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Full text of "El casamiento engañoso y El coloquio de los perros : novelas ejemplares de Miguel de Cervantes Saavedra"




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EL CASAMIENTO ENGAÑOSO 



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COLOQUIO DE LOS PERROS 



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EL CASAMIENTO ENGAÑOSO 



Y EL 



COLOQUIO DE LOS PERROS 

NOVELAS EJEMPLARES 

DE 

« 

MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA 



EDICIÓN CRÍTICA 

CON INTRODUCCIÓN Y NOTAS 

POR 

AGUSTÍN G. DE AMEZÚA Y MAYO 



OBRA PREMIADA CON MEDALLA DE ORO POR VOTO UNÁNIME DE 

LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA 



É IMPRESA Á SUS EXPENSAS 




MADRID 

BAILLY - BAILLIERE 

M CM XU 



lili 



ADVERTENCIA 



■t¡Dios te libre, lector — escribió Quevedo — , de prólogos largos y de malos 
epítetos » ; graciosa prevención á los autores , que , por lo que á mí toca , se 
cumplirá esmeradamente esta vez. Si ahora te detengo un instante, estampando 
aquí cuatro palabras, culpa á mi corazón, <jue, al fin de la jornada larga y pe- 
nosa (jue dediqué á esta empresa, quiere pagar del mejor modo que sabe el 
generoso concurso de los buenos amigos que, con sus consejos, datos y perso- 
nales oficios, me auxiliaron para acabarla. 

Reciban , por tanto, la expresión de mi agradecimiento, muy sinceramente 
sentido, los Sres. D. José Martí y Monsó y D. Juan Agapito Revilla , mis solíci- 
tos guías en el Valladolid viejo; D. Luis Valdés, á cuya liberal fineza debo el 
cómodo manejo de muchos de los buenos libros que posee; D. Román Murillo, 
muy entendido y celoso Jefe de la biblioteca de la Real Academia Española, así 
como D. Gajpriel M. del Río y Rico, que lo es, y muy digno, de la Sala de Raros 
de la Biblioteca Nacional, sustituyendo á aquel que lo fué tan diligente y buen 
amigoD. Ricardo Torres Valle; y, por último, el insigne é ingeniosísimo escri- 
tor D. Francisco Rodríguez Marín, á quien de buena gana llamaría maestro ca- 
riñoso, si la torpeza del discípulo que sacó en mí no me hiciese callarlo, en fa- 
vor suyo. 

Un devoto recuerdo, además, á la santa memoria del benemérito erudito y 
modestísimo sabio D. Cristóbal Pérez Pastor, y mi gratitud profunda á la Real 
Academia Española que, con tan indulgente benevolencia ha acogido este hu- 
milde trabajo. 

Y ahora , amable lector, en tus manos pongo mi obra y á solas te dejo con sus 
sueños ó disparates, que, como de los suyos dijo el Alférez Campuzano, á quien 
vas á conocer de aquí á poco, si no es ya, como presumo, antiguo camarada 
tuyo, no tienen otra cosa de bueno sino es el poderlos dejar cuando te enfaden 



INTRODUCCIÓN 



I 



I Adiós , Madrid , madre amada , 
Patria nuestra , Madrid rico, 
Corte del gran Salomón , 
Hechura de Carlos V... I 

(Romance del tiempo.) 



Aquella histórica mañana, memorable en los anales madrileños, fue- 
ron mayores que de costumbre el revuelo y alboroto en la celebrada 
Puerta de Guadalajara. Por las tiendas de los lenceros, donde se ven- 
dían los buenos chamelotes, los tabíes escogidos y las más ricas ran- 
das; entre el concurso de los ociosos que mataban su tiempo, ora de 
pie en apretados corrillos , ó familiarmente sentados en los bancos que 
á sus puertas tenían los mercaderes, comentando la bajada del Turco, 
las cosas de Flandes ó las estupendas novedades que, con asombro de 
la gente vieja, se iban palpando en el régimen de la Monarquía desde 
la muerte del Rey Prudente, como el alejamiento voluntario ó forzado 
destierro de sus probados ministros predicaba á las claras; entre las 
damas y dueñas que llegaban con sus coches á las susodichas tiendas, 
por serlas más abastecidas y ricas de la Corte, dejando empeñada en 
ellas la consumida hacienda de sus maridos; entre todo el tropel de 
gente desocupada y vaga, corría con la premura ansiosa de las malas 
nuevas, una más, funesta y lastimera para la heroica villa de Madrid. 

Decíase por todos que la noche antes, miércoles lO de Enero 
de 1 60 1, se había publicado en la cámara regia, con el rigor y cere- 



— 4 — 

monia que tan solemnemente el caso pedía, el decreto mandando 
trasladar la corte desde la renombrada Mantua, 

Dosel de reyes, de sus hijos cuna, ' 

coronada villa durante cuarenta años, á la gallarda ciudad de Valla- 
dolid. 

«Ninguna cosa despierta tanto el bullicio del pueblo como la nove- 
dad», hubo de decir años más tarde un profundo y avezado político, 
gran escudriñador del corazón de las muchedumbres, ^ y aquélla lo 
era, en verdad, tan grande y juntamente tan infortunada, que la agi- 
tación y clamoreo fueron bulliciosos y extraordinarios. 

Desde meses atrás estaban temiendo aquella fatal noticia los recelo- 
sos cortesanos, y meses y meses venían engañando también sus suspi- 
cacias y zozobras con esperanzas fingidas, que alimentaban ellos mis- 
mos, en contra de la realidad de las cosas y de las públicas voces que 
sobre el caso corrían, adversas y de mal agüero; que tal era la fuerza 
y aspiración de sus deseos y amor á Madrid, nacido del acomodamiento 
y holgura en que se hallaban, y del cual se les arrancaba por el ca- 
pricho interesado, no del Rey, sino del Duque de Lerma, aquel favorito 
«mañoso más que bien entendido; de voluntad imperiosa con otros, y 
postrada para sí » , ^ pero de tanta privanza y valimiento sobre el apo- 
cado ánimo del Monarca, que el temido decreto testimoniaba derecha- 
mente cuan bien presentía la futura debilidad de su hijo el fenecido Rey 
Prudente, cuando al tener la muerte cara á cara hubo de decir á don 
Cristóbal de Moura, Marqués de Castel-Rodrigo, con desgarradora y 
triste frase, que resultaba aún más tremenda en la clarividencia que 
prestan al juicio humano las cercanías de la tumba: «|Ay, don Cristó- 
bal , que temo que lo han de gobernar 1 » 

Así era en verdad, y tristemente exacta la regia profecía; y aquel 
decreto leído la noche antes en la cámara del Alcázar, la primera lec- 
ción dada al pueblo y á los grandes de que en lo futuro una voluntad 



' Góngora: Soneto: A la grandeza y dilatación de Madrid, corte de los Re- 
yes de España. — Obras. — Lisboa, mdclxvii; tomo I, pp. 17-18. 
2 QuEVEDo: Grandes anales de quince días. 
' QuEVEDO: Ibidem. 



— 5 — 

mandaría en la Corte, y no ciertamente aquella diputada por Dios y 
por el libre consentimiento del Reino para cabeza y caudillo de todos. 

Porque era el caso, además, que la mudanza se hacía muy á disgusto 
también del Rey y de la Reina; mas á todo placer y regocijo del pri- 
vado, verdadero fautor de la medida, aunque aquellas turbas descon-' 
tantas que, agitadamente llenaban la plaza de Guadalajara, no supieran 
á fondo el origen y nacimiento de su desgracia. 

Ello fué que del famoso mentidero madrileño la nueva se propagó 
rápidamente por la villa toda, corriendo de los patios de Palacio, entre 
la muchedumbre de letrados sin oficio, catarriberas y pretendientes que 
los llenaban, al par de los cajones de libreros, tiendas de buhonería, 
oficinas y salas de los Consejos, á la plaza de Santa Cruz, asiento co- 
mún de bellacos, picaros y truhanes, que, sin temor á los vecinos oficios 
escribaniles , urdían sus fraudes, sus mentiras, sus burlerías y trampas; 
de allí, á la Puerta del Sol, en donde los corrillos que los Alcaldes 
prohibían tan á menudo en sus Autos hubieron de engrosarse sobre- 
manera aquel día con su habitual vulgacho de soldados, ganapanes y 
pregoneros; no sin visitar, finalmente, los bodegones y tiendas de co- 
mer de San Gil y Santo Domingo, la plaza de Herradores, en la que 
los recién llegados mozos esperaban señor que los recibiese por pajes ó 
lacayos, 6 el pregonero publicaba la almoneda señorial, y la calle Mayor 
con sus puestos de ropavejeros franceses; en suma, el Madrid matinal, 
bullicioso, pintoresco y concurrido. 

Y cuentan las historias verídicas de entonces que fué aquella reso- 
lución y medida de mal gobierno causa de universal protesta y clamo- 
reo, no ya entre los cortesanos, sino entre los madrileños todos, como 
en muchos años atrás no recordaba otra igual la memoria de los viejos; 
y que las quejas, las lástimas y los lamentos mezclábanse con los de- 
nuestos, los juramentos y hasta maldiciones, no ya sólo contra el odia- 
do favorito, sino contra el Monarca mismo, que con tan torpe decreto 
arrancaba una Corte del largo asiento que gozaba con universal gusto 
y contento de todos, mudándola leguas y leguas más allá, entre las 
inclemencias y rigores de aquel invierno, crudo en demasía, tumbos y 
malandanzas de los maltratados caminos, peligros de los puertos, gas- 
tos copiosísimos y desazones infinitas, para caer á la postre en un lu- 
gar «de tantas nieblas, aires tan fríos y húmedos, cercado de dos ríos 
que lo obscurecían con sus continuos vapores, y aun muchas veces lo 



— 6 — 

inundaban con sus crecientes y avenidas » , * de pobres y arruinadas 
casas, pocas para contener la gran muchedumbre de la Corte, y con 
las reliquias frescas de una cruelísima peste que había diezmado sus 
vecinos el año antes, dejando quizás traidoramente oculto para lo fu- 
turo el germen de mil enfermedades y contagios. 

Porque no eran sólo las pesadumbres del traslado y las molestias del 
viaje lo que en los cortesanos hacía murmurar la medida: era aquel 
castigo de abandonar á Madrid, un Madrid en que tan á su gusto y á 
sus anchas se veían, un Madrid tan apacible en su ambiente, tan fértil 
en su suelo y de estancia tan regalada y sana , que á los madrileños de 
hoy fábulas 6 consejas nos parecen las alabanzas que sus panegiristas 
de entonces le dedicaron, al tratar de la benignidad y dulzura de su 
clima. ¿Quién había de creer en nuestros días aquel elogio pomposo 
que Cristóbal Pérez de Herrera hace de la Corte , de la cual no era cier- 
tamente oriundo, sino de la Atenas chica, de Salamanca? «Pues es 
cierto que de las cuatro partes en que se divide el mundo, la más fér- 
til y templada y de gente más dócil y tratable es Europa; y della la 
más excelente España, y de España lo más templado y fértil el Reyno 
de Toledo y deste el mejor y más buen asiento tiene la villa de Ma- 
drid, por tener admirable y sereno cielo, aires delgados y saludables, 
aguas sabrosas y delgadas y en mucha abundancia para criar arbole- 
das frescas y riberas deleitosas.» ^ Pues á cuento saben aquellas otras 
ponderaciones de Quintana: «Goza de las cuatro partes del año de una 
moderación y templanza, que ni el invierno es demasiadamente rigu- 
roso con sus fríos, ni el calor del estío es grande, siendo el verano 
vistoso y agradable y el otoño sosegado y apacible.» * «Sus aires en 



* A la Católica y Real Magestad del Rey Don Felipe TIL nuestro señor: su- 
plicando d su magestad, que atento las grandes partes y calidades desia villa de 
Madrid, se sirica de no desampararla , sino antes perpetuar en ella la asistencia 
de su Corte, casa y gran Monarchia. El D. Cristoual Pérez de Herrera, Froto- 
medico por Su Magestad de las galeras de España, y Procurador General de los 
pobres, y albergues destos Reynos , por nombramiento y suplicación del mismo Rey- 
no d Su Magestad.— 16 hojas in 4.°— S. 1. n. a. (Madrid, 1600; f.° 8).— Bib. Nac. 

' Pérez de Herrera: Tbidem. 

* Gerónimo de Quintana : A la mvy antigva noble y coronada Villa de Ma- 
drid. Historia de sv antigüedad nobleza y grandeza —(Madrid , en la Imprenta 

del Reyno, mdcxxix; f.° 2). Más adelante dice de Madrid que era « el lugar más 
sano del Reino» (f." 15). ¡Quién lo creería hoy! 



— 7 — 

el invierno no son fríos en demasía, el calor en el estío no es grande, 
la primavera y el otoño son paraíso y regalo», confirmaba Gil Gonzá- 
lez Dávila. ' 

Harto lo sabían los afligidos cortesanos, y por ello les dolía más aún 
despedirse de aquel regalo, de aquella apacibilidad , de aquel benigno 
clima que hacía frondosas y deleitables las verdes riberas del manso 
Manzanares , convertidas en huertas pintorescas y floridas quintas , que 
daba amenidad y frescura al Prado de San Jerónimo, á las alamedas 
pobladas del Paseo de Atocha, al Madrid galano que tantas comodi- 
dades y bienestar brindaba, mejorado cada día por el cuidado y celo 
de su Corregidor y Ayuntamiento. * 

Y como á tan fundadas quejas juntábanse otras más, que nacían al 
recuerdo de la abundancia y exceso grande de mantenimientos, de la 
baratura de las casas, de la fertilidad de su comarca y copiosa pro- 



' Gil González DjCvila: Teatro de las grandezas de la Villa de Madrid..... — 
Madrid , Thomas lunti, mdcxxiii; f.° 5. 

* Cabalmente por entonces se había dado orden para que en lo sucesivo no 
se pudiere edificar casa ninguna en la Corte, sino guardando la proporción, 
nivel y traza que el Ayuntamiento daría , medida con la cual sus vecinos espera- 
ban ver, en corto número de años, remozado y nuevo á Madrid, con la fábrica 
uniforme y vista harmoniosa de sus monumentos. 

Léase á este efecto el testimonio de su celoso abogado Pérez de Herrera : 

« el buen orden que de algunos años á esta parte ha dado el Presidente 

del Consejo con los demás Consejeros de la junta de pulidla mandando que 
todas las casas viejas que se fabricaren de nuevo no las puedan hacer los due- 
ños sin dar parte á la dicha Junta, donde se les dé el modo y traga con que 
han de edificar, haciéndolas retirar dentro ó salir afuera de las dichas calles con 
muy buen modo de architectura , conforme á la traga que está acordada gene- 
ral sobre ello; de manera que, quedando en proporción y nivel, hermosearán 
y adornarán la Corte de V. M. , de suerte que en espacio de treynta ó quarenta 
años á lo más, vendrán á ser todos los edificios della nuevos y luzidos y pro- 
porcionados. » 

¡Cuan necesaria y oportuna sería en nuestros tiempos una disposición seme- 
jante, singularmente en ciudades de carácter histórico como Ávila, Burgos y 
Toledo! — Vid. Pérez de Herrera: Discvrso á la Católica y Real Magestad del 
Rey D. Felipe nuestro Señor y en que se le suplica, que cosiderando las muchas 
calidades y gradezas de la Villa de Madrid, se sirua de ver si conuendria hon- 
rarla, y adornarla de muralla, y otras cosas que se proponen , con que mereciesse 

ser Corte perpetua , y assisteticia de su gran Monarchia — S. a. (1597) 24 folios 

in 4.°; f 6.— Bib. Nac. 



— 8 — 

visión de sus cercanías, tan cruel y doloroso se les hizo el trueque de 
Corte, que, nuevamente, se reprodujeron los lamentos, y «no es posi- 
ble decirse ni con palabras — agrega un testigo contemporáneo — ni 
explicarse, los lloros, los gemidos, las exclamaciones que embiavan al 
cielo aquella gente de aquel pobre lugar y pueblo afligido, las grandes 
y terribles maldiciones que hechauan á los que aconsejaron al Rey á 
que hiciese esta tan extraña mudanga » . " 

Y como en los amargos é irremediables trances de este humano 
destierro no resta á los mortales otro mejor y más eficaz consuelo que 
el de su propia filosofía, con la cual se engañan las penas y se burlan 
los dolores, por tremendos y agudos que parezcan, á su española fle- 
mática filosofía, tradicional condición de nuestro carácter por aquellos 
tiempos, acudieron los más, y aunque mustios, descontentos y cabiz- 
bajos, hubieron de aprestarse á la triste jornada, diciéndose entre dien- 
tes, con aire de forzada sumisión y obligado acatamiento: 

Dios lo quiso, el Rey lo hace , 
No hay más sino obedecello. *" 



* Historia de varios sucesos y de las cosas notables que han sucedido de veinte 
años en toda España y en toda la Iglesia Catholica , escrita por el Padre Sepul- 
veda el tuerto. Religioso en el Real combento del escurial. Año al parecer 
de 1583. Mss. Bibliot. Nacional. Mss. 2.5767 2.577. — Tomo II, L° %i. 

Como la mujer de un letrado — cuenta Cabrera — se descompusiese, echando 
muchas maldiciones al Rey y al Duque por el acuerdo tomado, y un Alcalde 
de Corte la pusiese presa y diesen cuenta al Rey, «S. M. le respondió que en 
Madrid les echaban maldiciones porque se iban, y allá (en Valladolid) porque 
les aposentaban: que como no viniesen las del cielo no había que hacer caso, y 
que la soltasen , que tenía razón.» — (Luis Cabrera de Córdoba : Relaciones de las 
cosas sucedidas en la Corte de España desde I5Q9 hasta 1Ó14. — Madrid, 1857; pá- 
ginas 97 y 98.) 

'O Sigúese un gracioso cuento que seccedid en la villa de Madrid, d vn caua- 
llero que se fue d la ciudad de Valladolid con la Corte, es de mucha curiosidad: 
trata de como en vna casa principal de la dicha tulla, andaua un Duéde que mal- 
trataua d todos los criados, porque se yuan d Valladolid, y de como se apareció 
al cauallero en hauito de frayle, y de muchos coloquios que entre los dos passaro?i. 
Compuesto por Francisco de la Curz (sic). Murcia en este año de mil y seyscientos 
y vtio, con liceticia. — Un pliego suelto in 4.°. — (Apud. Gallardo: Ensayo de una 
Biblioteca Española de libros raros y curiosos formado con los apirntamietitos de 

Don Bartolomé José Gallardo — Madrid, 1863-1889. — Tomo II, cois. 628 á 630 

y Catálogo de la Biblioteca de Salvd. — Valencia, 1872. — I, núm. 29. 



— 9 — 
Diéronse entonces los cortesanos á discurrir tristemente sobre los 
pasos que habían precipitado aquel malhadado acuerdo, y su memoria 
les traía la de los primeros rumores corridos en los postreros días del 
año de 1599, que, llevando la alarma á los procuradores madrileños 
en las Cortes, á la sazón abiertas, i' y á algún defensor vigilante de 
Madrid, como el Dr. Pérez de Herrera, ^^ ocasionaron la salida de me- 
moriales y arbitrios en sl^plica de que el Rey suspendiese la plática, y 
recordaban también cómo, en efecto, lo habían logrado. '** Mas no 
pudieron impedir que el diligente y avisado vallisoletano concejo, sa- 
bedor de los propósitos de traslado de corte, acordase enviar, como lo 
hizo, á dos de sus más celosos regido;-es, para que nuevamente logra- 
ran avivar el apagado intento de la mudanza, i* Por cierto que los bue- 
nos ediles corrieron graves peligros al atravesar los puertos de Castilla, 
cubiertos y cegados por la nieve, y sin blanca, además, apuros de que 
hubieron de salir gracias á unos maravedíes oportunamente concedi- 
dos por el cabildo, al conocer el grave y cómico aprieto en que se ha- 
llaban sus comisionados. ^^ 



n La voz de alarma dióla D. Diego de Barrionuevo y Peralta, procurador 
á cortes por la Villa, en la junta de 4 de Enero de 1600, advirtiendo al Reino 
cque se dice públicamente en este lugar, que el Rey nuestro señor quiere hacer 
mudanza de él sacando la Corte para Valladolid». Trató el Reyno del asunto 
largamente, aprobando á la postre un extenso Memorial, en que se discuten y 
pesan cuerdamente todas las causas que motivaban la mudanza. — Actas de las 
Cortes de Castilla publicadas por acuerdo del Congreso de los Diputados d pro- 
puesta de su Comisió?i de Gobierno interior. — Madrid, 1S61-IQ10. — Tomo XVIII, 
pp. 585 á 587; 603 á 605 y 610 á 614. 

'2 Memorial citado más arriba (nota *); su fecha es de 2 de Febrero de 1600, 
pero de su lectura se deduce que se escribía en los últimos meses de 1599. 
(Vid. f." 8). 

" Cabrera: Relaciones , p. 59. 

'* En la junta de regimiento ordinario de 28 de Henero de 1600 «se acordó 
nombrar por caballeros que vayan á Madrid á negociar los asuntos de la ciu- 
dad á los ss.s diego mudarra y don galuan boniseni regidores». Excusóse el pri- 
mero y fué sustituido por D. Luis de Alcaraz, acompañándose de Alonso de 
Santisteban y Francisco Calderón , padre de D. Rodrigo, representante en Va- 
lladolid y gran privado del Duque de Lerma. — (Libros de Actas y Acuerdos del 
Ayuntamiento de Valladolid). — Mss. — Año de 1600; ff. 20 vto. y 24. 

•^ «este día se rresciuio vna carta de los ss.s don luis de alcaraz y don galuan 
de boniseni rregidores desta ciudad q van en ne della á vesar las manos de su 



— lo 



Ya en la Corte, y reunidos con los procuradores pincianos Alonso 
Díaz de la Reguera y Andrés de Trizar, pusiéronse ardorosamente so- 
bre el empeño de su mandato, removiendo y activando el arrumbado 
pleito que les traía. Cuando era mayor el fervor de sus gestiones y 
nuevamente volvía á plantearse el discutido punto, un suceso, fatal 
para uno de ellos, llenó de espanto y confusión á los restantes, como 
portentosa señal de mal agüero. A Q de Marzo de l6oo fué hallado 
muerto en su posada Andrés de Irízar, lleno de heridas y maltratado, 
abiertos sus cofres y escritorios, perdidos sus papeles y dineros, desal- 
mada crueldad que, por robarle, ejecutaron unos criados suyos. ^'' 

Quedó impune el espantoso crimen, y al desdichado escribano (pues 
Irízar lo era de la Chancillería de Valladolid) sustituyó el licenciado 
Falconi , '' y otra vez y juntos todos prosiguieron su diplomática mi- 
sión, que tanto les importaba. Y mientras los regidores madrileños 
en el Ayuntamiento de la Villa, conocedores de estos designios y ma- 
nejos, andaban desorientados, á tontas y á locas, sin lograr siquiera 
tomar un acuerdo que eficazmente acabase con los reencendidos tra- 
bajos en pro de la mudanza, i* los vallisoletanos dábanse tan bue- 



mag.d y entender los negocios desta ciudad escripta de Villacastín en que dan 
aviso no pueden pasar los puertos por el mal tiempo q age y la mucha nieue q 
ay y q Jí les prouea de dineros*; tratado y conferido se les concedió 20.000 mrs. 
Libros de Actas y Acuerdos del Ayuntam. de Valladolid; Junta del 14 de Hebre- 
ro de 160O] ff. 29 vto. y 30. 

«« Cortes de Castilla.— XIX , 1 19 y 145. 

" Á 1 1 de Abril de 1600 (/bidem.—XlX, 177). 

'8 En junta de 17 de Henero de 1600, tan sólo tomaron el de mandar impri- 
mir el «memorial que se ha ordenado para dar á su mag.'' sobre la mudanga de 
la Corte» ; que no era otro que el Memorial y Discurso, qve la Villa de Madrid 
dio al Rey Don Felipe III. nuestro señor, sobre la mudanga de la Corte: hecho 
por el Doctor Hernando Maldonado de Matute, Abogado de los Consejos de su 
Magestad, y de la misma Villa por orden della. Madrid, Pedro Madrigal. — 
Año MDC; in f.° II hojas. No obstante mis diligentes esfuerzos por encontrarlo, 
no he podido servirme de él más que en el amplio extracto que incluye el señor 
Pérez Pastor en su Bibliografía Madrileña. — Madrid, 1891. (Parte I, núm. 696.) 

Libros de Actas y Acuerdos del Ayuntam.» de Madrid. (Mss. guardados en su 
Archivo). — Año de 1600; f.° 204. 

En la junta del miércoles 19 de Henero de 1600: «en este ayuntam." auien- 
dose tratado y conferido largam.e de los muchos y grandes daños que general 



na maña, que, á la chita callando, sin que los cronistas de entonces 
acierten á traslucirlo, cuando quizás los cortesanos juzgaban alejado 
el peligro de todo punto, las consultas seguían sus derroteros, pe- 
díanse secretamente arbitrios y pareceres, y la mudanza paulatina- 
mente continuaba su rumbo; tanto y tanto, que cuando se acordó la 
jornada temporal del Monarca á Ávila, Segovia, Burgos y Valladolid 
para la primavera y verano de aquel año de l6oo, la mudanza, 6 ya 
estaba resuelta, ó se acordó pocos días después; i'-* aunque con tal sigilo 
y cautela, que el viaje regio que, en efecto, se llevó á cabo durante los 
meses de Mayo á Septiembre, verdadero simulacro del traslado defini- 
tivo que había de hacerse medio año más tarde, túvose por la Corte 
toda por regocijado pasatiempo de los Reyes y generosa muestra de 
amor á sus vasallos; aun cuando no falte un puntual historiador de lo 
ocurrido que atribuya el celo y amor reales de la visita á más bajos é 
interesados movimientos: simplemente al deseo de obtener de las ciu- 



y Particularm.e pueden Resultar de mudarse la Corte desta Villa a otra Parte 
como se entiende y dize quiere su mag.»! mudalla y del esfuerzo que esta villa 
conuiene haga en suplicar á su mag.d se sirua de mandar no se trate de cosa 
semejante y por ser la materia tan grande se acordó se llame á la villa p.a el 
biernes para continuar la dcha platyca y Resolver lo q conbendra se haga». 
Y en efecto «en m.d lunes 24 de hen.» de 1600 as. en este ayuntam." se tra- 
to y confirió largam.e sobre la yda de la corte y no se Resoluio cosa ninguna 
y se quedo para otro ayuntam." y se llame para el miércoles Para ello». — Ib'idem, 
1600; ff. 205 y 206 vto. — Pero ya hasta Septiembre no se encuentran acuerdos 
sobre el particular. 

'* Cabrera, que desde \.° de Enero de aquel año siguió cuidadosamente los 
pasos de la mudanza , en 6 de Mayo da por abandonada la ^MAcsl.— Relaciones, 
op. cit, pp. 56, 59, 63, 66 y 69. — A pesar de ello, en 4 de Julio de aquel año esta- 
ba secretamente decidida. Testifícalo el Duque de Lerma, quien enviando al 
Conde de Miranda, Presidente del Consejo de Castilla, un arbitrio sobre aquel 
negocio, acompañábalo de las siguientes palabras: «A su magestad dieron el 
papel incluso sobre la mudanza de la Corte, y supuesto que el punto principal 
que es el de la mudanza está resuelto sin que haya que añadir ni quitar, quiere 
en los demás puntos el parecer de vuestra excelencia y manda se le invíe con 
mucha distinción. — Dios guarde á V. exce.» En Medina del Campo á 4 de Julio 
de 1600. — El Duque. — Señor Conde de Miranda». — (En las espaldas del docu- 
mento) i 4 de Julio de J 600.— Señor Conde de Miranda con un papel sobre la 
mudanza de la Cortea. — Archivo General de Simancas. ^ — Secret. de Gracia y Jus- 
ticia. (Legajo 897). 



dades visitadas, como otras veces, los millones de ducados que sus 
procuradores en las Cortes se resistían á conceder. ^^ 

De todos modos, la resolución final de la mudanza no se descubrió 
por entonces: mantúvose secreta; llevóse á cabo el viaje, residió en Va- 
lladolid el Monarca, con gran contento suyo, cerca de dos meses; ce- 
lebró el pueblo su venida con aclamaciones bulliciosas; el Corregidor, 
Ayuntamiento, Justicia y Señores alegraron y entretuvieron su estancia 
con ostentosas fiestas; vertieron hábilmente la adulación y los favores, 
y quién sabe si algo más substancioso, en la persona del prepotente 
favorito, el Duque de Lerma, y aun cuando para ello hubieron de 
empeñar y malbaratar poco menos que hasta la propia arca del con- 
cejo; 21 la conclusión postrera fué que cuando Felipe III regresó á Ma- 
drid en los comienzos de Septiembre, consigo llevaba el espanto y la 
zozobra que rápidamente se propagaron entre los acongojados madri- 
leños, con el rumor violento y abrasador de la mudanza, nuevaipente 
resucitado. 

Y aquella vez iba de veras, y bien lo presintió el dormido concejo 
de la Villa, despertando del funesto sopor que le había dominado du- 
rante todo aquel año de 1600, en que los trámites de la ida á Valla- 
dolid habían corrido sigilosos; sus pobres regidores, pretendiendo ha- 
llar remedio á un mal que, desdichadamente, ya no lo tenía, azorados, 
locos y nerviosos, como quien pierde la serenidad y la calma, corrieron 
á buscar aquellos resortes, aquellas providencias que meses atrás acaso 
hubiéranles premiado con la victoria que ambicionaban; pero entonces 
ya baldíos, sin virtud alguna ni fruto. Y así intercedieron con el con- 
fesor de su Majestad, Fr. (iaspar de Córdoba, con sus predicadores, 
con los señores del Consejo, con la majestad misma de la Empera- 
triz, 22 echando tardíamente de la Corte á los vagabundos y gente vi- 



20 CKmL%K.K: Relaciones 84. 

2' Vid. en el mismo: Relaciones las de estás fiestas y regocijos (pp. 68 á 

81) ó en la Historia de la Muy Noble y Leal Ciudad de Valladolid, por el Doc- 
tor Matías Sangrador y Vítores (Valladolid, 1851; tomo I, 448 á 452) que ex- 
tracta los acuerdos del Ayuntamiento sobre el caso. 

22 «en M.d lunes 12 de Septiembre de 1600 en este ayuntam.o se trato y con- 
firió auiendose entendido quan adelante anda la nucua de la mudanga de cor- 
te y considerando el notabilísimo daño que esta Villa Res(;iuiria si fuese cierto 
por su grande empeño demás del daño q monesterios y personas pobres que 



— 13 — 

ciosa; 2* y como alcanzaran que tales medicinas eran harto débiles y 
de eficacia nula si no se robustecían con alguna dádiva, jugando su 
última carta, no vislumbraron mejor camino que el de cohechar públi- 
ca y bonitamente al verdadero fautor del regio decreto, al alma del 
traslado, y con poquísimo decoro y sin pizca de vergüenza pidieron 
descaradamente licencia á su Majestad <ípara ofreger al sr. duque de 
lerma una casa en que se avezinde en md. (Madrid) ó cien mili d' (du- 
cados) para ella quedándose la corte en esta Villa-*. -* [Tardío remediol 
¡Inútil soborno! Porque cuando ellos, los regidores madrileños, pen- 
saban comprar al interesado valido, era el caso que los vallisoletanos, 
más listos y sagaces, ganándoles el juego por la mano y tomando la 
delantera con mercedes, privilegios y concesiones, y acaso, aunque 
esto, claro es, no puede constar documentalmente, con sus buenos es- 
cudos, tenían ya sujeto y de su parte al ministro poderoso. '^" 



tienen todas sus haziendas a censo y lo demás que se ha representado se acor- 
do que los ss.s don Ju.o de lauarrera y don juan de león juntamente con el 
d.r matute hagan vn memorial en que se rrepresente el empeño desta Villa y 
las causas porque a procedido y el estado en que está y con este hablen al 
señor confesor y predicadores de su mag.<i y personas que entendieren que 
tratan de los casos de conciencia y hagan instancia con ello procura?¡do por 
todas las bias posibles estoruar esta mudanza y tanbién ablen a los ss.s del con- 
sejo destado, y los ss.s juan Ruiz de belasco y lic.do baldes hablen a la mag.d de 
la en|)eratriz y la representen todos los díiños e ynconuenientes y le supliquen 
con el memorial pida á su mag.^ no permita que la corte se mude y los ss.s don 
ger.mo de barrion.» y bart.me de sardaneta hablen al Reyno en la misma Ra- 
zón con el mis.o memorial y le pidan haga la misma Instancia y hablen á los 
Illm.nios cardenales y ss.s conde de miranda y don Ju.o de Idiazquez press.» de 
ordenes en la misma Razón y le supliquen lo mismo». — Libros de actas y acuer- 
dos del Ayuntam.o de Madrid. (Año de 1600; f.° 308.) 

-' Así quisieron atajar el tremendo acuerdo que se les venía encima. ¡Ya no 
era tiempo! Ibidem, Junta del 25 de Septiembre 1600; f.° 315. 

El Ayuntamiento vallisoletano, sin descuidarse, despachaba en regimiento de 
15 de Diciembre de 1600 al Regidor Juan de Palacios, para que en compañía 
de Jerónimo de Villasante tratasen en Madrid « la venida de la corte á esta ciu- 
dad». — Libros de Actas y Acuerdos. (Año 1600; f.° 196.) 

2« Ibidem; í.° 308 vto. 

'^ V. los acuerdos que copia D. José Martí y Monsó en su fundamental obra 
t Estudios liistórico artísticos relativos principalmente á Valladolid , basados en 
la investigación de diversos archivos^. (Valladolid, Miñón, 1898-1901; p. 600). 

Pidiendo el Duque licencia al Ayuntamiento para hacer un pasadizo desde sus 



— 14 — 

t 

Corrían entonces los postreros días de Septiembre; la voz de la par- 
tida era cada vez más insistente, segura y clamorosa, y, acongojados 
los combatidos ánimos de los cortesanos, de los monasterios, de los 
hospitales, de las cofradías, que palpaban perdidas sus haciendas con 
el levantamiento de la Corte, ^* abandonando toda esperanza terrenal, 



casas al Monasterio de San Pablo, los regidores « todos unánimes y conformes 
dixeron que son tantas y tan grandes las obligaciones y mercedes que está 
ciudad tiene Receuidas y esperan rreceuir de su ex.» que con dar la dha li- 
cencia como se la da no cumple parte de lo mucho que esta obligada por te- 
ner como tienen en su exc.» señor y protector del bien vniversal desta repú- 
blica». — Junta de 15 de Henero de 1601. — Libros de Acuerdos del Ayuntam.' 
(Año 1601 ; f.° 23 vto.) 

Á Cabrera no se le escapa cómo la mudanza se debió principalmente al vali- 
do, « porque muestra desearlo mucho el Duque de Lerma que basta para que se 
haya de hacer t\ y aunque confesaba que Felipe III holgaba más de residir en 
Madrid, concluye que «siendo tanta parte en ello» el Duque, «para él en nada 
se poma impedimento». — Cabrera: Relaciones , pp. 65, 83, 86. 

*• La oposición á la mudanza fué , no obstante , pública y muy viva. Aparte 
los Memoriales de Pérez de Herrera, donde se agotan todo linaje de argumen- 
tos en contra suya, comparando las ventajas y preeminencias universalmente 
recibidas en pro de Madrid para asiento de Corte, con las incomodidades y 
quebrantos que para la salud y las haciendas ocasionaría la estancia en Vallado- 
lid , escribiéronse además muchos arbitrios y papeles , que manuscritos corrie- 
ron entonces: la Emperatriz, dice Sepúlveda, «con muchas veras y grandes en- 
carecimientos y con palabras muy granes , pidió al Rey no se pasase ni higiese 
mudanza alguna»; el Arzobispo de Toledo, Fr. Bernardo de Sandoval y Rojas, 
previno asimismo en un papel manuscrito los daños que acarrearía aquella 
funesta determinación , y personalmente representó al de Lerma los inconve- 
nientes grandes de la medida. 

Los monasterios, hospitales, cofradías é instituciones caritativas y piadosas 
fueron principalmente quienes más apuraron los trabajos y esfuerzos por im- 
pedir el levantamiento de Corte. Muchos de ellos vivían de csiridades y limos- 
nas: otros habíanse fundado á costa de imposiciones y censos tomados sobre 
sus casas; en el alejamiento de los cortesanos veían su acabamiento y ruina, y 
por eso fué tan viva su oposición y tan tenaces sus trabajos. 

De los de las Cortes ya dejé hecha referencia, debiendo añadir, que, dos años 
más tarde, en Diciembre de 1602, pidiendo ya en Valladolid la vuelta de la 
Corte, aprobaron un notabilísimo y curioso Memorial en que aparecen enumera- 
das todas las ventajas y excelencias de Madrid como lugar de Corte, con pinto- 
rescas y descriptivas razones, que hacen de él un muy interesante documento 
para su historia y para la misma del traslado. — Vid. Pérez de Herrera: Memo- 



— «s — 

pusieron la escasa y agonizante que les restaba en el favor del cielo; y 
Madrid enternecido asistió con asombro aquellos días á procesiones y 
comitivas de disciplinantes, que, al soñoliento canturreo de los salmos 
penitenciales, recorrían solemnes y pausados las calles, plazas y revuel- 
tas de la Villa , rasgándose las carnes con el duro azote y clamando á 
Dios misericordia para aquel lugar desventurado; mientras que menu- 
deaban en las iglesias las novenas , los sermones , las rogativas públi- 
cas, las llamadas vivas y profundas á la piedad divina, para que abriese 
los cegados ojos de los ministros del Rey, cilejándoles la tentadora 
resolución de la mudanza. ^' 

La Villa y Corte, á la cuenta, era muy pecadora, y sus crímenes y 
escándalos debían pedir un ejemplar castigo, pues Dios no escuchó 
sus fervorosas súplicas, permitiendo, por el contrario, que se llevasen 
adelante las pláticas durante los postreros meses de aquel año (esta 
vez unánime ya la voz del temido traslado) ; ^^ y cuando en los comien- 



r tales, cit. — Sepúlveda: Historia, cit. II, 79. — Gil GonzXlez DXvila: Historia 
de la vida y hechos del ínclito monarca, amado y santo Don Felipe III..... — Ma- 
drid, Ibarra, 1771 ; folio, p. 81. — Cabrera: Relaciones , op. cit., p. 94. — Gallar- 
do: Ensayo IV, col. 15 10. — Cortes de Castilla , tomo XX, pp. 702-710. 

27 « En estos días se hazían en Madrid grandissimas procesiones con disci- 
plinas y otras muchas plegarias, suplicando á Nuestro Señor estoruase la pa- 
sada de la Corte ; salieron gien pronósticos acerca desto y debían que auia 

de morir una cauega muy grande que auia de estorbar la pasada». — (Sepúlve- 
da: Historia mss. citada; tomo II, f.° 80 vto.) 

^ Aunque Pérez de Herrera dice, en otro Memorial que escribió por aque- 
llos días *, que se había diferido hasta el mes de Abril del venidero año de 1601 
la resolución de la mudanza, la verdad era que, aunque no publicada aún, es- 
taba ya decidida, como Cabrera lo declara (Relaciones loe. cit.) y los regido- 
res madrileños confiesan, teniendo en 27 de Septiembre de 1600 por segura «la 
nueva de la mudanga de la Corte» (Libros de Acuerdos. — Año 1600; f.° 316), y 
abandonando desalentados todas sus pláticas y gestiones para impedirla. 

Lo que á pesar de mis extraordinarias pesquisas no he podido haber á las 



* A la Católica Real Magestad del Rey Don Felippe III nuestro Señor: cerca de la forma 
y tra(a, como parece podrían remediarse algunos peccados, excessos y desordenes , en los tra- 
tos , vastimentos y otras cosas , de q esta villa de Madrid al presente tiene falta , y de que suerte 
se podrían restaurar y reparar las necessidades de Castilla la vieja, en caso que su Magestad, 
fuesse seruido de no ha(er mudanza con su Corte a la ciudad de Valladolid. — (In 4.°, s. 1. n. a. 
40 folios; f.° 2 vto.). — Bib. Nac— Este Memorial se escribía por el otoño de 1600; v. al 
efecto f." 34 vto. 



_ i6 - 

zos del siguiente, que lo eran también del siglo xvii, reunió Felipe III 
su Consejo *^ para acordar definitivamente, como lo hizo, la salida de 
la Corte, no les restó á los madrileños más consuelo que el inocente de 
aquellas candorosas palabras con que acompañó su firma el apocado 
Monarca, y contestó á la Reina, que le pedía que, pues sentía tanto el 
salir de Madrid, no lo ejecutase: «Contra mi gusto vuelvo — dijo — y 
se ha de hacer, porque mi confesor con otros dicen ser del servicio 
de Dios». ** ¿Del servicio de Dios? No, ciertamente, sino del humano 
é interesado del de Lerma; mas ¿ha llegado acaso alguna vez la verdad 
limpia y desnuda, y más si hiere y puede provocar á la venganza, á 
los alcázares reales? 

Leyóse, pues, pocos días más tarde, en la noche del miércoles I o de 
Enero de aquel comenzado año de 1601 , el decreto definitivo del tras- 
lado de la Corte á Valladolid, ^1 y, hechas á la carrera algunas preven- 
ciones necesarias para la síilida de la Casa Real, el Monarca, sin aguar- 
dar más diligencias, rompió arrebatadamente la suya, tomando al 
siguiente día II el camino para la nueva real residencia; cuatro días 
después le seguía la Reina, y tras ellos comenzó la desbandada denlos 
consejos, de los tribunales, de los oficios, de los despachos, del gen- 
tío y muchedumbre inmensos de pajes, lacayos, gentiles hombres y 
oficiales que vestía y autorizaba con sus servicios y presencia una Corte 
de entonces. ^^ 



manos es la fecha exacta del bando que pregonó el cambio de la Corte, que de- 
bió de publicarse á mediados del mes de Diciembre de 1600, á juzgar por, las 
noticias qut León Pinelo nos dejó en sus Anales. « Publicóse esta mudanza 
poco antes de la Pascua de Navidad», dice; y Baltasar Porreño: «se hecho el 
Vando de esta mudauQa que se publicó el año de 1600 en su postrero mes>. — 
Dichos y hechos de el Señor Rey Don Phelipe III el Bueno. — Madrid , 1 723 ; p. 229. 

2» P. Sepúlveda: Historia cit., II, ff. 82 vto. y 83. 

** Gil González Dávila: Historia de la vida y hechos del ínclito Monarca 
amado y Santo D. Felipe Tercero. — Op. y loe. cit. 

81 Ck^^v.KK: Relaciones , p. 93. 

^ No ha sido ni es mi intento trazar una historia minuciosa de aquel hecho, 
entonces tan discutido y censurado; mi propósito no iba mas lejos de señalar 
sus fases é incidentes más principales, aportando la novedad y documentos 
que en la mayoría de las historias modernas no se hallan. Y bien me creerá el 
lector si le declaro que he omitido jnil detalles para la composición de este ca- 
pítulo, que, racionalmente distribuidos, quizás me hubieran obsequiado con un 



— 17 — 

Nadie osó protestar: oyóse sólo la voz del rondeño Vicente Espinel, 
que en un arrogante y brioso soneto (por inédito lo tengo), echaba 
valientemente en cara á los corrompidos cortesanos las causas de la 
traslación: 

SONETO PE ESPINEL k LA MUDANZA DE LA CORTE 

Por regidores bajos levantados, 
Por altos edificios sin cimientos, 
Por los dueños tiranos y avarientos , 
Por gente honrada en tratos deshonrados; 

Por ángeles de guarda disfrazados. 
Por mohatreros viles fraudulentos, 
Por los arrendadores de los vientos, 
Por tratantes en frutas y en pescados; 

Por damas de la liga y valentones. 
Por fulleros y casas deste vicio. 
Por villanos que matan la esperanza; 

Por vagabundos graves y ladrones. 
Por lacayos y mozas de servicio. 
Por esto y más, es justa esta mudanza. ^ 



libro entero. No pasaré sin señalar el vacío y ausencia de datos que, contra mi 
esperanza, toqué en el Archivo de Simancas al investigar personalmente este 
hecho histórico. Fuera de algún dato citado en el texto, de un extenso y dis- 
paratado arbitrio sobre la causa y forma de la mudanza , y de las órdenes dadas 
para efectuarla, la verdad es que, después de repasar concienzudamente los 
Legajos 183 d i8j de Estado (Años 1599 á 1601) y de encomendar.su busca á 
los celosos empleados de aquella dependencia, fracasaron nuestros empeños y 
no pude dar ni con una sola consulta (que indudablemente existieron) del Con- 
sejo, en las deliberaciones largas que precedieron al decreto, ni tampoco con 
la minuta del decreto mismo. En suma, nada ó casi nada. ¿Acaso se extraviarían 
con los viajes de la Corte? ¿Estarán fuera de su lugar, sepultados en otros lega- 
jos? La falta de un índice de materias, habiendo que atenerse tan sólo al escue- 
to cronológico, dificulta sobremanera toda empresa de investigación en el suso- 
dicho importantísimo Archivo, pues en cuanto un documento no se encuen- 
tra en el legajo que por su año le corresponde, debe darse para el historiador 
como perdido. ¡Y hay que confesar que este estado de cosas es una triste cala- 
midad! 

" Biblioteca Nacional. Mss. 3.796. (Tomo 2° de los tres de Poesías manus- 
critas que fueron de Usoz) ; i.° 300 vto. Téngolo seguramente por inédito , por- 

2 



— i8 - 

Sus diligencias preliminares corrieron, unas, á cargo de ia Junta ofi- 
cial, que para el caso había nombrado Felipe III con anterioridad á su 
partida, ^^ y otras, las más, á cuenta de los cortesanos mismos: prepa- 
rativos embarazosos, intrincados y llenos de quebrantos. 

Los tiempos habían cambiado también sobremanera. Ya no eran los 
del Emperador, en que los consejos no subían de cuatro á cinco, y los 
consejeros, en cada uno, de tres ó cuatro; tiempos en que, como de- 
clara un testigo, víctima del traslado, ^^ en un carro llevaba un ministro 
juntamente su ajuar, recámara y familia, porque la sencillez de las 
costumbres y la modestia de las casas no embarazaban con los mil cos- 
tosos bufetes, aparadores, tapicerías y arcones de todas suertes, llenos 
de los costosos paños, guadameciles y reposteros que adornaban con 
extraordinario boato las casas de la época: basta recorrer el inventario 
de- un caballero de la Corte de Felipe III, y no ciertamente de los más 
principales y linajudos, para asombrarse de las arcas y acémilas que 
exigirían tantos cuellos de randas, jubones de mil usos, ligas, ferrerue- 
los, muserolas, borceguíes, calzas, medias, bonetes, ropillas, capas y 
cintillos, por no citar á la ligera otras que aquellas prendas de personal 
uso con que se honraba un caballero en la Corte; ^* que los vestidos 
femeniles, las galas de sarao, la pesada indumentaria y armería de 
justas, cañas y torneos, un mundo eran, que llenaban más arcas y ma- 
letas, y pedían entre todos un número incalculable de transportes. 

Á más de ciento subía el de los consejeros que , llamados por el Rey 



que las Diversas rimas de Vicente Espinel (Madrid, Luis Sánchez, mdxci) son 

anteriores á la fecha de la mudanza, y no lo he hallado en posteriores colec- 
ciones de poesías. 

'* Compuesta del Conde de Miranda, el Comendador de León y Fr. Gaspar 
de Córdoba, el Presidente de Indias, cinco Consejeros y un Alcalde de Casa y 
Corte; Orden para la mudanga de la Corte Consultóse d su magestad en 12 de 
Enero de 1601. Consulta déla junta sobre lo que se debia prevenir para la mu- 
danza de Corte asi en Madrid como en Valladolid. (Arch. Gen. de Simancas. 
Secret. de Gracia y Justicia, Leg. 897). — Interesante documento del que tengo 
copia íntegra é iré extractando en sus más principales puntos. 

** Pérez de Herrera: Memorial citado en la nota ■*; f.° 13. 

'" Para ejemplo, léase el Inventario formalizado á raíz de la muerte de don 
Gaspar de Ezpeleta. — Pérez Pastor : Documentos cervantinos hasta ahora inédi- 
tos recogidos y anotados — Madrid, Fortanet, 1897-1902. — Tomo II, 482-484. 



— 19 — 

desde Valladolid , veíanse apretados á hacer mudanza , con su corres- 
pondiente séquito de ministros, papelistas, relatores, escribanos y ofi- 
ciales de los despachos, criados, pajes, rodrigones, escuderos, dueñas 
y familia de todos; en suma, la muchedumbre populosa de una Corte 
que se despuebla, y á su calor y abrigo, centenares de picaros ham- 
brientos , vagos y ociosos , que en su confusión y sombra hallaban irre- 
gular amparo á su pobreza, franca salida á sus vicios y fácil muerte á 
su hambre. Y tras aquellos zánganos y sabandijas de las ciudades, 
como las Cortes los llamaban, envueltos con ellos, medrando con ellos, 
y en representación del demonio, amenazaban caer sobre Valladolid el 
ejército no menor de damas cortesanas, unas, las más, desvergonzadas 
y perdidas, en compañía de sus rufianes y bravos; y otras, plaga más 
discreta y astuta, autorizadas por sus postizas tías ó madres de embe- 
leco. Aprestáronse todos á salir, y para los consejeros y gente oficial 
tuvieron que proveer los alcaldes coches, carros y acémilas, á cuyo 
efecto y por orden suya, los alguaciles de casa y corte diéronse á des- 
pabilar por los lugares comarcanos todo linaje de bestias y transpor- 
tes, ^' volviendo, á costa de sus insolencias y desafueros, satisfechos y 
ufanos con sus presas, que servían para la conducción, ora de las per- 
sonas, bien para la de su imponente impedimenta. 

Repartiéronse entre la gente oficial pingües ayudas de costa, desde 
los mil ducados que se daban á los presidentes de los consejos, y qui- 
nientos á los simples Consejeros, hasta los doscientos de los escribanos 
y ciento cincuenta, y menos, á los restantes oficiales; caudal inmenso 
que se desbarató por el mezquino capricho de un favorito. ^* 

No fueron menores los gastos que ocasionaron la prevención y 
cuenta de todas aquellas diligencias de la mudanza, ^^ el aderezo de los 



" «Para arrancar la Corte de Madrid se ha de prevenir lo que sigue» 

« Que a un Alcalde de Corte se encargue la prevención de carros y acémilas de 
Castilla la Vieja y de la Mancha para alibiar esta tierra > — (Arch. Gener. de Si- 
mancas) Secret. de Gracia y Justicia (Leg. 897). — Libros de Actas y Acuerdos 
del Ayunt." de Madrid. — Año 1606; Junta de 12 de Abril de 1606; f.° 274 vto. 

** Arch. Gen. de Simancas. Ibidem. — Lbón Pinelo: Historia de Madrid 
desde el Nacimiento de Cristo Ntro. Señor hasta el año de mil seiscientos cin- 
cuenta y ocho. — Mss. Año 1 600. 

8» Pérez de Herrera calculaba en más de ocho millones de ducados los gas- 
tos generales que ocasionaría la mudanza, amén de! destrozo y pérdida de los 



caminos, intransitables y maltratados por hallarse en pleno invierno, 
que fué además muy riguroso y crudo en aquel año; los centenares de 
yuntas que en la falda de la Sierra aguardaban la llegada de los con- 
voyes para subir las revueltas empinadas y agrias de los puertos;*" 
la provisión de los lugares por donde habían de pasar aquellas impo- 
nentes caravanas; el cúmulo grande de medidas de toda laya, hasta 
desarraigar una corte que tenía echados sus cimientos desde había más 
de cuarenta años; el atajar los desmanes y abusos de los arrieros y 
recueros, que en pleno invierno hacían su agosto; la publicación de 
las pragmáticas y bandos tasando el precio de las caballerías, carros, 
mozos de muía, literas y sillas de camino; ^"^ el fcuidado y diligencia 
para que no acompañasen á los consejeros y ministros otras personas 
que no fuesen las de sus familias ó criados puestos en sus nóminas; 
el contener la invasión que temían en Valladolid del mismo concurso 
vagabundo y picaro que estorbaba la buena vida de la Corte, ya que 
la principal razón de la mudanza era limpiarla de la muchedumbre ocio- 
sa que la inundaba; ■'^ quehaceres infinitos, preocupaciones graves. 



papeles de las secretarías, contadurías y demás despachos. — Memorial citado 
en la nota*; ff. 12 y 13. 

*" < Que en el pie del puerto se ponga tasa de lo que se ha de pagar por las 
cabalgaduras, bueyes y hombres que se ocuparen con los pasageros, poniendo 
allí ministro muy fiel y cxccutivo que lo haga guardar y adregar los puertos y 

caminos.» — (Arch. Gener. de Simancas). Vaiácm. — Cabrera: Relaciones p.271. 

(Detalles de la vuelta). 

*' Los precios pregonados de los portes eran los siguientes: 3 maravedíes 
cada arroba y legua; 24 reales el alquiler de un coche, y siete más si lloviese, 
con 3 muías; cada muía de alquiler, dos reales y cuartillo por día, y veinte y 
seis por litera, sin que se contase retorno. — Cabrera: Relaciones p. 88. 

*^ Años atrás , en efecto, venían las Cortes y los arbitristas políticos de bue- 
na ley, como Pérez de Herrera, exhortando al Monarca y á sus Consejos á 
acometer el grande empeño de purgar y limpiar la Corte de la muchedumbre 
vagabunda, gente superfina y baldía que la ocupaba, con la excusa vana de acu- 
dir á sus pleitos, demandas y pretensiones, despoblando, en cambio, otros lu- 
gares del Reino, que por ende quedaban desamparados y pobres , cerradas sus 
casas y arruinándose de no habitarlas. La Corte sufría sobremanera con tan ex- 
traordinario concurso de estantes en ella, que, como parte y lugar en donde se 
vivía con más libertad y holgura, era también más propicio á crímenes, robos, 
insultos y desmanes, que menudeaban haciendo muy difícil su gobierno; enca- 
recíanse, por otra parte, con la abundancia de habitantes los mantenimientos y 



complicados asuntos, que llenaron con exceso el celo y los cuidados 
de la recién nombrada Junta, y más singularmente de la Sala de Alcal- 
des; que en éstos, á la postre, pesaba la resolución y cumplimiento 
de todo. 

Fué aquella jornada franca y abundante cosecha para los esportille- 
ros y ganapanes, que en el levantar de las casas, oficinas y palacios 
hicieron sabrosas ganancias, como también para los arrieros y recue- 
ros, gente impía y desalmada, con quien la gente pobre veíase obligada 
á concertar en la diputada plaza de Herradores el alquiler de las muías 
de retorno por dos reales y cuartillo diarios, según disponía la fla- 
mante pragmática. 

Entre tanto que se apuraban estas preliminares diligencias, comenzó 



cosas necesarias al vivir, criándose á su sombra un tropel desalmado de rega- 
tones, arrieros y carreteros, empleados en su conducción, con mengua de las 
labores del campo, abandonadas de todo punto, y hechas eriales las tierras, por 
falta de brazos que las cultivasen, aumentando, en cambio, los picaros, busco- 
nes, holgazanes y entretenidos, que en la confusión del mar de la Corte no se 
echaban de ver por su grandeza, como en sus lugares y aldeas lo fueran. 

Y cuando el Duque de Lerma planteó en beneficio de Valladolid el pleito de 
la mudanza, diósele al caso un carácter extremado de conciencia, que Felipe III 
reflejó en las palabras que dejé copiadas más arriba, y todos los argumentos en 
pro de esta resolución compendiáronse en uno: aventar de la Corte la polilla 
ruin que la consumía, llenándola de escándalos y pecados públicos en ofensa de 
Dios , razón fundamental que se robusteció con algunas otras secundarias , cua- 
les eran abaratar la vida en la nueva Corte, acudir al socorro de Valladolid y 
Castilla la Vieja empobrecidos, aliviar al reino de Toledo de la pesada carga de 
proveer forzosamente á Madrid con bastimentos y víveres ; motivos , en suma. 
que las historias del tiempo recogieron como causa política del traslado y que 
declaran asimismo los escasos papeles oficiales que sobre aquella medida de 
gobierno se conservan. — Vid. Cortes de Castilla. — Tomos XVIII, pp. 610-614, 
y XX, pp. 706-708. — Papel que se did d su mag.i sobre la mudanza de la Corte y 
sus causas. — (Arch. Gen. de Simancas) Secrct. de Gracia y Justicia. Leg. 897. — 
Matías de Novoa: Historia de Felipe III Rey de España. — (Colee, de Docum. 
Inéd. Tomo LX, pp. 165-166). — Gil González Dávila : Historia de Felipe III, 
op. cit., p. 81. 

Vid. además, aunque es de fecha posterior, el muy notable Memorial que 
sobre los daños que causaba la excesiva abundancia y acumulación de gentes 
en la Corte, leyó en las de 1615 el procurador D. Diego Gallo de Avellaneda. 
Tomo XXVIII, pp. 514 á 516 y 537 á S39- 



la salida de los consejos sobre el día 20 de Febrero, en que abrieron 
la marcha los de Estado, Real, Guerra y Hacienda, seguidos poco des- 
pués por los restantes. *'^ Los consejeros y sus familias iban en sendos 
coches; la tropa del tinelo en carros y cabalgaduras, y los que no te- 
nían abundantes ducados, tomaron el largo camino en las manos y en 
los pies, sin otra compañía que la del Repor torio de Villuga, ó el más 
moderno de Alonso de Meneses. ** Las personas señoriales y tituladas 
hacían su viaje en litera, escoltados por sus criados, y apercibidos de 
despensero, mayordomo y cocinero, que cuidaban en las ventas y po- 
sadas de prevenirles limpio y cómodo alojamiento, llevando al efecto 
en sus acémilas 6 carros la recámara necesaria; empeño, sin embargo, 
difícil, por la tradicionial suciedad y mala fama de los mesones caste- 
llanos. 

Y lindos y bizarros salían todos con sus lucidos trajes de camino y 
defendidos de los rigores del sol , que por entrar en la primavera venía 
ya apretando, con sus antojos, papahígos y quitasoles; y cuando al 
desembocar por la opulenta Puente Segoviana contemplaban en la al- 



*• Habíase dado orden severísima para que nadie pasara á la nueva Corte 
hasta tanto que los Reyes no entrasen en ella. Tuvieron éstos su público reci- 
bimiento á 9 de Febrero, y el Rey escribió incontinenti una carta á los conse- 
jos para que apercibiesen su marcha , orden que acogieron todos « de malísima 

gana y no lo podían creer». — Cabrera: Relaciones pp. 94 á 96. — P. Sbpúlve- 

da: Historia , op. cit. , II, f.° 85 vto. 

** Repertorio de \ caminos. Ordenado por Alonso | de Meneses Correo. \ Aña- 
dido el camino de \ Madrid d Roma, con vn \ memorial de muchas co \ sas sucedi- 
das en España. \ Y con el Repertorio de \ cuentas., conforme a la nueua pre \ ma- 
tica. Impresso con licencia en \ Alcalá de Henares., por Se \ hastian Martínez. 

Fue I ra de la puerta de los Marty \ res. Año 1576. \ Tassado á mrs. — i vol. in 

32.°, de Lxxxni folios numerados. — Licencia firmada por Alonso de Vallejo en 
Madrid á 10 de Diciembre de 1575. Prólogo-Texto. (Bib. Nac. R-4.614.) No citado 
por Catalina en su Tipografía Complutense, ni por ninguno de nuestros bibliógra- 
fos. Su forma, alargada y estrecha, era á propósito para meterse en las faltriqueras 
y acompañar á los trajinantes y viajeros en sus caminos. Hoy los ejemplares de 
estos Reportorios , como el de Villuga, son rarísimos. De Madrid á Valladolid 
había xxxni leguas, pasándose por Aravaca, Torre de Lodones, Guadarrama, la 
Venta del molinillo (distinta de la de Rinconete, también citada en éste, f. xxxinj 
vuelto), la de la Lagunilla, Sta. María de Nieva, La Nava, Mojados, Boecillo y 
Valladolid. Éste sería el itinerario seguido por los descontentos cortesanos. 
(Vid. f.° Li.) 



— 33 — 

tura el confuso montón de casas, iglesias, monasterios y torres de 
Madrid, presidido todo por la grandeza y majestad de su regio Alcázar, 
y se les ofrecía el negro y atribulado pensamiento de la despedida, 
para siempre, eterna, con. el soto cercano de la Casa del Campo, su 
linda arboleda, hermosísimos jardines, diversidad de flores y hierbas 
repartidas por sus eras con extraño artificio , *^ con los mil deleites y 
gustos que les recordaban las vecinas huertas del manso Manzanares, 
con la vista espléndida que el Madrid de entonces regalaba desde el 
Humilladero del Santo Ángel, que estaba á la otra parte de la Puente 
Segoviana, *^ más de un envejecido cortesano debió de renovar sus llo- 
ros y lamentos; más de una tierna doncella nacida entre sus muros re- 
duplicaría sus lágrimas; al cielo límpido y sereno subirían entonces 
las lastimosas quejas de aquellos condenados al destierro, y no faltaría 
entre todos algún infeliz coplero de la calle de los Negros, que, esgri- 
miendo su barberil estro, y encendida su inspiración con el calor afec- 
tuoso y conmovedor de la despedida, rompiese á decir en altas y sen- 
tidas voces, dirigiéndose al Madrid que cada vez se veía más lejano, 
envuelto entre el vaho neblino del arroyuelo humilde que lame sus 
plantas : 

¡Adiós, Madrid, Madre amada. 
Madre nuestra, Madrid rico, 
Corte del gran Salomón , 
Hechura de Carlos V. 
i Adiós , plaza de Madrid , 
Que ha llegado el plazo esquivo 
De aquesta triste madrastra; 
Que los cielos dan castigo. 
Adiós, señora de Atocha, 
Adiós , Virgen de Lorito, 
Fuentes del Prado y Peral, 
Lavapiés y Leganitos, 



*'' Pedro de Medina : Primera y segunda parte de las grandezas y cosas nota- 
bles de España , agora ntuuamente corregida y muy ampliada por Diego Pérez 

de Messa — Alcalá, JuanGracián, 1595. — In fol. (f.° 205 vtc). — Lindísima es la 

descripción que hace de la Casa del Campo. 

^o Vicente Espinel: Relaciones de la vida del escudero Marcos de Obregdn. 
(Relac. I, Descanso VUI.) 



— 24 — 

Puerta del Sol , puerta hermosa , 
Soto, Puente, Sante Isidro, 
Huerta y jardines de Chipre, 
Quinta de milagro quinto, 
Brañegal, huerta del Sol, 
Alcázar gallardo y rico, 
Adiós todo, adiós, pues todo 
Tiene de Dios el principio. 
Contra nuestro gusto vamos 
Al hondo valle de Epiro; 
Todo será llanto y pena. 
Dolor, rabia y alaridos. 
Hasta que alegres volvamos 
A ver tus campos floridos. *' 



*' Agui se contiene quatro Romances \ míenos muy curiosos. El primero del 
gran sentimiento que la no \ ble villa de Madrid hizo por la yda de su Majes- 
tad d Valladolid. \ El segundo trata de las tiernas quexas que se propusieron d 
la parti \ da. El tercero de Don Aluaro de Luna. Y el quarto la respuesta \ q da 
Valladolid d las quexas de Madrid. Compuesto todo por \ Lope de bega, en este 
año de mil y seyscientos y vno. (Viñeta en madera.) (Al fin.) Impresso con licen- 
cia en casa de Mi \ guelde Lorenfana, frontero de la \ Real Audiencia de Seuilla. 
Un pliego suelto in 4.° (Bib. Nac, R. 12.176, níim. 1 1). 

Las coplas son verdaderamente de ciego, 6 indignas de la pluma de Lope 
cuyo nombre hurtan. 

Si la resolución de la mudanza avivó la vena de los escritores de romances y 
jácaras, como se dice, es la verdad que tales quejas, sátiras y comentarios bur- 
lescos á la ida de la Corte son escasísimos y muy raros. Yo no me he tropezado, 
aparte de los que apunto, con otros más que dos Romances: 

A la Mantuana biuda 
Por muerte de su Felipo, 

y 

Bien quisiera, caros hijos, 
Salidos de mis entrañas, 

que hallo en la Trezena Parte del Romancero General en qve se contienen todos 
los Romances que andan impressos. — Madrid, Juan de la Cuesta, 1604 (folios 
497 y 498). — Y tres más: 

Vuestra patria y vuestra Corte 

Madrid y Valladolid 

y 

Señora Doña Madrid, 
contenidos en la Segvnda parte del Romancero general y flor de diuersa poesía. — 
Valladolid, Luis Sánchez, 1605. — In 4.° (ff. 22-23 y 23 vto.). 



— 25 — 
Meses más tarde, aquel llamado con razón caballero del milagro, por- 
que, á la verdad, en él parecen compendiarse todos los alientos, virtu- 
des y caídas de una raza, que comenzó soldado, siguió farandulero y 
acabó su vida cortando su pluma de ave en un oficio escribanil de Za- 
mora, para urdir grave y sentenciosamente con ella mil disparates as- 
trológicos y ridiculeces judiciarias, meses más tarde, digo, aquel in- 
imitable Agustín de Rojas pasaba por Madrid camino para la Corte, 
preparando ya su Viaje entretenido, y al contemplar el abandono y 
soledad en que yacía lo que en un tiempo fué ciudad famosa, «afligió- 
seme el alma — exclama — de ver tanta tristeza, tanta soledad, tanta 

miseria y tanta desventura, y todo nacido por una mudanza No la 

conocía; miraba las calles y dábanme lástima; miraba las casas con so- 

breescritos en sus partes como cartas ; miraba las paredes en quien 

estaba escrita la causa de su funeral tragedia ; miraba los tejados 

cuyas canales vertían sangre de dolor Vi todo esto — concluye — y 

lo que más admiración me causó fué la gran soledad que había, pues 
en un lugar tan grande apenas por calle ninguna vía gente, todo era 
tristeza y malencolía, y la causa era haberse ido toda á Valladolid». *** 

Después que me vi en Madria, 
Yo os diré lo que vi , 

escribía también otro poeta insigne, dejándonos, entre burlas y veras, 
un fúnebre retrato de su perdición y acabamiento: 



*8 El Bven Repvblico, por Agustín de Rojas Villandrando. — Salamanca. En 
la Emprenta de Antonia Ramírez, Viuda. Año mdcxi (ff. 37 á 40). 

Tanta fué su desdicha , que León Pínelo cuenta que las casas principales se 
daban de balde, y aun pagábanse personas que las habitasen, para detener, al 
menos, su total ruina. Y Sepúlveda añade que Madrid parecía entonces, por lo 
desierto, «corral inmenso de vacas» (op. y loe. cit.). En los Libros del Corregi- 
miento se lee, asimismo, la situación tristísima en que cayó por aquellos años. 
En la Junta de 20 de Octubre de 1604, se trató del modo como podría levantar- 
se Madrid de aquella ruina; y un Regidor hubo que declaró que con la mudanza 
de corte «está padeciendo la mayor calapiidad que jamás padeció lugar, pues 
todos los del mundo tienen algo de que puedan biuir los que en el están : vnos 
de sus granjerias en lientos, lino y paño y sedas y manufaturas de sus manos; 
otros con corte, chancilleria , Universidad, puerto, mercaderías, tratos y con- 
tratos, con los cuales passan su vida. Los de Madrid solo es tratar de lo que 
fue y de que le ha quedado mucha ostentación y nada con que sustentarla». 
(Libros del Ayuntamiento de Madrid, 1604; f." 146, vto.) 



— 26 — 

Vi un lugar á quien su norte 
Arrojó de las estrellas, 
Que, aunque agora está con mellas, 
Yo le conocí con corte. 
No hay quien sus males soporte, 
Pues por no le ver su río, 
Huyendo corre con brío 

Y es arroyo baladí. 
Yo os diré lo que vi 

Después que me vi en Madrid....^ 

Vi una alameda excelente; 
Que á Madrid el tiempo airado 
De sus bienes le ha dejado 
Las raíces solamente. 
Vi los ojos de una puente 
Ciegos á puro llorar; 
Los pájaros oí cantar; 
Las gentes llorar oí; 

Vi de pobres tal enjambre , 

Y una hambre tan cruel , 
Que la propia-«arna en él 

Se está muriendo de hambre. 

Vi muchas puertas cerradas, 

Y un pueblo echado por puertas ; 
De sed vi lámparas muertas 

En los templos que corrí. 

Yo os diré lo que vi 

Después que me vi en Madrid. ** 

Porque en los cuatro meses que siguieron al malhadado decreto de 
Enero fué tan universal la desbandada, *" que hasta los duendes , por 



*' Obras completas de Don francisco de Quevedo Villegas. — Edición critica, 
ordenada e ilustrada por Don Aureliano Fernández Guerra y Orbe, con notas y 
adiciones de Don Marcelino Afenendez y Pelayo (BihUóf. Andaluc). — Sevilla, 1897- 
1907; tomo II, pp. 33 y 34- 

'^ «Y se acabó de hir de todo punto (la Corte y los Consejos á Valladolid) 
el mes de mar90 á catorce del dho. mes.» — Libro de las cosas memorables q a?i 



— 27 — 

no aburrirse solos, huyeron hacia la nueva Corte, dejando aún á Ma- 
drid más yermo y solitario. ^^ 

Abandónelo conmigo, si lo tiene á bien el lector curioso, y juntos 
pongámonos en Valladolid, ciudad memorable en la cual ha tiempo 
nos espera el felicísimo autor del Coloquio de los Perros. 



sucedido desde el año de mil y quinientos y ttouéta y nueue. Escritas por mano de 
Miguel de Soria e Madrid. (Bib. Nac, mss. núm. 9.856, f." 3.) 

" V. el Romance de Francisco de la Cruz, citado en la nota "), más arriba. 

Todos los detalles y pormenores de este capítulo, aun los más livianos, son 
rigurosamente históricos. Por no embarazar más aún el texto con nuevas llama- 
das y citas, se han omitido las que se referían á puntos meramente descriptivos. 



II 



...Y Valladolid la rica 

En todo el mundo me llaman. 

( Komanct popular.) 



Si el buen Conde Peranzules llega á levantar la cabeza , despertando 
del secular sueño que dormía en su humilde sepulcro de la Iglesia Ma- 
yor, á fe que hubiera sido estupendo su asombro ante el espectáculo 
que en l6oi presentaba el modesto lugar fundado por él con tan po- 
bres comienzos. También los fatigados cortesanos poseíanse de admi- 
ración semejante al hacer su entrada, tras el rudo camino, por las va- 
llisoletanas puertas, buscando asiento firme, estable y dur2idero en la 
nueva y flamante Corte. No todos, sin embargo, hallaban franco el 
paso. Apostados en cada una de las cuatro Puertas del Campo, de Tu- 
dela, Río Mayor y Santa Clara otros tantos regidores del Cabildo, de- 
signados por su turno y asistidos de guardas de la Ciudad, pedían 
estrecha cuenta de la persona y condición de los nuevos vecinos, exa- 
minando su procedencia, oficio y derecho á residir en la misma, en 
cumplimiento de los últimos decretos. ^ Si los tales pertenecían al 



' Antes de la llegada de los Reyes, y por orden suya, se limitaba ya la en- 
trada en la ciudad. En el regimiento del lunes 15 de Enero de 1601 «el señor 
corregidor dixo que su señoria auia recibido una carta de su magestad ¡lor la 
qual le mandaba no dejasse entrar en esta ciudad á se aposentar en ella á nin- 
guna persona de qualquier condición y calidad que fuesse que biniesse de 
qualquiera parte, y que se echasse della todos los bagaraundos, hombres y mu- 
geres que en ella estubiessen » . Tratando de cumplirla, el Corregidor, que lo 



— 30 — 

mundo militar ó palaciego, ó libraban su pitanza entre los papeles in- 
finitos de una escribanía de cámara 6 de un Consejo, dábaseles libre 
entrada; negándola con extraño rigor á los vagos, picaros, busconas, 
viudas sospechosas y demás ralea desocupada y vagabunda. 

Con el ruido que se propagó del riguroso registro que se ejercía, 
excusóse en los primeros meses la venida de muchos á quienes asus- 
taba (¡ellos sabrían por qué!) vefsé cara á cara con la justicia de los 
señores Alcaldes; poco á poco fué, no obstante, mitigándose la severi- 



era D. Antonio de UUoa, añadió tque no lo podia ager por auer muchos Por- 
tillos en lo que se auia cercado para la guarda de la peste » . Acordó en su 
vista el Ayuntamiento se t hiciesen y cerrasen los dichos Portillos » . — (Libros 
de acuerdos. — Año 1601, ff. 20 vto. y 21.) 

A 34 de Henero del mismo año € dixeron que por mandado de su mag.^ se 
abian puesto guardas á las Puertas desta ciudad para que ninguna persona que 
no fuesse vecino della al presente entrasse en ella sino es trayendo horden y 
mandato de los SS. presidente de Castilla ó Duque de Lerma ». — (Ibidem, í.° 30.) 

En la junta de 16 de Junio se regularizó el servicio de las puertas, como da á 
entender este acuerdo: tque para la guarda de la q.« (corte) conbiene y es ne- 
cesario es bien que assistan en cada vna de las quatro puertas un regidor de 
hordinario, que duerma en la dicha puerta, assi para la guarda della de no- 
che que no la rompan y salten por ella los que bienen de fuera parte á dicha 
hora como para que se abran los correos que bienen para su raag.<i como los 
que salen desta ciudad, y para que de mañana se abran las Puertas, al qual se 
de seyscientos marauedis de salario en cada un dia con que sea obligado á 
tener cada vno vn guarda con bara de justicia por su cuenta». (Ibidem, folios 
94 vto. y 95). Y para su comodidad, en junta de 11 de Henero de 1602, se or- 
denó á Simón de (^erbatos, mayordomo de propios, mandase alhajar las dichas 
puertas con € dos sillas , un bufete , un banco y las esteras que fueren menes- 
ter». (Ibidem, f. 233.) Tan molesto era, no obstante, el servicio, que, en junta 
de 22 de Diciembre de 1601, acordaron pedir á S. M. les eximiera «de la guarda 
de las puertas por los perjuicios, daños y enfermedades que les sobrevenían». 
(Ibidem, ff. 203 y vto.) De la cerca de la ciudad y su lastimoso estado se había 
conferido en junta de 2 1 de Noviembre de 1597, declarando que « la mayor parte 
della esta cayda y desportillada y que lo que está en pie no sirue de cosa al- 
guna antes hace daño porque sirue de sea de deffensa para que detras della 
se escondan ladrones y otras personas á cometer delitos y pecados». (Ibidem, 
año 1597, f. 373.) La Sala de alcaldes se arrogó más adelante la vigilancia de las 
puertas de la ciudad , mandando no las abrieran los regidores hasta tanto que 
viniese á ellas y lo ordenara uno de los señores alcaldes. — (Arch. Hist. Nac, Sala 
de Alcaldes.— 'Libro III, f." 227.) Vid. sobre estos libros el Apéndice I. 



— 31 — 
dad de éstos, ^ que paró á la postre en tanta blandura y relajamiento, 
que no ya por las cuatro puertas: por los infinitos portillos que la mal 
tratada cerca de la ciudad ofrecía, se escurrieron y deslizaron los mis- 
mos vagos, los mismos picaros, las mismas deshonestas y taimadas 
viudas, la eterna y humana representación de los pecados capitales, 
que no podía faltar en una corte, y menos en la populosa, grande y 
memorable de Valladolid. ■'' 

De la antigua y heroica Pincia, cuna y solar de reyes, tenían los 
enojados madrileños cumplidas y sobresalientes nuevas por los libros 
de viajes, relaciones de sucesos y tratados cosmográficos descriptivos. 
Pero tan soberbias , maravillosas y altas eran las alabanzas que su gran- 
deza provocaba, que más de un incrédulo hubo que las atribuyó al 
desmedido celo del pendolista enamorado de su asunto, 6 natural, acaso, 
de la ciudad, entonces lógico encomiador suyo. 

Mas si el licenciado Cellorigo, * ó fray Antonio Daza, ^ pecaron 
de parciales, pincianos de nacimiento, ¿quién podía redargüir de fal- 



2 Cabrera: Relaciones — 103 y 104. 

3 En unas Ordenes del Ditq de Lerma de Parte de su magA, dadas d don 
P.' franqueza, á fines de 1605, sobre la vuelta de la Cortea Madrid, se lee esta 
significativa: <ii. — que en la entrada de madrid no se ponga limite, pues la 
expiriencia ha mostrado que solamente sirue de aprouechar á sus ministros y 
de molestias y estorsiones á los subditos.» (Arch. de Simancas. Secret. de Es- 
tado. Leg. 201). — ¡Literal! La expiriencia era, sin duda, la adquirida en Va- 
lladolid en 1 60 1. 

* Memorial | de la política necessaria, y vtil restauración a la \ República 
de España, y estados de ella, y del desempeño v?ii \ versal de estos Reynos..... \ Di- 
rigido al Rey Don Philippe III, nuestro Señor \ Por el Licenciado Martin Gon- 
zález de Cellorigo, Abogado de la Real | Chancilleria , y del Sancto Officio de la 
ciudad de \ Valladolid. (Escudo de armas reales.) Impresso en la misma ciudad 
por luán de Bo \ stillo. Año de 1600. (In fol.; 11 + 64 folios -)- 10 sin foliar del 
Tratado de los Moriscos). — Bib. Nac, R.-9.267. — Las alabanzas y noticias de 
Valladolid obran en los ff. i al 9. 

^ Excelencias de ¡a civdad de Valladolid, con la vida y milagros del Santo 

Fr. Pedro Regalado Por el P. Fr. Antonio Daga. Prouincial de la misma 

Provincia y coronista general de la orden En Valladolid, en casa de luán 

Lasso de las Peñas. Año de 1Ó27 (in 12.°, xvi + 135 folios -|- i de índice). Bi- 
blioteca Nacional, R.- 10.498. — Librillo más ambicioso en su título que útil en 
su contenido. 



— 32 — 

sos los testimonios de Navagero, •> Marineo Sículo, Mesa y Medina y 
Juan Botero ó Braum? «Es lugar tan excelente — escribía uno de ellos — 
y tan cumplido en todas cosas, que yo no solamente le antepongo á 
todas las villas, mas aun á muchas ciudades del Reino». ' Botero la 
reputaba « no sólo por la más bella y hermosa de las Españas , pero 
aun por una de las mejores ciudades de Europa » . * Pedro de Medina 
excedía á todos los cronistas en la muchedumbre y entusiasmo de sus 
elogios, arrancando su curiosa pintura con estos rasgos valientes de su 
paleta: «Valladolid es la villa mayor, más noble y principal de toda 
Castilla». ^ 

No es, pues, en manera alguna, extraño que tales encarecimientos y 
ponderaciones trajesen á la gente vallisoletana envanecida y orgullosa 
con su villa, juzgándola casi todos por la mejor pieza de la cristian- 
dad, 1" con indignación de un viajero flamenco, que, sin poder refrenar 
su enfado, escribía: «No sé si pecan de poca experiencia de no haber 
visto otras tierras, ó de nescios ignorantes y presuntuosos, porque 
su fantasía es que Valladolid es mejor que Flandes, Ñapóles y Roma, 
siendo Valladolid, á manera de dezir, corral de vacas para igualar con 



• Viajes por España traducidos ^ anotados y con una introdticción por Don 

Antonio Marta Fabie. — Madrid , mdccclxxix (pp. 322-326.) 

' Lucio Marineo Sículo: Dt las cosas memorables de España — Alcalá, 

Juan de Brocar, 1539, in fol. (f.° xv.) 

8 Relaciones vniversales del mundo de luán Botero Benes, Primera y segunda 
parle, traducidas d instancia de Don Antonio López de Calatayud, corregidor 
de las dezisiete Villas, y Regidor de Valladolid, por su Magestad: por el Licen- 
ciado Diego de Aguilar, su Alcalae Mayor — Año 1603. Impresso en Valladolid 

por los herederos de Diego Fernandez de Córdoba in fol.; Parte I, f.° 12. — 

El traductor era también vallisoletano; confiésalo cuando dice: < el haberme 

yo dilatado algún tanto en representar la hermosura de mi propia madre tiene 
disculpa.» (f.° 12 vto.) 

' Grandezas de España, op. cit., f." 229 vto. 

'" Pues no eran los vallisoletanos solos quienes afirmaban tal cosa. Jorge 
Braum lo confesaba asimismo en la ilustración ¡jue precede al plano de Valla- 
dolid : « Posita vero est urbs , non solum In loco totius Hispaniae verum universse 
quoque Europae pulcherrimo, atque si excipias nébulas, ex vicino amne ali- 
quando surgentes, non occurrit urbs altera, quae eidem anteponi possit». — 
Theatrum in quo visumtur illustriores Hispanice urbes aliaeque ad arientem ei 
atistrum civitates celebriores. Amstelodami. Ex officina loannis lansonnii (s. a.). 



— 33 — 

las ciudades de Flandcs principales, Ñapóles, Roma, Venetia y 
otras». 11 

Exagerado por demás andaba el malhumorado arquero de la guardia; 
que no era Valladolid, como él decía, corral de vacas , sino ciudad muy 
galana y aderezada en monumentos insignes y famosos, madre liberal de 
buenos estudios, vergel fértilísimo de lozanos poetas, curiosos artífices 
y gallardísimos artistas. ^Qué importaba que los maleantes cortesanos, 
hombres apicarados de ingenio, dijeran, á guisa de chunga, ^^ que las 
siete maravillas de Valladolid eran « Don Galván Archifidalgo, Gilimón 
de la Mota, Protoletrado , polvo y lodo, los dos portales y el agua 
de Argales», ^^ si encerraba otras mil más, como el lector habrá de 



" Enrique Cock: Jornada de Tarazona hecha por Felipe II en 1592, pasando 

por Segovia, Valladolid, Falencia anotada y publicada de Real orden por 

Alfredo Morel Fatio y Antonio Rodríguez Villa. — Madrid , Tello, 1879; 4.° 
(p. 26.) 

" La Corte de Felipa III y aventuras del Conde de Villamediana de Bartho- 
lomé Pinheiro da Veiga. — Publicadas en la Revista de España. Tomo CIV, por 
D. Pascual de Gayangos, de la Real Academia de la Historia. — Madrid, Esta- 
blecimiento tipográfico de El Correo, á cargo de F. Fernández, 1885; in 4.°, 82 
páginas (p. 14). 

Cervantes en Valladolid , d sea descripción de un manuscrito inédito portugués 
intitulado Memorias de la Corte de España en 1605, existente en la Biblioteca 
del Museo Británico de Londres. — De la Revista de España. Tomos XCVII 
y XCVII I, por D. Pascual de Gayangos, de la Real Academia de la Historia. — 
Madrid, Establecimiento tipográfico de El Correo, á cargo de F. Fernández, 
1884; in 4.°, 184 páginas. 

Tiradas aparte del trabajo publicado en la Revista de España por su autor 
D. Pascual de Gayangos, muy raras actualmente, por lo escaso de la edición 
hecha de cada uno (50 ejemplares). Citaré en lo sucesivo por ellas, por la facili- 
dad que da su numeración correlativa. — Los artículos aparecieron en la Revista 
de España, tomo X.CWllip'í). 481 á 507), XCVIII(i6i á 191; 321 á 368; 508 á 543) 
y XCIX (5 á 32).— Los de La Corte de Felipe III en los tomos CIV y CV (pá- 
ginas 481 á 526 y 5 á 29 respectivamente). De la importancia y valía de este do- 
cumento histórico trato más adelante en los Apéndices. 

" Tiene gracia el dicho conociendo el origen de cada una de sus maravillas. 
D. Galván Boninseni de Nava, regidor perpetuo de Valladolid, era la primera. 
Fué hijo de D. Cristóbal Boninseni y de D.'' Ana de Herrera. Su palacio era 
espléndido, con más de 370 aposentos, según dice Pinheiro, y distinguióse siem- 
pre por su boato y lujo, de donde procedería la celebridad que sus paisanos 

3 



— 34 — 

ver de aquí á poco? ¿Por qué el maldiciente Cock había de escribir, con 
satírica é injusta frase, que en Valladolid sólo había en abundancia «pi- 
caros, p...., pleytos, polvos, piedras, puercos, perros y pulgas», si 
éstos eran defectillos, lunares que no lograban afear la hermosura de 
su conjunto, ni ser obstáculo á que corriese á una por España toda 
aquel sonoro refrán, que 61 también repetía: «Villa por Villa, Valla- 
dolid en Castilla » ? 

Por de pronto, su robusta grandeza no podía contenerse entre los 
estrechos límites de la primera muralla levantada por su fundador, el 
Conde Ansúrez, rebasando también el radio de la segunda que edificó 
el rey Alfonso XI el Bueno, y, codiciosa de espacio, entre el Campo 
Grande y las huertas que luego fueron de Gondomar, la Ribera del río 
y el Prado de la Magdalena, alzaba tal muchedumbre de casas, pala- 
cios, iglesias y monasterios, que Pinheiro, formal y verídico historiador 
suyo, se admiraba en su tiempo de que pudieran encerrarse dentro de 
ella tanta vivienda y monumento. ** 

Ventajas eran éstas que nacían, y el mismo Pinheiro lo adelanta, de 
ser la ciudad de forma redonda, llanas é iguales sus calles, sin los ha- 



daban en concederle. — Vid. Narciso Alonso Cortés: Noticias de una Corte li- 
teraria. — Valladolid, imprenta La Nueva Pincia, 1906; in 4.°, p. 57. 

No menos popular era Gilimón de la Mota, alcalde á la sazón, de quien el 
mismo Pinheiro nos da estas noticias: < Está aquí en la Corte Gilimón de Motta, 
que es muy rico, casado con doña Leonor de Vega, medio portuguesa, pues 
.éralo su madre. Tienen éstos tres hijas, doña Fabiana de la Vega, casada, y otras 
dos, doña Feliciana y doña Isabel, las cuales siempre andan vestidas de mon- 
jas, y llámanlas las «Gilimonas», muy lindas y agraciadas y con muy honrados 
casamientos en perspectiva. Tienen dos coches: uno para la madre y otro para 
las hijas, y así siempre se encuentran en cuantas funciones hay.» — Cervantes en 
Valladolid.....; p. 47. 

Del polvo y lodo hablaré más adelante, porque eran la constante preocupa- 
ción de sus regidores y de los alcaldes de Casa y Corte. 

En los dos portales se alude á las portadas monumentales de San Pablo y San 
Gregorio; y en cuanto á la séptima y última maravilla, ó sea la traída del Agua 
de Ar gales, pueden verse noticias abundantísimas y completas en el cabal estu- 
dio hecho por mi buen amigo D. Juan Agapito Revilla en su excelente obra 
Los abastecimientos de aguas de Valladolid. Apuntes históricos. — Valladolid, 
1907; in 8.", 128 páginas. 

'* YiwxwKo: La Corte de Felipe III] -p. \']. 



- 35 — 

rrancos y honduras que en Madrid hacían tan fatigosa la vida. Y si su- 
cHma no era, ciertamente, benigno ni en extremo sano, porque las Con- 
tinuas nieblas empañaban la atmósfera, convirtiéndola en húmeda y 
pegajosa, y si los fríos en invierno también apretaban no poco, en 
cambio, los veranos no eran calurosos, por la vecindad de sus ríos, y 
las crudezas de aquél templábanse con la abundante leíja y carbón pro- 
cedentes de los poblados bosques y pinares que la rodeaban. ^^ Tan 
cómoda y sosegada era de antiguo su estancia , que « es pueblo de en- 
cantamento — exclamaba Pedro de Medina — que á cuantos forasteros 
entran en él, les encanta y enamora: de tal manera, que ninguno que- 
rría salir del, y todos á una voz le loan de ser el mejor, más regalado 
y apacible que han visto, loándole todos más que á sus mismas tierras, 
sin hallarse solo uno que repugne á esta voz común de cuantos le 
han visto, principalmente habiendo estado en él de espacio», i^ 

Desde que el viajero penetraba por la Puerta de Santa Clara, de- 
jando atrás sus barrios, para meterse por las Cuatro Calles en la Co- 
rredera de San Pablo, la mejor calle de España en sentir de Zapata i', 
gloriosa liza de las antiguas justas y torneos, nacía el asombro, ante el 
número grande de palacios y casas linajudas , que descubrían su alcur- 
nia en los tallados escudos suspendidos de los recios esquinales. Más 
de cuatrocientos contaba Valladolid, todos de cantería, con uno ó 
varios patios de columnas de plateresco estilo, arquitectura linda que 
presidió la edificación de gran parte de ellos, sobresaliendo entre to- 



'* Medina y Mesa: Grandezas de España, op. cit. ; f." 233, y Pinheiro: La 
Corte de Felipe I 11; pp. 1 1 y 12. 

I^a salud , empero, durante la estancia de la Corte resintióse mucho, abun- 
dando, sobre todo, los tabardillos. Ya lo notó Quevedo en sus Alabanzas trónicas 
á Valladolid mudándose la Corte della : 

Tu sitío yo no le al)ono, 
Pues el de Troya y de Tebas 
No costaron en diez años 
Las vidas que en cinco cuestas. 

Obras. Bibliófilos andaluces, II, 49. Ésta fué una de las causas que motivaron 
la vuelta á Madrid. (Vid. además Cortes de Castilla, XX, 706 y 707.) 

1* Grandezas de España , op. cit.; f.° 230. 

" Miscelánea. (Memorial Histórico Español, tomo XI, p. 55.) 



- 36- 

dos, por su capacidad y boato, las famosas casas del Conde de Bena- 
vente, á la ribera del río , y á cuyo alrededor y hasta la plaza del Almi- 
rante desafiaban orgullosos al tiempo otros y muchos más, si no tan 
monumentales, no menos alhajados y ricos, i* 

Todos ellos se aderezaron para la venida de la Corte, alojando en 
sus holgadísimas piezas los Consejos, la Sala de Alcaldes, las escriba- 
nías y oficios, mientras los cortesanos de medio pelo buscaban su 
agujero en las posadas y mesones, estrechos y malos, ó en las res- 
tantes viviendas, donde, á la verdad, no eran recibidos con el amor y 
gusto que ellos esperaban, y las ventajas de la estancia de la Corte ha- 
cían prometer, i* 

Porque aunque Valladolid tenía muchas casas arruinadas y caídas, ** 
el acicate del logro había hecho solícitos y despiertos á sus dueños, 
que las levantaban de nuevo con extraña ligereza, admirándose gran- 
des palacios allí donde , poco antes , se veía sólo un muladar 6 esterco- 



^ PiNHEiRo: La Corte de Felipe III; pp. 1 1 á i8. 

'* Cabrera: Relaciones ; pp. 97-98. 

*• Ibidem; pp. 10 1 y 104. 

Pérez de Herrera se quejaba de < la poca capacidad que al presente tiene de 
casas, estando de cinco mil que tendrá casi las mil arruinadas y sin poderse 
habitar, sin gran costa y tiempo para sus reparos y reedificación ». 

<A la Católica y real Magestad del Rey Don Felipe III, nuestro Señor: supli- 
cando a su Magestad , que alentó las grandes partes y calidades desta villa de 
Madrid, se sirua de no desampararla.— Memorial cit. ; f.° 9. 

Los alquileres de las casas llegaron á subirse tanto, que se pagaban i .300 y 
1.500 ducados tan sólo por la mitad de ellas, y aun llegaron á faltar de todo 

punto. (PiNHEiRo: op. cit., 16, y Cabrera: Relaciones , iii.) Y eso que á las 

casas españolas de entonces , (hasta nuestros días han llegado) , les cuadró siem- 
pre la famosa frase cervantina « donde toda incomodidad tiene su asiento.» En 
esto y en todo lo tocante al ornato, regalo y cofi/ort del interior casero, fueron 
nuestros antepasados despreocupados é indiferentes. El cielo amoroso de Es- 
paña, franco el sol por amigo, un rico y vanidoso traje de terciopelo honrando 
la persona, y suelto y apicarado el ingenio en las juntas y corrillos de las pla- 
zas, ¿para qué pensar en la comodidad y holgura de las casas, si no paraban en 
todo el día en ellas? Cuantos viajeros recorrieron nuestras ciudades, por aque- 
llos siglos , hicieron notar el contraste que onecían en éste y otros puntos con 
las de otros reinos. — Vid. Barthélbmy Joly: Voyage en Espagne (1603-1604), 
publié par L. Barran Dihigo. — Extrait de la Revue Hispanique, tome XX. — 
New-York-París, 1909; 164 páginas. 



k 



— 37 — 

lero; 6 derrumbando las antiguas para librarse de la enojosa carga de 
aposento, gracia otorgada, por el Rey, á petición de los regidores, á 
los que de nueva planta las labrasen. ^^ 

Desde la plíiza del Almirante, atravesando la de las Damas con paso 
ligero, porque era lugar non sancto-, abocábase á la renombrada Plate- 
ría, ancha rúa, tan ancha, que cinco coches podían transitar á la vez 
por ella: centro con el Ochavo, la Rinconada y los Portales de San 
Francisco del trato y comercio de la ciudad. En las opulentas tiendas 
que á ambos lados de ella abrían sus puertas, vendíanse por los orífi- 
ces y plateros las preciadísimas muestras de orfebrería que durante 
tantos años hicieron de Valladolid emporio de este arte, en el cual ha- 
bían dejado nombres gloriosos los Dueñas, Correas, Guillen, Padilla, 
Machín , Santisteban y Molinas , con el incomparable orífice Juan 
de Arfe. 

Toda la Platería estaba compuesta de casas nuevas, de unos mis- 
mos colores, grandeza y figura, sobresaliendo en ellas las rejas desús 
balcones y cancelas de sus puertas, reputadas por las mejores de Eu- 
ropa, ricas en complicados follajes y lacería, ramilletes, frutas, des- 
pojos de guerra, trofeos y otras curiosas invenciones, que, doradas ó 
plateadas, rompían los haces del sol en mil reflejos deslumbradores y 
brillantes. ^^ 



21 En junta de 13 de Marzo de 1601 «se acordó se suplique á S. M. que para 
animar á los vecinos labren casas, que las nuevas estén exentas del derecho de 
aposento y libres del>. — {Libro de acuerdos. — Año 1601; f.° 58 vto.) 

Quevedo no perdonó este engrandecimiento rápido de Valladolid y mordaz- 
mente decía: 

Mas que se hayan atrevido 
A poner algunos mengua 
En tus nobles edificios , 
Es muy grande desvergüenza; 
Pues, si son hechos de lodo, 
De él fueron Adán y Eva; 
Y, si le mezclan estiércol, 
Es para que con él crezcan; 

aludiendo al empleo que del adobe se hacía en las nuevas construcciones, por 
la escasez de piedra que se padece alrededor de Valladolid. — Obras loe. cit. 

^ Medina: Grandezas de España; f.° 231 vto. 

PiNHEiRo : La Corte de Felipe III, p. 19. 

Barthélemy Joiy: Voyage en Espagne, 1603-1604, op. cit., p. 96. 



- 38 - 

De la celebrada Platería, carrera de los autos y danzas en la fiesta 
del Corpus Christi, veníase á caer en la perla de Valladolid, su más 
preciado timbre, que por tal tenían sus moradores, 

Una plaza deleitosa, 
Grande, lucida, cuadrada. 
Con más de quinientas rejas, 
Y con cuatro mil ventanas. ^^ 

Ave fénix renacida de sus propias cenizas, todos los años, el día 
de San Mateo, conmemoraba la ciudad, procesionalmente, el luctuoso 
aniversario del incendio que, con pavor y espanto no igualados, la ha- 
bía destruido, á la vez del Ochavo y la Platería, el 21 de Septiembre 
de 1561. '* Luis Pérez, coplero historiador de esta catástrofe, asegu- 
ra que 

no quedó piedra en cimiento ó casas , 

De más de seiscientas volvieron en brasas ^. 

.Sin amilanarse los sufridos ánimos de sus moradores, sobre el es- 
trago, luto y pavesas de sus ruinas, comenzaron á levantarlas con 
pronta ligereza, alzándose en breve una nueva Plciza, tan gallarda y lu- 
cida, que desde entonces juzgóse en España toda la de Valladolid por 

La mejor que tiene el mundo. ^ 



** Aquí se contienen quatro Romances nueuos muy curiosos • — Sevilla, Miguel 

de Loren^ana, i6oi , op. cit. 

** Vid. para la descripción de este incendio: Sangrador: Historia de Valla- 
dolid, op. cit., I, 394 á 399. — Medina: Grandezas de España, op. cit., f.° 231; y 
PiNHEiRO : La Corte de Felipe III, p. 1 1 . 

3* LuYS Pérez: Del can, y del cavallo y de sus calidades: dos animales de 

gran instincto y sentido, fidelissimos amigos de los hombres — Valladolid , Adrián 

Ghemart, 1568, in 8.°; ff. 172 vto. y siguientes. 

-" Quatro Romances de la mvdan \ (a de la Corte , y grandezas de Valladolid. 
Impresso \ con licencia en Salamanca este presente año de 1606; 4 hojas en 8.° 
mayor. — Bib. Nac. R.-4.S12, Romance IV. 

Braum escribía de ella: «ínter reliqua ornamenta urbis, commemorari quo- 
que debet forum, rerum venalium amplissimum atque pulcherrimum, quod 
ambitu suo complecti dicitur septigentos passus >. (op. cit. , lóc. cit.)— Agustín de 
Rojas la juzgaba como «la mejor que yo he visto en España». El Viaje éntrete- 



— 39 — 

Por un lado la limitaban las casas del Consistorio; al frente, el Mo- 
nasterio de San Francisco; cerrándola por los otros dos largas hileras 
de viviendas particulares, admirables todas para el tiempo, no tan sólo 
por la novedad, grandeza y holgura de su fábrica, sino más aún por 
la igual disposición y traza de sus construcciones, que las hacía apare- 
cer como cortadas á tijera. Tan vestida y apretada de rejas, doradas 
en su mayoría, que saltando de unas á otras cabía recorrer de un ex- 
tremo á otro toda la Plaza. ^^ «Es cosa — exclama un viajero francés — 
que ríe á los ojos y alegra á la vista». ^^ 

Rodeaban al foro vallisoletano el Ochavo, asiento de los mercade- 
res y lugar donde se publicaban las pragmáticas y actos de Corte; el 
famoso Corrillo, paradero y refugio de la gente bulliciosa, alegre y 
apicarada, famoso al par del Potro de Córdoba, de la Puerta de Gua- 
dalajara, del Azoguejo segoviano y del Compás de Sevilla; ^^ y por 
todo el ámbito del Ochavo, Rinconada y la Plaza, en los holgados y 
macizos soportales, descubríanse las tiendas de los mercaderes, abaste- 
cidas y ricas en joyas, brincos, sedas, paños, búcaros y vidrios, con 
libreas de todas clases para los pajes y lacayos de los recién llegados 
señores, que, apenas pisada la ciudad, podían sin mucha costa vestir á 
toda su servidumbre, al modo que se estilaba entonces. ** 



nido. — Madrid, 1603. — Me he valido, á falta de la primera edición, sumamente 
rara, para todas las citas que en este trabajo se hacen del curiosísimo liljro 
de Rojas, de la edición de Lérida, Luis Menescal, 161 1 ; in 8.°xvi + 264 ho- 
jas. — Bib. Acad. Esp. 

Un viajero francés, en verdad nada amante de las cosas españolas, veíase obli- 
gado á reconocer que la plaza de Valladolid « era una de las más hermosas de 
Europa, en sentir de cuantos habían viajado». — (B. Joly: Voyage en Espagne), 
op. cit. , p. 96. 

2' Medina: op. cit., loe. cit.; La Corte de Felipe III, loe. cit. 

^ B. Joly: Voyage en Espagne, loe. cit. 

^ De él escribía Medina que ccomo en labirinto, se pierden aquí los foras- 
teros que no son muy diestros , y no han por muchas veces aprendido á andar 
y desembarazarse de aquel corrillo, que así le llaman los naturales , por la forma 
que tiene y aun porque á muchos hace andar en corro perdidos sin salir del 
por algún rato». — Grandezas de España, op. cit., 231 vto. — Agustín de Rojas le 
loaba también como muy famoso; op. cit, Prólogo Al vulgo. 

^ A Pinheiro no puede dejársele de la mano, aunque, de copiar todo lo cu- 
rioso que relata, habría que trasladarle íntegi-o. De las tiendas de Valladolid 



— 40 — 

No eran éstos los únicos lugares ricos y ostentosos de la nueva Cor- 
te; mil bellezas monumentales más encerraban la Plazuela Vieja de 
Palacio, centro de Valladolid antes de que los Reyes se mudasen, y la 
de la concurrida Chancillería; sin meternos en el Valladolid religiosa 
y monástico, en donde la pluma se embaraza ante la mole imponente" 
de San Benito, la elegancia de Nuestra Señora de la Antigua, 6 la 
magnificencia aparatosa y soberana de San Pablo y San Gregorio. ^^ 

Pero donde Valladolid ofrecía amplio y particular regalo á sus na- 
turales y á los cortesanos que lo invadían, era en las salidas ó alrede- 
dores, gratos en extremo para las damas de ojos estrelleros, como las 
llamó un poeta, y para sus galanes; que en ellos hallaban todos cuoti- 
diano y apacible retiro. Gozaba la nueva Corte, sin que en nada tuviese 
que envidiar á la antigua, de frescos y poblados sotos, que á las ori- 
llas del Pisuerga, famoso por la mansedumbre de su corriente, exten- 
díanse en galanas quintas, huertas y casas de recreo, alcanzando tam- 
bién las márgenes del mísero Esguevilla, blanco de poetas, tiro de 
zumbones y burla constante é implacable de los madrileños, que- lo 
perseguían con sus chanzas, chistes no siempre limpios y fisgas tan 
mal olientes como sus verdinegras aguas. ^^ No lo eran, en verda«l, 

í 

consignó muy interesantes noticias. Había, dice, «más y mejores que en ning*i- 
na otra parte del mundo, en las que se venden cuantas clases de sedas y brot^i- 
dos son conocidos>. — La Corte de Felipe III.... .; pp. 29 y 30. 

" Afeaban, no obstante, muchos de estos edificios los pasadizos colgantes 
que comunicaban , sin interrumpir el tránsito, unos palacios con otros. 

Al Conde de Salinas le quitaron parte de la sala y una cámara de su casa 
para labrar el pasadizo que comunicaba el Palacio viejo con el nuevo. — « Acerca 
de este pasadizo — refiere Pinheiro — tuvo el Conde grandes disputas y pleitos 
con el Quque de Lerma, y cuentan que en cierta ocasión, estando aquél con 
unos amigos, de los cuales uno daba grandes voces, interrumpióle diciendo: 
«Dichoso Vuesa merced que puede desahogarse de esa manera; yo no me atre- 
vo á abrir la boca, de miedo que me hagan pasadizo por ella»; gracioso dicho 
que corrobora el abuso que se hizo de semejantes y antiartísticos pegotes. — 
Cervantes en Valladolid , op. cit., 56. 

** Los regidores procuraban tener decentito y aseado al Esgueva; pero 
todo era inútil , y tras de la rápida limpieza , volvía el jjobre á las andadas. En 
Junta de 14 de Noviembre de 1605 acordaron «se limpiase y aondase la esgue- 
ba desde la puente de San benito asta el prado de la magdalena para que aya 
corriente». 

Quevedo, Góngora, Barbadillo, todo el gremio de poetas madrileños, sacaron 



— 41 — 

antes de que, cruzando por Valladolid, sufriera el vergonzoso tributo 
de sus desaguaderos, y harto hacía el pobre con escurrirse entre sus 
calles, partiéndose en dos brazos, como quien pretende escapar, aver- 
gonzado y humilde. Uno de ellos desembocaba en el Pisuerga, junto á 
ía Puerta del Campo, sin que lograse descomponer el ornato y majes- 
tad de aquella hermosísima plaza, llana, cuadrada y capacísima. 

Que al sol, en saliendo, obliga 
Llegue á besarle los pies. ^ 

Era esta plaza, por su teatral grandeza, el lugar escogido para las 
muestras ó alardes de la gente de guerra, sin que faltasen por sus con- 
tornos en todo tiempo, como en concurridísimo paseo, las damas que 
acudían á ganar sus jubileos á la vecina iglesia de Sancti-Spíritus , se- 
guidas de sus galanes y devotos, que lo eran más de sus gracias, en 
sentir de Plnheiro, que de las indulgencias de Roma. ^^ 

l^ra tiempo de otoño 6 invierno tenían escogido los vallisoletanos 
otro paseo, si no tan holgado, no menos sujeto á los favores del sol, 
Uatnado E¿ Espolón , y adonde tras su sabrosa plática lleva el Licen- 
ciado Peralta al alférez Campuzano á recrear los ojos del cuerpo , ya 
que habían entretenido los del entendimiento. Y obraba cuerdamente, 
como experto conocedor de los secretos de la Corte ; porque no era. 



á la vergüenza al «asqueroso fragmento del Pisuerga», como le llamaba el últi- 
mo, en sonetos , romances , letrillas y jácaras bien conocidos. 

" Quatro Romances de la mudanfa de la Corte, op. cit. Romance III. 

«Una de las cosas mejores, ó absolutamente la mejor, que en su género tiene 

España», como escribía Pedro de Medina en sus Grandezas op. cit.; f.° 230 

vuelto. 

^ Hablando de este paseo, Plnheiro escribía: 

«Por lo que á mí toca, confieso que en mi vida he visto cosa que más me 
agrade, ni me llame más la atención; porque ver allí reunida en tan corto espa- 
cio, como un tiro de piedra, toda la grandeza y hermosura de España, tantas 
damas , hijas de Duques y grandes señores , primorosamente vestidas , y entre 
ellas infinitos ñdalgos montados en arrogantes caballos, A la jineta, parece cosa 
de encantamiento á la manera del Palmerim. — Cervantes en Valladolid , pá- 
ginas 69 y 70. — Sin que lo fuese tanto, como entusiasmado dice el vehemente 
portugués, no faltarían aparato, vista y colorido en aquel paseo de la Puerta 
del Campo. 



— 42 — 

como, en su injusto desprecio á sus cosas todas, quería Quevedo, una 
salida necia, 

£alva de hierba y de flores 
Y lampiña de arboledas; 

sino una plaza cuadrada, á un lado del Campo Grande y no lejos de 
San Lorenzo, con un muro sobre el río , que llegaba hasta los pechos, 
y desde cuyos bancos ó asientos de piedra se descubría una vista tan 
bella, de alamedas, huertas, fuentes y monasterios, á la par de los en- 
rramados barcos que ligeramente surcaban el Pisuerga, que Pinheiro, 
nuestro solícito guía en la Corte, derramando la hinchada vena por su 
recargada prosa, exclamaba en sus Décadas: «Bien puede decirse de 
esta pradera que ni el jardín de Alcina, ni el de las Ilespérides, ni el 
de Gnido ó Paphos de Venus, ni Riberas de Archeloo, Grateo de Sar- 
danápalo ó Ciparri de Tiberio, pueden compararse con ella». ^^ 

Otras salidas y esparcimientos campestres descubría Valladolid, tan 
lozanos y apacibles, como el de la Victoria, la de San Pablo, la Huerta 
del Duque, sombreadas todas ellas por alamedas espesas, á las que 
proporcionaban grata frescura las aguas tranquilas de sus aceñas y los 
brazos del Esgueva. Mas entre todas llevábase la palma y el gusto de 
los cortesanos el regocijadísimo Prado de la Magdalena. Feracísima 
arboleda situada al oriente de la ciudad, en un circuito de más de cua- 
tro mil pasos, sus sauces y álamos, ora repartidos en largas y orde- 
nadas calles, ora suelto^ y libres, regábanse, con el Prado todo, por 
los dos brazos del Esguevilla, que, por no haber penetrado aún en la 
ciudad, vertía sus aguas cristalinas y limpias. Dábanle entrada varios 
puentecillos, unos de madera y otros de piedra, siendo el principal y 
más usado de todos el que desembocaba en el sitio conocido por el 



8* Cervantes en Valladolid,....,^. n. 

La Corte de Felipe III, pp. 22 y 23. 

El Espolón era objeto de frecuentes obras y mejoras. (Vid. Libros de Acuer- 
í/t7j-; Juntas del 10 de Diciernbre de 1604 y 17 de Octubre de 1605.) En 1662 se 
adornó con pilares de piedra y balaustrada de hierro, y en 1700 se construyó el 
Espolón nuevo, situado más arriba, á orillas del Pisuerga, entre la desembo- 
cadura del Esgueva y el Puente Mayor. — Vid. Sangrador: Historia de Valla- 
dolid , I, 636. 



— 43 — 

nombre de Carrera de caballos, porque había costumbre de probar y 
amaestrar en él los que se traían á la Corte para las justas y juegos de 
cañas. ^* 

Si en lo bizarro de sus monumentos, y en lo apacible y- lindo de sus 
paseos podía la vieja Pincia alzar orgullosa su cabeza, juzgando liviana 
la pesada carga de corte que acababa de echar sobre sus hombros, 
no era lugar tampoco donde las industrias, las ciencias y las artes no 
hubiesen brillado con esplendor á veces extraordinario, haciendo cé- 
lebres y preclaros muchos de los nombres de sus hijos. Los mismos 
tratos y logros, que se miraron siempre con desprecio y repugnancia 
por los buenos hidalgos castellanos , frecuentábanse en Valladolid mer- 
ced á los bancos de los hombres de negocios, *' y más especialmente 
á los gremios de todas suertes de oficios, que enriquecían á la gente 
común, siendo muy estimadas de antiguo, además de las labores de 
plata, las de los mantos de seda, soplillos y velos de humo-, que, con 
tanto brío y donaire, llevaban luego las hijas de la ciudad. ^8 Fuentes 



'5 Medina: op. cit, 230. — Pinheiro: La Corte de Felipe TU, p. 24, y Cervantes 
en Valladolid iio y 137 á 140. 

El Ayuntamiento invertía grandes sumas en la conservación del Prado. (Vid. 
Libros de Acuerdos, Junta de 4 de Hebrero de 1604.) En la de 8 de Jullio de 1602, 
«se acuerda enmendar lo's pasos malos (jue hay en el Prado de la madalena y 
bea sus puertas rreparo y aderego de (jue ha menester» (f.° 289). Cock hácese 
lenguas también de su amenidad y frescura, así como otro paisano suyo, Jehan 

Lhermite, en Le Passetemps , publie d'apris le manuscrit original par Ch. 

Ruelens. — Antwerpen, J. E. Buschmann, 1890-1896; 2 vol. in 4.°, I, 146. Obra 
muy interesante para el estudio de las costumbres á finales del reinado de Fe- 
lipe II. B. Joly tampoco omite sus, en general, parcas alabanzas, de los arroyue- 
los que serpenteaban por el Prado, de la hierba lucida y fresca que lo cubría, 
de los puentecillos rústicos que le daban paso, haciendo de él el lugar « más 
delicioso que cabe ». — Op. cit., p. 96. Testimonios éstos que por proceder de ex- 
tranjeros, nada amantes de nuestras cosas, no pueden tacharse de parciales. 
Para que el lector me crea, los apunto. 

^^ Tratando de los cambios y Bancos que en Valladolid había, quejábase un 
regidor, en Junta de 16 de Octubre de 1600, de que había muchos clandestinos, 
sin las licencias del Consejo necesarias ni fianzas seguras. — (Libros de Acuerdos, 
f.° 163.) 

^ Independientemente de lo que sobre el comercio é industria de Vallado- 
lid dicen sus historias generales (Sangrador, 1,429-432; Medina, 230, etc.), 
pueden consultarse las Memorias Económicas, de Larruga, y los Libros de Acuer- 



— 44 — 

prósperas de riqueza eran, asimismo, las tres vecinas ferias de Me- 
dina del Campo, Rioseco y Villalón, con los mercados francos de que 
Valladolid gozaba todos los martes. •''^ 

Las ciencias y estudios graves sustentábanse en la Universidad, con 
sus facultades de Filosofía, Leyes, Cánones, Teología, Medicina y Ci- 
rugía, pobladísimas de estudiantes, sobre todo de aquellos á quien su 
hacienda no toleraba sostener el gasto extraordinario de la salmanti- 
cense; ** pero, si más democrática y pobre, era, en cambio, tan rica 
como ella en alborotos, ruidos y pendencias *i. 



dos del Ayuntamiento, donde , al nombrar los veedores que habían de visitar 
cada un año á los diversos gremios de la ciudad, se enumeran todos éstos. 
(Vid. año 1599, f.'óM.) 

* Para la historia de esta merced, concedida por Felipe II á 20 de Noviem- 
bre de 1596, y así como para la de todas las gracias y preeminencias otorgadas 
por los Monarcas á la ciudad, Vid. los Privilegios de Valladolid. índice, copias 
y extractos de privilegios y mercedes reales concedidas d la M. N., M. L. y H. ciu- 
dad de Valladolid, formado por Juan Agapito Revilla. — Valladolid, 1906; ín 8.°, 
S69 páginas. Acabado y fidelísimo estudio de la materia. Y para la de las famo- 
sísimas ferias de Medina de! Campo, tan ligadas á la vida de Valladolid , puede 
consultarse el detenido estudio que á ellas dedicó el Sr. D. Cristóbal Espejo en 
el Boletín de la Sociedad Castellana de Excursiones, años 1908 á 1910. 

« Corles de Castilla, XX, 708. 

*• Medina alababa á los estudiantes vallisoletanos por « más estudiosos y me- 
nos traviesos que en Alcalá». De todo había; véase si no este botón de muestra, 
curiosa página para la historia de nuestras Universidades: «en la ciudad de Va- 
lladolid , á cinco dias del mes de mar^o de mili y seyscicntos y dos años los 

S.S. alcaldes dixeron que por qvanto a benido a su noticia que en el tienpo de 
las oposiciones y botos de las cátedras de la Universidad desta ciudad de Va- 
lladolid ay grandes desordenes hagiendo los estudiantes muchas juntas, asi de 
dia como de noche andando con mascaras y armas y hagiendo de noche mu- 
chos alborotos, gritas y otros Ruidos, de que an rresultado y pueden rresultar 
ynconbenientes y daños asi en lo arriua dicho como en el tienpo en que se toma 
la posesión de las dichas cátedras y Paseo dellas mandauan que ningún es- 
tudiante no sea osado de andar de dia ni de noche en juntas ni en Camaradas 

con mascaras ni otros disfrazes, ni pueda traer ni trayga armas sencillas ni do- 
bladas ofensiuas ni defensiuas, ni en manera alguna, haciendo Ruidos y alboro- 
tos ni dando gritos en rrazón de las dichas cátedras y andar de noche con los 

dichos disfrazes y mascaras y armas arriua declaradas ni sin ellas quatro juntos 
por ninguna parte desta corte. Iten que los dichos estudiantes no puedan yr ni 
bayan haciendo las dichas juntas, gritas y alborotos al tiempo que los oposito- 



— 45 — 

Ayudábanla en su labor docente los Colegios de Santa Cruz, San 
Gregorio y San Ambrosio, sin nombrar las escuelas públicas de la ciu- 
dad, que alimentaban un foco vivísimo de buenos estudios, avivado con 
nuevas fundaciones, como la del Colegio de los Ingleses, aun hoy sub- 
sistente. *2 

De los claustros vallisoletanos salían anualmente buen golpe de le- 
trados y doctores que honraban luego la garnacha en la vecina y famo- 
sísima Chancillería, ó en los corregimientos de España; como el opu- 
lento Colegio de San Gregorio fué oficina de aquellos eminentes teólo- 
gos que llevaron por nombre los de Soto, Vitoria, Cano, Medina y 
Bañez, gigantes de la filosofía, amén de otros, si no tan insignes, no 
menos celebrados en las cátedras vacantes de la Universidad pinciana 
y de las restantes del reino. Memorables eran, asimismo, los beneficios y 
enseñanzas que entre la mocedad derramaban los religiosos de la Com- 
pañía, con tanto celo y agrado del Concejo, que finalmente entregá- 
ronse á ellos los estudios de gramática de la villa. *^ 



res de la cátedras ban á tomar botos, ni á leer en las escuelas , ni al tomar de 
la posesión de las tales cátedras, ni al paseo dallas so pena, etc » (Archi- 
vo Hist. Nac, Libros de la Sala de Alcaldes, libro III, f." 6i.) 

*2 Vid. para su historia: Relación de v?i sacerdote ingles escrita d Flandes, á 

vn caballero — Madrid, Pedro Madrigal, 1592, 8.° menor; y Cortes de Castilla, 

XIX, 444 á 446. 

^3 Los estudios y cátedras de Gramática de la ciudad proveíanse, en un tiem- 
po, por concurso entre maestros particulares. Más adelante , la Universidad pre- 
tendió darlas á los Padres Jesuítas, que, al igual que. en otras de España, dedi- 
caban gran parte de su ministerio á la enseñanza de la juventud. Alborotóse el 
Ayuntamiento, acordando se contradijese el intento de la Universidad y siguie- 
ra adelante el pleito que sobre ello habían promovido, haciendo historia muy 
minuciosa é interesante de la suerte que los estudios de gramática del lugar ha- 
bían tenido antes y después de la llegada de los Padres Teatinos. Sus impugna- 
dores en el Concejo se quejaban de que, por su competencia, se hubiesen ido 
todos los antiguos preceptores, «que no solo sacaban discípulos, sino maestros, 
que podían enseñar por ser enseñados con el dicho cuidado», y sin que quisiesen 
leer el tArte de Antonio y otros libros que tanto conbienen para salir buen lati- 
no». Los defensores de la Compañía, que también los tuvo entre los regidores, 
argüyeron, que, «quando se dio este estudio al colexio de la compañía de Jesús 
fue con mucho acuerdo y deliberación , assi desta ciudad como de la Universi- 
dad , y se bio el gran fruto que de la enseñanza de los dichos padres resultaba 

pues acudía al dicho estudio más de ochocientos estudiantes , asi de la ciudad 



- 46 - 

Donde las ciencias se agasajaban y favorecían tanto, la imprenta, 
propagadora suya, debía tener acogida liberal, y, con efecto, la tipogra- 
fía vallisoletana prosperó grandemente en aquella centuria décimo- 
sexta, aunque la mudanza y vuelta de la Corte la sumiesen en el mismo 
mortal marasmo en que cayeron los restantes elementos de su esplen- 
dor insigne. Colofones gloriosos contaba Valladolid en la historia del 
arte de imprimir, como los de los Gudiel, Guillen de Brocar, Thierry 
y Fernández de Córdoba, en cuyas prensas se estamparon tantas y tan 
notables obras. Con la venida de los Reyes engrandecióse tan sobre- 
manera su imprenta, que eclipsó la robustísima de Medina é hizo som- 
bra á la madrileña con los nombres de Juan de BostiUo, Lorenzo de 
Ayala, Pedro Merchán, Luis Méndez, Francisco Fernández de Córdo- 
ba, los herederos de su hermano Diego, los de Bernardino de Santo 
Domingo, y, en generosa competencia suya, Juan Iñiguez de Leque- 
rica, venido de Alcalá , Juan Godínez de Millis , de Medina del Campo, 
Pedro Lasso, de Toledo, y, sobre todos, Luis Sánchez, que con su 
actividad, industria y riqueza, sobrepujóles en el número y esmero de 
sus ediciones. *■* 

¿Por qué no he de recordar, muy á la ligera, el brío y robustez con 
que se mantuvo la poesía entre los pincianos ingenios, aunque un buen 



como de fuera parte lo qual se continuó Por algún tienpo, asta que con he- 

mulacion y enbidia se fué contrabiniendo esta buena obra Por pretensiones 
particulares y enoxo de algunos que sus hijos se auian entrado en religión»; 
notando, en cambio, que el antiguo Estudio « nunca alcango a tener dugientos 
discípulos, y esos tan destraydos que de ninguno se sabe aya aprendido». — (Li- 
bros de Acuerdos, Junta de 30 de JuUio de 1597; ff. 187 y 188.) 

La historia es muy movida y curiosa. Confirma la absorción grande que, al 
igual de los Estudios de Madrid y Sevilla, ejercieron los Padres Jesuítas en las 
cátedras de Artes y Gramática de todos los lugares importantes del reino, con 
provecho, sin duda, de los escolares, pero con mucha guerra y oposición de los 
preceptores privados, que no callaban sus protestas. (Vid. sobre la materia 
P. Pastor: Documentos Cervantinos, II, 353 y 360, y Gallardo: Ensayo II, cois. 
216 y 217.) 

** Para hilvanar estas noticias utilizo el E?tsayo de una tipografía vallisole- 
tana , por D. Marcelino Gutiérrez del Caño. Obra premiada en el concurso de 
1899, y que manuscrita aguarda su impresión en la Biblioteca Nacional. A la 
amabilidad de su autor debo licencia particular que me ha permitido disfrutar- 
la: reciba aquí el testimonio de mi agradecimiento. 



— 47 — 

amante de las glorias de su patria les haya dedicado trabajo particular 
y erudito, recordando á la vez á aquellos poetas que medraron á la 
sombra de la opulencia y boato de la Corte? *^ «Allí también se tras- 
ladó — cuenta otro historiador suyo — en mucha parte el gremio de 
Apolo : que de ordinario los poetas uno dicen y otro sienten , y aunque 
solían considerar como deleitable la vida arcádica para cantada en 
églogas y ensalzada en novelas pastoriles, preferían á sus rústicos é 
inocentes goces el revuelto mar cortesano, haciendo de las pindáricas 
liras redes de pescar, azafatas de las musas, y de los sonetos y cancio- 
nes memoriales de petitorio » . ^^ 

Exceptuando á Lope de Vega, que estaba en Toledo, á Mateo Ale- 
mán, vecino á la sazón de Sevilla, y quizás á Lupercio Leonardo de 
Argensola, residente en Madrid con Pedro Liñán de Riaza, todos los 
restantes servidores bizarros de nuestro Parnaso, unos más pronto y 
otros más tarde, fueron apareciendo en la opulenta Corte, para mal- 
tratarla cruelmente con los vengativos dardos de sus epigramas. Que- 
vedo, Espinosa, Góngora, Vélez de Guevara, Salas Barbadillo, Barto- 
lomé Leonardo de Argensola, Vicente Espinel y Suárez de Figueroa, *' 



*5 Don Narciso Alonso Cortés, erudito escritor vallisoletano, en su muy in- 
teresante y documentado trabajo Noticias de una Corte literaria (Valladolid, 
1906), y que en unión de los Sres. Martí Monsó y Agapito Revilla está volviendo 
por los buenos fueros literarios, históricos y artísticos de la memorable ciudad, 
hasta el día tan decaídos y abandonados, con mucho fruto y novedad gustosa. 

*^ Rodríguez Marín: Pedro Espinosa. Estudio biográfico, bibliográfico y cri- 
tico — Madrid, 1907; p. 158. (Vid. además todo el cap. V.) 

A los poetas , ingenios y escritores que tanto Rodríguez Marín como Alonso 
Cortés mencionan estantes en Valladolid durante la vida de la Corte, hay que 

añadir á Atanasio de Lobera , (P. Pastor: Bibliografía Madrileña , UI, 4 1 4-4 1 5); 

á Julián de Armendáriz; y á aquel estrambótico escritor italiano, Julio Antonio 
Brancalasso, autor del Labirinto de Corte con los diez predicamentos de cortesa- 
nos — Ñapóles, Juan Bautista Gargano y Lucrecio Nucci. (mdcix; in 4.°; Biblio- 
teca Nacional R-13.835; vid. Prólogo). 

*' El Sr. Alonso Cortés hace ausente de Valladolid al notable Satyricon , el 
Dr. Suárez de Figueroa. Si pasa por verídica y aplicable la patente y curiosísi- 
ma relación autobiográfica que en el Alivio VI de El Passagero hace de los su- 
cesos de su vida , habrá , por el contrario , que reputarle por estante en la Cor- 
te, adonde llegó, procedente de Italia, de 1603 á 1604. Él mismo lo dice, descu- 
briendo á la vez lo mudado que halló el lugar para otros tiempos. «Con todo— es- 
cribe— venció el amor de la patria; y puesto en camino para visitarla, llegué á 



\ 



- 48 - 

con otros ingenios de menor talla, fueron los representantes de la poe- 
sía; como si ya Valladolid no contara con una tradición poética glo- 
riosa, avivada al calor de las aulas hipocráticas, con Pedro de Soria, 
Pedro Sánchez de Viana y el maestro retórico, Alonso López el Pin- 
ciano. 

No está virgen tampoco el estudio del arte y de los artistas vallisoleta- 
nos, que un meritísimo historiador de sus cosas ha sacado moderna- 
mente, con abundancia copiosa de datos y documentos de buena ley y 
peregrinos en extremo. ** Sobre los trabajos de los plateros y orífices 
en las custodias valiosísimas que se adoraron luego en las Catedrales 
todas de España, y que daban nombre sonoro á una de sus mejores 
rúas, la de la Platería, *^ la escultura y talla en madera tuvo prosélitos 



Valladolid d tres años de calificada con titulo de Corte. Alegróme sumamente su 
vista, considerada desde lejos, pero, acercándome más á su bullicio, de tal ma- 
nera la desconocí, que me juzgué más extraño de ella que pudiera en Etiopía.» 
El Passagero. Advertencias vtilissimas a la vida hvmana, por el Doctor Chris- 
toval Suarez de Figueroa. A la Excelentissima República de Luca. — Año i6i8. — 
En Barcelona, por Gerónimo Margarit, y á su costa; Alivio VI; f.° 215 vto. (Ci- 
taré en lo sucesivo por esta edición , que es la que poseo.) 

En Valladolid debió nacer, pues no hay otro lugar hábil en que pudieran en- 
contrarse, la amistad del doctor y Cervantes, agriada literariamente por las 
censuras displicentes y envidiosas del primero, de quien fué la envidia, y él 
mismo lo confiesa en su citada autobiográfica relación , la más saliente de sus 
cu;didades. 

La misma interpretación de este pasaje leo en el interesante estudio sobre 
Suárez de Figueroa, de mi amigo el joven erudito norteamericano J. P. Wicker- 
sham Crawford : The Ufe and tke works 0/ Cristóbal Suárez de Figueroa. — Phi- 
ladelphia, 1907; in 4.°, pp. 16 y 17. 

** José Martí y Monsó: Estudios kistJricos artísticos relativos principalmen- 
te d Valladolid , basados en la investigación de diversos archivos. — Valladolid, 
L. Miñón, 1898- 1 90 1. — -Si cada provincia contara con un historiador de la eru- 
dición, criterio y sagacidad , de que en esta obra interesantísima hace gala el me- 
ritísimo Director de la Escuela de Artes é Industrias de Valladolid , pronto que- 
daría hecha una Historia completa y fundamental del Arte Español. Toda ella es 
inapreciable para el desarrollo de las artes en Valladolid ; pero, principalmente, 
para medir la actividad que desplegaron en este período de su vida (i 601- 1606), 
vid. pp. 599 á 626, donde se narran la construcción y embellecimientos de los 
palacios de Felipe III. 

*' < En Valladolid hay muchos artífices de todas clases , y se labran muy bien 
todas las cosas , especialmente la plata , y hay tantos plateros como pueda haber 



I 



— 49 — 

insignes del gran Berruguete, como el devotísimo y genial Gregorio 
Hernández, que en Valladolid dejó tantas y tan buenas obras de su ins- 
piración religiosa. 

Los Reyes y los magnates, al levantar sus palacios y casas señoriales, 
atrajeron grandísimo concurso de pintores, entalladores, doradores, al- 
fareros y todo linaje de artífices, cuyos nombres hazañosamente ha 
rescatado del olvido Martí y Monsó; de aquellos que llenaron las igle- 
sias castellanas de preciosos retablos de subido valor y gusto ; mientras 
que sus camaradas decoraban majestuosamente el naciente Palacio de 
Felipe III, mezclándose los pinceles de los Carduchos con el de fray 
Arsenio Mascagni, los de Bartolomé de Cárdenas con los de Patricio 
Caxés, y siendo una la paleta de Juan de Torres y Fabricio Gástelo; 
sin que pueda olvidar tampoco los cinceles de Juan de Arfe y Pom- 
peyo Leoni, que, en lid honrosa, disputábanse el ejecutar las efigies 
funerarias de los potentísimos Duques de Lerma. 

Vino á coronar aquel florecimiento extraordinario la venida á la Gorte 
del gran Pedro Pablo Rubens, que si durante su estancia en ella no 
ejerció toda la influencia que debiera en la pintura local de la escuela 
vallisoletana, semejó al menos la sombra bienhechora y risueña del 
arte, en aquel pujante plantel de seguidores suyos. 

No se crea que todos estos alientos fueron casuales, meramente na- 
cidos al calor de la Gorte y de sus monarcas: si entonces vino á rayar 
en la cumbre el apogeo de su esplendor y vida, Valladolid podía enor- 
gullecerse de que era suyo , bien suyo , aunque perdiera su carácter 
local entre el abigarramiento y confusión con que su nueva jerarquía 
envolvió la tranquila y sosegada vida de otros tiempos. 

Del ornato de la ciudad cuidaba la Junta de Policía, ^^ ayudada por 
la Sala de Alcaldes, mejorando sobremanera lo que hoy decimos ser- 



en las dos ciudades principales de España » — Andrea Navaobko: Viajes por 

España, op. cit, 323-324. 

^ Había sido creada por cédula real de Felipe II á 4 de Mayo de 1590: lla- 
mábase Junia de Pulifia, y eran miembros natos de ella el presidente de Cas- 
tilla, dos del consejo, un alcalde de Corte, el fiscal corregidor, un regidor y 
el escribano del Ayuntamiento. Su objeto era atender al « ornato, edificios pu- 
lifia y probeym.o de mantenim.s de la Corte y Villa » . Para ello se quitaron fa- 
cultades al Ayuntamiento, sin que valieran las protestas de éste que pedía 

4 



— so — 
vicios municipales, á costa de las funciones y derechos de los tristes 
regidores del Concejo, á quien no se llamaba de ordinario más que 
para un solo efecto: el de pagar. Y así, los gastos y dispendios fueron 
inmensos, infinitos, en construcciones de pasadizos, empedrados de 
plazas, ajuste de acemileros y de carros para la limpieza de las calles, 
obras en los paseos y salidas, levantamiento de albóndigas y carnice- 
rías, sin contar los ducados que á mijes se gastaban en fiestas, cañas, 
toros, iluminaciones y encamisadas, á costa siempre del exangüe cau- 
dal del Municipio. Ebrios y trastornados con el lujo y magnificencia 



volvieran las cosas « al vso antigvo >. — {Libros de Acuerdos del Ayuntam." de Ma- 
drid. — Año de 1600; ff. 214 vto., 215 y 226.) 

En junta del concejo vallisoletano de 20 de Junio de 1601 , y ya en Vallado- 
lid la Corte, se leyó un billete del Conde de Miranda, en el que por mandado 
del Rey disponía continuase la Junta de Policía que funcionaba en Madrid , or- 
denándoles designasen tres regidores para que él escogiera entre ellos el que 
había de figurar en ella. — Libros de Acuerdos de Valladolid, año 1601; f.° 105. 
Vid. también sobre este punto Cabrera: Relaciones 109. 

Muchos fueron, en verdad, los esfuerzos del Ayuntamiento por atender al 
ornato y mejora interior de la ciudad. Así, se ven menudear acuerdos en sus 
actas sobre empedrado de calles y de plazas , saneamiento de lagunas , y sobre 
todo limpieza general. La Junta de Policía tenía ordenado recorriesen la pobla- 
ción veinticuatro carros. Parecieron pocos, y en 1605 se aumentaron seis más. 
Sobre estas diligencias, el Conde de Miranda, Presidente de Castilla, apremiaba 
también á los regidores para que se limpiase la ciudad de una vez toda « por el 
gran lodo que en todas partes ay». Porque la gran mancha de Valladolid, como 
Corte, era la abundancia de su polvo y lodo, que Pinheiro describía de esta for- 
ma: «A pesar de tener Valladolid tantos ríos, debe ser la más sucia tierra de 
toda España y de más lodo, de peor concfición y de más pestilentes olores que 
se pueden imaginar: así es que se hace en extremo aborrecible é insoportable 
á sus habitantes; porque basta atravesar una calle cualquiera, á pie ó á caballo, 
para que se le mojen á uno las gualdrapas y las medias calzas y hasta los pies y 
los zapatos; lo cual proviene de tres causas: de ir el agua de la Esgueva muy so- 
mera y sin corriente alguna; de empaparse la tierra de aquella agua impura, y 
de la calidad de ésta , que es un barro tan fuerte y pegadizo como yeso, á pesar 
de ser tierra floja; á lo cual se une, que cuantas suciedades, estiércol é inmun- 
dicias de todo género hay en las casas, otras tantas se arrojan de noche por las 
calles, sin castigo alguno de los que así lo ejecutan, aunque pase el Esgueva 
por sus mismas puertas. Muchas veces me he maravillado al ver que una calza- 
da ó calle limpia, á la media hora de haber llovido se encharcaba y ponía luego 
intransitable con aquel lodo negro y espeso, sucio y pegadizo que se agarra al 



— s« — 

que Valladolid recibía con estas mejoras, no preveían los imprudentes 
regidores el abismo adonde caminaban; y cuando Felipe III, ó, mejor, 
su favorito, les propuso el capricho de labrar una quinta 6 soto que 
hiciera las veces de la Casa del Campo de Madrid, solícitos por demás 
anduvieron en regalarle la renombrada Huerta del Rey, acabando de 
empeñar desdichadamente el crédito de la ciudad, que durante todo 
el siglo xvn arrastró una vida pobrísima, como si le tocase purgar en- 
tonces los pecados y altanerías de aquellos años. *i 

Á los cortesanos no se les daba un ardite de estos apuros: muy al 



calzado y lo quema y destruye, así como tanjbién la ropa: de manera que yo y 
mis compañeros convinimos en que no dura en Valladolid la vida la mitad que 
en Lisboa, porque come uno polvo en verano y lodo en hibierno. A no ser por 
estos dos enemigos, sería Valladolid la mejor tierra de toda España». — (La Cor- 
te de Felipe ///, op. cit. , 13). — Vid. además Cervantes en Valladolid, op. cit, 
página 141). — Tan ciertos son los datos del portugués, que solamente para re- 
coger los gatos y perros muertos que se encontraban por las calles había des- 
tinado un acemilero con su repostero amarillo, y en él las armas de la ciudad, y 
á quien se daban siete reales de salario. — {Libros de Acuerdos. Juntas de 25 de 
Agosto de 1603 y 18 Julio de 1605; sin foliac.) 

Para todos estos trabajos sobre el ornato y policía de la ciudad , durante la es- 
tancia de la'Corte, Vid. Libros de Acuerdos: Juntas de 27 de Junio de 1601 
(f." 107), 17 de Octubre de 1601 (f.° 173), 23 de Agosto de 1602 (f.° 310), 16 de 
Diciembre de 1602 (ff. 354 y 355), 25 de Agosto de 1603, 27 de Febrero de 

1604, 1 8 de Julio de 1605, 17 de Octubre de 1605 y 13 de Noviembre de 1605 
(sin foliac.) 

