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Full text of "El Ateneo Centro-Americano"

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Tomo> 



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-^ 



\ 




Tomo I. Guatema la^rde mayo de 1888. Núm. 1. 




PUSLICACIOH QÜIICENAL. 
ÓRGANO DE LA SOCIEDAD LITERARIA DEL MISMO NOMBRE. 



I 



w 



P30SPSC7C. 



Como su sólo nombre lo indi- 
ca, El Ko Cextro-ameri- 
CA>ro eriódico exclusiva- 
nicnt( lo alas ciencias y 
á las letras. La política no tiene 
cabida, por punto generaren sus 
columnas. 

I3ccimos que por punto gene- 
ral, porque no podremos menos 
de celebrar cuantas medidas se 
dicten aquí 6 en cualquiera otra 
parte del mundo, en favor de la 
difusión de las luces; al mismo 
tiempo que censuraremos, enér 
í^^nca pero respetuosamente, cuan- 
tas tiendan á subyugar los domi- 
nios de la intebVencia. 

Aparte de esto, El Ateneo 
nada tiene que hacer en los asun- 
tos que con el gobierno se rela- 
cionan. 

Propónese cíi primer término, 
publicar los trabajos literarios de 
la sociedad de que es órgano, sin 
dejar por eso de insertar en sus 
columnas cuantos con tal objeto 
se le dirijan, así por parte de los 
miembros de la misma, como 
por la de todos los literatos cen 



Cotección 



tro-americanos que gusten de fa- 
vorecerie con sus producciones. 
El Ateneo Centro-america- 
no, irá en seguida reproducien- 
do, conforme las circunstancias 
lo permitan, todos aquellos es- 
critos de autores nacionales, po- 
co conocidos entre nosotros, con 
objeto de formar un cuerpo de 
obra digiTo de la ilustrada juven- 
tud de nuestra época. 

Si el periódico corresponde á 
lo que de él se espera; si satisfi- 
ce las exigencias de una socie- 
dad, como la nuestra, ávida de 
cultura intelectual y de progre- 
so, será esa misma sociedad quien 
lo resuelva, y no nosotros, hu- 
mildes obreros de las letras, que, 
sin pretensiones de ningún géne- 
ro, pero animadospor las más no- 
bles intenciones, vinimos á ofre- 
cerla cuanto nos es dado ofrecer 
á la patria común de los centro- 
americanos: nuestro coVazón y 
nuestra pluma. 



mAUaURACIOH DEL ATENEO. 



Como se habia anunciado, la inau- 
guración del El Ateneo Centro- 
americano se llevó á efecto el jue- 
luisU^n Muñoz 



www.ufffvedM - Guatemala 



El Ateneo Centro-americano. 



ves 26 del pasado abril, en el salón 
de actos de la Escuela de Derecho, 
ante una numerosa y escojida con- 
currencia. 

Seria y modesta al mismo tiem- 
po fué aquella solemnidad. 

Abierta la sesión á las ocho y 
cuarto de la noche, se leyó el ac- 
ta de fundación del Ateneo, pro- 
cediéndose en seguida al desempe- 
ño del programa oficial acordado 
por los socios. Este era como sigue: 

i."^ Discurso inaugural por el 
Presidente Dr. D. Ramón Uriarte. 

2. ^ Poesía por el Vice-Presiden- 
te Sr. D. Joaquín Méndez. 

3. ^ Estudio sobre Margarita del 
Fausto, por el Dr. D. Ramón A. 
Salazar; y 

4. o Poesía por el Sr. D. J. M. 
Cuellar. 

Habiendo anunciado en seguida 
el Presidente que la tribuna estaba 
á disposición de los socios que de- 
searán ocuparla, y á invitación de 
la mesa directiva, subieron respecti- 
vamente los Sres. Lie. D. Próspero 
Morales, Dr. D. Pedro Vallarino, 
D. Félix A. Tejeda y D. Manuel 
Vega, quienes recitaron poesías y di- 
jeron discursos alusivos al acto. 

Para concluir, el Presidente anun- 
ció que la próxima velada se verifi- 
caría el jueves 10 del presente en 
el propio local y á la misma hora, 
señalándose como tema para la dis- 
cusión el estudio crítico de los dos 
grandes poetas centro-americanos 
Juan y Manuel Diéguez. 

Publicamos á continuación los 
discursos y poesías á que se dio lec- 
tura aquella noche, agradeciendo á 
las personas que se dignaron asistir, 
las muestras de aprobación que die- 
ron á los primeros trabajos litera- 
rios de esta naciente sociedad. 



DISCURSO 

inaugural, pronunciado por 

el Presidente de la sociedad 

Dr. D. Rannón Uriarte. 

Señoras y señores: 

La inauguración de este Ateneo 
es un acontecimiento fausto para la 
literatura centro-americana, no por- 
que sea esta la primera vez que en- 
tre nosotros se funde una sociedad 
exclusivamente dedicada al culti- 
vo de las ciencias y las letras, sino 
por estar llamada la presente á en- 
garzar los rotos eslabones de la bri- 
llante cadena de círculos idénticos, 
con que desde la independencia pa- 
ra acá, hemos procurado mantener- 
nos ligados al movimiento intelec- 
tual del mundo. 

Para vosotros los que durante dos 
años consecutivos habéis trabajado 
por el establecimiento de este cen- 
tro literario, la modesta solemnidad 
de esta noche es justa causa de 
júbilo y satisfacción: motivo de sim- 
patía, cuando no de regocijo, para 
nuestros hermanos de las Repúblicas 
del Centro, á quienes invitamos á 
estrecharse en fraternal abrazo con 
nosotros, aparte de toda mira polí- 
tica y de todo interés económico; y 
de plácemes y recíprocas enhora- 
buenas, para todos aquellos que 
sinceramente deseamos ver ocupar 
á nuestra patria el lugar que le co- 
rresponde en el concierto de las na- 
ciones cultas. 

Por lo que toca á mí, señores, la 
instalación de este Ateneo tiene, 
además de las ya expresadas, una 
alta significación especial. El cari- 
ñoso llamamiento que me hicierais, 
algunos meses hace, para tomar 
parte en vuestros proyectos, y la 
unanimidad con que bondadosa- 
mente me habéis elevado al puesto 
que ocupo, constituyen el más glo- 
rioso triunfo de mi carrera literaria. 
Permitidme este rasgo de vanidad,. 



El Ateneo Centro-ameri 



CANO 



tomando en cuenta que si por mis 
aflos pertenezco á una generación 
que comienza á declinar, por mi co- 
razón estoy y estaré siempre con 
vosotros, con esa juventud altiva 
que sin detenerse ante los obstácu- 
los que á su marcha se presentan, 
penetra con paso firme en los sen- 
deros del progreso. 

La obra cuyos cimientos pone- 
mos esta noche tendrá que sobrevi- 
vimos. Si el movimiento literario 
en Guatemala se ha resentido has- 
ta ahora de los vaivenes de la polí- 
tica, no sucederá lo mismo en ade- 
lante. Las lecciones de la experien- 
cia y el firme propósito que aquí 
hemos traído todos, de no consentir 
en este recinto discusiones ajenas 
al carácter especial de la asociación, 
son una garantía de vida para el 
Ateneo Centro-Americano. Aquí 
Córdova y Batres. Irizarri y Dié- 
guez, Marure y Milla, María Josefa 
García Granados y Jesús Laparra, 
se confunden en la esplendorosa au- 
reola de la inmortalidad. Aquí no- 
sotros cuando á trabajar vengamos 
en el dilatado campo de lo ideal, 
dejaremos nuestras ideas religiosas 
y políticas en los umbrales de esa 
puerta para recojer su pesada carga 
á la salida, antes de confundirnos 
nuevamente en el torbellino de la 
dura realidad. 

Mas, entre tanto, en esas horas 
exclusivamente consagradas al ali- 
mento del espíritu; dentro de esos 
paréntisis abiertos en lo material 
de nuestra monótona existencia; á 
la sombra de esos magníficos oasis 
del desierto, de la vida ¡cuánto bue- 
no y cuánto grande no podemos ha- 
cer en favor de la literatura nacio- 
nal! 

Había allá en lo antiguo, en los 
paganos templos, un cuerpo de ves- 
tales encargado de conservar el sa- 
grado fuego de los dioses. Semejan- 
te á aquella es la importante misión 
que voluntariamente nos hemos im- 
puesto nosotros al fundar esta so- 



3 



ciedad. La literatura centro-ameri- 
cana decae, especialmente en Gua- 
temala, y está á punto de fallecer 
por falta de estímulos que la den a- 
liento en su trabajosa marcha por 
en medio de un siglo gloriosamente 
material. Las obras de imaginación, 
aún en países más adelantados que 
los nuestros, apenas si alcazan á os- 
curecer los triunfos de la mecánica, 
que absorven la atención de todos: 
yeso que la imprenta se apresura á 
recojerlas y derramarlas por el mun- 
do, que se aplauden en los Teatros 
y Liceos y se premian en las Aca- 
demias. Con las nuestras sucede 
que, á falta de caracterizadas corpo- 
raciones por su antigüedad ó su re- 
nombre, que les brinden un laurel; 
sin público que las acoja con aqueí 
vivo interés con que debe acojerse 
cuanto de la patria viene, y carecien- 
do de órganos de publicidad que las 
lleven á remotos climas, viven y 
mueren olvidadas, sino acontece que 
las conozcamos cuando tomándolas 
de periódicos extranjeros, las repro- 
ducen los nuestros sin saber si quie- 
ra quién sea su autor. 

No creáis que exagero, señores: 
así ha sucedido con notables pro- 
ducciones de poetas contemporá- 
neos cuyos nombres me excuso de 
citar; y asi, preciso es reconocerlo, 
así la literatura nacional no puede 
ir adelante. 

Triarte decía que los ingenios se 
animan ó por el interesó por la glo- 
ria; y aunque en un rato de decep- 
ción agregara que ni uno ni otra 
podían conseguirse con las letras, 
yo creo que los triunfos del talento 
serán siempre halagadores para el 
que tenga la dicha de obtenerlos, 
y que por más que se diga, figura- 
rán entre los timbres de la nación 
que los hubiere producido. Por hu- 
mildes que sean los que en el seno 
de esta sociedad podamos conquis- 
tarnos, deber nuestro es recojerlos 
para depositarlos en aras de la pa- 
tria. 



El Ateneo Centro-americano. 



Considero yo, que este Ateno es 
una urna en la que todos cuantos 
nos dedicamos al cultivo de las le- 
tras, estamos en la obligación de ve- 
nir á echar una flor. 'De allí saldrá 
el incienso que en ofrenda de admi- 
ración y gratitud, quememos á los 
manes de los ilustres literatos que 
duermen el eterno sueño bajo las 
doradas arcadas del templo de la 
gloria; y de allí también el hermo- 
so ramillete que como prueba de 
nuestra constancia en el trabajo, 
debemos legará la posteridad. 

¿Quién ha dicho que para el no- 
ble objete que nos proponemos la 
urna deba de ser de oro y el ramo 
compuesto sólo de rosas y violetas? 
Ni importa el material de que esté 
fabricado el recipiente, ni hace al 
caso que las flores todas sean de 
una misma calidad; antes por el con- 
trario, deben esccjerse de diferen- 
tes formas y colores si se quieren 
obtener bellos matices. 

Así, señores, no debe preocupar- 
nos la idea de no poder presentar á 
esta sociedad trabajos acabados; co- 
sa que por otra parte en ningún 
tiempo ni en ningún país ha sucedi- 
do. En toda obra humana los prin- 
cipios son siempre difíciles, y á la 
perfección sólo se llega después de 
muchos días de fatiga y de largas 
noches de insomnio y de vigilia. Bus- 
cad, si nó, en la historia los oríge- 
nes de los Ateneos de Madrid y Bo- 
gotá, de los Liceos de México y Li- 
ma y aún los más célebres de dife- 
rentes academias europeas, y halla- 
reis que antes de alcanzar la mere- 
cida fama de que hoy disfrutan, han 
tenido que pasar por una penosa y 
prolongada infancia. Ley es esta de 
la humanidad á la que no podemos 
substraernos, y que, lejos de desani- 
marnos, debe darnos mayor aliento, 
si cabe, para llevar a feliz término 
ia obra que esta noche dejamos ini- 
ciada. 

Para concluir, señores, permitid 
que me congratule con vosotros de 



que la instalación de esta sociedadi 
haya pasado sin pompa de ninguna 
especie. Sabemos ya por una tris-te 
experiencia que mientras más sun- 
tuosas son las sesiones de apertura 
de esta clase de centros, más rápi- 
damente caen. Y esto es natural: se 
desea que cada reunión que se dé 
presente mayores atractivos, y la 
dificultad de poderlos ofrecer sin el 
concurso del arte filarmónico, hace 
primeramente, que la institución se 
separe de su índole especial, y en 
seguida, que no puedan sus traba- 
jos ser regulares y frecuentes por 
causa de las fuertes erogaciones que 
tales solemnidades demandan. 

Recordad que vale más nacer en 
humilde cuna y elevarse uno por 
sus propios méritos en la conside- 
ración de sus* conciudadanos, que 
proceder de ilustre origen, para lue- 
go probar con nuestros hechos que 
la familia ha dejeneradc, ó cuando 
menos, que no alcanza á sostener el 
lustre de sus ascendientes. 

Lo mismo en el orden moral que 
en el puramente material, es impo- 
sible edificaren un día sólidas obras, 
capaces de resistir el embate de los 
huracanes. Necesítase para su cons- 
trucción el combinado esfuerzo de 
muchas voluntades; necesítase el 
lento transcurso de lósanos; necesí- 
tase, en fin, de la perseverancia en 
el trabajo. 

Hé aquí mi última palabra, seño- 
res. Perseveremos y el porve- 
nir será nuestro! 



Ciencia, üiiíón y LiSertafl. 

[Versos recitados en la iuau«:urafión del 
Ateneo Centro-Americano.] 



I. 

Sonriendo al despertar, 
encantada de su estrella, 
tuvimos Patria muy bella 
coronada de azahar. 



^mm: 



_5íiAt5íÍ5oCentro-americano 



Mas pronto, en vez de un cantar 
8e OJO espantoso rugir, ' 

la sombra volvió á surgir, 
de lof? claustros del convento, 
y exhaló amargo lamento 
la novia del porvenir. 

II. 

iQaó noche! noche infernal 
aquella en que las pasiones 
hicieron cinco jirones 
la bandera federal. 
Ahí nanea el genio del mal 
llevó guadaña peor, 
jamás hubo más rencor 
en nn negro victimario, 
jamás se tornó en Calvario 
más espléndido Tabor! 

m. 

La noche nos presta aliento 
con su silencio y su calma; 
pero la noche del alma 
ennegrece el pensamiento. 
Envilecido y sangriento 
en el nombre de Jehová, 
el paeblo espiraba ya 
por falta de excelsa lumbre, 
hasta que hubo una vislumbre 
en SantA Ana y Tacana. 

IV. 

De allá vino entre la inmensa 
las qae irradió en Occidente, 
el vigor á cuanto siente, 
la energía á cnanto piensa. 
Kasgó la tiniebla densa 
un esplendente fanal, 
y la América Central 
ve á esta juventud brillante, 
y en su seno palpitante 
la revolución social. 



Ella ofrece al corazón 
el consuelo que da el día, 
un cielo á la fantasía 
y un altar á la R*izón. 
En su limpio pabellón 
no halla égida la ruindad ; 
progreso y fraternidad 
aühela llevar doquiera, 



porque dice su bandera: 
¡Ciencia, Unión y LiBEivr.vD! 

VI. 

Llenando su pecho están 
de patriótica altivez, 
Barrundia, Barrios, Jerez, 
Cabanas y Morazán. 
Sus solos nombres le dan 
más fuego á su corazón; 
rayos de la Convención 
hacia América impelidos, 
que hasta en la tumba caídos 
siguen la revolución. 

Vil. 

Eompiendo con lo pasado 
se levanta prepotente, 
y elevando lo presente 
al porvenir se ha lanzado. 
Su espíritu no domado 
no ve á su ardimiento valla, 
y en magnífica batalla 
ansia, con ansia suma, 
continuar hoy con la pluma 
lo que inició la metralla. 

VIII. 

¡Paso al gremio intelectual 
que tiene por prez y honor 
el progreso y el amor 
de la América Central! 
Su obra espléndida, inmortal, 
hallará terminación 
cuando en ciega rebelión 
no encuentren civismo y ciencia, 
un error en la conciencia 
ni un odio en el corazón! 

Joaquín Méndez, 
Guatemala, 26 de wbrildel88S. 



MARGARITA. 

Fragmento de un estudio sobre 
El Fausto de Goethe. 

POR Ramón a. Salazar 



Quién es Margarita? Es la mu- 
chacha del pueblo, inocente, candí- 



El Ateneo Centro-americano. 



da, imprevisora, que entrega hon- 
ra y corazón al galán que le ha 
fascinado: 

Margarita, sin quererlo, mata á 
su madre, administrándole brevaje 
ponzoñoso; por vengar su honra, 
Valentín, su hermano, muere de 
diabólica estocada; y ella en su lo- 
cura, ahoga á su propio hijo y lo 
arroja al río. 

¿Es una infame criminal? Nó, si- 
no un ángel que muere en el cadal- 
so, reivindicando sus manchas con 
el dolor y el martirio. 

Aborrecerla no podemos. ¿Debe- 
mos admirarla? ¡Admirarla,! y por 
qué, si no ha hecho más que sufrir 
y amar, es decir, hacer todo eso 
que debiera la que tiene corazón? 

Fausto la alucina, y la doncella 
inmaculada se le rinde. 

¿Fueron las riquezas las que tal 
cosa operaron? 

Margarita gusta de las joyas. En- 
cuentra en su armario una cajita 
que contiene algunas, depositadas 
allí misteriosamente; y antes de 
averiguar su pro:edencia y de dar 
parte á su madre del hallazgo, se 
las prueba, goza grandemente, mi- 
rándolas, se contempla con ellas al 
espejo, sueña con el efecto que 
produciría entre sus compañeras si 
fuese al baile adornada de esas jo- 
yas. 

Pero pronto se olvida de todo 
eso. 

Lo que más la alucina son las 
dulces palabras de su amante. ''Ese 
hombre todo lo piensa y todo lo sa- 
be." Yo tiemblo ante él y á todo 
digo sí:" dice la pobre niña, en vís- 
peras de su caída. 

No se explica ella quien sea 
Fausto. 

Sin duda, dice en su monólogo: 

*'es de familia distinguida 

si nó, no hubiera sido tan atre- 
vido." 

Fausto la aguarda á la puerta de 
la iglesia, y al salir, le ofrece el 
brazo y la llama hermosa Señorita. 



Y la humilde doncella le contes- 
ta: "no soy Señorita ni hermosa," 
dándole apenas tiempo para que le 
dirija la palabra, pues con voz des- 
templada le dice: ''que no necesita 
de que nadie la acompañe." 

Cuando ha caido rendida de amo- 
res recuerda candidamente á su 
amante la vez primera en que se 
vieron; le confiesa que desde ese 
momento comenzó á interesarse á 
su favor, y sin embargo, se repro- 
cha el nó haberlo tratado con más 
dureza, porque solo de pensarlo le 
dá rubor y pena de que la tomara 
por una mujer viciosa y de vida 
descompuesta. 

Sus pláticas no pueden ser más 
I sencillas. 

I La niña es ignorante y él sabio, 
está enamorado y como pendiente 
[ de sus labios. 

I El poeta' no lo uice, pero se adi- 
j vina que la música celestial de 
I aquella voz produce en Fausto arro- 
badora impresión. 

Le besa éste las manos y le cuen- 
ta al oído esas dulces tonterías que 
brotan del corazón en las horas de 
suprema ventura. Ella tímidamen- 
te lo deja hacer, pero se conoce que 
no está contenía de tener las ma- 
nos callosas. Le refiere angelical 
mente lo> secretos íntimos de su 
humilde hogar; le cuenta que, ade- 
más del barrido, tiene que atender 
á los otros oficios domésticos. 
Cuando murió su padre, la madre 
cayó enferma, y ella tuvo que ocu- 
parse de la crianza de su hermani- 
ta. Después de enumerar los tier- 
nos detalles de los cuidados prodi- 
gados, en que se revelan el fondo 
bondadoso y los instintos inocentes 
y precoces de la maternidad, termi- 
na con estas palabras: " su cuna 
estaba cerca de mi cama y apenas 
se movía cuando me despertaba 
yá." 

Ante una mujer semejante, un 
hombre de corazón habría caído de 
hinojos para adorar eternamente al 



El Ateneo Centro- 



americano. 



esa 
con 



mujer porque 
para abando- 



ángel del candor y de la inocencia. 

¡Qué mayor dicha para el escép- 
tico, para el desesperado que acer- 
carse á una criatura como 
poder endulzar sus penas 
miel de aquellos labios puros! 

Haber agotado todos los place- 
res de la inteligencia y no cose- 
char más que dudas: haber vivido 
largos anos como un 'asceta, la so- 
ledad y el vacío al rededor, y de re- 
pente encontrar una mujer que 
pueda redimiros y levantaros de 
vuestro lecho de miseria, ¿qué me- 
jor oportunidad para creer que pue- 
da existir felicilad en el mundo? 

Fausto tuvo la dicha de hallar- 
la, pero en vez de salvarse por ella, 
se perdió y arrastró consigo en su 
calda á Margarita. 

El ángel se hizo 
el pérfido la sedujo 
na ría en seguida. 

Hizo que la inocente entreviese 
por un instante el paraíso, y villana 
y ciiminalmente la sumergió en las 
más hondas profundidades á que 
l)ucdc desplomarse una mujer que 
ha perdido la honra. 

La segunda parte de ese poema 
de amor es ma tragedia que des- 
garra el alma y hace brotar lágri- 
mas de tierna compasión. 

Y no es que el poeta se esfuerce 
en recargar el colorido del cuadro, 
sino que uno piensa, al leer la rela- 
ción de ese infortunio, en los pesa- 
res de tantas muchachas ignoradas, 
que gimen diariamente en el mun- 
do, víctimas, como Margarita, de la 
infamia de seductores sin concien- 
cia. 

Goethe no ha tenido que rebus- 
car el tipo de su bellísima crea- 
ción. ¡Cuántas jóvenes, como Mar- 
garita, desgraciadas, habrá hoy mis- 
mo que acongojadas por su falta, 
sientan, después de larguísimas no- 
ches de insomnio, despedazada la 
cabeza y aniquilado el espíritu! 

ICuántas que imploren al Cielo 
su protección, al sentir en su seno 



su 



los movimientos del fruto de 
culpa, y en el alma los desgarrado- 
res martirios de un arrepentimien- 
to tardío! 

El libro de Fansto debiera andar 
en manos de todos, porque ade- 
más de ser una obra monumental 
en cuanto á la forma, es también 
una gran fuente de enseñanzas, y 
por lo mismo, el prodigio literario 
del genio más fecundo del siglo. 

Comparad las figuras principales 
de ese grandioso poema, asimiláos- 
las,^ sí podéis, para contemplarlas 
allá en el fondo del espíritu, y ha- 
llaréis en ellas dos figuras eminen- 
temente humanas, pero entre las 
cuales media un abismo. 

Fausto es un espíritu decepcio- 
nado, lleno de simarguras, cansado 
de la vida, enfermo de la enferme- 
dad incurable del desencanto. 

El amor lo hace volver en sí por 
un instante. Pero ese sentimiento, 
en medio de tantas amarguras que 
le desgarran el corazón, es como 
una ráfaga de luz en una tempes- 
tad de sombras. 

Verdad es que la ciencia le dá 
claridad mortecina para sumergir- 
se como un buzo entre sus dudas. 
¿Pero qué logra con ello? ¡Ay! lo 
que todos, en mayor ó menor esca- 
la logramos, á medida que reco- 
rremos el camino de la vida y que- 
remos descifrar los enigmas que nos 
rodean: incertidumbres. 

Margarita, por el contrario, es 
una sencillísima niña de esas que 
tanto abundan en la tierra alema- 
na, y que son modelos de castidad, 
de ingenuidad y de credulidad. 

Les dirigís una mirada atrevida 
y las sonrojáis y hacéis que bajen el 
párpado ruboroso. Os acercáis á 
ellas; les habláis de amores, y al 
instante, como por toque eléctrico, 
se trasparenta su alma. Malicia no 
la conocen. Sangre hay mucha en 
sus venas, pero las fibrillas nervio- 
sas que producen los santos y dul- 
ces estremecimientos del amor y 



8 



El Ateneo Centro- americano 



del deseo, parece que en ellas no 
existiese. 

Lográis fijar su mirada y aque- 
llos ojos de un azul de cielo os ha- 
cen adivinar la profundidad de una 
alma en que puede anidarse una 
de esas pasiones extáticas, sin que- 
jas, sin lágrimas que encierra algo 
de una adoración panteística, mag- 
nética. 

No aguardéis palabras de fuego, 
besos ardientes, raptos de locu en- 
tusiasmo, embriaguez del sentido. 
La Graschen se os rendirá con la 
conciencia de su gran sacrificio 
que solo el amor santifica, y, sacer- 
dotiza de su nuevo culto, se entre- 
gará á él con toda la constancia y 
fé de quien para eso ha nacico. 

Cuando se encuentra una mujer 
semejante, no puede uno menos de 
preguntarse qué otra cosa pudiera 
desear un hombre para su felici- 
dad, después de las decepciones de 
la vida, tan amarga como ingrata. 

Los años y los desengaños hacen 
del hombre nna especie de bestia. 
Una bestia que no cree, que se ríe 
de todo con risa amarga y pesada. 
La hiél tiende un velo sobre los 
ojos, y aparece el mundo al bilioso, 
pálido, moribundo, miserable. 

Cuando se ha llegado á ese esta- 
do, la tumba nos atrae como un 
seguro tranquilo. Reposar en su se- 
no, hundirse en ella equivale 
á arrojar el fardo que pesa so- 
bre los hombros con >el peso del 
universo entero, gravitando sobre 
su miserable criatura. 

¿Qué otro porvenir que la tumba 
para estas desgracias y estos dolo- 
res que nos afligen? 

Fausto, en su célebre monólogo 
estereotipa el que todos hacemos 
en nuestros ratos de desesperación: 
"No soy el fugitivo" el des- 
terrado? El monstruo sin objeto y 
sin reposo que como un to- 
rrente, mugiendo de roca en roca 
aspira con furor al abismo? 

Diga el que lea si el pensamien- 



to de Goethe, que arriba se ha ci- 
tado, no es también el suyo, si no 
es el que ha tenido mil veces al 
sentir esos descalabros sin fin, esas 
mareas del espíritu, en que, por un 
momento en que la esperanza nos 
eleva hasta el cielo, sentimos des- 
pués los desplomos de la decepción 
en que caemqs de !a celeste altura, 
para elevarnos después y volver á 
caer estropeados, desesperados, sal- 
vajes feroces con una tempestad 
dentro de nosotros mismos, lanzan- 
do gritos interiores que causarían 
al mnndo, en caso de oírlos, antes 
que conmiseración, espanto. 



I Tales son las figuras del asom- 
broso poema que tantos comenta- 
dores ha tenido y que por lo pro- 
fundo de la intención filosófica, 
por su vasto plan y por su misma 
oscuridad metafísica sólo puede te- 
ner uno que se le semeje: el poe- 
ma del Dante. 

Fausto no és una pura creación 
de Goethe. El célebre doctor ha 
existido en la edad media y su his- 
toria es bastante popular á los paí- 
ses sajones. 

Pudiera citarse el nombre de las 
obras que ha inspirado á diferentes 
poetas la figura de ese célebre he- 
chicero, pero como no \\^n^ á pro- 
pósito ni es mi ánimo, en esta pe- 
queña parte del estudio que tengo 
emprendido sobre Ja obra maes- 
tra del gran poeta alemán, otra co- 
sa que el manifestar lo que pienso 
y lo que siento sobre la figura sim- 
pática de la desgraciada Margarita, 
voy á dar punto final á mis obser- 
vaciones. 

Bien se coMprenderá desde lue- 
go la intención del autor de la obra. 
Quiso, y lo logró admirablemente 
el hacer resaltar la lucha entre el 
bien y el mal. 

Para estudiar al mal, ó sea á 
Fausto, inspirado por Mefistófeles, 
se necesita además del tiempo que 



1LAteneo_Centro-americano. 



aquí me falta, la benevolencia Jel 
auditorio que debe estar preparado 
para oír cosas amargas, que no 
siempre puedan pronunciarse ante 
todos. 

Noto que entre los que me es- 
cuchan, predomina el elemento ju- 
venil, y más que todo que aquí se 
halla presente el grupo florido que, 
con orgullo, llamamos nuestras mu- 
sas. 

Figuraos qué efecto produci- 
ría en esos oidos, habituales á la 
dulce melodía del verso, las notas 
destempladas de un hombre oscuro 
disertando sobre la duda filosófica. 
Figuraos, vosotros jóvenes, que lle- 
váis henchido el corazón de espe- 
ranzas y la mente de ideales y afir- 
maciones, lo impropio que sería de 
este lugar y de este instante el ha- 
blar de las incertidumbres, de los 
pesares, de la falta de ideales, y en 
fin de eso que constituye el fondo 
de la amargura filosófica, en que nos 
vamos consumiendo los hijos de es- 
te siglo. No será ahora, cuando me 
atreva á tanto. Quede para otra 
ocasión tan ingrata tarea. 

Por hoy baste á mi propósito el 
íljar vuestra atención sobre la ce- 
lestial figura de Margarita. Ella 
resplandece en el mundo del arte, 
al lado de otras inmortales, hijas 
del genio. 

La música le ha prestado sus 
más bellas armonías; las artes plás- 
ticas han reproducido hasta la sa- 
ciedad la figura deliciosa de Mar- 
garita, cuyo rostro, en las horas de 
arrobamiento que me causa la lec- 
tura del gran poema, me lo figuro 
casto, ruboroso, sencillo, tierno, con 
el tinte de melancolía que llevan 
en si los predestinados á los gran- 
des sacrificios. 



VERSOS leídos 
por el. Lie. Don Prospere Morales, 

A LOS SOCIOS DEL 

"ATENEO CEnRO-AKERlCAHO," 



lOh! noble juventud,! yo te saludo 
Con todo el corazón, con toda el alma; 
Porque sé que en tí cifra su ventura 
La hermosa Centro-América, mi patria. 

Porque sé que en tu pecho generoso, 
Del patriotismo la fulgente llama, 
Como el fuego volcánico del Ande, 
Ardiente y pnra, de continuo se alza; 

Porque comprendo que de ti depende- 
El bello porvenir que en lontananza 
Alcanzo á columbrar para esta tierra, 
Abatida, hasta hoy, por la desgracia; 

Porque tú eres de la patria mía 
Su noble orgullo y única esperanza; 
Porque has de hacerla con el tiempo, grande, 
Porque nombre y honor, tú debes darla; 

Porque en la mente esclarecida llevas 
El conjunto de ideas levantadas, 
Que conducen al hombre hacia la gloria 
En medio de los ecos de la fama. 

Que siempre fué la juventud garrida 
Generosa, sublime y abnegada, 
Y ha sabido llegar hasta el cadalso 
Por labrar la ventura de su patria. 

¡Juventud, adelante, no vaciles. 
Con paso firme, presurosa avanza. 
Que es tuyo el porvenir y no hay quien pneda* 
La senda interrumpir por donde marchas! 

¡Oh! sí, adelante, y con la frente ergaidA 
Sube á la cima dó la gloria se halla, 
Con ella cubre tus hermosa.s sienes 
Y arroja su fulgor sobre la patria. 



Discurso del Dr. Don Peíro yallariüo. 

Señores: 
El espíritu de asociación es un 
carácter distintivo de los pueblos 



El Ateneo Centro-americano. 



libres y civilizados, y sólo puede 
existir cuando el cultivo de las cua- 
lidades sociales y benéficas ha lle- 
gado á cierto grado de perfección. 
Cuando el egoísmo reconcentra y 
aisla á los hombres, circunscribién- 
dolos al círculo estrecho de sus pro- 
pios negocios; cuando se mira con 
la más fria indiferencia la prosperi- 
dad general, porque la voz patria 
carece de significación, y el espíritu 
público de alimento; cuando el fa- 
natismo y la supertición han degra- 
dado las almas y fomentan ideas 
mezquinas y pueriles, entonces la 
industria sólo trabaja para prolon- 
gar y sostener una existencia pre- 
caria y envilecida; la centella del 
genio se extingue; la emulación des- 
aparece, y la nación viene á ser un 
receptáculo d-f desmoralización y 
miseria en que algunos insectos or- 
gullosos viven de la muerte gene- 
ral, y pasean sus miradas insultan- 
tes por un vasto montón de ruinas. 

Pero aquí, señores, en la tierra 
clásica de la libertad, en esta Amé- 
rica, cuyo suelo está tinto con la 
sangre de sus más ilustres hijos en 
su lucha por conseguir esa libertad 
y legarnos patria, aquí que las le- 
yes protegen todos los derechos 
que la naturaleza liga al uso de 
nuestras facultades; aquí en donde 
con raras excepciones gobiernan 
hombres rectos, liberales y honra- 
dos, el entendimiento t^ene delante 
de sí una vasta carrera abierta á sus 
operaciones, sin travas ignominiosas, 
ni obstáculos creados por el orgu- 
llo y la rapacidad, muy en breve se 
fecundan las semillas de lo útil y 
de lo bueno, y el poder intelectual 
adelanta, como podéis verlo, á pa- 
sos gigantescos, en tanto que la mo- 
ral poh'tica se afianza en las bases 
más sólidas y duraderas. 

Agrupaciones como estas, forma- 
das de elementos sanos, cuyo propó- 
sito es las más altas elucubraciones 
de la inteligencia tienen la virtud 
de hacer renacer el espíritu públi- 



co, como un fruto precioso para 
cuya formación se han estado ela- 
borando los jugos que le dan todo 
su sabor y sustancia, y este espíritu 
que le reconcentra en un foco los 
intereses individuales y compone 
de ellos una masa común, esparce 
muy luego su benéfica influencia, á 
todas las instituciones, á todas las 
clases, á todas las categorías. Pe- 
niítrados como lo estamos en estas 
circunstancias de lo que vale la fuer- 
za cuando está unida con la de los 
demás, hemos formado este centro 
para buscar á nuestros semejantes, 
unirnos con ellos por la inteligen- 
cia, mutuamente cultivarla, y espe- 
ramos que de aquí han de resultar 
innumerables combinaciones de fa- 
cultades de diversas clases, que sólo 
propenderán al bien, porque el mal 
sólo se practica en la soledad y en 
el aislamiento, y, para ejecutarlo, el 
hombre, no pudiendo huir de su 
conciencia, huye al menos de los 
testigos. 

Así, pues, el deseo de unirse pa- 
ra fomentar y llevar adelante el de- 
sarrollo de la inteligencia, deseo 
que es el primer elemento de la so- 
ciabilidad, es también su comple- 
mento y su perfección, en términos 
que si el salvaje tiene que juntarse 
con ocros para echar al suelo el 
tronco de que ha de labrar su ca- 
noa, el hombre civilizado no podrá 
jamás por sí sólo realizar las empre- 
sas grandes, las obras importantes 
que sefialan y exigen los progresos 
délas luces. 

La unión moral multiplica hasta 
lo infinito el valor de cada unidad 
de las que la componen. La discu- 
ción ayuda á pensar y procrea y 
exita nuevos pensamientos. La ra- 
zón adquiere más energía cuando 
los agentes externos la estimulan. 
El amor propio sedespierta,y en es- 
ta lucha noble y generosa los es- 
fuerzos opuestos propenden al mis- 
mo fin, y de la discordia parcial re- 
sulta la armonía del conjunto. 



El Ateneo Centro-americano. 



II 



De aquí proviene que desde el 
renacimiento de las luces, los habi- 
tantes de los países que ellas han 
iluminado, han conocido la necesi- 
dad de formar corporaciones de di- 
versas clases, sea como nosotros, pa- 
ra multiplicar los medios que con- 
ducen al saber, sea para fomentar 
el bien general con pequeños sacri- 
ficios individuales, como en las so- 
ciedades de beneficencia. Las unas 
han podido adquirir instrumentos, 
pagar viajes, formar bibliotecas, o- 
frecer premios y aventurar expe- 
riencias superiores á las facultades 
de los particulares. Las otras han 
fundado establecimientos, han pro- 
pagado la enseñanza, han distribui- 
do socorros con recursos de que no 
hubieran podido usar los hombres 
más opulentos. En unas y otras la 
unión ha consolidado la fuerza; un 
noble desprendimiento ha sucedido 
á un estúpido egoísmo; las clases 
sociales se han confundido; las ba- 
rreras que las separaban se han 
abierto para no separar ya sino al 
hombre útil del inútil; por último, 
el ignorante ha tenido á su disposi- 
ción los conocimientos del sabio, y 
el pobre ha participado de los teso- 
ros del rico. 

Este ligero bosquejo basta para 
dar idea del benéfico fin que nos 

f)roponemos llevar á cabo, lejos de 
a política que todo lo corrompe y 
lo envenena, sin pretenciones de 
ninguna clase,impulsados únicamen- 
te por nuestro amor á las ciencias 
y á la literatura, jardín ameno en 
cuyo suelo no hay una sola mano 
que no pueda cultivar alguna flor. 

Ojalá tengamos imitadores, imi- 
tadores diestros, celosos y activos, 
pues en nuestro país, que acaba no 
más de salir del sepulcro de la ig- 
norancia y del despotismo, se nece- 
sita que los hombres de luces se 
unan para el fomento del bien: si 
esto sucede, no pueden calcularse 



den un soplo vivificador que los rea- 
nime. 

De las grandes reuniones de hom- 
bres y de intereses puede decirse lo 
que de la libertad de imprenta: ellas 
solas bastarán para acelerar la per- 
fección social, para suplir la falta de 
las leyes y refrenar los abusos de su 
ejecución. 

En esta reunión vemos el más 
noble resultado de la civilización; 
el homenaje más honroso y sincero 
que puede tributarse á la ciencia y 
á la cultura intelectual; la refutación 
más irresistible que puede darse á 
las calumnias que la ignorancia y el 
fanatismo vomitan contra las insti- 
tuciones que tienen por base la li- 
bertad. 

He dicho. 



las consecuencias, porque 



todos los 



elementos están prontos y solo pi- 



LUZ. 



Germen divino que brota 
De la esencia del Creador; 
Luz! principio animador 
De la inteligencia ignota: 
Vivido fuego que agota 
Las tinieblas y el capuz; 
Es la antorcha que en la cruz 
A Jesucristo alumbró; 
Primera llama en que ardió 
El pensamiento es la luz! 

Busquemos su pura esencia 

Y sigámosla en su huella. 
Que se ha agitado por ella 
Toda grande inteligencia, 
Robustece la conciencia, 
Enaltece el corazón. 
Ella saca á la razón 

De su letargo profundo, 

Y va á los antros del mundo 
A dar vida á la creación. 

''Hágase la luz radiante;'* 
Dijo el Supremo Hacedor, 

Y miróse el resplandor 



12 



El Ateneo Centro-americano. 



De aquella antorcha brillante: 
Desde entonces fulgurante 
Aparece por doquiera; 
Del Sinaí se apodera 
Cuando Moisés á su grey, 
Grabada en tablas, la ley 
Ofrece por vez primera. 



Levanta de las naciones 
Su espíritu aletargado 
Y las limpia del pecado 
Con sus grandes comuniones: 
Deifica los corazones 
Separando lo mezquino; 
Al ser humano el camino 
Enseña de hermoso solio, 
Desde el alto Capitolio 
Al magestuoso Aventino. 



Ella quita á la ignorancia 
Su destructora potencia, 

Y acompaña á la ciencia 
Con su poder y constancia. 
En el tiempo y la distancia 
No se le opone barrera, 
Que siempre la luz impera 
Con su espíritu fecundo 

Y penetra lo profundo 

Y más alto de la esfera. 



Con su semblante sonriente, 
Con su poder soberano, 
Trasforma todo lo humano 
Que vive, que piensa y siente. 
Hasta en el arte potente 
Tiene su influencia creadora. 
En el fuego que atesora 
La sagrada inspiración, 
En la ciencia de Platón 
Y el espíritu que adora. 



Ella eleva el alma inquieta 
En altas meditaciones 
E inspira las intuiciones 
Al renombrado profeta. 
Es en la ciencia discreta. 
En el arte encantadora, 
En la poesía creadora, 
Sublime en Dios, como artista, 
Pura en el Evangelista, 
Como en Jesús redentora. 



Ya lo veis! la luz se extiende, 
Con su poder sobrehumano, 
Desde el átomo liviano 
A lo que el hombre no entiende; 

Y cuando pura se enciende 
La llama del pensamiento. 
Penetra del firmamento 
Las cavidades oscuras, 

Y en irradiaciones puras 
Alumbra el entendimiento. 



Y tú, juventud hermosa, 
Que comulgas con la idea, 
Guiada vas por esa tea 
De una lum.bre esplendorosa: 
Sigue su Cduda famosa 
Y limpia tu alma en su lumbre, 
Que llegarás á la cumbre 
De la ciencia soberana, 
Que es antorcha de do emana 
La luz que eterna te alumbre. 



El alma de una nación 
Fija en tí, su pensamiento, 

Y cifra todo su aliento 
En tu ardiente corazón: 
Espera su redención 
De tu noble rectitud; 

Y en premio ¡oh juventud! 
Te dará la patria, honrosa 
Corona, la más valiosa, 
Del honor y la v'rtud. 

FÉLIX A. Tejeda. 



capítulos sueltos ds uh 
libro inédito, 



origen del hombre. 

Las atrevidas indagaciones de la 
ciencia para determinar con alguna 
exactitud la edad del mundo y la 
época probable de la aparición del 
primer hombre, están muy lejos to- 
davía de poder formularse en axio- 
mas, capaces de hacer la luz al tra- 
vés de tantos siglos en la oscura no- 



. ^^L^Z5^^52lCentro-americano. 



che 
dos 



de los 



tiempos, binembargo, 
cosas aparecen perfectamente 
demostradas: i. ^ que el desenvol- 
vimiento y desarrollo de la vida en 
el seno de nuestro planeta, ha sido 
la obra lenta y progresiva de mu- 
chos millares de años; y 2.^ que la 
¡nás elevada de sus manifestaciones 
en el mundo orgánico, el ser inte- 
ligente y racional, es anterior á la 
época más remota de las fijadas por 
los cronologistas con fundamento 
de los libros de Moisés. 

De aquí que el Génesis haya pa- 
sado de la categoría de una historia 
revelada á la de un poema religioso, 
como tantos otros existen en el 
mundo; y que desligada la filosofía 
de los lazos que á la fé la sujetaban, 
h'-^ya ensanchado su vuelo pregun- 
tándose; qué es el hombre, cómo y 
en dónde se verificó su primera apa- 
rición sobre la tierra, y de qué me- 
dios se valió para poner en activi- 
dad su inteligencia. 

La Biblia resolvía todas estas 
cuestiones declarando al hombre 
obra salida de las propias manos 
del Criador y en constante comuni- 
cación con él; manera expeditiva de 
sanjar toda dificultad. En conse- 
cuencia, no era de estrafiarse que 
apenas colocado Adán en el paraí- 
so, diese inequívocas pruebas de la 
madurez de su razón, que para mí 
lo es y muy notable el haberse de- 
jado seducir en vez de ser él el se- 
ductor; qué como estructura física 
soportara desde luego la extracción 
de una de sus costillas, material del 
que parece no podía dispensarse el 
Omnipotente para fabricar á la mu- 
jer; y qué al encontrarse con Eva, 
nuestro padre comíin hubiese ha- 
blado con más profundidad que un 
Salomón. Menos podía sorprender- 
nos que Caín fuese labrador y Abel 
apacentara sus rebaños; qué des- 
pués de consumado el fratricidio, el 
matador saliese huyendo y se fuera 
á edificar á Henoch; que Jubal, nie- 
to apenas de Adán, tocase el arpa y 



la cítara; y que Tubalcaín, hijo de 
bella, fuese hábil artífice en todo 
trabajo á martillo en obras de co- 
bre y hierro. El hombre era Dios, 
y sus progresos se esplicaban por sí 
mismos. 

Esto no obstante, la ciencia que 
siempre marcha en pos de la ver- 
dad, no pudiendo conformarse con 
la leyenda, llamó en su auxilio á 
la naturaleza. Estudiando y clasifi- 
cando las mil especies que com- 
, prende cada uno de los tres gran- 
des reinos en que está dividido su 
imperio, descubrió las misteriosas 
relaciones que entre unas y otras 
existían; y descendiendo desde el 
hombre al bruto, desde el bruto al 
reptil, desde el reptil al infusorio; 
y desde el roble á ia ortiga, desde 
la ortiga al helécho, desde el helé- 
cho al alga; y desde la arena á la 
creta, desde la creta á la arcilla, y 
desde la arcilla á las esquitas primi- 
tivas, sorprendió el gran secreto de 
la unidad, formó con él el árbol ge- 
nealógico del mundo, colocó sus rai- 
ces en el fuego central de la tierra; 
y en trabajo inverso, elevándose 
desde la materia candente al agua, 
desde el agua á la tierra y desde la 
tierra á la atmósfera, puso en la más 
elevada de sus ramas, allá muy alto 
en el cerebro humano, el mejor sa- 
zonado de sus frutos, como diade- 
ma que corona la belleza siempre 
antigua y siempre nueva de su es- 
pléndido follage. 

La religión que daba al hombre 
origen tan divino, le llevó en el exce- 
so de su orgullo hasta considerarse 
rey de la creación. Para él había 
brotado de la nada cuanto dentro y 
fuera de nuestro planeta existe. 
¿Qué más? Decíase hecho á imagen 
y semejanza de Dios 

En cambio la filosofía, que desde 
la tierra se elevó hasta el cielo, de 
tal manera le llegó á persuadir de 
su pequenez delante del magnífico 
espectáculo del universo, que 



no 



14 



El Ateneo Centro-americano. 



tuvo embarazo en confesarse humil- 
demente un derivado del mono. 

Es sólo á los asiduos trabajos de 
la ciencia, á los esfuerzos combina- 
dos de la geología y de la fisiología, 
á los que debemos habernos aparta- 
do de los lamentables excesos áque 
una y otra doctrina nos habían con- 
ducido. 

Según esto ¿sabemos algo de po- 
sitivo acerca del origen del hombre? 
Seguramente que no; pero las con- 
quistas alcanzadas en estos últimos, 
años en el terreno de las investiga- 
ciones pre-históricas, son ya bastan- 
tes para establecer Jas siguientes 
conclusiones: 

1. ^ El hombre primitivo no ha 
estado dotado del desarrollo intelec- 
tual que le supone la Biblia. Las 
huellas descubiertas hasta ahora de 
sus primeros pasos por la tierra, de- 
muestran por el contrario, que sus 
adelantos han sido muy lentos, y 
que han debido trascurrir muchos 
años antes que aprendiera á servir- 
se de los metales. Pruébalo así, el 
hecho de no haberse encontrado 
más que pequeños instrumentos de 
sílex junto á las osamentas descu- 
biertas en los terrenos cuaternarios 
europeos: 

2. ^ El hombre no ha tenido más 
guia que su razón, ni ha estado en 
comunicación con otro Dios que la 
naturaleza. Por eso son anteriores 
en él los instintos á las facultades. 
De consiguiente, es solo á su inque- 
brantable constancia en el trabajo 
á la que debe el bienestar y como- 
didades de que gradualmente ha ve- 
nido disfrutando: 

3. ^ Las afinidades que existen 
entre las diferentes especies del rei- 
no animal, no demuestran que es- 
tas hayan venido derivándose unas 
de otras, sino que sin dejar de ser 
independientes entre sí, todas con- 
verjen en admirable armonía hacia 
el foco común de la vida en nues- 
tro planeta. Así lo confirma la im- 
posibilidad de obtener cruzamien- 



tos entre animales de distinta es- 
pecie. 

4. ^ Como consecuencia de la an- 
terior, es falso que el hombre pro- 
ceda del orangután, no pudiendo 
admitirse entre los dos otro paren- 
tesco que el que existe entre todos 
los seres que pueblan el mundo, co- 
mo sal;dos del seno común de la 
naturaleza. Para demostrar esta ver- 
dad, basta comparar un momento 
los cráneos encontrados en Cro- 
magnon y Solutré, de hombres con- 
temporáneos del rinoceronte y del 
rengífero, de especies extinguidas, 
con los de los cuadrumanos de más 
elevada talla. Una atenta mirada 
sobre esas antiguas calaveras, echa 
por tierra toda la teoría de La- 
marck: 

5.^ Finalmente; aunque envuel- 
to en la's más espesas sombras el 
origen del hombre, es indudable 
que ha debido existir una primera 
pareja de la cual descendemos to- 
dos. En esto están de acuerdo la 
Biblia y la filosofía, la leyenda poé- 
tica y la ciencia. 

¿Cuál fué el lugar privilegiado de 
la tierra en donde esta pareja apa- 
reció? Eso es lo que no se sabe á 
punto fijo todavía; lo que dificil- 
mente llegaremos á saber. 

Parece fuera de duda que la ac- 
tual población del mnndo es pro- 
cedente del Asia. El estrecho de 
Bering, el istmo de Suez, las islas 
del Mediterráneo, debe haberle ser- 
vido de puentes para derramarse 
por América, África y Europa; pe- 
ro demostrado como está que no es 
esta misma población la primera 
que habitara las comarcas pre-his- 
tóricas del antiguo y nnevo mundo, 
¿sería ilógico buscar otta cuna á 
los que con anterioridad al diluvio 
de Moisés, y con anterioridad tam- 
bién á otros cataclismos, como el 
enfriamiento general de Europa de 
que nos habla Figuier, vivieron 
una vida primitiva? El troglodita 
europeo de quien tantos vestigios 



El Ateneo Centro -americano. 



5 



se han encontrado, no pudo venir 
de las fértiles llanuras de Sennaar 
1 sin haber traído consigo idea de 
una habitación mejor, puesto que, 
como ya hemos visto atrás, el pri- 
mogénito de Adán sabía edificar 
ciudades que es algo más que hacer 
una casa. 

Estudiando los grados de civili- 
zación que habían alcanzado las 
que llamamos sociedades primiti- 
vas, los escritores católicos empe- 
ñados en demostrar la autentici- 
dad de la revelación, han formula- 
do un argumento que se vuelve 
contra ellos mismos. ¿Cómo es po- 
sible, se preguntan, que apenas na- 
cido el hombre se dedicara á las 
más profundas indagaciones en la 
ciencia de los cálculos, sin recibir 
su inspiración directamente de la 
divinidad? ¿Pudo la sola instruc- 
ción llevarle á descubrir lo que la 
astronomía no ha logrado sino 
después de constantes y penosísi- 
mos afanes? Ciertamente que nó. 
Por lo tanto es necesario convenir 
en que esos pueblos en los que no- 
sotros hemos creido ver hasta aho- 
ra la infancia de la humanidad, no 
son sino restos de una generación 
perdida en el insondable abismo 
del pasado. Los caldeos decían con- 
servar observaciones astronómicas 
desde 40.000 aflos antes de Alejan- 
dro! 

¡Quién sabe si otro tanto suceda 
con el Asia, con ese vasto continen- 
te en el que todo acusa la más 
bien probada antigüedad! ¡Quién 
sabe también, si dentro de cuatro ó 
seis mil aftos, nuestros postreros, 
creerán fabulosa la existencia de A- 
mérica, é irán á buscar sus restos 
en las ondas de un nuevo océano, 
como nosotros hemos buscado las 
huellas del hundimiento de la Atlan- 
tida! ¡Qué hermoso archipiélago 
formarán entonces los elevados pi- 
cos de Himalaya! ¡Quién sabe en 
fin, si vendrán en el porvenir los 
habitantes de los polos á desente- 



rrar nuestros fósiles queriendo ave- 
riguar la edad de un mundo que 
ha de parecerles todo nuevo en las 
islas y continentes que se están for- 
mando en los senos de los mares, 
cuando despojada de su frondosa 
vegetación esta que es hoy tierra 
privilegiada de naturaleza, ofrezca 
el aspecto de un desierto en cuyas 
tostadas arenas sea difícil penetrar! 
Y si toca á las generaciones venide- 
ras que solo salven del universal 
cataclismo los esquimales, por ejem- 
plo: ¡cuánto no habrán de desba 
rrar sobre el estado de nuestra cul- 
tura cuando la que será tradición 
para ellos, les haga pensar en la 
existencia de unos hombres que 
recorrían la tierra arrastrados por 
máquinas de fuego, y que como 
Icaro se atrevieron á escalar el cie- 
lo ! 



Renato Murray. 



¿QÜIEU VENCERÁ? 



Moisés:— La mano del eterno un día 
Los orbes crió con poderoso aliento. 
La Place:— Mentira que ese gran portento 
Del condensado cosmos nacería! 

joyué:- Tan solo á la palabra mía 
Detuvo el sol su paso turbulento. 
Galileo:— No tiene movimiento. 
Yo:— ¡Mentía Josué, Moisés mentía: 

¿Qué confusión es esta? ¿lucha et<>riui^ 
Se entabla entre el pasado y el presente? 
¿Humilde aquél ante este se proatema. 
• Este humillado por aquel se siente? 
¿Por fin el dogma espira ante la ciencia? 
¿Quién vencerá? responda la conciepcia. 

RiBE» Daeio. 
(Nicaragüense.) 



El Ateneo Centro-americano. 



CRÓNICA 



Tropezando con algunos inconve- 
nientes, que nunca faltan al dar 
principio á toda empresa, se ha re- 
tardado hasta hoy la publicación 
del número i.^ de ^'El Ateneo;" 
pero en lo sucesivo esperamos que 
no dejará de salir con puntualidad 
en las fechas señaladas en otro lu- 
gar. 



A última hora hemos visto el nú- 
mero 20 de "El Ideal," periódico 
redactado por varias señoras guate- 
maltecas, amantes de la literatura 
y dignas de todo aplauso, y de ser 
imitadas por otras muchns que po- 
seen dotes especiales para ofrecer 
á la patria su contingente en el ade- 
lanto de las letras, y que por una 
falsa modestia nos privan de cono- 
cer sus talentos. 

En dicho número leimos con pe- 
sarosa sorpresa el artículo escrito 
por su fundadora, D. ^ Vicenta La- 
parra de Cerda, en el cual se despi- 
de "vertiendo lágrimas de gratitud 
y lamentando el viaje que forzosa- 
mente tiene que emprender á las 
regiones de lo desconocido, porque 
en el mundo no puede existir el 
idealismo. ..." 

Tan desconsoladoras frases nos 
contristan porque creimos que un 
periódico semejante, redactado por 
primera vez sólo por señoras que 
impulsadas por sus generosos senti- 
mientos por una parte hacia la se- 
ñora Laparra, y por otra por patrio- 
tismo, creimos que mereciera ma- 
yor protección del público; por con- 
siguiente deseáramos que su desa- 
parición fuese más bien un paroxis- 
mo que una muerte real y verdade- 
ra; y ojalá que su Editor el Sr. Sil- 
va pudiese de alguna manera pro- 
longar su existencia. 

Más, si por desgracia no se cum- 



plen nuestros deseos, desde luego 
tenemos la honra de poner á la dis- 
posición de tan simpáticas escrito- 
ras, de ''El Ideal," las columnas de 
''El Ateneo," esperando que lo en- 
galanen con sus producciones lite- 
rarias. 

Mucho sentimos no publicar en 
el presente número las composicio- 
nes que en la inauguración del Ate- 
neo recitaron los señores Cuellar y 
Vega, cuya omisión es involuntaria 
por nuestra parte, más en el próxi- 
mo número las leerán, con gusto, 
no lo dudamos por su mérito, los 
que se suscriban á este periódico. . 

No solo como un deber de 
cortesanía periodística, sino co- 
nfio el intérprete de los senti- 
mientos personales de todos sus 
miembros, El Ateneo Ce>: tro- 
americano saluda cordialmente 
á la Prensa guatemalteca, á la 
de Centro- América, á la de la 
América toda, y también á la de 
allende los mares; principalmen- 
te á aquellos de nuestros cole- 
gas que indentificados con nues- 
tros propósitos, trabajan por la 
comunión y fraternidad univer- 
sal de las Bellas Letras. 



Últimamente han desaparecido 
de entre los vivos, en esta capital 
dos personas estimables por demás: 
la primera, el Dr. D. José Luna, 
que tanto bien promovió y practi- 
có como hombre científico y filan- 
trópico: la segunda, la Sra. D. ^ 
Mercedes Salazar de Saravia, ma- 
dre de personas distinguidas en la 
carrera del foro, en la de la medi- 
cina, en la pedagogía y en la litera- 
tura. Enviamos nuestro pésame á 
sus respectivas familias. 



Tomo I. Guatemala, 15 de mayo de 1888. Núm. 2. 




i 



PUBLICACIÓN QUINCENAL. 
ÓRGANO DE LA SOCIEDAD LITERARIA DEL MISMO NOMBR?. 



EL ATENEO. 



La segunda reunión pública 
áe\ Ateneo Centro- Americano 
se ha verificado con los auspi- 
cios de la gracia y la belleza. 

Varias hermosas señoras y 
adorahles sefioritas, entre las que 
se distinguían las señoras Ver- 
gara de la Paz y de Dubarry, 
Concha y María Ortega, Lola 
Contrcras, Adelaida Cheves, 
María LOvvenihal, Natalia Go- 
rris. Victoria Viguria, Emilia y 
Gabriela Castro, Tránsito Mo- 
rales y otras, llenaban el estrado 
del salón de actos de la Escuela 
de Derecho, semejando un coro 
de ángeles encargado de presi- 
dir las modestas tareas de la es- 
tudiosa juventud. 

Abierta la sesión á las ocho y 
cuarto, el Presidente, Sr. Uñar- 
te, presentó al Ateneo á la gra 
ciosa poetisa peruana señora 
Maura Vcrgara de la Paz, quien 
en viaje de recreo por las cosías 
del Pacífico visita actualmente 
Guatemala. Como era debido, 
se le ofreció el puesto de honor 
invitándola á llenar el numero 
primero del progratna de la ve- 
lada. 



La señora de la Paz subió á 
la tribuna, y después de una bre- 
ve y sentida improvisación, que 
dirigió al Ateneo, agradeciendo 
la benévola acogida que se le 
daba, pronunció el discurso que 
en sü lugar verán nuestros lec- 
tores, sobre la educación de la 
mujer. 

El socio señor Uriarte dio en 
seguida la conferencia que en 
honor de los hermanos Diéguez 
se había anunciado, haciendo 
un estudio crítico, al par que 
comparativo, de las más bellas 
producciones de uno y otro poe- 
ta, y sosteniendo que sí existe 
una literatura nacional en Hispa- 
no-América, que ha producido 
obras notabilísimas. Como la 
conferencia fué oral, no 4)ode. 
mos darla, al menos por «hora. 
á los lectores de ''El Ateneo. 

Acto continuo el socio señor 
Colom recitó una poesía que 
por encargo del propio Ateneo 
había escrito, cuando trató de 
fundarse en 1 886, para pronun- 
ciar en el Cementerio, el día de 
íaLhumación de los mortales 
restos del General 
Víctor Zavala. 



don José 



i8 



El Ateneo Centro-americano. 



A invitacidn del presidente, 
la señora Verga ra de la Paz de- 
clamó una poesía titulada a mi 
PLUMA, y en seguida, el socio 
señor Huezo y Paredes un so- 
neto á la memoria del inspira- 
do bardo don Juan Diéguez. 

La velada terminó con una 
breve peroración del señor Uriar- 
te, en que después de dar las 
gracias á nombre del Ateneo á 
las señoras y señoritas que se 
sirvieron asistir, invitándolas á 
presentar algunos trabajos lite- 
rarios, señaló como tema para la 
próxima reunión publica, unes- 
tudio crítico sobre el más eleva- 
do de nuestros poetas. Fray Ma- 
tías Córdova, encargando su des- 
empeño al socio Dr. Rodríguez 
Castillejo. 

Dicha velada se verificará el 
jaeves 24 del presente. 



DISCURSO 

PRONUNCIADO POR LA SEÑORA 
MAURA VERGARA DE LA PAZ. 



LA INSTRUCCIÓN DE LA MUJER. 



La instrucción pública es la base 
del \erdadero progreso social; pero 
es indispensable comenzar por la 
educación de la mujer, que es el 
elemento generador de la familia, 
desde que es ella quien suministra á 
los hijos los primeros rudimentos 
del saber, .basados en el amor á 
Dios; y los primeros gérmenes de 
la virtud, que brotan del cariño fi- 
lial. 

Por eso, los grandes estadistas, 



que se ocupan seriamente de la 
prosperidad de los Estados, procu- 
ran difundir la instrucción en todas 
las clases sociales, consagrando sus 
esfuerzos á la educación de la mu- 
jer, es decir, á la formación de la 
madre, en cuyo tierno regazo apren- 
demos á balbucear las nociones más 
elementales de la ciencia; de cuyos 
purísimos labios se exhala, junto 
con el primer beso de amor, la pri- 
mera plegaria que despierta en 
nuestro corazón el sentimiento de 
la divinidad. 

Educar á la mujer, formar el co- 
razón de la madre, es resolver uno 
de los más importantes problemas 
de que depende el progreso social. 
Pero es necesario que la educa- 
ción de la mujer-sea esencialmente 
religiosa; porque siendo la religión 
el fundamento de la sociedad, na- 
die se encuentra en mejores condi- 
ciones para difundir los principios 
religiosos, que la madre, que posee 
el secreto de comunicar á los hijos 
los nobles sentimientos que han de 
encaminarlos por la senda de la vir- 
tud; porque no hay madre, por des- 
naturalizada que sea, que no pro- 
cure la felicidad de los seres á quie- 
nes ha llevado- en sus entrañas; y 
esa felicidad no puede existir, sino 
por el cumplimiento de los debe- 
res morales y religiosos, cuyo fin 
no es otro que la posesión de Dios, 
nuestro último destino. 

La madre educada en la escuela 
bendita del Evangelio, forma bue- 
nos hijos, que más tarde serán ciu- 
dadanos útiles al Estado. 

El principal conato de todos los 
hombres pensadores, es educar á la 
mujer, levantándola del abatimien- 
to á que la redujeran los errores 
del paganismo. 

Si Arquimedes sólo necesitaba 
un punto de apoyo en el espacio 
para mover la tierra; para cambiar 
la faz de las naciones y conmover 
al mundo moral, necesitamos tam- 
bién un punto de apoyo; y éste no 



= EíiAteneo_Centro americano. 



f 



es otro, que la educación de la mu- 
jer, por cuyo medio se transforma 
por decirlo así, la vida de la fami- 
lia y el organismo de la sociedad 
política, que como un círculo in- 
menso, gira siempre en torno de 
la vida doméstica, cuyo centro es 
la madre; la madre que prepara pa- 
ra el bien la inteligencia de sus hi- 
jos, de esos seres que beben, pren- 
didos á sus pechos, el néctar purí- 
simo del amor á Dios. 

La mujer virtuosa da frutos de 
bendición para el cielo y para la pa- 
tria. Ante las caricias maternales, 
purificadas por el fuego de la reli- 
gión, no hay hijo que resista, por 
extraviado que esté, los dulces co- 
loquios de amor filial; porque las 
lágrimas de una madre, al caer so- 
bre las mejillas de sus hijos, ablan- 
dan el corazón más endurecido y lo 
apartan muchas veces del abismo 
del crimen. 

Y si tan poderosa es la influen- 
cia que ejerce en el porvenir de la 
familia el amor maternal, ¿qué mu- 
cho que en todas partes se procure 
realzar á la mujer, rodeándola de 
todos los encantos que proporciona 
una instrucción sólida, si ella es el 
ángel bienhechor del hogar; si está 
llamada á ejercer un sacerdocio su- 
blime, no sólo en el santuario in- 
violable de la familia, sino en las 
múltiples evoluciones de la socie- 
dad civil.'* 

Educar á la mujer y educarla en 
los verdaderos principios del cato- 
licismo, es ennoblecerla, es digni- 
ficarla, es darle el esplendor que le 
corresponde, es levantarla de la 
postración en que viviera, cerca de 
4,000 años, porque aún no había 
fulgurado en el horizonte de los si- 
glos la estrella de fuego, encendida 
en la cumbre del Gólgota. 

A la luz de la civilización cristia- 
na, la mujer ha recobrado su dig- 
nidad perdida; ha levantado su fren- 
te abatida por el más torpe sen- 
sualismo; ha sentido, en fin, todo el 



19 



oprobio que hicieran pesar sobre 
ella las leyes bárbaras que la consi- 
deraban como vil instrumento de 
placer, ó como una preciosa joya 
que solo servía para adornar lospa- 
acios de los Césares, en medio de 
la embriaguez de sus lúbricas 'or- 
gias. 

La mujer, que cual una bacante 
prostituye sus gracias juveniles y 
olvida su noble misión en el mun- 
do, es un monstruo más peligroso 
que las fieras del desierto; más per- 
judicial á la sociedad que el foragi- 
do desalmado; porque ella dispone 
de misteriosos atractivos, de gran- 
des artificios para seducir fácilmen- 
te al incauto que se deja cautivar 
por sus mentidos halagos. 

El corazón de la mujer es sus- 
ceptible de los afectos más contra- 
dictorios, de las pasiones más ve- 
hementes; y si puede realizar 
prodigios de virtud, en el orden re- 
ligioso y político, como Esther, ó 
Juana de Arco, puede consumar 
también fríamente los más grandes 
crímenes, como Isabel de Inglate- 
rra ó Catalina de Médicis. 

Después de los sacudimientos 
que ha experimentado este país en 
los últimos afios, vuestros esfuer- 
zos deben concretarse principal- 
mente á fomentar y difundir la ins- 
trucción pública, particularmente 
la instrucción primaria, en todas 
las esferas de la sociedad. Sólo así 
tendréis ciudadanos conocieres de 
sus deberes rnorales y políticos; y 
matronas dignas que embalsamen 
con el aroma de sus virtudes el 
templo sagrado del hogar. 

El principal deber de la hora pre- 
sente, así para los que se haJlan en 
la cumbre del gobierno, como para 
los que tengan una participación 
más modesta en la enseñanza, es 
procurar la difusión dé los conoci- 
mientos Inás útiles al ciudadano; es 
trabajar por la moralización de las 
clases menos acomodadas; es pro- 
pender á que desaparezcan del orga- 



20 



El Ateneo Centro-americano. 



nismo social ciertos vicios que son el 
germen de los males que os aquejan. 

Entre esos vicios debemos seña- 
lar el lujo, que por desgracia va 
apoderándose del corazón de la ju- 
ventud. 

El ha traído muchas desgracias 
á los pueblos, y es casi siempre el 
origen de grandes escándalos en la 
vida doméstica. 

El lujo de las matronas romanas 
fué una de las causas de la corrup- 
ción y decadencia del imperio, por 
que retraía de contraer matrimonio 
á muchos ciudadanos que preferían 
la vida del libertino célibe, á un 
estado que imponía cuantiosos sa- 
crificios para sostener el fausto de 
aquella sociedad decrépita, que se 
desplomaba bajo el peso de sus cos- 
tumbres livianas. 

Quiera Dios que el ángel de la 
paz, que hoy cierne sus alas en el 
cielo de la República, sobre los es- 
combros del pasado, no os abando- 
ne, para que podáis b'-^jo su ampa- 
ro, trabajar de consuno en la gran 
obra déla regeneración moral de 
este país, ocupándoos principalmen- 
te en el fomento de la instrucción 
pública, que es el secreto del por- 
venir. 

A 2^1 PLUMA. 



No importa, pluma, qne vaciles hoy 
Si andar segura el porvenir te espera; 
Tras de tus triunfos afanosa voy. 
Aunque cansada de sufrir estoy 
La tortura letal de tu carrera. 

No importa, pluma, que tropiezos halles 
En la misión de consolar mis penas. 
Ni que tus gritos de amargura acalles; 
Altiva deseo que tu fuerza ensayes 
Y rompas de mi cárcel las cadenas. 

No importa, pluma, que el mezquino insulto 
Te salga al paso, y, sin piedad, te hiera 
Entre la sombra protectora oculto; 
Que cultivar el mal forma su culto 
Porque es cobarde en su demencia fiera. 



No importa, pluma, que por ser pequeña 
Imperceptible con tus obras seas. 
Si llevas la constancia por enseña 

Y si tu espíritu imortal se empeña 
En llegar á las cumbres giganteas. 

Sigue adelante, pluma! aun eres niña 
Para buscar un porvenir hermoso; 
No te amedrente la forzosa riña; 
Espera al triunfo que laurel te ciña 
En aras, si, de tu ideal precioso. 

Yo te acompaño por doquier que vayas 
Buscando el bien que tu virtud ansia; 
Contigo unida, romperé mil vallas, 

Y del bien y del mal en las batallas, 
¡Victoria! cantaremos algún dia, 

Maurv Vergaea de la Paz. 



A lik M3M0RIA 
Del Lie. D. Manuel Dieguez. 



Por no Horar la íuerte del poeta, 
voy á cantar su malhadada historia. 

M. DIEGUEZ. 



Duerme, bardo infeliz, duerme en la tumba; 
i Ay vale más su sempiterna calma, 
Que arrastrar la existencia cuando el alma 
Bajo el peso se abate de] dolor! 

Si, vale más, infortunado bardo, 
El silencio del féretro profundo. 
Que ver en torno indiferente al mundo 
Desdeñando los ecos del cantor. 

Y ¿qné halago la vida te ofreciera 
En un tiempo deinfando despotismo? 
La miseria, el desprecio, el ostracismo 

Y el horror de una fétida prisión! 
Por eso el sinsabor y la tristeza 

Sollozan en las cuerdas de tu lira, 

Y en sus notas dulcísimas respira 
El eco de tu amarga inspiración. 

Al escuchar tus melodiosos cantos 
Tan llenos de ternura y sentimiento, 
Yo comprendí el roedor tormento 
Que tu pecho debía lacerar; 

Y te miré luchar hasta la muerte 
Con tu destino ruin, pobre poeta, 
Como el herido, fatigado atleta 
Combate moribundo hasta espirar. 

Bello es vivir cuando á la mente halagan 
Sueños de amor, de gloria y de ventura, 

Y los perfuma la fragancia pura 
De la mística flor de la ilusión. 

Cuando plácida brilla en el semblante 
La inocencia del ángel retratada, 

Y la suerte su copa emponzoñada 
No ha vertido en el mustio corazón. 



1L^Í5ÍÍEo_Centro.americano. 



Bello es cantar ¡oh sí! cuando se ignora 
Qne tiene altar y culto el egoísmo, 
Y juzgando á los hombrebpor sí mismo 
rulsa el bardo su armónico laúd' 

Cnando férvido, grato, delicioso, 
El numen de la dicha nos inflama- 
Cuando «e canta todo lo que se a¿a 
En la hermofiay ardiente juventud. 

Cuando se halla nna fuente de placeres 
En U siempre gentil naturaleza, 
Amando de los prados la belleza, 
De los cielos la pura esplendidez; 

Y del valle las flores tremulentas, 

Y el rumor de la nítida cascada, 

Y el arroyo qne oculta la «nramada, 

Y del lago la tersa brillantez. 

Onando se aman los trinos de las aves 
Que la lumbre saludan déla aurora, 

Y au voz tan melífltia y seductora 
Ed el centro de agr«;Kte soledad. 

Y la luz del crepúsculo indecisa 
Con sus sombras silencios y misterio, 

Y en la noche cubi< rto el hemisferio 
Oon toa velos de intensa o^uridad . 

Cnando ae aman los bellos horizontes 
Oon ana franjas de purpura y topacio, 

Y del exoelao. del iumeiiso espacio, 
La orirtina de espléndido zafír; 

Y las nnbea que en formas caprichosas 
Atiaviemn el Aer tan ligeras. 

Como eans horas VHgas, placenteras, 
Qa« embellecen el misero existir. 

Y el murmullo también del sauce erguido 
Cnando su copa tan flexible ondula, 

Y el aura que monótona modula 
Snapiroi con su lánguido rumor, 

X el rebramar del aquilón violento, 

Y el empuje del recio torbellino 
Cuando el ramaje del soberbio pino 
Agita con horrísono fragor 

Llega, empero, un instante malhadado 
En quo hastían las brisas y las flores, 
En que pierden su encanto los rumores 

Y todo mustio, sin color se ve. 
Cnando á influjo del negro desengaño 

En borrjisca se torna la bonanza , 
Cuando muere en el pecho la esperanza, 

Y la anfbrcha vacila de la fe. 

Cuando quedan tan sólo en el albergue 
Del coíazón herido y desolado 
Loa puuzíiutes recuerdos del pasado, 

Y patente la triste realidad; 
Cuando el hombre un fatídico fantasma 

Aterrador encuentra por doquiera, 
Sombni, vaga tal vez, tal vez quimera, 
Que nombra en su dolor '•fatalidad." 

Til, también, hijo caro de las musas, 
Entusiasta en tu hermosa primavera, 
Con ardiente esperanza y fe sincera. 
Entonaste tu férvida caución ; 



Después, viendo tu pecho vulnerado 
^l mundo indiferente contemplaste, 
1 la lira y los cantos desdeñaste, 
Dudando de tu célica misión. 

He aquí, sensible, malhadado vate 
He^aquí tu breve, tu fugaz historia: 
bonaste dichas, porvenir y gloria, 
Al hombre amaste, al mundo, á la virlui 

Llego la decepción, después la duda 
Deshojando tus ñores peregrinas, 
Y coronas de ubrojos y de espinas 
Circundaron tu frente y tu laúd. 

¡Y era un volcan tu altivo pensamiento! 
jDe amor tu corazón era un abismo; 
Mas del mundo el atroz materialismo 
Nunca pudo tu genio comprender! 

Ni tú bien en el mundo te encontrabas 
Desde que al mundo vano comprendiste. 
Desde que un día tu existencia viste 
Abrumada de intenso padecer ! 

Mejor duermes allí, sensible bardo. 
Del sepulcro en el fondo solitirio: 

Duermes allí mejor Bajo el sudario 

No más tu corazón palpitara. 

Sí, duerme en tanto que tn ingrata patria. 
Esa patria que amaste con delirio 
E impávida miró tn cruel ma.tirio. 
Con tu nombre y ta lira se honrará. 

F. González Campo. 



^^El Ateneo Centre- American:/^ 



{Articulo escrito para ''El Ideal*') 

El jueves próximo pasado por la 
noche tuvo lugar la solemne inau- 
guración de esta simpática sociedad 
literaria, compuesta de jóvenes ¡lus- 
trados, entusiastas y amantes de 
las bellas letras, los cuales moví- 
dos por un sentimiento elevado na- 
.cido al calor del fuego del patrio- 
tismo, llevan la noble idea de for- 
mar un centro literario que sirva 
de poderosa emulación á la juven- 
tud, donde reunidos los cultivado- 
res de las letras, exhiban sus pre- 
ciosos trabajos, florezcan de día en 
día, saturando el espíritu y la inte- 
ligencia, con sus ricos perfumes, 
marchando á la perfección y ensan- 



El Ateneo Cextrívamericano. 



chando y dando vida á la literatura 
nacional, tan decaída y ohñdada en 
nuestro caro suelo. 

En Guatemala no han faltado ini- 
ciadores que de tiempo en tiempo 
aparezcan formando asociaciones 
tan útiles como la presente y que 
en fuerza de trabajo, de perseveran- 
cia y venciendo obstáculos, sobre- 
pujando dificultades, han logrado 
realizar su objeto; pero las cuales, 
ya sea p>or falta de apoyo, de acep- 
tación, de estímulo ó de entusias- 
mo, hemos tenido el pesar de verlas 
desaparecer pronto, quedando otra 
vez relegadas ai olvido, lo que siem- 
bra en los ánimos el desaliento más 
desconsolador, trayendo en conse- 
cuencia la aversión y el ningún apre- 
cio por los trabajos literarios. 

La lectura en general es útilísima 
para todas las clases sociales, pero 
la lectura de periódicos en particu- 
lar nos ofrece muchas ventajas. Ella 
nos da á conocer á los grandes hom- 
bres de todos los tiempos y de to- 
dos los países, sus hazañas y las 
trascendentales reformas que llevan 
á cabo cambiando la faz de las na- 
ciones; sus proezas, sus talentos, sus 
conquistas, sus batallas, sus indus- 
trias, sus inventos, su ilustración, sus 
triunfos y sus glorias. Por eilos co- 
nocemos el movimiento vivificador 
de las otras nadones, el número de 
sus habitantes por sus cuadros es- 
tadísticos, su carácter é inclinacio- 
nes, su grado de cultura, su comer- 
cio &, ocupando nuestra atención 
é interesándonos sus acontecimien- 
tos notables, ya sean prósperos ó 
ya adversos; admiramos á los pro- 
ceres, á los valientes, á los mártires 
y les tributamos respeto y venera- 
ción; conocemos las reformas mo- 
dernas y las adoptamos para mejo- 
rar nuestras costrumbres sociales, y 
sólo á los indiferenres á todo pro- 
gresa no les importa la lectura y 
prefieren la frialdad y la inercia del 
statu quo. 

Castelar, el gran orador, el ilustre 



tribuno, el popular escritor español 
; ha dicho que comprende cómo una 
nación puede \4vir sin que crucen 
por sus calles los hilos telegráficos, 
ni se oiga el silbido de la locomoto- 
ra; pero que no comprende una so- 
ciedad sin periódicos que ponga á 
sus habitantes en contacto con la 
gran familia del mundo, dando luz 
á su inteligencia. 

•'El Ateneo Centro-Americano" 
tendrá indispensablemente su ói^- 
no de publicidad en donde brillen 
las bellas producciones de los inte- 
ligentes socios que lo forman, y ade- 
más ofrecerá campo abierto á la ju- 
ventud ilustrada pa»-a ejercitar sus 
brillantes plumas. 

La úlrima de las redactoras de 
"El Ideal" se congratula en dedicar 
estas cortas lineas á tí«n simpática 
como interesante asociación, ha- 
ciendo votos por que tenga general 
aceptación tanto* en Guatemala co- 
mo en Centro- América, alcanzando 
cada día puevos progresos, nuevos 
triunfos; y tenemos el gusto de an- 
ticiparles nuestra calurosa y entu- 
siasta felicitación, deseándoles una 
florida cosecha de frondosos y per- 
fumados laureles. 

J. Adel.\ida Che vez. 



A JUAH DISGUSZ. 



Salve, genio inmortal, ñamen fecondo!— 
Ayl cuando en negra esclavitod gvníá 
Nuestra patria infeliz y mis sombría 
Era la noche que abortó el Profundo, 
Sesplandeció ta genio sin segando; 
Y como Sol en nebaloeo día. 
Rasgó el crespón de mengua qae envolvía 
Esta rica porción del Nnevo Mando; 
Pero el destino adverso y caprichoso 
Como parodia vil, como an sarcasmo, 
Ta genio pereigaió, ñamen glorioso. 
No te ha dafiíuio sa letal marasmo, 
Qoe él rastro de ta gloria laminoso 
Será por áempre admiración y pasmo. 

PaMEL Hl'KZO T PaREDBw 



Scbrs les histcriadcres antiguos y 

particularmente scbre Tito Líyío 

y Tácito. 



:?ÜI£Í£^Centro-americano. 



E! arte de escribir la historia es 
uno de aquellos en que los antiguos 
han sobrepujado á los modernos. 
Esta inferioridad no depende de fal- 
ta de asuntos, pues por más que di- 
gan, los tiempos modernos son á lo 
menos tan fecundos en sucesos me- 
morables como los antiguos. Creo 
que en la antigüedad, habia ciertas 
reglas sobre la historia que debie- 
ron contribuir á hacerla más intere- 
sante. Como los primeros hombres 
seguían más bien los impulsos de la 
imaginación que los de la razón, se 
creyó conveniente llenar la historia 
de hechos maravillosos, y apartarse 
de la exacta verdad para hacerla 
más popular, como lo observa 
Séneca. El mismo Tito Livio de- 
fiende á los historiadores más anti- 
guos por haber mezclado lo sagra- 
do y lo profano, á fin de hacer más 
respetable el origen de !as ciudades, 
y conviene en que todo lo qué se 
contaba de los tiempos anteriores á 
la fundacií'n de Roma, era un con- 
junto de ficciones poéticas. 

Hcrodoto conserva algunos trozos 
del estilo poético y dialogado en 
que se escribieron las primeras his- 
torias; es notable su semejanza con 
Homero, en que sin sugetarse al 
orden de los tiempos, entra desde 
luego en materia con la relación de 
los sucesos que forman la mitad de 
la época á que se refiere, é introdu- 
ciendo después lo que ha omitido, 
por medio de episodios bien mane- 
jados. Esta falta de método es prue- 
ba de un talento superior. Después 
se perfeccionó esta parte de la lite- 
ratura; la imaginación se calmaba á 
medida que se formaba el gusto; se 
desterró la parte maravillosa; se exi- 
gió del historiador que diese cu^^n- 
ta no sólo de los hechos, sino de 
3us motivos, y si eran obra del aca- 



23 



so. 



de la sabiduría ó dt. la previsión 
regla que Tácito se impuso, y que 
Cicerón había aprobado. Pero todas 
estas perfeciones del arte sólo hu- 
bieran contribuido á hacer la histo- 
ria más seca y más árida, si el genio 
del historiador no hubiera derrama- 
do su espíritu de vida en aquellos 
materiales dispcrsus, dando á lo 
exacto el interés que lo extraordi- 
nario inspira. 

Las primeras historias de Roma 
fueron anales, es decir, registros de 
los sucesos de cada año, de los cua- 
les no ha quedado un solo fragmen- 
to, sino vagas noticias de su confu- 
sión y falta de interés. Los griegos 
dieron á los romanos modelos más 
nobles y arreglados. Por ellos se 
formó Tito Livio; y su asunto era 
tan vasto que abrazaba el intervalo 
de más de siete siglos, desde el na- 
cimiento de Roma hasta la batalla 
de Actium. Divídese en dos partes, 
de las cuales la una comprende los 
tiempos en que, según el lenguaje 
de Cicerón, Roma combatió por su 
salvación, y llega hasta el fin de la 
segunda guerra púnica. La otra, mu- 
cho más corta, empieza en aquelh. 
época y llega hnsta el reinado de 
Augusto. Roma, libre entonces de 
los peligros que la habían amenaza- 
do, sólo combate por su gloria y con 
el designio de extender y afirmar 
un imperio cuyos cimientos le ha- 
bían costado tanto tiempo. 

En cuanto al interés, la primera 
parte es muy inferior á la segunda. 
La lucha de Roma diñante cinco si- 
glos contra sus vecinos es monóto- 
na y cansada. Esta lectura sería in- 
soportable, á pesar de la elocuencia 
del historiador, si las turbaciones 
interiores de la ciudad no distraje- 
ran agradablemente. La segunda 
parte presenta un cuadro más gran- 
dioso, más variado, más suscepti- 
ble de bellezas literarias. Roma des- 
plegó entonces toda su política, os- 
tentó todo su poder, venció todos 
los obstáculos. El asunto de Tácito 



24 



El Ateneo Centro-americano. 



era mucho menos extendido, y com- 
prende poco más de un siglo. El 
imperio, después de la muerte de 
Augusto, no adquirió más que la 
Gran Bretaña y algunas provincias 
conquistadas por Trajano en Da- 
cia, y á las orillas del Eufrates. Las 
guerras pasajeras y defensivas del 
Imperio no presentaban el mismo 
interés que los ataques continuos é 
invasores de la República. En lo in- 
terior, exceptuando las guerras ci- 
viles que se siguieron á la muerte 
de Nerón, sólo se ven sucesos, cu- 
ya monotonía y atrocidad deberían 
hacerlos repugnantes á los lectores 
si el arte del historiador no hubiese 
sabido hermosearlos. 

Quintiliano pone á Tito Livio en 
la misma linea que á Cicerón, indi- 
cando á estos dos autores como los 
primeros que se deben poner en 
manos de la juventud. ''La narra- 
ción de Livio, dice, es singular- 
mente agradable y clara. La elo- 
cuencia de sus arengas es superior 
á todo elogio. Todo en ellos está 
perfectamente adaptado á las per- 
sonas y á las circunstancias. Sobre- 
puja á todos los historiadores en 
expresar los sentimientos suaves y 
tiernos." La Harpe ha traducido 
esta frase diciendo: ''Ningún histo 
riador es más patético que Tito Li- 
vio." No creo que esta fuese la in- 
tención de , Quintiliano, pues éste 
sabía lo que Cicerón había enseña- 
do: que para ser patético es preci- 
so emplear medios trágicos. Este 
talento que fué el de Tácito en un 
grado eminente, falta de un todo 
en Tito Livio. Algunas veces inte- 
resa; pero jamás agita el corazón, y 
carece de aquel calor que nace del 
alma, y es la fuente del verdadero 
patérico. En Tácito no se ven de- 
clamaciones ni antítesis; ni el vano 
arte de los retóricos. Su narración 
es sencilla y natural; su estilo fuer- 
te y enérgico expresa admirable- 
mente los nobles sentimientos de la 
virtud. Sabe sin embargo, acomo- 



darse á todos los tonos Cada per- 
sonaje habla de un modo conforme 
á sus costumbres, ásu carácter, á su 
situación; y tal es el poder de su 
estilo, que interesa y arrastra al lec- 
tor, agita y conmueve su alma, la 
exalta y ]a oprime comunicándole 
los afectos que dominan en la suya. 
Para justificar lo que va dicho 
sobre la falta de virtud patética en 
el modo de escribir de Tito Livio, 
bastaría citar las ocasiones en que 
la hubiera podido emplear y no lo 
ha hecho. Tal es la defensa que ha- 
ce el anciano Horacio de su hijo 
condenado á muerte por haber ase- 
sinado á su hermana. Este discurso 
está escrito con elevación y noble- 
za, pero tan metódico y simétrico, 
que se descubren en todas sus fra- 
ses el artificio del historiador. Las 
mismas bellezas y los mismos de- 
fectos se hallan en la arenga de Ve- 
turia, enviada á su hijo Coriolano 
por el senado de Roma. Tácito, 
por el contrario, sabe tocar mejor 
que ningún poeta la fibra más sen- 
sible del corazón. ¿Quién puede leer 
sin la conmoción más viva la histo- 
ria de Vibio Sereno, acusado por 
su propio hijo _ del crimen de lesa 
majestad? ¡Qué cuadro el que pre- 
sentan estos dos personajes! Por 
una parte, un anciano estenuado, 
cargado de cadenas, cubierto de to- 
das las señales de la más profunda 
miseria; por otra un joven adorna- 
do con la mayor elegancia y pero- 
rando con todas los artificios de la 
retórica. El padre no se defiende 
con frases, sino que volviéndose ha- 
cia su hijo con rostro firme, sacude 
sus cadenas y ruega á los dioses 
vengadores que fulminen contra el 
parricida las penas que merece. No 
menos interesantes son las súplicas 
de Hortalo á Tiberio, la llegada de 
Agripina á Brindis con la urna que 
encerraba las cenizas de Germánico, 
los últimos desórdenes de Mesali- 
na, y su muerte. Todos estos son 
cuadros completos en que los per- 



26 



El Ateneo Centro-americano. 



guido, como lo prueba el elogio de 
Agrícola, obra maestra y modelo 
de este género de discursos. En el 
cuadro de las costumbres de los ger- 
manos ha seguido en cierto modo 
la manía, reproducida en nuestro 
siglo, de elogiar los pueblos salva- 
jes, para humillar con este paralelo 
á las naciones cultas. Tácito doró 
un poco la verdad, pues en el día 
sabemos perfectamente quiénes e- 
ran aquellos famosos germanos, in- 
vasores de la mayor parte de Eu- 
ropa, en donde dejaron semillas de 
barbarie que catorce siglos no' han 
podido extirpar; pero esta exagera- 
ción satírica del filósofo no daña á 
las excelentes cualidades del escri- 
tor y del literato. 

Terminemos estos apuntes con 
una consideración, consiguiente á 
lo que otras veces hemos dicho so- 
bre la importancia de los estudios 
clásicos. La historia es la lectura 
de todos los hombres, porque se 
acomoda á todas las épocas de la 
vida, y á todas las clases de la so- 
ciedad. A pesar de esta universali- 
dad de interés, la historia se some- 
te como toda la literatura al influ- 
jo de la antigüedad; y todos los his- 
toriadores modernos que han obte- 
nido alguna celebridad, han toma- 
do por modelo á alguno de los me- 
jores historiadores griegos ó roma- ¡ 
nos. Ahora más que nunca convie- i 
ne cultivar este género, para el cual j 
nuestra época suministra tantos y I 
tan magníficos materiales. Una mu- ! 
jer ingeniosa decía: lo que me dis- I 
gusta de la historia es que lo que ! 
pasa hoy día, se llamará historia con : 
el tiempo. Este pensamiento no se 
puede ac(imodar á un siglo tan fe- 
cundo en virtudes, en crímenes, en 
mudanzas espantosas, en golpes im- 
previstos, y cuya historia será todo : 
lo que se quiera, pero no insípida | 
ni monótona. 

Guatemala, mayo de 1888. 

P. V, 



Archivo nacional de ciencias y letras. 



DISCURSO 

PfliincMo el (¡ía 15 de mayo le 1831 en el salón 
de matemáticas de la Sociedad Económica, con mo- 
tivo de sn aiiertiira. 

POK 

D. JOSÉ DEL VALLE. 

ciudadanos: 

El establecimiento de cuatro cla- 
ses donde se enseñen los elementos 
de las ciencias Matemáticas, Físicas, 
Económicas y Morales, ha sido des- 
de mucho tiempo objeto constante 
de mis deseos. 

Yo los manifesté á la Sociedad 
que trabaja modestamente en el 
verdadero bien del Estado: yo bus- 
qué profesor para la enseñanza de 
las primeras. 

La Sociedad conoció su impor- 
tancia y trascendencia; y un hom- 
bre benéfico, que reúne las tres cua- 
lidades que debe poseer un maes- 
tro, el Dean de esta Santa Iglesia, 
que tiene ilustración, virtud y res- 
petabilidad, ha ofrecido dar leccio- 
nes diarias de ellas. 

Se va á abrir la clase de matemá- 
ticas; y unas ciencias de tanto inte- 
rés, serán enseñadas á todos los que 
quieran aprenderlas. 

El impulso dado al mundo, arras- 
tra á lo que se \\2imdi politica. Pero 
cuando no se ha aprendido á calcu- 
lar, ni se posee el ar^e de meditar 
con detenimiento, y discurrir con 
exactitud, es grande el peligro de 
equivocarse; y los errores en polí- 
tica, son plagas que sacrifican gene- 
raciones, y hacen desaparecer pue- 
blos enteros. 

Las revoluciones comenzadas con 
objeto justo, se alejan á veces del 
término propuesto y marchan á ex- 
tremos dolorosos. Es hablando en 



El Aten eo_Centro-amft^t cano. 



27 



general, sin contraerme á ningún 
país en particular, porque creciendo 
la efervescencia, llega al fin á enmu- 
decer la razón: toman la palabra las 
pasiones: suceden las exaltaciones 
del entusiasmo á los métodos seve 
ros del raciocinio: se habla como 
Dantón, y no se piensa como New- 
ton. Si ios directores de las revolu- 
ciones fueran estadistas, acostum- 
brados á tener siempre el compás 
en la mano, y ejercitados en calcu- 
lar las fuerzas y resistencias, las ac- 
ciones y reacciones, los bienes y los 
males, la razón iría estableciendo su 
imperio sin derramar torrentes de 
sangre; la .-«uerte de las naciones se- 
ría muy diversa; y para corregir un 
mal, no se harían sufrir muchos ma- 
les. 

Las matemáticas tienen influen- 
cia muy lata. Ese compás, ese semi- 
círculo, ese teodolito que parecen 
entretenimientos de la juventud, 
son instrumentos de grandes opera- 
xioncs en lo político, en lo econó- 
>m¡co,en lo físico y en todos aspectos. 
Permítaseme completar las mate- 
máticas en sus relacionen con la 
prosperidad de los Estados. Si lo 
politíco es lo que ocupa la atención, 
las matemáticas tienen aun en este 
sentido derechos muy grandes para 
reclamarla. 

Los elementos del poder de un 
Estado son la ilustración, la fuerza, 
la riqueza y la moralidad. Los sal- 
vajes que andan errantes por los 
bosques, son cuadro vivo de la des- 
nudez y miseria. Los pueblos inmo- 
rales abandonados á la corrupción, 
son víctimas de sus vicios. Las na- 
ciones ilustradas, ricas, fuertes y vir- 
tuosas, tienen los cetros del poder; 



y 



las matemáticas son, las que, uní 



das con las otras ciencias, los ponen 
en sus manos. 

ILUSTRACIÓN. 

El hombre desvalido en su igno- 
rancia, es poderoso en su ilustra- 



ción. Las ciencias lo elevan del pri- 
mero ai segundo estado: las cien- 
cias le dan el poder del pensamien- 
to y el de la palabr-; y estos pode- 
res son en la escala de la razón los 
primeros del mundo. 

Las ciencias del pensamiento su- 
biendo al origen oscuro de ideas, y 
observando su formación y genera- 
ción, enseña á conccer los carac- 
teres del error y la divisa de la ver- 
dad, que dan al hombre la fuerza 
del raciocinio; y con ella mueve ma- 
sas que no podría levantar con otro 
poder. 

Las de la palabra abrazan la in- 
mensidad de los sonidos: los pulen 
y perfeccionan: los elevan á siste- 
mas ríizonados de voces: forman hs 
idiomas con que el hombre expresa 
sus sentimientos y necesidades; y 
poniendo en sus manos una nueva 
potencia, le dan la de convencer 
por la fuerza del discurso, ó de en- 
cantar por las dulzuras de la armo- 
nía. 

Las de la naturaleza corren los 
velos que las ocultan: levantan la 
corteza de los seres: descubren los 
tesoros del mundo, y nos presentan 
el inventario de ellos. 

Las de Id riqueza comtemplan la 
de los hombres y sociedades polí- 
ticas: se elevan á su origen y sigen 
su desarrollo: fijan las leyes de su 
producción, distribución y consumo, 
y trabajan para que el hombre no 
esté desnudo, ni viva en las inmun- 
dicias de la miseria. 

Las de la moral son, en aspecto 
más interesante, la guia de los indi- 
viduos y pueblos. Enseñan virtu- 
des y perfecciones: forman Sócrates 
yAristides, Antonios y Marco Au- 
relios, y señalan la línea por donde 
deben caminar los hombres priva- 
dos y públicos, las familias y las na- 
ciones, para no ser devorados por 
la anarquía, ni sacrificados por el 
despotismo. 

No hay ciencias inútiles. Todas 
hacen bienes muy grandes al génc- 



28 



El Ateneo Centro -americano. 



ro humano. Pero las matemáticas 
son las que le ayudan á producir- 
los. 

Ellas enseñan á formar ideas exac- 
tas: ellas dan precisión, energía y 
fuerza al pensamiento. Desde el si- 
glo feliz en que las matemáticas em- 
pesaron á hacer progresos, las cien- 
cias ideológicas comenzaron tam- 
bién á tomar un carácter que no te- 
nían antes de aquella época ventu- 
rosa. Lock, Condillac, Destut de 
Tracy, son descendencia noble de 
los matemáticos que fueron acos- 
tumbrando á la precisión en todos 
los raciocinios y ciencias. 

Del arte de pensar pasó la exac- 
titud al de hablar y escribir. El uno 
es cuadro ó imagen del otro; y am- 
bos perfeccionados por las matemá- 
ticas, son las bases sólidas de la elo- 
cuencia y la poesía. El poeta que 
dictó tan bellos versos sobre la vir- 
tud, moderación y naturaleza del 
hombre, es el mismo que escribió 
los elementos de la filosofía: New- 
ton. En la elocuencia de D'Alem- 
bert, se conoce ala primera lectura, 
el geómetra inmortal de la Francia. 
Y si los oradores y poetas deben 
pintar la naturaleza, las ciencias 
que la dan á conocer ¿no serán im- 
portantes para hacer sus cuadros? 

La naturaleza sería misterio im- 
penetrable, si los matemáticos no 
derramaran luces sobre ella. El hom- 
bre, átcmo de la tierra; átomo en el 
sistema de los mundos, no tenía es- 
peranza de abrazarla en su inmen- 
sidad. — El matemático enseñó á 
construir instrumentos de óptica; á 
calcular el tiempo; á medir los án- 
gulos; y estas tres lecciones, pusie- 
ron á los sabios en aptitud de pe- 
netrar lo que parecía imposible á 
sus alcances. Contaron los astros: 
midieron sus tamaños; determina- 
ron sus figuras; calcularon sus mo- 
vimientos; pronosticaron sus eclip- 
ses; manifestaron el sistema del uni- 
verso. Copérnico, Galileo, Kepler, 
Newton, Laplace: estos hombres 



forman época en la historia de las 
ciencias y son los maestros de los 
físicos naturalistas. 

No es dado conocer la naturale- 
za, sin las luces de las matemáticas; 
y de los senos de la naturaleza sale 
la riqueza, objeto interesante, de la 
crisología ó economía política. 

Esta ciencia vagó al principio por 
sistemas errados, origen de sacrifi- 
cios dolorosos en los pueblos inmo- 
lados por ellos. Vio después el mé- 
todo de las matemáticas mixtas que 
observan los hechos constantes y 
generales, y deducen de ellos las le- 
yes ó causas que los producen. 
Adoptó este método feliz, y desde 
entonces cesó de ser sistemática: se 
elevó á verdadera ciencia, ó empe- 
zó á ser digna de este título. Las 
matemáticas subien-n á Smith al 
rango que le han señalado los sa- 
bios: las matemáticas dieron á Ca- 
nard las fórmulas del álgebra: las 
matemáticas han puesto á Say y á 
Ricardo en estado de perfeccionar 
y enriquecer esta sección importan- 
te del saber humano. La economía 
política es una ciencia de observa- 
ción y cálculo; y las naciones que 
han sabido observar y calcular me- 
jor son las que han hecho progresos 
más grandes. Darla mayor cantidad 
posible de productos, en el menor 
tiempo y con el menor trabajo po- 
sible, es el asunto sublime de sus in- 
vestigaciones y trabajos. Y este in- 
teresante objeto, no podrá llenarse 
sin análisis y cálculos. 

Los de las ciencias morales son 
más vastos y abrazan relaciones más 
complicadas. Si en todos los ramos 
de los conocimientos humanos es 
importante discurrir con la exacti- 
tud y precisión que acostumbran 
las matemáticas, en los políticos, 
donde los resultados son más tras- 
cendentales, es sin duda mayor la 
necesidad. Los experimentos de un 
naturalista: los ensayos de un botá- 
nico, sólo sacrifican la vida del ani- 
mal que se diseca, ó de la planta 



El Ateneo Centro-ameri 



CANO. 



que se clasifica. Los de un estadis- 
ta pueden matar millares de hom- 
bres, y hacer víctimas á centenares 
de pueblos. Todas sus operaciones 
son delicadas: en todas es precisa la 
observación, y necesario el cálcu- 
lo. Si quiere tener á la vista el cua- 
dro geográfico del Estado, que de- 
[be conocer para saberlo gobernar, es 
preciso que las matemáticas ense- 
ften á formarlo. Si quiere dictar una 
ley, es necesario que numere los 
bienes y los males que i)uedc ha- 
cer y compare los unos con los o- 
tros. Si quiere crear un sistema jus- 
to de hacienda, es indispensable 
que calcule la riqueza de la nación 
ó individuos que la componen; y li- 
mitando los impuestos ó las rentas, 
utilidades ó ganancias, no toque ja- 
más los capitales productores de 
ellas. Si quiere aprovechar las lec- 
ciones siempre importantes de la 
espericncia, debe hacer estudio pro- 
fundo déla historia de las naciones; 
y la historia no puede atravesar los 
siglos, ni recorrer los pueblos sin ser 
guiada por la cronología y geogra- 
fía, lecciones ó parte de las mate- 
máticas. 

Yo tiendo la vista por las cien- 
cías, que forman el árbol hermoso 
de los conocimiento, y en todas par- 
tes veo á las matemáticas presen- 
tándoles sus métodos de raciocinio, 
sus análisis, sus cálculos, sus fór- 
mulas, sus cifras y sus máquinas. 



RIQUEZA. 

Poderoso con estas fuerzas, el 
hombre pobre por falta de conoci- 
mientos, llega por su instrucción á 
ser productor de riquezas. 

La naturaleza forma materias pri- 
meras en sus prodigiosos laborato- 
rios. Pero la agricultura las atrae de 
sus senos: las artes y oficios les dan 
las formas que exigen nuestras ne- 
cesidades: el comercio las transpor- 
ta á los mercados; y todos estos a- 



gentes de producción necesitan las 
luces de las matemáticas. 

La agricultura progresa en las la- 
bores de la tierra, á proporción que 
se avanza en las observaciones del 
cielo. Es uno el Todo inmenso que 
se llama Universo. Todos los seres 
que lo forman están encadenados: 
todos se atraen: todos gravitan unos 
sobre otros. El movimiento de los 
planetas y sus satélites, lo produce 
en la atmósfera y el Océano; y el 
de los aires y las aguas, influye 
siempre en el cultivo. Si el curso de 
los primeros está sujeto á leyes in- 
variables, el de los segundos debe 
estarlo igualmente. Y si puede pre- 
decirse el uno, podrá también pro- 
nosticarse el otro. A los fenómenos 
del cielo, siguen fenómenos propor- 
cionales en la tierra. Hay verdade- 
ra correspondencia entre los prime- 
ros y los segundos; y penetrado de 
esta idea un escritor eminente (i) 



(1) ElSr. D. José Mañano Yallejo, 
autor del tratado elemental de matemáti- 
cas. Este sabio español, que ha merecido 
tantos elogios de varias Sociedades de 
Europa, leyó en el jardín botiínico de Ma- 
drid, el año de 1815 una disertación sobre 
el método de perfeccionar la agricultura 
por los conocimientos astronómicos y fí- 
sicos, y elevarla al grado de ciencia físico. 
matemática. Yo cito su nombre con gra- 
titud. El año anterior me dirigió varios 
opúsculos que lia publicado sobre su nue- 
vo método para enseñar jí leer y escribir; 
y esos opúsculos han empezado á ser útiles 
á mi Patria. Los jóvenes de diversos paí- 
ses que iban á París á perfeccionar su e- 
ducación, corrian los peligros de su inex- 
periencia en aquella inmensa capital. El 
Sr. Yallejo tiene en ella casa de educación 
é instrucción, que los ha disminuido ó 
hecho ceí.ar. Y hubo este estímulo más 
para aprovechar la gracia del Exc-mo. Sr. 
Ministro de Marina, que había resuelto 
que todos los jóvenes de América que qui- 
sieran ir á Francia á perfeccionar su edu. 
cación, gocen del libre pasaje eiT los bu. 
ques del Estado. 



30 



El Ateneo Centro-americano. 



llegó á concebir la idea de elevar la 
agricultura al grado de ciencia físi- 
co-matemática. "Cuando se propa- 
guen, dice, las fórmulas de correc- 
ción de las alturas observadas del 
barómetro, y se tenga un gran nú- 
mero de observaciones exactas, he- 
chas en diferentes parajes, y de mo- 
do que sean comparables, se podrán 
calcular las tempestades, las neva- 
das, las lluvias, los años secos, &, 
etc., con mucha anticipación y con 
la misma exactitud y precisión con 
que ahora se calculan los eclipses." 

(Concluirá^ 



Ee la ^'Leyenda ds les siglos.'' 



Sábese que Víctor Hugo, en esta 
colección de epopeyas, quiso pre- 
sentarnos una historia completa de 
la humanidad por medio de las épo- 
cas salientes y típjcas, ó como él di- 
ce, '^pintarla en una especie de 
obra cíclica, sucesiva y simultánea- 
mente bajo todos sus aspectos, his- 
toria, fábula, filosofía, religión, cien- 
cia, las cuales se resumen en un solo 
é inmenso movimiento de ascensión 
hacia la luz." El gran poeta canta 
con lira de bronce desde la anti- 
güedad bíblica hasta el siglo XX, 
y con alas de águila caudal su ge- 
nio pasa de las alegrías del Edén á 
los remordimientos de Caín y al 
primer encuentro de Jesús con el 
sepulcro, como hace desfilar ante 
su mirada poderosa el islamismo, el 
ciclo heroico cristiano, los caballe- 
ros andantes, los déspotas orienta- 
les, la Italia antigua, el renacimien- 
to, el paganismo, la inquisición y 
algo de nuestra época, para perder- 
se él en seguida, fuera del tiempo y 
el espacio, en océanos de luz. 



De tan hermoso como importan- 
te libro sólo conozco un poema tra- 
ducido al español, y es La Concien- 
cia^ en cuya interpretación puso to- 
da la suya Ricardo Palma; con 
tanto brillo la supo desempeñar, 
que no sé por qué no nos ha obse- 
quiado también su pendant, la le- 
yenda de Kanut, el ambicioso pa- 
rricida, en cuyo sudario de nieve 
dinamarquesa cae del cielo cons- 
tantemente una gota de sangre que 
le evita la entrada á la presencia 
del Eterno. 

Mientras el notabilísimo autor 
de Las Tradiciones de Lima, ú otro 
ingenio semejante al suyo, continúa 
la versión de La Légende des siécleSy 
yo me atrevo á ofrecer á los lecto- 
res de *'E1 Ateneo" una paráfrasis 
del poemita número décimo de la 
obra poética en que Víctor Hugo 
desplegó sus facultades con toda la 
amplitud de que era capaz, y que,, 
considerada por él en el destierro 
en Guernesey, como las Jiojas secas 
del árbol arrancado, se cuenta en- 
tre los frutos opimos del genio in- 
mortal del siglo decimonono. 

En estos versos de La Inquisi- 
ción, se ve á la naturaleza rebelán- 
dose contra la tiranía teocrática, el 
mineral incendiado pensando con 
más lucidez que el representante 
del Dios del Bien y la Verdad. Se 
echaba en cara á Moctezuma, dice 
Voltaire, el que inmolara prisione- 
ros á sus dioses; ¿qué habría dicho 
si hubiese visto un auto de fe? Un 
asiático que hubiera llegado á Ma- 
drid el día de tal ejecución, no ha- 
bría sabido si aquello era una di- 
versión, una fiesta religiosa, un sa- 
crificio ó una carnicería; y era todo 
á la vez. En presencia de tales he- 
catombes, él numen de Víctor Hu~ 
go ha dicho lo que en estos renglo- 
nes he querido verter al español y 
que forma un paralelo entre la re- 
ligión del cacique Nicarao y la del 
rey Felipe H. Dice así: 



.^i^jA^eneoCentro-americano. 



31 



HL M0M0T0M30. 



"El bautismo de los volca- 
nes es iin antiguo uso que re- 
monta á los primeros tiem- 
pos de la conquista. Todos los 
crátcreu de Nicaragua fueron 
entonces santificados, á ex- 
cepción del Momotombo, de 
donde no «e vio nunca regre- 
sar á los religiosos que lleva- 
ban el encargo de ir á plan- 
tar Is cniz en él. SQUIEE, 

TIA4BS EW AMEBICA. 



'•nentes terremotos, 



a r esos volcanes 

, "• «n el íniiicnKO reino 
i «ritan rudoH sus inmensas moles: 
; ' .mes han sido bautizados, 
i I Moniot<»mho no ha querido 
" I < :it..l¡*u; iiKÍK de un sacerdote 

I'"!- «I r;i].;icl( -ido, 

ii la Auifhta ciiiia fué resueltíi, 

y con el Hiirniniento de la Iglesia 

muchos han ido, mas ninguno ha vuelto. 

—Oh anciano Momotombol 
gigante ralvo sin ¡mv/'s ni escudo, 
«|ue HUfflas frente al mar, y con tu aliento 
le formas »l la tierra, auda/^ y rudo, 
una aureola de sj)nd)ras y de llamas! 
¿Por quí'», díme, no quieres 
al I)¡(»8 que llega ahora? 

Deja el volctüi de vomitar su lava 
y responde con voz atronadora: 

— Ko amaba mneho al dios qne 3a ha caído; 
porque enterraba el oro como avaro, 
comía carne humana, y sus mandíbulas 
tenían iKxiredmnbre y sangre negra; 
su cueva era de un i)órtico siniestro; 
templo y sepulcro A un tiempo, allí oficiaba 
el nula cruel |Kmtífice-verdugo; 
esqueletos reían á las plantas 
i d© iquel monstruo Siingriento y horroroso 
<^ne ostentaba serpientes en los puños; 

siemniv había un cadáver en su boca; 

aiiuel espectro ennegrecía el cielo, 

V yo le repi-cuílía en mis abismos. 

Cuando altivos vinieron, de ese rumbo 

de do viene la luz, los españoles 

me inspiraron afecto, y yo me dije: 

"Su alma sc^ní tan blanca cual su rostro; 

esos hombres, del cielo tienen mucho; 

bueno será su dios." Contento estaba 

y con horror del sacerdote antiguo. 

^las cuando he visto la actitud del nuevo, 

cuando vi á mi nivel las llamaradas 

de aquella lioguera que encendió con hombres 

la Inquisición que se apellida santa; 

cuando vi á Torquemada, y cómo lucha 

por disipar la noche del salvaje, 

y cómo civiliza, y de qué modo 

forja la luz y enseña el Santo Oficio; 



cuando casi asfixiado me he sentido 

de los autos de fe por la humareda 

yo que en mis hornos quemo sólo 'sombras 

pense que había errado en alegrarme ' 

mire de cerca al nuevo dios impío ' 

y he dicho que no vale el extranjero 

la pena de cambiarlo por el mío. 

J. Méndez. 



CROJNICA 



Rectificación.— Asegura "El 
Día" periódico que redacta en e.sta 
capital el escritor ecuatoriano D. 
Federico Proaño, en un artículo de 
colaboración, correspondiente al 
número 191 de dicho diario, qu- lá 
señora Maura Vergara de la Paz se 
salió de los límites del programa 
del Ateneo, que prohibe tratar de 
religión y de política, al pronun- 
ciar su discurso de recepción en la 
noche del jueves último; agregan- 
do que, en razón y justicia, merece 
excusa ese pecado, pues la culpa 
no es de dicha señora sino de la 
asociación que aun no ha dado á 
conocer sus estatutos. 

Para estatutos bástale y sobra, 
por ahora, al Ateneo, como dijo 
muy acertadamente en la sesión 
del sábado último el socio señor 
Guzmán, con las reglas de buena 
educación, que no han sido infrin- 
gidas por los socios. 

En cuanto á su programa, que es 
base fundamental de la sociedad, 
lo que está prohibido es suscitar 
cuestiones pcdíticas ó religiosas en 
el seno del Ateneo; pero no refe- 
rirse á la religión y á la política al 
tratar cuestiones literarias. La sim- 
ple lectura del discurso de la señora 
Vergara de la Paz puede servir de 
mentís á la aseveración de "El 
Día." En él no se hace más que 
proclamar una verdad reconocida 
por todas las naciones cultas, y es 
que el cristianismo ha re^erado 
á la mujer. 

Parece, además, que no han sido 



32 



El Ateneo Centro-americano. 



del agrado del colaborador de ''El 
Día" los términos en que el presi- 
dente del Ateneo, señor Uriarte, 
presentó á la señora de la Paz. 
Aunque ésta no fuera, como ha si- 
do, redactora de un semanario de 
Lima, que tenía por título ''La 
Aurora," y en el que colaboraban 
hombres de la talla de Ricardo 
Palma y González Prada, que aca- 
so valgan menos que el crítico 
de "El Día" pero que de seguro 
son más conocidos, la educación 
exigía tratar á la poetisa peruana 
como se le trató, habiéndose ser- 
vido visitar nuestro naciente Ate- 
neo, y ofrecerle, á solicitud de al- 
gunos de sus miembros, un traba- 
jo literario, que ninguna obliga- 
ción tenía de presentar. 

Como sabemos que la señora 
Vergara de la Paz escribe sus im- 
presiones de viaje por las costas 
del Pacífico, suplicámosle hacer 
constar, al hablar de Guatemala, 
que el artículo de "El Día" á que 
nos referimos, no ha sido escrito 
por ningún guatemalteco. Aquí 
nos faltará todo, menos urbanidad 
y cortesanía para tratar á las se- 
ñoras. 






"La Revista."— Con este nom- 
bre ha comenzado á publicar la 
Academia Guatemalteca, corres- 
pondiente de la Española, un perió- 
dico quincenal, de sumo inte- 
rés para los amantes de las letras. 
Al felicitar al ilustrado colega por 
su aparecimiento en el estadio de 
la prensa, establecemos con él el 
cambio de estilo. 






Felicitación. — -La enviamos 
muy sincera al Dr. don Ramón A. 
Salazar, distinguido miembro del 
Ateneo, por su nombramiento pa- 
ra Miiífttro Residente de Guate- 
mala en el Imperio Alemán. 






Nuestro periódico.— En se- 
sión del sábado T2 del presente, el 
Ateneo Centro-Americano resolvió 
poner este periódico bajo la direc- 
ción de una Junta compuesta de 
los socios Uriarte, Méndez y Agui- 
lar, facultándoles ampliamente pa- 
ra la elección de materiales. 

La administración queda, desde 
hoy, á cargo del socio León Fidel 
Bustillo. lo. ^ Calle Oriente nú- 
mero 20. 

^' ^ 

Velada. — En la noche del do- 
mingo 13 del corriente, se verificó 
ante una numerosa concurrencia, 
en el salón de actos del Instituto 
Nacional Central, la primera velada 
lírico-literaria de la sociedad que 
se ha fundado con el titulo de "El 
Pensamiento." 

El variado programa que de an- 
temano circuló fué bÍQn ejecutado, 
y los alumnos que tomaron parte 
nada dejaron que desear. 

Felicitamos á la sociedad "El 
Pensamiento" por el feliz éxito que 
ha obtenido y deseamos que dure 
largo tiempo. 



Gracias. — Las damos á las per- 
sonas que han tenido la bondad de 
suscribirse al "Ateneo Centro- Ame- 
ricano," manifestándoles que la irre- 
gularidad con que fué distribuido 
el primer número, se remediará des- 
de esta fecha. 

Así mismo, suplicamos á las re- 
dacciones de los diversos diarios 
que en esta capital se publican, nos 
excusen si el cambio de estüo les 
llegó tarde, por no naber sido nues- 
tra la culpa sino de las dificultades 
consiguientes á toda empresa que 
se inicia y que no siempre pueden 
vencerse á medida del deseo. De 
hoy en adelante seremos más pun- 
tuales. 



Tomo I. Guatemala, F de junio de 1888. Núm. 3 . 




PUBLICACIÓN QUINCENAL 
JAMO DE LA SOCIEDAD LITERARIA DEL MISMO NOMBRE. 



BL ATSNHO. 



La reunión pública anuncia- 
da para el 24 pasado, se verificó 
ante una, no muy numerosa, pe- 
ro sí escogida concurrencia. 

Rl socio Dr. Rodríguez Cas- 
tillejo dio la conferencia sobre 
las obras de Fray Matías Cói- 
dova, haciendo el debido elogio 
de ellas, y sosteniendo, á su vez, 
la existencia en Hispano Améri- 
ca de una literatura nacional. 

Subió en seguida á la tribu- 
na Lola Montenegro y leyó con 
natural entonación su poesía 
"El Poeta" que en otro lugar 
verán nuestros lectores. 

La señora Maura Vergara de 
la Paz dijo á continuación un 
discurso alusivo, y recitó su poe- 
sía "Al Genio." 

El socio Huezo y Paredes dio 
lectura á una composición poé- 
tica "A Lamartine," y acto con- 
tinuo los socios señores Guz- 
man y Bustillo, Don Juan, lle- 
naron con dos discursos respec- 
tivamente la parte que en el pro- 

o-rama de la velada les corres- 

& 

pondía. 



Subió luego á la tribuna el 
vice-Presidenre señor Méndez y 
recordando que el 22 había sido 
aniversario de la muerte de Víc- 
tor Hugo, leyó una traducción 
de "El Parricida" del propio 
poeta. 

Habiéndose iniciado una dis- 
cusión entre los socios señores 
Fajardo Ortiz y Rodríguez Cas- 
tillejo, sobre si existe ó no una 
literatura verdaderamente nacio- 
nal en los países américo-latinos, 
el Presidente dispuso fuera éste 
el tema sobre que versará la 
próxima velada ordinaria. 



