en- 



tendimiento, aprendiendo lo que entonces no era 
conocido sino de muy pocos. No solo consultaba 
como maestros en los diversos ramos de las cien- 
cias á Platón, Aristóteles y otros autores anti- 
guos: también Descartes, Leibnitz, Newton y otros 
de los modernos eran sus favoritos, y no descono- 
cía los adelantos de que aquellas les eran deudo- 
ras. Se instruyó en los idiomas francés y latin, 
tan generalizados hoy, como escasos entonces; en 
la historia antigua y moderna, en la geografía, la 
geometría y los conocimientos astronómicos. En 
suma, adquirió un grado tal de instrucción, que 
era en su época dificil, y lo es también en la nues- 
tra, encontrar hombres que la tengan igual, en lo 
sólido y en lo variado. Dávila es uno de los pa- 
dres y fundadores de la literatura mexicana. 

En la enseñanza de la juventud, á la que estu- 
vo dedicado mucho tiempo, dio igualmente prue- 
bas seguras de su habilidad. El aprovechamien- 
to de sus discípulos dependía no solo de los vas- 
tos conocimientos de su maestro en los ramos que 
cursaba, sino del empeño con que procuraba sus 
adelantamientos, de la amistad con que los trata- 
ba, de la docilidad con que se prestaba á darles las 
esplicaciones que le pedian, en cualquiera hora y 
lugar. Promovido á las sagradas órdenes, conti- 
nuó huyendo de la ociosidad y de los vicios, y 
siendo un modelo de buena conducta. 

Llegó entre tanto á México el marques de 
Croix, nombrado virey de Nueva España por Car- 
los III. Afecto á la sociedad de Jesús, solicitó 
un maestro de su seno, para que se encargase de 
la educación de sus dos hijos varones y de su úni- 
ca hija. Era ya tan alto el concepto que enton- 
ces disfrutaba nuestro Dávila, que fué designado 
para este importante encargo, por lo que dejando á 
Tepotzotlan, donde ejercía las funciones de maes- 



^ MEXICANOS CELEBRES. 



tro de novicios, pasó á México, y se estableció en 
la casa Profesa, yendo diariamente por mañana 
y tarde, á dar lección á sus nuevos discípulos. 
El virey no tuvo ocasión de arrepentirse de la 
elección que se habia hecho, pues con dificultad 
hubiera encontrado una persona mas apta para 
dirigir á sus hijos por el camino de las ciencias y 
de la virtud. En ambas cosas puso tan especial 
cuidado el preceptor, que el mejor écsito coronó 
sus afanes, y sus discípulos pronto enriquecieron 
su entendimiento con sus progresos, y perfeccio- 
naron su bella índole con las mas escelentes cua- 
lidades. La niña, sobre todo, adquirió las virtu- 
des propias de su secso, y no las desmintió nun- 
ca ni de soltera ni de casada. 

Poco tardó Dávila en grangearse la estimación 
del marques de Croix y de su esposa, que le cobra- 
ron cariño, conocieron su mérito y quisieron tra- 
tarlo con intimidad, dándole á cada paso testimo- 
nios de aprecio. El favor de que gozó con ellos 
fué tan grande, que si hubiera querido ponerlo 
á prueba, habria sacado mucho partido; pero á 
pesar de qu.e los negocios de la sociedad presen- 
taban entonces un aspecto poco satisfactorio; de 
que los fondos de la Profesa eran escasos; de que 
tenia parientes necesitados, y de que continua- 
mente lo ocupaban los j^retendientes que sabian 
el influjo que ejercía sobre el virey, él nunca qui- 
so importunarlo con peticiones de ninguna clase. 
Conocía el peligro de mezclarse en los negocios 
públicos: no ignoraba que la envidia se ceba en 
los favoritos de los poderosos: comprendía que se 
hace molesto el amigo que continuamente está 
solicitando gracias: repugnaba á su carácter des- 
interesado pretenderlas; y por todas estas razones 
no hacia uso de la distinción y preferencia con 
que se le trataba, y desperdiciaba la ocasión de 
medrar, que tantos otros hubieran aprovechado en 
bien propio y en el de sus parientes y amigos. 

La enseñanza de los hijos del virey no lo apar- 
taba del desempeño de otras obligaciones. Ocu- 
pábase frecuentemente en predicar con aplauso y 
sumo gusto de svis oyentes. Faltábanle, en ver- 
dad, algunos de los requisitos que Cicerón ecsige 
en un orador; pero sobresalía en la riqueza y lo- 
zanía de la imaginación, y escribía en un estilo 
hermoso, tan limado como elegante, tan fluido co- 
mo natural, tan claro como sencillo. Según la cos- 
tumbre adoptada, tomaba algún versículo de las 
Santas Escrituras por testo de su sermón, y trata- 
ba con tal maestría los asuntos de que se encar- 
gaba, que podia dudarse (para valerme de las es- 
presion de su biógrafo) si las palabras divinas ser- 



vían para csplicar las suyas, ó éstas para aclarar 
aquellas. Una de sus oraciones mas notables fué 
la que pronunció en la Profesa el ano de 1765, en 
la función anual establecida por el rey de Espa- 
ña Felipe V, en todos sus dominios, por la salud 
eterna de los militares. Concurrían á esta solem- 
nidad las personas mas distinguidas de la socie- 
dad mexicana, y el predicador logró captarse la 
admiración de sus oyentes. El virey, que asistía 
por primera vez á un sermón suyo, le dijo: "que 
aquel era el único mérito que no le conocía, y que 
se alegraba de que no hubiese una sola cualidad 
en que no sobresaliera." 

Cuando el marques de Croix dejó de ser virey, 
se retiró á Cholula á dar cuenta de su gobierno, 
conforme á la costumbre establecida para casos se- 
mejantes. Aficionado cada vez mas á Dávila, so- 
licitó que lo acompañara; y aunque esto se opo- 
nía á las costumbres de la Sociedad, tanto por no 
desairar la súplica del marques, cuanto por la con- 
fianza que inspiraba Dávila, se le concedió la li- 
cencia necesaria. Pasó, pues, con la familia de 
Croix á Cholula, donde permaneció varios meses, 
haciéndose querer mas de todos, z proporción que 
lo trataban mas de cerca y con mas intimidad. 

Acompañó en seguida al marques á Veracruz, 
cuando éste dispuso su viage á España, y no se 
separó de su lado hasta que se hizo á la vela el 
buque en que se embarcó. Volvió luego á la ciu- 
dad de Puebla, donde entró de rector del colegio- 
de San Ignacio, cargo que antes habia renun- 
ciado; y llevaba poco tiempo de desempeñarlo, 
cuando llegó la época calamitosa para la Socie- 
dad, de la espulsion de los jesuítas de los domi- 
nios de España. Púsose á Dávila bajo custodia 
en el convento de la Merced, mientras se eesami- 
naban los libros y las cuentas del establecimiento 
que habia estado gobernando. A los once meses 
se le dejó libre; tomó el camino de Veracruz, y no 
tardó en alejarse de su suelo natal. Durante la 
navegación, la práctica de la virtud, el lenitivo del 
estudio, que continuó con su empeñosa costum- 
bre, dedicándose entonces de preferencia al de la 
astronomía; la adquisición de nuevos conocimien- 
tos, cuales fueron los náuticos en qiie lo instruyó 
el capitán del buque, y el trato dulce y agradable 
de sus compañeros de desgracia y de viage, con- 
solaron su alma de la pena que siente el dester- 
rado, al alejarse, acaso para siempre, de la cara 
patria. 

Después de una dilatada navegación, llegó á 
Cádiz: pasó en el prócsimo puerto algunos mcíes 
con el célebre Agustín Márquez, á quien sirvió de 



DON SALVADOR DAVILA. " 



9 



muclio ausilio en los cuarenta dias que precedie- 
ron á su muerte, durante los cuales agitaron su 
mente infundados y espantosos terrores. De Es- 
paría se dirigió Dávila á Italia, radicándose en 
Bolonia, donde vivió cuatro años entregado á las 
suaves y consoladoras prácticas de la religión y al 
recreo del estudio. Turbó su sosiego el nombra- 
miento de rector que hicieron en su persona los 
superiores, porque su modestia le inspiraba la idea 
de que carecía del mérito necesario para gober- 
nar á los socios. ' Después de una fuerte lucha 
consigo mismo sobre lo que deberla hacer, resol- 
vió poner su renuncia por escrito, para tener mas 
libertad y franqueza que eseusándose de palabra. 
La tal renuncia se ha perdido; pero los que la vie- 
ron, aseguran que estaba escrita con tanta elocuen- 
cia y talento, que sirvió para libertar á Dávila del 
cargo que tanto lo intimidaba. 

Libre de aquel cuidado, se consagró ya entera 
y esclusivamente al estudio, que habia sido el prin- 
cipal deleite de su vida, encargándose también por 
orden de D. José Utrera, que era su superior, de 
instruir en física y varios ramos de lá literatura á 
algunos jóvenes dotados de las mas felices dispo- 
siciones. En el desem2:)euo de este magisterio no 
desdijo en nada lo que era de esperarse de sus lu- 
ces, de sus vastos conocimientos, de sti habilidad 
para la enseñanza, del cariño y afabilidad con que 
trataba á sus discípulos. Encargósele luego que 
en idioma español escribiera las vidas de Márquez 
y Calatayud; empresa para la que le proporciona- 
ba datos la amistad que habia llevado con ambos, 
principalmente con el segundo, con quien tuvo 
una verdadera intimidad. Y esas biografías, que 
felizmente se salvaron de la destrucción de los pa- 
peles del autor, sirvieron luego para reproducir en 
otros escritos los memorables hechos de aquellos 
ilustres varones. El que es objeto de este artí- 
culo escribió también, para ejemplo de los que 
viven en el mundo con toda pompa y magnificen- 
cia, sin descarriarse por eso del camino de la vir- 
tud, la historia de un tal D. Juan Castañiza, ca- 
ballero mexicano, de buena familia, de opulenta 
fortuna y poco común probidad. 

Dedicado á estas ocupaciones pasaba Dávila su 
vida, observando una conducta irreprochable en 
punto á virtud y buenas costumbres. Contento 
con la pobreza á que lo habia reducido la suerte, 
alquiló un cuarto, que mas bien merecía el nom- 
bre de chiribitil; y aunque la habitación era incó- 
moda, y pésima la comida que le daban, no quiso 
mudar de casa, menos por no aumentar sus gaf. 
tos, que por no privar á una desgraciada familia 



del ausilio de la renta que le pagaba por el alqui- 
ler. En el mes de Diciembre de 1780 cayó grave- 
mente malo de una fiebre el que le arrendaba el 
cuarto: Dávila lo asistía con la mayor eficacia, y 
se contagió con la enfermedad. El mal no pare- 
ció al principio de entida d, pero agravóse después 
considerablemente, y á pesar de los socorros del 
arte, murió en los primeros dias de Enero del año 
siguiente de 1781, antes de cumplir cincuenta y 
cuatro años. Su fallecimiento fué sobremanera 
sentido, sus ecsequias solemnes, y su cuerpo des- 
cansa en la iglesia de Bolonia de los Santos Cos- 
me y Damián. 

Cuando conoció su muerte, mandó quemar to- 
dos sus papeles, y la ejecución de esta orden fué 
la causa de que quedasen reducidos casi á nada 
los recomendables escritos de uno de los fundado- 
res de la literatura mexicana. Pérdida sensible, por 
cierto, como que nos privó de obras que á la vez 
que justificarian en todos tiempos la esclarecida 
reputación de que disñ-utó su autor, serian un her- 
moso título de gloria nacional. — RR. 



La libertad es la juventud eterna de las na- 
ciones. 

Llega un momento en que ya no es posible ha- 
cer alto en el camino de la perdición. 

La guerra es el azote del mundo, no solo por- 
que cada medio siglo, con corta diferencia, devas- 
ta los campos, destruye las ciudades, diezma las 
poblaciones, sino también, y esto principalmente, 
porque nos impone irremisiblemente la carga 
de los ejércitos permanentes. En el estado ac- 
tual de adelanto, la guerra no puede hacerse con 
eficacia y buen écsito, sino por hombres adiestra- 
dos desde su juventud en la carrera de las armas, 
á la que hayan consagrado su vida entera. En 
vano será probar que los ejércitos permanentes 
consumen el erario y amenazan eternamente las 
libertades públicas; una nación no puede eesistir 
sin ellos, sin dejar de ser nación. La independen- 
cia es la primera necesidad de los pueblos: la li- 
bertad no es sino la segunda. 

La aristocracia, en el siglo diez y nueve, es la 
liga, la coalición de los que quieren consumir sin 
producir, vivir sin trabajar, ocupar todos los pues- 
tos sin tener capacidad para desempeñarlos, inva- 
dir todos los honores sin haberlos merecido: esa 
es la aristocracia. 

Hay en la historia de las naciones páginas tan 
ricas en instrucción y en terror, qiie el prestigio 
de las palabras no servirla sino para disminuir la 
elocuencia de los hechos. 

El general Foy. 





Ej 



íNTRE las objetos mas hermosos de la natu- 
raleza, Tino de los que de preferencia llaman nues- 
tra atención son las flores, ora recreemos la vista 
con sus vivísimos colores, ora regalemos el olfa- 
to con sus deliciosos perfumes, ora ecsaminemos 
en su estudio los fenómenos sorprendentes que 
presentan en su generación, su nacimiento y su 
desarrollo, ora, en fin, busquemos en las maravillas 
que descubre el ojo del observador, nuevas prue- 
bas de esa Omnipotente Sabiduría, que tanta inte- 
ligencia manifiesta en todas sus obras, desde la 
del mundo en que habitamos, basta la de las plan- 
tas rastreras y los insectos imperceptibles. 

Bajo ciialquier aspecto que se consideren las 
flores, siempre les encontramos nuevos y mas agra- 
dables atractivos. Cuando nos paseamos por un 
jardin, donde vemos flores hermosas y esquisitas, 
que reproducen todos los colores, que embalsaman 
la atmósfera con una diversidad prodigiosa de 
olores, los sentidos y la imaginación encuentran 
goces tan puros como satisfactorios. Cuando las 
flores sirven de adorno al peinado de una linda 
joven, ningún otro le sienta mejor. ¡Cuánto mas 
no valen que las alhajas deslumbradoras que ja- 
mas darán tanto realce á su belleza! Y por úl- 
timo, la afición á las flores, que es tan común en- 
tre las señoritas mexicanas, quienes regularmen- 
te las renuevan todos los dias en su tocador, debe 
darles mayor precio á los ojos del hombre. 

Respecto de los enamorados, las flores tienen 
mas atractivo todavía. Una flor regalada por la 
seductora joven que se ama, es un presente inesti- 
mable: al pensar que sus manos delicadas y sua- 
ves la han tocado y arreglado, que acaso la ha 
llevado á sus labios y comunicádole nuevo perfu- 
me con su aliento, el corazón se estremece de pla- 
cer y la boca cubre de besos aquel emblema de 
amor y de felicidad. Y luego, si las flores se han 



escogido con el objeto de espresar en su lengua- 
ge sublime las afecciones del alma, se busca con 
ansia la interpretación de los sentimientos de la 
persona amada; y entonces, al ver la anémona he- 
pática, que significa confianza: el jazmin, que re- 
presenta sinceridad: el geranio-rosa que indica 
preferencia: el eleotropo, que anuncia amor ardien- 
te; la siempre-viva, que promete memoria eterna; 
se admira la ingeniosidad de ese idioma, inventa- 
do sin duda por algún amante, porque es tierno 
y elocuente, como debe serlo siempre el del amor. 

Estas consideraciones nos hicieron leer con 
avidez, en cuanto tuvimos noticia de su publica- 
ción, la moderna obra que se ha dado á luz con 
el título de '•'•Las Flores animadas.'''' Su lectura, 
á la vez interesante é instructiva, nos decidió des- 
de Europa á enriquecer con su inserción las pá- 
ginas del Álbum; y esperamos que nuestros lec- 
tores, y en especial el secso hermoso, á que la de- 
dicamos, juzgarán acertada nuestra elección. 

La obra de que se trata supone que las flores 
se convierten en mugeres, y refiere su vida y 
aventuras después de semejante transformación. 
En la serie de artículos de que esta narración se 
compone, los hay de todos géneros y acomoda- 
dos al gusto de cada lector, desde los filosóficos 
y morales, que enseñan y hacen amar la prácti- 
ca de la virtud, desde los instructivos, que dan 
nociones interesantes y curiosas sobre la botáni- 
ca, sin el estilo seco y árido de la ciencia, ni las 
voces técnicas desagradables al oido, hasta los sa- 
tíricos, que ridiculizan los vicios y defectos de la 
sociedad y los depura diversión y entretenimien- 
to. Tampoco faltan los poéticos, en que la ima- 
ginación se remonta á los espacios de luz y de 
ventura que cria la fantasía priviligiada del vate, 
y algunos hay escritos en ese estilo oriental tan 
seductor como sublime. Consideramos como un 



LAS FLORES ANIMADAS. 



11 



lunar de la obra uno que otro qne contiene dema- 
siado libre; pero esos los corregiremos de modo 
que su publicación no ofenda el pvidor ni la de- 
cencia. 

La idea de hacer que las flores hablen, como 
los fabulistas fingen que hablan los animales, se 
ha aprovechado felizmente, dándole un desarrollo 
inteligente y vasto. La azucena, la rosa, el lirio, 
la amapola, convertidas en heroínas de novela, 
han proporcionado el medio de formar una obra 
en que se encuentren dos cualidades diñciles de 
reunir: la instrucción y la amenidad. 

Las hermosas estampas q^tie acompañan á cada 
artículo, dan mayor realce al mérito del libro de 
que nos ocupamos. Perfectamente iluminadas, 
adecuadas á las circunstancias de la anécdota 
respectiva, representando con esactitud el color 
y la figura propios de cada flor, han aumentado 
con justicia la fama del nombre ya tan célebre de 
Grandville. La colección que forma su conjun- 
to, merece la calificación de preciosa. 

El mérito de la obra se ha reconocido tan ge- 
neralmente, que desde luego se ha esparcido 
por Italia, España, Inglaterra y los diversos 
estados de Alemania; y se encuentra lo mismo 
en las bibliotecas públicas, que en los gabinetes 
de los sabios y en los retretes de las señoritas. 

En cada número del Álbum publicaremos un 
capítulo de "las Flores" con su estampa corres- 
pondiente, comenzando hoy con la carátula, en 
la que se verá el ingenioso modo con que está es- 
crito el título de la obra; y desde ahora nos li- 
sonjeamos con la esperanza de que la serie de es- 
tos artículos será una de las principales recomen- 
daciones de este periódico. Si así fuere, nuestros 
deseos quedarán satisfechos. 




El cardenal Mazarin proponía al mariscal Fa- 
bert, que se encargase de una comisión de espio- 
nage y provocación. "Monseñor — le respondió el 
mariscal — un gran ministro como vos debe tener 
hombres que sirvan de dos maneras; unos, con 
sus relaciones de lo que atisban; otros, con su es. 
pada. Yo pertenezco á los últimos." 

De la batalla naval de Aboukir se cuenta, en- 
tre otros, un rasgo sublime de amor filial. Un 
niño del capitán Casabianca, de edad apenas de 
diez años, habia dado durante el combate prue- 
bas inequívocas de un valor y serenidad á toda 



prueba. Cuando se prendió fuego al navio, se 
dirigió al punto de los heridos, donde se encon- 
traba su padre; y cuando aumentó la violencia 
del incendio, y aparecieron las llamas en todas 
las baterías, no quiso absolutamente abandonarlo. 
En vano Casabianca le ruega encarecidamente 
que se aleje; en vano unos marineros quieren sal- 
varlo y llevarlo á su chalupa: el tierno y heroico 
niño, estrechando á su padre en sus brazos, re- 
siste á todas las instancias, y se empeña en mo- 
rir con él. Pocos instantes después ambos pe- 
recieron juntos al verificarse la esplosion. 



Alipio de Alejandría, filósofo célebre y esca- 
lente lógico, que no tenia ni dos pies de alto, ala- 
baba á Dios porque no habia cargado su alma 
mas que de una porción tan pequeña en materia 
corrup tibie. 



Después de la muerte de Abel, Adán, lleno de 
dolor estaba sentado y con 1-os ojos fijos en el sue- 
lo. Un ángel, que quiso consolarlo, inspirándole 
la idea de que la pérdida de aquel hijo seria am- 
pliamente reparada, hizo que se le apareciese á 
lo lejos un millón de hombres. 

— Yed á vuestra posteridad — dijo al padre del 
linage humano. 

— Numerosa es por cierto — contestó Adan^ — 
pero decidme: ¿se amarán recíprocamente los que 
la componen? 

— Al contrario — dijo el ángel suspirando — se 
detestarán y se harán la guerra. 

— Entonces no me habéis presentado mas que 
Caines — replicó tristemente el primer hombre — 
dejadme llorar á Abel. 



Bonaparte debió la vida en San Juan de Acre 
á la adhesión de dos de sus soldados. Se habia es- 
puesto demasiado al fuego del enemigo al hacer un 
reconocimiento, y ecsaminaba las obras que debian 
favorecer el ataque, cuando cayó una bomba á 
poca distancia de donde se encontraba. Al ver- 
la, corren á su lado dos granaderos, y lo cubren 
enteramente con sus cuerpos. La bomba revien- 
ta, respeta á Bonaparte, mata á uno de sus sal- 
vadores y hiere al otro gravemente. Este era el 
valiente Daumesnil, que llegó á ser general, co- 
mandante de Yincennes en 1814 y 1830, y que 
mereció por su admirable intrepidez el sobre- 
nombre de pierna de palo. 




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MS EIERIEDABES Y EDUCACIÓN DE LOS iSOS., 



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Al 



.L proponernos escribir en este periíídico algu- 
nos artículos de medicina é higiene, estamos muy 
lejos de entrar en las profundidades de una ciencia 
que á pesar de los asombrosos progresos que ba he- 
cho en estos tiempos, se puede decir que aun está 
en la infancia. Lejos de nosotros la idea de dar una 
serie de lecciones, que á los que se dedican á es- 
ta profesión de nada servirían, pues en los cate- 
dráticos y en los autores que estudian, tienen ma- 
terial abundante; y para otras personas serian, ade- 
mas de fastidiosas, ininteligibles, por no estar á ca. 
bo de la multitud de términos técnicos que seria 
forzoso emplear. Nuestro propósito, pues, se redu- 
ce simplemente á poner al alcance de todos, á po. 
pularizar, por decirlo así, el conocimiento de pre- 
servarse de algunas enfermedades, desterrar preo- 
cupaciones, que producen funestos resultados, é 
indicar para varios casos medicinas prontas y sen- 
cillas, de cuyo uso ningún darSo puede resultar. 
Sirvan estas cortas líneas de introducción para 
los otros artículos de esta naturaleza que encuen- 
tren los lectores en el Álbum, y también de an- 
ticipada advertencia para los profesores que crean 
encontrar algo de nuevo en nuestros escritos. 

Este artículo lo hemos consagrado á tratar de 
las mas comunes enfermedades que padecen los 
niños, y nos atrevemos á reclamar la atención de 
las madres de familia, porque sujetas á veces á las 
influencias y consejos de diversas personas poco 
inteligentes, ó se desvian de los preceptos del fa- 
cultativo, cuando han puesto á sus niños bajo su 
cuidado, ó bien les aplican remedios imprudentes 
que agravan sus enfermedades ó producen daños 
que mas adelante no puede remediar la ciencia. 

Nada hay mas delicado que un niño al tiempo 



de nacer y durante la lactancia; y considerando 
atentamente los multiplicados accidentes á que 
se halla espuesto, parece un prodigio cada ser que 
'pasa por un camino lleno de peligros, y se convier- 
te en un hombre robusto y capaz de concebir y 
ejecutar moral y físicamente las mas atrevidas em- 
presas, ó en una muger llena de encantos y per- 
fecciones físicas y adornada de inestimables cua- 
lidades morales. 

No es estraño que pocos momentos después del 
nacimiento, los niños esperimenten fuertes convul- 
siones, frialdad en las estremidades, color amora- 
tado en los labios y otros síntomas alarmantes, 
que el vulgo atribuye solamente á una sola causa, 
y es la de alferecía. Los facultativos designan 
las enfermedades causadas por mala conformación 
ó vicio de los órganos, con diferentes nombres téc- 
nicos que seria largo enumerar; pero bastará que 
encarguemos á las madres de familia que tengan 
especial atención en reconocer ó mandar recono- 
cer cuidadosamente todas las partes del cuerpo 
de los niños cuando padezcan los accidentes que 
hemos indicado, ú otros análogos, antes de apli- 
carles inconsideradamente algunas medicinas. 

Los niños suelen nacer con los labios unidos, 
con la lengua pegada al paladar, ó con algún ór- 
gano qvie no llena las funciones, y en este caso se- 
rá necesaria la pronta y eficaz asistencia de un fa- 
cultativo, el que por medio de una sencilla y fá- 
cil operación puede remediar el defecto de la na- 
turaleza y volver al niño la salud y la vida, pues 
ya se concibe que no pudiendo mamar, ó no arro- 
jando el meeonio; un niño después de dolorosos pa- 
decimientos, de lastimosos lloros y de fuertes con- 
vulsiones, morirá indefectiblemente. Como tanto 



DE LAS ENFERMEDADES Y EDUCACIÓN DE LOS NIÑOS. 



13 



la carne como los huesos de los niños son tan sua- 
ves y flecsibles, en los Kmchos y poblaciones en 
que se carezca de partera ó facultativo á quien 
acudir en un lance, será muy oportuno que en caso 
de que resultare del reconocimiento, que por ejem- 
plo tiene el niño la lengua pegada al paladar, ó los 
labios unidos á las encías, se proceda á destruir 
el obstáculo con el dedo, con la seguridad de que 
practicada con delicadeza la operación, no dará 
resultado desfavorable. Se entiende esto en ca- 
sos sencillos, pues en los graves no habrá mas que 
acudir á los conocimientos de un inteligente. 

Cuando el parto es difícil y el niño nace de 
pies, no es estraño que aparezca asficsiado. Ya 
se sabe que la asficsia tiene todos los síntomas de 
la muerte. Las madres no deben desanimarse 
por este accidente, pues muchas creyendo que su 
hijo ha nacido muerto, se abandonan á la deses- 
peración y al dolor en vez de medicinarlo. Cuan- 
do una criatura nazca asficsiada, será conveniente 
reconocer si procede la asficsia de mucosidades 
detenidas en la boca, y en ese caso deberán es- 
traerse con el dedo envuelto en un lienzo fino y 
mojado en una disolución de muriato de sosa, ó 
cuando menos de agua tibia azucarada. Si aun 
á pesar de esto la criatura conserva la palidez, la 
lacsitud de los miembros y la falta de respiración 
que caracterizan la asficsia, y que, como hemos di- 
cho, es una muerte aparente, entonces debe darse 
una friega al niño con vino Jerez tibio ú otro li- 
cor espirituoso, frotarle las espaldas hasta el es- 
pinazo con una bayeta y esponerlo al aire fresco, 
se entiende cuando el tiempo no esté escesivamen- 
te frió ó húmedo. No seria tampoco desacorda- 
do el aplicar á las narices del niño el amoniaco ó 
ácido acético; pero esto debe ser con mucha pru- 
dencia y siempre en el último estremo. 

Deben las madres evitar cuidadosamente el la- 
var á los recien nacidos con agua demasiado ca- 
liente, frotarlos con lienzos toscos ó esponerlos 
desde luego á la impresión de una corriente de 
aire muy fuerte,- pues por cualquiera de estas co- 
sas les suele caer una erisipela, que si no es peli- 
grosa y desaparece por solo el influjo de la natu- 
raleza, hace padecer estremadamente á las criatu- 
ras. Advertimos aquí, que muchas gentes vulga- 
res acuden inmediatamente, sin consulta de los 
facultativos, para curar esta enfermedad, á ungüen- 
tos, ceratos y aplicaciones de hojas húmedas, y que 
de esto pueden resultar multitud de males á los 
niños. 

Es muy común que los recién nacidos lloren 
estraordinariamente y padezcan fuertes contor- 
TOM. I. — I. 



siones. Cuando se observe que esto procede de 
retención de orina, mal que no atendido breve 
puede causarles la muerte, será muy oportuno 
acudir al remedio de baños tibios y cataplasmas 
emolientes en el vientre. 

El vulgo cree que una costra que cubre la ca- 
beza de los niños, y que va desbaratándose y ca- 
yendo como si fuesen escamas, sirve para pre- 
servarles y endurecerles lo que se llama general- 
mente mollera. Este es un error, y por el con- 
trario, es preciso hacer desaparecer esa costra pa- 
ra proporcionar la traspiración de la cabeza, y 
bastará para esto la suave frotación con un cepi- 
llo, y en caso de que esté muy dura, se apelará al 
uso de cataplasmas de linaza, pero precisamente 
de un temperamento igual al calor del niño, pues 
muy calientes ó muy frias podrían producir una 
congestión cerebral. 

Para concluir por ahora este artículo, que nos 
proponemos continuar según queda indicado, re- 
comendamos mucho á las madres de familia que 
usen de estremada limpieza con los niños, no de- 
jando de darles baños tibios; que procuren que 
las recámaras tengan buena ventilación, pues la 
falta de aire libre y una atmósfera pesada y den- 
sa cria á los nitíos débiles y enfermizos, y los pre- 
dispone mas adelante á multitud de enfermeda- 
des; que no los acostumbren á un escesivo abrigo 
cargándolos de ropas y envolturas; que de nin- 
guna suerte los atormenten con fuertes ligaduras, 
que impiden el desarrollo de los miembros, y que 
procuren frecuentemente cambiarlos de postura, 
pues así la circulación de la sangre será mas es- 
pedita y libre, y simultáneamente irán adquirien- 
do igual vigor todos sus delicados miembros. La 
medicina tiene solo el objeto de ayudar á la na- 
turaleza: así el descuido y las preocupaciones se- 
rán igualmente funestas que el escesivo cuida- 
do y la constante aplicación de medicinas de to- 
da especie. Ya en otro artículo, pues para no 
ser fastidiosos serán muy cortos y concisos los 
que publiquemos sobre esta materia, continuare- 
mos ocupándonos de un asixnto que juzgamos im- 
portante, puesto que de la buena crianza y orga- 
nización física de los niños depende el que se pro- 
duzca una enérgica y vigorosa generación. — RR. 

COMPARACIÓN DE DOS ÉPOCAS. 



Enrique IV escribía á SuUy: "No podré ir á 
veros hoy, porque mi muger ha salido en coche." 
Hoy las cocineras de París suben en uu ómni , 
bus, Y van al mercado por seis sueldos. 
3 




\_y/ Bis a BEMaH H m wmi oHBtiai'oaHlS'si 




G 



/UANDO se yive en medio de una sociedad que 
ge ha anticipado su decrepitud, vencida por el in- 
fortunio; cuando los intereses están enlazados ín- 
timamente con la política insegura de la nación, 
no es estraño que el movimiento literario de ella 
aparezca lento y casi imperceptible. Sin embar- 
go, los ojos de un observador imparcial percibi- 
rían adelantos, y adelantos notables, confundidos 
por cierta especie de indolencia, por desgracia ca- 
racterística en nosotros; percibirian el laborio- 
so esfuerzo de algunos hombres estudiosos, cul- 
tivando y haciendo germinar, entre las ingratas pa- 
siones políticas, las flores de la ciencia y del inge- 
nio; flores segadas muchas veces por el huracán 
revolucionario, que por todas partes deja sentir 
su influencia destructora. 

Para esplicarnos con mayor claridad, no faltan, 
en nuestro entender, aunque en reducido núme- 
ro, talentos no deslumbradores ni privilegiados, 
pero sí dignos de impulsar entre nosotros con 
vigoroso esfuerzo los diversos ramos del saber hu- 
mano; mas por una parte la escasez de hombres 
que entran al rol! de los negocios públicos, por 
otra la especulación fácil que los empleos brin- 
dan á muchos, los hacen afluir de las universida- 
des á los periódicos, de éstos á la tribuna, y ya 
colocados en una posición visible y lisonjera para 
su ambición, pocas veces nuestros literatos qiie 
han llegado á tal punto, abandonan la disyuntiva 
de mandarines ó conspiradores. 
' Por otra parte, si se ecsaminan atentamente 
los monumentos literarios que quedan entre no- 
sotros, aunque en muy reducido número, se verá 
que la literatura mexicana no era en los primeros 
tiempos mas que el reflejo descolorido de la es- 
pañola, que del movimiento literario del siglo de 
oro de la España, apenas llegaron á nosotros al- 
gunos destellos moribundos, y que la asombrosa 
convulsión intelectual de la Europa en el siglo 



xviii, hasta el xix no produjo sus frutos, primero 
políticos, resultado en gran parte de la constitu- 
ción española; luego literarios, después de verifi- 
cada la independencia. 

Las inteligencias superiores en que abundan los 
siglos XVII y XVIII en México, se refugiaban en las 
ciencias: la mayor parte de nuestros hombres ilus- 
tres se dedicaron á la astronomía, como aliviando 
con ese estudio de esperanza el yugo de una domi- 
nación que parecía sin término para México. 

Las pocas obras literarias, en su mayor núme- 
ro sobre la historia del pais, se resentían del in- 
flujo despótico bajo que se escribían: al anuncio de 
su publicación, la censura se apoderaba del ma- 
nuscrito, y algunos sabios, evitando esa tortura á 
sus pensamientos, hundieron en desconocidos ar- 
chivos las tareas que fueran objeto de la consa- 
gración de su vida entera. 

Así han desaparecido gran parte de los escri- 
tos de Alva Ixtlilzochitl, de Gamarra, de Gama, 
de Hernández, de Sigüenza mismo; manuscritos 
que respetó el incendio, y de otros ingenios, lus- 
tre y decoro de nuestra patria. 

Con mas libertad, pero no menos enfermiza y 
parásita, por espresarnos así, floreció la poesía; 
y hierve la sangre al ver ingenios como Vela, So- 
ria, Sor Juana Inés y el autor de los tristes ayes 
del águila de México, copiando en medio de una 
naturaleza virgen y magnífica, los disparates del 
culteranismo ridículo, que personificó sagaz la 
crítica en Góngora y Quevedo. 

Así esclavizada, así pei-dida en imitaciones ser- 
viles, la literatura no era mas que el eco lejano 
de las risibles zamponas de los Fabios y Bati- 
los españoles, y las comedias mismas trasplanta- 
ciones efímeras de los imitadores de Cáncer y Co- 
rnelia. 

Sin embargo, como hemos dicho antes, en las 
ciencias, de trecho en trecho se perciben trabajos 



LITEEATUEA MEXICANA. 



15 



dignos de valía y de renombre, que los estrange- 
ros, mas patriotas que nosotros, lian publicado, 
aunque con el mentiroso barniz de observaciones 
originales. 

Los trabajos de Yelazquez y de Gama, de Gram- 
boa y Hernández, son apreciabilísimos, sobre to- 
do los de Álzate, genio especulador y práctico, 
que aplicaba sus conocimientos á las produccio- 
nes naturales, y revelaba la duplicación de los in- 
mensos tesoros del Nuevo Mundo. 

Pero verificóse la independencia, y entonces? 
pasando de lo literario á lo político, sin pensar en 
una sola aplicación, sin las detenidas observacio- 
nes sobre la naturaleza, índole y recursos de 
nuestro pais, bebíamos en Rousseau y Constant, 
en Montesquieu y en las instituciones de la veci- 
na república, en un todo diversa de nosotros, doc" 
trinas sanas en sí, pero en la aplicación desacer- 
tadas y funestas para nosotros. 

No se consideró concienzudamente que la polí- 
tica necesita aplicaciones peculiares, en que ca- 
da pais debe tener la suya, como cada hombre tie- 
ne su fisonomía; pero volviendo á la literatura, di- 
remos que los imitadores de Arriaza y Melendez 
lo fueron después de Lamartine y Metastasio, y 
que con pocas escepciones, en este y en los otros 
ramos todo hubo menos literatura nacional. 

Por otra parte, agitados los ánimos hasta lo 
mas íntimo por una revolución de tanta cuantía, 
la época, la necesidad de vivir con esa vida febril 
deAas revueltas, se oponia á los trabajos que an- 
tes meditaba el sabio en su sosegado gabinete, ó 
las apartadas celdas de los monasterios. 

Pronto aceleramos nuestra vejez; pronto el des- 
encanto y las facciones pudrieron en su raiz el 
entusiasmo, y una revolución que deberla ser 
nuestra epopeya de gloria, y unos patíbulos que 
deberían haber sido los tronos en que se procla- 
mase la libertad y la soberanía de la inteligen- 
cia, no nos dejaron sino recuerdos de dolor, y lo 
que es mas, indiferencia 

Entonces ese astío produjo nuestra enfermedad 
social, y el no somos para nada ha hecho que veje- 
te enfermiza la literatura, y que quedara inerte 
al lado de las fuentes mas abundantes de la ilus- 
tración y de la gloria de la patria. 

Hemos dicho antes que á pesar de lo espuesto, 
se notan adelantos, y adelantos de consideración, 
es decir, la instrucción está mucho mas estendi- 
da, los sabios no se ocultan como los avaros á re- 
crearse en la soledad con sus tesoros estériles: en 
nuestros colegios reciben educación mayor nú- 
mero de jóvenes, esto es, hay muchos literatos, 



políticos y sabios á la europea; mexicanos muy 
pocos. 

Nosotros quisiéramos que se aplicaran esas bue '¡ 
ñas inteligencias á las producciones, á las nece- 
sidades de nuestro suelo. Quiesiéramos que, á 
ejemplo del Sr. Rodríguez Puebla, en las cáte- 
dras de literatura de nuestros colegios, se ejerci- 
taran los jóvenes en estudios estadísticos, en es- 
tudios biográficos de nuestros hombres ilustres. 

La Academia de Letrán presenta un buen 
ejemplo. Cuatro jóvenes pobres, sin mas ausilio 
que su aplicación y sus buenos deseos, guiados 
por ese espíritu de asociación que tanto contribu- 
ye al desarrollo del poder y de la inteligencia, 
consiguieron que la lira mexicana se ejercitara en 
asuntos nacionales, y Calderón y Rodríguez de 
aquel lugar levantaron el vuelo para honor y or- 
gullo de la nación. 

Es necesario antes de pasar adelante, notar, 
como ya hemos espuesto en otros escritos, que 
con respecto á la poesía, los adelantos han sido 
mas visibles; que de los diarios de México, en que 
apenas sobresalían Tagle, Navarrete y Ochoa, á 
las épocas de Heredia, de Pesado y de Carpió, 
hay una gran distancia, y no resultan paralelos 
desfavorables para nuestra época. Pero si esos 
trabajos marcan también la civilización de un 
pueblo, son mas brillantes que sólidos, mas des- 
lumbradores que duraderos, mas bellos que útiles, 
y nosotros hubiéramos deseado la mezcla de lo 
uno y de lo otro, para comunicarles atractivo é 
importancia. 

La prensa, este termómetro de la civilización 
de las naciones, esta tribuna del siglo actual, an- 
torcha del saber y egide de los derechos del hom- 
bre, ha participado de los vaivenes revoluciona- 
rios, y son pocos los periódicos que no se han en- 
venenado con las pasiones políticas de sus respec- 
tivas épocas. No obstante, que se registren los 
libelos de los años de 26 y 28, que se recorran las 
páginas de Ibar, de Dávila y de D. Carlos Bus- 
tamante, y se verá que si bien mas frios y espe- 
culadores los periódicos de hoy, son también mu- 
cho mas instructivos y decentes. 

En cuanto á lo literario, no se ven mas que 
trabajos esparcidos, noticias incompletas, y copias 
y traducciones del estrangero aun en los periódi- 
cos de mas renombre, como el Observador, el Re- 
gistro, el Correo de la Federación y otros, á que 
dedicaron sus sabias plumas Tagle, La Llave, 
Quintana Roo, Santa María, Herrera, Heredia, 
j Pesado, Couto, Olaguibel y otros. 

Ni como simples compiladores_ se ha querido 



16 



LITERATURA MEXICANA. 



hacer uso del inmenso y curioso material que con 
el mas leve ausilio del gobierno se hubiera sal- 
vado del olvido. Por noticias, improbables en lo 
judicial, se sabe que por muchos años se perpe- 
tró un verdadero saqueo en todos los arcliivos, y 
que paran en poder de particulares manuscritos 
que se perderán ignorados. 

Así es que el interesante trabajo de Eguiara 
sobre biografías ha desaparecido de la biblioteca 
de la Catedral: de los escritos de Álzate apenas 
se poseen las Gracetas y uno que otro folleto; y si 
no fuera por la diligencia de los actuales emplea- 
dos en el archivo general, se habrían perdido va- 
liosos tesoros para la literatura y la historia del 
pais. 

Por desgracia todas estas pérdidas están ejer- 
ciendo, no esa infliiencia que consiste en lamenta- 
ciones desacreditadores, pero estériles, de un pue- 
blo, sino una influencia funesta, que gravita sobre 
los intereses materiales de la nación. Todas las 
combinaciones políticas se estrellan en la general 
ignorancia sobre las necesidades nacionales, en la 
falta de datos estadísticos, en la incorrección de los 
documentos geográficos, apenas revisados de Hum- 
boldt á nuestros dias, y en la carencia de antece- 
dentes históricos. 

El desden con que se han considerado los estu- 
dios nacionales, ha hecho que sean conocidos de 
muy pocos los trabajos de Álzate sobre el cultivo 
de la grana y del cinabrio, los de Hei'nandez y 
Cervantes sobre la botánica, los de Bermudez so- 
bre medicina, los de Gamboa sobre minería, y los 
de otros muchos, que habrían marcado la verda- 
dera riqueza del pais, base y norte de su política 
segura y de su engrandecimiento indefectible. 

La dificultad de escibir sobre estos ramos, va- 
rios de ellos, fruto de la esperiencia de los si- 
glos, y el temor á la censura inconsiderada de 
algunos críticos descontentadizos, ha retenido á 
muchos, sin considerar que en estas materias dar 
los primeros pasos siempre es honroso, y que la 
crítica cede por fin el puesto á la dedicación y 
al estudio. 

Da sentimiento ver que no se haya hecho uia. 
ensayo de estadística general, aunque fuera in- 
completo, habiendo publicado la mayor parte de 
los Estados las suyas. Nosotros sabemos que ec- 
sisten, mas ó menos luminosas, de Jalisco dos, una 
de ellas escrita por el Sr. Cotilla, á quien tanto 
debe la instrucción pública en aquel Estado; de 
Querétaro y Guanajuato, por el Sr. D. Antonio 
del Razo; de Chihuahua dos, una del Sr. Escude- 
ro, la otra del Sr. García Conde; de Sonora, por 



Zúñiga; de Zacatecas, por D. Marcos Esparza; de 
Veracruz, por D. Vicente Segura; de Oajaca, por 
orden del Sr. Fernandez, y otra del Sr. Carriedo; 
de Morelia, por Lejarza; de Durango, de orden del 
Sr. Elorriaga; del Distrito, por varios autores, lo 
mismo que del Estado de México; de San Luis, 
por Romero; de Tamaulipas, Tejas &c., por Al- 
monte y por el padre Prejes, que escribió, como 
Clavijero, sobre la Alta y Baja California. 

¿Por qué en esas sociedades de jóvenes aplica- 
dos, que ecsisten en Puebla, Morelia, Veracruz, 
Jalisco y otros puntos, no se ha emprendido si- 
quiera la compilación de sus documentos estadís- 
ticos? 

¿Qué, no ha inspirado nada á sus imaginacio- 
nes poéticas nuestra fecunda historia nacional? 
¿Qué, no ha suministrado á sus pinceles colores 
ningunos la pasión de Xóchitl, el sacrificio heroi- 
co de Guatimoc y la conjuración de Dávila? ¿Qué, 
nada dice á sus talentos filosóficos la sucesión de 
revoluciones estraor diñarlas desde Cortes hasta 
nuestros dias? ¿Qué, no han pensado en su anhe- 
lo de sabios, vulgarizar las ciencias, despojarlas de 
su tecnicismo griego y latino, y preparar sus apli- 
caciones á las artes y á la vida común? 

Este .solo adelanto seria de muchísima impor- 
tancia, y habria producido frutos abundantes. 

Pero nos falta ese espíritu de asociación: cree- 
mos que los goces intelectuales se pueden adqui- 
rir sin sacrificio, y sacrificamos á nuestro orgullo 
la satisfacción pura y generosa de hacer un l¿en 
á nuestro pais. 

Nosotros hemos visto jóvenes que han empren- 
dido sus tareas literarias en medio de todo género 
de contrariedades: los hemos visto después de 
mendigar la educación de puerta en puerta, y de 
sacrificar sus pocos momentos de ocio, los momen- 
tos que les dejaban el infortunio y la pobreza, pu- 
blicar un escrito que ha sido presa de la crítica, 
porque contenia un nombre disonante á los oidos 
parisienses de los literatos, ó porque no podian 
soportar el paralelo con los genios que ilustran el 
antiguo mundo. 

Sin embargo, ellos han proseguido en su noble 
tarea, y les somos deudores de que el ingenio poé- 
tico no sea un título irrisorrio, y que algo se ha- 
ya esplotado la literatura nacional. 

Desde el establecimiento de la academia de Le- 
tran, hemos visto establecer otras reuniones, que 
es lástima no hayan producido los frutos que to- 
dos esperábamos. 

En Zacatecas, Lares, Hoyos, Teran y otros, po- 
drían uniformar sus trabajos. En Veracruz, los 



LITERATURA MEXICANA. 



17 



Sres. Estevas, Velez, César, que ya han tenido una 
tertulia literaria de que hemos publicado compo- 
siciones. En Puebla, el diligente joven Orosco, 
autor de una historia de los tres siglos de la do- 
minación española, que inmortalizará su nombre, 
ya ha emprendido tareas fructuosas en unión de 
Zamaeona, Béistegui y otros. En Morelia, pais de 
Ocampo, de Munguia y de Ortiz, no debe estar 
ocioso el pensamiento. 

En Jalisco, los jóvenes Alatorres, Mancillas, 
Villaseñor y otros, deben reunirse, dar vuelo á 
sus ingenios, aplicarlos á cosas agradables y útiles. 
En Oajaca, donde ecsisten tan preciosos monu- 
mentos arqueológicos, ¿por qué los Iturribarrías, 
los Carriedos y Bolaños no se reúnen y dan uni- 
formidad á sus trabajos? 

Esos jóvenes médicos, que compusieron la socie- 
dad Filoiátrica, y que hoy publican á sus espensas, 
un periódico, ¿por qué no nos hablan siempre dt3 
nuestro pais, de sus producciones, de Montaña y 
de Cervantes, de Bustamante y de Rio Loza? 

Así en los folletines de todos los periódicos de 
los Estados, se verian estudios sobre la instruc- 
ción pública, aplicaciones de las ciencias á las ar- 
tes, modos de fecundizar las producciones de nues- 
tro suelo. 

Por nuestra parte, este ha sido el objeto de 
nuestros constantes desvelos, y en obsequio de la 
justicia diremos, que el editor de este periódico 
se ha asociado con ardor á nuestros trabajos. 

Felizmente el terreno que cultivamos, está abier- 
to á todas las aspiraciones generosas; no lo obs- 
truye la política con sus odios, ni la ambición lo 
huella con su planta. Para todos los que quieran 
secundar nuestras miras, ayudarnos con sus tra- 
bajos y consejos, están abiertas las columnas de 
nuestro periódico. 

Los primeros ensayos del poeta, lo mismo que 
los áridos cálculos del sabio, tienen un periódico 
en el nuestro, en que si pudiera haber especula- 
ción, la queremos combinada con el bien y con ios 
adelantos del pais. 

Conociendo nuestra insuficencia para una em- 
presa tan ardua, hemos invitado á nuestros anti- 
guos colaboradores; y los Sres. Rosa, Otero, Pe- 
sado, Ocampo, Alcaraz, Tornel, Orosco, Estevas, 
Torreseano, Escalante, Castillo, Ramírez, &c., 
&c., &c., enriquecerán el Álbum, como lo hicie- 
ron con el Museo Mexicano. 

Nuestros trabajos no serán perfectos; pero nues" 
tra ambición se limita á dar un paso mas en ob 
sequio de la literatura mexicana. — RR. 



Haz jugado tanto, hermoso niño, que ya te en- 
cuentras fatigado. ¿En qué has empleado todo 
el dia? Todos los seres se han ocupado de las ta- 
reas que á cada uno incumben: los pájaros han 
callado; la abeja jíí no zumba á nuestros oidos; el 
Sol se desliza suavemente, y se pierde en la copa 
del árbol, en la cima del campanario: la paloma 
ha ido á refugiarse á su asilo protector; las espe- 
sas hojas ocultan los nidos á que dan abrigo; el 
crepúsculo estiende su tenue luz sobre la tierra. 
Hermoso niño, dime: ¿en qué has empleado el dia? 

¿Qué le dirás á tu madre cuando vuelvas á su 
lado? ¿Has cumplido acaso con lo que tu tierna 
voz le prometió esta mañana? ¿Has perdonado, 
has amado, has tratado con bondad á tu camarada? 

Ahí una tarde llegará, la tarde del gran dia: 
también entonces estarás cansado, pero no de ju- 
gar. Tu cuerpo se doblará, tus ojos se cerrarán 
como ahora, y dirás: ¿ Por qué tarda tanto en lle- 
gar la noche? Yo quisiera dormir. — Quiera Dios 
que esté entonces tranquila tu conciencia y sin 
mancilla tu corazón. ¿Qué cuentas darás de tu 
dia, del dia de tu vida? Si tu mano no ha esta- 
do cerrada para el menesteroso; si tu corazón no 
ha sido insensible á la piedad; si la penitencia ha 
mortificado tu alma, y reveládote los santos mis- 
terios por medio de las elocuentes voces de la na- 
turaleza; si tu simpatía se ha asociado á lo que 
es humilde y á lo que es grande, estos recuerdos, 
ó niño, mitigarán tu cansancio, y te darán placer: 
verás acercarse la noche, y no temblarás, y tan 
tranquilo como hoy, te dormirás sobre el seno 
materno. N. P. Willis (poeta americano). 



Debemos admirar los adelantos inmensos de la 
ciencia de la navegación, desde la época en que 
el marino no se atrevía á navegar sino á la vista 
de la tierra, costeando las riberas, pasando de ca- 
bo á cabo, anclando de bahía en bahía, y dirigien- 
do con timidez la vista á esa mansión misteriosa 
del Oeste, refugio sagrado á donde iba el Sol to- 
das las tardes á descansar. Hoy, arrojado el ma- 
rino sobre la tersa superficie de las aguas, donde 
se borra su huella, como desaparece la del águila 
en el aire, se dirige orguUosamente á una isla si- 
tuada á 1.500 leguas de distancia, y á pesar de 
los vientos, de las calmas, de las corrientes, llega 
á vista del puerto con plena seguridad. El Sol, 
las estrellas, la Luna, le sirven de guias fieles: to- 
'dos los dias los pregunta, y en su curso nuevo sa- 
be leer todos los dias en el cielo una respuesta fa- 
vorable. (Magasin Pittor-esque.) 



0<}0, 




El 



íN Europa, y particularmente entre la noble- 
za de Inglaterra y de Italia, es no ya una costum- 
bre sino una necesidad el tener una galería, mas ó 
menos abundante de originales, mas ó menos bue- 
na, pero siempre que dé una idea de las diversas 
escuelas de pintura y de los grandes maestros que 
ban sobresalido en este arte divino. Entre noso- 
tros, y á pesar de la brillante disposición que liay 
en lo general para el cultivo de las bellas artes, se 
encuentran muy pocas personas que tengan inte- 
ligencia, gusto y la constancia necesaria para for- 
mar colecciones de pinturas, sin embargo de ha- 
llarse esparcidos en los conventos de religiosos y 
en poder de particulares, escelentes cuadros, ya 
de artistas mexicanos que formaron en los siglos 
pasados una verdadera escuela, ya de algunos 
maestros españoles. En esta ciudad solo conoce- 
mos la abundantísima y bien clasificada colección 
de D. José Gómez de la Cortina; la que poseia en 
m.enor escala D. José María Andrade, y algunos 
buenos cuadros que se hallan en las casas de D. 
Manuel Eduardo Grorostiza y D. Francisco Mo- 
desto Olaguibel. En Puebla ecsistia una magnífi- 
ca colección en la casa del Sr. llosas, la cual com- 
pró un alemán comerciante, D. José Lang, y se lle- 
vó á E\iropa, donde juzgó que por solo un cuadro 
le dañan lo que le hablan costado todos. En la ac- 
tualidad la colección mas escogida que hay en Pue- 
bla es la que con bastante inteligencia y constancia 
ha formado el Lie. D. Manuel Cardoso. Pero va- 
mos á dar una ligera idea de lo poco que ha queda- 
do de la galería del Sr. obispo Vázquez, y que muy 
en breve desaparecerá completamente, pues desde 
su fallecimiento se han puesto en venta todos sus 
cuadros, libros y objetos curiosos. En la galería 
del Sr. Vázquez ecsisten muy pocos originales, 
pues ya se sabe que en Europa un cuadro original 
de Murillo, Kivera ó Velazquez, vale una cantidad 



ecsorbitante. En cuanto á los de Kafael, Ticia- 
no ú otros, se puede asegurar que solo ecsisten los 
que hay en los museos públicos y los que pertene- 
cen á las galerías de los cardenales, que van tras- 
mitiéndose como una preciosa herencia á los su- 
cesores. Pero si es verdad que por esas causas no 
pudo el Sr. Vázquez colectar en su viage cuadros 
originales, lo es también, que con un gusto esqui- 
sito y sin d_uda con muy buenos informes, se pro- 
porcionó copias tan fieles y tan perfectamente des- 
empeñadas, que escepto la curiosidad y la anti- 
güedad de los originales, los suplen perfectamente. 

Una de las copias que llaman la atención, es la 
de un cuadro de Corregió. La composición es 
deliciosa, llena de poesía y de santidad. La Vir- 
gen tiene al Niño en sus brazos: un ángel en un 
estremo del cuadro divierte al niño, y en otro es- 
tremo se halla otro ángel uniendo amorosamente á 
su mejilla la redonda piernecita del infante. Mu- 
cho mérito tendría por cierto el bellísimo pensa- 
miento que hemos indicado, pero se realza mucho 
mas con la animación que tienen las figuras. Ca- 
da una de ellas espresa un afecto diferente. La 
fisonomía del Niño anuncia talento y grandeza; 
sus ojos se acaban de dirigir hacia donde está el 
ángel, y su cuerpo está perfectamente desprendido 
del seno de la Virgen. El ángel, rubio, con unos 
blondos y sutiles cabellos, que parece menea el 
viento, y con un cutis de hojilla de rosa, sonrie 
mirando lo divertido é interesado que está el Ni- 
ño. La Virgen, con los ojos amorosos y espresi- 
vos de una madre que contempla sano y feliz á 
su hijo, le dirige la vista, dispuesta á seguir com- 
placiendo su inocente capricho. 

La cabecita del otro ángel que acaricia al Ni- 
ño, es deliciosa. Los ojos, entrecerrados dulce- 
mente; todas las facciones, espresando ese tran- 
quilo y santo amor que se tiene por las criaturas. 



LA galería del SR. OBISPO VÁZQUEZ. 



19 



Todas las figuras tienen mucha dulzura y sua- 
vidad en el colorido; las ropas están muy natura- 
les y bien entendidas, y se echa de ver qxie el co- 
pista procuró dar al cuadro la redondez, las som- 
bras necesarias para que las figuras se despren- 
dan del cuadro, que es, conforme opina un autor 
inteligente en el arte, el principal mérito que des- 
de luego se nota en el original del Corregió. 

Otro de los cuadros de gran mérito é inesti- 
mable valía que se encuentran en la colección del 
Sr. Vázquez, es un boseto, original de Rafael 
Mengs, llamado el Rafael alemán y pintor des- 
pués del rey Carlos III. Es la pintura en tabla, 
y parece que el conjunto, según los trazos de lá- 
piz que se notan, deberia baber sido bellísima. 
El Niño apenas está bosquejado; pero el rostro de 
la Virgen, aunque no acabado completamente, es 
de una incomparable belleza: unos ojos espresivos 
y llenos de ternura; unos labios frescos; una tez 
suave, y el conjunto de la fisonomía lleno de ama- 
bilidad y dulzura. Imposible es dejar de reco- 
nocer que la mano de un maestro ha trazado tan 
peregrina imagen. El Sr. Vázquez compró en Ro- 
ma este cuadro de la testamentaría de un carde- 
nal, y tanto en Italia como en Paris solicitó á los 
mas hábiles pintores para que acabaran la pintura 
que Mengs, por uno de tantos caprichos de artista, 
dejó sin concluir. Todos los pintores se rehusaron, 
temiendo dar muestra de su impotencia para 
concluir felizmente la obra, y el cuadro subsiste 
aun con los trazos y medias sombras de Mengs. 

También es digno de mención un pintor mo- 
derno, cuyo nombre no nos era conocido, y es Pae- 
lineck. No solo es delicado en sus tintas como 
Murillo, y tierno en sus composiciones como Cor- 
regio, sino que tiene originalidad en la invención. 
Hay en la galería de que nos ocupamos, un Cupi- 
do primoroso. Siempre hemos estado acostum- 
brados á ver á Cupido representado por un 
muchachito gordo y cachetón con los ojos venda- 
dos. El Cupido de Paelineck es un muchacho 
tomado del natural, es decir, con sus formas be- 
llas, pero delgadas; su tez de seda, sus ojos y sus 
mejülas demostrando la virginidad, la inocencia 
y la viveza de un niño. En otra pintura del mis- 
mo autor, que repre.senta un Ecce-homo, se cono- 
ce cuánto ha estudiado ese artista el natural. 
Las arterias y venas de los brazos están minu- 
ciosa y perfectamente entendidas, y la posición 
de la cabeza es esactamente la que conviene á la 
situación. 

Ademas de hallarse algunos cuadros origina- 
les de Andrés Pozzi, y otra multitud de buenas 



copias, hay multitud de pinturas de la escuela 
mexicana, y se encuentran originales de Cabrera 
Zendejas, Caro, Rodríguez, Alconedo y Julián 
Ordonel, todos de un mérito sobresaliente. Tres 
bosetos de nuestro compatriota Vázquez nos re- 
cuerdan la sensible pérdida que tuvieron las ar- 
tes con la muerte acaecida en Veracruz de es- 
te joven, que habia obtenido'^en las academias de 
Italia los primeros premios. 

Seria muy de desearse que la academia de San 
Carlos de esta capital adquiriera el resto de la 
colección, pues la podría obtener por un precio 
mucho mas bajo que el qu.e costó al señor obispo 
difunto; y unas pinturas servirían para estudio de 
nuestros jóvenes, y otras como testimonio de los 
talentos que en el arte de la pintura tuvieron al- 
gunos mexicanos en los siglos pasados. 



IJiuRió en el Occidente 

La última luz del luminar del día, 

Y ya el suave ambiente 
Respira el alma mia 

Que en torno vaga de la selva umbría. 

La oración de la aldea 

Subió al cielo en la voz de la campana: 

Ya la choza que humea 

En la loma lejana 

Desaparece entre la niebla vana. 

En bandadas las aves 

A recojerse acuden á su nido, 

Con cánticos suaves 

Halagando el sentido 

De los que vuelven al hogar querido. 

Las sencillas palomas 
Melancólicas cantan sus amores, 

Y los blandos aromas 
De las nocturnas flores 
Embriagan á los dulces ruiseñores; 

Y vaga en las praderas. 
Bosques y rios su perfume grató, 
Que las auras ligeras 

Ofrecen al olfato, 

Poniendo olvido del mundano trato , . . , 



20 



LA ENTRADA DE LA NOCHE. 



Los carros ya no crujen 

]?ajo el peso de mieses abundosas, 

Ni entre las selvas rujeu 

Ijas fieras, que medrosas, 

Huyeron á las cuevas tenebrosas. 

El silencio al ruido 

Sucedió en las llanuras y montañas, 

Tan solo interrumpido 

Por las sonantes cañas 

y el lejano rumor de las cabanas; 

Y el murmurio del rio 

Que se desliza entre menuda arena, 
Con perlas de rocío 
Cubriendo la azucena, 

Y el lirio y rosa de su orilla amena. 

Cual luminosas huellas 

Que el Sol deja en el vasto firmamento. 

Brillantes las estrellas 

Aparecen sin cuento, 

Asombrando el liumano entendimiento. 

La luz voluptuosa 

De Venus resplandece en Occidente; 

Y en tanto magestosa 
Asoma en el Oriente 

De blanca Luna la radiosa frente. 

Brillan los horizontes: 

Con lampo melancólico circu.nda 

La cumbre de los montes, 

Y la estension profunda 

De las llanuras fértiles inunda. 

Los blancos caseríos 

De los pueblos y aldeas; los añejos 

Arboles de los rios, 

A sus tristes reflejos, 

Cu^l fantasmas se miran á lo lejos. 

Y el lago cristalino, 

Que duerme al pié del protector collado, 

A su esplendor divino, 

Su disco plateado 

Reproduce en su seno sosegado. 

Las ligeras barquillas 

No remueven sus ondas azuladas, 

Y en sus quietas orillas, 
De espadañas pobladas. 

Duermen las blancas garzas descuidadas.. 

El monte, el bosque, el llano, 

Todo ¡oh Luna! en tu curso lo iluminas, 

Del rústico aldeano 

Su choza, y las ruinas 

Que esparcidas se ven en las colinas. 

También de las ciudades 

Alumbras los palacios, santuarios 

De orgullosas deidades; 

Los altos campanarios, 

Los tristes cementerios solitarios. . . . 



Lejos de ellas te miro, 

Astro de paz, consolador del triste. 

Del bosque en el retiro 

^■Quién tu influjo resiste. 

Tu influjo bienhechor á cuanto ccsiste? 

Respira libre el alma 

De soledad en el augusto seno, 

jComo es dulce la calma 

Que tu mirar sereno 

Infunde al pecho de tormentos lleno! 

Alivio á los que gimen, 

Y á las nobles desgracias das consuelo. 
De tu presencia el crimen 

Se aleja en raudo vuelo. 

Que él las tinieblas busca con anhelo. 

Nocturna confidente 

De la melancolía y los dolores; 

Amiga complaciente 

De tiernos amadores; 

Antorcha celestial de los amores: 

¿También en este instante 

A ella, á mi Laura, tu belleza encanta? 

¿Su mágico semblante 

A verte se levanta? 

¿Baña tu luz su mórbida garganta? 

Del mundo proceloso 

En medio á la tormenta, Laura mia, 

Zozobra tu reposo. 

¿Por qué la suerte impía 

De tí me aleja de la noche al dia? 

Yen, Laura, aquí á mi lado. 

Objeto puro de mi amor primero. 

Oh! dueño idolatrado, 

Gozar contigo quiero 

De un cuadro tan tranquilo y lisongero. 

Olvida, Laura, olvida 

De la ciudad el bullicioso estruendo: 

¿Qué vale allí la vida. 

Si al que hoy gozó riendo. 

Le aguarda luego sinsabor tremendo? 

Sus fiestas bulliciosas 

¿Qué dejan, dime, sino duelo y llanto? 

Marchítanse las rosas; 

Y al júbilo del canto. 

Siguen las ansias, de mortal quebranto. 

Ahí imperan tan solo 

La vil mentira y el falaz engaño; 

Y la intriga y el dolo 
Se adunan en el daño 

Del que es, por dicha, á su ejercicio estrañp. 

Yen, Laura; huye del mundo: 
El llano traspasemos y el collado; 

Y allá en lo mas profundo 
Del bosque sosegado, 

Dejemos al amor nuestro cuidado. 

México, Diciembre \Z de 1848. — RAMoN 1. alcaraz. 



»E CHIHUAHUA A LOS MEDAMOS. 



BL mes de Mayo de 1842, el Sr. gobernador del 
entonces Departamento de Chihuahua, general D. 
Francisco Grarcía Conde, marchó á los puntos 
mas frecuentemente invadidos por las tribus bár- 
baras, con el objeto de ajustar con ellas las paces, 
restituyendo á los pueblos de su mando el sosie- 
go de que hacia mucho tiempo carecían. 

Los pocos conocimientos que, generalmente ha- 
blando, poseemos de la frontera; la dolorosa indi- 
ferencia con que hemos descuidado sus noticias 
y la suerte de aquellas poblaciones, hicieron, que 
ni por entonces ni después se hayan tenido datos 
sobre aquellos importantes trabajos. No obstan- 
te que en el periódico titulado la Lduna, órgano 
oficial entonces de aquel Departamento, se publi- 
caron documentos estadísticos muy dignos de 
aprecio, carecemos, sin embargo, de una relación 
que habria, en época demasiado reciente, esclare- 
cido muchos puntos dudosos en el tratado de paz. 

Nosotros, que vemos con profunda estimación 
todo lo que es nacional, hemos conseguido de una 
persona allegada á otra que componía la comiti- 
va del Sr. Conde en aquel viage, la correspon- 
dencia íntima relativa á aquella espedicion. El 
conjunto de estas cartas forma la relación desor- 
denada, incoherente, de las impresiones del viage- 
ro, en gran parte alusivas á su familia misma, y 
por lo mismo para ella únicamente de interés; pe- 
ro en medio de ese indispensable desaliño hemos 
creido encontrar relaciones curiosas, de las que 
impondremos á nuestros lectores, revisando en su 
compañía las cartas: esto es como á hurtadillas, ini- 
ciándonos en los secretos de una familia de Chi- 
huahua. Ya está abierto el legajo; revisemos. 
TOM. I. — II. 



En la primera jornada no ofrece novedad nues- 
tro diario: se han atravesado llanos áridos, se 
ha pernoctado en el rancho del Salitre, y estamos 
en via para el paso del Norte, al frente de la ha- 
cienda del Torreón. 

Como para entretener el tiempo, y antes de pe- 
netrar en la hacienda, oigamos la descripción de 
la toilette de un indio, que se afeita al raso, por si 
esto seduce á nuestros hoTies mexicanos, y les en- 
jendra algunas simpatías por nuestro Álbum. 

"Estaba el indio mescalero, de cuya rasura se 
trata, acostado y apoyada la cabeza en la pared; 
tenia en la mano izquierda un espejillo y en la 
derecha unas pinzas, que manejaba con imponde- 
rable destreza, arrancándose con ellas pelo por 
pelo de su barba hasta dejarla perfectamente li- 
sa. ..." Dirijamos la vista á la hacienda. 

"La casa del Torreón es bastante grande, y 
tiene un amplio portal en su fachada. Esta y la 
portada de la capilla forman uno de los lados de 
un cuadrilongo, que es la figura de la hacienda. 
Los otros tres están formados, por las casas de cua- 
drilla (rancherías) y la huerta. En el del fren- 
te hay un zaguán, de suerte que cerrados algunos 
claros que han quedado, podrá quedar bajo de lla- 
ve todo el caserío. Como el piso es muy des- 
igual, visto éste desde alguna distancia, presenta 
una bonita perspectiva, cuyos objetos mas nota- 
bles son los portales y el campanario, situados ca- 
balmente en lo mas elevado del terreno." 

Descripción de llanuras inmensas, tristes, ári- 
das, silenciosas, sin que nada interrumpa su mo- 
notonía, es el desierto que recorren nuestros via- 
geros, sin que se encuentre del Sauz á Agua- 



22 



FEONTEKA DE LA REPÚBLICA. 



Nueva mas que el caserío de Encinillas y los ár- 
boles que cortejan los aguages del rancho de la 
Laguna y el Alto del Gallego: aquí se pinta en la 
correspondencia la perspectiva que ofrece aquel 
paraje: 

"El pais es áspero y salvaje: un limón de agua 
baja de las cumbres, filtrándose por las peñas, 
partiendo otras y formando caprichosamente chor- 
ros y remansos. A su favor crecen allí varios 
fresnos, moreras y monillos, y forman un bosque- 
cilio de corta ostensión. Al subir, oimos un alari- 
do, y como presumíamos, encontramos á los indios 
que venían con nosotros, y que nos hicieron notar 
las recientes señales de las lumbres que hablan 
hecho los gileños^ cuyos carrizos para flechas se 
veían sobre ellas medio tatemadas. El padre ca- 
pellán pidió un arco á Espejito, y disparó con re- 
gular fuerza uno de aquellos carrizos torcidos y 
sin plumas. José María tomó entonces otro, y 
casi sin levantarlo, disparó á un pajarito, que es- 
capó apenas de su certera puntería." 

Según la correspondencia, todo este camino es 
estraordinariamente árido, y por todas partes se 
ven en él los rastros de las atrocidades de los in- 
dios. La carencia de aguas es tan notable, que 
nuestro viagero pasó dos jornadas abrasado por 
la sed, y sufriendo al mismo tiempo un frió, que 
lo compara con el que resentimos en Enero. La so- 
ledad es tanta, que entre admiraciones y con toda 
la pompa ortográfica, anuncia la vista de un ár- 
bol, de una casa y un burro! ¡Cómo echarla de 
menos estos paises aquel señor! 

Nada, sino son las multiplicadas molestias y 
penalidades de los viageros, encontramos en este 
alto legajo. 

Pero veamos. — Mayo 22. — Carrizal. — Domin- 
go.— 

"A las siete y media de la mañana estaba ar- 
mado el altar portátil en medio del portal de la 
casa, y comenzaron á llegar las mugeres del lu- 
gar. Algunas de ellas traian medias blancas y 
zapatos azules: no faltaba quien tuviera tápalo, y 
las otras se hablan aseado cuanto hablan podido. 
Las mugeres rodeaban el altar; los hombres del 
pueblo se colocaron á la izquierda; el gobernador 
con su comitiva á la derecha. La tropa estaba for- 
mada afuera en el Sol, y los muchachos de la es- 
cuela en la sombra, precedidos de una cruz gigan- 
tesca que llevaba uno de ellos. 

"Después de la misa, salimos de la muralla has- 
ta la plazuela, formada de varias casas para ofi- 
ciales y soldados, y de una iglesia situada en uno 
de los costados de la misma plaza. Visitamos la 



casa principal, que está muy deteriorada; otras 
completamente arruinadas, y entramos á la capi- 
lla, que vista á la media luz de la tarde, me pare- 
ció bastante.triste." 

"San Fernando es el santo patrón del presidio." 

Por la relación de los trabajos del administra- 
dor de tabacos de aquel pueblo, D. N. G-rijalva, se 
formarán los lectores idea de la mala suerte á 
que están espuestos los habitantes de la frontera. 

"Este desgraciado, después de haber gozado al- 
gunas comodidades como dueño de mas de tres 
mil reses, y de tanta caballada, que para cada al- 
cance podia proporcionar á la tropa 200 ó 300 
caballos mansos, ha sido robado sucesivamente 
por los indios, hasta quedar reducido á una pe- 
queña finca, y á las reses que pudo comprar con 
el precio de su coche que vendió en Chihuahua. 
Pero lo mas sensible es, que los indios le han ma- 
tado á dos hijos grandes, cuya memoria amarga 
su ecsistencia." 

He aquí la descripción del Carrizal. 

"El Carrizal es un presidio situado al pié de 
una loma de suavísimo declive, y cabalmente en 
la parte que toca á un valle pantanoso y ensali- 
trado, de considerable ostensión. La distribu- 
ción de sus casas es irregular, pero se aprocsima 
á la de una gran plaza con dos anchas calles á sus 
costados, sin contar las habitaciones aisladas que 
se ven á la orilla de la acequia por el rumbo 
opuesto. El plano del valle es muy hermoso, y 
estraña la forma de los cerros que se divisan, es- 
pecialmente la del Banco del Lucero, en que di- 
cen se crian carneros salvajes. Sin embargo, el 
aspecto del pais es triste, por falta de árboles y 
por la niebla que lo circunda. Los adoves de 
las casas son blanquiscos: todas ellas son mez- 
quinas, pero muchas están enyesadas en toda su 
fachada ó al rededor de sus pequeñitas puertas 
y de las claraboyas, que les sirven de ventanas. 
El vecindario es miserable, y el número de ha- 
bitantes, inclusas las familias de los de la tropa, 
asciende á ochocientas y tantas almas." 



"Yo no sé qué estraña solemnidad tienen todas 
las ideas del que por primera vez camina por es- 
tas regiones. Al notar la soledad de los campos 
inmediatos al Torreón y á Encinillas, tan pronto 
vuelve uno la vista á lo pasado como á lo futuro, y 
si se detiene un intante en el presente, es para de- 
plorar la época en que nos ha tocado vivir y ha- 
bitar estos desiertos. Antes eran esas unas ha- 
ciendas riquísimas, donde se formaban opulentas 
fortunas y con ellas risueñas esperanzas: después 



DE CHIHUAHUA A LOS MEDAÑOS. 



23 



serán tal vez distritos llenos de vida, cuando una 
grande población venga á descubrir los tesoros 
que encierran esas vírgenes y fértiles tierras. . . . 
"Estando uno en el poblado, se estremece, con- 
siderando que dentro de un radio de veinte le- 
guas no se encuentran otros hombres que los que 
buscan nuestra sangre para bebería en nuestros 
propios cráneos'' . . . Admira lo mal que se com- 
prenden los verdaros intereses del pais, y deplo- 
ra la suerte de los que por los altos designios de 
la Providencia ha cabido vivir en la frontera, sin 
esperanza de salir de ella y de gozar los benefi- 
cios de la religión y de la sociedad. 

Salida del Carrizal. — El camino no ofrece na- 
da de particular; montes de mezquite y tierra flo- 
ja sin interrupción. "Dejamos á la izquierda el 
banco del Lucero, que se presentaba en una for- 
ma estravagante. Campamos á las nueve de la 
noche á la orilla de la laguna de Ojo de Patos. 
Rielaba la Luna en sus aguas y resplandecía en 
el campo con estraña claridad. 

"Aumentada y contrastada su luz por las de 
las muchas hogueras que hablan hecho los solda- 
dos para sus respectivos ranchos, teníamos á la 
vista un cuadro digno de un diestro pincel. Bri- 
llaban las cuchillas de las lanzas, las toquillas y 
los hules de los sombreros, y hasta los botones de 
los uniformes despedían reflejos, que los hacian 
parecer lo que no eran ciertamente. 

"En este paraje se siente un calor insufrible." 

Nada vuelve á llamar la atención del viagero 
en dos jornadas mortales, hasta los "Médanos." 
Esto es una sucesión de alturas de arena sutilísi- 
ma que forman una verdadera Sierra. "Paisage 
singular para los que no hemos visto las playas, 
y cuya parte mas interesante se halla en el cen- 
tro, pues allí las montañas de arena son elevadísi- 
mas, sin que se vea en su superficie mas que las 
ondas labradas por los vientos y las menudas hue- 
llas de los reptiles. 

"Yo no aventuraré aquí ninguna congetura res- 
pecto de la formación de tales médanos en estos 
sitios, aunque al verlos ocurra naturalmente la 
idea de que debe haber habido en aquel punto 
un gran depósito de agua, cuyas fuentes deben 
haber cambiado de dirección hace mucho si- 
glos. 

"El paso por los Médanos es molestísimo para 
las bestias, y suele ser peligroso, al punto de que 
ya se ha dado caso de que se quede sepultado un 
viagero en aquellas arenas sin que se vuelva á te- 
ner ni noticia de él." 

(Continuará.) 



LENGUA DE LOS SALVAGES AMERICANOS. 

Los iroqueses, los sioux, los mohicanos, tienen 
en su gramática recursos admirables para espre- 
sar con una sola palabra ideas muy complecsas. 
En el tiroki hay un verbo que quiere decir: "Yo 
me sirvo de una cuchara," y otro que significa: 
"Yo me sirvo de muchas cucharas." Se puede 
decir con una sola palabra: "Se mató á este hom- 
bre delante de mí," y con otra: "No se mató á 
este hombre delante de mí." Hay en este pue- 
blo (sin embargo de que es muy sucio, trece ver- 
bos diferentes que significan: "Yo lavo." Uno 
quiere decir: "Me Ictvo en un rio;" otro: "Me la- 
vo la cabeza;" y así sucesivamente para espresar: 
"Me lavo la cara, le lavo la cara á otro; me lavo 
las manos; le lavo á otro las manos; lavo mis vesti- 
dos; lavo un vaso, lavo á un niño, lavo la carne," 
&c. Una ligera alteración en la forma de la pa- 
labra, basta para manifestar estas diversas modi- 
ficaciones de la idea. Pero esta riqueza aparen- 
te oculta un verdadero fondo de pobreza. Nada 
es mas opuesto á la claridad de la oración, que 
una ecsuberancia semejante de formas complec- 
sas; nada mas contrario á la libertad del análisis 
que esta síntesis forzada. El verbo lavar puede 
espresarse de trece maneras distintas, en otras 
tantas ocasiones en que se ha previsto que se po- 
dría emplear. Pero si se presenta la décima- 
cuarta, en la que no ha pensado la gramática tiro- 
ki, la lengua aparecerá dificultosa, porque ningu- 
no de esos trece modos que hay para espresar la 
idea general en un sentido determinado, puede 
designar un sentido nuevo, de manera que no ha- 
bría modo de decir, por ejemplo: "El se ha lava- 
do del crimen que se le imputaba." 



Las invenciones útiles, así como las semillas 
de los vegetales, crecen y se maduran sin ruido: 
sus frutos se recogen sin trabajo, y el vulgo los 
disfruta sin informarse cómo ni de donde le vie- 
nen, y sin imaginarse lo que han costado. 

Bailly. 



El trabajo produce al hombre no solo dinero 
sino salud. Los holgazanes mueren pobres y jó- 
venes. 



Nada hay mas fuerte en la tierra como el hom- 
bre de talento, decia un filósofo antiguo. — Hay 
todavía otra cosa mas fuerte, le respondió otro, y 
es una muger caprichosa. 







<J^ 




v^ra 



No se crea que es vea. Banco simplemente, 
sino la g'ran máquina del Estado. 

Doctor Smith. 



WOB, mas fuertes, prósperos y bien sistemados 
que hoy estén algunos paises de Europa, no por 
eso han sido en tiempos pasados menos combati- 
dos por la desgracia, pues parece qne es un triste 
lote de la humanidad el sufrir, ya individual, ya 
colectivamente. La historia, pues, nos ha deja- 
do en sus páginas consignados los infortunios de 
las naciones, y por eso ha dicho muy bien un sa- 
bio: "que es el libro donde los gobiernos y los pue- 
blos deben aprender el arte de gobernar y de vi- 
vir felizmente." Mucho nos lastima el ver el pre- 
sente estado de nuestra sociedad, y á veces llega- 
mos á perder completamente toda espei-anza del 
remedio. Reflecsionando juiciosamente, este úl- 
timo pensamiento es desacordado: la paz, la cons- 
tancia en el bien obrar, nos salvarán acaso, y qui- 
zá dentro de algunos años habrá pasado la épo- 
ca de tribulación, y habremos llegado á cumplir 
los altos destinos que sin duda tiene Dios reser- 
vados á una tierra tan bella como el Paraíso. 

La Inglaterra en el siglo XVII pasaba por una 
de esas crisis terribles. Era el reinado de G-ui- 
Uermo III y de María, y del que los historiado- 
res han formado una sola época. No puede de- 
cirse que la Inglaterra tuviese, unos soberanos 
déspotas y perversos; pero ¿cuáles son los reyes, 
aun cuando se recorra el dilatado catálogo de to- 
das las monarquías del mundo, que se han visto 
libres de las lisonjas é influencias de los cortesa- 
nos? Si se añade á esta causa común laestraor- 
dinaria de la pobreza del tesoro y de una guerra 
estrangera, tendremos una idea aprocsimada del 
estado que guardaba entonces la G-ran Bretaña. 

La vieja querella entre la Francia y la Ingla- 
terra habia resucitado^ pero entonces no era Gar- 
los VI quien reinaba, sino Luis XIV, y en vez 



de que los ingleses estuvieran acampados á pocas 
leguas de Paris, eran las mas veces batidos en 
Flandes por los grandes mariscales que producía 
la Francia en esa época, y los cuales parece que 
han dejado nobles y numerosos imitadores. — La 
guerra ocasionaba gastos estraordinarios, y no 
bastando las contribuciones, habia sido necesario 
imponer otras, hasta el grado que los pueblos es- 
taban verdaderamente agobiados y aburridos. 
Con todo esto las rentas públicas no producían 
gran cOsá, merced al espantoso desorden que rei- 
naba en las cuentas, y á la ineptitud é inmorali- 
dad de una gran parte de los agentes del gobier- 
no. Los acreedores abundaban, y clamaban por 
el arreglo de sus deudas, con muy pocas ó ningu- 
nas esperanzas de conseguir el pago. Ya se con- 
cibe fácilmente que un gobierno en esta disposi- 
ción caréela de respetabilidad, de recursos y de 
crédito. 

Las cámaras con motivo á una petición de ioS 
vecinos de lá ciudad de Londres, aprobaron una 
ley, estableciendo un impuesto sobre terrenos y 
acueductos, á fin de fundar un asilo de huérfa- 
nos. El rey Guillermo se apresuró á sancionar 
esta ley, y aprovechó la ocasión para escitar el ce- 
lo de las cámaras, á fin de que le proporcionaran 
recursos á la corona, pues la estación estaba muy 
avanzada, y era necesario hacer grandes prepara- 
tivos para entrar oportunamente en campaña. 

En estas circunstancias fué cuando se propuso 
al ministerio el establecimiento de un banco, á 
semejanza, de los que ya ecsistian en Genova y 
Amsterdan. El primero que concibió un pro- 
yecto de Banco fué el doctor Hughes Chamber- 
lain, que consistía en la emisión die una cierta 
cantidad de billetes, que tendrían para su valor y 



* Tíos proponemos, bajo el i-ubi'o de Estudios sobre Hacienda, el publicar una serie de artículos, en que sedé 
una idea de la manera como las naciones ilustradas han sistemado sus grandes establecimientos financieros. Ya se 
supone que lá mayor parte lo tomamos de las muy raras obras que sobre esta materia ecsisten, y que nuestro méri- 
to, si alguno podemos tener, es solamente embellecer, cuanto sea posible, esta clase de artículos, enteramente nuevos 
en la República, y poder indicar después hasta qué punto son aplicables los sistemas estrang-eros á nuestra Repú blica. 



ESTUDIOS SOBRE HACIENDA. 



25 



circulación la hipoteca de alguna renta, ya de la 
corona, ya de corporaciones ó particulares; pero 
tal proyecto fué desechado, y entonces prevale- 
ció otro plan presentado por William Patterson, 
gentil hombre escoces. Este plan consistía en la 
reunión de fondos considerables, bajo el cuidado 
y garantías de una junta de comerciantes de 
buen crédito y reputación, y la creación de bille- 
tes destinados al aumento del capital del Banco, 
y bajo la garantía de sus cuantiosos fondos en 
especie. Un comerciante, llamado Miguel Grod- 
frey, apoyó activamente el proyecto de Patterson, 
y por sus diligencias é influjo cuarenta comer- 
ciantes se suscribieron al momento con la suma 
de dos millones quinientos mil pesos, y cinco mi- 
llones de billetes que debian ponerse en circula- 
ción y prestarse al gobierno con el 8 por 100. 
Una vez que este plan estuvo madurado y combi- 
nado con el ministerio, se llevó ante las cámaras, 
recomendándolo como el único á propósito para 
salvar al pais, pues se lograba con él sacar al go- 
bierno del poder de los agiotistas, afirmar el cré- 
dito público y aumentar la circulación, estable- 
ciendo también hasta cierto punto un lazo entre 
las clases productoras y el gobierno. 

Ninguna de las medidas que se hablan inicia- 
do en las cámaras causó mas viva sensación ni 
fué combatida tan reciamente como el proyecto 
de Banco, lo cual prueba que la reflecsion y la 
prudencia debe guiar á los gobernantes en nego- 
cios de alta categoría; y decimos prueba, porque 
los hechos han desmentido y casi puesto en ridí- 
culo los temores que entonces había, y el Banco 
real de Inglaterra es hoy uno de los establecimien- 
tos mejor sistemados y de mayor utilidad en el 
mundo. 

Al discutirse el negocio, se dijo por la oposi- 
ción, que el establecer el Banco era lo mismo que 
autorizar un escandaloso monopolio; que con el 
tiempo el Banco reasumirla todo el dinero del rei- 
no, y que como el principal objeto del Banco era 
favorecer al gobierno, se emplearla su influjo y 
poder para protejer los actos mas arbitrarios, que 
en vez de facilitar el comercio, no servirla mas que 
á despertar la codicia del pueblo y enseñarle el 
modo de especular con negocios de agiotage. En 
fin, después de una acalorada discusión, el proyec- 
to fué aprobado, y la carta se le espidió en Julio 
de 1694. 

Daremos una ligera idea de las bases de la carta. 

El manejo económico y gobierno del Banco se 
depositó en un diputado gobernador, un vice-go- 
bernaddr y veinticuatro directores, que deberían 



ser electos entre los dias 25 de Marzo y 25 de 
Abrü de cada año, entre los miembros de la 
compañía. 

Que ningún reparto ni dividendo pudiese ha- 
cerse por el gobernador sin acuerdo del parla- 
mento, escepto el del producto de la utilidad. 

Que ninguno pudiera ser electo director del 
Banco, á menos de ser nacido ó naturalizado en 
Inglaterra, y poseer en acciones del mismo Ban- 
co un capital de veinte mil pesos, ó quince mil 
cuando menos. 

Que trece ó mas de los directores pudieran 
formar mayoría para deliberar sobre los asuntos 
del Banco, nombrar empleados, sirvientes, asignar 
sueldos, &c. 

Los directores deberían tener cuatro sesiones 
generales cada año, en los meses de Septiembre, 
Diciembre, Abril y Julio. A pedimento de nue- 
ve propietarios, era permitido citar á sesión estra- 
ordinaria en cualquier tiempo del año. 

La mayoría de los directores quedaba faculta- 
da para dictar reglamentos, ordenanzas ó disposi- 
ciones para el mejor orden y progreso del Banco, 
con tal que no pugnaran ó contravinieran á las 
leyes generales del reino. 

Quedaba prohibido al Banco emprender nin- 
guna clase de negocios mercantiles, como compra 
de bienes, ya del Estado ó de particulares, pues 
solo debia reducir sus operaciones al cambio de 
oro y plata, y adelantar fondos sobre mercancías, 
vendiéndolas en pública almoneda, si no eran res- 
catadas por el dueño al vencimiento del plazo 
prefijado. 

Quedó también acordado por el estatuto 6. ° 
de Gruillermo y María, que el Banco no pudie- 
ra hacer sin autorización del parlamento, présta- 
mo alguno al gobierno ni aun con la hipoteca de 
sus dominios y rentas. 

Se previno también que los falsificadores de los 
billetes, sin escepcion de fueros, aun el eclesiásti- 
co, fuesen castigados con las penas comunes des- 
tinadas para los falsificadores de moneda. 

Tal es, en sustancia, la carta de fundación del 
real Banco de Inglaterra, la cual fué concedida 
por un cierto tiempo; pero mediante la anticipa- 
ción de algunos fondos al gobierno, ha sido reno- 
vada en los años de 1697, 1708, 1713, 1742, 
1764, 1781, 1800 y 1833, cuyo último periodo no 
concluirá hasta 1855. 

El capital del Banco de Inglaterra no ha po- 
dido conocerse esactamente en algunas épocas. 
En 1708 ascendía á 22 millones; en 1727 llegó 
á 45 millones; en 1746 llegaron sus fondos á mas 



26 



EL BANCO REAL DE INGLATERRA. 



de 54 millones; y de este periodo hasta 1782 no 
liubo cambio notable. En ese año se aumentó 
el fondo 8 por 100 con la suma de cincuenta y 
ocho millones de pesos. En 1816 se aumentó 
de nuevo el fondo en un 25 por ciento, con mas 
de 70 millones de pesos. Ya se ve por estos da- 
tos, el aumento prodigioso que ha tenido un esta- 
blecimiento, que, como hemos dicho, solo comen- 
zó con dos y medio millones en dinero efectivo. 
No ha estado, sin embargo, el Banco ecsento de 
contratiempos, pues ya se sabe que uno de esos 
terrores pánicos, que unas veces con motivo, y 
otras sin él, se difunden en un pais, son fatales. 
Pocos dias después de establecido el Banco tuvo 
que sufrir graves apuros, á consecuencia, de la re- 
cuñacion que entonces se hacia de la moneda. En 
1745, con motivo de haber los montañeses avan- 
zado hasta Derby, el terror se difundió entre to- 
dos los tenedores de billetes, y acudieron de im- 
proviso á cambiarlos en especie. Los directores, 
mientras que combinaban algunas medidas para 
evitar una catástrofe, acudieron al espediente 
de entretener á los acreedores, pagándoles sus 
billetes en menudo; pero fué mas eficaz la retira- 
da de los montañeses y una junta que tuvieron 
los comerciantes, en la cual acordaron recibir 
billetes en pago de cualquiera deuda. ¡Prueba 
grande de patriotismo y de desinterés, que cree- 
mos seria difícilmente imitada en nuestro pais! — 
La crisis del Banco pasó, y sus negocios volvie- 
ron á tomar su curso ordinario. 

Durante los disturbios del año de 1780, se in- 
tentó por el populacho el saquear el Banco; pero 
conocido el peligro, acudió la fuerza armada ne- 
cesaria para su seguridad, y desde entonces has- 
ta ahora todas las noches queda en el Banco una 
fuerte guardia para prevenir ó evitar cualquier 
accidente. Hacia fines de 1792 y principios 1793 
tuvo el Banco otra crisis, porque mas de una ter- 
cera parte de los banqueros particulares suspen- 
dieron sus pagos, y naturalmente hubo mucha 
demanda en especie. 

Pero la crisis mas seria fué la acaecida en 
1797, á causa de qu.e el Banco habia hecho un 
gran préstamo al emperador de Alemania, y los 
asuntos de la guerra tenian vacilantes á muchos 
gobiernos del continente. No solo los directores 
tuvieron una sesión estraordinaria, sino que el 
parlamento, que á la sazón estaba reunido, nom- 
bró una comisión especial para que se ocupara de 
ecsaminar la cuestión del Banco, y aunque no en- 
contró realmente desfalco en sus fondos, se de- 
cretó por el consejo la suspensión del cambio en 



especie por seis meses. Los principales banque- 
ros y comerciantes, tan luego como se publicó la 
suspensión, tuvieron un numeroso meeting en, 
Mansión House, y resolvieron, como en 1785, ad- 
mitir en todos sus negocios y transacciones los 
billetes del Banco, como si nada estraordinario 
hubiese acontecido. 

Al principio del establecimiento del Banco, 
servia muy poco comparativamente al gobierno; 
pero los multiplicados préstamos que le ha hecho 
cada vez que se ha renovado la carta, y los ne- 
gocios de cambios, anticipaciones, percepciones y 
depósitos que se ha "avocado por cuenta del go- 
bierno británico, lo han hecho tan necesario, que 
positivamente es, como dice Smith, la rueda mo- 
triz de la máquina del estado. 

El gobierno, con la aprobación del parlamento, 
ha hecho diversas operaciones con el Banco para 
arreglar, disminuir la deuda y garantizar el pago 
del rédito, y de esto ha venido á resultar, que en 
la realidad el Banco ingles sea la caja del gobier- 
no, y le haga préstamos de consideración, ade- 
mas de anticiparle cada año todo lo que necesi- 
ta para los gastos de la administración pública. 
De 1792 á 1810 el Banco habia prestado al go- 
bierno, de 50 á 90 millones de pesos. Desde el 
año de 1814 hasta el de 1820, la anticipación 
menor ha sido la de 100 millones cada año. — El 
banco recibe para seguridad, libranzas de Echi- 
quier *, que cobra á su vencimiento, según la 
clase de rentas que dichas libranzas tienen con- 
signadas para su pago: asi en la realidad no an- 
ticipa tan grandes cantidades como aparecen á 
primera vista, pues á veces á los pocos dias co- 
mienza á percibirse el importe de las libranzas. 

El Banco real, para neutralizar, por decirlo 
asi, la influencia de la multitud de Bancos parti- 
culares, y evitar las quiebras y continuas suspen- 
siones de pagos, ha establecido Bancos correspon- 
sales en Brístol, en Liverpool, en Manchester y 
otros puntos importantes de la Grran-Bretaña. — 
El Banco ingles año por año progresa y adquie- 
re la confianza del mundo. En la actualidad tie- 
ne un movimiento anual de cosa de doscientos 
treinta á doscientos sesenta millones, de los que 
solo pertenecen cosa de setenta millones á los 
accionistas. 

En otros articules daremos una idea de los 
Bancos particulares de Inglaterra, y de los Ban- 
cos de Escocia é Irlanda. — M. Payno. 

* El Eehiquier es una oficina cuyo establecimieato 
creen algunos autores que data del tiempo de Guillermo el 
Conquistador, y tiene por objeto el cuidar de la buena re- 
caudación é inversión de las rentas públicas. Es real- 
mente una Dirección de rentas unida á la teBoíería general. 




;^^AS grandes ventajas que distinguen al hom- 
bre civilizado que vive en sociedad, son no solo 
las de poder por medio del comercio y del recí- 
proco ausilio el atender á su seguridad, comodi- 
dad y necesidades, sino formar por medio del cam- 
bio de ideas, proyectos, que con beneficio de la 
humanidad se realizan. El espíritu, pues, de aso- 
ciación hace infinitos beneficios á un pais. Lo 
que no puede el talento de un hombre, acaso lo 
alcanzan dos ó tres reunidos. Jamas un solo 
albañil ha construido un palacio; jamas un bu- 
que ha surcado el océano al cuidado de un solo 
marinero. Para multitud de actos de la vida 
es necesario la reunión de la fuerza física y de 
la fuerza moral. Nosotros, que ansiamos por 
que en nuestro pais se plantee y se imite todo 
aquello útil y bueno que se hace en otros paises, 
desearíamos ver desarrollado el espíritu de aso- 
ciación, así para las empresas intelectuales, como 
para las mejoras materiales de que tanto necesi- 
ta nuestro pais. A este fin no omitiremos el pu- 
blicar en las columnas del Álbum todo aquello 
que pueda contribuir á dar una perfecta idea de 
los trabajos que por medio del espíritu de asocia- 
ción se han ejecutado en otros paises. Tenemos 
á la vista un curioso volumen en inglés, que es el 
fruto de seis meses de trabajo de la sociedad Etec- 
nológica de Nueva- York. Contiene el libro de 
que nos ocupamos, no solo curiosas investigacio- 
nes sobre las lenguas mexicana, otomite, maya, 
tarasca y huasteca, sino sobre la astronomía, civi- 
lización y costumbres de algunas razas indígenas; 
todo lo cual, según fácilmente conocerán nuestros 
lectores, es del mas grande interés para el pais. 
Así estos materiales, como algunas notas muy 
curiosas sobre el antiguo reino de los Himyari- 
tas, y un monumento cuya construcción se hace 
subir hasta el tiempo de las guerras púnicas entre 
Koma y Cartago, nos parecen muy importantes, 
y por lo cual nos proponemos formar unos artí- 



culos para los números siguientes, que juzgamos 
serán leidos con interés por nuestros suscritores. 
Ahora damos una traducción íntegra de la cons- 
titución de la sociedad Eteenológica. Pía sido 
varias veces presidente de ella el honorable Al- 
berto Gallatin, bien conocido en la República con 
motivo de sus escritos en favor de la causa de 
México, y son miembros, entre otros, el barón de 
Norman, que escribió una obra sobre las antigüe- 
dades de Yucatán; Brantz-Meyer, que fué secre- 
tario de la legación americana en esta capita,l, y 
D. Manuel Gromez Pedraza. 

CONSTITUCIOrV 

de In Socíedatl filtrciiolúgícu. ile IViieTa-lTork, 
adoptada cu Dicif lubre <te J844. 

Art. 1. ° — La sociedad se llamará como se 
espresa. 

Art. 2. ° — El objeto de esta sociedad es inda- 
gar el origen, progresos y caracteres de las va- 
rias razas del hombre. 

Art. 3. ° — Esta sociedad consiste en miembros 
natos, miembros corresponsales y miembros hono- 
rarios. Los primeros deben ser personas de los 
Estados-Unidos y los demás de paises estran- 
geros. Todos los miembros deberán ser electos 
por escrutinio, á menos que este requisito se dis- 
pense por la mayoría de los miembros presentes. 

Art. 4. '-' — La sociedad tendrá un presidente, 
dos vice-presidentes, dos secretarios, un tesorero 
y un bibliotecario, que deberán ser electos por 
escrutinio en la primera sesión de cada año. 

Art. 5. '^ — Los miembros residentes en Nue- 
va-York deberán constituirse en una junta de 
gobierno, y con cinco presentes será bastante pa- 
ra deliberar sobre los asuntos que se ofrezcan. 

Art. 6. ° — El tiempo y lugar de las sesiones 
deberá señalarse por el presidente. 

Art. 7. ^ — Cada uno de los miembros residen- 
tes en la ciudad de Nueva-York y sus cercanías 
contribuirá con tres pesos anuales. 



28 



LA SOCIEDAD ETECNOLOGICA DE NUEVA-YORK. 



Art. 8. '^ — Esta constitución puede ser refor- 
mada por el voto de las tres cuartas partes de 
los miembros presentes en una sesión, con tal de 
que se avise en la sesión anterior. 

Estos son, pues, los sencillos estatutos de una 
sociedad, que da honor al pais en que se halla es- 
tablecida y que se ocupa de trabajos de mucha es- 
timación para los hombres sabios. No creemos 
que seria difícil que aquí se formara una socie- 
dad semejante, supuesto que tantos objetos de 
curiosa investigación tenemos en nuestro mismo 
suelo, y podian emprenderse sin gasto ni mayores 
inconvenientes, trabajos que serian apreciados en 
en Europa y los Estados-Unidos. Podrían com- 
poner esa sociedad, entre otras personas, los Sres. 
D. Isidro Rafael Grondra, D. José Gómez de la 
Cortina, D. Ignacio Ramírez, D. Andrés del Rio, 
D. Manuel Gromez Pedraza, D. Faustino G-alicia, 
D. Benigno Bustamante, D. Fernando Ramírez, 
el ilustre anotador de Prescott, y otra multitud 
de personas afectas al estudio de las antigüeda- 
des; y para miembros honorarios se podia contar 
con otras varias personas de los Estados, cuyos 
estudios é indagaciones acaso no se publican por 
falta de estímulo y de oportunidad. Nosotros 
invitamos formalmente á los señores que se han 
mencionado, pues queremos tener siquiera la satis- 
facción de ser los promovedores de todo aquello 
que contribuya al crédito y honor de nuestro 
pais. Nuestros lectores quedarán sin duda con- 
tentos, cuando publiquemos, según hemos ofreci- 
do, algunos de los trabajos de la sociedad Etecno- 
lógica de Nueva-York. — RR. 



EL. 

Ven, amor mió, luz de mi corazón, encanto de 
mi vida. ¿Por qué huyes del que daria por una mi- 
rada de tus negros ojos toda su ecsistencia? ¿Por 
qué no abres esos labios suaves como en el ter- 
ciopelo y encarnados como las hojas de la rosa, 
para sonreír á tu amante? 
ELLA. 

¿Ves ese hombre de mirar torvo, de cabeza ca- 
na, de cutis arrugado, de miembros flacos y se- 
cos? — Ese es mi amante; para ese tienen mis ojos 
miradas, mis labios sonrisa y mi corazón amor. 
EL. 

Oh! tú quieres encender mas con tu desvío el 
fuego de mi corazón; quieres eesasperarme con 
palabras que no sientes. La niña de cabello de 
évano, de ojos de gacela, de rostro de virgen, de 



talle esbelto como la palma, de pies pequeños, y 
de formas suaves y redondas como las esculturas 
griegas, no puede amar al decrépito de erizos ca- 
bellos, de cíitis de culebra, de ojos hundidos, de 
mejillas estenuadas. La juventud y la vejez, la 
cunajr la tumba, la primavera y el invierno, no 
pueden amarse. Escucha, por piedad, mis ruegos: 
no abras tu sepulcro en la flor de tu edad; no ma- 
tes á tu amante, cuando la vida puede tener para 
nosotros un ancho porvenir de deleites y de 
amor. 

ELLA. 

Tus palabras se disiparán como la neblina de 
los campos con los primeros rayos del Sol; tus 
juramentos se olvidarán; tus ilusiones caerán co- 
mo las hojas secas de los árboles, y tu amor será 
como los vapores, que se levantan del seno de los 
mares en las horas primeras de la mañana. 
EL. 

¡Oh! te juro que te adoro, como se adoran á los 
ángeles del cielo; que este fuego que consume mi 
vida permanecerá activo aun después de mi 
muerte, y que mis pensamientos serán hacer que 
tengas un Edem de placeres. Oh! ámame, por 
compasión; cree que mis acentos salen del fondo 
de mi alma, y que jamas faltaré á mis juramentos. 
ELLA. 

Ese hombre seco, taciturno, con los cabellos 
erizados y la piel de serpiente; ese esqueleto en- 
vuelto en el cambray, la seda y el paño, será mi 
marido. 

EL. 

¡Oh dBsesperacion! ¡Oh rabia! Infierno, confún- 
deme! Abismo, trágame! Tierra, sepúltame! Mar , 

ahógame Pero no, vida mia, delicia de 

mis ojos: tú no hablas la verdad. Ese monstruo 
de los cementarlos te olvidará también; quebran- 
tará sus juramentos, y sus ilusiones caerán como 

las hojas secas de los árboles 

ELLA. 

Volará su amor .... pero su oro no perderá 
nunca su estimación. 

EL 

Se murió. 



Se casó. 



ELLA 

El Bibliotecario. 



Un inglés decía que un hombre sensible debe 
amar en primer lugar á su caballo, en segundo 
al vino del Borgoña y en tercero á su muger. 




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J©k.DONDE Iluiré de mí? Dónde? Constante , 

Y mudo, inmóvil, mi tenaz martirio 
Lo miro allí tristísimo delante 
Entre el horror terrible del delirio. 

.¿Adonde huiré de mí, que mi tormento, 
Como brasa encendida 
Pegada á mis entrañas, me devora 
Sin estinguir mi aborrecible vida? 

Quise alejarme: te volví la frente, 
Oh verdugo dolor! Busqué refugio 
En Dios, en la hermosura, en los placeres, 
En el hirviente ardor de las orgías, 
y tú, implacable, siempre á todas partes 
Con obstinada planta me seguías. 
Pérfido algunas veces me ha dejado 
Ver en los cielos la apacible aurora. 
Pero ay! de la ilusión me ha despertado, 

Y he visto con su luz. . . . Silencio! Cielo, 
Yo maldije esa luz tan bienhechora. 

Yo, á quien la dulce brisa adormecía; 
Yo, que al mirar que «el iris rielaba 
En la gota de lluvia que caia. 
De entusiasmo purísimo temblaba: 

Yo, que bebí la vida en un acento 
De inestinguible amor, que en un sonido 
De ternura y de bien daba á mi oido . 
Tesoros de armonía y sentimiento: 

¿Yo, adonde huyo de mí? Nunca, sí, nunca 
Revelaré mi mal: como ola hirviente 
De lo íntimo del pecho se levanta, 

Y mis huesos horrísono calcina. 

Como onda hirviente elévase y se rompe. 
Quiero gemir y delatarlo al mundo, 

Y me hiela el pavor, y como un crimen 
Lo dejo de mi pecho en lo profundo. 

Como ave débil, por feroz serpiente 
Con implacable astucia fascinada, 
Que en vano alebrestada 
Quiere torcer de su enemigo el vuelo, 

Y va y revuelve en limitado giro, 

Y á cada vuelta mas desfallecida, 
Siempre por la serpiente perseguida; 
Siempre pendiente de su atroz mirada, 
Plegará el ala al fin, y al duro antojo 
De su adversario dejará la vida. 
Esta mano de fierro del tormento. 
Que me comprime sin cesar helada, 
Qtie busco el insensato aturdimiento, 
Que me hace blasfemar con labio impío, 
Que adherida á mi piel, sobre mi pecho, 

TOM. I. — II. 



Turba mi sueño con su tacto frió. 

Qué hice yo? qué hice yo? ¡Dios: tú no puedes 

Ser un Dios de crueldad, un Dios terrible 

Y preparar el mundo, y crear el dia, 
Para que fuera cárcel y martirio 
Del hombre condenado á mi agonía! 

Cuando recuerdo el alba de mi infancia. 
Sus celajes de mágicos colores, 
Su pensil de dulcísima fragancia. 
Sus aguas vivas, sus pintadas flores, 
Allí estás tú; con mi orfandad te miro; 
Allí la tumba de mi padre amado, 
Allí mi soledad y mi abandono. 
La amistad en desierto me tornaste; 
En la copa de amor tu hiél vertiste, 
Las cunas de mis hijos adorados 
En lóbregos sepulcros convertiste!! .... 

Y ni una brisa á mi tostada frente, 

Y ni á mis ojos míseros el llanto, 
Ni al alma alivio, ni la fe ala mente 
Ni variación siquiera de quebranto. 

Adonde huiré de mí? Miradlo inmóvil 
Con su risa convulsa de esqueleto, 
Estático mirando la agonía 
Que hace temblar de angustia mis entrañas. 
Miradlo! ni se acerca, ni se aparta. 
Ni tienen movimiento sixs pestañas. 

¿No arrebataste con audacia un dia 
La copa del placer que entre mis manos 
Hermosa y seductora rebosaba? 
¿No me diste á beber hiél de tormento, 

Y la apuré con bárbara entereza, 

Y así mi labio renovó su aliento 
Seco ya de gemir? ¿No era mi mente 
Un cielo de felices ilusiones, 

Que tornaste en volcan, donde han dejado 
Buina y lavas las hórridas pasiones? 

¿No se elevaba como incienso santo 
Al Dios de amor el pensamiento mió, 

Y tú lo corrompiste con la duda, 
Tornando su himno en alarido impío? 

¿No miré tras el velo de la tumba 
Veces mil la esperanza idolatrada? 

Y hoy qué hallo en esa tumba?.. El desengaño!!! 
El olvido!!! la nada! !!.... 

¿Adonde huiré de mí? Dolor, adonde? 
Mi última luz reflejarán tus ojos; 
Tu risa me dará mi último aliento; 

Y al espirar, me advertirá la nada 
El tacto horrible de tu mano helada. 

Diciembre de 1848. — Gtuillermo Prieto. 

2 




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IjOS anticuarios y los sabios han descubierto, y 
claramente indicado, el lugar en que estaba si- 
tuado el Paraíso terrenal; y nosotros sabemos muy 
bien cuáles eran los árboles de que se bailaba 
plantada la propiedad celeste y los terrenos que 
la confinaban al Norte, al Mediodía, al Oriente y 
al Poniente. Merced á estas investigaciones, el 
plan topográfico del Edén podria figurar en los 
arcbiyos de los catastros públicos, ó en los lega- 
jos de los escribanos hipotecarios. 

Ningún sabio se ha ocupado de fijar con esac- 
titud la situación geográfica del palacio de La En- 
cantadora DE LAS Flores, y sobre este particu- 
lar es fuerza que nos atengamos á simples conjetu- 
ras. Unos lo colocan en el reino de Cachemira; 
otros al Sud-sudeste de Delhi; éstos en las lla- 
nuras del Himalaya; aquellos en el centro de la 
isla de Java, en uno de aquellos inmensos bos- 
ques, cuya enmarañada y profunda vegetación los 
liberta de las miradas indiscretas y de las inves. 
tigaciones de los sabios anticuarios. 

Solo nosotros conocemos el camino que condu- 
ce al pais de las Plores; pero un solemne juramen- 
to nos prohibe señalarlo. Los diarios irian al 
mismo tiempo que nosotros, y sabe Dios en qué 
estado pondrían á esta venturosa comarca, que 
aun no ha sufrido mas revolución que la que va- 
mos á referir. Pedimos al lector, que debe acom- 
pañarnos, que se deje vendar los ojos con un pa- 
ñuelo de finísimo batista. Marchemos, pues, y la 
venda caerá luego que hayamos llegado. .... 

¿No sentis que mueve vuestros cabellos un aire 
mas suave y ligero que el que alimenta ordina- 
riamente vuestra respiración? ¿No distinguís en 
medio de la oscuridad que cubre vuestra vista, 
una luz mas viva, mas penetrante y mas suave 



que la del mismo suelo de la patria? Pues esto 
consiste en que el viage ha terminado, y que nos 
encontramos en los dominios de La Encantadora 
DE LAS Flores. 

Ese que veis, es un jardin, en donde se hallan 
reunidos, y viven bajo una fraternal igualdad los 
productos de todas las zonas y de todos los cli- 
mas; la brillante flor de los trópicos al lado de la 
Violeta; y el Aloe cerca de la Clemátida. Las Pal- 
mas desplegan sus hojas en forma de abanico por 
encima de un conjunto de Acacias de flores blan- 
cas, bañadas de encarnado tinte; los Jazmines y 
los Grranados confunden sus estrellas argentadas^ 
y sus llamas purpurinas; la Rosa, el Clavel, la 
Azucena, mil flores que el ojo mira sin que sea 
necesario nombrarlas, se agrupan armoniosamen- 
te, ó forman arabescos graciosísimos. Todas es- 
tas flores viven, respiran, conversan entre sí y 
truecan sus perfumes. 

Abundantes riachuelos huyen bajo el pié de los 
árboles, de los arbustos, de las matas y de las yer- 
bas, formando caprichosos rodeos. La linfa corre 
sobre los diamantes, ó viene á estrellarse y á for- 
mar á la luz del Sol diferentes visos azules, dora- 
dos y otros colores del ópalo. Mariposas de todos 
tamaños y colores se cruzan, se evitan, se persi- 
guen, se sostienen en el aire; giran sobre sí mis- 
mas, se plantan sobre las flores, se elevan, desple- 
gan sus alas de amatista, de esmeralda, de ónix, de 
turquesa y de zafiro. En este jardin no hay pája- 
ros; pero por todas partes sí se escucha una armo- 
nía que se asemeja á los conciertos que se oyen so- 
ñando; conciertos formados por la brisa, que sus- 
pira, murmura, y canta su melodía á cada flor. 

El palacio que habita La Encantadora es dig-. 
no de estas maravillas. Un genio, amigo suyo, ha 




Ca, Geoff'-""? 



C^IF^ÑQLLA ¥ km^FúL^ 



"CUMVLIDO LdiLor 



LA ENCANTADORA DE LAS FLORES. 



31 



recogido esos hilos de plata y oro, que en las 
mañanas de la temprana primavera, vagan de 
planta á planta, y los ha entretegido, arrollado y 
labrado en festones elegantes. Todo el palacio 
está construido de esa encantadora filigrana; los 
techos son de hojas de rosa; las campánulas azules 
llenan los intersticios del ligero enrejado, y for- 
man una especie de cortina con la que cubren á 
La Encantadora, la cual rara vez ocupa sus apo- 
sentos, por hallarse entretenida en visitar á las 
flores y procurarles su dicha. 

¿Podria una flor dejar de ser dichosa? Esto 
parece imposible; con todo, nada es mas cierto, y 
nuestra Encantadora lo sabe por esperiencia. 

Una hermosa tarde de primavera La Encanta- 
dora DE LAS Flores, meciéndose blandamente 
en su hamaca de enredaderas entretejidas, contem- 
plaba perezosa aquellas otras flores misteriosas 
llamadas Estrellas, cuando le pareció que oia los 
pasos de alguno que se acercaba, y un ruido con- 
fuso. Imaginóse de pronto que eran sin duda 
los Silfios que venian á cortejar á las flores, y no 
tardó en volver á su meditación; mas á poco vol- 
vió á sentir el ruido mas cercano, y mas marca- 
das las pisadas en la dorada arena. La Encan- 
TADOK.A se levantó, y sentada en la hamaca, vio 
que venia hacia ella una larga procesión de flo- 
res de todas edades y condiciones: las Rosas, gra- 
ves y ya maduras, marchaban acompañadas de su 
fresca familia de botones: entre estas flores no 
habia rangos, y el aristócrata Tulipán daba el 
brazo al plebeyo Clavel; el Geranio, vano como un 
hacendado, venia al lado de la tierna Anémona, 
y la orgullosa Amarilis sufria sin desden la vul- 
gar conversación de un Chocarrero. Según sue- 
le acontecer en las sociedades bien organizadas 
en momentos de grandes crisis, una forzada re- 
conciliación se habia verificado entre todas las 
flores. 

Las Azucenas con la frente ceñida de una dia- 
dema de luciérnagas, y las Campánulas, linternas 
vivas, que llevan un gusano de luz en su corola, 
iluminaban la procesión, y al fin iba un poco de- 
sordenada la indolente tropa de las Margaritas. 

La procesión se colocó simétricamente ante 
el palacio de la asombrada Encantadora, y un 
Eléboro elocuente, saliendo de las filas, tomó la 
palabra en estos términos: 

"Señora: Las flores aquí presentes os supli- 
"can que ad cuitáis la espresion de su lenguaje, y 
"que escuchéis sus humildes quejas. Hace miles 
"de años que servimos de comparación á los mor- 
"tales y costeamos todas sus mttíforas, de modo 



"que sin nosotras la poesía no ecsistiria. Los 
"hombres nos prestan sus virtudes y sus vicios, 
"sus defectos y sus cualidades, y ya es tiempo 
"de que gustemos de los unos y de los otros. La 
"vida de las flores nos enfada, y deseamos que se 
"nos permita tomar la forma humana, para juz- 
"gar por nosotras mismas si lo que dicen los mor- 
"tales de nuestro carácter, es conforme con la 
"verdad." 

TJn murmullo de aprobación acogió este dis- 
curso, y La Encantadora no podia creer al tes- 
timonio de sus ojos y de sus oidos. 

— ¿Queréis, les preguntó, cambiar vuestra ecsis- 
tencia, semejante á la de las divinidades, por la 
miserable vida de los hombres? ¿Qué falta, pues, 
á vuestra dicha? ¿No tenéis los diamantes del 
Rocío para adornaros, las conversaciones del Cé- 
firo para divertiros, los besos de las Mariposas pa- 
ra haceros soñar en el amor? 

— El Rocío me acatarra, contestó bostezando 
una Maravilla. 

— Los Madrigales del Céfiro me abruman, dijo 
una Rosa, y hace mil años que se me repite lo 
mismo: los poetas académicos debian ser mas ori- 
ginales. 

— ¿De qué me sirven á mí las caricias de las 
Mariposas, murmuró una Clemátide sentimental, 
puesto que ellas mismas no participan de la dul- 
zura de sus halagos? La Mariposa es el símbo- 
lo del egoísmo; no puede reconocer á su madre, 
y sus hijos no la reconocen á su vez. ¿En qué 
parte habrá podido la Mariposa conocer al amor? 
No recuerda lo pasado, ni espera en lo futuro; 
olvida y es olvidada. Solo los hombres saben 
amar. 

La Encantadora dirigió á la Clemátide una 
dolorosa mirada, que parecía decirle: ¡Tú también! 
Y aunque conocía que sus esfuerzos para calmar 
la sedición no producirían ningún efecto, quiso, 
sin embargo, hacer una postrera tentativa. 

— Luego que os halléis sobre la tierra, pre- 
guntó á sus rebeldes subditos, ¿cómo viviréis en 
ella? 

— Yo me dedicaré á cultivar las letras, contestó 
una Zarza-rosa. 

— Y yo me volveré pastora, respondió una 
Adormidera. 

— Yo me ocuparé de formar casamientos — ^yo 
seré maestro de escuela — profesora de piano — 
modista — decidora de buena ventura — eselama- 
ron al mismo tiempo el Naranjo, el Cardo, la Rosa 
del Japón, la Espadaña y la Margarita. 

La Espuela de caballero habló da sus preludios 



82 



LA ENCANTADORA DE LAS FLORES. 



en la ópera, y la Rosa juró que cuando llegase á 
ser duquesa, se procuraría el placer de coronar 
muchos Rosales. 

Había allí multitud de flores que habiendo vi- 
vido bastante, aseguraban que la vida era cómo- 
da y fácil entre los hombres. Narciso y Adonis 
se habían constituido instigadores secretos de la 
rebelión, y Narciso, sobre todo, deseaba ardien- 
temente ver qué efecto produciría un bello mo- 
zo en un espejo de Venecia. 

La Encantadora de las Flores permaneció al- 
gunos instantes sumergida en sus reflecsiones, y 
luego, con triste pero firme voz, dijo a las rebeldes: 
Id, flores engañadas; que vuestros deseos se cum- 
plan: elevaos sobre la tierra, y vivid como viven 
los hombres; muy pronto volvereis á buscarme. 

La historia, pues, de las flores convertidas en 
mugeres, es la que vamos á referir. Hemos re- 
cogido casualmente estas aventuras viajando por 
diferentes países, y preguntando á toda clase de 
personas, sin hacer caso de fechas ni de épocas. 
Las flores han vivido en todas partes, y quizá vo- 
sotros habéis visto algunas sin conocerlas. Es 
lástima que no hayan tenido á bien descubrir al- 
gunos de sus secretos ó escribir sus memorias, lo 
cual nos habría evitado muchas penas, muchos pa- 
sos, y sobre todo, muchos errores. 

Para terminar esta introducción diremos, que 
La Encantadora no concedió el permiso solicita- 
do sin prometerse una completa venganza. Al 
siguiente dia su jardín se hallaba desierto, no ha- 
biendo quedado en él mas que la Breña, la cual 
siempre florece, y que siendo 'el símbolo del amor 
eterno, sabía bien que no h^bia lugar para ella 
sobre la tierra. 



IILot-cw/O' vh ?& uu,co Jxeiita'. 



Las dos muchachas mas bonitas de la aldea son 
sin disputa Campanilla y Amapola; Campanill?, 
por sus cabellos rubios y sus ojos azules, y Ama- 
pola, por su esbelto talle y sus mejillas brillantes 
de un vivo encarnado. 

— Juro áDíos! decia el otro día el alcalde del 
lugar, que Campanilla es preciosa cuando atra- 
viesa la plaza con su aire modesto y sus ojos bajos! 

— Cáspíta! esclamaba el domingo pasado el se- 
Hor de la aldea, al ver bailar á sus vasallos: esta 



Amapolíta baila con una gracia que encanta, y 
estoy seguro de que no hay en la corte una muger 
mas graciosa que ella. 

Y de facto, no podían hallarse dos caritas mas 
lindas que las de Campanilla y Amapola; ambas 
habitaban la misma cabana, cantaban las mismas 
canciones, criaban las mismas tortolitas, y tenían 
en común un mismo rebaño. La única cosa que 
no era común entre ellas, era el corazón. Cam- 
panilla había prometido una tierna corresponden- 
cia á Lúeas, y Amapola había jurado un amor 
eterno á Blas. Escepto esto, eran criaturas muy 
juiciosas. 

Todos los aldeanos y aldeanas amaban á Cam- 
panilla y Amapola, á pesar de que la dicha siem- 
pre inspira envidia. Si el lobo engullía uno ó dos 
carneros en las cercanías, nunca eran carneros de 
Campanilla y Amapola; si la despiadada zorra 
despedazaba las gallinas de Toribio ó de Pascual, 
respetaba siempre las de Campanilla y Amapola; 
cuando caía el granizo, dejaba libi'es las frambue. 
sas de su jardín y las uvas de su parral: sus col- 
menas estaban llenas de una miel relumbrante; 
en una palabra, eran tan afortunadas, que muchas 
personas, principalmente el maestro de escuela, 
sostenían que eran hechiceras, ó á lo menos ahi- 
jadas de hechiceras. 

Cierto era que cuando se sentaban bajo un ár- 
bol, un ruiseñor se plantaba luego en él, y cuando 
iban agarradas del brazo á pasearse po# las vere- 
das de los trigales, el grillo y la langosta subían 
encima del surco á saludarlas al paso y cantarles 
la bien venida, como conviene á una langosta ur- 
bana y á un grillo que conoce sus deberes. 

• 11. 

LO QUE LA PASTORA MORENA Y LA PASTORA RUBIA 
PLATICABAN ANTES DE IR A ACOSTARSE. 

— Ha dado fin otro dichoso día, mí querida 
Campanilla. 

— Y que volverá á comenzar mañana, mí que- 
rida Amapola. 

— ¿Te pesa haber dejado tu antigua forma? 

— ¿Quieres tú cesar de ser muger? 

—No. 

— Ni yo tampoco. 

La hemos acertado eligiendo esta modesta al" 
dea para vivir tranquilamente. La dicha no se 
encuentra en los campos. 

— .Pero sí con Lúeas, que es tan bueno. 

— Y con Blas, que toca tan bien la gaita. 

— Nada es mas delicioso en el mundo que el 
ser muger. 



LA ENCANTADORA DE LAS FLORES. 



— Para lograr la dicha es necesario tener- un 
corazón. 

Después de esto, las dos mucliaclias se ponian 
delante de su espejo. 

— ¿No erees que soy aliora mas bonita que cuan- 
do era yo simple campanilla? preguntaba la una. 

— ¿Quién no me preferirla á todas las amapo- 
las de la tierra? respondía la otra. 

Esto es lo que la Pastora Morena y la Pastora 
Rubia platicaban todas las noches, después de lo 
cual se besaban, y dormían hasta que las desper- 
taban los primeros arrullos de sus tortolitas. 

IIL 

IDEA DE UN ALCALDE. 

Encontrándose viejo, cascado, arrugado y seco 
el alcalde de la aldea, concibió el pensamiento de 
casarse; y porque era jorobado, cojo, mellado, cal- 
vo y asmático, dedujo que era necesario elegir á 
la muchacha mas bonita del lugar, y puso los 
ojos en Campanilla. 

IV. 

PENSAMIENTO DE UN SEÑOR. 

El señor de la aldea habitaba una torre hendi- 
da, en la que penetraba la lluvia, el viento, el 
granizo, la nieve y todas las intemperies de las 
estaciones. Tenia de criado á un ^^llano, que cui- 
daba los puercos de dia, y servia á su amo por la 
noche; todo lo cual no impedia que el tal señor 
hablase de su palacio y de sus siervos. Sin em- 
bargo, tenia derechro de alta y baja judicatura so- 
bre las tierras que ya no le pertenecían, y podia, 
en un espacio de u.na legua en redondo, mandar 
colgar á quien se le antojase. 

Un bello dia que su gota, su catarro y su reu- 
matismo le procuraban algún descanso, fijó este 
señor la imaginación en que hasta aquella fecha 
se habla contentado con una vida de egoísta, y 
siendo hidalgo, tomó la magnánima resolución de 
dividir con un ser viviente las ventajas de su po- 
sición, y se decidió á asegurar la dicha de una 
muger, recayendo su elección en Amapola. 

V. 

DOS PASTORES. 

Entre tanto las dos pastoras sin imaginar los 
honores que iban á llover sobre ellas, seguían 
tranquilas su amorosa correspondencia con los dos 
pastores. 

Lúeas cantaba sus penas, y Rías esparcía por 
los vientos los sonidos de su rústico caramillo. El 
primero tenia los cabellos encrespados como la 



lana de Robín, carnero favorito de .Campanilla; 
y las mejillas del segundo eran tan rollizas, que 
siempre parecía que tocaba el caramillo; y cuan- 
do andaban juntos con sus cayados y sus zurro- 
nes adornados de cintas, todo el mundo convenia 
en que dos pastores tan cabales como Lúeas y 
Blas, solo podían amar á dos pastoras tan com- 
pletas como Campanilla y Amapola. 

Ademas, Campanilla y Amapola habían prome- 
tido dar un beso á sus pastores por el primer 
nido de ruiseñores que les trajesen, y solo fal- 
taba un año para que llegase tal momento, de mo- 
do que Lúeas y Blas eran los pastores mas dicho- 
sos de la aldea. 

YL 

■REFLECSION FILOSOPICA. 

La felicidad humana es fugitiva como la som- 
bra. 

VIL 

PESARES. 

Paseándose Lúeas y Blas por el campo, so- 
ñando en la dicha que les esperaba, encontraron 
á Campanilla y Amapola que lloraban á mares. 

Ambos pastores comenzaron también á llorar 
sin saber por qué, y Lúeas fué el primero que tra- 
tó de averiguar la causa de aquel llanto. 

— ¿Robin, el carnero mas bello del mundo, es- 
tá quizá malo, pastora mía? preguntó con tierna 
voz. 

— ¿Ha perdido acaso mi pastora las dos torto- 
lillas que le di la última primavera? dijo Blas á 
su vez. 

— Robin está bueno, respondió Campanilla; pe- 
ro he visto al señor alcalde, y me ha dicho que 
quiere casarse conmigo. 

— Y yo, esclamó Amapola, encontré al señor 
de la aldea, y me previno que seria su muger. 

Al oir esto, ambos pastores ecshalaron lastimeros 
gemidos. Blas juró que se precipitaría en la bar- 
ranca mas honda, y Lúeas quiso apretarse el gaz- 
nate con la trenza de su callado, trenza que Ama- 
pola le había dado. Escena era ésta que hubiera 
enternecido á los tigres de la Hircania. 

— Lo peor es, agregaron las dos pastoras, que 
el señor y el alcalde deben venir á buscarnos es. 
ta noche, y si no queremos ir con ellos, llamarán 
á los alguaciles, y nos llevarán por fuerza. 

Ambos pastores esclamaron que primero los 
matarían que dejarse robar el objeto de su ternu- 
ra, y los cuatro volvieron á tomar el camino de la 
aldea. 



34 



LA ENCANTADORA DE LAS FLORES. 



La cabana de Campanilla y Amapola estaba ya 
rodeada de soldados, y el señor y el alcalde se 
adelantaron a recibir á sus novias, las cuales vien- 
do á los alguaciles, trataron de resistir, y Blas y 
Lúeas demasiado sensibles para soportar un es- 
pectáculo tan cruel, se desmayaron. 

jAy! se decian Campanilla y Amapola mientras 
las llevaban por fuerza; muy orgullosas nos mos- 
trábamos de nuestra dicha: mas nos valiera haber 
permanecido pobres flores perdidas en un surco, 
porque así no nos veríamos obligadas á casarnos 
con xm señor gotoso y un alcalde jorobado. A 
Dios Lúeas, á Dios Blas, á Dios para siempre! 
No tenemos ninguna persona que nos proteja ni 
que nos salve. 

Cuando iban lamentándose de esta suerte, un 
grupo de simples aldeanos apareció por el cami- 
no con las manos llenas de ramos verdes y can- 
tando todos en cox'o: 

Pues á la Reina ver ora debemos, 
El regocijo cunda y la esperanza. 
Su venturosa vuelta celebremos 
Con música, con himnos y con danza. 
Viva, viva &c. 
Los gritos mil veces repetidos de viva Azuce- 
na, viva la Reina, impidieron escuchar el resto de 
este coro lleno de poesía y de animación. La 
Reina acababa de llegar. 

El señor de la aldea, sorprendido con tal visi- 
ta, no pudo presentar á su magostad las llaves 
de su palacio en un plato de oro, lo cual le causó 
mucha pesadumbre; y el alcalde, igualmente des- 
prevenido, se vio en la imposibilidad de dirigirle 
un discurso, cuyo contratiempo le habria enferma- 
do, si no hubiera debido casarse aquel mismo dia. 

VIII. 

AZUCENA. 

A la vista de la Reina, Campanilla y Amapola 
sintieron que renacía la esperanza en el fondo de 
su corazón. 

La Reina era joven y hermosa como ellas; su 
estatura elevada y flecsible; su tez pálida, sus ojos 
estremadamente dulces, comunicaban á toda su 
persona un secreto y poderoso encanto, y los que 
la miraban, sentían que les arrebataba el corazón. 

Las dos pastoras se precipitaron á sus pies, 
y besando la cauda de su largo vestido blanco, 
derramaron copiosas lágrimas! 

La Reina las levantó bondadosamente, pregun- 
tándoles la causa de su pesadumbre. • 

— El señor déla aldea qtiiere obligarme á que 
me case con él. 



— Es forzoso que yo sea muger del alcalde, 
respondieron á un mismo tiempo Campanilla y 
Amapola. 

La Reina sonriéndose, quitó la vista de las dos 
muchachas y la fijó en los dos viejos, y solo una 
mirada le bastó para juzgar de parte de quién es- 
taba la razón. 

— Seguidme, dijo la Reina á las dos jóvenes, 
y ya veremos lo que conviene hacer. Nunca 
se dirá que la Reina ha visto derramar lágri- 
mas en su camino sin procurar enjugarlas. 

Entonces la comitiva comenzó á andar, y los 
aldeanos siguieron á la Reina, llenando el aire de 
aclamaciones, y cantando otros varios coros adap- 
tados á las circunstancias. 

Azucena tenia en las cercanías una casa de 
campo á donde venia todas las primaveras á ol- 
vidar los cuidados y la grandeza del trono, y allí 
condujo á las dos pastoras. Antes de retirarse 
á sus aposentos mandó llamar al señor y al alcal- 
de, y en vez de acojerlos duramente, como lo me- 
recían, les hizo una amonestacioncilla mas ami- 
gable que severa, y les dio á conocer los peligros 
de los casamientos desproporcionados, y lo crimi- 
nal que era emplear la violencia en asuntos de 
amor. Acabado este discurso, les permitió, pues- 
to que el matrimonio parecía convenirles, que se 
casen con dos de sus damas de honor, á las cua- 
les daria ella un rico dote. La mas joven de es- 
tas damas habia ya pasado de los cincuenta. 

Hecho esto, ordenó que la dejasen sola con las 
dos pastoras. 

Luego que las tres se vieron reunidas, la Rei- 
na se quitó la diadema y el escudo de flores de 
lis de oro que llevaba colgado en su vestido; pe- 
ro siempre conservó su aire de magostad, y las 
dos pastoras continuaron mirándola como se mi- 
ra á los grandes de la tierra, con los ojos bajos 
y temblando. 

Azucena parecía que se deleitaba mirando es- 
te embarazo; pero pronto rompió el silencio. 

— ¿Cómo es, hermanas queridas, que no me co- 
nocéis? 

A estas palabras Campanilla y Amapola levan- 
taron la cabeza. Un secreto presentimiento y 
una rápida luz atravesaron al mismo tiempo su 
espíritu y su corazón. 

— ¡La Azucena! esclamaron ambas á la vez. 

— La Azucena, respondió la Reina. Inmedia. 
tamente adivinó bajo ese trage de pastoras á mis 
dos compañeras Campanilla y Amapola. Las 
flores debemos ayudarnos mutuamente sobre la 
tierra. Oh! ¡Cuan afortunada soy por haber lie" 



LA ENCANTADORA DE LAS FLORES. 



35 



gado á tiempo de salvaros de las temerarias em- 
presas de ese viejo señor y de ese villano alcalde! 

Las tres flores comenzaron entonces á contar- 
se lo que les habia pasado desde que dejaron 
eljardin de la Encantadora, y Campanilla y 
Amapola se estendieron largamente sobre la di- 
cha de ser amadas por dos pastores tan com- 
pletos como Blas y Lúeas. 

— ¡Amada! murmuró la Azucena. Oh! eso de- 
be ser muy grato! 

Campanilla y Amapola no oyeron esta reflec- 
sion, porque solo pensaban en dar los parabienes 
á Azucena por el estado brillante y el rango ele- 
vado que ocupaba en el mundo. 

— No os apresuréis tanto en felicitarme, repli- 
có ella; escucbad antes mi historia. 

Habitaba yo hace muchos años en las márge- 
nes de un lago solitario, un castillo oculto por 
los árboles del bosque. Por la mañana me le- 
vantaba con la aurora y saludaba la salida del 
Sol, y por la tarde lo acompañaba cuando se me- 
tía, pareciéndome que su ausencia me robaba la 
vida; y como si él hubiese sido el único principio 
de mi fuerza, cada rayo suyo me dejaba al des- 
aparecer mas inclinada hacia la tierra. Las bri- 
llantes estrellas me restituian el vigor; y por la 
noche permanecía yo sentada en mi azotea, delei- 
tándome al sentir en mi frente y en mis cabellos 
las trémulas perlas del rocío; y á veces, cuando 
el calor era estremado, tenia placer en inclinar- 
me sobre el lago y respirar la frescura de sus 
aguas que reproducían mi imagen. 

Mi única sociedad era la de un Armiño, que 
vivia retirado en esta soledad, y que venia tarde 
y mañana á bañar en el lago su blanca y delica- 
da piel. Este Armiño me dijo, que luego que me 
conoció, habia sentido una secreta simpatía por 
mí, y ambos parecíamos tener el mismo gusto por 
la soledad, el mismo horror de todo vulgar con- 
tacto y el mismo amor á la pureza. 

Sin saber esplicarlo, yo misma comencé á amar 
al Armiño. 

Así habría podido yo vivir siempre dichosa, 
merced al Sol, á las estrellas, al rocío, á la frescura 
del lago, y, debo también decirlo, á la amistad de 
mi juicioso compañero el Armiño; mas un dia un 
viajero estraviado tocó la puerta de mi castillo, 
y vista la violencia de la tempestad, me vi obli- 
gada á acojerlo hospitalariamente. 

El estrangero era joven, y se hallaba vestido de 
cazador; sus modales eran francos y nobles, y me 
dijo, que llevado del ardor de la caza se habia se- 
parado de su comitiva, y que no pudiendo reco- 



nocer su camino en medio de la tempestad, se ha- 
bia decidido á llamar á la puerta de mi castillo, 
sin que esperase hallar en él, agregó con mucha 
gracia, una castellana tan hermosa. 

Estas palabras cubrieron mi rostro de rubor. 
Después de prepararle de comer y todo lo que 
convenia á su situación, quise retirarme. 