*• Puede verse menudamente la historia de este famoso Parque, cuyo Pala- 
cio estuvo en un tiempo ornado de muy buenos cuadros , pinturas y tapices , en 

Sangrador: Historia de Valladolid II, 476; Cabrera: Relaciones , 109 y 

lio; Martí y Monsó: op. cit., p. 609 y siguientes, y en los Libros de Acuerdos. 
Juntas de 31 de Henero de 1605, en que se realizó el deseo del Monarca, ver- 
dadera imposición del Duque de Lerma, que, á costa de la mísera ciudad, ro- 
busteció su privanza; 24 de Abril y 17 de Octubre de 1605 y 18 de Marzo 
de 1606. — La obra estaba calculada en diez ó doce quentos de maravedís. — Fué 
la gota de agua que acabó de arruinar á la ciudad , y adelantó también la vuelta 
á Madrid, á causa de ciertas diferencias nacidas entre el Concejo y el Monarca 
y que se desprenden de la lectura de la citada Junta de 17 de Octubre de 

1605. El Rey quería se hiciera á toda prisa; el Ayuntamiento no encontraba 
dinero, entrampado hasta los ojos; y la consiguiente dilación enojaba al favori- 
to y al Monarca, en perjuicio, una vez más, de los intereses de la vieja y des- 
dichada metrópoli castellana. . 



— 52 — 
contrario, supieron sacar gran partido de ellos, dejándose llevar blan- 
damente por la corriente franca de festejos con que Valladolid rego- 
cijó su estancia, durante los años que logró retenerlos. Quien repasa 
la Pratilogia de Pinheiro, las Relaciones de Cabrera y Herrera, las His- 
torias de Novoa y Ávila, ó los Libros de Acuerdos del Corregimiento, 
asómbrase ante la multitud, legión de sus regocijos, que no tuvieron 
punto de reposo. Hiperbólicas nos parecen hoy las alabanzas extrema- 
das que aquella efímera Corte arrancó á los curiosos que la visitaron, 
y pudieron dentro de sus muros palpar su esplendor y grandeza. Pin- 
heiro, más que otro ninguno, y aunque portugués (y como tal, poco 
afecto á las cosas castellanas), rompe en aplausos, exclamaciones y 
elogios siempre que intenta trasladar á sus Memorias la bulliciosa ale- 
gría que, cercana á la locura, se apoderó durante aquel rápido lustro 
de todos sus moradores. « Experiencia tenéis de la Corte — escribía á 
uno de sus camaradas — ; está otro Valladolid de como vos lo dejas- 
teis; en él reside hoy día todo el bien de España, de Granada, Sevilla, 
Toledo, y aun de Francia, sin contar la gala de Medina y la flor de 
Olmedo » ^' 

Las espaciosas y bien regadas rúas vallisoletanas cuajábanse con sus 
naturales y con los infinitos forasteros, que, paseando su brío y gen- 
tileza, apodaban con graciosos y galantes nombres á las damas de todo 
linaje, quienes arrebozadas en sus mantos y sin otra compañía que la 
de sus dueñas malditas, rompían el forzado recogimiento de sus casas 
en busca de aventuras y esparcimientos, que Pinheiro, no sé si por su 
mala ventura de portugués enamorado, ó porque realmente palpase la 
verdad, califica en su mayoría de honestos y comedidos. 

Por las tardes, el Espolón, la Platería ó la Puerta del Campo, según 
la estación del año, inundábanse de carrozas y coches, y Pinheiro, 
también, relata los picantes dichos que de unos á otros se disparaban 
con sin igual soltura y gracia, siendo extremados en ingenio y picar- 
día los de las damas, con tal prontitud y donaire, que no es posible 
hoy hacerse acabada idea de su agudeza. 

Á las frondosas quintas y cerrados sotos, que regaba en sus márge- 
nes el Pisuerga, acudían en sus galeras y barcas los cortesanos en ani- 
madas jiras, que la apacibilidad del lugar hacía deliciosas , y en las cua- 



PiNHEiKo: Cervantes en Valladolid p. 35. 



— sa- 
le^ la proverbial hospitalidad castellana abría las puertas aun á los des- 
conocidos y extraños, sin más llave ni amigos que su buen ingenio; y 
con faltar á menudo en tales reuniones los padres, hermanos ó mari- 
dos, no enturbiaban su alegría ni los celos, ni los enojos y sospechas, 
obra del carácter llano de los españoles, de que tanto se admira el cro- 
nista portugués de quien tomo estos datos. 

Pero donde Valladolid se holgaba grandemente, era en su Prado de 
la Magdalena. Después del anochecer y aun pasada la hora de ronda, 
bajaban en sus coches las damas, y apuestos, á la jineta, sus cortejos, 
y atravesando todos el puentecillo del Esgueva que lo separaba de la 
ciudad, convertían la fértil y regada pradera en ancho campo de diver- 
sión y esparcimiento. 

Al pie de los robustos álamos, 6 entre los verdes y castigados sau- 
ces, formaban repletos corros unos y otros, con sus colaciones ó me- 
riendas, abundantes en tortas, manjar blanco, mermeladas, frutas, 
pastelillos, dulces secos y otras raras confituras; y cuando la benigni- 
dad del tiempo lo permitía, asomaban los rayos de la naciente aurora 
entre el ruido de las músicas , alboroto de las danzas , rumor de las plá- 
ticas y coloquios, pullas de los graciosos, risa sin tasa délas escuadras 
de estudiantes, que recorrían los animados grupos improvisando coplas 
y cantares, animado todo por los romances, folias, letrillas y rasguea- 
dos que desde lo alto del corredor, labrado por el Concejo, tocaban 
los ministriles y músicos de la ciudad. ^^ 

Fuera del santo y penitente tiempo de la cuaresma, el teatro viejo 
de Valladolid , situado en el barrio de San Lorenzo , y á cuyo cilrede- 
dor tenían sus posadas los faranduleros y representantes, abría sus 
corrales á los mejores y más celebrados autores de comedias de Es- 



" PiNHBiRo: Cervantes en Valladolid , 137 a 140. 

En junta de 24 de Abril de 1602, el Corregidor dijo al Ayuntamiento: «como 
su merced y los ss.s Jerónimo de billasante y simón de cauegon rregidores y 
comissarios tenían concertada con los ministriles todas las fiestas de procesio- 
nes rregocijos de toros y otras cualisquier fiestas Ensimismo las fiestas y do- 
mingos por las tardes, en el prado de la madalena por ducientos ducados al 
año, que conberná se aga acer luego un corredor donde estén tañendo, cerra- 
do con su llabe, con todo bentanaje por todas partes, encima de la fuenteci- 

11a que esta en el dicho prado de la madalena » Acuerdanlo. — Libros de 

Acuerdos: Año 1602; í.° 260. 



— 54 — 

paña toda. Diego de Santander, Gabriel Ramírez, Pedro Jiménez, Ni- 
colás de los Ríos, Antonio de Villegas, Antonio de Granados, Gaspar 
de les Reyes, Baltasar de Pinedo, Gaspar de Porres, Alonso Riquelpie 
y Diego López de Alcaraz, regocijaron con sus gracias y donaires el 
grandí^oncurso de gentes que llenaba á Valladolid, ajustados por la 
Cofradía de San José, á cuya cuenta y orden corría el del corral _dra- 
máticcfrbajo la vigilancia de su Ayuntamiento. ^^ Ayudaba éste por su 
parte al esplendor del teatro, celebrando anualmente con grande aparato 
ygasíó las fiestas del Corpus, en las que figuraban danzas de salvajes, 
pintqjgscamente imitadas, ** mientras los carros de los farsantes, pre- 



*• El Sr. A. Cortés" publicó en su citada obra (pp. 30 á 41) varios de los 
acuerdos del Concejo sobre representaciones teatrales y ajustes de autores de 
comedias, de los que también tenía yo sacada copia. Algunos omitió, volunta- 
riamente acaso, los cuales, para completar la historia del teatro vallisoletano 
en este período, añadiré á esta nota. 

El Ayuntamiento gozaba de aposento propio en el corral , que con frecuen- 
cia veía invadido por gorrones y desocupados. Trataron de corregir este abuso 
los regidores, como el Sr. A. Cortés cuenta, y entre los acuerdos tomados 
figura el siguiente, harto famoso, que revela los medios á que tenían que recu- 
rrir para defenderse: <á 19 de Noviembre de 1601, se mandó que, en la puerta 
del aposento de las comedias, el mayordomo de propios, luego Aga hager una 
bentanilla para que de partes de dentro se bea quien llama y asista á la guar- 
da de dicho aposento.» — (Año 1601; f.° 191 vto.) 

Baltasar de Pinedo, según refiere el mismo escritor citado, estuvo en Vallado- 
lid hacia 1604. Prolongó su estancia hasta 1605, como declara este acuerdo: « 1 1 
de Hebrero de 1605 anos; este día los dichos ss.« acordaron se le de á baltasar 
de pinedo, autor de comedias, cien ducados por los días que se ocupó con su 
conpañía, demás de lo questaua obliga» de rrepresentar los auctos de las fiestas 
del Corpus del año passado á los Consejos y SS. presidentes dellos , que hasta 
que se cumpliese con todos, esta ciudad no les dejo salir de esta Corte, de los 
quales se le de libranga, en el mayordomo de propios.» — (Año 1905, sin foliac.) 

Este liberal sistema era el usado por los Concejos con los faranduleros. AI 
menos el de Valladolid, echaba mano de él siempre que se ofrecía: por ejem- 
plo, en 6 de Mayo de 1598 en que acordaron «que los cavalleros comissarios 
de las fiestas del Corpus, se rresuelban con grauiel de la torre, autor de co- 
medias, en que haga tres carros, como es costumbre, y con mascara y que no 
la habiendo, suplican al s."- corregidor les quite luego la ligen^ia de poder rre- 
presentar en esta ciudad >.— (Año 1598; í.° 672).— ¡Y qué iban á hacer los cuita- 
dos, sino someterse ante la amenaza del destierro! 

^ En junta de 26 de Abril de 1604, tratando de las fiestas del Corpus para 



- S5 - 

parados á modo de teatro con sus casas, torres, cámaras y aposentos, 
lindamente pintados, recorrían sus calles, representando comedias de 
puerta en puerta de las casas de los Consejeros. ^^ 

S.obre estos pasatiempos y regocijos, no descansaban los regidores 
en procurar fiestas de toros, juegos de cañas y otros espectáculos ex- 
traordinarios. Las primeras celebrábanse en la Plaza Mayor, en la del 
Almirante 6 en la de los Leones, diputando para el caso comisarios 
que, apeándose de la gravedad de su oficio, los ajustaban del famoso 
y vecino Raso del Portillo, *' perdiendo buena parte de sus juntas en 
distribuir los aposentos y ventanas entre sus familias y las de los con- 
sejeros y magnates de la Corte, con el consabido gasto de las colacio- 
nes y refrescos, no siempre limitados al agua y los confites. Soltábanse 
otras veces alanos, tigres y fieras que, al luchar con los toros, evoca- 
ban sangrientamente el recuerdo de las memorables fiestas del romano 
Coliseo. ** 

Si los apuros de los ediles eran mayores en las fiestas de cañas que, 
por mandado del Monarca, organizaban con el concurso de los señores 
pincianos, por desdeñar los madrileños justar con ellos, ^" indemnizá- 
banse, en cambio, ofreciendo á la asombrada plebe fantásticos espec- 



aquel año, acordaron que los comisarios de ellas « den orden como para la dicha 
fiesta aya una dan 5a de jigantones y tarasca, para el rregocijo de la dicha fies- 
ta que bayan vestidos de seda por la suma y orden que les pareciere á los 
dichos señores comissarios, y anssimismo en la danga se Ileben seis á ocho om- 
bres en ahitos de saluajes, con sus magas, que bayan guardando y defendien- 
do los dichos jigantones». — (Libros de Acuerdos). — Año 1604; sin foHac. 

*8 ^vnYXVKo: Cervantes en Valladolid,-p. <)-j. 

s' Libros de Acuerdos. Juntas de 26 de Noviembre de 1604 y 14 de Enero 
de 1605. Por cierto que los caballeros comisarios andaban remisos en dar las 
cuentas al Concejo, como si no tuvieran tranquila la conciencia. (Vid. Junta de 31 
Agosto de 1605.) 

^ Cabrera: Relaciones , p. 200; y Martí t Monsó: op. cit., p. 6og. 

^^ Acordada en Julio de 1602 una fiesta de juego de cañas, y comisionados 
dos regidores para que buscasen caballeros que las sustentaran , acudieron al 
Ayuntamiento diciendo que se habían visto con los caballeros de la ciudad y 
de la Corte y que tan solamente había aceptado una el almirante de Castilla y 
otra D. Diego Gómez de Sandoval; »y aunque auian echo las diligencias pusi- 
bles , asta agora no auia otro caballero que se ubiesse encargado de sacar qua- 
drilla.» (Junta de 27 de Jullio de 1602, f.° 298.) 



-56- 

táculos, como el de aquella sierpe 6 máquina voladora que en 1605 
recorrió los aires hasta caer en la plaza, planteando, á comienzos del 
siglo XVII, el intrincado problema de la aviación. ^* 

Todos estos festejos y alegrías subieron de punto al ocurrir en la 
Corte hechos tan notables como la venida del Embajador de Persia, 
hombre de agudo ingenio, que con sus dichos y respuestas dejó en 
ella mucha opinión y fama; ^^ con el nacimiento y cristianismo de la 
Infanta Ana Mauricia; con la ratificación de las paces con Francia y 
llegada de los Príncipes de Saboya, aderezado todo ello con pasquines 
políticos muy graciosos que se fijaban por las calles, *' danzas, lumi- 



«" Curiosa , en extremo, fue la tentativa de este predecesor de Wright , Ble- 
riot y Farman, como juzgará el lector por el siguiente documento: «4 de JuUio 
de 1605: este día se trato en este Ayuntamiento que andaba en esta Corte uñ 
ombre de gran yngenio que dicen que ara andar por el ayre una sierpe echa de 
bulto con artificios de gran yngenio que sería muy de ber y por los dhs. SS.' visto 
Acordaron que se aga la dicha sierpe y nombraron por comisario para que aga 
ha?er la dha. sierpe y todo lo que fuere negesario para helio lo pague el ma- 
yordomo de propios desta ciudad por libranzas del dho. señor simón de cabe- 
zón , con que no egeda el gasto de quatrocientos rreales y la fiesta della sea la 
tarde que sse corrieren los toros.» — (Libros de acuerdos.— Año 1605, sin foliac). 

El espectáculo, en efecto, se celebró dos veces cuando menos , y Pinheiro nos 
dejó de él las siguientes noticias: « Olvidábaseme de decir que, como doña Úr- 
sula nos había dicho que durante la función un hechicero haría un milagro pa- 
recido á otro que dicen obró ya en ocasión anterior, de una sierpe que vendría 
volando hasta la plaza, fui con los compañeros á presenciar el prodigio, que, 
después de todo, no fué más que una enorme cometa de papel en figura de 
dragón, como la que los rapaces usan en nuestra tierra, la cual, sujeta y dies- 
tramente dirigida por medio de una cuerda, llegó con efecto hasta la plaza, 
con gran espanto de los que allí estaban.» — Cervantes en Valladolid, pp. 105 
y 106. 

Como se ve, Pinheiro es tan verídico, que no sólo hay que creerle en sus di- 
chos corrientes, sino hasta en los extraordinarios, como éste que relata, com- 
probado por el testimonio oficial de los Libros del Corregimiento. 

" Sobre las noticias que Cabrera (Relaciones... 1 10-122), GonzXi.ez Dáviia: 
op. cit. (84 á S7 y 609) y los demás historiadores dan de este embajador, vid. 
P. Sepúlveda Historia de varios sucesos op. mss. cit., II, 97-98. 

* Por ejemplo, éste que copia el mismo P. Sepúlveda: 

« En estos días pusieron en Valladolid un Pasquín terrible en que fingían 
que todas las virtudes venían y pedían possada , y á muchas dellas despidie- 
ron: llegó á pedir possada la Justicia en Palacio y llamó, y la respondió el 



— S7 — 

narias y regocijos, que hacían de la Corte castellana, en irase de su 
cronista, el «centro y asiento de la alegría universal». 

Pero cuando Valladolid excedióse á sí misma en grandeza, fausto y 
poderío, cual funesto presagio de su próxima ruina y acabamiento, fué 
con ocasión de las extraordinarias fiestas que en 1605 celebraron el 
bautismo del príncipe Felipe Dominico Víctor, más tarde IV de este 
nombre en España. 

El contento y alborozo que la asegurada sucesión causó á los Reyes, 
al pueblo y á los nobles, se derramó en un diluvio de fiestas, tan 
ostentosas, ricas y lucidas, que años más tarde las recordaba el maes- 
tro Espinel como «las más alegres y ricas que los mortales habían visto, 
y donde se mostraba la grandeza y prosperidad de la monarquía espa- 
ñola». ^^Y decía bien el insigne rondeño, porque libros y libros podrían 
llenarse, y aun faltaría espacio, para relatar y comentar debidamente la 
dorada cadena que rodeó aquel feliz acontecimiento, «el de mayor ma- 
jestad y grandeza que jamás se ha visto ni puede ver en corte de 
ningún príncipe del mundo». "' Para que quedasen testigos de ella 



Rey que allí no posaua sino la ynocen^ia é ygnorangia , y que donde ay ygno- 
rangia no es menester justicia; la avarigia en casa del Duque de Lerma la 
aposentaron; la alegría (sic), en casa del obispo; la paciencia, en casa del 
marqués de Velada la dieron posado; la souerbia, en casa de la duquesa de 

lerma, y ansi fueron aposentando á los demás ; y ansí en los mismos días 

auían puesto en Madrid á las puertas de Palacio otro que decía: 

Un Rey ynsipiente , 

Y un Duque ynsolente, 

V un confesor absolviente , 
Traen perdida toda la gente; » 

op. cit. n, {." 178. 

De los demás sucesos que en el texto se relatan, hallará el lector completas 
noticias en las Historias citadas del tiempo — Cabrera, Novoa, Dávila, Pinheiro, 
Porreño — , sin olvidar las Relaciones particulares, cuya bibliografía y extractos 
copiosos figuran en Alenda: Relaciones de solemnidades y fiestas públicas de 
España. — Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1903. — Tan á la mano están, que, 
por no hacerme prolijo, las omito. 

^ Relaciones de la vida del Escudero Marcos de Obregón. — Relación 11; Des- 
canso XI. 

** Relación de lo svcedido en la civdad de Valladolid desde el punto del feli- 
císimo nacimiento del Príncipe Don Felipe Dominico Víctor nuestro Señor; hasta 
que se acabaron las demostraciones de alegría gue por il se hicieron, Al Conde de 



- S8 - 

entre las mismas naciones extrañas, coincidieron con la llegada del 
Almirante de Inglaterra, seguido de su numerosísima y galana comi- 
tiva, *5 séquito que durante dos meses llenó las calles y plazas valliso- 
letanas, con admiración curiosa de los infinitos forasteros que arriba- 
ron á la Corte. ** 

Gastamos un millón en quince días, 

dijo Góngora en su conocido soneto , y aun juzgo mezquino el nú- 
mero para la muchedumbre de encamisadas, toros, fiestas, cañas, tor- 
neos , alardes , muestras y carros triunfales y saraos , sin contar los du- 
cados que, pródigos, derramaban desde las ventanas del Consistorio 
los regidores á la alborotada y jubilosa plebe; y no miento tampoco los 
banquetes y convites dignos de Heliogábalo, con que el Condestable 



Miranda.— Año (Esc. de Arm.» RR.«) 1605.— Con licencia.— En ValladoUd. Por 
Juan Godinez de Millis. — Véndese en casa de Antonio Coello, en la Librería; 
in 4.°; IV -1-46 folios. Reproducida por el señor Rosell en las Obras completas de 
Cervantes. — Madrid, Rivadeneyra, 1863, 1864 (II, 155, 250), omitiendo, sin em- 
bargo, la Licencia firmada por Cristóbal Ndñez de León en tValladolid á 8 de 
Otubre de 1605» la Tassa por el mismo á «19 de Otubre de 1605» y el * Suma- 
rio de lo que se contiene en esta relación*. Muy rara es, en efecto, pero no tanto 
como Rosell dice. Al menos, en la Biblioteca Nacional, se conservan tres ejem- 
plares : R.-196, 3.607 y 12.327. Por una pequeña omisión que se halla en el 
ejemplar de la Biblioteca Nacional R.-3.607 se deduce hubo una segunda edi- 
ción , hecha á plana y renglón de la primera. 

** Como documentos inéditos acerca de la embajada del Almirante inglés, 
vid. Arch. Hist. Sala de Alcaldes: Autos de 25 y 27 de Mayo de 1605; y sobre 
recibimiento y acomodo de su séquito, Ibidem. (Libro III, ff. 325, 326 y 330). — 
Respecto del número total que lo componía, no llegaron á los 700 que algunos 
historiadores dicen. La nómina de los criados sumaba 355, y entre todos, caba- 
lleros, pajes y arqueros, eran 506.— (Vid. Arch. de Simancas. — Secret. de Esta- 
do. Leg. 201). — Pinheiro consigna datos muy interesantes sobre ellos. 

•« En la Relación de lo sucedido , que, conio se sabe, fué debida á la pluma 

del cronista Antonio de Herrera, se asegura que en las fiestas de toros celebra- 
das en la plaza Mayor, «había poco menos de cien mil personas.» (Op. cit., pá- 
gina 222). Aunque el cálculo sea exagerado, la muchedumbre de gentes que 
acudió á Valladolid fué extraordinaria; tanto, que la^Sala de Alcaldes tuvo que 
tomar sus medidas < atento — dice — á la mucha diversidad de gentes que a ocu- 
rrido a esta Corte de difentes naciones, por el parto de la Reyna, nuestra se- 
ñora y bautismo del Príncipe, nuestro señor y fiestas que se han hecho.» — 
(Auto de 27 de Mayo de itos).— Libro III; 325, 326. 



— 59 — 

de Castilla ó el Duque de Lerma agasajaban á sus huéspedes, y en los 
que llegaron á servirse, en cada uno, más de mil y doscientos platos 
de carne y pescado, sin contar los de postre, confituras y entremeses 
que se regalaban. ^^ 

Digno de cortes orientales, de la del Gran Mogol 6 del Soldán de 
Persia, eran también aquellos magníficos p'resentes que de las más re- 
motas regiones del mundo recibían los Reyes, ** y su recuerdo vendría 
á la memoria de Lucas Gracián Dantisco ó de algún otro erudito cor- 
tesano entre los tres mil privilegiados que asistieron al aparatoso, y cé- 
lebre sarao triunfal, con que se cerraron asiáticamente, en el salón 
grande de Palacio, las fiestas suntuosas del memorable natalicio. ^' Á 
sus labios acudirían entonces aquellas orgullosas palabras de un escri- 
tor del tiempo: «Reconozcamos á Dios la merced que nos hizo hom- 
bres, no bestias; cristianos, no moros; españoles, no de otra nación». '** 
Todos ellos, en efecto, debieron sentirse ufanos de haber nacido espa- 
ñoles, hijos de una raza que en aquel instante rayaba en su apogeo 
material , en el boato espléndido, como la luz portentosa y deslumbra- 
dora que precede siempre á las tremendas caídas, á los espantosos y 
mortales derrumbamientos. 

Acertado anduvo por una vez aquel famoso Argolí, maestro de As- 
trología en Padua, cuando consultando Felipe III, según dicen las his- 



''' PiNHEiRo: Cervantes en Valladolid, pp. 73, 90, 91; y principalmente la 

Relación de lo sucedido , que es la fuente más completa para estas fiestas, con 

Cabrera y Novoa. 

88 Sobre los que los Monarcas recibieron del Embajador persa, del Almi- 
rante inglés y demás Príncipes que visitaron la Corte , de la India se enviaban 
fastuosos y valiosísimos, como el de aquella cajuela, alta de un palmo y ancha 
de dos, llena hasta arriba de esmeraldas finas para collares y brincos, que un 
galeón trajo para la Reina en Junio de 1605. — (Pinheiro: Cervantes en Vallado- 
lid, p. 77.) 

" Para la historia de esta fiesta, que fué suntuosísima, además de las fuentes 
citadas, puede consultarse el Sarao que sus magestades hicieron en palacio por 
el dichoso nacimiento del principe nuestro señor don filipe quarto deste nombre en 
la ciudad de Valladolid, d los diez y seys del mes de Junio año de 1605. (Bi- 
bliot. Acad. Histor. Mss. Colee. Salazar, F. 18 (f." 19.) 

■"> La Philosophia vulgar, De loan de Mal Lara Primera parte que con- 

tiene mil refranes glosados Sevilla. Hernando Díaz, 1568, folio (f.° 29.) 



— 6o — 

torias, el horóscopo de su nacido hijo, alzando su figura, halló que le 
aguardaban en su carrera los más amargos destinos. '^ 

Porque aquella grandeza, aquella ostentación y opulencia semejaban 
el resplandor final de un asombroso incendio : el del poderío de la Mo- 
narquía española, que los hados, en respuesta á sus conjuros, hacían 
brotar de la cuna misma del Rey infelizmente destinado á acabar con 
ella " 



"' F. Silvela: Bosquejo histórico á las Cartas de la Venerable Sor Marta de 
Agreda y del Señor Rey Don Felipe /F'.— Madrid, 1S85 (tomo I, p. 6). 

'* Este Capítulo se escribió poco antes de que apareciese el curioso folleto " 
del erudito escritor pinciano D. Narciso Alonso Cortés , La Corte de Felipe III 
en Valladolid.—Va.Waádixá, Imprenta castellana, 1908 (en 8.°, 67 págs.). Adviértolo 
al lector en descargo mío y de las coincidencias, que, en algunos puntos, hallará 
con dicho trabajo, hijas de haber utilizado ambos, á muchas leguas de distancia 
y sin conocemos, unas mismas fuentes, cosa tampoco extraña, dada la identi- 
dad de nuestros asuntos. 



III 



Yo soy aquel que en la invención excede 
A muchos 

(Cervantes: Vinje del Parnaso.) 



Arrojado ingratamente al mar inmenso de la Corte cuando comen- 
zaba á bullir con tales esplendores, envuelto entre las olas de sus pro- 
pias desdichas y pesadumbres, aparece Miguel de Cervantes en Valla- 
dolid, en los primeros meses del año de 1603. 

Entre su polvo y afanes caía, «donde tantos son forzados á reir sus 
lágrimas y á blasonar su gemido » , ^ y al atravesar la Puerta de Santa 
Clara, cabalgando sobre los lomos de la mohína muía ó el cuartago de 
alquiler, lerdo y huesudo, acaso se diría, dando pronta salida á la voz 
de sus penas, aquellos versos estampados de allí á poco en su libro fa- 
moso : 

1 Ay de aquel que navega, el cielo escuro. 
Por mar no usado y peligrosa vía, 
Adonde norte ó puerto no se ofrece 1 2 

Llamábanle á la Corte no, como á tantos otros, ambiciosas esperan- 
zas de medrar en su confusión y mentira; no la rústica curiosidad de 
asistir á las fastuosas fiestas con que Valladolid comenzó á emular la 
grandeza y boato de las ciudades asiáticas y romanas, sino unos mise- 



' QuEVBDo: Epicteto traducido. Dedicatoria. — Obras. (Bibliófilos Andaluces.) 
I, 18. 
a El Ingenioso Hidalgo-^Varte I, cap. XXXIV. 



— 62 — 

rabies maravedíes, cuentas retrasadas con los contadores de Hacienda 
de S. M., reliquias de sus agitados tiempos de comisario, que por dos 
veces consecutivas le habían hecho conocer, mal de su grado, aquel 
infierno populoso de la Cárcel de -Sevilla, que, cual irónica burla del 
destino, es el único dato afirmativo que nos resta de este período de su 
vida (1600-1605) tan intrincado, impenetrable y obscuro. * 

El caso no era para menos: 79-804 maravedís, á que ascendía el saldo 
contra Cervantes, no liquidado por éste aún, bien merecían en el orden 
oficinesco de nuestro mirado Consejo el que se llamara á un subordi- 
nado suyo, aunque pretendiese esconderse en las entrañas mismas de 
la tierra. Y no era, ciertamente, en sus entrañas donde por esta época 
estaba retraído Cervantes, sino bien asegurado y preso tras las célebres 
tres puertas, llamadas de oro, de plata y de hierro, de la Cárcel Real 
sevillana, de la cual se le suelta por Bernabé de Pedroso en los pri- 
meros meses del año 1603, recibiendo órdenes del Consejo de Ha- 
cienda, y no sin prestar abonadas fianzas de que, una vez libre, ven- 
dría á la Corte á dar sus cuentas, cuatro ó cinco veces inútilmente 
pedidas, y á saldar aquel piquillo, que le arrastraba como cola des- 
de I597i y detrás de cuya pista con insistencia encarnizada venían 
venteando desde entonces los celosos contadores del Rey. * 



• Desde el 2 de Mayo de 1600, en que aparece como residente en Sevilla y 
vecino en la Collación de San Nicolás (Asensio: Cervantes y sus obras. — Barce- 
lona, Seix, 1904, pp. 432 y 433), hasta el 12 de Abril de 1605, en que otorga 
una escritura en Valladolid (P. Pastor: Documentos Cervantinos, op. cit., I, 141), 
no queda otro rasgo biográfico documental que el informe de los Contadores, 
que copiaré luego. Esta es la ancha y misteriosa laguna no llenada aún en su 
biografía, aunque para intentarlo se hayan apurado por los cervantistas las ca- 
balas, conjeturas y más fantásticas hipótesis. 

* De este interesante documento dio cuenta breve el primero D. Martín 
F. de Navarrete en su hermosísima Vida de Miguel de Cervantes Saavedra (Ma- 
drid, 1819, p. 439), y modernamente lo ha publicado íntegro el Sr. Máinez. Apa- 
rece de él que á Cervantes, en 1594, se le dio comisión para cobrar 2.557.000 
maravedíes en ciertos partidos de Andalucía, y que de las cuentas de esta co- 
misión resultaron en cargo suyo 79.804, concluyendo así el informe: «y para 
que la viniese á dar se han dado cartas para que el señor Bernabé de Pedroso 
le soltase de la cárcel donde estaba en Sevilla , dando fianzas de venir á darlas 
dentro de cierto término, y hasta ahora no ha venido ni hay razón de las dili- 
gencias que se han hecho. Fecho en Valladolid á 24 de Enero de 1603. Do- 



- 63 - 

Tras su ^taiK^ia, pues, en el estruedo de la Cárcel sevillana, que para 
mí no fué corta, y escuela para el manco sano de mil y mil cosas que 
luego prestaron á sus libros aquella portentosa verdad y realismo que 
los ha de hacer eternos, reclamado por la Contaduría de Hacienda, cayó 
Cervantes en Valladolid después del 24 de Enero de 1603; mas sin que 
se sepa cuándo á ciencia fija; porque lo que en este particular se dice 
por sus expositores y biógrafos es obra de la conjetura, por la cual no 
paso sin grande repugnancia, y á falta de otro mejor y más abonado 
testimonio. ^ 



mingo Ipenarrieta. » Cervantes y su época. — Jerez de la Frontera , 1 90 1 , pp. 513 

y 514. 

De Bernabé de Pedroso allegó diligentemente el Sr. Máinez (op. cit., 338-339) 
cuantas noticias pudo, por tratarse de personaje ligado con uno de los puntos 
más obscuros de la vida de Cervantes. Sus noticias no van más allá del año 1 604. 
Vivió cuando menos algunos más: «en mfi (madrid) á quince dias del dho. mes 
de nov.c (161 1), el contador mayor Bernabé de pedroso del q.° (consejo) de su 
mag.d en el real de hacienda se rescibio por esclavo del abe maria » (y firma) 
«Bernabé de pedroso.» Tal dice su asiento en el Libro primero de la Congregación 
del Ave Maria (f.° 7), fundada por el Beato Simón de Roxas, conservado en su 
archivo, y donde esperé hallar el de Miguel de Cervantes, su ñrma y lugar 
donde vivía en Madrid; pero malográronse mis esperanzas; no aparece que 
entrase en ella, aunque no falten firmas curiosas de camaradas y contemporá- 
neos suyos, como la del presentado Fr. Juan Bautista, gran amigo suyo, apro- 
bante de sus Novelas Exemplares, y prefecto primero que fué de la mencio- 
nada congregación. 

' Todo el fundamento de la pretendida estancia de Cervantes y su familia 
en Valladolid en los primeros meses del año 1603, radica en la existencia de 
unas cuentas de camisas y otra ropa blanca hechas y aderezadas por doña An- 
drea de Cervantes para D. Pedro de Toledo y que llevan por fecha « 8 de Fe- 
brero de 1603 años» (sin designación de lugar). 

La argumentación , iniciada en un principio por Navarrete y no contradicha 
por nadie, en pro de esta afirmación, es como sigue: 

Los recibos de estas cuentas , de la mano de doña Andrea dos de ellos y el 
tercero, según Máinez, de la de Cervantes mismo, debieron redactarse en Va- 
lladolid , porque D. Pedro de Toledo, de regreso de su expedición de Argel, cayó 
en la Corte por esta fecha. El argumento, aparte sus inexactitudes cronológicas, 
es especioso. Pues si los dichos recibos no dicen el lugar donde se escribieron, 
y consta que en Septiembre de 1602 D. Pedro de Toledo estaba en Sevilla (Ca- 
brera : Relaciones , 1 53)y en Diciembre del mismo año en Madrid (Ibidem, 162), 

¿qué razón hay para atribuir precisamente á Valladolid , y no á cualquiera de 



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En mi sentir, la familia de Cervantes, no Cervantes mismo, no llegó 
á Valladolid hasta mediados de 1604, y fundóme para decirlo en dos 
cosas: una lógica presunción y un fehaciente documento. Nace la pri- 
mera del rigor y severidad extraños que en un principio se pusieron 
para el ingreso en la Corte de aquellas gentes faltas del oficio, cargo ú 
ocupación que hiciera justa y necesaria su estancia en ella; rigor que, 
iniciado en los primeros meses, subsistió hasta los de 1604. 

Considere ahora el lector si, en un comienzo, una caravana com- 
puesta exclusivamente de mujeres, viuda la una, beata la segunda, y 
doncellas y jóvenes las otras dos (que entre todas sumaban los tres 
enemigos del alma: mundo, demonio y carne), hubiera podido osten- 
tar ante los cautos centinelas de la Corte, que custodiaban sus puer- 
tas , títulos bastantes para allanarlas ; mas como el rigor se templó años 
más tarde, y las severidades esgrimidas para tapar su entrada á los 
desordenados escuadrones de picaros, pobres fingidos y damas corte- 
sanas fueron inútiles, pues á la postre metióse en Valladolid todo el 
que quiso, aquella familia, que — hablando sin hipócritas melindres ni 
tapujos, porque hora es de decirlo y de una vez, apeando cobardías — 
merece en general tan pocos respetos, y que como el alcalde Villarroel 
declaraba en el proceso de Ezpeleta « no tenían en la Corte entreteni- 



aquellos puntos, el lugar ó estancia de doña Andrea como labrandera de aque- 
lla ropa? Hay más aún: la fecha de los recibos es de 8 de Febrero de 1603 , y en 
<f de Febrero no estaba aún el Marqués de Villa/ranea en Valladolid: llegó pocos 
días después, del 9 al 15 de este mes, * (Cabrera: Ibidem, 168.) Y ¿es probable 
que no llegado todavía, se le hicieran nuevas y aderezasen nada menos que 68 
camisas, que á ese número asciende el total de las que trabajó ó lavó la hermana 
de Cervantes, y que cobrara su labor inmediatamente? ¿Cuánto más probable 
es que estas labores femeniles se llevaran á cabo en Madrid , en los meses de Di- 
ciembre de i6o2 y Enero de 1603, en que residió allí D. Pedro de Toledo? Al 
menos, conjetura por conjetura , no encuentro mayores títulos de fundamento 
y credibilidad en la de Navarrete y Máinez que en esta mía. — Vid. Nava- 
rrktb: Vida, op. cit., pp. 94 y 455; y Máinbz: Cervantes y su época, op. cit., 
pp. 388-389. 



* «Han proveído por gobernador de Milán á D. Pedro de Toledo, el cual vino aquí la 
semana pasada* , escribía Cabrera en sábado 22 de Febrero de 1603. La senuma pasada tie- 
ne, pue», que referirse del domingo 9 al sábado 15 de aquel luisioo mes. 



- 65 - 

miento ninguno» , •" y si algunos le conceden los documentos hasta el 
día publicados, no son, en verdad, altamente honrosos ni ejemplares, 
aquella familia — digo — un tanto buscona, capitaneada por doña An- 
drea, debió de hacer su entrada en Valladolid mediado el año de 1604. ' 
Una de las mujeres que la componían, que por su calidad de doncella 
no es presumible viajase separada de sus mayores, dícelo clara y ro- 
tundamente en el susodicho proceso, sin que hasta el día, fuera de 
Pellicer y Navarrete, que yo recuerde, haya sacado nadie partido bas- 
tante de esta interesante afirmación: i.que de un año á la parte (30 de 
Junio de 1605) estaba en Valladolid la confesante^ . ^ 

¿Llegó entonces nuestro autor? Yo ni lo sé ni puedo asegurarlo, ene- 
migo como soy de conjeturas; mas, lógicamente, ante la lectura del 
informe de los contadores de Hacienda, que tan apremiante llamada 
encerraba, hay que suponer que vino antes; saldó sus atrasadas cuen- 
tas con el Consejo, liquidando la cantidad en que resultaba alcanzado; ' 
dio acaso la última mano al manuscrito de El Ingenioso Hidalgo; ven- 
diólo por unos pocos ochavos al librero Francisco de Robles, con cuya 
persona y familia eran ya antiguos los tratos y amistades; y, como la 
Corte ni se removía ni dejaba esperar la vuelta, sino una estancia pro- 
longada y quieta, llamó á los suyos, y juntos se' instalaron todos en 
Valladolid. 

No se sabe dónde en los comienzos, pues, por escrituras reciente- 
mente halladas, i*" aparece que hasta el otoño de 1604 no pudo estre- 



8 Pérez Pastor: Documentos Cervantinos , II, 478. 

' Componíanla, como es sabido, doña Andrea, su hija doña Constanza de 
Ovando, doña Magdalena de Sotomayor, hermana beata de Cervantes y doña 
Isabel, hija natural de éste. De doña Catalina de Salazar, su esposa, no consta 
viniese á Valladolid por ninguno de los documentos descubiertos. 

' P. Pastor: Documentos Cervantinos, II, 515. 

' Navarrete cree que esta liquidación y finiquito de cuentas no tuvo lugar 
hasta 1608. La cuestión aparece, como tantas otras cervantinas, un tanto con- 
fusa. — Vid. Vida , op. cit, p. 440. 

■" Alonso A. Cortés: Noticias de una Corte literaria, op. cit., pp. 81 á 85 
De la escritura constitutiva de censo á favor de Alonso Diez de la Reguera por 
Juan de las Navas, se desprende que á 4 de Agosto de 1604 estábase edifican- 
do la casa en que habitó Cervantes , sin que se hallase concluida aún. Por lo tan- 
to — acaba el mismo autor — , Cervantes no pudo residir en dicha casa hasta des- 
pués del mes de Agosto de 1604. El paraje conocíase entonces con el nombre de 



— 66 - 

nar la flamante y raquítica casa ^^ que, entre cinco pares de ellas, ha- 
bía edificado en las afueras de Valladolid, junto al Rastro Nuevo, frente 
al Matadero y separado de él por el mísero y mal oliente Esguevilla, 
Juan de las Navas, abastecedor de carnes, hombre ducho en negocios, 
mas tan temerariamente arriesgado y emprendedor, que á la postre dejó 
ruinosamente su crecido caudal en sus tentativas y manejos. 

Á la Corte llegaba Miguel de Cervantes, no rodeado de gloriosa 
aureola, como sus candorosos admiradores han supuesto, sino pobre, 
obscuro, mutilado, con aquel triste recuerdo y manchada nota de dos 
prisiones consecutivas, y sin más títulos ni timbres á los ojos de las ■ 
gentes que una rancia novela perdida ya de su memoria; [tantos eran 
los años transcurridos desde su aparición!: algunos cuentos y poesías, 
que impresos 6 en traslados corrían entre las manos de los curiosos, 
al igual de otros mil de mil adocenados escritores, y,^sobre todo, como 
ocupación principal y público oficio, su cargo de comisario, tan me- 
morable é insigne por su tiempo, que bastaba entonces para señalar 
con el dedo al más pintado doquiera aparecía, y no ciertamente en 
su alabanza y loa. 

Bien ha descubierto la sociedad que frecuentaba Cervantes un mo- 
derno comentarista ^uyo; sus verdaderos amigos y camaradas; aquella 
obscuridad social que le rodeó en Sevilla, tan lejana del trato de los 
Pachecos, Tarifas, Alcázares y Herreras, y que el mismo escritor com- 
pendiaba en una exactísima frase, buena para grabada en la fantástica 
imaginación de los idealizadores cervantinos: «Cervantes, por los años 
de 1587 á 1605 — y por los míos de 1604, repito yo — distaba mucho, 
á pesar de la publicación de su Calatea, de haber alcanzado la noto- 
riedad que después le granjearon otros libros, especialmente su in- 
comparable novela de El Ingenioso Hidalgo-». ^^ ¡Purísima verdad! 
Harto claramente lo había dicho un contemporáneo suyo, refiriéndose 



Rastro de los Carneros. Así desaparece la leyenda vallisoletana de haberse es- 
crito en ella parte del Quijote. 

1' De la que el curioso lector hallará un libro entero de historia , descripción 
y datos en el de D. Fidel Pérez Mínguez, La casa de Cervantes en Valladolid. 
(Madrid, Asilo de Huérfanos, 1905. — 175 págs. in 8.°) 

''■' Rodríguez Marín: El Loaysa de t El Celoso Extremeño n. Estudio histdri- 
co-literario. — Sevilla, 1901, p. 11. 



- 67 - 

á los que, como Cervantes, no podían ostentar timbres mayores que 
los de perterfecer á la holgada y más que holgada hueste de poetase 
«que el día de hoy los poetas prácticos son en tan poco tenidos, que 
apenas hay hombre que guste que se lo llamen: sino que, como mal- 
hechores, andan en conventículos secretos, por no perder de su auto- 
ridad». 1' 

¿Quién era, pues, aquel estropeado hidalgo, que, abrumado más aún 
que con el peso de sus espaldas (que , en propia confesión , era algo car- 
gado de ellas), con el de sus pasadas miserias y pesadumbres, hacía su 
aparición en el tráfago de la Corte, sino un comisario alcanzado en sus 
cuentas, harto de sufrir prisiones, vencido por el rigor de su ventura, 
que durante diez y siete años habíale obligado á recorrer la Andalu- 
cía toda en la compañía honrosa de los recueros, trajinantes, picaros y 
mozas de partido, cuando para ganar el negro sustento tuvo que en- 
cerrarse en el aún más negro oficio de comisario, poniendo su vara y 
su persona al servicio de las mil insolencias y desafueros que los tales 
cometían á destajo, por los 12 reales del mísero sueldo, en los comien- 
zos, que el buen cumplimiento y celo con que lo servía premiaba un año 
después rebajándolo á lo; i* como si aun no fuera poco, y pocos tam- 
bién los peligros de muerte que corría, al ser perseguido tantas veces 
por los agraviados vecinos, pretendiendo vengar en los de su ralea 
aquella larga cadena de desmanes y atropellos que llevaban por nom- 
bre el oficinesco de sacas? 

¡Un comisario! |Uno de aquellos «pájaros de cuenta — como con go- 
yesca frase declara el mismo autor citado — •, deshauciados de la Fortu- 
na, náufragos en el mar del mundo, que no llevaban capa en el hom- 
bro!» 15 

Y ¡qué comisiones, y qué prácticas las suyas! 

Apliquen sin ningún escrúpulo los futuros biógrafos cervantinos, 
no ya los sabrosos y acabadísimos cuadros de lo que una comisión re- 
presentaba entonces en mil legales y consentidos delitos, que también 
Rodríguez Marín, único escritor que ha tratado imparcial y serena- 



" Philosophia antigva poética del doctor Alonso López Pinciano, Medico Ce- 
sáreo ^En Madrid, por Thomas lunti, mdxcvi; 4.° — Epístola XII, p. 515. 

'* Pérez Pastor: Documentos Cervantinos , II, 398, 399 y 401. 

'^ Rodríguez Marín: El Loaysa .... — Op. cit., p. i8. 



— 68 — 

mente este agitado punto de- la vida de Cervantes, pinta en un deli- 
cioso artículo, que en sus pocas líneas nos la descubre, al cabo, más y 
mejor que otras pomposas y abultadas biografías; i" aplique el lector 
conmigo, sin empacho ninguno, al manco sano^ aquellas quejas, aque- 
llos clamores, aquellas protestas vivas de las Cortes, hasta ahora poco 
menos que inéditas, contra los comisarios, que «destruían los lugares 
por donde pasaban, cohechándolos y haciendo de costas, salarios y 
comidas más que valían los bastimentos que iban á sacar», i' 

Apliquen á Cervantes comisario aquel fingido celo y diligencia, de 
que los mismos procuradores se dolían; celo que les empujaba á to- 
mar en las_saca§ más cantidad de la necesaria y señalada, quién sabe 
si para sus fines de mohatra; los intolerables abusos en el acarreto de 
las provisiones, confiscando las recuas, deteniendo á los trajinantes, 
embargando sus bestias, descaminándoles de adonde iban, haciéndoles 
dejar las cargag que llevaban en los inseguros mesones, y á las veces 
en los mismos caminos; tomando sus machos y obligándoles á resca- 
tarlos luego á más precio que lo hubieran hecho los propios moros en 
la costa; atropellando, en suma, á esta gente infeliz.de tal suerte, en 
insolutos y cohechos, que como á turcos les temían, cuando los mis- 
mos procuradores en su tiempo manifestaban « que muchos no osan 
pasar veinte leguas alrededor por donde andan los comisarios». ^* 

Ése era Cervantes, ó ése, al menos, fué el Cervantes que llegaba po- 
bre y derrotado á la Corte de Valladolid en 1603, al cabo de tantos 
años de servir su jeargo de comisario con satisfacción de los provee- 
dores generales, y aquí puede rastrear el lector las cosas que entraña- 
ría la palabra satisfacción para aquellos sujetos. 



'* Rodríguez Marín: Cervantes en Andalucía. Chilindrinas: cuentos, artículos 

t y otras bagatelas —Sevilla , 1906; pp. 239 á 262.— Vid. también del mismo autor 

Rinconete y Cortadillo. — Sev'úlai, Díaz, 1905; pp. 137 á 145. 

" Cortes de Castilla. Cortes de Madrid de 1592 á 1598, tomo XIII, p. 134. 

•* Advierta el lector que en el citado y primoroso artículo de Rodríguez Ma- 
rín hallará una fiel y movidísima pintura del ejercicio de las reales comisiones y 
abusos incalculables que de ellas se originaban. Yo he apuntado tan sólo en el 
texto algán que otro dato de los muchos que sobre la materia , y no utilizados 
hasta el día, nos sirve con claridad hermosa aquella fuente inapreciable y riquí- 
sima para el estudio de la vida social y política de la España de entonces: las Ac- 
tas de las Cortes de Castilla.-Viá. tomos; IX, 413; XIII, 1 25 á 1 35; y XV, 752 y 760. 



- 69 - 

Sí, y dígase claro; á Cervantes le cdmpetía también, salvando su 
honra, que muy de veras creo fué siempre limpia, aquel nervioso lati- 
gazo de Mateo Alemán en su Guzmán de Alfarache, libro que por sí 
sólo vale más para la filosofía de las costumbres que un archivo entero 
de protocolos: «Demo» algo desto á proveedores y comisarios, y no 
á todos, sino á algunos, y sea de cinco á los cuatro, que destruyen la 
tierra, roban á los miserables y viudas, engañando á sus mayores y 
mintiendo á su rey; los unos por acrecentar sus mayorazgos, y los 
otros por hacerlos y dejar de comer á sus herederos», i** 

Y por si el desconfiado lector, bondadoso y pío, no lo cree, sea esta 
vez Cervantes mismo quien en el Coloquio nos diga, por boca' de un 
loco, que es ponerlo en boca de la verdad: «sin costa de comisarios^ 
que destruyen la república i>\ 6, echando desenfadadamente por medio 
del sembrado, trace un cuadro sin pero, de cómo y por quién se reali- 
zaban las tales comisiones. ^^ 

Así metido en la Corte, con tales alcurnias, hechos gloriosos, pasa- 
das y memorables bizarrías, no hay que esperar verle bullir ni desta- 
carse en ella, sino arrinconarse en su casa, que, por cierto, estaba en 
un apartado barrio, de costumbres un tanto sospechosas, confiriendo 
nuevamente con asentistas y mercaderes sobre tratos, fianzas y nego- 
cios, en busca siempre de los escasos y mal hallados escudos. 

Para Cervantes pareció comenzar entonces aquella feliz época de su 
vida que historiaba él mismo en las palabras del prólogo á sus Come- 
dias: «Algunos años ha que volví yo á mi antigua ociosidad», ociosi- 



'" Guzmdn de Alfarache , Parte I, lib. I, cap. III. 

^ « y procurar verme, como se ven otros hombrecitos, aguditos y bulli- 
ciosos , con una vara en las manos y sobre una muía de alquiler, pequeña , seca 
y maliciosa, sin mozo de muías que le acompañe, porque las tales muías nunca 
se alquilan, sino á faltas y cuando están de nones; sus alforjitas en las ancas, en 
la una un cuello y una camisa, y en la otra su medio queso y su pan y su bota, 
sin añadir á los vestidos que trae de rúa, para'hacellos de camino, sino unas po- 
lainas y una sola espuela; y con una comisión, y aun comezón, en el seno, sale 
por esa Puente Toledana raspahilando, á pesar de las malas mañas de la harona, 
y á caljo de pocos dias envia á su casa algún pernil de tocino y algunas varas de 
lienzo crudo; en fin, de aquellas cosas que valen baratas en los lugares del dis- 
trito de su comisión, y con esto sustenta su casa como el pecador mejor puede.» 
(El Juez de los divorcios.) ,; Conocía, d no, el paño Cervantes? 



7° 



dad venturosa de la que pretendían arrancarle sus amigos, singular- 
mente Agustín Ragio, asentista genovés, Simón Méndez y algunos otros 
hombres de negocios, que le visitaban para conferir y tratar de los mu- 
chos que ocasionó el cambio de la Corte. ^* 



*• Para que se vaya haciendo la verdad en el tan fantaseado punto de las 
relaciones y amistades de Cervantes , publicaré dos documentos inéditos y cu- 
riosísimos sobre Francisco de Robles , librero, que echan mucho por tierra la 
buena opinión y fama que de él nos habían dejado las numerosas escrituras 
descubiertas por Pérez Pastor tocantes á su persona. Hasta el día este perso- 
naje, tan íntimamente ligado con la vida privada y literaria de Cervantes, es- 
taba reputado como hombre serio , confiriendo y tratando con graves y honestas 
personas, y limpio en sus comercios y granjerias. Por los siguientes inéditos 
autos podrá el curioso barruntar el linaje de su calaña. El mismo insigne cer- 
vantista Sr. Pérez Pastor fué el primer admirado al comunicarle, un año antes 
de su muerte, las santas prácticas que se desprenden de estos dos documentos. 

Á consecuencia de una enérgica campaña promovida en 1617 por la Sala de 
Gobierno de los Alcaldes de Casa y Corte de Madrid , contra las casas de conver- 
sación ó juego, se disparó, entre otros, el siguiente auto' contra Francisco de 
Robles, con fecha 14 de Noviembre del dicho año: 

«Que se le notifique á fran.o de rrobles, librero, v.° desta villa, no tenga ny 
consienta juego en su casa, pena de quin.os ducados para la cámara de su mag."), 
y de quatro a.« (años) de destierro desta Corte y cinco leguas, y con aper- 
zibi.° que se procederá contra él con mas rigor. » Y en la notificación dice 
Juan de Novoa, el escribano: «notifiqué el auto desta otra p.'= como en él se 
contiene á fran.™ de rrobles, librero, y en su persona^el qual dijo que está 
presto de hazer y cumplir lo que se le ordena y manda por la sala.» A la cuenta, 
el auto pareció flojillo, cuando los Alcaldes repitieron más enérgica y con- 
tundentemente con el que sigue: «en la uilla de madrid á catorze dias del mes 
de novienbre de mili y seis."» y diez y siete anos, los SSres. alldes. de la cassa 
y corte de su mag.d estando en la audiencia de la carzel rreal della dixeron: 
que tienen not.» (noticia) de que fran." de rrobles libre." en la puerta de 
Guadalaxara de mucho tiempo d esta parte tiene en su cassa juego de naypes 
pu.<^ , donde de ordin.» se juega con mucho escándalo, lo cual haze por su particu- 
lar interés porqve les da cassa, naypes y velas y saca barato * para rremedio de 
lo q. ' (qual), y que ssirba de aperzivimi.", m."'"" (mandaron) que se le not.e (no- 
tifique) al dho. fran.c" de rrobles de aqui adelante no tenga el dho. juego con 



* El dar naypes, casa, velas y sacar barato eran las distintivas de los tablajeros que en- 
tretenían casas de juego. Así el racionero Pedro Sánchez dice en su Historia moral y 
philosophica (Toledo, 1 590): «los tablajeros, por admitir jugadores y darles casa, mesa, 
naypes y dados, dan materia al escándalo y ocasión de pecar á los próximos.» (F." 259.) 



— 71 — 

Durante su estancia en Valladolid, avecindáronse en ella bastantes 
mercaderes y tratantes portugueses, ^^ y uno de ellos fué Simón Mén- 
dez, hombre, á la cuenta, muy avisado y experto, que frecuentaba la 
casa de Cervantes más que otro ninguno; y como en 4 de Enero 
de 1604 había sido nombrado administrador general de la renta de 
los diezmos de la mar en Castilla, y el despacho de su oficio requería 
buenos ministros y comisarios, pidió á Cervantes fuese como comisio- 
nado suyo al reino de Toledo para la cobranza de aquellas rentas, ^^ 
no sin asegurarse, como mercader cauto y prudente, el buen portu- 
gués, tomándole, ó pretendiendo tomarle las consabidas fianzas. 

Bien se toca de este extremo , interesante , por otra parte , para el es- 
tudio de las fuentes del Quijote, que para Cervantes no debía de ser 
nuevo el reino de Toledo, cuando el receloso Simón Méndez intentaba 
encomendarle aquellas cobranzas, certificado, sin duda, en su buena 
habilidad y avezada práctica, por tantos años aquilatada en sus comi- 
siones y sacas reales de Andalucía. No consta documentalmente si 
tales intentos llegaron á cuajarse, aunque el proceso de Valladolid 



aperzivim.o que sera castigado y de quinientos ducados para la 'cámara de su 
mag.'', y anssi lo probeyeron y mandaron y señalaron. > Hízosele la notificación 
con fecha 20 de Noviembre, y en ella repitió Robles lo que en la anterior. — Ar- 
chivo Histórico Nacional. — Sala de Alcaldes. — Libro VIII, ff. 209 y vto. y 213. 

Y como Francisco de Robles fué el librero que compró á Cervantes y mandó 
imprimir á su costa el Quijote y las Novelas Exemplares, vea el lector por don- 
de la obra más hermosa del orbe y el Coloquio del sapientísimo Berganza con 
Cipión vieron la luz de las letras y se publicaron gracias á un garitero que co- 
braba el barato, como el último de los truhanes , y acogía en su casa á aquella 
mala tropa de los discípulos de Vilhan. ¡A cuántas consideraciones se prestan 
estos autos ! Parece especial permisión de las musas que aquellas obras tan rea- 
listas, sacadas del estudio y observación de lo más bajo y vil de aquellos tiem- 
pos, ataran más su carácter de genuinamente humanas, viniendo á caer en las 
manos de un torpe tablajero, amparador y cómplice de las fullerías, trampas, 
tretas y embustes de un garito ó coima. ¡Soberbio paradero tuvieron, en ver- 
dad , la historia de El Ingenioso Hidalgo y el diálogo de los canes de Mahudes ! 

s'-! Aparecen, en efecto, en las actas del Ayuntamiento numerosos recibi- 
mientos de mercaderes por vecinos de la ciudad , principalmente portugueses. 
En 9 de Diciembre de 1602 se recibe á Francisco Fernández (Año 1602 , f.° 353): 
en 15 de Marzo de 1605 «á pedro fernandez ferollado y á joan blanco caue- 
da » , etc 

2' PáREz Pastor: Documentos cervantinos, 11, 488-518. 



— 72 — 

debió cortar, por de pronto, estos tratos y proyectos. A la par de 
Simón Méndez, D. Fernando de Toledo, señor de Higares, frecuen- 
taba asimismo la casa de Cervantes, reanudando la antigua amistad 
entablada en las márgenes del Betis, ** sin que faltasen tampoco otros 
antiguos conocidos ó deudos que aportaran por aquellos desysados 
barrios; aunque del famoso proceso de Ezpeleta, fuente principal de 
noticias acerca de la vida de Cervantes en Valladolid, no se des- 
prende fueran ni muchos ni muy conocidos: el genio huraño de Cer- 
vantes debió de agriarse por este tiempo, y á la verdad, por más que 
doña Andrea declare « que algunas personas entran á visitar al dicho 
su hermano, por ser hombre que escribe é trata negocios é que por su 
buena habilidad, tiene amigps», ^^ pocos son, francamente, los que en 
sus pagmas se mier^tan. 

Mas en las anteriores palabras de doña Andrea hay una frase inte- 
resantísima para nuestro objeto y que nos pone sobre la pista del Colo- 
quio: *por ser hombre que escribe* . ¿Acaso El Ingenioso Hidalgo? 

No: meses hacía que andaba por toda España la primera parte de la 
incomparable novela; ya «los niños la manoseaban, los mozos la 
leían, los hombres la entendían, los viejos la celebraban, y era final- 
mente tan trillada, tan leída y tan sabida de todo género de gentes, 
que apenas era visto algún rocín flaco, cuando decían todos: «Allá va 
Rocinante » . '^ 

¿Qué escribiría, pues, por entonces Miguel de Cervantes en Valla- 
dolid, cuando tan rotundamente lo declara su hermana doña Andrea? 

Pocos pasos más allá de su casa , fuera de la Puerta del Campo , ocu- 
pando un perímetro muy extenso, limitado por la ancha plaza llamada 
Campo Grande, el Rastro, la calle del Perú y la mísera y estrecha del 
Candil , alzábase un edificio de construcción sencilla y gruesas paredes, 
rasgadas por largas hileras de ventanas, que daban luz, á través de las 
macizas rejas, á los dos suelos ó pisos del sombrío monumento. 

Mirando á la Puerta del Campo, no lejana, se destacaba la severa 
portada, único aliento del arte en aquel vulgar caserón, con su arco 



^ Pérez Pastor: Documentos cervantinos, II, 497, 498, 502, 5197 527. 

» Tbidem.ll.Sii'- 

2" El Ingenioso Hidalgo. Parte II, Cap. III. 



— 73 — 

romano de partida sillería, adornado su friso por cuatro rosetones y 
coronado por una capilla ó nicho de estilo del Renacimiento, ya con 
caracteres herrerianos, que encerraba una imagen en piedra de Cristo 
resucitado. A sus pies, en la cornisa misma de la puerta y entre dos 
macizos remates, leíase esta fecha: « 1579». Aquel pesado edificio era 
el famoso Hospital de la Resurrección. 2' 

Asiento en un principio de la Cofradía de la Consolación y Concep- 
ción, á quien García de Sagredo legó en el siglo xv el derecho de 
mancebía, ó privilegio de establecer casa de mujeres enamoradas, con 
el piadoso fin de invertir sus empecatados productos en la cura y benefi- 
cio de los pobres acogidos por la hermandad, en 1515 vióse conver- 
tido juntamente en casa pública y en hospital, éste, merced al celo y 
trabajo de Pedro Alonso de Portillo, clérigo administrador que fué 
suyo hasta muchos años más tarde, ayudado por el licenciado Grana- 
da, Cura de San Salvador, y Gregorio de Torquemada. '* 



2' Como el Hospital de la Resurrección se derribó en Diciembre de 1890, 
edificándose sobre su solar las llamadas casas de Mantilla, me he servido para 
la descripción que hago en el texto del Plano antiguo de la ciudad , delineado 
en 1738 por Ventura Seco, «escribano de su Magestad » , cuyo original se con- 
serva en su Ayuntamiento, y es de capital valor para la topografía del lugar; * 
de una fotografía sacada por la Comisión Provincial de Monumentos, poco antes 
de que desapareciese; y más especialmente de un Plano del Campo Grande que, 
procedente de la Biblioteca de Osuna, se guarda en la Biblioteca Nacional, Secc. 
de Estamp., sin signatura. Tiene por medidas 62 X 62 centímetros; está trazado 
en perspectiva y colores , á usanza de los antiguos planos , y su fecha no debe 
pasar del primer tercio del siglo xvui , ó comienzos del segundo, como mucho. 
Da una excelente idea del ámbito de la Puerta del Campo, monasterios y edi- 
ficios colindantes. 

^ Papeles sobre la reduction de los ospitahs que ay en esta villa de Va- 



* En una de sus cartas declame D. Juan Agapito Revilla, Arquitecto municipal y 
excelente conocedor del Valladolid viejo: «Al plano de 1738 le doy yo mucha importan- 
cia, y mucho más para el empeño que usted persigue, porque traza el período que en 
Valladolid se han hecho menos modificaciones. Esta ciudad no sufrió grandes reformas, 
sino que se ensanchó, por decirlo de algún modo, poco después de la permanencia de la 
Corte de Felipe III, y no ha sufrido reformas de importancia hasta mediado el siglo xix; 
por manera que comprende el gran lapso de tiempo en que la ciudad se atascó por falta 
de elementos propios para el desarrollo progresivo de toda población que siglos antes 
había caminado más de prisa que la mayor parte de las de España, y, sobre todo, de las de 
Castilla. Doy por muy seguro que dicho plano representa la disposición de Valladolid á 
principios del siglo xvir, es muy recomendable, y yo le tengo en gran estima, así como 
el Sr. Martí.» 



— 74 — 

Así transcurrieron bastantes más, dándose la mano bajo el mismo 
techo, aunque en locales diferentes, la virtud y el vicio, los pobres y 
las hembras del partido, como si á la postre no fuera para éstas el 
hospital el seguro paradero de la mancebía, una de aquellas cuatro 
posadas (hospital ^ cárcel^ iglesia y cementerio) , que no se cierran nunca 
á los miserables del mundo; hasta que considerando la entonces villa 
de Valladolid el escándalo que resultaba de aquella convivencia en 
lugar tan público y concurrido como la Puerta del Campo, celebró un 
convenio con los cofrades, comprometiéndose á constituir en favor de 
los mismos un censo anual y perpetuo por la cesión del derecho de 
mancebía. 

No se ejecutó por entonces este concierto, que volvió á resucitarse 
poco después, con ocasión de pretender la Villa trasladar á un local 
más capaz los Hospitales de los Santos y Canseco, estipulándose en 
definitiva la cesión del edificio de la casa pública, á cambio de otro 
censo de doce mil maravedís. 

O la Cofradía anduvo remisa en otorgar la escritura censual, ó puso 
para su ejecución reparos y dificultades: el caso fué que, exasperada la 
Villa, d¡ó comisión á 'Alonso de Portillo, quien, acompañado de Juan 
de Valladolid, el licenciado Guevara y José de Paredes Torquemada, 
y otros clérigos , presentáronse con gran sigilo y secreto ante las puer- 
tas del Hospital en la noche del 25 de Marzo de 1553 y hora de las 
once, y arrancando violentamente las llaves á la mujer hospitalera, pe- 
netraron en la mancebía, quedando aquella noche consumado su de- 
signio, arrojadas las malas hembras, y trasladados expeditivamente los 
enfermos. *' 

Con la misma diligencia, al siguiente día 26, don Alonso de Balboa, 
provisor y vicario general de la diócesis de Palencia, dio licencia á 
Fr. Andrés de Fuensalida, obispo Tripolitano y abad del monasterio 
de Nuestra Señora de la Vega, en la orden del Cister, para que pudiese 
consagrar, como lo hizo, aquella sentina de pecados, celebrándose 



lladolid y la relación dellos y sus rentas. — Biblioteca Nacional, Mss. núm. 18.369. 
Vid. además , Introducción de Serrano y Sanz á la Tngeniofa comparación entre 
lo antiguo y lo presente de Cristóbal de Villalón. (Biblióf. españoles). — Ma- 
drid, MDCCcxcvín; in 4.°; pp. 100 á 102. 
^ Sangrador: //istoria de Valladolid — 1,4351438. 



— 75 — 
acto seguido solemne misa en presencia del asombrado pueblo valliso- 
letano. '" 

Siguió el Hospital su curso tras esta determinación ruidosa, gastán- 
dose grandes sumas en hacerlo más capaz y apto para los piadosos 
fines de su instituto. ^^ 

En 1 591 la naciente orden de San Juan de Dios celebró contrato 
con D. Alonso de Mendoza, último abad de la Colegiata, para tomar 
á su cargo el Hospital de la Resurrección . Entraron en él los» herma- 
nos y, hallándolo pequeño y desacomodado, quisieron agrandarlo, en- 
cargando la fábrica á Fr. Gregorio de Herrera, que fué quien le puso 
en la forma y traza que tenía por los tiempos del Coloquio. ^^ 

Tantas obras parciales y reformas ejecutadas libremente en el Hos- 
pital, hacíanle presentar un abigarrado conjunto de torres, claustros, 
patios, puertas, cementerios, capillas aisladas y construcciones pega- 
dizas, que, corriendo los años, hubieron de aumentarse , hasta merecer 
el primer puesto entre los numerosos Hospitales de Valladolid. 

Desde la fundación del Hospital cuidaba de su orden y sostenimiento 
una cofradía compuesta de sesenta hermanos, gobernada por un clérigo 
administrador y cuatro diputados, y que, á semejanza de otras piadosas 



* í Escritura por donde pertenece este suelo al hospital Real de Vallado! i d.t 
(Archivo de la Diputación Provincial de Valladolid.) Lleva por fecha 26 de Mar- 
zo de 1553 y es un testimonio del acta ó escritura levantada el día de la consa- 
gración del Hospital, describiendo todas sus ceremonias. Aunque tengo copia á 
la vista, sacada por mí, prescindo de incluirla, por su mucha extensión y no 
grande interés. 

*' En 1572 llevábanse gastados más de nueve mil ducados; de renta tenía 
treinta y dos mil maravedíes, y las limosnas cada un año ascendían á 400.000, 
sin otras cosas que se daban á los pobres en pan , vino, gallinas , conservas y 
ropa. (Papeles sobre la reduction de los ospitales Mss. citado.) 

Entre otros gajes, se concedieron más tarde, al Hospital dos reales de cada 
aposento y un quarto de cada persona que entraba en el Corral de las Come- 
dias. Este tributo se suprimió años más tarde, á petición de la Cofradía de San 
José, dueña del teatro. — Vid. Libros de Acuerdos. — Junta de 20 de Mayo de 1606. 

'2 Ckronologia hospitalaria y resvmen historial de la Sagrada Religión del 

glorioso Patriarca San Juan de Dios , escrita por el Padre Fray Juan Santos, 

Religioso, Presbytero y Cronista — En Madrid, en la Imprenta de Francisco 

Antonio de Villadiego. — Año de mdccxv y mdccxvi; in folio, 2 tomos. Tomo II, 
cap. I, lib. II, ff. 142 y 143. 



- 76 - 

cofradías, tenía un llamador 6 hermano limosnero, encargado de allegar 
las dádivas y donativos, rentas copiosas sacadas del inagotable venero 
de la caridad. ^^ 

Por los tiempos de la estancia de la Corte, cumplía con el cargo un 
hermano llamado Mahudes, hombre llano, de confianza y verdad, á 
quien, al igual de otras hermandades, '* se daba cierta porción de lo 
que cobraba, por su trabajo y por asistir de portero de la cofradía 
cuando se convocaba á junta en ella. 

A la hora de la oración, desde que anochecía, vestido con su ropa 
larga, sus calzones de buriel y sayalesco capote, y provisto de su capa- 
cha y esportilla, que pendiente de un cordel le caía sobre el hombro, 
acostumbraba cada día á salir por la ciudad, pidiendo limosna para los 
enfermos, al son de aquellas voces que los mismos hermanos hospita- 
larios estilaban: <i.( Quién hace bien para si mismo}* '^ 

No iba solo: acompañábanle en su santa jornada dos bravos perros, 
de frente ancha, pecho corrido, derribados de bezos, hocico romo, ojos 
pequeños, cuello corto y grueso, recios de brazos y zancajosos, uno de 



•• Testimonio de escritura otorgada en Valladolid d 20 de Septiembre de 1573, 
por la que los Cofrades y Administradores del Hospital de la Resureccion y Alon- 
so de Portillo, administrador del, viendo q por la mudanfa de los tiempos ampie 
y es necesario Para el seruifio de dios y aumento deste dicho ospital e casa mudar 
e alterar muchas de las ordenan(as que la dicha casa e cofradía tiene y añadir 
otras de nufoo reformanlas en la forma y manera siguiente Siguen las ordenan- 
zas extractadas en el texto. (Archivo de la Diputación provincial de Vallado- 
lid: sin catalogar.) La única cláusula interesante para El Casamiento engañoso 
es la siguiente: « Cap. 32 que trata de los pobres que se an de curar en esta dicha 
casa e como an de ser resfiuidos. « Otrosí, ordenamos e mandamos que en el dho. 
ospital solo se rresciban pobres que tengan bubas y no otro mal, pues para 
solas ellas se ordenó este dho. ospital e cofradía, y mandamos que antes que 
sean resgiuidos por el dicho administrador e diputados los vean el medico e 
cirujano desta casa para que digieíido ser de aquella enfermedad se resgiuan e 
no lo siendo no; y sobre esto encargamos las conciencias á los dichos médicos 
e girujanos.» 

^ Cristóbal Pérez de Herrera: Discursos del amparo de los legítimos po- 
bres — Madrid, Luis Sánchez , 1590; f.° 34. 

^ «Yo alcancé á los religiosos — escribe Juan Antolínez de Burgos, contempo- 
ráneo del Coloquio — , que traían la espuerta al hombro, y de aquí nació llamarlos 
hermanos de la capacha.* El mismo nos da también los detalles que utilizo en 
el texto.— Histlfria de Valladolid..... — Valladolid, Rodríguez, 1887; pp. 344-345. 



— 77 - 
ellos rojo de pelo, y ambos animosos y fuertes; *'' llevaban colgando de 
sus collares sendas linternas, y tal era su instinto, que ellos mismos 
solían detenerse delante de las ventanas donde de ordinario dábanles 
limosna, ó si acaso echaban monedas desde lo alto y se perdían en el 
suelo, acudían luego á alumbrar donde caían; y, con ir con tanta man- 
sedumbre, que más parecían corderos que perros, eran en el Hospital 
unos leones, guardando la casa con gran cuidado y diligencia. Llamá- 
banles los perros de Mahudes á ambos á dos , aunque cada cual tenía 
su nombre sonoro y significativo: Scipion 6 Cipión el uno y Braganza 
6 Berganza el del barcino color. 8' 

Su fama en la Corte era muy grande y extremada su popularidad. ** 
Unas noches salían con el buen cristiano Mahudes; otras, con los her- 
manos de San Juan de Dios, y para pasar á la ciudad seguían dos ca- 
minos: bien entraban por la Puerta del Campo, ó bien por el Rastro, 
atravesando el Esgueva por el puentecillo de madera en que mataron á 
Ezpeleta, frente por frente á la casa de Cervantes^ para meterse por el 
Campillo de San Andrés y calle de Olleros en las principales del lu- 
gar. ^^ La hora en que salían , la obscuridad de la noche que se avecina- 



*' Sírvome (resuelto siempre á no fantasear) para la pintura de los famosos 
canes, de la que de los alanos y raza á que pertenecían hace el anónimo autor 
(Luis Barahona de Soto) de los Diálogos de la Montería. (Bibliófilos españoles). — 
Madrid, mdcccxc; pp. 465-466). 

'^ El Casamiento engañoso. 

^ Hay un pasaje en el proceso de Valladolid , incoado á raíz de la muerte 
á mano airada de D. Gaspar de Ezpeleta, que me trae á la memoria la de los 
perros Cipión y Berganza como auténticos y populares , aun cuando bien pueda 
referirse á otros que no sean ellos mismos. Sabida la vecindad de la casa de 
Cervantes con el Hospital, uno de cuyos lienzos se dominaba desde las venta- 
nas del patio de aquélla, sin más separación que la estrecha y lóbrega calle del 
Candil , son interesantes aquellas palabras de la confesión de doña Magdalena 
de Sotomayor, que declara que t estando esta testigo en su aposento, oyó abaxo 
decir cuchilladas, cuchilladas, y comenzaron d ladrar los perros >, testimonio 
que confirma doña Isabel de Saavedra en la suya. — F¿rez Pastor: Documentos 
Cervantinos , op. cit. , II; pp. 500 y 520. 

^ Aparte el citado plano de la ciudad, hecho en 1738, que nunca pierdo de 
vista, sirve mucho para esta verídica recomposición la Vista del Rastro de Va- 
lladolid, litografía con que adornó D. Jerónimo Moran su Vida de Cervantes. — 
Madrid, Dorregaray, 1863; in fol. — Conocedores tan expertos y eruditos del 
lugar como D. José Martí y Monsó y D. Juan Agapito Revilla «le aseguran que 



- 78 - 

ba , la claridad misteriosa de las linternas, cuya luz, vista de lejos, hacía 
más novelesco y llamativo su paseo, su mansedumbre y lealtad hacia 
Mahudes, aquellos rastros vivos del instinto que les llevaba á los para- 
jes conocidos, erajn un conjunto poderoso de circunstancias, prontas á 
fijar sobremanera la atención de aquellos que hacen de la vida ancho 
campo de observación, estudio continuo y quieto de sus más nimios 
accidentes y novedades. ¡ Vaya si se prestaban Cipión y Berganza á filo- 
sofar y discurrir sobre la vida! ¡Qué ejemplos más hermosos de man- 
sedumbre, instinto y amor hacia sus amos! 

¿ Acaso, en el camino largo que cuotidianamente recorrían , no había 
un estropeado hidalgo, asomado de pechos á una ventana, que, con la 
vista penetrante puesta en ellos, ó tropezándoseles á menudo de vuelta 
á su posada, detuviese los pies, para rumiar embebecido un aleteo de 
la imaginación, un no sé qué vago y conñiso que comenzaba á rebu- 
llirse en su cerebro, agitando los recuerdos pasados, levantando las 
memorias antiguas, para renovar quizás los dormidos dolores y pesa- 
dumbres? 

Bien sé yo que pretender buscar aquel momento etéreo é impalpa- 
ble de la inspiración, en que germina en la mente del artista creador 
la imagen primera de su idea, la célula, el átomo, el punto viviente que 
ha de crecer y agigantarse lentamente desde aquel instante, para con- 
vertirse en obra humana, es atrevimiento más que mayúsculo, y casi 
casi, echando las claras por delante, supina tontería. Mas, ijpor qué np, 
también, se han de asociar los elementos germinadores primeros de 
una obra á la obra misma, cuando por el estudio, la casualidad ó la in- 
tención francamente declarada por el propio autor, aparecen patentes 
y descubiertos? ¿Por qué, cuando se toca el vínculo entre la realidad y 
su copia por el novelista, na"ha de mostrarse con toda franqueza, des- 



el aspecto que en la lámina ofrece el Rastro vallisoletano con la casa de Cer- 
vantes y uno de los lienzos del Hospital , vendría á ser el mismo que el de los 
tiempos del Coloquio. Y no olvide el lector, además, como dato muy impor- 
tante, que la casa de Cervantes era paso obligado para las jornadas diarias de 
Mahudes y sus canes , siempre que intentasen entrar en la ciudad por su lado 
Este, si no de tanto movimiento y vida como Iqs alrededores de la Puerta del 
Campo, más poblado, en cambio, y más propicio á las limosnas y socorros que 
buscaban en su peregrinación piadosa por las calles de la Corte. 



— 79 — 
prendiendo la embriogenia de la novela? ¿No era Cervantes el mismo 
que gídlardamente había dicho : 

Que no está en la elegancia 

Y modo de decir el fundamento 

Y principal sustancia 
Del verdadero cuento, 

Que en la pura verdad tiene su asiento? *" 

Y ¿qué verdad más pura y manifiesta que aquella nocturna procesión 
de los dos perros? 

¡No I no hay ninguna obra cervantina en que pueda palparse tan pa- 
tente la inspiración real y humana de una idea como en el Coloquio de 
los perros; porque si los perros estaban allí, poéticamente misteriosos, 
con aquella singularidad bizarra que les proporcionaban sus pausadas 
acciones, más propias de personas que de animales, ¿había que extra- 
ñarse que Cervantes hiciera /r/JwV» eUos, ya que, como un autor del 
tiempo dijo con frase divina, no es otro el oficio del entendimiento que 
hacer presa en verdades? *i 

Para mí (y perdónenme el franco atrevimiento de decirlo), el Colo- 
quio nació en este momento, y la vista de los canes de Mahudes fué 
el mágico conjuro que levantó é hizo revivir todos los dispersos ele- 
mentos que entran de luego á componer una obra literaria; elementos 
que yacían en el fondo de la excelente memoria de Cervantes, donde 
como Berganza, su fiel intérprete, declara, de antiguos y muchos ó se 
enmcrtiecían ú olvidaban; elementos, unos rastros del vivir, arañazos de 
sus malandanzas y desventuras : huellas literarias otros , marcadas por la 
lectura de los mil y mil libros que su probada afición á ellos podía se- 
ñalar en su temperamento estético. 

Porque todos, una vez nacidos, nos saltan al paso y nos detienen 
para preguntarnos: ¿Cómo se engendró el Coloquio, ó, al menos, sus 
dispersos elementos, en la realidad? 

El padre y fundador de la Novelística española, con su maravilloso 



*o La Calatea.— Libro III. 

*' Carta de D. Luis de Góngora. Sales Españolas d agudezas del ingenio na- 
cional, recogidas por A. Paz y Mélia. (Segunda serie). — Madrid , Suces. de Riva- 
deneyra, 1902; pp. 305 y 306. 



— 8o — 

talento sintético, ha dicho que Andalucía fué para Cervantes «verda- 
dero campo de observación, y verdadera patria de su espíritu». *' Y 
tan uno, en efecto, es el recuerdo de<6u vida aventurera con el de las 
campiñas andciluzas, que no es de extrañar aquel unánime sentir de 
los autores todos en tener á Miguel de Cervantes, si por alcalaíno de 
cuna, por sevillano de corazón, de palabra y de paleta. 

A más de sesenta pueblos lleváronle de estancia forzosa sus comisio- 
nes y sacas solamente por aquellos reinos; poco menos de un año atá- 
ronle los trabajos y preparativos de la molienda del acarreado trigo en 
Ecija; eso, sin contar los infinitos lugares que atravesó en su camino, 
del modo pintoresco — cual ancha escuela de observación, cátedra del 
novelador realista, curso el más humano del humano carácter — que un 
viaje de entonces regalaba. Un gallardísimo hablista del tiempo, nos 
ha dejado un inimitable testimonio de ello, y aunque no harto breve, 
cuadra aquí, por la gracia de su estilo, á las mil maravillas. «El cami- 
nar por tierra — decía — en buena cabalgadura y con buena bolsa es 
contento; vais un rato por un llano, subís luego un monte, bajáis de 
allí á un valle, pasáis un fresco río, atravesáis una dehesa llena de di- 
versos ganados, alzáis los ojos, veis volar diversas aves por el aire, 
encontráis diversas gentes por el camino, á quien preguntáis nuevas 
de diversas partes; alcanzáis dos frailes franciscos con sus bordones 
en la mano y sus faldas en las cintas, caminando en el asnillo del Se- 
ráfico, que os saludan con un Deo gratias; ofrecerse-os ha luego un 
padre Jerónimo en buena muía andadora , con estribos de palo en los 
pies, y otros mejores en las alforjas de bota de buen vino y pedazo 
de jamón fino. No os faltará un agradable encuentro de una fresca 
labradorcita, que va á la villa oliendo á poleo y tomillo salsero, á 
quien digáis: «Amores, |jqueréis compañía?» Ni aun dejáis de en- 
contrar una puta rebozada con su zapatico corriendo sangre, sentada 
en un mulo de recuero, y su rufián á talón tras ella. Ofrécese-os un 
villano que os vende una hermosa liebre, que trae muerta con toda 
su sangre dentro para la lebrada, y un cazador de quien compráis un 
par de buenas perdices. Descubrís el pueblo donde vais á comer 6 á 



*"^ Discursos leídos ante la Real Academia Española en la recepción pública 
del Excmo. Sr. D. Francisco Rodríguez Marín.— Híáñá , Tipografía de la Rev. 
de Arch., 1907; p. 91. 



— 8i - 

hacer jornada, y alíviase-os con su vista el cansancio. Si hoy llegáis 
á una aldea donde hallaréis mal de comer, mañana os veréis en una 
ciudad que tiene copiosísima y regalada plaza. Si un día coméis en 
una venta, donde el ventero cariacuchillado, experto en la seguida y 
ejercitado en lo del rapapelo, y ahora cuadrillero de la Santa Her- 
mandad, os vende el gato por liebre, el macho por carnero, la cecina 
de rocín por de vaca, y el vinagre aguado por vino puro, á la noche 
cenáis en casa de otro huésped, donde os dan el pan por pan y el 
vino por vino. Si hoy hacéis noche en casa de huéspeda vieja, sucia, 
rijosa y desgraciada y mezquina, mañana se os ofrece mejorada suerte, 
y caéis con huéspeda moza, limpia y regocijada, graciosa, liberal, de 
buen parecer y mucha piedad; con que olvidáis hoy el mal hospedaje 
de ayer » . ** 

Largo es el hurto, que, por lo lindo del pasaje y rareza del librillo 
que lo contiene, me perdonará el lector benévolamente; no puedo ha- 
llar otro mejor documento, fuente más clara, razones y comentarios 
más intensos que á la postre sepan decirme: «así se engendró el Colo- 
quio;^ ése fué el cauce por cuyo álveo desembocaron en Cervantes 
buena parte de sus elementos : « su vida nómada y aventurera » . Afir- 
mado , pues , este pilar, no me detendré á labrarlo ni á florearlo , porque 
harto mejor que yo han agotado el estudio que Cervantes hizo de la 
realidad para sus novelas todos sus biógrafos, y más soberanamente 
dos autores que asentaron sus reales literarios en este punto de la in- 
vestigación cervantina: ** ¿qué análisis, pues, ni comentario, necesita 
cuando el lector, al saborear de propia mano la novela misma, ha de 
exclamar regocijadamente á cada página: «¡Esto sí es real, esto sí es 
vivido; esto no se inventó, sino copióse!» 

iiNo es ya pedantesca vulgaridad ^'.ondar en el valor realista de las 
obras cervantinas, cuando hasta los i¡-ños lo saben, y cabalmente, por 



*' Cartas de Eugenio de Salazar, vecino y natural de Madrid, escritas á 
muy particulares amigos suyos. (Bibliófilos españoles.) Madrid, RLvadeneyra, 1866, 
pp. 49 y 50. 

^* V. Menéndez y Pelayo : Cultura literaria de Miguel de Cervantes y elabo- 
ración del (Quijote^. — Madrid, 1905. 

Rodríguez Marín: Cervantes en Andalucía. (Chilindrinas , op. cit.) — El 

Loaysa de ^El Celoso Extremeños op. cit., etc. 

6 



- 82 — 

no 'feer sus obras acatamiento servil de uña estrecha escuela estética, ni 
forzado rehén de un doctrinarismo literario , sino abrazo hermosamente 
fecundo con la realidad que le rodeaba, imitación de la vida (que en 
ésta y en la verosimilitud estaban, en su sentir, la perfección de lo que 
se escribe), han perdurado las suyas frescas y lozanas, y su mágico 
jugo ha de remozar aún á través de los siglos, como remozó el fatigado 
espíritu de Goethe, tantos temperamentos y tantas almas? 

Pero no por la simple copia y retrato de la realidad provocará estos 
entusiasmos y rejuvenecerá nuestros cansados ánimos; que ella sólo 
no inmortaliza á nadie; todos grabamos en nuestras pupilas lo que el 
mundo y la naturaleza nos muestran cuando ante ellos se espacian, 
como la cámara obscura los retiene y perennemente la placa fotográ- 
fica los fija, y á nadie, sin embargo, se le ocurrirá suponer á nuestras 
pupilas por maestras de estética, ni^ la cámara obscura por arte de 
aquel que lleva al Parnaso en brazos de las musas , y diviniza á los hom- 
bres, haciendo de sus obras hermanas de Jos dioses , y cubre las frentes 
de gloria y las cabezas de laurel; que es menester engrandecer el mun- 
do, transformar la vida y la materia dentro de la imaginación iluminada, 
y que aquella visión escueta y simple de la realidad, que todos los hom- 
bres, aun los más rudos é indoctos, disfrutan, reciba, ya dentro de 
nuestro cerebro, el beso amoroso de la fantasía, el rayo encendido del 
genio, que transforma y deshace lo visto, como el rayo de sol descom- 
pone en siete bellísimos colores la luz blanca posada sobre un prisma. 

Pecadora y manchada era la realidad sorprendida por Cervantes para 
su Coloquio, y, no obstante, inmenso es el encanto que nos presta. Y es 
que cuanto más altos son los genios, más se acercan á Dios. Dios fa- 
brica cosas hermosas , sacándolas del cieno. | Gran ideal del arte 1 Con 
materia baja, humana y miserable, labrar alcázares casi divinos; con 
barro humilde, hacer una criatura que se acerque á Dios. ] Engrande- 
cer lo terrenal y bajo, divinizar lo humano! ¿Qué fórmula para el arte, 
tan progresiva! -»- «¡Dichosos mortales los que lo realizaron — diga- 
mos con Menéndez Pelayo — y sintieron llegar á su pecho en oleadas 
el regocijo de la invención y la alegría de la vida!> ** 



** Historia de las Ideas estéticas en España. — Tomo III. — Madrid, 1896; pág¡» 
na 480. 



IV 



Lo vero h lo bello una cosa son. 

{Copltis de DoM Pedko de Portogai,.) 



No hay, pues, que perderse inútilmente empeñándose en buscar los 
orígenes del Coloquio fuera de aquellas fuentes, por sí demasiado vivas 
y fecundas, de su vida aventurera y de sus desengaños de viejo, que, 
al fundirse por modo tan prodigioso con el calor de su fantasía inven- 
tiva, habían de regalarnos la magistral novela. 

Y si, como dejo dicho, las influencias literarias tienen que ser muy 
raras y poco hondas, por el carácter y esencia de esta obra eminente- 
mente realista, que para engrandecerse y completarse no las necesi- 
taba, ni admitir otras que las del medio humano en que se engendró, 
más erróneo es aún, en mi creencia, atribuirle inspiraciones directas é 
imitaciones francas de determinadas novelas ó escritos de autores clá- 
sicos, por muy populares y celebrados que fuesen. Y el primero que 
al paso nos salta es el, en su tiempo popularísimo. Asno de Oro., de 
Lucio Apuleyo, que desde hace dos siglos se ha tomado como fuente 
directa del Coloquio., por el recuerdo que de él se hace en uno de sus 
más ardientes episodios. 

Para concluir someramente este punto bástame espigar en el sereno 
estudio que Icaza le dedicó, preferentemente, dentro de su acabado tra- 
bajo sobre Las Novelas ejemplares. «Asombra — dice — cómo ha per- 
petuado la rutina el disparate del obispo de Avranches de suponer el 



- 84 - 

Coloquio imitación del Asno de Oro., de Apuleyo » . ^ Porque , en efecto, 
la especie de Daniel Huet ^ turo tanta fortuna en el servilismo fran- 
cés, que invadió en el siglo xviii todas las manifestaciones de la vida 
nacional española, que desde entonces la prohijaron la mayoría de los 
comentaristas de esta novela; especie que, indirectamente, aplicaba 
Pellicer nada menos que á la fábula de El Ingenioso Hidalgo^ supo- 
niéndola atacada de iguales imitaciones de la africana novela ^. El uso 
y gusto literarios reclamaban entonces hallar modelos clásicos á todas 
las producciones cervantinas, y entre Homero con su litada, como 
quería Ríos para el Quijote, y Apuleyo con su Asno de Oro, era tan 
corta la distancia, que fácilmente podía salvarse. Pero aunque tan tor- 
cidas conjeturas literarias, inepcias, como las llama Menéndez y Pelayo, 
hayan medrado hasta nosotros consagradas por la rutina y el lustre y 
boga que sus autores las dieron con su autoridad innegable, ¿qué serio 
fundamento tiene hacer al Coloquio imitación de El Asno, de Apuleyo? 
¡Por la encarnación canina y harto dudosa de Cervantes 1 Ya tocará el 
lector, páginas abajo, cómo en esto no aportó novedad alguna. ¿Acaso 
(y es lo más probable) por aquella expresa cita que de la fábula latina 
se hace en el episodio de la Cañizares? Mas ¿quién puede ignorar á 
estas alturas que Lucio Apuleyo y su Asno fueron tan popularísimos 
en los tiempos én que el Coloquio se escribía, y en todo aquel siglo, * 
que Cervantes pudo conocer su trama sin necesidad de leerlo, citán- 
dolo de memoria, al igual de tantos otros libros, como es uso hacer 
con los famosos y universalmente conocidos? ¿No hay, á mayor abun- 
damiento, ediciones antiguas en que se recuerda el desencanto de Lu- 



' Las Novelas Ejemplares de Cervantes. — Sus criticas^ sus modelos litera- 
rios, sus modelos vivos y su influencia en el Arte , por Francisco A. de Icaza. — Ma- 
drid, Suc. de Rivadeneyra, 1901 ; in 8.°, pp. 204 á 208. 

* < tambiéa aparentemente sobre el mismo modelo, Miguel de Cervantes 

escribió las aventuras que se cuentan en el Coloquio de Cipidn y Berganza , pe- 
rros del Hospital de Valladolid. » — Traite de I 'origine des romans, par M. Huet 

(Apud Icaza , op. cit.; p. 35.) 

' El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha — Madrid , Hijos de Her- 
nández, 1905; folio; pp. XXIV- XXV y 279 nota. 

* Rastros de su lectura (no imitaciones) se hallan desde La Lozana Anda- 
luza y La Celestina hasta El Diablo Cojuelo. Fué novela leidísima por su abo- 
lengo clásico, tan pobre la clásica literatura de muestras de este género. 



- 8s - 

cío, comiéndose una rosa, ya- en la'fhisma portada? ^ Pues palpe el 
lector cómo, sin necesidad de meterse por sus páginas, con sólo re- 
correr rápidamente la primera, pudo Cervantes sobre seguro alegar 
este pasaje, sin temor de incurrir en equivocación ninguna. Y aun pa- 
sando porque lo leyera, ya que en las librerías no faltaba 

la fábula de Lucio, 

Que , por mudarse en pájaro ligero. 

Fué vuelto de hombre en un gallardo rucio, ' 

y al tiempo del, nacimiento del Coloquio daban dos ediciones de la cas- 
tiza traducción de Diego López de Cortegaha las prensas de Madrid 
y Valladolid, ' .¡dónde señalar las semejanzas y analogías entre las có- 
micas aventuras del mancebo de Tesalia, y las peregrinaciones á toda 
luz de Berganza, mezcladas con las acres filosofías que de sus sucesos 
se desprenden? 

Después de leído por noí muy detenidamente la misma versión en 
romance del Arcediano de Sevilla, que pudo manejar Cervantes, no he 
hallado más puntos de contacto entre ambas novelas que una exposi- 
ción de las artes mágicas, común á todos los libros de entonces, y la 
descripción de los untos de una bruja; ^ nías para su capítulo emplazo 
al lector, donde se persuadirá de cómo Cervantes no tuvo necesidad 



•^ En la primera edición, Sevilla, 1513 (fol. let. gót.): en la de Medina hecha 

en 1543 por Pedro de Castro, donde al final de su larga portada se lee: c y 

andando hecho asno vido y oyó las maldades y trayciones que las malas mu- 
gares hazen a sus maridos. Y ansi anduuo hasta-epre á cabo de vn año comió 
de vnas rosas y tornóse hombro. — V. P. Pastor: La Imprenta en Medina del 
Campo. — Madrid, 1895; núm. 32. — Hay ediciones de Amberes, 1551, y Alcalá, 
1584. — Vid. Menéndez y Pelayo: Bibliografía hispano -latino clásica. — Madrid, 
Tello, 1902; tomo I, 72 á 79. 

8 Luis Barahona de Soto: Paradoja: A la pobreza. — Edic. Rodríguez Ma- 
rín; p. 738. 

' Libro del Lvcio Apvleyo del Asno de Oro , repartido en onze libros, y tradu- 
zido en romance castellano. — Madrid, Andrés Sánchez, 1601; in 8.", viu + 176 
folios. 

El mismo. — Impresso en Valladolid por los herederos de Bernardino de Santo 

Domingo, á costa de Diego Cuello, mercader de libros. — Año de i6oi ; 8." , 302 

folios , incluidos los preliminares. 

8 Libro L § I. °, y Libro II, §4.° 



— se- 
de inspirarse en él para el episodio de la Cañizares, ni copiar de libro 
ninguno, abierto como tenía ante sus ojos el riquísimo é inagotable de 
la superstición popular, acabado y completo en Andalucía. 

Con harta razón el señor Icaza puede concluir su estudio fallando 
que «entre ambas obras nada hay de común, ni en el asunto general 
ni en los detalles»; * negando, en suma, toda afinidad artística entre 
la novela de Apuleyo y la joya de Cervantes. Como había hecho ante- 
riormente Menéndez Pelayo, cuando al tratar de la influencia de aquél 
en la literatura española, pesando la expresa cita del Coloquio escribía: 
«No es esto decir (lo cual fuera gran disparate) que el Asno haya ser- 
vido de modelo al Coloquio, sino que en este pasaje (el de las Cama- 
chas) hay una reminiscencia, indicada por el mismo Cervantes», i" Que 
es poner la cuestión en sus verdaderos términos , acabando este punto 
literario del modo definitivo y magistral que felizmente acostumbra. 



«Pero entre todos los clásicos griegos — observa fundamentalmente 
el mismo crítico — había uno de índole literaria tan semejante á la 
suya, que es imposible dejar de reconocer su huella en el Coloquio 
de los dos sabios y prudentes canes, y en las sentencias del Licen- 
ciado Vidriera-, trasunto del cínico Demonacte. Las obras de Luciano, 
tan numerosas, tan varias, tan ricas de ingenio y gracia : aquella se- 
rie de diálogos y tratados que forman una inmensa galería satírica, una 
especie de comedia humana, y aun divina, que nada deja libre de sus 
dardos, ni en la tierra ni en el cielo, no fué, no pudo ser de ninguna 
manera tierra incógnita para Cervantes, cuando tantos españoles del 
siglo de Carlos V la habían explotado, enriqueciendo nuestra lengua 

con los despojos del sofista de Samosata ; y así es, en cierta manera, 

discípulo y heredero suyo el que hizo hablar á Cipión y Berganza con 
el mismo seso, con la misma gracia ática, con la misma dulce y bené- 
vola filosofía con que hablaron el zapatero Simylo y su gallo». " 

No puede negarse, en efecto, que la semejanza del Coloquio de Cer- 



* Las Novelas ejemplares , op. cit., p. 207. 

" Bibliografía hispano-latino clásica, op. cit; pp. 146-147. 
" M. Menéndez y Pelayo: Cultura literaria de Miguel de Cervantes y ela- 
hor ación del i Quijote > , op. cit. 



- 87 - 

yantes con el de Luciano es muy viva, por la personificación de los 
animales, por el relato de la vida del gallo, que tantos parecidos guarda 
con la de Berganza, por el modo de llevar el diálogo, oportunas re- 
flexiones y entradas de Mycilo , que recuerdan á ratos las de Cipión. 

Tan extenso y palpable fué el señorío ejercido por Luciano en los 
temperamentos independientes, libres y arrojados del Renacimiento, 
que su influencia «no por ser latente es menos poderosa, y la suya 
estaba en la atmósfera de las escuelas del siglo xvi, en el polvo que 
levantaba la literatura militante, en la tradición literaria de los siglos 
posteriores». ^^ 

Cervantes muy bien pudo leerlo, ora en latín, lengua que no le 
era desconocida, ora en romance vulgar, toda vez que los Diálogos de 
Luciano se prodigaron no poco en traducciones y copias, como la per- 
dida de Pedro Simón Abril, y la de Francisco de Enzinas, si no es 
esta misma la impresa que, conteniendo entre otras aquella magistral 
alegoría del autor samosatense, apareció en Lyón á mediados del si- 
glo. 1^ Los moralistas no dejaban de los dedos á Luciano: quienquiera 
que ponía en su pluma intención satírica, escudaba su mordacidad con 
la autoridad incontrastable del escritor griego; i* y si Cervantes cursó, 
como es casi seguro, en el Estudio de la Compañía de Sevilla, cabal- 
mente en sus colegios acostumbrábase á traducir algunos de sus diá- 
logos por los escolares que aprendían Humanidades, i* 

Como se ve, universal y extensísimo era el influjo de Luciano en las 
escuelas y en el ambiente literario de su tiempo, para que como de pla- 
neta de magnitud poderosa no alcanzasen á Cervantes algunos de sus 



•2 M. Menéndez y Pelayo: Orígenes de la Novela. — Madrid, Bailly-Baillié- 
re, 1905; tomo I, p. vii. 

" Diálogos de Lvciano, no menos ingeniosos que prouechosos , traduzidos de 
griego en lengua castellana. — León, en casa de Sebastian Gripho. Año mdl ; in 8.°; 
CXLViii hojas + I de tabla. Comprende los siguientes diálogos: Amicicia, Cha- 
ron, Gallo, Menippo en los abismos , Menippo sobre las nubes y El amor fugitivo. 

'* No se desdeñaban de citarle , aun autores tan graves y circunspectos como 
el racionero de Toledo, Pedro Sánchez. — Vid. Historia moral...... op. cit, f.° 329. 

'5 Antonio Astrain: Historia de la Compañía de Jesús en la asistencia de 
España. (Madrid, 1905; tomo II, 560); y Monumetita Pmdagogica Societatis 
lesu quce primam ratiottem studiorum anno 15S6 editam prcecessere. — Madrid, 
1 901 ; in 4.° (passim). — Vid. el índice de autores. 



— 88 — 

rayos; pudo perfectamente contribuir á la invención de su Coloquio el 
del famoso Zapatero; mas ¿se produjo, en efecto, esta directa é inme- 
diata influencia? ¿Era menestef , por otra parte, tal enseñanza literaria 
para que la joya cervantina se escribiese? 

Sin negar un instante, ni por asomo, la patente procedencia lucia- 
nesca de esta novela, creo que hay que tener muy presentes aquellas 
otras palabras — sentencias las llamaría yo — de Menéndez Pelayo, de 
quien, como obligado faro, no puede apartarse el moderno crítico en 
estos achaques espinosos de novelística. «No importa — dice — que al- 
guno de ellos no conociera directamente el texto de Luciano, ó no se 
acordara de él al tiempo de escribir Voltaire, por ejemplo, no ha- 
bía frecuentado mucho la lectura de Luciano, y, sin embargo, se pa- 
rece á él como se parecían los dos Sosias » ^^ Evidentísimo. 

El error de muchos que de estas cosas han tratado es sumar en una 
misma producción objetiva, cínica y murmuradora toda la literatura 
lucianesca; concluir rotundamente que cada una de las obras incluidas 
en aquella familia no podía nacer sino de su copia franca y servil, por 
personales é independientes que''fuesen, producto de una asimilación 
directa tras su lectura; error de crítica, pues el parecido no estaba en 
la lectura, sino en el temperamento; que para ser cáusticas y morda- 
ces las novelas no era menester más que Luciano se transmigrara lite- 
rariamente en Erasmo, Valdés, Villalón, Cervantes, Quevedo y Vol- 
taire, y que sin necesidad de que cada uno se empapase en el estudio 
del maestro cínico, acabaran siendo fidelísimos discípulos suyos; eran 
almas lucianescas, repeticiones de su temperamento, nuevos y repe- 
tidos casos de aquella humorística transmigración que asombraba á 
Mycilo, cuando el gallo confesaba que su alma alentó "primeramente 
en Euphorbo, pasando á Pitágoras, para animar más tarde el cuerpo 
bellísimo de Aspasia. 

Y no solamente en la identificación de su artístico temperamento, 
ni en la simple coincidencia, común á todos los apólogos, de que fuese 
en ambas novelas una persona metamorfoseada en ser irracional quien 
relate su vida, es donde yo encuentro el parentesco entre Luciano y 
Cervantes; lazos apretadísimos que sujetan y hermanan unas y otras 
obras son, además, la identidad de su materia: el ser uno en ambas el 



Orígenes de la Novela, loe. cit. 



- S9 - 

artificio de la fábula, dando á esta voz el hondo sentido estético que 
sagazmente le comunicaba en su inapreciable libro Alonso López, el 
Pinciano: el presidir á ambas también una misma forma expositiva, la 
autobiográfica espectadora de la vida social ; y de ahí que el campo de 
acción para el escritor samosatense y el alcalaíno fuese uno mismo, y 
una misma su índole literaria, para que á través de los siglos se cum- 
pliese una vez más la alegórica transmigración del alma de Luciano en 
la de Cervantes, sin que, muy probablemente, se diese éste por ente- 
rado. ¿Qué de extraño tiene ni de arrojado el decirlo, cuando no era el 
único? ¿Acaso todas las semejanzas lucianescas que á ratos se observan 
entre distintas producciones de autores de un siglo, muy separados, 
eso sí, por los años ó por la rareza inabordable de sus manuscritas 
obras, no hallan por causa el que todos ellos pueden llamarse herma- 
nos, por pertenecer á una misma familia, la lucianesca, que será eterna 
por lo que tiene de humanamente realista, por su acre pensar sobre la 
vida, por la predicaciórwde los sentimientos estojóos, por el menospre- 
cio de los honores y riquezas, por la burla satírica y alejamiento altivo 
de lo que el mundo tiene por felicidad, siendo engañosa sombra? 

Esta ha sido la causa de que por críticos y comentaristas se hayan 
observado parecidos y semejanzas del Coloquio con otras obras de evi- 
dente filiación lucianesca, parecidos que se han exagerado hasta preten- 
der alguno de ellos que la idea de aquél pudo serle sugerida á su autor 
por ajena lectura. 

En el Diálogo de Mercurio y Carón, de Juan de Val des, y en el mis- 
mo de Lactancio y el Arcediano-, de su hermano el canciller Alfonso, 
hay pasajes que recuerdan muy vivamente la novela cervantina, pero 
singularmente en el primero, que ofrece formales comunidades con el 
Coloquio en cuanto á su crítica honda, despiadada y amarga de la so- 
ciedad en que vivía; aumentadas las semejanzas por engañosas similitu- 
des de expresión y de lenguaje que, á no tenerse el comentador sobre 
los estribos, podrían reputarse como indudable y directa imitación, i' 



" Del comienzo del Diálogo de Lactancio y un Arcediano, ya notó Menéndez 
Pelayo «que recuerda el de El Casamiento Engañoso, de Cervantes». — Historia 
de los Heterodoxos Españoles. — Madrid, Maroto, 1880- 1882; tomo II, 115. 

Véase, en efecto, un ejemplo de coincidencias literarias: 
Lactancio. «¡Válame Dios!; ¿es aquel el Arcediano del Viso, el mayor amigo 
que tenia yo en Roma? Parece cosa extraña, aunque no en el h^-i 



/ — 9° — 

Yo no lo creo, no sólo por la rareza bibliográfica de aquellos Diá- 
logos, que en España por los años del Coloquio debía ser estupenda; 
pues bien sabido es que la Inquisición, blanda y tolerante en muchas 
cosas, fué rigorosísima é implacable en el perseguir de los libros pro- 
hibidos en el índice, como lo estaban desde 1 564 los famosos Diálo- 
gos de los Valdeses; sino también poique no pueden atribuirse aque- 
llas semejanzas á otra causa que no sea la apuntada al tratar del pro- 
genitor y patriarca de todos ellos, de Luciano: comunidad de espíritu 
y comunidad de objeto; con tal unidad de elementos, por muy com- 
pleja y varia que sea el alma humana, repítese á través de los siglos por 
espontáneo nacimiento, como la naturaleza repite en los climas seme- 
jantes, por apartados que estén, las mismas plantas y frutos, con 
fecundidad inagotable. Las cuerdas del alma, cuando son comunes, 
suenan siempre acordes, y darán el mismo sonido, víbrelas quien las 
vibre. 



bito. Debe ser algún hermano suyo. No quiero pasar sin hablarle, 
sea quien fuere. Dezí, gentil hombre: ^sois hermano del Arcediano 
del Viso? 

Arcediano. ¿Cómo, señor Lactancio; tan presto me habéis desconocido? Bien 
parece que la fortuna muda presto el conocimiento. 

Lactancio. ¿Qué me decís? ¿Luego sois vos el mesmo Arcediano? 

Arcediano. Si, señor; á vuestro servicio. 

Lactancio. ¡Quien os pudiera conocer de la manera que venis! Soliades traer 
vuestras ropas, unas más luengas que otras, arrastrando por el 
suelo; vuestro bonete, hábito eclesiástico, vuestros mozos i muía 
reverenda; veoos agora á pie, solo: i un sayo corto: una capa fri- 
sada, sin pelo, esa espada tan larga, ese bonete de soldado Pues 

allende desto, con esa barba tan larga i esa cabeza sin ninguna se- 
ñal de corona, ¿quién os pudiera conocer? 

Arcediano. ¿Quién, señor? Quien conosciere eí hábito por el hombre y no el 
hombre por el hábito. 

Lactancio. Si la memoria ha errado, no es razón que por ella pague la volun- 
tad, que pocas vezes suele en mí disminuirse. Mas, dezíme, asi os 
vala Dios, ¿qué mudanza ha sido ésta? 

Arcediano. No debéis haber oido lo que agora , nuevamente , en Roma ha pa- 
sado, etc.t (pp. 331-332-) 

Estos ejemplos, robustecidos además con la mayor comunidad del fondo, me- 
nudean abundantemente en el Diálogo de Mercurio y Carón, singularmente en 
su primera parte. Hay momentos en que parecen escucharse la ironía y réplicas 



— 91 — 

Á Cristóbal de Villalón , heredero el más directo de Luciano , una de 
las mejores autoridades que para la lengua pueden sacarse entre las 
mil de aquel fecundo siglo, cuyos libros son archivo riquísimo para la 
historia de sus costumbres; espíritu arrojado, agrio, caustico, debela- 
dor, con el destemplado tono de todos los erasmistas, pero á quien 
salva para nuestra simpatía su confesión de hombre progresivo y ena- 
morado de su tiempo, cuya grandeza sobre los antiguos afirma en una 
de sus obras, á Cristóbal de Villalón -digo — también le han sido atri- 
buidas afinidades muy íntimas con Cervantes, por el carácter general 
de El Crotalón, y más aún, porque en uno de sus cantos, el VII, un 
erudito moderno ha encontrado puntos de contacto con el prólogo del 
Coloquio: con El Casamiento engañoso, i* 



de Cipión (f.° 7). Otras, en que las frases de admiración humorística de éste se 
repiten casi textualmente: 



Diálogo de Mercurio... 

Mbrcürio. — Cata, que me has espan- 
tado. Carón: ¿quién te vezó tanta filo- 
sofía? (f.° 35.) 

Carón. — ¿Quiéresme dejar aquí un 
poco filosofar. Mercurio? 



Mercurio. — No me perturbes ago- 
ra... Calla, pues, si quieres que pro- 
siga mi historia (f.° 40), etc. 



Coloquio de los Perros. 

Berganza. — Mucho sabes, Cipión; 
¿quién diablos te enseñó á ti nombres 
griegos? 

Berganza. — Cipión, hermano, así el 
cielo te conceda el bien que deseas, 
que, sin que te enfades, me dejes aho- 
ra filosofar un poco. 

Cipión.—... y por tu vida, que calles 
ya , y sigas tu historia. 



Más ejemplos podrían mostrarse todavía. 

Cito los diálogos valdesianos por la primorosa edición de Usoz: Dos diálogos 
escritos por Juan de Valdes, ahora cuidadosamente impresos. — Año de 1850. — 
Madrid, Alegría; in 8.°, xx + 481 páginas -t- i índice. Para sus ediciones, 
vid. M. Pelayo: Historia de los heterodoxos españoles II, pp. 152-153. 

'8 M. Serrano y Sanz: Prólogo á la Ingeniosa comparación entrf lo antiguo 
y lo presente p- 91- 

No es El Casamiento engañoso la novela con que yo encuentro el parecido: 
tiénelo, en cambio, muy grande con La Tía fingida, ganándola en la libertad 
y licencia de sus situaciones, harto escabrosas. — Vid. El Crotalón, de Cristo- 
phoro Gnophoso (Bibliófilos Españoles). — Madrid, 1871 (pp. 140 á 147)1 más 



— 9» — 

Aumenta aquí la dificultad de la imitación que se pretende el haber 
sido hasta nuestros días El Crotalón obra manuscrita, y tan escasa, que 
la diligencia de los modernos rebuscadores no ha podido tropezar con 
más de tres copias. 

No sé por quf eil ocupadísimo y zarandeado comisario de las sacas 
reales, hemos de convertirle, para que pasen por buenas nuestras con- 
jeturas, en un pacientísimo archivista., á la altura de Arias Montano, 
Antonio Agustín ó Ambrosio de Morales, revolviendo las librerías de 
su tiempo para leer polvorientos y arrinconados manuscritos. Y eso 
que los de Cristóbal de Villalón túvolos bien á la mano: en la copiosa 
biblioteca del Conde de Gondomar en Valladolid, cuya Casa del Sol, 
á creer en un episodio del Coloquio , no le debía ser desconocida, i" 
Pero, con todo y eso, sigo negando su influencia personal y directa; 
yo al menos, después de haber saboreado con regalo y sosiego aquella 
interesantísima obra, cuyas valentías demasiadas y audacias de crítica 
no eran ciertamente para impresas, ni aun para caer bajo los ojos de 
los curiosos, no he podido sacar los cabillos sueltos que pudieran li- 
garla con el Coloquio. Basta que sea una descubierta copia de Luciano, 
como, en efecto, lo es, para que sin más reparos se haya atribuido un 
mismo linaje á las obras de Cervantes y Villalón . Uno es sy abolengo, 
y hermanos, en verdad, pueden llamarse; pero fueron también dos her- 
manos muy separados entre sí, que ni se conocieron ni se trataron. '^'^ 

Un autor griego hay, no obstante, que se atraviesa en nuestro ca- 
mino, reclamando un recuerdo de su persona y de sus obras en la 
composición del Coloquio. A la generación cervantina, enamorada de lo 
clásico, respirando sin cesar la atmósfera pura y generosa de los auto- 
res helénicos y latinos, empapada en su comunicación y trato, no po- 
día obscurecerse uno de los más memorablas: Esopo. Y como la fá- 



fiel y escrupulosamente reproducido en la Nueva Biblioteca de Autores Espa- 
ñoles. Tomo VII. 

'* V. Serrano y Sanz: Autobiografías y memorias. — Madrid , Bailly-Bailliére, 
1905; p. cxxii; y para sus supuestas relaciones con Cervantes, Ibidem, cxix. 

* Digo otro tanto del Diálogo que trata de las transformacyoncs de Pitdgo- 

ras , obra de Cristóbal de Villalón , sacada á luz por primera vez en el tomo II 

de los Orígenes de la Novela (Madrid, Bailly-Bailliére, 1907), y que por ser 
decidido remedo de Luciano, alcánzanla las mismas paridades que á todas las 
obras de la estirpe samosatense. 



- 93 — 

bula, por su sencillez y lo adoptable de sus elementos, por la reflexión 
6 moraleja que contiene, es eminentemente popular en su esencia, po- 
pular se hizo igualmente, y los infinitos Isopetes ó Guisopetes , como 
Sancho rústicamente los llamaba, pulularon por los claustros, mesones, 
antesalas y puestos de libreros, ^i 

Sin dar al Coloquio, literariamente, todo el valor y carácter de un 
apólogo, ya que otro es su linaje, al menos, en lo que toca á su for- 
ma y á la encarnación canina de sus protagonistas, Cervantes no tuvo ) 
necesidad de imitar á Apuleyo ni á Luciano para idear el sabroso diá- 
logo entre Berganza y su fiel camarada; en Esopo y sus fábulas tenía.' 
ejemplar bastante en que inspirarse; tanto más, cuando él mismo, en 
El Casamiento engañoso, nos da testimonio de haberlo leído, y apuntó 
veladamente que á semejanza suya se escribía. 

Dentro ya de este mismo punto (filiación retórica del Coloquio), lo 
que constituyó en Cervantes un innegable acierto, comprobando una 
vez más su buenísimo criterio y acendrado gusto, fué la elección que 
hizo, como forma exagemática 6 narrativa para su ficción, del Diálogo 
puro, ó, por mejor decir, del Coloquio; aunque, al explicar, en la 
misma novela, los motivos que le habían empujado á preferirlo, incu- 
rriera en un patente caso de paradigma. 

Efectivamente; ya sea que lo leyese en el propio Cicerón (cosa que 
dudo): ora que lo tomara, por segunda mano, del Cisne de Apolo, de 
Carvallo ^^ (más verosímil); ó que por genial y curiosa intuición co- 



2' Vid. Menéndez y Pelayo: Bibliografía hispano-latino clásica , op. cit., 

pp. 198-201, donde se hallará una lista, no de todos los Guisopetes, sino tan 
sólo de aquellos que, acogiéndose á la sombra del famoso esclavo frigio, in- 
cluían fábulas de Flavio Aviano. 

^ En mi opinión fué de aquí, de esta Retórica, de donde Cervantes tomó 
las palabras de El Casamiento que más adelante cito. En el párrafo VI del 
Diálogo III (que también escogió Carvallo esta hechura para su obra), des- 
arrollando la doctrina retórica de los Coloquios y Diálogos, dice: t-El Coloquio 
especie es de comedia , porque no tiene más de hasta seis personas , que dispu- 
tan y hablan sobre alguna cosa , y no tiene más de un acto , que al fin es una 

conversación; y así se llama coloquio, de colloquor, que es por hablar algunos 
entre sí. También es exagemático estilo el diálogo, aunque es plática entre dos, 
ó á lo sumo tres. En este estilo escribe el Orador su libro De Amicitia, porque 
habiendo de tratar cómo ciertos amigos se habían ajuntado á tratar della,/or 
evitar el díxele y díjome lo reduce d Diálogo, como él propio confiesa , y en este 



— 94 — 

lumbrase estas razones, el hecho fué que, al escribir en El Casamiento 
engañoso, con relación á la sorprendida plática de los dos canes, aque- 
llas palabras: «púselo en forma de coloquio, por ahorrar de dijo Cipián, 
respondió Berganza, que suele alargar la escritura», vino á poner en 
boca del alférez Campuzano las mismas, mismísimas razones con que 
el orador romano había defendido en el prefacio de su diálogo De 
Amicitia la elección de esta forma expositiva: «Ejus disputationis sen- 
tentias memoriae mandavi, quas hoc libro exposui meo arbitratu: quasi 
enim ipsos induxi loquentes ne «Inquam» et «Inquit» saepius inter- 
ponerentur: atque ut, tanquam a praesentibus , corám haberi sermo 
videretur. » 

No se crea por ello, y casi prolijo es el recordarlo aquí, que Cer- 
vantes apuntó en esto novedad alguna sobre su tiempo. Bien sabido 
es de todos lo universal y usado que fué el Diálogo, de evidentísima 
procedencia helénica, y'que nuestros autores manejaron tanto durante 
aquellas centurias: desde el coloquio didáctico, tan boyante y repetido 
en las paráfrasis é imitaciones estéticas de los lamosísimos -platónicos, 
al coloquio satírico, cultivado ya por los Valdeses y Torquemadas ; pa- 
sando por el bucólico ó pastoril, que, por salirse del cuadro de la no- 
vela, entraba en los dominios de la literatura dramática. 

Y aquí detendría yo la pluma en busca de las influencias clásicas en 
el Coloquio de los Perros, preguntándome finalmente, para acabar la ta- 
rea: ¿fueron mayores acaso las que otros contemporáneos suyos ejer- 
cieron en el memorioso Cervantes? Fácil es la respuesta. Después de 
repasar numerosos librillos, todos ellos del último tercio del siglo xvi 
y comienzos del siguiente, sobre materias muy del gusto y lectura de 
Cervantes, como eran retóricas y preceptivas poéticas, teniendo muy 
fresca y patente la mía del Coloquio, declaro que no podría señalar en 
éste un reflejo determinado de aquéllos. 

Cada día me persuado más y más de que enderezar la crítica cervan- 
tina á descubrir en cada línea^scrita por el inmortal hidalgo otra mano 
distinta de la suya, es porfiado afán y erróneo criterio. De memoria, 



estilo se enseñan muchas y muy buenas doctrinas» Luis Alfonso de Carvallo: 
Cisne de Apolo, de las excelencias , y dignidad y todo lo que al arte poética y ver- 

sificatoria pertenece — Medina del Campo. Por luán Godinez de Millis. Año 

lóoz; £f. 130 y vto. (Bib. R. Academia Española.) 



— 95 — 
muy de memoria escribía, sin sujetar su pluma á ciega obediencia de 
otros libros; libre y desembarazado debían sus pocos amigos hallar el 
bufete sobre que nacieron el Quijote y las Novelas; directamente bro- 
taron de la honda fuente de sus desengaños y recuerdos; y aunque en 
aquel escogido gusto literario de Cervantes, que hermosea lo repug- 
nante y bajo, entró por mucho su avezadísimo leer, no es menos cierto 
que su cultura y su criterio se formaron, no como taracea, centón ó ^ 
mosaico, sino fundiendo estos elementos literarios con otros muy vivos 1 
y naturales en el crisol de su fantasía y de su genio , de modo que al 1 
recibirlos hacíalos suyos, no sin aniquilar y destruir su primitiva forma \ 
substancial. Tal fué otra de las admirables condiciones de su espíritu,/ 
que en autores contemporáneos de innegable valía, como Agustín de 
Rojas, 6 en portentosos talentos como Lope, no hallamos: la digestión 
(perdónese la voz) de la lectura; su asimilación fácil y transformadora, 
para crear una sangre espiritual propia con elementos de afuera, pero 
hechos otros y distintos. 

Ayudaba también á que la Novela en Cervantes, y más singular- 
mente el Coloquio , naciese libre de extraños servilismos , la misma con- 
cepción de aquel género literario y de sus reglas por Cervantes, que 
para él no se animaba ni recibía vida sino imitando á la realidad vero- 
símilmente; pues en estas dos basas, imitación y verosimilitud, ponía él 
la perfección de lo que se escribe. ¡Qué abismos mediaban en este 
punto (preceptos estéticos de la novela) entre Lope y Cervantes! Lope 
haciendo ascos y repulgos de la novela, género relativamente nuevo 
en las letras castellanas, y tras una alabanza de Cervantes, harto po- 
bre y menguada, estampaba en una de las suyas estas increíbles pa- 
labras: «Confieso que son libros de grande entretenimiento _y que po- 
drían ser ejemplares , pero habían de escribirlos hombres científicos, 

ó, por lo menos, grandes cortesanos, gente que halla en los desengaños 
sentencias y aforismos.» *^ ¡Qué disparate! (y la sombra de Lope me 



2' Las fortunas de Diana. — No era Lope el único que sostenía esta opinión 
sobre la Novela. Suárez de Figueroa, en un pasaje de su Plaza universal, tam- 
bién era de parecer que no bastaba el ingenio y la vida para escribir novelas, 
con las siguientes palabras: 

« No es de passar en silencio el abuso que hoy se tiene de imprimir papelo- 
nes estérilísimos de todas buenas letras. Muchos (asi viejos vanos como mozos 



- 96- 

perdone). ¡Cuan crasísimo error! ¡Hacer de las novelas rehenes lastimo- 
sos de aquella indigesta literatura proverbial", apotégmica y sentenciosa, 
pedante, falsa y recompuesta! ¡Buscar cabalmente la afectación y el 
empaque, el machacante sermoneo de un Martí, enemigos cabales de 
la imitación y la verosimilitud, sabias y prudentes madres, como con 
su inimitable y depuradísimo espíritu crítico, una vez aquí más de- 
mostrado, apuntaba el discretísimo manco por boca de su amigo el ca- 
nónigo toledano! Y aun cuando la doctHna no fuese suya, sino corrien- 
te y desprendida de las Poéticas de entonces, ¿no es nuncio de felices 
resultados para la composición de una obra el que su autor se desligue 
de las férreas cadenas con que Lope aspiraba á aherrojar á la novela, 
y busque en la naturaleza y en la vida los oráculos de sus páginas, los 
francos é inexhaustos veneros de la inspiración? De quien así pensaba, 
iJno puede adelantarse que si su mala ventura le hizo cautivo de los 
turcos una vez en su vida, las musas lo libraron, para gloria suya, de 
que cayese en las manos de otros autores, que le robaran la libertad 
é independencia de su espíritu, mil veces más hermosa que la de su 
cuerpo 1 

Y cuenta que á Cervantes le hubiera sido fácil y hacedero cumplir 
con el precepto de Lope, sin necesidad de beber en sus mismos ma- 
nantiales á los clásicos latinos y griegos , ni pasar por la aridez y esterili- 
dad poéticas de las Uliseas de Gonzalo Pérez \ demás infelices traduc- 
tores : cómodfimente pudo hacerse con aquella erudición barata y de 
segunda mano que, al amparo y á los pechos de Silvas, Plazas universa- 



ligeros) faltos de experiencia, ciencia y erudición, escriben y publican sobre 
temas absurdos librazos inútiles, guarnecidos de paja y embutidos de borra; 
cuyos verisímiles son patrañas, cuyos documentos indecencias, y cuyo fin todo 
mal ejemplo. Dicen ser tales cuentos á propósito para entretener y hacer per- 
der la ociosidad alegan estos bastar para componer qualquier obra acertada 

sólo el ingenio , razón muy propia de su, ignorancia....!, si bien, por castigo, les 

basta el menosprecio y risa que provocan en los doctos, cuando ven desean apro- 
piarse, tan desabridas cigarras, la habilidad de sonoros ruiseñores.^ — Plaza 

universal de todas ciencias y artes — Madrid, Luis Sánchez, 1615; in 4.°, 

f.°i26vto. "* 

Al margen de las primeras palabras que copio, dícese en mi ejemplar, de le- 
tra manuscrita de su tiempo: <í alude al Quixotet. Los últimos párrafos van evi- 
dentemente dirigidos contra el prólogo de las Novelas exemplares. 



— 97 — 

les, Philosophias secretas. Anotaciones y Comentos, crecía con pompa y 
aparato, para mostrarse allá, en las postrimerías de cualquier libro, en 
forma pedantesca de Declaración de nombres poéticos. Diccionario y ex- 
posición de voces clásicas. Tabla de sentencias más notables y demás fas- 
tidiosas muestras de intempestiva sabiduría que, con tanta oportunidad 
como irónico gracejo, sacó á la plaza de la risa en su prólogo á la par- 
te I del Quijote. 2* 

Todo lo más que he podido hallar, después de perseguir corchetil- 
mente los rastros y huellas de otras obras contemporáneas, son pa- 
recidos y concordancias de lenguaje, similitudes de expresión, nada 
extrañas cuando abiertos y patentes estaban para todos los nuevos teso- 
ros descubiertos en el habla castellana, desde Nebrija á Herrera, y tal 
cual semejanza en determinados pasajes entre Cervantes y algún otro 
escritor, por darse en ellos el mismo fenómeno literario apuntado al 
tratar de Luciano y sus imitadores: comunidad de espíritu y comuni- 
dad de objeto. Y así, podrían pasar por verdaderas y conscientes imi- 
taciones de Fernando de Rojas en La Celestina párrafos enteros de 
Cervantes en el episodio de las Camachas , que se hacen más sospe- 
chosas al recordar que era uno de sus libros favoritos y más leídos , y 
al que juzgaba en su opinión divino, si hubiera sabido encubrir más lo 
humano. ¡Donosa censura, que cabría trasladar á todos los suyos! 
Fuera de este punto particular y grave, que más adelante recogeré 
como se merece, y ligeros chispazos repartidos aquí y allá por la ex- 



*• No fué tan pequeña como se cree esta tiranía de los libros de paremias, 
anécdotas y hechos notables de varones antiguos , ó simple exposición de las 
historias mitológicas, que encierran los poemas clásicos. Vaya un ejemplo. Pu- 
blicando Fernández Guerra la Genealogía de los Modorros en su soberbia colec- 
ción de Quevedo, vacila en considerarla obra suya, añadiendo: «es rasgo que 
con alguna repugnancia mia ocupa las presentes páginas.» (Rivadeneyra , I, 443.) 
Bien hacía el benemérito colector ert dudar de su originalidad. Pertenece la idea 
primera al bachiller Juan Pérez de Moya, que en su Pkilosophia secreta, donde 

debaxo de historias fabvlosas , se contiene mvcha doctrina prouechosa (Madrid, 

Francisco Sánchez , mdlxxxv , in 4.°) , trata De la descendencia de los modorros: 
€ Dicen, que el tiempo perdido se casó con la ignorancia, y hubieron un hijo 
que se llamó Penseque. El qual casó con la juventtid.....i (ff. 137 y 137 vto). La 
obra, atribuida á Quevedo es, pues, un comento ó paráfrasis de la primitiva 
idea de Pérez de Moya. 

7 



- 98 - 

tensa novela, y que el lector verá notados en mi comentario, puede, 

finalmente, reputarse, en cuanto á su inspiración y origen, el Coloquio 

i por obra original, independiente y exenta de ajenas y literarias influen- 

^cias. Cervantes, que tan alta ponía la invención, mirándola, al igual de 

' Luis Alfonso de Carvallo , como « la primera parte de la poesía » ; ^^ 

que en las postreras líneas del Coloquio exclama por boca del licenciado 

Peralta, mostrándose satisfecho de su obra: «Señor alférez, yo alcanzo 

el artificio del Coloquio y la invención, y basta»; que en el Viaje del 

Parnaso hacía confesar á Mercurio : 

Y sé que aquel instinto sobrehumano 
Que de raro inventor tu pecho encierja , 
No te le ha dado el padre Apolo en vano, 

hubiera podido, años más tarde, á concederle más de vida el cielo, 
ver consagrada esta facultad en él, como señora suya, cuando Tamayo 
de Vargas, al aplicar á cada ingenio de su tiempo su cualidad primera, 
ponderaba «la invención de Miguel de Cervantes Saavedra». ^^ Men- 
guado desagravio de quien más adelante hubo de llamarle , con asomos 
de desprecio: <i. ingenio lego y». 

Quien se atuviera tan sólo á la forma dialogada del Coloquio, y más 
aún á la singular circunstancia de que sean dos canes sus prudentes in- 
terlocutores , fácilmente se deslizaría en el error de juzgarle totalmente 
inspirado en otras obrillas del tiempo, anteriores á él, en que se repe- 
tía aquella misma particularidad. 

Góngora tiene un romance, salido á luz anónimamente por aquellos 
días, que nos recuerda con presteza las pláticas de Cipión y Ber- 
ganza: 

Murmuraban dos rocines 
A las puertas de Palacio, 
No en sonorosos relinchos. 
Que eso es ya muy de caballos, 
Sino en su bestial idioma , 



2*^ Cisne de Apolo, op. cit, f.° 14. 

2» Garci-Lasso de la Vega natural de Toledo Principe de los Poetas Castella- 
nos. De Don Thomas Tamaio de Vargas —Maár'\á , Luis Sánchez.— Año 1622; 
in 1 6.°, f.° 13. 



— 99 — 

para, á pretexto de relatar sus trabajadas vidas, morder, á la par del 
freno, las costumbres 

De sus amos lo primero, 
Por más parecer criados; ^ 

como en aquella noche memorable hicieron los dos vigilantes centine- 
las del Hospital de la Resurrección de Valladolid. 

Y si estos flacos rocines dialogaron, no faltó tampoco un relamido 
gato que rompiese en agraviado soliloquio, quejándose también de su 

fortuna: 

Yo don gato coronel, 

Mozo astuto y diligente , 

Querello criminalmente 

De Francisca é Isabel. ^ 

Pero yendo más lejos todavía, y acercándonos de todo en todo á la joya 
de Cervantes, para que los perros de Mahudes tuvieran con quien 
divertir más su ociosidad en la espléndida campiña de la literatura cas- 
tellana, allá estaban otros dos locuaces canes creados por uno de sus 
más insignes poetas, Baltasar del Alcázar, como su meritísimo biógra- 
fo. Rodríguez Marín declara^ al relatarnos, de pasada, los servicios de 
aquél como alcaide por los Duques de Alcalá en su villa de los Mola- 
res. Aquí, en efecto, debió componerse, antes de 1 585, año en que 
dejó tal empleo, el gracioso Diálogo entre dos perrillos^ germen proba- 
ble, en su opinión, del coloquio cervantino. '^ Zarpilla y su anónimo 
compañero, aunque gozquejos, son hermanos gemelos de Cipión y 
Berganza, nacidos en la misma tierra y, á no dudarlo, de algún perruno 
y brujil parto, como el de la Montiela. 



" Romancero General. — Madrid, 1604, op. cit., f." 439 vto. 

28 Ibidem, f.° 477. 

* Vid. Poesías de Baltasar del Alcázar (Edic. de la R. Acad. Esp.). — Ma- 
drid, 19 10 (pp. Lxxxvi y 210 á 212). De todas las obras apuntadas es, sin duda, 
la que más semejanzas externas ofrece coa la de Cervantes. Como en ella, son 
dos perros los dialogantes", como en ella también, es una sola la vida que se 
relata, á instancia siempre de su camarada. Y aunque para los genios no haya 
caminos trillados y comunes, pudo ser, no obstante, para el cervantino esta 
tan conocida poesía senda baladí que le guiase á los aciertos incomparables del 
Coloquio, 



— 100 — 



No eran nuevos estos ejemplos que Cervantes tuvo á la vista, y que 
seguramente no sintió necesidad de imitar, latiendo tan actuales y vi- 
vos el recuerdo y la lectura de Esopo ; pero todos ellos le mostraron 
elocuentemente cuánto partido podía sacarse, para la trama de una fá- 
bula novelística, de la relación personal de una vida puesta en boca de 
irracionales seres. 

Para completar la alegoría no restaba más que un paso: injertar en 
aquéllos parte de los sucesos del poeta, infundiéndoles por arte de ma- 
ravillosa metamorfosis buena cuenta de su caudal anímico , revistiéndo- 
les de su memoria, de su entendimiento y su palabra, paso que Cer- 
vantes dio gallardísimamente, como verá el lector que me siga, en el 
Coloquio de los Perros de Mahudes. 



No fué, ciertamente, la Novela, y su escaso desarrollo hasta Cervan- 
tes lo justifica, el género literario que en más aprecio se tuvo por las 
academias é ingenios oficiales de aquellos siglos. Buena prueba de ello 
la dan las numerosas Retóricas, Preceptivas y Poéticas que entonces se 
imprimieron, donde no sólo se dedicaban largas y macizas páginas á los 
Poemas heroicos, Tragedias, Comedias y Entremeses, sino que hasta 
la Zarabanda, cubiertos sus lascivos y provocadores movimientos con 
el disfraz pomposo de dithirámbica , entró en congregación con las obras 
predilectas de las musas. No tropezará, sin embargo, el estudioso con 
mención preceptiva de la Novela, Cuentos, Libros de Caballerías y Re- 
laciones autobiográficas, género que , sobre no estar bastantemente defi- 
nido, desdeñábase en conjunto como plebeyo y bajo, digno de figu- 
rar junto á las ligas, zapatos, medias vcalzas, que en revuelta docena 
constituíanicl mísero ajuar- de un paje.^" 

Más fama daba entonces un soneto lindamente cortado, y más estima 
entre la poetastra gente, que el mismo Lazarillo: al fin, en aquél veían 
el comercio con las Musas, la inspiración divina que encendida y lumi- 
nosa bajaba del Parnaso; mas ¿qué mérito podían hallar en la pintura 



** Hablando de la parte I de su Ingenioso Hidalgo, dice Cervantes : « y los 
que más se han dado á su lectura son los pajes.» (Parte II, Cap. III.) Afición 
que confirma respecto de las novelas Guzmán de Alfarache en su Vida (Parte I, 
Lib. III, Cap. IX). En verdad que para pajes resultaban muy instruidos y cultos. 



de gente picara, bellaca y truhanesca, principales sujetos de las nove- 
las? No todos eran aún de aquel progresivo y profético espíritu del gran 
Quevedo, que recomendaba « dar el aplauso á la novela que bien lo me- 
rece » , alabando « el ingenio de quien sabe conocer que tiene más de- 
leite saber vidas de picaros, descritas con gallardía, que otras inven- 
ciones de mayor ponderación » . ^^ 

Con todo eso, ya que no dedicados singularmente á la novela, no 
faltan asomos y atisbos de novelística, que barruntan el camino que se 
iba abriendo este linaje nuevo en las letras, con muy discreta inteli- 
gencia de sus orígenes. Ya López Pinciano nos dejó, como en moder- 
nos tiempos hayan podido hacerlo Valera, Zola ó Daudet, una fórmula 
sabia, verdadera y justa para escribir novelas. Aplicábala él al género 
dramático; mas, por el carácter generalizador del capítulo en que des- 
arrolla esta doctrina, á su sombra podía acogerse la desamparada y 
naciente novela. 

« Quisiera yo que me dijeran cómo inventaré alguna fábula, ó trágica 
ó cómica» — preguntaba el Pinciano en su platónico estilo — . «Yo lo 
diré — contesta Ugo — ; imaginad una acción nueva y rara, y que sea 
deleitosa; y si de una vez no se hace bien, volved otra y otra, quitando 
y poniendo en el entendimiento y discurso; que sin falta alguna á 

cabo de poco tiempo, habréis hallado lo que buscays \ y si no que- 

reys trabajar tanto como esto, preguntad á cualquier hombre, que haya 
llegado á veyntey cinco años el discurso de su vida, que él os dará ma- 
teria para otras tantas comedias > . ^^ ¡O para otras tantas novelas 1 Y 
como si hubieran aprendido de coro esta honda formulilla de su 
oráculo literario, los escritores picarescos diéronse, al trazar sus obras, 
á tener muy presente su agitada vida, y si no calcaron autobiográfica- 
mente sus sucesos todos en los capítulos de aquéllas, como de ligero 
se ha insinuado cor algunas, no puede tampoco desconocerse que de 
tiempo en tiempo atribuían á sus protagonistas, como de Mateo Ale- 
mán con relación á Guzmanillo ha dicho su biógrafo, «su hechura, al- 
guna particularidad de su misma persona, y no pocos pormenores de 



'' Prólogo á la Historia de la Vida del Buscón. 