EL POKTA. 



El poeta es luz que rasga las tiuiebhuí 
Y alumbra los senderos de la vida; 
Monarca augusto, lleva su corona 
De verde mirto, de laurel y espinas. 

El no mendiga aplausos ni o^wáaom, 
En un valle de lágrimas camin»; 
De su propio valor tiene conciencia, 
Pero jamás al desgraciado humilla. 

Nunca el énfasis propio de los nedof 
Ostenta el poeta; nunca la malidft 
Nubla su faz, y como niño ingenuo 
Lleva la frente luminosa alü^ 



34 



El Ateneo Centro-americano. 



El canta sus amores como el ave 
Enamorada, entre la selva umbría, 
O gime en sus pesares como gimen 
Las dulces auras cuando el sol declina. 



De su existir en la risueña aurora 
Su tierno corazón abre á la vida 
Y apura los tormentos más amargos 
Su alma sublime, angelical, divina. 



En él no tiene la maldad asiento 
Ni en su alma bella albérgase la envidia. 
Pues muy bien sabe que el debido premio 
Nunca, jamás encontrará en la vida. 



Sa gloria empieza dó su vida acaba, 
Y aun lo sigue al sepulcro la perfidia; 
Que hasta la tnmba donde duerme el genio 
La ruindad de los necios mancharía. 



El hace el bien porque su noble pecho 
Por el amor y por el bien suspira; 
Ama á Dios en los homl^res sus hermanos, 
Aunque destrocen sin piedad su dicha. 



¿Cuál es su patria? el universo entero 
La cuna es del genio que delira; 
¿Cuál es su religión.? ese infinito 
Amor que enciende, eleva y vivifica. 



¿En dónde busca á Dios? en cuanto existe 
Verdad, amor, belleza y poesía. 
En los mares, los cielos y los bosques 
En la ciencia, en el arte y en su lira. 



;Cuál es su altar? la gran naturaleza 
Llena de encanto, de esplendor y vida, 
La augusta soledad de las montañas, 
El ancho espacio do los astros brillan. 



Fuera está del alcance de los hombres 
La grandeza del genio; y él agita, 
Sus alas en regiones muy distantes 
En pos de una deidad desconocida. 



Indiferente á la ruindad del mundo, 
Sólo á lo grande, á lo infinito aspira; 
Y tenien ;o por solio el firmamento. 
El gorgeo de un ave le cautiva. 



Niño sublime! mártir en la tierra, 
El dolor le destroza y le fatiga, 
Y abnegado y valiente como genio, 
Ama, jjerdona, compadece, alivia. 



Ah! no busquéis al genio en el orgullo 
Que cree brillar cuando en verdad no brilla; 
El genio es olvidado en la miseria. 
El genio está dolde el dolor habita. 



Que lo que buscan con afán los hombres 
Desdeña el poeta en su humildad altiva; 
Sin la desgracia que es su patrimonio 
El genio en el placer se asfixiaría. 



Precursor del progreso, va delante: 
Siente, predice, alumbra y deifica. 
De su cerebro surgen las ideas 
Que al adelanto con su luz nos guían. 



Cantor de la verdad, no apoya farsas : 
No es poeta aquel que fanatismo abriga; 
Que no ama las tinieblas el que lleva 
Luz en la frente y en sus manos lira. 



Yo venero á los genios, los adoro. 
Mi frente ante ellos el respeto inclina; 
Mi inteligencia no podrá alcanzarlos, 
Pero los siente mi alma enternecida. 



¡(xloria, pues, á los poetas de mi patria! 
¡Gloria á esos astros que en su cielo brillan, 
Gloria á las tumbas que sus restos guardan, 
Gloria á los infortunios de su vida! 



Patria del corazón tan adorada, 
Bella patria de mi alma tan querida, 
Engalanen sus nombras tus altares, 
Que tu historia pon ellos se ilumina. 



Y que sean lumbreras de tu gloria 
Y legítimo orgullo de tu dicha, 
Los nombres de los Diéguez y de Córdova, 
Goyeaa y Batres, Irisarri y Milla. 



Hermosa juventud! sigue adelante; 
De tu valor la patria necesita; 
Que la bCila y gallarda Centro- América, 
Verdes laureles á su frente ciña. 



Juventud, Juventud! destruir tú debes 
Fanatismo, maldad é hipocresía; 
Lucha contra ellos, que las negras sombras 
Rápidas huyen á la luz del día. 



No te estremezca, juventud valiente, 
Que la desgracia por doquier te siga; 
No se alcanza la gloria sin la lucha, 
Pero ella al vencedor inmortaliza. 



Juventud, adelante! nada temas; 
Sigue serena, valerosa, altiva; 
Que si existe la noche, sus tinieblas, 
Raudas se alejan cuando nace el día! 

Dolores Montenegro. 



=^^IIÍ5^_Centro-ameRicano. 



REFLEXIONES 



DEDICADAS AL 



35 



•Ateneo Centro-Americano.' 



SOí! 



DISCUBSO DEL 



\XCI8C0 GÜZMAN. 



Es una máxima corriente entre 
nosotros, que los centro-americanos 
somos incapaces dejlevar á buenos 
términos las asociaciones; y adu- 
ciendo pruebas al canto, se pregun- 
ta dónde están esas sociedades que 
en Centro-América, con fines polí- 
ticos, industriales, científicos ó lite- 
tcrarios hayan alcanzado larga exis- 
tencia y prosperado notablemente? 
Y á propósito de ello, parece que 
el pasado nos proporciona tantas 
experiencias como el presente. Pe- 
ro conviene analizar aquella aseve- 
ración y determinar los medios de 
corregir esa lamentable falta ó re- 
nunciar para siempre á nuestro me- 
joramiento social. 

En mi humilde concepto todo el 
mal depende de la intolerancia, la 
intolerancia del egoismo que de- 
muestra inmoralidad y mala edu- 
cación política; mas no de la ín- 
dole peculiar de los pueblos, ni esos 
vicios están tan íntimamente liga- 
dos á nuestros caracteres que no 
podamos desasirnos de ellos. Esta 
interesante reunión lo demuestra. 
A esa corrección de costumbres, á 
ese ensanche de ideas, á esa afini- 
dad de sentimientos, á esa confra- 
ternidad siempre generosa y levan- 
tada, debemos tender en el ''Ate- 
neo centro-americano," so pena de 
caer al primer empuje antipatrióti- 
co que nos lance la envidia, ó de 
dividirnos ante las rechiflas de aque- 
llos que desearan vernos desunidos, 
zahiriéndonos unos á los otros y 



esponiéndonos á perder la protcc 
Clon del Gobierno Nacional. 

tud lustrada es por el mismo he- 
cho liberal, y que para ser liberal 
necesitase como base indispensa- 
ble ser honrado para procurarse el 
bienestar propio; generoso para- 
contribuir al bien ajeno, y digno pa- 
ra ser util á la patria donde se ^'ie- 
ra la primera luz. El axioma de 
Montesquieu ''la virtud es el prin- 
cipio vital de la democracia" sólo 
la juventud ilustrada lo comprueba 
porque ella tiene horror innato á 
todo lo que envilece ó degrada y 
le entusiasma cuanto ennoblece y 
elevad una gloria limpia, consa- 
grándose al bien de la generalidad 
y al renombre de la patria, á los 
cuales sacrifica sus placeres, sus in- 
tereses y hasta la tranquilidad de 
sus hogares. 

Esos á quienes debemos dedicar 
nuestros afanes y despertar á la vi- 
da activa del uso de los derechos, 
del mutuo afecto y de la felicidad 
común, son los centro-americanos, 
y la tierra hermosa cortada por !a 
mano de Dios que nos la dio por 
patria, es la que cierran los istmos 
de Tehuantepec y Panamá. 

Mas no hablaré según la costum- 
bre ó monomanía de la época, acer- 
ca de las ventajas políticas sociales 
ó económicas de esa unión; sólo 
quiero concretarme á nosotros, que 
miembros de cinco repúblicas de he- 
cho, y enlazados hoy por.un pacto sa- 
grado, aún nos alternamos miradas 
díscolas y nos reprochamos mutuas 
intransigencias, demostrando la tris- 
te realidad de que el centro-ameri- 
canismo sólo nos sirve para abrir- 
nos la puerta de las simpatías y pa- 
ra captarnos consideraciones utilita- 
rias, reservándonos en el fondo et 
localismo que, aunque lo doremos 
con el amable nombre de cariño á 
la cuna natal, jamás dejará de ser 
un egoismo, pasión innoble que nos 



36 



El Ateneo Centro-americano. 



obliga á ver con desdén al que na- 
ciera en otro lugar. 

Nuestras tendencias á personali- 
zar hechos históricos pasados y 
nuestras ridiculas animadversiones, 
que ni tienen razón de existir, ni 
hay mérito ninguno en sostener, es 
otra de las faces del extraviado sen- 
tido moral que nosguía. 

Cuando reconozcamos y declaré-, 
mos con franqueza nuestra defec-' 
tuosa constitución social, nuestras 
costumbres exclusivistas, nuestros 
ruines manejos, entonces nos aver- 
gonzaremos; pero también puestos 
de relieve nuestros vicios, ó los co- 
rregimos ó nos exhibiremos mise- 
rables é indignos. 

Nada hay más halagador que un 
centro donde campean con igual 
brillo el talento y la imaginación, 
las ciencias y las virtudes, el verda- 
dero patriotismo y las aspiraciones 
al porvenir, el decoro y el valor: 
así se reunían los girondinos, y ellos, 
muy felices, se elevaron en sublime 
martirologio, hasta el sacrificio y la 
gloría! 

Mas ¿qué nos falta á nosotros? la 
unidad, y para conseguirla, la per- 
severancia, y para sostenerla, la mo- 
ralidad. Abracemos estos princi- 
pios, demos vida con nuestra pro- 
pia sangre al '^Ateneo" y consigne- 
mos que quien ose ofenderlo, no 
ama la Unión de Centro-América. 

Si Guatemala ha tenido y tiene 
la dicha de abrigar en su seno la 
nata de la juventud centro-ameri- 
cana; si todos veneramos los nom- 
bres ilustres de aquellos que bajo 
los cielos del ''Valle de la Ermita" 
tuvieron el oriente de su gloria; si 
no hay país priviligiado en genios 
y la circunstancia de proporcionar 
Guatemala un fácil punto de reu- 
nión no debe despertarnos ningún 
odio ni envidia; si nuestra misión 
no es desenterrar el pasado sino 
consolidar el porvenir; si la inmen- 
sa mayoría de seres ignorantes que 
pueblan estas repúblicas esperan 



algún beneficio de la posteridad, 
beneficio que la juventud debe pre- 
pararles; si el tiempo es perentorio 
y mañana nos separaremos sin ha- 
ber aprovechado nuestra actual 
unidad, siquiera en concertar nues- 
tras tendencias, propósitos y me- 
dios de acción; si nuestros mayo- 
res decantan el sagrado encargo 
que han dejado á esa juventud pa- 
ra redimir de su abyección á las 
clases bajas; si se nos ha dado la 
suficiente luz para conocer los san- 
tos deberes que la patria nos de- 
manda: ¿será justo que aún pense- 
mos en el valor de* nuestras perso- 
nas y posterguemos á nuestra im- 
portancia los deberes del ciudada- 
no y las esperanzas de la deseada 
nacionalidad? ¿Será digno ocuparse 
cada uno de elevar su nombte, des- 
honrando á los demás, y deprimien- 
do sus méritos? ¿Será honrado lle- 
var la discordia y la desmembra- 
ción á esos mismos centros donde 
fuimos recibidos con benevolencia 
y con cariño? ¿Y qué satisfacción 
puede cabernos de haber contribui- 
do eficazmente á perpetrar un mal? 

Todo nace de la inmoralidad, y 
vale más confesarla, que figurarnos 
hipócritamente que estamos llegan- 
do al pináculo del perfeccionamien- 
to, cuando todavía tenemos que de- 
purar hasta la conciencia de sus 
sombras é imperfecciones. 

He allí la razón por qué aún no 
podemos marchar sino con la fuer- 
za autoritaria, lo mismo que una 
máquina de complicados y ásperos 
rodajes, no puede funcionar sino 
mediante del enérgico esfuerzo de 
una gran rueda motriz; y he aquí 
también por qué necesitamos el as- 
cendiente de una voluntad directo- 
ra para permanecer compactos y 
unidos; desgraciada necesidad, pero 
á la vez único medio para conser- 
var la vida á esta sociedad por mu- 
chos motivos importante; para go- 
zar con la magnífica perspectiva de 
la paz, la unión y la armonía; para 



T» 1 




I>»lb 



38 



El Ateneo Centro-americano. 



A CONCEPCIÓN ANLEÜ 

AL DEJAR EL COLEJIO Y RECIBIR 
EL DIPLOMA DE PROFESORA. 



Conque á partir te dispones 
Hacia la tierra nativa, 
Hacia aquel rincón del mundo 
Con que mi mente delira? 

¿Donde nuestras cunas fueron 
Por la pobreza mecidas? 
¿Donde los dos respiramos 
La primer aura de vida? 

¿Donde veloces pisaron 
De nuestra infancia los días, 
Dejándonos mil recuerdos 
De aquella edad tan querida? 

¡Dichosa tú, que ya vuelves 
A tu modesta ca ita 
Sin que ninguno allí falte 
De los qu© dejaste un día! 

¡Dichosa tií que de nuevo 
Vas ix hallarte comprimida 
Por los amorosos brazos 
De tus padres, tierna niña! 

Paloma que al nido vuelas 
Bebosando de alegría, 
¡Cómo quisiera seguirte 
Al emprender tu parti ia! 

Pero ¡ay! que mis tiernas alas 
Por vez primera estendidas, 
Lías destrozó de improviso 
El vendaval de la vida; 

Y lejos del caro nido 
Do existen mis súnpatías, 
Quédeme luchando solo 
Con mi negra suerte impía 

Por eso envidio la tuya 
Que te permite benigna, 
Tornar á aquellos lugares 
Rebosando de alegría. 

Y d fe que motivo tienes 
Para estar tan conmovida, 
Sabiendo que allí te esperan 
Tus padres con sus caricias. 

Mientras que yo ¡desgraciado! 

No puedo tener la dicha 
De recibir de los mios 
Una amorosa sonrisa. 



Ni de estrechar junto al pecho 
Donde la tristeza habita, 
Al hermano, al compañero 
Que lloro todos los días. 

¡Ah! si con mi llanto hiciera 
Que volviesen á la vida, 
¡ Cómo baíiíara mi llanto 
Sus venerables cenizas! 

Pero ya que no le es dado 
A tu cantor esa dicha, 
Goza tú la que te aguarda 
En tu modesta casita. 

Vuelve á ella con el lauro 
Que ciñe tu frente altiva 
Y ponió á los pies de aquellos 
A quienes debes la vida. 

Diles que ese lauro encierra 
Largas noches de vigilia 
Pasada sobre los libros 
A la luz de una bujía. 

Diles también que es el fruto 
De sus constantes fatigas 
En favor de quien sabrá 
Ser para ellos buena hija: 

Que fie la Ciudad, los vicios, 
La maldad, la hipocresía. 
No empañaron las virtudes 
Que tu alma enriquecen, niña: 

Que inspirándote en lo bueno 
. Supiste apartar la vista 
Del foco ue corrupción 
Que encierra la Corte altiva: 

Que el pudor y la inocencia 
Vuelven en tu compañía, 
Y que llevas además 
El saber que no traías; 

Diles, en fia, que sus penas, 
Sus trabajos y fatigas 
No han sido infructuosos, nó, 
En beneficio de su hija. 

Ve pues .... y sobre sus frentes 
Un ósculo deposita 
En premio de t;into afán, 
De tanta pena y fatiga. 

¡Ah paloma! si pudiera 
Yo seguirte en tu partida, 
¡Cuánto gozara mi alma 
• En la que fue mi casita! . . . 

Pbóspero Morales. 
Guatemala, Noviembre 7 de 1887. 



.^L^^EeneoCentro-ameri 



CANO. 



DISCURSO 



l'RONUNCIADO EN LA S\ VELADA DEL 

"Ateneo Centro- Americano" 

POR EL SOCIO 
JUAN DE DJOS BÜSTILLO. 



Seüor Presidente, señoras y señores: 

Agradezco ip finito el nombra- 
miento con que la mesa me ha 
honrado para ocupar este sitio. Con- 
fieso la debilidad de mis fuerzas in- 
telectuales; pero me aliente el re- 
cuerdo que tengo de vuestra bene 
volencia; no estrañeis que me con- 
mueva temeroso en presencia de es- 
te auditorio tan ilustrado y respe- 
table. Hijo de un pueblo como vo- 
sotros, donde las cimas de sus mon- 
tañas dominan el furor deJ huracán, 
y las concavidades de sus vírgenes 
selvas parece que guardan los ecos 
de la tempestad; de un pueblo pri- 
vilegiado, donde la Naturaleza se 
presenta con toda su magnificencia 
y esplendor, donde en una noche 
de revolución se vio brillar la espa- 
da de Morazán que pensativo, amar- 
gado su corazón por el desengaño, 
y turbia la mirada por la tristeza, 
pero resignado, subía las gradas de 
un patíbulo á expiar las culpas de 
•de su patria y á santificar con 
sangre sus principios ¡sangre que 
la fuerza de cuarenticinco años 
no ha podido borrar en la memoria 
de los pueblos centro americanos, 
porque la sangre de los mártires 
humea siempre al través de los si- 
glos y las generaciones, para eterno 
castigo y eterna execración del pue- 
blo que fué su victimario! no extra- 
ñéis que tenga de esta hermosa 
tierra sus volcánicos afectos, el fa- 
natismo de su delirio para todo lo 
grande y bueno. 



Señores: trasformaciones asom- 
brosas se contemplan en las pátri- 



ñas de la humanidad. 

• Ora nos sorprende aquel 
de aislamiento en 



estado 
que vivían las 
primeras naciones, cuyo ideal era la 
destrucción y la muerte, y que mo- 
vidas por feroces vandálicos instin- 
tos, se declaraban ruda y sangrien- 
ta guerra, dejando los campos con- 
vertidos en lagos de sangre, donde 
acaso después de los combates sa- 
ciaban la sed del exterminio que las 
devoraba,ora que hicieran de hermo- 
sas ciudades solitarios tristísimos se- 
pulcros, para exhalar sobre ellos sa- 
tánicas carcajadas de placer y cele-» 
brar en odiosos festines sus victo- 
rias, ora, en fin, que el hombre tuvie- 
se por más encarnizado enemigo al 
hombre, y nos entristece que Edipo 
vague ciego acosado por el sufri- 
miento, y Eteocles y Polinice, no 
respeten que hayan estado en un 
mismo vientre y bebido las mismas 
caricias maternales, para acribillarse 
á puñaladas á la sombra de dura y 
sombría batalla. ¡Espectáculo san- 
griento, señores, rl de los primiti- 
vos pueblos que, e.i medio de la ig- 
norancia, vivían la vida-de los bru- 
tos, sin conciencia de sus derechos 
y sus deberes, sin idea de la justi- 
cia, guarnecidos en miserables cho- 
zas ó en los senos de las rocas, y sin 
más culto que un relajado paganis- 
mo y sin más distintivo de los otros 
seres que la figura humana! 

Un camino de dos mil aflos nos 
separa de aquella generación y de 
aquellos tiempos. 

Comj^letamente transformado se 
presenta el mundo. Ya el hombre, 
como dice muy bien Flores, no es 
esclavo de la Naturaleza; que al 
contrario la Naturaleza esclava es 
del hombre. Y en verdad. ¿Qué sig- 
nifica ese movimiento vertiginoso 
en que van muchos carros ligados 
por gruesas cuerdas de hierro? ¿qué 
ese grito inmenso parecido tanto á 
la voz del rayo, cuando realmente 



40 



El Ateneo Centro-americano 



es el desahogo de una caldera? Ah! 
me diréis, es la locomotora que hu- 
ye de un punto á otro; es el mons- 
truo de la civilización. ¿Y quién em- 
puja con violencia inaudita esos ca- 
rros? El vapor! Yo digo, nó; es el 
genio de Fulton. 

Ya no hay distancias difíciles de 
acortar: ese gigante que se llama el 
océano, aun cuando alce muy alto 
sus penachos de espuma, lleno de 
cólera, es dominado, es humillado 
por el hombre: el espacio infinito 
donde toda humana mirada se pier- 
de, donde giran silenciosos multi- 
tud de astros, ese cielo azul donde 
el poeta encuentra todo un poema 
de inspiración, y el desterrado un 
consuelo á su amargura, y el sabio y 
el filósofo, campo inmenso á sus in- 
vestigaciones, tampoco está, exclui- 
do del dominio del pensamiento 
humano. Y la extensión sin límites 
es acortada por el telescopio. He 
aqui como la razón ha superado á 
la Naturaleza; mas también ha do- 
meñado la sociedad. Aquella reli- 
gión pagana que tanto rebajaba la 
conciencia y humillaba el espíritu; 
de aquel culto extravagante, se ha 
pasado 4 una reiigión que serena 
el vendaval de las pasiones, que pu- 
rifica nuestros infortunios, que ca- 
lla los gritos salvajes del dolor, y 
cuando lloramos hace que nuestras 
lágrimas si* conviertan en granos 
de incienso, quemados al fuego de 
nuestro cariño, y consagrados á un 
ser con santas bendiciones del al- 
ma. Y lo que ha sucedido en la es- 
fera de la moral, se ha operado en 
todas las manifestaciones del pensa- 
miento. Todo esto se comprende 
porque las ideas han sido el princi- 
pio revolucionario en todas las épo- 
cas; todo esto, porque á pesar de 
las pasiones, de los intereses, los 
pueblos marchan al cumplimiento 
de su destino. 

A medida que el espíritu de aso- 
ciación va apoderándose de la con- 
ciencia, los individuos se fraterni- 



zan, forman pequeños grupos y es- 
tablecen pequeños centros de pro- 
greso. Así se formó la civilización 
antigua y sobre sus cimientos ha 
levantado su edificio la civilización 
moderna. Es verdad que para ha- 
cer triunfar una idea se ha necesi- 
tado de muchos mártires, se ha te- 
nido que pasar por muchas calum- 
nias, vejaciones sin cuento; pero 
precisamente es por eso que esas 
mismas ideas triunfan. Grande ve- 
mos el martirologio de la libertad, 
pero la libertad es hoy la señora 
del mundo; triunfó el Cristianismo 
sobre las cosmogonías antiguas; el 
derecho moderno sobre las viejas 
instituciones de la Edad Media. 

Nosotros, señores, también he- 
mos de alcanzar el ideal que persi- 
guen nuestras esperanzas. Que no 
haga mella en las voluntades lo que 
en centros literarios, como éste, se 
mira en otras partes: que unos cuan- 
tos criticones improvisados, tratan 
de ahogar las aspiraciones de la ju- 
ventud. Me acuerdo que el Dr. don 
Ramón Reyes, literato distinguido 
y orador elocuentísimo, decía en 
un artículo titulado *'Los escanda- 
losos:" ''Hay hombres que se es- 
candalizan en presencia de las va- 
liosas Cí>nquistas del pensamiento 
humano: hay hombres que se es- 
candalizan cuando miran que el 
edificio de las imposturas bambo- 
lea, que el templo de los tiempos 
medios se desvanece; pero no im- 
porta, esos son los miopes del pensa- 
miento, son las aves noctivagas del 
mundo de las ideas. Es necesa- 
rio que haya escándalos, pero ay 
del que escandalice!" Y efectiva- 
mente, hay quienes se proponen 
hablar sandeces á la humanidad, 
pero esos mismos hombres mere- 
cen el desprecio de toda persona 
sensata. Por dicha, esto no sucede 
entre nosotros que empezamos á 
trabajar en el terreno de la litera- 
tura: no existen esas sombras en 
esta sociedad que nace: nadie, ab- 



El ATWTam 




42 



El Ateneo Centro-americano. 



La inteligencia á descifrar no acaba 
Más allá del misterio sobrehumano 
Donde la antorcha de la fe se apaga!! 

Y el astro de tu gloria tendrá ocaso? 
Podrá extinguirse entre la pompa vana? 
Se nublará la huella de tu paso 
Por otro sol, que brillará mañana? 
Habrá maleza que tu sien marchite? 
E ingrato el raaudo olvidará tu nombre? 
Jamás perecerá mientras palpite 
Dentro del pecho el corazón de un hombre. 
Duerme feliz!! que tu inmortal memoria 
Acrecienta su fúlgida bellfza; 
Eterna cual los cielos es tu gloria, 
Inmensa como Dios es tu grandeza. 



Daniel Huezo y Paeedes. 



1888. 



TODO SS MENTIRA. 

A MI HERMANA ADOPTIVA LA SEÑOKITA 

MARÍA. E. MONGE. 



Es mentira el azul del firmamento 

Y mentira del sol los resplandores, 
De la Imia los pulidos fulgores, 

Y del astro terrestre el movimiento. 

Es mentira la luz, el rayo, el viento, 

Y también del ai'co-iris los colores, 

Y del trueno los gritos bramadores 
Que llenan el espado con su aliento. 

No son ciertas tampoco las estrellas 
Que giran por el orbe esplendorosas, 
Ni las nubes, ni fúlgidas centellas; 

Sólo es cierto,que brillan muy hermosas 
Cuando mi labio con tu labio sellas 

Tu AMISTAD VERDADERA Y CARIÑOSA. 

Guatemala, Marzo 5 de 1882. 

/. Adelaida Cheves. 



KOSTALGIA. 



¡Lejos! ni se oye mi angustioso acento, 

Ni la aflicción se sabe de mi vida; 

Ni hay quien sienta la pena que yo siento 

Al ver tan lejos mi mansión querida! 



Lejos! huyeron para siempre aquellas 

Horas benditas de engañoso encanto: 
¿En dónde están mis ilusiones bellas, 
La familia, el hogar que adoré tanto? 

Lejos! en vano al preguntar ¿en dónde? 

Espero emocionado algún sonido 

A mí nadie en el mundo me responde, 

¡Soy hijo desgraciado del olvido! 



¡Lejos! muy lejos hacia el sur atento 

Vuelvo los ojos ala patria mía: 

Y se divaga así mi pensamiento 

Y cesa el estertor de mi agonía. 



Lejos de tí, mi bien, todo es horrible. 
Todo engaño que insulta mi dolor, 
Sarcasmos de lo tierno y lo sensible 
Que ocultará por siempre el corazón; 

Los vergeles felices de mi infancia 
Que en la desdicha por mi mal perdí, 
Se ocultan en la lúgubre distancia 
Como en la tumba el bello porvenir; 

Nace el día sus vividos fulgores. 

Iluminan con suave claridad. 

La triste soledad de mis dolores, 

La proscripción de un huérfano quizá. 

Cuando en el manso Ipgo reberbera 
El postrer rayo de amarilla luz, 

Y la tórtola canta plañidera 

Y recogen las flores su capuz; 

Cuando la sombra de la noche viene. 
Cuando la luz crepuscular se va, 
Cuando el rumor de las montañas tiene 
No sé qué de luctuoso y sepulcral; 

Cuando al sonar el toque de oraciones 
Se oyen sordos rumores por doquier, 

Y en las mudas vastísimas regiones 
Negra é inmóvil soledad se ve. 

Cuando el alma ¡ay! enamorada piensa 
Desde el destierro en su nativo hogar, 

Y al reparar en la distancia inmensa 
Se siente horrorizada desmayar; 

Cuando al pedir misericordia al cielo 
Responden con fatídico clamor. 
Sólo, sólo la voz del desconsuelo 

Y los postreros gritos del dolor; 

Cuando se siente esa pasión tan pura 
Que enciende Dios en la alma del mortal 

Y está lejos, muy lejos la criatura 
Que pudiera la angustia suavizar; 



:Ií^IÍÍ52^_Centro-americano 



Cuando abatido el corazón doliente 
For reprimir un tanto la aflicción 
|Ay biiKca a Kún amigo confidente 

Y m\o halla la burla y la traición 

Entoncefl ge levanta sorda, ruda 
Kn la conciencia horrible tempestad, 

Y íiaHta de Dios y su justicia duda 
tn 8U angustioso vértigo el mortal. 

Kn «u horizonte oscuro sólo mira 
Una líoguora siniestra y criminal: 
r>» la espantosa •<» insinuante pira 
Donde el suicidio invita á descansar 



Flores, 1883. 



Gabriel. 



DISCURSO 

proBDDCiado el úla 15 de mayo de 1831 en el 
íe maíemáticas de la Sociedafi Económica, ron 
tlvo de sn aperínra. 

POR 

D. JOSÉ DEL VALLE. 



{Concluye.) 

Llegará algún día esta época fe- 
liz. Mi alma ansiosa del bien, se in- 
clina á creer que puede hacerlo en 
tanta abundancia. Los matemáticos 
aplican á los progresos de la cien- 
cia todas las fuerzas del genio: los 
meteorologistas empiezan á ser in- 
fatigables en las investigaciones. Si 
la ley general del mundo, la gravi- 
tación, ha sido sometida al imperio 
de las matemáticas, ¿los fenómenos 
derivados de ella, no podrán tam- 
bién en el transcurso del tiempo es- 
tar sujetos á sus cálculos? 

Las artes hermosean las bellezas 
formadas por la naturaleza y extraí- 
das por la agricultura. Un mundo 
nuevo más bello en los aspectos, 
que el mundo antiguo, sale de sus 
talleres para utilidad y placer del 
hombre. Lo más bruto parece ani- 
mado: lo más inculto se presenta 
civüazado. Pero los brazos de las 
artes: las manos con que operan es- 



ta creación, son los instrumentos 
y maquinas; y aquellos y éstas son 
obra de las matemáticas. En Cen 
tro-América, donde no se cultivan 
as ciencias exactas, ni se estudia 
la mecánica, ni se conocen las má- 
quinas é instrumentos que enrique- 
cen á la Europa, la industria es ca- 
si nuia, y lo será mientras no se 
vuelva á estos objetos toda la aten- 
ción necesaria. 

La Inglaterra se ha elevado al 
grado más alto, porque la Inglate- 
rra es país de los cálculos: la región 
de las matemáticas: el taller de los 
instrumentos y máquinas. Y la 
Francia empezó á hacer progresos 
asombrosos, desde que las ciencias 
comenzaron á ser aplicadas á las ar- 
tes. El curso normal de Geometría 
y Mecánica de las artes y oficios, 
ha manifestado las relaciones que 
existen entre los talleres de los ar- 
tesanos y los gabinetes de los sa- 
bios. Las matemáticas no son ya 
unas ciencias ocupadas exclusiva- 
mente en abstracciones. Dando di- 
versas figuras á los maderos; apro- 
vechando la fuerza del agua, del 
aire y del vapor, calculando la de 
los brutos, y colocándolos en diver- 
sas posiciones, aumentan los pode- 
res del hombre, y hacen que sea el 
dueño ó señor de la naturaleza, el 
que ha hecho de la Europa el t)r- 
namento más bello de la tierra, y 
hará de la América otro ornamen- 
to más grande y hermoso, cuando 
á esta época de juventud, volubili- 
dad, exaltación y movimiento, su- 
ceda la de madurez, esperiencia, fi- 
jeza y tranquilidad. 

Sólo en los tiempos de paz ade- 
lantan hs artes, ilustradas por los 
conocimientos de las matemática*. 
Sólo en los períodos de calma avan- 
za el comercio guiado por las mis- 
mas. 

El comercio interior es torpe, 
cuando no le auxilian las matemá- 
ticas; y el exterior no podría, sin 
ellas, dar un solo paso. 



44 



El Ateneo Centro-americano. 



Las matemáticas presentan co- 
nocimientos para formar un siste- 
ma sabio de comunicaciones, nece- 
sario para la vida del comercio; ellas 
los ofrecen para que el hombre atra- 
viese las zonas y recorra todos los 
climas. 

No habría comercio sin navega- 
ción, ni sería posible surcar el océa- 
no sin la Astronomía, ni elevarse al 
conocimiento de los cielos sin la 
Óptica y Geometría. Las matemá- 
ticas guiaron á Colón en el descu- 
brimiento de la América, y presen- 
taron al comercio un nuevo mundo: 
las matemáticas llevaron á Cook á 
la Australia y presentando otra par- 
te de la tierra, han abierto otra pla- 
za al comercio. Las matemáticas 
acaban de dirigir á Dumont d' Uri- 
ville en su viaje al Archipiélago in- 
menso de la Oceanía. Los viajes 
que hacen más honor al espíritu 
humano, se deben á las luces de 
las ciencias exactas, y si el comer- 
cio abraza la tierra entera en sus 
especulaciones, es porque las mate- 
máticas, enseñando á conocer los 
astros, han enseñado á levantar car- 
tas hidrográficas más exactas que las 
antiguas. 

Todo sería aislamiento, pobreza 
y miseria en los tiempos de paz: to- 
do sería sangre, muerte y horror en 
los de guerra, si no existieran las 
matemáticas. 

FUERZA. 

En América se ha derramado 
sangre á torrentes, porque en la lu- 
cha de los partidos han peleado ma- 
sas que, hablando en general, no 
han sido dirigidas por el genio de 
las matemáticas. 

Estas ciencias áridas, abstractas, 
indiferentes, á primera vista, á los 
males del género humano, son emi- 
nentemente sensibles á todo lo 
que sufre nuestra especie. Donde 
puede haber lágrimas, allí están las 
matemáticas meditando y calculan- 
do para disminuir su número. 



Los ejércitos no son masas inor- 
gánicas de hombres armados para 
atacar ó defender. Son cuerpos me- 
cánicos, organizados por los princi- 
pios de las ciencias exactas. Sus pa- 
sos, sus marchas, su acción, su reac- 
ción, sus movimientos, sus evolu- 
ciones, todo es medido y calculado. 

Si todas las artes piden luces á 
las matemáticas, el de la guerra tie- 
ne de ellas necesidad muy grande. 
La Aritmética y Algebra le dan 
lecciones de cálculo: ia Geometría 
le enseña á levantar planos: la Geo- 
grafía le dá conocimientos del terre- 
no; la Mecánica se los ofrece so- 
bre el choque de los cuerpos, sus 
resistencias y movimiento*--. 

Reunir toda la fuerza necesaria 
en un punto y tiempo dados, es el 
problema difícil á que en último 
análisis redrjo la ciencia militar el 
hombre extraordinario de nuestro 
siglo; y este problema, el más deli- 
cado de todos, no pudo resolverse 
sin el auxilio de las matemáticas. 

Sea que busque posiciones ofen- 
sivas ó defensivas: que haga fosos 
ó abra minas, que ponga sitio ó 
sea sitiado: que levante fortalezas ó 
quiera destruir las levantadas: que 
ataque 6 defienda, el militar nece- 
sita los conocimientos de las mate- 
máticas. Para ser digno de aquel 
título es necesario hacer estudio 
profundo de ellas. Los que lo han 
hecho con más talento y método, 
son los que más se han distinguido 
en la historia de las naciones; y el 
que tiene en la del mundo lugar 
más eminente, debió á las matemá- 
ticas uno de los títulos más grandes 
de su gloria. 

Si es necesario tener defensores 
armados de nuestros derechos, es 
preciso también comunicarles la 
ciencia que debe formar sus mentes 
y medir sus pasos. En todos los 
países cultos hay escuelas militares: 
y la base de ellas es el estudio de 
las matemáticas. Los sabios han 
demostrado su necesidad: los go 



==M=^^^l^^^EE^o^^EmcAm, 



biernos han conocido sus relaciones 
con el arte de la guerra. 

MORALIDAD. 



Las que tienen las costumbres 
son también obvias á quien se de 
dique á meditarlas. Sentir, pensar 
di.^currir, obrar, son actos necesa- 
rios que tienen relaciones muy es- 
trechas. El que aprende á pensar, 
.ij>rcndc á obrar: el que sabe con- 
tar no sacrifica futuros largos, á pre- 
'x7^7 ^»'<^ves: el que se ejercita en 
cálculos, no se pone á sufrir años 
enteros de fuga, cárcel, hospital, 
pobreza y miseria por gozar mo- 
mentos de placer. 

Uno de los matemáticos (2) que 
hizo viaje al círculo polar para me- 
dir un grado del meridiano, y ter- 
minar la disputa de cincuenta años 
sobre la figura dé la tierra, escribió 

(un ensayo de filosofía moral, en que 
dio á esta ciencia el idioma y carác- 
ter de las exactas. Calculó los pla- 
ceres y penas: enseñó á graduar su 
valor, y manifestó que la esrima- 
ción de los momentos felices ó in- 
felices es el producto de la intensi- 
fdad del placer ó pena por su dura- 
tacíón. 

"Todo crimen es un falso cálcu- 
lo del espíritu." dijo un orador (3) 
coronado muchas veces por la Aca- 
demia francesa. Si hay pueblos que 
tienen la desgracia de ser inmora- 
les, es porque las fuerzas que los 
impelen al vicio, son mayores que 
las que los alejan de él. No se les 
ilustra sobre sus verdaderos intere- 
ses: no se les enseña á calcular: no 
se trabaja para que vayan desde la 
infancia adquiriendo los hábitos fe- 
lices de la virtud; y al mismo tiem- 



polos placeres que promete el vi- 
cio, hacen sensación muy viva- los 
docf]^ °^'^' ^«^^upción obran to 
dos los días; y su ley que debía ser 
siempre reguladora sabia de sus ac' 
Clones es á veces estraviadora fu. 
nesta de ellas. 

Cuando el legislador no sabe cal- 
cular, es natural que el pueblo diri- 
gido por él, tenga ideas falsas, y 
marche por curvas que le lleven á 
abismos. Ya se han manifestado los 
daños que hacen los legisladores 
que no saben sumar y restar bienes 
y males. 

El jurisconsulto del siglo (4) ha 
hecho al género humano este gran 
presente. Su genio feliz ha elevado 
el análisis legislativo á un grado á 
que no lo había llevado ninguno de 
los sabios que le han precedido. Sus 
obras de jurisprudencia tienen el 
sello de las matemáticas; y las ta- 
blas que ha hecho, guiado por ellas, 
deben estar á la vista de los legis- 
ladores. 



(2). Mr. de Maupertius, á quien las mate- 
máticas y la física deben varias obras que 
han influido en su progreso. 

(3). Mr. Tilomas, en el discurso que pro- 
nunció el día de su recepción en la Acade- 
mia francesii. 



(4). El señor Bentham, honor de la In- 
glaterra, á donde nació, y de la especie hu- 
mana de que es individuo. Cincuenta y cua- 
tro años ha que comenzó á dar á luz, y ha 
seguido publicando diversas obras para ilus- 
tración de los gobiernos y puebloa Frac- 
menti^of gobernement, fué la primera: Fé- 
remy Beuthon to his feloo citizeusofFran- 
ce, es la última. Publicó aquella el año de 
1775, criticando varias opiniones. Blas- 
thone en sus comentarios. Dio á luz el afio 
próximo de 830, después de los acaeciuiien- 
tos de París en los días memorables de Jo- 
lio, contestando al general Lafayette, qoe 
quiso saber su opinión sobre las cáiiuufM 
de París y senados. Me la remitió en Enero 
último y la recibí en el mes anterior; y en 
ella he admirado el análisis que distingue 
sus producciones. ¡Con qué placer las tra- 
duciría todas del inglés al castellano, ai ho- 
biera suscritores bastantes para el ooeto de 
su impresión! La América ha comenaado á 
ser legisladora de sus hijos, y le intereatn 
especialmente las obras del jurista, qoeat- 
be analizar y pensar con exactitud: del ta- 
lento que sabe obrar con circunapecdón y 
detenimiento en la ciencia más delicada 
por sus consecuencias y resr.ltadoe: del ge- 
nio que ha publicado un volumen intitola- 
do: "Actitud de los funcionarios elevada al 
máximun," Gastos del Gobierno redocidoe 
al mínimum. 



46 



El Ateneo Centro-americano. 



La influencia de las matemáticas 
es universal: se estiende á todos los 
elementos de prosperidad: abraza 
todas las clase» de los Estados. 

Convencida de esto, la Sociedad, 
hace los votos que inspira el verda- 
dero patriotismo. Desea, primero: 
que las luces de aquella ciencia en- 
tren en los colegios de los que se 
dedican á las letras, en los talleres 
de los artesanos y en los almacenes 
de los comerciantes: en los campos 
del labrador, y en los cuarteles del 
militar: en las masas de los pueblos 
y en los salones de los poderes. 

Segundo: que el Gobierno se sir- 
va con este objeto acordar las me- 
didas más eficaces para propagar 
conocimientos tan útiles: que el es- 
tudio de las matemáticas sea una 
sección del Plan general de los de 
la Universid?id; y que entretanto, 
se conceda á la clase que se abre en 
este día, la protección que deba te- 
ner mientras exista. 

Tercero: q^e los padres de fami- 
lia envíen á ella á sus hijos, para 
que acostumbrándose desde su pri- 
mera edad á pensar con exactitud, 
sepan en las siguientes hacer su fe- 
licidad y la de su patria. 

La desgracia de un individuo: la 
de una familia: la de un Estad©, 
cuando no son producidas por al- 
gún acaecimiento ó fenómeno de la 
naturaleza, tienen origen en algún 
error ó cálculo falso. Hagamos esta 
observación, y conoceremos todos 
los valores de la educación de la 
juventud. 

*'Las ciencias, dijo un matemáti- 
co, (5) serán siempre señales de la 
grandeza y de la felicidad de los 
pueblos; y la ignorancia será cons- 
tantemente signo cierto de su mi- 
seria." 

Abundan los elementos de rique- 
za en este hermoso Estado de Gua- 



(b). Mr. de Maupertinsen el discurso que 
dijo en su recepción en la Academia fran- 
cesa. 



témala; y penetra de gozo la gene- 
rosidad con que la naturaleza los 
ha derramado por todas partes. 
Multipliquemos las manos que de- 
ben desarrollarlos, y formemos hom- 
bres aptos para todos los oficios 
que hacen la prosperidad general. 
El Estado más floreciente es el que 
reúne en sus hijos suma más gran- 
de de aptitudes. El Estado más fe- 
liz es el que tiene mayores capaci- 
dades. 

Un individuo que no sabe pen- 
sar, leer, medir ni contar, es un ser 
pendiente de los que tienen estas 
aptitudes. Y una nación ignorante 
estaría también en dependencia 
proporcional á su ignorancia. 

La verdadera libertad exije ilus- 
tración: la educación dá la ilustra- 
ción que se necesita; y el estudio 
de las matemáticas es parte emi- 
nente de la ilustración. 

José del Valle. 



BL PARRICIDA. 

(VlCT^>ll HUGO. — LEYENDA DE LOS SIGLOS ), 



Era una noche oscura y silenciosa 
cuando Kanut matd á su padre Sweno 
que dormía, decrépito y sereno, 
sin uno solo de su inmensa grey. 
Sin más testigo que la ciega noche 
y al verle para siempre ya dormido, 
dijo Kanut: — Ni él mismo lo ha sabido ;- 
y fué en seguida poderoso rey. 

Doquiera vencedor, su gran fortuna 
brillaba como el sol del medio día; 
la nación respetuosa le aplaudía 
y su presencia díílmle valor. 
Con vínculos de leyes y costumbres 
y para engrandecer á Dinamarca, 
nuevas tierras ganábale el monarca, 
cuyo trono crecía en esplendor. 

Venció á sajones, vándalos y pictos, 
celtas, borusos, nómades y eslavos, 
y cual rindió en la lid á los más bravos 
los ídolos siniestros abolió; 



-§LAteneo_Centro-americ^^ 



!'>s menhires y runas terminaron 
1 regio rt-Hplandor de sn victoria; 
al ceoirse la auréola de gloria, 
tu grande como César se creyd 

Veinte añog recorrió sobre laureles 
*l>erbio el deslumbrante caballero, 
quien t^xlofl con júbilo sincero 
umabaa y temían á la vez; 
en medio del i>oder y la grandeza 
ui el líureo cetro que usurp(5 le daba, 
' mÍMmo do su crim-n se olvidaba, 
inando en su altivez. 



i 



Mtirid. Soíire su féretro de oro 
1 obig|>o oñoid eo los funerales 
y «lijo ctni acentos sepulcrales: 
¡CofDo él no existen en la tierra dos! 
IJiiiiióIe justo, proclámele santo, 
bendijo por celeste su memoria, 
y lo puso Rentado all<( en la gloria 
á la deíocha del Eterno Dios. 



Vino la noflir; el drguno enlutado 
fiií^ f\tÍTi;niir'nd<) sus fitnebros gemidos, 

Í' '»^tr<)H compungidos 

i iiimeuha catedral. 
Qiu .iuN» ti Ufutplo holitiirio y triste 
en ujctlio dd dolor do Dinamarca, 
y d<vs<'(ndi«í lí la tumba del monarca 
el m:ís hniido hilencio sepulcral. 



^' i;.; 1(1 I ' y abri(5 los ojos, 

to: ■ '. I .; ¡!ii < y callado, 

y s..,,,, ,., , pn-puh'it», apresurado, 
y lí la ))uerta del templo caraiud; 
crn /.' .1 '«.Mr que las cúpulas refleja 
tí» , de Els-Mieur y de Aliona; 

en ..-i llevaba la corona, 

y la sombra sus pasos escuché. 



Al monte Savo dirigióse altivo 
y le pidié unos copos de su nieve 
para hacerse un sudario blanco y leve 
que el monte no podíale negar. 
Kanut sacé la espada no vencida, 
Quito un girón al manto del coloso, 
f al ponérselo encima presuroso 
por Dios al Savo preguntóle al i^ar. 

No sé el camino, respondióle el Savo, 
' le dejé Kanut entre sus hielos, 
)Uscü la ruta de his altos cielos 
' de frente miré hi inmensidad, 
iodeado por aquella eterna noche 
lis fría y silenciosa que el osario, 
lame el rey, bajo el frígido sudario, 

no le respondió la eternidad. 



47 



Avanzo con audacia, y de repente 
algo VIO desprenderse de la altura 
y en su manto de nítida blancura ' 
una gota de sangre percibié. 
Alzo la frente, en su atrevido' orgullo 
por los temores nunca dominada 
perdióse entre las sombras su mirada 
y ¡adelante! impertérrito exclamé. 

Una segunda lágrima de sangre 
cayo donde ya estaba la primera; 
el jefe simbrio interrogé d la esfera 
y nada entre las sombras pudo ver. 
Siguié el sendero ton valor terrible 
como á romper el horizonte breve, 
y en su manto blanquísimo de nieve 
una tercera gota vio caer. 

Desque subió las gradas de su trono, 
jamás sus pasos por temor contuvo; 
pero allí aquella gota le detuvo, 
cambié de rumbo y rápido pasé. 
Mas por la nueva senda, tan oscura 
que tmiebla sin límite envolvía, 
en la mano que el cetro retenía 
otra gota de sangre le cayé. 

Kanut retrocedió, con ese miedo 
que sólo siente el alma solitaria, 
quiso volver á la nrna funeraria 
y nueva sangre pudo percibir. 
Lívido se detuvo aquel guerrero 
y una oración sus labios ensayaron ; 
nuevas gotas la altura abandonaron 
y en su manto se fueron á reunir. 

Espiró la plegaria entre su pecho 
cual un aroma en ráfaga pujaute, 
y el héroe confuso y vacilante 
volvió, sin rumbo fijo, á caminar. 
Del fondo de aquel cielo tenebroso 
nuevas gotas de sangre descendieron, 
unas tras otras sobre el rey cayeron 
y el niveo manto fueron á manchar. 

¿De quién era ese llanto formidable 
sino del corazón del infinito? 
Kanut vagaba trémulo y contrito 
entre las sombras por buscar á Dios. 
Vio por fin una lumbre misteriosa 
que enviaba lampos desde allá muy lejos» 
y entre aquellos purísimos reflejos 
oyó de los arcánjeles la voz. 

Quiso comparecer ante el Eterno, 
y hacia él con humildad se encaminaba; 
mas la luz misteriosa le alumbraba 
el manto que la sangre enrojecié. 
Ansió retroceder; pero doquiera 
implacable la sangre le caía; 
Kanut comprendió entonces lo que hacía 
cuando al anciano rey asesiné. 



48 



El Ateneo Centro-americano. 



Van pasando los anos y los siglos, 
y el monarca invencible no se atreve 
á ver á Dios, ni á desgarrar la nieve 
con que quiso su crimen ocultar; 
vaga en la oscuridad que le rodea 
bajo un cielo fatídico y horrendo, 
de donde gota á gota está cayendo 
en su frente la sangre sin cesar. 



Joaquín Méndez. 



Mayo 24 de 1888. 



c:ro]síica. 



Velada extraordinaria. — La 
que "El Ateneo" dispuso con obje- 
to de celebrar la abolición de la es- 
clavitud en el imperio del Brasil, 
se verificó anoche. En el núnnero 
próximo daremos los detalles de 
esta reunión. 



* ¥: 



Recibo. — Lo acusamos de las 
siguientes publicaciones que se han 
servido visitar nuestra mesa de re- 
dacción: "La Luz" de Chiquimula; 
"La Nueva Enseñanza," El Vein- 
tidós de Junio" y "El Rayo" de la 
vecina República del Salvador. — 
Agradecidos, establecemos desde 
luego el cambio que corresponde. 



■5t 
4t ^ 



Estatutos. — En las sesiones pri- 
vadas que ha celebrado "El Ateneo 
Centro-Americano" en las dos úl- 
timas semanas, se han discutido y 
aprobado los estatutos de la aso- 
ciación. Tan pronto como obtengan 
la aprobación del Gobierno, si éste 



se sirve dársela, los publicaremos 
en las columnas de este periódico 
para conocimiento del público. 






Junta Directiva. — Habiendo 
dispuesto "El Ateneo" en sesión 
de 28 del pasado que se procediera 
á elejir la Junta Directiva que con- 
forme á los esjtatutos debe presidir 
durante un año los trabajos de la 
sociedad, fueron electos: Presidente 
Dr. D. Ramón Uriarte, Vice-Presi- 
dente Don Joaquín Méndez, Se- 
cretarios I."* y 2.** respectivamente 
Don Manuel E. Vega y Don Ra- 
món P. Molina, y Tesorero el Lie. 
Don Próspero Morales. 



Defunción.— El Magistrado D. 
Guillermo Marroquín falleció en es_ 
ta capital el 28 del pasado. Reciban 
su familia y sus apreciables colegas 
del Poder Judicial nuestro más sen- 
tido pésame. 



* * 



J. J. Palma.— De regreso de 
Kingston, se encuentra otra vez en 
Guatemala el aplaudido trovador 
de la libertad, á quien enviamos 
nuestro cordial saludo. "El Ateneo" 
engalanará sus páginas con los dul- 
císimos versos del cantor bayamés. 



■3f * 



Reglamento interior.— En la 
sesión de esta noche se discutirá el 
que "El Ateneo" encomendó á una 
comisión formada de tres de sus 
miembros. 



-^^^^Í==S^^ ^ Nüna. 




PüBLICACIOH QüIIÍCEHAL, 
ÓRGANO DE LA SOCIEDAD LITERARIA DEL MISMO NOM:- 



EL ATENEO. 



lugar 



verán 



VELADA EXTRAORDINARIA. 

El Ateneo Centro-America- 
no, deseoso de dar á los pueblos 
libres de América una muestra 
de la elevación de sentimientos 
que le animan en el desempe 
fio de sus incipientes labores li- 
terarias, dispuso una velada ex- 
traordinaria para el 31 de Mayo | 
último, en celebración de la faus- 
ta nueva que el cable nos tras 
miliera, anunciando al mundo 
la definita abolición de la escla- 
vitud en el imperio del Brasil. 

Aunque el mal tiempo hizo 
temer que tendría que aplazarse 
para otra noche la sesión, ésta 
se verificó ante un público, si no 
muy numeroso, bastante distin- 
guido, no habiendo sido obstá- 
culo la lluvia paia que nos hon 
raran con su presencia varias 
apreciables señoras y señoritas 
de esta capital. 

Lola Montenegro fué la pri- 
mera que subió á la tribuna pa- 
ra declamar con la melodiosa 
naturalidad que acostumbra, la 



poesía que en su 
nuestros lectores. 

En seguida, y alternando la 
prosa con el verso, hicieron uso 
de la palabra respectivamente el 
-ür Ramón Uriarte. Presidente 
de la asociación, el Vice- Presi- 
dente don Joaquín Méndez, el 
Tesorero, Licenciado Próspero 
Morales, la señora Maura Aren- 
gara de la Paz, el joven don Car- 
los A. García y don Manuel E. 
Vega, á cargo de quienes estaba 
el programa oficial de la velada. 
Cerró el acto con una sentida 
improvisación el socio don Juan 
M. Cuéllar, y puestos en pié los 
ccncurrentes, á iniciativa del 
Presidente, se victoreó al Impe- 
aio del Brasil, á su ilustre mo- 
narca don Pedro II '5e Alcánta- 
ra y á la Princesa Regente, á 
quien ha tocado en suerte firmar 
el decreto de abolición de la es- 
clavitud en aquella privilegiada 
región del Nuevo Mundo. 

Como el señor Morales dijo 
muy acertadamente en su discur- 
so, aquella festividad fué humil- 
de por la forma, pero grandiosa 
y elocuente por el noble objeto 
á aue estaba destinada. 



50 



El Ateneo Centro -americano 



LA REUNIÓN DEL 7. 

Como estaba anunpado, la 
discusión versó sobre si existe ó 
no en hispano-américa una lite- 
ratura que pueda llamarse pro 
piamente nacional. 

Hicieron uso de la palabra en 
pro los señores Rodríguez Cas- 
tillejo, Uriarte y Vega, y en con- 
tra los señores Fajardo Ortiz y 
Dubarry. La falta de un taquí- 
grafo nos impide dar á nuestros 
lectores el extracto de esta inte- 
resante polémica, que por una y 
otra parte ha sido sostenida con 
calor. 

Lola Montenegro leyó una 
poesía á Castelar con motivo de 
su "Vida de Lord Byron," el 
Secretario señor Molina otra á 
la Naturaleza en mes de Octu- 
bre, terminando la sesión con la 
lectura de un romance joco-se- 
rio, obra del socio don Carlos 
A. García. 

La velada próxima se verifi- 
cará el jueves 21 del presente, 
habiénose señalado como tema, 
una conferencia á cargo del Vi- 
ce-Presidente don Joaquín Mén- 
dez, sobre el carácter y escritos 
del más popular de nuestros 
poetas, José Batres Montúfar. 



A LA LIBERTAD. 



¡Canto á la Libertad! alzad las frentes 
Y llenos de entusiasmo y alegría 
Unid vuestro sonoro y dulce acento 
A la triste voz mía. 
Alzad un canto! con sus notas dulces 
Vibren todas las cuerdas de las arpas; 
Que cuando ahoga los pechos la ventura 
Debe irradiar el fuego de las almas! 



Y ¿como no cantar? fuera de bronce 
El corazón; no fuéramos humanos 

Si viéramos impávidos romperse 
Las pesadas cadenas que oprimían 
A tantos infelices que nacieron 
En triste esclavitud, y que gemían 
Siendo un objeto vil de sus hermanos! 

Y ¿cómo no cantar cuando el destino 
Dejó de ser tirano, 

Y el luminoso genio de los libres 
Se cierne sobre el suelo americano? 
Sí; ¿cómo no cantar los que sentimos 
Arder el pecho noble y generoso, 
Ante la libertad de los esclavos? 
Qué! ¿no lloráis de gozo? 

¿No sentís en el alma la ternura 
Que se desborda en delicioso llanto, 

Y no sentís que el pecho conmovido 
Quiere romperse al levantar su canto? 

Sí lo sentís! sois libres, y á los cielos 
La frente alzar podéis; el pecho bravo 
No puede palpitar indiferente 
Cuando hombre libre tórnase el esclavo. 
Ante la libertad, sonriente virgen 
De frente pura y esplendentes alas, 
El corazón se agita estremecido, 
Se eleva el pensamiento, y el poeta 
Viste su lira de brillantes galas. 
Fraternidad, deidad lamas hermosa! 
La más amable, tierna y compasiva, 
Hiciste oír tu voz que reclamaba 
Por esa triste humanidad cautiva! 
Tu voz más dulce que la voz del ángel 
Dejaste oír, hablaste al soberano, 

Y él noblote escuchó; que si es monarca, 
Es antes hombre generoso, humano. 
Sobre su frente augusta suavemente 
Imprimió la igualdad un dulce beso, 
Sus labios le dejaron una aureola 

De blanca luz, y libres los esclavos 
De amor un canto alzaron al progreso. 
Loor al que rompe al triste sus cadenas! 
Gloria al que da ventura al desgraciado 

Y que le abre las puertas de la vida 
Al que vive muriendo atormentado. 
Gloria sí, por mil veces al que lleva 
Un noble corazón hjdalgo y bravo, 

Y que rompe con mano vigorosa 
Las horribles cadenas del esclavo. 

Mengua, oprobio y vergüenza al inhumano 
Que sonríe y se goza, 
Cuando ve del esclavo en la mejilla 
Kesbalar i3resurosa. 

Lágrima ardiente que temblando brilla. 
Gota de acerbo duelo 
Que brota silenciosa 

Y justicia y venganza pide al cielo; 
Gota candente que rodando quema 
El semblante marchito; 

Maldición que expirando entre los labios 



iL^IÍÍiaCENTRO-AMERlCANo. 



Se vuelve al corazón y brota en llanto 
De un dolor infinito' 

^Í?lf !*^i"T°^ el desgraciado esclavo 

ii<i-ta el llanto es iin crimen i 
.Cujga oprobio á lo^déspotas que matan 
La li!>ertod, y gozan inhumanos! 
Infamift á lo» que callan, y no rompen 
Las bárbaras cadenas ^ 

(>m <ine entán oprimiendo á sus hermanos! 

Los qae en el siglo XIX sufren 
lal afrenta con calma, 

ífSw^^-f "^°^?- • • «miserables ellos! 
Cobarde el corazón y negra el alma! 
lAh nd que el arpa del poeta vibre, 
Que solemne su canto al cielo suba 
Y como en el Brasil ya no hay esclavos, 
o los haya en la hechicera Cuba. 
íitírra mfelizl tierra bendita! 
> lii poeHfa y la belleza 

Al larU) bella y desgraciada 

^*' ime la tristeza! 

Wt^^ '"^ en tu hermoso suelo 

^ ci. .,... ,.,B lii^iiraeras 
LAnzan lamentos que remedan tristes 
ius gallanlos palmeras. 
Rómpanse Kus cadenas, y en tu seno 
De esplómlidu belleza, 
Esa raea cautiva y desgraciada 
Kecline dulcemente la cabeza! 
Que erguida se levante. 
l>e Ift igualdad ante la hermosa idea, 
Que con amor te c;mte 

Y en tu regazo viva, y libresca! 

¡Canto In libertad ! alzad las frentes 

Y Henos de entusiasmo y ardentía 
Meselacl vuestro sonoro y noble acento 
A la triste voz mfa. 



.= 51 



Quo DioH preludie en su arpa de los cielos 
En notas suaves, dulces y amorosas 
El canto de ternura que levanten 
Las almas generosas! 
Que de la lira universal las cuerdas 
Bstremecidas vibren por su mano, 
T exhalen cantos que á los cielos vayan, 
Regando en el espacio melodías 
De sentimiento fraternal y humano. 
Que jí tan sublime vibración respondan, 
Con la imponente voz del Océano, 
De las selvas las gratas armonías! 
Tiemble cobarde el corazón tirano, 
Al escuchar el himno de los libres 
En todp el continente americano. 

Lola Montenegro. 



2i2ci::-3: 

DEL DR. RAMOX •■ ■ 

PRESIDENTE DEL Aü.s, 



Señoras y señores: 

^ Cuando con la antorcha do la 
ciencia en la mano, penetramos en 
las obscuras sinuosidades del pasa- 
do, para admirar el perseverante tra- 
bajo del hombre en el desarrollo de 
su vida material, no debe sorpren- 
dernos que el desenvolvimiento de 
las ideas y las conquistas del pro. 
greso, hayan sido la obra lenta de 
muchos millares de años, ni que se 
hiciera necesario sellarlas con la 
sangre de tan.as ilustres víctimas 
como se cuentan en el martirologio 
de Ja libertad. 

Cada paso que al porvenir ade- 
lantamos por entre las encrespadas 
olas del agitado mar de la existen- 
cia, presupone el esfuerzo de la na- 
ve que, impelida por el viento, sal- 
ta sobre la onda amarga, haciéndo- 
la pedazos con su cortante quilla, 
para deslizarse bamboleante, en el 
nuevo surco que á su paso ofrece 
el- eterno movimiento del Océano. 
Aquilones y tempestades la hacen 
en ocasiones zozobrar; pero ella so- 
brenada triunfante en los serenos 
días de calma, y sigue siempre lu- 
chando, la proa puesta hacia el le- 
jano puerto de la perfectibilidad 
humana, que es el punto final de 
su destino. 

En comprobación de este hecho 
histórico, ó sea para demostrar con 
cuanta dificultad se consiguen en 
el mundo las victorias de la civili- 
zación, ningún asunto más á propó- 
sito que el que motiva la agrada- 
ble reunión de esta noche. 

La esclavitud, derecho de la bar- 
barie, si pudo alguna vez ser dere- 
cho lo que es contrario á la natura- 



5' 



El Ateneo Centró-Americano. 



leza; la esclavitud, sombra que em- 
pafta las glorias del paganismo y 
que hace cerca de dos mil años, 
abolió en la cruz el Redentor de- 
mundo; la esclavitud, contrasenti- 
do de toda institución social y ana- 
cronismo de nuestra .época, después 
de fulgurado el prepotente rayo de 
la revolución francesa; la esclavitud 
ha subsistido á pesar de la religión 
y del derecho, y, lo que es más, 
subsiste aun en el seno de naciones 
que se dicen civilizadas y cristianas. 

¿Quién fué el primero que, no 
contento con poner á su servicio 
cuanto en el mundo existe al alcan- 
ce de la inteligencia, pensó en co- 
locar al hombre en condiciones de 
ser explotado por el hombre? No lo 
sé; mas no han faltado, para ver- 
güenza del catolicismo, escritores 
ortodoxos, que pretendieran dar 
origen divino á este infame comer- 
cio de la carne humana, en aquellas 
palabras de Noé con que al malde- 
cir á Canaan, le decía: ttí serás es- 
clavo de Jafet. 

¡Qué contraste forma esta hipó- 
crita conducta con la digna y le- 
vantada de Plutarco, que, remon- 
tándose al Olimpo, advertía en pro- 
fundo epigrama á griegos y roma- 
nos, que en los tiempos de Saturno, 
no había habido ni señor ni es- 
clavo, siendo todos los hombres 
iguales! 

Dado aquel precedente, no debe 
sorprendernos que en lo antiguo se 
considerara á la esclavitud como 
una institución llamada á morige- 
rar los estragos de la guerra, al mis- 
mo tiempo que como el mejor sis- 
tema para imponer el Evangelio á 
los idólatras. 

Tal fué el pretexto de que se va- 
lieron los Reyes católicos para de- 
clarar siervos de los conquistadores 
á los indios libres América, y tal la 
especiosa razón con que Luis XIII 
de Francia autorizó la trata de afri- 
canos. 

Ni debe admirarnos que á prin- 



cipios del pasado siglo, publicista 
de tan alta nota como Montes- 
quieu, después de establecer que la 
esclavitud es c("ntraria al derecho 
natural, se atreviera á justificarla 
cuando se impone á los etiopes, por 
creer que Dios no ha podido poner 
una alma buena dentro de la es- 
tructura de un negro; cuando en 
nuestros gloriosos dias hemos visto 
ai gran demócrata Emilio Castelar, 
empuñar las riendas del gobierno 
de la República Española, y no ha- 
cer nada en favor de la emancipa- 
ción de los esclavos en Cuba, por 
que antes que republicano había 
nacido español. 

María Cristina ha pensado, al 
contrario, que antes que reina de 
España había nacido mujer, y ha 
tendido su mano generosa á los 
desgraciados siervos de la perla de 
las Antillas, para elevarlos á la ca- 
tegoría de hombres libres. 

Visitando el Brasil en 1860 el in- 
fortunado Maximiliano de Austria, 
más tarde Emperador de México, 
lamentábase indignado de esas 
otras razones que la fría política ha 
inventado para sostener la esclavi- 
tud, y que consisten en el temor de 
una ruina general por parte de los 
dueños de esclavos, como si algu- 
na vez el hombre hubiera podido 
ser propiedad del hombre. "Así, 
pues, escribía el Archiduque; pa- 
ra no atentar contra esa pereza 
en que engorda vergonzosamen- 
te una casta de propietarios, es 
necesario que generaciones ente- 
ras de desgraciados se consuman 
bajo una odiosa tiranía. ;Sin em- 
bargo, CaOs negros son hombres 
y cristianos, han nacido libres bajo 
la ley de Dios! Se les tiene por ta- 
les, puesto que se les bautiza, y 
puesto que sus propietarios fre- 
cuentemente tienen hijos con las 
negras; ¡hijos que ellos mismos lle- 
van después á venderlos en el mer- 
cado! ¡Qué desprecio de la lógica 
y de la moral; qué ofensa á todos 



I^^II^iaCENTRO-AMERlCANO. 



los principios de la humanidad' 
¿For qué las gacetas ultraliberales 
por qué esos celosos campeones del 
derecho no escriben sobre semejan- 
tes hechos? ¿Será porque la expío- 
tación de la carne humana está 
subentendida en una constitución 
liberal y democrática? ¿Es esto lo 
que altivamente llaman los charla- 
tanes un gobierno ilustrado? Pero 
¿qué es el gobierno del Brasil? ¿De 
qué se compone? ¡Únicamente de 
propietarios de yeguacerías negras!" 
Maximiliano habla luego de la 
perversa intención con que los de- 
fensores de la esclavitud, hicieron 
consignar en la constitución del im- 
perio de la prohibición de salir fue- 
ra del territorio al monarca y á su 
presunto heredero, y termina con 
estas proféticas palabras: "Para que 
el Brasil subsista en su integridad 
entre las naciones del globo, y para 
que prospere, necesita un reforma- 
dor armado con una vara de acero, 
un sabio tirano que funde sus máxi- 
mas de gobierno en la equidad, sin 
contemporizar con ningún partido, 
y que, caso de necesidad, muestre 
una dureza de hierro. Tendría el 
rtiste doetino de no ser comprendi- 
do en su tiempo y ser odiado por 
sus subditos brasileños; pero la his- 
toria le reservaría un hermoso lu- 
gar entre los hombres que han tra- 
bajado por el porvenir, su nombre 
quedaría estrechamente ligado con 
las ideas nuevas del Brasil, y las 
generaciones futuras lo bendecirían. 
La constitución que diese debería 
comenzar así: 

Artículo primero. — Todos los 
hombres nacen libres en un impe- i 
rio libre. I 

Artículo segundo. — El heredero 
del trono deberá viajar muchos 
aftos en el mundo civilizado, para 
aprender la política por sus propias 
observaciones y por la comparación 
que haga entre su país y las nacio- 
nes extranjeras. "" 



Ahí ya el reformador y viajero 



estaba all, en la persona de don 
Pedro de Braganza, el más ilustre 
de los monarcas de este siglo. Hom- 
bre de genio en quien lo grande 
del corazón está á la altura de su 
privilegiada inteligencia; que así sa- 
be hermanar los hábitos sencilllos 
de un severo republicano con la ma- 
gestad del trono, como las arduas 
tareas del Estado con el estudio de 
los astros; obrero infatigable del 
progreso que con el mismo ardor 
se eleva á las más altas concepcio- 
nes de la política, como desciende 
al cultivo de las plantas en los jar- 
dines de su palacio; don Pedro ha 
sido llamado, con justicia, por la 
prensa del antiguo mundo ;/;/ Car- 
lomagno civil. El fué quien, nuevo 
Lincoln, hizo escribir en 28 de Se- 
tiembre de 1 87 1 el primero de los 
artículos que Maximiliano deseaba 
ver figurar en la constitución del 
imperio, y él también, quien á la 
manera de So'ón, ha sabido prac- 
ticar el segundo en positivo pro- 
vecho de su pueblo. 

Declarados libres cuantos nacie- 
ran en ei vasto imperio del Ai»iazo- 
nas desde aquella fecha memora- 
ble en adelante, faltaba solo redi- 
mir á los que por haber nacido an- 
tes entre las cadenas de la esclavi- 
tud, seguían aun humedeciendo las 
tierras de sus señores con el sudor 
de su frente, al compás del infa- 
mante chasquido del látigo del ca- 
poral El venerable anciano ha que- 
rido que este acto solemne, digno 
.de sus gloriosos antecedentes, fue- 
se sellado por la blanca mano de su 
hija, la princesa Isabel, regente del 
Imperio, como para asegurarle un 
altar en el corazón de sus conciu- 
dadanos, mientras él se dispone á 
abandonar este mundo para remon* 
tarse al cielo. 

Honor y gloria, señores, á esas 
dos ilustres mujeres que, inspiradas 
en los más nobles sentimientos del 
corazón, han sabido borrar de una 
plumada la negra mancha que en 



54 



El Ateneo Centro-americano. 



el suelo virgen de América impri- 
mia la existencia de la esclavitud! 

En cuanto á don Pedro de Al- 
cántara, á ese monarca que mueve 
con propia mano en Filadelfia el 
resorte que ha de poner en movi- 
miento el edificio de la Exposición 
Universal; que al visitar á Víctor 
Hugo le dice que es un poco tími- 
do de carácter y que necesita que 
el poeta le reponga de su emoción; 
que en 1881, en ocasión que los 
Emperadores de Rusia y Alemania 
y los ministros Giers y de Bismark 
alarmaban á Europa con sus fre- 
cuentes entrevistas, anunciaba al 
Instituto de Francia haber descu- 
bierto en su observatorio de Río 
Janeiro un gran cometa que se acer- 
caba á la tierra; don Pedro de Al- 
cántara, digo, no necesita que se le 
levante una estatua, que ya ha des- 
echado, aplicando á la instrucción 
pública en el Brasil las enormes su- 
mas con tal objeto colectadas. La 
tiene espléndida y hermosa en el 
maravilloso imperio cuyos destinos 
rige; en los bosques seculares de 
aquella privilegiada región del con- 
tinente americano, asombro de los 
viajeros europeos; en el himno que 
en su loor entonan cuatro millones 
de esclavos redimidos; en el aprecio 
universal del orbe; en las bendicio- 
nes de la posteridad! 

A nadie mejor que á este ilustre 
príncipe pudiera aplicarse la mag- 
nífica estrofa de Lozano al Liber- 
tador del nuevo mundo: 

"Ta porvenir, Boh'var, son los tiempos, 
Las coronas de. un Dios son tus coronas; 
Y el inmenso raudal del Amazonas 
Las aguas que fecundan tu laurel." 

Ah! los que no habéis estado, 
como yo, en rna de esas haciendas 
tropicales, en donde, no ya á la 
voz del amo, sino á su sola mirada 
centellante, se mueven, como dis- 
ciplinado ejército millares de escla- 
vos temerosos; los que no habéis 



oído la triste melodía de las can- 
ciones de los negros, cuando á los 
rayos de la luna y en las contadas 
horas que se les concede de descan- 
so, evocan en repetidas cadenciosas 
notas, el recuerdo de la patria ausen- 
te; los que sólo de nombre conocéis 
la esclavitud, pero no habéis tenido 
ocasión de ver en la espalda de un 
hombre hermano vuestro la marca 
infamante que le equipara con el 
bruto : . . . ¡ah! repito, vosotros aplau- 
diréis con el entusiasmo propio de 
un pueblo republicano el aconteci- 
miento que esta noche celebramos; 
pero no podéis sentir el mismo in- 
tenso júbilo que sienten cuantos 
han sido testigos de escenas que 
por honra de la humanidad debo 
callar. 

Centro-América tiene la gloria 
de haber sido uno de los primeros 
pueblos del nuevo continente que, 
apenas proclamada la independen- 
cia, declaró la abolición inmediata 
la de esclavitud. El 3I de Diciem- 
bre de I823, un venerable sacerdo- 
te salvadoreño, la pedía entusias- 
mado á la Asamblea Constituyente, 
con la lógica irresistible del siguien- 
te poderoso argumento: . 

''Una ley que la juzgo natural 
porque es justísima, manda que el 
despojado sea ante todas cosas res- 
tituido á la posesión de sus bienes; 
y no habiendo bien comparable con 
el de la libertad, ni propiedad más 
íntima que la de esta, como que es 
el principio y origen de todas las 
que adquiere el hombre, parece que 
con mayor justicia deben ser inme- 
diatamente restituidos al uso ínte- 
gro de ella los esclavos." 

Palabras inspiradas, dignas de un 
verdadero discípulo de Cristo, que 
ha recogido la historia, y que ha- 
rán inmortal en sus anales el nom- 
bre de Simeón Cañas. 

Imitando aquel noble ejemplo de 
nuestros mayores, nosotros hemos 
querido ser también de los prime- 
ros, con celebrar con esta modesta 



:IL^¡|ÍILBíG:52-americano. 



velada el fausto acontecimiento que 
aquí nos tiene reunidos. 

Señoras y señores: bendigamos 
el día en que la esclavitud ha sido 
desalojada del último baluarte en 
que se refugiaba en los hermos 
campos de América, y repitamos 
con Bolívar á la faz de las naciones: 
La Igualdad legal es indispen- 
sable donde hay desigualdad física, 
para corregir en cierto modo la in- 
justicia de la naturaleza." 



DISCURSO 

PRONUNCIADO POR EL SOCIO 

Lie. Próspero Morales. 



Señores: 



LA LIBERTAD. 



SONETO. 

I>EniCADO Á LA ABOLICIÓN DE LA 
ESCLAVITUD EN EL BRASIL. 



Feliz ¡dea «le la Ciencia Suma, 
Alha riHUefla de la Luz Divina, 
Heróieo genio que al mortal destina, 
Iri« de j)az que sucetlió á la bruma, 

Venus que el mar brotó de su alba espuma, 
I>el delicioso E<k'n flor purpurina, 
Palmera que en la gloria se reclina, 
"Eterno fénix de riza<la pluma. 

I>e la beldad sin fin, conjunto raro. 
Resumen de consuelo y de bonanza, 
T ib... ti, I ,],. losi cielos precursora, 

Va\> del univeí-;^ único amparo, 
Y el hombre te divisa en lontananza, 
Ft5n¡\-, píUmera, flor, Venus ó aurora. 

Maura Vergara de la Paz. 

( ruutemala, 31 de Mayo de 1888. 



El sol vivificante del siglo XIX 
próximo á hundirse ya en el ocaso 
de los tiempos que fueron, ha pu- 
nhcado con sus oblicuos rayos la 
conciencia del único pueblo de es- 
te Continente, en que existía aún 
para oprobio y baldón de la demo- 
crática América, ese abominable 
aborto de la fuerza, ese monstruo 
aterrador que ha arrancado tantas 
lágrimas á la humanidad, conocido 
con el nombre de: esclavitud. 

No entra en mi propósito, ni se- 
ría adecuado á la fiesta que aquí 
nos reúne hoy, tomar desde sus pri- 
meros pasos y seguir en su desen- 
volmiento, á través de la oscuridad 
de los siglos esa odiosa institución, 
para estudiarla en todas sus horri- 
bles faces, en toda su deformidad. 
Basta á mi objeto encontraria ya 
establecida en el Nuevo Mundo, 
trasportada á él desde muy remo- 
tas playas, con otras tantas cosas, 
así malas como buenas, en el mo- 
mento histórico en que despertan- 
do aquel á la vida propia de los 
pueblos libres, con un esfuerzo ti- 
tánico rompe en en mil pedazos las 
fuertes ligaduras, que á través de los 
mares, lo sujetaban á estranjera do- 
minación. 

Libre América por la horoicidad 
de sus hijos, se constituyen en ellas 
distintas agrupaciones políticas, ca- 
si todas bajo la forma republicana, 
la más .conforme con los dictados 
de la razón y del derecho. 

Todas ellas, no obstante, llevan 
en su seno esa úlcera nauceabunda, 
que les corroe las entraflas. De esas 
distintas agrupaciones, fué Centro- 
América una de las primeras en cau- 



56 



El Ateneo Centro-americano. 



terizar con la candente llama de la 
libertad esa llaga pestilente, decla- 
rando, en 1823, la absoluta é inme- 
diata libertad de los esclavos. 

A su ejemplo, todas las demás 
secciones, del continente, fueron, 
más ó menos tarde, con más ó me- 
nos dificultades, estirpando de sus 
cuerpos la lepra que aniquilaba sus 
organismos y destruía sus energías. 

Solo el Imperio del Brasil, por 
un fenómeno raro en América, de- 
bido acaso á la constitución que se 
diera al independizarse, pudo por 
mas tiempo soportar los acerbos 
dolores, las contorciones horribles 
que esa enfermedad produce. 

Pero en América, la tierra clasi- 
ca de la libertad, era una aberra- 
ción que una pequeña parte de sus 
habitantes continuase sufriendo tan 
ignominioso yugo; y así, después 
de varias tentativas infructuosas 
para arrancárselo, hoy el cable 
anuncia al mundo la fausta nueva 
de la absoluta abolición de la es- 
clavitud en el Brasil, y el mundo 
entero recibe con caluroso aplauso 
esa noticia. 

El Ateneo Centro-Americano no 
podía ser indiferente á ella, cuando 
en su seno se halla la juventud li- 
beral, que es como si dijéramos: el 
corazón de la patria, donde se al- 
bergan los sentimientos más nobles 
y generosos. Por eso dispuso la ce- 
lebración de esta fiesta, humilde 
por su forma, pero grande, sublime 
por el objeto á que está dedicada. 

Abolir la esclavitud, es reconci- 
liarse con la razón y la conciencia, 
es dar satisfacción á la naturaleza 
ofendida por el error; y aplaudir ese 
acto, es un deber para todo aquel 
que lleve en el corazón sentimien- 
tos generosos, y la mente ilumina- 
da por las ideas que desde hace 
diez y nueve siglos se derramaron 
sobre el mundo, como un torrente 
de luz, desde las alturas del Gólgo- 
ta, y han seguido siendo el ídolo en 
cuyas aras voluntariamente se in- 



molaran hombres de la talla de Es- 
partaco y Abraham Lincoln. 

Recobrar la libertad, única fuen- 
te de vida, es recuperar de un solo 
golpe el derecho de pensar y de 
sentir, el derecho de ser; y devol- 
ver ese derecho por aquellos que en 
virtud de la fuerza y del tiempo lo 
retenían indebidamente, es recono- 
cer los divinos fueros de la justicia. 

Con la abolición de la esclavitud, 
decretada por el Brasil, ese bello y 
rico país se ha hecho ya digno de 
América y del siglo que alcanza- 
mos. 

De hoy más el ardiente sol ame- 
ricano no oreará ya sobre las des- 
nudas espaldas del esclavo la hu- 
meante sangre que le arrancara en 
el trabajo el látigo vil de sus verdu- 
gos; ni la atmósfera se hinchará con 
las amargas lamentaciones brotadas 
de lo más íntimo de aquella alma 
dolorida; ni las espesas selvas del 
territorio brasileño, repercurtirán el 
eco del ¡Ay! desgarrador de nues- 
tros hermanos. 

La obra de redención iniciada en 
esta tierra bendita, á principios del 
prénsente siglo, por el humilde y 
venerable anciano Simeón Cañas, 
se halla terminada. 

Hoy, los palabras del elocuente 
tribuno español, pronunciadas en 
las cámaras de la península el 20 
de Junio de 1870, carecen de razón, 
**¡Cuán grande, cuan terrible será 
la esclavitud, decía, cuando, á pe- 
sar de los horrores que encierra, se 
quedó como una raíz envenenada 
en América, en la tierra de la de- 
mocracia." 

Por fortuna esa raíz no existe ya, 
ella ha sido arrancada por comple- 
to de este hermosísimo suelo por 
la robusta mano de la Libertad, y 
podemos levantar la frente, y con 
orgullo decir al mundo entero: "¡En 
América no hay esclavos!" 

¡Loor eterno á los que han sabi- 
do borrar de la frente de esa vir- 



gen la negra mancha que la oscu- 
recía: 

¡Quiera el cielo que muy pronto 
a America toda entone al Dios de 
la Democracia el magnífico hosan- 
na de la Libertad! 

HE DICHO. 
Guatemala, Mayo 31 de 1888. 



ECOS D2L SIGLO. 

( \'. . !>.. ,H r*»cltado« por mu autor en la 
'-*'MU'»ti pública <jue el A.teneo ce- 
lebren imi'aHolemiiiasar la abolición 
tl«» lu encía vitud en el Brasil.) 



JLAtene^Jentro^americano. 




jrante el retroceso, 
'^a cl único imposible, 
sólo hay una fe plausible 
que se funda eh el progreso. 
Ella enciende con su beso 
al genio batallador, 
y al darle lumbre y calor 
surge el hombre emancipado, 
mientras se hunde en lo pasado 
la tiniebla del error. 

Esa fe no alza la mano 
sangrienta, de Dios en nombre, 
esa fe no quema al hombre 
ni echa hermano contra hermano. 
Su acento republicano 
nos enseña la igualdad, 
esparce la libertad 
en purísimos anhelos, 
nos muestra tierras y cielos 
y nos dice: ¡meditad! 

Ella tiene por Mesías 
genios sedientos de gloria, 
por evangelio la nistoria, 
y ciencias por profesías. 
Con celestes alegrías 
da la hostia de la idea, 
y con su culto recrea, 
en su comunión bendita, 
al pensador que medita 
y al niño que deletrea. 



Ella, SI á Edison alienta, 
bella dicha al hombre labra 
tornando en luz y palabra 
las furias de la tormenta; 
eda descubre la imprenta 
escaríete contra.el mal; * 
ella la noche social 
va borrando por el mundo, 
y hace á don Pedro II 
un monarca liberal. 

Ella eleva, dulce y buena, 
en cada hombre un ciudadano. 
y se funden en su mano 
el grillete y la cadena; 
ella impávida y serena 
da al gran pueblo noble ser; 
fuego en el alma al verter, 
mina tronos, bota reyes 
y rasga opresoras leyes 
con la risa de Voltaire. 

Ella desata del mal 
el triste y pesado yugo, 
el hacha quita al verdugo 
y al cadalzo el criminal. 
La verdad es su ideal 
y la perfección su fin; 
por ella no habrá confín 
que no oiga con ansiedad 
cantos de la libertad 
en las torres del Kremlin. 

¿Qué imposible hay para ella? 
¿Qué tiniebla no vacila 
cuando en los cielos cintila 
la más poderosa estrella? 
Pongamos sobre su huella 
noble aplauso en dulce beso; 
tengamos por embeleso 
á esa luz que nos levanta: 
¡la fe más pura y más santa, 
la fe ardiente en el progreso! 

Jamás tuvo la poesía 
ocasión más oportuna 
de saludar en su cuna 
más espléndida alegría. 
Con dulcísima armonía 
Cantad, poetas, cantad; 
que es bella la humanidad 
contemplando emocionada 



58 



El Ateneo Centro-americano. 



á una testa coronada 
que proclama la igualdad! 

Del progreso es un trofeo 
este ejemplo soberano 
que el gran suelo americano 
le envía al mundo europeo. 
Por él, noble y giganteo 
es don Pedro el inmortal; 
él á su siglo es leal 
y no ha creído mejor 
su cetro de Emperador 
que el nombre de radical. 

Cantad, bardos, las victorias 
de la luz y del derecho, 
y exhalad de vuestro pecho 
un himno eterno de glorias. 
Son bellas las ilusorias 
remembranzas del pasado; 
pero siempre más loado 
será, doquier repetido, 
el cántico no aprendido 
del futuro inmaculado. 

La poesía es la más bella 
expresión del pensamiento: 
quilatad su valimiento 
con grandeza y donosura; 
que es innoble su hermosura 
si no es alta y popular; 
su época ha de interpretar 
para ser grande y vivir, 
si es razón que hace sentir 
y arpegio que hace pensar. 

Como en la luz que destella 
va del iris la armonía, 
en la luz de la poesía 
va toda arte pura y bella: 
el alma absorta ve en ella 
arquitectura que encanta, 
elocuencia que levanta, 
escultura nunca extinta, 
una música que pinta 
y una pintura que canta. 

Es Homero, y diviniza 
á la Grecia en himno ufano; 
es para el mundo romano 
Horacio, y le inmortaliza; 
es el Dante que analiza 



la Edad Media en rudo acento; 
es para el Renacimiento 

Calderón austero y blando 

Víctor Hugo compendiando 
al siglo del pensamiento 

Cantad, poetas, cantad! 
y en himno elocuente y puro 
ensalzad el gran futuro 
de progreso y libertad! 
Así de edad en edad 
vuestro canto se va á oir; 
sólo así podréis decir 
que fuisteis al siglo fieles 
y alcanzareis los laureles 
que os ofrece el porvenir! 

31 de mayo de 1888. 

Joaquín Méndez. 






PRONUNCIADO TOR EL SOCIO 

Carlos A. García. 



Sr. Prcsideiite^ señoras y señores: 

Un grande acontecimiento, un 
acontecimiento de alta significa- 
ciÓTi universal es el que me impele 
á ocupar esta tribuna. 

Hace muy pocos días que el ca- 
ble submarino nos trasmitió la 
fausta nueva de haber sido abolida 
la esclavitud en el Brasil. 

No es la vanidad, señores, no el 
simple deseo de darle mayor va- 
riedad á esta velada lo que me 
mueve á dirigiros hoy unas pocas 
palabras. 

Hay hechos en la vida de los 
pueblos de magnitud tal, de tanta 
trascendencia, que por su misma 
naturaleza despiertan el entusias- 
mo general é impresionan á los co- 
razones más estoicos. Uno de estos 
hechos es el que actualmente cele- 



T: 



.^lAteneoCentro-ameri 



CANO. 



bra el "Ateneo Centro-Americano," 
ácuyo centro tengo la honra de 
pertenecer. 

La juventud, señores, que ávida 
tle libertad y sedienta de gloria, as- 
pira á todo aquello que tiende al 
bienestar y al progreso de las na- 
ciones, no puede permanecer indi- 
ferente en presencia de toda refor- 
ma, que de un modo ú otro, cambie 
por completo los destinos de una 
sociedad que retrocede, de un pue- 
blo que agoniza y está próximo á 
espirar en brazos de la más oprobio- 
sa tiranía. Por eso yo que soy joven 
y que siento arder en mi pecho 
cl sagrado fuego del patriotismo, 
aplaudo con todo el entusiasmo de 
mi alma, la n-generadora medida 
que, para honra suya y buen nom- 
bre de su patria, acaba de dictar 
cl Congreso Brasileño. 

El Brasil, señores, que desde que 
se separó del Portugal ha permane- 
cido al abrigo de las revoluciones 
y que es el único país del Sur que 
ha disfrutado de una paz y de una 
properidad que le aseguran la sabi- 
duría de su gobierno, necesario es 
decirlo, era antes de ahora, una 
mancha, un baldón ominoso para la 
América toda; pero por fin llegó 
un día en que penetrase en su se- 
no el sol brillante de la democracia, 
y en que sus vivificantes rayos, des- 
pejando la densa niebla del atraso 
y del oscurantismo que cubría cl 
horizonte de la patria, hiciesen ver 
al mundo la hermosa aureola de la 
libertad. Esa aureola, señores, es la 
que hoy reluce en la frente de aquel 
pueblo que ha sabido levantarse á 
la altura de los grandes principios 
sociales; de aquel pueblo en donde 
á pesar de su monarquía constitu- 
tucional, no se holla la justicia, 
no se atropella el derecho, ni se pi- 
sotean las instituciones. 

Hace poco nos conmovía pro- 
fundamente el bronco son de las 
cadenas que llevaban al pié milla- 
res de infelices; hace poco herían 



nuestros oídcs los ayes de dolor 
que exhalaban aquellos corazones 
desesperados y se escuchaban los 
lamentos desgarradores que lanza- 
ban al viento, como una protesta á 
la civilización y un estigma opro- 
bioso para la humanidad. Pero, se- 
ñores, felizmente todo ha cambiado 
por completo. Las cadenas del es- 
clavo se hallan despedazadas; éste 
ya no gime bajo el yugo infamante 
de sus amos, ni riega con la sangre 
de cuerpo, la tierra misma en que 
un día ú otro, debiera caer muerto 
de inacción y de cansancio. 

La historia de todos los países 
nos enseña á cada paso, que las 
grandes reformas llevadas á cabo en 
las instituciones políticas y sociales 
de los pueblos, traen casi siempre 
con sigo épocas de matanza y de 
revolución. 

Calientes están aún los despojos 
heroicos de lus provincianos y los 
esclavos de Roma, que en los me- 
morables campos de Enna y de 
Tausomenia, de Nuceria y de Cá- 
pua, prefirieron sacrificarse antes 
que verse sumidos bajo el yugo de 
la opresión más abyecta. Aún hier\'C 
la sangre de los valientes hijos del 
Norte, que guiados por el inmortal 
Lincoln, cuyo nombre veneran las 
generaciones presentes y cuya in- 
marcesible gloria deslumhrará á las 
futuras, después de una lucha titá- 
nica de cuatro años, lograron en 
fuerza de su constancia y de su 
amor á la patria, pronunciar la li- 
bertad absoluta de los esclavos cl 
22 de Setiembre de 1862. Hoy po- 
demos decir que la humanidad ha 
tenido la mejor parte en los resul- 
tados de aquella guerra que algu- 
nas veces fué cruel. • 

Debemos, pues, congratulamos 
doblemente de que la abolición de 
la esclavitud se haya decretado en 
el Brasil sin derramar una sola goU 
de sangre; sin que tengamos que 
lamentar el más ligero incidente do- 
loroso. 



6o 



El Ateneo Centro-americano. 



El congreso de aquella nación, 
poseído de sentimientos patrióticos 
y humanitarios, ha acallado los la- 
mentos, ha enjugado las lágrimas 
de millares de siervos que, al recu- 
perar su libertad, habrán arrojado 
hiél sobre el rostro de sus opreso- 
res. Ayer no más eran considerados 
ccmo bestias y sufrían como tales, 
hoy son ya hombres y mañana, ma- 
ñana que lleguen á la categoría de 
ciudadanos, mañana que tengan 
conciencia de su dignidad, que ten- 
gan conciencia de sus derechos, mal- 
decirán sí y maldecirán con sobrada 
razón á sus inhumanos victimarios 
que, en no lejano día, recibirán el 
castigo de su crimen, crimen que co- 
mo dice Castelar, se purga con una 
eterna infamia en el eterno infier- 
no de la historia. 

Hoy la conciencia humana respi- 
ra al descargarse de un enorme pe- 
so. Las manchas sangrientas que os- 
curecían el límpido cielo americano, 
se han borrado para no volver á 
aparecer jamás. 

El horrible estertor del siervo 
brasileño ha dejado de resonar en 
el fondo de la sombría ergástula, y 
los labios que antes se movieran tan 
sólo para maldecir su destino y cu- 
brir de ignominia á los q ¿e, torcien- 
do los eternos decretos de la justi- 
cia, hicieron del ser privilegiado de 
la Creación un ser envilecido, hoy 
entonan el himno de la libertad y 
besan la mano de los padres del in- 
feliz paria, que durante tantos si- 
glos ha llevado sobre sus espaldas 
el látigo infamante de sus crueles 
opresores. 

El congreso brasileño ha resuel- 
to la gran cuestión del siglo de las 
luces, haciendo fructificar en su 
suelo la nobilísima sangre de to- 
dos los mártires que, desde la 
cumbre del Gólgota, hasta la es- 
pléndida tierra americana, han lu- 
chado sin descanso porque la hu- 
manidad cumpla su destino en este 
mundo. 



Las generaciones pasadas han ba- 
jado á la tumba con el alma transi- 
da de dolor, porque en la sociedad 
que ellas abandonaban para siem- 
pre, quedaba el esclavo bañando 
con el sudor de su frente una tierra 
erizada de baldón y de ignominia. 

Felices de nosotros que hemos 
alcanzado el bello ideal de la rege- 
neración; felices mil veces los liber- 
tadores del género humano, que se 
han hecho acreedores á una glorio- 
sa página en la historia y á las eter- 
nas bendiciones del cielo. 

Guatemala, 31 de Mayo de 1888. 



FRACM3NT0 

de la ooinposición. recitada poi* Ma- 
nuel E. Vesía en la sesión púl^lica 
del "-A^teneo Centro- Americano,'* 
celebrada en conmemoración de^ 
la redención de los esclavos 
del ürasíl. 



VIII. 

Libertad es la esencia suave y pura 
Con que el alma se embriaga delirante^ 
Para alzarse del cielo hasta la altura, 
A buscar á su Dios por esa anchura 
Do es un mundo cada astro rutilante. 

Es la virgen purísima y sagrada. 
Que Murilio en sus sueños adoró; 
La misma que de nubes coronada, 

Y de genios bellísimos rodeada, 
En sus delirios retratar pensó. 

Para el pueblo que te ama eres la vida. 
Eres luz que ilumina su conciencia, 
Consuelo para el alma entristeci<la; 
Como sabia fecunda desprendida 
Del calor de la misma Omnipotencia. 

Diste aliento al espíritu bendito 
De Jesús predicando la igualdad, 
Porque eres el ideal de lo infinito, 

Y la fe y la esperanza del proscrito. 
Sublime y santa, excelsa libertad! 



1L^teneo_Centro-americano. 



6i 



An^i > ir"? ^^ ^''"^ ^^^ firmamento, 
Ángel }>ello de paz y de poesía; 
HennoBura del orije y su armonía 
re ama cada criatura en su elemento 
1 te adora entusiasta el alma mía. 

Nos sonríe la luz de tu pureza 
Ketratada en las flores del pensil 
Y cual cantan las aves tu belleza 
«lenipre canten dichosos tu grandeza 
Los que fueron esclavos del Brasil'" ' 



LA SIN VENTURA 

nO^v líFATKIZ DK LA CUEVA. 

\komance histórico,) 



I. 



l-.iitre los floridos valles 
ilr I'anchoy y Alotenango, 
al pié de un erguido monte, 
émulo del Chimborazo; 
sus blancas torres eleva 
I naciente villa que, ufanos 
I de! sitio electo, fabrican 
los soldados de Pelayo. 
Nunca jardín más ameno 
^ en su camino encontraron, 
al través de los jardines 
del edén americano. 
Deficndcnla dos colosos 
de verdura coronados, 
cuyas frentes besa el alba 
con sus labios de amaranto. 
El uno apacible y quieto, 
la mirada reflejando 
del sol, que en sus blancas nieves 
quiebra sus dorados rayos, 
semeja al genio del bien, 
frente á frente á su contrarío, 
que á guisa de audaz guerrero, 
con su espléndido penacho 
de rojas llamas infunde 
terror á los castellanos. 

Es allí sereno el cielo, 
de azul y nácar bañado; 
fresca la brisa que sopla 
y el ambiente dulce y blando. 
Agradecida la tierra 



fecunda al instante el grano 
y de ambas zonas los frutos' 
produce en el mismo espacio. 
Allí la esbelta palmera 
abrigo presta al durazno, 
y la uva se hace dar sombra 
por las hojas del banano. 
Allí la magnolia crece 
junto al perfumado nardo, 
y el jacinto y la camelia 
al par de la flor de Mayo. 
Confúndese allí en un huerto 
las manzanas y el cacao, 
con los cafetos de Arabia 
y el nopal americano. 
Silvestres enredaderas 
de forma y colores varios, 
los troncos de las encinas 
convierten en un mosaico. 
Son sus aguas cristalinas 
de venero inmaculado, 
que por eso los aztecas 
Almolonga le llamaron; 
mas las huestes españolas, 
sus reales allí sentando, 
para dar gloria á su apóstol. 
Consagráronla á Santiago. 
¡Verjel de las bellas flor-fs, 
cuyo sueño están velando 
los genios que el Señor puso, 
para guardarte, á tu lado; 
muy pronto harás que el intruso 
que con atrevida mano 
las cabezas de tus reyes 
hizo rodar del cadalzo, 
pague en horrorosa muerte 
su sacrilego atentado! 

II. 

En un salón del alcázar 
que para sí construyera 
el primer Adelantado, 
conquistador de estas tierras, 
sentada está en un sillón 
de rica y bordada tela 
una dama en quien se admira. 
más tal vez que la belleza, 
el gentil donaire y garbo 
que su alta estirpe revela. 
Dama que si ya no es joven, 
de la juventud conserva 



62 



El Ateneo Centro-americano. 



en su enérgico carácter 

la más elevada prenda. 

De los duques de Alburquerque 

descendiente en línea recta, 

la ambición, que no el destino, 

á las Indias la trajera. 

Vela sus rasgados ojos 

una nube de tristeza, 

llorando de su marido, 

no tanto la larga ausencia, 

cuando de noticias suyas 

la falta que tiene de ellas; 

mas, al fin, un mensajero, 

portador de tristes nuevas, 

de la corte mexicana 

á la de Santiago llega. 

Palpítale el corazón 

á la dama con violencia, 

y temblorosa recibe 

el pliego que la presenta, 

por manos de un edacán, 

el portador de la esquela. 

La abre, da un grito, en su silla 

sin conocimiento queda. . . . 

¡Pedro de Alvarado ha muerto 

al dar principio á la empresa 

de más valía que nunca 

su ambición le sugiriera! 

Por nueve días la viuda 
se encerró en clausura estrecha; 
y de luto riguroso, 
al saber la infausta nueva, 
con verdadero pesar, 
vistió la ciudad entera, 
que era Alvarado valiente 
y de probada entereza, 
y aunque cruel, nunca en los suyos 
su crueldad sentir hiciera. 

Concluido el duelo oficial 
convocóse una asamblea 
del Cabildo y los vecinos, 
clero,* milicia y nobleza, 
para nombrar la persona 
que el mando ejercer debiera 
en tanto Su Majestad 
daba sus órdenes regias. 
Amaneció la mañana 
de espesas nieblas cubierta, 
y gruesa lluvia caía 
con que se empapó la tierra. 
Presidía el digno Obispo 
la agitada conferencia, 



los opuestos pareceres 
ordenando en la materia. 
Quería Portocarrero, 
como Teniente que era 
del Gobernador seguir, 
ejerciendo las faenas; 
mas disputábale el rango 
Don Francisco de la Cueva, 
propuesto por el Virey 
de Nueva Espaíla, en la esquela 
de pésame, que al Cabildo 
desde México escribiera. 
Pendiente la discusión, 
sintióse abrir una puerta, 
y apareció en sus umbrales 
la noble figura esbelta 
de una mujer principal, 
avanzando entre las nieblas 
con que la copiosa lluvia 
invadía desde afuera, 
aquella espaciosa sala, 
turbando su luz incierta. 
Al distinguir á la dama, 
púsose en pié la asamblea. 

— "Señores: os he escuchado,, 
dijo aqudla con firmeza. 
Hacéis mal en discutir 
lo que discutible no era. 
Faltando el Adelantado, 
que Dios en su gloria tenga„ 
á mi me toca el gobierno 
que el César le confiriera. 
Así el acta extended, pues, 
y acabe la conferencia." 

Y el acta se extendió así, 
y al acercarse á la mesa 
la viuda del de Alvarado, 
un rayo alumbró la escena. 
Temblaron todos de miedo, 
signándose con presteza, 
y es fama que entre los pliegues 
del relámpago que ondea, 
vio la viuda que vagaban 
por cima de su cabeza, 
las sombras descoloridas 
de los príncipes tultecas. 
Tomó posesión del mando, 
del susto apenas repuesta; 
leyó el acta con voz débil, 
y pálida, convulsa, trémula, 
firmó al pié: LA SIN VENTURA 

Doña Beatriz de la Cueva, 



I 



E^^Z^neoCe.xtro-americano. 




AI pronto ronco bramido 
hizo temblar el palacio, 
sus ecos repercutiendo' 
por los montes y collados, 
sin ser el trueno del éter 
cuando se desprende el rayo, 
ni la luz que le acompaña 
la claridad del relámpago. 
No es mayor la confusión 
con que dispersa un rebaño 
hambriento lobo que llega 
sus negras fauces mostrando, 
que la que sembró el Volcan 
DE FUEGO en los castellanos, 
-u espira! columna de humo 
sacudiendo en el espacio. 
Al horrísono concierto 
del vendaval azotando 
las corpulentas encinas 
y los cedros y los álamos; 
la lluvia que en grande copia, 
ayendo sobre los prados, 
onvirtió la ancha llanura 
!cl vhIIc en profundo lago; 
M f'inpcstad que bramaba 
' i uudad iluminando, 
M su incesante fragor, 
orno en mcd'o del océano, 
i'on no interrumpida serie 
ic relámpagos y rayos; 
is ondas de negras nubes 
lie unas tras otras rodando 
11 el vacío ocultaban 
i mirada de los astros; 
ese lúgubre conjunto, 
ose terrífico cuadro, 
I. litaba sólo el rugido 
Jcl volcán, amei)az?ndo 
hundir la naturaleza 
en el primitivo caos, 
para creer, como creyeron, 
los culpables castellanos, 
sobrecogidos de asombro, 
el fin del mundo llegado. 
La ilustre Gobernadora 
en su capilla rogando, 
la clemencia de los cielos, 
medrosa, imploraba en vano, 
que al resplandor de los cirios 
del altar, vio que cruzaron 



las sombras amenazantes 
de los reyes inmolados: 
y ella, laque ayer subió 
al poder tanto deseado 
prepárase hoy á la muerte 
sin tener tranquilo el ánimo 
i^n esta horrible congoja 
tres días así pasaron. 
¡Qué largos días aquellos; 
más que los tres siglos largos 
Llegó el once de Setiembre 
y el VoLCAxN DE AGUA, velado 
por negras brumas, al fin, 
rasgó sus senos hinchados. 
Jamis semejante tuvo 
aquel trueno subterráneo, 
que el postrer día del mundo 
fué para la de Alvarado! 

IV. 



Estaba ésta en el alcázar 
rodeada de sus doncellas, 
cuando sintió que el torrente, 
arrastrando enormes piedra?, 
á la ciudad descendía 
con indómita fiereza. 
Su palacio estremecido 
hundió sus bóvedas regias, 
y las aguas agitadas 
subieron las escaleras. 

Era imposible salvarse 

La vida imposible era, 
que Témis inexor^le 
buscaba en ella una ofrenda. 
Estrechó á sus tiernos hijos, 
transida de amarga pena, 
y las más amargas lágrimas 
vertió sobre sus cabezas. 
''Adiós!" dijo; de rodillas 
cayó buscando la tierra. . . . 
y vio de Chignaviuncelut 
y Sinacám, medio muerta 
de terror, cruzar tranquilas 
las vagas sombras siniestras. 
Entonces alzando al cielo 
sus ya miradas inciertas; 
— ''Perdón, Dios mío, exclamó, 
infinita es tu clemencia! 
Sea yo sola la víctima 
que aquí en expiación perezca.' 
Al decir esto, la bóveda 



64 



El Ateneo Centro-americano. 



de su oratorio retiembla, 
y en los muros sacudidos 
ábrense profundas grietas. 
El agua sigue empujando 
cuanto en su camino encuentra, 
y en el sagrado lugar 
impetuosa, al fin, penetra. 
A su choque el no seguro 
altar por el suelo rueda; 
desplómanse las paredes. .. . 
y allí sepultada queda 
en vida, LA SIN VENTURA 

Doña Beatriz de la Cueva. 

V. 

Al otro día en el cielo 
brillaba el rey de los astros 
para iluminar las ruinas 
de la ciudad de Santiago; 
y AlmoLonGA siguió siendo, 
por sus huertos coronado, 
el más hermoso jardín 
del edén americano 

Renato Murray 



CRÓMICA. 



tertulia.— Muy animada estu- 
vo la que ofrecieron en su casa de 
habitación el sefior y la señora de 
la Paz á varias de sus relaciones en 
la noche del 31 del pasado, después 
de la velada del Ateneo, con moti- 
vo de la abolición de la esclavitud 
en el Brasil. 

El ambigú estuvo magnífico y se 
bailó hasta las tres de la mañana á 
pesar de lo reducido del local, ha- 
biendo salido los concurrentes to- 
dos, sumamente complacidos de la 
obsequiosidad de sus anfitriones. 



* ^ 



DUELO nacional. — Así debe ca- 
lificarse el que siente Guatemala 
con motivo de la inesperada muer- 
te de don Manuel Ramírez, acae- 



cida el 5 del presente. Quien echa 
de menos al notable hombre de Es- 
tado, quién al distinguido jurista, 
quién al modesto poeta; éste al 
magistrado probo, aquel al excelen- 
te amigo, el de más allá al esclare- 
cido ciudadano, conviniendo todos 
en que se nos ha escapado una pri- 
vilegiada inteligencia y un gran co- 
razón! La patria, pues, está de pé- 
same: ha perdido á uno de sus me- 
jores hijos, y el Ateneo Centro- 
Americano se une por medio de es- 
tas líneas al duelo nacional. 






ALFREDO LOWENTHAL.— Como 

nuestros lectores saben, el distin- 
guido compositor de este nombre 
falleció á fines del mes último en la 
vecina República de Costa-Rica, á 
donde hacía pocos "meses se había 
trasladado. El repertorio nacional 
de música le es deudor de muchas 
composiciones así propias, como de 
autores centro-americanos, que se 
empeñó en popularizar desde 1868, 
época, en que fundó en San Salva- 
dor su primer periódico musical, 
hasta principios del corriente año 
en que estableció en Guatemala 
''El Álbum," de tan efímera dura- 
ción. 

¡Paz á sus restos! 



CAMBIOS. —Habiendo establecido 
"El Ateneo" el cambio de estilo 
con sus colegas de esta capital, no 
sabemos por qué razón nos priven 
de su visita los diarios de Guate- 
mala. Esperamos que los respecti- 
vos directores de ellos se servirán 
corregir esa falta. 



Tomo^__^Guatemala, F de julio de 1888. Núm. 8. 




PUBLICACIÓN QUmCENAI.. 
ÓRGANO DE LA SOCIEDAD LITERARIA DEL MISMO NOMERE. 



i. 



SL ATENEO. 



n la reunión pública del 21 
del pasado, el señor Vice- Presi- 
dente don Joaquín Méndez, dio 
lectura á un juicio crítico sobre 
el carácter y escritos del más po- 
pular de los poetas centro-ame- 
ricanos, el malogrado José Ba- 
tres Montúfar, conforme se ha- 
bía anunciado de antemano. 

Recitaron poesías Lola Mon- 
tenegro y la señora Vergara de 
la Paz. 

En seguida el socio don Ma- 
nuel Paz pronunció un discur- 
so, estudiando el desenvolvi- 
miento de la literatura desde la 
revolución francesa hasta nues- 
tros díns. 

socios don Carlos A. 
García v Licenciado don Pros- ¡ 
pero Morales leyeron dos poe- \ 
sías satíricas, con las que ter- ; 
minó la velada. 

Ll Presidente hizo notar que 
coincidiendo la próxima reunión : 
pública con el aniversario de la 
independencia de los Estados j 
Unidos, le parecía conveniente ¡ 
desiirnar este asunto como tema I 



de la velada, encargando al 
socio Licenciado don Francisco 
Azurdia, pronunciar el elogio 
de Washington. 



papa BATRBS, 



Sr. Presidente y señoras y señores: 

Se me ha señalado como tema 
para ocupar la atención de ustedes 
en esta noche, el carácter y escritos 
del más popular de nuestros poetas, 
José Batres Montúfar; y he acepta- 
do este encargo, sólo porque nunca 
me niego á las comisiones con que 
me honra el Ateneo, por cuya vida 
y prosperidad abrigo los mejores 
desees y esperanzas. Sé que nues- 
tra sociedad literaria cuenta con 
personas que se desempeñarían bri- 
llantemente en mi caso; pero galan- 
tería obliga, y yo corresponderé á 
la que ha querido distinguirme be- 
névolamente, si no con un juicio 
crítico sobre nuestro poeta favori- 
to, sí con las impresiones que me 
causa cuando lo leo ú oigo repetir 
sus versos facilísimos y chispeantes. 
Sabemos que José Batres Mon- 
túfar vivió apenas 35 afios, y que 
había nacido en Guatemala en 1809. 
Con este dato podemos considerar 



66 



El Ateneo Centro-americano 



cuáles eran las ideas dominantes en 
que fué educado hasta hacer su ca- 
rrera de agrimensor. Gracias á que 
tenía ingenio clarísimo y pudo 
leer á los autores de la Enciclope- 
dia, en aquella como aurora en que 
clarearon aquí las ideas liberales y 
de reforma; que si no, su inteligen- 
cia hubiérase consumido en atmós- 
fera letal, como su corazón sensi- 
bilísimo se ahogó en el llanto ocul- 
to de un amor inmenso, amor de 
poeta, no comprendido, ni mucho 
menos estimado en cuanto merecía. 

Batres se emancipó de los erro- 
res de la era colonial y tuvo á bro- 
ma creencias é hipocresías de fa- 
náticos. Pudiera pensarse que por 
antecedentes de familia se hubiese 
alistado en el bando .opuesto á las 
ideas nuevas; pero si es cierto que 
como militar estuvo en el sitio de 
Mejicanos y quedó prisionero del 
pueblo salvadoreño, no lo es me- 
nos que su inteligencia volaba alto, 
y que si no tuvo simpatías perso- 
nales con los hombres del carqpo 
liberal, sí coincidía con ellos en el 
sentido de echar por tierra el po- 
der de los frailes, aunque él no 
combatía por esto con su espada, 
sino con los gavilanes de su pluma, 
con la cual, aún en la tumba, está 
punzando á los vicios que trae con- 
sigo la religión del Vaticano. 

Libre su pensamiento en filoso- 
fía, aceptó las declaraciones del ro- 
manticismo en Francia y España; 
pero así como en política estaba 
por cima de las divisiones de los 
partidos militantes, en literatura 
tomó de la escuela romántica lo 
que creyó conveniente y oportuno; 
y si en la política centro-americana 
los liberales le consideraron á veces 
conservador, y los conservadores, 
pirujo, en las letras no puede de- 
cirse si es propiamente clásico ó ro- 
mántico, porque de éstos tiene las 
audacias encantadoras, y de aque- 
llos la forma con que tanto realzan 
sus obras los autores de la edad 



de oro en la península española. 
Se hallan en desacuerdo personas 
competentes, en si Batres vale más 
como poeta satírico que como sen- 
timental: mi humilde opinión se in- 
clina á lo primero, y pienso que, 
con Matías Córdova, es el solo épi- 
co de la América del Centro. Bien 
Sé que su corazón sufrió hasta mo- 
rirse como una tórtola solitaria; mas 
de este amor que le quemaba el 
pecho, sólo nos dejó un suspiro en 
el madrigal intitulado: ''Yo pienso 
en tí!!" y aunque en componerlo se 
estuviese tres años y en él quisiese 
condensar todo el poema doloroso 
de su alma, también en El Reloj 
hay lamentos de tristeza profunda, 
no inferiores al madrigal y exhala- 
dos de cuando en cuando, entre la 
sonrisa que en sus labios se moría; 
pero son manifestaciones tan fugi- 
tivas, que su autor no les concedió 
vida propia y las puso en el curso 
de su poema. Batres sufrió como 
Enrique Heine; pero de sus pesa- 
res no salió ningún Intermezzo Lí- 
rico, y sí nos dieron crítica saluda- 
ble y altísimas enseñanzas, en ver- 
sos que por atractivos, fáciles y be- 
llos, están retozando en los labios 
de las musas castellanas. A José 
Batres no puede llamársele, como á 
Lamartine, sauce de Babilonia: Ba- 
tres era una lira enlutada que cuan- 
do se le hiere da notas juguetonas; 
un corazón que devuelve bien por 
mal, y que, aunque está agonizan- 
do de tristeza, hace sonreír á los 
mismos que le martirizan con una 
corona de espinas que le des:rozan. 
Su risa es la de Fígaro. Sufre, pero 
no manifiesta su dolor porque no 
se le comprende. Por eso prefiere 
corregir á la sociedad y que ella 
no profane lo que no alcanza ni si- 
quiera á percibir. Es como las es- 
trellas, que dan luz porque se están 
quemando; pero, como ellas, no 
irradia lampos vivísimos para que 
se vea que arden, sino para cum- 
plir un fin en el laboratorio inmen- 




• 



so de los seres. Este fin en Batres 
es una tendencia social que se des 
prende fácilmente de su? legendas; 
por más que se asegure que no tu- 

defectos de la sociedad de la colo- 
nia é insiste en recomendar la edu 
cación para que no se arraiguen en 
la república naciente. « 

La poesía intitulada /Vopünso 
en U! es la más conocida de Batres 
y generalmente la más aplaudida. 
bé que don Rafael Pombo aseguró 
de ella, que bastaría por sí sola pa- 
ra darle el nombre de poeta á su 
autor. Ignoro si este juicio hubiera 
formado don Manuel de la Revilla, 
al verla en conjunto con esa mira- 
da que caracteriza á la crítica mo- 
derna; pero no sé tampoco si don 
Leopoldo Alas no encontraría en 
ella algo de inexacto y pleonástico 
Digo esto último al hacer una di- 
sección de tan popular poesía. Creo 



solamente el 2. 
so, quedaría así: 



Callado, inerte, en estupor proftmdo 
Mi corazón se embarga y se enligeot, 
^ allá en su centro vihra moribando 
Cuando entre el vano e^tnJpitodel mimdo 
La melodía de tu nombra guciuu 

Sin lucha, sin afán y sin .«. 
Sm agitarme en ciego frenesí 
Sin proferir un sólo y leve a^nto 
Las largas horas de la noche ciieóto 

¡Y PIENSO EN ti! 



que en el 
quinteto, 



2.0 verso del primer 



Sola, íija, fiin tregua, á toda hora, 

hay una repetición innecesaria; y 
en los versos^ 3. <^ y 4. ^ del quin- 
teto 2. ° existe una comparación 
que contiene nada menos que un 
imposible físico; veámoslo: 

En mi lóbrega y yerta fantasía 
Brilla tu imagen apacible y pura, 
Como <7 ra^o de luz que el sol envia 
Al través de una bóveda sombría 
Al roto milrmol de una sepultura. 

En efecto, se ha preguntado cómo 
puede el sol enviar un tayo de luz 
^/ iravds de una bóveda sombría; y 
yo no acierto á explicarlo, ni los fí- 
sicos tampoco. 

En las estrofas 3. ^ y 4. "^ , hay, 
por el contrario, un estado psicoló- 
gico perfectamente descrito, de tal 
modo que, para mi gusto, nada 
pierde la composición con sjpri- 
mirle los dos primeros quintetos ó 



Para mi, en estas solas dos estro- 
ías esta lo que el poeta quería de- 
cir; insisto, pues, en creer que ellas 
contienen todo un estado psicold- ' 
gico descrito con perfección, y que 
por sí solas pueden formar el poe- 
ma en que Batres deseó pintar su 
corazón muñéndose de amor vehe- 
mentisimo y puro. 

Pero ésta que se considera por 
algunos como la poesía-modelo de 
Batres, si bien tiene mucho del due- 
lo inmenso y silencioso de aquel 
gran corazón, palidece en presencia 
de las bellezas que abundan en los 
poemas que Batres escribió en oc- 
tavas reales tan excelentes, que no 
se negaría á firmarlas el poeta de es- 
tilo más fluido y numeroso. 

Talento observador y <■ vo 

de primer orden, Batres . fj. 

turas que pueden colocarse ai íado 
de las más elogiadas en la literatum 
española. Bellas son las del desier- 
to de San Juan y del Volcán de 
Agua, como paisages centro-ameri- 
canos; pero son otras las que, de 
acuerdo con su ingenio satírico, so- 
bresalen en sus obras de un modo 
eminente. Del numero de éstas es 
la de la llegada del contrabandista 
don Juan del Puente, en Las falsas 
apariencias, y su encuentro con el 
hombre del bigote en casa de dorta 
María, sobre cuya incupabilidad di- 
ce Batres, refiriéndose al marido de 
ella: 



68 



El Ateneo Centro-americano. 



Pero, ¿qué más quería aquel jumento 
Que verla asegurar toda llorosa 
Que el hombre se introdujo sin su anuencia? 
¿Podría estar miis clara su inocencia? 

En el Doii Pablo encontramos 
también á cada paso las descripcio- 
nes interesantes y perfectas de que 
hablo. Don Pascual del Pescón se 
halla tan bien delineado físicamen- 
te, que un pintor podría retratarle 
y mostrarnos en el lienzo á uno 
de aquellos vejetes de á fines del 
siglo pasado. El estado de su inte- 
ligencia lo forma un rasgo: hablan- 
do de los anteojos de carey de Don 
Pascual, dice Batres 

Que rarísima vez los ocupaba, 
Pues sólo para leer los empleaba. 