— Pido que me escuchéis, dijo entonces el es- 
trangero con tina voz suave y trémula: si evitáis 
mi presencia, creeré que una ilusión dulce, á la 
vez que cruel, se ha burlado de mí, y que he vis- 
to representada en sueños á una Encantadora. Si 
sois muger, permaneced conmigo! 
A pesar mió permanecí. 

Cuando íbamos á sentarnos á la mesa, olmos á 
la puerta del castillo un ruido de caballos, de bo- 
cinas y de sonatas, producido por la comitiva de 
mi huésped, que andaba buscándolo y acababa de 
encontrarlo. El desconocido, queridas herma- 
nas mias, era el rey. 

Para despedirse de mí puso una rodilla en tier- 
ra, y tomando mi mano, imprimió en ella un be- 
so, diciéndome en voz muy baja: Es necesario que 
os deje ¡ó la mas noble y mas galana de las be- 
llezas! pero volveré á veros. 

Cumplió su promesa con estremada esactitud. 
Hablé á mi confidente el Armiño de las visi- 
tas del rey y de las propuestas de casamiento 
que me hacia. 

— Considera, me contestó, que la verdadera 
grandeza y la verdadera pureza solo pueden ec- 
sistir en la soledad. Sírvate de ejemplo la Azuce- 
na hija mia, la cual sola es hermosa, porque á su 
hermosura une cierto aire de candor y de inocen- 
cia que arrebata el corazón. 

Al escuchar semejante alusión, me quedé tur- 
bada. ¡Ay! me dije á mí misma, el Armiño no co- 
noce los ímpetus de orgullo de que se vio poseí- 
da la Azucena. Con todo, me hice proposito fir' 
me de seguir los consejos del Armiño. 

El rey usaba conmigo unos modales tan ñnos, 
y trataba de persuadirme con espresiones tan 
apasionadas, que al fin tuve que consentir en se- 
guirlo. Ya no era yo flor, sino muger, y mi de- 
bilidad fué la de mi secso. 

El rey me habló del bien que podia hacerse 
desde el trono, y del encanto que produce el ha- 
cerse amar, y como agregó que yo debia ser un 
principio de ventura para él y para su descen- 
dencia, me dejé coronar. 

A Dios, Sol, estrellas, perlas del rocío, y ondas 
del lago; la etiqueta me sitia y me gobierna, y 
desfallezco en medio <ie la multitud de cortesa- 



36 



LA ENCANTADORA DE LAS FLORES. 



nos. Mi antiguo amigo el Armiño, á quien ha- 
Tbia yo admitido tantas veces en mi compañía, no 
vino al palacio por temor de mancharse. La 
otra noche tuve un sueño espantoso, pareciendo- 
me que veia yo á las Azucenas sumergidas en el 
fango, y que una Reina joven y hermosa era con- 
ducida al cadalso. 

¡Cuánto estraño aquellos tiempos, en que sien- 
do simple flor, era yo el símbolo querido de la 
inocencia! Entonces era yo deshojada bajo los 
pasos de las vírgenes y de las castas esposas: los 
ángeles, mensajeros del cielo, se detenían para 
descansar sobre mi corola, y al siguiente dia me 
elevaban en sus brazos, y era yo presentada por 
ellos á los hombres como testimonio de las nue- 
vas que venian á anunciarles. Vivia yo de aire, 
de Sol y de luz, y pasaba las noches contemplan- 
do las estrellas y embriagándome con los confu- 
sos conciertos que se cantaban á la sombra, á la 
la vez que ahora 

La Reina se puso á llorar. 

Campanilla y Amapola procuraron consolarla, 
diciéndole que no debia aumentar sus pesares 
verdaderos; que cada estado tenia sus ventajas y 
sus inconvenientes mas ó menos grandes, y que 
la desgracia de ella consistía en haber elegido un 
rango muy elevado, después de lo cual se citaron 
á sí mismas como ejemplo. Si en vez de ser 
Reina fueses simple aldeana como nosotras, agre- 
garon ellas, no te quejarlas como lo haces. Cuan- 
do eras Azucena, querida mia, no te hallabas su- 
jeta al pecado del orgullo: este defecto podrá pe- 
garte chascos muy pesados, y por lo tanto es ne- 
cesario que vivas alerta contra él, y que tengas 
paciencia. 

Después de dichas estas cosas tan juiciosas, 
Campanilla y Amapola pidieron permiso á la 
Reina para retirarse, con el fin de ir á calmar el 
desasosiego de Lúeas y de Blas; permiso que les 
fué concedido, y la Reina les regaló dos preciosí- 
simos diamantes y dos estuches para sus futuros 

esposos. 

IX. 



EL REGRESO. 



Cuando ellas atravesaban los corredores del 
palacio, los cortesanos, reunidos allí en gran nú- 
mero, no pudieron menos de esclamar: ¡Qué pre- 
ciosas muchachas! 

Amapola y Campanilla tenian tales deseos y 
tanta priesa de volver á ver á Lúeas y á Blas, que 
ni aun volvieron la cara al oir estos requiebros. 

Coráenzaron, pues, á andar y luego á correr; y 
helas que van- subiendo por los elevados campos 



de alfalfa, pisando y estrujando el trébol, espan- 
tando á la alondra, que vuela á esconderse en su 
nido, y á la rana dormida á las orillas del ria- 
chuelo; van, van trotando, tomando aliento, an- 
dando y corriendo alternativamente, y así llegan 
á la aldea antes de anochecer. 

Se precipitan, ya cerca de la cabana, creyendo 
encontrar en los umbrales á Blas y á Lúeas re- 
sueltos á morir de desesperación antes que aban- 
donar unos lugares tan queridos. 

Lo que encontraron fueron dos bodas. 

La de Lúeas, que se casaba con Simona, hija 
de Pedro el carpintero, y la de Blas, que daba la 
mano á Felipa, sobrina de Juan el Grordiflon. 

Los ingratos tenian aun en sus sombreros los 
listones dados por Amapola y Campanilla. 

Al ver á sus rivales asidas del brazo de sus 
queridos. Campanilla y Amapola quedaron co- 
mo si un rayo les hubiese caido, postradas pa- 
ra no volver á levantarse nunca. Lúeas y Blas 
perdieron este dia dos corazones rendidos y dos 
hermosos estuches. 

X. 

TODO TIENE FIN. 

Levantóse en el cementerio de la aldea una mo- 
desta tumba á Campanilla y Amapola, y los 
amantes venian á visitarla en peregrinación. 

Numerosas Amapolas y Campanillas crecen 
en rededor de esta tumba, y en ninguna parte sus 
colores son mas vivos y tiernos. Parece que las 
flores han conservado algunos restos del carácter 
de las dos pastoras. 

En vano buscará la historia un modelo que 
pueda compararse al de estas dos heroínas de 
amor. 

La langosta y el grillo han fijado su morada 
en el espeso césped que cerca la tumba de Cam- 
panilla y Amapola, y dia y noche entonan sus tris- 
tes cantos como si se quejasen. 

Un ruiseñor oculto en el ramage de un sauce 
vecino, viene antes de amanecer á cantar su des- 
pedida á las dos pastoras. . 

Las mariposas y las abejas son los únicos seres 
que se pasean en medio de las fiores vecinas; el 
tábano indiscreto y la mosca susurrante no se 
atreven á turbar el silencio del mausoleo. 

Siempre que el maestro de escuela pasa por el 
cementerio, corta fiores de la tumba de las dos 
víctimas. "Hijos mios, dijo el otro dia á sus dis- 
cípulos, mostrándoles la Campanilla y la Amapo- 
la: ésta signJjfcp, delicadeza y aquella consuelo." 
.alindes q 



Dos cualic 



que no tienen mucha concesión 



^ft 



DESAMOR. 



37 



con la historia que acabamos de referir; pero de- 
bemos inclinarnos ante la voz del maestro, que co- 
noce mejor que nosotros el lenguaje de las flores. 

Para disculparse á los ojos de la posteridad de 
haber ocasionado la muerte de dos pastoras tan 
lindas como Campanilla y Amapola, Lúeas y Blas 
afirmaron bajo juramento poco antes de morir, 
que creyeron que el casamiento con el señor y el 
alcalde habia sido consumado. 

Lúeas y Blas, carcomidos de remordimientos, 
murieron cincuenta años después de sus víctimas. 

aquí reposan BLAS Y LUCAS. 

FUERON 

BUENOS PADRES, BUENOS ESPOSOS, BUíINOS PASTORES. 

SEAS QUIEN .FUERES, 

DETENTE T DERRAMA TJlíA LAGRIMA EN SU MEMORIA, 

Y ORA POR SU ALMA. 

R. L P. 



IDUSAHKDIEc 



Perdona, si tus horas de contento 
Al rayar la mañana de tus dias. 
Con el relato de las ansias mias 
Imprudente y osado yo turbé. 

Perdona, si mis labios la protesta 
O ir te hicieron de un amor tan santo, 
Pues, arastrada por su dulce encanto, 
Tú me juraste adoración y fé. 

¡Ya todo se acabó! .... tu llanto enjuga: 
En tu ardiente delirio, infiel me llamas, 
Y en vano los recuerdos que tú amas 
Pretendes alejar del corazón. 

¡Ni eso me queda á mí! La indiferencia 
Mis sensaciones todas ha borrado. 
Si lágrimas amargas he llorado 
No á tu memoria consagradas son. 

¡Pobre paloma, que del bosque espeso 
En que tus tristes cánticos alzabas. 
Te sacó el compañero que adorabas 
Para dejarte en orfandad después! 



* Un joven, cuyo nombre no nos creemos autorizados 
para publicar, ha tenido la bondad de remitirnos esta com- 
posición que con mucho placer insertamos. Ella compone 
parte de una colección que deseamos vea la luz pública. 
Aunque el autor titula á sus composiciones Primeros ensa- 
yos, nosotros creemos que con aplicación y docilidad con- 
quistará un lujar apreciable eatre loa poetas mexicangs. 

EE. 
TOM. I. — II. 



¡Flor que cortó de su jardin el hombre, 

Y abandonada en un desierto deja; 
¡El Sol que en sus arenas se refleja 
Ha marchitado tu lustrosa tez! 

¡Pobre Elvira! La lámpara de un templo 
No has visto agonizar, cuando la aurora 
Sus rayos introduce bienhechora 
De la ventana gótica al través? 

Así mis ilusiones acabaron; 
Así se disipó mi amor ardiente. 
Cuando á la luz de la verdad mi mente 
Llegó sus desvarios á entender. 

No el infortunio desgarró mi pecho, 
Ni tengo, no, mi religión perdida. 
Ni en el desierto inmenso de la vida 
Corro afanoso de la gloria en pos. 

Nunca en ella creí .... tras el sepulcro 
Tengo cifrada mi única esperanza, 

Y en alas de la fe mi mente alcanza 
A ver entre los ángeles á Dios. 

No imagines que en brazos de otra bella 
Hora disfrute mágico embeleso, 

Y que al halago de su ardiente beso 
Te abandonara fastidiado ayer. 

No creas, no, que habiendo sospechado 
De la fidelidad que me jurabas 
Cuando contra tu seno me estrechabas, 
Para vengar mi afrenta te dejé. 

Risueña y pura cual la luz del alba, 
Realización de mi primer ensueño. 
Fuiste mi adoración, fuiste mi dueño .... 
i Jamás mi pensamiento te manchó! 

Estrella de mi vida, la mañana 
Desplegó sus cortinas en oriente: 
Aun derramaba claridad tu frente, 
Pero poco después palideció. 

¡Pobre muger! tus lágrimas enjuga. 
¿A qué verterlas en inútil llanto, 
Si al fin al hombre á quien amaste tanto 
Indiferente y sin piedad las ve? 

No llores, no ... . perdóname, si un día 
Al son de mi laúd te dije amores, 

Y solo desengaños y dolores 
En tu sencillo corazón dejé. 



En las revoluciones las primeras víctimas son 
los héroes, y en los gobiernos representativos los 
mas inclinados al despotismo son los advenedizos 
polítiooa 




^p/E JEMOS un momento esa eterna charla po- 
lítica; abandonemos á los hombres que tienen mas 
patriotismo y mas talento que nosotros el cuida- 
do de turbar la tranquilidad pública y de hacer 
la rcTolucion; olvidemos las injurias que hicieron 
á los edificios y al honor nacional los voluntarios 
americanos, y no pensemos mas que en divertir- 
nos y pasar la vida alegremente: al fin, para lo 

poco que dura no vale la pena el echarse 

encima cuidados que Dios no manda .... Pues 
dicho y hecho, al teatro .... al teatro .... ¿y á 
qué? A ver un drama cadavérico, ó una come- 
dia por la milésima vez .... y á pesar de esto, al- 
gunos actores no saben el papel; otros hablan tan 
despacio como si estuvieran en agonía; otros chi- 
llan descompasadamente, y lloran hasta inspirar 
cólera . Oh! ¡pero el baile! . Eso sí, las for- 
mas graciosas y esbeltas de las muchachas, su ga- 
llardía. . . . nada dejan que desear. pero ¿y 

esas piruetas tan monótonas? .... Todas las no- 
ches-pararse en las puntitas de los pies; todas las 
noches dar vueltas á derecha é izquierda; todas 
las noches una música tan detestable: es gana, lo 
único que es posible es fastidiarse en este Méxi- 
co, que con tanta justicia detestan nuestros ele- 
gantes que se han educado en Paris. 

Pues no hay remedio, señores lectores, y pues- 
to que no tenemos mucho en que pasar el tiem- 
po, fuerza es que volvamos á nuestras manías an- 
tiguas, es decir, á ocuparnos del patriotismo y á 
vagar por esas calles de Dios; pero, poco á poco, 

que en las esquinas hay unos grandes avisos . 

¿Será proclama? ¿Será manifiesto? ¿Será bando de 
contribuciones directas? ¿Será proyecto para for- 
mar un erario con la friolera de ochenta millones 



de pesos? No, señores, no es nada de eso, sino 
el anuncio de una venduta. Los que han viaja- 
do, podrán decir que en Nueva-Orleans hay ca- 
lles enteras donde todos los dias se rematan pri- 
mores; pero en México ese ramo de comercio no 
es tan abundante, y es menester que se muera un 
pobre general, que se marche un inglés á casar á 
Londres, que un opulento mexicano se decida á 
concluir su educación en Europa, para que haya 
venduta .... No perdamos, pues, la oportunidad 
de una diversión gratis, y vamos á la venduta. 

Es una casa comme ilfaut. Los caballos friso- 
nes muy lavados de pies y manos están amarra- 
dos en el patio; los carruages aseados, en las co- 
cheras; las guarniciones lustrosas mas adelante. 
En el corredor se hallan todas las macetas llenas 
de flores; en las piezas de la casa en su lugar los 
muebles; en las recámaras se encuentran los col- 
chones, las sábanas, las sobrecamas, como " si los 
dueños acabaran de dejar los lechos: solo en las 
amplias mesas del comedor están aglomeradas las 
obras maravillosas de cristal y porcelana, que la se- 
ñora de la casa ha reunido durante mucho tiempo 
y que abandona á la codicia de los compradores. 

Entre las diez y las once de la mañana la gen- 
te comienza á ir; y como las vendutas son un ra- 
lao de especulación como otro cualesquiera, se 
ven concurrir corredores, propietarios, comerr 
ciantes mexicanos y estrangeros, doctores de fa- 
ma, empleados pudientes; en fin, lo mas granado 
y florido de la sociedad del Distrito. Uno que 
otro fuereño de chaqueta de drill y pantalón de 
pana es visto con desden, y anda vagando como 
un bobo, sin lograr á veces ni aun sentarse un 
momento. Todos los concurrentes se proponen. 



LAS VENDUTAS. 



43 



ó no comprar nada ó comprar barato, y andan 
ecsaminando con curiosidad los muebles, las cor- 
tinas, las alfombras^ y en fin, todo lo que sea ven- 
dible ó comprable. 

El general en gefe de la batalla que va á dar- 
se, el amo y dueño de la casa, al menos por ese 
dia, llega con su gran chaqueta de terciopelo azul 
y su gorra griega bordada de oro. Es un hom- 
bre único, esclusivo, singular para esta clase de 
negocios; su despejo y talento son incomparables; 
y si los reyes ó los ministros manejaran con tan- 
to acierto su cetro de oro ó sus carteras como 
nuestro personage su pequeño cetro de madera, 
no cabe duda que era preciso toda la vida ser 
monarquista ó ministerial. 

— A la sala, señores; á la sala. Comencemos 
con la sala, grita el gefe de la venduta. 

Y la concurrencia, con una obediencia ciega, 
se precipita á la sala. 

— Aquí hay un relox magnífico de Bélgica: tie- 
ne horas, medias horas, capelo y música por den- 
tro. Cuánto por este relox? 

— Hasta sesenta pesos pueden darse por él, di- 
ce uno en voz baja. 

— Ya lo rematarla yo si me lo dejaran en se- 
senta: tengo cinco relojes en mi casa; pero este me 
agrada por la música por dentro, responde otro. 
— Cuánto, señores? dice el gefe de la venduta. 
Qué no vale nada? Véanlo bien; limpíense los ojos, 
pues no han de haber visto muchas piezas como 
ésta. 
— Treinta pesos, dice tímidamente una voz. 
El vendutero pasea su vista enojada por el 
grupo que lo cerca, y volviendo con desden las es- 
paldas á otro lado, esclama: La música por den- 
tro vale solo los treinta pesos .... Vamos, me que- 
do con él: cincuenta pesos. 

— Cinco mas, dice un inglés que está sentado 
en un estremo de la sala. 

— Ya no me quedé con el relox. . . . Cincuen- 
ta y cinco tengo por tres señores .... sesenta, se- 
tenta, setenta y cinco .... con cuatro .... ochen- 
ta. .. . Vaya, ahora sí podemos hacer algo. . . . 
¿No hay quien dé mas de ochenta pesos? .... Vale 
doscientos, señores: véanlo bien .... pónganse los 
anteojos. De esto no viene á México todos los 
dias. 

— Cien pesos, dice una voz ronca. 
— Cien pesos, cien pesos: remato este relox en 
cien pesoe, ¿No hay quien dé mas de cien pesos? 
Y al decir estas palabras, va aprocsimando á la 
mesa redonda su pequeño cetro de madera. 

La ansiedad entre los concurrentes crece, á me- I 



dida que el temible cetro se acerca á la mesa. 
Ya se sabe que el golpe es decisivo, fatal. 

Cuando ya solo faltan dos líneas, suspende un 
minuto la mano; pasea su vista por los concur- 
rentes, y repite: cien pesos, cien pesos. 

— Cinco mas, esclama una voz precipitada. 
— En ciento cinco, en ciento cinco, dice, y vuel- 
ve á repetir la operación de aprocsimar el palito 
á la mesa. 

— Diez mas, dice resueltamente el competidor. 
— Diez mas, responde el antagonista. El amor 
propio de los dos compradores se ecsalta, y mucho 
mas si la lucha es entre un inglés y un español; 
y entonces el gefe de la venduta, atento y diri- 
giendo su vista alternativamente á uno y otro, va 
diciendo el precio, pues cuando las cosas han lle- 
gado á este pvmto, ya los contendientes apenas 
hacen con los ojos una señal imperceptible, y ca- 
da señal vale diez pesos. Doscientos pesos, es- 
clama el gefe, doscientos pesos. Un murmullo 
sordo se deja oir entre la concurrencia. Algunos 
en voz baja esclaman: ¡qué bárbaros! 
— Está por mí? pregunta el inglés. 
— Está por el señor marqués, dice el campeón 
de la venduta. 

— Pues cincuenta mas, contesta el inglés, y sa- 
cando un habano, se confunde en el grupo. 
— Treinta mas, responde el contrario. 
— Trescientos, contesta el inglés al tiempo de 
encender su puro. 

— Buenos pollos, esclaman algunos. Lo me- 
jor es hacer vendutas. 

— Yo voy á hacer una venduta el mes que entra. 
-Y yo. 

— Y yo también. 

— Se hace tarde, señores, y tenemos mucho que 
vender hoy. — Trescientos pesos, trescientos pe- 
sos ... . Se remata el relox con música por den- 
tro en trescientos pesos; y, como siempre, va 
aprocsimando su palito, hasta que da el golpe, y 
dice: "Z). Gustavo, un relox con música por dentro 
en trescientos pesos." 

Los dependientes, ligeros y aleccionados per- 
fectamente, apuntan la venta y estienden un bi- 
Uetito, que D. Grustavo toma con calma y lo guar- 
da en la bolsa del chaleco. 

— Magnífica compra! esclama un corredor. En 
las mercerías valen estos relojes nuevos ochenta 
pesos, y éste ha dado trescientos. 

Los muebles de la sala, finalmente, se van ven- 
diendo poco mas ó menos de la misma manera; 
no siendo estraño, en verdad, el comprar algunas 
cosas á precio córaodQ, 



40 



LAS VENDUTAS. 



Queda la alfombra: en el centro está buena; en 
el frente de los balcones se halla tan descolori- 
da, que no puede adivinarse su color primitivo; en 
fin, es una alfombra que no seria del todo fea en 
la primavera de su edad, y antes de que recibie- 
ra las injurias y maltrato del tiempo y de los chi- 
cuelos de la casa. No obstante, tiene un mérito 
que se trata de realzar, y es que su patria es Bru- 
selas, como quien dice que lo que se hace en 
Bruselas nunca se envejece. 

— Esta alfombra que están vdes. pisando, es la 
que se va á rematar. Véanla bien, porque yo 
vendo las cosas tal como están. ¿A cómo por ca- 
da vara de alfombra? 

— A tres reales, dice un joven barbilampiño. 
— No es petate, responde con desden. 
— Cuatro reales, dice otro. 
— Parece que hablo en castellano, y he dicho 
alfombra de Bruselas. Vamos, á peso, á peso 
tengo ofrecido por cada vara. ¿No hay quien dé 
mas de un peso? 

— Doce reales, dice uno de esos señorones de 
muchas polendas y dinero, que nunca dejan de 
concurrir á las vendutas. 

— Catorce reales, interrumpe otro. 
— Quince. 
— Dos pesos. 
— Veinte reales. 

Finalmente, pujan la alfombra vieja hasta tres 
y medio y cuatro pesos, con asombro de todos los 
concurrentes, que saben que nueva vale en los al- 
macenes tres pesos; y admírese el lector, pues 
acaso el que la ha rematado es un almacenista. 

Concluido el remate de todo lo de la sala, em- 
piezan á traer lotes compuestos de servilletas ro- 
tas, de carpetas de mesa llenas de manchas y de 
borrones, de candeleros desiguales, de frazadas 
ordinarias, de sábanas de manta; en fin, de cuan- 
tas menudencias ecsisten en una casa, que aunque 
al adquirirlas hayan costado mucho dinero, des- 
pués de usadas seria hasta un insulto el darlas 
dadas. Todo esto se vende á veces á precios muy 
subidos. 

Para evitar algún tanto la monotonía de la es- 
cena, dejemos al impávido gefe de la venduta su- 
mergido entre una rueda de compradores, y su- 
friendo las cóleras que le. dan algunos cócoras, que 
ofrecen, ecsaminan, ponen defecto á todo y nada 
compran, y volvamos la vista á un grupo de ele- 
gantes. No son de esos jovenzuelos, que acaban 
de salir de la escuela y hacen en el paseo de Bu- 
careli y en el teatro su aprendizage de calaveras; 
np son tampoco viejos sátiros que an,dan en pos 



de las bailarinas: nuestros personages son jóvenes 
de formalidad, hombres de asuntos, si se quiere, 
pero que no han perdido su buen humor y joviali- 
dad, y son amigos de la broma y de ese suave 
manjar que se llama murmuración. 

El uno ha rematado por pasatiempo una jarra 
de porcelana; el otro fué con ánimo de comprar 
un saca-botas; el de mas allá deseaba una cortina 
de brocado para su alcoba; otros atisban lo bara- 
to para revenderlo á la multitud de codiciosos 
que tienen furor de comprar en venduta. 

Sentados unos en el cómodo sofá de la sala, 
otros en las sillas y otros en pié, fuman sus ci- 
garrillos y forman una agradable tertulia. 

— Canario! ¡Cómo remata ese hombre chiquitín 
de la levita azul! Véanlo, es completamente una 
cara de tortillita de Nuestra Señora de Gruadalu- 
pe. ¿Quién es? 

— Toma, en su casa lo conocen, responde otro. 
— Necios, no hay hombre mas conocido en Mé- 
xico; es D. Anacleto Pipirin. 

— Cabal, es Pipirin, no cabe duda. 
— Y de dónde pesca tanto dinero? No ba- 
ja de dos mil pesos lo que ha comprado. 

— Les diré á vdes., una vez que estamos en el 
capítulo de crónica escandalosa: 

Su primer oficio de Pipirin fué sacristán de 
la parroquia de la Palma. Después se metió á 
músico, pues toca el fagot muy bien: después lo 
habilitó un ricacho que estimaba mucho á su mu- 
ger. 

— Hola! con que eso tenemos, interrumpe un 
elegante de patillas muy recortadas, de rostro pá- 
lido y buenos ojos: ¡conque este Pipirin tiene 
muger! 

— Y como una perla, continúa el narrador. 
— Siga, siga la historia de Pipirin. 
— Pues, señores, Pipirin quebró en el comer- 
cio; y como parece que á todos los comerciantes 
quebrados los emplean en las aduanas marítimas, 

Pipirin consiguió no sé qué empleo y caten 

vdes. tiene una casa magnífica; es hombre que 
pierde con mucho salero cien onzas al juego; cada 
momento estrena lando. 

— ¿Estrena lando? preguntaron varios. 
— Y frisones. 
— Y carretelas. 

— Y la otra noche en la ópera estaba su muger 
como una reina. Vallan sin duda sus alhajas 
mas de veinte mil pesos. 

— Pero, caballeros, para mí lo mas interesante 
es la muger de Pipirin. Por piedad, que me di- 
gan dónde vive. 



LAS VENDUTAS. 



41 



Un elegantito de pelo rubio se acerca á la oreja 
del joven de patillas recortadas, le dice dos pala- 
bras al oido y ambos sueltan la carcajada. 

El joven apunta en un papelito todas las señas 
de la casa j algunas otras cosas acaso mas impor- 
tantes, mientras Pipirin entusiasmado remata un 
piano en mil quinientos pesos, manifestando á sus 
amigos que con ese son cuatro pianos los que tie- 
ne en su casa, porque su muger es afectísima á 
tener muclios pianos. 

— Plata, se trata de la plata labrada, grita el ge- 
fe de la venduta: los afectos á la plata, que pare- 
ce que son todos los que están aquí, pueden acer- 
carse. 

— ¿Qué se remata? pregunta uno de los jóvenes 
que se han ocupado de la historia de Pipirin. 

— Yeamos, veamos, y el grupo se precipita acia 
el lugar donde con gran pompa y magestad los de- 
pendientes van arrojando sobre la mesa las piezas 
de plata. 

— Vaya, son cucharas, y tenedores y platos. Ya 
eso ni se platica: sentémonos mejor. Poco á po- 
co va formándose de nuevo el corrillo que ya he- 
mos descrito. 

— ¿Creerán vdes. que hay hombres tan bestias, 
que paguen las cosas á mas de lo que valen? dice 
uno que ha vuelto á encender su cigarrillo. 

— ¡Pues no lo hemos de ci-eer! 

— Ese animal de D. Macario, que es comercian- 
te, y sabe lo que valen los efectos, ha dado por un 
sofá de damasco corriente, sucio y roto, cincuen- 
ta pesos. 

— ¡Rinoceronte! 

— Al fin tiene dinero, que lo haga circular; lo 
mismo que ese otro viejo panzon, que tiene dos ha- 
ciendas de azúcar, dos de trigo, siete casas en Mé- 
xico y cuatro tiendas, y está comprando las sá- 
banas y los candeleros viejos. 

—¿Qué ha sucedido, amigo, que está vd. tan 
enojado? le preguntan á un chiquitín de pantalón 
color de yesca y frac azul de gallardete. 

— Chascos, chascos horribles que suceden en 
estas malditas vendutas: con razón yo las detesto. 
Pues, señores, he comprado tres docenas de servi- 
lletas á seis pesos docena, y todas están agujera- 
das, hechas un arnero. 

Los jóvenes soltaron la carcajada. 

— Y no es eso lo peor, continuó el del frac azul, 
sino estas cortinas, que yo creía dadas en cien pe- 
sos cada una. Háganme favor de tentar. Se es- 
tán deshaciendo; solo de tocarlas se les cae un 
pedazo: parece que han estado debajo de Pom- 
peia ó Herculano. 



Los jóvenes rieron de nuevo, y comenzaron á 
decir sátiras al personage del frac, hasta que fue- 
ron interrumpidos por otro amigo. 

— Admírense vdes., les dijo: el que ha compra- 
do toda la plata, que vale mas de dos mil pesos, es 
un coronel de caballería. 

— Pobres caballos! á dieta los van á tener lo 
menos un año. 

Concluido el remate de la plata, el gefe de la 
venduta, recorriendo con una mirada inteligente 
á la concurrencia, calcula que al dia siguiente 
tendrá mejores compradores para ciertos efectos, 
y ya casi ronco de tanto hablar, sofocado con el 
calor y el humo de los puros y cigarros, anuncia 
que el trabajo del día concluye con la venta de la 
loza y cristal del comedor. A penas oye la con- 
currencia esta orden, cuando se anticipa, entra al 
comedor y rodea la amplia mesa. Entre la mul- 
titud de concurrentes elegantes y de buenas fiso- 
nomías, camina con trabajo una matrona de grue- 
sa cintura, de redondos carrillos, con las manos 
llenas de sortijas y un peinado que podría envi- 
diar una coqueta de diez y ocho años. Es de ad- 
vertirse que rara vez el bello secso concurre á es- 
tas vendutas; pero suele una que otra doncella de 
cincuenta para arriba, aventurarse á las miradas 
amorosas de tanto solterón. Detras de la matro- 
na de que hemos hablado, va una criada con un 
enorme paragua encarnado, y á cierta distancia 
un joven de chaleco corto, pantalón muy restira- 
do, y frac á la íiltima moda del año pasado. El 
rostro sumiso del joven, las miradas espresivas 
con que recorre los muebles ya vendidos, y la ti- 
midez con que ofrece por algunas cosas, indican 
que es un novio necesitado de muebles, pero que 
carece de esa resolución que en los grandes lances 
mercantiles da el dinero. La matrona le hace se- 
ñal de que se siente, y ambos se colocan en un 
rincón del comedor. 

— Yamos, ¿qué ha comprado vd., D. Grualupi- 
to? le dice la antigua matrona. 

— Yoy á decirle á vd., mamá, responde el no- 
vio sacando un paquetito de boletos. Una per- 
cha, en veinte reales — Un ropero pintado, en ca- 
torce pesos — Un butaque de cuero, en cuatro pe- 
sos — Un cuadro de Napoleón 

— ¿Está vd. loco? le interrumpe enojada la sue- 
gra. ¿Y para qué quiere vd. ese mono á caballo? 

— Mamá: vea vd. que Napoleón fué un grande 
hombre 

— '¿Y qué nos importa? Lo que debia vd. haber 
rematado es la cama de caoba, el sofá, las sillas. . . . 

— Pero si querían muy caro ; 



46 



LAS VENDUTAS. 



— Lo que sucede es que vd. trata á mi liija co- 
mo si fuera una cocinera. Es verdad que so- 
mos pobres, pero nada le falta en su casa. 

— Mamá, por Dios, dice el joven poniéndose 
encarnado, no sea vd. imprudente, que esos ale- 
manes nos están oyendo 

— ¿Qué lian de oir .... los estrangeros no ha- 
blan mas que ese baturrillo. . . . Conque atien- 
da vd., que ya se están rematando esas copas, y se 

necesitan copas para el comedor de Pomposita 

Ofrezca vd., no sea bobo. 

— Seis pesos docena, dice el joven. 

— Tengo ya siete pesos ofrecidos, dice el gefe 
de la venduta. 

— Lo ve vd., mamá, dice el novio mortificado. 

— Pues si es vd. tan berengo. 

Entonces el joven se levanta al disimulo, y se 
va al otro estremo de la sala, dejando á su futura 
suegra entre una turba de alemanes, que están 
encaprichados en rematar un par de conchas de 
cristal, y que las han subido hasta veinte pesos 
cada una. 

Acabado el comedor, sigue la cocina, y se re- 
mata la batería de cobre, las parrillas, las tenazas, 
el farol remendado con papel, los fierros de la 
chimenea, los peroles para calentar agua, las jau- 
las de hoja de lata del perico; en fin, todo lo que 
acaso se venderla en el baratillo por una friolera. 

La concurrencia se va dispersando: todos sa- 
len platicando de sus compras, y vanagloriándose 
de haberlas hecho muy buenas: algunos revende- 
dores ceden á otros sus billetes con una ganan- 
cia mas ó menos moderada; y una gran canasta de 
opípara comida indica que el hábil y esperto ge- 
fe de la venduta va á indemnizarse con un buen 
placer gastronómico de las coleras que le han he- 
cho hacer los compradoi^es. 

El infeliz novio, sudando, con los carrillos co- 
lorados, el chaleco hecho un costal, pues se le 
han reventado las cintas, remata las tenazas, la 
parrilla, la cuchara de menear la lumbre, tres 
sartenes y un cacito, la jaula del perico, pues su 
Dulcinea es muy afecta á los pericos, y se mar- 
cha después de haber servido de diversión á los 
rollizos y colorados alemanes, que con la mano 
en la cintura, como qiiien dice, han gastado mil 
pesos en frioleras inútiles. 

La madre, disgustada en estremo con las ton- 
terías de su hijo futuro, lo agarra del brazo, y lo 
saca de entre aquella nube de ricos compradores, 
y continúa riñéndolo en cuanto comienza á bajar 
la escalera. 

— Es gana, mamá, dice el joven arrojando una 



mirada tristísima á la elegante carretela que es- 
tá en la puerta: los pobres no debemos venir á 
las vendutas, ni andar en la calle ni, nada mas 
que morirnos. — Yo. 

TIEMPO MEDIO QUE ES NECESARIO PARA LA DIGES- 
TIÓN DE ALGUNAS SUSTANCIAS ALIMENTICIAS. 

Horas. Minutos, 

Arroz cocido 1 „ 

Sagú , 1 45. 

Lech^ 2 „ 

Leche cruda 2 15. 

G-elatina 2 30. 

Pies de puerco 1 „ 

Tripas de puerco 1 „ 

Huevos cocidos 3 30. 

Huevos estrellados 3 30. 

Pollo asado 2 45. 

Salmón salado 4 „ 

Ostiones frescos, crudos 2 55. 

Ostiones fritos 3 15. 

Bistec o 3 „ 

Puerco asado 5 15. 

Carnero asado 3 15. 

Carnero cocido 3 „ 

Pato asado 4 „ 

Mantequilla 3 30. 

Sopa Juliana 4 „ 

Frijoles 5 „ 

Pan de harina 3 30. 

Papas, sanahorias, betatel y otros 

vegetales cocidos 3 „ 



Montesquieu decia que los españoles y los tur- 
cos son las naciones del mundo que menos parti- 
do sacan de los grandes dominios que tienen. 
Montesquieu no conocía á los mexicanos, y por 
eso se espresaba de esta manera. 



La tierra es el patrimonio del hombre, y el 
universo será feliz cuando no ecsistan ni fronte- 
ras ni murallas. 



No hay cosa mas repugnante que los demócra- 
tas, que no dan de comer á las lavanderas. 



La muger mas amable y mas hermosa del mun- 
do, es la que ve el hombre cuando comienzan 
á alumbrar su corazón los primeros rayos del 
amor. — Madama Stael. 



IL. 



OS estadistas regularmente atribuyen una vi- 
da mas corta á los artistas y hombres estudiosos, 
y por la siguiente noticia, que creemos curiosa, se 
ve todo lo contrario, á pesar de que en el Medio- 
dia de Europa, por lo regular y tomando un tér- 
mino medio, la vida es mas corta que la de los 
habitantes del Norte. 

Velazquez vivió 61 años. 

MuriUo 64. 

Rivera 69. 

Alonso Cano 66. 

Zurbaran 64. 

Joanes 56. 

Morales, cerca de 80. 

Fr. Nicolás Borras 80. 

El Mudo 52. 

Eiareco 80. 

Sánchez Coello 70. 

Céspedes 70. 

Pacheco, cosa de 80. 

Toledo 54. 

Francisco Ribalta 70. 

Juan Ribalta 31. 

Rodríguez Espinosa 68. 

Gerónimo Espinosa 80. 

Nicolás Factor 63. 

Vicente Yictoria 54. 

Sánchez Cotan 66. 

Mayno 80. 

Orrente 80. 

Luis Tristan 54. 

Luis de Vargas 66. 

Roelas 66. 

Agustín del Castillo 61. 

Juan del Castillo 56. 

Antonio del Castillo 64. 

Herrera, el Viejo 80. 

Herrera, el Mozo 63. 

Moya 56. 

Juan de Sevilla 73. 

Valdes Leal 6L 



Niño de Gruevara 66 años. 

Maso Martínez 67. „ 

Pareja 64. „ 

Carreño 72. „ 

Meneses Osorio 60. „ 

Villavicencio 65. „ 

Tobar 80. „ 

Palomino 73. „ 

Berruguette 81. „ 

Becerra. 50. „ 

Barrozo 52. „ 

Grranelo 45. „ 

Fabricio .Castello 65. „ 

Félix Castello 54. „ 

Pantoja de la Cruz 59. „ 

Patricio Caxés 70. „ 

Eugenio Caxés 65. „ 

Bartolomé Carducci 48. ,, 

Vicente Carducci 60. „ 

Pereda 70. „ 

Alonso del Arco 75. „ 

Collantes 57. „ . 

Juan Rizi 80. „ 

Francisco Rizi 77. „ 

Camilo 60. „ 

Jusepe Martínez 70. „ 

Leonardo. 40. „ 

Montero 70. „ 

Solis 55. „ 

Escalante 40. „ 

Cabezalero 40. „ 

Cereso 40. „ 

Claudio Coello 50. „ 

F. A. Méndez 68. „ 

G-oya 86. „ 

Pedro Campaña 77. „ 

Antonio Moro 76. „ 

Cornelio Schutt 75. „ 

Luca Giordano 73. „ 

Rafael Mengs ,51. „ 







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Giiilllllluiímilll 



¡iillll>''''illl¡i¡¡¡i¡iíilll>'' íiiiillllllliii¡ii¡¡iílllli;iiilllllll:iiuiiiii¡illlll lüiiillllüii iiiilllllllii¡ii¡iiiii¡L'''!!l¡llllill dlil 



"KO^ 



fJüiyE vez en cuando nos proponemos publicar en 
este Semanario un Boletin que comprenda los 
acontecimientos notables que hayan ocurrido, así 
como los adelantos que hayan hecho las artes, la 
industria y los otros ramos de prosperidad públi- 
ca. Comenzamos en este número con algunas 
ocurrencias que no deben consignarse al olvido. 

Bellas artes. — La Academia de México ha pre- 
sentado una esposicion pública de los trabajos de 
sus discípulos, y el público ha visto con mucho pla- 
cer las obras de yeso, pintura y grabado que se 
hallan en los salones. El edificio está alumbra- 
do con gas, aseado, propio para los objetos á que 
esta destinado. Luego que tengamos los datos 
que hemos pedido al Sr. Echeverría y á los pro- 
fesores, publicaremos un artículo estenso sobre 
la Academia de San Carlos, acompañándolo, si es 
posible, con una vista interior del edificio. — La 
Academia de Puebla, merced á los esfuerzos del 
apreciable artista D. José Manzo y del empeño 
del señor gobernador, se abrió también á fines 
del año pasado, pues á causa de la guerra estran- 
gera, habia estado cerrada. La primera noche de 
su apertura concurrieron mas de treinta discípu- 
los. Reclamamos para estos establecimientos la 
protección de las autoridades. 

Instrucción pública. — Ademas de los ecsáme- 
nes de los colegios de Minería, San Ildefonso, 
Escuela de Medicina, se han verificado los de los 
colegios particulares. En todos estos estableci- 
mientos se ha notado el empeño de los respecti- 
vos profesores, y han presentado algunos discípu- 
los muy adelantados. El incremento que ha to- 
mado la instrucción pública en el Distrito es ver- 
daderamente asombroso, atendidas las circuns- 
tancias de guerra en que ha estado la nación. Es- 
te párrafo lo dedicamos á las personas benéficas, 
cuyos nombres tendremos mucho gusto de con- 
signar en el Álbum en primera oportunidad. 

Sociedades de beneficencia. — La casa de niños 
espósitos ha recibido notables mejoras, estable- 
ciéndose talleres para los niños. Las señoras que 
están encargadas de este establecimiento, conti- 
núan, como lo han hecho, ejercitando la mas lau- 
dable de las virtudes, la caridad, amparando y 
atendiendo á los niños huérfanos y desvalidos. 



La Sociedad de San Viceiite de Paul. — Tiene 
establecida una escuela de primeras letras, y lue- 
go que la visitemos, hablaremos con toda justicia 
é imparcialidad. 

La Sociedad Lancasteriana. — Encargada de las 
escuelas primarias de ambos secsos, ha presentado 
en estos dias unos magníficos ecsámenes: ha re- 
novado su presidente y secretarios, y se conciben 
fundadas esperanzas que los actuales directores 
de esta Sociedad influirán mucho en desarrollar 
la instrucción pi-imaria. 

La Sociedad Filantrópica. — Establecida en esta 
capital por algunos buenos ciudadanos, mientras 
estaba ocupada la capital por las tropas america- 
nas, fundó una escuela, y ha presentado en el 
ecsámen de los niños, adelantos verdaderamente 
maravillosos, en atención á que solo lleva cinco 
meses de establecida la escuela. El Sr. Grodoy, 
con una generosidad digna de imitarse, ha ofreci- 
do protejer á la Sociedad Filantrópica, y quizá 
antes de un mes habrá establecida una escuela 
de niñas. 

Caminos. — Se está abriendo un camino carrete- 
ro de Huatulco ^Oajaca. El de Morelia se va 
á poner en muy buen estado, y dentro de pocos 
dias acaso comenzarán á correr las diligencias. 
Caminos de fierro. — El proyecto de camino de 
fierro á Tacubaya está muy adelantado. Hay 
ya muchos accionistas, y se han celebrado varias 
juntas. Creemos que por esta vez se planteará 
esa útil mejora. 

Canales. — Se ha concebido un proyecto para 
la navegación por vapor de los canales, y está tan 
adelantado, que de hecho hemos visto comenzar á 
construir un vapor. 

Industria. — Se ha planteado por un ingenie- 
ro francés, en la calle Ancha, una fábrica de ma- 
quinaria; establecimiento que no ecsistia en la Re- 
pública. 

Estas ligeras indicaciones sobre los diversos 
ramos que forman la prosperidad pública, indi- 
can que el pais aun está lleno de elementos de 
vida y de felicidad. Se necesita una sola cosa, 
y es la paz. 



DE LA. CEJA A LA TILLA DEL PASO. 



ocos atractivos ofrecerían á nuestros lecto- 
res la relación de la serie de cartas que temos 
recorrido, sin poder en ellas salir del desierto sin 
que variasen siquiera las raifcciones de falta de 
agua y otras muclias penalidades, que si bien re- 
comiendan en alto grado el mérito de las perso- 
nas que emprendieron esta benéfica espedicion, 
no por eso deja de adolecer de cierta monotonía 
que no cuadra bien con el carácter que deseamos 
comunicar á nuestro periódico. 

Por fin distinguimos á nuestro viagero cerca- 
no á la villa del Paso, en medio de una escogida 
comitiva que salia al encuentro del gobernador, 
y cuyas atención y finura le restituían, por de- 
cirlo así, los beneficios de la sociedad y de la ci- 
vilización. Pide la palabra nuestro legajo: 

"Satisfecbos por los sinceros agasajos del reci- 
bimiento, recorrimos en pocos minutos una vas- 
ta estension del pais, árido ó cubierto de maleza: 
bajamos lo que llaman la Cg'a^ y es un descenso 
brusco y repentino del terreno á otra larga gra- 
da que lo separa del plan del rio: divisábamos el 
Cerro Hueco, célebre por el encierro de los coman- 
ches perseguidos en 183 por los indios de la 

I^leta. 

"Al fin, pasando por un puerto, distinguimos 
los inmensos bosques que ocultan á las casas del 
Paso y de los pueblos inmediatos, con una curio- 
sidad semejante á la de los israelitas, por ver la 
tierra de promisión. A poco tiempo de caminar 
por el valle, se desarrolló á nuestra vista un pa- 
norama magnífico. 

"Campos cubiertos de trigo, de vides y legum- 
bres, cortados por bileras ó bosquecillos de ár- 
boles, diversos en edad y en especie. Campos 

TOM. I. — III. 



poblados de casas aisladas y sencillas, pero blan- 
cas y aseadas como no he visto en otras partes: 
en último término de este panorama se distin- 
guen llanuras inmensas, cuyos confines no podria 
alcanzar la vista humana. 

"Pasamos una acequia, y después otras muchas 
por elevados puentes: recorrimos muchos callejo- 
nes formados por las tapias de las huertas, bas- 
tante bajas para poder descubrir su interior des- 
de el quitrín, ó por las cercas de espinas que' por 
supuesto no las ocultaban al viagero. 

"Alternaban á la vista las casas de buena apa- 
riencia con las chozas y jacales entre las huertas, 
las labores y las arboledas. Por fin, las casas 
comenzaron á ser mas continuas; oimos las sal- 
vas y el bullicio de la población; atravesamos con 
rapidez la plaza, y no^ apeamos en una casa de su- 
perior apariencia á las otras que hablamos visto." 

El reconocido corresponsal da una idea muy 
satisfactoria en sus cartas de la civilización de 
los paseaos, la generosidad y las atenciones que 
les prodigaron. Como aquella era una comitiva 
que tenia carácter oficial, desconfiaríamos de la 
imparcialidad de esta relación, si no fuera, como 
hemos dicho en un principio, escrita hace mucho 
tiempo y sin ningún género de pretensiones. 

La llegada de G-areía Conde al Paso del ííor- 
te era un acontecimiento lisonjero: el objeto de 
su marcha y privaciones se conocía de todos, y el 
feliz écsito que estaban teniendo en aquellos mo- 
mentos las negociaciones entabladas con los in- 
dios, eran bastantes para rodearlo de ese presti- 
gio hermoso y sin mancilla que se funda en la 
beneficencia y en los adelantos positivos de los 
pueblos. 



48 



FKONTEEA DE LA llEPUBLICA. 



si á la espalda de la paiToquia, que llamaban an- 
tiguamente el Palacio, y era la residencia de los 
tenientes gobernadores. Allí nos señalaron el lu- 
gar donde cayó muerto el desgraciado teniente 
Parra, cuando ocurrió aquella catástofre que no 
olvidarán en mucho tiempo los pásenos: 

"Hallábanse de paz los apaches y los vecinos, 
y comerciaban entre sí. Robáronse los primeros 
una bestia, y la autoridad los persiguió con tan 
buen écsito, que varios indios de ambos secsos 
fueron aprehendidos y encerrados por algún tiem- 
po. Irritados por esto sus hermanos, se presen- 
taron en facha de guerra mas de setenta detras 
del campo santo de la villa, el 26 de Agosto de 
1839. Entablaron desde allí algunas negociacio- 
nes sobre la libertad de los prisioneros, que sien- 
do pacíficos en el principio, les proporcionaron 
introducirse á la plaza en numero de veinte y 
tantos. Capitaneábalos el indio Hidalgo, quien, 
seguido de algunos capitancillos y gandules, mon- 
tado á caballo y blandiendo formidablemente 
su lanza, se dirigió á la cárcel prorumpiendo 
en horribles amenazas. El comandante Parra le 
respondió con energía, negándose á soltar por 
ellas la collera. "Collera no, esclamó Hidalgo; 
seria collera si hubieras tenido el valor de traerla 
de los Mimbres." El altercado sigue, la cólera 
se aumenta por ambas partes, y de repente cae 
Parra bañado en sangre y atravesado el corazón 
por el puñal de un apache. Esta fué la señal 
de un combate general: muchos indios se fugaron; 
Hidalgo quedó muerto, increpando á sus contra- 
rios hasta el último instante, y procurando herir- 
los con las astillas de su lanza, que solo pudo 
hacerle soltar la muerte misma. Otros muchos 
corrieron la propia suerte, y los que quedaban, 
viéndose estrechados por todas partes, se refugia- 
ron á la misma prisión donde estaba la collera, y 
se hicieron allí fuertes, protestando morir antes 
que rendirse. Invitóseles, sin embargo, para que 
salieran, asegurándoles las vidas. Contestaron 
que hablarían, pero que antes se les llevase agua, 
porque tenian las fauces secas. El sacristán de 
la parroquia se prestó oficiosamente á hacer este 
servicio; pero apenas descubrió una parte de svi 
cuerpo, cuando cayó traspasado de una flecha. 
Todavía se les instó para que desistiesen de su 
temeridad, y se les propuso que enviasen una in- 
dia para que viese y los convenciera de la impo- 
sibilidad en que estaban de salvarse. Salió la 
india en efecto, vio en rededor del edificio á to- 
do el vecindario armado, y cuando volvió á infor- 
marlos de la situación en que se hallaban, oyeron 



llantos y gritos espantosos. Los indios, desespe- 
rados, mataron con sus manos á sus propias mu- 
geres, y sacrificaron á las criaturas, tomándolas 
por el pié y golpeando sus cabezas contra el sue- 
lo y las paredes. A tal escena los vecinos no 
pueden contenerse, y prenden fuego al portal de 
la entrada, para esterminar á aquellas fieras. Dos 
indios salen por en medio de las llamas, y caen 
muertos á pocos pasos acribillados á balazos. El 
incendio crece, y todavía quedan adentro dos, que 
esperan tranquilamente ser consumidos por las 
llamas. Al fin, quemados y sofocados, recogen 
sus alientos, toman sus flechas y sus lanzas, y sa- 
len resueltos á vender caras sus vidas; pero ape- 
nas asoman, cuando sucumben al poder de sus 
contrarios. 

"Esta jornada, en que perecieron mas de vein- 
te indios y algunos vecinos, ha dejado en los pá- 
senos una impresión profunda." 

( Continuará.) 



IBUaiLA^ AH^m^ 



El conocimiento de la historia de éstas en Mé- 
xico será sin duda la base de los adelantamien- 
tos que en lo sucesivo puedan hacerse en ellas. 
Causa estrañeza que hombres que se dedican á su 
cultivo con empeño, ignoren que hubo tiempo en 
que con menos medios que hoy le aventajaran, así 
en la pintura como en la escultura, hombres cu- 
yas obras inmortales han asombrado á sabios via- 
geros que han sabido descubrir su mérito, mien- 
tras, nosotros las teníamos arrinconadas y aun las 
apreciamos en poco. 

Una tristísima evidencia de esto hemos tenido, 
en la última esposicion de la Academia de San 
Carlos, en que tuvimos nueva ocasión de mirar la 
galería de pinturas antiguas. Sin anticipar las ideas 
que verteremos en el artículo que tenemos prepa- 
rado con motivo de dicha esposicion, diremos, que 
nos causó suma estrañeza no ver colocados allí 
multitud de obras célebres de Cabrera, Juárez, 
Paez, Ibarra y otros, que valen ciertamente mu- 
cho mas que algunas de las miserables copias es- 
trangeras que allí se ven. Esto nos sugirió la 
idea de destinar una parte de nuestro periódico 
para la inserción de artículos, ya biográficos, ya 
analíticos, de las obras de nuestros antiguos artis- 
tas. Este trabajo, que redundará en gloria de la 
nación, y en provecho de los estudiosos y de los 
aficionados ó interesados en el cultivo de las ar- 
tes, comenzará á ver presto la luz pública; y para 
él invitamos á cuantos quieran ilustrarnos con 
sus conocimientos é indagaciones, especialmente á 
aquellos jóvenes artistas que no se desdeñarán de 
contar entre sus maestros á los ilustres artistas 
que admiró Beltrami. 



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ÍkÍABIENDO dado una ligera idea del Keal 
Banco de Inglaterra, establecimiento que llama 
de una manera tan notable la atención del mun- 
do, nos parece oportuno continuar esta serie de 
artículos, aunque muy en'compendio, para no fas- 
tidiar á nuestros lectores. 

El proyecto de formar un Banco en Escocia 
fué concebido por un comerciante de Londres, 
llamado Juan Holland. Sus instancias y traba- 
jos dieron por resultado el que se estableciera el 
Banco en el año de 1695, por un decreto del par- 
lamento escoces, con el nombre de Compañía de 
Banco de Escocia. El capital primitivo fué de 
quinientos mil pesos, distribuidos en acciones de 
á cinco mil pesos. El decreto del parlamento 
esceptúo de toda contribución al capital referido, 
y concedió privilegio esclusivo á la compañía pa- 
ra hacer negocios de Banco durante veinte y un 
años. Los objetos del Banco escoces fueron muy 
semejantes á los del Banco de Inglaterra, y la 
responsabilidad de los accionistas se limitó á so- 
lo el importe de su capital. 

En 1774 el capital se aumentó con un millón 
de pesos, y sucesivamente fué mejorando en vir- 
tud de varios decretos del parlamento, basta el 
punto que hoy tiene un capital efectivo de siete 
y medio millones de pesos. En el año de 1707, 
cuando se verificó la unión de la corona de Esco- 
cia á la de Inglaterra, el Banco escoces tomó 
á su cargo la reacuñación de la moneda, lo cual 
ejecutó á satisfacción del público. Eué también 
el órgano del gobierno para el cambio que se hi- 
zo do la nueva moneda de plata acuñada en 1817. 
El Banco de Escocia, hablando en lo general, ha 
merecido crédito, ha conducido sus negocios con 
mucha prudencia y seguridad, v los accionistas 
han recibido buenas utilidades. Es digna de 



mencionarse la circunstancia de que un decreto 
del parlamento previno que todos los estrange- 
ros accionistas del Banco fueran precisamente 
ciudadanos de Escocia por naturalización.. Cree- 
mos importante el consignar un estracto de los 
estatutos y reglas acordadas en diversas épocas 
por el parlamento para el manejo del Banco. 
Con muy pocas modificaciones subsisten haste el 
dia: 

1. '^ — El Banco de Escocia es un estableci- 
miento público y nacional, creado y reglamenta- 
do por el poder legislativo para el beneficio gene- 
ral de la nación, y en particular para el adelanto 
de la agricultura, del comercio y de la industria. 

2. ® — El capital de 7 y medio millones puede 
aumentarse por medio de suscriciones voluntarias 
en los mismos términos que Jian sido recibidas 
las primeras acciones. ■ Los accionistas están en 
entera libertad para trasmitir á otro sus dere- 
chos. 

3. '^ — 'Las acciones del Banco de Escocia en 
cualquiera cantidad pueden adquirirse por todos 
ciudadanos ó corporaciones. 

4. '^ — Las acciones del Banco de Escocia pue- 
den ser legadas en virtud de un testamento. 

5. "^ — Siendo el Banco de Escocia creado por 
el parlamento, las transacciones y asuntos de los 
socios son esencialmente separados y distintos de 
los del Banco, y vice versa. 

6. ° — El Banco no podrá hacer ningún nego- 
cio que no sea el de su instituto. 

7.°' — El manejo del Banco está encargado á 
un gobernador, un vice-gobernador, doce directo- 
res propietarios y doce suplentes, electos anual- 
mente por los accionistas que tengan 250 libras 
esterlinas de capital en el Banco. Los que tengan 
mas cantidad en el establecimiento, tendrán un 



60 



BANCOS DE ESCOCIA. 



voto porcada 250 libras esterlinas (1250 pesos), 
j)ero ninguno podrá tener mas de 20 votos. Será 
preciso que el gobernador represente en el Banco 
por lo menos un capital de dos mil libras, y los 
directores 750 libras. 

8. ° — Los negocios económicos serán dirigi- 
dos por un tesorero secretario y sus dependien- 
tes. Todos los que manejen intereses del Banco, 
ya en Edimburgo, ya en otras ciudades, deberán 
dar fianzas. 

9. ° — El Banco recibe depósitos en dinero, li- 
branzas pagaderas ú otra clase de obligaciones 
ó documentos; compra y descuenta libranzas; pres- 
ta dinero ó libranzas con las seguridades y cau- 
ciones suficientes; y en Londres, Edimburgo y 
otros lugares donde haya agentes, pueden hacerse 
estas operaciones. 

10. '^ — Los accionistas recibirán dos veces al 
ano los dividendos de la utilidad que resulte, sin 
que por el reparto se les cargue comisión ni gas- 
to alguno *. 

Estas reglas se imprimieron por orden de la 
junta de directores el año de 1818. 

Ademas del Banco referido, ecsiste otro que 
se conoce con el nombre de Banco Real de Esco- 
da, y fué establecido el año de 1727 por un de- 
creto del parlamento. Su capital primitivo fué 
de 750 mil pesos: hoy cuenta con un efectivo de 
diez millones. 

G-eneralmente estos Bancos, cuyo objeto prin- 
cipal es beneficiar á la clase pobre, reciben depó- 
sitos hasta de cincuenta pesos y algunas veces 
cantidades menores. El interés que los Bancos 
pagan por los depósitos varia constantemente. 
Algunas veces ha sido el de cuatro por cien anual; 
hoy no pasa de dos y medio por ciento. Con to- 
do y ser este interés corto en demasía, las clases 
trabajadoras tienen en lo general tan arraigado 
el espíritu de economía, que ha habido año que los 
Bancos de Escocia reciban en depósito ciento 
veinte millones de pesos en partidas desde 50 á 
200 pesos. 

Ademas de los dos Bancos que hemos referido, 
y que son los principales, ecsisten mas de trein- 
ta Bancos en Escocia, situados en Edimburgo, 
Aberdeen, G-lasgow, Sterling y otros lugares. 
La mayor parte de ellos están facultados para 
emitir billetes, y tienen sus agencias en Londres 
y otras plazas mercantiles de lá Inglaterra. Los 

* Alg'unos ailos la utilidad de los accionistas del Ban- 
co ha sido de 9 y medio por ciento. En el dia no eseede 
de 5 por ciento. 



asuntos de estos establecimientos han sido bien 
conducidos, y muy pocas bancarrotas han aconte- 
cido; de suerte que puede asegurarse, que han he- 
cho un verdadero bien al público. — M. P. 



LA MUGER PERFECTA. 

En cuanto á sus cualidades físicas, deberá te- 
ner las siguientes: Talle mediano, muy gorda, 
ojos verdes y peqiieñitos, nariz chata y ancha, 
dientes negros y separados, boca grande, color 
cetrino, pelo negro y cerdoso, pies volteados ha- 
cia adentro, orejas grandes y volteadas hacia ' 
afuera. 

En cuanto á sus cualidades morales, serán las 
siguientes: Grenio rauj violento, unas veces trai- 
dora y suspicaz, otras afecta á la murmuración; 
gastadora, apasionada por el lujo, los bailes y los 
paseos; envidiosa, amiga de chismes y de en- 
redos. 

La muger perfecta deberá vestir trage amari- 
llo, tápalo azul ó encarnado, zapato blanco y me- 
dias de la patente. De vez en cuando, y para los 
dias de campo, le convendrá un sombrero verde 
esmeralda. 

La muger perfecta tal como la hemos descrito, 
ha eesistido, y en un panteón de una provincia 
hay un epitafio que dice: 

aquí reposan los' huesos de 

maría floripundia anacleta 

roca patricia ballanga. 

murió a los setenta años de edad, y fue 

cincuenta años casada con tres 

maridos diferentes. 

buena madfue, buena esposa y 

buena amiga. 

todos han llorado su temprana muerte, 

pasagero: una lagrima y un suspiro 

te p]de la difunta. 

Preguntando quién era la difunta, nos la des- 
cribieron tal como nosotros hemos pintado á la 
muger perfecta. 

El Bibliotecario. * 

EN EL SEPULCRO DE UNA NIÑA- 

Como vapor de cristalino lago 
Tu alma sin mancha se elevó del suelo. 
Sorda del mundo al seductor halago. 
Que la patria del ángel es el cielo. 

R. I. Alcaraz 




^^- ád, ;\\ 



.:h. Ce 



e^iiLDA 



CUMPLIDO Editor 




^x^joass-sív^r^saoj^- 



IMPERIA. 

-M^O se hablaba en Venecia mas que de los 
íE;M atractivos de la condesa Imperia. 

Su besmosura arrogante y magestuosa llenaba 
á todo el mundo de admiración; su blanca y ater- 
ciopelada tez, matizada de un ligero color de ro- 
sa, era envidiada de todas las damas de Venecia. 
La flor y nata jde la nobleza formaba á su rede- 
dor una corte numerosa y brillante. El glorioso 
esposo de la mar *, el mismo dux, habia dicbo el 
dia de su coronación, que si hubiera tenido liber- 
tad para elegii-, no habria recibido el Adriático 
su anillo de esponsales. 

Imperia recibía los homenajes de todo el mun- 
do, y todo gran señor era admitido á su lado sin 
que ella mostrase escuchar con oido mas favora- 
ble á uno que á otro. Tanta virtud, unida á tan- 
ta hermosura, formaban de la condesa tina escep- 
cion, y la hacian famosa en toda la Italia. 

Debia sin duda ser un gran triunfo el domar 
este corazón rebelde, y por eso la emulación do 
la juventud veneciana se hallaba de lo mas esci- 
tada. El futuro esposo de la bella Imperia tenia 
muchos y muy temibles rivales que vencer. 

Ya comenzaba á creerse en Venecia que la con- 
desa renunciaba al matrimonio, cuando corrió la 
voz de que habia elegido esposo. 

11. 

STENIO . 

Este esposo era uno de los mas jóvenes, mas 
nobles, mas ricos y mas amables caballeros de Ve- 
necia. 

Su dicha parecía tan merecida, que hizo callar 
á la maldiciente envidia. 

Para conocer los sentimientos de que se halla- 
ba animado Stenio, bastará leer la siguiente car- 
ta que escribió la víspera de su matrimonio á 
Paolo, amigo suyo desde la infancia. 

* Conocida es del erudito lector la ceremonia del dux 
de Venecia, el cual se casaba con el mar arrojando en el 
Adriático un anillo de esponsales. 



''Querido amigo: Por fin consintió Imperia 
en darme su mano. Ya te puedes figurar cuál 
será mi alegría sabiendo que soy amado de ella. 

Hay momentos en que aun dudo de mi dicha, 
diciéndome á mí mismo: ¡No, esto no es posible; 
esta arrogante hermosura no puede amar á nin- 
gún mortal; y sin embargo, yo he sido elegido 
por ella! ¿Qué otro motivo podria haberla deci- 
dido á enagenar la libertad que tanto le gustaba, 
sino el amor? 

Bien me conoces, Paolo, y sabes que mi única 
ambición ha sido poseer el corazón de una muger, 
reinar en él solo y sin violencia, fundir mi alma 
con la suya, y respirar los alientos de una mutua 
simjoatía. Este sueño yo lo realizaré sobre la 
tierra: Dios no ha querido que la hermosura fue- 
se un don estéril, y regaló un corazón sensible á 
todas las bellezas elegidas por él para encender 
las llamas del amor. 

Da gracias al cielo, Paolo, por haberse digna- 
do escuchar los votos de tu amigo — 

Stenio, 

III. 

RESPUESTA DE PAOLO. 

Mira lo que haces, por que eres poeta. 
IV. 

DESPUÉS DEL CASAMIENTO. 

Nada diremos de las bodas de Stenio y de Im- 
peria; la memoria de ellas aun se conserva en Ve- 
necia. Baste saber que fueron dignas de los dos 
esposos. 

Stenio fué á vivir con su muger al campo. 

Queria pasar aquellos primeros meses de la 
Luna de miel, tan atractivos y dulces, bajo los 
árboles, oyendo el gorgeo de las aves, el murmu- 
llo de los riachuelos, el silbo de las brisas, y gus- 
tando en medio de la soledad el delicado perfu- 
me de las flores. 

— ¿No es cierto que somos dichosos? dijo á su 
muger. 



52 



PESARES DE LA CAMELIA. 



Como esta contestó con un suspiro, Stenio se 
creyó en efecto el mas afortunado de los hombres, 
y partió aquella misma noclie con Imperia para 
su casa de campo. 

Y. 

KECREO CAMPESINO. 

Sucedió, pues, que al cabo de quince dias el 
campo parecia monótono á la bella Lnperia. 

Después de algunos cortos paseos bajo los um- 
brosos castaños, se sentia muy fatigada. 

Si Stenio le decia que se sentase en un banco 
de césped, ella le contestaba que el césped estaba 
húmedo, y que una buena poltrona era preferible. 

Por la noche, cuando la Luna dejaba caer sus 
melancólicos i'ayos sobre los terraplenes de la an- 
tigua casa de campo, respondía á Stenio, cuando 
éste la convidaba á que fuese á gustar con él las 
armonías de la noche, que era muy propensa á 
enfermarse de catarro. 

Un dia se quejó Imperia de que el canto de los 
ruiseñores no la dejaban dormir. 

Después de esto no quedó duda ninguna de que 
el campo no le convenia, y su marido resolvió re- 
gresar á la ciudad. 

VI. 

LA ESCENA PASA EN VENECIA. 

— Después de todo, se dijo Stenio, uno puede 
vivir solo y gustoso en un palacio como en una ca- 
bana. He mandado reparar y adornar con todo 
lujo la antigua habitación de mis padres, la cual 
es un nido de seda, de terciopelo y de oro, en don- 
de mi paloma se encontrará muy satisfecha. Allí 
viviremos el uno para el otro, y lejos del ruido, 
lejos del mundo, y lejos de las fiestas, mi esposa 
me descubrirá á mi solo los tesoros de su corazón. 

El dia de su llegada, Imperia visitó la gran ca- 
sa, recorrió todos los aposentos, y se mostró con- 
tenta del gusto y de la magnificencia que habia 
presidido á la colocación y arreglo de todo, y ma- 
nifestó su satisfacción á su marido en términos 
nada equívocos. 

— En fin, esclamó en el colmo de la dicha, Im- 
peria me ha comprendido. 

Stenio, como el lector ha debido apercibirlo, 
era de aquellos hombres que sueñan una ecsisten- 
cia de fauno ó de genio, una vida cuyos instantes 
todos "se pasan en medio de la música, de la poe- 
sía y del mas etéreo cambio de bellísimos senti- 
mientos. 

Según él, su mugsr debia tener las mismas 
ideas. 

Desgraciadamente se engañaba, 



Cuando sentado al lado de la bella Imperia, 
queria tomar la guitarra para cantarle alguna 
amorosa melodía, ella llevaba la mano á su fren- 
te y decia: Terrible jaqueca! 

Cuando trataba de leerle algunas páginas de 
sus poetas favoritos, ella se recostaba bostezando 
sobre su canapé, maldiciendo al calor y quejándo- 
se del siroco. 

Todas las veces que se mostraba sentimental, 
Imperia le cortaba la palabra. 

— ¿No es cierto, alma mia, le decia él, que es 
cosa muy agradable 

Nunca habia podido Stenio ir mas lejos; Impe 
ria desde el principio de la frase se quejaba de sus 
males de estómago, y de lo peligroso que era mez- 
clar tales ó cuales manjares en una sola comida. 

Stenio llevaba todo esto en paciencia, y es- 
peraba en mejores tiempos; sus ilusiones le que- 
daban. 

Un dia Imperia se acercó á él con amable son- 
risa, y llamándolo: querido señor! 

— Ahora sí, se dijo Stenio, ahora sí hemos llega- 
do al fin, y vamos á fundir nuestras dos almas. 

■ — ¿No es cierto, único amor mió, se apresuró 
á decirle, que es cosa muy agradable 

— El dar fiestas, replicó Imperia, recibir á los 
amigos, y vivir en el mundo. ¿Qué, no piensas dar 
pronto un gran baile y reunir á toda la sociedad 
de Venecia? 

Grolpe terrible fué éste para Stenio. Algunos 
dias después escribió á su amigo: 

VIL 

SEGUNDA CAPETA A PAOLO. 

Soy el mas desgraciado de los hombres. Im- 
peria no me comprende. Sus ojos despedían ra- 
yos de luz el dia que se me presentó adornada 
para el baile. Lo único que ella ama es el bri- 
llo, los triunfos del mundo, el lujo y la compostu- 
ra. Es una muger sin corazón. 

Mirándola tan bella y satisfecha, quise ven- 
garme. 

— Madama, le dije, os asemejáis á la flor llama- 
da Camelia, que un jesuíta trajo recientemente de 
China: es hermosa á la vista, pero nada dice al 
olfato. Vos sois bella, madama, pero carecéis de 
aquel perfume de la belleza, que se llama amor! 

Después de haberle larwzado estas terribles pa- 
labras, fijé mis ojos en su semblante, y ella se son- 
reía. 

— No os engañáis, me contestó ella sin trepidar 
soy la Camelia; y luego entró llena de arrogan» 
cia al salón del baile. 



PESARES DE LA CAMELIA. 



53 



Sin embargo, me parece que antes de entrar me 
miró con aire triste. ¿Qué significa esta mirada? 

Ay! amigo mió, compadéceme, y permite que te 
repita que soy el mas desgraciado de los hombres. 

VIIL 

SEGUNDA RESPUESTA DE PAOLO. 

.Bien te lo habia yo dicbo. 
IX. 

LA CAMELIA. 

Un dia una góndola negra se detuvo delante 
del palacio de la bella Imperia. Los remeros to- 
caron á la puerta, y depositaron un cadáver en 
el umbral. 

Este cadáver era el de Stenio. 

Lo hablan encontrado tendido en la playa con 
el corazón traspasado de una puñalada. Un pa- 
pel, que estaba cerca de él, escrito de su mano, 
contenia estas simples palabras: "Que Dios mire 
mi alma con ojos de misericordia. Imperia no 
me amaba." 

A vista del cadáver, Imperia sintió que sus 
párpados se humedecían de lágrimas; miró du- 
rante algún tiempo los cabellos sucios y en desor- 
den, los ojos apagados, el pecho ensangrentado 
de su esposo, é imprimiendo un beso sobre su 
frente pálida 

— Maldito sea el dia, dijo, en que quise vivir so- 
bre la tierra. Si la Encantadora me hubiese dicho: 
Tú tendrás un corazón duro, una alma fria; tú asis- 
tirás impasible al espectáculo de los males de que 
fueres causa: tu fatal hermosura brillará sin re- 
flejar sentimiento ninguno de ternura; no habria 
yo solicitado cambiar de suerte. Siendo flor, se 
puede vivir sin perfume; pero siendo muger, no 
se puede vivir sin amor! 

— Oh! Encantadora! agregó Imperia: tórname 
á mi primitiva forma, y haz que vuelva yo á ser 
Camelia: bastantes mugeres hay en la tierra sin 
corazón. 

La Encantadora de las flores no tardó en con- 
tentar este deseo. Convertida otra vez en flor, 
Imperia se acordó de Stenio, y se vio florecer co- 
mo por encanto una magnífica Camelia sobre la 
tumba del infortunado joven. 

Se habló largo tiempo del suicidio de Stenio 
y del desaparecimiento de su viuda, que se veri- 
ficó algún tiempo después. 

Ninguno sabia esplicarse las causas de esta 
muerte, y cuando se hablaba de ella á Paolo, res- 
pondía: 

"Bien se lo habia yo dicho, era poeta!" 

TOM. I. — III. 



Proponerse no engañar nunca, es esponerse á 
ser engañado á menudo. 



Muchas veces se hace el bien, para poder hacer 
inpunemente el mal. 



No hay tontos mas molestos que los que presu- 
men de entendidos. 



El amor, lo mismo que el fuego, no puede sub- 
sistir sin un movimiento continuo, y cesa de vi- 
vir luego que desaparecen la esperanza ó el temor. 



Todo el mundo se queja de su memoria y na- 
die se queja de su juicio. 



Se engañan los que creen que el talento y el 
juicio son cosas diferentes: el juicio no es sino la 
claridad de la luz del talento. Esta luz penetra 
en el fondo de las cosas, descubre lo que es ne- 
cesario descubrir, y hace que se note lo que pare- 
cería á otros imperceptible. Así es necesario 
convenir en que la claridad de la luz del talento 
es la que produce todos esos efectos que se atri- 
buyen al juicio. 

Los hombres y los negocios tienen su determi- 
nado punto de vista como algunas pinturas. Hay 
algunos á quienes es necesario ver muy de cerca 
para juzgarlos bien: hay otros á quienes jamas se 
juzga bien sino á corta distancia. 



Las ecsageraciones en el amor frecuentemen- 
te preceden al aborrecimiento. 



El verdadero medio de ser engañado es creer- 
se mas astuto que todos los demás. 



Las solas buenas copias son aquellas que nos 
hacen percibir el ridiculo de los malos origina- 
les. 



Frecuentemente los que repelen un elogio es 
porque desean que se les elogie dos veces. 



No es dado sino á los grandes hombres tener 
grandes defectos. 

Las virtudes se pierden en el ínteres como los 
rios en el mar. 



La virtud no caminaría tan lejos, si no le hicie- 
se muchas veces compañía la vanidad. — L. R. 

• 2 



A LA MEMORIA DE LA 

®1, aJUJAHA Hl 



rrft ^ 



IDÜ ]LA (d&WX 



KiíALVE, poetisa insigne, que te alzaste 
Jín alas de tu genio omnipotente 
A ese mundo brillante, refulgente. 
Quemas allá de nuestra vista está! 
Que en brazos de la dulce poesía 
Recorriste ese cielo magestoso, 
Admiraste los astros 
Que pueblan el espacio vagaroso, 

Y llena tu alma ardiente 

De inspiración sublime y de armonía, 

En grata melodía 

Nos revelaste el genio poderoso 

Con que Dios coronó tu erguida frente. 

Dame tu inspiración, Musa de Anáhuac; 

Dame por un momento 

Ese fuego divino 

Que puso Dios en tu elocuente acento; 

Y mi canto inspirado 
Llenará el ancho viento. 
Será á mi voz estrecho 

El espacio sin fin del firmamento, 
Para admirar tus obras inmortales 
Del uno aLotro polo mi concento; 
Porque mi alma te admira, y te venera 
Guando intenta seguirte en tu carrera. 
Te mira desprenderte de este suelo, 

Y te encuentra en el cielo 
Cerca del trono bello y refulgente 
De Dios Omnipotente, 

Cantando audaz su. gloria esplendorosa 

Al par con el arcángel 

Que descansa en la nube vaporosa; 

O tu acento dulcísimo, armonioso, 

Escucho enternecido, si se eleva 

A la Madre de Dios, á esa doncella, 

Pura como la estrella, 

Que preside á la aurora. 

Cuando al nacer alegre la mañana 

El cielo azul con su carmín colora. 

Y siempre te ve grande el alma mia 
Cuando cantas ai Dios Omnipotente, 
Que hizo el mar anchuroso y el torrente, 

Y las flores también, cuya hermosura 
Es la gala del monte y la llanura, 

O cuando alzas tu cántico sentido 
Llena de gratitud, de afecto llena, 
Implorando al Eterno, que clemente 
Mande su bendición sobre la frente 
De tu tierna y augusta protectora, 
Cuando te oigo canora 
De tu ingenio las alas desplegando, 

Y entonando tu acento 



Mil cantares y mil, y en blando coro 

Llenar el ancho viento 

EL eco. de tu cántico sonoro 

Pero es en vano: á la elevada altura 

En que te puso el Hacedor divino, 

No llega, no, mi cántico mezquino, 

Ni enciende el sacro fuego 

De inspiración mis venas, ni á mi ruego 

Ha bajado esa luz pura, divina, 

Que tus obras sublimes ilumina; 

Y en vano quiso la entusiasta mente 
Alzarse en pos de tí; solo tus huellas 
En el azul del cielo 

Radiantes como estrellas. 
Alcancé á ver desde el humilde suelo. 
Las rotas cuerdas de mi humilde lira 
Baña mi lloro ardiente, 

Y es intenso mi amargo desconsuelo 
Cuando veo que mi acento 
Osciiro y destemplado. 

No basta á alzar al cielo 

Las glorias de mi pais idolatrado. 

Porque tú, gran poetisa, eres su gloria, 

Y las doradas letras de tu nombre 
Páginas son brillantes de su historia. 
Con el tuyo va unido su renombre, 
Que en sus años de luto y servidumbre, 
En sus siglos de duelo. 

Fuiste la estrella pura de su suelo. 
Mientras dure en su patria el mexicano. 
Mientras latan, los nobles corazones 
Del entusiasmo al soplo ^soberano. 
Se elevarán tus obras gloriosas, 
Se pondrán en tu tunaba mil laureles, 

Y se alzarán mil voces armoniosas 
Que allende de los mares 
Harán oir sus concentos 

En loor de tus cantos inmortales. 
Yo que no puedo engalanar tu tumba 
Con verdes lauros, ni con blancas flores; 
Yo cuyo acento huinilde en tus loores 
No puede alzarse al azulado cielo, 
Te veré desde el suelo 
Como se. mira al Sol esplendoroso, 
De admiración y de entusiasmo lleno 
Inundado en mi llanto de ternura, 
Porque también tu gloria es mi ventura^ 
Participo tambiem de ese renombre 
Que conquistó tu ingenio soberano; 
Tu compatriota soy, soy mexicano. 







>^s^^i 







DEL GENERAL 




E: 



jL número de los hombres distinguidos, á cu- 
yos esfuerzos se debió la consumación de nues- 
tra independencia, es cada dia mas reducido: la 
muerte los arrebata de nuestro lado, sin dejarnos 
de ellos otra cosa que el recuerdo de sus Leróicas 
acciones; pero ese recuerdo es de un valor inmen- 
so, y deber nuestro es trasmitirlo, lo mas esacta- 
mente que sea posible, á la nueva generación que 
no tuvo la fortuna de conocerlos. 

El general D. Antonio de León fué uno de esos 
ilustres ciudadanos que consagran su vida entera 
al servicio de la patria. Empleado constantemen- 
te en el desempeño de los cargos públicos de mas 
alta importancia, supo llenar con esactitud sus de- 
beres, y se grangeó la confianza de los gobiernos 
que lo ocupaban y de los pueblos, que lo obede- 
cían con gusto. 

León nació en Huajuapam el dia 4 de Junio de 
1794: fueron sus padres D. Manuel León y Doña 
María de la Luz Loyola. Aficionado desde su mas 
tierna edad á la carrera de las armas, entró á ser- 
vir en ella el 10 do Mayo de 1811, antes de cum- 
plir diez y siete años. El país Labia entrado ya 
en esa época de sufrimientos y de gloria, á que 
dio principio el grito de libertad proferido por el 
anciano de Dolores; y la vida basta entonces pa- 
cífica y sosegada de los militares, se cambió en 
otra turbulenta y peligrosa, como lo es siempre 
la del que arrostra las incomodidades y peligros 
de la guerra. Pero cuando Hidalgo levantó el es- 
tandarte de la insurrecion, la colonia que se lla- 
maba Nueva-España no estaba aun en perfecta 
disposición para afianzar de un solo golpe su in- 
dependencia: necesitaba largos años de infortunio 
y de prueba; años en que se enriquecieron nues- 
tros anales con las mas recomendables proezas, 
para alcanzar por fin el beneficio de no depender 
de ningún otro pueblo de la tierra. 



Bien fuera por las ideas estraviadas que reina- 
ban aun entonces sobre la soberanía de los pue- 
blos y los derecbos de los reyes, bien por un sen- 
timiento de fidelidad llevado hasta el estremo, ó 
bien porque considerasen aun inmatura y preci- 
pitada la empresa de nuestra emancipación social, 
hubo en la primera época de la insureccion un 
gran número de mexicanos valientes y distingui- 
dos, que lejos de engrosar las filas de los insurgen- 
tes, les hicieron la guerra, declarándose abierta- 
mente en favor del rey de España. Sean cuales 
fueren los motivos que los guiaron en su resolu- 
ción, nosotros damos sobre ellos la preferencia á 
los primeros caudillos que se levantaron para sos- 
tener los derechos de la nación, .sin mas esperan- 
za que la gloria, sin otro porvenir que el cadalso. 
Pero no por eso echaremos una mancha indeleble 
sobre los nombres de los que si bien no los imita- 
ron entonces, se decidieron en 1821 por la buena 
causa, purificándose de sus antiguos errores con 
los mas reelevantes servicios. 

Muchos de los que hoy veneramos como héroes, 
pertenecieron á ese número: el mismo Iturbide, 
el grande hombre de Iguala, el que consumó en 
solo siete meses la obra, que ño habiají hecho mas 
que preparar los esfuerzos estériles de once años, 
y la sangre derramada á torrentes en los campos 
de batalla y en los patíbulos, el ilustre mexicano, 
en fin, que tuvo la gloria de abatir el poder virei- 
nal, habia sido uno de los que, durante largo 
tiempo, hablan peleado bajo las banderas españo- 
las contra los campeones de la insurrección. Si 
la conducta que él y los que se encuentran en su 
caso observaron, fué una falta, ¿cuál ha tenido nun- 
ca, en ninguna parte del mundo, una mas gran- 
diosa, mas sublime, mas heroica reparación? 

Entre los personages célebres á que nos hemos 
referido, se encuentra también el que es objeto de 



* Los datos y documentos que nos lian servido para escribir este artículo, los debemos al favor de los señores dipu- 
tados i^or Oajaca D. Luis Fernandez del Campo y D, Manuel Ruiz, 



55 



biografía del general león. 



este artículo. Entró en Cíimpaña el año de 1811, 
en la clase de alférez de la compañía de realistas 
de Huajuapam; y en aquella época en que los em- 
pleos y condecoraciones militares no se hablan 
prostituido por la profusión con que se han con- 
cedido luego en nuestras frecuentes revoluciones, 
mereció ser nombrado teniente en 6 de Julio de 
1814, y capitán en 8 de Abril de 1817. A mas 
de las repetidas escaramuzas en que tomó parte, 
se halló durante la insurrección en diez y niieve ac- 
ciones de guerra. El mayor elogio que puede ha- 
cerse de León en toda esa época, es que al valor 
poco común de que dio pruebas en los combates, 
unia una humanidad de que se encontraban pocos 
ejemplos en una guerra, notable entre otras cosas, 
por la crueldad con que se hacia por ambas partes. 

Llegó por fin el año de 1821, en que se consu- 
mó nuestra independencia. El capitán León se 
decidió á defenderla desde el mes de Marzo del 
mismo año, por lo que se le condecoró después 
con la medalla de primera época. En 16 de Ju- 
nio dio principio á una serie brillante de opera- 
ciones militares. Con solo diez y seis soldados 
de la compañía de realistas de Huajuapam, y diez 
patriotas del pueblo de Tehuatlan, armados con 
veintidós fusiles y escopetas, y municionados con 
cuatro cartuchos por plaza, atacó á cincuenta y 
cinco cazadores del batallón de Oajaca, que des- 
de Yahuatlan caminaban á Huajuapam, alas órde- 
nes del capitán J). José Ortega. Atacólos el 20 
en el paraje nombrado Agua Escondida, y los 
obligó á rendirse á discreción. Ya el 22 conta- 
ba con ciento ochenta hombres y setenta fusiles y 
escopetas: con esa fuerza se dirigió sobre el mis- 
mo Huajuapam, punto fortificado y defendido por 
doscientos infantes del batallón de Guanajuato y 
Oajaca, mandados por el teniente coronel J). Ge- 
rónimo Gómez. A pesar de la diferencia del nú- 
mero, obró con tal destreza y habilidad, que hizo 
capitular á los enemigos, apoderándose allí de tres 
cañones de á cuatro, ciento veintidós fusiles, cua- 
renta mil cartuchos, y considerable repuesto de 
municiones de artillería. 

La noticia de estas acciones valió á León de 
parte del primer gefe del ejército, que desde en- 
tonces conoció su mérito, la comandancia princi- 
pal de las Mistecas. Para justificar aquel hono- 
rífico nombramiento, marchó con la fuerza de cua- 
trocientos veinte hombres sobre el fuerte de Yan- 
huitlan. La empresa de tomarlo era difícil, pues 
lo defendían una artillería numerosa y bien ser- 
vida, y una fuerza considerable de infantería del 
regimiento espedicionarip, sipíido su gefe el te- 



niente coronel D. Antonio Aldar. León tomó el 
partido de ponerle sitio: en los quince dias que es- 
te duró, ocurrieron pequeñas acciones, y al cabo 
de ese tiempo capituló la guarnición, entregando 
el fuerte con todo el armamento que encerraba. 

Este triunfo se habia obtenido el 16 de Julio: 
el 29 de aquel mes se atacó á trescientos sesenta 
soldados de los batallones de la Reina, Oajaca y 
Tehuantepec, que á las órdenes del comandante 
general de Oajaca, coronel D. Manuel Obeso, se ha- 
blan fortificado en la iglesia y convento de Te- 
huantepec. Después de un fuego vivo de tres ho- 
ras y media, los enemigos creyeron imposible pro- 
longar por mas tiempo la resistencia, y capitula- 
ron también, entregando un acopio de considera- 
ción de municiones de guerra. Aquella victoria 
abrió el dia siguiente las puertas de la capital á 
la sección vencedora del ejército trigarante que 
la habia alcanzado, y pronto la provincia entera 
se declaró por la independencia. 

León no solo habia combatido con valor en los 
combates mencionados, dando ejemplo á sus sol- 
dados, sino que la tropa de que se componía su 
división, se habia formado y organizado solo á vir- 
tud de sus esfuerzos y patriotismo, y para que tu- 
viera los recursos necesarios para su mantención 
y otros precisos gastos de la campaña, suplió de su 
bolsillo la cantidad de 4.500 pesos. Con razón, 
pues, la provincia toda de Oajaca lo reconoció siem- 
pre como elfundador de su independencia, pues és- 
ta se alcanzó merced á sus servicios y triunfos. Itur- 
bide, para pagar unos y recompensar otros en al- 
guna manera, le dio en 7 de Agosto el empleo de 
teniente coronel con la antigüedad del 2 de Marzo. 

Pero los trabajos del libertador de Oajaca por 
la causa santa de nuestra emancipación, no se li- 
mitaron á solo los referidos. Aquella provincia 
estaba ya en el pleno goce de su libertad; pero en 
las otras se peleaba aun: la obra grandiosa de 
Iguala no se habia consumado todavía. El te- 
niente coronel, cuanta gente pudo reunir, cuan- 
tos ausilios en armas y municiones logró colectar, 
los envió oportunamente á sus compañeros de ar- 
mas, destinando una parte al sitio de Puebla, qne 
remitió al actiial presidente de la república D. 
José Joaquín de Herrera; parte al de Veracruz, 
que mandó al después tan célebre general Santa- 
Auna; parte, en fin, al de México, que recibió el 
generalísimo Iturbide. 

El 27 de Septiembre entraron á la capital las 
fuerzas independientes: la revolución llegó á su 
desenlace; la colonia se trasformó en nación sobe- 
rana, y al nombre de Nueva-España sustituyó 



biografía del general león. 



57 



el de México. Pero en algunos puntos se nota- 
ban aun síntomas de oposición al nuevo sistema 
de gobierno, y era preciso emplear la fuerza para 
vencer la resistencia de los descontentos. En la 
costa de Jicayan lograron alterar el orden los 
enemigos de la independencia, pronunciándose en 
favor del rey de España. Esto acaeció en Octu- 
bre del año de 21, en cuya época fué León nom- 
brado gefe de una sección de 300 hombres, que 
se destinó á los puntos sublevados. El influjo del 
comandante de esa fuerza era ya entonces tan 
grande, que á pesar de la obstinación de los 
ánimos, logró restablecer la tranquilidad, que se 
jurase de nuevo la constitución, y se reconociesen 
las autoridades mexicanas sin necesidad de dis- 
parar un solo tiro. 

En premio de este servicio, y de otros menos 
importantes que prestó, le confirió Iturbide en 
Octubre de 1822 el gi-ado de coronel, que le fué 
rivalidado por el supremo poder ejecutivo. Poco 
áütes de obtenerlo, es decir, en Febrero del año 
expresado, casó con Doña Manuela Torres, bus- 
cando ansioso los placeres domésticos, que son los 
que mas contribuyen á la verdadera felicidad. 

La desaprobación de los tratados de Córdoba 
libertó á México de la obligación que habria con- 
traído de reconocer como soberano á un príncipe 
de la casa de España. Los que reglan los desti- 
nos públicos pensaron entonces en la forma de 
gobierno que convendría adoptar; y por una la- 
mentable fatalidad, que dio origen á la pernicio- 
sa corruptela de los pronunciamientos, y llevó 
después al cadalso para mengua nuestra al padre 
de la independencia nacional, la adulación levan- 
tó xin. trono, en que se sentó el generalísimo Itur- 
bide. Los sucesos de aquella época son demasia- 
do conocidos para que nos detengamos en bos- 
quejarlos: la calda del emperador fué tan terrible, 
como elevada babia sido su grandeza: los hom- 
bres á quienes mas habia colmado de favores, le 
volvieron la espalda; y el dia de la prueba, cuando 
buscó amigos leales y servidores fieles, casi no 
encontró mas que adversarios y traidores. 

Sin embargo, no todos los qu^e se levantaron en 
su contra procedieron por ruines principios: al- 
gunos hubo que obraron solo por amor á la liber- 
tad, en cuyas aras sacrificaban al gobierno impe- 
rial, que calificaban de tiránico. Tenemos datos 
para creer que esas mismas máesimas decidieron 
al coronel León á ponerse de acuerdo con los ge- 
nerales D. Vicente Guerrero y D. Nicolás Bravo 
y con el coronel D. José de las Piedras, y á pro- 
nunciarse en Huajuapan el 14 de Enero de 1823. 



Reforzada y mejor organizada la división de su 
mando, se incorporó á poco con el ejército que 
tomó el nombre de Libertador. 

En los años siguientes continuó León figuran- 
do en los puestos públicos de mas importancia, 
casi sin interrupción. En el de 23 y 24 estuvo 
de comandante general de Oajaca, por cuya pro- 
vincia salió electo diputado para el primer con- 
greso constituyente. Sirvió seis meses en la ca- 
pital el destino de gefe político, sosteniendo con 
decoro y dignidad las instituciones que entonces 
reglan, y terminó por medio de convenios honro- 
sos las diferencias que habia entre el Estado y el 
gobierno supremo. Desempeñó otros destinos de 
menos categoría, siempre con honradez é inteli- 
gencia. 

Cuando en fines de 1827 se pronunció en Oa- 
jaca contra los españoles el coronel D. Santiago 
García, se confirió á León el mando general de 
las armas para que restableciese el orden y la tran- 
quilidad, é hiciese volver al orden á los revolu- 
cionarios. Esta comisión la desempeñó satisfac- 
toriamente: sus providencias activas y acertadas, 
que merecieron la aprobación superior, dieron los 
mas felices resultados. La legislatura del Esta- 
do, que se reunió en la villa de Etla bajo la pro- 
tección de las fuerzas de su mando, no pudo mé-- 
nos de manifestarle en varias comunicaciones ofi- 
ciales, la consideración y distinguido aprecio con 
que lo veia. 

Codiciando los españoles aun el rico y delicioso 
pais que hablan perdido, hicieron una nueva ten- 
tativa para recobrarlo, y en Cabo Rojo desembar- 
có una división espedicionaria. El gobierno me- 
xicano creyó el peligro mas grande de lo que era 
en realidad. Supuso que se intentarla también 
desembarcar tropa en la barra de Goazacoalcos, y 
mandó al coronel León, que continuaba de coman- 
dante general del Estado, para que pasara á cu- 
brir aquel punto con una división formada de los 
batallones de Oajaca, Tehuantepec y Jamiltepec, 
y el escuadrón de este último nombre. Antes de 
llegar á la barra, recibió nuevas órdenes, en que 
se le prevenía que volviese sobre Oajaca, con mo- 
tivo de la aparición de unos buques que se pre- 
sentaron á la vista del puerto de Huatulco, los que 
se supusieron enemigos. 

Las continuas fatigas de la vida de León aca- 
baron por alterar su salud, en términos, de no 
volver á tenerla buena. Para atenderse en sus en- 
fermedades, se retiró á la vida privada, yéndose 
á vivir en su villa natal; pero los servicios que 
podia prestar en cualquiera época difícil, se con- 



58 



BIOGllAFIA DEL GENERAL LEÓN. 



sideraban tan interesantes, que nunca se le deja- 
ba descansar. En 1830 varios disidentes se in- 
trodujeron en las Mistecas, desde donde amena- 
zaban seriamente la tranquilidad de todo el Es- 
tado. El gobierno supremo y la comandancia ge- 
neral le autorizaron ampliamente para que organi- 
zase la fuerza necesaria, y obrara como lo estima- 
se mas oportuno. Sus bien combinadas disposi- 
ciones dieron desde luego por resultado, que dis- 
minuyesen considerablemente las gavillas de Nar- 
vaez y Medina, acogiéndose varios de los que las 
componían á la clemencia del gobierno; y así po- 
co á poco se fué apaciguado la sublevación. 

En el año de 1832 volvió León á ser nombra- 
do diputado para el congreso general. Se dispo- 
nía á desempeñar aquel honroso encargo, cuando 
se lo impidió la revolución acaudillada por el ge- 
neral Santa- Anna, la cual dio por resultado la 
caida del gobierno del general Bustamante. Ter- 
minada la guerra civil con el convenio de Zava- 
leta^ volvieron á hacerse nuevas elecciones, y por 
tercera vez mereció León de los pueblos que le die- 
sen su voto para que los representase en el congre- 
so de la Union; pero también en esta ocasión hubo 
obstáculos para que entrara á ejercer las funciones 
de diputado, porque el supremo gobierno le enco- 
mendó la conservación del órdeu en el Estado 
de Oajaca. En esa época obtuvo el grado de ge- 
neral de brigada. Los repetidos trastornos qué 
ocurrían en las Mistecas lo llaiuaron luego al 
mando de las armas de aquel Departamento, por 
tres veces consecutivas. La primera, en 1834, 
cuando se hallaba retirado en su casa, cuidando 
de su quebrantada salud. El levantamiento fué 
general en los pueblos en Julio del año citado: 
León, lo mejor que pudo hacer, fué pasar á la ca- 
pital con 600 hombres, á regularizar el pronuncia- 
miento que había habido allí, y evitar, como lo 
consiguió, los desórdenes que sa anunciaban. La 
segunda, en 1835, hallándose en Puebla con li- 
cencia temporal, que se le habla dado para que 
se curara. La revolución que en Huajuapam ha- 
bía estallado, terminó con su presencia en aquel 
punto, obligando á los sublevados á que dejasen 
las armas de la mano. El buen uso que hizo de 
las latas facultades con que el gobierno lo invis- 
tió, le merecieron las mas csprcsivas gracias de 
parte de éste, que calificó de importante el servi- 
cio que acababa de prestar. La tercera, en 1837, 
en cuya época, merced á la gran confianza que se 
tenia en su persona, se hizo su autoridad inde- 
pendiente de la de la comandancia general del 



Estado, y el ministerio de la guerra se entendía 
directamente con él. 

En Enero de 1838 se le nombró comandante 
geiaeral: lo fué hasta el mes de Julio, en que sus 
enfermedades lo obligaron á separarse del puesto 
que desempeñaba, al que volvió en Diciembre. 
D. Joaquín Gutiérrez había revolucionado el De- 
partamento de Chiapas: para reducir al orden á 
aquel revolucionario, levantó León y organizó, á 
pesar de las grandes escaseces del erario, una 
sección respetable, que sirvió no poco para la pa- 
sificacion á qué fué destinada. Al verificarse la 
invasión de los franceses, se le nombró segundo en 
gefe de la división del centro; y como los recur- 
sos escasearon entonces completamente, propor- 
cionó de su bolsa ocho mil pesos para socorro de 
la guarnición. 

Conocido es de nuestros lectores el pronuncia- 
miento que ocurrió en México el 15 de Julio de 
1840, en el que se proclamó el sistema federal y 
se procuró derrocar el gobierno ecsistente. El 
plan de los revolucionarios se había ramificado 
por diversos puntos de la República, entre los que 
se contaba el Departamento de Oajaca, donde te- 
nían no pocos partidarios. Los elementos que fa- 
vorecían allí la revolución, habrían perturbado la 
tranquilidad pública, si hubiera estado en la co- 
mandancia general otro gefe menos apreciado y 
de menos prestigio que León. Puede, pues, ase- 
gurarse sin temor de errar, que á su influjo se 
debió solamente la conservación del orden, que 
permaneció inalterable. No contento con esto, 
aumentó, á virtud de grandes trabajos, la fuerza 
de que se componía la guarnición, y preparó la 
marcha de 250 hombres, que le pidió al general 
Santa- Anna cuando se dirigía sobre la capital 
en ausilio del supremo gobierno. El término de 
la revolución, que hizo innecesaria la llegada del 
refuerzo, no obstó para que se apreciara como de 
bastante importancia ese servicio. 

El estado de agitación en que vivimos hace al- 
gunos años, no ha dejado á los hombres que han 
figurado en la escena política y militar, disfrutar 
de un descanso duradero. Proclamóse de nuevo 
en TabasGO el régimen federal en 1841: los su- 
blevados comenzaron desde luego á hostilizar á 
los chíapanecos, por lo que en Mayo marchó León 
en ausilio de éstos, dirigiéndose á Tehuantepec. 
En esta vez, como en tantas otras, los servicios 
que prestó cooperaron muy eficazmente á la vic- 
toria que alcanzaron las fuerzas del gobierno, y al 
completo restablecimiento de la paz. 



biografía del general león. 



59 



Reinaba a fines de Agosto en la capital del 
Departamento la mayor agitación, provenida de 
la constante alarma en que la tenian los descon- 
tentos, queriendo pronunciarse por diversos pía. 
nes. El 17 de Septiembre hubo, por fin, un le- 
vantamiento; y sepa Dios los desórdenes que ba- 
bria ocasionado, si no lo bubiera sofocado León 
con una parte pequeña del batallón de Puebla, 
conteniendo á los pronunciados en el cuartel de 
la Sangre de Cristo y Santo Domingo, tomándo- 
les el primer punto, é intimándoles en el segun- 
do que volviesen al' orden. Pero persuadido de 
que la nación necesitaba un nuevo régimen polí- 
tico, y esperando grandes bienes del plan procla- 
mado en la Cindadela de México por el general 
D. Gabriel Valencia, se puso de acuerdo con los 
' gefes y oficiales de la guarnición y con las autor 
ridades políticas, y en una junta de guerra se re- 
solvió declararse en favor de una revolución que, 
como todas las demás, frustró de la manera mas 
completa las balagüeñas esperanzas que en sus 
principios biciera concebir. 

Uno de los males que nos trajo esa nueva re- 
vuelta, impropiamente llamada de regeneración, 
fué el de que se prodigaran á manos llenas em- 
pleos y condecoraciones, que no ban servido sino 
para prostituir los distintivos á que solo es acree- 
dor el mérito, y para recargar al ecsliausto erario 
con insoportables gravámenes. León se contó en 
el número de los agraciados, pues fué ascendido 
á coronel efectivo; pero basta considerar sus mu- 
cbos años de servicio en la carrera, y las accio- 
nes distinguidas que lo bacian merecedor de un 
premio, para no confundir la concesión de ese 
empleo con la del número inmenso de los que se 
otorgaron á favor de gente inútil y sin recomen- 
dación de ninguna especie. Otro tanto debe de- 
cirse respecto de la cruz y placa de primera clase 
que obtuvo por su constancia en la carrera mi- 
litar, acreditada por mas de treinta años de bue- 
nos servicios en la clase de oficial. Establecida 
la administración, elevada al poder por el triunfo 
del pronunciamiento, comenzó á bacer uso del 
poder omnímodo de que se encontró revestida. 
Parecióle oportuna la reunión de los dos mandos 
político y militar, y en los mas Departamentos 
elevó al rango de gobernadores á los com^indan- 
tes generales. Así sucedió también en Oajaca, 
recayendo el nombramiento en León. Hallándo- 
se éste desempeñando ambos cargos, dirigió al su- 
premo gobierno una nota importantísima, en que 
daba una noticia circunstanciada de la situación 
topográfica del territorio de Soconusco: referia 



su bistoria, recorriendo las diversas épocas en 
que babia pertenecido á Centro- América, ó á la 
república mexicana, basta quedar neutral; mani- 
festaba que se bailaba entonces sin un gobierno 
regular, y que su población, lejos de aumentar, 
iba á menos todos los dias: indicaba el peligro que 
se corria de que aquel interesante territorio caye- 
se en manos de estrangeros ávidos y especulado- 
res, y se hiciera para México mas nocivo de lo 
que ya lo era, por el refugio que prestaba á los 
criminales que buian á salvarse allí, y por ha- 
berse constituido el canal del contrabando que se 
bacia en una gran parte de la costa del Sur; y 
concluía asegurando, que por todas estas razones 
y por la conveniencia misma de aquellos pueblos, 
era oportuno sacarlos de su neutralidad é incor- 
porarlos á la República. Vistas estas noticias por 
el gobierno, conoció, desde luego la importancia 
del proyecto que se le indicaba: recogió nuevos 
datos, se cercioró de la justicia con que iba á 
obrar, y ya con pleno conocimiento de causa, au- 
torizó al general León para que nombrase un ge- 
fe de toda su confianza, que con la fuerza necesa- 
ria ocupase á Soconusco, bajo la instrucción que 
en lo reservado se le comunicó en oficios de 27 de 
Diciembre de 1841 y 11 de Enero de 1842. Afir- 
mó en sus ideas á la administración provisional 
la noticia, de los acontecimientos que arrebataron 
á Centro- América el territorio de los Mosquitos, 
de que se hicieron dueños los ingleses del esta- 
blecimiento de Walis, prevalidos de la impoten- 
cia é ignorancia de los indios que habitaban ese 
terreno. El temor de que Soconusco peligrara 
también, y se perdiera una parte estensa de la 
costa, hizo que el gobierno tomara mas empeño 
en la ejecución del proyecto aprobado. En tal 
virtud, recomendó eficazmente á León en Mayo 
de 1842 la pronta salida de ochocientos ó mil 
honibres, de que debia componerse la espedicion, 
la que no babia podido emprenderse basta aque- 
lla fecha por falta de recursos. 

Estos no se consiguieron pronto, y León, que 
ya otras veces babia ausiliado con su dinero em-, 
presas patrióticas, proporcionó también entonces 
la cantidad de 4,000 pesos, con lo que ya pudo 
aprestarse todo, y salir por fin á su destino la di- 
visión espedicionaria. La ocupación de Soconus- 
co se verificó, aumentándose así el territorio na- 
cional; y este hecho, en que León tuvo una parte 
tan directa, fué sin duda uno de los servicios mas 
distinguidos que prestó á su patria. 

Su salud, quebrantada hacia muchos años, ca- 
da vez mas deteriorada á consecuencia de fatigas 



60 



biografía del general león. 



sin término, no le permitia dedicarse al despacho 
de los negocios públicos. Las instancias de su 
familia y amigos lo decidieron á tratar de curar- 
se radicalmente. Para verificarlo, solicitó su se- 
paración del puesto que ocupaba de gobernador 
propietario del Departamento, y aun de la carre- 
ra militar; pero no hxibo forma de que se accedie- 
ra á su pretcnsión. El gobierno general se negó 
absolutamente, fundando su renuencia en motivos 
demasiado honoríficos para un alto funcionario, 
y comprometiéndolo á que hiciera el último sa- 
crificio en favor del bien público. Por su parte, 
la junta departamental, los ayuntamientos de la 
capital y Tehuantepec, la junta de fomento, á 
nombre del comercio, y un gran número de par- 
ticulares, le dirigieron lisongeras representacio- 
nes, en que le su.plicaban que no abandonara á los 
oajaqueños, cuando eran tan críticas las circuns- 
tancias de la época. Imposible era resistir á ta- 
les testimonios de aprecio: así es que se resolvió 
á no separarse del mando. 

Sin duda en recompensa de sus servicios, y co- 
mo una prueba del aprecio que merecía al gobier- 
no, se le confirió en Enero de 1843 el empleo de 
general de brigada efectivo, y es de creerse que 
por los mismos motivos se concedió al pueblo de 
su nacimiento, por supremo decreto de 10 de Ju- 
nio del mismo año, el título de villa de Huajuapam 
de León. 

De 1843 á 1846 continuó el general León ha- 
ciendo servicios importantes al Estado de Oajaca. 
En el gobierno, fuera de él, con el mando de las 
armas, en la vida privada, de todos modos busca- 
ba siempre el modo de beneficiarlo. Esta con- 
ducta loable y patriótica aumentaba á cada paso 
la poderosa influencia que ejercía. Todos los go- 
biernos que se succedian á consecuencia de las 
revoluciones, lo consideraban y respetaban, y siem- 
pre que era necesario, se vallan de su prestigio 
para los planes que juzgaban de importancia. 

La guerra con los Estados-Unidos del Norte, 
funesta entre otras causas porque nos arrebató 
ciudadanos muy distinguidos, se hizo inevitable. 
La sangre mexicana empezó á correr en abundan- 
cia: el enemigo obtuvo triunfos sobre triunfos: 
después de avanzar por el Norte y de dar las ba- 
tallas de Palo- Alto, la Resaca, . Monterey y la 
Angostura, envió una espedicion por el Oriente: 
el bombardeo de Veracruz lo hizo dueño de esta 
plaza, y se adelantó al interior de la República. 
El general Santa- Anna se situó en Cerro-Gordo 
para disputarle el paso, y el 18 de Abril de 1847 
una nueva derrota comprometió mas la situación 



de la República. Santa- Anna logró escapar des- 
pués de mil peligros: seguido de pocas personas, 
se encaminó á Orizava, donde se dedicó á la reor- 
ganización de una fuerza que le permitiese volver 
otra vez al combate. La que habla salido de Oa- 
jaca en su ausilio, á las órdenes del general León, 
le fué de grande utilidad desde su llegada á 
Orizava. 

Conforme al nuevo plan que se propuso Santa- 
Anna, las tropas que mandaba se dirigieron á 
Puebla, donde no se hizo por fin resistencia, y en 
seguida á México, ciudad cuya defensa se resol- 
vió. Activáronse los trabajos de fortificación: 
aumentóse la fuerza ■ que debia medir sus armas 
con las de los contrarios: nombráronse gefes para 
el mando de las diversas líneas y puntos que se 
artillaron y guarnecieron. Las tropas de Oaja- 
ca permanecieron algunos dias en Tacubaya, y al 
aprocsimarse el peligro, se encerraron en Chapul- 
tepec, en cuya fortaleza mandaba su digno gefe. 

Los enemigos verificaron su salida de Puebla. 
En el camino de México no encontraron obstá- 
culo, hasta presentarse á la vista de la fortifica- 
ción del Peñón. La dejaron á un lado sin ata- 
carla, dirigiéndose al Sur de la ciudad: la división 
del Norte se sitiió en Padierna, punto antes des- 
conocido, y hoy famoso por el desastre que sufrie- 
ron nuestros soldados. Los vencedores penetra- 
ron á Tacubaya, donde establecieron su cuartel 
general, amagando á Chapultepec. 

Suspendióse por un momento el estruendo de 
las armas, abriéndose pláticas de paz; pero las 
negociaciones de la casa de Alfaro no dieron re- 
sultado favorable, y dejóse de nuevo á los ejérci- 
tos la decisión de la gran contienda entre las dos 
repúblicas. Amaneció el 8 de Septiembre; dia 
que hizo concebir las mas halagüeñas esperanzas; 
dia en que el valor mexicano estuvo á punto de 
alcanzar un triunfo que hubiera destruido com- 
pletamente á la división invasora; dia, en j^n, en 
que el ejército permanente y la Guardia Nacional 
tuvieron que llorar á la vez dos pérdidas irrepa- 
rables: una, la muerte de León; otra, la muerte 
de Balderas. 

Las fuerzas norte-americanas y las de la Re- 
pública mexicana se encontraron en el punto co- 
nocido con el nombre del Molino del Rey. La 
batalla fué sangrienta: los enemigos sufrieron per 
didas de consideración: el arrojo de nuestras tro- 
pas nos habria dado una victoria completa, á no 
haber intervenido faltas que la historia revelará. 

En lo mas reñido del combate, cuando León 
animaba á sus soldados y los arrojaba sobre los 




IHobIíIIíipHíIíp' 

ÜIV C©«I¥ITE IKESPERA»©. 




IrOR supuesto que ya todos vdes., lectores míos, 
lo conocen, sobre que D. Gruadalupe Patitieso no 
puede confundirse absolutamente con nadie. ¡Es- 
celente padre de familia! Grusto da verlo dia á dia 
á su salida de la oficina, con su pañuelo lleno 
de fruta, algunos juguetes para sus cbicuelos, un 
bote de salsa de mostaza en la bolsa del -palió y el 
gozo y la bondad sobre su frente. 

Pero la fama de su refinamiento gastronómico 
es cosa que tiene á sus amigos embelesados. Cuan- 
do en las gratas horas del acuerdo, ó después de 
la firma, ó al cerrar el correo, toma la palabra D. 
Gruadalupe, es cosa de dar una zapateta de gus- 
to, y de hacérsele á uno agua la boca al escucharlo. 
¡Qué descripciones tan seductoras de sus al- 
muerzos! ¡Qué valentía en la espresion de aque- 
llos patos en jaletina! ¡Que sensualidad en las pin- 
tura de aquel pavo relleno, de aquel budin con 
pasas! Vamos, el hombre tiene el don de la pa- 
labra, y extasía al menos goloso cuando oye sus 
recetas de camarón fresco, sopa de ostiones, ensa- 
ladas con huevo y con anchoas, y la variedad 
infinita de sus frituras, postres y conservas! 

Con tan brillantes antecedentes, figúrese el lec- 
tor cuan dulce seria mi sorpresa, .. cuando al pa- 
sar desfallecido, hambriento y sin mucha esperan- 
za de reparar mis fuerzas, por lo pronto oigo el 
domingo pasado en uno de los portales de la fru- 
ta, á mi querido Gruadalupe, que desde un pues- 
to en que proveía su mascada me grita: 

— Ola! Fidel, hoy no te me escapas; hoy eres 
mió. 

—^Me es imposible. 
— No hay remedio. 
— Sobre que no puede ser. 
— Espera un poco, acabaré con la señora. 
Yo esperé. 

Inclinóse al puesto, y después de oler los melo- 
nes, de tomar el peso á las granaditas, de regis- 
trar la cascara de las chirimoyas, y de otras espe- 
riencias de conocedor ejercitado, enganchó resuel- 
to su brazo en el mió, y me dijo: 

■ — Fidelillo, ¿cómo te me hablas de escapar? 
— Hombre, pero si es una imprudencia. . , ... . 



— Imprudencia! Ya se ve, yo no soy el señor 
conde * * *. 

Yo rabiaba de hambre, y luego tanta finura, 
y la educación, y el que dirán. . . . Yamos, no hay 
duda en que tiene' sus encantos eso de dejarse se- 
ducir. 

Tomamos el camino de su casa: Gruadalupe iba 
lleno de satisfacción; me hablaba con tal dulzura 
de su Bernardita, de sus pimpollos, de sus goces 
íntimos, que me habria casado con la primera 
buena moza que hubiera encontrado al paso, si 
no hubiera sido por cosas que yo me sé, y seria 
inoportuno referir. 

Entramos á la casa: una carilla juguetona y 
picaresca asoma por entre las macetas del corre- 
dor: óyese un tropel, y los gritos de "Ahí viene pa- 
pá con otro señor decente," resonaron perdiéndo- 
se en lo interior de la habitación. 

— Entra hijo, entra; estás en tu casa. 

— Te doy las gracias. 

Vi pasar rápidas á las criadas, conduciendo to- 
dos los estorbos que los chicuelos hablan derra- 
mado por la sala. 

— Juanito! gritó Guadalupe. 

— Papá. 

— Dónde está tu mamá? 

— Está durmiendo, porque vd. se tardaba mu- 
cho. 

— Dile que venga, que aquí esta un señor que 
viene á comer con nosotros. 

El tráfago de las criadas se hizo mas activo: á 
poco el ruido de los platos y cubiertos se multi- 
plicó asombrosamente, y yo lo escuché, anticipán- 
dome todos los placeres imaginables. 

En este intervalo salió la señora, peinada como 
de improviso, con los ojos hinchados y llorosos de 
dormir, y reprimiendo esos descomunales boste- 
zos tan llenos de prosa, tan anti-sociales, que por 
su desgracia es muy posible conozcan mis lec- 
tores. 

Bernardita saludó: la mirada de G-uadalupe se 
fijó un instante colérica sobíe su mal encuader- 
nada consorte, y después con la dulzura del Pe- 
trarca le dijo: 



UN CONVITE INESPERADO. 



63 



— Chula: Anda! ¿Por qué te dormiste? 

— Figúrese vd., estoy tan sola, me muero de 
tristeza. 

— Sí, pero esa es una costumbre dañosa, y . . . . 
¿tú que dices, quién tiene razón? 

Yo no supe qué replicar: murmuré entre dien- 
t es un sonido que ni era afirmativo ni negativo. 

— Hijita: el señor tiene hambre; es de confian- 
za. Hoy te mal pasas, chico. Ye, hija, á que se den 
prisa. 

La señora se levantó mortificada: yo escucha- 
ba las idas y venidas, los golpes reiterados del 
portón, anuncio de los apuros para algunos pre- 
parativos y tal vez de colecta de utensilios, y los 
altercados de los sirvientes, con cierta especie de 
oculto sobresalto. 

D. Gruadalupe con la mayor amabilidad me mos- 
traba su Dolorosa, un santo Cristo gigantesco, que 
era todo su querer, dos muñecos de porcelana que 
movian la cabeza y dos 5 tres retratos que me es- 
forcé por conocer, y que al fin mostrando estrañe- 
za frente de uno, como que se asombró de que 
no lo hubiese yo reconocido cuando era él mismo 
de capitán del 7. "^ de caballería. 

Esta revista duró bastante, y mientras, Gua- 
dalupe enviaba á sus chicos de correos, dicién- 
doles al oido los mensajes con cierta entonación 
imperiosa. 

— Siempre, con tu permiso, voy yo, porque si 
no, no comemos. 

— Hombre, pero 

— Verás, en un minuto. 

Quédeme inventariando cuanto veía. 

El ruido, las carreras, el afán doméstico subió 
á un punto indecible. 

— Quite vd. ese mantel — ponga vd. aquí esa 
copa — el trinche aquí, animal — el Ave Ma- 
ría! aquello era mucho. 

J). Gruadalupe se presentó con la señora, como 
dos pichones, y tras ellos un criado que nos dijo 
con voz breve, pero como quien ha aprendido bien 
su papel: 

— Señores: la sopa está en la mesa. 

Aquella voz me pareció dulce co7no arpa armó- 
nica: ofrecí á la señora mi brazo, y Guadalupe á 
la retaguardia de sus chiquillos iba en estremo 
satisfecho. 

En el tránsito, á media voz, no dejó de insinuar- 
me Bernardita que Guadalupe era un ángel, pe- 
ro que en puntos de comida era cócora por de- 
mas. 

El comedor estaba perfectamente aseado: en 
las alacenas brillaba limpísimo el cristal y la por- 



celana, y sobre las cómodas habia botes de salsas 
y platones cubiertos con cierta coquetería incita- 
dora y subversiva. 

D. Guadalupe se sentó en la cabecera de la 
mesa. Tü aquí, Fidel, y señaló la izquierda. Tú, 
mi vida, aquí. — ¡Señorito! 

— -Papá. 

—¿Qué va vd. á hacer? 

— Si yo pues 

— Vd. mas adelante. 

— Que le pongan á Perico el babero. 

— Te estarás quieta, niña. 

— ¿De qué sopa tomas; Juliana ó arroz? 

— Como gustes. 

— Oye, animal: ¿son esos platos de sopa? 

— Hombre, lo mismo da. 

— No, señor. Quite vd. ese plato de ahí. 

— Pero, Guadalupe 

— Jamas aprende este hipopótamo. 

— Hijita. ... se le fué la mano de sal á Brígi- 
da. ¡Qué no la probaras! ¿No es cierto? 

— A mí me sabe bien. 

Bernardita me dirigió una de esas miradas 
acusadoras de marido en cstremo significativa. 

— Llévense vdes. esto, salvajes. Venga el co 
cido. 

El cocido tarda, D. Guadalupe se levanta de 
la mesa: en el intervalo los pimpollos riñen. Res- 
tablécese la tranquilidad. 

A la vista de los plátanos, de las peras, del lu- 
jo del cocido, los chicos no se contienen. Periqui- 
to mete la mano; quémase con una manzana ar- 
diendo, y rueda el fruto fatal al género humano, 
dejando un rastro de grasa sobre el mantel. 

— Mira ese. . . . 

— Bribón: ¿se me larga vd. de aquí? 

— Guadalupe: si son así todos los niños; déjalo. 

• — No, Fidel: me permites. ... Y tomó al chico 
por el brazo, que chillaba con todo su pulmón pi- 
diendo socorro ala mamá: ésta lo proteje; yo ins- 
to, y al fin es desterrado el angelito, que se hace 
un ovillo tras de la mampara y atruena el come- 
dor con sus gritos. 

Bernardita tenia las lágrimas en las pestañas. 

— Hijita mia: Comes? Es forzoso corregirlos. 

— Juan! Juan! ¿Así se coje el tenedor, como 
banderilla, demonio? 

— Eres muy imprudente. 

— Tú muy consentidora. 

— Árbol que crece torcido. ... La mesa es el 
crisol de la educación. 

— Señora Gregoria: esa niña está ensuciándose 
el vestido. 



64 



UN CONVITE INESPERADO. 



Yo apenas comia: mi desgano repentino lo atri- 
buyó Guadalupe á que el carnero estaba malo. 

— Te quedas sin comer. No creas que es así 
todos los dias; pero durmió la señora, y. . . . 

— Gruadalupe: estás insufrible. 

(El chico desde la mampara.) — Papá, voy? 

— No, señor. 

— Ven, Perico, dijo irritp,dísima la señora 

aquí, conmigo. 

El nene, dirigiendo miradas rencorosas al pa- 
pá, cabalga sobre el regazo materno, triunfante y 
hundiendo su preciosa manecita en el principio. 

— Mira, Bernarda. 

— Qué sucede? 

— Señores, paz. . . . serénate. 

— Tú, animal; eh! Lúeas, ¿sirves ó te marchas? 
Dile á Brígida que eso está incomible. Si mas pi- 
mienta hubiera habido, mas le echa. Jesús! agai'- 
ra la lengua;" pero tu, hijita, ¿en qué pensabas? 
Fidel, pobre de tí: te has quedado sin comer. A 
haberlo sabido, no te detengo. 

— Bestiaza; maldito. . . . Ya ensuciaste al se- 
ñor 

— No fué nada. 

—Sí fué. 

— Un cepillo. 

— Quítate la levita. 

— Si no es nada. 

■ — Ponte mi bata. 

No hubo remedio: corren por la bata, y entre- 
tanto los chicos vuelven la mesa un campo de 
Agramante. El papá viene: azota al uno, espulsa al 
otro, regaña á la niña y se improvisa un terceto 
desgarrador. Fuera de sí, descarga una porción 
de claridades sobre Bernardita y todas las de la 
casa por puercas y descuidadas, y 

Bernardita sollozando se sepulta en la recá- 
mara. . . . Los niños lloran: los criados mustios se 
mueven con celeridad 

— Tú perdonarás, hijo, pero las mugeres tienen 
cosas 

Con las servilletas en las manos, dejando de- 
sierta la mesa, pasamos á ver á la adorada mitad. 

— No lo creas, yo no como ya; me diste mi co- 
mida: mil gracias. 

— Pero si hija 

— No, ya no se puede sufrir esta vida. ¡Qué 
desgraciada soy! 

— Vamos, Bernardita. Coma vd. Si vdes. de- 
ben ser felices; si Guadalupe quiere á vd mucho. 

— Ya vd. lo ve, amargándole á uno el pan. To- 
dos los dias es que el caldo no se espesó bien, que 
Ja carne es de chivo, que el aceite es rancio, que 



á los pichones no les echaron alcaparras, que al 
budin le faltó huevo, que los frijoles tienen la ce- 
bolla quemada, que el café se pasó de tueste; y en 
las fondas y en las francachelas come doscientas 
porquerías. 

— Pues, señor, cuando vd. tiene una muger que 
no sabe los tantos de una sopa, ni que se remojan 
los camarones, ni 

— Señores, paz; la comida se enfria. 

— Que coma el que tenga gana. 

— Vamos, hijo — y me tomó del brazo Guada- 
lupe. 

La comida siguió solitaria y silenciosa: se suce- 
dieron escelentes' manjares, siempre con las ob- 
servaciones de Guadalupe. Los sirvientes se di- 
vidieron en dos fracciones; unos asistían al amo; 
los otros, partidarios de Bernardita, le llevaban 
como á escusas por el corredor la comida. 

Yo habriai querido arsénico; estaba desespera- 
do; me sabia la comida á hiél. 

Aquel era un Nerón de la cocina: el trasto que 
estaba de mas, la copa que era de licor y no de 
Burdeos, los platos puestos sin simetría: todo es- 
citaba la ira de este Guadalupe, por otra parte 
tan pacífico y tan bien acondicionado para ma- 
rido. 

Oimos en la recámara una voz masculina: Ber- 
nardita lloraba mas. Era un primo de la seño- 
ra compasivo, impuesto en los desazones domés- 
ticos. 

Fuimos á tomar el café á la sala: salimos de 
aquel comedor infernal entre las miradas de mur- 
muración de las criadas, de asombro de los cria- 
dos y de resentimiento de los chicos, á quienes 
fui á consolar y á hacer caricias. 

Tomé el café con disgusto, porque hubo otra 
reyerta por la falta de las tenacillas de la azúcar, 
y me despedí. 

— No, vóime contigo, me dijo Guadalupe. — Tú 
disimularás. 

— No hay de qué. 

— Otro dia que vengas á comer con nosotros, 
me avisas antes. 

— Ya me guardaré; primero me suicido, dije 
entre mí, y levantando la voz le contesté: Ya lo 
ves, suele tener sus inconvenientes un convite 
inesperado. 

Al bajar la escalera, dirigí una mirada furtiva 
al comedor. 

Todos comían en dulce holgura, y la voz del 
primo se conoce que ^sustituía con notable agra- 
do de los circunstantes los votos y reclamos del 
marido 

Cuando después en la oficina, al hacer Guada- 
lupe aquellas relaciones de guisos, suele alguno 
decir: Será una delicia, tendrá uno un buen ra- 
to cuando coma en la casa de D. Guadalupe; ¿no 
es cierto, Fidel? 

— Oh! sí, es verdaderamente una delicia, res- 
pondo yo con un acento particular. — Fidel. 



á. ©ffiíL ípnimip® Dn iLm mmm& 






DONDE SE VE QUE LAS CIRCUNSTANCIAS INFLUYEN 
MUCHO EN EL DESTINO DE LOS HOMBRES. 



ilí tiempo en que pasa nuestra historia es el 
llamado de la insurrección, es decir, cuando la ra- 
za mexicana y la de los indios se alzó contra la do- 
minación de los españoles. No es nuestro ánimo 
referir los hechos de armas de los caudillos de la in- 
dependencia, ni formar un bosquejo histórico del 
carácter de aquella época. Nos vamos solamente á 
ocupar de uno de tantos episodios aislados, y que 
.pasan inapercibidos, á pesar de que no dejan de 
tener concesión con los grandes acontecimientos 
que se realizaron. El cura Hidalgo dio el llama- 
do grito de Dolores. Acababan de pasar las san- 
grientas escenas de G-ranaditas, y la mayor parte 
de la sociedad, conmovida y armada, luchaba con 
el poder de un gobierno demasiado fuerte y bien 
cimentado para sucumbir muy pronto. Una vez 
que en cualquier pais del mundo se enciende una 
lucha semejante, la moral se relaja notablemente, 
cesa el influjo de la ley y comienza el de la arbi- 
trariedad, y el derecho de la fuerza se establece 
perfectamente. México no podia ser una escep- 
cion de esta regla eterna, y así, los independien- 
tes se armaron, y vagaban haciendo la guerra de 
la mejor manera que podian en toda la estension 
del territorio, y ios realistas, por su parte hacian 
otro tanto, atacando y defendiéndose conforme 
las circunstancias lo requerían. Entre los insur- 
gentes, lo mismo que entre los realistas, se dis- 
tinguía esa mezcla rara de inclinaciones que ca- 
racteriza á la raza humana: así unos eran valien- 
tes y generosos como el león; otros, crueles, san- 
guinarios y astutos como la pantera. El lector 



podrá fácilmente adivinar cuántas escenas diver- 
sas é interesantes pasarían en este vasto palenque 
de Nueva-España, en el que raro dia durante el 
periodo de muchos años, dejaron de encontrarse 
los. combatientes ataviados con las dobles armas 
de las pasiones y del acero. 

En esta época tormentosa, en las grandes ciu- 
dades se esperimentaban periodos muy largos de 
perfecta tranquilidad; los pueblos cortos eran al- 
ternativamente invadidos por los partidarios de 
los bandos opuestos, y las haciendas y rancherías 
frecuentemente saqueadas y quemadas. 

En una ranchería aislada, del que hoy es Esta- 
do de Morelia, vivia una familia modesta y humil- 
de hasta el estremo. El gefe de ella era un es- 
pañol generoso y bueno, como el castellano viejo 
de Fígaro. Tenia una virtuosa muger y tres hi- 
jos, dos varones y una hembra. El mayor se lla- 
maba Pedro, y no cumplía veinticinco años; el se- 
gundo se llamaba Francisco, y tenia veinte años. 
La muchacha se llamaba Guadalupe, y estaba en 
la flor de su juventud. Era apacible de rostro y 
de alma, y criada en la soledad y en medio de una 
vida inocente y sencilla, aun no habla perdido el 
candor de la primera edad. La madre había 
muerto al dar al mundo á Guadalupe. Aunque 
para el padre fuese muy sensible la pérdida de su 
muger, el tiempo, que es buen amigo, mitigó el 
pesar, y cuando estalló la guerra de insurrección, 
se puede asegurar que la familia era enteramente 
feliz. El producto de las siembras les proporcio- 
naba una vida descansada, y el clima y la belleza 
del pais donde vivían, les daba buena salud y tran- 
quilidad. El carácter de Pedro era manso y hu- 
milde, hasta el grado que se resolvió á abrazar el 
estado religioso, y habiéndole dado su padre la 
bendición, marchó al convento del Carmen de 



66 



PEDRO EL BUENO Y PEDRO EL MALO. 



Gruadalajara, de donde era prior su tio. Francis- 
co, por el contrario, era impetuoso, travieso, ami- 
go de correr á caballo por las montañas en pos de 
los toros y de los venados. G-uadalupe tenia un 
carácter melancólico y el presentimiento de que 
habla de morir muy joven; pero se guardó muy 
bien de comunicar á su padre este temor, por no 
disgustarlo. 

El español amaba de todo corazón á su Dios, 
á su familia y á su rey: así es que cuando oyó re- 
ferir los horrores de Grranaditas, cuando observó 
que los cimientos de la monarquía española se ha- 
blan conmovido, un pesar profundo oprimió su 
corazón; perdió en pocos dias su robustez y sus 
fuerzas, enfermó gravemente, y sus hijos lo vieron 
con las lágrimas en los ojos irse consumiendo, y 
finalmente, morir. — Pedro, en los últimos dias de 
la enfermedad de su padre, tuvo que abandonar 
el convento de Gruadalajara, donde estaba entera- 
mente dedicado á la devoción y al estudio, y ha- 
biendo recibido el encargo de que cuidara de la 
familia y de los intereses, el amor fraternal triun- 
fó de sus inclinaciones, abandonó la idea de pro- 
fesar, y se dedicó, seguu su padre se lo habia enco- 
mendado, al trabajo y al cuidado de sus hermanos. 
Eranciseo, llevado de su genio guerrero y atrevi- 
do, abandonó una noche su casa sin decir ni una 
palabra á sus hermanos, y á pocos dias supieron 
que habia venido á ofrecer su espada al virey, y 
se hallaba de alférez de granaderos de á caballo. 
Físlro, por el contrario, tenia fuertes simpatías 
con los insurgentes; pero la memoria de su padre, 
español, y mas que todo, el amor que tenia á su 
hermana, le hicieron abrazar la firme resolución 
de permanecer neutral, y cuidar y defender sus 
posesiones de unos y de otros. En el tiempo á 
que nos referimos, esta neutralidad llegó á ser no 
solo peligrosa, sino imposible, según se verá. 

Una tarde que Pedro regresó del campo, divi- 
só su casa invadida por muchos soldados. Lleno 
de temor y de inquietud, picó con las espuelas á 
su caballo, y se introdujo hasta el patio. Encon- 
tró una guerilla de cosa de ciento cincuenta rea- 
listas, posesionados enteramente de la habitación. 
Hablan sacado los vinos de la bodega, roto las bo- 
tellas y las vasijas que bebian al derredor de una 
hoguera, formando una algazara infernal. 

Pedro se mordió los labios; pero dijo para sus 
adentros: "Vaya, consiento en que se beban to- 
dos los vinos, con tal que mi hermana — " No aca- 
bó esta reflecsion, porque u.n antiguo y fiel criado 
vino á advertirle que G-u.adalupe se habia escon- 
dido en una troje, y no habia sido vista por lo; 



soldados. Tranquilo con esto, se dio á conocer 
por dueño de la casa, y se apresuró á obsequiar á 
sus huéspedes. 

— Eh! amigo, le dijo el comandante de la parti- 
da, introduciéndose al comedor, donde Pedro ha- 
bia mandado poner algunas botellas mas de vino, 
queso, pan y otras frioleras: seria muy bueno saber 
por qué razón no ha tomado vd, parte en la cau- 
sa del rey. 

— Mi padre era español, respondió Pedro, y yo 
no puedo menos que ser afecto á la causa 

— ¡Eh! bonita salida, dijo el comandante: con 
hablar nada se hace. Ya debia vd. haber toma- 
do una lanza y una espada; y al decirle esto, co- 
gióle del brazo y lo sacudió fuertemente, toman- 
do con la otra mano un vaso de vino Jerez y be- 
biéndoselo de dos sorbos. 

Pedro, á pesar de su genio manso, sintió ganas 
de dar ixna bofetada al grotesco comandante; pe- 
ro calculando al momento lo que le podría costar 
esa imprudencia, bajó los ojos y no respondió una 
palabra. 

— Vamos, dijo el comandante, seamos buenos 
amigos, y díganos dónde se halla una hermosa chi- 
ca que vive en esta casa, pues aunque soy nuevo 
en estas tierras de Dios, tengo buenos informes. 

— Es mi hermana, y está actualmente en el 
convento de Santa María de G-racia de Gruada- 
lajara. 

— De veras? interrumpió el comandante, to- 
mándole de nuevo el brazo. 

— De veras, contestó con firmeza Pedro, miran- 
do fijamente al realista. 

— Bien, muy bien; mucho mejor seria que es- 
tuviera aquí. 

Pedro se mordió los labios y bajó los ojos. 

Ahora, camarada, continuó el comandante, sen- 
tándose en una silla y llenando de nuevo el vaso; 
vamos á arreglar otras cuentas. Se me ha infor- 
mado que por estos barrios hay una partida de in- 
surgentes: mi objeto es cojerlos á todos, colgarlos 
en los árboles, y marcharme con la música á otra 
parte. Vd.,pues, debe darme razón dónde están 
esos picaros. 

— En efecto, contestó Pedro secamente, una 
partida de insurgentes de mas de trescientos hom- 
bres ha andado por estas cercanías; pero ahora 
no sé donde pueda encontrarse. 

— ¿De trescientos hombres? preguntó el coman- 
dante algo alarmado. 

— Acaso podrían llegar á trescientos cincuen- 
ta, dijo Pedro. 

— Bien, no importa, continuó el comandante 



PEDRO EL BUENO Y PEDRO EL MALO. 



67 



retorciéndose un largo y negro bigote. Lo que 
deseo es encontrarlos y no perder el tiempo. Con- 
que, eamarada, procedamos, en primer lugar, á re- 
gistrar cuidadosamente la casa, para ver si po- 
demos dormir con seguridad un par de horas, y 
después vd. nos acompañará por estas montañas, 
y cuente con estraviarnos ó hacernos una mala 
partida, porque para mí lo mismo es beherme un 
vaso de Málaga que despachar un insurgente á 
cenar con una legión de demonios. 

— Caballero, dijo Pedro afectando mucha mo- 
modestia: en mi casa jamas he albergado á nin- 
gún insurgente, y así es iníítil 

— Inútil! Bueno soy yo para eso. Pues aho- 
ra, por lo mismo, voy á registrar mas pronto. Ho- 
la! muchachos, aquí — gritó el comandante, aso- 
mándose á una ventana que daba al patio de la 
hacienda, y antes que Pedro hubiera podido ha- 
blar una palabra mas, ocho ó diez soldados se 
desprendieron del grupo que estaba al derredor 
de la lumbrada, y entraron estrepitosamente al 
comedor arrastrando las espadas y con las pisto- 
las en la mano. 

Ya ve vd., eamarada, que mi gente está lista, 
dijo el comandante arrojando una mirada de des- 
confianza á Pedro; conque tomad una luz, y guiad. 
A la menor sospecha, cuidaremos de enviaros una 
bala al cerebro. Adelante, que ya tengo ganas 
de reposar un rato. 

Pedro no tuvo mas arbitrio que obedecer, y 
tomó la vela con la firme resolución de darle de 
puñaladas al comandante, si descubierta Gruadalu- 
pe, se atrevía á propasar los límites de la decen- 
cia. 

Recorrieron todas las piezas de la habitación, 
las bodegas, patios y corrales, guiados por Pedro 
que llevaba la luz en una mano, y el mayordomo 
que tenia un manojo de llaves. Llegaron á las 
trojes y gavilleros, y el mayordomo tuvo cuidado 
de que la última troj© fuera la en que estaba 
oculta Gruadalupe. Las gotas de sudor brotaban 
de los cabellos de Pedro; pero procuraba disimu- 
lar, y sonreía, ayudando en sus pesquisas á los 
feroces dragones. 