^ Philosophia antigua poética, del Doctor Alonso López Pinciano, Medico 
Cesáreo — Madrid, por Thomas lunti, mdxcvi, in 4.": p. 194. 



su propia vida, como por cariño 6 fineza paternal», *^ y hambrienta 
necesidad de su espíritu; porque desde el momento en que la novela 
hácese código cifrado de la vida humana, capacísima tela que se teje 
con todo linaje de memorias, impresiones y recuerdos, y en la que 
han de entrar, naturalmente , en mayor proporción , los propios y sufri- 
dos, por más numerosos y frescos que los ajenos, es lógico artificio 
que entre los varios personajes de su obra, escoja uno en que con más 
cariño é intención ponga sus pensamientos, su sentir, vaciando en él 
los más recónditos tesoros de su alma. 

El desahogo no puede ser más humano. Todo autor necesita una 
válvula por donde escape el ardiente vapor de sus afectos y sus juicios; 
y para mí no ofrece duda que, sin llevar este valor autobiográfico tan 
lejos como ha intentado con pujos de pecadora novedad ún autor mo- 
derno, el Coloquio es un ejemplo patentísimo de aquella regla y de este 
sentimiento. 

¡Y á fe que Cervantes, llegado á Valladolid y metido á escribir el 
Coloquio con más de cincuenta años sobre sus canas, no traía consigo 
un pesadísimo bagaje de aventuras y sucesos propios! ¡Tan adversos, 
que, dando rienda á sus amarguras, hacía prorrumpir á Berganza en 
comentario desesperanzado de sus infortunios: «Mira, Cipión, ten por 
cierto y averiguado, como yo lo tengo, que al desdichado las desdichas 
le buscan y le hallan, aunque se esconda en los últimos rincones de la 
tierra ! » 

Cuando años más tarde discurría Agustín de Rojas en un libro, lleno 
de disparatadas predicciones astrológicas, sobre la suerte que á cada 
uno prometía el signo del Zodíaco bajo el cual nació, al llegar al otoño, 
dice de esta suerte : « El que naciere en el mes de Septiembre desde los 
doce hasta los trece de Octubre habrá por su envidia algunos peligros, 
andará muchas tierras, será ofendido de sus parientes, y recibirá daño 
por hacer bien; seránle mal remunerados los servicios que hiciere, no 
le aplacerá mucho su primera mujer, será difícil para creer lo que le 
dijeren, algunos trabajos le sucederán por alguna mujer». ^* 



•» Discursos leídos ante la Real Academia Española en la recepción pública 
del Excmo. Sr. D. Francisco Rodríguez Marín (Op. cit., p. 40.) 

8* El Btien repvblico , op. cit.; ff. 121 y 122.— Para los lectores (raros serán 

que no recuerden el mes en que nació Cervantes , bueno será advertir que, aun- 



— 103 — 

¡Acertado pronóstico I | Parecía haber leído, para componerle, en la 
vida de Cervantes! ¡Por rara casualidad, se cumplían en él las necias 
agorerías del escribano farandulero! ¿Qué extraño es, pues, que, con 
tanta abundancia de sucesos, pusiese á contribución los suyos para 

tejer la tela de la vida de Berganza f Afírmese moderadamente, sin 

tocar en la exageración en que incurrió Mr. Chasles, cuando sostuvo 
muy serio que «le mot Cervantes, qui se prononce en castellan et 
qu'il signait Cerbantes, se transforme, par une assonnance toute mé- 
riodionale, en Berganzai>, ^^ arrojando de este modo la especie culpa- 
ble del anagrama. 

¡No! Bien sé que á cualquier cervantófilo de los tiempos de Benju- 
mea, quimerista y atrevido, no le habrían faltado fundamentos para 
que, al comentar el Coloquio^ tomase como norte y estrella tan audaz 
conjetura, buscando de esta suerte una novedad estupenda para su 
libro, y avanzando temerariamente aún más en la larga carrera de las 
descabelladas hipótesis cervantinas. Hoy, por fortuna, la crítica ha 
escogido otras sendas, que no serán tan meritorias y nuevas; pero que 
alejándonos de los cielos, nos acercan, en cambio, á la tierra, que es 
donde viven los hombres. 

Sin creer que Cervantes, adelantando sinónimos voluntarios^ inten- 
tara ocultarse bajo la ficción canina para vender sus propias desven- 
turas, es lo cierto, no obstante, que, á excepción del Viaje del Parnaso 
y del prólogo á las Comedias^ no se hallará otra ninguna obra de su 
pluma en que tan sin rebozo se muestren sus pensamientos más ínti- 
mos é ingenuos, sus más amargas reflexiones, entregándonos, siempre 



que no fué bautizado hasta el 9 de Octubre, es muy probable que naciera el 29 
de Septiembre, festividad de San Miguel. ¡Así se hace más curiosa y chocante 
la predicción astrológica de el Caballero del milagro, cuyos pronósticos enca- 
jan casi uno por uno en la infeliz vida cervantina! 

^ Émile Chasles: Michel de Cervantes , sa vie, son temps, son ceuvre poltti- 

que et litteraire — Paris, Didier et C.'», i866; p. 295. — Insiste en la misma idea 

al hacer el análisis del Coloquio (p. 399) . Verdad es que de escritor que sostiene 
que Cañizares es el padre del Bartolo de Beaumarchais , y que la figura del Pi- 
caro encierra la futura de Fígaro (op. cit., 251-254), no pueden esperarse co- 
sas mejores ni menos estupendas. ¡Feliz él, que logró entrever un mundo nue- 
vo de ideas y conjeturas sobre la vida y escritos de Cervantes, que hasta que 
vino y nos regaló con su obra, nadie había si<|uiera columbrado! 



— 104 — 

por boca de Berganza, tantas demostraciones de su ánimo, confesiones 
propias y privados pareceres, que á semejante caudal no vacilaría en 
bautizarle con el nombre de «Memorias Cervantinas y>. ¡Tanta es la sin- 
cera y expresiva verdad que respiran sus páginas I 

Cabalmente porque al componer el Coloquio recordó más de una vez 
su propia vida, trasladando personales sucedidos á sus episodios, fué, 
sin duda, por lo que hubo de sufrir aquel transparente arañazo del 
satiricen Suárez de Figueroa: «con todo eso, no falta quien ha histo- 
riado sucesos suyos, dando á su corta calidad maravillosos realces, y 
á su imaginada discreción inauditas alabanzas: que, como estaba el'paño 
en su poder, con facilidad podía aplicar la tixera por donde la guiaba 
el gusto». ** 

Así está sembrado el Coloquio de tantas y tan vehementes exclama- 
ciones y apostrofes, que semejan gritos angustiosos, compadeciéndose 
mal con aquel sano, irónico y benévolo optimismo que resplandece en 
sus restantes obras. Hasta tal punto, que, aun al repetir pensamientos 
ajenos, cuando pasan, como por alambique, por el encendido fuego 



•* El pasaje completo es muy interesante y citado siempre á medias. Com- 
prueba la teoría de Lope, arriba expuesta, y constituye una clarísima alusión á 
Cervantes. Dice así: 

Doctor. Las novelas, tomadas con el rigor que se debe, es una composición 
ingeniosísima, cuyo ejemplo obliga á imitación ó escarmiento. No 
ha de ser simple ni desnuda , sino mañosa y vestida de sentencias, 
documentos y todo lo demás que puede ministrar la prudente filo- 
sofía. 

Don Luis. Pues si ha de tener semejantes requisitos , pasemos adelante , que 
me juzgo insuficiente para novelar. 

Doctor. No sería malo, si por suerte os han sucedido naufragios en el dis- 
curso de vuestra vida, entregarlos á la fama, para que, por boca de 
la posteridad , se vayan publicando de gente en gente. 

Don Luis. Eso, ¿á qué propósito? Porque como quiera que de muchos infor- 
tunios es autor y causa el mismo que los padece, sólo puede servir 
de manifestar cil mundo su imprudencia, firmando de su mano sus 
mocedades , escándalos y desconciertos. 

Doctor. Decís bien; mas con todo eso, no falta etc. 

El Passagero. Advertencias vtiltsimas d la vida hvmana — Barcelona. Por 

Gerónimo Margarit. Año 1618; in 8.°: Alivio II; f.° 56 y vto. 



— 105 — 

de su ánimo, adquieren unos tintes de desgarrador sufrimiento, de 

desmayada y angustiosa protesta contra los azares de la fortuna, que 

tan duramente lo combatía. El recuerdo de la pasada prosperidad en 

los tiempos del infortunio ha provocado abundantes glosas, desde 

que Dante lo consagró con imperecedera fórmula en sus eternos 

versos : 

¡Nessum magior dolore 

Che ricordarsi del tempo felice 

Nella miseria 

Tan humano es el arranque, que apenas hay poeta ó escritor que 
no lo reciba en sus estancias ó novelas; *' pero |cuán distinto es el 



*' Curioso, verdaderamente, es el camino que este hondo pensamiento re- 
corre en las letras castellanas. El Marqués de Santillana fué uno de los prime- 
ros que lo glosaron en El Infierno de los enamorados ^ copla lxii, exclamando: 

La mayor cuyta que aver 
Puede ningún amador 
Es membrarse del plazer 
En el tiempo del dolor. 

Jorge Manrique dijo en una de sus celebradas Coplas 

Cuan presto se va el placer, 
Cómo después de acordado 
Da dolor. 

Boscán, en uno de sus sonetos: 

Si en mitad del dolor tener memoria 
Del pasado placer, es gran tormento. 

Y Cetina, en otro de los suyos: 

El triste recordar del bien pasado 
Me representa el alma á mi despecho, 
Y el pensar que pasó me tiene hecho, 
De esperar que será , desesperado . 

Los novelistas también lo glosaron con cariño: «No hay mayor dolor en el 
mundo — exclamaba H. Luna — que haberse visto rico y en los cuernos de la 
luna, y verse pobre y sujeto á necios». — Lazarillo de Tormes, parte II, cap. III. 

Conciso pero hondo es en Mateo Alemán: «Y como no hay desdicha que tanto 
se sienta como la memoria de haber sido dichoso » — Guzmán de Al/ara- 
che, parte II , libro II , cap. I. 

A todos supera y aventaja la lastimadísima exclamación cervantina: «(Ay, 



— io6 — 

tono tétrico y hondamente amargo que emplean un Mateo Alemán y 
un Miguel de Cervantes del sentencioso, magistral y teórico con que 
en otros contemporáneos suyos está escrito; y era que estos tales ha- 
blaban como sabios que formulan apotegmas, y Cervantes y Alemán, 
como hombres tan sólo, á quienes su infortunada condición se los 
dictaba. 



Cuatro palabras , finalmente , sobre el aspecto satírico del Coloquio. Si 
tan patente y manifiesto es este valor autobiográfico de la novela; si 
entre los elementos acumulados para escribirla entraban como parte 
principal sus propios y desdichados acontecimientos, ¿quién en trance 
semejante, y con preparación de espíritu tan agria, sujeta la pluma 
y la encadena, cuando á sus correrías la empujan vehementes dsseos 
de desahogar un pecho lastimado, mojándola en sus miserias y pesa- 
dumbres? ¿Ha de espantarnos el que, arrogantemente, todo el Colo- 
quio se levantara animado de un mismo espíritu, el satírico, comuni- 
cándole su carácter más singular y genuino? 

¿Quién, al mirar la vida á través de las crepusculares ironías ^ su 
edad madura y humorismos de viejo, no incurre en el pecado de lo 
que Cervantes llamaba filosofía., y Cipión apellidaba murmuración, no 
atreviéndose á decir francamente sátira, por ser nombre que entonces 
asustaba y era temido? ^* Sin ahondar más en el caso, que por entero 



amigo Cipión, si supieses cuan dura cosa es de sufrir el pasar de un estado fe- 
lice á un desdichado! Mira: cuando las miserias y desdichas tienen larga la co- 
rr¡ente> etc. 

Y es que como el dolor es más humano y constante que la alegría, los hom- 
bres , y por tanto sus plumas , se repiten y coinciden más cuando sufren que 
cuando se alborozan. 

^ Tanto, que Cervantes se defendió siempre de la nota de satírico, 

bajeza 

Que á infames premios y desgracias gufa. 

Nadie mejor que Vélez de Guevara expresó la condenación que mereció este 
género entre sus contemporáneos, diciendo en una de sus famosísimas orde- 
nanzas de la Academia sevillana: 

» que á los poetas satíricos no se les dé lugar en las Academias, y se tengan 



— 107 — 

pertenece al misterioso engendramiento que origina todas las obras 
literarias, bien se puede concluir que el pensamiento recto, la inten- 
ción concienzuda, el propósito libre de Cervantes al empuñar la péñola 
desarrollando este inapreciable Coloquio fué, á la par de desahogar su 
pecho de mil cosas y juicios que le apretaban, convertirse en censor, 
aunque muy encubierto, de su tiempo, y valerse de su pluma como de 
disciplina. 

Sin quererlo él, hubiera incurrido en el vicio de la sátira; que «esta- 
mos en vna hera — exclamaba Cristóbal de Villalón — , que en digiendo 
uno una cosa bien dicha 6 una verdad, luego le digen que es satírico, 
que es maldigiente, que es mal christiano». ^^ 

La dificultad no estaba en satirizar, sino en el modo; velando de tal 
suerte la crítica, que no se advirtiera; practicando el precepto que años 
más tarde daba Lope: 

En la parte satírica no sea 
Claro ni descubierto 



Pique sin odio; que si acaso inferna. 
No espere aplauso ni pretenda iama. *" 

Todos los preceptistas contemporáneos suyos se lo recomendaban al 
dar en sus libros reglas á la sátira: exhortándole á una á ««£> decir las 
cosas al descubierto , sino con cierta cubierta de alegorías, com- 
paraciones y símilis , procurando dar á entender el concepto que acá 

tenemos en nuestro entendimiento, pero sin echarlo por la boca». *i 

Y para el caso, ^qué mejor vestidura 6 careta que la del apólogo? Si 
la sátira era un razonamiento mordaz hecho para reprehender los vi- 
cios de los hombres , i á quién podía encomendarse la reprehensión me- 



por poetas bandidos y fuera del gremio de la poesía noble, y que se pregonen 
las tallas de sus consonantes como de hombres facinerosos á la República». — El 
Diablo CoJuelo.—'Reproduc. de D. Adolfo Bonilla y San Martín. — Vigo, Krapf, 
1902, p. 115. 

"9 Viaje dt Turquía; colloquio VIL — Nueva Bibliot. de Aut. Esp. — Madrid, 
Bailly-Bailliére, 1905; p. 94. 

*" Arte nuevo de hacer comedias. 

*' Carvalio: Cisne de Apolo, op. cit.; ff. 144 vto. y 145. 



— io8 — 

jor que á dos prudentes canes? A los filósofos cínicos en Grecia (¡y 
Cervantes lo recuerda en el mismo Coloquio!) ^no se les distinguía bajo 
tal nombre, por equivaler en su lengua á «perros murmuradores?» 
¿No era frecuentísimo en su tiempo decir ladrar por reprehender, y Wa- 
ma.T perros á los reprehensores} Perros, finalmente, llamaban los pane- 
giristas á los Santos Doctores y Predicadores de la Iglesia, que con sus 
voces y doctrinas la defienden y velan. Acertadísimo era el símil y 
buen camino llevaba la sátira cervantina para cumplir con los precep- 
tos exigidos por los retóricos. Otros más quedaban, y fuerza es confe- 
sar que también supo practicarlos magistralmente. 

«Reprehenda vicios generales — decía por su cuenta el Pinciano — , 
y no á personas particulares ; (y éstas) sean de tal manera disfraza- 
das, que de nadie sean entendidas y solamente lo sepan aquellas á 
quienes vos lo quisieredes revelar; usad de periphrasi y rodeos obs- 
curos, y de tal manera que podáis llevar el entendimiento y sentido 
de la cosa á varias partes; que no seáis claro en este lenguaje otra 
vez os aconsejo por el mucho bien que os amo»; *^ y la razón que 
calla Pinciano la da en su apotégmico estilo Carvallo: «porque si las 
sátiras van al descubierto, arguye poco ingenio en el que las dice y se 
le tiene por necio y mal hablado». ** 

Cascciles , por su parte , años más tarde , acabando la doctrina de la 
sátira, añadía: «Entienda, pues, el Satirógrafo que no es su oficio decir 
mal y morder, como fin de esta poesía, sino corregir vicios y costum- 
bres malas». ** 

«Todo eso es predicar, Cipión amigo — replicó Cervantes mismo 
en el Coloquio, arrojando el bodegón por la ventana, para tirar pecho 
arriba por el espinoso camino de la sátira — ; muérdase el diablo, que 
yo no quiero morderme ni hacer finezas detrás de una estera: seguro 
puedes estar, Cipión, de que más murmure, porque así lo tengo 
prosupuesto»; y mordió sin tasa, y hendió sin freno y tajó sin cobar- 
día, exclamando Berganza, cuando su prudente camarada le advertía el 
camino murmurador y peligroso que tomaba su plática : « Dé donde 



*' Philosophia antigva poética, op. cit. ; ff. 501 y 502. 
*8 Cisne de Apolo, op. cit.; f.° 145. 

** Francisco Cáscales: Tablas poéticas — Madrid, Antonio de Sancha. - 

Año MDCCLXxix; p. 155. 



— 109 — 

diereis, sembrando por ende el largo Coloquio de alusiones, tiros, 
pullas , matracas , dardos y picaduras ; mas tan tapados y vagas , que la 
dificultad de descubrirlas y aclararlas hoy es extraordinaria. [Parecía 
que adivinaba el consejo dado por Cáscales á raíz de publicarse las No- 
velas! : « note á unas y otras personas dignas de reprehensión , (pero) 
con disimulados nombres». *5 

¿Acertó á conseguirlo? Cervantes, como dejo dicho, en los tiempos 
en que escribía el Coloquio, avanzada su vida en ellos, harto de des- 
engaños, ahito de infidelidades de sus amigos, probado con rudeza por 
la fortuna, que, contra su querer y bien irónicamente, le había conver- 
tido en andante alcabalero por muchos reinos de España, no podía 
escribir con la serenidad y sosiego de Lope, Montalbán ó Góngora, 
ingenios, al fin, mimados por los Mecenas y Señores; sino que toda 
su vida aventurera y agitada saltaba delante de sus renglones, repre- 
sentándole sus padecimientos y desventuras, y á unos y á otras acudió 
para llenar el molde del Coloquio que la inspiración divina de las Mu- 
sas le había deparado en su cerebro; y puesto á entretejer sus episo- 
dios y pormenores, repasando los hechos de su vida, vio que en ella 
había no pocas espinas y alfileres clavados , ora con intención aviesa y 
ruin por sus enemigos (que á nadie, y menos á un escritor, le faltan), 
ora por la fortuna cruel, que en lo más bajo de su rueda le ponía, y uno 
á uno fué sacándolos del pecho, con algo de sangre encendida que en 

su punta brillaba , y uno á uno también los fué repartiendo por el 

Coloquio, con vengativa intención. ¿Por qué no ha de decirse? ¿No 
merecieron sus novelas, á raíz mismo de salidas, que se dijera de ellas 
que eran tmás satíricas que ejemplares?* *^ [Quién sabe si aquellos 
tardíos y conocidísimos arrepentimientos del Viaje del Parnaso no tu- 
vieron su nacimiento en el Coloquio! Á tiro hecho fué todo él; á tejados 



*^ Francisco Cáscales: Tablas poéticas ; loe. cit. — Por entero y en la plá- 
tica le pertenece aquel otro precepto del mismo Cáscales; « Es artificio del sa- 
tírico no ensangrentar la lanza contra uno, sino tratando de una cosa, picar á 
éste y al otro de camino: de manera que parece que no hace nada, y les da de 
medio á medio, como si fuera su intento tratar particularmente de cada uno» 
(156). ¡Admirable síntesis preceptiva del Coloquio desarrollada por Cervantes! 

*' <Si bien no poco ingeniosas», concluye Avellaneda, cuya es la cita, ha- 
ciendo imparcial su juicio. — Vid. Prólogo. El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de 
la Mancha. — Tarragona, Felipe Roberto, 1614. 



entonces conocidos iban dirigidas sus piedras, y si hoy no podemos 
descubrirlos porque esa es la ley humana, que borra las acciones y los 
propósitos en la cera del tiempo , todos me creerán si declaro que Cer- 
vantes, pasando por las calles, más de una vez debió de tropezarse con 
gentes conocidas suyas que esquivasen su encuentro, negando al som- 
brero la cortesía de que tanto se pagaban sus contemporáneos. ]Un 
enemigo, á buen seguro, cobrado con su pluma, que con hondo res- 
quemor y enconada memoria diría para sí: « jÉse me clavó en tal de sus 
obras 1» [Cuántos y cuántos! Acaso pensando en él había escrito la musa 
de su desleal amigo Bartolomé Leonardo de Argensola: 

• 

Y sé que sin remedio se despeña 
El que con libertad dice verdades; 
Que la experiencia claro nos lo enseña. 

¿Por qué no ha de pintarse así el carácter de Cervantes, si así fué y así 
nos lo confiesa él mismo en sus escritos? 

I Cuánto más interesante y literario es ahondar en su alma y agitar 
siquiera un momento sus dormidas aguas, para descubrir á la luz crí- 
tica de la historia su color y cambiantes ! ¡ Cuánto más importan estas 
cosas, que son las que luego nos declaran sus libros limpia y llana- 
mente, que ejecutar cómicos equilibres y esfuerzos inauditos, que sue- 
len tocar en lo ridículo, atribuyéndole una omnisciente sabiduría que 
le hubiera pesado sobremanera, á conocer este propósito de sus falsos 
y equivocados admiradores! 

Pero tampoco es menos cierto que si, á raíz de salido el Coloquio, 
hubo personas que acaso le tacharan de murmurador y escandaloso, 
pudo, en cambio, Cervantes decir en propia defensa aquellas otras 
palabras de Cristóbal de Villalón: «Maldegir llamáis degir las verdades 
y el bien de la República; si eso es maldezir, yo digo que soy el más 
maldiciente hombre del mundo». *' 

Nadie mejor acertó á juzgarlo que el mismo Pinciano, al definir el 
Apólogo como un «poema común, el qual debajo de narración fabu- 
losa enseña una pura verdad, como se ve en las fábulas de Esopo»; de 
manera que «las fábulas apologéticas son unas burlas muy veras». ** 



*' Viaje de Turquía; colloquio VII, op. cit.; p. 99. 
*^ Philosophia antigva poética, op. cit.; pp. 506-507. 



— 1 1 1 — 



«•¡Unas burlas muy veras /» |Excelente y justísimo retrato del Co- 
loquio ! Porque la verdad resplandece por entero en sus páginas todas 
y en sus episodios, á través de sus burlas, 6 enmedio de sus quejas; 
como tocará el lector al tratar de las fuentes particulares de cada uno, 
y más menuda y reposadamente en el Comentario con que mis po- 
bres fuerzas han aspirado á ilustrarle, por vez primera. 



V 



< Para provocar á virtudes y refrenar vi- 
cios , muchos escribieron por diversas ma- 
neras: unos en prosa, ordenadamente; otros 
por vía de Diálogo; otros en metros pro- 
verbiales ; y algunos poetas haciendo co- 
medias y cantares rústicos ; y en otras for- 
mas , según cada uno de los escritores tuvo 
habilidad para escribir. > 

(Hernando del Pulgar: Glosa á las 
Coplas de Mingo Rez'ttlgo.) 



Cuando la suelta lengua del avisado Berganza comienza, á las pocas 
páginas de rota su plática con Cipión, á relatarnos su vida, andanzas y 
desventuras, diríase que descorriéndose por arte de magia una tupida 
cortina, asistimos á la representación de un cuadro vivo, de un inmenso 
panorama que abre ante nuestra vista la de la España del tiempo de la 
Invencible; y al notar que sus figuras no son de cera y paramento, sino 
que al calor de la movida palabra del elocuente perro comienzan á mo- 
verse y á bullir, desfilando palpitantes y gallardas ante nuestros ojos 
asombrados, por curiosa adivinación y barrunto de ñituros inventos, 
creeríamos desarrollarse un capacísimo y abierto cinematógrafo, que 
abarcara todos los movimientos, todos los órdenes, toda la fecunda y 
riquísima vida social de entonces. 

Y como el locuaz muchacho que acompaña al truhán titerero Mae- 
se Pedro, en el Quijote., va mostrando con su vara las escenas y per- 
sonajes del retablo de Melisendra, cinematógrafo de entonces, el co- 
lector de una obra como el Coloquio de los Perros, retablo portentoso 
creado por la ardiente inventiva cervantina, debe colocarse frontero á 
sus episodios, y señalar también, lo mejor que pudiere, su origen, fuen- 

8 



— 114 — 



tes y procedencia, sin meterse en contrapuntos que se quiebren de so- 
tiles, y con aquella llaneza, enemiga del encumbramiento, que á su 
trujimán 6 intérprete pedía el gran tunante de Ginesillo. 



Para marcar las fuentes generales del Coloquio, desde que Berganza 
ve la luz primera de su vida en el -Matadero sevillano, hasta que pone 
sus dientes al servicio del bribón del alguacil , amigo de la Colindres, 
menester sería tirar la pluma y esgrimir el buril que lograse grabar en 
estas páginas el sol, el ambiente y las campiñas sevillanas, donde real- 
mente debieron de ocurrir casi todos los episodios que tan portento- 
samente en él se narran. 

En efecto, todos los recuerdos de Sevilla que, durante los muchos 
aí^os que llevó de asistencia en ella para ganar el pan de su pobreza, 
se alojaron en la memoria de Cervantes, sirvieron para componer esta 
parte del Coloquio, donde con tan sin igual maestría se mezclan y en- 
trelazan todos: los alegres y tranquilos que evocan los claustros del 
Estudio de los Jesuítas, los míseros y amargos de la vida en casa del 
mercader, los sombríos y venales que en las infamias de los pastores 
refrescan sus años de comisario subalterno de los proveedores genera- 
les de las galeras. 

Era, sin duda, Sevilla, como dice Agustín de Rojas, 

... ciudad divina y santa , 
Que á las del mundo adelanta 
En valor, trato y nobleza; ' 

pero también las aventajaba en escándalos, cohechos y picardías. Bra- 
vísima pintura, de portentosa realidad y crudeza, es la trazada por 
Berganza del Matadero sevillano ; en mi comentario comprobará el lec- 
tor (si no fuere casi pecado poner comentario á lo que solamente ad- 
mite muda admiración y asombro) cómo no olvidó Cervantes ni uno 
solo dejos rasgos de aquel arsenal de vicios y rapiñas, en que se es- 
trellaban las energías y la rigidez de los más templados Asistentes, y 
que en pleno reino de Andalucía era para los hombres discretos lugar 



1 El Viaje Entretenido , op. cit., f." 6. 



— lis- 
tan inexpugnable y horro como lo fueran Argel y La (joleta. Bien hizo 
Berganza, después de descubrirnos el cáncer de ladronicio que le co- 
rroía, en poner pies en polvorosa, dejando por ingobernable y precito 
aquel cantón independiente, para buscar en la apacibilidad de los cam- 
pos, frescura de los prados y vida pastoril y ganadera algo de la vir- 
tud y buen gobierno que por entero faltaba en la populosa ciudad del 
Betis. Y es pasaje valiente, lleno de honda intención y profundo natu- 
ralismo, aquel en que , puesto al cuidado del rebaño , nos describe su 
vida, sin los bucolismos de La Calatea: trocando el rabel por las te- 
juelas, los zaragüelles de delgado lienzo por el paño burdo y grosero, y 
olvidando sus juegos de novela, como la lucha., la chueca ó la corrida 
del bollo., ^ por el remendar de sus abarcas ó espulgar de sus carnes, 
tosquedad y rudeza veracísimas, que parecían puestas para reirse de los 
libros en que también se hablaba de la vida pastoril, pero falsa y afec- 
tadamente, con el engaño de las Dianas ó Filidas y las idealizaciones 
teóricas de los tratados. 

Y no solamente le sirvió este episodio para poner en paralelo unas 
y otras vidas (que á ser esto sólo quizá se hubiera excusado de decirlo) , 
sino también para dar salida una vez más á aquella intención satírica 
que veladamente palpitaba bajo sus páginas. 

No sé por qué (y acaso alguien, con el tiempo, lo demuestre cum- 
plidamente) paréeeme vislumbrar en aquellos tres pastores que salen 
al encuentro de Berganza, cuando se acoge á su hato, á tres pastores 
también, á quienes sirvió durante muchos años: á Antonio de Guevara, 
á Pedro de Isunza, y al Licenciado Valdivia, y con ellos, más bien, á 
la tropa menor de sus ayudantes y criados: Benito de Mena, Diego de 
Ruy Sáyez ú otros, que á su costa y cuidado tenían asimismo el del 



^ Vid. Los colloqtiios satíricos., con un colloquio pastoril y gracioso al cabo 
dellos hechos por PítiToaio de Torqhbmada : Mondoñedo, Agustín de Paz, 1553; 8.° 

Cito por la reproducción de la Nueva Biblioteca de Autores Españoles, 
tomo VIL (Vid. Colloquio VIII, p. 550.) Todos los novelistas pastoriles incurrie- 
ron en semejantes falsedades. Vid., por ejemplo, Luis Gálvez de Montalvo: El 
Pastor de Filida: Parte Segunda; ó las Tragedias de amor, de gvstoso y apacible 

entretenimiento, de historias , fabvlas , enredadas marañas compvesto por 

el Licenciado Juan Arze Solorzeno. — Madrid, Juan de la Cuesta, año mdcvii 
Es libro en que se rastrean influencias de la primera parte del Quijote. 



— ii6 — 

rebaño del Rey en aquellas regiones andaluzas; y cuando Berganza co- 
mienza á relatar las ruindades de sus amos que, aparentando la entrada 
del lobo en el redil, mataban las ovejas, y haciendo saber la fingida 
presa á su amo, dábanle el pellejo y parte de la carne, y comíanse ellos 
lo más y lo mejor, paréceme recordar que también en aquellas comi- 
siones que los proveedores de las flotas desempeñaban cometieron ó 
dejaron cometer grandes infamias y atroces delitos; que también los 
barcos parecían salir cargados de trigo 6 bastimentos de las costas espa- 
ñolas, para abastecer la armada, y ni llegaban á ella ni volvían al puerto 
de péulida: hacíase correr entonces la voz de haber sido apresados por 
los turcos 6 corsarios, cuando sus verdugos eran los mismos capitanes 
que, de acuerdo con los oficiales de las provisiones, vendían las car- 
gas de trigo ó de bizcocho por lo callado, y realizada su granjeria, hun- 
dían ó entregaban el barco, excusándose de dar cuenta de él con la 
fingida presa. 

Razón llevaba Cervantes para decir con intencionadísima frase, en 
que vibraba la acusación, «que los pastores eran los lobos, y que des- 
pedazaban el ganado los mismos que le habían de guardar.» No fué su 
pluma, no, la única que por. entonces cubrió con la parábola su santa 
indignación y celo; en la memoria de todos estaba también, y no podía, 
seguramente, faltar de la suya, como inspiradora, al componer este epi- 
sodio, la de aquellas famosas y vigorosísimas Coplas de Mingo Revulgo., 
tan populares, en que bajo la misma alegoría pastoril y campestre 
se denunciaba valientemente la corrupción política de un infeliz rei- 
nado: 

¡Oh, mate mala ponzoña 
A pastor de tal manera. 
Que tiene cuerno con miera 
Y no les unta la roña 1 



La soldada que le damos, 

Y aun el pan de los mastines, 
Cómeselo con ruines. 

¡ Guay de nos , que lo pagamos ! 

Vee los lobos entrar, 

Y los ganados balar, 



— 117 — 

Él risadas en oillo, 

Ni por esto el caramillo 

Nunca deja de tocar. ' 

También Arias Montano denunció á los leones que entraban á la 
parte del interés vedado y culpable con una infinidad de lobos y raposas 
y otras salvaginas cazando, y pescando por el mar; * también años más 
tarde, temblando su mano de ira, se había de acordar Quevedo de 
aquellas ovejas que se rebelaron contra sus pastores «porque se las 
comían una á una, para trasquilarlas, desollarlas, matarlas y venderlas 
todas juntas de una vez; y que pues los lobos, cuando mucho, se en- 
gullían una, ú dos, ú diez, ú veinte, pretendían que los lobos las guar- 
dasen de los pastores, y no los pastores de los lobos; que juzgaban 
más piadosa la hambre de sus enemigos que la codicia de sus mayo- 
rales». 5 

No era tan sajante y dura la cuchilla cervantina como la quevedesca, 
y por eso excusóse de hacer hablar más en este punto á los dos canes, 
para que no pareciesen predicadores, como si su sermón no hubiera sido 
harto elocuente, y no se transparentase su intención censoria á través de 
los amenos prados, espaciosas selvas, arroyos claros y cristalinas fuen- 
tes donde puso el ficticio teatro de aquellas piraterías y traiciones. 

Que Cervantes estudió en Sevilla en sus mocedades lo ha demostrado 
á toda satisfacción su gran biógrafo hispalense, Rodríguez Marín, ^ cro- 



* No es menester señalar aquí las numerosísimas ediciones hechas de las fa- 
mosas Coplas en los siglos xv, xvi, y hasta en el mismo xvii, ora sueltas, bien 
unidas á las de Jorge Manrique, ó á los Proverbios del Marqués de Santillana. 
(Vid. Salva: Catálogo, niims. 805 á 808 y 2.095 «^ 2-098.) Delante de mis ojos ten- 
go ahora una muy rara, coetánea de Cervantes, y muy á propósito, por su tamaño 
estrecho y alargado, para llevarse en las faltriqueras yendo de camino, como 
tantas veces nuestro autor iría: la edición de Madrid, Luis Sánchez, 1598, con 
la glosa de Hernando del Pulgar. 

* En una hermosa carta inédita, que dejó de serlo al publicarla Rodríguez 
Marín, dirigida á la majestad de Felipe II. — (El Loaysa de lEl Celoso Extre- 
meñot, op. cit., 146-147.) 

^ La hora de todos y la fortuna con seso. § xl. 

' Rodríguez Marín; Cervatttes estudió en Sevilla {1564-1565). — Sevilla, 
Diaz, 1905. 



— ii8 — 

nista de todos sus hechos andaluces, y el lector, al tropezarse en el Co- 
loquio con la descripción del Estudio de la Compañía de Jesús, lo ha 
de tener por patente é innegable. 

De dos órdenes religiosas habló expresamente Cervantes en sus 
obras, y de ambas á dos dejó correr pródigas y calurosas las alaban- 
zas: de los Trinitarios y de los Jesuítas; y era que con entrambas 
tenía dos antiguas deudas que, á fuer de buen nacido, pagó su hidalgo 
corazón agradecidamente. A una y otra era deudor, en efecto, de dos 
grandes bienes, de dbs excelsas prendas, que nada hay en el mundo 
que valga lo que ellas, ni que las sustituya: la libertad y la verdad. Gra- 
cias á los Trinitarios, pudo salir de las mazmorras argelinas, cuando 
parecían apretarse sus cadenas para siempre; y á la Compañía de Jesús 
debía también aquella otra libertad del espíritu, mil veces más hermo- 
sa que la del cuerpo, pues con su enseñanza se abrieron y formaron 
para las letras españolas aquellas nobilísimas facultades que tan pródi- 
gamente derramó Dios en su alma. La memoria de su recobrada liber- 
tad le infundirá en El Trato de Argel \oc\ic\onQS grandiosas y eleva- 
das, porque es condición grande y elevada también; el recuerdo de 
sus estudios de mozo, agradecimiento, pero humilde, afectuoso y ani- 
ñado. 

Nada hay en la vida, con ser tantos sus embates y haber sido la cer- 
vantina copiosa en azares y desventurada, que desenoje más el comba- 
tido ánimo y lo llene de apacibilidad y frescura que la memoria de los 
años primeros, en que la risa no tiene tasa, ni la alegría se compra, ni 
se ahorra el buen humor. La pluma cervantina corre con amor y gus- 
to describiendo con sencillez ingenua aquella bendita vida estudiantil, 
que sin la sarna y la hambre no tendría pareja en las vidas; y uno á uno 
salen los pormenores y sucesos alegres, alegres, desenfadados é inocen- 
tes, como salieron en Mateo Alemán al evocar su vida universitaria en 
Alcalá de Henares, y en Quevedo sus cómicos ayunos en el hospe- 
daje del Dómine Cabra, tan fluidos y espontáneos, que no hay que 
pedir invención ni fantasía en ellos; que nadie cuenta haber dado en- 
salada á un perro, y nueces y avellanas, si no se las ha visto comer, y 
jugado con él, tirándole los bonetes, y empeñando los Antonios para 
mantener sus burlas. Pasaje hermoso es éste; el más feliz y dichoso de 
la vida de Berganza, como también lo fué de la de Cervantes, que res- 
pira amor y agradecimiento; tan lejanos de las antipáticas censuras que 



— 119 — 

de la misma vida estudiantil hacía Suárez de Figueroa, ' cuyo corazón 
agrio, seco y maldiciente era incapaz de gustar el gratísimo reposo 
espiritual que aquellos arios regalan; parada bienhechora en que toma- 
mos aliento para subir las empinadas cuestas de la vida, que tras ella 
nos acechan. 

Sí; Cervantes estudió en Sevilla, y Sevilla fué para él acreedora de 
aquellos momentos felices que en el Estudio de la Compañía halló el 
mozo alcalaíno; semejaban la gota de miel que se pone en la boca para 
que el paladar no sienta las amarguras del acíbar I Porque ¡cuántas le 
quedaban por gustar bajo aquel purísimo cielo! 

Él mismo las traslada á Berganza al atraillarle tras de la puerta de 
la casa del mercader, su amo, figura en la cual no quiso emplear los 
colores de su paleta, quizá por carecer entonces, como sobradamente 
conocida, del interés que hoy tiene para nosotros. Hoy que paseamos, 
gracias á su mágico evocador Rodríguez Marín, las calles y encrucija- 
das de la clásica Sevilla, auténtico, escenario de Rinconete y del Colo- 
quio, hemos de deplorar la pereza cervantina, que no desarrolló el cua- 
dro de aquellas G^raifai' sevillanas, tan llenas de* opulencia, riqueza y 
poderío. Tanto, que á los mismos contemporáneos admiraba, «cpn no 
solerme espantar — dice uno de ellos — cosas comunes y vulgares». * 

Días eran aquéllos de prosperidad y gloria, en que el comercio de 
Sevilla se hacía envidiar de los más ricos del mundo, ya que con todas 



' Plaza universal de todas ciencias y artes — Madrid , Luis Sánchez , 1 6 1 5. 

in 4.°, í.° 321 y vto. 

La fortuna se encargó de agriar aún más con sus disfavores el carácter seco 
y ceñudo del famoso doctor. No le acompañó la suerte, ciertamente, en sus em- 
presas, y de ordinario halló cerradas las puertas á que acudía. Dígalo, por ejem- 
plo, este desconocido dato para su biografía que entresaco de la selva de noti- 
cias que acotan las Actas de las Cortes de Castilla. 

«i.° de Julio de 1615. Vióse una petición del doctor Cristóbal Suárez de Fi- 
gueroa: suplica al reino le ayude y haga merced para ayuda á imprimir un libro 
que ha hecho y dirigido al reino. Y tratado de ello, se acordó por mayor parte 
qtie no se le dé cosa alguna, t — (Cortes de Madrid de lóij; , xxviii, 527.) 

Acaso fuera este libro la Plaza ^tniversal de todas ciencias y artes, que salió 
aquel año (1615) en Madrid. Para El Passagero es temprana la fecha. 

* Svmma de tratos y contratos, compvesta por el muy Reverendo Padre Fray 

Thomas de Mercado, de la orden de los Predicadores — Sevilla, Fernando 

Díaz, MDLXxxvu; in 4.°, i.° 165 vto. 



— 120 



SUS partes tenían correspondencia y crédito aquellos mercaderes: desde 
Flandes y Hamburgo hasta las Indias; siendo cargo tan universal y 
grande, «que es necesario juyzio y gran entendimiento — añade el mis- 
mo testimonio — para ejercitarlo y aun para considerarlo». " Y así se 
levantaban sus fortunas con rapidez pasmosa , 6 se hundían también 
con pavoroso estruendo; que en las lonas de las naves que de América 
venían soplaba unas veces la ventura y otras la desgracia. Mas ,iqué le 
daba de esto á Cervantes? Él nunca acertó á mezclarse por su gusto 

En cosas de agibílibus rateras, 

y así, despreció la figura del mercader; que otros tipos más novelables 
y bizarros le aguardaban. 

Cuentan los cronistas sevillanos que el célebre loco D. Amaro, su- 
biéndose en una ocasión á su callejero pulpito, disparó el áiguiente 
sermón « á los escribanos cuyos oficios están en la plaza de San Fran- 
cisco: » Quiso el demonio temptar al Redemptor de las almas, mi que- 
rido Jesús: llevóle á lo alto de un monte: desde allí le enseñó el río, el 
Alcázar, el mar, la huerta del Rey, el Paraíso, San Bernardo, calle Tin- 
tures, y todas las ciudades y reinos del mundo con las riquezas que 

en él hay, y como si todo fijera suyo, se lo ofreció si lo adoraba Y 

Jesu Xpto., que sabía más que el diablo, le dijo: «¿Todo cuanto veo 
»me das si te adoro? — Sí, señor — le respondió él — ; todo te lo daré. 
» — Ea, pues — le dijo Xpo — ; dame /aplaza de San Francisco con todos 
■» sus escribanos. II Hallóse cogido el maldito y respondió: «todo te lo 
»daré; pero la dehesa de los gatos, no puede ser; que es patrimonio y 
«mayorazgo mío y no lo puedo enajenar»; con que se acabó el con- 
cierto». 1" ' 

En el sabroso é intencionado chistecillo del loco sevillano se encie- 



* Svmma de tratos y contratos, compvesta por el muy Reverendo Padre Fray 

Tilomas de Mercado, de la orden de los Predicadores ; loe. cit. Valentísima es 

la descripción que hace Mercado en estos folios (165 y 166) del tráfico y cam- 
bios de Sevilla. 

'" Sermones del celebre loco del Hospital de inocentes de San Cosme y San Da- 
mián (vulgo Casa de San Marcos) de la ciudad de Sevilla, llamado Don Amaro.— 
Sevilla, Geofrin, 1869. (Bibliófilos Andaluces, pp. 5 y 6.) 



rra donosamente la negra opinión que de los escribanos sustentaba la 
sociedad toda de entonces, desde las Cortes, que decían que «ni leyes, 
ni diligencia humana parece bastante contra este género de gente», ^^ 
hasta los escritores, que, entre burlas y veras, los flagelaron en las pá- 
ginas de sus novelas con vengativas frases, punzantes censuras y odio 
mal reprimido, al palpar las maldades, engaños y atropellos que nacían 
de su «hambre canina de dineros». '' 

Dejaría el Coloquio de ser novela castizamente española y fiel retrato 
de nuestra sociedad del tiempo , si no contase entre sus maleantes per- 
sonajes aun alguacil y á un escribano, como representantes valiosísi- 
mos del honrado gremio curialesco. 

Allá, en la plaza de San Francisco, ya repartida en las oficinas y ga- 
binetes de la espaciosa Audiencia de los Grados, ó ya cobijada en sus 
negras covachuelas de los soportales, como las fieras lo están en sus 
guaridas, medraba la abundantísima y canallesca tropa acogida al fa- 
vor de la garnacha: procuradores, escribanos, letrados, papelistas, re- 
latores, alguaciles, porteros de vara, fieles ejecutores y corchetes, co- 
miendo todos á costa de las vidas, honras y haciendas de los desventu- 
rados que caían entre sus afiladas garras de milano. Y ¡qué gentes! Y 
¡qué linaje el suyo! Los mejores habían sido lacayos, cocheros, alba- 
ñiles ó farsantes. ^^ Bastaba que tuvieran los 6oo ú 8oo reales que valía 
e\ fiat, para que, entrando en posesión del oficio de escribano, com- 
prasen á la vez el título vil para lo futuro de sus bellaquerías y ruinda- 
des. De ordinario, los oficios de escribano '* y las varas alguacilescas 



" «pues se están en pie los mismos daños que tantos años ha se han 

procurado estorbar, y tan sin remedio como al principio, y que no bastan leyes 
ni jueces, pues acabados de volver, siendo también sus idas de tarde en tarde, 
se vuelven con mayor furia á desangrar los pobres litigantes para llenar el vacio 
que les dejan los jueces, y persiguiendo á los que testificaron contra ellos, y 
aun les amenazan para que los jueces no averigüen sus maldades.» — Cortes de 
Castilla, 1 588- 1 590. XI, 524-525. 

•2 /iidem,Xll, S30. 

" Cortes de Castilla, 1611-1612. XXVII, 188, y VI, 850. 

'* Tres fueron las clases de escribanos: de número, reales y de provincia ó 
del crimen. Los primeros eran los más considerados y principales de todos 
ellos: llamábaseles de número por tenerlo fijo en cada ciudad; en Sevilla 
eran 2^. — Ante ellos pasaban todos los asuntos y escrituras civiles, pero su 



se daban, 6 á gente pobrísima, 6 á hidalgos que desdeñaban el usar 
de empleo tan desacreditado y bajo, mas que, para no perder su gran- 
jeria, los arrendaban ó vendían á otros más miserables que ellos, y los 
tales, hostigados por las crecidas sumas que se veían obligados á satis- 
facer á los propietarios por sus conciertos, i^ y apretados de la hambre, 
que les había hecho cambiar su título de cristianos por el de alguaci- 
les, valga por caso, salían olfateando como ventores ó sabuesos (por 
algo llamó así la germanía á sus porquerones ó ayudantes) y ¡ay del 
infeliz que asían por el jubón ó por el herreruelo I que con un <■ Favor 
al Rey, téngase á la justicia •> comenzaba el largo calvario del cuitado, 
que prendido, bien prendido entre las péñolas de la escribanía, veía 
con espanto el subir de los folios, i" el menudear las comisiones y em- 
bargos, el montón temeroso de los autos y piezas, chupando poco á 
poco la sangre del presunto reo ó del imprudente litigante, á poder 
del cañón de sus negruzcas y afiladas plumas de ave : que los pleitos y 
causas vivían lo que vivía su caudal, por aquel santo refrán, único ar- 



misma abundancia les imposibilitaba para despacharlos todos , y por eso, entre 
sus dependientes ó papelistas figuraban de ordinario uno ó dos escribanos rea- 
les que redactaban las escrituras , á nombre del de número, y servían de tes- 
tigos de mayor «xcepción. Los escribanos de número nombrábanse por el Con- 
sejo Real. El de los reales era ilimitado: bastaba que por una petición al mismo 
Consejo solicitasen ser examinados para que, hecha la ligerísima prueba, se les 
tuviera por hábiles y suficientes; y como estos nombramientos menudeaban, 
por otorgarse en premio de servicios propios , ó de sus padres ó deudos , vino su 
aumento y la costumbre de arrendar los oficios, de donde seguían las exaccio- 
nes injustas, los pleitos dilatados, los derechos abusivos y las mil tropelías que 
durante tres siglos los hizo tristemente famosos. Los escribanos del crimen en- 
tendían solamente en causas criminales. Compartían con los reales las comisio- 
nes y los excesos. El escribano del Coloquio es un escribano del crimen. 

15 Libros de la Sala de Alcaldes.— LVoro XI, f.° 154. 

1' Hubo escribano que , comisionado para hacer la probanza de un negocio 
judicial en una chancillería, trajo sesenta mil hojas escritas! yerdud es que el 
caso era muy frecuente, ya que, cobrando 200 maravedises de salario por día, 
con sesenta mil hojas había para entretenerse unos cuantos años. (Cortes de 
Castilla, 1592-1598. XV, 465.) Las mañas y habilidades para extremar sus 
actuados y hacerlos eternos son bien conocidas , y no hay novela ó memorial d 
procurador en Cortes en que no aparezcan. ¡Así, 1.500 hojas eran un pleitecillo 
de nada ! 



— 123 — 

tículo que acataba la ley de enjuiciamiento de entonces , como la de 

ahora: <¡ Bulla moneda, y dure el pleito lo que durare h |Lo que durare! 
¡Veinte, cuarenta, ochenta años! i' ¿Qué extraño era, pues, que, sen- 
tenciado uno, se encendieran luminarias, se disparasen cohetes y es- 
tallara el júbilo de los consumidos pleiteantes en manifestaciones es- 
truendosas? 18 

Así se cobró aquel santo temor y odio pavoroso, que perdura hoy 
(muy razonadamente), á todo lo que trasciende á nombre de justicia, 
nombre hermoso y divino, pero envilecido y afeado por los pecados 
de los hombres. , 

Cervantes , que por azares de familia ó necesidades procesales de su 
oficio, tanto se rozó con alguaciles y escribanos, más singularmente 
con los últimos, túvoles siempre tan poco amor y estima, que no hay 
obra suya en que no dispare sus tiros á estos cuervos y pajarracos; sin 
que, en su espíritu cristiano y religioso, llegara á perdonar aun á los 
mismos miembros de la curia eclesiástica, que sale tan mal tratada como 
la secular, i^ Y quizá fué uno de los más sangrientos y crueles aquel 
párrafo del Coloquio, en que, recubierta la disciplina con algodones, 
citó uno por uno, con pintura escueta y á palo seco, todos los desma- 
nes y picardías de la canalla curialesca sevillana, que paseaba oronda 
sus calles con la autoridad de su vara; con tan profunda intención, que 
ni el mismo Quevedo, en los infinitos pasajes de sus obras satírico- 
morales en que los sacó á la vergüenza, acertó á decir de ellos tanto y 
tan substancioso. Recubierta, eso sí, la disciplina con algodones, re- 



•' Los pleitos eclesiásticos, sobre todo, tenían fama de eternos. Vid. Un 
Memorial del doctor Cardán de Tallada, en que dice: «Yo he visto durar por 
lo eclesiástico un pleito sesenta y s,eite:nX.aaños\T ^Al Poteniissimo y sabio \ Phi- 
lipo Magno Tercero Rey de \ España, y del Nuevo Mundo, vnico protector de la 
Fe \ y de la sarita sede apostólica romana. 

Comienza: «Señor: Este discvrso, en razón de estado» 

Acaba: « y lo dizen los mesmos en los propios lugares.» 

Nueve hojas en folio. — S. 1. n. a.. (1607) Bib. Nac, V-250, n.° 32. -Es un ar- 
bitrio que tiraba á que no hubiera tanto número de pleitos y de crímenes. 

1* PiNHEiRo: Cervantes e?i Valladolid , op. cit., pp. 130-13 1. 

" En El Rufián viudo, en La Elección de los Alcaldes de Daganzo, en El 
Licenciado Vidriera y más especialmente en Persiles y Segismundo : libro III, 
caps. IV- VIII, y libro IV, caps. V y VI. 



— 124 — 

pito, y velando su acusación equívocamente en los aterciopelados tér- 
minos de una aparente defensa. «Quiero callar — acaso se diría, con 
Mateo Alemán — que soy hombre y estoy castigado de sus falsedades, 
y no sé si volveré á sus manos, y tomen venganza de mí muy á sus 
anchos, pues no hay quien les vaya á la mano». *<> 

No lo había, en efecto, y aquellos alguaciles y escribanos, que tan 
in ptirihus salieron en el Coloquio, repitieron por España toda sus proer 
zas, y sin acudir á los alguaciles comisionados (que estos en insolen- 
cias y atropellos superaban á todos, ¡que era decir bastante 1), en Ma- 
drid estaban, por ejemplo, para no sacar mentirosos á sus cofrades de 
Sevilla, los alguaciles de corte y los escribanos del crimen, contra 
quienes se declaraba impotente la Sala de Alcaldes en pleno, con sus 
autos, libros, acuerdos y consultas. *' Hermanos á toda ley de los se- 
villanos, su oficio traducíase en andarse á todas horas por los bodego- 
nes y tabernas, ^^ comiendo, bebiendo y triunfando á costa de los po- 
bres dueños atemorizados, á quienes sacaban dineros, además, con 
los mil lindos tapujos que tenía el cohecho: *^ niñería, presente, regalo, 



» Guzmdn de Alfarache.— V&rtK\\,\\h. I, ci\^.Nm. 

" Si aprovechara los numerosísimos autos que copiados tengo de los Libros 
de la Sala de Alcaldes, sobre los alguaciles de corte y escribanos clel crimen, 
haría interminable este capítulo. Tantos son y tan substanciosos los acuerdos y 
noticias que atesoran. Otro tanto digo de los Capítulos de Cortes y Memoriales 
presentados á ellas por ios particulares ó procuradores; de la literatura judicial, 
que tengo repasada casi toda, con ser muy abundante; de los pasajes de nues- 
tras novelas , teatro y poesías ; testimonios de los moralistas y políticos, etc. Toda 
esta materia acopiada teníala destinada para un capítulo, en que se hiciese estu- 
dio particular de la vida curialesca en aquellos tiempos. En obsequio á la bre- 
vedad , esperaré otra ocasión propicia en que pueda darla á conocer! limitán- 
dome ahora á entresacar algo de mi depósito, para que el lector pueda juzgar 
ex pede Herculem. 

^ Auto de 18 de Marzo de 161 3, mandando á los alguaciles y oficiales del 

crimen que «ni entren en las tabernas ni coman ni beban en ellas de ninguna 

forma ni manera». (Libro V, f.° 491.) 

2' Por Auto de 25 de Septiembre de 1608, los alcaldes mandaron « que todos 
los trat.es en cosas de comer, tauerneros, bodegoneros y mesoneros, dentro de 
seys dias declaren y manifiesten las cantidades de mrs. que les deuen quales- 
quier alguaciles desta corte y oficiales del crimen , para cfeto de hacérselos pa- 
gar y de aquí adelante no presten por si ni por ynterpositas personas ningún.' 



— I2S — 

paf^a, limosna, préstamo, restitución y nonada; nunca su nombre propio 
y escandaloso. ^^ Y si, por acaso, hartos y cansados de sus abusos, se 
resistían á sus eternas francachelas y testines, tretas bastantes tenían 
en su holgadísimo reportorio para hacerles pasar de nuevo por el aro 
de sus tiranías. ^6 

A la postre los alcaldes tuvieron que prohibirles la entrada, bajo 
ningún pretexto, en las casas de comer y en los figones; mas ¿qué 
les daba á ellos? Ancho era el imperio donde alcanzaba el de su vara, 
y lo que en los bodegones no conseguían, hurtábanlo con exceso en 
las carnicerías, mataderos y casas non sancías, amén de las de juego 6 



cantidades de mrs. á los dchos. alguaciles y oficiales del crimen, en poca ni en 
mucha cantidad » — Libros de la Sala. Libro IV, f." 356. 

^ QüEVEDO : El Entremetido, la dueña y el soplón. 

^ Una de las más típicas, que prueba su desvergüenza: cuando se enemista- 
ban con un tabernero, so color que medía mal el vino acechaban en la esquina 
de su casa á los que salían de ella con el vino comprado; topábanse con los al- 
guaciles puestos á su caza, y bien ellos, bien sus criados, ó los mismos compra- 
dores, dábanse maña para beberse buena parte; y entonces, entrando en la ta- 
berna con aire triunfante, acusaban al infeliz vendedor de la falta, para llover 
en seguida las condenaciones y multas. Denunciáronlo las víctimas, y tanta era 
su razón, que los alcaldes, por auto de 21 de Abril de 1587, ordenaron á los 
alguaciles qjie «no hjcieran las denimcias de faltas de vino si no fuere encontin.'e 
como se mide dentro de las tavernas, ó á la puerta, y no deviendo salir della.» — 
Libros de la Sala, I, ff. 208 y 219. — El abuso, no obstante, se siguió repitiendo. — 
Vid. Ibidem, auto de 13 de Enero de 1620, libro X, ff. 18 y 20. 

El Consejo ordenó, en 31 de Enero de 161 7, que las visitas que hubieren de 
hacer los alcaldes á los figones y casas de comer « las agan por sus personas los 
dhos. alcaldes y no las agan los dhos. alguaciles , y ellos y los escriuanos no en- 
tren en las dhas. cassas so color de que las ban á uissitar, ni en otra manera al- 
guna, si no fuese aconpañando á los dhos. sres., y los dichos alguaciles y escri- 
uanos, no rresziuan de los dhos. figones cosa alguna de las que se les permite 
hender sn su^^cassas , sin pagarla primero á los precios y postura que les fuere 

hecha por la sala, ni la tomen al fiado ni deuaxo de prendas » — Libros de la 

Sala, libro VII , f.° 606. 

Por auto de 26 de Febrero de 16 19, los alcaldes mandaron «que ningún al- 
guacil desta corte, de aqui adelante,' pueda vesitar ni hesiten Casas de posadas, 
tauernas ni bodegones, ni otras ningunas de ningún trato, si no fuere con scriu." 
y officiales de los nombrados y jurados en la sala, aunque digan ban acer exe- 
cuciones y otros autos ciuiles». — Ibidem, libro XII, f.° 316. 



— IZÓ — 

tablaje que regentaban por su cuenta, para sacar muchas veces el ba- 
rato á la sombra del severo gesto de Themis. ^* 

Y en el entretanto, alguaciles y escribanos crecían y crecían sin me- 
dida, ^' como se acrecienta la manada de lobos al olor de la presa se- 
gura é indefensa; y no valía que las ciudades clamasen una y mil ve- 
ces contra aquel aumento; '* no valía que el Reino se levantase airado 
«contra los grandes excesos y maldades que en todos los lugares destos 
Reynos hazen los escriuanos, que son en tanto grado y de manera que 
no se pueden sufrir»; '* el desenfrenado robo, al abrigo de las varas 
y con las plumas escribaniles, seg[uía y siguió aniquilando á los po- 
bres, caídos y desamparados. Todo era inútil: ni el celo del Rey Pru- 
dente, que miró siempre la justicia como la más excelsa virtud de su 
gobierno, ^' ni el rigor sano de la Sala de Alcaldes, modelo de inco- 



*6 Por ejemplo, el alguacil Camargo, á quien por auto de 22 de Noviembre 
de 1617 le manda la Sala «no tenga en su casa juego ni de naypes, ni de tablas, 
ni otro ningún xuego.» — Ibident, libro VIII, f.° 215. 

En una magnífica consulta de la Sala al Consejo de Cámara, quejándose de 
ellos, llegó á decir « que no solo [no] se an enmedado, pero los excessos y agra- 
uios q hazen son tan grandes (mayormente como el numero ha crecido tanto), 
que ay mas [de] ciento y diez alguaciles y muchos que tienen arendadas las 
baras , siendo prouissimos, que la mayor ocupación de la sala y de los alcaldes 

en particular es reparar los daños y males de los alguaciles de Corte* {Ibi- 

dem, Libro VIII, f.° 45). — ¡El cuento de nunca acabar sería copiarlos todos! Por 
algo era popular aquel chistecillo del malogrado rey D. Sebastián, que relata 
Garibay: «Saliendo el rey D. Sebastián de Portugal, en Lisboa, á la carrera, 
preguntó á dos alguaciles que allí estaban que cómo no corrían ellos. Respon- 
diéronle que ellos no corrían sino tras ladrones. Díjoles el rey: — Pues corred 
uno tras otro.> — (Cuentos de Garibay en las Sales Españolas ó Agudezas del in- 
genio nacional, publicadas por A. Paz y Mélia; op. cit, página 47. — Cientos pa- 
recidos podrían citarse. 

^ Si el curioso quiere ahondar en la cuestión , vea en las Cortes de Castilla, 
tomos X, 384-387; XV, 394-396; XVI, 658-659; XXII, 437; XXIII, 367; etc. 

* En Madrid, en un principio, había cincuenta varas de alguaciles; en 16 19 
habían subido á ciento y siete ; « ellos mismos di^en y se quexan que ay muchos » , 
declaraba el marqués del Valle, presidente del Consejo, en un notabilísimo 
bando, modelo de buen castellano, fechado á 9 de Marzo de 1612. — Vid. Libros 
de la Sala, XI, 154 y 156, y V, 278.) 

29 Cortes de Castilla, tomo XIII , p. 329. 

*> En la proposición que hizo á los procuradores de las Cortes, en las de 



— 127 — 

rruptibilidad y firmeza, lograron impedir que se tuviera por principales 
enemigos de la verdad y de las bolsas á los alguaciles y escribanos; el 
pueblo mismo dejólos por imposibles, y, en su fe religiosa, no pudiendo 
vengarse de mejor manera contra su iniquidad, contentóse con lanzar 
contra ellos la pena de reprobación eterna, diciendo por boca de la co- 
pla popular: 

Primero que suba al cielo 
El alma de un escribano , 
Tintero, papel y pluma , 

Han de bailar el fandango. 

No realizada aún, como se logró pocos años más tarde, la completa 
unidad de razas dentro de la Península, junto álos cristianos viejos, de 
limpia sangre y solar conocido, aunque de sus casas salieran para la 
hampa Rinconete y Cortadillo, Carriazo y Avendaño, con los mil biza- 
rros tipos que pasean su gentileza y picardía por las escenas del Colo- 
quio, veíase también á otros dos linajes de gentes, que, á pesar de con- 
vivir en el patrio suelo, teníanlos sus conterráneos por extraños en un 
todo á ellos mismos, por opuesta su raza, por diferente y bárbara su 
lengua, y faltos singularmente de aquel encendido sello que imprimía 
el verdadero carácter y daba naturaleza de españoles, ya que á su vir- 
tud poderosa obedeció el engrandecimiento extraordinario que levantó 
de gigantesco modo la España de nuestros mayores en aquel memo- 
rable siglo: la comunidad de sentimientos religiosos. 

De un lado, pues, estaban los cristianos viejos : de otro, los gitanos 
y moriscos. 

Y separo desde luego, actuando de familiar del Santo Oficio, uno y 
otro linaje de razas, porque á la novela le alcanzaron también buena 



1592-1598, decía: «su Magestad, cumpliendo con la obligación que tiene ha 

tenido gran cuenta y cuidado con que se administre con la igualdad y rectitud 
que todos sabéis; de manera que en los felices tiempos de su Magestad, ha flo- 
recido y florece esta virtud con tanta perfección cuanto en otros algunos » 

(Tomo XVI, p. 12.) 

¡No he creído nunca en los Discursos de la Corona'. Y eso que los de aquellos 
tiempos eran mucho más sinceros y francos que los modernos, como puede 
comprobarse con la lectura de este mismo que cito. 



— 128 — 

parte de las leg^ítimas preocupaciones de entonces sobre ambos pue- 
blos, y aun, ahondando en los episodios de la cervantina, una es la 
pluma que con tan gallardo é insuperable aliento modela la jifería se- 
villana ó los oficios escribaniles, como manejada por hombre que an- 
duvo entre ellos, y platicó más de una vez con Nicolás el Romo ó con 
el amigo de la Colindres; y otra aquella que, deseosa de completar su 
Cuadro, como si su conciencia artística le empujara á ello, métese por 
la espesura de los bosques ó polvorientas vías de los caminos, para 
tropezarse con los aduares gitanescos , atalayando su vida , costumbres, 
virtudes y fechorías. Y hay que reconocer que si en este punto, como 
en todos, sus portentosas dotes de observador sorprendieron en la rea- 
lidad algún pormenor más que sus contemporáneos, en la agitada é 
irregular gitanería, '^^ á la larga, ni sus juicios son originales, ni sus datos 
nuevos ni peregrinos; y, fuera del valiente realce que le comunicó su 
elocuencia, nada ó casi nada hubiera perdido la historia del pueblo gita- 
no con la desaparición de la pintura que de ellos se hace en el Coloquio. 
Tantos ó más detalles se hallan en los Autos de la Sala de Alcaldes, 
y en las numerosas Pragmáticas, Capítulos de Cortes y Memoriales de 
sus procuradores, intentando atajar sus infinitos males; y hasta en 
otras concepciones novelísticas léense^ con sorpresa parecidas expresio- 
nes y análogos pormenores sobre los gitanos; ^^ como si todos ellos 



" Por ejemplo, al colocar dentro de la gitanesca al poeta de La GUanUla 
y al mismo caballero Andrés, no incurre en lo artificial y lo falso, como algún 
Crítico moderno ha imaginado, sino veladamente confirma un no aclarado dato 
sobre la pretendida pureza de la raza gitana. No eran solamente gitanos los que 
componían los errantes ranchos: había entre ellos cristianos más ó menos bue- 
nos , pero españoles de nación. La pragmática de Toledo de 24 de Marzo de 1 539 
se quejaba de que con ellos había «otros muchos vecinos y naturales destos 
nuestros Reynos y de otras naciones que han tomado su lengua y hábito y ma- 
nera de vivir. — Alonso de Acevedo: Repertorio de todas las pragmáticas y Capí- 
tulos de Corte — Salamanca, Andrea de Portonariis, 1566; f.° 90. 

Otro tanto dice un Memorial aprobado en las Cortes de 1603- 1604 (Cortes de 
Castilla, XXI, 482), y H. de h\xn-d, i^n í,\x Segunda parte del Lazarillo : «pregún- 
tele en el camino si los que estaban alli eran gitanos nacidos en Egipto; respon- 
dióme que maldito el que habia en España, pues que todos eran clérigos, frai- 
les, monjas ó ladrones que habían escapado de las cárceles ó de sus conven- 
tos.» (Cap. XI.) 

»3 Vid. El Donado Hablador. (Parte II, caps. II, III y IV.) 



— 129 — 

hubiesen bebido en una misma fuente, que, por lo descubierta y co- 
nocida , estaba al alcance de todos. 

Dentro de las mismas Novelas ejemplares-, aventaja con mucho para 
el conocimiento íntimo de aquel pueblo La Gitanilla al Coloquio; allí, 
si al parecer, los datos y particularidades son menos, es, en cambio, 
más psicológico é intensivo el estudio del alma de su raza, sacada tan 
vivamente en el discurso del gitano viejo. 

Cervantes, que copiaba de la realidad, pero vista por él, directa- 
mente y no de segunda mano, de oído ni referencias, tenía que flaquear 
sin remedio al tratar un punto novelístico que no había vivido á fon- 
do; una y mil veces habíase tropezado con ranchos de gitanos, pero ó 
pasando de largo (que no era grata ni segura su compañía) , ó acercán- 
dose á ellos cuando mucho en los reales de las ferias, donde si brilla- 
ban sus trampas, desaparecía, en cambio, su color propio y nómada; 
siendo, pues, tan pobre é imperfecta la fuente de su estudio, resintióse 
sobremanera la descripción que de su vida se hace en el Coloquio; y 
así, hubo de llenarla con las mil especies más ó menos verídicas y tri- 
lladas generalidades, que eran pasto común y de común dominio de 
sus contemporáneos ; como sus hurtos de ganados , ventas jle barrcj:.^ 
ñas, independencia de su carácter, cosas, en suma, tan sabidas, que 
en cualquier Memorial dado á las Cortes por aquellos días ^^ pueden 
leerse casi literalmente los conceptos del Coloquio; los mismos que, 
años más tarde, recogíanse en libros especiales, como el del alcalde 
D. Juan de Quiñones, y el del economista Sancho de Moneada. 

Mas con ser el episodio gitanesco , en cuanto al interés histórico, 
una de las páginas más endebles del Coloquio, mejóralo, empero, una 
excelencia: la de que si Cervantes no dijo nada nuevo sobre lo que 
sus contemporáneos sabían y escribieron sobre la raza gitana, ganóles 
por la mano en el modo de contarlo, y en cortas líneas, con sobrio 
castellano y lacónica expresión, dijo á la postre tanto como ellos, sin su 
aparato enojoso y enfático de notas y testimonios, sabiéndose librar 
de aquellas necias y pueriles credulidades que afeaban otros tratados 



^ Vid. los leídos en las Cortes de 1592-1598 y 1607-161 1. Actas de las Cor- 
tes de Castilla. — Tomos XIII, 220-221 , y XXVI, 163-164. 

May grande es, en efecto, la semejanza que guardan con la relación cer- 
vantina. 

9 



— 130 — 

del tiempo, que, no contentos con hacerlos ladrones, adivinos, vagos, 
herejes y encantadores, les achacaban nada menos que el ser antro- 
pófagos 6 grandes comedores de carne humana. ** 

Análogas razones pueden aplicarse al episodio del Coloquio en que 
se toca la candente cuestión de los moriscos. Tanto y tan feliz ha sido 
el desarrollo de la crítica histórica en nuestros días, que ya no es me- 
nester, como en los de Clemencín, redactar largas y preñadas notas, 
historiando las causas de la expulsión, y la acogida que mereció aquel 
extraordinario acontecimiento. Gracias á los celosos y fundamentales 
trabajos de Boronat, Danvila y Lea, el comentarista cervantino puede 
aligerar notablemente esta parte de su estudio, limitándolo á descu- 
brir el manantial donde brotan los datos del Coloquio, y pesando, de 
camino, el juicio de Cervantes sobre la raza morisca. 

Quien, dejándose arrastrar de la trascendencia y elevación que á sus 
más mínimas palabras comunica Cervantes, buscase aquí noticias raras 
6 peregrinos juicios, mucho llevaría adelantado para equivocarse. A la 
verdad, el autor áehColoquio no escribió nada estupendo en este pasaje; 
muy lejos de eso, redújose á acoger y prohijar la opinión manoseadí- 
sima y corriente entonces, que reclamaba la expulsión, repitiendo para 
ello las vulgaridades mismas que sobre su trato y vida se prodigaron 
en arbitrios, memoriales, consultas, tratados y capítulos de Cortes. No 
hay que atribuirle, pues, inspiraciones directas, como ha sospechado 



"* «Y el año passado de 629, dando tormento á quatro gitanos don Martin 
Fajardo, juez que procedía contra ellos en Zaraicejo, confesaron haber muerto 
á un frayle de la orden de San Francisco en el monte de las Gamas, jurisdic- 
ción de la ciudad de Truxillo, y que se lo comieron », y añade: «Un pastor de 
la ciudad de Guadix, yendo perdido por la sierra de Gadol, vio una lumbre, y 
entendiendo que era de pastores, fué hacia ella, y halló una cuadrilla de gita- 
nos que estaban asando la mitad de un hombre y la otra mitad estaba colgada 
de un alcornoque, y quando le vieron le dixeron que se sentase á la lumbre, 
que cenaria con ellos, y decían entre si: Grosso está este; y fingiendo se queria 
echar á dormir se arrojó la sierra abaxo y se escapó de sus manos. En el puerto 
Ohanes , en Sierranevada , mataron también unos gitanos á vn muchacho y se 
lo comieron»! — Al Rey nuestro Señor el Doctor Don Juan de Quiñones, Alcalde 
de su Casa y Corte. Discvrso contra los gitanos. — Con licencia. — En Madrid , por 
Juan González. Año mdcxxxi; in 4.°, ff. 10 y 1 1. 



— I3t — 

un hispanista francés, arrancando este pasaje cervantino de alguna 
obra de tiempo anterior al Coloquio de los Perros. La analogía que Mo- 
rel-Fatio halló entre el Coloquio y cierto memorial del Dr. Gómez Dá- 
vila nada tiene de extraña, toda vez que á semejanza suya podrían se- 
ñalarse otras tan parecidas. ^* 



8* En el Bulletin Hispanigtte (IV année, 1902, p. 64-66) estudiando este Me- 
morial dice Morel-Fatio: « Plusieurs des accusations qu'il porte contre les Moris- 
ques se retrouvent presque á la lettre dans le Coloquio de los Perros, et il serait 
done posible, que Cervantes éut connu le factum du terrible arbitriste » ; y al 
efecto, copia varios párrafos de este Memorial , que guardan , en verdad , mucha 
semejanza con fcl Coloquio.* Pero el buen juicio de M. Morel-Fatio le hacía 
añadir « dont les idees reflétent bien l'opinion de la masse ». — Exacto. Parecidos 
análogos se advierten en otros escritos del tiempo. Ninguno copiaba á ninguno: 
todos reflejaban el común sentir. Así Luque Fajardo se quejaba del crecimiento 
de los moriscos con idénticas razones que Cervantes. {Fiel desengaño contra la 

ociosidad y los juegos Madrid, 1603; í.° 296.) — Aznar Cardona, describiendo su 

vida , incurría en las mismas semejanzas. (Expvlsidn Testificada de los moriscos 
españoles — Huesca, Pedro Cabarte, 161 2; ff. 32 á 39.) 

El Licenciado Cellorigo, en un Memorial escrito contra ellos (8 hojas en folio, 
numeradas, s. 1. n. a., comienza: « Señor: Aunque la calidad de mi estado no sea 



* Boronat, al hacerse cargo del Memorial de D. Gómez Dávila, le concedía suma impor- 
tancia, atribuyéndolo al Marqués de Velada , ayo de la casa de Felipe III. Morel-Fatio 
(loe. cit.) rectifica esta creencia, sosteniendo, á mi juicio con razón, que Ü. Gómez Dávi- 
la no era el noble Marqués, sino un personaje <assez obscur». He buscado con gran dili- 
gencia y por mí mismo en el índice de Varios de la Bib. Nac. el Memorial impreso que 
utilizó Morel-Fatio, y no he podido dar con él. Realmente existe y cítase en el Catálogo Je 
la Biblioteca de Cánovas. (Madrid, 1903; tomo I, 379) Memorial dirigido al Rey Don Fe- 
lipe III sobre la conveniencia de expulsar de España á los moriscos (Impreso, folio), y Me- 
morial para remediar el excesivo precio que tienen todas las cosas en Castilla, y medidas para 
que cese el justo temor que se tenia á los moriscos (Impreso, folio). De D. Gómez Dávila no 
he hallado más que el siguiente escrito, que á la cuenta es el segundo de los citados en el 
desdichadísimo y mendoso Catálogo de Cánovas. 

Imagina \ cion de D. Gómez Dauila, vezino de la ciudad de Toledo, | para remediar el exce- 
siuo precio que ay en Castilla en el | valor de las cosas: y asseguramos en España del jvsto \ 
temor con que nos hazen viuir los nueuos | Christianos de Moros, de que se \ han de leuantar. 
Dada al Excellentissimo Señor Con \ de de Miranda del Consejo de Estado del Rey nuestro 
Señor. A \ quien Dios guarde muchos años y su Presidente de Castilla. 

«Comienza; «Son tantos (Excelentísimo Señor) y tan grandes los autores que tratan » 

Acaba : « ni han de tratar de poner precio en las cosas , que es lo que daña en la vente.» 
10 folios , in fol. , s. 1. n. a., numerados. — Bib. Nac. V. 55-40. — Al tratar de los moriscos 
ofrece también patentes analogías con el texto del Coloquio. (Vid. ff. 7 y 8.) 

Para trabajar el punto bibliográfico suscitado por Morel-Fatio, vid. además P. Pastor: 
Bibliografía Madrileña, núm. 685. 



— «32 — 

Por los tiempos del Coloquio., la' cuestión de los moriscos era el punto 
de gobierno más intrincado y ditícil que embarazaba la buena marcha 
del Reino ; y si hasta entonces , como Cervantes dice , no se había dado 
con el remedio que convenía, no era, ciertamente, por falta de estudio, 
ni por pereza ó abandono. Los Monarcas, las Cortes, el Consejo de Es- 
tado , los Prelados y Concilios provinciales ,• llevaban más de cincuenta 
años dando vueltas al caso y buscando la oportuna salida. Los tiempos 
se hafíían encargado de demostrar la generosa infecundidad de la polí- 
tica en extremo blanda, benigna y compasiva de Felipe II, que por la 
mansedumbre y la paz había pretendido atraerse á los moriscos; y á 
los intentos de doctrinarlos en nuestra religión, condición necesaria 
para conseguir la fusión de las dos réizas, y que nadie serenamente 
podrá tachar de injusta en pleno siglo xvi; ^^ á las concordias conci- 
liadoras de 1 57 1 y 1608; á los edictos de gracia; á la labor vehemen- 
tísima del patriarca Ribera para reducir á los moriscos, «contestaron 
éstos — dice un historiador suyo — insistiendo en su constante conjura, 
buscando en todas partes aliadps contra España, resistiéndose abierta- 



tal», y acaba: tEn Valladolid á i.° de Margo de 1597 años. El Licenciado Cellori- 
go», Biblioteca Nacional, R.- 13.027), repetía substancialmente los conceptos cer- 
vantinos. Y, por no ser más prolijo, en varios Memoriales aprobados en las Cor- 
tes de Castilla, se ven parajes gemelos á los de nuestra novela. No copio nin- 
guno de ellos por innecesario, bastando que apunte estas coincidencias , (jue 
pueden compulsarse en los citados autores. — Vid., además, Cortes de Castilla. 
Cortes de 1588-1590 (XI-542), 1592-1598 (XVI-689-690) y 1602-1604 (XX-420). 

M Prueba donosamente la ineficacia de la blandura y enseñanza con los mo- 
riscos, el siguiente ejemplo de Melchor de Santa Cruz: «Platicando un predica- 
dor con un Morisco decíale que creía que cuando les predicaba, les entraba 
por la vna oreja y les salia por la otra. Respondió el morisco: guala, no salir 
porque no entrar.» — Floresta española de apothegmas ó senteniias, sabia y gra- 
ciosamente dichas, de algunos españoles, colegidas por Melchor de Santa Cruz, 
de Dueñas. Vezino de la ciudad de Toledo (grabado).— £« Brvcellas, en casa de 
Roger Velpius, en I' Águila de oro. Año /5<?<y.— Un vol. in i6.° de iv + 197 pági- 
nas dobles + I blanca y otra de colofón ; í.° 1 74 vto.— Gracioso librillo que bien 



* En el tiempo transcurrido entre la composición y la impresión de este trabajo, se 
ha llevado á cabo tal reimpresión por el celo y buen acuerdo de la naciente y benemérita 
Sociedad de Bibliófilos Madrileños.— Madrid, 1910-1911 ; 2 vols.-en 4.° 



-■ 133 — 

mente á acogerse á los edictos de gracia , auxiliando toda clase de pi- 
raterías, desafiando valerosos los rigores de la Inquisición, prevalién- 
dose de la interesada protección de los señores, dueños de sus lugares, 
insultando á unos y matando á otros, y demostrando con sus hechos 
y su conducta, que eran tan moros como antes, que no querían fun- 
dirse en la sociedad cristiana, y era baldío 6 inútil todo cuanto se hiciese 
para atraerlos á la verdadera fe». ^^ 

Y como la campaña para atraérselos por la paz y la mansedumbre 
había sido tan pública, llevando á ella su palabra y su concurso los 
predicadores, políticos y arbitristas, al palpar su inutilidad, creóse, 
como en natural y lógica reacción, una atmósfera de decidida é impla- 
cable enemiga contra aquella raza proterva, para quien no bastábanlos 
amorosos llamamientos ni de la caridad ni del amor; atmósfera que res- 
piraron sin excepción alguna los escritores todos, novelistas, dramatur- 
gos y poetas, y Cervantes entre ellos, como uno de tantos hijos de su siglo. 

No solamente así se justifica la severidad de sus juicios y la dureza 
extremada de sus epítetos, no atenuadas ni contradichas, aunque otra 
cosa se quiera , en la parte II del Quijote. '* Los moriscos 6 descendien- 
tes de los moros, en apariencia convertidos al cristianismo, mas tan 
falsarios y herejes en el fondo como sus mismos padres, traían además á 
la memoria de Cervantes el recuerdo de los penosos años de su cautive- 
rio, con su triste sucesión de malogradas evasiones, tratos impíos, 
amenazas de muerte, y ferocísimo instinto de los turcos, deudos bien 
cercanos de los moriscos. Evocación terrible para el alma cervantina 
eran los días de Argel, donde se mezclaban mil funestos y sangrientos 
sucesos, desde aquel horrendo suplicio de fray Miguel de Aranda, 
bárbaramente quemado por la chusma enfurecida, con agonía espan- 
tosa, hasta los castigos crueles y mutilaciones salvajes que sus compa- 
ñeros de cautiverio sufrieron del sanguinario arráez Dalí Mamí, amo 
de Cervantes. Hasta la memoria misma del Dr. Juan Blanco de Faz, 
su capital enemigo, morisco de raza, debió deponer más hiél y acíbar 
en su pluma al escribir este episodio. No con afectación ni falso celo. 



" Manuel Danvila y Collado: La Expulsión de los Moriscos Españoles — 

Madrid, F. Fe, 1889; in 4.°, \>.l2^2. 

'** En el Per siles y Sigismunda, libro III, cap. XI, repitió, con apostrofes 
más vivos y elocuentes, los mismos conceptos del Coloquio. 



— 134 — 

sino sincera , espontáneamente. La expulsión no se había efectuado aún, 
y la libertad para pedirla, ó no, era plenísima. Dígase lo que se quie- 
ra, y bien lo va probando hoy la crítica histórica, gozábase entonces 
de cuanta libertad apetecían los arbitristas (no digamos los filósofos, 
historiadores y moralistas, que en éstos, no tocando al dogma, era ex- 
cusado el pedirla) para vagar á su albedrío con sus recursos, necios 6 
discretos. Más intangibles que los moriscos eran el clero y las religio- 
nes, y contra uno y otras dispararon con impune valentía sus querellas el 
mismo Gómez Dávila, Suárez de Figueroa, Martí, Alcázar de Arriaza, 
Sancho de Moneada, Don Gaspar de Críales, nuestros procuradores 
en Cortes, con mil más, sin que la Inquisición refrenara sus plumas, ni 
tuvieran que pagar en las cárceles del reino, ni ante los consejos, su 
independencia hermosa ni sus desenfadadas franquezas de lenguaje. 

Si Cervantes, por tanto, al igual de los demás españoles, compartió 
los sentimientos, prejuicios y opiniones de su raza, no hay que escan- 
dalizarse farisaicamente de que pidiera con ahinco la expulsión de la 
que llamó por boca de Berganza «.morisca canalla*, voces las más vio- 
lentas y airadas de su vocabulario ; forzosamente tenía que odiarlos ; y 
al igual de aquel Francisco Hernández, sargento de la Guardia vieja 
de su Majestad, que muchos años antes había acudido á las Cortes 
dando la voz de alerta, *^ convertir al locuaz perro en prudente políti- 
co, señalando como enemigos de nuestra corona, víboras de su seno, 
á los trescientos mil hijos de Agar que amenazaban multiplicarse más, 
mucho más, que los hijos de Israel. Y en comparación con otros escri- 
tores, suave y benigno fué al tratar de ellos, y piadosos sus juicios 
Junto á los de Aznar Cardona, 'Cellorigo, Verdú y restantes historiado- 
res de su tiempo. *" 



39 í y mire V. S. el gran peligro en que estos Reynos están: porque por 

todas partes estos Reynos están cercados de enemigos, y fuera desto otro gran 
mal , que dentro, en España , hay mas de trescientos mili enemigos , porque en 

el Reyno de Valencia hay mas de ciento y veinte mili moros Si todos estos, 

por nuestros pecados , diesen un estallido, con favor que tuviesen en la mar de 
turcos y moros, y se ayuntasen con otros muy malos vezinos que estos Reynos 
tienen, que también son enemigos, vea V. S. con qué armas nos defenderíamos 
de tantos enemigos.» — Cortes de Castilla. 1586-1588, IX, 28-29. 
*" Vid. la feroz catilinaria que les dedica Aznar Cardona : 
«Estas son las zorrillas devoradoras, las serpientes, los alacranes, los sapos. 



— 135 — 

Nada prueba mejor el odio intenso que llenaba los corazones todos, 
ansiando vivamente su proscripción, que la popularidad extraordinaria, 
alborozo y gritería con que fué acogido aquel deseado decreto ; y entre 
los clamores de las muchedumbres, panegíricos de los predicadores, 
ditirambos de los poetas, epitafios de los latinistas, alabanza de los 
escritores, públicos aplausos con que aquella generación grabó para la 
posteridad su entusiasmo por la medida, se destacará siempre, como 
rasgo conmovedor y nobilísimo, aquella sencilla carta con que el Duque 
de Gandía (uno de los más perjudicados por la expulsión) comunicaba 
al rey Felipe III haber cumplido con su mandato, embarcando por sí 
mismo, y los primeros, más de cinco mil vasallos de sus lugares; y al 
anunciarle que con ello quedaba arruinado, con gesto estoico, digno 
del siglo de Pericles, exclamaba gallardísimamente: «Muy pagado 
quedo de todas estas pérdidas habiendo servido á V. M., que para eso 
estaba fundada mi casa». ^^ |En verdad que si el desinterés es la pie- 
dra de toque del verdadero entusiasmo, muy grande debió de ser el 
que provocó el destierro de los moriscos, cuando los mismos señores 
valencianos, principales perjudicados con el destierro, apresurábanse 
prontamente á ejecutarlo, con hermosa abnegación y valor ejemplarí- 
simol *2 No fué, no, vano alarde poético aquella estrofa con que arran- 



las arañas y las venenosas sabandijas , de cuya ponzoña cruel enfermaban y mo- 
rían muchos. Estos eran los gavilanes salteadores y las aves de rapiña, los 

lobos los cuervos los zánganos » — Op. cit., f.° 63. ¡Piadosa, en verdad, 

era la zooldgita reprensión del buen licenciado teólogo ! Sin embargo, su obra 
es interesantísima, y una de las más completas sobre las costumbres moriscas. 

*• Damvila: Op. cit., p. 301. 

*2 Porque no fué el Duque tan sólo el único noble desprendido. Boronat nos 
ha copiado otros testimonios elocuentísimos, arranques de monarquismo de 
pura ley, de amor desinteresado á la patria, ejemplar para nuestros días. 
«Quisiera tener más vasallos y hazienda para offrescerla á V. M. — exclamaba 
don Juan Vilaragut — , juntamente con mi vida y la de mis hijos, como á dueño 
que es y señor de todo, pues ella y cuanto tengo agora y terne será siempre de 
V. M., como lo ha sido hasta aquí, desseando muchas ocasiones en que poder 
dar muestras de la fineza de amor con que este verdadero fiel vassallo y criado 
haze este pequeño servicio á V. M con perjuicio y menoscabo de toda mi ha- 
zienda y sin embargo desto, quedo muy contento de lo hecho.» — Pascual Bo- 
ronat: Los Moriscos Españoles y su expulsión. — Valencia, Vives y Mora, 1901; 
tomo II, 199 y 200. 

Estos ejemplos me recuerdan un rasgo hidalguísimo de un procurador en 



- 136 - 

caba su canto épico Gaspar de Aguilar en el poema con que celebró 
aquel extraordinario acontecimiento: 

Canto la eterna memorable hazaña 
De la expulsión de la morisca gente 
Por el bravo león que , desde España , 
De África humilla la soberbia frente *' 

Con él á coro y desde el fondo de sus almas agradecidas, también 
la cantaron y celebraron los españoles todos de aquel siglo. 



Cierran la riquísima galería del Coloquio cuatro magistrales cuadros, 
en que resplandece de tal modo la verdad, el realismo y la mano firme 
y decidida que trazó su dibujo, que los comentaristas cervantinos, al 
tocar tan de bulto las figuras, han pretendido señalarles modelos cier- 
tos, haciendo de cada uno retrato singular y exclusivo de sujetos his- 
tóricos de la época. 

A mi ver, yerran en esto, como en casi todas aquellas ocasiones en 
que intentan descifrar las innegables, peco harto obscuras alusiones á 
las cosas y personas de su tiempo, salpicadas en las novelas cervan- 
tinas. 



Cortes, tan valiente, que no resisto á la tentación de copiarlo. Pidiendo el 
Rey á las Cortes de i6i 1-1612 que le permitieran labrar moneda de vellón, y 
resistiéndose á ello algunos procuradores, «Don Diego de Guzman dixo que 
ningún Guzman falta al servicio de S. M. con su sangre y hacienda, y lo que 
ahora manda no es hacienda ni del Reyno ni de ningún particular, y que pues 
lo pudiera hacer sin dispensación, es bien que todos le sirvan, no solo con 
esto, /íro que no quede caldera vieja en España que no se hunda, y que suplica d 

S. M., si fuere bueno, también le haga cuartos, y asi suplica al Reino lo haga» 

¡Por supuesto que el Reino no lo hizo! — Cortes de Castilla, XXVII, 282. 

*• Gaspar de Aguilar: Expulsión de los moros de España — Valencia, Pe- 
dro Patricio Mey, 1610; in 8.° 

Aunque sin la novedad original de otros trabajos suyos, es muy interesante 
obra, y puede consultarse con fruto la de Henry Charles Lea: The Moriscos 0/ 
Spain. Their conversión and expulsión. — London , Bernard Quaritch , 1901; 1 vol. 
in 8.° mayor de xii + 463 páginas. 

Recopílanse en ella las Crónicas de Bleda, Guadalajara, Fonseca Ximénez y 
demás historiadores de la expulsión. 



— 137 — 

Y no porque á su autor le faltasen modelos para escribirlas, pues, 
como todo buen novelista, tuvo que proponérselos y estudiarlos, sino 
porque dudo que, en general, fuesen uno solo y único para cada per- 
sonaje, convirtiendo sus imaginados cuentos en disfrazadas biografías, 
que, con el mudar de un nombre y agregar dos inventadas circunstan- 
cias, podían arriesgarse á pasar por partos del ingenio en aquella socie- 
dad tan curioca, entrometida y pesquisidora. Esto, sin contar que los 
casos que Cervantes descubre á veces no son, en verdad, nada honestos, 
laudables ni honrosísimos, y hubiera sido atrevimiento, y no pequeño, 
lanzar á la estampa y en miles de cuerpos, sin desfigurarla siquiera, la 
vida picaresca de un alférez Campuzano, 6 los risibles disparates y có- 
micas y burlescas insensateces del poeta heroico del Coloquio^ viviendo 
sus pretendidos modelos, y con riesgo de sufrir las naturales venganzas 
de los ofendidos miembros de su linaje. Persuadido estoy de que en el 
segundo no quiso Cervantes satirizar á persona determinada, como 
tampoco lo hizo en aquel otro entremés del poeta cómico (superior, si 
cabe), que sale más arriba; muy lejos de eso, como hecho y muy he- 
cho á codearse y matar su hambre en compañía de las hermandades 
de coplistas que hiperbólicartiente abundaban, fué tomando el lado 
cómico de cada uno de aquellos hermanos en hábitos, privaciones, es- 
caseces y malaventuras (que nadie en este mundo, por muy circuns- 
pecto y grave, se libra de tenerlo), y fundiendo en el crisol de su 
imaginación y su inventiva todos estos tipos y ejemplares, formó final- 
mente uno, acabado y graciosísimo, compendio, remate y suma de 
todos los desatinos, sandeces, desdichas y caricaturas de los poetas 
hambrientos y torpes de ingenio. Hambrientos lo eran todos ó casi 
todos; que por algo había dicho la musa popular: 

Poeta y pobre, que hogaño 
Andan estos nombres juntos; ** 

y en cuanto á su torpeza, ellos no se la creerían, «que no hay poeta 
que no sea arrogante y piense de sí que es el mayor poeta del mun- 
do»; *^ pero la innúmera muchedumbre de los tales, que, poseídos de 



** Romancero General, op. cit, f.° 437 vto. 

*^ El Ingenioso Hidalgo, parte segunda, cap. XVIII, 



- 138 - 

insano furor poético, versificaban por todo, ** inflamando su estro, ó 
cosa así, en los más livianos y corrientes sucesos, forzosamente tuvo 
que producir tantos y tan cómicos modelos, que sobrados debió de 
tener Cervantes , sin necesidad de encariñarse con uno solo, para labrar 
la chistosísima persona del Poeta del Coloquio, felicísimo padre y ante- 
cesor de Mendozilla, Caratulilla, el Sastre de Toledo, el Sayalero de 
Sevilla,*' y deudo cercano del licenciado Gomecillos, famoso autor 
de coplas , sacado graciosamente en El Retablo de las Maravillas. 

Y hasta, apurando los rastros de obras de aquel tiempo, no es costoso 
tropezarse con poetas de carne y hueso que parecen arrancados de la 
vida, para regocijar eternamente las páginas soberanas del Coloquio. 
Al tiempo de escribirse, caía precisamente en Valladolid un desven- 
turado poetastro, hombre « ayuno de todo género de gramática » , se- 
gún él mismo confesaba, y que, ayudado de su «natural ingenio, jun- 
tamente con haber considerado el estilo de algunas otras semejantes 
historias » , había compuesto dos poemas caballerescos , El Ramillete 
Oranés y Espejo de la Nobleza, que nada tendrían que envidiar al fa- 
moso suplemento de La Demanda del Santo Grial. También, como su 
autor, había buscado un señor de titulo á quien dedicar otra obra que 
en su barjuleta llevaba. Sus peregrinaciones por España toda para lo- 
grarlo, sus , instancias y porfías cerca de varios Grandes y personajes, 
y, finalmente, lo estéril de sus trabajos, que le hacen caer enfermo en 



^ Proverbial es la cantidad innumerable de poetas , ó cosa parecida , que se 
acogieron á los favores de Erato, Polimnia y Calíope. «Hay tantos— aseguraba 
el mismo Cervantes — que quitan el sol , y todos piensan que son famosos.» (El 
Retablo de las Maravillas.) Juzgue el incrédulo lector por el siguiente dato de 
Suárez de Figueroa: «Manifiéstase mejor esto en las justas literarias, donde 
apenas tiene el mar tantas arenas, cuantos poetas se descubren. En una que los 
días pasados se publicó en loor de san Antonio de Padua, concurrieron cinco 
mil papeles de varia poesía. De suerte , que habiéndose adornado dos claustros 
y el cuerpo de la iglesia con los más cultos, al parecer, sobraron con que lle- 
nar los de otros cien monasterios.» (El Passagero , op. cit., alivio II, f.° 85.) Un 
capítulo entero podría escribirse con testimonios semejantes. Solamente de 
poetas conocidos y estimables, un autor moderno ha sumado más de 12.000. 

*' De todos estos poetas ramplones, coplistas y proveedores de ciegos, bur- 
láronse donosamente Porras de la Cámara, Suárez de Figueroa (Plaza utiiver- 
sal) , op. cit., f.° 323), Quevedo (El Entremetido , la dueña y el soplón) y cuantos 
escritores manejaron la péñola de risa en aqueUos regocijados tiempos. 



— 139 — 

el reino de Toledo sobre el mes de Mayo de 1604, «y, caminando con- 
valeciente, llegar con no poco trabajo á la Corte, que estaba en Valla- 
dolid » , ** abonan sobradamente cómo Cervantes no escogió un asunto 
fantástico al retratar al infeliz poeta, que, cual otro Diego Suárez Cor- 
vín, buscaba un príncipe generoso, liberal y magnánimo á quien diri- 
gir su poema. Si en los hospitales de entonces se acogían y amparaban 
los peregrinos y pasajeros, faltos de salud ó de ducados, ¿quién sabe si 
aquél acabó también su curación en el famoso vallisoletano, sirviendo 
de inmortal modelo al valentísimo pincel cervantino? 



A sostenerse, como se asegura, que la química moderna tiene por 
padres á los alquimistas, habrá que confesar que la química en España 
mal pudo abrirse paso entre las chanzas y burlas de los escritores y los 
rigores mismos de la Inquisición, justamente merecidos, á decir verdad, 
en la mayoría de los casos. *" Porque asombra el disparate y la barba- 
rie científica que suponían aquellas revesadas fórmulas que, en busca 
de la piedra filosofal , se discurrían , y risa abundante provocan los com- 
plicados y ridículos elementos que la ciencia de la alquimia reclamaba, 
al entender de sus fanáticos cultivadores. 

De las cuatro figuras de visionarios que cierran el Coloquio, es la del 
alquimista la menos caracterizada y viva, y en la que menos también 
cabe asignar modelos ciertos, copias humanas y descubiertas imita- 



os Historia del Maestre último que fue de Mantesa y de su hermano Don Fe- 
lipe de Borja , compuesta por Diego Suárez. — Madrid, Tello, mdccclxxxix, 

Bibliófilos Españoles. — Vid. tomo I, Introducción, pp. xxxix á l, y vid., además, 
su autobiografía, publicada en el Bulletin Hispanique , 1901, pp. 146 á 157, don- 
de repite la relación de su viaje á la Corte: «cai enfermo de dolor de costado 
en la villa de Manzanares, y saliendo de allí con grande flaqueza, conbalecien- 
te allegué á la corte en Valladolid , último de Junio de este año de 1604. » (pá- 
ginas 154-155-) 

*" En el Auto de Logroño (161 o) salió penitenciado un bachiller en cánones, 
«porque haciéndose alquimista y queriendo sacar plata de estaño y otros meta- 
les baxos que juntaba — dice su historiador, el P. Fonseca — , ponia y juntaba 
con ellos, superstición lamentable, pedazos de estolas y albas benditas, olio 
santo, agua bendita é incienso sin bendecir». — Vid. op. cit., en el capítulo si- 
guiente, f.° 40. 



— 140 — 

dones. No faltaron locos y desequilibrados que persiguieran en Es- 
paña la quimera de la piedra filosofal; pero fueron muy pocos junto 
al copioso número de poetas, copleros 6 arbitristas. 

Donde la alquimia, con todos sus no imaginados dislates ó casuales 
adivinaciones de futuros inventos, creó escuelas, fatigó las prensas, 
regentó cátedras, mereció el favor de los príncipes y removió el espí- 
ritu de las muchedumbres, fué en Alemania, Francia é Italia, países en 
los cuales los nombres de Paracelso, Agrícola , Flamel y Juan Bautista 
Porta atraían infinito concurso de discípulos, sin que por eso se vieran 
libres tampoco de hogueras, persecuciones, cárceles y destierros. 

En España, bien porque nuestros mayores fueran tan escasamente 
aficionados á la ciencia experimental, donde la alquimia se fragua, ^o 
bien porque las disputas meramente especulativas alejaran las prácti- 
cas empíricas, ó bien principalmente porque se mirase la alquimia como 
ciencia y arte del diablo y á los alquimistas como mágicos, brujos y 
hechiceros, ora quizás porque nuestro buen humor y ganas de risa en- 
contrasen irrealizables y mentirosos sus intentos, *i la alquimia, des- 



'^ Exceptuóse de este abandono la parte de la metalurgia dedicada al labo- 
reo y beneficio de las minas. En esta rama de la química hiciéronse por los 
nuestros laboriosos y profundos estudios, con muy buenos resultados, que se 
aplicaron á la explotación del Cerro del Potosí y demás ricas pertenencias mi- 
neras del Nuevo Mundo. La razón de todo ello fué puramente circunstancial. 
(Vid. Acisclo Fernández Vallín: Discursos leídos ante la Real Academia de 
Ciencias Físicas, Exactas y Naturales en la recepción pública de — Madrid, Su- 
cesores de Rivadeneyra, 1893; pp. 1 11-122.) 

" De lo que es buena prueba la siguiente anécdota que refiere Luis de Pi- 
nedo: «El Arzobispo de Toledo, D. Alonso Carrillo, procuró é hizo grandes 
gastos y excesivos en hacerse alquimista , y daba grandes sueldos á los que lo 
entendían. Á fama destovino á el un hombre no conocido, y asentándole par- 
tido en su casa para buscar ciertas hierbas y otras cosas nescesarias, dióle copia 
de dineros y una buena muía en que fuese á lo buscar y traer. Habia en su 
casa un paje que, por gracia y tener que hacer y decir, asentaba en un librillo 
que tenia las necedades que por año se hacian por el Arzobispo y sus criados, 
y asentó aquélla que el Arzobispo habia hecho, con dia, mes y año. Lo qual, 
venido á oidos del Arzobispo, díjole que por qué le ponia y acotaba aquélla por 
necedad, hasta ver si venía el mensajero. Respondió: Cuando él venga se 
quitará á vuestra señoría y se porná á él con más razón.» — Sales Españolas, 
op. cit.. I, 302-303. 



— 14! — 

pues de los árabes, alcanzó poca importancia, y los mismos Raimundo 
Lulio y Arnaldo de Vilanova cobraron su fama como herméticos en sus 
peregrinaciones por el mundo; no en el patrio suelo. ^^ De la abundante 
casta de alquimistas que en países extraños alimentó la imprenta con 
tanto y tanto engendro cabalístico, indescifrable y misterioso, que para 
entenderse pedía el concurso de verdaderas claves; del desarrollo in- 
menso del arte crisopéyica, que en Alemania y Francia originó patentes 
adelantos en la química misma, en la medicina, en mineralogía y, en 
general , en las ciencias físicas y naturales , no fructificó en España más 
tipo que el infeliz y burlesco, que combinaba los más raros elementos 
y substancias, é ideaba las más extravagantes y caprichosas fórmulas, 
para convertir los metales viles en metales preciosos; persiguiendo 
siempre, con tenacidad vulgar é insensata, la piedra filosofal, que hi- 
ciera ricos á los príncipes á quienes servían, y poderosos y caballeros 
á sus descubridores. 

Esta fué la figura española del alquimista que regocijó las páginas 
de las novelas, en que rara vez falta uno desdichado que pierda sus 
bienes primero, y á la postre míseramente su vida, en el malogrado 
intento de la piedra filosofal , ^^ sin advertir que « nadie ha acertado á 



'2 El más docto historiador de la Alquimia en España dícelo formalmente: 
«Los devaneos alquímicos no echaron hondas raíces en Castilla, al paso que ha- 
llaron crédulos en las comarcas fronterizas con el mediodía de Francia, donde 
eran muchos los adeptos , y estaba harto arraigada la ilusoria creencia en la cri- 
sopeya y en la transmutación metálica.» — José Ramón de Luanco: La Alquimia 
en España. — Barcelona, Giró, 1889- 1897; tomo I, Prólogo. 

'•^ Mas nótese que siempre el burlado es un extranjero (principalmente un 
genovés) ; nunca , ó rara vez , un español. Lo cual confirma que la afición y creen- 
cia en la alquimia fueron mucho mayores en otros pueblos que en el nues- 
tro.— Vid. El Escudero Marcos de Obregdn. Relac. IH, Descanso II y III, y Cas- 
tillo SoLÓRZANo: La Garduña de Sevilla. Cap. IX y X. — Rodríguez Marín cita 
un raéáico francés que aspiraba á curar en Sevilla con \Si piedra filosofal (!). — 
Rinconeíe, op. cit., p. 28.) 

Compárese este desenfadado escepticismo español con la credulidad increíble 
francesa, donde todo un cardenal Luis de Rohan entretenía, en 1781, y al tiem- 
po de él la nobleza entera, al embusterísimo Cagliostro con la esperanza de fa- 
bricar el oro; y dígase si, en justicia, y á la luz serena de la crítica, merece aque- 
lla hermosa época de nuestra historia las calumnias de toda laya con que propios 
y extraños hemos manchado su memoria. — Vid. el interesantísimo libro de 



— 142 — 

hacer el oro si no es Dios, y el sol, con comisión particular suya». ^* 
Ése mismo fué el quimerista mentecato que imbuía sus desatinadas 
ilusiones, consumiendo en carbón, retortas y humo la hacienda de los 
crédulos que se le confiaban, y á quienes Quevedo laceró tan dura- 
mente. °^ Ése fué, finalmente, el alquimista qijie, ufano y embaído con 
la posesión de su pretendido elixir, acudía á los Consejos y al Monar- 
ca, y á quien la ignorancia y codicia de los gobernantes, hambrientos 
de hallar sustitución á aquellas barras de América, no siempre veni- 
das á tiempo, daba orejas, como ocurrió entre otros á Lorenzo Ferrer 
Maldonado, famoso embustero á quien Navarrete quiso ver retratado 
en este episodio cervantino, cuando evidentemente es posterior á él. ** 
Para mí, y ojalá pudiera decir lo contrario, que así resultaría más 
acabado este estudio, Cervantes no tiró á copiar al inquieto impostor 



M. Frantz Funck Brentano: L 'Affairt du Collier (7." edic.). — París, Hachette, 
1910; pp. 91 á 98, etc. 

Sobre la alquimia en Francia y su desarrollo extraordinario en el reinado de 
Luis XIV, consúltese también Le drame des foisons, del mismo autor.— París, 
Hachette, 1909. 

** Vélez db Guevara: El Diablo Cojuelo.— Tranco II, op. cit; p. 21. 

6* En La Hora de todos y la Fortuna con seso, § XXX; en Las Zahúrdas de 
Plutdn, etc. 

M «Presentóse en Madrid el año de 1609 Lorenzo Ferrer Maldonado, dán- 
dose el título de capitán, y suponiendo, entre otras cosas prodigiosas, que al- 
canzaba grandes secretos de naturaleza, como descifrar la clavícula de Salomón, 
con lo cual se venía á encontrar y perfeccionar el verdadero Idpis, nunca jamás 
enteramente hallado de los alquimistas en tantos siglos , y prometía convertir 
en oro los más bajos metales. Alucinados con estas promesas algunos incautos 
ó codiciosos , le ayudaron con casa y caudal competente para comenzar su obra; 
pero él, entreteniéndoles mañosamente más de dos años, anunciándoles siem- 
pre la proximidad del suceso, aunque era menester mucho tiempo para la tras- 
mutación de los metales, desapareció de Madrid, y se fué ocultamente, dando 
este pago á los que le favorecían y daban larga pensión.»— Navarrete: Vida de 
Cervantes, op. cit.; p. 132. 

Vid. para más noticias de este embaucador, del mismo autor: Disertación sobre 
la Historia de la Náutica. Madrid, Viuda de Calero, 1846; in 4.°; pp. 289-295.— 
Examen histdrico-critico de los viajes y descubrimientos apócrifos del Capitán 
Lorenzo Ferrer Maldonado, de Juan de Fucay del Almirante Bartolomé de Ponte: 
Colee, de docum. inéd. Tomo XV; y Pedro Novo Colson: Sobre los viajes apó- 
crifos de Juan de Fuca y de Loretizo Ferrer Maldonado.— Madrid , 1881, in 4.° 



— 143 — 

pues, como Icaza dice, «los tipos del Coloquio no eran pillastres ni fal- 
sificadores: perseguían un ideal imposible; eran sabios y artistas frus- 
trados; eran locos, en los que Cervantes ponía, ya que no la luz que 
resplaittíifce en el Quijote y que ilumina al Licenciado Vidriera, un 
rayo de conmiseración, ante la fe honrada que animó sus descabella- 
dos intentos». ^' Justa y clara visión crítica del pensamiento cervan- 
tino. 



La diligente erudición del benemérito Navarrete alcanzó ya los mo- 
delos que remotamente pudieron sugerir á Cervantes la figura del ma- 
temático; sólo que, constante con el gusto de su época, quiso ir más 
lejos, y aislar uno de dios como el prototipo singular del Coloquio, 
preguntando en sus dudas: ^^ «Mas ¿cuál será el matemático aludido 
en el Coloquio? Cuando lo escribió Cervantes, llamaban la atención de 
la Corte las proposiciones de Arias y Fonseca; pero si la fecha de 
veintidós años que dice el Matemático llevar en sus pretensiones no 
es una exageración del humor festivo del autor, debe aludir á algún 
otro proyectista anterior, de que no se hace mención en los papeles de 
Indias. Cuando Cervantes escribió su bien sazonada sátira, ni Arias ni 
Fonseca llevaban de pretender la mitad del tiempo que dice: ellos pre- 
sentaron sus proyectos, el uno en 1603 y el otro en 1605, y Cervantes 
murió en 1616.» ^^ 

No advirtió Navarrete que Cervantes no se miraba en cronologías 
ni exactitudes matemáticas, buenas para una historia, pero que cua- 
draban mal con la libertad é independencia que ha pedido siempre una 
obra de entretenimiento. 

Con todo, no es empresa difícil, siguiendo las sabias huellas del in- 



^'' Las Novelas ejemplares, op. cit., 218-219. 

^ Primeramente en su Vida de Cervantes , op. cit., pp. 131 y 132; y años 

más tarde en su Memoria sobre las tentativas hechas y premios ofrecidos en 
España al que resolviera el problema de la longitud en lámar. — Madrid, 1852. 
(Colee, de Docum. Inéd. Tomo XXI), y que aunque redactada por su nieto 
D. Eustaquio, le pertenecen todos los datos y conjeturas, como éste mismo 
declara. 

•* Memorias sobre las tentativas , op. cit.; p. 172. 



— 144 — 

signe biógrafo, aclarar bastantemente con sus datos este pasaje del Co- 
loquio. 

El desarrollo de las ciencias náuticas, los progresos y crecimiento 
de nuestra navegación, singularmente de la dirigida hacia las posesio- 
nes americanas, hizo interesantísima y casi necesaria la averiguación 
de la longitud en el mar, á que vulgarmente Mimaron, punto Jijo los ma- 
rinos. 

A causa de no poder llevar nuestras flotas un derrotero cierto en su 
itinerario á América, experimentábanse cada año importantísimas pér- 
didas por naufragios, error en las derrotas y consiguiente apresamiento 
de los navios por lo^corsarios de Holanda é Inglaterra. La determina- 
ción de latitud cabía conseguirla guiándose por la altura del sol y las 
constelaciones próximas al polo; mas, en cambio, la de la longitud en- 
cerraba una incógnita no hallada todavía. 

Estimuló para su solución el Consejo de Indias, prometiendo consi- 
derables premios y recompensas, '''' y á la miel de sus ducados acudie- 
ron desde muy antiguo los pilotos con sus inventos y tentativas, nunca 
definitivos. Andrés de San Martín, Pedj;o Sarmiento de Gamboa, 
Alonso de Santa Cruz , Juan Alonso, Juan de Herrera y Fr. Martín de 
Rada, fueron, entre otros, los sabios precursores que tuvo el matemá- 
tico cervantino, y que intentaron descifrar el enigma con sus cálculos 
astronómicos, invención de astrolabios y otros aparatos marinos, em- 
presas á las cuales, si no acompañaba el éxito, precedía, en cambio, un 
estudio concienzudo y formal de sus fundamentos. 

No eran quiméricos ni soñadores , sino prudentes obreros de la cien- 
cia, para quienes no había sonado aún la hora afortunada.de la inven- 
ción. Mas á su sombra y semejanza, fué cuando, á fines del siglo xvi, 
espoleados con la esperanza del galardón prometid9, varios proyectis- 
tas y aventureros, locos y visionarios unos y embaucadores otros, co- 
menzaron á proponer sus soluciones con gran énfasis y alboroto, ufa- 



^ «El doctor Arias de Loyola alegó en su tiempo, en propios méritos , que 
por la fijación de la ahuja le habían ofrecido fuera del Reino loo.ooo ducados 
de oro en oro.» — Navarrbte: Memoria, cit.; p. 121. — Porque en Holanda ó In- 
glaterra se aguijoneó el ingenio de los inventores como en España, ofreciendo 
pingües recompensas; y por esta causa guardaban con tanto secreto los mate- 
máticos sus pretendidos descubrimientos. 



f 



- 145 - 

nándose 4e haber dado con la claye del problema, para la cual utili- 
zaban un recurso científico, por desgracia entonces no bastantemente 
dilucidado : el magnetismo ; y á su bandera se acogieron , y del magne- 
tismo derivaron sus fórmulas y teo/ías, esta vez descabelladas de todo 
punto é irrealizables. 

Aquí es, pues, cuando entran en escena los verdaderos modelos del 
Coloquio; y, ya que no á ellos mismos, al menos, cabrá presentar á sus 
deudos ó hermanos en la gran familia á que pertenecieron. 

Coetáneos en propósitos y trabajos, por los tiempos del Coloquio-, el 
Dr. Juan Arias de Loyola y su rival Luis de Fonseca Coutinho, empe- 
ñáronse uno y otro en largas pláticas y tratos con el Consejo de In- 
dias. '^^ Preferido el segundo, para verificar la pretendida bondad de su 
aguja, reuniéronse juntas de pilotos y matemáticos en Valladolid, Ma- 
drid y Sevilla; practicáronse experiencias costosísimas é infelices en los 
reinos de Portugal y Toledo, y en las mismas navegaciones de In- 
dias ; ^^ y al cabo de no pocos gastos , el portugués , cuyo único punto 
fijo era cobrar á toda priesa el ofrecido y espléndido premio (6.000 du- 
cados de renta perpetua, 2.000 de vitalicia, I.OOO una sola vez, por 
ayuda de costa), no viéndolo fácil, desapareció repentinamente de la 
Corte, ^^ quedando por dueño del campo el Dr. Arias de Loyola, que 



*í Primeramente se presentó Loyols, remitiendo en 1603 desde Sevilla un 
Memorial al Rey, en que alegaba haber hallado la corrección de la ahuja de 
marear y la invención de los grados de longitud. Pasó, para su estudio, al Con- 
sejo de Indias, y de allí al Consulado de Sevilla, donde el buen doctor, rece- 
loso, se resistió á declarar sus secretos , ínterin no se le asegurase el premio 
ofrecido. Aceptó los tratos el Consulado en junta de 2 de Septiembre de 1603. 
y en su virtud , el Monarca llamóle á Valladolid , dándole 600 ducados de ayuda 
de cost4 para el viaje. 

Fonseca debió de aparecer también en Valladolid sobre este tiempo (1603- 1604), 
^n uno de los infinitos Memoriales con que hubo de aburrir á los señores del 
Consejo de Indias, fecha4p á fines de 1609, dice: «que hacía seis años que 
estaba en la Corte. » Encuentro interesantes estos cabos para la cronología del 
Coloquio, por tratarse de Valladolid y confirmar la fecha señalada para aquélla 
en su lugar. 

'^ Vid. Navarrbtb: Memoria citada, pp. 22 á 43 , y Apéndices , 114 a 138. 

Los documentos originales de estas tentativas de Loyola y Fonseca cons- 
tan en el Archivo de Indias de Sevilla: hay copias, sin embargo, de casi todos 
ellos en el Depósito Hidrográfico de Madrid. 

** ¥\íé despedido por Real Cédula de 3 de Julio de (612, en vista de que, 

10 



— 146 — 

no fué menos pródigo que su contrincante en solicitudes y memoriales, 
desplegando un celo y tenacidad dignos de mejor causa. Pero su mis- 
mo alejamiento del Coloquio me obliga á abandonarle, ya que, por otra 
parte, su fama como matemático fué muy celebrada entonces, ** y no 
es de presumir que Cervantes tachase de loco á un hombre reputado 
como sabio entre los suyos. 

Algún émulo de Loyola, cuyo nombre, por lo desatinado é insignifi- 
cante, no ha conservado la historia, fué acaso la figura escogida por Cer- 
vantes para su novela; ^* pues de tal modo caldeó el problema de la 
longitud del mar los espíritus del tiempo, haciéndolos furiosamente 
frenéticos por estos hallazgos, que el mismo Fonseca, en uno de sus 
Memoriales, declaraba haber conocido en Lisboa á un hombre, que, 
por encontrar el punto fijo, gastó de su hacienda locamente más de 
20.000 ducados. ** 



sobre no quererse embarcar con los pilotos reales para experimentar en una 
larga navegación la bondad de su invento, las pruebas realizadas por éstos no 
habían dado resultado ninguno. — Memoria cit. , loe. cit. 

*• Vicente Espinel le recordaba como «grande varón en su facultad» y «docto 

que sabía las matemáticas con fundamento». (El Escudero Marcos Relac. III, 

Descanso IV.) Suárez de Figueroa cítalo también entre los buenos geómetras de 
su tiempo. {Plaza universal op. cit, f.° 87).— No solamente á las cuestio- 
nes matemáticas dedicó su celo el doctor Arias de Loyola: tuvo también sus 
pujos de político y moralista , como descubre un Memorial muy raro dirigido al 
rey Don Felipe IV años después de 1624. Comienza: «Señor: El Dr. Juan Arias 

de Loyola digo: Que en días pasados con celo de la honra de Dios » Acaba: 

< ser imposible seguirse de cosa tan necesaria y santa inconveniente alguno.» 

(Un pliego en folio, impreso, s. 1. n. a.).— Bib. de la Acad. de la Hist., Colee, de 
Jesuítas, Tomo 30, núm. IV. Reclama el Memorial la supresión de las casas de 
mujeres públicas , y es interesante para este capítulo. 

^ Otro de los charlatanes y falsarios que aspiraron al premio fué el capitán 
Lorenzo í errer de Maldonado: pero como sus proposiciones no tuvieron lugar 
hasta 1615, carecen de interés para este estudio los embustes y trampas del 
malicioso capitán. 

Durante todo el siglo xvn y buena parte del xviii, el punto fijo continuó ocu- 
pando la mente, fantasía y esperanza de mil hambrientos matemáticos, como 
podrá el lector estudiar en la excelente y citada Memoria de Navarrete , que, 
como todos sus trabajos, no envejece nunca. 

*8 Navarrete: Memoria citada, p. 131. 

Aun corrían los años de descubrimientos y viajes extraordinarios. Por émulo 



— 147 — 

Nada tiene, pues, de extraño que á la par délos sabios surgieran los 
proyectistas y aventureros, que es ley forzosa, histórica y artística, que 
junto á lo sublime aparezca lo ridículo, y que el error y la mentira ca- 
balguen siempre á espaldas de la verdad. 

Este aspecto fantástico del problema, su nota cómica y disparatada, 
fué la sorprendida por Cervantes para este pasaje del Coloquio, con su 
penetrante visión de la realidad, nunca desmentida. 



Corona dignamente la larga procesión de figuras que avaloran el 
Coloquio de los Perros, una postrera, acabada, deliciosa y graciosísima. 

El arbitrista cervantino no tiene rival en nuestra literatura, y á su 
lado sólo puede codearse aquel otro donosísimo, obra de Quevedo, y 
cuya invención corría parejas con la del Coloquio: [chupar con espon- 
jas el agua de los canales que rodeaban á Ostende, para desecarlos, y 
rendir, así, más fácilmente la plaza I ^'. 

Ni uno ni otro exageraron: tan estrecho es el nudo que ata las con- 
cepciones de ambos ingenios á la realidad de su tiempo, que no uno, 
sino mil modelos y ejemplares pueden sacarse de sus personajes. 

Ya desde fines del siglo xvi los procuradores en cortes se lamen- 
taban de que había imbuido tanto esta voz de arbitristas, que muchos 
extranjeros y naturales del reino andaban desvelados , maquinando cien 
medios con que sacar dineros , siendo muy grande el número de gente 



de Colón y deudo cercano del matemático del Coloquio podría reputarse á 
aquel portugués de quien nos cuenta Cabrera que se presentó en la Corte de 
Valladolid á fines de 1603, pretendiendo durante muchos días «que S. M. le 
diese licencia y navio para ir á descubrir nuevo mundo en las Indias, mostran- 
do papeles y recaudos por donde, y su relación, parece que ha andado muchas 
tierras y naciones: el cual afirma que hay por descubrir poca menos tierra de la 
que se sabe que está poblada y descubierta. Háse conferido en personas pláticas, y 
todos se conforman con él, el cual lo muestra por un globo ó mapa nuevo que 
ha hecho: y así S. M. le ha hecho merced de darle dos navios y la gente que hu- 
biere menester, y 15.000 ducados de ayuda de costa para el viaje, aunque él ha 
dicho que lo hará mejor con llevar sólo un navio ; quiera Dios — concluye filosó- 
ficamente Cabrera — cumpla lo que ha prometido; que otros han emprendido 

semejantes descubrimientos y no han tenido efecto.» — Relaciones , op. cit., 

p. 154. — ¡La raza de los Pinzones no se había extinguido todavía! 
«' Historia de la vida del Buscón, libro I, cap. VIII. 



- 148 - 

que malgastaba su vida en estas quimeras y novedades; y como, en 
general, eran hombres de corto entendimiento, servían sólo para im- 
portunar á los ministros del Rey con sus disparatadas trazas. Hasta 
llegaron á pedir que, como tan perniciosos á la república, saliesen de 
la Corte, para no volver á ella, so graves penas. ^^ 

La súplica fué inútil: siguieron los arbitristas emborronando papeles 
y papeles, repletos de necedades y fantasías, más aptos para destruir 
el reino que para levantarlo. Pero , con todo , eran acogidos en un 
principio por el mismo Rey y sus consejos, mientras no se tocaba la 
insensatez de sus remedios. 

En Valladolid, durante la estancia de la Corte, cargó sobremanera 
esta plaga económica, y Diego de Urbina, Gabriel de Salabert, Juan 
González de Colosía y Luis de Castilla, entre otros muchos, acudieron 
á las Cortes para que llevasen adelante, poniéndolos en ejecución, sus 
descabellados expedientes. ** 

Uno hubo, en especial , tan hermano del del Coloquio^ que, á mi en- 
tender, por la singular analogía de su arbitrio y por el año en que 
apareció, con mucho ruido y novedad de sus contemporáneos, debió 
Cervantes de tenerlo muy presente al elaborar este pasaje de su no- 
vela. 'O 

Don Luis de Castilla, que tal era su nombre, arcediano de la Iglesia 
Catedral de Cuenca, habíase presentado ante el Monarca esgrimiendo 
su Memorial, en el que, como todos, ofrecía maravillas y virtudes 
nunca imaginadas para remedio y socorro (copio sus palabras) de las 
necesidades universales. Aprobólo la Junta ordenada por Felipe III, y 
remitióse el arbitrio á las Cortes, á la sazón abiertas (Abril de 1 604). 
Extraño es el respeto y veneración con que éstas recibieron al canó- 
nigo conquense; disparóles su prevenido discurso, cuyos párrafos re- 
cuerdan á ratos la arenga del Coloquio; '^ celebró con los procuradores 



68 Cortes de Madrid , 1588-1590 (XI , 5 1 5-5 1 7)- 

6« Cortes de Valladolid, 1603-1604 (XXII, 326, 249. 254. etc.).— Cabrera nos 
dejó noticias de otros que no llegaron á presentarle ante las Cortes. — Relacio- 
nes op. cit., 195, 196, 204, 205. 

™ En la primavera de 1604, año señalado por mí como el de composición del 
Coloquio. 

" «Yo, señores, no quiero competir coa los Ingenios de otros tiempos, ni 



— 149 — 

laicas y graves entrevistas, explicándoles muy por menudo los por- 
menores de su recurso, hasta que por fin y tras larga dilación, 6 no 
vio próxima la recompensa que esperaba, ó cansáronse en vano de 
aguardarle, fracasando, en suma, su arbitrio, como tantos otros. Famo- 
sísima era su substancia. Pedía nada menos que, por cuenta del reino 
de Castilla, se sembrasen anualmente en las tierras desocupadas y bal- 
días dos millones de fanegas de trigo, para cuyas labores contribui- 
rían de balde, con sus brazos, muías y bueyes todos los vasallos de 
S. M., durante 20 ó 25 dias^ asegurando que con su cosecha, vendida 
á su tiempo, vendría á desempeñarse la Hacienda, aliviando á los sub- 
ditos de la carga de las alcabalas, imposiciones y gravezas. ¡Graciosísi- 
mo recuerdo! ¿Qué necesidad tenía Cervantes de discurrir un arbitrio 
distinto cuando un sujeto, tan grave é hinchado, de su tiempo se lo pro- 
porcionaba? ¿Qué diferencia se toca entre este disparate y el de hacer 
ayunar también á todos los vasallos de S. M. una vez al mes, á pan y 
agua, para reducir el- dinero del ahorrado gasto, que había de entre- 
gársele sin.defra^danle un ardite, so, cargo de juramento? ¿No sabe el 
párrafo del Coloquio á irónica y burlesca chanza del prpyecto de Cas- 
tilla? Tají pública y coetánea á la composición del Coloquio fué la pro- 
posición de este arbitrio, que se me hace muy viva la sospecha de 
que Cervantes buscara en él, ya que no toda, buena parte de su inspi- 
ración para trazar la sabrosa figura del loco del hospital vallisole- 
tano. " 

Si D. Luis de Castilla fracasó, como fracasaron Colosía y Salabert, 
no por eso menguó la peste; sucediéronles otros políticos tan fantás- 
ticos como ellos, y á medida que las necesidades de la Hacienda ha- 
cíanse más vivas, y aumentaban sus trampas, crecía el número de cu- 
randeros, que, semejantes á nuestros charlatanes de plazuela, prome- 



compararme ni igualarme con los que tiene nuestra edad , porque conozco bien 

el mío; y por constarme que es grosero, le procuro esconder en mi rincón » 

(Cortes de Castilla, XXII, 291.)— Paréceme escuchar al del Coloquio: «Yo, seño- 
res, soy arbitrista » 

'2 Vid. toda esta curiosa historia. — Cortes de ValladoUd de 1603-1604, 
(tomo XXII, 282, 283, 288 á 303, 306, 344, 346, 347.) 

Cabrera también apuntó la noticia de este arbitrista , aunque sagazmente aña- 
día : « parece á muchos que será invención sin fundamento, como las que otros 
han querido persuadir.» — Relaciones...., op. cit, 206. 



— I50 — 

tían maravillas estupendas y milagrosas de la aplicación de sus espe- 
cíficos. '^ 

¿Eran sinceros? De todo hubo; aquel hermoso celo por el bien pú- 
blico que abrasaba los corazones de los españoles de aquel siglo, en- 
gendró más de una vez bien intencionados propósitos, á los cuales, si 
no acompañó el éxito, no fué ciertamente por falta de estudio, desinte- 
rés y desprendimiento. 

Por eso Cánovas halló en las obras de muy formales políticos del 
tiempo su mezcla de arbitrismo, así como en los papeles de los arbi- 
tristas profundas máximas de economía y de derecho. '* 

Á gran parte de ellos guiábales, sin duda, una generosa intención. 
Juzgar por el éxito las acciones humanas, es errado y poco piadoso 
criterio. Pero no hay que dudar tampoco de que junto á los Navarretes, 
los Moneadas, Valles de la Cerda y Pérez de Herreras, codeáronse los 
Castilla, los Fernández de Paredes, los Maldonados, los Lope de Deza 
y Díaz de Minaya, hombres tracistas, que más que al desempeño del 
patrimonio público, tiraban al del suyo, exangüe y combatido. '^ 

Todos acudían á una, echando por delante su abnegación y desinte- 
rés, limpio de toda idea de lucro; pero si acaso los Consejos, ó las 



" Vid. Manukl Colmeiro: Biblioteca de los economistas españoles de los si- 
glos XVI, XVII y xviii. — Memorias de la Real Academia de Ciencias Morales y 
Políticas, Parte I, 33 á 212. — Vid., además, su discurso de recepción en la Real 
Academia de la Historia. — Discursos leídos en las sesiones piihlicas que para dar 
posesión de plazas de número ha celebrado desde 1852 la Real Academia de la 
Historia. — Madrid, 1858; pp. 403-425. 

Así llegóse á desacreditar de tal modo la voz arbitrio , que hasta los buenos 
proyectistas y políticos la rechazaban y huían de ella como deshonrosa. Pérez 
de Herrera, que fué de los mejores, hablando de uno suyo llámalo tpapelt, 
«que por tratar sólo de cosas tocantes al bien público, no merecen estos mis 
pensamientos nombre de arbitrios (que el vulgo llama)». — Al Católico y pode- 

rossisimo Rey de las Españas , en razón de mvchas cosas tocantes al bien, 

prosperidad , riqueza y fertilidad destos Reynos, y restavracion de la gente que 
se ka echado dellos* — Madrid, 1610; in 4.°, 31 folios; f.° 30. 

7* Los Arbitristas.—Artículo incluido en los Problemas contemporáneos. — 
Madrid, Pérez DubruU, 1884; tomo I, 305-328. , 

'5 Cabrera, juzgando á D. Luis de Castilla, decíalo sin empacho: «todos los 
que levantan estos arbitrios llevan el intento puesto en su acrecentamiento, y 
toman esto como instrumento para introducirse con S. M. y los ministros». — 
Relaciones , op. cit., 206. 



— isi — 

juntas para ello diputadas , no accedían á concederles el tanto por ciento 
que en galardón y premio de sus servicios reclamaban, guardábanse 
sus arbitrios, mal humorados y mohines, en espera de tiempos mejo- 
res y más generosos. '^ 

Había, por consiguiente, no poco de codicia y ambición en sus in- 
tentos; y, como de ordinario eran presuntuosos, vanos, irrealizables y 
quiméricos, al igual de las Cortes, los escritores esgrimieron contra 
ellos sus sangrientas censuras, tachándolos unos de «los locos más 
perjudiciales de la República», '' juzgando otros sus arbitrios « por im- 
posibles ó disparatados y en daño del Rey 6 del Reyno », '* hasta llegar 
á Quevedo, que mojó su pluma, al clavarlos en la picota, en aquella 
briosa indignación que hace valentísimos sus escritos. '^ 
■ Si hubo arbitristas prudentes, cautos y comedidos, fueron los me- 
nos; pero también habrá que reconocer en descargo de los malos, que 
cuanto más disparatados, eran, por ende, más inofensivos; y que á cam- 
bio de sus fantasías y descabelladas invenciones, nos dejaron una nota 
cómica agudísima con que llenar la virtud de la eutrapelia, que hace 
rientes, apacibles y serenos los momentos todos de la vida. 



'" Tal fué, por ejemplo, el caso de Gabriel de Salabert, que, llamado por las 
Cortes para que declarase su arbitrio ante los comisarios nombrados para oirle, 
no quiso hacerlo mientras el Reino no le diera una cédula prometiéndole el tres 
por ciento de lo que se sacase de sus proyectos. Instó nuevamente el Reino, y 
él terne que terne, defendió el secreto de su panacea, y hubo de quedarse con 
ella ante la resistencia de las Cortes á acceder á su codicia. — Cortes de Valla- 
dolid de 160S-1ÓV4, XXII, 249, 254, 272, 276. 

Otro arbitrista , Jerónimo Díaz de Minaya , vecino de la ciudad de Valladolid, 
ofreció, en las Cortes de 1615, entregar un arbitrio que tenía, con que los vasa- 
llos serían aliviados de muchas cargas y tributos sin daño ninguno del Reino ni 
de sus subditos, siempre que se le prometiera «?<« moderado premio*. — Cortes 
de Madrid de 1615, XXVIII, 73. 

Pérez de Herrera decíalo de todos , censurando el que presentasen siempre 
sus papeles « pidiendo tanto por ciento de lo que dieren de provecho ». — Op. ci- 
tada arriba. 

" Vélez de Guevara: El Diablo Cojuelo. Tranco III. 

'8 El Ingenioso Hidalgo. Parte II, cap. I. 

™ Hermosa es la acusación de La hora de todos , § XVII: «Infames, vosotros 

sois el fuego El Anticristo ha de ser arbitrista Los príncipes pueden ser 

pobres; mais en tratando con arbitristas, para dejar de ser pobres, dejan de ser 
príncipes.» 



VI 



Vamqs viga por viga 
En la ifa de Sancta María... 

{Conpiiv bntjil.) 



Entre todos los episodios del Coloquio de los Perros hay uno tan 
vivo, sobresaliente y realista, que logra destacarse por maravilloso 
modo sobre todos sus hermanos, en el conjunto general de la novela. 
Aunque Cervantes no hubiera escrito otras páginas que las que dedicó 
á la Cañizares, discípula aventajadísima de la sin par Camacha, sería 
el Coloquio eterno , y memorable su autor en la historia de la literatura 
nacional. 

Es para mí este pasaje el nervio de su trama, y también lo fué, sin 
disputa, para Cervantes; así, merece atención aparte y estudio parti- 
cular, que, con no poco temor, voy á dedicarle en este párrafo. 

Acotando desde luego el campo de mi labor, que ha de reducirse, 
siguiendo el camino comenzado, á investigar las fuentes de que Cer- 
vantes se sirvió para componer este episodio, la misma Cañizares nos 
marcará sus hitos : « Sólo me he q'uedado — dice á Berganza — con la 
curiosidad de ser bruja, que es un vicio dificultosísimo de dejar.» 

Limitémonos, pues, á la brujería. 

Porque tan ancho y dilatado era el campo de la superstición, con 
tanta riqueza y profusión extrañas crecían en él un sinnúmero de '^Idin- 
tas (malezas las llamaría) de necias credulidades, que libros enteros y 
una erudición semejante á la del P. Martín del Río habríamos menes- 
ter para cumplir el propósito de tratarlas todas. Astrólogos judiciarios, 
vulgares -conjoiradores, ■agoreros mistefiosos, nigtsDrftánticos obscuros, 



— IS4 — 

adivinos sibilíticos, descubridores de tesoros y fabricantes de calenda- 
rios, ensalmadores y curanderos, hechiceras celestinescas, brujas y 
xorguinas codiciosas de brutales placeres, componen un mundo nue- 
vo, tétrico, sombrío, recóndito en sus tratos, tenebroso como la no- 
che que amparaba sus artes, rústico é ignorante las más veces, é inte- 
resante y novelesco siempre, cuando las luces vivas del sol descubren, 
á través de los tiempos, sus torpes reuniones y consejos. 

De todos ellos, con relación á España, tengo acopiado buen número 
de datos é ilustraciones, sin que ni remotamente pueda ufanarme de 
■haberme hecho siquiera con una cuarta parte de su caudal riquísimo; 
sería preciso paradlo abarcar toda la vida social de entonces, pues las 
supersticiones, en mayor 6 menor grado, aferrábanse á ella como plan- 
tas parásitas, introduciéndose sutilmente en sus órdenes todos; y así, 
en la novela, en el teatro, en el derecho, en la religión, se adivinan 
sus cabos, se palpa su influencia y apuntan vergonzosamente las ver- 
duscas hojas de sus tallos. 



Tanto y tan grande es el tesoro de noticias que sobre la hechicería 
y la brujería se junta en el Coloquio (por primera vez con su orden y 
método en una obra literaria), que cuantos comentaristas han pasado 
cerca de sus páginas han dado por asentado y cierto que todo él te- 
nía una sola fuente y un mismo punto inicial, del cual arrancaban, re- 
solviendo de plano, no ya la dificultad de su estudio, sino hasta el 
origen supersticioso del saber y ciencia cervantinos. 

Tres años antes que las Novelas ejemplares crecieran en brazos de 
la estampa, y dentro del período en que lógicamente pudieron ser 
compuestas, ocurrió en España un suceso ruidosísimo que conmovió 
los espíritus, avivó las plumas, encendió el dormido fuego del Santo 
Oficio , y puso claras y al descubierto las horrendas prácticas y malda- 
des de la secta de los brujos. 

El famosísimo auto de fe celebrado en Logroño en los días 7 y 8 
de Noviembre de l6lO deslumhró á los comentaristas cervantinos, 
que, sin más análisis ni trabajo, le señalaron como el fecundo manantial 
donde Cervantes había bebido los curiosísimos datos, nuevos en su 
tiempo, con que en el Coloquio teje la plática de la Cañizares. Y en 
este error cayeron buenos y muy buenos cervantistas, como los dos 



— iss — 

Navarretes ^ y Clemencín , ^ arrastrando modernamente con su auto- 
ridad á otros celosos eruditos como Apráiz. ' 

Comprendo el estrabismo que unos y otros padecieron, y hasta le 
disculpo. Tan memorable fué, en verdad, el concurrido auto, tan inme- 
diatamente anterior su celebración á la salida de las Novelas ejempla- 
res., y. tan popular la Relación de él que por entonces salió impresa, ■* 
en compañía de otras más peregrinas, ^ repitiéndose en todas muchos 



' Navarrbte: Vida de Cervantes , op. cit.; pp. 133-134. — Eustaquio F. db 

Navarrete: Bosquejo histórico de la Novela española — (Autores Españoles, 

tomo XXXIII; pp. xliv y xlv.) 