En cuanto á sus hábitos, ya sabe- 
mos que era *Me. aquellos que co- 
mían á las doce" y que: 

Vestíase á las seis de la mañana, 
Iba á misa, tomaba chocolate. 
Asomábase un rato á la ventana, 
Rezaba el Pueri Dominum laúdate, 
Sentábase á comer con buena gana, 
Fumaba su cigarro por remate, 
Dormía siesta y cuando no dormía 
La cabeza sin falta le dolía. 

Por la tarde á Nuestro Amo visitaba 
Después del chocolate de ordenanza: 

Y como la mañana, se pasaba 
Todo el resto rascándose la panza: 
A la oración el Angelas rezaba, 

A las ocho se hincaba sin tardanza 
A rezar el rosario y la novena, 

Y á la canuí llevábanlo la cena. 

En tal hombre, no es extraño 
que tuviéramos á un buen cristiano 
de Roma, amigo por supuesto del 
rey, digno coetáneo de Don Diego 
de la Mella, aquel célebre ''coronel 
de milicias retirado" 

y temido, 

Aunque ni en paz ni eu guerra hizo el servicio; 

lo que no obstaba para que se mos- 



trara impertérrito cuando hubo a- 
quel ruido 

De que pudiera ser que hubiese guerra 
No sé si con la Francia ó la Inglaterra. 

Pinturas tan exactas como éstas 
abundan, como he dicho, en Batres. 
Para citarlas todas, sería necesario 
ciAr casi todas sus obras. Esto 
no es dable en un rápido esbozo 
como el presente, y aún de ello es- 
toy eximido, por ser tan populares 
las composiciones del notabilísimo 
ingenio, que muchas de sus sales 
son para muchas personas una espe- 
cie de refranes ó proverbios. Sólo 
insistiré en afirmar que las costum- 
bres guatemaltecas del pasado si- 
glo tienen en Batres un pintor ex- 
celente y un crítico bien intencio- 
nado. El copió á la sociedad tal 
cual era. Don Cornelio Peleznes de 
Cabral es un avaro que merece su 
nombre; en Don Pablo está el tipo 
del calaverón de entonces, y en 
Don Alejo el favorito de las damas 
elegantes: á su vez, Isabel y Doña 
Clara sirven de ejemplo de cómo 
andaba la instrucción de la mujer. 
De Isabel, dice Batres que echaba 
en el brasero los billetes de Don 
Pablo, 

Sin atender al sobre que decía: 

".4 la deidad por quien penando muero.'" 

Mas ¿qué había de leer si no sabía? 

Una niña educada con esmero 

En aquel tiempo no sabía á fondo 

Ni conocer la O por lo redondo. 

También al clero le pinta Batres 
en un rasgo valiente: dice que para 
convertir al picaro de Don Pablo, 
el Reverendo Fray José Godina le 
dijo al tenerlo en la Recolección: 

Ahí tienes un libro muy precioso 
Que se intitula, Examen de concienclu; 
Leélo con cuidado y con rei^oso: 
Nada contiene de la humana ciencia. 
Y por tanto es más útil y gustoso 



Pinta 



asimismo una especie de 



IíiAteneoCentro-ameri 



CANO 



alba de las nuevas ideas, en ciertos 
perfiles sobre Don Pablo, quien me- 
tido en el convento por su escru- 
puloso señor padre, 

Hizo un ensayo en forma de tercetos 
♦ fiarnrtttaH llamado individuales,'' 
Y una« cuantas octavas y cuartetos 
Contra los institutos monacales. 
Compuso dos bellísimos sonetos 
Atestados de ideas liberales 
Kn loor de Haheas corpus, que decía 
C^ue algún día en su patria regiría. 

El fin de estas inspiraciones no 
podía menos que ser breve bajo el 
régimen teocrático: Don Pablo las 
escribió con entusiasmo; 

IVro ni los fragmentos han quedado 



1 



Por último, el fraile y el mocetón 
enamorado pueden resumirse en la 
escena en que vuelve fray José es- 
perando encontrar todo contrito á 
Don Pablo, á quien le había dejado 
meditando en la nada de la mujer, 
en vista de la calavera de una bella 
•'que de Venus seguía el estandar- 
te," y pasa lo siguiente: 

"Habéis bastantemente meditado?" 
Dijo al volver el fraile al penitente, 
Vi(''ndole el rostro en hígrimas bañado; 
ICl cual le respondió con voz doliente: 
"Sí Bí'fior, vcdme aquí desesperado 
''Contemplando este ejemplo tan patente 
"De la humana miseria y desventura, 
"Veste triste final de la hermosura. 

"Con que ha dispuesto la fortuna avara 
"Hacer de tanto hechizo y embeleso, 
"Que á los otros la carne les tocara 
"Y á mí tan sólo me tocara el hueso?" 
Se le alegraba al confesor la cara 
Viendo de su elocuencia el buen suceso, 
Mas al oir aquella picardía 
Dijo frunciendo el gesto: *'Ave María!» 

Por doquiera contienen sus poe- 
mas reflexiones críticas de Ja socie- 
dad, hechas como quien no quiere 
la cosa y con la mayor sencillez del 
mundo. Cuando en seguida de aque- 
lla singular carta de Clara Róblete 



por los canona. 



y Jespués de descrito con mano 
maestra el curioso Paseo de Santa 
Cecilia dice de Don Alejo que no 
pudiendo sufrir los empellones de 

su alazán asustado 
zos de la fiesta, 

Soltó las riendas y alan-i'» los bnueot; 
Y mostrando el revés de los callonca 
Cayó haciendo á la noble concan«iid« 
Una inversa y profunda rovort^nHa; 

Asegura que: 

Muy lejos de burlar al t-ahallcm 
Por aquella ridicula aventura. 
Decían: qué valiente! qué Hiten»: 
¡Con qué gracia se cae! qué s.»ltiira! 



Y luego reflexiona: 

El aura popular con un guerrero 
Hace siempre lo mismo y transfigura 
Cualquier ardid que le sugiere el mii-d.. 
En estrategia, en táctica, en denued... 

La pintura de ese caballo que 
montaba Don Alejo, no tiene rival 
que pueda superarla; veámosla: 

Tenía el alazán la frente blanca. 
.Ancha nariz, cabeza breve y cuellc». 
Largo y delgado ijar, redonda el anc». 
Robusto pecho, liberal resuello. 
Rasgado el ojo, la miraila franca, 
El brazo negro, levantado, l»ell<». 
Que en tierra estampa el ai.si-odfí-lt*rí.mi» 
Como quien pisa el cráneo de un chiiuiioau. 

Esa mezcla de lo ridículo con lo 
bello, de las ocurrencias festivas con 
las observaciones filosóficas, hace 
de Batres un poeta agradable y útil, 
que instruye deleitando, como lo 
prueban, además, sus magníficas dé- 
cimas át El Suicidio, en las que 
uno no sabe qué admirar más, si la 
forma tan bella como halagadora, ó 
la filosofía que encierran y la erudi- 
ción que demuestran bajo tan deli- 
cada alcorza. 

En vista de lo que he citado de 
sus poemas y de cuanto pddría d- 
tar aún, pienso que todo» estare- 
mos de acuerdo en decir que Ba- 



70 



El Ateneo Centro-americano. 



tres es el poeta más centro-ameri- 
cano. En su composición al desier- 
to de San Juan, copió nuestra na- 
turaleza salvaje con tanto colorido 
como Juan Diéguez describió des- 
pués nuestras Tardes de Abril. Las 
costumbres de toda una época es- 
tán retratadas en sus poemas, espe- 
cialmente en Don Pablo y El Reloj, 
Ahí se ve á la colonia en deta- 
lles de que se compone la tradici<)n, 
demasiado interesantes para im- 
portarle al que desea conocer á fon- 
do una sociedad, y demasiado proli- 
jos para el grave historiador que só- 
lo enumera los hechos anotando de 
paso su enlace filosófico. En cuan- 
to á pintor de nuestras costumbres 
nacionales, sólo tiene un rival, y es 
Salomé Jilj tn sus rmgniñcos Cua- 
dros y novelas. 

Quizás no tendríamos por ver- 
siones algunas de sus estrofas, si él 
mismo no nos dijera que al com- 
poner el cuento de Don Pablo^ no 
tuvo otro objeto que traducir al 
castellano unas pocas de las mu- 
chas sales que se encuentran en 
los cuentos de Casti. Y es que ante 
su estilo incomparable y el color lo- 
cal en que abundan sus versos, des- 
aparece cualquiera sospecha de in- 
fluencia de un escritor extranjero. 
Como todo hombre de genio, Ba- 
tres tiene estilo propio, personali- 
dad literaria que no se confunde 
con la de otro poeta, sea jocoso ó 
serio. No puede comparársele con 
otro autor, es eminentemente ori- 
ginal, es él, es Pepe Batres; por más 
que en su delicada sencillez tenga 
algo de Casti, algo de Byron en su 
sonrisa á veces amarguísima, algo 
de Boccacio en algunas ocurrencias 
ó algo de Espronceda en ciertos to- 
ques y en la suma fluidez de la ver- 
sificación. Como Casti, se ríe con 
ingenuidad maliciosa. Como Byron, 
se burla,de las añejas preocupacio- 
nes en religión y política. Como 
Boccacio, sabe pintar con interés, 
rasgos audaces sin descuidarlos me- 



nores detalles ni ser difuso. Como 
Byron y Espronceda, mucho tenía 
que decir de las mujeres, y lo dijo 
en estrofas tan naturales como llenas 
de vida. ¡Pero qué modo de señalar- 
les sus lunares! ¡Qué manera tan dis- 
creta de hablar de ellas! ¡Las casti- 
ga y no les arranca lágrimas sino 
sonrisas! Las fustiga con ramos de 
rosal floreciente y con manojos de 
lirios, sensitiva y mirto; y no por el 
deseo de disciplinarlas como en las 
casas de ejercicios espirituales, sino 
para hacerlas dejar la senda que lle- 
vaban y que la trocasen por la de 
la instrucción, cuyas ventajas com- 
prenden las bellas que con sus en- 
cantos dan realce á las reuniones 
del Ateneo y sonríen cada vez que 
recuerdan como 

Isabel profesó de capuchina 
Cuando supo la suerte de su amante, 
A instigación de fray José Godina 
Que fué su confesor en adelante. 
Tomó por nombre Sor Escutufina 
De la Circunsición: ¡Nombre elegantel 

Y la nombró portera la prelada 
Porque la vio al zaguán aficionada. 

En los cuales sencillísimos versos 
conta el destino que, en tiempo 
de la severa Doña Luisa, les estaba 
reservado á las amorosas Isabelas 
sorprendidas infraganti, á pesar de 
que entonces 

Si una niña tenía algún amante 
O dos, ó tres, ó cuatro, ó cinco, ó ciento, 
Era con un recato edificante, 

Y no hablaba con ellos ni un momento 
Si sus padres hallábanse delante, 

Ni entraban ellos nunca en su aposento, 

Pues si los recibían sólo era 

De noche, en el jardín ó en la cochera. 

Los tiempos han cambiado; feliz- 
mente, ya no hay conventos para 
que vayan las jamonas á sepultar 
sus pesares y tener santas alegrías, ó 
las niñas angelicales á sufrir las pri- 
vaciones del claustro. Esas casas 
están convertidas en colegios ó ta- 



El Ateneo Centro-americano. 



71 



lleres; donde antes se holgaba la 
pereza, se fatiga hoy el trabajo; y 
allí, en vez de rosarios de á quince, 
existe hoy la oración más pura, la 
que levanta el pensamiento redi- 
níiiéndose del pasado por medio de 
la instrucción y la actividad pro- 
ductora. Hoy ha dejado de ser sa- 
tírica esta estrofa de Batres des- 
pués de la carta de Doña Clara 
Róblete de Cabrales á su amiga 
Juana, la mujer de don Gerónimo: 

Ahí escribían antes las señoras. 
¡Cómo los tiempos mudanl hoy en día 
Kn que todo es progresos y mejoras 
Da gusto lo que escriben, á fé mía: 
Y entre ellas sobresalen mis lectoras: 
¡Qué estilol (}u6 dicción! qué ortografía! 
¡Qué delicada construcción de frases 
8in mentiras, sin pueses y sin mases! 

Una de las cualidades caracterís- 
ticas de Batres, es que cuando ha- 
bla de los asuntos más delicados 
para oídos asustadizos, lo hace con 
el tacto del más refinado diplomá- 
tico. Nada hay en él que pueda ta- 
charse de excesivo, aún en los pa- 
sajes más colorados. Es que él era 
hombre pulcro y no podía ser poe- 
ta de esos que llevando el realismo 
á sus excesos deplorables, confun- 
den la realidad bella con la reali- 
dad indecente, el arte con la cha- 
chara. El mismo don Marcelmo 
Menéndcz Pelayo, ''hombre de eru- 
dición pasmosa, pero que ha naci- 
do á la vida del siglo con dos siglos 
de atraso," (I) al decir de Batres 
que su traducción á la oda 5. del 
libro I de Horacio, Qtits multa gr a- 
cilis, "es elegante, aunque muy des- 
leída y parafrástica," ha afirmado 
que "Batres se distinguió sm rival 
en el cuento alegre, y en la narra- 
ción joco-seria" (2). En presencia de 

ri). José Várela Zeqiieira, en ^^^ a^ículo 

n¿4lógico sobre Manuel de la RevilU. ^ 

(2. Mrnésdez PELAYO.-Adiciones a 

''Horacio en España." P^Í^^^^J-f ^^f ^oeU 
traductores centro-americanos del poeu 

latino. 



esta aseveración justísima pone un 
párrafo de una carta de su colega co- 
lombiano don Miguel Antonio C^- 
ro, quien opina que Batres *'es un 
copioso caudal de chiste esponta- 
neo en una versificación incompa- 
rable. Estas dotes literarias, agrega 
el señor Caro, se hallan oscurecidas 
por la indecorosa licencia que rei- 
na en sus dos cuentos ó leyendas." 
Así como tengo á honra el estar de 
acuerdo en el primer punto, debo 
disceptar sobre el segundo. Tengo 
para mí que aún los pasajes más pi- 
carescos de Batres, no lo son tanto 
que ruboricen á un hombre que, co- 
mo el señor Caro, ha de haber vis- 
to muchas cosas en el mundo. Yo 
no le daría El Reloj á una doncella 
de catorce primaveras; pero cuan- 
tos no nos hallemos bajo las alas 
del ángel de la inocencia, tenemos 
que leerlo y gozarnos en sus inte- 
resantes episodios, no menos que 
en el estilo picante y fino del poe- 
ma "más donosamente escrito y pi- 
carescamente concebMo de la mu- 
sa centro-americana." Batres no es 
Zola. Es el ingenio encamado en 
un hombre de salón aristocrático: 
no toca cieno con sus manos cal- 
zadas con guante blanco. Compare- 
se la aventura de Juana y Dudú en 
el Don Juan de Byron con lo que 
dice Batres hablando de cómo ter- 
minó el coloquio de Doflíi Clara y 
Don Alejo *'á través de una reja y 
un postigo," y dígase después quién 
es más discreto en el decir, si el gcw 
nio nacido entre la rígida sociedad 
de Londres, ó el ccntro-amcncnno 
que vivió un tiempo con sus sóida- 
dos en la campaí^a, P^'O.^V;^^^ 
punto á cultura e-xtcma no le iba en 
zaga al arrogante Lord. 

Yo no digo q"e todos l<^ oía- 
dros de Batres sean de lo más edi- 
ficante, ni mucho menos; P^ro los 
creo tan bellamente pintados hay 
en su formación tan delicado art€. 
nue se olvida la audacia de hom 
gre para contemplar el ménto de! 



/^ 



El Ateneo Centro-americano. 



artista sin rival. Para los católicos, 
el Cántico de los Cánticos es el epi- 
talamio del amor de Jesucristo con 
su Iglesia; y el Canticiim canticoriim 
Saloinonis, á pesar de sus bellezas 
poéticas, tiene conceptos y compa- 
raciones que son capaces de poner- 
le colorado á un latinizante como 
el franciscano fray Gregorio Hol- 
gado, á quien oyéndole sus conse- 
jos respecto de Doña Clara, 

¡Insolente latín! dijo Cabral. 

Y ya que hablo de un capuchino 
bien delineado en El Reloj, haré 
constar que se ha asegurado que el 
clero no sólo quemó producciones 
de Batres, sí que también le exco- 
mulgó. No sería extraño esto, aten- 
dida la época en que murió nues- 
tro poeta, la cual fué cabalmente 
aquella en que la clerecía partíase 
de un piñón con los políticos que 
dominaban á Guatemala. Creo que 
no sólo eso pudieron hacer los frai- 
les de nuestros conventos; también 
les hubiera ¿ido fácil que la congre- 
gación del índice incluyera el nom- 
bre de Batres en el registro en que 
constan los de Voltaire y d' Alam- 
bert, Rousseau y Montesquieu, 
Milton y Víctor Hugo, Lamartine 
y Sainte-Beuve, Béranger y Lamen- 
nais. Y no sólo hubieran hecho es- 
to, sino pedir que Las falsas apa- 
riencias, Don Pablo y el El Reloj se 
anotaran en el índice expurgatorio, 
á fin de que algún hijo de las mu- 
sas de entre ellos, procediera á co- 
rregir esas bellas producciones. De 
todos modos, yo me alegraría de 
que el clero las hubiese sometido á ! 
la inquisición del espíritu, dado 
que estando impresas, la imprenta i 
las podía salvar; pero no hemos de I 
afirmar lo mismo de las que des- 
truyó la clerecía. De éstas, hay que 
repetir con Milton en la Areopagéti- 
ca: quemar á un hombre es quemar 
la vida; quemar un libro es quemar 
la inmortalidad. Respecto de las 



que salvaron á esa persecución del 
hipócrita fanatismo, ellas son una 
prueba de que la excomunión es 
como la espada de Bernardo, que 
ni pincha ni corta, ni infunde te- 
mor á nadie. Todo el mundo lee las 
obras de Batres, sin cuidarse de 
ir después á achicharrarse en las 
calderas de Pero Botero. Y nos pa- 
rece esto muy juicioso; porque si 
uno había de dar de patas en el in« 
fierno, á buen seguro no sería por 
leer bellezas literarias de primer or- 
den, sino por fijarse siquiera en al- 
gunos libros místicos, como el Exa- 
inen de conciencia del ** Ramillete de 
divinas flores," ya que esto proba- 
ría el gusto más detestable en ma- 
teria de letras y la idea más cínica 
de la moral y del pudor. La exco- 
munión, dice una anciana clarisa, 
que fué la causa que muriera tan 
joven Pepe Batres. — Lo que es á 
Ud. Mr. Renán, le hacen engordar 
las excomuniones, decía un famoso 
médico parisiense, á quien se que- 
jaba de obesidad el casi septagena- 
rio autor de Los Apóstoles y La Vi- 
da de Jesús. Por lo que hace al I71 
dex purgatoritis, yo le doy una im- 
portancia literaria: cuando pueda 
comprar una factura de buenos li- 
bros, antes de buscar los catálogos 
de Hachette, Brockaus, Fernando. 
Fé ó d'Appleton, pediré el Index 
Pnrgatorius: es una magnífica lista 
de obras inmejorables, tanto de 
escritores profanos como de hom- 
bres eminentemente reliHosos. 

o 

Con tan grandes como indispu- 
tables méritos, á Batres no se le hi- 
zo justicia sino por la posteridad. 
Sabiendo que murió en 1844, he 
buscado la prensa guatemalteca de 
aquella fecha y he visto que sólo 
la oficial existió entonces; pero en 
ella, no hay ni una sola palabra so- 
bre la muerte de José Batres, pre- 
clara é ilustre gloria de nuestras 
naciente? letras. La ''Gaceta Ofi- 
cial de Guatemala" de aquel año 
tenía muchos asuntos importantes 



^Í¿.ál^íÍLBíl52lAMERlCANO. 



para acordarse de un eximio poeta 
que mona quizás maldecido por 
quienes no supieron comprendeíle 

de 1844 adula sin reserva á Carrera 
y Malespin, aplaude incondicional- 
mente la venida del Obispe Vite i 
y la disolución de la Asamblea por 
Rivera Paz bate palmas á las ben- 
diciones de banderas para destruir 
hasta la esperanza de Federación 
ccntro-americana, le llama cojo á 
Gerardo Barrios, pubüca jubilosa la 
orden de Carrera para que los mili- 
tares digan Excelentísimo al Presi 
dente cuando á él se dirijan de pa- 
labra ó por escrito, y el decreto de 
Rivera Paz para que todos llamen 
/'xceleneta al comandante Carrera 
asi como á todo militar de coronel 
arriba y á los eclesiásticos de arzo 
bispo abajo, y hasta consigna con 
orgullo que en la única escuela de 
yuezaltenango se examinaron 5 ni- 
ftos en escritura y 142 en catecismo 
de Ripalda .... 

Hizo bien la ''Gaceta de Guate- 
mala en no hablar de Batres; 

pero quien sí merece todo elogio y 
nue.stra gratitud cumplida, es don 
José Milla, entonces no adicto álos 
conservadores reaccionarios; porque 
él fué el primero que publicó, en 
1845, colección de Poesías de Don 
Jos/ Batres Mo?itií/ar, que aquí se 
na reimpreso varias veces, lo mis- 
mo que en París, Barcelona y Gua- 
yaquil. Por aquella colección se ha 
conocido, al poeta en todo lo que 
vale, de tal modo que un célebre 
literato español, cuando le pregun- 
té qué poetas americanos había leí- 
do con más gusto, me respondió 
con acento de profunda convicción: 

AMrés Bello y José Batres Mon- 
túfar. •" -^ 

Al n<-xar á este punto, y para ter- 
minar COK j ^- j^j ^^^^ ^ 

quien tanto ^^. .^^^^rdo que 
un brillante es..^^^ ^^^ j^^. 

^Martí ha hecho u ,^ semblanza de 
\osé Batres en dos ^^^^^^^ ^^^^^^_ 




s simos. Ya los incluí gustoso en 
La Juventud," en i887; pero co- 
moápesarde lo mucho qu^hem^ 
adelantado, podemos hoy^ed^^^^^^^^ 
r.^ '''^"' el imprimir algo en 
uno de nuestros periódicos es como 
ponerlo en un archivo privado, picn- 
so que muchas personas del Ate. 

r^^"''^/''"^''^^ ^^" í^s pincela. 
das de Martí, y que, por lo mismo, 
me permitirán se las presente; son 

estas: 

''Cuando murió José Batres un 
gran poeta, dijo Alcalá Galiano, un 
gran orador: ''Harta enfermedad te- 
nía él con vivir." 

"José Batres nació en Guatema- 
a. Supo francés é italiano, leyó á 
los enciclopedistas y á Casti. cifló 
espada y tañó el laúd, vivió digno y 
murió joven; temía no gustar y gus- 
tará siempre. El orador español tu- 
vo razón. Alma grandiosa, cantó 
con metro épico afectos concentra- 
dos y sobrios; sufrió como Becquer, 
amó como Heine, cantó poco por- 
que tenía poco grande que cantar. 
Murió lleno de vida como el autor 
de las Rimas. Se reía pero se moría. 
Los que leen las sabrosas estrofas 
de El Reloj, las picarescas des- 
cripciones de Don Pablo, ni á Lo- 
pe, ni á Villaviciosa echan de me- 
nos. Un verso de Pepe Batres no se 
olvida nunca. Hubiera sido amigo 
de Manuel Acufia. El era pulcro, 
casi adamado, observador, temido, 
agudo. Superior al mundo habitual, 
se vengó de él, joh noble alma! le- 
gándole á modo de pintura de ridi- 
culeces, inimitables y vivacísimos 
poemas. Como Ercilla, la heroica, 
manejó Batres la octava burlesca. 
Ningún consonante le arredra y de 
intento como Bretón, los amontona 
difíciles, y como Bretón, triunfa 
siempre de ellos. Sus descrip- 
ciones, ora gráficas en una frase, 
de vericuetos y detalles; 
la 



ora ricas __ 

sus pintorescas enumeraciones, la 
burlona amargura con que flajela el 
falso pudor, la necia petulancia, la 



74 



El Ateneo Centro-americano. 



mongil severidad, la vanidad ridi- 
cula; los raros, desusados y valien- 
tes giros con que matiza su legua- 
ge; la rica instrucción literaria que 
revelan sus naturales alusiones; el 
seductor descuido, las inagotables 
sales, los punzantes episodios, la fi- 
losófica sensatez, el castizo abando- 
no de aquel ingenio temeroso que 
sabía elevarse como el águila, gemir 
como la paloma, vivacear como la 
ardilla, hacen del vate guatemalte- 
co, injustamente olvidado de los 
que estudian la América, una estra- 
fta figura, pálida, profunda, entera 
y culminante. 

*'Era en la conversación general 
demasiado serio ó silencioso. No lo 
entendían, y se ahogaba. Dotado 
de potencia inmensa de observación 
se hizo satírico, porque tenía que 
hacerse alguna cosa. En este género 
lo juzgan, y esto es equivocado. 
Aquel laúd estaba vestido de luto; 
no colgado de cascabeles. Cuando 
escribía íntimamente, y en la inti- 
midad hablaba, leerlo ú oírlo, dolía, 
era una desesf^eración severa, sin 
satirismos falsos, sin byronismos 
imitadores. Lo comparan con Es- 
pronceda, vale más. Para juzgarlo 
no ha de leerse lo que hay publica- 
do, que es lo menos valioso y es 
poco, ni se puede leer lo que reli- 
giosas preocupaciones destruyeron, 
y fué muy bueno y mucho: de juz- 
gársele há por lo que en lo que hizo 
reveló que haría. Amó y practicó 
lo bello en toda forma. Gustaba de 
verse elegante, y elegantemente 
hablaba y discurría. El pintó un 
desierto, en estrofas que secan y 
queman. Pintó un volcán en 
versos que levantan y dan brillo. 
Pintó un muerto de amores, digna- 
mente doliente, en unos breves ver- 
sos que todos saben, que todos ad- 
miran, que son muy sencillos, que 
son muy grandes, que los estraftos 
copian: ''Yo pienso en tí!" 

Los anteriores rasgos forman un 
cuadro radiante. Quizás en algún 



detalle esté yo en desacuerdo con 
él; pero, en general, lo considero 
como un retrato digno de José Ba- 
tres, cuyas líneas están allí repro- 
ducidas con pinceles tan brillantes, 
que parecen formados con hebras 
de la cabellera del sol. 

También José Joaquín Palma 
ama á Batres con entusiasmo, co- 
mo le deben amar cuantos estiman 
el arte por el arte, y el arte por el 
progreso. Palma dice de Batres: 

"Desdeñó el amor como amorío, y 
lo profesó como religión. Fué mal 
político, leal hermano, notable mú- 
sico, profundo conversador, bravo 
soldado, excelente prosista y gran 
poeta. 

No tiene tumba. Descansa en la 
memoria de sus enorgullecidos 
compatriotas. 

Donde escribió, grabó! Donde 
censuró, curó! Lo que imitó, realzó! 
Desconfió de sí mismo y amó pura- 
mente. He ahí su epitafio." 

Guatemala, Julio 21 de 1888. 

Joaquín Méndez. 



A CASTÜLAR 



DESPUÉS DE LEER SU "VIDA DE LORD BYROX. 



Baudal de inspiración: fuente bendita 
De ternura, nobleza y sentimiento: 
Interprete sublime del tormento 
Que el corazón de Byron destrozó: 
Inagotable arroyo de bellezas, 
Obispa brillante de la eterna ciencia, 
Manantial cristalino de elocuencia 
Qne la tierra española fecundó! 

¡Oh! j cómo brotan de tus lal)i(^ perlas, 
Cómo derrama tu })alabra flor-'S. 
Cómo siente tu pecho los d'^^^^^'s 
Del genio bello ue la in^-*í'^ Albión! 
Bendito seas tú que ví^ "^J^^^^o 
Huella de luz. y lle;r/; ^^' ^a, ^^'^nte 
Esa corona i^.mar'^^l'^l^ ardiente. 
De la poética ly^^osa inspiración. 



^L=^Í^^gB^^^;^?^icA^o. 



Bendito seas tu que al genio cantas 
que ensalzas al poeta en sus dolores 
'•-ando su sepulcro con las flores ' 
' una tierna y sincera admiración* 
lu.; Lord Bjron desdichado arcángel 
quien odiara la crueldad impía 
i eres otro ifngel que en su tu¿ba fría 
Entona en su loor dulce cancidn. 

El nos dejd de sus angustias hondas 
í '"""'" "'*^**no que contrista el alma, 
^ "1* ensangrentada palma 

<J -. azara muriendo en su amargor- 
\ t !i, sublime rendentor del genio, ' 
Tú <lo o^ tíempoe viva remembranza 
i? '* ^^°^ en tus cantos esperanza, 
lii nos hnndaB aliento en el dolor! 



iMiio de aromadas flores, 
iil grato sonido, 
rmosa desprendido 
llísima de Dios; 
1 Ronio más ardiente 
i en tormentos, 
*'; l'ensamientos" 

i u Ucuariía fl mundo con tu voz. 

¡ Ah Castelart la cima de la gloria 
Toca tu frente de laurel ceñida; 
Y si el acíbar amargó tu vida 
IV»r amar oon pasión la libertad, 
1' ^ni8 dicho que lo grande nace 

í ' i ne las almas estremece, 

Tu iniKiuo has dicho que lo grande crece 
Al riego de laa Ligrimas, ¿Verdad? 

Así has nacido til, trayendo al mundo 
I-a luE del cielo ea tu palabra hermosa, 
y en tu frente la aureola esplendorosa 
Que ostenta el genio en la desgracia cruel. 
Tu pluma es una lira, de ella arrancas 
la canto tierno, arrobador y triste: 
¡tu la vida de Byron tú nos diste 
Cífliz de acíbar convertido en miel. 

Sí! sólo el genio en su grandeza puede 
AI genio describir; tú sí pudiste 
;J*intar del poeta desgraciado y triste 
lliU íulmirable belleza y el dolor, 
"u nombre uniste á su glorioso nombre 
)ae en letras de oro grabará la historia, 
al abriros las puertas de la gloria, 
\xÁ un canto de infinito amor. 

Acaso Byron ni sentirse herido 
Por la saña terrible del destino, 
Kn su escabroso y lóbrego camino 
La bella frente con oigullo alzó. 
Acaso el genio luminoso y triste 
Entre la hoguera de su cruel martirio, 
Kn su divino 3' fúnebre delirio, 
En tí, un hermano en el futuro vio. 



tZ ¿^'Pf «lando la censura necia 
Bel mundo vil que al poeta n<, peMona 
Cual rey proscrito la inmortal coro^^* 
Cino á su frente entristecida ya- 
mZl^n'' sus sueños y sonriendo dijo: 
ün ilustre español sobre mi tumba 
El nombre de Lord Byron cantará. 

Y yo que desde niña repetía 
Los versos de ese genio desgraciado, 

ín 2í'\^-'' ^"'í^ ''^^^^^^ 1^ li« admirado 
^n el abismo de mi angustia emol- 
ió que besara arrodillada, humilde 
La tumba que le guarda en dulce calma. 
Yo que siento en mi pecho su bella alma 
¡Ah! yo te doy mi gratitud por él. 

Por eT, por Byron, por el poeta errante, 
1 or ese arcángel de sin par belleza 
Por ese genio envuelto en la tristeza, 
Por ese rey altivo en su aflicción, 
Por ese mártir á quien siempre rindo 
Culto secreto, verdadero y triste, 
Por ese hombre sublime que no existe. 
Te dá su gratitud mi corazón. 

Vuestros nombres unidos é inmortales 
Quedarán para siempre en mi memoria, 

Y cual astros brillantes de la gloria 
La terrena mansión alumbrarán; 
De la inmortalidad en el santuario 
Grabados quedan tan ilustres nombres, 

Y en la frágil memoria de los hombreas 
Mientras el mundo exista vivirán. 

Dolores Montenegro. 

Guatemala, Mayo de 1887. 



PROLOGO. 



En las dos palabras que á guisa 
de introito ó advertencia puse á es- 
te trabajo cuando comencé á pu- 
blicarlo, á granel, en "El Correo 
del Comercio" de San Salvador, 
periódico de que fui fundador y 
redactor en jefe durante más de un 
afto, manifesté, que' bajo el nombre 
de chapÍ7iismos comprendía, no so- 
lamente las palabras de uso espe- 
cial en Guatemala y en las demás 
repúblicas de la América del Cen- 
tro, sí que también todos aquellos 



1^ 



El Ateneo Centro-americano. 



americanismos, neologismos, gali- 
cismos, barbarismos, &, &, del idio- 
ma, que me fueran ocurriendo, con 
tal de que se usaran en nuestro 
país, procurando explicar con ejem- 
plos de los mejores escritores de 
América y Europa, cuales eran ó 
podían ser correctos, y cuales no. 

Como dicha advertencia, prólogo 
ó introito, no fué oportunamente 
leído por todas las personas que 
después tuvieron oportunidad de 
ver algunas de las voces de que el 
presente Diccionario se compone, 
la crítica de salón, que no la de la 
prensa, hincó su envenenado dien- 
te en mis humildes artículos, tra- 
tándolos de incoherentes, de dispa- 
ratados y de que sé yo cuantas co- 
sas más. Quién decía que, tratán- 
dose de un Diccionario de Chapinis- 
fnos, no debía el autor haber inclui- 
do palabras castellanas; quién que, 
puesto que chapín es lo mismo que 
guatemalteco, no había para que 
mencionar siquiera las frases de los 
gua7iacos; quién, en fin, que los 
ejemplos del Quijote, de Quevedo 
y de Bretón de los Herreros, esta- 
rían buenos para España; pero no 
para una república de América. 
Sordo á todas estas sapientísimas 
indicaciones, el autor continuó, sin 
embargo, coleccionando chapinis- 
mos. 

Su obra no es didáctica: ni ha 
enseñado ni pretende enseñar á na- 
die. El que sospeche que va á en- 
contrarse aquí con un tratado de 
Filología, puede desde ahora mis- 
mo cerrar el libro, ó quemarlo, se- 
gún mejor le pareciere. Entre tan- 
to yo explicaré á los que se dignen 
leerlo, los motivos que he tenido 
para escribirlo y publicarlo. 

Padecemos nosotros los guate- 
maltecos de una enfermedad muy 
rara en la América Española. Mien- 
tras que muchos otros de los pue- 
. blos que forman la gran familia que 
se extiende dssde que las márgenes 
del Bravo hasta el Estrecho de 



Magallanes, se creen los primeros 
de su raza y los más adelantados en 
las ciencias y las artes, nosotros 
nos consideramos los menos favo- 
reeidos por la suerte; desconfiamos 
de todo lo que de nosotros procede 
y ¡cosa rara! somos los primeros en 
desacreditarnos y burlarnos de no- 
sotros mismos, mendingando siem- 
pre y en todas ocaciones, el concur- 
so del extranjero, como la sola ta- 
bla de salvación de que podemos 
disponer en el naufragio de nues- 
tra ignorancia. 

Si de ciencias se trata, nosotros, 
á nuestro juicio, no tenemos ni mé- 
dicos ni matemáticos, ni estadistas 
ni filósofos: los únicos buenos son 
los que nos vienen de fuera. En 
bellas artes, nuestros poetas son 
pobres copleros, nuestros pintores 
embadurnadores de lienzo, y músi- 
cos del tres al cuarto nuestros com- 
positores. Carpinteros, sastres, al- 
bañiles, no hay que buscarlos aquí: 
todos son unos chambones. 

En cuanto al idioma ¡oh! en nin- 
guna parte está más corrompido. 
Cualquiera que venga, con tal que 
no sea guatemalteco, puede darnos 
lecciones de español. Decimos una 
frase castiza; pero si alguien que na 
es de aquí, aunque jamás se haya 
tomado la pena de ojear el Diccio- 
nario de la lengua, nos la critica, 
resolvemos que el crítico tiene ra- 
zón y no nosotros. 

Recuerdo á propósito de ésto, que 
á fines de 1872 ó principios del 73 
se fundó en esta capital un perió- 
dico que tenía por título "La Gua- 
sa." Atacábase en él á cierto dis- 
tinguido extranjero, que había re- 
sidido en Guatemala algunos años,^ 
y como éste dijera desde Co- 
lombia, que guasa no era palabra 
española, aunque todos los diccio- 
narios la traen, resolvimos aquí que 
los guasones de '*La Guasa" eran 
unos pobres diablos que no sabían 
lo que traían entre manos. 

Por Dios, señores, estimémosnos 



EL^teneo Centro-ameri 



CANO. 



<.-n algo Aquí, como en todas par- 
tes de América y Europa, hemos 
tenido filósofos y poetas; médicos 
y jurisconsultos; artistas y artesa- 
nos distinguidos, que podrían ser 
honra y orgullo de cualquier 
país. Aquí se habla también el 
e.spaflol, si no puro y correcto, mu- 
cho menos adulterado que en otras 
rc[)ijblicas de América que presu- 
men estar más adelantadas que nos- 
otros. 

Dejando á un lado la lamentable 
corrupción que de la mezcla de los 
tr.itamicnts de vos y de tü hemos 
lucho, corrupción que solamente se 
corregirá cuando se prevenga ob- 
servar con todo rigor en las escue- 
las el de usted que es la fórmula 
m.ls elegante del idioma; si se com- 
|).iran nuestros chapinisrnos, con los 
f^cruanismos, chilenismos y bogota- 
füspHOS de que nos han dado cuenta 
Juan de Arona, Zorobabel Rodrí- 
guez y Rufino José Cuervo, se ve- 
ra que en Centro-América, conser- 
v.imos mejor la lengua de Cervan- 
tes que en aquellas prósperas repú- 
blicas de la América del Sur. De 
México nada decimos. La antigua 
Nueva Espafta es la nación más 
favorecida por la Real Academia 
de la lengua; de allí, solamente de 
allí, es de donde la limpia, fija y 
cxplendorosa asociación, suele to- 
mar los americanismos que, previa 
la carta de naturaleza respectiva, 
hace pasar al español. Lo demás 
parece importarle poco. Y, sin em- 
bargo, en México liay tantos mo- 
dismos, especialidades del imperio 
ele Moctezuma, que si la Academia 
se propusiera reunirlos en un cuer- 
\)o de obra, tendría que formar un 
\olumen, tan grande cuando me- 
tilos, como el de 'a duodécima edi- 
ción de su interesante Diccionario. 
Demostrar que no estamos en 
imateria de idioma tan atrasados, 
:omo generalmente se cree, sin des- 
cuidar al mismo tiempo señalar las 
^•oces que incorrectamente usamos, 



77 



procurando corregirlas, fué el oh- 
jeto que me propuse al comenzará 
formar el presente Diccionario, que 
como varios de los humildes trabajos 
del autor, ya ha tenido la suerte de 
encontrar imitadores. 

Réstame decir dos palabras en 
cuanto á su publicación. 

En la advertencia, prólogo ó in- 
troito, atrás citado dije que los rfia- 
nuscritos de este libro se encontra- 
ban como todas las cosas de su au- 
tor, en absoluto desorden; parte en 
México, parte en Guatemala y par- 
te en San Salvador. Sin domicilio 
fijo desde que tengo uso de razón, 
jamás he podido reunirme con mis 
libros de consulta y con mis embo- 
rronados papeles. 

Además de esto, no han faltado 
amigos míos, que entusiastas admi- 
radores de mis cosas, me han ex- 
traviado unos y otros. En el deseo 
de salvar lo que me queda de El 
Diccionario de Chapimsmos, resolví 
darlo á la prensa en el estado en 
que se encuentra, sin cuidarme de 
las críticas de que naturalmente 
tiene que ser objeto, por parte de 
mis ilustrados compatriotas. Si es 
útil, me alegraré: si para nada sir\'c, 
nadie habrá perdido más que yc> 
con su impresión. 

Guatemala, marzo de 1888. 
Renato Murrav. 



Ccntestacicn á un inglés. (*) 

Mi querido Juan de Dios: 
Hoy tuve el grato placer 
De recibir y de leer 
Tu carta fechada el dos, 

En la cual vuelves de nuevo. 
Aunque con manera atenta, 

[*]. Como centro-americanisuío, tHifr* 
significa acreedor, y se aplica en el scntiM" 
faiiñliar y de un modo especúal ;i 
son exigentes.— LL. EK. 



78 



El Ateneo Centro-americano. 



A ocuparte de la cuenta 
Que hace tres años te debo. 

En respuesta te diré, 
Con mi proverbial franqueza, 
Lo que decirte me pesa, 
Aunque, en verdad, no hay por qué: 

Es cierto, Juan, que hace ya 
Tres años, yo no lo niego. 
Que movido por mi ruego 
Me diste esa cantidad; 

Pero debes recordar. 
Si no es tu memoria ingrata, 
Que no me la diste en plata 
Sino en cosas de ultramar. 

Cinco libras de jamón. 
Tres Ídem de bacalado. 
Dos de queso, en mal estado, 

Y tres botes de salmón; 

Eso fué cuanto me diste; 

Y hasta mi cachaza pierdo 
A cada vez que recuerdo 

El gran daño que me hiciste. 

¡Ay! Juan, por poco m.e muero 
De la grave indigestión 
Que me produjo el jamón. 
jDe milagro lo refiero! 

Pero en fin, ya eso pasó; 

Y aunque sí gasté un platal 
En curarme de aquel mal. 
No te cobro nada yo. 

Sé que en justicia debías 
De mis gastos resarcirme, 
Porque hay letrado que afirme 
Que el pleito tú perderías. 

Pero jhombre! soy generoso, 
Aunque decirlo me pesa. 
Yo no ambiciono riqueza: 
Pobre soy, y soy dichoso. 

Así, pues, yo no te cobro 
Ninguna indemnización. 
¡Juzga tú del corazón 
De quien obra como yo obro! 



Otro en mi lugar pudiera 
Decirte, Juan: no te pago; 
Pero amigo yo no lo hago. 
Porque vergüenza me diera. 

Sólo quiero suplicarte 
Queme concedas un plazo 
Algo larguito, no escaso; 
Sólo así podré pagarte. 

De otro modo, es imposible 
Que me arranques un centavo, 
Porque no tengo; y al cabo 
Mi deuda no es exigible. 

Porque aunque fuese de palo 
El juez que hiciera justicia, 
Bien vería la malicia 
De tu parte, y eso es malo. 

Con un plazo sí podré, 
Y eso haciendo un sacrificio. 
Pagarte, si es que el oficio 
Me proporciona con qué. 

Aunque te quiero decir, 
Sin que pase de los dos 
El secreto, Juan de Dios, 
Que voy de pobre á salir. 

Voy á hacer un gran negocio, 
Sólo me falta el dinero: 
Pienso volverme. . . . usurero; 
¡Ve si quieres ser mi socio! 

Las ganancias, no lo dudes, 
Ni por un momento, amigo, 
Yo las partiré contigo 
Sin exigir que me ayudes. 

Tampoco puedes dudar 
Que haya ganancia segura 
Cuando ves, como á la usura 
Se le erije aquí su altar. 

Piénsalo bien; si te duele 
Emplear la plata al capricho, 
No hay nada de lo que ha dicho 
Tu afectísimo 

Pelele. 

Por la copia, 

Próspero Morales. 



ÍL^™ÍaC£íí™-AMERlCANO. 



epístola. 

(AfflíiiDerí(loainígoJ.M.Ma7orgaR.) 



Amigo, sé que te casas 
A mediados de este invierno 
Con una linda muchacha 
Cuyo nombre no recuerdo; 
Pero que tiene de dote 
Lo menos millón y medio, 
Que recibirás tan pronto 
Como su padre haya muerto. 
En el siglo que cruzamos 
Del vapor y del telégrafo, 
Nada hay más necio y ridículo 
Que casarse sin dinero; 
Pues ya se ha visto en la práctica 
Que á quien no sigue el consejo. 
El día menos pensado. 

Su mujer le pone ¡quieto! 

La pasión, la simpatía, 
El cariño y el afecto, 
Ya no sirven para nada 
En estos dorados tiempos, 

Y he podido deducir 

De una multitud de ejemplos. 
Que amor cuando se tiene Hambre 
No puede ser duradero. 
Este modo de pensar 
Me parece muy moderno, 
Pues según las tradiciones 
No se usab«\ en otros tiempos; 

Y la prueba de ello es, 
Que mi desdichado abuelo. 
Por haber casado pobre, 
Sus hijos lo aborrecieron. 

Hoy que el mundo se ha cambiado 
Por culpa del bello sexo 

Y que nos cuesta un bigote 
Conseguir algún empleo, 
Como buen amigo tuyo, 
Aplaudo tu pensamiento 
De pasar á nuevo estado 
A mediados de este invierno. 
Yo, como no he de llegar. 
Ni á ministro ni á portero. 
Aunque parezca un sarcasmo, 
A casarme estoy dispuesto, 
Porque creo firmemente 
Que una boda de buen género 



Es mucho mejor negocio 
yue todos los ministerios: 
Así es que, si por fortuna 
Lncuentras en ese pueblo 
Alguna rica muchacha, 
Que es como yo la deseo, 
Te suplico me lo avises 
En el acto por telégrafo, 
Mientras tanto tú te quedas 
Preparándome el terreno. 
Primero y antes que todo. 
Le presentas mis respetos, 
Con esa galantería 
Con que tú sabes hacerlo, 
Y en seguida le ponderas 
Mis cualidades y méritos 
Hasta hacerla comprender 
Que soy un hombre de peso. 
Dile que soy ilustrado, 
Que tengo mucho talento, 
Tanto en prosa tomo en verso: 
Que son tales los prestigios 
De que disfruto en el pueblo, 
Que ^dim padre conscripto 
Casi siempre salgo electo: 
Le aseguras además 
Que cuando pase algún tiempo. 
Tengo esperanza de ser 
De algún gabinete miembro, 
Porque siguiendo la táctica 
De políticos modernos. 
Siempre aplaudo á los que mandan 

Y estoy con ellos de acuerdo. 
Si nada de esto le agrada 

Y todo lo ve superfluo, 
Te queda aún otro recurso 
A que apelar al momento; 

Y es el de manifestarle, 
Con el semblante sereno, 
Que después de diputado 
Me van á hacer tesorero. 
En fin, para que me acepte, 
Agota todos los medios: 

Yo sé que en cuestión de intrigas 
Eres tú bastante diestro; 

Y para que más te empeftes 
En realizar mi proyecto, 
Te ofrezco cuando me case 
El uno y medio por ciento. 
Me agradaría bastante 
Que cubrieras con un velo 
Todas mis enfermedades 



8o 



El Ateneo Centro-americano. 



Y mis achaques secretos 

Y opino porque se queden 
Ocultas en el misterio, 

Por hoy mis úlceras crónicas 

Y mis pulmones deshechos. 
En cambio de este servicio 
Formalmente te prometo, 
Rogar á todos los santos 
Porque se muera tu suegro. 
Pues te digo, si lo ignoras, 

Que antes de que se haya muerto, 
Vivirás siendo tan pobre 
Como lo es tu amigo atento. 

Carlos A. García. 



ORONIO^. 



Despedida. — La envía muy cor- 
dial *'E1 Ateneo Centro-America- 
no" á la apreciable señora Maura 
Vergara de la Paz, quien en unión 
de su esposo, ha dejado á Guate- 
mala para regresar á Lima. 

Deseamos á la distinguida poeti- 
sa un feliz viaje, agradeciéndole el 
empeño que durante su corta resi- 
dencia en esta capital tomó por el 
sostenimiento del Ateneo. 



* 



Prólogo. — Publicamos en el pre- 
sente número el que para su Dic- 
cionario de Chapinismos escribiera 
en marzo último el señor Uriarte, 
advirtiendo que si la obra no se dio 
á la estampa en aquellos días, co- 
mo estaba anunciado, fué por ca- 
recer el autor de recursos necesa- 
rios para costear la impresión, sien- 
do inexacto que el Gobierno hu- 
biera dispuesto hacer la edición por 
cuenta del Estado, como se ha di- 
cho en el público. 



PoLiCARPo Bonilla. — Este no- 
table caballero residente en Tegu- 
cigalpa, será nuestro agente general 



en la vecina República de Hondu- 
ras. Lo ponemos en conocimiento 
de aquellos agentes para que con él 
se entiendan respecto ala rendición 
de sus cuentas. 



Gracias. — Se las damos á nues- 
tros agentes Don Ángel Y. Jordán, 
de Chiquimula don Manuel A. Cal- 
vez de Salamá, y don Federico C. 
Chavarría de San Martín Jilotepe- 
que por la activida en el desempe- 
ño de sus cargos. 






JosE Victorino Lastarria. — 
A los 62 años de edad murió en 
Santiago de Chile, el 14 de junio 
último, este distinguido publicista 
que, después de formarse por sí 
mismo, produjo muchas y notables 
obras sobre ciencias políticas y so- 
ciales, legislación y amena literatu- 
ra, y fundó en 1873 la Academia de 
Bellas Letras en Santiago. 






"La. Juventud Musical."— 
Mañana aparecerá el número pri- 
mero de este nuevo periódico men- 
sual dedicado á las letras y la mú- 
sica. Oportunamente daremos cuen- 
ta de su contenido, y mientras tan- 
to le deseamos el 
sus útiles labores. 



mejor éxito en 






El Dr. don Ramón Rosa.- -La 
Academia Guatemalteca, corres- 
pondiente á la Española, ha nom- 
brado al distinguido escritor de la 
"Biografía de Valle" y otras im- 
portantes producciones, para llenar 
la vacante habida con motivo de la 
muerte del académico Dr. don Ma- 
nuel Ramírez. Felicitamos á la Aca- 
demia y al señor Rosa. 



J^tl__^^^^J5Je juUo de 1888. Nüm. 6. 

El AMO Ciliiiii 



PUBLICACIÓN QüfflCENAL. 
ÓRGANO DE LA SOCIEDAD LITERARIA DEL MISMO NOM 



EL ATENEO. 



El Ateneo Centro-americano, 
que simpatiza con tocias las cau- 
sas nobles, como io ha demos 
trado en el breve tiempo de su 
existencia, dispuso una velada 
para el 5 del presente en honor 
de VVashing^ton, libertador de 
los Estados Unidos del Norte. 

Pronunció el elogio de este 
grande hombre el socio. Licen- 
ciado Don Francisco Azurdia; 
y en seguida el Presidente Dr. 
Uriarte recitó una poesía alusi- 
va á la fundación de la Nueva 
Inglaterra y á su emancipación 
de la Gran Bretaña. 

El socio don Juan Barrios le- 
yó una disertación sobre la doc- 
trina de Monroe; y acto conti- 
nuo los jóvenes don Manuel A., 
Bonilla y don Francisco Quin- 
teros A., leyeron sus respectivos 
discursos de recepción. 

El socio, Licenciado don Prós- 
pero Morales, recitó un soneto 
jocoso, á estilo de los de Manuel 
del Palacio. 

La próxima velada versará 



sobre la influencia de la revolu- 
j ción francesa en la literatura. 
I Además, habrá una extraor- 
I diñaría, en honor de la memo- 
I ria de la poetisa salvadoreña 

"Esmeralda," Dolores A ■- 

muerta recientemente en«C .v 

tepeque. 



DISCURS: 

PRONUNCIADO POR EL SOCIO 

DON JUAN BARRIOS. 



Sr. Presidente señoras y señores: 

No ha muchos días al inaugurar- 
se una sociedad análoga á la nues- 
tra, tuve ocasión de oír hablar de 
un ilustre repúblico de la patria de 
Jorge Washington, del inmortal 
Presidente Monroe. 

No es mi intención censurar lo 
que éste ó aquel sostenga, ni lo 
que éste ó aquel entienda; ni mis 
escasas aptitudes por una parte ni 
mi carácter por otra se prestan á 
ello. 

El nombre de Monroe es insepa- 
rable de su doctrina y basta pro- 
nunciar aquel para sentí- !?- «'"lorc- 
siones de esta. 



82 



El Ateneo Centro-americano. 



Por más que publicistas notables 
desde Grotius ha^ta Wheaton ha- 
yan venido impugnando las inter- 
venciones, estas son un hecho en 
las prácticas internacionales. 

Muchos años antes de las amar- 
gas discusiones de religión, las in- 
tervenciones son cada día más fre- 
cuentes y más injustas, si bien re- 
ciben un poderoso calmante con lo 
que se conoce en el mundo diplo- 
mático con la denominación de 
tratado de Westfalia. 

Las intervenciones del tiempo de 
Luis XV y sus sucesores habían de 
madurar otras que sancionadas por 
la revolución de 1789, conmoverían 
con las bayonetas del conquistador 
del siglo á todo él viejo mundo, 
desde los helados témpanos del 
océano glacial del Norte hasta el 
calor "feofocante del Sahara; desde la 
península ibérica, hasta los enveje- 
cidos cimientos de las pirámides de 
Egipto. 

'No es mi ánimo venir á tratar de 
las intervenciones bajo el concepto 
de la historia, menos aún de su 
conveniencia ó inconveniencia, de 
si son políticas ó impolíticas; labo- 
res de tamaña importancia no co- 
rresponden á jóvenes que hoy se 
inician en el estudio del derecho, 
por lo que me limito únicamente 
á manifestar el respeto y simpatía 
que siempre he tenido por el ilus- 
tre Monroe y más que por él, por 
su notable doctrina, doctrina con- 
tenida en el discurso inaugural de 
los trabajos legislativos, pronuncia- 
do el día 2 de Diciembre de 1823. 

La doctrina de Monroe se com- 
pone de dos partes, me ocuparé de 
ellas con la debida separación. Es 
la primera la relativa á la interven- 
ción de las monarquías de Europa 
en los asuntos interiores de las na- 
ciones del nuevo mundo, motiva- 
das por las guerras con que estas 
sostenían heroicamente su indepen- 
dencia. No queriendo fatigar vues- 
tra benévola atención con la lectu- 



ra íntegra de aquel estenso é impor- 
tante documento me referiré á los 
pasajes más^ interesantes. 

Después de ocuparse de la aper- 
tura del canal de Chesapeake y del 
estado lisongero de la Hacienda, 
de tal manera que á fin de año pe 
día contarse con 9.000,000 de pe- 
sos; en su citado mensaje manifies- 
ta terminantemente el Presiden- 
te Monroe ''que los Estados Uni- 
dos no pretendían adquirir los an- 
tiguos dominios de la corona de 
España ni de cualquiera otra po- 
tencia Europea y que no se opon- 
drían á cualquier arreglo amigable 
entre las partes contendientes." 

Luego afirma que los Estados 
Unidos no intervendrán jí^más en 
las colonias americanas de los Es- 
tados Europeos." 

En seguida se expresa así. "Es 
imposible que los Estados de Eu- 
ropa estiendan su sistema político 
sobre cualquiera de las américas sin 
que amenacen nuestro bienestar, y 
aunque es cosa fundada presumir 
que nuestros hermanos del Sur, en- 
tregados á si mismos, rechazarían 
tal sistema político, no podemos 
por tanto mirar con indeferencia 
que tal política, bajo cualquier for- 
ma que sea, domine en los territo- 
rios americanos " 

En otra parte dice: ''Peligrosa á 
nuestra tranquilidad y seguridad e^ 
cualquier tentativa de estender su 
sistema político (se refiere á los 
Europeos) sobre nuestro hemisfe- 
rio." 

Pero la parte quizá más intere- 
resante es cuanto refiriéndose á los 
Estados Unidos Monroe dice: "pe- 
ro rechazarían por todos los medios 
posibles la intervención de otro Es- 
tado que España." 

Estos son por lo que respecta á 
la primera parte de las declaracio- 
nes más terminantes que vinieron 
á fuudar el derecho político ame- 
ricano y á cortar para siempre las 



El Ateneo Centro- 



americano. 



injustas de la Santa 



pretensiones 
Alianza. 

Tan cierto es esto, que en ]a 
misma Inglaterra, el distinguido 
Mr. Brongham afirmaba -que es- 
taba por fin resuelta la cuestión de 
las colonias españolas, que el Men- 
•saje de Monroe vino á dirimir esa 
difícil contienda, por lo que esta- 
ban de plácemes en Europa los 
amigos de la libertad." Estas pala- 
bras con demasiada razón el publi- 
ci.stas Calvo les dá el calificativo de 
notables. 

Más todavía avanzó Lord James 
Mac intosh al espojier *'que su más 
vivo deseo era que Inglaterra y la 
la República Norte Americana mar- 
charan siempre unidas y defendie- 
ran juntas la causa de la libertad y 
(lo la justicia." 

S¡ la doctrina de Monroe no cons- 
i.ira más que de esta primera parte, 
bastaría ésta, para cubrir á su au- 
tor con la aureola esplendorosa de 
la gloría. 

Ella vino á definir la situación 
anómala de 'os pueblos que desde 
1810 se alzaron en armas contra la 
metrópoli. 

La segunda parte de esta céle- 
bre doctrina no es otra cosa que 
las instrucciones dadas por el se- 
cretario de Estado Mr. Adams al 
representante en Londres, que fue- 
ron copiadas y remitidas al minis- 
tro acreditado en la corte de San 
Petesburgo. 

Los principales puntos que ser- 
vían de base á esas instrucciones 
son los siguientes: "que España ha- 
bía perdido, á consecuencia de los 
tratados y de las revoluciones, sus 
derechos sobre los territorios ame- 
ricanos: que los Estados Unidos 
no podían admitir que el territorio 
americano fuese nuevamente colo- 
nizado por los Estados de Europa 
en la parte que no les estuviese so- 
metida y que la soberanía de las 
naciones que se habían constituido 
en América bastaba para que pu- 



diera considerarse como extendida 
llo^ A ^7^í"^"te, respetando 
solo los derechos adquiridos." 
. Lógicamente se deduce de dichas 
instrucciones, según Mr. Adams, 
que el continente americano no voU 
vería á ser colonizado y que, pobla- 
do por Estados libres y naciones 
apasionadas por la libertad y por 
a democracia, no sería accesible á 
los europeos sino bajo principios 
de absoluta igualdad, convirtiéndo. 
se el Océano Pacífico en 



bre como el que 
''Mare clausum" 



un mar li- 
opuso Grotiusal 
de Selden y de- 
jando la navegación y las aguas ju- 
risdiccionales á ia que sobre ello 
determinaran los principios estric- 
tos del derecho entre las naciones. 
Estos son á grandes rasgos los 
principales puntos que vino á fijar 
la doctrina de que me ocupo. 

No han faltado quienes hayan 
encontrado en ela el divorcio más 
absoluto y completo entre ambos 
hemisferíos. Este es un error tras- 
cendental, Monroe nunca creyó que 
en buena lógica, pudieran deducir- 
se semejantes consecuencias de sus 
premisas. 

Monroe jemas pensó privar á los 
americanos de la influencia civili- 
zadora europea, ni pasó siquiera 
por su mente cerrar los puertos 
americanos á los mercados del otro 
continente. Yo francamente no al- 
canzo á comprender como haya 
quienes pretendan que Monroe abri- 
gara, ese monstruoso y criminal 
pensamiento. 

Los que así han pretendido creer 
de buena ó mala fe, han sufrido, á 
no dudarlo, una equivocación; la 
doctrina de Monroe en una y otra 
parte no pudo establecer de una 
manera más clara y esplítita los 
fueros inviolables de los america- 
nos sin privarnos por eso de las co- 
rrientes científicas, literarias y mer- 
cantiles de allende el Atlántico y cl 
Pacífico. 
Protesta la doctrina de .Monroe 



84 



El Ateneo Centro-americano. 



contra la dominación política eu- 
ropea alcanzada por medio de la 
fuerza, protesta contra la coloniza- 
ción é intervenciones en los asun- 
tos interiores de los Estados; pero 
no protesta . de las relaciones de 
paz y amistad que por tantos títu- 
los deben unirnos con los europeos. 

La doctrina de Monroe levantó 
su voz contra la Santa Alianza cu- 
yas fuerzas quebrantó, revelando 
lo aparente y ficticio de su omni- 
potencia: los diplomáticos bajarían 
la cabeza ante los hechos consuma- 
dos y contra el concierto despótico 
de Viena se presentaron doce Es- 
tados con personalidad reconocida 
por Inglaterra y los Estados Uni- 
dos: el fin superior del advenimien- 
to de los pueblos se realizaba ape- 
sar de los privilegios coaligados y 
y de las monarquías absolutas en 
alianza. Y no solo nacían repúbli- 
cas y se preparaban á una nueva 
vida, sino que revelaron notables 
caracteres políticos, insignes gue- 
rreros, inteligencias sagaces, y pen 
samientos de indisputable superio- 
ridad moral. Las colonias hacen 
causa común en todo el Sur: San 
Martín sigue con su espada la pro- 
paganda: Bolívar, el hombre más 
grande de la independencia latina, 
medita el plan de la unión y quiere 
imprimir un signo de derecho co- 
mún en los países de igual origen. 
El propósito de total emancipación 
se abrigó en Buenos Aires aún an- 
tes de que se proyectara en Colom- 
bia; pero Bolívar unlversalizó ex- 
presamente la causa de los ameri- 
canos, haciendo suyos, en la políti- 
ca de hecho, los principios doctri- 
nales de Monroe y del diplomático 
Adams. 

Los EE. UU. como era natural 
se interesaban mucho en la situa- 
ción de América y deseaban que 
saliera victoriosa en su lucha por 
obtener la libertad y sacudir el yu- 
go de los gobernantes extrangeros. 
Las potencias europeas considera- 



ban la cuestión bajo otro aspecto y 
España influyó con ios soberanos 
aliados para que le ayudasen á so- 
meter á sus colonias rebeldes, pro- 
metiendo en cambio conceder, pri- 
vilegios comerciales: pero emitida 
la doctrina de que me ocupo, se ha 
formado un gran partido que im- 
pulsa en cierto modo á los pueblos 
del nuevo mundo que han forma- 
do de ella, á la vez que un escudo 
y una arma de combate, un princi- 
pió de Gobierno, que ha controli- 
zado en todo su vigor y fuerza las 
tendencias absolutistas de los con- 
gresos de Aix-la^Chapelle, de Lay- 
bach y de Verona. 

No concluiré esta pequeña alo- 
cución sin dirigir algunas palabras 
al autor de la renombrada doctri- 
na. Si echamos una ojeada retros- 
pectiva sobre su periodo presiden- 
cial, debemos admitir que durante 
él se obtuvieron grandes resultados 
y aumentó notablemente la pros- 
peridad del país. Monroe era un 
hombre infatigable tratándose de 
servir á su patria; de reconocida 
rectitud, cortés aún en medio de 
los debates más acalorados, enér- 
gico, de elevado juicio, de muy 
bnen criterio, amante de la paz y 
poco amigo de las medidas violen- 
lentas. 

Su política fué siempre digna, 
franca, y aceptada por todos los 
pueblos: su administración se dis- 
tinguió, no solo por la adquisición 
de h Florida sino también por los 
rápidos adelantos de la nación ape- 
sar de la crisis financiera que en 
parte se oponía á la prosperidad 
nacional. 

Es tan evidente lo que acabo de 
expresar que su sucesor Juan Adams 
al hacer el elogio de su ilustre pre- 
decesor Monroe dijo: "Suplique- 
mos al que tiene en las manos los 
destinos de los imperios, al Creador 
del Universo, que dispense á vues- 
tra posteridad los favores que os ha 
concedido, y roguémosle también 



ILAteneoCentro^mericano. 



I 



que ilumine y guíe los pasos de la 
generación futura. Permita el cielo 
que en todos los peligros y desgra- 
cías que puedan acaecer á nuestra 
Kepubhca unida, sigamos teniendo 
hombres de letras que nos presten 
el contingente de sus luces: que 
defiendan las libertades del pueblo 
y SI es necesario que conduzcan 
nuestros ejércitos á la victoria: si 
los infortunios del aciago periodo 
de la guerra de independencia vol- 
viesen á oscurecer el horizonte de 
nuestra felicidad, y si nuevo las 
metrópolis de nuestro país estuvie- 
sen destinadas á sucumbir bajo el 
yugo del invasor, quiera el Supre 
mo Hacedor que entre los hijos de 
vuestra nación no falte nunca un 
guerrero que os defienda, un hom- 
V bre de Estado que os aconseje, un 
I gobernante- que sepa conducir la 
nave del Estado, y á quien ador- 
nen las virtudes, el profundo talen- 
to y las excelentes .cualidades que 
distinguieron á Jacobo Monroe." 

Estos renglones tomados del elo 
gio presentado ante las Cámaras de 
Boston, son el testimonio más elo- 
cuente, del civismo de aquel gran 
republicano. 

Lástima grande, que Monroe no 
Iiaya dado á su doctrina el vigor 
de una ley y más aun que no se ha- 
ya llevado á la práctica c(»n la ener- 
gía que merece; á ser así no hubié- 
ramos presenciado hechos tan es- 
candalosos que como el bombar- 
dee de Valparaíso, son violaciones 
l)almarias de los principios cardina- 
les del derecho de gentes. 

Sin embargo tenemos también 
ejemplos que hablan muy alto en 
favor de Monroe, tal es la conduc- 
ta asumidct por los EE. UU. en la 
intervención de Francia en Méxi- 
co, conducta que nos es otra que 
la observancia de los principios pro- 
clamados por Monroe, como lo ha- 
ce constar el historiador César Can- 
tú en sus "Últimos 30 años;" y aún 
cuando estos precedentes no exis- 



85 



tieran la renombrada doctrina por 
SI, es de un poder moral y material 
incontrastable. '«icnai 

Ella es sin duda alguna la decla- 
ración de la independencia total de 
America y en esto solo estribará 
su grandísima importancia. 

Por todos estos motivos es inne- 
gable su influencia bienhechora en 
ios destinos de los países america- 
nos; quien sabe si la doctrina Mon- 
roe ha dado vida á esa pléyade de 
pueblos que se estienden desde los 
confines de la República Norte- 
americana hasta el estrecho de Ma- 
gallanes: quién puede afirmar si 
faltando esa doctrina los países que 
pueblan los Andes fueran los parias 
de tiempos atrás ó Repúblicas li- 
bres, soberanas é independientes.^ 

Tales son, señores, las impresio- 
nes que me inspiran, Monroe y su 
doctrina; comprendo muy bien, que 
no me incumbe á mi bajo ningún 
concepto ensalzar las glorias y las 
grandezas de un hombre, de tan 
alta significación política, pero sír- 
vame de excusa la admiración que 
profeso á Monroe, digno hijo del 
pueblo de Franklin, de Lincoln y 
del gran libertador de las 13 colo- 
nias. 

Guatemala, 4 de Julio de 1888. 



DOS FSCHAS 
1 626-1776. 



Huyendo de la cruel ÍDlolerenda 
Con que á la Europa soj 
En un siglo de atraso y de 
Del Papado la odiosa tiranía; 
Un grupo de hombres, lleno de 
Que el porvenir del mundo preseolfii. 
La libertad buscando en otra tíenm. 
Abandonó las playas de Inglaterra. 



Surca la nave del profundo 
Las encrespadas olas ctin firmeía. 
Puesta la proa hacia el confín ' 
De una nueva feraz naturalezi. 



86 



El Ateneo Centro-americano. 



Las sublimes creaciones del Ticiano 
No alcanzan, no. en su virpjinal pureza 
A deslumbrar la anrora refulgente 
Con que se ciñe América la frente. 

Hay allí campos de eternal verdura 
Jamás hollados por humana planta, 
Inaccesibles montes caya altura 
Más allá de las nubes se levanta- 
Hay allí bosques ricos de espesura 
Ríos que son del mar ancha garganta, 

Y es el conjunto templo suntuoso 
Allí elevado al Todopoderoso. 

Allí se puede amar sin ser forzado, 
Allí se puede creer sin ser venci •(>; 
No es allí el hombre por el h'-mbre «»di?ulo. 
Ni el hombre por el homl)re perseguido. 
No hay valla al pen'^amiento por osudo, 
Ni foso al corazón por otrevi'^lo; 
Que es allí el hombre lo que quiere y siente 
Porque es hombre, y es libre, infle})t^ndieiite. 

Tal fué lo que al lleg ir los j^uritanos- 
A las playas de Plymouth se dijeron. 

Y tal la base que con propias n>anos 
A su naciente ^ociediul pusieron. 
Invitaron después á sus hermanas 
De la soberbia Albidn y se fundieron 
Hombres de ideas y distinta creencia 
En la s-mta unidad de Ja conciencia. 

Fué el derecho su lábaro sagrado. 
La libertad sii protectora egida, 

Y el trabajo común bien ordenado. 
La inagotable fuente de su vida. 
Jamás, como ese, un pueblo ha levantado 
Ante la Europa su cabera erguida 
Diciéndole al través de la distancia: 
"Me ha hecho grande mi propia tolerancia. 

Soy fuerte por la unic)n. Ea/as extraías, 
Como la sangre ni corazón alienta, 
Producen el vigor en mis entrañas. 
Una fe misma á todor, nos sustento; 

Y hasta los bosques, rios y montañas 

De esta tierra que está de hombres sedienta. 
Protestan no querer más autocracia 
Que la que da la augusta democracia." 

Y llegó el día... un hombreen quien estaba 
A la altura del genio <•! amor snnto 
Que á la patria y &us hijos consagraba, 
Rasgo del templo el enlutado manto. 
¡Cuan hermo o d»stino le esperaba! 
Obscurecer las glorias de Lepnnto. 
La libertad de un mundo prediciendo, 
La libertf^id de un hemisferio hnciendo! 

Político y soldado, no ambiciona 
Ni ser jefe ni menos soberano. 
Puede muy bien ceñirse una corona, 

Y prefiere ser simple ciudadano. 



Hace libre á la América sajona, 
La libertad prepara al indo-hispano; 
Su gloria luego en Mont Verdón sepulta, 
Y á la mirada universal se oculta. 

Mas no le vale no. que en los anales 
De la historia, su nombre es el primero. 
Muchos habrá que se han hecho inmortales 
Pero que llora el universo entero. 
Cuesta A la raza humana muchos males 
El renombre y la fama de un guerrero. 
La f!e Washington solo bendiciones 
Puede arrancar á todas las naciones. 

Fundo un pueblo, y un pueblo poderoso 
No por las armas, sí que por sus leyes: 
Pueblo que de la América coloso, 
^e ha impuesto á la Europa y á sus reyes; 
Pudo ser Napoleón, y fué celoso 
Defensor del derecho, como Sieyes; 
Filé un Licurgo en Mecenas transformado 
P< ra regir la nave del Estado. 

Con cuanto orgTillo evoca su memoria 
E'a nación gigante en que se encierra 
El monumento eterno de su gloria! 
Aclámale el primero en paz y en guerra, 
Primero en el consejo y la victoria, 
Primero en el aprecio de la tierra. . . . 
Ciudadano, político, guerrero 
Washington fué entre todos el primero! 

¿Qué mayor lustre? qué mayor renombre 
Pudo alcanzar el genio soberano, 
Queelcvarse hasta Dios sintiéndose hombre 
En el altar del suelo nmericano? 
Washington inmortal! deja que asombre 
Tu severa virtú al linaje humano; 
Cual <íe Colon tu nombre sin segundo 
Vivirá lo (pie viva el nuevo mundo. 

Renato Murray. 



DISCURSO 

PRONUNCIADO POR EL SOCIO 

Lie. FRANCISCO AZURDIA 

Seíwres: 

Para que el descubrimiento de 
América fuera fecundo en resulta- 
dos benéficos á la humanidad, era 
preciso que la superior civilización 
europea, reemplazara en el nuevo 



Eil^TENEO CentRO-AMLRI 



CANO. 



«7 



í 



continente á la civilización indiVe- 
na cuya hora final había sonado 

La.^ pasiones, del mismo modo 
que las virtudes humanas han sido 
frecuentemente móviles del progre- 
so; y la ambición, que se ríe de la 
muerte, como ha dicho un poeta. 
íuc llamada en la época del descu- 
brimiento á realizar un adelanto 
porque después de los héroes que 
por amor á la gloría debafiaran to- 
dos los peligros, vinieron muchos 
ambiciosos que por amor á las rí- 
quezas, se atrevían á las iras del 
mar y á las adversidades del clima 
extraño; siendo así como, en gran 
parte, se pobló de iberos la tierra 
americana. 

Sin embargo, á fines del siglo 
XVI, aun existía hacia el norte del 
antiguo imperío de Moctezuma, 
una vasta región donde la gente 
europea no había penetrado. Ingla- 
terra que, por temor á España, se 
abstuviera hasta entonces de hacer 
conquistas en América, quiso pose- 
sionarse de ese territorio, y envió co- 
lonos que, guiados como los espa- 
ñoles por la sed del oro, perecieron 
en íU busca, ó se retiraron desilu- 
sionados de un país que no lo pro- 
ducía. 

Pero los perseguidos de los reyes, 
y los católicos y puritanos, á quie- 
nes se hacía insoportable la intran- 
sigencia de la iglesia anglicana, vi- 
nieron luego á establecer colonias, 
que al amparo de la libertad polí- 
tica y de la tolerancia religiosa, al- 
canzaron rápida y envidiable pros- 
peridad. 

No fué, pues, la avaricia, ni la de- 
portación de criminales, sino el 
amor á la independencia, el que 
echó las bases del hoy poderoso 
pueblo norte-americano. 

Nadie ignora cuan sabio ha sido 
en todo tiempo el sistema colonial 
de Inglaterra, y como despreciando 
errores que en los siglos pasados se 
ter.ían por incontrovertibles verda- 
des científicas, ni prívó de la liber- 



coloniaa que 
ni exiiif^ Am. 



tad comercial á las 
poseía en Améríca, ni exijió de 
ellas excesivos tríbutos que hicieran 
odiosa su dominación. Intentólo 
sin embargo, algunas veces; y des^ 
pues de la guerra del Canadá, or- 
gullosa de sus victorías, cargada de 
deudas que no podía pagar, y es- 
tando al frente del Gobierno hom- 
bres de no muy liberales príncipios 
decretó una ley por la que se les 
imponían pequeñas eontríbuciones 
no obstante la oposición de ilustres 
políticos, que en el Paríamento pro. 
testaran con elocuente energía. 

Esa ley exasperó á los america 
nos, que le negaron obediencia; y si 
bien Inglaterra, volviendo sobre su> 
pasos, la derogó más tarde, ya nc» 
fué posible el acuerdo entre ella y 
sus colonias, por lo que se siguieron 
diez años de continuas discusiones. 
en que la metrópoli, dictando nue- 
vos decretos con que quería impo- 
nerse, no conseguía sino hacerse 
más detestada, y germinando en 
las colonias la idea de independen- 
cia, se preparaban para la lucha 
que no tardaría en estallar. 

En 1774 se reunió en Filadelfia 
un congreso compuesto de diputa- 
dos de las tres provincias, que hizo 
una declaración de derechos, y no- 
tificó al Gobernador, que si emplea- 
ba la fuerza para hacer cumplir lo.s 
decretos, los americanos sabrían re- 
chazarlos como hombres librea. 

El Parlamento, obstinado en su.s 
resoluciones, porque tenía confian- 
za en sus fuerzas, declaró rebeldes 
á las colonias, prohibió todo comer- 
cio con ellas, y envió refuerzos al 
Gobernador General Gage. quien 
quiso apoderarse de las armas que 
los americanos tenían en Concord. 
dando esto origen á las primeras 
hostilidades, adversas á las tropas 
brítánicas, que dejaron el campo cu- 
bierto de cadáveres. 

Entonce^ un nuevo congreso reu- 
nido en Filadelfia decretó la coníe- 
deración de las colonias, creó un 



88 



El Ateneo Centro-americano 



ejército, nombrando por jefe al Co- 
ronel Jorge Washington, y más tar- 
de, el cuatro de Julio de 1776, in- 
vocando al Juez Supremo como 
testimonio de la rectitud de sus in- 
tenciones, declaró la independen- 
cia de los trece estados. 

La revolución norte-americana 
tiene un carácter que le es propio. 
No es, como casi todas las revolu- 
ciones, la explosión de un pueblo 
por largo tiempo comprimido: es la 
defensa de hombres libres, que no 
permiten el más ligero avance en 
el terreno de sus derechos. 

Se ha dicho que pepueñas cau- 
sas la produjeron; pero no fué el 
ánimo de eximirse del pago de un 
impuesto la causa de la revolución. 
La ley fundamental inglesa consig- 
na el principio de que ninguno pue- 
de ser compelido á pagar contribu- 
ciones sin haberlas votado; y como 
quiera que las colonias no tenían 
representantes en el Parlamento 
inglés, creyeron que el Parlamento 
tampoco tenía facultades para im- 
ponerles cargas de ninguna especie. 
De modo que se alzaron en defen- 
sa de un principio constitucional 
violado, lo que, si no hubiera habi- 
do otras razones, bastaría para jus- 
tificar la revolución. 

Por lo demás, el pueblo pudo en 
momentos de arrebato, hacer rui- 
dosas manifestaciones, quemar los 
fardos de papel sellado, echar al 
mar los cargamentos de té, llevar 
al cementerio ataúdes con la pala- 
bra *4ibertad" escrita en ellos; pero 
nunca entregarse á criminales exe- 
sos; y los hombres que dirigían la 
revolución procedieron siempre con 
tan digna calma, con tan sabia 
prudencia, con tan imponente ener- 
gía, que de ellos pudo decir el in 
mortal Pitt: '*No, las tierras clási- 
cas de la libertad, Grecia y Roma, 
no ofrecen ni un pueblo ni un sena- 
do más firmes que el congreso de 
Filadelfia." 

Y sobre todos estos hombres, 



descuella la simpática figura de 
Jorge Washington, alma de aque- 
lla revolución. 

En su alabanza, podría decir con 
un biógrafo del todo imparcial, que 
á la abnegación de Cincinato, reu- 
nía los talentos militares de César, 
el valor infatigable de Annibal, la 
astucia de Cromwel, la prudencia 
de Welington, el arrojo y brillantez 
de Napoleón; y que volviendo los 
ojos á la historia pudo decir de sí: 
''No ha existido nadie en el mundo 
más grande que yo." 

Pero estas palabras, hijas del en- 
tusiasmo que despiertan las virtu- 
des de ese hombre extraordinario, 
acaso envuelvan alguna exagera- 
ción. 

''Washington, dice un historia- 
dor, que había adquirido en su ju- 
ventud más fama de prudencia que 
de fortuna combatiendo contra los 
franceses en el Canadá, no se pre- 
senta en la historia como un héroe 
completo. No tenía nada de ex- 
pléndido, no se había señalado al 
principio de su carrera, carecía de 
viva elocuencia, no alcanzó magní- 
ficas victorias; pero poseía juicio 
sólido, profundo conocimiento de 
los hombres y de las cosas, pacien- 
cia para esperar, y calma para su- 
frir los ataques de los hombres exa- 
gerados, que denigran los actos de 
los verdaderos patriotas." 

Con efecto, si el libertador de 
Norte América fué valiente y pe- 
rito General, su grandeza no se ba- 
sa en inmortales batallas, sino en 
sus inimitables virtudes; en la en- 
tereza de espíritu con que supo so- 
portar los golpes de la adversa for- 
tuna, y no dejarse seducir por los 
halagos de la prosperidad; en la 
constancia inaudita con que sostu- 
vo la naciente libertad americana 
contra la poderosa nación que aca- 
baba de vencer en la guerra de los 
siete años á los reyes de la Europa; 
en el completo sacrificio del amor 
propio con que combatió siempre 



^ÍiAteneo_Centro-ameuicano. 



1 



a la defensiva, sin importarle la Ho- 
ria personal, y teniendo por única 
mira la independencia de la patria- 
en el desprendimiento con que des- 
pués de nueve años de continua 
Mcha y de batallas como las de 
Hoston y Trenton, se despide de 
compañeros de armas con las 
i-rimas en los ojos, y presentando 
al Congreso su gloriosa espada, pi- 
de por única recompensa que se le 
permita retirarse á Mountvernon á 
cultivar sus heredades. 

Relatar sus penosísimas campa- 
ñas; decir como su genio organiza- 
dor pudo mantener un ejército con 
soldados rebeldes á la disciplina, 
sin dinero, sin municiones, sufrien- 
do las inconsecuencias de su-s con- 
ciudadanos, que á veces le echaban 
en cara su falta de arrojo, y en ho- 
ras de desaliento lo abandonaban 
por completo; referir su noble 
conducta y enumerar los actos con 
<iue estableció las bases de la ac- 
tual grandeza de su patria cuando 
fué nombrado presidente de ella, 
después de decretada la sabia cons- 
¿titución que la rige; esto, y no pom- 
posas palabras, sería el mejor elo- 
gio del grande hombre; pero la pre- 
cipitaeión con que me he visto obli- 
gado á escribir estas líneas, no me 
ha permitido hacerlo. 

Cumplida su misión, después de 
veinte años de lucha para fundar la 
independencia, y constituir el Go- 
bierno de su país, Washington mue- 
re en su modesto retiro con la tran- 
quilidad del hombre honrado, sien- 
do hasta el último momento modtt- 
lo incomparable de cívicas virtudes. 
Cuando él bajaba á la tumba pro- 
fundamente sentido y llorado por 
sus compatriotas, allá en la lejana 
Francia, un gran guerrero, Bona- 
parte, escalaba el poder en medio 
de las aclamaciones de la multitud. 

Wáshingron cierra el siglo déci- ! 
mo octavo, libertando á la América; ¡ 
Bonaparte abre el siglo décimo no i 
no, esclavizando á la Europa. De ! 



estos dos colosos, cuya gloria ha 
fatigado á la fama, el primero re- 
presenta á la libertad, que es la vi- 
da; el segundo el despotismo, que 
es la muerte. 

Próximos en la historia, y tan 
opuestos entre sí, no se puede ha- 
blar de uno de ellos sin que venga 
á la mente la idea de compararlo 
con el otro. 

Chateaubriand que, recordando 
á Washington, exclama: "¡Cuan fc- 
liz nie considero de que me haya 
dirigido sus miradas!," consigna en 
sus memorias un notable paralelo 
entre él y Bonaparte. 

''Bonaparte, dice, combate con 
estruendo sobre una tierra enveje- 
cida, y ni quiere crear otra cosa 
que su propia fama, ni encargarse 
más que de su propia suerte. Pare- 
ce adivinar que su misión ha de ser 
corta; que el torrente que se preci- 
pita desde tan alto ha de pasar 
muy pronto, y se apresura á gozar 
y á abusar de su gloria como de 
una juventud fugitiva. A semejan- 
za de los dioses de Homero quiere 
llegar de cuatro saltos al fin del 
n^undo: se presenta en todas las ri- 
beras, inscribe precipitadamente su 
nombre en los fastos de todos los 
pueblos, arroja coronas á su fami- 
lia y á sus soldados, y despliega la 
mayor actividad en sus monumen- 
tos, en sus leyes, en sus victorias. 
Ele\ado sobre el mundo, con una 
mano derriba á los reyes y con la 
otra abate al gigante revoluciona- 
rio, pero al sujetar la anarquía aho- 
ga la libertad, y concluye por per- 
der la suya sobre su último campo 
de batalla. 

Las hazañas de Washington apa- 
recen envueltas en cierto silencio; 
su modo de obrar es lento, y nadie 
diría sino que, sintiéndose encar- 
gado de la libertad del porvenir, 
temía comprometeria. No eran sus 
destinos los que conducían á aquel 
héroe de nueva especie, sino los 
destinos de su país y no se avcntu- 



90 



El Ateneo Centro-americano. 



raba á juzgar lo que no le pertene- 
cía. jPero cuánta luz no iba á bro- 
tar de aquella humildad profunda! 
Regístrense los bosques donde bri- 
lló la espada de Washington, ¿Y qué 
se hallará en ellos? ¿Sepulcros? No, 
;un mundo! Washington dejó los 
Estados Unidos por trofeo sobre su 
campo de batalla." 

El vasto imperio Napoliónico se 
rompió en mil pedazos, en cuanto 
la Fortuna le volvió la espalda á su 
hijo favorito, que traidor á la revc- 
lución y á la democracia, de cuyo 
seno saliera, no ha legado á la pos- 
teridad sino el ruido de su nombre. 

La obra de la libertad no ha pe- 
recido; y aquel que fué el primero 
en la paz, el primero en la guerra 
y el primero en los corazones de 
sus conciudadanos, tiene hoy por 
pedestal de su gloria, la más libre 
y más próspera nación del universo. 



DH UK LIBRO DE MEMORIAS. 



A ORILLAS DEL MAR. 
(I86... ) 



El vapor fondeó en Corinto á las 
cuatro de la tarde. 

Yo di la m^no á Elisa para ayu- 
darla á bajar la escalera, la senté á 
mi lado en el bote, hice sefial de 
desatracar á los bogas, cayeron los 
remos al agua, y dos minutos des- 
pués saltábamos en la pl^ya. 

— ¿Por qué estás triste? hi dije 
luego que bajamos á tierra, obser- 
vando en su semblante cierto tinte 
de melancolía. 

Por toda respuesta. Elisa dejó es- 
capar un suspiro. 

La ofrecí el brazo y nos cncam- 
naminamos al Hotel. Sus hermosos 
ojos azules como el cielo, profundos 



como el mar —para valerme de una 
bella expresión de Víctor Hugo — 
se volvieron hacia el vapor en el 
momento de penetrar bajo el por- 
tal de la hermosa casa de Gray. 
Detúvose un momento en aquella 
actitud, y apretándome furtivamen- 
te una mano, 

— No sé por qué, me dijo, no sé 
por qué presiento que tu amor se 
ha quedado á bordo. 

— Comprendo lo que te pasa— ,1a 
respondí, estrechando su brazo con- 
tra el mió, lo que tú sientes no 
es un presentimiento, sino el pesar 
de dejar ese sitio, donde hemos pa- 
sado tres d'as en la más dulce inti- 
midad. 

— Tienes razón, exclamó; setenta 
horas hemos hecho desde que sali- 
mos; setenta horas sin separarnos 
un instante . . . ¿Por qué no han 
sido setenta años ? 

La discrección exigía que dejase 
á Elisa con su madre. Tomé un 
cuarto vecino al que ellas debían 
ocupar, y me encerré con objeto 
de darlas tiempo de prepararse 
para la comida. 

Cinco minutos después llamaban 
á mi puerta. Era Elisa. La nube de 
tristeza que pocos momentos antes 
velara su semblante, había desapa- 
recido por completo: sus labios me 
sonreían con la más celestial de sus 
sonrisas. 

— ¿Tan pr nto te has arreglado? 
le pregunté, tomando entre mis ma- 
nos sus preciosas manos de niña. 

— Ya lo ves, me respondió echan- 
do el cuerpo hacia atrás con estudia- 
da naturalidad - ¿Estoy bien así? 
Un amigo ha venido á invitarnos 
para un banquete que ofrece esta 
misma tarde á nuestro compañero 
de viaje Sor. X. y me vestí de carre- 
ra para venir á prevenirte . . 

— ¡Qué no comeremos juntos el 
día que debemos separarnos!, la 
interrumpí contrariado. 

Elisa palideció, soltó sus manos 
de entre las mías, y con acento de 



lL^í™5?L^Eisrr^^ I CANO. 



profunda pena me reconvino di- 
ciendo: 

—Eres un ñiño! ¿Cómo puedes 
suponer que yo aceptara esa invita- 
ción si no podía ir contigo? 

Engolfado en mis pensamientos, 
yo había puesto sin quererlo, la ma- 
no sobre una herida, recordándole 
que nuestra separación estaba pró- 
xima. Quise echarme á sus pies pa- 
ra pedirla perdón por la impruden- 
cia que había cometido; mas ella 
leyendo mi pensamiento en mis 
miradas, hizo recobrar á su rostro 
su natural alegría, y Jió á sus ojos 
la angélica expresión de bondad 
que les era habitual y que tanto la 
embellecía. 

Murmure algunas palabras de dis- 
culpa que no me dejó concluir. 

—Ya entiendo, me dijo: te co- 
nozco mejor de lo que piensas. Si- 
gúeme. 

Pasamos á su cuarto. Ahí estaba 
el Dr. N. que nos esperaba impa- 
ciente. 

— El seflor, dijo Elisa graciosa- 
mente por mí, dirigiéndose al que 
iba á ser nuestro anfitrión, no creé 
suficiente el convite que yo le he 
hecho. Me tiene por una mucha- 
cha sin juicio, y sin duda, quiere que 
Ud. se lo reitere de una manera 
más formal. 

El Dr. yyo éramos antiguos ami- 
,gos. Púsose en pié sonriendo, y 
dando el brazo á la madre de Elisa, 
respondió con galantería á la joven: 
— Pida Ud. el brazo al señor, dí- 
gale que nos siga, y verá Ud. como 
no tiene inconveniente que oponer. 
^No es verdad, caballero, agregó el 
Dr. dirigiéndose á mí. 

— Tan cierto, le respondí, estre- 
chándole la mano, como que ya es- 
tamos en camino. Ni era posible que 
rehusase invitación que tanto me 
honra y que por conducto de emi- 
sario tal me ha sido dirigida. 

Elisa se echó á reír al darme el 
brazo. 

—Y sin embargo, exclamó, no 



91 



ha sido Ud. tan complaciente con- 
migo como con el Dr. 

Nos dábamos el tratamiento de 
usted delante de personas extra- 
fias; el de tú lo reservábamos para 
nuestras íntimas conversaciones. 

El banquete se daba en un co- 
medor situado en el piso bajo de la 
casa, con vista al jardín interior de 
la misma y á la bahía, de la que 
solamen^e nos separaban quince me- 
tros. Después de las presentaciones 
y saludos de estilo, nos sentamos á 
la mesa. Elisa estaba á mi lado, 
que era cuanto yo apetecía. 

Las comidas de este género tic- 
nen por lo común tres períodos. En 
el primero, la conversación rueda 
sobre asuntos generales, entre to- 
dos los convidados, poco animada 
y hasta fría por mucho que éstos se 
conozcan y traten entre sí; ya en 
el segundo, como quiera que la vfz 
va tomando gradualmente mayor 
entonación, se hace difícil entender- 
se del uuo al otro extremo de la 
mesa y las conversaciones tienden 
á concentrarse; por último, en el 
tercer período, nadie hace caso más 
que de su pareja y todos hablan á 
un tiempo, sin preocuparse de lo 
que dicen los demás. 

¿Qué hablábamos Elisa y yo? Fá- 
cil es comprenderlo; pero difícil. 
muy difícil -explicarlo. Nada hay 
más sublime, en la conversación 
de dos personas que se aman, que 
el inagotable tema del amor. Por 
esto es, sin duda, que para las per- 
sonas que fríamente las escuchan. 
nada hay que sea, por el contrario, 
más ridículo. Mi bella compañera y 
yo estábamos presentes en aquel 
convite como la estatua drl con- 
mendador en la cena de don Juan. 
con la sola diferencia de que no te- 
níamos delante ningún asesino á 
quien infundir temor, y de que no 
éramos invisibles parala concurren- 
cia como lo fué el bueno de don 
Gonzalo. De Maistre hubiera dicho 
que nuestros bestias estaban allí: en 



92 



El Ateneo Centro-americano. 



cuanto á nuestras almas ;ah! 

nuestras almas se habían remonta- 
do al paraíso. 

De vez en cuando, al tomar nues- 
tras servilletas, se encontraban ca- 
sualmente nuestras manos debajo 
de la parte del mantel que colgaba 
á orillas de la mesa, y el menudo 
pie de Elisa se apoyaba suavemen- 
te sobre el mío; con frecuencia 
nuestras miradas se cruzaban, son- 
reían nuestros labios y bajábamos 
los ojos con rubor, no porque te- 
miésemos ser observados, sino por 
natural impulso de un movimiento 
independiente de nuestra voluntad; 
creo que hasta llegamos á hacer 
muchas de esas indefinibles tonte- 
rías que hacen todos los enamora- 
dos y de que tan cruelmente nos 
burlamos, olvidándonos de que 
también nosotros las hacemos. 

Y entre tanto, conversábamos, 
bien lo recuerdo, del mar y del cie- 
lo, de las ondas y las nubes y de 
que sé yo cuantas otras cosas más 
relativas á nuestro amor . . Mas 
nuestras almas, fundidas las dos en 
una, estaban muy lejos de noso- 
tros. Ellas bogaban tranquilamen- 
te sobre un océano desconocido de 
dichas y placeres; se embriagaban 
con el ambiente puro de la felici 
dad que reina en los espacios ima- 
ginarios; y bogando, siempre bo- 
gando en las doradas olas de aquel 
mar impalpable, reunidas en la fe 
de una sola, común aspiración, lle- 
gaban hasta Dios, sintiéndole latir 
dentro de sí mismas en los latidos 
de su amor . . . ! 

Una seftai hecha por una amiga 
mía que tenía á mi izquierda, vino 
á sacarme de aquella especie de éx- 
tasis en que me hallaba absorvido. 
Hacía cinco minutos que el Sor X. 
estaba pendiente de mí, con una 
copa de champaña en la mano, 
invitándome á brindar. El Sor X. 
es un hombre de mundo: no sé lo 
que pensaría decirme; pero estoy 
cierto que al ver la cara de estúpi- 



do que debo haber tenido en aquel 
rnomento, cambió de idea y así me 
dijo sonriendo: 

— A la salud de ustedes! 

El plural no podía ser más ex- 
presivo. Elisa y yo tomamos á 
nuestra vez por la felicidad del 
Sor X. 

Seguro estoy de que más de un 
lector reiría de mí de buena gana^ 
leyendo los párrafos que preceden. 
Cómo ha de ser! Conozco más de 
un ateo á la violeta que ha solido 
exclamar — Dios mío! y que haya 
gentes tan imbéciles que crean que 
Dios existe! — El gran tono nos ha 
hecho considerar como puerilidades 
los inocentes goces del amxor puro, 
y tenemos que conformarnos. Di- 
chosos, sin embargo, los que han 
sido objeto de una risa semejante. 
Han amado; y el amor, así conce- 
bido, es la única felicidad que exis- 
te sobre la tierra. 

Ni faltará quien crea que Elisa 
reiría también si estas líneas llega- 
ran á pasar algfina ve^ bajo sus 
ojos... Oh no! Elisa derramaría 
una lágrima sobre ellas. . . ! 

Terminada la comida, salimos á 
dar un paseo por las huertas y jar- 
dines de Corinto, encaminándonos 
hacia la punta de los icacos que 
dio nombre al antiguo puerto. El 
sol se hundía en aquel momento 
bajo las aguas en los lejanos hori- 
zontes del Golfo. Magnífico espec- 
táculo es el que ofrece á orillas del 
Océano el último adiós de la tarde! 

lina pobre pescadora, sencilla- 
mente engalanada, se acercó á no- 
sotros ofreciéndonos un preciosa 
ramo de jazmines. ¿Por qué nos ha- 
bía dado la preferencia entre tantas 
parejas como allí andábamos? Eli 
sa le hizo un carifto en la mejilla, 
mientras yo ponía algunas mone- 
das en su^ manos. 

— Pero esto es demasiado, excla- 
mó la pobre muchacha, encendida 
la color; el ramo sólo vale dos dimes. 



^LAteneo_Centro-ameri c 



CANO. 



—Guarda el resto, 
Elisa, sin afeite ni 
y tomando el ramo que 



la respondió 

gazmoñería; 

j -jUe la pesca- 

dora seguía ofreciéndola, lo dividió 

en dos, y alargándome una parte 

-Guardémoslo agregó, como un 

recuerdo de esta tarde 

La pescadora nos observó aten- 
tamente y se alejó. 

Elisa y yo nos reunimos á la co- 
fnitiva, y á las siete regresábamos 
al Hotel. 

Tenía que arreglar algunos ne- 
gocios en el puerto, y me despedí 
de los convidados al banquete del 
Dr. N , ofreciendo á Elisa que en 
breve volvería á su lado. 

Tanto mis compañeras de viaje 
á bordo del "Guatemala," como yo, 
teníamos que salir aquella misma 
noche, aunque por caminos diferen- 
tes. Un deber sagrado me impedía 
acompañarlas hasta el punto final 
de su destino. 

Al regresar al Hotel encontré á 
Elisa y á su mamá tomando el íüte 
en el portal que mira á la bahía. 

— ¿Ha averiguado Ud. á qué ho- 
ra tendremos marea? me pregun- 
tó la señora M. luego que me pre- i 
senté. 

— Sí, señora, la respondí toman- i 
do asiento al lado de Elisa. La ere- ! 
cíente principia á las dos de la ma- j 
flana, y ya está preparado el bote I 
de ustedes para hacerse á la mar á 
las dos y media. A la misma hora 
saldré yo. 

—Entonces tendré tiempo de 
dormir algunas horas. 

— Ya ves, mamá, ya ves! excla- 
mó Elisa entre llorosa y risueña. 
Nos habían dicho, continuó diri- 
giéndose á mí, que tendríamos que 
salir ahora mismo y esto me con- 
trariaba. El Dr. N. y varias fami- ' 
lias del puerto piensan ir á bordo 
esta noche á dejar al Sor X. Si ma- 
má lo permite, y Ud. quiere acom- 
pañarme, yo iré con ellas. 

— ¿Pero no piensas dormir? pre- 
guntó la señora M. 



93 

mamá, con- 
un beso en 



mterrumi 



—No tengo sueño, 
testó la joven dándole 
la frente. 

— En ese caso 

^Iremos á bordo, ..uerrump, 
con placer. Descanse Ud. de las fa- 
tigas de esta tarde, y á la una en 
punto la despertaremos para que 
pueda Ud. prepararse. 

La sonora M. me dio las buenas 
noches y se encerró en su aposento. 

¡ Elisa la acompañó hasta dejarla en 

I la cama. 

I Eran dadas las nueve cuando la 
luna se elevaba majestuosa sobre el 
i azul del cielo tras de* la bullidora 
roca del Cardón. Sus apacibles ra- 
yos, deslizándose suaves sobre el 
tranquilo cristal de la bahía, vinie- 
ron á herir mi frente. ¡Qué hermo- 
so panorama! Escamas de plata pa- 
\ recían las menudas ondas de aquel 
sereno lago, en cuyo fondo se des- 
; cubría esbelto é imponente el his- 
tórico Viejo, remate de la cadena 
de montañas que desde el inflama- 
; do Momotombo viene íbmiando 
i hermosa valla de fuego y de ver- 
dura hasta el destruido Cosigúina; 
centinela avanzado del Realejo el 
pico del Cardón, cortado á tajo. 
frente á frente de Punta-icaco, for- 
mando entre los dos bella garganta. 
terror de los navegantes inexper- 
tos; agitada tempestad la Bocaíalsa 
con sus horrízonos truenos, sus al- 
tas marejadas chocando en los arre» 
cifes y sus hirvientes espumas; y en 
medio de las mansas aguas, en cl 
cencro de la bahía, el hermoso 
''Guatemala" con sus millares de 
luces de colores, rodeado de cien 
pequeñas embarcaciones ocupadas 
de la descarga, al compás del sen- 
tido canto de los cansados pero in- 
fatigables marineros. 

Yo me sentía inspirado. Si la ¡u- 
na es el astro del amor, la natura- 
leza es su mejor templo: y es en él 
la oración más pura,^ más sencilla, 
más expontánea, como que se está 



94 



El Ateneo Centro-americano. 



más acerca de Dios que en los tem- 
plos de los hombres. 

Sin darme cuenta de lo que ha- 
cía tarareaba una canción, que tam- 
bién tiene el hombre algo del ins- 
tinto del ave, cuando sentí que una 
mano se apoyaba sobre mi hombro. 
Volví la vista 

— ¡Qué hermosa noche! excla- 
mó Elisa. 

La joven estaba como nunca se- 
ductora. Sabía ella la pasión que 
yo tenía por sus hermosos cabellos 
color de oro, que frecuentemente 
se destrenzaba para complacerme, 
y aquella noqhe los traía sueltos, ca- 
yéndole en rizados bucles sobre sus 
anchas espaldas hasta más abajo de 
la cintura. Vestía un traje blanco 
sencillamente adornado de azul, y 
llevaba por todo aderezo una perla 
cogiendo el lazo, también azul, con 
que atando una parte de su pobla- 
da cabellera sobre la cabeza, impe- 
día que los rizos se le viniesen á la 
frente. Se había colocado en el pe- 
cho unos cuantos jazmines de los 
de la tarde, graciosamente prendi- 
dos con un broche de oro, que al 
mismo tiempo servía para afianzar 
el descuidado nudo de su mantele- 
ta de punto de seda, la que envol- 
viendo su busto un poco abajo de 
los hombros, la hacía parecer una 
vestal. 

A las diez fuimos á bordo. El Ca- 
pitán Dow obsequió á los visitan- 
tes con un té. Hallándonos sobre 
cubierta, sentimos que el vapor co- 
menzaba á levar ancla. Las señoras 
se habían diseminado por todo el 
buque. No viendo á Elisa entre las 
que estaban cerca de mí, me sepa- 
ré de los amigos con quienes con- 
versaba, para bajar al salón y ad- 
vertirla, si estaba ahí, de que era 
hora de marcharnos, cuando al to- 
mar la escalera de popa, la descu- 
brí sentada en un banco, con los 
brazos apoyados en la amura del 
buque y la cabeza entre las manos. 
Me le acerqué de puntillas para ob- 



servarla sin que ella me percibiese 
y oí que sollozaba.. 

Aprovechando un momento en 
que nadie podía vernos^ pasé mi 
brazo en derredor de su cuello y 
acercando mis labios á sus hermo^ 
sos cabellos, 

— No llores! la supliqué co-n voz 
conmovida. 

La joven se irguió repentina- 
mente y me reconvino con una dul- 
ce mirada de sus ojos azules, llenos 
de lágrimas. 

— Me despedía del vapor, dijo 
después de una breve pausa ;He 
sido tan feliz aquí! Dime, agregó, 
tomándome las manos y apretán 
dómelas con efusión, dime antes de 
que bajemos, que no me olvidarás, 
que siempre que vuelvas á este bu- 
que recordarás con gusto nuestro 
corto pero inolvidable viaje, que 
pensarás contantemente en mí ... 

— Qué yo te olvide! No sabes^ 
alma mía, lo que dices. Si en mi 
mano estuviera, yo no viajaría en 
otro buque más que en éste^ que 
tantos y tan dulces recuerdos tie- 
ne para mí . . . Óyeme, Elisa, agre- 
gué bajando la voz; desde ahora te 
ofrezco que cuando llegue el día,, 
en este vapor será que vendremos, 
á pasar nuestra luna de miel. 

La amorosa niña llevó mis ma- 
nos á sus labios. Yo estuve á punto 
de perder la cabeza. Afortunada- 
mente para entrambos, el vapor díd 
la señal de despedida y nos dispu- 
simos á marchar. 

Sonaron las doce de la soche. 
Cuando nuestros botes se acerca- 
ron á la playa, el ''Guatemala"' ju- 
raba lentamente sobre sí mismo pa:- 
ra tomar el canal; enderezó la proa 
hacia el Cardón; el último de sus 
estridentes silbidos se dejó oír; y el 
buque se puso en marcha, dejando 
marcada sobre el cristal del lago su 
ancha estela, y en paralela línea en 
el espacio, su negra columna de 
humo. Pocos momentos después, 
sólo se percibían las luces de los 



palos, escuchánd5¿?"^n^]^¡''^f===^ 



sor- ! 



9S 



do hum-hum del hélice, imprimien 
do su fuerza motriz al pesado ber- 
gantín. 

Había llegado ei tan temido mol 
mentó. 

El hombre que todo lo avasalla 
y lo sujeta á su inquebrantable vo- 
luntad; el que ha dominado los ma- 
res y los vientos y arrancó á las 
tempestado; su secreto aterrador, 
no ha podido aún prolongar ó acor- 
tar el tiempo á su capricho, á pesar 
"(• haberle medido con matemática 
actitud. 

La señora M. luibía tomado 
asiento en el bote que debía lle- 
varla al Realejo; los bogas, con sus 
remos en las manos, estaban listos 
para arrancarse de la arena y dar 
el primer impulso á la ligera em- 
barcación; Elisa no tenía valor pa- 
ra desprenderse de mis brazos. . . . 
—Adiós! 
— AdiosI 

— Un mstante! agregó la joven 
sollozando. 

Estas eran las únicas palabras 
que en aquella hora solemne nos 
habíamos cruzado. 

Elisa se quitó del cuello una cin 
ta de terciopelo negro, de la que > 
pendía un pequeño relicario, ence- 
rrando una miniatura de María; 
pasó en silencio sus brazos sobre 
mi cabeza y colocándomelo sobre 
el pecho, me dijo con toda la ter- 
nura de una alma apasionada. 

— Perdóname este acto de cari- , 
fto.... Desde mis primeros años ¡ 
llevo conmigo esta imagen de la i 
Virsrcn .... No te burles de 



mi 



I bios, saltó ligera como una corza 
I al bote, que en aquel momento se 

desprendía de la playa 

-Adiós! adiós! dijo de pie sobre 
la estiva, apoyándose en el hom- 
bro de uno de los marineros, y ca- 
: yo en brazos de su madre. 
I Monté yo al otro bote, que ya 
i estaba ahí para conducirme al Bar. 
I quito, y agitando mi pañuelo en 
! dirección de la embarcación de Eli- 
sa, la dije el último adiós! 

¿Qué ha sido de nosotros, Elisa? 
Los años han transcurrido con su 
vertiginosa velocidad ... .y yo te 
amo todavía lo mism-. que el pri- 
mer día! No te diré que tu recuer- 
do vive constante en mi memoria. 
ni que tu nombre está escrito en 
mi corazón con caracteres indele- 
bles; no te diré que tu imagen me 
acompaña donde quiera, ni que mis 
sueños son felices porque siempre 
se desliza en ellos tu sombra ben- 
decida; por demás sería persuadirte 
de que en el azul <ie los cielos y en 
las verdes llanuras del mar, des- 
cubro siempre tus ojos; que respiro 
tu aliento en el balsámico perfume 
de los lirios y oigo tu voz en los 

suaves murmurios de la fuente 

Tú sabes, vida mía, que tu alma es 
la mitad de la mía; que es uno mis- 
mo el soplo vivificador que nos 
alienta; y que uno mismo deberá 
ser también para entrambos el mo- 
mento de la final partida . 

Yo no regresaré á tu lad^, EÜsa! 
Las tempestades de la vida hicie- 
ron sozobrar mi débil barca sobre 
un agitado océano de amargura, y 



Que ella te acompañe siempre ! | el violento huracán de las pasiones 



Yo había pasado mis brazos en 
derredor de su cintura; la estreché 
fuertemente contra mi corazón; y 
por la primera vez puse en su fren- 
te un beso Elisa estuvo á pun- 
to de desmayarse; me estrechó á su 
vez contra su pecho, y devolviéndo- 
me aquella inefable muestra de ca- 
riño con sus húmedos rosados la- 



me obligó á arribar á estraflo puer- 
to. ..! 

También el "Guatemala** asi, 
bien mío ¡triste coincidencia! fué 
víctima de la furia omnipotente de 
las aguas, quedando sepultado, le- 
jos de los queridos mares centro- 
americanos, en las vastas soledades 
del Pacífico. 



96 



El Ateneo Centro-americano. 



¡Dichosa tú, débil criatura, que 
más fuerte que yo y que el flotante 
santuario de nuestro amor, has sa- 
lido victoriosa en el rudo combate 
de la vida, y puedes aún erguir tu 
frente coronada de azucenas! 



Renato Murray. 



(i87S). 



CRÓNICA. 



El Dr. Uriarte. — Ha sido 
nombrado socio honorario de la so- 
ciedad científico-literaria que con el 
nombre de ''La Esperanza" se fun- 
dó últimamente en el Instituto Na- 
cional Central. A nombre de "El 
Ateneo," damos las gracias á aque- 
lla simpática asociación, por la me- 
recida honra que ha dispensado al 
Presidente de la nuestra. 






Socios DE Numero. — Después 
de admitidos por '*E1 Ateneo," co- 
mo socios de número de la propia 
sociedad, los apreciables jóvenes 
Don Manuel A. Bonilla y Don 
Francisco Quinteros A., y habién- 
doseles señalado la noche del jue- 
ves 5 del presente para su recepción, 
pronunciaron los discursos que en 
el próximo número publicaremos. 

Recifcan los señores Bonilla y 
Quinteros nuestra sincera felicita- 
ción. 



Óbito. — En pocos días ha teni- 
do que lamentar la literatura cea- 
tro-americana el desaparecimiento 
de dos poetas: el 4 del presente el 
de la señorita Dolores Arias, muer- 
ta en Cojutepeque, República del 
Salvador; y el domingo último, ó 
sea el 9, el de Juan F. Rodríguez 
Méndez, en esta capital. "El Ate- 
neo" lamenta de corazón estas dos 
sensibles pérdidas, y participa del 
justo pesar de las familias respecti- 
vas. 

vi- * 

Erkata. — Como cualquiera ha- 
brá comprendido al leer el chistoso 
romance del socio Sr. García, que 
se publicó en el número anterior, 
quedó omitido, por falta involunta- 
ria del corrector de pruebas, el 
verso que subrayamos en la cuarte- 
ta que sigue: 

Le dirás que soy instruido, 
Que tengo mucho talento, 
PiU's (jue he eAcñto rarkiH ohras 
Tanto en prosa como en verso. 

Ni es posible suponer que el au- 
tor de la Epistola hubiera dejado 
que se le escaparan dos asonantes 
seguidos. 



Reglamento interior. — Se 
está discutiendo el que presentó la 
comisión compuesta de los socios 
Morales (don Próspero), Bustillo 
(don FideH y Hernández Blanco. 



Gracl\S. — Las damos al aprecia- 
ble caballero Don John R. Chcindler, 
por la carta que á nombre de la 
colonia Americana, residente en 
Guatemala, envió al Presidente de 
"El Ateneo," con motivo de la úl- 
tima velada de esta sociedad en ho- 
nor del héroe de la independencia 
de los Estados Unidos. 



Santiago L. Colom.— A nues- 
tro pesar, y por falta de espacio, no 
se publicó en este número la her- 
mosa poesía que este joven dedicó 
á la memoria del General Víctor 
Zavala; pero lo haremos, de prefe- 
rencia, en el próximo número. 



Tomol. Guatemala, 1*? de agosto de 1888. Núm. 7. 




PUBLICACIÓN QUINCENAL. 
ÓRGANO DE LA SOCIEDAD LITERARIA DEL MISMO N0M5RF. 



EL ATENEO. 



ESTATUTOS 



El diezinueve del corriente, se 
verificó, en el local de costum- 
bre, la octava reunión pública de 
"El Ateneo Centro-Americano." 

í^or enfermedad del socio se- 
ñor Cuellar.á quien estaba enco- 
mendado el discurso oficial, no 
fué debidamente desempeñado 
el progiama, y solamente hicie- 
ron uso de la palabra los seño- 
res Ldo. don Sinforoso Aguijar, 
don Próspero Morales y don 
Carlos A. García. 

El 2 del mes próximo dará el 
"Ateneo" una velada en honor de 
la poetisa salvadoreña Ana Do- 
lores Arias y del malogrado va- 
te guatemalteco Juan Francisco 
Rodríguez Méndez, muertos re- 
cientemente, la primera en Co- 
jutepeque y el segundo en esta 
Capital. 



DEL ATENEO CENTRO-AMERh W 



CAPITULO I. 
Del objeto de la Sociedad, 

Art. I. ^— *'E1 Ateneo Centro- 
Americano" es una sociedad que' 
tiene por objeto el cultivo de las le- 
tras y el desenvolvimiento de la li- 
teratura nacional. 

Su residencia es la ciudad de 
Guatemala y podrá establecer las 
sucursales que estime convenientes 
dentro del territorio de Centro- 
América, si los respectivos gobier- 
nos lo consienten. 

También se relacionará con lo* 
círculos de su propia índole de 
América y Europa. 

Art, 2. ® —Para lograr sus fines. 
la sociedad tendrá regularmente se- 
siones públicas en las cuales queda 
prohibida toda discusión exclusi^-a- 
mente política y religiosa. 

Además de esto, publicará un pe- 
riódico para dar á conocer sus tra- 
bajos y las obras de centro-amen- 
canos poco conocidas, siempre que 
se conformen con la índole espücul 
de la asociación. 



98 



El Ateneo Centro-americano. 



CAPITULO II. 

De los socios. 

Art. 3.^— El Ateneo tiene tres 
clases de socios: de número, hono- 
rarios y correspondientes. 

Son de número los fundadores de 
esta sociedad, cuyas firmas apare- 
cen en el acta inaugural, y los que 
en ló de adelante ingresen llenan- 
do las formalidades que exige el 
Reglamento Interior. 

Los honorarios y correspondien- 
tes serán nombrados por el '^Ate- 
neo," en la forma que el propio 
reglamento determina. 

Art. 4. ^ — Son obligaciones de 
los socios activos ó de número: 

I. Concurrir á las sesiones. 

II. Contribuir con la parte pro- 
porcional que á cada uno corres- 
ponde para los gastos de ^'El Ate- 
neo," previa designación hecha y 
aprobada por la misma sociedad, 

III. Desempeñar las comisio 
nes que para los objetos indicados 
se les encomiende por *'E1 Ateneo" 
ó su Junta Directiva. 

CAPITULO III. 

De la Jimia Directiva. 

Art. 5.'^ — La sociedad tendrá 
una Junta Directiva compuesta de 
un Presidente, un Vice-Presidente, 
dos Secretarios y un Tesorero, los 
cuales serán elegidos por mayoría 
de votos en la forma que determi- 
na el Reglamento. Durarán en sus 
funciones un año, sin lugar á reelec- 
ción sucesiva. 

Art. 6. '^ — Son atribuciones de 
la Junta: 

I. Dirigir los trabajos de ''El 
Ateneo." 

II. Velar por el cumplimiento 
del Reglamento Interior y 

III. Examinar y aprobar semes- 
tralmente las cuentas que presente 
el tesorero. 



El Presidente ó Vice Presidente 
en su caso, serán el órgano de co- 
municación de la sociedad y ten- 
drán la representación legal de la 
misma. 

CAPITULO IV. 

De los fondos de la Sociedad. 

Art. 7. ^ —Son fondos de la So- 
ciedad: 

I. Lo que ingresare por las cuo- 
tas de qne habla el artículo 4. ^ . 

II. El producto de las suscri- 
ciones al periódico y el de las obras 
que publicare y 

in. Todo lo que adquiera por 
cualquier otro medio legal. 

Ramón Uriarte- Carlos A. Gar- 
cía — Joaquín Méndez — Manuel Paz 
— Javier Ortiz M.— Manuel E. Ve- 
ga — Félix A. Tejeda — Manuel Án- 
gel Herrera —Ramón M. Zelaya — 
Felipe Hernández Blanco— Juan 
Barrios— D. Rodríguez C — Daniel 
Huezo y Paredes. — León F. Busti- 
11o — Manuel Morales T.- -J. Eduar- 
do Girón — Lucas T. Cojulún — Ra- 
món P. Molina— Marcos López — 
Alfredo Ouiñónez C. — Sinforoso 
Aguilar — Manuel Coronel Matus — 
P. Morales— J. L. Rosales— F. Guz- 
mán— Marcelo de León — Tomás 
Acabal— F. Cálix -José León Cas- 
tillo. — V. J. Morales. — Francisco 
Mazariegos — Jesús C. Rivas. 

Palacio del Gobierno: 

Guatemala, 5 de julio de 1888. 

Con vista de la solicitud respec 
tiva y de lo pedido por el Ministe- 
rio Fiscal, el Presidente de la Re- 
pública, acuerda: dar su aprobación 
á los siete artículos de que constan 
los estatutos del ''Ateneo Centro- 
Americano." — Comuniqúese. — Ru- 
bricado por el Señor Presidente — 
Anguíano. 



ÍIiAlI^E2SlEE^:^:^^^^^icAm. 



HLBGIA. 

A MI QCEBTDO AMIGO EL SEÑOR DON 

MARIANO BÜSTAMANTE, 

S MOmrO DE LA PBEMATUEA MUERTE DE SU 
SOBRINA AMINTA, 



Perdona, amif^o mío, 
M basta hoy te llega la expresión doliente 
*le mi intenso pesar. ... El labio implo, 
á la impresión primera, 
Ual Tes irreverente, 
Á la ciencia y á Dios negado hubiera! 