Llegando á la troje, Pedro trató disimulada- 
mente de asegurarse si tenia consigo su puñal, y 
precedió al comandante. El instinto hizo que 
Gruadalupe en cuanto sintió los pasos, se ocultara 
debajo de unos haces de trigo. Los dragones, 
cansados ya, dieron una ojeada ala troje, sumer- 
gieron su espada varias veces en la paja, y salieron. 
Pedro tuvo que contenerse para no arrojar un 
grito, primero de susto, después de alegría. 



— Eh, dijo el comandante cuando volvieron al 
comedor, — que me traigan aquí un colchón en que 
recostarme un par de horas, al cabo de las cuales 
partiremos, eamarada. También vd. se quedará 
aquí. Es mi voluntad terminante. Mientras tra- 
jeron el colchón, el comandante sorbió otro vaso 
de vino, y dio algunas órdenes á los soldados. 

Una hora después la algazara habia cesado, los 
tizones, medio apagados, rodaban por el suelo, y 
los dragones acostados debajo de sus caballos, ron- 
caban profundamente. En cuanto al comandan- 
te, diez minutos después de haber puesto la cabe- 
za en la almohada, dormía como un bienaventu- 
rado. 

Los peones y criados de la hacienda, sobresal- 
tados por un momento, recobraron su tranquili- 
dad y se retiraron á sus chozas. 

Solo tres personas velaban en la cosa. Pedro 
que fingia un sueño profundo al otro rincón del 
comedor, pero que abria los ojos de vez en cuan- 
do, para observar los menores movimientos del 
comandante. Gruadalupe, que encerrada en la tro- 
je rezaba; y el mayordomo, que aguardaba el mo- 
mento de que los dragones se fueran, para abrir 
la puerta á su ama. En dos horas nada pasó de 
notable. Pedro, sin embargo, creyó oir lejanos 
relinchos de caballos y ladridos de perros; pero 
como esto es común en el campo, el sueño fué 
venciéndolo poco á poco, de suerte que concluyó 
por dormirse profundamente. 

Eran las tres de la mañana. De repente un 
vocerío infernal, el estallido de muchos balazos y 
el choque de los sables, despertaron al comandan- 
te y á Pedro. 

— Nos han sorprendido, gritó furioso el coman- 
dante, que de un salto se habia puesto en la ven- 
tana. Esta es una traición, infame, y desnudan- 
do el sable, tiró una formidable cuchillada á Pe- 
dro. Este la evitó, corrió al estremo opuesto de 
la pieza, y desnudó su puñal. 

— Traición, maldito hipócrita, volvió á gritar el 
comandante; pero antes de que tuviera tiempo de 
tirarle otro tajo, Pedro, guiado por un instinto 
natural, salió por la ventana, saltó sobre un caba- 
llo de los dragones que luchaban brazo á brazo 
con los insurgentes, y atravesando rápidamente 
el patio, desapareció de la escena sangrienta y 
como si fuese conducido en alas de un genio ma- 
léfiei5. 

El comandante luego que vio escapar á Pedro, 
tomó una de sus pistolas, le disparó un tiro y sal- 
tó en seguida con el sable en la mano, mezclán- 
dose en el patio con los combatientes. 



68 



PEDKO EL BUENO Y PEDRO EL MALO. 



La refriega no duró mucho. Los insurgentes 
habian seguido la pista de la partida de realis- 
tas, y reuniéndose en mayor número, y conocien- 
do perfectamente los senderos de la hacienda, ro- 
dearon la casa, y lograron caer sobre sus enemi- 
gos, así que estaban reunidos. El comandante 
y los dragones que pudieron levantarse hicieron es- 
fuerzos prodigiosos de valor; pero todo en vano, 
pues rodeados y acuchillados por todas partes, los 
que no murieron, tuvieron que rendirse á discre- 
ción. Los insurgentes, al momento, se apodera- 
ron del dinero, caballos y armas de los dragones, 
á quienes dieron libertad, colgando al comandan- 
te en un palo que estaba á la entrada del patio, 
y que servia de picadero. En seguida tomaron 
unos tragos del vino que hablan dejado los rea- 
listas, y se retiraron precipitadamente. 

En cuanto á Pedro, descendió la loma en que 
estaba edificada la casa de la hacienda, atravesó 
una llanura, y se introdujo en un espeso bosque. 
Allí procuró contener la furia del caballo, que 
a;sustado, quería seguir corriendo, y se paró á re- 
flecsionar. Por un momento quiso volver á la 
hacienda, inqu.ieto por la suerte de Guadalupe; 
pero considerando que estaba con bastante segu- 
ridad, se internó en el monte, procurando evitar 
el encuentro de algunos dragones que venian á 
todo correr en la misma dirección, y que Pedro 
se figuraba que lo perseguían. 

Pedro creia ser presa de un doloroso y pesado 
ensueño, y con una inquietud mortal vagaba por 
el monte, pareciéndole siglos los minutos que trans- 
currían. Ocultóse, en fin, en el costado de una bar- 
ranca, y vio deslizarse por entre los árboles y ma- 
torrales sombríos algunos dragones, que como si 
fueran unas fantasmas, pasaban rápidos, y se per- 
dían entre la negra espesura. El viento, que re- 
corría inquieto las copas de los árboles, traia el 
confuso rumor de las maldiciones, y de tiempo en 
tiempo el estruendo de alguna arma de fuego lle- 
gaba, y se perdiaen las concavidades de las bar- 
rancas. La luz de la aurora, que comenzaba á 
pintar en la falda de los montes una línea blan- 
quecina, calmó un tanto la agitación febril de Pe- 
dro. Puso la mano en su corazón para contener 
sus latidos; alzó la cabeza para recibir en su fren- 
te la brisa fresca de la mañana, y dejando el ca- 
ballo atado á un árbol, echó á andar con precau- 
ción por un sendero escusado, que iba á satir á 
la casa de la hacienda. 

Al llegar á la puerta, lo primero que vio fué 
al cadáver del comandante, que se balanceaba en 
el aire. Pedro retrocedió lleno de terror; pero 



por fin entró, y tropezó en el patio con los cadá- 
veres de tres dragones. Los restos de los cartu- 
chos derramados en el suelo, las señales de las 
balas en la pared y en las puertas, y algunas vi- 
drieras rotas eran evidentes muestras de que el 
combate habia sido reñido. — Por lo demás, pare- 
ce que todas las gentes de la hacienda hablan des- 
aparecido. La soledad y el silencio reinaban, y 
solo un perro salió al encuentro de Pedro, bricán- 
dolé y haciéndole mil caricias. 

Pedro, timorato, manso de espíritu, como he- 
mos dicho, y no acostumbrado á estas escenas, 
pues era la vez primera que vela turbada de una 
manera tan horrible la tranquilidad de su vida, 
esperimentó un terror invencible: los cabellos de 
su cabeza se le erizaron, y gruesas gotas de un 
sudor, helado calan por su frente. ¡Dios mió! es- 
clamó entrando en el comedor: una gran desgra- 
cia ha sucedido: mi hermana, mi hermana y 

corrió como un loco por todas las piezas de la ca- 
sa. Todos los sirvientes hablan huido, y solo en 
el pajar encontró al mayordomo tendido en el 
suelo y con una herida en la cabeza. Mi herma- 
na, ¿qué le ha sucedido á mi hermana? esclamó, 

— Está en la troje, y creo nada le habrá suce- 
dido, respondió el mayormo. 

Pedro, sin hacer caso del estado en se que se ha- 
llaba el criado, tomó el manojo de llaves que tenia 
junto de su cabecera, y corrió á la troje. Abrió 
temblando la puerta, llamando amorosamente á 
Gruadalupe. Nadie respondió.. 

Pedro entró á la troje, y delante de la ventana 
encontró á su hermana muerta. Sin duda la agi- 
tación y la curiosidad la habían impelido á aso- 
marse á la ventana, y una bala habia traspasado 
su cabeza. 

— Pedro quedó un momento petrificado y mu- 
do, contemplando el cadáver yerto de la joven. 
Después levantó los ojos al cielo, y dijo: "Bendito 
seas, Dios mió: hágase tu voluntad;" y salió lenta 
y silenciosamente, cerrando la puerta de la troje. 

Al siguiente dia, el mayordomo estaba coloca- 
do en un lecho cómodo, y un facultativo lo medi- 
cinaba cuidadosamente, mientras se hacían unos 
magníficos funerales á Gruadalupe, que fué sepul- 
tada delante del altar mayor de la capilla de la 
hacienda, y decimos magníficos funerales, porque 
asistieron no solo los criados de la hacienda, sino 
todos los vecinos de las cercanías, derramando lá- 
grimas sinceras por la desgracia de una familia, 
que era generalmente querida. 

Durante ocho dias, Pedro permaneció encerra- 
do en su cuarto, entregado al dolor y á la medí- 



PEDRO EL BUENO Y PEDRO EL MALO. 



69 



tacion; pero al fin le fué forzoso tomar alguna re- 
solución. La de seguir viviendo tranquilo en su 
hacienda, le parecía imposible. En poco tiempo 
habia perdido á su padre y á su hermana, y de 
Francisco habia tenido alarmantes y contradicto- 
rias noticias. Pensó de nuevo en volverse á en- 
cerrar en el claustro del Carmen; pero sentia un 
vacío en su alma que era forzoso llenar, no con la 
ociosidad y la contemplación, sino con una vida 
de actividad y de movimiento. Ademas, sentia 
que sus inclinaciones hablan cambiado, y que es- 
perimentaba fuertes é irresistibles impulsos á la 
guerra y á los peligros. Fastidiado con la vida 
que habia consagrado al cuidado de su hermana, 
no temia perderla cuando carecía del objeto de su 
cariño. Pensó, pues, alistarse en las tropas del 
rey para seguir la misma bandera que su herma- 
no; pero el carácter altanero y feroz de los drago- 
nes que habían estado en su casa, le repugnaba, y 
así decidióse por el partido de los insurgentes. El 
mayordomo estaba ya enteramente restablecido; 
contó con él, convocó á sus amigos y sirvientes; 
dispuso sus mejores armas y caballos, y á los 
quince dias de pasados los tristes sucesos que aca- 
bamos de referir, Pedro Grarcía estaba en campa- 
ña á la cabeza de cien hombres bien montados y 
armados, y decididos á ejecutar grandes empresas. 
Ya ve el lector que el novicio de un convento se 
convirtió por la fuerza de las circunstancias en 
un temible guerrero. 

IL 

DASE CUENTA DE COMO OTRO PEDRO TUVO TAMBIÉN 
MUY PODEROSAS RAZONES PARA ABRAZAR EL PAR- 
TIDO DE LA INSURRECCIÓN. 

Entre los que hoy son estados de Zacatecas y 
^ Gruadalajara, habia otra hacienda mucho mas va- 
liosa que la del desgraciado Pedro Grarcía, y era 
propietario de ella un joven llamado Pedro G-ar- 
ces. Desde muy niño perdió á sus padres, y que- 
dó bajo el cuidado de un tutor, viejo, testarudo, 
que era oidor de la audiencia de Gruadalajara. 
Mientras los bienes estuvieron á cargo del tutor, 
el tutoreado, por mas esfuerzos que hizo, no pudo 
sacar el pié del plato; pero llegado á la edad ma- 
yor, entró en posesión de ellos, y comenzó, mate- 
rialmente, á botar el patrimonio que su padre, 
que habia sido un mezquino y santo caballero, le 
dejó por herencia. 

Pedro era, lo que se llama, no un calavera, sino 
un hombre vicioso. Dedicado á las mugeres, no 
habia en todos los alderredores marido que tuvie- 
ra seguro el honor "de su muger, ni padre que pu- 
TOM. I. — IV. 



diera guardar la castidad de su hija. Dedicado 
á toda clase de juego, se le veian apostar gran- 
des siunas á los albures, á los gallos y á las car- 
reras de caballos. Aficionado á los licores, su ca- 
sa estaba llena de toneles de aguardiente y de vi- 
nos de Jerez y de Málaga; y pendenciero por carác- 
ter, habia llegado su audacia, hasta el estremo de 
amenazar con un trabuco al cura de San Felipe, si 
no consentía en entregarle una muchacha que te- 
nia depositada, y á quien él quería robarse. Es- 
ta conducta habia llamado fuertemente la aten- 
ción pública; pero como Pedro Grarces era hom- 
bre de valor y de dinero, componía sus asuntos 
unas veces con el trabuco y la espada, y otras con 
el oro y la plata. Tenia en su mano los dos ejes 
del polo, el temor y el interés. A los pocos dias 
de haberse pronunciado en Dolores el cura Hi- 
dalgo, pretestó un viage á México; pero en vez 
de dirigirse á la capital, tomó el camino de Gua- 
najuato, se reunió con el cura Hidalgo, y se por- 
tó de una manera tan heroica y brillante, que re- 
gresó á su hacienda cargado de oro y plata. Su 
audacia no tenia límites, pues descaradamente de- 
cía la manera cómo habia adquirido sus nuevos te- 
soros, y amenazaba con traspasar de parte á parte 
á todo el picaro gachupín que hablara en contra 
del cura de Dolores; pero ya se concibe que por 
mucha que fuera su fortuna y poder, no podia en 
las circunstancias en que se hallaba el pais, du- 
rarle mucho tiempo. Los vecinos y personas afec- 
tas á la causa del rey le formaron una acusación 
por rebelde, por hereje y por tramposo, y toma- 
ron secretamente todas sus disposiciones, de tal 
manera, que el dia menos pensado se presentaron 
tres justicias á la vez. Los familiares de la in- 
quisición, los agentes de la justicia de Gruadalaja- 
ra y los soldados del capitán general de la provin- 
cia. Los primeros, para volverlo cristiano; los 
segundos, para embargarle la hacien^^a, y los ter- 
ceros para castigarlo por traidor y rebelde á su 
magostad. Pedro Grarces, ligado con estrecha 
amistad con una porción de pillos, tuvo aviso po- 
cas horas antes, recogió el dinero que pudo, y se 
escapó, como suele decirse, á uña de caballo. Los 
triples esbirros persiguieron sin descanso á nues- 
tro héroe; pero como era hombre de campo, sa- 
bia perfectamente los senderos y travesías, y lo- 
gró ponerse en completa seguridad, después de- 
dos dias de carrera y de fatiga. Ya se supone que 
inmediatamente se fué con el cura Hidalgo, de 
quien era ya grande amigo. 

El buen cura, que no deseaba mas que aumen- 
tar sus partidarios, recibió á Pedro con macho 



70 



PEDRO EL BUENO Y PEDRO EL MALO. 



cariño y benignidad; le dispensó su confianza, y 
lo elevó á tan alta dignidad, que Pedro estuvo un 
tiempo encargado del tesoro público y particular 
del generalísimo de los insurgentes. Pero el pa- 
triotismo no habia cambiado en manera alguna 
las inclinaciones de nuestro héroe: así es, que con- 
tinuaba jugando á la baraja, robándose mugeres, 
bebiendo licores y armando pendencias. El cu- 
ra lo llamó un dia, y le echó una fuerte repri- 
meiada. Pedro usó de prudencia; pero resuelto, 
una vez que era independiente, á no sufrir la de- 
pendencia de nadie, á los dos dias abandonó la 
amable compañía del cura Hidalgo, llevándose 
consigo una parte del tesoro del ejército, el cual, 
sea dicho de paso, no importaba gran cosa. 

Pedro Garces volvió oculto á sus posesiones, 
y encontró á su tutor mandando en gefe en la 
hacienda, como depositario de los acreedores; sus 
vinos gustados por españoles; sus caballos ensilla- 
dos por españoles; sus lechos profanados por es- 
pañoles; todo, hasta las ovejas, le parecieron espa- 
ñolas. Pedro G-arces juró tomar una venganza 
terrible y ejemplar. Reunió á todos los pillos y 
zaragates que hablan sido sus amigos, les repar- 
tió el dinero para que se habilitaran dé armas y 
caballos, y antes de diez dias, lo mismo que el 
buen Pedro G-arcía, Pedro G-arces entraba en cam- 
paña con mas de cien hombres perfectamente 
montados y armados, y dispuestos á aconieter las 
empresas mas atrevidas. El espíritu de indepen- 
dencia crecia visiblemente, y tanto los insurgen- 
tes como los españoles, tuvieron mucho que ha^ 
blar de estas dos nuevas guerrillas, que infundían 
en sus comarcas respectivas el terror y el es- 
panto. 

Es menester decir, en obsequio de la verdad, 
que Pedro Garces cumplió su juramento como un 
caballero. Tan luego como se le presentó una 
oportunidad, cayó sobre su hacienda, se apoderó 
de su antiguo tutor, á quien solamente le cortó 
las orejas, para que hubiera un oidor sin orejas; 
quemó la casa para axruinar á sus acreedores, y 
se marchó, llevándose el dinero y caballos qué en- 
contró. Los lectores verán con cuánta razón y 
iustieia el otro Pedro se hizo gefe de guerrilla y 
decidido partidario de la libertad. 

III. 

DEL, TERRIBLE- ENCUENTRO DE LOS DOS PEDROS EN 
LA CUMBRE DE UNA MONTAÑA, Y DE SUS HAZA- 
ÑAS EN LA CAMPAÑA QUE SOSTUVO CONTRA LOS 
ESPAÑOLES EL GENERALÍSIMO D. MIGUEL HIDAL- 
GO Y COSTILLA. 

Era el 1. ^ de Enero de 1811. 

Desde el 16 de Septiembre de 1810, en que se 



pronunció el cura Hidalgo, á la fecha en que con- 
tinúa nuestra narración, hablan pasado muchos y 
muy importantes sucesos. Las matanzas y mu- 
tuos degüellos y asesinatos en Guanajuato; la re- 
ñida batalla de las Cruces; la desgraciada acción 
de Acúleo. El cura Hidalgo, incansable, ya en 
la prosperidad, ya en la desgracia, se hallaba én 
Guadalajara, y nuestros dos Pedros, ademas de 
las aventuras que hemos bosquejado, no hablan 
tenido sucesos de mayor importancia. Pedro 
García habia aumentado su guerrilla á doscien- 
tos hombres; todos tan cristianos á puño cerrado, 
que no se les pasaba un domingo sin oir misa, 
con tal que hubiese padre que se las dijera, ni 
noche sin rezar el rosario, con tal que no estuvie- 
ran algo espirituados con mescal, ú ocupados en 
correr tras de las partidas realistas. El gefe de 
la guerrilla no tomaba en las poblaciones mas de 
lo necesario para sus soldados; defendía todas las 
doncellas, respetaba á los ancianos y solía socorrer 
á los pobres: así, en todos los pueblos del Bajío 
y frontera de Morelia donde hacia sus escursio- 
nes, era tan querido de los habitantes que le co- 
nocían, que lo designaban comunmente con el 
nombre de Pedro el bueno. 

Pedro Garces, el calaveron, que tuvo la ocur- 
rencia de cortarle las orejas al oidor, era el an- 
verso de la medalla. Habia reunido también mas 
de doscientos hombres; pero todos tan pendencie- 
ros, tan ladrones, tan irreligiosos, que formaban 
materialmente una legión de demonios. Donde 
quiera que entraban, ya en paz, ya en guerra, re- 
cogían dinero, muchachas, licores y cuanto encon- 
traban, sin respetar ni curas ni frailes, pues á to- 
dos les despojaban de sus vestidos, de suerte, que 
la guerrilla tenia un equipo completo de hábitos 
religiosos, que le servia algunas veces para sus 
travesuras. Pedro Garces espedicionaba por Do- 
lores, San Felipe Ojuelos, Trancas, y solia esten- 
der sus correrías hasta las orillas de San Luis y 
de Zacatecas. 

Los pueblos temblaban solo con oir el nombre 
de Pedro Garces, hasta el grado, que- todo el mun- 
do lo conocía por Pedro el malo. 

La tarde del 1.'^ de Enero de 1811, Pedro 
el bueno, á la cabeza de su pequeña, pero valien- 
te tropa, caminaba paso á paso por una montaña 
cerca del pueblo de San Miguel el Grande (hoy 
ciudad de Allende). Iba encargado de recibir un 
dinero y de conducirlo á Guadalajara, y se le ha- 
bia asegurado que encontrarla obstáculos, pues 
acaso en San Miguel hallarla alguna partida de 
realistas. Pedro el bueno prometió simplemen- 



PEDRO EL BUENO Y PEDRO EL MALO. 



71 



te, que conducirla el dinero á Guadalajara cua- 
lesquiera que fueran los obstáculos y el número 
de tropas que hubiera en el camino, y se puso en 
marcha con todas las precauciones que el peligro 
ecsigia. Como hombre de campo, abrazaba con 
una mirada de águila, todo el horizonte que le 
rodeaba. La tarde, ademas, estaba hermosa. El 
Sol, rodando en un cielo sereno, azul y despejado, 
llenaba de claridad y de hermosura las montañas, 
y el calor era templado por las ráfagas de una 
brisa fresca, que de vez en cuando venia á agi- 
tar las banderolas encarnadas de los doscientos 
caballeros que componían la guerrilla. Pedro, 
pues, que venia observando hasta los conejos que 
saltaban de entre los matorrales, creyó ver salir 
del lado opuesto de la montaña, ó mas bien di- 
cho, de la ciudad de San Miguel, que está edifi- 
cada en un profundo y florido valle de la cerra- 
nía, un grupo de caballeros, que tan pronto pare- 
cían quedar Inmóviles, como avanzar con una gran 
velocidad. El teniente de la guerrilla, que no era 
otro que el fiel mayordomo de Pedro, confirmó la 
idea, y en consecuencia, la guerrilla colocó lanzas 
en ristre, se dividió en dos trozos, y se dispuso á 
la batalla. 

Por instantes los bultos, que parecían peque- 
ños como tordos, fueron tomando formas mas vi- 
sibles, y Pedro pudo perfectamente distinguir 
una fuerza de hombres montados en escelentes 
caballos, y que con machete en mano se adelan- 
taba á todo galope resuelta á combatir. 

Pedro no quiso ser el último. Levantó la ala 
de su sombrero, se aseguró sus pistolas al cinto, 
y con lanza en mano, se adelantó al galope. Sus 
soldados lo siguieron. 

Ambas fuerzas llegaron á acercarse á tiro de 
fusil, y entonces resonó en ambas guerrillas un 
grito estrepitoso de Muercuri los gachupines. Pa- 
rece que esto podría haber restablecido la inteli- 
gencia; pero cada fuerza se juzgó enemiga, y. el 
gefe de la guerrilla que habla salido de San Mi- 
guel, metió las espuelas á un corcel negro como 
el azabache, y con sable en mano provocó á su 
adversario. Era un desafio que no podía rehusar 
Pedro: así es que alzó la rienda á un alazán do- 
rado que montaba, y en tres saltos los dos com- 
batientes, como si fueran conducidos por unas 
águilas, se encontraron uno frente del otro. 

Por un movimiento de gallardía y de lujo de 
valor, ambos llamaron á los corceles, y los hicie- 
ron sentar sobre los cuartos traseros *. 

* Los lectores disimularán que se usen algunas veces al- 
gunas palabras provinciales, cuando sea absolutamente ne- 
cesario. 



Al momento, los caballos, incómodos también, 
cubiertos de espuma y de sudor, se levantaron, y 
se lanzaron el uno sobre el otro. Pedro endere- 
zó su lanza al pecho del contrario; pero éste, dies- 
tro y ligero, casi se ocultó en la barriga del ca- 
ballo, levantándose inmediatamente para volver 
sobre Pedro, á quien tiró un tajo formidable en 
la mitad de la cabeza. Pedro, con mucha liiiipie- 
za y tranquilidad, desvió á la izquierda su caba- 
llo, y el campeón que montaba el prieto, dio el 
golpe en vago, de suerte que vaciló en la silla, 
habiendo perdido uno de los estribos. Pedro lo 
podía en ese momento haber traspasado con su 
lanza; pero como el valor le inspiraba respeto, re- 
tiró su caballo y levantó su lanza, con la genero- 
sidad que lo hubiera hecho un caballero de la 
edad media en un torneo. Las tropas, atónitas 
del valor de sus capitanes, hablan estado con la 
vista fija y la respiración suspensa; pero al con- 
templar la acción heroica de Pedro, un viva ge- 
neral é Involuntario salló de la boca de todos los 
guerrilleros. 

— Capitán, dijo el del caballo prieto a Pedro: 
vd. es un hombre valiente y muy completo y muy 
generoso. Quiero pagarle con un abrazo y con 
mi amistad la vida que le debo. Ambos se apea- 
ron del caballo, se dieron unos apretones de ma- 
no, y después un abrazo tan estrecho, que por po- 
co se sofocan mutuamente. Una ligera espllca- 
cion los convenció que eran de un mismo parti- 
do, y se alegraron que la ocurrencia no hubiera 
tenido consecuencias funestas. Dos guerrillas tan 
valientes se hubieran despedazado sin duda algu- 
na. Los lectores acaso habrán adivinado, que el 
campeón del caballo prieto era nada menos que 
Pedro el malo. Después de algún tiempo de guer- 
rear, era fuerza que alguna vez se encontraran. 

Pedro el bueno contó al que era ya su amigo 
el objeto de suviage, y convinieron áínbos, no so- 
lo en hacer la espediclon juntos, sino en reunir, 
durante algún tiempo, sus esfuerzos, y dar mucho 
quehacer á las tropas reales. Volvieron, pues, las 
bridas, y ya oscureciendo la tarde, hicieron jun- 
tos su entrada á Stin Miguel. Pedro el bueno 
repartió en la misma noche algunas cartas, reco- 
gió dos mil pesos en oro, y al día siguiente conti- 
nuaron su camino ambas fuerzas en la mejor in- 
teligencia y armonía. 

Caminaron la mayor parte del día sin acciden- 
te alguno, y se propusieron dormir en el Cubo, 
hacienda magnífica, con una casa de altas mura- 
llas y semejante á un castillo. Como los insur- 
gentes eran cautelosos y astutos, iban anticipan- 



72 



PEDRO EL BUENO Y PEDRO EL MALO. 



do espías vestidos de indios y con azadones ú otros 
instrumentos de labranza en las manos. Uno de 
ellos vino á decir á nuestros dos intrépidos capi- 
tanes, que la hacienda estaba ocupada por cosa 
de doscientos hombres de las tropas reales, y mu- 
chos equipages y dinero. 

Pedro el malo se frotó las manos con muestras 
de grande alegría. 

— Capitán: esta noche aumentamos nuestro te- 
soro, y cenamos perfectamente. 

— La oportunidad no es mala, contestó Pedro 
el bueno. Fácilmente podríamos sorprender esa 
partida. 

— Bah! respondió Pedro el malo, no costaría 
mas trabajo que el que nosotros empleamos ayer 
en el tremendo combate; pero no se trata de eso, 
sino de jugarle una pasada á ese realista. Me 
ha asegurado uno de mis muchachos, que el hom- 
bre está rico Procedamos sin dilación, tomad. 

— Pero, hombre, ¿qué es esto? dijo Pedro el 
bueno al mirar que su compañero sacaba de la 
maleta de uno de los soldados unos vestidos de 
padre carmelita. 

— Lo qne quiere decir, es, que yo empleo en la 
guerra todas las armas posibles, y que por este 
momento debemos convertirnos en dos humildes 
religiosos, perseguidos por los hereges insurgen- 
tes, y convencernos con nuestros propios ojos de 
si es posible, sin perder un soldado, el aprovechar- 
nos de esta buena oportunidad Conque vamos. 

Pedro el malo dio algunas órdenes en secreto 
á los suyos, recomendando á todos la obediencia, 
y mientras tanto, se vistió los hábitos de carme 
lita, y con gran sorpresa observó Pedro el bueno 
que no le faltaba ni la corona. 

— Ya veo, compañero, que esta corona tan bien 
hecha causa á vd. una especie de admiración. Pues 
ella me ha salvado la vida: no es la primera vez 
qf e perseguido por esa canalla de realistas, dis- 
perso mi gente, y me convierto en un cenobita. 
Así también he logrado tener con el ilustre D. 
Félix María Calleja algunas conversaciones. 

Como á pesar de esto Pedro el bueno vacilaba, 
Garces le dijo: Si el chiste parece arriesgado y 
hay miedo, entonces 

Esta palabra decidió á Pedro el bueno, y aca- 
bó de disfrazarse. 

— Yd., compañero, será el lego, y tendrá cuida- 
do de cubrirse bien con la capucha. Yamos breve 
— y echaron á andar hacia la hacienda del Cubo. 

La tropa se dispersó á derecha é izquierda, ocul- 
tándose entre las cercas y montones de rastrojo 



y deteniendo á todos los indios que iban en la di- 
rección de la hacienda. 

Antes de llegar á la casa, fueron detenidos por 
los centinelas avanzadas. Un piquete los condu- 
jo, á pesar de su trage religioso, hasta la presen- 
cia del comandante de la escolta, que era un hon- 
rado y pacífico licenciado de San Luis Potosí, 
llamado D. Benedicto Yelasco, y que habia reu- 
nido cuanta gente pudo encontrar, con el doble 
objeto de salvar sus tesoros y ausiliar á D. Fé- 
lix Calleja, que estaba en marcha para Guadala- 
jara. San Luis Potosí estaba ya en conflagra- 
ción, y el licenciado, no podia vivir donde habia 
insurgentes, pues los aborrecía como al pecado 
mortal. 

Pedro el malo hizo una profunda reverencia, y 
D. Benedicto, luego que vio que tenia delante dos 
religiosos carmelitas, se puso en pié, y contestán- 
doles las cortesías, los invitó á sentarse delante 
de la mesa, donde habia una opípara cena. 

Los dos Pedros estaban muertos de hambre, y 
no esperaban mas que la primera invitación para 
avalanzarse á los manjares. 

— ¿A qué casualidad debo la dicha de tener tan 
buena compañía? dijo D. Benedicto. 

— Todo lo malo que sucede en este desventu- 
rado pais, se les debe á los insurgentes, que Dios 
por su infinita justicia castigará con el fuego 
eterno. 

— Cómo! reverendo padre: ¿será posible que se 
hayan atrevido — ? 

— A despojarnos de nuestros caballosy de nues- 
tra pobre maleta, á tratarnos como unos perros, 
y á enviarnos á que nos quejemos con vd., de 
quien dicen se burlan. 

— Esplicaos, esplicaos, padre, interrumpió con 
ansiedad D. Benedicto: ¿dónde están, dónde es 
tan los insurgentes? 

— A tiro de fusil de la hacienda, contestó el fin- 
gido carmelita. 

D. Benedicto dio un salto, y derribó la silla en 
que estaba sentado, corriendo precipitadamente á 

la puerta 

— Silencio! silencio, por Cristo crucificado! dijo 
el carmelita conteniendo á D. Benedicto. Es 
menester pensar seriamente el plan de campaña, 
y esto puede hacerse mientras tomamos un bo- 
cado. 

— Es verdad, dijo D. Benedicto respirando. 
Me habia yo olvidado el ofrecer á vdes. de cenar; 
pero en estos tiempos se pierde hasta la me- 
moria. 

— Bien, bien, caballero, dijo el carmelita con 



PEDRO EL BUENO Y PEDRO EL MALO. 



73 



fingida resignación. Dios da de comer á los paja- 

rillos y ademas, es tan providente, que quizá 

nos ha enviado aquí para salvar á estos buenos 
servidores del rey nuestro amo y señor. 

D. Benedicto, algo mas tranquilo, comenzó por 
servir un buen plato de asado á los dos padres. 
Pedro el bueno permanecía embutido en su capu- 
cha y con ganas de reir, mientras Pedro el malo 
bendecía los manjares, murmurando algunas pala- 
bras en latin. 

— Reverendo padre, dijo D. Benedicto: ya que 
lia concluido su reverencia de rezar sus oraciones, 
¿me podrá decir la manera cómo se evitará el pe- 
ligro ? 

— En primer lugar, es menester, interrumpió 
el carmelita, que si tenéis alhajas ó dinero de va- 
lor, procuréis ocultarlo, porque he oido decir al 
picaro capitán de esos ladrones, que os habia de 

quitar hasta la camisa sin perder un soldado 

— Eso no es posible, reverendo padre, esclamó 
D. Benedicto, poniéndose pálido. 

' — Por supuesto, eso mismo he pensado yo, y 
será mucho mas difícil, si tomamos de antemano 
todas las precauciones. 

— Sí, tomemos de antemano todas las precau- 
ciones, padre; todo lo que vd. quiera, dijo apre- 
suradamente D. Benedicto; pero dígame, ¿de cuán- 
tos hombres se compone esa partida, y cómo es 

que saben ? 

— Ya verá vd., caballero esos malditos están 

informados que hay muchas alhajas y algún di- 
nero. 

— Sí, por desgracia, dijo D. Benedicto tirán- 
dose de los cabellos. Crea vd., las riquezas hacen 
muchos daños y causan muchos cuidados. 

— Bendigamos al Señor en todo y por todo, es- 
clamó el padre alzando los ojos al cielo y baján- 
dolos llenos de lágrimas, que tuvo muy buen cui- 
dado de lirapiarse de manera que lo notara D. 
Benedicto. 

— ¡Oh! reverendo padre: yo no me separaré de 
vdes., que son unos santos y unos ángeles de guar- 
da para mí — Yamos, padre, dijo con cariño, di- 
rigiéndose al finguido lego, oti-a tortillita mas no 
hará daño, y menos si se toma encima un buen 
trago de aguardiente — Conque estábamos en 
que — — En que antes que todo es menester es- 
conder el dinero, dijo el carmelita; pero que esto 
sea tan en secreto, que ni aun nosotros sepamos, 
si es posible .... 

— Al contrario, vdes. me ayudarán, y en eso 
trabajaremos toda la noche; pero deseara yo, pa- 
dre, que me diera vd. mas estensas noticias. 



— ¿Cuántos hombres tiene vd. disponibles? pre- 
guntó el carmelita. 

— Esceptuando los mozos y arrieros, que no 
pueden ocuparse sino del cuidado de las cargas, 
serán ciento. 

— El carmelita se puso un dedo en la boca, y se 
quedó reflecsionando. Después de un momento, di- 
jo: La cosa no me parece tan sencilla; pero, en fin; 
creo que seria bueno proceder con calma. En 
primer lugar, no seria dificil encontrar donde es- 
conder el dinero y alhajas, y eso nada mas por 
precaución y para estar mas desembarazados. 
Después seria bueno enviar cosa de setenta hom- 
bres para sorprenderlos, y quizá caerían todos 
prisioneros. 

— Pero entonces tendremos que entrar en un 
combate, dijo alarmado D. Benedicto. 
— En ese caso es menester retirarse. 
— Imposible, interrumpió el realista: mi honor 
va de por medio, pues he prometido al Sr. Calle- 
ja reunirme con él, y tampoco puedo volver á San 
Luis. 

— El Señor nos favorecerá en este amargo tran- 
ce, dijo con resignación el carmelita, inclinando 
la cabeza y juntando las manos. 

— Pero, por fin, ¿cuántos son, reverendo padre? 
preguntó D. Benedicto. 

— Creo que no llegarán á cincuenta. 
■ — Pues estamos salvados entonces, esclamó el 
realista, dando un brinco de alegría y restregán- 
dose las manos. Agustín Carreño se encargará 
de traerlos á todos amarrados de pies y de manos. 
Es un guapo muchacho, y entonces los dejaremos 
á todos colgados en la hacienda del Cubo. La re- 
gla mas segura, padre mió, es matar todas las vi- 
veras. Ademas, no se irán sin confesión, pues 
afortunadamente su reverencia se encargará de su 
alma y Agustín Carreño de su cuerpo. Los ojos 
de D. Benedicto bailaban de alegría, mientras un 
ligero estremecimiento recorrió el cuerpo de Pe- 
dro el bueno. En cu.anto á Pedro el malo inclinó 
la cabeza, y dijo entre dientes: 
• — Cúmplase la voluntad de Dios. 
— Este varón es un santo, murmuró D. Bene- 
dicto, y se dispuso á salir de la pieza. 

— Dónde va vd., caballero? le preguntó el car- 
melita. 

— Yoy á doblar los centinelas, á encargar mw- 
cha vigilancia y á prevenir á Carreño de lo que 
tiene que ejecutar. Antes ocultaremos el dinero, 
y los caballos estarán listos, porque buena es la 
precaución. Mucho hombre soy yo para que pue- 
dan pegármela los insurgentes. Si quiere su re- 



74 



PEDRO EL BUENO Y PEDRO EL MALO. 



verencia acompañarme, aunque estará cansado, y 
será mejor que se recueste un poco. En la si- 
guiente pieza hay unas camas .... 

— De ninguna suerte. La vigilia, el ayuno y 
los cilicios, hacen que los carmelitas sean tan fuer- 
tes como los soldados. 

— Soldados son también de Cristo, dijo D. Be- 
nedicto. 

— El hermano Grerónimo, dijo Pedro el malo, 
quedará mientras — 

Los dos personages salieron, y Pedro el bueno 
quedó en la estancia, esperando el desenlace que 
tendría el enredo en que lo habia metido su com- 
pañero. 

Una hora después volvieron á entrar los dos 
personages, y Pedro el bueno debajo de su capu- 
cha notó que el júbilo resplandecía en el rostro 
del carmelita y de D. Benedicto, el que inmedia- 
tamente cerró la puerta, y se puso á estraer del 
equipage algunas cajitas de ébano y de carey, 
primorosamente embutidas en concha nácar. 

— Eh! dijo: parece que hemos concluido de sa- 
car todo. Ahora, vamos á ocultarlo: el hermano 
Gerónimo nos ayudará. 

Repartiéronse la carga entre los tres; D. Be- 
nedicto, marchando delante con un farol en la ma- 
no, atravesaron el patio, entraron en un machero, 
y junto á una cerca se detuvieron. Ecsaminaron 
todavía si alguien los observaba, y cerciorados de 
que estaban solos, comenzaron á cavar la tierra y 
á colocar cuidadosamente las cajitas, cubriéndo- 
las, en seguida, con tierra y piedras y rasti'ojo, y 
haciendo en la cerca de adove una cruz para que 
sirviera de señal. Concluida la operación, regre- 
saron á la sala, y en el momento Agustín Carre- 
ño salió con ochenta hombres á sorprender á los 
insurgentes. D. Benedicto y los frailes se subie- 
ron á la azotea, á esperar el resultado de la ope- 
ración militar. Vieron con júbilo deslizar silen- 
ciosamente una línea de hombres por la orilla del 
camino, y perderse finalmente entre la oscuridad 
de la noche. Después reinó un silencio completo 
durante un cuarto de hora, escepto el aullido leja- 
no de los coyotes y el ladrido doloroso de algunos 
perros. A la media hora distinguieron una luz 
como la que forman los relámpagos en el horizon- 
te, y á poco el lejano rumor de un trueno. Esta 
visión fantasmagórica se repitió varias veces. 

— Se han encontrado ya, dijo D. Benedicto es- 
trechando la mano del padre. 

— Sí, respondió el carmelita, con una acentua- 
ción muy marcada; se han encontrado ya, y á es- 
tas horas deben estar todos prisioneros. 



— Cree vd? interrogó D. Benedicto con un 
acento de duda. 

— Sin remedio alguno, y quizá fusilados. 

— Puede ser, respondió D. Benedicto, pues ta- 
les eran las órdenes que llevaba Agustín Carre- 
ño. Al fin, son hereges y escomulgados. 

— Entonces, cúmplase la voluntad de Dios, ¿no 
es verdad, padre Grerónimo? 

Los relámpagos acabaron, el ladrido lejano de 
los perros cesó, y no llegó á los oidos de nuestros 
personages mas que el ruido que hacia el viento 
en los rastrojos. 

— La cosa es concluida, dijo D. Benedicto con 
ansiedad. 

— Todavía no, caballero, respondió el padre: 
aprocsimémonos á la orilla. 

Los tres personages se acercaron á la orilla de 
la azotea; el padre carmelita se puso detras de D. 
Benedicto. 

■ — No veis nada? dijo el carmelita. 

— Sí, creo que se acerca gente. 

En efecto, se vela entre las sombras avanzar 
por un costado del camino la misma línea negra 
de caballeros silenciosos y taciturnos como unas 
fantasmas. 

— Son ellos, dijo D. Benedicto con alegría. 

Un grito especial y parecido al de un buhoj 
llegó á los oidos del carmelita, quien no pudién- 
dose contener esclamó: 

— No cabe duda, son ellos; los he reconocido. 
Eseelentes muchachos! 

Cinco minutos después la tropa fué detenida 
por el centinela, quien gritó: Traición! traición! 
Somos perdidos! Siguió la detonación de una 
pistola. 

— La regla es matar á todas las vívoras, escla- 
mó el carmelita; y tomando por los pies á D. Bene- 
dicto, lo precipitó de la azotea. 

— Viva la virgen de Gruadalupe, muchachos! 
gritó el fraile. Adentro, muchachos, adentro! La 
victoria es nuestra! 

Los guerrilleros, que reconocieron la voz de Pe- 
dro, se arrojaron como fiei'as por todas las puer- 
tas de la casa, matando al que hacia resistencia y 
amarrando á los criados y arrieros. 

Un momento después el fraile abrazaba en la 
sala lleno de placer á sus tenientes y soldados. 

Pedro el bueno, aunque valiente, habia contem- 
plado con cierto horror estas últimas escenas; pe- 
ro no se atrevió á decir una sola palabra, y antes 
manifestó regocijo. Inmediatamente fueron los 
dos Pedros á la cerca, desenterraron los cofreci- 
tos y encontraron dentro de ellos oro, diamantes, 



PEDRO EL BUENO Y PEDRO EL MALO. 



75 



perlas, topacios y rubíes. Pedro el bueno tomó 
oro y lo repartió á sus soldados. Pedro el ma- 
lo guardó para sí las alhajas mas preciosas. 

Se detuvieron el tiempo necesario para dar un 
pienso á su caballería y que la tropa comiera al- 
go, y antes de amanecer se pusieron en camino. 
La partida del valiente Agustín Carreño, que, co- 
mo se concibe, fué sorprendida, quedó amarrada, 
á virtud de los muchos ruegos del mayordomo de 
Pedro el bueno^ pues los guerrilleros de Pedro el 
malo tenian el mayor empeño en degollarlos. 

En el camino no tuvieron nuestros guerrilleros 
mas novedad que encontrar á unos vecinos de 
Santa María del Rio, que venian fugitivos, con- 
tando que un Lie. Reyes se habia apoderado 
de la población y fusilado á mas de veinte perso- 
nas que calificó de insurgentes. Pedro el malo, 
que de veras era astuto como la serpiente, amarró 
en un caballo á cada uno de los dos honrados fu- 
gitivos, y concertó con su compañero la manera 
de sorprender al bravo licenciado. 

En esta vez no ocurrieron al espediente de 
vestirse de fraile, sino que en la primera hacien- 
da por donde pasaron, se apoderaron de uno de 
esos inmensos carretones, parecidos al que sirvió 
de prisión al hidalgo de la Mancha; lo carga- 
ron de frijol, de maiz, de chile y de cuanto en- 
contraron. Ocho guerrilleros de los mas ani- 
mosos y resueltos, vestidos de indios, se encarga- 
ron de conducir el carretón. Pedro el malo vis- 
tió una cotona de cuero, montó en un caballo su- 
mamente bueno y ligero, aunque por flaco le lla- 
maban en la guerrilla el violin, y se adelantó con 
la carreta en calidad de mayordomo, dejando sus 
instrucciones á Pedro el bueno, reducidas á que 
caminara en la noche, detuviera y amarrara á to- 
do pasagero, se emboscara en los caminos de tra- 
vesía, y á la madrugada atacara impetuosamente 
el pueblo tan luego como mirara elevarse un 
cohete. 

Pedro el malo, en calidad de ranchero y mayor- 
domo de la carreta, entró en Santa María del RiO;, 
después de haber sufrido un minucioso registro; 
pero como los inocentes indios no tenian mas ob- 
jeto que comerciar, apenas uno que otro tenia un 
cuchillo viejo. El mayordomo traia solo una rea- 
ta en los tientos, y su caballo parecía tan cansado, 
que era menester para que caminara que el gine- 
te le aplicara frecuentemente las espuelas. 

A poco los indios comian en la plaza pacífica- 
mente srts tortillas y su chile, y el mayordomo 
vendia los granos tan baratos, que no solo las mu- 
geres le compraban, sino que hasta los realistas 



querían hacer una buena provisión para sus caba- 
llos. El mayordomo observó algunas casas cerra- 
das, algunas mugeres llorando, algunas manchas 
de sangre en la plaza, y estuvo atentamente escu- 
chando todas las conversaciones, y tomando cuan- 
tos informes necesitaba con una especie de sen- 
cilla rusticidad tan convincentes, que los mismos 
realistas le dieron minuciosas señas de los puntos 
donde estaba situada la tropa y el número de gen- 
te que habia. La cosa era muy seria, pues el li- 
cenciado, ademas de tener una fuerza de setecien- 
tos hombres, tenia once piezas de artillería. 

Un indio de los que componían la comitiva de 
la carreta, salió del pueblo arreando dos bueyes. 
Era, como se supone, un emisario, que iba á dar 
cuenta de todo á Pedro el bueno, y á comunicar- 
le nuevas instrucciones. Entretanto, el mayordo- 
mo se relacionó tanto con los realistas, que mu- 
chos de ellos, aunque con el mayor secreto, le ven- 
dieron tres ó cuatro machetes viejos y tres cara- 
binas en buen estado de servicio. El mayordo- 
mo, según decia, compraba estas armas para defen- 
derse de los insurgentes. 

La noche llegó: el mayordomo se acostó deba- 
jo de su carreta, y los indios al derredor de ella; 
admirando los realistas el buen sueño de aque- 
llas gentes, que roncaban como unos inocentes. 

Como á las cuatro y media de la mañana los 
realistas comenzaron á correr precipitados: á poco 
se oyeron disparar algunos tiros de fusil, y mas 
adelante tronaba la artillería. Parecía que el 
pueblo se hundia. 

El mayordomo de la carreta y sus indios se 
ofrecieron á ayudar en algo, particularmente en 
la artillería. En efecto, fueron destinados al ser- 
vicio de tres piezas, que eran las únicas que po- 
dían dar fuego, pues para las demás no habia 
parqué. Los indios se portaban maravillosamen- 
te, y su valor rayaba en temeridad: lo único que 
podía observarse era, que al salir cada tiro moria 
alguno de los artilleros realistas, sin que pudiera 
comprenderse de dónde venian las balas. Tanto 
visitó la muerte á la artillería, que á las cinco de 
la mañana y cuando la luz comenzaba á pintar el 
horizonte, los únicos que hablan escapado eran el 
mayordomo y dos indios, pues los demás hablan 
muerto acaso ó desertado. 

Los fuegos eran tan flojos, que el heroico abo- 
gado que habia visitado todos los puntos del com- 
bate y alentado á los guerreros, tuvo gana de sa- 
ber lo que pasaba en su artillería, y se avanzó en 
un tordillo andaluz, seguido de una escolta de ca- 
ballería. 



76 



PEDRO EL BUENO Y PEDRO EL MALO. 



Apenas el mayordomo de la carreta vio avan. 
zar al grupo de caballería, cuando gritó con una 
voz de trueno: "Viva el general Reyes," y un cohe- 
te se elevó en el aire. Por una inocente equivo- 
cación, una pieza cargada con metralla estaba vol- 
teada hacia la dirección en que venia el abogado. 
Uno de los indios le dio fuego. El licenciado y 
su caballería desaparecieron como si se los hubie- 
se llevado una ráfaga de viento. Como esta era 
la principal fuerza, por una parte, y por otra es sa- 
bido, que luego que muere el gefe los soldados se 
desaniman, la confusión y el terror se esparcieron 
en las filas de los realistas; comenzaron los unos 
á huir y los otros á ocultarse. Mientras Pedro 
el bueno introducía sus soldados por las calles y 
tomaba las avenidas de las plazas, Pedro el ma- 
lo cargaba las piezas con metralla y piedras, y ha- 
cia fuego sobre los fugitivos. Los guerrilleros de 
Pedro el bueno, acostumbrados á la obediencia y 
al orden, permanecían en sus puestos, evitando los 
robos y los desórdenes, perdonando á los rendi- 
dos, y aun dejando escapar, movidos de compasión, 
á muchos de ellos, mientras los soldados de Pe- 
dro el malo se hablan desbandado por la pobla- 
ción, abierto á balazos las puertas de las tiendas 
y casas, y comenzaban á hacer una buena provi- 
sión de licores, de ropa, de alhajas y de hermo- 
sas muchachas, de suerte que tenían separadas 
seis doncellas que debian acompañarlos en sus es- 
pediciones succesivas. Advertido Pedro el bue- 
no de estos escándalos, tomó cuatro de su mejo- 
res hombres, y se dirigió á contenerlos, lo cual 
no costó poco trabajo, teniendo que hacer uso de 
sus armas. Se retiraba satisfecho de esta buena 
obra, cuando en una casa baja y de regular apa- 
riencia oyó unos gritos muy lastimeros. Tocó la 
puerta, y como nadie abriese, ordenó á sus mucha- 
chos que la derribaran, lo cual hicieron en menos 
de dos instantes. 

Pedro el bueno entró, y vio á un infeliz ancia- 
no, arrodillado y cubierto de sangre, á quien da- 
ban fuertes cintarazos y cuchilladas; á una ancia- 
na, inundado el rostro en lágrimas, abrazando á 
una criatura de incomparable belleza, que con el 
cabello en desorden, la boca entreabierta y los 
ojos relumbrantes, veia mas bien como una loca to- 
da aquella escena, y clavaba sus uñas y sus dedos 
en los brazos de la madre. Un guerrillero tenia 
apoyado el cañón de una pistola en las sienes de 
la anciana. 

Luego que la puerta cayó al suelo, sin que los 
actores de esta escena se apercibieran de ello, Pe- 
dro el bueno se lanzó á la sala de la casa, y con 



un grito enérgico procuró detener á los dos fero- 
ces soldados de Pedro el malo, que eran los ver- 
dugos, y que estaban empeñados en apoderarse 
de la inocente criatura; y decimos inocente, por- 
que apenas tendría trece años. 

Detuviéronse un momento; pero encarnizados y 
frenéticos por la resistencia que les hablan opues- 
to tres criaturas débiles y aisladas, no hicieron 
caso de las amonestaciones de Pedro el bueno, y 
le amenazaron con darle muerte. 

Pedro el bueno, mirando que iban á asesinar á 
los dos ancianos y al ángel que defendían, usó 
de sus armas, y logró, ayudado de sus soldados, 
desarmar y arrojar de la. casa á los guerrilleros 
de Pedro el malo. 

Los dos ancianos y la niña, á un tiempo movi- 
dos de un mismo sentimiento, se arrojaron á los 
pies de Pedro; abrazaron y cubrieron de besos y 
de lágrimas sus rodillas. 

Pedro que, como hemos dicho, era hombre de 
poco hablar pero de un corazón muy sensible, tu- 
vo que disimular para que sus soldados no obser- 
varan que los ojos se le hablan llenado de lágri- 
mas. Restablecida un tanto la tranquilidad de 
la familia, Pedro con sus propias manos ayudó á 
vendar las heridas del anciano, que no eran peli- 
grosas, y á colocarlo en su lecho; tranquilizó á la 
señora, y consoló á. la linda muchacha, que sintió 
algún alivio y consuelo en el momento que co- 
menzó á llorar. Pedro se informó que la niña 
se llamaba G-ertrudis y los dos ancianos eran sus 
abuelos. Las personas que conocen un poco los 
interiores de las familias, saben que el amor que 
los abuelos tienen por sus nietos es algunas ve- 
ces superior al que los padres tienen por sus 
hijos. 

Pedro estaba verdaderamente conmovido con 
la escena de que él habla sido el principal actor, 
salvando de la muerte y de la deshonra á una 
desvalida é inocente familia; pero á pesar de es- 
te sentimiento que dominaba su alma, no pudo 
evitar el detenerse en considerar la hermosura de 
la criatura, con su tez de virgen, rosada y suave* 
sus labios rojos, sus ojos llenos de languidez y de 
inocencia y sus leves y blondas cabellos, que ca- 
yendo en desorden por sus mejillas, engastaban 
su angélica fisonomía. Pedro trajo á su memo- 
ria inmediatamente la sombría aventura que pasó 
en su hacienda; se figuró ver á su hermana de- 
lante de sus ojos, no moribunda y pálida como 
las azucenas de las selvas, sino bella y fresca co- 
mo las rosas que se abren con el rocío de la ma- 
ñana, aérea como los ángeles que pintaba Mu- 



PEDKO EL BUENO Y PEDRO EL MALO. 



77 



rillo en sus cuadros. Volvió la vista hacia G-er- 
trudis, que estaba de pié en la cabecera de la 
cama del anciano,, y creyó ver que circundaba la 
hermosa cabeza de la niña una aureola luminosa y 
divina. Pedro en este momento de éxtasis encon- 
traba tanta semejanza, tanta identidad entre la 
visión que representaba á su hermana y G-ertru- 
dis, que creia ver dos almas gemelas prontas á su- 
bir y perderse entre las estrellas y el éter azul os-' 
curo de los cielos. Tuvo que ponerse la mano 
sobre su corazón para contener sus latidos: paseó 
su vista por la estancia, y salió de la casa con la 
frente agobiada con un pensamiento doloroso y 
sombrío, arrojando una mirada llena de lágrimas 
á aquel ángel que habia despertado en su cora- 
zón los recuerdos que hablan adormecido los pe- 
ligros y las fatigas de una vida aventurera y er- 
rante. 

El Sol se levantaba brillante y magestuoso de- 
tras de una magnífica cordillera de montañas; los 
pájaros volaban gozosos por encima de los techos 
de las casas, y los animales del campo saludaban 
la venida del dia. El humo se levantaba con la 
niebla de la mañana, y una brisa fresca parecía 
empeñada en llevarse el olor de la sangre y de 
la pólvora. Solo las casas estaban cerradas her- 
méticamente, las calles solitarias, y una que otra 
gente que por necesidad salia temerosa de su ha- 
bitación, caminaba arrimada á las aceras con pre- 
caución y miedo, llevando impresas en su rostro 
las señales del terror y el espanto. 

Pedro llegó á la plaza. Las guerrillas triun- 
fantes estaban formadas, y su compañero Pedro 
el malo, subido en la carreta, estaba entretenien- 
do el tiempo, mientras clavaban los cañones y car- 
gaban á la ligera algunas muías ccm el dinero y 
parque que pertenecía á los realistas, en ver col- 
gar de los balcones del palacio municipal á los 
prisioneros que tenian en su poder. Habia ya 
diez que se balanceaban en el aire con las ago- 
nías de la muerte. Treinta mas, que estaban en- 
tre una fila de soldados, esperaban que les llega- 
ra su vez. 

Pedro el bueno tuvo mucho trabajo para que 
su compañero perdonara la vida á los prisioneros; 
pero al fin lo consiguió, y antes de medio dia, las 
dos valientes guerrillas abandonaban el pueblo 
de Santa María del Rio, encaminándose á Grua- 
dalajara, á reunirse con el generalísimo D. Mi- 
guel Hidalgo y Costilla. 

Nada particular ocurrió á nuestros dos Pedros 
por el camino: su astucia y sangre fria hizo que 
escaparan de las tropas y guerrillas reales qu 
TOM. I. — IV. 



interceptaban los caminos; y cargados de dinero 
y de botin, con pérdida solamente de quince hom- 
bres en las jornadas precedentes, llegaron á la 
Joya la víspera de la famosa batalla de Calderón. 
El generalísimo los recibió como se reciben á dos 
valientes guerreros cuando es conocida su fama; 
les convidó de su frugal almuerzo, y señaló á ca- 
da uno el puesto mas arriesgado, y que convenia 
á su categoría de capitanes. Pedro el bueno en- 
tregó al generalísimo todo el dinero que llevaba, 
reservándose solo algunas onzas de oro para él 
y otras que distribuyó entre sus soldados. Pedro 
el malo, por el contrario, dio solo el dinero en pla- 
ta, quedándose con el oro y las alhajas adquiri- 
das en la hacienda del Cubo. 

El dia siguiente ala llegada de los dos Pedros, 
se pasó en preparativos; al otro dia se avistaron 
las avanzadas del ejército de Calleja, y el 12 de 
Septiembre de 1811 se dio la sangrienta acción 
del Puente de Calderón. 

Pedro el bueno sostuvo su puesto como un va- 
liente; pero todo fué inútil, pues la metralla de la 
artillería enemiga hacia desaparecer momentánea- 
mente á sus guerrilleros, y de improviso una for- 
midable batería de noventa y dos piezas de arti- 
llería se vio envuelta por las tropas españolas. 
Pedro el bueno debió su salvación á la bondad 
de su caballo. Todos sus guerreros hablan caldo 
heridos ó muertos por las balas enemigas: solo el 
fiel mayordomo y tres mas pudieron seguir á su 
capitán. 

En cuanto á Pedro el malo, muy poco caso hi- 
zo de las órdenes de Hidalgo; abandonó el punto 
luego que conoció que la batalla estaba al per- 
derse, y con la gente que le quedó, ocupó un bos- 
que, donde fué mas feliz que su compañero. Allí 
estuvo en posición de hacer fuego á todos los que 
se descarriaban, y desde allí envió á un mulato 
llamado Lino, que era soldado de su guerrilla, á 
que echara un lazo al bravo conde de la Cade- 
na, que con sable en mano iba como un furioso, 
corriendo á gran distancia de sus tropas. En 
cuanto Pedro el malo observó que tampoco tenia 
ya mucho que hacer en el bosque, reunió su gen- 
te, y por barrancas y senderos escusados se puso 
en camino con dirección á las montañas de su 
hacienda, donde conocía lugares recónditos en los 
cuales no podían alcanzar las persecuciones de 
sus enemigos. 

Pedro el bueno, devorado de tristeza y de pe- 
sar por haber visto caer á su lado á todos los va- 
lientes y leales muchachos que componían, por de- 
cirlo así, su única familia, se encaminó maquinal- 
mente hacia la dirección de Santa María del Rio, 
resuelto á seguir constantemente á Gertrudis, co- 
mo el marinero sigue en medio del océano la es- 
trella brillante y consolado.ra del Norte. 

(Concluirá.) 






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' Oh! tú que desde lo alto del estendido cielo 
bobre los hombres velas con ojo paternal, 
Mandando bienhechores raudales de consuelo 
Al infeliz que marcha regando en su desvelo 
Con lágrimas amargas la ruta mundanal! 

Que un cielo sobre el mundo por pabellón pusiste, 

Y en medio de altos montes tendiste el hondo mar; 
Que el alba derramaste tras la tiniebla triste, 

Y flores á los campos tras el invierno diste, 

Y aves que en ellos puedan tus glorias ensalzar: 

Oye mi acento débil, que sube confundido, 
Llorando mis errores, cantando tu piedad. 
Con cuanta voz el mundo levanta agradecido, 
Su ingratitud inmensa llorando conmovido. 
Loando entusiasmado tu ecselsa mage.stad. 

En mi ánimo infundiste con soplo sacrosanto 
De inspiración el germen fecundo y bienhechor: 
Pusiste ante mis ojos el estrellado manto 
Del cielo, que me dice que tras desvelo tanto. 
Me guarda una morada magnífica tu amor. 

Díjome así tu acento: "Pasa sobre la tierra 
Cual marcha el peregrino sin descansar jamas; 
Si tienes una lira, di cuanto aquella encierra 
De llanto y de miserias y de continua guerra; 
Canta de mi morada la inalterable paz. 

"Tú pasa sobre el mundo cual cisne que volando, 
Jamas con cieno impuro sus alas empañó: 
Los cánticos imita que él alza agonizando. 
Porque ¡ay del que su origen y fines olvidando. 
Placeres Insensato gozar aquí soñó!" 

Perdona! Despreciando tu paternal acento, 
Sordo á tus advertencias en mi delirio fui: 
Yo puedo asegurarte, que desde aquel momento 
El mundo dio k mis ojos sus lágrimas sin cuento. 
Venturas. . . . ¡una sola no tuve para mí! 

Tras un fantasma vano, corriendo deslumhrado. 
Trocó tu amor el alma por ansiedad cruel: 
Sobre las turbias ondas de un mar alborotado 
¡Qué mucho que me hubiera la estrella abandonado 
Que ser debiera el norte de mi infeliz bajel! 

Mas, náufrago, ya toco la playa apetecida; 
Mojadas aun las ropas, me acerco hacia el altar, 

Y ante él he ya jurado pasar toda mi vida 
Durmiendo en calma bajo tu sombra bendecida. 
Sin desafiar de nuevo los riesgos de la mar. 

Quiero que sepa el mundo que si cantó otros diaa 
Bastardas emociones ó vanas mi laúd. 
Sus voces acabaron ya de espirar impías, 
Que en él ya no resuenan mundanas armonías; 
Desde hoy sus cuerdas vibra severa la virtud. 

Tú inspirarás á mi alma el entusiasmo santo 
Con que ante el mundo todo te proclamó David, 

Y mientras en mi lira tus alabanzas canto, 



Yo dormiré á la sombra de tu sagrado manto. 
Cual duerme bajo el olmo meciéndose la vid. 

¿Qué importa queotros duden. Señor, de tu ecsistencia? 
¿Qué importa que el ateo diga: "No ecsiste Dios!" 
Si por dó quier revelan á mi alma tu presencia 
Con su clamor los vientos, las flores con su esencia, 
Con su esplendor los campos, las aves con su voz: 

Si sé que entre las sombras, en sosegado giro. 

Tu alfombra recamando, mundos tras mundos van, 

Y desde tu celeste magnífico retiro 

La luz que los espacios iluminando miro. 

Tus ojos á esos astros. Señor, prestando están? 

¿•Qué importa, si yo miro que al hombre laborioso 

No niega sus tesoros la tierra virginal; 

Que su cabana libras del aquilón furioso, r^t 

Y á sus cansados miembros concedes el reposo 
De noche, hasta que brilla la lumbre matinal: 

Si miro que en un leño se arroja el misionero, 

Sereno contrastando la furia de la mar. 

Para plantar en tierras lejanas el madero 

Con que en pasados tiempos llamaste al mundo entero, 

La herencia de los cielos al hombre para dar: 

Si sé que en la alta cumbre del Alpe nebuloso 
Te adora el ermitaño con acendrada fé, 

Y al escuchar el yelo que rueda fragoroso, 
Sale á impedir que el triste viagero temeroso 
Muera aterido ó lleve hacia un abismo el pié.' 

Señor! tú que protejes al mísero gusano. 
Que de contento inundas tu santa creación, 
¿•Por qué lleno de ira tu omnipotente mano 
Hizo que con la frente tocara el polvo vano 
La virgen mas hermosa del mundo de Colon.' 

Mírala aquí, su nombre manchado con la afrenta, 
Bogando en un océano de lágrimas sin fin. 
La que inmortales hechos en sus anales cuenta, 
¡Ludibrio de los hombres, hoy mísera y sangrienta 
La flor mas bella un dia del mundo en el jardin! 

Señor! Tiende hacia ella tu mano compasiva; 
Sus lágrimas enjuga, vuélvela su esplendor; 
Pero si escrito tienes, que en la desdicha viva, 
Ora se arrastre débil ó se levante altiva, 
Siempre será mi patria la tierra de mi amor! 

Si el mundo á mis cantares concede alguna palma, 
Sea el llorar conmigo de aquella el malestar! 
Sea que de la tierra desengañada el alma. 
Tras la borrasca anhele la inalterable calma. 
Que solo á tí clamando se logra'disfrutar. 

Yo, náufrago, ya toco I a playa apetecida; 
Mojadas aun las ropas, me llego hacia el altar, 
Y ante él he ya jurado pasar toda mi vida. 
Durmiendo en calma bajo tu sombra bendecida. 
Sin desafiar de nuevo los riesgo de la mar. 

184S. 



^% IFICIL será encontrar pueblecitos mas lle- 
^J- nos de hermosura y de fertilidad que los 
que se hallan en la falda de las grandes mon- 
tañas Popocatepetl é Ixtaxihuatl. En vez de 
lavas, azufre y arenas, el suelo esta cubierto de 
un espeso y frondoso bosque, que comienza en la 
llanura y termina en el límite de la vegetación. 
La nieve que se funde todos los dias, baja for- 
mando raudales de agua cristalina y pura á fe- 
cundar las tierras de las haciendas y ranchos que 
están al pié de los volcanes, y las vertientes que 
brotan de las rocas dan la vida y la abundancia 
á todos los pueblos cercanos. 

Atlixco es uno de los pueblos situados al pié 
del volcan que merece mencionarse. Al entrar 
á la población, se encuentra el cerrito de San Mi- 
guel, de una forma graciosa, cubierto de verdura 
y florecillas, y aislado completamente de la cor- 
dillera de las montañas, que va estendiéndose ha- 
cia el Sur. El pueblo está rodeado de huertas 
frondosas, donde se da en abundancia la chirimo- 
ya, el aguacate y el chico-zapote, y las flores pro- 
gresan con la misma facilidad. Estas huertas for- 
man una porción de callejones, parecidos á los de 
Jalapa, donde se respira una atmósfera pura y bal- 
sámica, y en algunas partes la vegetación es tan 
ecsuberante que apenas penetran los rayos del 
Sol. Todas aquellas huertas se hallan atravesa- 
das por mil corrientes de agua cristalina, y entre 
los íamajes anidan multitud de primorosas aves. 
Si alguna cosa pusiera de su parte el hombre, no 
cabe duda en que Atlixco, ademas de ser una de 
las mas bellas residencias campestres del mundo, 
seria muy productivo, pues podrían criarse gran- 
des colmenares, y cultivar magníficos vegetales • 
pero en cada punto de esos en que parece que ha 
derramado sus beneficios la mano pródiga del 
Criador, se encuentra la soledad y la incultura 
mas completa, pues solo habitan en unas chozas 



miserables algunos indios. Atlixco está rodeado 
de haciendas pequeñas, donde se producen esce- 
lentes trigos, que compiten en calidad con los del 
valle de San Martin; y aunque algunas de las tier- 
ras necesitan de varios beneficios, otras tienen por 
su fertilidad una fama tradicional, tales como la 
hacienda de Santa Lucía, que pertenece á nuestro 
amigo Gronzalez de Mendoza. No se puede ha- 
blar de Atlixco sin mencionar un magnífico y ve- 
nerable ahuehuete que está en las orillas del pue- 
blo, y que no tiene mas rival que el de Santa Ma- 
ría del Tule de Oajaca. Bajo la sombra de su 
ramage pueden abrigarse mas de cuarenta hom- 
bres á caballo, y dentro de su tronco caben diez 
hombres á caballo. Los rayos han destrozado en 
parte este árbol magnífico, y la mano del hombre 
ha contribuido también á quitarle parte de su be- 
lleza y lozanía, cortando del centro del tronco 
grandes trozos de madera. Aprovechamos esta 
ocasión para escitar á las autoridades de Puebla y 
de Atlixco, á fin de que manden echar una balaus- 
trada al derredor de este árbol, que puede llamar- 
se una maravilla de la naturaleza y de esta mane- 
ra no acabe de destruirse. Al pié del ahuehuete 
brota un manantial de agua potable, lo cual sin 
duda hace que siempre esté tan lozano y frondoso. 
A cosa de dos millas de Atlixco se halla un 
pueblecito de indios llamado Aljojópam: cada fa- 
milia tiene su pedazo de tierra, donde siembra le- 
gumbres y maiz, y es también propietaria de sus 
vacas, carneros y una choza construida con mas 
esmero que las que comunmente se ven en los 
pueblos cortos. Cada propiedad está cercada de 
frondosos chiromoyos y aguacates. Atraviesa el 
pueblo un riachuelo de agua cristalina, que si no 
sirve para beber, fertiliza demasiado todas las 
huertas. La iglesia es de piedra, y está colocada 
en una plazuela pequeña sombreada por corpulen- 
tos ahnehuetes. El conjunto del pueblecito for- 



80 



LA FALDA DE LOS VOLCANES. 



ma un delicioso vergel. Los indios de Aljojópam 
conservan en medio de la nueva raza mexicana 
toda su independencia y libertad. Casi ning-uno 
de ellos sabe el castellano, y todos, escepto las 
prácticas del culto católico, tienen las costumbres 
que heredaron de sus padres. Cuando una mu- 
chacha se quiere casar, el modo de hacerlo públi- 
co es colocar pocos dias antes, colgados de los ár- 
boles, cantaritos llenos de claveles, rosas de Casti- 
lla y sempasuchiles.— Un alcalde 5 cacique gobier- 
na la pequeña población, y para hacerse respetar 
tiene una Guardia Nacional, compuesta de seis ú 
ocho mancebos robustos, y una cárcel, que sea di- 
cho de paso, suele estar vacía una gran parte del 
año. Si una que otra vez no fueran esos indíge- 
nas sacados por los prefectos para llenar el cupo 
del ejército, serian completamente felices. A po- 
ca distancia del pueblo y junto á unos cerros de 
poca elevación, hay unos manantiales de aguas mi- 
nerales, á las que atribuyen muchas virtudes, en- 
tre otras, la de hacer de una fecundidad prodigiosa 
á las mugeres que se bañan en ellas. Su color es de 
un azulado transparente, y su sabor cobrizo. Me 
consta por esperiencia, que bebiéndolas en gran 
cantidad, producen una irritación en los órganos del 
estómago, á veces acompañada de calenturas. Pue- 
den citarse dos ó tres casos en diferentes personas. 

A cosa de dos leguas de Aljojópam hay otro 
pueblecito mucho mas florido y ameno, que se lla- 
ma Tochimilco en mexicano {viadrigue7-a de cone- 
jos). Está ubicado ya en el pié del volcan. La 
iglesia parece una de las primeras fundadas por 
los españoles. El cementerio es una gruesa y es- 
tensa muralla, toda cubierta de almenas, y el tem- 
plo es un castillo lleno de troneras y ventanillas, 
y con pasos cubiertos formados en el espesor de 
las paredes. Sin duda fué en el tiempo en que 
todavía no estaban completamente dominadas al- 
gunas tribus belicosas, y que las iglesias tenian el 
doble carácter y objeto de un asilo religioso y mi- 
litar, desde donde los conquistadores sallan á es- 
tender sus conquistas física y moralmente. 

Tochimilco, bañado con las vertientes del vol- 
can, es de un clima suavísimo y de una fertilidad 
prodigiosa. El trigo, el maiz, la cebada y el lino, 
se cultivan con mucha facilidad; pero la falta de 
población y de gente industriosa hace que sea po- 
sitivamente un desierto. Si se colocara una co- 
lonia de suizos en esa parte del volcan, dentro de 
pocos años seria uno de los mas bellos paises del 
globo. 

A cosa de una milla del pueblo hay una capi- 
lla, que llaman del Calvario. No sé que atractivo 



tiene una pequeña iglesia silenciosa y solitaria 
en medio de una naturíileza qu.e ostenta todas las 
maravillas del Señor. En un templo pequeño 
y humilde del campo se adora á Dios; en el 
pájaro que salta de los frondosos rosales á la 
cornisa del altar; en el arroyuelo de cristal que 
serpea entre las flores conduciendo esos insectos 
leves y delicados como la espuma de las aguas; en 
el ambiente cargado de perfumes, y en ese concier- 
to que forman, al ocultarse los últimos rayos del 
Sol, las aguas de los ríos, los animales del monte, 
las brisas que mecen las copas de los pinos. Es 
una de las deliciosas escursiones que recordaré to- 
da mi vida, la que hacia yo en las horas del cre- 
púsculo, á la solitaria capilla del Calvario. Cuando 
la luz se ocultaba, cuando el rojo color de los vol- 
canes que parece un momento vomitaban fuego 
como en otros siglos, se cambiaban en un tristísi- 
mo color blanquecino, arrojaba yo una mirada á 
la gigantesca montaña, que tan poéticamente lla- 
maban los indios la Muger Blanca, y entraba .á la 
capilla, hasta que solo veia por entre las vidrieras 
de la cúpula los tímidos rayos de las estrellas. Si- 
guiendo una calle formada de casas rústicas, mu- 
chas de las cuales están cubiertas de madreselvas, 
de campanillas, floripundios, maravillas nácares y 
blancas, se llega á una gruta encantadora, que pa- 
rece el palacio cristalino de una ondina. Del fon- 
do de la gruta sale una vertiente de agua, que pa- 
sa por un acueducto para repartirse á las hacien- 
das ceícanas. Desde la gruta se percibe el som- 
brío ramage del monte del volcan, y mas allá, per- 
diéndose entre las nubes ó destacándose como un 
inmenso trozo de plata copella, se ve la cumbre 
elevada del Popocatepetl. 

Del otro lado de una barranca profunda y lle- 
na de árboles y de plantas, hay otro t)ueblecito, 
que se llama según recuerdo Yanhuililpa, y que 
está un poco mas elevado en la falda del volcan. 
Los indios que lo habitan no tienen mas ocupa- 
ción que cultivar flores, que venden en Atlixco y 
Puebla. Materialmente es una alfombra vistosí- 
sima. Hay camellones de azucenas, otros de cla- 
veles, otros de chícharo, otros de amapolas.- 

Un dia, engañados por la vista, emprendimos 
algunos amigos subir ai volcan, juzgando que an- 
tes de seis horas estaríamos en el cráter. Pro- 
vistos de buenas escopetas y de algunos perros de 
caza, y guiados por uno de los indios, atravesa- 
mos las calles del pueblecito que se acaba de men- 
cionar, y que van ascendiendo, hasta que terminan 
entre los breñales del monte. Los caballos, aun- 
que acostumbrados al camino de las montañas, 



LA FALDA DE LOS VOLCANES. 



51 



tenían mucha dificultad para subir, y emprendían 
á veces saltos peligrosos: así en el primer lugar 
que se pudo, nos desmontamos, y con las escope- 
tas al hombro, seguimos el camino. En breve 
nos vimos ya entre lo mas espeso del bosque. 
Imposible es describir cuan magestuoso y salva- 
ge es el monte que rodea los volcanes. Las aguas, 
el derrumbe de las piedras, y mas que todo las 
fuertes conmociones que habrá tenido la monta- 
ña, han formado grietas profundísimas; pero la 
tierra vegetal vino á cu'brir la capa de rocas, y 
aquellas profundidades infinitas se embellecieron 
con los árboles, con las flores, con las plantas de 
mil especies. Los conejos y las ardillas saltaban 
casi á nuestros pies; pero hablamos olvidado la 
caza extasiados con tanta maravilla, con tan subli- 
mes perspectivas, como á cada momento nos pre- 
sentaba el bosque. Una de las cosas que causa 
una estraría impresión, es el silencio tan absoluto, 
que es imposible comprender cuando no se ha 
subido á una grande altura. Parece que á pro- 
porción que se asciende, la alma se engrandece, y 
se llena de un orgullo indefinible, y entonces al 
ver confundirse al parecer y borrarse entre el pol- 
vo las ciudades; al observar que los mas altos edi- 
ficios que eleva el orgullo del hombre, son peque- 
ños como el tallo de las flores comparados con esas 
masas enormes de roca, que se llaman montañas, 
se puede concebir mejor cuánta es la inmensidad 
de Dios y la pequenez de las criaturas. 

Insensiblemente, y tomándonos algunos minu- 
tos de vez en cuando para descansar, ascendimos 
hasta el límite de la vegetación. Nuestra sorpre- 
sa fué grande, porque es imposible describir el 
ancho y magnífico panorama que se alcanza á ver 
desde esa altura. El Pico de Orizava, el Cofre 
de Perote, la Malinche, y las cadenas de monta- 
ñas con sus diversas tintas, se nos presentaban, 
permitiéndonos percibir las profundidades de los 
valles, cubiertos con una atmósfera de oro. Como 
media hora permanecimos admirados, fijando nues- 
tra vista, ya en un punto, ya en otro, y al fin nos 
resolvimos- á penetrar en el arenal que precede á 
la región de las nieves; pero nos hundíamos has- 
ta las rodillas, y arrepentidos de nuestra temeri- 
dad, retrocedimos al bosque, coronado ya de nu- 
bes densas. Afortunadamente solo cayó una pe- 
queña lluvia; y digo afortunadamente, porque las 
tempestades que se forman en el volcan, son hor- 
ribles, é impetuosos los torrentes de agua que des- 
cienden á la llanura. 

En otra ocasión nuestras escursiones se esten- 
dieron hasta San Nicolás de los Eanchos, situado 



en el otro estremo de la falda del volcan: es un 
pueblecito pequeño, situado en el monte, y com- 
puesto en su mayor parte de leñadores y neveros. 
La agua de San Nicolás es de una frescura y de 
un sabor tan particulares, que sin ponderación, 
podría hacerse un viage solo por disfrutar el pla- 
cer de bebería. El temperamento es mas frió 
qne el de Tochimilco, debido á la elevación en 
que se halla. 

De San Nicolás, siguiendo el sendero del mon- 
te, se desciende á este lado de los volcanes; pero 
casi no se puede imaginar un camino mas pinto- 
resco, aunque peligroso en muchas partes, pues 
hay necesidad de caminar por estrechas veredas, 
formadas en los costados de barrancas profundas. 

Ameca participa de la fertilidad y de la infini- 
ta frescura y puro" ambiente de los pueblos de la 
falda del volcan, y ademas tiene la particulari- 
dad de tener enteramente aislada una montaña 
pequeña cubierta de árboles y de flores. En la 
cima de esta hermosa montaña hay edificado un 
santuario. Ameca es una población mas consi- 
derable, pues ademas de ser la boca de la tierra 
caliente, está Cercada de ranchos y haciendas. 

Rápidamente hemos dado cuenta al lector de 
algunos pueblos situados al pié de los volcanes. 
Imposible seria pintarle cuánta apacibilidad, 
cuánto encanto tienen todas esas tierras que cir- 
cundan las dos magníficas montañas. Cuando se 
vive algún tiempo en esos lugares, llega á formar- 
se en el corazón del hombre una especie de inte- 
ligencia y de amor á la montaña, de manera que 
cada tarde al ponerse el Sol, cada mañana al co- 
lorearse el horizonte, se observan con un interés, 
como el que se tiene por una criatura animada, 
sus diversos matices, el primor de las tintas que 
la luz hace aparecer en la nieve, la magestad con 
que resplandece en el fondo trasparente y azul 
de los cielos. Cuando las nubes cubren la fren- 
te blanca de la montaña, el alma se siente opri- 
mida de tristeza, y el corazón también se estreme- 
ce cuando el rayo truena en los bosques de su fal- 
da, y cuando la luz del relámpago la hace por 
momentos aparecer en el fondo oscuro de la no- 
che, como un gigante de fuego que amenaza con 
la muerte y la destrucción á las ciudades cerca- 
nas. — M. Payno, 

(Escrito para el Álbum.) 




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I. 

EL PRÍNCIPE SEDUCTOR. 

ly N dia el príncipe Seductor, paseándose con 
su preceptor en el campo, encontró á una joven 
pastora. 

Sus ojos y cabellos eran negros, sus moTÍmien- 
tos vivos, su fisonomía agradable, y sobre todo, 
su aire atractivo, á la vez que tímido, le daba cier- 
ta semejanza con el bonito animal cuyo nombre 
llevaba ella misma. 

Se llamaba Cabrita, y apacentaba cabras en los 
alrededores. 

— Olifur! dijo el príncipe á su preceptor. 

— Qué cosa, señor? respondió éste. 

— Ves á esa joven? 

— Sí la veo. 

— Qué te parece? 

— Qué os parece á vos? 

— Yo la encuentro adorable. 

— Adorable. 

— Me ocurre una cosa escelente. 

— Escelente. 

— Quiero casarme con ella. 

Olifur no pudo menos de observar: 

— ¿Pero qué pensarán de ello vuestros abue- 
los, vuestros padres ,y vuestros subditos, y la tier- 
ra, el cielo, los dioses y los hombres? Ademas 
vuestra madre negará su consentimiento. 

— Eso ya lo veremos. 

■ — Aun no sois mayor de edad. 

— Qué importa? 
■ — No conseguiréis vuestro intento. 

— Vas á verlo. 

II. 

UNA MADRE AFLIGIDA. 

La reina se arrancaba los cabellos, y deryama. 
ba un torrente de lágrimas. 



El príncipe Seductor acababa de comunicarle 
sus intenciones respecto de Cabrita. 

La madre se arrojó á los pies del bijo, y le su. 
plicó que renunciase un proyecto que no podia 
menos de causarle la muerte. 

El príncipe resistió á todos los ruegos mater- 
nales. 

— Qué firmeza! se decia Olifur que se hallaba 
presente; el honor es para mí, que lo he educado! 

La reina llegó hasta amenazar al hijo con su 
maldición. Entonces el príncipe se postró á su 
vez en tierra, y declaró que pues se le negaba el 
objeto de su amor, formaría el firme proposito de 
dejarse morir de hambre antes de seis meses. 

— No, hijo mió, no morirás, esclamó la madre 
afligida: consérvate para nuestro amor y para la 
admiración de tus pueblos. Ve, Olifur, ve á 
buscar á Cabrita, pues quiero que mi hijo se ca- 
se con ella inmediatamente. 

• — Qué maquiavelismo! se dijo á sí mismo Oli- 
fur: de buen ardid se valió para lograr su inten- 
to: es un discípulo de que me envanezco; y par- 
tió en solicitud de Cabrita. 

IIL 

CABRITA EN LA CORTE. 

Cabrita mas bien habria querido permanecer 
pastora que casarse con el príncipe; pero sus pa- 
dres eran pobres y avaros de dinero, y fué nece- 
sario resignarse. 

Una vez en la corte, Cabrita no pudo menos 
de conocer que el príncipe Seductor era un ton- 
to, y su preceptor Olifur un imbécil. 

"En cuanto al rey y á la reina eran buenas gen- 
tes, que no veian mas allá de la punta de la nariz 
de su hijo. 

Cabrita, en consecuencia, pasaba dias muy fas- 



(*) Esta historia se refiere á la Madreselva, llamada en francés CUevre-feuille, literalmente "Hoja de Cabra. " 




l\eFaESELW/^ 



CABKITA LA CABRERA. 



tidiosos, deseando correr y saltar en el campo. 
La etiqueta le era insoportable, y á cada instante 
cometía los mas groseros errores en el ceremo- 
nial. Así fué que á la llegada del embajador del 
rey de Pipiripao, le besó el lado izquierdo del 
bigote en vez del derecho. El rey de Pipiri- 
pao, ecsasperado con este ultraje techo á su en- 
viado, pensaba entrar á fuego y sangre en los 
estados del príncipe Seductor. Costó mucho tra- 
bajo reducirlo á la razón y componer la cosa. 

Las lecciones no hablan faltado á Cabrita: su 
marido, durante tres horas al dia, le enseñaba las 
regias y formas de la etiqueta; pero Cabrita, des- 
pués de esto, bajaba al jar din y olvidaba las lec- 
ciones del príncipe, jugando con una cabra, que 
la seguia luego que le presentaba algún ramo de 
flores. 

Viéndola tan imbécil, y que su ignorancia com- 
prometía el porvenir de la monarquía, decidió el 
consejo de ministros que Cabrita fuese puesta en 
manos de Olifur para que se encargase de com- 
pletar su educación. 

El consejo de ministros declaró redondamen- 
te á Olifur, que si dentro de tres meses la prin- 
cesa, ecsaminada en público, no sabia resolver to- 
das las dificultades de la ceremonia y de la eti- 
queta, su maestro seria degollado. 

IV. 

LO QUE SALVÓ A OLIFUR. 

Lo que salvó á Olifur de la pena señalada, fué 
la fuga de Cabrita, que desapareció la misma no- 
che que supo la decisión de los ministros. 

V. 

LO QUE LE PFRDIÓ. 

Y lo que le perdió, fué la imprudente alegría 
que manifestó luego que supo la huida de la prin- 
cesa. 

El príncipe supo lo acontecido por los envidio- 
sos de Olifur, cuyo talento los ofuscaba, y lleva- 
do de tales informes, mandó cortarle la cabeza. 

VL 

PROPOSICIÓN DE UN BUEN PADRE. 

Entretanto, el rey no sabia á qué atribuir la 
desesperación de su hijo. Para reemplazar á Ca- 
brita, le ofreció que dispondría casarlo con todas 
las cabreras de su reino. 

El príncipe rehusó, y declaró que no le queda- 
ba mas que morirse de hambre, según lo habia ya 
anunciado, si no se lograba descubrir el parade- 
ro de Cabrita. 



Todas las investigaciones hechas con tal fin, no 
hablan producido ninguna luz. 

La reina fué á consultar á la adivinadora que 
habia presidido al nacimiento de su hijo, espe- 
rando, que no dejarla morir de hambre á un prín- 
cipe que ella habia enriquecido con los dones mas 
preciosos de alma y cuerpo. 

La adivinadora escuchó á la reina, y quiso con- 
solarla. Le descubrió todo lo que habia pasado 
en el reino de las flores, y le hizo saber, que Ca- 
brita no era mas que la Madreselva que se habia 
encarnado en el cuerpo de una joven y bonita 
cabrera. 

— Bien sabéis que la flor de la Madreselva es 
muy rústica, muy simple y aun muy caprichosa 
para vivir en la corte. Dejadla en el campo con sus 
cabras, y decid á vuestro hijo que le tengo desti- 
nada una preciosa princesa, que le procurará cuan- 
tas satisfacciones pueden ser apetecidas. 

La reina refirió á su hijo la conversación que 
acababa de tener con la adivinadora. La oferta 
de una preciosa princesa le hizo reflecsionar, y 
prometió á su madre que no morirla de consun- 
ción. 

— Singular historia es ésta, se dijo á sí mismo; 
lástima que hubiese yo mandado cortar la cabeza 
á Olifur, pues ambos habríamos muy bien reido 
de lo que pasa. 

VIL FIN. 

Al dejar la corte Cabrita, se preguntó lo que 
debia hacer. 

— Par diez! se dijo de pronto: apacentaré otra 
vez mis cabras. 

— ¿Mas en dónde encontraré un ganado? Y se 
dirigió hacia la cabana de sus padres. 

La cabana pertenecía á nuevos propietarios. 

Después del casamiento de su hija, los padres 
de Cabrita hablan encontrado indigno el ejerci- 
cio de pastores. 

Se hablan encaminado á la ciudad vecina, en 
donde habitaban un gran palacio. ' 

La indecisión de Cabrita era estremada. 

— Si vuelvo á la ciudad, decía dentro de sí, el 
príncipe Seductor mandará prenderme, y me ve- 
ré obligada á ir de nuevo á la corte, en donde el 
fastidio me causará la muerta 

— Si permanezco oculta en el campo, ¿cómo po- 
dré vivir? 

Se hallaba en medio de estas perplejidades, 
cuando oyó tras de sí un alegre balido. 

Este balido era de su cabra favorita, que habia 
llevado consigo á la corte, y sabedora de que Ca- 



84 



CABRITA LA CABRERA. 



brita habia desaparecido, sa habia también esca- 
pado del palacio para buscarla. 

Cabrita olvidó por un momento la triste situa- 
ción en que se encontraba, y recibió gozosa las 
caricias de su cabra. Este fiel animal se levan- 
taba en dos pies, y saltaba en torno de su ama, y 
de cuando en cuando frotaba su preciosa boqui- 
ta en el seno de la pastora. 

— Me quieres mucho? le decia ella. ¡Pobre ca- 
brá mia, que tanto regocijo muestras de volver- 
me á ver! Ay! no tengo nada que darte, ni un ma- 
nojito de alfalfa, ni un enrejado en donde poner- 
te por la noche fuera del alcance del lobo. 

Al pronunciar estas palabras, Cabrita oyó que 
alguno esclamaba : Oh, cielo! 

El que esto decia, era un joven cabrero llama- 
do Jazmin, que vagaba por los bosques, triste 
y desconsolado, porque habia perdido á Cabrita, á 
la cual amaba. 

Pero Cabrita no lo sabia. 

Al verlo, sintió ella un gran consuelo, y le gri- 
tó: Jazmin! Jazmin! 

Acercóse, y ella le contó su desgracia; y Jaz- 
min á su vez le refirió llorando todo lo que habia 
sufrido durante su ausencia. 

Cabrita enjugó sus lágrimas, y le rogó que se 
consolase, diciéndole, que si ella hubiese conoci- 
do su amor, jamas habria consentido en casarse 
con el príncipe. 

El cabrero siguió el consejo de la pastora; en- 
jugó sus lágrimas, y se consoló. Cabrita le pro- 
metió seguirlo á lo mas espeso de los bosques, en 
donde vivieron afortunados después de haberse 
casado. 

LA ELOR PEEFERIDA. 

Las flores son mas ó menos del gusto de todo 
el mundo, y cada cual da la preferencia á una de 
ellas: 

A la flor de los recuerdos, á la flor del amor, 
á la flor de la juventud, á la flor que se corta en 
los primeros dias de la Primavera de la vida. 

' Se asocia el nombre y las facciones de una 
persona querida, á la idea de una flor, que siem- 
pre nos la recuerda. 

Para unos esta flor es la Rosa, el Jazmin, la Li- 
la, el Heliotropo, la Verbena; para otros la Cíe- ~ 
mátida, la Violeta ó la Trinitaria. 

Para todos el recuerdo de una muger es insepa- 
rable de alguna flor. 

El perfume de la flor preferida procura cierta 
embriaguez, que deja libre la cabeza y pesa sobre 
el corazón. 



Su vista nos arranca de lo presente, y nos ha- 
ce vivir en lo pasado, y vemos la estrecha vereda 
por donde pasábamos con nuestra amada; rozan- 
do los zarzales cargados de rocío, y el arroyo que 
reproducía su margen; oimos su voz, su dulce voz, 
que nos llama. 

Otras veces también nos decimos: Esta es la 
flor que prefería mi madre, y con la cual mi her- 
mana adornaba su cabellera. 

Y pensamos en nuestra infancia, en nuestra 
madre, que nos mira desde el cielo, en nuestra 
hermana tan casta, tan pura, tan bella y que 
Dios quiso llevarse para que entrase en el núme- 
ro de sus ángeles. 

Desgraciado de aquel cuyas mejillas no se han 
bañado de lágrimas á la vista de cierta flor, pues 
no ha sido niño, ni joven, ni ha tenido madre, 
hermana, querida, ni ha amado jamas. 

La flor preferida se lleva en un ojal del vesti- 
do, cerca del coi-azon; se cuelga un ramo de ellas 
en la cabecera de la cama, y se envia un ramille- 
te á los íntimos amigos. 

La flor preferida atrae la ventura. 

Debemos tener nuestra flor en la tierra, y nues- 
tra estrella en el cielo, y desconfiar de todos los 
que se burlasen de esta superstición. 

Mi flor preferida es el Jazmin. 

Mientras está en flor, me parece que siento 
cierta cosa muy viva, muy dulce y muy penetran- 
te en el fondo de mi corazón; una especie de bien- 
estar que desaparece luego que el Jazmin comien- 
za á marchitarse. 

Entre yo y el Jazmin ecsiste una cosa que lla- 
maré unión íntima. ¡Cómo no podia ser así, 

cuando me recuerda tantas cosas! Mas no es 

mi historia la que pienso referiros, porque esta 
historia es también la vuestra. 

¡Flor preferida; dulce y encantadora flor, cuyo 
nombre se pronuncia en voz baja, como el de una 
muger amada: el corazón que ya no recibe tu mis- 
teriosa influencia, es un corazón marchito para 
siempre! 

Late todavía, pero ya no palpita; vive, pero ya 
no siente. 

Gruarda largo tiempo tu perfume para mí, guár- 
dalo siempre, y que se graben sobre mi tumba 
estas palabras: 

"un solo amor y una sola flor." 




^ VívicTicCa. <¿eZ Ifzrectcir, t/ío.) síí ¿esvach^- 




C Tesoro- 

D IEtisou/^ ■ 

JF 2'ziru&ci.c'r¿ . 

7 Graicuic . 

G ToZcínTes y Cordón.. 

JJ ^poLrTaáa. 

1 Molino ■ 

JC Tk<fo?x>- 

1,-uJíí. XimOj Ce.p¿^¿o y Ccrie. 
JV ^lo-nauíme-nto- 
O ^íainTiiaue-pf- eZ dciííí) sulf.'^ 
jP Ftcu/iícc 

(¿ ^AlmaceTies de aiofre-, scdfatc ¿y- 

IR LorjiOf arrila c^^rpinferta. . 
S CasadeZ CaltxIIeriznarc. 

Ty TI, Torreojies j Inmute. 

Eiprimere piso ejla. mas Zajo aae el 2." 17 í 
y ejrií- d&¿ ultimo Svies . ~^ 



'''^Z/^t^-O^^^^^'-ókZcUíy.'^^^ c^^^íí^^i??^/^'^??^^^ 



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"^""^^^^v^G^ 




^'''"M^^Y^JÜ^^ 



C^^^í^C^^ J I ü vSl^CI^í^ 




Ü)L Album^ que desea tener al corriente a sus lectores del estado que guarda 
el mercado en este ramo importantísimo^ publicará mensalmente con este títu- 
lo una noticia de la alta y baja amorosa de la capital^ invitando a los que g"usten 
de México y de fuera^ á que nos ausilien con sus luces para poder tener un dia 
una estadística completa sobre el amor* lo que no dejará de ser una verdadera 
mejora social. 



31 

A 

Ardientes, pequeñas de cuerpo, de ojo de color, y parlancMnas, 
pero tontitas : 

Angostas de cuerpo como abanico cerrado, pié de figura de sole- 
ta con banderita, talle entre alto, zorongo y tápalo de bura- 
to, verde, amarillo ó colorado, bordado de blanco 

Amables, sin pretensiones europeas, sin soponcios ni afecciones de 
nervios, de vestido honesto y decentes 

Aseadas, dentro y fuera de casa, sin que encubra elluengo túni- 
co la ruin babucha ni la rugosa media 

Amarteladas, de aquellas que mOrian á lo Eloisa, de las que en- 
cerraban en un claustro su despecho; ojo negro y apasionado, 
pecho saliente, andar regio y pelo negro y abundante. . . 

Amorosas ... ... . . . 

B 

BoMtas, de esas que en el teatro imitan la postura de las vírge- 
nes de Rafael, semi-lloronas, candidas, de disimulado senti- 
mentalismo; esto es, doncellas á la sensitiva 

Buenas para madres de familias, así para una polka como para 
asistir á un enfermo; tiernas sin afectación 

Enmarañadas, pero afectuosas; sensibles, pero dentro de casa con 
las medias bajadas y el túnico á la cintura, con el dedo ama- 
rillo del cigarro. , ............. . 

Eticas, carilargas y narigudas, nerviosas, de ojo de color y talle 

angosto , 

TOM. I. — IV. 



^ Micy baratas. 

' Poco consumo, aun en la feria de 
. San Juan de los Lagos. 

Escasean, y hay pedidos, 
ídem Ídem. 

; No hay en la plaza. 

Las hay: han salido las mas con tra- 
ma de interés; pero esto es lo que in- 
distintamente tiene mas consumo, y 
. abunda. 

i Hay mucho pedido, y se descon- 
■ fia de que tengan trama como 
í las anteriores. 

Las hay en abundancia; la difi- 
cultad es encontrarlas. 



Abundan; pero solo las solicitan los 

subtenientes con licencia ilimitada, 

j músicos de guitarra, bailarines, com- 

1 positores de versos para dar dias, 

y viudos con el recargo de iiiquieta 

prole. 

} Escasean: no hay pedidos nien- 
\ tre los escritores de oposición. 



• * 



86 



BALANZA AMOROSA. 



Filarmónicas. Las últimas representaciones de ópera han valora- 
do este artículo, que tenia muy poco consumo: lioy no hay pa- 
dre de familia que no tenga por lo bajo un sostenido en la via 
de lo lícito. Murguía vende lo que no es decible las obras de 
Kossini, de Bellini, Verdi, Marzan, Valadez &c. La mayoría es 
sensible, entendida: los tápalos de lana les agradan, y los ca- 
jeritos de la Monterilla son su delicia. No habla una de cosas 
de cocina ni de aptitud doméstica, porque es forzoso descuidar 
todo lo que no tiene que ver con la solfa 



G 



Gangosas. 



de faz contrita y obediencia aparente; vestir ho- 
nesto, color rosado claro; pelo caido en ondas sobre la frente, 
madrugadoras, hábiles de manos; hacen buenos dulces, y po- 
nen sus cinco sentidos en que al través de su túnico de balso- 
rina se les descubran sus enaguas blancas con citarilla, on- 
das y bordados 

Honradas, de esas jóvenes que usan percha, y tienen un solo tú- 
nico blanco para las solemnidades, zapato de mahon y tápalo 
de burato color de café; humildes, con un padre empleado que 
no fué á Querétaro, y una madre achacosa; mártires de deseos, 
y sin embargo trabajadoras, resignadas y angélicas. . . . 

I 
Impías (doncellonas de los 25 á los 40). Este género era des- 
conocido antes en este mercado: el trato con estrangeros, 
que fueron cerrajeros en su tierra y son aquí personages, los 
dramas románticos y ailgunas novelas que han leido sin el de- 
bido criterio, como el Judio Errante, confundiendo lo que se 
dice contra los abusos y aplicándolo al dogma, ha hecho apa- 
recer este artículo 



J 

Joviales. . . . Vuelven á reaparecer con crédito, y los dentistas á 
tener mas marchantes 

L 
literatas. .... (En la balanza correspondiente á casadas, viu- 
das, solteras &C-,, nos ocuparemos de este artículo, de muy po- 
ca salida.) 

M 

Mugeres. Aplícase este nombre como adjetivo á las hacendosas y 
aptas para los quehaceres domésticos: este género escaseó mu- 
cho en el malhadado imperio del romanticismo; hoy vuelve á 
aparecer aun entre las señoritas de buen tono, educadas á la 
mexicana; entre las educadas á la estrangera 



-N 



Narigonas. 



•lí®^^í 



''Abunda, y hay pedido. 



5 Escosca, y suele haber una que otri 
\ entre las filar niónicas. Sin salida. 



> Abundan, y hay viiocho pedido. 



Abundan, esencialmente entre la clase 
media. Hay pedido. Por desgracia 
estas gangas las consiguen á poco 
precio los truhanes, los badulaque-'' 
y quimeristas, que no saben apreciar 
tales tesoros. 



Hay, pero no en abundancia, y 
corre con descrédito aun para 
queridas: tal cual demagogo, uno 
> que otro viejo, y uno que otro ju- 
gador vicioso de la é'poca de la in- 
dependencia, es quien las busca. 
Los jóvenes las agasajan, pero 
se rien de ellas y las desprecian. 



Hay muchos pedidos de pa/yos ri- 
cos y accionistas de minas. 



jEscasean, y hay pedido solo entre al- 
gunos de esos figurines, que si no ec- 
sistiera Lamana ni Montoriol, se- 
rian lo que son entre ocho y 

nueve de la mañana en mangas de 
camisa, es decir, nada 



S 



Con algún valm' entre los partidarios 
de la monarquía y las familias ad- 
yacentes al clero. 



e <• 



BALANZA AMOROSA. 



87 



Pelonas. 



Puercas. 



Prudentes. . . • que así reciben la buena como la mala fortuna, 
amantes y fieles; bondadosas con el pobre &e. (Al hablar de 
las casadas, nos ocuparemos de esta hermosa producción na- 
cional.) 



R 



Románticas. 



Tontas . 



Tonistas. Las soirées, algunas posadas de alto rango, las estran- 
geradas y la ópera, han restituido este artículo al mercado, que 
caerá en completo descrédito. Hay mucha trama en este géne- 
ro. El poco costo de los marabus y de la pasamanería, y la 
abundancia de modistas les ha comunicado un vuelo efímero. 
Los besos y otras monerías hacen solo se hallen entre las gen- 
tes decentes improvisadas. Este género abundó solo en los 
primeros dias de un cambio de gobierno 

Yeteranas 

La abundancia de este artículo es entre doncellas de los 
diez y nueve á los veinticinco: toman todos los aspectos, y se re- 
visten de todas las virtudes. Son hipócritas con el papá: con 
el amante militar, francas; sesudas, con el pretendiente magis- 
trado; dulces y desdeñosas, con su poeta; coquetas, con su leo?i 

enamorado; devotas, con el futviro comerciante. Estas, que a 

todos engañan, que de todas se burlan, que hacen que el papá 
mismo conduzca las cartas en el forro del sombrero, y que en 
tiroteos telegráficos son maestras^ que saben el lenguage de las 
flores y comprenden en los teatros toda especie de pantomi- 
mas. . . . suelen quedarse por invendibles. . . . por ima friolera, 
por, una fragilidad!! Sin embargo, como hemos dicho al prin- 
cipio 

Virtuosas á prueba de hambre 

z 

Zelosas. 



En total descrédito, 
bles. 



Invendi— 



5 Abundan; pero él ridículo las dester- 
^ rara totalmente de esta plaza. 

ÍCon menos salida que las coquetas, que es 
cua7ito hay que decir: suelen afrontarlas 
algunos abogados del siglo pasado, comer- 
ciantes en tocinería y abarrotes y ijatrio- 
tas descontentos. 



<' San caldo en completo descrédito, y 7W tie- 
\ nen salida m,as que entre los proyectiMas 
: insensatos, poetastros ecsajerados, barbe- 
I ros y estudiantes de medicina pei'dula- 

[^ rios. 

ÍHay poco pedido; pero lian tenido sa- 
lida algu7ias hajo el título, para la gen- 
te de mundo, de Iwnrudas contralieclias. 



> Escasea: sin salida: foco pedido. 



Abundan^ y hay pedidos.'*^ 



Abvmdan; hay pedidos. 



y Hay mucho consumo, y abundan en 
X laplaza de escelente calidad. 
{Ave María Purísima!! Abundan; y 
I es una verdadera indolencia de las 
I autoridades que coJisientan este artícu- 
i lo, cuando 2»'ecisamente todo el mer- 
! cado clama por el alzamiento de pro- 
[Jiibiciones, ¡¡¡por d comercio libre!!!! 



Blancas, delgadas y de ojos negros . á la par. 

Trigueñas pintadas, con 95 por 100. 

Trigueñas al natural 50 ,, „ 

Delgadas enfermas 75 „ „ 

Trigueñas rosadas para las ciudades del interior. . . . á la par, 

Grordas con 95 por 100. 

Doncellas viejas al 99 1 de descuento. 

<l) tci^h^eto o/ ecitnict w MSomHaílui'j 
corredor de número. 




» * 







C 



UANDO tengáis Un poco de dinero desocupado, 
queridos lectores, y la resolución suficiente para 
esponeros al vómito de Veracruz y á los capri- 
chos de ese picaro mar, que algunas veces es mas 
inconstante que una coqueta de quince años, dad 
una vuelteeita por el estrangero. Si vais á los 
Estados-Unidos, veréis entre otras cosas curio- 
sas, atrepellarse los hombres y las mugercs en 
los caminos de fierro, en los vapores, en las dili- 
gencias, en el teatro, en las calles; y si queréis la 
esplicacion de toda esta baraúnda, observad que 
todo lo hacen hoi/. La muger enamorada se ca- 
sa hoi/; el ladrón ratero es arrestado huí/; el co- 
merciante concluye su negocio hoy; el proyectis- 
ta realiza su proyecto hoi/. En Inglaterra ya se 
sabe que es lo mismo, y ninguno de los nobles 
lores guarda sus vinos para mañana, sino que se 
los beben todas las tardes. 

Pero los descendientes de los antiguos hidal- 
gos españoles, vivimos muy despacio y muy á la 
bartola, para apresurarnos á concluir nuestros 
pegocios hoy. 

Si va un pretendiente al ministerio á agitar el 
despacho de la centésima solicitud que tiene pre- 
sentada, para que le paguen íntegro por haberse 
incorporado en la villa de Gruadalupe con el ejér- 
cito trigarante, el oficial, agobiado de fatiga, te- 
niendo con una mano que manejar los papeles, 
mientras con la otra se limpia los dientes con un 
popote, pues acaba de almorzar, le dice: — Es im- 
posible despachar á vd., amigo mió; tengo tm 
mundo de quehacer, y los papeles me ahogan. 
Son las dos de la tarde, y no hay tiempo para 
nada. Me voy á acordar con el ministro. 

— Señor: con ésta van treinta solicitudes que 
presento, y todas se han perdido. 



— Pues bien, para mañana sin falta buscaré la 
solicitud. 

— Y ¿cuando estará despachada? 

— Para mañana también. 

— Es decir, que confio en que vd 

— Sin falta para mañana queda todo termi- 
nado. 

El infeliz patriota antiguo en un mes no con- 
sigue sino que se pierdan otras diez solicitudes, 
sin dejar de oir todos los dias la misma promesa 
"para mañana. 

■ — ¿Qué ha habido, por fin, de aquellos planeci- 
tos, dice en voz baja uno de estos corredores po- 
líticos, á D. Bruno G-azapo, corifeo y misionero 
de la restauración? 

— Estuvo la junta magnífica. Se habló con 
mucha energía, se combinaron importantes medi- 
das, se colectó dinero, y ya todo está arreglado. 

— ¿Es decir que terminó ya? 

— No, porque al último se ofrecieron sus difi- 
cultades, y quedamos citados para mañana. 

Se despiden nuestros personages muy conten- 
tos, y después de quince dias se vuelven á encon- 
trar; se saludan, se estrechan la mano, se miran 
con fraternidad, con igualdad y con libertad. 

— ¿Conque está todo arreglado? 

> — Perfectamente, responde D. Bruno, 

— Entonces 

— Lo único que falta es el dinero, pero maña- 
na lo dan sin falta. 

— Entonces, para mañana nos veremos. • 

— Para mañana seguramente. 

— Yea vd., dice un agente de policía secreta á 
un personage, que esos hombres trabajan sin des- 
canso, tienen sus juntas, y en la calle de 

— Es verdad, y nos van á hacer una de todos 



90 



PARA MAÑANA. 



los diablos; pero no tenga vd. cuidado, para ma- 
ñana todo se habrá compuesto, pues tengo que 
ver al presidente y á los ministros.... Pero, ¡qué 
diablos! tengo un asunto muy urgente, y hay 
que dejar esto para mañana. 

— Pues no hay que dormirse, y ya diré á vd. 
algunos secretos mas, pues para mañana me ha 
citado un amigo que está bien impuesto. 

Veinte dias después todavía conspiradores y 
pacientes se hallan en el mismo estado, es decir, 
los unos dejando para mañana sus planes, los 
otros dejando para mañana sus pesquisas. Las 
cosas, pues, ni en uno ni en otro sentido andan 
listas. 

— Lo ves, infiel, le dice Laura á su amante: me 
prometiste que á mí sola me amarlas, y has que- 
brantado tus juramentos, llevando al teatro á esa 
fastidiosa' de Isabelita. Mañana no estaré en e- 
balcon á la hora convenida; mañana no te escril 
biré; mañana habrás perdido para siempre mi 
amor. 

— Hoy estás preocupada y furiosa, Laura, y no 
se te puede hablar; para mañama habrá calmado 
tu cólera, y entonces te haré esplicaciones. 

— ¿Pero por qué no te justificas hoy, si es que 
eres inocente como me dices? 

— Porque hoy tengo que ir á la oficina, ó de 
lo contrario me descuentan el sueldo; pero te ase- 
guro que para mañana te diré una porción de 
cosas, que te dejarán convencida y tranqiiila. 

Y como por corta que fuera la esplicacion, el 
amante oficinista se dilató mas de lo regular, tu- 
vo que entrar á la oficina una hora mas tarde. 

— San las once, le dice el gefe, y ya sabe vd- 
que la multa y la ley, y mi deber.... y no es jus- 
to tolerar.... 

— Señor: hoy tiive una fuerte jaqueca; pero 
aseguro á vd. que para mañana vendré muy tem- 
prano. 

— Bien; pase por hoy, una vez que tuvo vd. ja- 
queca; pero para mañana no habrá remedio si vd. 
no viene temprano. 

Y al dia siguiente por miedo de la multa, el 
amante no tiene mas remedio sino decir á Laura: 

— Bien mió, dejaremos la conversasion para 
mañana. 

Los virtuosos, que tienen, como es natural, gran 
cuidado por la salvación de su alma, si ven un 
lindo palmito por la calle, van siguiéndolo con 
disimulo y echándole tiernas miradas, ocultas ba- 
jo el ala del sombrero. La conciencia les re- 
muerde inmediatamente; pero ellos se hacen este 
ai'gumento: Como este es un pecadp mortal de 



esos chiquitos y leves, pues á todos se les alegran 
los ojos cuando ven una muchacha bonita, yo me 
resignaré á abandonar por este dia la virtud: al 
fin para mañana me voy á confesar. 

Si vais, querido lector, con el sastre, os dirá: 
Para mañana sin falta está concluida la ropa; 
el zapatero os prometerá para mañana envia- 
ros con el aprendiz las botas; el abogado os ju- 
rará que para mañana vuestro pleito estará 
concluido; el deudor os citará para mañana; el 
escribano os dirá: para mañana estará concluida 
la escritura; el muchacho promete al maestro 
hacer para mañana una plana buena; el estudian- 
te aprender para mañana su lección de Jacquier; 
el político á su vez prometerá que pam m^añana 
va ha deshacer sus compromisos y cambiar de vi- 
da; el jugador dice: para mañana pago á mis 
acreedores, y no vuelvo á tentar una baraja. El 
borracho bebe hoy, y asegura que mañanxi no 
probará el licor. En fin, nadie hace las cosas á 
su debido tiempo, sino que las deja para maña- 
na, y aun los enfermos que están en las orillas 
del sepulcro, dicen: Si para mañana no ama- 
nezco mas aliviado, entonces me pondré el cáus- 
tico que me mandó el doctor. 

Si veis algunos pobres que de repente se han 
hecho ricos; si veis á muchos hombres oscuros 
que han llegado á ser generales y ministros; si 
veis á ciertos revolucionarios que triunfan, ó á 
gobernantes que se conservan en el poder, pen- 
sad que la razón capital es que esos hombres no 
han dejado para mañana ninguna de las cosas 
que debian hacer hoy. 

A mi vez, frágil barro, indigno hijo de nuestro 
padre Adán, desde antes que comenzara á salir 
el Álbum, me proponía escribir este artículo; pe- 
ro lo he ido dejando para m,añana. Lo escribí 
por fin, y ya veis, bueno ó malo, está ya en letras 
de molde, lo cual no es grano de anis. Todavía 
el asunto no está concluido. Si como es proba- 
ble, no os gustare, os ofrezco, amabilísimos suscri- 
tores del pintoresco, que para mañana os haré otro 
mejor, porque ya veis, ^«?-a mañana comienzo un 
método nuevo de estudio, para mañana tengo 
preparados voluminosos pergaminos que regis- 
trar, y para mañana., de mucho mejor humor 
que hoy, espero comenzar una novela que tenga 
mas muertos y heridos que renglones. Os rue- 
go asimismo, que vuestras amargas críticas las de- 
jéis también ^fWíi mañana. — Yo. 








ü U, la de los lindos ojos 
Yj¿os labios de coral, 
Ira de flecsible cintura, 
La encantadora beldad: 
¿Qué delito bas cometido, 
Para que tanto baragan, 
Fatuo y de poca fortuna, 
Delire por tu deidad? 
No bay un títere de aquesos 
De diminutivo frac, 
De barba basta la cintura, ¿* 
Trascendiendo á macasar, 
De bastón monstruo, de raya 

Y tono sentimental. 

Que no te brinde insolente 

Con el lazo conyugal 

Cuando mejor, si no quiere 

Manifestarte un Tolcan 

Que le quema, por supuesto, 

O en alguna soledad, 

O en escusada azotea, 

O en un desierto zaguán. . . . 

¿Eres belleza efectiva, 

O eres causa federal, 

A quien sus mas entusiastas 

Convierten en guirigay, 

Y la ban dejado por puertas 
Para nunca mas pecar? 

¿Qué delito bas cometido, 
Encantadora beldad. 
Que tus raros accionistas 
Quieren bacerte purgar? 

Sé que te pretende un viejo, 
O reliquia de otra edad. 
Que fué el Pílades amado 
Del buen Iturrigaray. 
¿Este bribón no te ba dicbo: 
"Picbona, tenme piedad?" 
Se conforma el muy tunante 
Con que le llames papá, 

Y así tiene en enfiteusis, 



Pepa, tu amor celestial. 
"¡Cómo te bas enflaquecido! 
Tú eras gorda, yo soy mas." 

Y dizque mide tu brazo 
Con su pañuelo el truban. 
Dejando correr sus dedos 
Sobre tu tez con bondad. 
Entre toses, entre ahoguíos, 
Te inicia cauto su afán, 

Y te habla de sus reumas, 

Y de su sopa de pan, 

Y de su siesta, y pretende 
Que al tresillo bas de jugar. 
Mientras te llama la polka 
Con su festivo sonar. 
Pobre de tí, Pepa hermosa. 
Que te quieren abarcar 
Solamente los perdidos, 
Cual mando de Yucatán, 

O como efecto invendible 
Que viniera de Ultramar. . . . 
Te hacen postura unos cuantos 
Como á alumbrado de gas: 
Otros te creen con descuento, 
Cual crédito del Parian. 

Y así agotas, linda Pepa, 
Los hechizos de otra edad. 

Otro de tus pretendientes 
Es un bravo militar. 
De esos que en la antigua lucha 
Fueron Cides, que los hay 
De aquesos que por milagro 
Pasean en la ciudad. 
Pues todos quedaron muertos 

Dó fueron á batallar 

Ese opositor eterno 

De nuestro sistema actual. 

Es contigo un matasiete. 

Es un maldecido can. 

Que á los otros novios ladra, 

Que al suegro quiere envasar. 



92 



LOS NOVIOS DE PEPA. 



Si toses, es contraseña; 
Si ves, es trama infernal; 
Si le hablas amante, es burla, 

Y lo insultas, si formal. 
Con semejante cerbero, 

Digo, ¿dónde vas á dar? 

Mira, declárate virgen 

Por toda la eternidad; 
Yírgen en sesión continua. 

Y sin lugar á votar. . . . 
¿Qué diremos del Santucho 

Que embauca á tu papá, 

Y te corteja con leerte 
El jesuíta Universal; 

Que te aturrulla con libros 
De su cuerda, el Santoral, 

Y las Verdades eternas, 

Y entre trozo y trozo un Ay! 
De su pasión reprimida, 
Pero abundante en piedad; 
Que si usas franco desgote. 
Se pone hecho un Fierabrás, 

Y habla de las tentaciones, 

Y de los peligros que hay 
En las misas de once y doce, 
En el paseo del portal, 

En los bailes de compadres 

Y dias de Carnaval, 

Con cierta intención, con cierta 
Conmoción sentimental. 
Que hace á tus padres verdugos 
De tu hechicera beldad; 

Y él con la risa en los labios, 

Y él suspirando bondad. 
Se interesa por tu suerte 
Cuando te mira enclaustrar? 

Publícate la incasable; 
Amortízate ¡ó deidad! 
Declárate sin coacciones 
Gomo renta decimal, 
En doncellez permanente, 

Y en eterna soledad. 

¿Qué dices de tu estudiante. 
Que te escribe sin cesar 
Con aguador, con portero, 
Con toda la vecindad? 

Y sabes que su bolsillo 
En tan triste estado está, 
Que si acaba su carrera 
El la tuya hará empezar 
Bajo fatales auspicios 
Hacia el monte de piedad. 
Para cubrir las urgencias 



Que produzca el verbo amar. 
Conjugado en todos tiempos, 
Cual no lo pudo lograr 
El circunspecto Nebrija 
Con toda su habilidad. 

Pepa hermosa, no te cases: 
Créeme, y recuerda el refrán 
De la fruta: O bien vendida, 
O ya sabes lo demás. — Fidel. 



Un marido y su muger, que estaban siempre 
riñendo de la mañana á la noche, se hallaban ya 
á punto de separarse, cuando ella, afectando ha- 
llarse mala, le dijo: que conocía estar prócsima 
su muerte, y que para no dar que hablar á la 
gente, seria mejor separarse de común acuerdo, 
y que ' ella se iria á concluir sus dias en su casa 
de campo. ^El marido aceptó gustoso la propo- 
sición, y la pfeguntó con quién le aconsejaba ca- 
sarse cuando ella muriese. — Cásate con el dia- 
blo, le respondió furiosa. — ¡Con el diablo! repu- 
so el marido: eso no es posible, porque la iglesia 
lo prohibe, habiéndome ya casado con su hija. 



Un caballerito que tenia la reputación de un 
sabio en su lugar, porque sabia leer y escribir, 
vio, mirando las muestras de Londres, esta ins- 
cripción sobre la puerta de una posada: Aqui se 
alquilan caballos. 2.798. — G-ran Dios! esclamó ad- 
mirado: si hay tantos en una sola casa, ¡cuántos 
habrá en toda la ciudad! 



DEFINICIÓN DE UNA PALABE.A GRIEGA. 

Preguntó un artesano á G-arrick qué cosa era 
un Odontalgista [*]. Es, responde, un hombre 
que arranca las quijadas de otro para hacer mo- 
ver las suyas. 



EL MAKIDO CIEaO. 

Milton, el célebre autor del Paraíso perdido, 
era ciego, y un amigo viéndolo casar de segundas 
nupcias, le dijo no sabia cómo encontraba muger 
que lo quisiese. — Conozco, le respondió, que vi- 
vis engañado, pues no me falta pías que estar sor- 
do para ser el mejor marido de toda Inglaterra. 

[*] Dentista. 






I^TJJEC^ 'M^^u^S^^SS^JS^m 






^^EGXM nuestro narrador, la cárcel, escuelas y 
demás establecimientos públicos, participan del 
aseo de las casas del Paso que antes describió. 
Las escuelas ion dos, y en ellas se educa un redu- 
cido número de niños, que aprendenjias primeras 
letras y la doctrina cristiana. Nuestro viagero no 
se manifiesta muy satisfecho en este punto. 

Junio 1. ° de 1842. — Al hablar de otra entre- 
vista con los indios de las nuevas tribus, ha- 
bla en estos términos: 

"El trage de las indias no consiste sino en pie- 
les y frazadas envueltas en derredor del cuerpo, 
cuyas formas desfiguran absolutamente. Dos de 
ellas traian camisas de manta y muchas gargan- 
tillas de abalorio. El aspecto de las indias es 
mas jovial y placentero que el de los indios; su 
conversación mas animada, y su risa libre y aun 
frecuente. Los varones no reian; giraban triste- 
mente sus ojos verdes y melancólicos; no mani- 
festaban curiosidad alguna; hablaban muy poco, 
y si sonreían, era apenas con cierto desden y co- 
mo haciéndose violencia. ¿De dónde viene á los 
salvages este aire sombrío y este aspecto melancó- 
lico? ¿Por qué sus cantos son tan tristes, tan pla- 
ñidora su música, y tan marcadas en sus rostros las 
señales del sufrimiento? ¿Será la melancolía el 
estado natural del hombre provecto, y la alegría 
el fruto de la inocencia ó el resultado de la socie- 
dad? Yo veo al hijo de Simón tan alegre como 
los niños que salen brincando de nuestras escue- 
las, y observo mayor jovialidad entre las indias, 
que siempre viven ó caminan en comitiva, que en 
sus padres, hermanos ó maridos, que recorren so- 
los el desierto, persiguiendo los animales silves- 
tres, y por Ip mismo tienen que guardar un silencio 
TOM. I.— V. 



prolongado, y carecen por mas tiempo aun de la 
sociedad doméstica." 

Domingo 2 de Junio de 1842. — "Hablando en 
general, las mugeres de esta villa usan de tragos 
mas altos que las de Chihuahua; muchas acos- 
tumbran medias de lana, algodón, hilo y seda, y 
apenas hay joven que traiga zapatos negros. Al- 
guna vi que los calzaba de este color, pero tenian 
borlas blancas, y las mas los llevaban de indianas 
azules, verdes, moradas &c., así como otras de 
raso blanco y aperlado." 

Al principio de este estracto hicimos una indi- 
cación de los sufrimientos de los pueblos de la 
frontera, y lamentamos la total ignorancia en que 
nos encontramos todavía acerca de sus necesida- 
des. La descripción siguiente sobre la provisión 
de sal de los pásenos, artículo, como el de la le- 
ña, de primera necesidad, prueba esa funesta ig- 
norancia. El tratado de paz, como dijimos al 
principio, ha dejado, por una dolorosa imprevi- 
sión, este recurso á merced de los americanos en 
aquellos pueblos Veamos por solo las irrupcio- 
nes de los bárbaros, las precauciones que se to- 
maban para proveerse de sal del lado opuesto del 
Rio-Bravo, que, como ya sabemos, pasa por la vi- 
lla del Paso. 

"El actual estado de guerra con los bárbaros, 
ha reducido á anual el viaje que antes haeian los 
pásenos para proveerse de sal, y los ha obligado 
á tomar para este viage las mas estrechas precau- 
ciones. Al efecto, reunidas en la otra banda del 
rio las ciento cincuenta ó doscientas carretas del 
convoy, la primera autoridad del lugar sale muchas 
veces de la villa para dar á reconocer al comandan- 
te de la condLxcta y publicar sus instrucciones: des- 



94 



FRONTERA DE LA REPÚBLICA. 



de este momento queda constituido gefe de todos 
los viagH^ros el que lia sido señalado é investido 
en consecuencia de las facultades mas completas. 
Nombra sus tenientes, dispone las marchas, re- 
glamenta las guardias de las boyadas y de los 
otros intereses, y castiga hasta con cepo de cam- 
paña á los que de algún modo se descomiden, y 
á los que provocan riñas y pendencias. Recono- 
cido el comandante, se pone la conducta en cami- 
no, y costeando la Sierra de la otra banda, á la 
que dejan á la izquierda, hacen sucesivamente las 
jornadas á los parages llamados, Cerro Colorado^ 
Loma Larga^ la Soledad y la Hembria, y apartán- 
dose aquí de la Sierra con dirección al Este, ha- 
cen otra á San Nicolás, y la última á la Laguna 
de Cerro. 

"Si las aguas no han sido abundantes, encuen- 
tran á ésta seca, y descubierta la sal, que sin otra 
espera meten en sus sacos y cargan en sus car- 
retas; pero si ha llovido tanto, que no se hayan 
consumido las aguas de la laguna, tienen enton- 
ces que sacar la sal dentro de unas coladeras de 
guatigochi, y en compensación de este trabajo 
cargan una sal mucho mas blanca. Volviendo al 
Paso la conducta en el mismo orden, presenta el 
comandante su diario al prefecto para instruirlo 
de todas las ocurrencias de la espedicion, y cesa 
en las obligaciones y facultades de su encargo." 

Estos primeros días de Junio, á que se refie- 
ren las cartas que actualmente ecsaminamos, los 
invirtió él viagero en describir y relatar las va- 
:^as conferencias que tuvo el Sr. García Conde 
con los capitán cilios de las diversas tribus salva- 
ges; descripción, que aunque de la mas alta im- 
portancia para los pásenos, ofrecería poco interés 
y variedad á nuestros lectores. 

Nótase, sin embargo, por estas relaciones, qtie 
los indios han adquirido mas destreza en el ma- 
nejo de las armas, lo que los hace mas peligrosos, 
y un grado sumo de desconfianza, que hará en lo 
sucesivo imposible todo avenimiento, siempre que 
BO se les cumpla fielmente lo pacta.do por los re- 
presentantes de nuestros gobiernos; porque esos 
pactos, para vergüenza y deshonra nuestra, han 
sido freetientemente quísbran'tados por nüestfa 
parte. 

En este particular, se advierte que en todas 
las negociaciones entabladas por el Sr. G-arcía 
Conde, hacia brillar la buena fe, y cobraron tal 
confianza los indios, que por algún tiempo se lo' 
gró la paz mas completa. Pero volviendo á 
nuestro objeto, dejemos estas consideraciones, y 



fijemos la atención en un músico que obsequiaba 
con sus armonías á nuestra comitiva civilizada. 

"El soldado del Norte Gregorio Oliver nos 
procuró en esta noche (4 de Junio) una especie 
de concierto ó pantomima. Tocaba en la trom" 
pa varios sonecitos con singular perfección, cam- 
biando muchos tonos, y acompañándose con su 
propio silbido, y con una especie de campanitas 
que hacia sonar moviendo los brazos. En algu- 
nos pasos, y mientras moria un sonido largo y 
lastimoso, alzaba los ojos y estendia los brazos 
haciendo diferentes señas. Parecía despedirse, 
detener á alguno: se golpeaba suavemente el co- 
razón, y hacia otros ademanes que esplicaba des- 
pués, abandonando su instrumento, en estos tér- 
minos: "Estamos lejos de nuestras tierras; ni 
" sabemos cuándo hemos de volver á ellas: por 
" esto estamos tristes y tenemos partidos los co- 
" razones; pero algún dia será Dios servido de que 
" volvamos á nuestras tierras, y se irán nuestras 
" penas." Decia, suspiraba, hacia algún otro ges- 
to, y sacaba^lie su trompa los sones mas plañide- 
ros, á los que seguia el silbido, y luego el zapati- 
co y las castañuelas, que remedaba con las manos 
y los dedos. El mismo Oliver refiere que el ca- 
pitán Ronquillo, observando la tristeza que ins- 
piraban á los soldados los sonidos de la trompa, 
cuando en las noches de Luna interrumpía él si- 
lencio del campo, prohibió las trompas absolu- 
tamente, y las inutilizaba luego que las descu- 
bría." 

Junio 5 de 1842. — "Varias veces se me había 
frustrado la ida á ver el Rio Bravo. Remordía- 
me la conciencia no conocer aun este río, desti- 
nado acaso á ser antes de cincuenta años el ve- 
hículo de un estenso comercio entre los pueblos 
del golfo y los felices qu.e habiten sus fértiles ri- 
beras. 

"Salimos, por fin, hoy domingo, por el camino 
mas corto, que sin embargo no tiene menos de dos 
mil varas. Encontrábamos al paso muchas casi- 
tas blanquedas en su totalidad, ó en las esquinas, 
ó por lo menos perfectamente enjarradas, situa- 
das en las j)OSÍciones mas pintorescas, ya entre 
bosquecillos dé frutales diferentes, ó en las ori- 
llas de las acequias coronadas de álamos, ó en el 
centro de viñas y hortalizas pequeñitas, ó de 
campos de ti-igo ó de cebada, donde apenas se ha- 
bria sembrado un celemín. Galopábamos porttn 
laberinto de calles, que impropiamente llaman ca- 
minos, y Cuyo orden, por no tener ninguno, es el 
mas curioso y singular. Aquí volteábamos un 



LA VILLA DEL PASO. 



95 



semi-eírculo, allí doblábamos un ángulo agudísi- 
J»o, y á cada paso nos encontrábamos en una en- 
crucijada diferente. 

"Esta parte del Paso, por lo menos, que llaman 
Chamisai, es un bosque de álamos y frutales, mas 
ó menos espeso, cuyos claros están ocupados por 
viñas, laborcitas, hortalizas y casas aseadísimas, 
en diversas posiciones, y entre las cuales se lian 
practicado caminos para comunicarlas entre sí y 
con el resto de la villa. 

"Agunas de estas casas son grandísimas; unas 
miran al Sur, otras al Norte, varias al Poniente 
ó al Oriente, y apenas babrá rumbo entre los 
cuatro cardinales por donde no apunte el frente 
de alguna. Por tan delicioso camino llegamos, 
como he dicho, á la orilla del rio, que en aquel 
punto se halla muy encajonado y sin arenales que 
lo anuncien. Pasa, por el contrario, con un si- 
lencio imponente, y casi rebosando por un cauce 
labrado á plomo sobre la tierra firme, como una 
acequia, sin que un solo árbol vejete en sus nue- 
vos bordes. Yo me apeé, y para medir aprocsi- 
mativamente su ancho; me valí del medio ordi- 
nario, de apuntar con un palito á la ribera opues- 
ta, y girar después con bastante cuidado la ca- 
beza para señalar en el terreno accesible el estre- 
mo de un radio igual. El resultado de esta ope- 
ración, fué; el de 210 pasos, que terminaron ca- 
balmente donde estaba atada una canoa, cons- 
truida de una sola pieza en el Nuevo-México, y 
que podia tener nueve varas de largo, sobre tres 
cuartas de ancho. Invitados allí para embarcar- 
nos, aceptamos gustosos el convite, y conducidos 
por el canoero, bogamos hasta la otra banda, me- 
ciéndonos agradablemente en aquellas aguas, ó 
deslizándonos por ellas, con la misma suavidad 
que se deslizan en el canal de Ixtacalco las cha- 
lupas de las indias, cuando suspenden el remo 
por un rato. .Me acordaba también del dia en 
que pasamos el Concho. Pusimos al fin el pié en 
ese territorio que contienden los téjanos, no sin 
llenarnos de íntima conmoción. Después de res- 
tituirnos á nuestro punto de partida, continua- 
mos á caballo por la orilla del rio, atravesando y 
casi trillando los parrones de una viña disemi- 
nada y amenazada aun por la corriente del rio. 
Al llegar á un puertecito, vimos bañarse á un 
hombre, y pudimos conocer por esto, que el rio 
era allí muy poco profundo, pues apenas le cu- 
bría en algunas partes la cintura." 

Durante el paseo, hablé con mis compañeros 
sobre la policía, moralidad y costumbres de los 



pásenos. Diré á vdes., en compendio, mi conver- 
sación: 

"El calor obliga á las gentes pobres á dormir 
fuera de sus casitas, y á pesar de esto, los robos 
son tan raros, que cuando se verifica alguno, por 
ratero que sea, todo el vecindario se alarma, y 
ayuda á la autoridad y á sus agentes en el des- 
cubrimiento y aprehensión del malhechor. Por 
el mismo principio, los forasteros son vigilados 
por todos los vecinos, y muchas veces desterra- 
dos, por la desconfianza general que inspiran los 
desconocidos sin ocupación. Las mugeres tam- 
bién son mas respetadas aquí que en otros pue- 
blos, sea porque la moralidad es mejor y mas ge- 
neral, ó porque pasando la agua por el frente de 
todas las casas, y estando obligados los amos á 
dar de comer á sus operarios, no tienen aquellos 
precisión de salir de sus habitaciones sin la com- 
pañía de sus familias. El constante trabajo en 
que viven los hombres y las mugeres, por las mul- 
tiplicadas atenciones domésticas de las unas, y 
las tareas que demandan á los otros las obras del 
municipio y el cultivo délas huertas y labores, es 
sin duda la principal causg. de esta moralidad. 

"El S. B., que ha desempeñado por mucho 
tiempo los juzgados de paz y el de primera ins- 
tancia del distrito, me ha dicho, que la mayor 
parte de las demandas son civiles, pues como tie- 
nen que pedir fiado con plazo para la cosecha, hay 
muchas deudas que no siempre se pagan sin in- 
tervención de la autoridad; pero que en lo crimi- 
nal tienen que ocuparse mu.y poco los juzgados, 
como lo demuestran los estados de presos que se 
publican en los periódicos; y la mayor parte de 
las quejas consisten en desavenencias de los ca.- 
sados y otros motivos familiares; pocas veces por 
riña, y mas raras por embriaguez, que solamente 
se nota en el tiempo de la cosecha." 

En esta parte de la correspondencia, siguen 
numerosas descripciones de las entrevistas del Sr. 
Grarcía Conde con los generales y capitancillos 
de diversas tribus, esencialmente con José M. 
María, indio mescalero, que se anunció con toda 
solemnidad, y á quien se recibió en medio de es- 
cenas semejantes á las ya descritas al principio. 
El écsito oficial de todas estas negociaciones 
correspondía á las esperanzas que se habían con- 
cebido de aquella espedicion: de ahí es, que las 
demostraciones de gratitud se repetían, y era 
general el regocijo. Nuestro viagero, no obstan- 
te, nos priva de la descripción de los bailes, por- 
que no quiere, según esplica con franca caballe- 
rosidad, pagar su hospitalidad como nos la pagan 



96 



FRONTERA DE LA REPÚBLICA.— EL PASO. 



los estrangeros. Al terminar la relación de sus 
diversas conferencias con los indios, dice con su- 
ma ini^enuidad: 

"Mucho me temo que cuando volvamos á Clii- 
huahua, llevemos un idioma gerundiano^ no por 
cjue imitemos el estilo del célebre orador de Cam- 
pazas, sino porque hablando continuamente con 
los indios, no usamos ni oimos los verbos de otro 
modo que en gerundio: "Yo, pensando que Gro- 
mez viniendo quizá tres, quizá cuatro soles." "Yo 
mandando que el viejo curando á Blanco." 

"En uno de esos dias, Espejito, después de ha- 
ber tomado unos cuatro cuartillos, manifestó así 
su anuencia á la paz con el entusiasmo corres- 
pendiente al lastre que llevaba: Paz buena ó lan- 
zada, norteño gente soldado. . . . todos, Espejito 
adelante." 