2 El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha Comentado por D. Die- 
go Clemencín. — Madrid, 1838- 1839. Tomo V., p. 87. 

8 Juicio de la Tía Fingida — Madrid, 1906; p. 223. 

* Relación \ de las personas qve \ salieron al avto de la Fee qve los se \ ño- 
res Doctor Alonso B eserra Holguin, del Ahito de Alcántara: Licenciado \ luán 
del Valle Aluarado: Licenciado Alonso de Salazar Frias. Inquisidores \ Apostó- 
licos del Reyno de Nauarra , y su distrito , celebraron en la ciudad de \ Logro- 
ño, en siete y en ocho dias del mes de Nouiébre , de 161 o \ Años. Y de las cosas y 
delitos por que \ fueron castigados. \ luán de mongaston Impressor. \ Impressa 
con licencia \ en la muy noble y muy leal ciudad de Logroño. En este año de 1611. 
14 hojas en 8.° 

Ésta es la primera edición que reprodujo Moratín bajo este título: 

Auto de fe celebrado en la ciudad de Logroño en los dias J y 8 de Noviembre 

del año 1610 Ilustrada (sic) con notas por el Bachiller Gines de Posadilla, 

natural de Yebenes. — Cádiz, Imprenta Tormentaria, 1812; in 8.°, 143 páginas. 

ídem. — Madrid, Imprenta de Collado, 1820; in 8.°, 143 páginas (3.* edición). 

ídem. — Biblioteca de Autores Españoles. Tomo II, pp. 617-631 (4.* edición). 

5 Relación \ svmmaria del \ Avto de la fe qve \ los señores Doctor Alonso Be- 
zerra Holguin, del | Abito de Alcántara , Licenciado loan del Valle Alúa \ rado, 
, Licenciado Alonso de Saladar Frias, Inquisido \ res Apostólicos en el Reyno de 
Nauarra, y su d&stri \ cto, celebraron en la Ciudad de Logroño, en siete y \ ocho 
dias del mes de Nouiembre, de mil y \ seyscientos y diez años \ Recoxida y ordena- 
da por el Maestro Luis de Fonseca, natu \ ral de Zaragoza, y residente en Bur- 
gos , a ocho de Enero \ de mil y seyscientos y onze años \ (Grabado en madera con 
la cruz de Alcántara.) En Burgos. Por Juan Bapiista Varesio, 1611. (in 8.° iv + 43 
páginas dob. + i de colofón. 

Portada. — Aprobación (falta en el único ejemplar que conozco, por rotura 

del final de la hoja segunda, la fecha y aprobante). — Aprobación del P. Thomás 
de Salazar, de la Compañía de Jesús, dada en el Colegio de San Scdvador á 8 de 
Enero de 161 1. — Licencia falta el final de la hoja segunda vuelta, comp eirrj- 



- IS6 - 

de los pormenores del Coloquio, que con harta facilidad cabía ligar 
aquel acontecimiento con la novela, como, en efecto, lo hicieron. 

La equivocación estribaba en estimar al auto de Logroño por el 
primero de su clase y por descubridor de la secta, como si muchos años 
atrás no hubiera la Inquisición celebrado otros parecidos , si no tan cé- 
lebres, no menos ricos qué él en caso^, experiencias y averiguaciones 
sobre la vida y costumbres de las brujas. 

Tierra clásica de ellas la Vasconia , ya al alborear el siglo xvi se ha- 
bían sentido allí sus primeros asomos, originando un proceso contra 
treinta brujas, que fueron penitenciadas en 1507. Reverdeció la planta, 
no enteramente descuajada, con más pujanza y vigor, como si la corta 
le hubiese sido saludable, hasta el punto de que el descubrimiento 
de nuevas brujas en Navarra en 1527 provocó una formal y minuciosa 
requisitoria, la persecución más tenaz y el castigo duro y ejemplar 



ba. — cEl Maestro Luis de Fonseca, al Lector.> — Texto-Colofón. — Relación dis- 
tinta de la reproducida por Moratín , de una extremada rareza , pues ni la he 
visto citada en ninguna bibliografía, ni se halla tampoco en nuestras Bibliote- 
cas. El texto es también diferente. Ejemplar cuyo estudio debo á la buena 
amistad del meritísimo colector biógrafo de fray Luis de Granada, el padre 
fray Justo Cuervo, O. P. Otras relaciones manuscritas corrieron entonces por 
España del famoso auto. Vid- una de ellas; 

Relación del auto de inquisición que se hi(o en la ciudad de logrona, por 
mandado de los señores inquisidores , el año de mili y seyscientos y diez en siete 
áias del mes de Noviembre. — Mss. contenido en el Memorial de cossas diferentes, 
recopilado por D. Juan de Cisneros y Tagle. Parte 11; ff. 16 á 30. (Acad. de la 
Historia, Colee. Salazar, F.-17.) — En la misma Biblioteca se conserva copia de 
una Carta del Rey Felipe III al Arzobispo de Burgos con motivo del descubri- 
miento de las brujas de Zugarramurdi. — Mss. letra del siglo xviii. (Est. 27, 
gr. s-'; E. núm. 129); f.° 174. 

Para acabar con la bibliografía de este auto, describiré una Relación poética, 
también rarísima , única que he alcanzado á ver del mismo. Debieron , no obs- 
tante, correr otras parecidas por España: 

Relación mvy verdadera \ donde se da larga cuenta del auto que la santa In- 
quisición hito I en la Ciudad de Logroño, a los ocho de Nouiembre , a donde \ fue- 
ron sacados treynta y tres bruxos, y bruxas,y castigados con \ forme sus delitos. 
Y juntamente verán en el discurso de la obra \ los hechizos que las bruxas y bruxos 
tratan, con todo lo demás q \ sucedió en este auto: vistas y examanadas por las per- 
sonas que por \ su señoría fueron nombradas , y por no auer cosa alguna con- 
tra I nuestra Sancta Fe , antes bien, y prouechoso porque se sepa, \ y venga a no- 



— 157 - 

de las xorguinas. " El incendió debió de ser bastante poderoso, cuando 
precisó la reunión del Consejo de la Inquisición en pleno, discurrién- 
dose en sus juntas, por el método escolástico, que era consubstancial 
con sus deliberaciones, sobre su-' vida, oportunas penas y pertinentes 
remedios. ' 

La dura mano del inquisidor Castañega dejó, á la cuenta, notar su in- 
fluencia en Navarra durante buena parte del siglo xvi , porque pasaron 
muchos años sin que hubiera necesidad de promover procesos tan so- 
nados como aquéllos. Ó la Inquisición se; durmió aobre sus laureles, 6 
las brujas anduvieron muy listas y cautas en encubrir sus prácticas, 
hasta que en 1590 nace nuevamente el incendio, * y cosa singular, con 



ticia de los chrisHanos , se dio Ucencia a \ luán de Mongaston, Imfressor en la 
ciudad I de Logroño. Año de 161 1. \ Y lleua al cabo un Romance de Cortes, huello 
a lo diuino.—A, hojas en 8.°; signat. A. 

Comienza : 

«Soberana Virgen pía, 
María Virgen Sagrada , 
ganadme de vuestro hijo 
fauor y abundante gracia.» 

Acaba : 

«O Pedro, gran capitón: 
Tu fama el mundo eternize , 
Pues como leal vasallo 
Por tu Christo te ofreciste. 
Lavs. Deo.> 

Comprende cuatro romances : 

El I, que comienza como dejo dicho. 

El II, «Declaración de los demás bruxos». 

El III, «Declaración de como el demonio se les apparescc en diversas figu<- 
ras.» 

El IV, «Romance á la Pasión de Christo, buelto á lo divino por el de Cor- 
tes.»— (Bibl. Nac, V.-73-I2.) 

' Prudencio de Sandoval: Historia de la vida y hechos del Emperador Car- 
los V—: — Amberes, por Gerónymo Verdvssem, mdclxxxi; tomo I, pp. 621-622. 

' « Bruxas. — Dubia quae in causa presentí sunt definenda. » ( \rchivo Gene^ 
ral de Simancas. — Inquisición. — Libro 1.034; ff. 54 al 61.) — Más adelante trataré 
de este muy curioso documento. 

* Relación de lo que se hizo por los Inquisidores de Calahorra para averiguar 
ti mal trato y vivienda de las brujas (año 1 590) en las Relaciones de los si- 
glos XVI y XVII. (Biblióf. Esp.) — Madrid, mdcccxcvi; pp. J33-241. 



k 



- ts» - 

los mismos caracteres y síntomas que en 1527. Los mismos, también, 
que veinte años después, en 1610, ocasionaban el aparatosísimo auto de 
Logroño, declarando patentemente qu^e ni el germen se había extirpado, 
ni extinguido las ascuas, que ardían poderosas y vivas aún bajo las cenizas. 

Todos estos descubrimientos y persecuciones ^ crearon un rumor 
popular y tradicional en España sobre las costumbres y trato de las 
brujas; rumor que, bajando desde los pulpitos de los predicadores el 
día del auto de fe, se extendía y propagaba por las muchedumbres si- 
lenciosas, que, medrosamente, escuchaban los mil pormenores conte- 
nidos en las sentencias, para correrlos de boca en boca por toda Es- 
paña, entre los corrillos de los ociosos, en los puestos de los soldados, 
dondequiera que se levantaba una conversación sobre tema tan del 
gusto del tiempo como los pactos y tratos diabólicos. 

Este mismo rumor llegó, sin duda, hasta Cervantes, comunicando á 
su curioso espíritu nuevas formas episódicas, sucedidos extraños con 
que abonar las páginas de sus novelas; y aquí se encuentra, á mi jui- 
cio , buena parte del origen de este incidente del Coloquio. 

Mas no era únicamente al vulgo adonde trascendía el ruido y nove- 
dad de aquellos inquisitoriales descubrimientos; también los sabios, 
también los doctos detenían sus plumas, ocupadas en otras más su- 
bidas especulaciones, para indagar científicamente, abroquelados con 
las armas de su honda erudición patrológica y clásica, el nacimiento, 
verdad y remedio de aquella maligna peste supersticiosa. Ksa fué la 
causa de que viésemos á varones como Alfonso de Castro, Francisco 
de Vitoria, Benito Pereiro, Pedro Ciruelo, Pedro de Valencia, y el gran 
recopilador de todos, Martín del Río, el demonólogo por antonomasia, 
ahondar muy concienzuda y serenamente en las raíces de aquel fron- 
dosísimo árbol, que tanta sombra hacía á la santa Fe Católica con sus 
pobladas ramas. 



8 Los primeros casos de castigo de brujas por la Inquisición en España se 
dan en el siglo xv, en la corona de Aragón. Gracia la Valle es relajada en Zara- 
goza en 1498. A su sentencia siguieron las de María García Briesa (1499), Nana- 
vina (?), Estefabrita (?) y Marieta (1500). Vid. A History of the Inquisition of 
Spain by Henry Charles Lea. Ll. /).— New- York , The Macmillan Company, 
1906-1907. (4 volúmenes in 4.°) Vol. IV, 210-21 1.— Monumento de erudición é 
imparcialidad levantado por el sabio norteamericano. 



— 159 — 

La aparición de la literatura antisupersticiosa sigue siempre, como 
triaca del veneno, al descubrimiento de las brujas y sus cómplices; y 
así, rompe la marcha fray Martín de Arles y Andosilla, dando á luz un 
tratado sobre ellas, que no ha llegado á mis manos, i" Más tarde, el 
inquisidor fray Martín de Castañega relata en un librillo, asaz raro y 
curioso, sus apuntes y observaciones, recogidos en la campaña que 
en 1527 emprendió contra las xorguinas navarras. ^' 'Y hay que reco- 
nocer que cumplió con su cometido más que discretamente, dando 
pruebas, para aquellos tiempos, de muy levantado espíritu , raro tino y 
progresivo criterio, adelantándose en muchas cosas á modernas con- 
clusiones médicas reputadas vanidosamente por notables progresos. ^^ 



10 Da la noticia D. Juan Antonio Llórente en su Histoire critique de I ' Inqui- 
sition d'Espagne.— Vms, 181 7- 18 18. (Tomo III, cap. XXXVII, art. II), diciendo 
que se imprimió en latín, en 1517, á consecuencia de la aparición de las brujas 
en 1507, pero no lo he hallado. Acaso sea el Tractatiís de superstionibus de Mar- 
tín de Arles (BVancofurti ad Moenam, 1581), y cuya primera edición es de 1517. 
Vid. Lea: A history of the Inquisition of Spain , loe. cit. 

" Tratado muy \ sotil y bien fundado d' las \ supersticiones y hechize \ rias y 
vanos conjuros \ y abusiones : y otras co \ sas al caso tócales y de \ la posibilidad 
Z reme \ dio deltas. \ mdxxix. | * | (Al fin.) Fué impresso el presente tratado en 
la muy \ constate y leal ciudad de Logro \ ño en casa de Miguel de Eguia | a di- 
zeocho dias del mes de \ Agosto, mdxxix. (8.°, 56 hojas no foliadas.) Bibl. Nac. 
R.-i 1.066. — Lindo ejemplar, que fué de Gayangos. El nombre del autor aparece, 
en el prólogo. 

'2 Así, explica los endemoniados y poseídos de malignos espíritus «por en- 
fermedades y passiones naturales » ; habiéndose de procurar « el remedio destos 
tales por via natural con medicinas naturales, confortando el celebro.» (Capí- 
tulo XXIII); porque «las virtudes naturales son tan ocultas en la vida presente 
á los entendimientos humanos, que muchas veces vemos la experiencia y obras 
maravillosas y no sabemos dar la razón della.» (Cap. XII). «Muchas veces — aña- 
de — la enfermedad corporal es disposición para que el demonio tenga más 
entrada para atormentar aquel cuerpo assi mal dispuesto y enfermo.» (Capí- 
tulo XXIII.) Dígase si esto no es una adivinación de las teorías médicas del día 
sobre neurasténicos, epilépticos, etc 

Tan aficionado es el docto franciscano á explicar todos los portentos por ra- 
zones naturales , que no solamente al tratar del ámbar explica racionalmente 
sus fenómenos (Cap. XII), sino que en el Cap. XIII defieúde «que el aojar es 
cosa natural y no hechicería». Su criterio progresivo y levantado dalo á enten- 
der la conclusión que sienta de que « no deben tenerse por milagrosas las cosas 
mientras puedan naturalmente produzirse» (Cap. XII). ¡No diríamos más hoy! 



— 1 6o — 

Pedro Ciruelo, poco tiempo después, reúne en su Tratado^ bien co- 
nocido, todo lo que en su época se sabía sobre la materia supersticiQ-r 
sa, con claridad extremada de estilo y exposición. 

Si no en los dos primeros, al menos, en el del canónigo salmanti- 
cense hay párrafos que parecen injertos más tarde en el Coloquio; y si 
su libro fué tan popular, por hallarse escrito en vulgar romance y ha- 
ber repetido las prertsas liberalmente sus ediciones, ^^ acaso pudiera 
presumirse que Cervantes adquirió algo de su saber diabólico en el 
sencillo tratado del doctor Pedro Ciruelo. 

É insisto en la paridad, no porque esté persuadido de la imitación, 
sino por aquel prurito que los cervantistas tenemos (y en especial aque- 
llos que, como yo, indagan las fuentes de una de sus novelas), de 
ligar literariamente sus producciones con otras escritas, haciéndole, 
una vez más, jurisperito, médico, marino, hacendista, y poseedor, en 
fin , de enciclopédica y omnisciente sabiduría. Mi escrupulosa concien- 
cia literaria me empuja á ello, aunque, bien puede creerme el lector, 
con no pequeña repugnancia. 

Semejanzas parecidas, esta vez más sospechosas por tratarse de 
libro que Cervantes veneraba y tenía en concepto de casi divino, tiene 
con La Celestina. En uno de sus actos, el VII, el lector del Coloquio 
f\\\j V va emparejando con él, no sólo la homogeneidad de las situaciones, 
/ kÍa ^^ino hasta los giros, las palabras, los pensamientos, que se repiten casi 
I en los mismos términos en boca de Berganza. El razonamiento de la 

Cañizares con el perro recuerda en un todo el de Celestina con Pár- 
meno ; tanto , que al leerlo una y muchas veces he reputado siempre á 
la Cañizares como hija indubitada de Celestina, tan heredera suya 
como pudieron serlo Elida 6 Areusa. Con una ventaja: que ni los 
tiempos pedían ya continuaciones de La Celestina, difundido sobre- 
manera el género, ni la especialidad tradicional de aquélla en su hon- 
rado oficio de tercera podía interesar á la generación coetánea de 
Cervantes; mucho más vivo, curioso y peregrino era entonces para la 




'» Rtprouación de supersticiones que escriuio el maestro Ciruelo. Salamanca, 
Pedro de Castro, mdxxix ; in. 4.° 

Ésta es la edición más antigua conocida. Siguiéronla las de Alcalá, 1530; Sa- 
lamanca, 1540 y 1541; Alcalá, 1547; Sevilla, 1547; Medina, 1551; Salamanca, 
1556; Sevilla, 1557; Barcelona; 1628; etc 



— i6i — 

literatura la práctica brujesca, olvidada 6 desconocida acaso en La Ce- 
lestina^ y que en el Coloquio se ensancha tan sobresalientemente y con 
tan soberana verdad y realismo, que nada tiene que envidiar al huma- 
nísimo de la tragicomedia de Fernando de Rojas, i* 

Sin insistir, pues, en la inspiración directa y calculada de este ma- 
gistral libro, explico sus similitudes y parecidos, coma hice anterior- 
mente al tratar de la influencia en Cervantes de otras obras literarias; 
« la realidad provoca en quienes la alcanzan y profundizan iguales pen- 
samientos y análogos retratos», hijos siempre de aquella condición 
que brillaba tanto en Cervantes como en Rojas: del espíritu observador 
y realista, que, convertido al pincel, labra años más tarde la gloria in- 
mortal de Diego Velázquez de Silva. 

Por lo mismo, para explicar la ascendencia literaria de este episodio 
del Coloquio-, no pueden exhumarse, sino por un innecesario y vani- 
doso alarde de erudición, las muestras y rastros supersticiosos que, en 
mayor ó menor abundancia , encierran las vetustas páginas de los con- 
tinuadores de La Celestina. 

No faltan, no, en ellas conjuros y oraciones, ensalmos y recetas; 
pero al revolverlas , trasciende hasta el expertp olfato del conocedor de i 



) -¿H 



'* También El Crotalon ofrece puntos de contacto con el Coloquio, al des- 
cribir las artes y encantamientos de las hechiceras navarras ; siéndole también 
aplicable por completo la misma explicación de estas analogías litereiria* que 
desarrollo en el texto. — (Vid. op. cit, canto V, pp. 89 y sigs.) 

Los pliegos sueltos y relaciones en el siglo xvi sobre las brujas son rarísimos. 
En el siguiente no dejaron de aparecer, pero, principalmente, sobre monstruos 
y visiones espantables, en general venidos de Francia. En mi comentario halla- 
rá el lector noticia de algunos. 

Todas las mañas de Celestina , y entre ellas sus prácticas de hechicerías , es- 
tán recogidas en un pliego suelto del siglo xvi: Aqui comienfan unas coplas 
de las comadres, fechas a ciertas comadres, no tocando en las buenas, saluo de las 
malas, y de sus lenguas y hablas malas; y de sus afeytes y sus aceytes y blandu- 
ras: et de sus trajes, et otros sus tratos. Fechas por Rodrigo de Reynosa » ; (in 4.°, 

12 hojas; let. gót.) — Reproducidas por Gallardo: Ensayo , IV, cois. 42 á 60. — 

La Mari-García que se pinta, también es deuda de la Cañizares; muy aplicables 
le son sus versos. 

Vid. otras Relaciones sobre monstruos ó hechizos contemporáneas de Cervan- 
tes, escritas en coplas y con marcado sabor popular, en Gallardo: Ensayo , 

números 867 y 2.887. 

II 



— 162 — 

estas artes un olorcillo que sabe á clásico, que denuncia su origen lite- 
rario, bien lejano de la vida propia y eminentemente popular que la 
hechicería gozaba en España. Humanistas sus autores, Sancho de Mu- 
ñón, Alonso de Villegas ó el bachiller Fernández, lógico es que Circe, 
Ericto 6 Medea sean los modelos. 

Agregúese á lo dicho otra razón del todo convincente, y es, que 
estos libros, ora por su acentuada liviandad, ora por sus toques anti- 
clericales y erasmistas, disfrutaron de cortísima vida tipográfica; pues 
muy atinadamente, por una mezcla de celo religioso con acendrado 
gusto literario, la generación grave y severa que Felipe 11 formó en su 
reinado, repugnando estas, en general, obscenas imitaciones de aquel 
libro divino, sumiólas en el olvido, haciéndose, aun en el siglo xvi, ra- 
rísimos sus ejemplares; sería, por tanto, muy aventurado afirmar que 
cayeron en manos casi siempre tan poco ociosas y distraídas como las 
de Cervantes. Sin que por eso niegue que en una de ellas, en La Se- 
gunda Comedia de Celestina, de Feliciano de Silva, se palpen, ri?r con- 
cordancias de lenguaje, como Gallardo y otros quisieron, sin recordar 
que tales concordancias no tenían valoí, porque procedían de un léxico 
común, abierto á todos, sino semejanza en la pintura de algunas si- 
tuaciones, pues tampoco puede desconocerse que el pincel ampuloso 
del famosísimo Feliciano mojóse más de una vez en los burdeles, 
mancebías y tablajes, donde la vida humana perdura siempre, palpi- 
tante y fecunda, la misma para todos los que la observen, á través de 
los siglos. 

Mas donde, indudablemente, se confirman estas influencias y sombras 
literarias en el Coloquio, es trayendo á la cuenta un libro que alcanzó 
notable popularidad y favor por aquellos lustros. Su autor, Antonio de 
Torquemada, de quien tan escasas noticias biográficas nos quedan, 
tuvo, como todo buen español de entonces, sus puntas y ribetes de 
corredor y aventurero, y, arrumbando en cualquiera de las boticas cas- 
tellanas los emplastos, yerbas y específicos, y colgando el almirez, 
paseó buena parte de Europa, del modo arriesgado y personal que á la 
sazón se usaba. ^^ 

Al cabo de los años recogióse á la villa de Benavente, quizá su pa- 



'*' Colloquios satíricos , op. cit., pp. 495-505. 



- t63 - 

tria, ^^ y, sirviendo al Conde de este título, " dedicó sus ocios á com- 
poner varios librillos, arrogantemente caballerescos y disparatados 
unos, satíricos y moralistas otros, y fantástico y mentiroso sobrema- 
nera uno, que no llegó á ver impreso, por haberle sorprendido antes 
la muerte, pero que es cabalmente el que solicita nuestra atención. 

En el Jardín de flores curiosas discurrieron y se solazaron varias ge- 
neraciones, repitiéndose muchas veces sus tiradas, y llegando á tanto 
su popularidad y crédito, que los poetas le recordaban como á libro 
único en su género", i* codeábanle los moralistas con los Santos Pa- 
dres, 1" y, por lograr notable y no soñada influencia, traspasó los secre- 
tos y rigores inquisitoriales, que, lejos de prohibirle, tomáronle como 
autoridad alegable en sus deliberaciones y dudas. ^'^ 

Uno de los autores que frecuentaron más su lectura, y que, á través de 



'* El Jardín de flores curiosas , cuando menos, fué escrito en dicha villa. — 
Vid. edición de Medina, 1599; f." 141. 

" « Secretario del conde de Benavente » llámase en la portada de los Collo- 

quios satíricos (Mondoñedo, Agustín de Paz, 1553), y como « criado del conde 

de Benavente» se le concede el privilegio de impresión de la misma obra, fe- 
chado en Segovia, á 10 de Abril de 1552. En Benavente también debió de fa- 
llecer. 

'* c Pues ya, si tratays de amores 
Y lo sacáis á barrera , 
Os contará una quimera 
Impressa en yardin de flores^ 

Romancero General, 1604; op. cit., f.° 421. 

'" Por ejemplo, el P. Fr. Juan de la Cerda, que lo alega varias veces en su 

Libro intitulado Vida política de todos los estados de mugeres — Alcalá, Juan 

Gracián, mdxcix; f." 502. 

Las noticias biográficas de Torquemada son escasísimas. Don Nicolás Antonio 
se contenta con decir que fué criado del Conde de Benavente. Las dadas por mí 
en el texto están sacadas de sus escritos. 

20 Relación que hizo el doctor don lope de ysasti, presbytero y beneficiado de 
lego acerca de las maléficas de Cantabria — (Bibl. Nac. Mss. 2.031.) — Ha- 
biendo comisionado en 161 5 el obispo de Pamplona, fray Prudencio de Sandoval, 
al doctor Isasti para que hiciera cuantas diligencias pudiese á fin de conse- 
guir la conversión de las brujas de su diócesis, el doctor dice, al hacer la rela- 
ción de su visita, que se preparó estudiando la materia de ellas que se halla 
scripta; y al par del Malleiis maleficarum y de las Disquisitionum magicarum, 
cita á Torquemada en su Jardín de flores. 



- I64 - 

su despiadada crítica y sangrienta burla, confesó haberlo leído, fué Cer- 
vantes. Y no vale que en El Ingenioso Hidalgo diga por boca del cura, 
al condenar al fuego á su engendro caballeresco, Don Olivante de 
Laura, «en verdad que no sepa determinar cuál de los dos libros es 
más verdadero, ó, por decir mejor, menos mentiroso», cuando años 
más tarde hubo de acordarse de él, como sagazmente apuntó Ticknor, 
para idear la geografía disparatada en que coloca las maravillosas aven- 
turas del Persiles; ^^ juicio recto que después había de confirmar el 
maestro de la erudición española en uno de sus discursos más asom- 
brosos, ** declarando de consuno que Cervantes se aprovechó mucho 
de este librejo, y que no fué menor su influencia en el Persiles que en 
el pasaje brujil del Coloquio, en donde la sombra de Torquemada y de 
su exótico y fantástico jardín aparece por demás patente é innegable. 
Flores en demasía encerraba aquella quinta, para saciar al curioso que 
entrase en ella buscando peregrinas novedades, que de todo linaje las 
brindaba el librillo. Y como la erudición de -Torquemada en esta fa- 
cultad era extraordinaria, ayudado por el latín (que como ingenio culto 
no debía de ignorar), se, entró por otros ajenos jardines para poblar el 
suyo, patrañero y ^mbusterísimo, y entre casos arrancados de aquí y de 
allá, siempre portentosos, sucedidos personales, propios comentarios, 
tradiciones y consejas populares, recibidas hospitalariamente por la 
ancha y holgada puerta de su credulidad, en compañía de trasgos, vi- 
siones, espectros, lamias, striges, lycanthropos, nigrománticos, en- 
cantadores y brujas, sumaron todos un tratado de bizarra miscelánea, 
amena lectura y curiosidad mucha, que justifica la popularidad y agra- 
do con que fué acogido ; sin que, á pesar de ser muy raro en el día, 
haya perdido su novedad y frescura por medio de los siglos, cual 
lo prueba que en pleno siglo xix se hayan compuesto otros tan 
centóneseos como él, bajo su mismo patrón y como á semejanza 
suya. 2^ 



21 Historia de la Literatura española. Traducida al castellano por D. Pas- 
cual de Gayangos y D. Enrique de Vedia. — Madrid, 1851-1856; tomo III, pági- 
na 413. 

22 Menéndkz y Pelayo: Cultura literaria de Miguel de Cervantes y elaboración 
del t Quijote ^ , op. cit. 

28 Jardin \ de flores \ curiosas, en q se trata \ algunas materias de hu- 



- i65 - 

El lector juzgará por ciencia propia en mi comentario si Cervantes 
espigó 6 no más de una vez en sus JIores, para hacer más llamativa y 
portentosa la relación de la Cañizares; solamente que, en lo que en Tor- 
quemada es jardín, y jardín contrahecho, artificioso y falso, el genio de 
Cervantes levantó tanto su vuelo, que hizo del Coloquio de Berganza 



manidad, phi \ losophia^ theologia y geop;raphia , con | otras cosas curiosas y 
apazibles, co \ puesto por Antonio de Tor \ quemada. \ Dirigido al Mvy Illustre 
I y Reuerendissimo señor don Diego Sarmien \ to de Soto Mayor, Obispo de As- 
torga, etc. I Va hecho ett seys tratados, como parecerá en \ la sexta pagina de esta 
obra. I En Salamanca. \ En casa de luán Baptista de Terranotia. \ mdlxx \ Con 
privilegio. I Esta tassado en dos reales y medio. \ (i vol. in 8.°, de viii hojas pre- 
liminares, + 286 páginas dob. + i de colofón.) 

Privilegio. — « Por quáto por parte de vos, Luys de Torquemada, por vos y en 
nübre de Hieronimo de los Rios, vuestro hermano (sic), hijos y herederos de 
Antonio de Torquemada , vro. padre defuncto, vezino de la Villa de Benavéte, nos 
fué fecha relación, diziendo que el dicho vro. padre auia hecho un libro intitu- 
lado Jardin de flores curiosas, y porque era muy curioso y en lo hazer auia gas- 
tado mucho tiempo, nos supplicastes lo mandassemos ver E por la presente, 

damos licencia y facultad para que le podáis imprimir por tienpo de seys 

años. — Dada en el Escurial, á 26 de Mar(;o de 1569.» 

Tassa. — Por Juan de la Vega, escribano de cámara, en Madrid, á 7 de Julio 
de 1570. 

Tabla de los Colloquios. 

Dedicatoria. — « y aunque todas ó las más [historias] aura oydo y leydo, hol- 
gara de ver recopiladas aquí algunas dellas, con otras materias curiosas y pere- 
grinas : esto me ha dado atrevimiento á dirigir á V. S. estos seys tratadillos 

para que debaxo de su amparo y fauor puedan salir á luz, sin temor del juyzio 
de los que murmuran de todo lo que v6en y leen.» Firma sólo « Torquemada.t 

Tabla en que se contienen los nombres de todos los autores acotados en este li- 
bro. — Texto. 

i.^ edición. En la Biblioteca Nacional se conservan, además de este ejemplar 
completo (U.-1.092), tres ejemplares más, sin portada (R.-5.469; R.-2.891, y 
U. -10.275), copiados á plana y renglón de la i.* edición, pero que ofrecen con 
ella notables variantes tipográficas , que acaso sean muestra de ediciones con- 
trahechas ó falsificadas en aquel tiempo para burlar la primera. 

El mismo. — En (^arago^a. En casa de la Viuda de Bartholome de Nagera. Año 
de MDLxxi. In 8.°, viii hojas preliminares sin foliar -(- 276 pp. dob. de texto. — 
(Bib. Menéndez y Pelayo.) 

El mismo. — ¿1.573? Citada sin otro más dato por Ticknor: Historia de la lite- 
ral, castell , op. cit., 111-413, acaso la siguiente: 

El mismo. — En Leyda (Lérida), por Pedro de Robles.y loan de Villanueva. Año 



— i66 — 

con Cipión una selva gigantesca, sombría é imponente, donde el áni- 
mo se sobrecoge y se anonada, como ante los grandes y sublimes es- 
pectáculos de la naturaleza. 

Todas estas obras y tratados influyeron, pues, en Cervantes, pero 
de un modo reflejo: creando la atmósfera literaria que había de respi- 
rar más tarde, pero sin que se crea que descendió á los detalles, que 



de MDLxxiii; 8.°, vi + 257 págs. dob. + i de florón. — Preciosa edición. (Biblio- 
teca Nacional, U.-2.968.) 

^/ »í/í»tí7.^Anveres, Juan Corderio, 1575; 8.° menor, xii hojas + 538 págs. 
(Ticknor-Whitney) y Boletín de la Librería, núm. 1.086. (Hoy Bib. Menéndez y 
Pelayo.) 

El mismo. — Salamanca , Terranoua y Neyla , 1577; 8.°, viii + 286 págs. dob. -1- i 
de colofón. (Salva, núm. 2.011.) 

El mismo. — Medina del Camipo, por Francisco del Canto, 1587. In 8.°(Pérbz 
Pastor: op. cit. , núm. 216, y Brunet.) 

El mismo. — ¿1589? Citada por Ticknor (loe. cit.), pero sin que agregue dónde 
y por quién. 

El mismo. — Anveres, Nució, 1599. In 8.° (Brunet.) 

El mismo. — En Medina del Campo , por Cristoual Lasso Vaca. Año mdlxxxxix; 
8.°, vni + 286 págs. dob. + 2 al fin sin numerar. (Pérbz Pastor: núm. 244. Bi- 
blioteca Nacional, R.-5.510, y Bibl. de la R. Acad. Española.) En esta edición se 
detiene el éxito editorial del Jardín de flores, hasta que sale la última en 

^/ »ííjwí).— Barcelona, Hieronymo Margarit. Año de mdcxxi; 8.° vu + 258 
páginas dobles. (Bibl. Nac, R.- 1.4 71.) 

¿Acaso en el intermedio fué incluida en algún índice expurgatorio? El P. Vi- 
cente Navarro, calificador del Santo Oficio, al aprobar en 16 de Marzo de 1621 

la edición de Barcelona de dicho año, dice: « pues tantos años ha corrido ya, 

sin tener nada del el expurgatorio de los libros prohibidos, aunque trata de ma- 
gias, nigromancias, bruxas y otras semejantes, parece podrá imprimirse.» 

En efecto, en el Expurgatorio de 1583 no aparece; mas en el Catalogo \ dos 
livros qve se prohibem nestes Reynos et senhorios de \ Portugal , por mandado do 
Illustrissimo \ e Reverendissimo Senhor Dom lorje \ Dalmeida, Metropolytano 

Arc^ispo de Lisboa \ Inquisidor General (Lisboa, per Antonio Ribeiro 1581, 

in 4.°), al folio 20, se prohibe un Jardim de flores. ¿La edición castellana, ó acaso 
una perdida traducción portuguesa?* Porque los tratados de Torquemada ad- 



* La Inquisición portuguesa fué siempre más severa y rigorosa que la nuestra en la 
prohibición de los libros; y así, mientras que en España corrían Ubremente las Celestinas, 
en Portugal pusiéronse en el mismo índice de 1581, alcanzándolas la redada al mismo 
tiempo que al famosísimo Jardín. 



- i67 - 

trabajó sobre ellos , pues no de otro modo cabe señalar las fuentes lite- 
rarias de autor del temperamento realista cervantino. No fueron los 
autores de aquéllas sino descubridores de rumbos nuevos que llevaban 
á mundos desconocidos, que los ingenios ocupaban y explotaban luego, 
pero por su cuenta y albedrío; porque tan anchas y fértiles eran las 
tierras conquistadas por Fernando de Rojas ó Antonio de Torquemada, 
que en ellas cabían todos, respirando un mismo aire cargado de acres 
olores, y cultivando una misma tierra virgen y fecundísima, cada cual 
á su modo, con sus propios brazos y á su gusto y arbitrio. 

Tales son, muy á la ligera (pues tampoco me da el espacio para re- 
cargar estos apuntes), las huellas literarias, más ó menos remotas, que 
pueden advertirse en esta parte del Coloquio. 

Mas no es en ellas donde coloco yo sus últimos veneros; porque si 
en otros episodios de él acudió Cervantes al conducto popular, que es" 
pródigo é inagotable, ,1 cuánto más en el de la superstición, eminen- 
temente consuetudinario y tradicional? 

Salvo excepciones rarísimas, donde las brujas y hechiceras tienen 
sus reales, donde viven y medran, es en el bajo pueblo, singularmente 
en el campesino; allí oculta, velada, misteriosamente, sin estruendo 



/ 



quirieron gran celebridad en toda Europa. AI francés se vertieron por Gabriel 
Chappuys bajo el título de Exameron ou six journées , contenant plusieurs doc- 
tes discours sur auctins points difficiles en divers sciences , avec maintes kistoires 
notables. — Lyon , Jean Beraud , 1579. — -In i6.° 

El mismo. — Lyon , Ant. de Harsy, 1 582 . — In 8.° 

El mismo. — París , Philip Brachonier, 1583. — In 16." 

El mismo. — Rouen, Romain de Beauvais, 1610. — In 12.° 

Como digo en el texto, en nuestros mismos dias, y bajo igual patrón que el 
Jardín de flores, se han publicado en Francia las Curiosites infernales, par 
P. L. Jacob, bibliopkile (Paul Lacroix). (París, Garnier, i886, in 8.°), donde más 
de una vez se cita honrosamente á Torquemada. 

Al italiano: Giardino defiori cvriosi, in forma di dialogo diuiso in sei tratta- 
ti Tradotto di spagnuolo in italiano per Celio Malespina. — Venetia, P. Berta- 
no, MDCxii; in 8.°; y finalmente al inglés: The Spanish Mandevile of myracles, 
or the garden of curios florvers — London, B. Alsop, 1618; in 4.° 

El Jardín de flores curiosas fué prohibido en los índices Expurgatorios de 
1677 y 1790. 

Á pesar del favor tipográfico de que gozó, hoy es un libro muy raro y hsurto 
difícil de encontrar. 



— i68 — 

ni alboroto, se dan la mano á través de los siglos, se confían sus fór- 
mulas, se traspasan sus conjuros, y heredan unas de otras sus artes, 
oraciones, suertes y venganzas. 

Y por encima de ellas pasan los años, se suceden las batallas, caen 
los imperios y trastruécanse los pueblos, y uno y otro día siguen un- 
tándose con sus sebillos y adorando al demonio, sin cesar la báquica 
orgía de su baile en el Prado de Berroscoberro , al destemplado y me- 
lancólico son de la gaita de Joanes de Goiburu y del tamborino de su 
primo Juan de Sansin. ^* 

Hay que ir, pues, directamente al pueblo para buscar las verdade- 
ras fuentes del pasaje de la Garnacha. Y cuando la tarea se inicia, el 
investigador, triunfante, abandona las antiguas pistas literarias para en- 
trar aún más de lleno en las populares, metiéndose mar adentro en el 
curiosísimo y misterioso piélago de los procesos inquisitoriales , donde 
están recogidas, con paradójica solicitud, sus prácticas, ensalmos, sor- 
tilegios, conjuros, y, en suma, todas las muestras de la vida supersti- 
ciosa nacional. ** 



*• Adviértese muy distintamente este carácter tradicional de las artes bru- 
jescas y de hechicería, comparando la noticia que de ellas nos dejaron los pro- 
cesos abiertos por la Inquisición con las actuales prácticas, recogidas del 
pueblo mismo. Porque, aunque el lector se haga cruces, aun en España se si- 
gue creyendo, á pesar de un siglo de Constitución y de prensa periódica, en 
brujas, aojadoras y amuletos, como lo podrá leer en el interesante trabajo 
de D. Rafael Salillas, La Fascinación en España. — Estudio hecho con la informa- 
ción promovida por la sección de Ciencias Morales y Políticas del Ateneo de Ma- 
drid..... — Madrid, 1905; un vol. in 4° de 107 páginas. — Iré notando estas concor- 
dancias entre lo pasado y lo presente. 

^ En el Archivo Histórico Nacional, procedentes del General Central de 
Alcalá de Henares , se han ido reuniendo estos áltimos años todos los papeles 
referentes á la Inquisición , harto mutilados y faltos por desgracia , pues los des- 
amortizadores y liberales del año 36 , en su odio al Santo Oficio, saquearon sus 
archivos , quemando ó vendiendo los interesantísimos documentos que encerra- 
ban. * ¡Que es el modo liberal ■<j progresivo que entonces entendían para hacer la 



* La mayor parte de estas quemas se hicieron en el período constitucional del 20 al 23. 
Ya los afrancesados habían destruido muchas causas. Llórente se llevó algunos procesos 
de la Inquisición de Aragón, que estín hoy en la Biblioteca Nacional de París. 



— lóg — 

La labor es ruda y de paciencia; pero la mies que entra en los trojes 
literarios es tanta y tan rica, que se dan por bien empleados el tiempo 
y la atención que se gastaron en repasar las inéditas causas. Al calor 
de su lectura, entre el polvillo secular que se desprende de sus carcomi- 
das y amarillentas hojas, en el silencio grave y simpático del Archivo 
donde se conservan, es donde se levantan de su secular letargo, como 
si despertasen vivas, palpitantes y remozadas, á pesar de sus años, si 
no ya la Garnacha, la Cañizares ó la Montiela, otras fieles hermanas y 
amigas suyas, tan duchas como ellas en hacer cercos, en ligar á los 
hombres, en conjurar á los demonios, en encerrar espíritus familiares; 
y cada una es un rayo de luz que alumbra al intrigado lector, en la selva 
brava é imponente acotada por Cervantes para su Coloquio. 

Una por una irán apareciendo la Andrea, Catalina Gómez, la Juana 
Dientes, la Gerónima, de Tordelaguna, ^^ hospitalera también como la 
Cañizares, hechiceras malignas 6 taimadas brujas de Madridejos, de 
Daimiel, de Villarrubia, lugares del corazón de la Mancha, que tantas 
veces, sudoroso y aspeado, recorrió el buen hidalgo complutense, de 
vuelta de sus comisiones, escuchando, quizá, á lo lejos, aquella co- 



historia! Ello fué, que de Inquisiciones enteras desaparecieron todas las causas; 
de otras , como la de Córdoba, sólo han quedado las informaciones genealógicas y 
piezas judiciales referentes al secuestro de bienes de los procesados; y la única 
que, venturosamente, salvó su documentación íntegra de tanto estrago, fué la 
Inquisición de Toledo, cuyas causas de hechicería he aprovechado con gran fru- 
to para este capítulo y para mi comentario. Son i6 legajos que contienen 287 
causas, en su mayoría del siglo xvii , aunque las pocas del siglo xvi compensan 
su escasez con el interés vivo que encierran. Y no solamente su valía es grande 
en la materia supersticiosa; para el lenguaje, para la poesía popular (cuyas fór- 
mulas trasladaban escrupulosamente los ministros y calificadores de aquel Tri- 
bunal), para la historia de las costumbres son una mina riquísima é inagotable, 
casi virgen hasta hoy por desgracia, pues, á excepción de Rodríguez Marín y 
del que estas líneas escribe, nadie las ha hojeado siquiera. 

*' En su proceso declaró un testigo haber visto en su casa bajar por la esca- 
lera del portal i un gran perrago negro que nunca le había visto». ¡Siempre los 
perros alrededor de las hospitaleras! ¡Quién sabe si este can sería Mo?itiel, 
que, como en el Coloquio, vendría á averiguar de la bruja sus futuros destinos! 
Causa contra la Gerdnima , hospitalera de Tordelaguna , 1616. — Inquisición de 
Toledo, leg. 87, núm. 98. 

Verdad es, también, que en el historial de las brujas y hechiceras celestines- 



— lyo — 
pía popular que revelaba la abundancia de brujas que había la tierra: 

Cuatro son del Provencio, 
Tres del Toboso, 
Y la Capitanilla , 

Del Tomelloso. ^ 

En aquel contacto íntimo y personal con el pueblo, bajo las clásicas 
campanas de los hogares castellanos, preso su cuerpo en el duro es- 
caño que al amor de la lumbre conforta los ateridos miembros en las 
noches invernales, en el humoso y lóbrego recinto de las cocinas 
manchegas, ó en el limpio y encalado de los cortijos andaluces, fué 
donde Cervantes recogió de la boca del vulgo, de las huéspedas de los 
mesones, de los labriegos que atraía la llegada del cortesano, aquellos 
pormenores curiosos, singulares, algunos únicos, que esmaltan la 
arenga de la Cañizares, y que el memorioso comisario depositaba en 
el desván de su memoria, donde, acaso, se enmohecerían, como en la 
de Berganza, años y años; pero de donde al fin salían, revestidos de 
un lenguaje brioso y adecuado al misterioso pavor de sus secretos. 



cas estaba el oficio de hospitalera. De Mari-García escribía Reynosa : 

< ¿No conocéis la emplumada , 
Gran maestra de afeytes, 
Que face mudas é azeytes 

Y tiene la cara acucliillada ; 

Y es mujer amaestrada, 
Muy gran bruja y hechicera , 
Alcahueta, encantadora 
Con tales acompañada? 

Ha andado al partido , 
Después ha sido ramera, 
Vendedora y hornera 
y hospitalera ha sido.-' — (Loe. cit.) 

'■" Salillas: La Fascinación en España op. cit., p. 29. 

El informante de Provencio (Cuenca) dice haber oído cantar muchas veces la 
citada copla, que se encuentra transformada en otras partes desde muy antiguo, 
pues ya Moratín cítala en la siguiente forma: 

Quatro somos de Arganda , 
Tres de Pozuelo, 

Y la capitanita 

Del Lugar Nuevo. 

Auto de fe celebrado en la ciudad de Logroño. — Madrid, 1820, p. 59. — Citaré 
siempre por esta rara edición , que poseo. 



o ^ 



— 171 — 



Y no solamente en el reino de Toledo: en los de Andalucía, que 
tanto paseó durante años enteros, brotaba lozanísima la planta supers- 
ticiosa; y sin acudir á los autillos de fe, que raro era aquel en que no ¿/ 
era castigada alguna que otra hechicera, más de una vez, muchas, de- 
bió presenciar el mísero espectáculo de alguna vieja, que, desnudas las 
espaldas y enmelada, sobre enalbardado rucio, paseaba las acostum- 
bradas calles, entre el zumbido de las moscas, ladrar de los perros, ', 
gritería y piedras de los muchachos, injurias de las mujeres y azotes 
del verdugo, todo en castigo de alguna flagrante hechicería, agravada 
por su oficio celestinesco. ^^ 

En una de estas correrías, á que la negra suerte de comisario le obli- 
gaba, por el año de 1592, cayó Cervantes en la populosa y rica villa de ' 
Montilla. ^^ Era la comarca cordobesa abonada y clásica en punto á he- 



28 Agustín de Rojas nos da ligera noticia de algunas. — El Viaje entretenido, 
op. cit. ; ff. 15 y 230 vto. 

Entre los planos sevillanos que ilustran el Theatrum de Braum (op. cit.) , el de 
las afueras de Sevilla representa varias escenas muy curiosas. En una de ellas, 
que representa la Execution de justicia de los cornudos patientes, figura el mari- 
do cabalgando en un burro enalbardado, vestido él de amarillo, esposadas 
las manos y pegados á las orejas dos cuernos grandes de ciervo adornados de 
cascabeles, flámulas, gallardetes y campanillas, y tras él el alguacil pregonando 
á toque de trompeta la sentencia. Más atrás se ve la Execution d 'alcas^tetas 
públicas, en la forma que describo en el texto. 

^ Consta su estancia por escritura otorgada en Sevilla á 14 de Julio de 1592, 
en la cual , diciéndose « comisario del Rey nuestro señor > , reconoce haber re- 
cibido de Diego de Ruy Sáyez «ansí mesmo comisario de S. M en nombre 

de Pedro de Isunza tres mil y doscientos reales de plata de a treinta y quatro 

maravedís cada uno en cuenta de mi salario que se me deve del tiempo que 

serví á S. M. en la saca y conducción del trigo de la ciudad de Jaén, Ubeda y 
Baeza y otras partes desta Andalucía para las dichas galeras de España, los 
cuales tres mil y doscientos reales he recibido en esta manera: los dos mil seis- 
cientos reales dellos en la villa de Montilla de que le di carta de pago ante An- 
drés Capote, vecino de la dicha villa y escribano público della » — José María 

AsENSio: Nuevos documentos para ilustrar la vida de Miguel de Cervantes Saave- 
dra — Sevilla, Geofrin, 1864; pp. 17 y 18. 

< Con este dato— agrega Rodríguez Marín — rogué á D. Antonio Gióngora Pala- 
cios, notario archivero de MontJUa, que buscase la expresada escritura y me 
remitiese copia ; pero no ha bastado á complacerme su bondadoso y bien agra- 
decido deseo: no se conserva el libro en que tal documento había de hallar- 
se.» (El Loaysa, op. cit., p. 226.) Como otros muchos, no sólo por la barbarie 



172 — 

chiceras y brujas, que por los lugares de su tierra repartían sus encan- 
tamientos y malicias. No vivían á la sazón, pero conservábase en la 
memoria de las de su oficio, como únicas y memorables, la de dos fa- 
mosas hechiceras, maestras expertísimas, no tan sólo en las artes de 
magia, sino en todas aquellas adherentes con que se cubrían sus arries- 
gadas prácticas. Llamábalas el pueblo las Garnachas, por haber estado 
casada una de ellas con fulano Camacho, y eran dos: Leonor Rodrí- 
guez, la Camacha, viuda ya en 1 573 de Antón González de Bonilla, y 
otra cuyo preclaro nombre no nos ha conservado la historia, *" pero 
tan sutil y diestra como aquélla en hacer afeites, enmendar ó remen- 
dar doncellas, reunir hierbas, correr randas y tocas, oficiar de parte- 
ras, ligar corazones, zurcir voluntades, echar las habas, bailar el ce- 
dazo y recitar de coro, no ya la manoseada oración de Santa Marta, 
San Herasmo ó la de la Estrella, sino otras más nuevas y eficaces, que 
les daban renombre universal por toda la campiña, ^i 

Y es caso singular, que la lectura de las causas inquisitoriales com- 



moderna , sino por la incuria de los mismos antiguos escribanos. En las Cortes 
de Castilla se leen curiosas peticiones del Reino, que aclaran la pérdida de mu- 
chas escrituras, y que lamentamos hoy, al tratar de reconstituir la vida de nues- 
tros ingenios. Las escrituras se otorgaban , en efecto ; pero desaparecían y se ex- 
traviaban con harta facilidad. Para la historia de nuestros protocolos, vid. Cor- 
tes de Castilla, V, adic. 565; VII, 795; XI, 529; XXVI, 283; y XXVII, 189-190. 

"O Constan estos curiosísimos pormenores de una escritura inédita otorgada 
en Córdoba ante el escribano Alonso Rodríguez de la Cruz, con fecha 3 de 
Enero de 1573, por la cual Leonor Rodríguez, viuda, la Camacha, mujer que 
fué de Antón González de Bonilla, difunto, y Antón Gómez Camacho, su hijo, 
«mayor de 25 años, ambos vecinos que somos de la villa de Montilla», al pre- 
sente en Córdoba, otorgan que deben dar y pagar á Alonso Martínez y Luis 
Martínez de Molina, su hijo, mercaderes, vecinos de Córdoba, 2.392 reales y 
tres cuartillos del precio y valor de 30 varas de paño de escarlata veinticua- 
treno á 13 reales la vara; 37 varas de paño averlatado y 18 varas y tres cuartas 
de Cabeza de Buey á 15 reales la vara, y 78 varas y una cuarta de paño negro 
veinticuatreno de PuertoUano á 16 reales y medio cada vara, que montó la dicha 
contía. La Caftiacha no firmó, por no saberlo hacer. — Archivo de protocolos de 
Córdoba. — Escribanía de Alonso Rodríguez de la Cruz.—\J(kyro 6.°, folio 36. 

Debo esta noticia y su extracto á la amable generosidad de mi buen amigo el 
laureado escritor D. Rafael Ramírez de Arellano. 

'1 De buen número de ellas hallará el lector noticias y traslados en mi co- 
meatario. 



— 173 — 

prueba, que no sólo sobre el bajo pueblo, sino entre los señores, mag- f 
nates y clérigos mismos, privaban las hembras de esta laya, unas ve- 
ces, por sus artes de celestinas; otras, por sus virtudes de ensalmadoras , ¡^ 
y curanderas; y muchas, por su cuasi milagroso don de atraer los co- I 
razones más enojados y concertar los más combatidos casamientos. 

Cabalmente, un encantamiento de este linaje, llevado á efecto con 
grande resonancia, á mediados del siglo xvi, acabó de coronar su 
fama, y de graduarlas por doctoras en el ejercicio de su torpe facultad, 
en concepto del vulgo. 

Por los años de I550. ó pocos después, vivía en Córdoba un caba- 
llero mozo, principal, de noble sangre, copiosa hacienda y ánimo es- 
forzado y valeroso. Llamábase D. Alonso Fernández de Córdoba y 
Aguilar, y era nieto por línea bastarda de D. Alonso de Aguilar, el 
Grande, é hijo del bailío de Lora, D. Pedro Núñez de Herrera, caba- 
llero de la ínclita Orden de Malta. 

« Siendo mancebo ya para casarse — relata el anónimo cronista de 
las Camachas — , hubo grande competencia sobre quién se había de 
casar con él, por su mucha nobleza, riqueza y valor de su persona. Al 
fin, una señora muy principal, deseando casar á D. Alonso con una 
hija suya, determinó hablar [á] unas grandes hechiceras de Montilla, 
llamadas las Camachas. Encargóles el negocio, prometiéndoles, si sídían 
con su pretensión, pagárselo muy bien; ellas se lo prometieron, y, dan- 
do y tomando sobre el caso, se resolvieron en convidar á D. Alonso 
para un jardín suyo, y que estuviese allí la señora. Las malas hembras 
no la avisaron en qué forma había de entrar D. Alonso, y con este 
descuido, violo entrar en forma de un hermoso caballo. 

» Cuando ella lo vio, espantada, comenzó á dar gritos y quedóse amor- 
tecida; volvió con algunos remedios que le hizieron, y comenzó á que- 
jarse de las malas mujeres y á publicar y descubrir lo que estaba secreto. 

» Vino luego el caso á noticia de los señores inquisidores , y, hecha 
su diligencia, prendieron á D. Alonso y á las hechiceras. Estuvo don 
Alonso mucho tiempo en una cárcel estrecha, y al fin le soltaron, por 
haber hallado que D. Alonso estaba inocente de todo el caso; pero, no 
obstante esto, le mandaron que burlando ni de veras entrase en casa 
de las Camachas. » ^^ 



^ Libra de cosas notables que kan sucedido en la ciudad de Córdoba y d sus 



— 174 — 

No pararon aquí las aventuras del noble mancebo con aquéllas. Con 
ocasión de unas fiestas que se celebraron en Montilla, vinieron de 
Córdoba muchos caballeros. Por curiosidad vana, y atraídos por la 
fama de las Camachas, fueron á visitarlas, y ellas, con la afición que 
conservaban á D. Alonso, rogaron á sus camaradas que, acabadas las 
fiestas, se lo trajesen, «porque era cosa que les importaba mucho». 
Hiciéronlo así, y con engaños llevaron una noche á casa de las hechi- 
ceras al asendereado mozo. «Estuvo el pobre caballero- — prosigue nues- 
tro autor — harto inquieto y sobresaltado; parecía que el corazón le 
decía lo que le había de suceder de aquella visita. Vino, al fin, á no- 
ticia de aquellos señores [los inquisidores], los cuales le volvieron á 
prender de nuevo. Sospechóse que, por la reincidencia, saldría mal de 
aquel negocio: fué Dios servido que las Camachas se desdijeron de lo 
que habían dicho contra él, y con esto dieron orden los inquisidores 
que un día señalado le soltasen de la cárcel » , ^' como, al cabo de cier- 
tos incidentes que no hacen al caso, se hizo, con extraño contento de 
la ciudad toda. 

De los protagonistas de esta historia, la de aquellos tiempos no nos 
ha conservado más raras noticias que las apuntadas. Las Camachas, 



hijos en diversos tiempos. — Mss. de la R. Acad. de la Historia, D.-129; ff. 62 vto. 
á 64 vto. En la misma Biblioteca se conserva otra copia manuscrita de esta un 
tanto fantástica miscelánea. Tiene por signatura C.-lój; el suceso de las Ca- 
machas está contenido en los /olios 8 y al i>l y en idénticos términos. 

Según el mismo anónimo historiador, D. Pedro Núñez de Herrera había tenido 
á su hijo D. Alonso en una hermana del Rey de Túnez, que trajo á Córdoba, y 
con quien casó de vuelta de la expedición del Emperador Carlos V á Argel, 
emprendida en los años de 1533 á 1534. Como el caso de D. Alonso ocurrió 
«siendo ya mancebo para casarse», ó sea cerca de los veinte años, coloco la 
fecha de estos encantamientos (¡si hay que creer en ellos!) sobre 1555, 1556 ó 
1557. Béthencourt, al trazar la historia de la casa de Priego, enumera la del Bailío 
de Lora y la de su hijo D. Alonso, desdeñando por conseja y patraña la especie 
caballeresca de su origen, aunque confiese que ignora cuál pudo ser su madre. 
Lo más interesante que apunta es que en 1 56 1 D. Alonso de Aguilar estaba en 
tutoría y curadoría , por ser menor de edad. Alrededor de este año debió ocu- 
rrir, pues, el intento de hechicería de las Camachas. — Vid. Francisco F. db 
Béthencourt: Historia genealógica y heráldica de la Monarquía Española, Casa 
Real y Grandes de España. — Madrid, 1905. Tomo VI, pp. 345 á 349. 

" Libro de cosas memorables.— Mss. cit. , loe. cit. 



— '75 — 

después de sufrir pacientemente varios encorozonamientos y no pocos 
azotes (liviana pena para la maldad y pertinacia de sus embelecos), 
debieron de finar tranquilamente, y en los brazos del diablo, en la villa 
de Montilla. =>* 



3* Analizando D. Eustaquio F. de Navarrete el Coloquio, dice: «Muy de pro- 
pósito se detiene [Cervantes] en dar noticias de la hechicera Garnacha, famosa 
bruja que vivió en Montilla, y de quien, como de personaje importante, hubo 
de escribirse particular historia, que se ha conservado manuscrita. — Bosq. hist. 
de la Hov. esp. , op. cit. , p. xliv. 

No dice dónde ni por quién. ¿Aludiría al Libro de cosas memorables...... del 

que abundan las copias? ¿Á su proceso por la Inquisición cordobesa? He aquí 
las noticias que he podido reunir sobre este interesante extremo de la investi- 
gación cervantina. 

Cuenta D. Luis M. Ramírez y de las Casas-Deza , en su biografía de D. Manuel 
M. de Arjona, que cuando los franceses ocuparon á Córdoba, en 1810, comisio- 
naron al poeta para que llevase á cabo la extinción del Tribunal del Santo Ofi- 
cio. « Aconsejábanle los empleados del Rey José — relata aquel escritor — , unos, 
que todos los papeles, indistintamente, se quemasen: otros, que se hiciese de 
ellos una biblioteca curiosa, para pública diversión y ludibrio de aquel Tribu- 
nal (!); otros, en ñn, que se separasen todas las causas, y que á los que aun vi- 
vían se les entregasen las suyas: consejos que Arjona juzgó á cual más insensato. 
Éste dividió los papeles en tres clases: en la primera puso las causas célebres 
conducentes para la historia literaria, las cuales se conservaron, formando de 
de ellas inventario particular; en la segunda colocó las pruebas de limpieza, 
que se guardaron como útiles á muchas familias; y finalmente, en la tercera 
comprendió las causas ya inútiles, que se quemaron con la debida reserva. (Biblio- 
teca de Autores españoles. Tomo LXIII, pp. 501-502.) 

¡Valiente hazaña! ¡Útiles! ¡Inútiles I ¿Y quién le podía decir al afrancesado 
Arjona cuáles lo eran y cuáles no, del Archivo interesantísimo de aquel calum- 
niado Tribunal? Mezquino, en verdad, debió de ser su criterio, porque á la pos- 
tre, ora debido á los ilustrados y patrióticos oficios del poeta , ora acaso á los des- 
amortizadores de años después, la limpia de causas criminales de aquel impor- 
tantísimo depósito fué casi absoluta, y hoy no quedan de procesos criminales 
más que dos de comienzos del siglo xvi, habiendo desaparecido los restantes 
y entre ellos el que debió formarse á las Camachas. Con mil pormenores de 
inestimable valía para la historia de la superstición y de la literatura popular, 
como por los trabajos de Rodríguez Marín se toca. ¡Gran lástima! Ni siquiera go- 
zaron de la benigna suerte de los papeles de la Inquisición de Valencia, resca- 
tados del poder de un pirotécnico , cuando llevaba quemados buena parte de 
ellos ! ¡ Y éste fué el donoso modo que tuvieron los afrancesados y desamorti- 
zadores de ayudar al esclarecimiento y verdad históricos del temido Santo Oficio! 



/ 



— 176 — 

Más trágico fué el remate de D. Alonso. Acompañó al Rey don 
Sebastián de Portugal en la infeliz jornada de África, y supo morir al 
frente de los suyos como buen español y cristiano caballero; ^^ que no 
empecían á muertes tan gloriosas la creencia y afición pueriles en bru- 
jas, aojaderas y encantamientos. 

Todos estos sucesos y otros muchos análogos, que no constan docu- 
mentalmente, pudo conocer y, sin duda, conoció Cervantes, al tiempo 
que otorgaba en Montilla, en 1 592, carta de pago ante Andrés Capote, 
escribano de número, de unos míseros reales recibidos á cuenta de su 
sueldo de comisario. 

Si la existencia de aquellas reales hechiceras, las Camachas, muda- 



¡Mana sangre semejante conducta! ¡Y chorrea salvajismo y barbarie! Ello es, 
ahorrando comentarios, que su desaparición, bien dolorosa, lo es aún más para 
este punto del Coloquio, donde el hallazgo de la causa de las Camachas nos hu- 
biese permitido reconstituir una gran figura cervantina. Y resucitando el autén- 
tico modelo que guió la pluma de Cervantes, hubiese cabido analizar, á todo 
sabor, lo que la crítica del día Waiaí procedimientos literarios. ¡Bárbaros ! 

En mi afán , sin embargo, de averiguar cuantos datos pudieran proporcionar- 
me sobre estas famosas hechiceras los autos inquisitoriales , busqué en los de 
Córdoba con empeño, ya que no sus procesos , los expedientes de secrestas de 
bienes; no hallé, desgraciadamente, nada que á ellas pueda referirse. Yendo 
más allá aún : en las Relaciones que de causas y personas estantes en las cár- 
celes mandaba el Santo Oficio de cada región al Consejo Supremo, pueden 
rastrearse á veces causas perdidas ; las de la Inquisición de Córdoba (Inquisi- 
ción de Corte, leg. 73) tampoco nos dan, sin embargo, ningún dato aprovecha- 
ble para las Camachas. Solamente en una Relación de las personas que quedan en 
las cárceles del Santo Oficio de la Inquisición de Córdova d 2/ de Septiembre de 
IS74, aparecen dos brujas de Montilla, contemporáneas de las Camachas: «Ma- 
rina de Brizuela> y «María Magdcüena de Salazar, su hermana, que conffesaron 
spontaneamente el tracto con los demonios y pacto diabólico.» ¡Quién sabe si á 
la primera aludió Cervantes en este maravilloso episodio, transformando su ape- 
llido en el de Montiela, ya que Montilla era el lugar de la acción y la patria de 
todas! Poco amigo soy de conjeturas; mas ¡qué verosímil sería la que apunto! 
Esto es lo único que he podido hallar en mis insistentes pesquisas. 

** Á la bravura y hazañas heroicas que desplegó D. Alonso en la tremenda 
batalla de Alcazarquivir , en la cual halló la muerte , dedicó varias páginas Juan 
Bautista de Morales en su Jornada de África del Rey Don Sebastián de Portu- 
gal. Sevilla, 1622. Reimpresa en el tomo XIX de la Colee, de libros españoles 
raros ó curiosos: Tres Relaciones históricas. — Madrid, 1884. — Vid. pp. 326 y 
370 á 388. 



— 177 — 

das para el Coloquio en las figuras de la Garnacha, la Montiela y la Ca- 
ñizares, dióle bastante pie para tallar la figura de la última, sin olvidar 
el recuerdo de sus maestras, no es menos verosímil tampoco que con 
ellas entrasen en los dominios de la imaginación y pintura cervantinas 
otras muchas más, contemporáneas de ellas y acaso sus discípulas; 
porque las Camachas dejaron prosélitas en la tierra, principalmente en 
Priego, cuyas artes y juntas engrandecía luego la musa popular en sus 
romances, coplas y relaciones poéticas. *^ 



"* El citado Libro de cosas memorables relata otros casos de hechicerías y 
encantamientos ocurridos en la tierra de Córdoba por aquellos lustros (fo- 
lios 177 á 179), muy fantásticos é increíbles, que inducirían á Gallardo á repu- 
tar pov paparruchas tales historias; pero consta, no obstante, la existencia de 
más brujas en Córdoba por un pliego suelto que lleva por título : Relación veri- 
sima en la cual se \ da cuenta, de las muchas hechiceras y brujas que agora se han 
des I cubierto en la villa de Priego, por una maestra desta endiablada \ ciencia, 
que en la dicha villa estaba muchos años avia : Dase cuen \ ta de muchas muertes 
y casos feos que causó esta y otras sus com \ pañeras que ella va nombrando, las 
quales van prendien \ do por toda la tierra con muy gran cuidado. \ Todo ello 
visto y examinado al pie de la letra , por u?i testigo \ de vista que presente se 
hallo, a los tormentos y confesiones de | lias. Ympreso con licencia en Granada en 
casa de Martin \ Fernandez , en la calle de Ossorio. Año de mil \ y seis cientos y 
quince. (4 hojas in 8.°)— Contiene tres romances y una sátira. (Apud Gallardo: 

Ensayo , núm. 1.057.) He buscado con grande interés esta Relación, que, por 

la proximidad de Priego á Montilla, quizá contendría los nombres de algunas 
discípulas de las Camachas, y no he podido dar con ella; en la Sección de Va- 
rios de nuestra Biblioteca Nacional, manejada por mí con grande holgura, gra- 
cias á las amables facilidades que me dieron sus celosos y dignos conservado- 
res, no se encuentra. 

Da asimismo cabal idea de la abundancia de brujas y hechiceras en la co- 
marca la Colección de los Autos generales i particulares de Fé, celebrados por el 
Tribunal de la Inquisición de Córdoba: Anotados i dados a luz por el Lie. Gas- 
par Matute i Luquin. — Córdoba. Imprenta de Santaló, Canalejas y Comp., s. a. 
(1836); in 12.°, 296 peinas. — D. Luis María Ramírez de las Casas-Daza, verda- 
dero colector de esta recopilación , reprodujo ó extractó, entre otras , las Rela- 
ciones de los autos de fe celebrados en 1625 y i'627; la primera, del licenciado 
Páez de Valenzuela, y anónima la segunda, pero quizá también debida á su 

pluma. (Vid. Gallardo: Ensayo , número 3.330, y Valdenbbro: La Imprenta 

en Córdoba. — Madrid, 1900, número 125; edición distinta de la citada por aquél.) 
Salieron en ellos varias hechiceras : Catalina de Salazar, Ana de Jódar, Francisca 
Méndez, cuyas artes hacíanlas hermanas legítimas de las Camachas. 

Las notas que el supuesto Matute puso á los Autos son tan volterianas , in- 

12 



- 178 - 

Las descripciones brujiles cervantinas en nada desdicen de la his- 
toria honda, formal y secreta de los procesos inquisitoriales ni de las 
actuales prácticas, conservadas por la tradición; y allí es donde se con- 
firma cómo Cervantes no acudió (no ya sólo por impedírselo la crono- 
logía, sino por no necesitarlo) á la Relación del Auto de Logroño, como 
fuente inspiradora de su pluma. 

Aunque coincidiendo en el fondo esencial, común á todas estas prác- 
ticas, otros son los caracteres y colores que distinguen los humildes 
conventículos castellanos de los populosos aquelarres vascos. 

Vengamos, pues, para conocerlos, al pueblo mismo: metámonos en 
el riñon del reino de Toledo, por Villarrubia, por Casar, por Torde- 
laguna, y, como cualquiera de aquellos incrédulos licenciados que ro- 
gaban á una bruja les llevase á una junta del diablo, para experimentar 
por sí sus untos y adoraciones, *' acudamos nosotros también á una 
de las más famosas, á Catalina Mateo, ó á la Olalla Sobrino, contem- 
poráneas de Cervantes y vecinas de su misma patria, sin miedo al Santo 
Oficio ni á sus temibles familiares; que un siglo casi justo ha que lo 
abolieron los doceañistas gaditanos. 

El pueblo escogido para nuestra excursión nocturna sea cualquiera 
de los de la Mancha; la hora, pasadas de las once, á la media noche, 
como más propicia y favorable para conocer al diablo ; y si es tiempo 
de pascuas, miel sobre hojuelae; que en tales fiestas se alborozan y 
regocijan singularmente los malignos espíritus infernales. El lugar de la 
casa, la cocina, obscura y misteriosa, alumbrada por la tenue luz del 
mísero candil, ó por el reflejo rojizo de las ascuas. Por los rincones ó 
en los vasares observará el lector curioso conmigo las armas y utensi- 
lios de la hechicería (que no hay bruja alguna que deje de practicarla): 



solentes é impías como las de Moratín , á quien tiró á imitax, haciendo su hom- 
brada; sólo que, faltándole el ingenio fino y sal ática de'Inarco Celenio, sus 
gracias desmáyanse de tontas, frías y trasnochadas, ¡que este castigo lleva 

quien, entrando de matute, se mete á lo que ni Dios ni el diablo le llaman ! 

*" El caso es muy antiguo y proverbial en los tratados de magia. Torque- 
mada lo relata tomándole , acaso, de Orillando ó del Malleus maUficartim malé- 
ficas et earum heresim (Colonia, 1486, 4.°), de H. Institor et lacob Sprenger, 

obra de fama universal en la materia y que él saqueó bastante. (Vid. Jardín de 

flores , op. cit, ff. 151 á 152. Cito por la edición de Medina. Cristoval Lasso, 

1599; in 8.°) 



— «79 — , 

son infinitos, complicados, de una variedad y capricho extraordinarios. 
Estampas de Santa Marta, San Herasmo ñ San Cristóbal, pegadas á 
las paredes; clavos hincados tras de la puerta, bolsillas de paño, rojo por 
una vuelta y azul por otra, conteniendo sogas de ahorcados, ochavos de 
verdugos, barajas de 4I naipes, polvos quemados de piedra alumbre, 
piedra ¡man, cabos de cera blanca, hilillos de ombligo de niños, habas 
de mar y caracolillos, figurillas de cera y atravesadas en ellas alfileres 
y agujas, sesos de asno, hienda de lagartos y otras mil porquerías; sin 
que falte su sapo entre dos velas, ó su bien cuidada maceta de valeriana, 
regada con vino, muy propia para hechizos. ** No son menester, sin 
embargo, para nuestra prueba; sólo una olla de barro, oculta en un 
rincón, será el poderoso talismán de la jornada. 

En la cocina se encuentran dos, tres mujeres á lo sumo; salvo al- 
guna moza, curiosa y principianta, como se verá luego, todas son viejas, 
feas, altas y huesuda^, ó arrugadas y contrahechas, de mala catadura, 
ojos de harpía, pelo revuelto, canoso y desgreñado, que les cae sobre el 
sucio y miserable corpino. No hay que forzarse mucho en buscar el 
tipo : la Cañizares , tal como la ideó Cervantes , lo llena con exceso ; vale 



^ Todos estos ingredientes y elementos están sacados uno por uno de las 
causas de hechicería de aquellos tiempos , con otros que callo por poco limpios. 
(Vid. Inquisición de Toledo, leg. 82, núm. 1; leg. 85, núm. 56; leg. 86, núms. 71 
y 91; leg. 87, núm. 101, y leg. 88, núms. 122 y 126.) 

No he querido acudir á los testimonios literarios , que son también muy ricos, 
para componer mi descripción sólo con elementos auténticos y desconoci- 
dos. En la Tragicomedia de Lisandro y Roselia , Celestina se ufana de poseer 
«hieles de perro negro macho y de cuervo, tripas de alacrán y cangrejo, tes- 
tículos de comadreja, meollos de raposa del pie izquierdo, pelos priápicos del 
cabrón, sangre de murciélagos, estiércol de lagartijas, huevos de hormigas, pe- 
llejos de culebras, pestañas de lobo, tuétanos de garza, entrañudas de torce- 
cuello, rasuras de ara, gotas de olio y crisma » (Colee, de lib. raros y curio- 
sos.— Madrid, 1862; p. 74.) 

No menos rica, aunque no tan extravagante, es la relación de aquella hechi- 
cera, amiga de Agustín de Rojas: «habas, verbena, piedra, pie de tejón, soga 
de ahorcado, granos de helécho, espina de erizo, flor de hiedra, huesos de cora- 
zón de ciervo, ojos de loba, ungüentos de gato negro, pedazos de agujas clava- 
das en corazones de cabritos, sangre y barbas de cabrón bermejo, sesos de 
asno, y una redomilla de aceite serpentino, sin otras invenciones de que no me 
acuerdo». — El Viaje entretenido , op. cit., lib. I, f.° 15. 

Tampoco olvidó La Celestina estos instrumentos. (Acto I.) 



— i8o — 

él solo un museo y sobrepuja á las geniales concepciones de los Te- 
niers, los Platinir y los Zuloagas. 

Dos de aquellas hembras son brujas antiguas y avezadas; la tercera, 
más joven, es una novicia que aquella noche va á experimentar, por 
vez primera, los halagos misteriosos del diablo. 

Vencidos sus últimos escrúpulos y repugnancias, Juana la Izquier- 
da, ^^ maestra de todas, comienza la ceremonia invocando al demonio 
dentro del necesario cerco. *" Para hacerlo, desnúdase en carnes, suelta 
su cabello, ralo y canoso, de modo que le cubra las espaldas, ase de 
una escoba de palma, perfumada previamente con alcrebite, adorna su 
palo con una toca, *i y barre, ante todo, el espacio del suelo destinado 
á contener el cerco. 

Traza luego en el suelo, con carbón ó con sus mismos cabellos, un 
círculo, colocando en su contorno sal, carbón y a¿ufre, y desgreñada 
y desnuda, entra en él con la escoba y una cartdela encendida, y co- 
mienza á barrer la sombra que de su cuerpo proyecta la candela, di- 
ciendo en voz baja al mismo tiempo: 

Ven, ven, marido, , 

Cara de cabra. 
Que más vale lo mío 

Que tu barba; 



^" La descripción del aquelarre castellano, que sigue, es en un todo autén- 
tica y legítima. Nada, absolutamente nada, tiene de fantasía. Creo que hasta los 
mismos adjetivos pertenecen á las causas inquisitoriales. 

Por de contado, no he utilizado ningún detalle de las Relaciones que poseo 
del Atito de Logroño. Por varias causas; para separar, primero, la brujería en 
la Mancha y Andalucía de la de Navarra; y, después, porque siendo tan cono- 
cida ésta, y estando sus descripciones en las manos de todo el mundo, poca 
novedad hubiera aVgüido mi trabajo si hubiera aprovechado uno siquiera de sus 
elementos. En cambio, las causas inquisitoriales han permanecido, en su mayo- 
ría, inéditas hasta ahora; y ya que no otros rasgos mejores, éste al menos podrá 
ostentar mi pintura. Iré citando uno por uno los legajos de donde están tomadas 
las noticias del texto. 

*" Causa contra Juana la Izquierda , vecina de Casar, y Catalina Mateo y 
Olalla Sobrino, vecinas de Alcalá. — 1598-1609. — Inquis. de Toledo, leg. 88, nú- 
mero 128. — Interesantísima para la materia brujil. 

*' Causa contra Quileria y Lorenza de Luna. — 1604-1609. — Ibidem, leg. 89, 
número 150. 



— i8i — 

y esto por tres veces consecutivas , mientras las otras dos ayudantas, 
que están fuera del cerco, cooperan á la invocación rompiendo á decir 
con lastimeras voces: 

Ven, Belcebú, ven, 
Ven, Satanás. *^ 

Si los diablos andan remisos en acudir á estqs llamadas, no, fal- 
tará una de las tres brujas que, abrazándose á las liares 6 cadena pen- 
diente de la chimenea, para colgar el perol, comience desde allí á 
invocar á los diablos y á sus siete capitanías. *^ De ordinario no son 
tardos ni perezosos los malos' espíritus ; sino que por el hueco ó cañón 
de la campana** princípianse á oir palabras extrañas, grandes gritos, 
ruidos mezclados con confusión y estruendo, de los que se destaca una 
gran voz que dice: ¡guárte, guártel^^ |Es el momento de la aparición 
del demonio! 

La forma tradicional en que se presenta es bien conocida: la del 
grosero macho cabrío, armado con gran profusión de cuernos, largas 
uñas y aspecto horrible y temeroso. *^ No siempre es la única: otras 
semejanzas toma de perros, gatos, conejos, *' lobos, *8 muías pardas, *" 



4' Causa contra Catalina Gómez, vecina de Toledo. — 1532-1535. — Inquis. de 
Toledo, leg. 87, núm. loi. 

Juana Dientes, la famosa bruja de Madridejos, usaba esta parecida invoca- 
ción : 

Ven cabra , hi de cabrón, 
Que más vale lo mío 
Que quantos de ti son. 

Causa contra Juana Dientes y Martínez. — 1537-1553. — Inquis. de Toledo, le- 
gajo 90, núm. 167. 

4* Causa contra Mari Sánchez Cebolla. — 1548- 1549. — Inquis. de Toledo, le- 
gajo 95, núm. 255. 

** Causa contra Juana Dientes y Martínez, vecina de Madridejos. — 1537- 
1553. — Inquis. de Toledo, leg. 90, núm, 167. 

** Causa contra Catalina Gómez, loe. cit. 

*8 Causa contra Juana la Izquierda, loe. cit. 

*' Causa contra Catalina Gómez, loe. cit. 

** Causa contra Ana María García. — 1648. — Inquis. de Toledo, leg. 86, nú- 
mero 86. 

^^ Causa contra María de Espolea, alias //<j Pastora. — 1640. — Inquis. de 
Toledo, leg. 85 , núm. 68. 



/ 

— l82 — 

si es que, presumido y vanidoso, no entra vestido de negro, con ne- 
gra barba y negra gorra también. ^^ Las brujas antiguas presentan á 
su señor la neófita; abrázala el demonio, y bailan todas cuatro alrededor 
del fuego, en señal de c^tento y regocijo, hasta que el diablo desapa- 
rece nuevamente. ^^ 

Recógense á la lumbre las xorguinas; desmídanse todas con presteza 
hasta de la camisa misma, y tomando la olla de barro, úntanse las co- 
yunttíras de los pies y de las manos, diciendo al mismo tiempo la ora- 
ción á Satanás, ú otras fórmulas y palabras misteriosas. ^^ 

Lucifer, 
Hijo de Príncipe, 
Sobrino de Corer, 
Pan y quesito — te daré á comer. 
Lo que te pidiere — dámelo á entender 
Por hombre que pase, ó agua que vacie, 
Ó perro que ladre; 



M Causa contra Juana Dientes, loe. cit.. 

Ana María García en su causa, loe. cit., declaró: «que estando bailando una 
tarde, avra cuatro años, al ponerse el sol, se le apareció un bulto negro de 
hombre con quernos á los lados de la frente , y aunque luego que lo bió se tur- 
bó y cayó en el suelo, boluiendo á levantarse bió que todavía estaua junto á 
ella , y entonces la assió del brazo derecho y la echó en tierra y dixo que se le- 
bantasse, y auiéndolo hecho y assiéndola del mismo brazo, el bulto la dixo si le 
ofrecía aquel brazo, y le respondió que se le ofrecía, y él la boluió á dezir, que 
bien sabía que aquel brazo era suyo, que no se olvidasse dello, y ella le dijo de 
nueuo que sí y que le ofrecía el brazo y que no se olbidaría , y el la prometió 

hacer mucho bien y que la aparecería á cualquier parte que fuese » «de allí 

á quince días, estando también bailando á la mesma hora, el dho. hombre ó 
bulto, vestido de pardo, con sombrero negro y el rostro blanco, con cuernos y 
los ojos muy hundidos se le apareció, y sin hablar palabra se desapareció lue- 
go y se le boluió á aparecer en figura de perro y después de ordinario en 

figura de lobo » — Inquis. de Toledo, leg. 86, núm. 86. 

No siempre es negro el vestido del demonio: también usa del encarnado, 
color de fuego, natural elemento en que habita. Así se le apareció á Juana Do- 
mingo, bruja del lugar de La Regola, arciprestazgo de Ager (Lérida). — (1627). — 
Arch. Gral. de Simancas. — Inquisición. — Relaciones de causas de fe de la Co- 
rona de Aragón. — Libro 465; f.° 226. 

^* Causa contra Juana la Izquierda , loe. cit. 

»2 Ibidem. 



- 183 - 

Que te doy palabra, si me lo otorgas, ^ 

De no santiguarme en la cama, ni en la iglesia, 

Ni delante de santo que encontrare. '' 

Apenas ha concluido de rezarla la última, cuando todas tres sién- 
tense alzar un palmo del suelo, y en compañía del diablo, su maestro, 
otra vez aparecido, salen en vuelo por el aire, diciendo muchas veces: 

Vamos viga por viga , 
En la ira de Sancta María ^ 

Sigamos tras ellas , por ver en dónde paran. 

Las brujas y hechiceras son grandemente rencorosas. Su primera 
salida será á tomar venganza de sus comadres , ó de otros enemigos de 
quienes recibieron algún agravio. Volando por el aire llegan á la casa; 
cuélanse por un agujero ó resquicio de la ventana en el aposento donde 
duermen las madres con sus tiernas criaturas; ponen adormideras bajo 
las almohadas, para que aquéllas no despierten, y, ayudadas del dia- 
blo, que también asiste á la escena bajo la figura de macho cabrío, á la 
luz de una tea, que entran consigo, toman á la criatura y ejecutan en 
ella sus implacables y sordas venganzas. Ora la chupan lentamente hasta* 
bebería toda la sangre; ora la ahogan entre sus agitados dedos; las 



68 Causa contra Antonia González. — 1645-1647.^ /«^«/j. tte Toledo, leg. 87, 
número 106. 

No he podido encontrar las fórmulas que las brujas mancbegas decían al tiem- 
po de untarse. No las declararon á la par de otras. Incluyo, empero, la oración á 
Satanás , muy empleada en la hechicería , por la semejanza grande que guarda- 
ría con aquéllas. 

Fonseca escribe que las brujas de Zugarramurdi al untarse decían: «En tu 
nombre, señor, me unto; de aquí adelante yo he de ser una mesma contigo; yo 

he de ser demonio y no he de tener nada con Dios.» — Relación wmmaria , 

op. cit. ; f.° 1 5 vto. 

^ Causa contra Juana la Izquierda , loe. cit. 

El informe del Dr. Béthencourt da esta otra fórmula: 

De lugar en lugar, 
De orilla en orilla, 
Sin Dios ni Santa María. 

Salillas: La Fascinación en España^ op. cit; p. 32. 



- l84 - 

más veces hácenla perecer apuros cardenales y pellizcos, quebrándola 
las débiles piernecillas; y no faltan brujas más crueles y malvadas que 
las quemen por las nalguitas y los carcañares, usando de la tea que 
llevaron. 

Si acaso despiertan á los padres los lamentos de sus hijos 6 el ru- 
mor de las brujas, huyen éstas apresuradamente por el resquicio de 
la ventana, seguidas del diablo, para ejecutar en la misma noche, y 
ayudadas por él, otras fechorías de este linaje. ^^ 

En toda la Mancha son famosas y abundantes las bodegas; si las 
brujas tienen algún cosechero en la lista de sus enemigos, mal lo pa- 
sará el cuitado: aun cuando esté á muchas leguas de distancia, el dia- 
blo las transporta, lleva y mete en los lagares y cuevas donde atesora 
sus mostos; dan en ellas las brujas, y en un instante trasiegan por su 
gcdillo dos ó tres tinajas del vino más generoso. ^^ 



^ Causa contra Juana la Izquierda, loe. cit. 

Causa contra Antonia González, loe. eit. 

"* Auténtico, eomo todos los detalles de nuestra jira diabólica, « se des- 
aparecieron y fueron á tordelaguna , y se veuieron tres tinajas de vino de cierta 

casa» «otro dia se untaron y cada una se subió en un cabrón y se fueron 

por el ayre, y en instante se hallaron en Raducña, y entraron en una bodega y 
veuieron quatro tinajas de vino tinto.» Causa contra Marta Manzanares.— 
1644-1646. — Inquis. de Toledo, leg. 90, núm. 158. 

Entre las brujas del día consérvase (¡bien se comprende!) esta misma prác- 
tica. Corrobóralo el informe de D. Hugón Valle y Barroso, de Cabanas y Cas- 
troserna (Segovia). «Los untos de las brujas— dice — producían la virtud de con- 
vertirlas en algún animalucho, como ratón, hormiga, perro, gato, etc. Mediante 
esta metamorfosis, podían introducirse libremente en las bodegas, y allí bebían 
hasta alegrarse soberanamente, bromeando después, bien montadas en escobas 
y por el aire, ya bailando una danza extraña al son de destemplado tamboril. 
En cierta ocasión iba á ingresar una bruja nueva. Las otras, antes de apli- 
carle el referido ungüento, habíanle advertido repetidamente que no pronun- 
ciase ciertas palabras. Hecha la unción, dirigiéronse todas á la bodega del tío 
Martín. La novicia, como no estaba acostumbrada á refrenar la lengua, satisfecha 
de su primera libación, exclamó: «¡Jesús, y qué buen trago he echado!» En el 
momento quedaron todas en su forma ordinaria, sin poder salir del local. A la 
mañana siguiente llegó el tío Martín con un jarro para llevar vino; el buen hom- 
bre quedóse sorprendido al encontrar allí aquellas mujeres, quienes, aprove- 
chándose de la turbación del dueño, huyeron cada una por su lado.» (Salillas: 
La Fascinación en España, op. cit, p. 28.) Apunto estas minucias porque prue- 



- i85 - 

La alegría que el Yepes 6 el San Martín comunica á ellas y al diablo, 
partícipe también de estas borracheras, se traduce en avivar sus dormi- 
dos miembros, reclamando asueto y regocijo. 

Con no pequeño ruido y algarada pasan por las calles del pueblo, 
donde si algún vecino indiscreto sale á la puerta de su casa, para inda- 
gar el origen, topa con él el tropel de las brujas, péganle en los vestidos 
las mixturas con que se untaron, y que conservan aún su virtud pas- 
mosa, y llévanle también por los aires, mal de su grado, hacia las afue- 
ras del lugar, donde comienzan, en un prado ó sobre las eras, sus ex- 
cesos, bailes y desenfados. 5' 

Preséntanse allí otros diablos y brujas, y entre todos hacen un corro 
grande; y tañendo un adufe, á su son y al de lo's panderos y sona- 
jas, bailan alrededor del disforme macho cabrío, mientras una de las 
brujas rompe á cantar diciendo: 

/ Qué buena es la ruda I 
y responden las demás: 

No vale nada. 
Repite luego otra: 

/ Qué buena es la verbena ! 
y contesta el coro : 

No vale nada. 



ban, y bien hondamente, el poder extraordinario de la tradición en la brujería. 

¿Quién con semejantes libaciones y tragos no se explica el estado de las brujas, 
sus relaciones fantásticas y visionarias? Á la pluma se me viene un cuentecillo 
(que tiene todas las trazas y sospechas de sucedido) , oportunísimo en este lu- 
gar. Una vieja beata, rezadora y abrujada, relataba A su confesor las gracias y 
visiones santas con que, al su entender, la favorecía el cielo. « Sobre todo, padre 
— concluía — , todas las noches, después de la cena, se me aparece una de las tres 
personas de la Santísima Trinidad : unas veces es el Padre, otras el Hijo, y á me- 
nudo el Espíritu Santo.» Miróla socarronamente el religioso, y la preguntó: «Y 
dígame: ¿bebe usted algún vino al tiempo de la cena?» «Sí, padre — respondió 
la beata — ; tomo un cortadillo de Arganda.» «Pues mire — agregó aquél — : tó- 
mese otros dos encima, y verá todas las noches la Santísima Trinidad completa.» 

*' Cansa contra Juana la Izquierda, loe. cit. 



— i86 — 
Entra una tercera cantando: 

/ Qué buena es la hierbabuena ! 
y merece igual respuesta: 

No vale nada; 
hasta que hay una que dice, finalmente: 

/ Qué bueno es el orégano ! 
y entonces responden todas alborozadas : 

El orégano es bueno. 

Y á cada uno de estos cantos bala el macho cabHo, y cada vez que 
bala, las brujas le adoran y le besan en parte nada limpia. ^^ 

En señal de contento de ser bueno el orégano, saltan y palmotean, 
cantando todas á una, mientras bailan : 

Huevos cocidos, 
Para nuestros maridos ; 

Huevos asados, 
Para nuestros enamorados ; 

El carnero 
Para mí lo quiero'; 

y entre tanto, el demonio anda entre ellas haciendo run, run, y otras 
cosas, en verdad, poco aromáticas. ^^ 

Los desenfrenos eróticos y lujuriosos abren entonces su torpe ca- 
mino, cuando no se efectúan en la misma cocina donde se inició, ho- 
ras antes, la diablesca zambra. ^^ 

Mas desenfados son éstos que el prudente Berganza omitió en su' re- 
lación movidísima, por no escandalizar las castas orejas de Cipión; y 
como tengo las del lector por tanto ó más honestas que aquéllas, acabo 
aquí la pintura del aquelarre manchego, dejando á las brujas en manos 
del diablo, que las transporta nuevamente al lugar de donde salieron. 



*** Causa contra Marta de Espolea , la Pastora , loe. cit. 

69 /bidem. 

8" Causa contra Juana la Isquierda , loe. cit. 



- 187 - 

Aún en el retorno dejarán correr sus bromas, sacando á algún dor- 
mido lugareño de su cama y en camisa á la puerta misma de la calle, 
que también tienen poder para estas chanzas; *' pero ya asoma el alba 
en el horizonte y cantan los gallos, y una y otros son implacables ene- 
migos de las brujas. 

Acógense, pues, de vuelta á la cocina; desaparece el diablo, y toman 
sus vestidos, murmurando otra vez y muy aprisa, al tiempo de po- 
nérselos, la misma satanesca formulilla con que iniciaron horas antes 
su saturnal orgía: 

Vamos viga por viga , 
En la ira de Sancta María. 



¿Fueron acaso muy corrientes y propagadas en Castilla estas prác- 
ticas brujescas? 



*' Causa contra Juana Dientes, loe. cit. 

También este mismo pormenor se conserva en el día. — Salillas: La Fasci- 
nación en España , op. cit., p. 28. 

No siempre, claro es, se celebra el aquelarre en la forma descrita. Cada bruja 
tiene su rito, que guarda como privilegio. María Manzanares, por ejemplo, hacía 
en su casa un altar, sin imagen alguna , poniendo en él dos velas de cera encen- 
didas, é invocaba á los demonios diciendo: 

Ven ac.í , Barrabás ; 
Ven acá, Satanás ; 
Ven acá, Berzebud; 

y untándose con sus perfumes debajo de los brazos y en los muslos, al instante 
se aparecían muchas brujas y un brujo en medio, caballeras cada una en un ca- 
brón negro, y el brujo en otro, todas en figuras de demonios, y bailaban, sacán- 
dolas á bailar el brujo, al son de unos panderos que traían; y tras otras cere- 
monias indecorosas, que omito, poniéndose cada una en su cabrón, desaparecían 
por los aires, diciendo todas: 

De cabrío en cabrío 
Con la hija del diablo , 

para acabar metiéndose en una bodega de Tordelaguna , « donde se bebieron 
tres tinajas de vino>. — Causa contra María Manzanares. — Inquis. de Toledo, 
legajo 90, núm. 158. 



— i88 — 

Aquí encaja con gran oportunidad la separación hecha en un prin- 
cipio entfe la brujería propiamente tal y las restantes muestras y ma- 
nifestaciones supersticiosas; pudiendo asegurarse que en Castilla y An- 
dalucía fueron, á la verdad, muy escasos los aquelarres, y, en general, 
la magia negra ó diabólica. 

Los procesos inquisitoriales, archivo principal de estas torpezas, ri- 
cos en causas de hechicería, son de una extremada pobreza en cuanto 
á las de brujas, que pueden contarse con los dedos, sobre todo, des- 
pués del auto de Logroño y de las predicaciones que le siguieron. 

No sin fundamento el mismo Cervantes, al describir las excursiones 
nocturnas de la Cañizares, trasládala desde Montilla nada menos que 
á un valle de los Montes Pirineos; cuerdamente, porque en Navarra es 
donde tienen su asiento los conventículos infernales, no en las cálidas 
llanuras de Castilla, ni en los olivares andaluces. ** 

Cuando en las Cortes levantó su grito de protesta contra las hechi- 
ceras algún procurador, como Rodrigo Sánchez Doria, quejándose de 
que, aunque las justicias eclesiásticas y seglares prendían y castigaban 
á las que hallaban, no lo hacían «con la entereza, riguridad y cuidado 
que el caso requiere » , para nada se acordaba de las brujas ni jique- 
larres, que ni siquiera mienta, con ser el celoso Jurado conocedor y 
experto en las artes de magia. ** 

Sea por lo que fuere (que á pecar de prolijo me llevaría el tratar de 
sus causas), España, en aquellos tiempos, levántase sobremanera sobre 
otras naciones, reputadas como más liberales y progresivas, donde las 
brujas campeaban en verdaderas legiones, y su exterminio y castigo 



^ En Cataluña, por su proximidad á Francia, no faltaron tampoco. Conozco 
un muy curioso Contrato relativo d la exptdsión y castigo de los brujos y brujas 
del valle de Castellbó (Lérida)^ celebrado el día 5 de Agosto de 163J, entre el 
gobernador de dho. valle y los cónsules y concejo del mismo. El gobernador se 
comprometía á capturar por su cuenta y gasto todos los brujos y brujas de la 
tierra, y por cada uno que fuese sentenciado como tal, recibiría de los cónsu- 
les, Universidad y Concejo 25 libras. (Acad. de la Historia, Mss. E, núme- 
ro 129.) 

88 Presentó su proposición, enumerando las supersticiones más corrientes en 
su tiempo, sin mentar, como digo, las de brujería, en 10 de Junio de 1592. (Cor- 
tes de Castilla.— Tomo XII, 82 á 85.) Se trató largamente de ella en 7 de Mar- 
zo de 1595. (Ibidem, XIII, 488-492.) 



— i89 — 

dejaba tras sí anchos regueros de sangre y humeantes y no apagadas 
hogueras. ••* 

Bien é imparcialmente lo han notado otros autores; y por si sus 
pruebas y testimonios no fueran bastantes, acúdase á los de la litera- 



"* Vid. Icaza: Las Novelas ejemplares , donde con mucha valentía y enidi- 

ción trata este punto (op. cit., 216-218). 

En Alemania y Francia eran quemadas vivas todas las brujas, cometiéndo- 
se verdaderos horrores en su exterminio. — Vid. Jacob: Curiosités infernales , 

(op. cit., 79, 80, 92 y passim.) 

« Ce qu'il y a eu de victimes réelles pour tant de crimes imaginaires , — agre- 
ga otro historiador — ne se peut dénombrer aujourd'hui. La science de la statisti- 
que, toute problématique qu'elle peut étre sur un pareil sujet, ne reste pas 
néanmoins muette. De l'ensemble de ses calculs , on peut conclure qu'il y eut 
plus de büchers éillumés au déclin de la sorcellerie , qu'á l'époque oii la magie 
du Moyen Age se confondait avec la science et mélait ses sombres mystéres 
aux débats de la théologie. En spécifiant les degrés du crime parmi ceux qui 
se livraient aux sciences occultes ou qui abandonnaient leur ame á Satán , la ju- 
risprudence devint impitoyable. Elle le fut surtout au delá du Rhin. Si quinze 
mille individus succomberent ^ par exemple , depuis le temps de la Renaissance 
jusqu'en 162S , il eu périt cent mille a partir de cette époque jusqu'en lóóo. 
(Voy. CoNRAD HoRST : Biól. Magique.) En France, les grands procés de sorcel- 
lerie, ceux oii figurent Gaufridi, Urbain Grandier, la Voisin, Charles et Urbain 
Pelé, Franchillon, et tant d'autres, datent du dix-septiéme siécle. II y a des 
dates et des chiffres qui mettent a neant bien souvent toutes les conjectures de la 
philosophie; et l'histoire verra toujours avec surprise que le siécle oü parut 
Newton fut aussi celui oü le plus grand nombre de büchers s'allumérent pour 
punir les crimes prétendus de magiciens et de sorciers.» — Ferdinand Dknis, 
Conservateur déla Bibliothéque Sainte Geneviéve, en Le Moyen Age et la Re- 
naissance ^ París, 185 i; tomo IV, f.° xxxii. 

Estos horrores ocurrían no sólo en el siglo en que nació Newton, sino en 
plena y decantada Reforma. ¿Dónde quedan las cifras de sus suplicios junto á 
las de la Inquisición española , tan combatida y difamada por quienes no se han 
tomado siquiera la pena de repasar las Constituciones de Valdés ni leer uno solo 
de sus procesos? Henry Charles Lea, en su magnífica y ya citada obra, A Histo- 
ry of tke spanish Inquisition, discurrió largamente sobre los servicios prestados 
por la Inquisición á la causa de la humanidad , deteniendo, merced á una re- 
presión benigna y cauta, la ola de superstición que invadió las comarcas todas 
de Europa, durante los siglos xvi y xvu. Suyas son estas notabilísimas palabras 
dedicadas á juzgar la conducta del Santo Oficio, tanto en Roma como en Es- 
paña: «Thus the two lands in Christendom, in which the Inquisition was tho- 
roughly organized, escaped the worst horrors of the witchcraze. The service 



— 1 90 — 

tura supersticiosa, tan pródiga y abundante en Francia ^^ como escasa 
y pobre en España; que el librillo de exorcismos del maestro Céspedes 
quizá se aplicaría contra las orugas y arañuelas, ratones, langostas y 
gusanos; pero poco servicio harían, ciertamente, las oraciones y rú- 
bricas recogidas por el buen monje Bernardo contra las brujas. ** En 



rendered , especially by the Spanish Holy Office , in arresting the development 
of the epidemics so constantly reappearing, can only be estimated by conside- 
ring the ravages in other lands where Protestants , who had not the excuse of 
obedience to papal authority, were as ruthless as Catholics in the deadly work.» 
(Op. cit., vol. IV, 246.) Y á continuación enumera los horrores cometidos en Eu- 
ropa por aquellos tiempos contra las brujas. En Francia, Nicholás Remy se 
jactaba de haber quemado 900 xorguinas en quince años. En Alemania se calcula 
en 100.000 (!!) el número total de sacrificadas durante el siglo xvii. Solamente 
en 1609, en el espacio de cuatro meses, quemó en la tierra de Labour loo bru- 
jas un Tribunal civil , comisionado al efecto por Enrique IV. En la Gran Bre- 
taña ascendieron á más de 30.000 las víctimas sacrificadas por el fanatismo ci- 
vil. (Vid. op. cit., vol. IV, 246-247.) ¿Quién se atreverá con estos datos á tachar 
de cruel á nuestro Santo Oficio, que con su progresivo y profundo criterio evitó 
tcdes matanzas? 

^ Vid. la larga lista de obras tocantes á todos los géneros de Magia, en Lt 

Moyen Age et la Renaissance , op. cit. , tomo IV , ff. xxxii y xxxii vto.; y en 

Brunbt: Manuel du Libraire París, Didot, 1860-1865; tomo VI, pp. 530-534. 

*' Libro de \ conjvros, | contra tempestades, I contra orvgasy arañvela, \ con- 
tra duendes, y bruxas, contra peste , y males có \ tagiosos, contra rabia, y contra 
endemoniados, | contra las aues, gusanos, ratones, langostas, y có \ tra todos 
qualesquier animales corrusivos q da \ ñan viñas , panes , y arboles de cualesquier 
semi I lia: aora nueuamente añadidos. Sacados de \ Missales, Manuales y Bre- 
uiarios Ro \ manos, y de la Sagrada \ Escritura. \ Compuesto y ordenado por el 
padre fray Diego de Céspedes, \ monje Bernardo, prior del Monasterio Real de 
N. I Señora la Blanca de Marcilla, y lector \ de Santa Theologia \ * | Con li- 
cencia. I En Pamplona por la heredera de Carlos de | Labayen. Año de lóóp. 
Un vol. en 12.°, de in -i- 68 págs. dob. Por la aprobación más antigua (Pamplo- 
na, 23 de Agosto de 1626) se deduce que la primera edición debió de salir alre- 
dedor de dicho año; yo conozco otra de Pamplona, 1641, in 8.° Es librillo curio- 
so, no en sí, que es todo ceremoniesco, sino porque patentiza las credulidades 
supersticiosas por la región navarra. El conjuro contra las brujas y duendes está 
de los folios 23 vto. á 32. 

Otro librillo conozco de este mismo linaje, compuesto por el P. Fray Luis de 
la Concepción, Trinitario Descalzo: Practica \ de conjurar \ en que se contienen 
exorcismos, y conjuros contra los malos espíritus de qualquier mo \ do existentes 



— igi — 

España, de donde Menéndez y Pelayo ha dicho que « tuvieron las artes 
mágicas menos importancia y variedad que en parte ninguna de Euro- 
pa», '^^ pudieron crecer, y crecieron, en efecto, otras cizañas supersti- 
ciosas, y pudo tener sujetos la astrología judiciaria á casi todos los 
espíritus; mas la hechicería provocó siempre iguales dudas é' incredu- 
lidades; y en lo que toca á las brujas, la misma controversia nacida 
sobre la verdad de -sus aquelarres demuestra patentemente que no 
se dejaban vencer sus inteligencias por las declaraciones orgullosas y 
fantásticas de las xorguinas. 

Donde se advierten más palpables estas dudas es en las mismas 
sentencias condenatorias del Santo Oficio. Encendíanse los fiscales, al 
redactar sus calificaciones, en grande indignación y celo ; pero era el 
caso que llegaba la sentencia y las penas eran suaves y levísimas para 
la magnitud y maldad de los crímenes declarados por las confitentes. ** 



en los cuerpos humanos — Madrid , 1 72 1 ; in 8.°, xiv pp. dob. + 204 sencillas. — 

(Bib. Real Academia Española.) 

•" Historia de los Heterodoxos Españoles...... op. cit. , II, 670. — Vid. todo el 

Cap. IV del libro V, que no pasará nunca. 

No faltan hoy espíritus fuertes que se indignan y escandalizan de que en Es- 
paña, por los siglos XVI y xvii , se creyera en brujas. Pues á los tales recomiendo 
que repasen la sexta plana de cualquier diario francés de gran circulación. Allí 
se encontrará anuncios como los siguientes: 

€ Madama Clara: Predice suerte, desgracia. Cartas y fichas egipcias. Desde 2 
francos.-" 

«Porvenir Revelado: Procedimientos para obtener salud, dinero, gloria. 2 
francos. Envíese mecha pelo. — Madama Isolina. » 

«Fortuna Fácil: Suerte, bienestar, éxito, conseguidos consultando vidente mis- 
teriosa , fichas armenias, caldeas. 2 francos. Madama Tréfle.^ 

«¡Aviso!: Madama de Mars, la sonámbula más lúcida de París. La cartoqui- 
romdntica más reputada. Aconseja ¿informa sobre todo: herencias, bodas , proce- 
sos, amistad, etc. Precisión, fechas, detalles. Ella sola posee el don misterioso de 
quitar y echar el mal de ojo, obtener amor y amistad apetecidos , salir bien en todo. 
Consulta diaria desde 2 francos. — Correspondencia.» Y como éstos y como los 
otros hay en la inmensa sexta plana hasta 74 anuncios, que se repiten todos 
los días; prueba de que son consultadas las adivinas. Y dígase ahora: ¿quiénes 
eran más bárbaros? 

68 Casi todas ellas encierran la misma fórmula: «Si el rigor de derecho hu- 
uiercunos de seguir, la pudiéramos condenar en grandes y graues penas; mas 
queriéndolas moderar con equidad y misericordia por algunas causas y justos 
respetos q a ello nos mueven, en pena y penitencia de lo por ella hecho, dicho y 



— 192 — 

¿Es que la benignidad de la Inquisición, innegable y verísima en la 
mayoría de sus causas, como de su lectura se toca, se confirmó aquí 
una vez más, ó, aparentando creer aquéllos, aliviaba la pena cuanto 
podía, excusando de castigar severamente unos delitos de los que en 
el fondo no estaba convencida? «^ Escoja el lector el que guste de 
ambos extremos; pero concluya conmigo que la represión de la bru- 
jería por el Santo Oficio de Toledo fué suave jy misericordiosa, sin que 
tampoco extremara sus rigores el de Logroño, con verse allí, como se 
vio, perenne y no agotado el plantel de las brujas durante toda la cen- 
turia decimosexta. '" 



cometido la devemos mandar (y aquí la pena, que, de ordinario, era repren- 
sión pública, abjuración de levió cosa parecida), {fnqnisicidn de Toledo, leg. 86, 
número 78.) Las causas y Justos respetos que á los inquisidores movían ¿eran, 
como sospecho en el texto, su incredulidad en tales crímenes, jiras y convites? 
No lo sé, ni me atrevo á asegurarlo, pero sí que su benignidad y blandura fue- 
ron innegables. Á María de Espolea, bruja confitente, no la aplicaron más cas- 
tigo que abjuración de levi (loe. cit.). Á Juana Dientes, con ser como era una 
profesional y maestra en toda la comarca , enseñando á otras muchas, y practi- 
cando la hechicería y la brujería juntamente, no recibió otra pena que salir en 
el Auto con una vela en la mano, soga á la garganta, coroza en la cabeza, cien 
azotes por mano del verdugo y cuatro años de destierro de Madridejos. Eso, en 
pleno siglo XVI , cuando el rigor de los inquisidores era más grande que lo fué 
luego. íSe hubiera salvado de la hoguera, ninguna de las dos, en Francia, Ale- 
mania ó Inglaterra? 

* Esta sospecha mía hallóla, después de escrita, convertida en afirmación 
categórica en la magistral obra de H. Ch. Lea, que juzga incrédula á la Inquisi- 
ción en cuanto á la realidad de los aquelarres (op. cit., vol. IV, p. 239). 

™ No era solamente blando y misericordioso con las brujas y hechiceras el 
Tribunal del Santo Oficio de Toledo; lo eran asimismo los restantes del reino. 
El de Córdoba, por ejemplo: en el Auto de 1627 salieron varias hembras con 
las insignias de hechiceras: coroza y soga; diéronlas ciento ó doscientos azotes 
y desterráronlas del lugar donde practicaban sus artes , por cuatro ó seis años; 
ésta fué toda la pena. (Vid. Matute y Luquín: Colección de los Autos generales i 
particulares de fe, op. cit., p. 97.) En Cataluña, por extractos que poseo de pro- 
cesos de hechicería, tampoco contradijo su benignidad la Inquisición. Repren- 
sión pública, abjuración de levi, y, cuando mucho, azotes y destierro, eran las 
penas ordinariamente estiladas. (Vid. Archivo de Simancas. Consejo de Inquisi- 
ción. — Relación de causas de Fe de la Corona de Aragón. — Libros 465 , i.° 226, y 
466, ff. 48 vto. y 136.) En América también procedía con igual blandura el Tri- 
bunal de la Inquisición de Chile.— Vid., por ejemplo: (Arch. de Simancas). Con- 



- 193 — 

Nadie podrá negar, sin pecar de sectario y de enemigo de la luz his- 
tórica, que la intervención del Santo Oficio en las causas de brujería y, 
en general, en todas las supersticiosas, evitó crueldades y rigores de- 
masiados de la justicia seglar; que puestas en su mano las desdichadas 
reos, no hubieran dejado de ejecutar en ellas el rigor espantoso que en 
otras naciones padecieron. Claramente lo decía en nuestra misma pa- 
tria el ejemplo severo de Cataluña, región á la cual, p«r sus fueros, no 
alcanzaba tan directamente el poder de la Inquisición como en Castilla, 
entendiendo, por lo tanto, casi siempre, los jueces seculares en las 
causas de las brujas, para ahorcar, eso sí, inexorablemente, á cuantas 
infelices, acusadas de tales, caían en sus garras; de tal manera, que en 
solo dos ó tres años, sobre 1619, perecieron en el suplicio más de 
trescientas personas convictas de brujería: '^ rigor, insisto, que en 
Castilla se hubiera repetido, de haber prosperado aquella rechazada 
proposición de los procuradores de Burgos, que en las Cortes de 1 592 
á 1 598 pidieron « que á las maestras de este arte , las condenen en pena 
de fuego, y que en el conocimiento de las causas no se haga novedad», '^ 
esto es, siguiesen entendiendo en ellas las justicias ordinarias. ¡Cuán- 
tas y cuántas, pues, salvó en su misericordia el Santo Oficio 1 '* 



sejo de Inquisición. Relación de causas de Fe. Causa contra Marta de Castro 
Barreto. — Libro 760, i.°, f." 380. 

A raíz del Auto de Logroño, en 31 de Agosto de 1614, y como consecuencia 
de los informes y excitaciones del inquisidor Sédazar (á quien tan parcial é igno- 
rantemente trató Moratín), redactó el Consejo Supremo del Santo Oficio unas 
Instrucciones sobre el modo de perseguir á las brujas (Arch. de Simancas. — In- 
quisición de Logroño. Leg. I, Procesos' de fe, núm. 8), tan sabias y progresivas, 
que el protestante Lea no vacila en decir de ellas que son « an enduring mo- 
nument to his calm good sense, which saved his country from the devastation 
of the witchmadness then ravciging the rest of Europe». (Op. cit. vol. IV, pági- 
nas 235-237.) Durante todo el siglo xvii constituyeron el procedimiento de la 
Inquisición en las causas de este linaje. 

" Consta de una carta original de D. Martín de la Guerra, fechada en Bar- 
celona á 26 de Octubre de 1619, donde sé lee lo siguiente: «en este Principado 
de Cataluña, de dos ó tres años á esta parte, an ahorcado los jueces seglares 
mas de trescientas personas por brujas, y oy tienen presas a muchas por el mis- 
mo delito.» — Biblioteca Nacional, Mss. núm. 2.440; ff. 212-213. 

'ií Cortes de Castilla. — Tomo XIII , p. 488. 

" No es conjetura mía: hablo con datos á la vista, que declaran un hecho 

«3 



— 194 — 

Bajo mi conciencia de investigador puedo asegurar que en las causas 
del Tribunal de la Inquisición de Toledo, tras de haberlas repasado to- 
das, no he leído ni una sola en que fuera castigada una bruja siquiera 
con la severísima pena que los procuradores de Burgos pedían. Más 



que quizás asombrará á muchos, á saber: que las mismas hechiceras y brujas pe- 
dían ser juzgadas por el Santo Oficio, y no por la justicia seglar!! ¿Qué tal sería 
el rigor de la Inquisición ! Y ahí va la prueba auténtica y verídica. 

Eulalia Ursola, doncella, natural de Caldes de Mombúy, obispado de Barcelo- 
na, de edad de diez y ocho años, fué testificada en 1621, aiite el Bayle de Caldes 
de Mombúy, por seis mujeres mayores , que depusieron en tortura contra ella (y 
que por brujas también fueron luego las cinco ahorcadas por el dicho Bayle, 
huyendo la sexta á Francia), que la habían visto en compañía de su madre 
(asimismo ahorcada por bruja), en las juntas que tenían todas con el demonio. 
Púsola presa el Bayle , negó en un principio, y apretada del tormento confesó 
que, en efecto, inducida por su madre, siendo muy moza, había asistido al 
aquelarre, por temor de los castigos con que aquélla le había amenazado. Con 
esta declaración y la información de las testigos, el Bayle la co?idend d ahorcar; 
y lo hubiera ejecutado si por parte de la Eulalia Ursola no se hubiese presen- 
tado ante el Tribunal del Santo Oficio una petición relatando su proceso ante 
el Bayle y la pena de muerte que éste le había impuesto por sólo ser apóstata, 
delito del qual sólo podía conocer la Inquisición; «y que para darle el remedio 
combeniente á su alma, pedía y supucaua que la mandasen traher A este Tri- 
bunal JUNTAMENTE CON SU PROCESSO». Hízolo así; avocó para su jurisdicción la cau- 
sa el Santo Oficio; siguió sus trámites, ratificóse la rea en sus declaraciones he- 
chas ante el Bayle, repitiendo (juc si renegó de la santa fe Católica y adoró 
al demonio, fué por temor de su madre, ser muchacha ignorante y de poca 
edad, pidiendo humildemente misericordia, con muchas lágrimas y promesas 
de cumplir la penitencia que se la mandase. Y visto por los Inquisidores, sen- 
tenciaron el proceso, fallando: «que esta rea sea absuelta ad cauthelam de las 
censuras en que puede hauer incurrido y reprehendida en la falta de las cosas 
que ha hecho, y con esto sea suelta de las cXrcbles públicas deste Santo Offi- 
cío DONDE está PRESA»; €Y Assf SE EXECUTÓ EL DICHO DÍA», que fué el 4 de No- 
viembre de 1621. (Arch. Gral. de Simancas. — Consejo de Inquisición. — Relación 
de las causas de Fe de la Corona de Aragón. — Libro 465; f.° 37.) Y por si el lec- 
tor descontentadizo me arguye que una golondrina no hace verano, y un testigo 
solo no es entera fe, lea estos párrafos de un Traslado de una Carta que el doc- 
tor Ayala, Inquisidor de Calaorra, escribió al doctor Ruesta, Inquisidor de 
Cuenca, sobre la materia de las bruxas. Está fechada a XX de otubre de 1529 
años, y en pleno descubrimiento y furor de las xorguinas navarras. Son intere- 
santísimos é inéditos. « Manda v. m. que le ynforme de la Práctica y estilo que 
tienen en esta audiencia en juzgar las brujas, y en berdad, Señor, que según la 



— '95 — 
razón, humana filosofía y conocimiento de la debilidad y embustes fe- 
meninos poseían aquellos predicadores, que aseguraban que los éxtasis 
y sueños de las brujas no merecían curarse con penas de fuego ni otras 



materia es confussa ji la muchedumbre deltas que en estas partes ay, tenemos acá 
necessidad del conssejo y parecer de tal persona de v. m. y de essos señores 
que le assisten en consultas que otra Audiencia ninguna; mas por obedecer 
á V. m., diré lo que se practica: y es que í« esta ynquisicion siempre se admiten d 
rreconciliafión las que cotifiessan de la manera que v. m. escriue e ninguna de 
las tales se relaxa ni dexamos facultad a justicia seglar para que directa ni in- 
directamente entiendan mas en ellas, por muchos omifidios que houiessen perpetra- 
do, y & tres años que nos tura [j/c-dura] bentilar este artículo. Porque el con- 
sejo rreal de nauarra, se puso en que ellos auían de ser jueces de los omi^idios. 
Y se lo e defendido como quien dife la lanfa en la mano, y sobre ello a auido mu- 
chas consultas asi en Granada como en Valladolid, hasta que dixe que dexaria el 
offcio y que nunca yo rreconciliarta persona que lajustifia seglar me la obiesse 
de aorcar y justifiar * 

Tratando de las penas que imponían, añade: «lo que aquí se practica es que 
consideramos la grauedad é calidad de los tales delitos extraordinarios al cri- 
men de la eregía [homicidios, venganzas, etc.] y las que se alian muy culpadas, 
aberiguados los delictos, después de rreconciliadas las immuramos , y asi están 

en este partido diez ó do^e entre quatro paredes que persona ha auido que 

a confessado auer muerto a sus padres por que no los pudo tornar bruxos y ella 
a acauado sus dias etttre quatro paredes^ Y para probar el delito no basta- 
ban «dos ni tres y quatro testigos, por ser este delito tan incierto y el juicio 
del tan peligroso, que ya en este oñcio á auido persona convencida deste delito 
por siete testigos fidedignos no la osar rrelaxar; lo que hacemos es, á las tales, 
atormentarlas , y si confiessan yn tortura, admitirlas á rreconciliagión, y si el nú- 
mero de los testigos es grande, allende de la tortura, se mandan compurgar». — 
Arch. Gral. de Simancas. — Inquisición. — Libro 1.034; ff. 60 y 61. 

Perdóneme el lector la extensión y porfía de la nota. La materia y los docu- 
mentos son del mayor interés. De ellos se desprende que, antes que en Italia 
ó en Suiza, la Inquisición había pretendido abolir la pena de muerte, ya que 
por delitos ordinarios, nunca la ejecutaba, reduciéndose á castigar á los reos 
con la pena que, en sustitución de aquélla, hoy defienden y propagan las más 
modernas y avanzadas escuelas criminalistas: la inmuracián. 

Escrita la anterior nota, tuve ocasión de hacerme con la soberbia A History 
of the Spanish Inquisition by H. Ch. Lea, y ver confirmados en ella, á pesar 
de ser protestante su autor, mis juicios sobre la conducta de la Inquisición 
en la represión de la hechicería y brujería. En los dos magistrales capítu- 
los VIII y IX, que en su libro VIH las dedica (vol. IV, 178 á 247), resplandece 
la conducta prudente, cauta y sapientísima seguida por el Santo Oficio, opo- 



— 196 — 

graves ningunas, sino sencillamente con una tanda de azotes. '* Que 

á esto, en puridad, se redujeron las impuestas por el Santo Oficio, aun 
á las más pertinaces y declaradas del territorio castellano. '* 

Cuatro palabras, por último, para acabar este capítulo. ¿Llegó Cer- 
vantes á creer en las fantásticas patrañas que pone en boca de la Ca- 
ñizares ? 

Más difícil de lo que parece es concretar el juicio cervantino, 6 de 
cualquier otro autor del tiempo, sobre las materias supersticiosas , y no 
puede concluirse categóricamente y desplano, como se han arrojado á 
hacer otros autores, el que Cervantes no creyera en absoluto en todos 
los embelecos que encierra aquella mala y fecundísima arte. 

En aquella generación inquieta y atrevida, amiga de novedades, 
nada rutinaria ni estancada como se la pinta, sino hambrienta de lo 
desconocido y portentoso, ansia y afán que la llevó á conquistar la 
América, á recorrer la, Europa entera, y aun, en la forzada quietud y 
soledad de sus patrios lares, á suplir aquellas andanzas y correrías 
por las maravillosas aventuras que les proporcionaban las Silvas de 



niendo su cautela y benignidad al rigor precipitado é inconsciente de los tri- 
bunales civiles. Después de describir la lucha sostenida con éstoSj para arran- 
car de su jurisdicción el conocimiento de las causas criminales , salvando, por 
ende, de la hoguera, innumerables víctimas, estampa estas terminantes pala- 
bras: «Thcre is noí question that, in most cases, the deliquen ts were fortú- 
nate in having the Inquisition as a judge rather than the secular courts, which 
everywhere showed themselves merciless where sorcery was concerned ». 
(Op. cit., IV, 197.) Y callo, para no hacer perdurable esta nota, mil testimonios 
, más que podrían sacarse de la citada obra. ¡Triste cosa es que vengan á en- 
I señarnos la verdad los norteamericanos! ¡Y en nuestra casa! ¡Para vencernos dos 

veces ! ¡Con las armas y con la razón! 

'* « Conocí á un padre religioso — escribe fray Martín de Castañega— que con 
una solemne disciplina de acotes sacó los espíritus á una semejante mujer.> 
(Tratado muy sotil y bien fundado, op. cit. ; Cap. XXIII.) Este mismo risueño re- 
medio proponía el inquisidor Joan Ramírez, según se lee en una apostilla de 
la Relación que hizo el doctor don lope de ysasti , Mss. Cit., Bibl. Nac, nú- 
mero 2.031. 

" «These rules [las generales y severas de la Inquisition] were not observed; 
reconciliation was exceedingly rare, abjuration de vekementi was unusual, ab- 
juration de levi almost universal, and the tribunals exercised wide discretion 
in the infliction of the most diverse penalties.>— Lea: A Historyofihe Spanish 
Inquisition , op. cit., vol. IV; p. 198. 



— <97 — 
varia lección. Historias prodigiosas , ú otras misceláneas de casos raros 
y estupendos, sin mentar la literatura típica, connatural y abonada 
de los libros de caballerías, la afición á lo maravilloso halló pasto 
abundante en que solazarse durante más de cien años. ijQué extraño 
es, pues, que, con semejantes antecedentes, la superstición, la bruje- 
ría, pronósticos, agüeros y encantamientos se acogieran y propagaran, 
y no, ciertamente, por lo que tenían de mentirosos y obscuros, sino, 
por el contrario, por su espíritu fantástico innovador, '^ que la dema- 
siada credulidad no supone, como hoy se juzga, sociedades abyectas, 
rebajadas y envilecidas, sino sanas, enteras y confiadas, como si, se- 
dienta el alma de verdad y aspirando sin cesar por ella, prohijara 
como tal cualquiera que se le presentase con colores algo verídicos y 
reales f 

Este carácter, en medio de todo, inocente, de las credulidades su- 
persticiosas, lo declaraban las mismas Cortes, al tiempo de pedir que se 
corrigieran, « porque es delito en que muy de ordinario pecan las gen- 
tes, á veces más por ignorancia que malicia, mayormente en tierras 
de montañas y gente rústica ; que si supiesen el rigor de la ley y ofensa 
que hacen á Dios, se abstendrían de ello». " 

Cervantes en este punto no pudo, dígase lo que se quiera, sustraerse 
á la influencia del siglo en que había nacido: como otros ingenios pre- 
clarísimos del Renacimiento, ofrecía chocantes y bien extraños contras- 
tes; porque, adelantándose á su época en muchas cosas, con sobrada 
valentía ó profundidad de entendimiento, era, en otras, de credulidad 
grande y lastimosa, ó, cuando menos, se dejaba arrastrar por ajenas y 
entonces valiosas autoridades , que creían en los convites infernales del 
demonio y sus iniciadas. 

Bien sé que estaba muy lejos de Lope y de Agustín de Rojas, y esti- 
maba cosas risibles y de juego aquellas agorerías que el famoso escri- 
bano zamorano había derramado en El Bven repvblico, de no lavarse 
las orejas en Marzo, ni cortarse las uñas en Mayo, ni levantarse de la 



'8 La misma razón daba Martí, iLa raíz deste vicio está en el apetito que 
reina en los hombres de cosas nuevas.» — Guzmdn de Alfar ache. — Parte II, Li- 
bro III, Cap. IV. 

" Cortes de Castilla.— Cortes de Madrid de 75^2-/5 j?*.— Capítulo LXIXf 
tomo XVI, p. 672. 



— 198 — 

mesa con hambre en Junio, siendo quizá la única en que creería la 
predicción de Abril: «no prestéis, porque tarde lo cobraréis». '* 

¿Quién ha de sospechar siquiera que estimase por buena aquella 
receta para obtener un diablo familiar, que vendía una hechicera de su 
tiempo? «Tomad un gato negro, sacadle los ojos y haciéndole mil taja- 
das echadle en una redoma; y enterrada en un hoyo del corral, donde 
haya estiércol, al cabo de nueve meses cocerá, y se congelará el de- 
monio,'* presto para todos usos.» .¡Ni aquellos huevos maleficiados con 
que hechizaron á un clérigo, «que murió dello; que eran tres, y tan 
duros, que con un canto no los podían partir, hasta que con una ha- 
chuela los raxaron, y estaban por dentro azules como un lirio, y po- 
niéndoles en el suelo bailaban sin que nadie se llegase á ellos»? **" ¿Ni la 
fórmula para distinguir las brujas de las que no lo eran? ¿Ni tantas men- 
tiras, embustes y patrañas, recibidas del pueblo, que en las causas in- 
quisitoriales se contienen, sobre atraer voluntades, concertar desposo- 
rios é inclinar amoríos? No; él mismo había confesado por boca del 
Licenciado Vidriera que «no hay en el mundo yerbas, encantos ni pa- 
labras suficientes á forzar el libre albedrío»; y en el Quijote: «ni he- 
chizos que puedan mover y forzar la voluntad, como algunos simples 
piensan ; que es libre nuestro albedrío y no hay yerba ni encanto que 
lo fuerce » . **' 

Pero á la vez que declaraba estas cosas, no dudó en acudir á los re- 
cursos de la magia con todo su cortejo de nigrománticos, astrólogos y 
hechiceras, moviéndose dentro de una geografía nebulosa y dispara- 
tada , para la trama y acción de su Persiles. Aquí mismo en el Coloquio 
expone sus dudas, cuando al tratar de la cuestión debatidísima en su 
tiempo de si las brujas iban realmente á sus jiras y convites, ó si las 
soñaban en la fantasía, dice «que entrambas opiniones tiene por ver- 



™ El Bven repvhlico, op. cit. ; ff. 97 y 98. 

'• Causa contra Margarita de Borja. — 1615-1617. — Inquis. de Toledo, lega- 
jo 83, núm. 31. 

El gato negro es la materia prima para fabricar diablos familiares. No sé por 
qué. Pero rejiítese en otras causas. — Vid. Causa contra Maria Ger ánima — 1623- 
1624. — /¿^'rfíOT , leg. 87, núm. 99. 

*> Causa contra Maria de Chaves.— 1650. — Inquis. de Toledo, leg. 85, nú- 
mero 56. 

8" Parte I, cap. XXII. 



I 



— <.99 -^ 

daderas » , encerrándose en el eclecticismo de quien no ve la verdad 
clara y sin sombras. *** 

No hay, por tanto, que llevar tan lejos su escepticismo, librando á 
su espíritu de toda credulidad, cuando insignes teólogos y filósofos dis- 
currían muy seriamente sobre la materia, y el Santo Oficio dábala pú- 
blica autoridad en sus autos y sentencias. Harta y hermosísima inde- 
pendencia demostró al negar su crédito á ciencia tan generalizada y 
universal entonces, como la Astrología judiciaria, en la que tantos y 
y tantos ingenios habían caído y cayeron, por desgracia. ^^ Mas si para 



82 El mismo Clemencín no mantuvo siempre el mismo juicio sobre las cre- 
dulidades cervantinas en materia de brujas. En un pasaje de su insigne comenta- 
rio opinó rotundamente que Cervantes no creía en ellas; pero poco antes tam- 
bién había amenguado este parecer, escribiendo que tampoco estuvo entera- 
mente exento de las ideas vulgares de sif siglo, sobre los pactos diabólicos ó 
tratos con Satanás. Que es , en el fondo, el mismo criterio que inspira mis pala- 
bras del texto. (Vid. op. cit. , V; 34 y 455.) 

s' Alegar aquí los infinitos documentos y pasajes que llevan al ánimo el 
convencimiento de la extensión y alcance de la Astrología judiciaria sería in- 
útil y por demás largo, extemporáneo y embarazoso. Cualquier autor del tiempo 
nos lo confesará, sin que nosotros se lo preguntemos; por ejemplo, Suárez de 
Figueroa: El Passagero, op. cit., 360 y sigs.; Pinheiro: Cervantes en Vallado- 
lid, op. cit., 181; Cervantes mismo. El ingenioso Hidalgo, Parte II, Cap. XXV. 
Pero lo más notable del caso es que, en estos achaques, quienes más caían y 
se enviciaban eran los señores , caballeros y clérigos mismos. La lectura de las 
causas inquisitoriales lo evidencia patentísimamente. Y buena culpa de ello te- 
nían los matemáticos y geómetras (como Juan Bautista Labaña) que en sus cá- 
tedras confundían los postulados de Euclides, con los pronósticos planetarios. 
¿Cómo no? ¡Si hasta las mismas Cortes habían suplicado al monarca «que de 
aquí adelante en ninguna Universidad puedan dar grado á ningún médico, sin 
que sea graduado de bachiller en astrología , porque á causa de no estudiar aque- 
lla astrología que basta d entender los movimientos de los planetas y dias créticos 
de las enfermedades , yerran muchas curas, y siendo los principales autores de la 
medicina astrólogos , parece que es justo que lo sean los que los siguen t ! — Cortes 
de Castilla. — 1571 ; cap. LXXI, tomo III, p. 407. 

¿Quién se asombrará de que con tales alientos, y con las cátedras de Astrolo- 
gía que en Valencia y otros puntos se leían , hasta los santos mismos creyeran 
en sus influencias y patrañas? (Vid. Vida de fray Martin de Ayala en Sbrkano: 

Autobiografías y Memorias , op. cit., 211.) No es, pues, menester ahincar 

más en el caso, siendo tan conpcido é incontrovertible, dejando que Cabrera, 
Zapata y mil más (entre ellos el doctísimo Cáscales), prestasen su respeto á se- 



— 200, — 



combatirla el imperio de la filosofía escolástica en nuestras escuelas, y 
las definiciones gallardas del Concilio de Trento, movieron las plumas 
eruditas de Pedro de Valencia, Pedro Sánchez y otros; si en la cruzada 
que pretendió cortar el paso á aquella irrupción torpe y bastarda, que 
cifraba los destinos de los hombres en los movimientos y figuras de 
los planetas, sentaron plaza de soldados menores, pero soldados, al fin, 
ingenios y vates como Cristóbal de Villalón, Luis Pérez, Vicente Espi- 
nel, Juan Martí, Cristóbal Suárez de Figueroa, el Dr. Jerónimo de Alca- 
lá, ** y tantos otros, entre ellos hay que colocar también á Miguel de 
Cervantes; que todos, juntos ó sueltos, en los dominios de las musas, 
ayudaban á la buena empresa, reputando embelecos, trampantojos y 
embaimientos del demonio muchas de estas torpezas; levantando el im- 
perio del libre albedrío, dueño y señor de las humanas acciones, hasta 
casarlo con la libertad misma, á cubierto de influencias de piedras, hier- 
bas, lunarios, calendarios y pronósticos. Si en la hechicería, concluyo, 
no creyó Cervantes, hay que dejar en suspenso su juicio personal so- 
bre las brujas y apariciones del demonio, á las cuales entonces todos 
daban asenso, comenzando por el maestro en la materia, Martín 
del Río. 85 
/ 

mejantes embaucamientos , que miraban más á las faltriqueras de los incautos 
que á los errantes astros. 

8* Viaje de Turquía , op. cit., 1 40- 1 4 1 ; Del can y del caballo , op. cit., f.° 1 38, 

El Escudero Marcos de Obregón , Relac. I Descanso XXIV ; Historia moral y 
philosophica , 147 vto.; Guzmán de Alfarache, Lib. III, Cap. IV; El Passagero, 
folios 360-361 ; El Donado Hablador, Parte I, Cap. IV; y otros muchos más que 
podrían citarse. Por algo los nigrománticos italianos no querían enseñar sus se- 
cretos, delante de españoles, «porque son incrédulos y agudos de ingenio >. 
(El Escudero Marcos de Obregdn, Relac. III, Descanso IV.) 

8* Exceptuando á Pedro de Valencia, * á Salazar y con él otros inquisidores, 
todos creían entonces en la existencia real y palpable de las brujas, sin que se 
libraran de tan torpe credulidad filósofos como Alfonso de Castro, juristas como 
Ciruelo y Torreblanca , teólogos como Alberghini y el P. Diego Tello. Henry 
Charles Lea declara que la conducta de la Inquisición no participando de estas 



* A punto de mandar estas páginas á la imprenta, recibo el completo estudio biográ- 
fico-crítico del insigne humanista, escrito por el Sr. Serrano y Sanz, tan documentado, 

serio y útil, como todos sus buenos trabajos.— Vid. Pedro Je Valencia Badajoz, igio 

(publicaciones del Archivo Extremeño) ; 172 págs. en 4.° 



El mayor timbre de gloria en Cervantes (no hay que olvidarlo un 
momento siquiera) es que en todo fué hijo de su siglo: en las grande- 
zas y en las pequeneces, en las caídas y en las exaltaciones, en sus ex- 
celencias y en sus defectos, sin que esto reste uno solo de sus títulos 
famosos; que los genios son tanto más inmortales cuanto más se acer- 
can á los dioses, sin dejar, por eso, de ser hombres 



creencias, aunque por la corriente y extendida opinión de su tiempo no pudie- 
ra exteriorizar su progresivo criterio, tuvo doblado mérito y aplauso. — A Histo- 
ry of the Spanish Inquisition , op. cit., IV, 239-240. 



VII 



; Es Cervantes un escritor idealista, ó na- 
turalista? Lo es todo ; dibuja como Rafael y 
los antiguos y pinta como Velázqucz; idea- 
liza como Van-Eyck y siente como Aionso 
Cano 

(AURBI>IANO F.-GoKHBA. — Al^Hos da- 
tet...) 



Es dote soberana del genio el que por intuición espontánea adivine 
y lleve á cabo , sin sospecharlo ni percatarse , aquellos sabios preceptos 
en que, especulativamente, cifran más tarde los retóricos la perfección 
de su arte; y este divino don comprobóse quizá en Cervantes más que 
en otro ninguno. Él fué quien creó aquel eterno carácter de Sancho, 
que, mirado al trasluz, parece encerrar unas reglas del Pinciano cuando 
estudia la figura del simple 6 gracioso en las comedias; i él fué asimis- 
mo quien compuso la fábula de El Casamiento engañoso, trabándola 
tan hábilmente con la del Coloquio de los Perros, que parecía que co- 
lumbraba un consejo dado por el licenciado Cáscales poquísimo tiempo 
después de salido de las prensas. 

Desarrollaba el doctísimo murciano la materia de la sátira, y, recor- 
dando á los gramáticos, decía «que el satyrico entra hablando ex 



• « porque es una persona, la del simple, en la cual cabe ignorancia y 

cabe malicia , y cabe también lascivia rústica y grosera : y al fin es capaz de todas 
tres especies ridiculas: porque como persona ignorante le está bien el pre- 
guntar, responder y discurrir necedades, y como necia le están bien las pala- 
bras lascivas, rústicas y groseras >. — López Pinciano: Philosophia antigua poéti- 
ca ; p. 402. 



— ao4 — 

abrupto; y es ansí; pero debajo de aquella entrada, que hace repentina, 
va disimulando un exordio que llama el Rhetórico insinuación, y ésta 
es el principio de la sátyra, que como este poeta viene á reprehender, 
y nadie gusta de ser reprehendido, comienza cautelosamente, y, como 
quien hace otra cosa, va culebreando hasta dar en el vicioso que pre- 
tende morder. Y según esto, aunque disimulado y encubierto, usa del 
exordio que á la materia satírica conviene » . ' 

Si el lector me pidiera la razón de aquel prólogo que, con el título 
' de El Casamiento engañoso, puso Cervantes al Coloquio, no dudaría 
en señalarle como clarísimo y patente este precepto de Cáscales, de- 
jando así sentado, sin fatigarle más, el nudo que ata ambas novelas. 
Tal es el papel que retóricamente, y aun en el pensamiento cervantino, 
tuvo El Casamiento engañoso; éste su valor literario; la cabeza de 
aquella sátira, el velo prudentísimo que disfrazadamente la cubría, su 
más hábil exordio; y si la^intención de Cervantes en el diálogo de los 
perros de Mahudes fué malignamente la de morder (¡nunca mejor 
pudo emplearse esta voz , ya que la plática la había puesto en bocas de 
perros!), con indudable acierto literario i. comenzó cautelosamente, y, 
como quien hace otra cosa, fué culebreando hasta dar en el vicioso con 
^ dientes*. 

j / Nada importa que en la dedicatoria de su obra enviara á su Mece- 
', ñas « doce cuentos > , dando valor numérico particular á El Casa- 

j miento respecto del Cobquio; no es mejor argumento tampoco el enca- 

¡ 1 bezar cada uno de ellos por separado con el independiente título de 
' Novela: á Cervantes, que no se curaba de matemáticas ni gramatique- 
rías, hay que seguirle en el fondo mismo de su idea, buscando el en- 
lace y hermandad de sus obras; y en estas dos suyas es tan patente 
y apretado , que si El Casamiento había de quedar manco y defectuoso 
arrancándole del Coloquio, notablemente empobrecido é inexplicable 

I dejaríamos á éste, borrándole la figura simpáticamente desdichada del 
alférez Campuzano, su verídico y puntual historiador. 