Que todos moriremos! 
¿quién DO lo 8abe^.. Cuando acaba el día 
'»««» «a qae las tinieblas aceptemos; 
"(•a vi ala aurora 
inndo lucía 
" . i'trfil con que á las nubes dora 

Ni be Tisto á la azucena, 
al entreabrir sus pétalos de armiño, 
(JobUr el tallo, de perfumes llena, 
|)am rodar al suelo 
en triste desaliño, 
"in que su cáliz desplegara al cielo. 

¿Coindo, eu botón, la rosa 
i^yó, ni á impulso de ábrego inclemente, 
H¡n qoe del sol la luz esplendorosa, 
baflüido su liermosura, 
'lejara la simiente 

nueva flor en su corola pura? 

Destino inexplicable 
el de la pobre humanidad! exenta 
de la sola razón que hace aceptable 
In muerte aborrecida. 
La muerte representa 
el escalón postrero de la vida. 

i loto tiene la rueca 
el hilo pende que Laquesis teje, 
<'>lo hasta después la mano seca 
At.opos carnicero, 
sin que el dolor le aqueje, 
corta de la existencia el nudo entero. 

i la muerto! me dijeron, 
luí muerto Aminta! Y lo dudé y lo dudo; 
ijue ni los mismos que su fosa abrieron, 

iicaso lo han creído ! 

.\h! golpe tan rudo 

cnán rudamente debe haberte herido! 

Al ángel de belleza 
que un porvenir magnífico soñara, 
cuando la mente á descorrer empieza 
el velo de la vida, 
¿quién pudo creer que osara 
♦in su vuelo atajar suerte homicida? 



.a 



Caprichos del destino, 
clama á una voz el vulgo indiferente- 
mas eso nada explica. . . .• i me iiu^lim. 
sumiso, á la evidencia 
es porque, irrevprente, 
no quiero maldecir la Providenci»: 

Ramón Cauars. 

Guatemala, julio <\e 1888. 



DISCURSO 

PRONUNCIADO POR EL LICENCIADO 

SINFOROSO AGUILAR. 



Señores: 

El panorama que desde el 14 de 
julio de 1789 presentan las nacio- 
nes civilizadas que con firmeza 
avanzan hacia la reinvindicación de 
los derechos del hombre, durante 
tanto tiempo conculcados, debería 
servir de estímulo bastante á los 
adultos hispano-americanos que. 
habiéndose iniciado en la vida pú- 
blica con entusiastas trabajos en 
pro del adelanto social y político 
de los pueblos, se dejan vencer por 
el desaliento, en el supuesto de 
que sus conciudadanos no son ca- 
paces de sacrificar sus personas ni 
sus bienes, cuando llegue el caso de 
luchar con la tiranía teocrática ó el 
despotismo secular, y de que no 
tienen las fuerzas necesarias para 
deshacerse del enorme peso de lof 
privilegios y rasgar la soporífera 
venda de la ignorancia. Esos entes 
pusilánimes hallan un cómodo pre- 
texto en* la decepción, para ecnar- 
se en brazos de la mas culpable tn- 
diferencia, creyéndose exonerados 
de cumplir el voto que dicen hi- 
cieron de no abandonar jamás la 
causa del progreso; y cuando, por 
lo mucho que han visto, y por el 
estudio que han hecho del meca- 
nismo de las sociedades, podrían 



loo El Ateneo Centro-americano. 



sin tropezar con grandes obstácu- 
los, contribuir á la consecución del 
bienestar de sus compatriotas, en- 
tonces se excusan de ello, manifes- 
tando que ya abandonaron el te- 
rreno de las ilusiones: que á los jó- 
venes corresponde ocuparlo, para 
cederlo después que hayan sido víc- 
timas del desengaño. 

Esa es, Señores, la causa de que 
sea muy difícil hallar entre noso- 
tros hombres que, teniendo los ca- 
bellos blancos por los años, sientan 
por cooperar al progreso, el mismo 
anhelo que sentían cuando eran jó- 
venes. 

Los hermosos seres que navega- 
ban en el paraíso imaginario de la 
libertad, la justicia, el derecho; son 
convertidos por la indiferencia en 
fríos quelonios. 

Los viejos en quienes aumenta 
con la edad, la fe en que nunca son 
improductivos los esfuerzos que 
tiendan á la adquisición de lo que 
pueda reportar bienes á la huma- 
nidad; esos seres, repito, lejos de des- 
cender del puesto en que coloca al 
hombre la leyenda mosaica, hacién- 
dolo semejante al Arquitecto del 
Universo, parece que consolidan 
su superioridad sobre el resto de la 
creación. 

Los pusilánimes, para cohones- 
tar lo que han querido llamar indi- 
ferencia, alegan que los pueblos la- 
tino-americanos, jamás llevarían á 
cabo empresas tan difíciles como la 
que el francés comenzó en 14 de 
julio de 1789. 

Verdad es que los tiranos de la 
Europa jamás previeron la proxi- 
midad del día en que los hijos de los 
abyectos subditos de Lnis XV, 
dieran principio á la trascendental 
revolución que hoy conmueve al 
mundo. Las inmensas huestas de 
vasallos, retrocedieron espantadas 
al empuje de unos pocos batallones 
de ciudadanos franceses. Los hom- 
bres acostumbrados á llevar con pa- 
ciencia el degradante yugo del de 



recho divino* de los reyes, procla- 
maron los naturales del hombre; sin 
miramientos aplastaron la monar- 
quía, y abatieron el poder de los 
falsos cuanto ridículos ministros de 
Dios. La Nación convatió al Rey 
en reo, é hizo desaparecerla servi- 
dumbre. La propiedad fué desamor- 
tizada; abolidos los fueros, la no- 
bleza, los privilegios, los diezmos; 
y la razón ocupó el trono de diosa. 

Mas si los franceses llevaron á 
cabo tanto, nos legaron la mayor 
parte de sus conquistas; y difícil- 
mente los hombres volverán á colo- 
carse en un campo tan vasto como 
el que ofreció el principio de la Re- 
volución para exhibir tantos talen- 
tos y tantos héroes puestos al ser- 
vicio del derecho. Desde el más sa- 
bio republicano, hasta el mas rús- 
tico obrero revelaron aptitudes que 
es difícil revelar donde faltan los 
muchos elementos que brindó la 
Francia revolucionaria. Por eso la 
talla de los hombres que en ella fi- 
guraron, se eleva sobre la de la ge- 
neralidad de los que después han 
vivido. 

Pero de ahí no se deduce que 
nuestros compatriotas nacieron pa- 
ra el servilismo. Si no llevan á cabo 
grandes empresas revolucionarias, 
es porque hoy ya no existen gran- 
des resistencias. Las luchas mate- 
ríales van dejando el puesto á las 
luchas morales; y la política con- 
temporánea puede acarrear al indivi- 
duo grandes contrariedades, pero ja- 
más un desastre definitivo. 

Si los franceses no pestañearon 
ante la Europa coaligada; justo es 
que la decepción en incidentes, no 
quebrante la fe en el porvenir. 

Dije. 



.1LAE5Í5^_Centro-americano. 



lOI 



SN LA MUERTE 
DEL GENERAL DON JOSÉ VÍCTOR ZAVALA. 



iCadaver ya! si ayer aún le veía 
(.'ubierta ya de canas su cabeza, 
Kmpuñar con fiereza 
ÍM no vencida espada que en sus manos, 
( orno nuncio de gloria, 
Al 8í>lílaíio ífíiió siempre á la victoria. 
iCajiúver ya, si aún en su pecho ardiente 
Kl bravo veterano todavía 
Como la lava del volcán hirviente 
KI fuego juvenil arder sentía. 

¡Y HtM»xt¡n^uióconio la luz su vida, 
AHtro tic gloria de la patria mía 
i Y la frente inclinó el gran ciudadano, 
«¿ue il la honradez y á la lealtad unía 
Kl oHtoico valor de un espartano. 

..«¿uit'ii no admiró al intrépido guerrero 
<^U' Mí espada esgrimió con valentía 
< ontra el audaz c imi)údico extranjero 
l^ue el suelo de la patria hollado había? 
Lucha incansable con arrojo fiero 
lInMta cjue luce el día de bonanza, 
Kl día placentero, 
Kn i^xiv conjpleta la victoria alcanza, 

Y mira abandonar nuestras riberas 
1 .4IM derrotadas huestes extranjeras. 

¿QtiiL'n no admiró al heroico veterano 
Kn Hivns y en Granada, 
Cuando eii la lucha fiera 
Llevaba en una mano 
Nuestni triunfal bandera 

V con la otra domaba la metralla, 
Al enemigo presentando sólo 

El pecho c(»uio escudo en la batalla? 



Tu vida fué de lucha y rudo embate 
¡Heroico paladín! no tuvo calma; 
Tnis las dunts fatigas del combate 
I^ paz, la paz necesitaba tu alma. 

El pueblo que tejió para tu frente 
Coronas de laurel cuando vivías, 
Y te aclamaba vencedor, valiente, 
I)el honor militar preclaro ejemplo, 
Flora que has muerto tus cenizas frías 
Con sus lágrimas riega ¿qué más gloria? 
;Ya la inmortalidad te abrió su templo 
\ en el grabó tu nombre la Victoria! 

(íuatemala, marzo de 1886. 

S. L. C. 



DISCURSO * 

PRONUNCIADO POR EL SOCIO DON 

FRANCISCO QUINTEROS. 



Señor Presidente, Señores: 

El vivo deseo de pertenecer á esta 
por tantos títulos simpática socie- 
dad, que contiene en su seno no ya 
solo á la juventud guatemalteca, si- 
no ala Centro-Americana residente 
en esta capital, me ha impelido á 
formar parte de ella y por eso vengo 
á ocupar esta tribuna honrada ya 
por literatos de nota y jóvenes de 
porvenir; por eso vengo á dirigiros 
la palabra, con el natural temor de 
todo aquel que hace sus primeros 
ensayos, pero que entusiasta por 
la causa siempre santa y noble de 
contribuir al adelanto de la patria. 
no desmaya apesarde los obstáculos 
que á su pasóse presentan y quiere 
en premio de su constancia, el en- 
grandecimiento de ese pequeño "gi- 
rón de tierra que se llama el suelo 
natal. 

Me ha cabido en -ucrtc, tomar 
la palabra por primera vez, cuando 
el "Ateneo Centro-Americano" de- 
dica una velada á la memoria de 
Washington el héroe de la eman- 
cipación norte-americana, cuyos 
esclarecidos hechos estarán siem- 
pre escritos con letras de oro en 
las páginas de la historia. 

Es verdaderamente conmovedor 
el espectáculo que se presenta an- 
te mi vista. Recuerdo los antiguos 
odios que en mala hora dividieran 
la familia Centro-Americana: recuer- 
do las- mil luchas fratricidas que 
ensangrentaron nuestro suelo y veo 
ahora que olvidados casi esos odios, 
los hijos de las hermanas Repúbli- 
cas se dan el abrazo del olvido y se 
reúnen para contribuir al lustre de 
esa patria y combatir con las armas 
del Progreso y de la Libertad. 



I02 



El Ateneo Centro-americano. 



Los grandes hechos, los adelan- 
tos que contempla admirada la hu- 
manidad entera; los progresos mo- 
rales de que hoy disfrutan las socie- 
dades, los han iniciado jóvenes y jo- 
venes los han llevado á cabo. Lei- 
bnitz, estudiante todavía de la Uni- 
versidad de Jena, predijo la famosa 
hecatombe del 89 y una Asamblea 
compuesta en su mayor parte de 
jóvenes, decreta los derechos del 
hombre. 

La juventud dotada de un espí- 
ritu generoso, persigue con afán un 
ideal que casi siempre alcanza: es 
el elemento creador de las nacio- 
nes, es el arbitro del porvenir y la 
esperanza de la Patria; por eso cuan- 
do veo á los miembros del Ate- 
neo, no puedo menos de traer á la 
memoria las acaso proféticas pala- 
bras del Libertador de la América 
del Sur, que vaticinan para Centro- 
América el más feliz y alhagüeño 
porvenir. 

Señares: el pueblo romano fué el 
primero en dar la fórmula de la de- 
mocracia que tan buenos resultados 
ha producido hoy en Francia, Sui- 
za y EE. UU. de América. 

Los desheredados de todas las 
naciones, los oprimidos por la so- 
berbia de algunos hombres, han 
sentido sublevarse alguna vez su 
dignidad ultrajada; el sentimiento 
y la conciencia de su ser les ha he- 
cho pensar en la misión que tienen 
obligación de desempeñar, y perso- 
nalizándose ahora en Bruto y Co- 
latino, ahora en Dantón y Robes- 
pierre, mañ¿ina en oscuros héroes 
de barricada, añaden un nuevo ren- 
glón al gran libro de la democracia. 

El pueblo romano, arbitro de los 
destinos de la antigüedad, nos en- 
seña en los comisios y en los mon- 
tes Sacro y Aventin^, cómo el pue- 
blo conquista un derecho, cómo 
obtiene una victoria por la Libertad. 

El pueblo francés del 89 hace ca- 
minar á la humanidad por la senda 
del progreso y nos hace ver cómo 



un pueblo que sabe su destino, que 
tiene sus derechos sembrados en la 
conciencia nacional, sabe hallar la 
victoria en todas las luchas y sabe 
imprimir su carácter á todo un siglo. 

El pensamiento humano camina- 
ba á pasos agigantados desde el re- 
nacimiento é iba ganando terreno en 
las ciencias, en la historia, en la fi- 
losofía, en las artes y en las institu- 
ciones. Rouseau decía previendo el 
cataclismo que nos daría la fórmula 
de la democracia moderna: '*Es im- 
posible que continúen por mucho 
tiempo las grandes monarquías. 
Nos acercamos á la crisis, al siglo 
de la revolución, á la solución del 
problema. De aquí á mañana las 
testas coronadas de la Vieja Euro- 
pa habrán venido á tierra y el pue- 
blo será el único soberano!" 

Si, señores, no importa que Ca- 
milo Desmoulins suba al cadalso, 
que Riego perezca en un patíbulo 
y Lincoln muera por mano homi- 
cida; la sangre de los mártires de 
las grandes causas es fecunda, y si 
á fines del último siglo no existían 
más que Repúblicas aristocráticas, 
la democracia ha levantado» hoy esa 
pléyade de Repúblicas Americanas, 
admiración del mundo y honra de 
la humanidad. 

Voy á concluir, señores, pero an- 
tes permitidme dos palabras para 
disculpar mi atrevimiento y acaso 
también disculparme de haber 
cansado vuestra atención, pero ya 
que no tengo títulos para me- 
recerla, sírvame al menos de dis- 
culpa el deseo que tengo de perte- 
necer á esta sociedad que, nacida 
entre contrariedades y combatida 
cuando aun daba sus primeros pasos, 
ha sabido sobreponerse á unas y 
otros, para poder llegar á ser en día 
no lejano, un timbre de honor y glo- 
ria para la patria Centro-Americana. 

He dicho. 

Guatemala, 5 de julio de 1888. 



.^ílAíH^pCENTRO.AMERICANO. 



LA NATURALEZA. 
(en octubre.) 



¡Qué silenciosa estás ahora, 
Vfíf firaleza, peregrina y bella, 
' tinte de la aurora, 
- "• tu frente con placer destella! 
,,< in i{'n no se admira en tu simpar grandeza, 
«¿iiH'n no su canto, con fervor levanta. 
De inspiración rodeado, 
Al conUnnplar la virginal belleza 

Y la sublime y eternal pureza, 
Oue ostentas en tu cielo engalanado? 
¡Qué bella estás! Al repetirlo siento, 
Que se acrisola el corazón de gozo. 
Que mi ser se renueva, y qué dichoso, 
Digno soy de cantar á tu portento! 

¡Cuál se muestra sereno por Oriente, 
Vjae sol, que sus rayos va lanzando. 
Sobre los montes, que con limpia frente 
Kl mar y el cielo, viven contemplando, 
C/on |>iiHiiio indiferente! 
jOh, hcrmoKa luz del día. 
Cual tiñcK á la nube, 
( 'on fl color de mágica poesía, 
l¿iic liaxta el Oeador precipitado sube, 
( uiil delirio de joven fantasía! 
,( '.II lio eHi)arces al mundo tus fulgores, 

< "' iiio alientas la vida de las plantas 

K:i/.<'»n tienen los dulces ruiseñores, 

I >c cantarte entre selvas y entre flores. 

Cuando tu carro de esplendor levantas, 

E iluminas la bóveda sombría; 

Rasgando las tinieblas, 

i¿ue se mostraban, cual telón del día, 

Y, el ñrmamento de colores pueblas! 

Chui paso majestuoso, 

Vaí* del cielo la bóveda cruzando, 

Y, esjiarciendo doquiera silenciosa, 

Férvidos rayos que el espacio alumbran; 

S', vas en tú camino espléndido, dejando. 

Una estela de fuego, y ardorosa. 

Hasta el zenit con majestad te encumbras. 

¡Cómo se muestra á tu presencia el mundo: 

Todo es deleite y apasibie calma; 

Y en un silencio sepulcral, profundo, 
Al contemplarte se arrodilla el alma! 

Ija bóveda celeste, 
Teñida está de rosicler y grana; 

Y en las campiñas de hermosura agreste, 
Se ve saltar la tortolilla ufana! 

¡Que hermoso y que sereno se presenta, 
El cóncavo azulado. 
Del firmamento que esplendor ostenta, 
Con esos ravos de la luz, bañado! 
¡Qué augusta v silenciosa esta natura 
Qué limpia V magestuosa esta la estera. 

Y el sol ardiente en el zenit fulgura. 
Derramando sus luces por doquiera. 
¡Qué calma tan solemne, nada turba, 



103 



El silencioso giro de los Soles, 
Del firmamento en la gigante curva, 
Entre róseos y limpios arr^bole«t! 
¡Todo está de hermosura revestido, 
Todo está de belleza circundado; 

Y de sublime magestad henchido, 

Y de nativo aroma perfumado! 

¡Naturaleza toda, está tranquila. 
Las aves, no modulan sus cantares. 
No se mueve la luz, ni una hoja owiU. 

Y se aduermen del alma los pesares! 
¡Fijaos ¡qué misterio! 

No se mueven las hojas, ni las flore»-: 
Hoy parece la vida un cementerio, 
Alejado del mundo y los rumon*s. 
No se queja la alondra en la enramada. 
Ni las aguas ondulan en la fuente; 

Y la bóveda inmensa, retratada 
Sobre el fondo tranquilo y trasparente 
De las inmobles aguas cristalinas. 

Nos presenta mil varias perspectivaa. 
Deliciosas, fantásticas, divinas! 

Y los lagos, las fuentes y los mare»s 
Duermen tranquilos en eterna calma. 
Arrancando del alma los pesares, 

Y consolando en su dolor á el alma! 

El globo ardiente de la luz se aleja 

Y en su carrera hermosa. 
Veloz, vertiginosa. 

En los espacios trasparentes deja. 
Su amarillenta huella; 

Y reververa sobre el mar sí)non». 
El fuego que chispea, 

Desde su carro de amarante y de on». 
¡Serena, silenciosa e.'^tá la tartle. 

Y diáfano y azul el firmamento; 
El sol amarillento. 

Aún de caída en los esiMicioí» ardí*! 
Ante la misteriosa, 
Incompren.sible inmensidad \-ac(a. 
La queja dolorosa. 
El suspiro de la íntima triste». 
La muerte la agonía, 
Se disipan mirando la belleza, 
Y^ la grandiosa y eternal pnn-w. 
Que trasparentá en su fu' 
Entonces quiere dcsple^í.^: 
El pensamiento y levan t: 
Hasta el empíreo sus vi \ i 

Y contemplar el ix»rvenir ii 



'•Masyadcl.M.Ulix^pí^'"- 
Del grande abisuío en la ' 
Y, entre las sombras qn« 
De lo pasiido el estertor .. 
Naturaleza triste, moribr. 
Luz vesiíertina, agonízíii " 
Siempre que os miro nn . 
Dolorosa y letal melancu..- 
¡Estrellas solitaria», . 

Que al apagarse el i«»pUiidor del dfe. 
Os quedáis cual dolientes luminarlan. 



I04 



El Ateneo Centro-americano. 



J.levadle mis plegarias, 

Al Supremo Hacedor de la armonía! 



Naturaleza, incomprensible hermosa, 
Con cuánto afán en mi dolor te admiro, 
Eres la celia, purpurina Diosa, 
Que á Dios arrancas, inmortal suspirol 
Con la bella y eterna melodía 
Del cosmos misterioso, 
Se estremece la magia y la poesía; 
Y en compáz agradable y deleitoso, 
Suavísimas canciones, 
El Universo ante el Creadrr entona, 
Cuando el Oriente, su mortal corona. 
Con la sublime aparición del día 



(1880). 



Ramón P. Molina. 



DISCURSO 

PRONUNCIADO POR EL SOCIO DON 

MANUEL A. BONILLA. 



Sr. Presidente^ señoras y señores: 

Perdonad que ocupe por un mo- 
mento vuestra atención; que, enar- 
decida el alma por el fuego de la 
juventud, y con todo el entusiasmo 
de ella, llegue á esta tribuna con- 
vencido de que nada digno de esta 
simpática asociación puedo decir, 
lo cual haréis t-in duda, tomando en 
cuenta que sólo es mi deseo, co- 
rresponder agradecido, á la genero- 
sa excitativa de la Mesa, que me 
ha designado para ello. 

Nacido en Honduras, separado 
en temprana edad de aquel suelo 
queridísimo, donde acariciado por 
las tiernas afecciones del hogar se 
deslizaron mis primeros pasos, me 
veo hoy en esta tierra cariñosa, en 
busca de la instrucción, ideal su- 
blime para todos los que anhela- 
mos dar un paso en el sendero que 
nos señala la civilización moderna, 
encontrando en ella gratos atracti- 



vos que me hagan soportar con jus- 
ta resignación los duros pesares que 
indudablemente causa la separa- 
ción del suelo de la patria. 

Yo miro con verdadero entusias- 
mo todo lo que lleva por objeto la 
instrucción; con respeto y con ca- 
riño á los hombres que la procuran 
y con profundo amor á las institu- 
ciones que la dan al pueblo. Estas, 
que no son otras que las creadas 
para regenerar las sociedades, se 
ven aquí sostenidas por los jóvenes 
que me escuchan, los que sobrepo- 
niéndose á las preocupaciones pa- 
sadas, se esfuerzan en adelantar, 
persiguiendo siempre los triunfos 
del talento, únicos que se recono- 
cen en el hombre al travez del 
tiempo y de las pasiones. 

En nuestra patria tales institu- 
ciones son sostenidas por una agru- 
pación que mira en su horizonte la 
felicidad de Centro-América. En 
sus espaldas peían los tiros del 
despotismo, pero alentada por la 
grandeza de su causa, no retrocede 
jamás y como todo aquel que en su 
camino se sirve de la justicia, ella 
confía y espera. 

Presenta numerosas ventajas que 
la hacen superior á la que se esme- 
ra en hacerle sañuda oposición: es 
la abnegación la primera de ellas; 
para alcanzar el bien general, nece- 
sario es muchas veces sacrificar el 
particular y esto no lo hacen los 
que ocultan á sus ojos los grandes 
ideales políticos y sociales para ver 
únicamente el velo de su interés, 
quizá manchado con la sangre de 
víctimas inmoladas en defensa .de 
los sacrosantos derechos de la pa- 
tria, de las sabias instituciones que 
le dan la felicidad. 

Defensora incansable del pueblo, 
de esa gran masa que componen los 
hombres de alma honrada y que se 
sacrifican por cuanto de noble y 
grande puede desearse para un país, 
trabaja por darle el alimento de la 
vida intelectual, tan necesario pa- 



El M^NEO rRKTPr^ ^x.^pp j ^^^^ 



ra el ser de aspiraciones como el 
agua para el viajero después de 
atravesar el árido campo de un de 
sierto; cuenta por lo tanto, entre 
sus aspiraciones, la de ver difundi- 
da la mstrucción no sólo en los 
k'randcs centros de movimiento, si 
que también en los pueblos olvida- 
dos y remotos, porque también allí 
hay hombres y estos son iguales, en 
razón de sus derechos, en cualquier 
lugar que se les considere, ya aisla- 
dos, ya rodeados de sus semejantes. 
La historia centro americana ha- 
bla muy alto en favor de los hom- 
bres del progreso, del positivo ade- 
lanto. Dice que en los ultimes tiem- 
pos es obra de ellos cuanto de bue- 
no tienen nuestras sociedades. Es- 
cuelas, Colegios, Universidades, 
Teatros, Bibliotecas, Periódicos en 
vez de Iglesias, Conventos, Cofra- 
días; de los primeros la luz alum- 
brando las conciencias; de los se- 
gundos la profunda oscuridad ten- 
diendo sobre ellas sus negras alas!!! 
La juventud que acaricia siem- 
pre un raudal de lisongeras aspira- 
ciones, que posee corazón ardiente 
é ideas muy nobles, no puede me- 
nos que sobreponerse al interés per- 
sonal, que ahogar en su fondo los 
gérmenes de corrupción y de mal 
y afiliarse con verdadera abnega- 
ción á la gloriosa agrupación que 
henchida del más ferviente patrio- 
tismo, ama el bien del pueblo y se 
sacrifica por alcanzarlo. Sí, del pue- 
blo; del que jamás es olvidado por 
el demócrata que le eleva y le en- 
grandece con sus nobles esfuerzos, 
del que, para orgullo de la huma- 
nidad, va logrando el puesto que 
en ella le corresponde, porque se- 
ñores, yo creo que el espíritu de- 
mocrático es el que hoy impera en 
el mundo y el que está arraigado 
en bases que le aseguran su reina- 
do eterno. 

La igualdad humana es indiscu- 
tible: odiosas son las distinciones 
atribuidas á la sangre que corre por ■ 



las venas, distinción debida única- 
mente á la diferencia de razas; la 
razón no puede reconocer más que 
una superioridad, la del talento y 
la grandeza de alma; más claro: la 
ciencia y la vir^ud. 

Seres hay que conservan sus per- 
gaminos empolvados que les ha- 
blan de la antigua aristocracia de 
sus mayores. Estos no querrán nun- 
ca que la democracia triunfe; de- 
searían más bien entorpecer el ca- 
mino de la civilización, á cuya van- 
guardia camina aquella y es porque 
comparados con un hijo humilde 
del pueblo, que se ha creado en las 
escuelas, sujeto á grandes contra- 
riedades, pero persiguiendo siem- 
pre la verdad y amando la virtud, 
aparecen como seres raquíticos y 
miserables, necesariamente. La con- 
fianza en las ventajas hereditarias 
no debe existir en estos siglos de 
reforma, en los cuales la gloria se 
obtiene cargando siempre con él 
peso del abnegado esfuerzo, del tra- 
bajo humano. 

Del pleno conocimiento de la na- 
turaleza humana nace la idea de la 
igualdad en calidad de derecho. El 
hombre desarrolla y engrandece su 
alma con acciones meritorias y úti- 
les conocimientos. Tanto cbtcncr 
éstos como ejecutar aquellas impli- 
ca un trabajo que de acuerdo con 
la justicia, debe ser remunerado. La 
remuneración consiste en la supe- 
rioridad que tendrá que ejercer, mal 
•que les pese, sobre aquellos que 
han sido intolerantes en el perfec- 
cionamiento de su ser. Admíriendo, 
por el contrario, como tales los que 
llaman síís derechos los incansables 
defensores de la aristocracia, se re- 
sintiría el principio sagrado de lo 
justo, pues el premio lo obtendrían 
regularmente los holgazanes favo- 
recidos por vanas distinciones. 

Es innegable; la aristocracia tie- 
ne como el fanatismo y otras pla- 
gas sociales, que ser demolida. La 
forman seres inútiles, que nada pro- 



io6 



El Ateneo Centro-americano. 



ducen y todo aquel que no ejerce 
alguna actividad para hacer cami- 
nar á la humanidad al pináculo de 
SU" grandeza, al perfeccionamiento, 
es partidario del retroceso y con 
el de todas las instituciones inacep- 
tables por la razón humana que lo 
escudriña todo, iluminada por la 
clara luz de los tiempos de reforma. 

Los campeones del progreso son 
los que forman esa masa respeta- 
ble en todo concepto, que se llama 
PUEBLO. De él emana todo adelan- 
to, porque perseverante siempre, 
con abnegado amor patriótico, es el 
que se sacrifica por las grandes cau- 
sas y el único que puede hacer do- 
blegar la cabeza al tirano que usur- 
pe sus derechos. El gran pueblo 
americano es el modelo de la gran- 
deza y de la democracia: en la es- 
cuela política en la que en el siglo 
pasado supo educarlo el inmortal 
Jorge Washington, ha podido al- 
canzar esa superioridad y acercarse 
más al fin que todos aspiramos: la 
verdadera libertad. 

Toca á Ja juventud que hoy se 
educa y se levanta desquiciar el 
trono enmohecido de los vicios so- 
ciales; difundir la instrucción en to- 
dos los pueblos de Centro-América 
y cuando esto se haya logrado ha- 
bía correspondido dignamente á las 
justas esperanzas cifradas en ella 
por la patria Centroamericana. 

He dicho. 



Guatemala, 5 de julio de 



ROMAHCE. 



Yo no sé por?qué razón 
Y por que raro misterio, 
Todas las mujeres bellas 
Se enamoran de hombres feos. 
Unos exclaman: capricho! 
Dicen otros: por aquello! 
Alguien contesta: torpeza! 



Replican otros: talento! 

Y los mas caritativos, 

Que no son pocos por cierto, 
Murmuran cosas tan graves, 
Que ni á decirlas me atrevo. 
Más debemos confesar 
Que la culpa de todo ésto 
No la tenemos los hombres, 
Es decir; los hombres serios, 
Como somos esta noche 
Los socios del Ateneo; 
Sino que las hembras mismas, 
Con su mal comportamiento, 
Provocan la burla y la crítica 
De los que son indiscretos. 
Hemos visto ayer y hoy 

Y se verá en todo tiempo, 
Que si la mujer es blanca, 
De seguro quiere á un negro, 
Si es alta, le gusta un chico. 
Si es gorda, le gusta un seco, 
(Como alguien que yo conozco. 
Prófugo del Cementerio,) 

Y si además de esto tiene 
Los ojos color de cielo, 
No es remoto que se case 
Con un bizco ó con un tuerto. 
Si desciende en línea recta 

Del Key Don Fernando Sétimo, 
No se imaginen ustedes 
Que desecha á los plebeyos; 
No Señor, por el contrario, 
Es DEFENSORA del pueblo. 
Si es pobre, acepta de fijo, 
A'un empleado del Gobierno, 

Y si es rica . . , no se asusten! 
Se enomora de un torero. 
Cuando por desgracia suya 
No sabe ni el alfabeto. 

Su corazón lo reparte 
Entre un escritor y un médico ; 
Mas si felizmente ha estado 
Dos dias en el colegio, 
Ya no le gustan los sabios. . . . 
Quiere miembros del Congreso. 
Si la chica es pusilánime, 
Admira á un hombre sin miedo. 
De esos que, á falta de vivos, 
Matan con valor los muertos; 
Pero si en vez de cobarde, 
Es mujer de pelo en pecho, ^ 
Ninguno le agrada más 
Que un general del ejército. 
Como se vé, pues, por toda 
Esta multitud de ejemplos. 
Dos personas que se casan, 
Son siempre polos opuestos. 
En ideas, en carácter. 
En afecciones y. . . .en sexo; 
De donde deduzco yo, 
A juzgar por lo que veo, 
Que la boda en todo caso, 
Es cuestión de muchos peros; 



I 



JLá™|£3^TRO-AMtRiCANo. 



Ma« como no hemos de ser 
Ni sacristanes, ni clérigos 

Y al ñn y al cabo los hombres 
Hornos d« carne y de hueso, 
Lo que nos conviene hoy e's 
Guardar profundo silencio, 

Y trabajar sin descanso. 
Con sigilo y en secreto. 
Por que la ley establezca 
Pronto el divorcio perpe'tuo- 
Pero de manera tal, 

Que antes y después del pleito 
iM mujer quede obligada 
A damos los alimentos. 

Carlos A. García. 
Guatemala; 19 de julio de 1888. 



LA HIJA D3L LAGO. 

I KVFNn.\ ESCRITA PARA 

"LL ATENEO" 



Dos siglos y medio hace que á 
la orilla opuesta del pacífico Cho- 
coyá; pequefto río que tomó su 
nombre, de una tribu indígena que 
habitaba por aquel tiempo al sud- 
este de la entonces populosa po- 
blación que hoy se nombra Chimal- 
tenango. Dos siglos y medio, repi- 
to, hace que en aquella poética co- 
lina rodeada de cascadas, embalsa- 
mada por las gratas emanaciones 
de la pequeña afluente, recibía sus 
caricias la candorosa Madmali, nie- 
ta del poderoso Mancotah, hija de 
Ixumsocil, primogénita de Balam 
Acab. Allí no llegaba el ruido de la 
población porque había una espe- 
cie de castillo, solo para que la nie- 
ta del monarca tuviera días de so- 
laz sin que el bullicio del pueblo la 
turbara. Allí tenía un bellísimo es- 
tanque, para que la refrescase el día 
que los rayos ardientes del sol la 
acalorasen; tenía una pequeña cue- 
va que la servía de templo ó de al- 
tar para que ofreciera con sus cul- 
tos el humo de su incienso ante una 



legendaria imagen; tenía hacia la 
orilla opuesta, un gracioso lago que 
daba vida y felicidad á centenares 
de preciosos patos. Suspendidos 
del antiguo techo, se veían jaulas de 
plata, con bellísimos zenzontles que 
al manso murmurio de aquel do' 

unían sus célicos gorgeos; y c ' 

calles de limoneros, estaba el .\ . 
zar de la ninfa de aquel lago, de ía 
diosa de aquel río, de la ondina del 
estanque. 

Una anciana oriunda de aquel 
pueblo la servía de apoyo, de ma- 
dre y de familia: se llamaba Nimac. 
Amaba á la joven como el viajen» 
en medio de la lluvia, el árbol que 
le abriga; como ama el tallo que se 
dobla, la mano que le levanta, co- 
mo ama el que ya nada espera, so- 
bre este planeta, una voz que le 
inspira un algo de ventura ignoto: 
así amaba Nimac á la hija del lago. 
Así la llamaban los que á nombrar- 
la se atrevían. Se sabía que más de 
un joven había intentado pedirla á 
la anciana para llevarla á los alta- 
res; pero no se ignoraba que ese in- 
fortunado mortal hijo de la muerte, 
como ella les llamaba, había baja- 
do á la tumba con su amor y por 
él. Sin embargo, el altivo Rumatán. 
tuvo la osadía de fijar sus ojos en la 
hija del lago. Y ¿Como no suceder, 
así, cuando era la flor de los qui- 
chees, en aquel entonces.^ Su tez fi- 
na, ligeramente sonrosada, sus ojos 
garzos, melancólicos y dulces, su 
boca como pétalo de rosa, sus dien- 
tes como flores de café, su rostro 
como los que nos describen los 
que conocieron á los descendientes 
de Israel! Candorosa y altiva, inte- 
ligente y hermosa, ¿Cómo no sen- 
tir por ella una de esas pasiones 
avasalladoras, que inspiraban en 
aquel siglo las gracias nacientes de 
los habitantes de este suelo. 

Rumatán la vio ofreciendo el in- 
cienso en sus altares y la ofreció 
con su mano, inmensos tesoros, pe- 
ro ignoraba el desgraciado que 



io8 



El Ateneo Centro-americano. 



aquella mano y aquellos tesoros no 
eran suficientes para mover el co- 
razón de la anciana Nimac. Hubo 
crímenes en la orilla opuesta que 
pasaban ignorados por el resto de 
la población y que Nimac contem- 
plaba con ojos de glacial indiferen- 
cia. Hubo momentos de espantosa 
lucha entre el joven Rumatán y los 
siervos de Nimac; pero nada sub- 
yugaba su obcecada voluntad. 

Madmali entre tanto, no era in- 
diferente á los sufrimientos de Ru- 
matán. Una noche en que dormía 
la anciana, aletargada por el jugo de 
una planta que acostumbraba be- 
ber, salió Madmali por entre los li- 
moneros con un rico traje hecho 
por sus siervas; se dirigió al lago, 
buscó con la mirada una sombra, 
regresó por la misma ruta, traspasó 
el cerro vecino y se sentó en la pie- 
dra más grande que había en aquel 
río. Eran las once de la noche, se 
oyó el ruido que hacía un caballo, 
después una voz varonil, y en segui- 
da una carrera. Era Rumatán: había 
conocido la ondina de aquel lago y 
corría á hablarle quizá antes de mo- 
rir. Admirado, loco de satisfacción, 
se postró á los pies de Madmali y 
la juró por primera vez que ó su 
amor ó la tumba. Se repitió por los 
eilenciosos ámbitos cien veces aquel 
juramento y Madmali le ofrecía que 
sino unía su suerte á la de él, se 
sepultaría en aquel lago antes de 
cuatro primaveras. Se dijeron adiós, 
y él la acompañó á la puerta de su 
alcázar alejándose después feliz, y 
llevando la esperanza, como faro, 
que le alumbraba su oscura exis- 
tencia. Dos años habían pasado; 
Madmali esperaba todas las tardes 
al gentil Rumatán y todas las tar- 
des tenía !a felicidad de verle de le- 
jos y decirle adiós: bella recompen- 
sa, para el que siente el sublime afán 
del cariño! recompensa más deseada 
que todos los tesoros de los más 
ricos monarcas! 

Pero llegó una tarde que en va- 



no le esperó, pasó aquella y otra y 
otras y no volvió á oír ni su nom- 
bre por boca de sus siervos. Mad- 
mali creyó que había encontrado 
alguna hija de otros reyes y que le 
habia olvidado, fatalidad, que tan 
constantemente lacera el corazón 
de la mujer que con verdad ama. 
Se creyó olvidada, y no pudiendo 
olvidar también, arrojó su regio 
manto y se vistió un traje popular, 
buscó la sombra de la cueva, allí 
pasó el resto de sus días. No quiza 
oír los cantos de sus pájaros, ni el 
murmurar del río, y destruyó de 
una vez el dilatado estanque. 

¿Qué había sido entre tanto de 
Rumatán? ya lo sabremos. Una tar- 
de que paseaba por el lago, creyén- 
dose como era, feliz y amado, can- 
taba á la sombra de un naranjo dul- 
ces cantos populares que revelaban 
solo el placer de su alma satisfe- 
cha. ¡Infeliz juventud que cantas á 
los bordos de la fosa! la cruel Ni- 
mac le oía. Comprendió toda la di- 
cha que esperimentaba aquel her- 
moso y valiente joven, y buscando 
la sombras de la noche le salió al 
encuentro, y disparóle una flecha. 
Cayó el noble decendiente de tres 
monarcas y no pudo levantarse de 
aquel sitio, aunque vivía aún. Lla- 
mó á un siervo de Madmali que por 
allí pasaba, para que le entregase 
una hoja de naranjo y un rizo cíe 
su cabellera que ella misma le áie- 
ra un día, diciéndola que moría por 
ella; pero que allá en otro mundo 
más hermoso iría á esperarle tan 
puro como el aura matinal, tan 
amante como la yedra de los cam- 
pos, tan firme como su nombre que 
quería decir tenaz, obcecado, y tan 
ardiente como un rayo del sol me- 
ridional. 

Bajó á la tumba, si puede llamar- 
se tumba la profundidad de un la- 
go y quedó ignorada su muerte. 

Cuatro primaveras habían pasa- 
do, después de aquella hermosa 
tarde, en que por vez primera juró 



El Ateneo Centro-americano. 



109 



Humatán unir su suerte á la de la 
i nía del lago y ésta no volvía á 
oír ni el arrullo de las aves, ni el can- 
to de los pájaros, ni rumor -leí vien- 
to, ni el tranquilo paso del río; vivió 
en su cueva dejando transcurrir uno 
ras otro, los días de su amargura. 
, Pobre hija de una princesa infortu- 
nada! Ignoras la muerte de aquel 
que compró caro tu cariño y tus 
amores! Ignoras que duerme como 
perla en el fondo de las aguas! 

Aquel día, se acercó á ella el sier- j 
Wo conductor de las hojas y del ri- 
20 después de dos años de tenerlas 
en sus manos, y lo entregó á la in- 
consolable Madmali, así como los 
•ültimos afectos del no menos des- 
graciado Rumatán! 

Comprendió entonces la donce- 
lla todo el rigor de su desgracia, ol- 
vidó sus celos, olvidó sus sufrimien- 
tos y corriendo tras sus bellos tra- 
;Jcsy coronándose con flores de la 
¿montafta, voló á sepultarse ella 
ftambién al fondo de aquel lago que 
^contaba dos años de ser sepulcro 
Jdcl valiente y generoso joven 

El pesar llevó á la tumba á la 
anciana Nimac, pero antes dejó or- 
denado que secaran aquel lago, que 
destruyeran el estanque y que obs- 
truyeran el río! Cuando sus siervos 
cumpliendo ese mandato, secaron 
el lago, encontraron los cadáveres 
aún tan bellos como cuando los 
animaba el soplo de la existencia, 
á una pequeña distancia el uno del 
otro, riente él, inconsolable ella! 
Aquel alcázar fué olvidado, aque- 
lla bellísima colina desde entonces 
silenciosa. Solo de vez en cuando 
algún pobre viajero se alojaba á la 
^mbra de su techo. Desde enton- 
ces las garzas que corrían al estan- 
<iue se murieron de tristeza, los pá- 
jaros no visitaron jamás los árboles 
"de aquellas montañas, las siervas 
y los siervos se fueron á habitar li- 
bres ya el vecino pueblo. 

He aquí la triste historia del que 
hoy visitamos pequeño rio, con el 



nombre de Chocoyá. Ya han pasa- 
do doscientos años. No nos queda 
ni la historia de aquella infortuna- 
da pareja, que se amó como se 
fman los que no conocen el corrup- 
or veneno de las ciudades. Como 
se ama el candido labriego y la tí- 
mida pastora. Como se amaban ha- 
ce seis siglos los desventurados 
Quichés. 

Yo que he visto estas pacificas 
colinas, que solazo las grandes 
amarguras de la existencia; veo 
con tristeza, al par que con entu- 
siasmo, la ignorada nuesa. que cabe 
al arroyuelo se contempla silencio- 
sa; y que á travez de tantos aAos, 
grita de manera dolorosa el trági- 
co fin de un amor sublime y ver- 
dadero. 

Salud valiente y hermoso Ruma- 
; tan! ya no existe en nuestro siglo, 
quien baje al fondo de un lago por 
I el fuego de un afecto santo! Y tú, 
i sencible Madmali, vives en la mc- 
i moria de las que como yo, son h¡- 
I jas predilectas del dolor! Como tú 
I hay millares, que, no bajo las on- 
I das de los lagos, sino bajo los plie- 
I gues de la seda, devoran en silen- 
I ció sus pesares, no bajo la fosa. 
I sino sobre la superficie de una so- 
I ciedad sin creencias ocultan sus do- 
1 lores! Como tú, hay muchas que 
' bajan al sepulcro no comprendidas, 
I sino insultadas! Tú fuiste dichosa, 
i porque una tumba selló tus senti- 
j mientos, no el dolor de verlos man- 
I ciliados! 

I Santo Tomás, 16 de junio de i88«. 

Pilar DE Castellanos. 



DSSSNCAHTO. 

A P. MARADIAiíA M. 

En la ruda contienda de la viiLi 
Perdí la fé que al coraxón hf "g' ^^ 
La indiferencia me ?«>°3P^ .t^P"" 

Y llevo triste y f:i^ti«liada el alnia. 



10 



El Ateneo Centro-americano. 



El hondo desencanto se apodera 
Del joven corazón, que palpitara 
En otro tiempo con afán profundo 
A la lumbre sutil de una esperanza. 



Oh siglo de prodigios asombrososl 
Vuelve al liombre tu vista sublimada; 
Le llenas la ambición con tanto influjo, 
Pero ¡ay! tirano, el corazón le matas! 



El amor, la amistad, todo he buscado ^ 
Como antídoto activo en la desgracia; 
Entregado en sus brazos he perdido 
l^'l reposo, el consuelo y la confianza, 

Qné me resta <^u el mundo? que me queda?... 
Un ser me queda que por siempre me ama, 
Es mi madre, tan tierna como humilde, 
Mi madre que la llevo aquí, en el alma. 

La mujer que me adora con delirio 

Y viéndome feliz ella gozara; 
La mujer que de besos cubriría 

Y estrechara en mis brazos, siendo anciana. 

Ese ser abnegado que ternura 
Le brinda al corazón, donde la nada, 
8e asienta con su cruel incertidumbre, 
Sumiéndolo implacable en la desgracia. 

Distante de mi hogar, suspiro triste, 

Y su recuerdo sin cesar me asalta. 
Vuelvo mi vista hacia remoto suelo 

Y lloro de dolor sin esperanza. 

Al lado de mi madre y con sus besos 
Tal vez el corazón tuviera calma. 
Escuchando su voz la fé hallaría 

Y fuera entonces mi existencia grata. 

Pero ¡ay! suspiro en extrangera tierra, 
Extrangera es verdad, aunque es mi patria, 
Porque así el egoísmo lo ha querido 

Y tnunfante desgarra sus entraílas: 

Suspiro sin cesar y nada encuentro 
Que me vuelva la paz ó la esperanza; 
El dolor me acompaña por doquiera 

Y mi único consuelo es la desgracia. 

Es grande el infortunio y cuanto toca 
Con doliente grandeza lo levanta; 
Sufre corazón, que en tus dolores 
Tu valor y grandeza se destacan. 

Por un lado la ausencia que me asesta 
Con los gratos recuerdos de la infancia, 
Por otro, sufrimientos implacables 
( iue en opresos suspiros mi alma exhak. 

ICl fastidio, la duda, en guerra abierta 
Con sentimientos que mi pecho guarda: 
Estos me guían por distinta senda, 
•Pero ante mí la realidad avanza. 

En un siglo tan 1 leño de grandezas 
La paz apetecida pierde el alma; 
Del corazón el noble sentimiento 
Pierde su fuerza y su calor se apaga. 



A NATÍO. 



Ufí BUEN CONSEJO. 



Puesto que ({uieres Leonor, 
Que un buen consejo te dé; 
Aunque yo de nada sé 
Y mucho menos de amor, 
buen consejo te daré. 

Según me dices, se trata 
De saber cual te conviene: 
81 el viejo que te mantiene, 
O el pollo que te maltrata 

Y hoy en la cama te tiene. 

El asunto me parece 
Que es de suma gravedad, 
Por eso, debe en verdad, 
Tratarse como merece, 
Con prudencia y seriedad. 

Dar un consejo, cualquiera 
Puede darlo amiga mía, 

Y mucho mas hoy en dia, 
Que si por consejos fuem, 
Ninguno se moriría. 

Pero dar un buen consejo 
A quien lo haya menester. 

Como es cristiano deber 

Primero llega uno á viejo 
Antes de poderlo ver. 



Y no hablo así tontamente: 
Por esperiencia lo digo; 
De cnanto ha hecho conmigo, 
Con sus consejos la jente, 
¡Ay! solo Dios es testigo. 

Por eso ya que me pides 
Un buen consejo, Leonor, 
Te suplico por favor, 
Que el que te dé no lo olvides, 
Pues voy á darte el mejor. 

Tú te encuentras vacilante 
Y no sabes decidir. 
Si te conviene seguir 
Con el vejete adelante, 
O lo debes despedir; 



o 8i el joven atrevido 
Que te zurra la balaría, 
A to(Uñ horas con gana, 
Ha« de arrojar al olvido 
I 'or MI condncta villana. 

^ .:No os eso? Pues bien, escncha, 
Ksta <f« mi opinión sincera: 
Si en tu lugar estuviera, 
Sin grande afíín y sin lucha, 
Haría lo que quisiera. 

<inat€uiala, 19 de julio de 1888 

Pkpb Kamos Soerol. 

Arclüvtf ^aciwl de Cíepcias y letras. 



^LállS5^_CENTR0-AMERlCAN0. 



HBFLEXI0NB2 
A LOS LIBROS DE ELOCUENCIA 

I 'Olí 

Fray Af xtía^ Córdova. 



Como libro raro y muy poco conocido 

\de^ nuestros hombres de letras, hemos 

dispuesto dar d conocer este trabajo 

de nuestro ilustre poeta, impreso en 

• Guatemala el año de i So i . 



AL QUE LEYERE. 

Horacio dijo que por defecto de 
arte se incurre en vicio huyendo de 
la culpa, y esto se puede asegurar 
del arte mismo, cuando cierto exce- 
so de reglas nos hace olvidar de su 
mensura. La facultad cuyas reflexio- 
nes van á darse es á quien ha toca- 
cado más de esta desgracia, siendo 
así que la piedra del toque de sus 
preciosidades no puede estar más . 
cerca. Nosotros somos esta piedra; | 
porque la naturaleza es la mensura ; 



III 



de esta facultad y nos engañamos 
buscándola fuera de nosotros. sTdlc 
cada observación hacemos un ca- 
non, sm expresar de donde se de- 
duce: SI ponemos igual empeño en 
lo prmcipal que en lo accesorio: si 
queremos que se practique por re- 
glas lo que resulta de la combina- 
Clon de mgenio, entusiasmo, lec- 
tura y ejercicio únicamente: enton- 
ces habremos formado un arte para 
destruir lo natural á costa de fati- 
garnos con su enorme volumen. 

Esta reflexión que se hizo bus- 
cando la causa de cierta aridez y 
poca fijeza que se advierte, después 
de la lección de los autores, dio mo- 
tivo para creer que, si se diese una 
idea exacta de esta facultad y se 
estableciesen principios fundamen- 
tales, se lograría, no solo aliviar la 
memoria, sino tener seguridad pa- 
ra la práctica. El suceso hizo racio- 
nal la conjetura; pues se ha conoci- 
do que los discípulos no olvidan las 
reglas deducidas de las nociones, ó 
principios fundamentales. 

El que escribe, no tiene duda de 
lo oportuno de este método, así co- 
mo no la tiene de que le falta mu- 
cho para estar desempeñado; pero 
deseando su perfección lo expone á 
la censura pública. El espera que 
los verdaderos literatos corrijan sus 
defectos, impugnen sus errores y 
aún el que trabajen por este mismo 
estilo en un asunto que manejado 
diestramente, es sin controversia, 
de mucha utilidad. Porque sicl can- 
didato no advierte algún progreso, 
ni halla cierta complacencia en sus 
tareas, sabrá que su pretensión es 
desesperada y que es para otra cosa 
su talento. 

Como este no es un tratado com- 
pleto de Retórica, no siguen á las 
nociones las reglas que de ella se 
deducen, y como se escribe, para 
aquellos que, por lo menos, hayan 
cursado Filosofía, se usa de conci- 
sión en los elencos, suprimiendo los 
que son muy obvios. Esto es cuan- 



12 



El Ateneo Centro-americano. 



to hay que prevenir, protestando ¡ 
que este prólogo no tiene por ob- | 
jeto la indulgencia; sino la escru- i 
pulosidad en la lección, y aseguran- i 
do que las correcciones serán reci- | 
bidas con agradecimiento. ¡ 



CROÍ^IO^. 



Como verán nuestros lectores 
por el acuerdo que insertamos en 
otro lugar, el Gobierno ha aproba- 
do ya los Estatutos de' '*E1 Ate- 
neo" y conferídole la personalidad 
jurídica que la ley exige á las aso- 
ciaciones de su género. 

Próximamente publicaremos la 
lista de los socios. 



Don NicasiO Rosales, agente 
de este periódico en Granada (Re- 
pública de Nicaragua) partió para 
los Estados Unidos á principios del 
corriente. En tal virtud, el señor 
don Francisco Avendaño hará sus 
veces en lo sucesivo. 

El joven Fabián A. Pérez ha 
sido nombrado miembro honorario 
de la sociedad científico-literaria 
"La Esperanza." 

En su nombre, damos á dicha 
sociedad las más cumplidas gracias, 
por la honrosa distinción que se 
ha servido dispensarle. 



-X- 



''El Globo" de Guayaquil, al ha- 
blar de "El Ateneo," se expresa 
en los siguientes términos: 
"Hemos leído con agrado el primer 
número de "El Ateneo Centro- A- 
mericano," órgano de la sociedad 
científico-literaria del mismo nom- 
bre que se fundó hace poco en la 
Capital de Guatemala. 



"A juzgar por los bien escritos 
artículos que trae dicha publica- 
ción, no vacilamos en afirmar que 
aquel simpático Centro será, dentro 
de poco, motivo de gloria para sus 
fundadores y orgullo para Centro- 
América." 

Agradecemos al apreciable cole- 
ga ecuatoriano, los benévolos con- 
ceptos con que se ha dignado favo- 
recernos. 

-X- 
■vi- ir 

Habiendo tenido que ausentar- 
se de Guatemala el Vice-Presiden- 
te don Joaquín Méndez, "El Ate- 
neo" tuvo á bien nombrar redactor 
de este periódico al socio don Car- 
los A. García. 



Agradecemos á los agentes de 
Jutiapa y Amatitlán don Zeneido 
Vela y don Alberto Solares respec- 
tivamente, el entusiasmo y activi- 
dad que han demostrado en bien 
de nuestra sociedad. 



El señor Doctor don Ramón 
Uriarte se ha servido obsequiar al 
"Ateneo" con el primer tomo de 
la "Galería Poética," que desde ha- 
ce algún tiempo está escribiendo. 

En nombre de la sociedad, dá- 
mosle las gracias al Dr. Uriarte. por 
su importante obsequio. 

■K- ^ 

Es inexacto que la Mesa Di- 
rectiva del "Ateneo" no haya que- 
rido insertar en las columnas de 
este periódico el artículo del señor 
Méndez, que apareció en "El Día" 
del jueves pasado. 

Como el número próximo del; 
"Ateneo" será dedicado á la me- 
moria de Esmeralda y de Juan| 
Francisco Rodríguez Méndez, lí 
Mesa pensó que sería mejor y rnáí 
oportuno reservar su publicaciói 
.para entonces. 



"^Q^Q ^ Guatemala. 15 de agosto de 1888 



Núm. 8. 




PÜBLICACIOK QUINCENAL. 
ÓRGANO DE LA SOCIEDAD LITERARIA DEL MISMO NOMBRE. 



SL ATENEO. 



El 2 del .corriente, "El Ate- 
neo" celebró la sesión pública 
(jue había acordado en honor á la 
memoria de la poetisa cuscatle- 
ca Ana Dolores Arias y del bar- 
do guatemalteco Juan Francisco 
Rodríguez Méndez. 

Hicieron uso déla palabra los 
señores Hernández Blanco, Juan 
M. Cuellar, Manuel Coronel 
Matus, Enrique Pinel, Francis- 
co Quinteros, Javier Ortíz, Ma- 
nucT E. Ve^a, Félix A. Tejeda y 
Próspero Morales. 

El Sr. Presidente Uriarte, en 
uso de las facultades que la mis- 
ma sociedad le confiriera en una 
de las sesiones que celebró al 
principio de su fundación, ha- 
bía designado como tema para 
la velada que tendrá lugar el 
jueves próximo, el elogio al de- 
creto emitido por la Asamblea 
de Costa-Rica, en que faculta al 
Ejecutivo de aquella República 
para celebrar tratados de Unión 
con los demás estados de Cen- 
tro-América; pero en la reunión 
privada del seis del corriente, á 



iniciativa del socio Hernández 
Blanco, á quien apoyó el señor 
Coronel Matus, "El Ateneo** 
dispuso cambiar el tema antes 
indicado, por creerlo contrario á 
lo que dispone el artículo 3? de 
los estatutos de ia asociación; y 
al efecto nombró al señor don 
Fabián A. Pérez para que pro- 
nunciase el discurso oficial. 



DISCURSO 

PRONUNCIADO POR EL SOCIO DON 

ENRIQUE PINEL. 

Señores: 

Se me ha conferido el honrosísi- 
mo cargo de hacer uso de la pala- 
bra en esta solemnidad fúnebre. 

Siempre he lamentado con hon- 
da pena la debilidad de mis fuer- 
zas intelectuales: pero con más jus. 
to motivo hoy que, por benévola 
designación, me veo llamado á m- 
terpretar las ideas y los sentimien- 
tos de una colectividad coropu«ta 
de jóvenes ¡lustrados, en ocasidn 
solemne en que tantos conceptos, 
tan elevados y conmovedores, en 
que armonías tan delicadas ha 
arrancado la lira centro-amencana 



H 



El Ateneo Centro americano. 



para dedicarlas á la memoria de 
nuestros insignes poetas Ana Do- 
lores Arias y Juan Francisco Ro- 
dríguez Méndez. 

No es ya tiempo de declinar 1» 
distinción de que he sido objeto, ni 
pudo serlo antes tampc>co; porque 
tratándose de honrar la memoria de 
aquellos que han dado renombre á 
nuestra literatura y que constitu- 
yen verdaderos timbres de gloria 
para la Patria, á ningún amante de 
las letras !e es lícito rehusar el con- 
tingente de su palabra, por humil- 
de y pobre que sea; y he aquí espli- 
cada la causa de que yo ocupe hoy 
esta tribuna, en modesta alterna- 
tiva con inteligencias superiores. 

¡Grande es la significación que 
encierra el acto grandioso en que 
hoy nos encontramos; y entraña una 
enseñanza profunda, que no debe 
olvidarse! 

"Honrar la memoria de nuestros 
sabios, ha dicho uno de nuestros li- 
teratos: tributarles el homenaje de 
gratitud á que se hayan hecho 
acreedores: ensalzar y bendecir su 
nombre, para enseñarle á pronun- 
ciar con respeto y veneración á las 
edades venideras, es un deber de 
todo pueblo civilizado, que estima 
en algo el timbre de sus glorias, 
que no es otra cosa que el reflejo 
de la gloria de sus grandes hombres 
en los anales de su historia." 

En efecto, las fiestas con que los 
pueblos conmemoran la muerte de 
sus sabios, y de todos aquellos que 
han enriquecido su literatura, su 
teatro, su parnaso, sus ciencias, sus 
artes, su vida intelectual y social, 
están, para las personas de corazón, 
llenas de nobilísimo interés moral, 
por el entusiasmo que dejan en to- 
dos los corazones, por la luz que 
derraman en todas las conciencias, 
por el estímulo que despiertan en 
todas las aspiraciones, por las legí- 
timas humanas glorias que traen al 
recuerdo y por la significación que 
inspiran á la vida contemporánea. 



'■El Ateneo Centro-Americano,'' 
compuesto de una juventud que se 
inspira en todo lo que es grande y 
generoso, no ha podido ser indife- 
rente ante la prematura muerte de 
la simpática alondra cuscatleca, y 
del infortunado poeta áltense, y ha 
dedicado, como una merecida ova- 
ción á sus méritos, esta manifesta- 
ción pública de duelo. 

¡Humilde, pero elocuente es la 
ofrenda! Ella expresa el amor y la 
veneración que esta naciente socie-^ 
dad consagra á los que han cultiva- 
do con entusiasmo y decisión nues- 
tra literatura, y la han enriquecido 
con sus esfuerzos y obras. 

El nombre de Ana Dolores Arias 
figura desde hace muchos años en 
la lista de los poetas salvadoreños,, 
entre los cuales es una preciosa y 
reconocida gloria. 

Vio por primera vez la luz el 26 
de julio de 1859, t>ajo un cielo ex- 
píen dido y risueño, vivificado por 
un sol de fuego, en las agrestes ri- 
veras del pintoresco lago, conocido 
con ^1 nombre de Ilopango. Coju- 
tepeque, patria de Delgado, Barrie- 
re y del desgraciado Cabrera, fué 
también la tierra afortunada que 
produjo á nuestra inspirada y sen- 
tida poetisa. 

El nombre que le dieron fué co- 
mo precursor del destino adverso, 
que marchitó en lo sucesiv^o una á 
una, las flores tempranas de su ilu- 
sión. 

Desde los primeros años de su 
juventud, llamóle la atención el en- 
canto secreto de ia poesía, de esa 
noble expresión de la vida del al- 
ma, trasfigurada entre los resplan- 
dores de la ilusión en el cielo de la 
fantasía! Amó ese estado, buscó 
con ansia sus impresiones, y la pers- 
pectiva del campo, la .naturaleza 
expléndida y animada de su suelo, 
los goces reservados del corazón, 
la suave melancolía del amor, los 
afectos puros de la amistad, todo 
contribuyó á que brotara ia chispa 



Ejl^Ateneo Centro-americano 



del genio que se h 
en su mente. 

Apesar de no contar con 



aba encerrado 
bastan- 



tes elementos, su madre amorosa, 
no omitió medio alguno para pro- 
porcionarle una educación intelec- 
tual casi completa, adquiriendo los 
conocimientos literarios indispensa- 
bles. 

Poeta de corazón y por senti- 
miento, escribió cuanto sintió, y lo 
hizo porque necesitaba dar expan- 
sión á su alma, por dar pávulo á su 
corazón, cantando siempre, en me- 
dio de las lágrimas, á todo lo gran- 
de y todo lo bello, sin ir en busca 
del aura popular, sin lanzar sus pro- 
ducciones tras un aplauso ó una fe- 
licitación. 

Hermosa y llena de todos los 
atractivos de la mujer, ilustrada, in- 
teligente, dotada de un espíritu ac- 
tivo y modesta hasta el exceso, era 
una verdadera joya de los salones: 
admirada y respetada por todos, 
ijuerida con entusiasmo por sus 
amigos, vivió para hacer la felici- 
dad de cuantos la rodeaban, y dar 
con sus producciones literarias, be- 
llas y gloriosas páginas á la historia 
de la naciente literatura nacional. 

Su retrato más exacto, como ha 
dicho Joaquín Méndez, lo hizo ella 
misma cuando dijo que era 

Tna sensitiva endeble 
í '««nn <le un la«iO nacidü.» 

Su al niel era, en efecto, toda ter- 
nura y sentimiento, su corazón de- 
licado como una sensitiva, que llo- 
raba al ver morir un pájaro, que se 
entristecía al contemplar una flor 
mustia y pisoteada. . . . 

Por mucho tiempo vivió su nom- 
bre ignorado en la oscuridad, por 
muchos años pasó desapercibido. 
Sus primeros versos aparecieron en 
'*La Esperanza," periódico de Co- 
iutepeque el año de 1880, dedica- 
dos al recuerdo de Delfina Moran, 
una de sus mejores é íntimas ami- 



el pseudónimo 



gas, y firmados con 
de Esmeralda. 

Todos los amigos de las letras, 
y que deseaban de veras el engran- 
decimiento, tomarán un empefio en- 
tusiasta y decidido en averiguar 
quien era la modesta poetisa que 
cantaba la muerte de una virgen en 
estrofas tan tiernas y sentidas. 

Su noble curiosidad fué infr.;c 
tuosa, hasta que *'La Juventud,'* 
importante revista literaria de San 
Salvador, descorrió el velo de aquel 
pseudónimo, interesada como fué 
siempre, en dar á coYiocer las pro- 
ducciones de talentos nacionales. 

Desde entonces publicó numero- 
sas poesías, que recogían con avi- 
dez los periódicos y que leía el pú- 
blico con agrado é interés. **E1 
Gimnacio," '*E1 Cuscatleco/' **La 
Linterna," ''La Juventud," **La 
Esperanza," ''La Palabra" y otros 
periódicos de el Salvador, lo mis- 
mo que muchos de las demás repú- 
blicas del Centro y Sur de la Amé- 
rica, han hermoseado sus columnas 
con las bellísimas composiciones de 
Esmeralda. 

Sus versos todos están revesti- 
dos de una sencillez y una dulzura 
que encantan: todos respiran ese 
sentimiento delicado y triste de las 
almas que sufren, y están impreg- 
nados de cierta dulce melancolía. 
que revela sin afectación ni enojos, 
con suspiros que sollozan y que im- 
ploran. 

Admira y conmueve al mismo 
tiempo, y con razón: encanta con la 
duzura, atrae con su sensillcz, in- 
fantil, seduce con lo armonioso de 
la rima, y conmueve con la ternu- 
ra exquisita y delicada de sus sen- 
timientos, dejando en nuestro áni- 
mo por su colorido, impresión dul- 
císima, como las flores que al to- 
marlas nos dejan el suave polvillo 
de su polem, y por su esencia de- 
lectación infinita al aspirar esc aro- 
ma inefable y sin nombre quebró- 
ta de la verdadera poesía y que su- 



ii6 



El Ateneo Centro-americano. 



pera á los más ricos perfumes de 
los prados. 

La cuerda más sensible de su li- 
ra fué la de la amistad. Amaba con 
delirio, con adoración á sus amigas, 
y habían llegado á formar en su vi- 
da una- de esas dulces costumbres 
sin las cuales parece que ya no se 
podría vivir, porque son lazos que 
nos unen tan estrechamente á la 
tierra, que nos hacen amarlo todo, 
y verlo de color de rosa, como los 
primeros sueños de la juventud. 

Por eso en una de sus mejores 
composiciones, titulada Mis triste- 
zas, la oímos exhalar quejas tan 
tiernas como éstas: 



I. 



Es de la tarde el postrimer momento: 
Gimen las aves y suspira el viento, 

La noche empieza ya; 
Es la hora en que mi espíritu agobiado 
Por los gratos recuerdos del pasado 

Languideciendo va. 

Es la llora misteriosa del encanto, 
De infinitas tristezas y de llanto 

Y deliquios de amor; 

En que incierto vagando el pensamiento, 
Parece adormecido el sentimiento 

Y olvidado el dolor. 



Hoy solitaria, silenciosa y triste 
Recuerdo á mi Delñna que no existe... 
Que nunca olvidarél 

iVyer en fin el alma enardecida 
Soñaba un paraíso do la vida 

Pasara sin sentir; 
Y hoy que ya poco á poco languidece. 
Ni glorias, ni venturas apetece 

¡Es triste así vivir! 



Hoy sus armonías han cesado: 
su lira ha de^-aparecido, y los can- 
tos de la bella poetisa se han con- 
fundido con el polvo del sepulcro! . . 

Pasó delante de nosotros rápida 
como el vuelo de la golondrina, im- 
palpable como el perfume, en bus- 
ca de su patria, el cielo, porque ahí 
no más se encuentra la eterna rea- 
lización de nuestros sueños de ven- 
tura! 

La sensitiva que era ayer gala de 
nuestro campo intelectual ha ple- 
gado y escondido sus hojas! .... 
Aquel corazón que inspiró tan sen- 
tidos versos, duerme en sueño eter- 
no, bajo la fría losa del sepulcro!.. . 



i 



Reina el silencio. La ciudad dormita. 
¡Solo en mi pecho sin cesar se agita 

De fuego un corazóiil 
¡Un corazón que lucha y siente tanto 
Al ver desparecer el dulce encanto 

De plácida ilusión. 



11. 



•Como la noche que enlutado velo 
Tiende en la tierra y nos oculta el cielo 

Tras densa oscuridad; 
Así tendió su manto la tristeza 
Sobre este corazón que á amar empieza 

La negra soledad! 

Ayer no más, alegre y bulliciosa 
Cantaba de mi infancia venturosa 

Las horas de quietud; 
Hoy como el ave entristecida canto 
Y se marchita y languidece en tanto 

Mi ardieiite juventud! 

Ayer vivía en plática sabrosa 
Xi nida con la amiga cariñosa 
Que ciega idolatré: 



Si la muerte de un amigo es mo- 
tivo de justo pesar, si siempre es 
triste que sucumba una persona 
á quien tenemos cariño, io es 
con más justicia tratándose de dos 
ingenios, que eran títulos de gloria 
para las letras nacionales, y que 
han muerto en la primavera de la 
vida, cuando la Patria todavía es- 
peraba mucho de sus talentos. 

¡Por eso el **Ateneo Centro-Ame- 
ricano," deplora con justo duelo la 
temprana desaparición de Ana Do- 
lores Arias y Juan Francisco Ro- 
dríguez Méndez! 

Aunque estamos convencidos de 
que todo dentro del tiempo pasa: 
que la vida asoma un momento pa- 
ra dar en la tumba, como el río en- 
vía sin cesar sus aguas, y el mar las 
sepulta en su seno; no pode- 
mos menos de pensar que la 



i 



El Ateneo Centro-amer i cano. 



muerte se goza en cortar las cabe- 
zas que encierran hermosas ideas, 
l^ensamientos grandes, y en apagar 
los corazones que abrigan bellos y 
generosos sentimientos! .... 

Tócanos ahora recoger lo que es- 
cribieron y conservarlo como un 
legado precioso, que representa no 
solo lo que nos dieron, sino lo que 
nos habrían dado; y sus bellas pro- 
ducciones nos servirán como un di- 
vino consuelo, como una suprema 
esperanza, y será el verdadero mo- 
mento que les asegurará la admira- 
ción, el respeto y las simpatías de 
todos los amigos de las letras y de- 
fensores del adelanto de nuestra 
Patria. 

Sus nombres vivirán en la vene- 
ración de los recuerdos, en la reli- 
gión de los espíritus patrióticos; y 
ellos, purificados de las pasiones 
que enervan, por la muerte que los 
aleja de los egoísmos de esta in- 
terminable lucha, sobre las alas del 
genio, y bañados en la envidiable 
aureola de la virtud y de la inmor- 
talidad, vendrán á consolarnos, lle- 
nando de luz nuestras conciencias, 
y de esperanzas nuestros anhelos. 

He dicho. 
Guatemala, 2 de agosto de 1888. 



LA poesía. 

la seníída luerte U Ana Dolores Arias j Juan 
Francisco Rodripez Méndez, 

i'OETAS DE Ckntro- América. 



La poesía es el aliento 
De la suma Omnipotencia, 
Que embalsama la existencia 
Con auras del firmamento; 
Luz que titila en el viento 
Y en la bóveda azulada, 



Como lámpara sagrada 
Del gran templo universal; 
Divina flor sideral. 
Por Dios mismo alimentada. 

En los antros del espacio 

Se condensa y se dilata, 
Como hirviente catarata 
De ópalo, grana y topacio. 
La hallamos en el palacio 
De los soberbios señores, 

Y de inocentes pastores 
En la dichosa cabana, 

En el valle, en la montafta, 
En las selvas y en las flores. 

Ella presagia la calma 

Y la dicha al corazón, 
Dando vida á la ilusión 

De que se alimenta el alma; 
Es flébil, florida palma, 
Símbolo de la inocencia. 
Que en el mar de la existencia 
Torna las pesadas brumas, 
En blanquísimas espumas 
De divina trasparencia. 

Como la verdad increada 
De lo sublime y lo bello: 
Como el fúlgido destello 
De la suprema mirada. 
La vemos de la alborada 
En los tibios resplandores, 
Cuando hablan de sus amores 

Y gorgean dulcemente, 

A orillas de limpia fuente, 
Los modestos ruiseñores. 

Surgió del caos proflfttíl^ 
Aquella esencia divina 
Como maga peregrina 
Para embellecer el mundo. 
Eterno germen fecundo 
De aliento, de vida y luz, 
Descorre el negro capuz 
Del dolor y del martirio: 
Ella es en Safo, delirio, 
La redención en Jesús. 

Es Guttemberg inventando 
El ariete poderoso 
Oue del fanatismo odioso 



ii8 



El Ateneo Centro-americano. 



El velo sigue rasgando. 
Es Galileo enseñando 
Que la tierra hacia el Oriente 
Se mueve continuamente; 

Y es el genio, sin segundo, 
Que dio redondez al mundo 
Descubriendo un continente. 

Desde Isaías á Homero, 
Desde Homero á Castelar, 
La hemos visto iluminar 
De las almas el sendero. 
Como abundante reguero 
De ciencias, artes y gloria. 
Embelleciendo la liistoria, 
Es en Mont Vernón, civismo, 
En Las Cruces, heroismo 

Y en Ayacucho, victoria. 

En la paz como en la guerra 
La poesía es quien imprime 
La expresión de lo sublime 
Sobre la faz de la tierra. 
El todo en ella se encierra, 

Y el porvenir diviniza 
Con su hechicera sonrisa, 
Porque del templo sagrado 
De un más allá suspirado, 
Ella es la sacerdotisa. 

Es Víctor Hugo que implora, 
En dulce meditación. 
De una virgen '^LA ORACIÓN 
Por todos" en esa hora 
En que el crepúsculo llora 
Sobre la tumba del día, 
Cuando la noche sombría 
Sobre el mundo, silenciosa, 
Tenue, vaga y misteriosa, 
Su regio manto deslía. 

En Esmeralda es ternura 
Que no cede al sufrimiento. 
Porque no alcanza el tormento 
A doblegar su alma pura. 
Domina desde su altura 
Los negros antros del mal; 

Y por lo bello y lo ideal 
Son sus canciones dolientes, 
La música de las fuentes 
En una noche estival. 



En Rodríguez es la queja 
Profundamente sentida 
Ante la tumba querida 
Que en triste horfandad le deja; 

Y cuando de ella se aleja 

Y abandona su bajel 
En un piélago de hiél. 
Es de su dolor el eco 

En su canto ''a UN ARBOL seco" 
De su suerte. . . .imagen fiel. 

¡Oh tú juventud querida 
Que de ambos poetas lamentas 
La pérdida. . . . ! hoy te presentas 
De fraternidad henchida: 
Sigue esa senda florida 
Del bello ideal de la UNIÓN 
Que aconseja la razón; 
Reniega del localismo.... 

Y en la luz del patriotismo 
Inflama tu corazón. 

Guatemala, 2 de agosto de 1888. 

Manuel E. Vega. 



LA MUERTE DE UNA POETISA. 



Siempre es motivo de justo due- 
lo el fallecimiento de un amigo, pe- 
ro lo debe ser con más razón cuan- 
do se trata de una persona que no 
sólo ennoblecía á la amástad, sí que 
también honraba al país que la vio 
nacer. Ayer recibí un telegrama de 
San Salvador, y dice esto: 

**Hoy falleció nuestra excelente 
amiga la sensible. '^Esmeralda." 

¿Quién es Esmeralda? Es el pseu- 
dónimo de Ana Dolores Arias; una 
poetisa salvadoreña, en quien la 
sensibilidad más delicada se tradu- 
cía en acciones nobles y bellas, no 
menos que en versos suavísimos, 
tristes, sentidos. Contaba seis lus- 
tros. Aunque ella era pobre, su 
educación intelectual era casi com- 
pleta. Instruía á la juventud y á la 



El Ateneo Centro-americano. 



niñez. Vivía cerca de las riberas 
del Ilopango, lago de nombre feo, 
pero uno de los mejores paisajes 
centro-americanos. Su retrato más 
exacto lo hizo ella misma cuando 
(lijo que era 

Una sensitiva endeble 
Cerca de un lago nacida. 

Parecía, efectivamente, que Es- 
mcralda había realizado aquellk 
máxima de Víctor Hugo: "si eres 
'iedra, sé diamante; si eres planta, 
.>c sensitiva: si eres hombre, sé 
amor." , 

Era su alma cristalina, diáfana, 
clarísima, como el carbono puro de 
Golconda que refracta la luz. Era 
cntidora, como la púdica mimosa 
(|ue ph'ega sus hojas al menor cho- 
lue, al paso de una nube, á la re- 
'crcusión de un ruido, ó las cierra 
cuando viene la noche, para abrir- 
las de nuevo al asomar el alba. Era 
toda amor, como soñaba el gran 
poeta los corazones verdaderamen- 
te humanitarios. 

Por eso aquella alma buena se 
exhalaba en quejas tan dulces co- 
mo éstas: 

Mis ilusiones primeras 
Fueron purísimas flores 
De unas mágicas praderas 
Que las tempestades fieras 
Xo turban con »us rigores 



Fueron brisas perfumadas 
De melódicos rumores, 
Fueron ninfas encantadas 
En alcázares de flores 

Y del sol enamoradas. 

Fueron del blando arroynelo 
El murmurio misterioso, 
Hadas que emprenden el vuelo 

Y un suspiro lastimoso 
Xos envían desde el cielo. 

Rájíidas exhalaciones, 
Sonidos que se extinguieron 

En las etéreas región es 

Ay! eso tan sólo fueron 
Mis primeras ilusiones! 

Pobre Esmeralda! En el drama 
de la vida, era algo como Ofelia en 



el drama del poeta inglés. Sufría 
porque era buena y compartía el 
dolor con cuantos padecían: era co- 
mo dice Becquer, 

Como la brisa que la san^^re orvt. 
Sobre el revuelto canijx) de UtalU. 
Cargada de perfumes y aniionÍM 



Ella había amado como puede 
amar un lirio. Había tenido la suer- 
te de que la comprendiera otro 
poeta, como ella joven, y como ella 
amante de lo bello. Hay en esos 
amores un idilio que termina con 
un drama. ¡Quién fuera poeta para 
cantarlos! Es asunto para un poe- 
ma esa historia que sabemos cuan- 
tos les queríamos á ambos. El de- 
cía lespecto de ella: 

Sus labios para mí vertieron luieleí*. 
Y hermanos en el arte y en la patria. 
Juntos cantamos y sintiendo juntas 
La ndsma nota estremeció la>* arp»*». 

La ausencia se interpuso entre 
ambos: él hubo de trasladarse á 
Guatemala para hacer una carrera 
científica; ella le aguardaba: pero el 
poeta enfermó aquí, y se le condu- 
jo á un lazareto de xariolosos cuan- 
do la epidemia diezmaba á la po- 
blación. Una mañana de Setiem- 
bre de 1885, '^ encontraron muer- 
to junto á la puerta del lazareto: 
el águila agonizante había pujjnad*» 
por escaparse, pero la vida habíale 
íaltaHo. ¡Qué cuadro para un pin- 
cel, qué situación para una lira! 
El golpe se completa al recibir 
ella el telegrama de la muerte del 
bardo, mientras se hallaba en un 
baile campestre con las amigas de 
su infancia. . .. 

Quizás la cantora presentía tan 
rud'o desenlance: al hablar de estas 
compañeras de su niftez, á quienes 
amaba entrañablemente, les hada 
esta confidencia: 

Cuando en la.* l:«r i- - 
■ El sol ileolina 
Hacia el ocaso 
Para morir, 



120 



El Ateneo Centro-americano. 



También mi frente 
Mustia se inclina; 
Que acaso mi alma 
Debe sufrir! 

Pero ya no ha de padecer nuevos 
dolores. Ya está su corazón bajo la 
piedra tumular. Si el mío alberga- 
ra esperanzas tan consoladoras co- 
mo las que Esmeralda tuvo en vi- 
da, yo le consagrara como elegía 
estos lindos versos de la composi- 
ción que ella dedicó á la muerte 
de una de sus amigas: 

Yo no vi (le tus púdicos ojos 
Para siempre extinguirse la luz, 
Ni en la tumba do están tus despojos 
He podido poner una cruz. 

Tu sepulcro, llorando quisiera 
De inmortales y rosas regar, 

Y que un ángel del cielo viniera 
Ese asilo de paz á cuidar. 

Mas al cielo mis férvidas preces 
Desde lejos elevo por tí, 

Y gimiendo recuerdo las veces 
Que te he oído cantar junto á mí! (*1 

Yo abrigo y acaricio en mi co" 
razón recuerdos y deseos como és- 
tos, pero ya no las creencias que 
Esmeralda guardaba en el suyo, 
como la tuberosa su fragancia. Co- 
mo amigo y admirador de ella, he 
debido deplorar su temprana muer- 
te, por la cual está de luto la musa 
centro-americana. 

He escrito, pues, estas líneas ins- 
piradas por su memoria, no menos 
que por la impresión dolorosa que 
me ha causado con su telegrama mi 
amigo Manuel Barriere, á quien le 
ruego desde aquí recoja los versos 
de Ana Dolores Arias y los publi- 
que en una esmerada colección, en 
la Imprenta Nacional, con un pró- 
logo de Joaquín Aragón ó Vicente 
Acosta. El día que salga el primer 
ejemplar, espero otro telegrama de 
Barriere; y desde luego, deseo que 



yo pueda entonces exclamar: la 
electricidad me participó su muer- 
te, y hoy me anuncia su inmorta- 
lidad! 

Guatemala, Julio 5 de 1888. 

J. MÉNDEZ. 



COMPOSICIÓN 

leída en el "Ateneo Centro- Americano" en honor de 
poetas Rodríguez Méndez y Esmeralda. 



(*) Léanse sus versos en la "Guirnalda 
Salvadoreña," especialmente los intitula- 
<los "Mis tristezas." Deja también mucho 
inédito. 



La muerte" es el principio út- 
la vida, porque ella es el origeii 
(le una vida superior. 

Verffniaiul. 

Luto y pesar! El corazón herido 
Al recuerdo solloza del que amó, 
Es que lleva latente en cada fibra 
La fúnebre tristeza del panteón. 

Cruzan ideas por la mente inquieta 

Y oculta el pecho respetuoso amor; 
Sentimiento que pasa de la tumba 

Y es himno universal, es oración. 

Llorar! Debemos abundoso llanto 

Derramar, agobiados de dolor. 

Cuando el ser por la muerte arrebatado, 

Nuestro amor o respeto mereció. 

Muy justo es el dolor: es sentimiento 
Que desborda en su angustia el corazón: 
Plegaria que se eleva á lo infinito 

Y acoge con amor el mismo Dios: 

El incienso que lleva de las almas 
El alma que ;1 otra vida renació: 
Lo mas noble y más puro de este mundo. 
Única ofrenda digna del Creador. 

La tumba es el silencio. La materia 
Sufre allí su especial transformación: 
El alma, libre de la estrei^ha cárcel, 
Del centro universal camina en pos. 

Allí descansa de la ruda lucha^ 
Que en el valle mundano desafió: 
Parte de la esencia de Dios mismo 
Vuelve á su centro, v reconoce á Dios 



Felices seres que dejáis el mundo 
Donde las dichas el dolor nubló, 
Y traspasando incógnitas regiones 
Dejáis de gloria el vivo resplandor. 



:lLálÍ^5£_CENTR0-AMERlCAN0. 



i2r 



^ .i.íiíír^- ^Y"^""^ ^"^ P"^«^is la lira 
\ 'luis al viento su armonioso son- 
\ 08¡Hro8 que lloráis con lo infinito, 
«^ Uama el infinito con amor. 

Vosotros que lleváis dentro del pecho 
¡joles de sentimiento en ignición ^ 
vosotros que brindáis en armonías 
< onsuelos inefables al dolor; 

Vosotros habitantes de este mundo 
Uue tenéis el poder de la intuición; 
Vosotros que leéis en lo absoluto 
IM, infinita verdad, la ley de Dios: 

Vosotros HÓis dichosos, yo os envidio! 
Iat)itai8 un palacio de esplendor- 
La vida universal es vuestra uida, 
La ffloria sempiterna es vuestro honor. 

liodríízuez! Esmeralda! sois felices! 
I rnéiH al firmamento por mansión; 
Las lumbres inmortales de los astros 
I -es dan H vuestras vidas su fulgor. 

^ Iji lira que ]>ulsabáÍ8 en la tierra 
Cant/j tristezas, devoró aflicción; 
Kota (MI la tunjl)a renació sublime 

V alcíinto universal su voz unió. 

Vuestros nombres son hijos de la fama; 
1 >e la patria y las letras son honor: 

< iuatemala se inclina en una tumba ' 

V llora en otra tumba el Salvador. 

< tiiateinala, 2 de agosto de 1888. 

Félix A. Tejeda. 



DISCURSO 

PRONUNCIADO POR EL SOCIO DON 

FRANCISCO QUINTEROS. 



No vengo á cantar las hazañas de 
un guerrero, ni las virtudes de un 
sabio. No. Vengo á llorar con voso- 
tros la muerte de dos de nuestros 
más sentidos é inspirados vates. 
Vengo á prorrumpir con vosotros 
en quejas á la suerte que despiada- 
da, nos arrebata en mitad de su 
existencia dos aves canoras, dos 
poetas! 



fr. f ^'"'.'^°' "^^ ^""^ '^^^«-as en Ccn- 
tro-America estamos de luto. Dolo- 
'^^^"^S'l^ ''Esmeralda" salvado- 
reña, ha precedido en la tumba á 
Juan Francisco Rodríguez Méndez, 
el cantor de las tristezas, el escép. 
tico cantor de los dolores. 

La Parca ha arrebatado hacia el 
sepulcro dos inteligencias que se 
remontaban en su vuelo á los es- 
pacios do habita la inspiración; que 
tan luego tomaban el laúd y se que- 
jaban del destino, como pulsaban la 
armoniosa lira y cantaban las glo- 
rías de la Patria. 

Ana Dolores Arias, nacida en Co- 
jutepeque el 26 de julio de 1859, 
recibió en sus primeros años una 
esmerada educación, debida á los 
desvelos y cuidados de una amoro- 
sa madre que no omitía sacrificio 
alguno para dotar á su hija de ¡lus- 
trados conocimientos. 

Sus primeros años los pasó en al- 
gunos colegios de San Salvador, 
donde á la par que adquiría un ex- 
quisita educación, desarrollaba esc 
caudal de sentimientos con que la 
pródiga naturaleza la había favore- 
cido. 

Amante de las letras, cultivaba 
relaciones de amistad con varios 
poetas de aquella sección de Cen- 
tro-América y entre otros, con Ra- 
fael Cabrera, á quien confidencial- 
mente enseñaba sus producciones 
que aquel criticaba sin pasión y elo- 
giaba sin lisonja. 

Antes de 1880, nadie sabía que 
bajo el modesto carácter de Direc- 
tora del Colegio de Cojutepeque se 
encerraba un corazón impresiona- 
ble, un sentimiento delicado, una 
alma virtuosa. Pero la inesperada 
muerte de la joven Delfina Moran 
la vino á sacar de su mutismo y la 
decidió á co'ocar en la tumba de su 
amiga, una corona de "inmortales y 
rosas." 

Después de esta época, escribió 
en la "Esperanza," periódico que se 
editaba en Cojutepeque, y modesta 



122 



El Ateneo Centro-americano. 



como siempre, firmaba con el pseu- 
dónimo de ''Esmeralda." 

Sus composiciones ''Mis prime- 
ras Ilusiones," "Recuerdos de mi 
infancia," "Mis tristezas," "A una 
condiscípula" y "A la luna," han 
visto la luz pública en la "Guirnal- 
da Salvadoreña," "La Juventud" y 
otros periódicos del Salvador. 

Como si el destino la hubiese 
avisado misteriosamente su prema- 
tura muerte, la poetisa cuscatleca 
se apresura á dejar el mundo lite- 
rario las bellas composiciones que 
antes he citado. Joven aún pues no 
contaba más que 29 años, no cum- 
plidos, desciende al sepulcro dejan- 
do un vacío difícil de llenar. 

Juan Francisco Rodríguez Mén- 
dez, nacido en 1845, era hijo de la 
ciudad de Quezaltenango y tuvo la 
desgracia de perder á su padre 
cuando aún era niño, cuando aún 
no había tropezado con los escollos 
que se encuentran en el tempestuo- 
so mar de la existencia. 

La soledad de sus primeros años 
formó en él ese carácter sarcástica- 
mente escéptico que le hace excla- 
mar con el poeta mexicano: 

^'Que carnaval tan triste el de la vidal 
^Que consuelo tan dulce el de la muertel" 

Rodríguez Méndez, como Plaza, 
vive decepcionado de la vida, "lla- 
ma á los muertos sus amigos y les 
llama á los vivos sus verdugos," co- 
mo Fígaro, esconde el dolor y las 
lágrimas en su corazón y enseña al 
mundo esa risa que conmueve, que 
produce llanto. Como Plaza vive 
triste, descreído, aislado y como él, 
no conoce la Esperanza, no cree en 
nada, no ama á nadie. 

Los desengaños le arrancan las 
fibras del sentimiento, matan sus 
creencias y le hacen exclamar: 

«¡Ni aún en la paz de los sepulcros creo... I» 

Rodríguez Méndez nació con un 
filma impresionable por lo grande 



y sensible por lo bello. Poeta de 
inspiración natural, hizo versos sin 
imitar á los clásicos ni tomar á na- 
die por modelo. Cantó porque sen- 
tía. Lloró porque necesitaba derra- 
mar á raudales esas lágrimas que 
no podía contener porque le aho- 
gaban. 

A una fluidez admirable, unía una 
imaginación calenturienta y una 
difícil facilidad para la improvisa- 
ción. 

Los desengaños que sufrió en su 
vida y las insuperables dificultades 
que halld en su camino le impidie- 
ron concluir su carrera literaria; 
pero era suficientemente instruido y 
calígrafo sin competencia. 

Rodríguez Méndez deja algunas 
composiciones inéditas, últimos 
ayes de un ave herida en su vuelo. 
Dolorosas y plañideras notas que 
brotan lentas y sentidas de aquel 
arpa que agoniza y que se pierden 
entre el ensordecedor bullici») de 
este mundo, que no tiene para el 
que muere un ¡ay! de consuelo, una 
lágrima, un suspiro! 

Cuando un acontecimiento gran- 
de se celebra en su Patria, Rodrí- 
guez Méndez alza su poderosa voz 
y canta á la fama, á la gloria, á la 
libertad y unionista cual el que 
más, suspira por ese ideal de los 
buenos Centro-Americanos y de su 
cerebro enfermo de inspiración, bro- 
tan sonoras y cadenciosas estrofas, 
que parecen dichas por un profeta 
de la antigüedad. 

Sus composiciones son de todos 
conocidas. La "Literatura Ameri- 
cana" las registra en sus páginas y 
"La Galería Poética" se enorgulle- 
ce de contar al autor de ellas entre 
los vates de la América del Centro. 

No parece sino que el que nace 
poeta nace con el sino de la des- 
ventura. Rodríguez Méndez vivió 
sufriendo y murió hastiado, como el 
que en la muerte espera algo dulce 
que mitigue esos acerbos dolores 
que no ha podido calrnar. 



El^Ateneo Centro-americano. 



Si á travez de la tumba se vie- 
ran las lágrimas y se oyeran los 
suspiros de los que le lloran, yo le 
diría: descanza en paz que tu me- 
moria vivirá eternamente en el co- 
razón de tus compatriotas. 

He dicho. 
riuatemala, 2 de agosto de 1888. 




LA 



YIDA. 
A la lemoria «leí ínfirtünado Vr te íentro-ameriGano 

.li \\ F. Rodríguez MÉXDKZ. 



r^Quc es la vida transitoria? 

Quimera, ilusión, no más; 
Es una hermosa mentira 

Que forjó la vanidad; 
Fuego fatuo, que se extingue 

En el espacio al cruzar; 
Sueño que en la cuna empieza 

Y acaba en la eternidad; 
El tibio aliento que exhala 

Un insecto al respirar; 
Nota que muere perdida 

Rodando en la inmensidad. 
Eso es la vida, que pasa 

Como meteoro, fugaz: 
Quimera, ilusión, mentira, 

Nada más! 

Guatemala, 2 de agosto de 1888. 
P. Morales. 



DISCURSO 

PRONl-NCIADO POR EL SOCIO DON 

JAVIER ORTIZ N. 



Se Ñor Preside ^¿U, séniores: 

Cumplo con la inmerecida y hon- 
rosa misión que se me encomendó 



de hacer el elogio fúnebre de 
de los poetas más inteligentes v 
mas desgraciados de la Améric'a 
del Centro: Juan Francisco Rodrí- 
guez Méndez. 

Nació en la ciudad de Quezaltc- 
nango el 16 de junio de 1848: hizo 
sus estudios en el colegio de Infan- 
tes de esta capital, entrando en ca- 
lidad de vequista el afio de 1861, 
bajo la protección del Canónigo 
don Manuel Cecilio Espinoza, Rec- 
tor de aquel Establecimiento. 

Infortunado desde sus primeros 
años, tubo que luchar contra nume- 
rosos obstáculos: durante su exis- 
tencia fué sumamente pobre. Pas<» 
su juventud desposeída de los atrac- 
tivos propios de ella. No obstante. 
estudió con utilidad humanidades. 
é hizo su educación sólo; más no 
pudiendo vencer su desgracia, hu- 
bo de abandonar su carrera de alio- 
gado que comenzara con brillantez 
y singular éxito, adquiriendo una 
educación tan delicada y exquisita 
que ni en sus momentos de infor- 
tunic perdió. 

Los literatos que por muchos 
conceptos se hacen acreedores al 
respeto y estimación de su patria. 
son con ligeras excepciones los se- 
res más desgraciados. 

Talvez entre nosotros no ten- 
gamos de ellas: el más grande y po- 
pular de nuestros poetas, Pepe Ba- 
tres Montúfar, es una prueba pal- 
pable de esta fatal verdad. 

Rodríguez como poeta fue inspi- 
rado: se tienen de el muy bellas y 
sentimentales producciones. En su 
"Serenata" es ameno, y se dístin- 
gue por sus descripciones animadas 
que producen con fidelidad la vida 
estudiantil en su "Excursión á Ch i 
nautla." En su poesía **A mi Ma- 
dre," tanto luce la maestria en la 
forma literaria, como los rasgos de 
magnífico sentimentalismo,lomismo 
que en su canto "A la Unión." "A 
orillas del mar" y una excelente imi- 
tación del célebre madrigal de Gu- 



124 



El Ateneo Centro-americano. 



tierrez de Jelina^'A unos ojos." En 
sus canciones, cuya música era 
también original, y que aún se can- 
tan con agrado, interpretó las pa- 
siones, las miserias y esperanzas 
populares. 

Fué un pendolista sin rival y su- 
artísticos y bellos trabajos, de ines- 
timable mérito, le hicieron acree- 
dor á varias condecoraciones y me- 
dallas honrosas de exposiciones na- 
cionales y extranjeras. Fué un com- 
pleto artista, poeta, cantor y músi- 
co, cuyo nombre guardarán eterna- 
mente las sagradas páginas del par- 
naso nacional. 

Ejemplos de fecunda inspiración 
los tenemos en esas numerosas 
producciones inéditas, dulces y fá- 
ciles creaciones in prontu con mo- 
tivo de festines ó celebraciones pú- 
blicas. 

Murió en el Hospital de esta ciu- 
dad el nueve de junio del corriente 
año, continuando hasta la tumba el 
desprecio de sus compatriotas, pues 
un periodista en esta Capital, se ne- 
gó á publicar un artículo dedicado 
á su memoria. 

Entre nosotros se miran con des- 
precio hombres que nos honran, 
seres que tal vez llevan dentro de 
sí, un tesoro inagotable de inspira- 
ción y de generosidad. No nos dis- 
culpará de esa criminal ingratitud 
el que suceda otro tanto en los de- 
más pueblos latino americanos y 
aún en España misma. Elévanse á 
hombres sin genio, sin instrucción, 
sin méritos y se escarnece á aque- 
llos que nos enseñan el decálogo 
de las libertades, la luz de la espe- 
ranza, el bien del porvenir, eleván- 
dose en el divino arte de Homero 
á la inmortalidad; haciendo inmor- 
tales á la vez á nuestros héroes y á 
nuestra Patria. 

Juan Francisco Rodríguez Mén- 
dez fué desgraciado toda su vida, y 
víctima de sus convicciones génui- 
namente liberales, fué despreciado 
porque jamás se humilló; sufrió con 



estoicismo su miseria, pero no adu- 
ló; arrastró, huérfano, sus pesares, 
sin pedir compasión al mundo: y 
sin esperanza ni en la paz de ultra 
tumba, repetía parodiando á Es- 
pronceda: 

"Ya ni en la paz de los sepulcros creo.» 

Dije/ 



FLORES SECAS. 



En polvo macilento convertidas 
Flores que un día con matiz brillante 
Adornaban el seno palpitante 
De la bella mujer que idolatré, 
Hoy son trasunto fiel de su hermosura, 
Triste recuerdo, imagen lastimera, 
De su esbeltez y gracia pasajera 
Que el tiempo ingrato marchitó también. 

Rebosantes de brillo y de frescura, 
Irisados de nítidos colores. 
Lucieron, orgullosos, los fulgores 
De una existencia efímera, infeliz: 
Así brilló, como creación divina 
(■ual esplendente albor de una mañana, 
Aquella niña encantadora, ufana. 
Velado aún su infausto porvenir! 

¡Cuánto tiempo ha pasado. . ! sus perfumes 
Se extinguieron por siempre en el vacío, 

Y su aspecto fatídico y sombrío, 
La vana sombra del pasado es! 
Talvez al darme flores, cariñosa, 

No pensó nunca, al contemplarlas bellas. 
En que marchita y pálida como ellas 
Se tornaría su beldad después. 

Las manos bendecidas de esos ángeles 
Cortan las flores sin temor ni pena, 

Y con delicia candida y serena 
En su pecho las miran espirar. 

Xo sospechan que tienen en la. vida 
Suertes iguales flores y mujeres: 
¡Unas de amor, de dicha y de placeres 
Que sólo ansian todos mancillar! 

¡Muy sencilla era entonces! no tenía 
Los agravios del tiempo ni del mundo; 
Solo sabía que un fervor profundo 
Le inspiraba brindarme alguna flor. 
Solo sabía comprender la frase 
Dulce y doliente del amor primero, 

Y adivinar mi goce lisonjero 

Allá en el porvenir do un casto amor! 



EL^A;rENEo Centro-americano. 



.Mas I»or quesorpreiidenae del destino 
( uando ini propio corazón ardiente 
ua exaltadas pasiones un torrente 
tioy ajrotaílo y pesárosla está? 
1^ a(juella inspiraeión que me animaba 
V iva y luciente como un sol de estío ' 
¿yo 80 apagó dentro mi cráneo frío, ' 
Astro 8in luz que ásu sepulcro va? 

¡Todo pasó: Xo volverán las flores 
A recobrar su aroma v gentileza 
J,! la.rnujer que amaba, su belleia, 
^ I mi oscura conciencia su quietud: 
¡Kn polvo V nada más todo se torna 
Bajo el sudario eterno del olvido: 
Kl corazón amante, el bien querido, 
•'"" "••'•<»«. i'\ amor, la juventud! 



Julio de 1888. 



Gabriei, 



PROLOGO 

DK LA SEGUNDA EDICIÓN. 



La primera edición de esta obra, 
caliñcada con mucha gracia, por 
cierto literato español con «el título 
de tnendozina, ó sea como coetánea 
de la primera imprenta que á Nue- 
va España trajera el sucesor de 
Hernán Cortés en el gobierno de 
México, don Antonio Hurtado de 
Mendoza, sirvió, no obstante, para 
dar á conocer, dentro y fuera de 
Centro-América, á nuestros mejo- 
res poetas, ofreciendo por primera 
vez al público, en ordenado con- 
junto, algunas de sus más escogi- 
das producciones. 

Diseminadas éstas, las unas en- 
tre los papeles viejos de algún ami- 
go del autor ó las olvidadas hojas 
de antiguos semanarios y las más 
felices, en los almanaques de Aré- 
valo y de Luna, no hubieran podi- 
do servir á los amantes de las be- 
llas letras, para formar criterio acer- 
ca del movimiento literario efec- 
tuado en esta región- del nuevo 
mundo, con posterioridad á la in- 
dependencia, sin haber sido, como 
fueron, oportunamente colecciona- 
das para honra de Guatemala. 



Tal fué el vacío que vino á llenar 
en la historia de la literatura 
americana, el aparecimiento de la 
CxALERiA Poética. En las repü- 
bhcas de Chile y México se rcpro. 
dujo por entero; España la solicitó 
con maternal anhelo; Francia nos 
hizo el honor de traducir á la len- 
gua de Racine á los Batres y los 
Diéguez, y Alemania misma, la fi- 
losófica patria de los Schiller y los 
Heine, no pudo menos de tributar 
justo homenaje de admiración y 
respecto al genio, haciendo por me- 
dio de una sociedad de literatos de 
Leipsick, cumplido elogio del pre- 
cioso poema de Fray Matías Cór- 
dova, La tentativa dkl Lkon v 

EL ÉXITO DE SU EMPRES.A. 

De entonces acá son muchos los 
pedidos que de esta obra se han 
hecho al autor, así de España co- 
mo de varias de las repúblicas ame- 
ricanas de origen español; pedidos 
que no le ha sido posible obsequiar, 
porque ¡cosa rara! el autor del li- 
bro, ó mejor dicho su ordenador, 
es el solo acaso que no ha podido 
obtener un ejemplar completo de 
la Galería, ni siquiera fuese para 
hacer una segunda edición de ella. 
El que ho) le sirve para tal objeto. 
le ha sido obsequiado por un joven 
estudiante del Salvador. V eso que 
no ha faltado un periódico, de cu- 
yo nombre no quiere acordarse, 
que le hiciera el cargo de habcnsc 
apropiado de la edición, y lo que 
es más grave todavía, de haber 
usurpado el pensamiento de la Ga- 
LERia á cierta persona que /í'W^^Atf 
hacer lo misino que él hizo! 

Entre tanto, el autor ha visto 
con gusto, que en Centro- América 
mismo, en donde tan poco se agra- 
decen los servicios que se prestan 
á la patria, su trabajo no ha «ido 
estéril! Talentos superiores se han 
consagrado después á estudios h'te- 
rarros de la propia índole, dando por 
resultado obras notables que han 
sido publicadas en Guatemala y San 



126 



El Ateneo Centro-americano. 



Salvador, y en las cuales se hacen 
honrosas referencias á su Galería. 

La insistencia con que, por otra 
parte, se le ha encarecido por va- 
rias personas respetables, la nece- 
sidad de esta nueva edición, si se 
quiere que la obra llene cumplida- 
mente el objeto que su autor se 
propuso al imprimirla, le recom- 
pensan con usura de los sinsabores 
sufridos y le alientan para retocar 
y arnpliar su trabajo en la escala 
que las circunstancias lo demandan. 

El impulso dado al progreso en 
todas sus manifestaciones, por la 
gloriosa revolución de 1 871, debía 
hacerse sentir naturalmente en el 
desenvolvimiento de las letras. De 
aquella fecha para acá se ha levan- 
tado, educada en los modernos 
principios, una juventud brillante, 
honra de Centro-América, y de la 
cual tiene la patria derecho á espe- 
rar frutos opimos. La tribuna y la 
prensa, que durante un cuarto de 
siglo fueron el privilegio exclusivo, 
si así puede decirse, de cierta clase 
social — el clero y la llamada aristo- 
cracia — volvieron á la vida de la 
actividad y la inteligencia, ofrecien- 
do á la noble ambición de la gene- 
ración actual, ancho campo en don- 
de poder desarrollarse. La poesía 
no quedó atrás de la política, y son 
varios los jóvenes que en los tres 
lustros transcurridos, desde la pri- 
mera edición de esta obra, pueden 
enorgullecerse de ser honra del par- 
naso centro-americano. 

El autor ha creído que mejor que 
intercalar sus nombres y produc- 
ciones en el tomo segundo de su 
obra, debía formar con ellos un 
tercer volumen. De este modo pien- 
sa que logrará hacer más palpables 
los adelantos que se han alcanzado 
entre nosotros en el cultivo de la 
gaya ciencia. El público juzgará. 

Guatemala, i . ^ de mayo de 1888. 



RIMA. 



Soy el cantor oscuro 

De mis quimeras, 
y mato mi fastidio. 

Solo con ellas. 

¡Ingrata niña. 
Quién tuviera sin fuego 

la fantasía! 

Te amé como aman todos 

Los que en el alma 
Tienen de la inocencia 

La enseña santa; 

Amor primero 
Que bendicen los ángeles 

Desde los cielos. 

Brillaban suavemente 

Cual sol de ocaso. 
Tus hermosos cabellos 

Largos, castaños; 

Y tu modestia 
Tenía lo gracioso 

De la violeta. 



Un altar á tu imagen 

Alcé en mi pecho. 
Ornado con las flores 

De mis ensueños. 

Al fin ¡mujeres. . . . ! 
Un día te olvidaste 

Del pobre ausente. 

Acaso entre las tumbas 

Verás mañana 
Removida la tierra 

Sin cruz ni lápida . . . 

Piensa, alma mía, 
Que allí está el que te quiso 

Toda la vida. 

Alejandro Cabrera. 



Ramón Uriarte. 



I^Ateneo^Centro.americano 
IrrWv» laeional de Ciencias v letras. 



RSFLEXIONSS 
A LOS LIBROS DE ELOCUENCIA 

l'OH 

'" w Matías Córdova. 

'CIONES PRELIMINARES. 
.< I. 

DEFINICIÓN Y OBJETO DE LA 

Retórica. . 

.Vr entiende por Retórica, aquella 
f^ctrina que perfecciona la natural 
facultad de mover á la acción por 
inedias de palabras. 

La mensura de esta doctrina es la 
'aturalesa. En esto excede á 
.1 pintura y escultura, que mien- 
t ras más conformes con lo natural 
on más perfectas. Por diestro que 
^ea el artífice, siempre ha de haber 
listinción entre la estatua y el 
lombre; siendo así que un perfecto 
>rador hará que no se distinga el 
studio, de la naturaleza. Este axio- 
ma se dcL»erá tener presente como 
la principal noción de la Retórica. 
Mover es excitar las pasiones de 
la voluntad. ( i ) 

La vo Imitad es una potencia ra- 
cional capaz de poner en acción to- 
das las demás facultades del hom- 
bre para conseguir el propio bien. 

El objeto de la voluntad es toda su 
>azón de mover. 

La voluntad siempre obra con ra- 
/.ón ó motivo. Es potencia racional, 
y supone en sus operaciones el en- 
tendimiento. 

La voluntad prodiice por razón to- 
das sus acciones, aún aquellas que, 
á causa del hábito, parecen indelibe- 



[1] Véase el ensayo de pasiones. 



radas. La solución de dos hechos 
que pueden oponerse á esta verdad 
servirá para su inteligencia, i. © Si 
se ha de forzar una puerta, se afir. 
ma todo el cuerpo sobre un pié, 
dejando expedito el otro hacia de- 
lante; para que cediendo la puerta, 
se evite la caída. Un niño que no 
tiene esta precaución, estriva sobre 
ambos pies, y el cuerpo inclinado 
cae precisamente al abrirse la puer- 
ta: por manera que á fuerza de gol- 
pes nos hacemos prudentes en esta 
parte. Debemos pues creer, que 
por una reflexión instantánea, se 
deja un pié desembarazado para 
detener el impulso. 2. ^ Si algunas 
personas que, no siendo conocidas, 
no tienen derecho para interesar- 
nos, juegan en presencia nuestra, 
la voluntad toma partido por al- 
guna, deseando se declare la suer- 
te á su favor. Es la causa que esta 
potencia halla que la persona pre- 
dilecta tiene un carácter amable, ó 
conforme al propio genio. Pero cuál 
será el medio por donde pueda ha- 
cerse el raciocinio? Aun no reflexio- 
nando sabemos por experiencia que 
el semblante, la expresión y los 
modales se corresponden con el 
carácter de cada uno; porque la pa- 
sión dominante, como frecuente, 
amolda no solo las facciones; sino 
la locusión y la postura. Estos ín- 
dices que el dilatado trato de los 
hombres ha hecho indubitables. 
son el medio para concluir: que éste 
es digno de amor; ó tiene un carde- 
ter común digno de a ruarse. Este 
medio de inferirse llama costumbre. 
Luego algunas veces puede probar 
tanto la costumbre como la expresión 
del raciocinio. 

Luego debe sostenerse el caraitír 
de las personas. 

Son cosas distintas probar por 
costumbre, asignarle causa, expre- 
sar el carácter, y sostenerlo. Cuan- 
do Scipión, en vez de responder al 
acusador, convidó al pueblo á dar 
gracias á los dioses por la victoria 



128 



El Ateneo Centro-americano. 



<lue en un día como aquel había al- 
canzado, probó por costumbre lo 
despreciable de la calumnia. Cice- 
rón diciendo que Clodio abandonó 
el alboroto de la junta para poner 
por obra las asechanzas meditadas, 
asigna la causa de la costumbre. Al 
referir el mismo orador, el conve- 
nio del carcelero de Yerres con los 
deudos de los ajusticiados, expresa 
el caiácter, y cuando pone en boca 
de Milon palabras que no desdicen 
á su constancia, lo sostiene. 

{Conti7i2íard.) 



CROJSÍIO^. 



Tenemos el gusto de insertar 
^n el presente número, el bien es- 
crito prólogo de la segunda edición 
de la obra del Dr. Ramón Uriarte, 
titulada "Galería Poética Centro- 
Americana," para conocimiento de 
los lectores de *'E1 Ateneo." 

Hemos sabido que dentro de cua- 
tro ó cinco días aparecerá el segundo 
tomo de dicna obra, y en el próxi- 
mo setiembre el tercero, en el cual 
figurarán, como lo dice su autor, 
las producciones de los poetas que 
hayan escrito desde el año de 71 
hasta la época presente. 



Declamación.— Se han estable- 
cido dos clases: una en el Conser- 
vatorio y otra en el Instituto Na- 
cional de varones. El profesor es 
don Roque Villareal, bastante co- 
nocido por la sociedad de Guate- 
mala, apreciadora de sus talentos en 
la materia. El nombramiento no 
puede haber sido más acertado. 
Asisten á las clases señoritas alum- 
nas de algunos colegios de esta ca- 
pital á aprovechar las lecciones, que, 
más tarde talvez, pueden ser la ba- 



se de una carrera tan laureada co- 
mo la del Teatro. 



* ^ 

El domingo se representará por 
la compañía de aficionados, ''Los la- 
zos del crimen" de doña Vicenta La- 
parra de la Cerda, la poetisa guate- 
malteca que tiene la gloria de ser la 
primera que ha escrito dramas en 
Centro-América, á pesar de tener 
que distribuir su tiempo entre la lu- 
cha por la vida y su amor al arte. Sa- 
bemos que el argumento está bien 
tramado y auguramos por lo tanto, 
muchos aplausos á la inspirada poe- 
tisa. ¡Ojalá el Gobierno protegiera 
á ingenios que, como la señora La- 
parra, son honra y orgullo para las 
letras nacionales y para la Patria. 



Gracias. — Se las dirigimos á la 
señorita María Tránsito Morales de 
Chalchuapa, el Salvador, por los 
importantes servicios que como 
agente de este periódico, está 
prestando al "Ateneo." Lo mismo 
decimos de los señores Lie. don 
Rosendo Robles de Mazatenango, 
Lie. don Manuel Cardona de San 
Marcos, don Manuel Parada de 
Santa Cruz del Quiche, don Ma- 
nuel Bermejo de Zacapa y don Jo- 
sé María Leonardo de Salamá. 



4t 



Rectificación. — Por una equi- 
vocación, se dijo en el número an- 
terior que el socio Carlos A. García 
quedaba encargado de la redacción 
de este periódico en sustitución del 
señor Méndez. La Sociedad dispu- 
so que el señor García pasara á for- 
mar parte interinamente de la Junta 
de Dirección del periódico en virtud 
de estar ausente el señor Méndez. 



EL 




'♦--♦- 



PUBLICACIOH QUIHCEHAL. 
OEGANO DE LA SOCIEDAD LITERARIA DEL MISMO NOMBRE. 



IBL ATEHEO. 
Como lo dijimos en nuestro 
número anterior, á iniciativa del 
socio señor Hernández, "El Ate- 
neo" dispuso sustituir el tema 
que había iniciado el señor Pre- 
sidente Uriarte, por otro que no 
fuese de carácter político\ y al 
efecto nombró al socio Coronel 
Matus para que pronunciase el 
discurso oficial. 

■ Los Señores Matus y Hernán- 

■ dez dijeron unas cuantas pala- 
K bras relativas á la civilización de 
P las raza indígena, que era el te- 
ma designado. 

Como los Estatutos de la so- 
ciedad no prohiben de una ma- 
nera expresa que en las sesiones 
públicas, cualquiera de los socios, 
desarrolle temas cuya índole más 
ó menos política haya sido dis- 
putada, los jóvenes Quinteros 
Francisco, Fidel y Juan Bustillo 
y Ortiz Javier, impulsados por 
un centroamericanismo sincero y 
la franqueza leal y generosa de 
su carácter, ageno á ambigüeda- 
des y contemplaciones, subieron 
á la tribuna y pronunciaron bre- 



ves pero sentidos y entusiastas 
discursos, en honor al decreto en 
que el congreso de Costa Rica 
otorgó nacionalidad á los centro- 
americanos que aborden á aque- 
Ha tierra; quedando así, ipso 
fado, derogada la disposición 
que, á iniciativa del señor Her- 
nández Blanco y apoyada por 
el señor Matus, había sido apro- 
bada con anterioridad. 



DISCURSO 

PRONUNCIADO POR ELSOCIO 

F. BUSTILLO. 



La unión que en otros tiempos se 
hizo de estas pequeñas nacionalida- 
des fué mu} difícil, debido sin duda 
á la ninguna cultura intelectual de 
los pueblos: vivían en el estado mis 
grande de embrutecimiento, y de 
allí provenía el que no comprendie- 
ran su situación política. Las dis- 
tintas clases sociales miraban con 
horror toda reforma, y consideraban 
á los que llevados de su patriotismo 
se lanzaban á la política, como va- 
gos, locos y hasta estúpidos; enemi- 
gos de la tranquilidad püblicay dig- 
nos de desaparecer de este mundo. 



130 



El Ateneo Centro-americano. 



Y había razón. Acabábamos de salir 
de un régimen político que no con- 
siente ni la libre expansión de los de- 
rechos innatos al individuo; en el 
que la ley, no es otra cosa que la 
voluntad de una persona; el senti- 
miento es guiado por una imposi- 
ción mas ó menos absurda; el hombre 
en fin, una cosa llevada por el em- 
puje de un magnate. Salidos, pues, 
de 1^ especie de letargo en que es- 
tábamos y con las costumbres y te- 
mores que naturalmente nos queda- 
ran, era de todo punto imposible 
que en un momento comprendiéra- 
mos lo que más conviniera á la feliz 
realización de los fines de la Repú- 
blica. De aquí la divergencia de 
opiniones, de aquí aquella lucha te- 
rrible entre los que pretenden que 
la sociedad, ya que no puede volver 
álos primitivos tiempos, estacione 
eternamente en un solo punto, con- 
vencidos de que esto último es un 
verdadero retroceso; y los que anhe- 
lan la marcha acelerada hacia el 
progreso, teniendo siempre en la 
memoria lo que el historiador La- 
fuente, refiriéndose á la humanidad, 
dice "que es un Gigante inmortal 
que camina dejando tras sí las hue- 
llas de lo pasado, con un pié en lo 
presente y levantando el otro hacia 
lo futuro." Por fortuna, ya el pueblo 
en su mayoría ve un poco mas claro, 
y conoce perfectamente las preten- 
siones de los que se creen enviados 
de Dios, defensores y amantes de 
las leyes divinas y humanas. 

Ya el hombre de estos tiempos 
raciocina y continua firme la senda 
que se ha trazado, y que no es otra 
que aquella que lo conduce á su per- 
feccionamiento: ya no le importan 
necias preocupaciones y dificulta- 
des sin término, ni que el poeta la- 
tino Horacio diga **que la edad de 
nuestros padres, peor que la de nues- 
tros abuelos, nos produjo á noso 
tros, una peor que de la nuestros pa- 
dres y que daremos pronto el ser á u- 
na raza más depravada que nosotros;' 



idea que nos espanta, y que á creer- 
la, alejaríamos toda esperanza, toda 
ilusión y nos hundiríamos en la ab- 
surda región del paganismo. Nues- 
tra sociedad señores, va progresan- 
do aunque con alguna lentitud, y es- 
to se hace visible, á toda luz. 

Es verdad que en algunas repú- 
blicas como la de Guatemala existe 
aún una clase de la sociedad que to- 
davía no se han encontrado los me- 
dios adecuados para civilizarla ó al 
menos para que salga un poco del la- 
mentable estado en que se encuen- 
tra. Esta clase es la indígena, que 
excede en número á la latina: sobre 
ella pesan muchas obligaciones y no 
tiene ó no puede ejercitar ninguno 
de sus derechos. El sabio americano 
José Cecilio del Valle, bajó á la tum- 
ba antes de concluir una obra que 
trataba precisamente sobre este a- 
sunto, y que de seguro hubiera re- 
mediado la dificultad, si la muerte 
no nos hubiera arrebatado tan pre- 
maturamente á aquel ilustre pensa- 
dor. 