Junio 10 de 1842. — "Por la tarde fuimos á la 
Presa, que está poco distante del camino por don- 
de he dicho á vdes. contemplé el Rio Bravo por 
la primera vez. En las inmediaciones de la boca- 
acequia, hay una casilla con su portalito, que 
parece garita, y no tiene mas destino que servir 
de posada á la imagen de San Isidro, cuando es 
conducido en procesión á aquel parage. La Pre- 
sa no es sino un di que de troncos y piedras suel- 
tas, que atraviesa el rio en toda su anchura, y so- 
bre el cual se precipitan las aguas, que no entran 
al canal que llaman acequia. La vista se com- 
place mirando aquellas bóvedas formadas por las 
mismas aguas, tan grandes, tan magestuosas y tan 
diferentes. Algunas son tan compactas como si 
fuesen de vidrio, pues no se desprenden de su su- 
perficie ni raudales, ni chorros ni chupas; pero al 
llegar al fondo, embiste con furor á la- aguas que 
allí encuentran, las desmenuzan y las hacen sal- 
tar convertidas en átomos, haciendo al propio 
tiempo un ruido horrible. En otras partes, tro- 
pezando el raudal con algún estorbo, forma chor- 
ros elevados, semejantes á los que vemos pin- 
tados en esos cuadros donde se representa la pes- 
ca de la ballena, y- parece en efecto que el alien- 
to de un monstruo los impulsa. Húndense re- 
molineando en ciertos puntos, y desde una eabi- 
dad profunda, se levantan después por una fuer- 
za oculta, se retuercen, se precipitan sobre el di- 
que, y caen mansamente divididos en varias cor- 
rientes, ó formando una sola, estensa, serena y si- 
lenciosa. Puesto en pié á la orilla del torrente 
sobre tin piso formado por millares de piedras 
sueltas, que hacen un enorme pilaron entre el rio 
y la boca-acequia, contemplaba yo el estrago de 
los aguas; y akandola vista, veia serpentear el ca. 



mino de Nuevo-Mésico sobi-e unos cerros áridos 
y tristes. Pero distraído de mis desvarios por 
los que se acercaban á hablarme, tenia que fijar 
la atención en consideraciones muy diferentes. 
El vecindario del. Paso es esclavo de su Presa, 
que, según la espresion de un autor, pudiera ha- 
berse construido de oro macizo según lo que ha 
costado. Dícese, en efecto, que regularmente tra- 
bajan en repararla trescientos hombres por espa- 
cio de tres meses; de manera que suponiendo que 
esto haya sucedido nada mas que en cincuenta 
años, y calculado á tres realas los jornales de los 
operarios, resulta sepultado en aquel abismo un 
trabajo que puede apreciarse en cuatrocientos cin- 
cuenta mil pesos. El dique, sin embargo, no tiene 
mas de trescientas varas de largo y cuatro ó seis 
de ancho, según pude congeturar, pues como he 
dicho, lo cubre el agua sobrante para precipitarse 
al plan del rio. Lo forman con lo que llaman 
tanates, y son unos grandes canastos de latas en- 
tretejidos de jaras y de mimbres, que clavan en 
el fondo y ^enan de piedras y de troncos. Un 
reconocimiento científico del terreno pu.diera qui- 
tar á la villa esta servidumbre, acaso conciliar el 
bien público con ciertos intereses particulares, 
que contribuyen á agravarla, y sobre todo redi- 
mirla á los infelices de la injusta vejación que se 
les hace de contribuir á la obra sin proporción á 
los beneficios que de ella reciben. Entretanto, 
ciertas medidas gubernativas, esencialmente el 
celo de una autoridad impareial, pueden conse- 
guir algunos de estos fines. 

"Los vecinos de esta villa conducen por el rio 
la madera y la leña que necesitan, cortada en las 
sierras inmediatas, forman balsas, y la traen por 
la corriente casi hasta la puerta de sus casas, pues 
entra por la acequia madre, y de allí pasa á la del 
pueblo y á las de sus diferentes partidos. Las 
canoas que se usan aquí, son también traidas por 
el rio desde el Nuevo-Méxieo, sin que encuentren 
mas salto que el muy pequeño en las cercanías de 
la Sierra del Caballo, correspondiente á la jorna- 
da del Muerto. Algunos indios, cansados de es- 
perar las órdenes, los bastimentos ó el avío que 
les hablan ofrecido para venir á esta villa, se han 
echado al agua en balsas, y han venido por el rio, 
ahorrando dos terceras partes del tiempo. 

"Concluiré esta carta, refiriendo las pocas no- 
ticias que he podido recoger con relación á co- 
sas pertenecientes á este rio. Nacido en las 
montañas mas septentrionales del Nuevo-Méxi- 
co, sus grandes crecientes ocurren precisamente 
en el mes de Mayo, h consecuencia del deshielo 



MI AMOR. 



97 



y fusión de las nieA^es del invierno. Por esta 
causa, cuando falta la agua en todas partes, es 
aquí abundantísima, y no puede haber por con- 
siguiente seca alguna en sus riberas. La agua 
es siempre turbia; lo que en concepto de los pá- 
senos es una ventaja, pues dicen que esa tierra le 
da buen gusto, y que no se ha visto ejemplo de 
que cause mal de piedra ú otros semejantes. 

'^Aunque enfrente de este lugar no puede decir- 
se que estén pobladas de árboles las riberas de 
este rio, un poco mas arriba aseguran que tiene 
grandes bosques de álamos y tilos, especialmente 
en el famoso ancón de Doña Ana, distante 20 le- 
guas de la villa. Los pescados son aquí muy 
abundantes, y los hay de varias clases y muy sa- 
brosos: los principales son el bagre azul y el ama- 
rillo, el de la piedra, el carón, la aguja, la angui- 
la, el boquinete y otros de diferentes tamaños y 
calidades. Los anfibios que se ven con mas fre- 
cuencia, son: castores, hicoteas, perritos de agua; 
y los pájaros acuáticos son: patos, alcatraces, gru- 
yas, garzas y otros muchos que no*recuerdo en 
este momento." ( Continuará.) 

(t). 

A \ ■^ ^ % % 

JJascTJCHA mi acento, muger adorada, 
Que es eco sincero de un fiel corazón: 
Mi amor te conmueva, mi pena acendrada, 
Y alivia de mi alma la ardiente pasión. 



¿No escuchas, mi vida, mi acento doliente? 
¿No miras el llanto que baña mi faz? 
Y pálida y yerta contemplo mi frente 
Cual nieve en la altura de horrible volean. 



¿No escuchas, bien mió, sonar el suspiro 
Que trémulo ecshalo perdido de amor, 
Si absorto tu rostro bellísimo miro. 
Que apenas colora de rosa el pudor? 



¿No sientes que tiemblo, si escucho el crugido 
De tu albo ropage, de tu ancho albornoz; 
Y lanza mi pecho doliente gemido. 
Cuando oigo, ángel mió, tu mágica voz? 

¿No ves que tu aliento, de amor me enagena? 
¿No ves que me embriaga tu dulce mirar? 

(t) Esta poesía es ujw de los primeros ensayos del autor. 
La pulilicanios con mnclio gnsf o, esperando que sirva de 
fsíímulo ala juventud y dedique sus ratos deooio al cultivo 
de las bellas letras. 



¿Ni ves que contemplo tu frente serena. 
Cual náufrago mira los cielos brillar? 



Ay! tú eres mi arcángel de tierno consuelo, 
Mi dulce esperanza, mi vida, mi amor. . . . 
Lo ves, é insensible, no calmas mi duelo. 
Ni escuchas mi acento de acerbo dolor. 



Ay! duélete, hermosa, del hondo quebranto 
Del hombre que amante su amor te entregó, 
Y enjugue piadosa tu mano mi llanto, 
El llanto que ardiente mi faz marchitó. 



Pronuncien "yo te amo" tus labios de rosa, 

Y entonces felice cual nadie seré, 

Y en vez de esta pena, terrible, anhelosa. 
Mi pecho de gozo latir sentiré. 



Entonces mil mundos, la gloria valdrían 
Los breves instantes de estar junto á tí, 
Y entonce el querube y el ángel querrían 
Siquiera un momento cambiarse por mí. 



Y breve pasara mi plácida vida. 
Cual pasa entre sueños dorada ilusión. 
Mas, ay! que deliro: no escuchas, querida, 
Del labio doliente la tierna canción. 



Profundas tinieblas me cercan dó quiera, 

Y todos reposan, y duermen en paz, 

Y en tanto tu imagen me halaga hechicera, 
Me halaga un instante, se pierde falaz. 



A veces te miro, risueña, amorosa, 
Velada entre nubes de leve crespón. 
Que enjugas mi llanto con mano piadosa. 
Calmando tu acento mi amarga aflicción. 



Oh! ya me parece, mi bien, que te alejas, 
Que esquivas mi vista, desprecias mi amor, 
Y burlas riendo mis lánguidas quejas, 
Cruel aumentando mi fiero dolor. 



Mas no, mi delicia, mi bien; te lo ruego, 
No dejes que muera gimiendo sin tí: 
Devuélvame tierno tu amor el sosiego. 
Que al ver tu hermosura por siempre perdí. 

I. p. a. 



rtLíj-U'UUUVUUVUUUUUUUUUULrUUU.l/'lJUl/ul/UUUUVülí'VUlíi/uUUinj/c 




e^^^£>^r^^T5C0'S3 ' 




irARECE que la invención de los ferro-cariles es 
mas antigua de lo que se cree. Hay autores que 
aseguran que hace mas de doscientos años se usa- 
ban en las minas de carbón de piedra de New- 
castle (Inglaterra) y que el inventor de este mé- 
todo fué un rico esplotador de carbón de piedra, 
llamado Beaumont. No obstante, est(5s caminos 
estaban muy lejos de tener la perfección que hoy. 
Se comenzó por poner dos bandas de madera por 
donde rodaban unos carros construidos de una 
forma adaptable á la especie de camino. Esto 
se citaba como una gran prueba de adelanto en 
los medios de comunicación; y en efecto, en los 
puntos en que estaba establecida, un solo caballo 
bastaba para tirar un carro cargado con doce ó 
trece mil libras de peso. Poco tiempo después, 
las líneas de madera que con el roce de las rue- 
das se destruían frecuentemente, fueron revesti- 
das con una lámina de fierro, y mas adelante se 
reemplazó este método con poner barras fundidas 
de fierro. Los carruages eran tirados, á pesar de 
esta mejora, con muías ó caballos, hasta que ha- 
biéndose descubierto el vapor, se aplicó á los 
ferro-carriles. El primer ensayo de un locomo- 
tor se hizo en 1811; el segundo, en 1813; el ter- 
cero, en 1814. En cada uno de estos ensayos, 
los ingenieros y maquinistas hacían adelantos vi- 
sibles, hasta que, finalmente, en 1829 las máqui- 
nas locomotoras llegaron á construirse con gran 
perfección, es decir, reuniendo la fuerza, la velo- 
cidad, la seguridad y el fácil manejo y dirección 
para conducirlas y pararlas según la voluntad del 
ingeniero. Recientemente han recibido todavía 
mas perfección los locomotores. En el camino 
de Liverpool á Manchester se ha hecho un en- 
sayo de una máquina construida por Sharp y Ro- 
berts, que recorre una milla en 57 segundos, una 
legua en dos minutos veinte y dos segundos, y 



veinte y cinco leguas en una hora. Es una velo- 
cidad casi semejante al vuelo de una águila. 

No tratando de formar un artículo científico 
que sirva para estudio, pues carecemos de los co- 
nocimientos necesarios, nuestros lectores, que no 
hayan visto un ferro-carril, nos permitirán que 
les demos u:Q.a ligera idea de la mejor manera que 
podamos. 

Para construir un ferro-carril, la primera ne- 
cesidad es que sea el camino absolutamente pla- 
no y recto. Así, la primera operación es, reco- 
nocer el terreno y nivelarlo, es decir, si hay un- 
cerro, cortarlo ó perforarlo; si hay un fango, lle- 
narlo; si hay un rio, ponerle un puente plano; si 
hay una barranca, establecer un paso. De esto 
proviene el inmenso costo que tiene un ferro- 
carril, pues ya se sabe que la mayor parte de los 
paises presentan una superficie desigual, y parti- 
cularmente donde hay montañas ó la tierra ha 
sufrido conmociones volcánicas, que han abierto 
por todas partes abismos y barrancas. La se- 
gunda condición es la rectitud. La violencia de 
la máquina de vapor, y la construcción particu- 
lar de Iqs carros y coches, hace imposible las vuel- 
tas y curvas que sin peligro puede ejecutar un 
carruage común. No obstante, estos dos requisitos 
admiten modificación, pues cuando hay necesi- 
dad, se establecen ascensos y descensos en un ca- 
mino de fierro de una manera muy suave y casi 
imperceptible. Las vueltas y tornos necesarios 
de los caminos, se vencen por medio de curvatu- 
ras estensas y calculadas, de forma que jamas 
las ruedas puedan salir de las líneas de fierro. 
En algunas ciudades de los Estados-Unidos, co- 
mo en Boston y Filadelfia, por ejemplo, los fer- 
ro-carriles están avanzados hasta las calles mas 
públicas, y dan vuelta por ellas sin- que haya 
acontecido accidente alguno. Una vez nivelado 



FERRO-CAERILES. 



99 



el camino, se coloca lo que se llama superestruc- 
tura, á saber, dos líneas de fierro á una distan- 
cia igual á la que tienen los carruages, de forma 
que las ruedas vayan perfectamente colocadas en 
las dos líneas de fierro. Estas son, por lo común, 
fundidas, tienen soibre quince pies de largo con 
peso de treinta y cinco á treinta y seis libras ca- 
da va;ra, tres ó cuatro pulgadas de ancho y una á 
dos pulgadas de espesor. Estas barras se van 
uniendo por medio de tornillos, y se colocan re- 
gularmente sobre trozos de sólida madera, que se 
llaman durmientes^ aseguradas sobre estos trozos 
cada dos ó tres pies por medio de fuertes torni- 
llos. Hay caminos de fierro construidos con mu- 
cha solidez y lujo, cuyo pavimento es de cantería, 
y sobre él están colocadas las barras de fierro, 
descansando sobre unas silletas del mismo metal. 
Los coches son de una forma cuadrilonga con sus 
persianas y vidrios, y una línea de asientos có- 
modos de tino y otro lado, dejando en el centro 
un espacio para el paso de los viageros. Hay co- 
ches donde caben cincuenta personas. Las rue- 
das están colocadas debajo de la caja; son de fier- 
ro y tienen de dos á tres pies de diámetro y una 
anchtira análoga á las barras, con el objeto de 
que vayan perfectamente acomodadas y no pue- 
dan desviarse á uno ú otro lado. 




El locomotor es un aparato simple, compuesto 
de una caldera, su chimenea y una especie de ma- 
nija ó brazo, que impulsada por el vapor, comu- 
nica el movimiento á las ruedas. Cada locomo- 
tor tiene su nombre grabado en una reluciente 
plancha de metal, y se llaman: El Hércules^ el In- 
vencíble, la Serpiente, el Gigante, Sfc. 




IJn tren se compone, en primer lugar, del loco- 
motor; sigue un carro destinado para el maqui- 
nista, la leña ó carbón de piedra; en seguida va 
un coche para pasageros de la forma que hemos 
descrito; detras de ese coche, otro y otro, hasta 
cincuenta. Detras de los coches sigue el carro de 



los equipages y después los carros cargados do 
mercancías. Todos estos carros están unidos por 
medio de unos ganchos, que se quitan y ponen se- 
gún conviene, y tirados por el locomotor. Impo- 
sible es describir el efecto que produce la marcha 
de un tren. El locomotor, como si fuera un ente 
animado é inteligente, comienza á rugir y á ar- 
rojar por la chimenea gruesas columnas de humo 
y llamas, que parecen la respiración de un mons- 
truo fabuloso. Apenas el maquinista comunica 
el movimiento, cuando el locomotor se lanza rá- 
pido, haciendo crugir las ruedas contra las barras 
de fierro del camino, arrastrando tras de sí una " 
cauda compuesta de ochenta ó cien coches. Ape 
ñas ha partido, cuando se le ve ' perderse como 
una gran serpiente entre la espesura de un bos 
que frondoso, ó tras de una altísima montaíla, de 
jando solo en la atmósfera una línea negra de 
humo. Y este locomotor, tan poderoso, tan indo 
mable, que lanza fuego y ruje como el león, apa- 
rece dócil y sumiso como un faldero. Apenas el 
maquinista toca un resorte, cuando modera su ve- 
locidad, va por grados perdiendo su fuerza, y pa- 
ra, finalmente, cesando de rugir y de arrojar hu- 
mo y llamas. Repetimos que es menester ver un 
espectáculo de esta naturaleza para persuadirse 
de la admiración que causa el pensar sobre el uso 
magnífico que ha hecho el hombre de la inteli- 
gencia con que lo ha dotado Dios. 

Así como hemos dicho que hay varios modos 
y clases de construcción en los feíTO-carriles, así 
también varia su velocidad. 

En el Sur de los Estados-Unidos la velocidad 
es de tres, cuatro y á lo mas seis leguas cada to- 
ra. Construidos imperfectamente, el movimiento 
de trepidación que se esperimenta, es muy incó- 
modo, y los riesgos son mayores. *En los estados 
del Norte la velocidad es de seis, siete, ocho y á 
lo mas diez leguas cada hora, como sucede en el 
de Boston á Lowell. En Inglaterra es común 
que los caminos de fierro recorran nueve, diez y 
á veces doce leguas por hora. En Bélgica el 
término medio es de ocho leguas cada hora, y es 
lo común y aplicable á la mayor parte de los fe^- 
ro-car riles. 

Seria ocioso que nos divagáramos en probar la 
utilidad de los caminos de fierro. Está averi- 
guado que todo ló que contribuya á acercar unos 
á otros á los pueblos, á disminuir el costo de los 
viages, el precio de los fletes y perder menos 
tiempo, es un inestimable bien para las socieda- 
des. Por medio de los ferro-carriles, en catorce 
ó quince horas una mercancía es transportada á 



100 



FERRO-CARRILES. 



cieu leguas de distancia, y una persona, sin mo- 
lestia, comiendo y durmiendo, bien vestida, si se 
quiere para un baile, puede viajar á donde sus 
asuntos ó su placer lo exijan. Compárese este 
método y el poco costo que se eroga con los via- 
ges de veinte dias que liacen nuestros carros de 
Veracruz á México, y con la molestia de cuatro 
dias de diligencia, y se verá que con un camino 
de fierro de Veracruz á Acapulco, cambiaba la 
faz de la República. Población, riqueza, artes, 
comercio, prosperidad de la agricultura, todo ven- 
dría infaliblemente con un ferro— carril. 

Las naciones de Europa han aproveebádose 
bien de las inmensas utilidades de los ferro-car- 
riles; pero mucho mejor lo han hecho los Esta- 
dos-Unidos; y en este punto, como en muchos 
otros, pueden presentarse al mundo como uno 
ejemplo. 

A pesar de que los Estados-Unidos tienen la- 
gos, rios navegables y hermosas bahías, han sur- 
cado todos los Estados con ferro-carriles y cana- 
les, y en nuestro juicio es la nación que tiene 
mejor y mas rápido sistema de comunicaciones 
interiores, 3^ que lo ha hecho, si no tan lujoso, al 
menos con menos costo y una increíble rapidez. 

Los caminos de fierro en los Estados-Unidos 
del Sur, son simplemente practicados en medio 
del monte, nivelado el terreno con estacas y tier- 
ra, y apoyados sobre durmientes de madera; en 
una palabra, según el parecer de personas inteli- 
gentes, no solo son de una construcción común, 
sino á veces defectuosos, porque se descomponen 
á cada momento, y el viagero está sujeto á ma- 
yores accidentes; pero no sucede así en la mayor 
parte de los del Norte. El llamado de Cumber- 
land, que pasa por una parte de las montañas 
Alleganies, esn^erdaderamente una obra admira- 
ble, y para la cual ha sido necesario cortar gran- 
des montañas de granito, y cubrir las barrancas 
con elevados puentes. Cuando se ve este cami- 
no, no puede ponerse en duda la posibilidad de 
construir uno de Veracruz al mar del Sur. El 
furor en los Estados-Unidos ha llegado hasta el 
grado que, dentro de la Penitenciaría de Filadel- 
fia y en un costado de la catarata del Niágara, 
hay caminos de fierro. 

En los Estados-Unidos hay sobre 900 le- 
guas de ferro-carriles, y han costado la suma de 
45,874,000 pesos, es decir, que cada legua sale, 
poco mas ó menos, á razón de 50,600 pesos, sien- 
do de advertir, que el fierro necesario tienen que 
comprarlo del estrangero. 

En la Isla de Cuba hay también algunos ca- 



minos de fierro. Uno, de la Habana á San An- 
tonio de los Baños, y otro de la Habana á los 
Grüines. Los dos compondrán menos de veinti- 
cinco leguas. Su construcción es muy sencilla 
sobre durmiertes de madera; los carros son de 
clase muy común. A esto se añade que el terre- 
no ha ofrecido muy pocas dificultades. Su velo- 
cidad media es de 6 á 7 leguas por hora, y han 
costado cosa de 45,000 pesos cada legua. 

En Bélgica, hasta el año de 1835, no comenza- 
ron á construirse los caminos de fierro por cuen- 
ta y bajo la vigilancia del gobierno, el cual con- 
siguió para este objeto un préstamo de 18 millo- 
nes de pesos. Se trabajó con tanta actividad 
que en el año de 1840 habia ya en movimiento 
doce caminos de fierro, con una estension en to- 
dos de 65 leguas. El régimen de comunicacio- 
nes interiores por medio de este sistema, debe te- 
ner 140 leguas. El costo de estos caminos ha 
sido el de 100.000 pesos la legua, es decir, una 
mitad mas que los de los Estados-Unidos. 

La Inglaterra en punto á caminos de fierro ha 
desplegado grande actividad y acierto. La ma- 
yor parte son muy sólidos, de una duración pue- 
de decirse eterna; pero el carácter de los ingle- 
ses, inclinado á que todas sus obras tengan un 
aspecto de magnificencia y lujo difíciles de igua- 
lar, ha ocasionado que los ferro-carriles hayan 
costado cantidades inmensas. Algunos ferro-car- 
riles tienen alumbrado de gas, árboles, banque» 
tas y asientos, y están edificados sobre bóvedas. 
Hasta el año de 1840, habia catorce caminos de 
fierro, con una estension de 175 leguas, y se es- 
taban construyendo seis caminos mas, con 138 
leguas de estension. Aun cuando se concluyan, 
los Estados— Unidos tendrán dos terceras partes 
mas de caminos de hierro. El cálculo aproxima- 
do del costo de cada legua en Inglaterra, es el de 
400,000 pesos, cantidad exhorbitante, y que solo 
puede gastarse por el escesivo lujo de estas 0- 
bras. 

La Francia, á pesar del espíritu emprendedor 
de sus hijos, no puede citarse como modelo. El 
año de 1840 solo tenia en actividad cinco cami- 
nos con una estension de 48 leguas. Su sistema 
de comunicacionea deberla constar de 257 leguas. 
Tampoco puede citarse como modelo de econo- 
mía, pues los ferro-carriles ecsistentes han tenido 
el costo medio de 200,000 pesos cada legua. 

Después de haber hablado de otros paises, di- 
gamos una palabra sobre México. Hasta ahora 
solo una empresa ha habido para ferro-carril, y 
contra la espectativa y esperanza de todos, en sie- 



FEKRO-CAKKILES. 



101 



te años solo ha podido construir una legua, ero- 
gándose un gasto de 800,000 pesos poco mas ó 
menos. Según voz pública, lo poco que hay cons- 
truido, está desnivelado é inservible; y es proba- 
ble que si el gobierno y las cámaras reflecsionan 
la poca utilidad de ese camino por dirigirse á un 
punto desierto é insalubre, y el mucho dinero 
que va á costar á la nación, no continuará la 
obra. 

Nosotros creemos que todo lo que no sea una 
empresa cuantiosa en que tome alguna parte el 
gobierno, todos los ensayos tendrán un mal re- 
sultado. Muchos han ccsagerado las grandes di- 
ficultades y costos del camino de fierro de Ye- 
racruz á México: nosotros, guiados del parecer 
de algunas personas inteligentes, juzgamos que 
puede graduarse el costo de cada legua en 200,000 
pesos. En cuanto al de Tacubaya, acaso no pa- 
sará de 125,000 pesos, en atención á que no hay 
dificultades que vencer en el terreno. Es tal 
nuestro ahinco porque se comiencen á realizar 
las mejoras materiales, que estaríamos mas orgu- 
llosos con un camino de fierro de México á Ayo- 
tla, por ejemplo, que los Estados-Unidos con su 
magnífico y colosal sistema de canales y ferro- 
carriles. — Manuel Payno. 



ILA FMm ©HÍL miSWIilEIDfo 

Cayó una flor de su cabellera, y él quiso levan- 
tarla; pero ella lo detuvo. 

— Deja, le dijo, deja que el viento se lleve á 
la flor, y toma ésta. 

Y desprendiéndome de su seno, me puso en la 
mano de su amigo. 

— Flor delicada y querida, dijo él á su vez: 
quiero guardarte para siempre, flor amada, flor 
del Recuerdo! 

Me llevó á su casa, y me colocó en un vaso de 
finísimo cristal: continuamente me miraba, y mi- 
rándome creia ver á su querida. 

— Flor del alma mia, decia con frecuencia, 
jcuán dulce es tu perfume! ¡cómo embriaga el 
corazón! 

— Su preciosa mano te ha tocado, y has recibi- 
do el soplo de su aliento; bien podria yo recono- 
certe entre mil flores. 

Entre tanto, mis colores se marchitaban, y mi 
tronco se doblaba desmayado. Un dia me tomó 
con semblante triste, y dijo: 

— ¡Pobre flor! bien veo que vas á morir: ven, 
quiero sepultarte en un lugar secreto y privile- 
TOM. I. — Y. 



giado, en donde estarás como si te sepultase con 
mi alma. 

Entonces me colocó entre las cartas de su que- 
rida. 

Reposaba yo contenta en aquella suave atmós- 
fera. Con frecuencia venia él á visitar mi tum- 
ba, y yo, como si fuese una fantasma que aun con- 
servaba gratitud y reconocimiento, despedía mis 
antiguos perfumes, y él creia ver en mí el mis- 
mo brillo de mi juventud, y aun su mismo amor 
le parecía mas ardiente y mas vivo. 

Poco á poco sus visitas fueron menos frecuen- 
tes. 

El otro dia vino, y tomando las cartas sin 
leerlas, las quemó. 

Miróme durante algún tiempo, y parecía que 
queria decirme: ¿Por qué estás aquí? 

Agarróme, y acercándose á la ventana, sentí 
que me resbalaba yo de sus dedos. 

Este ingrato no reconocía á la flor tomada del 
seno de su querida, ¡á la flor del Recuerdo! 

El viento dispersó en el vacío mis pobres ho- 
jas, secas y marchitas. 

POBLACIÓN DE LA TIERRA. 

Se ha calculado y clasificado recientemente de 
la manera que sigue: 

Asia 585,000,000 

Europa 235,000,000 

África 110,000,000 

América 50,000,000 

Oceania 20,000,000 



Total. 1,000,000,000 

De este número de habitantes hay: 

Gentiles 600,000,000 

Mahometanos '. 140,000,000 

Judíos 10,000,000 

Católicos romanos 130,000,000 

Católicos griegos 55,000,000 

Protestantes 65,000,000 



Total. 1,000,000,000 

Una vez entraba en un convento de Italia un 
cortesano francés llamado Grrillac, y preguntán- 
dole uno de los que lo acompañaban dónde esta- 
rla la cocina, Grrillac le respondió: — La cocina es- 
tá en el purgatorio. 




'^^^f^ 

5v^ 





Aparecí por primera vez en la tierra en una 
hermosa mañana del mes de Mayo. 

El aire estaba lleno de perfumes y de suaves 
murmullos de amor; las hojas acababan de abrirse; 
las alondras cantaban á los rayos del Sol, y la 
aguzanieve trotaba por entre las zarzas. 

Dirigí los ojos en rededor mió, y vi á una do- 
rada abeja que revolaba encima de una Kosa me- 
dio abierta á la aurora. 

— Pobre hermana! me dije á mí misma, que no 
se ha atrevido como yo á romper su cubierta y 
lanzarse en el torbellino del mundo, y se halla con- 
denada á sufrir las caricias de un insecto vulgar: 
esta noche sus hojas marchitas cubrirán el suelo. 

Dichosa con ser muger, proseguí mi camino. 

— ¿A dónde va tan de mañana esa carilla encar- 
nada y fresca? me dijo un aldeano mozo. ¿Sois 
acaso la diosa de Mayo, que viene á visitar sus 
dominios? 

— Hola, botoncillo de Rosa, me gritó un guapo 
caballero, ¿qué hacéis tan tarde en el camino? ¿No 
veis que ya ha salido el Sol? Sus rayos van á cha- 
muscar vuestra rosada tez: montad en ancas, y ve- 
nid conmigo: el galope de mi caballo es rápido, y 
la senda que conduce á mi casa de campo está 
guarnecida de árboles verdes y de floridos espi- 
nos. 

Seguí al gallardo caballero. 

Tiempos afortunados de mi juventud: ¡bajo qué 
risueños colores os presentáis á mi memoria! 

Me vi rodeada de atenciones y lisonjas, y mis 
menores deseos eran al instante satisfechos. Se 
me repetía en todos los tonos que era yo bella; y 
veinte poetas se disputaban el honor de compo- 
ner sonetos en alabanza mia. Yo no tenia nada 
que apetecer, y sin embargo, deseaba alguna cosa. 



En sustancia, no era yo mas qixe una reina 
campesina, y mis subditos unos pastores simples 
y algunos viejos literatos retirados en el campo. 
Necesitaba yo el ruido de la ciudad y los home- 
najes de la corte. 

Una noche dejé la casa de campo para seguir 
furtivamente al gobernador de la provincia, nom- 
brado para ocupar uno de los mas eminentes pues- 
tos del Estado. 

Es imposible describir la sensación que mi lle- 
gada produjo en la capital. — Nunca hemos visto 
nada mas perfecto, decian los cortesanos, y el rey 
manifestó deseos de conocerme y quedó enamora- 
dísimo de mí 



— Bendita sea la hora en que abandoné eljardin 
de la Encantadora, me decia yo con frecuencia. 
La Rosa entre las flores recibe el tributo de la ad- 
miración universal, y solo yo, Rosa viva, le dispu- 
to el cetro de la belleza. Como flor y como mu- 
ger, mi amor propio gustaba las dulzuras de un 
doble triunfo. 

El rey ya no sabia qué hacer para mostrarme 
las mas delicadas atenciones: me habia dado el 
nombre de su Rosa preciosa; é instituyó, bajo el 
nombre de Juego de la rosa, una competencia en 
honor mió, para averiguar cuál habia sido el orí- 
gen de esta flor; y el vencedor debia recibir una 
corona de mis manos y un beso de mis labios. 

El valor de la recompensa prometida encendió 
todas las imaginaciones del imperio, y mas de 
seiscientos poetas se presentaron al concurso. 

lilegado el dia, uno de los poetas, adelantándo- 
se, se puso á cantar la aflicción que tuvo la tierra 
en el momento en que Venus salió de la espuma de 
la mar. ¿De qué manera adornar tan celestial cria- 




p.m^ 



C'/MPLÍLO Ccht 



ERAaMENTOS TOMADOS DEL ÁLBUM DE LA ROSA. 



103 



tura? La tierra hizo nacer la Rosa, y el problema 
fué resuelto. 

Otro poeta refirió de qué manera se habia es- 
capado la Rosa de las faldas de la Aurora, jugan- 
do con el jóv^en Titon. 

— La Rosa nos ha sido dada, no por la tierra ni 
tanipoco por la Aurora, sino por una diosa, escla- 
mó otro poeta, y su origen es el siguiente. Enton- 
ces se puso á cantar estas estrofas, acompañán- 
dose con la lira de tres cuerdas. 

I 

"De todas las jóvenes de Corinto la mas bella 
" es Rodante. Juno no la iguala en su porte ma- 
"gestuoso; su tez mas blanca que la misma pluma 
" de las palomas de Venus." 

II 

"Pero Rodante es insensible al amor, y se ha 
" consagrado á Diana." 

III 

"Con todo, los mas bellos y ricos jóvenes de 
" Corinto no han perdido la esperanza de enter- 
" necer su corazón; suspenden guirnaldas de flo- 
" res á su puerta, y hacen sacrificios á Cupido pa- 
" ra que disminuya su crueldad." 

IV 

"Un dia Criton, hijo de Cleóbulo, y eV ardiente 
í' Ctesiphon encontraron á Rodante, y la persi- 
" guieron hasta el templo de Diana, á donde eor- 
" rió á refugiarse. Rodante llamó al pueblo en 
" su socorro, y viéndola tan bella, tan pura, tan 
" púdica, esclamó: Es la misma diosa Diana; ado- 
" rémosla y coloquémosla en un pedestal." 

V 

"Rodante rogó á Diana que impidiese esta pro- 
" fanacion, y la diosa, movida de sus lágrimas, la 
" transformó en una Rosa." 

VI 

"Desde este dia los Corintios consagraron á 
" las Rosas un culto particular, y tomaron por sím- 
" bolo de su ciudad una doncella coronada de Ro- 
" sas." 

Esto dijo el poeta, y un murmullo de aproba- 
ción sucedió á su canto, después de lo cual otros 
poetas se presentaron al concurso. 

Uno habló de la desesperación de Venus cuan- 
do murió Adonis, y de las lágrimas que derramó 
sobre el cadáver del bello cazador, queriendo re- 
sucitarlo. Esfuerzos inútiles, pues el decreto de 
Júpiter era irrevocable. — A lo menos, esclamó la 
diosa, que su sangre no sea derramada en vano: 
que de la tierra enrojecida nazcan copas de Ro- 



sas, que cubran y en cierto modo embalsamen el 
cadáver de Adonis. 

Otro nos contó las astucias de Céfiro enamora- 
do de Flora: nada podia mover el corazón de la 
diosa, ni los perfumes esparcidos á su derredor, 
ni las frescas brisas que retozaban en su frente, 
ni los versos armoniosos que se cantaban en el 
frondoso follage. Flora solo amaba las flores. Cé- 
firo se convirtió en una flor tan hermosa, que Flo- 
ra atraida de su perfume, se inclinó para olería, 
y desvanecida, loca y arrastrada por un secreto 
encanto, imprimió un beso en su corola. Así ea 
como se consumó la unión de Céfiro y Flora. 

Esta flor era la rosa. 

Casi todos los poetas se adhirieron á estos pa- 
receres, salvo algunas ligeras variaciones. Ha- 
bia, por ejemplo, algunos que pretendían que la 
rosa habia nacido al mismo tiempo que Venus, de 
la espuma de las olas, y que habia conservado su 
color blanco hasta el dia que Baco dejó caer una 
gota de su divino licor sobre la rosa que adorna- 
ba el seno de Aphrodita. 

Otros sostenían, que en el banquete de los dio- 
ses, el Amor, habiendo volcado con sus alas la 
copa llena de néctar que el padre de los dioses 
iba á llevar á su labios, cayeron algunas gotas 
sobre la corona de rosas blancas de Venus, y 
desde entonces las rosas conservaron la color 
y el perfume del néctar. 

Ninguna de estas esplicaciones satisfizo al rey, el 
cual, sin embargo, ordenó que se hiciesen ricos 
presentes á los poetas, y el concurso se transfirió 
para el año siguiente. 

Durante este año, fué cuando el paganismo y 
el imperio romano vinieron abajo, y el reinado 
de las cortesanas y de las rosas parecía termina- 
do para siempre. 

He observado que mi ecsistencia, como muger, 
ha dependido constantemente de mi ecsistencia 
como flor; he sido venturosa ó desdichada, aten- 
dida ó vista con indiferencia, según el gusto mas 
ó menos grande que los hombres han tenido por 
la Rosa. 

Los postreros siglos de Roma solo amaron 
una clase de mugeres, las cortesanas, y no cono- 
cieron mas que una flor, la rosa. 

Mareo Antonio, moribundo, quiso que lo cu- 
briesen de rosas. 

Para volver á tomar su primitiva forma el^ As- 
no de Apuleyo, no tuvo mas que hacer sino co- 
mer rosas, 



104 



FRAGMENTOS TOMADOS DEL ÁLBUM DE LA ROSA. 



Los antiguos sembraban de rosas los sepulcros, 
y venían cada afío á ofrecer rosas, rosales escce^ á 
las almas de sus parientes y amigos. 

Con las frentes coronadas de rosas, brindaban 
los convidados en los festines. 

Los pintores alegraban la melancólica frente 
de Hécate coronándola de rosas. 

Se usaba colocar en la mesa un vaso lleno de 
rosas, y estas rosas eran el gracioso emblema de 
la amable discreción que debe acompañar á los 
alegres dichos, escapados en el regocijo de la me- 
sa. Desgraciado del profano que descubría el 
vaso de rosas. 

Este era el tiempo en que Nerón dividía el 
trono con Popea, y hacia que se le tributasen ho- 
nores divinos. 

Yo me llamaba entonces Lesbia, y tenia una 
casa de campo en Psestum, á donde los poetas 
venian á recitarme sus odas 

El cristianismo tributó culto á la rosa; pero la 
flor de Yénus llegó á ser la rosa mística, herma- 
na del lirio, é hizo penitencia de sus pecados. 

Las manos de las jóvenes deshojaban rosas en 
las procesiones delante de la cruz. 

Los altares de las iglesias campestres estaban 
adornados de rosas. 

La mano que bendecía la ciudad y el mundo 
urbi et orbi, bendecía también las rosas cada año 
el dia llamado dominica in rosa. 

El estandarte que Carlomagno recibió del Pa- 
pa, estaba sembrado de rosas. 

Los ángeles bajaban del cielo para ofrecer ro- 
sas á una santa, según lo testifica la vida de San- 
ta Dorotea. 

Guirnaldas de rosas pendían de la harpa de 
Santa Cecilia. 

Dios cambió en rosas el pan acusador que de- 
bía dar muerte á la Santa duquesa de Berry. 

Durante este tiempo, no quedaba mas recurso 
á las pobres mugeres de mi condición, que imitar 
el ejemplo de la Magdalena. Me refugié, pues, á 
una gruta, en donde viví durante muchos años, 
de raices y oraciones. (Aquí faltan veintiuna pá- 
ginas 

Supe por un desterrado de Constantinopla, que 
se volvió hermitaño, y vino á establecerse no lé- 
jos.de mi gruta, que habia en Oriente un profeta 
llamado Mahoma, que prometía á sus sectarios un 
Paraíso, en donde bgiilaban las ninfas á ía som- 



bra de bosques de rosas que renacían sin cesar. 
Entonces, partí yo para el Oriente 

Un poeta de Persia me dedicó un poema de 
trescientos mil versos sobre la rosa, y mi salud, 
quebrantada con las fatigas de esta lectura, me 
obligó á buscar otro clima 

Vine á Francia á mediados del siglo décimo 
quinto, y no terminarla yo, si me pusiese á citar 
todos los poetas que desde entonces han celebra- 
do á la rosa 

Luego que las rosas volvieron á estar en moda, 
sentí que mi condición se mejoraba. Desde Fran- 
cisco I hasta Luis XIV 

En el año de 1754 recibía yo en mi casa á un 
hacendado, que sobre todo amaba la conversación 
de las personas de ingenio. 

Recibía yo en mi casa y en mis salones á los 
mas célebres talentos, los cuales reconocían la 
buena acogida que yo les daba, regalándome un 
ejemplar de sus obras. Uno de ellos me dedi- 
có un corto poema en tres cantos, titulado Arte 
de cultivar las rosas. De las notas de este libro 
tomo las siguientes particularidades que lison- 
jean mi amor propio de flor: 

El dios Vihcnou, en busca de una muger, la 
encontró en el cáliz de una rosa. 

San Francisco de Asis, con el fin de mortifi- 
car su carne, se echó sobre las espinas, y al pun- 
to, de cada herida por donde habia corrido la 
sangre del santo, brotaron rosas blancas y rojas. 

Durante la edad media, una ley formal permi- 
tía únicamente á los nobles cultivar las rosas. 

El caballero de Guisa se desvanecía á vista de 
una rosa, y el canciller Bacon sentía una espe- 
cie de rabia al ver la misma flor aun en pintura. 

María de Médicís se hallaba sujeta á la misma 
enfermedad. 

En el siglo décimo el papa instituyó la orden 
de la Rosa de oro; y siempre que habia corona- 
ción, la enviaba al nuevo soberano como prueba 
de reconocimiento oficial 

San Medard, obispo de Noyon, inventó en 532 
premiar á las jóvenes, nubiles,' cuya virtud era no- 
toria, con una corona de rosas y un dote para ca- 
sarse. La primera coronada fué su hermana, en 
Salency, cuna de la institución. 

— Dios mió, dije yo un dia al sabio autor del poe- 



FEAGMENTOS TOMADOS DEL ÁLBUM DE LA EOSA. 



105 



ma titulado: Arte de cultivar las rosas. ¿Podréis 
decirme por qué razón ha sido elegida la rosa co- 
mo recompensa de la virtud? Me parece que mas 
bien merecerla tal honor la violeta ó el lirio. 

— Bella Eglea, me contestó el poeta: la razón 
es, que se ha comprendido que la misma virtud 
necesita de adorno, y se ha elegido á la rosa, flor 
de la hermosura! 

(El manuscrito de la Eosa no va mas allá del 
siglo décimo octavo; sin embargo, los lectores no 
se verán completamente privados de la continua- 
ción de estas interesantes memorias, pues hemos 
encontrado en los papeles de la Eosa notas y do- 
cumentos auténticos, y de ellos estractamos las 
diferentes aventuras de su vida.) 

LOS TJLT3M0S DÍAS DE LA ROSA. 

Hacia el año de 1797 la Eosa tomó el nombre 
de Madama de Santa Eosana, y ninguna muger 
llevaba con mas garbo que ella el vestido abierto 
á la Diana cazadora y los cabellos ensortijados 
por detras. 

Grastaba mucho lujo, tenia mesa abierta, recibía 
á los poetas, á los generales y á los ministros. Bo- 
naparte le fué presentado, y los contemporáneos 
nos han asegurado que el futuro emperador pro- 
dujo una sensación muy mediana en el salón de 
Madama de' Santa Eosana. 

Nunca fué mas afortunada la 'Eosa, ni aun en 
tiempo del imperio romano, tan sentido por ella 
en los fragmentos que acabamos de copiar. 

No se amaba mas que la tez de rosa, las meji- 
llas de rosa, los labios de rosa, las narices de ro- 
sa, con tal, sin embargo, de que en esta tez, estas 
mejillas, estos labios y estas narices se apercibie- 
se un poco de color de lirio. 

Los poetas solo conocen un solo objeto de com- 
paración, la rosa; y se sacaba partido de todo, del 
tfonco, del botón, y de las espinas. 

Madama de Santa Eosana llevaba habitualmen- 
te la cabeza elevada, y una tierna encarnación 
animaba sus mejillas; su boca era de carmin, y 
andaba con la magestad de una muger que ha cal- 
zado el coturno fuera de las tablas: así es que se 
le decia bajo todas formas, y en todos estilos, tan- 
to en verso como en prosa, que se asemejaba á una 
rosa. 

Ella recibía los homenages con la magestuosa 
frialdad de una reina, y estos homenages produ- 
cían mas efecto sobre su vanidad que sobre su co- 
razón. Madama de Santa Eosana tenia fama de 
orgullo y de insensibilidad, y un poeta, cansado 
ya con sus repetidos desdenes, lanzó contra ella 



un sangriento epigrama, que terminaba de esta 
manera: 

Es bella, sí, mas sin perfume, 

Como la rosa de Bengala. 

La malignidad pública se apoderó de esta alu- 
sión, y los rivales de Madama de Santa Eosana 
aprendieron de memoria las coplas, y las recitaron 
en todos los salones 

Madama de Santa Eosana tuvo que sufrir des- 
pués mil contrariedades, y conociendo que su im- 
perio habla terminado en la tierra, se acogió á 
la clemencia de la Encantadora de las Elores; pe- 
ro si la bondad de ésta es inagotable cuando co- 
noce que hay arrepentimiento, está dotada de un 
rigor inflecsible contra el amor propio herido. 

Para castigar á la Eosa de su vanidad, la En- 
cantadora de las Flores la condenó á vivir y mo- 
rir anciana, y solo le perdonará cuando llegue la 
hora de su muerte natural. 



LA EESPUESTA GEACIOSA. 

Estándose representando una comedia, dijo un 
sordo á un caballerito que estaba á su lado, le 
hiciese el favor de decir si la pieza estaba en pro- 
sa ó en verso, y aquel le respondió: ¿Cómo quiere 
vd. que yo lo pueda ver desde aquí? 



Tratar y escuchar á los malvados, es ya un prin- 
cipio de corrupción. — Confucio. 



Los pesares que tú ocasiones átus semejantes, 
tarde ó temprano caerán sobre tí. 



Todas las virtudes están reasumidas en la jus- 
ticia. Si eres justo, serás hombre de bien. 



Cuando se corre detras del talento, frecuente- 
mente se encuentra la tontera. 



Yo puedo comprender cómo los reyes creen 
muy fácilmente que todo lo pueden, y los pueblos 
imaginan que no pueden nada. 



Los grandes tienen placeres; el pueblo alegría. 



¡Desgraciada condición de los hombres! Ape- 
nas va llegando el espíritu á la juventud, cuando 
el cuerpo llega á la vejez. — Montesquieu. 



iMMfflm 



[,UE es el hombre, sino un conjunto inconcebi- 
ble de barbarie y de compasión, de venganza y 
de ternura, de delirio y de razón? . , . ¿Qué, si- 
no un abismo oscuro, donde las pasiones están 
en continuo flujo y reflujo?. . . . ¿Qué, sino el 
juguete de las ideas y de los sentimientos, que á 
manera de las olas del océano, agitan sin cesar su 
corazón y atormentan su cerebro? ¿Cuál es la 
herencia dejada por Adán á sus bijos, sino una 
mezcla de grandes y cortos gozos, y de intensos 
y duraderos dolores? — ¿Qué es el mundo, sino un 
valle de rosas y de espinas, un teatro de intriga 
y de maledicencia? ¿Qué es la vida, sino "una 
sombra, un vapor, un soplo, un enigma triste, con 
la muerte por término." 

II 

Sin embargo, ¿deberá colegirse de ahí que no 
hay felicidad sobre la tierra? — No; ella ecsiste 
para quien sabe buscarla. 

Verdad es que el destino, según Esquilo, es un 
poder despótico, que gobierna con cetro de hier- 
ro á los dioses y á los mortales. Sin duda que 
la necesidad es la reina de las cosas humanas, y 
que á un gesto suyo todo obedece, porque "la ne- 
cesidad es el lenguaje que Dios habla á la tier- 
ra." Cierto es que el hombre parece estar ata- 
do á una rueda, que le da vuelta hasta que toca 
al punto en que debe ser estrechado. Pero á pe- 
sar de todo eso, quien viva en el seno de la natu- 
raleza, de la virtud y del amor, con tal que esté 
dotado de sentimiento y de inteligencia, puede 
saborear ahí dias plácidos, y recorrer las risueñas 
sendas del placer y de la dicha, y ver convertirse 
en gratas realidades las mas dulces ilusiones del 
corazón y del pensamiento. 



III 

La felicidad está siempre mas cerca de noso- 
tros de lo que imaginamos: todos los vastos ra- 
ciocinios de los pensadores para indicarnos el ca- 
mino, se asemejan á los preparativos de un largo 
viage. El hombre, persuadido entonces de que 
necesita andar mucho para llegar al término de 
éste, tiende siempre la vista adelante; y en sus 
ambiciosas pretensiones, no cuida de mirar cerca, 
muy cerca de sí, donde tal vez le saldrá al en- 
cuentro la felicidad. 

IV 

Dios, proponiéndose hacer dichoso al hombre, 
debió necesariamente colocar la felicidad cerca 
de él, de manera que solo de su voluntad pendie- 
se serlo. Así, dispuso que todo concurriese á es- 
te objeto benéfico. Situó la dicha en el seno de 
la naturaleza, hecha para él abundante y bella; 
plantó bosquecillos sobre la tierra, y no constru- 
yó palacios; ostentó flores; creó para nosotros sen- 
cillas necesidades é inocentes deseos, que, ejerci- 
tando agradablemente nuestros sentimientos, se 
convirtiesen en otras tantas fuentes de placeres 
futuros. Pero el hombre desconcertó el plan que 
para él formara el Creador. Dióse á los goces 
facticios de una sociedad frivola, insípida, insen- 
sible; no supo ó no quiso enfrenar su imagina- 
ción, convertida desde entonces de don divino en 
don doloroso; persiguió con ardor los objetos mas 
distantes de su alcance, los mas opuestos por su 
naturaleza: por medio de las pasiones quiso to- 
mar el vuelo hacia los mas sublimes, ó los mas 
estravagantes destinos; y descuidando los consue- 
los filosóficos, y estimando en poco los goces cau- 
sados por el espectáculo de la naturaleza y del 
cielo, las costumbres que en la sociedad formó 
cambiaron su anhelo, aumentaron sus necesida- 



FRAGMENTOS SOBRE LA FELICIDAD. 



lor 



des, y le alejaron cada vez mas de la dicha, ale- 
jándole de la naturaleza. 

y 

La felicidad se puede encontrar hasta en las 
ciudades, porque se encuentra en todas partes; pe- 
ro allí es mucho mas difícil refrenar los deseos y las 
pasiones. Las tentaciones multiplicadas, á cual 
mas seductoras todas, los ejemplos que nos tra- 
zan senderos perniciosos, el deseo de igualarnos 
ó de sobrepujar á nuestros vecinos, de donde na- 
cen la envidia y la ambición, todo hace ahí el cie- 
lo de la vida nebuloso y triste; pues no pudiendo 
la mediocridad, estado apetecible, bastar á nues- 
tras necesidades, se convierte en pobreza. ¡Cuán- 
to mas fácil es hallar la dicha en la soledad, ma- 
dre de los grandes pensamientos y de los afectos 
eternos! 

VI 

¿Cómo no saborear, en efecto, la felicidad, vi- 
viendo en medio de campos risueños, de alegres 
huertos, á la orilla de un caudaloso rio, gozando 
de las pompas del firmamento, del aspecto y de 
los diversos presentes de la bella naturaleza, res- 
pirando un aura pura, embalsamada, gustando de 
paz y de seguridad, lejos del bullicio y del tu- 
multo de las ciudades? — ¿Quién que tenga alma, 
no sentirá inefable deleite, viendo reproducirse 
en un líquido espejo cristalino, las montañas y 
las estrellas; las montañas, gigantes de la tierra; 
las estrellas, "poesía del firmamento." 

Cuando en una de tantas noches apacibles y 
hermosas callan el cielo y la morada del hombre, 
y solo campea el astro de los amantes, alumbran- 
do con sus rayos de plata cual si fuese una lám- 
para colgada de la bóveda celeste, ¿cómo no ser 
uno sensible al gran secreto de melancolía que la 
luna nos revela? . . . ¿Cómo no concentrar toda 
la vida en ese sentimiento vago de lo infinito, que 
inspiran la soledad y el magnífico espectáculo de 
la creación? Y cuando aparece la aurora con 
su rocío matutino, su aliento embalsamado y sus 
mejillas sonroseadas, apartando las nubes su son- 
risa, volviéndonos la luz del dia, ¿cómo no aspi- 
rar entonces el soplo del pensamiento juvenil y 
apasionado? . . . ¿No se diria que entra uno en 
aquel momento en el templo de la naturaleza, no 
como un estraño, sino cual sacerdote? 

VII 

En los campos es donde Milton y el Tasso 
nos muestran la felicidad. Milton representa el 



Edem, donde floreció el tálamo nupcial de nues- 
tros primeros padres. . . . jardin celestial, por 
cierto, pero que se puede encontrar sobre la tier- 
ra con la paz, la unión y la inocencia, porque des- 
pués de todo no habia allí mas que cristalinas 
aguas, árboles frondosos y flores odoríferas. ¿Y 
el Tasso no conduce la amorosa Herminia al tran- 
quilo albergue de los pastores? — ¡Qué feliz con- 
traste! Acaba él de cantar las legiones guerre- 
ras, el aparato de los asaltos bélicos, el hierro, el 
fuego, el amor. ... el amor mas cruel todavía, per- 
siguiendo á la amante sin ventura de Tancrodo. . . 
¡Y de golpe nos la presenta el poeta italiano en 
asilos frescos y campestres, bajo el pajizo techo 
de los pastores! Todo es feliz, todo es apacible 

al rededor de ella todo menos su corazón. 

Mas allí un venerable anciano, un patriarca de 
aquellos valles, le pondera á Herminia la dicha 
que en el seno de los campos se disfruta, y la in- 
fortunada princesa se torna en zagala. ¡Como si 
el corazón turbado no estuviese siempre cubierto 
de nubes! 

VIII 

Empero él Hacedor ha plantado en el pecho 
humano el deseo de saber. El ser inteligente, 
ansioso de aprender y amigo de meditar, necesi- 
ta estudiar las leyes de ese vasto todo, á donde 
Dios nos conduce, que se llama naturaleza. Tiene 
necesidad de conocerse á sí mismo, de entrete- 
nerse con las sublimes inteligencias que fueron ó 
que son, y separarse á veces de sus semejantes, y 
olvidarse en su estudiosa soledad del mundo real, 
del mundo agitado de la tempestad, para vivir 
en el mundo de las ilusiones y de las esperanzas. 

IX 

¡Qué fuente de placeres puros no se encuentra 
en la investigación de las relaciones que ligan al 
hombre con el aire que respira, con la tierra que 
pisa; en la contemplación del grandioso espectá- 
culo de la creación; en entregarse á las mas ino- 
centes emociones del alma, elevándose al res- 
plandeciente cielo de la poesía, meditando en la 
melancolía y delicadeza de esa llama divina que 
se apellida amor, siguiendo las inspiraciones del 
pensamiento con los fllántropos que se han des- 
vivido por la felicidad del linage humano, y re- 
corriendo la historia, "¡tranquila ciudad de los 
muertos que tanto se agitaron en vida, cuyas 
empresas los ocuparon tanto, y cuyas pasiones 
les parecían inmortales!" 

¡Cuánto consuelo no saca de la filosofía una 



103 



FELICIDAD CONYUGAL. 



alma lierida, "cuando se desecan las flores de lá 
vida y se destruye la ilusión de los sentimientos; 
cuando se disipa el encanto de las relaciones mas 
queridas; cuando llega el hierro y el fuego á lo 
hondo del corazón, y nada quedan sino los pesa- 
res y los desengaños, que fermentan allí como 
un veneno!" ¿No es entonces el estudio el Leteo, 
en donde bebemos el olvido de los males y dolo- 
res de la vida'^ Cuando nos remontamos á las 
serenas regiones del alma y de la inteligencia, 
¿no volvemos siempre mejores de ellas?.... ¿No se 
trae de allí un noble orgullo, que opone una fuer- 
za terrible á todas las dominaciones injustas, que 
apela al tribunal de la opinión pública de toda 
especie de tiranía, que enseña á ser libre en me- 
dio de las cadenas, independiente á la vista de 
los puñales?.... ¿No se calman las pasiones viles, 
y se aumenta el poder de aquel formidable tri- 
bunal que cada cual lleva dentro de sí mismo, y 
se denomina conciencia? 



No basta empero el estudio, porque "el árbol 
de la ciencia na es el árbol de la vida." El hom- 
bre, caña viviente, juguete de una suerte frecuen- 
temente cruel, habitante pasagero de una tierra 
empapada en lágrimas, necesita para ser feliz de 
la muger; nombre omnipotente sobre las almas 
sensibles; ser compuesto de perfumes y de llamas; 
de perfumes, para el espíritu; de llamas, para el 
corazón. El primero de los humanos no estaba 
á gusto solo, en aquellos encantadores jardines 
del Edem, donde moraban la eterna primavera y 
la dicha, y le pidió una compañera al Creador pa- 
ra completar su ecsistencia. Diósela el Hacedor, 
y con ella le obsequió el amor y sus encantos pa- 
ra hacerle mejor y mas venturoso. 

II 

¡Muger! Flor de la naturaleza viviente, espí- 
ritu vital de la sociedad .... por dó quiera se no- 
ta tu influencia omnipotente! En el jardin que 
sirvió de estaacia á nuestros primeros padres, ba- 
jo el encantado cielo de la G-recia, dentro de los 
muros de la ambiciosa Roma, en la ciudad de 
Constantino, como en la ciudad de las flores; á 
orillas del nebuloso Támesis, no menos que en las 
del claro Leman, tú eres ¡oh ser misterioso! quien 
nos solazas siempre con tu cariño, nos embelesas 
con tus hechizos, nos consuelas con tu bondad. 



Cuando la sociedad y la fortuna se sonríen con 
nosotros; cuando el sentimiento del amor está ec- 
saltado, escitado el cerebro y devorado de fuego 
el pecho; cuando la pasión se mezcla con cada 
pensamiento, con cada deseo; cuando por efecto de 
la mas poderosa concentración, no se alimenta el 
hombre sino con la imagen de su amada y con sus 
ensueños, ansioso de gustar de la copa de la feli- 
cidad, ¿á quién debemos sino á la muger los go- 
ces y los deleites que proporciona lo refinado, lo 
poético del amor? Por el contrario, cuando la for- 
tuna y la sociedad, abandonan al mísero mortal, 
contra quien se conjuraran los elementos, las re- 
voluciones y las desgracias; cuando todo es carga 
y dolor; cuando un hombre se cree sepultado en- 
tre las ruinas de todas sus esperanzas, una luz di- 
vina, emanada de los ojos ó de los labios de una 
muger, ¿no viene á iluminar en un momento las 
tinieblas, que ya se alcanzaban á ver, de la deses- 
peración y del sepulcro, á reanimar el alma, á ins- 
pirar fé en el porvenir? ¿No es la muger quien 
despertando sentimientos mas elevados, y pulien- 
do los modales, al paso que ella es mas pulcra, mas 
fina y mas respetada, enaltece el alma de su com- 
pañero sobre la tierra, le abre nuevas y mas fres- 
cas fuentes de ventura, y ve entronizarse junto con- 
ella la verdad y el pundonor? Libertad, grandeza 
y dicha se advierten donde quiera que predomi- 
nan las costumbres de Cornelia, de Blanca y Ju- 
lia Alpinula: donde prevalecen las de Aspasia, 
Lucrecia Borgia y María Luisa, se sumen las na- 
ciones, mas tarde ó mas temprano en los profun- 
dos abismos de la corrupción, de la esclavitud y 
la miseria. 

III 

Amor! Sonrisa del cielo, regada por una lágri- 
ma de Dios . . . . ! Todos los humanos se postran 
ante tí. Cuando tú entras en el alma como un 
torrente de luz y de fuego, se oyen los coros ce- 
lestiales de las estrellas; ábrense las puertas de la 
vida; la felicidad nos rodea entonces, nos envuel- 
ve como un vestido de llama, y la ecsistencia es 
un himno continuo de adoración al Ser que crió 
á la muger. 

IV 

Si el hombre no siguiera la religión del amor, 
¿quién enjugarla su llanto? ¿Quién aliviarla sus 
males? Siempre se veria solo; solo al ponerse 
el sol, solo al salir la aurora. No hay que du- 
darlo: para ser feliz, es preciso que haya dos; nin- 
gún mortal aislado fué dichoso jamas. 



FELICIDAD CONYUGAL. 



109 



¿Hay cosa mas dulce para dos almas unidas, 
que pensar en común y mezclar su vida? ¿Cual 
es aquel que no se complace en decir: "Hay quien 
participe mi suerte, quien se sonría conmigo en 
la vida, quien llorará mi muerte?" 

V 

Apresúrate, pues ¡oh hombre! á unirte á una 
esposa fiel. Busca una de esas criaturas, que, se- 
gún la espresion de Byron, parecen formadas por 
el amor para sus juegos seductores, sin que por 
eso dejen de ser puras como el aire de los Andes 
en un dia sereno; uno de esos seres, formados pa- 
ra adormecer los dolores con su voz, para embal- 
samar las penas con su sensibilidad, para influir 
en todos los sentimientos, en todas las ideas, en 
todos los deseos, con su dulzura; una muger fas- 
cinadora y reflecsiva, animada y suavemente me- 
lancólica; una criatura llena de fantasía y de ver- 
dad, capaz de inflamarse á la llama de todo lo que 
es noble, sensible á las bellezas de la creación, á 
los encantos de la armonía, tan fecunda en tes- 
tos para las almas tiernas y de las ilusiones de 
ese arte divino que se apellida 'poesía; un ser, en 
fin, que desdeñe la adulación y el aplauso tumul- 
tuoso, que se contente con gustar las dulzuras de 
la vida doméstica, y cuya alma noble y espansiva 
nos haga creer que es en la sociedad lo que las 
estrellas en el firmamento, lo que en el campólas 
flores. 

YI 

Y cuando hubieres encontrado ese ser dotado 
de las esenciales facultades de agradar , amar y 
comprender; de estas tres palabras, que resumen 
magníficamente todas las cosas que dan á la vi- 
da un precio inestimable, ¿cómo no ser feliz con 
tal esposa? ¿Quién responderá mejor que ella á 
las demandas del corazón? Pronta á sobrellevar 
el peso de nuestros males, el dolor se duerme á 
los dulces sonidos de su voz: fuerte por su amor, 
no se arredra, no se intimida por nada; sirve de 
ángel tutelar. Dócil también para prodigar los 
tesoros de su cariño, su sonrisa es mas seductora 
que la de Eva antes de su pecado. ... el placer 
está en flor en su boca de carmin, y en su amo- 
roso seno se aspira el perfume de los cielos. 

VII 

¡Dulce y tierna unión; soledad querida! ¡Fe- 
liz quien en vuestro seno puede pasar su vida! 
Ahí sin tormentos el sabio es rey de su casa; arre- 
gla sus deseos, se da él mismo la ley: á la som- 
bra de la pazj amátelo de sus amigos, de sus veci- 
TOM. I. — V. 



nos, ve pasar sus dias plácidos y serenos.... Bus- 
quen en hora buena los grandes el esplendor de 
los palacios; el sensible, el juicioso mortal, solo el 
sosiego busca. 

VIII 

A aquellos á quienes la Providencia concedió 
ventura tamaña,, la voz de la felicidad les grita 
sin cesar: "No os separéis, no me busquéis ale- 
jándoos; no robéis á la ternura los rápidos mo- 
mentos que á todos concede el destino. Vivid 
tranquilos en el seno de una fortuna humilde, pa- 
ra que la ausencia no deje el mas horrendo vacío 
en vuestro corazón. La ciencia, la ambición, la 
riqueza, son grandes viageros; la dicha es seden- 
taria.... y vale mucho mas ser feliz, que sabio, po- 
deroso ó rico. 

IX 

- No hay qiTO sacrificar lo presente á lo porve- 
nir, porque la vida es corta, y es necesario apro- 
vechar los instantes de gozar. Todo es proyec- 
to en el mundo, y lo que abraza muchos, no se 
realiza jamas. La sencilla felicidad no conoce 
esa demora, esa esperanza de la vida. No pro- 
mete, sino da, y aprovecha todos los momentos. 

La calma de los corazones, la amistad, la be- 
neficencia, todas esas virtudes apacibles que cons- 
tituyen la dicha, son las que encantan el dia pre- 
sente sin despojar al dia venidero. Ellas solas 
nos hacen sentir que vivimos. Solo ellas engen- 
dran, en fin, la verdadera dicha, esa dicha que 
en vano quiere la imaginación hacérnosla encon- 
trar en la gloria, la fortuna y las grandezas mun- 
danas. 

EL EQUIVOCO. 

Un lord, que era de un carácter atolondrado y 
muy distraído, se olvidó el dia de su boda de que 
iba á casarse; pero habiéndoselo recordado el 
ayuda de cámara llevándole ana peluca nueva 
muy rizada, se vistió, y subió á su coche para ir 
á tres leguas de su casa, donde debia celebrarse 
la ceremonia de su enlace. Un amigo que le acom- 
pañaba, y que era de un carácter tan vivo como 
él, viendo se acercaba la hora, y que aun estaban, 
muy distantes, quiso meter prisa al cochero, y 
asomándose á la puertecilla del cohe, le dijo: 
Allons donc^ allons done; y este, creyendo le man- 
daba volver á Londres, diciéndole á London, to- 
mó el galope y los volvió á poner en el parage 
de donde hablan salido, lo qiAe no conocieron has- 
ta las puertas de la ciudad, «usándoles la mayor 
desesperación. 



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(G 



OBIO dijimos en el prospecto de nuestra misce- 
lánea, y hemos repetido después, uno de nues- 
tros objetos al redactarla, es consignar en ella 
los nombres de aquellos mexicanos que son los 
duraderos monumentos que la Providencia ha 
elevado para verdadero orgullo y gloria de nues- 
tra nación. 

Siendo nuestra publicación absolutamente lite- 
raria, bajo este aspecto consideramos al Sr Tagle, 
y bajo este aspecto hemos querido perpetuar en 
nuestras cokimnas su efigie, como para dar á su 
memoria un testimonio de tierna admiración y 
de respeto, para invitar á la juventud de nuestra 
patria, á que respete, y admire también, las po- 
cas, pero brillantes reliquias que nos legan los 
pasados tiempos. 

Si se recorren las épocas en que escribió el Sr. 
Tagle; si se examinan los obstáculos que enton- 
ces se tenian que vencer, para brillar en un pais 
en donde basta la inteligencia pretendía mono- 
polizar la metrópoli; si se reflecsiona en el aisla- 
miento en el teatro reducido de nuestros litera- 
tos, se verá que solo el poder de un genio supe- 
rior, unido á la mas audaz energía, pudo con- 
quistar los lauros que desde sus mas tempranos 
años sembraron su carrera dilatada. 

Como se verá por las apuntaciones que inser- 
tamos en seguida, y no hemos querido comentar 
de manera alguna, la precocidad de su ingenio 
fué verdaderamente sorprendente; gozó de una 
juventud eterna, como la palma gentil de nues- 
tros climas ardientes, y al tocar Tagle en la de- 
crepitud, ese mismo ingenio se admira vigoroso 
y lozano. 

La poesía de la inspiración, la verdadera poe- 
sía del sentimiento y de la imaginación, esto es. 



la poesía lírica, fué el género que cultivó con ma- 
yor écsito. 

Ardiente como Herrera, vigoroso y enérgico 
en sus descripciones como Quintana, y ' alguna 
vez sentido y filosófico como Rioja, es sin duda 
alguna el vate sin rival en el siglo de oro de 
nuestra literatura. 

Impaciente, arrebatado como Píndaro, pulsa 
su lira, y su voz reproduce el concento solemne 
de aquellos bardos, á quienes se creia que alum- 
braba la luz de los cielos la frente y tenian en 
sus manos el dominio de los elementos de la 
tierra. 

Los críticos inculpan al Sr. Tagle de incorrec- 
to al estremo; se le acusa de que descuida la pro- 
sodia, y algunas otras faltas. Nosotros diremos 
á esos señores, que muchos acaso conocían sus 
defectos, pero ninguno creaba ni producía co- 
mo él. 

La Luna en tiempo de discordias civiles, en que 
se cree escuchar la melodía del modesto y subli- 
me Fr. Luis de León; La Asunción de Nuestra 
Señora, en que á la ardiente y tierna espresion 
de S. Bernardo, une el delicado sentimiento de 
Sta. Teresa de Jesús; sus odas patrióticas, que 
pueden compararse á los ecos impetuosos y so- 
lemnes de Nicasio Grallego; sus obras todas, le 
forman un pedestal glorioso en que sus admira- 
dores lo colocaron y lo veneran, y sus críticos al- 
canzaron á verlo para dispararle su censura ■ im- 
potente. 

Los siguientes apuntes son tomados de docu- 
mentos oficiales, y esclarecidos por varios deudos 
de este distinguido poeta, admirable orador y 
consumado teólogo. Los RR. del Álbum con- 
sagran á su memoria estas páginas, como mues- 
tra de su tierna admiración y sincero respeto. 




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APUNTES PARA LA BIOGRAFÍA 




ION Francisco Manuel Sánchez de Taglena- 

i ció en Vallaclolid (hoy Morelia) el dia 24 
de Enero de 1782. 

Fueron sus padres D. Francisco Manuel Sán- 
chez de Tagle y Doña María G-ertrudis Várela. 

A los cinco años de su edad vinieron sus pa- 
dres á radicarse en esta capital, é inmediatamen- 
te comenzó la educación de su hijo en el estable- 
cimiento de primeras letras de los padres Bele- 
mitas de esta ciudad, que en aquella época, en que 
estaba tan reducida la instrucción pública, era el 
único en que se recibía una instrucción regular. 
El religioso ilustrado que entonces regenteaba es- 
te establecimiento, conoció desde luego los gran- 
des talentos de Tagle, asombrándose de la estraor- 
dinaria facilidad con que en aquella tierna edad 
comprendía y ejecutaba las primeras operaciones 
de aritmética, en términos de qite, aunque se li- 
mitaba la enseñanza general en este ramo á 
solo las primeras reglas, se dedicó á emplear 
los conocimientos de Tagle en esta ciencia, logran- 
do sin esfuerzo alguno, que á los seis años de 
su edad reisolviera las mas difíciles ecuaciones, 
con admiración de cuantos lo escuchaban. 

En Agosto de 1794 entró de colegial en San 
Juan de Letran, cuyo colegio estaba entonces en 
el mayor auge, siendo su rector el sapientísimo Dr. 
Marrugat, donde estudió Gramática latina, cursó 
Filosofía, Teología y Jurisprudencia, recibiendo 
los respectivos grados en estas facultades, y sacan- 
do el primer lugar en todas las cátedras con gran, 
des elogios y recomendaciones. Su amor al estu- 
dio era tal, que lo prefería á las diversiones y pa- 
satiempos de la juventud. 

Su genio poético empezó á manifestarse desde 
que estudiaba Gramática latina, encontrando su 
delicia en aprender de memoria á Horacio y Vir- 
gilio, recitando libros enteros de estos poetas, ha. 
ciendo á la edad de once años algunas traduccio- 
nes libres de ambos autores, y anotando maqui- 
nalmente un ejemplar del último con grande ad- 
miración del Dr. Marrugat, que le pidió el ejem- 



plar para conservarlo en la biblioteca del colegio, 
y desde entonces lo distinguió de una manera 
particular, pronosticando que seria el honor de 
su colegio y el lustre de su patria. Estando estu- 
diando Filosofía, aprendió por sí solo los idiomas 
francés é italiano, cuyos estudios eran rarísimos 
en aquella época. 

En 17 de Enero de 1799 recibió el grado de ba- 
chiller en Filosofía, y en 1802, el dia 5 de Mayo, 
en Teología. 

Siendo pasante teólogo, lo obligó el Dr. Marru- 
gat á que saliese al certamen público, presentan- 
do una de las piezas poéticas, con motivo de la 
colocación de la estatua ecuestre en 1802, mere- 
ciendo el primer premio que se mandó dar, y sien- 
do su oda titulada "io- lealtad, americana^' la pri- 
mera composición suya que vio la luz pública. 

En 18 de Octubre de 1803 fué nombrado cate- 
drático de Filosofía por el virey, á propuesta eu 
terna de su colegio; y llamando la atención de 
aquel los grandes elogios que se hacían de su mé- 
rito, lo mandó llamar á Palacio, solo por tener el 
gusto de conocerlo. En el curso que dio de es- 
ta facultad, no se limitó á enseñar á sus discípu- 
los por los autores que se acostumbraban en el co- 
legio, sino que les esplicó otras obras de mucho 
mérito, particularmente en Matemáticas y Físi- 
ca, y entre otras las de Nenton y Mawri, rectifi- 
cando varios cálculos del curso de Matemáticas 
de este último autor, como se ve en un ejemplar 
que conserva su familia. 

En 1805 fué nombrado académico de honor de 
la Academia de San Carlos, y después conciliario 
de la misma por el rey. 

En 1808, regidor perpetuo y secretario del 
ayuntamiento, cuyas ordenanzas reformó, y arre- 
gló su complicadísimo archivo. 

Desde esa época comenzaron á ver la luz pú- 
blica varias composiciones suyas en verso y pro- 
sa, aunque ninguna dio con su aprobación al pú- 
blico, y desde entonces comenzó su carrera pú- 
blica,, 



112 



D. FEANCISCO MANUEL SÁNCHEZ DE TAGLE. 



En 8 de Marzo de 1810 fué diputado de la 
Juuta de caridad del Hospicio de pobres, y presi- 
dente de la escuela patriótica, y formó reglamen- 
tos para ambas cas«s de beneficencia. 

En 14 de Marzo de 1814, diputado á las cor- 
tes de España, habiendo sido igualmente nombra- 
do elector de partido. 

En 11 de Marzo de 1815, vocal de la Junta 
superior de arbitrios, en donde formó las tarifas 
del ramo del viento, con aprobación y particular 
elogio de su presidente. En esa época ya habia 
profundizado el estudio de la economía políticaj 
y despachaba las diversas consultas que frecuen- 
temente le hacian losvireyes Calleja y Apodaca. 
En su familia se conservan los borradores de sus 
respuestas, y entre ellas hay algunos muy lumi- 
nosos, y que manifiestan sus conocimientos en esa 
ciencia, nueva entonces en México. 

En 1816, secretario de la Academia nacional 
de San Carlos, cuyo establecimiento estuvo sos- 
tenido á sus espensas por espacio de cinco años, 
después del año de 33, en que retiraron la pensión 
con que contribuían á su sosten las mitras de 
México y Puebla y que por las escaseces del era- 
rio nada le daba el gobierno general. 

En 19 de Junio de 1820, vocal de la junta de 
censura, nombrado por las cortes y aprobado por 
el rey. 

En el mismo año, regidor del primer ayunta- 
miento constitucional. 

En 12 de Septiembre de 1821 fué llamado á 
San Joaquín por el Sr. Iturbide, por medio de una 
esquela amistosa, en que le prodiga los elogios 
mas lisongeros. Inmediatamente que se instaló la 
soberana junta provisional gubernativa fué el pri- 
mer llamado, y en 21 de Agosto del mismo año fué 
comisionado para redactar la acta de independen- 
cia é inventar el escudo de armas y pabellón na- 
cionales, siendo ambas cosas aprobadas unánime- 
mente, y habiendo tenido la gloria de firmar el 
primero, después de Iturbide, la acta sagrada. 

En 1822, miembro de la sociedad económica 
de Amigos del pais. 

En 7 de Enero de 23, secretario de la Exma. 
diputación provincial. 

Diputado á las legislaturas de 21 y 22, 27 y 
28, 31 y 32, 35 y 36, 37 y 38, 45 y 46. 

En Septiembre de 823, miembro de la junta 
de beneficencia, y su vice-presidente en 1 824. 

En los años de 24 y 25 fué vice-gobernador 
en ejercicio del Estado de México, y nombrado 
gobernador de Miqhoacán con muchas instancias, 
y sin que la legislatura quisiera nombrar otra per- 
sona. 



En el mismo año, socio nato de la Compañía 
Lancasteriana. 

En 1. ° de Marzo de 1826, rector de la archi- 
cofradía de Nuestra Señora de los Remedios, cu- 
yos estatutos formó. 

En 1827, miembro del Instituto de ciencias y 
artes. 

En el mismo año, académico y presidente de 
la Academia de legislación y economía política. 

En el año de 1830 fué contador de la renta 
del tabaco, por instancias y á propuesta de los 
contratistas del ramo, y aprobado por el supremo 
gobierno. 

En 1831 recibió una comisión secreta y muy 
honrosa del supremo pontífice, acompañándole, 
sin haberlo pretendido, un documento en que lle- 
nándolo de encomios, le coneedia la gracia sin- 
gular de que pudiera leer toda clase de obras 
prohibidas. 

En 1832 fué nombjado senador por el Estado 
de Michoacan. 

En 1834, censor de piezas dramáticas. 
En el mismo año, comisionado para formar el 
plan de estudios de enseñanza pública. 

En 1835, individuo de la junta administradora 
de la Compañía mexicana cientifico-industrial. 

Vice presidente de la Academia de la historia 
é individuo de la de idioma. 

En 1836, individuo y secretario del supremo 
poder conservador. 

En el mismo año, director del montepío, cuyo 
establecimiento reformó notablemente. • 

Sus ocupaciones no le permitieron dedicarse á 
su pasión favorita, que era la bella literatura. Sin 
embargo, dejó manuscritos muy importantes, que 
muy pronto, según se nos dice, verán la luz píi- 
blica con una verdadera biografia. 

Su carácter era sumamente amable, irrepren- 
sible en sus costumbres y austero en su moral: 
su genio era dulce, festivo y jovial; padre y amigo 
inmejorable. 

Las desgracias públicas influyeron en su muer- 
te. Desde que comenzó la invasión americana, 
previo todos los funestos resultados de ella y los 
males consiguientes, cayendo en un paterna de 
ánimo irresistible, y mucho mas, cuando vio rea- 
lizados sus pronósticos y ocupada ya la capital 
por el invasor. Una herida que recibió en una 
mano por defenderse de dos malhechores que lo 
asaltaron en una de las calles de esta ciudad, 
acabó de abatirlo, y sucumbió á tanto mal el dia 
7 de Diciembre de 1847, muriendo justa y cris- 
tianamente como habia vividoc-r^RE. 



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Wen ¡olí laúd sonoroso! 
Ven, pues, á mis manos, ven, 
Que cantar quiero afanoso 
Con acento cariñoso 
Los recuerdos de mi bien. 

Si otros velando á deshoras 
Lloran tristes su quebranto, 
Nosotros, laúd, en tanto 
Oigamos sonar las horas 
Al compás de nuestro canto. 

Ayer yo también lloré, 

Y ninguno me escuchaba: 
De mis penas me quejé, 

Y el mundo á quien las conté, 
De mi dolor se burlaba. 

Mas si ayer con tierno lloro 
Preludié triste canción. 
Hoy pulso tus ciierdas de oro, 
Para darle á la que adoro 
Cantares del corazón. 

Y si debo de gozar 
Tanto como ayer lloré, 
Ya puedes, laúd, sonar, 
Que cantando he de olvidar 
Que largo mi llanto fué. 

Pues no es posible, á fe mia. 
Que el hombre que triste llora 
Su suerte amarga é impía. 
Olvide el dolor de un dia 
Con el placer de una hora. 

En mis amores pensando. 
Con tierno, plácido acento, 
Iré yo, laúd, cantando. 
De tus cuerdas escuchando 
El amoroso concento. 

Pues tú mirando el ardor 
Con que amo á la virgen mia. 



Como á dulce trovador 
Me irás prestando armonía 
Para cantarle mi amor. 

Quiero cantarlo, gozoso, 
Tan dulce como lo siento, 
Y decirla cariñoso 
Un canto tan melodioso 
Como es amargo el tormento. 

Haz ¡ah! que por tí resbale 
Ese néctar que en las flores 
Del cáliz dorado sale. 
Para que tu son iguale 
Lo dulce de mis amores. 

Quiero, laúd, recordando 
Sus gracias y donosura. 
Irla, gozoso, pintando 
Con mi voz ¡ay! retratando 
Su angelical hermosura. 

Y al eco de la garganta, 

Que guarde en papel la tinta. 
Dudar entre dicha tanta 
Si es una voz la que canta, 
O es un pincel el que pinta. 

Oh! ¡euán divino es amar! 
¡Cuan grato amando vivir, 

Y tener para gozar, 
Un laúd con que cantar 
Lo que se sabe sentir! 

¡Cuan dulce tener al lado 
Una mnger que nos vea, 

Y que el pecho lastimado, 
Con solícito cuidado. 
Tierna y cariñosa lea! 

Y que sienta nuestra pena. 

Y llore nuestro quebranto, 

Y con virginal encanto 



114 



A MI LAÚD. 



Enjugue, de amores llena, 
En nuestros ojos el llanto. 

Una niuger que nos mire 
Con cariñosa mirada, 
Que por nosotros suspire, 
Que con nosotros delire. 
Contenta de ser amada. 

Que nos diga, ruborosa. 
Un dulcísimo "te adoro," 

Y con sus labios de rosa. 
En cada beso un tesoro 
Nos regale cariñosa. 

Que goce cuando gocemos, 
Que alegre esté si lo estamos, 

Y llore cuando lloremos, 

Y piense cuando pensemos, 

Y sufra cuando suframos. 

Una virgen que amorosa, 
Sostenga nuestra cabeza. 
En la vejez achacosa, 

Y cuide y guarde afanosa 
Nuestro honor en su pureza. 

Un ángel, que si dormimos 
Yele amante nuestro sueño, 

Y con tierno y dulce empeño 
Nos llame, cuando sufrimos, 
Su tierno adorado dueño. 

Que en el lecho del dolor 
Mitigue nuestra dolencia 
Con su constante presencia, 

Y salve llena de amor 
Nuestra mísera eesistencia. 



G-rato es vivir, lira mia, 
Junto al ángel que se adora: 
Ven, y olvidemos ahora 
Todas las penas de un dia 
Con el placer de una hora. 

Inédita.— Veracruz 18 de Diciembre de 1848. 

JosE María Esteva. 



ESCUELAS. 



G-rocio decia: que esas famosas escuelas donde 
los maestros apenas conocen á sus discípulos, ge- 
neralmente no sirven de nada. Opina, que para 
que una escuela ó colegio sea bueno, los maestros 
ó catedráticos no deben tener mas que diez ó do- 
ce discípulos. 



Mlll©©®TA©c 



eaiJj- 



LA PENITENCIA. 

Un caballerito quie iba á casarse después de 
confesado, entró en un escrúpulo, y se volvió á ver 
al confesor. — Padre, le dice, no sé si me he con- 
fesado bien, pues veo que no me habéis impuesto 
ninguna penitencia. El confesor, que era enten- 
dido, le respondió: ¿Pues no me habéis dicho, hi- 
jo, que os vais á casar? 



LA MUERTE DEL SASTRE. 

Un pobre sastre, saliendo de este mundo tur- 
bulento y de una mala muger, figura el bufón in- 
ventor de este cuento, que se presentó en el Pa- 
raíso, y que San Pedro le preguntó si habia esta- 
do en el purgatorio, á lo que, dice, contestó que 
nOj pero que habia sido casado. — ¡Oh! eso es lo 
mismo, dijo el apóstol. — Luego que le dejó en- 
trar, llegó un regidor, y suplicó también al por- 
tero le dejase pasar. — Poco á poco, le dijo éste: 
¿has estado en el purgatorio? — No, ¿pero eso qué 
importa? Acabáis de permitir la entrada á ese 
sastre, y no ha sido mas que yo.— Pero ha sido 
casado.— Casado! pues yo lo he sido tres veces. 
— Cómo! tres veces? Retiraos, retiraos de aquí, 
pues el Paraiso no es para los locos. 



LA GENEROSIDAD. 

Presentaron á un caballero la cuenta de gastos 
del entierro de su muger, y al ver á lo que ascen- 
día — ¡Cómo, señores! esclamó, ¡tanto dinero por 
un convoy fúnebre! — ¿Pues qué creéis que unos 
funerales tan magníficos se hacen por nada? No 
podemos rebajar un cuarto. — Vamos, vamos, les 
contesta, hacedme el recibo, pues ahora ya me 
hago el cargo de que mi pobre muger hubiera 
pagado muy gustosa el doble por mi entierro, y 
no quiero ceder en generosidad. 

CONTESTACIÓN DE UN REO. 

Conduciendo á la horca á un irlandés, le vio 
uno de sus amigos que lo ignoraba, y se puso á 
gritar: ¡Cómo! ¿eres tú el reo? ¡Ah desgraciado! 
bien decia yo, que vendrías un dia á ese puesto. 
— Pues mientes, responde; porque yo no he ve- 
nido, me han traido. 



LA ESCEPCION. 

Un escritor célebre, y muy gracioso, decia un 
dia, sosteniendo que los hombres deben guardar 
el celibato: Solo haré una escepcion en favor de 
los médicos, porque es natural que den hombres 
al estado por indemnizarle de los que le quitan 
todos los dias. 




A, 



-PARTA de mí, Seílor, la tribulación. Como la 
tiniebla, me ha envuelto y lie sentido su lobre- 
guez dentro de mi alma. Como fuegos fatuos, 
como centellas efímeras, han atravesado los pla- 
ceres en la continua noche de mi vida, haciéndo- 
la mas lúgubre, alumbrando, por decirlo así, su 
horror espantoso. 

En esas palabras, cuyo sentido pervierte el 
tiempo y el desencanto de la vida; en esas pala- 
bras que, como algunas flores de los trópicos, solo 
pueden desarrollarse bajo un cielo espléndido y 
al tibio aliento de una aura embalsamada; en 
esas palabras Grloria, Amor, Amistad, creí perci- 
bir en una época todas las armonías al sonar en 
mi oido; como cuando se abre una flor delicada, 
aspiraba el mas dulce de todos los perfumes. 

Todo pasó.... hoy cuando veo esas palabras es- 
critas, me parecen los nombres de personas tier- 
namente amadas, grabados en la lápida de sus 
sepulcros 

Agotáronse los encantos de la vida; se mar- 
chitaron las pocas flores que en mi senda nacie- 
ron; mis amigos han caido uno á uno, segados 
por la muerte, y yo he quedado en pié, como un 
tronco inútil en medio del desierto, que ni prote- 
jo á nadie con su sombra, ni es dable que se vi- 
vifique con la brisa, ¡ni siquiera lo desarraigará el 
huracán!!! 

Señor! Señor! Tú me has visto en mis horas de 
congoja. He sentido temblar mi alma de angustia, 
y la amargura de mis entrañas ha provocado la 
sed de mis labios. 

En esas horas que se han arrastrado lentas den- 
tro de mí, como las aguas venenosas que todo lo 
esterilizan y destruyen, en esos momentos en que 
nuestra debilidad y sufrimiento nos hace impíos. 



Yo, Se ñor, he acatado tu bondad; y entre mis pe- 
nas he levantado tu alabanza, como suele alzarse 
de entre los tostados arenales la brisa apacible, 
hija querida de los vientos de Sara. 

Aparta de mí la tribulación, Señor: ella me 
devora sin consumirme como el fuego del averno: 
mis ojos secos se rozan con mis párpados, secos 
también, como una herida al tacto de una mano 
callosa. 

Dios mió! En mis raptos de tormento, revolcán- 
dome de dolor, bramando con intensa agonía, co- 
mo una fiera herida en lo mas vivo, he gritado: 
¿Es ésta tu Omnipotencia, ésta que no puede evi- 
tar la aflicción de tu hijo? ¿Es ésta tu bondad 
suprema; ésta, que nos dio por patrimonio el do- 
lor, por dote el entendimiento verdugo, por espe- 
ranza la duda? 

Dije, y volví á caer en mi tribulación, como se 
derriba sobre su lecho de muerte el cuerpo de un 
agonizante, que se levantó un momento como por 
un resorte, por una convulsión. 

¡Qué horrible sarcasmo es la vida en esta dispo- 
sición del espíritu; horrible, como la impresión 
que recibirla un hombre condenado á dolorosa 
tortura, que escucha los cantos indiferentes de los 
que pasan, que oye la algazara y las músicas del 
festin vecino, que ve las caricias de dos amantes 
arrobados en esa efímera ventui-a, que dilata, em- 
bellece y diviniza la ecsistencia ! 

¡Ten piedad de mí, Señor, y haz que venga so- 
bre mí solo la tempestad de tus iras! Pero pa- 
decer por lo que mas se ama en la vida; ver pre- 
sa del tormento á la prenda mas querida del co- 
razón, y ser impotente todo alivio, y quererle dar 
con nuestro aliento, el aliento, con nuestra vida, 
su vida; perdido, arrodillado junto á su lecho, cu- 



116 



HORAS DE TRISTEZA. 



Ibriéndolo con nuestro cuerpo, como para defen- 
derlo, como si fuera corpóreo el peligro que lo 
amaga 

Dios mió! Dios mió! ¿Por qué me asusta, y casi 
me estravía el intento de la revelación de mis 
propios pesares? 

Desciende en el silencio de tu bondad á mi 
tiniebla; liaz que mis esperanzas sean creencias 
vivas; haz que las palpe con energía, que me agar- 
re á ellas, como el náufrago á la tabla salvadora. 

Sublime creencia! Religión sacrosanta de mis 
padres! Dulce religión mia! que acaricias como 
una madre al huérfano, y nos representas á los 
que perdimos en la tierra, unidos á nosotros en 
inmortal ventura, en el seno de Dios. 

Dulce creencia de inmortalidad! Señor: haz que 
me asista, que se filtre por mis poros, que me ro- 
bustezca contra el dolor. Entonces cuando se 
ecsaspere mi carne con los padecimientos morta- 
les, miraré la tumba como el viajero una morada 
de descanso: la duda es esa ilusión óptica que de 
una manera indecisa ofrece al caminante sediento 
la imagen de las aguas, y que mientras mas anda, 
mas se aleja su pérfido consuelo. . . . ! 

Señor! Aparta de mí la tribulación; déjame ver 
un instante á la luz de la felicidad, tu Providen- 
cia inefable, como en un dia serena al volar las 
auras matutinas, sobre un cielo diáfano de zafi- 
ro espléndido, aparece sobre nuestros montes gi- 
gantescos de Oriente, el Sol magnífico que alum- 
bró mi cuna. — G. P. 



El cambio que ha sufrido la Francia trasfor- 
mándose repentinamente de monarquía en repú 
blica, perjudicó en cierta manera á la influente y po- 
derosa diosa de la moda; pero apenas cesó el es- 
truendo de las armas y los conflictos de los arra- 
bales de París, cuando modistas y sastres se de- 
dicaron de nuevo a sus laboriosas ocupaciones, y 
los elegantes y liones para quienes es indiferente 
que mande Cavaignac ó Luis Felipe, continuaron 
siendo esclavos y adoradores de la moda. — ^Estas 
son las mas recientes noticias que tenemos de es- 
te asunto, que para muchos es de primera impor- 
tancia. No obstante las cuarentenas que se ha- 
cen sufrir á las embarcaciones con motivo del có- 
lera, han impedido que se reciban los últimos fi- 
gurines. — Los respectivos á Noviembre que tene- 
mos, y que como es de suponerse son de la época 
en que hace en Europa un frió intenso, represen- 



tan los tragos de señora, de cachimires de la- 
na cerrados hasta el principio de la garganta, 
donde voltea un gracioso cuello cuadrado ó re- 
dondo. El cuello, centro del vestido y orillas, 
están recamados con pasamanería del mismo co- 
lor. Hay otros con guarnición en el centro. — 
Las mangas son ajustadas al brazo, y dejando en 
las inmediaciones de los puños unos cuadrados 
por donde debe asomar la manga de la camisa 
adornada con embutidos en el costado y puño. 

Los vestidos de tertulia son de tres holanes, 
abiertos por delante en la forma de un chaleco, 
es decir, cubriendo los hombros y dejando visible 
el cuello. Las mangas son un poco anchas, abier- 
tas en una tercera parte del brazo, y con los pu- 
ños adornados de pasamanería. Los colores de 
mas tono, son el aplomado, el gris, el verde oscu- 
ro y el blanco nieve para boda ó baile de mucha 
etiqueta. 

En las modas de hombre, no hay variación 
considerable. — Pantalón ancho de abajo, y per- 
fectamente avanzado sobre el empeine del pié, 
con una franja en el costado, de im color muy 
semejante al del pantalón, levita de talle muy ba- 
jo, faldón muy corto, y solapa ancha que pueda 
cerrarse y abrocharse completamente, chaleco abo- 
tonado desde el primer botón, corbatas de color 
sombrero de ala ancha, un poco volteada de los 
lados. 

Los casimires para pantalón de mas boga, son 
aplomados y colores gris mezclados. Los de cua- 
dros son ya muy poco elegantes. Las levitas y 
casacas para el diario, se hacen siempre de paños 
mezclados, predominando el color bronce, azul y 
verde oscuro. La corbata negra se estila solo 
para visita de etiqueta; pero para el diario, paseo 
y teatro, están muy en boga las corbatas de gros 
de colores. 

Esperamos recibir todos los pormenores nece 
sarios, y los íiltimos figurines, para hablar mas 
estensamente sobre esta materia, sin omitir la hon- 
rosa y debida mención de los establecimientos 
de sastrería, sombrerería y modas, y almacenes 
que hay en esta capital, y donde con poca dife- 
rencia se puede encontrar un surtido de géneros 
y adornos tan esquisitos como en Paris mismo. 

Prometemos tener al corriente á nuestros lec- 
tores foráneos, aun de las mas insignificantes mi- 
nuciosidades de la moda, bien que en México, por 
una gran fortuna, no varia cada mes, como «n la 
capital de la Francia. 













¿BííSTE célebre monumento de las antigüeda- 
des mexicanas, cercano á Texcoco, era el templo 
mas suntuoso dedicado á Tonatiuch, es decir, el 
Sol ó el que va resplandeciendo, ó también Teutl, 
que significa Dios, y por último, el que rige á la 
Luna, el corazón del cielo y el padre de las ho- 
ras. La pirámide menos alta era el templo de 
la muger del Sol, Centlacol, que quiere decir ro- 
deada de deidad: la llaman también Jonacallohua, 
que solo ecsigia para sus sacrificios tórtolas, co- 
dornices y conejos. 

Entre las diversas descripciones que se han 
publicado de estas pirámides, y en general de los 
teocallis ó templos mexicanos, merece sin duda la 
preferencia la del Barón de Humboldt, en su obra 
•titulada: "Vistas de las cordilleras," que por des- 
gracia no hemos visto hasta ahora traducida al 
español. 

Aunque los edificios colosales de los Toltecas, 
los Chichimecas, los Aculhúas, los Tlaxcaltecas y 
los Aztecas, presentan diferentes dimensiones, to- 
dos tienen una misma forma, la piramidal, y sus 
lados siguen esactamente la dirección del meri- 
diano y del paralelo del lugar. El templo se ele- 
va en medio de un vasto recinto cuadrado y ro- 
deado de una muralla, dentro de la que habia jar- 
dines, fuentes, las habitaciones de los sacerdotes 
y algunas veces almacenes ó depósitos de armas. 
Una grande escalera conduela á la cima de la pi- 
rámide truncada, y en ésta, que era como una es- 
pecie de plataforma, se encontraban una ó dos tor- 
res, que encerraban los ídolos colosales de las dei- 
dades á quienes se hablan dedicado, y en donde 
se mantenía el fuego sagrado. Esta construc- 
ción proporcionaba la vista desde mucha distan- 
cia, del sacrificio, así como la de la procesión y 
demás ceremonias que hacian los sacerdotes. 

TOr.I. I. — VI. 



Hay una semejanza demasiado notable entre 
los templos de los antiguos babilonios, descritos 
por HerodotoyporDiodoro de Sicilia, y los Teo- 
callis de Anáhuac. 

Cuando los mexicanos llegaron en 1190 á la 
región equinoccial de Nueva-España, ya encon- 
traron construidos los monumentos piramidales 
de Teotihuacan, de Cholula y de Papantla, y los 
atribuyeron á los Toltecas, nación civilizada, que 
habitaba en México hacia quinientos años, pues 
que no conocían otras tribus que hubiesen habita- 
do el pais antes de los Toltecas, á quienes atri- 
buían la mas remota antigüedad; pero es muy po- 
sible que hayan sido construidos antes de la ve. 
nida de los Toltecas, es decir, antes del año 648 
de la era vulgar. 

El templo de México estaba dedicado á Texca- 
tlicopa y á Huitzilopoxtli, y los Aztecas lo cons- 
truyeron por el modelo de las pirámides de Teo- 
tihuacan, seis años no mas antes del descubri- 
miento de la América por Cristóbal Colon. 

Cortes llamaba á este templo la pirámide prin- 
cipal; tenia 54 metros de altura y 87 de largo en 
su base. Sorprende demasiado que un monumen- 
to de tales dimensiones haya podido ser destrui- 
do tan completamente, pocos años después del si- 
tio de México: sin embargo, apenas quedan algu- 
nos vestigios en Egipto de las enormes pirámi- 
des que se elevaban en medio de las aguas del la- 
go Moeris, en las que habia, según Herodoto, ador- 
nos de estatuas colosales. Las pirámides de Pór- 
sena, cuya descripción parece un poco fabulosa, y 
cuatro de las cuales, dice Barron, tenian mas de 
ochenta metros de altura, han desaparecido igual- 
mente en Etruria. 

Pero si los conquistadores europeos han des- 
truido los templos de los Aztecas, no han dejado 
de destruir igualmente los monumentos mas an- 



118 



PIRÁMIDES DE SAN JUAN TEOTIHUACAN. 



tiguos, cuya construcción se atribuye á los Tolte- 
cas. Daremos una sucinta descripción de los mas 
notables de ellos por su grandeza y su forma. 

El grupo de las pirámides de Teotihuacan se 
encuentra en el valle de México, á oclio leguas 
de distancia al Nordeste de la capital, en un lla- 
no que se llama Micoatl (camino de los muertos). 
Todavía se distinguen dos grandes pirámides de- 
dicadas á Tonatiuch (el Sol) y á Mextl (la Luna) 
rodeadas de muchos centenares de pequeñas pi 
rámides, que forman dos calles, que se dirigen 
esactamente de Norte á Sar y de Este á Oeste. 
Los dos grandes templos tienen, el uno 54 metros 
y, el otro 44 de elevación perpendicular. La ba- 
se del primero tiene 208 metros de largo, de lo 
que resulta que la pirámide del Sol, según las me- 
didas tomadas por el Sr. Oteyzaen 1803, es mas 
elevada que la pirámide de Mycerino, que es la 
tercera de las tres mayores de Egipto, y que su 
base es casi tan larga como la de la pirámide 
Cephesen. 

Las pirámides chicas, que rodean á las del Sol 
y la Luna, apenas tienen de 9 á 10 metros de al- 
tura. Según las tradiciones de los indígenas, ser- 
vían de sepulcros á los gefes de sus tribus. Al 
rededor de Cheops y de Mycerino en Egipto, se 
distinguen también ocho pirámides chicas, colo- 
cadas con mucha simetría y paralelas á los lados 
de las grandes. Los dos templos de Teotihua- 
can tenian cuatro plataformas principales: cada 
una de ellas estaba dividida en pequeños escalo- 
nes, de los que se distinguen todavía les aretes 
(las vértebras). Su núcleo es de barro mezcla- 
do con piedras pequeñas, y está revestida de 
un muro de tezontle (amygdaloides porosa). Es- 
ta construcción es muy parecida á una de las pi- 
rámides egipcias de Sakharah, que tiene seis pla- 
taformas, y que, según el viage de Pococke, es un 
conjunto de polvo amarillo revestido por fuera 
de piedras en bruto. Al pié de los grandes tem- 
plos se encuentran tiradas dos estatuas colosales 
del Sol y la Luna: eran de piedra y estaban re- 
vestidas de láminas de oro, cuyas láminas fueron 
robadas por los soldados de Cortes. Cuando el 
obispo Fr. Juan Zumárraga emprendió destruir 
todo lo que tenia relación con el culto, la histo- 
ria y las antigüedades de los pueblos indígenas 
de América, hizo romper los ídolos de Micoatl. 
Se descubren, sin embargo, todavía los restos de 
una escalera tallada en grandes piedras, y que 
conduela antiguamente á la plataforma principal 
del templo. 



Al Este del grupo de las pirámides de Teoti- 
huacan, y bajando la cordillera hacia el golfo de 
México, en un espeso bosque llamado Tajin se 
eleva la pirámide de Papantla. 

El célebre Zoega ha dado descripciones mas ó 
menos completas de este grupo de pirámides, 
marcando la grande analogía de construcción, 
que se observa entre los Teocallis mexicanos y 
el templo de Belo en Babilonia. 

Al principio de la civilización, los pueblos es- 
cogían lugares elevados para sacrificar á sus dio- 
ses. Los primeros altares, los primeros templos, 
se erigieron sobre las montañas, y éstas, ó eran 
aisladas, ó se procuraba darles formas regulares, 
en plataforma, ó practicando en ellas escaleras 
para subir á su altura. 

En los dibujos que se conservan en el Mtiseo 
nacional de México, entre los inéditos de Casta- 
ñeda, dibujante de Dupaix, se encuentran las dos 
pirámides de Teotihuacan; y aunque solo tiene la 
del Sol tres plataformas, de su letra tiene tina 
nota que era de cuatro altos. La de la Luna 
tiene figura cúbica. 

Se encuentra también la figura del Sol, pero 
sin escala, y solo podemos inferir su tamaño por 
la espresion que le da de estattia agigantada. La 
vista de la figura manifiesta desde luego, por su 
imperfección, que no es Tolteca: se halla comple- 
tamente desnuda; mas en la cintura tiene un se- 
ñidor atado con una punta que sale del centro, y 
la cubre decentemente. Sobre el corazón se ve 
un hueco cuadrilongo, en el que, dice Castañeda, 
tendría algunna piedra brillante, que se manifes- 
tarla mas todavía al salir el Sol. El hueco es 
como un geme, de la figura de la estatua: otro 
hueco, la mitad menos y redondo, se ve sobre el 
puño de la mano izquierda. La derecha, elevada 
á la altura del hombro, está en aptitud de soste- 
ner algún objeto ó insignia. 

Pinalmente, el tercer dibujo representa un pe- 
destal bastante elevado, y al lado, inclinado el 
busto de la Luna con gargantilla en el cuello, 
sus dos pechos abultados y un hueco cuadrilon- 
go sobre el corazón. 

El Sr. director del Museo, cuyo celo por la 
propagación del estudio de las antigüedades me- 
xicanas, es tan conocido, se ha dignado acceder 
á nuestras instancias, para que vean la luz pú- 
blica las anteriores estampas, lo mismo que otra 
con que ilustraremos nuestra miscelánea, sirvién- 
donos para sus esplicaciones de la esperiencia y 
luces de tan distinguido anticuario. — LL. RR. 






/-p^^aa^s-? 



somos los míseros humanos que pertenece- 
mos á la noble é liijo-dalga raza española, los 
mas afortunados para que nos juzguen los viage- 
ros. O realmente somos en el mundo una mala 
semilla, ó tenemos alguna cosa mas que desgracia, 
es decir, la fatalidad de que nos visiten perso- 
nas que no nos alaban. Diga, pues, la noble ciu- 
dad dé México cómo la lia puesto Miguel Cheva- 
lier, y Lowestern, hombres por otra parte de muy 
buen talento y de bastante instrucción. Dígalo 
también la muy mas noble España con otros via- 
geros, que no ban encontrado mas que contraban- 
distas y ladrones. Cuando escribe un inglés, solo 
habla de minas, vegetales, lanas, caballos, manu- 
facturas, y en cuanto á las gentes, las nombra 
por incidente, es decir, porque labran la tierra ó 
porque crian el ganado. Como tenemos algunas 
malas prevenciones contra los viageros, y todos, 
sea dicho en general y con perdón de su talento 
y de los riesgos que pasan en sus espediciones, 
nos parecen mentirosos, ligeros y ecsagerados en 
sus narraciones, devoramos con ansia dos tomitos 
únicos que hasta ahora han llegado á esta capital, 
que contienen un viage de Paris á Cádiz, que el 
célebre autor de Monte-Cristo hizo con motivo 
del casamiento del duque de Montpensier. 

El lector no debe esperar datos estadísticos ni 
observaciones barométricas, ni descubrimientos 
botánicos, sino la descripción fluida y sencilla 
de las impresiones que recibe D urnas al pisar la 
tierra de San Fernando, de Cortes y del Cid. Sin 
embargo, creemos que es superior en mérito su 
viage á Suiza y á las orillas del Rhin, y no por 
falta de motivo, porque á fe que España abunda 
en recuerdos históricos y en tradiciones llenas de 
encanto y de poesía. Es de estrañar también que 
Damas, tan afecto á recordar la vida de los artis- 
tas, y á eesaminar las obras de arquitectura y de 
pintura, nada nos haya dicho de esas vírgenes 



admirables de Murillo, de esos magníficos Santos 
de Rivera y Yelazquez. 

El estilo que Dumas adoptó al escribir este 
viage, es el epistolar, y las primeras cartas que 
dirige á una señora, cuyo nombre no mencio- 
na, las consagra á hablar de sí propio y á otros 
pormenores poco importantes, relativos á las per- 
sonas que lo acompañaban. 

En seguida refiere la impresión agradable que 
le causó el beber una taza de buen chocolate. Le 
agradó sobre manera, hasta el grado que él y sus 
compañeros, entre los cuales figuraba su hijo Ale- 
jandro, se propusieron beber á la hora del al- 
muerzo sobre cinco tazas de chocolate. — No suce- 
dió lo mismo coa la olla podrida, que solo la gus- 
taron una vez, lo cual no obsta para que la olla 
española, y particularmente la podrida, sea un 
plato escelente. 

Dumas no dejó de tener las dos aventuras que 
precisamente tienen los estrangeros en todo pais 
español, á saber: el coche quebrado en medio de un 
camino y los ladrones. — Las aventuras no fueron 
completas, porque del vuelco que dio el coche en 
el camino de Madrid á Toledo, no resultó ningu- 
no de los viageros con un brazo ó pierna rota, y 
los ladrones se retiraron tan luego como los fran- 
ceses se dispusieron á usar de sus armas de fuego. 
Dumas encuentra á Madrid lleno de gente, y 
de vida y movimiento, á consecuencia de las bo- 
das del duque de Montpensier: asiste al salón del 
recreo del teatro con Carlos Latorre y Julián 
Romea; va al Prado del brazo con Ventura de la 
Vega; almuerza con el duque de Osuna; va á los 
toros con Roca Togores, y predice que debería 
llegar á ser ministro de Estado. 

Seguiremos, pues, al autor de Monte-Cristo y 
de la Guerra de las Mugeres, á los toros, que ve 
por la primera vez de su vida. Hemos creído ha- 
cer a nuestros suscritores un obsequio, traduciei?- 



120 



REVISIÓN DE O BU AS. 



do íntegramente la descripción que hace de esta 
diversión, tanto mas, cuanto que siendo también 
común en México, puede calificarse la esactitud 
de la narración. 

Madrid i 2. — Por la tarde. 

Vivimos, señora, en tal torbellino, que bace cua- 
renta y oclio boras que no os escribo. Estas cua- 
renta y ocbo horas las be pasado en medio de 
uria continua fantasmagoría, y durante este tiem- 
po no puedo decir qiie be visto, sino que be creí- 
do ver fiestas, iluminaciones, bailes y corridas de 
toros, y todo esto con la velocidad que se mudan 
las decoraciones de una comedia de magia. 

Nos babeis dejado empujándonos y espacbu- 
rándonos en uno de esos corredores oscuros que 
conducen á esta moderna torre de Babel, que se 
llama circo. A la estremidad de este corredor 
encontramos la luz, y tuvimos que contenernos 
deslumbrados, ciegos y casi desvanecidos. 

El que no ba visto esta resplandeciente Espa- 
ña, no tiene idea de lo que es el Sol, y el que no 
ba oido el rumor de un circo, no tiene idea de lo 
que es el ruido. 

Figuraos, señora, un anfiteatro parecido al Hi- 
pódromo, conteniendo quince mil personas coloca- 
das sobre unas gradas, que cuestan mas ó menos 
caro, según se compran los boletos, es decir, de 
sombra, de Sol y Sol y sombra. 

Los espectadores que tienen boletos de Sol, per- 
manecen, mientras dura el espectáculo, sufriendo 
el calor devorador del astro del dia. 

Los que tienen boletos de Sol y sombra, son 
aquellos que debe protejer el movimiento diurno 
de la tierra, y durante un cierto tiempo se bailan 
al abrigo del Sol. 

En fin, los que compran boletos de sombra, son 
los que desde el principio al fin del espectáculo 
están al abrigo del Sol. — Es menester advertiros 
que nosotros temarnos boletos de sombra. 

Nuestro primer movimiento al entrar en este 
círculo de fuego, fué retroceder espantados. Ja- 
mas babiamos oído gritos semejantes, ni babia- 
mos visto agitarse á un tiempo tantos paraguas, 
tantas sombrillas, tantos abanicos y tantos pa- 
ñuelos. 

Ved, pues, la escena que presentaba la plaza 
cuando entramos. Nos colocamos precisamente 
frente del toril. Uno de los locos acaba de recibir 
de las manos de un alguacil la llave de la puerta, 
adornada de listones. A la izquierda del toro que 
iba á salir; se hallaban montados en sus sillas ára- 
bes y con la garrocha en la mano tres picadores. 



El resto de la cuadrilla, es decir, los chulos, los 
banderilleros y los toreros, ó matadores, estaban 
á la derecha dispersos aquí y acullá como los peo- 
nes en un tablero de ajedrez, 

Esplicarémos, en primer lugar, lo que es el pi- 
cador, el chulo, el banderillero y el torero, y des- 
pués trataremos de hacer visible á nuestros lec- 
tores el teatto de sus campañas. 

En nuestra opinión, el picador es el que corre 
mas riesgo de todos. El hombre á caballo, con 
la garrocha en la mano, espera el ataque del toro. 
Esta lanza ó garrocha no es una arma, sino sola- 
mente un aguijón. El fierro que la guarnece no 
tiene mas que la capacidad necesaria para traspa- 
sar la piel del animal, de manera que la herida 
que hace el picador, no puede tener mas resultado 
de duplicar la cólera del toro, y esponer al hom- 
bre y al caballo á un ataque tan fuerte cuanto es 
intenso el dolor. 

El picador corre dos peligros, el de ser ensar- 
tado por el toro ó machucado por el caballo. 

Los chulos son los que agitando ante los ojos 
del toro una capa, verde, azul ó amarilla, distraen 
su rabia, pronta á cebarse en un caballo derriba- 
do, 6 en un picador que ha perdido los estribos. 

La misión de los banderilleros es no permitir 
que se calme la cólera del toro. En el momen- 
to en que la fiera deslumbrada y fatigada revuel- 
ve sobre sí misma, le plantan en las dos espaldas 
las banderillas, que son unas varitas delgadas, 
adornadas de papel picado de todos colores. Es- 
tas banderillas se clavan por medio de una peque- 
ña púa de fierro, que tiene la punta semejante á 
la de un anzuelo. 

El torero, ó primera espada, es el rey de la es- 
cena: á él pertenece la plaza; es el general que di- 
rige la batalla; el gefe cuyo gesto es obedecido pa- 
sivamente por todos. El toro mismo, sin saberlo, 
está sometido á su poder, pues cuando la hora de 
la última lucha ha llegado, le conduce, por medio 
de los chulos, al lugar que le acomoda, ya en el 
Sol, ya en la sombra, y como probablemente la 
querida del torero está en la plaza, delante de ella 
vendrá á espirar el toro, herido por la terrible es- 
pada. 

En cada corrida hay dos ó tres picadores de 
reserva, y otros tantos chulos y banderilleros, 
con el fin de suplir inmediatamente á los que re- 
sulten inutilizados. 

El número de toreros no es fijo. En esta cor- 
rida habia tres: Cuchares, Lúeas Blanco y el Sa- 
lamanquino. 



KEVISION DE OEKAS. 



121 



De estos tres, Cuchares solamente tenia un 
nombre famoso. 

Picadores, chulos, banderilleros y toreros, es- 
tán vestidos con una primorosa elegancia. Cha- 
quetillas de raso verde, rosa ó azules, bordadas de 
oro y de plata; chalecos por el estilo de las cha- 
quetas, llenos de botones y alamares de plata y 
oro; calzón corto y media de seda, el cuerpo ce- 
ñido con una banda nácar, y la cabeza adornada 
con una redecilla de seda negra. 

Ahora pasemos de los actores al teatro. 

Al derredor de la plaza, magestuosa como un 
circo del tiempo de Tito ó de Vespaciano, hay 
una valla de madera de la altura de seis pies y 
formando un círculo, donde están encerrados to- 
dos los personages que acabamos de describir, 
desde los picadores hasta la primera espada. 

Esta valla esta pintada de colorado en su par- 
te superior y de negro en su parte inferior. Es- 
tas dos partes, de desiguales dimensiones, están 
separadas por un barrote de madera pintado de 
blanco y destinado á servir de estribo á los chu- 
los, banderilleros y toreros, perseguidos por el to- 
ro. Ponen un pié sobre el estribo, y con la ayu- 
da de las manos se lanzan al lado opuesto. Es- 
to se llama tomar valla; pero es muy raro que la 
primera espada se decida á este estremo, y mas 
bien prefiere capotear al toro que huir de él. 

Del otro lado de esta valla hay otra barrera 
circular que se llama contravalla, y entre una y 
otra forman un pasadizo, donde saltan los chulos 
y banderilleros, y donde permanecen los picado 
res de remuda y los alguaciles. 

Digamos ahora una palabra sobre el carnicero. 

El carnicero es el ejecutor de grandes opera- 
ciones. Su oficio casi es infame. Cuando el to- 
ro cae herido por la espada del torero, y á pesar 
de esto levanta su cabeza sangrienta, mugiendo 
dolorosamente, el carnicero se monta en la valla, 
salta con precaución á la j)laza, y se desliza tor- 
tuosamente, como el gato y el chacal, hacia donde 
^1 animal está echado, y traidoramente le da el 
golpe mortal con una arma que tiene la forma de 
un corazón. Separa por lo común la segunda 
vértebra del cuello, y el toro cae como herido por 
un rayo. Concluida esta ejecución, el carnicero 
siempre con un paso oblicuo, salta la valla, y desa- 
parece. 

Esta primera valla, que saltan como hemos di- 
cho los chulos y banderilleros, no es siempre un 
refugio seguro. Frecuentemente se ve en las cor- 
ridas saltar á los toros la valla con la misma fa- 



cilidad que los caballos ingleses de caza las zan . 
jas y matorrales. Una de las pinturas de Goya 
representa al alcalde de Terracon miserablemen- 
te pisado por un toro saltador. 

Yo mismo he visto en las fiestas reales saltar 
un toro ti-es veces consecutivas de la plaza á la 
valla. 

Entonces con la misma agilidad con que han 
saltado de la plaza al pasadizo, saltan del pasadi- 
zo á la plaza; los mozos abren una puerta, y el to- 
ro, que revuelve furioso en este pequeño espacio, 
viendo el camino abierto, vuelve á entrar de nue- 
vo en la liza, donde le esperan sus enemigos. 

Algunas ocasiones la plaza se divide en dos 
partes, y esto acontece cuando el local es dema- 
siado grande. En la plaza mayor, por ejemplo, 
donde se hacen dos corridas á la vez, sucedió un 
dia que saltaran los dos toros de la plaza al pa- 
sadizo, corrieron el uno sobre el otro, y se mata- 
ron. 

La valla está interrumpida por cuatro puertas 
situadas en los puntos cardinales: dos de estas 
puertas están irrevocablemente destinadas á de- 
jar entrar los toros vivos y dejar salir los toros 
muertos. 

Detras déla contravalla comienzan inmediata- 
mente las gradas que forman el anfiteatro, y estas 
gradas están cubiertas de espectadores. 

La música está colocada precisamente encima 
del toril. 

El toril es el lugar donde están encerrados los 
toros. 

Los toros destinados á combatir, son general- 
mente escogidos de los potreros mas 'solitarios: 
los traen á Madrid durante la noche, y los encier- 
ran en el toril, donde cada uno tiene su establo 
particular. Para irritarlos todavía mas, se les 
priva de alimento durante las diez ó doce horas 
que pasan en su prisión, y al salir á la plaza, pa- 
ra despertar hasta el último grado la furia del 
animal, se le pega en la espaldilla una flor, llena 
de listones con los colores de su propietario ó 
propietarios. 

Esta flor es el objeto de la ambición de los pi- 
cadores y chulos. Es un regalo encantador para 
una querida. 

Una vez que os he dado una perfecta idea de 
la escena, volvamos al espectáculo. 

Nosotros estábamos, como he tenido el honor 
de deciros, precisamente en frente del toril. A 
nuestra derecha teniamos el palco de la reina, y 
á nuestra izquierda al ayuntamiento. 



122 



EEVISION DE OBKAS. 



Miramos todo lo que os he referido con la ago- 
nía de quien espera una cosa terrible; el rostro 
pálido, y las miradas llenas de espanto. A mi 
izquierda se hallaba Roca Togores, este poeta en- 
cantador de quien ya he hablado. A mi dere- 
cha estaba mi hijo Alejandro, y después seguia 
Maquet y Boulanger. 

Giraud y Desbarrolles, vestidos absolutamen- 
te como andaluces, se hallaban de pié en la se- 
gunda grada, y como habian asistido á diez cor- 
ridas, nos miraban con una especie de lástima, co- 
mo los viejos granaderos de la Guardia veian á los 
jóvenes conscriptos. 

El mozo abrió la puerta del toril guareciéndo- 
se detras de ella. El toro apareció, avanzó diez 
pasos, y se detuvo deslumhrado con la luz y atur- 
dido con el ruido. 

Era un toro prieto, con los colores de Osuna 
y de Veragua. 

Su boca estaba blanca con la espuma; sus mi- 
radas parecían dos rayos de fuego. 

Confieso que en cuanto á mí, el corazón me la- 
tía como si fuese á ser. testigo de un desafio. 

— Mirad, mirad con atención, me dijo Roca 
Togores; el toro, es muy bueno. 

Apenas Roca me acaba de decir estas palabras, 
cuando el toro que parecía querer realizar la pro- 
fecía, se precipitó sobre el primer picador. 

Inútilmente intentó éste contenerlo con la gar- 
rocha: el toro dobló el fierro, y acometiendo al 
caballo por el encuentro, le enterró hasta el cora- 
zón uno de los cuernos. 

El caballo, un momento soliviado por el toro, 
dejó el suelo y batió el aire con sus cuatro pies. 

El picador, persuadido que su caballo estaba 
muerto, abandonó prontamente los estribos, y se 
refugió á la valla, con tal oportunidad, que al 
mismo tiempo que el pobre caballo caia por un 
lado, por el otro saltaba el ginete al pasadizo. 

El caballo intentó levantarse: la sangre brota- 
ba de su encuentro por dos agujeros como brota 
la agua de dos bitoques. Vaciló, pues, un instan- 
te, y después cayó. El toro se encarnizó, y en 
menos de un segvindo le hizo diez ó doce heridas 
mas. 

— Bueno! me dijo Roca, es un escelente toro. 

Me volví hacia mis compañeros: Boulanger ha- 
bla podido soportar la escena; pero Alejandro 
estaba demasiado pálido, y Maquet limpiaba su 
frente cubierta de sudor. 

El segundo picador viendo al toro encarnizado 
con el moribundo caballo, dejó la valla y vino so- 
bre él. Aunque hubiese tenido la precaución de 



vendar los ojos de su caballo, éste se enarcaba y 
parabd de manos, porque instintivamente conocía 
que se le llevaba delante de la muerte. 

El toro apenas vio este nuevo antagonista, cuan- 
do se lanzó sobre él. Lo que pasó fué rápido co- 
mo el pensamiento. En un segundo el caballo 
fué derribado de espaldas, y cayó con todo su pe- 
so sobre el pecho del picador. 

Nosotros escuchamos, si es posible decirlo, el 
crujido de los huesos. 

Entonces un aplauso universal se escuchó. 
Veinte mil voces esclamaron á un tiempo: ¡Bra- 
vo, bravo! Bravo toro! 

Roca gritaba como todos, y yo involuntariamen- 
te gritaba como Roca: ¡Bravo toro, bravo! 

En efecto, el animal era soberbio. Todo su 
cuerpo negro como el azabache, y la sangre de sus 
dos adversarios que corría por su cabeza y cuello, 
parecía un peinado de púrpura. 

— Eh! me dijo Roca; cuando os decia que era 
un toro magnífico! 

Cuchares era el torero de esta corrida. Hizo 
una señal, y toda la tropa de chulos y de toreros 
envolvió al toro. En medio de esta tropa se ha- 
llaba Lúeas Blanco, otro torero á quien ya he 
mencionado, y que era un hermoso joven de vein- 
te á veinticinco años, que solamente hacia dos 
años que habia comenzado á matar. 

A fuerza de agitar sus capas los chulos ante los 
ojos del toro, consiguieron distraerlo. Levantó 
un momento la cabeza, miró un instante el mun- 
do de enemigos que le rodeaba y las capas res- 
plandecientes con el Sol, y se lanzó sobre Lúeas 
Blanco, que era el mas cercano. 

Lúeas se contentó con girar sobre el talón con 
una gracia y tranquilidad infinitas. — El toro pasó. 

Los chulos, perseguidos, á todo escape alcan- 
zaron la valla. El último de ellos podia sentir 
el aliento del animal quemar sus espaldas. 

Llegados á la valla, volaron por encima, y la 
palabra mas propia es, volaron, porque merced á 
sus grandes capas, rosas, amarillas y verdes, pa- 
recían una parvada de pájaros con las alas esten- 
didas. 

Los cuernos del toro se enterraron en la valla, 
y clavaron contra la madera la capa que el últi- 
mo chulo arrojó sobre la cabeza del toro al tiem- 
po de saltar á la valla. 

El toro arrancó sus cuernos de las tablas, y per- 
maneció un instante peinado con la capa rosada 
del chulo, sin poder desembarazarse de esta capa, 
que chupando la sangre que el animal tenia sobre 



PEEYISION DE OBEAS. 



12¿ 



sus espaldas, se tenia de grandes manchas de púr- 
pura. 

El animal manoteaba queriendo desembarazar- 
se de la capa. Un instante revolvió furioso sobre 
sí mismo, como si se hubiese vuelto loco; después 
destrozó la capa, quedándole solo un fragmento 
prendido eíi un cuerno, como una banderola. 

En el momento que pvido ver, abarcó toda la 
plaza con una rápida y sombría mirada. 

Detras de la valla asomaban las cabezas de los 
chulos fugitivos, prontos á saltar de nuevo á la 
plaza, tan luego como el toro se alejara. 

En dos puntos paralelos permanecian Lúeas 
Blanco y Cuchares, tranquilos y mirándose mu- 
tuamente. 

Tres hombres ayudaban al picador á salir de 
debajo de su caballo, y pretendían ponerlo en pié. 
El picador vacilaba, á pesar de sus gruesas pier- 
nas; estaba pálido como la muerte, y una espuma 
sangrienta tenia sus labios. 

De los dos caballos, el uno habia muerto, el otro 
agonizaba. 

El tercer picador, único que habia quedado so- 
bre el caballo, estaba inmóvil como una estatua 
de bronce. 

Después de una rápida investigación, el toro fi- 
jó su idea y su mirada, y se detuvo en el grupo 
que conduela al picador herido. 

Rascó la arena con las manos, y la aventó has- 
ta las gradas; bajó sus narices, y olió el surco que 
acaba de hacer, lanzó un terrible mugido, y se 
precipitó sobre el grupo. 

Los tres hombres que conduelan al herido, lo 
abandonaron, y corrieron á la valla. 

El picador, casi desmayado pero conservando 
el instinto de la propia defensa, dio dos pasos, al- 
zó un instante los brazos en el aire, y al intentar 
el tercer paso, cayó en tierra. 

El toro se dirigió sobre él; pero en su camino 
encontró un obstáculo. 

El tercer picador al fin se movió, y se habia 
colocado entre el animal furioso y su eamarada 
herido. El toro dobló la garrocha, como si fuera 
la varilla de un rosal, y al pasar dio una cornada 
al caballo. Este, gravemente herido, giró sobre 
los pies, y condujo al picador hasta la otra estre- 
midad de la plaza. 

El toro vaciló entre el picador herido y el ca- 
ballo moribundo. Se decidió por el último, y le 
dio tres ó cuatro heridas, dejando en una de 
ellas el girón de capa de que hemos hablado: des- 
pués se volteó hacia el hombre á quien Lúeas Blan- 
co ayudaba á levantarse. 



Se escuchó el estallido de los aplausos de toda 
la concui rencia, y las frases "¡Bravo toro, Bravo 
toro!" se escuchaban por todas partes. Algunos 
mas entusiastas, le llamaban muchacho lindo^ toro 
querido. 

Por fin, el toro, un momento indeciso, se lan- 
zó sobre el picador herido y Lúeas Blanco. Este 
dio un paso de lado y estendió su capa entre él 
y el herido. El toro, engañado, envistió la capa 
m-ovediza. 

Miré á mis compañeros. Boulanger estaba pá- 
lido. Mi hijo Alejandro, verde. Maquet, como la 
ninfa Biblis. se deshacía en agua. En cuanto á 
mí, si hubiera tenido un espejo, habria podido 
deciros cómo estaba. Lo que puedo asegurar 
es, que estaba muy conmovido, y que no sentía 
absolutamente nada de ese disgusto qiie habia es- 
perado. Yo, que corro cuando veo á una coci- 
nera que mata un pollo, no podia quitar mis ojos 
de este toro, que habia matado tres caballos y he- 
rido á un hombre. 

Lúeas Blanco fué quien ofreció de nuevo el 
combate al toro, que se habia contenido un mo- 
mento. Lanzóse sobre él, y como la primera vez, 
con solo su capa, evitó el choque. 

Mientras esto pasaba, chulos y banderilleros 
habían descendido á la plaza, y el picador herido , 
con ayuda de los mozos, habia llegado á la valla. 

Toda la cuadrilla rodeaba al toro, agitando sus 
capas; pero el toro no tenia miradas mas que pa- 
ra Lúeas Blanco. Era una lucha entre él y este 
hombre, y ninguna cosa podia distraerlo. 

Cuando un toro mira de esta manera á un hom- 
bre, se dice generalmente que es hombre muerto. ■ 

— Vais á ver, me dijo Boca poniéndome el bra- 
zo en la espalda. 

— Atrás, Lúeas, atrás, gritaron á un tiempo 
los chulos y banderilleros. 

— Atrás, Lúeas, gritó Cuchares. 

Lúeas miró con desdén al toro. 

El toro se dirigió sobre Lúeas con la cabeza 
baja; Lúeas entonces puso iin pié entre los dos 
cuernos del toro, y saltó por sobre su cabeza. 

Entonces no fueron aplausos, sino rugidos. — 
Bravo, Lúeas! Bravo! ¡Viva Lúeas! esclamarpn 
veinte mil voces. Los hombres arrojaban sus som- 
breros, las mugeres sus abanicos, ramos de flores 
y pañuelos. ' 

Lúeas saludaba sonriendo, como si hubiera ju- 
gado con una cabrilla. 

Mis compañeros, pálidos y sudorosos como 
estaban, aplaudían y gritaban como los demás. 



126 



A MI QUERIDO AMIGO MANUEL ZAMACONA. 



Hay momentos fatales en que esclava 
El alma está de pensamiento oculto, 
O en que recias pasiones en tumulto 
Se alzan hirvien,do cual rojiza lava: 
' Cual sobre frágil barro 
Pesada rueda de potente carro, 
Dejan estos momentos las seríales 
Allá del corazón en lo mas vivo, 
Para el grato placer, duro y esquivo, 
Atento y blando á recibir los males. 

Cual de los otros, del presente siglo 

La queja fué la maldecida herencia. 

No una creación falaz, -que á la ecsistencia 

La forma dio de aterrador vestiglo. 

Cual de la tolva se desprende el grano 

A la movible piedra, así el humano 

En oleadas sin fin baja á la tumba, 

Y de una sola voz al Infinito 

Alza de su dolor tremendo grito. 

Grito que aun sube, y hasta aquí retumba. 

Parte nosotros de ese pueblo infausto. 
Que en la pendiente rápida resbala. 
Del triste corazón á Dios se ecshala 
Nuestro grito doliente en holocausto. 
Recuerdo es de dolor, que tierno niño. 
Mira de agena mano en el cariño; 
Que se distingue del amante padre 
En el consejo que regó con llanto, 
y en el suave lastimero canto 
Con que nos duerme diligente madre. 

Una madre! ¡gran Dios! Yo amé á la mia 
Con todo el corazón. Me fué gustoso 
Matar ante sus aras mi reposo, 
Mi orgullo, y mi esperanza en solo un dia. 
De juventud ardiente 
Estaba en la mañana, y en mi mente, 
,De dorados ensueños el engaño 
Me pintaba la vida primorosa 

Y no corté jamas la blanca rosa. 
Que solo lleva Abril en todo el año. 

Mas esta pena ¿al corazón qué importa? 
Una deuda sagrada satisface, 
Cumplí con mi deber en lo que hice, 

Y fué mi ofrenda á mi querer muy corta; 
Que la miseria se asentó importuna 
Flaca y hambrienta en el hogar, fortuna 
Faltóle á mi ambición; sino cual leyes 

, El mundo respetara sus antojos. 
Con pálido semblante y mustios ojos 
La hubieran visto los altivos reyes. 



Mas solo amor el corazón tenia, 

Y solo amor el corazón lo daba; 
Amor que de los otros retiraba, 

Y aun no la amaba yo cual merecía. 
Pero cayó mi padre, y cayó ella. 
Bajo el influjo de mi dura estrella; 

Y agostada mi vida á tal quebranto, 
Me es ya pesada, con afán profundo, 
Pido nos junte al Hacedor del mundo 
Porque quiero morir. Ay! sufro tanto. 

A donde quiera que los turbios ojos 
Se vuelvan, ven de la desgracia el nombre 
Escrito en los objetos. ¿Por qué el hombre 
Ama entonces la vida y sus enojos? 
¿Por qué? Porque el hambriento 
Devora ansioso el fétido alimento; 
Porque perdido sobre el mar sombrío 

El naufrago infeliz, de goces habla 

Yo ya cansado abandoné mi tabla, 

Y al fondo vengo, pero en Dios confio. 



De árbol frondoso las movibles hojas, 
Gala de Abril y del Edén tesoro. 
Medio ocultaban las manzanas de orO 
Que dan codicia con sus manchas rojas. 
Era el árbol funesto de la ciencia. 
Que da crudo dolor si da esperiencia. 
Adán al pié con timidez respira. 
Que Dios le aferra por el diestro brazo, 

Y sacudiendo del estrecho lazo 
De esta manera le gritó con ira: 

"Cansado estoy de tí. Nb ha breve rato 
Que de mis manos á la luz salistCj 

Y alzarte hasta mi trono pretendiste, 
Mas orgulloso cuanto mas ingrato. 
Para burlar ese designio loco • 

Tornárate al no ser la nada es poco; 

Te doy la vida, que doloi^rolijo 

Tu carne y huesos sin cesar consuma; 
Yaga en el mundo cual la suelta pluma; 
Muere, y entonces te diré mi hijo." 

Así ordenarlo al Hacedor le pl^^o; 

Y herida el alma de letal tristeza, 
El hombre dobla al suelo la cabeza, 

Y siente al cuello ponderoso yugo. 
El áspero camino 

Pasa cual fatigado peregrino. 
Que á la vejez y hasta morir conduce: 
Con planta vacilante y perezosa 
Llega al sepulcro, y al abrir la loza, 
Ye que en el fondo la esperanza luce. 

Manuel Orosco y Bebra. 




ESTE NO ES PAISÜ /-^^^-^(^ 



^Jí-^ JETJV" CT-jrv .¿í 



-^•^^nNO tenemos REMEDIO!! 



^^^v^^Cl^ 



^.^0 os canséis, lectores: los idiomas varian mu- 
AM cho, y todos los dias es necesario hacer es- 
tudios de las lenguas, y particularmente de la cas- 
tellana, que pretendemos hablar. Día vendrá con 
el tiempo en que trabajo costará á los habitantes 
de México el entender el Quijote de Miguel Cer- 
vantes. Por ahora con lo mal que hablamos y 
peor que escribimos, nos la vamos pasando per- 
fectamente, que al fin lo mismo es decir calle só- 
lida, que calle solitaria: así nos entendemos, y mal- 
dita la necesidad que hay de distinguir la Z de 
la S, pues lo mismo da matar un venado que con- 
traer el santo matrimonio. Lo que es forzoso 
aprender, como los muchachos el Todo fiel, es el 
estilo de moda y las frases de la época. 

Hay tiempos en que todo está escéntrico: si un 
albañil se cae de un andamio, es por la posición 
escéntrica que guardaba el edificio: si llueve y 
México se convierte en otra nueva Venecia, no 
son los patriotas capitulares los que tienen la cul- 
pa, sino la posición escéntrica de las nubes: si un 
pobre marido es víctima de las maquinaciones de 
un pisaverde, no tiene mas remedio sino sufrir, 
hasta que toda la casa salga de la posición escén- 
trica en que se halla. 

Otras veces todo está compacto: desde el mi- 
nisterio, formado por cuatro personas distintas, 
pero con cuatro opiniones diferentes, hasta la 
prensa, cuya libertad suprime un bando militar y 
que con semejante medida queda perfectamente 
compacta. Los novios no se pueden casar, por- 
que como antes hablan sido compactos, ya la car- 
ga les pesa un poco. Si se trata de un dia de cam- 
po, es menester que la comida, los vinos y el bai- 
le sean una misma cosa; mejor dicho, que todo es- 
té compacto; medida que elevada á una grande 
escala, no adrada mucho á las madres de familia. 



En épocas mas felices hemos vivido con las 
masas, pensando con las masas, comido con las 
masas, y dormido con las masas.-!— Que se barra 
la calle y se quiten los muladares. Imposible; no 
quieren las masas. Ya los comerciantes están 
enviando su dinero al banco ingles. Paciencia, 
como las masas están un poco arrancadas, es ne- 
cesario. . . . que haya un poco de patriotismo. 
Señores: limpieza, orden, cordura, decencia. . . , 
Las masas se enojan, y es preciso conformarse con 
la voluntad de las masas, porque al fin compo- 
niéndose la redondez de la tierra de puras masas, 
si salimos de unas masas, de forzosa necesidad te- 
nemos que tropezar con otras. 

Ya ven vdes. cuántas aplicaciones han tenido 
en sus épocas respectivas estas tres palabras .,cs- 
céntrico, compacto y masas ¿En qué diccionario 
castellano puede encontrarse una significación 
tan amplia y tan propia como la que nosotros les 
hemos dado? ¿Qué autor clásico español ha ma- 
nejado con mas soltura y maestría el idioma? 

Hoy ya esas palabras cayeron en desuso, y hay 
otras de última moda: ni las Flores aiiimadas se 
hallan tan en boga como las frases que andan de 
boca en boca. 

— ¿Qué hay de nuevo? preguntamos en la calle 
á uno de esos que tienen tan presentes los aconte- 
cimientos políticos, como algunas ancianas el ca- 
lendario. 