Mas después de casar así á ambas novelas, ligándolas íntimamente, 
como acatamiento del pensamiento cervantino, y merced á la homoge- 
neidad de su fábula, que hace de las dos un conjunto_total,_perfectoy 



* labias poéticas. — Murcia, Luis Beron, mdcxvi. — Cito por la edición de Ma- 
drid, Antonio de Sancha, mdcclxxix; p. 157. 



— 205 — -N 

consumado, cabe advertir, empero, diferencias muy radicales en cuanLo 
á su abolengo literario, que las aparta tanto en un análisis, que no 
parecen obras hijas de una misma época en la labor novelística de Cer- 
vantes; llegando hasta á sospechar si El Casamiento engañoso sería 
refundición 6 arreglo de antiguos ensayos , modificados más tarde para 
servir de introducción al Coloquio de los Perros. 

>Por más que los doce cuentos cervantinos salieran juntos, formando 
un solo cuerpo, á la luz pública, bien sabido es que unos y otros esta- 
ban entre sí muy distanciados en cuanto á la cronología de su compo- 
sición; diferencia de tiempo que no era solamente formal, sino muy 
honda y expresiva, por representar épocas distintas en la vida litera- 
ria de Cervantes. 

Tres, cuando menos, pueden señalarse en sus Novelas. Una primi- 
tiva, en que su temperamento no alcanza aún el verdadero dominio del 
arte; en que la concepción de 1^ novela hácese al modo italiano del 
Bandello, Cinthio, Straparola; historias trágicas á las que el adulterio, 7 
la concupiscencia 6 la avaricia sirven las más veces de fundamento y 
base para su enredo , analizando aquellos vicios , no como pasiones hu- 
manas, sino como muestras y ejemplares de legítimas preocupaciones 
sociales. Corresponden á este período Las dos Doncellas, El Amante 
liberal. La señora Cornelia; novelas sin gran trascendencia psicoló- 
gica, ala manera italiana, repito; que, aunque en el Prólogo declare 
con orgullo su autor «no estar hurtadas á las toscanas» en el modo 
de entender el fin de la novela, en sus accidentes y recursos, sin gran 
innovación ni fuerza literarias , ofrecen muchos puntos de contacto y se- 
mejanza con aquéllas. ^ 



' Véase, si no, el comienzo de una de Bandello, que nos trae á la memoria 
el de Las dos Doncellas ó La Ilustre fregona : 

« Es Turin , como todos saben , ciudad que sirve de amparo y baluarte á la 
Provincia del Piaraonte Cerca de esta sumptuosa ciudad está una villa lla- 
mada Moacaller, no de menos frescura que de buen asiento, donde habia cierta 
dama viuda , cuyo nombre era Zibra 

Historias \ Trágicas \ Extmplares , sacadas del Bandello Virones \ nueuamen- 
te traduzidas de las que en len \ guafrancessa adornaron Fierres Bonistau, y 
Francisco de \ Belle/orest. | Contienense en este libro catorze historias notables, \ 
repartidas por capitulas. \ 1$ (marca del impresor) g6. \ Con licencia. \ En Ma- 
drid, en casa de Pedro Madrigal. \ A costa de Claudio Curlet, saboyana mercader 



^/^ 



- 206 



^ 



Entre esta época y la tercera hay una intermedia, de transición, en 
que ya se vislumbra y atalaya el campo de la futura novela moderna: 
lo psicológico é íntimamente pasional; en que las muertes, los naufra- 
gios, cautiverios, pestes, calamidades y desventuras, tesoro y archivo 
principal del primer linaje, va desapareciendo, regalándonos, en cam- 
bio, más tranquilidad y sosiego, y, con ellos, espacio al narrador para 
expropiar las almas y hacer en ellas lo que su curiosidad le pida en 
averiguaciones, profundidades, disecciones y anímicos ensayos. 

Y así. La Gitanilla y El Curioso impertinente dan entrada al estudio 
psicológico, que en El Celoso Extremeño se desenvuelve y ahonda de 
una manera prodigiosa. 

En su fase tercera, Cervantes rinde culto entero á la verdad real 
que impresiona las pupilas de sus ojos escrutadores: corre suelta su 
pluma por el oreado y fecundísimo campo del sano naturalismo; ya es 
el mundo exterior quien se enlaza con las tormentas del alma, agre- 
gando á sus fidelísimas pinturas un conocimiento amargo y filosófico 
de las humanas pequeneces, acudiendo á los peligrosos dominios de la 
sátira, Circe engañosa que ciega y pierde á muchos, sirviéndose de la 
moralidad breve y sentenciosa; y cuando el medio escogido no exige 
el apotegma, dejar que se toque la enseñanza del caso dd recarga- 
miento en las tintas de la misma realidad de las cosas descritas, como 
en Rinconete y Cortadillo, El Licencia/io Vidriera, ó el Coloquio de los 
Perros, dechados y modelos insustituibles de estos géneros novelísticos. 

Si semejante separación corre por buena, no se reputarán gemelas 
ni afines siquiera, en la gran familia cervantina, las dos joyas que llenan 
este libro: El Casamiento podría pasar por una obra de franca y des- 
embozada imitación italiana, si no la salvasen para las letras patrias lo 
castizo y español de su asunto y sus episodios. 

Modelos, en efecto, cabría señalarle en cualquiera de los novellieri. 



de libros. (In 8.°, 378 páginas dobles; la paginación comienza en la Portada.) 
Licencia: Madrid, 16 de Mayo de 1596; Aprouacidn de Juan de Olave: Madrid, 
12 de Septiembre de 1584; Erratas (Juan Vázquez del Mármol); Tassa, 24 Ju- 
llio 1596 (Gongalo de la Vega); Dedicatoria del librero al Conde Alfonso Logos- 
co de la Mora, Embajador del Duque de Saboya; Al lector; Tabla de las His- 
torias; Texto. — (Bib. de la R. Acad. Esp.) — Describo minuciosamente este libro, 
por su mucha rareza; tanta, que se escapó á la gran diligencia del inolvidable 
Pérez Pastor en su Bibliografía Madrileña. 



— 207 — 

que el familiar conocimiento de la lengua toscana acercaría holgada- 
mente z\ ^(in lector-, Cervantes, sin tener que servirse de las mendo- 
sas y descuidadas traducciones de los Pescioni , Gaytán 6 Godínez de 
Millis. Sobre todo , en la Primera parte de las Cien Novelas, de M. Juan 
Raptista Giraldo Cinthio , podrían encontrarse los patrones de El Ca- 
samiento; los temas son exclusivamente amorosos y de pura intriga; no 
palpitan en ellas otras pasiones que la simple lujuria 6 la astuta ava- 
ricia, de ordinario arteramente combinadas, al modo italiano siempre, 
sin psicologismos hondos, afectos, ni movimientos poderosos del 
ánimo. 

Como en El Casamiento , son también sus protagonistas famosas cor- 
tesanas 6 rameras, que, con sus artes é industrias, prenden en sus re- 
des á los incautos galanes y mancebos que las codician, buscando 
siempre sus dineros, joyas y preseas; algunas veces defiéndanse éstos 
devolviendo á su vez la burla 6 picardía, y del choque de un mismo 
sentimiento, amenizado con graciosos incidentes, sobremanera libres, 
brota la novela, autorizada á la postre, como en la de Cervantes, por 
alguna moralidad que colorea, tardíamente, su carácter predicado de 
ejemplares. * 

Y como el cuento de Boccaccio, Cinthio y Bandello fué el modelo 
universalmente acatado entonces en la novela, y á cuyo calor y reflejo 
nacieron sus escasos frutos, hasta que Cervantes inició una nueva é in- 
dependiente dirección con las suyas, podría reputarse como de filia- 
ción italiana El Casamiento — digo — , si la realidad que respiraba el 
temperamento cervantino no le hubiera brindado con sobrados mode- 
los, no ya para un Casamiento engañoso, sino para un Decamerone en- 
tero, tan rico y pródigo en astutas licencias, graciosas liviandades y 
trampas deshonestas como el famosísimo del memorable florentino. 

Sevilla, Madrid y Toledo eran entonces, como ciudades populosas. 



* Dígase si El Casamiento engañoso no podría acogerse á aquella introduc- 
ción que preside á las novelas de Cinthio : « Introducción á las Cien novelas, 
donde se muestra que entre los amores humanos sólo hay tranquilidad y sosiego 
en el de marido y muger, lo qual no puede haber en los lasciuos y deshonestos ». 

Primera parte de las Cien Novelas de M. Ivan Baptista Giraldo Cinthio 

Traduzidas de su lengua toscana porLuys Gaytan de Vozmediano. — Impresso en 
Toledo por Pedro Rodríguez. 75^0. ^(In 4.°, 71 + 277 páginas dobles + iii de 
Tabla. — Bib. Nac, R.-i 1.888. — Ejemplar que fué de Gayangos.) 



? 



— 208 — 

campo abonado , abierto real , asiento desembarazado y libre , para que 
entre sus murallas medrara aquel linaje, singular y típico en nuestras 
costumbres, de damas cortesanas, á quienes, para distinguirlas de las 
más abyectas y caídas, daban sus contemporáneos el nombre de tuso- 
nas, busconas 6 entretenidas. Un libro entero, lleno de muy sabrosas 
reflexiones, merecería este aspecto singular que el pecado de la lujuria 
tomó por aquellos tiempos; forzando por salir en una sociedad timo- 
rata y religiosa (pero que benignamente perdonaba estas flaquezas, 
siempre que no se presentasen impúdicamente y con el franco descoco 
é insolente procacidad del escándalo), compúsose hipócritamente la 
lujuria, para su entrada en el mundo, con arreos y vestiduras de vir- 
tuosa, afectando un recogimiento y honestísimo decoro que acertara á 
cubrir la corrompida perdición de su alma. 

Y como el vicio también tiene sus grados (más aún que la virtud, 
seguramente), unas eran las infelices mujeres públicas, desterradas á sus 
barrios ó collaciones, regentadas con gran prudencia por el padre de 
la mancebía y, sobre todo, por los alcaldes y corregidores, que con 
paternal solicitud cuidaban de los más nimios detalles de su triste ofi- 
cio; ^ y otras, las damas del toldillo., que revoloteaban por su cuenta y 



' En todo, desde el color y dase de sus trajes y mantos, número de cria- 
dos, lugar en las iglesias, cirujano que las visitara, alcaide que las defendiera 
de los fieros y amenazas que los rufos ejecutaban en sus infelices tributarias, 
hasta el tasar de su ganancia ó precio de arriendo de su oficio. A la mano tengo 
numerosos autos de la Sala de Alcaldes sobre esta materia, tantos, que su misma 
abundancia me ataja el poderlos incluir, como quisiera; quédense aguardando 
una ocasión más favorable para ser conocidos. No puedo resistirme, sin embargo, 
á la tentación, grave en estos achaques, de entresacar alguno de ellos: por 
ejemplo, el de 22 de Mayo de 161 2, que demuestra lo expeditivo de los Alcal- 
des en la ejecución de sus acuerdos: «Este dia mandaron los SS. Aldes. que 

un alguacil desta q.'e baya á la casa publica y á una muger que ay en ella que 
se llama de presente la pretona, y por otro nombre feliciana de los Reyes, la 
saque de la dha. casa asta la puerta de la villa, donde la notifique se vaya de 
la q.te y no entre en ella ni en las cinco leguas » — Libro de la Sala de Alcal- 
des, lib. V, f.° 305. 

Por tratarse de Valladolid, lugar de las proezas de doña Estefanía, incluiré 
un notable acuerdo del Ayuntamiento , en su afán de reglamentar la vida de las 
infelices mujeres de la mancebía: 

<2j de Septiembre de 1605. — Este dia, abiendo visto en este ayuntamiento 



— 209 — 

gusto, como nocturnos pajarracos, unas veces solas, las más con sus 
tías y madres postizas, abarcando un mar de engaños, astucias, taime- 
rías y habilidades, para ocultar á los ojos de las gentes su deshonesto 
trato, y burlar á la justicia, que severamente ejecutaba en ellas el ri- 
gor de sus penas, una vez descubiertas. 

De la raza de estas últimas era doña Estefanía de Caicedo, principal 
figura, con el alférez Campuzano, de ElX^císamiento engañoso; linaje 
del cual un fraile de la época hacía el fidelísimo retrato que encierran 
estas líneas: «No trato agora de aquellas que ya son del todo mugeres 
perdidas, y red barredera de tanta basura...., sino de las que nuestra Es- 
paña llama damas servidas, que son las que admiten galanes y se dan 
á recaudos y'damerías y sustentan palacio con toda licencia.... En esto 
entienden días y noches, de manera que muchas veces de día se haze 
el oxeo y de noche la caza Estas son las que con todo cuydado bus- 
can sazonados puestos, como son las ricas y populosas ciudades y 
cortes: para hacer allí sus lances en lleno, haciendo picar los hombres 
con sus semblantes, meneos, ademanes disolutos, aderemos, y con otra 
infinidad de ensayos apetitosos, de que siempre están prevenidas y: 
muy á punto para su pesca. » * 

Cuando la Corte hizo mudanza á Valladolid, desde la celebrada Man- 
tua, al describir Cabrera el rigor grande que se desplegó en su entrada, 
añadía , no obstante , esta maligna excepción : « está mandado que no 




\ 



cierta ynformagion echa á pedimento de pasqual bicario, casero de la casa 
publica desta (^iudad , por donde pretende [que] esta ciudad le señale lo que le 
an de dar cada muger que ansí estubiere en la dicha casa cada un dia por la 
comida y lo demás nejesario , y tratado y conferido sobre ello, acordaron que 
desde el primero de año nuebo del año benidero de seiscientos y seis las dhas. 
mugeres que ansi estubieren en la dicha casa den al casero que alli estubiere 
cada un dia por la comida y demás condiciones questan puestas por esta (^iu- 
dad que a deser obligado a las dar, questa firmado por Joan de Salcedo, scriuano 
mayor deste ayuntamiento, cada una Cinco rreales cada dia por aora; egeto los 
SS.' Joan Aluarez de Soto y Joan maria de milan , don pedro lopez de arrieta, 
que dijeron que no las lleben más de quatro rreales como asta aqui se les a 
Uebado, y el dicho casero sea obligado de tener en la dicha casa un tanto deste 
arancel.» — Libros de Actas del Ayuntam." de Valladolid. — Año de 1605; sin fo- 
liación. 

" Juan db la Cbroa: Libro intitvlado Vida poUtica de todos los estados de 
mugeres , op. cit; f.° 568. 

14 



dejen entrar allí ninguna cualidad de viudas, aunque tengan negocios, 
sino que invíen personas que entiendan en ellos: mugeres enamoradas 
y cortesanas se permiten que entren, dando primeramente cuenta á la 
Junta, por excusar otros inconvenientes i> . ' 

Si tan abierto y llano fué el portillo, calcule el lector la muchedum- 
bre que de las tales acudiría al piélago de aquella Corte, haciendo red 
barredera de sus galas y señuelo de su hermosura en el repleto con- 
curso de curiosos que alimentó efímeramente su grandeza. 

Trasunto galanísimo de la vida de la Corte en Valladolid, durante la 
estancia de Cervantes en ella, nos dejó Pinheiro, como hemos visto, y 
tantas son las aventuras , devaneos y casos galantes que por sus Me- 
morias bullen, que al tropezarme, más de una vez, con los modelos 

^ vivos de El Casamiento engañoso, deseché toda idea, ó sombra siquie- 
ra, de imitación literaria, fuese ó no italiana, en asunto tan vivido, tan 

^palpable y tan humano. 

Por las páginas de la Fastigivia saltan aquellas mismas hermosas 
mujeres cuya abundancia y poco recato llamaban en su tiempo la 
atención de Navagero * y de Villalón, ^ hombres curados de inocentes 
escrupulillos ; lenguas , una y mil veces , se hace Pinheiro de su soltura, 
libertad, licencia, picante conversación é ingeniosos discreteos; en las 
nubes ensalza su agudeza en los donaires, su prontitud en las respues- 
tas, su afición extraordinaria á folgar y picardear por el Prado de la 
Magdalena ó en las Huertas del Río, en pastoriles meriendas, solas mu- 
chas veces, ó acompañadas, las más, de sus galanes y devotos. 

Y conste que, si hemos de creer en su testimonio, no eran las da- 
mas cortesanas las únicas amantes de estos pasatiempos: también las 
doncellas y casadas honestas dábanse regocijadamente á ellos, haciendo 
poner en duda aquella opinión, tan corriente, del excesivo recogimiento 
femenino, que, como única é infalible idea, se ha venido sustentando 
hasta nuestros mismos días, al tratar de la condición de la mujer es- 
pañola en aquel siglo de oro. i" 



' Cabrera: Relaciones p. 99. 

8 «Hay en Valladolid hermosas mugeres, y se vive con algún menos recato 
que en el resto de España.»— Viajes por España op. cit, pp. 325-326. 

* Dolíase de la corrupción que en su tiempo (¿1555?) había en Valladolid en 
su Crolalon (op. cit., canto XX, y especialmente pp. 388 á 390). 

1" Pinheiro, sin embargo, como en otro lugar dije, saca siempre adelante la 



— 211 — 



Encerrándonos más todavía en el marco de la vida de Cervantes, en 
los mismos sucesos que la rodearon, hay páginas tan afines en sus 
aventuras á las de El Casamiento engañoso^ que parecen arrancadas de 
una misma cantera. En su propia familia, muy cerca de sí, tenía el co- 
misíirio á sus dos hermanas, doña Magdalena y doña Andrea, de quie- 
nes los protocolos han descubierto ciertas historias que semejan pro- 
piamente unas novelas, poco ejemplares quizá, pero triste y dolorosa- 
mente exactas. ^^ ' 

Por novela, asimismo, poco ejemplar, he reputado siempre aquella 
movidísima declaración de Juana Ruiz, huéspeda de D. Gaspar de Ez- 
peleta, y que $e lee en los folios de su proceso. ¿Quién, al tropezarse 
con aquella entrada que en su casa hace la dama tapada, amante del 
D. Gaspar, preguntando por su persona y, á falta de él, por su apo- 
sento, donde rompe, con abundancia de lágrimas y lloros, en aquel 
amargo soliloquio: «|0h aposento de mi deshonra y mis desventuras! 
¡Oh, traidor, qué mal pago me has dado I jVive Dios, que me lo tie- 
nes de pagar, aunque sea de aquí á cien años! » , i^ no recuerda aque- 
llas mismas explosiones de Teodosia 6 Leocadia en Las dos Doncellas} 

Tan unos y similares eran los modelos de las damas cortesanas , que 
nuestras novelas picarescas parece que tiraron á copiarse unas á otras 



honestidad de las pincianas, prontas en las palabras y remisas en las obras. 
« Con todo, preciso es decirlo, á pesar de esta facilidad tan grande para entrar 
en conversación y formar relaciones y amistades , habéis de entender que 1m 
damas de esta corte son generalmente honestas y castas, sobre todo las donce- 
llas, las cuales no se sienten nunca obligadas por la prontitud con que contes- 
tan y admiten nuestros galanteos , á hacer nada que no esté en el orden ; rara 

vez pasan los galanteos más adelante.» — Cervantes en Valladolid.....; pp. 71 y 83. 

" Aquellas cuantiosas donaciones, de cientos de ducados algunas de ellas, 
que se copian en los Documentos Cervantinos (tomo I, pp. 223 á 230) me han pa- 
recido siempre muy sospechosas y oliscado muy mal. Sobre todo, después de 
leer en Pinheiro las curiosas noticias que nos dejó, sobre ciertos contratos que 
en Castilla solían otorgarse por malvadas madres, de los cuales no salía muy 
bien librada la doncellez de sus hijas. Sin llevarlo tan lejos , al menos , en una 
y otra escritura parece que se tiró á remediar algo que ya era irreparable. (Vid. 
Cervantes en Valladolid; pp. 151 á 155.) 

'* Pérez Pastor : Documentos cervantinos; tomo II , pp. 508 á 5 1 1 .—Vid. toda 
la declaración de la huéspeda, pródiga en sucesos novelescos, como lo es la his- 
toria de la muerte de Ezpeleta. 



al servirse de ellas para sus libros. En Mateo Alemán léense unas bur- 
las que unas damas hacen á Guzmanillo, tan parejas con las de El Ca- 
samiento, que diríase que de mozo sufre aquellos embustes en Toledo, 
y que con los años, medrado ya de alférez, tropieza con doña Esteta- 
nía, que tan mala cuenta hace de su pobre persona. ^^ Concordancias 
de asunto y de expresión que se hallan asimismo en el Guzmán de 
Martí, en El Donado Hablador, en El Escudero Marcos, por no decir 
que en todas nuestras producciones picarescas; que en ninguna de 
ellas faltaba una de aquellas damas , amigas de doña Estefanía, de quie- 
nes el Romancero decía acertadamente que, como ella. 

Con un manto de soplillo 
Engañarán un linaje, 
Y así, por mudar de traje, 
Son como aves de rapiña, " 

6, al menos , lo eran entonces para las faltriqueras de los incautos. 
Bastaba que con una de estas pécoras abocara un alférez Campuza- 



" Parte I, lib. II, cap. VIII. Muy semejantes, en efecto, son ambos pasajes; 
usan los dos de iguales recursos para desembarazarse de las damas cuando en la 
novela les estorban: «fingir romerías >; acuden á parecidísimas frases y expre- 
siones; los caracteres de Guzmán y el Alférez se confunden. Coincidencias que 
nos enseñan que, cuando el asunto y sujeto en dos obras es el mismo, real y 
humano, los verdaderos ingenios , como imitadores de la realidad , se repiten y 
copian sin quererlo; y es alabanza más que censura, pues, al coincidir, coinciden 
en la verdad, principal fin del Arte, y retratan fielmente la misma naturaleza en 
el lienzo de sus concepciones. En este pasaje de El Casamiento es la misma con- 
dición humana de la vanidad , que , en el curso de los siglos , y sirviéndose del 
engaño, cambiará de cintillos , colores y galas , pero sin que mude de ser, que 
permanece el mismo. Quien logre sorprenderla en lo que tiene de eternamente 
verdadero, escribirá un Casamiento engañoso, ó un Guzmán de Alfarache , y po- 
drá llamarse, con justos títulos, hermano de Cervantes ó de Alemán en las le- 
tras españolas. 

1* Romancero general..... (1Ó04); ff. 457 vto. y 458. 

Descriptiva también es esta décima de Góngora: 



Que la dama cortesana, 
En su doble trato experta , 
Dando á todos franca puerta, 
Niegue á todos la ventana. 
Que peyne más de una cana. 



— 213 — 

no, hombre, como de guerra^ de._^ancha^onciencia y poco escrupuloso, 
y en quien encajan á maravilla aquellas palabras del embajador vene- 
ciano Badoaro, « que los espaiioles no reparan en tomar por mujer una / 
cortesana», ^^ para que del choque de la intención aviesa del soldadc 
con el propósito engañador de doña Estefanía brotara también espon- 
táneamente la novela. 

Y como en el pecado llevó la penitencia, y, á la postre, fué herido 
por los mismos filos, hay que tener, además, su historiajjor ejempla- 
rísima; porque al salir el desdichado milite del Hospital de la Resu- 
rrección en el lastimoso ser en que Cervantes lo dibuja, pudo aplicár- 
sele en un todo aquella aguda respuesta que Juan Rufo dio á un caba- 
llero, que, viendo pasar un soldado viejo, maltratado también por el 
mal de bubas, preguntándole «qué enemigos le habían dado aque- 
llas heridas», contestó el poeta, grave y filosóficamente, «que los del 
alma». ^* 

No sin grande repugnancia entro ahora á tratar de la cronología 
del Coloquio., pesando los datos sembrados por sus páginas , por donde 
se pueda rastrear el tiempo de su composición, ya que patentemente 
es anterior con mucho al año de 1613, fecha de la primera edición de 
las Novelas exemplares. 

Pertenece este punto al resbaladizo terreno de la conjetura, enojoso 
y antipático para mi criterio, no porque al estimarlo delicadísimo ins- 
trumento deje de considerar, al igual de un excelente historiógrafo, 
que es también «le plus puisant, le plus indispensable dans l'explora- 
tion du domaine des sciences historiques», i' sino porque en los estu- 



Y que, fingiéndose niña, 
El uno dé la vasquiña 

Y el otro la bordadura, 

/ Válgame Dios, qué ventura I 

Romancero general...... ff. 440 vto. y 441. 

'* «non hanno rispetto a prender per moglie una merctrice». — Gacbard: 
Relaiions des ambassadetirs veniíiens sur Charles-Quint el Philippe II. — Bruxel- 
les, Hayez, 1856; p. 71. 

" Las seyscientas apotegmas , op. cit., f.° 127 vto. 

•' Principes de la critique historique, par le P. Ch. de Smedt, S. J. — Lié- 
ge, 1883; in 8.0, p. 238. 



— 214 — 

dios cervantinos se ha abusado tan sobremanera de él , vacia , pedestre 
y alocadamente, que hoy por hoy está punto menos que desacredita- 
do. 18 Tampoco es cuestión esencialísima dentro de su análisis, ni de 
aquellas que no pueden menos de tocarse (salvo el caso en que con- 
tribuya á discernir dudosas paternidades literarias), la determinación 
exacta de la cronología de una obra; mas cuando se vienen á la mano 
los datos y jalones para asentarla sobre bases ciertas, ó, al menos, de 
una prudente probabilidad histórica, debe intentarse, siempre que se 
acompañe la brevedad y no embarquemos con nuestras disquisiciones 
el lastre pesado é inseguro de nuestro amor propio literario. 

Icaza, tratando de El Casamiento y del Coloquio, ha dicho, razona- 
damente, que «no hay en las Novelas ejemplares otras cuya fecha pue- 
da determinarse con más probabilidades de acierto»: '^^ tantas, en ver- 
dad, son las huellas por donde se. viene en su noticia. Basta para ello en- 
cerrar la composición del Coloquio entre dos barreras altaS , innegables 
y visibles, y limitando entre las dos un corto húmero de años, aproxi- 
marse por exclusión al en que el Coloquio salió de la portentosa péñola 
cervantina. — ::-c::r;;^ 

Estas barreras nos las dan los años de 1599 y 1609. ) 
La expresa cita de la Lonja sevillana, no concluida hasta 1598 y la 
alusión innegable á La Arcadia-, de Lope, cuya primera edición es 
de IS99i *" imposibilitan de todo punto el que el Coloquio pudiera es- 
cribirse antes de dicho año; tampoco pudo serlo después del de 1609, 
toda vez que hasta esta fecha no ocurrió la expulsión de los moriscos, 
que Berganza vaticina y desea en su plática, pero sin que aún enton- 
ces se hubiera efectuado. 



'8 ¿No recuerda el lector, como ejemplo de famosas é insensatas conjeturas 
cervantinas, aquel tenedor de extraña figura que se enseñaba en Valladolid, hace 
treinta y cinco años, en la propia casa de Cervantes y en lugar preferente, como 
de su personal uso? (Pérez Mínguez: La Casa de Cervantes, op. clt., p. 125.) ¿O el 
testimonio de aquel autor inglés , Mr. James G. Bertrand , c}ue , escribiendo un 
tratado sobre los productos marítimos, al llegar á las ostras, afirmaba muy serio, 
que, entre los grandes hombres aficionados á ellas, había sido uno el propio 
Cervantes? (!!). (Picatoste: Z,<í Casa de Cervantes en Valladolid. — Madrid, i888; 
página 36.) i Esto es convertir al inmortal autor del Quijote en un grosero fetiche ! 

'9 Las Novelas ejemplares , op. cit., p. 208. 

*> Vid. Pérez Pastor: Bibliografía Madrileña , núm. 613. 



— 215 — 

Cerrado este paréntesis, cabe todavía apretar aún más sus lados. 

El Coloquio y El Casamiento engañoso suponen forzosamente la lle- 
gada de Cervantes á Valladolid, que hasta 1603, cuando mucho, no 
pudo acaecer, y, por tanto, con anterioridad tampoco pudieron escri- 
birse aquellas novelas. 

Hasta aquí llega la certidumbre; en adelante hay que acogerse al 
arma peligrosa de la conjetura. 

Resueltamente y por sí solos, escasa luz arrojan los copiosos datos 
históricos que el Coloquio contiene; de nada, en definitiva, servirían si 
uno nuevo, por nadie utilizado, no congregase todos ellos á su alrede- 
dor, dándonos, en conjunto, elementos bastantes para edificar nuestro 
juicio sobre bases muy verosímiles y de probable buen éxito. 

Como el lector podrá ver en su lugar, ^i la abundancia de mozas va- 
gabundas que, por no servir, daban en malas, poblando los hospita- 
les de los perdidos que las seguían, tuvo en preocupación constante, 
durante los años postreros del siglo xvi y comienzos del siguiente, á 
los celosos defensores de la república, siendo muchos los remedios que 
se propusieron para curar estos males. A la postre, quien atinó fran- 
camente con el verdadero, fué una religiosa: la madre Magdalena de 
San Jerónimo. Dedicada en Valladolid, de muchos años atrás, á prote- 
ger á las infelices mujeres que, arrepentidas de su viciosa vida, mos- 
traban deseos de enmendarse, en 1 598 fundó una casa llamada de 
Santa María Magdalena, merced á las limosnas que obtuvo, y á la pro- 
tección del Monarca, que la favoreció siempre. La fundación era, sin 
embargo, pobre; y, sobre todo, no cumplía totalmente con sus fines, 
pues dejaba fuera de ella las vagabundas, disolutas y suelt&s, que, á 
trueque de nq servir, entregábanse al desenfreno y á la lujuria. Tal era 
la plaga que Berganza, entrando un día en casa del corregidor, tuvo á 
bien recordarle, atreviéndose á proponerle ciertos advertimientos oídos 
á un viejo enfermo del hospital, y que tan mal fueron escuchados. 

Acongojada la buena religiosa por los escándalos y males que aque- 
llas licenciosas hembras ocasionaban en el bullicio de la Corte, ya en 
Valladolid, y en 1604, trató con Felipe III, que la tenía en grande esti- 
mación , el remedio que á aquella peste podría aplicarse. El Monarca la 



^' En mi comentario, donde trato más detenidamente de la fundación de la 
Casa de la Galera. 



— 2l6 — 

envió al Duque de Lerma y al Consejo de Cámara, y, escuchado el 
parecer de uno y otro, llamó á la religiosa, mandándola pusiese en 
práctica su pensamiento, como, en efecto, lo hizo en Valladolid aquel 
año de 1604. 

Éste fué el origen de la Casa de la Galera para castigo de las muje- 
res vagantes, ladronas, alcahuetas y otras semejantes, que tuvo su prin- 
cipio en una casa situada en el Campillo de San Andrés, cerca de la 
del Conde de Benavente, y no lejos de la que sirvió de morada á Cer- 
vantes. 

Fundado su instituto, la madre San Jerónimo, en el otoño de 1604, 
partió para Flandes, llamada por la infanta doña Isabel Clara Euge- 
nia; pero antes de salir de la Corte se presentó al Ayuntamiento, co- 
locando bajo su amparo su nueva casa, iglesia é instituto. Aceptó la 
Corporación el legado, puso las armas de la Ciudad á las puertas del 
edificio, y, agradecida al celo cristiano de la fundadora, concedióla para 
el viaje una ayuda de costa de 200 ducados. ^^ 



*2 Por si no fuera suficiente el testimonio de la fundadora, que expresa- 
mente declara en la dedicatoria de su libro Razón y forma de la Galera 

que la Casa de la Galera se instituyó en 1604, en los libros de Actas del Ayun- 
tamiento de Valladolid busqué con empeño, y la fortuna me deparó entonces, 
los siguientes acuerdos , que vienen á confirmar aquella declaración , y patenti- 
zan ser efectivamente, el año 1604, la fecha en que fué erigida. Concédoles 
grande importancia para este punto de la cronología del Coloquio, y , en gracia 
á su mérito, los reproduciré íntegros: 

cbiernes a 8 del mes de octubre de 1604 años ; este dia entro en este ayun- 
tamiento Magdalena de san Gerónimo, y dijo quella se abia criado en esta Qiu- 
dad desde niña, á la qual rreconogia por su madre y señora, y procurado 
aumentar todo lo que fuese del serui^io de dios n.ro S.""', y para rremedio de las 
mugeres que andauan perdidas para las rrecojer y afer una casa de aprouafion 
la abia echo con las limosnas de los vecinos desta Qiudad y fundadolas mas de 
mili ducados de rrenta de que se ha seguido tanto serbicio á dios r\j° S.o^ y 
bien desta rrepublica en tener la dicha casa, adonde aprueban las qui-ntran, unas 
para el monesterio de la penitengia y otras rremediadas, y agora últimamente 
traydo los cuerpos santos gebedeos y tantas rreliquias para la dicha casa, y que 
asi para la perpetuidad y santuario y buen gobierno della y que baya adelante 
con su mayor aumento, Suplicauaa la ziudad umillmente á esta (^iudad se encar- 
gare de la dicha casa y santuario del rrelicario p.* que no se dibida y rreparta; 
sino que como caue5a desta rrepp.^, sera señora y protetora de todo, de la forma 
y manera que le pareciere, de suerte questo tenga la perpetuidad que tan sancta 



— 217 — 

Ahora me pregunto yo, volviendo al Coloquio: ^tenían razón de ser 
los advertimientos de Berganza para la corrección de las mujeres vaga- 
bundas una vez fundada la casa de la galera? ^No eran de todo punto 
ociosos, puesto que el remedio que para el mal pedía ya estaba 
dado? ¿No se ve, por e! contrario, palpablemente, que tales pala- 
bras no podían escribirse sino con anterioridad á la fundación de la 
madre San Jerónimo? Y aun sin extremar tanto el argumento, basta 
que Cervantes evoque aquí aquella cuestión tan debatida, que por en- 
tonces (1604) hallaba en Valladolid su solución, para que, apoyándome 
en la ley crítica de la localización del agente, estime el recuerdo del 
Coloquio como un reflejo de cosas que acontecían por aquellos tiem- 
pos. Una misma es la idea que anima los advertimientos de Berganza 
y el levantamiento de aquella benemérita y correctora institución; y si 
ambos recuerdos se emparejan y asocian, habrá, en pura lógica, que 
asociar igualmente su respectiva cronología, que, en definitiva tam- 
bién, no puede ser más que una misma. Y para mí el argumento es 
de tanto más peso, cuanto que los restantes rastros que el Coloquio 



obra se rrequiere; y por los dhos. SS.'' visto, nombraron por Comisarios á los 
SS.s corregidor, don luis de alcaraz y esteuan del pesso, francisco calderón rre- 
gidores, para que de partes desta-^iudad la agradescan el ofregimiento echo y 
traten y capitulen con hella todo lo que combiniere, ansi á esta Qiudad como 
á la dha. casa de aprouagion , y con lo que se hiciere se llame a rregim.*» pleno 
para el dia que los dhos. ss.s acordaren, para questa Qiudad lo bea y acuerde 
aquello que mas sea para el serbigio de dios nro. s.' » 

«6 de Mayo de 1605. — este dia se trato en este ayuntamiento quan bienhe- 
chora hera desta giudad la madre madalena de san geronimo, pues por su orden 
y diligencia, y con limosnas, abia fabricado y puesto un monesterio de aproua-' 
gion , para poner en el las mugeres que andavan en el mundo que se arrepen- 
tian con rrenta, y traydo á su costa desde flandes y alemania á esta ciudad dos 
cuerpos santos de los gebedeos , que el uno esta en la yglesia mayor y el otro 
en el dicho monesterio de la aprouapion con ynfinitas más rreliquias, y echo 
patrona á esta ciudad de todo, y que á tanto amor y celo y boluntad como esta 
sierba de dios tiene con esta ciudad, es justo la estime y benere como á tal; 
y assi por que se á hentendido esta de partida para flandes, á donde esta la 
SS.* ynfanta, bayan dos caballeros deste Ayuntamiento á la bisitar y aber si 
manda algo con ([uesta giudad la pueda serbir para su biaje, y para que en que 
le aga la mergcd de dugientos ducados para que pueda comprar un macho, de 

los quales se le de libranga.» — Libros de Actas y Acuerdos de Valladolid. — 

Año 1605; sin foliac. 



— 2l8 — 

contiene, débiles y pobres de por sí para darnos su cronología, se 
iluminan y robustecen agrupándolos alrededor de este dato de la ga- 
lera, viniendo á ser su complemento lógico; y así, h. memoria que se 
hace del corregidor de Valladolid, la del Marqués de Priego, la cita 
del representante Ángulo, ^^ juntamente con otros cabos sueltos des- 
perdigados por la novela y recibidos en mis notas , ^^ robustecen mi 
pensamiento de manera, que, sin gran audacia, puedo concluir: El 
Coloquio de los Perros vio la luz de las letras en Valladolid , poco tiem- 
po después de la llegada de Cervantes (1603-1604) y antes de la pri- 
mavera de 1605. 

Al desarrollar la doctrina de la sátira, López Pinciano recomendaba 
para su lenguaje un estilo mediocre, ^^ sin la nobleza y elegancia que 
reclaman otros géneros literarios más altos; y, como obedeciendo á 
este precepto del insigne gramático, el usado por Cervantes en su Co- 
loquio es de lo más llano, natural y sobriamente castizo que atesora el 
habla castellana. 

Para contar las aventuras de Berganza é introducir los maliciosos 
comentarios de Cipión, sobraban los requilorios y encumbramientos: 
aquellos dejos afectados, pomposos y líricos de que hizo gala en el 
Quijote (episodios .de Dorotea , Luscinda y Cárdenlo) , y en alguna de 
las novelas, con menoscabo de la propiedad en la dicción, huyeron 



'^ Vid. asimismo las Notas correspondientes á estos pasajes, en mi comen- 
tario. 

** Ancho campo para conjeturar me darían otros pasajes del Coloquio: por 
ejemplo, aquel en que Berganza dice « lo que o{ decir los dias pasados , pasatido 
por Alcalá de Henares > , frase que se refiere á tiempo muy inmediato, y que me 
trae á las mientes el realizado viaje de Cervantes desde Sevilla á la Corte. 

Pero ya que no se pueda señalar con matemática certeza la época de la compo- 
sición del Coloquio, al menos, la relación de sus sucesos por el alférez Campu- 
zano, y consiguientemente la de Berganza , hácese en un otoño : probablemente 
el de 1604. En esto andan acordes todas las frases del Coloquio. Los sudores, 
remedio curativo para las bubas , tomábanse en primavera y otoño; el Alférez sale 
del hospital en tiempo «que no era muy caluroso». Berganza dice en su vida 
«una siesta de las del verano pasado » ; pasean sus interlocutores por el « Es- 
polón » , paseo escogido para tiempo de otoño é invierno. Apure el lector estos 
unánimes datos hasta donde le plazca. 

2s LÓPEZ Pinciano: Philosophia antigtia poética Epístola XII, p. 502. 



— 219 — 

afortunadamente en esta deliciosa sátira, para servirnos sus inimitables 
donaires y punzantes dardos en un lenguaje fresco, sencillo, digno, 
fluido y espontáneo, tal como Cervantes, vivo hoy, nos hubiera rela- 
tado su vida y aventuras. 

Por la misma facilidad y ligereza de su estilo , por aquel correr suelto 
y presuroso de la pluma, que sigue al pensamiento 6 al recuerdo lo más 
prontamente que puede, no escasean las incorrecciones, repeticiones 
de vocablos, abuso de los relativos y las conjunciones, de la polípote 
y polisíndeton, caídas en las cuales un Clemencín no hubiera dejado 
de hacer triunfante presa, al igual de otros imitadores suyos, chicos de 
espíritu, que hoy también bullen; pero que el lector discreto perdona 
y- olvida magnánimamente cuando advierte que las caídas se remedian, 
los lunares se quitan y se borran las manchas ante la vivísima luz que 
irradia su lenguaje, rico, riquísimo en oportunos apelativos, de una 
propiedad portentosa, valiente y realista en las descripciones, con so- 
berbia naturalidad que acusa su eminente origen realista, siguiendo 
tan paso á paso sus recuerdos y memorias, con tanta gracia y vida, 
que aparecen hechos unos, fundidos con el lenguaje que los expresa. ** 

Pasajes hay como la pintura de la jifería sevillana que se palpa y se 
tiene entre las manos; la entrada de Berganza en el hato, y cómo los 
pastores le tomaron , tan bebida está del natural y tan pintorescamente 
contada, que bien puede decirse de ella que huele á tomillo y ofrece el 
amargo sabor de la jara; vi vacísi mámente y con sin igual donaire se 
desarrollan las picardías del alguacil con la huéspeda sevillana y se 
hace revivir la escena del hambriento poeta. Mas donde el estilo se 
transfigura y eleva, alcanzando regiones infinitas, es en la exposición 
de la doctrina teológica de los males de daño y males de culpa , con el 
trasunto portentoso del alma encenagada en el vicio, que hace la Ca- 
ñizares, soberana, magistral, como lo hubiera podido trazar el primero 
de nuestros místicos. No sé si, en efecto, este pasaje revela en Cervan- 
tes los conocimientos teológicos que admiradores suyos han dado en 



2' Por ejemplo, la omisión del artículo y de las preposiciones, muy empleada 
por Cervantes en el Coloquio, hace el lenguaje cortesano, sobrio y gallardo; 

< porque yo le llevaba [en] las madrugadas los que él había hurtado [en] las 

noches » 

«Aquella noche dormi cd cielo abierto, y [al] otro dia me deparó la suerte » 

Era modo de hablar propio de su tiempo. 



320 



atribuirle; no sé si Cervantes fué , ó no fué, teólogo; mas, aparte la pro- 
cedencia y fuente de este caudal filosófico, es patentísimo y cierto que 
raras veces llegó á declararse esta doctrina en lenguaje tan puro, en 
párrafos tan sutiles y acabados, en adaptación tan maravillosa de los 
secretos del romance á la materia teológica, profunda é intrincada, y 
que en sus cortas líneas está toda ella entera, cual admirable vulgariza- 
ción de misteriosos secretos que no salían á la plaza del mundo, sino 
con la autoridad pegadiza- del texto latino, ó la ceremonia grave y to- 
gada del pulpito y la cátedra. | Felicísimo acierto de la pluma de* Cer- 
vantes, y uno de los más afortunados del Coloquio! 

No por eso deja de flaquear en ocasiones: valga, por caso, siempre 
que profundiza ó sermonea; entonces tanto se pierde, tanto se aleja, 
que, al compás de sus reconditeces 6 alegorías, se entenebrece el estilo, 
huye la luz del lenguaje, su claridad y transparencia, ^^ prontamente 
reconquistadas , sin embargo : en cuanto el prodigioso can abandona la» 
obscuridad de sus filosofias, para volver á pisar la tierra cálida y pol- 
vorosa de las campiñas andaluzas. 

Cotejando, finalmente, el estilo de El Casamiento engañoso y del Co- 
loquio, con el de las obras de pasatiempo de su siglo, ño puede^ afir- 
marse que sea mucha ni muy grande la novedad que supone en cuanto 
/ á construcciones , giros y modismos ; en general , son los usados por sus 
/ contemporáneos, como una muestra más del buen hablar, ejecutoria 
nobilísima que cobijó hermosamente á todos. '^ Por esta causa no cho- 



I 



27 Aludo, sobre todo, á las reflexiones y comentarios que las predicciones de 
la Garnacha provocan á los dos perros en el final de este episodio. En su lugar 
podrá comprobarlos el lector. 

* En mis Notas hallará también el lector pruebas de esta afirmación del 
texto; pues de propósito no he desdeñado el estudio de aquellas frases que 
por su originalidad podían deslumbrar como puros cervantismos. 

Desde luego la materia es resbaladiza y ocasionada á deslices y caídas; tanto, 
que hay frases que parecen á primera lectura cervantismos, y son, por el con- 
trario, bordoncillos y rastros del común hablar de entonces , condenados y^ por 
conocedores tan expertos de la lengua castellana como Quevedo y Espinosa. 
Véanse, en prueba, las siguientes, sacadas de nuestras dos novelas exclusiva- 
mente: iLvuesa merced haga penitencia conmigo-»] tle baile el agua delante»; tcuau- 
do no me cato»; tcomo volar», etc.; modos de decir que, lejos de constituir estilo 
peregrino y alto, eran para Quevedo, por lo repetidos , corrupción del idioma y 
enfado del mundo. 



— 221 — 



can los constantes parecidos de expresión que se tocan en la joya cer- 
vantina con otras producciones gemelas, que, á no tener padre cono- 
cido y bien glorioso, no hubieran dejado algunos comentaristas de 
arrojarla, por ellos, alas puertas de otro conocido; peligrosísimo siste- 
ma muy explotado en los días de D. Adolfo de Castro , y que la crítica 
moderna ha sabido justamente desacreditar. ^^ ¿Qué importa que los 
artistas coincidan en unos mismos rasgos de la paleta, si la intención, 
el alma, la idea, es otra y muy distinta en cada uno? Si unas son las 
armas de que todos se sirven en la liza de las letras, ¿qué extraño es 
que, á ratos, los golpes sean tan semejantes, que con error puedan 
atribuirse á un mismo brazo? 

Cervantes, en este punto del lenguaje, y sin dejar de afirmar un 
momento siquiera su personalidad imborrable y característica, siguió 
también en esto la corriente de su tiempo y por hacerlo no se empe- 
queñeció ; que los ríos no son grandes por salirse de madre en una ave- 
nida, sino por tener su lecho profundo, sus márgenes anchas y espa- 
ciosas, y sus aguas corrientes, cristalinas y muchas. Otros ingenios 
hubo, deudos de Cervantes en la gran familia de las letras españolas, 
que, acaso, puedan ostentar un léxico más rico, formas de expresión, 
si se quiere, más originales y bravas, más tersura y limpieza en la 
frase; pero ninguno de ellos llegó á aquella plácida y perfecta ecuani- 
midad de su lenguaje que lo hace adorable, eternamente bello y codi- 
cioso á los oídos de ayer, de hoy y de siempre, que busquen algo más 
que el vocablo recóndito y rarísimo ; que « no está én un escritor toda 
la lengua, ni la puede usar uno solo» , ^* como decía el divino Fernan- 



^ Numerosas son, en efecto, estas similitudes y concordancias de estilo en- 
tre Cervantes y otros escritores; muchas veces obedecen á que la fuente de 
unos y otros es una misma, el lenguaje popular, el habla del vulgo, á quien am- 
bos pagan tributo, como acabo de decir, recogiendo sus bordoncillos , sus mo- 
dismos caprichosos y originales, buenos para hacer perder luego la paciencia 
del comentarista que pretenda descifrar su alcurnia y nacimiento. En otros ca- 
sos la semejanza es puramente casual y telepática; por ejemplo, aquella figura 
lindísima de El Casamiento : ¿Yo quedé abrasado con las manos de nieve que 
había visto», y que en Quevedo se lee asimismo: «las manos que de rato en 
rato nevaban el manto, abrasaban los corazones.» (El Mundo por dentro.) 

^ Obras de Garci-Lasso de la Vega con anotaciones -de Fernando de Herrera. 
En Sevilla, Alonso de la Barrera, 1580; i." 575. 



do de Herrera, y, en cambio, sí está el regalarnos la nota de soberana 
harmonía, en que reside mansamente encerrada la verdadera idea de 
la belleza. 

Más correcto, pues, el lenguaje del Coloquio que el de la primera 
parte del Quijote, y sin llegar en su conjunto á aquella marmórea lim- 
pidez de Per siles y Segismundo , debe colocarse en el proceso cervan- 
tino entre ambas obras, natural corolario de su cronología. 

De las dos noches consecutivas que duró la plática de Cipión y Ber- 
ganza en el Hospital vallisoletano, su fiel cronista el alférez no escri- 
bió más que la relación de una, guardando la de la vida de Cipión, en 
espera de la acogida que tuviese su primer Coloquio. Él mismo lo con- 
firma, cuando, en su final, pone este postrero diálogo entre los inter- 
locutores de El Casamiento engañoso: 

« — Aunque este Coloquio sea fingido y nunca haya pasado, paréce- 
me que está tan bien compuesto, que puede el señor alférez pasar 
adelante con el segundo. » 

« — Con ese parecer — respondió el alférez — , me animaré y dis- 
porné á escribille. » 

No sé si en esta promesa pagó Cervantes tributo á la costumbre, 
tan recibida entre todos los escritores de novelas de su tiempo , de pro- 
longar sus obras, añadiéndolas segundas y terceras partes, que, para 
dejar muchas veces mal al conocido proverbio, mejoraban notable- 
mente á las primeras, como ocurrió en El Ingenioso Hidalgo. Mas 
como no fué tan sólo en este párrafo donde Cervantes declaró su pro- 
pósito de continuar el Coloquio, sino que en repetidos lugares de éste 
ofreció regalarnos la vida de Cipión, ^^ paréceme que su promesa te- 
nía mucho de formíil y seria, y encerraba algo más que el trivial re- 
curso de todos los ingenios, que, al anunciar nuevas proezas de sus 
héroes, embargaban por adelantado la curiosidad de sus lectores, pre- 
parándoles el ánimo para un buen acogimiento, y hasta procuraban 



" «No tengo escrita más de una, que es la vida de Berganza; y la del com- 
pañero Cipión pienso escribir (que fué la que se contó la noche segunda), cuan- 
do viere, ó que ésta se crea, ó á lo menos no se desprecie » 

«Cipión. Sea esta la manera, Berganza eunigo, que esta noche me cuentes tu 



— 323 — 

detener maliciosamente la competencia de otras plumas , prontas á cor- 
tar por su cuenta en la ancha pieza tejida por el autor de la primera 
parte. 

Lozano campo se descubría, en efecto, para dilatar la charla de los 
dos canes, sobre todo si, como en el Coloquio primero, tomaba el rum- 
bo satirizador 6 maldiciente. Porque, si bien se mira (y ya quedó ano- 
tado en su capítulo), sobre el talento descriptivo, creador 6 novelesco, 
porque tanto y tan merecidamente se honra á Cervantes, estaba el 
satírico 6 mordaz, que hace cruelísimas y ásperas sus frases, cuando 
se le antoja convertir la pluma en penca de tres suelas, como aquella 
que usaba Flechilla, verdugo de Ocaña, por el testimonio del Buscón 
en su Vida. Cabalmente, por levantarse Cervantes tanto, cuando des- 
arrolla este color de su temperamento, es más de lastimarse y sentir, 
ya que no la pérdida (que muy probablemente no la hubo, pues no 
debió de escribirse), al menos, el incumplimiento de la palabra del al- 
férez Campuzano, que prometía un segundo Coloquio, en el que ¡vive 
Dios, y qué de tesoros y maravillas hubiera repartido, animado con la 
buena acogida del primero, y con la libertad que ya por entonces se 
iba usando para tratar, entre chanzas y sueños, los vicios públicos, con 
entera franqueza y sin escrupulillos! 

Por cuadrar, pues, por entero al temperamento cervantino este li- 
naje de obras, debemos dolemos de la falta de un segundo Coloqtiio, 
más aún que de la de otros escritos suyos, prometidos igualmente, 
como la continuación de La Calatea-, el Bernardo ó Las Semanas del 
Jardín, ^^ en que acaso hubiera dado rienda suelta á ciertos resabios 



vida ; y si mañana en la noche estuviéremos con habla, yo te con- 
taré la mia > 

«CiPiÓN mas quizá lo diré, si el cielo me concede tiempo, lugar y habla 

para contarte mi vida > 

«CiPiÓN de buena gana te escucho, por obligarte á que me escuches cuando 

te cuente, si el cielo fuere servido, los sucesos de mi vida.> 

«CiPiÓN y esta noche que viene, si no nos ha dejado este grande beneficio 

de la habla , será la mia para contarte mi vida. » Dtl dicho al hecho 

¡Lástima no se llenase! 
"2 Prometidas en la dedicatoria de las Novelas ejemplares, en la de las Co- 



— 224 — 

de mal gusto literario, ú oído determinadas innovaciones, que le impi- 
dieran brillar con la intensidad y fuerza que en las imitaciones lucia- , 
nescas. 

Lo que Cervantes no quiso hacer, ó se lo impidió la muerte, llevólo 
á cabo, cumpliendo con la promesa cervantina, un escritor coetáneo 
suyo, aunque, por desgracia, tampoco se hayan conservado las mues- 
tras de su gallarda intención. Del licenciado Luis de Belmonte, inge- 
nio sevillano, cuenta un su encomiasta, que anduvo remotas tierras, 
paseó las pampas americanas, arribó con títulos de descubridor á 
las perdidas regiones de Australia, ocupó la imprenta en Méjico, y 
vino finalmente á la Corte con no escaso caudal de sucesos propios y 
ajenos, muchos, dormidos en la memoria; y otros, pasto de versos, en 
los que se relataban sus aventuras, viajes y peligros. De un hombre 
así bien podía esperarse la segunda parte del Coloquio, y á ello se 
atrevió, «movido — dice su biógrafo — de ver la última novela de Cer- 
vantes, ingenio digno de ser reconocido por excelente, sin la conclu- 
sión que pide la curiosidad de los lectores; porque, habiendo escrito 
la Vida de Berganza, uno de los perros del hospital de Valladolid, 
deja en silencio la de Cipión, no sé si diga que porque le faltaron amos 
verosímiles á quien pudiera servir un perro, por haber gastado con el 
otro cuantos pudo haber á las manos. Al fin — concluye el panegiris- 
ta — , Luis de Belmonte, comenzando por ella, prosigue hasta doce sus 



medias y el Per siles, acaso esta obra de miscelánea, como su título traduce, 
estaría destinada á recoger nuevas novelas y relatos, en vista del gran favor 
que tuvieron los primeros. Y enfrascándome más en las conjeturas, contra mi 
costumbre , bien pudo pertenecer in mente, ó realmente manuscrita , la segunda 
parte del Coloquio en que se narrara la vida de Cipión á Las Semanas del 
jardín, infortunadamente perdidas. Era, por entonces, forma novelística muy 
usada y en boga, traída indudablemente de la literatura italiana, la de fingir la 
reunión periódica, en un mismo lugar y hora, de varios amigos: los cuales, en 
discreto ocio, van pasando las veladas del invierno, ó las siestas del verano, en 
la relación, alternativa y por su turno, de casos extraordinarios y novelísticos, 
hasta llenar el libro. Patrón bajo el cual se compusieron las enmarañadas Noches 
de invierno, At, Antonio de Eslava (1609), y los más llanos Diálogos de apacible 
entretenimiento, de Gaspar Lucas Hidalgo (¿1603?)', bajo este misipo, también, 
por lo que su título declara , me atrevo á pensar ordenaría Miguel de Cervantes 
sus Semanas del Jardín. 



— 225 — 

novelas, tan agradables, que, por ellas sólo, mereciera nombre cual- 
quier buen ingenio.» 8" 

Tantas y tales alabanzas en el prologuista de La Hispálica , no manco 
ciertamente, por la soltura y desenfado con que maneja la pluma; aquel 
elogio que hace de las mismas Novelas de Belmente, juzgándolas «uno 
de los trabajos que más bien reciba España, por el donaire, invención 
y agudeza con que escribe la prosa», no exenta, sin embargo, en los 
frutos que de ella nos restan , de un sabor afectado y pomposo, como 
del tiempo en que el idioma comenzaba á inficionarse, hizo en mí más 
vivo el deseo de dar con la Vida de Cipión, relatada por el poeta sevi- 
llano. Desdichadamente, hay que reputarla por perdida, pues nadie 
hasta el día ha dado con algo más que esta engolosinadora noticia de 
su existencia; ni Gallardo, ni La Barrera, ^^ ni Gayangos, en suma, 
ninguno de nuestros bibliógrafos; amén de los eruditos y literatos del 
día, á quienes he acudido en busca de su paradero, tan infortunados 
en ello como yo. Al Licenciado Belmonte Bermúdez, como novelista, 
hay que ponerle junto á Pedrosa, autor de novelas completamente des- 
conocido, y tantos otros ingenios, con quienes la posteridad fué cruel, 
sumiendo en el olvido sus producciones. 



^ Prólogo que puso al manuscrito original de La Hispálica, poema en octa- 
va rima hoy en la Biblioteca Colombina de Sevilla, el licenciado Juan Bermú- 
dez y Alfaro. (Apud Gallardo: Ensayo , 11, col.s 62 á 68.) 

** Salva y Ticknor ni siquiera las mencionan. La Barrera, al dar su noticia, 
decía por su cuenta: «Las novelas de Belmonte quedaron inéditas, y se han 
perdido, como varias otras de sus producciones , ó por lo menos existen oscu- 
recidas.» (Nuevas investigaciones acerca de la vida y obras de Cervantes. — Obras 
completas.— Madrid , Rivadeneyra, 1863-1864; tomo I, cxlviii.) Tan obscureci- 
das, que, á menos de una casualidad futura, ¡ojalá ocurra!, no hay esperanzado 
que aparezcan. Eminentes eruditos como Mcnéndez y Pelayo y Rodríguez Ma- 
rín me han asegurado haberlas buscado con empeño en un tiempo, sin éxito 
tampoco. Mal síntoma es, tambiéa, el de que igualmente se ignore el paradero de 
El Cisne del Jorddti, otra obra del mismo Belmonte citada por Bermúdez. 

Si, como se supone, Cervantes puso en el canónigo toledano del Quijote 
sus pensamientos (I, xlviii) y trasladó á sus palabras encubiertamente su sentir, 
habría que reconocerle otra obra perdida: un libro de caballerías, guardando 
las reglas y preceptos exigidos por aquél en su discurso, y. del que tenía escri- 
tas más de cien hojas. Curioso pormenor en que nadie ha caído. ¿Qué relación 
tendría, en caso de no ser fantástica esta conjetura, con el ^«yo/í mismo? 

«5 



220 

Alguien quedaba, sin embargo, en aquella generación literaria, capaz 
de escribir el relato de las hazañas de Cipión, y aun de apurar tam- 
bién ciertas cosillas que Berganza había callado, porque no se le tu- 
viese por largo y murmurador. Capaz y muy capaz era D. Francisco 
de Quevedo y Villegas de estas empresas, y harta prueba y desenfa- 
dada muestra dio en sus Sueños y obrillas satíricas, que, en cuanto á 
la intención, hondura y nervio lucianesco, guardan tanta y tan grande 
semejanza con el Coloquio de los Perros^ como si ambos se ilumina- 
sen por recibir pródigamente una misma luz, que alumbrase y encen- 
diera unas mismas facultades y temperamentos; mas para que el en- 
tronque con la joya cervantina hubiera resultado puro y legítimo, y 
las aguas que desembocaran en el caudal acopiado de maravillosos 
aciertos del primer Coloquio no enturbiasen su claridad limpísima y 
su intención honesta en el segundo, menester hubiera sido que á Que- 
vedo se restasen ciertas cualidades y prendas, buenas en sí, pero es- 
torbadoras de un éxito feliz en empresa semejante. 

A Quevedo le estorbaban (aparte sus aficiones políticas, que siem- 
pre ciegan y desatinan) su mucho saber teológico, moral é histórico, 
y, otro tanto que al autor de La Picara Justina, el demasiado domi- 
nio y conocimiento de la lengua castellana, que, á fuerza de prodigarse 
sin tasa ni medida, hace sus escritos obscuros, sus reflexiones de for- 
zada comprensión, impregnados como les deja del conceptismo lasti- 
moso que tanto afea la inmensa obra de aquel memorable caballero, 
señor de la Torre de Juan Abad , el cual , á haber nacido cuarenta años 
antes y respirado, hecho hombre, la generosa atmósfera de los tiem- 
pos del Rey Prudente, y no la cargada y asfixiante de su nieto, sería 
hoy el primero y más indiscutible de los ingenios clásicos españoles. 
Ese excesivo dominio del fondo y de la expresión fueron induda- 
blemente, con el contagio de su época, las causas del conceptismo 
quevedesco, único é inconfundible, muy distante de los conceptismos 
fídsos y vacíos que tanto abundaron en sus días, hijos cabalmente de 
la ausencia de aquellos dones que tan pródigamente sobraban en 
Quevedo. 

Á pesar de esta separación, al autor de las Capitulaciones de la vida 
de la Corte, horras y libres de todo unto sermonesco, atentas sólo á 
sacar in puribus á cada linaje de perdidos en un espacioso teatro, te- 
niendo por auditorio, no á una junta de teólogos ni de hinchados cate- 



— 227 — 

dráticos, sino á la turba alegre, desenfrenada y picaresca, que lo ríe 
todo, y lo jalea , celebra ^ aplaude ; al padre del incomparable Buscón 
hay que secuestrarle, ya que no entre los imitadores del Co/ot/uio, al 
menos, como uno de aquellos para quienes la novela cervantina fué 
potentísimo faro que alumbró un derrotero no sobradamente explora- 
do aún en las letras castellanas. 

Quizás las mismas Capitulaciones de la vida de la Corte gocen, como 
excelencia sobre el Coloquio-, de la ausencia de aquellas moralidades y 
reflexiones que en la obra de Cervantes roban á ratos la naturalidad y 
la alegría. Y cabe explicarlo derechamente. Escribíanse aquéllas por 
Quevedo en el hervor de sus primeros años, libre de filosofías y sermo- 
narios; cuando él mismo se llamaba «hombre dado al diablo, prestado 

al mundo y encomendado á la carne , falto de pies y de juicio, ancho 

de frente y de conciencia, raído de capa y de vergüenza» ; cuando, so- 
ñadora la cabeza, abiertos los ojos y diestrísima su pluma, mojábala en 
los garitos, tablajes, burdeles y tinelos, para sacar sus personajes asidos 
del copete, entre risas y burlas, con el alboroto y desenfrenado bulli- 
cio de unas carnestolendas. ¡ Para sentencias y apotegmas estaba enton- 
ces Quevedo! Cervantes no; á la sazón de escribir el Coloquio., había 
dejado atrás, muy atrás, estas mocedades; lejos, muy lejos, estas ale- 
grías : su edad no estaba ya para burlarse con la otra vida, « que al cin- 
cuenta y cinco de los años ganaba por uno más y por la mano». En 
un viejo, pues, están bien y en su punto las reflexiones que hagan 
ejemplares sus obras; en un mozo, y, por ende, alborotador, espada- 
chín y mujeriego, no, estorban; que por eso moralizó Cervantes en el 

Coloquio-, y no lo hizo Quevedo en las Capitulaciones. 
( 

La gloriosa popularidad que en Elspaña alcanzaron las Novelas ejem- 
plares tenía que invadir también los dominios del arte, y señalar su in- 
fluencia en el desarrollo subsiguiente de la Novela en general. Lugo 
Dávila, Luis de Belmonte, Castillo Solórzano, Salas Barbadillo y otros 
ingenios, tomáronlas como modelo para las suyas; siendo tan inmediata 
y rápida la imitación, que provoca la sospecha de que, mucho antes 
que impresas, eran conocidas, y corrieron manuscritas, entre los cu- 
riosos, á más del Rinconete y El Celoso Extremeño. 

Si la-Tíbvela corta, 6 cuento breve, que nacía en los brazos del manco 
sano, no siguió el rumbo realista que le señaló, cúlpese, más que á la 



ignorancia ó falta de atención de los autores, que muy devotamente 
las estimaron y aplaudieron, llamándolas con Bartolomé de Góngora 
«atalayas de la humana vida» , ^^ al derrotero lastimoso que tomó nues- 
tra literatura, cautiva del culteranismo, con todos sus errores, afecta- 
ción y mal gusto. 

Pero aunque la huella de Cervantes con sus Novelas no fuese todo 
lo honda, sana y fructífera que su importancia prometía, no puede 
desconocerse que existió, sin embargo, ora trasladando al teatro nove- 
las enteras, ora recibiendo en otras obras, y disfrazados, episodios suel- 
tos de ellas, ó bien, por último, mostrando generosamente á los prosis- 
tas el feracísimo campo del natural, cual brava y rica mina de donde 
arrancar sus producciones. 

No fueron El Casamiento engañoso y el Coloquio^ á pesar de ello, 6 
al menos en España, las novelas ejemplares más imitadas por los auto- 
res que siguieron á Cervantes. De la primera, ácgso "por la misma rea- 
lidad de su asunto, tan repetido y constante en la vida de entonces , no 
hallo calcos, semejanzas ni reflejos directos, fuera de parecidos de si- 
tuación ó de lenguaje, que, seguramente, nada de intencionados tuvie- 
ron; por ejemplo, en Lm- Niña de los embustes^ de Castillo Solórzano. •'"'' 
Tampoco el mismo Coloquio, en su conjunto, desarrolló la afición que 
se creyera hacia el apólogo satírico; pues no recuerdo, fuera de Que- 
vedo, otro caso que el del licenciado Cosme Gómez de Tejada, que en 
su León prodigioso tiró más á copiar á los autores clásicos que á parar 
mientes en las sabias huellas de los Perros de Mahudes. ^' 

Semejanzas aisladas é independientes, con episodios y lugares del 
Coloquio, no escasean, sin embargo, en obras posteriores. Con especia- 
lidad, el pasaje del poeta cómico, autor infatuado é inofensivo del Ra- 
millete de Daraja, tuvo una aceptación extraordinaria, viéndose repro- 
ducido substancialmente en varias obrillas del tiempo. No juzgo, em- 
pero, estas coincidencias literarias como imitaciones conscientes cer- 



^■^ El Corregidor sagaz. — Abisos y documentos morales — Manuscrito curio- 
sísimo, á juzgar por los extractos que nos dejó Gallardo, y que bien merece 
imprimirse. — Vid. Ensayo , IV, col. 1.208. 

86 Barcelona: Margarit, 1632; cap. XI y XVIII. 

" Ledn prodigioso. — Apología moral entretenida y provechosa d las buenas 
costumbres, trato virtuoso y político. — Madrid, Francisco Martínez, 1636; in 4.° 



— 229 — 

vantinas. Lejos de eso, tiene su explicación. Entre la turba gárrula de 
nuestro Parnaso, que anheló pisar con estruendo y triunfo las tablas de 
los corrales, medraron, á docenas, los poetillas disparatados y ridículos 
al estilo del del Coloquio ^ y á quienes sus dramáticos engendros hin- 
chaban el cerebro y envanecían sobremanera, para caer, en mala hora 
y por castigo de sus culpas , en poder de los alegres farsantes , que les 
hacían pagar con las setenas sus, locas vanidades y deplorables versos. 

Vélez de Guevara , que había llevado á su graciosísimo Diablo cojuelo 
el patio y la persona del señor Monipodio, trasladó también á la po- 
sada del Sevillano , en Toledo , á un poeta dramático , que nada tiene 
que envidiar al cervantino; pues si éste pedía salieran en su farsa el 
Papa con doce cardenales , vestidos todos de morado , en la Tragedia 
Troyana de aquel disparatón sin medida , rompía la escena el Paladión 
con cuatro mil griegos, armados todos de punta en blanco; tras ellos, 
en la comitiva, Príamo, Elena y Paris; cerrándola, finalmente, en pala- 
frenes negros, once mil dueñas á caballo, que no habían de ser una más 
ni una menos, ^^ en sentir de su desvariada minerva. 

También Quevedo celebró este mismo episodio, en.su Buscón, con 
parecidas y ridiculas exigencias por parte de un poeta huero, que, 
imaginando una comedia titulada El Arca de Noé, para cumplir con 
su rótulo, pone la fábula y la acción en boca de animales parleros, 
como tordos, papagayos y picazas. ^'^ 

Finalmente, en La Garduña de Sevilla, de Castillo Solórzano, repro- 
dúcese también la misma escena de la lectura de una comedia dispara- 
tada ante el concurso socarrón de los farsantes , con igual regocijo que 
en el Coloquio, presentándose esta vez la imitación tan desembozada y 
franca, que los párrafos enteros que se calcan confiesan clarísimamente 
la influencia de Cervantes. *" 



** El Diablo Cojuelo, op. cit. Tranco, IV, pp. 44 y 45. 

86 Libro I, cap. IX. 

*" Cap. XX. — Va enumerando el poeta las condiciones y circunstancias que 
exige su comedia, y dice: < Trece vasallos de la señoresa. —¿Trece? — repitió el 
cómico — ; ¿no se pueden reducir á menos número? — No, señor — dijo el poeta — ; 
porque éstos son de trece casas solariegas, y cada uno en su nombre da el 
voto para casarse esta señora , y el faltar uno, era hacer un desprecio de una fa- 
milia honrada ; yo soy muy legal con la historia de Vizcaya , y no querría faltar 
un átomo délo que dice.» Más adelante prosigue: <íltem, siete doncellas — Vue- 



— 23° — 

Otros pasajes de la joya cervantina fueron, igualmente, víctimas de 
hurtillos de más 6 menos cuenta para algunas otras obras del tiempo, 
no sé si por artística y casual coincidencia ó por intencionada imita- 
ción; siendo muy claro ejemplo de estas piraterías el traslado que de 
las artimañas de la Colindres hizo Juan Cortés de Tolosa en su Laza- 
rillo de Manzanares, cuyo capítulo VlIItiene bastantes puntos de con- 
tacto con aquel episodio. *i 

El título que preside á una novelita de Pedro Espinosa, y el des- 
arrollarse la escasísima acción que encierra en forma de diálogo entre 
dos interlocutores, uno de los cuales es cabalmente un perro, ha hecho 
pensar á su meritísimo biógrafo si aquel escritor tomaría idea del Co- 
loquio para su juguete. <^ 

No hay ciertamente en castellano, á excepción del Cuento de Cuen- 
tos, obra que en tan corto número de páginas acopie riqueza tanta y 
tan prodigiosa de modismos, paremias y refranes como El Perro y la 
Calentura, *' llenos de una fuerza de expresión y de una intensidad 
filológica ciertamente admirables; pero estas mismas virtudes obscu- 
recen su valor episódico y narrativo, que es en la novela por extremo 
pobre, y aleja, por ende, la sospecha de toda imitación directa del 
Coloquio, cuyo mayor mérito reside en el número y variedad de los 
episodios. 

Paréceme como si Espinosa hubiese tirado á hacer un Diccionario de 
modismos, al igual del que Correas ordenó años más tarde, y, falto 
de tiempo, humor ó~ gusto, se hubiera contentado con hilvanar los ma- 
tericdes reunidos en el artificio de una breve fábula, llena de tropoló- 
glcas censuras, pero sin que en la intención satírica lograse su propó- 
sito, ni pueda acusarse, en su composición ó idea, la influencia de Cer- 



sa merced traza una comedia — dijo el autor — , con cosas' exquisitas: ¿dónde 

quiere vuesa merced que busquemos siete doncellas, y más en esta Corte?» 

El calco sobre Cervantes y el Coloquio es indudable. 

*• Lazarillo de Manzanares , con otras cinco nouelas. Compvesto por, han 
Cortes de Tolosa, natural de la villa de Madrid..... — Año 1620. — En Madrid, por 
la Viuda de Alonso Martín, in 8.°; ff. 34 y 35. 

*2 Rodríguez Marín: Pedro Espinosa op. cit., p. 396. 

*8 El Perro y la Calentura. Novela peregrina Cádiz, 1625, 8.°, 34 páginas, 

(i.^ edición). Publicada conforme al texto de la 2.^ (Ruán, 1629) por Rodríguez 
Marín, en sus Obras de Pedro de Espinosa Madrid, 1909; pp. 165-197. 



— 231 — 

yantes, de modo que conviertan al glorioso colector de las Flores de 
poetas ilustres en tributario suyo. 

Decaída y rebajada nuestra Novela en las postrimerías del siglo xvii, 
tras el rápido esplendor que la comunicaron Cervantes, Barbadillo y 
Tirso, y olvidada con silencio de muerte en el xviii, que, lastimosa- 
mente, miró más á lo extranjero que hacia las cosas del terruño, no 
• hay que buscar, salvo excepciones raras, influencias literarias de estas 
dos novelas en nuestras letras. 

Mas, para vergüenza nuestra, con el favor con que comenzaron á in- 
troducirse en Inglaterra las obras de Cervantes, y en Alemania éstas 
mismas y las de Calderón, en aquellos países es donde toma carta 
de naturaleza lo cervantino, y comienzan á explotarse para el teatro 
y la novela las geniales producciones del Príncipe de nuestros inge- 
nios. 

Mucho antes que se iniciara este movimiento , y casi en vida de Cer- 
vantes , Beaumont y Fletcher habían ya acudido á la trama de El Ca- 
samiento engañoso para componer su « Rule a wife and have a wife^ ** 
(gobierna á tu mujer y tendrás mujer); comedia que también bebió en 
El Sagaz Estado-, de Salas Barbadillo, y que está reputada por la crí- 
tica moderna como una de las mejores escritas en inglés, gozando por 
ello, aún, de los favores de la escena. 

En Alemania , L. Holberg sacó también su Heinrich und Pemillo del 
picante Casamiento, ** que, por conducto de Fletcher, había pasado in- 



" Proverbio inglés que guarda alguna analogía con el nuestro, « antes que te 
cases, mira lo que haces». 

Beaumont y Fletcher aprovecharon , en efecto, la trama de El Casamiento 
para su comedia , aunque , en verdad , aparezca bastante desfigurado. Doña Este- 
fanía conserva su nombre; al alférez, en cambio, sustituye un «Michael Pérez»; 
agréganse, en los cinco actos, otros personajes y episodios que faltan por com- 
pleto en la novela cervantina. — Vid. The british drama. A collection of the most 
esteemed tragedles, comedies, operas, and /arces in the english language. — Lon- 
don, Jones and C.°, 1828 y 1829. (Vol. II, pp. 1.141 y 1.162.) 

*5 Tomo esta noticia de la Bibliografía Cervantina, de Ríus. (Barcelona, 1895, 
tomo II, núm. 747.) cLa novela El Casamiento engañoso — dice — dio la materia de 
esta pieza, que se halla en el tomo III de la siguiente colección de L. Holberg: 
Daniche Sckaubühne. — Leipzig, 1744.» 



— 232 — 

directamente á otras piezas dramáticas germánicas , como la de -¥. L. 
Schróder, titulada Guárdate del agua mansa. *^ 

Esta popularidad cervantina alcanzó su grado máximo al provocar, 
en uno de los más insignes cuentistas alemanes, una franca imitación 
del famosísimo Coloquio. De Ernesto Teodoro Guillermo Hoffmann 
relatan sus biógrafos que ya desde niño descubrió su afición hacia lo 
fantástico, burlesco y extraordinario, llenando las márgenes de una 
Biblia familiar con caprichosos dibujos de figuras satánicas é inferna- 
les, horriblemente monstruosas. *' Con tales anuncios, no podía ex- 
trañar que años más tarde impresionasen vivamente su imaginación 
nerviosa, ávida de fantasmas, espectros y apariciones, las escenas som- 
bríamente lúgubres de la zahúrda de la Cañizares; y que, olvidando 
aquella ecuanimidad y arte sereno que, en medio de su fantasía, res- 
plandecen en algunas de sus obras, acometiera la ardua empresa de 
proseguir la vida de uno de los memorabilísimos canes vallisoletanos, 
poniendo sus nuevas andanzas bajo la inspiración de aquel genialmente 
grotesco aguafuertista y dibujante, Santiago Callot, cuyas obras, re- 
petidas en mil reproducciones, eran popularísimas hacía dos siglos. 

Tal debió de ser el origen primero de las ultimas peregrinaciones 
del perro Berganza, compuestas de 1809 á 1813, y que en unión de 
otros trabajos suyos, del mismo color y linaje, aparecieron en 1814 
con el título : Fantasías d la manera de Callot. ** Son las Últimas pe- 
regrinaciones una de las obras menos entretenidas del famoso nove- 
lista, aunque en ella resalten sobremanera sus más característicos ras- 



*6 Bihliografia Cervantina , de Ríus. (Op. cit., tomo II, núm. 748.) 

Tan honda es la impresión que deja la lectura del Coloquio, que bien pudo 
haber otras obras, sobre las apuntadas, en que marcase su influencia la memo- 
rable cervantina. Así, por ejemplo, Fitzmaurice-Kelly sospecha eruditamente 
que el Entretien des cheminées a Madrid, de Le Sage, debió probablemente su 
existencia al Coloquio de los Perros. ( Prólogo á la traducción inglesa de Mr. N. 
'^&CCo\\.,Exemplary Novéis. — Glasgow, Gowans and Grey,' 1902. Vol. I; p. xxxix.) 

*' Vid. el Prólogo de Eduardo Lemoine á la traducción francesa de los Can- 
tes, recils et nouvelles de E. T. A. Hoffmann. — París; Garnier, 1905; pp. xxi 
y XXII. 

** « Fantasiestüke in CaUots manier. Blátter aus dem tagebuche eines reis- 
enden enthusiasten. Miteiner Vorrede von Jean Paul. Bamberg, 1814» (i.* edi- 
ción). Las € Fantasías » se han traducido á todos los idiomas, salvo al castellano, 
que yo sepa. 



— 233 — 

gos literarios. Víctima Hoffmann de la misma complejidad y riqueza 
de su tíilento artístico , tan pronto se le desbordaba éste en el penta- 
grama, componiendo óperas y sonatas, como trazaba ridiculas carica- 
turas', ó trasladaba, más vagas y perdidas aún, sus concepciones del 
lienzo á las páginas humorísticas de sus novelas. A Hoffmann, pues, hay 
que mirarle, no como un simple literato, siiít) como un músico que 
escribió cuentos; un cuentista que trazó figuras y dibujos, y un pin- 
tor que solía fraguar partituras. 

Las mismas Últimas peregrinaciones comprueban este juicio. Dos 

partes bien diferentes pueden señalarse en ellas. ^'^ Una, ciertamente 
literaria, continuación franca cervantina en cuanto á la intención, aun- 
que, por desconocimiento absoluto del medio español, veamos trocado 
al alano andaluz en un dogo teutónico ; pero , así y todo , aun perdura 
en esta primera parte la influencia del modelo, de Cervantes, en la 
evocación de la Cañizares, de la Montiela, del coro de brujas que asis- 



*9 Véase cómo se desenvuelve su argumento. Sale Hoffmann una noche en 
Bamberg, camino del parque de la ciudad, y al atravesarle, oye unos angustio- 
sos suspiros; corre adonde suenan y encuéntrase con un perro negro, dogo, que 
le habla. 'Admírase en un principio de semejante portento , pero el elocuente 
can le tranquiliza, descubriéndose á él: es Berganza, centinela del hospital de 
Valladolid , y compañero piadoso de Mahudes. Serenado ya Hoffmann , oye de 
sus labios la relación de su agitada vida , desde el punto en que la dejó Cervan- 
tes en su Coloquio. Cuenta, en efecto, cómo una noche, acompañando á Mahu- 
des por las calles de Valladolid , al pasar bajo la sombra de una ventana, sintió 
que los largos y huesudos brazos de la Cañizares se le colgaban del cuello, al 
tiempo que con gritos roncos de júbilo le decía: «¡Te tengo otra vez!, ya no te 
me huirás más». Berganza la muerde y zamarrea, y después de dejarla mal he- 
rida, huye desolado, fuera de Valladolid, á campo traviesa. Tropiézase, en lo 
más negro de la noche, con un aquelarre de un sapo y siete brujas, una de ellas 
la Montiela: cae entre sus garras y asiste á la nocturna zambra. Calienta el sapo 
una gran caldera llena de un líquido negruzco y humeante, y, al desbordarse 
en las llamas, toman sus gotas sangrientas horribles y espantosas figuras: lagar- 
tos con cabezas humanas, ratones con picos de cuervo, un gran gato negro, etc. 
Luego vienen cantos, bailes, saltos y gritos; luchas de Berganza y el monstruoso 
gato, intervención de la Montiela; untan al perro y pierde el sentido Cuando 
nace el día hállase solo; vuelve á la ciudad; entra á servicio de Kreisler, maes- 
tro de capilla; más tarde, al dé una señora maniática y música, cuya vida, en 
unión de la de otro compositor y un filósofo, constituye el resto de la novela, 
con los comentarios y alusiones que apunto en el texto. 



— 234 — 

ten al horripilante aquelarre; que, en verdad, en aquel momento la 
novelilla cumple con el patronímico de la portada, -semejando la viva 
representación de uno de los más célebres grabados de Callot, y cuya 
vista tanta impresión produce: el famosísimo de Las Tentaciones de 
San Antonio. El mismo Bosco no se hubiera desdeñado de prohijarlo. 

Mas desde que el alba asoma, cantan los gallos y desaparece el es- 
cuadrón de brujas, se apaga la sombra de Cervantes, para acentuarse, 
con la claridad del día, la personalidad de HoíTmann, como si cansado 
de una imitación á que no se prestaba su indómito talento, dejase á 
su caprichosa fantasía libre y suelta rienda. No es, pues, Cervan- 
tes; es Hoffmann crítico, que vaga ya sobre su afición favorita: la mú- 
sica; que convierte al pobre Berganza en anóméilo intérprete de mil 
raras y desacordadas teorías sobre el teatro, sobre el arte, sobre la 
estética, salpicadas de otras tantas alusiones, mordaces é irónicas, á 
cosas y sujetos de su tiempo 6 personales recuerdos. Hay vida, cier- 
tamente, en el relato; pero desordenada, confusa, caprichosa. A quien 
haya leído la de Hoffmann, no le cogerá de nuevas. Por entonces co- 
menzó á buscar en el licor de Baco un aliado poderoso á la inspiración 
vacilante de sus Musas, bi vino veritas. Él fué uno de los primeros que 
practicaron á conciencia esta formulilla, hoy tan celebrada. 

Mas convengamos en que la verdad que el alcohol inspiró á Hoffmann, 
más que la visión serena y recogida del genio artístico, parece el pro- 
ducto desequilibrado y exótico de una calenturienta pesadilla. 

Tal es la impresión que deja en el ánimo esta continuación alemana 
del Coloquio: una verdadera aguafuerte de Callot, mitigado el realismo 
de Cervantes por la superabundancia imaginativa de Hoffmann, que á 
buen seguro hubiera continuado mejor El Diablo Cojiielo, de Vélez de 
Guevara, que el humanísimo Coloquio de los Perros. 

Para que nuestra patria mostrase también algo del amor y entusias- 
mo que hacia Cervantes suponían estas imitaciones y traslados, una 
insigne escritora española, que realizó la paradoja de pensar en caste- 
llano neto y purísimo y escribir casi en francés, trazó, en colaboración 
con un celoso hispanista, Mr. de Latour, un breve cuadrito en que 
aparecen , ya que no Berganza y Cipión , al menos , unos descendientes 
suyos. 

Supone Mr. de Latour que por aquellos tiempos Cipión tuvo un 
hijo, y Berganza una hija, y que, cual suele suceder entre padres ami- 



- 235 - 
gos, casaron entre sí á sus vastagos. De su numerosa descendencia es 
una infeliz perra, que, engañada miserablemente por un tenorio ca- 
nino, acoge Fernán Caballero, viniendo á morir en su casa, después 
de relatar todas sus desdichas. ^^ La semblanza de uno y otro escritor 
no tiene pretensiones, ni cabe tampoco concedérselas, siendo un rasgo 
tan sólo del españolismo sano del primero y del bondadoso corazón 
de la simpática novelista. 

Recientemente, un cultísimo escritor en quien corren parejas el in- 
genio profundo y el desenfado libre y atrevido, pero á cuya pluma de- 
bemos una de las mejores obras dramáticas de nuestros días, Rosas 
de Otoño, ha dado á luz un cuento que lleva por título Nuevo Coloquio 
de los Perros. Por imitación puede estimarse del famosísimo cervanti- 
no, no por su fondo, que es original y personalísimo, como los escri- 
tos todos de Jacinto Benavente, sino por la adaptación de las parleras 
lenguas de dos canes á la trama y desarrollo del asunto. Como en el 
habido en el hospital pinciano, y tras un breve prólogo, que por su 
valor retórico recuerda al de El Casamiento-, uno de los perros, aris- 
tocrático y pulcro, nacido en París, relata su vida, entre las apostillas 
realistas y crudos comentarios de su compañero, plebeyo y maltratado. 
El diálogo animado y suelto, la sátira punzante y viva, el ingenio na- 
tural y bizarro, las salidas personales y únicas, hacen del Nuevo Colo- 
quio la continuación más feliz y completa (para nuestro tiempo) del 
cervantino, por más que su autor, con cariñosa humildad, diga del suyo 
«que ni segunda parte puede llamarse de aquella primera inimitable, 
que sólo con recordarla aquí creyera ofenderla, y que nunca perdona- 
ríais , lo que no fué atrevimiento, bien lo juro, antes culto de devo- 
ción á tan gran nombre». ^^ El asunto del Nuevo Coloquio es principal- 
mente exótico, y esto | ay 1 sí es dolorosamente real : que ni vida propia 
nos queda con que contribuir á la novela y al teatro, que se extran- 
jerizan. 

Aquí terminan las imitaciones é influencias que he podido hallar 



^ Los pobres perros abandonados , en el tomo Vulgaridad y Nobleza. — Ma- 
drid, Romero, 1907; pp. 331 á 334. 

'"^ Apareció en el número 93 de El Cttetito semanal, de esta Corte, corres- 
pondiente al 9 de Octubre de 1908, sin que, hasta la fecha, lo haya incluido su 
ingeniosísimo autor en sus Obras completas. 



- 236 — 

provocadas por el maravilloso Coloquio cervantino. Ninguna de ellas, 
á excepción del desenfado de Benavente, acertó á darnos la vida inten- 
sísima y real que refleja la vida de Berganza; ninguna pluma, tampoco, 
salvo la deBelmonte, sintióse con ánimos bastantes para emprender el 
relato de la de Cipión. Porque si el incomparable diálogo de los Perros 
de Mahudes quedaba interrumpido entre las esteras del Hospital de la 
Resurrección, é inactiva la pluma del alférez que había prometido conti- 
nuarle , nadie podía acometer la tarea de hilar sus aventuras con la ma- 
gistral gracia y habilidad con que lo había hecho el escritor alcalaíno. 

Su fiel intérprete, el alférez, pudo también, al final del Coloquio, 
haber estampado aquellas mismas palabras con que el prudentísimo 
CideHamete cerró la historia verídica de El Ingenioso Hidalgo: 

«Aquí quedarás colgada desta espetera y deste hilo de alambre, no 
sé si bien cortada ó mal tajada péñola mía, adonde vivirás luengos 
siglos, si presuntuosos y malandrines historiadores no te descuelgan 
para profanarte; pero antes que á ti lleguen, les puedes advertir, y de- 
cirles en el mejor modo que pudieres: 

Tate, tate, folloncicos. 
De ninguno sea tocada, 
Porque esta empresa, buen Rey, 
Para mí estaba guardada.» 

I Por providencia y misión especialísimas de las bienhechoras Musas 
castellanas 1 



VIII 



^Siempre se ha de sentir lo que se dice> 
{NuQCa se ha de decirlo que se sieute? 

( QüXT>DO ; Epístola al Conde de Olivares,) 



A mediados del año l6l2, ya tenía Cervantes concluidos, y á punto 
para la imprenta, aquellos doce cuentos que, «á no haberse labrado 
en la oficina de su entendimiento, presumieran ponerse al lado de los 
más pintados». Debió de pensar entonces en un elocuente título, bajo 
el cual se cobijasen todos al salir á la plaza del mundo, y tomando un 
cabillo del de la Primera parte del honesto y agradable entretenimiento 
de damas y galanes de Juan Francisco Straparola de Carvacho (Ma- 
drid, 1598), y aprovechándose, además, del que llevaban las Historias 
trágicas exemplares del Bandello, en su versión castellana (Salaman- 
ca, 1589), vino á componer entre los dos el suyo, heroico, sonoro, 
autorizado : Novelas exemplares de honestissimo entretenimiento. 

Con tal nombre pasaron poco después, á 2 de Julio de aquel año, 
y por orden del vicario general de la Corte, el doctor Cetina, á las 
manos de su buen amigo el padre presentado fray Juan Bautista, tri- 
nitario, que fué el primer afortunado mortal que saboreó las Novelas 
ejemplares, dando su aprobación, discreta y encomiástica, á 9 de aquel 
mes. 

El honroso titulillo fué corriendo, con el manuscrito, de unos en 
otros aprobantes, y con él solicitó y obtuvo su autor los dos privile- 
gios: el de la Corona de Castilla, á 22 de Noviembre de 16 1 2, y el va- 
ledero para los reinos de Aragón, fecha de 9 de Agosto de 1613. 
Escaso de dineros Cervantes, en aquella sazón como en tantas otras, 
un mes justo después, á 9 de Septiembre de 1613, vendió estos pri- 



— 238 — 

vilegios á su constante editor Francisco de Robles, y en la escritura 
de concierto también se conservó el mismo rótulo puesto en un prin- 
cipio: Novelas exemplares de honestissimo entretenimiento. No obstante, 
al tirar la portada, Cervantes mudó de idea: suprimió la antigua coleti- 
lla de honestissimo entretenimiento., y dejó reducido su título al de No- 
velas ejemplares. ^ 

¿A qué obedeció este corte? ¿Cuál fué la razón que le movió á cer- 
cenar su última parte? ¿El capricho sólo? ^ ¿Creyó que los requiebros 
amorosos que en ellas se contenían no eran lo bastante konestíssimos, 



' Esta notable particularidad literaria, no observada hasta hoy por ningún 
cervantista, aparece de la lectura de los preliminares de la edición príncipe. 
Como las aprobaciones y licencias (y muchas veces los privilegios) se daban so- 
bre el mismo manuscrito, Cervantes, al sacar los suyos, no contó con que en 
ellos había de perdurar el primitivo título de las Novelas, cercenado por él 
después. 

En la iassa de la edición príncipe y en las aprobaciones de fray Juan Bautis- 
ta, Gutierre de Cetina y fray Diego de Hortigosa, se lee su epígrafe como hoy: 
Novelas exemplares; mas en la de Alonso Gerónimo de Salas Barbadillo, se dice: 
«Por comission de los señores del supremo Consejo de Aragón vi un libro in- 
titulado Nouelas exemplares de honestissimo entretenimiento, su autor Miguel 

de Ceruantes Saavedra » Sobre ello, los dos Privilegios que se obtuvieron 

para Castilla y Aragón decían á una: «Por quanto por parte de vos, Miguel de 
Ceruantes Saavedra, nos fue fecha relación que auiades compuesto un libro in- 
titulado Nouelas exemplares de honestissimo entretenimiento»; y, para que no 
quedase duda, al otorgar Cervantes la escritura de cesión del Privilegio para la 
impresión de las novelas á favor de Francisco de Robles, debió tenerse á la 
vista el mismo manuscrito, cuando se nombran aquéllas por el primitivo titulo 

con su suprimida coletilla de honestissimo entrete?iimiento. (Vid. edic. Juan db 

LA Cuesta, 1613, y P¿rbz Pastor: Documentos cervantinos , tomo I, p. 178). Aca- 
so la supresión fuera obra de Robles. Sabido es que adquirida una obra por el 
librero editor, éste hacía en ella lo que le venía en gana. Y entonces hallaríamos 
una explicación á este caso del todo satisfactoria: la de que el público no con- 
fundiese, así rotuladas, las Novelas ejemplares con la Primera parte del honesto 

y agradable entretenimiento de Carvacho, repetida por las prensas de Nicolás 

de Assiayn, en Pamplona, aquel mismo año de 1612. 

^ No era la primera vez que Cervantes mudaba el primitivo título de una 
obra suya, poniendo en su lugar otro distinto, al tiempo de su impresión; La 
Calatea- se llamó en principio Los seys libras de Galatea, trocado luego por 
Primera parte de la Galatea , dividida en seys libros. — Vid. Pérez Pastor : Do- 
cumenios Cervantinos , tomo II; p. 394. 



— Í39 — 

en superlativo, aunque en el P,rólogo se hubiera defendido, de antemano, 
de esta posible tacha? ,1 Repugnaban al honestissimo entretenimiento las 
crudas escenas de El Celoso Extremeño, las bubas de El Casamiento, ó 
las libertades del Coloquio? 

No lo sé, ni puedo conjeturarlo; sólo sí que las Novelas ejemplares 
no gozaron entre todos los escritores coetáneos suyos de buena opi- 
nión y honesta fama, pues no faltó uno de ellos que, en vida de Cer- 
vantes y desembozadamente , motejase de franca inmoralidad sus 
lances amorosos, en un abierto pasaje que es extraño no hayan no- 
tado sus comentaristas: de la pluma de Suárez de Figueroa salía, de 
aquel murmurador sempiterno, maldiciente perenne y envidioso de 
oficio, del agrio satiricón que, describiendo las mañas y artes del al- 
cahuete para rendir la fortaleza de la honestidad femenina, estampaba 
estas curiosas palabras: «No calla la fábula de Olimpia, la de Genebra, 

la de Isabela: halla las novelas del Boccaccio, de Cinthio 6 Cervantes , 

combatiendo con estos dislates lascivos la virtud de las mujeres casa- 
das, la castidad de las doncellas, y la preciosa honestidad de las viudas, 
que bien á menudo vienen á quedar violadas con tales razonamientos. » ^ 

Su acusación, empero, cayó en el vacío, y aquella sociedad siguió 
prestando su favor á las Novelas ejemplares sin parar mientes en se- 
mejantes críticas; mas en tiempos modernos tampoco han faltado pa- 
recidos Catones, que, tomando pie de las libertades y desenfados 
que en sus páginas se contienen, las hayan convertido en armas con 
que calificar de francamente inmorales el pueblo y tiempo en que sa- 
lieron, y cuyas costumbres, á su entender, por entero reflejaban. 

Y á buen seguro que cuando el lector recorra codiciosamente las de 
El Casamiento y el Coloquio, su conciencia timorata se habrá de resen- 
tir más de una vez, tiñéndose con el carmín del bochorno, y con frun- 
cido entrecejo y enojado ademán, habrá de preguntarme, como si nos 
halláramos á solas: «¿Esta es la edad que nos pintan como de oro y 
dechado de los presentes? ¿Esa es la antigua pureza de costumbres, 
tan decantada y aplaudida? ¿A semejantes excesos y liviandades se nos 
exhorta que volvamos?» , 

Reporte un tanto su turbado ánimo, y vamos á saldar tales cuentas 



' Plaza universal. op. cit, f.° 276 vto.— Discurso LXXII, que trata Dt los 

alcahvetes. 



— 240 — 

en este corto epílogo, discurriendo brevemente un rato (aunque el 
asunto, en probidad, requería un libro) sobre el valor del Coloquio., en 
relación con las costumbres de su tiempo; debate grave y espinoso 
más que otro alguno, y con el cual habré de acallar los escrúpulos de 
su conciencia, y de la mía también, al dejar en sus manos estas dos atre- 
vidas novelillas. 

Así como del teatro se ha dicho que es espejo de buenas costum- 
.bres, es palmario que la novela refleja ó ha de reflejar acabadamente 
el estado social de su época; y si esta máxima de crítica la aplicára- 
mos inexorable y rigorosamente á las de nuestro siglo de oro, habría 
que dar por corrompidos y enviciados aquellos tiempos y por total- 
mente lastimosas sus costumbres. 

Singularmente de la lectura de las relaciones picarescas, la impre- 
sión que con tan cerrado criterio se saca no puede ser más desalenta- 
dora y pesimista: allí no se tropiezan otros personajes que picaros, ru- 
fianes, fulleros, cortesanos, vagos y mendigos; el cuadro es sombrío, y 
no brinda, ciertamente, á los aplausos 

Sí; en verdad que las novelas de nuestros clásicos, y entre ellas ca- 
pitalmente las picarescas , son documentos , y documentos vivos y feha- 
cientes, para ahondar en la moralidad ó desenfreno de la época que des- 
criben; pero no lo es menos que, cumpliendo con la primera y hoy ele- 
mentEil regla de crítica, que nos manda ante todo depurar el valor de 
las fuentes de que nos sirvamos, no debe utilizarse su testimonio á 
ciegas, á tontas y á locas, ad pedem litíerae, alejándonos después de su 
rápida lectura, como se aparta el sano del leproso; sin permitir que el 
crítico se acerque prudentemente á aquella materia, gangrenada en el 
exterior, y levante con su escalpelo la piel, y examine si la aparente 
infección y podredumbre llega asimismo hasta lo hondo y corroe los 
huesos. 

No deben, no, tomarse como son las pinturas realistas y descarna- 
das de nuestros ingenios, ni esgrimir de ligero sus máximas, quejas y 
reclamaciones, sin más consideración ni estudio; antes con mucho peso. 
Nadie debe extrañar que semejante cadena de perdidos fuera la prefe- 
rida por nuestros novelistas para sus obras, y no hay razón para infe- 
rir de ahí que todos los españoles de entonces arrastrasen el mismo 
grillete de sus vicios y trampas. Á excepción de los coloquios eróticos 
y de las falsas novelas pastoriles (que más que de tales novelas tenían 



— 241 — 



de poemas en prosa), no se concebía exhibir entonces, en el terreno de 
la novela, la vida humana más que por su lado enviciado, en sus notas 
corrompidas, en lo que entrañaba novedad pecadora sobre los usos 
ordinarios y las habituales prácticas; y así, nada tuvo de extraño que 
las novelas de entonces menudeasen entráñeos, descansos y capítulos 
en que aparecían los picaros con su hambrienta vida, los fulleros con 
sus flores 6 trampas, las rameras con sus engaños, los estudiantes con 
sus matracas y su sarna, y los valentones con sus fieros y sus chirlos; y 
cuanto más viva, real y penetrante descubrían las péñolas esta vida, 
que no era la habitual^ que era la de los menos, qu£ no era el vivir de 
España, sino el de unas pocas castas de su inmenso imperio-, mayor era 
el gusto que los lectores recibían; y á dar gusto y pasatiempo tiraban 
los autores en sus movidas y descarnadas relaciones. 

Claro es que esta anomalía originábase de la concepción preceptiva 
de la novela, entonces en pañales, tan distinta de lo que ha llegado 
á ser en nuestros tiempos. Más imperfecta entonces, que ahora, los 
novelistas creían que en sus libros sólo cabía lo irregular y extraor- 
dinario, y pocos, muy pocos, fueron los que, apartándose de este cri- 
terio, descendieron á pintarnos el interior de un hogar santo y sencillo. * 



(/' 



* No era únicamente en la novela: en el teatro mismo presentábase tam- 
bién abultadamente viciosa y relajada la vida de entonces por nuestros in- 
genios, como buscando mayor interés y apetito para sus obras. De las tan 
traídas y llevadas comedias de Tirso, ya notó D. Alberto Lista que, en ellas , su 

autor « exajeró los retratos que le plugo hacer de la liviandad femenina sin 

describir el espíritu de la sociedad culta de su tiempo que no era ciertamen- 
te la que él describió ». Y nadie tachará de parcial ni de ñoño el sereno y re- 
posado juicio de Lista. (Vid. Bib. Aut. Esp. — Tomo V; p. xxhi.) Tan no exageró 
Lista que , entre los acuerdos de la Junta de Reformación , nombrada á raíz del 
levantamiento de Felipe IV al trono, exhumados por el inolvidable erudito Pé- 
rez Pastor, hay uno que comprueba el juicio del poeta sevillano, y me afianza 
en la opinión que en el texto y en esta nota vengo sustentando. En una de las-^' 
reuniones de aquélla « tratóse del escándalo que causa un fraile mercenario, 
que se llama M.° Tellez , por otro nombre Tirso, con comedias que hace profa- 
nas y de malos incentivos y exemplos ; y por ser caso notorio, se acordó que se 
consulte á su Magestad , mande que el P.e confesor diga al Nuncio, le eche de 
aquí á uno de los Monasterios más remotos de su Religión y le imponga exco- 
munión lata sententia , para que no haga comedias ni otro ningún género de ver- 
sos profanos y que esto sea luego» (1625). (Pérez Pastor: Nuevos daios acerca 

16 



— 242 — 

Por ello, nuestros modernos Zoilos, no hallando otros personajes 
que paseen por las antiguas novelas que los apicarados, miden á aque- 
lla sociedad por el mismo rasero, y concluyen olímpicamente que toda 
era una misma. 

Explicada la concepción de la novela antaño, ¿qué pretendían que 
pintaran sus cultivadores? ¿Los conventos de clarisas 6 los claustros 
benedictinos? ¿Los vulgares menesteres y oficios de una casa, poniendo 
en boca de sencillos labriegos helénicos discursos y alambicados con- 
ceptos, como en las Dianas hicieron con los remilgados pastores? 
Pues ni los conventos, ni los claustros, ni el mismo hogar, como tal, eran 
novelables entonces. El picaro, al desgarrarse de él, no lo conoce. Un 
autor hubo que, por excepción rara, puso á su protagonista atisbando 
como demandadero un capítulo de religiosas. Cualquier lector, al tro- 
pezarse con el preñado titulejo De cómo Alonso entró d servir á unas 
monjas, se le avivarán los ojos y encenderá la imaginación ante los sa- 
brosos y picantes cuadros que promete. ¡Buen chasco se llevará! El 
tal capítulo es de lo más flojo, zonzo y desmayado de la, por muchos 
conceptos, notable novela. * Y es que la relación del obscuro cum- 
plimiento cuotidiano del deber podrá llegar á los límites del heroísmo 
ante Dios ; nunca arribar á los de lo novelable , que ansian y ambicio- 
nan los paladares literarios. 

Por lo tanto, repito, aunque las novelas picarescas sean documentos 
para juzgar de las costumbres, no pueden manejarse sino con mucho 
tiento y prudencia. No siendo, en general, como lo son hoy (más ín- 
tima y psicológica) , representación de la vida toda , sino de la irregu- 
lar, maleante y prohibida de entonces, debe sacarse el verdadero 
concepto y ponderar su juicio, no en lo universal, sino en lo particu- 
lar; no en el cuerpo de la obra, sino en los pormenores; haciendo una 
solícita rebusca para animar hechos, figuras y pasajes en que el autor 
pasó de largo, teniéndolos en poco, por lo comunes y llanos, pero que 
son para nosotros de muy subida importancia. ¿Quién duda que en- 
tonces descubriremos figuras nobles é hidalgas, en representación de 



del kistri07iismo español. — BuUetin kispaniqtie , X; 250-251). Y tan á la práctica 
se llevaron estos acuerdos , que Tirso tuvo que salir de Madrid y dejó de escri- 
bir para el teatro durante algún tiempo. ¿Se quiere mayor severidad? 
* El Donado Hablador. — Parte I ; cap. x. 



— 243 — 

la verdadera España, como la de D. Diego de Miranda en el Quijote, 
las de los dos caballeros vizcaínos de La señora Cornelia, para no 
acordarnos de aquella madre que, en aras de la hospitalidad, recoge y 
oculta de la justicia, en el Persiles, al propio matador de su hijo? 

Eran, por otra parte, los escritores de aquel tiempo más libres y 
sueltos en su lenguaje que los de ahora, como pertenecientes á una 
sociedad que no disfrutaba de los refinamientos é hipócritas escrúpu- 
los de la nuestra, en la cual el vicio se admite y se celebra, si tiene la 
hábil precaución de presentarse pulcramente ataviado y con cortesa- 
nía. Entonces, no; rudos los oídos, como hechos al estampido de la 
pólvora, no tan delicada la vista, curada de espanto en los horrores 
del campo de batalla, permitíase llevar á la novela y al teatro situacio- 
nes escabrosas, palabras y expresiones que hoy desterraríamos á un 
burdel, sin que, á pesar de eso, revelasen inmoralidad estas licencias; 
porque, como ha dicho Menéndez y Pelayo, «aquella sociedad de tan 
libres formas era, en el fondo, más morigerada que la nuestra, y reser- 
vando la gravedad para las cosas graves , no temía llegar hasta los últi- 
mos límites de la expansión en materia de burlas y donaires» . * 

Hasta cierto punto, pues, eran entonces tan libres y desenvueltos 
nuestros ingenios como lo pueden ser hoy los modernos prosélitos 
del naturalismo, con una radical diferencia, sin embargo; diferencia 
que, con su agudísimo espíritu crítico, ya notó D. Juan Valera, á sa- 
ber: «que los antiguos, cuando eran obscenos, cuando pintaban acha- 
ques grotescos, indecencias, en suma, lo hacían para reir, tomándolo 
casi siempre por el lado cómico; lo cual á mi ver — decía — es más 
conforme con la condición natural del alma, con la ley del buen gjusto 
y con el ser de las cosas». ' 

Y con algo más, añado yo; porque para mí, en esa menudencia, en 
esa liviana contracción de los músculos, en el reir, está la sana separa- 
ción del robusto realismo y las pinturas asquerosas naturalistas: esa 
risa es el agua bienhechora que limpia y purifica lo que de pecador y 
manchado puede hallarse en nuestras novelas. Porque la sanidad de 
alma, el ingenio, el buen humor y la alegría, aquel júbilo del vivir; 



' Orígenes de la novela tomo II; p. cxvii. 

' Apuntes sobre el nuevo arte de escribir novelas. — Nuevos estudios crfticos,- 
Madrid, Tello, 1888; pp. 42 y 43. 



— 244 — 

notas todas que revelan un pueblo entero, una sociedad honrada, 
una generación gozosa de su destino, nada melancólica ni entristeci- 
da — como neciamente dicen algunos — , campean pródigamente por 
nuestras novelas picarescas, aun por las más tétricas, como el Guzmdn 
de Alfarache, y tocan á su máximo grado en los librillos de burlas, 
cuentos y apotegmas, como los de Lucas Hidalgo, Santa Cruz, Zlapata 
y Rufo; contento de vivir que hacia exclamar, con palabra de oro, al 
maestro de cuantos tratamos de estas cosas : « Corre por las páginas de 
Rinconete una intensa alegría, un regocijo luminoso, una especie de 
indulgencia estética que depura todo lo que hay de feo en el modelo, 
y, sin mengua de la moral , lo convierte en espectáculo divertido y chis- 
toso».* 

Y hay que convenir en que tanto 6 hiás que en las acciones guerreras, 
6 en los desaciertos políticos , donde se descubre la vida y entrañas de 
un pueblo es en estas, al parecer, minucias baladíes, en sus chisteci- 
llos y pasatiempos, que para el historiador algo psicólogo son haces 
de luz que alumbran muchos misterios y alejan torpes errores, como 
nocturnos pajarracos, símbolos del atraso. 

No puede estimarse corrompida una sociedad tan alegre ; que los 
vicios, y más si son endémicos, lo primero que roban es la tranquili- 
dad y el sosiego, sin que pueda sustituir su desenfreno loco y torbe- 
ilinesco á la mansa y reposada alegría , que brota espontáneamente del 
alma sana. Si para la moderna escuela naturalista la novela es la ima- 
gen de la realidad vista á través de un temperamento , hay que reco- 
nocer (y ahí están para probarlo nuestro teatro y nuestras obras en pro- 
sa) que el temperamento español, sin perder su natural serio y adusto, 
pudo simbolizarse en una carcajada que brotó de sus pechos y regocijó 
durante dos siglos todas nuestras obras de pasatiempo. 

Acertadamente Valera, defendiendo del dictado de naturalistas á 
nuestras novelas, decía poniendo en parangón una de Zola con El Ca- 
samiento engañoso: «La sífilis de Alfonsina, con tan sabio detenimiento 
explicada, casi produce en el lector la sensación de que la enfermedad 

se le pega ; mientras que hacen reir las catorce cargas de bubas que 

suda en el Hospital de la Resurrección de Valladolid el alférez Cam- 



' Cultura literaria de Miguel de. Cervantes , op. cit. 



— 245 — 

puzano.» " Y es que Cervantes no quiso (y en la intención reside toda 
la maldad del naturalismo) hacer naturalista también la descripción de 
las desdichas de aquél, cuando á la mano tenía los elementos y colores 
para trazar una descripción repugnante: tan sobrados, que basta acudir 
á cualquier tratado de medicina de su tiempo, sobre las bubas y el 
modo de curarlas , para convencerse del grani partido naturalista que, á 
querer, hubiera podido sacar del tema; *" supo evitarlo, y contentóse 
con servirnos la verdad (fin de la novela) en muy pocas y discretísimas 
palabras, templando, con su maestría en los rodeos, la repugnancia 
invencible del asunto. 

¿A qué achacar, pues — objetará el lector, y es otro de los puntos 
de este examen — , las reclamaciones de nuestros procuradores, las que- 
jas de los moralistas, la indignación de los teólogos y, en general, el 
santo escándalo que brotaba de los pechos todos, pidiendo reforma- 
ción y enmienda en las costumbres? 

Tuvo aquel tiempo, merced al ideal religioso que coloreó todas las 
manifestacicfties de la vida, un carácter eminentemente moral: tan pro- 
nunciado, que, bajando desde los pulpitos y sermones, alcanzaba á la 
misma majestad real, cuando en sus casos espinosos de gobierno pe- 
día el parecer de las juntas de teólogos y universidades, que justifica- 
sen el aspecto de conciencia de cada uno. Este carácter moral se tra- 



' Nuevos estudios críticos op. cit., p. 44. 

'O Un médico de entonces, el Dr. Pedro de Torres, nos cuenta que entre los 
remedios más usados para curarlas estaba el de los sahumerios. «Hase pues 
de aparejar para ello — escribía — , una silla horadada por medio, á manera de un 
bacín , y un pabellón hecho de unas sábanas con su arco redondo por de den- 
tro ó estando echados en su mesma cama , poner una caja entre las piernas, 

con fuego, para recibir el medicamento, y que el enfermo esté del todo desnu- 
do ó alzada la camisa y la cabeza muy tapada con paños , etc.» — (Libro que 

trata de la enfermedad de las bvbas — Madrid , Luis Sánchez , 1600; ff. 85 y 86.) 

Perdone el lector estas indecorosidades, pero persuádase también que si Zola, 
los Goncourt y sus satélites llegan á coger por su cuenta El Casamiento enga- 
ñoso, no hubieran parado hasta retratarnos al alférez Campuzano, sentado en 
una silla horadada, á manera de bacín, desnudo ó alzada la camisa, lleno de 
bubas y llagas, y con la cajuela entre las piernas, recibiendo pacientemente los 
perfumes. ¡Y aun dicen que Cervantes se excedió en realismo, cuando se con- 
tentó con poner en la relación del alférez estas simples y limpias palabras: «he 
tomado cuarenta sudores». ¿Hay ó no diferencia? 



— 246 — 

duda en un celo extraordinario que abrasaba á las gentes todas, sin- 
gularmente á las directoras , por la pureza y santidad de la vida, no sólo 
de la privada y familiar, sino de la misma pública; ^^ y de ahí que las 
quejas, santos escándalos y demanda de corrección por los teólogos, 
lejos de poder estimarse como prueba de que estaban totalmente vicia- 
das y corrompidas nuestras costumbres, me parezcan, por el contra- 
rio, argumento para defenderlas. 

Aquel hondo é innegable sentimiento de aspiración á la perfectibi- 
lidad que, como ley humana, debe latir en las entrañas de todos los 
pueblos, y ¡ay de aquellos que no lo sientan!, era ardiente por demás 
y poderoso en la sociedad española, y puso en la pluma de los críticos 
que á la sazón vigilaban sus pasos agrias palabras, ásperas sentencias, 
y hasta duras excomuniones, porque, buscando ellos y aspirando á la 
mayor perfección imaginable, no podían tolerar la vista de críme- 



" Para que el lector alcance bien el valor é importancia que entonces tuvo 
este aspecto de moralidad pública en la sociedad española, coetánea de Cer- 
vantes, dejaremos la palabra al mismo Monarca con su Consejo de cámara, que 
ellos nos lo declararán más elocuentemente que ningún otro testimonio. 

Creciendo cada día la Corte en población, y con ello los vicios, escándalos y 
crímenes, amplióse la Sala de Alcaldes en 1583, y en la Pragmática en que se 
ordenó su aumento, estampábanse estas significativas palabras: «Otrosí, por 
quanto nuestro deseo y voluntad ha sido, y será siempre, que los delitos y pe- 
cados públicos, como dicho es, son tan en ofensa de Dios, Nuestro Señor, sean 
pugnidos y castigados, y se estorbe y impidan , porque Nuestro Señor no sea de- 
servido, mandamos que los dichos quatro alcaldes, que como dicho es, han de 
conocer de las causas criminales , anden todas las tardes , que para ese efecto se 
dexan desocupadas, por las plazas y lugares públicos desta corte, y visiten por 
sus personas las tiendas, bodegones, posadas y mesones á donde se acoge gente 
forastera, y algunas otras casas particulares, y todas las demás partes y lugares 
que pareciere que conviene, donde entendieren que ay tablas de juegos, y se 
hazen otros pecados y ofensas de Dios, Nuestro Señor, teniendo sobre todo 
gran cuydado de ynquirir y saber los pecados públicos , y de punirlos y casti- 
garlos con el rigor que merecen. » 

Pragmática en qve sv magestad manda qve de aqvi adelante , aya en sii Casa 
y Corte , seis alcaldes. Y de la orden que han de tener en conocer los negocios y 
causas, ciuiles y criminales. (Escudo de Armas Reales.) Impressa con licencia, 
en Madrid, en casa de Francisco Sánchez. Año de 1583. A costa de Blas de Ro- 
bles, mercader de libros en esta Corte. — 6 hojas en folio, sin numerar. (Bibl. de 
la R. Acad. de la Hist.; Jesuítas, tomo 193 , núm. 28.) 



— 247 — 

nes y pecados, que siempre han existido, desde que el mundo es 
mundo, pero que la santidad y rigor de su conciencia detestaba. ¿Qué 
duda tiene? Porque, si bien se mira, el patio del señor Monipodio, los 
burdeles de La Tía fingida , ó las casas de posadas con traslaticios 
usos del Coloquio, se han conocido siempre; y así, los crímenes, livian- 
dades y picardías que en aquellos escenarios desarrollaron nuestros in- 
genios, no brotaban, por lo común, de la corrupción de la voluntad, ni 
menos del entendimiento: nacían de la humana flaqueza, y eran, gene- 
ralmente, extravíos de cualidades y pasiones que cuando se descarrían 
merecen reprobación y castigo, eso sí; pero que de suyo son nobles y 
capaces de las más heroicas acciones, si, habitualmente, la razón las 
enfrena y guía por el camino de la virtud. 

Cada época tiene los críticos y censores que merece; y que el 
padre Mariana, fray Alonso de Cabrera, Malón de Chaide y demás 
austeros religiosos padecieran escándalo, nacía más de la severidad é 
intransigencia de su rígido y monacal criterio que de la corrupción que 
denunciaban en sus escritos. Basta repasar sus peticiones y clamores 
para que el lector los juzgue excesivos, buenos para el noviciado de 
un convento, ó para un Estado ideal; nunca apropiados para aquella 
sociedad, donde pretendían hacer delitos públicos délo que eran sim- 
ples pecados privados, convirtiendo en pragmáticas los preceptos del 
Decálogo, i^ ¿Se atreverían hoy nuestros legisladores á considerar 



'^ Menéndez Pelayo, por ejemplo, ya advirtió la excesiva rigidez del padre 
Malón de Chaide y otros moralistas, que, reputándolas dañosas, disparaban 
contra obras de amores tan inocentes como las de Boscán y Garcilaso, hija del 
espíritu excesivamente severo de su siglo. Tan severo, que no dudaba en pro- 
poner en las Cortes, por boca de sus procuradores, se pidiese, por capítulo de 
ellas, la prohibición de los libros de caballerías, aunque sin conseguirlo, dicho 
sea en verdad, y sí sólo «que se revean los libros lascivos y deshonestos, para 
que se prohiban los que lo fueren y no se impriman otros». 

¡Si un diputado de hoy se levantase á reclamar semejante medida, ¿no le ta- 
charíamos todos de bobo, monjil y pazguato? Y conste que, precisamente hoy, 

hace más falta que en aquellos tiempos tan calumniados (Vid. Menéndez Pk- 

LAYo, Juan Boscán. — Antología de Poetas líricos castellanos, tomo XIII. — Ma- 
drid, 1908; pp. 391-392; y Cortes de Castilla, tomo XV; p. 766.) 

Pues , en lo que toca á la famosa Junta de Reforrnación ya citada , sus acuer- 
dos están llenos de semejantes peticiones. En 1625 declaraban á una que, «por- 



— 24» — 

como delito público y penable el simple amancebamiento? ¿Se arroja- 
rían hoy á prohibir que las mujeres representasen en nuestros teatros, 
tan sólo porque sus ademanes y meneos podían incitar al auditorio á 
deshonestos pensamientos y propósitos? ¿Habría alguno que pensara 
sustituirlas con muchachos barbilampiños, hoy que este trueque de 
sexos es tan peligroso y tan sospechosamente mirado? ¿Ó el acordar, 
como se hizo en 1625, que hubiese separación de hombres y mujeres 
en los corrales de las comedias? ^^ El mismo paso final de prohibirlas en 
absoluto , como se llevó á cabo en 1 598 , obra sólo del esfuerzo de unos 
pocos teólogos, ¿lo daríamos hoy? '* ¿No fué á comienzos del reinado 
del más libertino de los Austrias , de Felipe IV, cuando se publicaron 
aquellos Capítulos de reformación, dictados más por la pluma del mo- 
ralista escrupuloso que por la del mundano político? Pues todos estos 
ejemplos podrían ofrecerse á docenas; ^^ que allí estaban todos uno y 



que se ha reconocido el daño de imprimir libros de comedias, novelas, ni otros 
deste género, por el que blandamente hacen á las costumbres de la juventud, 
se consulte á su MígA ordene al Consejo que en ninguna manera se de licencia 
para imprimirlos». (Arch. Hist. Nac, Consejo de Castilla.— i.* serie, leg. 53.— 
Apud Pérez Pastor; Nuevos datos acerca del histrionismo español. — Bulletin 
Hispanique; X, 251). ¡Lo cual no fué óbice para que siguieran imprimiéndose 
más que nunca! 

" Acuerdo de la Junta de Reformación de 29 de Junio de 1625.— Pírez Pas- 
tor: Nuevos datos acerca del histrionismo español. — Bulletin Hispanique, tomo X, 
página 252. 

" Todas estas resoluciones , tentativas y trabajos para moralizar el teatro, 
hasta un punto increíble, pueden leerse en la Bibliografía de las controversias 
sobre la licitud del teatro en España por D. Emilio Cotarelo y Mori. — Ma- 
drid, 1904. 

•* Entre estas prohibiciones y medidas tocantes al teatro hay una muy cu- 
riosa y no conocida, que más semeja penitencia de confesor que disposición de 
gobierno. — En 1613, y por Auto del Consejo Real de 15 de Octubre, la Sala de 
Alcaldes mandó pregonar « que por aora y asta tanto que otra cosa se probea, 
ninguna muger de qualquier calidad que sea no pueda entrar en los corrales de 
las comedias a verlas en ellas en aposentos ni corredores ni patios ni otra parte 

ninguna del dcho. corral, so pena » — Libros de la Sala de Alcaldes, lib. VI; 

folio 125. ¿Qué motivaría esta prohición? Cabrera no lo dice: sólo refiere que 
tres meses después consiguieron los hospitales que se revocara la orden. {Rela- 
ciones op. cit. , p. 540.) Lope de Vega , por su parte , en una carta al Duque de 

Sessa, fechada en Lerma á 19 de Octubre del mismo año, decía: «De Madrid 



— 349 — 

otro día mirando con santo celo por la corrección de las costumbres, 
como si intentaran hacer un pueblo de santos de lo que ya era una ge- 
neración de héroes. Utopía, pero utopía generosa, que ellos creían rea- 
lizable y no lejana, como algo que imaginativamente se tiene y se ve 
cerca y de lo que creemos nos separan tan sólo unos pocos pasos. 

Tal era la organización sobria y austera que los directores espiri- 
tuales de aquella sociedad, moralistas seculares 6 religiosos, principal- 
mente, aspiraban á darla, y ésa fué la razón de sus clamores y protes- 
tas, hoy tan mal interpretados, sin que niegue un momento que tu- 
vieran un fondo de verdad, exagerada, eso sí, por sus severos ojos, 
como el fiscal, sin percatarse de ello, suele exagerar la culpa del reo á 
quien acusa. 

Donde se patentiza esta intromisión del poder público en lo íntimo 
del hogar para purificarle y corregirle es en la campaña que las Cor- 
tes, durante muchos años, sustentaron, y de la que tan hermosas ini- 
ciativas y propósitos se encuentran en sus actas. Uno y otro día recla- 
maban contra los gastos y excesos que los naturales del reino, per- 
diendo su clásica y espartana sobriedad, hacían en las comidas y 
banquetes, solicitando (¡extrañas peticiones para hoy!) que se pu- 
siera orden y moderación en ellos, tasando, como maestresalas, el 
número de platos, que no había de subir de «dos frutas de principio, 
dos en fin, y quatro platos cada uno de su manjar»; '* mandando re- 
visar y prohibir los libros lascivos y de caballerías, ^' antes que Cer- 
vantes acabase con ellos; moderando el coste y los adornos de los tra- 
jes y vestidos, '* que, con excelente acuerdo, pretendían hacer no tan 



me han escrito que por pregón público se ha prohibido que las mugares no 
vayan á la comedia; no se que se murmura aquí acerca de la causa.» — Copia del 
Sr. Fernández-Guerra y Hugo Albert Rbnnkrt , The Spanish Stage in, the time 
of Lope de Vega. — New-York, 1909, pp. 220-221. 

" « Si en esto se pudiesse poner orden y moderación , sería una de las cossas 
mas importantes que en este Reyno se podría proueer», decian con gran sen- 
tido. — Cortes de Madrid de 1563. Tomo I; pp. 370-371. 

" Cortes de 1392-1^98.— Tornos XV, pp. 766, y XVI, p. 675. 

'8 Cortes de 1582-IS88. — Tomos IX, pp. 445-490-501 ; XII, p. 463. 

Muy notable es el Memorial aprobado en las de Madrid , 1592-1598, enumeran- 
do todos los daño» y males del Reino, entre ellos éste del lujo; vid. tomo XV, 
pp. 748 á 765. 



— 250 — 

fastuosos y ricos; deteniendo la subida del lujo y el boato que en las 
casas iba entrando, ^^ con mil y mil medidas más, dadas con espíritu 
sano, corrector y valiente, sin sombra ni pizca de encogimiento monjil 
ni ñoíiería, sino como hombres que veían el pecado cara á cara sin sen- 
tir tímidos espantos; criterio varonil que se traduce en aquella negativa 
que dieron todos á la proposición de un procurador que solicitó se 
pidiese por capítulo de Cortes no se hiciesen pinturas deshonestas, re- 
chazándolo el reino. ^^ .iCómo no, si para aplicarla hubieran tenido 
que arrancar luego de las mismas paredes del alcázar del Rey los lien- 
zos del Tiziano, desde su maravillosa é impúdica Dánae hasta sus re- 
petidas Venus, con mil cuadros más de otros autores, todos de tan 
místicos asuntos? ¡No! Muy lejos de eso, Tiziano y Rubens podían se- 
guir tranquilos pintando junto á las hogueras del Santo Oficio 1 

Y hay que reconocer, sin embargo, que las Cortes de Castilla, al 
emprender esta campaña, tocaban en la llaga; porque aquí, en el des- 



'^ Las reclamaciones de los procuradores en pro de leyes suntuarias abun- 
daron sobremanera en las Cortes: uno y otro día alzaban su voz elocuente, sin 
cejaren su campaña. Todas ellas saldrán más adelante en un estudio que, acer- 
ca de las costumbres de aquel tiempo, vengo desde hace alguno preparando. 
Una de las más curiosas, porque palpablemente nos retrata el cambio que en 
gastos y costumbres había sufrido España , se encierra en un Memorial sobre la 
moderación [en el precio] de las cosas que aprobaron las Cortes de 1598-1601: 
«agora doce años — decía — valia una vara de terciopelo tres ducados, y agora vale 
cuarenta y ocho reales ; una de paño fino de Segovia , tres ducados , y agora vale 
quatro y mas; unos zapatos quatro reales y medio, y agora siete; un sombrero 
de fieltro guarnecido, doce reales, y agora veinticuatro; el sustento de un es- 
tudiante con un criado, en Salamanca, costaba sesenta ducados, y agora mas de 
ciento y veinte; el jornal de un albañil quatro reales y el de un peón dos, y 
agora es al doble; los salarios de los criados de toda suerte, las hechuras de los 
oficiales, el hierro y herraje, maderas y lencerías, y hasta las hierbas y frutos y 
agrestes que se cojen sin sembrarlas para uso de los hombres y animales, todo 
vale tan caro que, á los ricos, no sólo consume sus haciendas, pero á muchos 
obliga á empeñarse, y á los pobres necesitados á perecer de hambre, desnudez 
suya y de sus hijos » 

Se leyó esta notable Memoria en la Junta de 18 de Noviembre de 1600. — 
Ibidem.— Tomo XIX, pp. 554-555. 

^ En 24 de Noviembre de 1 598 , en la tarde < votóse sobre si se pedirá 

por capítulo de Cortes que no se hagan pinturas deshonestas , y se acordó por 
mayor parte que no se pida.» — Cortes de 1592-1598. — Tomo XV, p. 767. 



_ 25, _ 

arrollo del lujo é inútil fausto es donde hay que buscar la pretendida 
corrupción y podredumbre que se denuncia, y que no está, como 
erradamente han dado en escribir algunos, en la mayor 6 menor in- 
clinación de aquellas generaciones al pecado de la carne (caso para 
ellos donde se compendia y cifra la relajación de un pueblo); que no 
fué él quien pudo aniquilarlos y acabarlos, como lo dijo Quevedo en 
aquellas profundísimas frases que pone en boca de Satanás cuando re- 
parte á los demonios por la tierra: «Diablos, en todo el mundo meted 
paz; que con ella viene el descuido, la lujuria, la gula, la murmura- 
ción; los viciosos medran, los mentirosos se oyen, los alcahuetes se 
admiten , y los méritos se caen de su estado. Y no os fatiguéis mu- 
cho en enredar los hombres en amancebamientos y gustos de mujer; 
que no hay pecado tan traidor como éste, que apunta al infierno y da 
en el arrepentimiento cada vez; y las mujeres se dan mucha priesa á 
desengañar de sí, y los que no se arrepienten, se hartan.» ""■ 

No en las guerras continuas é incesantes; no en los apuros del erario, 
ni en la desorganización de nuestra hacienda, ni en la inmensidad de 
nuestro imperio, que se dilataba cada vez más, como para escaparse de 
nuestras manos ; no en aquella inferioridad evidente de nuestras aptitu- 
des nacionales para ejercitar la administración y el gobierno, que el 
espíritu escéptico y amargado de Silvela señalaba como la causa pri- 
mera entre todas, '^ es donde yo hallo las exclusivas de nuestra deca- 
dencia: por donde principalmente cayó España, por donde comenzó á 
labrar su ruina, fué por la mudanza de nuestras costumbres, como con 
su profundísimo sentido político había escrito también el gran Queve- 
do: «Perro, las monarquías, con las costumbres que se fabrican se 
mantienen: siempre las han adquirido capitanes; siempre las han co- 
rrompido bachilleres.» ^^ 

¡Grande y lastimosa verdad! La corrupción avanzaba, comenzando 
á gangrenar los robustos miembros de la monarquía, no porque cam- 
peasen unos cuantos picaros , rufianes y cortesanos en las ciudades po- 
pulosas, que siempre y en todo lugar hase criado semejante polilla al 
calor de su substancia, linaje perdido que venía de otras partes del 



21 £1 Entremetido, la dueña y el soplón. 

^ Cartas de Sor Marta de Agreda , op. cit. — Introducción, p. 8o. 

^ La hora de todos y la fortuna con seso; § xxxv. 



— 252 — 

reino, sin que en sus crímenes y bellaquerías tuvieran muchas veces 
parte ni razón los naturales de aquéllas, ^* sino porque la sangre y 
caudal de España se iba poco á poco perdiendo por aquellos tres 
desaguaderos que ya advertía Juan de Valdés en su tiempo '.juego, ves- 
tir y banquetes, ** en nobles y plebeyos, hidalgos y oficiales, altos y 
bajos; que cuanto más descansaban los brazos de la guerra, más se 
enmohecían, afeminándose los valerosos pechos, sustituyendo á la 
austeridad de los tiempos guerreros la ociosidad vanidosa de los pací- 



** Respecto de Sevilla, que por su confusión y mal gobierno pudo presumir 
como modelo entre las más libres ciudades de España, escribía Cristóbal de 
Chaves al tiempo de enumerar muchos de los crímenes y pecados que cometían 
los estantes en ella: «Los cuales — apunta — no todos se entienda ni crea que 
son naturales de Sevilla; porque los que lo son verdaderamente naturales crían 
sus hijos con grandísimo cuidado y honra, que se ven los colegios llenos de 

ellos Y así se han de entender, en todas ó la mayor parte de la gente, hombres 

y mujeres que entran presos y ocupan la ciudad viviendo mal, son la gente per- 
dida que ya no caben en los lugares de todo el mundo donde nacieron, como 
son amigos de holgar y de vicios. Y esta ciudad es tan opulenta y rica, que 

vienen de todo el mundo á ella ; que como es grande, entienden que caben 

en ella todos , y se puede encubrir la torpeza de cada uno. De manera que de 
suyo la jaula es la mejor de todo el mundo, y no tiene ella la culpa, sino los 

pájaros que vienen á ella que son ruines» — Relación de la cárcel de Sevilla. 

(Apud Fernández Guerra: Noticia de un precioso códice op. cit. ; p. 62.) 

En Toledo, por ejemplo, era la vida tan quieta, pacífica y honrada, que alu- 
diendo á las muchas muertes de ahogados que, por bañarse en el río, se causa- 
ban todos los veranos, decía Rufo: «que en Toledo mataba más el Tajo que la 
estocada.» — Las seyscientas apotegmas op. cit.; ff. 102-103. 

"" Dialogo de la lengua (tenido dzia el A. 1533) — Madrid, Alegría, 1860 

(edic. Usoz); p. 154. — Pérez de Herrera decíalo muy atinadamente: «Porque los 
daños del Reino han nacido principalmente de dos cosas. La vna, de la gran 

ociosidad de mucha gente ordinaria ; la otra, de los muchos y extraordinarios 

gastos en trajes, comidas superfluas, criados y otras cosas.» — Al católico y pode- 
rosissimo Rey de las Españas En razón de mvchas cosas tocantes al bien , pros- 
peridad, riqueza y fertilidad des tos Reynos y restauración de la gente que se ka 
echado dellos — Madrid, s. 1. n. a. (16 10). — 31 páginas in 8.°, foliadas. (Biblio- 
teca Nacional, V.-31-25); p. 9. 

Bien merecía este insigne tratadista político que con sus escritos y memoria- 
les hiciese, juntándolos con otros muy prudentes del tiempo, un tomo de Arbi- 
trios, la Nueva Biblioteca de Autores Españoles. Todos ellos son del mayor in- 
terés para nuestra historia. 



— 253 — 
fieos, y á las corazas, petos y cascos, las bandas, lazos, encajes y 
guedejas. 

« i Por qué pensáis vos que España 
Va, señor, tan decaída?, 

preguntaba Tirso de Molina en una de sus lindas comedias. Honda y 
certera es la respuesta: 

Porque el vestido y comida 
Su gente empobrece y daña. 

Dadme vos que cada cual 
Comiera como quien es. 
El marqués , como marqués , 
Como pobre, el oficial; 

Vistiérase el zapatero 
Como pide el cordobán, 
Sin romper el gorgorán 
Quien tiene el caudal de cuero; 

No gastara la mulata 
Manto fino de Sevilla, 
Ni cubriera la virilla 
El medio chapín de plata. 

Si el que pasteliza en pelo 
Sale, á costa del jigote. 
El domingo de picote 

Y el viernes de terciopelo , 
Cena el zurrador besugo, 

Y el sastre come lamprea, 

Y hay quien en la Corte vea 
Como á un señor al verdugo, 

,iQué perdición no se aguarda 
De nuestra pobre Castilla? 
El caballo traiga silla, 

Y el jumento vista albarda; 
Coma aquél un celemín , 

Y un cuartillo á esotro den , 
Porque el jumento no es bien 
Que le igualen al rocín.» *" 



2' La Huerta de Juan Fernández; aCío i, escena i. — Escribióse esta co- 



— 254 — 

Estos males y perniciosas novedades no es en la trama de las nove- 
las picarescas donde se descubren principalmente: es en las peticio- 
nes de los procuradores, en los memoriales que aprobaban las Cortes, 
en las elocuentes excitaciones de nuestros sermonarios , palpándose en 
ellos el espantoso cambio que en usos, costumbres y hábitos venía 
transformando á la sociedad española, siempre en daño suyo. 

Yo, que encuentro, en conjunto, tan hermosa y envidiable aquella 
generación á que perteneció Cervantes, ayudaría al quejoso y murmu- 
rante lector á descubrir también sus manchas (que pecadora fué, y en 
ciertas cosas mucho más, y más grande que la nuestra), juzgando uno 
por uno sus pecados, aunque fuese galopando los dos por este campo 
virgen, donde tantas son las novedades que nos asaltan y detienen, si 
no fuera ya hora de acabar estas páginas. 

La imparcialidad, empero, ha puesto en mi pluma cuantos testimo- 
nios pedía el Coloquio para ilustrarle, por muy adversos que fueran á 
aquel tiempo y al sentimiento de entusiasta admiración que me pro- 
duce; y lo que no callé en mis anteriores párrafos, cuando me lo pidió 
la sinceridad histórica, tampoco lo habré de callar en mi comentario, 
donde saldrán sin respeto alguno muchos de los síntomas viciosos que 
comenzaban á corroer el robusto cuerpo de la Monarquía. 

Pero después de mostrarle el cambio que en sus costumbres tuvo Es- 
paña desde los tiempos de Carlos V hasta los de Felipe IV; sobre las 
pinturas negras de Suárez de Figueroa ó nostalgias que Mateo Alemán 
sentía de la virtud del tiempo viejo; sobre los pesimistas discursos de 
procuradores en Cortes tan rígidos como Juan de Vega ó Xinés de Ro- 
camora; 2' por encima de los enérgicos disciplinazos de nuestros seve- 
ros moralistas; sobre cuantos testimonios se aduzcan para describir po- 
drida y enviciada la sociedad española del Coloquio, ha de alzarse 
siempre una verdad hermosa: el alma de la patria, alma parens., man- 
teníase aún grandiosa y bella, capaz de concebir contra su poderío los 
odios del mundo todo (como hoy se odia á Inglaterra) , prueba patente 



media, según aparece de su lectura, en 1626 seguramente. — Vid. acto 11, es- 
cenas V y VI. 