En las demás repúblicas de Cen- 
tro-América no sucede lo mismo. 
Lo que sí se vé son individuos que 
no quieren variar su condición políti- 
ca. Ved ahí al pueblo costaricense 
como se ha mantenido siempre res- 
pecto de la unión con sus demás her- 
manas; sólo el actual Gobierno ha 
podido hacer que desaparezca por 
completo la fatídica sombra de 
Braulio Carrillo, hombre de celebri- 
dad tan triste como la de sus com- 
pañeros en política: sólo él ha podi- 
do emitir un decreto en que se decla- 
ran ciudadanos naturales de aque- 
lla nación á los individuos de las 
demás sf^cciones de Centro-Améri- 
ca que pisen el territorio costari- 
cense, y en que se faculta al Presi 
dente de la República para celebrar 
tratados con sus hermanas las demás 
naciones, á efecto de armonizar las 
relaciones que deben existir entre 
ellas, de unificar sus comunes intere- 
ses, de velar por su existencia, de que 



^Í5Í52_CeNTRO-AMERi CANO. 



se extingan de una vez y para siem 
pre antiguas rivalidades; en fin seño- 
res, de celebrar convenciones que 
vengan á dar por resultado la pacífi- 
ca unión de estas cincr. secciones del 
centro de América. No es de extra- 
ñarse la conducta que está obser- 
vando aquel Gobierno: desde algún 
tiempoá estaparte ha venido dan- 
do ni uestras de adhesión al ideal 
que hoy perseguimos. El Sr. Soto, 
á pesar de muchas resistencias,- ha- 
ce poco dio el nombre de ''Morazán" 
á una de las plazas de San José, y 
luego ha contribuido á la reforma 
en sentido liberal de la carta Cons- 
titutiva. Esto es trabajar por la re- 
construcción déla patria, esto es ex- 
traordinario en aquella tierra que 
siempre se ha distinguido por su an- 
tipatía á la nacionalidad, que jamás 
había convenido en que se unieran 
üifícantes girones de la 
. que tan despreciables 
son en el extranjero por su peque- 
nez y su miseria, por su impotencia 
y descrédito, por muchas, por mu- 
chísimas causas que callo á fuer de 
centro americano. Hoy en dia no 
hay personas que odien el pensa- 
miento de unión, no hay quien ten- 
ga valor para oponer resistencias, 
no hay quien se congratule cínica- 
mente cuando ve muy lejos la rea- 
lización de tan grandiosa idea. Y sí 
dicen y repiten con voz estentórea 
que son verdaderos unionistas: que 
están en un todo de acuerdo con la 
acariciada esperanza; que han sufri- 
do mucho, mucho; que son mártires 
de la causa, cuando se presenta una 
ocasión más ó menos oportuna, sería 
un absurdo, un verdadero contrasen- 
tido no demostrarlo con hechos por 
que debemos tener el valor suficien- 
te para ser francos. Ese que no se 
quita la bochornosa máscara que lo 
cubre: ese que no dice claramente lo 
que es: ese que estando en el Po- 
der acepta por conveniencia el eco 
del patriotismo y cuando llega un 
conflicto, apostata, vuelve sobre 



SI espantado, y humilla á un noble 
pueblo por conservar su puesto, por 
seguir escandalizando al mundo con 

sus atroces hechos; ese es, señores" 
un verdadero separatista imitación 
de todos los que ha habido en otros 
tiempos. 

En épocas pasadas y poco después 
de nuestra independencia, se crevó 
que era imposible que estuviesen ' . 
desunidos, y de allí que se leva: : 
ran, como por encanto, esas íiguras 
Ilustres que los siglos admirarán con 
respeto. Aquellos hombres trabaja- 
ron con tanto esfuerzo, que al fin lo- 
graron realizar el objeto que se pro- 
ponían, convenciéndose poco des- 
pués de que una obra tan grandiosa 
no puede sostenerse sobre cimientos 
tan débiles. Las masas del pueblo es- 
taban tan atrasadas que bastaba 
el grito de "mueran los herejes' dado 
por un salvaje de Mataquescuíntla 
para que se revelaran contra los que 
trabajaban por civilizarlos y por le- 
vantar muy alto el nombre de la 
patria. Y estos hombres y estos hé- 
roes desaparecieron para siempre de 
entre nosotros, con la esperanza de 
que otras generaciones reconstrui- 
rían su obra, ya deshecha por la 
ambición y la ignorancia. Desde en- 
tonces no ha aparecido en Centro- 
América otra espada como la de 
Morazán, qne la supo blandir sobre 
las cabezas de los separatistas; no 
se ha oido un canto salido del pe- 
cho del patriota mas entusiasta y 
más ardiente que ha producido estm 
tierra, de aquel célebre atleta que 
despreciaba el cargo de Presidente 
de la República para ocuparun ban- 
co en la Representación Nacional; 
de aquel hombre cuyo solo recuerdo 
llena el alma de sentimiento y el 
corazón de inquietud. Señores, ¿por- 
qué no decirlo de una vez.^dcJo9é 
Francisco Barrundio. Estas y otras 
tantas figuras notabilísimas desapa- 
recieron de nuestra escena pero aún 
se les evoca en los hermosos días de 
regocijo. 



132 



El Ateneo Centro-americano. 



¡Sombras venerandas! nosotros os 
seguiremos por el gran camino que 
regado de luz nos habéis dejado: 
trabajaremos con ardor hasta dar 
término á los ideales sacrosantos 
que nos halagan: os evocaremos en 
todo momento y llevaremos por em- 
blema vuestros nombres hasta colo- 
carlos en el altar de la República 
Federal de Centro América! 

Señores: saludemos al pueblo y 
Gobierno de Costa Rica, que hoy ca- 
mina á la vanguardia del progreso: 
felicitemos al señor Soto porque ha 
sabido hacerse grande, uniendo sus 
ideas generosas á la corriente refor- 
madora que sigue impetuosa su car- 
rera por en medio de lo siglos. 



CAHCION. 

DEL UNIONISTA CENTRO-AMERIOANO. 

[Imiiación.) 



Con sabias leyes por norma 
Al progreso caminando, 
Va impertérrita avanzando 
La patria de Morazán. 

Centro-América llamada 
Por todos un paraiso, 
A quén la natura quiso 
Hermosear con grande afán. 

La aurora sus rayos brinda, 
Las estrellas aún titilan, 

Y en el espacio desfilan 
Con monótono tropel; 

Y ve cantando el demócrata, 
A sus flancos bravos mares: 
A los Bolivianos lares 

Y al gnín Popocatepel. 

¡Adelante! Patria amada 
con ardor, 
Que ni servil emboscada, 
Ni odiosa guerra intestina. 
Tu cara existencia mina. 
Ni oscurece tu fulgor. 

Cien batallas 
Se han ganado, 
Con enfado 
Del servil: 



Y cobarde 
Se enajena 
Cuando trtiena 
Mi fusil. 

Que es mi iDatria excelsa Diosa; 
Mi fuero: constitución. 
Es mi numen: Centro -América, 
Mi único lema: La unión. 

Allá luchen tenebrosos 
Torpes rehácios 
Por blasones ostentosos, 
Que yo aquí d mi patria adoro. 
Más que al oriental tesoro 
De diamantes y topacios. 

Y no hay pueblo 
Progresista 
Que desista 

De mi ideal; 
Todos quieren 
Contemplarme, 

Y llamarme 
Federiil! 

Que es mi patria etc. 

A la voz: ¡ "La unión sucumbe"! 

Contemplad, 
Que aunque el plomo adverso zumbe, 
El periódico y tribuna, 
Desafían la importuna 
Enojosa tempestad. ! 

Las victorias 
Nacionales, 
Con iguales 
Gozaré; 

Y luchando 
Con instancia 

Y arrogancia, 
Venceré/ 

Que es mi patria etc. 

Darme quieren al olvido, 

¡No hay cuidado! 
Yo á este x:>ueblo desunido 
Que hoy me demuestran rudo, 
Cubriré con el escudo 
Que con sangre lie conquistado. 

Y si muero, 
Qué más gloria, 
Que en la historia 
Figurar; 

Y haber siempre 
Defendido 

El querido 
Patrio hogar. 



=^^iIÍÍia32B2:i^EUICAN0. 



Qne esmi patrir etc. 

Son meMdicas canciones, 

Amenazas 
De retrcjgados varones 
Y sus gritos insultantes 
Qne me lanzan delirantes 
Tras sus pérfidas corazas. 

Y sin susto, 
ni recelo, 
Sin desvelo, 
Sin afán, 
Mi esperanza 
Sigue el faro 
Del preclaro 
Morazán ! 

Qoe et mi patria exelsa Diosa, 
Bli fuero: Constitución, 
Eh mi numen: Centro-América 
Mi único lema: "La 7iniónr 



(1884.) 



JiAN F. Rodríguez Méndez. 



DISCURSO 

PRONUNCIADO POR EL SOCIO 

FRANCISCO QUINTEROS A. 

Señores: 

La naturaleza sabia en todas sus 
manifestaciones nada hace sin un 
fin determinado. Sus obras de una 
perfección acabada tienen ese sello 
particular, que admira, seduce y 
cautiva á la par que atrae. 

Cuando en la soledad de un ga- 
binete se contemplan en el mapa 
los continentes, de seguro que el 
observador fija sus ojos en esa perla 
de los mares que se llama América 
y desde los confines Británicos hasta 
el cabo de Hornos, pasea su mirada 
contemplativa por ese cúmulo de 
nacionalidades surgidas de los cata- 
clismos sociales de principios de 
este siglo. 

Yo contemplo el mapa de la A- 
mérica y admiro en el Norte la 
constancia de la raza que la habita, 



admiro á los puritanos y la austcri 
dad de su caráeter, adm?ro su¡ 
obras gigantescas, admiro á Breo' 
klyn con su puente, admiro á Mor- 
se y Fulton y admiro á Washington. 
En la América del Sur veo des- 
tacarse como una espada candente 
del fondo del Pacífico á la Repú- 
bhca modelo, á Chile y saludo con 
respeto á sus héroes de 1820. salu- 
do y venero á San Martín en Mai- 

Méndez Nuñez y Grau haciendo de 
sus buques las termopilas de su 
nación. 

En las tres Repúblicas granadi- 
ñas, saludo á Sucre, saludo á Pácz 
saludo y venero á Bolívar. * 

Pero Centro-América, señores, 
¿donde está? Centro-América, mi 
patria querida, yace ahí en medio 
de los océanos presidiendo el con- 
cierto de las naciones, bañada por 
dos mares y cubierta eternamente 
de azules y sonrosados celajes; con 
lagos en cuyas ondas se retrata el 
águila de los Andes y en cuyos 
bordes besa trémulo las aguas el 
junco temblador. 

Las pasiones y los egoísmos han 
manchado su virgen suelo y han 
hecho de este jardín de la América 
que la naturaleza y el destino de 
consuno habían creado para la unión 
cinco fracmentos que siguen ¡insen- 
satos! desgarrándose con sarta cruel. 
Yo admiro, patria mía, tu sucio 
feraz, tus bosques que tienen el 
mar por límite; admiro tus cien vol- 
canes con sus eternos y blancos pe- 
nachos, gigantes que parecen to- 
car el cielo; admiro á tus héroes, 
pero ¡ay! ¿admiraré sus errores? 

Tus hijos tras sartuda y cruel 
guerra rompieron tu manto virgi- 
nal y hoy esclava del destino sl- 
•gues irresistible el sendero de las 
pasiones. 

El inmortal Batrcs Montut'ar re- 
firiéndose á la anarquía de artos pa- 
sados decía: 



134 



El Ateneo Centro-americano. 



«¡Oh cara y adorada patria mía, 
Con razón barre el polvo tu diadema, 
Con razón tu existencia es agonía, 
Con razón tu destino es anatema!» 

Y tenía razón: la fracción separa- 
tista en su incesante trabajo por la 
división logró hacer salir de la oscu- 
ridad á Carrera, á Perrera y demás 
individuos que con la cruz, señal de 
redención, en una mano y el fusil 
en la otra asaltaron á las poblacio- 
nes indefensas y reconocían por úni- 
ca ley la de la fuerza. 

Sólo una fracción de la sociedad 
protestaba enérgicamente contra el 
retroceso á la barbarie y sus pro- 
mesas y juramentos hechos en los 
momentos de peligro eran la sen- 
tencia de muerte que aquel tirano 
de los treinta años, imponía á la 
Libertad. 

Muere Morazán en 1842 y aque- 
lla unión, aquel lazo de hermandad 
como si fuera un lazo de maldición 
que los estrechara, es roto ¡ay! para 
no volverse á unir! 

El partido del progreso continuó 
protestando; pero su voz que aún 
no era tiempo que resonara en las 
cámaras populares ni menos en el 
Gobierno de alguna de las cinco 
Repúblicas se perdía en los estra- 
dos y en los claustros. Su voz que 
siempre ha aconsejado la igualdad, 
la fraternidad, la ''unión" era apa- 
gada por el rumor de las alabanzas 
y el humo del incienso quemado en 
torno de los mandatarios. 

Por eso cuando en nuestros días 
luce alguna ráfaga de esperanza, 
cuando se distingue á lo lejos una 
luz que cual náufragos vemos en 
mar borrascoso, por eso digo, es 
digna de encomio y de los mayores 
elogios esa actitud que llamando á 
los dispersados miembros de una 
misma familia á olvidar sus mutuos 
agravios, convida á darse un abrazo* 
de concordia y sellar con sus jura- 
mentos esa unión, ideal de nuestros 
mayores que á fuer de ser 'tan de- 
seada se presenta tan difícil. 



Yo he oído decir, señores, como 
una especie de tradición, que allá 
hace diez lustros mi patria se ex- 
tendía desde el itsmo de Tehuan- 
tepec hasta el escudo de Veraguas. 
Era una patria feliz, grande y prós- 
pera, tal cual en mis ideales de jo- 
ven me complazco en considerarla 
hoy. Era una patria que tenía por 
lema la igualdad y la Libertad, 
donde el ciudadano tenía la con- 
ciencia de sus deberes y la concien- 
cia de sus libertades cívicas. 

Tierra privilegiada, mansión de 
la dicha, paraíso de la América! 

¿Y que fué de esta gran patria? 
El mar siempre proceloso de las 
pasiones, de las pasiones rastreras, 
hizo naufragar aquella gentil nave 
que había resistido ya á tantas tor- 
mentas ¿Qué nos queda? CINCO GI- 
RONES .... ¡sarcasmo é irrisión de 
aquel poder, de aquella grandeza! 

Sin embargo y como providen- 
cialmente la democracia, en su cons- 
tante trabajo, en su irresistible mar- 
cha, ha sabido inspirar á los gober- 
nantes ideas regeneradoras que han 
llevado á cabo. 

La democracia es la que ha he- 
cho abrir numerosos planteles de 
instrucción. El territorio Centro- 
Americano se halla sembrado hoy 
de escuelas donde se imparte igual 
instrucción al que altivo, se cree 
descendiente de Carlos .V y al hu- 
milde hijo del pueblo que tiene por 
ascendientes á Lempira y Tecúm- 
Umán. 

A la juventud que hoy me escu- 
cha, educada en esos planteles, toca, 
al juzgar mis palabras, preguntarse 
sinceramente si no será ella la que 
deba hacer el principal papel en la 
resurrección de este nuevo Lázaro; 
si no será ella la que ha contraído 
tácitamente con los proceres de la 
patria, el solemne compromiso de 
levantar la bandera que ellos tre- 
molaron victoriosa tantas veces; 
vencida hoy, más no humillada. 

El estandarte mil veces bendito 



.^L^^teneoCentro-amer 



I CANO 



de la Unión ha sido tremolado en 
dos ocasiones y en la última década 
en Centro-América. El 2 de abril 
de 1885 el General Barrios muere 
heroicamente en los campos de 
Chalchuapa y hasta los ánimos más 
esforzados creían que la idea unio- 
nista había cedido el campo á las 
pasiones, á los egoísmos y á las ban- 
derías de partido; pero he aquí 
que Costa-Rica que se creía fuese 
la más rehacía y la más opuesta á 
ese ideal, dicta por medio de su 
digna y libérrima Asamblea Decreto 
que borra las sospechas, alienta los 
corazones y fortalece aquello sespí- 
ritus timoratos prestos á abandonar- 
se al primer contratiempo. 

¡Loor á ese alto cuerpo y loor á 
ese pueblo que tras las vicisitudes 
de sesenta y siete años ha sabido 
conservar puro y firme en el fondo 
de su corazón el fuego santo de la 
Libertad y la Unión! 

Yo, desde el seno del Ateneo ha- 
go votos por la felicidad de estos 
pueblos tan cansados, tan sufridos 
/ dóciles, tan valientes y heroicos. 

Costa-Rica merece un aplauso, 
yo de lo alto de esta tribuna se lo 
doy y uno mis aclamaciones á las 
de mis hermanos! 

DIJE. 

Guatemala, 16 de agosto de 1888. 



LHOKOR. 



Era, Lt^onor, muchacha encantadora 
De ojos bellos y azules como el cielo; 
Pero en su faz el triste desconsuelo, 
Iba dejando huellas de dolor. 
Klla, apenas contaba, no cumplidos 
Dieziocho abriles. Era edad risueña, 
Edad feliz, edad en que se sueña 
Con los delirios del primer amor. 

¡Pobre Leonor! El mundo no sabía 
Que en esa edad, la virginal criatura, 
i:n secreto silencio, la amargura 
Devoraba, sufriendo una aflicción; 



.0 



De su hermano el simpátic-o AI)elaido. 
Ha tiempo separada se encontraU; 
^, por eso, gemía y sollozaba 
Desgarrando su propio corazón: 

El padre y la mamá de aqueNa niOa, 
^^ensando con prudencia v con gran calnuL 
Hne un motivo de amor, Amor del aliua. 
Ocasionaba aquella enfermed;ul, 
A Leonor resolvieron darle estado. 
Casándola, dijeron, con Ricardo 
Que era un joven apuesto, muy gallanlo. 
Y además poseía una heredad. 

Combinaron el plan. La pobre joven 

Continuó por su hermano sn-'!' ■•<'■■ 

Y, con afán, mil lágrimas r. _ 

Sobre su bello rostro, ángel ir 

A Ricardo no había conocido, 

Si ese nombre existía, lo ignoraba. 

Ni sabía que el joven la adoraba 

Con delirio y afecto sin igual! 



Sus padres, nunca le contan.n : 

Y á Ricardo dijeron con pre.steza, 
Que ellos, se harían de la vista gruem 
Para que él la pudiera enamorar. 

El joven que adoraba á Leonorsita, 
Figúrense, señores, qué alegría, 
Qué gozo, qué deleite sentiría, 
Al poder con Leonora conversar. 

La joven, entre tanto, continuaba 
Sufriendo con la ausencia de su hermano^ 
Quien lejos ¡ay! del suelo americano, 
En su hermana pensaba con afán. 
¡Qué triste debe ser, señores, y quá tríala, 
Distante hallarse del hogar sagrado 
Donde existe una hermana, un aer 
Donde la dicha y el amor están. 

Todas l?s tardes la gentil Leonora, 
Salía de su casa, ]>ensativa, 
Modesta, como flor de sensitiva^ 
Sintiendo su dolor y su pesar; 
Y, tomando un camino que condaoe 
Al triste lado, donde el sol (kvlina, 
Se subía á una poética colina, 

Y sentada, poníase á llorar. 

Desde aquella colina, con trí^teaa 
Tres años antes, á su hermano, lUndo 
Quizas el último adiós, lo vi»'), dejando 
Poco á poco la casa parternal; 
Y, desde entonces. su.«:p¡rando AmAm, 
Aquella virgen, pálida y divina. 
Todas las tardes iba á la colina. 
Sintiendo pesadumbre, sin ignal. 

El amor que penetra loe mtsteriM, 
Y, en pos camina del objeto unaikv 
Dijo á Ric4irdo: «sigúela cuitado,» 
Y, Ricardo en el acto la siguió. 



136 



El Ateneo Centro-americano. 



Ella, estaba sentada y sollozando, 
El, en silencio se acercó hasta ella, 
Y, al mirarla tan pálida y tan bella, 
De rodillas, así se declaró: 

«Señorita: hace ya tiempo. 
Que mi alma acongojada, 
Se encontraba enamorada 
De su candida beldad; 
Y, hoy que sufrir ya no puedo. 
La pasión en que me agito. 
Le diré que no es delito. 
Expresarme con verdad. 

«Yo, la adoro, la venero. 

Con tan sincero cariño 

Con los afectos de un niño. 
Palpitante de emoción. 
Como amaba á su Julieta, 

Aquel apuesto Romeo 

Si Ud. no me ama yo creo 

Que moriré de pasión! 

«Perdone Ud., señorita, 
Pero este afecto sagrado, 
Hámelo Ud. inspirado 
Con su tan tierno candor; 
Adoro á Ud., con delirio. 
Cual ama el ave á la aurora. 
Si Ud., no me ama Leonora, 
Me moriré de dolor.» 

Desencajado y lívido el semblante. 
La casta virgen suspiró, y temblando 
Al punto dijo, casi sollozando: 
«Os amo, caballero, ¡perdonad! 
Os amo con el alma toda entera, 
Porque tenéis un corazón amante, 
Sedme fiel, y sereos yo constante. 
Aquí tenéis mi alma y mi amistad.» 



Y, pasaron, por fin, algunos meses, 
Y, las horas, corrieron y volaron, 
De Leonora, en el campo continuaron 
Los secretos paseos. El pesar 
De la virgen no concluía. 
Porque su hermano, su querido hermano, 
Aún no volvía al suelo americano. 
La boda de su hermana á presenciar. 

Ignorante, Ricardo, de la pena 
Que abatía, sin tregua á su Leonora, 
Una vez, por el campo, en triste hora, 
A solas, sollozando la encontró. 
¿Por qué sollozas, adorada mía? 
El joven, con afán, la preguntaba, 
Y, la virgen, tan solo suspiraba, 
Y Ricardo de celos se llenó. 

Ricardo, no sabía que su amada. 
Un hermano tuviese desterrado, 
Desterrado por sino malhadado, 
Por capricho de un padre sin amor; 



Y, que otro hombre creía, algún profano. 
El amor de su amada poseía. 
Por eso, la miraba y la seguía. 
Celoso, suspirando de dolor. 

El día de la boda, ya se acerca; 
Dijo á Leonor su padre, don Urbano, 
Permitiré la vuelta de tu hermano. 
Porque tú me lo pides ¿es verdad? 
Y, pasaron un mes y quince días; 
El vestido de bodasj está hecho, 
De los novios, ferviente dentro el pecho 
Late el corazón con ansiedad. 

El viernes, por la tarde, á la colina, 
La niña se encamina presurosa, 
Y, afanosa doquiera, y afanosa. 
La mirada extendiendo, loca, está. 
Y, divisa á su hermano, y corre y corre, 
Y, lo oprime con ansia entre sus brazos; 
Los dos unidos por tan dulces lazos, 
Se miran, se acarician, con afán. 



Ricardo, que en asecho los miraba. 
Creyendo va burlados sus amores, 
Y, sintiend.0 en el alma los dolores 
Que despiertan los celos y el pesar. 
Toma el rifle y apunta con denuedo.. 

En el corazón los plomos hieren 

Y los hermanos abrasados mueren, 
Sin poder ni siquiera suspirar. 



Al instante, Ricardo, se suicida; 
Y, quedan tres cadáveres tendidos, 
Por una mano misma están heridos, 
Por una sola voluntad, tenaz 

Existen tres sepulcros, el de enmedio 
Que esb.ajito, en su lápida jaspeada. 
Tiene aquesta inscripción, casi borrada: 
«Aquí yaces Leonor: ¡descansa en paz!» 

Guatemala, 20 de junio de 1888. 

Ramón P. Molina. 



DISCURSO 

PRONUNCIADO POR EL SOCIO 

JUAN BUSTILLO. 



Señores: 

Acontecimientos dignos de una 
festividad como esta, se han cele- 
brado aquí con todas las galas del 
pensamiento, con todos los tonos 
de la elocuencia; y el delirio del en- 



-5tA™5^_CENTRO-AMERIC^^^ 



tusiasmo lo he mirado crecer hasta 
lo subhme, cada vez que se trata de 
celebrar una gran idea, de rendir 
tributo de admiración y aprecio á 
un grande hombre, á los colosos de 
nuestra literatura como los Die- 
guez é Irisarri, Goyena y Córdova 
iUrnas sagradas que guardaron el 
sentimiento de lo bello, el amor á 
las letras en medio de las borras- 
cas políticas, en medio de la mise- 
ria y de la más criminal indiferen- 
cia! Mucho me enorgullezco, seño- 
res, de ese movimiento generoso en 
los corazones, de ese entusiasmo 
que como fiebre del alma ^raspa- 
rentaís en la mirada, en el semblan- 
te, en el gesto, cuando como ahora, 
venís á celebrar fechas de eterna 
recordación. 

Os acordasteis del 14 de julio en 
Francia, del 4 de julio en los EE. 
UU., de la abolición absoluta de la 
esclavitud en el Brasil, y digisteis: 
á la Francia nos une la Revolución, 
y á la América nos une el alma, 
porque es nuestra Patria, la madre 
cariñosa que llora nuestros infortu- 
nios, que ha padecido el tormento 
de nuestras pasiones y que yó, se- 
ñores, en mis sueños por la demo- 
cracia la contemplo como una Dio- 
sa, desgracia ayer, hoy coronada 
con las coronas de la libertad, son- 
riente, y ¡Oh poder de la imagina- 
ción! me parece se levanta entusias- 
mada de su lecho colosal á besar á 
sus hijos con el beso aquel de Napo- 
león en sus águilas, delirante, inmen- 
so, resonando en la posteridad, como 
decía, en el instante que el genio de- 
jaba de ser humano para convertir- 
se en algo superior á la naturale- 
za y al hombre. Y á todos esos 
acontecimientos habéis dedicado 
una velada en que una prodigiosa 
elocuencia los presentaba á la con- 
templación de numeroso auditorio, 
magníficos, grandiosos hasta donde 
puede llegar la grandeza del pensa- 
miento. 

No vengo, señores, á hacer remi- 



«37 



niscencias de aquellos sucesos: ven- 
go ahora, recordándolos, para cxcU 
tar más vuestro entusiasmo por los 
que allá en los confines de Centro- 
América nos dicen: nosotros somos 
vuestros hermanos: por nuestras ve- 
nas córrela misma sangre: unas son 
nuestras aspiraciones y uno será 
nuestro fin. Todo esto encierra fi- 
jándose bien, el Decreto de Costa- 
Rica que venis á celebrar esta 
noche. 

¡Ah señores! Triste, muy triste es 
contemplar en derredor el extermi- 
nio, el desaliento y al sol, como los 
pálidos destellos de una lámpara, 
alumbrando las víctimas en una es- 
cena de sangre. Por allá se escu- 
cha el quejido lastimero de un cuer- 
po que todavía lo agita el soplo de 
la vida, retorciéndose en el estertor 
de la agonía y en lucha débil ya, 
pero horrorosa, con ese fantasma 
siniestro que se llama la muerte: 
por acá la palabra blasfema que lan- 
za el soldado en presencia de un 
cadáver querido, tal vez de un her- 
mano, tal vez de un padre!: aquí lá- 
grimas silenciosas y profundamente 
amargas del amigo que se aleja de- 
jando envuelto en sangre y mori- 
bundo al amigo de su juventud! y 
más allá un cielo ceniciento y tris- 
te, un horizonte oscuro y una at- 
mósfera cargada de los penetrantes 
vapores que despide la sangre, el 
humo, los restos en fin de un com- 
bate. Todo esto, señores, resulta- 
do muchas veces de odios sin cau- 
sa, de guerras sin motivo racional, 
de instintos feroces, de pasiones 
desencadenadas como desolador hu- 
racán que arrastra en momentos da- 
dos á la humanidad á cumplir el fa- 
tídico axioma del filósofo antiguo: 
''el hombre es el lobo del hombre." 
Tristes, tristísimos, señores, son los 
resultados de un hecho semejante: 
algo como si se escapara el genio del 
mal, algo como si abriese su ca- 
ja fatal la diosa Pandora, algo asi 
como que si la atmósfera, el viento 



138 



El Ateneo Centro-americano. 



que respiramos, la luz que nos alum- 
bra, los elementos, la naturaleza to- 
da en fin, respira esa tristeza infini- 
ta, ese dolor insondable, ese estado 
torvo y sombrío que solamente pue- 
den inspirar al corazón humano los 
espíritus de la noche, los genios del 
mal, los eternos enemigos de la hu- 
manidad. . , .¡Ah! ¿Cuando conclui- 
rá esa lucha del hombre contra el 
hombre, del hermano contra el her- 
mano, del hijo contra su padre? 
¿Cuando se extinguirá ese afán de 
muerte que guía el puñal de nues- 
tros más íntimos, de nuestros más 
queridos compañeros? Yo compren- 
do las razones que asistían á la 
Grecia para presentarse en Mara- 
tón y en Salamina, en Micala y Pla- 
tea: comprendo á Roma en los cam- 
pos cataláunicos, á España en Zara- 
goza y Numancia, en Talavera y 
Gibraltar; de Francia ese 14 julio 
que habéis vosotros celebrado: com- 
prendo el 4 de julio en los EE. 
UU., hasta el suicidio de Ricaurte 
en San Mateo, porque todo esto ha 
sido en defensa de la patria, lo úni- 
co porque el hombre con justísimos 
motivos puede derramar hasta la 
última gota de sangre en un campo 
de batalla. ¡Que los pueblos muchas 
veces necesitan un baño de sangre 
para respetar los derechos de la hu- 
manidad! Pero cuando la Grecia se 
presenta en el Gránico en Iso, y 
Roma en Orcomeno, en Farsalia y 
Munda: cuando la Francia personi- 
ficada en Bonaparte se le mira en 
Austerliz y en Jena, en las Pirámi- 
des ó en Monmiralt, ah señores, no 
encuentro una causa racional, sino 
el instinto bárbaro de la conquista, 
la ambición de un hombre arrastran- 
do pueblos para hacer devorar á 
otros pueblos en la desesperación 
de una pelea, el orgullo miserable 
que protegido por las sombras del 
crimen, atropella la justicia y el de- 
recho. Todavía me parece más ho- 
rroroso, más excecrable, más fatídi- 
co el espectáculo que presentan 



pueblos hermanos que tienen las 
mismas costumbres, la misma reli- 
gión, las mismas aspiraciones, los 
mismos sueños y un fin igual por 
ley del destino, cuando estos pue- 
blos se desgarran, se insultan, se 
atropellan en sus derechos como si 
no se atropellaran ellos mismos, no 
desgarraran sus mismos cuerpos, no 
vertieran su propia sangre. Un tea- 
tro semejante ha presentado Cen- 
tro-América de muchos años atrás. 
Dividida en cinco Repúblicas, ja- 
más podrá alcanzar su verdadero 
desarrollo, porque así, siempre se- 
ría pequeña y miserable. Como el 
huracán que devasta los campos 
arrancando <ie raíz árboles que los 
años habían respetado, así pasaron 
sobre ella las guerras civiles. Pocos, 
muy pocos han sido los hijos de es- 
te pueblo tan fértil, con un cielo 
tan hermoso, con ríos que semejan 
al caer en pequeñas cascadas, an- 
chas cintas de plata, ríos que arras- 
tran en sus aguas arenas de oro: 
con lagos donde se retratan los 
abismos, lagos tan pintorescos co- 
mo el Lucerna de Suiza, con bos- 
ques vírgenes donde no ha penetra- 
do todavía la planta del hombre, po- 
cos decía, han sido los que inspira- 
dos en el sentimiento de la grandeza 
y dignidad de la Patria, han luchado 
por unificarla, por hacerla feliz y 
respetada ante las otras naciones 
del mundo. Pero ellos han sucum- 
bido, unos en el patíbulo, otros en 
los campos del honor, pocos en la 
tranquilidad del hogar. Como már- 
tires apuraron toda la copa del su- 
frimiento, el veneno de la desespe- 
ración; como mártires perdonaron á 
sus enemigos que eran sus herma- 
nos y como mártires legaron á la 
juventud la idea más grandiosa que 
formará la página más resplande- 
ciente en los anales de nuestra his- 
toria: la Nacionalidad! Recogieron 
desengaños en su penosa existencia, 
y quien sabe, ¡cuántas lágrimas de- 
vorarían al contemplar sus ideales 



===================^L^^^^^^^R0-AUER1 CANO. 

desvanecidos! Locos sublimes que 
como Heme dirían al alejarse de su 
tierra: 



Sangre brotan mis ojos exoaldados, 
Sangre también mi corazón herido; 
Con sangre escribiré los prolongados 
Tormentos que he sufiido. 

La juventud de ahora sigue el ca- 
mmo que ellos á penosas fatigas 
emprendieron; y con ahinco, con 
desinterés, sabrá luchar por la re- 
construcción de la patria, que es el 
ideal más hermoso, la aspiración 
más noble que pueda sentir. 

He aquí explicada la animación 
y la alegría con que el Ateneo ha 
acogido el Decreto de Costa-Rica 
de que hace poco se felicitó el Go- 
bierno y que sin duda formará un 
timbre de Gloria para aquel digno 
Mandatario. Quiere él como Mora- 
zán, como Cabaflas y los dos Ba- 
rrios, como Jerez deseaba, hacer de 
Centro-América una sola Nación: 
borrar de hoy para siempre rivalida- 
des y aversiones injustas: que des- 
de Colombia hasta México hayan 
corazones que palpiten por una mis 
ma causa, por idénticos intereses. 
jOh qué noble aspiración del hom- 
bre honrado! ¡Qué triste presagio 
para el criminal! 

Costa Rica no es ya el compañero 
indiferente, es el hermano cari- 
floso que desea abrasarnos con el 
abrazo del infortunio. 

Yo, seftores, que muy poco valgo, 
pero que tengo la honra de perte- 
necer á este Centro, no he podido 
menos que ensalzar ese Decreto que 
es como la puerta dónde Centro- 
América acudirá ansiosa á mirar su 
por\'enir. 

Ojalá que no se frustren las es- 
perazanzas que nos llenan de pa- 
triótico entusiasmo: ojalá que noso- 
sotros podamos disfrutar mañana 
el placer que otros no disfrutaron: 
el de poder un día cuando se cele- 
bre la fecha memorable del ''15 de 



setiembre" decir con esa alegría ¡n- 
íinita que brinda la libertad: tcnc- 
mos Patria; el esfuerzo de las gene- 
raciones, el sueño de nuestros pa- 
dres se ha convertido en una reali- 
dad, porque todo desde el Itsnio 
de Tehuantepec hasta el escudo de 
Veraguas es un solo pueblo, una so- 
la Nación. 

Entonces las sombras de nues- 
tros mayores que lucharon por la 
Unidad, se levantarán de sus scpul- 
oros á bendecir nuestros últimos 
esfuerzos; y los demás pueblos de la 
tierra entonarán con nosotros un 
himno á la Libertad; y la historia 
gravará con letras de fuego los nom- 
bres de todos los que se sacrifica- 
ron por la unión y el engrandeci- 
miento de la Patria Centro-Ame- 
ricana. 

He dicho. 

Guatemala, 16 de agosto de 1888. 



A mi amigo^ si Ssicristán, 



¡Cielo santo, esto es horrible! 
¡Otras dos campanas más! 
¿Qué vá á ser del vecindario 
En poder del sacristán? 
Si solo con las pequeñas 
Llegó á hacerse respetar, 
Hoy que su poder aumenta 
Con esas dos grandes más, 
Qué vida se nos espera? 
¿En qué iremos á parar? 
Yo creo que al fin se sale 
Con su gusto esc holgazán, 
De rompernos los oídos 
En fuerza de repicar; 
Así como ha conseguido 
Con tanta facilidad. 
Que pierda la policía 
La potencia auricular, ^ 
Y que á su gusto le deje, 
Sin meterse con él yá, 
Hacer lo que se le antoje 



I40 El Ateneo Centro-americano. 


Con la pobre vencidad. 


Su asombrosa actividad. 


¿Habrase visto otro tipo 


En recoger á los bolos 


Como este mi sacristán? 


Que en pié no pueden estar 


Cuasi-modo era un portento 


Y algunos chuchos sarnosos 


De estupidez y fealdad; 


De los muchísimos que hay 


Pero el compatriota ese 


Vagando por esas calles 


Le deja con mucho atrás, 


En busca de amo y de pan; 


Sobre todo en la manía 


Además, como hace tiempo 


Que tiene de repicar. 


Que sorda en extremo está 


¡Vedle subir la escalera 


Y se mantiene ocupada 


Con tanta velocidad! 


En los montes de piedad 


Ya subió; miradle ahora 


Empeñando sus recibos. 


Sus campanas contemplar, 


Por no tener que gastar; 


Con esa mirada llena 


en busca de Prinz y Múgdan 


De cariñosa bondad. 


Que generosos le dan 


¡Miradle como sonríe 


Por un recibo de veinte. 


Con dulzura paternal! 


Diez pesos, si bien le va, 


¡Cómo refleja su rostro 


Es natural que no oiga 


Su interna felicidad! 


Ese agradable tlayí, tlan^ 


¡Cómo demuestra que goza 


Y por eso mi vecino 


En presencia del metal! 


Se festeja en repicar. 


Con aire de triunfo mira 


¿Pero qué haremos, si sigue 


Por toda la vecindad, 


Sin correctivo este mal? 


Las mangas de la chaqueta 


Yo, por mi parte, lo que hago, 


Se arremanga con afán, 


Y creo que otros lo harán, 


Y con paso mesurado 


Es pedir á California, 


Y continente marcial. 


Por medio de Rosenthal, 


. Las cuerdas de los badajos 


Un par de buenos oídos 


Aproxímase á tomar. 


Para uso particular. 


Ya las tiene entre las manos, 


Y dejarle éstos que tengo 


iVedle por curiosidad! 


A mi amigo, el sacristán 


iVed la posición que toma! 


Para que de ellos disponga 


¡Si se parece á un compás! 


Como le convenga más. 


Media vara de distancia 




Del. uno el otro pié está: 


Guatemala, 15 de agosto de 1888. 


Queda el izquierdo delante 




Y el derecho queda atrás. 


Pepe Ramos Sorrol' 


De todas las cuerdas juntas 




Dispuesto se halla á tirar; 




La una, las dos, las tres . . . 
Ya se soltó á repicar. 


DISCURSO 


Y hoy no para, si la gana 
De divertirse le dá. 


PRONUNCIADO POR EL SOCIO 


¡Pero Señor, que no venga 
Un furibundo huracán, 
Y con campanas é iglesia 


JAVIER ORTIZ M. 




Lo traslade á otro lugar! 


Señores: 


¡Solo entonces gozaría 




El vecindario de paz! 


Los grandes genios que han re- 


¿Y la policía qué hace? 


movido ala humanidad para hacerla 


¿La policía? . . . allí está 


más dichosa, no han merecido de 


Desplegando cómo siempre. 


ella en su luchadora existencia, otra 



--1LA£5neo_Centro-americano. 



recompensa que el escarnio, el des- 
precio, la calumnia y el baldón; ja- 
más los contemporáneos de las ce- 
lebridades históricas han podido ha- 
cerles justicia; lejos de eso, solo les 
han hecho saborear las amarguras 
de la ingratitud aguijoneada por la 
Ignorancia. La apoteosis del genio 
solo es digna de hacerla la posteri- 
dad, pues si los contemporáneos lo 
pretendieran, mancharían las más 
veces, la gloría de los hombres gran- 
des. Una escepción muy notoria se 
encuentra: Víctor Hugo. La luz es- 
pléndida del siglo XIX, con- 
templada, comprendida y adorada 
por todas las inteligencias ilustra- 
das de su patría príncipalmente. Ah! 
pero Víctor Hugo estaba rodeado 
del gran pueblo francés, maestro de 
los pueblos, escepcional también, y 
el más digno de Víctor Hugo. La 
historia es una cadena de parado- 
jas: tiranos menguados en la opu- 
lencia y el esplendor, y genios su- 
blimes que desde el fondo de su mi- 
seria y su adversidad perdonan á la 
f)erfid¡a y á la ignorancia dejándo- 
es una enseñanza provechosa. Ah! 
corazones profundos, generosos é 
incomprensibles, cuando aceptan el 
sacrificio por la humanidad, conde- 
nan á ésta á llorar su eterno remor- 
dimiento, y la misma que ayer apar- 
tó con asco de su presencia á su 
desgraciado pero sublime soñador, 
va mañana á posternarse ante su 
descompuesto cadáver, porque aún 
muy necia no sabe discernir, entre 
la materia y la idea, entre lo mise- 
rable, frágil y perecedero y lo valio- 
so digno é inmortal; entre la negra 
grandeza del malvado y la brillante 
aureola del genio. 

El arma del genio es la idea más 
poderosa aún, que la fuerza que la 
creó, porque si el hombre perece, su 
idea jamás y en su marcha triunfan- 
te va reivindicando y castigando las 
injusticias y los crímenes que ano- 
nadaran á su creador. 

Una idea nueva, elevada y refor- 



141 



madora, que viene á reforzar U luz 
de la civilización actual, siempre ha 
de confundir y amedrentar á las in- 
teligencias escasas, á las almas ti- 
moratas y á los corazones hipócri- 
tas que solo á la sombra quisieran 
obrar y entre las sombras vivir. Si 
esta es y será una consecuencia de 
las desigualdades en la cultura y 
moralidad social, no es justo que 
sean parte para detener el progreso 
de los países, ni remora para la rea- 
lización de sus esperanzas acaricia- 
das. Hoy nos encontramos en pre- 
sencia de un acontecimiento por 
muchos motivos encomiable. Se ro- 
za con nuestra decantada esperan- 
za sobre Unión Centro-Americana 
que todo patriota bendice, recor- 
dando el gran fasto de i.° de ju- 
lio de 1823, el gran crimen de 15 de 
setiembre 1842, los grandes nom- 
bres de Barrundia y de Jerez, que 
tuvieron su lecho de muerte en 
Washington y los gloriosos márti- 
res: de Gerardo Barrios, Dueñas y el 
héroe del dos de abril. 

Una de las dificultades que se 
encontraban para perseguir con éxi- 
to la gran idea de todo patriota 
Centro-Americano, era la separa- 
ción de la República de Costa-Rica, 
manteniendo desde hace muchos 
años en un completo aislamiento, 
sin relaciones de amistad en el pa- 
do en que debía tenerlas, conside- 
rándose fuera de la destrozada pa- 
tria del héroe de Gualcho y Perula- 
pán; pero el nueve de julio del cor- 
riente año, los legisladores costari- 
censes han hecho desaparecer esc 
gran obstáculo dando una ley refor- 
matoria de la constitución por lo 
cual todos los Centro-AmcricauíO» 
gozan de iguales derechos políticof 
con los hijos de ese suelo, y (acui- 
tando además en esa ley la celebra- 
ción de tratados de Unión con las 
demás repúblicas hermanas. 

Costa-Rica ha dado un paso muy 
digno en el sendero de la liberud, 
ha'dado un medio eficaz para per- 



142 



El Ateneo Centro -americano. 



seguir ese hermoso ideal acariciado 
por tantos hombres ilustres, márti- 
res de la libertad y víctimas de su 
tiempo. 

Esa sangre derramada en los cam- 
pos de batalla ha fructificado en 
parte; ella nos da á travez del tiem- 
po la aureola luminosa de esa idea, 
la esperanza de un bien talvez no 
lejano, el ideal casi vuelto realidad, 
la reconstrucción de la patria. 

Costa-Rica es digna de elogio 
por ese hecho, acreedora á un voto 
sincero de simpatía y adhesión por 
todos aquellos que amen verdade- 
ramente á su patria y odien su es- 
clavitud. 

Dije. 



Archivo Nacional de Ciencias y letras. 



RHFLEXIOHES 
A LOS LIBROS DE ELOCUENCIA 



POR 



Fray Matías Cordova. 



Una pasión se destruye con otra 
contraria. El orador se debe con- 
ducir en esta parte como el arqui- 
tecto. Si éste ha de edificar donde 
hay otro edificio, comienza destru- 
yendo. Esto lo hace por partes; 
pues de lo contrario sería consumir 
inútilmente sus fuerzas. Se abstiene 
de arruinar lo que á costa de poca 
mutación puede servir al edificio 
que se intenta. De la misma con- 
formidad: unas veces se hace dudar 
de los motivos v. g. del amor, para 
proponer los de odio. Un hijo po- 
seído de tristeza por la muerte de 
su padre debe ser lisonjeado, convi- 
niendo el orador con lo racional de 
su sentimiento. De esta suerte se 
dejará conducir su corazón, admiti- 
rá las restricciones de su dolor,* y 



atenderá y será movido de los mo- 
tivos de consuelo. Finalmente si es 
difícil destruir los cimientos del 
egoísmo, es fácil establecer que el 
bien público está conexo con el 
particular. 

Las pasioftes contrarias excitadas 
respecto de sujetos contrarios^ cons- 
piran d un mismo fin. El aborreci- 
miento movido contra Clodio vale 
tanto como la misericordia movida 
á favor de Milon, su contrario. 

Deben variarse los afectos, ó pa- 
siones, así por evitar uniformidad 
que causa tedio, como por ser natu- 
ral que el alma en el conflicto en 
que la pone la gravedad de la cau- 
sa, sea á manera de una nave que 
el furor de la tempestad la impele 
por diversos rumbos y la eleva y 
abate sucesivamente. Qué pasiones 
tengan afinidad para mezclarse, de- 
berá decirlo el buen gusto que más 
se forma con la buena lectura, que 
con reglas. Sea el único canon, que 
en el análisis de los buenos orado- 
res se n<^ten las pasiones que mue- 
van. 

La voluntad es de tal naturalezay 
que no podrá moverse d no ser que 
ella misma se exponga d ser movida. 
Es decir, á no ser que ella quiera 
atender las palabras significativas 
(a). De donde se deduce que debe 
el orador conctliarse la atención de 
los oyentes. 

Llámase atención Id detención del 
alma entendiendo la cosa por sus re- 
laciones. Entendemos por relación 
el respeto, orden y comparación de 
una cosa con otra, ya sea como cau- 
sa, ya como efecto, semejanza, atri- 
buto &. 

Atendida la naturaleza de la vo- 
luntad^ y significaftdo este término 
apetito el natural deseo del bien y 



(a Se dice que Cesar oyó la defen*\ de Li- 
gario cou el propósito de estar sobre sí, p\ra 
no dejarse mover de Cicerón. El omdor supo 
sorprendí rl> de Diodo que inadvertidamente 
prestó su atsuoión y absolvió al reo, eo conse- 
cuencia de la noción que sigue. 



Ei^_Ateneo_Centro.americano. 



I 



fuga del mal, es consiguiente que la 
toluníad atiende y es fácilmente mo- 
vida de lo que apetece. Apetece ade- 
más, lo bueno, sea en realidad, ó sea 
en apariencia. 

Aun atendiendo la voluntad no 
sera movida, si no percibe claramente 
las relaciones, ó si se le presenta otro 
objeto que atender. No entenderse 
la razón, es lo mismo que no exis- 
tir lo único que es capaz de mover 
á esta potencia. Presentarle otro 
objeto es llenar con esto su limita- 
ción. 

La claridad consiste en la pureza 
de lenguage y sintaxis correcta^ 

Extraviarse de la causa, es pro- 
poner nuevo objeto á la atención. 

Ofender la modestia, es proponer 
al oyente, como por objeto, el agra- 
vio que con esto se hace á su vani- 
dad, ó amor propio. 

Las palabras ó expresiones oscu- 
ras fatigan el entendimiento que 
trabaja en desentrañar la significa- 
ción, por manera, que ocupado en 
esto, no percibe lo siguiente y al 
cabo abandonará un trabajo inútil 
(a). Pero sin embargo de todo esto, 
el énfasis y la reticencia lejos de 
fatigar al auditorio, le hacen enten- 
der mucho más de lo que pudieran 
las palabras. 

§n. 

DE LOS BIENES. 

Se íotna aquí en la significación de 
bien, lo que el hombre considere útil 
ó afiexo á su propia utilidad. Todo 
cuanto lisonjea de algún modo al 
hombre puede llamarse útil. 

Pueden haber muchos males ó bie- 
nes en la acción; pero solo tienen 
peso para Í7iclinar la voluntad 
los que se hayan considerado, y no 
los que solo se Jiayan conocido. Para 
percibirlo claramente, basta consi- 
derar que la voluntad presupone 



(a) Véíisc la primera causa del Gozo. Ensa- 
yo de paz. § IL 



conocimiento, y que no se ven con 
una sola mirada todos los aspectos 
de un objeto. 

Los bienes y males son mayares en 
la aprehefisión que en la realidad 
Es la razón, que están mezclados 
en las cosas los unos con los otros. 
La presencia física de un objetó 
excita las ideas que debe excitar 
por su naturaleza, siendo así que 
en la aprehensión solo se consideró 
el objeto, ó cuando mucho la mez- 
cla se conoció; pero no se atendió. 
Hay bienes espirituales y ccrpora- 
les. Para excusar divisiones, entic^n- 
danse también -por bienes espiritua- 
les los que consisten en la apre- 
hensión como las riquezas, los ho- 
nores etc. 

Los bienes espirituales son mds du- 
raderos que los corporales. Los pri- 
meros se gozan sin fastidio; los se- 
gundos, percibiéndose por inmuta- 
ción del órgano corpóreo, finalizan 
en nausea. Un hombre harto no se 
inquietara por buscar el sustento; 
un hombre lleno de gloria todavía 
se empeñara por más. 

De los bienes espirituales hay al- 
gunos relativos que no nos lisonjean, 
sino e?t cuanto son de la aprobadém 
de los demás. Co?isisten en ios acd^ 
nes que llevan unida la satis facciém 
de aprobarlas los hombres^ aun^iu 
tengan especial repugnancia al genio 
y la razón. Carlos XII pudo haber 
tenido gran delicia de haber quita- 
do la vida á diez hombres, porque 
se le adulaba, diciendo que él solo 
había destruido á veinte. Una ac- 
ción buena, por el contrario, afligi- 
rá, si el mundo la detesta; pero c»- 
to no se entiende con las almas 
grandes. 

La suma de los bienes, jrmales cre- 
ce con la manifestación de las rela^ 
ciofies. 

El interés trabaja par sosimer la 
opinión de los demás, acerca di ¡os 
bienes relativos. Lo único que no 
depende de nosotros es la opinión 
de los demás, y ninguno habrá que 



44 



El Ateneo Centro-americano. 



quiera destruir un bien cuya exis- 
tencia está en su mano. Aunque 
Cesar no hubiera sido clemente, sa- 
biendo que por esto le admiraban, 
se hubiera empeñado en sostener 
tan honrosa ilusión. Pero debe cui- 
darse que una adulación sin funda- 
mento, no se tome por abierta 
ironía. 

Sí calculado lo bueno y lo malo de 
una acción^ las sumas son iguales^ 
tendrá un estado de innaccióu la vo- 
luntad. Será entonces indispensable 
alguna adición para determinarla al 
acceso, ó á la fuga, no de otra suer- 
te que si ella fuera una balanza. 

Los bienes y males no tieuen 
igual precio respecto de todos. En su 
graduación tienen mucha parte la 
preocupación, la edad, la disposi- 
ción corporal y la opinión del 
Orador. 

{Continuará.^ 



OROISIOA 



El 26 del corriente tuvo lugar en 
el Teatro Nacional la segunda repre- 
sentación de **Los lazos del cri- 
men," drama que su autora, doña 
Vicenta Laparra de la Cerda, dedi- 
có á los la Sociedad de Caridad de 
Guatemala. 

No hacemos una crónica minucio- 
sa y detallada de asta pieza litera- 
ria, tanto por carecer del espacio 
necesario en las columnas de *'E1 
Ateneo," como porque ya nuestros 
colegas de la capital hablaron de 
ella extensamente; sin embargo nos 
complacemos en manifestar que, en 
nuestro concepto, la obra de la Se- 
ñora Laparra es en lo general bas- 
tante regular, por cuya razón le da- 
mos nuestra euhorabuena más en- 
tusiasta. 

Rectificación— No es cierto, 
como afirma **E1 Pabellón Salvado- 



reño," que el Presidente de **E1 A- 
teneo Centro-Americano" Dr. Uriar- 
te, se haya opuesto á que se diera 
una velada en honor de la poetisa 
salvadoreña Lola Arias (Esmeralda). 
Por el contrario, tanto él como los 
demás miembros de "El Ateneo," 
acogieron con entusiasmo aquella 
iniciativa y esto lo comprueban los 
discursos pronunciados por los 
jóvenes guatemaltecos Francisco 
Quinteros, Manuel E. Vega y Ja- 
vier Qrtiz M. y los hondurenos Juan 
M. Cuellar, Enrique Pinel y Félix 
A. Tejeda. El socio Hernández 
Blanco fué el único que improvisó 
una ligera alocusión, no obstante 
haber sido él, como salvadoreño, 
el nombrado para pronunciar el dis- 
curso oficial. 
Conste. 



* * 



Hemos tenido el gusto de leer 
el primer numero de "El Reperto- 
rio Salvadoreño, " hoja periódica que 
sirve de órgano á la ''Academia de 
Ciencias y Bellas Letras," reciente- 
mente fundada en la capital de la 
hermana república. 

Trae bonitas composiciones en 
prosa y en verso, sobre todo el dis- 
curso inaugural, pronunciado por el 
Doctor don David J. Guzmán. 



* 

^ * 



Con el título de "Lira Hondure- 
na," publicará dentro de poco, el 
joven Carlos C. Bustillo, una colec- 
ción de poesías de los principales va- 
tes de la patria de Reyes. 

¡Bien por el joven Bustillo! 



A nuestros AGENTES. — Suplica- 
mos que nos remitan los fondos de 
las suscriciones correspondientes al 
trimestre pasado. Y esperamos que 
los que no han contestado á nues- 
tra circularse tomen la molestia de 
hacerlo cuanto antes para saber á 
qué atenernos. 



Tomo I. y GuatemalaaSde setiftmhrA de 1888. J Nüm. 10- 




PUBLICACIÓN QUINCENAL. 
ÓRGANO DE LA SOGIEDAD LITERARIA DEL MISMO NO^.ÍBRF. 



EL ATENEO. 



Como oportunamente se anun- 
ció, el Ateneo dio una velada el 
I3 del mes en curso, en conme- 
moración del LXVII aniversa- 
rio de la independencia de Cen- 
tro-América. 

Hicieron uso de la palabra los 
Socios Fabián A. Pérez, Félix 
A. Tejeda, Carlos A. García, 
Daniel Hueso y Paredes, Lucas 
T. Cojulún, Jesús C. Rivas y 
Manuel Paz. 

La simpática señora Sara M^ 
G. S. de Moreno, dio esplendor 
á la veleda, recitando una bella 
poesía, digna hija de su clara in 
teligencia. Por demás está agre- 
gar que la composición de la Se- 
ñora García Salas, fué acogida 
con una salva de nutridos aplau- 
sos, justa recompensa al mérito y 
al talento. 

Concurrieron al acto el señor 
Presidente de la República, los 
señores Secretarios de Estado 
Dr. Anguiano, General Barru- 
lia, Ldo. Martínez Sobral, don 
Mauricio Rodríguez, y varios 
otros apreciables caballeros. 



Como representantes del he- 
lio sexo guatemalteco, tuvimos 
el gusto de ver á la distinguida 
poetisa A^delaida Cheves, á la 
donairosa y cautivadora Natalia 
Gorris, á la chispeante María 
Márquez, á la tierna cantora Eli- 
sa Monge, y á otras muchas da- 
mas que, además de tener luz 
refulgente en el alma, arrebatan 
con sus corporales gracias. 

El Ateneo Centro-americano 
creyó un justo deber felicitar á 
la Patria en su memorable día. 
y al efecto envió una comisión 
de su seno para que se acercase- 
al señor Presidente, con el obje- 
to de manifestarle el intenso re- 
gocijo que todo corazón republi- 
cano experimenta en el grandio- 
so día de la independencia Na- 
cional. 

El señor General Barillas rin- 
dió las gracias á la comisión, y 
ofreció, además, proteger y apo- 
yar de una manera decidida el 
desarrollo y progfreso de este 
Centro literario. 

Los miembros de la asocia- 
ción agradecen en alto grado las 
muestras de simpatía que. á ca- 
da paso, reciben de parte del 
Gobierno. 



146 



El Ateneo Centro-americano. 



LA INDEPENDENCIA Y LA NACIONALIDAD. 



Gran significación para los pue- 
blos, mayor significación para 
nosotros, tiene el acontecimiento 
que por misteriosa manera, lia sa- 
bido reunir en instantes solemnes 
buena parte de la juventud para 
que, como la historia, ensalce lo 
grande, lo bueno, lo justo, lo ver- 
dadero, perdone los errores de una 
época y arroje sobre la memoria 
de los tiranos las manchas de sus 
vicios y de sus deshonras. Acon- 
tecimiento magnífico que ha veni 
do celebrándose por los pueblos 
Centro- Americanos más de seis 
décadas corridas ya, y por la ju- 
ventud que abandonada á los ge- 
nerosos impulsos del patriotismo, 
viene como mensajera del progre- 
so, á quemar su alma y su cora- 
zón en el altar de la Patria, el día 
más luminoso que se destaca en 
los fastos de su historia. Patria 
tan hermosa como desgraciada 
desde que olvidando su destino, 
rompió con sus tradiciones y con 
sus virtudes en una noche de su- 
frimiento infinito para los que, 
verdaderos hijos de ella, lloraron 
sobre sus ruinas el criminal desa- 
fuero perpetrado en odio inaudi- 
to á la libertad y el porvenir. 

Nada tan significativo y nada 
tan doloroso como esa fecha in- 
mortal ¡15 de Setiembre de 1821! 
Esta fecha divide dos épocas, se- 
para dos generaciones. Un mo- 
mento antes, y encontraréis á 
Centro -América con sus recuer- 
dos, sus tristezas y servidumbres, 
un momento después y hallaréis 
á Centro- América con sus espe- 
ranzas, sus delirios y sus éxtasis. 
Ayer no más, las sombras y en 
medio de las sombras siluetas de 
seres que suspiran, espectros de 
verdugos que aterran, ruidos de 
cadenas que se arrastran! y des- 



pués . . .i después las brumas que 
huyen, higrirnas que mueren, cié 
los que se abren, horizontes que 
palpiían, zenzoritles que cantan, 
almas que despiertan, la divina y 
suave barabúnda de millares de 
cocciencias que nacen y el con- 
cierto de uu mund» que amanece. 

Y entonces el León de la con- 
quista, mohíno y amojamado, re- 
coje sus horrendas garras y hu- 
ye despavorido á los abismos de 
la noche . . . ! 

No es mi ánimo recriminar á 
los conquistadores de otros tiem- 
pos, que "culpas de reyes y erro- 
res de siglos no son odio de pue- 
blos." Pero si he de expresar al- 
guna idea, yo declaro que con to- 
do, no hemos podido ser libres. 
Cuando yo contemplo todo un 
pueblo temblando, como frágil 
barquilla en mar tempestuoso, en 
el centro de ese remolino confu- 
so y horrible que forma el hura- 
cán de las pasiones humanas, y 
miro que crece la tempestad, y 
se agiganta el torbellino hasta el 
punto de que, por un fenóme- 
no maravilloso, se convierte en 
tromba devastadora y arrebata 
como juguete de su furia, al pue- 
blo, al pueblo que apesar de sus 
errores, siempre es inocente: cuan- 
do ese mismo pueblo, como una 
máquina débil, se rompe en mil 
pedazos, porque contra el interés 
mezquino y miserable no ha 
opuesto las virtudes de Aristides, 
una mano formidable que levante 
á los enemigos de la Patria del se- 
no de las sociedades para arrojar- 
los en brazos de sus crímenes, allá 
donde Dante colocó á los repro- 
bos y á los traidores; entonces di- 
go que los hijos de ese pueblo 
nunca han sido verdaderos libe- 
rales, porque no es libre aquel 
que no tiene Patria, no es libre 
aquel que sacrifica en aras de sus 
intereses, ese poema sublime de 
amor que se forma al contacto de 



.§i-^teneo_Centro-americano. 



los besos de la brisa, de las ñore- 
(jUiasque por una ingratitud de ni 
lio, hemos arrancado en nuestros 
juveniles juegos, florecillas que 
han nacido con nosotros v con no- 
sotros crecen y muchas veces con 
nosotros mueren, poema de amor 
que se aumenta con las manes de 
los grandes hombres de nuestra 
Patria, y que no se extingue del 
corazón, sino cuando viene á nos- 
otros ese espectro aterrador que 
Wallin hace decir: 

Kn loH brazos del vértigo lanzados 
hbrio» KÍrais en bulliciosa danza, 
Cifien las flores la encendida frente 

Y refiuena la música en el pecho 

Má« veílme en el umbral ¡cómo de súbito 
Cfsa el nimor y se detiene el baile 

Y la pálida novia desfallece 

Y tembláis ante mí mudos de espanto! 



Centro- América repito no ha 
•aJ4do ser libre, Pues qué! ¿Pre- 
^ientvnos acaso el estandarte que 
/Iluestros mayores presentaban á 
HÍaa otras naciones de la tierra co- 
mo enseña de libertad y de unión^ 
ítAhl no recordemos el pasado de 
^nuestra historia sino para apro- 
vecharnos de nuestros errores y 
tomar saludable enseñanza para 
lo porvenir: no contemplemos más 
el cuadro fatídico de las guerras 
civiles en que por desgracia ha 
vivido Centro-América en su cor- 
ta vida política; y cuando los su- 
cesos se precipiten á la memoria 
para atormentar nuestro corazón 
le jóvenes, digamos con el poeta 

"Pasad, pasad 
Recuerdos de aquella edad.» 

Los Estados Unidos, ese pue- 
blo inmenso, ese pueblo colosal 
para la industria, pueblo de los 
grandes inventos y que, como el 
rey de los astros, parece ser el sol 
que alumbra los anchurosos cam- 
pos de la ciencia y á cuyo centro 
girarán mañana como pequeños 
planetas, todos los pueblos cul- 



Í4L. 



tos de la tierra, sin duda, que sn 
poder y grandeza lo debe en mu- 
cho, al concepto que sns hijos tie- 
nen de su libertad y sus derechos. 
i oda vez que lograron su inde- 
pendencia, la primera enseñanza 
que les ofreció el derecho fnó la 
Unión de los Estados: v la fede- 
ración se organizó de ac'neixio con 
los i)rincipios de la democracia 
que son los únicos conformes á la 
naturaleza humana. Pues bien: 
los Estados Unidos son ahora una 
nación respetable; y si queréis 
otra palabra más significativa, 
diré que hasta las potencias en- 
ropeas le rinden homenajes de 
admiración y respeto ;A qué es 
debido esto? Es debido á que ese 
pueblo se aprovechó de sn liber- 
tad para engrandecerse, y para 
engrandecerse, hubo de adoptar 
la Unión que es la base de todo 
progreso, y que con la fuerza del 
siglo, arrastra á ese gigante ha- 
cia las cimas de la perfectivilidad 
humana, muchas veces por entre 
montañas de hielo, como ahora 
justamente, que anda en los ma- 
res Antarticos comprobando por 
una experimentación amarga, la 
redondez de la tierra, empresa 
que al realizarse, pondni en cla- 
ro el absurdo que consiga á este 
respecto nuestra santa jBiblia, li- 
bro que parece trasmitido de 
abuelo en abuelo hasta nosotro» 
y que ¡cuántos habrán cometido 
ia heregla de prenderle fwefto en 
una de tantas travesuras de la ju- 
ventud! 

Lo mismo que digo de la Kenú- 
blica americana, diría de todas 
los naciones que cual más, cual 
menos, figuran en el concierto 
de los pueblos cultos; y es ooe 
casi todas deben su prosperidad 
y grandeza á la Union que hace 
fuerte, á la Unión que infunde 
respeto por lo grande, por lo ma- 
ravilloso, la Unión oue hilo a 
Bolívar su hijo predilecto, tin 



148 



El Ateneo Centro-americano. 



nuevo Redentor qué, en sus idea- 
les democráticos, soñaba la con- 
federación de los pueblos latino- 
americanos, principio luminosí- 
simo consignado por la democra- 
cia en los destinos de América. 

Concretando mis ideas, diré 
que si desgraciadamente nues- 
tros antecesores no lian sido ver- 
daderos liberales, nosotros para 
serlo debemos contribuir á la 
Unión de los cinco estados que 
componen á Centro-América. 

Dicha es que los separatistas 
caminan de vencida; y que el Go- 
bierno de hoy está animado de 
las mismas esperanzas de la ju- 
ventud; él como ningún otro, an- 
hela el restablecimiento de la 
Patria. 

Que la nacionalidad sea el sue- 
ño más hermoso de nuestros sue- 
ños, el móvil de nuestras aspira- 
ciones, algo así como un sagrado 
culto, algo que á su recuerdo nos 
haga decir con Horacio: est Deus 
in noMs\ agitante calescimus illo: 
''hay un Dios en nosotros; y agi- 
tados por él nos encendemos." 

;Qué orgullo tan legítimo no 
llevaría á las tranquilidades del 
hogar el gobernante que hubiese 
contribuido á la Unión de Cen- 
tro-América! ¡Y qué placer para 
la juventud cuando se congrega- 
ra á tributar justos elogios por 
todos nuestros mártires, á cantar 
las excelencias de la libertad y de 
la línión, tranquila, hermosa, sin 
"fijarse en que este siglo del genio, 
arrastraría todas las hazañas de 
nuestros héroes, todas las gran- 
d.es cosas que hayamos hecho á 
depositarlas en manos de genera- 
ciones más venturosas para caer 
luego como espumosa catarata 
que viene de los abismos, en ese 
otro abismo insondable y miste- 
rioso del tiempo. 

J. BusTiLLo Rivera. 



Alegoría á la América. 



De allende el mar señora poderosa 
Bellísima una huérfana encontró, 

Y dándole su nombre generosa, 
Por su hija querida la adoptó. 

Y viéndola de joja^ revestida, 
Sus riquezas inmensas comprendió, 

Y cuidar la doncella desvalida 
La Señora á sus hijos encargó. 

Mas nlgunos, ni nobles, ni clementes, 
Cumplieron el encargo de su madre 

Y trataron muy mal al inocente, 
Aunque esto nunca á su hidalguía cuadre. 

De libertad la privan, la despojan: 
De sus joyas y trajes más preciados: 
La hieren, la maltratan y la aherrojan, 
Lastimando sus miembros delicados. 

Y los ojos le vendan al momento 

Y á vivir en tinieblas la condenan. 
Negándole la luz, el alimento: 
¡Su furor insaciable nunca llenan! 

Tan pequeña y tan débil no podía 
Más que sufrir sus íntimos dolores, 

Y bajo el yugo abrumador vivía 
De aquellos sus tiránicos señores. 

Inocente, sin fuerzas y cautiva, 
Muchos años al carro estuvo atada. 
Do se alzaba ominosa y excesiva. 
La carga más fatal: la que degrada. 

Mas á pesar de sus cadenas duras, 

Y de martirios y suplicios tantos. 
Crecía hermosa con sus desventurjis 
Robustecida con sus propios llantos. 

La idea luminosa que en su mente 
Ha surgido vendita y redentora, 
Se realiza: desde hoy independiente 
Esclava no será sino señora. 

Rompiendo sus cadenas con despecho, 
Se declai*a tan libre como el viento, 

Y de su ronco, entristecido pecho. 
Sale vibrante triunfador acento. 

La libertad sus fuerzas rehabilita: 
Ella misma sus formas ajiganta 

Y entusiasmada y furibunda grita 

Y enternecida de contento, canta. 



ElAteneo Centro-ameri 



CANO. 



oQné corazdn habrá que no comprenda 
Lo grande, lo magnífico del día 
En que la amada patria recibía 
El bautismo de santa Libertad? 

Saba M» G. de Moreno. 
1 5 de setiembre de 1888. 



DISCURSO 

i'KOi>uixCIAD0 POR EL SOCIO 

FABIÁN A. PÉREZ. 



que 



Sr. Presidente^ señoras^ señores: 

Había en la antigua Grecia, la 
tierra clásica del ideal, un gran ora- 
dor que, siempre que encontraba 
en el registro de su inmortal memo- 
ria, ciertos recuerdos del pasado, 
lloraba á lágrima viva, no sé 
tristes alegrías. 

Volando el tiempo, la humanidad 
liízo lo mismo, en unas ocasiones 
(jue yo no sabría explicar; pero lo 
cierto es, que todos la hemos visto 
en sus instantes de soberano arroba- 
miento, humedecer las sonrisas que 
extremecían sus labios con raudales 
de cristalinas lágrimas. 

¡Ah! y que bellas son esas lágri 
mas que brotan de la fuente del 
placer! ¡Qué amargas esas sonrisas 
que salen del abismo del dolor! 

Y es, señores, que el corazón de 
los hombres es una arpa misteriosa 
en la cual, nunca, nunca suenan las 
cuerdas del placer, sin el callado 
acompañamiento de las del dolor. 
Por eso, señores, en las grandes 
pruebas de la vida, en circunstan- 
cias para nosotros sagradas, sole- 
mos alzar esos himnos confusos, 
misterioso conjunto de hosannas y 
de plegarias, que se levantan del al- 
ma de la humanidad, como nubes 
de sentimientos que dora el explen- 
doroso luminar de la memoria. 



Perdonad, pues, por esta causa 
la mcoherencia de mis palabras, y 
permitidme á la vez, que lleno del 
sacro fuego de la patria, me deje 
arrebatar por el raudo aquilón del 
patriotismo, y como águila caudal 
que el aire hiende, se remonte mi 
sentimiento á la excelsa altura don- 
de moran los progenitores de nues- 
tra emancipación política. 

Y ahora, vosotros jóvenes que 
germinasteis en la aurora inmortal 
del 15 de Setiembre de 1S21, como 
flores que, abrirían sus broches en el 
porvenir, bendecid conmigo esa 
fecha de amorosa recordación. Ce- 
lebradla también con la fiesta sen- 
cilla, pero sincera y conmovedora 
de vuestros corazones. Saludadla 
con la voz profundamente agrade- 
cida de vuestras almas de fuego. 

¡15 DE setiembre! Tierna ma- 
ternidad de un pueblo; sepulcro 
inolvidable de la colonia; iris divi- 
no de la Libertad! quién pudiera 
cantar en inmortales acordes tu su- 
blime advenimiento. ¡Quién fuera 
bardo inmortal. . .! 

Cuando el nombre armonioso de 
Libertad repercutió en las escar- 
padas cumbres y sonó por entre los 
hondos valles de nuestras umbrías 
selvas, palpitaron desde las lóbre- 
gas profundidades de la servidum- 
bre, millares de corazones. 

Un nuevo aliento de seres des- 
conocidos extremeció las páginas 
de la historia: un nuevo mundp es- 
taba redimido. 

Prometeo ha descendido ai an- 
tro oscuro de la Colonia Centro-A- 
mericana y ha encendido en su al- 
ma la chispa divina de la libertad! 
¡Salve! mil veces salve! oh! sacra 
Libertad! 

Señores, hay en las entraflas de 
la naturaleza un laboratorio miste- 
rioso, en cuyos vastos crisoles, se 
preparan eternamente los anillos 
de la infinita cadena de la vida, jr 
en el cual también se incuban eso»' 
huracanes que, con el nombre de' 



I50 



El Ateneo Centro-americano. 



acontecimientos, arrastran á la hu- 
manidad á la isla encantada de la 
perfección. 

Existe el sagrado núcleo dó un 
pensamiento eterno urde los hilos 
de la existencia universal y cuyos 
imperiosos m.andatos se graban en 
la historia de los hombres; ora con 
las negras cifras de la desdicha, 
ora con las nacáreas tintas de la 
felicidad. 

Ahora bien, cuando el espíritu 
humano, contenido en ese botamen 
maravilloso de la naturaleza, se 
siente hastiado y somnolente; algo 
así como con anhelos indefinibles 
de vivificarse y expandirse, da esos 
pasos gigantescos que desde las 
crestas del Himalaya lo han lanza- 
do del Parthenón á Roma, de Ro- 
ma á la Convención y de ésta, á las 
aristas de los titánicos cerebros que 
desde el Anahuac hasta el Chim- 
borazo, hicieron fulgurar el sol de la 
libertad en el nuevo mundo. 

De allí, señores, de allí surgió la 
onda portentosa de luz que hizo 
amanecer al Continente Americano. 

Ese como fulgor de alba que se 
llama independencia, no es sino, la 
vivida expresión de una alta nece- 
sidad del progreso; la sed indoma- 
ble de nuevos derroteros; el ansia 
interminable de un sueño infinito. 

El progreso, pues, necesitaba 
trasportarse á un mundo mejor. Y 
vino á América. Y esta virgen le 
ofrece en su regazo: aquí, una sel- 
va, que será la eterna inspiración 
para el artista; allá, la adusta legión 
de enhiestos picachos que, darán 
en sus ñamígeras melenas y en sus 
hirvientes entrañas, los modelos 
inacabables del pensador y del hé- 
roe: allí, los arroyuelos, cintas de 
plata, borbotando como enjambre 
de Náyades inquietas, murmurarán 
al oído del poeta, dulces é ignotas 
endechas: acullá, el ronco rebramar 
de los mares, recordando el himno 
inextinguible de la Libertad y del 
Derecho; y en fin, todo, todo ese 



incesante y frenético burbujeo de 
almas y de corazones que se lanzan 
con ímpetu incontrastable, y se 
agarran con fuerza irresistible á la 
cauda centellante de la civilización 
y del progreso. 

Oh! sí! América está predes- 
tinada á ser el lecho de flores en 
que un día han de celebrarse las 
suspiradas nupcias del porvenir con 
esas rientes hijas del infinito, que 
se llaman esperanzas. Sí, América 
es, y tiene que ser, la tierra de pro- 
misión, el paraíso soñado por el 
Profeta en las bíblicas elucubracio- 
nes de su ardiente fantasía, en que 
se realizarán la comunión de todas 
las conciencias, el himeneo de to- 
dos los espíritus, la unidad moral 
de las almas, y esa celeste federa- 
ción de besos, sentimientos y cora- 
zones con que la humanidad ben- 
decirá el venturoso día de su puri- 
ficación por la Ciencia, la Libertad 
y el Amor. 

Señores: la Independencia es el 
primer versículo con que se anun- 
cia esa nueva era de fraternidad. 
Sus ricos manantiales convidando 
están para apagar en ellos, la bruma 
caliginosa de las pasiones, y sus má- 
gicos efluvios preparados también 
para templar esa lira descordada 
que se llama Centro-América. 

La Unión, la Libertad y el De- 
recho, renacerán por fin en el yerto 
seno de la patria agonizante. 

La púdica vestal que surgió el 15 
de Setiembre de 1821, comparecerá 
ante nosotros, como la bella Phriné, 
radiante y magestuosa; las sombras 
de nuestros perilustres varones la 
acompañarán en su gloriosa re- 
surrección, como el espectro aterra- 
dor de nuestros hondos remordi- 
mientos. 

¡Y ha de despertar! Atónita y ja- 
deante se levantará del polvo de 
nuestras miserias y la veremos tras- 
figurarse otra vez, al rudo empuje 
de la juventud, esa generación viril 
y portentosa que, exhuberante de 



El Ateneo Centro-americano. 



«5» 



vida de y nobles ambiciones, seyer- 
gue con la altivez del huracán como 
si quisiera en su poderoso vuelo sur- 
car la inmensidad Jel infinito y me- 
dir en sus desenfrenados vértigos 
la altura de su Dios. 

El supremo instante ha llegado 
;oh noble juventud! Allí están esos 
escombros humeantes y ensangren- 
tados; allí los girones del sacrosan- 
to paladión, como un sudario de 
muerte; allí las sombras de nues- 
tros antepasados señalando con su 
demacrada mano vuestras orgullo- 
sas frentes; allí están! huid avergon- 
zados si no os consideráis dignos de 
recoger la legendaria enseña y tem- 
blad ¡cobardes! bajo el ho'rendo pe- 
so de vuestra propia ignominia. . . . 
pero nó, la patria que encontró in- 
merecido sepulcro en 1842, va á en- 
contrar su nuevo Tabor en la apoca- 
líptica fragua de vuestros genero- 
sos pechos, fundidos en el crisol de 
nuestras antiguas libertades. 



Guatemala, 



de sbre. de i 



LA PATRIA. 

1:1, ir* I)K setiembre. 



Fecha inmortal! tus albores 
Traen recuerdos de otra edad, 
Cuando en luto y orfandad 
Yivían nuestros mayores: 
En tu seno los rigores 
De la infunda tiranía 
Vio la hermosa patria mía 
Alejarse en lontananza, 
Llena de fé y esperanza, 
Fh'mando su autonomía, 

¿Quién no hendice gozoso 
Tu aparición inmortal? 
¿Quién no levanta triunfal 
Él himno del victorioso? 
¿Quién no mira un cielo hermoso 
Para una hea-óica nación 
Cuando, al mundo, su pendón 
Ha mostrado soberano, 



Llevando el cetro en la mano 
De su feliz transición? 

Nadie patria! nadie puetle. 
Respetando su honor mismo. 
Provocar aquel cinismo 
Que su propio honor le vede; 
Hoy el pecho solo cede 
Al impulso del amor; 
Hoy se aplaude con ardor 
Aquella hermosa jornada. 
En que pudo verse izatl;» 
Tu bandera bicolor. 

Corona de soberana 
Lució en tu frente divina: 
El Sinai te ilumina 
Con sus rayos, espartana. 
Tu frente tersa y galana 
Resplandeció eu el espacio; 
Ricas nubes de topacio 
Se posaron en tu cielo, 

Y una estre la de consuelo 
Iluminó tu ptüacio. 

Fijaron y 11 las naciones 
En tí su mirada amiga, 
Ya nc eras tií la mendiga 
De zoberanas legiones: 
Grecia y Roma sus pendones 
De libertad te mostnibau; 
A ser grande te enseñaUui 
Con ternura y con cariño. 
Rasgando el oscuro aliño 
De los siglos que pasaban. 

Un apóstol (1) en tu seno 
Predicaba tu doctrina. 
Tu Biblhi de amor divina 
Con un aspecto sereno: 
Elocuente como ameno 
Era aquel apo^tolatlo; 
Alma noble, fiel soldado ^ 
Que da de progreso el grito 

Y ve con signos escrito 
Tu sino predestinado. 

Esperad! que la hora mnX» 
De libertad h;i honailo, 

Y en el espacio ha roda<l«> 
Una voz que la levantn; 

La voz de un pueblo que canU 
Su primer himno de gloria; 
Es la voz de la victoria 
Que inunda lo-» coraz<»ue8. 
El alma de las n»ciooe« 
Que glorifica la Hii«toriii. 



(D— J. Francisco Berro u<1i«. «"» «*• 
bres niHS notables d- Centro-Amé rfca, ^ 
do defensor de los deiecbo» y Ubftiaa»*! 

i pueblo, eminente orador y 



152 



El Ateneo Centro-americano. 



jOh! que hermoso es contemplar 


Y todos trabajarán 


Un pueblo niño al nacer, 


Por tu bien y tu provecho. 


Cup.mlo viene á comprender 




Lo que es digno de alcanzar! 


No dudes, hoy se levanta 


Cuando va d erigir su altar 


La juventud con vigor 


Al ídolo de su amor, 


Y luchará con honor 


Cuando pide con vigor 


Por una idea tan santa. 


Para su espíritu ileso 


Más tarde su fuerte planta 


Luz brillante de progreso. 


Secará el verde ciprés, 


De libertad y de honor! 


Pondrá el olivo á tus pies 




Como enseña de victoria. 


Esto hacías madre pura 


Evocando la memoria 


Al salir del caos mudo, 


De Cabaiías y Jerez. 


Acariciando el escudo 




Qne rompió tu ligadura; 


Ten confianza, en ella espera,. 


Cuando levantóse impura 


Que lleva en su seno razo 


La mano de la traición, 


El fuego del Chimborazo 


Y esclava de otra ilación 


Para inaugurar tu £'n// 


Vimos tu orgullo humillado 


Y modesta como austera 


Pero im destino ignorado 


Sabrá esculpir en la Historia, 


Te daba la redención. 


Esa epopeya de gloria 




Y triunfos edificantes. 


Las horas de tu existencia 


Con caracteres brillantes 


En revuelto paroxismo, 


Que enaltezcan tu memoria. 


Te llevaron al abismo 




Del error j la inclemencia ; 


¡Oh patria! cuánto consuelo 


Y en estúpida demencia 


Bañará nuestro semblante. 


La envidia con la ambición 


Cuando miremos triunfante 


■Rasgaron tu corazón, 


Y flotando en nuestro cielo 


Hirieron tu alma, señora, 


El pabellón, que sin duelo. 


Y con su mano traidora 


Alzarás de gran nación: 


Desgarraron tu pendón. 


Cuánto goza el corazón 




Al pensar en tal ventura, 


¡Oh vergüenza! los girones 


Pues ya creo que fulgura 


De tu bandera gloriosa, 


La bandera de la "Unión!" 


Flotando sobre una losa, 




Cobijan cinco naciones; 


Cuando nos anuncie Oriente 


Cinco pequeños pendones 


Del día el primer albor, 


Irrisión de las edades, 


Cada pecho con ardor 


Cinco locas vanidades 


Lanzará un himno ferviente; 


Que formara el retroceso. 


Y jugará en cada frente 


En un siglo de progreso 


. La sonrisa del placer : 


Y de augustas libertades. 


Entonces podremos ver 




Levantar tu faz risueña 


Sueñan, acaso, que siendo 


Y saludar, doble enseña 


Tan pequeños como estamos 


De libertad y deber. 


Nuestra grandeza alcanzamos 




A sus doctrinas siguiendo? 


El cáncer del sufrimiento 


Gocen hoy, el alma hinchendo 


Tu corazón hoy devora, 


Y maldigan nuestro afán. 


Y tu alma sensible llora 


Que más tarde caer verán 


Sin esperanza, ni aliento. 


Desquisiadas sus barreras. 


Espera! vendrá el momento 


Y triunfantes las banderas 


De animar tu corazón, 


De Barrios y Mo razan. 


De apagar esa pasión 




Que tus fibras extremece. 


Llora sí, desconsolada, 


Porque robusto florece 


Tus dolores ¡ay! prolijos! 


El pensamiento de * 'Unión." 


Pero nó! que tienes hijos 




Para tu idea sagrada! 


Vamos escombros pisando,. 


Su pensamiento ó su espada 


Viendo correr tristes días 


Sabrán unir tu derecho, 


Y cual lloró Jeremías, 


Y con un abrazo estrecho. 


Vamos nosotros llorando. 


Mañana se ligarán 


Ese llanto va regando 



ZL^J^neo Centro-americano. 



Las ruinas casi infecundas; 
Pero de amor las profundas 
-Lágrimas que se derraman, 
Animan, mueven, inflaman 
I hacen las vidas fecundas. 

Y cuando suene la fiesta 
De Efiuella inmortal mañana, 
Con nubes de nieve y grana '(1) 
Tu frente estará compuesta. 
La ninfas, de la floresta 
Traerán las lucientes flores, 
Que con gustosos primores' 
A tu cendal prenderán 

Y entonces entonarán 
Dulces cantigas de amores 

Allí, hermosa juventud 
Alegre estará á tu lado, 
Compartiendo aquel honrado 
Triunfo de excelsitud. 
Inspirada en la virtud 
Mirará tu comunidn, 
LoB himnos de bendición 
Irán al cielo radiantes 

Y entro rosas y brillantes 
Grabada eetará 'La Union." 

Félix A. Tejeda. 

OoatemaU, 15 de setiembre de 1888. 



DISCURSO 

PRONUNCIADO POR EL SOCIO 

CARLOS A. garcía. 

Sres, Presidentes^ Señoras^ Señores: 

Desde hace algún tiempo hice el 
propósito de no volver á ocupar es- 
ta tribuna, dada mi absoluta incom- 
petencia y el temor que me inspira 
la crítica de algunos ilustrados es- 
critores que, entre nosotros, se han 
impuesto la honrosa tarea de im- 
plantar una completa regeneración 
literaria. Sin embargo, hoy que "El 
Ateneo" conmemora la gran fecha 
de nuestra emancipación política, 
natural es que sacrifique mi modes- 
tia en aras del entusiasmo que me 

(D— En nubes de oro y grana (Gertrudis G. 
de Avellaneda), 



LSi 



ocasionan las gloriosas remembran- 
zas del pasado. 

Yo no sé, señores, yo no compren- 
do por qué, el espíritu humano 
en épocas de regocijo para la 
patria, experimenta algo así ce 
mo el extremecimiento convulsivo 
del dolor, se reviste de la lan-ni 
dez que imprimen los sufrimiento^ 
y graba en nuestros semblantes ias 
huellas de la desesperación. A veces 
pongo en duda la existencia de es- 
te fenómeno estraflo; pero cuando 
en mí mismo lo siento; cuando co- 
mo ahora, derramo lágrimas de pla- 
cer y se agolpan en mi cerebro mil 
y mil recuerdos de felicidad que 
me contristan, doblego la cabeza en 
presencia de aquel arcano miste- 
rioso. 

Yo considero. Señores, la inde 
pendencia de Centro-América como 
la resurección de la patria, salvada 
hace hoy 6; años, de los nervudos 
brazos del coloniage. Pero al evo- 
car á mi imaginación las gratas im- 
presiones de aquel solemne día, en 
vez de exhalar gritos de jubilo 
y de contento, lanzo carcajadas de 
despecho y en mis labios se dibuja 
la irónica sonrisa de la burla. 

Las lágrimas del proscrito y del 
cautivo; la sangre del soldado y del 
mártir derramada en el patíbulo y 
en los campos de batalla, son sin 
duda alguna, el rocío divino que 
fertiliza el árbol frondoso de la li- 
bertad. Pero esa sangre y esas ligri- 
mas que preparan el terreno para 
que dé oportunamente frutos en 
ubérrima reproducción; entre noso- 
tros. Señores, amargo es decirio, no 
ha producido otra cosa que tristes 
y dolorosísimos resultados. ¿Y si* 
beis por qué? Porque en Centnv 
América, los mismos que al pié de 
ese árbol buscan abrigo contra las 
horrísonas tempestades del despo» 
tismo y de la tiranía, son los prúne- 
ros en atizar la hoguera de la into- 
lerancia, que corrompe y seca la vi- 
vificante savia de la democrada. 



54 



El Ateneo Centro-americano. 



Me refiero, Señores, como lo ha- 
bréis comprondido, al partido del re- 
troceso: á ese Nerón de las liberta- 
des públicas, á ese Caín del adelan- 
to social que, en todos los países y 
en todas las ocasiones, ha desgarra- 
do con mano fratricida, las entrañas 
de la patria. 

Dirigid, Señores, si gustáis, una 
mirada retrospectiva hacia el tiem- 
po que pasó; registrad una á una 
las páginas de la historia de la hu- 
manidad, y os convenceréis de que 
esa falange de hombres sin concien- 
cia, ese cardumen de hijos desnatu- 
ralizados, de que por desgracia me 
ocupo ahora, ha sido, es y será la 
causa de todas las calamidades que 
afligen á las naciones, el fac totun 
del atraso universal, el protagonista 
de ese ridículo saínete que se llama 
política conservadora. 

¿No veis allá en medio del 
azulado Atlántico, á una virgen 
candorosa, envuelta en el oscuro 
manto de la servidumbre, que al 
través de las espumosas ondas del 
Océano, dirige mil y mil desgarra- 
dores lamentos, como para trasmi- 
tir al mundo sus quejas y hacer á la 
humanidad partícipe de sus dolores? 

Esa virgen. Señores, es Cuba, la 
infeliz cautiva americana, en cuya 
frente se ve estampado el sello de- 
nigrante del oprobio, cuyas sonro- 
sadas manos todavía conserva ata- 
das con las fuertes ligaduras de la 
opresión y en cuyas espaldas aun 
manan sangre las profundas y mor- 
tales heridas que, con sus emponzo- 
ñadas garras, le infiriera el León de 
Iberia. 

Pus bien, Señores: no extrañéis 
que yo equipare la desventurada 
suerte de esa perla de las Antillas 
á la de nuestra querida Centro-Amé- 
rica, si por más tiempo continua 
despedazada; si sigue como hasta 
ahora, divida en fragmentos ridí- 
culos: en cuasi-semi-ex-bosquejos 
de repúblicas soberanas é indepen- 
dientes. 



Pero nó: no es posible que Gua- 
temala, la hermana más sensible y 
cariñosa, vea con impavidez estoica 
el fraccionamiento de la familia cen- 
tro-americana. El actual Gobierno 
trabaja con asiduidad y constancia 
por la reconstrucción de la antigua 
patria, y debemos confiar en que 
muy pronto brillará en su cielo 
el sol radiante de nuestra dicha 
futura, y en la historia, los nombres 
bendecidos de sus abnegados rege- 
neradores. 

15 de setiembre de 1888. 



A CENTRO-AMSRICA. 



«Hay raquíticos hombres, patria mía, 
Madre infeliz de parricidas IJena, 
Que acechan con el ansia de la hiena, 
El instante en que empiece tu agonía. 

Ellos son los que odiosa tiranía 
¡Ay! te impu^ienm sin piedad ni pena, 

Y arín intenta» forjar otra cadena 
Para atarla á tu pié con mano impía. 

Mas ya ni el vil traidor ni los tiranos 
Mancillarán tu solio con su planta: 
Que contra esos verilugos inhumanos, 
La juventud heroica se levantR; 

Y mientris ella exista, el patriotismo 
Ahogará con su peso al despotismo. 

Manuel Paz. 
Guatemala, 15 de setiembre de 1888. 



DISCURSO 

PRONUNCIADO POR EL SOCIO 

JESÚS RIVAS. 



Señores Presidentes^ Señores Minis- 
tros, Señoras, Señores: 

Comisionado para tomar i3arte 
en esta velada con que "El Ateneo'' 
dispuso solemnizar la fecha más 



=,IL^I5neoCentro-americano 



trascendental que registra nuestra 
histona en sus brillantes paginas, 
lie llegado a esta honrosa tribuna 
no para agregar algo á lo mucli¿ 
que se ha dicho, sino únicamente 
animado por el deseo de contri- 
»)uir con mi pequeño óbolo á la 
conmemoración de éste que es 
f^ndioso día para todo el que 
sienta correr por sus venas sangre 
centro-americana; porque es gran- 
dioso todo lo que da vida y enal- 
tece, y, en mi concepto, da vida 
y enaltece, todo acontecimiento 

2ne hace conocer al hombre los 
ei-echos que naturalmente le co- 
rresrionden y de los cuales no 
puede ni debe renunciar jamás, 
puesto que á nadie, absolutamen- 
te á nadie, le es ni será posible 
oponerse á que se verifiquen las 
eternas leyes naturales, á cuya 
influencia nos hallamos sometidos, 
y porque da vida y enaltece, cuan- 
to contribuye á que el hombre es- 
tudie detenidamente las socieda- 
des y llegue á convencerse de que, 
•éstas como él, son dueñas de de- 
rechos muy sagrados. Sí Señores, 
porque no fué sino en este día en 
el que dio principio la vida de 
•esta tan hermosa tierra como que- 
rida patria mía; porque los pue- 
blos, de la misma manera que to- 
do lo creado, nacen y se desarro- 
llan; pero para adquirir su desa- 
rrollo, tienen, necesariamente, que 
pasar por ese período que pode- 
mos llamar su infancia; porque 
•entonces viven, permítaseme la 
•expresión, una vida material. Lle- 
ga la época en que ese período 
concluye y empiézanse á sentir 
violentas conmociones sociales, co- 
mo signos de que un cataclismo 
vendrá á indicarnos, la imposibi- 
lidad de continuar sujetos á tal 
género de vida y como una mani- 
festación de que se ha llegado al 
conocimiento indispensable para 
poder encaminarse por sí,^ ^^,}^ 
anchurosa senda de la civilización 



ü 



y del progreso. Es entonces cuan- 
do los pueblos se resienten de t-s 
tar sometidos á extraña tuteja 
y procuran su emancij)ación. 

Esto es. Señores, lo que ha pa- 
sado á Centro- América y lo que 
llego á verificarse el 15 de Setiem 
bre de 1821, no por el simple pni 
rito de imitará otras nacionalida 
des, sino porque comprendió qne 
ya podía gobernarse ella misma: 
aprovechó sí, el movimiento revo- 
lucionario de los demás pueblos 
de la América, porque no podía 
ver con indiferencia la sangn» 
gloriosamente derramada en aque- 
llos campos de batalla; siendo esto 
un motivo más, para que celebre- 
mos como lo merece y con el en- 
tusiasmo que debe despertarse en 
el corazón de todo ciucfadano qne 
se vanaglorie de poseer ese senti- 
miento que ennoblece y dignifica: 
el amor de la patría, el día en 
que por vez primera anarecieni 
Centro-América en el bello pano- 
rama de las naciones líbrese in- 
dependientes. 

Tal acontecimiento tenía de efer- 
cer su benéfica influencia en todas 
las clases sociales, tanto materia] 
como moralmente; pues al poner- 
se en comunicación con las denubi 
naciones, el comercio tomó muí 
ensanche, porque en tiempo de la 
colonia es oien sabido por todo8« 
que no podía traficar sino con la 
madre patria, habiendo retrocedi- 
do en este punto, puesto oueGua 
témala, que en el siglo XVl tenía 
relaciones comerciales con el Perú, 
al que llevaba cacao y traía #b 
cambio los vinos de aauellas colo- 
nias y que poseía astilleros sn el 
Realejo, donde fabricaban soa bo- 
ques mercantes para hacer comer- 
cio de cabotaje con Acapulco, San 
Blas y Panamá, en el siglo XVIII 
para exportar sus frutos le em 
preciso conducirlos en aoteUas 
hasta Veracruz. En la parte moral 
también ejerció su influencia, por- 



156 



El Ateneo Centro-americano. 



que las intelijencias tomaron nue- 
vo vuelo y pudieron comunicar- 
se con los hombres que se de- 
dicaran al cultivo de las cien- 
cias y de las letras en las demás 
naciones del mundo, haciendo ve- 
nir obras y consagrándose á su 
estudio; elemento que se hacía in- 
dispensable para la ilustración de 
estos pueblos, atendido el atraso 
en que se encontraban, una vez 
que durante la colonia se era ex- 
traño á la mayor parte de las cien- 
cias y si algunas se enseñaban era 
de una manera muy rudimenta- 
ria; de ciencias exactas no se co- 
nocía sino muy poco, así como ca- 
si nada se supo de ciencias natu- 
rales lo mismo que de políticas 
y económicas; encontrándose por 
consiguiente la medicina en un 
estado de oscuridad propio de 
esos tiempos. Si en tal estado se 
hallaban las ciencias ¿cómo estaría 
la literatura? Preciso es confesar 
que en los primeros años de la 
dominación se encontraba la lite- 
ratura con el sello propio de la 
española que tenía el de la latina, 
así como también el de la organi- 
zación social dominante, razón por 
la cual vale por mucho en ella el 
coro de las divinidades paganas 
Júpiter, Ajiolo, Minerva, Diana, 
Las Euménides, pues, aunque des- 
de el año de 1660 se tuvo en Cen- 
tro-América una imprenta, no se 
empleó para otra cosa sino para 
imprimir obras teológicas y esco- 
lásticas, siendo esto causa de que 
dominase durante esa época el 
misticismo religioso; pero también 
hay que confesar que, cuando es- 
to sucedía se escribieron obras tan 
cultas como bellas y con un fon- 
do de moral tan filosófico que di- 
fícilmente han encontrado imita- 
dores: tales son la "Tentativa del 
León," de Córdova y los Apólo- 
gos de Goyena, las cuales obras 
han merecido el elogio de las na- 
ciones cultas. Estos poetas son 



tanto más notables, cuanto que 
lograron adquirir sus conocimien- 
tos literarios por sus propios es- 
fuerzos y debido á su gran poder 
intelectual; empero recibiendo re- 
novadores impulsos de ultramar, 
la corriente literaria bajo el influ- 
jo de la independencia, tomó gran 
ensanche; que, á semejanza de la 
semilla que puesta á la acción de 
la humedad y de los rayos del 
Sol, da una nueva planta, así las 
inteligencias caldeadas por ese sol 
divino de la libertad tomaron gran 
vuele» y la literatura hubo de ajus- 
tarse á su nuevo molde; aunque 
poco después del año de 1821 ha- 
bía de seguir la suerte de las di- 
versas evoluciones políticas por 
las que ha atravesado nuestra pa- 
tria; y no nos ha de maravillar 
que en los tiempos en que no po- 
nían obstáculos á la inteligencia 
adquiriera sorprendente desarro- 
llo como en los gobiernos de Mo- 
razán, Gálvez y Barrundia, por 
cuanto en esa época sus cultiva- 
dores no encontraron las vallas 
que siempre opone el fanatismo 
recalcitrante. Pero pronto vino 
otro orden de cosas que afectó en 
mucho á la literatura. Durante los 
treinta años alcanzó un progreso 
que siempre estuvo en consonan- 
cia con las limitaciones de la libre 
investigación. En esa época se le- 
vantaron monumentos imperece- 
deros; que entonces aparecen en 
la escena literaria los otros de 
nuestros hombres que forman con 
los ya mencionados la diadema 
gloriosa de las letras de Centro- 
América. Aparecieron Milla cono- 
cedor profundo de nuestras socie- 
dades á las que también dibuja en 
sus cuadros de costumbres con un 
lenguaje tan pulcro y natural, que 
hace creer al que los lea que sería 
muy capaz de imitarlo; siendo 
manejador habilísimo de la prosa 
y por lo cual ha dicho uno de 
nuestros literatos que "es el Larra 



^L^A^eoCentro^americano. 



de Centro América y hábil y gra- 
ciosísimo fotógrafo de nuestras 
costumbres nacionales. Ahí tene- 
mos íí Irisarri,el filólogo más emi- 
nente de CentroAmérica, fílósofo 
profundo y escritor que maneió 
con maestría los géneros literarios 
que tocó. Batres Montúfar con un 
^^P^ÍJÍ'jn dotado de exquisita sen- 
sibilidad que condensó en poemas 
inmortales, que son como las sin- 
fonías de las almas bien constitui- 
das. Juan Diéguez cuyo nombre 
también se supo imprimir en esas 
estrofas que serán siempre la re- 
sonancia de la más bella música 
del sentimiento. De él también ha 
dicho el mismo literato que "Dié- 
guez es poeta tierno como el pri- 
mer beso de amor, delicado como 
los sueños de una virgen y suave 
como el olor de fragantísima vio- 
leta." 

^ La literatura de los años ante- 
riores á la independencia y la de 
los que le precedieron, carece, á 
no dudarlo, de ciertas audacias 
modernas que son el fruto de otro 
orden de ideas; pero en cambio 
se la ve ser el producto del saber 
profundo y de la inspiración le- 

gítima como lo prueba el no haber 
abido quien produzca un trabajo 
igual á la "Tentativa del León," 
ni otro que siquiera remede á los 
del inmortal Goyena; sin que esta 
consideración general ' signifique 
que algunos de nuestros literatos 
de la actualidad dejen de reunir 
aquellas condiciones, producto de 
su ingenio, porque ha pasado que 
las revoluciones intelectuales de 
los últimos años se han dirigido 
esencialmente á la educación del 
pueblo y no han podido formar 
una escuela literaria como la hu- 
bo en los tiempos en que la mayo- 
ría social no era debidamente a- 
tendida. 

Es un hecho que la independen 
cia á pesar de la cadena de revo 
luciones que ha aquejado á Gen 



tro-America desde ese aoonteoi- 
miento ha ejercido un influjo po. 
(leroso dando nuevo espíritu áhi 
literatura así como á las riencíiis 
y artes y como puede verse fácil. 
mente comparando las obras de 
antes y después de 1821. Desde 
entonces ha venido desarrolián 
dose el gusto por las letras, de 
manera tan sorprendente, qu»- 
noy por hoy, Centro-América s.. 
cuenta entre las naciones culta?»: 
sino de las que marchan á la van 
guardia del progi-eso, al ni- ' 
no es de las últimas. Produci. 
están sus frutos las semlHas qn»- 
en el florido campo inteh^crual 
sembraron nuestros antepaí*a(l<>e». 
porque la juventud, acojiendoí-cn 
entusiasmo tan provechosas WrvU* 
nes, se encamina con paso íirní»- 
hacia ese brillante foco, con cuya 
luz y calor, se adquiere esa vida 
de la inteligencia, al sol puriiinio 
de la Libertad, para llevarse la 
gloria de haber colocado á nnef* 
tra patria bajo la influencia direc- 
ta de sus vivificantes rayos con 
el objeto de que nuestnis W 
tras adquieran el de5ari-olK>á qu»* 
han llegado en las naciones más 
civilizadas del universo; jK»n|u«- 
la libertad es á las letras, lo qui- 
la savia á las plantas y lo que el 
oxígeno á los animales* 

Razón y mucha tenemos al ce- 
lebrar con tanto regocijo el dfa 
de nuestra independencia; pem 
cuánto más grato seria para no 
sotros, celebrar este aconteciniien 
to unidos á los demás hennano^ 
de Centro-América, y cuanto iiiá> 
placentero que todos estuviéra- 
mos animados por un mismo sen- 
timiento é iluminados por la mis- 
ma idea para regar nuestras Úore» 
ante el altar de una misma patria. 
de esta bendit<a tierra que un día 
debe ser el verdadero corazón del 
Nuevo Mundo. 

Triste seria para nosotros cele- 
brar todo acontecimi^to si esto- 



158 



El Ateneo Centro-americano. 



viéramos condenados á eterna se- 
paración, muy triste, Señores, si 
no guardáramos la esperanza de 
la próxima unidad de nuestra An- 
tigua Patria. 

Hecho social y político, será 
éste, que acabará con nuestras pe- 
queneces lugareñas y constituirá 
la patria en personalidad sobe- 
rana, capaz de ñgurar en el 
vasto mecanismo de las naciones 
cultas y poderosas de la Tierra. 



Guatemala, 15 de sbre. de 1888. 



Empero, es más sublime 

Y encierra más justicia 
Cantar las gloii ts jíatrias. 
Cantar la Jiivenbiul, 

DpI país do recibióse 
L;i primordial caricia, 
Del suelo donde vimo=i 
La primitiva luz 

He u'iuí porque hoy unidos 
Los Ce Litro- americanos, 
Los hijos de esta digoa 
Mansión del porvenir, 
El quince de Setiembre 
('ftlehran cual heimanos, 

Y en un solo recuerdo 
Confunden su existir. 



EN EL LXVII ANIVERSARIO 



DE LA INDEPENDENCL\ NACIONAL. 



¿Y quién no evocar puede 
Con júbilo este día? 
¿Cómo no recordarlo 
Con vivido placer, 
Si América del Centro 
Gozó «le autonomía 
De entonces, y sus proeza>! 
Comienza á resolver? 



América del Centro: 
Si en cánticos prolijos 
A tí llegan las trovas 
Del poeta en tu loor, 
Deber es grande y justo 
Que cumplen hoy tus hijos 
En muestra de fraterno, 
De ardiente y puro amor. 



¡Qué grande y bello el cuadro 
Que poético presenta, 
De Independencia el grito, 
La voz de Libertad, 
La redención de un mundo 
Que su poder ostenta 
Des que la antorcha viera 
De eterna claridad! 



Los triunfos y las glorias 
De un pueblo libertado, 
No pueden, no, olvidarse 
Sin cruel ingratitud; 
¿Habrá quién llevar quiera 
La estigma del malvado, 
Que olvide el amor ¡mtrio 

Y execre esta virtud? 

Yo sé que es muy sublime 
Cantar cuando la aurora 
Sus pálidos fulgores 
Comienza á difundir, 

Y aquí ó allá las quejas 
Del ave jemidora 

O el zéfiro en la fuente 
Nos embelesa oír; 

Yo sé también que es bello 
Cantar á la Natura 
Cuando en Abril las tardes 
Convidan á gozar, 

Y el pensamiento inquieto 
Se inspira en la hermosura 
Que ofrece al mundo todo, 
La luz crepuscular; 



¡ Grandiosa perspectiva ! 
Sobre las mustias ruinas 
De una colonia esclava 
De mísero existir, 
Alzarse la Repiíblica 
Con gloria y fé divinas 

Y en leyes redentoras 
Cifrar su porvenir; 

Sobre tales escombros, 
El templo consagrado 
Al pensamiento humano 
Feliz se levantó, 

Y allá en su frontispicio 
De gloria inmaculado. 
El sacrosanto emblema 
De Libertad brilló. 

Los pueblos siempre aspiran 
Bellísimos ideales 
De vida perfectible, 
De santa redención; 
Les dicen: ¡Adelante! 
Sus Manes inmorta,les, 
El más nllá les muestra 
La civilización ; 



^^=========,,,JL.^^™eo Centro- 



Por esto es que la dulce 
l'alabni Independerá da, 
lia Libertad entraua 
|>e Industria y Comunal, 
Libertad de Trabajo, 
l>e Cultos ó Creencia, 
Libertad de Enseñanza, 
De Imprenta, Electoral, 

¿Quien niega que los pueblo 
Viviendo dependientes, 
non j>lantas inodoras 

?uo muer tan casi están, 
«on el negro sello 
De esclavitud sus frentes, 
Doquier los arrebata 
•Sin rumbo el huracán? 

Abrid sin (5 la Historia, 
V preguntad: ¿qué era 
La América del Centro 
Sujeta al español'? 
Morada de vasallos, 
donde jam 's luciera 
í^a Luz de Democracia, 
La luz de un nuevo Sol; 

Mas presto, en su heroísmo, 
Do Independencia el grito 
Debía dar gozosa 
Con estentórea voz, 
Y sus plegarias, tiernas 
Cual quejas de un proscrito 
Como en accidn de gracias 
Llegaron hasta Dios. 

^ Y entonces ¡oh! qué dicha 
Fué v(!r la Patria un día 
Simpática y ufana 
Sus glorias ostentar, 
Lucir su exhuberancia, 
Su encanto y su poesía, 
Formando un pueblo grande, 
De un mar al otro mar. 

Nos duele recordarla 
Con íntima tristeza, 
La fecha en que su pacto 
De Unión pudo romper, 
Cayendo infausta en manos 
Del fanatismo presa, 
Y en ñor sus esperanzas 
Cortadas llego á ver; 

Mas hoy, ¿á qué evocar 
En tan solemne instante 
Recuerdos pesarosos 
De llanto y aflicción? 
La Historia ya su fallo 
Dict<5, y es lo bastante, 
No vengan pues las fibras 
A herir del corazón. 




Gocemos al recaerdo 
De venturosa era 
Cuando aguerrida hue»i,- 
Valiente apareci(?, 
Trayendo á GunteuiaU 
bu bicolor bandera: 
Emblema de i>rogreao. 
De paz y bendición. 

Esa ora signiíica: 
La ciencia y la cultura, 
Constitución teléí?rafo« 
Escuelas, igualdad. 
Ferro-carriles, códigos 
Trabajo, agricultura 

Y en suma: Democracia 
Civismo y dignidad. 

¡Oh Genio de Bolívar 

Y Washington sublime» ! 

I De Morazán, Barrundia, 
Los Barrios y Jerez! 
Mi pecho os idolatra: 
Si insjíiración imprimes. 
Prestadme vuestro aliento 
Para elevar mi prez: 

Que se complete la obra 
De nuestra Independencia, 
Luciendo Centro- América 
ün sólo pabellón. 
Sea uno: su divisa. 
Su porvenir y ciencia 
Los mismos sentimientos. 
La misma aspiración. 

¡Oh salve! ¡Salve Patria! 
Querida Patria mía: 
Yo quiero á tí entiisiiusta 
Mi débil voz alzar; 
No más acá en tus lares 
La esclavitud sombrik: 
Tus glorias quiera osada 
De nuevo arrebatar. 

Que pronto el gorro/Hgio 
Se cierna en tu cabeía 

Y en son de triunfo ftDimde 
Qne unidas somos ya; 
Pregone por doquiera 

Tu expíen dida grande» 

Y envuelva entre sos pl fa g o i 
Al Ángel de la Paz. 

Henos aquí á tna plantas 
Con fe republicana, 
Velando tus destinos 
Con fuerza varoniJ, 
El Himno del/uitaro 
Quizá 08 diga ; 
Bendiia unida 
Bendita veoet mil 



i6o 



El Ateneo Centro-americano. 



¡ Oh quince de Setiembre! 
Cu'l férvido tributo 
De América del Centro 
Recibe la expresión : 
Que nuestras glorias sean 
De gratitud el fruto, 
La Libertad, enseña 
De santa redención. 

Los cantos de los Libres 
En ovación sincera 
Se elevan á tí puros 
Con íntimo fervor, 
Cual los arpegios sean 
De la oración primera 
Con que la luz del alba 
Saluda al Hacedor; 

Y al celebrar tu día 
Con grata reverencia 
Bajo el triunfante lábaro 
De excelsa magestad. 
Digamos compatriotas: 
¡Viva la Independencia! 
¡Honor á nuestros Héroes! 
¡Bendita Libertad! 

Lucas T. Cojulún. 



REDENCIÓN. 



Era eterna la noclie! ... No brillaban 
Las luminosas lámparas del cielo; 
Los años á los aíjos empujaban 

Y era más denso el nebuloso velo. 

Era eterna la noche!. . . .No se oía 
De las aves el canto en la espesura; 
El silencio al silencio se seguía 
Como el que reina en honda sepultura. 

Era la calma del dolor eterno: 
Espantosa parodia de la .muerte!. . . . 
El hálito abrasante del infierno 
Sordo soplaba á la materia inerte. 

Y tres siglos negrísimos pasaron 

Y la noche eternal no concluía: 
Que á América infeliz, despedazaron 
Las garras de la infanda tiranía. 

Pálida, triste, en languidez extrema, 
Semejante á una Diosa envilecida, 
Abatía su frente un anatema 
Y^ estaba al carro de ignominia uncida. 

Y en tan crudo suplicio ¿dó se hallaba 
El hombre, rey del Universo todo? 

En la molicie su vigor gastaba 

Y manchaba su frente con el lodo? 



El augusto Derecho es nombre vano, 
Utópica verdad que el alma sueña? 
Informe fruto del delirio humano 
Que la severa reflexión desdeña? .... 

Ronco fragor como lejano trueno, 
Se oyó repercutir de monte en monte, 

Y cual serpiente en el etéreo seno. 
Cárdena luz brilló en el horizonte. 

Temblaron las entrañas de la tierra 
Como si el fin universal llegara, 

Y al grito audaz de "indepenuencia ó guerra" 
Que en coro, en los espacios resonara, 

La augusta Libertad tendió su manto, 
Como el Arcángel, á Israel su egida, 

Y tras siglos de sombras y de llanto, 
Amaneció la Aurora de la vida! 

La esclava vil, se proclamó señora, 

Y el León Ibero su furor domaba, 
Que si ardía en sus venas sangre mora. 
Sangre aquí de los Incas circulaba. 

La redención se había consumado 

Y el pueblo-rey, al Sinaí subía. 
En busca de su código sagrado 

Que la alma Libertad formado había. 

Y tií patria del Centro, te cubriste 
Con la aureola también de eterna gloria; 
El gorro frigio, altiva te jíusiste 
En este día de inmortal memoria. 

Día grande en la Historia eternizado, 
En que tú, al rasgar el velo impuro, 
Rompiste las cadenas del pasado 

Y señalaste el rumbo del futuro! 



1888. 



Daniel Hüezo y Paredes. 



cko:nio^. 



Las fiestas del 15.— Esplén- 
didas y lucidas han estado por cier- 
to, y esto es una prueba palpable de 
que, tanto de parte de las autorida- 
des como de los particulares, no se 
ha omitido gasto, para que aquellas 
hayan sido dignas de un pueblo ci- 
vilizado y del justo motivo que las 
inspirara. 

Con el objeto de insertar en este 
número los discursos y poesías que 
se leyeron en la velada del 13, dis- 
pusimos que el que debió salir el 15 
viese la luz pública hasta hoy. 



i 



'^^^Il^^^^^^^íR^ de octubre 



jg_ 1888. J Núm. U. 




PUBLICACIÓN QüfflCEKAL. 
ORGANü DE LA SOGIEDAD LITERARIA DEL MISMO NOMBRF. 



EL ATENEO. 



El 27 del mes en curso, este 
cuerpo literario celebró una se- 
?;i6n pííblica, en la que se verificó 
la recepción del Sr. don Carlos F. 
Aragón, y del periodista salva- 
doreño don Jenaro L. Ferrandis. 
El señor Aragón leyó una 
bien escrita composición poéti- 
ca, y el señor L. Ferrandis, un 
discurso, en el que se revelan las 
dotes intelectuales de su joven 
.^utor, y los sentimientos alta- 
mente liberales que le animan. 
Ambas piezas literarias, serán 
publicadas en el próximo núme- 
ro de este periódico. 

El socio Sr. Lie. don Próspe- 
ro Morales obsequió á los miem- 
bros del "Ateneo," con una le- 
yenda titulada ''María." 

No podemos negar que el 
gusto por el cultivo de las letras, 
se desarrolla cada día más y 
más, lo que nos hace preveer que 
dentro muy poco tiempo, la re- 
pública de las letras, contará con 
infatigables obreros. 

Estos son nuestros votos y 
ojalá se cumplan. 



DISCURSO 

PKÓNUNCIADO POR EL SOflO 
TOMAS ACABAL. 



Señores: 

Tócame dirigiros la palabra tn 
cumplimiento de un deber que no 
me es dado llenar satisfactoriamen 
te como quisiera, y mucho menos 
tratándose de una cuestión tan de- 
licada y trascendental, que si es bas- 
tante conocida por vosotrsos, para 
mi escasa aptitud es superior en 
pormenores de muy alta signífiai* 
ción y por lo mismo, no seré yo 
quien pueda analizarlo. 

Si hay algo que tanto merezca 
preocupar la atención de nuestras 
sociedades y de nuestros gobiernos, 
así como la inteligencia y patríoti*> 
mo de nuestros hombres de estado, 
es precisamente la cívílízadón de 
los aborígenes de Centro-América. 
¡Nuestra querida patria que aun 
contemplamos llorosa bajo d man- 
to de una libertad simulada] 

Da vergüenza, señores, hallar 
quienes duden de que los indígenas 
sean susceptibles de perfección mo- 
ral porque los creen escasos de in- 
teligencia; pero esa absurda idea 
sólo radica, por fortuna, entre los 
que pretenden llevar un origen «»- 
ó/e y que, por lo tanto, conservan 



102 



El Ateneo Centro -americano. 



las tradiciones coloniales, herencia 
fatal del más estúpido fanatismo, 
hermano protector de la ignorancia 
á que debemos las distinciones de 
sangre que habéis visto ya mas de 
una vez, anularse por el atractivo 
del oro. 

No es mi ánimo referiros las en- 
señanzas de la historia de nuestros 
pueblos en la cual halláis que el go- 
bierno, las costumbres, la instruc- 
ción pública, el comercio, la agri- 
cultura y otros ramos, eran bien 
conocidos de los indígenas, y nin- 
guno ha podido ni podrá negar 
el adelanto que habían alcanzado 
hasta los aciagos tiempos de su con- 
quista, puesto que más de un mo- 
numento arqueológico nos indica 
con su silencio y tristeza, lo que el 
indio era y lo que hoy sería si no 
llevara sobre sus espaldas el negro 
sello de la más degradante esclavi- 
tud á que se le sujetó, y sobre su 
rostro la escupida del desprecio y 
del odio de sus dominadores. 

No es posible negar á esa raza 
las cualidades del ser humano; y des- 
de el momento en que se le conce- 
den anatómica y fisiológicamente 
hablando, e.< susceptible de sensibi- 
lidad y de perfección intelectual y 
moral en cuyas consideraciones me 
parece innecesario detenerme. 

El gran literato y célebre histo- 
riador, que veneración merece su 
memoria, en plena Asamblea Le- 
gislativa dijo: "-No debe darse instruc- 
ción primaria d los indígenas^ por 
que si se les diera^ acabarían pronto 
con los descendientes de la raza espa- 
ñolad Ese hombre erudito, ese gran 
astro del cielo de las letras, señores, 
bien sabía, como sabéis, voso- 
tros, que nuestros hermanos los in- 
dígenas de Centro-América, son ca- 
paces de levantarse al nivel de los 
que se empeñaran en hacerlos tan 
desgraciados y miserables como son. 