— Nada particular, responde; pero vea vd. có- 
mo se atrepella la gente al salir de la misa de 
doce y cuarto de la Catedral. Parece mas bien 
una manada de carneros. ¿Cómo hemos de estar 
bien gobernados ni ha de haber patriotismo, ni 
espíritu público, ni paz, ni orden, cuando sucede 
esto? Vea vd., y no diga que ecsagero. . . . Vamos! 
I si este 710 es país! 



128 



ESTUDIOS FILOLÓGICOS. 



— Pero, hombre, si esto sucede en todas partes 

del mundo donde hay mucha gente 

— ¡Disparate! En los Estados-Unidos entran 
y salen á las iglesias por hileras: en Bélgica hay 
holetos para las funciones; en Inglaterra nadie 
puede entrar á un templo si no sabe latin, grie- 
go y hebreo y viste calzón corto y zapatos de 
charol; pero aquí! . . . estamos muy atrasados. . . . 
No se canse vd., este no es pais! 

— Vaya, le respondemos, se conoce que está vd. 
de muy mal humor hoy. . . . Adelante. 

Y adelante, por nuestra desgracia encontramos 
un grupo de muchachos volando un papelote y 
jugando á la maruca. 

— Ya ve vd., nos dice nuestro hombre, la edu- 
cación primaria está muy abandonada. Estos 
muchachos debian estar ahora en una escuela do- 
minical, en ve2f de estarse jugando al Sol como 
unos haraganes; y ¿así queremos que haya orado- 
res, y poetas, y diputados, y generales, cuando no 
se educa á la juventud? 

—Pero, hombre, si al fin es dia festivo, y las 

pobres criaturas han de descansar 

— No se canse vd.: estos muchachos con seme- 
jante vida pararán en un patíbulo. . . . Este no es 
pais. 

Apenas hemos llegado á la boca del Portal, 
criando llama la atención de nuestro personage 
un grupo de gentes que están mirando los car- 
teles. 

« — ¿Y qué me dice vd. de esta gente ociosa, que 
gasta una hora en registrar los carteles de estas 
comedias? Un pueblo divagado de esta manera 
no puede tener idea de sus derechos ni de su dig- 
nidad. . . . Convénzase vd., este no es pais, por mas 
disculpas que quiera vd. dar. 

Llegamos á la Alameda, y nos sentamos deba- 
jo de un fresno, cuyas ojas secas caen sobre nues- 
tros -sombreros: mi hombre que lo observa, sacu- 
de su sombrero y se lo vuelve á poner. 

— Vamos, para vd. que es el defensor eterno 
de la República, ¿qué le parece á vd, esta incuria? 
Observe vd. cómo todos los árboles se están des- 
hojando. 

— Creo, respondo tímidamente, que estando en 

el mes de Enero, hay razón para 

— Ilusiones que se forman los mexicanos. En 
poder de los ingleses esta Alameda seria un ver- 
gel. Apuesto ciento contra uno á qiie ni una so- 
la hoja se caia de los árboles en el invierno. Ya 
tendrían muy buen cuidado ellos, que son tan 
afectos al carapo, de poner unas chimeneas deba- 
jo de cada árbol de la Alameda, para qu.e estu. 



vieran siempre verdes; pero aquí nada se hace; se 
vive á la bartola: nunca se piensa para el dia de 
mañana No nos cansemos, para nada servi- 
mos; este no es pais. 

— Pero diré á vd., sin embargo, que seria difí- 
cil el poner debajo de la Alame%, una chimenea. 

— Bobada! para un pueblo industrioso nada es 
imposible. ¿No sabe vd. que los ingleses han he- 
cho un agujero en el Támesis, y que por adentro 
y por afuera bogan inmensos barcos? Aquí seria 
necesario consignar á los empresarios, para solo 
que levantasen el plano de una obra semejante, 
todo el producto de las contribuciones del Dis- 
trito, y ni nuestros nietos gozarían. . . . Convén- 
zase vd. de que este no es pais. 

Fastidiado ya, con la conversación de mi ami- 
go, me despido cortesmente de él, y me marcho 
triste y confundido, y á pocos pasos me encuen- 
tro con el famoso D. Tristan, hombre que da siem- 
pre noticias malas y jamas cree una buena. 

— Eh! camarada, se conoce que ignora vd. todo 
lo que pasa, puesto que no llora lágrimas de san- 
gre. 

— Diga vd,, por Dios, lo que pasa, le pregunto 
con ansiedad. 

— Pues no es nada lo del ojo: lea vd. en el Si- 
glo XIX y en el Monitor la representación del 
gobernador del Estado de México, en que asien- 
ta que es soberano, libre é independiente. 

— ¿Bien, y qué? .... esa es una cosa que ya la 
sabíamos. 

— No es eso. Lo notable es la malicia que en- 
vuelven esos conceptos. No lo dude vd., conti- 
núa acercándoseme al oido. . . . eso quiere decir 
anarquía, desmembración, pérdida de la Repúbli- 
ca. .. . estamos en un abismo. "* 

• — Bien; pero eso con prudencia se compon- 
drá ^ 

— Los versQS lo dirán, responde; pero lo muy 
grave es lo de Tamaulipas. El gobernador, la 
guardia nacional, el comercio, los vecinos, los mi- 
litares, los clérigos, los frailes, los rancheros, los 
árboles, los carneros, los caballos, los coyotes, to- 
dos están en la bola. 

— ¿Pero qué bola, por Jesucristo? 

— Entonces no sabe vd. lo que pasa. . . . está 
vd. en ayunas. 

— Completamente. Pues, amigo mió, estamos en 
un abism.o. La república de la Sierra Madre está 
ya formada y el gobierno sin fuerza moral, sin 
nada, se queda tocando tabletas. 

— Quizá podrá ponerse remedio, con 



ESTUDIOS FILOLÓGICOS. 



129 



— Es tarde, todo está lieclio; y no es eso lo 
peor. 

—¿Cuál es lo peor entonces? le pregunto alar- 
mado. 

— Lo peor es que se está combinando un plan 
para construir un camino de fierro á Tacubaya, 
y esa es nuestra absoluta perdición, porque mien- 
tras unos están en la Sierra Madre, los otros. . . . 

— Pero no sé que tenga que ver. . . . 

— Bárbaro! la República es el cráter de un 
volcan; en cuanto reviente, pif. .... todo se aca- 
bó. Yea vd. claro, por Dios, y no se alucine. Ese 
camino de fierro es empresa que lleva un fin ocul- 
to é infernal. Una vez construido, los enemigos 
del orden pueden llevar cañones y parque, y gen- 
te, hacerse fuertes en la hacienda de ios Flores y 
dominar á toda la nación. Estamos en un abismo. 

Enfadado, dejo á mi hombre con la palabra en 
la boca, y me marcho á mi casa; pero en ella me 
encuentro con D. Canuto Funestidad, que arre- 
llanado en una poltrona leia los periódicos. 

— Amigo, me dice en cuanto me ve entrar, ca- 
da dia estamos de mal en peor qio tenemos re- 

inedio. 

— ¿Pero qué ha sucedido de nuevo, D. Canu- 
to? diga vd. por las ánimas benditas; porque crea 
vd. que me he encontrado con dos sugetos que me 
han puesto la cabeza como una tambora. Me han 
dicho que este no es ¡o ais., que estamos en un abis- 
mo., y qué se yo cuantas cosas mas. Yo creo lo 
contrario, y concibo que todos los paises del mun- 
do han pasado poco mas ó menos por estas cir- 
cunstancias. 

— Pues, señor mió, está vd. muy engañado: es- 
tá vd. todavía soñando con bellísimas ilusiones. 
A mi modo de ver, este pais se perdió, y lo peor 
de todo es, añadió suspirando profundamente, que 
no tenemos remedio. 

— Esplíquese vd., le respondí: ¿por qué no he- 
mos de tener remedio? ¿Qué la paz y la estabi- 
lidad en las instituciones, y el ir con prudencia 
corrigiendo los abusos, no podria. . . . 

■ — Calle vd., por Dios, hombre, me interrum- 
pió: parece que todos han perdido el juicio en es- 
té pais. 

Le contaré á vd. lo que me ha sucedido, y ya 
juzgará si es posible que esto marche. 

— Diga vd. 

— Pues, señor, ayer como me entretuve mas de 
lo regular en la alacena de D. Antonio de la Tor- 
re con una nube de platicones, me ocurrió ir á 
comer á una fonda. Entré con efecto en la pri- 
mera que se me presentó, y. . . . vamos, la gallina 



dura — Dame otra cosa, digo al mozo, y me 

traen después de una hora un asado, que mas 
blandas están las pistoleras de mi silla; la ensala- 
da sin sal, los frijoles sin freir 

— Diga vd. ahora: cuándo en la capital de la 
Bepública suceden tan horribles cosas, ¿qué pue- 
den esperar los pobres habitantes de la fronte- 
ra? .. . "Vamos, si es menester persuadirse que no 
tenemos remedio. 

— Pero el que una fonda 

— Por el hilo se saca el ovillo, me interrumpió 
con calor, y voy á continuar mi narración. De- 
sesperado arrimé los platos, y pregunté ¿cuánto 
debia? 

— Diez reales, me respondió el mozo. 

— ¡Diez reales por adquirir una indigestión! le 

respondí Pero luego pensé que si volvia el 

asunto judicial, entre jueces y escribanos me so- 
plarían mas de los diez reales Ya ve vd., co- 
mo no hay justicia en México, tiene uno que su- 
cumbir. , . . ¿Cómo se puede vivir en un pais se- 
mejante? .... Yamos, si no tenemos remedio. 

— Es que 

— Permítame vd., que yo tengo la palabra. Y 
mi hombre continuó: 

— Pagué, como he dicho, mis diez reales, y me 
fui á mi casa, y encontré con una cita para ha- 
cer guardia en Palacio, porque ha de estar vd. 
que por mis negras desdichas estoy alistado en el 
batallón Yictoria. 

— Y por supuesto, se marchó vd. al instante al 
cuartel. 

— Ya iba yo; era lo último que me faltaba. 
Conque pague vd. contribuciones á derecha ó iz- 
quierda; sea vd. miembro de la Junta Lancaste- 
riana, y todavía guardias. ... Al demonio! 

— Pero ya ve vd. que se necesita del ausilio de 
los ciudadanos. 

— Bien, yo me prestarla gustoso; pero si al fin 
no tenemos remedio.^ para qué es cansarse, y desve- 
larse, y estar cargando el fusil. 

— Entonces 

— Un momento mas, me dijo, poniéndome la 
mano en la boca. Apenas habia recostádome un 
poco, cuando tocan la puerta; y ¿quién le parece 
á vd. que era? 

— Quién? 

— El repartidor del Albitm, que se empeñó en 
que le pagara en el acto sus dos y medio reales. . . . 

— Tendría orden. ... ya ve vd. que los perió- 
dicos no se pueden dar de balde, á no ser que. . . 

— Bien, pero ese bárbaro me dejó el número 
1 en vez del número 2, y se llevó los dos y me- 



130 



ESTUDIOS FILOLOaiCOS. 



dio. — ¿Ha visto vd. cosa mas horrible en su vida? 
¿Y así queremos ser libres y soberanos é indepen- 
dientes, cuando la nación no tiene ni aun la ca- 
pacidad suficiente para repartir un miserable pe- 
riódico? .... No hay remedio. 

-^-Me parece mucho rigor el de vd., cuando 
por un leve equívoco de un hombre, juzga que 
toda la nación tiene la culpa. 

— Pero así anda todo. . . . Pues vaya otra que 
lo dejará asombrado. Me fui al teatro. Era la 
ópera de la Norma. ¡Qué trabajo para entrar, 
Dios mió! Al fin me acomodé junto á un ele- 
gante que me mareaba con sus olores, y pedí á 
gritos un cojin, y en toda la noche pude hacerme 
oir de los mozos. .... Vamos! si no tenemos re- 
medio: periódicos, teatros fondas; todo anda á la 
diabla. 

— Reflecsione vd. que en otros paises. . . . 

— En otros paises todo adelanta, todo vive; 
aquí todo se atrasa, todo muere. 

— ¿Creerá vd. que mi zapatero después de seis 
años de hacerme botas, todavía no le da á la bo- 
la? Cada par nuevo que me pongo, me hace ver 
lumbre. 

— Tendrá vd. callos. 

— ^Uno en cada dedo. 

— Entonces 

— En Madrid ya me habrian hecho un ealzado 

suave como una nutria pero aquí, no tenemos 

remedio. Los artesanos son muy abandonados, 

y no procuran adelantar Es gana, no hay 

remedio., amigo. 

—Pero veo que todos son sucesos particulares. 

— Pues bien, concedo: pasemos álos públicos. 
jNo ve vd. que en el congreso están hombres de 
mundo y de talento proponiendo la colonización? 
¿A quién le ocurre traer barcos enteros cargados 
de borrachos, para que enseñen peores mañas á 
nuestra gente? Si le digo á vd. que cuando yo 
veo esto, me dan ganas de llorar lágrimas de san- 
gre. ¿Como ha de tener remedio el pais con esta 
clase de medidas? 

— Pero es que nos falta gente, y ademas ven- 
drá una población laboriosa. 

— Bobada! nadie ha de querer venir, y si vie- 
nen, se marcharán con su dinero. 

^ — Yaya! ¿y qué me dice vd. de los alcaldes de 
manzana? ¿Y qué le parece á vd. el proyecto de 
pesos y medidas? ¿Y qué juzga vd. de bajar los 
derechos? .... Vamos, si le aseguro á vd. que te- 
nemos don de errar; y cuando ve uno á hombres 
de todas opiniones con unas ideas tan estravia- 
das vamos, si no hay esperanza de remedio^ 



Me voy, me voy, porque vd. es hombre impeni- 
tente, y está todavía alucinado con esas bellas 
teorías. 

— Vayase vd. con mil diablos, dije yo para mis 
adentros, y luego que me vi solo en mi casa, res- 
piré con libertad. Para desahogarme, refiero á 
mis lectores lo que me pasó, prometiéndoles que 
quizá en otra vez me ocuparé de mis tres carísi- 
mos amigos, que como otros muchos, dan á las 
palabras del idioma una amplia y tristísima in- 
terpretación. Un solo diccionario seria imposible 
que pudiera hoy esplicar las frases de moda.-r— Yo. 



^M%m)(mm. 



¿i^jj, 



EL INDIO Y EL ESPAÑOL. 

Un viagero español encontró un indio en un 
camino, y ambos marchaban á caballo: el espa- 
ñol temia que el suyo no podria hacer el viage, 
por ser muy malo, y propuso al indio hacer un 
cambio con el suyo, que era muy vigoroso: negó- 
se á ello, como era natural: el español riñe con él 
bajo cualquiera pretesto; vienen á las manos, y 
estando bien armado, se apodera fácilmente del 
caballo que deseaba, y prosigvie su camino. El in- 
dio se va huyendo hasta la población mas inme- 
diata, y se queja ante un juez, quien hace compa- 
recer al español y llevar el caballo. Se le pre- 
gunta, y dice que el indio es un bribón, y que el 
caballo es suyo, y que le ha criado desde peque- 
ño. No habia pruebas en contrario, y cuando el 
juez en su perplejidad estaba para despedirlos 
sin resolver en pro ni en contra, esclamó el in- 
dio: Señor, el caballo es mió, y voy á probarlo. 
Quítase al momento su capotillo, y cubre repen- 
tinamente la cabeza del animal. — Pues que este 
hombre asegura haber criado al caballo, mandad- 
le (dirigiéndose al juez) que diga de qué ojo de 
los dos es tuerto.^ — El español no quiere parecer 
vacilante, y responde al instante: del ojo dere- 
cho. — El indio descubrió la cabeza del caballo. — 
Pues, señor, no es tuerto del uno ni del otro. — 
El juez entonces, convencido por una prueba tan 
ingeniosa y tan fuerte, le adjudicó el caballo, y 
quedó terminado el asunto. 

LAS TIERNAS CULPABLES. 

Un capitán reconvino á un compañero de no 
asistir á las batallas nunca, y por alejarse del cam- 
po al empezarse la acción. Hombre, responde, no 
es culpa mia; mi corazón es valiente, pero cuando 
vamos á batirnos, se me escapan estas malditas 
piernas, y se marchan con él. 




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CUIIPLÍDO Editor 



DE OIMMERA EL POETA MIAGO 

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DISCURSOS DE LAS FLORES. 



recorría la Trinitaria * la tierra, sin saber 
en dónde fijarse. 

Habia tocado sucesivamente en muclias puer- 
tas, sin bailar acogida en ninguna parte. Prime- 
ro babia solicitado que la recibiese en su compa- 
ñía una famosa bacbillera, por la cual fué desai- 
rada. 

Un célebre filósofo tampoco la babia querido 
admitir de recamarera. 

Descebada sucesivamente por un académico, 
por un ministro, un predicador, un pintor, un ro- 
mancero y un escultor, la pobre Trinitaria deter- 
minó dejar la ciudad y continuar viajando. 

Se puso, pues, en camino en una bella mañana 
de primavera con un equipage muy ligero, pero 
firme y resignada á sobrellevar con paciencia to- 
dos los inconvenientes de su situación. 

Sumergida en mil meditaciones, la Trinitaria 
caminaba sin percibir lo largo del camino; pero 
al anocbecer no pudo menos de sentirse cansada, 
y dirigió la vista al rededor en busca de un lugar 
en donde poder pedir hospitalidad. 

A corta distancia del camino resplandecía la 
fachada de un palacio iluminado, y dirigiéndose 
bácia allá, encontró en la entrada del jardin al 
dueño del palacio, que sentado bajo una tienda 
de seda, cantaba, bebia, comia y reia en compa- 
ñía de sus amigos. 

* La Trinitaria se llama en ñ'ances Pensée, voz que 
.también significa pensamiento. Téngase presente en el 
curso de este capítulo, y en otros lug-ares de la obra, que 
dicha flor la consideran los franceses como símbolo del 
pensamiento. 

En Botánica es la Tiola tricolor. 



— Abridme, dijo una voz débil, que fué sin em- 
bargo escuchada por los convidados. 

— Quién sois? preguntó el dueño del palacio. 
Si fuereis algún compañero alegre que sepa sua- 
vizar las horas pesadas de la vida, entrad. 

La voz respondió: Soy la Trinitaria. 

— Criados: cerrad la puerta; echad á esa des- 
agradable forastera, á esa compañera importuna, 
cuya presencia despierta los recuerdos: olvidar, 
olvidar es lo mejor! 

El dueño del palacio llenó su vaso, y bebió brin- 
dando al olvido. 

— Por aquel camino veo una modesta cabana, 
dijo la Trinitaria, que para descansar un poco 
se habia apoyado en un jarrón de mármol en la 
entrada del palacio: los pobres son siempre hos- 
pitalarios; vamos á pedirles asilo para pasar la no- 
che, pues comienzo á sentir el aguijón del hambre. 

La Trinitaria siguió el camino do la cabana. 

Tocó la puerta. 

— Quién es? 

— Hospitalidad, por amor de Dios. 

— Si quieres contentarte con un pedazo de pan, 
un jarro de agua y ima poca de paja fresca, dime 
quién eres, y entra. 

— Soy la Trinitaria. 

— Atrás, maldita! vendrás á turbar mi sueño. 
Con el sudor de mi rostro he regado el campo de 
mi amo, y éste siente ahora la alegría de los fes- 
tines, mientras mi muger llora, y mis hijos gritan 
de hambre. Para tener mañana la misma fuerza 
de ánimo y comenzar de nuevo mi trabajo, es me- 
nester que lo olvide; tú turbas el reposo del alma 
y del cuerpo; vete, porque no he de abrirte. 

Así, ni el rico ni el pobre quisieron acoger á la 



132 



UN POEMA ÉPICO. 



Trinitaria, y ella se sentó á la orilla de un foso, 
dejando caer el rostro entre sus manos. 

Pasó á poco por el camino un joven que anda- 
ba mirando las estrellas, y murmurando algunas 
frases, que le obligaban á abrir estremadamente 
la boca y los ojos. 

Un suspiro ahogado que dio la Trinitaria, le 
hizo conocer que un ser paciente tenia necesidad 
de socorro, y acercándose á la viagera, le tomó la 
mano, y encontrándola bella, aunque siempre gra- 
ve y recogida, le preguntó tartamudeando, por 
qué lloraba. 

La Trinitaria le contestó, que habiendo ca- 
minado mucho, habia pedido en vano la hospita- 
lidad en el palacio y la cabana, y que ninguno ha- 
bia querido recogerla. 

— Pobre criatura! eselamó el joven, acompañan- 
do sus palabras con un ademan trágico; y pasan- 
do luego el brazo al rededor de la cintura de la 
Trinitaria, la ayudó á levantarse, y le mostró en 
una espesura de árboles una pequeña luz que bri 
liaba. 

Esa es la casilla que yo habito; venid, y pa- 
sareis on ella la noche con seguridad. ¿Bajo qué 
nombre debo presentaros á mi madre? 

— Me llaman, contestó ella titubeando, Trini- 
taria. 

■ Entonces el joven se frotó las manos en señal 
de alegría, y tomó la delantera para indicar á la 
Trinitaria el camino de la casita. 

A su vez, la Trinitaria quiso saber el nombre 
de su huésped. Soy, le dijo, un hombre de fan- 
tasía, conocido en la comarca con el nombre de 
Santiago el Poeta. 

Yivia en una casilla en medio del bosque, solo 
con su madre, la cual le referia historias de he- 
chiceras y leyendas de encantadoras, cuyos cuen- 
tos le entretenían, pues Santiago tenia apenas 
diez y ocho años: sus mejillas eran encarnadas, 
sus cabellos rubios, y sus ojos grandes y azules 
despedían rayos de luz; en suma, era considerado 
como buen mozo en la comarca. 

La madre de Jacobo, cuando supo qué clase de 
viagera habia recogido su hijo, quiso disponer ella 
misma el hospedaje de la Trinitaria. Muy desgra- 
ciados seremos, se dijo á sí misma, si la forastera 
no da á mi hijo la idea de algún buen libro, que 
nos produzca dinero y le procure un buen reci- 
bimiento en la corte. 

La Trinitaria se opuso á que se hiciesen por 
ella grandes preparativos. Poca cosa basta para 
su sustento, y pronto recobró sus fuerzas, y se ha- 



lló en estado de hacer observaciones sobre todo 
lo que la rodeaba. 

La pieza en que se hallaban los tres, se aseme- 
jaba á un invernáculo; tan llena así estaba de flo- 
res y de arbustos: estos trepaban por las paredes, 
y aquellas engalanaban el cielo raso, formando 
arabescos: habia algunas de ellas que apenas abrian 
sus botones al lado de sus vecinas desplegadas; y 
otras, cuyas hojas ya enjutas, se inclinaban hacia 
el suelo; mas no por eso aparecían menos bellas. 
Algunos libros abiertos y otros cerrados, con mar- 
cas de hojas verdes para señalar ciertos parajes 
favoritos, se encontraban aquí y allá diseminados 
entre los vasos y adornos. Los libreros de la 
biblioteca de Jacobo eran de ramas de arbustos ó 
de copas de flores. 

Con los ojos fijos en la Trinitaria, el poeta ol- 
vidaba tomar su alimento, pues jamas habia visto 
muger de mayor belleza; pero lo que le causaba 
mas admiración, era su vista tranquila y profunda, 
pareciéndole que solo bastaba que la fijase en un 
objeto, para comunicarle un encanto mas dulce y 
un calor mas fecundo. 

La Trinitaria quiso dar las gracias á su hués- 
ped; pero éste la detuvo á las primeras palabras. 

— La casa en que estáis es bendita, esclamó San- 
tiago, procurando observar esactamente la pun- 
tuación y medir cada frase; vuestra sola presen- 
cia colma al hombre de todos los bienes. Yos, ó 
Trinitaria, dais vigor al alma del joven, y rejuve- 
necéis el corazón del anciano. En vuestra com- 
pañía las horas de la vida corren, sin que se sien- 
ta el cansancio ni el enfado; sin vos, los dias pa- 
recen muy dilatados, y el tiempo, que deja de te- 
ner alas, agobia con su peso. Permaneced en mi 
habitación; todo lo que en ella hay os pertenece: fi- 
jaos cerca de mí, bella forastera: ¿en dónde po- 
dríais estar mejor que aquí? 

Santiago no dijo que las ideas de la madre pa- 
saban también por su cabeza, y que pensaba apro- 
vecharse de la presencia de la Trinitaria en bene- 
ficio de su propia gloria. 

La joven se rió de la ligereza del poeta; mas 
esto no impidió que dejase de conocer el buen re- 
cibimiento que le hacia su huésped, y se mostró 
muy agradecida. 

Santiago no pudo cerrar los parpados en toda 
la noche, porque la idea de recibir á la Trinita- 
ria bajo su techo, producía en él una especie de 
fiebre: su corazón palpitaba, su frente ardia, y. un 
fuego estraño brillaba en sus ojos. Viendo que 
llamaba en vano al sueño, se levantó y bajó á su 



ÜN POEMA ÉPICO. 



133 



biblioteca, creyendo que la yista de sus flores le 
procurarla la calma. 

Entró, pues, y se acercó á una flor de Espino 
Albar *, y al inclinarse para aspirar su perfume, 
le pareció que oia una .voz dulce que salia del cen- 
tro de su blanca corola f. 

— Respira mi aliento, amigo: uno solo de mis 
ramos, oculto entre los setos, basta para embalsa- 
mar los alrededores; soy la flor de las tempranas 
primaveras, soy la Esperanza! 

— Santiago, Santiago, dijo una voz argentina. 

El joven volvió la cara, y vio á un Albohol J 
que lo miraba con sus ojillos blancos, y le decia: 
Yo me abandono al impulso de todos los aires que 
soplan, y corro por todas partes, me engancbo en 
las ramas del roble, me enredo en el arbusto, vi- 
vo, ora con los grandes, ora con los pequeños; no 
me olvides, soy el capricho. 

— Yo, esclamó una Madreselva, || represento 
los lazos de amor. 

Una Clemátide *í[ quiso tomar la palabra, mas 
un Arce ** la interrumpió. 

— Yo soy el Arce de vistosas flores, y ramas 
duras, y simbolizo la reserva: escucha, Santiago, 
mis consejos. Desconfia de la Clemátide, que 
solapadamente se encarama por las paredes y sa- 
ca su eabecita por los bordes de las ventanas, en 
donde las jóvenes se sientan á pensar por la no- 
che: la artificiosa Clemátide espía sus secretos, 
y en seguida va á divertirse con ellos descubrién- 
dolos á su camarada el Almendro tt aturdido, y 
al pérfido Abenuz. I4: 

La Clemátide quiso contestar, pero un Helé- 
cho II II se lo impidió, y abrazó al mismo tiempo 
la causa del Arce. Como la sinceridad del He- 
lecho es bastante conocida, la Clemátide no se 
atrevió á luchar con semejante adversario, y calló. 

Santiago no volvia en sí de su asombro, al ver 

* Níspero. {3£espilus vulgaris.) 

t La cubierta mas suave, y comunmente de color en 
las flores. 

% La Amapola. {Pajjaver rheas.) 

II A la Madreselva llaman los franceses lioja de cabra. 
( Chevre feuilU) por la afición que estos animales tienen á 
la planta. En botánica es también Lonicera caprifollium. 

% La Clemátide es una planta medicinal enredadera, 
de flores blancas y olor suave. [Clematis vitalva.) 

** Acere, árbol de madera muy dura, con manchas que 
forman como ojos. {Ace7'.) 

tt El árbol que da las almendi'as. [Amigdalus eomu- 
nis.) 

XX Hoy es el Ébano. {Ebenum.) 

lili Planta con las hojas como palmitas, en que están 
pegados los frutos por la parte inferior. [Filis.) 
TOM. I. — VI. 



que las flores vivian y le hablaban, y no se can- 
saba de escucharlas. 

— Piensa en mí, le decia una Lila: * tengo 
verdes hojas y racimos de flores perfumadas: mi fi- 
sonomía tiene cierto no sé qué de candida y de 
galana; florezco pronto y duro poco; ¡soy el pri- 
mer amor! 

La nieve brilla sobre los nudosos ramos del ro- 
ble, y sobre el césped del prado, y sin embargo, 
una franja de flores guarnece la capa blanca de 
los campos. ¿Son estos los asomos de la prima- 
vera, ó es todavía el invierno? Es el tiempo de 
la primavera. Venid á cortar la flor de la pri- 
mera juventud. 

— A los primeros cantos del ruiseñor, el Li- 
rio t de los valles derrama por los aires el per- 
fume de sus flores de marfil. Hermano del Li- 
rio, me gustan también como á él las riberas de 
los rios, la sombra espesa de los bosques y la so- 
ledad de los valles. Cuando el hombre me mira, 
piensa en las primaveras ya corridas y en su fe- 
licidad pasada, y yo lo consuelo porque le anun. 
cío el regreso de la dicha. 

— Las abejas vienen á saquear mis flores, y los 
amantes jóvenes se complacen en vagar bajo mi 
sombra dulce y perfumada; mis hojas secas procu- 
ran al hombre una bebida saludable. En mí so- 
lo hallarás dulzura, bondad y utilidad. Soy el 
Tilo, :|: la flor del amor conyugal. 

— Por todas partes se miran brillar mis blan- 
cas estrellas en medio de los árboles, y dejo que 
los hombres dirijan á su gusto mis ramos flecsi- 
bles y obedientes: me estienden por las estacas, 
me enredan en los toneles, me descorren como cor- 
tina á lo largo del terraplén de los palacios, y me 
serpentean al rededor de las ventanas. Me pres- 
to á todas las voluntades, y soy dichoso bajo to- 
das condiciones. Soy la flor de la amabilidad y 
amiga de las mariposas y de las abejas; mi nom- 
bre es Jazmin. || 

Cada flor venia á su vez á decir alguna cosa al 
oido de Santiago. 

— A fe mia, se dijo á sí mismo, que seria yo un 
necio si no asentase en el papel lo que acabo de 
escuchar. Con cosas tan bellas como éstas, escri- 
biré un poema épico en diez y seis cantos, que me 



* Lila, arbusto de flores blancas y moradas; foi-man 
ramilletes y son olorosas. [Lyringa vtilgaris.) 

t El lirio blanco \_Liliitm candidum.l 

X Tilo, árbol cuyas flores se usan como cordiales. [Tilia.) 

II Es el Jazmin anredador, de flores blancas y olorosas 
(Jasminium odoratissimum.J 

3 



134 



UN POEMA ÉPICO. 



A^aldrá el empleo de ministro, ó cuando menos el 
de primer ayuda de cámara del rey. 

Santiago puso en práctica lo que dijo, y pasó 
una gran parte de la noche escuchando á las fio- 
res; mas espresándose éstas en lenguage literario, 
es decir, difusamente, tomó el partido de compen- 
diar sus discursos; y como era de alma muy me- 
tódica, hizo, por orden alfabético, los siguientes 
apuntes, que debian servirle para componer su 
poema en diez y seis cantón '" 

Abedul Tranquilidad. 

Acacia ^ Amor platónico. 

Acacia rosa .... Elegancia. 

Acanto f . . . . Artes, 

Acebo Previsión. 

Acedera ..... Alegría 

Adelfa | . . . . Recelo. 

Adormidera blanca § . Belleza efímera. 

Agenjo Ausencia. 

Aguileña tt • • • • Locura. 

Agripalma .... Amor oculto. 

Álamo blanco . . . Tiempo. 

Álamo negro . . . Valor. 

Albohol purpúreo ||, Elevación. 

Albol silvestre . . . Humildad. 

Alelí dejardin ^^. . Belleza durable. 

Alelí amarillo . . . Prontitud. 

Almendro .... Aturdimiento. 

Altea Beneficencia. 

Aloe ** Amargura. 

Alucema Negativa. 

Amaranto ^f . . . Inmortalidad. 

Anagalide roja . . Convenio. 

Anémona cultivada . Abandono. 

Anémona silvestre . Enfermedad. 

Anémona epática. . . Confianza. 

Angélica .... Inspiración. 

Arándano .... Tradición. 

Arce lili . . . , . Reserva. 

* En este diccionario solamente van anotadas las plan- 
tas que tienen nombí t) vulgar en el pais, pues las demás , 
ó no las hay, ó se conocen con los nombres españoles que 
están puestos en él. 

ir Mimosa. 

t Especie de cardo. 

X Lam-el rosa. 

§ Amapola blanca. 

tt Muela de San Cristóbal, 

XX Amapola roja. 

^§ Alelía morada. 

** Zabila. 

^t Quelite morado ó soga de Cristo. 

lili Acere. 



Armuelle * . 


. . Sencillez. 


Aro común f • 


. . Ardor. 


Aro serpentario. 


. . Horror. 


Arrayan ij; . . 


. . Amor. 


Artemisa || 


. . Felicidad. 


Atocha ^ . . 


. . Aseo. 


Azafrán . . . 


. . Abuso. 


Azucena . . . 


. Magestad. 


Azucena anteada 


Orgullo. 




B 


Balsamina ** . 


. Impaciencia. 


Balsamo del Perú 


. . Curación. 


Becerra ff . . . 


. Persuasión. 


Bellorita . . . 


. Inocencia. 


Beleño .... 


. Defecto. 


Borraja . . . 


. Mentira. 


Botón de rosa . 


. Virginidad. 


Boxít • • • 


. Estoicismo. 




c 


Cacomite |||| 


. Esperanza. 


Camelia .... 


. Reconocimiento. 


Campanilla . . 


. Delicadeza. 


Campánula . . . 


. Indiscreción. 


Caña de indias ^{ 


^ . Entrevista. 


Cardencha ***. 


. Beneficencia. 


Cardo ttt . • 


. Austeridad. 


Cardón m . . . 


. Amor maternal. 


Castaño .... 


. Lujo. 


Cedro. . . . 


. Audacia. 


Centaurea || || || . 


. Fidelidad, 


Cereza silvestre. . 


. Duración, 


Césped §§§ . . 


. Utilidad. 


Cilandro ^ . . . 


. Mérito oculto. 


Ciprés. . . . 


. Luto. 


Clavelde poeta 1^* 


\ . Desden. 


Clavel disciplinado 


. Amor sincero. 


Clavel amarillo . . 


. Eesigencia. 


* Quelite común. 




t Alcartaz. 


, 


X Mirto. 




II Yerba de Santa ] 


María. 


^ Esparto. 




** Chinos. 




tt Perritos. 




XX Boje (vulgarmen 


te). 


lili Cacomite ó tig-riUa. 


§§ Coyol. 




*** Cardo de cardar 




ttt Alcaucil. 




XXX Cardencha. 




lililí Azulita. 




§§§ Corteza de parra 




% Culantro. 




f^ Clavellina. 





UN POEMA ÉPICO. 



135 



Clavel pálido . . 


Niñería. 


1 

Floripundio , , , 


, Suspiro. 


Clavero * . . . 


Dignidad. 


Fumaria , , , , 


, Hiél. 


Clemátide . . . 


Artificio. 




G 


Cinco en i-ama . 


Bien querida. 


Gi-amon amarillo * 


, Echar ménoa. 


Ciruelo .... 


Promesa. 


Gatuña , , , , 


, Obstáculo. 


Ciruelo silvestre . 


Independencia. 


G-eranio rosa , , 


, Preferencia. 


Corona de rosas . . 


Recompensa de la virtud. 


G-eranio escarlata , 


, Tontera. 


Culantrillo . . . 


Discreción. 


G-rama , , , , 


, Frivolidad. 


Cicuta . . ; . 


. Bajeza. 


G-ranado , , , , 


, Fatuidad. 


Cizaña f • • • 


. Vicio. 


G-rosellero , , , 


, Pteconocí miento. 




D 


G-uindo , , , , 


, Educación. 


Dalia , , , , , 


, Novedad. 




H 


Dátil , , , , , 


Privación. 


Haya , , , , , 


, Prosperidad. 


Díctamo , , , , 


, G-randeza. 


Helécho , , , , 


, Sinceridad. 


Dedalera , ., , , 


, Ocupación. 


Hepática f , , , 


, Confianza. 


Diente de León , 


Oráculo. 


Heliotropio , , , 


, Embriaguez de amor. 


Durazno , , , , 


, Resistencia. 


Higuera , , , , 


, Ardor. 




E 


Hiniesta | , , , 


, Misantropía. 


Escarchoza J , , 


, Frialdad de corazón. 


Hinojo , , , , 


, Fuerza. 


Escaramujo || , , 


Hombre político. 




J 


Escarola amarga . 


Frugalidad. 


Jacinto , , , , 


, Amabilidad. 


Eléboro , , , , 


Ingenio. 


Jazmín silvestre , 


, Juego. 


Enebro , , , , , 


Socorro. ' 


Jazmín de España 


, Sinceridad. 


Espantalobos , , 


Diversión frivola. 


Jazmín de Virginia 


, Separación. 


Espino majuelo , , 


(Joneordia. 


Junquillo i , , , 


, Deseo. 


Espino albar , , , 


K^peranza. 


Junco campesino , 


, Docilidad. 


Espliego ^ , , , , 


iJesconfianza. 




^ 


Espuela de caballero , 


Ligereza. 


Lampazo ^F , , , 


, Importunidad. 


Estramonio ^ , , 


Encantos engañosos. 


Laurel almendro , 


, Perfidia. 




F 


Laurel franco , , 


, Gloria. 


Fárfara ** , , , 


Justicia. 


Laureola , , , , 


, Deseo de agradar. 


Fragaria ff , , , 


Sencillez. 


Ligustro ** , , , 


, Defensa. 


Francesilla ifl , , , 


Recuerdo doloroso. 


Lila común , , , 


, Primer amor. 


Fresa |||| , , , , 


Bondad. 


Lila blanca , , , 


, Juventud. 


Fresnillo , , , , 


Nacimiento. 


Lino ti , , , , 


, Bienhechor. 


Fresno , , , , 


Grandeza. 


Lisímaquia , , , 


, Divinidad. 


Fritilaria §§ , , 


Poder. 


Lúpulo II , , , 


, Injusticia. 


Flor de pascua ^*!í , 


Sin pretensión. 




M 


Flor de naranjo *** 


Castidad. 


Madreselva , , , 


, ■ Lazos de amor. 


Flor de Muerto ftt 


Pesar. 


Malvavisco |||| , , 


, Desvelo. 
, Rareza. 


* Clavo de especia. 




Mandragora , , 


t Cizaña ó grama. 




Manzanillo §§ , , 


, Falsedad. 


I Eoeío. 

II Zarzarosa. 
§ Alhucema. 




Maravilla purpúrea 


, Coquetería. 




* Raiz del asfódelo. 




% Toloaclie. 




t Especie de anémor 


la. 


** Tusilag'o. 




J Retama. 




tt La planta que da la 


Tesa. 


II Especie de narciso. 




ít Especie de ciruela. 




\ Bardana. 




lili El fruto de la frag-ai 


ia. 


** Ligustro ó alheña. 




^^ Corona imperial. 




tt Linaza. 




*t^ Paño de Holanda. 


- 


\X Hombrecillo. 




*** Azahar. 


• 


lili Altea. 




ttt Cempoalxochil. 




§§ Especie de olivo, 





136 



UN POEMA ÉPICO. 



Maravilla disciplinada 
Maravilla blanca 
Margarita , , 
Margarita reina 
Milenrama , , 
Miñoneta , , 
Moral negro , 
Moral blanco , 
Muérdago * , 

Nabo. . . . 
Naranjo. 
Narciso. . . . 
Ninfea blanca f. 
Ninfea amarilla. 
Nogal. . . . 



Olivo. . . . 
Olmo. . . . 
Ojo de buey. 
Onagra. . . 
Ortiga blanca. 
Ortiga común. 



Timidez. 

Consuelo. 

¿Me amarás? 

Variedad. 

Gruerra. 

Mérito modesto. 

Devocipn. 

Prudencia. 

Parásito. 

Insulsez. 

Generosidad. 

Egoísmo. 

Elocuencia. 

Resfrio. 

Reconciliación. 

© 

Paz. 

Austeridad. 
Segunda intención. 
Fragilidad. 
Rigores. 
Crueldad. 



Pasionaria común X- • Sufrimiento. 

Pasionaria azul. . . Creencia. 

Parra Embriaguez. 

Peonía Vergüenza. 

Peregil Boda. 

Plátano GTenio. 

Pinabete Elevación. 

Pino. Osadía. 

Pina. ...... Perfección. 

Pipirigallo. . . . Agitación. 

Pita II Seguridad. 

Pobo ^ Gemido. 

P demonio Rompimiento. 

Primavera. .... Primera juventud. 



Ramillete **. . . 
Ranúnculo dorado. 
Rapónchigo ff. . 

Retama 

Roble 

Romaza |^. . 



Galantería. 

Perfidia. 

Lisonja. 

Enfado. 

Equidad. 

Paciencia. 



* Muérdago ó lig^a. 

t Cabeza de negro. 

X Flor de la pasión. 

II Maguey. 

§ Álamo blanco. 

** Minutiza. 

tt Especie de Ranúnculo. 

Xt Especie de Acedera. 



Romero. Bálsamo consolador. 

líosal Indiscreción. 

l^osa Belleza. 

Rosa blanca. . . . Silencio. 

Rosa capuchina. , . Union. 

Rosa amarilla. . . . Infidelidad. 

Rosa de cien hojas. . Gracias. 

Rosa del Japón. . . Descuido. 

lí^^bia Calumnia. 

Ruda Razón. 

s 

Salicaria Pretensión. 

Salvia Estimación. 

Sauce llorón. . . . Melancolía. 

Sauzgatillo Debilidad. 

Sensitiva Pudor. 

Siempreviva. . , . Eternidad. 

Tejo Tristeza. 

Tilo Amor conyugal. 

Tomillo Actividad. 

Torongil. .... Dolor. 

Trébol Reposo. 

Trigo Riqueza. 

Trinitaria Pensamiento. 

Tulipán. ..... Declaración de amor. 

V 

Yara de Jesé. . . . Voluptuosidad. 

Valeriana Facilidad. 

Verónica. . . . . Fidelidad. 

Verbena Encanto. 

Violeta blanca. . . Candor. 
Violeta olorosa. , . * Modestia. 

Y- 

Yedra Amistad. 

Yerba de San Juan. . Sortilegio. 

Yerba buena. . . . Calor sentimental. 

Yerba mora. . , . Verdad. 

z 

Zabida * Chachara. 

Zarza Soledad. 



Zarza-rosa. 



Poesía. 



Zarza-penca. . . . Envidia. 

El poeta pasó el resto de la noche en su pol- 
trona, y soñó que era coronado en el capitolio, y 
que marchaba vestido de una túnica azul celeste 
con lina lira de oro en la mano. 

La primera persona que vio al despertar, fué 
á la Trinitaria, risueña, á la cual, contándole lo 
que le habia sucedido, preguntó si no se hallaría 
tal vez burlado por un sueño, y si las flores po- 
dían hablar. 

* Zabila. 



UN POEMA ÉPICO. 



137 



— Yo soy la que te hablaba por boca de ellas, res- 
pondió la Trinitaria; y en lo sucesivo vas á oscu- 
recer á todos tus rivales: los secretos que te lie 
comunicado, y que nadie ha conocido antes que 
tú, van á ser el manantial de toda poesía. 

Santiago besó la mano de la Trinitaria, y le 
pidió permiso j)ara volver á leer los apuntes que 
habia hecho durante la noche. 

Luego que concluyó de leerlos, arrugó el ma- 
nuscrito entre sus manos, y lo arrojó ala cara de 
la Trinitaria, dieiéndole: 

O miserable! ¿Así es como pagas mi hospitali- 
dad? ¿Qué quieres que yo haga con todas esas 
paparruchas? Lo único que me habéis enseñado 
es el lenguaje de las flor es ^ y hace mas de mil años 
que fué inventado en Persia por un académico 
de Bagdad. Los muchachos se mofarían de mí, 
si les hablase de semejantes frioleras. Debéis sa- 
ber que nosotros hemos cambiado todo eso: las 
flores tienen ahora otro significado, y para comen- 
zar por vos, diré que sois una vieja ingrata. Hace 
largo tiempo que los sabios descubrieron vuestro 
verdadero origen, y ahora se ocupan de decidir 
cuál es la flor que debe representar el fenómeno 
de la inteligencia, llamado pensamiento: por lo 
que hace al otro fenómeno que se llama memoria, 
tenemos á la Vellosilla. 

La madre de Santiago, acudiendo al ruido, su- 
po de lo que se trataba, y prudentemente puso á 
un lado los huevos y el café con leche que habia 
preparado para la viagera. — Querida, le dijo, nos 
la queréis pegar con vuestro lenguaje de las flo- 
res. ¿Creéis acaso que somos tan faltos de juicio, 
para permitir que nos contéis de esa especie? 
Bien se conoce que sois una intrigante, á quien 
debemos echar fuera de casa; pero antes, para 
haceros ver que no se nos engaña con la facilidad 
que habéis creido, voy á referiros una historia. 
Escúchame, hijo, y sabrás por qué razón se con- 
geló á tu padre la punta de la nariz. 

En seguida la madre de Santiago comenzó la 
siguiente relación: 

II 

PRUEBAS DE QUE EL LENGUAJE DE LAS FLORES 

PUEDE HACEPv, PERDER A UN HOMBRE LA PUNTA 

DE LA NAFV.IZ. 

Yo amaba á Santiago, y Santiago me amaba. 
Jóvenes, hermosos y sensibles ambos, nos habla- 
mos prometido vivir el uno para el otro. Por 
desgracia la voluntad de nuestros padres nos se- 
paraba, y nuestro único consuelo era escribirnos. 

La madre dio un suspiro, y después continuó 
su relación. 



O querida mia! me dijo un dia Santiago: nos 
hallamos rodeados de acechanzas. ¡Quién sabe si 
al fin descubrirá alguno el hueco del haya en don- 
de esTJondemos nuestras cartas amorosas! Con 
el fin de que ninguna mirada indiscreta llegue á 
penetrar nuestros misterios, te traigo este librito, 
que te enseñará un lenguaje nuevo, desconocido 
del vulgo. Aprende á leerlo, y sobre todo á es- 
cribirlo correctamente. 

Yo tomé el libro en mis manos, cuyo título era: 
Curso del lenguaje de las flores, en doce lecciones. 

¡Con qué ardor no me dediqué yo á este estu- 
dio! Al principio no parece ser muy difícil el 
lenguaje de las flores; el verbo solo tiene tres per- 
sonas; la primera, la segunda y la tercera; yo, 
tú, él. 

Se conjuga de esta manera: 

Yo amo: Se presenta horizontalm'ente la floy 
con la mano derecha. 

Tú amas: Se presenta la misma flor con la 
misma mano, pero inclinada hacia la izquierda. 

El ama: Se presenta la misma flor con la ma- 
no izquierda. 

Dos flores indican el plural, y una flor boca aba- 
jo la negativa; así: un Gamón amarillo boca abajo 
y el tronco en el aire, significa: no os echo menos. 

Los tiempos son tres: el pasado, el presente y 
el futuro. El presente se indica ofreciendo la flor 
á la altura del corazón; él pasado^ presentándola 
con el brazo inclinado hacia el suelo; y elficturo 
elevándola á la altura de los ojos. 

Si se trata de un sustantivo en vez de un ver- 
bo, se conjuga la flor con un auxiliar; por ejem- 
plo: el Jacinto es el símbolo de la amabilidad: 
ofrecido rectamente con la mano derecha, signifi- 
ca: os encuentro amable; inclinado á la izquierda 
con la mano derecha; me encontráis amable. 

Pronto grabó el amor estos principios en mi 
memoria. En el verano un ramillete prendido 
en mi seno le indicaba todos mis pensamientos; y 
en el invierno, cuando las flores nos faltaban, el 
nombre de ellas, escrito en el papel, nos informa- 
ba del estado de nuestros negocios. En un in- 
vierno que Santiago tuvo que ir á Paris para ver 
á uno de sus tios, de quien dependía nuestro ma- 
trimonio, me escribió una carta que todavía ten- 
go muy presente. 

"Nada puede el Agenjo contra la verdadera 
" Acacia. Bien sabes que tengo Aro Serpentario 
" al Arándano, y que no conozco al Sauzgatillo. 
" Ten Anémona hepática, pues tu Acacia está en 
" pita. Aleja toda Flor de Muerto, y piensa en la 
" Artemisa de vernos." 



138 



UN POEMA ÉPICO. 



"Arrayan á la altura de mi corazón, y Arrayan 
" á la altura de mis ojos eternamente." 

"Santiago." 
No tuve necesidad de acudir al diccionario 
para traducir esta carta: 

"Nada puede la ausencia contra el verdadero 
" amor. Bien sabes que tengo horror á la trai- 
" cion y que no conozco la debilidad. Ten con- 
" fianza, pues tu amor está seguro. Aleja todo pe- 
" sar, y piensa en la felicidad de vernos." 
"Te amo y te amaré eternamente." 

"Santiago." 
Esta carta cayó en manos de mi tutor; pero no 
halló en ella mas que indicios de nuestro fogoso 
amor. 

Yo bendecía el lenguaje de las flores, y lo es- 
tudiaba con mayor empeño cuando me era nece- 
sario privarme de mi esposo, ó Santiago, y tú de 
tu padre. 

Aquí Santiago tuvo que enjugarse las lágrimas. 
Algunas flores abren su corola á cierta hora 
determinada del dia, y la cierran á otra hora 
también determinada. El naturalista Lineo for- 
mó sobre este particular una tablilla, por medio 
de la cual se cuentan las horas en la lengua de 
las flores. 

El Cardón de flores grandes. 
La Cerraja de Laponia. 
La Escorzonera amarilla. 
La Malva blanca. 
La Verdolaga de azotea. 
La Corregüela silvestre. 
La Oreja de ratón. 
La Flor de Muerto pluvial. 
La Anagalida roja. 
La Flor de Muerto silvestre. 
La Escarchosa de Ñapóles. 
La Leche de gallina. 
La Escarchosa glacial. 
El Clavel prolífero. 
La Pelosilla blanca. 
El Diente de León. 
El Aliso triguero. 
La Maravilla blanca. 
El G-eraiiio triste. 
La Adormidera lisa. 
El Albohol recto. 
El Albohol lineal. 
La Yerba cana. 
La Ortiga común. 
Recuerdo que me costó mucho trabajo apren- 
der esta tablilla, y lo mismo me sucedió con los 



Doce de la noche. 
La una 

Las dos. . . . 

Las tres. 

Las cuatro. 

Las cinco. 

Las seis. 

Las siete. 

Las ocho. 

Las nueve. 

Las diez. 

Las once. 

Doce del dia. 

La una. . 

Las dos. 

Las tres. 

Las cuatro. 

Las cinco. 

Las seis. 

Las siete. 

Las ocho. 

Las nueve. 

Las diez. 

Las once. 



dias y los meses. Santiago me habia prometido 
que por lo que toca á los dias, cada uno era li- 
bre de formar un calendario conforme á su gus- 
to. El nuestro era el siguiente, que podrá servi- 
ros, agregó la madre, dirigiendo una mirada ma- 
ligna á la Trinitaria. 



SEMANA DE 


FLORES. 


Lunes. . . 


Lechuguilla. 


Martes. . . 


Apio. 


Miércoles. . 


Espinaca. 


Jueves. . ■. 


Lila. 


Viernes. 


Ciprés. 


Sábado. . . 


Junquillo. 


Domingo. . 


Alelí. 


CALENDAR.IO 


DE FLORES. 


Enero. . . . 


Eléboro negro. 


Febrero. 


Torvisco. 


Marzo. . . . 


Soldanela. 


Abril. . . . 


Tulipán oroloso 


Mayo. . . . 


Ulmaria. 


Junio. . . 


Adormidera. 


Julio. , . . 


G-enciana. 


Agosto. . . . 


Escabiosa. 


Septiembre. 


Pan porcino. 


Octubre. 


Hipericon. 


Noviembre. . . 


Junquillo. 


Diciembre, . . 


Onagra. 



Tu padre regresó de Paris, y mi tutor me te- 
nia encerrada. Yo deseaba ardientemente saber 
los resultados de su viage; reduje, pues, á uno de 
mis guardianes, y escribí á Santiago la siguiente 
carta: 

"Estoy llena de Aloe y Balsamina, y es necesa- 
" rio que nos procuremos una Caña de Indias á 
" toda costa. Mi tutor me asegura que solo de- 
" bo esperar de tí la Anémona cultivada; pero 
" tengo el Espino Albar de que esto será una Bor- 
" raja infame. ¡Cuánto no he sufrido desde nues- 
" tro Jazmin de Virginia! Tu presencia me pro- 
" curará el Trébol, y ninguna Clemátide volverá 
" á turbar nuestra Rosa capuchina. Te espero 
" detras de las paredes de la casa arruinada á la 
" Escorzonera amarilla en punto." 

Lo cual quiere decir: 

"Estoy llena de impaciencia y amargura, y es 
" necesario que nos procuremos una entrevista á 
" toda costa. Mi tutor me asegura que solo debo 
" esperar de tí el abandono; pero tengo la esperan- 
" za de que esto será una mentira infame. ¡Cuán- 
" to no he sufrido desde nuestra separación! Tu 
" presencia me procurará el reposo, y ningún ar- 



mmmt 



UN POEMA ÉPICO. 



139 



" tificio A'olverá á turbar nuestra unión. Te es- 
" pero detras de'las paredes de la casa arruinada 
" á las dos en punto." 

Toda mi vida recordaré que esto pasó un Ci- 
prés de Eléboro negro, ó seaunTiérnes en el mes 
de Enero. 

Me encaminé hacia las paredes de la casa ar- 
ruinada, y llegué un poco antes de la Escorzone- 
ra amarilla, es decir, antes que hubiesen sonado 
las dos de la tarde en el campanario. Esperé 
una, dos, tres horas, y ninguno parecía: llamé á 
Santiago, y el eco solo respondía á mis gritos. 
Viendo que se acercaba la noche, volví á casa de 
mi tutor creyéndome abandonada, y resuelta á 
quitarme la vida. 

Acusé á tu padre de infidelidad, ó Santiago, y 
la única culpable era yo, ó por mejor decir, el 
lenguaje de las flores. 

Como no tenia yo á la mano un veneno bastan- 
te sutil, dejé mi suicidio para el dia siguiente. 
Dichosa inspiración! pues al siguiente dia supe 
que los pastores hablan encontrado, al amanecer, 
á un hombre helado tras de las parederes de la 
casa arruinada, y este hombre era tu padre. 

En vez de escribirle: Te espero á la Pelosilla 
Blanca .que señala las dos de la tarde, le cité á la 
Escorzonera amarilla, que señala las dos de la ma- 
ñana. 

Poquísimo faltó que el lenguaje de las flores 
causase la muerte de tu padre y de tu madre; y 
esto prueba hasta qué punto puede arrastrarnos 
el estudio de las lenguas, y esplica al mismo tiem- 
po la causa de que tu padre tuviese desde enton- 
ces la punta de la nariz helada; circunstancia que 
no impidió fuésemos dichosos, y tuviésemos un 
hijo. 

Santiago se precipitó llorando en los brazos de 
su madre. 

Ahora que ya he hecho ver á esta miserable 

que sé mas que ella, dijo la vieja mirando á la 

Trinitaria con aire amenazador, déjame, hijo mió, 

. ir á buscar el mango de mi escoba para echarla 

noramala. 

Pero la Trinitaria no esperó el regreso de la 
vieja, y se escabulló consternada. 

Santiago solo de pensar en el engaño de que 
habia sido víctima, se enfermó de ictericia; pero 
siempre continúa buscando la idea que debe ha- 
cerlo ministro ó primer camarero del rey. 

El lector hallará en el curso de esta obra los 
elementos del lenguaje de las flores, hablado hoy 
por hombres de imaginación como Santiago. 



'm. 



EL PRESTAMISTA. 

Pidióle á un comerciante un conocido suyo 
mil reales prestados, y al momento abrió su es- 
critorio, y le dio un bolsillo, el que cogió y guar- 
dó sin mirarle. El comerciante que le observa- 
ba, se lo pidió para ver si efectivamente le habia 
dado la suma que le habia pedido; y apenas se lo 
dio, lo metió en su escritorio diciéndole: Amigo 
mió, no hay nada ya de lo dicho, pues un hom- 
bre que recibe prestado sin contar, da pruebas de 
que no piensa volverlo. 



EL BOTICARIO. 

Un filósofo decia que los boticarios ,son como 
los ciegos con lazarillos cortos de vista, pues no 
hacen mas que dar drogas que conocen bien poco 
á cuerpos que conocen aun menos: el ciego marcha 
por donde le llevan, y el lazarillo, si ve por don- 
de va, no conoce las calles, no sabe á dónde con- 
duce, y no hace mas que dar vueltas sin tino ni 
destino. 



EL SONAMBULO. 

Un sargento de granaderos soñó una noche 
con una de sus gloriosas batallas, donde creyó 
hallarse mientras que estaban durmiendo en com- 
pañía de su muger, y en el momento en que esta 
despertó asustada á los gritos de: Avancen á ellos 
por el flanco derecho, la sacudió tal puñetazo en 
un ojo, que se lo saltó, y forcejeando con él, caye- 
ron los dos de la cama. 



LOS ABOGADOS. 

Hace mucho tiempo que los abogados están en 
posesión de decirse injurias, y en tiempo de los 
romanos se insultaban frecuentemente en los tri- 
bunales con las espresiones mas burlonas y san- 
grientas. Uno estaba un dia haciendo la defen- 
sa de un pleito con muchas voces, y le dijo el 
contrario: Desearla saber por qué ladráis tan fuer- 
te. — Es que veo un ladrón, le respondió. 



RESPUESTA MERECIDA. 



Un empleado público, qixe se habia hecho cul- 
pable de muchas infidelidades en Macedpnia, 
sufria lleno de impaciencia que le llamasen trai- 
dor por todas partes, y un dia se presentó al rey 
quejándose de semejante tratamiento. — Sí, sí, no 
lo estraño, porque los macedonios, le i-esponde el 
príncipe, son tan groseros, que llaman á todas las 
cosas por sus nombres. 




¿ÍST. 



O ves el sauce en el bosque umbrío, 
Insignia de dolor, árbol de duelo, 
Inclinando sus hojas hacia el suelo, 
Es de la selva el mas hermoso ser? 
En sus ramas saludan á la aurora 
Los pintados gilgueros con sus cantos, 
Y sus dulces gorgeos mil encantos 
Añaden á aquel sitio por dó quier. 



El Sol da vida á su robusto tronco; 
La fresca brisa con placer le mece; 
La tórtola en sus ramas se adormece 
De Febo triste al lánguido fulgor. 
Ay! y no piensa que le hiera el rayo, 
Ni del tiempo la cruda mano aleve. 
Ni que el torrente tras de sí le lleve, 
O el huracán le arranque destructor. 



Pero el destino del modesto sauce 
Es perecer. — El cielo se encapota; 
La lluvia se desprende gota á gota, 
Y ruge enfurecido el Vendaval. 
Trémulo el sauce su ramage inclina 
Al impulso del Ábrego inclemente; 
Se doblega, se troncha, y la corriente 
Lo arrastra sepultándolo en el mar. 



Así, madre, mi vida marchitóse; 
Así mis esperanzas fenecieron: 
Mis ensueños de amor, ay! así fueron, 
Arrancados al soplo del dolor. 
Triste vacío, horrible sufrimiento, 
Languidez y fastidio mi alma siente; 
El huracán de mi pasión ardiente 
Mi corazón por siempre marchitó. 



Todo, madre, acabó; nada me importa 
Que un espléndido Sol alumbre el dia, 
Ni conmueve tampoco el alma mia 
La Luna con su pálido brillar. 
Vago en el mundo, indiferente y fria; 
Ningún suspiro basta á enternecerme, 
Ni lágrima ninguna. El pecho inerme 
Permanece cual duro pedernal. 



Insensible ya soy á los dolores, 

Y no me escita con su brillo el mundo: 
Solo miro en los hombres barro inmundo, 

Y falacia y mentira en el amor. 
Siempre insensible, aislada, solitaria 
Pasaré por el mundo indiferente; 

Solo á tí, madre, á tu cariño ardiente . 
Consagraré por siempre el corazón. 
MARÍA. 



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c6) c/'iSV. €^^ _.^®^o (So 




MMii^^m^ ^msíMimsí^ 



QO 



C^U/iií/C 



PARTE PRIMERA. 



BjN la interesantísinia obra de D. Tadeo Ortiz, 
titulada: "México considerado como nación inde- 
pendiente, &c." por desgracia no tan conocida 
como merece y fuera de desearse, en un capítulo 
consagrado á dar idea de los escritores y artistas 
mexicanos, desde el siglo XV hasta nuestros dias, 
encontramos el nombre de D. Francisco de Soria, 
modesto poeta dramático, que floreció en el siglo 
XVIII, y compuso el Qaillermo, la Genoveva, la 
Mágica Tuexicana, y algunas otras comedias que 
no menciona el Sr. Ortiz. 

Son tan pocos entre nosotros los escritores dra- 
máticos; ha habido tanta negligencia en las in- 
vestigaciones sobre esta materia, que hasta estos 
últimos tiempos no nos ha sido conocido Alarcon 
como poeta mexicano, que aunque floreció en Es- 
paña, hizo en México sus estudios, y ya fué á Ma- 
drid graduado de doctor. 

En las Tardes americanas de Pr. José Joaquín 
Granados, se habla también, elogiándolo como 
poeta dramático, de D. Agustín de Salazar; y Or- 
tiz menciona á Vela entre los autores de come- 
dias dignos de renombre. 

Varias han sido las indagaciones que hemos 
hecho, todas infructuosas, para saber algo relati- 
vo á las vidas y á las obras de Vela, Salazar y 
Soria. 

Una feliz casualidad puso en nuestras manos 
el Gruillermo y la Genoveva del último, y nos pro- 
ponemos por ahora dar á conocer la primera de 
TOM. I. — VII. 



estas comedias, por el interés que pueda tener pa- 
ra la literatura del pais. 

Sensible es que no se haya encontrado la Má- 
gica mexicana, pues por su título creemos que 
ella se referiría á las costumbres nacionales, y es- 
to haria subir de punto su mérito. 

No nos proponemos, al censurar el Guillermo, 
hacer alarde de severa crítica, notando los innu- 
merables defectos que contiene el plan en gene- 
ral, sus mal eslabonadas escenas, sus caracteres 
y aun su versificación. 

Sabido es que con Solis se cierra el catálogo 
de los dramáticos españoles del siglo de oro, y 
después hasta Zamora y Cañizares, no se encuen- 
tra, en el siglo XVIII, ningún autor digno de 
llamar la atención. 

En esta época de decadencia y estragado gus- 
to, tocó la mala suerte de escribir á nuestro D. 
Francisco de Soria; y como es de suponerse, sus 
obras se resienten de todos los defectos literarios 
de que -su época adolecía. 

El Guillermo es, propiamente hablando, una 
comedia heroica, y puede aplicarse en su vista á 
Soria lo que decia Martínez de la Rosa al ha- 
blar del mérito de Moreto en esta especie de co- 
medias, esto es, que deliró como todos, ^porqzie no 
cahia otra cosa. 

En nuestro autor se nota elevado ingenio y 
gallardía, desfigurado con los afeites de un esti- 
lo que, sin tener la ingeniosa valentía de Calda- 



142 



DON FRANCISCO DE SORIA. 



ron, estaba plagado de todas sus estravagancias. 

El crítico que ya liemos citado, pinta con su 
profunda maestría la corrupción literaria, en su 
apéndice sobre la comedia, en estos términos: 

"Mas cuando por desgracia se remontaban 
nuestros dramáticos basta las nubes, perdiéndo- 
se en los espacios imaginarios, todo debia resen- 
tirse naturalmente de la región vacía en que va- 
gaban; anteponían los conceptos sutiles ó hincha- 
dos, por no parecer llanos ni triviales; alzaban la 
clavija del estilo hasta que sonaba agudo y diso- 
nante; descoyuntaban el lenguaje, para que se 
mostrase digno de tan sublimes asuntos, y des- 
deñando como plebeya la versificación sencilla y 
fácil, apenas se contentaban, para espresar sus 
conceptos alambicados, con la pomposa octava ó 
el artificioso soneto." Esto conviene esactamen- 
te á Soria. 

Después de la salva que por vía de introduc- 
ción hemos hecho á nuestro autor, con toda la 
indulgencia de paisano mexicano, justo es dar 
idea de su comedia sin mas interpretaciones ni 
comentarios. 

La escena comienza con la boda espléndida de 
Carlos, hermano de Guillermo, duque de Aqui- 
tania, con Matilde, dama distinguida de aquellos 
estados. 

Durante el festin, Gruillermo se muestra triste 
y taciturno; la música irrita el estado de su al- 
ma; dentro de sí consiente en lisonjear la pasión 
que acaba de concebir por su cuñada. Cáesele á 
ésta una liga en el baile; quiere recojerla Carlos; 
dispútala el duque; interviene el obispo en favor 
del marido, y el cortejo lo agobia á dicterios y á 
injurias. 

El duque era un estuche de curiosidades; cor- 
rompe á un subdito, y trata de robar á la esposa 
de su hermano. 

Efectúase el rapto: de los brazos del infeliz es- 
poso arrebatan á su apreciada Matilde, y Carlos 
jura sobre la cruz de su espada vengar ¡tanto bal- 
don, tamaña afrenta! 

Presa en el palacio de Gruillermo, á discreción 
de su lascivia infame, permanece Matilde fiel á 
su honor, y resiste al duque, que con el atractivo 
de su casto desden, se entrega verdaderamente 
al frenesí. 

Eleonora, esposa del noble seductor, malicio- 
sa de los estravíos de su consorte, trata de con- 
vencerse de la dolorosa realidad; y mientras Car- 
los convoca gente para invadir los estados de 
G-uillermo con el objeto de salvar á bu nueva 



Elena, Eleonora se pasea solitaria en los corre- 
dores interiores de palacio, con tan rara atingen- 
cia, que se acerca sin quererlo al apartado retre- 
te en que el duque tenia oculto el mal habido en- 
canto de su corazón. 

Eleonora llega al indicado aposento en los mo- 
mentos en que Guillermo, atrepellando todo res- 
peto, y después de haber agotado todas las ter- 
nezas, recibiendo en cambio todos los desprecios, 
toma la mano de Matilde, y . . . . la suelta porque 
Eleonora le ofrece la suya. Ya debemos supo- 
ner que el despabilado duque no estaba de humor 
de cambios, ni mucho menos de recibir semejan- 
tes visitas. Pero el hombre, que no se ahogaba 
en un dedal de agua, y que por lo visto era capaz 
de plantar una fresca al lucero del alba, recibe á 
su muger diciéndole: 

"Furia infernal ó muger, 

Basilisco de mi vida, 

¿De dónde saliste ahora 

A ser infeliz arpía. 

Que mis gustos embaraces? . . . , " 
El fin de este diálogo es la prisión de Eleo- 
nora; pero como no hay gusto cumplido, apenas 
Guillermo se dispone á volver á sus acaloradas* 
instancias, cuando el obispo pide permiso para 
hablarle dos palabras. Ahí fué Troya: el obispo 
sufre la tempestad completa de sus iras, que lle- 
gan hasta tomarlo por los cabellos, derribarlo y 
ponerle el pié encima. El Guillermo era una 
alhaja de valía! Su lUma. derrengado y asaz 
molido, apenas puede levantarse y decirle que no 
se trata así la dignidad Pontificia. En estas es- 
tán, cuando se muda el teatro en campiñas, y sale 
fray Bernardo solo. 

Bernardo, que según hemos podido inferir, era 
el santo partidario de Inocencio II, tan influen- 
te en favor suyo durante el cisma que sufrió la 
iglesia en 1130 por el nombramiento de Añáde- 
te; que persuadió á Luis el Grueso de Francia y 
á Henrique I de Inglaterra; que tronó en los 
concilios victorioso en favor de aquel sucesor de 
San Pedro; es el mismo que aparece deseoso de 
convertir á Guillermo, que desconociendo á Ino- 
cencio, rehusaba restituir á los obispos en sus do- 
minios. 

Cuando va implorando la gracia del cielo para 
conseguir sus fines, acércase Carlos con sus tro- 
pas; trábase la lid. Carlos defiende la causa de 
Inocencio; Guillermo á Anacleto: tocan á embes- 
tirse, y al acometerse, aparece Bernardo tratan- 
do de impedir la fratricida lucha. 



DON FRANCISCO DE SORIA. 



143 



■ (xuillermo propone á su hermano una capitu- 
lación honrosa en estos términos: 1 ? Volverle 
á su muger cuando él quisiere. 2 ? Que Car- 
los lo habia de ayudar contra Anaeleto. 

Carlos resiste: vienen los combatientes á las 
manos; y á poco los fugitivos soldados de Garlos 
publican la victoria de Gruillermo, y el marido, 
aunque está para sufrir unos tras otros los reve- 
ses, renueva con brío su juramento de venganza. 

Ño se durmió sobre sus laureles Guillermo; 
no, señores: aprovechó su tiempo y duplicó sus 
solicitudes con Matilde de un modo tan ecsigen- 
te, que hallándola en el jardin sola, indefensa, 
después de tomar su mano, de comprimirla con 
transporte contra su seno, le dijo: Escoje entre 
"Remediar la pena que me aflije, 
"O ver las flores llenas 
"Del rojo humor de tus ingratas venas." 

La joven en tan duro conflicto, suplica, se de- 
fiende; pero ¡oh debilidad femenina! se desmaya, 
y . , , . el duque interrumpe su relación, porque 
viene gente, y hace bien de llegar: el espectador 
habria sabido lo que al fin sabe Carlos, por aque- 
llo de que el último que sabe las cosas es el señor 
de la casa. 

Armase entre tanto, no se dice por quién, una 
conspiración contra la vida del duque, que, como 
para descansar de sus fechorías, despacha á dos 
cristianos al otro mundo en un abrir y cerrar de 
ojos. En los momentos en qué la conspiración 
estalla, cuando el puñal asesino está sobre su pe- 
cho, cuando grita un faccioso enfurecido: "Muera 
el duque," se oye una voz misteriosa: "No mori- 
rá." A su eco se transforma la escena en un 
espeso bosque, y aparece un peregrino con una 
hacha conduciendo al duque. 

El peregrino lo pone en via de ver á S. Ber- 
nardo, y desaparece dejándolo atónito. Reco- 
brado de su sorpresa, diríjese á Bernardo, y és- 
te lo persuade á que abrace la causa de Inocen- 
cio II. Interrumpe esta conferencia el ejército 
de Carlos: repítese la lid; triunfa segunda vez 
el duque, y aparece Carlos cubierto de mortales 
heridas y sin tener quién lo socorra. Pero Ma- 
tilde se aparece vestida de labradora, y Carlos 
lleno de admiración y de ternura, va á arrojarse 
en sus brazos; pero antes, y como pregunta suel- 
ta, le dice el esposo desventurado: 
"¿Vive mi honra, Matilde? 
{Pónese Matilde la mano en los qjos.) 
"No hablas? Válgame el cielo! 

"Callas, y lloras? Ay, Dios! 

"Qué presagio tan funesto!" 



Carlos después de esto quiere matar á Matilde, 
y Matilde, en vez de desmayarse, como podia ha- 
cerlo legalmente, no como con el duqixe, insta por 
que la maten llena de fervor; pero al fin se van 
ambos al monasterio de Fr. Bernardo. No tar- 
dan en participar todo esto á Gruillermo, que re- 
cibe la noticia al mismo tiempo que una carta de 
Inocencio, en que le dice que si no restituye sus 
sillas á los obispos, lo eseomulgará de nuevo y ad- 
judicará sus estados á Carlos. G-uillermo fre- 
nético y vomitando sangre y esterminio, marcha 
contra Bernardo, representante de Inocencio. 

Múdase la escena: aparece la iglesia de Ber- 
nardo y éste arrodillado ante el altar de la Vir- 
gen María. — Canta la música. 

A poco tiempo llegan Carlos y Matilde, y tras 
ellos la noticia de que Gruillermo viene á destro- 
zarlo todo: Bernardo confia en Dios y tranquili- 
za á los que le acompañan. 

Aparece el duque, ecshorta á sus soldados, to- 
can alarma, sacan los aceros, y desafiando ai mun- 
do entero, grita colérico Gruillermo: 

"¿Quién contra tanto poder 
"Puede aventurar sus fuerzas? 
"¿Quién contra tanto valor? 
"¿Quién contra tanta soberbia?" 

\_Dentro Bernurdo:'] 
"El soberano Señor 
"De las cielos y la tierra." 

"En diciendo esto Fr. Bernardo, se abren las 
"puertas de la iglesia, suenan campanillas y músi- 
"ca, y sale revestido con capa de coro y una custo- 
"dia en las manos. Cuatro ángeles (que son los 
"que cantan) alumbran con hachas, acompaña- 
"miento con luces, monacillos, &e. &e. 

"Cantan — Te Deum laudamos." 

"El duque se queda pasmado, y se le cae el 
sombrero." 

Gruillermo sobrecogido cae en tierra. ^ 

Bernardo le ecshorta, y desparece después de 
haber efectuado la prodigiosa conversión del du- 
que. Este se reconcilia con su esposa. Carlos se 
acoje á la religión de San Bernardo, sin duda re- 
cordando los desmayos de su cara mitad, y Ma- 
tilde profesa de religiosa. 

"Y aquí dio, senado ilustre, 
"Fin la primera tragedia 
"Del gran duque de Aquitania: 
"Perdonad las faltas nuestras." 

El estilo de esta composición es, como dijimos 
al principio, generalmente campanudo, ampolla- 



144 



DON FRANCISCO DE SORIA. 



do y de pésimo gusto; pero cuando el autor se 
descalza el forzado coturno, cuando da libre rien- 
da á su vena fácil y flecsible, entonces reconoce- 
remos las buenas dotes que le hemos confesado. 

Sirvan de ejemplo estos cuentos que dice el 
gracioso, y nos recuerdan insensiblemente á Cal- 
derón, á Tirso y á Moreto. 

Arnaldo, personage episódico, se lamenta de 
que Matilde se case, porque él la amó mucho 
tiempo, con esperanza de poseerla algún dia. 

Arn. — "Ay! infelice ¿qué haré 

"Sin sosiego y sin sentido 
"Con todo mi bien perdido? 
Chas. — "¿Qué harás. ..% Yo te lo diré: 
"Criaba con grande esperanza 
"De hacer con ellas mil pruebas 
"ün hortelano unas brevas 
"Para fiesta de su panza. 
"De dia en dia el jumento 
"Iba á verlas, y decia: 
"Aun les falta todavía. . . . 
"Volviéndose á su aposento. 
"Un dia que amaneció 
"Determinado á cortarlas, 
"Se fué al árbol á buscarlas; 
"Pero pelado lo halló; 
"Y para realce del chiste 
"Grrabado el tronco tenia 
"Un letrero que decia: 
'•'•Fara mí las freveniste}'' 

Eleonora trata de indagar con Chasco el para- 
dero de Matilde, y para comprometerlo le dice: 

"Dime lo que en esto sabes, 
"Que de tu medra y provecho, 
"Chasco, verás si me encargo. 
Chas. — "Vuestra Alteza está engañada. 
"Yo, señora, no sé nada, 
"Y oiga un cuento no muy largo: 

"Un relox de Sol un dia 
"Mostró un galán á una dama, 
"Que aunque en su amorosa llama 
"Fino al parecer ardia, 
"Siempre en promesas prolijo 
"Y nunca en dar liberal, 
"Erraba el punto esencial. 
"Tomólo la dama y dijo: 
"Curioso el relox está; 
"Mas un defecto padece. 
"Dijo el galán: ¿cuál es ese? 
"Que señala, mas no da." 

¡Cuánta naturalidad! ¡Cuánta fluidez! ¿Por 



qué esclavizó nuestro Soria su hermoso ingenio 
en esos comediones insípidos y disparatados? Ese 
pincel, aplicado á la descripción de las costum- 
bres, ¿no es cierto que habria producido bellísi- 
mos cviadros? 

Cuando aparece Bernardo en su capilla rodea- 
do de luz, entre nubes de incienso, la música, sus- 
pira este canto: 

"Bernardo su.blime, 
"Que á la cumbre llegas 
"De la mayor dicha 
"Que se vio en la tierra, 
"De María gustando . 
"El precioso néctar, 
"Que humanado y niño 
"A Dios alimenta, 
"Desde hoy mas felice 
"Se verá tu lengua, 
"De dulzura asombro, 
"Pasmo de elocuencia." 

Seria imposible, á no ser transcribiendo aquí 
gran parte del Gruillermo, enumerar todas las be- 
llezas que en nuestro concepto contiene, y coloca, 
con otras de sus obras, á Soria entre nuestros 
poetas dramáticos dignos de mención. — Gr. P. 




¡O muerte, ven! Tú sola mi consuelo 

Y esperanza eres en la triste vida, 
Que la llama que tengo aquí encendida 
Apagar pueda de tu aliento el hielo. 

¡Ven! yo te invoco, que imprimir anhelo 
Un ósculo en tu faz descolorida, 

Y dejar en tus labios desprendida 

Mi ecsistencia infeliz de acerbo duelo. 

¡Ven! que g'oce en tus brazos deseados 
Del sueño eterno lánguido beleño; 

Y queden en tu seno sepultados 

Los lúgubres recuerdos de mi dueño. 
Dejando para siempre simiergido 
Mi horrible padecer en el olvido. 

Ignacio Pérez Gallardo. 








^ mi fx\m^$ ^m @o$í ^^U$ia$. 



V EN, pobre lira, y de tus cuerdas de oro 
Blandos acordes presta á mi agonía. 
Ven, pobre lira, que endulzaste un dia 
Mis crudas penas y mi amargo lloro. . . , 
Cuando del mundo en la mansión odiosa 
Buscaba ¡ay triste! compasiva mano, 
Del mismo mundo la insultante grita, 
Siempre cruel y con orgullo insano, 
De mi doliente ruego se burlaba 
Cuando en el pecbo su aguijón clavaba! 
Ay! es en vano que el ardiente llanto 
Intente contener, cuando á raudales 
Vierten mis ojos lágrimas de sangre! . . . 
Lloremos! . . . que las lágrimas consuelan 
Al mortal agobiado por sus males! 
Mis creencias cual bumo disipadas. 
Sin halagos que al mundo me sujeten .... 
¿Qué es para mí la vida? 
Triste cadena de ilusiones muertas; 
Dechado de esperanzas siempre yertas! 
Busqué en la gloria, con afán ardiente, 
Tibio consuelo de las penas mias; 
Mas de este mundo las miradas frias 
El volcan apagaron de mi mente. 
Cuando en amores ¡insensato! puse 
Necia esperanza de completa dicha, 
En vez de amor divino. 
Tan solo hallé fatídica desdicha. 
Ealsas beldades, de atractivos llenas. 
Con su hermosura traficando viles, 
Mi vida que era un mundo de ilusiones 
Ajaron con bastardas sensaciones! .... 
Y murieron, murieron una á una 
Reduciendo á la nada mi ecsistencia. 
Como unde triste noche al firmamento 
La luz velando de la triste Luna. 



A veces la esperanza, don del cielo. 
De suerte mas felice me alimenta, 

Y aguardo, como aguarda el navegante, 
Dulce calma después de la tormenta; 
Mas, al punto rasgado el denso velo 

, Que la verdad oculta. 
En hórrido antro oscuro me sepulta! 
Ah! ¿qué es la vida del mortal cuitado 
Que llora inútilmente su abandono? 
Preñada nube de martirios lentos 
Que desgaja el destino con encono. 
Esos hombres que gozan y que rien, 
Que nunca miran enlutado el cielo, 

Y esa turba de imbéciles que vive 
Cual ecsótica planta en este suelo, 
¿Comprenden el dolor y amargo duelo 
Del que incesantemente un hondo abismo 
Bajo sus plantas tiene? .... 

No! porque allá en Oriente asoma puro 
Para ellos luminoso el Sol divino, 

Y nunca pasa de color oscuro 
Horrible y densa nube en el camino 
De su tranquila vida! 

¿Qué importa que contemple ya perdida 
La dulce paz del alma, el desgraciado? 
Nada! La sociedad de sus dolores 
Será testigo indiferente y frió, 

Y á veces con sardónica sonrisa. 
El mal interpretando á su albedrío, 
"Sufre, necio, dirá, porque tus males 
Son hijos de tu loco desvarío." 

Ah! demencia llamáis al fuego sacro 
Que el corazón incendia, 

Y que de Dios al trono omnipotente 
El alma eleva en alas de lamente! .... 
El noble orgullo del que nunca quiso 



146 



ILUSIONES PEEDIDAS. 



De vil lisonja recoger el fruto, 

Que siempre altivo y con serena frente 

No supo delincuente 

Transigir con el vicio y la impostura, 

¿Merece que lo marque la locura? .... 

Sociedad! Sociedad! al maldecirte 

Mi razón triunfará de tu injusticia. . . . 

Mis entrañas cual otro Prometeo 

Supiste, horrible buitre, 

Desgarrar con satánica malicia. . . . 

Mas, ay! ¡cuan cerca miro la victoria! 

Que si vencido fui por un instante, 

De Dios desde el alcázar rutilante 

Una voz me dirá: "La frente eleva 

Bañada en luz divina, 

Y ciñe ¡ó mártir! fúlgida corona 

Humíllate ante mí, sin sonrojarte 
Que soy del justo salvador baluarte!" 
Entonces de mi Dios allá en el seno 
Feliz alcanzaré sublime gloria. 
Sin pedir á los hombres un recuerdo, 
Sin llevar de la tierra una memoria! 

Carlos H. Teran. 

UTII. -r' CURIOSA. 

Deseando que el Álbum no sirva solo de di- 
versión, sino que hasta donde sea dable preste al- 
guna utilidad, nos proponemos consagrar en ca- 
da número una página para la inserción de pe- 
queñas noticias curiosas; recetas para los artesa- 
nos; descubrimientos y mejoras en las artes y 
oficios &c. A fin de que todas estas noticias se 
hallen reunidas, los lectores podrán buscarlos en 
cada número bajo el rubro que encabeza este ar- 
tículo. 

Composición de cerillos. 

La mejor relación entre los ingredientes pro- 
pios para fabricar cerillos, yesca ó papel inflama- 
bles y que no hagan ruido cuando se les frota 
contra un cuerpo duro y granujiento, son los si- 
guientes: 

Groma arábiga , , , , IG partes. 

Fósforo ,,,,,. 9 

Salitre ,,,,,,, 14 

Peróxido de manganesa , 16 



Los cerillos y fósforos que hacen ruido ó deto- 
nación al frotarlos, casi todos, sin escepcion, tie- 
nen clorato de potasa. Lo mas difícil es redu- 
cir á polvo el fósforo; y si esta operación no se 



hace> con cuidado, podrá acontecer un accidente. 
La manera de ejecutarla, es, fundir la goma por 
medio del calor do agua hirviendo. Se le mez- 
cla en seguida el fósforo, y se mueve continua- 
mente con una espátula hasta que todo está fun- 
dido. Una vez que se enfria, se reduce á polvo 
en un almirez, y mezclado con los otros ingre- 
dientes, se va cubriendo un estremo del cerillo ó 
del palito. 

Cerillos con detonación, « 

Fósforo , , , j 3 5 } j 5 '^^ 

Carbonato de- mágnecia , , , 85 

Clorato de potasa , , , , , 450 

Groma arábiga 5,555:5 335 

Arkanson ,,,,,,,, 52 

1000 



Cerillos alemanes. 




Fósforo ,,.,,,,, 


. 182 


(xoma arábiga ,,,,,, 


, 590 


Mágnecia :,,,,,, 


, 228 




1000 


Giro método. 




Cola de Flandes , , , , , 


, 175 


Clorato de potasa , , , , 


, 524 


Resina ,,,,,,,, 


, 55 



754 



J^IPS^IE^MÍ^. 



A UN MAL PREDICADOR. 

En predicando el prior 

Va por la calle arropado. 

Aunque lo que ha predicado 

No le costó su sudor. 

Si así mi musa le topa 

Decirle he, que es bien notorio 

Que él hace al auditorio 

Sudar mas y no se arropa. 
El autor del anterior epigrama, es D. Luis 
Gronzalez Zarate, de quien dice Beristain que al- 
gunos no dudaron en llamarle el Marcial america- 
no. No nos atreveremos nosotros á tanto; pero 
sí creemos que es una lástima que se hayan per- 
dido las producciones de este ingenio mexicano, 
que no debian carecer de mérito, según la única 
muestra que nos ha conservado Beristain, quien, 
dice, tenia en su poder un cuaderno manuscrito, 
con mas de cien epigramas de este autor. (Bi- 
blioteca hispano-americana, tom. 3. ° pág. 349.) 




mmifwniii?:, 



CUMPLIDO Eriitor 



—^^^wmm^^mi 



MARAVILLA EN EL JARDÍN. 

ülRA Maravilla la mas tímida de todas las flo- 
res, la mas delicada de toda esa brillante corte 
déla Encantadora. En vez de pretender lucir 
en los parques ingleses, en los jardines de los tur- 
cos, en los invernáculos de los palacios de Rusia, 
Maravilla, de un carácter melancólico y de un ge- 
nio tímido, escogía un punto aislado del jardin de 
la Encantadora, y allí vivia en silencio. Por la 
noche, cuando las otras flores abrian sus (íálices y 
comenzaban á coquetear con el Roció, á divertir- 
se con las melodías del clarin de las selvas, y á 
retozar con la brisa, traspasando algunas veces 
los límites que les tenia prescritos la Encantado- 
ra, la triste Maravilla plegaba sus bojas y dormia 
profundamente, sin mezclarse ni en amoríos, ni en 
disputas ni en alegrías de ninguna especie. La 
única amistad que tenia era Rocío. Se levantaba 
muy temprano, platicaba cosas serias con su ami- 
go, y se retiraba á veces debajo de una encina 
ó de un roble para libertase de los ardientes ra- 
yos de Febo. Esta era la vida que tenia Maravilla 
en el jardin déla Encantadora; vida, sino esplén- 
dida y brillante, al menos tranquila y feliz. 

LA NUEVA SERPIENTE CON LA NUEVA EVA. 

Después que la serpiente sedujo á la hermosa 
madre de todos los hombres, las malditas serpien- 
tes han dado en la gracia se seducir á todas las 
mugeres que pueden. La serpiente de los celos 
seduce á una; la del amor á otra, la de la envidia 
á la de mas allá. — Pobres mugeres! decia un poe- 
ta, que siendo ellas mismas tan peligrosas sirenas, 
estén subyugadas desde la creación del mundo al 
poder de una serpiente. 

Maravilla, la inocente y tímida Maravilla, no 
podia ser esceptuada de la regla común; pero ó la 
serpiente que debia seducirla tomó otra forma, ó 
no fué serpiente. 



Un dia se le acercó un Mariposo viejo, pero 
pisaverde y vanidoso, como vemos infinitos todoa 
los dias por esos mundos de Dios. Tenia una 
capa brillante de tornasol, de púrpura y de gual- 
da, una gran corbata y una cabellera romántica 
que caia sobre sus espaldas. Sus ojos encarna- 
dos revelaban las temibles y ecsaltadas pasiones 
del viejo. 

En la ocasión estaba de vena; y cuando esto 
sucedía, escudado con el privilegio de su anciani- 
dad, y de su buena posición social, abrazaba á to- 
das las jóvenes, les decia chanzas pesadas y poco 
análogas á su edad é inocencia, y los bonazos de 
los padres reian á carcajadas y le confiaban á sus 
hijas. Este carácter del Mariposo no era en ver- 
dad el único, pues en el mundo vemos multitud 
de estos leones y pisaverdes de á sesenta años. 

Mas sigamos nuestra verídica historia. Mari- 
poso se acercó haciendo de luego á luego un cari- 
ño á Maravilla. 

— No he visto carácter mas original que el tu- 
yo, dijo el Mariposo. Tú que puedes ser tan blan- 
ca como una azucena, tan encendida como un cla- 
vel, tan melancólica como el lirio, estás ahí arrin- 
conada, como si fueras una vieja ó una fea. 

Maravilla suspiró profundamente y respondió: 

— Yo conozco que mi posición social no es muy 
buena, y por eso paso una vida retirada y oscura. 
El dia que fuera yo á esas brillantes tertulias, 
donde concurre Camelia y Rosa, Trinitaria y 
Narcisa, seria despreciada. Amaranto, Jazmin 
y Clavel no querrían bailar conmigo, y yo morirla 
de vergüenza y de dolor. 

— Vaya, bribona, le interrumpió el viejo hacién- 
dole otro cariñito y arrimándose junto á ella: 
¿conque salimos que esa humildad no es mas que 
orgullo; que esa modestia no es mas que soberbia. 
Maravilla se puso encendida, y quiso retirarse, pe- 
ro el Mariposo la detuvo amorosamente. 



* Como algunos de los artículos de la obra de las flores, son muy locales, tendremos á veces que separarnos de la 
traducción del Sr. Maneiro, para darles mas ínteres y hacerlos agi-adables á los lectores que no pueden estar á cabo 
de las costumbres francesas. 



148 



DESGRACIAS DE MARAVILLA. 



— Ven, y no seas tonta, mttcliaclia; oye mis con- 
sejos, y aprovéchate de ellos. 

■ — Escncho, respondió Maravilla. 

— Deja este jardin, donde en efecto la envidia 
te tiene humillada. Sal al mundo, donde tendrás 
las adoraciones de los mas almibarados petimetres. 
En las tertulias brillarás como la mas hermosa. 
En los dias de campo celebrarán tu amabilidad; 
en una palabra, lograrás el humillar á esa orgu- 
llusa aristocracia de tus compañeras, y Jazmin, y 
Clavel y Nardo sentirán sus corazones arder de 
amor y celos. 

. El semblante de Maravilla se habia ido encen- 
diendo por grados; abrió su delicada corola, y 
uno de esos besos que Rocío le daba todas las ma- 
ñanas, brilló como uno de los mas ricos diamantes 
de Grolgonda. 

— Vaya! vaya! dijo el viejo Mariposo, abriendo 
sus grandes ojos encarnados: eres mas hermosa 
de lo que yo creia, y te pronostico que harás rui- 
do en el mundo. 

Maravilla bajó el semblante, y se puso á llo- 
rar. 

— ¿Por qué lloras, tontuela? le preguntó el vie- 
jo Mariposo. 

— Porque las palabras que me estás diciendo, 
lastiman mi corazón y ofenden mi virtud. 

• — ¿Yo salir al mundo? ¿Yo engendrar en el 
corazón de los hombres los celos y el amor? De 
ninguna suerte: estoy resuelta á vivir y morir en 
mi oscuridad y en mi inocencia. 

El Mariposo, que era, como hemos dicho, un 
hombre de mundo, soltó una gran carcajada de 
risa, y después de hacer, como tenia de costum- 
bre, otro amoroso cariñito á Maravilla, se retiró 
diciendo entre dientes: 

— Ya veremos en qué paran los propósitos de 
esta muchacha. 

LA TENTACIÓN. 

Maravilla tenia ya el veneno dentro de su co- 
razón. Para manchar un espejo, basta el alien- 
to; para ensuciar un cristal, es bastante una mos- 
ca. Luego los poetas y filósofos han hecho per- 
fectamente en comparar á la muger al espejo y al 
cristal.' 

Maravilla, tan luego como se alejó el maligno 
y astuto viejo, enjugó su llanto^ y con una sonri- 
sa de placer, comenzó á pensar en las palabras 
que acababa de escuchar. 

— Creerá ese viejo pisaverde y enamorado que 
me he de consumir en este triste rincón del mun- 
do, y que he de pasar mi vida llorando como una 



novicia de un convento Sí, adoptaré sus 

consejos, y saldré al mundo solamente por humi- 
llar ese orgullo infinito de mis compañeras. . . . 
¡Oh! gozaré mucho, cuando escuchen mis oidos 
esas palabras de amor y de ternura que tanto en- 
vanecen á Camelia y Rosa de Jericó y á Flor de 
Castilla. 

Maravilla, después de hacer estas y otras re- 
flecsiones, cayó en una profunda tristeza, á causa 
de que siempre un gusanillo, que se llama con- 
ciencia, suele dar sus mordidas en el corazón. 
Maravilla era, como hemos dicho, una muchacha 
juiciosa y modesta, y pensaba cambiar su vida 
y convertirse en una de esas hermosas jóvenes 
calaveras, amigas de correr tras de los bailes, las 
máscaras, los teatros y los dias de campo. 

Otro filósofo, que sabia lo que tenia entre ma- 
nos, ha dicho, que el mejor remedio para las ten- 
taciones, es consentir en ellas. Maravilla, pues? 
para acallar los remordimientos de su conciencia, 
consintió en la tentación, y tomando una de aque- 
llas resoluciones heroicas, resolvió fugarse del jar- 
din de la Encantadora, para lo cual sedujo á Cé- 
firo, que en sus alas la condujo al mundo. 

EL PALACIO DEL CONDE BOE.K.OMEO. 

El conde Borromeo tenia veinticinco años. Era 
de gallarda presencia, de grandes ojos azules, de 
cabellos de oro como los serafines que están á los 
pies de las madonas. Su padre, al morir, lo de- 
jó dueño de un inmenso caudal y de un magnífi- 
co palacio en Florencia, palacio de mármol blan- 
co lleno de dibujos y filigranas que lo hacian ri- 
val de la soberbia catedral. 

El conde Borromeo, rico, joven y bien pareci- 
do, pensó en tomar una carrera. La teología le 
pareció oscura é inútil — la filosofía, delirios y pa- 
trañas — la estadística, chismes— la física y la 
química, propias solo para los juglares y suer- 
tistas — la medicina, mentira. Hallando, pues, 
con tanta justicia, qiie para un hombre que posee 
dinero, toda ciencia y todo estudio es inútil, se 
dedicó á seductor de oficio, emprendiendo viages 
á Ñapóles, á Sicilia y á las islas del archipiéla- 
go, con el espreso designio de seducir muchachas, 
así como otros iban á ecsaminar los volcanes y á 
estudiar botánica. Fueron tantas las conquistas 
que hizo, tantas las campañas que tuvo, que el 
nombre del conde Borromeo se hizo célebre en to- 
da la Italia, aumentándose su popularidad con 
los magníficos convites y saraos que continua- 
mente daba en su precioso palacio de Florencia. 



DESGRACIAS DE MARAVILLA. 



149 



En una de esas bellas y tibias noches italianas, 
Maravilla, conducida, como hemos dicho, en alas 
de Céfiro, llegó á las j)uertas del palacio del con- 
de Borromeo, y cabalmente habia un magnífico 
baile de máscaras. 

Maravilla, llena de gozo y de placer, abandonó 
á Céfiro, y entró en una sala donde habia multi- 
tud de disfraces. Registró los dóminos, los tra- 
ges turcos, los españoles, y ninguno le gustó, has- 
ta que encontró un vestido de Maravilla. Con- 
sistía en un justillo primoroso, cuyo talle se for- 
maba con las hojas. — Las mangas, anchas y gra- 
ciosas, eran esactamente dos maravillas, y los cal- 
zones cortos, á la española antigua, ademas de per- 
mitir se adivinaran las bellas proporciones de la 
muchacha, eran formados igualmente por dos ma- 
ravillas. Completaba este ingenioso trage de más- 
cara un sombrerillo en forma de Maravilla. La 
criatura estaba angelical. La tez de su rostro era 
mas delicada y suave que la de la misma Rosa; 
sus colores mas vivos que los de Camelia, y una 
eterna sonrisa vagaba en sus labios purpurinos 
como los de Clavel. 

Maravilla entró á la sala del baile. Los acen- 
tos voluptuosos de una polka tenian arrobados los 
sentidos de la brillante concurrencia, y muchas 
jóvenes con los disfraces mas caprichosos baila- 
ban de una manera tan mágica, que cualquiera 
habria creido que era una reunión de sílfidos ó en- 
cantadoras. 

Concluida la Polka, toda la atención se fijó en 
Maravilla. En efecto, su trage singular, su an- 
dar airoso, la soltura de sus movimientos, el bri- 
llo de sus ojos y la finura de su tez, hacian que 
fuese la mas interesante y hermosa. 

Todos comenzaron á hablarse en ^creto. Las 
mugeres, llenas de envidia; los hombres, llenos de 
admiración. Clavel, Nardo y Jacinto, que se ha- 
llaban en el baile, abandonaron á sus compañeras, 
y se dirigieron á Maravilla, diciéndole las mas 
amorosas y lisongeras palabras, y no sospechando 
que tan peregrina muchacha fuese aquella pobre 
flor abandonada y solitaria del jardín de la En- 
cantadora. 

Pronto el enamorado conde Borromeo fijó la 
atención en Maravilla. Le pidió una polka, des- 
pués otra y otra: finalmente, bailó toda la noche 
con ella. 

Maravilla estaba extasiada y llena de placer. 
Rosa y Camelia ardian de celos. 



TOM. I— VII. 



CONSECUENCIAS DE UNA POLKA. 

Las consecuencias que tuvo el que bailara el 
conde Borromeo polka con Maravilla, fueron el 
que se enamorara perdidamente de ella y le pro- 
metiera casarse. 

Pero el conde Borromeo tenia que faltar á su 
palabra, pues habia prometido casarse con Came- 
lia, con Rosa, con Narcisa y con Trinitaria. 

Clavel y Jacinto so enamoraron perdidamente 
de Maravilla, y su amor se avivó con el despre- 
cio y los desdenes. 

El lector verá que las cosas han llegado á un 
grado verdaderamente dramático, y continuare- 
mos por tanto un poco mas la historia de las pa- 
siones que en esta vez animaron á las Aeres. ' 

Borromeo se limitó á dar sus dimisorias en los 
términos mas políticos á las muchachas: notificó 
de una manera muy terminante á Clavel y á Ja- 
cinto que les daria un tiro si volvían á poner un 
pié en su palacio, y declaró á todo el mundo que 
iba á casarse con Maravilla, es decir, á entrar en 
juicio, y á vivir conforme á los Mandamientos de 
la Ley de Dios. 

El dia del casamiento se fijó por fin, y el con- 
de Borromeo mandó convidar á todas las perso- 
nas mas nobles de Roma, de Ñapóles, de Sicilia 
y de Parma, y por uno de esos caprichos, que ha- 
cian del conde Borromeo un personage singular, 
quiso que todas sus novias, ó mejor dicho, todas 
sus víctimas, asistieran al baile. 

Por otro capricho igualmente raro, ecsigió que 
Maravilla asistiese al baile con el mismo trage 
con que la vio la primera vez. 

Ocioso es decir que la ceremonia del casamien- 
to, que se verificó en la Catedral, estuvo esplén- 
dida. Siguió después un banquete mas suntuo- 
so que los de Cómodo y Heliogábalo. Hubo li- 
cores de todas partes del mundo, desde el vino 
de Siracusa, hasta el pulque de los llanos de 
Apam, remitido por el corresponsal del duque 
de Monteleone. En cuanto á manjares, podia 
recorrerse una estensa escala, donde estaban com- 
prendidas todas las cocinas del mundo y todos 
los comestibles imaginables, desde los sesos de 
faisán, que comian los emperadores romanos, has- 
ta las tortillas que comian los emperadores me- 
xicanos. 

Después del banquete, los convidados, corona- 
dos de flores, como se usaba en los tiempos grie- 
gos, se dirigieron al baile. 

Allí abandoraron sus coronas, y se vistieron 
2 



150 



DESGKACIAS DE MAKAVILLA. 



con variados y ricos disfraces. — Era un baile de 
fantasía 

Camelia, Rosa, Jacinta y Trinitaria asistie- 
ron al baile, lo mismo que Clavel y Jacinto. To- 
dos eran enemigos acérrimos de Maravilla, y con- 
certaron el n^odo de perderla. 

Por el pronto Maravilla y el conde fueron muy 
felices á consecuencia de una polka. — Por mu- 
cho menos que una polka se originó la guerra de 
Troya. 

OCHO días después. 

Para quitar las tentaciones, hemos dicho, ó 
mas bien un filósofo ha dicho, que no hay mejor 
remedio que consentir en ellas. Para calmar 
esos arrebatos furiosos del amor, no hay cosa 
mas eficaz que casarse. El conde Borromeo, 
que parece que en su persona reasumia el carác- 
ter general de los hombres, era voluble, antoja- 
dizo, caprichoso. 

Justamente á los ocho dias de haberse casado 
con Maravilla, dio otro baile. En vez de colmar 
de atenciones y de amor á su tierna consorte, le 
ordenó que se estuviera sentada, y él bailó toda 
la noche con Rosa y con Camelia, hablándoles 
en secreto y sonriendo con ellas, y haciendo otras 
coqueterías de ese género, que eran otras tantas 
heridas que destrozaban el corazón de la mu- 
chacha. 

Esa noche se retiró á su cuarto Maravilla, y 
lloró amargamente. 

Tres dias después entró el conde Borromeo 
á la alcoba de Maravilla con el rostro pálido y 
descompuesto y los ojos sangrientos. 

Maravilla asustada retrocedió. 

— ¡Infiel! gritó el conde Borromeo; tu concien- 
cia te acusa. 

— Piedad! acertó á decir tímidamente la mu- 
chacha. 

— Vas á morir, dijo Borromeo. He aquí la 
prueba de tu traición. Lee, y pide á Dios miseri- 
cordia. 

El lector sabe que los italianos no son hombres 
que andan con chanzas en esto de castigar á sus 
mugeres. O las envenenan, ó las traspasan con 
un puñal, ó cuando son muy humanos, las entier- 
ran vivas. 

Maravilla, que ya sabia esto, tomó temblando el 
papel que el conde Borromeo le presentaba. 

— ¡GrranDios, qué es esto! eselamó la muchacha 
aterrada. 

— Nada, nada, interrumpió con una sonrisa sar- 
cástica el marido, una carta escrita de tu puño y 
letra, á ese fatuo, á ese insoportable de Jazmin- 



la prueba evidente de tu culpa y de tu perfidia. 

— Es falso, es una calumnia, esclamó llorando 
Maravilla. 

— Camelia, que me ama mas que tú, me ha da- 
do esta carta. Mira, es tu letra, tu misma letra. 

— Soy perdida, Dios mió. Mis compañeras han 
falseado mi letra por envidia, sí, por envidia de 
que soy tu esposa. 

Al decir esto Maravilla, abrazaba las rodillas 
del conde y sus ojos eran una fuente de lágrimas. 

El conde furioso salió de la alcoba, arrojando 
en tierra á su inocente muger. 

Maravilla, al caer, se hirió la frente en'el pavi- 
mento de mármol. 

A los pocos dias murió. 

El conde Borromeo reconoció la inocencia de 
su muger pocos minutos antes que espirara. 

La Encantadora de las flores recogió la alma 
de Maravilla. 

— ¡Recojo tu alma, oh Maravilla! la dijo, y te 
vuelvo al jardin'de donde huiste; 'pero refiere á 
todas las flores, que la ambición ocasiona la des- 
gracia, y que los que abandonan la virtud y la 
tranquilidad de una modesta posición, en el mun- 
do generalmente beben en copas de oro el amar- 
go licor del desengaño, y compran la desgracia y 
el remordimiento. 

Maravilla volvió al jardin, y cumpliendo con 
el mandato de la Encantadora, todas las tardes 
se ponia á dar á las otras flores esta lección de 
moral. 

Desde que sucedió esta aventura á Maravilla, 
su carácter se hizo mas melancólico y su complec- 
sion mas delicada. Esta es la causa por qué el 
lector habrá observado que la Maravilla crece cer- 
ca de las tumbas, y que apenas se oprime una ma- 
ravilla blanca, cuando aparecen unas líneas san- 
grientas. 

Llevar siempre el peso de la misma cadena; 
ver siempre el mismo cielo, la misma tierra, los 
mismos hombres, y no tener un rayo de gloria 
para reanimarse! . . . 

Pasar ignorado, desconocido, seguir al inmen- 
so rebaño que vive sin objeto, que muere silen- 
ciosamente, caminar por la estrecha senda de 
mis antepasados y descender á una ignorada tum- 
ba! ... . 

¿Será este el porvenir que me espera? 



^^ 




^j:~x "W w^ ^W^ jc~x 







TLAXCALA. 



C 



ON suma satisfacción leímos hace muy pocos 
dias la estadística de Colima, formada por el Sr. 
D. LoBsinos Banda, diputado al congreso gene- 
ral por aquel territorio de la federación. 

El Sr. Banda en su trabajo ha hecho un im- 
portantísimo servicio á la nación y á su pais en 
particular. 

Sea por la mas lamentable ignorancia, sea por 
indolencia, los territorios, como los hijos segun- 
dones de nuestros antepasados, han sido señala- 
dos con una odiosa desigualdad en el participio 
de los bienes del sistema que nos rige, y constan- 
temente desconocidos, han soportado en silencio 
una organización administrativa en estremo in- 
justa y contraria á su desarrollo y progreso. 

Si no fuera nuestro ánimo decidido, no entrar 
ni accidentalmente en el terreno político, nos es- 
tenderiamos acerca de las necesidades de los ter- 
ritorios y el modo, en nuestro juicio, de remediar- 
las. En atención al carácter de nuestra publi- 
cación, nos contentaremos con decir que los tra- 
bajos estadísticos sobre estos pueblos allanan 
mucho el camino á los legisladores, que no deben 
perderlos de vista. 

Cuando leimos la estadística del Sr. Banda, 
recordamos queelSr. D. Ignacio Ramírez, cuan- 
do fué gafe político del territorio de Tlaxcala, en 
el cortísimo periodo que sirvió este encargo, re-, 
mitió al gobierno supremo un informe estadístico 
sobre aquellos pueblos, del que desde entonces 
conservamos copia, y cuyo estracto vamos á em- 
prender en obsequio de nuestros lectores. 

Sentimos que las apuntaciones de que vamos 
á ocuparnos, no sean tan estensas como fuera de 



desearse; pero bastante hizo el gefe,' que á los 
quince dias de estar al mando de aquel territorio, 
ya pudo ofrecer al gobierno una guia segura para 
normar sus providencias. 

La mayor parte del informe de que hablamos, 
se refiere á lo político, ocupando algunas páginas 
con la estadística en general, que serán las que 
aprovechemos, consecuentes con nuestro objeto. 

"Tlaxcala, antes de la venida de Cortes, con 
sus artes, sus leyes y su valor, -satisfizo á sus ne- 
cesidades, y resistió á las tormentas destructoras 
del imperio mexicano que la cercaba; hizo la con- 
quista con los españoles, y con ellos formó colo- 
nias militares desde Chiapas á Tejas, y se evapo- 
ró en su triunfo. De aquella época solo restan 
dudosas noticias en la historia, pinturas descui- 
dadas en los archivos, monumentos mutilados en 
los campos, y entre los tlaxcaltecas degenerados, 
un idioma corrompido. La rejDÚblica antigua 
acabó para siempre. Sobre los arruinados templos 
de los ídolos se edificaron santuarios; las mejores 
tierras se adjudicaron á los conquistadores: los 
edificios se ampliaron, y recibieron mayor solidez; 
la ciudad principal comenzó á dejarlas lomas por 
la llanura; los trages se modificaron; se multipli- 
caron las castas, y un nuevo idioma compitió con 
el indígena. Los famosos y vencedores republica- 
nos quedaron reducidos á jornaleros en las ha- 
ciendas de los españoles. La república se tras- 
formó en provincia. 

"La estension del territorio de Tlaxcala es cor- 
ta: se halla entre los 19 ° O' 45" y los 19 ® 45' 
de latitud boreal: su estremo mas oriental se en- 
cuentra á los 99 ° 5 1' del meridiano de Paris, y 



152 



ESTUDIOS estadísticos.— TLAXCALA. 



la parte mas occidental á los 100 ° 31' 38" lon- 
gitud de Paris. La diferencia de meridianos 
entre esa ciudad y la de México es 1 '^ O' 45". 

"El terreno del territorio es áspero, y entre 
sus alturas descuella al S. E., aislado y gigantes- 
co, el famoso volcan de Matlacueye ó la Malinche, 
que no por alzarse al frente del Popocatepetl y 
del Ixtlalxihuatl, se puede contemplar sin sorpre- 
sa. De este monte descienden por los lados del 
Sur y Poniente diez y siete barrancas, que se opo- 
nen á la fácil apertura de un camino recto entre 
Tlascala y líuamantla. La tierra de Tlaxco se 
estiende al Norte; y la parte occidental del terri- 
torio es un ramal de cerros que tienen su base 
cerca de Rio frió. Los puntos por donde esos tres 
grupos de alturas se tocan ó se acercan, están com- 
puestos de numerosas lomas y de profundas bar- 
rancas. La parte superior de las lomas es casi pla- 
na: no es muy desigual el centro del partido de 
Huamantla. Tlaxco abraza una punta de los lla- 
nos de Apam; y la parte occidental de la Malin- 
cbe, desde cierta altura, tiene un descenso suave, y 
se dilata por algunas leguas; pero muchas de esas 
llanuras están cubiertas por las arenas que arras- 
tran las corrientes de los montes en la tempora- 
da délas lluvias. 

"La escasez de agua es notable: solo hay un rio, 
cuya dirección general es de Norte á Sur: tiene 
diversos nombres en su curso, llamándose Sahua- 
pam al pasar por Tlaxcala, y está compuesto de 
cinco arroyuelos que descienden de la tierra de 
Tlaxco, de siete que brotan en las inmediaciones 
de la Malinche, del que nace por San Damián, y 
del rio de San Martin, que da el nombre de Ato- 
yac á todas las aguas al pasar por Puebla. Jun- 
to á Tepeyauco hay una laguna de tres cuartos 
de legua de largo y uno de ancho; la de Tomcui- 
la, en Huamantla, tiene una legua de circunferen- 
cia; y sin duda otras iguales hubo en siglos pasa- 
dos, como lo indican los nombres de algunas po- 
blaciones y los vestigios que se encuentran en al- 
gunos terrenos. Escasas fuentes, profundos po- 
zos y pequeñas presas surten de agua al resto del 
territorio. Las lluvias no son escasas: la tem- 
peratura en la cumbre de la Malinche correspon- 
de al frió de las nieves perpetuas: en ciertas bar- 
rancas favorece el desarrollo de algunas produc- 
ciones de tierra caliente: es variable en las par- 
tes elevadas y templadas en las demás. Propia 
para el cultivo de las cereales, no es insalubre 
para la especie humana. 

"A pesar de su corta ostensión, el territorio de 
Tlaxcala no está esplotado en su mayor parte. 



Una pequeña cantidad de cal se saca de los cer- 
ros de la Defensa; teguesquite, en el pueblo del 
Carmen; fierro, en diversas partes; piedra refrac- 
teria en Apetatitlan, y cantería, en dos canteras 
abundantes. El ocote y el encino son entre los 
árboles silvestres los mas beneficiados; el fresno ' 
crece con estraordinaria frondosidad, y el capu- 
lín, el árbol del Perú y zapote blanco se encuen- 
tran por todas partes. Las plantas leguminosas, 
la hortaliza y las flores, no se cultivan como con- 
vida el suelo, que les es sobradamente propicio. 

"La agricultura está reducida al maiz, al tri- 
go y al maguey, que producen ricos frutos. Una 
carga de trigo da un año con otro, cuarenta; se 
vende á cinco pesos: cuesta beneficiarlo sesenta 
y cinco de fondo; así da libre sobre cien pesos. 
En una finca de mediana ostensión, se siembran 
cincuenta ó sesenta cargas. Una de maiz vale 
tres pesos. La fanega de este grano produce un 
año con otro cien; y cuesta sesenta pesos su be- 
neficio. En las haciendas de mediana estensioü 
se siembran veinte fanegas. 

"El cultivo está atrasado en su método y en 
sus instrumentos, de modo que en Tepeyauco, 
donde hay tule, no saben los indígenas tejer pe- 
tates. De los cuadrúpedos silvestres, como el ve- 
nado y la liebre, poca utilidad se saca: los caba- 
llos, muías y burros son los necesarios para los 
trabajos campestres y comerciales. Hay los toros 
bastantes para la labranza y consumo interior, y 
lo mismo sucede con las aves domésticas. Por 
especulación se cuidan algunos rebaños y nume- 
roso ganado de cerda. Tlaxcala, Apetatitlan, 
Chautémpan y otros pueblos tienen colmenas, 
pero en número tan insignificante, comparado con 
la abundancia de flores, fácil de lograrse en esos 
lugares, que _ en la municipalidad de Tetla hay 
solo diez y seis cajones, y en Tepeyauco treinta y • 
dos, aunque en Pacotla se encuentran algunos 
individuos que tienen mas de veinte metiontetes 
ó troncos de maguey, donde las abejas elaboran 

sus panales. 

La riqueza agrícola está distribuida en ciento 
sesenta y seis haciendas y noventa y cinco ran- 
chos, habiendo plantíos hasta en el centro de las 
poblaciones. Importan las fincas rústicas, se- 
gún los malos avalúos que sirven á la recauda- 
ción de las contribuciones directas, 2.800.895 pe- 
sos 7 reales 2 granos: así es que se podrán esti- 
mar en mas de tres millones. El clero tiene en 
las que le pertenecen, el valor de 120.150 pesos, 
y grabadas las demás en 709.086 pesos 5 reales 
8 granos. 



ESTUDIOS estadísticos.— TLAXCALA. 



153 



"Añadiendo á estas cantidades los productos 
de los diezmos, que todavía son considerables, 
pues los tienen cuatro colecturías, y consideran- 
do que las tierras de comunidad se trabajan pa- 
ra la iglesia, sin ecsageracion podemos afirmar 
3[ue la tercera parte por lo menos de la riqueza 
agrícola pertenece á manos muertas. 

"Para los gastos públicos, las fincas rústicas 
contribuyen con algu.nos ligeros impuestos muni- 
cipales, con la alcabala de su venta, con el tres 
al millar de las contribuciones directas y con 
igual cantidad para la fuerza de seguridad públi- 
ca. Cada una de estas dos últimas contribucio- 
nes produce anualmente 8.340 pesos 5 reales, y 
ambas, que equivalen al seis al millar, importan 
16.681 pesos. 

"La inmediación de Puebla, México y Vera- 
crtiZj que tantos consumidores da á la agricultu- 
ra, perjudica á la industria, sobrado abatida por 
las causas del atraso general en que yace la Re- 
pública. No se encuentran sino los talleres ab- 
sokitamente indispensables en una colonia agrí- 
cola, no lejana de poblaciones industriales. Car- 
pinterías, herrerías y zapaterías no escasean; pe- 
ro sus productos son en estremo miserables, y los 
artesanos qu¡e en ellas trabajan, como los que tie- 
nen otros establecimientos industriales, se acer- 
can mucho en sus recursos á la clase desgraciada 
de los jornaleros. Los que profesan las artes 
mencionadas, y las demás que se ejercen en el 
territorio, con frecuencia no tienen taller abierto 
y ni aun obra que los ocupe en sus casas. 

"Tlaxcala hace cuarenta años era la ciudad de 
los telares, y tenia cuatro ó cinco almacenes que 
surtían de mantas á la nación. En el dia solo 
tiene veinticinco telares en corriente y cincuen- 
ta parados. En Chautémpan, donde algo se ha 
conservado esa industria, hay 334, trabajando 
174, y 160 sin trabajo. En el partido de Tlax- 
cala hay 1.200 telares, y en todo el territorio ha- 
brá dos mil. Su construcción es antigua casi 
en todos, y sus productos son mantas, jergas, jer- 
guetillas y colchas. Una pieza de manta vale de 
5 á 6 pesos, y una colcha de 3 á 5. El consu- 
mo es en las haciendas y el sobrante en Puebla. 

"Hay ocho molinos, y son Sírn Juan, Apetati- 
tlan, Atlihuatzan, San Diego, Tepeyaueo, Apot- 
zaco, la Defensa y Zoltepec. El primero es el 
mejor, y paga 6 pesos para el sostenimiento de 
la fuerza de seguridad pública: los dos siguientes 
son de mediana clase: el de Apetatitlan, según su 
dueño, vale 9.000 pesos: produce anualmente 
600, se gastan en su beneficio 400, y las ganan- 



cias son 200 pesos: el de Atlihuatzan vale 4.000 
pesos, y deja de ganancia 50 pesos. En estas 
noticias probablemente las cantidades se dismi- 
nuyeron por el interesado; pero no están lejos de 
la verdad. Estos dos molinos, con el de San 
Diego, pagan cada uno 3 pesos mensales, y dos 
los cuatro restantes para la contribución mencio- 
nada. 

"Hay una feria en San Pablo Apetatitlan; va- 
le 40.000 pesos; sus gastos anuales llegan á 3.000 
y sus utilidades a 500 pesos; pero éstas y aque- 
llos son considerables cuando se fabrican muni- 
ciones para el gobierno. 

"El aguardiente que se elabora en el territo- 
rio es de mediana clase; no puede competir con 
el de la tierra caliente y sus fábricas son pocas 
y de escasos productos. Otros establecimientos 
industriales que se han proyectado, ó no se han 
establecido, ó no han podido sostenerse; y de 
ellos solo queda la fábrica del Valor, de la que 
no he podido conseguir ningunas noticias. 

"El comercio es al menudeo, y de los artículos 
mas necesarios para la vida; espendiéndose pan, 
semillas, licores y géneros, y todo lo que es obje- 
to de compras diarias y pequeñas en una misma 
tienda: en el dia también se venden puros y ci- 
garros. En el partido de Tlaxco hay treinta y 
una tiendas; ochenta y cuatro en el de Tlaxcala: 
las primeras rinden por sus igualas 43 pesos men- 
sales, y 257 las segundas. Las de Huamantla, 
cuyas noticias no puedo aun conseguir, lo mas que 
podrán producir serán 300 pesos, como las de los 
otros partidos, y en ese caso darán todas las del 
territorio 1.200 pesos anuales. El mínimum de 
sus igualas son 2 reales, y el mácsimum 32 pesos 
mensales. 

"Entre las casas de comercio se deben distin- 
guir las pulquerías, pues no obstante que en to- 
das las haciendas se elabora y consum^! tlachique, 
y en los llanos de Apam pulque fino, la alcabala 
de este efecto es anualmente de 4.000 pesos; es 
decir, mas de la mitad de lo que producen las 
tiendas. Solo trece pulquerías en la municipali. 
dad de Tlaxcala dan mensalmense 112 pesos 4 
reales 5 granos, y de cuarenta á cincuenta otras 
trece que hay en Santa Ana. El pulque fino 
paga seis granos y el tlachique uno y medio por 
arroba: suponiendo que el primero paga al año 
3.200 y 800 el segundo, es decir, si se consumen 
iguales cantidades de ambos efectos, anualmente 
se espenderán 102.400 arrobas de pulque sujetas 
á la alcabala. 

"Los atajos de muías y burros que sirven de 



154 



ESTUDIOS estadísticos.— TLAXCALA. 



trasporte, aunque numerosos, no son de impor- 
tancia, si liemos de juzgar por la miseria de sus 
dueños, ademas de que en las haciendas de pul- 
que forman parte de] fondo dotal. Los habitan- 
tes de algunos recursos, se surten de algunos 
efectos por medio de sus sirvientes en Veracruz 
Puebla y México, y lo mismo hacen personal- 
mente los traficantes. 

"Resulta de todo lo espuesto, que Tlaxcala es 
absolutamente agrícola, y esta verdad la confir- 
maremos, buscando la proporción en que están 
distribuidos los habitantes del territorio en sus 
diferentes profesiones. 

"Comparando los diversos padrones y las nu- 
merosas, aunque no completas, noticias que he po- 
dido proporcionarme, puedo asegurar que la po- 
blación pasa de cien mil almas; pero en mis cál- 
culos me valdré del censo de 1847, que da 80,171 
habitantes al territorio, distribuyéndolos así en 
los tres partidos. Tlaxcala, 48,747. Huamantla, 
21,328, y Tlaxco 10,096. Hombres 38,242 y mu- 
geres 41,929. 

"Son 2,208 los varones dedicados á diversas 
profesiones industriales, y 765 los comerciantes; 
los eclesiásticos 72, los maestros de escuela 86: 
son numerosos los sirvientes domésticos y los la- 
drones conocidos por tales: contando los que es- 
tán presos y los perseguidos por la justicia, según 
escasas noticias, se acercan á doscientos. Agre- 
gando los empleados, músicos, abogados y médi- 
cos, y supliendo prudencialmente los individuos 
omitidos por la imperfección de los padrones, ten- 
dremos ocupados en las profesiones espresadas 
4.000: suponiendo que cosa de la mitad de los 
hombres del territorio sean útiles para el trabajo, 
resultarán de diez y ocho á diez y nueve mil hom- 
bres productores con ocupación, y entre ellos, de 
catorce á quince mil labradores. 

"En una población de jornaleros sorprende 
que muchas familias se encuentren alojadas en 
cómodas casas, y que el valor de las fincas urba- 
nas, tal vez calculado solo en la mitad por la ofi- 
cina de contribuciones, llegue á 305,919 pesos 3 
reales 9 granos, produciendo el tres al millar de 
ellas 917 pesos 5 reales 7 granos anuales; pero 
debemos considerar que esos edificios son los res- 
tos de la riqueza antigua de Tlaxcala; que los del 
clero valen 49,961 pesos 5 reales; y finalmente, 
que todos se están arruinando, y no será dificil 
que de ellos salgan sus moradores dentro de bre- 
ves años á habitar casas reducidas ó miserables 
jacales. Los efectos que se consumen por la ge- 
neralidad de los habitantes, no son los mas va- 



riados ni costosos. Tomemos, por ejemplo, la fe- 
ligresía de Tepeyauco. El año de 1824 el Sr. D. 
Juan José Fernandez de Lara y Arellano escri- 
bió una estadística muy curiosa, acompañándola 
de un mapa de ese curato, que tenia entonces á su 
cargo. En tan interesante documento consta, que 
los feligreses eran 1,839; de ellos 1754 indígenas 
y 85 de las otras castas, distribuidos todos en 
cuatro pueblos y un molino. Esos habitantes sa- 
caban tule de la laguna, y leña de sus lomas y 
arenales, donde crece el ocote, el perú, el capulín 
y el zapote blanco. En los terrenos que lo per- 
miten, sembraban diez cargas de trigo, que produ- 
cían ochenta al año, y se consumían entre los mis- 
mos pueblos, vendiéndose á 5 y á 6 pesos carga. 
Eran en la misma época seis las tiendas, y ven- 
dían anualmente nueve mantas, medio barril a- 
guardiente de Castilla y setenta y dos barriles de 
aguardiente del pais, 132 arrobas de chile, 60 
arrobas de sal, y 1,730 pesos de pan. En el mis- 
mo estado se encuentra Tepeyauco en el dia, y se 
puede suponer el mismo consumo por cada mil 
almas, y en este caso 100,000 consumirán anual 
mente 900 mantas, 50 barriles aguardiente de Cas- 
tilla, 750 de aguardiente mexicano, 1,350 arrobas 
chile, 6,000 de sal y 173,000 pesos de pan. El 
valor de todos esos efectos son 207,550 pesos. 
En la ciudad de Tlaxcala se espende el pan mas 
de lo que es costumbre en poblaciones pequeñas; 
pero la mayor parte de los pueblos venden el 
maiz que cultivan, reducido á tortillas, consumien- 
do ellos mismos la mayor cantidad y los produc- 
tos de ese grano. En Tepeyauco es corta la ven-' 
ta de las mantas, por no haber haciendas muy in- 
mediatas, y porque esos efectos, como todos los 
de lana y algodón, tienen su salida los sábados 
en el tianguis de Tlaxcala. 

"El estado moral de los habitantes del terri- 
torio es menos lisonjero que el fisico. Las es- 
cuelas, según noticias correspondientes á diver- 
sos años, han sido de 60 á 80, y los alumnos de 
ambos secsos de 2 á 3 mil, no pasando de 300 las 
mugeres. No llegarán por lo mismo á 5 mil 
los hombres que sepan leer y escribir, y estos re- 
siden en las mejores poblaciones. En muchos 
pueblos no se habla mas idioma que el mexicano. 
Los recuerdos históricos nada dicen para los in- 
dígenas. Las instituciones republicanas solo las 
conocen por las elecciones, la Gruardia Nacional, 
los juicios y los ayuntamientos; pero en éstos 
ven un modo de solemnizar las funciones; en los 
juicios, un amago contra sus intereses; en la Gruar- 
dia Nacional, una carga, y la obligación de dar 



ESTUDIOS estadísticos.— TLAXCALA 



154 



boletas escritas por sus amos en las elecciones. 
La mitad de su trabajo pertenece al cura, y tie- 
nen el privilegio de mudar cada año de señor y 
de tlapisquera. Los de la raza bispano-mexica- 
na 5 criollos, mas ilustrados sin duda, se ban 
apropiado la gloria de la antigua república, y en 
ella fundan estrañas pretensiones; pero dejan 
que el tiempo y la ignorancia arruinen los mo- 
numentos tlaxcaltecas que poseen. El delito 
mas frecuente es el robo. 



"Los que nacen son mas que los que mueren; 
pero la industria de los tejidos de lana y algodón 
ba desaparecido con millares de artesanos, que 
no volverán sino con una nueva industria; y 
el comercio ba sufrido un trastorno proporciona- 
do. No encontrándose en todas las profesiones 
sino dependientes de las baciendas, el territorio 
ba llegado al mínimum de los babitantes que pue- 
de contener." 

L. RR. 



=$TO"YYyíYirOXGTTyüT7rSlílíVYTü'Tí51ílíTO"'íní'ti= 



YIAGE A ESPAÑA 






S 



Madrid 13 de Octitbre. 



I tengo buena memoria, bemos dejado al pobre 
Lúeas Blanco milagrosamete vivo todavía, salu- 
dando al público en medio de los aplausos univer- 
sales, y al toro empeñado con el picador que vino 
á su socorro; en fin, bemos dejado á las trompetas 
anunciando algún imprevisto acontecimiento. 

Este acontecimiento era nada menos que la lle- 
gada de la reina madre. 

La reina madre, esta muger llena de gracia y 
hermosura, que bemos visto en Paris, y que parece 
labermana primogénita de su bija, es tan afecta 
á las corridas de toros, como podria serlo una sim- 
ple marquesa. Había logrado escaparse de las fes- 
tividades del dia, y acudia á tomar parte en el es- 
pectáculo febril que nos devoraba. 

Apenas anunciaron las trompetas su llegada y 
apareció en su palco, cuando, al parecer por una es- 
pecie de magia, todo el drama de la plaza cambió. 

Se abandonó al picador y á su caballo á la mer- 
ced del toro, y toda la cuadrilla se reunió al lado 
del toril para formarse en columa. 

Cucbarés, el Salamanquino y Lúeas Blanco 
marcbaban en primer término. 

Detras de ellos venian los tres picadores. El 
picador berido, y al cual babiamos creido muerto, 
se babia vuelto á colocar en su silla en otro caba- 
llo, y á no ser por su estrema palidez, babria podi- 
do creerse que nada le babia sucedido. 

El que se ocupaba del toro, babia venido á to- 
mar su lugar. 



Detras de los picadores venian los cbulos; de- 
tras de los cbulos, los banderilleros, y detras de és- 
tos los mozos de la plaza. Solo el carnicero no for- 
maba parte de la comitiva, laque no se cuidaba en 
lo absoluto del toro. 

Adelantóse, marcbando al compás de la música, 
y vino á poner una rodilla delante, de la reina. 

La reina la dejó durante algunos segundos en 
esta aptitud, como para manifestar que aceptaba 
su bomenage. 

Después bizo señal para que se levantara.^ 

Todos los que la componían, se levantaron y sa- 
ludaron. 

A la segunda señal, las filas se rompieron, y ca- 
da uno volvió al desempeño de su papel. Los pi- 
cadores bajaron sus garrocbas, los cbulos sacudie- 
ron sus capas, y los banderilleros corrieron á pre- 
parar sus banderillas. 

Durante este tiempo el toro, por no estar ocioso, 
babia encarnizádose con el pobre caballo que no- 
sotros creímos muerto, y que él babia visto que es- 
taba vivo. 

Al ver á sus enemigos dirigirse sobre él, levantó 
al caballo, lo sacudió, y lo arrojó con tanta facili- 
dad como la capa de un chulo. 

El caballo cayó: después, por el impulso de la 
última agonía, se levantó sobre sus cuatro pies, y 
vacilante fué á espirar cerca del toril. .^ . 

— Observad bien lo que va á pasar, me dijo Roca 
Tosieres, y me diréis después si tengo ó no conoci- 
mientos en taraumaquia. Cualquiera que sea el 



156 



VIAGE A ESPAÑA. 



lugar de la plaza donde hieran al toro, á menos 
que no caiga inmediatamente, irá siempre á mo- 
rir junto al caballo. 

El toro habia matado tres caballos y herido dos. 

El alguacil hizo seña á los picadores que se 
alejaran. 

Los picadores se colocaron en la estremidad de 
la plaza situada en frente del toril, apoyándose los 
tres en la valla, con la cabeza volteada hacia el me- 
dio del circo. 

Los chulos comenzaron á capotear. 

El toro se puso en movimiento, y las huidas em- 
pezaron de nuevo. Tres ó cuatro veces el toro 
persiguió á sus adversarios hasta la valla, y nos 
proporcionó el gracioso espectáculo de ver saltar 
á estos hombres con su capa estendida sobre sus 
hombros. 

Un banderillero entró con una banderilla en la 
mano, y tres de sus compañeros le seguían arma- 
dos como él. 

No es por cierto una cosa cómoda ni fácil clavar 
al toro las banderillas. 

Es necesario plantárselas á un tiempo en la es- 
palda derecha y en la izquierda. 

■ Los chulos condujeron al banderillero cerca 
del toro, y al mismo tiempo del centro abultado de 
cada uno de estos dardos, salió una parvada de pa- 
jaritos. 

Algunas de estas desgraciadas avecillas, ataran- 
tadas, no pudieron emprender el vuelo, y cayeron 
en la arena de la plaza. 

Inmediatamente cinco ó seis personas se lan- 
zaron del pasadizo á recojerlas, á riesgo de ser des- 
barrigadas por el toro; pero éste comenzaba á per- 
der visiblemente la cabeza, y no tenia ya su per- 
secución tenaz, que hace al animal tan peligroso. 
Embestía á un chulo, y á otro, repartiendo sus 
cornadas como el jabalí sus colmillazos, pero 
abandonando un enemigo para perseguir á otro. 

Un segundo banderillero apareció. A su vista 
pareció el toro calmarse de repente, pero solo para 
asegurar su venganza. Sin duda reconoció en las 
manos del recien venido, los instrumentos de do- 
lor que sacudía en sus espaldas, y se precipitó so- 
bre él, sin que nada pudiera detenerlo. El bande- 
rillero le esperó con sus dos dardos en la mano, pe- 
ro uno solo quedó prendido en sus espaldas. Al 
mismo tiempo se escuchó un ligero grito. La 
manga rosada de la chaqueta del banderillero se 
tiñó de púrpura, y su mano se cubrió de sangre, 
que goteaba por cada uno de sus dedos. 

Se dirigió á la valla, sin permitir que le ayuda- 
ran; pero se desmayó en el momento mismo que 



se apresuraba á saltar. Nosotros le vimos con- 
ducir por el pasadizo pálido y sin conocimiento. 

Eran ya muchos desastres causados por un so- 
lo toro. La trompeta dio la señal de su muerte- 
Inmediatamente todos se apartaron: la liza per- 
tenecía esclusivamente al torero. 

El torero era Cuchares. 

Cuchares se adelantó: era un hombre de trein- 
ta y seis á cuarenta años, de estatura ordinaria, 
de piel fina y tez un poco tostada: es, si no uno de 
los toreros mas hábiles, al menos de los mas atre- 
vidos, Los españoles le prefieren á Montes y al 
Chiclanero. Cuchares hace frente del toro . co- 
sas maravillosas, y desplega una audacia que de- 
nota su conocimiento profundo del carácter del 
animal. Un dia que toreaba en unión de Mon- 
tes, el cual habia quedado mejor que él, no sabien- 
do qué hacer para conquistar una parte de los 
aplausos que le arrebataba su feliz rival, le ocur- 
rió hincarse de rodillas delante de un toro furioso. 

El toro, asombrado, le miró dos ó tres segun- 
dos: después, al parecer asustado de un atrevi- 
miento semejante, abandonó á Cuchares por per- 
seguir á un chulo. 

Cuchares, pues, en esta ocasión se adelanta, te- 
niendo en la mano izquierda la espada oculta por 
la muleta. 

La muleta, señora, es un trozo de paño encar- 
nado adherido á un bastón pequeño; es nada me- 
nos que el escudo del torero. 

Cuchares atravesó toda la plaza, y fué á poner 
una rodilla en tierra delante del palco real, y le- 
vantando su pequeño sombrero con la mano de- 
recha, pidió á la augusta espectadora el permiso 
de matar al toro. 

El permiso le fué concedido por una señal, 
acompañada de una sonrisa. 

Cuchares arrojó su sombrero con un gesto de 
orgullo,' que no pertenece mas que al hombre que 
va á luchar con la muerte, y se adelantó á en- 
contrar al toro. 

Toda la cuadrilla estaba á sus órdenes, y revo- 
loteaba á su derredor. Desde el momento en que 
se va á matar al toro, nada se hace sin la volun- 
tad del torero. Escoje de antemano el lugar del 
combate, y todo el mundo maniobra á fin de con- 
ducir al toro al lugar escogido. 

Este lugar era debajo del palco de la reina. 

Los chulos, para hacer esta maniobra, gastaron 
mil coqueterías, porque estaban deseosos de tener 
su triunfo. Hicieron dar una gran vuelta al to- 
ro, forzándole á pasar delante del paleo del ayun- 
tamiento; de allí le condujeron al toril, y del to- 



VIAGE A ESPAÑA. 



157 



íl al sitio donde Cuchares lo aguardaba con la 
espada en una mano y la muleta en la otra. 