'^ Notabilísimo á todas luces , y que pinta un español de los buenos de en- 
tonces, es el discurso que pronunció el íntegro procurador de Murcia, en las 
Cortes de 1592-1598; tomo XII, pp. 458-468. 



— 255 — 
de que por fuertes nos temían, cuando por débiles no nos desprecia- 
ban; aun los españoles conservaban su carácter, el suyo, el genuino, tan 
distinto del de hoy, y en cuyas notas y matices se atesoraban grandes 
virtudes, sin mezcla de extranjerismo; ^^ espíritu propio y castizo, que 
es el que labra la grandeza de los pueblos cuando un pensamiento he- 
roico lo levanta; pensamiento que también latió en ellos, y que hoy 
acaso tacharemos de risible é iluso, porque no admite impuestos, ni 
produce riqueza, ni se traduce en cuentas corrientes, pero que enton- 
ces agigantó á muchas generaciones , encendiendo grandes amores en 
los pechos de cada una: la defensa generosa y sublime por todo el orbe 

de una desvalida doncella: la Fe católica 

Todo fué hijo de ese espíritu quijotil: vicios y virtudes, victorias y 
derrotas, triunfos y caídas; y porque todo nació en el patrio suelo (sin 
lirismos lo digo), debemos acogerlo por nuestro, sin separaciones ni 
distingos; no como hoy se estila por algunos, que aman y ensalzan 
nuestra literatura y reniegan y abominan de nuestra política: como 
si el Cervantes de Lepanto y el del Quijote no fuesen uno mismo; 
como si Lope no hubiese gastado alegremente sus juveniles y queridos 
versos en tacos con que cargar la boca de su mosquete en las batallas 
de la Invencible; como si no hubieran latido juntos el corazón y la ca- 



^ Véase si no, en la siguiente descripción que hacía un escritor, que cabal- 
mente no era español , sino italiano , de nuestro carácter entonces : < La gente 
de España, participa asaz de melancolía, la qual les hace graves en sus actos, 
lentos y espaciosos en sus empresas. Aman por la mayor parte el sosiego y ha- 
zen gran fundamento en las apariencias, de do viene que gastan y consumen 
sus haziendas, en ornamentos, aparatos y pompas exteriores; son muy pre- 
sunptuosos de sí mesmos; grandes encarecedores de sus cosas; reconocen con 
facilidad la ventaja, y procuran cobrarla con gran cuidado; sufren hambre y 
sed con mayor toleranga y esfuergo q otras ningunas gentes de la Europa, lo 
qual les ha hecho salir vencedores infinitas veces. Fvera de su tierra, se de- 
fienden unos á otros en amistad extrecha ; son más valerosos á pie que á ca- 
ballo ; disimulan y encubren con admirable industria sus flaquezas; muestran 

siempre suma reuerencia á la sancta iglesia y á las cosas sagradas ; enamó- 

ranse ardentísimamente , no reparando en gastos ni en cosa por los amigos > 

(Relaciones universales del mundo, de Juan Botero — Valladolid , 1603 , op cit.; 

f.° 3.) Muchos testimonios semejantes más tengo reunidos en mi prontuario. 
Todos ellos hacen á los españoles muy otros de lo que somos hoy. ¡ Sobre todo 
la envidia , vicio nacional , no aparece por ninguna parte ! 



— 2S6 — 

beza de aquel pueblo, al calor de unos mismos ideales, que movió las 
plumas y agitó los brazos. 

« Amar la vida nacional, amarla en todas sus fases históricas, 
amarla verdadera, profundamente, es condición primera para la dicha y 
prosperidad del porvenir t, ha escrito, refiriéndose á España, un emi- 
nente literato italiano. '* Mas para amarla hay, ante todo, que conocerla 
y estudiarla, acabando de paso con esa torpe campaña de menguada 
difamación con que lenguas españolas (¡vergüenza da el decirlo I ) se han 
complacido durante cien años en enlodazar insensatamente lo único 
que no habían podido malbaratar de la gloriosa herencia que nos dejó 
lo pasado: su mtmoria, convirtiendo á la historia, al decir de Lamar- 
tine, en «la calumnia de los muertos»; y cuando hayamos llevado á 
cabo esta labor de justicia, al reconstituir imparcialmente aquellos 
tiempos, sobre sus impurezas, sobre sus miserias, sobre sus errores, 
en lo más corrompido y abyecto de aquellos siglos, descubriremos 
siempre algo que encierra virtud bastante para borrar las mayores 
manchas , que excusa los más negros crímenes y es nervio de la vida en 
los pueblos y en las razas, ya que en su generoso intento pretende 
convertir la tierra, no en el teatro de una lucha salvaje y despiadada, 
sino en un abrazo hermosísimo de hermanos; el amor: el amor por 
nuestros abuelos de una sola Fe, confundiéndose, hasta perderse, con 
el amor de una Patria varia. 

Y entonces acudirán piadosas á nuestros labios aquellas tiernas pa- 
labras que, ha veinte siglos, escuchó la arrepentida Magdalena: 

«Perdonados le son sus muchos pecados, quoniam dilexit multum: 
porque amó mucho » 



^ Arturo Farinellj: Discurso leído en el Ateneo de Madrid la noche del ig 
de Enero de igoi. — Madrid, Tello, 1902; p. 32. 



TEXTO 



«7 



El texto crítico de El Casamiento engañoso y del Coloquio de los pe- 
rros, que á estas páginas sigue, ha sido ordenado por mí, teniendo á 
la vista, en definitiva, tan sólo dos ediciones de las Novelas ejemplares: 
la do Madrid, Juan de la Cuesta, 1613, y la que, con el mismo pie de 
imprenta (para muchos apócrifo y furtivo), salió un año después, 
en 1 6 14. La primera, como príncipe, excusa todo razonamiento que 
predique su importancia; la de 16 14, tenida universalmente por se- 
gunda, ha sido objeto, por bibliógrafos y comentaristas, de muy aten- 
dibles conjeturas , asegurando que fué obra contrahecha en Lisboa, por 
Antonio Álvarez, editor ya conocido por otras tipográficas piraterías. 
Sea lo que fuere (que la cuestión es del puro dominio de la bibliografía 
y de los bibliógrafos) , lo innegable es que encierra muchas y muy im- 
portantes variantes, que, alterando, por adiciones, supresiones ó true- 
ques, el primitivo texto, en general, lo pulen, alisan, mejoran y perfec- 
cionan. 1 Este criterio, á que obedecieron las ediciones de El Celoso ex- 
tremeño y de Rinconete y Cortadillo hechas por Rodríguez Marín, ha 
sido consagrado como definitivo y último recientemente por la crítica, 



• No dejaré, sin embargo, de advertir, y por lo mismo que constituye la ex- 
cepción dentro de la regla general en las demás Novelas ejemplares, el que, con- 
tra lo observado por críticos y comentaristas suyos , en El Casamiento y el Colo- 
quio es, de ordinario, más segura, perfecta y gramatical la lección de la edición 
príncipe que la de 16 14; aunque tampoco se pueda' hacer caso omiso de las va- 
riantes de ésta, singularmente de sus adiciones, muy lógicas algunas. 



— 26o 

y todo ordenador de cualquiera otra novela cervantina debe prestarle, 
si busca la verdad, su humilde y total acatamiento. 

Los mismos argumentos apuntados por Rodríguez Marín para im- 
pedir la entrada en sus ediciones de otras cualesquiera que no fuesen 
las dos de Juan de la Cuesta, son en un todo pertinentes en este caso, 
donde no pierden nada de su fuerza y valor. Las que salieron en Mi- 
lán, Pamplona y Bruselas en vida de Cervantes, porque, salvo alguna 
rara é involuntaria variante, copian ciegamente á la príncipe; y en cuan- 
to á las numerosísimas impresiones que después de su muerte corona- 
ron la gloria de las Novelas ejemplares, porque carecen en absoluto de 
todo crédito para nosotros. 

Cuantas diferencias ofrece su texto respecto del de las dos primeras, 
no siendo, como no son, hijas de la pluma de Cervantes, no pueden 
interesarnos; antes nos estorban, pues el fin de una edición crítica 
debe ser, sobre todo, presentar un texto autentico y legitimo, propó- 
sito que no se consigue amontonando cientos de variantes de inven- 
ción caprichosa y mareante lectura, y que, barajadas unas con otras, 
concluyen, á la postre, por estragar el texto de manera, que, redivivo 
su autor, no acertaría á reconocerlo. 

Prescindiendo, pues, de todas éstas, me he limitado á las ediciones 
de Madrid, IÓ13 y 1614, siguiéndolas con tanto escrúpulo, que, salvo 
algún rarísimo caso (del cual hallará el lector la justificación en su nota), 
no me he atrevido á introducir corrección ninguna. 1 Esta ciega sumisión 
á las dos primeras ediciones obedece al íntimo convencimiento que 
me ha dado la lectura de enmiendas hechas por otros colectores en 
esta misma novela, de que trae más cuenta respetar las aparentes equi- 
vocaciones que enmendarlas, por ser más difícil de lo que parece co- 



' He considerado ocioso el apuntar algunas ediciones de las Novelas ejem- 
plares ciue se escaparon á la diligencia de Ríus en su Bibliografía critica de las 

obras de Miguel de Cervantes ; por ejemplo, la de Valencia, Salvador Faulí, 

MDCCLXlx , que aquél reputa como muy rara y reconoce no haber dado con ella, 
citándola tan sólo por un pasaje de D. Eustaquio F. de Navarrete. 

También Mr. Fitzmaurice-Kelly declara no haber hallado ejemplar de esta 
edición hasta el día. Existe, sin embargo, y en la Biblioteca Nacional (Sign. 
Cervantes, 591-2) podrá hallarla el futuro continuador de Ríus. — Vid. el eru- 
dito prólogo de Fitzmaurice-Kelly en las Exemplary Novéis.....; op. cit; tomo I, 
página xt. 



— 26l — 

rregir á Cervantes. Por ejemplo, Rosell y Aribau, en sus ediciones de 
las Obras completas de Cervantes (Madrid, 1 864) y Biblioteca de Autores 
españoles, usaron, á menudo, de esta licencia: el lector advertirá cuan 
pecadoramente. Para que note también lo viciado que en algunos pá- 
rrafos se hallaba el Coloquio, he escogido de las impresiones modernas 
la más seria, limpia y legítima, á mi entender, y que más se acerca 
al genuino texto de la príncipe: la ordenada por Aribau para la citada 
Biblioteca de Autores españoles. Con sus, atinadas á veces, correcciones, 
que hallará al pie de cada página, podrá el lector atemperar mi intran- 
sigente obediencia á los textos de 1613 y 1614. ' Fuera, pues, de las 
tres, hago caso omiso del fruto de mis cotejos con otras ediciones, 
cuyas variantes también tenía recogidas: la de Sancha, muy viciada 
y ligera; la de la Biblioteca Clásica, que, en lo que toca al Coloquio, no 
tiene de tal más que el nombre, siendo, por demás, groseras y arbi- 
trarias sus erratas ; y la misma tan celebrada de Rosell es , « á la verdad, 
más buena para vista que para leída con algún detenimiento » , como 
juzga excelentemente Rodríguez Marín, pues, aunque declaró haber 90- 
piado en un todo la edición segunda de Juan de la Cuesta, basta cotejar 
una y otra para tropezarse con lamentable frecuencia omisiones ó en- 
miendas que no la pertenecen. 

La ortografía adoptada en esta mía es la moderna, respetando, eso 
sí, la antigua conformación morfológica de los vocablos. Primero, 
porque el título de edición crítica lo pide, y segundo, porque, echando 
las claras por delante, es lo verdaderamente racional. 

La controversia, muy aguda ha pocos años, sobre qué ortografía 
había de escogerse para la reproducción de los textos clásicos caste- 
llanos, si la académica, 6 la de las primitivas lecciones, parecía com- 
pletamente vencida y enterrada bajo el peso de los solidísimos argu- 
mentos con que también Rodríguez Marín justificó el empleo de la 
moderna en sus reimpresiones de otras novelas cervantinas. Mas, hé- 
tela aquí reviviendo de nuevo, por obra de un benemérito hispanista 



' Las variantes de estas tres ediciones llevarán respectivamente al pie del 
texto las siguientes indicaciones para distinguirlas: 
/ las de Madrid, Cuesta, 1613. 
2 las de Madrid, Cuesta (?), 1614. 
R Madrid , Biblioteca de Autores Españoles (Rivadeneyra). 



— 202 — 

francés, al reprochar severamente en Cortejan, y en el mismo editor 
de Rinconete^ su alejamiento de la ortografía de Cuesta y Álvarez. ^ 

Por lo mismo que me alcanzan aquellas censuras, que indefectible- 
mente, habrán de repetirse á la publicación de este libro, me perdo- 
nará el lector benévolo que en propia defensa añada cuatro palabras. 

Si la ortografía empleada por Cuesta en sus ediciones fuese la de 
Cervantes, no dudaría ni un momento en respetarla, como si se tra- 
tase de sus originales manuscritos. Más aún: si esa misma ortografía 
hubiera sido la constante y única en su tiempo, lo haría también. Pero 
el caso está en que ni la ortografía de la edición príncipe de las No- 
velas ejemplares fué la de Miguel de Cervantes, ni tampoco, siquiera, 
la unánime de su siglo. 

Para mostrar lo primero bástame acudir á una prueba muy sencilla: 
cotejar los autógrafos que conservamos del autor del Coloquio con sus 
textos impresos por Cuesta, y así se palparán cosas curiosísimas para 
este punto: primera, que Cervantes no siempre guardó una misma 
ortografía; y segunda, que era frecuentísimo en él escribir muchas vo- 
ces diferentemente de como las componía ó dejaba pasar el cajista ó 
corrector de Cuesta. * 

¿Para qué, pues, respetar una ortografía que no era la suya, sino, 
como acabadamente dijo Rodríguez Marín, «groseras erratas de cada 
ignorante hastialote que se arrimó á las cajas de la imprenta cuando se 
componían los moldes de tal ó cual edición»? «No por viejos — añade — 
han de subirse á venerables los desatinos.» Evidentísimo. 



' Alfred Morel-Fatio: Cervantes, et le iroisilme cenienaire du t Don Qui- 

ckotte", par Extrait de: L. Herrigs. «Archiv. für das Studium der neuren 

Sprachen un Literaturen». — Brunswich, 1906; in 8.°, 24 páginas. — Es una crí- 
tica de todas las obras publicadas en España con ocasión del centenario del 
Quijote. - (Vid. pp. 14. 23 y 24.) 

2 Llevando á efecto esta prueba , ayudado del Diccionario Cervantino de Ce- 
jador, útilísimo para este punto, se verá que Cervantes escribía receñir, egecutor 
(Carta al Cardenal Sandoval y Rojas), y Cuesta, recibir ó recebir y executor, 
siempre; Cervantes, brevedad, cunplir, enbiar y servidos (Solicitud al Ayunta- 
miento de Carmona) , y Cuesta ó sus cajistas, breuedad, cumplir, embiar y serui- 
dos; el primero e por he , conbenir, probar, aberiguar y cautivo (Informacidn del 

cautiverio Docum. Cerv., I-facsím.) , y él famoso impresor he, conuenir, prouar 

aueriguar y cautiuo. Y conste que la comparación sería aún más fructuosa si 
abundasen los autógrafos cervantinos, que, desdichadamente, son harto escasos. 



- 26s - 

Esto, en lo que mira á lo puramente cervantino; que tampoco nos 
merece respeto alguno la ortografía de los primitivos textos impresos 
con relación á la general de su tiempo. Hablamos ahora de la Orto- 
grafía como de cosa familiar y corriente, sin considerar que en tiempo 
de Cervantes no tenía esta parte de la gramática el valor seguro y co- 
nocido que hoy todos la concedemos: tales eran entonces la confusión 
y anarquía babélicas que venía padeciendo la castellana desde muchos 
lustros antes de su muerte, y que ha perdurado hasta nuestros días. 

Fueron aquellos siglos (y nada hay en lo que voy á decir que no 
sepa, mucho mejor que yo, un gramático tan docto y competente 
como el señor Morel-Fatio) el teatro de una empeñada y nunca decidi- 
da lucha entre los secuaces de dos sectas ortográficas: la de los empíri- 
cos, que defendían la escritura de las palabras conforme sonaban en su 
pronunciación vulgar, secta que abarcó desde las moderadas reglas del 
licenciado Villalón, hasta la llamada ortografía />«ra (bárbara y dañosa á 
los ojos) de Gonzalo Correas, y la de los latinistas y sabios, que colo- 
caban el fundamento y precepto de la ortografía en el origen etimoló- 
gico de las respectivas voces, prodigando el empleo de las letras do- 
bles, de las^ //, ss, de la/», y de la //, á imitación de las lenguas clá- 
sicas. No se crea, sin embargo, que por eso reinó dentro de cada bando 
una mediana disciplina. Muy lejos de ello, alzada bandera por los cori- 
feos de cada uno, agrupáronse en torno suyo los más independientes y 
rebeldes sujetos, aumentando cada cual la confusión con sus nuevos 
tratados y personales doctrinas, unas" veces por afán de introducir lla- 
mativas novedades, y otras, al contrario, con el bien intencionado pro- 
pósito de poner coto á tantas y tan caprichosas licencias. Resultado de 
todo ello fué que, en punto á ortografía, cada escritor se arreglase la 
suya, y suya la tuvo Herrera, y suya la tuvo Mateo Alemán, y suyas la 
tuvieron Malón de Chaide y el extravagante Correas. En reconocer esta 
lastimosa independencia ortográfica estaban conformes y unánimes todos 
nuestros gramáticos: desde los Maestros de Madrid que, en un notabi- 
lísimo Memorial, representaron al Rey (1587) los vicios introducidos 
en la escritura, 1 ya notados años antes por Juan de Valdés, ^ hasta 



' Reproducido íntegramente por el Conde de l;i Viñ.izaen su excelente Bi- 
blioteca histdrica de la filología castellana — Madrid, 1893 (cois. 1.166 á i.iSo). 

2 Dialogo de la lengua, op. cit. , p. 12. 



— 204 — 

Alemán ^ y el licenciado Robles; y desde el satírico Suárez de Figueroa 
y Antonio de Torquemada * al meritísimo Cáscales. ^ Uno de ellos nos 
confesará rotundamente que este estrago y desorden subsistía no sólo 
entre los ignorantes «sino entre los doctos y bien entendidos, entre 
quien no se hallarán dos que totalmente se conformen en el escribir». * 
^Está claro? Por cilgo de esto el sapientísimo Mayans, reconociendo tan 
triste estado de cosas, decía en su tiempo: «Lo repetiré mil veces: i 
me atreueré á afirmar con libertad i sencillez, que los que han escrito 
hasta ahora {he leído los más clásicos) han tenido por nortes unas estre- 
llas muy errantes»; por eso «la ortografía castellana se halla hoi en tan 
miserable estado (con justa risa i desprecio de todas las naciones) que 
parece puede pintarse por empresa de ella un tintero con plumas i pa- 
pel al lado, para que escriba cada cual según el antojo suyo. » ^ Este 
desorden ponía en la labor de la naciente Real Academia Española 
dificultades inmensas al intentar fijar la ortografía, «porque cada cual 
ha usado del método que le ha dictado su genio y manera de ha- 
blar». * 

Si todo, pues, al imprimir los textos antiguos era empirismo, arbi- 
trariedad, capricho y anarquía, ¿por qué modernamente, cuando nues- 
tra Academia ha prestado á las letras el señaladísimo servicio de fijar 
la verdadera escritura de las voces, no hemos de aprovecharnos de 
esta victoria, en vez de resucitar de nuevo la contienda, reproduciendo 
una ortografía bárbara y anónima, que ni fué de Cervantes, ni de 
Cuesta, ni la unánime tampoco de su siglo? 



* En repetidos pasajes de su Ortografia castellana — México, lerónimo 

Balli. Año 1609: entre otros, en el folio 26. 

2 En su inédito Tratado llamado Manual de escribientes — Apud Gallar- 
do: Ensayo , TV; cois. 748-9. 

' Cáscales: Cartas philologicas op. cit. , p. 149, etc. 

* JcAN DE Robles: El Culto Sevillano. — Sevilla, 1883 (Bibliófilos Andaluces), 
p. 297. Vid. además todo el Diálogo V, (luc es pertinentísimo para este punto. 

* En la carta que dirigió á D. Antonio Bordázar de Artazú con ocasión de su 
Ortografía española. — (Valencia , 1 728) , y que figura en los preliminares de esta 

obra. — (Apud Vinaza: Biblioteca histórica de la filología castellana op. cit., 

cois. 1.327 á 1.330.) 

8 Vid. Discurso proemial de la ortographia de la lengua castellana, § II, en- 
tre los preliminares del monumental Diccionario de autoridades. — Madrid, 1728; 
tomo I , p. Lxv 



— 265 — 

¿Cómo se explica, sin embargo — me preguntará en sus dudas el 
lector — que los textos impresos no llevaran, cuando menos, la orto- 
grafía de los manuscritos? Muy sencillamente: porque, para aumentar 
más las nieblas, una era la ortografía empleada usual mente en los autó- 
grafos, y otra la que se trasladaba al texto impreso, por mano del co- 
rrector de pruebas; diferencia que habrá observado conmigo quienquie- 
ra que haya manejado con alguna asiduidad manuscritos antiguos. ^ Se 
daban, pues, dos males á cual peores: no conservar la ortografía pro- 
pia del autor, y substituirla además por' otra distinta, que fijaba arbi- 
trariamente el corrector de la imprenta, hombre asalariado, de cuya 
barbarie, iliteratura, rusticidad é ignorancia, en muchos casos, nos 
dejaron bastantes testimonios Torquemada, * Suárez de Figueroa, ^ 
Cáscales, * y tantos más, al defender á los autores contra las erratas, 
caídas y barbarismos que afeaban sus obras, y que luego el vulgo les 
achacaba. 

Después de todos estos razonamientos, si alguna sombra de duda 
me quedase en mi elección, fácil seríame disiparla, recordando que, al 
escoger este camino, me arrimaba á la buena (|y tan buena!) compa- 
ñía del maestro de la erudición española, Menéndez y Pelayo, repro- 
ductor insigne de tantos memorables libros, el cual, explicando por 
qué en la edición académica de las obras de Lope de Vega no copia- 
ba servilmente los antiguos textos, después de recordar que desde 
hace siglo y medio se vienen imprimiendo con la ortografía corriente. 



' Hay, además, otra razón. En cuanto un autor vendía el Privilegio de su 
obra á un librero, desentendíase enteramente de todo lo que tocaba á la impre- 
sión, que era de exclusiva cuenta de aquél. Así salían ellas. Por esta razón, 
Eugenio de Salazar en unas instrucciones autógrafas que en el manuscrito de 
su Silva de varia poesía dejó á sus hijos, para que las tuviesen presentes al 
tiempo de imprimirla, después de consignar mil advertencias sobre el tamaño 
de las letras y la ortografía, recomendando se hiciera la impresión por la suya, 
añade: «si vendiéredes el privillegio de la impresión, lo cual procurad excusar 
porque se haga la impresión buena , y se miren y guarden todas estas cosas , sa- 
cad de concierto , etc. — Apud Gallardo: Ensayo IV. — Cois. 326 á 329. 

2 Colloquios satíricos..... «El impressor á los lectores sobre la corrección de 
los libros.» — Op. cit., p. 487. 

' Plaza Universal...... op. cit., ff. 116, 1 17 y 119. 

* Cartas philologicas , op. cit., p. 149. 



— 266 — 

así para los más doctos como para los más rudos de nuestro pueblo, 
El Ingenioso Hidalgo, La Guia de Pecadores, Las Moradas de Santa 
Teresa , los más grandes libros, en suma, añadía estas patentísimas ra- 
zones: «¿A qué hemos de romper esta solidaridad, este vínculo espi- 
ritual que liga á los españoles de hoy con los gloriosos españoles de 
otra edad mejor, haciendo, verbigracia, ilegible el Quijote, por el em- 
peño pedantesco de reproducir la ortografía de Juan de la Cuesta , que, 
probablemente, consistía en no tenerla? Publíquense enhorabuena con 
estricto rigor paleográfico (y no de otro modo deben publicarse) todos 
los monumentos literarios anteriores á la era de los Reyes Católicos; 
pero séanos lícito disfrutar, como de cosa familiar y doméstica, de todo 
el tesoro de nuestras letras clásicas, y no nos empeñemos en ahuyentar 
á las gentes de la lección de nuestros autores de la edad de oro, pre- 
sentándolos en textos de aspecto repulsivo, sólo para que algún filólo- 
go tenga el placer de saber á ciencia cierta que Calderón , en El Mágico 
prodigioso (verso 754)i escribió hedad con A.> ^ 

Del mismo modo entiendo que pensará quien lea estas novelas, y al 
hacerlo cómoda y holgadamente, ya que no otro mayor, este chico 
servicio tendrá que agradecerme; pues á pesar del aparato de notas 
é ilustraciones que forzosamente debe acompañar á un libro de este 
linaje, el propósito que le ha presidido fué vulgarizador, en lo posible: 
acercar los textos antiguos de nuestras preclaras y olvidadas obras de 
pasatiempo al lector moderno, de manera que pueda saborearlas có- 
modamente, como en justicia y reparación suya lo merecen. Y ¿sería 
acaso el camino para lograrlo servírselos con una ortografía anticuada y 
extravagante, que hace daño á la vista y pide casi casi una literaria pre- 
paración semejante á la del colector para entenderla? ^ ¿No ayudan, 
por el contrario, á su más fácil lectura el empleo é introducción de 
signos ortográficos que los antiguos desdeñaban, ó no conocían? ¿He- 



• Obras de Lope de Vega. — Observaciones preliminares. Tomo II, pp. xix-xx. 
■ 2 Para que el profano lector, no avezado al manejo de los libros antiguos, se 
haga cargo del todo, vea entre mil semejantes, y con la misma ortografía con 
que está escrito en la edición príncipe, un párrafo de El Casamiento engañoso, 
que luego podrá leer sin dificultad ninguna en la mía: « Estaua yo entoces biza- 
rrísimo, co aqlla gra cadena, q v. m. deuio de conocerme» (f." 234). 

Y ¿no es seguro que, apenas comenzada la lectura de tales galimatías, arro- 
jase el libro, aburrido y harto? 



— 207 — 

mos de respetar servilmente los libros viejos en su integridad, á true- 
que de que el lector moderno tenga que apartar los pudibundos ojos 
al leer, por ejemplo (y es frecuentísimo el caso), caca en vez de caga, 
porque el cajista torpe se olvidó, allá en el siglo xvi, de poner á la 
penúltima letra una honesta cediUa ó pihuela? 

No: demos de lado á estas minucias y tiquismiquis que á casi na- 
die importan, y que, á respetarlas, nos pondrían á todos á la altura de 
aquel cojo maestro de Villaornate, celosísimo en las cosas de la orto- 
grafía, y digno preceptor del más regocijado de los predicadores: el 
famoso y sin rival fray Gerundio de Campazas 



NOVELA DE 

EL CASAMIENTO ENGAÑOSO" 



Salía del Hospital de la Resurrección, que está en Valladolid, 
fuera de la Puerta del Campo, '■ un soldado, que, por servirle su 
espada de báculo, y por la flaqueza de sus piernas y amarillez de 
su rostro, mostraba bien claro que, aunque no era el tiempo '' muy 
caluroso, debía de haber sudado en veinte días todo el humor que 
quizá granjeó en una hora. Iba haciendo pinitos y dando traspiés, 
como convaleciente, y al entrar por la puerta de la ciudad, vio que 
hacia él venía un su amigo, á quien no había visto en más de seis 
meses; el cual, santiguándose, como si viera alguna mala visión, 
llegándose '^ á él, le dijo: 

— ¿Qué es esto, señor alférez Campuzano? ^ ¿Es posible que está 
vuesa merced en esta tierra?^ ¡Como quien soy, que le hacía en 
Flandes, antes terciando allá la pica que arrastrando aquí la es- 
pada! ¿Qué color, qué flaqueza es ésa? 

A lo cual respondió Campuzano: 

— A lo si estoy en esta tierra ó no, señor licenciado Peralta, el 
verme en ella le responde; á las demás preguntas no tengo que de- 
cir sino que salgo de aquel Hospital, de sudar catorce cargas de 



a. Novela líei Casamiento engañoso. / y 2. 

El Casamiento engañoso. Falta « Novela de >. J!. 
i. no era tiempo. Jí. 
c. llegándo/í. /. 



— 270 — 

bubas, que me echó á cuestas " una mujer que escogí por mía, que 
non debiera. ''' * 
— Luego ¿casóse vuesa merced?, replicó Peralta. 

— Sí, señor, respondió Campuzano. 

— Sería por amores, ^ dijo Peralta, y tales casamientos traen con- 
sigo aparejada la ejecución del arrepentimiento. 

— No sabré decir si fué por amores, respondió el Alférez, aunque 
sabré afirmar que fué por dolores, pues de mi casamiento ó cansa- 
miento saqué tantos en el cuerpo y en el alma, que los del cuerpo, 
para entretenerlos, me cuestan cuarenta sudores, y los del alma no 
hallo remedio para aliviarlos siquiera; pero, porque no estoy para 
tener largas pláticas en la calle, vuesa merced me perdone, que otro 
día con más comodidad le daré cuenta de mis sucesos, que son los 
más nuevos y peregrinos que vuesa merced habrá oído en todos los 
días de su vida. 

— No ha de ser así, dijo el Licenciado; sino que quiero que venga 
conmigo á mí posada, ^ y allí haremos penitencia juntos, que la 
olla es muy de enfermo, y aunque está tasada para dos, un pastel 
suplirá con mi criado, ' y, sí la convalecencia lo sufre, unas lonjas 
de jamón de Rute nos harán la salva, y, sobre todo, la buena vo- 
luntad con que lo ofrezco, no sólo esta vez, sino todas las que 
vuesa merced quisiere. 

Agradecióselo Campuzano, y aceptó el convite y los ofrecimien- 
tos. Fueron á San Llórente, «^ ** oyeron misa, llevóle Peralta á su 
casa, díóle lo prometido, y ofreciósele de nuevo, y pidióle, en aca- 
bando de comer, le contase los sucesos que tanto le había encare- 
cido. No se hizo de rogar Campuzano; antes comenzó á decir desta 
manera: 

— Bien se acordará vuesa merced, señor licenciado Peralta, como 
yo hacía en esta ciudad camarada " con el capitán Pedro de Herrera, 
que ahora está en Flandes. 



a. acuestas, i y 2. 
t. que no debiera. H. 
c. San Lorente. 2 y R. 



— 271 — 

— Bien me acuerdo, respondió Peralta. 

— Pues un día, prosiguió Campuzano, que acabábamos" de co- 
mer en aquella Posada de la Solana '" donde vivíamos, entraron 
dos mujeres de gentil parecer» con dos criadas; la una se puso á ha- 
blar con el Capitán , en pie, arrimados á una ventana, y la otra se 
sentó en una silla junto á mí, derribado el manto hasta la barba, " 
sin dejar ver el rostro más de aquello que concedía la raridad del 
manto; y aunque le supliqué que, por cortesía, f" me hiciese merced 
de descubrirse, no fué posible acabarlo con ella, cosa que me en- 
cendió más el deseo de verla; ^ y para acrecentarle más (ó ya fuese 
de industria ó acaso), <' sacó la señora una muy blanca '^ mano, con 
muy buenas sortijas. Estaba yo entonces bizarrísimo, con aquella 
gran cadena que vuesa merced debió de conocerme, el sombrero 
con plumas y cintillo, ^^ el vestido de colores, á fuer de soldado, " y 
tan gallardo á los ojos de mi locura, que me daba á entender que 
las podía matar en el aire. Con todo esto, le rogué que se descubrie- 
se, á lo que ella me respondió: «No seáis importuno; casa tengo; 
haced á un paje que me siga; que aunque yo soy/ mas honrada de 
lo que promete .? esta respuesta, todavía, á trueco de ver si responde 
vuestra discreción á vuestra gallardía, holgaré de que me veáis.» '' 

Bésele las manos por la grande ' merced que me hacía, en pago 
de la cual, le prometí montes de oro. Acabó el Capitán su plática. 
Ellas se fueron ; siguiólas un criado mío. Díjome el Capitán que lo 
que la dama le quería era que le llevase unas cartas á Flandes á 
otro Capitán, que decía ser su primo, aunque él sabia que no era 
sino su galán J. Yo quedé abrasado con las manos de nieve que ha- 



a. acabamos. K. 

b. le supliqué por cortesía. K. 

c. verle. R. 

d. (ó ya fuese de industria, á caso). /. 
í. una bluuca mano. A'. 

/. aunque soy. R. 

g. de lo ([ue me promete. R. 

It. veáis más despacio. R. 

i, i^an. 2. 

j. sino galán. 2. 



— 272 — 

bía visto, y muerto por el rostro que deseaba ver; y así, otro día, 
guiándome mi criado, dióseme libre entrada. Hallé una casa muy 
bien aderezada, y una mujer de hasta treinta años, á quien conocí 
por las manos; no era hermosa en extremo, pero éralo de suerte, que 
podía enamorar comunicada, '^ porque tenía un tono de habla tan 
suave, que se entraba por los oídos en el alma. Pasé con ella luen- 
gos y amorosos coloquios: blasoné, hendí, rajé, ofrecí, prometí y 
hice todas las demonstraciones " que me pareció ser necesarias para 
hacerme bien quisto con ella; pero como ella estaba hecha á oír 
semejantes ó mayores ofrecimientos y razones, parecía que les daba 
atento oído antes que crédito alguno. Finalmente, nuestra platicase 
pasó en flores cuatro días que continué en visitalla, * sin que llegase 
á coger el fruto que deseaba. 

En el tiempo que la visité siempre hallé la casa desembarazada, 
sin que viese visiones en ella de parientes fingidos ni de amigos 
verdaderos. Servíala una moza más taimada que simple. Finalmen- 
te, tratando mis amores como soldado que está en víspera^ de mu- 
dar, 1^ apuré á mi señora doña Estefanía de Caicedo '^ (que éste es el 
nombre de la que así me tiene), y respondióme: 

— " Señor alférez Campuzano, simplicidad sería si yo quisiese 
venderme á vuesa merced por santa: pecadora he sido, y aun ahora 
lo soy; pero no de manera, que los vecinos me murmuren ni los 
apartados me noten, i" Ni de mis padres ni de otro pariente heredé 
hacienda alguna, y, con todo esto, vale el menaje de mi casa, bien 
vaUdos, dos mil y quinientos escudos, '^ i' y éstos, en cosas que, 
puestas en almoneda, ^^ lo que se tardare en ponellas/se tardará en 
convertirse en dineros. Con esta hacienda busco marido á quien 
entregarme y á quien tener obediencia; á quien, juntamente con la 



a. demostraciones. J{. 

b. visitarla. 2. 

c. que está víspera. Jt. 

d. Cayzedo. i y 2. 

e. ducados, R. 

f. ponerlas. 2. 



— 273 — 

enmienda de mi vida, le entregaré una increíble solicitud de rega- 
larle y servirle; porque no tiene principe cocinero más goloso, ni 
que mejor sepa dar el punto á los guisados, que le sé dar yo, cuan- 
do, mostrando ser casera, me quiero poner á ello. Sé ser mayordo- 
mo en casa, moza en la cocina y señora en la sala; en efeto, « sé 
mandar y sé hacer que me obedezcan; no desperdicio nada, y 
allego mucho; mi real no vale menos, sino mucho más, cuando se 
gasta por mi orden. La ropa blanca que tengo, que es mucha y muy 
buena, no se sacó de tiendas ni lenceros: estos pulgares y los de 
mis criadas la hilaron, y si pudiera tejerse en casa, se tejiera. 
Digo estas alabanzas mías, porque no acarrean vituperio cuando 
es forzosa la necesidad de decirlas; finalmente, quiero decir que 
yo busco marido que me ampare, me mande y me honre, y no ga- 
lán que me sirva y me vitupere. Si vuesa merced gustare de aceptar 
la prenda que se le ofrece, aquí estoy moliente y corriente, sujeta á 
todo aquello que vuesa merced ordenare, sin andar en venta, que 
es lo mismo andar en lenguas de casamenteros, '^ y no hay ningu- 
no tan bueno para concertar el todo como las mismas partes. > 

Yo, que tenía entonces el juicio, no en la cabeza, sino en los 
carcañares, >> '^'^ haciéndoseme el deleite en aquel punto mayor de 
lo que en la imaginación le pintaba, y ofreciéndoseme tan á la vista 
la cantidad de hacienda, que ya la contemplaba en dineros conver- 
tida, sin hacer otros discursos de aquellos á que daba lugar el 
gusto, que me tenia echados grillos al entendimiento, le dije que yo 
era el venturoso y bien afortunado en haberme dado el cielo, casi 
por milagro, tal compañera, para hacerla señora de mi voluntad y 
de mi hacienda, que no era tan poca, que no valiese con aquella 
cadena que traía al cuello, y con otras joyuelas que tenía en casa, 
y con deshacerme de algunas galas de soldado, más de dos mil du- 
cados, que, juntos con los dos mil y quinientos suyos, era suficiente 
cantidad para retirarnos á vivir á una aldea de donde yo era natu- 



a. efecto. R. 

b. carcañales. R. 



i8 



I 



— 274 — 

ral, y adonde tenía algunas raíces: hacienda tal, que sobrellevada 
con el dinero, vendiendo los frutos á su tiempo, nos podía dar una 
vida alegre y descansada. En resolución, aquella vez se concertó 
nuestro desposorio, y se dio traza como los dos hiciésemos infor- 
mación de solteros, y en los tres días de fiesta, que vinieron luego 
juntos en una Pascua, se hicieron las amonestaciones, y al cuarto 
día nos desposamos, hallándose presentes al desposorio dos amigos 
míos, y un mancebo que ella dijo ser primo suyo, ^i á quien yo me 
ofrecí por pariente con palabras de mucho comedimiento, como lo 
habían sido todas las que hasta entonces á mi nueva esposa había 
dado, con intención tan torcida y traidora, que la quiero callar; por- 
que aunque estoy diciendo verdades, no son verdades de confe- 
sión, que no pueden dejar de decirse. 

Mudó mi criado el baúl de la posada á casa de mi mujer; encerré 
en él, delante della, mi magnífica cadena; mostréle otras tres ó 
cuatro, si no tan grandes, de mejor hechura, con otros tres ó cua- 
tro cintillos de diversas suertes; hícele patentes mis galas y mis plu- 
mas, y entregúele para el gasto de casa hasta cuatrocientos reales 
que tenía. Seis días gocé del pan de la boda, espaciándome en casa 
como el yerno ruin en la del suegro rico: ^^ pisé ricas alhombras, " 
ahajé ''' sábanas de holanda, '■'=' alúmbreme ' con candeleros de plata; 
almorzaba en la cama, levantábame á las once, comía á las doce, y 
á las dos sesteaba en el estrado: ^'^ bailábanme '^ doña Estefanía y la 
moza el agua delante. Mi mozo, que hasta allí le había conocido 
perezoso y lerdo, se había vuelto un corzo: el rato que doña Este- 
fanía faltaba de mi lado, la habían de hallar en la cocina, toda solí- 
cita en ordenar guisados que me despertasen el gusto y me aviva- 
sen el apetito; mis camisas, cuellos y pañuelos eran un nuevo Aran- 



a. alfombras. R. 

b. ahagé. / y ¿. 
ajé. K. 

c. alúmbrame, i. 

d. bailábame. 2. 



— 275 — 

juez de flores, según olían, bañados en la agua de ángeles ^^ y de 
azahar que sobre ellos se derramaba. 

Pasáronse estos días volando, como se pasan los años que están 
debajo de la jurisdicción del tiempo; en los cuales días, por verme 
tan regalado y tan bien servido, iba mudando en buena la mala in- 
tención con que aquel negocio había comenzado; al cabo de los 
cuales, una mañana (que aun estaba con doña Estefanía en la cama) 
llamaron con grandes golpes á la puerta de la calle. Asomóse la 
moza á la ventana, y quitándose al momento dijo: «¡Oh, que sea 
ella la bien venida! ¿Han visto, y cómo ha venido más presto de lo 
que escribió el otro día?» 

— ¿Quién es la que ha venido, moza?, le pregunté. 

— ¿Quién?, respondió ella; es mi señora doña Clementa Bueso^^.y 
viene con ella el señor don Lope Meléndez de Almendárez, con 
otros dos criados, y Hortigosa, la dueña que llevó consigo. *^ 

— Corre, moza, bien haya yo, y ábrelos, « dijo á este punto doña 
Estefanía; y vos, señor, por mi amor, que no os alborotéis ni res- 
pondáis por mí á ninguna cosa que contra mí oyéredes. 

— Pues ¿quién ha de deciros '' cosa que os ofenda, y más estan- 
do yo delante? Decidme qué gente es estaque me parece que os 
ha alborotado su venida. '^ 

— No tengo lugar de responderos, dijo doña Estefanía; sólo sa- 
bed que todo lo que aquí pasare es fingido, y que tira á cierto de- 
signio y efeto, "" que después sabréis. > Y aunque quisiera replicarle 
á esto, no me dio lugar la señora doña Clementa Bueso, que se en- 
tró en la sala, vestida de raso verde prensado, con muchos pasama- 
nos de oro, capotillo de lo mismo, " y con la misma guarnición, 
sombrero con plumas verdes, blancas y encarnadas, y con rico cin- 
tillo de oro, y con un delgado velo cubierta "^ la mitad del rostro. En- 



a. ábreles, K. 

b. (lecir. A'. 

c. su venidaí' /. 
a. efecto. Ji. 

e. cubierto. R. 



— 276 — 

tro con ella el señor don Lope Meléndez de Almendárez, no menos 
^izarro que ricamente vestido de camino. ^^ 

La dueña Hortigosa fué la primera que habló, diciendo: «¡Jesús! 
¿Qué es esto? ¿Ocupado el lecho de mi señora doña dementa, y 
más con ocupación de hombre? ¡Milagros veo hoy en esta casa! 
¡A fe que se ha ido bien del pie á la mano la señora dona Estefa- 
nía, fiada en la amistad de mi señora! » 

— Yo te lo prometo, Hortigosa, '^■' replicó doña Clementa; pero yo, 
yo me tengo " la culpa: ¡que jamás escarmiente yo en tomar amigas 
que no lo saben ser sino es cuando les viene á cuento! 

Á todo lo cual respondió doña Estefanía: 

— No reciba vuesa merced pesadumbre, mi señora doña elemen- 
ta Bueso, y entienda que no sin misterio ve lo que ve ^ en esta su 
casa; que cuando lo sepa, yo sé que quedaré desculpada, "^ y vue- 
sa merced sin ninguna queja.» En esto ya me había puesto yo en 
calzas y en jubón , y tomándome doña Estefanía por la mano, me 
llevó á otro aposento, y allí me dijo "" que aquella su amiga quería 
hacer una burla á aquel don Lope que venía con ella, con quien 
pretendía casarse, y que la burla era darle á entender que aquella 
casa y cuanto estaba en ella era todo suyo, de lo cual pensaba ha- 
cerle carta de dote, ' y que, hecho el casamiento, se le daba poco 
que se descubriese el engaño, fiada en el grande amor que el don 
Lope la tenía; «y luego se me volverá lo que es mío, '"' y no se le 
tendrá á mal á ella, ni á otra mujer alguna, de que procure buscar 
marido honrado, aunque sea por medio de cualquier embuste». 

Yo le respondí que era grande extremo de amistad el que quería 
hacer, y que primero se mirase bien en ello, porque después podría 
ser tener necesidad de valerse de la justicia para cobrar su hacienda. 
Pero ella me respondió con tantas razones, representando tantas 



a. pero yo me tengo, i. 

b. vee lo que vee. i y 2. 

c. disculpaaa. 2y R. 

d. y me dijo. 2. 

e. hacer la carta de dote. 3. 



— 2T7 — 

obligaciones que la obligaban á servir á doña Clementa, aun en 
cosas de más importancia, que mal de mi grado y con remordimien- 
to de mi juicio hube de condecender " ^* con el gusto de doña Estefa- 
nía; asegurándome ella que solos ocho días podía durar e! embus- 
te, los cuales estaríamos en casa de otra amiga suya. Acabémonos 
de vestir ella y yo, y luego, entrándose á despedir de la señora 
doña elementa Bueso y del señor don Lope Meléndez de Almendá- 
rez, hizo á mi criado que se cargase el baúl y que la siguiese, á 
quien yo también seguí, sin despedirme de nadie. 

Paró doña Estefanía en casa de una amiga suya, y antes que en- 
trásemos dentro estuvo un buen espacio hablando con ella, al cabo 
del cual salió una moza y dijo que entrásemos yo y mi criado. Lle- 
vónos á un aposento estrecho, en el cual había dos camas, tan jun- 
tas, que parecían una, á causa que no había espacio que las divi- 
diese, y las sábanas de entrambas se besaban. En efeto, ** allí estuvi- 
mos seis días, y en todos ellos no se pasó hora que no tuviésemos 
pendencia, diciéndole la necedad que había hecho en haber dejado 
su casa y su hacienda, aunque fuera á su misma ' madre. 

En esto iba yo y venía por momentos, *^ tanto, que la huéspeda 
de casa, un día que doña Estefanía dijo que iba á ver en qué tér- 
mino estaba su negocio, quiso saber de mí qué era la causa que me 
movía á reñir tanto con ella, "" y qué cosa había hecho que tanto se 
la afeaba, diciéndole que había sido necedad notoria, más que amis- 
tad perfeta. ' Contéle todo el cuento, y cuando llegué á decir que 
me había casado con doña Estefanía, y la dote que trujo, y la sim- 
plicidad que había hecho en dejar su casa y hacienda á doña ele- 
menta, aunque fuese con tan sana intención como era alcanzar tan 
principal marido como don Lope, se comenzó á santiguar y á ha- 



a. condescender. /í. 

b. efecto. R. 

c. mism. 2. 

d. con ella? / y ¿. 

e. ftrfecta K. 



- 278 - 

cerse " cruces con tanta priesa y con tanto « ¡Jesús, Jesús de la mala 
hembra! >, * que me puso en gran turbación, y al fin me dijo: 

— «Señor Alférez, no sé si voy contra mi conciencia en descubri- 
ros lo que me parece que también la cargaría si lo callase; pero, á 
Dios y á ventura, <^ sea lo que fuere, viva la verdad y muera la men- 
tira. La verdad es que doña Clementa Bueso es la verdadera seño- 
ra de la casa y de la hacienda de que os hicieron la dote; la menti- 
ra es todo cuanto os ha dicho doña Estefanía; que ni ella tiene casa, 
ni hacienda, ni otro vestido del que trae puesto; y el haber tenido 
lugar y espacio para hacer este embuste fué que doña Clementa 
fué á visitar á unos parientes suyos á la ciudad de Plasencia, y de 
allí fué á tener novenas ^^ en Nuestra Señora de Guadalupe, ^* y en 
este entretanto dejó en su casa á doña Estefanía que mirase por 
ella, '''^ porque, en efeto, '^ son grandes amigas; aunque, bien mirado, 
no hay que culpar á la pobre señora, pues ha sabido granjear á una 
tal persona como la del señor Alférez por marido.» ^^ 

Aquí dio fin á su plática, y yo di principio á desesperarme, y sin 
duda lo hiciera, si tantico se descuidara el ángel de mi guarda en 
socorrerme, acudiendo á decirme en el corazón que mirase que era 
cristiano, y que el mayor pecado de los hombres era el de la deses- 
peración, por ser pecado de demonios. Esta consideración, ó bue- 
na inspiración me conhortó " algo; " pero no tanto, que dejase de 
tomar mi capa y espada, y salir á buscar á doña Estefenía, con pro- 
supuesto/^» de hacer en ella un ejemplar castigo; pero la suerte, 
que no sabré decir si mis cosas empeoraba ó mejoraba, ordenó que 
en ninguna parte donde pensé hallar á doña Estefanía la hallase. 
Fuíme á San Llórente, í encomendéme á Nuestra Señora,^" sen- 
téme sobre un escaño, y, con la pesadumbre, me tomó un sueño 



a. 


y hacerse cruces. A'. 


i. 


de mala hembra, z. 


c. 


aventura. /. 


d. 


efecto. R. 


e. 


confortó. Ji. — conortó. i y 2. 


/■ 


presupuesto, zy R. 


^• 


Lorente. R. 



— 279 — 

tan pesado, que no despertara tan presto si no me despertaran. Fui, 
lleno de pensamientos y congojas, á casa de doña dementa, y hallé- 
la con tanto reposo, como señora de su casa; no le osé decir nada, 
porque estaba el señor don Lope delante. Volví en casa de mi hués- 
peda, que me dijo haber contado á doña Estefanía como yo sabía 
toda su maraña y embuste, y que ella le preguntó qué semblante 
había yo mostrado con tal nueva, y que le había respondido que 
muy malo, y que, á su parecer, había salido yo con mala intención 
y con peor determinación á buscarla; díjome, finalmente, que doña 
Estefanía se había llevado cuanto en el baúl tenía, sin dejarme en 
él sino un solo vestido de camino. 

Aquí fué ello; aquí me tuvo de nuevo Dios de su mano; fui á ver 
mi baúl, y hállele abierto y como sepultura que esperaba cuerpo 
difunto, y á buena razón había de ser el mío, si yo tuviera entendi- 
miento para saber sentir y ponderar tamaña desgracia. 

— Bien grande fué, dijo á esta sazón el licenciado Peralta, 
haberse llevado doña Estefanía tanta cadena y tanto cintillo, que, 
como suele decirse, todos los duelos, etc. 

— Ninguna pena me dio esa falta, respondió el Alférez, pues 
también podré decir: «Pensóse don Simueque que me engañaba 
con su hija la tuerta, y por el Dio, contrecho soy de un lado> *" 

— No sé á qué propósito puede vuesa merced decir eso, respon- 
dió Peralta. 

— El propósito es, respondió el Alférez, de que toda aquella ba- 
lumba y aparato de cadenas, cintillos y brincos, ^^ podía valer hasta 
diez ó doce escudos. 

— Eso no es posible, replicó el Licenciado; porque la que el señor 
Alférez traía al cuello mostraba pesar más de docientos ducados. ^^ 

— Así fuera, respondió el Alférez, si la verdad respondiera al pa- 
recer; pero como no es todo oro lo que reluce, " " las cadenas, 
cintillos, joyas y brincos, '> con sólo ser de alquimia se contenta- 



a. lo que luce. 2. 

b. joyas, brincos. A'. 



— 28o — 

ron; " pero estaban tan bien « hechas, que sólo el toque ó el fuego 
podía descubrir su malicia. 

— Desa manera, dijo el Licenciado, entre vuesa merced y la se- 
ñora doña Estefanía, pata es la traviesa. " 

— Y tan pata, respondió el Alférez, que podemos volver á barajar; 
pero el daño está, señor Licenciado, en que ella se podrá deshacer 
de mis cadenas, y yo no de la falsía de su término; y en efeto, * mal 
que me pese, es prenda mía. 

— Dad gracias á Dios, señor Campuzano, dijo Peralta, que fué 
prenda con pies y que se os ha ido, y que no estáis obligado á 
buscarla. 

— Así es, respondió el Alférez; pero, con todo eso, ' sin que la 
busque la hallo siempre en la*^ imaginación, y adonde quiera que 
estoy tengo mi afrenta presente. 

— No sé qué responderos, dijo Peralta, sino es traeros á la me- 
moria dos versos de Petrarca, que dicen: 

Che chi prende diletto di farfrode 

Non si de' lamentar s' altri ¡' inganna. ' ■'*' 

Que responden en nuestro castellano: «Que el que tiene costum- 
bre y gusto de engañar á otro, no se debe quejar cuando es enga- 
ñado.» 

— Yo no me quejo, respondió el Alférez, sino lastimóme; que el 
culpado, no por conocer su culpa deja de sentir la pena del cas- 
tigo. Bien veo que quise engañar y fui engañado, porque me hirie- 
ron por mis propios filos; pero no puedo tener tan á raya el senti- 
miento, que no me queje de mi mismo. Finalmente, por venir á lo 



a. 


también. 2. 


b. 


efecto. R. 


c. 


esto. R. 


a. 


1!. 1. 


e. 


Che qui prende dicleto di far fiode 




Non si de lamentar si altri 1 ' ingana. t ^ 2. 




Non í ' /ifl di lamentar s ' altro 1 ' inganna. A'. 



— 28l — 

que hace más al caso á mi historia (que este nombre se le puede dar 
al cuento de mis sucesos), digo que supe que se había llevado á 
doña Estefanía el primo que dije que se halló á nuestros desposo- 
rios, el cual, de luengos tiempos atrás, era su amigo á todo ruedo. 
No quise buscarla, por no hallar el mal que me faltaba. Mudé po- 
sada, y mudé el pelo dentro de pocos días; porque comenzaron á 
pelárseme las cejas y las pestañas, y poco á poco me dejaron los 
cabellos, y antes de edad me hice calvo, dándome una enfermedad 
que llaman lupicia, y por otro nombre más claro, la pelarela. *' Há- 
lleme verdaderamente hecho pelón, porque ni tenía barbas que pei- 
nar, ni dineros que gastar. Fué la enfermedad caminando al paso 
de mi necesidad; y como la pobreza atropella á la honra, y á unos 
lleva á la horca, y á otros al hospital, y á otros les hace entrar por 
las puertas de sus enemigos con ruegos y sumisiones, que es una 
de las mayores miserias que puede suceder á un desdichado, por 
no gastar en curarme los vestidos que me habían de cubrir y honrar 
en salud, llegado el tiempo en que se dan los sudores en el Hospi-. 
tal de la Resurrección, me entré en él, donde he tomado " cuarenta 
sudores. ** Dicen que quedaré sano si me guardo: espada tengo; lo 
demás Dios lo remedie. 

.•Oíreciósele de nuevo el Licenciado, admirándose de las cosas 
que le había contado. 

— Pues de poco se maravilla vuesa merced, señor Peralta, dijo 
el Alférez; que otros sucesos me quedan por decir que exceden á 
toda imaginación, pues van fuera de todos los términos de natura- 
leza: no quiera vuesa merced saber más sino que son de suerte, 
que doy por bien empleadas todas mis desgracias, por haber sido 
parte de haberme puesto en el hospital, donde vi lo que ahora diré, 
que es lo que ahora ni nunca vuesa merced podrá creer, ni habrá 
persona en el mundo que '' lo crea. 

Todos estos preámbulos y encarecimientos que el Alférez hacía 



a. tomoilo. 2. 

b. persona en el l[i^xn&o persona que. /. 



— 282 — 

antes de contar lo que había visto encendían el deseo de Peralta, 
de manera, que con no menores encarecimientos le pidió que luego 
luego le dijese *^ las maravillas que le quedaban por decir. 

— Ya vuesa " merced habrá visto, dijo el Alférez, ''' dos perros que 
con dos lanternas ' andan de noche con los Hermanos de la Capa- 
cha, alumbrándoles cuando piden limosna. <' 

— Sí he visto, respondió Peralta. 

— También habrá visto ó oído vuesa merced, dijo el Alférez, lo 
que dellos se cuenta: que si acaso echan limosna de las ventanas y 
se cae en el suelo, ellos acuden luego á alumbrar y á buscar « lo 
que se cae, y se paran delante de las ventanas donde saben que 
tienen costumbre de darles limosna; y con ir allí con tanta manse- 
dumbre, que más parecen corderos que perros, en el hospital son 
unos leones, guardando la casa con grande cuidado y vigilancia./ 

— Yo he oído decir, dijo Peralta, que todo es así; pero eso no 
me puede ni debe causar maravilla. 

— Pues lo que ahora diré dellos í es razón que la cause, y que, 
sin hacerse cruces ni alegar imposibles ni dificultades, vuesa mer- 
ced se acomode á creerlo; y es que yo oí y casi vi con mis ojos á 
estos dos perros, que el uno se llama Cipión y el otro Berganza, ^ 
estar una noche, que fué la penúltima que acabé de sudar, echados 
detrás de mi cama en unas esteras viejas, y á la mitad de aquella 
noche, estando á escuras y desvelado, pensando en mis pasados 
sucesos y presentes desgracias, oí hablar allí junto, y estuve con 
atento oído escuchando, por ver si podía venir en conocimiento de 
los que hablaban y de lo que hablaban, y á poco rato vine á cono- 



a. V a vuesa. 2. 

b. Alfarez. 2. 

c. livternas. R. 

d. limosna? / y ¿. 

e. alumbrar , á buscar. K. 

f. vigilancia? i y 3. 

g. dijo el Alférez. R. (Kalta este inciso en 7 y 2.) 
h. se llamaba Cipión , el otro Berganza. Ji. 



- 283 - 

cer, por lo que hablaban los que hablaban, y eran " los dos perros 
Cipión y Berganza. 

Apenas acabó de decir esto Campuzano, cuando, levantándose el 
Licenciado, dijo: 

— Vuesa merced quede mucho en buen hora, * señor Campuzano; 
que hasta aquí estaba en duda si creería ó no lo que de su casa- 
miento me había contado, y esto que ahora me cuenta de que oyó 
hablar los perros me ha hecho declarar por la parte de no creelle 
ninguna cosa. Por amor de Dios, señor Alférez, que no cuente estos 
disparates á persona alguna, si ya no fuere á quien sea tan su amigo 
como yo. 

— No me tenga vuesa merced por tan ignorante, replicó Campu- 
zano, que no entienda que, si no es por milagro, no pueden hablar 
los animales: que bien sé que si los tordos, picazas y papagayos 
hablan, no son sino las palabras que aprenden y toman de memo- 
ria, ** y por tener la lengua estos animales cómoda para poder pro- 
nunciarlas; mas no por esto pueden hablar y responder con discur- 
so concertado, como estos perros hablaron; "^ y así, muchas veces, 
después que los oí, yo mismo no he querido dar crédito á mí mis- 
mo, y he querido tener por cosa soñada lo que realmente, estando 
despierto, con todos mis cinco sentidos tales cuales nuestro Señor 
fué servido de dármelos, «'oí, escuché, noté, y finalmente escribí, ' 
sin faltar palabra por su concierto; de donde se puede tomar indicio 
bastante que mueva y persuada á creer esta verdad que digo. Las co- 
sas de que trataron fueron grandes y diferentes, y más para ser tra- 
tadas por varones sabios que para ser dichas por bocas / de perros: 
así que, pues yo no las pude inventar de mío, á mi pesar y contra 
mi opinión vengo á creer que no soñaba, y que los perros hablaban. 



a. que eran. R. 

b. huenora. i y 3. 

c. hablaban. R. 

d. servido dármelos, i y R. 

e. escrebi. 3. 

/. de bocas de. R. 



— 284 — 

— ¡Cuerpo de mí, replicó el Licenciado, si se nos ha vuelto el tiem- 
po de Maricastaña, cuando hablaban las calabazas, ^^ ó el de Yso- 
po, " cuando departía el gallo con la zorra y unos animales con otros! 

— Uno de ellos sería yo, y el mayor, replicó el Alférez, si creyese 
que ese tiempo ha vuelto, y aun también lo sería si dejase de creer 
lo que oí y lo que vi, y lo que me atreveré á jurar, con juramento 
que obligue y aun fuerce á que lo crea la misma incredulidad; pero, 
puesto caso que me haya engañado *^ y que mi verdad sea sueño, 
y el porfiarla disparate, ¿no se holgará >' vuesa merced, señor Pe- 
ralta, de ver escritas en un coloquio ^ las cosas que estos perms, ó 
sean quien fueren, hablaron? 

— Como vuesa merced, replicó el Licenciado, no se canse más 
en persuadirme que oyó hablar á los perros, de muy buena gana 
oiré ese coloquio, que, por ser escrito y notado del buen ingenio 
del señor Alférez, ya le juzgo por bueno. 

— Pues hay en esto otra cosa, dijo el Alférez, que como yo esta- 
ba tan atento, y tenía delicado el juicio, delicada, sotil "^ y desocupa- 
da !a memoria (merced á las muchas pasas y almendras que había 
comido), ^8 todo lo tomé de coro, ' y casi por / las mismas palabras 
que había oído lo escribí otro día, sin buscar colores retóricas para 
adornarlo, ni añadir ni quitar para hacerle gustoso. No fué una no- 
che sola la plática, que fueron dos consecutivamente, aunque yo no 
tengo escrita más de una, que es la vida de Berganza, y la del com- 
pañero Cipión pienso escribir (que fué la que se contó la noche se- 
gunda), cuando viere, ó que ésta se cr^, ó, á lo menos, no se des- 
precie. El coloquio traigo en el seno: púselo en forma de coloquio 
por ahorrar de dijo Cipión, respondió Berganza, que suele alargar la 
escritura. 



a. Esopo. R. 

b. holgara. R. 

c. en coloquio, 2. 

d. sutil. 2. 

e. decoro. 2. 
/. per.t. 



- j8s - 

Y en diciendo ésto, sacó del pecho un cartapacio ** y le puso en 
las manos del Licenciado, el cual le tomó riyéndose, y como ha- 
ciendo burla de todo lo que había oído y de lo que pensaba leer. 

— Yo me recuesto, dijo el Alférez, en esta silla, en tanto que vue- 
sa merced lee, si quiere, esos sueño* ó disparates, que no tienen_ 
otra cosa de bueno sino es el poderlos dejar cuando enfaden. 

" —Haga vuesa merced su gusto, dijo Peralta; que yo con breve- 
dad me despediré desta letura. 

— Recostóse el Alférez, abrió el Licenciado el cartapacio, y en el 
principio vio que estaba puesto este título: 



NOVELA 55 Y « COLOQUIO 

QUE PASÓ ENTRE CIPIÓN Y BERQANZA, PJERROS DEL HOSPITAL DE 

LA RESURRECCIÓN, QUE ESTÁ EN LA CIUDAD DE VALLADOLID, FUERA 

DE LA PUERTA DEL CAMPO, A QUIEN 5" COMÚNMENTE LLAMAN LOS 

PERROS DE MAHUDES 



CIPIÓN 

Berganza amigo, dejemos esta noche el Hospital en guarda de la 
confianza, y retirémonos á esta soledad y entre estas esteras, donde 
podremos gozar sin ser sentidos desta no vista merced que el cielo, 
en un mismo punto, á los dos nos ha hecho. 

BERQANZA 

Cipión hermano, óyote hablar " y sé que te hablo, y no puedo 
creerlo, por parecerme que el hablar nosotros pasa de los términos 
de naturaleza. 

CIPIÓN 

Asi es la verdad, Berganza, y viene á ser mayor este milagro, en 
que no solamente hablamos, sino en que hablamos con discurso, 
como si fuéramos capaces de razón, estando tan sin ella, que la di- 
ferencia que hay del animal bruto al hombre, es ser el hombre ani- 
mal racional, y el bruto irracional. 

BERGANZA 

Todo lo que dices, Cipión, entiendo, y el decirlo tú y entenderlo 
yo me causa nueva admiración y nueva maravilla; bien es verdad 



o. falta Novela y. R. 



- 287- 

que en el discurso de mi vida diversas y muchas veces he oído 
decir grandes prerrogativas « nuestras, tanto, que parece que algunos 
han querido sentir que tenemos un natural distinto ^^ tan vivo y tan 
agudo en muchas cosas, que da indicios y señales de faltar poco 
para mostrar que tenemos un no sé qué de entendimiento, capaz de 
discurso. ^^ 

CIPIÓN 

Lo que yo he oído alabar y encarecer es nuestra mucha memoria; 
el agradecimiento y gran fidelidad nuestra; ^'' tanto, que nos suelen 
pintar por símbolo de la amistad; y así, habrás visto (si has mirado 
en ello) que en las sepulturas de alabastro, donde suelen estar las 
figuras de los que allí están enterrados, cuando son marido y mujer, 
ponen entre los dos, á los pies, una figura de perro, en señal que 
se guardaron en la vida amistad y fidelidad inviolable. 

BEROANZA 

Bien sé que ha habido perros tan agradecidos, que se han arro- 
jado con los cuerpos difuntos de sus amos en la misma sepultura; 
otros han estado sobre las sepulturas donde estaban enterrados sus 
señores, sin apartarse dellas, sin comer hasta que se les acababa la 
vida; '''- sé también que después del elefante, el perro tiene el pri- 
mer lugar de parecer que tiene entendimiento, '^^ luego el caballo, y 
el último la jimia. 

CIPIÓN 

Así es; ''' pero bien confesarás que ni has visto ni oído decir jamás 
que haya hablado ningún elefante, perro, caballo ó mona; por 
donde me doy "^ á entender que este nuestro hablar tan de improviso, 
cae debajo del número de aquellas cosas que llaman portentos, «' las 



a. prerogativas. K. 

/). Ansies. A'. 

c. por donde no me doy. 2, 



— 288 



cuales cuando se muestran y parecen, tiene averiguado la experien- 
cia que alguna calamidad grande amenaza á las gentes. 

BERQANZA 

Desa manera, no haré yo mucho en tener por señal portentosa lo 
que oí decir los días pasados á un estudiante, pasando por " Alcalá 
de Henares. 

CIPIÓN 

¿Qué le oíste decir? 

BERQANZA 

Que de cinco mil estudiantes que cursaban aquel año en la Uni- 
versidad, los dos mil oían Medicina. •*'' 

CIPIÓN 

Pues ¿qué vienes á inferir deso? 

BERQANZA 

Infiero, ó que estos dos mil médicos han de tener enfermos que 
curar (que seria harta plaga y mala ventura), ó ellos se han de mo- 
rir de hambre. 

CIPIÓN ^ 

Pero, sea lo que fuere, "^ nosotros hablamos, sea portento ó no, 
que lo que el cielo tiene ordenado que suceda, no hay diligencia ni 
sabiduría humana que lo pueda prevenir; y así, no hay para qué po- 
nernos á disputar nosotros cómo ó por qué hablamos. Mejor será 
que este buen día ó buena noche la metamos en nuestra casa, *" y, 
pues la tenemos tan buena en estas esteras, y no sabemos cuánto 
durará esta nuestra ventura, sepamos aprovecharnos della, y hable- 



a. po. I. 

b.- [sigue hablando Berganza]. i y 2. 



— 289 — 

mos toda esta noche, sin dar lugar al sueño que nos impida este 
gusto, de mi por largos tiempos deseado. 

BERGANZA 

Y aun de mi, que desde que tuve fuerzas para roer un hueso 
tuve deseo de hablar, para decir cosas que depositaba en la memo- 
ria, y allí, de antiguas y muchas, ó se enmohecían, ó se me olvida- 
ban; empero ahora, que, tan sin pensarlo, me veo enriquecido deste 
divino don de la habla, pienso gozarle y aprovecharme del lo más 
que pudiere, " dándome priesa á decir todo aquello que se me acor- 
dare, aunque sea atropellada y confusamente, porque no sé cuándo 
me volverán á pedir este bien, que por prestado tengo. 

CIPIÓN 

Sea ésta la manera, Berganza amigo: que esta noche me cuentes 
tu vida, y los trances por donde has venido al punto en que ahora 
te hallas; y si mañana en la noche estuviéremos con habla, yo te 
contaré la mia: porque mejor será gastar el tiempo en contar las 
propias que en procurar saber las ajenas vidas. 

BERGANZA 

Siempre, Cipión, te he tenido por discreto y por amigo, y ahora 
más que nunca, pues, como amigo, quieres decirme tus sucesos 
y saber los míos, y, como discreto, has repartido el tiempo don- 
de podamos manifestallos; pero advierte primero si nos oye aj- 
guno. 

CIPIÓN 

Ninguno, á lo que creo, puesto que aquí cerca está un soldado 
tomando sudores; pero en esta sazón más estará para~dormir~qúe~ 
para ponerse á escuchar á nadie. ^ . 



a. puediert. 3. 

19 



290 — 



BERGANZA 



Pues si puedo hablar con ese seguro, escucha; y si te cansare lo 
que te fuere diciendo, ó me reprehende, « "' ó manda que calle. 

CIPIÓN 

Habla hasta que amanezca, ó hasta que seamos sentidos; que yo 
te escucharé de muy buena gana, sin impedirte sino cuando viere 
ser necesario. 

BERGANZA 

Paréceme que la primera vez que vi el sol fué en Sevilla y en su 
Matadero, '■'* que está fuera de la Puerta de. la Carne; •" por donde 
imaginara (si no fuera por lo que después te diré) '^ '" que mis padres 
debieron de ser alanos de aquellos que crían los ministros de aque- 
lla confusión, á quien llaman jiferos. '^ El primero que conocí por 
amo fué uno llamado Nicolás el Romo, mozo robusto, doblado, ''^ y 
colérico, como lo son todos aquellos que ejercitan la jifería. Este 
tal Nicolás me enseñaba á mí y á otros cachorros á que, en compa- 
ñía de alanos viejos, " arremetiésemos á los toros y les hiciésemos 
presa de las orejas. " Con mucha facilidad salí un águila en esto. 

ClPlÓN 

No me maravillo, Berganza; que como el hacer mal viene de na- 
tural cosecha, fácilmente se aprende el hacerle. 

BERGANZA 

¿Qué te diría, "^Cipión hermano, de lo que vi en aquel Matadero, <■ 
y de las cosas exorbitantes que en él pasan? 



a. reprende. K. 

b. después diré. R. 

c. compañía de otros alanos viejos. 2 

d. se diría, i y 2. 

t. aquel matadero f / y 2. 



— 29' — 

Primero, has de presuponer que todos cuantos en él trabajan, 
desde el menor hasta el mayor, es gente ancha de conciencia, des- 
almada, sin temer al Rey ni á su justicUi; los más, arnancebados; , 
son aves de rapiña carniceras; mantiénense ellos y sus amigas de 
lo que hurtan. " Todas las mañanas que son días de carne, " antes ,p /^/ít 
que amanezca, " están en el Matadero gran cantidad de mujercillas 
y muchachos, todos con talegas, que, viniendo vacías, vuelven lle- 
nas de pedazos de carne, y las criadas, con criadillas y lomos medio ¡^y;,^- 
enteros. " No hay res alguna que se mate de quien no lleve esta "" 
gente diezmos y primicias de lo más sabroso y bien parado; y como 
en Sevilla no hay obligado de la carne, " cada uno puede traer la 
que quisiere, y la que primero se mata, ó ¿s la mejor, ó la de más 
baja postura; y con este concierto hay siempre mucha' abundancia. " 
Los dueños se encomiendan á esta buena gente que he dicho, no 
para que no les hurten (que esto es imposible), sino para que se 
moderen en las tajadas y socaliñas " que hacen en las reses muer- 
tas, que las esíamondan y podan como si fuesen sauces ó parras. 
Pero ninguna cosa me admiraba más, ni me parecía peor, que el ver 
que estos jiferos con la misma facilidad matan á un hombre que á 
una vaca: por quítame allá esa paja, á dos por tres, *•' meten un cu- 
chillo de cachas amarillas '*i por la barriga de una persona, como si 
acocotasen un toro. Por maravilla se pasa día sin pendencias y sin 
heridas, y á veces sin muertes; ^^ todos ^se pican de valientes, y aun 
tienen sus puntas de rufianes; no hay ninguno que no tenga su án- 
gel de guarda en la plaza de San Francisco, ^"^ granjeado con lomos 
y lenguas de vaca. Finalmente, oí decir á un hombre discreto que 
tres cosas tenía el Rey por ganar en Sevilla: la calle de la Caza, *** 
la Costanilla «" y el Matadero. "" «^' 

CIPIÓN 

Si en contar las condiciones de los amos que has tenido y las 
faltas de sus oficios te has de estar, amigo Berganza, tanto como 



a. lomos medios enteros. 2. 



— 292 — 

esta vez, menester será pedir al cielo nos conceda la habla siquiera 
por un año, y aun temo que, al paso que llevas, no llegarás á la mi- 
tad de tu historia. Y quiérote advertir de una cosa, ^^ de la cual ve- 
rás la experiencia cuando te cuente los sucesos de mi vida; y es, 
que los cuentos, unos encierran y tienen la gracia " en ellos mismos; 
otros, en el modo de contarlos; quiero decir que algunos hay que, 
aunque se cuenten sin preámbulos y ornamentos de palabras, dan 
contento; otros hay que es menester vestirlos de palabras, y con 
demostraciones del rostro ''' y de las manos, y con mudar la voz, se 
hacen algo de nonada, ' y de flojos y desmayados se vuelven agu- 
dos y gustosos; y no se te olvide este advertimiento, para aprove- 
charte del en lo que te queda por decir. 

BERGANZA 

Yo lo haré así, si pudiere, y si me da lugar la grande tentación 
que tengo de hablar; aunque me parece que con grandísima dificul- 
tad me podré ir á la mano. 

CIPIÓN 

Vete á la lengua, que en ella consisten los mayores daños de la 
humana vida. 

BERGANZA 

Digo, pues, que mi amo me enseñó á llevar una espuerta en la 
boca,»' y á defenderla de quien quitármela quisiese; enseñóme 
también la casa de su amiga, y con esto se excusó la venida de su 
criada al Matadero, porque yo le llevaba las madrugadas lo que él 
había hurtado las noches; y un día que, entre dos luces, iba yo di- 
ligente á llevarle la porción, oí que me llamaban por mi nombre 
desde una ventana; alcé los ojos, y vi una moza hermosa en extre- 



a. tienen gracia, z. 

b. de rostro. 2. 

c. nadada, i 



— 893 — 

mo; detúveme un poco, y ella bajó á la puerta de la calle y me 
tornó á llamar; llegúeme á ella, como si fuera á ver lo que me que- 
ría, que no fué otra cosa que quitarme lo que llevaba en la cesta, y 
ponerme en su lugar un chapín viejo. Entonces dije entre mí: «La 
carne se ha ido á la carne.» Díjome la moza, en habiéndome qui- 
tado la carne: 

— «Andad, Gavilán, ó como os llamáis, y decid á Nicolás el 
Romo, vuestro amo, que no se fíe de animales, y que del lobo un 
pelo, y ése, de la espuerta.» ^* 

Bien pudiera yo volver á quitar lo que me quitó; pero no quise, 
por no poner mi boca jifera y sucia en aquellas manos limpias^ 
bjancas. 

CIPIÓN 

Hiciste muy bien, por ser prerrogativa" de la hermosura que 
siempre se le tenga respeto. 

BEROANZA 

Así lo hice yo, y asi, me volví á mi amo sin la porción y con el 
chapín; parecióle que volví presto, vio el chapín, imaginó la burla, 
sacó uno de cachas, *'' y tiróme una puñalada, que, á no desviarme, 
nunca tú oyeras ahora este cuento, ni aun otros muchos que pienso 
contarte. Puse pies en polvorosa, y, tomando el camino en las ma- 
nos y en los pies por detrás de San Bernardo, '"' me fui por aquellos 
campos de Dios, á donde la fortuna quisiese llevarme. Aquella no- 
che dormí al cíelo abierto, y otro día me deparó la suerte un hato ó 
rebaño de ovejas y carneros. Así como le vi, creí que había hallado 
en él el centro de mi reposo, ^ pareciéndome ser propio y natural 
oficio de los perros guardar ganado, que es obra donde se encierra 
una virtud grande, como es amparar y defender de los poderosos y 
soberbios los humildes y los que poco pueden. Apenas me hubo 



a. prerogativa. R. 

b. del reposo. R. 



— 294 — 

visto uno de tres pastores que el ganado guardaban, cuando di- 
ciendo: < ¡To! ¡To! >, me llamó; y yo, que otra cosa no deseaba, me 
llegué á él, bajando la cabeza y meneando la cola; trujóme la mano 
por el lomo, abrióme la boca, escupióme en ella, ^^ miróme las pre- 
sas, conoció mi edad, y dijo á otros pastores que yo tenía todas 
las señales de ser perro de casta. Llegó á este instante el señor del 
ganado, sobre una yegua rucia á la jineta, con lanza y adarga, ^^ 
que más parecía atajador de la costa •'•^ que señor de ganado. Pre- 
guntó al pastor: 

— ¿Qué perro es éste, « que tiene señales de ser bueno? '^ 

— Bien lo puede vuesa merced creer, respondió el pastor; que 
yo le he cotejado bien, y no hay señal en él que no muestre y pro- 
meta que ha de ser un gran perro: agora se llegó aquí, y no sé cuyo 
sea, aunque sé que no es de los rebaños de la redonda. '^ 

— Pues asi es, respondió el señor, ponle luego el collar de Leon- 
cillo, el perro que se murió, y denle la ración que á los demás, y 
acaricíale todo cuanto pudieres, porque tome cariño al hato y se 
quede de hoy por delante en él. '' 

En diciendo esto, se fué, y el pastor me puso luego al cuello unas 
carlancas llenas ' de puntas de acero, habiéndome dado primero en 
un dornajo /*>* gran cantidad de sopas en leche, y asimismo me puso 
nombre, y me llamó Barcino. •'» Vime harto y contento con el se- 
gundo amo y con el nuevo oficio; mostréme solícito y diligente en 
la guarda del rebaño, sin apartarme del sino las siestas, que me iba 
á pasarlas, ó ya á la sombra de algún árbol, ó de algún ribazo ó 
peña, ó á la de alguna mata, á la margen ,t de algún arroyo de los 
muchos que por allí corrían; y estas horas de mi sosiego no las pa- 



a. es este;^ / y 2. 

/>. de ser bueno, i y 2. 

c. de la ronda. 2. 

d. y acaríciale, porque tome cariño al hato y se quede en él. /. 
y se quede de hoy adelante en él. Ji. 

e. llanas. 2. 

f. adomajo. 2. 

g. i5 á la margen. Á'. 



- 29S — 

saba ociosas, porque en ellas ocupaba la memoria en acordarme de 
muchas cosas, especialmente en la vida que había tenido en el Ma- 
tadero, y en la que tenía mi amo, y todos los como él, que están su- 
jetos " á cumplir los gustos impertinentes de sus amigas. '■'^ ¡Oh, qué 
de cosas te pudiera decir ahora de las que aprendí en la escuela de 
aquella jifera dama de mi amo!; pero habrélas de callar, porque no 
me tengas por largo y por murmurador. 

CIPIÓN 

Por haber oído decir que dijo un gran poeta de los antiguos que 
era difícil cosa el no escribir-'' sátiras, " consentiré que murmures 
un poco de luz y no de sangre; quiero decir, que señales, y no hie- 
ras ni des mate á ninguno en cosa señalada; ^^ que no es buena la 
murmuración, aunque haga reír á muchos, ^ sí mata á uno; y sí pue- 
des agradar sin ella, te tendré por muy discreto. 

BERGANZA 

Yo tomaré tu consejo, y esperaré con gran deseo que llegue el 
tiempo en que me cuentes tus sucesos; que de quien tan bien «' sabe 
conocer y enmendar los defetos ^ que tengo en contar los míos, 
bien se puede esperar que contará los suyos de manera que ense- 
ñen y deleiten á un mismo punto. 

Pero, anudando el roto hilo de mí cuento, digo que en aquel 
silencio y soledad de mis siestas, entre otras cosas, consideraba 
que no debía de ser verdad lo que había oído contar de la vida de 
los pastores; á lo menos, de aquellos que la dama de mi amo leía 
en unos libros, *^ cuando yo iba á su casa, que todos trataban de 
pastores y pastoras, diciendo que se les pasaba toda la vida can- 



il, lo.s juí como él están sujetos. Ji. 

6. el escribir, /i. 

c. aunque haga reir mucho. R. 

d. también. 2. 

e. defectos. R. 



— 296 — 

tando y tañendo con gaitas, zamponas, rabeles y chirumbelas, " i**" 
y con otros instrumentos extraordinarios. Deteníame á oiría leer, y 
leía como el pastor de Anfriso '"^ cantaba extremada y divinamente, 
alabando á la sin par >> Belisarda, sin haber en todos los montes de 
Arcadia árbol en cuyo tronco no se hubiese sentado á cantar, desde 
que salía el sol en los brazos del Aurora hasta que se ponía en 
los de Tetis; y aun después de haber tendido la negra noche por la 
faz ^ de la tierra sus negras y escuras alas, él no cesaba de sus bien 
cantadas y mejor lloradas quejas. No se le quedaba entre renglones 
el pastor Elicio, ^"^ más enamorado que atrevido, de quien decía que 
sin atender á sus amores ni á su ganado, se entraba en los cuidados 
ajenos. Decía también que el gran Pastor de Fílida, único pintor de 
un retrato, ^"^ había sido más confiado que dichoso. De los desma- 
yos de Sireno y arrepentimiento de Diana ^"^ decía que daba gra- 
cias á Dios y á la sabia Felicia, que, con su agua encantada, des- 
hizo aquella máquina de enredos y aclaró aquel laberinto de difi- 
cultades. Acordábame de otros muchos libros que de este jaez la 
había oído «' leer, pero no eran dignos de traerlos á la memo- 
ria. "5 

CIPIÓN 

Aprovechándote vas, Berganza, de mi aviso; murmura, pica y 
pasa, y sea tu intención limpia, aunque la lengua no lo parezca. 

BERGANZA 

En estas materias nunca tropieza la lengua si no cae primero la 
intención; pero si acaso, por descuido ó por malicia, murmurare, 
responderé á quien me reprehendiere lo que respondió Mauleón, 
poeta tonto y académico de burla de la Academia de los Imitado- 



a. churumbelas. R. 

b. simpar, i. 

c. [falta el la, aunque se apunta en el reclamo del folio anterior.] 2. 

d. le había oído. R. 



— 297 — 

res, ^**" á uno que le preguntó que qué quería decir " Deuin de Deo, 
y respondió que dé donde diere. '"' 

CIPIÓN 

Ésa fué '' respuesta de un simple; pero tú, si eres discreto ó lo 
quieres ser, nunca has de decir cosa de que debas dar disculpa. Di 
adelante. 

BERGANZA 

Digo que todos los pensamientos que he dicho, y muchos más, 
me causaron ver los diferentes tratos y ejercicios que mis pastores, 
y todos los demás de aquella marina "** tenían de aquellos que 
había oído leer que tenían los pastores de los libros; porque si los 
míos cantaban, no eran canciones acordadas y bien compuestas, 
sino un "Cata el lobo dó va , Juanica" , i*"" '^ y otras cosas semejantes, 
y ésto no al son de chirumbelas, '' rabeles ó gaitas, sino al que 
hacía el dar un cayado con otro, ó al de algunas tejuelas puestas 
entre los dedos; ''** y no con voces delicadas, sonoras y admira- 
bles, sino con voces roncas, que, solas ó juntas, parecía, no que 
cantaban, sino que gritaban ó gruñían. Lo más del día ' se les pasaba 
espulgándose ó remendando /sus abarcas; ni entre ellos se nom- 
braban Amarilis, Fílidas, Calatease y Dianas, "^ ni había Lisardos, 
Lausos, Jacintos ni Riselos: ''- todos eran Antones, Domingos, 
Pablos, ó Llorentes; por donde vine á entender lo que pienso que 
deben de creer todos: que todos aquellos libros son cosas soñadas 
y bien escritas, para entretenimiento de los ociosos, y no verdad 
alguna; que, á serlo, entre mis pastores hubiera alguna reliquia de 
aquella felicísima vida y de aquellos amenos prados, espaciosas 
selvas, sagrados montes, hermosos jardines, arroyos claros y cris- 



a. 


preguntó que quería decir. 2 y A'. 




b. 


Ésta fué. R. 




c. 


Cata el lobo do va Juanica. i y 3. 


— Cata el lobo, do va Juanica. K. 


d. 


churumbelas. A'. 




e. 


de el día. 2. 




/■ 


remendándose. 2 y Ji. 




g- 


Caleteas. ¡. 





— 298 — 

talinas fuentes, y de aquellos tan honestos cuanto bien declarados 
requiebros, y de aquel desmayarse aquí el pastor, allí la pastora, 
acullá resonar la zampona del uno, acá el caramillo del otro. 

CIPIÓN 

Basta, Berganza; vuelve á tu senda, y camina. 

BERGANZA 

Agradézcotelo, Cipión amigo; porque si no me avisaras, de ma- 
nera se me iba calentando la boca, que no parara hasta pintarte un 
libro entero destos que me tenían engañado; pero tiempo vendrá en 
que lo diga todo con mejores razones y con mejor discurso que 
ahora. "-^ 

CIPIÓN 

Mírate á los pies, y desharás la rueda, "* Berganza; quiero de- 
cir que mires que eres un animal que parece de razón, y si ahora 
muestras tener alguna, ya hemos averiguado entre los dos ser cosa 
sobrenatural y jamás vista. 

BERGANZA 

Eso fuera ansí " si yo estuviera en mi primera ignorancia; mas aho- 
ra que me ha venido á la memoria lo que te había de haber dicho 
al principio de nuestra plática, "^ no sólo no me maravillo de lo que 
hablo, pero espantóme de lo que dejo de hablar. 

CIPIÓN 

Pues ¿ahora no puedes >> decir lo que ahora se te acuerda? 

BERGANZA 

Es una cierta historia que me pasó con una grande hechicera, 
discípula de la Camacha de Montilla. 



a. así. 2 y /i. 

b. Pues ahora no puedes, /ya. 
Pues ahora ¿no puedes. R. 



, — 299 — 

CIPIÓN 

Digo que me la cuentes, antes que pases más adelante en el 
cuento de tu vida. 

BERGANZA 

Eso no haré yo, por cierto, hasta su tiempo; ten paciencia, y es- 
cucha por su orden mis sucesos; que asi te darán más gusto, si ya 
no te fatiga querer saber los medios antes de los principios. 

CIPIÓN 

Sé breve, y cuenta lo que quisieres, y como quisieres. 

BERGANZA 

Digo, pues, que yo me hallaba bien con el oficio de guardar ga- 
nado, por parecerme que comía el pan de mi sudor y trabajo, y que 
la ociosidad, raiz y madre de todos los vicios, no tenía que ver 
conmigo, á causa que, si los días holgaba, las noches no dormía, 
dándonos asaltos á menudo y tocándonos á arma" los lobos; y 
apenas me habían dicho los pastores: "¡Al lobo, Barcino!", cuando 
acudía, primero que los otros perros, á la parte que me señalaban 
que estaba el lobo; corría los valles, escudriñaba los montes, des- 
entrañaba las selvas, saltaba barrancos, cruzaba caminos, y á la ma- 
ñana volvía al hato, sin haber hallado lobo ni rastro del, anhelando, 
cansado, hecho pedazos, y los pies abiertos de los garranchos, y 
hallaba en el hato, ó ya una oveja muerta, ó un carnero degollado 
y medio comido del lobo. Desesperábame de ver de cuan poco ser- 
vía mí mucho cuidado y diligencia. 

Venía el señor del ganado; salían los pastores á recebírle, con las 
pieles de la res muerta; culpaba á los pastores por negligentes, y 
mandaba castigar á los perros por perezosos. Llovían sobre nos- 
otros palos, y sobre ellos reprehensiones; '' y asi, viéndome un día 



a. al arma. R. 

i. reprensiones. R. 



— 300 — 

castigado sin culpa, y que mi cuidado, ligereza y braveza no eran de 
proveclio para coger el lobo, determiné de mudar estilo, no desvián- 
dome á buscarle, como tenia de costumbre, lejos del rebaño, sino 
estarme junto á él; que pues el lobo allí venía, allí sería más cierta 
la presa. 

Cada semana nos tocaban á rebato, y en una escurísima noche 
tuve yo vista para ver los lobos , de quien era imposible que el ga- 
nado se guardase. Agácheme detrás de una mata, pasaron los perros 
mis compañeros adelante, y desde allí oteé y vi que dos pastores 
asieron de un carnero de los mejores del aprisco, y le mataron, de 
manera que, verdaderamente, pareció á la mañana que había sido 
su verdugo el lobo. Pásmeme, quedé suspenso cuando vi que los 
pastores eran los lobos, y que despedazaban el ganado los mismos 
que le habían de guardar. " Al punto hacían saber á su amo la 
presa del lobo, dábanle el pellejo y parte de la carne, y comíanse 
ellos lo más y lo mejor. Volvía á reñirles el señor, y volvía también 
el castigo de los perros; no había lobos; menguaba el rebaño; qui- 
siera yo descubrillo; hallábame mudo; todo lo cual me traía lleno 
de admiración y de congoja. « ¡ Válame Dios!, decía entre mí, ¿quién 
podrá remediar esta maldad? ¿Quién será poderoso á dar á enten- 
der que la defensa ofende, que las centinelas duermen, que la con- 
fianza roba, y que el que os guarda os mata?» '' 

CIPIÓN 

Y decías ' muy bien, Berganza; porque no hay mayor ni más 
sotiW ladrón que el doméstico, y asi, mueren muchos más de los 
confiados que de los recatados; pero el daño está en que es impo- 
sible que puedan pasar bien las gentes en el mundo si no se fía y 



a. los que le h»b'an de guardar, z. 

b. os mata! /. 
os mata, 2. 

c. y decíais. K. 

d. sutil. 3 'j R. 



— 301 



se confía; mas quédese aquí esto, que no quiero que parezcamos 
predicadores. " Pasa adelante. 

BERQANZA 

Paso adelante y digo que determiné dejar aquel oficio, aunque 
parecía tan bueno, y escoger otro, donde por liacerle bien, ya que 
no fuese remunerado, no fuese castigado. Volvíme á Sevilla, y 
entré á servir á un mercader muy rico. 

CIPIÓN 

¿Qué modo tenias para entrar con amo? Porque, según lo que 
se usa, con gran dificultad el día de hoy halla un hombre de bien 
señor á quien servir, i^* Muy diferentes son los señores de la tierra 
del Señor del cielo; aquéllos, para recebir un criado, ^^' primero le 
espulgan el linaje, examinan la habilidad, le marcan la apostura, y 
aun quieren saber los vestidos que tiene; pero para entrar á servir 
á Dios, el más pobre es más rico, el más humilde de mejor linaje, y 
con sólo que se disponga, con limpieza de corazón, á querer ser- 
virle, luego le manda poner en el libro de sus gajes, señalándose- 
los tan aventajados, que, de muchos y de grandes, -'' apenas pueden 
caber en su deseo. 

BERQANZA 

Todo eso es predicar, Cipión amigo. 

CIPIÓN 

Así me lo parece á mí , y así , callo. 

BERQANZA 

Á lo que me preguntaste del orden que tenía para entrar con amo, 
digo que ya tú sabes que la humildad es la basa y fundamento de 



o. Predicadores. /. 
b. y fjrandes. K. 



— 302 — 

todas virtudes, y que sin ella no liay alguna « que lo sea. Ella allana 
inconvenientes, vence dificultades, y es un medio que siempre á 
gloriosos fines nos conduce; de los enemigos hace amigos, templa 
la cólera de los airados y menoscaba la arrogancia de los soberbios, 
es madre de la modestia y hermana de la templaza; en fin, con ella 
no pueden atravesar triunfo que les sea de provecho los vicios, 
porque en su blandura y mansedumbre se embotan y despuntan las 
flechas de los pecados. Désta, pues, me aprovechaba yo cuando 
queria entrar á servir en alguna casa, habiendo primero considerado 
y mirado muy bien ser casa que pudiese mantener, y donde pudiese 
entrar, un perro grande; luego, arrimábame á la puerta, y cuando, 
á mi parecer, entraba algún forastero, le ladraba; y cuando venía el 
señor, bajaba la cabeza y, moviendo la cola, me iba á él, y con la 
lengua le limpiaba los zapatos. Si me echaban ''' á palos, sufríalos, y 
con la misma mansedumbre volvía á hacer halagos al que me apa- 
leaba, que ninguno segundaba, viendo mi porfía y mi noble térmi- 
no. i>« Desta manera, á dos porfías, me quedaba en casa; servía 
bien, queríanme luego bien, y nadie me despidió, si no era que yo 
me despidiese, ó, por mejor decir, me fuese; y tal vez hallé amo, 
que éste fuera el día que yo estuviera en su casa, si la contraria 
suerte no me hubiera perseguido. 

CIPIÓN 

De la misma manera que has contado entraba yo con los amos 
que tuve, y parece que nos leímos los pensamientos. 

BERGANZA 

Como en esas cosas nos hemos encontrado, si no me engaño, y 
yo te las diré á su tiempo, como tengo prometido; y ahora escu- 
cha 11" lo que me sucedió después que dejé el ganado en poder de 
aquellos perdidos. 



a. ninguna. 2 y S. 

i. echaba. 2. 



— 303 — 

Volvíme á Sevilla, como dije, que es amparo de pobres y refugio 
de desechados; que en su grandeza no sólo caben los pequeños, 
pero no se echan de ver los grandes; arrímeme á la puerta de 
una gran casa de un mercader, hice mis acostumbradas diligencias, 
y á pocos lances me quedé en ella. Recibiéronme " para tenerme 
atado detrás de la puerta de día, y suelto de noche; servía con gran 
cuidado y diligencia: ladraba á los forasteros y gruñía á los que no 
eran muy conocidos; no dormía de noche, visitando los corrales, 
subiendo á los terrados, hecho universal centinela de la mía y de 
las casas '• ajenas. 

Agradóse tanto mi amo de mi buen servicio, que mandó que me 
tratasen bien y me diesen ración de pan y los huesos que se le- 
vantasen ó arrojasen de su mesa, con las sobras de la cocina; á lo 
que yo me mostraba agradecido, dando infinitos saltos cuando veía 
á mi amo, especialmente cuando venía de fuera, que eran tantas las 
muestras de regocijo que daba, y tantos los saltos, que mi ' amo or- 
denó que me desatasen y me dejasen andar suelto de día y de no- 
che. Como me vi suelto, i^<* corrí á él, rodéele todo, sin osar llegarle 
con las manos, acordándoseme'^ de la fábula de Ysopo, ' cuando 
aquel asno tan asno, que quiso hacer á su señor las mismas caricias 
que le hacía una perrilla regalada suya, que le granjearon ser molido / 
á palos. 1^^ Parecióme que en esta fábula se nos dio á entender que 
las gracias y donaires de algunos no están bien en otros: apode el 
truhán, juegue de manos y voltee el histrión,.".' rebuzne el picaro, 
imite el canto de los pájaros y los diversos gestos y acciones de los 
animales y los hombres el hombre bajo que se hubiere dado á ello, 
y no lo quiera hacer el hombre principal, á quien ninguna habilidad 
déstas le puede dar crédito ni nombre honroso. 



a. recebiéronine. R. 

/). cosas. 1 y 2. 

c. m amo. 3 [falta la i de mi , por final de renjílón]. 

d. acordándome, i y A'. 

e. Esopo. R. 

f. molidos. 2. 

g. istrión. I, 2 y R. 



— 304 — 
CIPIÓN 

Basta; adelante, Berganza, que ya estás entendido. 

BERGANZA 

¡Ojalá qué, como tú me entiendes, me entendiesen aquellos por 
quien lo digo! que no sé qué tengo de buen natural, que me pesa 
infinito cuando veo que un caballero se hace chocarrero, ^^s y se 
precia que sabe jugar los cubiletes y las agallas, ^'s y que no hay 
quien como él sepa bailar la chacona. ^'^^ Un caballero conozco yo 
que se alababa que, á ruegos de un sacristán, había cortado de pa- 
pel treinta y dos florones " para poner en un Monumento, sobre 
paños negros, 1^5 y ¿estas cortaduras hizo tanto caudal, que así lle- 
vaba á sus amigos á verlas como si los llevara á ver las banderas 
y despojos de enemigos que sobre la sepultura de sus padres y 
abuelos estaban puestas. 

Este mercader, pues, tenía dos hijos, el uno de doce y el otro 
de hasta catorce años, los cuales estudiaban gramática en el Estu- 
dio de la Compañía de Jesús; ''' ^-'' iban con autoridad, con ayo y con 
pajes que les llevaban los libros y aquel que llaman vade mecum. '" 
El verlos ir con tanto aparato, en sillas si hacía sol, en coche si 
llovía, 12S me hizo considerar y reparar en la mucha llaneza con que 
su padre iba á la Lonja ' 129 ¿ negociar sus negocios, porque no 
llevaba otro criado que un negro, y algunas veces se desmandaba 
á ir en un machuelo aun no bien aderezado. 

CIPIÓN 

Has de saber, Berganza, que es costumbre y condición de los 
mercaderes de Sevilla, y aun de las otras ciudades, mostrar su auto- 
ridad y riqueza, no en sus personas, sino en las de sus hijos; por- 



ra. Jiores. R, 

b. de Jesús. /. 

c. la lonja i , 2 y R. 



— 305 — 

que los mercaderes son mayores en su sombra que en sí mismos, y 
como ellos por maravilla atienden á otra cosa que á sus tratos y 
contratos, trátanse modestamente; y como la ambición y la riqueza 
muere por manifestarse, revienta por sus hijos, y así, los tratan y 
autorizan como si fuesen hijos de algún príncipe; y algunos hay que 
les procuran " títulos y ponerles en el pecho la marca que tanto dis- 
tingue la gente principal de la plebeya. '•'" 

BERQANZA 

Ambición es, pero ambición generosa, la de aquel que pretende 
mejorar su estado sin perjuicio de tercero. 

CIPIÓN 

Pocas ó ninguna vez se cumple con la ambición , que no sea con 
daño de tercero. 

BERGANZA 

Ya hemos dicho que no hemos de murmurar. 

CIPIÓN 

Si, que yo no murmuro de nadie. 

BERGANZA 

Ahora acabo de confirmar por verdad lo que muchas veces he 
oído decir. Acaba un maldiciente murmurador de echar á perder 
diez linajes, y de caluniar ''' veinte buenos, y si alguno le reprehen- 
de ' por lo que ha dicho, responde que él no ha dicho nada; y que 
si ha dicho algo, no lo ha dicho por tanto; y que si pensara que al- 
guno se había de agraviar, no lo dijera. Á la fe, Cipión, mucho ha de 
saber y muy sobre los estribos ha de andar el que quisiere susten- 



a. los procuran. R. 
ó. calumniar. J¿. 
c. refrtnde. 2. 

ao 



— 3o6 — 

tar dos horas de conversación sin tocar los limites de la murmura- 
ción; porque yo veo en mí que, con ser un animal, como soy, á 
cuatro razones que digo, me acuden palabras á la lengua como mos- 
quitos al vino, y todas maliciosas y murmurantes; por lo cual vuel- 
vo á decir lo que otra vez he dicho: que el hacer y decir mal lo he- 
redamos de nuestros primeros padres, y lo mamamos en la leche. 
Vese " claro en que apenas ha sacado el niño el brazo de las fajas, 
cuando levanta la mano con muestras de querer vengarse de quien, 
á su parecer, le ofende; y casi la primera palabra articulada que 
habla es llamar puta á su ama ó á su madre. 

CIPIÓN 

Asi es verdad, y yo confieso mi yerro, y quiero que me le perdo- 
nes, pues te he perdonado tantos: echemos pelillos á la mar (como 
dicen los muchachos), "" y no murmuremos de aquí adelante; y si- 
gue tu cuento, que le dejaste en la autoridad con que los hijos del 
mercader tu amo iban al Estudio de la Compañía de Jesús. 

BERGANZA 

Á Él ''' me encomiendo en todo acontecimiento; y aunque el dejar 
de murmurar lo tengo por dificultosQ, pienso usar de un remedio 
que oí decir que usaba un gran jurador, el cual, arrepentido de su 
mala costumbre, cada vez que, después de su arrepentimiento, ju- 
raba, se daba un pellizco en el brazo, ó besaba la tierra, en pena de 
su culpa; pero, con todo esto, juraba. Así yo, cada vez que fuere 
contra el precepto que me has dado de que no murmure y contra la' 
intención que tengo de no murmurar, me morderé el pico de la len- 
gua, de modo que me duela y me acuerde de mi culpa, para no 
volver á ella. 

CIPIÓN 

Tal es ese remedio, que, si usas del, espero que te has de morder 



a. Veese. i y 2. 
6. A él. J, 2y J{. 



— 307 — 

tantas veces, que has de quedar sin lengua, y así, quedarás imposi- 
bilitado de murmurar. 

BERQANZA 

Á lo menos, yo haré de mi parte mis diligencias, y supla las faltas 
el cielo. Y así, digo que los hijos de mi amo se dejaron un día un 
cartapacio en el patio, donde yo á la sazón estaba; y como estaba 
enseñado á llevar la esportilla del jifero mi amo, así del vade mecum 
y fuíme tras ellos, con intención de no soltalle hasta el Estudio. Su- 
cedióme todo como lo deseaba : que mis amos, que me vieron venir 
con el vade mecum en la boca, asido sotilmente " de las cintas, man- 
daron á un paje me le quitase; '' mas yo no lo consentí, ni le solté, 
hasta que entré en el aula con él, ' cosa que causó risa á todos los 
estudiantes. Llegúeme al mayor de mis amos, y, á mi parecer, con 
mucha crianza, se le puse en las manos, y quédeme sentado en cu- 
clillas á la puerta del aula, mirando de hito en hito al maestro que 
en la cátedra leía. 

No sé qué tiene la virtud, que, con alcanzárseme á mí tan poco ó 
nada della, luego recibí «'gusto de ver el amor, el término, la solici- 
tud y la industria con que aquellos benditos padres y maestros en- 
señaban á aquellos niños, enderezando las tiernas varas de su ju- 
ventud, porque no torciesen ni tomasen mal siniestro en el camino 
de la virtud, que juntamente con las letras les mostraban. Conside- 
raba cómo los reñían con suavidad, los castigaban con misericordia, 
los animaban con ejemplos, los incitaban con premios, y los sobre- 
llevaban con cordura, y, finalmente, cómo les pintaban la fealdad y 
horror de los vicios, y les dibujaban la hermosura de las virtudes, 
para que, aborrecidos ellos y amadas ellas, consiguiesen el fin para 
que fueron criados. '^^ 



a. sutilmente. 2. 

h. que me le quitase. 2. 

c. en el aula , cosa que. R. 

d, recehí. 2 y R. 



— 308 — 



CIPIÓN 



Muy bien dices, Berganza; porque yo lie oído decir desa bendita 
gente que para repúblicos del mundo, no los hay tan prudentes en 
todo él; y para guiadores y adalides del camino del cielo, pocos les 
llegan. Son espejos donde se mira la honestidad, la católica dotrina, " 
la singular prudencia y, finalmente, la humildad profunda, * basa so- 
bre quien se levanta todo el edificio de la bienaventuranza. 

BERGANZA 

Todo es así como lo dices; y, siguiendo mi historia, digo que 
mis amos gustaron de que les llevase siempre el vade mecum, lo que 
hice de muy buena voluntad; con lo cual tenía una vida de rey, y 
aún mejor, porque era descansada, á causa que los estudiantes die- 
ron en burlarse conmigo, y domestiquéme con ellos de tal manera, 
que me metían la mano en la boca, y los más chiquillos subían so- 
bre mí; arrojaban los bonetes ó sombreros, y yo se los volvía á la 
mano limpiamente y con muestras de grande regocijo. Dieron en 
darme de comer cuanto ' ellos podían, y gustaban de ver que cuando 
me daban nueces ó avellanas, las partía como mona, dejando las 
cascaras y comiendo lo tierno; tal hubo que, por hacer prueba de 
mi habilidad, me trujo i*-^ en un pañuelo gran cantidad de ensalada, 
la cual comí como si fuera persona. Era tiempo de invierno, cuando 
campean en Sevilla los molletes y mantequillas, '^^ de quien era tan 
bien servido, que más de dos Antonios ^^^ se empeñaron ó vendie- 
ron para que yo almorzase, i^"* Finalmente, yo pasaba una vida de 
estudiante sin hambre y sin sarna, que es lo más que se puede en- 
carecer para decir que era buena; porque si la sarna y la hambre no 
fuesen tan unas con los estudiantes, '^^ en las vidas no habría '^ otra 



a. doctrina. Ji. 

b. la humildad profunda basa, sobre. /. 
la humildad, profunda basa, sobre. 2. 

c. cuando. 2. 

d. habriá. j y í. 



— 309 — 

de más gusto y pasatiempo, porque corren parejas en ella la virtud 
y el gusto, y se pasa la mocedad aprendiendo y holgándose. 

Desta gloria y desta quietud me vino á quitar una señora, que, 
á mi parecer, llaman por ahi razón de estado, que cuando con ella 
se cumple, se ha de descumplir con otras razones muchas. Es el 
caso que á aquellos señores " maestros "^ les pareció que la media 
hora que hay de lición á lición, i^" la ocupaban los estudiantes, no 
en repasar las liciones, sino en holgarse conmigo; y así, ordenaron 
á mis amos que no me llevasen más al Estudio. Obedecieron, vol- 
viéronme á casa y á la antigua guarda de la puerta, y sin acordarse 
señor el viejo * "" de la merced que me habia hecho de que de dia 
y de noche anduviese suelto, volví á entregar el cuello á la cadena, 
y el cuerpo á una esterilla que detrás de la puerta me pusieron. 

¡Ay, amigo Cipión, si supieses cuan dura cosa es de sufrir el 
pasar de un estado felice á un desdichado! Mira: cuando las mise- 
rias y desdichas tienen larga la corriente y son continuas, ó se aca- 
ban presto, con la muerte, ó la continuación dellas hace un hábito y 
costumbre en padecellas, que suele en su mayor rigor servir de ali- 
vio; mas cuando de la suerte desdichada y calamitosa, sin pensarlo 
y de improviso, se sale á gozar de otra suerte próspera, venturosa y 
alegre, y de allí á poco se vuelve á padecer la suerte primera y á 
los primeros trabajos y desdichas, es un dolor tan riguroso, que si 
no acaba la vida, es por atormentarla más viviendo. 

Digo, en fin, que volví á rni ración perruna y á los huesos que 
una negra de casa me arrojaba, y aun éstos me dezmaban ^ dos ga- 
tos romanos, ^^^ que, como sueltos y ligeros, érales fácil quitarme 
lo que no caía debajo del distrito que alcanzaba mi cadena. Cipión 
hermano, así el cielo te conceda el bien que deseas, que, sin que te 
enfades, me dejes ahora filosofar un poco; porque si dejase de decir 
las cosas que en este instante me han venido á la memoria, de 



a. que aquellos, i y 3. 

ó. y sin acordarse í¿ señor viejo. R. 

c. diezmaban. R. 



— 310 — 

aquellas que entonces me ocurrieron, me parece que no sería mi 
historia cabal , ni de fruto alguno. 

CIPIÓN 

Advierte, Berganza, no sea tentación del demonio esa gana de 
filosofar que dices te ha venido; porque no tiene la murmuración 
mejor velo para paliar y encubrir su maldad disoluta que darse á 
entender el murmurador que todo cuanto dice son sentencias de 
filósofos, y que el decir mal es reprehensión, « y el descubrir los 
defetos''' ajenos buen celo; y no hay vida de ningún murmurante 
que, si la consideras y escudriñas, no la halles llena de vicios y 
de insolencias. Y debajo de saber esto, filosofea ahora ^^'^ cuanto 
quisieres. 

BEROANZA ' 

Seguro puedes estar, Cipión, de que más murmure, porque así 
lo tengo prosupuesto. -^ Es, pues, el caso que, como me estaba todo 
el día ocioso, y la ociosidad sea madre de los pensamientos, di en 
repasar por la memoria algunos latines que me quedaron en ella, 
de muchos que oí cuando fui con mis amos al Estudio, con que, á 
mi parecer, me hallé algo más mejorado de entendimiento, y deter- 
miné, como si hablar supiera, aprovecharme dellos en las ocasiones 
que se me ofreciesen; pero en manera diferente de la que se suelen 
aprovechar algunos ignorantes. Hay algunos romancistas i*-^ que en 
las conversaciones disparan de cuando en cuando con algún latín 
breve y compendioso, "* dando á entender á los que no lo entien- 
den que son grandes latinos, y apenas saben declinar un nombre, 
ni conjugar un verbo. 

CIPIÓN 

Por menor daño tengo ése que el que hacen los que verdadera- 



a. reprensión. H. 

b. defectos. R. 

c. propuesto. R. 



3" 



mente saben latín, de los cuales hay algunos tan imprudentes, que 
hablando con un zapatero ó con un sastre, arrojan latines como 
agua. 

BERQANZA 

Deso podremos " inferir que tanto peca el que dice latines delante 
de quien los ignora, como el que los dice ignorándolos. 

CIPIÓN 

Pues otra cosa puedes advertir, y es que hay algunos que no les 
excusa el ser latinos de ser asnos. 

BERGANZA 

Pues ¿quién lo duda? La razón está clara; pues cuando en tiempo 
de los romanos hablaban todos latín, como lengua materna suya, 
algún majadero habría entre ellos á quien no excusaría el hablar 
latín dejar de ser necio. 

CIPIÓN 

Para saber callar en romance y hablar en latín, discreción es me- 
nester, hermano Berganza. 

BERGANZA 

Así es; porque también se puede decir una necedad en latín 
como en romance, y yo he visto letrados tontos, y gramáticos pe- 
sados, y romancistas vareteados con sus listas de latín, i*^ que con 
mucha facilidad pueden enfadar al mundo, no una, sino muchas 
veces. 

CIPIÓN 

Dejemos esto, y comienza á decir tus filosofías. 

BERQANZA 

Ya las he dicho; éstas son que acabo de decir. 



a, poetemos, z. 



— 3" — 
CIPIÓN 

¿Cuáles? 

BERQANZA 

Éstas de los latines y romances, que yo comencé y tú acabaste. 

CIPIÓN 

¿Al murmurar llamas filosofar?" ¡Así va ello! Canoniza, canoniza, 
Berganza, á la maldita plaga de la murmuración, y dale el nombre 
que quisieres; que ella dará á nosotros el de cínicos, que quiere ''' 
decir perros murmuradores; y por tu vida, que calles ya, y sigas 
tu historia. 

BERGANZA 

¿Cómo la tengo de seguir si callo? 

CIPIÓN 

Quiero decir que la sigas de golpe, sin que la hagas que parezca 
pulpo, según la vas añadiendo colas. 

BERQANZA 

Habla con propiedad; que no se llaman colas las del pulpo, i*^ 

CIPIÓN 

Ése es el error que tuvo el '^ que dijo que no era torpedad ni vicio 
nombrar las cosas por sus propios nombres, como si no fuese me- 
jor, ya que sea forzoso nombrarlas, decirlas por circunloquios y ro- 
deos, que templen la asquerosidad que causa el oirías por sus 
mismos nombres. Las honestas palabras dan indicio de la honesti- 
dad del que las pronuncia ó las escribe. 

a. filosofía ? 2. 

b. quiero, i. 

c. el 1. 



313 



BEROANZA 



Quiero creerte, y digo que, no contenta mi fortuna de haberme 
quitado de mis estudios, y de la vida que en ellos pasaba, tan re- 
gocijada y compuesta, y haberme puesto atraillado tras de una 
puerta, y de haber trocado la liberalidad de los estudiantes en la 
mezquinidad " ^^ de la negra, ordenó de sobresaltarme en lo que ya 
por quietud y descanso tenía. 

Mira, Cipión: ten por cierto y averiguado, como yo lo tengo, que 
al desdichado las desdichas le buscan y le hallan, aunque se escon- 
da en los últimos rincones de la tierra. Digolo porque la negra de 
casa estaba enamorada de un negro, asimismo esclavo de casa, '^"^ 
el cual negro dormía en el zaguán, que es entre la puerta de la calle 
y la de enmedio, detrás de la cual yo estaba, y no se podían juntar 
sino de noche, y para esto habían hurtado ó contrahecho las llaves; 
y así, las más de las noches bajaba la negra, y tapándome la boca 
con algún pedazo de carne ó queso, abría al negro, con quien se 
daba buen tiempo, "" facilitándolo mi silencio, y á costa de muchas 
cosas que la negra hurtaba. Algunos días me estragaron la concien- 
cia las dádivas de la negra, pareciéndome que sin ellas se me apre- 
tarían las ijadas, y daría de mastín en galgo; pero, en efeto, * lleva- 
do de mi buen natural, quise responder á lo que á mi amo debía, 
pues tiraba sus gajes y comía su pan, como lo deben hacer, no sólo 
los perros honrados, á quien .'' se les da renombre de agradecidos, 
sino todos aquellos que sirven. 

CIPIÓN 

Esto sí, Berganza, quiero que pase por filosofía, porque son ra- 
zones que consisten en buena verdad y en buen entendimiento; y 
adelante, y no hagas soga, por no decir cola, de tu historia. 



a. mezquindad, R. 

b. efecto. K. 

c. quienes. R. 



— 3«4 — 
BERGANZA 

Primero te quiero rogar me digas, si es que lo sabes, qué quiere 
decir filosofía; " que aunque yo la nombro, no sé lo que es; sólo me 
doy á entender que es cosa buena. 

CIPIÓN 

Con brevedad te la diré. '' "* Este nombre se compone de dos 
nombres griegos, que son filos y sofía: filos quiere decir amor, y 
sofía, la ciencia; así que filosofía significa amor de la ciencia, y filó- 
sofo, amador de la ciencia. 

BERGANZA 

Mucho sabes, Cipión. ¿Quién diablos te enseñó á ti nombres 
griegos? 

CIPIÓN 

Verdaderamente, Berganza, que eres simple, pues desto haces 
caso; porque éstas son cosas que las saben los niños de la escuela, 
y también hay quien presuma saber la lengua griega sin saberla, 
como la latina ignorándola. 

BERGANZA 

Eso es lo que yo digo, y quisiera que á estos tales los pusieran 
en una prensa, y, á fuerza de vueltas, les sacaran el jugo de lo que 
saben, porque no anduviesen engañando el mundo "^ con el oropel 
de sus gregüescos rotos y sus latines falsos, como hacen los portu- 
gueses con los negros de Guinea. ^^^ 

CIPIÓN 

Ahora sí, Berganza, que te puedes morder la lengua, y tarazár- 
mela yo, porque todo cuanto decimos es murmurar. 



a. filosofia/" / y 2. 
i. te lo diré. ü. 
c. a/ mundo. R. 



315 



BERQANZA 



Sí, que no estoy obligado á hacer lo que he oído decir que hizo 
uno llamado " Corondas, tirio, ^^^ el cual puso ley que ninguno en- 
trase en el Ayuntamiento * de su ciudad con armas, so pena de la 
vida. Descuidóse desto, y otro día entró en el cabildo ceñida la es- 
pada; advirtiéronselo, y acordándose de la pena por él puesta, al mo- 
mento desenvainó su espada, y se pasó con ella el pecho, y fué el 
primero que puso y quebrantó la ley y pagó la pena. Lo que yo dije 
no fué poner ley, sino prometer que me mordería la lengua cuando 
murmurase; pero ahora no van las cosas por el tenor y rigor de las 
antiguas: hoy se hace una ley, y mañana se rompe, y quizá convie- 
ne que así sea. "^ Ahora promete uno de enmendarse de sus vicios, 
y de allí á un momento cae en otros mayores. Una cosa es alabar 
la disciplina, y otra el darse con ella; y, en efeto, ' del dicho al he- 
cho hay gran trecho. Muérdase el diablo; que yo no quiero mor- 
derme, ni hacer finezas detrás de una estera, donde de nadie soy 
visto que pueda alabar mi honrosa determinación. 

CIPIÓN 

Según eso, Berganza, si tú fueras persona, fueras hipócrita, y 
todas las obras que hicieras fueran aparentes, fingidas y falsas, cu- 
biertas con la capa de la virtud, sólo porque te alabaran, como 
todos los hipócritas hacen. 

BERQANZA 

No sé lo que entonces hiciera: esto sé que quiero hacer ahora, 
que es no morderme, quedándome tantas cosas por decir, que no 
sé cómo ni cuándo podré acabarlas, y más estando temeroso que 
al salir del sol nos hemos de quedar á escuras, faltándonos la 
habla. 



a. un llamado. A'. 

b. ayuntamiento. 2 y R. 

c. efecto. R. 



3i6 



CIPIÓN 

Mejor lo hará el cielo. Sigue tu historia, y no te desvíes del ca- 
mino carretero con impertinentes digresiones; y así, por larga que 
sea, la acabarás presto. 

BEROANZA 

Digo, pues, que habiendo visto la insolencia, ladronicio « '** y 
deshonestidad de los negros, determiné, como buen criado, estor- 
barlo por los mejores medios que pudiese, y pude tan bien, ''' que 
salí con mi intento. Bajaba la negra, como has oído, á refocilarse 
con el negro, fiada en que me enmudecían los pedazos de carne, 
pan ó queso que me arrojaba ¡Mucho pueden las dádivas, Cipión! 

CIPIÓN 

Mucho. No te diviertas; ^^* pasa adelante. 

BERGANZA 

Acuerdóme que cuando estudiaba oí decir al precetor ' un refrán 
latino, que ellos llaman adagio, que decía: " habet bovem in lin- 
gua ". is» 

CIPIÓN 

¡Oh, que en hora mala hayáis encajado vuestro latín! ¿Tan presto 
se te ha olvidado lo que poco ha dijimos contra los que entreme- 
ten latines en las conversaciones de romance? '^ 

BEROANZA 

Este latín viene aquí de molde: que has de saber que los atenien- 
ses usaban, entre otras, de una moneda sellada con la figura de un 



o. latrocinio. Ji. 
h. también. 2. 

c. preceptor. R. 

d. romance, /ya. 
romances? R. 



— 317 — 

buey, y cuando algún juez dejaba de decir ó hacer lo que era razón 
y justicia, por estar colieciíado, decían: "Éste tiene el buey en la 
lengua." 

CIPIÓN 

La aplicación falta. 

BERGANZA 

¿No está bien clara, si las dádivas de la negra me tuvieron mu- 
ctios días mudo, que ni quería ni osaba ladrarla" cuando bajaba á 
verse con su negro enamorado? '' Por lo que vuelvo á decir que pue- 
den mucho las dádivas. 

CIPIÓN 

Ya te he respondido que pueden mucho; y si no fuera por no ha- 
cer ahora una larga digresión, con mil ejemplos probara lo mucho 
que las dádivas pueden; mas quizá lo diré, si el cielo me concede 
tiempo, lugar y habla para contarte mi vida. 

BERGANZA 

Dios te dé lo que deseas, y escucha. Finalmente, mi buena inten- 
ción rompió por las malas dádivas de la negra, á la cual, bajando 
una noche muy escura á su acostumbrado pasatiempo, arremetí sin 
ladrar, porque no se alborotasen los de casa, y en un instante le 
hice pedazos toda la camisa» y le arranqué un pedazo de muslo; 
burla que fué bastante á tenerla de veras más de ocho días en la 
cama, fingiendo, para con sus amos, no sé qué enfermedad. Sanó, 
volvió otra noche, y yo volví á la pelea con mi perra, <^ "' y, sin 
morderla, la arañé todo el cuerpo, como si la hubiera cardado como 
manta. Nuestras batallas eran á la sorda, de las cuales salía siempre 
vencedor, y la negra, malparada y peor contenta; «' pero sus enojos 



a. ladrar. R. 

h. enamorado. / y ¿. 

í'. con ella. R. 

d. [falta] y peor contenta. 3. 



- 3i8 - 

se parecían bien en mi pelo « y en mi salud; alzóseme con la ración 
y los huesos, y los míos poco á poco iban señalando los nudos ^ del 
espinazo. Con todo esto, aunque me quitaron el comer, no me pu- 
dieron quitar el ladrar; pero la negra, por acabarme de una vez, me 
trujo una esponja frita con manteca; conocí la maldad, vi que era 
peor que comer zarazas: porque á quien la come se le hincha el es- 
tómago, y no sale del sin llevarse tras sí la vida; y, pareciéndome 
ser imposible guardarme de las asechanzas de tan indignados ene- 
migos, acordé de poner tierra en medio, quitándomeles delante de 
los ojos. 

Hálleme un día suelto, y, sin decir adiós á ninguno' de casa, me 
puse en la calle, y á menos de cien pasos me deparó la suerte al 
alguacil que dije al principio de mi historia que era grande amigo 
de mi amo Nicolás el Romo, '^'^ el cual apenas me hubo visto, 
cuando me conoció y me llamó por mi nombre. También le conocí 
yo, y al llamarme, me llegué á él con mis acostumbradas ceremo- 
nias y caricias. Asióme del cuello, y dijo á dos corchetes ' suyos: 
«Éste es famoso perro de ayuda, ^^^ que fué de un grande amigo 
mío; llevémosle á casa.» Holgáronse los corchetes y dijeron qué si 
era de ayuda, á todos sería de provecho. Quisieron asirme para lle- 
varme, y mi amo dijo que no era menester asirme; que yo me iría, 
porque le conocía. Háseme olvidado decirte que las carlancas con 
puntas de acero que saqué cuando me desgarré y ausenté del gana- 
do, me las quitó un gitano en una venta, y ya en Sevilla andaba sin 
ellas; pero el alguacil me puso un collar tachonado todo "" de latón 
morisco. Considera, Cipión, ahora '' esta rueda variable de la fortu- 
na mía: ayer me vi estudiante, y hoy me ves / corchete. 



a. peso. 2. 

b. ñudos. R. 

c. á los corchetes. R. 

d. tachonada todo. 2. 

e. agora, 2. 
f. vees. I y 2. 



— 3'9 — 



CIPIÓN 



Así va el mundo, y no hay para qué te pongas ahora á exagerar 
los vaivenes de fortuna, como si hubiera mucha diferencia de ser 
mozo de un jifero á serlo de un corchete. No puedo sufrir ni llevar 
en paciencia oir las quejas que dan de la fortuna algunos hombres, 
que la mayor que tuvieron fué tener premisas y esperanzas de llegar 
á ser escuderos. ¡Con qué maldiciones la maldicen! ¡Con cuántos 
improperios la deshonran! Y no por más de que porque piense el 
que los oye que de alta, próspera y buena ventura han venido á la 
desdichada " y baja en que los miran. 

BERQANZA 

Tienes razón; y has de saber que este alguacil tenía amistad con 
un escribano, con quien se acompañaba. Estaban los dos amance- 
bados con dos mujercillas, no de poco más á menos, ^ "" sino de 
menos en todo; verdad es que tenían algo de buenas caras; pero 
mucho de desenfado y de taimería putesca. Éstas les servían de red 
y de anzuelo para pescar en seco, en esta forma: vestíanse de suerte, 
que por la pinta descubrían la figura, ^^^ y á tiro de arcabuz mos- 
traban ser damas de la vida libre; andaban siempre á caza de extran- 
jeros, y cuando llegaba la vendeja ' i«- á Cáliz '^i^» y á Sevilla, lle- 
gaba la huella de su ganancia, no quedando bretón ' ^"^ con quien 
no embistiesen; y en cayendo el grasiento con alguna destas lim- 
pias, avisaban al alguacil y al escribano adonde y á qué posada 
iban, y en estando juntos, les daban asalto y los prendían por aman- 
cebados; pero nunca los llevaban á la cárcel, á causa que los extran- 
jeros siempre redimían / la vejación con dineros. 



a. 


desdicha, z. 


i. 


mas ó menos, R. 


c. 


Verdesa. i. 


d. 


Cádiz. R. 


e. 


Bretón (siempre). / y 2. 


f- 


redemian. 2. 



— 330 

Sucedió, pues, que la Colindres, " i*^ que así se llamaba la amiga 
del alguacil, pescó un bretón, unto y bisunto; ^'"' concertó con él 
cena y noche en su posada; dio el cañuto á su amigo, ^^ y apenas 
se habían desnudado, cuando el alguacil, el escribano, dos corche- 
tes y yo dimos con ellos. Alborotáronse los amantes, exageró el 
alguacil el delito, mandólos vestir á toda priesa para llevarlos á la 
cárcel, afligióse el bretón, terció, movido de caridad, el escribano, y 
á puros ruegos redujo la pena á solos '' cien reales, pidió el bretón 
unos follados de carnuza, "* que había puesto enjuna silla á los 
pies de la cama, donde tenía dineros para pagar su libertad, y no 
parecieron los follados, ni podían parecer; porque así como yo entré 
en el aposento, llegó á mis narices un olor de tocino, que me con- 
soló todo; descubríle con el olfato, y hállele en una faldriquera de 
los follados. Digo que hallé en ella un pedazo de jamón famoso, y 
por gozarle y poderle sacar sin rumor, saqué los follados á la calle, 
y allí me entregué en el jamón á toda mi voluntad; y cuando volví 
al aposento, hallé que el bretón daba voces, diciendo en lenguaje 
adúltero y bastardo, aunque se entendía, que le volviesen sus cal- 
zas, que en ellas tenía cincuenta escuü d' oro in oro. ^ Imaginó el 
escribano ó que la Colindres ó los corchetes se los habían robado; 
el alguacil pensó lo mismo: llamólos ''' aparte, "^ no confesó ninguno, 
y diéronse al diablo todos. Viendo yo lo que pasaba, volví á la calle 
donde había dejado los follados, para volverlos, pues á mí no me 
aprovechaba nada el dinero; no los hallé, porque ya algún ventu- 
roso que pasó se los había llevado. Como el alguacil vio que el 
bretón no tenía dinero para el cohecho, se desesperaba, y pensó 
sacar de la huéspeda de casa lo que el bretón no tenía: llamóla, y 
vino medio desnuda, y como oyó las voces y quejas del bretón, y 



a. Colindris. 2. 

li. á solo. R. 

e. escuti doro in oro. /. 

escuti (íe oro in oro. 2y R. 

d. llamóles. R. 

e. a parte, j y 2. 



321 



á la Colindres desnuda y llorando, al alguacil en cólera, y al escri- 
bano enojado, y á los corchetes despabilando lo que hallaban en el 
aposento, no le plugo mucho. Mandó el alguacil que se cubriese y 
se viniese con él á la cárcel, i«» porque consentía en su casa hom- 
bres y mujeres de mal vivir. Aquí fué ello; aquí si que fué cuando 
se aumentaron las voces y creció la confusión, porque dijo la 
huéspeda: 

— «Señor alguacil y señor escribano, no conmigo tretas, que en- 
trevo" toda costura; no conmigo dijes ni poleos; "" callen la boca 
y vayanse con Dios: si no, por mi santiguada, i" que arroje el bo- 
degón por la ventana, y que saque á plaza toda la chirinola desta 
historia; i" que bien conozco á la señora Colindres, y sé que ha 
muchos meses que es su cobertor el señor alguacil, y no hagan que 
me aclare más, sino vuélvase el dinero á este señor, y quedemos 
todos por buenos; porque yo soy mujer honrada, y tengo un marido 
con su carta de ejecutoria, ^ y con áperpenan rei de memoria, "» con 
sus colgaderos de plomo, ^'^ Dios sea loado, y hago este oficio muy 
limpiamente y sin daño de barras; el arancel tengo clavado ' donde 
todo el mundo le vea, '" y no conmigo cuentos; que por Dios que 
sé despolvorearme. ¡Bonita soy yo para que por mi orden entren 
mujeres con los huéspedes! Ellos tienen las llaves de sus aposen- 
tos, "« y yo no soy quince, i" que tengo de ver tras siete paredes. > 

Pasmados quedaron mis amos de haber oido la arenga de la 
huéspeda, y de ver cómo les leía la historia de sus vidas; pero 
como vieron que no tenían de quién sacar dinero, si della no, por- 
fiaban en llevarla á la cárcel. Quejábase ella al cielo de la sin razón 
y justicia"' i'« que la hacían, ' estando su marido ausente y siendo 
tan principal hidalgo. El bretón bramaba por sus cincuenta escuti. 
Los corchetes porfiaban que ellos no habían visto los follados, ni 



a. 


entreveo. R. 


b. 


carta executoría. s. 


€, 


enclavado. 2. 


d. 


y injusticia. R. 


e. 


le hacían. 2. 



31 



— 322 — 

Dios permitiese lo tal. " El escribano, por lo callado, insistía al al- 
guacil que mirase los vestidos de la Colindres, que le daba sospe- 
cha que ella debía de tener los cincuenta escuti, por tener de cos- 
tumbre visitar los escondrijos y faldriqueras de aquellos que con 
ella se envolvían. Ella decía que el bretón estaba borracho, y que 
debía de mentir en lo del dinero. 

En efeto, todo era confusión, gritos y juramentos, sin llevar modo 
de apaciguarse, ni se apaciguaran si al instante no entrara en el 
aposento el Teniente de asistente, que, viniendo á visitar aquella 
posada, ^'" las voces le llevaron adonde era la grita. Preguntó la 
causa de aquellas voces. La huéspeda se la dio muy por menudo. 
Dijo quién era la ninfa Colindres, que ya estaba vestida; publicó y 
hizo patente ^ la pública amistad suya y del alguacil; echó en la 
calle sus tretas y modo de robar; disculpóse á sí misma de que, con 
su consentimiento, jamás había entrado en su casa mujer de mala 
sospecha; canonizóse por santa, y á su marido por un bendito, y dio 
voces á una moza que fuese corriendo y trújese de un cofre la carta 
ejecutoria de su marido, para que la viese el señor Tiniente, "^ dicién- 
dole que por ella echaría de ver que mujer de tan honrado marido 
no podía hacer cosa mala, y que si tenía aquel oficio de casa de 
camas, ""* era á no poder más, que Dios sabía '^ lo que le pesaba, 
y que sí quisiera ella tener " alguna renta y pan cuotidiano /para 
pasar la vida, que tener aquel ejercicio. El Tenient^e, enfadado de 
su mucho hablar y presumir de ejecutoria, le dijo: 

— Hermana camera, yo quiero creer que vuestro marido tiene 
carta de hidalguía, con que vos me confeséis que es hidalgo me- 
sonero. ^**' 



a. permitiese tal. A". 

/'. Falta y hizo patente, i y R. 

c. Tenientí. 2y R. 

d. mas , y que Dios sabía. 2. 

e. y si quisiera ella tener. /. 

y si quisiera ella mas tener. R. 

f. cotidiano. R. 



— 323 — 

— Y con mucha honra, respondió la huéspeda; y ¿qué linaje hay 
en el mundo, por bueno que sea, que no tenga algún dime y direte? 

— Lo que yo os digo, hermana, es que os cubráis, que habéis de 
venir á la cárcel. 

La cual nueva dio con ella en el suelo. Arañóse el rostro, alzó el 
grito; pero, con todo eso, el Teniente, demasiadamente severo, los 
llevó á todos á la cárcel, conviene á saber: al bretón, á la Colindres 
y á la huéspeda. Después supe que el bretón perdió sus cincuenta 
escuti, y más diez en « que le condenaron en las costas; "*^ la hués- 
peda pagó otro tanto, y la Colindres salió libre por la puerta afue- 
ra; '^^ y el mismo día que la soltaron pescó á un marinero, que 
pagó por el bretón, con el mismo embuste del soplo; porque veas, 
Cipión, cuántos y cuan grandes inconvenientes nacieron de mi go- 
losina. 

CIPIÓN 

Mejor dijeras de la bellaquería de tu amo. 

BEROANZA 

Pues escucha; que aún más adelante tiraba la barra, puesto que 
me pesa de decir mal de alguaciles y de escribanos, i** 

CIPIÓN 

Sí, que decir mal de uno no es decirlo de todos; sí, que muchos 
y muy muchos escribanos hay buenos, fieles y legales, '■^^ y amigos 
de hacer placer, sin daño de tercero; ^ sí, que no todos entretienen 
los pleitos, ni avisan á las partes, ni todos llevan más de sus dere- 
chos, ni todos van buscando é inquiriendo las vidas ajenas para 
ponerlas en tela de juicio, "" ni todos se aunan con el juez para 
háceme ' la barba y hacerte he el copete, i»' ni todos los alguaciles 



a. y mas diezen. I. 

y mas dizeti. z y Á'. 
h. tercero/ /. 
c. hazme. R. 



— 324 — 

se conciertan con los vagamundos « y fulleros, ni tienen todos '' las 
amigas de tu amo ' para sus embustes. "" Muchos y muy muchos hay 
hidalgos por naturaleza y de hidalgas condiciones; muchos no son 
arrojados, insolentes ni mal criados, ni rateros, como los que andan 
por los mesones midiendo las espadas á los extranjeros, y, hallán- 
dolas un pelo más de la marca, destruyen á sus dueños; "*^ sí, que 
no todos como prenden sueltan, '«^ y son jueces y abogados cuando 
quieren. ' 

BERGANZA 

Más alto picaba mi amo; otro camino era el suyo: presumía de 
valiente y de hacer prisiones famosas; sustentaba la valentía sin pe- 
ligro de su persona, pero á costa de su bolsa. Un día acometió en 
la Puerta de Jerez, i^" él solo, á seis famosos rufianes, sin que yo le 
pudiese ayudar en nada, porque llevaba con un freno de cordel im- 
pedida la boca; que así me traía de día, y de noche me le quitaba. 
Quedé maravillado de ver su atrevimiento, su brío y su denuedo: 
así se entraba y salía por las seis espadas de los rufos ^^^ como si 
fueran varas de mimbre; era cosa maravillosa ver la ligereza con 
que acometía, las estocadas que tiraba, los reparos, '^'^ la cuenta, 
el ojo alerta porque no le tomasen las espaldas. Finalmente, él 
quedó, en mi opinión y en la de todos cuantos la pendencia mira- 
ron y supieron, por un nuevo Rodamonte,/!'*^ habiendo llevado á 
sus enemigos desde la Puerta de Jerez hasta los mármoles del Co- 
legio de Mase Rodrigo, s i**^ que hay más de cien pasos. 

Dejólos encerrados, ■''^ y volvió á coger los trofeos de la batalla, 
que fueron tres vainas, y luego se las fué á mostrar al Asistente, 



a. vagabundos. 2. 

b. intienen todos. /. 

c. las amigas como la de tu amo. R. 

d. embustes? i. 

e. quieren? /. 

/. Radamonte. R. 

g. Matse Rodrigo. R. 



— 325 — 

que, si mal no me acuerdo, lo era entonces el licenciado Sarmiento 
de Valladares, ^^^ famoso por la destruición de la Sauceda, i"' 

Miraban á mi amo por las calles do pasaba, señalándole con el 
dedo, como si dijeran: «Aquél es el valiente que se atrevió á reñir 
solo con la flor de los bravos de la Andalucía.» 

En dar vueltas á la ciudad para dejarse ver se pasó lo que que- 
daba del día, y la noche nos halló en Triana, en una calle junto al 
Molino de la Pólvora; y habiendo mi amo avizorado, como en la 
jácara se dice, ^'^ si alguien le veía, se entró en una casa, "^ y yo 
tras él, y hallamos en un patio á todos los jayanes de la pendencia, 
sin capas ni espadas, y todos desabrochados; ^^^ y uno, que debía 
de ser el huésped, tenía un gran jarro de vino en la una mano, y en 
la otra una copa grande de taberna, la cual, colmándola de vino ge- 
neroso y espumante, brindaba á toda " la compañía. Apenas hubie- 
ron visto á mi amo, cuando todos se fueron á él con los brazos 
abiertos, y todos le brindaron, y él hizo la razón á todos, ^"i y aun 
la hiciera á otros tantos si le fuera algo en ello, por ser de condi- 
ción afable y amigo de no enfadar á nadie por pocas cosas. 