¿Cómo hubieran podido penetrar 
nunca en el espacioso y florido cam- 
po de los progresos humanos, si 



siempre hubo especral empeño de 
mantenerlos en el miserable estado 
de abyección que guardan, para 
vergüenza y ludibrio de quienes ja- 
más supieron tenderles una mano 
amiga y protectoral 

Pero sí, tratándose del atraso en 
que vegeta la raza indígena, olvi- 
damos los motivos de antaño para 
fijarnos y citar uno por uno los mo- 
tivos de actualidad, da pena, seño- 
res, ¡Oh! da mucha pena penetrar 
en el terreno resbaladizo de que to- 
dos huyen con demasiada razón ó 
sin ella; es de sentirse que al some- 
ter al análisis de la razón un tema 
de tan alta importancia social, y na- 
da más que social, tengamos que 
principiar por ponerle trabas al pen- 
samiento y cadenas á la palabra; 
pero así y todo me esforzaré por 
concluir este mal formado discurso 
ajustándome al estrecho círculo que 
ciertos compromisos nos trazan. 

En el trascurso de los siglos y 
en el criminal abandono en que se 
ha querido y hasti se ha procurado 
que, vegeten los indígenas, poi gra- 
do y por fuerza debían separarse en 
lo absoluto de la senda de sus opre- 
^ores y entregarse al predominio de 
dificultades sin número para poder 
arrastrar una existencia que no sé 
si alguna vez les haya sido odiosa^ 

Por eso vemos que de una mane- 
ra considerable difieren sus costum.- 
bres de las de otra raza (ladina) 
hasta el punto de no poder formar 
un parangón, pero ni siquiera en 
cuanto se relaciona con la manera 
de alimentarse que, como está de- 
mostrado por la esperiencia, influye 
inmediata y directamente, no sólo en 
el aumento de las poblaciones, sino 
también en el mayor ó menor des- 
arrollo intelectual de los individuos; 
y sucede entre nosotros, para ma- 
yor desgracia de los indígenas, que 
soportan exorbitantes impuestos so- 
bre muchos artículos de primera 
necesidad como la carne, la sal, la 
harina de trigo, habiendo poblacio^ 



iLáE^lLEH^lAMERICANO. 



ei^ pan tan indispensable 
mientras 



y útil, 

que por otro lado se fo- 
mentan los focos de inmoralidad 
y corrupción como chicherías, estan- 
cos que n, quiero ni debo describir, 
porque los funestos y horrorosos 
cuadros que presentan, á la vista de 
todos vosotros están. 

Los inicuos opresores de esa raza 
han llevado su cinismo hasta el 
punto de creerla obligada á consumir 
los fermentos venenosos que se le 
suministra, de tal modo, que á dos 
grandes municipios de indígenas se 
les ha recibido cierta suma anual 
de dinero, que han preferido pagar 
en cambio de que no se les obligue 
á aceptar entre ellos una venta de 
aguardientes, lo cual de muestra 
sencillamente que el indio es muy 
capaz de procurarse el bien: que no 
considera elemento indispensable el 
licor y que si abusa de él en algu- 
nas circunstancias es porque en to- 
das se le tienden lazos á fin de que 
llegue á los centros de profusión. 

Convengamos definitivamente en 
<}ue los vicios coloniales aún radi- 
can entre nosotros, y esto es así tan 
cierto, que no creo conveniente ci- 
tar aquí los abusos criminales que 
contra el indio se han fomentado, 
hasta el punto de perpetrar impu- 
nemente contra él, esos frecuentísi- 
mos despojos territoriales que lo han 
venido reduciendo cada vez más á 
la condición de paria. Abusos y 
despojos que también hacen más di- 
fíciles, más escasas y hasta ilusorias 
nuestras producciones nacionales, 
que debieran ser abundantes si se 
estimulara al indígena en vez de 
deprimirlo tanto y tanto como lo 
hacen aquellos que, por sólo el he- 
cho de ser capitalistas, se conside- 
ran magnates y representan en ple- 
no siglo XIX á los señores feuda- 
les de la Edad Media, alentados 
por una ley que entre nosotros se 
llama de trabajadores y que no se 
ha querido reconsiderar, ya que des- 



graciadamente, adolece de mil erre 
res habiendo que agregar 1^ aW 
sos que perpetran y que sí toK- 
por quienes no debieran tolerarlos 
l^ara demostrar esta verdad me 
basta referir lo siguiente: hay un! 
población entre nosotros que dist í 
de cierta finca unas cuarenta Io-k* 
más ó menos. El encargado ck-di^ 
cha finca se situaba en cierta ca. 
becera departamental, y se enten- 
día con la respectiva autoridad ^o. 
htica para que de aquella poblacióii 
hiciese salir un viandamiatto de 
cien y hasta de doscientos hom. 
bres, por ejemplo, obligados á prc^. 
tar en la mencionada finca su tra- 
bajo durante dos semanas; y por to- 
da retribución se le abonaba á cada 
uno el miserable jornal de do? rea- 
les. Imaginaos, pues, que quincena]- 
mente se suministra al individuo 
tres pesos, de cuyos tres peso< debe 
dejar á su familia lo necesario mien- 
tras ésta carece del trabajo cuoiidi.j- 
no de aquel; de cuyos tres pesos de- 
be hacer uso para emprender un via- 
je de cuatro días; de cuyos tres pe- 
sos debe alimentarse en la finca en 
la cual pierde dos domingos. >m 
perjuicio de la tradicional y r<rspec- 
tiva 'faina' de medio día; y de cu- 
yos tres pesos debe sen-irse tam- 
bién para volver al seno de su he 
gar, empleando al efecto otros cua- 
tro días de camino ;Ah, seAores! lo 
dicho parece fabuloso, y sin em- 
bargo, es cierto. 

Cualquiera puede hacerse mü!o- 
nario con semejantes practicas, 
causando la ruina de cíen pueblos; 
y con semejantes prácticas, seAorcs, 
la civilización de la raza idígena se- 
rá siempre un buefto, una ilusión. 

Necesítase, pues, para realtsarlo 
que la Adininistracién pública sea 
la primera en dar el ejemplo de pa- 
ternal solicitud, en favor de una ra- 
za bárbaramente explotada, y bar- 
baraincnte oprimida. 

Cierto es que faltan brazos para 
la agricultura y que el ind^^enade 



164 



El Ateneo Centro-americano. 



Centro-América, es el más á propó- 
sito para talar los bosques, remover 
la tierra y hacer las plantaciones 
útiles; cierto es que merced á de- 
terminadas disposiciones guberna- 
tivas se exportan hoy grandes can- 
tidades de quintales de café; pero 
también es cierto que deben ser re- 
tribuidas equitativamente las fae- 
nas del trabajador que se tuéstalas 
espaldas bajo los rayos de un sol 
ardiente; y ya que me he referido á 
las grandes cantidades de café que 
se exportan, no debo pasar en silen- 
cio las grandes cantidades de maíz, 
patatas, trigo, harina y ganado que 
se importan en la República; por 
que francamente, señores, nos falta 
mucho para equilibrar nuestras fuer- 
zas productoras, y para aprovechar 
los múltiples elementos de riqueza 
que á manos llenas nos brinda nues- 
tra florida zona. 

Es incuestionable, señores, que 
á la administración publica corres- 
ponde levantar á esa raza del esta- 
do de postración que guarda. 

Cuando el Gobierno sea el pri- 
mero en afanarse con dedicación 
especial en favorecer á esas muche- 
dumbres que solo viven la vida ma- 
terial, entonces quedará resuelto 
ese problema de que en gran parte 
depende el porvenir de la patria. 

La instrucción pública es una de 
las principales bases sobre que des- 
cansa el edificio social y debe ha- 
cerse extensiva á los indígenas; pe- 
ro precisa al efecto, que se hagan 
prácticas todas las disposiciones le- 
gales que se relacionan con nuestra 
más legítima aspiración social. 

En nuestros más adelantados 
centros municipales, señores, hay 
numerosas agrupaciones de niños 
que no reciben instrucción prima- 
ria, por puro descuido, morosidad é 
indiferencia de parte de las autori- 
dades departamentales y locales, al 
mismo tiempo que de muchos pa- 
dres de familia; y respecto de los 
indígenas, se ha olvidado que la ni- 



ñez es la edad más adecuada para 
influir en su corazón y predisponer- 
los al bien, iluminando su inteligen- 
cia y morigerando sus C(>stumbres 
hasta que puedan optar dignamen- 
te al título de ciudadanos con co- 
nocimiento de sus derechos al mis- 
mo tiempo que de sus deberes. 

Con razón bastante dijo Leibnitz: 
'"'dadme la instrucción pública duran- 
te un siglo y yo mudaré la faz del 
mundo,'' puesto que la instrucción 
señores, modera la intemperan- 
cia ó los deseos desordenados, ga- 
rantiza el respeto á la ley, alimenta 
el amor á la justicia y eleva el ca- 
rácter nacional despertando el sen- 
timiento patriótico. 

Es indudable que el desarrollo 
gradual de la instrucción pública 
trae consigo el desarrollo de todos 
los demás ramos que concurren al 
progreso, considerado como ley ine- 
ludible de nuestra existencia colec- 
tiva. 

Concluiré, señores, manifestando; 
que en mi humilde opinión, nuestro 
bien estar nacional se relaciona de 
una manera íntima con la protec- 
ción que los Gobiernos de Centro- 
América se dignen dispensar, ya sea 
directa ó indirectamente á nuestras 
muchedumbres populares, compues- 
tas de esos seres que se llaman, 
que han sido y son los deshereda- 
dos del destino, por un encadena- 
miento de circunstancias que se re- 
montan á siglos de sufrimientos. 

Es urgente, indispensable que la 
Administración pública sea la pri- 
mera que se empeñe en desplegar 
todo ese celo patriótico que en al- 
ta voz demanda en su favor la raza 
indígena: conviene que las autori- 
dades departamentales y locales se 
penetren de la necesidad, en que la 
nación se encuentra de atraer al ca- 
mino del progreso y de la civiliza- 
ción, ese conjunto de hombres que 
constituyen un elemento poderosí- 
simo para la realización de nuestros 
mas dorados ensueños republicanos. 



EL:^teneo Centro-americano 



La virtud del patriotismo y el 
desprendimiento de intereses pura- 
mente particulares es todo lo que 
se necesita en nuestros funciona- 
rios públicos; ya no sólo para con- 
seguir que la raza indígena se civi- 
lice, sino aún para guiar la nave de 
la patria al puerto de su felicidad. 

Entre otras muchísimas cosas de- 
be hacerse que el indígena vuelva 
al seno de la sociedad de la que tan- 
to tiemp ) ha vive separado; y el me- 
dio más fácil para conseguirlo, con- 
siste en el cariño y la fraternidad con 
que debe ser tratado por las autori- 
' i ' constituidas, cuyo ejemplo se- 
los particulares, y fuera de 
i-bo debe hacerse que el indígena 
adquiera el trato social y los hábi- 
tos de los ladinos, aún en el seno 
mismo del Ejército á que fácilmen- 
te puede ingresar; deben de multi- 
plicarse las Escuelas y sobre todo 
deben ser debidamente atendidas, 
para que no sea ilusorio el deseo 
de que todos los habitantes de la 
República de seis á catorce años 
reciban la instrucción primaria, lai- 
ca, obligatoria y gratuita, fundán- 
dose además y en particular para 
los indíj>enas, Escuelas Normales de 
ambos sexos, regenteadas por cuer- 
pos de maestros competentes; y 
además de lo expuesto, hay que 
atender también á la equitativa di- 
visión territorial, constituyendo pa- 
ra los pueblos de Centro-América^ 
la clave única con la cual podrá lo- 
grarse entre sus habitantes la igual- 
dad de condiciones en cuanto ésta 
tiene relación con el derecho. 

Poniéndose en práctica los me- 
dios de que me he ocupado super- 
ficialmente, llegará á obtenerse la 
realización de una idea magna, que 
con tanta propiedad y maestría han 
desarnllado muchos de nuestros 
estadistas centro americanos; pero 
me permitiréis aseguraros que res- 
pecto de tan ardua empresa, es muy 
aplicable el principio de que las teo- 
rías son muy bellas, y es tan cierto, 



i6s 



que nuestros archivos nac¡on:.l..< ^.. 

tan llenos de escritos lu: 

mos respecto de la civiliz..^.. . . c 

la raza indígena; pero falta que los 

útiles consejos en que abundan se 

observen 

ó quienes corresponda. 



y se practiquen por quien 



He dicho. 



GLOSA. 



" Enamorada y lángui la hennoanrm 
Komántica ilusión de los doloren. 
Hay en tu blanca y oeleátial tigara. 
Una sublime et-r-rnidad de um< 



"Cuando levantas tu gentil cabeza. 
Cuando inspirada ta semblante aninti 
La beldad reverbera en tn tríston, 
Y el entusiasta corazón lustimas.** 

Fernando Yblaboi. 

En los delirios que la mente crea 
"Vaga tu imagen celestial y pura;" 

Cual vagan entre nulieü 
Los querubes. 

Sonriendo de alegría, 
Así vagas también en la alma mCa, 
Enamorada y lánffHtda hermoBtira, 

Cuan !o elevas al cielo tos plegtfia^ 
Es tu voz el susurro de las ñorm 

Mecidas al aliento 
De ese vitnt • 

Que corre en primavera. 
Porque eres peregrina y hechicera, 
RímiÁniicn ilusión de lo» dolmrtt. 

Tienen tus labios perfumados. Gaüt^ia. 
Tierna expresión de angéliMí ventma; 
Y tienen tus miratias 

Ene iuti»d:i8. 

El néctar deliiioao; 

Y mucho de atractivo y del citoao 
Hay en tu blanca y cel^itíai /ffmrm. 

Eu tu labio hay sonrÍBa de loa cíalo*. 

Y en tu voz el cantar de ' * 

Amiga cariñosa. 
Bondailosa 

Acó je mis cancione». 
Ya que tienee del alma cu 
Cna stiblime eternidad de 



66 



El Ateneo Centro-americano. 



BREVES ESTUDIOS 
SOBRE EL DESCÜBEIMIEIÍTO DE LA ERÜJÜLA. 



^ La humanidad de tiempo en 
tiempo es sorprendida por brillan- 
tes descubrimientos. 

Esfuerzos de inteligencias supe- 
riores, concepciones grandiosas, 
pensamientos profundos á cuyo su- 
premo empuje, se han despejado los 
anchurosos horizontes del progreso 
moderno. 

Las revoluciones políticas que 
cual tremendos cataclismos estreme- 
cen el Universo, son de menos tras- 
cendencia que las revoluciones cien- 
tíficas y sociales: en las unas son las 
pasiones y los egoísmos las que jue- 



Un Universo ele ihisidn se siente 
Al contemplar tn celestial belleza; 

Tu n irada de aurora 
Seductora. 

Ofréceme consuelo, 
Que en tu mirada se retrata el cielo, 
Ovando levan/as tu gentil cabeza. 

Si yo tuviera la armoniosa lira 
Con que cantaba sus celestes rimas 

El poeta sevillano, 
Sobre humano 

Un cantar hechicero, 
Talvez oyerns dulcido y sincero, 
Cuando inspirada tu semblante animas. I 

Yo, cuando escucho tus palabras dulces ! 

Llenas de amor y virginal terneza, | 

Comprendo cuan divina j 

Y peregrina ' 

Es tu cara existencia; j 

Pues si sufres dolores e inclemencia. ' 

La beldad reverbera eii tu tristeza. i 

Si alguna vez suspiras y padeces, I 

Yo te ruego, mi amiga, que no jimas | 

Pues hondo sentimiento ¡ 

Con tu acento I 

Imprimes por doquiera, 
Y con tu risa dulce y hechicera 
El entusiasta corazón lafitimas. 

Kamon P. Molina. 



gan el principal papel en la escena 
de las sociedades: las otras se mue- 
ven en las límpidas y serenas esferas 
de la verdad y del bien y la huma- 
nidad toda es llamada al esplendo- 
roso banquete de sus beneficios. 

Los grandes descubrimientos han 
cambiado la faz del planeta y han 
impreso una marcha irresistible al 
adelanto de las ciencias y las artes. 
Ahora es inventada la imprenta y 
el trono de las tradiciones cual un 
carcomido trono se derrumba de su 
pedestal y arrastra en su caída á in- 
numerables remoras y aparecen en 
escena los audaces y grandes refor- 
madores. La pólvora da otro giro 
á la táctica guerrera; la brújula 
marcando, por decir así, el sendero 
á los navegantes, prepara los gran- 
des descubrimientos y alienta á los 
intrépidos marinos. 

Con el auxilio de la brújula el 
hombre ha recorrido todos los ma- 
res y audaz como la inteligencia 
que anida en su cerebro, se lanza á 
los hielos del mar polar ávido de 
un pedazo de gloria. 

Auxiliado de ella el genio inmor- 
tal de Cristóbal Colón amilanó al 
siglo XV. Vasco de Gama despre- 
ciando el "non plus ultra" de las 
columnas de Calpe y Avila se atre- 
vió á doblar el cabo de Buena Es- 
peranza y llegar á la India y al Ja- 
pón antes que nadie; con ella surca- 
ron los mares y llagaron á Filipinas, 
Magallanes y el Cano; con ella bri- 
llaron Cook y la Perusse. 

Los primeros habitantes del O- 
riente habían observado desde los 
más remotos tiempos la singular 
propiedad que posee el imán de 
atraer el hierro y lo habían llama- 
do '^magues" de Magnessia, ciudad 
importante de la antigua Lidia en 
cuyas inmediaciones abundaban las 
minas de esta sustancia, y de aquí 
la palabra magnetismo. 

Pero esta propiedad que también 
hizo conocer los efectos de la elec- 
tricidad no es la sola que posee el 



^^Jl^^AteneoCentro-americano. 



anterior la 



imán; también une á la 

uno al Norte y otro al Sur. 

r.^'f^u^'u''^^'^-' Pedemos decir así, 
parece haber sido desconocida dé 
Romanos y Griegos; pero es casi 
seguro que no lo era para Chinos y 
Kjipcios. ^ 

Varios escritores de la Edad Me- 
dia pretenden que la brúiula fué 
importada á Europa por Marco-Po- 
lo en 1293 y se asegura que los chi- 
nos y japoneses la conocían noo 
afios antes de Cristo. Los escritos 
chinos encontrados últimamente en 
la guerra de Tonkín por los france- 
ses atribuyen la invención délos ca- 
rros magnéticos que indicaban el 
Surá Thu-Khung contemporáneo 
de la guerra de Troya. 

Los Italianos reclaman, y con 
más fundamento, el honor y la glo- 
ria del descubrimiento de la Brúju- 
la, que según elios inventó Flavio 
(iioja, piloto de Pizzitano en las 
inmediaciones de Amalfí y una 
prueba irrecusable de que por lo 
menos á través de las oscuridades 
que en algunos puntos presenta la 
historia es que el municipio de es- 
ta última ciudad mandó poner en 
su escudo el precioso instrumento 
y ordenó que se esculpiera una es- 
tatua en honor de Gioja. 

Los franceses quieren así mismo 
arrebatar á la ciudad italiana esa 
gloria, porque en toda? las brúju- 
las europeas se nota una flor de Lis 
que era el signo de los reyes de 
de Francia; pero la flor de Lis no 
se adoptó como escarapela sino des- 
pués de la segunda cruzada cuan- 
do los caballeros que regresaban de 
Palestina la traían en señal de su 
piadosa expedición. 

Si escudriñamos cuidadosamente 
los escritos de Oriente, vemos que 1 
ya era usada en el mar de las In- ' 
dias. El sabio árabe Bailak nos la j 
representa ya usada en 1242, como 
un pez hueco de los que sirven de ¡ 
juguete á los niños. "Los capitanes I 



; que viajan -en el mar Indo, dice 

muy delgado, hueco y dispuesto de 
tal modo que cuando se echa al 
agua sobre nada en el líquido y de- 
signa por su cabeza y su cola los 
dos puntos Norte y Medio día •* 

También los árabes la usaban en 
1204 como asegura Jacobo de Vi- 
try: *'el imán materia que se halla 
en la India, atrae el hierro, con una 
especie de virtud latente." 

Pero en el caos de las investiga. 
Clones científicas, en esta noche tVcs 
veces tenebrosa del pasado ¿quién 
se atreve á afirmar la seguridad de 
sus asertos? ¿Quién ó quienes fue- 
ron los inventores de ese instru- 
mento que guía á los navegantes? 
¿Fueron acaso los árabes ó los Fe- 
nicios los que se ciñeron en su fren- 
te ese lauro inmarcesible? No: los 
árabes, traductores del preceptor 
de Alejandro, hallaron en sus obras 
la virtud de la aguja magnética. , 
Es preciso confesar con Montcs- 
quieu, que la costeada del Norte 
de África por los Fenicios es una 
I fábula si no tenían la brújula ó por 
lo menos los rudimentos de ella. 
¿Cómo hubieran podido los Tirios, 
navegantes audaces é intrépidos, 
buscar el oro de Ofir, el estafto de 
Tule, el plomo de Laponte y llegar 
hasta las columnas de Hércules? 
¿Acaso no se atribuye la portento- 
sa prosperidad de Tiro á la obra ex- 
clusiva de sus sarcerdotes ) sabios? 
En efecto Alicinoo, informa á 
Ulises, que aquellas temidas naves 
feaceas, eran conducidas y anima- 
das por una "inteligencia** que le* 
permitía guiarse aún en medio de 
las más densas tinieblas. 

Les sacerdotes Ejipdos tesoros 
de ciencia, que enseñaron á Moisés 
á fulminar rayes en el Sínaf, que 
conocían las ciencias físicas y mecá- 
nicas con cuyo auxilio elevaron las 
pirámides demostrando así á las ge- 
neraciones venideras el fK>dcr de la 
inteligencia en todas sus manifef- 



1 68 



El f Ateneo Centroamericano. 



taciones, sabían orientarse en los 
laberintos y subterráneos, lo que 
solo puede explicarse admitiendo 
que usaran un instrumento seme- 
jante á la brújula. 

Talvez si las bárbaras hordas tur- 
cas no hubieran quemado la gran 
Biblioteca de Alejandría, hoy el sa- 
bio, el hombre pensador y estudio- 
so, tendría una fuente verídica de 
donde extraer los más precios da- 
tos y resolver los problemas de que 
se ven privados hoy los pueblos. 

El mundo en su incesante traba- 
jo por el progreso no marcha, como 
ha dicho Pelletan, vuela veloz, con 
vertiginosa marcha; horada las ro- 
cas, roba al océano su secreto ense- 
ñando su fondo, atraviesa los bos- 
ques dejando en su carrera la cau- 
da de humo de la silvante locomo- 
tora; une los mares, aprisiona al ra- 
yo, lo analiza, lo descompone y en 
fin, rey absoluto de la creación 
¿quién lo creyera? no se detiene 
aquí: acerca los astros y los observa. 

La Historia apesar de las visici- 
tudes porque ha pasado, registra en 
sus páginas nombres rodeados de 
una aureola de gloria y ya que las 
investigaciones no pueden ir más 
allá, nos señala ella desde que co- 
mienza á hacerse cierta, á Gioja co- 
mo el genio superior que adivinan- 
do las futuras necesidades de los 
pueblo, fija en el palo mayor de un 
bajel el misterioso pez de las vir- 
tudes mágicas. 

F. Q. A. 



LA 






El cabello suelto al aire 
Como visión misteriosa, 
Al pié de un olmo está inmóvil 
María de Haro y Arjona. 
La frente de nácar, mustia. 
Como el coral de su boca, 



Y el triste pecho, agitado, 
Como en borrascas las olas. 
De sus megillas suaves 
Marchitas están las rosas, 
Las rosas donde copiaban 
Sus tintas encantadoras. 
Las plácidas alboradas 

De la primavera hermosa. 
Su pensamiento abismado 
En meditaciones hondas, 
Se alimenta acaso ¡ay triste! 
De esperanzas engañosas .... 
Qué es la ilusión? qué los sueños? 
Luces inciertas, fosfóricas; 
Humo que el viento deshace. 
Burbujas encantadoras, 
Que mil cambiantes reflejan 

Y en nada después se tornan. 
Despierta niña, despierta. 
Imprudente mariposa 

Vuelve á tu prado, y no busques 
La llama deslumbradora 
Que convertirá en pavesas 
En deleznables escorias. 
El tornasol de tus alas 
De tus alas brüladoras. 
Más ah! que al cielo levanta 
Su faz dulce y melancólica. 
Busca un algo que no encuentra,, 
Suspira, tiembla, solloza. 
Como lirio desmayado 
Su frente hechicera dobla, 

Y oculto el rostro en las mafios 
Murmura frases y llora. 



La luna brilla en el cielo 
Como funeral antorcha; 
La brisa nocturna escúrrese 
Entre las espesas frondas, 
Gimiendo así como gimen 
Las ánimas á deshoras, 
Los espíritus en pena 
Que en las noches silenciosas 
Errantes cruzan el mundo 
En pos del alma que adoran. 
''Son las doce y aún no viene' 
Murmura triste la hermosa, 
Y es su voz como el gemido 
Lastimero de la alondra! 
''Mis esperanzas más dulces» 



.^l_AteneoC^^ i cano. 



Mis ilusiones de rosa, 
El viento las arrebata 

Y el huracán las deshoja. 
Tres veces al pié de este árbol 
Testigo de mis zozobras 

He llegado, y ay! aie he vuelto 
Sin una esperanza sola. 

Fernando del alma! ¡ingrato! 

Por qué á mi lado no tornas? 
Por qué me dejas ¡ay triste! 
Desolada en mi congoja?" 

Y dos lágrimas ardientes 
Como calcinantes gotas. 
Resbalan por sus megillas 
En su palidez hermosas! 



169 



Pobre niña! Abandonada 
A la merced de las ondas: 
Siendo la nao tan frágil 
Sin remos, timón, ni lonas. 
En medio de la tormenta 

8ué hará Dios mío, tan sola? 
ye, el grito de la errante 

Y extraviada gaviota; 
Oye el gemido tristísimo 
Dé la medrosa paloma, 
Huye también como ellas 
Que la borrasca está próxima; 
Dile ]adios! á tus ensueños 

Y esperanzas engañosas. 
Antes que tu navecilla 

Se estrelle contra las rocas. 



Allá en el confín del cielo 
Los nublados se amontonan. 
Como temerosa virgen 
La Luna su faz emboza, 
Y en tropel como fantasmas 
Las nieblas caliginosas, 
Van cubriendo el firmamento 
Con sus alas tenebrosas. 
Siente María su pecho 

Latir con violencia, y llora 

Mira el cielo, y lo vé oscuro 
Como de su alma las sombras; 
Vé á la tierra, y la vé negra 
Como c\ dolor que la engolfa. 
De improviso enloquecida, 



Descarriada la memoria. 

Saca rápida del cinto 

De acero abrasante una hoja, 

Y mientras descarga el cielo 
La tempestad horrorosa, 

Y relámpagos y rayos 

En la tierra se desploman, 
Se oye un grito moribundo 
Que repercute en las sombras, 
Un ay! -lesgarrante, agudo. 
Cual crugido de alma rota 
Que el corazón extrcmcce 

Y hiela la sangre toda. 



¡Que noche aquella Dios miu! 
Como el Tártaro espantosa. 
Cuántas esperanzas dulces 
Sepultarían las sombras! . . . 



A la siguiente mañana 
Cuando de la tierna aurora 
Rayaba en el horizonte 
La luz de nácar y rosa, 
Al pié del árbol, testigo 
De sus íntimas congojas, 
Hallaron á la doncella 
Bañada en su sangre toda. 



Cuenta la antigua conseja, 

Y de aquel lugar la crónica. 
Que junto al olmo maldito. 
En las noches silenciosas, 
El cabello suelto al aire 
Como visión misteriosa, 

Se ve una mujer-fantasma 
Que entre las nieblas solloia; 
Que tiende al cielo, anhelante» 
Su mirada melancólica, 

Y al exhalar un gemido 

Se desvanece en Tas sombras!. . 



Dame/ Huezo y Paredes, 



888. 



70 



El Ateneo Centro-americano. 



MARÍA 



I 



Echado perezosamente en una 
rústica hamaca, suspendida de las 
robustas ramas de un corpulento 
árbol situado en el fondo del limpio 
y espacioso patio de una pequeña 
hacienda, leía yo en el destierro la 
preciosa novela con que ha inmor- 
talizado su nombre Jorge Isaac. 

Ya antes la había leído por pri- 
mera vez en esta capital; pero en- 
tonces era yo feliz, estaba enamora- 
do; y así el efecto que me causara 
su lectura, fué en estremo distinto 
del que en mí produjo cuando im- 
prudentemente me atreví á volver- 
la á leer. 

Cuando b'-^jo el influjo de mi pa- 
sión, con la frente apoyada en am- 
bas manos y los brazos sobre mi es- 
critorio, en las altas horas de la no- 
che, recorría yo en silencio las sa- 
brosas páginas de aquel idilio de los 
<:astos amores, con frecuencia habría 
oído el que me hubiese estado ex- 
piando de cerca, un ruido singular, 
producido en el papel, y habría per- 
cibido también la húmeda mancha 
que por momentos se extendía en 
forma circular sobre la página en 
que leía, y que ¡cosa rara! casi siem- 
pre se formaba sobre una de las pa- 
labras: amor, felicidad. . . . 

Aquel ruido seco, lúgubre aun- 
que poco perceptible y aquella 
mancha que venía á borrar ó á os- 
curecer una palabra, no eran más 
que el resultado de la silenciosa lá- 
grima, que nacida en el fondo de 
mi alma enamorada y después de 
oscilar en mi párpado un instante, 
se desprendía, ardiente y pura, co- 
mo el fondo de que brotaba para 
evaporarse sobre la palabra: ¡amor! 

No juzguéis, sin embargo, que esa 
lágrima me la arrancase la desgra- 
cia, ;oh! no. 



Ya he dicho que era yo feliz, del 
único modo que se puede serlo: es- 
taba enamorado. 

Nunca habéis llorado vosotros de 
felicidad? ;Ah! que dulce es ese 
llanto. 

Lloraba yo así, porque en el li- 
bro de Isaac, encontraba á cada pa- 
so algo que me hablaba al corazón, 
mucho que me hacía pensar en mi 
futura felicidad. 

Como Efraim, yo había escucha- 
do también, de los frescos y sonro- 
sados labios de mi amada, dulces 
promesas. 

Como él á su María, la amaba yo 
con ternura y castidad. 

Mi único y más ardiente deseo 
consistía en verla pronto á mi lado 
para siempre. 

Cuando leía que el bellísimo ros- 
tro de la hija de Salomón, se colo- 
reaba por el rubor, hablando con 
Efraim de sus amores, recordaba yo 
que también ella, mi bien amada, 
me había mostrado en sus mejillas 
el tinte de la rosa, cuando alguna 
vez pudimos hablar de nuestro 
amor, porque entre nosotros, como 
entre los amantes del Cauca, fue- 
ron siempre l^s flores las mensaje- 
ras de nuestras emociones. Una no- 
che enfermó su padre de gravedad: 
ella y yo hicimos la velada á la ca- 
becera del enfermo, sin cruzarnos 
una sola palabra amorosa, hasta que 
al despedirme por la mañana, ella 
puso en mis manos una linda rosa 
entreabierta y salpicada aún con 
las gotas del rocío. 

La novela de Isaac, como ha di- 
cho uno de sus críticos: es la nove- 
la de Ud., es la novela mía, es la de 
todos. 

Nada extraño parecerá pues, que 
en ella encontrase yo descritas con 
maestría, escenas de mis propios 
amores, situaciones de ánimo que 
yo solo creía haber experimentado. 

Muchos puntos de contacto, mu- 
cho de común, me pareció hallar 



.=. 5L_^^IÍ^eo_Centro-ameri cano. 



de Efraim y los 



y 

cuan- 
entre 



entre los amores 
míos. 

Cómo es, me preguntaba, 
do notaba alguna semejanza 
la narracirjn del libro y lo que por 
mí había pasado ó estaba pasando, 
cómo es, que ha podido Isaac des- 

Ícríbir con tan bellísimos tintes lo 
que solo yo he sentido, lo que solo 
ha pasado entre ella y yo, sin más 
testigos que las flores y Dios? 
Indudablemente, Isaac, se ha ins- 
pirado en la fuente pura del verda- 
dero y casto amor; y lo que yo he 
sentido, debe también sentirlo todo 
aquel que ame con pureza, 
lina diferencia muy notable en 
contré, sin embargo, entre Efraim y 
yo, al terminar entre sollozos la lec- 
tura del libro y verlo partir á él de 
solado por la pampa .... 

El había perdido para siempre á 
su María y se alejaba huyendo del 
solitario sitio en que una sencilla 
cruz, de madera señalaba el lecho en 
que su amor dormía eternamente. 

Yo, por el contrario, veía acer- 
carse el momento de mi felicidad 
suprema, aquel en que unido á ella 
ante los hombres y Dios, ni el po- 
der de la muerte podría arrebatarla 
de mi lado. 

¡Ah! lo confieso injenuamente: 
entonces tuve lástima de Efraim y 
mereció mi compasión. 

Y cómo no? ¿No había él sido 
<lesgraciado y yo iba á ser feliz . . . ? 
El que había ama^o con esa sen- 
cillez del verdadero amor; él que 
anhelante contaba los momentos 
para tornar á su país, al lado de su 
castísima María; él que soñaba 
constantemente con su imagen se- 
ductora; él que no tenía otro pen- 
samiento ni otra ambición que vol- 
ver á la hacienda de sus padres pa- 
ra no separarse más de la mujer á 
quien había entregado toda su al- 
ma, todo su corazón, todo su amor, 
en un momento aciago lo había 
perdido todo, sin quedarle de aquel 
ángel que volaba al cielo, más que 



171 



las doradas hebras de sus cabellos, 
como un último recuerdo de la vir- 
gen que moría amando; y yo, que 
todo me sonreía, que todo me ha- 
cía comprender que mi dicha esta- 
ba cerca, que ni una ligera nube- 
manchaba el límpido cielo de mi 
felicidad; yo que hasta entonces 
nmguna inquietud, ningún dolor 
había turbado mi ánimo, cómo no 
había de compadecerle? 

Rompiendo el pacto que i. ...... 

mente habíamos aceptado desde el 
instant- en que nuestras almas se 
sintieron heridas por el amor, esto 
es: prescindiendo de las flores, que 
también nos sirvieran en nuestra 
vida de amantes, tan luego como 
hube terminado mi lectura, la cí>- 
cribí: ''Te envío ese libro para que 
lo leas. Las manchas que sobre sus 
páginas encuentres, son lágrimas 
que su lectura me ha arrancado. 
Creo que á tí te las arrancará tam- 
bién. 

"No te pese; somos tan felice» 
que necesitamos llorar para no mo- 
rir por la enormidad de n^'-^rr:» 
dicha. 

"Cuando lo hayas leído, quittu 
que me digas si en él no encuen- 
tras transcrita en gran parte nues- 
tra amorosa historia. 

"Para mí, tú eres María hasta es 
te instante; yo te he reconocido en 
la descripción de esa virtuosa cria- 
tura; solo que confío en que llega- 
rás á ser mucho más feliz que ella. 
y yo menos desgracia»!© que Efraim. 



II. 



Tuyo.' 



Los acontecimientos políticos ve- 
rificados en el país en 1885, lo con- 
movieron todo. 

A consecuencia de ellos, la fami- 
lia de la que era para mí María, hu- 
bo de trasladarse á fines de aquel 
año á uno de los Departamentos 
Occidentales de la República. 

Yo me veía obligado á pcrmane- 



72 



El Ateneo Centro-americano. 



cer por un año más aquí; á no ser 
eso, la habría seguido en el instante. 

Renuncio á la tarea de describir 
la desgarradora escena de dolor que 
tuvo lugar en una de las casas de 
la 6. ^ Avenida Norte, la noche del 
23 de diciembre, víspera de la par- 
tida. 

Cualquiera que haya amado con 
verdadero amor, comprenderá fá- 
cilmente hasta qué extremo el do- 
lor y la desesperación se apodera- 
ron de nuestras almas. 

**Yo seré para tí María; como ella 
seré fiel y sabré esperarte," fueron 
sus últimas palabras, entre corta- 
das por el llanto, al desprenderla 
su madre de mi cuello. 

Próximamente han transcurrido 
nueve meses desde aquella fecha 
fatal, hasta en la que, por mi acen- 
drado amor á la libertad, se me pre- 
mia con el más injusto y por lo tan- 
to el más honroso de los destierros. 

Arrebatado de iiriprc»viso de mi 
patria, apenas tuve tiempo para de- 
cirla Adiós en una carta. 

¡Siempre he creído en la influen- 
cia del destino y dudado de la jus- 
ticia de los hombres! 

Como recompensa de mis desin- 
teresados trabajos en favor de la 
buena causa, que se juzgaba perdi- 
da, se me condenó al ostracismo. 

El 14 de setiembre de 1886, es el 
primer eslabón de la interminable 
cadena de mis infortunios, rema- 
chado en nombre de la ley. 

Desde ese día toman absoluta po- 
sesión de mi cerebro dos ideas: mi 
patria y mi amor. 

Todo lo que no sea ellas, está 
fuera de mí. 

No pudiendo por mucho tiempo 
resistir á la poderosa influencia que 
sobre mi espíritu ejercían y de la 
cual también se resentía la materia, 
la fiebre no se hizo esperar dema- 
siado, y yo por un sarcasmo, de la 
suerte, deliré en el destierro con la 
felicidad de mi patria y con la mía. 



La tarde en que bajo la sombra 
del corpulento árbol situado en el 
patio de una pequeña hacienda, 
terminaba por segunda vez la lec- 
tura de María, era la del sesto día 
de mi convalecencia. 

El doliente mujido de las vacas, 
respondiendo á los tiernos y amo- 
rosos validos de sus hijuelos, el po- 
tente rebramar del toro, los ecos 
melancólicos de la vecina del pas- 
tor llamando el ganado á su redil, 
el relinchar de los caballos, la alga- 
zara de las aves de corral, todo, ab- 
solutamente todo, hasta el triste 
canto de los trabajadores que vol- 
vían del campo con los instrumen- 
t. s de labranza al hombro, contri- 
buía á dar á mi espíritu, abatido por 
la desgracia, un acentuado tinte de 
melancólica tristeza. 

Lo que con harta justicia no ha 
querido hacer Gutiérrez Nájera, im- 
prudentemente lo hice yo: leer Ma- 
ría por segunda vez. 

¡Y en qué circunstancias, Dios 
mío! 

Desterrado, enfermo, casi en la 
miseria, sin más amparo que el ca- 
riñoso afecto de mis pobres compa- 
ñeros de infortunio. 

Gutiérrez Nájera, no ha querido 
tomar la mariposa entre sus dedos, 
por temor de que en ellos se queda- 
se el polvo de oro de sus alas; al 
tomarla yo torpemente entre los 
míos, no solo la he despojado de 
ese dorado polvo, sino que la he 
arrancado las alas, convirtiéndola 
en gusano. 

;Ah María! ;María! Virtuosa y 
casta María, cuanto hubiese dado 
por no volverte á ver más, y así po- 
der gozar siempre con el dulce re- 
cuerdo de las gratas emociones de 
que disfrutó mi alma en los felices 
días que te conocí. 

jNo me perdonaré jamás mi faltal 

El que sobre tí vertió dulces lá- 
grimas de felicidad, salpicando con 
ellas las páginas de un libro, no 
puede ya verterlas hoy, porque el 



El Ateneo Centro-Americano. 



173 



infortunio secó la fuente de aquel 
llanto. 

Las que en este instante ruedan 
por mi amarillenta mejilla y van á 
humedecer mis labios tostados por 
los rayos de otro sol, no son como 
aquellas, son hijas de un alma ado- 
lorida, y están impregnadas de 
amargura. 

Ellas no caen ya sobre un libro, 
sino sobre un corazón despedazado. 

Así pensaba yo, cuando por un 
acto espontáneo del alma hube 
comparado la situación en que me 
hallaba, con aquella en que había 
leído María por primera vez. 

Si entonces compadecí á Efraim 
por su desgracia, en esos momen- 
tos, en que era tan desgraciado co- 
mo él, me compadecía á mi mismo. 

Sin embargo, aún me quedaba la 
esperanza de volver algún día á mi 
país, y unirme á mi amada para 
siempre. 

III. 

No vuela tan alegre hacia su nido 
la ¡nocente torcaz que consigue es- 
capar de la red en que había caído 
prisionera, como corre el proscrito 
hacia su patria el día que las puer- 
tas de ella se le abren. 

Solo el náufrago infeliz que ha 
conseguido adherirse á la tabla que 
le proporciona salvación segura, po- 
drá gozar tanto como él. 

Lo que en su alma pasa, el día 
que adquiere la seguridad de volver 
á su país, si en el destierro, á más 
de la nostalgia, ha padecido la en- 
fermedad de amor, solo puede sa- 
berlo quien haya experimentado 
las fuertes sacudidas de esas emo- 
ciones. 

El sol fecundo de la libertad vol- 
vió á iluminar de nuevo el hermoso 
cielo de mi patria, oscurecido por 
algún tiempo, y entonces pude yo 
tornará ella á respirar sus perfu- 
madas auras. , 

¿En qué podía pensar, smo en ei 



ser á quien había consagrado mi 
amor, mi porvenir, mi vida toda? 

¿Cuál otra podía ser mi aspira 
ción, sino volver a ver á aquel án- 
gel, estrecharle tiiertemente contra 
el pecho, sellar sus labios con un 
beso prolongado y dejar que nucs 
tros corazones se contasen mutua- 
mente, en unísonas palpitaciones, 
sus penas, sus acerbos dolores? 

Obedeciendo, pues, á esc natural 
impulso del amor, corrí ciego, loco 
hacia la población de donde vi- 
vía con su familia, no sin partici- 
parle antes por telégrafo mi llegada. 

Las veintiocho leguas que me- 
dian de la frontera occidental de la 
República á aquella población, me 
parecían interminables. 

La noche que, por necesidad hu- 
be de pasar en el camino, noche 
que jamás olvidaré, ha sido acaao 
la más alegre de mí vida! 

Pensando en ella solamente, con 
templando tan próxima mi suspira- 
da felicidad, recordando toda U do- 
lorosa senda recorrida para llegar á 
poseerla, pasé las primeras horas 
sin poder concillarme con el sueño. 

Por fin éste descendió hacia mi. 
para hacérmela ver radiante de 
hermosura. Su rostro pálido, con la 
suave palidez de la mosqueta. sus 
grandes ojos negros, como el aia- 
bache, lanzando efluvios de fclia- 
dad al despegarse aquellas enormcí 
pestañas vueltas, agitado el pecho 
por la respiración difícil, su ebúrnea 
y diminuta mano convulsa entre la 
mía, la vi como baftada por un di> 
vino rayo de luz, jurarme su amor 
eterno en presencia del venerable 
sacerdote; y luego, disolviéndose 
lentamente, como las brumas de ia 
mañana, al calor de los primeros ra- 
yos del s(»l naciente, desaparean 
ante mis ojos, como una visión co- 
cantadora. Vi hacia mis piés,yallí 
encontré un libro 

Sobresaltado desperté y me cJ»- 
puse á proseguir mi cammo. Un 
cuarto de legua me faltaba para dar 



174 



El Ateneo Centro-americano. 



término á mi viaje de veinticuatro 
horas, cuando á alguna distancia 
percibí un ginete que caminaba en 
dirección contraria de la que yo 
traía. 

De pronto no fijé mi atención en 
él, pareciéndome desconocido; pe- 
ro á medida que avanzábamos los 
dos, pude reconocer á Pablo, el úni- 
co hermano de mi prometida. 

Apeámonos precipitadamente y 
nos confundimos en un abrazo. 

La emoción nos imponía silencio; 
pero yo lo rompí dirigiéndole la 
más natural de las preguntas en si- 
tuaciones semejantes: le pregunté 
por ella y por sus padres. 

Su respuesta fué evasiva, pero 
pasó sin que yo lo notara, por efecto 
de la emoción que me dominaba. 

En conversaciones indiferentes 
al motivo de mi viaje, empleamos 
el tiempo necesario para recorrer la 
distancia que aún me separaba de 
mi ángel, á quien volvía á ver á des- 
pecho de la suerte, que por tanto 
tiempo se había obstinado en ne- 
garme tan inefable dicha. 

Todas mis facultades sujetas á 
ese pensamiento, me lo presenta- 
ban envuelto en los resplandores 
de la felicidad, siempre bello y her- 
moso. 

En esos momentos, como atraído 
por una fuerza superior, vino á mi 
memoria el recuerdo de Efraim, 
huyendo en virtiginosa carrera por 
la pampa. 

Como un sacudimiento eléctrico 
sentí sobre todos mis miembros, y 
compadeciendo nuevamente al des- 
graciado amante de María, se eva- 
poró en seguida su recuerdo al rui- 
do que en el empedrado de la calle 
por donde entrábamos ya á la po- 
blación, producían las herraduras 
de nuestros caballos. 

Quise irme á hospedar en un ho- 
tel, pero Pablo me lo impidió, obli- 
gándome á aceptar su generosa hos- 
pitalidad. 

Al llegar á la casa, estrañé no ver 



en los balcones á ninguno de los 
miembros de la familia; pero no tu- 
ve tiempo de reflexionar en ello,, 
porque, en pos de Pablo, había pe- 
netrado ya en el interior del patio 
y me desmontaba precipitadamen- 
te para volar en busca de mi amor. 

El bondadoso anciano, padre de 
aquel ángel, fué el primero en salir 
á recibirme con los ojos nublados 
por el llanto y con los brazos exten- 
didos hacia mí. En ellos me arrojé 
violentamente; y como si presintie- 
se una desgracia, tuve miedo de 
hablar. 

Aún me hallaba comprimido por 
los brazos del anciano, cuando lle- 
gó á herir mis oídos un grito des- 
garrador, que fué secundado por 
aquél, en el instante mismo en que 
una tercera persona venía á au- 
mentar el triste cuadro que formá- 
bamos: era la madre, que en su de- 
sesperación suprema, no había po- 
dido contenerse y corría á dar- 
me la infausta nueva. . . .¡ella había 
muerto! 

¡Oh vosotros, los que teniendo el 
poder en vuestras manos para la- 
brar la felicidad de la patria, lo 
empleáis en perseguir á la inocen- 
cia! ¿De cuánto sois responsables 
ante la historia de los pueblos y la 
conciencia de los hombres? 



IV. 



Húmedo aún el trabajo bruto, y 
húmeda también la tierra que en su 
derredor había removida, veíase á 
la izquierda y en el término de la 
última calle oriental del cemente- 
rio, un humilde sepulcro de forma 
cuadrangular, dando la testera ha- 
cia esa calle y en dirección al oca- 
so, de donde el sol agonizante le 
enviaba sus últimos resplandores. 
En ella se encontraban trasadas tos- 
camente por inesperta mano estas 
iniciales: C. V., y la fecha fatal: Ju- 
nio 1 8 



_^L^I5Í52_C5ÍÍIR0-AMERICAN0. 



Allí sobre esas dos letras, en que 
se condensa toda mi pasión, que 
encierran para mí un poema de 
amor, coloqué en unión de Pablo, 
una sencilla corona de siempre vi- 
vas y violetas bañadas por llanto, 
y me alejé de aquel lugar, quizá 
para no volver jamás. 

Entre los pocos libros que cons 
títuían la biblioteca de aquella al- 
ma pura, encontré á ''María." 

En sus páginas amarillentas, se 
leen algunas anotaciones margina- 
les escritas con lápiz, que revelan 
la esquisita sensibilidad, la pasión 
vehemente del alma de quien la es- 
cribiera: están de su letra, y ellas 
expresan claramente todo el dolor 
de aquella mártir, toda la amargu- 
ra de aquel corazón despedazado, 
por los sufrimientos más acerbos. 

Desde mi salida de! país, según 
la relación hecha por su madre, fué 
lentamente consumiéndose; y cuan- 
do los espíritus mal intencionados 
hicieron circular la voz, de que en 
el destierro había rendido á la 
muerte mi tributo, ella enfermó 
gravemente. 

Postrada en el lecho del dolor pi- 
dió á "María" para volverla á leer, 
lo que le fué concedido por una 
condescendencia del amor filial. 

Ese libro yo lo recogí y es mi 
compañero inseparable, lo llevo á 
donde voy, porque necesito de él, 
porque sin él, no sé lo que sería de 
mí; pero no me atrevo á leerlo, ni 
lo leeré más; solo cuando me halle 
apercibido para volar en busca del 
centro de mi ser, peJiré á mi hijo 
que á mi cabecera lo lea. 



Erasmo. 



Guatemala, 1888. 



"75 



Archivo i\ational de 



Cmkím yUm. 



RHPLEXIONBS 
A LOS LIBROS DE ELOCUENCIA 



POR 



Fray Matías Gordo va. 



§ III. 

DEL ORADOR. 

Se ha dicho que la opinión del 
Orador también contribuye para la 
graduación de los bienes y males. 
resta decir como se deba manejar 
en este punto. 

La dignidad^ el intcn^s y la ins- 
trucción nos hacen formar buen con- 
cepto de quien nos intenta persuadir. 

La dignidad consiste en no tener 
manifiesto defecto^ ni en la eondieién^ 
ni en la conducta. El vulgo atiende 
con gusto á un noble y se desdeña 
de sujetar su voluntad á un esclavo: 
se mueve con menos razones por 
un hombre que manifieste educa- 
ción fina, que no por otro que se 
muestre grosero: más bien por el 
justo, que por el trasgresor de la ley. 

Por interés se entieneU^ ionio ti 
valor por la causa, como el deuo de 
la utilidad de los oyentes. Es de tan- 
to valor esta prenda, que hizo dul- 
ce á los atenienses la acrimonia del 
celebre Demostenes. 

La instrucción consiste en el plena 
conocimisnto de la causa. Esto ad- 
vertirá el auditorio al oír las co- 
nexiones con lo útil, las que no ma- 
nifestaría el Orador, si á cosU de 
una meditación tenaz, no se hubie- 
ra puesto en estado de saber sobre 
el asunto más que los que le cscu- 
chan. , 

Puesta la buena //, escnsamMil 
trabajo de examinar la reaiulmdde 



1 70 



El Ateneo Centro-americano. 



las conexiones, y ¿as admitimos sin 
recelo. Aunque el temor de ser en- 
gañados hace al principio trabajar 
al entendimiento; después él infie- 
re por costumbre, si este trabajo es 
ó no inútil, y excesivo. 

Reside en el hombre cierta facul- 
tad de salir de sí mismo, ponerse 
en lugar del auditorio, vestirse de 
sus circunstancias, y notar el efec- 
to que, en tal caso harían sus pala- 
bras. 

Llámese cí esta facultad circuns- 
pección. Camiones, 

1 . ^ Sugiérase por costumbre la 
buena opinión. 

2. ^ Sea el orador en todo circuns- 
pecto. 

§ IV. 

del pin y géneros de la 
Retorica. 

El fin de la Retórica es la acción 
interior, ó exterior. Absolver á Rós- 
elo, condenar á Utres, son acciones 
exteriores. Admirar los romanos 
la clemencia de César, ó éste com- 
placerse, son acciones interiores, 

Géneros llaman vulgarmente los 
Retóricos á la materia en que se 
ejercita esta facultad y se distin- 
guen principalmente por sus fines. 

Los géneros son tres Desmostra- 
tivo, Deliberativo y Judicial. 

El Demostrativo, que también se 
llama Exornaiivo, tiene por fin ma- 
nifestar la estimación. Mueve las 
pasiones ya de amor, ó de gozo, ya 
de odio ó de tristeza (i). 

El Deliberativo trata lo útil, ó no- 
civo de la acción futura, para em- 

(1). Panegírico es un nombre puesto á la 
oración, no por la materia de que trata, sino 
por el lugar en que se dice. El Epitalamio 
es alabanza de los desposorios, como Gene- 
Üiaco en el cumpleaños. Evcarlsfía es lo 
mismo que acción de gracias. Epinicio ce- 
lebridad de un suceso feliz; y lo contrario 
es la Nenia. El Epicedio vale lo mismo que 
oración fúnebre. Istiricon la bienvenida ó 
parabién de un Príncipe. 



prehenderla, ó no. Excita las pa- 
siones de esperanza, ó temor. 

El Judicial trata de lo justo, ó 
injusto de la acción pasada, para 
que se condene, ó absuelva. Mueve 
las pasiones de odio, ó misericordia. 

En los buenos ejemplares se ad- 
vertirá que aunque se mueven otras 
pasiones, las referidas son las prin- 
cipales en cada género. 

§ V. 
DEL INSTRUMENTO. 

La naturaleza dio al hombre la 
facultad de hablar, para que mani- 
fieste á sus semejantes lo que pasa 
en su alma, y se interesen en sus 
deseos. 

La compasión, sin embargo de 
que con este nombre se significa la 
misericordia, más bien es una fa- 
cultad del alma con la cual perci- 
biendo el estado feliz, ó infeliz, se 
figura en la misma situación rie con 
los alegres, llora con los infelices 
tiembla en compañía de los cobar- 
des, arrostra los peligros al lado de 
los animosos. 

No está pues reducida á la mi- 
sericordia solamente; causa pasio- 
nes distintas según objetos diferen- 
tes, y produce los efectos que los 
intereses propios. La idea halagüeña 
ó desagradable sugerida, ya por el 
aspecto del objeto, ya por la na- 
rración y descripción de las pala- 
bras, nos hace por participación fe- 
lices ó infelices y nos empeña el in- 
terés á retenerla, ó rechazarla. 

Se infiere de lo dicho, que se co- 
munica en cierto modo el estado del 
alma que se majiifiesta por las pala- 
bras, con proporción al oyente. El 
autor de la naturaleza nada hizo in- 
útil y esto bastaría para la eviden- 
cia de esta verdad, aún cuando la 
experiencia no la contestara. 

{Continuará.) 



EL WEíOIIÍÍkÍi. 

PUBLICACIÓN QUINCENAL. 
ÓRGANO DE LA SOCIEDAD LITERARIA DEL-MISMO NOMBRE. 



EL ATENEO. 



Se ha continuado discutiendo 
cu las sesiones privadas del Ate- 
neo, el proyecto de Reglamento 
interior, presentado á la socie- 
dad por la respectiva comisión; 
y e.s probable que en la próxima 
semana quede definitivamente 
aprobado, con las modificaciones 
que se le han hecho. 

\í\ 25 del prescíitese verificará 
la recepción oficial de dos nue- 
vos socios, los Sres. Dr. don Al- 
berto Molina y Lie. don Ma- 
nuel Mon tufar, transfiriéndose 
para la velada siguiente, la acoi- 
dada en honor de la memoria 
del Dr. García Goyena. 

El socio don Fabián A. Pé- 
rez obsequió al Ateneo con un 
sello en bronce, que representa 
las antiguas armas de Centro- 
América, con estas dos leyendas 
en derredor: dios, unión liber- 
tad. Ateneo centro-america- 
no. La sociedad acordó dar al 
señor Pérez las gracias más ex- 
presivas por e:>te valioso obse- 
quio. 



DISCURSO 

leído por don Jenaro L. Ffrraidis, fi i 

recepción en el ''Ateneo Centro-AnifrifUf' 

el 27 del mes próximo pasado. 



Honorables miembros del '^Ateneo 

Centro- A mericano: ' ' 

Me encuentro feliz entre vosotros. 
Resplandece en todas las almas 
inteligentes, una aureola de esplen- 
dorosa luz, que fascina y que atrae 
con la misma fuerza que un pode- 
roso imán al acero. 

Estar donde brilla el alma por su 
inteligencia y palpita el corazón por 
su patriotismo, es para mí. como el 
oasis para el cansado viajero de las 
estepas nubianas. 

Por eso os he dicho que aquf, ro- 
deado de tanto joven talentoso, he 
sentido mi amor propio satisfecho. 
. Orgulloso de verme, pobre mo- 
chuelo, entre tanta águila, que se 
cierne en el cielo de las patrias le- 
tras. 

Vosotros, amigos míos, sois la co- 
lumna de fuego, que marca el de- 
rrotero de un pueblo. 

Pasáis sobre los escombros de 
torpes creencias y de ridiculas su- 
persticiones, como pasa la voladora 
gaviota, sobre las encrespadas on- 
das del tumultuoso océano. 

Hacéis luz, y luz deslumbrante, 
en las conciencias oscurecidas por 



178 



El Ateneo Centro-americano. 



estúpido fanatismo, y á vuestro pa- 
so, halláis una bendición de una 
alma agradecida, y una maldición, j 
hija de un espíritu mezquino y apo- ; 
cado. 

La bendición os la envía todo 
aquel que comprende que la juven- 
tud es la llamada á operar grandes 
transformaciones en el edificio so- 
cial; á hacer el porvenir de la patria; 
á llevar á cabo las monumentales 
obras y en una palabra, á hacer 
grande y próspera la tierra que os 
vio nacer. 

Vosotros sois el porvenir. 

La maldición os la manda el Par- 
tido sombra. 

Ya sabéis cual es. 

Es aquel funesto vórtice que lo 
quiere absorver todo. 

Es la mano de acero que siempre 
ha querido subyugar la conciencia, 
para sumergirla en el tenebroso 
abismo de la edad media. 

Es la inflexible guadaña que tala 
sin piedad todo lo grande y todo lo 
bello. 

Es el vocero de la falsa opinión. 

Es la serpiente que quiere fractu- 
rar con el peso de sus viscos ani- ! 
líos, instituciones que demanda el 
siglo y que exige el progreso; cora- 
zones nobles, que palpiten al con- 
tacto del patriotismo, almas subli- 
mes, caldeadas en el fuego de la li- 
bertad. 

Hombres sin conciencia. 

Son el pasado. 

Terrible, pero benéfica lucha se 
libra. El porvenir y el pasado. La 
luz y las sombras. 

Habéis arrojado el guante, y lo 
han recogido. 

Habéis principiado á luchar, y os 
han contestado, sino con la incon- 
trastable fuerza del argumento, por 
lo menos, con el innoble proyectil 
del insulto y el sarcasmo. 

Poco importa. 

Inconmovibles como el ceibo se- 
cular, no os inmutan los groceros in- 
sultos de vuestros contendores. 



Con fé ciega de triunfar y con in- 
quebrantable tesón, lucháis y lucha- 
réis, hasta dar por tierra con el ves- 
tiglo del pasado. 

Esta tenacidad es sublime. 

Solo pueden tenerla, aquellos que 
como vosotros, han sido ungidos 
con el óleo santo del patriotismo. 

Vuestras armas de combate son 
excelsas. 

La prensa, la tribuna, el libro, la 
escuela, este es el abastecido arcenal 
de donde sacáis los pertrechos de 
guerra. 

A imitación de Pedro el Ermita- 
ño, habéis predicado la primera cru- 
zada contra el error. Hacéis bien. 

Vosotros por excesiva modestia 
que os enaltece, me diréis que ya 
la habían predicado los primeros 
sacerdotes de nuestra independen- 
cia, como Barrundia y otros apos- 
tólos de la libertad. 

Está bien; pero fijaos que nunca 
es más reñida la lucha, sino cuando 
el enemigo se ve derrotado. 

Ese momento es heroico. 

Es el estertor del amor propio. 

Es la última convulsión del de- 
sesperado. 

En ese momento estáis vosotros. 

La tradición toca á su término, 
porque ha sonado la última campa- 
nada, para un partido que, al hun- 
dirse en el ocaso, va acompañado 
de su cortejo de males, de injusti- 
cias y de crímenes. 

La Democracia, como un vapor 
caliente, sube en encendida espiral, 
consumiendo tiaras, y reduciendo á 
polvo títulos nobiliarios, baldón de 
los pueblos, y escabel de los tiranos. 

El siervo se ha puesto hombro 
con hombro con el orgulloso amo. 

''En verdad os digo que todos so- 
mos iguales" ha dicho el hombre de 
los hombres. 

Transformación asombrosa. 

A quién se debe? 

Yo no contestaría á esa pregunta. 

Me bastaría con mostraros á voso- 



lk^™i£_CENTRO-AMERlCANO. 



potencia, vida 



tros, aliento, fuerza 
de la nación. 

Vosotros sois los llamados á ha- 
cerla grande. 

Vosotros podéis hacerla pequeña 
i5i seguís, como hasta ahora, por 
la senda lummosa que tan gloriosa- 
mente habéis principiado á recorrer 
os haréis grandes y la posteridad o¿ 
hará justicia. 

Pero si el hielo del indiferentis- 
mo cae sobre vuestros corazones, el 
tribunal severo de las generaciones 
futuras, harán caer sobre vuestros 
nombres, la execración y el vili- 
pendio. 

Pero, señores, ya he abusado lo 
suficiente de vuestra benévola aten- 
ción. 

^ Voy á cumplir con una disposi- 
ción de los estatutos de esta socie- 
dad literaria. 

Perdonaréis los errores en que in- 
curra, porque perdonar es alta vir- 
tud de los corazones nobles. 

Perdonaréis, sí, porque en mi dis- 
curso no hallaréis nada digno de 
vuestro elevado criterio, nada gran- 
de y nada bueno. 

Solo mirad en él, el débil esfuer- 
zo de una pobre inteligencia, que 
desea compartir con vosotros las ar- 
duas tareas que os habéis impuesto. 
Señores: el tema de mi discurso 
será puramente literario, puesto que 
así lo ordenan los estatutos, y así 
cuadra á mi modo de ser, porque 
siempre he encontrado en el culti- 
vo de las bellas letras, una agrada- 
ble y provechosa entretención. 

Entre nosotros, señores, creo que 
el movimiento literario principia 
desde el año de 1821, en que las 
secciones del centro adquirieron su 




autonomía. 

Es cierto que en épocas anterio- 
res ya figuraban prosistas y poetas; 
pero que ciñéndose á las exigencias 
y carácter de la época, gastaron 
tiempo y talento en la elaboración 
de obras teológicas ó plegarias y 



cantaletas á los santos y á 1 
genes. / «« 1. 

Debemos hacer también honrosa 
escepcion de otros que se anticiw- 
ron a sus tiempos, como Fray ^la- 
tias Córdova, autor de "La tentativa 
del león y el éxito de su cmprc-a " 
l^oema en que el autor intentó ci- 
calar las altísimas cumbres de la 
epopeya; Rafael Ignacio García Ge 
yena, que escribió bien intenciona- 
dos apólogos preñados de abundan- 
tes y saludables máximas, en que al 
par de enseñar, deleitan. 

Desde el año 1821 podemos de- 
cir que comienza á alborear otra 
aurora para la literatura. 

A decir verdad, hemos tenido la 
lijereza de inscribir en e! catálo- 
go de nuestros poetas, á personas 
que aunque han escrito sus regula- 
res versos, este no es un motivo pa- 
ra que se les dé tarjeta de entrada 
al Parnaso centro-americano. 

No quiero citar los nombres de 
esas personas, talvez con ello les 
mortificaría el amor propio. 

La América, señores, puede jus- 
tamente enorgullecerse de tener 
hombres como Andrés Bello, Ritres 
Montúfar y otros que la cubren de 
inmarcesible gloria. 

En la juventud que hoy se levan- 
ta, juventud llena de fuerza y de 
lozanía, ya se notan otras ideas hi- 
jas de un patriotismo noble é in- 
contrastable. Juventud que está 
animada por la influencia de las 
nuevas ideas, y que en no lejano v 
venturoso día, hará proclamar al- 
to y muy alto el nombre de la Ame- 
rica. 

Los cimientos de la nueva era li- 
teraria están formados. Aunque en 
un estado incipiente; pero ya son 
una prenda para lo porvenir. 

Hoy no falta más, que haciendo 
á un lado ruindades de alma y pe- 
queneces de espíritu, unamos nues- 
tros trabajos, para que de la unión 
de débiles esfuerzos, surja prepo- 
tente fuerza con que podamos lie- 



1 8o 



El Ateneo Centro-americano. 



nar la noble misión que tenemos 
que desempeñar. 

La lectura de buenos autores, ha- 
rá que la inteligencia se fortifique. 
La presencia de clásicos modelos, 
harán, que si nuestros trabajos no 
lleven el sello de la perfección, por 
lo menos sean dignos del aprecio de 
nuestros compatriotas. 

Imitimos lo bueno, pero no incu- 
rramos en un defecto que para mí, 
no puede ser, ni más perjudicial ni 
menos ridículo. Creo, señores, ha- 
blando de la imitación, que noso- 
tros jóvenes que nos ensayamos en 
el cultivo de las buenas letras, 
no debemos cometer el imperdona- 
ble pecado, de buscar modelos, que 
superen á nuestras fuerzas. 

Qué hilaridad provoca un joven 
que trata de imitar á Víctor Hugo, 
Castelar, Juan Montalvo, Becquer 
y muchos más representantes de la 
literatura! Caen en el ridículo más 
criticable. 

No es, en verdad, el vuelo de la 
errante avecilla, creada para cantar 
en la selva oscura, capaz de riva- 
lizar con el vuelo agigantado del 
águila altanera, señora de las bo- 
rrascas, desafiadora de las tempes- 
tades, que tiene su asiento en las 
hirsutas cumbres de los elevados 
montes. 

Nosotros, poniendo en práctica, 
la nunca desmentida constancia, que 
particulariza á la juventud, debe- 
mos estudiar, debemos empapar 
nuestros sedientos labios en las 
trasparentes aguas del saber. 

De este modo, podremos decir, 
en no lejano tiempo, que hemos pro- 
curado el buen nombre de la nación, 
colocando como férvido holocausto 
en sus altares, los laureles recogi- 
dos en el espinoso terreno de la 
ciencia. 

Voy á concluir. 

Pero antes de bajar de esta tri- 
buna, que inmerecidamente he ocu- 
pado, permitidme, jóvenes que for- 
máis el Ateneo, que os rinda el vo- 



to humilde pero sincero de agrade- 
cimiento, por la señalada honra que 
me habéis hecho, al admitirme en 
vuestro seno. 

Vuestro comportamiento, no es 
más quí^ la prueba inequívoca que 
de la indulgencia y alteza de vues- 
tros corazones me había formado. 

Ojalá que nunca desmayéis en la 
ardua faena que habéis tomado á 
vuestro cargo. La patria espera mu- 
cho de vosotros. Yo presiento que 
la cubriréis de gloria. 

Para concluir, permitidme que os 
diga con el bardo inmortal Quin- 
tana: 

Oh, si queréis que el universo os crea 
Dignos del lauro en que eeñis la frente, 
Que vuestro canto enérgico y valiente 
Digno también del universo sen. 

27 de setiembre de 1888. 



A DIOS. 



¿Cómo es posible ¡Oh Dios! cuando se tiene 
Partido el corazón y el alma herida, 
Que se pueda vivir? ¿Por qué no viene 
La muerte, entonces, á cortar la vida? 

¿Qué tiránica ley, al desgraciado, 
Que inocente nació de su destino. 
Le condena á vivir desesperado? 
¿Es él culpable porque al mundo vino? 

¿Quién aqui le mandó? El quiso, acaso, 
A la vida nacer? ¿Fué consultada 
Su libre voluntad sobre ese paso? 
¿Quién le sacó de la insondable nada? 

¿No fuiste tú. Señor, quien dióle vida? 
¿No faé tu voluntad, iu omnipotencia, 
Quién al mundo le envió, sin ser pedida 
Por el hombre infeliz esta existencia? 

¿Por qué entonces. Señor, si eres tan justo, 
Tan piadoso, tan bueno, tan clemente. 
Permites que ese ser, noble y augusto 
Venga al mundo á sufrir, siendo inocente? 



_El.Ateneo_Ceí^^ i cano. 



i8i 



¿Quién otro, si no tú, saber podía, 
Omnipotente Dios, esencia pura 
Del saber infinito, que nacía 
Condenada á sufrir esa criatura? 

¿Por qué la creaste, pues? ¿Quién te obligaba? 
¿Quién podía exigirte que lo hicieras? 
¿La vida que la diste, ella deseaba? 
¿Quién te pidió, Señor, que se la dieras? 

Ma« 8i ignorabas que á sufrir viniera 

Y creaste por error un desgraciado, 
¿Por qué no pones fin á su carrera 

Y corriges el mal de haberle creado? 

¿Por qué sumido en el dolor, le dejas 
Itenegar de tu nombre y tu existencia? 
¿No llegan hasta ti sus tristes quejas, 
O M tm mito tu suma omnipotencia? 

Yo no puedo pensar que. en tu grandeza, 
Goíar pudieras con formar al hombre 
Pfcra hundirlo después en la tristeza 
De! hondo abismo de un dolor sin nombre. 

Ma8 cuando pienso que nací rodeado 
De hondos pesares y dolor profundo; 
Cuando pienso que soy tan desgraciado, 
i Ayl entonces, Señor, yo me confundo. 

Yo me confundo, sí,, porque no atino, 
Cuando viviendo, á mi pesar me veo, 
Con la ley que obedece mi destino. 
Pues no sé sí soy víctima ó soy reo. 

Pwa ser lo primero, era preciso 
Que tú no fueras la justicia suma, 
Sino el crimen atroz que de improviso, 
Bajo su peso la inocencia abruma. 

Si delincuente soy, ¿cuál es mi crimen? 
¿Haber nacido, porque á tí te plugo? 
ftEs decir que las víctimas que gimen 
Deben purgar las culpas del verdugo? 

Si delito es vivir, ¿quién lo comete? 
¿Quién viene al mundo sin conciencia de ello, 
O el que al formar al hombre hace un juguete 
Que marca del martirio con el sello? 

No lo sé, no lo sé. .. .me vuelvo loco, 
Cuando ese enigma decifrar pretendo; 
Y en mi locura criminal provoco 
Tu indignac'ón. Señor, porque te ofendo. 



capítulos sübltos 

DE UN LIBllO INEDT'IV 

POR RENATO MIKKAN. 



UNIDAD DE LA ESPECIE HUMANA. 

LAS DIFERENTES RAZAS. 



La 5. « de las proposiciones con- 
signadas en el capítulo anteiior, en- 
vuelve en sí la gran cuestión de la 
unidad de nuestra especie, sobre la 
cual han suscitado algunas dudas 
en estos últimos tiempos ciertas es- 
cuelas filosóficas, que ora sea por lo 
ingenioso de sus sistemas, ora por 
efecto de la novedad, se han gran- 
geado gran número de partidaríos. 
Sin entrar á refutar una por una sus 
teorías, nosotros demostraremos 
que carecen de fundamento, con so- 
lo exponer el conjunto de obser\'a- 
ciones que han permitido á la cien- 
cia establecer sin contradicción la 
solidaridad de la gran familia hu- 
mana. 

La primera prueba que se nos 
presenta es el lenguaje. Ningiin 
pueblo ha sido descubierto en que 
faltara al hombre el don de la pala- 
bra. Por más que difieran entre si 
los millares de idiomas que actual- 
mente se hablan en el mundo, fe 
les encontrará, si bien se observa* 
íntimamente ligados por secretas 
analogías, que han permitido á los 
filólogos modernos seguirlos en su 
extraña filiación hasta la fuente. 
Forman ésta tres grandes surtido- 
res, según que las raíces fundamen- 
tales son de una, de dos ó de tres 
sílabas: pero no derivándose mate- 
rialmente las lenguas unas de otras, 



P. Morales. 



Guatemala, 1888. 



(*) Véase el ntímeiO;!..? 4f "£* ^^^ 

neo." 



I82 



El Ateneo Centro-americano. 



y existiendo sí entre todas la más 
perfecta confraternidad, como lo ha 
demostrado Gebelin al establecer la 
unidad de todos los alfabetos, pre- 
ciso es convenir con la Academia 
etnográfica de San Petersburgo, que 
no son más que dialectos de un len- 
guaje primitivo. Cual fuera éste no 
se sabe; pero, ¿no podrían encon- 
trarse sus huellas en los idiomas 
procedentes del gran tronco de raí- 
ces monosilábicas, siquiera fuese por 
ser las más extendidas por el globo? 
¿Sería de todo punto fuera de razón 
retroceder, en materia de lenguaje, 
de la trinidad á la dualidad y de la 
dualidad á la unidad para sorpren- 
der á la naturaleza y arrancarle 
aquel secreto? Si el hombre ha de- 
bido comenzar á expresar sus sensa- 
ciones y sus ideas por medio de 
breves y enérgicos gritos, parecidos 
á los de los niños, sin enlace ni gra- 
mática ¿por qué negarnos en lo ab- 
soluto á admitir que sean los chinos, 
ese imperio antiquísimo del Asia, 
que ha vivido aislado del mundo, 
los que nos hayan conservado, aun- 
que algo enriquecido por el arte, 
aquel tesoro? Las lenguas semíticas 
é indo-europeas que proceden de 
los otros dos brazos de la fuente 
común; el hebreo, el armenio y el 
arábigo; el griego, el latino y el ger- 
mano, y todos los demás que de 
ellos se derivan, demuestran en su 
viril entonación, en la fecundidad y 
lujo de su sintaxis, en la riqueza de 
sus formas y en lo variado de sus 
giros, un progreso en el lenguaje 
que no permite considerarles como 
el primer ensayo del hombre para 
formular su pensamiento por medio 
de la palabra. 

Otra prueba no menos importan- 
te, es la semejanza que entre todos 
los pueblos se encuentra en los prin- 
cipios rudimentarios de la escritura, 
entendiéndose por tal, no precisa- 
mente la traducción de la voz viva 
en las letras ó signos convenciona- 
les, sino de la idea, sirviéndose pa- 



ra esto de las artes plásticas. Los 
imperfectos dibujos en piedra, en 
cuernos de ciervo y huesos de ele- 
fante, encontrados en las cavernas 
antediluvianas de Francia, Bélgica, 
Inglaterra y el Brasil, poco ó nada 
se diferencian entre sí. Los egipcios 
escribían su historia en geroglíficos 
como los indios y los chinos: y al 
descubrimiento de América se en- 
contró, que de los mismos medios 
se habían valido los tultecas, los az- 
tecas y los mexicanos para guardar 
memoria de sus largas peregrinacio- 
nes. De aquí que Humboldt emi- 
tiese, el primero, la bien fundada 
idea de que los habitantes del nue- 
vo mundo eran oriundos del Asía. 
A las profundas observaciones ar- 
queológicas del sabio naturalista 
' prusiano, en corroboración de su 
! aserto, que vino á destruir el argu- 
I mentó más serio que hasta entonces 
se había hecho en contra del co- 
I mún origen de la humanidad, agre- 
; garemos que tanto en México como 
en Guatemala, existía entre aztecas 
I y kachiqueles una tradición según 
I la cual los fundadores de Tula ha- 
I bían venido de Oriente. 
, Pero el testimonio de más fuerza 
I en favor de la unidad de nuestra es- 
pecie es el que aduce el estudio 
' anatómico del hombre de cualquier 
! clima, de cualquier país, de cual- 
! quier raza, de cualquier época que 
sea. Desechadas por la sana crítica 
I las fábulas relativas á los monstruos 

■ de Sumatra, á los hombres coludos 
I de Angola y á los hermafroditas de 
' las Floridas, réstanos consignar aquí 

que también se han desvanecido las 
! razones en que últimamente encon- 
' tro apoyo el darwinismo, mediante 
: el errado examen que sus apóstoles 

■ hicieran de los crdficos de Engis y 
i de Neanderthal, para mejor fundar 
i su doctrina. Según Figuier, estos 
' célebres huesos sobre los que tanto 
i se ha escrito, atribuyéndoles una 
; fabulosa antigüedad, están muy le- 
I jos de ser lo que Syell y sus discí- 



====,3k^^^^^2S^^^O.AMERlCAlíO. 



pulos creyeron. El primer antropo- 
logista de Europa, Pruner-Bey, ha 
declarado que el llamado de Egis 
pertenece á una mujer de raza mo- 
derna; y en cuanto al de Neauder- 
thal, que tanto ha llamado la aten- 
ción por el notable desenvolvimien- 
to de los senos frontales, que es 
cuando mas d de un individuo que 
ofrece esta anomalía, de que se en- 
cuentran ejemplos no raros tanto 
entre las razas antiguas como entre 
las modernas; pero en ningún caso 
cl del hombre-mono, haciendo notar 
«il efecto, que esas prominencias del 
arco de las cejas, en el hombre de 
Neauderthal denuncian una gran 
fuerza muscular, algo de idiotismo 
acaso; en tanto que las crest^is de 
los ojos en el pobre gorilla, son sólo 
el símbolo de la bestialidad, desa- 
arrollándose en un sentido y con un 
fin enteramente opuesto al que se 
nota en el cráneo humano. 

La diferencia de razas nada ar- 
guye en contra de la solidaridad de 
la especie. Está demostrado que la 
influencia del clima, de la alimenta- 
ción y de cierto género de enferme- 
dades son bastantes á modificarlas; 
pero tan hermano nuestro es el po- 
bre hotentote como cl pálido mala- 
yo, como el hermoso hijo del cau- 
ca so. 

La generación se efectúa lo mis- 
mo entre un patagón y una arme- 
nia, que entre la tostada moluca y 
el más rubio de los habitantes de 
las márgenes del Neva. El hombre 
donde quiera es el hombre. 

Tomando primero por base los 
grados del ángulo facial, después 
el cutis, el color de los cabellos y los 
ojos, llegó Blumenbach á establecer 
la división de las razas, en tres clases 
principales: etiópica ó negra, mongó- 
lica ó amarilla y caucásica ó blanca. 
¿A cuál de las tres perteneció el 
primer hombre? A la negra, respon- 
den unos: los instintos dominan en 
ella á la razón; se distingue por la 
pasibilidad y por sus apetitos sen- 



83 



suales; es la que está más cerca 
del bruto. A la amarilla dicen otros; 
en el beduino el ángulo facial solo 
se abre 58 grados, mientras que en 
el africano llega á 60; este color se 
hizo blanco en las zonas frías, ne- 
gro en las regiones ardientes; es el 
primer anillo de la cadena antropo- 
lógica. A la blanca, dicen en fin los 
que admiten la comunicación direc- 
ta de Dios con el primer hombre; 
es el color más bello; el ángulo fa- 
cial mide 90 grados; las razas mon- 
gólica y etiópica son degeneracio- 
nes de la primera. Y sin embargo. 
la ciencia nos ha demostrado que si 
hay diferencias en la configuración 
exterior de los cráneos, ninguna 
existe sustancial en su admirable 
estructura interna; que los colores 
son solo accidentes de muy fácil ex- 
plicación; y que todos los hombres 
son susceptibles de llegar al grado 
de desarrollo intelectual que ha al- 
canzado el blanco; que lo que les 
falta es educación. Y la naturaleza 
¿qué dice? Yo la he interrogado; y 
he encontrado su respuesta en un 
arbusto que crece en la arena á ori- 
llas de los mares de mi patria, en el 
icaco, que produce en un mismo ár- 
bol frutos de los tres colores; blan- 



cos, amarillos y negros! 



(♦). 



TIBMPOS PRBHISTORICOS. 

LA MUJER HEMBRA Y COMPAÑERA 
DEL VARÓN. 



Dice el Génesis que después de 
haber colocado á Adán en el paraí- 
so, dijo Dios: "No es bueno que cl 
hombre esté solo; hagámosle ayuda 
semejándole á él." 

Increíble parece el gran número 
de absurdos que de este pasaje de 



El antor escribía este libro ansí 
tro- América. Haoealusióaá bsj 



de Centro 
vas de Corinto. 



1 84 



El Ateneo Centro-americano. 



la poética leyenda, ha sacado la teo- 
logía por sostener la autenticidad 
del hecho. 

El obispo Annat, uno de los más 
célebres comentadores de la Biblia, 
dice que ésto debe entenderse de la 
manera siguiente: que en el plan 
primitivo de la creación estaba que 
la reproducción de la especie se 
efectuara por el hombre, es decir, 
por el todo completo, tal como Dios 
lo había hecho, confundidos en él 
ambos sexos; que al formar á la mu- 
jer no hizo más que separar éstos, 
por cuya razón Adán había excla- 
mado al ver á Eva: ''Esta será lla- 
mada varona porque del varón fué 
tomada." En otros términos, que 
Dios se corrigió á sí mismo confe- 
sándose haber hecho un disparate, 
puesto que al concluir al hombre ha- 
bía visto que era bueno lo que ha- 
bía hecho, y después vio que no era 
bueno que ese todo estuviese in- 
completo. Si era por favorecer á su 
criatura privilegiada que el criador 
había dispuesto las cosas de aque- 
lla manera, á la verdad que nos hu- 
biera salido mal la cuenta. 

Como consecuencia de esas ar- 
gucias, que Amat formuló en doc- 
trina, pero que son muy anteriores 
á él, se suscitó la cuestión de saber 
si la mujer estaba comprendida en 
la palabra hombre, antes de la sepa- 
ración de los sexos; y de aquí la 
inolvidable discusión del Concilio 
de Macón en el siglo VI de la Igle- 
sia, sobre si la pobre mujer estaba 
dotada de una alma igual á la 
nuestra. 

Para mayor embrollo, el comen- 
tador arriba citado, sigue explicán- 
donos lo de la prohibición de gus- 
tar de los frutos del árbol de la 
ciencia, prohibición de que parece 
no hicieron mucho caso nuestros 
primeros padres, con lo que desa- 
gradaron á Dios, quien tuvo á bien 
maldecirlos. Para ser consecuente, 
éste debió haber considerado que 
siendo bueno lo que había hecho, 



debían serlo también las naturales 
consecuencias de su obra. ¿A qué 
fin entonces haber separado los 
sexos? ¿Por qué no se atuvo mejor 
al plan primitivo, evitándose así el 
trabajo de reformarlo . . . ? 

La naturaleza, en su elocuente y 
sencillo lenguaje, nos expHca las co- 
sas de bien distinta manera. Ella 
nos enseña que solamente lo infini- 
to tiene el poder de reproducirse á 
sí mismo .... Los que han tenido la 
dicha de estudiarla en sus páginas 
más bellas, los Plinio y los Lineo, 
los Buffon y los Couvier, nos han 
demostrado hasta la evidencia que 
nada brota ó nace en su seno si no 
es en virtud de un principio fecun- 
dante; que lo mismo en el reino veje- 
tai que en el animal, este principio 
se divide entre el pólem que lleva en 
sí el germen de la nueva existencia 
y el huevo que le recibe, le abriga,, 
le dá calor, le desarrolla y le arroja 
á la vida; que la reproducción de 
las especies sólo se obtiene por me- 
dio de la generación, y que para 
ésta son necesarios los dos sexos. 
Y lo que fué concedido á las plan- 
tas, lo que fué concedido á la in- 
mensa cadena de seres vivientes, 
cuyos innumerables eslabones vie- 
nen engarzándose entre sí en admi- 
rable progresión ascendente, desde 
el zoófito hasta el cuadrumano ¿ha- 
bría de negarse al hombre, al más 
perfecto de los habitantes de la 
tierra? La ley de universal amor 
que rije los destinos del orbe ¿ha- 
bría de ser desconocida tan sólo pa- 
ra aquel que debía descubrirla y 
explicarla? 

Tanto error hay en suponer que 
haya habido un primer hombre en 
el que estuvirean confundidos los 
sexos, como en que haya sido una 
mujer el primer individuo de nues- 
tra especie, según han pretendido 
algunos filósofos antiguos y moder- 
nos. ¡Tenaz empeño del hombre de 
andar siempre queriendo corregir á 
la naturaleza! Con sólo estudiarla 



El Ateneo Centro-americano. 



i«5 



un poco ¿qué digo? con sólo con- 
templar sus maravillas, podemos 
aprender que conforme la vida va 
subiendo en la escala de sus ifinitas 
manifestaciones, la separación de 
sexos va siendo más necesaria y 
más notable. ¿Quién ignora el se- 
creto de amor de la más bella de 
las palmeras, del dátil, que cuando 
está sola no dá frutos? Más adelan- 
te veremos que el hermafrodismo 
no ha existido más que la imagina- 
ción del vulgo. 

En la naturaleza, pues, el primer 
aspecto con que aparece la mujer 
es el de hembra del varón. Y digo 
primer aspecto porque estoy muy le- 
jos de pensar, que aún aparte de to- 
da convención social, la mujer no 
sea más que un órgano de la repro- 
ducción de la especie. Nó y mil ve- 
ces nó! Hagamos abstracción com- 
pleta de esa mitad inteligente y 
pensadora, de esa mitad espíritu de 
que está compuesto el hombre; de- 
jémosle convertido simplemente en 
un bípedo, en un orangután que se 
ha enderezado sobre sus dos patas 
traseras y ha podido en fuerza de la 
costumbre mantener derecha su co- 
lumna vertebral; la hembra se con- 
fundirá en el acto con \di compañera. 
Y la razón es muy sencilla; todos 
los demás animales han de haber 
sido hostiles al hombre desde el 
primer momento de su aparición so- 
bre la tierra. Sabido es que la cien- 
cia tiene datos de sobra para hacer 
esta afirmación. En consecuencia, 
el hombre y la mujer deben haber 
vivido entonces más unidos de lo 
que ahora viven. Pero hay más to- | 
davía. El hombre— sigo conside- 
rándole no más que como un gori- 
11a perfeccionado — es el único ser 
para quien el amor no tiene perío- ^ 
dos fijos, lo que hace que sus afee- j 
tos sean de todos los momentos, á j 
diferencia de los de los demás ani- | 
males, en los que aquellos solo du- , 
ran lo que dura el celo. De aquí que 
la sociabilidad sea el primer signo ' 



característico de la especie. Si á es- 
to agregamos que el sol de la inte- 
ligencia, aunque todavía envuelto 
en las sombras del crepúsculo, debe 
haber irradiado desde el primer ins- 
tante en el cerebro humano sus na- 
cientes resplandores, comprendere- 
mos fácilmente que el papel de la 
mujer no haya estado limitado en 
la vida primitiva al sólo de hembra 
del hombre. 

Pues qué! ¿sería esta menos que 
todas las demás hembras, menos 
que la paloma, menos que la abeja, 
menos aún que la hormiga? Innece- 
saria por demás nos parece la grose- 
ra ficción de la Biblia, que convir- 
tiéndo á Dios en fabricante de mu- 
ñecas, ha supuesto indispensable 
para dar á la mujer el lugar que la 
corresponde, el que fuera formada 
de una costilla del hombre. Con só- 
lo haber dicho que entre él y ella 
formaban la pareja de la espede 
humana, habría establecido el ma- 
trimonio religioso, cimentándolo so- 
bre el natural, bajo la más perfecta 
igualdad. 

Los progenitores del mundo no 
consideraron á la mujer sólo como 
hembra: la amaron como compañe- 
ra, y como á tal la embellecieron 
con los escasos elementos de que 
podían disponer, cuando en su tra- 
bajosa infancia aún no habían des- 
cubierto siquiera el modo de labrar 
la piedra. Ahí están para atesti- 
guarlo esos pobres collares de con» 
cha, el primer aderezo colocado por 
manos del hombre al cuello de su 
amada! 



IMITACIOH 

de una traducion del italia- 
no, DE M. A. U. 

Vino un poeta y eu sentidaquoj» 
Le dijo sil ternura y fSñ paM<». 
Ella al poeta suspirando d«j« 
Sin darle el coraz<5n. 



1 86 



El Ateneo Centro-americano. 



Después un joven de virtud modelo 
El alma le entregó con efusión, 
Pero ¡ay! no puede conmover su anhelo 
Su duro corazón. 

Joven amante de las letras vino 
A ofrecerle su amor y su ilusión, 
Ella sigue coqueta su camino 
Sin darle el corazón. 

Vino un magnate de gentil bolero, 
Sin estudios, ni amor, ni educación, 

Y era tonto y altivo y con dinero 

Y dióle el corazón. 

J. Montenegro. 



Símilia Simílibus Curantur. 



La palabra Electro Hcineopatía que 
poco ha se pronunciaba con gran 
dificultad, anda hoy ya en boca de 
todos, apesar de la oposición y es- 
fuerzos de nuestros adversarios, es- 
pecialmente en los centros de civi- 
lización, en donde las enfermedades 
celosas al parecer de la ciencia, en 
vista de tantos progresos, se aso- 
cian á ella para hacer nuevas vícti- 
mas, y á pesar también de la guerra 
encarnizada á los alópatas que no sa- 
satisfechos con haber combatido y 
seguir combatiendo la hemeopatía, 
negándose obstinadamente á reco- 
nocer las ventajas reales que ofrece 
en el tratamiento de las enfermeda- 
des, atacan con igual encarniza- 
miento á la electro-homeopatía que 
puede ser considerada como un per- 
feccionamiento de aquella, de la cual 
procede. Pero contra la voluntad de 
sus enemigos, esta misma resistencia 
ha hecho popular la electro-homeo- 
patía y la ha ayudado á penetrar 
hasta las regiones más remotas del 
mundo. Debemos, pues, vivir reco- 
nocidos á nuestros adversarios por 
su concurso inconscientemente efi- 
caz ala propagación de esta ciencia; 
porque han contribuido á su desar- 
rollo más que sus más celosos par- 



tidarios, pues que entre éstos hay al- 
gunos á quienes con demasiada fre- 
cuencia el interés particular condu- 
ce á estrecharlos límites de sus ho- 
rizontes por el deseo de crearse un 
monopolio, mientras que los argu- 
mentos de sus enemigos producen 
dos consecuencias, á saber: 

1.^ Enardecer más á los desa- 
fectos de la alopatía. 

2. ^ Excitar la curiosidad de to- 
dos por conocer la doctrina que a- 
quellos combaten. 

El buen sentido deduce de tal 
proceder sus corolarios, y felizmen- 
te cuando se trata de la salud tie- 
ne derecho de intervenir el sentido 
común. 

La electro homeopatía, lo mismo 
que la homeopatía tiene por base 
la ley de los semejantes: similia si- 
mílibus curantur, los semejantes se 
curan con los semejantes. 

Tal es la fórmula que expresa á 
la vez y de la manera más simple, 
el principio, la ley, el método, la 
doctrina y el sistema de la medici- 
na que nosotros profesamos. Ante 
todo es preciso no olvidar una cosa, 
que no solamente es la más olvida- 
da, sino que generalmente se inter- 
preta en sentido contrario, no obs- 
tante su gran simplicidad Quere- 
mos decir que las sustancias que 
pueden realmente curar una enfer- 
medad, no operan el bien de una 
manera directa; y para hacer com- 
prender mejor nuestra proposición 
formularemos nuestro pensamiento 
del modo siguiente: la sustancia 
que por su 7iaturaleza y acción pro- 
duce una enfermedad, es el medica- 
mento que dispone á la curación por 
la reacción que provoca. 

Para responder á los que sin sa- 
ber por qué ridiculizan el principio 
similia simílibus curaritur, les hare- 
mos conocer diferentes pasajes de 
autores antiguos y modernos á fin 
de que enterados sepa cada cual 
que esta ley ha sido reconocida, 
confesada y respetada en todo 



^^^^l^^^eneoCeotro.americano. 



f¿^P^ P^»- ios hombres más nota- 

. Hipí^crátes, el padre de la medí- 
cma, se pronuncia varias veces en 
favor de la doctrina de los seme- 
jantes. Se lee en sus obras: Per si- 
mtlta mor bus oritur ct per similia o- 
Olata ex morbis sanaíur. Vomitus 
•iomttu curatiir. 

Paracleto dijo: Símile auiem snum 
^ímtle frccuenteo curavit. 

Galeno mismo, aunque enemigo 
(ic la ley de los spmejantes, ha di- 
cUo: Cantharis exhibita vescicano 
ixulccrat et mimicum est ipsi me- 
(iicamentum vehementes urinam pro 
l'ocate et fit auxilium vescicoe. 

Baglivi ha dicho igualmente: Mul- 
ti malí, caldi vulgo dieti, calidis re- 
medtus curantur. 

Sthal es todavía más categórico: 
la regla admitida en medicina, dice: 
de tratar las enfermedades por re- 
medios contrarios ú opuestos á los 
efectos que ellos producen, puede 
ser falso, yo, al contrario, estoy per- 
suadido que las enfermedades ceden 
d los agentes que determinan mía 
afección semejante. Por esta razón 
he conseguido hacer cesar la disposi- 
ción d la acidez por medio de pildo- 
ras de dcido sulfúrico en los mis- 
mos individuos en quienes había em- 
pleado inutilmcfite una infinidad de 
polvos absorventes. 

Además, consúltese el Or gañón 
del arte de curar, de Hahneman, 
las obras de Muller y las de Grie- 
silich y en ellas se verán citadas 
curaciones obtenidas al acaso por 
médicos que administraban á sus 
enfermos, sin darse cuenta de ello, 
medicamentos que obraban única- 
mente en virtud de la similitud de 
sus efectos patogénicos con los sín- 
tomas de las enfermedades curadas. 
En fin, desearíamos que nuestros 
adversarios que sostienen la doc- 
trina de los contrarios nos digeran 
en virtud de qué ley un átomo de 
virus vacuTio es el profiláctico déla 
viruela. En virtud de qué ley la 



i«7 



Ipecacuana contiene y cura los vó- 
mitos mcoercibles, porqué ciertos 
purgantes contienen la dcarrer y 
as preparaciones mercuriales curan 
las ulceras de cierta especie. O más 
bien, por qué la Ipeca siendo un vol 
mitivo cura los vómitos. ¿Porqué 
el arsénico contiene las dearreas^ 
¿Por qué, en fin, la hidrofobia ó ra- 
bia se cura con el virus de la mis- 
ma rabia como no dejan lugar á du. 
da las experiencias de Pasteur, co- 
ronadas por el éxito más brillante? 
¿Se hace esto en virtud de vuestro 
axioma de los contrarios, seflorcs 
alópatas? O, ¿es en virtud del axio- 
ma de los semejantes así como lo 
aseguran los diarios y repetidos 
triunfos que la ciencia rejistra á ca- 
da paso, abriendo nuevos horizon- 
tes en el dominio de las aplicacio- 
nes? Responded! 

Dr. Pedko Vallarino. 
Guatemala, Julio iSde 1888. 



ODA AL TRABAJO. 



El 20 de julio de 1 881, se celebró 
un concurso literario en Bogotá, ca- 
pital de Colombia, y el jurado dis- 
cernió el premio á la ODA que á con- 
tinuación publicamos obra del dis- 
tinguido poeta, don Rafael Tamayo. 



Mirad la nuíTusrji seU-n: «»! étft pam 
Con sns ramrtjes 8»»cn|.ir«»« hieud**. 

Y de sil fondo eu el Pe« into «««icnm 
La enredadera mi f<)ÍHJe txti«*nil^ 
Bajo los den808 toldoH d«* vrrliim 
Kned'í sus turbi»u» ond i»* lr.«u«»r«»M.. 
Rompiéndose al coircr curra 'ii«»t*"^v 
Indómito torrente, y honim lnvA-n 

En sns lóbregos antro* lo rv*iUu. 

Y en medio la e^pt^ar.. 

S n tnxbas. r.i .-eñor. ni leve» riven 
Los salvajes mouarcaí* de lo« bn««|aff^ 
Del rey de la natnrn 
Temidos por su fuerra j « bmmm. 



i88 



El Ateneo Centro-americano. 



No penetran del sol los limpios rayos 
El tupido docel ; y eterna sombra 
La flor envuelve, que con tintes gayos 
No alza arrogante su corola al cielo, 

Y mustia y sin olor se inclina al suelo 
Que cubre espesa, enmarañada alfombra. 

Ora mirad: el golpe de acero 
Los centenarios troncos estremecen 

Y el campo cubre con su inmensa mole ; 
El tigre carnicero 

Huye al mirar por extranjera planta 
Su misterioso asilo profano; 
El sol que en el Oriente se levanta 
Sobre la verde alfombra brilla puro ; 
Las sombras dejan el recinto oscuro; 

Y la antes mustia frente. 

Del astro rey al cariñoso rayo, 
Yergue la flor que del festivo mayo 
Al amoroso ambiente 
Al aire libre se desvuelve y crece, 

Y el aura inquieta sus estambres mece. 

La labor de las hachas viene luego. 
El devorante fuego 
Activo á completar: al cielo sube 
De humo espeso vagarosa nube ; 
Centellas lanza el abrasado tronco, 
Antes columna de la selva oscura ; 

Y en la feraz llanura, 

Que en la estensión abierta se dilata. 
Se ve rodar el mugidor torrente, 
En cuyas crespas ondas se retrata 
Del vivo sol el rayo refulgente 

Y de la luna el resplandor de plata. 

Después vendrá el arado, las entrañas 
De la tierra á romper: lindas cabanas 
Al aire elevarán su frágil techo ; 

Y en los estivos meses 

Con gentil susurran el vago viento 
El blando juego doblará las mieses. 
El rápido torrente sus furores 

Y su vital aliento 

Al hombre rendirá y en su eamino. 
Hará girar la rueda del molino, 
O regará la tierra en los calores 
Del sufócente, agoviador verano. 
Del labradoi la encallecida mano 
Los frutos cojera que en los racimos, 
Cual justo galardón á sus sudores. 
Le brindará naturaleza opimos; 

Y á la ambición y la codicia ajena 
Su quieta vida correrá serena. 
Como callada fuente entre las ñores. 



¿A quién prodigio tal, á quién se debe 
Tan benéñíío cambio? ¿Los portentos 
Quién realizó de transformar la selva 
En campo cultivado, cuyas galas 
Con cariñosas alas 

En trémulo vaivén doblan los vientos? 
Al genio del Trabajo: su alto influjo 
En provechosos dones cambia el lujo 
Con que vistió la pródiga Natura 
La secular montaña; 
Al trabajo potencia que encadena 
Las fuerzas de los libres elementos ; 



Que cambia la llanura 
En alegres y ricas heredades; 
La selva de los siglos respetada 
En bulliciosos pueblos y ciudades, 

Y en risueños y plácidos recintos 
Sus mistericsos, densos laberintos. 

Nada en el mundo á su poder resiste; 
Nada á su empuje colosal: él viste 
De ediñcios flotantes 
Del vasto mar las procelosas ondas 

Y de flores fragantes 

La campiña feraz y espigas blondas ; 

Y hieden á su esfuerzo 

Las aéreas regiones del espacio 
Con agudas almenas el palacio, 

Y con sus techos deiviauas cañas 
Del labrador sencillo las cabanas. 

Monstruos formó la ancha faz del mundo 
Veloces surcan con potente aliento, 

Y que alígeros más que el raudo viento 
A impulso del vapor llevan doquiera 
Los variados productos con que inunda 
Activa industria la terrena esfera. 

Una mano fecunda 
Que millares de copias produjera 
Del fugaz pensamiento el alma quiso, 
De ansia noble de elevar su vuelo 

Y de su imperio dilatar sedienta; 

Y el trabajo tenaz creó la imprenta. 

Rasga el trabajo con divina antorcha 
Las densas nieblas de la mente humana, 

Y con las nobles dotes del ingenio 
Benigno la engalana, 

Y la hace de las ciencias y las artes 
Egregia soberana. 

El de Colón al poderoso genio 
Impulsó á que trazase en blanca estela 
Con la quilla de frágil carabela 
De la ignorada América el camino. 
Sobre el cristal en antes no empañado 
De misteriosos mares; 

Y dióle la constancia, 

Para lanzarse tras ignota zona. 
Por móviles aliento y osadía, 
Por alas rizas de flotante lona; 

Y por premio á su esfuerzo y gallardía 

Y sin igual victoria 
Le discernió la historia 

De bienhechor del mundo la corona 



Calma el trabajo el angustioso Uantí» 
Con que la faz del hombre artera inunda 
La desgn^cia cruel, y en las heridas 
Del roto corazón bálsamo santo 
Derrámale propicia 
Con la blanda mano la labor fecunda. 
La sudorosa frente 
Que á su yugo se rinde no se abate; 
No; que ante bien altiva se levanta, 
Y sobre ella el letargo 
O el fastidio indolente 
Nunca sus alas perezosas bate. 
A la insegura planta 
Que en la insidiosa senda de los vicios 
Llega á posarse, con atenta mano 
Benéfico el trabajo la desvía; 



El Ateneo Centroamericano. 



Y á la región de la virtud exelsa, 
Do brilla puro de verdad el día, 
Lleva y\ mortal qne en su poder confia. 
Fácil conquista al ambicioso ofrece 

Iji pwtruda nación que en la indolencia 

Y en ocio bkndo y en miseria yace, 

Y fácil presa de sus hijos hace 

El despotismo audaz; no á sus furores 
En cambio cede quien el fuerte abrazo 
Aoostnmbró desde la tierna infancia 
Del obrador ó el campo á las labores; 
No, que jamán el ominoso yugo 
De extranjera legión la altiva frente 
Do brilla de lob bravos la arrogancia 
CJobarde rendirá: arde en su mente 
De libertad la Pncrosanta llama, 

Y altanero señor en la impotencia 
Se verá de rendir su independencia 

Y de apagar el fuego 

Que MI alto pecho poderoso inflama. 

Oh santa Trovidencia! 
Trt, qne colmas de encanto y de alegría 
Cuando creo tu bondadosa mano, 

Y das al claro día 

Su mágico explendor, al Océano 

8uH turbias ondas, misterioso arcano 

Al corazón del hombre y del destino 

Llevaderos hiciste 

VÁ amargo pesar y la agonía 

Cuando la sabia ley nos impusiste 

Del bienhechor Trabajo, que la vida 

De almo consuelo y de esperanzas llena, 

Haz á la patria mía 

En alas del Trabajo á las regiones 

Del prcgrcfio volar: sus altos dones 

Prenda do paz y venturanza sean. 

Caigan también su-; gratas bendiciones 

Sobre mi humilde fronte: 

Lixzca en ella el sudor con que á los buenos 

Ganar mandaste el terrenal sustento ; 

En incesante brío 

Haz que jamás desmaye, ni indolente 

Ante el cansancio ceje el brazo mío; 

Y cuando llegue para mí el momento 
De recibir el etemal salario. 

Grave una mano amiga 

En la sencilla losa 

Que cubra mi sepulcro solitario, 

Una inscripción que al caminante diga: 

•'Al fin aquí de su labor reposa; 

Cumplió en el mundo su mortal tarea: 

Blanda la tierra á sus cenizas sea." 



Archivo nacional de úm'm ) Lftni. 



REFLEXIONES 
A LOS LIBROS DE ELOCUENCIA 

POR 

Fray Matías Corcova. 



Se ha dicho con proporción al 
oyente porque la manifestación del 
dolor V. g. puede sugerir audacia, 
odio, &, en el compadecido; pero 
siempre estas pasiones serán á fa- 
vor del que, en la suposición, se 
muestra desgraciado. Figúrese un 
hombre injustamente oprimido. La 
compasión de un niño producirá lá- 
grimas: la de una mujer, añadirá á 
las lágrimas la súplica: la de un 
Juez, moverá ira contra el opresor. 

Como las palabras han de tener 
proporción con los interiora concep- 
tos que por ellos se comunican^ asi la 
acción se ha de corresponder con ¡as 
palabras. Si los signos exteriores 
como el tono, y el geto, que siem- 
pre acompañan á la expresión, la 
desmienten, no significará el estado 
del alma. Lo que dijo Horacio del 
poema se puede acomodar .i un.i 
pieza oratoria. 

"Ut ridentibus arii.i.M.. :. 
tibus adsunt. 

''Humani vultus. Si vis me riere, 
dolendun est. 

'Trimun ipsi tibi: tune tua me 
infortunia ledent. 

'Telephe, vel Peleu. m-ili- si 
mandata le qüeris. 

''Aut dormirabo, aut ridcbo. 
Tristia moestum. 

"Vultum verba decent: iratum. 
plena minarum: 

"Ludentem, lasciva: scvcnim, 
seria dictu. 

"Format enim natura prius 
intus ad omnem. 



nos 



igo 



El Ateneo Centro -americano. 



*'Fortunarum habitum: juvat aut 
impellie ad iram. 

*'Aut ad imum mcerore gravi de- 
ducit & angit. 

''Post effert animi motus intér- 
prete lingua." 

//aj/ palabras ó expresiones^ por 
decirlo así, así privilegiadas para la 
atención. Las que significan cosas 
nuevas, admirables, muy interesan- 
tes, las que excitan ideas que se 
imprimieron violentamente, y las 
que tienen cierta proporción con el 
oído son muy á propósito para la 
atención. 

Nota:— Que el entendimiento 
busca en que ejercitarse cuando se 
le detiene demasiado en las rela- 
ciones que conoce. Es semejante al 
que ha visto bien una cosa, que no 
gusta ya de verla, y busca otro ob- 
jeto nuevo para entretenerse. Mas 
no por esto hemos de imitar á los 
extragados atengadores que propo- 
niendo el asunto con novedad in- 
creible, se burlaban del auditorio. 

Nota: — Que en algo conviene el 
hombre con los irracionales, pues 
muchas veces no advierte la dis- 
tinción de las ideas que se impri- 
mieron como de un golpe. Un ca- 
ballo que puesto en la plancha ca- 
liente oye tocar la sinfonía, cuando 
le tocan este instrumento, aún es- 
tando el suelo frío, comienza á le- 
vantar los pies uno sucesivamente 
después de otro, como para tener 
alivio. Si se nos dice Demostenes se 
opuso con mucho empeño d las pre- 
Lensio7ies de Filipo no nos hará tan- 
ta impresión, como si se nos dijera 
Demostenes tronó contra Filipo. Esta 
palabra tronó presenta la idea ho- 
rrible del rayo, ó de la artillería, y 
no sabemos separar de Demostenes 
este concepto grande. De donde se 
puede colegir porque significándose 
por diversas expresiones una mis- 
ma cosa se producen sensaciones 
distintas, y porque el mismo obje- 
to explicado por esta ó por aquella 
palabra, hace más ó menos impre- 



sión. Diero7i de puñaladas d Clodio 
los criados de Milón. Sustancialmen- 
te valía lo mismo, respecto de los 
romanos, decir: Los criados de Mi- 
lán puestos por Clodio en In dura al- 
ternativa de ver morir d su señor ^ ó 
defenderlo, hicieron lo que nosotros 
quisiéramos que nuestros criados 
practicaran en semejajite la?ice. Los 
Jueces hubieran entendido lo mis- 
mo por uno que por otro modo; pe- 
ro del primero con horror de la ac- 
ción, por la palabra puñaladas, y 
del segundo con alabanza, por la 
mención del conflicto en que pone 
al oyente la ilusión de la compasión. 
Hay además algunas palabras cas 
tizas que son chocantes á la decen- 
cia cuyo significado se explica por 
un rodeo, ó por otro término de 
que no se tenga aprehensión, para 
que no incurramos en la nota de 
groseros, contra la dignidad del 
Orador. 

La actividad de una expresión se 
debilita con el uso. La primera vez 
se creyó producida por la vehemen- 
cia de la pasión, y, las últimas ve- 
ces no se tiene de ella este concep- 
to; se cree producto de la vanidad 
de quien procura alucinarnos. Si la 
actividad es respecto al oído, lo en- 
calla, en cierta manera, y el Essc 
videatur de Cicerón viene siendo 
como la armonía de los orbes que 
ninguno la escucha. 

He aquí un ejemplo por lo que 
toca al oído: Entre las máximas del 
mundo, y del Evangelio hay gran 
oposiciÓ7i. No es ni con mucho tan 
sonora como esta; Qué singular con- 
traste /orinan entre sí las máximas 
del mundo y las del Evangelio! Al 
auditorio agradará esta mensura ó 
acento poético. 

Qué singular coi. traste 
Forman entre sf 
Las máximas del mundo, 
Y las del Evangelio. 

Como en la elección de las pala- 
bras consiste la exactitud de ex- 



J^ÍiAIÍíí^Í£_Centro-Americano. 



pilcar el concepto, trabaje en esto 
mucho el orador; porque no siem- 
pre, ni en todos asuntos se explica 
el hombre como quiere. Esta es 
aparentemente la causa de que 
cuando se me explica un pensamien- 
to que me era conocido, pero que 
no me era fácil explicar, me alegro 
como de un hallazgo, y lo es en 
efecto la fórmula oportuna para ex- 
plicarme bien. 

LECCIÓN SEGUNDA. 

ENSAYO DE PASIONES. 

Llamamos interés á cierta propen- 
sión hacia lo que excita ideas agra- 
dables. 

Sean ideas agradables las que 
consisten en la presencia del bien ó 
fuga del mal, prescindiendo que sea 
real ó aprehensiva esta presencia. 

A cambio de conseguir la idea 
agradable, se agotan todos los arbi- 
trios que se presenten. 

El interés admite diversas modi- | 
ficacíones según la diversidad de lo | 
agradable y las podemos distinguir | 
con el nombre á^ pasiones. \ 



L 



mas fácil de sentirse, que explicar. 
se retrocede al amante la propiedad 
que él endona al amado, y más la 
propiedad que éste retoma. Mara- 
villosa pasión, y más de lo que se 
juzga, espiritual! 

Incluye el amor correspondencia- 
y aunque se suele llamar amor' 
aquel conato de que acepte el ama- 
do, sólo puede serlo en rigor la mú- 
tua amistad de los amantes. Se abu- 
sa del término, ó en más amplia 
Significación se llaman amor los ob- 
sequíos, y muchas cosas que sólo 
tienen semejanza con las causas. 
efectos ó consecuencias del amor. 

Causas. 



I 
sea 

2. 



Las causas principales son dos: 
^. La nobleza de las prendas, 
real, ó imajinaria esta nobleza. 
^ ^ El conocim'iento de que un ra- 
cional pretende nuestro amor, cre- 
yéndose que ésto es una preciosi- 
dad. 

Efectos. 



I. 



Del amor. 



No se va á hablar de aquel sofis- 
ma de la naturaleza que desea per- 
petuarse y es común á los hombres 
y á las bestias; sino de la Empera- 
triz de las pasiones, y tan espiritual 
que apenas puede por muchas pala- considerándolos como tales, aun 



<^ Procurar la exitsencia de los 
intereses del amado, como propios. 
ó mucho más. 2. ^ Pensar y obrar 
únicamente con respecto del ama- 
do. *-i, ° Éxtasis, por el cual se in- 
flama tanto el alma, que la contem- 
plación del amado le abstrae de los 
demás objetos. 4. ^ Celos. El ver- 
dadero que consiste en una pronta 
actividad para destruir lo nocivo al 
amado, y el falso que consiste en 
rechazar los que cree impcdímentoft 



bras describirse. Es el amor un inte 
res de comunicar con otro racional 
las perfecciones personales. Cuando 
yo deseo que un racional me haga 
donación ó me dé la propiedad de 
sus prendas personales, en retorno 
de otra igual donación que precisa 
mente quiero se me admita, se dirá 
que tengo amor. Este es un arbitrio 
para dar más extensión á la esen- 
cia del hombre; pues por un círculo 



antes dejvaluarlos, y sin detenerse á 
meditar el medio oportuno de des- 
truirlos. Bien que este último pro- 
piamente es efecto de la ignoranda. 

§n. 

Del Odio, 

Al amor se debe contraponer el 
odio que es el interés de apartar de 



iq: 



El Ateneo Centro-americano. 



sí las cualidades detestables. Las 
causas opuestas lo producen y él 
obra los efectos contrarios. El amor 
vulgar, como también el odio, se ex- 
tienden hasta lo insensible y se ha- 
llan en todo acceso y fuga. 

§111. 

Del gozo. 

El gozo es la perfección del inte- 
rés, ó la actual frucción del bien, 
ó la alma posee una idea agradable 
cuando está [gozosa. Debe haber 
diferencia de gozos según la progre- 
sión del interés. Unas veces hace 
tránsito de un estado indiferente, 
á un estado feliz: otras de un esta- 
do infeliz, á otro indiferente: otras 
de un estado infeliz, á otro feliz. 

El ¿ozo se suele dignificar con el 
nombre deleite. No sería absurdo 
llamar deleite solamente á la idea 
agradable, causada por la suave in- 
mutación de los sentidos. 

{Continuará^ 



CRO^IOA. 



En el número 4 de '^Costa-Rica 
Ilustrada" periódico que se edita en 
San José de Costa-Rica capital de 
aquella República hermana, ha si- 
do reproducido el discurso que pro- 
nunció en el Ateneo el socio señor 
don Juan Bustillo. 

Mucho nos complace que haya 
sido acogida benévolamente la pro- 
ducción de nuestro inteligente ami- 
go Bustillo y ojalá los nobles sen- 
timientos y esperanzas nobles en 
que abunda el citatado discurso, y 
que no dudamos anidan en el cora- 
zón de los costarricenses, se lleven 
al terreno de la práctica como todo 
buen centro-americano desea. 






En la próxima sesión privada 
que celebrará el Ateneo se proce- 
derá á la elección de socios hono- 
rarios de la misma. 

Entendemos que los señores so- 
cios activos tienen ya sus respecti- 
vos candidatos y que éstos son 
aquellos que más han figurado en 
V entro-América, ya en el terreno de 
la política ó de las ciencias. 



Dice "El Cronista" de Panamá 
correspondiente al 2 de agosto úl- 
timo: 

"Hemos recibido y conservamos 
con el mayor gusto, los números 2, 
3 y 5 de El Ateneo Cejitro-Ameri- 
canOj de Guatemala, órgano de la 
Sociedad Científico-Literaria del 
mismo nombre. La enunciada pu- 
blicación es de suyo importante, en 
ella se hallarán insertas las mejores 
producciones científico-literarias de 
los hombres de letras de Guatema- 
la y por ella habrá de juzgarse del 
adelanto de su literatura y de la 
cultura de su pueblo. 

Al saludar al nuevo colega supli- 
camos á su director nos complete 
la colección." 

Al dar las gracias al apreciable 
colega por tanta galantería inmere- 
cida, le prometemos completarle la 
colección á que alude el párrafo an- 
terior. 



En la velada próxima venide- 
ra que se verificará el jueves 25 del 
corriente, harán su recepción so- 
lemne los socios activos señores Li- 
cenciado don Manuel Montúfar y 
Dr. don Alberto Molina. 

Contestarán sus discursos los se- 
ñores Lie. don Francisco Azurdia y 
Dr. don Domingo Rodríguez Cas- 
tillejo, respectivamente. 



'^°°'° ^ i- ^^^^^g^^ag^Jeno^^bre de 1888. -{ Nom. IS. 

E ABEO tiM-miíl 



PUBLICACIÓN QUINCENAL. 
ÓRGANO DE LA SOCIEDAD LITERARIA DEL MISMO NOMBRE. 



EL ATENEO. 



Como estaba anunciado, el 25 
del pasado se verificó la recep- 
ción oficia] del nuevo socio Lie. 
don Manuel Montúfar, quien 
con tal motivo, pronunció el dis- 
curso que en seguida verán nues- 
tros lectores, juntamente con la 
alocución que ei\ respuesta, le 
dirigió el socio Lie. don Fran- 
cisco Azurdia. 

No tuvo efecto la recepción 
del Dr. don Alberto Molina, á 
causa de ocupación urgente de 
éste, en la noche del propio 25, 
según escusa que de antemano 
dirigió á la secretaría del A- 
teneo. 

Terminada la recepción del 
señor Montúfar, el socio Lie. 
Próspero Morales dio lectura á 
la intioducción de un cuento en 
verso que está escribiendo, á 
imitación de las leyendas del po- 
pular Pepe Batres. 

En seguida tomó la palabra 
el Presidente Dr. Uriarte, con 
objeto de insistir en que creía 
más adecuado al carácter de la 
asociación, en sus sesiones ordi- 
narias, el sistema de conferen- 



cias y lecciones orales al de los 
discursos escritos; y al efecto. 
propuso que se continuara la 
discusión pendiente sobre si 
existe ó no una literatura ame- 
ricana. 

El socio señor Cuéllar pro- 
nuncio acto continuo, un discur- 
so apoyando esta proposición. 

Se señaló el jueves ocho del 
presente para la recepción de 
los nuevos socios licenciados don 
yVntonio G. Saravia y don Ra- 
fael Montúfar, comisionándose á 
los socios Montúfar, don Ma- 
nuel, y Aguilar para la contesta- 
ción de los discursos respectivos» 



DISCURSO 

PRONUNCIADO POR EL SOCIO LIC. 

MANUEL MONTüFAR. 



Señores: 

Cuando logramos intcrestr el co- 
razón en una causa parece que la 
inteligencia se subyuga al senti- 
miento, y si la intelgencia ejerce el 
principal oficio el sentimiento se 
amortigua. Tengo pues dos cami- 
nos que elegir: el uno es hablaros 



194 



El Ateneo Centro-americano. 



de un asunto en que poniendo aler- 
tas las facultades, vuestra atención 
sólo descubra mi ignorancia y por 
consiguiente os predispongo en con- 
tra mía; el otro es tratar de una ma- 
teria procurando se interesen vues- 
tros corazones y entonces podré es- 
perar con más fundamento, indul- 
gencia. Resuelto este primer pro- 
blema y decidido por el segundo 
término, viene otra dificultad no 
menos grave para mí, ¿de qué os 
hablo que os interese? 