Al pasar cerca del caballo muerto, se detuvo el 
toro todavía, y le dio tres ó cuatro cornadas. 
— ¡Ya lo veis, ya lo veis! me dijo Eoca. 
En cuanto Cuchares vio al toro frente de él, 
hizo una señal. 

Todo el mundo se apartó. 
El hombre y el animal se encontraron frente á 
frente. 

El hombre, con su pec^ueña espada filosa y lar- 
ga como una aguja. 

El animal, con su fuerza poderosa, sus cuernos 
terribles, sus movimientos mas rápidos que los 
del caballo mas ligero. 

El hombre, por cierto, era muy poca cosa delan- 
te de un monstruo semejante. 

Sjlamente el rayo de la inteligencia brillaba en 
la mirada del hombre, en tanto que solo el fuego 
de la ferocidad brotaba de la mirada del toro. 

Era evidente que toda la ventaja estaba de par- 
te del hombre, y que en esta lucha, sin embargo 
desigual, era el fuerte quien debia sucumbir, y 
triunfar el débil. 

Cuchares hizo flotar su muleta á los ojos del 
toro, el cual se precipitó sobre él. Cuchares gi- 
ró sobre el talón. El cuerno izquierdo del ani- 
mal rozó su pecho. 

Era una pasada magnífica. Toda la plaza aplau- 
dió: estos aplausos irritaron al toro: revolvió so- 
bre Cuchares, que en esta ocasión lo aguardó 
con la espada en la mano. 

El choque fué terrible. Se vio doblarse la es- 
pada, como si fuese una varita, y después volar 
en el aire. 

La punta habia tocado el hueso de la espalda; 
y como si fuese un resorte, se habia escapado sil- 
bando de las manos del torero. 

El auditorio estuvo á punto de chiflar á Cu- 
chares. 

Los chulos se adelantaron inmediatamente pa- 
ra distraer al toro; pero Cuchares, desarmado co- 
mo estaba, les hizo seña de que permanecieran 
quietos. — Le quedaba en efecto la muleta. 

Pasó entonces una cosa maravillosa, y que in- 
dicaba en el hombre el profundo conocimiento 
del animal, tan necesario á quien combate duran- 
te cinco minutos con una simple banderola de 
púrpura. Cuchares condujo al toro donde quiso, 
escitándolo hasta el grado de hacerle perder el 
instinto. Diez veces el toro embistióle, pasando ya 
á derecha, ya á izquierda, rozándolo siempre, pe- 
ro no hiriéndolo jamas. 
TOM. I. — VI r. 



En fin, Cuchares, agobiado de aplausos, recogió 
tranquilamente su espada, la limpió y volvió á po- 
nerse en guardia. 

En esta vez la hoja finísima desapareció preci- 
samente entre las dos espaldas del toro. 

El animal se detuvo, estremeciéndose sobre sus 
cuatro pies: se observaba que si no el acero, al me- 
nos el frió delacero, habia penetrado hasta su co- 
razón. 

El puño solo de la espada aparecía un poco 
mas abajo de la nuca. 

Cuchares no se inquietó mas con el toro, y se 
dirigió á saludar a la reina. 

Por su parte el toro, sintiéndose herido mor- 
talmente, miró á su derredor: después con un tro- 
te, ya dificultoso por la agonía, se dirigió hacia el 
caballo. 

— ¡Ya veis, me dijo Roca; ya veis! 
En efecto, luego que llegó el toro cerca del ca- 
dáver del caballo, dobló sus dos rodillas, arrojó 
un doloroso mugido, y se echó, conservando sola- 
mente la cabeza levantada. 

Entonces fué cuando el carnicero salió del pa- 
sadizo, se deslizó hasta detras del toro, levantó su 
puñal, calculó su golpe, é hirió. 

El rayo no habria sido mas violento. La cabe- 
za se inclinó sin un solo estremecimiento. El ani- 
mal espiró sin ecshalar una sola queja. 
Inmediatamente la música resonó. 
Al son de esta música se abrió inmediatamen- 
te una puerta, y cuatro muías guarnecidas á un 
balancín entraron. 

Estas muías casi estaban ocultas bajo de mag- 
níficos aparejos cubiertos de mallas, de flecos y 
borlas de seda. 

Se comenzó por atar al balancín, uno después 
de otro, á los tres caballos muertos, á los que se 
llevaron con la rapidez del relámpago. 

Después siguió el toro, que desapareció á su vez. 
La puerta se cerró en seguida. 

Cuatro grandes líneas quedaban sobre la arena, 
tachonadas de sangre. Eran las líneas trasadas 
por los cadáveres de los tres caballos y del toro. 
En algunas otras partes del circo se veian tam- 
bién algunas otras manchas rojas. 

Cuatro criados entraron con unas palas y unos 
canastos de arena, y en menos de diez minutos 
desaparecieron todas las hxiellas de las primera 
corrida. 

Los picadores fueron á tomar su lugar á la iz- 
quierda del toril. Los chulos y banderilleros, á 
la derecha. Lúeas Blanco, qne era el que debia ma- 
tar después de Cuchares, se colocó un poco atrás. 
La música resonó de nuevo, la puerta se abrió y 
el segundo toro apareció, 



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iss 



SH o gentil y sembrando rosas como la aurora ri- 
sueña de G-nido, sino melancólico como un vago 
presentimiento de pesar, se distinguió entre la 
Ibruma del invierno elmes de Enero. Mas la ju- 
ventud á quien Segur simboliza en las ninfas que 
pinta Virgilio pasando fugaces sobre la yerba sin 
ajarla, esa juventud atravesó gárrula y festiva por 
entre el mal tiempo, embelleciéndolo con el pla- 
cer, comunicándole los dulces atractivos de la 
amena sociedad. 

Yo pertenezco á tma tertulilla, de esas que sue- 
le llamar el vulgo parlancliin de semi-tono, de esas 
en que hay una mamá fresca y boronda como una 
bortencia; unas tres hijas en sesión permanente de 
diversión y holgorio, como unos serafines; un re- 
puesto de visitas decidoras y bellas; un papá pru- 
dente y agasajador, que juega tresillo, reza la no- 
vena de Santa B-ita, y se vuelve una sonaja cuan- 
do se trata de un bailesillo casero. En pos de 
sociedad tan refociladora y amable giran como sa- 
télites jóvenes á la derniere, de guante y frac de 
Lamana; literatos tímidos que aman en silencio á 
las mas nerviosas y desbarajustadas de la tertulia; 
solterones desengañados, que hablan de política 
y de sus tiempos, se acojen á Virjan, y gastan 
confianzas inocentes con las buenas mozas; y uno 
que otro quídam, como el que suscribe, seres inde- 
finidos, que como los ceros, adquieren ó no valor 
según el lugar en que se les coloca. 

La señora tiene las riendas del gobierno. Do- 
ña Pomposa Bandolón es dama de mucho caletre 
y de mucho aquello para tener á sus tertulianos 
complacidos. Yo, con dar una idea de lo que he 
visto en el mes en aquella casa característica, ha- 
bré formado una galería de cuadros de costum- 
bres, ya que mi pluma perezosa se ha resistido á 



aislar los cuadros, y presentarlos con la debida se- 
paración, y en un conveniente punto de vista, á 
mis benévolos lectores. 

Principiemos por el Nacimiento. El Naci- 
miento, como es sabido, es espectáculo que se ofre- 
ce el 24 de Diciembre; pero el fervor para sus vis- 
tas es en el principio de Enero hasta el dia 6, en 
que se da la última representación. 

El héroe del Nacimiento es el Sr, D. Abundio 
Requiebro, marido de Doña Pomposa: los dias en 
que está en espectáculo son realmente los dias 
de su beneficio, los dias en que es el primer papel 
de su querido hogar. 

De verlo es enmarañado y descompuesto, con 
las manos raspadas, el vestido en desorden, con 
motas de seda por todas partes y fragmentos de 
oro volador en el rostro y cabellos: ya carga ár- 
boles enteros para formar el fondo de la perspec- 
tiva; ya riñe porque la repita del Niño Dios no es- 
tá colocada convenientemente; ya rie con la vista 
de sus pastores; ya coloca minucioso todos los ins- 
trumentos de carpintería en miniatura en el apo- 
sento del Santo Patriarca; ya aparece chorreando 
agua por hacer la prueba con la maquinita de la 
fuente; ya se extasía con la vista de sus tres re- 
yes, que mueven los brazos y parece que van á 
hablar. 

Enciéndese el Nacimiento; reverbera el cristal, 
y sorprenden los vasos de colores; rielan entre el 
heno y la grama las frágiles hebras de hilo de pla- 
ta: las estrellas y soles de oro refulgente, suspendi- 
dos del cielo del Nacimiento, deslumhran; y el cua- 
dro tierno de la venida del Hijo de Dios al mun- 
do se representa con cierta delicadeza y devoción 
que conmueve. 

D. Abundio ha convidado á medio México: los 



ENERO.— COSTÜMBKES. 



159 



criados están colocados convenientemente: cuan- 
do la concurrencia afluye, uno de los amigos vie- 
jos hace oir los acordes de un cilindro sonoro, y el 
resto de la interesante familia le sirve como los 
ayudantes diligentes de un general esperto é in- 
fatigable. 

El pato que se ladea en el estanque, la vela de 
esperma que se desequilibra, la agua que se des- 
borda de la fuentecilla de plomo; á todo se atien- 
de, todo se remedia y como que se vivifica á la vis- 
ta de J). Abundio. 

La concurrencia á los Nacimientos, como que 
es diversión tranquila, y tiene sus algos de tem- 
poral y de eterno, es eminentememte heterogénea: 
un buen padre de familia con su inmensa prole, 
toda ella cabalgando en los brazos de él mismo, 
de los domésticos y de los hermanos mayores; al- 
gunas ruborosas beldades, que siempre quedan en 
segundo término, con el honroso pretesto de que 
vean los chicos, y permanecer en dulce contacto y 
en holgura con los acompañantes rendidos; un 
surtido esquisito de viejas miopes é indagadoras, 
que se acercan, palpan los objetas y agobian á pre- 
guntas á D. Abundio, que es el regocijado Cice- 
rone. 

D. Abundio no deja su traje casero; lo ama en 
estos dias como el militar el maltratado uniforme 
cubierto con el polvo de las batallas. 

El nacimiento tiene su programa. D. Abundio 
conduce á las fracciones de curiosos que ingre- 
san, y les muestra el fac-símile de una hacienda; 
después los nadadores; después unos patos que 
se mueven con el imán; en seguida, la casa de la 
virgen con todas sus curiosidades, entre ellas la 
ropilla del Niño Dios, hecha por las niñas con 
deshilados, randas y caprichos de costura y cha- 
quira. 

— Yean vdes., señoras, esclama con el fervor de 
un pregonero de totilimundi. Esta es la cue- 
va en que cenan los pastores. 

— Qué graciosos! 

— Vean vdes. qué Bato y que G-ila guatemal- 
tecos. 

— Vea vd. qué portal: tres meses me estuve en 
recomponerlo. 

— Estos son los bañadores. 

— Vean los tres reyes de movimiento. 

La música suena, los chicos se alborotan; algu- 
no metió mano, y derribó al rey moro de su fac- 
ticia montaña; se oyen las escusas, y D. Abundio 
reprime su ira mortal. 

Entre tanto se pasea la parte seria inventarian- 



do todo y calculando en voz baja las posibilida- 
des de D. Abundio para hacer los gastos. Los 
amadores afectuosos, al oido de las bellas señoras 
de sus pensamientos, al abrigo de un sombrero 
encubridor, agrupados, defendidos por la concur- 
rencia misma de las vigilancia importuna, gozan 
¡ay! gozan como se goza á cierta edad, de esos 
fugaces momentos de dicha inefable, que encier- 
ran una vida entera de satisfacción y de place- 
res 

El dia 6 se enciende por última vez el naci- 
miento; el trajin de D. Abundio es estraordina- 
rio; su elocuencia se agota en aquella noche, y al 
siguiente dia, con pretesto de quitar el nacimien- 
to, las visitas de confianza gozamos un dia de 
holgorio y de domésticas satisfacciones. 

Vuelve el miste^-io á su nicho; recójense pasto- 
res, easuchas de popote y otros útiles en una pie- 
za, que es la destinada, á ese objeto esclusivo. D. 
Abundio, sudoroso, lleno de áfan, ejecuta esa ope- 
ración. En esos solos dias, despótico, intolerante, 
verdaderamente enérgico, ordena el empaque, cus- 
todia y acomodamiento de todos sus objetos que- 
ridos, entre las resistencias de Doña Pomposa y 
la forzada resignación de las niñas. 

Queda el campo á disposición de la señora, y 
D. Abundio en silencio aumenta diligente y con 
una dedicación cotidiana, el repertorio de precio- 
sidades con que debe admirar a sus amigos el 
siguiente año. 

Los cereros, los candililleros ó artistas de ob- 
jetos de vidrio, los mercilleros, los pacienzudos 
fabricantes de casas de popote y de naipes, son 
relaciones predilectas de D. Abundio, á quien ha- 
brán encontrado mil veces mis lectores con un 
camello que lo agobia, con una muñeca colosal 
para convertirla en pastora, y con una finca de 
popote en las manos, ufano y reverente, como si 
condujera la custodia. 

(Jomo para desquitarse, la fresca y zand"unguera 
Doña Pomposa de su receso en el mando de su 
inacción doméstica en los primeros dias del año, 
cede amable á las insinuaciones tímidas de las 
niñas de la rifa de compadres. 

La feliz nueva corre de boca en boca; la con- 
currencia crece, las intrigas se aumentan, las ma- 
mas se alarman , los maridos suelen gruñir 
cerriles, y la juventud casadera espera la crisis 
electoral, como quien compromete al acaso su por- 
venir de ventura. 

Ciertas relaciones reacias y devotas de la ca- 
sa esquivan la tertulia en aquellos dias, y mur- 



160 



ENERO.— COSTUMBRES. 



muran á sus solas del sufrido D. Abundio, de la 
franca sefiora y de las ideas liberales de las ama- 
bles niñas. 

Por fin, convócansc para una tardecita inaper- 
cibida á los concurrentes diarios, á los amigos y 
personas de estimación, por supuesto calculando 
la igual competencia de los secsos con esquisita 
sagacidad. 

A la casa de D. Abundio iban las damas mas gala- 
nas que imaginar se puede, los viejos de la oficina de 
patentes, pero chanceros y de buen humor; algu- 
nos abogados recientes, que cifran su esperan- 
za en una diputación, y sus dulces ocios los con- 
sagran á la charla política; algunos médicos des- 
validos, cuya esperanza es el cólera, y cuyos en- 
sayos costean los criados de sus amigos y los pa- 
rientes pobres; por fin, jovenzuelos elegantes, que 
son un misterio en cuanto al origen de su lujo, y 
que así aparecen suscitando quimeras en el tea- 
tro, como rezan devotos en las posadas. 

La parte femenil era tan surtida, que recorría 
la escala desde la niña del difunto coronel, que 
cose ageno y viste á lo duquesa, hasta la hija or- 
gullosa del opulento capitalista de los Estados de 
Oriente, que habla de su coche sin cesar, y aun- 
que dice probé, toma consomé, y no tolera mas tra 
ges que los hechos por Virginia. 

Reunidos los alegres circunstantes, pasan á la 
mesa del comedor y se forman dos listas de los 
candidatos de compadrazgo. ¡Momentos solem- 
nes! — ¡Qué miradas furtivas! ¡Qué dudas entre 
el temor y la esperanza! ¡Cuántos presentimien- 
tos funestos! ¡Cuántas ilusiones deliciosas! 

Todos disputan, todos se interesan, todos pro- 
ponen ausentes candidatos, y damas que vendrán 
comprometidas por sus cédulas. Los rasgos bio- 
gráficos se multiplican en voz baja al tomar cada 
uno de los nombres. Cuando se oye el de algún 
personage ridículo ó caido en desuso, ó sin afec- 
ciones determinadas, las niñas rien con mortifica- 
ción, los viejos murmuran con sorna, la mamá os- 
tenta aplomo y dignidad. 

Los grupos juguetones y risueños se alejan, y 
vuelven inconstantes, como bandadas de palomas 
que se alejan versátiles; pero á poco vuelven á la 
apetitosa sementera. 

Fói'manse las cédulas; son mas eficaces las in- 
trigas, y se depositan los números en dos distin- 
tas urnas, que van á encerrar los destinos ¡ay! 
de cien amartelados corazones. 

En estos momentos se fijan quiénes han de sa- 
car las cédulas: los chicos, imprudentísimos é in- 



surgentados, quieren hacer su papel; rehusan los 
amantes, las niñas claman, la algazara se aumen- 
ta; por fin, se elijen dos, que son confidentes de va- 
rios importantes secretos. — Bien. — Bien. — Ellos; 
y resuena un festivo palmoteo. 

Estos arbitros de tanta fortuna, se cercioran de 
la dignidad de su misión. A ellos las miradas 
suplicantes; á ellos las indicaciones furtivas; á 
ellos ciertos escusados signos de desconfianza; á 
ellos, en fin, toda la atención, todo el acatamiento 
imaginable. 

Revuélvense las cédulas; van á proclamar los 
nombres. Silencio universal. 

Uiia voz: Otra voz: 

D. Roque Pantoja. Adelita Amaranto. 

Salta el vejete bufo de D. Roque rejuvenecido 
de su asiento, y ardiendo sus ojos de satisfacción. 
Adelita sonríe; pero muerde al descuido su pa- 
ñuelo con profundo despecho. Eduardo, el aman- 
te de Adela, no pudiendo esplicar su ira, se aleja 
rabioso á promover con otros camaradas que se 
anule la rifa. Silencio. 

Una voz: Otra voz: 

Enrique Flores. Margarita Suspiro. 

Murmullos maliciosos. 

Los interesados aparentan indiferencia; pero 
suá almas nadan en un océano de felicidad; se 
aman tanto, es aquel tan feliz presentimiento. 
Tina voz: 
Emilio Soguilla. 

El chico mas apuesto de la tertulia. — La otra 
voz tarda, porque la cédula está muy enrollada. 
Ansiedad general. 

Otra voz: 
D. ■=* Melchora Sobrehueso. 
La vieja mas descomunal, mas espasmódica. . . . 

mas 

Emilio queda como herido por un rayo: al es- 
tremo de la pieza se oyen risas burlonas, y la 
tierna Angelita, la casta paloma del garrido Emi- 
lio, tiene las lágrimas en los ojos. 

En tan furibunda crisis es muy común que es- 
talle el descontento, que acusen de falsía á los 
escrutadores, y que las rifas se repitan dos ó tres 
veces, hasta que la mayoría queda, contenta. 

Ahora ¿cómo describir el sublime del compa- 
drazgo? ¿Quién tiene un pincel bastante atrevi- 
do para pintar el círculo estenso de espectadores, 
y en su centro el doncel apuesto que se acerca 
galante y rendido á pedir el abrazo de la coma- 
dre, á quien adora ocultamente, á quien va á dar 
una prueba espléndida y apasionada á la faz pú- 
blica. ¡Oh felicidad! ¡Oh compadrazgo, que in- 



ENERO.— COSTUMBRES. 



161 



ventó sagaz el amor para hacer mas hechicero su 
triunfo! 

El galán espera. — La joven ruborosa, indecisa, 
interroga con la mirada á sus papas: la concurren- 
cia aprueba; la autoridad otorga, y gozosa, tré- 
mula la beldad, deja su asiento y se abandona 
en un instante de felicidad suprema en los bra- 
zos de quien es dueño de su alma, al resonar los 
palmoteos entusiastas y los vivas de alegre apro- 
bación. 

Pasa la escena interesante de los abrazos, y al 
siguiente dia la tertulia se divide en dos forma- 
lísimos congresos. — El de los compadres. — El de 
las comadres. 

En el primero se discute sobre los obsequios á 
las comadres, sobre el baile y sobre los versos de 
ordenanza. 

Después de maduras deliberaciones, se resuel- 
ve que se obsequie á las comadres con unos ra- 
mos de flores, que llevarán en el pecho toda la 
noche del baile. Este es á escote: hay su comi- 
sión de música y refresco; y en cuanto á la parte 
poética, piénsase en dos ó tres copleros de remu- 
da, y algunos que la pican de entendidos, se pro- 
ponen llamar por sí y ante sí á las cuitadas dei- 
dades del Parnaso. 

Conviénese todo, y sale alborotada la compar- 
sa en busca de la florista, á urgir habilitados, 
mamas condescendientes, y agiotistas reacios para 
el pago del escote; á pasar revista de ropa; y en 
fin, á buscar al mas encopetado poeta, como ellos 
le dicen, á inspirarle lo que con disfraz se ha 
de decir en la copla. 

En cuanto al congreso femenil es otra cosa: 
son discusiones alborotadas, interrumpidas deter- 
minaciones, objeciones de las mamas, gozos an- 
ticipados y anticipadas penas también. 

Se clama por la uniformidad del traje blanco y 
zapato Ídem, no obstante la observación de qué 
dirá el papá; se ensayan dos polkas sorprenden- 
tes con el eficaz ausilio de una vergonzante costu- 
rera que raspa sus compases en la vihuela, y un 
escurrido meritorio, que sabe á las mil maravillas 
de achaques de ensayo de baile. 

Esta reunión se disuelve, y va á repetirse en 
la terrible presencia de un papá renuente ó de un 
marido indigesto el programa de la función. 

Allí las agitaciones de otro género; recompó- 
nénse los trages, se acortan ó se ensanchan cor- 
piños, y el papá vaga en pos de guantes, de pul- 
seras y de otras menudencias, ya entregado al bra- 
zo seglar de la inquieta parentela. 

Entre tanto D. Abundio y Doña Pomposa ha- 



cen frente á la situación con sorprendente ener- 
gía y actividad. 

Límpianse unos muebles; esclúyense los que 
se califican de ridículos ó mal acondicionados; 
contrátanse fregonas que tengan albeando, como 
Doña Pomposa dice, desde el zaguán. 

Después las niñas, avergonzadas de la toilette del 
querido papá, se ocupan detenidamente en sus re- 
formas. 

Se debe poner esa noche D. Abundio corbata 
de toalla, en vez de ese desgotado pañuelo blanco 
bombacho y desprendido del cuello; ha de vestir 
su frac, que aunque de cola de sanguijuela, está 
nuevo, y es de bonita hechura, aunque abierto, co- 
mo las alas de un cuervo, de los lados del pe- 
cho: por fin, el zapato tapetado debe escluirse to- 
talmente, y ponerse botas modernas, aun cuando 
mártir quede sin poder dar un paso. 

Las mortificaciones de Doña Pomposa son 
inauditas: los pedidos para completo de los íitiles 
que faltan, lo saben; pero lo disimulan los compa- 
dres, en atención al buen genio de aquella amabilí- 
sima familia (de la cual se sabe que una niña es 
pródiga en colorete, y la otra gasta mas enaguas de 
armar que fojas de tomo en folio) y á las dos ter- 
ceras partes maldecidas de la paga de D. Abundio. 
Llega la noche del suspirado baile. 
El violin ya se hace rajas. 

Qué inmoralidad, qué vicio! 

Mas cada cual á su oficio; 

Afilemos las navajas. 

Tal dice Bretón, y yo, siguiendo su consejo, 
cortaré la pluma fatigada, para ofrecer á mis lec- 
tores (si es que les deja apetencia este ingrato ar- 
tículo) la descripción del baile de compadres. 

Agur, hasta otro número. — Fidel. 



Que al Esemo. Sr. presidente de la Repúhlica, D. José Joa- 
quín de Herrera, lia dirigido el actor mexicano D. An- 
tonio Castro, invitándolo á concurrir á la función de 
su heneficio anunciada para la noche ddl 17 de Febrero 
de 1849, 

¡Qué la grandeza, el orden, la estructura 
De la celeste bóveda seria. 
Si el esplendente Sol, padre del dia, 
De su luz le negase la hermosura! 

Su encantadora faz, serena y pura, 
Perderla por siempre la alegría, 

Y al claro y vivo azul sustituirla 
El negro manto de la noche oscura. 

Tal mi afán y mi esmero diligente 
Todo su brillo y su valor j)erdiera, 
Si vuestra autoridad se hallase ausente. 

Honrad, pues, hoy la escena que os espera, 

Y brillará, si vos estáis j)resente, 
Cual brilla con el Sol la eterna esfei-a. 




L. 



íA ciudad y puerto de Campeclie, en el Esta- 
do de Yucatán, se halla construida con piedras 
de talla calcáreas, y se eleva sobre una gran me- 
sa de la misma sustancia, la que se estiende por 
toda la península, elevándose gradualmente has- 
ta la altura de 500 pies, que es el nivel de la lla- 
mada Sierra Alta, cerca de Tecax. Los indíge- 
nas, desde antes de la conquista, han tomado de 
esta inmensa roca los materiales de que han cons- 
truido sus templos. 

Campeche, que en lengua maya significa cu- 
lebra y garrapata (Acarus americanus) descansa 
sobre inmensos subterráneos, escavados por los 
antiguos mayos. No es fácil saber si estas esten- 
sas cuevas ó galerías han servido, según algunas 
tradiciones, de morada á los pueblos que las hi- 
cieron, pues que nada indica en ellas la perma- 
nencia del hombre, y lo que es mas digno de no- 
tarse, ni aun se encuentran trazas de fuego ó de 
humo en sus bóvedas. Mas probable parece que 
estuviesen destinadas para depósito de los muer- 
tos, al menos en algunos de sus departamentos: 
confirma esta sospecha, el descubrimiento de mu- 
chas troneras ó aberturas de siete pies de profun- 
didad sobre veinte pulgadas de largo, que se ven 
practicadas horizontalmente en las paredes de 
los subterráneos; aunque, para decir la verdad, 
estas escavaciones son en pequeño número, y en 
el corto tiempo que estuve en Campeche, no pu- 
de recorrer estas galerías en toda su ostensión, 
si bien aun los mismos nativos ó avecindados en 
el pais no conocen la estension ni las vueltas ó 
caminos de estas moradas tenebrosas, que por 
otra parte no presentan nada de curioso, y sí 
bastante riesgo, pues que sus derrumbes ó hundi- 
mientos son bastante frecuentes. En el año de 
1832, poco después de mi salida de Campeche, se 



verificó uno muy notable en medio de la calle que 
llaman del Muelle, que comienza desde la puerta 
que mira al mar y termina en la plaza principal. 
Por fortuna, la cueva que se hundió se estendia 
muy poco bajo de las casas, y pudo construirse 
fácilmente una bóveda para poner sobre ella el 
suelo de la calle á su primer nivel. 

Las calles de' Campeche están á veinte grados, 
casi orientadas á los cuatro puntos cardinales, y 
esactamente alineadas. Fuera de la puerta que lla- 
man de Tierra, se encuentra un paseo denominado 
Alameda, adornado con asientos ó bancos de pie- 
dra á derecha y á izquierda, cuya serie está in- 
terrumpida, de distancia en distancia, por corpu- 
lentos naranjos y por otros frondosos árboles, que 
ostentan todo el lujo y la ecsuberancia de los tró- 
picos. .El medio está reservado para los carrua- 
ges, especie devolantas con dos asientos, semejan- 
tes á las antiguas de la Habana y de Veracruz, per- 
tenecientes á las familias españolas, y alguna que 
otra calesa, quitrín ó carretela inglesa, que forman 
el progreso en este ramo, conducidas por un solo 
caballo, sobre el que va montado en las primeras 
el conductor, que es un indio mayo. 

Los barrios principales de Campeche, que es- 
tán fuera de la muralla, son: San Román, al Sur 
de la ciudad; Gruadalupe, al Norte, y San Fran- 
cisco, cada uno de los cuales tiene su iglesia, y 
dentro de la muralla hay también cuatro. 

A la estremidad de San Román, á la derecha 
del camino á Lerma, se encuentra el cementerio 
general, rodeado de una pared blanca, y cuya fa- 
chada ruinosa lo protejo de las miradas vulgares. 

A alguna distancia del cementerio habia una 
batería pequeña, á la que bañaban las altas ma- 
reas. A doscientos pasos mas lejos, y á la dere- 
cha, estaba un lazareto, en que habia doce lepro- 




rs^TíjJiP^ 



m 



CAMPECHE. 



163 



sos, y á un cuarto de legua, una quinta ó casa de 
campo llamada Buena Vista, cerca de la cual se 
eleva un árbol colosal del género Mimosa, que se 
percibe de mas de una legua desde el mar, y que 
cubre con su sombra una superficie de mas de 
300 pies de diámetro. Al Este-Nor-Este de es- 
ta finca se descubre una abertura que sirve de 
entrada á los subterráneos de que he heelio men- 
ción; y aunque hay otras semejantes, los arbus- 
tos las ocultara á los ojos de los que no cono- 
cen su situación esacta; pero éste no es un secre- 
to para los contrabandistas, que desembarcan sus 
mercancías por la noche, y las ocultan en estos 
asilos ignorados. 

La bahía de Campeche es bastante buena; pero 
no pueden acercarse sino las embarcaciones que 
tienen de calado de dos pies á treinta pulgadas: 
las demás tienen el riesgo de quedarse en seco, y 
las que calan seis pies, tienen que quedarse á cer- 
ca de una legua. A pesar de estos inconvenien- 
tes, Campeche es un puerto de construcción. Yo 
he visto una goleta que tenia cien pies de quilla 
que fué echada al agua de lado por medio de 
un aparato muy ingenioso, y aun se conserva la 
memoria de dos muy buenas fragatas construidas 
en sus astilleros para un regalo al rey de Espa- 
ña. Las construcciones hechas en Campeche, son 
generalmente de una solidez á toda prueba, y las 
maderas de construcción son las mejores que ec- 
sisten para la marina, especialmente el llamado 
Jabin. Los marinos de Campeche dicen vulgar- 
mente, comparándolo con el fierro: 
El Jabin le dijo al clavo 
Aquí dejarás el rabo; 
Y el clavo dijo al Jabin 
Para sécula sin fin. 
En el G-abinete nacional de historia natural de 
México, hay trozos de esta madera, de una colum- 
na que sirvió en el antiguo muelle de Veracruz, 
casi en estado de completa petrificación. 

Campeche, cuya vista desde el mar no pude pu- 
blicar en un artículo inserto en el tomo segundo 
del Mosaico Mexicano en el año de 1837, en ra- 
zón de haberse estraviado la lámina que saqué 
con cámara oscura en 1831, se encuentra perfec- 
tamente dibujado en la que acompaña á este ar- 
tículo: es la única ciudad de la República comple- 
tamente amurallada. Sus cortinas y baluartes 
se elevan en algunas partes hasta nueve varas de 
altura, con un espesor en toda la muralla desde 
una hasta tres varas, y toda coronada de cañones 
del calibre de doce á veinticuatro, de cobre, y al- 
gunos de bronce, de frábrica francesa, con su com- 



petente dotación de obuses y morteros reforzados 
de grueso calibre. 

Está situado á los 19 ° 50' 45" de longitud 
occidental de París. En una legua de distancia, 
que es todo lo que puede observarse cómodamen- 
te á la simple vista, magestuosamente ocupa el 
centro la ciudad, cuyas cortinas baña suavemente 
la pleamar. Casi á igual distancia del baluarte 
del Norte, frente á San Francisco, y del de San 
Carlos, al Sur, se prolonga dentro del mar una 
lengua de tierra de mas de 30 varas de largo so- 
bre 7 de ancho, en que está mamposteado su bien 
construido muelle, el que termina en la Puerta 
del Mar, donde flamea el pabellón tricolor de la 
República y las banderas de señales, y donde el 
vigía hace vibrar la campana que anuncia los bu- 
ques á su entrada. Los espresados baluartes, 
el uno al Sur y el otro al Norte, y el de la Ala- 
meda, llamado de la Eminencia, por la parte de 
tierra, forman su defensa. 

A la izquierda se eleva la gentil torre de la 
iglesia parroquial, y la menos elevada de San Juan 
de Dios, así como en primero y segundo término 
una hilera de casas construidas al gusto moderno, 
y el teatro, que es el mas bello de los edificios de 
Campeche, cuyo plan y conclusión se debe al ar- 
quitecto Zea Gómez, así como el de Mérida. 

Animan, por último, este interesante cuadro 
multitud de veleras embarcaciones, mas ó menos 
pequeñas, cargadas de deliciosos y variados peces, 
que abastecen la población con tanta abundancia 
y baratura, como acaso en ningún otro puerto. 

El clima de Campeche es bastante sano, á pe- 
sar de su escesivo calor, especialmente dentro de 
murallas. En el verano de dicho año el termó- 
metro de mi sobrino D. Ignacio Iniestra marcó 
algunas veces 95 '^ de Farenheit y 28 de Reau- 
mur; pero la brisa de tierra, que sopla por las ma- 
ñanas, y la de mar, que se eleva con mas frecuen- 
cia por las tardes, refrescan admirablemente la 
atmósfera. Durante la estación de las lluvias, 
. que comienza regularmente en fines de Mayo y 
acaba en Septiembre, las fiebres intermitentes 
suelen ser frecuentes, pero casi nunca mortales. 
El vómito solo aparece cuando un aumento nota- 
ble de población ataca á los estrangeros, y nun- 
ca con la fuerza que en Verazruz, Orleans ó la 
Habana. 

La población se compone de 12 á 13,000 almas, 

entre blancos, indios y mestizos. Las mugeres 
del pueblo en Yucatán llevan dos especies de 
tragos: el peculiar de las de Campeche es com- 
pixesto de enaguas y camisa y su toca, especie de 



164 



CAMPECHE. 



rebozo, todo blanco, y por último, unas chinelas 
con un tacón bastante elevado y la punta encor- 
vada hacia el empeine. El otro trage, y general 
á todas las indias, se compone de hepil, fustán, 
especie de camisa larga sobre las enaguas, y toca, 
siempro blanco y con bordados azules ó encarna- 
dos. Los hombres que ejercen algún oficio, lle- 
van con el pantalón ordinario, á veces, chaqueta 
y chaleco, y a veces una camisa larga, que dejan 
flotar á manera de blusa. Los indios siempre 
llevan encima de los calzones la carnisa de algo- 
don ó juntiche, fabricado en el Estado; pero el 
pantalón es mas corto, nunca baja sino hasta la 
mitad de la pierna, ó está enrollado arriba de la 
rodilla. 

El agua potable que se encuentra en las cis- 
ternas ó pozos, es de mal sabor; pero en las ca- 
sas principales hay construidos muy buenos al- 
jibes, y aun se vende en las calles en castañas ó 
pequeños barriles, conducidos en carretas, al pre- 
cio de medio real cada uno. 

El comercio de Campeche consiste principal- 
mente en cigarros y tabaco, en sal, en hilo de 
sosquil, que sirve para hacer el mejor cordelaje 
que se conoce, y el henequén; en cueros, en pez 
salado, especialmente el cazón; algodón y palo de 
tinte, sin que pueda omitirse los butaques, con 
preciosos embutidos, y las curiosas manufacturas 
de carey, de oro y de plata en filigrana. A pesar 
de que Campeche es el lugar que menos ha sufri- 
do en la sublevación de los indígenas que ha 
desolado toda la península, sin embargo, al re- 
cordar la vista de Campeche, yo no cuinpliria con 
los deberes de gratitud, si no elevase mis votos 
al Eterno por la pronta pacificación de aquel pais, 
y por la felicidad y bienestar de Campeche, de 
Mérida y de todo el Estado. 

Isidro Rafael Gtondua. 



►«í^^ 



Hermosura sin amor, 
Mustia escepcion de las bellas, 
Como noche sin estrellas, 
Como sin aroma flor: 

¿De qué te sirve el favor 
Que te dio naturaleza 
En esa aislada belleza? 
Parece que desdeñosa 
Solo quiso hacer hermosa 
La imagen de la tristeza. 



Beldad que tormento inspira 
Con su dolorosa calma, 
Alma infeliz que en otra alma 
Ni se confunde ni mira. 

Estraña cuando suspira, 
Sin que se admire su encanto, 
Sin delicia, sin quebranto. 

Casi inútil juventud. 
Privada por su quietud 
Hasta del placer del llanto. 



La sombra torna en horrores 
En medio una noche ingrata 
El terso lago de plata,. 
El cielo, el campo y sus flores. 

Nace el Sol, y á sus fulgores 
Todo es vida, luz, vigor: 
¿Qué fuera sin su esplendor 
Y sin su alma presencia? 

Lo que es para tu ecsistencia 
¡ Ay! la vida sin amor. 



¿Gralana y llena de orgullo 
Qué fuera la mariposa. 
Condenada silenciosa 
A morir en su capullo? 

Del aura sin el arrullo 
Su beldad fuera irrisión; 
En su triste reclusión 
Fueran sarcasmo sus galas, 
Y fueran sus lindas alas 
La befa de su pasión. 



¿A quién causará contento 
Verte muda, ave canora, 
Sin saludar á la aurora 
Cantando en medio del viento? 

Fuera insípido un acento. 
Ni alegre, ni funerario. 
Ni repetido, ni vario. 

Voz que ni ofende ni agrada, 
Muere muda, ave ignorada. 
En tu nido solitario. 



¡Ay! tú ignoras la armonía 
Que yo al recordar me inflamo, 
Cuando vibra de un "yo te amo" 
La angélica melodía! 

¿Qué importa que luego impía 
Esa voz se torne en duelo? ' 
¿Qué importa que huya el consuelo? 
¿Qué, que se pierda la calma, 
Si aquella voz le dio al alma 
La felicidad del cielo? — Gr- Prieto, 



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~— tféM^soQ)^®^^^^— 



Gómez [apache famoso]. — Danza de indios mansos. — Reflecsiones sobre las paces de los indios. — Trages. — 
El Real. — El Seuecú.— La Isleta. — Socorro. — San Elzeario. 



[pUNlO 12 de 1842.— "En la mañana de hoy 
K' nos anunciaron á Gómez, y media liora des- 
pués se presentó éste acompañado de ocho capi- 
tanes y gandules de su parcialidad. No sé si se- 
rá un efecto de la preocupación: ningún apache 
inspira tanto interés como este famoso guerrero, 
que tan horribles pruebas ha dado de su valor y de 
su astucia. — Gómez es un joven de 26 á 28 años, 
alto, delgado y lampiño. Su rostro tiene no sé qué 
especie de urbanidad y de tristeza; se sonrio sin 
que en sus ojos se note alteración alguna;, mira sin 
desconfianza y sin ferocidad. — Sus cabellos son 
largos, aunque no mucho, y menos lacios que los 
de sus hermanos: su marcha es garbosa y elegan- 
te sin afectación, y todos sus modales son incom- 
parablemente mas finos que los de los otros in- 
dios. Calzaba unas teguas, cuyos picoa muy lar- 
gos estaban vueltos para arriba, y cuyo botin era 
flojo y muy sencillo. Cubríalo en parte un cal- 
zón de género blanco, sin rotura ni remiendo, y 
sobre éste traia una camisa nueva de indiana mo- 
rada sujeta á la cintura por una correa, de donde 
pendia un cuerno de pólvora. No portaba arco, 
carcax, fusil ni lanza, pues nadie entra con armas, 
ni traia tampoco ninguna especie de cobija. Uno 
de sus compañeros era hermano de Santa— Anna: 
vestia de lienzo; traia la cara pintada y el pelo 
cortado en línea recta y sujeto con una pena de 
pañuelo encarnado. — El Mulato, con calzón y ca- 
misa de lienzo, teguas de gamuza y sombrero de 
petate. — Flecha, muy alto, muy flaco, muy sucio, 
&c. Por último. Caballo- ZAgero, chochísimo, cuya 
fisonomía es bastante singular: se ha consumi- 



do ya la carne de su cuerpo, y la tostada piel que 
cubre sus huesos se ha contraído como la casca- 
ra de las frutas podridas. Su cabeza está cubierta 
en parte por una cabellera blanquísima, pintada 
á trechos con almagre y recojida con una monte- 
rilla de gamuza; le faltan todos los dientes de ar- 
riba, porque dice que se los tiró un caballo, y tie- 
ne tan firmes los de abajo, que hace alarde de 
ellos, aunque se encuentran muy gastados. Su ves- 
tido es todo de gamuza, guarnecido de correas, y 
la bata termina en cuatro picos. 

"El Sr. Grarcía Conde, que estaba de pié á la 
entrada de Gromez, le dio la mano, que éste tomó 
en la suya, soltándola después para abrazarlo. 
Pasaron luego al estrado, acompañados de cuatro 
ó cinco capintancillos y otros indios de las par- 
cialidades de JEspejito y de José María María. 
Sentido Caballo-Ligero de que lo dejasen en la 
puerta y no contasen con él para el consejo, lla- 
mó á Vueltas, le habló con enfado en su idioma, 
mostrándole un balazo que tenia en la muñeca, y 
se sentó en el suelo á los pies de la sala, añadiendo 
en castellano: "Yo también antes porque pelean- 
do, y ahora 

"Gromez estuvo hablando en voz baja con el Sr. 
Grarcía Conde, á quien oia con la mayor atención 
y con notorias señales de respeto. — Si tü quieres 
guerra, le dijo el comandante general, habla claro; 
sal y junta tus gandules. Yo tengo también sol- 
dados, sahuanó, gente apache, armas y dinero; 
pero si quieres paz, yo no miento; te recibo por 
amigo, y te sacaré de esa vida miserable en que te 
encuentras.-^Sí, respondió Gromez; yo quiero la 



* Llamamos la atención de nuestros lectores sobre este artíciilo, pues en él se da idea de las poblaciones mexicanas 
^ue nunca han sido descritas, y que han ocupado los americanos recientemente con infracción, ó al ménoa malioiosa 
iutei^pretacion, del tratado de paz. 

TOM. I. — viir. 1 



166 



FRONTERA DE LA REPÚBLICA.— EL PASO. 



paz ó morirme, porque yo estoy triste, y la vida 
me pesa si ha de prolongarse mas la guerra. G-o 
mez habla perfectamente el castellano: se discul- 
pó porque no daba tratamiento al gobernador, y 
le habló de usted en toda la conferencia. 

"Poco después de puesto el Sol, oimos un tam- 
boril y algunos cantos por el cementerio de la 
parroquia. Era una danza de los mansos; es de- 
cir, de los naturales del Paso, que venian á cele- 
brar la presencia del gobernador en su pueblo, y 
que según su costumbre, se hablan dirigido antes 
á la iglesia como para pagarle las primicias de la 
fiesta. Cumplido este primer deber, vinieron á 
bailar frente á la ventana donde estaba el Sr. 
G-arcía Conde. Eran nueve hombres, vestidos se- 
gún el uso común de los mestizos labradores, y 
nueve indias con tragos y adornos iguales, y sin 
duda peculiares á su nación. Tales vestidos con- 
sistían en unos tragos negros de lana, que no eran 
refajos, enaguas ni túnicos, aunque eran estrechos, 
lizos y tan saneónos, que les daban poco mas aba- 
jo de la rodilla: no tenian mangas ni cortas ni 
largas, sino que pendían de los hombros, dejando 
los brazos enteramente desnudos, sin que tampo- 
co tuvieran costura alguna en los costados. Una 
banda encarnada estendida en figura de peto, los 
sujetaba á la cintura y sobre ella campeaban 
muchas medallas y relicarios colgados al cuello 
en cintas de chaquira y ensartas de cristales: las 
piernas las tenian cubiertas con unas botillas de 
gamuza muy blanca y muy fina; y un lienzo cua- 
drado de muselina blanca y nuevecita completaba 
el trage, cayendo como capa desde los hombros, 
donde estaba prendido, hasta la orilla del vestido. 
Su tocado era bastante sencillo y elegante. Di- 
vidido el pelo en dos partes, la anterior lo estaba 
todavía en la forma ordinaria para unirse con la 
otra detras de las orejas, y estaba salpicada de 
muchas meditas blancas y encarnadas, hechas con 
almagre y albayalde. Igual afeite tenian las in- 
dias en las mejillas, siendo de advertirse, que co- 
mo las rueditas no eran mas grandes que una len- 
tejuela, les cabían mas de cincuenta en los cache- 
tes. El resto del pelo estaba suelto y peinado 
perfectamente; pero las puntas estaban sujetas 
con un listón encarnado, y así caía sobre el man- 
to de muselina, formando una especie de bolsa. 
Por último, cada india traia en la cabeza dos plu- 
mas de pechuga de garza colocadas arriba de las 
orejas. Ademas de estas plumas traian una lar- 
ga en cada mano. Los hombres portaban una 
sola en la izquierda, pues la derecha de todos es- 



taba ocupada por la sonaja, á escepcion de los dos 
capitanes, que llevaban escopetas. Habia música 
vocal é instrumental: ésta consistía en un solo 
tambor, que tocado con un bolillo, no hacia mas 
que marcar los compases y servir á las voces de 
acompañamiento. En la música vocal habia que 
distinguir los bajos y los tiples: aquellos no sallan 
de un murmullo ronco, triste y monótono, mien- 
tras éstos saltaban ad libitum, remedando los gri- 
tos de alegría de una plebe turbulenta. — Las mu- 
geres se colocaron en una hilera y los varones en 
otra, y en esta forma dieron muchas vueltas é hi- 
cieron muchas figuras, cambiando continuamente 
los pasos, y dando rodeos sin que llegasen á to- 
carse las manos. Movían éstas subiéndolas y ba- 
j ándelas alternativamente con mas ó menos rapi- 
dez según la música, pero siempre afectando un 
temblor incesante y con una gravedad que con- 
trastaba con la bulla de los espectadores, la lige- 
reza de los movimientos y el desorden de los co- 
ros. Los apaches estaban singularmente alegres. 
Luego que oyeron el tambor y los cantos, y vie- 
ron el principio de las danzas, prorumpieron en 
gritos de júbilo, y no pudiendo contenerse, brin- 
caban y bailaban, y querían interpolarse en la 
comparsa. — ¡Esto bueno! decía Espejito. Estas 
mozas son de lindo cabello! Bueno, bueno, mu- 
cho me cuadra. 

'■'■EL Largo^ indio mescalero, tenido por el mas 
avisado y prudente de los de su nación, es el que 
ha manifestado mayor miedo de la venida de los 
apaches. ¿Por qué esta desconfianza? Vergonzo- 
so es decirlo. Alguna vez han amanecido ahogados 
en el rio ó en las acequias del Paso varios indios, 
que habían entrado á la villa con la salvaguar- 
dia de la paz, y aun otra ocasión se les llamó á 
capitular en la plaza, ocultando con olivas la ven- 
ganza, pues se tenían encerrados algunos cente- 
nares de soldados y vecinos, y tapadas las bocas- 
calles, para que á cierta señaldada durante las es- 
tipulaciones, los indios fuesen asaltados y sacrifi- 
cados en el acto. Por fortuna la malicia de ellos 
frustróla consumación de esta perfidia, que en pro- 
yecto solamente debe manchar á sus autores, y 
realizado, hubiera deshonrado á la nación entera. 
— Ahora se ha tratado de buena fé, y por lo me- 
nos no habrá el riesgo de la ignominia mayor que 
cualquiera otra desgracia, aunque no sea posible 
evitar algunos actos de venganza particular, ó 
suscitados por las provocaciones é imprudencias 
de los mismos indios. Por la tarde tuve ocasión 
de ecsaminar en una india el trage propio de las 



FRONTERA DE LA REPÚBLICA.— EL PASO. 



167 



de mas rango de su nación. Dos túnicas de dife- 
rentes tamaños, formadas de gamuza, guarnecidas 
de correas y adornadas con chaquira y canutos 
de hueso ó de cristal. Un cuadro del propio ma- 
terial con los mismos adornos, y en fin, unas te- 
guas amarillas con botines muy altos y llenos de 
recortes. — La india traia á la espalda una espe- 
cie de baldoquin, formado de varias raices y de 
manera que el dosel, sombrero ó cubierta pudiera 
moverse á discreción. Allí venia atado un robus- 
to apachito, cuyos pies descansaban en una á ma- 
nera de repisa, sin que le quedase movimiento 
mas que en las manos, con las que jugaba las en- 
sartas de cuentas que adornaban su cuna. Col- 
gada ésta á la cabeza de la silla, corren las indias 
á caballo como si llevasen un cbimal ó cualquier 
otro mueble, y no á un chicuelo tiernecito." 

"Miércoles 15 de Julio de 1842. — En este dia 
salió la comitiva de que nos hemos ocupado, del 
Paso, y prosiguió su espedicion: nuestro viagero 
invierte algunas cartas en manifestar su viva gra- 
titud á las familias del Paso, con quienes se ha- 
blan relacionado, y en recordar con la ternura del 
reconocimiento al pueblo en que tantas atencio- 
nes recibieron. El mismo dia 15 estuvieron en 
el Real^ pueblecito que se confunde con la villa 
del Paso, en términos que solamente los de ambos 
lugares podrán conocer sus límites. 

"El Real no tiene escuela: su población es de 
439 almas, y su primera necesidad consiste en li- 
bertarse del rio, que amaga sus casas y sus labores. 

"Este pueblecito, como digo, se confunde con el 
Paso: sus casas son mas pequeñas y aisladas, y 
su vejetacion menos espléndida por lo pantanoso 
del terreno; pero tiene sus viñas y sus arboledas 
de frutales, álamos y sauces, y aquel aspecto ale- 
gre y agradable que parece ser el tipo del partido. 

"Apenas hablamos pasado las casas del Real, 
(donde nos detuvimos lo preciso para hablar y re- 
cibir las atenciones de sus autoridades) y aproc- 
simamos á las de Senecti, cuando nos salieron al 
encuentro -el cacique, el gobernador y el juez de 
paz de este último pueblo. El primero venia sin 
sombrero y vestido con una camisa de manta, que 
caia sobre un calzón blanco, y estaba sujeta á la 
cintura por una faja azul: portaba un palito de ma- 
dera negra con easquillos de, plata, y montaba un 
caballo colorado, que tenia pintadas unas ruedas 
blancas al rededor de los ojos. A poco trecho 
encontramos una danza de indios, y en medio del 
resto del pueblo llegamos á la puerta del cemen- 
terio de la iglesia entre los redobles de los tam- 
bores, el ruido de las sonajas, los gritos y el re- 



pique de las campanas. Entramos á la iglesia, 
donde se cantó el Te Deum. — Salimos, y pasamos 
á una sala, donde se nos ofreció de refrescar. 

"El pueblo del Senecú tiene 851 habitantes, 
inclusos los indígenas que hablan el puro idioma, 
que seguramente va á perderse para siempre, pues 
no hay otros que lo hablen. Las casas del lugar 
están aun mas dispersas que las del Paso: la ma- 
mayor parte no son sino jacales bien enjarrados 
por afuera y con las esquinas enyesadas. Como las 
cercas de las huertas son de espinos ó muy bajas, 
se hallan también mas descubiertas, pero no tie- 
nen tantos árboles como las de la villa. 

"Al salir del Senecú, atravesamos un monteci- 
to de mezquite, y pasamos un brazo del Bravo, que 
se aparta muchísimo de la caja principal del rio, 
y cuya profundidad seria apenas de una vara. 
Continuamos después por un monte semejante, 
pero tan arenoso, que para aliviar á las bestias 
de tiro, pareció conveniente el arbitrio de las ma- 
drinas. 

"Después de un rato de camino, encontramos 
al cacique, al gobernador, al capitán de la guerra, 
y al juez de paz de la Isleta, que con unos vein- 
te hombres de caballería esperaban al general: los 
pasamos, y como la lluvia se aprocsimaba, echa- 
mos á correr, sin detenernos ni cuando encontra- 
mos la danza en las orillas del pueblo: treinta y 
dos hombres de infantería estaban formados en 
frente de la casa del juez, que era la destinada 
para el alojamiento del gobernador: llegó éste á 
poco rato con una pompa semejante á la de su 
entrada á Senecú, bien que aquí no hubo ceremo- 
nia alguna religiosa, pues en derechura se fué á 
la casa, y sentándose en la puerta, comenzó el bai- 
le: los danzantes eran 12; pero de ellos solamen- 
te dos eran mugeres, que por cierto eran jóvenes 
bonitas; bailaban bien, y estaban tan bien vesti- 
das como las mas guapas de Senecú: aun esas dos 
bailaban pocas ocasiones, y esto siempre con los 
dos capitanes de los chímales, pues regularmente 
se mantenían cirniéndose suavemente en un lu- 
gar, dejando mientras que todos los varones, agru- 
pados en torno de los músicos y del tamborilero, 
hacian gestos y ademanes feroces, como si estu- 
vieran en consejo, zapateando en sus puestos, y 
tan apiñados, que parecía un pleito general: yo 
advertí que articulaban algunas palabras, y pre- 
gunté su significado á dos indios en diversos 
tiempos y lugares, para cerciorarme del verdadero 
sentido, y resultó que decían: "Estamos alegres, 
porque hemos matado apaches y comanches co- 
mo los hombres, y porque nuestro general ha ye- 



168 



FRONTERA DE LA REPÚBLICA.— EL PASO. 



nido á visitar á nuestros pueblos." ¿No es este 
canto y esta poesía digna de los guerreros de 
Osian? Tradúzcalos un erudito; añádales algo 
por su parte, y se obtendrá un poema, que si pasa 
á la posteridad, no parecerá compuesto por los in- 
ditos de la Istela, ó se pensará que éstos son aho- 
ra como nos figuramos á los hombres de los tiem- 
pos heroicos. 

"Concluida la danza, el Sr. García Conde gra- 
tificó á los principales, y' les echó una arenga 
análoga á las circunstancias, recomendándoles, 
entre otras cosas, que conservasen sus usos pecu- 
liares, su trage, y todo cuanto les dá un carácter 
nacional. La arenga del gobernador fué repeti- 
da en lengua tigua por el capitán de la guerra á 
toda la concurrencia; pero en un estilo tan monó- 
tono, que yo pregunté si estaban rezando: espli- 
cáronme lo que era, y con este motivo me infor- 
maron de que el tigua es enteramente distinto del 
pino que hablan en Senecú, pero el mismo que 
hablan los indígenas de Taos, Sandia, é Isleta en 
el departamento de Nuevo-México, de donde ha- 
blan venido los colonizadores de este pueblo, que 
para rezar, se valen del castellano, porque decían: 
"Aunque podemos hablar los rezos en el tigua, no 
los hablaríamos parejo, como deben hacerlo todos 
los hijos de Dios." Me dijeron también que aque- 
llas mantas negras que usaban las indias, las te- 
jían en Taos, donde les costaban de 3 á 4 pesos, 
y que su gobierno consistía en un cacique, cuya 
dignidad era hereditaria por el orden de mayoraz- 
gos; y sus atribuciones, la de representar á todo 
el pueblo, y hacer los nombramientos anuales de 
los subalternos, y que éstos eran: un gobernador 
con cuatro ayudantes, que entendían el buen or- 
den del lugar, y un capitán de la guerra, encar- 
gados, con dos ayudantes, de la seguridad de los 
indígenas en los campos." 

"Isleta 16 de Junio de 1842. 

"Este pueblito tiene 481 habitantes, una escue- 
la concurrida por 48 niños: la iglesia está arrui- 
nada, y por esto se celebra en una sala habilitada 
para el efecto: anecsa á la iglesia, en cuyo cemen- 
terio se hallan las campanas colgadas de unos pa- 
los, hay un convento con un portalito. 

"Las otras cosas son pequeñas, y muchas no pa- 
san de jacales, todos dispersos y rodeados de huer- 
tas y labores. Una de las principales es la del juez 
de paz que nos sirvió de alojamiento, en la que 
habla dos cosas que notarse: la una, las láminas 
de yeso muy delgado y trasparente que cubrían 
las rejas de la ventana de la recamara. La otra, 



un agugerito en la pared que separa la sala de la 
cocina, y está cubierto con un vidrio, que permi- 
te á los amos celar á las criadas, sin recibir la 
molestia del humo del fogón: yo me asomé por 
este último, y vi que estaban cociendo unos bo- 
cadillos de maiz recortados y pintados en forma 
y color de hojas de amapola. El cacique y una 
de las inditas bailadoras habían regalado al Sr. 
García Conde una cosa que por lo menos es de la 
propia materia, pero su forma es la de una pieza 
de lienzo azul de tres cuartas de ancho y de un 
largo discrecional, naanjar que sirve de bastimento 
y llaman huallavez. 

"Salimos del pueblo de la Isleta, y á poco an- 
dar encontramos al juez de paz del Socorro, que 
con media docena de gínetes salió á recibir al go- 
bernador: pocos pasos mas allá estaba formada 
la infantería en dos hileras; el quitrín pasó por 
en medio, y el saludo fué una descarga con las 
punterías elevadas una vara del techo del carrua- 
ge, que me hizo recordar la que hicieron los tur- 
cos á lo'S cruzados en tiempo de Ricardo. 

"Marchamos otras trescientas varas, escoltados 
por la tropa, que con tambor batiente salía tras 
el quitrín á paso redoblado, y nos apeamos en la 
casa del mismo juez de paz. 

"La sala era bastante grande, adornada con 
muchas estampas estrangeras, y recientemente re- 
gada de aguas y de flores. 

"Después de una corta permanencia en el So- 
corro, salimos en medio de un fuerte aguacero. 

"El camino se anegó totalmente; pero al fin pa- 
só la lluvia, y pudimos salir de nuestro encierro 
en el quitrín. Vimos entonces algunas casillas 
aisladas, y llegamos á un puente de vigas, en el 
que se atravesaron algunas ramas de mezquite 
para que pasasen las ruedas de los earruages. 

"Allí encontramos al Sr. Ugarte á caballo, que 
siguió conversando con el general mientras dába- 
mos vuelta por varios médanos cubiertos de ve- 
getación: llegamos por fin al estremo de una ca- 
lle de álamos, donde encontramos al juez de paz. 
y siguiendo por esta calle, á cuyo frente se distin- 
guía una alta torre cuadrada, pasamos un puente 
y encontramos á San Elzeario, anunciada la pre- 
sencia del comandante general por la salva de la 
artillería y los clarines de la tropa, que estaba 
formada á pié en frente de la muralla, é hizo allí 
los honores de ordenanza. 

"Posamos en la casa del Sr. Ronquillo, quien 
nos salió á recibir antes de llegar á ella." 

[^Continuar á.^ 









^-s»,^^\P^^-^^^\^J^-0/^'''^-=«^ 



Ic^.UE largo invierno hemos sufrido! Qué feliz soy 
en volver á encontrar la vida con el Sol de la 
primavera! La sangre se calienta y circula, y 
palpita mejor el corazón á par del renacimiento 
de las dulces emociones 

El invierno conviene á la vejez: abundantes y 
sustanciosos manjares, un juego de ajedrez, con el 
que corran menos lentamente las horas ociosas; 
hé aquí la vida esterior de la ancianidad. 

Sedentaria por necesidad, le es preciso el calor 
de los trópicos: allí, delante del hogar doméstico, 
se reúne la familia del anciano, mientras que 
gruesos goterones de lluvia destilan por los vi- 
drios de las ventanas, mientras que brillan á la 
luz de los relámpagos las montañas cubiertas de 
hielo, y que la nieve cae silenciosamente sobre la 
tierra, y el viento pasa susurrando entre los árbo- 
les de la montaña, y con sus lastimeros gemidos 
asustan á los pequeñitos, que se aprietan contra 
la poltrona del anciano. Entonces la ecsistencia 
se embellece con cuentos fantásticos, y Hoffman 
y Burger. se encargan de provocar las emocio- 
nes .... pero para las jóvenes la naturaleza es la 

que mueve los corazones ¡Con qué poder obra 

sobre nosotros! Mirad aquel Ser encantador 

debido á los misterios de la creación: mirad á esa 
joven. ¡Qué espresiva y qué apacible es su mira- 
da. ¡Qué graciosos son sus movimientos! ¡Qué 
voluptuoso es su paso! y ¡qué airosa su blanca y 
flotante vestidura! La hermosa flor que con tan- 
to cuidado ha colocado en su seno, ¿quién la ha 
dado? Ah! ¡Venga la primavera con su aliento 
dulce y con sus perfumadas flores! 

Amo la primavera, las blancas y perfumadas 
rosas y el purpureo y aromático clavel. Amo los 
dias tranquilos y serenos que me recuerdan el 
dulce cielo de la Italia: amo la tierra, desarro- 



llando su hermosura y preparándose al lujo de 
sus fiestas. 

Este cuadro admirable dilata mi alma y me ha- 
ce esperimentar una emoción que no puedo des- 
cribir. Salido apenas de la infancia, me hallaba 
ya bajo esa magia indefinible; hubiera querido pa- 
sar mis dias bajo de los elevados y copados sau- 
ces. Cuando podia encontrarme en el campo, era 
feliz con respirar el aire libre, con estarme inmó- 
vil delante de una verde pradera sembrada de fio- 
recillas desconocidas en nuestros jardines, y se- 
guía con interés los caprichosos giros de la mari- 
posa cu^bierta de tisú y de seda. Atento al me- 
nor ruido, enmudecía á la caida de una hoja que 
se desprendía del sauce cercano, ó al débil grito 
del chuparosa, que trazaba fantásticos círculos á 
mi rededor. Me agradaba sentarme en el fondo 
de los bosques lejanos y sombríos: nada temia, 
porque me he avergonzado de la vileza, y en mi 
alma no ha tenido su asiento el temor. Me lan- 
zaba también atrevidamente en la vida, pero pen- 
sativo y silencioso, porque el amor y los peligros 
que son su primavera y sus flores, aparecían con- 
fusamente entre mis planes del porvenir. Cuando 
caían las escarchas y el cielo se cubría de nubes 
tempestuosas, esclamaba suspirando: Ah! Venga 
la primavera con su suave aliento y con sus per- 
fumadas flores. 

Pero vosotros, que amáis la estación de las ro- 
sas, nie comprendereis. ¿Veis los primeros albo- 
res de la mañana? ¿Veis el pálido azul del cie- 
lo, y hacia el oriente una línea purpúrea, que va 
aumentándose gradualmente? Mirad la cima de 
ese álamo elevado, y sus hojas agitadas por la fres- 
ca brisa de la mañana. Se doran, brillan; el Sol 
va á descender de sus ligeras ramas para llegar 
hasta nosotros é invadir el mundo. Cuando el 



108 



LA VUELTA DE LA PRIMAVERA. 



Sol ha desaparecido, me agradan también las tin- 
tas semi-sombrías del horizonte de la tarde, car- 
gado de vapores. Y mas tarde aun, cuando apo- 
yado en una ventana; cuando todo es soledad y 
reposo; cuando el ave soñolienta se posa en las 
ramas de las copadas lilas; cuando no se oye si- 
no un sonido vago de hojas temblorosas, sonido 
fugitivo que en vano quiere el oido detener, me 
complace ver aparecer el astro oceánico de la no- 
che, que completa tan poéticos cuadros. Mirad- 
lo; se eleva lentamente detras de las cimas copa- 
das de los árboles magníficos de los campos Elí- 
seos, y marcha silenciosamente en el azul del cie- 
lo ... . Amo este lugar; conviene con mis recuer- 
dos, con mis ensueños .... Las claridades que se 
deslizan entre los pies de los árboles; las sombras 
que proyectan los elegantes arcos del puente de 
Antico; el vasto valle del Sena, que corre sin nin- 
gún obstáculo, y forma una línea blanca como una 
serpiente de plata todo lo que nos rodea ele- 
va el alma .... La melancólica naturaleza parece 
que revestida de un trage nupcial, aguarda las si- 
jenciosas horas de la noche para practicar sus su- 
blimes misterios .... ¿Conocéis ese tormento que 
da vida, esa felicidad que mata? ¿Suspiráis? 

Venid cerca de mí; venid á tomar parte en esas 
escenas apacibles y amorosas, que hablan tanto al 
alma halagando los sentidos; mirad al principio 
la brillante cruz que corona la cúpula de nuestros 
antiguos guerreros; admirad esa vasta estension. 
¡Qué noche! ¡Cómo recuerdan estos cuadros el 

crepúsculo de la Escocia Esa nube aislada que 

se adelanta entre los grupos luminosos y las va- 
gabundas nubes, es el alma de algún bardo de la 
verde Erin. ¡Brillante fascinación! Heme aquí 
inmóvil, bajo el encanto de esa poderosa armonía 
y de una atmósfera embalsamada: todo me dispo- 
ne á las dulces emociones del amor; busco con 
avidez el ser ideal de mis ensueños y de mis pen- 
samientos. Hele allí. ¿Veis esa joven diáfana, 
de largos cabellos, de vaporosa vestidura y de flo- 
tante banda, deslizarse ligera como la hija de Fin- 
gal, alumbrada poresa luz dudosa? Mirad un ca- 
mino blanco y trasparente, y embriagaos con los 
perfumes que deja bajo sus huellas. 

Y bien, ¿el sombrío invierno daria estas ilusio- 
nes encantadoras; estas frescas y brillantes emo- 
ciones de placer; esta felicidad desconocida á la 
vida material? 

Oh! no. Venga la primavera con su dulce alien- 
to y con sus perfumadas flores. 

(Traducido para el Álbum.) 



1 uü mm 



— -^l-ÍH- 

Ven á enjugar mi llanto doloroso, 

¡Oh amiga fiel, que sabes comprenderme 

Tú también lloras como yo, infelice! 

Tu triste corazón también padece. 

¡Oh amiga de mi vida! ¿Por qué el cielo 

Nos destinó á sufrir? ¿Por qué inclemente 

Nm sigue la desgracia, y nos obliga 

A apurar del dolor las crudas heces? 

¿No nos bastaba con haber sufrido 

De una infeliz pasión las penas crueles? 

Si ya cerrada estaba nuestra herida, 

¿Por qué el amor de nuevo á abrirla vuelve? 

Esta pasión abrasadora, inmensa. 

Que en nuestros corazones tan ardientes 

El destino fatal que nos persigue 

Quiso por nuestro mal que se encendiese; 

Amiga, bien lo sé, no es una chispa 

Que el viento apaga y como el viento es leve; 

Es una hoguera de voraces llamas. 

Que jamas se consume, que no muere. . . , 

i Ay de nosotras, dulce amiga mia, 

Que un imposible amamos! Me estremece 

El porvenir fatal que nos aguarda; 

Un porvenir de soledad y muerte 

Pero ya que á las dos el cielo quiso 
Darnos la misma desgraciada suerte, 

Y así unir nuestros tiernos corazones 
De la desgracia con el lazo fuerte: 
Ven, querida: jamas nos separemos. 
Consolémonos ambas mutuamente; 
Ven, y en mi seno ecsala tus suspiros: 
Tus lágrimas de amor mis labios sequen, 

Y las mias tú enjuga cariñosa 

¡Oh amiga fiel! que sabes comprenderme. 

Maeia. 



IPUM^AMailMIP©» 



Nunca los hombres políticos dicen lo que pien- 
san, ni piensan lo que dicen, ni cumplen lo que 
prometen. La política y la diplomacia, que de- 
bían tener por base la franqueza y la verdad, es- 
tán hoy fundadas en la mala fe y en el engaño. 
El mejor diplomático es el que mejor sabe enga- 
ñar, fingir y mentir. 



¿Qué tal es el abogado Carrón? — Magnífico; 
sabe enredar los pleitos perfectamente. — Pues á 
ese entrego mi negocio. 



^WI^S¡I1= 



!iai^itiii 



^^7í7ní7í^T^7íüT7íT^7í7í7í7í7í7í^7í7í^7í"^7í^T^7íWf^ 




Ielegrino Rossi nació en Carrara en 1787. 
Se educó en Bolonia, y después de haber reci- 
bido en la Universidad el grado de Doctor, reci- 
bió en el año de 1806 el título de abogado. En 
1809 fué nombrado catedrático de jurispruden- 
cia de la Universidad de Bolonia. En 1814 fué 
comisionado para organizar un tribunal y obrar 
como miembro de él en las tres legaciones ocupa- 
das por el rey Grioacbino (Joaquín Murat). 

Después de la caida de Murat, para precaverse 
de la persecución, se retiró Rossi á Genova, don- 
de se dedicó á dar lecciones de Historia y juris- 
prudencia, con tal écsito, que en 1819 fué nom- 
brado profesor de derecho criminal de la acade- 
mia. Sus brillantes y poderosas cualidades ora- 
torias unidas, á su claro entendimiento y sólida 
instrucción, hicieron que en poco tiempo Rossi 
fuese un hombre de influencia en los círculos po- 
líticos y literarios, y se distinguió particularmen- 
te por la energía y talento con que combatió las 
doctrinas de CandoUe, que constantemente abo- 
gaba por el eselusivo estudio de las matemáticas 
é historia natural, con detrimento del respeto con 
que los jóvenes deben mirar el estudio de la filo- 
sofía, política y literatura. En consecuencia de 
esta controversia y de la oposición de la mayor 
parte de los catedráticos, la posición de Rossi en 
la academia de Grénova fué cada vez mas compro^ 
metida y dificultosa, hasta el grado que tuvo que 
apelar á la amistad de Broglie y de Gruizot, á fin 
de que le proporcionaran una colocación en Paris. 

El principio de su carrera en Paris fué sem- 
brada de tropiezos y sinsabores: sin embargo, á 
fuerza de constancia logró triunfar de sus ene- 
migos, y un porvenir brillante se abrió para él. 
En 1839 fué creado par de Francia. Sus traba- 
jos en la cámara no son demasiado conocidos; pe- 
ro su vida literaria y estudios eran muy seme- 
jantes á los de su amigo Gruizot, aunque se dis- 
tinguía de él por la gracia y el giro poético de 
su estilo. Como filósofo, Rossi es altamente re- 
comendable, pues trata las mas difíciles cuestio- 
nes sociales con una profundidad y elegancia di- 
fíciles de mejorarse. — En 1844 fué enviado por 



PülMEH MINISTRO DE LOS ESTADOS PONTIFICIOS. 

el gobierno francés á Roma con una misión di- 



plomática, y permaneció en la Ciudad Santa has- 
ta 1846 en la calidad de ministro plenipotencia- 
rio de Francia. 

Hace pocos meses fué nombrado por el Papa 
Pío IX, primer ministro de estado, y llegó á po- 
seer toda la confianza de su Santidad, quien esti- 
maba mucho sus talentos é instrucción. 

En 17 de Noviembre de 1848 el partido exal- 
tado ó demócrata de Roma, contrario entera- 
mente á Rossi, promovió una revolución, con el 
fin de obligar al Papa á cambiar el ministerio y 
proclamar la federación de los estados italianos. 
Rossi se dirigía á la cámara de diputados en 
medio de la multitud. Al subir á las gradas, un 
asesino le hundió un puñal en el cuello, y desapa- 
reció, merced á la alarma y confusión que cau- 
só el mismo suceso. Los diputados abandona- 
ron en silencio sus sillas. Rossi fué transporta- 
do á la casa del cardenal G-azolli, donde espiró á 
los cinco minutos. 

Se cuenta con referencia á este cruel asesinato, 
un suceso singular. Un eclesiástico, que gene- 
ralmente confesaba en la iglesia de los Jesuítas, 
fué en el día fatal que aconteció el asesinato, soli- 
citado por una persona, que deseaba prontamente 
descubrirle secretos muy importantes. 

El secreto se reducía á decirle, que el Conde 
Rossi debería morir en el mismo día, y que no 
perdiese un instante sí quería salvarlo. El ecle- 
siástico, en efecto, no perdió un momento, y en- 
contró á Rossi cuando acababa de salir del Palacio 
Quirinal para dirigirse á la cámara: contóle todo 
lo ocurrido, y lo conjuró á que procurase salvar- 
se de la desgracia que le amenazaba. Rossi re- 
flecsionó uno ó dos minutos: después, reponiéndo- 
se dijo: "La causa del Papa es la causa de Dios; 
voy á cumplir con mí deber." 

Entró en su carruage. — Un cuarto de hora des- 
pués habia espirado. 

Rossi, entre otros escritos, nos ha dejado - 
Curso de economía política; y sí es posib! 
mos una idea de él en uno de los r ' 
meros. — L. RR. 




Ch CcoflioTSC. 



TU[LQ[PI\ 



CUMPLIDO 7,ducí 





©^ 



L, 



^AS lecciones de moral que por orden de la 
Encantadora daba todos los días Maravilla en el 
jardin, no hicieron gran efecto entre las flores, 
como los sermones no hacen mucho efecto en las 
gentes del mundo. 

El demonio, que se habia metido sin duda en 
aquel jardin, habia inspirado á las flores pasiones 
todavía mas fuertes que las que animan á las 
mugeres. Unas flores eran soberbias, otras am- 
biciosas, otras coléricas; á otras devoraban los ce- 
los y la envidia. La Encantadora veia con dis- 
gusto este desorden, pero queria que cada flor 
sufriera alguna desgracia que la corrigiera; y así, 
lejos de oponerse á las inclinaciones de las flores, 
les daba pábulo algunas veces, y en otras se ha- 
cia disimulada. 

Tulipán era una de las flores mas altaneras, 
mas inquietas, mas ambiciosas. Engreída con 
su nombre masculino, se juzgaba superior á sus 
compañeras, y si solia algunas veces platicar con 
ellas, era solo para burlarlas ó criticarlas con una 
risa sarcástica, que siempre vagaba por sus labios. 
Tulipán era aborrecido en el jardin: la Encan- 
tadora estaba verdaderamente desesperada, y así 
de ninguna manera pensó oponerse á los desig- 
nios que la flor tenia formados. 

Tulipán desapareció una noche del jardin, pe- 
ro no fué llevado en las plateadas espaldas de 
Céfiro, sino en las negras y formidables alas de 
Aquilón. Antes de llegar al mundo, se marchitó, 
y solo algunas perlas de su gargantilla cayeron 
en Cádiz. 

11. 

Habia en la noble ciudad de Cádiz una señora 
llamada Doña Ana del Huerto, y un caballero 
llamado D. Pedro del Viñedo. 
TOM. I. VIH. 



La señora tenia ya sus treinta y cinco años; 
pero era muy hermosa y bien conservada. 

El caballero casi peinaba los cincuenta; pero 
era robusto y todavía capaz de grandes hazañas. 
Lo mas notable era que estos dos personages 
eran andaluces; prodigio solo comparable al que 
pasa en México, donde los niños de siete años ya 
saben hablar español. 

Estos dos personages se enamoraron locamen- 
te, de manera que á pesar de su edad, se decia 
eran los nuevos amantes de Teruel. 

Pasado algún tiempo se casaron, cosa que 
raras veces hacen los que están muy apasiona- 
dos. 

La consecuencia de todos estos prodigios fué, 
que nuestros andaluces, que se enamoraron 
y casaron, tuvieron dentro del término legal y 
permitido por la Iglesia, un fruto de bendición. 

Era una niña, á quien pusieron entre otros, el 
nombre de G-ertrudis. 

Creció la niña llena de belleza 'y de gracias. 
Sus padres estaban locos, y la llamaban Tulitas. 

IIL 

A los quince años Tulitas era un prodigio. En 
todo Cádiz no se hablaba mas que de la hermosu- 
ra de la muchacha. Según los datos estadísticos 
de la época en que vamos hablando, ecsistian en 
la ciudad 35,889 59-ioto jóvenes, desde diez y seis 
hasta viente y cinco años: pues bien, todos ellos 
estaban perfectamente enamorados de Tulitas; 
de suerte que el movimiento de sus ojos, la son- 
risa de sus labios, la inclinación de su cabeza, con- 
movían á la fogosa juventud gaditana. La au- 
toridad, celosa de la conservación de la tranquili- 
dad pública, dictó medidas muy enérgicas para 
evitar una guerra civil, y aun pensó desterrar á 
las Filipinas á una familia tan peligrosa. 



174 



LA SULTANA TÜLIPIA. 



El lector tendrá curiosidad de saber qué ha- 
cia Tulitas con 35.000 59 centavos amantes que 
se estaban muriendo por ella. Resolveremos la 
duda, asegurando que Tulitas los despreciaba á 
todos, y que no pensaba de dia y de noche mas 
que en una sola cosa, en ser reina. 

Sus padres al principio no hicieron caso de es- 
ta idea; pero como la muchacha lloraba, repitien- 
do todos los dias que quería ser reina, los infeli- 
ces viejos se pusieron á registrar sus títulos de no. 
bleza, con el fin de ver si podian deducir algunos 
derechos al trono de San Fernando. Después de 
calentarse la cabeza, encontraron que descendían 
en línea recta de D.-Pelayo, que, como saben nues- 
tros amables lectores, ha sido el Adán de España. 
No hay español que no sea por lo menos primo de 
D. Pelayo. 

Los padres de Tulitas, llenos de gozo, se- valie- 
ron de un buen abogado que les hizo un memorial 
solicitando para la linda Tulitas la plaza de reina 
de España, y la dirigieron á las cámaras por 
conducto de un hermano de un primo, amigo de 
un amigo del portero. También dirigieron una 
carta al pretendiente D. Carlos ofreciéndole (si 
ganaba) la mano de Tulitas. La carta fué por 
conducto de un tambor del regimiento de Estre- 
madura. 

Llenos de placer los viejecitos, porque ya lo 
eran los padres de Tulitas, le dieron parte de sus 
diligencias, y la muchacha se conformó, ó pareció 
conformarse. 

Las riñas seguían aumentando en Cádiz. To- 
dos los dias habia por lo menos tres que se cor- 
taban las piernas, seis que se daban de mogico- 
nes, y quince ó veinte que se medio mataban á pa- 
los. Tulitas era la causa de que la estadística cri- 
minal aumentara tan prodigiosamente. La policía 
estaba ya resuelta á poner término á estos escán- 
dalos; pero Tulitas le evitó ese trabajo. 
Una noche la bribonzuela dijo á su madre: 
— ¿Sabes, madre, que según las gacetas, que nun- 
ca dicen en España mas que la verdad, D. Car- 
los ha perdido? 
— Sí, hija mia, respondió suspirando la madre. 
— ¿Sabes, madre, que según las mismas gacetas, 
una muchacha que le dicen la inocente Isabel va 
á ser muy pronto reina"? 

— Sí, hija mia, contestó la madre, suspirando 
mas fuertemente. 

— Entonces no puedo ser reina. 
— No, hija mia, replicó la madre sollozando, y 
no queda mas arbitrio sino que tu padre se pon- 
ga á arar la tierra ó á apacentar borregos. — Me I 



han dicho que es la escala para rey. David era 
borreguero, y otro rey romano peón de un rancho. 

Tulitas sonrió maliciosamente, y continuó: 

— Madre mia, deseara yo saber si es lo mismo 
ser sultana que reina. 

La madre salió á consultar con las vecinas, y 
después de una sesión acalorada, resolvieron que 
se dijera á Tulitas, que sultana era mas grande 
que reina. 

Tulitas tomó su resolución. Un muchacho 
marinero, que habia hecho varios viages al Orien- 
te, le acabó de dar todas las instrucciones nece- 
sarias, y una noche -Tulitas abandonó su casa, se 
metió en un barco, y tres horas después navegaba 
viento en popa con dirección á Stamboul. 

lY. 

¡Stamboul! tierra de encantos y de misterios: 
¿Quién es el poeta que no ha soñado con tus jar- 
dines de naranjos, con tus encantadores arrabales 
de Pera y de Grálata? ¿Quién es el viagero que 
no ha contado que los arroyos de Stamboul son 
de leche y miel de abejas. Las naranjas de oro, 
como las del jardin de las Hespérides; los empe- 
drados de las calles, de topacios, ágata y cornali- 
na; y las paredes de las casas, de porcelana, como 
dice un inglés que es en México la casa del con- 
de del Valle. ¡Stamboul! piedra preciosa que pu- 
le la imaginación de los novelistas, préstame to- 
dos tus mágicos encantos, tus lámparas misterio- 
sas, tus sabrosos narcóticos y tus silenciosos ha- 
renes, llenos de perfumes y de encantadoras mu- 
geres, dormidas en lechos de púrpura y de oro! 
El buque en que iba Tulitas llegó felizmente 
á Stamboul, sin que tuviese esas tempestades, 
malos vientos y sustos, que rara vez dejan de con- 
tar todos los navegantes. 

El muchacho tnarinero en cuanto pudo desem- 
barcar, fué á verse con un negociante turco, que 
tenia un almacén de muebles. 

Este turco era un tapicero filósofo. En su ju- 
ventud habia sido muy enamorado, y en su ve- 
jez era, según hemos dicho, un filósofo como lo son 
todos los ricos; es decir, desengañados del mun- 
do, y con el íntimo convencimiento de que el 
dinero es una de las mejores alhajas. 

El comerciante filósofo compraba y vendia oto- 
manas, pipas, cortinages, fuentes de alabastro, 
macetas de flores y mugeres. — El marinero ven- 
dió, pues, á Tulitas, poco mas ó menos, en dos- 
cientos pesos, y se volvió á bordo del bergantín 
San Fernando, con un surtido de baratijas y chu- 
cherías. 



LA SULTANA TULIPIA. 



175 



El filósofo precisamente tenia encargo del sul- 
tán, de una muchacha española, morenita, de ojos 
negros, de mejillas finas y nacaradas, dientes blan- 
cos j cabellos de ébano, cintura de abeja y pié 
de niña. Tulitas tenia esactamente todas estas 
calidades, y así, el convenio se hizo muy pronto. 
El filósofo tapicero ganó sobre dos mil pesos en 
el negocio, y el sultán estuvo á punto de volverse 
loco de placer. Las cosas caminaban á medida 
del deseo de Tulitas. 

V. 

El sultán se llamaba Alfakir II; su filiación 
era la siguiente: 

Estatura, una vara diez pulgadas. 

Pelo, blanquisco y escaso. 

Frente, de un dedo de ancho. 

Ojos, chicos y verdes. 

Nariz, corva y encarnada. 

Boca, de diez pulgadas de longitud. 

Dientes, ni uno. 

Cejas, ni una. 

Pestañas, ni una. 

El carácter del gran sultán era todavía mas 
recomendable que su fisonomía. No habia uno 
solo de sus subditos que no tuviera que agrade- 
cer algo á su clemencia. Al uno, por compasión, 
le mandaba dar cien azotes en lugar de veinte y 
cinco á que lo habia sentenciado el visir; al de 
mas allá lo despojaba de su propiedad, á pretes- 
to de que las riquezas perjudican á la salud. En 
fin, diariamente dedicaba dos horas á ejercer 
justicia, y largo seria enumerar el catálogo de to- 
dos sus actos públicos. En cuanto á su trato pri- 
vado, era inmejorable. A pesar de los preceptos 
del profeta, todos los dias tomaba grandes dosis 
de vino, y se encerraba á dormir, haciendo creer 
á todos los fieles, que estaba en interesantes éx- 
tasis con Mahoma, á fin de arreglar todos los ne- 
gocios espirituales y temporales de su vasto im- 
perio. De noche se divertía con sus esclavas, ha- 
ciéndolas cantar y danzar, y aquella que quedaba 
mal, sufria el castigo de no comer y beber al dia 
siguiente. 

Este fué el marido que adoptó Tulitas, cerran- 
do los ojos sobre todos estos defectos, como lo ha- 
cen generalmente las mugeres ambiciosas. Es 
verdad que Tulitas no era mas que esclava; pero 
en vez de lamentar la desgracia que la condenaba 
á vivir con semejante hombre, no pensó mas que 
en los medios de agradarle, á fin de que la eleva- 
se al rango de sultana. 

No tardó mucho en suceder esto, pues Alfa- 



kir II, entre sus buenas cualidades, poseia la de 
fastidiarse muy pronto. Su predilecta era una 
inglesa grande, de ojos azules, cabello amarillo y 
un pié de rey, es decir, de una tercia, tamaño 
muy proporcionado para un emperador como Car- 
io Magno; pero desmedido para una sultana. 
Era la inglesa una muger de mucho talento; sa- 
bia la Biblia y la astronomía, pero ni una palabra 
en esto de bordar y coser: esto no importaba, 
pues ni el sultán, ni la Grran Bretaña la que- 
rían para costurera. Para aclarar mas la historia, 
diremos, que esta sultana era un espía que el ga- 
binete de San James tenia para saber todos los 
secretos del Oriente. La inglesa, como debe su- 
ponerse, fué la primera que concibió una profun- 
da aversión contra Tulitas, y escribió inmediata- 
mente una larga nota diplomática á D. Juan 
Russell. 

Mas por mucho que fuera el talento de la in- 
glesa, y los esfuerzos de los diplomáticos, las gra- 
cias de la española triunfaron, y en la noche mis- 
ma sentenció el gran sultán á Lady Armorina, 
que así se llamaba la inglesa, á quedarse sin co- 
mer tres dias, y á perder el rango de sultana por 
el delito de tener los pies tres tantos mayores 
que los de la andaluza. Esta sentencia tan jus- 
ta, fué aplaudida y celebrada por todos los corte- 
sanos, y nuestra heroína subió al trono con el 
nombre de Tulipia I. 

G-randes y magníficas fueron las festividades 
que se celebraron con este motivo. El sultán te- 
nia sus jardines llenos de tulipanes, y quiso qtíe 
su nueva esposa se vistiese de una manera idén- 
tica á la flor. Una túnica de albo y finísimo lino, 
sembrado á veces con ligeras líneas de un color 
de rosa suave, cubria su cuerpo. Sobre esta tú- 
nica caia graciosamente otra vestidura de tela de 
Cachemira, color de púrpura y oro, de la misma 
forma que las hojas del Tulipán. Su cintura, masi 
delgada que la de una abeja, la cerraban unos 
cordones de seda con unas borlas en las puntas, 
semejantes á los botones del Tulipán. Las man- 
gas del trage eran abiertas; dejaban ver sus bra- 
zos redondos y cubiertos con una delicada encar- 
nación, y estas mangas eran de un finísimo tisú 
de seda verde, semejantes á las hojas de la planta. 
Últimamente, el corpino, la gargantilla y el tur- 
bante estaban en relación con lo demás del tra- 
ge, y Tulipia hermosísima en una palabra, como 
podrán juzgarlo nuestros suscritores por la lá- 
mina que acompañamos á este verídico artículo, 
y que G-randville la copió fielmente de la galería 
de pinturas del sucesor de Alfakir II. 



176 



LA SULTANA TULIPIA. 



El sultán estaba loco de gusto; pero Tulipia 
en el momento que se sintió otra vez flor, tuvo 
ese presentimiento vago, esa mortal inquietud 
precursora de una catástrofe. 

No obstante la ambición de la muchacha, esta- 
ba saciada y su deseo cumplido — Era reina, era 
mas que reina, según le habia dicho su madre; 
era sultana. 

VI. 
Los que no han vivido en un serrallo no saben 
lo que son chismes. Tulipia esperimentó todas las 
consecuencias de vivir entre gentes chismosas, y 
toda la venganza mugeril, que no deja de ser tre- 
menda. 

Un dia que Tulipia se disponia á bañarse, y 
se desnudaba en la orilla de un cristalino estan- 
que, una mano invisible la empujó y estuvo á pi- 
que de ahogarse. 

Otro dia una mano, también invisible, arrojó 
unos ramos de rosas llenos de espinas, que le des- 
trozaron el rostro. 

En las noches no la dejaban dormir, porque 
unas veces le tiraban las ropas y otras hacian un 
ruido infernal. 

Si toiaaba agua, la encontraba salada. Los mas 
esquisitos manjares los hallaba amargos; en sus 
vestidos encontraba siempre alfileres, que desgar- 
raban sus delicados miembros; sus sueños eran 
turbados por horribles visiones. Todo esto no 
era mas que obra de las intrigas de la diploma- 
cia europea, empeñada en arrancar del Oriente 
la influencia de la raza española. 

Tulipia, como se debe suponer, estaba desespe- 
rada; se quejó al sultán: pero éste con sus borra- 
cheras no hacia caso, y ademas perdia por momen- 
tos la ilusión. 

Pasaron tres meses, y toda la corte se asombra. 
ba de la constancia del sultán en amar á Tulipia; 
pero llegó el correo de Europa, circunstancia fa- 
tal para nuestra pobre muchacha. 

La inglesa recibió la siguiente nota diplomá- 
tica: "En esta vez hará la Inglaterra por des. 
"tronar á Tulipia, lo que hizo por derrocar á 
"Napoleón. Llenará de escuadras los mares y de 
"ejércitos la tierra; gastará todos sus tesoros, y 
"empeñará las rentas de la corona; pero Tulipia 
"debe caer." — ¡Cuidado, pueblos! 

Con esta perentoria receta, la diplomacia co- 
menzó á trabajar con toda actividad. Dieron 
de beber á Tulipia, y la presentaron ante los ojos 
del sultán como una ebria consuetudinaria. — Pu- 
sieron en su cofre un talego de oro, y la acusaron 



de ladrona. La obligaron á concurrir auna cita 
falsa, y la hicieron pasar por perjura. Todas las 
flores que estaban en el palacio, unas como es- 
clavas, otras como consejeros, dirijidas por los di- 
plomáticos, se conjuraron contra la infeliz Tulipia, 
y ésta agobiada por los pesares, lloraba todo el 
dia, y pasaba las noches con una agitación febril. 

Su belleza se acabó en pocos dias. 

El sultán Alfakir II hizo lo que todos los ena- 
morados hacen; es decir, tan luego como se mar- 
chitó la belleza de Tulipia, la aborreció entera- 
mente. 

Todos los tulipanes del jardin se marchitaron, 
y el sultán mas sintió la desgracia de las flores, 
que la de su favorita. 

VIL 

El sultán, fastidiado como hemos dicho, despojó 
del rango de sultana á Tulipia, y la condenó á 
muerte. — Anémona I ocupó el lugar de Tulipia 
El sultán, triste y lleno de melancolía, aban- 
donó los vinos, las mugeres y las flores, y todas 
las tardes se paseaba ^solo en las murallas de su 
castillo, y se entretenía en arrojar salivas en la 
mar, y contemplar los circulitos que formaban en 
el agua. Esta costumbre la habia heredado de su 
padre Alfakir I; costumbre que le valió entre sus 
subditos el título de Grrande. 

Alfakir II pensó una tarde, que mientras mas 
grande fuese el peso y volumen de lo que cayese 
en el agua, mas grandes deberían ser los círculos- 
Esta idea le pareció un descubrimiento sublime, 
llamó al visir y le dijo dos palabras en el oido. 
A poco rato subieron cuatro eunucos cargando 
un zurrón de cuero. 

Dentro de ese zurrón estaba encerrada Tulipia: 
el sultán convocó después á toda su corte, y de- 
lante de ella mandó que balanceasen los eunucos 
tres veces en el aire el zurrón. 

A la tercera vez lo soltaron, y Tulipia cayó en 
la mar como Monte Cristo. 

El sultán se inclinó, y á poco, soltando una gran 
carcajada, se volvió á sus cortesanos, diciéndoles: 
— Magnífico círculo. 

— Magnífico círculo, repitieron los cortesanos, 
secundando las carcajadas. 

La Encantadora de las flores, compasiva, retiró 
á Tulipia de las aguas, al mismo momento que 
una ballena iba á tragársela. 

— Este es el fin de las reinas y de las muge- 
res ambiciosas, dijo al volverla al jardin. Cuenta 
tu historia á las flores, y predícales moral en 
unión de Maravilla. 

Tulipia dio gracias á la Encantadora por su cle- 
mencia, y quedó reducida por su falta al rango de 
las flores inodoras. 



VIAGE 



1 1®§ I§mi§=IIEID(Dgo 



ilebemos al favor de nuestro amigo el Sr. D. C. 
C. una carta confidencial que recibió, por el últi- 
mo paquete, del Sr. Rosa. Copiamos de ella al- 
gunos trozos, persuadidos de que por la misma 
sencillez y familiaridad con que están escritos, 
no podrán menos sino de agradar á nuestros sus- 
critores. 

"Washington, Noviembre 27 de 1848. — Eldia 
24 de éste, á las cuatro de la tarde, llegamos á es- 
ta ciudad, después de baber hecho un camino ra- 
pidísimo por la posta, durmiendo algunas noches 
en diligencia ó coche de vapor. Desde que sali- 
mos de Nueva-Orleans, hasta llegar á esta ciu- 
dad, los mas dias hemos andado cien leguas, por 
camino de fierro, por diligencia y por buques de 
vapor. — Aunqxxe cada coche de los ferro-carriles 
es un salón, con estufa, sillones de terciopelo y 
vidrieras, y con un gabinete para las señoras; y 
aunque cada vapor es un palacio ricamente amue- 
blado, donde sirven á uno buenas y abundantes 
comidas; aunque en cada coche de vapor van has- 
ta ochenta personas, y centenares en los stim- 
bots, hallándose entre ellas personas de urbani- 
dad y finura, todas estas comodidades no com- 
pensan la irritación que causa un viage tan lar- 
go, y en el que se andan por camino de fierro de 
ocho á diez leguas por hora. Tiene uno tam- 
bién la pena de no poder ver detenidamente tan- 
tas hermosas poblaciones por donde pasa. Sue- 
ña uno que está en Montgomery, Augusta, Char- 
lestown, Wilmingtown, Ilichmond,&c., y cuando 
vuelve uno los ojos á estas ciudades, ya se le per- 
dieron de vista. Nosotros hem.os tenido otra 
mortificación mas. Como tan rara vez viaja por 
aquí un mexicano, y como por el telégrafo mag- 



nético se habia anunciado la llegada de un mi- 
nistro de México, el primero que venia des- 
pués de la guerra, por todas partes hemos sido 
objetos de una viva curiosidad, y se nos ha se- 
guido para vernos. A pesar de esto se nos ha 
tratado con la mayor urbanidad, y se nos han 
dispensado muchas atenciones. 

El colegio católico de Georgetown situado á 
una legua de esta ciudad, es una universidad di- 
rigida por unos padres jesuitas, que tienen fama 
de mucha virtud y sabiduría. Esta mañana me 
enseñaron el colegio, que en nada se parece á los 
nuestros, y por lo menos en lo material, les es " 
muy inferior. Está situado en el campo; tiene 
viñedos y arboledas, un observatorio astronómi- 
co, un gabinete de física con pocos instrumentos, 
un museo de aves disecadas y otras curiosidades, 
y una biblioteca con veintiim mil volúmenes. To- 
do lo que hay de antigüedades mexicanas, es un 
ídolo de piedra muy feo, tan feo como otro de 
los antiguos romanos que está á su lado. En el 
monetario no hay mas que un peso do México, y 
quiere ia casualidad que sea falso. Yo voy á re- 
galar á este colegio algunas de las curiosidades 
que traje de allá. 

Esta carta es una especie de miscelánea, como 
las que formábamos en tu casa al tomar café. 
Mis observaciones serias sobre varios objetos, 
voy á consagrarlas en el itinerario, que publicaré 
solamente para mis amigos. Aquí no te hablaré 
sino de cosas muy ligeras. — El Domingo hemos 
oido misa en la iglesia de San Mateo, enteramente 
diferente de las nuestras. Aun allí he encontra- 
do recuerdos de México, en un cuadro grande de 
la virgen de Gruadalupe. Otro cuadro de San 



178 



VIAGE A LOS ESTADOS-UNIDOS. 



Francisco y otro de la Sagrada Familia, que está 
en el altar ma3ror, son todos los santos que hay 
en la iglesia. El adorno consiste en seis hermo- 
sos candeleros y un Crucifijo de plata. La misa 
era la que llamamos en nuestro pais misa mayor. 
En las primeras tribunas de cada nave, se sien- 
tan separados los niños y niñas; en las demás 
tribunas los esclavos y gente de color. En las 
bancas, de que está llena la iglesia, se sientan los 
hombres y señoras mezclados; todas las señoras 
con gorros, que no se quitan durante la misa. 
Los asientos todos se contratan por año, y su 
producto sirve para los gastos del culto. Noso- 
tros, como estrangeros, no teníamos donde sentar- 
nos, y nos quedamos en pié junto á la puerta; 
pero luego que el sacristán supo que el ministro 
de México estaba en su iglesia, le pidió á una 
señora un asiento junto al altar, y vino á ofre- 
cérmelo. Esto me proporcionó ver muy de cer- 
ca todas las ceremonias de la misa, y me morti- 
ficó no saber hablar ingles para dar gracias á la 
señorita; pero le hice una cortesía, que ella com- 
prendió perfectamente. — No es esta la primera 
vez que en nuestro viage nos hemos servido del 
lenguaje pantomímico. Mas sentí no entender 
el ingles, por no haber comprendido el sermón, 
que me dicen fué elocuentísimo. Un padre jo- 
ven, vestido esactamente como se viste en nues- 
tras iglesias á San Luis Gronzaga, con un roque- 
te ó sobrepelliz de punto, tenia en una mano la 
Biblia y en la otra un pañuelo de Cambray: pre- 
dicaba junto al altar, accionaba con mucha vive- 
za, y en el momento de mas fervor, daba algunos 
pasos por el presbiterio. Este padre, que reside 
en Baltimore, fué antes cura de la parroquia de 
San Mateo y de otras: de cuando en cuando vie _ 
ne, como San Pablo, á visitar su antigua iglesia, 
y á predicarle el Evangelio; y como este sermón 
fué el de despedida, me aseguran que fué muy 
tierno, muy instructivo y elocuente. En esto de 
elocuencia está compitiendo con un predicador 
metodista, que también pronunció ayer un dis- 
curso, y que dicen tiene todo el fervor de un mi- 
sionero. Después del sermón se recejen las li- 
mosnas de los fieles, y según lo que vi, la colec- 
ta de aquel dia produciría como cien pesos. To- 
do lo que he visto en esta misa, me ha represen- 
tado muy al vivo los tiempos primitivos del cris- 
tianismo. Se me pasaba decirte, que un coro de 
señoritas cantó en la misa; que lo hicieron muy 
bien, y entre otras piezas escogidas, oimos el cuar- 
teto de los Puritanos, y la plegaria del Moisés 
en Egipto. Yo deseo hacer muchas observacio- 



nes sobre el espíritu religioso de este pais: por lo 
que hasta ahora he visto y por lo que me dicen 
personas inteligentes, el catolicismo va prevale- 
ciendo cada dia mas sobre los cultos protestan- 
tes. Esto se debe en gran parte á la sabiduría 
de muchos clérigos franceses, que han venido á 
establecerse á este pais. 

Por mas que hiciera, no te podria dar una idea 
esacta de lo que es Washington, esceptuando el 
capitolio, la tesorería general, el palacio del pre- 
sidente y el ministerio de relaciones, con dos ó 
tres edificios mas,- entre ellos un templo luterano: 
todo lo demás son casas muy elevadas de ladri- 
llo, dispersas la mayor parte en una ostensión de 
mas de una legua. Con frecuencia se ve, que des- 
pués de una buena casa, sigue un huerto de plan- 
tas secas; después otra; á continuación un corral 
de vacas, que andan libremente por las calles. 
Junto á un grande edificio se encuentran casu- 
chas de madera, y después de ellas solares y llanu- 
ras, que aquí se llaman plazas. Hasta aquí la 
ciudad nos parece algo triste; pero seria una lige- 
reza juzgar de ella por lo poco que hemos visto. 

Diciembre 5 de 1848. — Después de escrito lo 
anterior, he visitado la oficina de patentes. Es 
un edificio magnífico, formado de varios pisos y 
de muchos salones, donde se depositan en gran- 
des estantes con vidrieras, todos los modelos de 
máquinas, aparatos é instrumentos por cuya in- 
vención ó intruduccion se ha concedido privile- 
gio. Es también un museo nacional y un gabi- 
nete de historia natural. La colección de aves y 
otros animales, y la de produccciones marítimas, 
son magníficas. Las de conchas y minerales muy 
escasas, y mas todavía la de medallas. Toda la 
ropa y muebles de uso de Washington está allí, y 
también el bastón que le regaló Franklin. De 
pinturas y esculturas casi nada hay notable. Te 
admirarla de ver que de México no hay otra cu- 
riosidad que un sombrero de petate forrado de 
hule, y unas espuelas de un guerrillero." 

MEJOEAS EN EL CÁENAYAL. 

Ninguno de los años anteriores ha habido tan- 
to alboroto y entusiasmo para el Carnaval, como 
el presente. Por la primera vez hemos visto las 
máscaras en el paseo. En un carruage abierto, 
habia unos alegres jóvenes españoles, vestidos de 
estudiantes, tocando guitarras, panderos y casta- 
ñuelas, y cantando divertidas canciones. Los de- 
mas carruages estaban adornados igualmente, y 
toda la tarde anduvieron acompañados de multi- 
tud de gente á caballo. Es de creerse que el 
año entrante se ainaentará el número de másca- 
ras en las calles y paseos. 






i 









iX ODO es pavor: el mágico aposento, 
Templo feliz de la sin par matrona. 
De sombras silenciosas se corona, 
Y abrigan esas sombras el tormento. 

Todo es pavor: del lecho el cortinage 
Medio descubre un rostro moribundo, 
Como al partir el Sol de nuestro mundo 
Suele hacerlo tras lúgubre celage. 

Allí en el lecho muelle á la agonía 
Dócil abandonaba su ecsistencia: 
AUí me vi doliente en su presencia 
A la luz triste que lejana ardía. 

Tú, la joya otro tiempo de belleza; 
Tú, á quien dieron las flores y la aiirora 
La beldad y la gracia encantadora. 
Cuando Dios te dotó de la terneza. 

Vedla rendida sobre el regio lecho. 
Cubierta con el lienzo delicado. 
Que se abate y que se alza compasado 
Por la fatiga que le rompe el pecho. 

Solos tú y tu dolor. ¿Do está, señora. 
La corte que otro tiempo te seguía, 
Cuando á tu vista tierna sonría 
La hermosa juventud aduladora; 

Cuando, reina feliz de la hermosura, 
Dominaba tu frente en los salones, 
Fuente de las divinas üusiones, 
Arbitra del dolor ó la ventura; 



Cuando en sueños dulcísimos mecida, 
Y arrullada al cantar de los festines. 
Como en un albo lecho de jazmines, 
Clara corrió la linfa de tu vida? 

Todo es pavor: vibrando la bujía, 
Ya cubre, ya ilumina tu semblante, 
Cual la sombra de un ángel que inconstante 
Dudase terminar con su agonía. 

En esa soledad, tierna hermosura. 
Bella como esperanza de consuelo. 
Imagen del dolor, virgen de duelo. 
Te admiró reverente mí ternura. 

Empañaba tus ojos celestiales 
Miido el dolor, pero abundante el llanto: 
Se fijaban en tí con mudo encanto 
Sublimes las miradas maternales. 



Beldad que se santifica 
Con el quebranto y el Uoro; 
Luz de mí vida, tesoro 
Del sublime amor filial: 

¿Qué le dice tu mirada 
Tan dulce, tan elocuente. 
Cuando contempla doliente 
Ese lecho funeral? 

Inmóvil te halla la aurora 
Junto á ese cuerpo adorado, 
Y la tiniebla ha escuchado 
Junto á él tu sordo gemir. 

¡Cuánto te dice al mirarte 
El íntimo amor materno! 
¡Cuan delicado, cuan tierno 
Se exhala ese amor á tí! 



180 



AMOR FILIAL. 



¡Cuánto recuerdo empapado 


Yo dejo á otros que te admiren 


En dulcísima fragancia, 


Cuando gozosa enagenas; 


De tu deliciosa infancia 


Yo llorar quiero en tus penas, 


De tus horas de placer! 


Y tus penas aliviai\ 


¡Cuánta inocente caricia! 


¡Pobre niña! delicada, 


¡Cómo en medio á tu tormento 


Debe arrullarte el contento. 


Quieres infundirle aliento, 


Y venga á mí tu tormento; 


Y darle ser con tu ser! 


Yo soy hijo del pesar. 


Dios se condolió en su altura 


Cada lágrima vertida 


De nuestra humana dolencia. 


De tus ojos, cayó luego. 


Y del mar de su clemencia 


Y cual con sello de fuego 


Nació el amor maternal. 


Te grabó en mi corazón. 


Amparo de nuestra cuna. 


Los placeres son fugaces: 


En la ecsistencia consuelo, 


Puede borrarlos la suerte: 


Nuestra esperanza de cielo 


Tu amor, me lo dio la muerte; 


Junto á la tumba fatal. 


Será eterna mi pasión. 


Amor filial, inefable. 


Junto al lecho funerario. 


Todo virtud y pureza. 


Cuando amante te veia. 


Aureola á la belleza 


El aliento contenia 


Del objeto de mi amor. 


Admirando tu bondad. 


¡Cómo te admiro rendido 


¡Qué benéfico el Eterno 


En esa actitud de duelo! 


Tu ternura galardona! 


Como el crepúsculo al cielo, 


Cuando la virtud corona 


Tal te embellece el dolor. 


Tu encantadora beldad. 


Todo es solemne; ese lecho 


Y yo que amé al ser hermoso 


Que la muerte preconiza. 


Que dio tu belleza al día. 


Y tú, tú á quien diviniza 


Con orgullo confundía 


El llanto de la aflicción. 


Mi dolor con tu dolor. 


Tú que en pié personificas 


Ah! ¡No temí profanarlo! 


La celeste confianza. 


Que era de pureza lleno. 


Promesa de la esperanza 


Y sin liga de terreno 


Al maternal corazón. 


Ni de mundana ilusión. 




También se fijó la vista 


No en los soberbios salones 






De esa hermosura doliente. 


Eclipsando á la hermosura, 


Un día sobre mi frente 


Como eclipsa la ventura 


Amorosa y maternal. 


Los recuerdos del pesar: 




Y revivió mi ecsistencia 


No meciéndote en placeres 




A tu sonrisa que encanta. 


De música á los compases. 


Como la enfermiza planta 


Cual en las auras fugaces 






Con el aura matinal. 


El erguido tulipán. 






Ella me dio la riqueza 


No te admiré tan ardiente; 


De ser de su pena amigo; 


Pero sí adoré en tu llanto .... 


Y el bien de llorar contigo 


Tu crisol era el quebranto. 


Porque en ella un bien perdí. 


Tu trono el amor filial. 


No me importa que me olvides 


No era nada de terreno: 


Cuando te alumbre el contento; 


En tu éxtasis de ternura 


Pero al cercarte el tormento 


Mi alma bebió en tu alma pura 


Recuérdame solo á mí. 


Un encanto celestial. 






¡Sublime amor filial! yo te comprendo. 


¿Qué valen esas beldades 


Tú te hiciste visible en la hermosura, 


Por la indolencia formadas, 


Que hoy huérfana infelice en la amargura 


Brillantes sí, pero heladas 


Le saluda con Uanto al porvenir. 


Estatuas sin corazón? 


La orfandad como barca insuficiente 


Flores de lienzo, que pidea 


Es su esperanza, en el océano incierto: 


Al artificio colores; 


Condúcela, Señor, á amigo puerto, 


'■ Vanas para los amores, 


Y un nuevo Sol encuéntrela feliz. 


Para el placer y eí dolor. 


««««•««• 








.^^dWQSPcy^ 



X o DOS los seres del mundo nacen, crecen, son 
felices un poco de tiempo, mueren al fin y se 
convierten en polvo, en ceniza. Por la mañana 
se abre el botón de una olorosa flor, recibe en el 
dia los rayos vivificadores del sol y las caricias 
de la brisa. Al acercarse la nocbe, sus bojas es- 
tán mustias y descoloridas. Al dia siguiente la 
flor no ecsiste; su vida, como la de la efímera, fué 
do un dia; sus bojas secas ban sido arrebatadas 
por el viento. Lo mismo pasa al insecto de oro 
y esmalte que tiene su morada en la corola de 
una flor, como al robusto elefante que babita las 
selvas profundas del Oriente: lo mismo al infeliz 
pastor que tiene su cboza en la alta cumbre de la 
montaña, como al rey opulento que babita los pa- 
lacios de blanco mármol y reluciente oro. Y las 
flores, y los animales, y los bombres, todos mue- 
ren en un dia; cien años son mas cortos que un 
dia, cuando se piensa en la eternidad de los tiem- 
pos. — La historia de la efímera se repite todos 
los dias en el mundo. 

IL 

Pero también las obras materiales, también lo 
que el ingenio del bombre combina á fuerza de 
trabajo y de talento, algunas veces parece que 
participa de esa suerte reservada particularmen- 
te á los seres sensibles. 

Pensad que es un arsenal; un vasto taller lleno 
de maderas, de fierro y gruesos cables. — Los tra- 
bajadores forman de dia y de nocbe un incesan- 
te ruido; cortan la madera informe, la pulen, la 
unen, le hacen tomar una forma determinada. 

Después de muchos dias, aun no se sabe por 
qué ha sido tanto ruido, aun no podéis figuraros 
por qué aquella multitud de operarios que han es- 
tado constantemente con los instrumentos en la 
mano, no han utilizado las gotas de sudor que 
han caido de su frente, haciendo una obra visible. 

Esperad: un hombre de mirada inteligente, de 
movimientos ligeros, de frente ancha y despeja- 
da, se presenta al arsenal. Los trabajadores obe- 
TOM I, VIII. 



dientes, y sumisos vuelven á tomar sus instrumen- 
tos; el ruido, la agitación y la actividad comien- 
zan, y ese hombre que es el arquitecto naval, el 
padre del buque, no dilata mucho en recorrer sa- 
tisfecho con su vista, al hijo de su talento y de su 

estudio. 

La multitud de tablas de madera sin forma, al 
parecer sin objeto, han sido reunidas^ con esacti- 
tud, como las piezas de un relox; el fierro, la brea, 
los cables, las cuerdas, las cuñas, todo se ha uti- 
lizado, y un buque que es una de las creaciones 
mas hermosas del hombre, se balancea alegremen- 
te en las azules aguas de una tranquila bahía, 

III. 

El hombre, después que ha estudiado, que ha 
concluido su carrera, sale á la sociedad y comien- 
za á trabajar y á sufrir esas alternativas de pla- 
ceres y de dolor que hacen que la vida sea un con- 
tinuado drama. El barco, así que tiene sus al- 
tos palos, sus velas y su jarcia, se prepara á salir 
á la mar á emprender ese trabajo, lleno también 
de alternativas y de azares. 
Jl Pero nada es tan solemne como el momento en 
que el barco sale á la mar, y en el que fuerte, lo- 
zano y atrevido con su juventud, se lanza á ese 
piélago temible que separa los pueblos del mundo 
y que se llama mar. 

Deteneos un rato en el puerto en un"momento 
semejante. El barco está lleno de banderolas y 
gallardetes; las velas blancas, que resaltan en el 
fondo azul del cielo, comienzan á hincharse, las 
olas respetuosas apenas se atreven á lamer los 
costados del buque, mientras éste, orgulloso, im- 
paciente como un atleta, se balancea y quiere rom- 
per las cadenas que lo sujetan. 

Toda la población del puerto está presente en 
un momento semejante. Mugeres, niños, ancia- 
nos fijan su vista con interés en el barco; los ma- 
rineros con sus chaquetas encarnadas, sus lustro-" 
sos sombrerillos de hule y su puñal en la cintura 
abrazan á sus hijas, á sus mugeres y á sus queri- 
das, y á pesar de la costumbre que tienen de vivir 



178 



UN BARCO. 



en el Océano, suele desprenderse de sus ojos una 
lágrima, suele su corazón oprimirse con un sen- 
timiento de tristeza. 

El viento sopla; las anclas se levantan al mo- 
nótono compás del canto de los marineros; el bu- 
que magestuosamente va rompiendo con su qui- 
lla las aguas, dejando una estela de blanca espu- 
ma que señala su camino. Un grito que no se 
sabe si es de placer ó de tristeza, sale de las bocas 
de los espectadores. Los marineros desde los pa- 
los se despiden con sus pañuelos, toda la pobla- 
ción corresponde este adiós, y pocas horas des- 
pués el barco se pierde entre la bruma; las pun- 
tas de sus palos se hunden en el horizonte. 

IV. 

El barco dio la vuelta al mundo. En las cos- 
tas de México recogió oro, plata y preciosas ma- 
deras. En el Brasil adquirió diamantes y esme- 
raldas; en Ceilan, olorosa canela; en China lustro- 
sas sedas; en la India finísimas telas y delicadas 
pieles, y sobreponiéndose á los vientos y á las ma- 
reas, sufriendo con energía el recio vendabal y las 
tristes calmas, regresa á su astillero, al lugar de 
su cuna, donde el arquitecto naval lo espera y lo 
saluda con aquella sonrisa de satisfacción con que 
los padres reciben á los hijos que se han distin- 
guido en una acción de guerra. Todas las gentes 
del puerto salen de sus casas á ver entrar al bu. 
.que, porque lo consideran como hijo de toda la po- 
blación. Sus bodegas, sus cámaras, sus escoti- 
llas, todos sus rincones son conocidos hasta de los 
niños; lo han visto nacer, lo han visto partir del 
puerto para remotas regiones; vienen también á 
recibirlo, á darle la bienvenida, á felicitarlo, con 
las lágrimas en los ojos, por su buena fortuna. 
Los marineros mas robustos, mas gruesos con la 
fatiga y el trabajo, abrazan á sus familias y sabo- 
rean con mucha alegría los manjares frescos prepa- 
rados por la mano de sus hijas. La descarga co- 
mienza, y todo lo mas granado y florido de la po- 
blación, espera con ansiedad el fruto de los tra- 
bajos del atrevido aventurero. 

El comerciante recibe sus talegas de plata que 
le envía el corresponsal de Valparaíso; el banque- 
ro los tejos de oro que le mandan los comercian- 
tes de Mazatlan;¿el tapicero las ricas maderas; el 
especiero la olorosa canela y la fina pimienta, y 
las muchachas, las lindas muchachas, esperan ador- 
narse en el prócsimo baile con las ricas telas chi- 
nas y los delicados lienzos de Cachemira. Todo es 
vida, todo actividad, todo movimiento y animación. 



El barco ha vuelto á salir del puerto, y se 
halla en ese mar peligroso de las Antillas, en 
ese mar donde se forman repentinamente ter- 
ribles tempestades; en ese mar reverberante, don- 
de se refleja un cielo de topacio; en ese mar 
donde soplan huracanes que en diez minutos re- 
corren toda la aguja y forman infinitas vorágines. 
Una pequeña nube aparece en el horizonte; el ca- 
pitán, alarmado, sube al palo mayor y obser- 
va con su anteojo. La nube crece por momen- 
tos; un rugido sordo y lejano se escucha; las aguas 
de la mar, aceitosas y pesadas, se azotan en los 
costados del navio; la brisa se apaga, y le succe- 
den fuertes ráfagas de viento que azotan de vez 
en cuando las velas y hacen estremecer al orgu- 
lloso buque, como se estremece con el ruido de 
las alas de una ave la hoja de la Sensitiva. 

Los últimos momentos de la vida del barco son 
también solemnes, sublimes. 

Aquella nube pequeña como una nuez, que ha 
observado el capitán, es ya un manto aplomado que 
se estiende sobre el cielo y que comprime la at- 
mósfera. Al través de ese vapor sombrío cruzan 
culebras de fuego que iluminan siniestramente 
las turbias aguas de la mar. Un estruendo pare- 
cido al que hace un volcan al reventar, se escu- 
cha, cada vez mas cercano. 

La tempestad estalla: lluvia, rayos, truenos, to- 
do cae repentinamente sobre el buque: el huracán 
tiende sus negras alas sobre la superficie de las 
aguas, y el mísero buque es arrojado de abismo en 
abismo, arrebatado por las olas, que se lo dispu- 
tan como si fuese un grano de arena. 

¡Pobres marineros! — Ya no volveréis á ver á 
vuestro suelo natal; no volveréis á beber alegre- 
mente vuestro rom en el mismo vaso que han to- 
cado los labios virginales de vuestras hijas; ya 
vuestro triste canto no traerá al muelle á los ha- 
bitantes del puerto. ¡I^obre barco! tampoco tíite 
mecerás graciosamente entre las mansas ondas 
que bañan las costas de tu patria 

Un gemido doloroso se escucha; el barco se ha 
estrellado contra una roca. Flota un momento 
en la seperficie de las aguas, como vacila el hom- 
bre que ha sido herido de muerte. 

Un momento después, el mar está desierto, el 
huracán no tiene ya víctimas en qué cebar su sa- 
ña. — El barco, el hermoso barco á quien hemos 
visto nacer, fué tragado por los abismos de la 

mar.— M. P. 

(Escrito para el Alhum.) 




^^d^-- 



©AlEífJl^WñL 



□ 



SQ)»^§— 



m. 



'LBOROTAííBO conciencias 

Y asustando á los papas, 
Bailador y subversivo 
Se presenta el Carnaval. 
¡El Carnaval! sueño de oro 
De la gente de ultramar, 
De calaveras delicia, 

De peluqueros maná, 
De modistas y tenderos 
Estupenda bacanal, 

Y de la g-ente de seso 
Tentación que urge tenaz, 

Y que es un ramo de flores 
Del arado conyugal; 

Mas para los concienzudos, 
Es ardid de Satanás, 
Que astuto se reproduce 
En cada vario disft'az; 
Con susto de los maridos, 
Que despojos de otra edad, 
Hacen parodias de Ótelo 
En época tan jovial. 
En la calle de Verg-ara 
Hállase un farol truhán. 
Colgado como bandido 
De otra tierra, no de acá, 
Que aquí los bandidos suelen 
Landos soberbios rodar. 
Desde el Portal al Correo, 

Y del Refugio al Portal, 

De trecho en trecho se miran 
Farolillos relumbrar, 
Donde se alquilan disfraces. 
Que suspendidos están 
En las paredes, y logran 
Las conciencias perturbar. 
El peluquero es persona 
En dia de tanto afán, 
Es el noble confidente,' 
Es de capotes guardián, 

Y archivo de mil secretos 
Que si fuera á publicar, 
Levantara el grito al cielo 
El jesuíta Universal; 

A él se acerca timorato 
El cajero perillán, 
Ofreciéndole en abonos 



El trage negro pagar; 

A él una pareja amante 

Fia su seguridad; 

Porque, aunque el marido ausente 

A muchas leguas está. 

Son sus amigos tan linces 

Como el propio Barrabás; 

A él un empleado mísero 

Con aire modesto va 

Por dos dóminos de seda. 

El de él, y el de su mitad; 

Mas las dos terceras partes 

Le hacen dulce suplicar, 

Que modifique los precio* 

Con benéfica piedad; 

A él, por fin, un mozalvete 

Se allega con seriedad. 

Con cierta astucia, con mimos 

De diplomacia sagaz. 

Para saber con qué tragg 

Va su linda Soledad, 

La víctima del Cervero, 

Don Espiridion Asnal, 

Que se humanizó j)rudente 

Para ir al Carnaval. 

¡Cuánto negocio importante! 

¡Qué chismes del Quirinal 

En el dia, comparados 

Con los que estas noches hay 

En esos (páranos vulgo). 

Retretes de trasquilar! 

Mas tras cínicas caretas 
Se oye el tiple resonar; 
Los sigue ansiosa la turba. 
Los muchachos van detras, 
Atúfanse los maridos 
Cuando los sienten pasar; 
"Te conozco"' — "Buen provecho," 
"Pastora y morito ¡¡bahü" 

Tunicela, plumas, gente 
De casa de vecindad. 
Los máscaras atraviesan 
Entre los que son de paz. 
Esto es, maridos uraños, 
Gente quieta y monacal. 
Cesantes pobres, que pecan 
De una manera mental ..,.,, 



180 



EL CARNAVAL. 



Militares, licenciados 
Sin bufetes y sin pan, 
Pero bufando de rabia 
Contra la arhitraridad; 

Y el pueblo, que aunque en palacio 
Mira siempre el Carnaval, 

En cada esperanza un lance, 

Y en cada un héroe un disfraz: 
El, disfrazado de gente 

De buen gusto, allá se va. 
Hervir se mira el gentío 
En la sombra; viene y va, 
¡Qué agitación! ¡qué contento! 
'.Qué indecible guirigay! 
Allí está un grupo. — Un cruzado 
Hace el gasto. — ¡Voto va! 
Risas aquí. — ¡Vd. me insulta! 

Se escucha en otro lugar 

Mas allá se oyen gruñidos 
De un vejete muy formal, 
A quien unos abandonan; 
¡Qué vejete! ¡já! ¡já! ¡já! 
Cierto marido espantado. 
Cual tordo por gavilán, 
Huye veloz con la dama 
Que Pena de rabia irá; 

Y mientras la gente inunda 
Quicios de puerta. Portal, 

Y el gran patio del Teati'O. 
Eorzoso es considerar 
Las domésticas escenas 
Que en tanto pasando están. 



En casa de Don Faustino 
Bulle-BuUe y Tremendal, 
Han invadido la sala 
Las tres chicas, la mamá. 
El padre y espectadoras; 
Todas á listarse van: 
En las sillas, esponjadas 
Se ven enaguas de armar. 
Tres Uaves en un brasero, 
Miniatura de volcan. 
Para componer los risos. 
¡Tú vísteme á mí, Tomás! — 
Dice el viejo; — ^la peluca, 
¡Qué larga la trenza está! 
— ¡Qué zapato! — ^Alto de pala: 
No voy, no me puede entrar; 
Abrocha aqm, Margarita: 
¡Qué dominó, mal me va! 
Miren á señor. — (Las criadas 
Y los chicos): — ¡ja! ¡já! ¡já! 
Eso es, déjame á mí sola; 

Guadalupe, ya tú estás 

Los polvos aquí. — Albayalde, 

La otra reclama acullá; 

La vieja, en paños menores, 

A mil demonios se dá, 

Porque se mira lo vieja, 

lío gmbarg'ante el buen disfi'az, 



¿Qué cenamos? cualquier cosa. 
Vino, bizcochos y pan; 
Duérmanse, no abran á nadie, 
Y encontremos algún mal. 
La casa queda en holgorio; 
En solmene libertad 
Recamai'eras y criados: 
A otro dia dicen: "¡Aj ! 
¿Y ahora hasta cuándo tenemos 
Domingo de Carnaval?" 



En casa de Don Rufino 
Camándula, hombre especial 
Por su elocuencia y reposo, 
La familia está al tronar 
De la máscara en apoyo; 
Pero él, serio, dice: "No hay 
Diversión mas maliciosa, 
Mas inicua, mas fatal, 

Y la escomunion, y un padre 
De familia, qué podrá 
Poner ciego en la balanza, 
Por su reposo y su paz. 

En el platillo contrario 

Caretas da tafetán? 

No, niñas; cuando yo tenga, 

En la Viga gozarán. 

En los Viacrucis. — ¡Qué posma! 

¡Pobres hijas! — ¡qué papá! 

¡Monerías! — No, señora; — 

¿Y perder en el cunquian 

Noche á noche con el cura, 

Es buena obra?. . . — ¡Quita allá! 

La muger que quiere, quiere. 

Aunque la cuide el sultán; 

¡Hipócrital-^Mala madre." 

La casa se va á acabar, 

Y hay nervios, y hay contorsione s, 

Y el elocuente papá 

Le da éter, le da consuelos 
A la rebelde mitad. 
Mientras que lo ven sus hijas 
Como á insufrible Bajá. 



En casa de Don Venancio 

La cosa es trascendental; 

"Quiero máscara. — No admito. — 

— ¡Cómo! ¿tú solo te vas? 

Eso no." — Lloran los chicos, 

Y lances terribles hay. 

Después de estorbar la fuga 

Del maridazo galán: 

¿Cenas? — No ceno — ¡Mugeres! 

Tomara yo rejalgar. 

¡Cómo! ¿hay duermes? — Aquí duermo. 

Tendido en este sofá. . . . 

¡Lindo es México por dentro 

En noche de Carnaval! 



Los que se empeñan un año 
Por una noche danzar, 



EL CARNAVAL. 



181 



Los duelos de los consortes, 
De jóvenes el afán, 
Y las parejas que salen 
Desairadas á vagar; 
Ella como maromera, 
El, tornado capitán: 
Encogidos, silenciosos, 
Mostrando con libertad 
Pié torcido y tez ti-igueña, 
En las calles y portal. 
Máscaras á la intemperie 
Que risa y lástima dan. 



El pórtico del teatro 
Cubre la gente curiosa, 
Que se agrupa y se separa 
Formando inconstantes olas: 
Iluminado se ostenta 

Y bello, como en su boda 

La virgen que en sus ensueños 
Cria nuestra edad dichosa; 
Sus gigantescos pilares 
Enlazan laurel y rosas, 

Y los vasos de colores 
Son fantástica aureola 

Que nos ti'asporta á oti'o mundo 
En que se danza y se goza: 
¡Mirad el salón! lo inundan 
Mil luces deslumbradoras 
Que rielan en el oro. 
Que vida á los bustos toman, 
Que en magníficos reflejos 
Se ostenta voluptuosa, 

Y que embriagando nuestra alma 
Nos becbiza y nos arroba: 

En inquieto remolino 
Van los galanes y hermosas, 
Vulgarizando la seda 
Con el oro y los aromas; 
Hierven, se acercan, se fugan; 
Allí, en torno de una hermosa 
Hay un lance. — EUa reclama: 
El resiste: — Ella celosa; 

Y tres dóminos que observan, 
Atizan la dulce broma: 

Allá un arlequín saltante 
Habla, seduce, alborota, 

Y en pos de él van diez parejas 
A quien les dijo mil cosas. 

En que hay des que no se olvidan, 
Porque ellas á la honra tocan. 
Frente al Nerón del consorte, 
Que dizque en casa á la esposa 
Dejó, pasa la infrascrita 
Con el teniente Pantoja, 

Y él al mirar la pareja, 
Que le saluda bm-lona. 
Dice: "no es mala esachica, 
Tiene los pies de mi Antonia," 
¡ Cuánto cambio de disfraces 

Y cuántas venganzas sordas! 



¡Qué de delicias de cielo, 

Y qué de heridas á la honra! 
De pronto entre aquel bullicio 
Tenaz, que aturde, que agobia. 
Una farsa sobresale 

Con castañuelas gozosas; 
Los hombres Uevan panderos, 
Ellas visten de Manolas; 
Las guitarras acompañan 
A mil picai'escas coplas, 
Enmedio á los cascabeles 

Y á sonajas bulliciosas; 
Los agudísimos tiples 
De mil voces, encocoran; 
Cada pareja una intriga. 
Cada papá una derrota. 
Cada marido un ecce-Jiomo 
A quien hacen la mamola. 
¡Qué dulce es amar impune 

Y decírselo á la hermosa. 
Junto al papá impertinente 
Que en la calle nos estorba! 
¡Cuánta tierna confianza 
De cesante cotorrona. 

Que á recibir vuelve inciensos, 
Merced á la época loca! 
¡Cuánto equívoco, qué gresca! 
Todo es placer y chacota. 
Parece que avanzó el mundo 
A una época tan dichosa 
En que son bienes comunes 
Las personas y las cosas. 
¡Cuántas hay con la careta 
Ocultando lo que lloran, 
O por mentidas sospechas 
O verdades dolorosas! 
¡Cuántas que enmedio al contento 
Aquel salón abandonan, 
A tener riñas sin cuento 
En su hogar, do ha pocas horas 

Se preparaban mil goces 
Al adornarse afanosas! 
Enmedio á la sala chillan, 
Dicen que como en Europa: 
Siete parejas terribles 
De estrangeros que alborotan 
Con su canean y sus dengues. 

¡Es ilustración muy mona! 
Ilustración de patente, 

Y ellos hechos una bota. 
¡Qué desvergonzados giros! 

¡Qué embriaguez! — ¡Ay y qué gentes 
Suelen venirnos de Europa!! 
Suena la música alegre. 
Se oye irritante la polka, 

Y así como el remolino 
Al?;adel suelo las hojas, 

Y las arrastra inconstante, 
Las revuelve y amontona. 
Así confusa se agita 

Esa concurrencia loca. 



182 



EL CARNAVAL. 



Todos como arrebatados 
Por una fuerza imperiosa; 
Cruje en el suelo la seda, 
Brillan á la luz las joyas. 

Y en lo alto las albas plumas 
Producen vistosas olas: 
Aquí arrebata un templario 
En su curso á una pastora; 
Allá un hijo de Pelayo 
Lleva en sus brazos á Norma; 
Allá un arlequín inquieto 
Lleva á Lucrecia de Borgia, 

Y todo esto raudo, ardiente, 
Entre el chillar de los cócoras, 
Entre el humo de los puros, 
De la música á las notas: 

Es una fiebre que quema, 
Pero en que se ve la gloria. 

Mientras en los altos palcos 
Que el vasto salón coronan 
Cual tentaciones á medias 
Que se aman y no se tocan. 
Los maridos moderados 
Contienen á sus esposas. 
Pobres aves que contemplan 
En su jaula á los que gozan, 
Teniendo contento el rostro, 
Mas llena el alma de cólera: 
¡Oh noche de aturdimiento. 
Noche de feliz memoria, 
Noche de magia y de encantos! 
¡Ay! volarás con lo sombra. 
Penetra al fin con trabajo 
Por las ventilas la aurora, 

Y sudorosas, durmientes. 
Medio muertas, tristes, rotas, 
Las parejas entusiastas 
Aquel salón abandonan, 

Y amarillez y oropeles 
En vez de carmin y joyas, 
Muestra como un desengaño 
La luz desconsoladora. 



¡Oh triste luz matinal 
Al salir despavoridos 
Y sin careta y rendidos 
Los héroes del Carnaval! 



Del templo con devoción 
Van saliendo reverentes 
Los que llevan en sus frentes 
El siffno de redención! 



Y ciertos siervos de Dios 
Llevan cruces, por San Pablo! 
Mas riendo, dice el Diablo: 
"¡Son mis máscaras las dos!" 

Fidel. 



LOS PERFUMES. 



¡Flores olorosas! ¡Flores que embalsamáis la 
brisa de los campos, y que llenáis el ambiente 
de los salones, de vuestros delicados aromas! ¿pa- 
ra qué servís hoy? Los perfumes han perdido 
en efecto su antigua importancia, desde que mu- 
rieron las treinta y dos mil divinidades del mun- 
do pagano. 

Los perfumes han perdido también su carác- 
ter religioso. Apenas se queman en los templos 
algunos granos de incienso. 

La alcoba nupcial y la sala de los festines no 
están perfumadas; las fuentes de agua olorosa 
no corren ya en las fiestas públicas. 

La refinada civilización y la barbarie, el paga- 
nismo y la edad media se tocaban por un punto 
en el del amor á los perfumes. 

El elegante romano ó griego se habría creido 
deshonrado, mostrándose al público sin que sus 
cabellos, su barba y sus vestidos estuviesen per- 
fumados. El barón feudal habria traicionado 
las leyes de la hospitalidad, si su huésped al sen- 
tarse á la mesa ó al acostarse en su lecho, no hu- 
biese respirado el olor fortificante de algún per- 
fume. 

Es verdad que á esa época, la química habia 
hecho pocos progresos; bastaba un puñado de flo- 
res, algunas ramas de un bosque, para producir 
una perfumería. 

Nuestro siglo no ha heredado el gusto por los 
olores. Apenas se les tolera, pero las mas veces 
no se les admite. 

Cuando se quiere decir que un joven es insus- 
tancial, fatuo, inútil para toda ocupación seria, 
se dice que todo el dia lo gasta en untarse po- 
mada. 

Una muchacha que se incomoda cuando algún 
elegante ronda por su calle, esclama colérica: 
"Imposible que yo quisiera á un hombre que 
siempre huele á pachulí. 

Basta la costumbre de echar en el pañuelo al- 
gunas gotas de agua de lavanda ó de colonia, pa- 
ra adquirir el título de afeminado. 

Basta concurrir con frecuencia á las peluque- 
rías y hacerse rizos en el cabello, y llenarlos de 
macasar, para adquirir el título de insustancial. 

En los sepulcros solo se echa cal y carbón. 

En los baños percibe el olfato el gas carbó- 
nico. 

En los salones el olor de la esperma. — Las flo- 
res y los perfumes apenas se usan, como si fuesen 
efectos de contrabando. 

Las mugeres mismas usan tímidamente de los 
perfumes. Greneralmente se dice que las her- 
mosas y las jóvenes tienen un olor peculiar, mas 
suave que el de la rosa y el del jazmin, y que las 
ancianas, las muy trigueñas y las feas tienen nece- 
sidad de recurrir á los perfumes.' — De todas ma- 
neras, el imperio de los perfumes ha pasado. — 
Las flores y los peluqueros maldicen la instabili- 
dad de las cosas humanas. — F. A. 



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BE LA INTENDENCIA DE PUEBLA 



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DISTEITOS. ciuDS. villas, puebls. hacds. 



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Gruachinango, , , , 
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1.254 5 O 
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3.475 O O 
8.671 6 O 

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7.218 2 O 
9.536 3 6 

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1.758 7 O 
1.313 7 O 

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En este estado^ así como en el sig"uiente^ no constan los distritos de 
Tlapa é Igiialapa^ por haber quedado sin empadronar. 



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Reflecsiones sobre la esactitud de la historia y modo de escribirla. — Las tiendas de los dos generales. — Tentativa de 
asesinato. — Batalla de Palo Alto. — Muerte del mayor Ringg-old. — La Resaca de la Palma. — Heroísmo de May. 
— Monterey. — Salvación de una joven mexicana. — La Ang-ostura. — Muerte de Enrique Clay. — Belleza del estilo 
de Lippard. — Conclusión. 

trato, la dulzura del carácter, y tantas otras pren- 
das recomendables del pueblo mexicano. 

Los historiadores han seguido la senda trazada 
por los viageros, y para dar con un Prescott que 
refiera los hechos con imparcialidad y buena fé, 
es necesario pasar antes por un sinnúmero de es- 
critorzuelos, que todo lo trastornan y lo entur- 
bian. Sobre todo, en las relaciones que algunos 
norte-americanos han publicado de la guerra que 
ha terminado poco ha, entre los Estados-Unidos 
y México, asombra el descaro con que se refieren 
con falsedad acontecimientos frescos aún, y bien 
sabidos de todos, y en los que por consiguiente" 
no tiene cabida la disculpa, admisible cuando se 
trata de otros muy antiguos, de que el historia- 
dor pudo equivocarse inocentemente, por haber 
borrado la mano del tiempo la huella de los su- 
cesos pasados. 