Quererte yo contar ahora lo que allí se trató, la cena que cena- 
ron, las peleas que se contaron, los hurtos que se refirieron, las 
damas que de su trato se calificaron y las que se reprobaron, "^o'^ las 
alabanzas que los unos á los otros se dieron, los bravos ausentes 
que se nombraron, la destreza que allí se puso en su punto, ^"^ le- 
vantándose en mitad ^ de la cena á poner en prática '' las tretas que 
se les ofrecían, esgrimiendo con las manos, los vocablos ''tan exqui- 
sitos de que usaban, '^'^^ y finalmente, el talle de la persona del hués- 
ped, á quien todos respetaban como á señor y padre, sería meterme 
en un laberinto donde no me fuese posible salir cuando quisiese. ^"^ 



a. brindaba toda. 2. 
6. en la mitad. 2. 

c. platica. 2. 
práctica. R. 

d. esgrimiendo con las manos los vocablos. R. 



— 326 — 

Finalmente, vine á entender con toda certeza que el dueño de la 
casa, á quien llamaban Monipodio, era encubridor de ladrones y 
pala de rufianes, ^"^ y que la gran pendencia de mi amo había sido 
primero concertada con ellos, 2"' con las circunstancias del retirarse 
y de dejar las vainas, las cuales pagó mi amo allí luego de contado, 
con todo cuanto Monipodio dijo que había costado la cena, que se 
concluyó casi al amanecer, con mucho gusto de todos; y fué su 
postre dar soplo á mi amo de un rufián forastero que, nuevo y fla- 
mante, había llegado á la ciudad. Debía de ser más valiente que 
ellos, y de envidia le soplaron. Prendióle mi amo la siguiente no- 
che, desnudo en la cama: que si vestido estuviera, yo vi en su 
talle que no se dejara prender tan á mansalva. Con esta prisión que 
sobrevino sobre la pendencia creció la fama de mi cobarde, que lo 
era mi amo más que una liebre, y á fuerza de meriendas y tragos 
sustentaba la fama de ser valiente, y todo cuanto con su oficio y 
con sus inteligencias granjeaba se le iba y desaguaba por la canal 
de la valentía. Pero ten paciencia, y escucha ahora « un cuento que 
le sucedió, sin añadir ni quitar de la verdad una tilde. 

Dos ladrones hurtaron en Antequera un caballo muy bueno: tru- 
járonle á Sevilla, y para venderle sin peligro, usaron de un ardid 
que á mi parecer tiene del agudo y del discreto: '^«^ fuéronse á po- 
sar á posadas''' diferentes, y el uno se fué á la justicia, y pidió por 
una petición que Pedro de Losada le debía cuatrocientos reales 
prestados, como parecía por una cédula firmada de su nombre, de 
la cual hacía presentación. '^"^ 

Mandó el Tiniente ' que el tal Losada reconociese la cédula, y 
que si la reconociese, le sacasen prendas de la cantidad, ó le pu- 
siesen en la cárcel. Tocó hacer esta diligencia á mi amo y al escri- 
bano su amigo; llevóles el ladrón á la posada del otro, y al punto 
reconoció su firma y confesó la deuda, y señaló por prenda de la 



a. Pero ten paciencia , escucha agora. 2. 

b. fuéronse á posadas. [Falta á posar.] A'. 

c. Teniente. R. 



— 327 — 

ejecución el caballo; el cual visto por mi amo, le creció el ojo, y le 
marcó por suyo ^^^ si acaso " se vendiese. Dio el ladrón por pasados 
los términos de la ley, y el caballo se puso en venta, y se remató en 
quinientos reales, en un tercero que mi amo echó de manga, para 
que se le comprase. ^" Valia el caballo tanto y medio más de lo que 
dieron >' por él; pero como el bien del vendedor estaba en la breve- 
dad de la venta, á la primer postura remató su mercaduría. Cobró 
el un ladrón la deuda que no le debían, y el otro la carta de pago 
que no había menester, y mi amo se quedó con el caballo, que para 
él fué peor que el Seyano lo fué para sus dueños. ^'^ Mondaron 
luego la haza los ladrones, 2''' y de allí á dos días, después de ha- 
ber trastejado mi amo las guarniciones y otras faltas del caballo, 
pareció sobre él en la plaza de San Francisco, más hueco y pompo- 
so que aldeano vestido de fiesta. Diéronle mil parabienes de la 
buena compra, afirmándole que valía ciento y cincuenta ducados 
como un huevo un maravedí, '^ y él, volteando y revolviendo el ca- 
ballo, representaba su tragedia en el teatro de la referida plaza. Y 
estando en sus caracoles y rodeos, llegaron dos hombres de buen 
talle y de mejor ropaje, y el uno dijo: « ¡ Vive Dios, que éste es Píe- 
dehierro, 2" mi caballo, que ha pocos días que me le hurtaron en 
Antequera! » Todos los que venían con él, que eran cuatro criados, 
dijeron que así era la verdad, que aquél era Piedehierro, el caballo 
que le habían hurtado. Pasmóse mi amo, querellóse el dueño, hubo 
pruebas, y fueron las que hizo el dueño tan buenas, que salió la 
sentencia en su favor, y mi amo fué desposeído del caballo. '^^^ Sú- 
pose la burla y la industria de los ladrones, que por manos é inter- 
vención de la misma justicia vendieron lo que habían hurtado, y 
casi todos se holgaban de que la codicia de mi amo le hubiese rom- 
pido el saco. ^1" 
Y no paró en esto su desgracia; que aquella noche, saliendo á 



a. a caso. / y ¿. 

*. tanto y medio de lo que dieron. 2. 

c. maravidi. 2. 



— 328 — 

rondar el mismo Asistente," '" por haberle dado noticia que hacia 
los barrios de San Julián ^'^ andaban ladrones, al pasar de una en- 
crucijada vieron pasar un hombre corriendo, y dijo á este punto el 
Asistente, asiéndome por el collar y zuzándome: 

— «¡Al ladrón, Gavilán! ¡Ea, Gavilán hijo al ladrón, al la- 
drón ! » >• 

Yo, á quien ya tenían cansado las maldades de mi amo, por cum- 
plir lo que el señor Asistente me mandaba, sin discrepar en nada, 
arremetí con mi propio amo y, sin que pudiese valerse, di con él 
en el suelo, y si no me le quitaran, yo hiciera á más de á cuatro ' 
vengados; ^^^ quitáronme, con mucha pesadumbre de entrambos. 
Quisieran los corchetes castigarme, y aun matarme á palos, y lo hi- 
cieran si el Asistente no les dijera: « No le toque nadie, que el perro 
hizo lo que yo le mandé.» Entendióse la malicia, y yo, sin despe- 
dirme de nadie, por un ahujero ^ de la muralla sali al campo, y an- 
tes que amaneciese me puse en Mairena, que es un lugar que está 
cuatro leguas de Sevilla. Quiso mi buena suerte que hallé allí una 
compañía de soldados, que, según oí decir, se iban á embarcar á 
Cartagena. -^^ Estaban en ella cuatro rufianes de los amigos de mi 
amo, y el atambor era uno que había sido corchete, y gran choca- 
rrero, como lo suelen ser los más atambores. ^^^ Conociéronme to- 
dos, y todos me hablaron, y así me preguntaban por mi amo como 
si les hubiera de responder; pero el que más afición me mostró fué 
el atambor, y así, determiné de acomodarme con él, si él quisiese, 
y seguir aquella jornada, aunque me llevase á Italia ó á Flandes; 
porque me parece á mí, y aun á ti te debe parecer lo mismo, que 
puesto que dice el refrán: < Quien necio es en su villa, necio es en 
Castilla», el andar tierras y comunicar con diversas gentes hace á 
los hombres discretos. ^^* 



a. el Asistente, z. 

b. hijo, al ladrón. Yo, á quien. R. 

c. á más de quatro. J?. 

d. agujero, i , 2 y R. 



— 329 — 



CIPIÓN 



Es eso tan verdad, que me acuerdo haber oído decir á un amo 
que tuve de bonísimo ingenio que al famoso " griego llamado Ulises 
le dieron renombre de prudente, por solo haber andado muchas 
tierras y comunicado con diversas gentes y varias naciones; y así, 
alabo la intención que tuviste de irte donde te llevasen. 

BERQANZA 

Es, pues, el caso que el atambor, por tener con qué mostrar más 
sus chocarrerías, comenzó á enseñarme á bailar al son del atambor, 
y hacer otras monerías, tan ajenas de poder aprenderlas otro perro 
que no fuera yo, como las oirás cuando te las diga. Por acabarse el 
distrito de la comisión, se marchaba poco á poco; no había comisa- 
rio que nos limitase; "* el capitán era mozo, pero muy buen caba- 
llero y gran cristiano; ^^^ el alférez no había muchos meses que 
había dejado la corte y el tinelo; ^^^ el sargento era matrero * ^^^ y 
sagaz, y grande harnero ' de compañías, -" desde donde se levan- 
tan hasta-el embarcadero. 22» Iba la compañía llena de rufianes chu- 
rrulleros, "'' los cuales hacían algunas insolencias por los lugares 
do pasábamos, ^^* que redundaban en maldecir á quien no lo me- 
recía: infelicidad del buen príncipe "^ ser culpado de sus subditos 
por la culpa de sus subditos, á causa que los unos son verdugos 
de los otros, sin culpa del señor; pues, aunque quiera y lo procure, 
no puede remediar estos daños, porque todas ó las más cosas de 
la guerra traen consigo aspereza, riguridad y desconveniencia. 

En fin, en menos de quince días, con mí buen ingenio y con la 
diligencia que puso el que había escogido por patrón, supe Saltar 
por el Rey de Francia, y á no saltar ' por la mala tabernera. ^^^ En- 



a. el famoso. 2. 

b. mohatrero. R. 

c. arriero. R. 

d. Infelicidad es del buen príncipe. /. 

e. y no saltar. R. 



— 330 — 

señóme á hacer corvetas como caballo napolitano, ^sa y á andar « á la 
redonda como muía de atahona, * con otras cosas, que si yo no 
tuviera cuenta en no adelantarme á mostrarlas, pusiera en duda si 
era algún demonio en figura de perro el que las hacía. Púsome nom- 
bre el perro sabio, ^''•^ ' y no habíamos llegado al alojamiento, cuan- 
do, tocando su atambor, andaba por todo el lugar, pregonando que 
todas las personas que quisiesen venir á ver las maravillosas gracias 
y habilidades del perro sabio, en tal casa, ó en tal hospital las mos- 
traban, á ocho, ó á cuatro maravedís, según era el pueblo grande 
ó chico. Con estos encarecimientos no quedaba persona en todo el 
lugar que no me fuese á ver, y ninguno había que no saliese admi- 
rado y contento de haberme visto. Triunfaba mi amo con la mucha 
ganancia, y sustentaba seis camaradas como unos reyes. La codicia 
y la envidia despertó en los rufianes voluntad de hurtarme, y anda- 
ban buscando ocasión para ello; que esto del ganar de comer hol- 
gando "' tiene muchos aficionados y golosos: por esto hay tantos 
titereros en España; tantos que muestran retablos; tantos que ven- 
den alfileres y coplas, ^^^ que todo su caudal, aunque le vendiesen 
todo, no llega á poderse sustentar un día; y con esto, los unos y los 
otros no salen de los bodegones y tabernas en todo el año, por do 
me doy á entender que de otra parte que de la de sus oficios sale 
la corriente de sus borracheras. Toda esta gente es vagamunda, ^ 
inútil y sin provecho; esponjas del vino y gorgojos del pan. 

CIPIÓN 

No más, Berganza: no volvamos á lo pasado; sigue, que se va la 
noche, y no querría que al salir del sol quedásemos á la sombra 
del^ilencio. 

BERGANZA 

Tenle, y escucha. Como sea cosa fácil añadir á lo ya inventado. 



a. y andar. A'. 

6. tahona. K. 

c. nombre ael perro sabio. /. 

d. holgado. 2. 

e. esta gente vagamunda. R. 



— 331 — 

viendo mi amo cuan bien sabía imitar el corcel " napolitano, hízome 
unas cubiertas de guadamecí * '^^ y una silla pequeña, que me aco- 
modó en las espaldas, y sobre ella puso una figura liviana de un 
hombre ^^^ con una lancilla de correr sortija, y enseñóme á correr 
derechamente á una sortija que entre dos palos ponía; y el día que 
había de correrla pregonaba que aquel día corría sortija el perro 
sabio, y hacía otras nuevas y nunca vistas galanterías, las cuales de 
mi santiscario, como dicen, 2^" las hacía, por no sacar mentiroso á 
mi amo. 

Llegamos, pues, por nuestras jornadas contadas á Montilla, villa 
del famoso y gran cristiano Marqués de Priego, señor de la casa de 
Aguilar y de Montilla. ^^^ Alojaron á mi amo, porque él lo procuró, 
en un hospital; echó luego el ordinario bando, ^''^ y como ya la fama 
se había adelantado á llevar las nuevas de las habilidades y gracias 
del perro sabio, en menos de una hora se llenó el patio de gente. 
Alegróse mi amo viendo que la cosecha iba de guilla, ^*" y mostróse 
aquel día chocarrero ^ en demasía. Lo primero en que comenzaba la 
fiesta era en los saltos que yo daba por un aro de cedazo, que pa- 
recía de cuba: conjurábame por las ordinarias preguntas, y cuando 
él bajaba una varilla de membrillo"' que en la mano tenía, era se- 
ñal del salto; y cuando la tenía alta, de que me estuviese quedo. El 
primer ' conjuro deste día (memorable entre todos los de mi vida) 
fué decirme: 

— Ea, Gavilán amigo, salta por aquel viejo verde que tú conoces, 
que se escabecha las barbas; "^ y si no quieres, / salta por la pompa 
y aparato de doña Pimpinela de Plafagonia, que fué compañera de 
la moza gallega que servía en Valdeastillas. ^*^ ¿No te cuadra el 
conjuro, hijo Gavilán? Pues salta por el bachiller Pasillas, que se 



a. corfel. / y 2. 

b. guaJamacil. K. 
guadamací. /. 

c. chocarrero. i. 

d. mimbre. K. 

e. primero. R. 

f. quisieres. 1. 



— 332 — 

firma licenciado sin tener grado alguno. ^^^ ¡Oh! perezoso estás. 
¿Por qué no saltas? Pero ya entiendo y alcanzo tus marrullerías: 
ahora, salta por el licor de Esquivias, famoso al par del de Ciudad- 
Real, San Martin y Ribadavia. ^^ 

Bajó la varilla, y salté yo, y noté sus malicias y malas entra- 
ñas. " ^" Volvióse luego al pueblo y en voz alta dijo: 

— No piense vuesa merced, senado valeroso, que es cosa de 
burla lo que este perro sabe: veinte y cuatro piezas le tengo ense- 
ñadas, que por la menor dellas volaría un gavilán; quiero decir, que 
por ver la menor se pueden caminar treinta leguas: sabe bailar la za- 
rabanda ^** y chacona mejor que su inventora misma; ^^^ bébese una 
azumbre de vino sin dejar gota; entona un sol,fa, mi re, >> también <= 
como un sacristán; todas estas cosas, y otras muchas que me quedan 
por decir, las irán viendo vuesas mercedes en los días que estuviere 
aquí la compañía, y por ahora "^ dé otro salto nuestro sabio, y luego 
entraremos en lo grueso. 

Con esto suspendió el auditorio, '" que había llamado senado, 2*^ 
y les encendió el deseo de no dejar de ver todo lo que yo sabía. 
Volvióse á mí mi amo y dijo: 

— Volved, hijo Gavilán, y con gentil agilidad y destreza deshaced 
los saltos que habéis hecho; pero ha de ser á devoción de la famosa 
hechicera que dicen que hubo en este lugar. 

Apenas hubo dicho esto, cuando alzó la voz la hospitalera, 2*^ que 
era una vieja, al parecer, de más de sesenta años, ^^° diciendo: 

— Bellaco, charlatán, embaidor y hijo de puta, aquí no hay he- 
chicera alguna; si lo decís por la Camacha, ya ella pagó su pecado y 
está donde Dios se sabe; si lo decís por mí, chocarrero, / ni yo soy 
ni he sido hechicera en mi vida; y si he tenido fama de haberlo sido, 



a. y noté sus malas entraBas. R. 

b. solfamire. / y ¿. 

c. tan bien. R. 

d. agora, z, 

e. al auditorio. R. 

f. chacorrero. i. 



— 333 — 

merced " á los testigos falsos, y á la ley del encaje, y al juez arroja- 
dizo y mal informado, ya sabe todo el mundo la vida que hago, en 
penitencia, no de los hechizos que no hice, sino de otros muchos 
pecados otros '> que, como pecadora, he cometido; ^^^ así que, soca- 
rrón tamborilero, salid del hospital; si no, por vida de mi santi- 
guada que os haga salir más que de paso. 

Y con esto comenzó á dar tantos gritos, y á decir tantas y tan 
atropelladas injurias á mi amo, que puso ' en confusión y sobresalto; 
finalmente no dejó que pasase adelante la fiesta en ningún modo. 

No le pesó á mi amo del alboroto, porque se quedó con los di- 
neros, y aplazó para otro día y en otro hospital ^^-^ lo que en aquél 
había faltado. Fuese la gente maldiciendo á la vieja, añadiendo "' al 
nombre de hechicera el de bruja, y el de barbuda sobre vieja. Con 
todo esto, nos quedamos en el hospital aquella noche; y encontrán- 
dome la vieja en el corral solo, me dijo: 

—¿Eres tú, hijo Montiel? ¿Eres tú, por ventura, hijo? 

Alcé la cabeza, y mírela muy de espacio; " lo cual visto por ella, 
con lágrimas en los ojos se vino á mi y me echó los brazos al cue- 
llo, y si la dejara, me besara en la boca; pero tuve asco, y no lo 
consentí. 

CIPIÓN 

Bien hiciste; porque no es regalo, sino tormento, el besar ni de- 
jarse besar / de una vieja. 

BERGANZA 

Esto que ahora a' te quiero contar, te lo había de haber dicho al 
principio de mi cuento, y así excusáramos la admiración que nos 



a. sido vuíssa merced, i y 2. 

b. otros muchos pecados ó otros K. 

c. que le puso. R. 

d. y añadiendo, z. 

e. despacio. K. 

f. ni dejar besarse, i y A'. 

g. agora. 2. 



— 334 — 

causó el vernos con habla; porque has de saber que la vieja me 
dijo: 

— Hijo Montiel, vente tras mí y sabrás mi aposento, y procura 
que esta noche nos veamos á solas en él, que yo dejaré abierta la 
puerta; y sabe que tengo muchas cosas que decirte de tu vida y 
para tu provecho. 

Bajé yo la cabeza, en señal de obedecerla, por lo cual ella se aca- 
bó de enterar en que yo era el perro Montiel que buscaba, según 
después me lo dijo. Quedé atónito y confuso de las palabras de la 
vieja, esperando la noche, " por ver en lo que paraba aquel miste- 
rio ó prodigio de haberme hablado de aquella suerte; f" y como había 
oído llamarla de hechicera, esperaba de su vista y habla grandes 
cosas. Llegóse, en fin, el punto de verme con ella en su aposento, 
que era escuro, estrecho y bajo, y solamente claro con la débil luz 
de un candil ' de barro que en él estaba; atizóle la vieja, y sentóse 
sobre una arquilla, y llegóme junto á sí, y sin hablar palabra me vol- 
vió á abrazar, y yo volví á tener cuenta con que no me besase. Lo 
primero que me dijo, fué: 

— Bien esperaba yo en el cielo que antes que estos mis ojos se 
cerrasen con el último sueño te había de ver, hijo mío; y ya que te 
he visto, venga la muerte, y lléveme desta cansada vida. Has de sa- 
ber, hijo, que en esta villa vivió la más famosa hechicera que hubo 
en el mundo, á quien llamaron la Camacha de Montilla. ^^'^ Fué tan 
única en su oficio, que las Eritos, las Circes, las Medeas, de quien 
he oído decir que están las historias llenas, no la igualaron. Ella 
congelaba las nubes cuando quería, cubriendo con ellas la faz del 
sol; y, cuando se le antojaba, volvía sereno el más turbado cielo; ^** 
traía los hombres en un instante de lejas tierras; ^^^ remediaba ma- 
ravillosamente las doncellas que habían tenido algún descuido en 
guardar su entereza; cubría á las viudas de modo que con honestí- 



a. Quedé atónito y confuso, esperando la noche. / y A'. 
i. de haberme hablado ¿a i'ieja. i y K. 
c. del candil. 2. 



— 335 — 

dad fuesen deshonestas; ^'■''' descasaba las casadas, y casaba las que 
ella quería; '" por diciembre tenía rosas frescas en su jardín, y por 
enero segaba trigo. '^^^ Esto de hacer nacer berros en una artesa era 
lo menos que ella hacía, 2^" ni el hacer ver en un espejo, ó en la 
uña de una criatura, los vivos ó los muertos que le pedían que mos- 
trase. -**' Tuvo fama que convertía los hombres en animales, y que 
se había servido de un sacristán seis años en forma de asno, real 
y verdaderamente, -" lo que yo nunca he podido alcanzar cómo se 
haga; porque lo que se dice de aquellas antiguas magas, que con- 
vertían los hombres en bestias, dicen los que más saben -"^'^ que no 
era otra cosa sino que ellas, con su mucha hermosura y con 9us ha- 
lagos, traían « los hombres de manera -"=' á que las quisiesen 
bien, '^"^ y los sujetaban de suerte, sirviéndose dellos en todo cuan- 
to querían, que parecían bestias. Pero en ti, hijo mío, la experien- 
cia me muestra lo contrario; que sé que eres persona racional, y te 
veo en semejanza de perro, si ya no es que esto se hace con aque- 
lla ciencia que llaman tropelía, que hace parecer una cosa por 
otra. ^'^" Sea lo que fuere, lo que me pesa es que yo ni tu madre, 
que fuimos discípulas de la buena Garnacha, '^'^^ nunca llegamos á 
saber tanto como ella, y no por falta de ingenio, ni de habilidad, 
ni de ánimo, que antes nos sobraba que faltaba, sino por sobra de 
su malicia, que nunca quiso enseñarnos las cosas mayores, porque 
las reservaba para ella. Tu madre, hijo, se llamó la Montiela, que, 
después de la Garnacha, fué famosa; yo me llamo la Cañizares, '' si 
ya no tan sabia como las dos, á lo menos, de tan buenos deseos 
como cualquiera dellas; verdad es que al ánimo que tu madre tenía 
de hacer y entrar en un cerco, y encerrarse en él con una legión de 
demonios, •^''' no le hacía ventaja la misma Gamacha. Yo fui siem- 
pre algo medrosilla; con conjurar media legión ^ me contentaba; 2"* 
pero, con paz sea dicho de entrambas, en esto de conficionar las 



a. atraían, i y R. 

b. llamo Cañizares. 2. 

c. región, i. 



- 336 - 

unturas con que las brujas nos untamos á ninguna " de las dos die- 
ra ventaja, ni la daré á cuantas hoy siguen y guardan nuestras re- 
glas; que has de saber, hijo, que como yo he visto y veo que la 
vida, que corre sobre las ligeras alas del tiempo, se acaba, he que- 
rido dejar todos los vicios de la hechicería, en que estaba engolfada 
muchos años habia, y sólo me he quedado con la curiosidad de ser 
bruja, que es un vicio dificultosísimo de dejar. '"*'' Tu madre hizo 
lo mismo: de muchos vicios se apartó; muchas buenas obras hizo en 
esta vida; pero al fin murió bruja, y no murió de enfermedad algu- 
na, sino de dolor de que supo que la Camacha, su maestra, de en- 
vidia que la tuvo porque se le iba subiendo á las barbas en saber 
tanto como ella, ó por otra pendenzuela de celos que nunca pude 
averiguar, estando tu madre preñada, y llegándose la hora del par- 
to, fué su comadre la Camacha, la cual recibió ^ en sus manos lo que 
tu madre parió, y mostróle que habia parido dos perritos; "" y asi 
como los vio dijo: 

— Aquí hay maldad, aquí hay bellaquería; pero, hermana Mon- 
tiela, tu amiga soy: yo encubriré este parto, y atiende tú á estar 
sana, y haz cuenta que esta tu desgracia queda sepultada en el mis- 
mo silencio. No te dé pena alguna este suceso; que ya sabes tú que 
puedo yo saber que, si no es con Rodríguez, el ganapán, tu ami- 
go, "1 días ha que no tratas con otro; así, que este perruno parto 
de otra parte viene, y algún misterio contiene». "^ 

Admiradas quedaron ' tu madre y yo, "=* que me hallé presente á 
todo, del extraño suceso. La Camacha se fué y se llevó los cacho- 
rros; yo me quedé con tu madre para asistir á su regalo, la cual no 
podía creer lo que le había sucedido. Llegóse el fin de la Camacha, 
y estando en la última hora de su vida, llamó á tu madre, y le dijo 
como ella había convertido á sus hijos en perros, por cierto enojo 
que con ella tuvo; pero que no tuviese pena: que ellos volverían 



a. ninguun. R. 

b. recebió. R. 

c. quedamos. R, 



— 337 — 

á SU ser cuando menos lo pensasen; mas que no podía ser primero 
que ellos por sus mismos ojos viesen lo siguiente: 

Volverán en su forma verdadera 
Cuando vieren con presta diligencia 
Derribar los soberbios levantados 
Y alzar á los humildes abatidos, 
Con poderosa mano para hacello. "* 

Esto dijo la Camacha á tu madre al tiempo de su muerte, como 
ya te he dicho. Tomólo tu madre por escrito y de memoria, y yo lo 
fijé en la mia, para si sucediese tiempo de poderlo decir á alguno de 
vosotros; y, para poder conoceros, á todos los perros que veo de tu 
color los llamo con el nombre de tu madre, no por pensar que los 
perros han de saber el nombre, sino por ver si respondían á ser lla- 
mados tan diferentemente como se llaman los otros perros; y esta 
tarde, como te vi hacer tantas cosas, y que te llaman el perro sabio, y 
también, como alzaste la cabeza á mirarme cuando te llamé en el 
corral, he creído que tú eres hijo de la Montiela, á quien con gran- 
dísimo gusto doy noticia de tus sucesos, y del modo con que has 
de cobrar tu forma primera; el cual modo quisiera yo que fuera tan 
fácil como el que se dice de Apuleyo en El Asno de oro, que con- 
sistía en sólo comer una rosa; pero éste tuyo va fundado en accio- 
nes ajenas, y no en tu diligencia. Lo que has de hacer, hijo, es en- 
comendarte á Dios allá en tu corazón, y espera que estas « que no 
quiero llamarlas profecías, sino adivinanzas, *'" han de suceder 
presto y prósperamente; que pues la buena de la Camacha las dijo, 
sucederán, sin duda alguna, y tú y tu hermano, si es vivo, os veréis 
como deseáis. De lo que á mí me pesa es que estoy tan cerca de 
mi acabamiento, que no tendré lugar de verlo. 

Muchas veces he querido preguntar á mi cabrón qué fin tendrá 
vuestro suceso; pero no me he atrevido, porque nunca á lo que le 
preguntamos responde á derechas, sino con razones torcidas y de 



a. á que estas. J{. 

2» 



- 338 - 

muchos sentidos; asi que á este nuestro amo y señor no liay que 
preguntarle nada, porque con una verdad mezcla mil mentiras, y á 
lo que yo he colegido " de sus respuestas, él no sabe nada de lo 
porvenir ciertamente, sino por conjecturas; ^ "" con todo esto, nos 
trae tan engañadas á las que somos brujas, que con hacernos mil 
burlas, no le podemos dejar. 

Vamos á verle muy lejos de aquí, á un gran campo, donde nos 
juntamos infinidad de gente, brujos y brujas, ^" y alli nos da de co- 
mer desabridamente, y pasan otras cosas, que, en verdad, y en Dios 
y en mi ánima, que no me atrevo á contarlas, según son sucias "^ y 
asquerosas, y no quiero ofender tus castas orejas. Hay opinión que 
no vamos á estos convites sino con la fantasía, en la cual nos re- 
presenta el demonio las imágenes de todas aquellas cosas que des- 
pués contamos que nos han sucedido; otros dicen que no, sino que 
verdaderamente vamos en cuerpo y en ánima, -"^ y entrambas opi- 
niones tengo para mí que son verdaderas, puesto que nosotras no 
sabemos cuándo vamos de una ó de otra manera; porque todo lo 
que nos pasa en la fantasía es tan '^ intensamente, que no hay dife- 
renciarlo "" de cuando vamos real y verdaderamente. Algunas ex- 
periencias desto han hecho los señores Inquisidores con algunas de 
nosotras que han tenido presas, y pienso que han hallado ser ver- 
dad lo que digo. 2*" Quisiera yo, hijo, apartarme deste pecado, y 
para ello he hecho mis diligencias: heme acogido á ser hospitalera, 
curo á los pobres, y algunos se mueren que me dan á mí la vida con 
lo que me mandan, "^ ó con lo que se les queda entre los remiendos, 
por el cuidado que yo tengo de espulgarlos los vestidos. Rezo poco, 
y en público; '^^' murmuro mucho, y en secreto. Vame mejor con ser 
hipócrita que con ser pecadora declarada; las apariencias de mis 
buenas obras presentes van borrando en la memoria de los que me 



a. que he colegido. R. 

i. conjeturas, i y R. 

c. son de sucias. R. 

d. están. /. 

e. con lo que mandan. 2. 



— 339 — 

conocen las malas obras pasadas. En efeto, la santidad fingida no 
hace daño" á ningún tercero, sino al que la usa. Mira, hijo Mon- 
tiel, este consejo te doy: que seas bueno en todo cuanto pudieres; 
y si has de ser malo, procura no parecerlo, en todo cuanto pudieres. 
Bruja soy, no te lo niego; bruja y hechicera fué tu madre, que tam- 
poco te lo puedo negar; pero las buenas apariencias de las dos po- 
dían acreditarnos en todo el mundo. Tres ''' días antes que muriese 
habíamos estado las dos en un valle ' de los Montes Perineos, '^ ^^* 
en una gran jira; y, con todo eso, cuando murió fué con tal sosiego 
y reposo, que, si no fueron algunos visajes que hizo un cuarto de 
hora antes que rindiese el alma, no parecía sino que estaba en aqué- 
lla como en un tálamo ' de flores. ^^-^ Llevaba atravesados en el co- 
razón sus dos hijos, y nunca quiso, aun en el artículo de la muerte, 
perdonar á la Camacha: tal era ella de entera y firme en sus cosas. 
Yo le cerré los ojos, y fui con ella hasta la sepultura; allí la dejé para 
no verla más, aunque no tengo perdida la esperanza de verla antes 
que me muera,/ porque se ha dicho por el lugar que la han visto 
algunas personas andar por los cimenterios y encrucijadas, en dife- 
rentes figuras, '^^^ y quizá alguna vez la toparé yo, y le preguntaré 
si manda que haga alguna cosa en descargo de su conciencia. » 

Cada cosa déstas que la vieja me decía en alabanza de la que de- 
cía ser mi madre, era una lanzada que me atravesaba el corazón, 
y quisiera arremeter á ella y hacerla pedazos entre los dientes; y si 
lo dejé de hacer fué porque no le tomase la muerte en tan mal esta- 
do. Finalmente, me dijo que aquella noche pensaba untarse para ir 
á uno de sus usados convites, y que, cuando allá estuviese, pensa- 
ba preguntar á su dueño algo de lo que estaba por sucederme. Qui- 
siérale yo preguntar qué unturas eran aquellas que decía, y parece 



a. la santidad fingida hace daño. 2. 

b. Ttes. 2. 

c. en el valle. 3. 

d. Pirineos. R. 

e. en aquella cama como tn un trilamo. R. 

f. antes que muera. R. 



— 340 — 

que me leyó el deseo, pues respondió á mi intención como si se lo 
hubiera preguntado, pues dijo: 

— Este ungüento con que las brujas nos untamos es compuesto 
de jugos de yerbas en todo extremo fríos, -*" y no es, como dice el 
vulgo, hecho con la sangre de los niños que ahogamos. Aquí pu- 
dieras también preguntarme qué gusto ó provecho saca el demonio 
de hacernos matar las criaturas tiernas, ^^'^ pues sabe que, estando 
bautizadas, como inocentes y sin pecado, se van al cielo, y él recibe 
pena particular con cada alma cristiana que se le escapa; á lo que 
no te sabré responder otra cosa sino lo que dice el refrán : que tal 
hay que se quiebra dos ojos porque su enemigo se quiebre uno; y 
por la pesadumbre que da á sus padres, matándoles los hijos, que 
es la mayor que se puede imaginar. Y lo que más le importa es 
hacer que nosotras cometamos á cada paso tan cruel y perverso " 
pecado, y todo esto lo permite Dios por nuestros pecados; '^'*' que 
sin su permisión, yo he visto por experiencia que no puede ofender 
el diablo á una hormiga; y es tan verdad esto, que rogándole yo 
una vez que destruyese una viña de un mi enemigo, ^^* me respon- 
dió que ni aun tocar á una hoja della no podía, '^'*^ porque Dios 
no quería. Por lo cual podrás venir á entender, cuando seas hom- 
bre, que todas las desgracias que vienen á las gentes, á los reinos, 
á las ciudades y á los pueblos, las muertes repentinas, los naufra- 
gios, las caídas, en fin, todos los males que llaman de daño, vienen 
de la mano del Altísimo y de su voluntad permitente; y los daños 
y males que llaman de culpa vienen y se causan por nosotros mis- 
mos. Dios es impecable, de do se infiere que nosotros somos auto- 
res del pecado, formándole en la intención, en la palabra y en la 
obra; todo permitiéndolo Dios por nuestros pecados, como ya he 
dicho. Dirás tú ahora, ^ hijo, si es que acaso ' me entiendes, que 
quién me hizo á mí teóloga, y aun quizá dirás entre ti: '' «; ¡Cuerpo 



a. preverse. 2. 

b. agora. 2. 

c. a caso. / y í. 

í¿ y aun quizá entre t(. R. 



— 341 — 

de tal, con la puta vieja! ¿Por qué no deja de ser bruja, pues sabe 
tanto, y se vuelve á Dios, pues sabe que está más prompto " á per- 
donar pecados que á permitirlos?> Á esto te respondo, como si me 
lo preguntaras, que la costumbre del vicio se vuelve en naturaleza, 
y este de ser brujas se convierte en sangre y carne, y en medio de 
su ardor, que es mucho, trae un frío que pone en el alma, tal, ^ que 
la resfría y entorpece aun en la fe, de donde nace un olvido de sí 
misma, y ni se acuerda de los temores con que Dios la amenaza, 
ni de la gloria con que la convida; y, en efeto, como es pecado de 
carne y de deleites, ' es fuerza que amortigüe todos los sentidos, y 
los embelese y absorte, sin dejarlos usar sus oficios como deben; y, 
así, quedando el alma inútil, floja y desmazalada, no puede levan- 
tar la consideración siquiera á tener algún buen pensamiento; y, asi, 
dejándose estar sumida en la profunda sima de su miseria, no quiere 
alzar la mano á la de Dios, que se la está dando, por sola su mi- 
sericordia, para que se levante. Yo tengo una destas almas que 
te he pintado: todo lo veo y todo lo entiendo; y como el deleite 
me tiene echados grillos á la voluntad, siempre he sido y seré 
mala. 

Pero dejemos esto, y volvamos á lo de las unturas; y digo que 
son tan frías, que nos privan de todos los sentidos en untándonos 
con ellas, y quedamos tendidas y desnudas en el suelo, y entonces 
dicen que en la fantasía pasamos todo aquello que nos parece pasar 
verdaderamente. Otras veces, acabadas de untar, á nuestro parecer 
mudamos forma; y, convertidas en gallos, lechuzas ó cuervos, '^'"' 
vamos al lugar donde nuestro dueño nos espera, y allí cobramos 
nuestra primera forma, y gozamos de los deleites, que te dejo de 
decir, por ser tales, que la memoria se escandaliza en acordarse 
dellos; y así, la lengua huye de contarlos; y, con todo esto, soy bru- 
ja, y cubro con la capa de la hipocresía todas mis muchas faltas. 



a. pronto. R. 

b. que pone el alma tal. R. 

c. deleite. 2. 



— 342 — 

Verdad es que si algunos me estiman y honran por buena, no fal- 
tan muchos que me dicen, no dos dedos del oído, el nombre de las 
fiestas, '■'■'^ que es el que les imprimió" la furia de un Juez colérico 
que en los tiempos pasados tuvo que ver conmigo y con tu madre, 
depositando su ira en las manos de un verdugo, que, por no estar 
sobornado,' usó de toda su plena potestad y rigor con nuestras es- 
paldas; --'^ pero esto ya pasó, y todas las cosas pasan: ''' las memo- 
rias se acaban, las vidas no vuelven, las lenguas se cansan, los su- 
cesos nuevos hacen olvidar los pasados; hospitalera soy; buenas 
muestras doy de mi proceder; buenos ratos me dan mis unturas; no 
soy tan vieja, que no pueda vivir un año, puesto que tengo setenta 
y cinco; y ya que no puedo ayunar por la edad, ni rezar por los 
vaguidos, ni andar romerías por la flaqueza de mis piernas, ni dar 
limosna porque soy pobre, ni pensar en bien porque soy amiga de 
murmurar, y para haberlo de hacer es forzoso pensarlo ' primero, así 
que siempre mis pensamientos han de ser malos, con todo esto, sé 
que Dios es bueno y misericordioso, y que Él sabe lo que ha de ser 
de mí, y basta, y quédese aquí esta plática, que verdaderamente me 
entristece. Ven, hijo, y verásme untar; que todos los duelos con pan 
son buenos; '^^'■"' el buen día, meterle en casa, pues mientras se ríe, 
no se llora; quiero decir que, aunque los gustos que nos da el de- 
monio son aparentes y falsos, todavía ' nos parecen gustos, y el de- 
leite mucho mayor es imaginado que gozado, aunque en los verda- 
deros gustos debe de ser al contrario. » 

Levantóse en diciendo esta larga arenga, y tomando el candil, se 
entró en otro aposentillo más estrecho; seguíla, combatido de mil 
varios pensamientos, y admirado de lo que había oído y de lo que 
esperaba ver. 



a. 


nos imprimió. R. 


b. 


cosas se pasan. /. 




cosos se ])asan. A'. 


c. 


forzoso el pensarlo. 2. 


d. 


son menos. R. 


- e. 


toda vía. /. 



Colgó la Cañizares " el candil de la pared, ''' y con mucha priesa se 
desnudó hasta la camisa; y sacando de un rincón una olla vidriada, 
metió en ella la mano y, murmurando entre dientes, se untó desde 
los pies á la cabeza, que tenía sin toca. Antes que se acabase de 
untar me dijo que ora se quedase su cuerpo en aquel aposento sin 
sentido, ora desapareciese del, que no me espantase, ni dejase de 
aguardar allí hasta la mañana, porque sabría las nuevas de lo que 
me quedaba por pasar hasta ser hombre. Díjele, bajando la cabeza, 
que sí haría, y con esto acabó su untura, y se tendió en el suelo 
como muerta; llegué mi boca á la suya, y vi que no respiraba, poco 
ni mucho. 

Una verdad te quiero confesar, Cipión amigo: que me dio gran 
temor verme encerrado en aquel estrecho aposento con aquella 
figura delante, la cual te la pintaré como mejor supiere. 2"* Ella era 
larga de más de siete pies; -"^ toda era notomía de huesos, ^'-"^ cu- 
biertos con una piel negra, vellosa y curtida; con la barriga, que 
era de badana, se cubría las partes deshonestas, y aun le colgaba 
hasta la mitad de los muslos; las tetas semejaban dos vejigas de 
vaca, secas y arrugadas; denegridos los labios, traspillados los 
dientes, la nariz corva y entablada, desencajados los ojos, la cabe- 
za desgreñada, las mejillas chupadas, angosta la garganta y los pe- 
chos sumidos; finalmente, toda era flaca y endemoniada. Púseme 
de espacio ' á mirarla, -"'' y apriesa comenzó á apoderarse de mí el 
miedo, considerando la mala visión de su cuerpo y la peor ocupa- 
ción de su alma; quise morderla, por ver si volvía en sí, y no hallé 
parte en toda ella que el asco no me lo estorbase; pero, con todo 
esto, la así de un carcaño, y la saqué arrastrando al patio: mas ni 
por esto dio muestras de tener sentido. Allí, con mirar el cielo y 
verme en parte ancha, se me quitó el temor; á lo menos, se templó 
de manera, que tuve ánimo de esperar á ver en lo que paraba la 



a. Cañizales. 2. 

b. en la pared. R. 

c. despacio. R. 



— 344 — 

ida y vuelta de aquella mala hembra, y lo que me contaba de mis 
sucesos. 

En esto, me preguntaba yo á mí mismo: «¿Quién hizo á esta 
mala vieja tan discreta y tan mala? ¿De dónde sabe ella cuáles son 
males de daño y cuáles de culpa? ¿Cómo entiende y habla tanto de 
Dios, y obra tanto del diablo? ¿Cómo peca tan de malicia, no ex- 
cusándose con ignorancia? > 

En estas consideraciones se pasó la noche, y se vino el día, que 
nos halló á los dos en mitad del patio: ella, no vuelta en sí; y á mí, 
junto á ella, en cuclillas, atento, " ^^^ mirando su espantosa y fea ca- 
tadura. Acudió la gente del hospital, y, viendo aquel retablo, unos 
decían: «Ya la bendita Cañizares es muerta; mirad cuan disfigura- 
da y flaca la tenía la penitencia.» Otros más considerados la toma- 
ron el pulso, y vieron que le tenía y que no era muerta, por do se 
dieron á entender que estaba en éxtasis y arrobada de puro buena. 
Otros hubo que dijeron : «Esta puta vieja sin duda debe de ser bruja, 
y debe de estar untada; que nunca jamás los santos hacen desho- 
nestos arrobos, '' y hasta ahora, entre los que la conocemos, más 
fama tiene de bruja que de santa.» Curiosos hubo que se llegaron 
á hincarle alfileres por las carnes, desde la punta hasta la cabeza; *"'* 
ni por eso recordaba la dormilona, '""' ni volvió en sí hasta las siete 
del día; y como se sintió acribada de los alfileres y mordida de los 
carcañares, y magullada del arrastramiento, fuera de su aposento, y 
á vista de tantos ojos que la estaban mirando, creyó, y creyó la ver- 
dad, que yo había sido el autor de su deshonra; y así, arremetió á 
mí, y echándome ambas manos á la garganta, procuraba ahogar- 
me, diciendo: «¡Oh bellaco, desagradecido, ignorante y malicioso! 
y ¿es éste el pago que merecen las buenas obras que á tu madre 
hice, y de las que te pensaba hacer á ti?» Yo, que me vi en peli- 
gro de perder la vida entre las uñas de aquella fiera arpía, sacudi- 
me, y asiéndole «^ de las luengas faldas de su vientre, la zamarreé y 



a. en cuclillas, atento mirando. R. 

b. que nunca los santos hacen tan deshonestos arrobos. / y A*. 

c. asiendo/fl. K. 



— 345 — 

arrastré por todo el patio; ella daba voces, " que la librasen de los 
dientes de aquel maligno'' espíritu. Con estas razones de la mala vie- 
ja ' creyeron los más que yo debía de ser algún demonio de los que 
tienen ojeriza continua con los buenos cristianos, y unos acudieron 
á echarme agua bendita; otros no osaban llegar á quitarme; otros 
daban voces que me conjurasen; la vieja gruñía; <' yo apretaba los 
dientes; crecía la confusión, y mi amo, que ya había llegado al rui- 
do, se desesperaba oyendo decir que yo era demonio. Otros, que 
no sabían de exorcismos, acudieron á tres ó cuatro garrotes, con 
los cuales comenzaron á santiguarme los lomos; escocióme la bur- 
la, solté la vieja, y en tres saltos me puse en la calle, y en pocos 
más salí de la villa, perseguido de una infinidad de muchachos que 
iban á grandes voces diciendo: « Apártense, que rabia el perro sa- 
bio. > Otros decían: «No rabia, sino que es demonio en figura de 
perro. > Con este molimiento, á campana herida salí del pueblo, 
siguiéndome muchos que indubitablemente creyeron que era demo- 
nio, así por las cosas que me habían visto hacer como por las pa- 
labras que la vieja dijo cuando despertó de su maldito sueño. Dime 
tanta priesa á huir y á quitarme delante de sus ojos, que creyeron 
que me había desparecido como demonio; en seis horas anduve 
doce leguas, y llegué á un rancho de gitanos, que estaba en un 
campo junto á Granada. Allí me reparé un poco, porque algunos 
de los gitanos me conocieron por el perro sabio, y, con no pequeño 
gozo, me acogieron y escondieron en ' una cueva, porque no me ha- 
llasen, si fuese buscado; con intención, á lo que después entendí, 
de ganar conmigo, como lo hacía el atambor mi amo. Veinte días 
estuve con ellos, en los cuales supe y noté su vida y costumbres, 
que por ser notables, es forzoso que te las cuente. 



a. patio, y ella daba voces. A'. 

1^. malino. 3. 

c. razones de la vieja. 2. 

d. a quitarme, la vieja gruñía. í. 

e. eu. a. 



346 



CIPIÓN 



Antes, Berganza, que pases adelante, " es bien que reparemos en 
lo que te dijo la bruja, y averigüemos si puede ser verdad la grande 
mentira á quien das crédito. 

Mira, Berganza: grandísimo disparate sería creer que la Camacha 
mudase los hombres en bestias, y que el sacristán en forma de ju- 
mento la sirviese ''■ los años que dicen que la sirvió; todas estas cosas 
y las semejantes son embelecos, mentiras ó apariencias del demo- 
nio; ysi á nosotros nos parece ahora <" que tenemos algún entendi- 
miento y razón, pues hablamos siendo verdaderamente perros, ó 
estando en su figura, ya hemos dicho que este es caso portentoso 
y jamás visto, y que, aunque le tocamos con las manos, no le habe- 
rnos de dar crédito, hasta tanto que el suceso del nos muestre lo 
que conviene que creamos. ¿Quiéreslo ver más claro? Considera 
en cuan vanas "' cosas y en cuan tontos puntos dijo la Camacha que 
consistía nuestra restauración; y aquellas que á ti te deben ' parecer 
profecías no son sino palabras de consejas ó cuentos de viejas, 
como aquellos del caballo sin cabeza, y de la varilla de virtudes, •'"'' 
con que se entretienen al fuego las dilatadas noches del invierno, 
porque, á ser otra cosa, ya estaban cumplidas; si no es que sus 
palabras se han de tomar en un sentido que he oído decir se llama 
alegórico :/^"^- el cual sentido no quiere decir lo que la letra suena, 
sino otra cosa que, aunque diferente, le haga semejanza; y así, 
decir: 

Volverán á su forma f! verdadera 
Cuando vieren con presta diligencia 



a. Antes que pases. 2. 

/>. Sirviese, i. 

c. agora. 2. 

d. que vanas. R. 

e. te deben de parecer. 2. 

f. algorico. j. 

g. en su forma. R. 



- 347 - 

Derribar los soberbios levantados 
Y alzar á los humildes abatidos, 
Por mano " poderosa para hacello; * 

tomándolo en el sentido que lie dicho, paréceme que quiere decir 
que cobraremos nuestra forma cuando viéremos que los que ayer 
estaban en la cumbre de la rueda de Fortuna, hoy están hollados y 
abatidos á los pies de la desgracia, y tenidos en poco de aquellos 
mismos que más ' los estimaban; y asimismo, cuando viéremos que 
otros que no ha dos horas que no tenían deste mundo otra parte 
que servir en él de número que acrecentase el de las gentes, y ahora'' 
están tan encumbrados sobre la buena dicha, que los perdemos de 
vista; y si primero no parecían, por pequeños y encogidos, ahora 
no los podemos alcanzar, por grandes y levantados. Y si en esto 
consistiera volver nosotros á la forma que dices, ya lo hemos visto 
y lo vemos á cada paso; por do me doy á entender que no en el 
sentido alegórico, sino en el literal se han de tomar los versos de 
la Camacha; ni tampoco en éste consiste nuestro remedio, pues 
muchas veces hemos visto la que dicen, «■ y nos estamos tan perros 
como ves;/ asi que la Camacha fué burladora falsa, y la Cañizares 
embustera, y la Montiela tonta, maliciosa y bellaca, con perdón sea 
dicho, si acaso A' es nuestra madre de entrambos, ó tuya; que yo no 
la quiero tener por madre. Digo, pues, que el verdadero sentido es 
un juego de bolos, donde con presta diligencia derriban los que 
están en pie, y vuelven á alzar los caídos, y esto, por la mano de 
quien lo puede hacer. Mira, pues, si en el discurso de nuestra vida 
habremos visto jugar á los bolos, y si hemos visto por esto haber 
vuelto á ser hombres, si es que lo somos. ''' 



a. 


con poderosa mano. R. 


/>. 


(estos versos, corridos, como i)rosa). / y ¿. 


c. 


de aquellos que mas. i y Jí. 


d. 


agora. 2. 


e. 


lo que dicen. Ji. 


/■ 


como vees. i y ¿. 


g- 


a caso. I y 2. 


h. 


somos /• 2. 



— 348 — 
BERGANZA 

Digo que tienes razón, Cipión hermano, y que eres más discreto 
de lo que pensaba; y de lo que has dicho vengo á pensar y creer 
que todo lo que hasta aquí hemos pasado, y lo que estamos pa- 
sando, es sueño, y que somos perros; pero no por esto dejemos de 
gozar deste bien de la habla que tenemos, y de la excelencia tan 
grande de tener discurso humano, todo el tiempo que pudiéremos; 
y así, no te canse el oírme contar lo que me pasó con los gitanos 
que me escondieron en la cueva. 

CIPIÓN 

De buena gana te escucho, por obligarte á que me escuches 
cuando te cuente, si el cielo fuere servido, los sucesos de mi vida. 

BERGANZA 

La que tuve con los gitanos fué considerar en aquel tiempo sus 
muchas malicias, sus embaimientos y embustes, los hurtos en que 
se ejercitan, asi gitanas como gitanos, desde el punto casi que salen 
de las mantillas y saben andar. ¿Ves « la multitud que hay dellos es- 
parcida por toda España? i" Pues todos se conocen y tienen noticia 
los unos de los otros, y trasiegan y trasponen los hurtos déstos en 
aquéllos, y los de aquéllos en éstos. 

Dan la obediencia, mejor que á su rey, á uno que llaman Conde, 
al cual , '^ y á todos "' los que del suceden , tienen el sobrenombre de 
Maldonado; ^"^ y no porque vengan del apellido deste noble linaje, 
sino porque un paje de un caballero deste nombre se enamoró de 
una gitana, la cual ' no le quiso conceder su amor si no se hacía 
gitano y la tomaba por mujer, ^o* Hízolo así el paje, y agradó tanto á 



a, Vees. j y 2.. 

i. por España } i y /{. 

c. el cual. R. 

a. y todos. K. 

c gitana , muy hermosa, la cual K. 



— 349 — 

los demás gitanos, que le alzaron por señor, y le dieron la obedien- 
cia, y como en señal de vasallaje le acuden con parte de los hurtos 
que hacen, como sean de importancia. 

Ocúpanse, por dar color á su ociosidad, en labrar cosas de hie- 
rro, haciendo instrumentos con que facilitan sus hurtos; y así los 
verás siempre traer á vender por las calles tenazas, barrenas y mar- 
tillos, " y ellas, trébedes y badiles. ^^^ Todas ellas son parteras, y 
en esto llevan ventaja á las nuestras, porque sin costa ni adherentes 
sacan sus partos á luz, y lavan las criaturas con agua fría en nacien- 
do, ^<"' y desde que nacen hasta que mueren se curten y muestran á 
sufrir las inclemencias y rigores del cielo; y así verás que todos son 
alentados, volteadores, *"' corredores y bailadores. Cásanse siempre 
entre ellos, porque no salgan sus malas costumbres á ser conocidas 
de otros; ellas guardan el decoro á sus maridos, y pocas hay que 
les ofendan con otros que no sean de su generación. Cuando piden 
limosna, más la sacan con invenciones y chocarrerías que con de- 
vociones; y á titulo que no hay ''' quien se fíe dellas, no sirven, 
y dan en ser holgazanas; y pocas ó ninguna vez he visto, si mal no 
me acuerdo, ninguna gitana á pie ' de altar comulgando, puesto que 
muchas veces he entrado en las iglesias. Son sus pensamientos ima- 
ginar cómo han de engañar y dónde han de hurtar. "' Confieren sus 
hurtos y el modo que tuvieron en hacellos; y así, un día contó un 
gitano delante de mí á otros un engaño y hurto que un día había 
hecho á un labrador: y fué que el gitano tenía un asno rabón, y en 
el pedazo de la cola que tenía sin cerdas le ingirió otra peluda, 
que parecía ser suya natural. Sacóle al mercado, comprósele un la- 
brador por diez ducados, y en habiéndosele vendido y cobrado el 
dinero, le dijo que si quería comprarle otro asno hermano del mis- 
mo, y tan bueno como el que llevaba, que se le vendería por más 



a. barrenas, martillos. / y A'. 

b. y á título de que no hay. /. 

c. al pie. A'. 

d. hurtat. 2. 



— 350 — 

buen precio. ^^^ Respondióle el labrador que fuese por él y le trúje- 
se, que él se le compraría, y que en tanto que volviese llevarla el 
comprado á su posada. Fuese el labrador, siguióle el gitano, y, sea 
como sea, el gitano tuvo maña de hurtar al labrador el asno que le 
había vendido, y al mismo instante le quitó la cola postiza y quedó 
con la suya pelada; mudóle la albarda y jáquima, y atrevióse á ir á 
buscar al labrador, para que se le comprase; y hallóle " antes que 
hubiese echado menos el asno primero, ^"^ y á pocos lances compró 
el segundo. 

Fuésele á pagar á la posada, donde halló menos la bestia á la 
bestia; y aunque lo era mucho, sospechó que el gitano se le había 
hurtado, y no quería pagarle. Acudió el gitano por testigos, y trujo á 
los que habían cobrado la alcabala del primer jumento, y juraron 
que el gitano había vendido al labrador un asno con una cola muy 
larga y muy diferente del asno segundo que vendía. Á todo esto se 
halló presente un alguacil, ''' que hizo las partes del gitano con tantas 
veras, que el labrador hubo de pagar el asno dos veces. 

Otros muchos hurtos contaron, y todos ó los más, de bestias, en 
quien son ellos graduados, y en lo que más se ejercitan. ■"" Final- 
mente, ella es mala gente, y aunque muchos y muy prudentes jue- 
ces han salido contra ellos, no por eso se enmiendan, ^n 

Á cabo <^ de veinte días me quisieron llevar á Murcia; pasé por 
Granada, donde ya estaba el capitán cuyo atambor era mi amo. 
Como los gitanos lo supieron, me encerraron en un aposento del 
mesón donde vivían. Oíles decir la causa; no me pareció bien el 
viaje que llevaban, y así, determiné soltarme, como lo hice; y, sa- 
liéndome de Granada, di en una huerta de un morisco, que me aco- 
gió de buena voluntad, y yo quedé con mejor, pareciéndome que 
no me querría para más de para guardarle la huerta, oficio, á mi 
cuenta, de menos trabajo que el de guardar ganado; y como no 



a. comprase : hallóle. Jí. 
i. anguactl. 2. 
c. Al cabo. A". 



— 3S< — 

había allí altercar ''-' sobre tanto más cuanto al salario, fué cosa 
fácil hallar el morisco criado á quien mandar, y yo amo á quien 
servir. 

Estuve con él más de un mes, no por el gusto de la vida que te- 
nía, sino por el que me daba saber la de mi amo, y por ella la de 
todos cuantos moriscos viven en España. ¡Oh, cuántas y cuáles co- 
sas te pudiera decir, Cipión amigo, desta morisca canalla, si no te- 
miera no poderias dar fin en dos semanas! Y si las hubiera de par- 
ticularizar, no acabara en dos meses; mas, en efeto, habré de decir 
algo, y así , oye , en general , lo que yo vi y noté en particular desta 
buena gente. 

Por maravilla se hallará entre tantos uno que crea derechamente 
en la sagrada ley cristiana: todo su intento es acuñar y guardar dine- 
ro acuñado, ^'•'' y para conseguirie trabajan y no comen; en entrando 
el real en su poder, como no sea sencillo, ^" le condenan á cárcel 
perpetua y á escuridad eterna; de modo, que, ganando siempre y gas- 
tando nunca, llegan y amontonan la mayor cantidad de dinero que 
hay en España. Ellos son su hucha, su polilla, sus picazas y sus co- 
madrejas; ^1^ todo lo llegan , todo lo esconden y todo lo tragan. Con- 
sidérese que ellos son muchos, y que cada día ganan y esconden 
poco ó mucho, y que una calentura lenta acaba la vida, como la de 
un tabardillo, y como van creciendo se van aumentando los es- 
condedores, que crecen y han de crecer en infinito, como la ex- 
periencia lo muestra. Entre ellos no hay castidad, ni entran en 
religión ellos ni ellas; todos se casan, todos multiplican, porque 
el vivir sobriamente aumenta " las causas de la generación. No los 
consume la guerra, ni ejercicio que demasiadamente los trabaje. Ró- 
bannos á pie quedo, y con los frutos de nuestras propias hereda- 
des, !> que nos revenden, se hacen ricos, dejándonos á nosotros po- 
bres. ^ No tienen criados, porque todos lo son de sí mismos; no 



a. augmenta. 2 

h. nuestras heredades, i y R. 

c. se hacen ricos. No tienen criados, i y R. 



— 352 — 

gastan con sus hijos en los estudios, porque su ciencia no es otra 
que del robarnos, y ésta fácilmente la deprenden. « De los doce hi- 
jos de Jacob, que he oído decir que entraron en Egipto, cuando los 
sacó Moisén *'^ de aquel cautiverio, salieron seiscientos mil varo- 
nes, sin niños y mujeres; de aquí se podrá inferir lo que multipli- 
carán las déstos, * que sin comparación son en mayor número. 

CIPIÓN 

Buscado se ha remedio para todos los daños que has apuntado y 
bosquejado en sombra, que bien sé que son más y mayores los que 
callas que los que cuentas, y hasta ahora -^ no se ha dado con el que 
conviene; pero celadores prudentísimos tiene nuestra república, 
que, considerando que España cría y tiene en su seno tantas víbo- 
ras como moriscos, ayudados de Dios, hallarán á tanto daño cierta, 
presta y segura salida. "'' Di adelante. 

BERGANZA 

Como mi amo era mezquino, como de ordinario lo son "' todos 
los de su casta, sustentábame con pan de mijo, y con algunas 
sobras de zahinas,-"** común sustento suyo; pero esta miseria me 
ayudó á llevar el cielo por un modo tan extraño, como el que 
ahora ' oirás. 

Cada mañana, juntamente con el alba, amanecía sentado al pie 
de un granado, de muchos que en la huerta había, un mancebo, al 
parecer, estudiante, vestido de bayeta, no tan negra ni tan peluda, 
que no pareciese parda y tundida. Ocupábase en escribir en un car- 
tapacio, y de cuando en cuando se daba palmadas en la frente y se 
mordía las uñas, estando mirando al cielo; ^'^ y otras veces se ponía 



a. que la del robarnos. De los doce, i y A". 

b. los destos. 2. 

c. agora, 2. 

d. como lo son. i y J{. 

e. agora. 2. 



— 3S3 — 

tan imaginativo, que no movía pie ni mano, ni aun las pestañas: tal 
era su embelesamiento. 

Una vez me llegué junto á él, sin que me echase de ver; oíle 
murmurar entre dientes, y al cabo de un buen espacio dio una gran 
voz, diciendo: « Vive el Señor, que es la mejor otava " que he hecho 
en todos los días de mi vida>;— y escribiendo apriesa en su carta- 
pacio, daba muestras de gran contento; todo lo cual me dio á en- 
tender que el desdichado era poeta. Hícele mis acostumbradas cari- 
cias, por asegurarle de mi mansedumbre: écheme á sus pies, y él, 
con esta seguridad, prosiguió en sus pensamientos, y tornó á ras- 
carse la cabeza, y á sus arrobos, y á volver á escribir lo que había 
pensado. Estando en esto, entró en la huerta otro mancebo, galán 
y bien aderezado, con unos papeles en la mano, en los cuales de 
cuando en cuando leía; ='-" llegó donde estaba el primero y dí- 
jole: 

— ¿Habéis acabado la primera jornada? 

— Ahora '' le di fin, respondió el poeta, lo más ^ gallardamente 
que imaginarse puede. 

— ¿De qué manera?, preguntó el segundo. 

— Désta, respondió el primero. Sale Su Santidad del Papa, "'ves- 
tido de pontifical, con doce cardenales, todos vestidos de morado, 
porque cuando sucedió el caso que cuenta la historia de mi come- 
dia era tiempo de mutatio caparum, ^'^^ en el cual los cardenales 
no se visten de rojo, sino de morado; y así, en todas maneras con- 
viene, para guardar la propiedad, que estos mis cardenales salgan 
de morado, y ésto es ' un punto que hace mucho al caso para la 
comedia, ^^2 y á buen seguro dieran en él, y asi hacen á cada paso 
mil impertinencias y disparates; yo no he podido errar en esto, por- 



a. 


octava. 1 ^ R. 


b. 


Aaora. /. 




agora. 2. 


c. 


la más. / y 2. 


d. 


Su Santidad el papa. R. 


e. 


éste es. 2y R. 



23 



— 354 — 

que he leído todo el Ceremonial Romano, por sólo acertar en estos 
vestidos. 

— Pues ¿de dónde queréis vos, replicó el otro, que tenga mi 
autor 823 vestidos morados para doce cardenales? '^'^^ 

Pues si me quita uno tan sólo, respondió el poeta, así le daré yo 
mi comedia como volar. ¡Cuerpo de tal! ¿esta apariencia tan gran- 
diosa se tía de perder? Imaginad vos desde aquí lo que parecerá en 
un teatro un Sumo Pontífice con doce graves cardenales, y con 
otros ministros de acompañamiento, que forzosamente han de traer 
consigo; ¡vive el cielo, que sea uno de los mayores y más altos es- 
pectáculos que se haya visto en comedia, aunque sea la de El Ra- 
millete " de Baraja ! ^^^ 

Aquí acabé de entender que el uno era poeta y el otro comedian- 
te. El comediante aconsejó al poeta que cercenase algo de los car- 
denales, si no quería imposibilitar al autor el hacer la comedia; á lo 
que dijo '• el poeta que le agradeciesen que no había puesto todo el 
cónclave que se halló junto al acto memorable que pretendía traer 
á la memoria de las gentes en su felicísima comedia. Rióse ' el reci- 
tante, y dejóle en su ocupación, por irse á la suya, que era estu- 
diar un papel de una comedia nueva. El poeta, después de haber 
escrito algunas coplas de su magnífica comedia, con mucho sosiego 
y espacio sacó de la faldriquera algunos mendrugos de pan y obra 
de veinte pasas, que, á mi parecer, entiendo que se las conté, y 
aun estoy en duda si eran tantas, porque juntamente con ellas ha- 
cían bulto ciertas migajas de pan que las acompañaban. Sopló y 
apartó las migajas, y una á una se comió las pasas, y los palillos, 
porque no le vi arrojar ninguno, ayudándolas con los mendrugos, 
que, morados con la borra de la faldriquera, parecían mohosos, y 
eran tan duros de condición, que aunque él procuró enternecerlos 
paseándolos por la boca una y muchas veces, no fué posible mo- 



a, del Ramillete, i, 2y R. 
/>. a !o cual dijo. 2. 
c. riyóse. M. 



— 3SS — 

verlos de su terquedad; todo lo cual redundó en mi provecho, por- 
que me los arrojó, diciendo: 

— ¡To, to! Toma; que buen provecho te hagan. 

¡Mirad, dije entre mí, qué néctar ó ambrosía me da este poeta, 
de los que ellos dicen que se mantienen los dioses y su Apolo allá 
en el cielo! En fin, por la mayor parte, grande es la miseria de los 
poetas; pero mayor era mi necesidad, pues me obligó á comer lo 
que él desechaba. 

En tanto que duró la composición de su comedia no dejó de 
venir á la huerta, ni á mí me faltaron mendrugos, porque los repar- 
tía conmigo con mucha liberalidad, y luego nos íbamos á la noria, 
donde, yo de bruces y él con un cangilón, satisfacíamos la sed 
como unos monarcas. 

Pero faltó el poeta, y sobró en mí la hambre; tanto, que determi- 
né dejar al morisco y entrarme en la ciudad á buscar ventura; que 
la halla el que se muda, particularmente si es de malo á mejor esta- 
do. " Al entrar en la ciudad '' ^'^'^ vi que salía del famoso Monaste- 
rio de San Jerónimo ^" mi poeta, que como me vio, se vino á mí 
con los brazos abiertos, y yo me fui á él con nuevas muestras de 
contento y regocijo < por haberle hallado; luego al instante comen- 
zó á desembaular pedazos de pan más tiernos de los que solía lle- 
var á la huerta y á entregarlos á mis dientes, sin repasarlos por los 
suyos, merced que con nuevo gusto satisfizo mi hambre. Los tier- 
nos mendrugos y el haber visto salir á mi poeta del Monasterio 
dicho me pusieron en sospecha de que tenia las musas vergonzan- 
tes, como otros muchos las tienen. Encaminóse á la ciudad, y yo le 
seguí con determinación de tenerle por amo, si él quisiese, imagi- 
nando que de las sobras de su castillo se podía mantener mi real, 
porque no hay mayor ni mejor bolsa que la de la caridad, <^ cuyas 



a. el que se muda. Al entrar. ¡ -^ R. 

b. de la ciudad. /. 

c. nuevas muestras de regocijo por haberle, t y R. 

d. que la caridad. R. 



- 356 - 

liberales manos jamás están pobres ni necesitadas; « y así, no estoy 
bien con aquel refrán que dice: «Más da el duro que el desnudo», 
como si el duro y avaro diese algo, como lo da el liberal desnudo, 
que, en efeto, da el buen deseo, cuando más no tiene. 

De lance en lance paramos en la casa de un autor de comedias 
que, á lo que me acuerdo, se llamaba Ángulo el Malo, * de otro Án- 
gulo, no autor, sino representante, el más gracioso que entonces tu- 
vieron y ahora ^ tienen las comedias. ='•'« Juntóse toda la compañía á 
oir la comedia de mi amo, ^^" que ya por tal le tenía, y á la mitad 
de la jornada primera, uno á uno y dos á dos se fueron saliendo 
todos, excepto el autor y yo, que servíamos de oyentes. La comedia 
era tal, que, con ser yo un asno en esto de la poesía, me pareció 
que la había compuesto el mismo Satanás para total ruina y perdi- 
ción del mismo poeta, que ya iba tragando saliva, viendo la sole- 
dad en que el auditorio le había dejado; y no era mucho, si el alma 
présaga le decía allá dentro la desgracia que le estaba amenazando: 
que fué volver todos los recitantes, que pasaban de doce, «^"^ y sin 
hablar palabra, asieron de mi poeta, y si no fuera porque la auto- 
ridad del autor, llena de ruegos y voces, se puso de por medio, 
sin duda le mantearan, «^i Quedé yo del caso pasmado, "^ el autor 
desabrido, los farsantes alegres, y el poeta mohíno; el cual, con mu- 
cha paciencia, aunque algo torcido el rostro, tomó su comedia, y 
encerrándosela en el seno, medio murmurando dijo: 

— < No es bien echar las margaritas á los puercos » — ; ' y con 
esto, se fué con mucho sosiego. Yo, de corrido, ni pude ni quise se- 
guirle, y acertélo, á causa que el autor me hizo tantas caricias, que 
me obligaron á que con él me quedase, y en menos de un mes salí 
grande entremesista y gran farsante de figuras mudas. -'^'^ Pusiéron- 
me un freno de orillos, y enseñáronme á que arremetiese en el tea- 



a. jamas están pobres. Y así no. / y /f . 

i. Ángulo el Malo, por distinguirle de otro. /". 

c. agora. 2. 

d. del caso como pasmado. Ji. 

e. y sin decir mas palabra se fué con mucho sosiego. R. 



— 357 — 

tro á quien ellos querían; de modo que, como los entremeses solían 
acabar por la mayor parte en palos, en la compañía de mi amo 
acababan en zuzarme, »'^'' y yo derribaba y atropellaba á todos, 
con que daba que reir á los ignorantes, y mucha ganancia á mi 
dueño. 

¡Oh Cipión! ¡Quién te pudiera contar lo que vi en estay en otras 
dos compañías de comediantes en que anduve! '"^ Mas, por no ser 
posible reducirlo á narración sucinta y breve, lo habré de dejar para 
otro día, si es que ha de haber otro día en que nos comuniquemos. 
¿Ves " cuan larga ha sido mi plática? ¿Ves ''' mis muchos y diversos 
sucesos? ¿Consideras mis caminos y mis amos tantos? ' Pues todo 
lo que has oído es nada, comparado á lo que te pudiera contar de 
lo que noté, averigüé y vi desta gente: su proceder, su vida, sus 
costumbres, sus ejercicios, sus trabajos, ""su ociosidad, su ignoran- 
cia y su agudeza, '■ con otras infinitas cosas, unas para decirse al 
oído, y otras / para aclamalias en público, y todas para hacer memo- 
ria dellas, y para desengaño de muchos que idolatran en figuras fin- 
gidas y en bellezas de artificio y de transformación. 

CIPIÓN 

Bien se me trasluce, Berganza, el largo campo que se te descubría 
para dilatar tu plática, y soy de parecer que la dejes para cuento 
particular, y para sosiego no sobresaltado. 

BERGANZA 

Sea así, y escucha. .? Con una compañía llegué á esta ciudad de 
Valladolid, donde en un entremés me dieron una herida, que me 



a. Vees. /ya. 

b. Vees. / y 2. 

c. tantos como han sido? pues todo. R. 

d. su trabajo, i y R. 

e. ignorancia , su agudeza. 2. 

f. oído, otras. R. 

g. y escúcha^/ií ahora un poco. Con una compañía. R. 



- Í58 - 

llegó " casi al fin de la vida; no pude vengarme, por estar enfrenado 
entonces, y después á sangre fría no quise; que la venganza pen- 
sada arguye crueldad y mal ánimo. Cansóme aquel ejercicio, no por 
ser trabajoso, ''' sino porque veía en él cosas que, juntamente, pe- 
dían enmienda y castigo; y como á mí estaba más el sentillo que el 
remediallo, acordé de no verlo, y así, me acogí á sagrado, como ha- 
cen aquellos que dejan los vicios cuando no pueden ejercítanos; '^^ 
aunque más vale tarde que nunca. 

Digo, pues, que viéndote una noche llevar la linterna con el buen 
cristiano Mahudes, te consideré contento y justa y santamente ocu- 
pado; y lleno de buena envidia, quise seguir tus pasos, y con esta 
loable intención me puse delante de Mahudes, que luego me eligió 
para tu compañero, y me trujo á este hospital. Lo que en él me ha 
sucedido no es tan poco, que no haya menester espacio para con- 
tallo; especialmente lo que oí á cuatro enfermos, que la suerte y la 
necesidad trujo á este hospital, y á estar todos cuatro juntos en 
cuatro camas apareadas. Perdóname, porque el cuento es breve y 
no sufre dilación, y viene aquí de molde. 

CIPIÓN 

Sí perdono. Concluye; que, ' á lo que creo, no debe de estar le- 
jos '' el día. 

BERGANZA 

Digo que en las cuatro camas que están al cabo desta enferme- 
ría, en la una estaba un alquimista, en la otra un poeta, en la otra 
un matemático, y en la otra uno de los que llaman arbitristas. 

CIPIÓN 

Ya me acuerdo haber visto á esa buena ' gente. 



a. llevó, R. 

b. trabajo. 1 y R. 

c. concluye presto, que. R. 

d. debe estar muy lejos. R. 

e. acuerdo haber visto esa buena, a. 



359 — 



BERQANZA 



Digo, pues, que una siesta de las del verano pasado, estando ce- 
rradas las ventanas, y yo cogiendo el aire debajo de la cama del 
uno dellos, el poeta se comenzó á quejar lastimosamente de su for- 
tuna; y preguntándole el matemático de qué se quejaba, " respondió 
que de su corta suerte. 

— ¿Cómo, y no será razón que me queje, prosiguió, que habien- 
do yo guardado lo que Horacio manda en su Poética, que no salga 
á luz la obra que después de compuesta no hayan pasado diez años 
por ella, ^ '^'■^'^ y que tenga yo una de veinte años de ocupación ***' y 
doce de pasante, ^''^^^ grande en el sujeto, admirable y nueva en la 
invención, grave en el verso, entretenida en los episodios, maravi- 
llosa en la división, porque el principio responde al medio y al 
fin,-'-^'' de manera que constituyen el poema alto, sonoro, heroico, 
deleitable y sustancioso, *^" y que, con todo esto, no hallo un Prin- 
cipe á quien dirigille? ' ^*^ Príncipe, digo, que sea inteligente, li- 
beral y magnánimo. ¡Misera edad y depravado siglo nuestro! 

— ¿De qué trata el libro?, preguntó el alquimista. 

Respondió el poeta: < —Trata de lo que dejó de escribir el Arzo- 
bispo Turpin del Rey Artús de Inglaterra, "' con otro suplemento de 
la Historia de ¡a Demanda del Santo Brial, í- «^^ y todo en verso he- 
roico, parte en otavas/ y parte en verso suelío; pero todo esdrú- 
julamente, digo, en esdrújulos de nombres sustantivos, sin admitir 
verbo alguno. ^** 

— Á mí, respondió el alquimista, poco se me entiende de poesía; 
y así, no sabré poner en su punto la desgracia de que vuesa mer- 
ced se queja, puesto que, aunque fuera mayor, no se igualaba á la 



a. quejaba? /. 

/>. por ella? /. 

c. dirigirte, i y X. 

d. Ingalaterra. R. 

e. Grial. R. 

f. octava. R. 



— 36o — 

mía, que es que, por faltarme instrumento, ó un Príncipe que me 
apoye y me dé á la mano los requisitos que la ciencia de la alqui- 
mia pide, 8** no estoy ahora manando en oro, y con más riquezas 
que los Midas, que los Crasos y Cresos. 

— ¿Ha iiecho vuesa merced, dijo á esta sazón el matemático, se- 
ñor alquimista, la experiencia de sacar plata de otros metales? 

— Yo, respondió el alquimista, no la he sacado hasta ahora; '^ pero 
realmente sé que se saca, y á mí no me faltan dos meses para aca- 
bar la piedra filosofal, con que se puede hacer plata y oro de las 
mismas piedras. 

— Bien han exagerado vuesas mercedes sus desgracias, dijo á 
esta sazón el matemático; pero, al fin, el uno tiene libro que dirigir, 
y el otro está en potencia propincua "** de sacar la piedra filoso- 
fal; * mas ¿qué diré yo de la mía, que es tan sola, que no tiene 
donde arrimarse? Veinte y dos años ha que ando tras hallar el pun- 
to fijo, y aquí lo dejo, y allí lo tomo, y, pareciéndome que ya lo he 
hallado y que no se me puede escapar en ninguna manera, cuando 
no me cato, 3'"' me hallo tan lejos del, que me admiro; lo mismo me 
acaece con la cuadratura del círculo, que he llegado tan al remate 
de hallarla, que no sé ni puedo pensar cómo no la tengo ya ' en la 
faldriquera; ^*' y así, es mi pena semejable <^ á las de Tántalo, que 
está cerca del fruto, y muere de hambre; y propincuo al agua y pe- 
rece de sed. Por moiiientos pienso dar en la coyuntura de la verdad, 
y por minutos me hallo tan lejos della, que vuelvo á subir el monte 
que acabé de bajar, con el canto de mi trabajo á cuestas, ' como 
otro nuevo Sísifo. 

Había hasta este punto guardado silencio el arbitrista, y aquí le 
rompió, diciendo: 



a. agora, i. 

b. añade : con que quedará tan rico como lo han quedado todos aquellos que han seguido 
este rumbo; mas <qué diré yo R. 

c. como la tengo ya. 2. 

d. semejante. 2 y R. 

e. acuestas. 1 y 2. 



- 36i - 

— Cuatro quejosos, tales, que lo pueden ser del Gran Turco, ^** 
ha juntado en este hospital la pobreza; y reniego yo de oficios y 
ejercicios que ni entretienen, ni dan de comer á sus dueños. Yo, se- 
ñores, soy arbitrista, y he dado á su Magestad, en diferentes tiem- 
pos, muchos y diferentes arbitrios, todos en provecho suyo y sin 
daño del Reino; y ahora tengo hecho un memorial donde le suplico 
me señale persona con quien comunique un nuevo arbitrio que ten- 
go, ■''*'' tal, que ha de ser la total restauración de sus empeños; pero 
por lo que me ha sucedido con los otros memoriales, entiendo que 
éste también ha de parar en el carnero. Mas porque vuesas merce- 
des no me tengan por mentecapto, " aunque mi arbitrio quede desde 
este punto público, **" le quiero decir, que es éste: Hase de pedir 
en Cortes que todos los vasallos de su Magestad, desde edad >> de 
catorce á sesenta años, sean obligados á ayunar una vez en el mes 
á pan y agua, ^^^ y esto ha de ser el día que se escogiere y señalare; 
y que todo el gasto que en otros condumios de fruta, carne y pes- 
cado, vino, huevos y legumbres que se han de gastar ^ aquel día, se 
reduzga á dinero, y se dé á su Magestad, sin defraudalle un ardite, 
so cargo de juramento; ''^ y con esto, en veinte años queda libre de 
socaliñas y desempeñado; porque si se hace la cuenta, como yo la 
tengo hecha, bien hay en España más de tres millones de personas 
de la dicha edad, ^^'^ fuera de los enfermos, más viejos ó más mu- 
chachos, y ninguno déstos dejará de gastar (y esto, contado al me- 
norete) cada día real y medio; y yo quiero que sea no más de un 
real, que no puede ser menos, aunque coma <^ alholvas. Pues ¿paré- 
celes á vuesas mercedes que sería barro tener cada mes tres millo- 
nes de reales como ahechados? ^^* Y esto antes sería provecho que 
daño á los ayunantes, porque con el ayuno agradarían al cielo y 
servirían á su Rey, y tal podría ayunar que le fuese conveniente para 



a. nwntecato. R, 

h. desde la edad. R. 

c. legumbres que han de gastar. /. 
legumbres, se han de gastar. R. 

d. como. 2. 



— 362 — 

su salud. Éste es el arbitrio, " limpio de polvo y de paja, y podríase 
coger por parroquias, sin costa de comisarios, que destruyen la re- 
pública. 

Riyéronse todos del arbitrio y del arbitrante, y él también se riyó 
de sus disparates, y yo quedé admirado de haberlos oído, y de ver 
que, por la mayor parte, los de semejantes humores venían á morir 
en los hospitales. * 

CIPIÓN 

Tienes razón, Berganza. Mira si te queda más que decir. 

BEROANZA 

Dos cosas no más, con que daré fin á mi plática; que ya me pa- 
rece que viene el día. Yendo una noche mi mayor á pedir limosna 
en casa del Corregidor desta ciudad, que es un gran caballero y 
muy gran cristiano, *^» hallámosle solo, y parecióme á mí tomar oca- 
sión de aquella soledad para decille ' ciertos advertimientos que ha- 
bía oído decir á un viejo enfermo deste hospital, acerca de cómo 
se podía remediar la perdición tan notoria de las mozas vagamun- 
das, que, por no servir, dan en malas, y tan malas, que pueblan los 
veranos "' todos los hospitales de los perdidos ^ que las siguen: plaga 
intolerable y que pedía presto y eficaz remedio. ^^'^ Digo que que- 
riendo/ decírselo, alcé la voz, pensando que tenia habla, y en lu- 
gar de pronunciar razones concertadas, ladré con tanta priesa y con 
tan levantado tono, que, enfadado el Corregidor, dio voces á sus 
criados que me echasen de la sala á palos, y un lacayo que acudió 
á la voz de su señor, que fuera mejor que por entonces estuviera 
sordo, asió de una cantimplora de cobre que le vino á la mano, y 



a. Este es arbitrio. / 

¿. hispitiiles, 2. 

c. decirle, i. 

d. que pueblan dos veranos. /. 

e. que pueblan los hospitales; de los perdidos. R. 

f. quiricndo. í. 



— 363 — 

dióniela tal en mis costillas, que liasta ahora guardo las reliquias de 
aquellos golpes. 

CIPIÓN 

Y ¿quejaste deso, Berganza? 

BERGANZA 

Pues ¿no me tengo de quejar, si hasta ahora me duele, como he 
dicho, y si me parece que no merecía tal castigo mi buena intención? 

CIPIÓN 

Mira, Berganza: nadie se ha de meter donde no le llaman, " ni ha 
de querer usar del oficio que por ningún caso le toca; y has de con- 
siderar que nunca el consejo del pobre, por bueno que sea, fué 
admitido, ni el pobre humilde ha de tener presumpción '' de aconse- 
jar á los grandes y á los que piensan que se lo saben todo. La sabidu- 
ría en el pobre está asombrada; que la necesidad y miseria son 
sombras ' y nubes que la escurecen, y si acaso'' se descubre, la 
juzgan por tontedad y la tratan con menosprecio. 

BERGANZA 

Tienes razón; y, escarmentando en mi cabeza, de aquí adelante 
seguiré tus consejos. Entré asimismo otra noche en casa de una se- 
ñora principal, la cual tenía en los brazos una perrilla ' destas que 
llaman de falda, ^^' tan pequeña, que se pudiera/ esconder en el 
seno; la cual, cuando me vio, saltó de los brazos de su señora y 
arremetió á mí ladrando, y con tan gran denuedo, que no paró hasta 
morderme de una pierna. Volvíla á mirar con respeto a' y con enojo, 



a. lo llaman. R. 

b. presunción. R. 

c. son las sombras. /. 

d. a caso. / y 2. 

e. perrita. R. 

f. que ¡a pudiera. /. 

g. respecto. I, 



— 364 — 

y dije entre mí: «Si yo os cogiera, animalejo ruin, en la calle, ó no 
hiciera caso de vos, ó os hiciera pedazos entre los dientes.» Con- 
sideré en ella que hasta los cobardes y de poco ánimo son atrevi- 
dos é insolentes cuando son favorecidos, y se adelantan á ofender 
á los que valen más que ellos. 

CIPIÓN 

Una muestra y señal desa verdad que dices nos dan algunos hom- 
brecillos, ^^'^ que, á la sombra de sus amos, se atreven á ser insolen- 
tes; y si acaso " la muerte ó otro accidente de fortuna derriba el 
árbol donde se arriman, luego se descubre y manifiesta su poco 
valor; porque, en efeto, no son de más quilates sus prendas que los 
que les dan sus dueños y valedores. La virtud y el buen entendi- 
miento siempre es una y siempre es uno, desnudo ó vestido, solo ó 
acompañado; ''' bien es verdad que puede padecer acerca de la esti- 
mación de las gentes; mas no en la realidad verdadera de lo que 
merece y vale. Y con esto pongamos fin á esta plática; que la luz 
que entra por estos resquicios muestra que es muy entrado el día, y 
esta noche que viene, si no nos ha dejado este grande beneficio 
de la habla, será la mía para contarte mi vida. 

BERQANZA 

Sea así, "^ y mira que acudas á este mismo puesto. '^ 



El acabar el coloquio el Licenciado y el despertar el Alférez fué 
todo á un tiempo, y el Licenciado dijo: 

— Aunque este coloquio sea fingido, y nunca haya pasado, paré- 



a. a caso. /ya. 

6. añade : no ha menester apoyos ni necesita de amparos; por sí solo vale, sin que las gran- 
des dichas le ensoberbezcan , ni las adversidades les desanimen : 8*9 bien es verdad j?. 

c. ansí. I. 

d. añade: que yo fío en el cielo que nos ha de conservar el habla para decir las muchas 
V erdades que ahora se nos quedan por falta de tiempo. El acabar R. 



— 36S — 

cerne que está tan bien " compuesto, que puede el señor Alférez 
pasar adelante con el segundo. 

— Con ese parecer, respondió el Alférez, me animaré y disporné * 
á escribille, ' sin ponerme más en disputas con vuesa merced, si 
hablaron los perros ó no. 

Á lo que dijo el Licenciado: 

— Señor Alférez, no volvamos más á esa disputa; yo alcanzo el 
artificio del coloquio y la invención, y basta. ^«^ Vamonos al Espolón 
á recrear los ojos del cuerpo, pues ya he recreado los del entendi- 
miento. 

— Vamos, '' dijo el Alférez. 
Y con esto, se fueron. 



a. también. 2. 

b. dispondré. K. 

c. escribirle, i. 

d. en buen hora. R. 



NOTAS 



Campo fecundo de investigación y de trabajo para literatos é histo- 
riadores viene siendo el hidalgo solar cervantino desde casi dos siglos 
á la parte. Hasta ha muy poco, redujéronse la mayoría de las empre- 
sas eruditas á porfiadas exploraciones y rebuscas sobre la vida del fa- 
moso todo y regocijo de las Musas; y cuando, por creer agotado este 
filón, vieron sus plumas ociosas, tiraron á hacer de aquel suelo una 
inexhausta mina de omnisciente sabiduría, en la cual pródigamente ha- 
llaban tan copioso linaje de conocimientos y saberes, que, arrancando 
de los misterios de la Medicina, remataba en una pericia marinera ó 
económica que ponía espanto. 

Pero no ya solamente estos trabajos exóticos, sino hasta los mismos 
estudios cervantinos concienzudos y serios adolecieron siempre de un 
pecado capital : el de aislar con exceso la figura de Cervantes de las de 
sus contemporáneos, como imaginándole nacido, por arte de maravi- 
llosa y espontánea generación, en medio de una desolada estepa, que 
la florida fantasía de sus cultivadores poblaba, caprichosamente y á su 
modo, de juicios personales, sin solidez científica ni base, párrafos 
pomposos, comentarios retóricos y altisonantes, ó desusadas, hiper- 
bólicas y empalagosas alabanzas, lírica y hojarasca, en fin, que á la 
ardiente llama de la crítica pura deshacíase en humo, vistoso y alegre 
á los ojos, eso sí, en sus extrañas formas y dibujos, pero humo tan 
sólo. En cambio, del medio en el que Cervantes vivió, de la atmósfera 
generosa que sus escritos respiraron, de aquella España singular y 
castiza que le tuvo por hijo, y de la cual lo fué tan genuino, nada ó 
casi nada decían; salvo honrosas y muy contadas excepciones. O des- 
deñaban el hacerlo, ó barruntaban que la empresa estaba llena de muy 
espinosas é intrincadas dificultades. Ello fué que , por una ú otra causa, 
siempre que de Cervantes escribían, aferrábanse á él, soslayando lo 
demás ladinamente. 

44 



— 370 — 

Por fortuna, en estos últimos tiempos ha mudado su rumbo la crí- 
tica, cambiando el mal criterio y desapareciendo el mal gusto que 
aquellas imprudentes y excesivas admiraciones revelaban. Hoy todos 
estimamos á Miguel de Cervantes como escritor, el más insigne y glo- 
rioso de los españoles, si se quiere, pero escritor tan sólo; que, hasta 
pocos años antes de su muerte, vivió obscurecido y pobre en la opu- 
lenta confusión de su siglo; y de la cual, á vuelta de azares, desdi- 
chas, pesadumbres y malandanzas, llevó á las páginas de sus es- 
critos muchos sucesos, propios y ajenos, y buena parte de su espí- 
ritu. De ahí que, abandonando el holladísimo subsuelo (aunque sin 
despreciar por eso su figura, enigmática todavía en muchos rasgos y 
pasajes de su vida), aspiren honrosamente los modernos estudios á 
descubrir y recomponer costumbres, usos, sucedidos y personajes que 
á su pincel divino sirvieron de colores para trazar los cuadros que sacó 
con maravilloso y no superado realismo. 

Y puestos en la empresa, acaso no sea el más errado de los caminos 
para lograrlo el de las ediciones críticas. Porque en ellas, con achaque 
de servir remozado el texto de una obra, limpio de erratas, libre de 
postizos, y en toda su integridad y pureza, cabe discurrir también so- 
bre sus orígenes , entronques y méritos , lugar donde vio la luz , y causas 
secundarias y externas que la motivaron, exornándola á la postre de 
breves y pertinentes notas que ilustren sus puntos de costumbres, des- 
embocen sus obscuras alusiones y sátiras, aclaren sus giros y arcaís- 
mos, á fin de que, casando la erudición con la amenidad, hagan entre 
todas de amable cicerone y guía para con el lector que intente atravesar 
la exuberante campiña de sus páginas. «Luz, más luz es lo que esos 
libros inmortales requieren — ha escrito la pluma de oro de la crítica 
literaria española con relación á las Novelas ejeviplares — ; luz que 
comience por esclarecer los arcanos gramaticales y no deje palabra 
ni frase sin interpretación segura, y explique la génesis de la obra, 
y aclare todos los rasgos de costumbres, todas las alusiones litera- 
rias, toda la vida tan animada y compleja que Cervantes refleja en sus 
libros.» 

Acatando substancialmente este criterio, al emprender el comenta- 
rio de El Casamiento engañoso y del Coloquio de los Perros, procuré 
encerrar, no obstante, el mío en los severos límites de una prudente 
sobriedad, refrenando la ambiciosa pluma, que reclamaba á menudo 



- 37» — 
más espacio y holgura del que, para cumplir con mi propósito, podía 
concederle. 

Consecuente con él, en las notas gramaticales he admitido tan sólo 
aquellas que se refieren á algún modismo castizo, perdido 6 desusado 
hoy de todo punto, así como las voces que nuestro Diccionario, 6 no 
ha incluido, ó calla el sentido en que aparecen citadas en la novela; des- 
deñando las incorrecciones cervantinas , salvo en aquellos casos en que 
por su gravedad y caída pidan ellas mismas ser enmendadas, para que 
el lector no tenga mi silencio por punible descuido 6 por inexcusable 
ignorancia. La misma sobriedad que predico me ha hecho huir del mé- 
todo ckmencinesco, aun admirando, como admiro, el saber, la doctrina 
y extraordinario mérito de su insigne comentario, que, á pesar de 
los años, ni ha envejecido, ni ha encontrado todavía quien le sustituya 
sin desventaja. * 

En las notas históricas he sido más amplio y tolerante , por ser tam- 
bién más nuevo el asunto y por pedirlo el carácter mismo del Coloquio, 
reflejo tan fiel de la vida riquísima de su tiempo. Todas ellas llevan un 
fin: servir de adelantos y jalones para una futura Historia de las cos- 
tumbres españolas bajo los Aiisírias, obra con la cual mi ambición ju- 
venil soñó más de una vez; pero hermoso sueño que, al despertar, 
truécase en titánica empresa, guardada para manos más capaces y 
doctas que las mías. Dentro de la especialización de los estudios, que 
cada día imponen más las nuevas orientaciones y progresos de las 
ciencias, singularmente de las históricas, pocos libros habrá que — á 
componerse — acierten á llenar un objeto tan alto é importante como 
este que anhelo. En Francia, Alemania é Inglaterra, los trabajos de 
Lacroix, Taine, Janssen, Macaulay y tantos otros han mostrado el 
fruto que de la historia de las costumbres puede sacarse para la gene- 
ral de un pueblo, y las oportunas enseñanzas que regala. En España, 



* Escribiéronse estas líneas hace ya bastante tiempo , mucho antes que el benemérito 
anotador de Kinconetí y Cortadillo, D. Francisco Roilrí¡;uez Marín, sacara á luz los pri- 
meros tomos de su valiosísima edición comentada de El Ingenioso Hiiialgo, anuncio y he- 
raldo de una futura y cuasi preparada, más extensa, donde, por milagros de su saber y 
hazañas de su ingenio, quedar.i cumplida, y por 61 solo, aquella sobrehumana empresa para 
la cual Menéndez y Pelayo exigía, y con razón, el concurso de una generación entera de 
eruditos: el comentario del Quijote. No extrañe, pues, el lector este anacronismo, así 
como cualesquicr otros que halle en el curso de la obra. 



— 372 — 

desdeñada por todos (salvo algunos ensayos, no muy afortunados, de 
D. Adolfo de Castro y de D. Julio Monreal), no se ha comenzado 
verdaderamente aún; mas hora es ya de que se vaya contribuyendo á 
tan grandiosa empresa. Si algún mérito ú originalidad tuvieren estas 
notas, será el de que abro con ellas el inexplorado camino, aunque sea 
dentro de los estrechos linderos con que su mismo carácter de notas 
me sujeta. 

Con todo esto, no he vacilado en seíialar en ellas fuentes y datos no 
utilizados por mí, pensando al consignarlos que, aunque no mate la 
liebre, al menos, la moveré para que otros la alcancen. No sé por qué 
hemos de confundir la erudición con la cicatería. Ahí quedan muchos 
lugares citados tan sólo, especialmente de aquellas tres fuentes de 
riquísimo valer para la historia de nuestras costumbres, casi vírgenes 
hasta ahora, y que no dudo en señalar á los estudiosos como cu- 
riosísimas: las Actas de las Cortes de Castilla, los Libros de la Sala de 
Alcaldes de Casa y Corte y los Procesos de todas clases incoados por la 
Santa Inquisición; tres abundantes veneros para nuestra historia, los 
cuales, no obstante haber sido explorados por mí, conservan aún in- 
tacta mucha riqueza y están clamando por plumas y brazos que los 
ahonden. 

He procurado, por último, ser sincero, alejándome en lo posible de 
las conjeturas, y no avergonzándome de declarar con franqueza mis 
pocas letras cuando, á pesar de mis esfuerzos, no logré atinar con la 
verdad que con tanto ahinco perseguía. 

No digo que haya acertado, ni menos aún que el Coloquio tenga, hoy 
por hoy, aquel comentador que su excelsa importancia y alteza reque- 
rían: si entré en él y me decidí á hollar sus páginas, fué porque me pa- 
reció que eran cosa nidlius, y amenazaban serlo durante muchos años 
en esta España donde tan escasa es la afición que hacia este linaje de 
estudios é investigaciones, míseramente, se observa. Por eso, cuando 
el lector tropiece más de una vez con caídas y errores hijos de mi 
pluma, antes que brote en su boca la censura, pídole tan sólo que re- 
cuerde y medite un instante aquellas hermosas palabras del Águila 
de Hipona, que ellas me excusarán y justificarán con él, mejor, mucho 
mejor que mis razones, desmayadas y torpes: 

«Nunca es más perdonable la equivocación que cuando nace de un 
amor ardentísimo por la verdad. » 



NOTAS 



1 ... fuera de ia Puerta del Campo ... 

Una de las cuatro puertas de la muralla que daban acceso á la ciu- 
dad. La historia de su nombre la relatan de este modo los historiado- 
res pincianos: 

En tiempo de Fernando IV de Castilla acudieron ante el Rey dos 
caballeros llamados D. Pedro de Benavides y D. Pedro Alonso de 
Carvajal, en demanda de un campo 6 liza donde celebrar un desafío 
que, por sus diferencias, ambos tenían concertado. Concedióles el Mo- 
narca para ello el terreno que se extendía delante de esta puerta: cele- 
bróse el combate, y en lo más fiero de él cayó muerto D. Pedro de 
Benavides, bautizando con su sangre aquel lugar, que desde entonces 
se llamó Puerta del Campo, i 

Modificóse su entrada en el reinado de Carlos V, ensanchándola en 
la forma que tenía al escribirse El Casamiento engañoso, ^ y Pinheiro 
refiere que entonces la coronaba un arco con su cornisa, rematándose 
en un frontispicio adornado en extremo de cubillos ó torrecillas, me- 
topas y cuernos. ^ 

Á la Puerta del Campo sustituyó poco después el elegante Arco de 
Santiago, edificado en 1626, bajo la dirección del arquitecto Francisco 



' Daza: Excelencias de la ciudad de Valladolid.....; op. cit. , f.° 19. 

Fray Alonso Fernández: Historia y anales de la ciudad y obispado de Plasencia 

Madrid, 1627. — Apud Sangrador Historia de Valladolid.....; op. cit., tomo I, 

página 141. 

2 Ibidem. — Tomo I, p. 440. 

' La Corte de Felipe III.....\ op. cit., p. 21. 



- 374 — 

de Praves, y derruido no hace aún muchos años, i Por su puerta se sa- 
lía al Campo Grande, uno de los paseos más concurridos y famosos de 
Valladolid. ^ 

2 ¿Qué es esto, señor alférez Campuzano? ... 

Desde que Pellicer inició la vituperable manía de hallar retratos de 
personas determinadas en los tipos sacados por Cervantes en sus No- 
velas., según apunta oportunamente Icaza, ^ ha venido corriendo por 
buena la especie de que en el alférez Campuzano pintó en un todo, 
sin cuidarse siquiera de mudarle el nombre, á un homónimo suyo, á 
quien hubo de conocer en las comisiones reales que le llevaron á Oran. 

El primero que echó á volar esta noticia fué D. Eustaquio Fernán- 
dez de Navarrete, copiando una nota manuscrita hallada entre los pa- 
peles de D. Martín, su abuelo, y al cual se la había remitido su dili- 
gente corresponsal en el Archivo de Simancas, D. Tomás González. 
Dicha nota decía así: 

«El alférez Campuzano, á quien Cervantes hace el héroe de la no- 
vela El Casamiento engañoso, se llamó D. Alonso Campuzano, alférez 
de la Compañía de Navarra, de que era Capitán su padre D. Rodrigo, 
y lo había sido su abuelo, que entre ambos sirvieron más de ochenta 
años, con mucho celo y fidelidad, según certificación del Marqués de 
Almazán y de D. Martín de Córdoba, ambos Virreyes de Navarra. En 
19 de Junio de 1589 el Consejo de Guerra consultó la capitanía que 
quedaba vaca por muerte de D. Rodrigo Campuzano en su hijo D. Alon- 
so, el alférez; y no habiendo resolución, repitió consulta de recuerdo 
en 4 de Mayo de 1590, la cual tuvo favorable éxito. El alférez D. Alon- 
so Campuzano estuvo en Oran los años de 1 587 y 88 al mando de don 
Pedro, de Padilla, y sin duda en aquella época le conoció Cervantes.» * 



' Sangrador ; op. cit., tomo I, p. 635. 

- Cock atribuía á esta circunstancia el nombre dado á la Puerta del Campo. 
Jomada de Tarazona ; op. cit., p. 22. 

' Las Novelas ejemplares ; op. cit., pp. 73 y 74. 

* Bosquejo histórico de la Novela española; op. cit., p. xli. La Barrera aceptó 
totalmente esta especie, escribiendo en sus Nuevas investigaciones: <En Oran 
conoció entonces al Alférez Campuzano, don Alonso Campuzano, de la compañía 
de Navarra, á quien años después inti-odujo como protagonista de la novela El 
Casamiento engañoso. > — Obras cotnpletas de Cervantes ; op. cit., tomo I, p. iviii. 



— 375 — 
Aunque sea contradiciendo la valiosa autoridad de Navarrete, ob- 
servaré dos cosas: primera, que no consta que Cervantes estuviera en 
(_)rán por los años de 1587 y 88, único punto donde, documentalmente, 
pudo conocer al susodicho alférez; ^ y segunda, que tan común y usa- 
do fué el apellido Campuzano en aquel tiempo, * que no hay razón para 
atribuir á uno determinado las hazañas del héroe cervantino, pues con 
el mismo fundamento cabría hacer al Alférez protagonista de aquel 
valiente soneto donde también saca Cervantes á un Campuzano, maes- 
tro de esgrima; á aquel espadachín insolente y fiero que después de ha- 
ber rebanado narices en Castilla y cometido otras muchas fechorías. 

Vínose á recoger á aquesta ermita 
Con su palo en la mano y su rosario, 
Y su ballesta de matar pardales. 

Y ^habrá alguno que acepte por verosímiles estas casuales coincidencias? 

3 ¿Es posible que está vuesa merced en esta tierra? ... 

La impresión primera que en los oídos de hoy causa la lectura de 
este párrafo es la de un verdadero caso de solecismo, y de ella parti- 



' Ninguno de los biógrafos de Cervantes lleva la fecha de la comisión real á 
Oran más allá del año 1581. Y aun el único documento en que tal comisión 
consta verdaderamente es el Memorial que en 1 590 elevó al Monarca , pidién- 
dole merced de un oficio en Indias. En este importantísimo papel recordó, enu- 
merando sus servicios , « que fué el que trajo las cartas y avisos del Alcaide de 
Mostagán y fue d Oran por orden de S. M. > ; comisiones que debieron practicarse 
poco después de su liberación del cautiverio. No se prueba, por lo tanto, la es- 
tancia de Cervantes en Oran por los años de 1587-1588. — Vid.- para este punto: 
Navarrete: Vida de Cervantes ; op. cit., 312-313. — MorXn: Vida de Cervan- 
tes ; op. cit, 339 á 341; y Pérez Pastor: Documentos Cervantinos ; tomo I, 

página XII. 

^ Cervantes , por no acudir á otros , alabó con preclaros timbres en el Cania 
de Calíope á un Dr. Campuzano á quien llamó famosa; poeta celebrado también 
por Luis Gal vez de Montalvo en El Pastor de Fílida, sirviendo de ocasión al ca- 
nónigo Mayans para trazar una indigesta genealogía de los Campuzanos (El Pas- 
tor de Filida. — Valencia, Salvador Faulí, mdccxcii, pp. lxxvi y lxxvii). Este in- 
genio tan ensalzado no era otro que el Dr. Francisco de Campuzano, de quien 
el benemérito Pérez Pastor allegó varios documentos tocantes á su vida. — Bi- 
bliografía Madrileña; III, pp. 340-341. 



— 376 — 

cipo también el severo Clemencín al comentar un pasaje análogo del 
Quijote. 

Bien mirado, no existe tal vicio de dicción; antes la aparente caída 
derechamente se explica con recordar que tanto Cervantes como los 
demás escritores del siglo de oro acostumbraban á usar el presente de 
indicativo en lugar del de subjuntivo, singularmente en aquellos párra- 
fos que llevaban interrogación, sobre todo, si iban precedidos de este 
mismo bordoncillo: {Es posible} 

Véanse , para probarlo, ejemplos de una y otras plumas. 

De Cervantes: i. {Es posible que tal hay en el mundo, y que tengan 
en él tanta fuerza los encantadores?» ^ 

De Ruiz de Alarcón, éstos dos : 

Lucrecia. ... ¡Cosa extraña! 

^ Es posible que me engaña 
Quien desta suerte porfía .> ^^ 

Comprobado en la misma comedia, más abajo: 

Don García. Corred los delgados velos 

Á ese asombro de los cielos, 
Á ese cielo de los hombres. 
^ Posible es que os llego á ver. 
Homicida de mi vida? ^ 

4 ... que non debiera. 

Comentando D. Adolfo de Castro un pasaje análogo del Entrenu's 
de los Mirones: «y dijo entre dientes, que no debiera...», sentaba ro- 
tundamente esta conclusión: «frase muy de Cervantes»; y para ello 
aducía, entre otros ejemplos, este mismo de El Casamiento engañoso 
que ahora anoto. * « Y de cualquiera de su tiempo » , añadirá presuro- 
samente el lector; porque lo que Castro reputaba giro cervantino puro, 
al efecto de poder incluir aquel anónimo entremés entre los escritos 



' El Ingenioso Hidalgo. — Parte II , cap. XXIII. 

* La Verdad sospechosa. — Acto iii, escena i. 
' Ibidem. — Acto iii, escena vi. 

* Varias obras inéditas de Cervantes. — Madrid, 1874; pág. 35. 



— 377 — 

descarriados del gran soldado, i es bordoncillo que se repite con mucha 
frecuencia en todas las obras coetáneas; y así, siguiéndole pacientemen- 
te la pista, le he podido leer desde Feliciano de Silva, Cristóbal de Vi- 
llalón, Diego Hurtado de Mendoza y el ignorado autor de la Segunda 
parte del Lazarillo, hasta Zapata, Mateo Alemán, Lujan de Sayavedra, 
Velázquez de Velasco, Liñán, Juan Cortés de Tolosa, Tirso de Molina, 
con otros mil ejemplos y autores que podrían sacarse. ' 

Lo cual prueba, y á ello tira esta nota, que el criterio literario que 
para adjudicar una obra anónima á determinada pluma se fija sólo en 
los parecidos y coincidencias de lenguaje, cuando es exclusivo y único, 
debe rechazarse como inadmisible por todo crítico serio y concienzu- 
do. Podrá ser un auxiliar prudente; pero nunca base capital para dis- 
cernir paternidades dudosas ó controvertidas. 

5 Seria por amores ... 

Amores está aquí por devaneos, ligerezas juveniles, locuras, engaños 
y liviandades, que traen, más ó menos forzosamente, las bodas, y que, 
por no ajustarse con el concierto y prudencia debidos, llevan mucho 



' Como muy de Cervantes la tenía el mismo D. Adolfo de Castro, cuando 
al urdir el tan conocido embuste literario del Buscapié, lo insertó, asimismo, en 
él, entre la rebuscada colección de cervantismos que, dispuestos con más arte 
que ingenio, dieron lugar á aquella celebrada burla del maleante erudito gadita- 
no. — Vid. El Buscapié, opúsculo inédito que en defensa de la primera parte del Qui- 
jote, escribió Miguel de Cervantes Saavedra, publicado con notas históricas, críticas 
y bibliográficas , por D. Adolfo de Castro. — Cádiz, Imp. de la Revista Médica, 1848; 
in 8.° menor; p. 11.) 

* Feliciano de Silva: Segunda Comedia de Celestina. — Madrid, 1874. — Libros 
raros ó curiosos, p. 339. 

Diego Hurtado de Mendoza: Carta del Bachiller de Arcadia. — Sales españo- 
las ; op. cit. , I, p. 80. 

AlemXn: Guzmdn de Alfarache. — Parte I, lib. I, cap. III, y parte II, lib. I, ca- 
pítulo V. 

LujAn de Sayavedra : Guzmán de Alfarache. — Parte II , lib. I , cap. I. 

Zapata: Miscelánea ; op. cit., pp. 258 y 327. 

Segunda parte del Lazarillo. — Cap. II. 

VelAzquez de Velasco: La Lena — Milán, 1602; reproducida en la Nueva 

Biblioteca de Autores Españoles : tomo XIV , pp. 390 y 394. 

Liñán: Guia y avisos de forasteros — Madrid, 1620; Novela ix. 

Tirso : La villana de Vallecas. — Acto i , escena x. 



- 378 - 

adelantado para hallar su castigo con la pena del arrepentimiento. Sen- 
tido amplio y significativo de la voz amores, corriente en nuestros clá- 
sicos y lingüistas, - que mejor que yo pueda hacerlo, lo explicaban 
nuestros procuradores en Cortes, cuando en las de Madrid de 1 586 
á 1588, en su capítulo XLIII, decían al Rey: «Muchas doncellas prin- 
cipales y honestas son engañadas con promesas que los hombres les 
hacen de matrimonio de futuro, y muchos hijos desigualmente casados 
con deshonra de sus padres y linajes, por la fuerza que tienen semejan- 
tes palabras, que, de ordinario, como mozos, inconsiderada y clandes- 
tinamente dan.» ^ Éstos eran los C2&z.m\^n'tQ% por amores. Á la frase del 
licenciado Peralta responden dos refranes castellanos que la confirman: 
Vanse los amores y quedan los dolores; Quien casa por amores, malos 
días y buenas noches. 

6 ... que venga conmigo á mi posada ... 

Posada, como advierte un comentarista, en su antigua y genérica 
acepción de casa en donde se posa ó vive: morada. ^ Y así, decíase señor 
de la posada por señor de la casa, * y posar por vivir. Tan sabido es, 
que los ejemplos huelgan por lo infinitos. Y es regla para distinguir, 
en las obras del tiempo, posada (casa donde se vive), de la posada 
(mesón ú hostería), el que la primera se decía posada simplemente, y 
la segunda, casa de posadas, por la tablilla ó cartel colgado de su 
puerta, y en el que campeaba semejante rotulillo. ^ En los libros de la 



' Así Covarrubias decía: t Amores siempre se toma en mala parte, por los 
amores lascivos , que son los que tratan los enamorados » (Artículo amor.) 

Acepción que adoptó nuestro Diccionario de Autoridades , pero desaparecida 
del modernísimo de la Academia. « Casó por amores , que fué gran maravilla , un 
ciego», dice Luis Zapata en su Miscelánea, aludiendo al famoso músico Antonio 
Cabezón. — Op. cit.., p. 121. 

2 Cortes de Castilla. — Tomo IX, p. 433. 

* Rodríguez Marín : Rinconete ; op. cit., pp. 439, 440. 

* « con el dinero del mismo señor de la posada». — Fiel desengaño contra la 

ociosidad, y los Juegos, vtilissimo d los confessores y penitentes por el Licenciado 

Francisco de Luque Fajardo. — Madrid, Miguel Serrano de Vargas, 1603; fo- 
lio 2 1 1 vto. 

^ Tirso de Molina: Los tres maridos burlados.— ¥A\c. Rivadeneyra; pp. 485, 486. 
Antonio Liñán t Vbrdugo : Guía y aviso de forasteros ¡ op. cit., Novela pri- 
mera. 



— 379 — 

Sala de vVlcaldes de Casa y Corte pueden verse numerosas peticiones 
de las mesoneras 6 huéspedas, denominando así, casas de posadas, á 
sus propias hosterías. ' 

7 ... un pastel suplirá con mi criado ... 

La transposición hácese un tanto violenta; pero hay que reconocer 
que, en cambio, comunica á la frase novedad y elegancia. Hoy diría- ■ 
mos: « mi criado suplirá con un pastel », sintaxis más correcta, sí, pero 
falta también de la originalidad y fuerza cervantinas. 

8 Fueron á San Llórente ... 

La iglesia parroquial de San Lorenzo, denominada en los documen- 
tos y libros antiguos Santa María de San Llórente, por la corrupción 
vulgar del nombre de Lorenzo, usualísima entonces. 

Fué en sus comienzos, que arrancan del siglo xn, una ermita pobre, 
pequeña, labrada de madera rasa, y hacia el año de 1485 derrocada 
de alto á abajo y edificada con más suntuosidad y riqueza, por el celo 
y piedad de D. Pedro Niño, regidor de Valladolid. 

Avalorada durante el siglo xvi con valientes obras de arte de Berru- 
guete, Antonio Vázquez y otros artífices, sufrió en los primeros años 
del XVII (1602-1617) una gran obra, principalmente en la nave de la 
sacristía y en su portada, corriendo á cargo de Juan Díaz del Hoyo y 
Diego de Praves. '^ 

En el primer tercio del siglo xix (1826) fué modificada nuevamente 
por manos impías, que hicieron desaparecer ■ el carácter y sello de 



' Vid., para ejemplo, una, contenida en el libro V, i.° 36, año de i6ii. 

El Dr. Rosal iba más allá aún: i podemos decir — escribía — posadas, ventas 
y mesones á nuestras casas ». — Diccionario de la lengua castellana, por el Dr. Fran- 
cisco del Rosal, Medico, natural de la ciudad de Córdoba; copia ms. de la Bib. de 
la R. Acad. de la Hist., A. 26-27 (Alphabeto III, Art. Posar y Posada). Semejan- 
tes libertades harían confuso, sin duda, nuestro lenguaje: no son para reco- 
mendadas. 

2 Para esta obra concedieron en 13 de Febrero de 1604 las Cortes de Casti- 
lla, reunidas en Valladolid, 30.000 maravedís de limosna, como ayuda de «la 
grande obra que trae engrandando la Iglesia». — Actas de las Cortes de Castilla; 
op. cit., XXII, pp. 194-195. 



— 38o — 

época en el interior del templo, así como pinturas, retablos y frescos 
de no poco mérito artístico. ^ 

9 ... como yo hacia... camarada con el capitán Pedro de Herrera ... 

Hacer camarada con uno equivale á ser compañero suyo de cámara, 
comiendo y durmiendo los dos en una misma posada. ^ La penuria y 
escasez del sueldo en la gente de guerra originó primeramente la cos- 
tumbre, y luego la palabra, pues para poderse sustentar con más hol- 
gura, juntábanse dos 6 más soldados en un mismo aposento, sobrelle- 
vando de este modo, rata por cantidad, los gastos comunes. Ganaban 
no poco con esta práctica el espíritu militar y la afición á las armas, y 
por ello la recomendaron tanto los escritores bélicos de aquel tiempo. ^ 

En el comienzo, la voz cantarada era femenina; hoy un capricho del 
uso ha mudado su género, haciéndola masculina. * 



' Para mayores y más circunstanciados detalles , puede el lector consultar á 
Sangrador en su Historia de Valladolid..... (op. cit. , I, pp. 197 á 201); y con más 
fruto aún los Estudios histórico-artísticos de Martí y Monsó (op. cit., pp. 562 á 
572), donde se corrigen muchos errores de aquel celoso cronista, y se traza una 
completa historia artística y monumental de este celebrado templo. 

^ CovARRUviAs: Tesoro ; op. cit., artículo Camarada. 

« Hice camarada con Diego Centeno Pacheco de Chaves » , dice el pendencie- 
ro Duque de Estrada en sus Comentarios del desengañado, ó sea vida de D. Diego 
Duque de Estrada. — Mem. Hist. Esp. , tomo XII , p. 36. — Abundan sobremanera 
los ejemplos. 

' t Otro sí, porque gran parte de la soldadesca buena consiste en que los 
soldados tengan camaradas , de los cuales procede poderse sustentar con el suel- 
do mejor que estando cada uno de por sí, y así mesmo grande amistad, con 
otras muchas utilidades, todos los soldados las tengan, y mucho cuidado que 
en ellas no entre hombre vicioso, por que los que con él alojaren no vengan á 
serlo: y si alguno jugare ó defraudare la despensa, que pare (sic) para el sus- 
tento y comida de todos , por todos se uviere depositado en él , de más de pagar 
quatro doblado, sea puesto en la cárcel por tiempo limitado, ó á voluntad por 
la primera vez y por la segunda en géilera». — El Discurso sobre la forma de re- 

duzir la disciplina militar á meior y antigvo estado, por D. Sancho de Londoño 

En Brvsselas. En casa de Roger Velpius, en 1 'Águila d'Oro, cerca del Pala- 
tio. 1596, in 4.°; ff. 68 y 69. 

* Clemencín ; III, pp. 261 y 262. 

Cervantes emplea este término siempre como femenino, conformándose con 
el habla de su época. 



- 38i 



10 ~. en aquella Posada de la Solana ^ 

El paraje de Valladolid conocido entonce^ por el nombre de la So- 
lana, sito al oriente de la ciudad y no lejos de la Chancillería, corres- 
pondía á la actual calle del Marqués del Duero, que hasta hace no mu- 
chos años se llamó de las Parras. 

Había Solana alta y Solana baja y cada una de ellas daba nombre á 
dos calles distintas, ambas de la Solana. ^ 

Más curiosa ilustración de este pasaje es la de que, si mis cuentas 
no fallan, puedo hoy reconstituir como real y auténtica la Posada de 
la Solana y el nombre de su huéspeda. Llamábase Juana Ruiz, era 
viuda de un Diego Hernández, y dedicábase á sostener casas de posa- 
das. Dos cuando menos aparecen como suyas en el Proceso de Valla- 
dolid, de donde entresaco estas noticias: una en la calle de los Man- 
teros, en la cual posaba D. Gaspar de Ezpeleta, y otra «á la Solana, 
en mitad de ella», que es la posada á que hace referencia en su rela- 
ción el Alférez. ^ 

La dicha Juana Ruiz era pájaro de cuenta: no es solamente en los 
autos cervantinos donde me he tropezado su nombre, unido á los de- 
vaneos amorosos del D. Gaspar con la mujer del escribano Galván 
(causa indudable de la muerte de aquél); en otro documento del tiempo 



' A la Solana tenía Juan de Bostillo su oficina tipográfica; y Pedro Lasso 
aparece imprimiendo algunas obras también á la Solana. De dicho nombre toma 
el suyo la posada cervantina. 

2 Ocurrido el fallecimiento de D. Gaspar de Ezpeleta, procede la Justicia al 
embargo y depósito de sus bienes. Al efecto, el escribano, acompañado de los 
alguaciles, personase en <la posada donde vivía el dicho D. Gaspar de Ezpele- 
ta , que es en la calle de los Manteros [hoy de la Manten'a] , en casa de Juana 
Ruiz, viuda de Diego Hernández». Practícase el inventario, y, concluido, pro- 
sigue la diligencia el escribano, diciendo: «Todos los quales dichos bienes de- 
suso inventariados , los alguaciles Francisco Vicente y Diego García entregaron á 
Juana Ruiz, viuda de Diego Hernández, que se pasa de esta casa d la Solana eti 

mitad de ella, donde tiene casa de posadas ; é la dichajuana Ruiz los recibió». — 

Pérez Pastor: Documentos Cervantinos ; op. cit., LI, pp. 482 á 485. En los depó- 
sitos judiciales estilábase entonces acompañar las señas y circunstancias de la 
casa donde quedaban los bienes , efectos y cosas , para mayor garantía de lo 
depositado. Á esta formalidad debemos los detalles que aquí se dan de la Posa- 
da de la Solana. 



— 382 — 

también aparece con sus puntas y collar de alcahueta; que el oficio 
de hospedadera dióse la marro casi siempre con las infames prácticas 
de la taimada Celestina. ^ 

11 ... derribado el manto hasta la barba ... 

Por donde se ve que las disposiciones de las Cortes en contrario, re- 
forzadas por las pragmáticas, eran letra muerta, como tantas otras, y 
no se acataban ni cumplían. 

Habían prohibido las de Madrid de 1 586-1588 el andar tapadas las 
mujeres, porque «ha venido á tal extremo el uso, que dello han resul- 
tado grandes ofensas de Dios y notable daño de la República, á causa 
de que en aquella forma no conoce el padre á la hija, ni el marido á la 
mujer, ni el hermano á la hermana, y tienen la libertad y tiempo y lu- 
gar á su voluntad, y dan ocasión á que los hombres se atrevan á la 
hija ó mujer del más principal como á las del más vil y bajo, lo que no 
sería si diesen lugar, yendo descubiertas, á que la luz discirniese las 

unas de las otras ; demás de lo cual se excusarían grandes maldades 

y sacrilegios que los hombres, vestidos como mujeres y tapados, sin 
poder ser conocidos, han hecho y hacen.» ^ 

Tan arraigada estaba, no obstante, la costumbre, que poco después 
volvieron á las andadas, desoyendo las quejas de los procuradores y 
los preceptos de las pragmáticas. ^ 

Las damas valisoletanas eran más que otras ningunas aficionadísimas 



' Relatando Pinheiro las escrituras de ventas de doncellas , que ncf escasea- 
ban por su tiempo, copia una otorgada en Valladolid á 25 de Marzo de 1604, 
por D. Melchor Carlos Zúñiga en favor de doña Ana de Valdés, hija doncella de 
doña Francisca , y entre las firmas de los testigos se hallan: «Ana de Urries 
(huéspeda), Valdemoro la comadre y Juana Ruizf. — Cervantes en Valladolid; 
op. cit, pp. 152 y 153. 

^ Cortes de Castilla; tomo IX, pp. 440-441 y 139-141. 

' En las de Madrid de 1598-1601, quejóse un procurador que «de no guar- 
darse la pregmática que manda que las mugeres no anden tapadas, resultan 
muchos inconvenientes». — -Cortes de Castilla, tomo XVIII, p. 260. 

Toda la legislación referente á las prohibiciones de los mantos, hasta me- 
diados del siglo XVII, está contenida, aparte el libro que luego cito, en una Pre- 
matica en qvc sv Magestad manda que ninguna muger ande tapada, sino descubier- 
ta el rostro, de manera que pueda ser vista y conocida — Madrid , Pedro Tazzo, 

MDCxxxix; 4 hojas en folio. (Bib. Acad. Hist.; Jesuítas; tomo 193, núm. 36.) 



- 383 - 

á rebozarse, y merced al manto entrábanse de corrido por los banque- 
tes, fiestas y saraos de Palacio: un manto en la Corte era entonces la 
mejor ganzúa; allanaba todos los obstáculos y abría todas las puertas. * 
Tan grande fué el empeño de los Consejos en prohibirlos ^ como la 
tenacidad de las mujeres en usarlos; mirado. hoy á lo lejos, debemos 
estimárselo en mucho, pues ,;qué hubieran hecho nuestros dramaturgos 
del siglo XVII á haberles arrancado este recurso extraordinario de las 
tapadas en los incidentes é intriga de sus obras? ¿No fué el mismo Cal- 
derón quien lo reconoció más tarde, cuando en la jornada segunda de 
No hay burlas con el amor, escribía: 

¿Es comedia de don Pedro 
Calderón, donde ha de haber, 
Por fuerza, amante escondido, 
Ó rebozada mujer? 

Aquellos velos sutiles, neblinos, que escasamente borraban las líneas 
de un hechicero rostro , y á que expresivamente llamaban entonces ve- 
los de humo, hicieron no poco por el esplendor de las letras patrias, y 
á fuer de amantes de ellas debemos hoy estarles agradecidos por en- 
tero. 

12 ... el sombrero con plumas y cintillo ... 

Adornábase el sombrero por aquellos tiempos con toquilla ó con 
cintillo. «La toquilla, comúnmente de gasa, era al sombrero lo que 
ahora la cinta; adorno que rodeaba la copa por junto á la falda 6 ala.» ^ 
El cintillo era prenda más soldadesca, vistosa y cortesana, consistente 



' PiNHEiRo: Cervantes en Valladolid.....\ op. cit., pp. i8 y 158. 

^ Vid., ó, por mejor, no ver, salvo para la legislación, el fastidiosísimo libro 
del licenciado Antonio de León Pinelo: Velos antiguos i modernos en los rostros 

de las mujeres, sus conueniengias i daños —Madrid, Juan Sánchez, 1641; in 4.°; 

XXX -+- 137 folios. Obra apestosa por su indigesta y aburrida erudición. Todo lo 
útil para nuestros tiempos podría reducirse á tres páginas. Lo restante son citas, 
textos y más autoridades , repartidas sin tasa , con aquella increíble manía que 
tan odiosas hace, en general, muchas obras de estudio de aquel tiempo. Mil 
veces más se aprende en una novela que en estos engendros. La legislación so- 
bre los mantos está al capítulo XXI, f.° 82. 

' Rodríguez Marín: Rinconete ; op. cit., pp. 352 y 353. 



— 384 — 

en un cordón de seda con piezas de oro labrado á trechos, ciñendo 
asimismo la copa del sombrero. Fabricábanse muy galanos y ricos, y 
los grandes señores y potentados ostentábanlos de brillantes y pe- 
drería. 

La gente de guerra, por hacer aún más gallardo y airoso el ancho 
sombrero, vestíalo también con plumas grandes y caídas, pormenor 
propio de su oficio, que los separaba á primera vista de otros cuales- 
quiera. 1 

13 ... el vestido de colores , á fuer de soldado ... 

Desdefines del siglo xvi, el vestido cortesano había perdido los co- 
lores lucidos y brillantes de la corte de Carlos V, reduciéndose casi 
exclusivamente al negro; hasta el punto que, como decía el P. Fonse- 
ca, «si vais á la Corte, veréis todos los señores y caballeros de negro 
hasta los jubones: que os pone melancolía». * 

De tales usos libróse el hábito militar, el cual era más gentil, alegre 
y vistoso que el cortesano, pues las mismas Cortes y pragmáticas, tan 
celosas en la reformación del lujo en los vestidos y adornos, salvaban 
siempre de sus rigores á los soldados que venían á la Corte; ^ y mer- 



1 « en una pluma que cosida en el sombrero llevaba , sospeché ser solda- 
do.» — H. DE Luna: Segunda parte del Lazarillo de Tormes ; op. cit. , cap. I. — 

Puede verse un ejemplo gráfico de esta famosa costumbre , en la lámina graba- 
da que representa al capitán D. Juan de Santans y Tapia, obrante al f.° viii de 
su Tratado de fortificación militar — Bruselas, mdcxliv. 

2 Fray Cristóbal de Fonseca: Primera parte de la Vida de Christo. — Toledo, 
Thomás de Guzmán, 1596. 

3 « También han hecho exentos á los soldados de las pragmáticas de traer 
almidón en los cuellos y las lechuguillas mayores de la marca y con bandas ó 

como quisieren, y los vestidos de la misma manera.» (Cabrera: Relaciones p. 3.) 

Es muy buena ilustración , también, para este pasaje la Pragmática en que se 
mandan guardar las últimamente publicadas , sobre los tratamientos y cortesías y an- 
dar en coches y en traer vestidos y trajes y labor de las sedas con las declaraciones 
que aquí se refieren. — En Madrid. Por Juan de la Cuesta; año de 1611. 

Después de consignar, en general, reglas muy severas , permitía , sin embargo, 
á los soldados que venían á la Corte, y á los estantes en ella, llevar el traje que 
quisiesen , no rezando con ellos sus disposiciones. 

Mateo Alemán se quejaba de que en su tiempo se quería uniformar el traje 
soldadesco con el cortesano, pues 4; siendo las galas, las plumas, los colores, lo 



- 385 - 

ced á su indulgencia ha quedado imborrable y pintorescamente gallar- 
do el tipo del soldado español , que enamoraba á Brántome y que paseó 
su apicarada figura por la novela y el teatro del siglo xvu. Aludiendo 
á esta costumbre es por lo que Cervantes en El Licenciado Vidriera 
dice de su héroe, al entrar en una compafiía de guerra, que «se vistió 
de papagayo, poniéndose á lo de Dios es Cristo, como se suele decir.» 

14 ... que podía enamorar comunicada ... 

Esto es, tratada en conversación y amistad familiar. 

Forma activa del verbo comunicar-, desusada hoy, pues se emplea casi 
exclusivamente en su forma reflexiva comunicarse. Nuestros clásicos, 
no obstante, manejaban sobremanera este verbo como activo, i y bien 
estaría que, á imitación suya, se le restaurase su perdido crédito, por 
ser acepción muy necesaria en la corriente conversación. Sustituyesele 



que alienta y pone fuerzas á un soldado , en viéndonos con ellas somos ultra- 
jados en España, y les parece que debemos andar como solicitadores, ó hechos 
estudiantes capigorristas , enlutados y con gualdrapas ; envueltos en trapos ne- 
gros». — Guzmdn de Alfaraclie, parte I, libro II, cap. IX. 

Rufo declara perfectamente esta costumbre en una de sus apotegmas : 
< Dos soldados , bizarros y valientes , llegaron á la Corte , y aunque venían ga- 
lanes y bien puestos en el traje que por allá se usa, no salían de la posada es- 
perando que les acabasen sendos vestidos negros. Sabido lo cual les dijo : « Tan 
«bien les están á los soldados sus colores y hábito militar, como á las colunas 

»de jaspe sus diferencias y labores naturales.» — Las scyscientas apotegmas ; op. 

cit., f.° 176 vto. 

' Los ejemplos de esta forma activa abundan á granel. «Por ninguna cosa 
dexaré de comunicar con v. m. el entretenimiento que tuue en mi camino». 

{Cartas inéditas de Eugenio de Salazar. — Sales españolas , II, 226.) Comunicar, 

sustituyendo á tratar para las personas: < Nunca he sabido hasta ahora de donde 
fuese v. m., aunque le conocí en Sevilla y le comuniqué &í\ Flandes y en Italia.» 
(El Escudero Marcos de Obregón, Relación I, descanso VIII.) « ... que el Torcuato, 
al cual yo comuniqué wxzo íiños en Roma. (Mesa: La Restauración de España. — 
Madrid, 1607. Prólogo «Á los lectores».) Así, comunicación equivale á trato y 
amistad confiada. 

« Si la comunicación 

Quita la melancolía , 

Y en nuestra amistad consientes 

Tu desgracia es bien me cuentes, 

Pues ya te dije la mía.» 

Tirso: Don Gil de las Calzas Verdes, acto 11, escena v. 

25 



— 386 - 

hoy por el verbo tratar, castizo también , mas al cual los antiguos apli- 
caban con especialidad para las cosas; y así decían: «trata de negros», 
«trato de mercaderías», «los tratos y contratos», dejando á su corres- 
pondiente comunicar más preferentemente para las personas. ^ 

15 ... que está en víspera de mudar ... 

De asiento ó de ciudad, se sobreentiende. Es sencilla elipsis, común 
dentro del lenguaje de Cervantes, que fué de ordinario muy inclinado 
á ellas. Obedece también en este caso al empleo como activo del verbo 
tñudar (pasarse de una casa, de un lugar á otro), usado casi siempre 
hoy en su forma reflexiva. 

16 ... que los vecinos me murmuren ni los apartados me noten. 

Aunque, por contraposición á vecinos, alcánzase fácilmente el sentido 
general de la voz apartados, es cierto que en tiempo de Cervantes 
tenía un valor y uso perdidos hoy, como tantos otros. 

Decíase de aquellos que, aun conviviendo en un mismo lugar, no 
eran vecinos, esto es, próximos, cercanos, inmediatos en trato ó vivienda 
á la persona de quien se hablaba. 

Cervantes mismo explica esta acepción en otra de sus Novelas, El Li- 
cenciado Vidriera : « Otro le preguntó que qué le parecía de las alcahue- 
tas. Respondió que no lo eran las apartadas, sino las vecinas.» 

17 ... dos mil y quinientos escudos ... 

Más adelante menciónalos de nuevo, pero cambiando los escudos 
por ducados. Apenas merecía señalarse esta ligera distracción de Cer- 



' No es regla general , sin embargo. Algunas veces el verbo tratar se emplea 
también para las personas, mas en compañía de su análogo comunicar, y enton- 
ces realza y da mayor vigor y expresión á la frase. Véanse ejemplos: *que tra- 
taba i conmnicaba con el dicho Miguel de Qerban tes ». — Pérez Pastor: Docu- 
mentos cervantinos; op. cit., I , p. 67. 

« ..... al Rector de Villahermosa , su hermano, ambos amigos suyos, á quienes 
ha tratado y comunicado mucho tiempo.»— Carta de Diego de Amburcea, en las 
Sales Españolas ; op. cit., I, pp. 350 y 351. 

El mismo Cervantes confirma esta excepción , mas también con la salvedad 
dicha: «pero tienes propiedad de volver locos y mentecatos á cuantos te tratan 
y comunican». — El Ingenioso Hidalgo, parte II, cap. LXII. 



- 387 - 

vantes , sobre todo, si se considera que el valor de los escudos y duca- 
dos era casi el mismo, razón por la cual se nombraban indistintamen- 
te en las escrituras y tratos del tiempo unas y otras monedas, i 

18 ... en cosas que, puestas en almoneda ... 

Curiosa costumbre y notable contraste con relación á nuestros días; 
pues si hoy raramente acontece, era antaño frecuentísima, por no 
decir que la única manera de efectuar la venta de las cosas. 

Nadie se libraba de ella; ni pobres ni ricos, ni señores ni villanos; 
junto á la almoneda del labriego, el pregonero cantaba la del titulado 
caballero, y así, había almonedas de embajadores, como el de Fran- 
cia; * de casas tan linajudas y poderosas como la del Duque de Ler- 
ma; * y el mismo Felipe II mandó, sin escándalo de nadie, que á la 
muerte de su hermano D. Juan de Austria se vendiesen en pública al- 
moneda buena parte de sus bienes. * 

Practicábase comúnmente al fallecimiento caído de una persona para 
pagar sus deudas, mandas y legados, poniendo en venta pública aque- 
llos bienes que el testador no había declarado de mayorazgo. 

Como costumbre fué muy dañosa y perjudicial para la guarda de 



* Este mismo cambio de escudos por ducados, y viceversa, vid. en El 
ingenioso Hidalgo, parte II, cap. XIII: Clemencín; op. cit. IV, p. 225; y en Rinco- 
nete y Cortadillo, edic. Rodríguez Marín; op. cit., pp. 466 y 467. El trueque in- 
fluye bien poco en el valor de la moneda. Sabido es, y bueno será recordarlo para 
el lector poco erudito, que el ducado valía once reales y el escudo diez. Con 
relación al valor actual de la moneda, el escudo de oro equivalía á 11,05 fran- 
cos. — F. DE LA Iglesia: Estudios históricos , 1515-1555. — Madrid, Imp. del Asilo de 
Huérfanos, 1908; p. 262. 

* Cabrera: Relaciones , p. 116. 

' PiNHEiRo: Cervantes en Valladolid...... p. 14. 

« Una de las más notables cosas que en Valladolid observé y más gusto me 
dio, son las almonedas; porque en muriendo un señor ó una señora, luego se 
vende cuanto en la casa hay, y si el viudo que ha perdido á su muger, 6 el hijo 
al padre, quiere alguna cosa de lo que en la casa ha quedado, hasta sus propios 
vestidos, no tiene más remedio que comprarlo en la misma almoneda, ó ha- 
cer que la incluyan en su parte de la herencia.» — Pinhbiro: La Corte de Feli- 
pe III...... p. 30. 

* Baltasar PorreSo: Historia del sereníssimo señor Don Juan de Austria , 

(Bibliófilos españoles). — Madrid, mdcccxcix; pp. 534 y 535. 



— 388 - 

innumerables y riquísimos objetos de arte, que, vendidos en estas 
almonedas, llegaron á perderse: otra hubiera sido su suerte, y acaso 
hoy se conservarían, á haberse vinculado dentro del mayorazgo. Mas, 
en cambio, las diligencias preparatorias de la almoneda han sido y son 
para el investigador de los Archivos de Protocolos venero rico y abun- 
dante de muy curiosos pormenores biográficos. 

Datos cuya existencia no se sospechaba, noticias de obras de arte 
cuyo paradero se daba por perdido, con otras mil rarezas, se han des- 
cubierto merced á las escrituras de venta que formalizaban la almo- 
neda. 1 

En Madrid hacíanse las almonedas en la Plazuela de Herradores y en 
la del Hospital de la Pasión, ^ exponiéndose en anchas mesas los ob- 
jetos dedicados á la venta; y tanto era el concurso de gente que á ellas 
asistía, que hasta en el cementerio mismo de aquel hospital celebrá- 
banse pujas y almonedas, motivando las protestas de su escandalizado 
rector. * 



' Á raíz del fallecimiento, y muchas veces el día mismo de ocurrido, por 
una petición en forma, acudían los herederos ante la Justicia en solicitud de 
que se ejecutasen las diligencias preparatorias para la de la almoneda. Acor- 
dado así por auto, practicábase ante escribano el inventario de los bienes deja- 
dos á su muerte por el testador, y que, como queda dicho, no habían entrado 
por disposición de éste en el mayorazgo. Formalizado el inventario, procedíase 
á la tasación, y tras ella á la venta pública, con intervención de escribano, 
alguacil y pregonero. En las almonedas no judiciales, sino particulares ó priva- 
das , prescindíase de estas formalidades , sirviéndose tan sólo del corredor, pre- 
gonero vergonzante ó de oreja, como los llamaban en Aragón, y que hacía los 
mismos oficios que el pregonero público. 