Si pudiera pulsar algo parecido 
á una lira, á una cítara, ó cual- 
quiera otro de esos instrumentos 
fantásticos aplicados tanto por los 
poetas, y si como ellos pudiera arran- 
carles esa misteriosa música, cuyas 
notas se perciben entre un lenguaje 
arrobador, y brotase de sus cuerdas 
un pensamiento poético; si pudiese 
aun con mi prosa casera, encontrar 
alguna nueva fórmula para exponer 
una idea y mientras saboreabais 
su expresión y os alusinaba con 
su ropaje deslumbrante, pediros 
permiso para retirarme de aquí, á 
donde se me ha traído tan sólo por- 
que tengo amigos que ejercen la 
caridad literaria; si llegase á descu- 
brir alguna forma especial para ha- 
blaros de amor sin apelar á las vír- 
genes puras^ á los labios rojos, la 
blonda cabellera y los ardientes be- 
sos, ó refiriéndome á la naturaleza, 
no preocuparme con los crepúsculos 
y sus aureolas de liiz^ ó de las con- 
sabidas nubecillas que como tenue 
gasa bordan el tachonado azul del 
firmamento, de la ola embravecida 
que hace extremecer la altiva roca 
cubierta con blancas sábanas de 
espuma; si pudiese, en fin, deciros 
algo que no se hubiese dicho cien 
millones de veces por cada genera- 
ción de cada pueblo. Si me fuese 
posible siquiera hablar á cada solte- 
ro de su amada y á cada casado de 
su hogar, sin que se aburriesen los 
demás mientras llegaba su turno, 
podría darme por un afortunado 



mortal, literato feliz ó charlatán di- 
choso, todo lo que casi viene á ser 
lo mismo. 

Pero es el caso que un discurso 
de presentación á una sociedad cien- 
tífico-literaria exige el desarrollo de 
un tema serio, aun ámí que detes- 
to hasta la circunspección de los 
Jueces de empolvada peluca, que 
mandan á la horca á cualquier hijo de 
vecino, retorciéndose indiferentes 
las rizadas hebras de su postiza ca- 
bellera, y la flema y seriedad hasta 
de los guardias suizos de las nove- 
las de Dumas, de donde muchos 
lectores han sacado la Historia de 
Francia y muchos escritores han he- 
cho sus estudios sobre la gran revo- 
lución que aun no ha terminado. 

Paso, pues, á la eleción de un tema 
y lo único que ha de salvarme es que 
sea acertada; hade ser un asunto 
que os sea simpático, aun cuando 
sea tratado por mí, que os llame la 
atención, aunque mi palabra, no di- 
ré desnuda por no lastimar el pudor^ 
pero sí insustancial, se ocupe de ella^ 
algún asunto en fin que disimule la 
incompetencia del que habla y que 
por sí sólo predisponga favorable- 
mente al que escucha. No será cien- 
tífico, repito, porque yo apenas co- 
nozco el significado de esa palabra, 
pero sí será algo que entusiasma, al- 
go más caro aun que esa ciencia, al- 
go más que el hogar, algo que tiene 
suficiente poderío para hacer de um 
hombre un león: hablaré de la Pa- 
tria. 

Quizás tenga atingencia con la 
política y según entiendo no deben 
tratarse aquí asuntos que con ella 
se relacionen; pero soy terco y quie- 
ro seáis benévolos. 

A la juventud está reservada la 
solución de los grandes problemas 
que se agitan en la actualidad: la 
unidad centro- americana y el apro- 
vechamiento de los grandes recur- 
sos de prosperidad con que la Pro- 
videncia ha querido favorecernos 
tanto en el orden físico como en lo 



^ 



El Ateneo Centro-americano. 



moral. La naturaleza nos ha prodi- 
gado inmensos bosques, lagos se- 
renos, caudalosos rios, costas ba- 
ñadas por dos océanos y climas en- 
cantadores; y en el orden moral, con 
qué más ha podido obsequiarnos? 
Todos los pueblos libres han derra- 
mado torrentes desangre por su in- 
dependencia y nosotros la obtuvi- 
mos sin verter una sola gota; somos 
independientes y libres por una serie 
de circunstancias ajenas á nuestro 
empeño, y por un acto mágico de 
nuestra buena suerte. Los principios 
consignados en el derecho de gen- 
tes nos dan personalidad jurídica 
ante el concierto de las naciones; 
pero hablando con franqueza, debe- 
mos comprender, que no somos su- 
ficientes para hacernos respetar por 
nuestra propia cuenta. 

Desde 1842 en que se celebró en 
los cinco Estados de Centro- Amé- 
rica, como un suceso fausto, la muer- 
te del General Morazán, ha venido 
efectuándose un movimiento imper- 
ceptible de transformación. Cuan- 
do la sangre del jefe unionista em- 
papó nuestra tierra y tocaron á re- 
bato las campanas de los templos 
católicos, en son de triunfo, feste- 
jando la destrucción de la bandera 
en que estaba escrito el nombre de 
Dios; cuando en los pulpitos y en 
las tribunas se daban gracias al To- 
dopoderoso por esa sangre; cuando 
los separatistas embriagados de jú- 
bilo izaban en débiles astas los gi- 
rones de aquella bandera soberana, 
no se pensó quizás en que la sangre 
derramada habría de fecuiidizar la 
tierra y que habría de brotar de ella, 
más potente y vigorosa, la causa 
misma que la derramó. 

El silencio que produce el respe 
to á la muerte sucedió á todas aque- 
llas agitaciones, y ese silencio fué 
aprovechado por la historia para 
juzgar los acontecimientos y á los 
hombres colocando en gloriosos 
pedestales á las víctimas. De este jui- 
cio histórico provienen sin dudaai- 



«95 



guna las tendencias unionistas que 
tan claramente se marcan ya. Los 
rencores se marchitan y sus hojas 
descompuestas caen y sirven de vi- 
vificador abono al reconocimiento y 
ala gratitud que se levantan. Mora- 
zán ya no es genio de la destruc- 
ción como le llamaron sus enemigos. 
es el emblema de la nacionalidad y 
en todo Centro- América se le eri 
gen monumentos en lasplazasyen 
los corazones, para que se le recuer- 
de con veneración, para premiar sus 
méritos, para estimularnos á imi- 
tarlo. La idea de la unidad centro- 
americana se agita, pues, en el mis- 
mo sepulcro del héroe de Gualcho 
y del Espíritu Santo, y se envuel- 
ve en el mismo sudario empapado 
con la sangre de hermanos. 

Se pronunciarán las palabras que 
han de levantar á Lázaro? ó esta- 
mos esperando que una voz como 
la que se escuchó en las alturas del 
Sinaí nos dicte el decálogo de nues- 
tros deberes para con la patria? 
¿De qué nos sirve el vigor, la ju- 
ventud y el entusiasmo, si todo lo 
dejamos á la mano de la Providen- 
cia y á las transformaciones lentas 
del tiempo? ¿Nada nos es posible 
hacer con la palabra y con la plu- 
ma en favor de la única gran causa 
que hoy existe en nuestro país? 
¿Qué significan los partidos políti- 
cos, ante la idea de la Nacionali- 
dad? Fueron grandes acaso, só- 
lo por sus convicciones liberales, 
Garibaldi, Cavour y Mazini? No; 
fueron grandes porque hicieron 
grande á la Italia, como grande ha 
de ser no ante una agrupación so- 
cial, no ante un partido, no ante 
un pueblo, sino ante el mundo, la 
historia y h'S siglos, el que haga una 
sola Nación á Centro-América. 

La cabeza del hijo de San Luis 
no cayó sobre el cadalso tan iólo 
bajo el filo de la guillotina, cayó 
más que todo, bajo el peso de la 
convicción de un pueblo, y esa con- 



196 



El Ateneo Centro-americano. 



viccíón fué originada por la pluma 
y la palabra. 

La juventud, antes que una dolo- 
rosa experiencia la haga escéptica 
é indiferente, lajuv«-ntud. antes que 
se deje vencer por la corriente de 
apatía que se apodera de los hom- 
bres, está llamada á encender la 
hoguera en que han de convertirse 
en pavezas las mezquinas ideas de 
localismo y á cuya luz y calor ha 
de levantarse el Capitolio de la 
Patria, el Quirinal centro-ameri- 
cano. 

Contemplar desde lejanas tierras 
separadamente cada uno de los cin- 
co puntos marcados en el mapa del 
istmo central del nuevo mundo, 
produce verdadera amargura, no 
porque no querramos con el alma 
cada punto, sino porque palpamos 
su pequenez al mismo tiempo que 
sus infinitos elementos de prospe- 
ridad y las facilidades que tienen 
para ser grandes y respetables. 

Es necesario no decansar un mo- 
mento en la lucha que ha de em- 
prenderse contra un reducido grupo 
que intenta detener lo indefectible. 
Si con las ballonetas se proclama 
la unión, con las ballonetas se repe- 
le alegando que la desean pero al 
amparo de la paz. Si disfrutando 
de ese elemento de felicidad se pro- 
clama, contestan: ''queremos la U- 
nión, pero no estamos preparados 
para ella." 

Señores, cuándo acabaremos de 
prepararnos? quién no conoce ya 
desde México hasta Colombia que 
hemos sido un sólo pueblo y que 
un sólo pueblo debemos ser? ¿Qién 
no sabe que unidos los cinco trenes 
gubernamentales tendríamos in- 
mensas sumas ahorradas para apli- 
carlas á la construcción de ferrocar- 
riles, que habilitarían para la inmi- 
gración extensos y feracísimos ter- 
renos; que más seguros por nuestras 
propias fuerzas, no necesitaríamos 
distraer grandes cantidades arreba- 
tando á la agricultura, riqueza na- 



cional, útilísimos brazos ocupados 
ahora en sostener las armas para 
vivir en constantes inquietudes y 
para cuidarnos de fantasmas que 
entonces y sólo entonces desapa- 
recerán; que seríamos uno de los 
pueblos relativamente más ricos del 
nuevo mundo; que cuatro millones 
de hombres forman un conjunto 
respetable en la sociedad de los pue- 
blos? 

Lejos de ignorar todo ello, esta- 
mos convencidos de su exactitud, 
pero divididos, y lejos de unificar 
nuestros esfuerzos nos contentamos 
con dedicar el tiempo á una con- 
templación infructuosa de los acon- 
tecimientos que más de cerca nos 
rodean. 

Época es ya, señores, de pensar 
en el porvenir;, y si una agrupación 
de inteligencias se dedica con te- 
nacidad y costancia á un fin deter- 
minado, es indudable que el triunfo 
corona sus esfuerzos. Estamos lla- 
mados á hacer tremolar el pabellón 
de la patria. La juventud lleva la 
pureza en sus convicciones y la 
lealtad en el corazón, sin rencores 
personales, sin venganzas que ejer- 
cer, las ideas que proclame llevan 
la intencidad y la pureza de la luz 
del sol. 

Dígase lo que se quiera, sólo nos 
falta ser resueltos para emprender 
la reconstrucción del edificio que 
cayó á los golpes de los separatis- 
tas. Materiales sobran cuando so- 
bra voluntad. Morir por las gran- 
des causas es penetrar en el tem- 
plo de la gloria, es conquistar un 
pedestal en la escena eternamen- 
te contemplada por la humanidad, 
es no morir. 

He dicho. 



E h Ate neo Centro -americano. 



LA AURORA. 



it€ asoma en el sereno espacio, 
Rompiendo los crespones de la noche, 
I>a aurora con su manto de topacio 
En 811 esplendente y luminoso coche. 

Su dorada melena en blondos rizos 
Hermosa se desata en el Oriente, 
Lanzando rayes de su faz naciente. 
Den amando á raudales sus hechizos. 

Bella hija de Titán, reina del díac 
lífual repartes tu infinito encanto, 
En el alcázar, en la selva umbría, 
Como en la choza en que se anida el llanto. 

Cuando dejas tu lecho en la mañana 

Y tu brillo se esparce en la natura, 
Todo en ella palpita y se engalana 
Con los destellos de tu lumbre pura. 

Kn el florido y delicioso prado 
La brisa entre las palmas juguetea, 

Y el lirio de cáliz perfumado 

# Con indolente majestad cimbrea. 

Despierta la creación, sonríe el cielo, 
El ave canta entre el follaje amores; 
Quejas murmura el límpido arroyuelo, 

Y el genio de la luz besa las flores. 

Rasgando vaporosas colgaduras 
Viene el Sol á ostentar su poderío; 
Su fanal resplandece en las alturas, 
Riela su luz sobre el tranquilo río. 

Feliz mañana azul, temprana hora, 
De brisíis, de rumores, de armonía: 
Yo consagro á la luz que te colora. 
Mi voz, mi pensamiento, mi poesía. 

Josefa Cakrasco. 
[Hondurena.] 



capítulos sübltos 

DE UN LIBRO IXKDrid 



POR RENATO MURRAV 



TIEMPOS PREHISTÓRICOS, 

{Contintia), 

LA FAMILIA TROGLODITA. 



De acuerdo la ciencia con las tra- 
diciones de los Persas, de los In- 
dios, de los Hebreos y de los B»v 
bilonios, en que el hombre ha vi- 
vido una vida enteramente salvaje 
antes de alcanzar un estado social 
cualquiera, procuraremos trazar á 
grandes rasgos la historia de esa 
vida, según los datos que la arqueo- 
logía nos ha suministrado. 

El primer cuidado; mejor dicho, 
la sola ocupación de aquellos nues- 
tros desgraciados predecesores, ha 
de haber sido naturalmente llenar 
sus más perentorias necesidades. 
Alimentándose en un principio con 
solo los frutos de los árboles y 
plantas que estaban á su alcance, 
con el agua de los arroyos; y con 
alguno que otro pedazo de carne 
cruda de los 'pequeños animales en 
los que podían hacer presa, antes 
de haber inventado arma alguna 
para perseguirlos, debemos supo- 
ner que las mujeres participaban 
de todas aquellas faenas, puesto 
que aún no estaba fundado el ho- 
gar. ¡Quién sabe si ni siquiera se 
habían atrevido á refugiarse en las 
cavernas por temor de ser devora- 
das por las fieras . . . ! Triste cua- 
dro que por mucho que repugne á 
nuestro orgullo, tenemos que ad- 
mitir, sin embargo, como la fiel cs- 



[*] Véase el número anterior. 



98 



El Ateneo Centro-americano. 



presión de aquel oscuro periodo de 
los tiempos prehistóricos, en el que 
como dijo Horacio, ampliando el 
pensamiento de otro poeta latino: 
"los hombres rumiaban por el sue- 
lo á la manera de un rebaño, dis- 
putándose las bellotas y los alber- 
gues que encontraban á su paso; 
primero con las uñas, los dientes y 
los puños; luego con pedazos de 
ramas de los árboles; más tarde con 
las armas que la experiencia les en- 
señó á fabricar." Y al mismo tiem- 
po, ¡qué noble satisfacción ver 
cuánto ha avanzado la humanidad 
bajo la ley indefinida del progreso 
que la empuja y la empujará siem- 
pre hacia adelante en busca de su 
perfectibilidad! 

Pero volvamos al asunto. En 
aquel estado salvaje, la mujer ha 
parido el primer hijo. Desde ese 
momento queda puesta la base 
fundamental de la familia. 

¿Quién de mis lectores no ha te- 
nido ocasión de observar, cuando 
menos, á una pareja de canarios 
encerrada en dorada jaula, traba- 
jando con asiduo empeño el nido 
que debe depositar los huevos de 
la hembra? ¿Quién no ha visto á 
las palomas cuando los pichones 
han salido apenas del cascarón, ca- 
lentarlos con sus alas, y desde el 
primer día salir muy temprano á 
buscar el alimento para sus hijos? 
;Hay quién ignore que aquellas 
llevan ya masticado en su propio 
buche el grano que con esmerado 
tino hacen pasar de sa pico al de 
sus tiernos polluelos? Esos son los 
instintos de la maternidad, se nos 
contestaría; instintos comunes á to- 
dos los animales. Y bien! esos ins- 
tintos son precisamente los prime- 
ros lazos de la familia. Se disuel- 
ven en los irracionales en cuanto el 
hijo alcanza la agilidad necesaria 
para no necesitar de la madre; pero 
se renuevan siempre y cada vez que 
esta pare. La leona estará encerra- 
da en su cueva mientras tenga ca- 



chorros que cuidar. ... Y como en 
la especie humana sucede que los 
hijos necesitan de los cuidados ma- 
ternales durante mayor tiempo que 
en ninguna otra especie, de aquí 
que la familia subsista siempre y 
sin interrupción como distintivo de 
la superioridad simplemente mate- 
rial, que en cuanto á la inteligen- 
cia la cuestión varía de aspecto. El 
don de la palabra bastaría por sí 
solo para explicar la familia, si el 
amor no fuera un sentimiento in- 
nato en el corazón del hombre. 

Si el primer lecho nupcial de la 
especie humana fué como natural- 
mente debe suponerse, algún bos- 
quecillo sembrado por árboles gi- 
gantes, el primer hijo debe haber 
sido recibido en un colchón de ho- 
jas secas, aglomeradas entre hom- 
bre y mujer en fuerza del instin- 
to. En fuerza del instinto también, 
-ellos deben haber permanecido uni- 
dos en el crítico momento, y uni- 
dos después de él, aunque no fuera 
más que para estar preparados en 
contra de los ataques de los otros 
animales. Nacido el hijo, la madre 
tuvo que tomarle en sus brazos pa- 
ra llevarle á sus pechos; el hombre 
que cubrir á entrambos para pre- 
servarlos del frío. Hé ahí á la fa- 
milia según la naturaleza. Faltaba 
solo el hogar. 

El hogar! Es decir, el trono de 
la familia, el fundamento de la so- 
ciedad, la base del bienestar indi- 
vidual, la piedra filosofal de la di- 
cha . . . . ! 

¿Le conocieron acaso los que no- 
sotros llamamos hombres prehistó- 
ricos? Sin duda que sí. De otro mo- 
do no hubiera existido la familia 
troglodita en el sentido moral que 
hemos dado á la palabra familia 
tratándose de la especie humana. 

Todos los pueblos de la tierra 
han triubutado culto al sol, padre 
de la luz, del calor del movimien- 
to y de la vida; pero solo de los 
persas se sabe que conservan una 



I 



ILAteneoCentro-americano. 



tradición del descubrimiento del 
fuego, y que hayan elevado este 
elemento á la categoría de una Di- 
vinidad, con lo que demuestran ser 
un pueblo agradecido, al revés de 
los que han simbolizado en él la 
condenación eterna ó el infierno. 

El fuego es el fundamento del 
hogar. Desde que hubo fuego pu- 
dieron los hombres habitar las ca- 
vernas y las grutas reuniéndose en 
familias independientes entre sí. 
i.se precioso elemento fué el qué 
les dio el primer triunfo sobre las 
fieras, de cuyas moradas se hicie- 
ron dueños; dulcificó los trabajos 
de la mujer, constituyéndola pie- 
dra angular del edificio de la fami- 
lia/ al darle el encargo de su con- 
conscrvación; reunió durante las 
largas noches de invierno al hom- 
bre con la mujer, al padre con el 
hijo, al hermano con el hermano; 
les proporcionó los primeros rudi- 
mentos de la cosina; y les dio en 
fin, la idea primordial de la felici- 
dad doméstica representándoseles 
como un pequeño sol, encargado 
de desempeñar durante la ausen- 
cia de éste, los trabajos del rey del 
firmamento, cambiando la lóbrega 
tristeza de las noches en íntima 
alegría, mediante la luz, y en sua- 
ve y agradable temperatura, por 
medio del calor, la desapacible y 
cruel de los hielos aglomerados por 
las sombras. ¡Con qué placer deben 
haber saludado los primeros padres 
del linaje humano aquel olvidado 
descubrimiento de que tanto par- 
tido sacaron en los tiempos primi- 
tivos! El fuego fué para ellos de- 
fensa y garantía, consuelo y espe- 
ranza: defensa contra la inclemen- 
cia de las estaciones, garantía que 
les ponía á cubierto de las asechan- 
zas de las fieras, consuelo en su 
triste soledad en el interior de las 
cavernas, esperanza en los mil usos 
que de él podían hacer para su ali- 
mentación y demás comodidades 
de la vida. 



La mujer debe al fuego el haber 
tomado posesión de su verdadero 
reino: del hogar. A ella debe ha- 
berle estado encomendado desde 
el primer día el mantenimiento de 
la lumbre; á ella el darle el primer 
empleo, aumentando ó disminu- 
yendo sus amorosos resplandores 
según las necesidades de sus tier- 
nos hijos; á ella en fin acercar por 
la primera vez á las llamas las en- 
sangrentadas carnes de algún cone- 
jo para transíormarlas en un sa- 
broso alimento El hombre pudo 
desde entonces dejar mujer é hijos 
para ensanchar el teatro de su ac- 
tividad yendo á buscar en los bos- 
ques racimos y raíces que llevar á 
depositar á su cueva para prevenirse 
contra los días de escasez. Y cu- 
bierta en lo sustancial esta prime- 
ra necesidad, pudo desde entonces 
también, dedicarse, haciendo uso de 
las piedras, á la caza de animales 
de más importancia que los peque- 
ños roedores, para servirse de sus 
pieles, proporcionando con ellas á 
su mujer los materiales indispensa- 
bles para sus primeros trajes. Es 
decir, que apenas instalado el ho- 
gar, la familia se estableció bajo 
las mismas relaciones de cariño, de 
recíproca utilidad y de mutua pro- 
tección que hoy la rigen, aunaue en 
una escala mayory mejor perfeccio- 
nada. Las atenciones del hogar do- 
méstico para la mujer; las de fuera 
el hombre; el descanso común, divi- 
diendo el placer de la reunión con 
los hijos, con los parientes, los 
amigos, los criados y hasta los ani- 
males que el hombre ha puesto á su 
servicio inmediato, como el perro. 
Y la pintura que de este cuadro 
hacemos no es ideal. Puede verse 
en la actualidad fielmente repro- 
ducido entre algunos pueblos sal- 
vajes. La familia, digan lo que 
quieran esos mentidos filósofos que 
tantas cosas discuten muchas veces 
sin entenderias, no es una institu- 
ción humana. La naturaleza la ha 



200 



El Ateneo Centro-americano. 



fundado. Como hemos visto más 
arriba, existe en embrión en el bru- 
to; en el hombre se desarrolla y 
perfecciona, como todo lo que cae 
bajo el imperio de su superior in- 
teligencia. Ah! Si el hombre no se 
apartara con tanta frecuencia de 
las lecciones de la naturaleza .... 

{Cofitinuard.) 



V. 



Tocii en el pi.ino, que en la cuerda herida 
Brota raudales de armonía tu mano 
Toca en el [>iano inspiración y vida, 

" Toca en el piano 
Y aunque á tu acento el corazón palpite. 

Palpite en vano, 
Las miomas quejas del amor repite.... 

Toca en el piano. 

Carlos Alberto UcUs. 



A CARLOTA, 



EN EL PIANO. 



1. 



Toca en el piano, y del teclado arranco^ 
Célicas notas con tu nivea mano; 
Toca en el piano, mariposa blanca, 

Toca en el piano. 
Que aunque su acento el corazón despierte, 

Despierte insiuio. 
Es dulce entonces recibir la muerte 

Toca en el piano. 



11. 



De luz y amor y músicas y aroma 
Llenas el alma que agosto el dolor; 
De luz y amor, que en lamira<la asoma, 

De luz y amor. 
De alba<iue rie ó tarde <iuo suspira, 

Murnuirador. 
Es el acorde que tu j^énio inspira. 

De luz y amor. 

III. 

Y también canta niña encantadora, 
De ruiseñor con tu gentil «jcar^anta; 

Y también canta, alondra de la aurora, 

Y también cantal 
Calmo tu voz angelical mi pena, 

]\Ii pena tanta, 
Que aquí en mi pecho sin cesar resuena... 

Y tiimbién canta! 

IV. 

!Ay! quién me diera en el mu ríil tornarme 

Para besar tu mano tan siíiuiera 

¡Ay! quién me diera en tí siempre mirarme. 

¡Ay! quién me diera 
Ser el ambiente que tu ser perfuma, 

N'iña hechicera; 

Y tu ensueño de amor de oro y espuma 

¡Ay! quién me diera? 



NECESIDAD 

DE LA INSTRUCCIÓN PRIMARIA. 



El hombre, el ser más perfecta 
de la Creación, que en su orgulla 
ha querido llamarse el '•'Rey de la 
Naturaleza," es al nacer, débil, y 
nece|¿tado del auxilio de cuantos 
lo roae§n; no sabe atender á sus 
necesidc^dcs y ni aún se da cuenta 
de su existencia y facultades de 
|,que está dotado. 

9u cuerpo con todas las perfec- 
ciones, relativamente consideradas, 
se halla en un estado embrionario 
por decir así; hasta sus facultades 
se hallan embotadas y como ocul- 
tas detras de un velo de misterio 
que lo cubre completamente. 

Los animales superiores y aún 
algunos inferiores en la escala zoo- 
lógica, por el contrario, con la sola 
escepción de los marzupiales, todos 
ellos nacen con todos sus órganos 
aptos para las innumerables nece- 
sidades de la vida. 

Las culebras y algunos saurios^ 
como por instinto, emprenden la 
carrera al nacer, para evitar que los 
seres á quienes deben su existencia, 
se la quiten momentos después de 
haber visto la primera luz. 

El hombre al nacer carece abso- 
lutamente de toda clase de conoci- 
mientos. 



El habla que al 



nacen 



de- 



rivar de revelación divina y que yo 
opino, á pesar de todas las contra- 



-5íi-AZ:5ÍÍ^?_Centro-Americano. 



dicciones, que no es sino el produc- 
to de las observaciones y conoci- 
mientos del individuo, es por con- 
. siguiente absolutamente Jescono- 
^ cida para él. 

El caudal de sus conocimientos 
se reduce á actos puramente mate- 
riales sugeridos á veces por la cos- 
tumbre, á veces por el aguijón del 
Hambre y á veces pot el instinto. 

Para este niño que es todo un 
caos absoluto de ignorancia, es ne- 
cesario despertar sus entumecidas 
facuJtadcs intelectuales, con la 
bienhechora savia déla instrucción. 
¿Cuál es el medio para conseguir 
este precioso, preciosísimo fin? 
La e.scuela. 

Allí es en donde se le hace en- 
trar en el Concierto de la vida, or- 
denando gradualmente sus peque- 
nísímos conocimientos. 

Allí es donde se le hace amar el 
trabajo y odiar el vicio. 

Sin la instrucción primaria im- 
partida en las escuelas, ^sería impo- 
sible ó poco menos, la transforma- 
ción de los individuos. 

Un sabio dijo á la Europa: "dad- 
' ' i instrucción por un siglo y yo 
'iaró la faz del planeta." 
Lo que aquel sabio dijo en el si- 
glo XVIII debía haber sido com- 
Drendido en la Europa de la Edad 
Media, en la Europa de las con- 
quistas. 

La juventud instruida hubiera 
evitado las cruzadas contra los Al- 
bigences y las guerras de la Re- 
forma. 

Hubiera opuesto un dique á Fe- 
lipe II y hubiera sido inquebranta- 
ble barrera para Luis XIV y Cata- 
lina de Rusia. 

Con la Escuela y sus beneficios, 
es imposible que el pueblo no ame 
la libertad. 

Con la Escuela y sus beneficios, 
es imposible se sucedan de nuevo 
esos acontecimientos incomprensi- 
bles que registra la Historia de los 
pueblos. 



201 



De aquí la utilidad de la ense- 
ñanza, utilidad que sube de punto 
SI se trata de la instrucción pri- 
maria. ^ 

. De aquí la necesidad y obliga- 
ción en que están los Gobiernos de 
mstruir á sus gobernados. 

Un pueblo será tanto más gran- 
de, cuantos más planteles fomente. 
Y será más grande si el pueblo 
es más instruido. 

¡Cuántas calamidades y aberra- 
ciones se habrían evitado, si esta 
que yo llamaría más que verdad, 
se hubiera comprendido antes! 

El pueblo suizo es grande no por 
que tenga fusiles y cañones, sino 
porque es instruido, y es despre- 
ciable el otomano porque es abyec- 
to é ignorante. 

JeíTerson decia: "no me deis el 
número de sabios de una Nación: 
dadme el número de ciudadanos 
que sepan leer y escribir." 

Y estas palabras del notable 
americano, han venido á conver- 
tirse en principio demostrado hoy 
por la práctica, en Francia, Suiza y 
EE. UU. 

El pueblo que falto de experien- 
cia no procura avanzar en el senti- 
do de la educación en general, que- 
dará aplastado por el carro de la 
civilización. 

Hoy son imposibles aquellos 
grandes imperios formados de mi- 
llones de soldados asalariados, que 
bajo el látigo de los monarcas, lle- 
vaban á todas partes la desolación 
y el esterminio. 

Han Cedido su lugar á las gran- 
des Repúblicas, regidas democráti- 
camente por ciudadanos libres é 
intruidos, celosos de ¿us libertades 
y de sus deberes. 

Y esta transformación, no lo du- 
déis, se debe á la instrucción del 
pueblo, base incotimobible de 
lioertades humanas. 

Franz. 

Guatemala, octubre 26 de 1888. 



202 



El Ateneo Centro-americano. 



PRIMSnAMOR. 



I'OKSJA ÍXKniTA DE D. JiA.'.K^N .MAVOIK-A lÜlZ. 



N^os viiii<A^, ii.jr, aijiaijio.s, y el cariño 

ingenuo, espiritual, 
que se siente una vez, cuando uno es ni ñf». 

no se olvida jamás, 
Yó pude adivinar en tu mirada 

un mundo de espresión; 

Y aunque tus labios no dijeron nada 

me habló tu corazón. 

Y pude comprender, i)or tus sonrojos, 

lo que pasaba en tí; 
toda tu alma la miré en tus ojos 

al clavarlos en mí. 
Por eso ahora revelarte quiero 

lo que es mi corazón I...... 

mi vida está en tu amor, y yo me muero -f 

si me falta tu amor!... 
Amor! primer amor! tu eres la vida, 

de Diosla bendición 
que, al deccnder en fuego convertida, 

alumbra la creación! 
Y^o daría el poder y la riqueza, 

renomore halagador, 
por no perder la virginal ]>ureza 
de mi primer amor! 
1877. 



DISCURSO 

LEÍDO POR EL DOCTOR DON 
MANUEL DELGADO. 

tiN KL A*. i() 1)K >l KiA i-.i'i ION CO- 
MO SOCIO ACTIVO DE LA .\CADE- 
MIA DE CIENCIAS V BELLAS LK 
TRAS DK SAN SAI A* ADOR. 



Sefiores: 

A la benevolencia de los miem- 
bros de la Academia de Ciencias y 
Bellas Letras de San Salvador, más 
que á mis propios merecimientos, ¡ 
que son en verdad insignificantes, ' 
idebo la honra de haber sido electo 
-socio activo de esta naciente y sim- ¡ 
pática asociación. Yo he aceptado I 
ese nombramiento no sólo con gra- j 
titiid, sino con verdadero gusto, | 



porque si bien es cierto que no po- 
dré traer á mis nuevos colegas el 
concurso de claras luces ni de gran- 
des aptitudes en ninguno de los 
ramos de 'la Literatura y de las 
Ciencias, también lo es que procu- 
raré contribuir con toda la energía 
de mi voluntad á la realización de 
los altos y pa^ióticos fines que la 
Academia se propone alcanzar. 

Altos y patrióticos fines en rea- 
lidad, señores; porque en el lustre y 
progreso de las Ciencias de las Be- 
llas Letras se cifran el buen nom- 
bre, la gloria imperecedera y el po- 
sitivo engrandecimiento de los Es- 
tados. Las mudanzas, las profun- 
das transformaciones que el trans- 
curso del tiempo ha operado en la 
gran familia humana, han hecho 
que desaparezcan completamente 
de la faz de la tierra soberbios y 
poderosos imperios, pueblos viriles 
y emprendedores que en épocas re- 
motas llenaron el mundo con sus 
hechos y lí asombraron con su fa- 
ma. Entre estos pueblos, apenas si 
consexamos vaga y confusa memo- 
ria de aquellos que se contentaron 
con las hazañas de la fuerza y sólo 
monumentos materiales nos deja- 
ron. En cambio Grecia y Roma, las 
dos señoras del Mundo antiguo, vi- 
ven y vivirán en la memoria de los 
hombres con inmortales y palpitan- 
tes recuerdos. Los nombres de sus 
poetas, de sus oradores, de sus filó- 
sofos, de sus legisladores, se segui- 
rán conservando, como hasta ahora, 
de generación en generación; y 
aquellos incomparables literatos y 
sabios eximios servirán de Mento- 
res y de ejemplo á la humanidad 
mientras el mundo sea mundo. 

Por eso yo, señores, os lo repito, 
ingreso con verdadera satisfacción 
en una sociedad que se propone 
trabajar con ahinco por la gloria 
científica y literaria del Salvador. 
Y al cumplir con el deber de pro- 
nunciar un discurso en el acto de 
mi recepción, me he determinado 



JtATENEOCENTRO-AMERICANO. 



á elegir, entre los innumerables te 
mas que me ofrecía el bastísimo 
programa de la Academia, un asun- 
to literario de alta importancia y 
que tiene además un interés de ac- 
tualidad: quiero hablaros del idea- 
tumo y del naturalismo en las obras 
literarias. Acometo mi tarea con el 
natural temor de encontrarla supe- 
nor á mis fuerzas; pero alentado al 
mismo tiempo con la esperanza de 
que no me negareis vuestra indul- 
gente consideración. 

Vieja querella, señores, es la que 
se ha venido manteniendo entre 
los que pretenden que las obras de 
arte no pueden ser buenas sino 
cuando son una copia fiel y rigu- 
rosamente exacta de la naturaleza, 
y los aue sostienen que el artista, 
con tal que se mantenga dentro de 
los límites de lo verdadero ó de lo 
verosímil, debe dejársele cierta li- 
bertad para que pueda embellecer 
sus ptXKlucciones, exornándolas con 
aquellos primores y atados que no 
• mpre podemos encontrar en la 
Mionótona, descarnada y prosaica 
1 calidad tangible. A los que afir- 
man esto último se les ha dado el 
nombre de tdcaiistasy y á los pri- 
meros el de rf alistas ó naturalistas. 
En lo que á las producciones li- 
rarias se refiere, la antigua desa- 
venencia entre ambas escuelas ri- 
vales ha venido á recrudecerse en 
estos últimos tiempos con el apa- 
recimiento en la capital de Francia 
de una nueva secta naturalista, 
acaudillada por un hombre de vas- 
to talento y vigoroso ingenio, do- 
tado además de rara perseverancia 
y de aquella fuerza de voluntad in- 
domable que sostiene á cuantos es- 
tán destinados á llevar á buen tér- 
mino sus propósitos ó sus empre- 
sas. Ya habréis comprendido que 
me refiero á Mr. Emilio Zola, al 
celebérrimo autor de los Rougon- 
Macquart. Este notable y valeroso 
escritor ha levajitado con osadía la 
bandera del moderno nattíralismo; 



203 



ha trabajado y luchado con tesón 
verdaderamente admirable; ha com- 
batido con brío y denuedo contra 
todos los que han querido ponérse- 
e por delante; ha perseguido con 
tenaz encarnizamiento á los adver- 
sarios de su doctrina, descarírándo- 
es sm cesar golpes formidables; se 
ha rodeado de amigos y discípulos 
numerosos, inteligentes y decidi- 
dos, y ha triunfado al fin, conquis- 
tando como por asalto la admira- 
ción y el aplauso de las muche- 
dumbres. Las relevantes dotes del 
del jefe del naturalismo francés, así 
como la circunstancia de que este 
movimiento literario se esté efec- 
tuando en París, considerado con 
razón como el centro del mundo 
civilizado, han sido causa de que 
las nuevas doctrinas literarias ten- 
gan alta resonancia y grave tras- 
cendencia en la literatura de todos 
los países. 

Pero ¿en qué consiste el natura- 
lismo de Mr. Zola? ¿Es el antiguo 
realismo con otro nombre, ó se tra- 
ta de un pi-ocedimiento literario 
verdaderamente nuevo y original? 
Esto es lo que desde luego convie- 
ne dejar bien establecido. 

Los principios de la escuela na- 
turalista pueden aplicarse á toda 
clase de composiciones literarias; 
pero donde campean con más li- 
bertad y amplitud es en la novela, 
género de literatura que en los 
tiempos que alcanzamos ha llega- 
do á adquirir una importancia in- 
mensa, y en el cual el autor de 
L Assommoir ha llevado á la prác- 
tica sus teorías estéticas, enseñan- 
do con el ejemplo su manera espe- 
cial de concebir 7 entender la pei^ 
fección á que puede aspirarse en 
las obras literarias. 

Para Mr. Zola el novelista debe 
ser ante todo y sobre todo un ob- 
servador: debe estudiar atenta y 
cuidadosamente al hombre en to- 
das las clases y en todos los medios 
sociales: ha de seguirlo paso á paso 



204 



El Ateneo Centro-americano. 



en el natural desenvolvimiento de 
su carácter, de sus inclinaciones, de 
sus gustos, sus vicios, sus hábitos 
y sus pasiones: debe estudiar es- 
crupulosamente su manera de ha- 
blar y de conducirse en las diversas 
circunstancias, peripecias y conflic- 
tos de la vida; y una vez que lo 
tenga bien estudiado y conocido, 
una vez que, por decirlo así, se lo 
haya aprendido de memoria^ lo ha 
de pintar tal cual es, sin atenuacio- 
nes ni exajeraciones, con tan ni- 
mia propiedad y tan cabal exacti- 
tud, que cualquiera conozca fácil- 
mente que no es una creación de la 
fantasía, sino una persona real, de 
esas con que nos codeamos á cada 
paso y que todos podemos encon- 
trar á la vuelta de cualquier esquina. 

Esto en cuanto á los personajes 
de la novela de este género. El plan 
debe ser lo más natural y sencillo 
que pueda imaginarse, sin mucho 
enredo, sin enmarafiadas complica- 
ciones ni extrañas aventuras, sin 
otras casualidades que las que sue- 
len presentarse en el curso ordina- 
rio de la vida. 

Las escenas de la obra han de 
irse sucediendo sin esfuerzo las 
unas á las otras, casi sin más traba- 
zón que la que lógicamente resulte 
del carácter, de las pasiones ó de 
los caprichos del héroe ó personaje 
principal que el escritor se haya 
propuesto estudiar y analizar. 

Hasta aquí, señores, las doctri- 
nas del moderno naturalismo en 
nada se diferencian de las que pro- 
fesa el antiguo realismo, Mr. Zola, 
sin embargo, parece que quiere algo 
más: á lo que yo entiendo, el siste- 
ma del afamado autor de Nana no 
es otra cosa que una aplicación es- 
pecial de las teorías realistas. Si 
hemos de juzgar por el carácter ge- 
neral de las obras de Mr. Zola; si 
nos atenemfís, sobre todo, á la na- 
turaleza y tendencia especial de 
las novelas que más renombre y 
popularidad le han valido, lo que 



el jefe del naturalismo quiere es 
que se haga un estudio preferente 
del vicio, de los malos hábitos, de 
las pasiones malsanas, y que de es- 
te estudio se saquen los materiales 
que han de servir para la formacióa 
de la buena novela naturalista. El 
escritor que á esta escuela perte-^ 
nezca, ha de levantar con atrevida 
mano el velo que cubre ciertas lla- 
gas sociales, y mostrarlas en toda 
su fealdad, en toda su horrible y 
asquerosa desnudez, á fin de causar 
una saludable impresión de repug-^ 
nancia y desvío. 

Siguiendo los preceptos y el 
ejemplo del maestro, el novelista 
de la moderna escuela ha de fre- 
cuentar las tabernas, los garitos, los 
mercados, los lavaderos públicos, 
las mancebías, los lugares más in- 
mundos é infectos; ha de observar 
con curiosa y atenta mirada las es- 
cenas de intemperancia, de ávida 
codicia, de impudor, de desver- 
güenza, de violencia y de infamia 
que en aquellos lugares se realizan^ 
y ha de anotar escrupulosamente las 
expresiones que forman el lengua- 
je peculiar de los tahúres, los ebrios 
de profesión, las verduleras y las 
mujeres públicas; y luego, una vez^ 
enriquecido con este caudal de ob- 
servaciones naturalistas, debe tras- 
ladar fielmente al papel todo cuan- 
to haya visto y oído, trazando cua- 
dros animados de la vida real y co- 
tidiana, en que pululen y se codeen 
libertinos y mujerzuelas de todo li- 
naje, procediendo y hablando co- 
mo proceden y hablan los modelos 
que el escritor haya tenido á la 
vista. 

Nada de miedos ni de escrúpu- 
los monjiles: píntense las cosas ta- 
les como son en sí, sin rodeos ni 
cobardes reticencias; hágase apare- 
cer la verdad entera y desnuda, por 
asquerosa y repugnante que en 
ciertos casos nos parezca, y si el 
autor está dotado dp verdadero ta- 
leni:o, se tendrá una excelente no- 



^^^^^^^^^ELATENEO_CEím 



sentimien- 
de las en- 
en ella se 



vela según las leyes del moderno 
naturalismo. 

El prototipo de las novelas de 
este género, debe causar en el áni 
mo del lector una impresión seme- 
«nteá la que experimentamos al 
ncontrarnos en una de esas gale- 
• las de cuadros patológicos, en que 
'• ven pintadas á lo vivo todas las 
rupciones, ulceraciones, excrecen- 
cias, tumefacciones y deformacio- 
nes horrorosas producidas en el 
icrpo humano por cierto virus que 
ificíona la sangre y gradualmente 
.1 descompone. El efecto que se- 
' nejantes cuadros nos producen, es 
1 deseo inmediato, irresistible de 
apartar de ellos la mirada. La lec- 
tura de la buena novela naturalista 
debe producirnos igual 
to de repulsión respecto 
fermedades morales que 
describan. 

I*cro la novela, señores, es una 
obra de arte, y como tal su fin 
principa! es y debe ser la creación 
de la belleza. Apatarla completa- 
mente de este hn, y destinarla á 
otros objetos más propios del mo- 
ralista ó del médico que del artista, 
C8 desnaturalizarla de la manera 
más lastimosa. No seré yo quien 
niegue que el artista, sobre todo en 
estos tiempos en que el maravillo- 
so progreso y la gran difusión de 
las ciencias han traído nuevas ne- 
cesidades al espíritu, puede propo- 
nerse en sus inspiraciones otros fi- 
nes que no sean pura y simplemen- 
te la producción de lo bello; pero 
ha de ser con la precisa condición 
de que todos estos fines secunda- 
rios obedezcan y se subordinen al 
objeto primordial de toda creación 
artística. De lo contrario se podrá 
haber dado vida á una obra cual- 
quiera, buena ó mala en su géne- 
ro; pero no se podrá tener la pre- 
tensión de haber hecho una obra 
de arte. De aquí, señores, la peno- 
sa impresión que recibimos al leer 
una de esas novelas modernas en 



205 



que advertimos que el autor se 
preocupa de todo, menos del ideal 
que el poeta debe perseguir cuan- 
do reviste de formas sensibles los 
suenes y las creaciones de su ima- 
ginación. 

Yo de mí sé deciros que cuando 
me decidí á formar juicio por mí 
mismo de las obras de la flamante 
escuela naturalista, con frecuencia 
sentía la necesidad imperiosa de 
cerrar el libro, para tomar aliento 
y descansar algunos instantes. No 
era aquello un entretenimiento, 
sino un estudio que tenía muy po- 
co de agradable. Y á muchas per- 
sonas de buen gusto en materias li- 
terarias les he oído decir que la lec- 
tura de aquellas obras les ha cau- 
sado un efecto semejante. 

Esto, señores, se explica fácil- 
mente. Los corazones de veinte 
años no pueden menos de sentirse ^ 
lastimados en sus más bellas y ca- 
ras ilusiones, en sus impulsos más 
nobles y generosos y en sus espe- 
ranzas más acariciadas, con el frío 
é implacable análisis, con las na- 
rraciones descarnadas y desalenta- 
doras de la novela naturalista. La 
juventud, de suyo poética y soña- 
dora, tiene que rechazar instintiva- 
mente el extremado prosaísmo de 
los escritores que pertenecen á la 
escuela del autor de la Ctirée. Y en 
cuanto á los que hemos tenido ya 
el sentimiento de exclamar con el 
dulce poeta de Bayamo: 

¡Juventud! 
Con qué rauda prontitud 
De mi hori/:onte te vas, 
Para no volver jamásl 

Los que hemos adelantado largo 
trecho en el áspero sendero de la 
vida, y comenzamos á sentir casan- 
cio por la jornada que hemos ren- 
dido, al mismo tiempo que inquie- 
tud y angustiosa espectativa por lo 
desconocido que nos espera en la 
parte que aún tenemos que reco- 



2o6 



El Ateneo CENTk'^-^:.;LRicAXo. 



rrer; los que hemos podido disfru- 
tar de algunas satisfacciones y de 
algunos momentos de felicidad re- 
lativa, pero también hemos apren- 
dido á conocer, por dolorosa expe- 
riencia, los desencantos y peligros 
á que nos exponen la confianza in- 
genua, el dulce abandono ó los en- 
tusiasmos irreflexivos de la edad 
juvenil; ^s que ya comenzamos á 
tener canas y algún conocimiento 
del mundo, lo que buscamos en las 
obras de imaginación es algo que 
nos refresque, nos fortifique y nos 
aliente; algo que, siquiera por al- 
gunos momentos, nos haga olvi- 
damos de las I S 
cuidados y des.> a- 
cia cotidiana, y nos trasporte en 
alas de la imaginación á los dias 
venturosos en que nos embríaf;i- 
ban> las alegrías, lo^ s 
los ¡ N y los cantos*. r- 
mosa cuanto fugaz primavera üc la 
vida. Pero si en vez de hallar esto, 
nos encontramos con que el autor 
se complace en describirnos un 
mundo peor que el que nos ha he- 
rido con la espina de tus amargas 

Hr nu(: mucho que de- 

j i un lado, y prefira- 

moh tr á buskcar solax y esparci- 
miento en la vida real» donde si- 
quiera seremos libres para elegir á 
las pers< * to se avenga 

más eo: >r ó nuestros 

gustos? 

La escuela idealista, seAore», pro- 
clama también el estudio y la imi- 
taci ' .1, de la na- 

tui.> . en su fecun- 

didad y variedad inagotables; acón 
se ja que se procure conocer á fon- 
do los secretos y las pasiones del 



tura de los caracteres, verdad, sen- 
cillez y naturalidad en la expresión 
de las ideas y de los afectos. Pero 

' tor se 

iquina 

fotográfica, asi tampoco pretende 



encerrar al poeta en los estrecho- 
moldes de la realidad sensible. 

Tengo ¡jara mí que el defecto ca- 
pital de la doctrina natur ' 
Como la entienden y la ¡ 
Mr. Zola y sus adeptos, consiste er. 
que la copia serxil de la prosaic. 
realidad, ó de realidades aljjo peo: 
que prosaicas, sería la muerte irrc 
mediable de toda poesía. Por es» 
creo yo que el triunfo del natura 
lismO'Vrn la novela, que por su 
naturaleza es una obra poética, que 
es la poesía del hogar, como h 
cho un eminente poeta franc 
este siglo, no puede ser un tr 
duradero ni mucho menos denn 
tivo. 

Desde la más remota antigücdat 
hasta nu'-^tr.w días, todos los grai 
des poc sido también grai 

des ideaiisia^ El Mmkébñrai^í y ( 
Ramayü$m, csta^ do^ cnindio? 
epopeyas de la 
cantos épicos n.^- *•• ^^..w.. ... .,. 

se tenga noticia, aon modelos ac 
badoa de idealidad poética. II 
ro» Pindaro, Eurípides, K»quil< 
(ocles, Menandro y toda la bi 
•- "' nde de poetas helenos. • . 
ucano, Horacio, Plauto, Ti 
lencio > ' ^s en el Lav 

varón c o la ^ya ü 

Dante, el lassn, Anosto y I' 

. ^* llon y ^^ ^ r k ^ 

.imocn^ I ••; . . 

\ cga > 

cinc, M , , 

tiempos modernos Manzoni, 
rí, Lcopan* ' i Hyron, Sciim< 
Goethe, L» y Hugo; to<i. 

han bebido su inspiración c 
fuentes del más puro idea.. .. 
ninguno de ellos ha ido á buscar ( : 
.1 de la grosera r 
VI de las ma^T 
, creaciones con que han sa' 
tivar para siempre la at 
del mundo entero. 

.1, seftore , tnt: 
viucida por I. 
obras inspiradas en el idealismo 



-L.^'^'^^^^0 Centro- A lupprr^.^T^ 



¿¿¿L'/^'J" .^ producciones más 

r^ > An^rSmnr^ en la ///W/7/ la 

''^^ <i la* lan^icnta- 

c»-í*v, *íi»oft«a»dc/>¿¿>cn la Etui- 

' ** ^^^* ^^ **«» entre />««- 
!•>• mlrtquírN de ,1^//;, y £iírí inol 



207 



^x^.^ el /Vr^/^ Perdido; un 
' ^ C?fri>/r-; las escenas 

' * V Georgituí en 

ó cualquiera 
•< obras de 
, -.^^ ••••»ij¿uos y mo- 
ictitocl deseo irresistible 
^ttnay otra vejt tan de- 
«^tara, y mientras más leo 
ffágifias inmortales, más y 
j'mto ncnetrado por el po 
ue de ellas se des- 
■ »i perfume de una 
frcÉca y eternamente 
Por el contrario, 
• que leer las es- 
irasde A^^iraólos 
^cos amores de 
en la Curie, no 
•^niiuo cif.. deseo que el de 
itprmler U lectura, ó el de tcrmi- 
sntes, para librarme 

rmf%m. 



c un 



■ilfAn 



N (juc porme- 
curc explicar 
U di\crsa impresión 
ino produce la Icctu- 
" de uno y otro géne- 
^ que penetro en la sa- 
hospital. por arreglada 
nn|)éa que la encuentre, siento 
rto malestar, cierta opresión que 
'i cada paso que doy hacía 
\ . tfcs^ic que traspaso el 
nbral. n^ el deseo, que au- 

cola á c^Éi'.i notante, de salir á 
íatmr lo« pulmones respirando un 
c más puro. Y cuando algunas 
wes he descendido la cuesta de 



Jiboa,ya la vuelta de un recodo 
del camino, se me ha presentado 
de improviso aquel valle de maravi- 
llosa hermosura que allí se extiende 
a los pies del asombrado viajero- v 
he visto en el fondo, allá á lo lejos 
erguirse en la trasparencia de la atl 
mósfera la enhiesta y magestuosa 
mole del volcan de San Vicente, que 
uf ^ ^^ semicírculo inmenso sus 
ubérrimas faldas, cubiertas por la 
mano del labrador de cuadros de di- 
ferentes matices, y salpicadas aquí 
y allá por el verde oscuro de espe- 
sas arboledas; cuando he contempla- 
do, os digo, aquel indescriptible pai- 
saje, el más bello quizá de nuestra 
exuberante naturaleza, á la irizada 
luz de una de esas magníficas pues- 
tas del sol que sólo se pueden ver 
en nuestro incomparable cielo tro- 
pical; he detenido instintivamente 
el paso,^ y me he quedado sumido 
en delicioso arrobamiento, y el 
tiempo ha volado sin que yo lo ha- 
ya sentido volar. Pues bien, la lec- 
tura de las obras maestras de los 
grandes escritores idealistas me 
produce una impresión semejan^e 
á la que me ha causado la contem- 
plación de aquel bellísimo panora- 
ma; y la de ciertas obras naturalis- 
tas, principalmente cuando no las 
abandona el gran talento del maes- 
tro, me ha hecho experimentar una 
opresión parecida á la que siento 
cuando me veo encerrado entre las 
cuatro paredes de la sala de un hos- 
pital. 

;Ah! señores, no hay que dudar- 
lo: el idealismo ensancha é ilumina 
los horizontes del arte, y el natu- 
ralismo los oscurece y los reduce á 
límites muy estrechos: el primero 
eleva el alma, la dignifica y la en-* 
grandece, haciéndonos vislumbrar 
el arquetipo de perfección y hermo- 
sura que es y será el anhelo cons- 
tante, la desesperación eterna de 
cuantos se sienten enamorados de 
lo bello, y el segundo la rebaja y-la 
empequeñece, obligándonos á la 



208 



El Ateneo Centro-americano. 



contemplación incesante de las mi- 
serias, fealdades é imperfecciones 
de la mezquina realidad: aquel nos 
hace soñar con Beatriz, Laura, Oí- 
lia y Margarita, y éste nos hacc 
pensar en Mesalina, la gorda Nana 
y la indolente Renée: el uno es la 
idea radiante levantando su vuelo 
sobre las impurezas de la materia, 
y el otro el torpe materialismo apa- 
gando con su helado aliento los 
arrebatos del corazón y de )a inte- 
ligencia. 

El naturalismo, por fortuna, no 
ha ejercido todavía ninguna influen- 
cia en nuestra naciente literatura, 
que casi es^ reducida al cultivo de 
la poesía Mrica; pero como no dudo 
que el aCáo de progreso que nos 
empuja hacia adelante ha de alcan- 
zar á la literatura, y como además 
tengo fe en que la Academia que 
hoy me honra recibiéndome «'«^ *i'« 
seno,* Iva de contribuir pod( 
mente i • ^ 'cimicnio 

de las 1 . conclu 

yo, señores, este desaliñado discur- 
so haciendo votos porque nuestros 
jóvenes escritores, en cuyas manos 
está la gloria literaria de nuestra 
querida patrin, sr inspiren siempre 
en los bell modelos que les 

ofrece la Lu^..»tviia idealista de to- 
dos los países y de todos los tiem- 
pos. 

He dicho. 



IDSAL. 



De blondos ctibellos y pálidt f renta 

Los oíos rugaos 
>Y negroA, y arüientee cual lai de loe 

Así h\ he soñedo; 
De trente ospeciosn, nerii delioede 

Poqnefias las manoe, 
De mórbido st^no tnírml a radiante 



CKONICA 



\os complacemos en insertar en 
nuestro número de hoy una com- 
posición poética titulada **La Au- 
rora," debida á la bien cortada plu- 
ma de Josefa Carrasco, la inspirada 
cantora del lago de Yojod. 

La Señora Carrasco es la única 
poetisa con que cuenta la Repúbli- 
ca de Honduras, por esto es que 
nos creemos en el deber de dar á 
conocer al público sus buenas pro- 
ducciones. 

• « 

Hemos recibido una atenta cir- 
cular de la "Academia Científico- 
Literaria" de Honduras en la cual 
nos participan que dicha sociedad 
ha acordado celebrar un certamen, 
cwyo reparto de premios t« 
. lugar en sesión pública y solci. : 
el ¡4 de Setiembre del año próxi- 
mo de iS^ií 

Comoesi kkhi dt la A^.i- 

demia honc . es de alta impor- 
tancia, nos ocuparemos en ella 



• # 



I próximamente. 



Talesln 
Tal esos > 



• cu el alma 
i vano 

. ui frt^nte 
sonado. 



Suplicamos nuevamente á lo*^ 
agentes de Escuintla, San Josc, 
Huehuetenango, Totonicapán, Ja- 
lapa, Retalhuleu, Livingston y Es 
quipulas, se sirvan decimos si acep- 
tan la agencia de nuestro periódico 
en los lugares designados. 

Octava Calle Poniente, Nüm 6. 



^^Í¿=^^^iL£l5o^emtoed^l888. ^ Núm. 14. 




► > <<^> •i 



PUBLICACIÓN QUmCSNAL 
OROAIIO DE LA SOCIEDAD LITERARIA DEL MISMO NOMBRE. 



EL ATSHSO. 



Con muy escasa concurrencia, 
iif de aodos como de público 
en ^nerai, se celebró la reunión 
ordinaria correspondiente al jue- 
ves ü del mes en curso. 

Dada lectura á las comunica- 
ciones recibidas, respectivamcn- 
Ministerío de Relaciones 
!.,,,>, «ores del Imperio del Bra- 
sil y de la Real Academia £s- 
pafiola, que á continuación pu- 
Dlicamos, ocupó la tribuna el so- 
cio sefior Cucllar para pronun- 
ciar el discurso sobre Literatura 
amcTÍcana, que adelante verán 
nuestros lectores. 

En seguida se leyeron tres 

KísCas. La primera titulada "La 
rídad* por la apreciable se- 
fiora Sara G. S. de Moreno; y 
l.r< r.tms dos "La idea" y "Pro- 
u .M li de fe** por sus respectivos 
autores los socios Ouinteros y 

Tejeda. 

A continuación el Presidente 
sefior Uñarte comenzó la lectu- 
ra de un libro inédito que tiene 
escrito, dedicado á la juventud 
de Guatemala, y que lleva por 
título -Estudio sobre el jurado. 



Los socios Pérez y Cuellar 
hicieron una moción, pidiendo 
al Ateneo facultara á la Jun- 
ta Directiva para solicitar del 
Ministerio respectivo, el origi- 
nal del Popoíbug y la traduc- 
ción francesa hecha por el Aba- 
te Brasseur de Bourbourq, con 
objeto de nombrar una comi- 
sión del seno de la sociedad que 
se encargue de hacer una ver- 
sión fiel al castellano, de ese li- 
bro, que muy bien puede lla- 
marse la Biblia del antiguo rei- 
no del Quiche. Dicha moción 
fué aprobada por unanimidad. 

La próxima reunión tendrá 
lugar el jueves 22 del presente. 

C0MUMICACI0HB2 RBCIBIDAS! 

Ministerio de Negocios Extran- 
geros. 

Río Janeiro: 5 de Setbre. de 1888. 

Señor Presidente: 

Con vivo placer he recibido la co- 
municación que el Sefior Ramón 
Uriarte, Presidente de la Sociedad 
Científico-Literaria "Ateneo Cen- 
tro- Americano" de Guatemala, 
me ha hecho la honra de dirigirme 
en 21 de Junio próximo pasado, re- 



210 



El Ateneo Centro-americano. 



mitiéndome adjuntos dos ejem- 
plares de un número del periódico 
de aquella ilustre asociación, en que 
minuciosamente se dá cuenta de la 
sesión extraordinaria celebrada el 
31 de Mayo último, en conmemo- 
ración de la definitiva abolición de 
la esclavitud en el Brasil. 

Sumamente grato ha sido para el 
Gobierno Imperial informarse del 
entusiasmo y testimonios de sim- 
patía conque fué acogida por "El 
Ateneo" y pueblo de Guatemala, 
la noticia de aquel acontecimiento. 

Agradeciendo de todas veras la 
expresiva manifestación de "El 
Ateneo" y del brillante auditorio 
que concurrió á la celebración de 
esa humanitaria fiesta, aprovecho la 
oportunidad de ofrecer al Sr. Ra- 
món Uriarte las protestas de mi 
más distinguida y respetuosa con- 
sideración. 

(F,) Rodrigo A. de Silva. 

A/ Sr. Ramón íruiríc, i rcsiacnte 
de ^^ El Ateneo Centro-Americano, 
Guatemala, 



DISCURSO 

PRONUNCL\DO POR EL SOCIO DON 

JUAN MARÍA CUELLAR. 



Real Academia Espafiola. 

Esta Corporación recibió con 
aprecio y gratitud en su junta de 
anoche (la primera que ha celebra- 
do después de vacaciones) él ejem- 
plar que V. E. se ha servido remi- 
tirle de los números i al 5 de la 
Revista titulada "El Ateneo Cen- 
tro-Americano." 

Lo que me complazco en mani- 
festar á V. S., cuya vida guarde 
Dios muchos aflos. 

Madrid, 5 de octubre de 1888. 

El Secretario, 
Manuel Tamayo y Bats. 

Sr, Presidente de la sociedad ''El 
Ateneo Centro- A mericano. ' * 

Guatanala, 



Sr, Presidente: señores: 

En la sesión pública que dio el 
Ateneo Centro-Americano la no- 
che del 25 de octubre, época me- 
morable para esta sociedad por ha- 
ber tenido lugar la recepción de 
uno de los socios que más timbre y 
méritos dará al cultivo de las letras 
patrias; después del ceremonial que 
exigen semejantes circunstancias, el 
seftor Presidente ocupó la tribuna, 
y en un corto pero brillantísimo 
discurso, expuso ante la sociedad 
la necesidad que había de que se 
discutiera, lo más posible que fue- 
se, el tema que en días pasados 
quedó inconcluso, sobre "si hay 
una literatura americana, ó las obras 
de nuestros ingenios deben formar 
parte de la literatura espaflola." 

Después de lo expuesto por el 
seftor Presidente, á quien, á más 
de una erudición completa en el 
asunto, adornan lo castizo del len- 
guaje y el método de exposición 
más acabado para convencer en el 
asunto, tuve el atrevimiento, por 
no decir la insensatez, de pedir la 
palabra y externar ante tan ilus- 
trada concurrencia algunas de mis 
humildes ideas en el presente caso. 

Únicamente la generosidad y bue- 
na educación, que tanto adornan á 
los socios de este AtCiieo, me salvó 
de algún descalabro muy merecido 
para aquellos, que como yo, sin nin- 
guna autoridad y sin los conoci- 
mientos necesarios, se atreven á co- 
locarse en un lugar que aún no me- 
recen. 

Se me preguntará porque razón, 
y á pesar de conocer mi incompe- 
tencia, aún ten¿o valor de ocupar 



¿L^ÍÍÍ£J?ENIRO-AmeRI CANO. 



la tribuna. Permítaseme contestar 

l"f '/r ^"r^ "r^ ^^' arrastrado por 
esa diñcil facilidad, conque habla- 
ran los scflorcs que ocuparon la tri 
buna antes que yo, me lancé in- 
concientemente al campo de la im- 
provisación, á hablar sin ningún 
método m orden de algunas ideas 
que pueden aducirse en pro de lo 
que 8C discute, era deber de honor 
y Ul vez hasta de amor propio, pre- 
sentar esas ¡deas formuladas é in- 
teligibles ante los señores socios, 
aue tan bondadosamente me escu- 
charon. 

Ef la única causa justa que me 
acompaAa para obrar de esa mane- 
ra; trayéndome además la confian- 
la de que el Ateneo recibe en su 
seno á todos aquellos jóvenes que, 
con el laudable deseo de aprender 
•c acercan á vosotros. Yo soy uno 
de esos, yo deseo escucharos, segui- 
ros y aprovechar las luces de vues- 
tros conocimientos para aclarar mis 
pocas ideas que aún obscuras exis- 
tcfi <n mi cerebro. 

No dudo de vuestra generosidad, 
y sólo os suplico os sirváis ilustrar 
con vuestro criterio mis humildes 
pensamientos y, perdonar bondado- 
sos, os llame la atención con una 
tan insignificante obra como esta. 
Pn:ciso me parece ante tock) co- 
menzar por definir lo que se en- 
tiende por obra literaria, por lite- 
ratura y las divisiones que esta ad- 
mite, para de ahí sacar en limpio si 
podemos ó no admitir una litera 
tura ya que no nacional, siquiera 
americana, después de tomar una 
»i una las diferentes objeciones que 
puedan proponerse en contra de la 
existencia de esta literatura, y ver 
si tienen ó no razón de ser. 

Por literatura se entiende: "el 
conjunto de manifestaciones artís- 
ticas por medio de la palabra ha- 
blada ó escrita." A cada una de es- 
tas manifestaciones se da el nom- 
bre de obra literaria. 

Divídese la literatura por su ex- 



21 



tensión en universal, nacional v 
particular. Universal es la que com^ 
prende las obras producidas en to- 
das las naciones durante todas 'as 
épocas Nacional la que compran- 
de las obras de un sólo país, y par- 
ticular la que abraza las obras de 
íitefar'ir'' ^"^^q^i^ra ó una época 

Envuelve este asunto tantas cir- 
cunstancias y se relaciona de tal 
manera con todo lo que nos rodea 
que me permitiréis que tome un 
método que, aunque cansado, ex- 
plicará mejor nuestro tema. 

Vosotros comprendéis bien la 
magnitud del asunto, y eso espero 
me disculpará si me extiendo mu- 
cho en su desarrollo. La cuestión 
envuelve tanto que serían precisos 
muchos volúmenes para llegar á 
explicarla del todo, y en mí no sólo 
falta la instrucción, sino un estilo 
adecuado á vuestra ilustración y 
gusto delicados. 

Por la definición que antes di de 
la obra literaria, esto es la manifes- 
tación artística del ingenio huma- 
no por medio de la palabra habla- 
da ó escrita, se puede deducir muy 
bien que, á la obra literaria no la 
constituye el lenguaje sino el pen- 
samiento, la manifestación del in- 
genio, la creación. No es esto ne- 
gar que el idioma es necesario; pues 
bien se ve que sin él, el arte litera- 
rio no viviría; pero como acabo de 
decir, el idioma nunca pasará de 
ser la forma con que se viste el pen- 
samiento del artista. El idioma 
nunca podrá constituir una obra 
literaria, como los colores y el pin- 
cel no pueden constituir un cuadro 
de arte; ellos no son más que el 
cuerpo, el traje con que se reviste 
el pensamiento, el alma del artista. 
Y la razón de todo esto está de- 
mostrada en la decadencia de la li- 
teratura española durante el reina- 
do de los conceptistas. Hermosas 
palabras, sonoros períodos, frases 
llenas de colorido, metáforas exa- 



212, 



El Ateneo Centro-americano. 



geradas, en fin, escritos ingeniosos, 
pero no obras literarias. Los con- 
ceptistas, á mi entender, no hicieron 
más que el ridiculo papel de char- 
latanes: hablaban, pero no decían; 
buena forma, pero ningún fondo. 
Léanse sino los escritos durante 
el tiempo que vivió la escuela de 
Góngora y probaran mis asertos. 

Buena cosa es que el artista co- 
nozca bien el idioma en que escri- 
be y sepa manejarlo; pero de esto 
no se deduce que un puñado de pa- 
labras bien concertadas y sonoras 
constituyan una obra literaria. El 
-que sólo se fije en las palabras no 
pasará de ser un buen gramático; 
mientras que aquel que al mismo 
tiempo que se fija en el buen em- 
pleo del idioma, no hace caso de él 
más que para envolver un pensa- 
miento, un producto de su inteli- 
gencia, puede decirse con todo or- 
gullo autor de una obra literaria. 

Si me he extendido tanto en es- 
ta materia es porque algunos, para 
negar la existencia de la literatura 
americana, han tomado como ar- 
gumento incontrovertible que en la 
America Española se habla el cas- 
tellano y creen que la unidad del 
idioma hace la unidad literaria, sin 
recordar que multitud de circuns- 
tancias existen que caracterizan sus 
productos intelectuales. Toda obra 
literaria, dicen los espaflolistas, por 
el hecho de estar escrita en caste- 
llano y solamente por esa causa, 
pertenece á la literatura española. 

Para responder dejaré á un lado 
argumentos sencillísimos como si 
una obra extranjera traducida en 
lengua castellana, por el sólo hecho 
de estar escrita en esta lengua per- 
tenece á la literatura española, y 
otros para preguntarles si las poe- 
sías escritas en catalán por Bala- 
'guer, Camprodón, Bartrina, Verda- 
guer y otros tantos hijos de la Pe- 
nínsula son de otra literatura, por 
el hecho de no estar escritas en 
lengua castellana: yo les pregunta- 



ría si pertenece á la literatura es- 
pañola la profética Medea, ya que 
Séneca, poeta español del siglo I, 
escribió en latín: yo les preguntaría 
si las obras escritas en latín por San 
Isidro, por Fray Luis de León y 
otros tantos españoles ilustres, por 
el hecho de haberlas escrito en la- 
tín, no las reconocen como obras 
de la literatura española. 

A juzgar con el criterio de los es- 
paflolistas, habría que hacer una 
gran división en la historia de la li- 
teratura española que traería mil 
dificultades; y peores serían estas, 
si España fuera un país como Ita- 
lia que después de la lengua latina, 
ha tenido en los tiempos modernos 
el italiano para la composición de 
la mayor parte de sus obras litera- 
rias. Los que tan someramente juz- 
gan no comprenden que el artista 
no se inspira en el idioma sino en 
la naturaleza, en las costumbres, en 
el clima, en los sistemas políticos 
y religiosos de la región en que na- 
ce; no comprenden que el artista es 
su patria, su cielo, su sol, sus bos- 
ques, sus montañas, que es el espe- 
jo, en fin de todo un pueblo. Dad- 
me un hombre, decía un filósofo an- 
tiguo, y por aquel hombre os diré 
lo que es su nación. Dadme una 
obra de arte, os diría yo, y por ella 
juzgaré la nación en que fué hecha. 

Otro asunto importante y que 
es preciso tomar en cuenta es el 
siguiente: Porque la naturaleza 
americana ha inspirado á varios es- 
pañoles ¿se ha de deducir que estas 
obras pertenecen á la literatura 
americana ó vice versa? Voy á poner 
ejemplos: Femando Velarde, gran 
poeta español, escribió bajo el cie- 
lo americano la mayor parte de sus 
obras, y habrá americano que lo 
adopte como compatriota suyo? 
Creo que no. El cantor de El Pabe- 
llón español y de El Pico deTeide, 
es español hasta la médula de los 
huesos, y como él mismo dice, no 
vino más que á embalsamar con los 



El Ateneo Centro- 



AMERICANO. 



aroma-s del Nuevo Mundo las ce- 
nizas de sus fantasmas muertos. 

Otro ejemplo nos ofrece Gertru- 
dis Gómez de Avellaneda. Esa mu- 
jer-monstruo que ha escrito obras 
que han sido la admiración de Es- 
pafla, las escribió bajo aquel cielo, y 
ligo ninguno dirá que Ger- 
oómez de Avellaneda es 
poetisa española. Gertrudis Gómez 
de Avellaneda siempre será la ame- 
ricana; que reviste con traje espa- 
ñol todos los hijos de su fecundo 
ingenio. ¿Qué es lo nuevo, qué es 
eso desconocido que existe en la 
Avellaneda, que no se halla en la 
literatura española? Señores espa- 
Aolístas ¿sabcis qué es? Es la na- 
cionalidad, es el espíritu america- 
no, es ese sabor local que tiene la 
obra de todo ingenio. Tan ameri- 
cana es la Avellaneda, como e.spa- 
Hol es Femando Velarde. Juntos 
cantaron lejos de su patria, y jun- 
tos supieron dar á sus creaciones 
CSC colorido, esc tinte que tienen 
cada ciclo y cada hogar. Juntos re- 
cordaron lejos del cielo que los vio 
nacer todo lo que es más caro al 
i!?ivT. ruando está 



sin <|iie le den bu fntj^ncia 
Tllcm qiM» nacer le vieron 
Y A cuy» «ombni corrieron 
Lmm uuÍA«in«8 (le su infancia, 
sil. •••!>• «»nf«uelen el nial 
•iK'tua viiirilia 
- 'le la familia 
del pueblo natal. 



Viii 



/. ,/ Palma. 



Otro de los argumentos de gran 
l)eso para los que no admiten una 
literatura americana, es el hecho de 
ijuc los escritores del Nuevo Mun- 
do han tenido por modelos á los de 
la Península; y á juzgar de ese mo- 
do pudiera decirse que ni aún la 
literatura espartóla existe, porque 
bien visto todos sus escritores se han 
propuesto un modelo: juzgando así, 
Becquer pertenece á Alemania, Es- 
pronceda á Inglaterra, Campoamor 



213 



á Francia, y José Milla tendría que 
vérselas con Walter Scott, y Batres 
Montufar con Byron, y el cantor de 
Junm con Homero. ¡Extraño modo 
de pensar! Inglaterra nunca tendrá 
un Estudiante de Salamanca, una 
Jarifa, un Adán ni un don Alejo de 
Veraguas; ni Alemania un Gusta- 
vo Becquer, ni un Pérez Bonalde* 
ni P rancia un Cura del Pilar de la 
Gradada, Fuera preciso que Fran- 
cia tuviera un espíritu más caba- 
lleresco, Inglaterra toros y Alema- 
nia un clima ardiente y mujeres de 
ojos negros. Era preciso que Ale- 
mania fuera menos meditabunda, 
Francia menos coqueta é Inglaterra 
menos positivista. 

No, señores, la escuela literaria 
no hace una literatura. Puede se- 
guirse una escuela porque esté más 
de acuerdo con nuestro carácter, 
nunestro temperamento, nuestro 
modo de ser en fin, pero la obra li- 
teraria siempre será el fiel espejo 
de la patria del genio. A Juan Val- 
jeán sólo puede producirlo Fran- 
cia, sólo en Inglaterra puede has- 
tiarse Childe Harold, sólo Alema- 
nia puede producir suicidas como 
Werther. Don Alejo de Veraguas 
sólo podría hallar á doña Clara en 
Guatemala; y eso de desafiarse á pe- 
dradas, á lo Juan Chapín, únicamen* 
te se aprende en la Parroquia Vieja. 
Hay más, la originalidad es la 
que da el título de obra á un es- 
crito. Porque la copia, el plagio, 
nunca podrán llegar á alcanzar se- 
mejante nombre. El plagiario es un 
ladrón ratero: es una especie de 
mendigo que ha formado su traje 
con retazos de vestidos ajenos; y el 
copiador no es más que un artesano. 
Tampoco pueden dar originalidad 
sólo las buenas palabras, porque en- 
tonces ninguno sería original por 
la simple razón de que las palabras 
todos las usan, y la originalidad 
quedaría para aquellos que inven- 
taran nuevas palabras, para los neó- 
logos; pero, como sabéis, sucede 



íé 



214 



El Ateneo Cextro-americaxo. 



por dicha todo lo contrario. La 
obra, he dicho arxtes, es el espejo del 
artista y el espíritu del pueblo en 
que se hizo, aunque las palabras 
que haya empleado el autor sean 
comunes á todo el mundo. Aunque 
se escribiera en sánscrito una obra 
en América, pertenecería á la lite- 
ratura americana; y es porque el 
idioma todos podemos usarlo; las 
palabras son del patrimonio común; 
pero eso de producir obras sólo 
pertenece á la inteligencia. A ha- 
blar bien cualquier retórico y 
gramático puede enseñarnos; á in- 
ventar, á crear, á ver de ese cierto 
modo que el artista ve aún los ob- 
jetos más comunes, no hay un maes- 
tro, no hay un libro que lo enseñe. 
Decid á los grandes genios que el 
idioma forma la obra literaria y Cer- 
vantes, el primero, que algunas ve- 
ces se dormía en materias grama- 
ticales, os hechará encima á Don 
Quijote para que os endilgue una 
filípica como al cura de marras. 

El escritor puede tomar un mo- 
délo, puede seguir una escuela, 
puede escribir en un idioma que él 
sepa; pero siempre su obra será del 
país en que nació y recibió las pri- 
meras inspiraciones; siempre ten- 
drán ese color local que distingue 
una literatura de otra; siempre ha- 
brán frases, expresiones, pensa- 
mientos que sólo puede inspirar la 
naturaleza del país en que se nació. 
Cuestión aún todavía por resolver, 
para algunos, es la de si las obras de 
Víctor Hugo pertenecen á la lite- 
ratura francesa ó á la española, y 
eso que Víctor Hugo nació en 
Francia y sus padres eran franceses. 
Ciertamente en las obras de Hugo 
se halla cierto sabor español, pero 
las tendencias de todas sus obras, 
en su fqndo el espíritu revolucio- 
nario francés es el que campea. Tén- 
gase en cuenta que Víctor Hugo 
pasó parte de su niñez en España 
y que muchas de sus primeras im- 
presiones las tuvo allí; y es que el 



genio en su niñez puede comparar- 
se con una materia blanda capaz de 
amoldarse á la naturaleza donde 
pasa sus primeros días: de tal 
manera que las impresiones recibi- 
das en esa edad vienen á servir co- 
mo de lustre en todas las épocas 
de su vida: los recuerdos son la 
fuente de inspiración del hombre 
durante la vida. Esta es la razón 
de que las obras de Hugo tengan 
tanto de español. En Enrique H ci- 
ne existe casi la misma dificultad: 
embebecido desde muy joven en la 
literatura francesa, amante hasta el 
fanatismo de la Francia, llegó á es- 
cribir casi como un francés; pero en 
todas sus obras, la mirada menos 
penetrante encontrará al **ruiseñor 
del Rhin, que vino á fabricar su ni- 
do sobre la peluca de Voltaire.** 

Cansado sería citar más ejemplos, 
basten los anteriores para conven- 
cerse que no son el idioma ni los 
modelos, sino la naturaleza donde 
se nace la que forma el artista. 

Otra de las armas con que cuen- 
tan los que no admiten la literatura 
americana, consiste en decir que 
muchos de sus asuntos están cal- 
cados en otros que ya se han desa- 
rrollado en España. Así, por ejem- 
plo, dicen ellos: don Pablo de Ba- 
tres Montúfar tiene por progenito- 
res al Burlador de Sevilla de Tirso 
de Molina, á don Félix de Monte- 
mar de Espronceda y á don Juan 
Tenorio de Zorrilla. Ciertamente: 
fijándose bien en don Pablo, que 
en mi humilde concepto es la me- 
jor de las obras de Batrcs Montú- 
far, don Pablo es el tipo de la 
humanidad, con esa sed insaciable 
de perfección y de placeres estéti- 
cos. Don Pablo, en mi concepto, en- 
cierra ese gran problema que el ar- 
te, bajo la forma de símbolo, ha pro- 
puesto desde los tiempos más re- 
motos, problema que jamás se re- 
solverá. Esa sed de perfección y 
belleza que jamás sacia á la huma- 
nidad. 



El Ateneo Centro-ameri 



CANO. 



En medio de las realidades de la 
vida, el hombre sueña con la per- 
fección de sus semejantes; en sus 
dcÜQuios le parece que existe eso 
que ha presentido su alma, que se 
ha creado en su imaginación y que 
sobrenada en la superficie del gran 
lajo del pensamiento, sin poderse 
asir, como el voluble grano de al- 
canfor encendido que se mueve 
constantemente sin apagarse en la 
superficie del agua: cree encontrar 
realizado su eterno sueflo y cuando 
cree palparlo, tocando la descarna- 
da realidad lo pone en presencia de 
una Aldonza Lorenzo, ó de un esta- 
fermo en ropas menores, como do- 
ña Luisa, que le arrebata cuando 
piensa poseerlo el ideal de su vida. 

Pues bien: ese tipo eterno no es 
propiedad de una nación, de una 
época ni de un hombre, es de la hu- 
manidjid entera; y desde el último 
rincón de la Occanía hasta el más 
encumbrado palacio europeo, don- 
de haya un hombre se encontrará 
acariciada, sonada esa bellísima ilu- 
sión. José Batres la soñó como 
americano, Tirso de Molina y Cal- 
derón como españoles, Byron como 
inglés, Goethe como alemán. Y yo 
preguntaría á los españolistas ¿quién 
na imitado á quién? El Dr. Faus- 
to, don Juan, don Félix de Monte- 
mar, Childc Harold y don Pablo, 
no son todos nietos del gran filóso- 
fo de Alejandría, de Cipriano? Y 
va)*a que hasta las grandes damas 
tienen alH su parentezco: doña 
TV irita, Elvira é Isabela, 
a anciana Justina y si- 
^>;r' ..: pie de la letra sus conse- 
ioM \ >cntadas en el banquete de 
"la hi'stona, hablan de sobremesa de 
sus eternos amantes, con esas pa- 
labras dulcísimas, melodiosas, con 
que habla todo lo que es bello, to- 
do lo que es grande: con ese verbo 
que sólo han llegado á interpretar 
en su armonía deliciosa, la últinia 
nota de Lucía de Lamemoor, ó la 
Oración que en alas de la fe y del 



215 



la Madre 

doliente 



sufrimiento ha elevado á 
de los desgraciados la 
Margarita del Fausto.... 

No: José Batres y Montúfar no 
imitó, José Batres y Montúfar di- 
señó en el tipo de don Pablo, al so- 
ñador de la perfección, al defensor 
de su patria joven aún y sin institu- 
ciones estables. Horrible, vieja y en 
paños menores, porque tiene mucho 
de hipócrita para presentarse des- 
nuda, esa á quien Batres Montúfar 
llama doña Luisa, es como he con- 
cebido á la Aristocracia. Si nó ved- 
la avanzar en las sombras hasta lo- 
grar su fin, y cuando ha maltrata- 
do á su gusto á la infeliz Isabela, 
la lanza á un convento para que es- 
té bajo la dirección de un fraile 

y el hombre soñador que aspiraba 
á sus caricias, á estrechar á la soña- 
da amante entre sus brazos, es arro- 
jado á una obscura celda semejante 
al destierro donde un terremoto 
acaba con él, terremoto que sim- 
boliza la gran catástrofe de la pa- 
tria Centro-Americana, el 15 de 
setiembre de 1842. El vate, ha di- 
cho alguien, es profeta. Est Deus tn 
nobis; agitante calescimus illo "hay 
un Dios en nosotros, decía Ovidio, 
y agitados por él nos encendemos." 
Alguno me dirá que José Batres 
y Montúfar no se propuso seme- 
jante cosa en su poema. Es verdad: 
José Batres y Montúfar como hom- 
bre no hubiera hecho el poema, pe- 
ro como genio sí, y cuando la ima- 
ginación del artista está encendida 
con el fuego sagrado de la inspira- 
ción, cuando 

Siente latir dentro del pecho 

El corazón de Píndaro y Quintana 

entonces cada una de sus palabras 
se convierte en una revelación, en 
una profesía del porvenir; se con- 
vierte en una maldición al mal, en 
un sollozo insondable y eterno que 
traspasan los confines del mundo 
para perderse en el infinito délo 



2l6 



El Ateneo Centro-americano. 



desconocido, más allá de los soles 
y de las estrellas hasta llegar á 
Dios. Y el poeta entonces no es 
dueño de su voluntad: el Pegaso 
de su inspiración lo coloca donde 
tal vez él no quisiera, lo arroja á re- 
giones desconocidas, y en su in- 
tuición sublime, penetra con su 
mirada de águila en el abismo de 
la vida y ve lo que á los demás 
mortales no les es dado ver; y por 
eso lo maldic^^n, lo vilipendian, lo 
desprecian ó lo declaran loco. 

Esta es la causa porque Batres 
Montúfar no se propuso escribir, lo 
que en realidad escribió. 

Y lo que sucede con Batres Mon- 
túfar sucede con todos los poetas 
de América, el ideal, el ideal, siem- 
pre el ideal; siempre el suefto de 
la verdad y de la belleza. La Amé- 
rica se imita á sí misma y no ha 
imitado á ninguna otra nación, co- 
mo la Europa moderna no ha imi- 
tado á la antigua Roma ni á la an- 
tigua Grecia. Hasta en literatura, 
seftores, la América es de la Amé- 
rica. 

Antes de concluir quiero hacer 
una indicación á los que conmigo 
opinan que somos capaces de te- 
ner una literatura, me refiero, á los 
que tienen la equivocada idea de 
que los provincialismos son una 
prueba de que existe la 1 teratura 
americana. En mi humilde enten- 
der esta afirmación es errónea. Los 
provincialismos siempre serán una 
escrcccncia del idioma, y dado ca- 
so que llegaran á constituir una 
lengua, por las razones que llevo 
antes apuntadas, esta lengua no se- 
ría una literatura. 

En la literatura española están 
comprendidas todas las obras que 
se escribieron desde antes de la 
formación de la lengua castellana 
en la Península, como en la ame- 
ricana están comprendidas las es- 
critas desde antes de la conquista; 
y los provincialismos de ambas na- 
ciones, no hacen una literatura. 



De todo lo expuesto creo que 
puedo sacar en conclusión que exis- 
te una literatura general de la Amé- 
rica, así como varias nacionales y 
particulares de las Repúblicas del 
Nuevo Mundo. 

Lada República Americana tie- 
ne sus leyes, sus costumbres, su 
clima y su industria. Cada una for- 
ma pbr sí sola un grupo solo, úni- 
co, y se enorgullece de hombres 
que sobresalen ya en la ciencia ya 
en el arte, y por lo mismo tiene su 
literatura particular. Ahora el con- 
junto de las obras literarias de to- 
do el Continente forma la literatu- 
ra americana, que es el lazo de 
unión que tenemos por hoy, mien- 
tras se realiza el sublime suefto de 
Monroe y de Bolívar: LA CONFE- 
DERACIÓN AMERICANA. 



PR0P3SI0N DB PB, 



CONSEJO DE MI MADRE. 



\m el mando hiikgador y fnliio, 
AyoMndo ^n mi nlrm rl ent«Ma«mo iirdi«it«» 
D«l aér qn« m« ama cera amor ferriente. 
Sin tffMT eonpaiaóa me «rrrlmUV. 
HQm«d«ei«ido ^I lloro m)u«11o« ojos, 
E«pejo« d« mi a^r * 
Eokf»sdemtii a 

La tii-to 



Terribl*» iniítAii 
Decir adio« h «a 1 
Volver l»w» <»jo<» ni 
Y «ncontnir »in v 

Lln 

Oi: 



No luty pecho qne r«MKtA em tormento, 
No hixy Mima «ine no «ieuta •ntem«ctdA 
Qne en «1 fondo del üerllevii ani* herida 
Manantial 1 de tristeza t de aflicción. 
Extrechando á mi madre «ntn mis brmsoa 
Rl Talor me faltó iiáhilaMiite. 
Bajé los ojos, la bsM ea J» fksttle, 
Y entre sollorxM prononcié mi adiós. 



ItATENEOCENTRO-AMERICANO. 



S^Z^JS?"**" •oiobnmte, y muda 
ntimfiíiumm «flietiTa pena. 
^»AMB tañar». M amor cadenn. 



U 

CrtopAHVMn , im «ñor eadena, 

♦«•d j iMioor pmeam nuuiteDer 



<^ofto 



MMiOMíi nw¡|a, é tadalmite 
Ka b MMM d« DkM X M m altar. 



^^ .^ , y no confand < 

■liT nmmá tem doo Un mro. 



I A 



ignaro 
r. 
jraapeto 



<^«iÍ«o qii« Ifotm 4a in Tida al fia. 

n aaM>r ¿s tit padn» goaWli ■iampra, 
^ «A aMaHM. •« aoialirt. m ^lamfo 
14 paadH^ l^o mkK Iwbiáa da hounirlo 
H^aq aqfMdtaaaapMlimaBaa virtad: 

M aauiÉao aHMtai BdÉD MnMübL 
Rl «t«« toa aadMlkXM «¿bate. 
Trailla f calda Ja •• bogar ata los. 



!>• aqaatloa qaa la mivaa «angra llevan, 
9«t ta md mba toaai ro a aa alimento. 
'^ ' • apfnrai Uaiéa la paaMuaiai 

>• lodoa aUMi, laa hermaBoa 
olvldaa ta tauailia. Plulia grave 

rk la alvtdaaalaal etetm* rielo. 

• «ala w> ad>^ qaa llora ain onnaiielo, 

(«•^rraU «o la |«t»|>io ooiaaón. 

^V<M ii tMoa bMiknio «»ik l>ondiide8 virria 
)s Hiin a» laAi de Ui vidn; 
> boaiir la «nviiMii di? «vida 
.r |iQadMi dicha dl^frutur. 
Arman» al ainado de mi Indo, «ea! 
fwlgaa la «wM ana la eooatMncia, 
m t ^jk qae tav^iaei ana infiíncia 
[ae eM inl«urU U arronú un b« gar. 



drl TÍHo ó la del crimen 
v«t to actaga estrella, 
kMM %\Qf> la Tirttid e> muy más bella 
irbí*» eviur Umafto error. 
«erd • que en tn ftvnte penaidorit 
lafato de ta a w dre paao nn Leso, 
»- — ■ hiinmia dejó impreso 
lo BkU. todo su amor. 

. oMuire eae consejo, 
1 t^ho enternecido, 
ni esculpido 
u ti quedó. 



El tiemp > puGde en sucesión continua 

De mi ZaTT '^ ^" ^"^ ^^y "^"<5^ble, 
Líe mi m idre el amor es inmutable : 
bulrira el coiazón, cambiarse, nó! 

Cómo olvidar, ¡oh madre! tus virtudes: 
Aque carme que me dio consuelo, 
Aque os ojos en que tuve un cielo, 
Aquella mano que largueza fué. 
Aquellos sentimientos filantrópicos 
Cuando la sed y el hambre tú calmabas 
IJe los que han menester; y practicabas 
i-<as doctnnas del mártir de Belén. 

Nunca olvidaré que en el ejemplo 
Las lecciones más sabias me ofrecías: 
OÍ hay gloria para mi, son esos días, 
Si hay amor para mí, sólo es tu amor. 
La virtud es un templo: y vestal pura 
t.1 fuego tú guardaste de la diosa; 
Tu has hecho el bien y morirás dichosa, 
Que al justo siempre recompensa Dios. 

Félix A. Tejeda. 
Guatemala, noviembre de 1888. 



COHTEMPLACIONSS. 



Quid est homo quia magnifas cum? 

Extasiado, y conmovido, á seme- 
' janza del que lleno de fe y de ilusio- 
nes llega de rodillas al altar de su 
Dios y fijo el pensamiento en algo 
superior que no comprende, pero 
que deduce, que no ve, pero sí 
siente íntimamente; así contemplo 
sobre el libro de la Historia de la 
Humanidad, la marcha que el hom- 
bre va dejando marcada á su paso, 
por el tercer planeta del sistema 
solar. 

¿Quién es el hombre.'* 
La respuesta no es tan fácil de 
dar. 

¿Se conoce acaso el secreto de su 
existencia? ¿Se sabe acaso su des- 
tino mas allá de la desaparición 
de este planeta.^ 

¿Tiene este ser un alma, indivi- 
sible, inmortal, es decir, que sobre- 
viva á su muerte; ó su admirable 
mecanismo se paraliza para no vol- 
ver á su actividad una vez que ha- 



2TS 



El Ateneo Centroamericano. 



yan sufrido las piezas de esta má- 
quina viviente, un súbito desgaste 
de fuerza y movimiento? 

Investigaciones son estas, cuyo 
secreto guarda aún como rico teso- 
ro, ese ser invisible que los indios 
llaman Brahma. que los católicos 
llaman Dios y los antiguos galos 
llamaban Heso. 

La Historia desde que se presen- 
ta verídica á los ojos de los hom- 
bres; desde que sobre ella se pue- 
den aventurar conjeturas más ó 
menos ciertas, nos presenta al hom- 
bre, sin conocer los resortes de su 
existencia y como encadenado á 
los pies de su ciego destino. 

Los libros sagrados que contie- 
nen las doctrinas de cada una de 
las religiones, hacen aparecer al 
hombre, unas, bajo el imperioso 
mandato de un Dios iracundo é 
irascible que á la más leve falta, ó 
por simple capricho, lanza al ser de 
su creación fuera del paraje en don- 
de lo había colocado, y en donde 
todo crea amor y poesía, luz y fe- 
licidad. 

Otras doctrinas, menos filosóficas, 
consideran un Dios que al crear al 
hombre, crea también la odiosa 
desigualdad y divide á lo^ ' " de 
este hombre, en castas, > ,, le 

la fatalidad de sus destín» 
haga nacer de la cabeza ó ^'- . - 
midades del Dios (?) 

Pero este hombre primitivo, 
quién es? 

Es aquel en cuyo cerebro anida 
el titán pensamiento, el alma in- 
vestigadora, la poderosa inteligen- 
cia que le lleva á escudrinar todo 
cuanto tiene á su alrededor y que 
le hace levantar allá en las márge- 
nes del Eufrates y del Nilo á Ba- 
bilonia y Luxor. 

Dotado de la actividad, carácter 
esencial de su organización, en- 
cuentra á su paso la piedra, y ta- 
llada levanta momentos destinados 
á vivir más que él y á atestiguar á 
los hombres de otras edades, su 



potente inteligencia, que cual faro 
iluminando las densas obscuridades 
de los primeros tiempos, lanza sus 
rayos esplendentes, rasgando las 
tinieblas y robando á la naturale- 
za sus secretos más recónditos. 

Al Norte de África existe un 
país donde nunca llueve; regado en 
toda su longititud por un río que 
colocado allí por la Naturaleza su- 
ple la falta de aquel elemento in- 
dispensable. 

Es un país que brilló con luz que 
no bien distinguida por los contem- 
poráneos, es sin embargo distinta 
y esplendorosa. 

Encierra en su seno á TcDauía \ 
Luxor, y el recuerdo de sus nom- 
bres y grandiosos monumentos, con 
sus pilastras y capiteles por tierra, 
cual gigantes postrados después de 
la lucha; sus canales y sus lagos sa- 
cados de la nada y sus pirámides, 
inmensos sarcófagos elevados por 
el orgullo de sus reyes, son como 
los volcanes del suelo americano: 
inmensos y magcstuosos. 

El hombre de este tiempo es el 
hombre crédulo por intinto y vir- 
tuoso por educación. 

Abraham cree á sus sueftos \ K -^ 
da fa autoridad de palabra dictada 
por el Dios de sus abuelos. 

Sus ascendientes y descendientes 
creen á Moisés en el Sinaí y en e¡ 
desierto y creen á los apóstoles de 
todas las religiones orientales, que 
atrevidos ó inspirados, hayan in- 
tentado siquiera la propaganda de 
sus creencias religiosas. 

Pero por una ley de la naturale- 
za, las razas se encuentran unas 
frente á otras para lanzarse mutua- 
mente hacia adelante con un em- 
puje poderoso é irresistible. 

Babilonia, Ninive, Luxor ceden 
su ilustración y conocimientos á 
las colonias fundadas en la penín- 
sula helénica y Grecia aparece en 
el concierto de las naciones, ha- 
ciendo resaltar la belleza dondr 
quiera que la encuentra, aparece 



EL^teneoCentro-americano. 



divinizando lo real y tributando 
culto á sus dioses, encarnación de 
su fantasía, creaciones de su poé- 
tica y sensible imaginación, que le 
h.ic^ aparecer en las páginas de la 
» como aquellos cometas 

V ii^'mpoen tiempo surgen en 

los ciclos tropicales dejando una 
bnllante cauda de esplendente luz, 
de irradiosa claridad. 
(Quién es el hombre de este pe- 
<kJo? 

Es el de los campos de Maratón 
y Salamína; es el de los peñascos 
de las Termopilas; es el que levan- 
ta i Atenas con su Parthenón y sus 
pensiles; ts Fidias y Praxiteles con 
fut inmortales estatuas, es Sócra- 
tes, ct Homero V su Odise. 

Grecia es el alma y el principio 
creador de los adelantos modernos; 
et el factótum de la civilización 
actual. 

Grecia con los trescientos espar- 
tanos en las Termopilas, es el he- 
roitmo en su más alto grado; con 
Feríeles y Demóstenes es elocuen- 
cia; y es belleza con Homero y con 
Fidias. 

Grecia investiga la verdad y de 
aquellas arduas investigaciones, re- 
sulta la filosofía. 

Lales de Mileto observa el cielo 
con su mirada contemplativa y es- 
crudíftadora y dice la primera pala 
bra de la ciencia astronómica. 

Y para que nada falte de gran- 
deva á aquel pueblo magnánimo 
por excelencia, aparece un hombre, 
Alejandro el Grande que difunde 
por el Asia y Ejipto sus conoci- 
mientos per medio de sus sabios y 
desaparece como el sol en medio 
del ocaso, dejando tras de sí la obs- 
curidad y las tinieblas. 

Grecia después de Alejandro, co- 
mo asustada de su grandeza, retro- 
cede, huye hacia atrás con la de- 
mencia de un loco y cede la supre- 
macía á Roma. 

Se explica acaso esta etapa de la 
Historia? 



Sí. 

El pueblo griego había nacido 
para amar lo bello en todas las for- 
mas; la organización de la sociedad 
era republicana: su lema era la li- 
bertad y el progreso, y su estan- 
darte, la igualdad. 

Un soldado atrevido hollando la 
libertad, era un golpe mortal dado 
á las instituciones republicanas. 

Atenas y Esparta en vez de 
morigerar las costumbres, en vez 
de caminar incesantemente hacia 
la utópica República de Platón, 
siembran con la guerra civil, la dis- 
cordia en las masas y no oponen 
una valla á la desmoralización del 
pueblo. 

Para que un pueblú grande pue- 
da vivir más del tiempo concedido 
á los otros pueblos, se necesita que 
como el oro después de salir del 
crisol, salga más puro de las prue- 
bas á que el destino le sometiera. 

La virtud del ciudadano tal cual 
se presenta en Maratón y las Ter- 
mopilas, cede su campo al egoísmo: 
Leónidas y Epaminondas habían 
desaparecido: á Fidias en vez de 
superársele, se le copiaba servil- 
mente y Grecia, herida traidora- 
mente cual las águilas del cielo, en 
mitad de su camino, expiraba al 
compás de las cítaras de Apolo y 
Venus y arrullada blanda y tierna- 
mente por los armoniosos acordes 
que sus Nereidas y Sílfides ento- 
naban melancólicas canciones á la 
orilla de sus ríos, 

{Continuará.^ 



LA IDEA, 



Es faro que ilumina el firmamento 
En el mar de la vida intelectual, _ 
Fuego y luz que dirige al peusamieato 
En sus luchas eternas con el mal. 

Es en Grecia triunfante t alamina, 
Es en Koma Virgilio y Cicerón, 
Es el lampo del genio que fulmina 
En JuTiín, Zaragoza y Maratón. 



220 



El Ateneo Centro-americano. 



Es Guttemberg y su grandioso invento, 
Fulton que lanza al agua su vapor, 
Es Linneo que muere de contento 
Analizando el cáliz de la flor. 

Es Cervantes que agita con su obra 
Y preocupa y trastorna el mundo ideal, 
Es Cristóbal Colón que alientos cobra 
En las naves que azota el vendaval. 

Es del templo la lámpara sagrada 
Encendida del mundo en la creación, 
Es endecha del vat« que á su amada 
Le canta en triste y breve entonación. . 

¡Salud mil veces mil, sublime idea, 
Que arrastra en su cauda al corazón, 
Madre amorosa qae la ciencia crea, 
Símbolo luminc»so en la creación! 

F. Q. A. 



capítulos sueltos 

DE UN LIBHO INÉDITO. (*) 

POR RENATO MURRÁY. 



TIEMPOS PREHISTÓRICOS, 

{Concluye,) 
LA SOCIEDAD, ! SOS Y COSTllBRES. 



Figuier en su interesante estudio 
sobre el hombre primitivo, ha divi- 
dido los tiempos prehistóricos en 
dos grandes períodos, que ha cla- 
sificado con los nombres de edad de 
la piedra y edad de los metales. Pa- 
ra nuestro objeto, diferente en un 
todo del que se propusiera el sabio 
naturalista francés, nos bastaría di- 
vidirlos en dos épocas también, á 
lasque llamaríamos; época de la fa- 
milia, déla que hemos hablado en 
el capítulo anterior; y (poca de la 
sociedad que será materia del pre- 
sente. 



(*)— Véase el Niim. anterior. 



En nuestro humilde concepto, 
Balzac ha cometido un error esta- 
bleciendo que el matrimonio no se 
deriva de la naturaleza. Creemos 
por el contrario que ésta es quien 
lo ha ordenado, con anterioridad á 
toda convención humana. Es sólo á 
ese espíritu dominador y exclusivis- 
ta de todas las religiones, que se em- 
peñan en dar origen divino á todo lo 
que es natural, al que se debe ha- 
ber puesto en duda una verdad tan 
perfectamente demostrada, como es 
la de que en la especie humana, la 
unión del varón y de la hembra, di- 
fiere sustancialmente de las del res- 
to de los animales. Entre el amor, 
sensación que en estos últimos do- 
mina, y el amor sentimiento, dis- 
tintivo de la criatura inteligente, 
media un mundo. El primero es 
materia; espíritu el segundo. El pri- 
mero hace cruzamientos; el segun- 
gundo matrimonios. Las leyes no 
han hecho más que reglamentarlas. 

Si hubo familias en los tiempos 
primitivos, es porque hubo matri- 
monios. La sociedad fué entonces 
una consecuencia. Digo la sociedad, 
entendiendo por tal la aglomeración 
de diferentes familias, ora fuese en 
los agujeros de una misma roca, ora 
en el conjunto de diferentes caver- 
nas situadas sobre la falda común 
de una montaña, ó á orillas de un 
mismo valle. Se reúnen naturalmen- 
te los animales de una misma espe- 
cie; y ¡no había de reunirse el hom- 
bre, dotado del don de la paUbra! 

Contemporánea, y no anterior á 
la sociedad, debe haber sido por 
lo tanto la guerra entre los hom- 
bres. Si Hobbes hubiera dado por 
origen á la primera el deseo de for- 
talecerse los individuos de una mis- 
ma especie, contra los ataques de 
las fieras, habría estado más en ra- 
zón. Pero ya se ve; la culpa no es 
de este filósofo. La Biblia no pudo 
presentar dos hombres reunidos sin 
hacer que el uno diera en el acto 
muerte al otro. Si con esto ha que- 



ElAteneoCentro americano. 



221 



rido decirse que el hombre nace in- 
clinado al mal, ó que es por instinto 
perverso, no se ha comprendido á 
la naturaleza. Más razón tiene Ter 
tulíano, suponiendo que el alma es 
naturalmente cristiana. 

El sentimiento de la inmortali- 
dad se descubre sobre la tierra con 
los restos del hombre primitivo, 
en esas cavernas mortuorias tan 
admirablemente preparadas, que 
han podido conservar enteros hasta 
nuestros días los fóciles de nues- 
tros antepasado.^. De su interesan- 
te estudio ha podido deducir la 
ciencia el carácter de las ceremo- 
nias que acompañaban al enterra- 
miento de un nombre antes del di- 
luvio; ceremonias de que aún ofre- 
cen ejemplos pueblos que viven 
fuera de la civilización en nuestro 
siglo, y que bastan por sí solos pa- 
ra persuadirnos de que una ley de 
amor fué la primera que gobernó á 
la humanidad en la ruda época de 
la vida troglodita. 

No despreciemos nuestro origen; 
que no nos ciegue el orgullo; y admi- 
remos, porque es digno de admi- 
rarse, el cuadro de los progresos al- 
canzados á costa de una perseve- 
rancia que está por cima de todo 
eloj^o. 

(Tomo si la naturaleza hubiera 
querido poner á prueba la inteli- 
gencia, don con que favoreció á la 
más privilegiada de sus criaturas, 
privó á éstas de los recursos que 
concediera al bruto, en compensa- 
ción de la superioridad espiritual 
de la humana especie. Así vemos na- 
cer al hombre desnudo y sin defen- 
sa, en tanto que todos los demás 
animales vienen al mundo provis- 
tos de pieles, plumas ó lanas que 
han de defenderle contra la incle- 
mencia de las estaciones, y de las 
armas de que toda la vida han de 
usar para el ataque y la defensa. Ve- 
mos así, que apenas colocado sobre 
la superficie de nuestro globo, el 
hombre aprende á vivir, imitando 



primero las costumbres de los ani- 
males de especies extinguidas, supe- 
rándolas luego, y hasta dominando 
en provecho sayo á sus maestros: 
que descubre el fuego, base princi- 
pal del hogar y de la civilización que 
se sirve en un principio de la pie- 
dra para fabricarse armas, de las pie- 
les de los animales que su inteligen- 
cia ha sabido dominar, para pro- 
porcionarse vestidos, de las grutas 
de sus enemigos para tener habita- 
ción segura, y de sus propias carnes 
para alimentarse: que un poco más 
tarde hace el descubrimiento de los 
metales, con lo que de casador y 
pescador que fuera se eleva al culti- 
vo de la tierra; que perfecciona su 
alimentación, sus trajes y sus ar- 
mas; que se fabrica chozas en las 
llanuras; que no necesitando ya de 
la piedra para sus cuchillos y sus 
flechas, la emplea en levantarse só- 
lidos edificios, perfeccionando con 
los primeros ensayos en el arte ar- 
quitéctico la estructura interior de 
las cavernas que le han servido de 
modelo; que poseedor del fierro se 
hace agricultor y guerrero, que en- 
saya la navegación, pone á su ser- 
vicio á diferentes especies de ani- 
males y se convierte en verdadero 
rey del mundo. Y desde el primer 
instante de su vida, desde el pri- 
mer trabajo hecho sobre la piedra 
bruta, percíbese el amor á lo be- 
llo, ora sea en esos inm perfectos 
dibujos que son nuestra admiración 
á través de tantos siglos, ora en los 
collares y brazeletes que construía 
para adornar ala mujer, ora en fin 
en todos esos pequeños objetos en- 
contrados en las grutas y cavernas 
de los terrenos cuaternarios, que 
sin tener aplicación á los usos y ne- 
cesidades de la vida, acusan la idea 
y el respeto de un culto. 

Hubo, pues, sociedades en los 
tiempos primitivos, gobernadas sin 
duda por la autoridad de los más 
ancianos. Y lógicamente debemos 
suponer que no ha existido en ellas 



222 



El Ateneo Centroamericano. 



esa perversidad de costumbres de 
que nos habla la Biblia para dar 
al diluvio el carácter de un castigo, 
puesto que el hombre sólo corrom- 
pe sus sentimientos lejos de la na- 
turaleza, nunca cuando vive en 
constante comunicación con ella. 
Fué la mujer su compañera y la ba- 
se fundamental de la familia, parti- 
cipando en un principio de todas 
sus faenas; consagrándose más tar- 
de á sólo las propias de su sexo 
en el cuidado de los bijOB» en la 
preparación del alimento y del ves- 
tuario, en la guard. ' ' impos, 
en la colecta de le las co- 
sechas y en la limpia de los granos. 
Hubo una sola mujer pam cada 
hombre; si la poligamia existió fué 
como resultado del estado ^ 
no como ifidicación de la natt. 
za. Mas adelante veremos qu^ en 
los tiempos históricos esta es un 
privilegio mimbicn que una regla, 
loque nos flacc sospechar que su 
institución tes contemporánea de 
lasprimcras monarquías. Hubo res- 
peto y veneración f-^r'^ •'■ 

sentimiento que r< 
adelanto, \ a admitir 

que .isí C(» ^untuosos 

cer. restos 

de un iKiiii ,;ruta rnortuo 

ria, debe \\. >ido también 

para celebrar i lUos y los 

matrimonio- ,^:j tendrían, 

si no, esos ' czos, esos co- 

llares de c y nuesos de dife- 

rentes anii; sos braieletes de 

bronce y de fierro con que se cog 
lañaban las mujeres? r^ii'i"^.» 
otra ver; admiremos, por » 
no denuesí ' y de lui 

tro recono». tocuar- 

constante trabajo del 
camino del progreso; t:...«»^w «.v.. 
debemos mucho más de lo que 
primera vista i * cansar, no- 

sotros los que 1 1 Jo al mun- 

do á recoger el fruto del sudor de 
las mil generaciones que no-- ^v?*^ 
precedido. 



IrdÜTt lackul li 



V Letras. 



R27L2XI0H22 
A LOS UBROS DE ELOCUENCIA 



Fray M.\tias Cordoya. 



Camsas, 

I . ^ La operación espiritual, ó 
coiforal naturalmente agrada, no 
si'rnda tan seguida que, delMlitada 
por la continua resistencia, padcz- 

el agente. Ni sabemos estar ocio- 

-, ni no< acomoda trabajar de- 
masiado. 

2.® La pviw<.j>vii#ii, u c! • "ar 

una acción moderada, c. /o 

ó deleite. La chanza provenida de 
una delicada urbanidad, las re- 
pr< amigables, son lo que el 

agriuujcv su los sr* - -^ mas s¡ es- 
ta prccepcíón es d ofende al 
¡ amor propio, como Ucicite cansa 
al órgano coriH^rco. 

3.® El ^ liculo de la ex- 

tensidS del 01 

4.^ La pri' ..id de conse- 

guir cl bien lo hace presente en la 
aprchofísn'n v* ««it.i firí*«»»*iití-» r.iii<a 
gozo. 

5.® La memoria uc lo:» males 

pasados obra cl mismo efecto, 

' cotejo realza el bien pre- 

Si un hombre nunca hubiere 

enfermo, no hubiera perci- 

:^ el deleite de la sanidad, por 

tnera, que habiendo cotejo del 
mal y d>cl bien, y que éste se consi- 
'^' re pfteimo y ascequíble. estare- 
smotos. 

(^f Íl|0tr favor, ó retornar el be* 
ncñcio icrada: porque en lo prime- 
ro r, y en lo 
li.i .1. v^.^i...echor que 
:do. 



El Ateneo Centro-americano. 



r. - 1^ temcjaiiza tanto en lo 
. cuando no hay rivalidad, 
Mil.» vil lo adverso, causa alegría ó 
nínora U tri«Uia. Se cree en Ul ca 
r la potencia, ó para hacer- 
. el bien, ó para impedir en 
I mal lotobfliculosdela fuga. 
^ ^ La venganza ó el miserable 
ielo de que no se nos hayacau- 
M^ el mal impunemente, también 
nkgrta. tÁ daAo nos ha hecho 
InleHorct al enemigo, y qui- 
4 lo mtnos <|ucdar en 
pfppoffd^n. 

R/rdvi. 

% * 

^ < lbf4 primeramente el gtmo, 

»(* é quien lo promueve. De es- 

c CMÍIU> ic «égnc cuidar de la exis- 

;cficU de lo i^radable, y en caso 

(le agndar derruyéndote el objeto, 

<iaio tuocde en une vianda, cuidar 

le tmnfhtMMñú. 

1.^ Por condguiente continuar 

o oe n i do ncé que produceirel go- 

ó lo pitMBiievcn. 

Fadlldad en favorecer. El 
U idea agradable 



223 



CIÓ 

pCSDá 



ietnmef* 
Metot. 



I 



es con 
itco por los otros 

i III. ^ 



\jí tri^cfa c* una paaión ente- 
4mcnle opuetU al gozo. Consiste 
n la presencia de lo que es aborre- 
.ible al intetts. En un sentido con- 
trario deben distinguirse las triste- 
at de la mirana suerte que 'os go- 
La tfislcta además suele lia- 
dolor en la misma conformi 
dad que el gozo se llamar deleite. 

Otusms y efectos. 

-iendo contrarias estas pasiones, 
como te ha dicho, la^ ^pues- 

!^*al goto serán sc-,. .nteías 

. . . moevan tristeza, y lo mismo 
debe entenderse de sus efectos. 

Nota. Cuando una persona tuvo 



una situación feliz, de la cual no le 
ha quedado más que la memoria, 
advertimos que refiere la historia 
de su opulencia con gusto. Sucede 
esto, no porque sea posible que el 
cortejo de la pasada dicha con la 
presente infelicidad deje de hacer 
mayor á ésta, sino porque comen- 
zando á habituarse con su fortuna, 
cree mejorar de. concepto respecto 
de los que oyen, y esta ridicula va- 
nidad le lisong-ea. También puede 
provenir de que según las circuns- 
tancias crea haber movido á com- 
pasión, que es en cierta manera te- 
ner compañía en la desgracia. 

§v. . 

La Esperanza. 

La esperanza es como un impul- 
so al movimiento del interés, pro- 
venido de considerar posibles de 
destruir los obstáculos del bien. 

La idea agradable se hace pre- 
sente; pero con relación á la ausen- 
cia física, y á lo arduo de la empre- 
sa. Sue'e confundirse con el mismo 
gozo cuando el bien arduo se con- 
sidera indefectible, como la noticia 
auténtica de un ascenso. 

Causas. 

1. o Los ejemplos de empresas 
semejantes que tuvieron éxito feliz. 

2. ° Minorar las dificultades, ya 
sea advirtiendo los medios de eva- 
dirlas, ya sea añadiendo á la suma 
del bien posible la gloria de ven- 
cerlas. 

Efectos. 



I. o Es resultado de la esperan- 
za el atrevimiento en aventurarse. 

2 ^ El desprecio de los trabajos 
como que no tiene proporción con 
la excesiva grandeza de lo agra- 
dable. , 

3. o La prontitud para la ejecu- 
ción. 



224 



El Ateneo Centro-americano. 



§ VI. I 

I 
La Desesperación. 

La detención del interés para lle- 
gar á la posesión de lo agradable 
por haber crecido la suma de los 
impedimentos y creer por esto el 
mal inevitable, se llama desespera- 
ción. Vulgarmente se le da este 
nombre cuando se confunde ó es la 
misma tristeza, ó tal vez cuando 
oprimida la alma con la gravedad 
del infortunio, abandona los me- 
<3ios, y aún la propia vida. 

Causas y efectos. 

Es consecuente que los ejemplos 
funestos, la gravedad de las dificul- 
tades, que es exceder la suma del 
bien, causen esta pasión y que ella 
produzca los efectos contrarios á la 
esperanza. 

Nota: La acción de Cortés de 
dar barreno á las naves, fué para 
quitar á los soldados el arbitrio 
más fácil de evadir el peligro, que 
es la fuga; porque mientras menos 
sean los arbitrios del hombre los 
aprovecha más. Algunos para dar 
un suplemento á la audacia, se han 
valido de la desesperación hasta po- 
nerla en grado que se confunda con 
la misma tristeza, > produzca el 
deseo de hacer infelices. Los que 
la excitan creen que obrándose el 
efecto, es menos seguro el mal imi- 
nente, importando poco que se pro- 
duzca por esta causa, ó la otra (*). 
El último ardid del interés es bus- 
car cierta apariencia de bien en el 
mismo infortunio. Decir un gene- 
ral que el intento no es salvar la 
vida; sino hacerla costosa al ene- 
migo, es un funesto despique: y sin 
embargo ¿cuántas ocasiones no ha 
tenido consecuencias felices? 

{Continuará^ 



CROi^JICA 



(*) Una saluB vietit; nullaiu sperare sa- 
Jutem. 



Errata notable. — Aparte de 
las muchas erratas de imprenta que 
se nos escaparon en el número an- 
terior de este periódico, hay una 
substancial que se hace necesario 
corregir. 

A la página 202, donde dice: 
Poesía Í7iédita de Ramón Mayorga 
Ruiz, debe decir: Poesía inédita de 
Román Mayorga RivaSy poeta ni- 
caragüense, actualmente empleado 
en la legación de Nicaragua en 
Washington. 

* 

Esperamos que nuestros agen- 
tes se sirvan remitirnos los ejem- 
plares que de cada número de "El 
Ateneo" les hayan sobrado, y espe- 
cialmente del i.^ que mucho ne- 
cesitamos. 



Notable discurso es el que 
pronunció el Lie. don Policarpo 
Bonilla en el acto de su recepción 
en la Academia de Ciencias de Hon- 
duras. El tema desarrollado es el 
de la educación de la mujer, que, 
por cierto, lo trató con verdadera 
maestría y oportunidad. Frase cas- 
tiza, elevación de ideas y profunda 
filosofía se nota en el discurso del 
joven orador, por lo que, no sin ra- 
zón, fué continuamente interrum- 
pido por los aplausos del público 
sensato. 

Reciba nuestra enhorabuena el 
I que ya en otras ocasiones, se había 
¡ lucido combatiendo á sus adversa- 
I rios en política y representando al 
I pueblo en las Asambleas Nacio- 
nales. 



mo I. , Guatemala, 1° de diciembre de 1888. J Núm. 15. 




PUBLICACIÓN QUINCENAL. 
ÓRGANO DE LA SOGIEDAD LITERARIA DEL MISMO NOMBRE. 



BL ATENEO. 



En la reunión del 24 del pa- 
sado, el Presidente Dr. Uriarte, 
continuó la lectura de su obra 
sobre el jurado, recorriendo la 
historia de esta notable insti- 
tución entre los pueblos de la 
.inti^Uedad. 

En seguida el socio señor 
Cucllar dio lectura á unas octa- 
vas sobre el materialismo, que 
publicaremos en nuestro próxi 
mo número. 

Terminó la reunión con un 
breve discurso del socio Dr. Ro- 
A-^--r' Castillejo, invitando á 
1,. Jad á discutir el tema de 

la composición poética del socio 
sofior C^icllar. 



DISCURSO 



1 ::.>Nt XriAlK) POU I.A SEÑORITA MERCEDES 
VIMIAXOKS KL AITO PÚBLICO QUE, PARA 
oví \i; ILTÍTl'LODE MAESTRA, SOSTUVO CON 
^' 1; i RM ANA TERESA, EL DÍA 23 DE OCTUBRE 
DEL CORRIENTE AÑO. 