Entre otros libros de esa naturaleza, que han' 
llegado á nuestras manos, uno de los mas nota- 
bles, es el que, con el humilde título de: "Leyen- 
das," ha escrito Jorge Lippard. Este autor se ha 
propuesto formar una larga serie de obras sobre 
la historia de México, tanto antigua como moder- 
na, en las que traerá á colación á Moctezuma y k 
Cortés, á Scott y al general Santa- Anna. Para 
dar principio á su plan, bajo el rubro de: "Las 
batallas de Taylor," ha dado a luz la relación 
inesacta é infiel de lo ocurrido en Palo-Alto y 
la Resaca, Monterey y la Angostura. La lectu- 
ra de ese libro ha despertado en nosotros el de- 
seo de vindicarnos, haciendo una revisión de las 
obras en que se nos ataca sin j asticia, y repelien=- 



OR una lamentable fatalidad, los escritores 
estrangeros que se han ocupado de asuntos rela- 
tivos á México, han desfigurado por lo general 
los hechos, bien sea que se hayan llevado de in- 
formes falsos ó ecsagerados, bien que de propósi- 
to hayan faltado á la verdad, por un punible 
sentimiento de malevolencia hacia nosotros. 

Los viageros que han recorrido nuestro her- 
moso pais, se han figurado que con una corta re- 
sidencia en un pueblo nuevo, de cuyas costumbres 
no tenian antes noticia alguna, y cuyo idioma tal 
vez no comprendían sino imperfectamente, po- 
dían ya hablar como hombres que han hecho un 
estudio profundo de la nación sobre la que escri- 
ben. De ahí es que en sus obras se nota poco 
conocimiento de los sucesos, falta de criterio en 
los juicios, ligereza en la adopción de cuanto ma- 
lo se nos imputa, por los que no nos aprecian. 

¿Y cuál es el resultado de semejantes diatri- 
vas? Que sin embargo de estar destituidas de 
todo fundamento, corren con crédito en los paí- 
ses estrangeros, donde son reputadas como ver- 
dades indudables, y de ahí proviene que nuestra 
opinión padezca y sea cada vez mas desfavorable. 
Ni uno solo de nuestros vicios ó defectos se ocul- 
ta; antes por el contrario, se abultan y se ecsage- 
ran; se nos atribuyen otros de que felizmente es- 
tamos libres; y lo único que se calla es lo que nos 
honra, lo que debería grangearnos la aprobación 
general. Se cree que somos perezosos, indolentes, 
apáticos; se nos juzga muy atrasados en civili- 
zación; se nos da con frecuencia el epíteto de bár- 
baros; pero rara vez se confiesa la amabilidad del 
TOM. I. — IX. 



186 



LEYENDAS SOBKE LA GUERRA DE MÉXICO. 



do los cargos infundados con qixe se nos denigra. 
Nos ocujDarém^s por aliora de '-Las Leyendas de 
Lippard," no para- irnos encargando de rebatir 
cada uno de los artículos de ellas, sino para dar 
una idea á nuestros lectores del modo con que 
en la república vecina se escribe la historia, y pa- 
ra hacer algunas reflecsiones sobre la clase de es- 
critos, semejantes á ese á que nos referimos. 

Al esplicar Lippard el título que le ha dado 
de "Leyendas," manifiesta lo qus entiende por es- 
ta palabra, y las ventajas qu3 una narración seme- 
jante tiene sobre la historia. En la historia hay 
que referir los sucesos con cierta sequedad, sin 
que la imaginación del escritor tome una par- 
te directa en la narración; pero la leyenda, dice 
Lippard, "reviste al esqueleto de carne y sangre, 
le da ojos y lengua, y lo obliga á que nos vea y 
á que hable con nosotros." 

No llamaríamos la atención sobre estas pala- 
bras, si contentándose ese autor con engalanar 
los hechos que refiere, no escediera los límites de 
la verdad; ¿pero se cree permitido, por ventura, 
trastornarlo todo, en tales términos, que eso que 
llama Leyendas históricas, no sea mas que una 
novela ridicula? 

. Cuando se quiere escribir sobre acontecimien- 
tos que realmente han pasado, dos son los cami- 
nos que se pueden seguir: ó el de la historia 
propiamente dicha, ó el de la novela histórica. 
El primero ha sido recorrido mil veces desde las 
épocas que se pierden en la oscuridad de los 
tiempos, hasta nuestros dias. El segundo, está 
aún recien abierto; y algunas tentativas estériles, 
hechas anteriormente, no deben privar á Walter 
Sott de la gloria de haber sido el primero que, 
con un écsito asombroso, abrió esa nueva ruta á 
los progresos de la literatura. Acaso ese es el 
mas hermoso título de gloria del ingenioso esco- 
cés, que sin privar á los sucesos históricos del in- 
terés que tienen de por sí, supo darles aun mas 
animación con los adornos de su imaginación feliz 
é inagotable. Entre los escritores actuales, pocos, 
muy pocos son los que se han atrevido á entrar 
en competencia con tan formidable luchador, y 
de ellos uno solo en nuestro concepto se ha ele- 
vado sobre los demás en esta parte, adquiriendo 
Tina celebridad, que rivaliza ya con la de Walter 
Scott. Hablamos de Alejandro Dumas. 

■ Pero una de las principales cualidades que 
constituyen el gran mérito de ambos escritores, 
es la fidelidad, á veces escrupulosa y nimia, con 
que al engastar en sus norelas acontecimientos de 



la historia, los han conservado tales como son. 
Lejos de que los personages que se han distingui- 
do en el mundo aparezcan desfigurados é incapa- 
ces de ser reconocidos; lejos de que los sucesos 
se varíen y trastornen, muchas veces sucede que 
la mano del novelista sea mas hábil que la del 
historiador. ¿En cuál de tantos autores como han 
escrito sobre la historia de Francia, se encuentra 
un retrato tan parecido, tan idéntico de Luis XI 
como el que ha trazado en Quintín Durward, 
Walter Scott? ¿Y quién de ellos ha hecho una 
pintura tan animada y tan esacta de la corte de 
Enrique III, como Alejandro Dumas en su Da- 
ma de Monsoreau? 

Y si apreciamos tanto ese respeto á la verdad, 
aun en la novela, sin embargo de la libertad que 
justamente tendría quien la escribe para apartar- 
se de ella, con mayor razón debe agradarnos en 
otra especie de obras, en que hay obligación posi- 
tiva de no ocultarla. Lippard, sin embargo, ha 
cuidado poco de eso, como se verá por el ligero 
estracto de sus leyendas, al que tenemos que re- 
ducirnos por los estrechos límites de este artículo. 

El historiador nos conduce á las dos tiendas 
de los dos generales en gefe de los ejércitos ene- 
migos, la noche anterior á la batalla de Palo- Al- 
to. En la del general Taylor todo respira sen- 
cillez: en compañía de aquel gefe, están el tejano 
Walker, el capitán May y el mayor Ringgold, y 
todos se ocupan esclusivamente de los preparati- 
vos necesarios para la batalla del siguiente dia. 
Dirijamos ahora la vista á la tienda del general 
Arista. 

Los que saben los escasos recursos con que 
cuentan nuestros ejércitos en campaña; los que 
han deplorado la triste suerte del soldado me- 
xicano, mal pagado, peor vestido, falto de medici- 
nas si lo hieren, tal vez sin sepulcro si sucumbe 
en medio del fuego, se quedarán no poco sorpren- 
didos al ver la relación que sigue. 

"La tienda del general Arista es un espléndido 
salón, bien adornado, con cortinas de seda y oro. 
Ilumínanlo la luz de infinitas bujías, y por fuera 
tocan las músicas militares las piezas mas escogidas. 
En los aires flota la bandera tricolor, "que simbo- 
liza," dice Lippard, "las tres influencias predomi- 
" nantes en aquel clima de oro y de sangre, la su- 
" persti-cion, la ignorancia y el crimen." Dentro 
de la tienda, sentados en lujosas sillas, cerca de 
un lecho voluptuoso, están el general Arista, el 
general Vega y un gran número de oficiales, ves, 
tidos todos con ricos uniformes. Allí están fu- 



LEYENDAS SOBKE LA GUERRA DE MÉXICO. 



187 



mando esquisitos puros de la Habana, cuyo suave 
y delicioso perfume embalsama la atmósfera. Las 
copas del espirituoso champaña circulan de boca 
en boca, y reaniman la alegría de la concurrencia. 
Así pasa la noche en una orgia completa, sin que 
se piense mas que en fumar, beber y divertirse, 
olvidándose de que al siguiente dia van á jugar- 
se en un campo de batalla los destinos de una 
nación." 

¿A qué fin hacer comentarios sobre una narra- 
ción tan estravagante? 

Al hablar de nuestros rancheros, se les pinta 
con los coloridos mas espantosos. Los salteado, 
res de camino son unos inocentes, comparados 
con esos hombres, que solo esperan que caiga un 
enemigo en sus manos, para sacrificarlo cruel- 
mente; que después de una batalla despojan á 
muertos y vivos de cuanto tienen, y acaban de 
dar la muerte á los infelices heridos y á los pri- 
sioneros que tienen en su poder. Los rancheros 
mexicanos, según el verídico autor á que nos re- 
ferimos, son unos tigres feroces, á quienes jamas 
8.acian la rapiña y el asesinato. 

Pero asistamos á otra escena, que pasa en el 
campo enemigo la víspera de la batalla de Palo 
Alto. Zacarías Taylor se ha entregado al des- 
canso por unas cuantas horas: el viejo general 
duerme en su rústica tienda, á pocos pasos de la 
cual se pasea un veterano que está de centinela. 
Todo está en silencio: no se oye ni el lejano ru- 
mor del Océano ni los rugidos salvages de las 
fieras. Mientras la luna se eleva poco á poco 
sobre el distante horizonte, una sombra negra se 
desliza furtivamente, á favor de la oscuridad 
hasta la tienda de Taylor. La sombra es un 
ranchero, que ha atravesado sin ser visto, todo el 
campo enemigo; que ha burlado la vigilancia del 
centinela, y lo tenemos ya junto á la cama del 
general, sobre cuya cabeza levanta el puñal ho- 
micida. El asesino se encomienda á Dios, besa 
una cruz que llevaba, y se dispone á consumar el 
atentado. Pero la Providencia, que tiene sus 
miras sobre el hombre dormido, aparta el brazo 
del ranchero, y el puñal se clava en la almohada, 
sin tocar á Taylor. Entonces el asesino, despa- 
vorido, desconcertado, sale apresuradamente de 
la tienda, y se aleja del campamento. 

A alguna distancia de allí lo esperaban como 
unos veinte compañeros. Todos, movidos por la 
mas ciega superstición, habian jurado sobre un 
Crucifijo sacrificar la vida del gefe de los inva- 
sores, y al que hemos visto en la tienda de Taylor, 



era al que habia tocado por suerte la ejecución 
del juramento. Lleno aun de susto, cuenta á sus 
camaradas lo que le ha pasado, y no hallando có- 
mo esplicarlo, asegura que la Omnipotencia divi- 
na vela por la vida del general enemigo. 

¿Hay necesidad, repetimos, de hacer comenta- 
rios sobre semejantes relaciones? 

La noche del 7 de Mayo, tan fecunda en acon- 
tecimientos, acaba su curso: amanece el nuevo 
dia, y se da la batalla de Palo Alto. En su des- 
cripción también se incurro en notables inesacti- 
tudes. Nuestro ejército, que fué en aquel com- 
bate igual en número al contrario, se hace subir 
á 6.000 hombres, es decir, al duplo del norte- 
americano. Pero no deberemos callar que se hace 
á nuestras tropas la justicia de confesar que se 
batieron valientemente. El general en gefe y 
varios de sus compañeros de armas, han mereci- 
do especiales elogios de Lippard, que solo denigra 
á Ampudia, en quien se ceba á cada paso con 
rencorosa saña. 

Muy lejos nos llevarla seguir al autor paso á 
paso en la descripción de ésta y las demás bata- 
llas, en que á mas de 1^ relación minuciosísima 
del combate, se divaga á menudo en digresiones 
mas ó menos interesantes. La de mas importan- 
cia en la batalla de Palo Alto, es la relativa á 
la muerte del mayor de artillería Ringgold. 

' Cualquiera creerá que el ejército mexicano de- 
bió presentar al dia siguiente en la Resaca de la 
Palma una fuerza mas reducida que la que ha- 
bia peleado en el anterior combate; pero Lippard, 
después de reducir á la división de Taylor á la 
escasa fuerza de unos mil setecientos hombres, 
aumenta hasta nueve mil el número de nuestros 
combatientes, mayor en un tercio que el que le 
habia dado antes de la primera batalla. El ob- 
jeto de tales ecsageraciones es bien conocido: se 
han querido ensalzar los triunfos de los invaso- 
res, que serian en efecto mas recomendables, á 
proporción que con menos fuerza hubieran venci- 
do á ejércitos mas numerosos. 

Los elogios al valor de las tropas mexicanas 
se reproducen de nuevo, haciéndose muy distin- 
guida y honorífica recomendación, del batallón 
Gruarda-Costa de Tampico. Entre las escenas 
de la batalla, hay una de que hablaremos con la 
imparcialidad debida, porque está escrita coa 
verdad y esactitud. 

Una batería nuestra hacia grandes estragos en 
las filas enemigas. El general Taylor lo nota, y 
eoíiQciendo de cuanta importancia seria para de- 



188 



LEYENDAS SOBRE LA GUERRA DE MÉXICO. 



cidir el écslto de la batalla, llama á 1111 oñcial de 
caballería, y le dice: 

— Capitán May, tomad aquella batería. 
Sin duda nuestros lectores habrán oido hablar 
de May. Es un hombre de arrogante presencia, 
con un pelo negro como el ébano, que le cae has- 
ta los hombros, y una espesa barba, negra tam- 
bién, que le cubre el pecho. May recibió la or- 
den de su general, montó en un hermoso caballo 
del mismo color que su barba y su cabellera, y 
diciendo á su gente con laconismo: "Soldados? 
adelante," se arrojó sobre la batería en medio de 
un diluvio de balas. 

Nuestros cañones cayeron en su poder, y allí 
también hizo prisionero al valiente general D. 
Rómulo Diaz de la Vega. 

Después de la batalla de la Resaca, viene la to- 
ma de Monterey. Con su ecsageracion acostum- 
brada, Lippard afirma que nueve mil mexicanos 
fueron los que defendieron la plaza contra seis 
mil asaltadores. En este capítulo nada halla- 
mos de particular, si no es la relación del modo 
con que un soldado americano salvó á una joven 
mexicana, cuya familia toda pereció á consecuen- 
cia del asalto, y á la que el vencedor llevó á su 
tierra, tomándola por muger. La tal historieta 
tiene todas las trazas de ser uno de tantos cuen- 
tos forjados por la fantasía del autor. 

Llegamos, por último, á la batalla de Buena— 
Vista ó la Angostura, que es con la que conclu- 
ye la obra. También en esta vez se pone como 
indudable que las tropas mexicanas llegaban á 
veinte mil hombres; se pinta la batalla como una 
victoria ganada decisivamente por Taylor, cuyo 
mérito se eleva hasta las nubes, comparándolo 
con el de los capitanes mas ilustres del mundo. 
La narración de la muerte del joven Clay es in- 
teresante, no tanto por sí misma, cuanto por tra- 
tarse del hijo de un hombre, á quien todo me- 
xicano debe respeto y consideración. 

En la obra de Lippard se encuentran con fre- 
cuencia alusiones injuriosas á México, ataques 
sobremanera ofensivos, en qu.e se nos trata con 
el mas insultante desprecio. Cuantas veces se 
habla del origen de la guerra, se califica de justa 
la escandalosa agresión de una potencia ambicio- 
sa contra una república débil. Las acusaciones 
que se nos hacen son tanto mas destituidas de fun- 
damento, cuanto que en la misma obra se recuer- 
dan las esactas palabras de aquel ilustre senador 
norte-americano, que dijo: 

"Esta es una guerra cruel, espantosa, sangui- 



naria. Los soldados que enviamos á una tierra 
estrangera, son asesinos y ladrones. Si fuera yo 
mexicano, como soy americano, les preguntarla 
si no tienen sepulcros en su pais para ir de esa 
suerte á morir ahí. Y recibirla por cierto á esos 
ladrones y asesinos con las manos ensangrenta- 
das, ofreciéndoles una huesa hospitalaria." 

El estilo de "Las leyendas," es en lo general 
florido, animado,- y aun á veces demasiado poé- 
tico. Los lectores juzgarán por las siguientes 
muestras. 

Hablando de la cruzada formada contra Mé- 
xico, describe así Lippard nuestro hermoso pais: 

"Tierra rica en producciones de todos los cli- 
mas, donde los frutos son mas ecsuberantes, las 
flores de colores mas vivos y roas variados, las 
aves de plumage mas radiante, que en cualquier 
otro pais del vasto mundo de Dios. Tierra en 
que los monumentos se levantan, misteriosos y 
terribles, con la historia y la religión de aquellas 
épocas solemnes que se pierden en él abismo del 
tiempo. Tierra en que cada piedra conserva las 
huellas de las naciones perdidas, y, los pueblos 
muertos durante diez mil años." 

Y mas abajo añade: 

"Tierra, en la que en el espacio de cuarenta y 
ocho horas, podéis pasar de los ardientes llanos 
de los trópicos, incómodos y enfermizos, á dulces 
climas en que reina una eterna primavera, y se 
producen los frutos de la zona templada, á mon- 
tañas cubiertas de hielo, y que ocultan bajo su 
frente nevada, volcanes que hierven en su inte- 
rior, como corazones de fuego. Tierra, no menos 
bella con sus floridos lagos, que magnífica con 
sus catedrales, con sus imágenes y urnas de oro 
macizo; no menos preciosa con su panorama de 
montañas, pirámides y valles, que altiva con su 
ciudad de Cortés y Moctezuma, ese ensueño de 
oro y de sangre, que los hombres llaman Mé- 
xico!" 

Al contar la batalla de Palo-Alto, dice: 

"El combate ha empezado: el humo de los ca- 
ñones mexicanos, y el de las baterías americanas, 
flota lentamente en la serena atmósfera, donde 
se encuentran y se mezclan, formando un puente 
de nubes sobre las_cabezas de los ejércitos comba- 
tientes."^ 

Cuando en la Resaca llega al momento en que 
los americanos quemaron el pasto, para ocultar 
sus movimientos á nuestras tropas, se espresa en 
estos términos: •► 



LEYENDAS SOBRE LA GUERRA DE MÉXICO. 



189 



"Ya no es una batalla, sino una cacería, un 
horrible destrozo. Habréis leido que los indios 
prenden fuego á una pradera por todos los vien- 
tos, y esperan pacientemente hasta que las llamas, 
estrechándose hacia el centro con rugido aterra- 
dor, precipitan á los asustados gamos, panteras y 
búfalos en un horno de ardiente yerba! El vie- 
jo Zacarías incendió también su pradera; el cír- 
culo de fuego es mas reducido á cada momen- 
to: lo forman las piezas de Ridgely, la batería de 
Duncan, las filas de Montgomery. Ese círculo se 
estrecha cada vez mas, y comprime y quema é im- 



pele á los mexicanos hacia Rio-Grande, centro 
de la muerte." 

Tal es en compendio esa obra recien publica- 
da, en que se nos deprime con tanta injusticia co- 
mo descaro. Nosotros no queremos que se nos 
prodiguen alabanzas inmerecidas, ni que se callen 
ó disimulen los defectos que por desgracia tene- 
mos; nuestros deseos se limitan á que se hable de 
nosotros con imparcialidad, con justicia, con esac. 
titud, para que el mundo nos juzgue tales cuales 
somos, y no como nos representan los escritos de 



un Lowestern ó de un Lippard. — J. I. 




^ tij ii-i ♦ 



Huye, fantasma mentido, 
Con tu séquito engañoso, 
Que en otro tiempo dichoso 
Me diste grata ilusión. 
Huye, y con tu falso brillo 
No turbes, por Dios, mi vida, 
Ni desgarres mas la herida 
Que hiciste en mi corazón. 

La copa de los placeres 
Anhelante saboreaba, 

Y necio, jamás pensaba 
Que dejara un amargor. 
Que corriendo por mis venas, 
Cual veneno me abrasara, 

Y mi ecsistencia llenara 
De tristeza y de dolor. 

Corrí ciego tras la sombra; 
Prenético te adoraba, 

Y alguna vez encontraba 
En tus desmanes solaz. 
Soñaba con tus placeres; 

Te buscaba en mi amargura, 
Creyendo encontrar ventura, 

Y me robabas la paz. 
Grupos de vírgenes bellas 



Ante mis ojos ponias, 

Y en mi alma pura encendías 
Un fuego devorador. 

Sus sonrisas celestiales. 
Sus atractivos y encanto 
Hicieron correr mi llanto, 
Primer llanto de dolor. 

Ciego adoré la hermosura, 
Era mi vida su aliento; 
Sus miradas mi contento. 
Suyo era mi cof azon. 
Mas ¡ay! cual el rayo mismo 
Estos placeres huyeron, 

Y en mi alma solo vertieron 
Tedio y desesperación. 

" No volváis: otros amantes 
Pondrán flores en vuestra ara, 
Donde yo incienso quemara 
En otro tiempo mejor . 
A vuestros pies me llevaba 
Mi frenético delirio: 
Ahora dobláis mi martirio; 
Solo me inspiráis horror. 

Noviembre 3 de 48. 

L. Q. O. 




m 




G 



;UANDO Dios sujetó al linage humano á los 
mas penosos dolores, á los sufrimientos mas in- 
soportables, su corazón no pudo resolverse á de- 
jar á sus hijos padecer sin consuelo, j llamando 
á uno de sus ángeles, le dijo: 

"Te hago compañero del hombre, para que 
nunca lo abandones. Que en la desgracia en- 
cuentre siempre en tí un apoyo, para que nunca 
olvide que mi misericordia es tan grande como 
mi justicia." 

El ángel bajó los ojos y se dispuso á obedecer 
-at-Seuor. Era, por cierto, uno de los mas hermo- 
sos querubines que rodeaban el trono omnipoten- 
te, símbolo de la mas perfecta ternura, del mas 
acendrado amor; ningún otro hubiera sido mas á 
propósito para el desempeño de la misión que se 
le encomendaba. Cuando el coro celestial ento- 
naba sus cánticos de alabanza, la voz de ese án- 
eel amado era la mas dulce á los oidos del Éter- 
no: cuando pedia perdón de los crímenes de los 
hijos de Adán, ninguna intercesión era mas po- 
derosa que la suya. 

El enviado descendió á la tierra, y desde en- 
tonces dulcifica los destinos de la humanidad. 
Es invisible á nuestros ojos, porque éstos no po- 
drian resistir á los rayos de luz que despide; pe- 
ro cuando la mano del infortunio oprime nuestra 
ecsistencia, sentimos en nuestros corazones el be- 
néfico influjo de ese ser, que recibió el nombre 
del ángel de la esperanza. 

De los bienes que disfrutamos sobre la tierra, 
no hay otro mas apreciable que la ecsistencia de 
ése celestial consejero. Si abriendo sus alas, vol- 
viera de nuevo á la morada del Señor, la vida se 
nos haria insoportable, y el único momento de 
descanso seria el en que nos viéramos libres de 
tan pesada carga. 

La hermosura es sin duda un bien apreciable; 
pero no tiene,, como la rosa, mas que un dia de 
duración. Desaparece pronto, y entonces se con- 



vierten en sinsabores los placeres pasados, ha- 
ciéndosenos mas penosos aun por lo violento y lo 
duro del contraste. 

La juventud es la primavera de la vida, la 
época en que las emociones vehementes del alma 
nos presentan al mundo bajo las formas mas he- 
chiceras. Pero la juventud es un tesoro que pron- 
to se acaba, aun cuando no lo agotemos antes de 
tiempo abusando de nuestras fuerzas. Y cuando 
hemos llegado al fondo del cofre que lo encierra, 
y gastado la última moneda, nos encontramos mi- 
serables, desvalidos, sin recursos, sintiendo las 
angustias de la peor de las pobrezas: la pobreza 
que succede á la prosperidad. 

Si poseemos grandes riquezas, creemos asegu- 
rada nuestra tranquilidad. El dinero con que 
todo se compra, no compra, sin embargo, la ven- 
tura. Necesario, para no carecer de las como- 
didas, de los placeres, sin los cuales la ecsisten- 
cia nos seria poco grata, constituye uno de los 
elementos de la felicidad; pero no basta para for- 
marla. ¡Cuántos ricos hay que cambiarían de bue- 
na gana sus inmensos bienes por los escasos re- 
cursos del pobre, que escento de codicia, se con- 
tenta con lo necesario! ¡Cuántos ricos ecsisten 
en el mundo, que en vez de placeres, no encuen- 
tran en sus tesoros sino disgustos y pesares! ¿Qué 
vida hay mas triste, mas llena de sinsabores, que 
la del opulento avaro? 

El poder, los goces de la ambición, tan efíme- 
ros como un ensueño, tan poco duraderos como 
el humo, mas bien que satisfacciones, proporcio- 
nan amarguras. Suelen arrastrarnos de abismo 
en abismo hasta nuestra perdición; y aun cuando 
mas nos lisonjean, son semejantes á esos otros 
placeres que no pueden disfrutarse sino adqui- 
riéndolos en cambio de nuestra tranquilidad 6 
nuestra ecsistencia. 

A este tenor pudiéramos recorrer todos los de- 
mas bienes, por cuya consecución tanto nos afa- 



EL ÁNGEL DE LA ESPERANZA. 



191 



namos, y en cada uno iríamos reconociendo que 
son tan vanos como las ilusiones de nuestra fan- 
tasía, y de momentánea duración en nuestra vi- 
da, que no es á su vez mas que un momento. Lo 
único verdaderamente grande y apreciable, 
es la esperanza, simbolizada en ese ángel, que 
Dios mandó á la tierra para consuelo del hom- 
bre. Aun los goces que mas estimacipn merecen, 
como la gloria, la amistad, el amor, no son valio- 
sos sino por la esperanza que los vivifica. Sepa- 
radla de ellos y quedarán reducidos á nada. 

¿Qué fuera de la triste humanidad, si la espe- 
ranza desapareciese de la tierra? Las invencio- 
nes mas sublimes, las ideas mas grandiosas, pron- 
to caerían en el olvido: los mortales, entregados á 
una apatía de que nada lograrla arrancarlos, 
pronto no formarían mas que una raza degrada- 
da é inepta. 

El ángel de la esperanza ba llenado su misión 
generosa y sublime. No abandona ni á los po- 
derosos; pero á quienes consuela de preferencia, 
alentándolos en el camino de la virtud, y hacién- 
doles ver entre las mas crueles calamidades de lo 
presente una suerte dichosa en el porvenir, es á 
los desvalidos perseguidos por la fortuna, á los 
desgraciados que mas abate la suerte. Por ter- 
ribles que sean nuestros padecimientos, por des- 
esperada que sea nuestra situación, el ángel de 
la esperanza jamas nos abandona; el poder de la 
fortuna esquiva se estrella impotente en su resis- 
tencia, y eso que no emplea otras armas que las 
de la ternura y el consuelo. ¡Bálsamo dulcísimo 
del corazón desgarrado por las penas! ¡tú solo 
eres el remedio que alcanza á curar nuestras do- 
lencias, por muy graves que sean! ¡tú eres en el 
orden moral la panacea que en vano se afana por 
buscar en lo físico la ciencia! 

Cuando el soldado entra en el combate, su co- 
razón se estremece al pensar en la muerte casi 
inevitable que le amenaza; pero el ángel de la es- 
peranza sostiene su brazo y anima su valor. La 
tempestad azota el barco abandonado en medio 
de las olas: juguete de los vientos desencadena- 
dos, ya sube hasta las nubes, ya desciende hasta 
los abismos, y acaba, al fin, por estrellarse en una 
de las rocas que se ocultan traidoras bajo la ter- 
sa superficie del mar. Ningún ausilio puede es- 
perar el marino: el naufragio es inevitable; mas 
fácil que salvarlo, seria contener la hoja arreba- 
tada por el huracán. Pues bien: aun en esos 
momentos, en que no queda mas que Dios en- 
tre el hombre y la eternidad, el ángel de la es- 



peranza lo sostiene y se la hace concebir en el 
faro que brilla á muchas leguas de distancia, en 
la frágil tabla que flota sobre las olas agitadas, 
en la destreza para nadar, que combate con ener- 
gía contra la lacsitud y el cansancio. 

El enfermo yace abatido en el lecho del dolor, 
los médicos lo han desahuciado; la ciencia no co- 
noce remedios para su salvación. Llega por fin 
la hora lenta y terrible de la agonía: el estertor 
anuncia que se aprocsima el momento terrible; y 
aun entonces, el moribundo se resiste á morir, y 
conserva en su corazón casi apagada, pero pave- 
seando todavía, la última llama de esa esperanza, 
que no se desprende del hombre hasta que, rom- 
piendo el alma su cárcel corpórea, se eleva á las 
regiones donde se formara su esencia divina. 

El delincuente es condenado á la pena afren- 
tosa del suplicio; se le lee su sentencia, se le po- 
ne en capilla, se le lleva al patíbulo, se le hace 
inclinar la cabeza sobre el banco fatal. El eje- 
cutor de la justicia ha alzado ya el brazo, y un 
resto de esperanza conserva aún en su pecho el 
desgraciado; y cuando la cuchilla cae, separando 
la cabeza del tronco, esa débil esperanza no se 
habia estinguido todavía. El ángel, para em- 
prender su vuelo, ha esperado que sea un cadá- 
ver inerte el cuerpo que pocos momentos antes 
estaba lleno aún de vida y de animación. 

Y cuando llega, por fin, ese momento solemne, 
en que el alma se dispone á comparecer ante la 
presencia de su severo Juez, para darle cuenta de 
§us obras; cuando el soldado perece por el fuego 
ó por el acero; cuando el náufrago es tragado por 
el hirviente mar; cuando el agonizante ecshala el 
postrimer aliento; cuando el ajusticiado siente el 
frió glacial del hacha del verdugo, el remordi- 
miento se levanta gigantesco, implacable, san- 
griento; el tribunal de la prop»ia concienciarse an- 
ticipa al tribunal de Dios, y aparecen entonces co- 
mo montañas los pecados que fueron antes como 
granos de arena. Pero en aquel conflicto de la 
mas espantosa desesperación, una voz mas dulce 
que los conciertos de los ángeles, murmura en 
nuestro oido suaves palabras de consuelo. "Con- 
fia en Dios, nos dice; tus delitos no pueden su- 
perar á su clemencia, porque nada hay mas gran- 
de que la misericordia de Dios." Y esa voz, 

que combate el terror de los castigos eternos, y 
nos promete la felicidad futura; esa voz, que es 
la última que escuchamos en la tierra, y la pri- 
mera que oiremos en el cielo, es la voz del ángel 
de la esperanza. — J. I. 



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A iLA mis 11(0) mu A 

DE MI QUERIDO AMIGO 




I. 

^*^¡>A.DIOS! ¡voy á morir! la edad florida 
Con brillantes, mentidas ilusiones, 
Me presenta los goces de la vida, 
Tras que van avarientas las pasiones; 
Me muestra el gozo efímero del mundo, 
De crímenes atroces mar fecundo. 
En que náufraga cruza la inocencia, 
Sin que llegue, tal vez, hasta la orilla, 
Que á la luz del relámpago que brilla, 
Sucumbe del delito á la violencia. 



¡Adiós por siempre! El mundanal bullicio 
En sus oidos débiles se apaga. 
El borde miro ya del precipicio, 
En donde el alma al separarse vaga; 
Pero un rayo de luz bay que le alumbra. 
Que á las moradas del Señor lo encumbra, 
Cuando bajando basta el sepulcro frió, 
Arde en su mente un rayo de esperanza, 
Y su pecho renace á la confianza 
Segura del Señor; en él confio." — 



Dijo, y el alma en magestuoso vuelo 
Se remontó serena hasta las nubes 
Que el empíreo nos cubren con su velo, 
Morada del Señor y sus querubes. 
Pasó fugaz, cual niebla vaporosa. 
Que de Abril en la tarde calorosa, 
Del suelo hasta el espacio se levanta, 
Girando entre los pliegues de la brisa; 
Voló, como la tórtola indecisa. 
Que aun en la orilla de la tumba canta. 

Lánguida se inclinó, cual la azucena 
Que el sol de Agosto quema amarillento, 
Y que al cerrarse, su fragancia llena 
De perfumes suavísimos el viento. 
Así también cercano ya á la tumba, 



Su acento misterioso que retumba, 
Al mortal descarriado le amonesta 
Del sendero á apartarse del delito; 
Que de santa virtud escuche el grito. 
Que llega del morir la hora funesta. 



Hora, yo te pregunto entristecido: 
¿Por qué la senda de la vida dejas? 
¡En el mundo cubiertos del olvido 
Ves á tus pobres padres y te alejas! 
¿No ves ya de su edad la seca planta, 
Que el invierno aterido la quebranta, 
Y que al soplo del viento de Occidente, 
Que deshace los candidos celages. 
Azotando fugaz en sus ramages 
Terminará su vida brevemente? 



Descansa, amigo; si al vivir sufriste 
De suerte caprichosa los rigores, 
Si el cáliz del dolor en que bebiste 
Te causó mil amargos sinsabores; 
Tus sufrimientos, ¡áy! no fueron vanos, 
Los ángeles de Dios son tus hermanos, 
Que al partir de esta vida transitoria. 
Con sereno semblante te esperaba 
Aquel Señor, á quien postrado alaba 
El refulgente arcángel de la gloria. 



Hora, atiende, piadosa, al tierno canto 
Que alzamos, ¡ay! en tu sepulcro frió, 
Débil suspiro de agotado llanto; 
Suspiro de las auras del estío. 
Postrero adiós del pájaro que errante 
Los arenales cruza sollozante, 

Y en su cansancio, fatigado mira 
Desierto estéril, y cegada fuente, 

Y sin descanso, y con su sed ardiente 
Por otro pais mas plácido suspira. — ' 



EL MUNDO EL AÑO DE 3.000. 



201 



mos en los hospitales para su curación, sino cuan- 
do están ya en agonía, y muehas veces hasta des- 
pués de muertos. 

Para las contribuciones directas, los legislado- 
res han tenido buen cuidado de no dar lugar á 
los subterfugios. Se observó que si se imponían 
sobre los alimentos, muchos ayunaban: si sobre la 
luz, tapiaban sus ventanas: si sobre los vestidos, 
andaban desnudos. Entonces la contribución 
recayó sobre las narices, con lo cual hubo ya que 
pagarla; pero en esta parte todavía se nota un 
vacío en la ley, porque aun es posible cortarse 
aquella interesante porción del rostro. La mejor 
contribución de esta especie, es la que impuso el 
famoso tio Tomas de Pigault Lebrun, sobre la^ 
respiración. "Se ecsgirá tanto, decia, por la res- 
piración; pero nada pagará el que no quiera res- 
pirar." 

Como la mendicidad es una plaga en una socie- 
dad bien organizada, se trató de evitarla; pero no 
socorriendo á los mendigos, sino acabando con 
ellos. Se fijaron avisos en las poblaciones y dis- 
tritos, en que se espresaba que allí estaba prohi- 
bida la mendicidad. Todos los pobres de un lu- 
gar tenian que salir de allí: se encaminaban á 
otro, donde ecsistia la misma prohibición, y del 
que también tenian que emigrar; y como igual 
cosa les sucedía en todas partes, acababan por 
morir de inanición en algún camino. Tal fué el 
ingenioso medio con que el Estado se vio libre de 
la pesada carga de los indigentes. 

Los periódicos se redactan con una destreza 
maravillosa; aunque todavía se resienten de los 
defectos de esta época, en que son mentirosos, 
inesactos y contradictorios. Los impresores han 
quedado suprimidos, porque las máquinas por 
si solas trabajan y arreglan todo con una admi- 
rable velocidad. Tal adelanto trae, entre otras, la 
ventaja de que los redactores no atribuyan sus 
disparates á erratas de imprenta ó faltas de orto- 
grafía de los cajistas. 

En el teatro, las piezas dramáticas no son ya 
lo principal, sino lo accesorio. Su combinación 
está arreglada de tal suerte, que una misma com- 
posición puede servir para mil asuntos diferen- 
tes, con solo hacerle unas ligeras modificaciones. 

Las mugeres literatas é inteligentes de la épo- 
ca se pronuncian contra la tiranía que se ejerce 
sobre ellas. Se quejan á voz en cuello de que es- 
tablecida la igualdad entre los individuos del sec- 
so masculino, reine aún tan espantosa desigual- 
dad entre ellos y el bello secso. Forman, pues, 



una revolución, y así como la francesa proclamó 
los derechos del hombre, proclaman mis señori- 
tas los de la muger, formulándolos en los siete ar- 
tículos siguientes: 

"Derechos de la muger libre. 

Art. 1. '^ — Supuestas la omnipotencia y per- 
fección de Dios, de hoy en adelante pertenecerá 
al género femenino. 

Art. 2. ° — Los derechos de la muger consis- 
ten en no reconocer ningunos á los hombres. 

Art. 3. ° — Todas las mugeres serán iguales 
para mandar, y todos los hombres iguales para 
obedecerlas. 

Art. 4. '^ — Todos los destinos serán ocupados 
por el secso mas interesante y débil, escepto los 
que rehuse, los cuales pertenecerán de derecho al 
secso mas feo y fuerte. 

Art. 5. '^ — Todos los hombres se casarán y 
todas las mugeres permanecerán solteras, ó lo 
que es lo mismo, los primeros estarán encadena- 
dos y no tendrán mas que deberes, mientras que 
las segundas conservarán su libertad y no ten- 
drán mas que derechos. 

Art. 6. ° — Solo las mugeres tendrán las lla- 
ves de las arcas públicas y privadas: se deja á los 
.hombres el privilegio de llenarlas. 
tt Art. 7. ° — Los dolores de parto y la crianza 
quedan relegados irrevocablemente al secso mas- 
culino. 

La organización política de " La república de 
los intereses unidos]" es la siguiente: Hay cuatro 
autoridades supremas: el presidente, que se de- 
nomina el '■'■Impecable,^'' porque no pudiendo ha- 
cer nada, ni puede obrar bien, ni puede obrar 
mal: la cámara de los enviados, que se compone 
de representantes sin mas obligaciones que dor- 
mir y beber: la cámara de los valetudinarios, com- 
puesta de gentes achacosas y enfermizas, para que 
calmen con su moderación la efervescencia de la 
otra; y los banqueros encargados de las rentas 
del estado, que monopolizan enteramente en be- 
neficio suyo y de sus amigos. Con este admira- 
ble sistema político, el pais avanza cada dia mas. 

La religión ha perdido su caráter evangélico: 
es acomodaticia y fácil de contentar. Los fieles 
poco trabajo tienen en cumplir con las obligacio- 
nes que les impone la iglesia, porque son tan sen- 
cillas, tan fáciles de variar, tan susceptibles de 
modificaciones, que cada cual vive como mejor le 
agrada, sin que nadie lo moleste. 

La rapidez con que hemos recorrido las pági- 
nas de la obra, de que hemos procurado dar una 



202 



EL MUNDO EL AÑO DE 3.000. 



ligera idea á nuestros lectores, no nos ha permi- 
tido detenernos en varios puntos dignos de lla- 
mar la atención. El libro, después de haber bos- 
quejado la espantosa degradación de la especie 
humanaj acaba con una lección de moral, porque 
Dios, irritado del abuso deplorable que el hom- 
bre ha hecho de la inteligencia casi divina con 
que lo enriqueció, dice: 

"Olvidaron las leyes que habia grabado en su 
corazón: su entendimiento se ha ofuscado y nada 
ven mas allá de sí mismos. Porque han encade- 
nado las aguas, oprimido el aire y dominado el 
fuego, han dicho: "somos los señores del mundo y 



ninguno tiene que pedirnos cuenta de nuestros 
pensamientos." — Pero yo los desengañaré, y el 
desengaño será duro, porque romperé las cadenas 
de las aguas, abriré las cárceles del aire, devol- 
veré al fuego su violencia; y entonces, esos reyes 
de un dia, reconocerán su debilidad." 

¡Oh! sí, si el mundo ha de llegar á corromper- 
se hasta tal punto, felicitémonos entonces por ha- 
bernos tocado vivir en una época en que no son 
aún esclusivos señores de la tierra el cálculo, el 
interés, el egoísmo, en que no han volado aún á 
los cielos las tres divinidades del hombre: el amor, 
la poesía, y la fé.— J. I. 



<íVyíTT0'yüinrr3TlíTüTTO'"31ÍYyíTSTTÍTüTüT 




¡Casta beldad, que de mi pecho helado 
Brotar hiciste del amor la llama, 
Cuando la triste y enojosa vida 
Dejar'pensaba! 

¿Quién de tu voz al embriagante hechizo, 
Y de tus ojos á la lumbre pura, 
Rendir el alma resistir intenta 
Sin que sucumba? 

Cual blanco lirio que en la selva umbría 
Gí-allarda ostenta su sencilla gala, 
¡Cándida Laura, de tu esbelto talle 
Es mas la gracia! 

En tí del cielo entusiasmado miro 
Feliz traslado de la Virgen santa. 
Cuando flotantes tus cabellos rubios, 
Al viento vagan. 

¿Has visto, dime, en la callada noche, 
De negras nubes estendido manto. 
Con ronco estruendo desgarrar potente 
Súbito el rayo? 

^Y de las olas al violento empuje 

La nao has visto en el inmenso espacio. 



Ir á perderse en la desierta playa, 
Hecha pedazos? 

Así mi pecho, de sublime fuego, 
Al grato imperio sin cesar se humilla. 
Porque me quema de tus negros ojos 
La luz divina . 

Al verte, cantan las pintadas aves, 
Vuelan rompiendo el cristalino ambiente, 
Y entre las nubes de carmin y gualda 
Desaparecen. 

Mil y mil flores de cobalto y oro 
El aire puro de fragancia llenan, 
Cuando tu planta por la verde alfombra 
Vaga ligera. 

i Ay! dime, ¡oh Laura! que mi amor comprendes 
Que acaso un dia, de piedad movida. 
El vivo afán de mi ternura inmensa 
Verás propicia. 

Mi ruego escucha; y de tus labios rojos 
Un solo SI de la esperanza, encienda 
La tibia llama que mi triste pecho 
Lánguido alienta. . . . 

C. H. Serán, 



r; LO 



e X 




JN ING-UN estudio es tan filosófico y ameno co- 
mo el de la arqueología, y ningún estudio tam- 
poco es mas descuidado en nuestro pais. Trope- 
zando á cada paso en la república con piedras 
labradas, con vasos antiguos, con ídolos, con edi- 
ficios, apenas reconocemos muchas veces que per- 
tenecieron á nuestros antepasados, sin procurar 
llevar mas adelante nuestras indagaciones; y cuan- 
do la curiosidad nos incita, tenemos que ocurrir 
á los autores e^trangeros que han venido desde el 
otro lado de los mares á visitar nuestras ruinas, 
á describir su estructura y medir sus dimensio- 
nes y copiarlas de una manera las mas veces esac- 
ta y fiel. En uno de nuestros números anterio- 
res, y al hablar de la sociedad de anticuarios de 
Nueva-York, indicamos la idea de que se forma- 
ra en México una sociedad arqueológica, y que 
en el Museo Nacional se diese una cátedra de es- 
te ramo, dedicándose la misma sociedad á formar 
el catálogo y descripción de multitud de curiosi- 
dades que ecsisten en el mismo Museo. Parece 
que este pensamiento ha tenido buena acogida 
entre algunas personas, y pronto tendremos acaso 
el gusto de publicar trabajos muy curiosos sobre 
las antigüedades mexicanas. 

Entretanto, nos proponemos dar una ligera idea 
á nuestros lectores de algunas de las antigüeda- 
des y ruinas mas notables, ausiliados por nuestro 
respetable amigo y colaborador D. Isidro Rafael 
Gondra. 

Los objetos que mas han llamado la atención 
de los viageros y de las sociedades de anticuarios 
de Europa, son las pirámides de Cholula, las pi- 
rámides de San Juan Teotihuacan, las ruinas del 
Palenque, las de Uxmal, las de Copan y las de 
Chichen, y por supuesto no han considerado de 
poca importancia la preciosa colección de mapas 
y pinturas simbólicas antiguas, piedras, armas y 



vestidos que ecsisten en el Museo. En uno de los 
números anteriores hemos dado una vista y des- 
cripción de las pirámides de Teotihuacan, y con- 
tinuaremos ocupándonos de esta materia, para 
contribuir á popularizarla. 

Nuestros lectores nos permitirán que los tras- 
lademos hoy por un momento á un lugar poco 
distante de Campeche, en el Estado de Yucatán. 

Es de noche: hay un silencio profundo. 

Las brisas salinas de la mar soplan de vez en 
cuando, mueven las hojas de los arbustos y ma- 
torrales, y refrescan la frente del viagero perdi- 
do en aquellas soledades. 

Las. nubes ruedan lentamente por el cielo, y la 
luna, á veces brillante en medio de un espacio azul? 
y á veces medio velada por las nieblas blanqueci- 
nas, derrama su luz apacible y melancólica sobre 
el campo. 

En medio de los arbustos, de las hojas, de las 
yerbas y de las florecillas silvestres que produce 
un clima cálido y una tierra fértil y fecunda, se 
ven esparcidos multitud de edificios que, como 
unos gigantes silenciosos é inmóviles dominan, y 
mandan estos desiertos. 

Estos monumentos son solemnes, incomprensi- 
bles como los caracteres simbólicos grabados en 
las "piedras de los monumentos egipcios. 

Son mas solemnes que las tumbas y que los ce- 
menterios. 

En una tumba se recuerda la ecsistencia de un 
hombre. 

En un cementerio duermen en el silencio y en 
la paz dos generaciones. 

Estas ruinas despiertan el recuerdo de una na- 
ción, de muchas naciones, tal vez de un mundo 
entero que se perdió, que se borró para siempre 
del catálogo de los pueblos del globo, y del cual 
no han quedado mas que los libros vivos, las ho- 



204 



RUINAS DE UXMAL. 



jas esculpidas de piedra, cuyos entido no lia sido 
posible ni entender ni interpretar esactamente. 

Colon creyó haber hallado un mundo nuevo, y 
las ruinas nos manifiestan que el gran navegan- 
te se engañó; que donde juzgó que solo habia bos- 
ques vírgenes y desiertos, estensas y solitarias 
llanuras, ecsistian desde muchos siglos atrás, na- 
ciones enteras que hacian el comercio y la guer- 
ra entre sí, conocían algo de las artes y de la ci- 
vilización, y poseían secretos que han quedado en- 
vueltos en las tinieblas. 

Cuando en una noche serena, silenciosa y alum- 
brada por la luz romántica de la luna, se encuen- 
tra el hombre frente á frente de estos monumen- 
tos, involuntariamente esclama: "¿Conque no so- 
lo es corta y pasagera como la de la Efímera, la 
vida del hombre, sino que también mueren los 
pueblos enteros sin dejar mas señales de su ecsis- 
tencia en el mundo que sus rotos y carcomidos se- 
pulcros? Es porque euando el señor del cielo 
mueve su dedo Omnipotente, se borra un pueblo 
de la tierra, y no quedan de él sino vagos recuer- 
dos, unas ruinas silenciosas y mudas que parece 
tienen el precepto de no revelar nada de los se- 
cretos que un tiempo encerraron en su seno. Des- 
de las orillas de los grandes lagos y de los cau- 
dalosos rios del Norte- América, hasta las cum- 
bres y las barrancas de los Andes del Sur, hay ves- 
tigios de templos, de fortificaciones, de acueduc- 
tos y de palacios. No cabe duda que ecsistia un 
mundo antiguo que ha desaparecido." 

La lámina que acompañamos á este artículo 
representa fiielmente las famosas ruinas de Ux- 
mal, vistas á la luz de la luna; y ya que hemos 
pretendido conducir al lector un momento, por 
la fuerza de la imaginación, le daremos algunos 
ligeros pormenores. 

No son unas cuantas paredes de adove llenas 
de matorrales y que sirven de abrigo á las víbo- 
ras y aves nocturnas, las que forman las ruinas de 
Uxmal, sino edificios estensos y cuyas paredes 
principales tienen á veces quince pies de espesor. 
Valdeck, Norman, Stephens y otros viageros que 
los han visitado, creen que su construcción es an- 
terior á muchos de los monumentos romanos- 
Los edificios que forman las ruinas son los si- 
guientes: un hermoso grupo que llaman la casa 
de las Monjas; una pirámide de mas de cien pies 
de altura, que se llama el templo del Adivino. La 
casa del Grobernador, la de la Vieja, la de las Tor- 
tugas y la de los Pichones. 



No es una empresa fácil el permanecer mucho 
tiempo entre las ruinas. El clima es estremada- 
mente cálido y enfermizo, y rara es la gente que 
no contrae calenturas residiendo mas de ocho dias. 
Ademas, la multitud de matorrales y yerbas que 
han nacido al derredor de los edificios y en los 
patios, hace mucho mas difícil la esploracion. 
Sin embargo, y prescindiendo de la multitud de 
figuras y monumentos aislados, se puede hacer 
un ecsámen de la arquitectura de muchos de di- 
chos monumentos. Las hermosas láminas y gra- 
bados con que están ilustradas las obras de los 
anticuarios que hemos mencionado, nos dan á co- 
nocer sus mas notables pormenores. 

El estilo, en lo general, de la arquitectura, es 
muy semejante al de los egipcios, razón que ha 
inducido á que se crea con algún fundamento 
que las razas que poblaron la América proceden 
de la Asia. 

Grene raímente las paredes principales, como he- 
mos dicho, son muy gruesas; las columnas, cuan- 
do las hay, son también gruesas, de muy poca al- 
tura, sin basa y con una simple cornisa. Pero don- 
de se puede descubrir la magnificencia de estos 
monumentos, el es tremado lujo de los soberanos 
de esos pueblos y el conocimiento elevado de los 
arquitectos, es en las fachadas. Los edificios de- 
signados con el nombre de casa de las Monjas, 
están llenos de relieves, de molduras y de dibujos, 
y á veces de filigranas como los árabes. 

La casa de los Pichones, llamada sin duda así 
por la multitud de ventanas y puertas que la hacen 
semejante á las habitaciones destinadas á estas 
aves, es un vasto edificio de forma piramidal. 

La casa del Mágico esta edificada en la cúspide 
de una pirámide de mas de cien pies de elevación, 
y se reconoce allí en algunas puertas y ventanas 
hasta la preciosa forma ojiva. 

Parece que estos edificios por su lujo y magni- 
tud fueron obra de la voluntad de uno ó de mas 
soberanos, y que los pueblos de entonces no te- 
nían idea del sistema de gobierno liberal, como 
se encontró en la república de Tlascala. 

Los límites estrechos de un artículo no nos 
permiten estendernos en los pormenores de cada 
uno de estos edificios, y lo haremos acaso mas 
adelante, publicando las láminas respectivas, con 
lo cual los lectores formarán un juicio mas esac- 
to.— RR. 



A DON MIGUEL CONTRERAS. 



197 



11. 

Del mundo los desiertos 
Cruzaste sin enojos, 
Sus campos encubiertos 
Miraste con abrojos; 
Y entre espinas estériles 
Alzarse alguna flor. • 



Emblema de tu vida, 
Fugaz como los vientos, 
Eco de voz sentida. 
Que arrancan los tormentos 
En la agonía lúgubre 
De pertinaz dolor. 



Tu juventud lozana 
Dedicaste á la ciencia, 
Y en tu vida temprana. 
Con profunda esperiencia, 
Los libros de Aristóteles 
Supiste comprender. 



Los hechos ya pasados. 
Sucesos infinitos, 
De muchos ignorados, 
Allá en la historia escritos. 
Con estudio solícito 
Llegaste á conocer. 



De Dios los atributos, 
Su justa Providencia, 
Con que guarda á los brutos 
Y al hombre la ecsistencia, 
Con el doctor Angélico 
Osabas penetrar. 



Mas ya de cerca unido 
A su esencia sublime, 
Oye el eco sentido 
Del que tu muerte gime, 
Y pide que sus lágrimas 
Se digne consolar. 

Haatuseo, Diciembre 1. "^ de 1848. 

Rafael Gtonzalez Paez. 




TOM I.— IX. 



UN EEOUEEDO A MI MADEE. 



Cuantas veces he contemplado tu pálido ful- 
gor, ha despertado en mi alnaa recuerdos dema- 
siado queridos; ha traido á mi memoria aquellos 
tiempos venturosos de mi afortunada infancia, en 
que, reclinado en el seno de mi amorosa madre, 
desafiaba sin temor el porvenir, creyéndome en 
sus brazos esento de las miserias á que están 
condenados los mortales. ¡Cuan feliz era enton- 
ces! ¡cómo trascurrían sobre mí una á una deli- 
ciosas y rápidas las horas, contemplando esta- 
siado en el zafiro inmenso de los cielos tu pla- 
teado y rutilante disco! ¡Con cuánta dulzura re- 
sonaba en mis oidos el leve murmullo de los em- 
balsamados záfiros, y cuánta melancólica ternura 
imprimía en mi corazón el arrullante murmu.'.'o de 
las cristalinas y trasparentes aguas que se desli- 
zaban á mis pies, bajo las flores que caian desho- 
jadas por el viento! ¡Ah! era entonces muy ni- 
ño; mas sin embargo, ecsisten en mi mente estos 
recuerdos, tan vivos y constantes, como si fue- 
sen de ayer; van unidos á mi ecsistencia como la 
desgracia, y jamas se apartarán de mi mente, 
porque son el único consuelo de mis penas, la 
única página hermosa de mi ecsistencia. 

Sí, únicamente en mis primeros años, en esos 
años en que la vida se desliza sobi'e nosotros co- 
mo uno de esos mágiscs y dorados ensueños, que 
huyen al despertar mas rápidos que el relámpa- 
go, no ha sido mi alma presa de la teri-ible garra 
del tormento: mas ¡ay! por siempre huyeron, de- 
jando solo recuerdos dulces y vagarosos de ilusio- 
nes desvanecidas al mortífero soplo del dolor, co- 
mo los sonrosados y purísimos celages vesperti- 
nos al impulso del vendaba!. 

¡Perdí á mi madre, á mi adorada madre! ¡al 
ídolo de mi alma! y la losa que cubre sus cenizas, 
encerró para siempre mi alegría. Por eso desde 
entonces, sin consuelo, sin ilusiones, sin esperan- 
za alguna que m 2 guie en el mar borrascoso de 
la vida, vago á merced de mi cruel destino, en- 
corvado bajo el peso del dolor; por e: o en mis 
años juveniles, en lugar de asomar á mis labios 
la sonrisa, brilla en mi pupila trémula una lágri- 
ma, y en vez de aspirar á los placeres y á la glo- 
ria, solo ambiciono bajar á la tumba para repo- 
sar eternamente á su lado. 

Felrero 23 de 1849.— Z Ferez Gallardo, 

2 




Introducción. — ¿Qué será el mundo dentro de mil años? — Carácter satírico de la obra de Emilio Souvestre. — Cos- 
tumbres de los mundanos en el siglo XXX. — Modo de pasar los rios. — Rapidez de los trasportes. — Conocimien- 
tos históricos, relativos al siglo XIX y los anteriores. — Crianza de los niños por vapor. — Adelantos frenológicos. 
— Educación de la juventud. — Ideas de las señoritas respecto del matrimonio. — Nuevo sistema de medicina. — 
Casamientos por especulación. — Administración de justicia. — Corrección de los criminales. — Hospitales y casas 
de caridad. — Contribuciones. — Mendicidad. — Periódicos, — Teatro. — Derechos de la muger libre. — Org-anizacion 
política. — Sistema religioso. — Conclusión. 



-—^^W^(^^'&W^^^'^—. 



E 



L mundo, por mas que digan ciertos filósofos 
descontentadizos, apegados como los ancianos á 
las cosas antiguas, camina á su engrandecimien- 
to. El entendimiento del hombre, teniendo que 
inventarlo todo, en los principios de su ecsistencia, 
no podia progresar sino muy lentamente. Pero 
á medida que se ha ido ensanchando la esfera de 
sus conocimientos, se han succedido y multiplicá- 
dose las invenciones mas útiles, los mas sublimes 
descubrimientos. Los trabajos de los sabios en 
las épocas que han precedido á la nuestra, han 
servido, pues, como de cimientos para levantar el 
templo de las ciencias con la magnificencia que 
lo realza ya en nuestros dias. 

Cada siglo agrega nuevos prodigios del saber 
bumano a los de los siglos pasados; su conjunto 
forma la herencia, cada vez mas rica, de los nue- 
vos habitantes del mundo. Viene luego una re- 
volución trastornadora, que hace perder gran par- 
te del terreno recorrido; un espeso velo ofusca los 
entendimientos; un trastorno general confunde y 
hace desaparecer los adelantos obtenidos; pero 
el trabajo comienza de nuevo, y de nuevo se le- 
vanta ese edificio social, tantas veces desmorona- 
do y tantas veces reconstruido. 

Así, para no remontarnos á épocas muy remo- 
tas, la invasión de los bárbaros devasta el colosal 
poder romano; y éntrelos fragmentos de su gran- 
deza que se perciben al través del polvo de las 
batallas, apenas se di&tingue uno que otro vesti- 



gio del grado de esplendor á que habia llegado 
las señora del mundo. Es tal el desconcierto que 
sigue á aquellos memorables sucesos, que la edad 
media se considera generalmente como una épo- 
ca de ignorancia y de barbarie. Constantinopla 
cae en poder de Mahomet II; y las ciencias y 
las artes, para salvarse, tienen que refugiarse en 
Italia, bajo la generosa protección de León X y 
de los Médicis. Así lucha sin descanso la civili- 
zación con sus enemigos; pero en cada combate 
sale mas fuerte, mas emprendedora, y dia llegará 
en que inaccesible á todo embate, pasee su ense- 
ña victoriosa por todos los pueblos del mundo. 

Después de las crisis en que las luces se han 
visto espuestas á naufragar, los progresos del hom- 
bre han sido verdaderamente prodigiosos. La im- 
prenta estiende, propaga y consérvalas obras de 
los escritores; la brújula permite al navegante 
apartarse de las costas, engolfándose en alta mar, 
desafiando todos los peligros del Océano; el descu- 
brimiento de la América cambia los destinos del 
mundo; el globo eleva al aereonauta á esos espa- 
cios, que parecían sustraídos al imperio del rey 
de la creación; el telégrafo hace desaparecer las 
distancias; el magnetismo penetra hasta el fondo 
del corazón para robarle sus mas ocultos secre- 
tos; el vapor es casi la palanca que pedia Arquí- 
medes para conmover el mundo. La imagina- 
ción no alcanza casi á concebir la serie numerosa 
de adelantos que en otros tiempos hubieran pa- 



EL MUNDO EL AÑO DE 3.000. 



199 



sado seguramente por milagros. Nuestro siglo, en 
que esos descubrimientos, que consumieron aca- 
so la vida de ilustres sabios, están ya al alcance 
de todos, merece con justicia el nombre que lleva 
de: "siglo de las luces." 

Pero apartemos ahora nuestros ojos de lo pa- 
sado para fijarlos en el porvenir. Consideremos 
las nuevas invenciones que marcarán los siglos 
venideros: calculemos el aspecto que presentará 
el mundo dentro de unos mil años. Si nosotros 
muriéramos ahora y resucitáramos entonces, nos 
quedaríamos tan sorprendidos y estupefactos, co- 
mo si volvieran ahora á la vida los ilustres con- 
temporáneos de Alfredo el Grande y del califa 
Al-Mamoun. 

Esta idea, susceptible de un vasto desarrollo, 
ha dado origen á una obra, recien publicada en 
francés con el título de "ü'Z mundo tal cual sefrá 
el año fZe 3.000." Como en la obra vaga el autor 
por los espacios imaginarios, en los que cada cual 
es libre para tomar el camino que mas le acomo- 
de, no debemos ocuparnos del giro que nosotros 
le hubiéramos dado al asunto, sino del que ya se 
le dio. 

El autor, que no es otro que Emilio Souvestre, 
ha querido no considerar los sucesos por el aspec- 
to serio, sino por el jocoso y satírico, á cuyo efec- 
to se complace en reproducir escenas de cuantas 
ridiculezas pueden caber en la mente humana. 
Y á menudo sucede que las caricaturas y las sáti- 
ras son escelentes en su género, que es acaso en 
el que mas se distingue y tiene mas originalidad 
el ingenio francés. 

El mundo civilizado en el año de 3.000, no es- 
tá ya dividido como ahora en diferentes naciones: 
todas se han i*eunido para formar un solo pueblo, 
conocido con el nombre de '•'■La República de los 
intereses unidos.^' Los hombres han llegado al úl- 
tivo grado del positivismo: sus trages son adecua- 
dos á la profesión de cada cual; y se componen do 
los instrumentos ó útiles mas indispensables para 
la práctica de las operaciones que aquella ecsige. 
El egoísmo domina los ánimos: el frió cálculo ha 
secado el corazón. 

Para pasar los rios, el pasagero no tiene mas 
que meterse en una bomba de gran capacidad. 
Introducida esta en un mortero, se dispara, y con 
este medio espedito de viajar, en un momento se 
llega á la orilla opuesta. Si no se quiere correr 
este riesgo, no hay mas que subir á un globo 
aereostático, al que por supuesto se lleva ya en- 
tonces á donde se quiere, con tanta facilidad co- 



mo un buen ginete hoy á un dócil caballo, y así 
se puede uno pasear cómodamente por el mundo 
entero. 

La rapidez de los trasportes es tal, que es cosa 
bien sencilla levantarse en la tierra de Yan Die- 
men, almorzar en París, hacer una visita en Mada- 
gascar, estar en el paseo en México, y asistir en la 
noche á la ópera en Pekin. Con mas prontitud 
se va entonces de nación á nación, aunque estén 
situadas en diferentes partes del globo, que la 
que hay ahora, á pesar de los caminos de fierro, 
para ir de una ciudad á otra del mismo pais. 

Las noticias que los mundanos del año de 3.000 
tienen de las cosas de nuestros tiempos, es tan 
inesacta, que hacen contemporáneos á Carlomag- 
no, Pablo de Koock y Madama de Pompadour, 
de la misma manera que nosotros, hombres de 
progreso del siglo XIX, confundiremos segura- 
mente á personages que ecsistieron en épocas 
muy diversas. 

Una idea dominante pinta por sí sola á la ge- 
neración viviente en el siglo XXX: la de susti" 
tuir la máquina al hombre. Los niños no necesi- 
tan á la muger para su crianza: desde el mismo 
dia de su nacimiento, son llevados á un lugar 
en que se les da de mamar por medio del vapor, 
no leche, como se acostumbra hoy, sino otra sus- 
tancia que ha podido formarse, merced á los sor- 
prendentes descubrimientos químicos de aquella 
época. La escelencia de la tal invención, se prue- 
ba con solo decir que cuando los chicos son tan 
testarudos, que se empeñan en no tomar ali- 
mento, se mueren á los tres dias, precisamente 
cuando iban aprendiendo á no comer, como el ca- 
ballo de cierto cuento. Pero con los que se dan 
á partido, y admiten la nueva especie de crianza, 
la máquina ejerce tiernamente las funciones de 
la maternidad, y acaso por eso tiene un rótulo, 
en que se leen aquellas palabras del Evangelio, 
'•Sínite párvulos venio-e ad ineP 

Cuando los chicos están ya en estado de tomar 
carrera, se pasan al ecsámen de los frenologistas 
para que no se les descarrie del sendero que de- 
ben seguir. La frenología ha Uegado á ser una 
ciencia infalible, de manera, que las protuberan- 
cias del cráneo indican al gran músico, al esce- 
lente pintor, al célebre abogado. Con tal conoci- 
miento se dedica á cada infante á una profesión 
cualquiera, sin temor de errar. Bien es verdad 
que sucede frecuentemente que sale errada la vo- 
cación; pero eso ya se supone que es sin mengua 
de la ciencia. 



200 



EL MUNDO EL AÑO DE 3.000. 



La educación de la juventud es selecta, princi- 
palmente la del secso femenino, como puede juz- 
garse por las siguientes reglas que se le dan res- 
pecto del matrimonio. 

Pregunta. — ¿Debe la muger desear el matri- 
monio? 

Respuesta. — Sí, con tal que haga un buen ne- 
gocio. 

Pregunta. — ¿Qué se entiende por hacer un buen 
negocio? 

Respuesta. — Casarse con un hombre de bien á 
carta cabal, de cuya posición pueda aprove- 
charse. 

Pregunta. — ¿Qué llamáis hombre de bien á 
carta cabal? 

Respuesta. — Al que paga la cuota necesaria á 
fin de ser elegido para los cargos públicos. 

Pregunta. — ¿Cómo debe amar la muger á su 
marido? 

Respuesta. — Proporcionalmente á lo que le se- 
ñale para alfileres. 

Pregunta. — ¿Recitad vuestro acto de esperan- 
za matrimonial. 

Respuesta. — Dios mió: cuento con tu infinita 
bondad, para obtener un esposo según mis deseos: 
haz que tenga bastante dinero para ponerme co- 
che, llevarme á vivir á un palacio, proporcionar- 
me toda clase de diversiones; y ojalá, señor, se 
sienta con tanto ánimo para aumentar su fortu- 
na, como yo con placer para derrocharla." 

Los estudios de los hombres se han sistemado 
de una manera ordenada y metódica. Por ejem- 
plo, los médicos no siguen la cansada rutina de 
hacer estudios generales. Se han dividido el 
cuerpo humano por partes: uno cura las enferme- 
dades de corazón; otro las de estómago; este las 
del hígado, aquel las de la sangre. De ahí es, 
que cuando un enfermo se siente atacado de un 
mal en parte determinada, manda llamar al doc- 
tor Sangredo, ó al doctor Vomitivo, ó al Hipér- 
trofo, ó al Neurético: si la dolencia abraza varias 
partes, diversos médicos son consultados; y como 
cada uno tira por su lado, pronto dan cuenta del 
paciente. 

]pn un siglo tan positivo y calculista, por sabi- 
do se calla que los matrimonios por amor no tie- 
nen circulación en la plaza. El matrimonio es 
un negocio comercial y de mera especulación: 
ellos y ellas buscan consortes por el tanto mas 
cuanto: maridos y mugeres se negocian como li- 
branzas al descuento. Y aunque la felicidad con- 



yugal sea un sueño, esto nada prueba contra los 
adelantos del mundo. 

Una joven rica, cuyo padre padece de apople- 
gia, una muchacha, heredera de un opulento tic 
viejo, desahuciado por los médicos, son partidos 
brillantes y codiciados. Los pretendientes á la 
blanca mano de tales novias, abundan en de- 
masía. 

La administacion de justicia está tan perfecta- 
mente arreglada, como todas las demás. Garan- 
des letreros anuncian que aquella es gratuita: 
otros proclaman el sabio principio de que todos 
los ciudadanos son iguales ante la ley, lo cual no 
obsta sin embargo para que los juicios tengan que 
pagarse tanto y por tantas cosas, que cuesta un 
sentido litigar. Los abogados tienen su arancel 
muy arregladito para el cobro de sus derechos; 
está claramente designado lo que llevan por men- 
tir, por desfigurar los hechos, por enternecer- 
se, por irritarse, por gritar. Mediante el precio 
del ajuste, el abogado es un Proteo, capaz de to- 
mar todas "las formas posibles é imaginables. 

Para la corrección de los criminales se siguen 
dos sistemas opuestos: el de la carencia de lo ne- 
cesario con unos; el de la abundancia de lo super- 
fino con otros. Los primeros viven bajo el régi- 
men penitenciario en todo su rigorismo; y son 
tales las ventajas de ese sistema, que de millares 
de prisioneros, no queda uno solo en su razón na- 
tural: algunos se vuelven locos; los mas caen en 
un apático idiotismo. Los otros presos, con quie- 
nes se observa una conducta diametralmente 
opuesta, disfrutan en la cárcel de todos los place- 
res: vinos, juegos, diversiones, amores, nada les 
falta de cuanto pueden apetecer. Las ventajas 
de este segundo sistema llegan á tal grado, que 
¡cosa admirable! á pesar de que en la prisión no 
hay carceleros, ni guardia, ni cosa que lo valga, 
no se da nunca el caso de que uno solo de los en- 
cerrados allí trate de escaparse, y cuando alguno 
sale por haber cumplido el tiempo de su conde- 
na, tiene el mayor sentimiento al separarse de sus 
compañeros, sin embargo de que le dan, para vol- 
ver á la sociedad, una buena suma de dinero. 

Los hospitales encierran cuanto puede ser útil 
á la humanidad doliente; pero como la prudencia 
es madre de la seguridad, y se han dado ya mu- 
chos casos de personas que estando buenas y sa- 
nas, se han instalado en una casa de caridad pa- 
ra asegurar la comida, se han tomado escelentes 
medidas para evitar tamaños abusos, y se usa de 
tales precauciones, que no se admite á los enfer- 




Qx. G«^°^ 



(sí;\i®© 



CUMPLIDO Editor 




LA FLOR DEL CARDO. 



^©"^ 





PROLOaO 

EN QUE SE PRUEBA QUE, POR MAS QUE SE DIGA, 
LA CABRA TIRA AL MONTE. 



Al 



-L ver la estupenda trasformacion que sufrían 
todas las flores, al solo permiso de la Encanta- 
dora, envidioso el Cardo, se retiraba á los lugares 
mas apartados y agrestes; desplegaba su follage 
lleno de espinas. Triste y envidiosa la flor que 
corona su tallo, se Labia cubierto de un azul me- 
lancólico; la Encantadora comprendió tanta pe- 
na, y al influjo de su sonrisa, el Cardo se sintió 
conmovido, perdió el conocimiento, y al dia si- 
guiente babia una joven en una de las calles prin- 
cipales de esta ciudad, que babia soñado, según 
decia, con las soledades de los campos y con que, 
perseguida por no sé qué monstruos, se escondía 
tras unas yerbas que la punzaban con sus espi- 
nas, y á las que amaba como si fuesen personas 
de su familia. 

Por una fatalidad, como no medió ni solicitud 
ni estipulación, entre el Cardo y la Encantadora, 
aquella joven, después decbado de bermosura, 
conservó cierta aspereza en su carácter, cierto 
aire altanero y capricboso, que al impuesto en 
sus antecedentes, le babria becbo recordar mo- 
mento á momento su origen, por aquello de que 
lof cabra tira al motóa 
TOM* I. — ^IX. 



I. 
EUGENIA ESPINAL. 

EN DONDE SE DEMUESTRA QUE HAY UNAS DE CA- 
RITAS DE SAN ANTONIO, CON UNAS MALAS 
MAÑAS COMO UN DEMONIO. 

Créanme, lectores, era Eugenia, no ensueño 
de bardo enamorado, no fantástica visión de ro- 
mántico sin sueldo, sino una beldad positiva, dul- 
ce y seductora como propina de ministro, apeti- 
tosa como curato pingüe, y gallarda y linda co- 
mo aquella bermosura que tuvo el mal gusto de 
dejarse seducir por comer una manzana. 

ítem, una beldad modelo, codiciable, única, 
sin padre, ni madre, ni bermanos, ni ante- 
cedente, ni consiguiente. Esto es, el bello ideal, 
el sueño de oro para un bijo de Adán, que sabe 
basta dónde puede conducir á un marido la guer- 
ra intestina. 

Cuando erguida como el cisne del lago, pasaba 
entre las otras bermosuras, no la zaberia la en- 
vidia; tanta así era la superioridad de su belleza: 
reina en el baile, casi arcángel ideal en el tem- 
plo, objeto de encanto y adoración en todas par- 
tes, era como la realización de esa poesía oculta 
y sublime que guardan los corazones vírgenes 
antes de que los marcbite la mustia realidad. 

Con sus negros y rasgados ojos, con su pesta- 
ña negra, que sombreaba la cíítis de marfil de su 



206 



UN MATRIMONIO HETEROGÉNEO. 



megilla; con su cintura leve, como la de la abeja, 
con su 23Íó breve y delicado, cual lo habría podi- 
do formar la voluptuosidad misma, Eugenia ha- 
bría hecho perder los estribos, no hay duda, á 
un usurero, á un casero, á un alcalde de manza- 
na secsagenario, á un gobernante monarquista. 

Pero Eugenia era caprichosa, como partido 
descontento; tenia raptos de iray écstasis de pla- 
cer, arbitrarios como ministro en pugna con la 
cámara, y era insustancial y desdeñosa, como un 
niño indiscretamente mimado. 

De ahí es que, los que la trataban en unos mo- 
mentos, la llamaban dulce, afable, caritativa, he- 
chicera; otros la censuraban, y la inconstancia 
misma de su carácter, como una cadena invisible, 
mantenía en rededor de ella perennes á sus 
amartelados adoradores. 

Rica, con una posición independiente y una 
reputación intachable, su casa era el punto esco- 
gido de tertulia para la mas selecta sociedad. 

Y desde el barbudo joven despidiendo aromas, 
de luenga cabellera y de corsé despótico, hasta 
el viejo magistrado con su asma y sus latines, to- 
dos le rendían su incienso, todos aspiraban á 
ella con tanto ardor como á plaza de mas de tres 
mil pesos de sueldo. Uno que otro burlón era 
el solo, que en tal cual café, con cierto tono ofen- 
dido, solia decir; ''Sí, tiene una carita de San 
uíntonio; 2yero unas malas onañas como un demo- 
nio." 

II. 

EN QUE SE PALPA LA VERDAD DE LOS PEOLO- 
QTJIOS, QUE dicen: "eL que no JUEGA, NO PIER- 
DE; Y EL BUEY SOLO BIEN SE LAME." 

jCómo describiré la tertulia de Eugenia? Fi- 
guraos un salón espléndido, con magníficas co- 
lumnas en sus estremos, entre las que descansa- 
ran colosales espejos; figuraos las paredes pinta, 
das con cierto gusto gótico; figuraos una sillería 
de madera de rosa, negra como el ébano, jarrones 
de alabastro en las rinconeras, floreros gigantes- 
cos en las consolas, candil y candelabi'os de cris- 
tal sosteniendo las bujías de sensual esperma, 
una alfombra velluda que apaga las pisadas, con- 
fidetúes en que se sumergen sensuales, meciéndose, 
los circunstantes, y<3uanto el arte en pintura, y 
la moda en lujo han inventado de mas cómodo, 
de mas delicado, embelleciendo aquella morada 
de la hermosura, y tendréis aún una idea muy 
vaga, muy imperfecta del salón de Eugenia. 

En él recibía á sus tertulianos: ¡sus tertulia- 
nos! 



Luisito Pachulí, aquel elegante de raya abier- 
ta, sin oficio ni beneficio, pero de albo guante y 
trages de Lamana, que no sabe si el Istmo de 
Tehuantepec está por Francia ó por Acapulco, 
ni si nos manda rey ó Roque; pero que dice que 
es cierta la fatalidad, divino el duelo, y un acto 
de energía el suicidio. 

Don Roque Mampara, licenciado de polendas, 
y abogado de pleitos desesperados, que cree se- 
ducir á Eugenia, quejándose de sus jaquecas, y 
diciéndole disertaciones que la duermen. 

Pepito Sanfruacia, jovenete resuelto, desem- 
barazado, semi-curro, oficial sin trage militar, 
seductor, desperdiciado, pundonoroso en campa- 
ña, sin palabra de verdad, sentimental, y á me- 
dia paga; pero tipo de elegancia y de digno pa- 
recer. Fantástico, aturdido, comenzaba por es- 
citar la curiosidad, apasionaba después, y al últi- 
mo, era objeto de su desprecio la beldad que le 
habia rendido el corazón. 

Por último, y aquí la atención de mis lectores, 
el' Sr. D. G-erónimo Asnal, vejete rechoncho, de 
unos sesenta Abriles, pipote forrado de sedan 
y afeites, de ceñida cintura y luenga corbata; 
vejete calavera, que en los corrillos contaba des- 
vergüenzas, que en los convites era un Heliogába- 
lo, y en los amores un sátiro. 

De esos que solo andan con los jovenzuelos 
aturdidos, que traen una novela como la Lucinda 
en un bolsillo, que median en los enojos de las 
bailarinas con sus amantes, que se tiñen las ca- 
nas y martirizan sus pies con zapato de charol, 
que saben divinamente todo lo relativo á cróni- 
ca escandalosa, la gordura de la una, la enferme- 
dad de la otra, el verdadero padre de aquella; 
¡oh! ¡oh! ¡oh! ¡viejos verdes, momias enfloradas, 
que van á la tumba maldiciendo, y se los lleva 
el diablo tarareando la polka! 

Las tertulias, como sucede entre la gente de 
buen tono, eran al principio una especie de asam- 
bleas, en que se hablaba de las óperas, del Car- 
naval prócsimo, del mérito de tales actrices, de 
la moda reinante, y de la salud de los conocidos. 
Luego la confianza trajo á la dulce murmuración: 
como Eugenia sonreía, volvióse buen tono ser 
maldiciente, y aunque en frases mas francesas 
y con circunloquios mas ingeniosos, se despluma- 
ba á todo conocido y se daban á luz vidas y mi- 
lagros. En lo público las atenciones marcaban los 
caracteres; Luisito obsequiaba á Eugenia con una 
cajita de perfumes; el licenciado con un canaston 
de esquisitas alcachofas de eu huerta de Tlalparí; 



ÜN MATEIMONIO HETEROGÉNEO. 



207 



Sanfruncia con tin ramo de flores; pero acompa- 
ñado de una esquela, con cuanto Süe tiene de 
mas animado, Soulié de mas vehemente, y Balzac 
de mas sentimental. 

Don G-erónimo no se liabia introducido astu- 
to en sus interiores domésticos; era dueño de al- 
gunos secretos, y con ese protesto llevaba en el 
bolsillo la media de su calzado; por un cobecho 
consiguió una medida que inflaba á sus solas y 
besaba con trasporte, y ese acomodaba sus obse- 
quios á las circunstancias, haciéndolas siempre 
mas oportunas y sagaces. 

¡Pobre Eugenia! aquella tertulia, que formó al 
principio por matar el fastidio, habia prendado 
su corazón! Amaba, ¡ay! amaba con delirio á 
Sanfruncia, y tenia un vivo reconocimiento, re- 
conocimiento de hija, ¿á quién creen vdes., seño- 
res? A Don Gerónimo Asnal. Olvi- 
dó Eugenia, que '-el que no juega, no pierde;" y 
lo de que "el buey suelto bien se lame." 

III. 

EN QUE SE MANIFIESTA QUE CASI ES REALMEN- 
TE ACSIOMA LA COPLA QUE DICE: "CADA UNO 
TIENE, SEÑORA MÍA, SUS DIVERSIONES 
Y sus manías." 

En un decir ¡Jesús! y en menos que canta un 
gallo, borronearé un episodio indispensable para 
el conocimiento de mis lectores. 

Es el caso, que el cuantioso patrimonio que re- 
cibió á Eugenia al venir al mundo, se merma- 
ba estraordinariamente, por causas que no son 
de este lugar referir. Su administrador, santur- 
rón y taimado, desesperando de lograr el amor 
de Eugenia por medio de esos artificios y mane- 
jos de ciertos Tartufos, aprovechaba su tiempo, 
y siempre los inquilinos de las casas no pagaban; 
moríase el ganado en las haciendas, y se helaban 
los campos, por mas que el calor fuese como en 
África. Eugenia, unas veces reñia, otras veia 
todo con la mas profunda indiferencia; pero es- 
taba en idéntica posición del erario; esto es, te- 
nia recursos, pero jamas se encontraban sino á 
costa de penosos sacrificios. 

Pongamos ya en acción á los amantes y asis- 
tamos á sus declaraciones de amor. 

SANFRUNCIA Y EUGENIA. 

sanfruncia, votando su cachucha en un so- 
fá, Y VIBRANDO SU VARITA. 

Sanf. — Reina mia, linda Eugenia, ¿está vd. 
buena? ha amanecido vd. encantadora, divina. 



Eug, — ¡Qué loco es vd! ¿cuándo tendrá vd. 
juicio? 

Sanf. — Eso depende de vd., cuando me son- 
rían esos labios, cuando esos ojos me digan que 
me aman, cuando pueda sorber en un beso ese 
corazón apasionado. 

Eiog. — Vd. se chancea; ¿qué no tenia vd. otra 
cosa en qué divertirse? Todo supongo, que es una 
broma. 

Sanf. — Sí, señorita (recuerda á Pineda y lo 
imita), una de esas bromas en que sangra el co- 
razón, sí, un fuego en que la muger á quien ado- 
ramos ríe, y su risa nos calcina los huesos. Sí, 
señorita, esta debe ser una broma para vd., obje- 
to de las atenciones de tantos mas opulentos que 
yo, que no tengo mas que mi corazón y mi infor- 
tu.nio! 

Eug. — ¡ Caballero! 

Sanf. — Una palabra (tomándole una mano); 
yo adoro á vd , vd. perturba mi sueño; vd. es, ó 

mi fataiida'd ó mi esperanza Vd. me ama 

también, yo lo he sabido por mi piel, que se habia 
conmovido con el aliento de vd., mi bien, mi 
adoración; (se levanta, recordando como buen mi- 
litar, que es el momento del abrazo). 

Eug. — (Asustada, tira del cordón de la cam- 
pana; Sanfruncia, dizque fuera de sí, se arroja 
en sus brazos al entrarla criada.) Prohibo á vd,, 
caballero, que vuelva á esta casa. 

Sanf — (Saliendo con la mano en ios ojos.) 

[Aparte.) Chica, picaste el anzuelo ya fué 

mia volveré mañana en la noche. 

Eug. — ¡Pobre joven! ¡me ama! y yo ¡In- 
feliz de mí! he sido demasiado cruel. . . . 

¡Pobre Eugenia! su carácter era su tormento, 
lloraba, reia, forjaba mil planes que desbarataba 
en seguida; al contemplarse en sus espejos, fiaba 

en su hermosura, y después sin saberlo, 

sin fijarse en nada lloraba, porque el llan- 
to es siempre signo de las emociones que no ca- 
ben, que se desbordan de nuestro corazón. 

(Han llamado con mucha parsimonia: la criada 
anuncia á Don Gerónimo Asnal.) 

EUGENIA, DON GERÓNIMO. 

Eon Gerónimo. — Beso los pies de vd.: (ve al 
disimulo el espejo para revisar su trage y apos- 
tura; se sienta satisfecho). 

Eug. — Muy contento viene vd. 

Ger. — Si ¡ah! (suspira como quien bufa): ce- 
lebro ver á V. á solas. 

Eug. — ¡Hola! ¿tenia vd. que decirme? 



208 



UN MATRIMONIO HETEROGÉNEO. 



Ger. — ¡Eh! pues, \_Ap.'] ¡qué linda,y qué buena 
constitución! Muy favorecida estuvo vd. anoche. 

Eug. — Con todos vdes., mis buenos amigos. 

Ger. — Algo mas: lo digo por algunos. 

Eug. — ¿Quién? 

Ger. — No hablo yo de esos mozalvetes que 
van y desacreditan á una señora en sus bureos, 
de esos hombres que se derriten por una muger^ 

y quieren solamente abusar de su afecto « 

pero el licenciado 

Eugenia olvida al licenciado y se alarma, por- 
que cree que laá anteriores son referencias á 
Sanfrancia. 

Eug. — (Con frialdad). No todos los jóvenes 
son como vd. dice; vea vd., hay algunos aturdi- 
dos, sí, pero cuyos escelentes corazones los ha- 
rían adorar una muger 

Ger. — Es vd. muy niña; vea vd. á nuestro amigo 
Sanfrancia: su corazón es magnífico, su bolsa es 
de sus amigos, es un Cid en campaña; pero en 

punto á mugeres, su moralidad, su en 

fin, es nuestro amigo y yo no quiero .... 

Eug. — Acabe vd 

Ger. — Yo, si fuese muger, querría un hombre 
para quien fuese su última ilusión, su postrera 
esperanza; que me amara como padre y me chi- 
queara como amante, que me tomase la mano (se 
la toma), y pudiera yo contar con un hombre 
que me la besase (la besa), y yo dijera, hay cier- 
ta pureza en ese amor; que me estableciera, que 
me cuidara. (Al decir todo esto, Don G-eróni- 
mo tiene el rostro desencajado, los ojos brillan- 
tes de pasión. Eugenia casi no lo percibe, pensan- 
do en su infiel amante). 

Eug. — Mudemos de conversación: (el amor de 
este hombre me empalaga.) 

Ger. — (Me da un tabardillo si no te consigo; 
¡que coloradita está). Señorita, como vd. guste! 

IV. 

DONDE SE DEMUESTRA COMO VERDAD MATEMÁ- 
TICA, QUE MAS SABE EL DIABLO POR VIEJO 
QUE POR DIABLO. 

Eugenia amaba á Sanfrancia, lo amaba con 
toda la intensidad de esos caracteres volubles 
que una vez se fijan. Mi jovenete, ya seguro del 
amor, la amaba de munición, escitaba sus celos 
con conversaciones picarescas, la enternecía con 
un mimo, lloraba ella, y él, tarareando, se des- 
pedía, fumando indolente su habano, dejando á 
su adorada retorciéndose de celo, de amor y de 
despecho. 



En esos instantes, á título de consuelos, ad- 
quiría Don Gerónimo ventajas materirles; po- 
níale parchecitos en sus jaquecas, pulsábala á 
menudo y se comedía á trasportarla á su lecho 
en sus dolorosos ataques de nervios. 

Advertido de estas ventajas mi Sanfrancia, 
fogoso, resuelto como lo hemos descrito, envió 
una esquela de desafio á Don Gerónimo; el pri- 
mer movimiento de éste fué de terror profun- 
do. .. . después, de regocijo, viendo aquello como 
una aventura escandalosa que le daria popula- 
ridad. 

Tuvo su entrevista con Sanfrancia, después de 
participar su duelo á medio México, menoscabar 
la honra de Eugenia y poner á ésta en penoso 
conflicto; en la entrevista el viejo ruin y cobar- 
de lo negó todo, y en medio á sus palabras orgu- 
llosas, hizo percibir á su rival que era indigno 
de él batirse con un viejo débil y enfermizo; re- 
dujese el desafio á una espléndida comida, y el 
viejo apareció con su aventura (cuyos pormeno- 
res quedaron ocultos en el mas profundo secreto), 
al menos por entonces: apareció con su aventura, 
digo, radiante de orgullo; lo que es mas, como 
todo un calavera. . . . No obstante, el celo por 
el amor de Eugenia, la superioridad que recono- 
cía en su rival, y la secreta humillación en su 
última aventura, lo tenían vivamente resentido; 
pero un viejo no se lanza sobre su presa, sino que 
la espía, la caza como la hiena, ocultándose, ha- 
ciendo que no se escuchen sus pisadas. 

Eugenia enconaba mas este odio, diciendo in- 
sustancial á Don Gerónimo, que amaba á San- 
francia; lo que sufría el viejo, ofreciéndole que 
con tal que lo viese, á él, amase á su rival. En- 
tre tanto, él era una urraca que hacia despare- 
cer todo lo que servia á Eugenia, para guardar- 
lo como reliquia, sin que ella lo supiese; traia 
su pelo en una sortija en que estaban sus inicia- 
les, y en medio del mas concurrido corrillo, saca- 
ba un pañuelo en que se vela bordada la cifra de 
la encantadora Eugenia. ¡Infame viejo! á sus 
amigos hablaba de las prendas materiales de su 
dama, á las criadas las sobornaba con tal de sa- 
ber sus costumbres mas íntimas, y anticipándo- 
se el goce de deseos indecentes, consumía un 
caudal en cuadros, cajas de polvos con pinturas 
obscenas, &c., haciendo notar siempre cierta se- 
mejanza entre ellas y la señora de sus pensamien- 
tos. Era de esos gusanos que buscan como asilo 
el cáliz de una rosa para ajarla y matarla con 
su contacto impui'o. 



UN MATRIMONIO HETEROGÉNEO. 



209 



Con el pretesto mismo de su cobarde aventu- 
ra, fingióse amigo íntimo de Sanfruncia; el joven 
imprudente y desenvuelto, comunicábale sus otros 
lances amorosos, y Don Grerónimo, en contacto 
con criadas, con lacayos, y con las relaciones 
mas escusadas de Eugenia, hacia llegar á sus oí- 
dos todas las debilidades de su rival. La joven 
vivia en medio de mil tormentos. 

Don Grerónimo tuvo una oportunidad de con- 
sumar sus planes. A cierta víctima plebeya de 
Sanfruncia, le comunicó que éste se casaba con 
Eugenia Espinal; que babia dicbo que su bonor 
era un honor de costurera, que se cubria con 
media docena de onzas; y tanto, tanto, que Doro- 
tea Pespunte (así se llamaba la víctima celosa), 
iracunda, ardiendo en deseos de venganza, pidió 
consejo al Don Grerónimo para satisfacer su agra- 
vio. 

Era tiempo de Carnaval; el viejo le aconsejó 
á Dorotea que se vistiese de máscara, que bus- 
case á Eugenia y le dijese todo y la humillase 
en público; Grerónimo le facilitó recursos para su 
intriga. 

Efectivamente: verifícase el baile, acude Do- 
rotea, va Eugenia también; Don Gerónimo, que 
todo lo sabia, da las señas á Pespunte, de su ri- 
val, y él toma el brazo de Sanfruncia para con- 
ducirlo á la presencia de ambas en el momento 
oportuno. 

Sanfruncia, esa noche, tenia tres citas; dos ma- 
ridos en ascuas y un proyecto delicioso. 

Sobre todo, una francesita, su encanto, y que 
sabia comunicar su coquetería parisiense á los 
lances de Carnaval. 

Dorotea, en lo mas concurrido del baile, se 
dirigió con su trage masculino á Eugenia, y le 
dijo: 

— Mascarita, tú buscas á Sanfruncia. 

— No conozco á semejante hombre. 

— Es cierto; si lo conocieras, no lo amaras, él 
te quiere conocer como se conoce á los relojes; 
tomándote á prueba. 

— Tú me insultas, ¡vete máscara! 

— Eugenia, te clavas; Sanfruncia tiene com- 
promisos sagrados, y tú te pierdes; señores y se- 
ñoritas, vean vdes. una dama tímida y llena de 
riqueza, reducida al prorateo del amor de un 
calavera, del capitán Sanfruncia. 

El círculo de máscaras que se habia reunido 
carcajeaba lleno de placer y mezclaba sus alusio- 
nes venenosas al diálogo. 

Entre aquella confusión, á los ecos de la músi- 



ca, en medio de la danza y del aturdimiento, Eu- 
genia creia sofocarse, y empapaba la careta con 
sus lágrimas. 

Don Gerónimo, que estaba en acecho de todo, 
arrastró á Sanfruncia con la francesita, que lle- 
vaba del brazo, al círculo deseado. 

Dorotea continuaba: 

— ¡Bien! ¡muy bien, señorita Eugenia! Para 
una señora, una cita nocturna es una entrevista, 
¡Pobre joven! que aumenta con su pelo, sus guan- 
tes y pañuelos, el museo amoroso de un aturdido! 

Sanfruncia se informó de lo que se trataba; 
la infeliz Eugenia, inmóvil, hubiera querido que 
la tierra se la hubiese tragado. 

— Salud, decia Dorotea, ¡hé aquí un matrimo- 
nio de Carnaval! 

— Dime, Sanfruncia, ¿y dejas á tu Chole, cu- 
yos 'dineros gastas y te costea ? 

Sanfruncia, á tal insulto, arrancó la máscara 
á Dorotea, que descubrió su lindo rostro femenil, 
y se cubrió la cara con las manos, diciendo á 
Eugenia: — Señora, ese hombre me ha hecho des- 
graciada. — La francesa, antiguamente celosa de 
la costurera, se lanzó sobre ella, diciéndole inju- 
rias atroces en su risible chapurrado; los másca- 
ras rieron, y la infeliz Eugenia cayó sin sentido 
en los brazos de Don Gerónimo, que, lleno de 
regocijo, pero mostrando aflicción, se retiró del 
baile, conduciendo á la infeliz Eugenia, y dicien- 
do: "Mas sabe el diablo por viejo que por dia- 
blo." 

Sanfruncia convidó á varios amigos á cham- 
paña, y brindó repetidas veces por su concur- 
so de acreedores. 

CAPITULO 

EN QUE SE DEMUESTRA, A TIRA MAS TIRA, QUE 
NO SIEMPRE ES CIERTA LA MAC SIMA POPU- 
LAR, QUE dice: "no se hizo la miel 

PARA LA BOCA DEL ASNO." 

Eugenia se movia maquinalmente; se dejaba 
conducir por su pérfido protector, y es inútil 
describir todo su tormento, toda su aflicción, to- 
do su despecho y amargura. 

Don Gerónimo le eesageró el escándalo; hipó- 
crita, y con aquellas frases de. ¿quién lo habia de 
creer, de tan esc elente joven? echaba vinagre en la 
herida con que los celos habían traspasado el co- 
razón de Eugenia. 

— Por lo pronto, dijo Don Gerónimo, señori- 
ta, nosotros debemos abandonar á México, don- 
de hoy seria vd. objeto de burla y de curiosidad. 



210 



UN MATRIMONIO HETEROaENEO. 



La joven adoptó el proyecto; mas al verificar- 
lo, se encontró frente á frente de su situación fi- 
nanciera, j sollozó á la vista de los amagos de la 
miseria y el desamparo. 

En esta vez, y por un rasgo de atrevimiento, 
Don Gí-erónimo, como tal novio de Eugenia, que- 
dó responsable con sus bienes, de los desfalcos 
que habia tenido, y la arrebató á su hermosa 
hacienda del rumbo de Querétaro. 

A poco tiempo circulaban en los salones de 
buen tono, unas tarjetas de porcelana doradas, 
que decian: 

"OEHONIMO ASNAL 

y 

EUGENIA ESPINAL 

"Participan á vd. haber contraído matrimonio y 
se ofrecen á sus órdenes en la hacienda de la 
Redoma encantada^ 

Al leer una de estas tarjetas Sanfruncia, dijo á 
sus amigos; "Asnal es un buen chico: lo anuncio 
á vdes. como mi editor responsable." 

CAPITULO 

EN QUE SE VA A PONER, EN EVIDENCIA QUE 
^ NO HAY ANIMAL MAS FIERO QUE UN MARIDO 

SETENTÓN. 

Pasaron pocos dias, y al espirar estos, la luna 
de miel se cubrió por siempre con la nube de la 
triste realidad. 

D. Grerónimo, rastrero amante, era impruden- 
te señor: Eugenia mas bien habia profesado de 
hermana de la caridad, que contraído matrimonio. 

Aquel vejete era un sepulcro de luciente mármol, 
de podredumbre y de gusanos cárcel. El altar 
del amor era la cama de un sucio hospital. El 
aceite de almendras para el pecho; las friegas pa- 
ra las piernas, la imponente calva, su boca sin 
la colonización dentrífuga de Labully, y luego 
sus celos humillantes con los mayordomos, con los 
criados, y su ahinco por las costureras esbeltas, 
por las recamareras rollizas, y luego sus quejidos 
y su tos importuna, y sus desvergüenzas y su des- 
potismo, si estaba parlante. ¡Oh, este es un tor- 
mento que solo puede comprenderlo la mártir 
que lo haya sufrido! 

Es como el tormento que eonsistia en encerrar 
en un tonel á un hombre con un mono y arrojar- 
lo en el mar. 

Los dias pasaban y los sufrimientos de Euge- 
nia no tenian treí;ua. 



Cantaba, y él decia: — Calle vd., señora, que esas 
alegrías le han costado á vd. el honor. 

Poníase un vestido elegante, y él replicaba: 
— Señora, no me acabe vd. de arruinar con sus 
indecentes despilfarros. 

Lloraba, y él: ¡ Ah! ¡ah! no lloraba vd. así, cuan- 
do yo la salvé del escándalo, deja afrenta. 

En estas circunstancias, sin saber cómo, halló 
Eugenia un papel que era de Sanfruncia, tierno 
rendido, apasionado, no pedia mas de que le otor- 
gase su correspondencia. Ella resistió tenaz un 
año entero al lado de su verdugo, hasta que al fin, 
(este al fin que es el quid de los novelistas), mal- 
tratada un dia por ei indigno consorte y lanzada 
de su casa, halló,, ¡tórtola infeliz! apoyo en los bra- 
zos del rendido capitán. 

Estrechóla éste con trasporte, adormecióla con 
la música de sus quejas enamoradas, y ella. . . . 
ella, ¡oh singularidad! renuente; desdeñosa, sin 
que pudiera esplicarse el motivo, feroz, por espre- 
sarme así, con las caricias, hizo del amante un ca- 
balleroso conductor á su morada, que al tocar la 
flor délos placeres se hirió tan solo con las espinas 
de su tallo: era esa ingrata fior, la flor del Cardo. 

Desde entonces sin duda, por sus recuerdos 
de desengaño en el mundo, esa flor, símbolo de 
tristeza, solo descuella en los terrenos áridos y 
apartados 

El diablo de la burla, por su parte, haciendo 
una de las suyas, quiso que á todos esos viejos 
verdes, lujuriosos, intrigantes y calaveras, siem-, 
pre que la gente sensata los viese de perfil, les 
encontrasen una esacta semejanza con un asno; y 
por íiltimo, quiso y aconsejó á nuestro correspon- 
sal de Europa, que nos remitiese la adjunta es- 
tampa, para que sirviese en la república como sím- 
bolo de un matrimonio heterogéneo. — Fidel. 



EL AJUSTICIADO. 



De Tin calabozo en el recinto oscuro 
Aguarda el criminal su sacriñcio, 
Cuando retumba de la puerta el quicio, 
Abriendo paso por el ancho muro: 

De pavor tiembla; pero al lin, seguro 
De que ha de perecer en el suplicio, 
Al cielo pide que le sea propicio 
Eu aquel trance tan lunesto y duro. 

Camina luego entre curiosa gente, 

Y el padre cariñoso le conforta, 
Aunque también le agobia la tristeza; 

Cubren luego la vista al penitente; 

Y alejándose el padre que lo ecshorta. 
Troza el verdug'o, y rueda la cabeza. 

J. González de la Torre. 



México, Febrero 25 de 1849. 






R?l.i¿Ui¿JUlilü.JlilJ¿ 




A MI AMIGO MAECOS ARHOFIZ. 



=í^3Í 



El 



^L porvenir es un misterio; por esto el Hombre 
lo ama y lo venera. La fé ciega en el porvenir, 
seria la felicidad; por esto casi nunca ecsiste en la 
mansión de los mortales. La duda es el hastío, 
el tedio de la vida; por esto la duda habita en to- 
do corazón humano. 

Conocer el porvenir; he aquí el deseo de fue- 
go que anima á la criatura con ardor; pero ardor 
impotente, porque el Hacedor de los mundos qui- 
so que siempre hubiese un velo impenetrable en- 
tre hoy y mañana. Si el porvenir nos fuese fa- 
miliar, perderla sus encantos, como lo pierde to- 
do lo que conocemos demasiado. Ademas, ¿qué 
ganaríamos con saber los hechos miserables que 
habían de ocupar al mundo después de nuestra 
muerte? Acaso la virtud y todo lo que escita la 
admiración no habria ecsistido con tanto esplen- 
dor, si el porvenir fuese conocido de los hombres. 

¿Si Solón y Démostenos hubieran visto al tra- 
vés de los siglos al pueblo de Atenas degenerado; 
á los hombres de la Ática olvidando, no solo sus 
glorias, sino hasta su hermoso idioma, para hablar 
una lengua semi-bárbara, perder el amor á la 
libertad, y arrastrar la cadena opresora del tur- 
co; Solón y Demóstenes hubieran hecho algo 
por aquella patria que tanto amaban? ¿No hu- 
bieran preferido la muerte al fatal conocimiento 
del porvenir? 

La vida del hombre es esperar, y no importa 
que la esperanza sea loca é irrealizable. Y como 
nuestros mas sencillos deseos encuentran alguna 
contrariedad eú el momento, los fiamos al curso 



í^j^(J= 

The veü wJdcJi covers tlie succeedmg years is 
aveil ívuvejí ly tlie liand of Mercy. 

La mano de la Misericordia es la que lia te- 
jido el velo que nos oculta el porvenir. 

del tiempo, y he aquí el origen de la fé en el por- 
venir. 

El porvenir ocupa al hombre, á la muger y al 
niño; el mundo todo está esperando el'dia de ma- 
ñana para comenzar á esperar un nuevo dia. Y 
generalmente importa poco, que una esperanza se 
frustre; queda aún el porvenir: pues bien, se espe- 
rará aún, y se esperará hasta que nuestros pár- 
pados se cierren para dormir el sueño de la 
tumba. 

Los pueblos y los individuos necesitan tener 
fé en el porvenir. ¡Ay de aquellos que la han per- 
dido! ¡Ay de aquellos que creen conocer los suce- 
sos futuros! El desaliento, el abandono de sí 
mismo, es el primer resultado de ese vano conoci- 
miento. Cuando el hombre cree que sus infor- 
tunios no tienen remedio, cuando se persuade de 
que nació para ser presa de la desgracia, enton- 
ces se entrega y se deja llevar de los sucesos; nada 
cree, nada espera. ... su alma parece estinguida, 
y tal vez insensato apela al suicidio, á la mas co- 
barde de todas las debilidades. 

Cuando el prisma de la ilusión se rompe para 
las naciones, también se ve el suicidio de un pue- 
blo. Dígalo, si no esa moderna G-recia, que con 
indiferencia cambia de señores, que recibe lo mis- 
mo el yugo de los hijos de Mahoma, que la falaz 
protección del rey Othon. Ese pueblo vive co- 
mo el hombre, sin creencias: en vano Lord Byron 
y Chateaubriand gritan: "libertad" en las mismas 
salas de la Academia y del Parthenon: esa mági- 



212 



EL PORVEÍ^IK. 



ca palabra no es entendida ya en la tierra que 
fué su cuna. . . ! 

Y ¿qué hombre, y qué pueblo no sufrió jamas? 
¿Ecsiste acaso la felicidad en este mundo? ¿Y se- 
rá por esto necesario ahogar toda esperanza, es- 
tinguir todo recuerdo? ¡Ah, no, jamas! Mirad á 
ese pueblo, hijo del mas audaz conquistador; mi- 
rad á esos turcos fatalistas, que todo lo ven con 
indiferencia, que á cada suceso dicen: "estaba es- 
crito" y que viven en la inacción mas espantosa: 
ellos, que nunca levantan una casa que se desplo- 
ma, que no apagan el fuego que incendia sus hoga- 
res, que permanecen estacionarios junto á la cre- 
ciente civilización europea; ellos dirán: "estaba 
escrito," cuando esa civilización de pueblos que 
tienen fé en el porvenir, estinga el imperio del 
profeta, y con él, sus creencias y su raza. 

Y esta será la obra, la consecuencia precisa del 
fatalismo. Nada es mas grande, nada mas bello que 
el hombre luchando con la adversidad. Una fren- 



te serena, una voluntad firme, un esfuerzo cons- 
tante para mejorar su situación, acompañados de 
una viva creencia en el porvenir, lo ennoble- 
cen sin duda y lo elevan sobre sus semejan- 
tes. 

Y observemos que solo el cristianismo da esa 
fé en el porvenir: él mantiene la creencia de que 
el infortunio es pasagero, y de esta necesidad del 
hombre hace una virtud, y si los males nos per- 
siguen hasta el borde de la tumba, allí comienza 
otra esperanza, otro porvenir mas bello, el de la 
felicidad eterna, y la muerte viene á ser en la re- 
ligión del Crucificado la única salvación del des- 
graciado. 

Luchemos contra el infortunio; reanimemos 
nuestra fé, y esperemos en el porvenir, que si es 
á veces engañador, y si es imposible conocerlo, el 
velo que lo oculta está tejido por la mano de la 
Misericordia. 

Noviembre 28 de 1848. — Francisco Zarco. 




C^ un Il00al, el Ma it la Jparíiíía it mí §x]o. 



Rosal mustio, doblegado. 

Tus galas ya destruyó 

Del cierzo irascible la furia indomable, 

Que arranca del prado la yerba y la flor. 

Ayer lozano ostentabas 

La rosa que desplegó 

Del céfiro blando al soplo fecundo. 

Los pétalos bellos de nítido albor. 

Ayer sus gi-atos perfumes 
Pródigo el viento esparció; 
Leves mariposas su jugo libaron, 
Su esmalte el insecto en ella lució. 

En sus dorados estambres 

La aurora depositó 

Las diáfanas gotas del limpio rocío 

Que brillan beridas del fúlgido sol. 

Tu verde, bermoso follage 
Bo el oliupu-mirto anidó» 



Los vientos sañudos mugiendo le arrojan 
Al raudo torrente que corre veloz. 

De cuanto la primavera 

Profusa te regaló, 

¿Qué miro en tus ramas, desnudas y triste»? 

Punzantes espinas, ajado verdor. 

En un momento perdiste, 

¡Ob rosal desolador! 

Tu candida rosa, su aroma embriagante. 

Tus boj as y el ave que entre ellas amó. 

El agua que te regaba 
También de curso varió: 
■ Tú eres, ¡ay! la imagen, arbusto marcbito, 
De mi lastimado pobre corazón. 

Hacienda de Pabellón, Enero 23 de 1849. 

XJlíA Zaoateoaka. 



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DEL MEXICANO 



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'I es triste revolver la historia de acontecimien- 
tos pasados, cuando con ellos se ligan afectos do- 
lorosos y recuerdos de amargos sentimientos, 
también es en cierta manera un desahogo de las 
almas sensibles el dar alguna espansion á esos 
sentimientos, principalmente cuando son una ema- 
nación de la ternura ó el pesar. Tales son los 
afectos de que nos bailamos poseidos al hablar de 
la prematura muerte del malogrado joven Her- 
nández. Séanos permitido al mismo tiempo que 
tributar un homenage de aprecio á su memoria, 
manifestar al público en estas cortas líneas, que 
nuestro pesar, lejos de ser infundado, la persona 
de que nos ocupamos lo tenia bastante merecido. 

D. Manuel Hernández Saavedra, nació en la 
ciudad de Oajaca, el dia 1. ° de Enero de 1820, 
de padres honrados y laboriosos. D. José San- 
tiago Hernández, padre de aquel, tuvo al princi- 
pio una suerte menos que mediana; pero al asiduo 
trabajo de este y de su esposa, ya difunta, fué de- 
bido el que hiciese una fortuna regular, la que ha 
sabido emplear debidamente en la educación y 
Cultura de sus hijos. 

Después de haber hecho sus estudios de prime- 
ras letras en las escuelas de esta capital, comenzó 
el joven Hernández sus cursos de matemáticas, 
geografía, cronología, física, historia, dibujo é 
idiomas francés y latin, bajo la dirección de Mr. 
Mathieu de Fossey, persona bastante conocida por 
BU instrucción, así en esta ciudad como en la ca- 
pital de la repíiblica. Permaneció con aplicación 

TOM. I. X. 



y constancia en aquel establecimiento, poco mas 
de tres años, después de cuyo tiempo (en 1840), 
asentó matrícula en el Instituto de ciencias y ar- 
tes del Estado, y entró á cursar las aulas de ana- 
tomía y de fisiología, bajo la dirección de los ca- 
tedráticos D. Manuel María Villavióencio y D. 
Juan Nepomueeno Bolaños. 

Deseoso de agrandar la área de sus conocimien- 
tos médicos, y de estar al alcance de los descubri- 
mientos modernos que se hacen en Europa, con- 
cibió la idea de marchar á aquellos paises, á con- 
tinuar el estudio de la inedicina. Esta idea en- 
contró acogida en el padre, que no deseaba mas 
que la buena educación de sus hijos, y fué apoya- 
da por su catedrático de fisiología, y otras perso- 
nas. Así fué, que en Febrero de 841, después de 
haber recibido la bendición paterna y los tiernos 
abrazos de sus hermanos, partió de esta capital 
para el puerto de Yeracruz, con el objeto de em- 
barcarse para Francia, visitando antes las capita- 
les de Puebla y México. El dia 5 de Marizo se 
embarcó en la fragata "Una," la que á pocas "horas 
naufragó, perdiéndose un solo pasagero, y salvan- 
do los demás de un modo estraordiuario. Este 
fatal suceso no desanimó al joven Hernández: 
ajustó de nuevo su pasage en el buque Peíers- 
burgo, y el dia 17 del mismo mes dio el último 
adiós á la patria que le viera nacer, dirigiéndose 
á los Estados-Unidos del Norte: visitó las ca, 
pítales de Nueva-York, Pensilvania, Washington 
y otras, y de allí salió á su destino, llegando en 

1 



214 



DON MANUEL HERNÁNDEZ SAAVEDRA. 



13 de Junio del mismo año al puerto Havre de 
Grace, de donde se trasladó á París. 

Luego que llegó á esta famosa capital, comen- 
zó sin pérdida de tiempo sus estudios, conforme 
á los reglamentos y estatutos académicos que allí 
rigen. Pudo lograr el haberse hecho bachiller en 
letras de la Universidad de Paris, desde Marzo 
de 842; pero comprendiendo todo lo que abrazaba 
el estudio que tenia que hacer, pues tenia que so- 
meterse al ecsámen de latin, griego, la historia an- 
tigua, moderna y de la edad media, la literatura, 
la retórica, la filosofía, la geometría, la química y 
la geografía, se resolvió á estudiar con solidez to- 
das estas materias, y á solicitar el grado cuando 
una fundada confianza no le inspirara temor algu- 
no. Así fué que en Octubre del mismo año tuvo el 
honor de hacerse bachiller en letras, concurrien- 
do á la Sorbona con el objeto de hacer la versión 
latina, función que comenzó á las siete y media de 
la mañana y concluyó á las nueve. El dia siguien- 
te se proclamó su nombre entre los recibidos, por 
la versión, y á la una del mismo dia comenzó y 
obtuvo el dicho grado de bachiller, por los doc- 
tores Leclerc (decano de la Universidad), Dami. 
ron, Grurguot y Lafetur de Eurssey. 

En Eebrero de 843, sufrió nu.evo ecsámen pa- 
ra obtener el bachillerato en ciencias, el que al- 
canzó con mucho aplauso de los concurrentes, es- 
pidiéndosele el correspondiente diploma, y en fi- 
nes de Marzo sufrió su primer ecsámen de medici- 
na, siendo sus sinodales algunas notabilidades del 
Instituto de Francia, como Mr. Richard y Mr. 
Dumas. 

Este acontecimiento plausible animó de nuevo 
al joven alumno para continuar con mayores es- 
fuerzos sus lucubraciones. ínterin se prepara- 
ba para su segundo ecsámen, entró por via de pa- 
satiempo (como él mismo dijo á su padre en una 
carta) en la carrera de los concursos que se ha- 
cen anualmente en Paris entre los jóvenes mas 
aprovechados de la escuela. El resultado de es- 
te nuevo trabajo fué satisfactorio. Hernández, 
si no obtuvo el primer lugar entre doscientos ó 
mas alumnos que formaron el concurso, logró po- 
nerse al nivel de los mas aprovechados. Su nom. 
bre, lejos de mencionarse con desden, se oia con 
aprecio entre sus mismos condiscípulos. A con- 
secuencia del concurso fué electo estemo del hos- 
pital de Necker, en el que tomó posesión de su 
empleo el 1. ° de Enero de 1845. 

En carta posterior, dice á su padre estas 
notables palabras, que prueban la moralidad y 



buena fé de la persona de que nos ocupamos. — 
" Tres años ha que sigo los hospitales con una 
"grande perseverancia. He visto por lo menos 
"tres mil casos diferentes: pues no dude vd. que 
" á pesar de esto, creo necesario estar otros tres 
" años, y entonces mi conciencia descansará en al- 
" guuos conocimientos. Cuando salí de Oajaca, 
" no sabia á lo que me metia, pues mi razón no 
" estaba aún formada; pero aquí es en donde he 
" comprendido la responsabilidad que pesa sobre 
" mí ahora, y mucho mas después, si no pongo to- 
" dos los medios para perfeccionarme en mi pro- 
"fesion." Estas notables palabras, repetimos, 
manifiestan de un modo claro que el joven Her- 
nández habja comprendido la misión del sacer- 
docio á que aspiraba, y que se proponía desem- 
peñarlo de un modo digno. Sin envanecimiento, 
y al mismo tiempo sin bajeza, sabia graduar sn 
posición, y en medio de las ilusiones de una es- 
peranza lisonjera, se acordaba de dos objetos ca- 
ros á su corazón. Su patria: su padre. Véase lo 
que dice á éste desde Pai*is, al abrirse de nuevo 
la campaña literaria. "El concurso, sin duda al- 
"guna, estará bien disputado, pues hay en éljó- 
" venes llenos de ciencia. Yo creo que concurrir 
" con esta juventud, que es la esperanza del por- 
" venir francés, es una presunción; pero como has- 
" ta hoy ningún mexicano ha salido á esta arena, 
" quiero probar la suerte, aunque estoy seguro de 
" no llegar á la altura de mis competidores. Sin 
" embargo, me quedará el gusto de haber aspira- 
" do con ellos al honor. Este honor, señor, será 
" el de vd. y el de la patria mia." En Enero de 
1846, fué nombrado para ejercer sus funciones en 
el hospital Cochin con Mr. Briquet, uno de los 
profesores de mas reputación en Paris. 

Con tales antecedentes, sufrió su segundo ecsá- 
men, no obstante estar ya atacado de una grave 
enfermedad pulmonar que al fin lo hizo sucumbir. 
Fué aprobado en éste, y después de una larga y 
afanosa carrera, en que empleaba con tenacidad 
casi todo su tiempo en el estudio, ya en los libros, 
ya en los hospitales, y ya en los cadáveres, llegó 
por fin el mes de Agosto prócsimo pasado, en que 
cumplió el tiempo prevenido por la ley para re- 
cibir el doctorado en medicina. Lo solicitó, y se 
presentó en la palestra como es de costumbre, á. 
esponer y sostener las thesis que se le señalaron, 
Sufrió su último ecsámen para doctor, y un her- 
moso laurel colocado sobre su frente, fué el pre- 
mio de sus costosos sacrificios y constantes tareas 
en el estudio. Se le espidió su título correspon- 



DON MANUEL HERNÁNDEZ SAAYEDEA. 



215 



diente, y él ha sido regado con las lágrimas de su 
desconsolada familia al estraerlo de su equipage. 
El 20 de Agosto salió de Paris con dirección 
á su patria, embarcándose en el "Loire," después 
en "Nantes," y de allí á Burdeos, á cuyo puerto 
llegó muy agravado de la enfermedad del pecho, 
de que hacia mucho tiempo adolecía, y que habia 
ocultado á su familia, ya por no causarle pesa- 
dumbre, ya porque no le hiciesen marchar de Pa- 
ris antes de concluir su carrera. Con mucho fun- 
damento se cree que en su enfermedad tuvo gran 
parte la asidua dedicación al estudio, principal- 
mente en los dos últimos años. Se alojó en el Hotel 
de Orleans, mas viendo el Sr. D. José Sánchez 
Posada, residente en Burdeos y antiguo amigo de 
la casa de Hernández, el estado tristísimo de sa- 
lud en que éste se hallaba, determinó llevarlo á 
su casa, y así se verificó el dia 29 del menciona- 
do Agosto. Hernández, como se ha dicho, aca- 
baba de conquistar un laurel que venia á ofrecer 
á su patria y a su padre. Pero, ¡ah! ese laurel 
estaba para marchitarse y deshojarse en la ca- 
beza del joven médico, en que lo habia colocado 
la facultad de medicina de Paris. La enferme- 
dad hizo rápidos progresos: los síntomas se agra- 
varon por momentos; mas el que habia tenido la 
constancia y sufrimiento necesario para soportar 
las penalidades de una larga carrera científica, 
no desmintió su carácter, postrado en el lecho del 
dolor. Con una resignación admirable pronos- 
ticó él ínismo, algunos dias antes de su muerte, 
el funesto término de su grave enfermedad. Dis- 
puso su alma cristianamente: se despidió en fran- 
cés de su criada; le habló de su luto; le dijo tam- 
bién de su entierro, y de algunos regalos que co- 
mo últimos recuerdos, queria remitiesen á su fa- 
milia. En estas oscilaciones de la esperanza en- 
tre la yida y la muerte, pasó la noche del 3 de 
Septiembre; y el dia 4 siguiente, á las tres de la 
mañana, cerró sus ojos para siempre, dejando lle- 
nas de consternación y de duelo á las personas 
que lo rodeaban y que conocieron sus bellas cua- 
lidades. Su cadáver descansa en el Cabo de Bra- 
camonte, y su alma, como lo esperamos de la Di- 
vina Providencia, voló á los astros á recibir el 
premio reservado á los buenos hijos, álos tiernos 
hermanos, á los honrados ciudadanos y á los hom- 
bres benéficos. Después de su muerte han escrito 
de Francia, que pasaba dos ó tres horas mas de 
lo de obligación en el hospital, quizá con perjui- 
cio de su salud, á la cabecera de los enfermos, 
porque sus pensamientos no se limitaban á ad- 



quirir ideas en la ciencia; un sentimiento de pie- 
dad y de compasión le hacia detenerse para con- 
solarlos y presentarles todos los aixsilios que en 
su clase y en su esfera le eran dados. Varios 
distinguidos profesores de Paris, apreciadores de 
su conducta y asiduidad en el estudio, le dispen- 
saron su amistad y han lamentado su pérdida. 

Estando todavía en esta capital en el estable- 
cimiento literario de Mr. . de Fossey, hizo varias 
traducciones del francés, y entre otras la de "El 
Hipócrita" de Moliere, que se representó con 
aplauso en este teatro, y la de "Las Religiosas de 
Cambray," de Chenier. En Junio de 842 tradu- 
jo en Paris un opúsculo del célebre Dr. Dumas, 
titulado: "Ensayo estático-químico de los seres 
organizados," cuya traducción impresa en la re- 
pública, dedicó á su padre, y en la que no olvidó 
en una nota el llamar la atención sobre la coinci- 
dencia de ideas en muchos puntos del citado es- 
crito de Mr. Dumas, con las que habia oído algu- 
nos años antes á su maestro el Sr. Bolaños en la 
cátedra. Tan cierto es que Hernández fué un 
mexicano tan deseoso del engrandecimiento de 
su patria y de los verdaderos progresos de ella, 
que no perdia oportunidad, siempre que podia, 
de manifestar con algún hecho, que no era Méxi- 
co una reunión de salvages, como se habia preten- 
dido hacer creer en Europa, por algunos. En el 
cuaderno de sus thesis, impreso en Paris, y que 
sirvió para obtener el grado de doctor en medici- 
na, se lee al frente la dedicatoria que es de 
costumbre poner, y que á continuación inserta- 
mos (así como el oficio del Escmo. Sr., ministro de 
relaciones, en que trascribe el del cónsul mexica - 
no en Burdeos, dando parte de la muerte de Her- 
nández), porque no queremos omitir la publica- 
ción de ese rasgo de gratitud y respeto filial que 
puede servir de ejemplo á otros hijos que se pro- 
pongan imitarlo. 

Hemos cumplido con el triste y doloroso deber 
de arrojar estas marchitas flores sobre la tumba 
de un joven apreciable, que algún dia formó las 
esperanzas, no solo de su familia, sino aun de 
Oajaca, su pais natal. Pero los arcanos de la 
Providencia son impenetrables. ¡Y escrito esta- 
ba en el terrible libro de los destinos, que Ma- 
nuel Hernández Saavedra, seria un mes y cuatro 
dias, doctor en medicina! Así se cumplió. 
La tierra le sea leve. 

Oajaca, Febrero de 1 849. 

Varios de sus amigos. 



216 



DON MANUEL HERNÁNDEZ SAAVEDRA. 



Copia de la dedicatoria: 

"a la memoria 

de mi madre. 

a mi padre, 

MI ME.rOR AMIGO. 

"Señor: Jamas un hijo puede remunerar, á un 
buen padre, todos los desvelos que le cuesta has- 
ta el fin de una carrera, sea científica, literaria ó 
industrial. Vd. no ha perdonado para conmigo, 
dispendios ni sacrificio alguno; y al dedicar á los 
autores de mis dias esta thesis, no tengo otro 
objeto, sino hacer ver el reconocimiento de que 
está penetrado su muy obediente hijo, que con el 
mayor respeto le besa la mano." 



COPIA DEL OFICIO DEL ESCMO. 
RELACIONES. 



SR. MINISTRO DE 



El Escmo. Sr. ministro de relaciones interio- 
res y esteriores, con fecha 13 del corriente, dice 
al Escmo. Sr. gobernador lo que copio. 

"Escmo. Sr. — En nota número 21, de 22 de 
Septiembre anterior, me dice el Sr, cónsul mexi- 
cano en Burdeos, lo que sigue. — Escmo. Sr. — El 
dia 4 del presente mes de Septiembre falleció en 



esta ciudad el ciudadano mexicano, D. Manuel 
Hernández Saavedra, doctor en medicina, natu- 
ral de Oajaca, qué habia venido de Paris con el 
objeto de embarcarse en este puerto para resti- 
tuirse á su patria. — Es lamentable la pérdida de 
este joven, que habia hecho grandes progresos en 
la medicina, y cuya asiduidad en los hospitales 
de Paris contribuyó sin duda á desarrollar el 
mal que le ha conducido á la tumba, y que ha- 
ce perder á su pais y á su familia, un facultativo 
práctico, un honrado ciudadano y un buen hijo. 
— Lo que comunico á V. E en cumplimiento de 
mi deber, y para los efectos á que haya lugar, 
reiterándole &c. Y de suprema orden lo tras- 
cribo á V. E. para su conocimiento y para los 
efectos que puedan convenir." 

Y lo inserto á vd. de orden suprema manifes- 
tándole lo sensible que le ha sido á este gobier- 
no el fallecimiento de dicho joven, cuya pérdida 
es de lamentarse. 

Protesto á vd. con tal motivo, las seguridades 
de mi distinguido aprecio. 

Dios y libertad. Oajaca, Diciembre 22 de 
1848. — Ruiz. — Sr. D. José Santiago Hernández. 



VWV VyVVV VVV^<VV»«^^»V»^VVV^<^^!^»»VV^»»!«gVV»'VvVV^<»¡<V«at«^<»;^^ 




U N dia de tantos como tiene el año, me halla- 
ba yo con el papel delante y la pluma en la ma- 
no, dispuesto á escribir un artículo hermosísimo; 
al menos, esos eran mis deseos; pero lejos de que 
pudiera coordinar un solo párrafo, no hacia mas 
que pintar garabatitos y caricaturas. En esto se 
presentó en mi cuarto uno de esos amigos viejos 
que tienen derecho para decir con claridad todo 
lo que se les viene ala boca; un hombre franco, en 
una palabra que, á lo negro le llaman por su nom- 
bre, lo mismo que á todas las cosas; caracteres 
hermosos si los hay, que no mienten nunca, que 
no engañan jamas, y que primero se dejarían cor- 
tar la lengua, que proferir una lisonja. Yo no 
sé hasta qué punto un hombre tiene derecho de 
decir á otro sus defectos; pero sea lo que fuere; 



un hombre franco siempre es recomendable. No 
así los que picándola de francos tienen una pa- 
tente para poner de oro y azul á todo el mundo. 

Mi amigo, pues, comenzó á registrar todos los 
libros, y mirándome absorto y como he dicho, 
con la pluma en la mano: 

— Supongo, me dijo, que estará vd. escribien- 
do algún artículo para el Álbum. 

— No se engaña vd., sino en una sola cosa, y es, 
en que estoy escribiendo. 

— ¿Cómo? 

— Imposible de escribir ni una línea. 

— Pues le daré á vd. asunto, 

—¿Cuál? 

— Las máscaras. 

— Pasó su época ya. Eu la cuaresma debemos 



UN HOMBRE FRANCO. 



217 



escribir cosas místicas. Vea vd. la Biblia á mi 
derecha. 

■ — Pues un artículo de costumbres. Eso agra- 
da á los lectores, pero se entiende cuando no se 
llenan dos hojas de simplezas y de necedades. 

— Yo me puse algo encarnado, pero como mi 
amigo es hombre franco, conocí que tenia razón. 

— Lo repito, continuó, muchas veces escriben 
vdes. cosas que no están escritas. 

— Pues indíqueme yd. un asunto, y será servi- 
do. — Corregiremos una, dos y tres veces el artí- 
culo antes de llevarlo á la imprenta, y en último 
caso lo condenaremos al fuego como un herege. 

— Escriba vd. un artículo de costumbres. 

— Muy bien, y puesto que no hay remedio es- 
cribiré un artículo titulado "£'5 un buen hombre.''^ 

— Pero eso no es de costumbres. 

— Tiene vd. razón, los hombres no acostum- 
bran en lo general ser buenos: — entonces escribi- 
remos un artículo que se llame '•'■un hombre francoJ^ 

• — Tampoco es de costumbres. 

— Tiene vd. razón mil veces: tampoco los hom- 
bres acostumbran ser francos, con todo, mi hom- 
bre, al cual conozco, con el cual me encuentro to- 
dos los dias, es un pesonage singular. 

—¿Es gordo? 

—Sí. 

— ¿De cara amable? 

—No. 

— ¿Se viste elegantemente? 

—No. 

— ¿Tiene dinero y patillas? 

— Dinero poco y barbas muchas. 

— ¿De anteojos? 

—Sí. 

— ¿Se podrá retratar en madera? 

— Perfectamente. 

— Entonces déjese el artículo para la entrante 

semana. 

— De ninguna suerte. Siéntese vd.: voy á 

concluirlo, pues el principio está ya formado con 

la conversación que hemos tenido. 

— ¿Y qué, va vd. á poner en el papel estas san- 
deces? 

— Lo verá vd.; tan fijo como ser hoy de dia. 

— ¿Y qué van á decir los suscritores? 

— Calle vd., los suscritores son muy prudentes 
y amables, y ademas, si vd. me platica mas, saldrá 
mas fastidioso el artículo. Siéntese y calle. 

Mi amigo se sentó, y yo continué el artículo. 

Esta pausa me hace reconcentrar un rato den- 
tro de nií mismo y multitud de pensamientos fi- 



losóficos brotan de mi mente. Ya se sabe que 
los artículos de crítica ó costumbres deben ser 
filosóficos: — dígalo Fígaro. 

Comienzo, pues, mi artículo. — ¿Conocen vdes., 
señores lectores, á un personage nombrado D. Se- 
rapio Redondón? — Anda en la Alameda, en los 
ministerios, en las cámaras, en el café del Progre- 
so, en los teatros, en las tertulias de tono. Los 
chicos de la escuela, los cocheros del sitio, todo 
el mundo le conoce; desde los personages mas al- 
tos hasta los mas oscuros, y todo el mundo lo 
estima ó finge estimarlo, porque es un hombre 
muy franco. Jamas dice lo que no siente; tiene, 
como suele decirse, el corazón en la boca; no en- 
gaña á nadie, y por decir la verdad lisa y llana, 
le planta una claridad al lucero del alba; de todo 
habla, ninguna cuestión, ni de ciencias, ni de ar- 
tes, ni de literatura, le es desconocida; en todas las 
conversaciones se mezcla, y de todas las disputas 
pretende salir triunfante. 

— Buenos dias, D. Serapio. 

— Buenos, dias amigo. 

— Sopla lui viento Norte. 

— Es falso. 

— ¡Cómo!. . . . ¿pues el frió? 

— No se deduce que es viento Norte el que so- 
pla porque hace frió. Vd. se equivoca, vd. no 
sabe lo que dice, vd. no conoce la aguja. El vien- 
to que sopla es Nordeste. 

• — Poco mas ó menos, lo mismo dá, 

— Eso no es verdad. Vd. tiene un modo muy 
absurdo de discurrir, y con esa lógica podria pro- 
bar que la plata es oro y la noche dia. Yo soy 
muy franco y siempre digo lo que siento .... 
Quede vd. con Dios, y estudie náutica y meteo- 
rología, para que pueda hablar entre las gentes. 

El pobre hombre se va rabiando y maldicien- 
do la franqueza de D. Serapio Redondón. 

— Caballero D. Serapio, felices; le dice otro: 
anoche estuve en la comedia, y me pareció bri- 
llante el drama. 

— Pues á mí me pareció detestablerno hay in- 
triga, ni pasiones, ni sales áticas, ni verdad, ni 
nada. Ese drama es un fárrago. 

— Pero si es dé Dumas. 

— ¿Y qué tenemos con eso? Dumas es un loco 
romántico, que ensarta disparates como otro cual- 
quiera, como lo pueden hacer esos estudiantuelos 
de México, que apenas salen del colegio cuando 
se quieren meter á escritores y á filósofos. 

— Pues yo no soy de la opinión de vd. 

— Tiene vd. razón, pues para ser de mi opinión 



218 



UN HOMBRE FRANCO. 



era necesario que hubiera vd. retozado con Plau- 
to, y con Terencio, y con Sófocles, y con Eurí- 
pides, y con Racine, y con Corneille; pero vd. no 
conoce los clásicos, vd. no es voto en materia de 
teatros, ni de nada. Amigo, yo soy un hombre 
muy franco; y puesto que me ha provocado vd. á 
que mueva la sin hueso, tiene que oir la verdad. 

El infeliz se va chillando contra el hombre 
franco. 

D. Serapio, envuelto en un gran capoten, con- 
tinúa su camino por las calles, con paso mages- 
tuoso. 

— ¡Hola, mi querido D. Serapio! ¿por qué tan 
envuelto, y tan melancólico? le dice otro. 

— ¿Qué quiere vd? así se pasa la vida en este 
pais de enredos y de chismes. 

— Pues vea vd.: á mí me parece que no van 
mal las cosas políticas. Ya ve vd., el ministerio 
acaba de publicar un programa. 

— Ese programa no está en castellano. 

— Pues vea vd.: á mí me habia parecido que 
estaba bien escrito. 

— Eso dice vd., porque no sabe vd. gramática, 
ni lógica, ni retórica, ni ideología. 

— ¿Pero hombre, el sentido común .... 

— -Pues no es posible tener sentido común, 
cuando no se sabe ni el idioma que se habla. Los 
indios y los negros no tienen sentido común. 

— Pero dejemos eso: el fondo del programa 
creo que no es malo. 

— ¿Y qué entiende vd. por fondo del programa? 

— Hablo del pensamiento radical .... 

— ¿Y qué entiende vd.por pensamiento radical? 

— Digo. ... la sustancia, del pensamiento. 

— ¿Y qué entiende vd. por la sustancia del 
pensamiento? 

— Hombre, yo no puedo esplicarme; pero". . . . 

— Pues ese programa, no tiene ni fondo, ni 
pensamiento radical, ni sustancia, ni nada; y co- 
menzamos porque vd. mismo no puede esplicar- 
se. Pues, amigo mió, tode ese papelote es un dis- 
parate, de la cruz á la fecha. Aquí no hay go- 
bernantes, sino farsantes, y nadie sabe una jota 
ni de política, ni de economía política, ni de na- 
da; es una sociedad que marcha al acaso. Y no 
importa que el ministro sea su amigo de vd. Yo 
soy un hombre franco, y siempre digo la verdad. 

El político derrotado, atacado hasta sus últi- 
mos atrincheramientos, corta la conversación y 
se despide del terrible Redondón. 

Redondón continúa su camino, y tropieza con 
un joven. 



— Salud, literato, astro de México, lucero de la 
naciente literatura. ¿Qué hace vd? 

—^Andando por el mundo, J). Serapio, 

— Y componiendo detestables versos, también 
deberla vd. decir. . . . 

— ¿Qué quiere vd? se hace lo que se puede. 

— Pero no todo lo que se hace se debe imprimir. 

— ¿Qué quiere vd? cada uno echa una piedre- 
cita. . . . pero deje vd. sus sátiras de costumbre, 
y dígame con franqueza qué le parece el Álbum. 

— Malo, muy malo; no hay gusto para elegir 
las materias. Los artículos de costumbres, son 
insulsos; las poesías incorrectas, las traducciones 
no están ni en francés, ni en castellano. 

— Está vd. muy severo hoy, D. Serapio. 

— Siempre soy lo mismo. Me pico de franco y 
hablo la verdad. Ya le he dicho á vd. que aquí 
no hay literatos, no hay quien sepa el castellano, 
no hay mas que poetastros vanidosos, y escrito- 
res charlatanes .... Vamos, no se pique vd. de 
mi franqueza; no lo hago por ofender á vd. 

— Advierta vd., me dijo mi amigo, que hace 
una hora que estoy aquí sin hablar una palabra. 

— Hombre, tiene vd. razón; pero me faltaba to- 
davía lo mejor de mi pintura. Todavía no he 
dicho que el hombre franco, al tuerto le dice que 
le falta un ojo; al trigueño le llama prieto, y al co- 
jo le planta en su cara que le falta un pié. 

— Pues señor, otra vez dirá vd. todo lo que le 
falta. Divida vd. el artículo en dos partes, y en el 
tomo segundo del Álbum, se publicará la otra. 
Léame vd. lo que tenga escrito, y platiquemos en 
seguida un rato. 

Leí desde el principio al fin del artículo á mi 
amigo, y haciendo un gesto dijo: 

— ¡Puff! está pasadero; pero le falta mucho to- 
davía para que sea una pintura del verdadero 
hombre franco. 

— Vamos, ¿qué le falta? . diga vd . . . . le 

pregunté. 

— Le falta que diga vd., que el hombre charla- 
tan es muy diferente del hombre franco; que el 
que se propone decir siempre la verdad, procura 
no ofender; y que su franqueza consiste particu- 
larmente en no aprobar las faltas ó los errores de 
los magnates, y en tener siempre una grande rec- 
titud de conciencia y una absoluta libertad de opi- 
niones. 

— Bien, muy bien, le contesté. En otro retra- 
to pondré esas reflecsiones. — Mi hombre franco 
es tal cual yo lo he pintado, un azote de los ca- 
fés, una plaga de la sociedad, una calamidad pú- 
blica, un periódico de oposición con lengua, un 
libelo infamatorio, de paleto y sombrero, una dia- 
triva que se pasea por las calles, un coco, en fin, 
que azora á los poetas noveles, quita el sueño á 
los cómicos, enferma del estómago álos ministros, 
y mata á cóleras á los jueces.— Abenamar. 



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(P^^^TJ- 



—^'^^^M.'W^^^l 



Cautivos. — S. Elzeario. — Producciones agrícolas. — Música. — Escuelas. — Indios. — Marcha de S. Elzeario. — Cami- 
no penoso.^ — Consideraciones sobre el estado eclesiástico de la fi'ontera. — Carricitos. — Ojeada estadística. — 
Marolia para Janos.— Janos: su oi'ígen: su estado el afio de 28. — Historia de ahora sesenta años. 



S. Elzeario, viernes 17 de Junio de 1842. 



Unos indios presentaron al cautivo José Pon- 
ciano Grertrudis de Jesús Hernández, como él se 
dice, quien fué aprehendido en el ranclio de la 
Pinta, inmediaciones de Cosliihuixiachic, cuando 
el rancho fué quemado, y muertos todos sus habi- 
tantes, á escepcion de dicho Ponciano, que ten- 
drá ahora siete años, y de una hermanita suya, 
de menos edad, y de quien fué separado después 
por haberla vendido á otros indios. Ponciano 
goza buena salud, y manifiesta en su semblante 
sus padecimientos. Otro cautivo de trece años 
fué presentado el dia anterior; pero mantenido 
con carne de caballo, parece tener su estómago 
estragado, en términos que algunos opinan que si 
hubiese durado mas su cautiverio, habria pereci- 
do sin duda alguna. 

Por la tarde fuimos á la Muralla, que es tan 
grande como la del Carrizal, y se encuentra me- 
jor conservada. La capilla es de un tamaño re- 
gular: las campanas están colgadas de unos palos 
en el cementerio, y tienen sus letreros: ^'Por mi 
rey y por mi hy. Año de 1811."- — '■'■Viva Fer- 
nando VIL Añade 1812." En el cuerpo de 
la iglesia hay dos nichos practicados en la pared, 
con unas malas imágenes de talla: en los cruce- 
ros hay otro, teniendo el de la ara la forma de 
una cruz, y en el presbiterio un quinto nicho que 
con la efigie de S. Elzeario, y una mesa cubierta 
co» uu froatal, constituyen el altar mayor, S. 



Elzeario es un santo cuya fiesta ocurre el 27 de 
Noviembre; su trage es de los seglares del tiem- 
po de S. Isidro, pues consta de calzón, chupa, 
medias, &c. 

Contiguas á la iglesia están las casas del ca- 
pitán y del capellán, y la primera tiene una pe- 
queña hortaliza, cuyas tapias han sido derribadas. 
Las otras casas son para los soldados, distinguién- 
dose entre ellas las de los oficiales y la del habi- 
litado, que ocupaba el Sr. Ugarte, y que tiene es- 
critorio, bodegas, tienda con dos llaves, y alma- 
cenes, todo de servicio; pero en tal estado, que 
obliga á hacer comparaciones injuriosas para los 
mexicanos. 

En derredor de la muralla hay muchas casillas 
formando calle, y una población bastante regular, 
si se compara con el Carrizal, pues el pais es ame- 
no y de espléndida vegetación. 

Junio 18 de 1842. 

Mientras los demás paseaban, el Sr. Ronqui- 
llo me dio algunas noticias relativas á su propie- 
dad y á la agricultura del partido en general. 
Resulta de ellas, que este señor, entre otras fin- 
cas, tiene varias viñas con treinta y cinco mil ce. 
pas, con lo que seria riquísimo si pudieran apro- 
vecharse todos sus productos, pues regula que. 
cada parra da tres cuartillos de un aguardiente 
que se pue^e subir á los grados mas superiores. 



220 



FRONTERA DE LA REPÚBLICA. 



El trigo rinde generalmente el 12 por 1 en el 
Paso, y el 25 en S. Elzeario; y el maiz 150 por 1 
en el último punto. La semilla de este y de los 
otros granos es especial, pues el maiz coaliuileño, 
por ejemplo, se envicia tanto, que las cañas se han 
empleado como vigas en los teclios de algunas ca- 
sitas; y por este orden sucede lo mismo, con poca 
diferencia, con las demás semillas ordinarias. El 
maiz lo- siembran á siete arados, y ya se ve qué 
porción tan considerable de terreno tendrán que 
emplear para una sola fanega. 

Domingo 19 de Junio de 1842. 

La misa fué muy concurrida, y las mugeres 
de S. Elzeario se presentaron con la misma de- 
cencia que las del Paso. Aunque fué rezada, ta- 
bla música, compuesta de una guitarra y dos vio- 
lines, en los que ejecutaron varias piezas serias y 
regularmente desempeñadas. 
, S. Elzeario tiene dos escuelas, concurridas por 
un regular número de niños. 

Gromez y muchísimos indios vinieron este dia; 
entre ellos Sobaco, á quien le dio por abrazarme, 
pintándome de almagre la ehaqueta y la camisa. 
Yinieron también muchas indias y muchos mu- 
chachos. Imposible es ya decir sus nombres, 
ni mencionar -las particularidades de sus tragos. 
Citaré, sin embargo, á Lucero, viejo de cien años, 
que camina apoyado en un largo bastón, con mu- 
chísima dificultad: al Chino, capitán distinguido, 
y á la hija de Francisco Pedrueza, que lleva el 
pelo recortado en señal de luto, por la reciente 
muerte de su marido. 

. Durante la siesta di una vuelta por la viña, 
cuyas parras estaban estraordinariamense carga- 
das de pámpanos, y fui á descansar á la sombra 
de un manzano, donde escribí la fecha, por si al- 
guna vez las vicisitudes de los tiempos, en algu- 
na de sus oleadas vuelve á atraerme por estos pa- 
rages. 

Junio 20. 

Muy temprano comenzaron los preparativos 
para la marcha, dispuesta para la tarde. Envol- 
viéronse las camas; cargóse el carro, é hiciéronse 
los demás aprestos acostumbrados. A las cinco 
de la tarde, á pesar de lo impetuoso del viento y 
de las amenazas de la lluvia, se puso en camino 
el carro, para sacar alguna ventaja en la jornada; 
pero al voltear para un puente, á cien pasos de 
la casa de Ronquillo, se rompieron la tijera y la 
lanza, y fué preciso esperar mas de una hora, 
mientras el herrero y el carpintero reparaban de 



algún modo el accidente. Las tropas estaban 
formadas; las mugeres del lugar esperaban la 
marcha de la comitiva, sentadas en los bordes de 
las acequias, al pié de los álamos, de los fresnos 
y de los sauces, y los apaches todos rodeaban 
los carruages, iban y venian y se encontraban 
por todas partes. Púsose el sol, y entonces ter- 
minó la compostura del carro. Salimos: nuestra 
salida la solemnizaban las salvas de artillería, las 
marchas de todos los clarines, y el movimiento 
de cuatro carruages, escoltados por 150 hombres, 
y la curiosidad de las mugeres y muchachos, que 
se hablan situado en las cumbres de los médanos, 
para ver desfilar la comitiva. El Sr. ligarte su- 
bió al quitrín y caminó con nosotros hasta que 
pasamos el mismo brazo del rio que hablamos atra- 
vesado entre la Isleta y Senecú, el cual, separán- 
dose allí y reuniéndose como á cuatro leguas de 
S. Elzeario, forma una isla de mas de nueve le- 
guas. 

Pasado el brazo del rio, se despidieron los que 
nos acompañaban, y nos pusimos en camino por 
unos médanos bastante molestos. Al salir de es- 
tos comenzó un fuerte aguacero con alguna tem- 
pestad, que duró mas de una hora y dejó los cam- 
pos anegados; pero á las nueve, la noche estaba 
serena y la luna resplandecía en medio de los cic' 
los. El teniente coronel Rodríguez y sus solda- 
dos, con sombrero en mano, rezaban el rosario, á 
la retaguardia, mientras nosotros dormíamos y 
platicábamos alternativamente. Cerca de la una 
hicimos alto en una loma, en que pernoctamos. 

Junio 21 de 1842. 

Hoy llegamos á Samalayuca, donde recorda- 
rán vdes. que estuvimos el 26 de Mayo. 

Nuestro viage de regreso estaba dispuesto por 
el Carrizal, contando con que haríamos ocho jor- 
nadas hasta Janos; pero habiendo sabido por un 
correo que habla agua en la Salada, en el rio de 
Santa María y en los Nogales, se determinó en 
el acto tomar la travesía, separándose unos que se 
acoiñpañaban con nosotros; y cinco minutos des- 
pués hablamos tomado el camino de la Salada, 
que se corta doscientos pasos á la derecha del 
punto en que nos hablamos detenido. 

El camino tenia algunos charcos; pero noso- 
tros vimos poco de él, porque muy pronto nos 
dormimos. 

Miércoles 22. 

Habiendo pasado la noche anterior en la lla- 
nura, luego que amaneció tomamos el camino que 



FRONTESA DE LA EEPUBLICA. 



221 



conduce á un cerrito puntiagudo, recorriendo un 
pais tristísimo, para entrar después en un llano 
árido y ceniciento, de una estension estraordina- 
ria. El sol subia, y el calor se aumentaba consi- 
derablemente: la sed se sentia infinito, y los po- 
bres que habian consumido el agua de sus huages 
penaban con la incertidumbre de si el correo nos 
habria engañado y tendríamos que atravesar un 
desierto de cincuenta leguas, sin mas esperanza 
de agua que la que pudiera proporcionarnos la 
lluvia. Para mayor tormento los reflejos del sol 
formaban en aquellos vastos llanos, reflectando la 
imagen de los cielos, unas grandes lagunas de 
agua, tan cristalinas, qiie provocaban la sed, y 
que nos parecían verdaderos lagos, á pesar de la 
evidencia que teníamos de que no eran mas que 
ilusiones ópticas, bastante frecuentes en parages 
semejantes. G-ustoso es recordarlas; pero en el 
momento que se ve este fenómeno, no puede de- 
cirse que se goza de un espectáculo agradable, 
porque aunque nada lo sea tanto como el del 
agua, en tales paises, el que sabe que aquello es 
una mentira, se lastima pensando en lo que tiene 
de cruel esta ilusión; y el que lo ignora, no bace 
sino avivar con la sed y la esperanza la intensi- 
dad de sus padecimientos. 

Llegamos, por fin, á Jas doce del dia, á un 
barranquito donde habia un charco de agua color 
de café con leche, y tan espesa como la misma 
leche. Todo el terreno era salitroso y blanque- 
cino: no habia árboles ni arbustos, y el sol era 
como puede suponerse en tal sitio, á medio dia, 
cuando no habia ni una ligera nxibecilla sobre el 
horizonte. El sargento Martínez llegó hasta la 
sombra del quitrín, y arrojándose sobre aquella 
tierra ardiente, se revolcaba en ella desesperado. 
Por fortuna recordaron un modo de procurarse 
sombra, y fué colocar los carruages en tal disposi- 
ción, que se pudieran atravesar unos cabestros 
sobre sus techos; y formada así una red, se cubrió 
con zarapes, cíbolos y cuanto pudo encontrarse. 
De esta manera pudimos descansar un rato. 

A las cinco de la tarde salimos de la Salada: 
subimos una cuestecita, y entramos en el largo 
llano de S. Blas, tan liso y tan barroso, que re- 
lumbraba la tierra con la luna, como un suelo 
maqueado: no hay agua en todo el pais; pero en 
cambio ecsisten á millares ¡¡los mosquitos!! 

Dia 23 

Caminamos dos leguas, y llegando á una emi- 
nencia, descubrimos las arboledas del rio de San- 
TOM I. X. 



ta Maria, que en donde lo pasamos atraviesa un 
valle estrecho y sombrío y tiene sus riberas, no 
de tierra vegetal, como los otros, sino de piedras 
negras y cascajos estériles. En vano se puso 
aquí el tren de sombra: el calor era escesivo, y 
el viento, arrastrándose por aquellas piedras tai- 
madas, se semejaba á los vapores que salen de un 
horno de cal. 

Llanos y llanos cenicientos y lúgubres: ni co- 
yotes, ni liebres, ni conejos se encuentran en tan 
inmensas soledades: moscos, nada mas, y algún 
cuervo, que después de pasar la mañana en las 
frondosas vegas del Bravo, ó acaso del Conchos, 
viene por las tardes, como aquellos misántropos 
que salen por la garita de S. Cosme y se pasean 
silenciosos en los llanos de Buenavista. 

Monté á caballo cuando empezó á alumbrar la 
luna, que nació roja y encendida, casi á nuestra 
espalda. Era la misma que alumbraba en aque- 
lla hora á las elegantes que se paseaban en el atrio 
de la catedral de México, y que proyectaba las 
sombras de los tigres en los peñascos de las 
sierras. 

Dia 24. 

Dejamos á la derecha el camino de Janos, lue- 
go que nos juntamos con el de las minas; y res- 
balándonos por la pendiente de una loma muy 
larga, llegamos, á las doce, á Corralitos, en cuya 
entrada salieron á recibir al Sr. Grarcía Conde 
varios conocidos. Dimos una vuelta por varios 
jacalitos y casitas que constituyen el todo de la 
población, y nos apeamos en una casa que ha fa- 
bricado el Sr. Zuloaga. 

25 de Junio 
El padre capellán dijo misa en un portalito, y 
el indio José María asistió á ella y se mantuvo 
arrodillado, y como hablaba en voz baja y sin in- 
terrupción, dijo al coronel: "Yo también estoy 
rezando en mi lengua." 

El dia que salimos de S. Elzea«io, unos apaches 
llevaron al padre capellán á un muchachito de 
pecho, agonizando. "Este ya quiere morirse, 
le dijeron: échale agua santa y despáchalo para 
el cielo." 

¡Cuánto pudieran ganar la religión y la civili- 
zación con las buenas disposicionas de estas gen- 
tes! Pero lejos de poderse concebir sobre el par- 
ticular alguna esperanza, es muy probable que 
los católicos de estos paises dejen de serlo en bre- 
ve tiempo, si no se piensa seriamente en repartir 
los eclesiásticos, aun á costa de la pompa del cuU 



222 



FRONTERA DE LA REPÚBLICA. 



to de las capitales. Los dos partidos de Janes y 
Galeaua carecen, no solamente de curas, sino aun 
de capellanes, misioneros ó sacerdotes particula- 
res: de manera que, en una línea de mas de cien 
leguas, no se encuentra un hombre con facultad 
de absolver los pecados y administrar los otros 
sacramentos. 

En todo el distrito del Paso no hay mas que 
tres ministros del santuario, y estos tres se hallan 
en el partido de la Cabecera, y repartidos de tal 
modo, que el cura no tiene que administrar mas 
que á los vecinos de la villa; el padre C*** á los 
pocos habitantes de Senecú y Real, y el padre 
Alvarez está encargado de las otras poblaciones, 
que no puede asistir por sus notorias enfermeda- 
des. ¡Solemne y magestuosa es la procesión de 
Corpus en México, donde se ven seis mitras y 
mas de cuatrocientos sacerdotes, escoltados por 
seis ú ocho mil soldados; pero muy triste pensar 
que mientras allí se agrupan los eclesiásticos y 
militares, en estas fronteras viven los hombres 
sin religión, son heridos de muerte por los salva- 
ges, y no encuentran quien los absuelva en su 
agonía! 

Hace po^co tiempo vino á esta comarca un pa- 
dre franciscano, y sin jurisdicción alguna presen- 
ció varios matrimonios, que después tuvieron que 
revalidarse, á eseepcion de uno solo, que una vez 
declarado nulo, no ha vuelto á contraerse, porque 
lo han resistido los interesados. 

A las diez de la mañana vino D. Roberto Me. 
Kucht á visitar al Sr. Gr. Conde. Este anglo- 
americano fué aprehendido el año de 809 con 
otros compañeros suyos, en el Nuevo-México: 
fusilado el miserable á quien cupo el fatal núme- 
ro 10, los demás fueron engrillados y destinados 
álos obrages. El Sr. D. Alejo Gr. Conde alivió su 
suerte, y posteriormente la independencia les res- 
tituyó la libertad. 

En la tarde, en el curso de nuestro paseo, su- 
bimos á la azotea de la casa del Sr. Aguirre. Co- 
locados en dicho punto, abrazábamos con la vis- 
ta todo el poblado, y un inmenso llano, limitado 
al Oriente por las Sierras de la Escondida y del 
Capulín, y al Poniente por algunos ramales de la 
Sierra Madre, por cuyas cumbres pasa el lindero 
de los Departamentos de Chihuahua y de Sono- 
ra. También veíamos con los anteojos, y aun sin 
ellos, la capilla de la hacienda de Ramos, que ha 
sido abandonada á consecuencia de la guerra, y 
oon mas claridad hubiéramos distinguido al bar- 



ranco, si no lo cubriese un cerrillo situado á me- 
dia legua de Corralitos. 

Esta hacienda, mineral, puesto, ó como quiera 
llamarse, es muy pequeña. Yo regulo el núme- 
ro de sus habitaciones en cincuenta jacales y otras 
tantas casitas de terrado, de las que la mas alta 
no tiene siete varas, á pesar de ser de dos pisos. 
Las demás tienen cuatro ó cuatro y media varas 
de elevación: todas son nuevas, y la mayor parte 
de ellas fabricadas en este año. La población 
va creciendo rápidamente. D. M. nos dijo que 
según el padrón formado hace dos meses, Corra- 
litos tenia ochocientas y tantas almas, inclusos 
los operarios de las minas, y que en el dia tiene 
mas de mil. El nuevo padrón que se está ha- 
ciendo, dará el verdadero censo, que yo conside- 
rarla ecsagerado, si no viese que D. M. cono- 
ce individualmente á todos y cada uno de los mo- 
radores del lugar. 

Por lo que respecta á la apariencia de éste, po- 
co hay que decir. Cien habitaciones poco mas ó 
menos, colocadas al estremo de un montecillo de 
arbustos, y de tal manera, que si guardan algún 
orden, es el de tres calles paralelas, cortadas en 
algunos puntos, y de las que la una tiene una 
acequia seca, en cuyas orillas hay varios po- 
zos de dos ó tres varas de profundidad, que 
llaman norias, y surten á los vecinos de una agua 
inferior á la del rio, que pasa á quinientas varas 
del poblado. Despojado allí éste de sus hermo- 
sas alamedas, que se han consumido como leña, 
vigas ó tacóte^ y no viéndose en toda la comarca 
un solo palmo de tierra cultivado, Corralitos tie- 
ne un aspecto árido, á pesar de su ventajosa po- 
sición. 

De la casa de A. fuimos á la hacienda princi- 
pal de fundición, ó mas bien, pasamos rápida- 
mente por sus oficinas, huyendo del fogonazo y 
calor de sus hornos, y de la ceguera del macho, 
que daba vueltas en una pieza naturalmente os- 
cura, y mucho mas á las oraciones de la noche, 
que visitamos aquella hacienda. Sácanse actual- 
mente en ella desde setenta hasta noventa mar- 
cos semanarios, y agregando á esto de cincuenta 
á setenta que saca en la suya el Sr. A., y cin- 
cuenta en que pueden calcularse las fundiciones 
de otras dos haciendas, muy eventuales y preca- 
rias, resulta que la plata fundida anualmente en 
Corralitos importa sobre ochenta mil pesos. A 
los operarios de las minas se les rayan mensal- 
mente veinticuatro dias, como si trabajaran cua- 
tro semanas de á seis dias; pero realmente no tra- 



FKONTERA DE LA REPÚBLICA. 



223 



bajan mas do ti-es semanas, pues la última la pa- 
san en el lugar descansando, como dicen ellos 
mismos. 

Domingo 26. 

Concluida la misa vimos desfilar el vecindario, 
compuesto en su mayor parte de mugeres vesti- 
das con decencia, y de manera que en nada lla- 
maban la atención, pues sus tragos tienen los co- 
lores y formas que se usan en. la parte meridio- 
nal del Departamento. Una, sin embargo, me 
pareció vestida de un modo notable. Llevaba un 
túnico de gasa blanca sobre fondo amarillo, guar- 
necido con cordones y perifollos de raso celeste; 
un tápalo de felpa verde-limon con lista blanca 
en las orillas; medias de seda y zapatos negros 
con cuadros encarnados y florecitas blancas, ribe- 
teados con listones amarillos, y cáligas y moños 
de los mismos. 

A las tres de la tarde salimos de Corralitos, 
caminando á galope por un llano cuya tierra es 
floja y muy seca: íbamos envueltos en una espesa 
nube de polvo, que ni puede ponderarse ni des- 
cribirse. El sol, sin embargo, la penetraba, y 
nos abrazábamos de calor dentro del propio qui- 
trín. 

Llegando á Janos nos salieron a recibir el go- 
bernador y demás autoridades. Nos apeamos en 
la casa de los capitanes, que es bastante amplia, 
aunque arruinada en su mayor parte. Retirá- 
ronse las visitas, entre ellas Doña Dolores C***, 
madre de tres mucbacbas cautivadas por los apa- 
ches, y de las que ha logrado redimir dos, con 
botijas de aguardiente. 

Lunes 27 de Junio. 
Según dicen los habitantes mas ilustrados de 
estos lugares, Janos deriva su nombre de unos 
pueblos llamados así, que habitaban las márgenes 
de este rio y las Sierras inmediatas. Tal raza 
se ha estinguido, y hoy ecsiste confundida con la 
de los ópatas de Sonora. Janos estaba rodeado 
el año de 28 de considerables haciendas, y en sus 
campos inmediatos, con millares de ovejas pacian 
mas de cien mil reses. La caballada mansa y 
regiega y consiguientemente la mulada, eran aquí 
también tan abundantes, que hasta los vecinos 
mas pobres teaian, por lo menos una ó dos ma- 
nadas. Hoy nada ecsiste. 

4sVoy á contar, como Walter, una historia de 
ahora sesenta años, que nos refirieron los mismos 
señores, remitiéndose al testimonio de muchos 
viejos que viven en el lugar, y eran zagalejos en 
aquella época. 



En las rancherías de Pachutipi, Francisquillo 
y otros muchos apaches gileños, hostilizaban 
ci'uelmente á esta comarca, pidiendo paces un 
mes para violarlas en el siguiente. Muchas par- 
tidas hablan sido destrozadas, y aun una de cua- 
renta hombres que escoltaba al correo de Arizpe, 
fué derrotada en términos que solo escapó el 
abuelo de los Sres. Várelas, y otros tres que con- 
servaron cautivos los salvages. 

El capitán Perú mandaba entonces la compa- 
ñía de Janos, y su odio álos apaches se habia he- 
cho irreconciliable desde que á él mismo le cauti- 
varon un hijo. Impulsado por ese odio, combinó 
un plan con el capitán del Carrizal, que los abor- 
recía hasta el grado de tomar á las criaturas por 
los pies cuando penetraban por alguna ranchería, 
y las mataban azotando sus cabezas contra los 
peñascos. Hizo venir ademas á ciento cincuenta 
ópatas de Sonora, y se previno él mismo con su 
compañía: contando con todos estos recursos citó 
á los apaches para otorgarles la paz, dentro de la 
muralla, valiéndose de uno de ellos qiie se habia 
enamorado perdidamente de una muchacha del 
presidio: los indios vinieron con las garantías que 
se les daban, no sin tomar la precaución de cor- 
tar antes la tierra, para cerciorarse de que no ha- 
bia aquí fuerzas superiores á las suyas; pero nin- 
guna huella advirtieron, porque Martínez no ha- 
bia llegado, y las de los ópatas, que entraron en la 
noche, las habia borrado una nevada en aquella 
madrugada: cuarenta y siete ó cincuenta y siete 
pasaron por la guardia, y no bien hablan entrado 
al patio, cuando á la seña que hizo desde esta ca- 
sa el capitán Perú, se cerraron las puertas, tomó 
la compañía las armas, y salieron cuatro ó cinco 
ópatas de cada casita de la muralla. La carni- 
cería fué horrible: Francisquillo logró subirse á 
la azotea de la capilla, y gritaba á los suyos, que 
huian despavoridos: "A la Casa Blanca, mucha- 
chos." Pero lo vio el gefe ópata, lo atravesó de 
un balazo, y subiendo después á la azotea, lo 
derribó vivo hasta el suelo, donde fué arrastrado 
con sus otros compañeros. Ningún apache esca- 
pó: todos murieron, y los que salieron mejor li- 
brados fueron los que obtuvieron una muerte cier- ■ 
ta al principio de la matanza. Otros saciaron 
la crueldad de los ópatas que los ajorehendieron, 
y mutilándolos sucesiva y horriblemente, los ha- 
cían caminar en derredor de la muralla, detenién- 
dolos por estaciones para cortarles un pié ó una 
mano, é improperarlos, echándoles en cara los ase- 
sinatos que hablan hecho en Bavispe; jfiasta c^ue 



224 



A DIOS, EN LA MUEETE DE MI PADEE. 



recortados de esta manera, morían, y cedían á otro 
penoso martirio. 

Martínez llegó después, y encontrando clava- 
das en astas todas las cabezas, preguntó cuál era 
la de Francisquíllo. Mostrósele, y arrojándola 
al suelo, la pisoteaba, diciendo: "Paga, paga las 
malas noches que me Las dado." 

La comandancia general de Cliihualiua repro- 
bó el proceder de Perú, y aun lo suspendió de su 
empleo; pero la corte de España no solamente lo 
absolvió, sino que lo hizo teniente coronel, y aun 
parece que asignó una pensión á sus hijas. 



J^^ 



Fiat voluntas tua. 
En vano intento dirigir al cielo 
Mis ojos ¡ay! para pedir consuelo 
A mi honda pena y. hórrido pesar, 
Porque abrumada de dolor mí frente, 
Del suelo la mirada indiferente 
No puede levantar. 



¿Por qué, Jehová, por qué me concebiste, 
Si desde niño candido me hiciste 
Objeto de tu cólera. Señor? ... 
¿A qué donarme corazoa sensible 
Sí depararle hubiste. Dios terrible, 
Angustias y dolor? . . . 



¿Por qué, Jehová, mi sufrimiento agotas? . 
¿No miras ya despedazadas, rotas, 
Las fibras de mí amante corazón? . . . 
Apenas niño, y espiró mi madre; 
Joven aún, cuando murió mí padre .... 
¡Ten de mí compasión! 



Calma, calma, Jehová; suspende tu ira; 
Aun en tu misma cólera me admira 
Tu Magestad divina y tu poder. 
Sí te ofendió mí voz, si fué blasfema, 
Perdóname, suspende tu anatema. 
No te quise ofender. 



Es que mi pensamiento se estravía. 

Por el dolor herida la alma mia 

Débil quizás de tu bondad dudó. 

Es que arrancaste ¡oh Dios! de entre mis brazos 

El ser que al mío en tan estrechos lazos 

Tu Pr07idencia unió. 



¡Ah! no puedo llorar; arden mis ojos, 
Secos cual brasas, como sangre rojos; 

El llanto en ellos agotó el dolor 

¡Con qué trabajo y lentitud respiro! 
Cansado estoy, y de fatiga espiro. 
¡Piedad! ^piedad. Señor! 



Fortalece mi espíritu. Dios bueno, 
Mira que el pecho de pesares lleno 
Débil vacila en hórrida aflicción. 
Por el amargo llanto de María 
Cuando en la cruz agonizar te vía, 
Ten de mí compasión. 



¡Qué infeliz fuera yo sino creyera 

Que allá en la playa de este mar me espera 

Mi tierno padre con ardiente amor! 

¡Qué infeliz fuera yo!. . . Sin esperanza 

Viera una eternidad en lontananza 

De duda, de temor. 



Cuando mi vida al padecer sucumba, 
Cuando lleguen mis pasos á la tumba. 
Tú con mis padres te hallarás allí. 
Y en dicha entonces cambiará el quebranto 
Que oprime el corazón; pero entre tanto, 
¡Ten compasión de mí! 



Cual náufrago infeliz en mar bravio 
Que siente ya debilitar su brío 

Y comenzarse, triste, á sumergir, 

Y en vano gime el miserable y llora, 

Y en vano ausilíos y piedad implora, 
Sintiéndose morir. 



Así, Señor, en níi dolor profundo 
Cuitado impetro compasión al mundo, 
Sin que oígaynadie mí sentida voz. 
Solo merece /mi tenaz dolencia 
Miradas, ¡ay! de dura indiferencia 
Y de desprecio atroz. 



Calma tu ira. Señor; compadecido 
Contempla este mortal, sin luz, perdido 
En medio de la lóbrega orfandad. 
¡Oye, Señor, benigno mí lamento. 
Mitiga mi honda pena, mi tormento . . . . 
Según tu voluntad! 

Zacatecas, Noviembre 1. '^ de 1848. 

M. A. Bejarano. 

(Escrita para el Álbum.) 



VI \ 




MIGUEL ZENDEJAS. ' 



-o^-^i 



U NA multitud de gentes no se acaban de per- 
suadir todavía, que tubo un periodo en México 
tan feliz para la pintura, que se formó, lo que 
puede llamarse una escuela mexicana, enteramen- 
te distinta de las escuelas europeas, y que será 
mala ó buena, pero que indudablemente tiene su 
estilo, su colorido, su- manera, sus cualidades en 
fin, que le son propias y esclusivas, y que se seme- 
jan por ejemplo á la escuela sevillana ó madrileña, 
pero no se igualan absolutamente á ninguna. En 
México, como en Italia y España, la religión ca- 
tólica favoreció muchísimo á la pintura, pero li- 
mitó su vuelo y la volvió, por decirlo así, amane- 
rada. El sentimiento religioso que hace crear al 
artista composiciones tiernas, poéticas y casi di- 
vinas, pierde mucho de su libertad é independen- 
cia, cuando se le trata de sujetar á ciertas y de- 
terminadas fórmulas. El cuadro hermosísimo 
de San Juan de Dios, de Murillo, cuyo original 
se halla en la galería de la Academia de San Car- 
los de esta capital, es una muestra de una feliz 
inspiración, producida por el sentimiento religio- 
so, á la vez que no se encuentra esa ternura en 
la composición, esa delicadeza en las figuras, esa 
armonía en el conjunto, en multitud de cuadros 
que en su primera y segunda época pintaba Mu- 
rillo para varios conventos de España y de las 
Américas. En la época de Cabrera, de Mayon, 
de Pablo Talavera y de los hermanos Ibarras, los 
religiosos regulares de la república, animados to- 



davía del celo apostólico de sus predecesores, mu- 
chos de ellos poseídos de una piedad ferviente y 
de un decidido anlor á sus conventos, procuraban 
embellecerlos y adornarlos, hasta el grado que ve- 
mos todavía hoy muchas iglesias que sobrepujan 
en magnificencia y adornos á muchas de las otras 
ciudades católicas del mundo. Entonces los ar- 
tistas corrían de convento en convento, llenando 
los altares, los claustros y las sacristías de mu- 
chos cuadros de todas dimensiones y muchos de 
ellos maravillosos, y como dice el conde Beltrami, 
dignos de hallarse en las galerías italianas. Basta 
recorrer los conventos de religiosos de Puebla, 
México y Querétaro para convencerse, tanto de la 
prodigiosa fecundidad de los artistas mexicanos, 
como de que ellos, sin saberlo acaso, formaron una 
escuela muy digna del ecsámen y del estudio de 
los aficionados á las bellas artes. En este senti- 
do ya se comprende á primera vista cuánto favo- 
reció la religión católica á la pintura; pero vamos 
á ver de qué manera limitó el genio de los maes- 
tros de la época á que nos referimos y sujetó en- 
teramente su sentimiento religioso. 

La mayor parte de las pinturas de los conven- 
tos representa objetos que el pintor tenia forzo- 
sa necesidad de pintar. 

En las paredes de las escaleras y en los claus- 
tros de la mayor parte de los conventos hay un 
cuadro colosal que represnta á la virgen cubrien- 
do con su manto á multitud de santos religiosos,* 



226 



MiaUEL ZENDEJAS. 



pues cada uno de estos santos es el retrato de un 
fraile, y por eso se ve siempre al provincial, muy 
rollizo y bien acondicionado, mucho mas cercano 
á la Virgen, ó al cielo, mientras á los pobres 
legos apenas los cubre una puntita del manto so- 
berano de la Reina de los cielos. Ya se concibe 
que en estos y otros asuntos muy locales, de los 
conventos, los artistas tenian que arreglarse pre- 
cisamente al gusto dominante de la época, cir- 
cunstancia que acontecía también respecto de 
mucbas pinturas de santos, y con especialidad de 
las Vírgenes. Aislados los pintores en este nue- 
vo mundo, sin libros, sin ejemplos, y hasta sin 
modelos, es casi prodigioso el esfuerzo de su ta- 
lento, cuando consiguieron con tanta falta de 
elementos, y llenos de restricciones, formar una 
escuela de bastante mérito, cuando se estudie con 
imparcialidad y con juicio. 

Afectos nosotros á las bellas artes, y deseosos de 
que no quede perdida la memoria de nuestros ar- 
tistas mexicanos, hemos procurado sacar del polvo 
alguno de sus viejos cuadros que, andando el tiem- 
po, acaso valdrán mucho dinero, y adquirir tam- 
bién algunas noticias biográficas: pero las tradi- 
ciones se van perdiendo, y hay tal confusión y 
oscuridad en las relaciones, que es imposible ave- 
riguar la verdad, ni formar de pronto el juicio 
que es necesario. 

No obstante, de varios de los artistas á que 
nos referimos, tenemos ya noticias mas por- 
menorizadas, y comenzamos con Zendejas. El 
retrato que acompaña á este artículo, es dibujo 
original de D. Julián Ordoñez, el único de sus 
discípulos que vive, según tenemos entendido. 
Lo debemos á la fina atención de nuestro amigo 
y coolaborador D. Manuel Orosco y Berra, así 
como los apuntes biográficos al recomendable ar- 
tista D. José Manso, de quien tuvimos el gus- 
to de hablar en uno de los números del Museo 
Mexicano. 

Miguel G-erónimo Zendejas nació en la ciudad 
de la Puebla de los Angeles, el año de 1724, es 
decir, hace 125 años. Ningunos datos tenemos 
respecto á la profesión que ejercía su padre D. 
Lorenzo; pero loque sí está averiguado es, que te- 
niendo grande amistad y confianza con los padres 
Jesuítas, esta circunstancia le proporcionó ir á 
Roma, en compañía del padre Oviedo, quien lo 
presentó al Pontífice como un objeto curioso. Le 
agradó tanto al Santo Padre este joven mexica- 
no, que se asegura le hizo algunos cariños en la 
cabeza. 



De vuelta á Puebla, el Padre Oviedo habilitó 
á Zendejas para que estableciera una tienda de 
estampas grandes, lo cual le producía los medios 
de mantenerse cómodamente. En este tiempo 
nació Miguel G-erónimo, el cual, en cuanto tuvo 
una edad regular, se dedicó á ayudar á su padre 
en el comercio de estampas que hemos referido. 
Muy en breve se notó la afición que el jovencito 
tenia al dibujo y la facilidad con que copiaba algu- 
nas estampas. Su padre lo puso entonces bajo la 
dirección de Pablo Talavera, que pasaba por uno 
de los mejores artistas de la época. Los progre- 
sos que hizo Zendejas fueron tan rápidos, que en 
poco tiempo estuvo ya en disposición de ganar 
por sí solo su subsistencia. Trabajó como oficial 
con José Joaquín Mayon, G-regorio Lara, Prie- 
go, y otros pintores célebres de la época, hasta 
que reconocido su talento,*pudo poner su taller y 
comenzar su carrera de un constante y no inter- 
rumpido trabajo. 

Zendejas, aunque de una imaginación podero- 
sa y de un ingenio grande, se resintió del defec- 
to que se nota en muchos de los pintures de la 
escuela mexicana, es decir, de la falta de buenos 
modelos y de obras en que aprender la parte teó- 
rica y filosófica de la pintura: con todo, en el curso 
de su vida artística fué superior á su maestro, 
y sin comparación mucho mas independiente y 
atrevido que Mayon, Lara y Priego. 

Zendejas llamó la atención, porque tenia una 
manera tan franca y segura de pintar, que casi 
nunca usaba del gis, y rara vez también corregía 
sus pinceladas. Su acierto en el claro oscuro es 
notable en sus cuadros, y sin formar un desagra- 
dable contraste, en una misma composición ponia 
algunas figuras bañadas por la luz del medio dia 
y otras ocultas y envueltas en las sombras de la 
noche. Su fecundidad era infinita, y no solo se 
limitaba á desempeñar los objetos que se le in- 
dicaban, ó á copiar los asuntos de las pinturas es- 
pañolas que venían entonces, sino que inventaba 
multitud de figuras y componía cuadros de obje- 
tos místicos verdaderamente bellos é ingeniosos. 
En todas sus cabezas hay tanta delicadeza, diil- 
zura y espresion, que raya en defecto, pues algu- 
nas de sus figuras de reprobos y demonios, parti- 
cipan acaso indebidadamente de esas cualidades. 
En lo que Zendejas puede compararse á cual- 
quiera de los buenos pintores de la escuela espa- 
ñola, es en los ropages, en los que se nota estrema- 
da naturalidad en los pliegues y mucha esactitud 
y verdad en las sombras. La mayor parte de los 



MIGUEL ZENDEJAS. 



227 



ropages de Zendejas, están flotantes y parecen 
prontos á moverse con el soplo del viento. En 
la pintura de arquitecturas era atrevido y lucia 
una brillante imaginación y esquisito gusto, aun- 
que debemos decir que no seguia ninguno de los 
cinco órdenes, por dejarse llevar de su fantasía y 
capricho. 

El colorido que en lo general daba Zendejas á 
sus figuras, es suave, delicado y sin amaneramien- 
to. Es muy semejante al que usaba la escuela 
sevillana. 

En lo que Zendejas estaba atrasado era en la 
perspectiva y en el desnudo. En sus cuadros se 
notan en este punto algunas imperfecciones: sin 
embargo, en lo general, puede asegurarse que la 
naturaleza lo dotó con las cualidades que consti- 
tuyen un artista. 

Desde que salió Zendejas de la precaria posi- 
ción de oficial de los talleres de Mayon y Lara, 
comenzó según bemos dicho, á tener tanto qué ha- 
cer, que á pesar de que pintaba con una prodigio- 
sa velocidad, no tenia ni un momento desocupa- 
do de tiempo. Los conventos de monjas y de 
religiosos de Puebla están llenos de cuadros de 
Zendejas, y entendemos que también pintaba pa- 
ra otros conventos foráneos. 

Zendejas, apreciable por sus cualidades artís- 
ticas, lo era mucho mas por las privadas que ador- 
naban su carácter. Era estremadamente ama- 
ble y complaciente. Su desinterés lo llevaba has- 
ta un estremo increíble. Generalmente todos los 
artistas de la época trabajaban muy barato; pero 
Zendejas llevaba esto al estremo, y no habia po- 
bre que ocutriera para que le pintara un santo, 
que no saliera satisfecho. Se refiere que por 
veinte reales pintó á una muger anciana un cua- 
dro de la Virgen de los Dolores, cuadro que pos- 
teriormente se hallaba colocado en la galería del 
Sr. Obispo Pérez, entre las mejores obras del ar- 
te. Zendejas, ademas, era un hombre de una mo- 
ral austera, sin que degenerase en desagradable 
hipocresía. 

Su talento y sus escelentes cualidades le gran- 
gearon el aprecio de sus contemporáneos. Cuan- 
do el Sr. Obispo D. Pantaleon Alvarez de Abreu 
repuso el coro de Santa Rosa, iba diariamente 
á la casa del artista, en su carroza, y lo acompaña- 
ba una gran parte del dia en sus trabajos. Los 
Sres. Obispos Pérez y Vázquez, ilustrados cono- 
cedores y afectos á las artes, distinguieron tam- 
bién mucho á Zendejas, confesando su talento y 
comparando sus cuadros á muchos de lag buenas 



escuelas. — En la galería del Sr. Vázquez se ha- 
llaba un San José, de un mérito sobresaliente. 

Zendejas fué casado y tuvo cuatro hijos. Tres 
de ellos fueron pintores de poca nota, á escepcion 
de Lorenzo, que sobresalió en la ejecución de al- 
gunas composiciones pequeñas. El cuarto hijo 
fué eclesiástico, y murió de capellán del cerro de 
San Juan. 

Dios concedió una larga y tranquila vida al ar- 
tista, durante la cual no se sabe que lo afligieran 
ni graves enfermedades, ni aflicciones de otro gé- 
nero, y murió el dia 19 de Marzo de 1816, á los 
noventa y dos años de edad. Dejó varios discí- 
pulos; pero el que heredó su talento, su valentía y 
su seguridad para pintar, fué D. Julián Ordoñez, 
bastante avanzado hoy en edad, y del cual tendre- 
mos el gusto de ocuparnos en nuestro periódico. 
— M. Payno. 



LA FLOE HEEIDA. 

PARÁBOLA. 

Era una hermosa flor. Las lágrimas de la au- 
rora hablan caido en su cáliz: sus hojas se hablan 
estendido con el calor de los primeros rayos del 
sol. 

Una joven se paseaba en el campo. Era fresca 
y hermosa como la flor; como ella también candi- 
da y pura. 

La joven se detuvo á mirar á la flor; la flor la 
encontró hermosa, y flor y muger se sonrieron y 
se amaron. 

La joven pasaba su blanca mano acariciando las 
hojas de la flor. La flor se estremecía de placer. 

De repente un dolor punzante y agudo hizo 
estremecer á la flor, hasta el fondo de su corola; 
inclinó su tallo casi destrozado. 

¿Por qué me has cortado tan pronto, ¡oh jo- 
ven! le dijo la flor? ¿no te bastaba acariciarme? ¿no 
estabas satisfecha con admirar mi hermosura y 
respirar mis suaves olores? Mira la sangre que 
corre de la herida que me has hecho, y que jamas 
se podrá curar. 

¡ Ah! un frió mortal recorre mis hojas y las pone 
pálidas y marchitas; escucho apenas el murmullo 
de las fuentes y el canto de los pájaros; el sol se 
oscurece á mi vista, mi corola se cierra. ... ya no 
recibiré mas las caricias dfe la brisa, ni veré las 
pálidas estrellas, ni los diamantes del rocío se 
encerrarán en mi cáliz. . . . Hermanas mias, flores 
hermosas de la selva; la flor herida se seca y se 
marchita. . , . Acaso su alma sube á los cielos, de- 
jando una columna de perfumes; pero sus hojas 
secas son holladas en la tierra por la planta indi- 
ferente de los hombres. 

La joven, arrepentida de haber arrancado á la 
flor de su tallo, la puso en su seno, la cubrió de 
besos, la quiso reanimar con el calor de su aliento. 

Te perdono, dijo la flor al espirar; pero pueda 
mi ejemplo servir para enseñar á las mugeres, á 
estas flores vivas que tanto aman los hombres, to- 
do'lo que sufre, y cómo se acaba, se marchita y 
muere una ñor herida. — F. A. 




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EL PACTO. 

Cuando las flores se rebelaron, y lograron que 
la Encantadora les permitiese revestir la carne 
humana, y venir al mundo en busca de aventu- 
ras, la Q-ranadita tuvo la sensatez necesaria para 
no tomar parte en el levantamiento. Desde enton- 
ces la Encantadora le cobró una afición particu- 
lar, y se lisongeaba con la idea de que aquella flor 
no seguiria el loco ejemplo de las demás. Pero 
el diablo, que no duerme, atisbo la acasion opor- 
tuna, y al saberse en el palacio de la Encan- 
tadora, que en esta gran ciudad de México se 
iban á dar dos famosos bailes de mástíara, inspi- 
ró á la G-ranadita un deseo irresistible de asistir 
á aquella diversión. 

La Encantadora trató de oponerse; pero fué 
en vano, y tuvo al fin que ceder. Al otorgar la 
licencia que se le pedia, le dijo á G-ranadita: 

— Mi complacencia no se estiende mas que á 
darte libertad por una sola nocbe, la del segundo 
baile; y eso, únicamente basta las dos de la maña- 
na. Pero en cambio de esta restricción, pídeme 
lo que quieras, y te será concedido. 

— Os pido, contestó G-ranadita, que me deis 
poder para tomar el rostro de la persona que 
quiera, imitar sus ademanes, su acento, sus movi- 
mientos, con tal perfección, que logre engañar 
aun á sus deudos y parientes mas cercanos. 

-—Vé aún si tienes otro deseo. 

— El de que también hagáis, que á pesar de la 
careta, pueda yo ver el rostro de todos, y lo que 
es mas, penetrar los secretos de su corazón. 

— Pues bien, te concedo ambas cosas; pero tú 
no olvides por tu parte que á las dos de la maña- 
na has de volver áser flor. 



Granadita bajó la cabeza, en señal de que acep- 
taba este pacto. 

II. 

EL BAILE DE MASCARA. 

Era el martes 29 de Febrero de 1849. El gran 
salón del teatro de Yergara, estaba ya á las once 
de la noehe, lleno de gente. Dividíase esta en 
tres partes: una, la de las familias recatadas y te- 
merosas, que encerradas en sus palcos como en 
una fortaleza difícil de asaltar, se contentaban 
con ver, como en panorama, aquel revuelto mar 
del salen, con su incesante flujo y reflujo: otra, la 
de los que asistían al baile sin mas careta que la 
natural, esponiéndose á las chanz.onetas, burlas 
y tal vez escesos de las máscaras; que se les acer- 
caban con el pretesto de embromarlas; y la terce- 
ra, por último, la de los que por llevar la cara cu- 
bierta con un antifaz, se creian permitido perder 
la vergüenza, y sacan á plaza pública la vida y 
secretos mas reservados de los desgraciados que 
caian bajo su férula. 

La mayor animación reinaba en la sala: a la 
señoril cuadrilla, seguia la aristocrática contra- 
danza; á esta el voluptuoso wals; al wals, la entu- 
siasmadora polka. Pero mientras mas bailaban, 
y se daban sus mañas para hacer mas de una pi- 
rueta, mientras ciertos imbéciles máscaras se ar- 
rinconaban en un ángulo y no hablaban con na 
die, otros hacian un uso diabólico de su disfraz - 
y traian ya al retortero á gran parte de la eoneur 
rencia, pendiente de sus dichos y de sus sales. 

Pero entre todas las máscaras que habian lla- 
mado la atención, ninguna escitaba la curiosidad 
tanto como una que iba vestida de bailarina, con 
el hermoso trage que representa la estampa que 




G-r an iville del . 



Cli. Geo£foT se, 



fi®^ m i'^MR^'i/. 



CUMPLIDO Editor. 



LA FLOR DE GRANADA. 



229 



acompaña á este artículo. Su graciosa tunieela 
con adornos verdes y encarnados, dibujaba un 
talle esbelto y elegante; unas ricas medias con 
una raya roja cubrían una pierna bien torneada: 
el pié, pequeño y seductor, estaba calzado de un 
finísimo zapato de raso: el adorno del pelo, tan 
sencillo como elegante, consistía simplemente en 
unas flores da granada, cuyo color hacia juego 
con el del ruedo y guarniciones del vestido. 

La muger que llevaba aquel trage, ocultaba su 
rostro con una careta de raso; pero los observa- 
dores hablan notado ya, que tenia unos ojos vi- 
vísimos y deslumbradores, una frente ovalada y 
noble, y unos dientes de una blancura y belleza 
particular. Lo poco que se lograba ver, inspira- 
ba ardientes deseos de que no quedara encubier- 
to lo demás; de suerte que, á poco rato de haber 
entrado al salón la gallarda bailarina, la seguían 
ya, prendados de su hermosura, algunos jóvenes 
pisaverdes, y no pocos hombres maduros y aun 
ancianos, de esos que no pueden resistir al mas 
terrible de los tres enemigos del alma. 

Pero el atractivo físico do la joven, fué al ca- 
bo de muy poco rato, lo que menos llamaba la 
atención. A todos los que se acercaban á hablar- 
le, les dijo cosas tan íntimas, aventuras de que 
no creían sabedor á nadie, secretos reservados en 
lo mas recóndito de su corazón; los embromó, en 
fin, con tanta gracia y habilidad, que todos ansia- 
ban saber quién era aquella máscara, á quien na- 
die conocía, y que conocía tan á fondo á toda la 
concurrencia. 

III. 

EL DIABLO EN EL BAILE. 

— ¿Sabes quién es aquella bailarína, que trae á 
todos tan preocupados? le dijo á un elegante jo- 
ven uno de sus amigos. 

— No, ¿la has conocido tú? 

— Mi querido Antonio, yo siento disgustarte; 
pero la amistad me obliga á revelarte que es tu 
muger Emilia, á quién creías durmiendo en tu 
casa. 

— Imposible, G-erónimo; estoy seguro de que 
te equivocas. Durmiéndola dejé ya, cuando me 
vine al baile, donde no quiase traerla, por mas que 
me rogó. 

— Bueno: yo he cumplido ya con avisarte; haz 
ahora lo que mejor te parezca. 

G-erónimo se alejó. Antonio, por mas que ha- 
bía procurado afectar incredulidad, se había sen- 
tido como picado de una víbora al oír las pala- 
TOM, I. X. 



bras de su amigo. Casado con una joven hermo- 
sísima, celoso como un turco, con sospechas ya 
de una infidelidad conyugal, temió estar sirvien- 
do de burla, de juguete á su pérfida consorte. 

Acercóse entonces, lleno de sobresalto al gru- 
po, cada vez mas numeroso, que rodeaba á la bai- 
larina, y la observó con cuidado. La poca duda 
que le quedaba aíin, se disipaba por momentos: 
el pié, la mano, el brazo, hasta un lunar en la gar- 
ganta, le probaban la identidad de aquella perso- 
na con su Emilia. Su voz, aunque disfrazada, 
conservaba aquel acento, que había hecho palpi- 
tar de placer su corazón, en la época feliz de sus 
amores; y para complemento de todo, en un dedo 
de la bailarína brillaba el anillo que Antonio ha- 
bía regalado á su novia, la víspera de su casa- 
miento. 

— Mascaríta, ¿me conoces? preguntó á la joven. 

— Como á mis manos. Eres Antonio Rasca- 
rabias; y te has venido á coquetear al baile, de- 
jando encerrada en tu casa á tu pobre muger 
Emilia. 

— ¿Y sabes sí ha burlado mi vigilancia? 

— Mis miedos tengo de que esté disfrutando 
el dulce placer de la venganza. 

— ¡Oh, tanto descaro es inaudito! esclamó An- 
tonio fuera de sí. Pérfida, infiel, yo castigaré en 
público tu audacia. 

Y al decir esto, arrancó con mano atrevida la 
careta de la bailarina, descubriendo un rostro her- 
moso, pálido de cólera; pero que no era el de 
Emilia. 

Antonio, avergonzado, sin saber dónde poner 
los ojos, balbució un: "perdone vd., señorita; ha 
sido una equivocación," y receloso todavía, se sa- 
lió del baile y se dirigió corriendo á su casa, pa- 
ro averiguar sí aun estaba en ella su consorte. 

Entre tanto, en el salón pasaba otra escena cu- 
riosa. En el momento que el rostro de la baila- 
rína quedó descubierto, uno de los espectadores, 
que se había estado riendo maliciosamente de los 
apuros de Antonio, prorumpió en un grito de es- 
panto. 

— ¿Qué le sucede á ese viejo gordo y bizco? 
preguntó un elegante. 

— ¡Hola! ¿esas tenemos? esclamaba mi hombre. 
Muy bien, Pepita; te dejé rezando el rosario coa 
las criadas, y vengo á encontrarte aquí con ese 
disfraz descocado de bailarina, Y lo que es ahora, 
no hay duda: el otro pobre pudo equivocarse, 
porque aun estabas de máscara; pero yo ¡triste 
de mi! estoy viendo esa carita de pascua, que es 

3 



230 



LA FLOR DE GRANADA. 



también una máscara, puesto que oculta un cora- 
zón tan pérfido y engañoso. 

Pepita no halló qué responder. El vejete le 
tomó del brazo, y salió al patio refunfuñando, se- 
guido de unos dóminos que le decian: 

— Eso tiene ser viejo verde. 

— ¿Quién te mandaba casarte con una mucha- 
clia bonita, siendo setentón y feo, fiado solo en 
tu dinero? Ya darán buena cuenta de él los ad- 
juntos. 

Furioso el viejo, se volvió para dar un bofetón 
al mas atrevido de la comparsa; pero en aquel 
momento, su esposa se soltó de su brazo, y se atu- 
fó. Su marido la buscó en vano por todas par- 
tes; por mas vueltas y revueltas que dio por el 
salón, se acabó la noche sin que supiera lo que 
Labia sido de su adorada Pepita. 

La bailarina habia vuelto á entrar; pero como 
su disfraz era ya demasiado conocido, se puso el 
de gitana, y comenzó á decir á todos la buena 
ventura. 

~ Un rico hacendado del interior, creyó recono- 
cer en ella á una costurerilla que llevaba, algunos 
dias de perseguir sin fruto. 

Aventura tenemos, dijo en su interior; esta no- 
che será mia. 

Ni un solo momento se separaba ya de la gita- 
na. Logró, por fin, separarle de los que la seguian, 
y le dijo: 

— ¿Me conoces, vida mia? 

— Vaya, sois un señor que me habló ayer tarde, 
haciéndome ricas ofertas, si consentía en amaros. 

— ¿Y te sientes dispuesta á complacerme? 

— Ya lo supondréis, al ver que no me oculto 
de vos. 

Al cabo de un cuarto de hora de conversación 
en voz baja, el hacendado y la gitana sallan del 
baile, de brazo. Al llegar á uno de los ángulos 
mas oscuros del patio, el galán, sin poder ya re- 
primir su amor, le quitó la careta á su compañe- 
ra, y aplicó un ardiente beso. ... en el espeso y 
erizado bigote de un subteniente de guardia na- 
cional. 

— ¡Infame! dijo el hacendado alejándose; es 
una picardía disfrazarse de muger, para engañar 
á un hombre sensato. 

El oficial volvió al salón, con un disfraz de 
hombre; se acercó á un coronel de rostro enjuto 
y mirar torvo, con quien trabó conversación. 

— No estabas tan contento ahora dos años, le 
dijo; ibas á batirte con los enemigos, y no te agra- 
daba mucho el lance. 



— Máscara, tu me insultas. 

— Sí, porque nada arriesgo: sé que for 'pru- 
dencia evitas los peligros, y que uno á mansalva 
puede llamarte cobarde. 

El coronel no sufrió el insulto; trémulo de ra- 
bia, desafió al provocativo oficial; y para conocer 
á su adversario, le quitó la máscara. Grrande fué 
su sorpresa cuando reconoció á una de sus anti- 
guas queridas, con la que habia quebrado hacia 
algún tiempo. 

— Maldita, le dijo, buena me la has jugado; 
pero contigo no se puede tener mas que una es- 
pecie de desafio, y de ese ya estoy cansado. 

Las trasformacionés continuaban; la bailarina, 
que se habia cambiado en gitana, la gitana que se 
habia vuelto oficial, el oficial que se habia conver- 
tido eíi matrona, tomaron esa noche cuantos dis- 
fraces y figuras pueden imaginarse. Los chas- 
cos se reproducían por momentos: todos los ma- 
ridos reconocían a sus mugeres en conversaciones 
demasiado sospechosas con apuestos galanes; to- 
dos los padres descubrían á sus hijas, no en muy 
rígida observancia de las leyes del recato; todos 
los amantes asistían á la infidelidad de sus her- 
mosas y al triunfo de sus rivales. Algunos lan- 
ces tuvieron consecuencias mas deplorables que 
las que acabamos de referir; y á no mentir los 
apuntes que nos han servido para escribir esta 
verídica historia, de resultas de aquellos raros 
descubrimientos, ocurrieron siete desafios, seten- 
ta y tres divorcios, cuatro suicidios, y dos casos 
de envenenamiento. 

Al referirse al dia siguiente lo ocurrido en el 
baile, se reflecsionó que era imposible que hubie- 
ran pasado cosas tan asombrosas, sin interven- 
ción de un poder sobrenatural. La gente supers- 
ticiosa y fanática, que es la que mas abunda, em- 
pezó á correr la voz de que el enemigo malo, te- 
miendo que la cuaresma disminuyera el número 
de sus víctimas, se habia metido al teatro para 
alborotar conciencias é inducir á malas tentacio- 
nes; y hoy dia, es una cosa plenamente averigua- 
da que estuvo el diablo en la máscara. 

lY. 

LA VERDAD DESNUDA. 

G-ranadita habia acabado la primera parte de 
su papel; pero no quería retirarse sin desempe- 
ñar la segunda. Tomó H trage de un nigroman- 
te, y ofreció revelar, con la seguridad de un orá- 
culo, cuantos secretos se quisieran saber de toda 
clase de personas. 



LA FLOH DE GRANADA. 



231 



Junto á una joven de no común belleza, esta- 
ba sentado un elegante dominó. La bota charo- 
lada y estrecha, los guantes de cabritilla acaba- 
dos de poner, el pelo rizado y trascendiendo á 
macasar, el pañuelo con agua de colonia, indica- 
ban que aquel máscara era uno de esos jóvenes, 
tipos de elegancia y de afeminación. El domi- 
nó que llevaba era de raso negro con adornos 
blancos; y al abrirlo por el pecho, de cuando en 
cuando, como al descuido, se descubría una lim- 
pia camisa de holanda y dos esquisitos botones 
de brillantes. Con todo esto, ya cualquiera se 
supone que habia mas de lo necesario para hacer 
algunas conquistas. 

La joven parecía no escuchar con disgustólos 
requiebros y piropos del apuesto galán, cuando 
se acercó el nigromante á la entusiasmada pareja. 

— Desgraciada Teodora, dijo á la muchacha, 
¿cómo has podido dejarte engañar con un disfraz, 
al estremo de no reconocer en el galán que te ob- 
sequia, á un viejo que te persigue á todas partes 
y aspira á tu blanca mano, sin que tú lo puedas 
atravesar? Y tü, infame sátiro, ¿no conoces que 
ahora puedes agradar, gracias al Carnaval que to- 
do lo disfigura; pero que es imposible seas ama- 
do, cuando te vean al natural, por mas que te ti- 
nas las canas, te pongas dientes postizos, uses co- 
lorete y corsé, te vistas con Lamana y te calces 
en la zapatería vizcaína? A media noche la fic- 
ción desaparece, y no es muy agradable que diga- 
mos eso de casarse con un esqueleto. 

Las palablas del mágico produjeron el efecto 
que era de esperarse. La joven se paró á bailar 
una polka, y dijo al enamorado vejete, sin poder 
contener la risa: 

— Papá, beso á vd. la mano. 

El nigromante, seguido de mas de veinte per- 
sonas, continuó su paseo. 

— ¿Cómo vamos, Matilde? esclamó, deteniéndo- 
se delante de una desenvuelta china. ¿Quién al 
ver ese desembarazo, ese polvo, ese aire de fiesta 
y de zandunga, habia de figurarse quien eres? 
Pues han de saber vdes., señores mios, que esta 
poblanita es una cotorrona, no de malos bigotes, 
que acaba de enviudar. Cuatro dias hace apenas 
que su consorte clavó el pico, y ahí la tienen vdes. 
de máscara. Delante de la gente ha fingido llan- 
to, soponcios, el sentimiento mas profundo; y en 
cuanto dieron las once de la noche, sin que la sin- 
tiera la tierra, se encapilló ese trage, porporciona- 
do por una criada de confianza, y ha venido al 
teatro á buscar un sustituto al difunto. Yo, hi- 



ja mia, no me opongo á que lo encuentres; pero 
debo hacer esta revelación, para que los candida- 
tos sepan con la que pierden. 

La poblanita trató de negar, aparentando fir- 
meza; pero le fué imposible: su turbación mani- 
festaba bien á las claras la verdad de aquella in- 
discreta revelación. 

El nigromante tropezó en su camino con un 
hombre de mediana edad, vestido pobremente. 

— Señores, ¿ven vdes. á este caballero? Pues 
es Pachito Sonaja, y como si dijéramos, iin Pe- 
trus in cundis, un perrito de todas bodas. El in- 
feliz está en la inopia; pero ni por esas quiere 
perder diversión. Es un triste empleadilló con 
ochocientos pesos de sueldo; y aunque cometió 
la locura de casarse, y aunque las escaseces del 
erario no le permiten andar en holgorios, él no se 
para en chiquitas. Ayer recibió su tercera par- 
te; y en vez de pagar sus trampas, de dar á su 
muger para el gasto, de reducirse á la mas estre- 
cha economía, ¿qué creen vdes. que ha hecho? sa- 
có de una casa de empeño ese frac de punto de 
caramelo (por lo alto del punto) por el que le ha- 
bían prestado dos pesos. Gastó otros dos en el 
boleto para entrar al baile; doce reales en unos 
guantes blancos de cabritilla; dos reales en que le 
placharan el sombrero, que no puede ocultar ya su 
antigüedad; un real en que le lavaran ese pantalón 
blanco, con que viene desafiando al frió, porque 
no tiene otro mas adecuado á la estación; y real 
y medio en que les dieran bola á las- botas, y le 
cosieran una que estaba ya rota. En su casa 
amanecerán sin blanca, y para el desayuno habrá 
tal vez que empeñar hasta las sábanas de la cama; 
pero no importa, esta buena alhaja habrá tenido 
el gusto de asistir al baile de máscara. 

Pachito Sonaja hubiera arremetido de buena 
gana con el parlanchín: mas el temor de ponerse 
mas en ridículo lo hizo desistir de tal idea, y adop- 
tó como el mejor partido posible el de alejarse y 
perderse entre la concurrencia. 

— :Ya se fué Pachito, esclamó el nigromante: 
afortunadamente aquí nos ha dejado el reverso 
de la medalla, y señalaba á un hombre como de 
unos cincuenta años, de anteojos azules y nariz 
de garabato. 

Acerqúese vd. acá, Sr. D. Alejandro de la Ga- 
beta. Aquí tenéis, caballeros, al tipo de la ava- 
ricia. D. Alejandro es dueño de mas de quinien- 
tos mil pesos; pero es tan mezquino, que á sus dos 
hijas, jóvenes de quince y diez ocho y años, no las 
lleva jamas ^1 teatro, ni a una tertulia, ni á uu 



232 



LA FLOR DE GRANADA. 



paseo, por no gastar un peso. Todo el día le ro- 
garon hoy para qne las trajera á las máscaras, 
sin poderlo conseguir. Y si él ha venido, es por- 
que lo ha hecho de balde. Supo que un amigo 
pensaba retirarse temprano, y lo estuvo esperan- 
do allí afuera, para que le regalara su boleto. 
Ademas, ya lo veis; el Sr. de la Grabeta no trae 
un trage decente, ni siquiera guantes, en una no- 
che como esta. Se está muriendo de hambre; 
pero no cenará, si no encuentra algún caritativo 
Anfitrión que lo convide. ^ 

Las carcajadas de los oyentes acabaron de des- 
concertar al bueno de D. Alejandro, que apenas 
podia articular unos sonidos inarticulados, seme- 
jantes al zumbido de un moscón. 

Las proezas del nigromante pronto se supieron 
en toda la sala. Divulgóse que sabia la vida y 
milagros del mundo entero; y como "la verdad 
desnuda," es cosa que no hace muy buen estóma- 
go á los que tienen ciertos pecadillos de que acu- 
sarse, los temerosos de un desaguisado se escabu- 
llían precipitadamente en cuanto descubrían al 
terrible máscara, y deeian a cuantos encontraban 
al paso, que no cabia duda en que Satanás estaba 
en el baile. 

y. 

UN CUARTO DE HORA DE AMOR. 

El nigromante vio su relox, y advirtió triste- 
mente que eran los tres cuartos para las dos de 
la mañana. Acababa de distinguir entre la mul- 
titud á un joven en quien fijó sus ojos con com- 
placencia, con ternura. Atreviéndose á pasar 
hasta donde aquel se encontraba, se llegó á su 
lado para contemplarlo mas de cerca. 

El joven era alto, delgado, de color pálido, y 
ojos grandes, de mirar espresivo. Estaba vesti- 
do con aseo y elegancia, pero sin afectación. En 
su fisonomía se notaba un tinte de melancolía,- 
que lo hacia mas agradable. 

— Grracias á Dios, dijo el Nigromante: después 
de haber encontrado tanto corazón pervertido, 
tanta alma gastada, es una positiva ventura dar 
con un hombre como tú. Poseo el don de cono- 
cer los sentimientos mas íntimos de la persona 
con quien hablo: nadie puede engañarme con fal- 
sas apariencias. Pues bien: con inefable pla- 
cer descubro en tí las cualidades mas apreciables, 
las prendas de mas estima y valor. ¡Dichosa la 
muger, interesante Eugenio, que haga palpitar 
de amor tu corazón! ¡Dichosa mil veces la que 
un solo momento te estreche con delicia entre sus 
brazos contra su seno! 



Al escuchar aquellas dulces palabras, Eugenio 
se ruborizó, dando las gracias con modestia. 

El nigromante lo tomó del brazo, atravesó por 
entre la curiosa concurrencia, y sacó al joven á la 
calle. En cuanto estuvieron solos, arrojó su dis- 
fraz, se quitó la careta, apareciendo ante los ojos 
de Eugenio como una joven de una^hermosura tan 
celestial, que no se podia verla sin admiración. 

— Yo no soy lo que parezco, Eugenio: ese tra- 
ge encubría mi secso: soy una joven que nunca 
he amado, que esta noche por primera vez he sen- 
tido encenderse en mi pecho una pasión devora- 
dora, al descubrir en tí, gracias ál poder de que 
estoy revestida, un corazón tierno, tan sensible, 
tan bien formado. Ámame como yo á tí, Euge- 
nio mió; y nuestra vida será el emblema de la fe- 
licidad. 

La pobre Grranadita olvidaba que esa vida, de 
tan corta duración, debia estinguirse para siem- 
pre, dentro de muy pocos momentos. . . . 

VI. 

LAS DOS DE LA MAÑANA. 

Eugenio estaba como fuera de sí. La belleza 
sin igual de la joven, la animación de sus pala- 
bras, la ternura que se notaba en sus ojos, lo ha- 
blan conmovido pofundamente. Entusiasmado á 
su vez, juró eterno amor á su preciosa desconoci- 
da; y un ardiente beso, beso que valia un mundo, 
puso el sello á aquella unión misteriosa é intere- 
sante. Pero en este momento la sonora campana 
de la Catedral dio las dos de la mañana: Grrana- 
dita sintió que una mano fria tocaba la suya, y le 
arrastraba, sin poderse resistir. ¡Comprendiólo 
que era, y cayó desmayada! . . . 

Eugenio, sin saber cómo, vio con desesperación 
que su amada había desaparecido de entre sus 
brazos. 

VIL 

CONCLUSIÓN. 

Grranadita volvió en sí en la estancia de la En- 
cantadora, 

—Mucho has abasado del poder que te confe- 
rí, le dijo ésta; pero el recuerdo de lo que acabas 
de sufrir será un castigo bastante severo de tus 
faltas 

Grranadita volvió al jardin: en sus ratos de buen 
humor contaba á sus compañeras, las infinitas 
aventuras de aquella memorable noche; pero lo 
que nunca confió á ninguna, fué aquel ensueño 
pasagero de amor y de felicidad; y cuando en sus 
horas de tristeza, que eran muy frecuentes, 
traia á la memoria á su Eugenio, y el delicioso 
beso que mutuamente se dieron, se cubria de ese 
vivísimo color rojo que da tanta belleza á 

¡¡LA FLOR DEL GRANADO!! 









YoLAD, horas de amor y de consuelo, 
Que constantes vivís en la memoria, 
Momentos de una dicha transitoria 
Que fiera realidad desbarató. 
jAh! Si volvierais, á mi hermosa Laura, 
Cual otro tiempo amante adoraria, 
Y la pena feroz olvidarla 
Que el triste corazón despadazó. . 



A mirarte tornara en mis ensueños. 
Cual otro tiempo, tierna y cariñosa; 

Y al terminar la noche silenciosa 
Su imagen contemplara al despertar. 
Fuera á pedirla su mirada ardiente, 
Una sonrisa de sus labios rojos, 

Y feliz olvidando mis enojos. 
En su seno el placer feliz hallar. 



¡Cuánto fuera dichoso, amada mia, 
Buscando junto á tí la paz del alma, 
O del desierto en la profunda calma 
O en el seno de adusta soledad! 
Viéramos inclinar hacia- el Ocaso, 
Del astro de la luz la escelsa frente, 
Y levantarse en el lejano Oriente 
La virgen de la noche celestial. 



"Viviéramos felices: así c racen 
Libradas del furor de la tormenta 
Algunas flores que el desierto ostenta, 
Y lo embalsaman con su grato olor. 



Así de los mortales ignoradas 
Están las perlas en el hondo Océano, 
Sin que del hombre la atrevida mano 
Las robe á su palacio de cristal. 



A tu lado las horas se deslizan, 
Grratas como los sueños de ventura; 
Pero lejos de tí, son de amargura, 
Y agobian con su peso el corazón. 
Porque es tu acento como el aura suave, 
Que entre el ramage indiferente gira, 
Dulce como del ave que suspira, 
O que canta su férvida pasión. 



¡Oh! ¡Cuántas veces al mirar tus gracias, 
De lágrimas mis ojos se llenaron, 

Y ardorosos mis labios pronunciaron 
Mil juramentos de sincero amor! 

Y ¡cuántas veces, del dolor huyendo 

Y logrando romper sus fuertes lazos. 
Corrí á buscar entre tus tiernos brazos 
Una egida segura á su furor! 



Y lograba encontrar paz y consuelo; 
Mi agitación calmaba tu ternura, 

Y en tu regazo de feliz ventura, 
Pude un sueño pacífico dormir. 
¡Sueño feliz! si eterno hubieras sido, 
Por una eternidad yo dormirla, 

Y soñando contigo pasaría 
Estas horas del lúgubre vivir. 



234 



A LAUKA. 



Mas ¡oh! delirios, no, no me arrebatan 
En alas de la ardiente fantasía, 
A esa región dichosa de alegría, 
A esa mansión que nunca pisaré. 
Haced que los recuerdos de otros dias 
Se pierdan en lo vago de mi sueño, 
Y del olvido un mágico beleño 
Encubra lo pasado, lo que fué. 



Que es necio delirar: tan bellas horas 
No volverán jamas, , olvido triste! 
Que Laura, para mí, Laura no ecsiste; 
Ingrata y engañosa me olvidó. 



Un horrible deber ya me separa 
De la muger que me inspirara encanto, 
De la muger con que soñara tanto. 
Por quien mi lira al mundo despertó. 

¡Ay! Las horas de amor y de consuelo 
Que constantes están én la memoria. 
Fueran horas de dicha transitoria, 
Que jamás á halagarme tornarán. 
¡Ah! Si volvieran, á mi tierna Laura, 
Cual otro tiempo, amar ya no podria . . , 
El tormento feroz me matarla .... 
¡Lejos de ella mis horas pasarán! 



Febrero 16 de 49.— i. G. O. 

(Escrita para el Álbum). 



liiiijiiiiiiiii liiiiiiiii^illl'liiii. '^'"iiji"' /¡ii'iiiiiil 



liüiliiiíi miiu liiiii 



lüíilLi liuiliiliii i!¡{illlr\!¡lli'i:¡>illllilli¡i( 'lliliiüüüir liililllliiliimmiíilil'' ciiííiliia cililllllll 



[llilllillllllillíiüímíllil" liiíllllill liiillllllllül' 



— Beso á vd. los pies, mi señora Doña Úrsula 
Tris-Tras. Llega vd. á tiempo: ahora sí me 
cuenta vd. aquella historia del jovenzuelo que en 
el último Carnaval. . . . 

— Otro dia será, hijo mió, que no hay plazo que 
no se llegue ni deuda que no se cumpla, y estoy 
como quien dice en ascuas, y con la soga al cue- 
llo. . . . 

— Pero. ... 

No hay pero que valga: estoy acabadita de 

mudar, que es como decir atacada de apoplegía. 

— ¿Es posible? 

Si vd., solterón, si vd. que echándose su ca- 
pa al cuello, puede decir: "Yo soy mi blanco pa- 
lomo; yo me lo guiso y yo me lo como;" si vd. su- 
piese lo que es esto, entre los que estamos en si 
caigo ó no caigo, frente al brasero, entonces sí es- 
cribirla tomos que harian reir al mismo diablo, si 
es sugeto de buen gusto. 

Vamos, dígame vd. lo que ha pasado. 

Pues señor, no diré cosas de vacas ni barra- 
cas ni pintaré lo de Pititip y Patatan; pero una 
mudada saca canas verdes, y bien dijo aquel que 
dijo que equivalen dos mudadas á un incendio. 

Por partes, mi señora Doña Úrsula. 



Arrellenóse mi obesa matrona; dejó derribar su 
rebozo sobre su carnudo cerviguillo; dejó al des- 
cubierto una cabellera rosilla, como diria un ca- 
ballerango; tosió, y preparóse para su narración. 

Es de saber que Doña .Úrsula es toda una mu- 
ger de gobierno, de esas que llevan el peso de la 
casa y que se amarran las enaguas, de esas que 
tienen un marido nervioso y literario, que ni sue- 
na ni truena, y ellas tratan y contratan; regañan, 
y si hay ladrones, son capaces de empuñar una 
carabina, mientras el consorte, poder moderador 
y pacífico, se contenta con esclamar entre risa y 
entre enfados: "¡Qué terrible es mi muger!" 

Doña Úrsula comenzó: 

—"Desesperada con la molesta casa en que es- 
tábamos, como tres en un zapato; salimos, como 
ratas por tirante, á buscar casa, que ya va siendo 
cosa de buscar un gato en un garbanzal, y de pe- 
dir peras ai olmo. Pero como mi costilla sabe 
que á la muger y á la cabra, soga larga, á la me- 
jor de espadas, y como quien dice de manos á bo- 
ca, me encontré mi grano de oro, y fuíme á ver 
al casero. 

"No mentando partes, ¿me da vd. cosa mas an- 
tisocial que un casero? Es cosa de hablarles con 



UNA MUDADA. 



235 



memorial y de sufrir con ellos las penas de San 
Patricio. 

"Si es mayordomo de monjas, mojigato y re- 
zandero, con tres ó cuatro frailecitos de amigos, 
es cosa de andar á salto de mata por sacristías y 
tornos de religiosas, buscando un empeño y ha- 
ciéndose lenguas en favor del siervo de Dios: si 
es profano, entonces, ó rico de última moda, de 
estos que ayer tenian la clueca y la ponedora, y 
hoy parece que no los merece la tierra, dan valor 
á la dependencia, haciendo esperar, y remitiéndo- 
lo á uno con la casera, que es como secretaria de 
semejantes señores. 

"En que fué y que vino, va vd. á ver á la ca- 
sera: penetra en una casa de vecindad, en que le 
ladran cien perros, le aforan veinte vecinos, y en 
que á la señiá Matiana se encuentra como por 
encantamiento. 

"Grustó la casa, y fui con una espina en un ojo 
á tratar de los negocios de fianza. — D. Prudencio 
Azafrancillo. — No me conviene, señora. — Es bue- 
na firma. — Este es un señor que casó con una ri- 
ca, y de ahí le viene; pero están ahora divorcia- 
dos, y quién sabe. . . . — ¿Y Amadeo Bandolina? 
— ¡Oh! ¡oh! — El marido, ó qué sé yo lo que es, de 
la modista Rigoleta. — No me conviene. — Y así fui 
diciendo y él sabiendo las vidas y milagros de 
todos mis fiadores, como quien los tiene en la 
punta de los dedos. Eché entonces el pecho al 
agua, y le propuse uno de estos copetones. Mi 
hombre no dijo pió, ni oste ni moste, y me dio una 
fianza en blanco, que podia arder en un candil, y 
en que el fiador se compromete á no comer pan 
á manteles hasta que escupa el fiado el último 
medio; así podia quedarse, como quien dice, en 
las cuatro esquinas. 

"Ya con mi fianza, contenta como si fuera em- 
pleado que hubiera sacado una orden de paga ín- 
tegra, dirigíme á la casera, que si quieres ver un 
ruin, dale un cargo, y al que no está hecho á bra- 
gas, las costuras le hacen llagas, me gruñó, me vio 
de reojo, me escupió por el colmillo, y todo por- 
que habia gato encerrado, y le habia untado la 
mano otro pretendientillo de la casa. 

"Ya en posesión, vi el cielo abierto, y la alma 
se me volvió al cuerpo: agencié la renta adelan- 
tada, y dije': "Al mal paso darle prisa." 

"En un abrir y cerrar de ojos, y en menos que 
canta un gallo, mandé recado á mis primas las 
queretanas, que así son para un barrido como pa- 
ra un fregado, y á mi compadre, que es hombre 



de pelo en pecho, y que sabe dónde le aprieta el 
zapato. 

"Distribuí mi gente, que aquel que parte y re- 
parte, le toca la mejor parte, y fueron mis primas 
á la casa nueva; mi compadre con los criados á 
ajustar los cargadores, y mis niñas y yo queda- 
mos en la casa enviando los viages. Vd. sabe, 
señor Fidel, que entre muchos oficiales pronto se 
acaba la obra, y una mano lava la otra y las dos 
limpian la cara. 

Es cierto aquello de: Dios y hombre; pero co- 
mo no hay peor sordo, ya vd. me entiende, mi 
marido se echó con las petacas, tal es de bendito, 
y se metió á arreglar sus papeles y sus libros, que 
me claven en la frente lo que le producen, y dejó 
rodar el mundo. Esto de tener los calzones es 
mucho cuento, porque al fin y al postre, la mu- 
ger y la gallina, por andar se pierden ahina. 

La comida la fueron á hacer en la casa nueva: 
los cargadores penetraron por todas las piezas, 
armando la de Dios es Cristo, y poniendo la casa 
como un baratillo: las mozas y los criados, en al- 
gazara tremenda, entraban y sallan, y los amigos 
que me fueron a ayudar con sus manos lavadas, 
de todo disponían, y no dejaban estaca en pared. 

"Yo toda me volvia cabeza. En esto que Piti- 
tín, póngalo vd. por arriba, póngalo vd. por aba- 
jo. — A sacar la ropa en un circulo de amigos. — 
¡Ay, qué túnico! este ya no te sirve. — ¿Este es el 
tápalo que te dio tu compadre? — Picarona, ¿cómo 
no decias que tenias este corte, del negocito que 
hizo tu D. Panfilo? — Es tan bueno. . . . — Señora! 
¿dónde se pone este barril? — No me lo ha de po- 
ner vd. en el oido. — Alto! ¡Alto! ¿dónde van mis 
Dulces Nombres? — Salvage, inclínese vd. . , . Ma- 
masita, nuestros mirriñaques. — Hijas, señores, no 
se ganó Zamora en una hora. No es puñalada 
de picaro. 

"¡Qué balumba! los plumeros enarbolados en lo 
alto, los envoltorios sembrados por los suelos; ro- 
dando los trastos, y mis hijas ardiendo de que 
salieran á luz muebles viejos, y pobrezas que al fin 
no es uno el conde Barveo, ni el rey de Francia, 
pues. . . . 

"Mi marido atascado hasta la nariz, enti*e ca- 
mas desarmadas, entre sillas en desorden, tenates, 
botes y trastos, andaba desorientado tras un cua- 
derno de hacienda, y su guia de forasteros, y su 
tomo quinto del Periquillo. Ahora que digo Pe- 
riquillo, el perico estaba como tonto en vísperas 
y á mi chacha se le podian tostar habas. 

"Doña Nemesia, que es mi mano derecha, y una 



235 



UNA MUDADA. 



señora de fiar, me enviaba el cristal y loza y mis 
Santos Peregrinos, y las cosas del nacimiento, que 
son las niñas de mis ojos. 

"Salian, iban, venian, reian todos, y como cuan- 
do menos se piensa salta la liebre, á la mejor 
jzas! un pié de una mesa se rompe, se hace asti- 
llas mi ternito, y se vuelve relojo la coronita de 
plata de mi Dolorosa. Ya sé, nada valia un co- 
mino, ni eran las perlas de la Virgen del Rosa- 
rio; pero aquello no estaba en el orden y cada 
cual tiene sus cosas. 

"Hubo una pausa: á almorzar. — Reunímonos 
en la casa nueva: estos se sientan en un banco, 
aquellos en el suelo; todo era como intempestivo, 
como campestre: babia parejas que se estraviaban 
viendo las caras de mis hijos, corrían por todas 
partes y estaban mis angelitos en sus glorias. 

"Las muchachas, que sabe vd. que están pin- 
tando en el ocho, hubieran querido meterse deba- 
jo de la tierra, al pasar á ios cuatro vientos sus 
buyarengues, al preguntar alguna curiosa ¿qué es 
esto? señalando la cascarilla ó la peluca vieja de 
su padre, que ya no está para gentes. 

"Vuelta á los viages y á la comida, y al rejue- 
go; es sabido, que á rio revuelto ganancia de pes- 
cadores, y que solo al ojo del amo engorda el ca- 
ballo, y que el que quiera tienda que atienda, y 
á lo tuyo tú; pero como solo Dios está en todas 
partes, y en el mejor paño cae la mancha, mis pri- 
mas se hicieron de la vista gorda, se entretuvie- 
ron con las visitas, y como no se puede á un tiem- 
po cargar la cruz y llevar al muerto, sucedieron 
rail cotingencias. 

"Mi marido quedó que no le calentaba el sol por 
haber perdido no sé que noticia de Revillagige- 
do, y un retrato en cera de un hermano, hecho 
por Rodríguez; divino según él, porque cada vie- 
jecito alaba su bordoncito. 

"La noche fué horrorosa, porque como el hom- 
bre es el que pone y Dios es el que dispone, aun- 
que nadie diga de esta agua no beberé, tuvimos 
muchos convidados, hubo camas redondas y to- 
dos dormimos en el suelo, porque estaban tras- 
conejados los tornillos de las camas, habilitando 
algunos cojines de sofaes y de almohadas; tal ami- 
guita, eligiendo su amiguita para dormir, yo en me- 
dio de dos pimpollos, y mi Panfilo, como posda- 
ta, á los pies de mi lecho, como una especie de no- 
ta en estado de corte de caja, de los que él hace. 

"Mis hijas están, que no se les puede decir, qué 
lindos ojos, ni esta boca es mia; porque dizque Pe- 
pito Albayalde rie con los nichos de San Justo y 



San Pastor, y los muebles de damasco de la últi- 
ma recámara fueron objetos de sus sátiras, aun- 
que cada uno tiene lo que Dios le da, estiende los 
pies hasta donde la ropa alcanza, y se porta se- 
gún sus proporciones. 

"Ahora nada gusta á mis hijas, nadie está con- 
tento con su suerte; hoy han visto mis hijas que 
la cerda de los sofaes se ha saltado, y están en 
pretensiones para que se pinten arcos góticos en 
la sala y se alisten unas cortinitas en los balco- 
nes. Pero como muchos cabos hacen un cirio 
pascual, Panfilo resiste, porque al fin no tiene 
la casa de moneda á su disposición, 

"En casa lo he .dejado, pluma en ristre, haciendo 
una lista de lo mas necesario, según mis hijas; lo 
mas necesario, son tocadorcitos con mármol, y si- 
llas de madera de rosa, y un confidente como el 
de la ex-condesa H***: están en la edad en que se 
cree que todo el monte es orégano, y no han vis- 
to las orejas al lobo, para hablar como Dios manda. 

"Panfilo sisa ellas aumentan y vendrán á ha- 
cer cera y pábilo de mi hombre, que se sale de 
misa por dar gusto, y es lo que se llama un ángel. 

"Yo me salí, por aquello de que ojos que no ven, 
corazón que no siente; el mejor de los medios pa- 
ra las malas ocasiones, es huirlas, y no quiero que 
digan mañana, que fué vieja y no se coció, ni que 
echó los trastes por la ventana; y para hacer de 
un avío dos mandados, ó lo que es lo mismo, 
para matar dos pájaros con un tiro, vine á dar á 
vd. parte de nuestra casa, en persona, para que no 
alegue vd. que mi afecto son tortas de pan pin- 
tadas. 

"Ahora sigue eso de los recados; que no se en- 
vié hasta que no se asee, y sigue también, como 
de colada, y porque viene á cuento, aquello de: si 
avisa vd. á fulano, que no nos hace caso; á suta- 
nita para que nos venga á poner mala cara; á la 
tia H * * * para que nos devore con sus miradas 
de envidia nuestro ropero, y diga que donde llo- 
ran está el muerto, y ande vd. en procesión per- 
petua todas las noches, precedida de sus hijitos, 
que conducen las velas, diciendo: esta es la sala- 
aquí tiene vd. nuestra recámara, esa otra recá: 
mará es de las muchachas: ¡ay! no vea vd. mi ca- 
ma: no está para gentes. ... no han traido las cor- 
tinas, y vean el comedor y la cocina, donde no 
obstante el lujo de la sala, se confecciona el con- 
sabido mole y los frijoles, que denuncian que 
no es oro todo lo que reluce; que no está uno 
en los cuernos de la luna, ni tiene al rey de las 
orejas. . . . 

"Conque con esta y un bizcocho, quede vd. con 
Dios, Sr. Fidel." 

— Mi señora, á los pies de vd.,y no me escasee 
sus visitas, que yo, por mi parte, le prometo fre- 
cuentar su amable trato, y dar á entender al pú- 
blico que hemos nacido el uno para el otro, y que 
en vd. me he encontrado mi media naranja. — 

Fidel. 



Ya se acerca la noche pavorosa; 
El sacro bronce invita á la oración; 
Va á perderse en la selva silenciosa 
De la plegaria el misterioso son. 

Va muriendo por grados el ruido; 
Queda en callada calma la ciudad; 
Y del torrente el bramador rugido 
Solo turba la augusta soledad. 

Ya las aves nocturnas van cruzando, 
Sus retirados nidos á buscar, 
Entre las sombras rápidas vagando; 
Solo el eco responde á su graznar. 

Mudo esta escena sepulcral contemplo; 
Se goza en su quietud el corazón; 
Mientras de hinojos, en cercano templo, 
Las vírgenes entonan su oración. 

Presto en profunda calma, misteriosa. 
Queda la tierra, el bronce sin sonar; 
Ni cruza el ave; de la religiosa 
Ya no se escucha el místico cantar. 

Todo reposa; solo yo vagando. 
Con mis tristes recuerdos de dolor. 
El solitario valle atravesando, 
Busco en la noche un ser consolador. 

Mas su silencio, las inciertas sombras 
Que en derredor de mí siento girar, 
TOM, I. XI 



Me llena de pavor: "¿Por qué te asombras?" 
Dice una horrenda voz que hace temblar. 

¡Es la voz del dolor! la que en mis sueños 
Con mano helada viene á interrumpir 
Dulces momentos, plácidos, risueños, 
Que me abrian un grato porvenir. 

Los ayes que me arranca la amargura 
Van en las mansas auras á espirar, 

Y solo de la selva en la espesura 
Se oye el eco mis voces remedar, 

¿Quién cual yo es desgraciado? "Desgraciado." 
Repite en la caverna el eco fiel. 
¿Viviré atormentado? "Atormentado." 
Bepíteme otra vez el eco cruel. 

¿La belleza que amaba con el alma, 
Sus tiernos juramentes olvidó? 
"Olvidó," dice el eco; y todo en calma 

Y en silencio pacífico quedó . . . , 

En tanto el sol, por el rosado Oriente 
Dejó mirar su disco brillador; 

Y huyendo yo la soledad, doliente. 
Corrí á ocultar mi pena y mi dolor. 

Febrero 1. ® de 1849. 

L. G. O. 

(Escrita para el Álbum). 



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San Miguel de Cozumel es una isla del mar 
de las Antillas, cercana á la, costa oriental de 
la península de Yucatán, de la que dista cuatro 
leguas. Tiene de largo de doce á catorce y 
cuatro ó cinco de ancho. Su latitud Norte es 
de 20 ° 30' y su longitud Oeste 83 ° 2?!. 

Esta isla se lia hecho notable en la época an- 
terior á la conquista, por su influencia religiosa 
en todas las costas cercanas. No lo ha sido me- 
nos en la época del descubrimiento del continen- 
te, por las relaciones de Fernandez de Córdoba, 
de Grijalba y de Cortés. Y finalmente, después 
de la conquista ha llamado la atención, porque 
siendo el primer punto que ocuparon los españo- 
les, uno de los mas poblados, y cuyas calles, edifi- 
cios y construcciones presentaron desde luego la 
idea de un pueblo antiguo y civilizado: su destruc- 
ción ha sido la mas completa, y su despoblación 
tan estrema, que ha llegado á quedar completa- 
mente desierta: sin embargo, en estos últimos años 
ha merecido las curiosas imvestigaciones de al- 
gunos viageros, tan ilustrados como M. Stephens. 

Los padres Lizama y Cogolludo, que son los 
primeros, y acaso los mas minuciosos historiado- 
res de Yucatán, aseguran que en lo antiguo la is- 
la se llamaba Acuzamil, porque en su centro se 
encontraba tin gran santuario, á donde venían en 
peregrinación, no solo los habitantes de toda la pe- 
nínsula, sino los de Tabasco, Chiapas y Gruatema- 
la, á cuyo efecto habian construido dilatadas cal- 
zadas y sólidos caminos; siendo el mas notable 
uno que se dirigía desde el pié de la pirámide 
principal hasta el mar, para que sin riesgo de 
perderse, como dice Cogolludo, llegasen al templo 
á cumplir sus promesas, á tributar sus ofrendas, 
á hacer sus sacrificios; á pedir el remedio á 
sus necesidades, ó ha consultar los oráculos de 
^us deidades f^lsai. Entre las tradiciones con- 



servadas á la época de la conquista, apenas me- 
recen mencionarse una que otra, pues la invero- 
similijtud del resto haria iníitíl y fastidiosa cual- 
quiera relación. 

Se habla de un convento de monjas, del que 
nunca querían salir, permaneciendo vírgenes, y 
cuyos retratos ó estatuas, que se conservaban des. 
pues de su muerte, llegaban á ser adoradas como 
diosas, y aun se conservaba el nombre Zuhuy 
Kok, esto es, fuego virgen, á la que estaban enco- 
mendadas las educandas de aquel monasterio, y 
á la que ofrecían sus sacrificios. 

Adoraban por dioses á sus reyes difuntos, sien- 
do los mas notables el de la guerra, que se distin- 
guía por una flecha, y se llamaba Ahhulané ó 
Akhulneb, y el patrón principal del gran templo, 
cuya visita causaba la peregrinación hasta aque- 
lla isla. Se dice que era muy distinto de todos 
los demás, y de una figura estraña, de enorme ta- 
maño, de barro cocido, hueco y pegado á la pared 
con cal. A sus espaldas había una especie de 
sacristía, con una pequeña puerta oculta, por don- 
de entraba alguno de los sacerdotes, y desde allí 
respondía á las preguntas y demandas que le di- 
rigían los peregrinos. Creían los miserables alu- 
cinados, dice Cogolludo, que el ídolo les hablaba, 
y no dudaban de lo que les decía, por lo que lo 
veneraban mas que á los otros, le hacían cuantio- 
sas ofrendas, y le sacrificaban aves, perros, y aun 
á veces hombres, siendo muy grande el concur- 
so de todas partes, y la multitud de los que ve- 
nían á consultarle y á solicitar remedio en sus 
afiiccíones y cuidados. 

Cozumel hace un papel muy importante en la 
época de la conquista. Poco podríamos decir de 
los descubrimientos de Colon y de Córdoba, que 
pisó aquella isla, conducido por el piloto Juan 
Alaminos, en 1517, el que ya había acompañado 



LA ISLA DE COZUMEL. 



239 



á Colon en su cuarto viage, cuando reconoció la 
isla de Gruanaja; pero sí podríamos decir mucho 
sobre el Yiage de Juan de G-rijalva, capitán gene- 
ral de lá flota del rey de España, habilitada por 
D. Diego Velazquez, publicado en italiano en Ve- 
necia, en 1522, y después en francés por los Sres. 
Ternaux Compues en su Colección de viages y 
relaciones de América, en el tomo décimo; y lo 
mismo del de Hernán Cortés, si los límites de 
este artículo nos lo permitiesen. 

Diremos solamente, sobre su estado actual, al- 
go de lo que refiere el célebre viagero M. Ste- 
pehns, quien dice que el primer objeto que lla- 
mó su atención en Cozumel, fué una fuente de 
agua pura y cristalina, cuya construcción denota 
desde luego su antigüedad, é indica bastante ha- 
ber sido obra de las mismas manos que constru- 
yeron la antigua ciudad de Uxmal. La fuente 
se encuentra en una gruta ó caverna, con su bó- 
veda y correspondiente cúpula, mas ancha á la 
entrada que en el interior. 

A primera vista se notan los restos de muchas 
construcciones de oratorios ó templos, siendo la 
pirámide principal^ el objeto de los cultos, y el 
término de la peregrinación de los antiguos ha- 
bitantes de todo Yucatán, para los que, como Ro- 
ma con respecto á los cristianos, era su orbe ca- 
tólico. 

En medio de una vegetación ecshuberante de 
árboles seculares, se advierten todavía muchos 
vestigios de la antigua población. Uno de ellos 
se ve á cerca de doscientos pies de la playa, por 
encima de los árboles de los bosques que se acer- 
can á la costa. Es una pirámide situada sobre 
un terraplén, con escaleras á los cuatro lados, y 
cuya base es de diez y seis pies cuadrados; tiene 
cuatro puertas que miran á los cuatro puntos car- 
dinales. El esterior es de piedra labrada, y se 
conoce que estaba cubierto de estuco y ador- 
nado de pinturas, cuyos vestigios se ven todavía. 
Las puertas dirigen en el centro, por un cor- 
redor estrecho de veinte pulgadas, á un cuarto 
de ocho pies y seis pulgadas de largo, con cinco 
pies de ancho. 

A seiscientos pies de la playa se encuentra otro 
edificio levantado encima de un terraplén, y so- 
bre él una pieza de veinte pies de frente y dos 
varas diez pulgadas de profundidad; tiene dos 
puertas y una pared atrás de siete pies de espe-. 
sor. Hasta la bóbeda, que es triangular, hay tres 
varas y media de altura. Sobre las paredes se 
reconocen también vestigios de pinturas. 



En la parte mas espesa de la selva, detras de 
los edificios mencionados, hay otra ruina no me- 
nos interesante. Es una iglesia construida des- 
pués de la llegada de los españoles: su largo es de 
doscientos pies, y su ancho de setenta. La pa- 
red del frente ha caido enteramente; pero las do 
los lados conservan todavía la altura de siete va- 
ras. Queda también alguna parte de la obra de 
yeso y á lo largo una línea de adornos pintados. 
La parte interior está llena de las ruinas, de las 
bóbedas y cubierta de zarzales: un árbol ha creci- 
do enmedio del altar mayor, y todo presenta una 
escena de lamentable destrucción. La historia 
de esta iglesia no es menos oscura que la de los 
templos arruinados, ó cues (de la palabra ma- 
ya cu, que significa Dios) cuyo culto suplantó. 
Cuándo se edificó, y por qué se abandonó, como 
también su verdadera ecsistencia, son cosas que 
enteramente se ignoran, pues no hay memoria ni 
tradición alguna, y seria infructuosa hoy cual- 
quiera tentativa para investigar su historia, no 
quedando sino la idea de la vanidad de las em- 
presas humanas, y de la ignorancia de los conquis- 
tadores acerca del valor de las regiones descubier- 
tas en América. 

Cogolludo solo encontró la tradición de que en 
Cozumel estaba el supremo santuario, á donde no 
solo los moradores de esta isla, sino los de tierras 
muy distantes, coucurrian á la adoración de los 
ídolos que en ella veneraban; lo que comprueba 
con los vestigios de las calzadas que atraviesan 
no solo á Cozumel, sino a todo Yucatán, siendo 
muy notable la que llega; hasta la playa del mar, 
por el punto donde un brazo de él divide á esta 
isla de la península de Yucatán. En otra parte 
dice: "Estas calzadas eran como caminos reales, 
que guiaban sin recelo de perderse en ellos, para 
llegar á Cozumel, al cumplimiento de sus prome- 
sas, á las ofrendas de sus saci-ificios, á pedir el 
remedio de sus necesidades, y á la errada adora- 
ción de sus dioses fingidos." 

Cozumel, finalmente, se ha hecho célebre por el 
descubrimiento que hicieron los conquistadores 
en el espresado santuario, de una cruz de piedra, 
que ocupa en los anales de Cogolludo y de Liza- 
ma, muchos capítulos. Esta cruz se encuentra 
ahora en el convento de franciscanos, llamado la 
Mejorada, en Mérida, capital de Yucatán, á don- 
de fué conducida probablemente por algún piado- 
so religioso, cuando se despobló esta hermosa isla. 
Isidro E. G-okdiia. 

(Escrita pai-a el Álbum. 






^ 



^á^ 





Es Raquel, la mas graciosa 
Pastorcilla que han mirado 
De Haram la vega frondosaj 
La pradera deleitosa 

Y el alegre fértil prado, 

De un arroyo cristalino 
En la blanda y fresca orilla 
Sentada, imitaba el trino 

Y el canto suave, divino. 
De la inocente avecilla. 

En tanto que su ganado 
Pacer se ve cerca de ella. 
Su vista en torno ha mirado. 
Que de su pastor amado 
Piensa descubrir la huella. 

De marfil la frente hermosa 
Con la mano sostenía, 

Y en la otra mano la rosa 
Que allí se ostenta olorosa, 
Pensativa recogía. 

Aquella virgen modesta, 
Que recoge frescas flores 
En el rigor de la siesta, 
Piensa solo en sus amores. 
En medio de la floresta. 



Raquel, su intenso dolor 
En la alfombra de esmeralda 
Alimenta á su sabor, 
Y prepara á su pastor 
De rosas una guirnalda. 

De repente escucha un ruido, 
De la selva en la espesura .... 
Se sobresalta .... ha oido 
Un acento, que escondido, 
La dice así con dulzura: 

LA voz. 

Es un Dios ¡oh pastora! el que contempla 
Ignorado a Raquel encantadora; 
El Dios cuyo poder tu padre adora, 
Que hoy admira en secreto tu beldad. 
Quiero mostrarte mi esplendor, mi gloria, 
Para que me ames, porque yo te adoro: 
De tu ternura el celestial tesoro 
Quiero me dé placer, felicidad. 

RAQUEL. 

Mas yo no puedo, no: no puedo amarte. 
Aun cuando diga la verdad tu labio. 
Poderoso serás; serás muy sabio; 
Serás, si quieres, de mi padre el Dios. 
Pero yo amo á Jacob, pastor hermoso. 
Que me ama con ardor, con toda su alma; 



RAQUEL. 



241 



Tan gallardo y gentil como la palma, 
Tan rubio y hecliicero como el sol. . 



Corresponde mi amor, zagala bella; 
El ósculo de un Dios tan poderoso, 
Es mas suave mil veces, mas sabroso. 
Que el beso de tu rústico pastor. 
La miel que por mis labios se desliza 
Embriaga de placer á los mortales; 
No la tienen mas dulce los panales 
Que coje en la montaña el leñador. 

RAQUEL. 

De Jacob las palabras son mas dulces 
Que el jugo de la vid en el Estío, 
Que el agua clara del corriente rio. 
En los ardares del fulgente sol. 
A él tan solo amaré mientras respire 
De estos vergeles la fragante brisa: 
Es blanda y agradable su sonrisa. 
Cual de la aurora el apacible albor. 



De amor el fuego inestinguible y puro 
Vimos arder desde la vez primera 
Que juntos recorrimos la pradera 

Y contemplamos la anchurosa mar. 
Constancia eterna entonces nos juramos, 

Y desde entonces solo él ha cuidado 
De que pazca en el soto mi ganado 

Y beba de las fuentes el cristal. 

LA VOZ. 

¿Y qué, Raquel, si la menuda arena 
Que ora se mueve en la corriente clara, 
En oro ante tus ojos yo tornara, 
Preferirlas aún á tu pastor? 
¿Si las gotas del candido rocío 
Que cubre en la mañana la pradera, 
En perlas y diamantes convirtiera, 
Despreciaras aún mi ardiente amor? 

RAQUEL. 

¿De qué me sirve el oro? ¿Por ventura, 

Se compra el aire puro que respiro? 

¿Las perlas, los diamentes, el zafiro, 

Son acaso mejores que Jacob? 

El azul y la púrpura del cielo. 

El canto de los dulces ruiseñores, 

El céfiro, el aroma de las flores 

No los encuentro siempre en mi redor? 



¿Al oro debe disfrutar el hombre 
La aguata soledad de selva umbría, 



De las pintadas aves la armonía, 

Y la envidiable paz del corazón? 
Seas quien fueres tú, mira cual crece 
Llena de encantos, de perfumes llena, 
En su tallo la candida azucena. 

Con el rocío, con la luz del sol. 

LA voz. 

Si nunca ha deslumhrado tu pupila, 
Del oro brillador la clara lumbre, 
Amarás, ¡oh Raquel! la dulcedumbre 

Y la cadencia de armoniosa voz. 

Nadie, en cantar, hasta ahora me ha igualado; 
Mi voz imita el bramador torrente. 
El manso ruido de la clara fuente, 

Y el susurro del viento silbador. 

CANCIÓN. 

¡Cómo encanta en el vergel, 

Raquel, 
Ver la rosa purpurina. 
Que asoma su hermosa frente 

En la fuente 
Fresca, pura y cristalina! 



¡Cómo enagena su aroma, 
Mi paloma. 

Voluptuoso los sentidos. 

Que de la siesta en la calma 
Dan al alma 

Encantos indefinidos! 



El murmullo de ese rio, 
Amor mió, 

¿No te dice mi pasión? 

Duérmete pues, adorada. 
Arrullada 

Por mi amorosa canción. 



Oye cuál llena el desierto 
El concierto 

Del gilguero trovador. 

¿Su canto no te revela. 
Mi gacela. 

La intensidad de mi amor? 



Escucha el lánguido aliento 
De ese viento, 

Como el gemido de un niño; 

Si te parece que llora 

Es que implora, 

Para mi amor tu cariño. 



242 



RAQUEli. 



En el carro de la aurora, 
]Víi pastora, 

Yo te haré sentar triunfante: 

Seguirás del sol el giro, 

Si un suspiro 

Concedes solo á tu amante. 



Yo haré que tú en raudo vuelo 

Hasta el cielo 
Llegues en pocos instantes, 

Y á tus pies verás rodar 

Ancho el mar 

Y mil estrellas flotantes. 



Y oirás las harpas de oro 

Con que el coro 

De misteriosos querubes, 

Canta al Dios tres veces Santo, 
Y su canto 

Va á perderse entre los nubes. 



Y escucharás la armonía, 
Virgen mia, 

De los genios celestiales, 

Que al universo enagena 
Y lo llena 

De sus mágicos raudales. 



Nada mi poder iguala. 

Mi zagala, 

Ámame, pues, cual yo te amo, 

Y apagar con fu ternura 

¡Ay! procufa 

Este fuego en que me inflamo. 

RAQUEL. 

Esa misma canción, y aun mas hermosa, 
Me cantaba Jacob el otro dia; 
Sus acentos de mágica, armonía 
Embriagan de placer el corazón. 
Sus palabras son tiernas y apacibles. 
Cual del arroyo el lánguido murmullo. 
Como el triste gemido y el arrullo 
De tórtola que Hora su dolor. 

CANCIÓN. 

"Abre la rosa su encendido pétasld, 
Al soplo de tus labios de coral; 
Nace el narciso y la violeta lívida 
Do se asoma tu frente angelical. 

Tu labio ecshala perfumado bálsamo, 
Supremo bien y envidia del mortal, 
Y es el néctar preciado de los ángeles 



Tu divina sonrisa virginal. 

Sopla en el prado delicioso el zéfiro, 

Y tu negro cabello hace ondear 
Sobre tu seno de marfil, que nítido 
Del lirio ofusca la gentil beldad. 

Tu frente bella, nacarada y púdica 
Es otro cielo con celages mil. 
Donde se mira la encendida púrpura 

Y los matices del florido Abril. 
Lanzas al cielo tu mirada fúlgida, 

Y el iris bello se dibuja en él; 

De tus ojos despréndese una lágrima, 

Y la estrella de amor brillar se vé. 
Ensaya tu garganta dulces cánticos, 

Y tu armoniosa encantadora voz 
Mueve las rocas, las encinas rústicas, 

Y aduerme al tigre y al soberbio león. 
Lloras acaso, y la celeste bóveda, 

De pardas nubes se la ve cubrir; 

Y so la tierra calorosa y árida,. 
Vivificante lluvia cae sutil. 

Asoma á tu semblante justa cólera, 

Y palidece tu divina faz, 

Brilla en el cielo lívido relámpago, 

Y brama luego horrible tempestad." 

Así canta Jacob, y sus cantares 
Han causado ya envidia á los pastores, 

Y las zagalas arden en amores 
Por el mágico encanto de su voz. 

LA VOZ. 

Mas yo soy inmortal, Raquel divina, 

Y el hombre á quien adoras de esa suerte 
Dormirá eterno el sueño de la muerte; 
Mas tú no morirás: dame tu amor. 

RAQUEL. 

La candida virtud, dios que seduces, 

Y el alma, que es tu fúlgido destello. 
De la inmortalidad tienen el sello, 

Y alma y virtudes hay en mi Jacob. 

LA voz. 

Yo enviaré, cruel pastora, á tu- ganado 
Un enjambre de lobos: carniceros, 
Que devoren sangrientos tus corderos. 
Sin que pueda librarlos tu pastor. 

RAQUEL. 

¿Y qué pierdo con eso? ¿No me queda 
Del corazón la calma, por ventura. 
La vida de Jacob y su ternura, 
Que son mi orgullo y mi supremo bien? 



KAQUEL. 



243 



LA VOZ. 

Mas él no te ama ya; cual dios te afirmo 
Que en la Mesopotamia hay mil zagalas 
De hechizos llenas, de hermosura y galas, 

Y acaricia ahora mismo á otra muger. 

RAQUEL. 

De mi Jacob gallardo no sospecho 

Ni temo que se acabe la ternura: 

El mil veces me ha dicho con dulzura 

Que me adora con férvida pasión. 

Siete años que mi padre ha señalado 

(Para cumplirse solo faltan horas) 

Para Jacob han sido siete auroras 

De delicias, de encantos y de amor. 

¡Mas qué has dicho. . . ! ¿Jacob olvidarla 

El fuego de mi pecho ardiente y puro, 

Con su desden hiriéndome perjuro, 

Sin recordar la prometida fé? 

¡Ah! Es imposible. . . . sí, ¿y un dios intenta 

Seducir mi candor á tan vil precio. . . ? 

¡Tú haces que yo te mire con despreciol 

¡Jacob, Jacob, á mi socorro ven! 

LA voz. 
jTü despreciarme! ¡Ah, no! Raquel hermosa, 
Digno soy de tu angélica ternura, 

Y un placer tan inmenso, tal ventura, 
Embriaga mi alma, que creerlo no osa. 



Dice, y se lanza impetuoso, 
Gentil, gallardo y hermoso. 
De Raquel en el regazo: 
Un beso le dá, un abrazo, 
Casi espirando de gozo. 

¿Pero quién es. . . ? Su pastor, 
El objeto de su amor, 
Su Jacob, su bien querido, 
Que entre la selva escondido 
Se gozaba en su candor. 

"Ya no puedo contener. 
Le dice, mas mi placer. 
Mi delirio, mi alegría: 
Tú has llenado, amado mia, 
De dicha todo mi ser.'' 

De la modesta doncella 
La frente púdica y bella 
Se enciende con el rubor. 
Cuando ve que es su pastor, 
Y no un dios, quien la querella. 



De su rostro el colorido. 
Del corazón el latido. 
Su sonrisa encantadora, 
Están diciendo al que adora. 
Que el ardid la ha complacido. 

Una mirada sublime 
En el dios fingido imprime; 
Lo ve tan dulce, tan bello. 
Que los brazos le echa al cuello, 

Y blandamente lo oprime. 

Es el cielo su mansión; 
Ellos dos ángeles son; 

Y gozando mil delicias. 
Se repiten las caricias 
De una inocente pasión. 

Entonces los dos hablaron 
De la fé que se juraron: 
La vega, el agua, las flores. 
Todo les habla de amores, 

Y sus ojos se encontraron. 

Miraban en derredor 
Solo el placer, no el dolor; 

Y su alma ardiente se goza 
En la plática sabrosa 

De su dicha y de su amor. 

Hasta que el sol les avisa, 
Con su luz débil, rojiza. 
Que el horizonte colora. 
Que de volver es la hora 
A su eabaña pajiza. 

Morelia, Febrero 19 de 1849. 

Gabino Ortiz. 
(Escrita para el Albuvi). 



ESPEDIENTE MAQUIAVÉLICO. 

El filósofo Obbes, aunque realista, dedicó un 
libro á Olivier Cromwel, por tener el permiso de 
volver á Inglaterra, y á su regreso le reconvinie- 
ron sus amigos de haber hecho semejante obsequio 
á un hombre como aquel. — Señores, les contestó: 
si cayeseis en un pozo profundo, y el diablo os 
tendiese un pié para sacaros, ¿no os contempla- 
ríais muy felices en poder asiros del demonio? 



'ií'""'!i¡¡|ii ^i"'f''ii'iii8ii'';ííiif'''l¡ii 

l,¡illli lllllliiolJlUliii¡iÍ¡¡¡i¡¡¡íi¡lbilili¡l''li'í¡iilllllll¡i¡IL'iJlllt Giiillliíül i¡iililllliil[¡¡ill¡lllii¡i¡ruiÍIP'''''''illi¡¡im¡ílllll'' *i| 



Señores editores del Alótom. Acabo de leer 
en el Correo de los Estados-Unidos, periódico 
francés que se publica en Nueva- York, corres- 
pondiente al 23 de Enero prócsimo pasado, un ar- 
tículo, el mas notable seguramente que pudiera 
imaginarse sobre antigüedades del pais. Remito á 
vdes. su traducción, por si quisieren publicarlo en 
su periódico, sin darle otro crédito ü autoridad 
que la que puede tener aquel de quien lo be to- 
mado. — Isidro Rafael Goiidra. 

LA OCTAVA MARAVILLA DEL MUNDO. 

Los Sres. Aspingwall, G-aray, y todos los que 
quieren unir los dos Océanos, liarán muy bien en 
no tomarse tanto trabajo para llegar á construir 
caminos de fierro y canales sobre cualquier pun- 
to del Istmo de Panamá, porque ellos llegarian 
muy tarde: la comunicación ecsiste ya y en pro- 
porciones tan colosales, que ninguna compañía 
osaria emprenderla, y ningún ingeniero se atre- 
veria á abordarla. El Correo déla Louisiana^ es 
el que nos da la noticia, aunque con toda reserva. 
La historia, por otra parte es bastante curio- 
sa para dejar de insertarla, y nosotros la damos 
tal como nos ha llegado. 

"Un médico francés, establecido en Verapaz, y 
que reúne al ejercicio de su profesión, la direc- 
ción de vastas propiedades agrícolas, á consecuen- 
cia de algunas escavaciones que emprendió para 
establecer un canal que le facilitase trasportar 
sus frutos á la mar, encontró en el fondo del gol- 
fo de Honduras, la embocadura de un canal mo- 
numental, de setenta y cinco metros de largo, que 
se dirige en línea recta hacia el Sud-este y cuyas 
paredes están construidas de enormes piedras, ta- 
lladas groseramente. Habiendo seguido las dos 
paredes, siempre paralelas en una estension de 



muchas leguas, llegó al pié de las montañas, en 
que arde el volcan llamado del Fuego, y habia pe- 
netrado después de haber cortado algunos árbck 
les gigantescos, que obstruían la entrada, bajo una 
bóveda de cien metros de alto y otros tantos de 
largo, al resto del canal. Nada de las antiguas 
construcciones de los cíclopes de la Grecia, po- 
dria dar una idea de la admirable albañilería de 
las paredes de esta bóveda. Una agua salada y 
de veinte metros de profundidad, ocupa el canal. 
Nuestro intrépido compatriota no dudó un mo- 
mento embarcarse con algunos indios, en una pi- 
ragua que habia hecho trasportar hasta allí. Diez 
y ocho horas después nos afirma que, desemboca- 
ba en el grande Océano entre Gruatemala y San 
Salvador, por una gruta inmensa y natural, á la 
que los pescadores de aquel pais llaman la Boca 
del Diablo, y á donde la superstición siempre les 
habia impedido penetrar. Toda la parte above- 
dada de esta construcción sobrehumana, está 
iluminada por enormes pozos á cielo abierto, y en 
toda su estension seria fácilmente navegable, á 
los mayores buques. El Sr. Alejandro de Hum- 
boldt nos habia hablado ya de edificios america- 
nos, cuya arquitectura denotaba una remota an- 
tigüedad, y revelaba una civilización particular: 
pero sus sabias descripciones no nos habian po- 
dido infundir sospechas de la ecsistencia de un 
monumento semejante. ¿Qué gran pueblo ha ha- 
bitado estos paises? Si esta noticia se confirma, 
he aquí la comunicación marítima establecida en 
el centro de los dos hemisferios." 

Evidentemente responderemos nosotros, que 
este era un pueblo de gigantes, un pueblo con el 
cual, comparados los egipcios, los pelasgos y los 
chinos, no son sino pigmeos. 



^i^iiiuiiiy Y^iiiiiiii^y^TíTíií ^^i¿jiiüiiiy7í^iLOJi 




FRAGMENTO IMITADO DEL FRANCÉS. 



A MI AMIGO MANUEL RIZO. 



En el valle do fué Laeedemonxa, 

No lejos del Eurótas, 

Y cerca de ese arroyo que formando 

Va su canal, en medio de ruinas, 

Sus aguas resbalando 

Bajo laureles y purpúreas rosas. 

Mirad, ¡esa es la G-recia! 

Una niuger en pié: formas divinas, 

Belleza y atractivo la rodean. 

Descalza, y en las manos 

Un huso, donde hilando 

Está algodón, la nieve asemejando. 

A su lado un anciano de Amyclea, 

Con su curvo bastón, su corto trage, 

Recuerda los pastores 

De un antiguo relieve entre las flores. 

Por un instinto encantador, sin arte 

Sobre un jarrón de mármol se reclina: 

Como en los dias solemnes 

De las alegres fiestas de Jacinto, 

Orna su frente roja clavellina: 

Bajo la corta sombra 



Que forma su corona, con sorpresa 

Mira sentado al pié de hojosa encina 

Un viagero de Europa. 

Cercano está el camino. En un overo 

La musulmana pasa, luego mira 

Con aire de desprecio: 

Un africano sigúela ligero, 

En una jaula de oro conduciendo 

Su perdiz favorita: 

Mientras que un aga por el aire agita 

Del damasquino casco la garzota. 

Rápido caballero, 

Pálida frente, de mirar severo, 

Sobre un corcel, el polvo levantando. 

Va sus robustas formas ostentando, 

Y sus armas de plata el sol hiriendo. 

Me lanza tina mirada. 

Cual de africano tigre en sus furores . . 

¡Ved á Esparta y á Grecia! 

Un esclavo, un tirano. 

Algunos tristes restos, y unas flores 

Enero 12 de 49.— i. G. O. 




TOM I. XI. 



2 



(DüJlHT® 3PAEfmOT.3í(D(D)c 



I. 



UNA REFLECSION DE MORAL, CON RESPECTO 
DE UN JUEGO DE NIÑOS. 

Una reunión de muchachos y de niñas, todos 
alegres, todos inocentes, todos con la risa en los 
labios, forman un círculo enlazando fuertemente 
sus delicadas manecitas. El mas ligero, el mas 
travieso de todos ellos, hace al diablo; la mas lin- 
da, y la mas tímida de las niñas, hace á la monja. 
El diablo persigue á la desyenturada criatura, 
que huye, entra y. sale por el círculo que forman 
los domas niños, y estos, haciendo grande alga- 
zara, y no pocas veces con el corazón lleno de sus- 
to, la escudan y la defienden, y para esto se es- 
trechan fuertemente unas veces, formando con 
sus cuerpos im parapeto; otras se estienden y le 
dejan un lugar para qtie escape de las garras del 
diablo, que infatigable y ligero unas ocasiones, 
astuto y atrevido otras, se afana por conquistar 
la infortunada alma. Después de algunas horas 
de una fatiga y de unos esfuerzos sobrehumanos, 
el juego siempre concluye con el triunfo del dia- 
blo, que se apodera de la niña, á pesar de sus gri- 
tos de terror y de los estremecimientos de su 
cuí^rpo. 

Pocos de los lectores, y particularmente de las 
lectoras, á quien va dedicada esta verídica narra- 
ción, no han gozado de esos tiempos felices, en 
que el pasado está sembrado, de apacibles recuer- 
íjos, el presenta es una alfpmbra de flores, y el 



porvenir lúgubre y sombrío para los hombres, se 
presenta á la vista de los niños cubierto con un 
velo de púrpura y de oro. La mayor parte de 
las amables lectoras, que se dignan pasar sus lin- 
dos ojos por las' columnas del Álbum, suspirarán 
profundamente al recordar los tiempos en que su 
porvenir se cifraba en una muñeca, en que su pen- 
samiento estaba enteramente dedicado á esuerar 
la venida de sus tiernas amiguitas, para ponerse 
á jugar al Diablo y la monja. 

Ahora que han pasado de esa época, nos pare- 
ce á pi'opósito hacerles coQoeer la filosofía de ese 
inocente juego. 

L-a historia del diablo y la monja se repite ca- 
si todos los dias. Apenas las mugeres han salido de 
la niñez, cuando comienzan los peligros á rodear- 
las. Mientras mas hermosa es una joven, con 
mas afán se empeña el diablo en arrancarla de la 
mano de la virtud y conducirla por un sendero 
de flores, cümo dicen los místicos. La lucha se 
establece entre los preceptos de una madre vir- 
tuosa y las inclinaciones de la naturaleza. Las 
virtudes, á semejanza délos niños candorosos, que 
forman, para jugar, el círculo de que hemos habla- 
do, la escudan, la abrigan, la defienden. El dia- 
blo, infatigable y audaz como el chicuelo, suele 
apoderarse del alma, y entonces, . . . ¿Cuántas 
son las jóvenes que salen triunfantes de la lucha 
que tienen que. sostener desde los quince hasta 
ios treinta años? Pero es ya tiempo de comen-- 
zar la historia. 




FEA 



CUMPLIDO RdiLoT 



EL DIABLO Y LA MONJA. 



247 



II. 



EL VOTO INDISCRETO. 



Habitaban en la ciudad do Cuenca en España, 
dos personas. El varón se llamaba D. Alfonso 
de Guevara, y su muger Doña Leonor de Jimé- 
nez. Ambos eran de noble alcurnia y poseían un 
gran caudal; pero vivian continuamente tristes, y 
esta tristeza y malestar degeneraba algunas ve- 
ees en estrepitosas riñas. El motivo de este dis- 
gusto, era que en diez años que llevaban de casa- 
dos, no hablan tenido ni un hijo. Una noche que 
no podían dormir y que estaban á punto de inco- 
modarse, resolvieron hacer una peregrinación a 
Zaragoza, y pedirlo á la Virgen del Pilar que les 
diese un hijo, resolviendo que si era varón, lo ha- 
blan de dedicar al estado religioso, enviándolo á 
Nueva-España á convertir infieles, y si era hem- 
bra, la consagrarían á Dios en un convento de 
religiosas carmelitas descalzas. Convinieron igual- 
mente en que si dentro de nueve meses, nueve 
dias, nueve minutos y nueve segundos, contados 
desde el dia que regresaran de la peregrinación, 
no tenian un hijo ó hija, entablarían un pleito de 
divorcio y harian división de sus bienes. Pusié- 
ronse, pues, en camino, y tanto el caballero como 
la dama rectificaron el voto delante de la Virgen 
del Pilar, rogándole con fervor que les enviara 
en su matrimonio un iris de consuelo y de paz. 

Regresaron á su casa, y á los nueve meses, 
menos nueve dias (que fueron los que dilataron 
en el cam"no), Doña Leonor dio á luz una niña, 
hermosa como un lucero, á la que pusieron por 
nombre Beatriz. D. Alfonso estuvo á punto de 
volverse loco de alegria; pidió perdón á su mu- 
ger de todas las ofensas que suponía le habia he- 
cho; dio gracias á la Virgen, y dispuso que con- 
currieran al bautismo, no solo las personas mas 
notables de la ciudad, sino que convidó á todos 
sus parientes y amigos de Madrid, de G-ranada, 
de Sevilla y de otras ciudades principales. Du- 
rante tres dias dio de comer y de beber á toda la 
población de Cuenca, y dispuso iluminaciones, fue- 
gos artificiales, toros y cañas. 

Pasados esos dias de alegria y de festines, los 
esposos entraron no solo en tranquilidad, sino que 
volvieron á amarse como en los primeros dias de 
-SU casamiento. El cuidado de la niña los preo- 
cupaba enteramente, y esta crecia llena de salud 
de belleza y de gracias. 

Asi pasaron diez años. La niña Beatriz era 
de un gonio vivo, de una intóligenoia despejad» 



y de un carácter muy amable y jovial. Sus pa- 
dres tuvieron una madura conferencia, y calcula- 
ron que si Beatriz crecia sin quo tomaran ciertas 
precaiiciones, no tardarla la niña en conocer á ese 
rapaz, que en aquel tiempo llamaban Cupido, y 
que si se presentaba un galán de esos acuchilla- 
dores y atrevidos, que diera motivo y pábulo a 
una pasión, no dejarían de tener abundantes dis- 
gustos, y quizá se verían en la imposibilidad de 
cumplir el voto que habían hecho á la Virgen 
del Pilar. 

Resolvieron, pues, duplicar las celosías de las 
ventanas, despedir á todos los criados jóvenes, 
conservando solo los muy feos y los muy ancia- 
nos, y no contentos con esas precauciones, man- 
daron construir una, habitación con paredes muy 
altas, y la destinaron para Beatriz, á la cual 
acompañaban constantemente tres dueñas, que sin 
cesar le hablaban de los conventos, y le pintaban 
como la única felicidad posible en la tierra, la 
que gozaba una monja. Solía á veces entrar un 
anciano carmelita, confesor de la madre, el que 
instruía (i Beatriz en los deberes religiosos, y le 
pintaba álos hombres como unos monstruos, mas 
feroces y dañinos que las fieras de las selvas, y 
mas perjudiciales que los animales ponzoñosos. 
Beatriz, á pesar de esto, conservaba su humor fes- 
tivo, y cada vez que veia á sus padres, les instaba 
para que la sacaran á la calle; pero lo único que 
lograba era que so le hicieran promesas, que se 
iban trasfirieudo de mes en mes, sin que jamas 
llegaran á cumplirse. De esta manera llegó Bea- 
triz á los diez y seis años, época fijada para que 
entrase al convento. Debemos añadir que Bea- 
triz era tan linda, qu.e las dueñas y los criados 
decían que era una maga, una ninfa. 

IIL 

LA TABERNA DE TIC PACO. 

Trasladémonos ahora á una taberna situada 
en una de las mas angostas calles de Sevilla. Es 
un cuarto alumbrado con un opaco candilejo. Ea 
el frente bay un armazón y un mostrador. Am- 
bas cosas están llenas de vasos y botellas de li- 
cores. En un rincón hay un tonel vacio y en los 
costados algunas mesas y sillas. Son las doce de 
la noche. Tío Paco, que es un viejo de cerca de 
setenta años, y el amo y señor de la taberna, duer- 
me muy profundamente en una inmensa silla, y 
un grupo de bebedores, rodeados de una mesa, 
platican, juegan á los dados y beben. 



248 



EL DIABLO Y LA MONJA. 



— Vamos, dice un hombre de gallarda estatura, 
ojos relumbrantes, y fisonomía soberbia y altane- 
ra; necesitamos saber cuáles han sido los trabajos 
de hoy. 

Inmediatamente todos los concurrentes deja- 
ron de beber y de jugar, y guardaron silencio, dan- 
do muestras de mucho respeto. 

■ — Hablad, volvió á decir con voz imperativa 
el hombre de gallarda figura. 

— Un aragonés tomó la palabra. Hoy he tra- 
bajado como un macho de contrabandista, dijo: 
he dejado á un químico encaprichado en hacer 
oro, para lo cual está gastando todo el que tiene 
su pobre muger; á un galán empeñado en escalar 
la casa de su dama, y á una dueña sesentona ena- 
morada de un joven de veinticinco. Las conse- 
cuencias de todo esto nos pueden ser muy fa- 
vorables, y no dejarán de decir que el demonio 
del capricho ha tenido la culpa. 

Un viejo gallego, vestido pobremente, siguió 
con la palabra. — Yo lo único que conseguí fué, que 
el juez sentenciara un pleito en contra de unos 
menores, y entre el juez y el abogado van á re- 
partirse los tesoros. También inspiré á un mi- 
llonario la idea de que aguara la agua, mezclán- 
dola con la del pozo. El juez y el abogado mo- 
rirán de indigestión y borrachera y el millonario 
de diarrea. No dejarán las gentes de decir que 
el demonio de la avaricia tuvo la culpa. 

— Yo lo único que hice hoy, dijo un viejo caste- 
llano, alto, flaco y de rostro rojo como una balle- 
ta, fué el inspirar tales arrebatos de furor á un 
mancebo, que ademas de haber alzado la mano 
contra su padre, prorumpió en horrendas blasfe- 
mias contra Dios y su Iglesia. La inquisición, 
que es un tribunal de cien ojos y de cien orejas, 
protegido por nosotros, se apoderó ya del altane- 
ro mozo. Naturalmente espirará atormentado 
por las cuñas, bebiendo grandes cubetas de agua, 
y arrojando maldiciones. Su alma se perderá, y 
los piadosos inquisidores no dejarán de asegurar 
que el demonio de la ira tuvo la culpa de la des- 
gracia del joven. 

—Yo, como siempre, me he paseado por las cer- 
canías de la Alhambra y del G-eneralife, dijo una 
curra gaditana. Era de tez morenita, de brillan- 
tes ojos aceitunados, de dientes muy blancos, y 
de labios muy frescos. Su cabello negro como 
el ébano bajaba haciendo graciosas onditas por 
los lados de su frente, y se recogía por detras con 
unos listones, y listones rojos y trenzas negras 
estaban detenidos y enroscados graciosamente en 



una peineta de carey. El vestido. era un justi- 
llo de raso nácar lleno de alamares y botoncitos, 
y unas enaguas de blanco y delicado lienzo de 
lino, dejaban descubierto un pié pequeño y bien 
hecho, calzado con una trasparente media de se- 
da y un zapato blanco de raso. 

— ¿Y qué has conseguido con tus paseos, sale- 
ro? le preguntó el viejo aragonés. 

— Trastornar la cabeza de un canónigo viejo, 
volver loco á un marido hipócrita, hacer rabiar á 
media docena de estudiantes, y entusiasmar á dos 
poetas. Todos estos harán grandes locuras, y en 
toda Sevilla se dirá naturalmente que lo que pier- 
de á los hombres, es el demonio de la lujuria. 

Los otros concurrentes siguieron refiriendo sus 
hazañas; pero el hombre de los ojos relumbrantes 
escuchaba con indiferencia, y parecía que un im- 
portante pensamiento lo preocupaba. 

— ¿Parece que estás muy distraído? dijo la cur- 
ra, dándole con la punta de los dedos en las na- 
rices. 

— En efecto, tengo un negocio que quiero co- 
municarles. 

— Habla, habla, esclamaron todos los concur- 
rentes. 

— Hay en el convento de carmelitas una mon- 
ja, hermosísima, de diez y seis años de edad, y de 
una virtud á toda prueba. Desde que entró al 
convento estoy conspirando contra su alma, y mis 
trabajos han sido infructuosos. Es, pues, necesa- 
rio que todos nos juntemos y procuremos arran- 
carla de las manos de los ángeles, que la cuidan 
y la defienden. 

— Bien, muy bien, respondieron todos, sonan- 
do las palmas de las manos, y riendo á carcaja- 
das. Que traigan tintilla de Bota y Valdepeñas. 

Tío Paco, arriba: despierta y traenos de los me- 
jores vinos. 

Tío Paco se levantó, y puso delante de los ale- 
gres concurrentes algunas botellas de buen vino 
y unos cuantos chorizos de Estremadura. 

— A beber, á beber muchachos, gritó, lleno de 
una feroz alegría, el hombre de la presencia ga- 
llarda, 

— A beber, respondieron todos, llenando sus 
vasos. 

— Por la perdición de la monja carmelita, dijo 
uno. 

— Por su eterna condenación. 

— Por que Sor Ninfa, que ha ofrecido su co- 
razón á Dios, lo ofrezca al diablo, esclamó la ma- 
nóla. 



EL DIABLO Y LA MONJA. 



249 



— Por que al fin de su vida nos haga compañía. 

El candilejo arrojaba por intervalos unas 
llamaradas azules y rojizas, que proyectaban en 
las negruzcas paredes las sombras de los concur. 
rentes, que se movian como si fuera una danza 
de colosales y horribles fantasmas. 

Tío Paco dormia. 

La manóla, con su vaso en la mano y hacien- 
do voluptuosas contorsiones, cantaba las siguen- 
tes coplas: 

Bebamos el Yaldepeñas, 

Y de Bota la tintilla; 
Brindemos por la monjilla 

Y su eterna perdición. 



Y si el ángel que la guarda 
La defiende valeroso, 
Triunfará un demonio hermoso, 
Que le iaspire una pasión. 



Que los mancebos hermosos 
Tienen poder invencible 
Para el corazón sensible 
De una joven sin amor. 



Bebamos el Valdepeñas, 

Y de Rota la tintilla; 
Brindemos por la monjilla 

Y su eterna perdición. 

— ¡Bravo, bravo! magnífica canción, repitieron 
todos. 

— Pues á beber, camaradas. 

— Por la monja carmelita que llaman Sor 
Ninfa. 

— Por su perdición, dijo con voz grave el hom- 
bre de los ojos relumbrantes. 

Todos aplicaron los vasos á sus labios, y los 
pusieron vacíos encima de la mesa. 

Toda la noche continuaron cantando, bebien- 
do, jugando, contando sus hazañas y formando 
su« planes para poner un sitio formal á Sor Ninfa. 

En el momento en que la luz tímida de la au- 
rora comenzó á entrar por las rendrijas de laven- 
tana, el candilejo, con gran estrépito y chisporro- 
teo, se apagó, y los concurrentes, volviéndose som- 
bras se deslizaban por la pared y se perdían en el 
techo negruzco de la taberna. 

Tío Paco despertó, abrió su puerta y comen- 
zó á lavar los vasos y las botellas. 

Milton ha pintado á los diablo^ en el caos y 
en las tinieblas. Nosotros hemos averiguado al 



escribir esta crónica, que los diablillos tentadores 
son gentes alegres y de buen humor y andan fre- 
cuentemente eú los cafes, en los teatros, en los 
paseos, y suelen ocasiones tener valor para entrar 
á las funciones de las iglesias. Nuestros lecto- 
res y lectoras podrán decirnos si nos equivoca- 
mos en este concepto. 



lY. 



LA TORNERA. 

Tres años hacia que Beatriz habia entrado al 
convento, y uno que habia profesado. Muchacha 
á quien la naturaleza habia dotado con talento, 
viveza y jovialidad, tuvo que vencer su carácter; 
pero al fin las costumbres de la vida monástica, 
el ejemplo de algunas monjas, y las continuas 
ecshortaciones del religioso carmelita, triunfaron 
de pronto. Ademas, Beatriz, encerrada desde su 
niñez, no conocía lo que era ni el amor, ni el odio, 
ni los bailes, ni la multitud de terrenos deleites 
que halagan los sentidos y hacen adorar este tor- 
mentoso vértigo, este ensueño de dolores y de lá- 
grimas, que los hombres llaman vida. Beatriz 
era feliz porque era inocente y porque su alma 
estaba perfectamente limpia y tranquila como los 
lagos cristalinos en una apacible tarde de verano. 

En este estado, Beatriz hubiera pasado una vi- 
da dichosa, casta y pura como una paloma: á 
su muerte habría subido al cielo , envuelta 
en el candido cendal de la inocencia; pero lle- 
gó la época en que comenzaron á atormentarla 
las tentaciones. De repente sintió un vacío en 
el corazón, una tristeza vaga, y un malestar con- 
tinuo. La compañía de las monjas que estima- 
ba, le era pesada; no soportaba sino á duras pe- 
nas las largas horas de rezo; su corazón latia vio- 
lentamente; la sangre coloreaba frecuentemente 
sus pálidas megillas, y un deseo intenso, poderoso 
y desconocido, preocupaba dia y noche su mente. 
¿Por qué era este malestar, por qué estos tormen- 
tos intensos que la hacian suspirar y llorar y deses- 
perarse? .... Beatriz misma no lo sabia ni pue- 
de atribuirse mas que á la edad. Beatriz tenia 
diez y nueve años, y hay una época en la natura- 
leza del hombre y de la muger, en la cual, las pa- 
siones adquieren un desarrollo poderoso, y se con- 
vierten á veces en una temible enfermedad físi- 
ca y moral. 

Una tarde Beatriz se aventuró a referir algo 
de lo que pasaba, á la madre tornera, que era una 
monja de cerca de treinta años de edad, fresca y 



250 



EL DIABLO Y LA MONJA. 



bella todavía, y do un carácter resuelto y arreba- 
tado. La conversación se fué empeñando por 
gradas, hasta el punto que la tornera propuso á 
Beatriz el que salieran del convento, disfrazadas, 
á dar algunos paseos, para lo cual le prometió 
proporcionarle vestidos, y obrar con tal cautela, 
que ni remotamente pudiesen descubrirlas. Bea- 
triz