Señores: 

Si el genio en sus diversas ma- 
nifestaciones interesa siempre el co- 
razón y sorprende la inteligencia, 



sorprende é interesa mucho más 
cuando se halla revestido con el 
manto de los dolores, y doblegado 
bajo el peso del infortunio. Admi- 
ramos á Homero cuando en sus 
poemas inmortales nos deslumbra 
con las fulguraciones de su fanta- 
tasía; pero nuestro corazón se en- 
ternece blandamente cuando recor- 
damos al cantor de la Grecia, sin 
luz en la mirada, solo y desampa- 
rado, pidiendo una limosna al son 
de su doliente lira. El entusiasmo 
se apodera de nosotros, cuando re- 
corremos las obras de Cervantes: 
pero el alma se llena de tristeza al 
recordar al Manco de Lepanto, po- 
bre, perseguido por la calumnia y 
escribiendo en la prisión, ese mu- 
seo de los más graciosos epigramas 
y de las más graves sentencias, que 
se llama E¿ Quijote. 

El genio unido á la- desgracia in- 
teresa doblemente el corazón y se 
hace más simpático á la humanidad. 
y por éso, en éste momento tan 
grande para nosotras, como debe 
serlo para quien vea los desvelos 
de la infancia, coronados en los al- 
bores de la juventud, permitidnos 
evocar el recuerdo, no de Colón in- 
signe marino y genio de la ciencia, 
sino de Colón insigne mártir y ge- 
nio de la desgracia. 

¿Queréis contemplar el cuadro de 
un hombre doblegado bajo el peso 
de la idea, sintiendo abrasarse su 
cerebro con las llamas del divmo 



226 



El Ateneo Centro-americano. 



genio y buscando inútilmente espa- 
cios en donde tender el vuelo de su 
fantasía? No tenéis más que figura- 
ros al inmortal genovés vagando de 
corte en corte, y ofreciendo á los 
soberanos de Europa, mundos in- 
mensos y riquísimos y recibiendo 
en cambio sonrisas desdeñosas y 
palabras de desprecio. 

¿Queréis el espectáculo de un so- 
ñador próximo á alcanzar el objeto 
de sus esperanzas y detenido súbi- 
tamente en la senda de su felicidad? 
Contemplad al gran marino en la 
soledad de los mares y bajo la bó- 
veda azul del firmamento, contra- 
riado en sus proposiciones por los 
marinos mismos que iban á apro- 
vecharse del fruto de sus hazañas. 

¿Queréis ahora al bienhechor de 
la humanidad, insultado y escarne- 
cido después de haber derramado 
beneficios á manos llenas, sobre el 
mundo? Ved al ilustre descubridor, 
cargado de cadenas por el inicuo 
Bobadilla, en la tierra misma que 
había libertado de las sombras de 
la ignorancia y del yugo de la bar- 
barie. 

¿Queréis, por fin, al mártir, mu- 
riendo abandonado de los hombres 
y atormentado por los dolores en 
pago de sus virtudes y sacrificios? 
Pues recordad al genio del Nuevo 
Mundo, muriendo en un desván de 
Sevilla, cargado de cadenas, y sin 
tener en donde reclinar su cabeza; 
él, que había dado á la España un 
mundo; él, que había descubierto 
inagotables fuentes de riqueza; él, 
que había abierto nuevos horizon- 
tes á la inteligencia. 

Cristóbal Colón, por un misterio- 
so designio, que llamaría maldito, 
si no creyera que debe llamarse di- 
vino, pudo reunir en sí las encan- 
tadas ilusiones del soñador y los 
suaves perfumes del justo; todas las 
celestes fulguraciones del genio; 
y todas las cruentas agonías del 
mártir. 

Siempre hemos creído que héroe 



verdadero es el que interesa todas 
nuestras facultades y anonada al 
hombre con su grandeza sin man- 
cha y sin medida. Bajo este aspec- 
to, Colón es el modelo perfecto de 
la heroicidad, pues que arrebata la 
fantasía con su idealismo; la inte- 
ligencia con su genio; la sensibili- 
dad con su desgracia; y todo el co 
razón con' sus virtudes. 

Cristóbal Colón había reunido en 
su persona todas las grandes cua- 
lidades humanas en una síntesis 
maravillosa: en su espíritu palpita- 
ba aquel genio poderoso que em- 
puja al grande Alejandro á la con- 
quista de lejanos y desconocidos 
pueblos, para difundir por todas 
partes la luz de la civilización, y 
unir con abrazo fraternal á todos 
los hombres y á todos los países. 
En su alma vivían, la sublime re- 
signación á los más grandes infor- 
tunios, y la indomable constancia 
en el desarrollo y realización de 
una idea; su ancha y despejada 
frente, circuida de la aureola de la 
ciencia y del signo de la medita- 
ción, le igualaba á los venerables 
filósofos de la Grecia, al mismo 
tiempo que la bondad y sencillez 
de su alma, le asemejaba á un ni- 
üo. Por su valor y por sus haza- 
ñas, se le hubiera tomado por uno 
de aquellos invencibles héroes de 
las fábulas, así como por lo tierno 
y delicado de sus sentimientos se 
le hubiera tomado por uno de 
aquellos soñadores bardos de las 
leyendas. ¡Hombre sin segundo! 
Si tú hubieras existido en los pri- 
mitivos tiempos de la humani- 
dad, el divino Homero, despre- 
ciando á Aquiles, te hubiera hecho 
el héroe de su Iliada por tu mag- 
nanimidad, por tu valor y por tus 
proezas, y con más derecho que 
Ulises hubieras recibido en la Odi- 
sea, del errante ciego, los cantos de- 
bidos á tus trabajos y á tu cons- 
tancia inquebrantable! ;Tú, mejor 
que los atletas griegos, hubieras 



EíiA]E?^19Centro-amer i cano. 



227 



encendido el numen de Píndaro el 
fogoso; por la magnitud y conse- 
cuencias de tu empresa más que á 
Eneas te celebraría Virgilio, y aun 
no hubieran bastado, para la- 
mentar tus infortunios, todos los 
melancólicos acentos del laúd de 
Ovidio! . . . 

Cristóbal Colón es el lazo que 
une dos edades y dos mundos: co- 
locado en medio de las olas tumul- 
tuosas del atlántico, parece un co- 
loso que trasporta á Europa los dia- 
mantes y todas las riquezas del 
Nuevo Mundo, en cambio de la luz 
de la ciencia y de la civilización del 
antiguo continente que esparce so- 
bre la América; y Colón en el lími- 
te de la Edad Media y de la Edad 
Moderna, parece un profeta que 
con una mano sepulta en los abis- 
mos del tiempo, las sombras del 
pasado, en el instante mismo que 
con la otra, descubre los luminosos 
espacios del porvenir. Arquímedes 
y Tholomeo son los gloriosos pre- 
cursores del gran descubridor del 
Nuevo Mundo; Galileo y Magalla- 
nes son sus discípulos privilegiados, 
y los cuatro giran, por decirlo así, 
al rededor de la inteligencia de Co- 
lón, como los planetas de nuestro 
sistema giran incesantemente al re- 
dedor del luminoso astro del día. 

Seflores: quédese para los gran- 
des talentos elogiar como se debe 
la magna empresa del ilustre geno- 
vés y medir toda la profundidad 
de su genio. Nosotras no lo inten- 
tamos puesto que sólo á las águilas 
fué dado contemplar al sol de fren- 
te sin deslumbrarse. 

En este aniversario de los prime- 
ros descubrimientos inimitables, 
sólo os pedimos para el ilustre ma- 
rino una ofrenda que no le podéis 
negar; la ofrenda sencilla y pura de 
un grato recuerdo, para Colón el 
justo; y de una lágrima dolorosa, 
para Colón el mártir. 

Imperdonable ingratitud sería, si j 
en este acto tan solemne, olvidara- ' 



mos á los seres más queridos de 
nuestro corazón. Perdonad, seflores. 
que ante vosotros lamente la orí 
fandad inconsolable, la ausencia 
eterna de un padre adorado: la Pro- 
videncia puso término á su peregri- 
nación por el mundo, cuando sem- 
braba de ilusiones y venturas la 
senda que debían recorrer sus hijcs, 
esos seres inocentes, que con poca 
verdad han llamado "pedazos del 
corazón," porque son el corazón en- 
tero de los padres 

¡Si tu existieras, padre adorado, 
cómo se abrirían tus brazos para es- 
trecharnos contra tu corazón! ;Có- 
mo temblarías de felicidad al con- 
templarnos en este sitio! El re- 

cuerdo de nuestro padre ausente ja- 
más se apartará de nuestra memo- 
ria, y siempre estará presente en lo 
íntimo del alma su imagen queri- 
da ... . Aun nos parece que lo ve- 
mos esperando lleno de ansiedad, 
con nuestra madre y hermanos, la 
hora dichosa en que debíamos rea- 
lizar el más ardiente de nuestros 
deseos juveniles ... ¡Padre querido. 
madre adorada, hermanos del alma. 
he aquí el fruto de vuestros desve- 
los! Breves instantes correrán y ha- 
bremos obtenido un título que tan- 
tos sacrificios os cuesta; por eso, y 
como una recompensa á tanta ab- 
negación, os dedicamos éste acto 
que tan sólo sería grande para voso- 
tros. 

Querida Directora: las discípulas 
que tantos sinsabores os han pro- 
porcionado, vienen hoy á reparar 
sus faltas, haciéndoos presente su 
eterno reconocimiento. ¿Cómo y 
cuándo podremos compensar, aun- 
que en parte, los inapreciables te- 
soros con que habéis enriquecido 
nuestro espíritu? Nosotras nada po- 
seemos que sea digno de Vos; más 
como un recuerdo de eterna gra- 
titud, dignaos aceptar esta humil- 
de corona que os damos con toda 
el alma, que si pudiéramos, arran- 
cariamos una diadema de estrellas 



228 



El Ateneo Centro-americano. 



á los cielos, para ceñirla reverentes 
á vuestras sienes, en cambio de la 
solicitud maternal que siempre nos 
habéis dispensado. 

Y vosotras, amables compañeras 
de nuestra infancia, al separamos 
de vuestro lado, ignoramos que 
suerte nos guardará la fortuna; pe- 
ro á donde quiera que Jios arrojen 
los hados inconstantes, llevaremos 
grabado el dulcísimo recuerdo de 
aquellas horas felices que se desli- 
zaron en vuestra compañía y que 
cayeron en los insondables abismos 
del pasado, para no volver jamás. 

He dicho. 



INTIMO. 

A LEONOR. 



No debiera uscribirte, tengo miodo; 
Mas hoy está mi pensamiento en calma, 

Y yiKiue hablarte, por temor, no puedo, 
Quiero en iiiis versos retratarte mi alma. 

Mírala, te la muestro; ello es preciso. 
Pues el amor purísimo que encierra, 
Pugna por remontarse al paraíso. 
Libre de las pasiones de la tierra. 

Quizás no sabes lo que soy y he sido, 
Lo que en el fondo de mi ser se anida, 

Y que al amor mi corazón dormido 
No lo ha estado á los goces de la vida. 

Ignoras tú que en fiestas y placeres. 
Virgen el alma, el corazón ardiente. 
Absorto rendí culto á las mujeres 
En cambio de un laurel para mi frente. 

No sentí el amor, lo adivinaba, 

Y entretenido en su «galante juego. 
Creyendo amar, yo mismo me engallaba 
Pábulo dando de mi ment^^ al fuego. 

En medio del fulgor de los salones, 
Mis puros sentimientos adormidos, 
Sólo estuve despierto á las pasiones 
Amando á la mujer de los sentidos. 



Gozábame en fingirme la ventura, 
En mi ardoroso y loco devaneo; 
No busqué la virtud, sílaheimosura 
Para rendirle el culto del deseo. 

Así he vivido, el alma soñadora. 
En pos del ideal con que he soñado; 
Pero encontrando siempre tentadora, 
La hermosura incitándome al pecado. 

Ya desconfiaba de encontrarme un día 
Con la virtud serena y bienhadada, 
Que lejos del salón y de la orgía. 
Nos* habla en el hogar con la mirada. 

Ya no creía en el amor divino, 
Que purifica y salva y regenera; 
Mas tú en la noche cruel de mi destino 
Eres aui"ora azul de primavera. 

Escudriña mi alma! En lo más hondo 
Virgen el germen del amor palpita; 
La esiSeranza perdida que del fondo 
Se alza feliz, ahora resucita. 

Yo me puedo salvar si iú lo quieres; 
Te doy mi amor con su ternura inmensa. 

Y un culto qne no he dado á otras mujeres, 
Pues si el mismo te diese, fuera ofensa. 

Al plácido fulgor de tu pupila 
Se ilumina mi alma, no la abrasa 
Su lumbre celestial, que estas tranquila 
Qne alumbra sin quemar por donde pasa. 

No veo en tí la musa halagadora. 
Que me enciende en pasión loca y sin freno; 
Sind un ángel bañado en luz y aurora, 
Que me hace sonreír, y me hace bueno. 

Yo quisiera seguir. . . ; pero la frase 
Se queda atrás de mi febril anhelo: 
Al amor délas almas satisface 
Sólo el idioma espiritual del cielo. 

¡ Hablemos ese idioma: tú lo sabes: 
I P^ el de las estrellas y las flores; 
I El del aura, las fuentes y las aves, 

Y el de tus ojos puros, decidores! 



Román Mayoria Rivas. 



1888. 



.^ÍiAteneoCentro-americano. 



HORAS HHGRA2. 

Y EL ÍDOLO ME HABLÓ. 

DEDICADO A MI QUERIDO AMIGO 
F. A. P. 



Y pasando por delante de mí 
un espíritu, se me erizaron 
los eabellos. 

Job. Cap. IV v. 15. 

Eran las dos de la mañana. 

Los rayos de la luna llena pasan- 
do a! través de la vidriera, y daban 
una apariencia sombría y mortuo- 
ria á todos los objetos de mi ha- 
bitación. 

El primero de noviembre lo pasé 
al lado suyo y después de tomar el 
fiambre de costumbre, nos separa- 
mos con la esperanza de vernos al 
siguiente día. 

Llegué á mi pieza á las once de 
la nocne. Después de los momen- 
tos alegres que en unión de Ud. y 
de otros amigos pasara, era muy 
justo que me entristeciera el aspec- 
to sombrío y solitario de mi ha- 
bitación. 

En v^z de tomar un libro para 
distraerme, me puse á traer á la 
memoria recuerdos de otros días y 
empezaron á surgir mis ya muer- 
tas ilusiones, como le vapor escapa- 
do de una marmita al abrirla. 

Mi pasada niflez, mis primeras 
impresiones, todo, todo se apareció 
ante mí. 

Y la tristísima noche del primero 
de noviembre, en que tal vez ¡Dios 
mío!dejé para siempre una madre y 
un hogar, vino á entristecerme de tal 
manera que absorto y como ador- 
mecido por aquella idea, no vine á 
despertar sino como á la una de la 
maftana; á esa hora recordé que te- 
nía enferma el alma, una tos seca 
que hace días padezco, me conven- 
ció del poco tiempo que me resta 



229 



en el mundo, y entonces una lágri- 
ma ardiente rodó por mi demacrada 
mejilla. 

¡Oh! triste, tristísimo es esconder 
en el seno, porque nos avergonzaría 
ante el mundo, el sufrimiento que 
nos causa una enfermedad, que co- 
mo carcoma en árbol viejo, va de- 
vorando poco á poco nuestra exis- 
tencia. ¡Qué triste es ver apagarse 
por instantes la vida, semejante á 
la lámpara que á media noche le 
faltó el aceite necesario! 

Y ése temor de la eternidad, y 
ésos recuerdos de la infancia y la 
memoria de una madre bendecida 
y de un hogar adorado, postraron 
de tal manera mi espíritu, que la 
duda, la desesperación y el excep- 
ticismo con fúnebre luz, vinieron á 
alumbrar la eterna noche en que 
sin rumbo cierto vaga mi espíritu 
doliente. 

Y vi visiones terribles, y evoqué 
el pasado y todo me contestó: si- 
lencio, silencio y silencio. 



El ídolo de piedra, símbolo de 
una civilización ya muerta, que en 
mi humilde habitación conservo, 
estaba en la misma postura en que 
llegó á mi poder. Siempre con los 
brazos cruzados, sosteniendo de ro- 
dillas una media esfera. 

La postura de ese ídolo me hace 
reflexionar mucho sobre la huma- 
nidad. 

El hombre eternamente lleva en 
su cabeza no la mitad, sino un mun- 
do entero de ilusiones, de pensa- 
mientos y de ideas. 

Este ídolo representa á la huma- 
nidad con esa carga enorme, eterna, 
de que sólo se desembaraza al ba- 
jar á la tumba: la vida real. 

El eterno silencio de éste ídolo 
me hace pensar en algo como un 
destino implacable ante el cual de- 
bemos humillarnos, debemos bajar 
la cabeza. 



230 



El Ateneo Centro-americano. 



Sus brazos están doblados ¿es 
otra la postura de la desesperación? 

Ah! la humanidad camina entre 
sombras; la humanidad es una má- 
quina movida por una fuerza secreta: 
el destino. 

Y el destino es tan cruel que mu- 
chas veces nos niega hasta el pla- 
cer del placer. 

Cuando en mis noches de insom- 
nio y de meditación con la cabeza 
apoyada entre las manos, que des- 
cansan en mi pequeña mesa, vuel- 
vo por casualidad la vista á ése ído- 
lo de piedra, eternamente silencio- 
so y sin moverse jamás, se inunda 
de terror mi alma y tengo deseos 
de interrogarlo, para que él me di- 
ga algo de lo que yo no alcanzo á 
comprender, algo del porvenir. . . . 

Semejante. á la misteriosa esfinge 
que guardaba la incógnita del gran 
secreto, del gran problema de la 
humanidad, el ídolo no me respon 
de y en su presencia desfallece mi 
razón y la fantasía empieza á vagar 
por regiones desconocidas y á crear 
cuadros y á fingirse cosas que en la 
realidad no existen. 

Y entro en ese mundo de los sue- 
ños donde el hombre no es dueño 
de sí mismo; si no que es arrastrado 
á abismos inconcebibles que pro- 
ducen vértigos, y que sólo el genio 
puede espiar sin exponerse á ro 
dar por la vertiginosa y áspera pen- 
diente de la realidad. 

Mudo como el sepulcro, inmóvil 
como lo eterno, duro como la roca 
y silencioso como la nada, parece 
que el ídolo se burlaba de mis sue- 
ños, de mi desesperación y de mis 
deseos. 

Vuelvo los ojos á él para pregun- 
tarle, para que me responda; y su 
misteriosa presencia, y su cruza- 
miento de brazos, y su mundo 
siempre encima, y sus labios inmó- 
viles, y sus fijas pupilas y su silen- 
cio eterno, parece que responden y 



calman mi eterna sed y mi agita- 
ción infinita con la terrible palabra: 

NADA. 



* 

¥: * 



Y seguí soñando, soñando, y la 
humanidad pasaba en interminable 
ronda ante mi imaginación. 

Y las generaciones muertas se 
presentaron ante mi vista. 

Y pasaron otras y otras. 

Y los fantasmas de todas las eda- 
des, y cariátides de emperadores, 
de tiranos, de monstruos. 

Y mujer'ís dolientes y virtuosas, 
sabios y edades y más edades en 
movimiento sin fin, hasta producir 
vértigos, desvanecieron mi fantasía. 

y el ídolo estaba allí, siempre 
allí, inmóvil y silencioso, viendo 
cruzar la marcha triunfal de la 
muerte. 

Y parecía mover sus labios, y sus- 
pirar, y lanzar á la eternidad la ho- 
rrible palabra 

NADA ., ! 

* ♦ 

Y seguí soñando, soñando. . . 

Y me asomé á un pozo profundo, 
profundo y en .su fondo no se retra- 
taba el cielo porque era negro co- 
mo las tinieblas. 

Y ninguna vegetación y ningún 
ruido se oía, sino silencio y silencio. 

Y pregunté al abismo. 

Y el ídolo estaba en el fondo, 
siempre mudo, siempre inmóvil y 
parecía burlarse de mí y lanzó la 
terrible palabra 

NADA. 






Y seguí soñando, soñando. 

Y era un festín inmenso, inmenso. 

Y todas las mujeres bellas de la 
tjerra se juntaron allí. 



El Ateneo Centro-americano, 



231 



Y todos los hombres hablan y 
formaban algazara en el inmenso 
festín. 

Y el genio del mal rodeaba de 
materias inflamables, y minaba el 
gran edifício. 

Y en danza vertiginosa todos los 
hombres pasaban la noche. 

Hasta que un sol pálido y triste 
venía á alumbrar los restos del gran 
festín. 

Y entonces el genio del mal, to- 
mando una brasa de los abismos de 
fuego del infierno, la arrojaba sobre 
toda la materia inflamable. 

Y de súbito estallaba horrible es- 
trépito, confundido con lágrimas, 
con suspiros, con maldiciones y con 
quejas que ensordecían el inmenso 
espacio. 

Y la humareda del incendio obs- 
curecía el cielo y en el fondo sin 
fin del horizonte obscuro, el ídolo 
parecía burlarse de mí y repetir la 
terrible palabra 

NADA. 



* 



Y seguí softando, soñando. 

Y en un vaso descomunal vi ver- 
tidos todos los placeres. 

Y una virgen pálida, triste y de 
verdes ojos, me invitaba á apurarlo. 

•*Toma, me dijo, clamor de todas 
las mujeres bellas, la sabiduría de to 
líos los sabios, el goce de todas las 
riquezas, el universo entero conden- 
sad© en ésa gran copa te ofrezco: 
apúralo. 

Y probé el licor y un sabor á 
eternidad halagó mi paladar, y be- 
bí y bebí hasta consumirlo. 

Y el licor relajó mis miembros y 
me desmayé y caí sin sentido. 

Y desperté con un aturdimiento 
infinito, y con el hastío enseñorea- 
do en mi alma. 

Y cansado y próximo á un nue- 
vo paroxismo, elídolo se apareció 
á mi vista y me habló, siempre in- 
móvil 

NADA. 






Y soñé, y soñé. 

Y la humanidad tomaba un in- 
menso tren y ocupaba todos sus 
carros. 

Y el conductor era un hombre 
sombrío, y la fuerza del tren muy 
grande. 

Y al través de las miradas del 
conductor se adivinaban sus instin- 
tos de destrucción y de muerte. 

Y el tren tenía miles y miles de 
fuerzas. 

Y la humanidad entera camina- 
ba en él. 

Y aquel hombre terrible le dio 
todas las fuerzas al tren infernal. 

Y vi hundirse aquel tren en el 
infinito profundo de los mares con 
aquella inmensa porción de carne 
humana. 

Y el conductor con alegría histé- 
rica y salvaje lanzaba una inmensa 
carcajada que hacía conmoverse al 
abismo. 

Y en medio del estremecimiento 
universal sentí inmenso pavor. 

Y vi flotar el ídolo en el espacio, 
repitiendo, siempre inmóvil la fatí- 
dica palabra 

NADA 

Y soñaba, y soñaba. 

Y era un gran anfiteatro. 

Y sobre la gris mesa de mármol, 
estaba tendido un cadáver dur- 
miendo el sueño de la nada. 

Y el afilado escalpelo, y la raja- 
dora sierra y el triturador ostesto- 
mo, como demonios al ser\'¡c¡o de 
lo desconocido, me llamaban. 

Y el deseo de conocer el secreto 
de la vida me atrajo. 

Y dividí la piePy el horrible chi- 
rrido que producía al romper las 
carnes el escalpelo, me desvanecía. 

Y la sierra en vaivén intermiten- 
te y con sonido infernal rompió el 
cráneo. 



232 



El Ateneo Centro-amekicano. 



Y el escalpelo buscó el secreto 
de la vida. 

Y contemplé frente á frente el 
cerebro muerto é inmóvil. 

Y el silencio de la eterna nada 
iluminó las células cerebrales. 

Y de entre aquellas miríadas de 
átomos surgió el ídolo siempre in- 
móvil, repitiendo 

NADA.... 



4c 



Y seguí soñando, soñando. 

Y era un gran abismo alumbrado 
por un sol pálido. 

Y un hombre muy fuerte les sa- 
có el corazón á todos los hombres. 

Y fué apilando aquellos corazo- 
nes en la llanura de tal manera, que 
el inmenso montón desafiaba al 
cielo, como una montaña. 

Y me llamó aquel hombre fuerte 
y me dijo: despeña esos corazones 
en el abismo. 

Y yo los tomé uno á uno. y los 
arrojé al fondo. 

Ah! qué sonido el que producían 
al rodar por aquella vertiginosa 
pendiente. . . .! 

Arrojé, arrojé corazones .... has- 
ta el último. 

La honda sima no se llenó y éso 
me causaba tristeza .... 

Me senté meditabundo á la orilla 
del abismo y del fondo surgieron 
miradas de víboras. 

Desfallecí de terror. 

Una voz me sacó de aquel des- 
fallecimiento. 

"Huye, me dijo, esa es la huma- 
nidad." 

Y vi en el fondo del hervidero 
de víboras. 

Y allí estaba el ídolo, siempre fi- 
jo, siempre inmóyil, repitiendo 

NADA, SIEMPRE NADA! 

Guatemala, 1888. 



HASTIO. 

[fragmento de un poema, deiucado a 
querido amigo 

DON FABIÁN A. PÉREZ.] 

I. 

Las parejas al fin se sf-paraii 

Después i\v la oj-;jía. 

Y en tropel cual fantasmas que huyen, 

Ru paso encaminan 

A la calle do apenas la aurora 

El mundo ilumina; 

Y las nifías aj)enas s<' íunov»!! 

Cual fl. 
Ya por fin el tro p« . 

Y voen una siila 
En obscnro rincón reflexiono 

Cua! pasa In viüa, 
Gomo nombra, cual débil suspiro 

Que lleva la brisa. . . . 

Y cansado, c*)n sed v doliente, 

Después (le la orgía 
Me encamino á mi casa pensando 

(¿uetoi! * -tía. 

Que no hay diinza <, ni nada 

Que hal..;.... i... vida, 
Que un cadáver que llevo en el pecho 

Apenas palpita, 
Que mi Aierxa vita! ya se acaba 

Cual hoja' nía rchita, 
Como el último rayo que lanra 
La muerta pupila. 



n 



Entre negras V * !i>. 

En la mano d. 

De 

Melancólicos • 

Mu> lo 

Y I06 párpado- mío 

S<>mbrea<io« de negro, 
Como inmóvil rstattm «í** inárniol 



Una nocí 1 
Deedeent 



iK'oe 



Amargan . . 

Couvirtieiiuu un nin-ne cu »if»Vfl< 



— Descarnado esqueleto, ¿qué quieres 

Que >w--;i>i Tufras? 

Házte aun la «I alma, 

Tn- , as. 

¿Ercf tú^ por \ • u^un trasgo, 

Una al<l¡ta 

O fantasma s<imlHrío que al suefio 

llorrorea inspira? 



El Ateneo Ce ntro-amer i cano. 



ir.iv.- v-^í*. nie íwombra tu rostro, 
'^íi pecho palpita; 
- un {rcnio que anuncia 
l>e«gracia8 y ruinas! 
N «4«, endrÍMK" ;.por qué me maltratas? 

. ' --í me miras?. . . . 

—Porque h >er compañero 

ÍK*í«pnúj4 de la orgía 
Mé v«vte eme roe siento á tu lado 

Y UDarigo tu dicha: 
Mi poder misteríoHO, ¿no sabes 

Qoeftl mn»í'1'. 'I—nina? 
"^o me llama I : i>rc8 

iiiflerno Icscsii' < ha. 



TTI 



\'eo el clol' 
V lasflon^ 



■ian 



del uiuic. , M) 

liugtf Im («iriiH'tiUi 
'• 1ci« hombres <|U«» fKiMiin la vida 
Kii dsnxiui y fiesUs^ 
> iiisdrv (|ue Ihim á siui hijos, 
<^e están <'n la hiieita; 
i Vi mendiM que pidt* liimisna 
Con fkx mscilenta; 
K 1 11 virKen que liors ennAsdA 

Su liiiK'fta Ih'IÍl'ZS; 

m- lii* ¡mi.! tan el frío 

.) jiifrs, 

Del bipóoriu vil quc< calumnia 
Eti tanti) que n'zu, 

'VUAU«\' ' •• en las eslíes 
> Tes ostentan. 



•ndeeear 



i >éná» esU ki venhid que yo busco 

Queel !''•'"• '"iiMuela? 
I ji virtud, ¿por s umillada 

U ft^ L-a? 

I 'or qaé el dés| » ' cu sus víctimas 

Sanirr . bs? 

*l\irqiiéeoi> - malos 

{^ anegan? 

¿INir qjVéeQiren oniemuMite las almas 

Mensibles y buenas? 

1 sude «rtii» PÍrovi«Íencia infinita, 

Que solos nos dejas 
\l Terdogo ▼ sos víctimas tristes 

l¿n ruda contienda? 

IV. 



nno.sa, ¿cómo te llamas*? 
h. vienes ¿A dónde vas? 

N.> le ronotco. ¿«lime quién eres? 
,.(M:í!e8tu afán? 

la, tus ojos brillan 
. luz sepulcral, 
Triste retoem»s tus manos lívidas, 
¿A dónde vas? 



233 



—Soy la que busca tu alma afligida, 
En mi encerrada la dicha está: 
Soy el misterio desconocido 
Yo soy verdad. 

Traigo el secreto de hacer felices 
A los que hiere la realidad, 
¿Quieres seguirme? Dulce consuelo 
Tu alma hallará. 

¿Cómo te llamas, pálida virgen? 
Díme ¿tú acaso me engañarás? 
Díme quién eres? y entonces mi alma 
Te seguirá. 

— Toma si quieres, toma el remedio, 
Porque mi nombre no lo sabrás; 
Te abro mis brazos donde felice 
Descansarás. 



— ¡Oh! tú me engañas, virgen hermosa, 
Dudo en tus brazos la calma hallar! 
¿Por qué no dices cual es tu nombre? 
¿Por qué callar? 

— Mísero ciego! sigue en el mundo 
Sufriendo siempre tu eterno mal: 
Soy el SUICIDIO, cuando me busques 
No me hallarás. 



¡Oh! no te vayas, aquí te espero. 
Pálida virgen ¿por qué te vas? 
Ven no me dejes entre tinieblas. 
Mi alma angustiada te seguirá. . . 



Cuando los duelos hórridos 
Mi pecho despedazan, 
Cuando la pena lívida 
Mi alma obscureció; 
Cuando me siento trémulo 
Y los placeres me huyen. 
Cuando la negra duda 
Me aleja hasta de Dios. . . . 
Cuando en mis noches lóbregas 
El pálido suicidio 
Halaga mi razón. . . . 



Entonces yo busco, tenaz, con anhelo 
Distraer esta pena que llevo sin fin, 

Y busco la orgía cual dulce consuelo 

Y en un torbellino me olvido de mí! 

Porque ¡ay! estas horas fatídicas, tristes,. 
Me llenan el alma de miedo y terror; 
Haced mucha bulla, mi mente resiste 
Hallarse con eso que llaman dolor. 

Wernek. 



234 



El Ateneo Centro-americano. 



Educación dsl Sentimiento 



Un pueblo, como un individuo, que 
no sienta y admire lo noble y lo 
grande, es un pueblo sin porvenir. 
Pueblos cuyos ciudadanos no sien- 
ten latir de^entuhiasmo su corazón 
al relato de las legendarias hazaflas 
de sus antepasados; que no se ex- 
tren?ezcan de placer, de ternura, de 
amor, al son de la lira de sus vates; 
que no prorrumpan en expontáncos 
y frenéticos aplausos ante las ma- 
gcstuosas creaciones del arte dra- 
mático; que no admiren las inmor- 
tales creaciones sobre tosco lienzo 
producidas por el eximio artista ó 
el informe bloque de marmol trans- 
formado, por creación soberana ba- 
jo el cincel de nuevos Fidias; que 
no lo arrebate la elocuencia de In 
tribuna y no lo conmuevan los ,ircn- 
tos del dolor ni los actos de .< 
gación y de heroísmo, es un ¿^-^ 
blo degenerado, sin alma, sin fe, sin 
gloría ni grn V . 

No es nci recorrer muchas 

páginas de la Innturia, c^a eterna 
maestra, para convencerse de ello. 
Véase la Grecia; cuando el corazón 
de cada uno de os era un al- 

tar donde se reí iio á lo noble 

y á lo bello, en todas sus múli 
formas; cuando las palabras p.i;i.... 
arte, heroísmo, los arrastran frcnc^. 
ticos al i • '• i losjuc 



gos Olii 



Apeles 



al Pórtico ó al Ateneo, Grecia fué 
grande y envidiada. Cuando todo 
era indiferencia, cuando el entusias- 
mo estaba yerto, cuando la /aírüi 
4*ra donde estaban bien, Grecia cae 
para siempre. 

^Y Roma? Contémplesela arreba- 
tada por el hcroismo de Lucrecia, 
arrojar á sus tiranos, honrar á Cin- 
cinato, admirar á Cicerón y á Vir- 
gilio, y ser la seAora del mundo; 
cuando ni el arte, ni el patriotismo, 
ni la elocuencia conmovían á sus 



hijos, juguete de sus emperadores. 
Roma cae deshecha balo las hordas 
salvajes del Norte. 

Continúese recorriendo sus pági- 
nas y se verá que no subsiste na- 
ción alguna cuando muere el entu- 
siasmo, la fe y el amor á todo lo 
grande, noble y bello. 
i ¿Dónde se despiertan esos senti- 
mientos.^ ¿Dónde se les forma y da 
vida.^ ¿Dónde se forma todo, el co- 
razón, la inteligencia, el cuerpo? En 
la Escuela. Si, á los instructores de 
la niñez, á los Maestros, les corres- 
ponde la tarea, tarea que debe lle- 
narles de orgullo y satisfacción. 

No son, nó, los repetidores me- 
cánicos de conocimientos abstrac- 
tos. Pónganle a la par del r>iAo, 
entusiásmense á la par de él, há- 
P^nle sentir lo bello, despreciar 
lo mezquino y vil; eleven sus sen- 
timientos á más altas regiones, des- 
cúbranle horifontcs ignotas toda- 
vía |>ar.! \nqucnle e^ apatia 
é indifc :.: !4ue á veces le domi- 
na, sean los Prometeos modernos, 
animen á eias bellas estatuas como 
Pigmalión á Galatea y serán los pri- 
meros en recoger los frutos de su 
labor. 

La Patria necesita ciudadanos que 
rindan culto á ! timientos oue 

digniñcan ^\ >< ano, para ha- 

cerla más grande de lo míe ya es; 
necesita ^'•"'''•- en un molde común 
á esas i ( « coainopolitas que 

llegan a s.^s playas y cae molde es 
la Escuela; hagan los Maestros que 
de ese crisol salga, como el hierro 
liquido de los altos hornos, libre de 
impurezas, fuerte, entusiasta, digna 
é inteligente, una generación que 
lleve el nombre patno á esferas más 
elevadas coronado de vivos resplan- 
dores. 

He aquí la parte más noble de su 
misión: no basta que le enseften á 
calcular, ni que sepa las leyes de la 
gravedad y del péndulo ni por qué 
late su corazón, ni qué sensaciones 
transmiten los nervios, no: hagan. 



El Ateneo Centro- 



AMERICANO. 



235 



I, que palpite con sus narraciones, 
00 M propio entusiasmo: formen 



•<t . . . 

con M propio entusiasmo; formen 
booibfcs, DO lólo que sepan y pien- 
foi, ibio que tienUn. 

If o crean que para ello sea nece- 
mgio convcrtifie en otros Tirteos, 
ni hacer de U tarima de su clase 
una tribuna de arengas, no; á cada 
Maato iin esafeíadoncs, ni súbi> 
«airebaloa, én descuidar ni un 
mocnento las matenat de su prog^- 
ma, puaden dirigir tu espíritu hacia 
taa vcidadcfü níentet donde beben 
toaatpaa pfMlagiadoa sus divinas 
inapiracionca; ancaaiincnle por la 
aaMá« np muy trillada por cierto, 
doada te hallan los goces sublimes 
dal a^plfiío, arrancándole de los de 
la malcHa; ensénenle que el primer 
i«r da hi craación, conserva en si, 
como chispa sagrada, el don de 
crear auc el camno del aiic es in- 

o. No 

i»v«* *!*•*. ««u^mí •••»»y ti. jsJÁ ios 

antot: natufaleaa exhuberante, 
poesía, arte, porque los ofrece la 
natria. Y el campo es aun mis vas- 
^ »ido de la locomotora, al 
tr%k ■ Ampos antes salvajes, 
rogreso que con- 
uevc aj mas «pático; en la resolu- 
.^ de la Incógnita de algebraico 
/>blcma halU emociones ignora- 
i%cl malcmático, y la estela que 
ia la nave en la móvil superficie 
licl agua, la estrella que titila á mi- 
llones de legua» de nosotros y el 
gusano de lut. que como fuego fa- 
tuo» crusa en las calurosas noches 
I de verano, son poemas que guardan 
tesoros de emociones sublimes al 
qoe los proíundiía con el amor de 
la ciencia y de la verdad. 
Y tras esto ensénenle la imagen 
de la patfia, que ellos engrandece- 
rán con su talento, sublimarán con 
sus virtudes y harán respetar con su 
\-alor. y de ese núcleo de pequeños 
i ulétá el soldado noble y vale- 
qtt la defienda, el poeta que 



de sus héroes, el pintor que las ha- 
rá informes en sus lienzos, el inge- 
niero que abrirá el seno de sus mon- 
tes y canalizará sus llanos, y por fin, 
esa falange, más obscura, pero no 
menos digna, de obreros del pro- 
greso, que con el martillo, el arado, 
y la escuadra, lleva cada una su gra- 
no de arena al monumento de la 
grandeza nacional. 

B. J. Mallol. 



SL CARPINTSHO. 



_ fflorias, el escultor que 
iífb;;n'e piedra tallará las estatuas 



Alta la frente de sudor bañada, 
Revuelto el pelo, la mirada pura, 
La blusa del país medio rasgada, 

Y el mandil suspendido á la cintura. 

Incansable, tenaz! En su alma ardiente 
Siempre t,niarda el embrión de alguna idea: 
Ora toma el compás, y entonces siente! 
Ora toma el formón, y entonces crea! 

Y siempre así! Cuando la aurora brilla 
Solloza la garlopa barnizada; 

Y se despierta el sol, y huye la astilla 
Cual cinta de marfil arrebolada. 

Es su pobre taller santuario inmenso; 
El trabajo es el Dios allí ensalzado; 
I^ madera aromática, el incienso. 
El sacerdote, el corazón honrado. 

Y ese hombre humilde que con tanto anhelo 
Trabaja, sin rencores, sin envidia, 

Tiene amor á las glorias de su suelo 

Y por la industria de su patria lidia. 

A su rev, el deber, le da cariño; 

Y da del inundo á la tenaz batalla, 
Ora la cuna donde llora el nino. 
Ora la urna donde el hombre calla. 

Es un mago sagaz de alma sincera 
Ouecon afanes duros y prolijos, 
Convierte las migajas de madera 
En migajas de pan para sus hijos. 

Y con la blusa azul medio rasgada, 

Y arrollado el mandil en la cintura. 

Torna uego al hogar .cuando cansada, 

La pupila del sol, yá no fulgura. 



236 



El Ateneo Centro-americano. 



Y su hogar es muy pobre pero santo! 

Porque en él, ahuyentando la tristeza, 
La palabra República es un canto 
Que ofrece un porvenir á ia pobreza! 

Y á ese hombre huinilde qus con tauto anhelo 
Trabaja sin rencores, sin envidia, 

¿Un premio negará su patrio suelo? 

¡El por la industria de su patria lidia! 

Ah! dadle fuerzas! Que la ardiente gloria 
Ceda un laurel al corazón sencillo! 
¡Que se convierta en himno de victoria 
El rudo resonar de su martillo! 



Su alma es de esas almas generosas 
Que sedientas de luz, viven, palpitan! 
Y esas almas así, son cual las rosas: 
O les dais luz de sol, ó se marchitan! 

José M. Bustillo. 



Archivo Naeional de (üeneías y Letras. 

REFLEXIONES 
A LOS LIBROS DE ELOCUENCIA 

IȟR 

Fray Matías Córdova. 



§VH. 
De las demás pasiones. 

Estas son las pasiones principa- 
les; las demás parecen efectos ó 
grados inferiores que sólo se clasi- 
fican según la diferencia de los bie- 
nes y males que atraen, ó repelen. 
No siendo cosa que nosotros no 
conozcamos y sintamos, es de creer 
que una escrupulosa definición y 
división, sólo serviría para pertur- 
bar en cierto modo su orden y obs- 
curecer su claridad. Pongamos uno 
ú otro ejemplo. 

Los celos provienen del amor, la 
envidia del odio, la audacia de la 
esperanza. El deseo es una espe- 
ranza imperfecta que no incluye 
necesariamente la posibilidad, y es 



como la primera acción del interés 
hacia el objeto apetecible. La mis- 
ma esperanza cuando por la vehe- 
mente consideración del bien, infun- 
de cierta dulce imp^^cienríp^ ó in- 
quietud, suele llamarse deseo. 

El temor es el principio de la 
desesperación. Cuando la inutili- 
dad de ios conatos ha equilibrado 
la esperanza, ó suma de bienes, ni 
bien esperamos, ni bien desespera- 
mos. Acaso siendo mayor la suma 
fatal, el interés cuenta con una 
sombra de consuelo, que consiste 
en trabajar por persuadirse, que 
tal vez existe algún arbitrio que no 
se ha meditado, ó conocido; pero 
que es posible que surta efecto. 
Acaso también, siendo mayor la 
suma favorable, el conocimiento de 
la extensión del mal puede contra- 
pesarla. 

La vergüenza no es mas que una 
tristeza causada por un mal relati- 
vo, y al contrario la satisfacción. 
Catilina en la primera inventiva de 
Cicerón, hubiera querido tener el 
anillo de Giges. Julio César, si hu- 
biera estado oculto oyendo la ora- 
ción por la vuelta de Marcelo, hu- 
biera deseado que todos le hubie- 
ran descubierto y conocido. 

LECCIÓN IIL 

DE LA INVENCIÓN. 
I."* PARTE DE LA RETÓRICA. 

§1. 

De las pruebas. 

No se va á tratar de la invención 
según comprende todo lo que hay 
que tratar en la retórica de que ha 
parecido dar alguna idea con la po- 
sible concisión, y claridad; sino se- 
gún la acepción más común y vul- 
gar. De esta manera es una de las 
partes en que se divide la doctrina 
de la moción, á saber, Invención^ 
Disposición^ Elocución y Acción. 



El Ateneo Centro-americano 



237 



La pnmera parte de la Retórica, 
óc\ primer oficio de Orador, es ma- 
nifestar las relaciones que tenga el 
asunto con la razón de mover; ó 
manifestar su utilidad, lo que no 
podrá conseguirse sin haberlo me- 
ditado. Hallar, pues, por medio de 
una seria consideración las relacio- 
nes C5 lo que decimos invención, 
su producto son las pruebas. 

Comprenda las pruebas el pue- 
blo^ es decir, vea claramente la co 
ncxión con lo útil. 

fSéam nurvas. Lo serán si pudien- 
\ haber ocurrido, hasta decirlas el 
rador ocurran: si se le manifiesta 
toda la extensión de las relaciones, 
y sise proponen con alguna fórmula 
anas oportuna que las vulgares. 

Las pruebas son agenas ó son 
¡ opias Para lo primero se necesi- 
ta lección de los autores que trata- 
ron de la materia, y meditación pa- 
ra lo segundo; no siendo consuma- 
do, en esta parte, el que no practi- 
que lo uno y lo otro. Las pruebas 
agenas, cuando no .se expresan ci- 
tando sus autores, se desfiguran de 
tal conformidad que parezcan pro- 
pias sin que se pueda atribuirá pla- 
gio. Ejemplo de lo primero: Co7t só- 
lo el semblesntc^ dice Cicerón, se ofen- 
dí muchas veces la piedad. Ejem- 
plo de lo segundo. Es tan delicada 
)a piedad quc^ una breve interrup- 
ctón de los obsequios, es íin agravio 
positivo. 

Conviene para la invención re- 
correr los lugares retóricos, pues su- 
ministrando acopio de argumentos, 
es fácil hacer elección de los más 
fuertes. Si, por ejemplo ,se quiere 
hacer una declamación sobre la Re- 
tórica, se buscarán las pruebas por 
los lugares siguientes, y las com- 
plixiones ó consecuencias deter- 
minarán el género de la causa. 
Puede concluirse qi4e es digna la Re- 
tóriea-. que es útil comprenderla-, que 
es injusto reprobarla. 



II. 



Lugares Retóricos. 

I. La definición. Por la definición 
del hombre: es útil al hombre 
cuanto perfecciona loque le distingue 
de las bestias; asi es la Retórica etc. 
Por la definición de la Retórica: los 
que niegan la utilidad de la facultad 
de persuadir, no pueden persuadirlo 
por falta de ésta facultad, de donde se 
infiere que injustos sean en fugarla. 
Por la definición de lo útil: útil es lo 
que conduce al fin: luego es útil la 
Retórica pues conduce al fin para que 
se nos dieron las palabras. 

II. La división. Apenas hay lu- 
gar más abundante, más á propósi- 
to para el orden, ni que más con- 
tribuya á la claridad y auxilie la 
memoria. Por división entiéndanse 
todas las numeraciones de partes. 
Cada parte puede suministrar un ar- 
gumento divisible en otros tantos 
cuantas sean las partes de la sub- 
división. División de las partes de 
la facultad: hallar razones para ha- 
blar con fundamento, propo7ierlas con 
orden y expresarlas con elocuencia 
y claridad es útil, esta es la Retóri- 
ca etc. División por parte del suje- 
to. La Retórica es útil en la juven- 
tud, en la vejez^ en la felicidad y en 
el infortunio etc. 

III. La etimología. No sacándo- 
se de este lugar argumento de igual 
valor en todos los asuntos, será ma- 
nifestar escasez de pruebas, el ha- 
cer mucho caso de un nombre que 
se pondría por casualidad. Ejem- 
plo. Elocuente quiere decir el que ha- 
bla', de donde se infiere que la facul- 
tad que 710S hace elocuentes nos da 
una cualidad de tal naturaleza que 
quien no la posee se puede dectr que 
no habla. 

IV. Los conjugados. Este lu- 
gar es como el antecedente. Ejem- 
plo: la elocuencia debe persuadirse 
por un elocuente: luego su mérito es 



238 



El Ateneo Centro-americano. 



tan grande que no es lícito á cual- ; 
quiera tratarla según su dignidad. j 
V. El Genero. Es tan abundan- i 
te que se debe encargar su mode- 
ración: siendo poco ventajoso al ' 
concepto del asunto una morosi- 
dad que parezca repugnancia para ; 
entrar en materia. Ejemplo: las ar- I 
tes, particularmente liberales, son \ 
útiles: luego de la misma suerte la \ 
Retórica. A este lugar parece cor- 
responde lo que llaman reducir la 
hipótesis ó tesis, ó la cuestión fini- 
ta á infinita, ó lo que se llama lu- 
gar común. 

VI. La especie. Supone este lu- 
gar al antecedente. El arte que su 
jeta lo que se hace invenñble por el 
arte, es útil, ésto sólo se puede afir- 
mar de la Retórica. 

VII. Las causas. Material: lo 
que pide un inatcrial útil, es útil. 
Cuando lo que se alaba es de mate- 
ria vil, esta se calla y se habla de la 
forma; ó se expresa la una para pon- 
derar el mérito de la otra. Causa 
formal. Loque hace valer las cien- 
cias útiles, es útil. Causa eficiente: 
La Retórica se origina primeramen- 
te de Dios, después de la naturaleza 
y del estudio: luego el efecto dr estas 
causas debe ser útil. 

VIII. Los efectos. Ani-^uir ios 
ejércitos, castigar los delitos y ensal- 
zar la virtud son efectos útiles de la 
Retórica. 

IX. Los antecedentes y consi- 
guicntes. Hacen dos argumentos 
como las causas y efectos: es útil 
la facultad que antes de aprenderse 
tiene ocupados d los jóvenes en el es- 
tudio de la moral, de la historia etc. 
V después los empeña honrosamente: 
de esta naturaleza es la Retórica. 

X. Los ajuntos ó circunstancias 
{*) Quien: fué cultivada por los 
hombres sabios. Que cosa: Es com- 
pañera de la justicia, del orden, de 
la inocencia de las grandes almas. 

\*) Quis, quiíl. ubi, ciir, quomodo, quando, 
qnibus, íiuxilius. 



En donde: tuvo aceptación entre 
hombres que no era fácil engañar 
por ser sabios y justos. Por qué: por- 
que el verdadero elocuente ?io busca 
sutilezas etc. De qué modo: La es- 
tudiaban C071 mucho conato: Cuando: 
en tiempo que no necesitaba mucha 
La verdad para ser atendida' Con 
qué auxilio: sin tener los conocimien- 
tos que nosotros tenemos y ellos in- 
vestigaron: debe ser pues muy útil 
la Retórica. 

XI. La comparación. Debe ser 
de igual á igual ó de menor á ma- 
yor, es decir que haya mayor ra- 
zón de concluir ei intento en que 
se busca la comparación. Los auto- 
res ponen de mayor á menor v. g: 
a Cicerón siendo de tanta autori- 
dad era útil la elocuencia etc. De me- 
nor á mayor: d los que escriben cosas 
frivolas ayuda la Retórica-, luego d 
los que escriben asuntos graves. De 
igual: d los que tienen una situa- 
ción como la nuestra es útil etc. De 
este lugar se sacan las pruebas de 
ejemplo: á Cicerón fué útil para 
los ascensos etc. También perte- 
necen á este lugar los símiles como 
describir al zénro y hacer después 
la aplicación á la Retórica. Es in- 
creíble la fuerza de estos argumen- 
tos. Para convencernos, finjamos un 
lejislador que crea no ser lícita la 
pena capital. Con ai^emejar exacta- 
mente el cuerpo humano con el 
político, á los malos individuos con 
la parte acancerada, á los jueces 
con el cirujano, y á la ley con la 
mutilación, convenceré que es líci- 
ta la pena de la vida. La deseme- 
janza que es contraria al símil de- 
be reducirse á este lugar, v. g: es 
molesta una expresión grosera lúe 
go (te. En suma las comparaciones, 
los ejemplos, los símiles y disími- 
les se pueden reducir al lugar un- 
décimo. 

XII. Los repugnantes. Decir que 
la Retórica conduce al fin de la ex- 
presión; pero que no es útil, es decir 
que es útil y no es útil. 



El Ateneo Centro-Americano. 



239 



Los demás lugares no son fruto 
de una atenta meditación como los 
antecedentes. Son siete: I. La auto- 
ridad. II. Los juicios que se hicie- 
ron antes. III. La fama. IV. Las 
Leyes. V. Los tormentos. VI El ju- 
ramento VIL Los testigos. 

El padre Pomey en su Nuevo 
Candidato pone dos modos de ha- 
llar argumentos. Primero por nom- 
lifcs adjetivos. Segundo, por los 
objetos íj icsentan á la vista. 

Son pueri. - invensiones y só- 

lo pueden servir para hacer chan- 
zas canoras, como dice Horacio. 

^: iii. 

Ampliación. 

A la invención corresponde ha- 
llar como amplificar los argumen- 
lot; y para que sea ütil la lección 
de los autores sobre este capítulo 
en que hay alguna confusión, es 
preciH'o advertir que hay tres géne- 
ro» de amplificación y que no todos 
los preceptos de los autores son 
adaptables á todas. La primera es 
amplificación de invención que no 
es otra cosa que la copia de prue- 
bas de que se ha hablado. La segun- 
da es la del período que son cier- 
tastas adiciones oportunas para lle- 
nar armoniosamente la expresión. 
La tercera, que podemos llamar de 
entusiasmo, consiste en un cúmulo 
de ideas accesorias con que el Ora- 
dor procura detener al oyente me- 
ditando la grandeza de la cosa. La 
primera tiene por límites la oración. 
La segunda y tercera, tal vez un só- 
lo período. De estas dos se darán ¡ 
des ejemplos: Primero. Cuando Ci- 
cerón usó de los adjuntos, de nega- 
ción y afirmación de causas en Ja 
ox^ú6xiporlege manilia por decir: 
;/;/ modo de pensar me ha privado el 
- scnte honor entonces hizo una 
amplificación periódica. Segundo 
Cuando dijo: Domaste unas gentes 
por su fiereza bárbaras, por su mu- 



chedumhr- innumerables por los lu- 
gares infinitas, por todo género de 
víveres abundantes en vez de decir: 
Fué grande tu victoria hace una 
amplificación de entusiasmo. La so- 
lución del siguiente problema su- 
ministrará muchos ejemplos, sin em- 
bargo que no se deben creer dignos 
de proponerse para modelo. 

{Continuará,) 



UM BESO TELEFÓNICO. 



—¡Hola! 

— ?Qui6n llama? 

—Soy yó. 
— ¿Con quién hablo? 

— Con María. 
— Guárdete Dios prenda mía. 
— Más alto. 

—¿No entiendes? 
— Nó. 
—Anoche soñé contigo. 
—Sigue, 

Y tú ¿pensastes en mí? 
— Un poco. 
¿Me quieres? 

— Sí 
— Que oigo muy poco te digo. 
—¿Estás sola? 

—Como un hongo. 
—¿Y tu madre? 

—Salió á misa. 
— Me alegro. 

—Mas date prisa, 
Que ser breve rae propongo. 
—Habíame de amor. 

— Hablemos. 
Mi padre me dijo ayer: 
«Esto ya no puede ser». 
¿Nos casamos ó qué haceniOH? 
— Ne te oigo. 

—Que mi papá 
Dice que la temporada, 
Le parece muy pesada, 
¿Lo vas entendiendo ya? 
-Dos ó tres frases, María, 
Hecazado 

—Si tu amor 
Es tan poco cazador, 
Vas á errar la puntería. 
Contesta, pues. 

—Mi lucero, 
Sólo puedo contestarte^ 
Que sin verte y sin hablarte 
Yo no vivo, desespero, 

¿Oyes? , , 

—Prosigue hasta ver... 



;4o 



El Ateneo Centro-americano. 



— Si yd puíJiera lograr 

Que ine llegases á amar 

—¿Cómo? 

— Como una mujer 

Ya te entiendo. 

— ¡Qué serenal 
Y con mi cariño u£ana, 

Sin pensar en el mañana 

— Lo que te dije:— no suena. 

— A ver ¿Me amara? 
Esto HÍ, 

— ¿Me olvidarás? 

— Eso n6. 
^^Pues dame una prueba 
¿Yo? 
¿Pero cómo? 

— Desde ahí; 
Acércate al aparato 
Cuanto puedas. 

—Me acerqué. 
— ¿Vas á oirme? 

— Prolíaré 
Es cosa <le \yoco rato. 
Pon la lx)ca, te lo pido, 
Cual si habíalas. 

¿Y á qué es 680? 
—¿Gistes? 
— Vn estallido. 
¿Y Á qué le ha w)nadr»? 

— A l)eso 
— ¡(íracias il Dios que has oidol 

Maniel del Palacio. 



OROJSICA. 



ravia, después de rendirle nuestras 
gracias por tan valioso objeto. 



* 
^ * 



La Academia Guatemalteca. 
— Esta respetable asociación ha or- 
ganizado el personal que debe ocu- 
parse de los estudios biográficos de 
nuestros hombres de letras. Gracias 
á tan honrosa tarea ya no conoce- 
remos sólo de nombre á los prínci- 
pes de nuestra literatura. Bravo por 
la Academia. 



* 



"Algo más sobre idealismo y na- 
turalismo*' y "E! verdadero realis- 
mo/' es el título de dos artículos 
que trae £/ Repertorio Saivadortño 
debidos á la pluma de los señores 
Delgado y Castañeda. Dignos de 
sus autores, estos artículos son con- 
tinuación de los principios litera- 
rios que sostuvieron en la recepción 
del seftor Delgado. 



Excitativa.— La hacemos á los 
seftores miembros del Ateneo, por 
encargo de la Junta Directiva, pa- 
ra que concurran á la próxima reu- 
nión, que se verificará en la noche 
del jueves 6 del presente, con ob- 
jeto de tratar asuntos que intere- 
san al porvenir de la sociedad. 



* 



Bibliografía.— Elegantemente 
impresa, recibimos á última hora, 
la obra titulada **La Administra- 
ción pública ó curso de derecho ad- 
ministrativo" que obsequió á la so- 
ciedad, nuestro amigo el seftor so- 
cio. Licenciado don Antonio Gon- 
zález Saravia. Obras de esta natu- 
raleza honran no sólo al autor sino 
á su patria. Felicitamos al seftor Sa- 



Conferencia.— El jueves 6 del 
corriente la leerá el socio seftor 
Cuellar, y versará sobre la utilidad 
del estudio de nuestra literatura 
anterior á la InH'P'^n'h'nria. 






Los filatélicos por 0,25 cen- 
tavos, y en sellos postales sin usar 
de las Repúblicas de Centro-Amé- 
rica, pueden obtener por un afto la 
interesante publicación mensual T¡u 
Bagder que edita N. E. Carter-Box 
314-Delaware, Wis, EE. UU. Trae 
anuncios de comerciantes y colec- 
cionistas filatélicos de casi todas las 
partes del mundo. 



Tomo I Guatemala, 15 de diciembre de 3888. ' Núm. 16 




PUBLICACIÓN QUINCENAL. 
..'•ilO DE LA SOCIEDAD LITERARIA DEL MISMO NOMBRE. 



1». lu 



El AT2NE0. 
«t Aicini U'üiRi-.\uiniidiio. 



La próxima reunión pública 
tedrá lugar el 20 del mes en cur- 
so, á las 8 p. m. 



Asiüiieron los socios, Presi- 
dente Uñarte, Vicepresidente 
A^uilar Morales, Bustillo, Aca- 
liü! Pérez, de León, Mazariegos, 
.,a, « álix. López, Quinteros, 
Icjcdd.CuéllarySrio. OrtizM. 

l-.l Pa-sidcntc manifestó que 
^. - Señor Molina se 

I, . de concurrir con 

motivo :rave cuidado de 

familia. 

En seguida subió á la tribuna 
el socio Scfior Cüéllar, y dio 
p- io á las anunciadas con- 
u . . -:- .is sobre los escritores cen- 
tro americanos anteriores á la in- 
dependencia. 

El Presidente Dr. Uñarte con- 
tinuó la lectura de algunos capí- 
-; de su obra iniitulada '¿-s- 
;...;iü sobre el jurado " 

Se discutieron después vanos 

•ntos relativos al régimen in- 
iciiordela asociación, quedan 
do citados los miembros presen- 
tes para una sesión extraordi- 
naria que se verificará el jueves 
! ; del a^rriente. 



BUSNAYENTUHA SAHAYIA. 



A fines de la semana última, la 
sociedad toda de Guatemala y en 
especial los círculos oficiales, fue- 
ron sorprendidos con la noticia ^e 
la extrema gravedad del aprecia- 
ble caballero don Buenaventura Sa- 
ravia, Secretario de la Legación de 
esta República en los EE. UU. 
Mexicanos y uno de los miembros 
más distinguidos del ''Ateneo Cen- 
tro-Americano." El cable nos anun- 
ciaba al mismo tiempo la proximi- 
dad de su muerte, con esa terrible 
concisión, propia de todo mensaje 
telegráfico. 

Falleció en efecto el nueve del 
presente, á mediodía, en la cmdad 
de México, víctima de la viruela 
negra, á los veintiséis años de edad. 
Y hace solamente dos meses que 
nuestro querido amigo y compañe- 
ro dejaba á Guatemala lleno el co- 
razón de vida y la mente de ilusio- 
nes, para conquistarse un puesto en 
la diplomacia, no contento con la 
fama de orador, publicista y abo- 
gado probo é inteligente que ya 
entre nosotros se había conquista- 
do. ¡La muerte nada respeta, ni si- 



242 



El Ateneo Centro-americano. 



quiera el talento, ni la juventud si- 
quiera, que tanto derecho tienen á 
la vida. . . . 

Mientras el ^^ Ateneo Centro-A- 
mericano" cumple con el deber que 
su Reglamento interior le impone, 
de celebrar las honras fúnebres del 
primero de sus socios, muerto en 
extranjera tierra, sirvan estas líneas 
para expresar á la familia Saravia 
y á la sociedad guatemalteca en 
general, todo el pesar de esta aso- 
ciación con motivo de la prematu- 
ra muerte del ilustrado joven, cuyo 
nombre hemos escrito al frente de 
este artículo. 



PRIMER DISCURSO 
del socio don Juan M. Cuéllar 

SOBRE literatura ANTIGUA 
CENTRO-AMER I CANA. 



Una vez mas imploro vuestra be- 
nevolencia. 

Nombrado por el señor Presiden- 
te para sostener la conferencia de 
hoy, no he encontrado asunto más 
digno de vuestra atención que uno 
que se relacione con el estudio de 
nuestra literatura. 

De tiempo sobrado y temas bellí- 
simos pude disponer; ios hay que 
ciertamente por lo nuevos y por lo 
titiles y bellos pueden honrar la plu- 
ma de un hombre de letras; pero 
permitidme ser franco, al deciros 
que encontró esos temas superiores 
á mis fuerzas, ya por mis pocos co- 
nocimientos en la materia, ya por la 
escasez de obras nacionales; pues de- 
seaba haberos presentado un estu- 
dio sobre los escritores centro ame- 
ricanos anteriores á la indeperxlcn- 
cia. 

Las pocas obras que poseo me 
hubieran dado suficiente material 
para una disertación, pero al re. 
flexionar que mi estudio debía ser 



general y no particular sobre dos d 
tres autores, dispuse mejor insinúa^ 
ros el tema, y hablaros esta noche 
sobre la utilidad que reportaría al 
Ateneo la formación de una biblio- 
grafía ya que no completa, alo me- 
nos suficiente para un estudio de 
nuestros antiguos escritores, é ir 
formando de esta manera una pe- 
queña biblioteca centro americana. 

Leyendo, señores, el tomo V. de 
la obra del historiador Brancroft> 
encontré en sus primeras páginas 
una bibliografía que no solamente 
honra á un particular sino que tam- 
bién honraría á una nación. 

Documentos preciosos, y en gran 
niimero, posee la Biblioteca Ban- 
croft sobre Centro América, que 
vergonzoso es decirlo, no se encuen- 
tran en todos los Archivos de Centro 
América, que, si es posible existan 
algunos en poder de particulares, se 
ignora su paradero. 

Se dice que en nuestra Biblioteca 
Nacional hay muchas obras de núes 
tros antiguos escritores, entre las 
que se recogieron de los extinguidos 
conventos; pero si es cierto que 
existen, no sabemos cuales son, por 
no haber un Catálogo impreso que 
nos dé esa noticia. 

Con un Catálogo general y minu- 
cioso de nuestra Biblioteca, fácil se- 
ría saber que obras faltan para com- 
pletar una bibliografía Centro *Ame 
ricana. Mientras esto no nos sea po- 
sible, conformémonos con adquirir 
las obras que podamos para empren- 
der estudios serios que nos hagan 
pensar y trabajar y salir de esta mo- 
notonía de discursos de cajón, que 
por cierto ya empalaga. Dnir lo útil 
con lo agradable he aquí cual debe 
ser el tema de nuestra naciente aso- 
ciación. Y de tal manera ha coni- 
prendido esto nuestro ilustrado Pre- 
sidente, que ha establecido el siste- 
ma de conferencias sobre asuntos 
que cada uno puede escoger según 
sus facultades y su vocación, {>ara 
así, al mismo tiempo que se ensaye 



ElAteneo Centro americano. 



la inteligencia, ser útil á las letras 
centroamericanas. Solamente así 
pueden tener vida las asociaciones 
entre nosotros, y no sólo tener vida, 
*i Umbién ser útües á las naciones. 

Poco falta para que el Ateneo 
Centroa-mericano cumpla un año 
de vida; poco falta para que este 
niflo mimado de Centro América, 
por que así puede llamxrse una reu- 
nit'»n donde la juventud centro ame- 
ricana viene á mostrar sus esfuer- 
«Oi, cumpla el primer aflo de exis- 
da. 

Como jóvenes que somos deja- 
moi pasar desapercibido el tiempo, 
con que no debe suceder así. El 
Ateneo Cenlro-americano tiene un 
jfran fin que cumplir, tiene en pers- 
pectiva el porvenir, y el porvenir, 
fcñorc«. e«, hablando matemática- 
mente, l.i suma del presente y del 
pasado. 

El Ateneo Centro americano ha 
empezado sus tareas por donde de- 
biera c<»iu*luirlas; el Ateneo Centro- 
amern .in >. ante todo, debiera haber 
estudi.uln los ori'^cnes déla litera- 
tur.» i( itjo-aincricana, proverse de 
una intliografla aunque fuera im- 
• .. y por medio de diserta- 
■ r á conocer los nombres de 
'juc nos han precedido en 
» de las letras, ya como en- 
í/a para los presentes, ya como 

ildc ofrenda á aquellos insignes 

varones, que sin los medios de que 
nosotros disponemos, supieron le- 
vantarse sobre el común de suscon- 
idanos y dejar al porvenir un 
• ejemplo que imitar. 
Laudable y honrosa tarea sería 
esa de reivindicar y sacar del olvi- 
do á nuestros hombres que han so- 
bre salido, ya en las ciencias, ya en 
las artes. 

Guatemala que ha tenido pinto- 
res como Pedro de Merlo, cuyos 
. uadros se admiran todavía en la 
Iglesia del Calvario: escultores de 
la talla de Gervasio Huertas y 
buriles que cuando se vé un cuadro 



243 



grabado 



por Casildo España, nos 
parece ver uno de aquellos en que se 
leía en España con orgunllo Ve/az- 
quez pinxít\ Guatemala que se enor- 
gullece con poetas como Juan de 
Meztanza de quien dice Cervantes: 

Llegó Jaau de Meztanza cifra y suma (*) 

Da tanta erudición donaire y gala, 

Qae nohay muerte ni edad que lo consuma. 

Apolo le arrancó de Guatemala 

Y le trajo en su ayuda para ofensa 

De la canalla en todo extremo mala. 

Guatemala que se enorgullece con 
un Fr. Matías de Córdova, con un 
Batres Montúfar, Guatemala, seño- 
res, sería ingrata si dejara en el ol- 
vido á sus grandes hombres. 

Más de alguno me ha dicho que 
el proyecto de reunir esas obras es 
irrealizable, en primer lugar por que 
la escasez de obras nacionales anti- 
guas es suma y que si alguno las 
posee, hay el suficiente egoísmo pa- 
ra no mostrarlas, y en segundo lu- 
gar por que á la altura á que ha 
llegado la literatura en nuestros 
tiempos, nada nuevo nos ofrecerían 
las letras antiguas. 

Mi parecer es que ambas afirma- 
ciones son falsas. Si un fin laudable 
y útil nos hace buscar esas obras, 
creo que ninguna persona será ca- 
paz de negarlas, y si es por su rare- 
za creo que esa condición hará lau- 
dable nuestro empeño. La segunda 
de sus afirmaciones no sé como ca- 
lificarla: útiles, y por demás, son esas 
obras. A mas de la pureza del len- 
guaje, se encuentran obras descrip- 
tivas bellísimas que nos retratan al 
natural las costumbres de aquellas 
épocas tan remotas. 

Dos obras tengo en mi poder: 
una impresa en México el año 1747, 
en que se describe con una belleza 
incomparable por don Antonio de 
Paz y Salgado las demostraciones 



(*) Obras de Cervantes, Viaje al Parnaso 
j^spaüol.— Edición Rivadeneira, Cap. m. t. 

I. pag 695. 



244 



El Ateneo Centro-americano. 



públicas á la concesión por la corte 
romana del uso del palio en la ca- 
tedral de Guatemala. En esa misma 
obra fimiran sermones, que nos de- 
muestran cuanto se había adelanta- 
do en Centro América en el género 
oratorio sagrado. 

Otra de las obras es la intitulada: 
^'Guatemala por Fernando VII el 
año de 1808". ¡Quede cosas nuevas 
nos ofrece! En ella hay veintiún 
grabados debidos al buril de José 
Casildo España ^'tomados, como di- 
ce el cronista, de los ocho tableros 
del zócalo y los cuatro triángulos de 
los frontones que son del diestro 
pincel del maestro Mariano Ponta- 
za, y José Muñoz su compañero, 
que se distingue en el paisaje, en 
las ropas, en los claros y oscuros. Y 
los grupos y figuras del coronamien- 
to, con los genios de los tableros de 
impostasón del maestro Dionisio 
Contreras, de la escuela del célebre 
don Juan José Rosales que tiene fe- 
licidad particular en las actitudes y 
movimientos, expresa con acierto 
las mociones interiores." 

Si el párrafo que acabo de citaros 
os da noticia de esos artistas y del 
buen gusto que entonces había en 
Guatemala, artistas y buen gusto 
que hoy, por desgracia, no tenemos, 
aun más de admiración os llenará el 
siguiente: 

''Se pintó, dice, en él un edificio 
que figuraba ser el templo del ho- 
nor. A up lado de su pórtico, que 
ofrecía franca entrada, se veía la 
Historia significada en una hermosa 
ninfa, escribiendo sus anales. El 
tiempo aunque decrépito, todavía 
robusto y placentero, tendido sobre 
el suelo, y apoyado con una colum- 
na, sostenía en las espaldas el gran 
libro de la Historia. En su contorno, 
estaban varias obras de autores reg- 
nícolas, ó escritas, ó impresas en 
Guatemala, respetadas de su fatal 
segur que las guardaba, y en la po- 
sición que las tenía, indicaban estar 
exentas de sus filos destructores. 



Tales eran las crónicas de Vásquez 
y Rcmesal, la historia de Bernal 
Diaz, los libros de Padilla, Oviedo, 
Landívary otros varios. Cercano al 
pórtico del frontispicio de aquel 
templo, y en ademán de dirigirse ha- 
cia la Historia, se presentó al señor 
don Francisco Antonio de Fuentes 
yGuzmán, Regidor y Cronista de 
esta Capital, que con el uniforme de 
su cuerpo, ofrecía á la ninfa su His- 
toria de Guatemala. Ese monumen- 
to célebre, que hará inmortal su 
nombre respetable, y que tanto con- 
funde al siglo de las luces en que es- 
tamos, cotejado con el de hierro en 
íjue vivía, y en que sin mas auxilios 
que su celo, y sin otro estímulo que 
su honor, escribió esa obra maravi- 
llosa que conserva nuestro archivo, 
como Códice inestimable. A los pies 
déla Historia, estaba mordiéndose 
á sí mismo el infernal monstruo de la 
envidia bien espresadas sus faccio- 
nes; y así como el tiempo recogía y 
conservaba nuestros libros publica- 
dos, ella sepultaba los inéditos. Allí 
se veía la Historia Natural de don 
Blas de Pineda y Polanco, las obras 
polémicas del Deán don Felipe 
Ruiz de Corral, las historias de Gon- 
zalo de Alvarado y Fr. Tomás del 
Valle, la Astronomía de Calderón 
de la Barca, los preciosos apunta- 
mientos de don Juan Torres y don 
Juan Macario, de la sangre real de 
Guatemala, é hijos de su reyChig- 
navincelú, los del cacique don Fran- 
cisco Gómez y otros muchos" 

Libros que tienen descripciones 
como la anterior y que guardan no- 
ticias semejantes, creo que no hay 
para que probar que son útiles y 
más que útiles bellos. Ellos nos po- 
nen de relieve los usos, las costum- 
bres y el estado de nuestros antece- 
sores durante una época ya pasada; 
nos muestran al vivo sus debilida- 
des, sus pasiones, su modo de ser 
en fin, y nos ponen, digámoslo así, 
en íntima confidencia con tiempos 
ya pasados, alentándonos y sirvién- 



El Ateneo Centro-americano. 



245 



donos de estímvilo para penetrar 
en el porvenir. 

Seflores: conservar esas obras es 
hacer un servicio á la patria; estu- 
diarlas, instruir nuestra inteligencia 
en modelos propios, que nos pue- 
den enorgullecer ante el antiguo 
mundo. 

Más de alguno n^e ha dicho que 
pondríamos al Ateneo en el caso de 
que ostentara una erudición que á 
más de ridicula, no está todavía al 
alcance de jóvenes que no tenemos 
todavía ni aún estilo propio para ex- 1 
presar nuestras pocas ideas; cuanto ' 
mainel gusto y la instrución necesa- j 
fia para penetrar el sentido de las i 
obran de ese tiempo. 

Por toda* contestación diré: que 
al Ateneo, si no es con raras excep- 
ciones, todos venimos á aprender, á 
ensayarnos en la difícil pero magní- 
fica carrera délas letras, y quesería 
disculpable lo que en nuestro es- 
fui ' oramos; que la erudición 
es j que escribe, puesto que 

el arte >c relaciona con todo lo que 
nos rodea; que nuestros grandes es- 
critores no desdeí\aron esa cualidad, 
3UC dio á sus escritos ese carácter 
€ universalidad que tanto los ador- 
na, y que si no tenemos el gusto su- 
ficiente para juzgará nuestros auto- 
res, pódemeos leyéndolos con ahm- 
co, adquirirlo y delicado. Porque el 
arte á semejanza de los mas precio- 
sos metales, que se necesita profun- 
dirar muchas y muy profundas ca- 
pas de tierra, para encontrarlos, el 
arte, cuanto más nos internamos en 
las profundidades del pasado, nos 
ofrece joyas mas valiosas. 

Ojalá cupiera al Ateneo Centro 
americano la gloria de desenterrar, 
dieamosloasí, délas ruinas del pa- 
sado, unal itcratura que formada ya, 
nos resolviera problemas aun obscu- 
ros en la historia de nuestros ciem- 

^Tarea honrosa y digna de aplau- 
so sería para nosotros si, revolvien- 
do archivos de papeles viejos, de 



tiempo en tiempo ofreciéramos á 
nuestros sabios, obras nuevas que 
estudiar y á nuestros compañeros 
trabajo que imitar. De mi digo, se- 
ñores, que esa idea me halaga y 
creo que sentiréis lo mismo. 

Poner nuestra curiosidad de jó- 
venes al servicio de lo desconocido, 
indagar, escudriñar la conciencia de 
los que nos precedieran, observar 
sus luchas perpetuas con su tiempo 
y sus instituciones; ver en ciertos 
momentos desbordarse el genio 
del cauce en que lo tiene s'jjeto e4 
presente, eso, señores, es muy be- 
llo: la filosofía tiene allí un manan- 
tial de deducciones; y el arte con 
ese misterio en que se envuelve el 
pasado, tiene una fuente de inspira- 
ción para la novela, la leyenda y la 
poesía. 

Señores: ¿á qué ensalzaros, con 
mi débil voz, lo que por sí sólo se 
ensalza? ¿á qué dar tanto rodeo pa- 
ra expresaros el intento que me 
trajo á la tribuna? Todo esto lo sa- 
béis bien y por eso me permitiréis 
concluya y corte aquí mi discurso. 
Serán utopías, serán irrealizables 
estos proyectos; pero yo soy de los 
que creen que los sueños del honi- 
bre tarde ó temprano deben reali- 
zarse. Todo loque hoy proponemos 
es un problema que el tiempo re- 
suelve. Las utopías de los hombres 
antiguos han venido á ser una rea- 
lidad hoy; y es porque todo lo que 
tiende al perfeccionamiento huma- 
no, viene á conventirse en un obje- 
to de meditación para el sabio. 

No hay quien no tenga dificulta- 
des al principiar á poner en prácti 



ca un proyecto. ¡Cuántos años 



de 



ímprobo y pacienzudo trabajo no 
cuesta al sabio la composición de 
una obra! ¡Cuántas veces no desma- 
ya al ver que su vida es corta para 
realizar un fin que se ha propuesto, 
pero al fin la fe en el trabajo lo ha- 

ce llegar á '- -^li^acion de su 

obra! 
Señores: 



la realización 
el trabajo santifica, y 



246 



El Ateneo Centro-americano. 



hay trabajos que pueden llamarse 
apostolado: lo que he propuesto no 
es tan difícil y sí muy digno de la 
primera asociación que, de una ma- 
nera real y por el íntimo lazo del 
arte, ha ofrecido el bello espectá- 
culo de tener unida en su seno, á 
toda la juventud centro-americana. 

He dicho. 



• YBRSOS 

LEIOOS mí [I ÍT[NE0 CENIRO-ÍMEfilCíliO. 



AL DOCTOR DON DIONISIO GUTIÉRREZ COMO UN 
HUMILDE RECUERDO DE MI ETERNO CAnií^O. 



I. 



¿Será verdad que el siglodiez y nnovo 
Cual nuevo Prometeo rnca^e' ado 
Al peñón de la duda, no se muevo, 

Y vive íí eterna hiclia condenado? 

¿Por qué, decidme, al corazón conmueve 

Y llena de tristezas lo pasado? .... 
S<51o al pensarlo, de dolor me aterro: 
Murid el ideal pura la Edad de Hierro! 



II 



Los tiempos de la fábula pasaron, 
Los dioses para el hombre se murieron, 
Los cantos provcnzalez se olvidaron. 
Los góticos castillos perecieron; 
La fe que nuestros padres nos legaron 
Los vientos de este sijilo destruyeron; 
Y^ hoy el alma marchita, atribulada, 
Por imico ideal halla la nada. 

III. 

Apenas ¿-i d la lumbre mortecina 
Del tierno hogar la madre cariñosa 
De sus hijos rodeada, la divina 
Leyenda de Jesiís cuenta afanosa. 
Que el corazón lleno de fe ilumina. 
En esa edad de la niñez dichosa, 
Que pasa el hombre días tan risueños, 
Días hermosos, de rosados sueños. 



IV. 

Yo lo recuerdo aún: mi madre tierna. 
Besándome la frente me decía: 
"Oye, hijo mío, la verdad eterna; 
La palabra de Dios es melodía 
Que hasta el más duro corazón consterna: 
Es clara como el sol, brinda alegiia 
Al alma triste, al corazón enfermo, 
Y hace un jardín donde existía un yermo. 



V. 



"Hay un ladrón que todo lo arrebata, 
Creencias, ideales, afecciones, todo, 
Que arrastra como hirvient« catarata 
Al hombre hasta la gloria ó hasta el lodo. 
Es huracán que recio se desata 

Y forja tem]>estades de tal modo. 

En ese mar del pensamiento humano. 
Que á veces son más grandes que el océano 

VI. 

Ks la ambición. En su fecundo seno 
Lleva raudales de progreso y gloria; 
Ella ofrece al trabajo honrado y bueno. 
Páginas eternales en la historia; 
Pero á veces oculta cruel veneno, 

Y su promesa es falsa é ilusoria: 
Entonces ;ay! couvií^rtese en abismo. 
Do el hombre ya no sabe de sí mismo." 

VIL 

Aunque amarga verdad; mas era ciertai 
La que mi madre oon cariño dijo; 
Su corazón de madre estaba alerta, 

Y presentía el porvenir de su hijo: 

Hoy la fe del hogar la encuentro muerta. 
Busco algo cierto con afán prolijo, 
Busco la inmensidad con harto anhelo, 

Y veo nada donde vía el cielo. 

VIII. 

Sólo se ofrece la impasible duda 
A ese afán que el espíritu devora; 
La razón preguntada calla muda, 

Y el corazón es luz engañadora: 
Desfallece el espíritu en la ruda 
Contienda, y se le ofrece vencedora 
La triste realidad, que deja el alma 
Sin poi*venir en su dolieute calma. 



.ElAtENEO CEíNTRO-AMERICANO. 



247 



IX. 



<.i'Mr«]n«M'n lae<laílde los mejores sueños, 
En ««a edad de pájaros y flores, 
De mentidas caricias y halagüeños 
Penitinientos rosados y de amores, 
En este ^'glo ¡ay Dios! no somos dueños 
De sonar? ¿Por qué el siglo en sus furores 
Por todsfl partes el hastío esparce? 
<Jtt6 respondan Muíset, Byron y Arce. 



X. 



8ni liraa ya no cantan las creaciones, 
<}tie hirieran de sus héroes las edades; 
El h^rcK» principal de sus canciones 
Ca el mnndo con todas bus verdades. 
En ew»» por^mas hallaréis pasiones 
Rerneitnft como negras tempestades; 
V«r# H qtie cantan el progreso humano; 
11 aa »i id( alea buscáis os será vano. 

XI. 

Porqne todo arab6, y hoy queda fdlo 
Por perMHtaje el hombre y su conciencia; 
(Aunque Ho enoje el rubicundo Apolo) 
Arte, proírreno, libertad y ciencia 
E " «no más de polo á polo: 

a- lidad, adi(^s creencia; 

Ho\ t*r rvi'ribe al reverso de un billete, 
O non .1n "iHjiirnción'un gabinete. 

XII. 

>f uy Iwllo es contemplar campo florido 
Y ox'uchsr de las fuentes los rumores; 
Ofr del n>nco trueno el estallido, 
Contemplar la tormenta y sus furores; 
Todo esto es 1k>11o, pero todo ha sido 
Kstn-lÍ!.do por hombres sabidores, 
t^)u.- lUvando el progreso en una mano 
Destruyeron con la otra el sueño humano. 

XIII. 

Emociones del alma, inteligencia, 
Emhriííguez del amor, dichas soñadas, 
h^p^H'tros que torturan la conciencia, 
Recuerdos de ilusiones ya pasadas, 
Nada valen hoy dm ante la ciencia; 
i^ne todaa quedan replegadas 



A una simple función del organismo. 
A tal punto llegó el materialismo. 

XIV. 

Buscad el anfiteatro: palpitante 
Está el cadáver que á estudiar convida 
Al hombre que dedícase anhelante 
A sondear los secretos de la vida: 
Del umbral de la muerte en adelante 

Nadie sabe ya el fin de la partida; 

Ved aquí de la ciencia el gran consuelo 
Quitar al hombre su soñado cielo. 

XV. 

¿Cuál es el canto de la musa hoy día? 
Que responda la sombra de Espronceda 
Que de todo en el mundo se reía; 
Del tierno Becquer el dolor nos queda; 
Del Voltaire alemán triste ironía, 
De Byron y Musset la musa hereda 
Triste legado de impotencia ruda, 
Velada por la sombra de la duda. 

XVI. 

¡ Oh ! si es verdad que el sueño de la vida 
Es conjunto de duelos y ventura, 
Si cuando reina el bien nos es querida 
Y cuando reina el mal causa amargura: 
¿Por qué, decidme, sabios, la fingida 
Ilusión de otro cielo y su dulzura 
Quitáis al hombre con forzado empeño? 
¡Oh! dejadle gozar su hermoso sueño! 

XVII. 

Proclamad el progreso: enhorabuena. 
La ciencia lleva en sí muy ricos dones: 
Naturaleza al egoísmo agena 
Os abre sus entrañas; las naciones 
Os dan un ancho campo, donde suena 
El martillo industrial. . . . Sabios varones. 
Que buscáis la verdad, dejad en calma 
Con sus siitños fantásticos al alma!! 

Werkbb. 



248 



El Ateneo Centro-americano. 



La temporada á Escuintla. 



Estoy cierto de que la mayor 
parte de mis jóvenes lectoras han 
ido alguna vez á Escuintla; más 
aún, que muchas de ellas por el he- 
cho solo de haber pasado diez, 
quince y hasta treinta días en la 
histórica ciudad de las naranjas, 
creerán y contarán á sus amigas, ha- 
,ber estado de temporada en la cos- 
ta. Error! Ni las primeras conocen 
la localidad, ni las segundas entien- 
den de la misa la media. 

Hoy se va á Escuintla como 
quien va al Cerrito del Carmen ó al 
Calvario, de guante de seda y som- 
brero á la Regente, polizón exage- 
rado y zapato bajo de cabritilla, 
brazaletes de oro y sombrilla de ta- 
fetán con encajes y bordados. Se 
toma el tren de la mañana en la 
Estación de la Plaza de Toros, pa- 
gando previamente tres duros se- 
tenta y cinco centavos por persona, 
se arrellena uno lo mejor que puede 
en cualesquiera de los sillones del 
carro de i. ^ , y después de cuatro 
horas de charlar con el vecino, leer 
alguna novelita de Paul de Koc ó 
dormitar pensando en el novio, se ' 
llega á Escuintla al Hotel Baur, á i 
dormir mal y comer peor. 

Ya estando allá se pide diaria- 
mente un coche para ir por las ma- 
ñanas á la ''Agua de Zarza" ó al 
elegante establecimiento de las ' 
"Aguas Vivas;" se toma un baño, 
en seguida uno ó dos coktailsy se al- , 
muerza, se duerme la siesta, se sa- 
le á dar una vuelta por la tarde, se 
abre el apetito con un nuevo coh- \ 
taiiy se come, y adormir. ¡Y llaman i 
á esto temporada! 

En mi tiempo, queridísimas lec- 
toras, la cosa era muy distinta. Pre- 
guntádselo, si no, á vuestras mamas , 
á quienes más de una vez habréis \ 
oído suspirar por la dichosa época 
de la temporada de Escuintla. 



I Los solos preparativos de la mar- 
cha constituían un verdadero en- 
; canto. Se bajaban de los altillos los 
¡ desvencijados catres de nuestros 
abuelos y las bien guardadas hama- 
cas de Sonsonate; se preparaban tra- 
jes á propósito para la calle y el 
baño; se hacía provisión de las me- 
dicinas indispensables, como vomi- 
tivos de hipecacuana, pildoras de 
quinina, cedrón, aceite de almen- 
i dras etc. etc. la idem de trastos pa- 
ra la cocina y comedor, sin omitir, 
por supuesto, la de cierta clase de 
artículos tales como el chocola- 
te, el tiste, las cebollas y qué sé yo 
I cuantas cosas más; y todo reunido 
' y liados los colchones y las almo- 
hadas necesarias en escogidos pe- 
tates chiapanccos, se despachaban 
las docenas de bultos de que cons- 
taba el equipaje en una de las afa- 
madas carretas de Chimeno. Luego 
la familia se despedía de todas sus 
relaciones, (que no acostumbraban 
las gentes marcharse como hoy á la 
francesa), y se salía á las cuatro de 
la madrugada en una diligencia de 
Wanhalert, para ir á almorzar des- 
cansadamente en Amatitlan y llegar 
sudando á Escuintla á las dos ó 
tres de la tardi 

Allí esperaba ci i ancho, que de 
antemano se había hecho preparar, 
con su magnífica enramada de ho 
jas de coco, adornada con racimos 
de plátanos y huiscoyoles, pendien- 
tes del techo, y flores de corozo, 
melocotones y cañas de azúcar re- 
gadas en derredor, que embalsama- 
ban el ambiente con su aroma 

Sacudidas las paredes por temor 
á los alacranes, y arreglada conve- 
nientemente la casa, se daba prin- 
cipio á la temporada. Las mucha- 
chas no usaban por aquel entonces 
pouf^ ni siquiera polvos y carmín, 
ni se peinaban á la María Stuard 
en el campo. Vestían sencillos tra- 
jes de cambray y se cubrían con 
sus perrajes de baño, llevando siem- 
pre el pelo suelto. Tampoco toi^^'i^ 



El Ateneo Centro-Americano. 



249 



ban cocktailes; lo más que se per- 
mitían era una copita de anisado 
antes y después del baño, y esto 
con el solo objeto de que no les hi- 
ciera mal la bañada. 

El lugar predilecto era "La Cho- 
rrera/' no empotrada, como hoy es- 
tá, entre cuatro altos paredones 
blancos que semejan una casamata, 
sino al aire libre, murmurando amor 
üus cristalinas aguas. 

Ni había separación de estan- 
ques para hombres y mujeres, que 
todos nos bañábamos juntos; exce- 
lente costumbre que evitaba más 
de un quid pro quo de los que hoy 
iuclcn lamentarse en la carrera del 
matrimonio. 

Las tardes se pasaban recorrien- 
do las chacras ó yendo á caballo 
y en coche á '^San Luis," ''El Co- 
lorado'* y "Mirandilla;" y á oracio- 
nes de la noche, las temporadis- 
tas todas se reunían en la plaza, 
compraban frutas, pasaban á la ne- 
vería y se dirigían ya á éste ya á 
aquel rancho, contentas y bullicio- 
jiajj, s linternas en la mano, 

CU( ;itla ni tenía calles, ni sa- 

la de alumbrado publico en aque- 
llos dichosos tiempos. 

Desde el Tamarindo á San Se- 
bastián y desde San Sebastian á la 
Parroquia, todo era animación y 
movimiento á prima noche. Dise> 
minados los ranchos entre bosques 
de palmeras y manglares, é ilumi- 
nadas todas las enramadas, la que 
hoy es ciudad, presentaba un aspec- 
to encantador de verdadero pueblo 
Se cantaba y se reía á boca llena á 
las puertas de las casas, y cuando 
sedaba algún baile era al estilo 
campestre y sin ceremonias de nin- 
Sespecie;noque hoy nuestras 
r¿nteTconcurr2n auna reunión 

en Escuintla ni más m menos que 
si estuvieran en Guatemala. 

ción al regreso, hacíase 



provisión de naranjas, pifias, caimi- 
tos, chicos, guanabas^ plátanos y 
guineos pasados, estropajos y gua- 
calitos, para cumplir con la tradi- 
cional costumbre de enviar un gran 
azafate lleno de todas estas cosas á 
cada una de nuestras amistades. 
Regularmente se fletaba una carre- 
ta para traerlas, bien acondiciona- 
das en petaquillas de Amatitlán. 

¡Qué tiempos aquellos, y quién 
pudiera resucitarlos! 

Las familias regresaban á la ca- 
pital y hacían cuarentena, es decir, 
que durante nueve días por lo me- 
nos ni salían á la calle, ni se mo- 
jaban ni siquiera lomaban agua 
fría por temor de caer con calentu- 
ras. Hoy van y vienen como Pedro 
por su casa, y maldito si se acuer- 
dan de tomar estas tan prudentes, 
como higiénicas precauciones. 

En cuanto á Escuintla, no es ni 
sombra de lo que fué. Aconteció- 
me ir allá después de catorce años 
de ausencia, y francamente diré que 
no conocí el lugar. Se ha hecho un 
lugar veraniego enteramente aris- 
tocrático. Busqué lo primero mi an- 
tiguo rancho de temporada • • • • cja 
elegante casa. Me dirigí en seguida 
al Tamarindo nadie da razón de él. 
Pregunté por la Poza del solda- 
do y se me rieron en mis barbas. 

Sic transit gloria miiiidi. 

Renato Murray. 



Consuelo de mi alma, 
Delirio de mi vida. 
Arcángel misterioso 
De mi última ilusión; 
Tú formas mi esperanza 
Más bella y más querida. 
Tú absorves y dominas 
Mi ardiente corazón. 



250 



El Ateneo Centro-americano. 



Tú sola con tuencanto 
Purísimo y divino, 
Mil gratas emociones 
Me hiciste comprender; 
Tú sola los pesares 
Que me guardó el destino, 
Trocaste en horas dulces 
De amor y de placerl 

Oh si! eres tan hermosa, 
Tan casta y seductora, 
Que es toda mi esperanza 
Tu nombre idolatrar; 
Pues distes amorosa, 
Con fe consoladora, 
La vida á una alma triste. 
Cansada de llorari 

Te veo en mis delirios 
Cual ángel que sonriente 
En sus dorados sueños 
Mirara el trovador; 
Te veo dirigirte 
A mí tan dulcemente, 
Que exclamo delirante. 
Muñéndome de amor: 

— Oh! ven, dulce amor mío, 

Y en lánguido embeleso 
Reclina aquí en mi pecho 
Tu alabastrina sien; 

Y tiernos confundamos 
En amoroso beso 
Nuestras ardientes almas, 
Soñando en un Edén. 

Sí, ven, y á mis caricias 
De amor y de ternura 
Responde enamorada 
Con melodiosa voz, 

Y dulce desde el cielo. 
Nuestra sin par ventura 
Vendrá á aumentar entonces 
La bendición de Dios! 

Francisco Snktí. 



LA PETENERA. 

Leyenda guatemalteca^ por íi?t socio 
del A teneo Cejttro-A mericano. 



PRIMERA PARTE. 

CAPÍTULO I. 

üi\ CRliMEIV. 



En una de las últimas casas de 
la parte Sur de esta ciudad, dando 
frente á la colina en que se halla 
edificada la iglesia del Calvario, 
existe desde hace algún tiempo uno 
de esos centros populares, un hir- 
viente hormiguero, una colmena de 
hijos desheredados de la fortuna, 
que van allí á depositar la poca 
miel que en fuerza de vueltas y re- 
vueltas y de una enorme fatiga, lo- 
gran recpger durante las largas ho- 
ras del día, y de la cual únicamen- 
te se aprovechan esos dos zánga- 
nos: el propietario y el Fisco. 

Hablamos de uno de esos esta- 
blecimientos nacionales, conocidos 
con el rechinante nombre de chú 
chcrias. 

Situado en una casa de aspecto 
ruinoso, pero suficientemente am- 
plia para el objeto á que está dedi- 
cada, es no obstante, reducida pa- 
ra contener el gran número de pa- 
rroquianos que á él afluye, espe- 
cialmente los días festivos, atraídos 
no tan sólo por la buena calidad 
del artículo, que dicho sea de paso, 
goza de fama entre los consumido- 
res, sino muy especialmente por el 
buen trato que reciben de la des- 
pacliadora, la niña Nicolasa, una ro- 
lliza cuarentona, á quien todos han 
dado en llamar con el cariñoso di- 
minutivo de Jiiña Lachita\ pero 
más que por esos motivos es tan 
frecuentado "El Edén," (que este 
es el nombre del establecimiento) 



El Ateneo Centro-americano. 



251 



por el aliciente de la música con 
que el propietario ha dispuesto ob- 
sequiar á sus innumerables favore- 
cedores. 

Bien sabido es generalmente, que 
nuestro pueblo tiene una afición 
muy marcada por la música y rele- 
vantes dotes naturales para su cul- 
tivo; prueba de ello, la existencia 
de compositores como Benedicto 
Sáenz y otros, que, sin los elemen- 
tos necesarios, se han distinguido 
por sus obras. 

!*ero ;no bastará para demostrar 
.icerto el que á todas horas 
«: . . - c oiga por esas calles á los 
patojos y chuncros silbando melodio- 
sa y admirablemente trozos de ope- 
ras que acaso han escuchado una 
\t% en nuestro teatro? 

Recordamos ahora haber oído 
r á uno de los principales 
mbros de la Estudiantina espa- 

' I que nos visitó no ha muchos 

ino», que en ninguna parte de las 

'•n que hasta entonces habían esta- 

ibía acontecido lo que aq u í : 

1 .: i calle silbar con toda per- 
fección por un muchacho una de 
• r* -rircs y más difíciles piezas, 
i.'uiente de aquel en que la 
\ diera su primer concierto, 
ly duda: estos nuestros zen- 
zonilcs callejeros, entre los cuales 
hay notabilidades en su género, 
que podrían competir ventajosamen- 
te con las modernas silbadoras nor- 
te-americanas, por la dulzura de 
sus trinos, están demostrando la 
verdad de nuestro acertó, respecto 
de las buenas dotes musicales del 
pueblo guatemalteco y de su afición 
por ese divino arte. 

Pues bien, á la música, más que 
á ninguno de los otros motivos 
apuntados, debe quizá el propietario 
de '^El Edén," ver su establecimien- 
to tan concurrido. 

Pero se nos dirá, y es cierto: que 
no solo en él la hay, sino que tam- 
bién la ponen desde el sábado por 
la tarde en "La Esperanza, ¿>l 



Consuelo de los hombres," "La 
Copa de Oro," "El Néctar," "La 
Delicia," "El Triunfo," "La Giral- 
da" "El Nuevo Conejo," "La In- 
vencible" y en otros mil estableci- 
mientos de este género, bautizados 
con otros tantos nombres tan ori- 
ginales como los que quedan cita- 
dos. Es verdad; pero en ninguno 
de todos ellos se oye como en aquel 
una marimba tan bien tocada, al- 
ternando con el arpa y el violín de 
los Sanjiianeros. 

No hay que decir que los días ex- 
traordinarios, como el de El Cor- 
pus del Calvario^ rebosan los con- 
currentes en "El Edén;" y que el 
movimiento más ligero efectuado 
en el interior, como si la niña La- 
chita pasa de un punto á otro del 
poyo, ó le da un empellón al pri- 
mer lamido que se le acerque á 
imprudenciarla, basta para que de 
aquel centro salgan como vomita- 
dos por las estrechas puertas, gran- 
des pelotones de hombres, mujeres 
y niños, á dar en la calle alguna 
ocupación á los ajentes del orden 
público. 

Quizá para evitar esos pequeños 
desórdenes, que con frecuencia sue- 
len tomar mayores proporciones, ó 
bien con el objeto de ofrecer más 
comodidades 2X público d quien sir- 
ve, el inteligente dueño de _ "El 
Edén," mandó construir contigua- 
mente á aquel, y en la parte que 
mira hacia el Calvario, una exten- 
sa enramada, donde ordinariamen- 
¡ te se coloca la música de cuerda^ 
I convirtiéndose ese lugar en un sa- 
' Ion de baile, sin duda por ser el 
que ofrece más ventajas, sobre to- 
do por la publicidad y buena ven- 
tilación de que disfruta. ^ 

Era una tarde del mes de julio 

de 1888 

El paseo del Calvario, que es 
uno de los más frecuentados por 
nuestra sociedad, hallábase literal- 
mente lleno de jente, atraída por 
la banda de música que daba en él 



252 



El Ateneo Centro-americano. 



su concierto dominical, con moti- 
vo de celebrarse la más importan- 
te de las fiestas religiosas de aquel 
barrio: El Corpus. 

Visto desde el término por aque- 
lla parte de las avenidas 6. ^ 7 7-^ 
Sur, desde las inmediaciones de la 
Plaza de Toros, el cerrito del Calva- 
rio ofrecía un aspecto en extremo 
encantador. 

Sobre un fondo de esmeralda 
destacábanse vistosos los colores 
de los trajes de las bellas guatemal- 
tecas, que muellemente reclinadas 
sobre el césped, regalaban sus de- 
licados oídos con las melifluas ar- 
monías de la música, sobresaliendo 
entre aquellos, como siempre, los 
chillones colores de los rebosas de 
nuestras parleras inengalitas. 

El cielo diáfano, azul, tranquilo y 
límpido contribuía á dar á aquel 
cuadro el tinte indescriptible de lo 
bello. Solo allá en el Ocaso, veían- 
se apiñadas algunas nubes, de for- 
mas caprichosas como atraídas allí 
por la curiosidad de presenciar el 
magnifico espectáculo de la muerte 
del sol, quien en su agonía sublime, 
arrojaba sobre ellas los últimos des- 
tellos de su luz, comunicándoles 
un encendido color rojizo, á seme- 
janza del genio que en el ocaso de 
u vida, ilumina aún con la aureola 
de su gloria la oscura conciencia de 
sus detractores. 

Multitud de elegantes caballeros 
discurría en todas direcciones en 
animados grupos, alegres, bullicio- 
sos, decidores, respirando esa en- 
cantada atmósfera de los catorce á 
los 28 años. 

En la pradera, los futuros hom- 
bres de Estado, los Licurgos, los 
Sócrates, los Alejandros, los Ro- 
meros etc. etc., se entretenían ju- 
gando á la pelota ó describiendo 
sobre la verde alfoinbra, arcos y se- 
micírculos con las ruedas de sus 
velocípedos, sin faltar, por supues- 
to, un manso carnerito, tan blanco 
como el armiño, con el cual hacían 



sus primeros ensayos los aficiona- 
dos al arte civilizador del toreo. 

Pero.... y ellos ... .¿dónde es- 
tán? ¿Cómo es posible una fiesta de 
ese género sin su asistencia? ¿Qué 
se han hecho? — ¿Pero quiénes son 
ellos? — Ellos, \os patojos, la alegría, 
el bullicio, los héroes de esa clase 
de reuniones, el alma de las fiestas 
populares, así cívicas como reli- 
giosasl 

¡Ah! Allí los tenéis tan alegres 
como siempre y como siempre tam- 
bién dispuestos á todo: ahora á ju- 
gar la rabia entre las gentes, sal- 
tando por sobre las señoras, estro- 
peando á unos, magullando á otros, 
estrujando los vestidos á las niñas; 
ahora corriendo en manadas, con 
los sombreros en las manos, al oír 
reventar el primer cohete con la 
vista en cielo como clarineros, si- 
guiendo la dirección de la vara pa- 
ra disputarse el triunfo de recogerla. 
¿Qué, no les oís cantar en fd sos- 
tenido; r/ /Af;Ví?, niñüy la tortuga^ ni- 
ñdy niño los caramelos, niñ^\ y toda 
esa algarabía con que desesperan 
á los transeúntes? 

No les echéis de meno> pv.v^.^, 
que allí están ellos, sucios, andra- 
josos; pero felices mucho más que 
vosotrcs. 

En efecto, quién otro más feliz 
que el pequeño hijo de nuestro 
pueblo? 

Miradle por donde quiera y siem- 
pre le encontrareis alegre, satisfe- 
cho, sin pensar en nada más que 
en divertirse, para lo cual nunca le 
faltan los medios. 

Curioso vivaracho y atrevido, en 
todas partes le veréis como si le 
brotase !a tierra. 

Hay una fiesta, pública ó priva- 
I da, allí le tenéis, sin invitación de 
' ningún género, de los primeros con- 
j currentes, aunque tan humilde que 
¡ sólo se satisface con ver, cuando no 
' le es dado hacer una de las suyas. 
Ocurre una defunción, él es el 
, primero en constituirse por su pro- 



El Ateneo Centro americano. 



25, 



Cía cuenta en la casa mortuoria, en ' 
i que á veces suele ser ütil. 

Por desgracia cae alguien en la \ 
calle con un ataque epiléptico, en ' 
el momento, como por encanto, le 
vertís rodeado de una turba de mu- 
chachos que no le desampara, sino 
hasta que el infeliz recobra el sen- 
tido ó le recoge la policía. 

Se verifica un bautizo, no parece 
sino que la tierra, enfurecida por 
las fuertes pisadas del robusto cu- 
ra, vomita muchachos por todos los 
poros. 

Hay un escándalo, una riña, los 

muchachos son los primeros que la 

' n, y quienes la presencian, 

ier uno solo de sus detalles 

para referirla después con todos sus 

pormenores. 

Une la autoridad civil ó el sacer- 
dote una pareja con los lazos del 
matrimonio, allí tenéis una multi- 
tud de testigos oficiosos que os da- 
rán razón del acto, acaso con ma- 
yor exactitud que cualesquiera de 
los contrayentes. 

En fin, en todas partes y con 
cualquier motivo los encontrareis 
siempre. 

Cómo entonces podría ser posi 
ble aue no estuviesen en el Corpus 
del La/vario? 

Con efecto, fuera de los que en 
el paseo había, entre una turba de 
ellos se dirigía al lugar de la fiesta, 
por el callejón de la Aduana, una 
pobre mujer, conduciendo de la 
mano á una infeliz niña de 8 años, 
y á quienes los pilludos, llevaban 
en una especie de procesión horri- 
ble, entre gritos, silbidos y pedra- 
das, no obstante la demostración 
de disgusto de aquella desgraciada 
y el llanto de la inocente creatura á 
quien procuraba defender á todo 
trance de los ataques de sus temi- 
bles adversarios, que con toda la 
fuerza de sus polmones la gritaban: 
ioca. Petenera, tirándola á la vez los 
andrajos que la cubrían. 

Así llegaban ya al termino de 



aquel callejón, sin que la policía ó 
persona alguna socorriese á las 
víctimas de aquel infantil tumul- 
to, quientis, ora sea por salvar del 
furor de sus verdugos, ora por 
que esa dirección llevaran, penetra- 
ron, no sin gran dificultad, por la 
aglomeración de la gente, al inte- 
rior de ''Ei Edén." 

Los amotinados se dispersaron 
ante el imposible que para seguir 
en pos de sus víctimas les oponía 
aquella inexpugnable muralla de 
cuerpos humanos, con harto senti- 
miento délos espectadores de aque- 
lla salvaje excena, que á la algaza- 
ra, habían ocurrido á presenciar con 
estúpida indiferencia y aun con mar- 
cadas muestras de contento aquel 
cuadro, digno de la descriptiva plu- 
ma de Salomé Jil. 

Repuesto el orden por la evasiva 
de aquellos dos desventurados se- 
res, los curiosos se dirigieron en 
busca de la desgraciada, que sirve 
siempre de diversión á las almas 
ruines y bajas, á la enramada don- 
de dos indígenas de San Juan Saca- 
tepéquez, sentados en el único ban- 
co que amueblaba aquella estancia, 
con una gravedad digna de los Pa- 
dres de la Patria, ejecutaba el uno 
al violín y el otro le acompañaba 
con el arpa, una de esas originales 
piezas de nuestros indios, sin méri- 
to ninguno oara los iniciados en el 
arte de Bellini, pero que nosotros 
no podemos oír sin conmovernos, 
sin que el corazón se nos oprima 
de tristeza y nuestra imaginación se 
remonte á los tiempos de la civili- 
zación indígena, presentándonos a 
esa raza, degenerada y abatida hoy, 
bajo condiciones mejores para con- 
tribuir dignamente al desarrollo del 
progreso humano. 

Como de costumbre en días se- 
mejantes, allí bailaban el zapateado 
varios individuos de uno y otro 
sexo, haciendo cabriolas y piruetas 
que provocaban la hilaridad en el 
círculo de los curiosos, que apiña- 



254 



El Ateneo Centro-americano. 



dos cubrían los cuatro ángulos de la 
enramada. 

Habría apenas transcurrido me- 
dia hora, desde que aquella desgra- 
ciada mujer logró escapar de la fu- 
ria de los muchachos, cuando vióse^ 
la salir por la puerta que comuni- 
ca al interior de la casa con la 
enramada: traía descompuestos los 
cabellos, los mugrientos y andrajo- 
sos vestidos prendidos á la pretina 
hacia el lado derecho, con cuya 
mano tomaba la izquierda de la ni- 
ña, á quien como á remolque con- 
ducía; cubríale en parte la espalda, 
algo que estaba diciendof que en 
otro tiempo había sido pañolón, 
aunque ahora no tenía de ello ni la 
forma ni el color, á semejanza de 
ciertos nobles que nos hablan hoy 
de la antigua grandeza de su estir- 
pe, de la cual ellos no conservan sino 
las necias y ridiculas pretensiones 
de la nobleza; con la mano izquierda 
sujetaba el un extremo de aquel 
rmdrajo y el otro arrastrábase por el 
líelo; las varias soluciones de con- 
tinuidad de la camisa, como d-iría 
un cirujano, presentaban á las indis- 
cretas miradas de los curiosos una 
blanca y finísima epidermis; como 
si húmedos estuviesen los vestidos, 
no obedecían muy de grado el mo- 
vimiento que al andar les imprimía, 
sino que tomando dirección contra 
ria, dejaban ver como en relieve las 
bellas formas que encubrían mala- 
mente; su demacrado rostro repre- 
sentaba el crepúsculo del sol de la 
belleza que prematuramente se va 
y las sombras del dolor que les su 
ceden: un par de ojos garzos, como 
abatidos bajo la espesa sombra de 
las pestañas que los cubrían; una 
frente medianamente espaciosa, des- 
cansando sobre los dos negros arcos 
de sus cejas, que mostraba ya algu- 
no que otro surco formado más que 
por el tiempo, por el infortunio; una 
nariz que nada tenía que envidiar á 
la más perfectamente cortada; una 
barba, como \aciada en el molde 



de la de una virgen de Murillo, y 
una boca, como prestada á la Belle- 
za para dar más realce á todo aquel 
conjunto, constituían aquella inte- 
resante fisonomía, sostenida por el 
más bien torneado de los cuellos; 
pero todo empañado ya por el alien- 
to de la desgracia. 

Hacíase necesario fijar mucho la 
atención en el rostro de aquella 
mujer, para descubrir en él las hue- 
llas que de su paso habíate dejado 
la hermosura; á través del negro 
velo del dolor que cubría su sem- 
blante, dejábase comprender per- 
fectamente, cuan bello debió ser 
en otro tiempo. 

Como ya dijimos, conducía de la 
mano á la chiquita, cuya vestidura 
en nada aventajaba á la de la ma- 
dre, sino que por el contrario, pro 
clamaba muy alto su común origen. 
No así su rostro, que ninguna seme- 
janza tenía con el de aquella, aun- 
que en verdad no era fea. 

La aparición de aquellos dos se- 
res fué saluda por parte de los es- 
pectadores con estrepitosas carca- 
jadas y silbidos. 

Suspendióse por un momento el 
baile, porque los músicos, no obs- 
tante su característica é impertur- 
bable gravedad, no pudiendo de 
momento explicarse el motivo de 
ac^uella algazara, y juzgando que 
acurría algo digno de su atención, 
dejaron de tocar para averiguar 
que era lo que producía aquel mur- 
mullo. Lo propio, aunque no sólo 
por la curiosidad, sino por haberse 
callado la música, hicieron los que 
bailaban. Enterados de lo ocurrido, 
tornaron los primeros á su asiento 
á continuar la interrumpida pieza 
y los demás á proseguir el zapa- 
teado. 

Nuestra mujtr, al oír los acordes 
de la música, no pudo contenerse y 
soltando la mano á la chiquita, mez- 
clóse también alegremente en el 
baile. Escusado es decir que tal su- 
ceso aumentó la animación de los 



El Ateneo Centro-americano 



2SS 



espectadores, entre los cuales se ha- 
llaba un sujeto de regular aparien- 
cia, decentemente vestido y en pri- 
mer término de los que cubrían el 
lado occidental de la enramada. En : 
sus descompasados brincos nuestra \ 

•' ': bailarina, acertó á llegarse 

de aquel" hombre, que dester- ' 
niUándosc de risa, dióle con el bas- ! 
ton nn piquete, en parte que ni el 
pudor ni la decencia nos permiten 
»ií>nibrar. 

Tan indigna ai ción, impropia has- 
ta de los miamos parroquianos de 
•*El Edén/' ni en altísimo grado 
más «' >crsona decente y edu- 

cada. <» en aquella mujer tal 

arrebato y obsccación, que lleván- 
dose la mano á la cintura y des- 
prendiéndose los vestidos con vio- 
lencia, sacó A relucir por el aire un 
j)cqucn(> j)nftal y con él en la mano, 
lanzi^sc C'<ni(> una furia sobre aquel 
sujeto, ijuicn en vano pretendió 
huir y defenderse porque se lo im- 
pedía la multitud que le rodeaba. La 
mujer le tuvo por fin á su alcance, 
huntl el puf^al en el pecho 

con i .». que aquel desgracia- 

do cayó al sucio en el momento, 
bañado en su propia sangre. 

Sobrevino la confusión consi- 
guiente en esos casos; y aun- 
que do ella pudo aprovecharse pa- 
I criminal, no lo hizo así, 
con el arma ensangrenta- 
da en la mano y la expresión sal- 
: 't' de la venganza satisfecha, pm- 
1 en su semblante, permaneció 
ié contemplando los sufrimien- 
de su victima hasta que los 
ites de la autoridad, á quienes 
.:.::egó el arma y confesó con en- 
tereza su delito, se apoderaron de 
c!'n para conducirla á la prisión, a 
,i - >de también la acompañó la niña. 
En el acto propagóse la noticia 
de aquel hecho escandaloso entre 
todos los concurrentes al Calvario, 
haciéndole de él los comentarios 
mas distintos y contradictorios 
Comenzaba ya á teñir la noche 



y la concurrencia fué desfilando de 
aquel pasco, con tema para la con- 
versación de los nueve días siguien- 
tes, porque entre nosotros toda ac- 
ción mala tiene su novenario, aun- 
que de las buenas jamás se ocupe 
nadie. 

( Continuará.) 

Archivo Kacional de Ciencias y Letras. 

RSFLEXIONES 
A LOS LIBROS DE ELOCUENCIA 

POK 

Fray Matías Córdova. 



§IV. 

Amplificar los argumentos ha 

liados para probar la utilidad de la 

Retórica. 

Definiciones. El hombre sabio, 
haciendo el análisis de su ser, cuan- 
do se compara con los brutos, se 
abate, se avergüenza: cuando se 
compara con los ángeles, se engran- 
dece y se complace. Quisiera ocul- 
tar lo que hace convenir con las 
bestias y sólo hacer patente su ra- 
cionalidad. Esta propia estimación 
bien dirigida, le hace estimar las vo- 
ces como distintivo de su dignidad. 
En hora buena que se llamen honi- 
bres los que tienen por inútil la 
ciencia de expresarse; mas deben 
llamarse embrutecidos, porque se 
descuidan de perfeccionar lo que 
les distingue de los brutos. Defini- 
ción. ¿Queréis persuadir que la Re- 
tórica es inútil? Yo os declaro que 
no lo habéis de conseguir sin el ta- 
lento de la persuación, y en este ca- 
so, cuanto neguéis con las palabras 
lo afirmareis con los efectos. ¿Cuán- 
ta será su utilidad, puesto que es 



256 



El Ateneo Centro-americano. 



útil aún para disuadirle, y le sirve 
su misma impugnación de apoiogía? 
Dcfiftición. Debe causar admiración 
que interpretándose útil lo qu' con- 
duce al fin y siendo el fin de las vo- 
ces explicarnos, para conseguir lo 
que deseamos, haya de creerse me- 
nos útil lo q|5e perfecciona las pa- 
labras. 

División. Yo, conformándome con 
el unánime consentimiento de los 
sabios, entiendo por Retórica la 
que busca los fundamentos convin- 
centes para hablar como sabio, la 
que trabaja por la hermosura del 
orden para su discurso, y que todo 
lo expresa con una frase limpia, co- 
rregida y armoniosa. Todo lo cual 
es tan excelente y tan digno que, si 
la Divinidad tuviera labios, así se 
comunicaría con nosotros. 

Etimología, Elocuente, si atende- 
mos á la significación de la palabra, 
el que habla quiere decir y nada 
más. ¿Cómo pues se llaman elo- 
cuentes los que son consumados en 
esta facultad? Porque sólo quien 
habla bien se puede decir que ha- 
bla y porque muchas veces es más 
ventajoso el silencio que haber ha- 
blado sin sustancia y cultura. 

Conjugados. Siendo esto así, pue- 
de notar alguno, ¿cómo después de 
tanta profusión de palabras noso- 
tros no nos interesamos ni toma- 
mos empeño por la causa? Porque 
la elocuencia no debía tratarla sino 
un elocuente, porque la elegancia 
pide ser persuadida en un modo 
elegante, y es preciso que haya 
cierta afinidad entre la oración y el 
asunto de que en ella se trata. De 
donde se infiere cuan necesaria sea 
aquella facultad por cuyo defecto 
se hace difícil de demostrar aún lo 
más evidente. Es lo más evidente 



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su gran utilidad. 



{Coniinnard.) 



La Revista. -Hemos recibido 
los números 14 y 15 de esta inte- 
resante publicación de la Acade- 
mia Guatemalteca, correspondien- 
te de la Real Academia Española. 
Forman una entrega de 70 páginas 
en las que se contiene la comedia 
de costumbres que en cuatro actos 
y en verso escribió para el concur- 
so del Ateneo de Lima nuestro co- 
nocido poeta don Juan Fermín 
Aycinena, y que como nuestros 
lectores saben, obtuvo el primer 
premio. ' 

El título de dicha comedia es 
**E1 hombre de bien." Nos prome- 
temos leerla con la atención que se 
merece, para poder hablar de ella 
en nuestro próximo número. Entre 
tanto reciba el señor Aycinena 
nuestras felicitaciones más sinceras 
por el triunfo que ha obtenido en 
uno de los centros literarios que con 
justicia gozan de mejor reputación 
en la América Española. 

"La Petenera." — En el presen- 
te número empezaremos á publicar 
la leyenda de ese título, debida á 
la pluma de uno de nuestros socios. 
El asunto en ella desarrollado es 
de carácter puramente nacional, 
por lo que creemos que será del 

agrado de nuestros lectores. 
* 
* * 

A ÚLTIMA HORA.— Antenoche 
tuvo sesión privada el Ateneo con 
objeto de disponer la velada fúne- 
bre que debe darse en honra del 
malogrado joven don Buenaventu- 
ra Saravia. 

Señalóse con tal fin el jueves 
próximo (20 del presente) desig- 
nándose al socio Montúfar (don 
Manuel) para pronunciar el discur- 
so oficial. Además, tomarán parte 
en la velada los socios Tejeda, Paz, 
Morales (don Próspero), Rodríguez 
Castillejo y Pérez. 



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