"■' Marcos Álvarez, arrendador de la ropa vieja , se quejaba en escrito dirigido 
al Consejo de Cámara de que, «estando proveído de antiguo que las almonedas 
y venta de la ropa vieja se hiciesen en la Plazuela de Herradores y á la del Hos- 
pital de la Pasión , se ha mandado que vayan solamente á este sitio, con gran 
daño para ellos, pues por lo apartado no hay concurso de gentes. Pide se vuel- 
va á la Plaza de Herradores» — Acordaron los señores del Consejo «que asistan 
á la plagúela de herradores como está mandado y no se les inquiete». — Archivo 
Histórico Nacional.— i-/¿r¿>j de la Sala de Alcaldes. — Año 1607. — Libro IV; f.° 151. 

8 Escrito del licenciado Alonso de Valencia, rector del Hospital de la Pa- 
sión, pidiendo á la Sala «impida se hagan almonedas en el cementerio de dho. 
Hospital , cosa que no puede evitar por más que lo ha procurado ». — Los Alcal- 
des, por auto de 16 de Febrero de 1621 , mandaron se pregone «que desde las 



- 389 — 

Finalmente, en las almonedas comprábanse los ajuares de casa por 
los infinitos pleiteantes, pretendientes y pedigüeños que acudían á la 
Corte á sus negocios. ^ 

19 ... andar en lenguas de casamenteros ... 

Otro de los tipos curiosos de aquella sociedad, desaparecido, por 
fortuna, de la nuestra. La rigorosidad y recogimiento que en las costum- 
bres de las doncellas se guardaba solía dificultar el concierto volun- 
tario de los matrimonios, y para vencer este obstáculo, interponía sus 
buenos oficios el casamentero, que, sin constituir práctica ni oficio es- 
pecial, era el personaje obligado que acercaba á las partes, concertaba 
las voluntades y aceleraba las bodas, urdiendo todo linaje de embele- 
cos, patrañas, falsedades y mentiras. 

Casamenteros, «gente la más maldita del mundo», ^ no faltaban en 
ninguna de las clases sociales; pero quienes con más amor y gusto ejer- 
cían este ministerio eran los frailes y las alcahuetas. 

Nuestros novelistas y moralistas descargaron sobre todos la justa 
furia de sus plumas, ' y Quevedo, en especial, trazó un retrato de ca- 
samentero, agua fuerte maravillosa como todas las suyas, donde quedó 
para siempre modelo imborrable y fecunda simiente del oficio. * 



casas de don diego parexa asta el Hespital de la passion y San millan en toda 
aquella cera no aya ning.» corredora vendiendo ning.as cosas de almoneda con 
sus mesas ni en otra forma». — Ibidem. — Libro XII; íf. 146-147. 

' QuEVEDo: Historia de la vida del Buscón. — Libro II, cap. VI. 

La universal costumbre entonces de las almonedas creó el verbo almonedear 
que Cervantes usa, pero en una forma más desfigurada, almodonear, no recibida 
aún por la Academia: cPor amor de Dios, Mariana, que no almodonees tanto tu 
negocio ». — El Juez de los divorcios. 

2 QuEVEDo: Visita de los chistes. — Edic. Rivad., I, p. 337. 

LuQuE Fajardo: Fiel desengaño contra la ociosidad.....; op. cit, f.° 89 vto. 

* El satírico Suárez de Figueroa pintaba así sus tratos: «Para conseguir su 
fin, persuaden se tome por hermosa la fea; por graciosa la fría; por laboriosa la 
holgazana; por diligente la torpe ; buscan A los padres, júntanse con los her- 
manos y haciendo que se junte un hombre con una mala mujer, hacen que 

caiga en una casa la peste y el fuego.» — Plaza universal..... , f.° 253. 

* «Soy sastre de hombres y mugeres, que zurzo y junto y miento en todo y 
hurto la mitad. Yo soy embelecador de por vida, inducidor de divorcios; vivo 
de engordar dotes flacos, añado haciendas, remiendo abuelos; abulto apelli- 



— 390 — 

20 ...no en la cabeza, sino en los carcañares ... 

Reina en los escritores de la época una lamentable anarquía en la 
lección ortográfica de esta voz. Tan pronto leemos cav.canai.es como 
caLcañaRes y caRcaf/aRcs, cahcañar y calcañal como caRcaño. ^ Cova- 
rrubias opta por calcañal y nuestra Academia por calcañar. De todas 
estas versiones es, á no dudarlo, la más sabia y justa la académica, por 



dos, pongo virtudes postizas como cabelleras; confito condiciones y desmocho 
de años á los novios. Tengo una relación Jordán que remoza las bodas. En mi 

boca los partos y los preñados son doncellas Al fin, yo hago suegros y suegras 

que no hay más que hacer». (Quevedo: El Entremetido, la dueña v el soplón.) 

En las farsas y pasos del teatro anterior á Cervantes se encuentra á menudo 
este tipo del casamentero, que luego va desapareciendo lentamente en las 
comedias coetáneas á él, á medida que aumenta la libertad en las costumbres. 
Vid. una figura de casamentero en la Comedia Armelina de Lope de Rueda. 
Obras de Lope de Rueda. — Madrid, 1895. — Tomo II, pp. 109-1 17. 

' Véanse ejemplos de unas y otras lecciones: 

Carcañal-^ Carcañales: 

Dicen del pie de Violante 
Que , por compás , es igual 
Del tobillo al carcañal 
Que del tobillo adelante. 
B. DSL Alcázar: Poesías. — Edic. Rodríguez Marín , p. 5?. 

« mi simplicidad le hizo sacar la risa de los carcañales.^ — H. de Luna: Se- 
gunda parte del Lazarillo , cap. II. 

Calcañares y calcañar: 

« se hincan de rodillas y cargan las nalgas sobre los calcañares." — Villa- 

lón: Viaje de. Turquía p. 133. 

Áspid al vecino llama 
Que le roe el calcañar. 
Romancero general...... 1604; op. cit., f.° 402 vto. 

Esta es la lección más corriente. 

Coreano: 

si ellas fueran 

Resbaladoras de carcaño, acaso 

Tropezaran aquí 

Cervantes : La Entretenida. 

Espinosa lo escribe como Cervantes y con las mismas palabras: «Éste trae 
el juicio en los carcañares t. Era frase proverbial. — El Perro y la Calentura.^ 
Obras de Pedro Espinosa, coleccionadas y anotadas por Francisco Rodríguez Ma- 
rín. — Madrid, 1909; p. 185. 



— 39' — 

ser la que más lógicamente se desprende de su etimología y estar 
más acreditada por el uso y los escritores. 

Cervantes, en cambio (y erraba en esto), escribió aquí, y casi siem- 
pre, car caño y carcañares. 

21 ... y un mancebo que ella dijo ser primo suyo ... 

Este parentesco fingido, que servía para encubrir los amantes y ga- 
lanes á los ojos de la sociedad timorata, era frecuentísimo entonces, y 
el más usado ardid para evitar pasar plaza de amancebados, y aun po- 
der concluir casamientos engañosos como el del desdichado alférez 
Campuzano. üícelo él mismo cuando más arriba asegura que vio libre 
la casa de doiía Estefanía « de visiones de parientes fingidos y de ami- 
gos verdaderos »; dícelo también cuando en la Posada de la Solana se le 
acercan aquellas dos mujeres de gentil parecer, con dos criadas, y una 
de ellas aprieta al capitán Pedro de Herrera, camarada del Alférez, 
para que llevase á Flandes unas cartas á otro capitán , « que decía ser 
su primo, aunque él sabía que no era sino su galán». 

Vicente Espinel, al pintar de mano maestra la suerte de la mujer 
moza y doncella que casa con viejo, asiente diciendo: «no hay mozo 
en todo el lugar que no sea su pariente » . ^ 

«Miren (los regidores) — exhortaba el moralista Ortiz de Lucio — 
que una doncella no tiene para qué venir á la corte, porque acaece que 
viene con un hombre, con título de que es su hermano ó primo-, y que 
viene en seguimiento de algún pleito, y es por estar amancebada.» '^ 

Quejándose á su vez Góngora de los engaños de las mujeres que le 
burlaban con otros galanes, escribe: 

«Porque os den luego por libres, 
Buscáis falsa información ; 
Si es mozo, decís que es primo, 
Si es anciano, que tutor.» ' 



• Espinel: El Escudero Marcos de <9¿rí!^£/«.— Relación I, descanso V. 

* República Cliñstiana y espeto de los qve la rigen. Autor, fray Francisco Ortiz 
Lucio Año de 1606. En Madrid, por Juan Flamenco; en 4.°; f.° 12. 

' Catálogo de la Biblioteca de Salva.....; op. cit. , tomo I, p. 239. 

Peor estaba el buen racionero de Toledo Pedro Sánchez «con algunas donce- 
llas que hablan en secreto y por los rincones con algunos parientes en quinto 
grado». Y su experiencia del mundo daba pintorescamente las razones: «Por- 



— 392 — 

Éstas son las concordancias de la frase, que, tan liviana al parecer, 
dice y enseña mucho. Pues el recato y honestidad familiar de las don- 
cellas hacía que los donceles y galanes amorosos no pudieran, no ya 
traspasar los umbrales de la casa de la niña que adoraban, pero ni 
requebrarla siquiera, sin peligro de sus vidas, bajo sus rejas y ventanas, 
con músicas, serenatas, trovas y canciones. 

Sin embargo, esta barrera, que el rigor de las costumbres imponía 
á los enamorados en sus correrías, empresas y propósitos, la salvaba 
una escala: el parentesco. Con ser deudo (y dentro de ello ¿qué mejor 
que decirse primo P) podían frecuentar las casas de las doncellas, ha- 
blarlas de secreto, aun sin la presencia de las dueñas; y no es raro 
tampoco en nuestro clásico teatro, antes usadísimo ardid, el del man- 
cebo galán que, fingiéndose primo, acompaña á su dama por calles, 
callejuelas, pasadizos y aun campestres soledades, con esa libertad y 
soltura que hoy se mira como el desiderátum de nuestras costumbres, 
y que aspiramos á introducir en ellas con la careta y nombre de edu- 
cación á la americana. 

22 ... espanclándome en casa como el yerno ruin en la del suegro 
rico ... 

Glosa del proverbio « como se extiende como ruin en casa de su 
suegro», que el doctísimo comentarista Juan de Mal Lara traducía del 
siguiente modo: «Así son los yernos, el ruin en casándose piensa que 
su muger es esclava, y toda la casa de sus suegros es suya, todo lo 
manda y vieda, y así se extiende. Aplícase á los hombres que en ha- 
cienda agena se descomiden, y toman más de lo que deben tomar, y 
así, les dicen, como se extiende, como ruin.-» ^ 



que destos secretos se siguen á ratos pláticas y palabras blandas. Y de las pala- 
bras blandas requiebros amorosos. Y de los requiebros, grandes llamaradas de 
concupiscencia.» Y concluía gravemente: «Porque no están seguras las estojias 
par del fuego. Y la carne con carne, hiede». — Pedro Sánchez: Historia moral y 
philosophica ; op. cit., f.° 328. 

' Joan de Mal Lara : La Philosophia vulgar ; op. cit.., f.° 259 vto. 

Espaciándome: esto es, extendiéndome que, como se ve por el texto de Mal Lara, 

así se decía este refrán. Vaya un ejemplo: « ¡ ay amarga de mí, y creo que 

es loca, y acá se sube, y á mi ver se quiere alzar á mayores! E.\-tciideos, veréis 
como ruin en casa de su suegro » — Comedia llamada Seraphina ; op. cit., p. 350. 



— 393 — 

23 ... ahajé sábanas de holanda ... 

Ahajar ó ahaxar, por ajar. Prefiero mantener la forma anticuada de 
esta voz, primeramente, por la diferencia fonética que acusa; cumplien- 
do en esto con el criterio que me fijé al tratar de la ortografía que ha- 
bían de llevar estas novelas; y segundo, porque, si bien según el Dic- 
cionario tienen una y otra igual valor, los contemporáneos de Cer- 
vantes decían así, ahaxar, las raras veces que de esta palabra usaban, 
y como ahaxar la explican Covarrubias y nuestro Diccionario de Auto- 
ridades, donde, por vez primera en una compilación de voces, se da 
entrada al moderno ajar. Cervantes, que yo recuerde, no volvió á 
emplearla: solamente en su participio pasado, ajado, a, aparece alguna 
que otra vez en el Quijote. 

24 ... á las dos sesteaba en el estrado ... 

Era el estrado á las casas de entonces lo que á las nuestras el salón 
ó sala: pieza capaz y bien alhajada donde las damas recibían á sus 
huéspedes y visitas. Adornábanse curiosamente sus muros, ora con 
ricos reposteros y tapices, bien con paños de tela de plata, brocados 
y damascos de lucidos colores, que en verano la fuerza del calor sus- 
tituía por los frescos guadameciles. 

Tomaron los estrados este nombre de la ordinaria tarima (no siem- 
pre de rigor, sin embargo) que los presidía, guarnecida de ancha al- 
hombra ó tapete, sobre la que se colocaban las almohadas y cojines 
de estrado, de costosos precios y ricos terciopelos. 

Sentadas sobre ellos, en el suelo, costumbre de patente reminiscen- 
cia morisca, recibían las damas sus visitas y labraban sus costuras y 
trabajos de aguja; y para los hombres había destinados taburetes ó 
sillas bajas. Los estrados enlutábanse en los duelos con paños negros 
y almohadas de terciopelo del mismo color. 

Sobre los cojines del estrado de doña Estefanía sestearía reposada- 
mente el incauto alférez Campuzano. ^ 



' Como se imaginará el lector, estas notas de costumbres no se encuentran 
hechas. Hay que reconstituirlas trabajosamente, tomando de aquí y de allí cabi- 
llos sueltos, que luego se ordenan y ajustan. Para la presente, me he servido de 
AlkmXn: Guzmdn de Alfaraclie, parte II, libro II, cap. IX; Villalón: Viaje de 



— 394 — 

25 ... bañados en la agua de ángeles ... 

Á imitación de las aguas almizcladas, rosadas, de olor, etc., que se 
usaban entonces para rociar los aposentos de una casa y sus paredes, ^ 
el agua de ángeles servía asimismo, más que como perfume ó ungüento 
de tocador (de los que tantas noticias nos dejó el Arcipreste de Tala- 
vera), 2 como agua olorosa para el lavamanos de los convites, y para 
bañar con ella las ropas de cama y personal uso. 

Según Pellicer, que saca la noticia de un códice manuscrito de la 
Biblioteca Real , en su composición entraban « rosas coloradas , rosas 
blancas, trébol, espliego, madreselva, azahar, azucena, tomillo, clave- 
llinas y naranjas». '^ Agregúese el ámbar destilado, y se tendrá la razón 
del olor suavísimo con que regalaba, según el testimonio de los con- 
temporáneos. Su uso y conocimiento, contra el parecer de Clemencín, 
era ya bastante antiguo. * 

26 ... doña Clementa Bueso..., don Lope Meléndez de Almendárez... y 
Hortigosa ... 

Cervantes, que tan aficionado fué á trasladar á sus novelas los nom- 



Turquia, Colloquio X, p. 133; Alcalá: El Donado Hablador, parte I, cap. Vil; 
Clemencín; op. cit., III, 32, y IV, 164; y Pérez Pastor: Documentos cervanti- 
nos; I, 149. 

• Libro en que se /¡aliarán diuersas memorias ansí para adobar guantes como 
para hazer muchas y diferentes ollores, agua almizclada y otras aguas y cosas de buen 
ollor. (Bib. Nao. Mss. núm. 6.058.) No trae la receta del agua de ángeles , pero sí 
las de otras aguas de olor equivalentes: sus componentes eran aguas rosadas, 
almizcle, algalia y zumo de limón. (f.° 134.) 

2 Arcipreste de Talavbra : Corvac/w ó reprobación de atnor mundano — Ma- 
drid, MCMi; pp. 129-132. 

8 El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha.— tJlaáriá , Hijos de Hernán- 
dez, 1905; pp. 638 y 639. 

* Clemencín reputaba de invención inmediata á Cervantes la del agua de 
ángeles, alegando que no la conocieron el Arcipreste de Talavera, ni el autor de 
Celestina, ni Agustín de Rojas (op. cit., V, 170). Desde luego puede asegurarse 
que es anterior á 1528, pues se encuentra citada ya en La Lozana Andaluza 
(Madrid, 1871; p. 152), como también lo es á 1555, toda vez que asimismo la 
nombra el autor del Crotalón: «servían á las manos en fuentes de cristal agua 
rosada y azahar y de ángeles^; «olía la cámara á muy suaves pastillas, y la cama 
y ropa á agua de ángeles y azahar». (Op. cit, pp. 99 y 10 1.) 



— 39S — 

bres de las personas que le rodeaban, 6 con quienes tuvo amistad y 
trato, observación ya apuntada por otros comentaristas al fijarse en 
los del licenciado Valdivia, D. Diego de Miranda, D. Juan de Gamboa 
y tantos más, ' no desmintió aquí la misma inclinación; y fuera del de 
doña elementa Bueso, nombre para nosotros desconocido, sin que por 
eso creamos que lo fuera para él, los demás nos son casi familiares. 
Hortigosa , como dueña , aparece en El Viejo celoso-, y Almendárez tam- 
bién, en La Entretenida. Pero más curioso y singular es el recuerdo 
que evoca el nombre compuesto de D. Lope Meléndez de Almendá- 
rez. Cabalmente hubo un D. Lope Díaz de Almendárez ., ^ coetáneo 
suyo, reputado marino y capitán general de aquella flota de sesenta 
naos que en Junio de 1608 partió para Nueva España, ^ llevando á 
bordo á dos insignes y memorabilísimos escritores: Mateo Alemán, 
que no había de volver, «mereciendo Méjico su precioso cadáver», y 
D. Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza, á quien aguardaban de retorno 
en el hispano suelo muchos sinsabores, mezclados con aplausos. 

27 ... capotillo de lo mismo ... 

Lo que hoy impropiamente llamamos taima., cuando hay término 
desusado de puro castizo. 

Capotillos., según nos enseña Covarrubias, habíalos de muchas for- 
mas: galdreses (gualdreses) , tudescos y capotillos de dos faldas. ^ En 
general, era el capotillo «una ropa corta á manera de capa, que se 



' Por ejemplo, los Cacliopines de Lareao son linaje auténtico y relacionado 
con la familia de Cervantes. (Pérez Pastor: Documentos cervantinos; I, 15.) En 
el testimonio de las diligencias hechas en Argel para el rescate de algunos 
cautivos firma un Pedro de Btedma, que nos trae A la memoria el del Quijote. 
Ibidem; I, 77, etc. 

* Cervantes escribió siempre Almendárez por Armenddriz. Como Almendárez 
citó, en el Viaje del Parnaso, í Julián de Armendáriz, aventajado ingenio sal- 
mantino, á quien en 1602 se había concedido privilegio en Valladolid para la 
impresión de su Patrón salmantino, salido á luz el siguiente año en su ciudad 
natal, de las prensas de Artús Taberniel. 

' «Desde el año de 1608, que el señor don Lope Díaz de Almendáriz, Capi- 
tán general de aquella gran flota de 60 naos, que me trujo de España » — Bar- 
tolomé DE Góngora: El Corregidor sagaz. Abisos y documentos morales ; op. cit. 

Apud Gallardo: Ensayo ; IV, col." 1.198-1.199 y 1.204. 

* Covarrubias: Tesoro ; artículo Capa. 



— 396 — 

ponía encima del vestido y llegaba hasta la cintura». ^ Usábase indis- 
tintamente por hombres y mujeres, y con más especialidad para los 
viajes y caminos. Pocos años después fueron sustituyéndose por «ga- 
banes bravos para de camino, aforrados en felpa». ^ 

28 ... no menos bizarro que ricamente vestido de camino ... 

Como habrá visto el lector en una de las notas anteriores , el vestido 
cortesano, en la época de acción de la novela, era comúnmente ne- 
gro. Contábase, sin embargo, una curiosa anomalía, á saber, que el 
vestido de camino, esto es, el escogido para viajar, no sólo no era 
negro y sí de colores vistosos, ' sino aún más bizarro, rico y ataviado 
que el de calle, mereciendo la justa sátira de Antonio de Torquemada, 
que con airada exclamación decía: «^ Puede ser mayor disparate en el 
mundo que andar un hombre vestido de paño, procurando que un sayo 
y una capa le dure cien años, y cuando va de camino lleva terciopelos 
y rasos y los chapeos con cordones de oro y plata, para que lo des- 
truya todo el aire, y el polvo, y la agua, y los lodos: y muchas veces 
un vestido destos que les cuesta cuanto tienen, cuando han servido en 
un camino están tales que no pueden servir en otros.'' A mi parecer 
mejor sería mudar bisiesto, y que los buenos vestidos serviesen de rúa, 
y los que no lo fuesen, de camino.» * 

A la cuenta, nuestros antepasados no eran tan prácticos, en el viajar, 
como nosotros, aunque sí tan vanidosos. 



' Diccionarío de Autoridades; artículo Capotillo. 

2 SuÁREZ DE Figueroa: Plaza universal; op. cit., f.° 227. — Debieron ser pren- 
das introducidas en la indumentaria por aquellos años. Al menos, no he hallado 
noticias sobre ellos ni en el Libro de Geometría practica y traga. El qual trata de 

lo tocante al officio de sastre , compuesto por Joan de Alcega (Madrid, 1580); ni 

tampoco en Francisco de la Rocha Burgen: Geometría y traga pertenecientes al 

officio de sastres (Valencia, Mey; 16 18), á pesar de haberlos consultado con 

empeño. 

* Apoyándose en esto Quevedo, decía de una niña, con frase violenta hoy 
de puro tropológlca, que tenía tojos de rúat, aunque la aclare en seguida aña- 
diendo ".vestidos de negro, porque las niñas de color miran de camino*. (Quevedo: 
Perinola.) 

* Colloquios satíricos ; op. cit., p. 530. 



— 397 — 

29 Yo te lo prometo, Hortigosa ... 

De prometer faltan en el Diccionario académico dos acepciones: pri- 
mera, la de asegurar, dar fe de lo que se dice; y segunda, el giro fami- 
liar j/(7 te lo prometo, yo te (x os prometo, equivalente al moderno j'() te 
¡o aseguro, que por lo añejo, castizo y usadísimo en las obras todas 
de aquel tiempo, no debía omitirse en nuestro léxico oficial. * Cervan- 
tes lo usó con frecuencia en todas sus obras. 

30 ... y luego se me volverá lo que es mío ... 

Hablaba el Alférez por sí, y pone ahora estas palabras en boca de 
doña Estefanía. 

Sobre esta figura, muy repetida por Cervantes en sus obras, de in- 
troducir á uno de los personajes en la relación, haciéndole hablar de 
pronto, sin anuncio ni preparación alguna, y llamada por los gramáticos 
anacoluto, véase la acabada nota que Rodríguez Marín puso á un pa- 
saje análogo de Rinconete. 

Y conformes también con él en que «estas repentinas mudanzas de 
persona, aunque, ajuicio de Clemencín, son «modo elegante que sin 
» perjudicar á la claridad, varía la contextura de los diálogos y los hace 
» más rápidos y animados», con eso y con todo, hoy tales cambios pa- 
sarían por incorrecciones necesitadas de enmienda». ^ 



• Dos ejemplos , entre mil : 

« Yo os prometo, sino fuere cosa contraria á mi profesión » — Valdés: Diálo- 
go de la lengua ; op. cit., p. 14. 

«Yo te prometo que no sabré-decir cual de las dos fuese mayor » — AlbmXn: 

Guzmán de Alfar oche; parte I, lib. II, cap. IV. 

Feliciano de Silva lo usa á cada paso. 

2 Rodríguez Marín: Rinconete; op. cit., p. 446. 

No siempre, sin embargo, observa D. Julio Cejador, son defecto los anacolu- 
tos. Á veces «son los toques más felices del artista, que, al dejar escapar ese 

brochado ó borrón , pinta en él toda su alma El que al describir está viendo 

en su fantasía el cuadro que trata de pintar, se olvida de la consecuencia lógica 
de las palabras». Exacto: y por este motivo prodigó Cervantes tanto los ana- 
colutos en sus obras. (Vid. Cejador: La Lengua de Cervantes. — Gramática y 
diccionario de la lengua castellana en El Ingenioso Hidalgo. — Madrid, 1905 (1-525). 



— 398 — 

31 ... hube de condecender con el gusto de doña Estefanía ... 

Un caso más de aquella curiosa y secreta lucha que los siglos pasa- 
dos presenciaron, apenas acabada de formar el habla castellana, entre 
el pueblo y los eruditos: el pueblo, más demócrata, pretendiendo cas- 
tellanizar las voces; los eruditos, apegados á la tradición, trabajando 
por conservarlas su abolengo, sus pergaminos, su raíz clásica, en fin. 

Condescender con s es muy latino, sí, porque á tiro de cañón acusa 
su etimología latina: con-de-scendere ; pero condecender, ahorrando esa 
letra, es mucho más español. En la mayoría de los escritores, por clá- 
sicos y buenos, se lee esta forma sabia: condescender, que es, á la pos- 
tre, la que ha vencido; pero no dudo un instante que en Andalucía, 
grandes y chicos, dirían á cada paso condecender , comiéndose la s, como 
es sabida costumbre allí. 

Cervantes, atentísimo observador de su tiempo, no llegó á decidirse 
en la contienda, escribiendo esta palabra de uno y otro modo; pero su 
sutil instinto, amante de lo popular por bueno y verdadero, en las di- 
versas veces que sale esta voz en el Quijote, sólo una vez le hizo decir, 
como los doctos, condescender, ^ prefiriendo en las demás la forma del 
pueblo, condecender, ^ que es la misma que aquí se repite. 

32 ... En esto iba yo y venía por momentos ... 

Ir y venir, no en su recto significado, sino en el de tratar insistente- 
mente sobre el mismo punto, estar discurriendo sobre él , sin cesar de 
revolverlo en la imaginación ni en la memoria. Según Covarrubias, 
«dejarle un rato y luego volver á él, inconstantemente». ■'* Para expli- 
car este pasaje prefiero la primera acepción. 

33 ... fué á tener novenas ... 

Prácticas piadosas 6 devociones llamadas novenas, porque duraban 
el espacio de nueve días. Hacíanse fuera del lugar donde se moraba. 



' « y cuan ajena vive de condescender con los deseos de ninguno de sus 

am&ntes.t^Et Ingenioso Hidalgo; parte I, cap. XIV. — Y acaso este condescender 
fuera una errata ó libertad del cajista. 

2 Parte I, cap. XXVII (dos veces), y parte II, cap. XLIX. 

8 Covarrubias: Tesoro; op. cit. , art. Ir. 



— 399 — 

saliendo de él á santuarios y monasterios para venerar imágenes mila- 
grosas de la Virgen, que principalmente eran seis, conocidas por el 
nombre de las seis casas angelicales de Nuestra Señora: Nuestra Se- 
ñora de Monserrat, el Pilar de Zaragoza, Nuestra Señora del Sagrario 
de Toledo, Guadalupe, La Peña de Francia y Nuestra Señora de la 
Blanca en Burgos, i Fuera de estos santuarios había además otros muy 
concurridos en novenas, como Atocha, Nuestra Señora de lUescas y 
Nuestra Señora del Valle en Sevilla. - 

Su práctica era principalmente femenina; mas también por los hom- 
bres se visitaban en novenas y romerías, á consecuencia de votos, pro- 
mesas y ofrecimientos hechos en momentos angustiosos y de peligro. 
Principalmente de los viajes por mar se originaban muchas novenas, 
pues cuando apretaba la tormenta y veíase cercana la muerte entre sus 
horrores bravios i despertando entonces la dormida fe en los angustia- 
dos corazones de los afligidos tripulantes, 

Cuál promete de ir á Roma , 
Cuál á la Peña de Francia, 
Cuál de no ofender á Dios 
Si deste peligro escapa. ' 

Otras eran las razones femeninas de las novenas. 

Aparte las que inspiraba la sincera piedad y devoción honesta, mu- 



' Reportorio de todos los catitinos de España , compuesto por pero Juan villuga, 

valéciano. — Año de mdxlvi; in i6.°, í.° iii. En este Repertorio se incluye el itine- 
rario de «las seis casas angelicales, y de unas d otras»; lo que confirma cuan 
coman era hacer estas novenas ó romerías. 

' Cervantes: La Entretenida. Jornada i. 

Mateo AlemXn: Guzmdn de Alfarache. Parte II, libro II, cap. IX. 

Lope de Rueda, en uno de sus pasos tan castizos, explicaba así las novenas: 

Bárbara. Voy á tener unas novenas á una santa, con quien yo tengo grandísi- 
ma devoción. 

Martín. Novenas, ¿y qué son novenas, mujer? 

Bárbara. ¿No lo entendéis? Novenas se entiende que tengo destar yo allá en- 
cerrada nueve días. 

Martín. ¿Sin venir á casa, álima mía? 

Bárbara. Pues sin venir á casa. 

Obras de Lope de Rueda. (Colee, de libros raros y curiosos); op. cit.. I, p. 34. 
' Rojas: El Viaje entretenido ; f.° 23. 



— 4O0 — 

chas veces eran inventado pretexto para acudir maliciosamente á de- 
vaneos y amoríos, que el recogimiento y recato de la vida familiar 
les impedía, ó, también, recurso extraordinario para concertar secretos 
desposorios. ^ 

Con harto fundamento, un moralista de la época exhortaba á las 
madres á que no enviasen á sus hijas « con sirvientes ni escuderos á 
devociones y romerías , revueltas , tapadas y hechas cocos , porque no 
acaezca que vayan romeras y vuelvan i ameras, y que vayan á ganar 
perdones y traigan cargazón de pecados » . •' Fruto inesperado de estas 
correrías, que Tirso, tan conocedor del alma femenina, maliciosamente 
apuntaba: 

Estas novenas de ogaño 

Suelen volver intereses: 

Novenas de nueve meses. 

Cuando las hace el engaño. ' 

Que era á menudo. 

34 ... en Nuestra Señora de Guadalupe ... 

Cuentan las crónicas del memorable santuario que en tiempos del 
rey D. Alpnso XI de Castilla, yendo un pastor de las sierras de 
Guadalupe en busca de una res perdida de su ganado, se le apareció 
la Virgen en lo más fragoso y áspero de aquellas montañas, mostrán- 
dole el lugar donde desde la entrada de los árabes estaba escondida 
una efigie suya, y á la cual, más tarde, dio origen apostólico la tradi- 
ción. Descubrióse la milagrosa imagen; se levantó, para venerarla, una 
pobre ermita; echáronse luego en el reinado de D. Pedro los cimien- 
tos de su torre é iglesia, hasta que en el de D. Juan I, habiendo en- 
comendado, por consejo del obispo de Sigüenza D. Juan Serrano, la 
guarda y dirección del santuario á la naciente orden Jerónima, fray 
Fernando Yáñez, primer prior que tuvo, prosiguió las obras , acabando 
el monasterio. 



"1 i y así se desposaron secretamente, estando Cantufla en una ermita te- 
niendo novenas». — Comedia Thebayda. (Apud Gallardo: Ensayo , I, col. 1 173). 

2 Fray Juan de la Cerda: Libro intitvlado Vida poUtica de todos los estados de 
mugeres ; op. cit. , f.° 16. 

' Poi- el sótano 1 el torno. Acto iii , escena x. 



— 40' — 

La piedad de los siglos, junto á la generosa largueza de los reyes, 
magnates y devotos, fueron acumulando posteriormente en él incalcu- 
lables riquezas y tesoros: en metales preciosos, piedras finas, ornamen- 
tos sagrados, retablos, libros y pinturas, que, en nuestros días, france- 
ses y desamortizadores (los mayores enemigos que el arte ha tenido 
en España) se encargaron de dispersar á los cuatro vientos. 

Franca y liberal acogida hallaría doña Clementa Bueso dentro de los 
muros de Guadalupe, al igual de los millares y millares de romeros 
que en todo tiempo lo visitaban. Las descripciones que hasta nosotros 
han llegado del desprendimiento y caridad de los religiosos con los 
peregrinos así lo atestiguan; y por si no se creyera, dícenlo además 
aquellas inmensas cantidades que de todo género de provisiones y bas- 
timentos consumíanse cada año para el sustento de todos. Doce mil 
fanegas de trigo, veinte mil arrobas de vino, ocho mil cabezas de ga- 
nado; sin que por eso se llegaran á ver vacíos nunca los trojes, grane- 
ros y bodegas del opulento monasterio. Repartíanse además á los po- 
bres copiosas limosnas y sendos pares de zapatos para sus jornadas 
de vuelta. ^ Había, finalmente, tres hospitales, con médicos, cirujanos 
y practicantes , donde se curaban con amor y regalo los enfermos é im- 
pedidos, no escatimándose, si era menester — como un historiador suyo 
escribe — cien ducados en la medicina de un pobre, consumiendo 
entre todos anualmente más de trece mil. ^ Si á estos gastos se agre- 
gan los que causaban el colegio de niños, los seminarios, hospederías, 
clases de oficios, limosnas abundantes, repartimiento de raciones 
(hasta mil y quinientas cada día) y demás obras caritativas de los reli- 
giosos , se tendrá, á la ligera, una muy parca idea de la grandeza, sun- 
tuosidad y munificencia del célebre monasterio de Nuestra Señora de 
Guadalupe. ^ 



* Pedro de Mbdina: Grandezas de España ; ff. 184 á 186. 

* Fray Joseph de Sigüenza: Segvnda parte de la historia de la orden de San Ge- 
rónimo. — Madrid, Imprenta Real, mdc; pp. 106 á 130. 

* Historias pEirticiüares suyas existen, en que el lector podrá saciar su cu- 
riosidad por entero. Contemporánea al Coloquio, la Historia de Nuestra Señora 

de Guadalupe , por fray Gabriel de Talauera (Toledo; Thomas de Guz- 

mán, 1597; in 4.°); y más moderna, la Historia universal de la primitiva y milagro- 
sa imagen de Ntra. Sra. de Guadalupe por fray Framcisco de San Joseph 

(Madrid , 1 743 ; folio); sin contar mil noticias y pormenores relativos á sus rique- 

26 



— 402 — 

35 ... dejó en su casa á doña Estefanía que mirase por etla ... 

Hace aquí el pronombre ^'«í oficios áe para que;j entendido así re- 
sulta clarísima la frase: «y dejó en su casa á doña Estefanía [para] 
que mirase por [cuidase de] ella. » 

Abundan en las obras de Cervantes ejemplos de esta licencia, co- 
rriente entre los escritores de su tiempo, i 

36 ... pues ha sabido granjear á una persona como la del señor Alférez 
por marido ... 

Anda aquí la huéspeda un tanto maliciosa y socarrona. Porque á iro- 
nía saben estos encarecimientos de la pretendida alteza y condición del 
cargo de alférez, entonces, cuando corría por vulgar y llano el dicho: 
«Desgraciada la madre que no tuvo hijo alférez». ^ ¡Cuántos habría! 

37 Esta consideración, ó buena inspiración, me conhortó algo ... 

Respecto del arcaico conhortar decía nuestro Diccionario de autori- 
dades: «Lo mismo que confortar., consolar, animar. Ya tiene poco uso. 
Hállase escrito algunas veces sin la h, diciendo conortar; pero viniendo 
del latín confortare, debe, según los antiguos, retener la h en lugar de 
la y" que hoy ponemos, por que así lo pronunciamos.» 

Sin embargo, casi me atrevería á afirmar que, aunque el uso moder- 
no haya hecho conortar y conhortar unos mismos con confortar, tuvie- 
ron en un tiempo diferentes significados; y á sospecharlo me inclinan 
estas razones: primera, el que aparecía diferentemente escrito este ver- 
bo: unas veces con k, otras sin ella (y sin ella la registran las dos pri- 
meras ediciones de El Casamiento); segunda, que Covarrubias, tan 
celoso lingüista, recoge sólo la forma conortar, dándola una etimología 
distinta de la que hoy unánimemente se la atribuye á confortar {con- 
fortare); y tercera, que Rodríguez Marín ha hallado pasajes en que se 



zas y pinturas, repartidos en libros y grabados. Cervantes debió de visitar este 
famoso Santuario, porque en el Persiles aludió nuevamente á él, y con más por- 
menores que aquí. (Libro III, caps. IV y V.) 

» Tratando Torquemada del influjo de las constelaciones y astros en los des- 
tinos humanos, dice: «Mars influye en los hombres que sean fuertes i— Jar- 
dín de flores curiosas ; op. cit., f.° 189. 

2 Espinel: El Escudero Marcos de Ol>regón. — Relación I, descanso XXI. 



— 403 — 

emplean, una tras otra, estas palabras, como si sus significados fuesen 
diferentes. De todos modos es oscura é intrincada cuestión. 

38 ... con prosupuesto ... 

Prosupiiesto en su significado de propósito, intención 6 designio, no 
incluido todavía en nuestro Diccionario académico. 

Decíase entonces, indistintamente, /rojíz/'w^j/'í? y presupuesto, * 6 in- 
distintamente también los usó Cervantes. ^ La primera forma es más 
arcaica; pero Clemencín prefiere la segunda, por conformarse más con 
su origen latino. ' 

39 Fuime á San Llórente , encomendéme á Nuestra Señora ... 

Nuestra Señora de San Llórente, Patrona de la ciudad de Valladolid, 
imagen muy querida y venerada por su vecindario, que desde tiempos 
muy remotos ha acudido á ella en sus momentos de tribulación y an- 
gustia. 

Sangrador narra la piadosa tradición de su hallazgo por un pastor, 
en una cueva á orillas del Pisuerga, donde muchos años antes había 
sido ocultada por un pío clérigo que la libró de Consuegra, cuando 
aquella villa fué ocupada por los moros. * 

Durante la estancia de la Corte fué objeto de grandes muestras de 
devoción por los Reyes, singularmente por la reina Doña Margarita, y 
sacada en solemnes procesiones, y enriquecida con numerosas lámpa- 
ras de plata. ^ Su iglesia era visitadísima entonces, permaneciendo 



' Véanse estas concordancias en comprobación de lo dicho: 
«Pero óyeme y ten por prosupuesto — Vhxalón: Diálogo de las transforma- 
dones. — Nueva Biblioteca de Autores Españoles; tomo VII, p. 103. 

« aveis de hacer la dicha fianza y debajo de prosupuesto de que yo os 

aga y otorgue esta escritura » — Asensio: Nuevos documentos ; op. cit., p. 20. 

* ...... sino tomar á mi cargo hacer lo que me pareciere , con presupuesto de 

mirar por tu honra». — La Calatea, libro V. 

Bien ves que á cuerpo y alma es peligroso, 
Y más á aquel que licns prosupuesto 

De dejarse morir 

El Trato de Argel. — Jomada 1. 

' Clfmencív ; op. cit., III, p. 129. 

* Sangrador: Historia de Valladolid.....; II, pp. 196 á 198. 

* Relación de las fiestas de Valladolid..... Valladolid, 1605; op. cit. {Obras com- 



— 404 — 

abierta hasta muy entrada la noche. La familia de Cervantes, y Cervan- 
tes mismo, frecuentábanla mucho, i 

40 "Pensóse don Simueque que me engañaba con su hija la tuerta, y 
por el Dio, contrecho soy de un lado." 

Es refrán judío, casi exótico en toda nuestra literatura indígena, pues 
fuera de este lugar no me lo he tropezado en la copiosa lectura prepa- 
ratoria para la composición de este libro, y por de contado me perde- 
ría en un mar de conjeturas si mi buena fortuna no me lo hubiera 
puesto disfrazado y oculto en la selva virgen de refranes que en su 
Philosophia vulgar comenta el doctísimo Mal Lara. 

La verdadera lección de este refrán es como sigue; Piensa D. Braga 
que con su hija tuerta me engaña í Pues para el Dio-, ^ hermano, qtie soy 
contrecho de un lado; y Mal Lara lo aclara así: «Este refrán es de gran 
sentencia, y de cosas que cada día acontescen, principalmente cuando 
en los casamientos, que son negocios de mucha verdad, se trata engaño, 
como se vio en estos dos judíos (que habrá cien años que serían), y 
casando el D. Bragas su hija con otro de su jaez, siendo tuerta la ven- 
dió por derecha, y el desposado vínolo á saber (que no falta en estas 
cosas quien lo descubre), y él dijo al que le traía las nuevas cómo pen- 
saban de engañarlo con la moza que era tuerta, respondiendo mansa- 



pletas de Cervantes. Madrid, 1864; tomo II, pp. 164-166, 203 y 205.) — Cabrera: 

Relaciones , pp. 127 y 128. — Martí y Monsó: Estudios histórico-artísticos 

páginas 565 y 566. 

• Pérez Pastor: Documentos cervantinos , II, pp. 500 y 501. 

2 Por el Dio, 6 para el Dio, es juramento propio de judíos, y en boca de 
ellos pónenlo muy á menudo nuestros antiguos escritores, entre ellos Cervan- 
tes mismo en La Gran Sultana, Jornada i , y en Los Barios de Argel, Jornada it. — 
Delicado: La Lozana Andaluza; op. cit., p. 78. — VelXzquez de Velasco: La 
Lena ; op. cit., p. 422, etc.. 

En modernas colecciones de refranes judío-españoles, abundan los que re- 
piten este bordoncillo, privativamente judaico, pero sin que incluyan el refrán 
que ahora explico. Vid. los completísimos estudios hechos sobre este punto 
por Mr. Foulché Delbosc, en la Revue Hispanique; 1895, PP- 312-352; 1902, pá- 
ginas 440-454, y 1903, pp. 594-606. 

Corresponden á este proverbio nuestros dos refranes castellanos: «A ruin, 
ruin y medio»; «Casó Pedro con Marigüela; si ruin es él, ruin es ella.» 



— 405 — 

mente : Pues para el Dio., hermano., que soy contrecho de un lado. Calla 
tú , que poco nos llevamos. 

» Así cuando les fueron á tomar las manos, la moga tenía una manera 
buena de encubrir el ojo con la vergüenga y exercicio que no faltaba 
en la mano con que se atapaba muchas veces , y el desposado procuró 
de salir lo más derecho que pudo, andando muy poco y haciéndole 
señas con el lado contrecho, de manera que el suegro se holgaba de 
darle la hija tuerta y él casarse contrecho, y como estaba riéndose el 
uno del otro, no sabiendo si se entendían, hasta que después de vela- 
dos conoscieron sus faltas y quedaron desengañados. 

»Agudeza fué de judíos — concluye filosóficamente Mal Lara — y en- 
gaño justo; porque á traidor, traidor y medio, y quedaron bien paga- 
dos, según en nuestros tiempos se hace, que queriendo uno engañar 
con la hija que tiene incasable ó con el hijo, de la misma manera viene 
á recebir el engaño, aunque agora las faltas pasan á puro dinero y se 
quieren con todas sus tachas, buenas y malas, como haya dinero.» ^ 

¡Parece un comentario hecho de molde para este pasaje de El Casa- 
miento engañoso I 

41 ... y brincos ... 

^Por qué se ha de decir en nuestros días, con odiosa y afrancesada 
voz, «pendant» y «pendantif», si en nuestra lengua gozamos, aunque 
arrinconadas, otras tan lindas y significativas como brincos y brinqui- 
ños} Pues ^en qué se distinguen las joyas modernas, para las que se ha 
introducido aquel nombre exótico, de los «joyeles, buxetillas ó piedras 
que cuelgan de los garcillos ó arracadas, llamados brincos por su con- 
tinuo movimiento, ó brinquiños, buxetillas 6 redomitas que sirven de 
andar pendientes por adorno » * y de que tanta gala y gusto hicieron 
nuestras damas del buen tiempo? 

Por los mismos de la publicación del Coloquio salió una curiosísima 
Pragmática en la cual se dictaban reglas muy severas y estrechas sobre 
el uso y traza de los brincos , cintillos , cadenas y toda clase de joyas, 

mandando «que de aquí adelante no se puedan hacer ni traer joyas 

algunas de oro que tengan relieves ni esmaltes , ni puntas con perlas 



' Juan de Mal Lara: La Pkilosophia vulgar , ff. 117 vto. y 1 18. 

2 Rosal: op. cit. Alphabeto I , artículo Brincos. 



— 4o6 — 

ni piedras ni joyeles, ni brincos que las lleven, ni que tengan esmaltes 
ni relieves, y que solo puedan llevar joyeles y brincos una piedra con 
sus pendientes de perlas: aunque permitimos que las mugeres puedan 
traer libremente cualesquier hilos y sartas dellas, y que se puedan ha- 
cer collares y cinturas y otras cualesquier joyas para mugeres que lle- 
ven piedras y perlas, con que cada pieza dellas no pueda llevar más 
que una sola piedra, ni ser solo de diamantes, sino que haya de llevar, 
á lo menos, otras tantas piedras de diferente calidad, ó perlas como 
llevaren de diamantes» 

«Otro si, permitimos que los hombres puedan traer cadenas y cin- 
tillos de piezas de oro, y aderezos de camafeos y hilos de perlas en las 
gorras y sombreros, y prohibimos á los plateros el poder labrar adere- 
zo alguno con piedras. » ^ 

Mil pormenores más, interesantes en extremo, sobre el arte de la 
joyería, contiene esta pragmática, que al igual de tantos otros, relativos 
á las costumbres de entonces, tengo forzosamente que reservar, para 
no hacer perdurables estas notas. 

42 ... mostraba pesar más de cuarenta ducados. 

Pesar significa aquí valer, acepción no incluida en nuestro Diccio- 
nario académico. 

Las cadenas de oro, joyas muy estimadas y lucidas por los soldados, 
no se compraban sino á peso, añadiendo un tanto más por la hechura. ^ 
Por esta razón en los libros del tiempo, cuando se mienta su valor se 
dice <!. pesaba tantos ducados». ^ 



' Pragmática y nveva orden, cerca de las colgaduras de casas, y hechuras dejovas 
de oro y piedras , y f legas de plata, y en la forma que se han de hazer labrar, y traer 
y otras cosas. (Esc. de Arm. RR.) — En Madrid , por luán de la Cuesta. Año de lóJI. 
(6 hojas en folio numer.) Bibl. R. Acad. Hist. , Jesuítas; tomo 176, núm. 30. 

2 Tratando del concierto de una cadena, dice Mateo Alemán en su Guzmdn 
de Alfarache : 1 comencé luego mi enredo, preguntando lo que valía y lo que pe- 
saba. El mercader se rió de oírme y dijo: «señor, esto no se vende á peso, sino 
»así como está, un tanto por toda». — Parte II, lib. II, cap. VI. 

' « Platero. Esta cadena he tenido yo en mis manos muchas veces, y sé que 
pesa ciento y cincuenta escudos de oro, de á veinte y dos qui- 
lates.» — Cervantes: El Vizcaíno Fingido. 

«Perdió un soldado mil reales sobre una cadena o^t. pesaba mil y quinien- 
tos.» — Rufo: Tms scyscientas apothegmas; op. cit., f.° 62 vto. 



— 407 — 

43 ... pero como no es todo oro lo que reluce ... 

Cuatro son las formas que conoce este refrán en el habla castellana: 

No es todo oro lo que luce. 

No'es todo oro lo que reluce. 

No es oro todo lo que luce. 

No es oro todo lo que reluce. 

De todas ellas abundan ejemplos en nuestros clásicos, ^ habiendo 
que confesar, no obstante lo que en contrario diga un comentarista 
cervantino, que estima, quizá con razón, más lógica y correcta la últi- 
ma forma, ^ que es cabalmente la más escasa en nuestros clásicos, que 
repiten frecuentemente, en cambio, las dos primeras. ^ Cervantes em- 
pleó unas y otras indistintamente, aunque de ordinario prefiera la lec- 
ción que usa en esta novela. * 

44 ... con sólo ser de alquimia se contentaron ... 

La vanidad humana ha existido siempre. Quien no puede lucir ca- 
denas de oro fino, lábralo falso; á las piedras preciosas verdaderas se 
oponen las imitadas ó contrahechas. También el gustillo de la vanidad 
presuntuosa sentíase entonces tanto ó más que entre nosotros; y de 
ahí nació el dorado y plateado sobre latón, á que propiamente se lla- 
maba alquimia. Prodigóse tanto en joyas, bujerías, armas, aparejos de 
jineta y aderezos de la brida, que las Cortes se sintieron alarmadas re- 
petidas veces, reclamando contra estos usos que acrecentaban la vani- 
dad y los gastos superfinos en sus naturales. 



' Manuel J. García: Estudio critico acerca del entremés «El Vizcaíno fingido* 
de Miguel de Cervantes. — Madrid, 1905; pp. 120-121. 

^ « No es todo oro lo que luce.» (Arcipreste db Talayera : Corvaclw; op. cit, 
página 157). — cPiensa que es todo oro lo que reluce». (La Picara Justina; li- 
bro I, cap. III). — <No es oro todo lo que reluce.» (Comedia llamada Sehagia, 
compuesta por Alonso de Villegas Selvago. Madrid, Rivadeneyra, 1873 (Libros 
raros y curiosos); p. 76. 

La Celestina agrega una variante, que hace aún más expresivo el dicho: «Ni 
es todo oro cuanto amarillo reluce». (Acto vm.) 

8 Covarrubias , al citar el proverlsio, hácelo como en El Casamiento engañoso: 
fNo es todo oro lo que reluce >. Menudean los ejemplos en Liñán: Guia y aviso 
de forasteros ; op. cit., Avisos I y II, y en otros autores. 

* García: op. y loe. citados. 



— 4o8 — 

Porque ocurría que de Francia, Milán y, principalmente, Venecia, 
lugares todos donde se labraban las cosas de alquimia, los vidrios y 
piedras falsas, ^ llovían sobre España nubes de buhoneros, con sus ca- 
juelas llenas de azabaches, muñecas y juguetes; pero menudeando, so- 
bre todo, en cosas de alquimia. ^ 

Cadenas, brincos, engarces, filigranas, rosarios, piedras falsas, vi- 
drios teñidos, cuentas, sartas de todo esto y de pastas falsas, trayén- 
dolas unas veces leonadas, otras azules, que llamaban de agua marina, 
todo hecho de alquimia y oro bajo, mas vendido en tan grandes sumas, 
que los procuradores confesaban con pintoresca y filosófica frase que 
nos sacaban «el oro y plata que con tanto trabajo se adquiría é iba á 
buscarse á las Indias y partes remotas del mundo, como si fuésemos in- 
dios». ^ 

Accedió el Rey repetidas veces á lo que las Cortes pedían , * aunque 
inútilmente, porque otras tantas hacíase la trampa de la ley, pues en 
ello andaban interesados, no sólo los buhoneros franceses, sino los do- 
radores españoles. 

En Valladolid, principalmente, como floreciente mercado y fábrica 
de platería, azofábanse numerosos dijes y cosas de alquimia, unas ve- 
ces con permisión de las justicias, y otras, perseguidos por los escriba- 
nos y alguaciles que corrían á su cíiza, librándose los plateros con arti- 
mañas, enredos y legales sutilezas. ^ 



' £¡ CrotaUn ; op. cit. , p. 255. 

Villalón: Ingeniosa comparación ; op. cit., p. 181. 

2 De estos quincalleros y buhoneros trato más adelante en otra de mis notas. 

8 Cortes de Castilla^ 1588-1590, tomo XI, pp. 523-24. 

* Hay una pragmática de 1534, reproducida en 1552, prohibiendo dorar ni 
platear hierros ni cobre, si no fuere para ornamentos de iglesia. — Rcportorio de 
todas las Pragmáticas y Capitulas de Cortes, hechas por su Magestad desde el año de 

tnil y quinientos v cincuenta y dos , liecho por el Bachiller Alonso de Azeucdo — 

Salamanca, Andrea de Portonariis, 1566; in folio. — Es la ley IX, tít. XXIV, 
libro V de la Nueva Recopilación. 

Iguales prohibiciones pueden verse en las Cortes de 1573, tomo IV, p. 469, y 
Cortes de 1302-1598, tomo XVI, p. 637. 

s Tal aparece de una provisión real de Felipe III , fechada en Valladolid á 
23 de Diciembre de 1605 , en la cual, dirigiéndose al corregidor de la ciudad de 
Valladolid , su lugar teniente y alguaciles , dice que « Marcos Garcia tirador de 
oro en nombre de los demás tiradores y oficiales y mercaderes nos hipo reía- 



— 409 — 

Pero tanto creció el mal y tantos y tantos embustes se urdían con 
las cadenas, ^ que años más tarde, en el de 1616, la Sala de Al- 
caldes consultó el caso con el Consejo de Cámara, ^ y ante el favorable 
dictamen de éste salió auto prohibiendo para lo sucesivo hacer ni ven- 
der cadenas y cintillos de alquimia, como no fuera dándolas á labrar 
particularmente. * 



zion que bosotros les molestabades cada día haciéndoles muchas bejaziones por 
dezir que hazian y bendian en sus tiendas trencillos de sombreros de alquimia 
dorados y pintados y cadenas doradas de todas suertes y otras muchas cossas 
de la dha. alquimia dorada y plateada diciendo q heran contra las prematicas 
de nros. Reynos que lo proibian, y la prematica era lo que proibia que los es- 
trangeros no pudiessen meter de otros Reynos cossas semejantes, y no se ha- 
blaba con los naturales suplicándonos os mandásemos no les molestasedes 

ni hiciesedes agrauio y darles licencia para que se pudiese hacer y bender libre- 
mente , lo qual visto por los de nuestro consejo, fue acordado que debíamos 

de mandar dar esta carta para bos mandando que (aquí se accede á lo pedi- 
do por Marcos García), y contando y pareciendo q son naturales de estos 
ntros. reinos no les prendáis ni molestéis por hacer y bender en sus tiendas 

trencillos de sombreros , etc. (como pedían)». — Archivo Histórico Nacional. 

Libros de la Sala de Alcaldes. — Libro VII, ff. 41 1 y 412. 

' ^ Quién no recuerda los donosísimos del Guzmdn de Alfaraclie, de El Viz- 
caíno fingido, y de nuestras novelas todas, en las cuales era usado enredo y 
trampa picaresca? 

2 «Señor: Los Alcaldes dicen que los días pasados representaron á V. mg."" 
el desorden que abía en esta Corte en vender los doradores y otras perso- 
nas cadenas y cintillos de alquimia dorados, de que tanbien abia corredores 
y challanes que se ocupaban en esto con que engañaban la gente sinple: á 
vnos vendiendo la Alquimia por oro y á otros dándolo en precios excesibos, de 
que se hacian algunas causas; y que abia parecido se pregonase que ninguna 
persona destas vendiesse estas cossas hechos en sus tiendas ni por las calles, 
y que solo se les permitiesse el hacerlo quando se les pidiesse ó mandasse ha^er, 
que serán bien pocos; con que pesarían estos fraudes y el oro no se gastaría en 
cosas de tan poco fruto donde totalmente se pierde su valor; y porque V. M. no 
a respondido á esta consulta y se entiende se a perdido lo buelbe á acordar 
la Sida para que V. mag."i visto lo que se dice y los ynconvenientes que esto 
puede tener probea y mande lo que fuere servido á dios y á V. mag.^; de la Sala 
y dic.= 22 de 1616 «s.» — Sala de Alcaldes; libro VII, f." 438. 

• En vista de la anterior consulta , que debió de tener respuesta , los Alcal- 
des, por auto de 23 de Diciembre de 1616, mandaron: «que atento los grandes yn- 
conuenientes que resultan de que se hagan cadenas de alquimia y dorarse por 
los engaños que ay, de no conocerse, y que no son de ningún provecho si no 



— 410 — 

45 ... entre vuesa merced y la señora doña Estefanía, pata es la tra- 
viesa. 

Casi no necesitaba nota, por ser locución que explica perfectamente 
nuestro Diccionario : « se dice cuando uno ha engañado á otro en una 
cosa y él ha sido engañado en otra: que es lo mismo que decir que se 
han quedado iguales. » Es término metafórico, que trae su origen del 
juego de naipes, como el Alférez mismo confirma en la novela, cuando 
replica: «y tan pata, que podemos volver á barajar.» 

También el insigne Tirso gustó de jugar del vocablo con él. 

¡Vive Dios! 

Que no ser don Gil me pesa 
Por ti, y que somos las dos 
Pata para la traviesa. ' 

Hoy se ha sustituido mucho por « empatarse » , « quedar empatados » . 

46 Che chi prende diletto di far frode 
Non si de' lamentar s' altri 1' inganna. 

Forman, efectivamente, parte de un terceto del capítulo I del Triunfo 
de Amor., de Francisco Petrarca: 

Tal biasma altrui che se stesso condanna; 
Che chi prende diletto di far frode, 
Non si de' lamentar s' altri 1' inganna. ^ 



antes de muy gran daño que ninguna persona aga cadenas de alquimia para 

bender y ningún Platero ni dorador las dore ni las pueda hender ni benda en 
ninguna tienda ni fuera della ni en otra forma; si no que si alguna se hiziere y 
dorare aya de ser y sea dándola á azer particularmente y no de otra manera, so 
pena » — Sala de Alcaldes; libro VII, i.° 446. 

' Tirso: Don Gil de las calzas verdes, acto ni, escena vii. 

Citando Cejador este mismo pasaje de Cervantes, explícalo diciendo: «el 
engaño ha sido igual, el mismo, han quedado iguales, engañándose mutuamen- 
te: traviesa aquí lo que se juega y atraviesa». — Julio Cejador: La Lengua de 
Cervantes ; op. cit., II, p. 830. 

* Le Rime di Francesco Petrarca secondo V edizione e col proemio di Antonio 
Alarsand, aggiimicvi le memorie sulla vita del poeta i saggi di ligo Foseólo, le di- 
chiarazioni de' migliori comentatori, etc. — Parigi; Firmin Didot, 1847; i'i S-"" P^" 
gina 466. 



— 4H — 

Restablezco la ortografía ante la edición crítica de Antonio Marsand. 
Véase ahora, á título de curiosidad, cómo entendieron nuestros inge- 
nios este pasaje al trasladarlo en verso castellano. De Hernando de 
Hoces: 

«Tal hay, que por dañar á sí se daña. 
Que los que alegres viven engañando 
No giman cuando alguno los engaña.» ' 

Decláralo más fielmente Antonio de Obregón en sus quintillas: 

Uno por otro dañar 
Tal vez á sí mismo daña, 
Y quien huelga de engañar 
No se debe de quexar 
Si después otro le engaña. ^ 

Finalmente, de Alvar Gómez de Ciudadreal son los siguientes poli- 
dos versos: 

« Que cualquier que á otro daña 
No llore, si otro le engaña. 
Si su maldat conociere.» ' 

Obregón fué de los tres quien más se acercó al original; aun cuando 
en vigor poético se lleve la palma la traducción de Hernando de Hoces. 

47 ... que llaman lupicia, y por otro nombre más claro, la pelarela. 

Lupicia por alopecia, corrupción del vocablo muy usada, como á se- 
mejanza suya se decía y dice tiricia por ictericia, no sólo por el vulgo, 
sino también por nuestros clásicos. * Era síntoma característico de la 
enfermedad que padeció el Alférez, y que se describe en la siguiente 



• Los Trivmphos de Francisco Petrarcha, ahora nueuamente traduzidos en len- 
gua castellana — En Medina del Campo, por Guillermo de Millis, 1555; i.° 8 

vuelto. 

^ Francisco Petrarca con los seys triunfos de toscano sacados en castellano con el 
comento que sobre ellos se hizo. — Logroño, Arnao Guillen de Brocar, 151 2; f.° xiii. 
8 Apud Gallardo: Ensayo ; I, col.* 622. 

* « y los que por alguna enfermedad y pasión del ánimo tienen alguna 

especie de tiricia.t (El Donado Hablador; op. cit., parte II, cap. IX). Cervantes 
dice tcricia en Pedro de Urdemalas , jornada n. 



412 



nota. ^ Conocíase por muchos nombres : pelarela , voz traída por nues- 
tros soldados de ItaWa, pelambrera, pelambre ^ y pelona. ^ 

48 ... donde he tomado cuarenta sudores. 

Si mi conciencia de comentarista escrupuloso no me lo vedase, de 
buena gana haría gracia al culto y limpio lector de esta enfadosa nota. 

Aunque si se tiene por versado en la lectura de nuestros clásicos, 
no habrán de repugnarle ni cogerle de nuevas muchas de las noticias 
que he de estampar aquí sobre las bubas. Ni habrá de escandalizarse 
tampoco ante los testimonios que nos declaren cuan comunes y exten- 
didas estuvieron entonces; tanto, que ya Luis Lobera de Ávila las re- 
putaba en su tiempo como una de las cuatro enfermedades cortesa- 
nas. * Porque es muy de notar que, más aún que entre pobres y gente 
baja, eran los magnates y caballeros quienes principalmente se veían 
visitados por estas señoras. ^ Comunísimas se habían hecho por Europa 
entera, gozando de una bibliografía y de un estudio que quizá no al- 
canzaron otras dolencias; * y por lo mismo que herían poco menos 
que á todos, y á tan ridículo y lastimoso estado reducían á sus cofra- 



* Si el lector siente más curiosidad en este punto, cosa que no creo, vea el 
capítulo XIX de la obra del Dr. Torres , que más adelante va citada. 

* «Este doctor traía un capacete de raso negro en la cabeza, por encubrir 
\sl pelambre que le provino de cierta enfermedad.» — Lucas Hidalgo: Diálogos de 
apacible entretenimiento; op. cit., pp. 283 y 284. 

' Como vino la pelona 

Por tan agradable dama 



Cetina: Paradoja en honor de las bubas Apund Fernández -Guerra: Noticia 

de un precioso códice ; op. cit., p. 5. 

* Libro de las qtiatro enfermedades cortesanas q son : Catarro, Gota Arthetica 
Sciatica, Mal de piedra y d'Riñones e Hijada. E mal de baas , s. 1., 1544; folio. 

^ «¿Quieres saber con quien tratan y comunican estas señoras? Pues notad 
que siempre las veréis con gente mayor, con señores, caballeros, príncipes y 
gente ¡Ilustre. No hayáis miedo que las halléis con ganapanes, picaros y traba- 
jadores etc.» — Lucas Hidalgo: Diálogos de apacible entretenimiento ; op. cit., 

capítulo II: «Que trata de las excelencias de las bubas » 

' Hasta en verso se pusieron sus recetas por el Dr. Francisco de Villalo- 
bos en su rarísimo tratado El sumario de la medicina con un tratado sobre las pes- 
tíferas bubas. (Salamanca, 1498.) Reproducido por Hernández Morejón en su 
Historia bibliográfica de la Medicina española. — Madrid, 1842. Tomo I, pp. 363-391. 



— 413 — 

des, las burlas, los donaires, los versos y paradojas, en alegre zumba 
y festivas gracias, cayeron sobre las bubas y los bubosos, llenando 
nuestra literatura jocosa de sazonados cuentos, agudos chistes y famo- 
sas y divertidas semblanzas de este mal cortesano. ^ 

Y no se escandalice ni asuste el lector pío y timorato ante lo uni- 
versal y propagado de las bubas, 6 mal francés ^ ó napolitano (que cada 
nación bautizábalo con el nombre de su vecina, colgándola así el mila- 
gro de su origen). 

Más que á inmoralidad franca debe atribuirse su propagación, enton- 
ces, á la falta tan lastimosa de higiene. La diferencia con nuestros tiem- 
pos no está en que seamos más castos y continentes, sino en que so- 
mos más limpios. Con razón los turcos motejaban de sucios á los cris- 
tianos; descuido en la personal policía que hacía declarar á un verídico 
escritor «que no hay hombre ni mujer en España que se labe dos ve- 
ces de como nasce hasta que muere.» ^ 

Así se extendieron y generalizaron tanto, y nada extraña el testimo- 
nio de aquel arbitrista sobre bubas (que hasta para el modo de curar- 
las se escribían arbitrios) cuando decía: « esta mala enfermedad ha cun- 
dido tanto y cunde, que un varón inficiona á cien hembras y una hem- 
bra á cien varones, y assí está España perdida con ella.» ^ 

Al efecto de curarla y atajar sus estragos, había en los principales 
lugares del Reino hospitales, diputados solamente para su tratamien- 
to, como el de Antón Martín, de Madrid; San Cosme y San Damián, 
en Sevilla; Santiago de los Caballeros, en Toledo, y el de la Resurrec- 



' Sin embargo, Pinheiro se extrañaba de lo escasas que eran las bubas en 
Castilla comparativamente á Portugal. « Rara vez , en efecto — decía— , se verán 
allí personas desfiguradas y con señales en el rostro ó nariz ; al contrario, los 

hombres son generalmente sonrosados, bien dispuestos y gentiles hombres 

así es que no he oído á nadie quejarse de bubas , muías , incordios ó cosas se- 
mejantes, y que las dolencias de este género se curan con la mayor facilidad.» 
Pinheiro: La Corte de Felipe III; op. cit. , p. 43. — ¡No hubiera dicho otro tanto 
el desdichado alférez Campuzano ! 

'■^ Villalón: Viaje de Turquía; op. cit. CoUoquio XI, p. 144. 

' Papel que dio Miguel de LMna á Felipe II sobre las bubas. (Biblioteca Nacio- 
nal, Mss., núm. 9.149.) Y como remedio, proponía la creación de « 500 vanos ó 
estufas artificiales q no costarán 250 mil ducados en la forma y traga que yo 
daré». ¡La de todos los arbitristas! 



— 414 — 

ción, en Valladolid. En sus tiempos señalados, y asistidos principal- 
mente por los hermanos de San Juan de Dios, acogíanse á curarse 
verdaderas legiones de atacados, gente pobre 6 escasa de dineros que, 
como el alférez Campuzano, no querían gastar en sus casas en médicos 
y bebidas los vestidos que habían de cubrirlos y honrarlos en salud. ^ 

Cuatro eran los géneros de remedios recibidos comúnmente para 
tratar esta enfermedad. El cocimiento de guayacán 6 palo de Indias, 
las unciones, los emplastos y los sahumerios. El más usado en los hos- 
pitales españoles era el primero, que habré de describir, porque fué 
el empleado por el Alférez en el de la Resurrección. 

Recogíase el enfermo, guardando cama, á uno de los aposentos del 
hospital que , ex proffeso, buscábanse pequeños , en enfermerías altas, 
sin ventanas , entapizado el suelo con tablas , alfombras , mantas y este- 
ras, y no otra luz que la de unas lámparas de aceite, rechazando la de 
las velas, porque causaban humo. 

Encendíanse braseros 6 leña pequeña en él, ayudando á este sudo- 
rífico el del jarabe del palo (sustituido á veces por la zarzaparrilla, el sa- 
safrás 6 la raíz de china), de cuyo cocimiento propinábanse al pacien- 
te nueve onzas muy de mañana y otras tantas á la tarde, envolviéndole, 
además , en una sábana caliente sobre el correspondiente aparato de fra- 
zadas recias, mantas de lana y toda suerte de ropa de pelo y abrigo. 

Guardábase un régimen muy severo y parco en cuanto á la comida, 
recomendando mucho la quietud y el sueño ; y al cabo de treinta días, 
ordinario término de la cura, si su mal no era peligroso, dábanlo por 
sano, admitiendo en su lugar y cama á nuevos contagiados. ' 



' En las Cortes de 1592 á 1598 acudieron los hermanos del Hospital de An- 
tón Martín c representando la mucha necesidad que tienen, y que se curarán 
este año más de mili pobres; y que han de dar las unciones este mes de Setiem- 
bre, y que para ello es menester mucho gasto; y suplican se les haga merced 
de alguna limosna». Acordóse concederles 50.000 maravedís. — Cortes de Castilla; 
tomo XIII, p. 316. 

2 Para trazar estas noticias me he servido principalmente de dos obras muy 
populares y admitidas en su tiempo: 

Practico de Morbo Gallico, en el qual se contiene el origen y conocimiento desta en- 
fermedad "^ el mejor viodo de curarla. Por el Doctor Andrés de León, Afedico y Ci- 
rujano del Rey Nuestro Señor, Protomedico de la Real Armada del Mar Océano. Di- 
rigido al Conde de Lentos, de quien el autor es vasallo y criado. — (Escudo del Mece- 



— 415 — 

Considere el lector ahora cuál quedarían los pobres enfermos des- 
pués de haber padecido semejante asedio de cuarenta sudores y dieta 
absoluta, no empañada por otro alimento substancioso, como verá en 

nota próxima, que unas tres onzas de bizcochos y otras tantas de 

pasas y almendras; eso sí, regadas abundantemente con agua de rega- 
liz ó simple de la China. Con sobrado fundamento podía dolerse Cris- 
tóbal de Castillejo en aquellas conocidas Coplas en alabanza del palo 
de las Indias, estando en la cura de él. 

¡Oh guayaco! 

Mira que estoy encerrado, 
En una estufa metido, 
De amores arrepentido, 
De los tuyos confiado. 

Pan y pasas 
Seis ó siete onzas escasas 
Es la tasa la más larga, 
Agua caliente y amarga, 
Y una cama en que me asas. 

Flacos, amarillentos, consumidos, andando merced á las muletas 6 
al junquillo ó bastón en que se apoyaban, sin poderse arrodillar, con 
su bonetico colorado en la cabeza día y noche , para guardarse del se- 
reno, llevando pantuflos y no botas ni calzones ajustados, tasado y me- 
dido su comer y suS bebidas, ^ bien podían, tras semejantes dolores 



ñas). Con privilegio.— En Valladolid, por Luis Sánchez, año 1605. — Un volumen 
in 4.° de XII + 126 folios + 2 de Tabla. — Y el Libro que trata de la enfermedad 
de las bvbas. Compvesto por el Doctor Pedro de Torres, Medico y Cirujano de la Ala- 
gestad de la Emperatriz — En Madrid, por Luis Sánchez, año 1600; in 4.° 

Vea el curioso lector una muestra de la farmacopea de entonces. «Polvos 
para los que tienen bubas: toma hojas de sen y epítimo, de cada uno dos onzas; 
mirabolanos indios ychebulos, de cada uno drama y media; culantro preparado, 
una onza: zarza, onza y media; muélase no muy sutil y añade onza y media de 
azácar.» — Pedro de Torres: op. cit., f.° 1 13.— ¡El milagro es que con semejante 
pócima salieran vivos! 

' Vid. la Nueua institución y ordenanza para los que lo son ó an sido cofrades del 
Grillimon ó mal francés Agora nueuamente hechas por un cofrade llamado Ga- 



— 4i6 — 

y padecimientos, hacer, como Estebanillo González, y en voz alta, aquel 
juramento de no volverse á poner en ocasión parecida, aunque muchas 
veces acabasen el voto añadiendo también, como aquel picaro, por lo 
bajo: «Hasta que salga del hospital.» ' 

Como el plan curativo fundábase principalmente en los sudores, los 
tiempos señalados para tomarlos, como más propicios y convenientes, 
eran los de los meses de la primavera al otoño. 

Los hospitales destinados á estas curas abrían en especial sus tem- 
poradas, que principalmente eran dos, desde mediados de Marzo hasta 
San Juan, y desde mitad de Agosto hasta la de Septiembre. ^ 

Y perdone, por último, el mirado lector tanta prolijidad y detalle en 
materia tan enfadosa. 

49 ... le pidió que luego luego le dijese ... 

Cervantes, como advierte Rodríguez Marín en otros pasajes análogos, 
fué muy dado á superlativar los adverbios por repetición. •'' 

La duplicación del adverbio luego denota vehemencia, rapidez, calor 
y energía: reitérase en otros pasajes cervantinos, * y hay uno en un Ve- 
jamen de D. Francisco de Rojas muy expresivo, en que se triplica. ^ 



briel Robert. (Barcelona; Sebastián de Cormellas, año de 1610. — Reimpresas en 
la Revue Hispanique; tomo XIII; 1905, pp. 148-152.) Hay edición anterior de 
< Cuenca, Cornelio Bodan, Año de 1602 ». — Gallardo reputa esta obrilla por mu- 
cho más antigua. — Ensayo I n.° 774. 

1 Vida y hechos de Estebanillo González ; edic. Rivaden., cap. XII, p. 360. 

^ Andrés de León: Practico de Morbo Gallico ; op. cit., f.° 28; y cap. XLIIII 

«en el cual se enseñan los tiempos más convenientes para sudar y tomar el 
jarabe» (f.° 90 vto. y 91). — Pedro de Torres: Libro que trata de la enfermedad de 
las bvbas ; op. cit., ff. 72 y 73. 

3 Rodríguez MarIn: Rinconeie , pp. 333 y 476. 

^ « Que me la ha de entregar luego, luego, ó no ha de atravesar los umbrales 
de su casa.» — La Guarda Cuidadosa. 

* « entró un soldado de la Gucirdia con un pliego grande cuyo sobre es- 
crito deziaassí: 

A Don Francisco de Rojas 
lluego, luego, luego. ti 

Bonilla y San Martín: El Diablo Cajuela por Luis Vélez de Guevara. — Vigo, 
Krapf, 1902; p. 262. 



— 417 — 

En general, al tiempo de duplicarse el adverbio se duplica su significa- 
do, ora aumentándolo, ora disminuyéndolo, según su caso respectivo. ' 

50 ... los tordos, picazas y papagayos...; mas no por esto pueden hablar 
y responder con discurso concertado ... 

No hubiera dicho lo mismo D. Luis Zapata en su graciosa Miscelánea, 
donde crédulamente relata el caso «del monstruoso hablar de una 
urraca en la Torre de Don Jimeno, lugar de Andalucía», y la cual, 
cuando la tiraban piedras los muchachos, saltando y escondiéndose 
dentro de su jaula, decía: «Bellacos, no han de andar piedras; no han 
de andar piedras , bellacos 1 » ^ Y añade muy formalmente que del 
estupendo hecho se dio, por escribano público, el correspondiente tes- 
timonio! 

En nuestras obras de pasatiempo no fciltan episodios muy divertidos 
basados en el hablar de las picazas. * 

51 ... el tiempo de iMaricastaña, cuando hablaban las calabazas ... 

Maricastaña es otro de nuestros personajes proverbiales de quien no 
nos quedan más que noticias muy vagas y dudosas. * Puesto en boca 
del vulgo como símbolo de una antigüedad muy remota, repítese en 



' Aumentativo : 

Que es cosa que te importa, corre, corre. 
RÚSTICO: Ya voy, Corinto amigo; espera, espera. 

Cbrt ANTES : La Casa di los Cí/oj/ Jomada li. 
Diminutivo : 
« pues casi casi en no traer éramos todos unos.» — El Donado Hablador; par- 
te I, cap. VII. 

* Zapata: Miscelánea; op. cit., pp. 191 y 192, 

' Véase uno que tiene trazas de auténtico en Espinel: El Escudero Mar- 
cos de Obregón; Relac. II, descanso XII. 

* « Esta Maricastaña , cuyo apellido creo femenino de castaño, estuvo en el 
siglo XIV con su marido y dos hermanos de éste al frente del partido popular de 
Lugo, que resistía el pago de los tributos que el Obispo, como señor, imponía; 
resistencia en que no escasearon excesos y violencias, hasta matar al mayordo- 
mo del mismo Obispo. La nombradla de hembra tan varonil debió extenderse 
por la comarca , y no es improbable que sea la misma que ha asumido la repre- 
sentación de vagos tiempos remotos. Por lo menos, no registra la historia otra 
Mari-Castaña más célebre, ni tanto.» — Godo y Alcántara: Ensayo histórico 

27 



— 4l8 — 

los escritores á menudo este bordoncillo, uno de los modos de decir 
que Quevedo pedía se borrase del hablar corriente, i 

Confesaré, además, para cargo de mi ignorancia, que aunque cons- 
tan muy auténticas referencias sobre que en los tiempos de Maricas- 
taña eran parleras las aves y elocuentes las bestias, ^ no he podido 
rastrear dato tan importante (que no faltará, sin embargo, quien me 
lo apunte en cuenta) de si por entonces hablaban ó no las cala- 
bazas. 8 

También es verdad que el papel de anotador tiene á ratos sus quie- 
bras y merece que la crítica mordaz refrene sus iras y detenga sus cen- 
suras; porque ¡vaya si es empresa honrosa emplear horas, estudio y 
diligencia en averiguar cosas tan simples como la de si en tiempo de 
Maricastaña hablaban 6 no las calabazas ! 



etimológico sobre los apelliaos castellanos. — Madrid, Rivadeneyra 1871; páginas 
68 y 69. 

En efecto, como masculino, Maricastaña, he leído citado este personaje: «bien 
se me dirá que son cuentos de Maricastaño.» — Andrés de León: op. cit., i.° 30. 

' Premdticas y Aranceles generales. — Obras. — Rivadeneyra; I, p. 430. 

* En tiempos que el Rey Theseo 

Residía en Badajoz, 

Y cuando Maricastaña 
Allá en Castilla reynó; 
Cuando hablaban las bestias. 
Aunque hartas hablan hoy, 

Y cantaron sobre apuestas 
El Asno y el Ruyseñor, 



Romancero General .—Madiiá , 1604; op. cit., f.° 431 vto. 

«En el tiempo de Maricastaña — explica Gonzalo Correas — , cuando hablaban 
los animales , para decir en tiempo muy ignorante y antiguo, cuando cualquier 
disparate era posible y que hablaban los animales y peces y árboles y cosas sin 
sentido.» — Vocabulario de refranes y frases proverbiales y otras fórmulas comunes de 
la lengua castella?za — Madrid, 1906; p. 521. 

' En la Vida y tiempo de Maricastaña, por D. Fernando de Guzmdn, manuscrito 

que Gídlardo copia en su Ensayo IV, núm. 4.542 , para nada se mienta esta 

condición habladora de las calabazas, reduciéndose á pintar la tierra de Jauja, á 
que tan aficionados fueron nuestros antepasados , como símbolo de la vida rega- 
lona, dulce, descansada y harta en el país de la felicidad y la dicha. — Vid. sobre 
la Tierra de Xauxa: Bonilla: Anales de la literatura. — Madrid, Tello, mcmiv; pá- 
ginas 47-49 y 56-63. 



— 419 — 

52 ... pero, puesto caso que me haya engañado ... 

Puesto que por aunque, clarísimo. Sirva de advertencia para otros 
pasajes del Coloquio en que se repite. Y añadiré que, aunque Cervan- 
tes use muy á menudo de esta conjunción continuativa trocándola en 
adversativa, el giro no es suyo, sino corriente y universal en el habla 
de entonces; y tan antiguo, que se encuentra ya en obras del siglo xv. i 

53 ... y tenia delicado el juicio, delicada, sotil y desocupada la memo- 
ria (merced á las muchas pasas y almendras que había comido) ... 

Trayéndolo de los retóricos latinos, nuestros gramáticos, al tratar 
de la memoria, distinguían dos formas en ella: la memoria natural, y 
la artificial, que hoy, en una de sus ramas, llamamos Mnemotecnia. «.Na- 
tural — decían — es la que está en el ánima , y artificial es por la 

cual la natural se confirma con razones y reglas.» ^ Dados á fomentarla, 
crearon los profesores de memoria, ' atribuyendo á determinadas 
plantas, yerbas y frutos, como el eléboro y la anacardina, * propieda- 
des estimulantes de esta facultad. 

Entre los remedios más recomendados estaban «las pasas; que, sa- 



• No repetiré ¡líbreme Dios!, como hacen la generalidad de los comenta- 
ristas al tocar este punto, el manoseadísimo ejemplo del El ingenioso Hidalgo: 

Yo sé, Olalla, que me adoras , 



apuntando en cambio dos muy terminantes: 

« y hay en ella todo género de artes y oficios, puesto que el más celebrado 

es [el] que llaman de la Platería.» (Juan Botero: Relaciones ; op. cit. , f.° 12.) 

«No admitan los inquisidores ni consientan estar otras personas más de las 
que son de derecho para lo tal necessarias , puesto que sea alguacil , receptor ó 
los otros oficiales de la Inquisición». — Instrucciones del Santo Oficio de la Inqui- 
sición, sumariamente antiguas y nueuas. Puestas por abecedario por Gaspar Isidro de 

Arguello — Madrid. En la Imprenta Real. Año mdcxxvii; f.° 10. Sabido es que 

su fecha verdadera es de 1484 y 1488. — Abundan los ejemplos en Torquemada, 
Juan de Valdés, Villalón, etc. 

2 Rodrigo Espinosa de Santayana: Arte de Retlwrica — Madrid, Guillermo 

Drouy, 1578; f.° 27. 

' Suárez de Figueroa trata de ellos en su Plaza universal; op. cit., ff. 235 
vuelto y 237. 

* Saavbdra Fajardo : República literaria. 



— 420 — 

cados los granillos y echadas en vino de la noche á la mañana, toma- 
das en ayunas, aumentan la memoria». ^ 

Como habrá visto el lector en la nota 48 , á los enfermos de bubas 
se les sujetaba á dieta severa, sin otro alimento que bizcochos, pasas y 
almendras. ^ Á ello atribuye el memorioso Alférez su retentiva fiel del 
Coloquio. 

54 ... sacó del pecho un cartapacio ... 

Cartapacio en su acepción antigua de « libro de mano en que se es- 
criben diversas materias y propósitos » ; ^ nombre que daban también 
los escolares al « cuaderno donde se va escribiendo lo que el maestro 
dicta desde la cátedra » . * 

La primera acepción , hoy desusada por completo, era la corriente 
y vulgar en nuestro buen lenguaje. ^ 

Y así, decíase traer cosas de cartapacio por razones estudiadas, deco- 
radas y profundas, pero dichas fuera de lugar y propósito. * 

Más adelante, en el Coloquio, emplea Cervantes esta voz en su sen- 
tido hoy habitual. 



' Espinosa db Santa vana: Arte de Rethorica ; 1° 27 vto. 

2 < se requiere que estos sudores si se pueden dar á dieta entera, que 

es comiendo pasas y almendras y bizcochos de pan solo »— Pedro de Torres: 

Libro que trata de la enfermedad de las bvbas ; op. cit. , í.° 9 1 • 

« En esta cura se ha de comer cuatro horas después del sudor, y el segundo 
ocho horas después de! primero. La comida sea pasas y almendras y pan mo- 
llete bizcochado ; la cena sea una hora después del postrer sudor y también 

será de pasas y almendras.» — Andrés de León: Practico de Morbo Gallico ; 

op. cit. , ff. 99 vto. y 1 00. 

8 CovARRUBiAs: Tcsoro ; artículo Carta. 

* «Por perezoso que sea el estudiante suele tener un libro donde escribe lo 
que más le agrada; á éste llaman Codex exceptorius, proverbiador, ó cartapa- 
cio*.— El estudioso de la aldea, compuesto por Lorenzo Palmyreno.— Valencia, loan 

Mey, 1568; ff. 132-133- 

6 < si el autor no afirmara que lo había leído en un cartapacio de su pa- 
dre» —Eugenio de Salazar: Cartas inéditas. Sales Españolas ; op. cit., II, p. 235. 

Mil ejemplos análogos, á ser prolijo, podría presentar. 

6 « En Ytalia, donde son gente de grande entendimiento, en viendo el 

predicador que se mete en qualquiera desas cosas, luego ven que es idiota y 
trae cosas de cartapacio, si no es día que la Iglesia hace mención dellas. »— Vilia- 
i.ón: Viaje de Turquía; op. cit., ColloquioIII, p. 27. 



— 421 



55 Novela y Coloquio ' ... 

No tan sólo por respetar el texto de las primeras ediciones, que tal 
dicen, sino porque seguramente así estaría escrito en el borrador de 
Cervantes, encabecé El Casamiento engañoso, y encabezo ahora el Co- 
loquio, separadamente y cada uno con la voz Novela, sin que crea, 
como algunos comentaristas han estimado, que fuese añadido ó postizo 
de los impresores; errónea creencia que ha llevado á todos los moder- 
nos (con excepción de Rodríguez Marín) á suprimir semejante titulillo. 
Y como no es mi gusto el dejar al aire y sin fundamento las afirma- 
ciones que hago, vayan aquí también para demostrar la de ahora dos 
testimonios sacados de la misma pluma de Cervantes, aludiendo á 
otras novelas manuscritas suyas: «vio hasta obra de ocho pliegos es- 
critos de mano, y al principio tenían un título grande que decía: No- 
vela del curioso impertinente. » * « Vio que al principio de lo escrito 
decía: Novela de Rinconete y Cortadillo. » ■'* 

^Es bastante? ¿Á quién habrá que hacer caso: á Cervantes, que lo 
escribía así, 6 á sus comentadores, que le enmiendan? 

Hay además otra razón, y es que entonces era universal costumbre 
(á imitación de las colecciones italianas) lo de rotular todos los cuentos 
6 ficciones de este linaje con aquel título; y así se decía dentro de un 
mismo libro: < Novela de la Tinta, Novela de las Flores, Novela de los 
Bandos, Novela del licenciado Tamariz >, etc. * 

56 ... á quien comúnmente llaman ... 

Ante el empleo actual del relativo quien, quienes, dos advertencias 
livianas saltan á la vista leyendo este pasaje: 



' Rosell, en sus notas al texto de la edición de 1864, observa al llegar á este 
punto: * Novela y Coloquio dicen las ediciones de Cuesta. Fácil es comprender 
que este epígrafe es un reclamo de editor que no se le ocurriría á Cervantes.» 
(Of. cit. , VIII , p. 469). — Vid. mis razones en el texto de esta nota , que contradi- 
cen la tajante opinión de Rosell y sus seguidores. 

2 Ei Ingenioso Hidalgo, parte I , cap. XXXII. 

' Ibidem, parte I, cap. XLVII. 

* Vicente Salva: Catalogue of spanish and por tupiese books. — Londres, 1826, 
número 2.307. 



— 422 — 

I." Que Cervantes, como en El Ingenioso Hidalgo, ^ usa de este 
pronombre aplicándolo á animales, siendo así que el uso actual lo re- 
pugna y lo circunscribe á las personas. 

2." Que hoy, también, construiríamos este período acudiendo al 
plural quienes, desconocido, ó muy raro al menos, en tiempos de Cer- 
vantes. * 

Ambas observaciones nacen, según apunta Bello, de que «el uso 
moderno del relativo quien es algo diferente del que vemos en los es- 
critores castellanos hasta después de la edad de Cervantes y Lope de 
Vega». ^ 

57 Cipión hermano, óyete hablar ... 

Oyo-, por oigo, y oya por oiga, eran lormas muy usuales entre nues- 
tros primitivos prosistas, * pero raras ya en tiempo de Cervantes, que 
las emplea alguna que otra vez en el Quijote. ^ 

58 ... un natural distinto ... 

Distinto, por instinto, decíase entonces, no sólo por la gente rústica, 
como Clemencín opina, ^ dando por estropeada en su boca esta pala- 



• Primera parte, cap. XXV. 

2 Vid. Bonilla: «Datos para la historia del relativo quient en sus Anales de 
la literatura ; pp. 174 á i86. 

Por excepción, en Mateo Alemán, se halla también alguna vez el plural quie- 
nes. — Guzmdn de Alfarache , parte I, lib. I, cap. VIII, edic. Rivadeneyra, que, 

aunque bastante cuidada, es poco de fiar para estos delicados pormenores. Yo 
mismo he estado expuesto más de una vez á ser víctima de sus erratas. Cada 
día precisa más la reproducción en facsímil de las ediciones primeras de nues- 
tros libros clásicos. 

8 Gramática de la lengua castellana — Madrid, 1903; tomo I, p. 180. 

* «Pero ow los cantos de las aves á las mañanas » «Poco vaya ni viene que 

me oyan » — Torquemada: Colloquios satíricos ; op. cit, pp. 516 y 530. 

Pastor, si de tu sangre no bebiere, 

Si más oyo hablar de esa manera. 

Rodríguez Marín; Luis Barahona de Soto; op. cit.,p. 831. 

^ Verbigracia, en el cap. XVIII de la primera parte: 1 El miedo que tienes 

te hace, Sancho, que ni veas ni oyas á derechas. » 

Pedro Espinosa, más moderno, aun la emplea: «Quien tiene oídos, ova». El 
Perro y la Calentura. — Obras de ; op. cit., p. 175. 

^ Clemencín: o/. «'/., III, 491. 



— 423 — 

bra, sino por buenos y castizos escritores; ' por Cervantes mismo, 
que, entre otros, ^ en esta forma la empleó varias veces. 

59 ... que tenemos un no sé qué de entendimiento, capaz de discurso ... 

Muy difícil es seguir las huellas de Cervantes en sus alabanzas á los 
perros. Cabalmente, de todos los animales ha sido siempre el que ha 
merecido mayor carifio y estudio por parte de los antiguos naturalis- 
tas, y en sus obras, como en las de mero pasatiempo, abundan sobre- 
manera los casos y cuentecillos en que se relata su prodigioso instinto, 
sus habilidades, fidelidad y memoria. 

«Haber de decir las excelencias de los perros — exclamaba gallar- 
damente uno de los más famosos — y las maravillas que dellos se 
hallan escriptas en los libros, no cabrían en uno. ,jQué animal hay 
que tanto ame á su señor? ¿Qué pan tan conocido? ¿Qué guarda tan 
fiel? ¿Qué compañero tan contino? ¿Qué velador tan sin sueño? ¿Qué 
amigo tan sin doblez ni engaño? ¿Qué enemigo tan bravo?» '^ 

Volviendo ahora á la cuestión propuesta por Berganza, ¿quién, al 
leer este « no sé qué de entendimiento capaz de discurso » que algunos 
habían querido sentir que tenían, no recuerda, entre otras, las famo- 
sas disputas de Gómez Pereira con el doctor Sosa sobre el automatis- 
mo 6 insensibilidad de los brutos, y el Endecálogo contra Antoniana 
Margarita del segundo, donde se asienta como conclusión «que los 
brutos tienen ánima viviente y que son más que plantas y animales » ? * 

Pues sin entrar en tantas honduras, que muy probablemente no 
sondeó Cervantes, en libro muy conocido por él y que más de una 



' « que eran acometer á reses grandes , y enseñarle las raposerías que 

ella solía usar por su natural distinto.^ — El Escudero Marcos de Obregón; Rela- 
ción I , descanso VIL 

Eres Norte á la aguja del distinto 

Pedro Espinosa: Obras de ; op. cit., no. 

* El Ingenioso Hidalgo. — Parte I, capítulos XXI y L. 

* Gabriel Alonso de Herrera: Agricvltitra general qve trata de la labranza 

del campo y svs particvlaridades — Madrid, por la viuda de Alonso Martín, 1620; 

f.° 137 vto. 

* Vid. Eloy Bullón: Los Precursores españoles de Bacdn y Descartes , por — 

Salamanca, Calatrava, 1905; pp. 106-114. 

Pérez Pastor: La Imprenta en Medina. — Madrid, 1895; p. 139. 



— 424 — 

vez dejó rastro marcado en las obras cervantinas, en la Philosophia 
antigua poética, también se afirma la misma idea del Coloquio: «llamé- 
mosle instinto ó como queráis, que realmente ellos tienen su sombra 
de discurso.» ^ Controversia que en las escuelas se planteaba infinitas 
veces , desembocando luego en la corriente del vulgo, donde Cervantes 
la bebería, sin necesidad de recordar estos textos, á más de otros mil, 
que por sabidos callo. ^ 

De afirmar alguna influencia en este pasaje canino, nuevamente la 
atribuiría á Antonio de Torquemada en su popular yardin de flores, 
donde dedica varios folios á este debatido punto, con muy extrañas 
semejanzas de lenguaje con Cervantes. •'' 

60 ... nuestra mucha memoria, el agradecimiento y gran fidelidad nues- 
tra ... 

De boca del vulgo, repito, es de donde Cervantes tomaba estas ala- 
banzas y recuerdos maravillosos de los perros. 

Porque aunque es verdad que en Pedro Mejía, en Jerónimo de Huer- 
ta, en Francisco de Valles y en otros muchos, se mientan numerosos 
casos de su fidelidad, agradecimiento y memoria, la especie era muy 
antigua, tratada ya por Plinio y seguida después por sus traductores y 
comentaristas, como lugar común de la erudición clásica. 



' López Pinciano : op. cit., p. 224. 

2 « tienen grande docilidad que esta prompta á defender lo que se les 

enseña. De tal suerte que paresce que tienen algún rastro de entendimiento.» 
Pedro Bovistaü : Historias prodigiosas y maravillosas de divcrssos svcessos acaesci- 

dos en el mundo, escripias por Traduzidas por Andrea Pescioni. — Medina 

del Campo, por Francisco del Canto, mdlxxxvi; f." 209. — Largo es el capítulo 
que á las cosas de los perros dedica este patrañero libro. 

' Disputan Antonio y Luis sobre el entendimiento de los animales, y dice 
«Antonio: Todo lo que habéis dicho es así; pero eso que hay en esos animales 
no se llama ni se puede llamar razón ni entendimiento, sino un instinto de natu- 
raleza que los mueve y los guía psura hacer lo que hacen.» Replica Luis refirien- 
do varios portentos de perros, y añade: «Parece cierto que todas estas cosas 
eran de calidad que no podían hacerse sin algún entendimiento»; á lo que An- 
tonio se da por convencido, concluyendo como Cervantes : « Yo confieso que 
tenéis razón para dubdar si los animales que eso hacen es con algún entendi- 
miento ó election de lo malo á lo bueno, ó de lo dañoso á lo provechoso; que, 
en lo que toca á la razón , bien averiguado está que ni la tienen consigo, ni con 



— 425 — 

«Tienen gran memoria de los caminos — decía el protonotario Luis 
Pérez—, y después de los hombres no hay animal de más memoria.» ' 

«De todos los animales — añadía el licenciado Huerta — los más fide- 
lísimos al hombre son el perro y el caballo, pues el amor y fidelidad 
grande deste animal para con sus amos es ya tan conocido de todos 

que no será necesario buscar ejemplos para probarlo ; y de su 

memoria y sagacidad pudiéramos decir grandes cosas, pero hay tantas 
escritas, que no quiero detenerme en ellas, pues á cada paso se ha- 
llan.» ' 

Acójome al parecer del famoso médico para abreviar esta nota; mas 
si el lector quisiere apurar la materia, busque los libros que abajo cito, 
donde hallará casos estupendos y maravillosos de la fidelidad y amor 
de los perros para con los hombres. 

61 ... sin apartarse deltas, sin comer hasta que se les acababa la 
vida ... 

Cuenta Jerónimo de Huerta que « en Toledo, ciudad famosa así por 
su antigüedad y fuerza como por ser Metrópoli de Castilla , tuvo cierto 
hombre un perro tan fiel y reconocido, que aun después de muerto 
jamás quiso desamparar su cuerpo, antes acompañándole hasta la se- 
pultura, se quedó mucho tiempo sobre ella, dando muestras grandes 
de sentimiento y dolor. Si de noche le echaban de la Iglesia y cerraban 
sus puertas, estaba en el cimenterio aguardando la luz del día, y en 
abriendo tornaba á la sepultura, donde asistía todo el tiempo que le 
dejaban; y así, viendo tan grande amor y tan constante fe, muchos 
que con razón lo advertían, le llevaban de comer para que no pereciese 
de hambre, ni aquel exemplo de fidelidad se acabase, antes permane- 
ciese condenando su ingratitud». " 



ninguna cosa que hagan, pues sólo el hombre es animal racional que puede 

usar della y así, lo que parece razón y entendimiento en esos animales es un 

instinto mayor con que la naturaleza los ha criado más que á los otros > — 

Jardín de flores; op. cit., ff. 172 vto. á 176 vto. 

' Del Can y del Cavallo; op. cit., f.° 9. 

'^ Historia natvral de Cayo Plinio Segvndo. Traducida por el Licenciado Geró- 
nimo de Huerta y ampliada por el mismo. — Madrid, Luis Sánchez, 1624, y Juan 
González, 1629; tomo I, p. 462. 

' Historia natural de Cayo Plinio; op. y loe. cit. 



— 426 — 

En Valladolid mismo oiría Cervantes otro caso famoso, muy popu- 
lar, ocurrido años antes , y que relata el protonotario Luis Pérez, i 

Y cabalmente por los tiempos en que, según mi cuenta, se escribía 
el Coloquio, apareció un librejo, en realidad poco estimable, pero en el 
que Cervantes pudo leer otro caso semejante inspirador de este pasaje, 
si, como tengo ya dicho, no hubiesen sido en su siglo famosos, públi- 
cos y celebrados. ^ 

62 ... que después del elefante, el perro tiene el primer lugar de parecer 
que tiene entendimiento ... 

Juan de Guzmán, al dar la noticia de que en 1 589 había en Madrid 
un elefante, discurría sobre sus cualidades, diciendo: «en lo que toca 
á su entendimiento me espantan las cosas del elefante. » ^ 

«Tiene inmortal memoria, y entendimiento cuasi humano», añadía 
Palmireno. * 



' fEsto mismo acaeció aquí en Valladolid , año 1535 , que como un pleiteante 
trajo consigo un perrito de su tierra, y acaeció que de allí á tres meses murió 
aquel hombre, y llevándole á enterrar al Antigua, jamás se quiso apartar de las 
andas y se fué con ellas á la iglesia, y como le vio echar en la sepultura y que 
le cubrían, comenzó á hacer como una persona un sentimiento grande, y jamás 
se quiso apartar del lugar do estaba enterrado, por más de quince días ni co- 
mer bocado, hasta que le quitaron de allí, y le llevaron comidos los dedos y le 
metieron en una cámara cerrada; y de ahí á dos horas volviendo le hallaron 
muerto. Desto me dieron testimonio dos clérigos, de los cuales el uno, al pre- 
sente que esto escribo, vive agora.» — ^Luis Pérez: Del Can y del Cavallo; op. cit., 
f f. S y 5 vto. 

2 Cartas familiares de moralidad , escritas por el Licenciado don Francisco de 
Valles Madrid, Luis Sánchez, 1603. 

En la 4 Carta octaua y ultima del Licenciado D. Francisco de Valles á una 

sobrinilla suya reprehendiéndola porque lloraua vna perrilla perdida (ff. 207 vto. 
al fin), cuenta que en «Toledo, en San Bartolomé de Sanzoles, se enterró un 

«pastor de los que venían de Extremo y un perro que traía más de seis años 

>estuvo continuamente sobre la sepultura , y sólo se apartaba y salía de la igle- 
»sia á cumplir con las obligaciones de naturaleza , y echándolo de ver un canó- 
»nigo le dio un pan de ración de allí adelante, justa paga de tan buena ñdeli- 
>dad> (ff. 229 y vto.). Otros casos semejantes relata. 

* Primera parte de la Rethorica de Joan de Gtizman, publico profesor des ta fa- 
cultad..... — Alcalá de Henares, Joan Yñiguez de Lequerica, 1589; ff. 1 14 y 1 15. 

* Vocabulario del hvmanista, compuesto por Lorengo PaluKeno (sic) donde se 



— 427 — 

«¿Qué diremos también de las cosas que el elefante hace — agregaba 
Torquemada — entendiendo y obedeciendo y aun poniendo por obra 
aquello que les mandan los que tienen cargo de gobernarlos?»; ' elogios 
que Luis Zapata recopilaba en uno: «estos son los animales que de 
mayor entendimiento hay, y así , parece que en la grandeza de su raza 
les infundió Dios cuanto cabe. » Y para probarlo inserta un divertidí- 
simo caso ocurrido en Mérida con un elefante, caso que siento no dis- 
poner de espacio para incluirlo. ^ 

Apunto estas minucias para que el lector pese cuan justo y verídico 
es Cervantes , hasta en las pequeneces. Y no holgará añadir que en La 
Gran Sultana (jornada i), escrita indudablemente en Valladolid hacia el 
otoño de 1605, volvió Cervantes á repetir estos encarecimientos del 
elefante: coincidencia en sí sin importancia, si no viniese á robustecer 
las conclusiones apuntadas al tratar de la cronología del Coloquio. 

63 ... que este nuestro hablar tan de improviso cae debajo del número 
de aquellas cosas que llaman portentos ... 

Entra la vieja Dolosina, celestina protagonista de la Comedia Selva- 
gia, en el aposento de la doncella Isabela, á poner en obra sus malva- 
das tercerías, y detiénela un instante el recuerdo de los agüeros que 
en su camino se había tropezado. « Dos falcones maltratando una graja 
se me representaron en saliendo de mi casa; poco más acá vi en el 
suelo una lechuza muerta: el primer hombre que al encuentro me vino, 
sobre ser cornudo, le dieron de palos: bueno va todo: quiera Dios no 
sean badanas » •'' 

Pues con todo eso, no fueron los españoles, ciertamente, entre los 
hijos de aquel siglo, como dije en otro lugar, los más dados á agüe- 
ros, presagios y creencias torpes en días aciagos 6 venturosos. Á ha- 
cer prolija esta nota, podría acotar aquí mil y mil testimonios que lo 
corroborarían. Bástenos, por ahora, repetir por boca de Sancho, recor- 
dando al licenciado Pero Pérez, «que no es de personas cristianas ni 



tra¿a de aues, peces, quadrupedos — Valentiae, Extypographia Petri a Huele, in 

Platea herbaria, 1569; in 8.° (Abecedario V.) 

• Jardín de flores; op. cit. , f." 172 vto. 

2 Miscelánea ; pp. 199-200. 

' Comedia Selvagia ; op. cit., pp. 153-154. 



— 428 — 

discretas mirar en estas niñerías » , dando á entender que « eran tontos 
aquellos cristianos que miraban en agüeros», i 

Dentro, no obstante, del capítulo de ellos, había un linaje superior 
y escogido y al cual Cervantes alude aquí: los portentos 6 casos mara- 
villosos precursores de alguna gran calamidad 6 desgracia. Teníanse 
por tales las apariciones de monstruos 6 animales de extraña catadura, 
disformes moscones 6 nubes de langostas. ^ Pero entre todos, el más 
temeroso portento era el hablar un can 6 ladrar una serpiente. Todos 
los que escribieron de perros lo repetían, '^ pagando con ello tributo 
á la clásica erudición de Alejandro de Alejandro y Plinio, de cuyas 
crédulas plumas arrancaba el embuste: embuste que hizo coincidir, 
también, á las de Villalón y Cervantes, quienes, al comienzo de sus res- 
pectivas obras, £1 Crotalón y el Coloquio, le dieron cabida, con muy 
singulares semejanzas de estilo é idea. * 

64 ... que de cinco mil estudiantes que cursaban aquel año en la Uni- 
versidad, los dos mil oían Medicina. 

La cifra que Cervantes da no es exagerada. Años más tarde , Avella- 
neda, en su Quijote, declaró haber en Alcalá más de cuatro mil estu- 
diantes. ^ Y en un curioso manuscrito que, como tantos otros españo- 



' El Ingenioso Hidalgo.— Vaxte. II, cap. LXXIII. 

* Numerosos y no conocidos son los datos que sobre la materia poseo. Deo 
volente, saldrán todos en un trabajo especial que preparo. 

' « y aun Plinio dice un can haber hablado, que lo tuvieron por mala se- 
ñal.» — Jerónimo de Huerta: Historia natural de Cayo Plinto ; op. cit., II, f.° i6 

vuelto. 

«Alejandro de Alejandro — añadía por su parte el licenciado Valles — re- 
fiere que cuando los romanos echaron á Tarquino del reino, habló un perro y 

ladró una serpiente, en presagio de mal suceso.» — Cartas familiares ; op. cit., 

folios 222 y 223. 

* Principia á hablar el gallo en el primer Diálogo, y dice: 

MiciLO. ¡Oh Dios inmortal! ¿Qué es esto que oyó? ¿El gallo habla? ¿Qué mal 

agüero ó monstruoso prodigio es éste? 
Galio. ¿Y deso te escandalizas, y con tanta turbación te maravillas , oh Micilo? 
Micho. Pues ¿cómo y no me tengo de maravillar de vn tan prodigioso aconte- 

gimiento? » — El Croíalón ; op. cit.. Diálogo i, p. 8. 

5 Cap. XXVIU. 



— 439 — 

les, atesora el British Museum, describiendo el estado social, religioso 
y político de España en 1586, al llegar á las Universidades, cuenta 
7.000 escolares en Salamanca y 6.0OO en Alcalá. ^ Valladolid y Al- 
calá se disputaban la primacía en los estudios de Medicina; y tantos 
doctores y licenciados salían de sus aulas, que los procuradores en 
Cortes se quejaban de muy antiguo que «estaba el Reyno lleno de per- 
sonas que curaban faltos de letras y de experiencia, en notable perjui- 
cio y daño de sus subditos y naturales » ; ^ superabundancia que ponía 
en la pluma de Mateo Alemán este curioso símil : « Diré aquí solamente 
que hay, sin comparación, mayor número de ladrones que de médi- 
cos. » 8 j Que es ponderar I 

65 Cipión: Pero, sea lo que fuere ... 

En las ediciones primeras que me sirven de base para fijar el texto, 
y en las mismas de Bruselas, 1614, y Milán, 1615, sigue hablando 

Berganza, hasta llegar al párrafo «Y aun de mí », que nuevamente 

se le atribuye. Hay una indudable omisión del nombre de Cipión de- 
lante de estas líneas, enmienda racional introducida ya por Sancha 
(Madrid, 1783), y aceptada en todas las reproducciones modernas de 
esta novela. 

66 ... que este buen día ó buena noche la metamos en nuestra casa ... 

Sencilla adaptación al diálogo deJ común refrán : el buen día , meterle 
en casa; esto es, no perder la ocasión de la buena suerte y tiempo opor- 
tuno. * 



• Tiene por signatura Sloane, Mss. núm. 1.026, y se copia en los apéndices 
de la Historia de Portugal nos seculos xvií e XVUI, por Luis Augusto Rebello 
da Silva. — Lisboa, Imprenta Nacional, mix:cci.xvii. Tomo HI, pp. 529-549. 

2 Pragmática sobre la orden que se /la de tener en el examen de los Médicos, Ciru- 
janos y Boticarios. En Alcalá , por Juan de Iñiguez de Lequerica , año 1 588 ; folio; 
8 folios sin numerar. 
' Guzmdn de Alfarache. — Parte II, libro II, cap. VII. 

* CovARRUBiAs: Tesoro. Artículo Día. 

Juzgando M. Morel-Fatio una edición crítica y su comentario, decía: «II éut 
utile aussi de relevar tous les refranes que Guevara s'amuse a deformar 
plaisammant. > (BiiUetin Hispanique. Año V, 1903; p. 310.) — Atendiendo esta 
recomendación , incluyo la nota. 



— 430 — 

67 ... ó me reprehende ... 

Forma anticuada del imperativo con pronombre antepuesto, equiva- 
liendo á reprehéndeme^ muy repetida en la antigua literatura, pero rara 
y escasa ya en tiempo de Cervantes, sin que por eso falten ejem- 
plos. 1 

68 ... en Sevilla y en su matadero ... 

Los comentarios se hacen y escriben para aclarar los pasajes obscu- 
ros ó confirmar los dudosos, en suma, para fijar el sentido, ora literal, 
bien de fondo, de la obra que se estudia; mas ^iqué comentario puede 
dignamente ponerse al Matadero de Sevilla que no ya supere, mas ni 
siquiera alcance á la valentísima descripción cervantina? Si en lugar 
de ser obra tan conocida, fuera inédita, serviría de testimonio único 
para ilustrar otras novelas; y así, el solo papel que me resta en esta 
nota y en las que la siguen , es verificar la exactitud y verdad de la pin- 
tura del Coloquio, acostándola á los documentos y datos del tiempo. 

El Matadero, como ya apunta Cervantes, estaba situado extramuros 
de Sevilla , en su mediodía y á la Puerta de la Carne. Levantado por el 
orden y celo del jurado Juan de Oviedo, ^ formábalo una gran nave 6 
bóveda de 300 pies de largo, sustentada por catorce arcos romanos, 
con holgados corredores, amplios corrales y pertenencias, y agua 
abundante de pie para los servicios de su limpieza. 

En sus dos extremos había adosados dos cuerpos más de fábrica, 
que se remataban en unas torres, desde cuyos miradores descubríase 
una plaza capaz para correr y alancear toros en verano. ^ 



' Viuda estoy mientras no os vea: 

O me matad, ó venid. 

Tirso; No hay peor sordo. Acto 11, escena xili. 

«Primero que os responda me decid si habéis cenado » — Lucas Hidalgo: 

Diálogos de apacible entretenimiento ; op. cit. cap. I. 

* Francisco Pacheco: Libro de descripción de verdaderos retratos, de illustres y 
memorables varones. — En Sevilla, 1599. — Biografía de Juan de Oviedo. 

' Alonso Morcado : Historia de Sevilla en la qval se contienen svs antigvedades, 
grandezas, y cosas memorables en ella acontecidas , desde su fundación hasta nvestros 

tiempos — Sevilla, Andrea Pescioni y luán de León; 1587. (Reproducción de) 

Archivo Hispalense; pp. 159-160.) — Para mayores pormenores gráficos, véase la 
estampa que, de los alrededores de Sevilla, incluye Braun en su Theatrum in 



— 431 — 

El gobierno de la casa estaba á cargo de un alcaide , que de noche 
cerraba sus puertas y de día cuidaba del mundo de valentones, bravos, 
perdidos y picaros que á la sombra del Matadero se acogían , ayudán- 
dole en su oficio otro casero, comúnmente llamado amo y repeso-, por- 
que el repesar era función de su cargo, y un fiel , que registraba cuantos 
ganados se traían para su muerte. 

Todos eran gente sospechosa, (Je mala vida y poca escrupulosidad 
y conciencia, ^ y amparadores y compinches de la tropa sangrienta de 
los jiferos y matarifes que á su sombra medraban, como verá el lector 
en las notas inmediatas, á la vez de otras noticias inéditas, que pintan 
bravamente el desorden y desconcierto del Matadero sevillano. 

69 ... la Puerta de la Carne ... 

Situada entre la de Carmona y la de Jerez, llamábase así «porque 
entra por ella toda la carne del Matadero para las carnicerías de Sevi- 
lla, por la misma razón que el repartimiento la nombra de la Judería, 
porque se entraba y se entra también agora por ella primero y forzo- 
samente á las Collaciones de Sancta Cruz y de San Bartholomé, que 
fueron Judería antiguamente. » ^ 



quo ■visuntur illustriores Hispanice urbes (El plano sevillaao lleva esta fe- 
cha: <MDXCH>.) 

1 Abundan los acuerdos capitulares para refrenar su conducta : 

En 1585 propusieron los jurados que mientras se procedía á la información y 
visita del Matadero, se removieran de sus oficios al alcalde y fieles de él , á fin 
de que los testigos declarasen con libertad y sin temor de ser cohibidos ni ve- 
jados por aquéllos. — Arch. Municip. de Sevilla. Sección ■},?'■, tomo 8, núm. 18. 

En cabildo de 7 de Diciembre de 1592, se trató también de los desmanes 
« de un fulano Velasco fiel del matadero el qual avnque dizen ques onbre de 
bien y haze bien su of." a oydo ques onbre ocasionado y mal sufrido », ¡ Al igual 
de los que Cervantes retrata! Como á su altura estaba el fiel de la romana 
en 1598, de quien se contaron los milagros en cabildo de 2 de Diciembre 
de 1598: era merchante y criaba reses por su cuenta dentro del mismo matade- 
ro, y poníase de acuerdo con otros para que cuando se. pesase el suyo, nadie ba- 
jara los precios y tuviera la ciudad que pasar por los que él tasaba, con otros 
excesos gemelos. — Actas capitulares : Escrib. i .* 

Para ver de enmendar á esta gente, en 1603 se ordenó « se haga en el Mata- 
dero un altar donde se diga misa los días festivos.» — Ibidem: Cabildo de 7 de 
Noviembre de 1603; escrib. 2.* 

* Alonso Morgado: Historia de Sevilla; op. cit., pp. 133-34. 



— 432 — 

70 ... (si no fuera por lo que después te diré) ... 

Alude aquí á un episodio muy posterior del Coloquio: al parto de la 
Montiela y transformación canina de sus hijos, uno de los cuales era 
Berganza para la Cañizares. Y vea de paso el lector, por ser pormenor 
curioso, cómo este inciso revela, á menos de ser añadido y retoque de 
años más tarde, que Cervantes escribía esta novela con su método 
y plan, cuando en sus comienzos adelanta la idea de un pasaje muy 
lejano aún en su curso. 

71 ... á quien llaman jiferos. 

Jifero dícese del cuchillo del carnicero ó matador, por ser voz griega 
equivalente á ctichillo 6 espada, y así, aunque jiferos se llamaban á 
todos los mozos y oficiales del matadero, más propiamente se decía 
de los matarifes que degollaban las reses, y por ende usaban cuchillos 
jiferos. 1 

De ahí se derivaron las voces jifa, que era la sangraza, despojos y 
desperdicios de las reses que se descuartizaban en el matadero, * y 
jifería, el oficio de matarlas y desollarlas; y translaticia y antonomásti- 
camente, todo lo tocante al matadero. * 

72 ... mozo robusto, doblado ... 

En la excelente versión inglesa de las Novelas ejemplares hecha por 
Mr. Mac Coll, al llegar á este punto, tradúcese doblado por deceitful, 
adjetivo equivalente á engañoso, falaz, falso. Y aunque, en verdad, sea 
una de sus acepciones en buen romance castellano, la significación que 
aquí tiene no es la que Mr. Mac Coll apunta, sino la de «persona de 
mediana estatura, pero recia y fuerte de miembros»; interpretación 
que hallo robustecida por el Diccionario de Autoridades ^ alegando ca- 



' « mas deteníame saber suelen ocultarse poí entre aquellos cajones 

ciertas sabandijas que, al improviso, embainan wn. jifero en el estómago del más 
confiado. > — Suárez de Figueroa: El Passagcro; op. cit., f.° 204. 

^ Rosxi: op. cit., alphabeto I, artículo xifa. 

* «Solo un bellaco jifero ó carnicero recién venido » — Vida de D. Diego 

Duque de Estrada; op. cit., p. 63. 



- 433 — 

balmente este pasaje cervantino, con el mismo significado que le atri- 
buyo. ' 

73 ». á que, en compañía de alanos viejos, arremetiésemos á los toros ... 

La abundancia de despojos, caídos y desperdicios de las reses des- 
cuartizadas, hizo antigua en los mataderos la costumbre de criar le- 
breles y perros, principalmente alanos, así llamados por tener origen 
su raza, según Plinio, de la Alania, región de la antigua Scitia. 

Eran perros no muy corpulentos, pero robustos y recios, de tanta 
fuerza, que asiendo de la oreja á un toro, no la soltaban hasta ren- 
dirle. ' Adiestrábanles los matarifes en esta suerte, ora por pasatiem- 
po, bien para remate y fin de las fiestas de toros; costumbre pinto- 
resca, aunque un tanto bárbara, que ha llegado hasta nuestros días, 
creando un modismo propio en el habla castellana. '' A esta habilidad 
aludía Lope de Vega en su Epístola á Gaspar de Barrionuevo: 

Cuando, como el alano que á hacer presa 
En los bueyes le enseña el carnicero, 
Lcis humildes orejéis me atraviesa. * 



' The complete works of Miguel de Cervantes Saavedra. Exemplary Novéis. — 
Glasgow, 1902; vol. II, p. 159. 

Cabalmente, por ser la traducción inglesa de Mr. Mac CoU erudita, acabada 
y fidelísima , enriquecida con notas muy discretas y oportunas , hago ahora esta 
advertencia, sin ánimo alguno de censura; que, muy por el contrario, agradeci- 
miento hidalgo deben las letras españolas á Mr. Fitzmaurice - Kelly, que tan 
concienzudamente ha dado á conocer en Inglaterra las obras todas del manco 
sano. ¡Ojalá pudiéramos decir otro tanto los españoles de las obras inglesas en 
nuestro suelo! 

2 Gerónimo dé Huerta: Historia Natural de Cayo Plinio ; op. cit., I, f.° 463, 

8 « Cuando alguno va molestando á otro y persuadiéndole lo que quiere, de- 
cimos que va como alano colgado de la oreja» — Covarrubias: Tesoro; op. cit. 

artículo Alanos. 

* El anónimo autor de los Diálogos de la Montería (Luis Barahona de Soto) 
explica bien la razón de criarse perros en los mataderos. « Éstos [los alanos] se 
han de criar en los rastros, carnicerías ó mataderos, de suerte que, cebados en 
la sangre de los toros y vacas, se hagan golosos y codiciosos de carne y sangre», 

en el perseguir de las reses y venados. — Diálogos de la Montería ; op. cit., 

página 466. 

28 



— 434 — 

74 ... mantiénense ellos y sus amigas de lo que hurtan. 

Añadiré algunas auténticas pinceladas al realista cuadro cervantino. 

Tanto se prodigaban los hurtos de carne en el Matadero de Sevilla, 
que en 6 de Julio de I594 se trajo al Ayuntamiento una relación, que 
fué leída en cabildo del 1 5 del mismo mes , « cerca de la orden que se 
deue tener para que no se hurte la carne en el matadero». ^ Deliberó 
la Ciudad sobre el caso, ^ saliendo como único y desdichado remedio 
la creación de un nuevo tributo de unos maravedís por cabeza que se 
registrase, para pagar á los cortadores, cuya verdadera causa declará- 
bala en el mismo cabildo D. Andrés de Monsalve, diciendo que «no 
es esta ympusigion que pone la ciudad, sino vna contribugion volunta- 
ria de los merchantes, por librarse de los hurtos inreparables que allí 
se les hazían » . ^ 

Creyóse con esto atajado el mal, que perduró, sin embargo; y tanto 
y tanto, que años después, en Marzo de l6oo, se leía una proposición 
que había hecho en 1 6 de Junio del 99 el jurado Cristóbal Suárez 
«cerca de que se quiten las imposiciones que se echaron para evitar 
los hurtos de la carne que se hazian en el matadero, atento que no an 
Qesado los hurtos y la dha. ympu."" ha sido causa de que se aya subido 
la carne.» * 

Que es una historia ejemplar que podría aplicarse en un todo á nues- 
tros días: el pago y moraleja que dan los ladrones á las justicias, cuan- 
do éstas, por debilidad, parlamentan y transigen con ellos. 



1 Acias capitulares de Sevilla. Cabildo de 15 de Julio de 1594- 

La ciudad pagaba á los dueños de los colgaderos , mozos y demás ralea que 
servían en el matadero con la renta que se sacaba de los tajos y menudos : y en 
cambio, ellos tenían la obligación de dar la carne muerta desollada y cabal, 
obligación que al cumplirse favorecía extraordinariamente los hurtos de carne 
que Cervantes apunta. 

2 < Acordóse de conformidad que se guarde lo que la ciudad tiene pasado 
en 15 de Julio deste año cerca de la orden que se a dado para evitar los hurtos 
de la carne en el Matadero y que el procurador mayor envié el testimonio dello 
al Real consejo para que S. M. sea seruido de mandarlo confirmar.» — Actas 
capitulares de Sevilla; cabildo de 20 de Julio de 1594. 

3 Ibidcm; cabildo de 23 de Septiembre de 1594. 
* Ibidem; cabildo de 16 de Marzo de 1600. 



— 435 — 

De todos modos, los hurtos de carne en el Matadero, ora directa- 
mente 6 jugando, al tiempo de pesarla, del dedillo, balanza y golpete, ^ 
continuaron á más y mejor, durante muchos aíios, viniendo á ser algo 
proverbial y reconocido para lo que no se veía el remedio ; de tal modo, 
que cuando, cumplido el cargo, quería el Asistente viejo adornar su hoja 
de residencia con sus hechos más memorables y meritorios, echaba 
mano de éste de los hurtos, ufanándose de haber acabado con ellos 
(¡vana ilusión!), porque, como mucho, lograba disminuirlos un tanto, ó 
hacerlos, sólo, no tan desvergonzados y escandalosos. ^ 

En Madrid no eran mejor gente los jiferos. Jugábase en el Rastro y 
en las Carnicerías, de que resultaban heridos y muertos; ^ maliciábanse 
los pesos, con notable falta de menos en las cantidades vendidas, * y 
de ordinario asistían con ellos en el Matadero y en los tablajes una 
turba de ayudaderas y mozos, reputada, como toda la gente que tenía 
el dicho trato, de « bagabunda y de mal bibir » . " 



' Mateo Albmín: Guzmdn de Alfaraclie. Parte I, lib. II, cap. V. 

* Testimonio ajustado a los tes \ timonios y certificaciones autenticas, por donde 
consta I del Asistencia de Sevilla al tiempo que la governo el se \ ñor Don Diego Hur- 
tado de Mendoga Vizconde de la \ Corgana, Cavallero de la Orden de Santiago, del 
Conse \jo del Rey nuestro señor. Mayordomo de la Reyna nuestra señora.— [12 hojas 
en folio, s. 1. n. a. [1634]. Bibl. Acad. Hist. — Jesuítas, tomo 193, núm. 26). 

Relatando los servicios hechos por el Vizconde durante su asistencia (1629- 
1634), al llegar al abasto de carnes, dice: «Parece por certificación de Diego 
Ordóñez, Fiel del Matadero y carnicerías públicas desta ciudad de Sevilla, 
dada en 23 de Abril de 1634 años, que por la mucha vigilancia y cuidado que 
el señor Vizconde ha tenido en el abasto de todo género de carnes y tocino 
para esta ciudad y que valga á más moderados precios , buscando muchos me- 
dios para ello, y remediando los excesivos y grandes hurtos de carnes que los mata- 
dores deltas haeian en el diclio Matadero, que parecía imposible su remedio, ponién- 
dolo de manera que totalmente habían cesado los dichos hurtos , con lo qual 

estaba valiendo el dicho día una libra de carnero de 32 onzas, 34 maravedís 
para el dueño, que era el precio más barato que ha habido de muchos años á 
esta parte por el dicho tiempo.» 

* Archivo Histórico Nacional. Sala de Alcaldes. Año de 1610. Libro IV; f.° 565. 

* Ibidem. «Escrito de Estevan de Pedraza, contraste y marcador de la Villa, 
sobre la malicia y falsedad en los pesos de los tocineros.» — Año de 1607, 
Libro IV; i." 236. — Curioso documento del que, como de tantos otros, saqué 
copia , que lamento no poder incluir. 

6 Ibidem. Libro II; f.° 148. 



— 43(J — 

75 ... días de carne ... 

Decíase día de carne en contraposición á día de pescado, que eran 
aquellos en que por disposición de la Iglesia no se podían comer car- 
nes, ni venderlas ni matarlas, siendo tan grande el rigor que en su 
cumplimiento se tenía, que, con excepción de los enfermos, no se per- 
donaba á nadie, ni á los mismos embajadores luteranos. ^ 

Días de pescado eran todos los viernes del año, la cuaresma, las tém- 
poras y vigilias de los santos de guardar. 

Según un edicto, muy curioso para este punto, del doctor D. Cristó- 
bal de Mantilla, provisor é inquisidor ordinario de la metrópoli sevilla- 
na, las fiestas de guardar, sin incluir las dominicas, ascendían á treinta 
y seis. * 

Los sábados eran propiamente los días de carne •'' (sobre todo, en las 
aldeas y lugares pequeños), en que se mataban reses, proveyéndose 
los vecinos de carne para el resto de la semana; costumbre que aun 
perdura en muchos pueblos de España. 

76 ... antes que amanezca ... 

Porque los robos se hacían principalmente en las noches, como va á 
tocar el lector de la sabrosa descripción que hizo á la Ciudad Alonso 



' V. Cabrera: Relaciones ; pp. 486 y 487. 

2 Nuestro mvv santo \ padre Vrhano VIII. Ha mandado \ que generalmente en 
toda la christiandad no se guarden \ por de precepto sino las fiestas siguientes (Si- 
gue su enumeración). (Al fin:) Con licencia. Impressa en Seuilla por luán Gómez de 
Blas, Junto al Colkgio de San Acacio. \ Año de 1643, y véndese en su casa. (Una 
hoja en folio, seguida de otra separada, en folio también, s. 1. n. a., que contie- 
ne el edicto del doctor Mantilla citado. (Bibl. Acad. Ylist.—Jestíitas , tomo lor, 
número. 48). Eran días de fiesta los dos siguientes á las Pascuas de Resurrec- 
ción y Espíritu Santo, y de ellos se aprovechó el alférez Campuzano en El Casa- 
miento para poder amonestarse á toda prisa y celebrar el suyo con doña Este- 
fanía, como ha visto el lector. 

La Bula de Urbano VIII promulgada por el provisor sevillano era de i.° de 
Septiembre de 1642. 

8 «En sábado matan carne en el matadero». — Rojas: El Viaje entretenido 

«Loa del sábado»; op. cit. , f.° 235. 

« porque el sauado es el dia que todos se probeen de carne » Sala de 

Alcaldes. Año 1607. Libro IV; f.° 227. 



- 437 — 

de Porras, Veinticuatro y Fiel executor suyo, en cabildo de 22 de Junio 
de 1598: «dixo alonso de porras V" e quatro [Veinticuatro] como fiel 
executor que, entendiendo el grande egeso que avia en el matadero de 
hurtos de carne, y que estos y otros semejantes delitos por ordenanzas 
están remitidos a los fieles executores , fue al matadero a media noche , 
y halló tres ladrones de carne con tres arrobas de carne, y prendió 
los dos dellos, y el vno se le huyó y el vno dellos se le resistió con 
armas media hora, hasta que lo prendió, como consta por la causa 

questá flf.* [hecha] , teniéndole condenado a gient agotes y galeras » ^ 

¡Castigo más ejemplar aún merecía aquella canalla! 

77 ... y como en Sevilla no hay obligado de la carne ... 

Era entonces práctica universal en los lugares todos de España, des- 
de las ciudades populosas hasta las más humildes aldeas, contratar el 
aprovisionamiento de carne, pescado, aceite, jabón y otros artículos 
con determinados tratantes ó ganaderos, que, por este concierto, se 
obligaban á tener abastecidas abundantemente de carne (si tal era el 
obligado) , las tablas y carnicerías del lugar. 

Hacíanse los remates de estos abastos públicamente, en las casas 
del Ayuntamiento, ante escribano del número, con asistencia del co- 
rregidor y diputados del cabildo, habiéndose pregonado previamente 
sus condiciones. ^ 

La duración del cargo de obligado de la carne era ordinariamente 
un año, de un día de San Juan Bautista á otro, como consta por las in- 
numerables escrituras que , sobre obligados , el investigador tropieza en 
los protocolos de la época. * 

En Sevilla , sin embargo, como Cervantes dice , no había obligado de 
la carne, * estando abierto y libre el matadero, pues «ningún señor de 



' Actas capitulares de Sevilla. — Año de 1598; escribanía i.* 

- Castillo de Bosadilla : Práctica para cctrregidores y señores de vasallos en 

tiempo de paz y de guerra — Madrid. Por Luis Sánchez. Año mdxcvii. Tomo II, 

página 82. 

« Véanse las de Madrid de 1582-1583: Sala de Alcaldes, libro I, ff. 49-54, 
ó las de 1624: Ibidem, libro XIV, ff. 732 y siguientes. 

^ Habíalo, sin embargo, para los pueblos comarcanos de Sevilla. (Vid. Actas 
capitulares. Cabildos de 17 de Noviembre de 1593, 28 de Julio de 1597 y 27 de 
Octubre de 1599.) 



— 438 — 

ganado — declara un historiador suyo — hay en España que pueda, 6, si 
puede, que ose obligarse por año á las carnecerias de Sevilla, por la 
gran cantidad que de todas las carnes pide forzosamente el menester 
desta gran ciudad. » ^ 

Sustituía al obligado un muy curioso procedimiento, que prueba 
cómo aquella sociedad no padecía el desbarajuste grande con que se la 
tacha. Reducíase, en substancia, á admitir en las dos fértilísimas y 
abundantes dehesas de la ciudad, á la ciudad inmediatas. Tablada y 
TabladiUa, como herbaje y descansadero, cuantos ganados traían sus 
dueños con ánimo de venderlos, habiendo registrado antes su número 
y precio, á su aüedrío, ante el fiel del Matadero. Asistían diariamente 
á éste para hacer «¿a hoja* 6 remate de las carnes, y en representación 
de la ciudad, un veinticuatro, un jurado y un fiel executor. El fiel 
daba cuenta entonces de los ganados registrados y de sus precios. Los 
ganaderos que deseaban que sus reses fuesen sacrificadas aquel día 
hacían ante los jurados una baja en sus posturas, y una vez conocidas 
las de todos los merchantes, se comenzaba á pesar por los de más bajo 
precio, siguiendo por los inmediatos, hasta concluir, si era preciso, en 
las de los más altos. 

De este modo, las carnes más baratas eran las primeras que se sa- 
crificaban, en beneficio de los sevillanos, quienes, por las tablillas de 
rigor pendientes en la puerta del Matadero y carnicerías de Sevilla, co- 
nocían diariamente la tasa de la carne. ^ 

Sin embargo, como rancio y español que es el refrán que dice que 
«donde se hace la ley, allí se hace la trampa», también se hacía en 
Sevilla y en punto tan bien estatuido como éste de los abastecimientos, 
por los interesados en lograr y engrandecerse, aun á costa de los po- 
bres; prácticas impías que denunciaba un muy raro y curioso testimo- 
nio del tiempo aquel , diciendo : « porque las personas poderosas desta 
ciudad y los que tratan de enriquecerse con el trato de la carne y otros 
merchantes y forasteros que vienen con sus ganados, teniendo alli 
[Tablada y TabladiUa] descansadero y hervaje en que el ganado se les 
va aumentando de carne, no disponen del sino muy á sus ventajas, 
haciendo entre sí liga y concierto de ir poniendo las posturas más á 



' Morcado: Historia de Sevilla ; op. cit., p. i6o. 

^ Ibidcm, pp. 160-162. 



— 439 — 

SU pro.» Y para asegurar el monipodio compraban, además, á los fo- 
rasteros cuanto ganado traían; cumplían acto seguido con el registro 
que mandaba la ley, y vendían luego la carne, faltos de competidores, 
á los más subidos precios, i Mañas y picardías de todos los tiempos; 
que de todos son la ambición y la codicia de oro. 

78 ... y con este concierto hay siempre mucha abundancia. 

«El mejor gobierno para que en la república haya provisión y abun- 
dancia de mantenimientos — decía un experimentado corregidor por 
aquellos días — es haber obligados á bastecerla dellos , porque cuan- 
do la ciudad bastece es maravilla si no se le pegan á los pobres mu- 
chos dineros de pérdida » , ^ amén de mil abusos más que de los re- 
gidores mienta. 

No obstante esta opinión, con los obligados padecían las ciudades 
extraordinarios disgustos y no pocas escaseces , por la codicia y caute- 
las maliciosas de los tratantes, que se excusaban con mil artimañas y 
enredos de cumplir sus escrituras cuando las ganancias no venían de- 
rechas; tirando entonces á remediar estos males y penurias un sinnú- 
mero de acuerdos de los alcaldes y justicias, ' ora buscando dinero 
para proveer por cuenta de los concejos las tablas que los obligados 
dejaban en punible abandono, ora compeliéndolos por medio de al- 
guaciles y escribanos á que cumpliesen fiel y honradamente las condi- 
ciones estipuladas en los remates para el abasto de los mantenimientos. 

A veces también sentía Sevilla, á pesar de su franco mercado, ca- 
restías y faltas de carne en su matadero; * que la ambición délos mer- 



• Las validades que se \ sigven d la ciudad de Sevilla de \ tener dada la dehesa de 
Tablada y Tahladilla \ en arrendamiento. — (8 hojas en folio , imp. s. 1. n. a. [Sevilla, 
¿1625?] (Bibl. Acad. Hist.; Jesutías, tomo 75, ndm. 8). — Papel muy interesante 
para la historia de los abastos de la ciudad. Su anónimo autor era partidario 
del obligado. 

2 Castillo de Bovadilla. — Política para corregidores ; op. cit., tomo II, pá- 
gina 80. 

' Arch. Hist. Nac, Sala de Alcaldes. — Abundan los autos sobre la materia. 
Vid. libro IV, f.° 84, auto de 23 Octubre 1606; libro II, í.° 406; y, sobre todos, 
uno que pinta las malicias de los obligados, 1589 (falta el día y mes), tomo I, 
folios 314-315. 

* En e! cabildo de 17 de Noviembre de 1593, Cristóbal González Suárez 
dijo: «que á la ciudad le es notorio la falta y carestía que hay de carne por las 



— 440 — 

chantes y regatones no conocía tasa, si bien atajábase prontamente, 
merced al celo y diligencia de sus jurados. 

En general, como Cervantes escribe, gozaba de grande y proveída 
abundancia. 

79 ... sino para que se moderen en las tajadas y socaliñas que hacen 
en las reses muertas ... 

Así era la verdad; y para probarlo é ilustrar someramente este pa- 
saje, dejemos otra vez la voz á nuestro anónimo sevillano, autor del 
raro papel citado más arriba. El cual, pintando el largo calvario que 
para el sacrificio de sus reses en el matadero tenían que recorrer los 
ganaderos pobres, escribía estas curiosas razones: «A lo cual se les 
junta en la carnicería otra pérdida no menor: que es la carne que les 



despensas que ay, y carni^erias de los lugares, que lo atraviesan todo. Cuatro 
años después, en cabildo de 28 de Julio de 1597, el veinticuatro Diego Caba- 
llero de Cabrera, como diputado del Matadero, añadía: «que en las carnicerias 
que están fuera de la ciudad se vende la carne á más precio de a como se pesa en 
la ciudad ». Pidió que se remediara y que se mandase « que ningún ganado de 
bacas ni ternera se deje paséir por la puente desta ciudad ni en barcas por nin- 
guna parte del río lo qual hacen los merchantes y obligados á fin de matar 

el mejor ganado fuera desta ciudad y traer lo peor á las carnecerias 

della » No cesaron, sin embargo, estas penurias, porque en cabildo de 27 de 

Octubre de 1599, se dio cuenta «que no hay carne de carnero ni vaca que se 
pueda pesar en las carnicerías»; habiéndose tenido que acordar que saliesen 
personas del concejo á los pueblos comarcanos en busca de ganados, y no faltan- 
do quien, como el jurado Cristóbal Suárez, pidiese á la ciudad «que para de aquí 
á carnes-tolendas trate de hazer obligado de carne, porque desta manera se pro- 
veerá la ciudad, llamando para ello a los obligados de las aldeas>. (Actas capitu- 
lares de Sevilla.) Para remedio de estas carestías de carnes y ganados « en tanta 
cantidad, que han llegado á valer á esesivos precios, cuya causa ha sido el mal 
govieruo y orden que ha ávido en el Matadero y carnecerias desta ciudad», 
con fecha 21 de Abril de 1601, redactáronse unas Ordenanzas que, aunque lle- 
garon á imprimirse (7 hojas in 4.°), sólo se conservan de ellas la segunda (pá- 
ginas 3 y 4) y la última (pp. 13 y 14). {Archivo Municipal de Sevilla. Papeles in 
folio del Conde del Águila; tomo 24, nám. 3). A la cariñosa liberalidad de mi bue- 
nísimo amigo D. Francisco Rodríguez Marín debo la noticia y copia de estos 
inéditos acuerdos de las Actas Capitulares de Sevilla, que tan cabalmente ilus- 
tran los pasajes del Coloquio, y que son producto de sus sondeos y redadas en 
el hondísimo mar de \d. papelería antigua sevillana; suyo es el mérito, que, de 
todo corazón, me complazco en declarar aquí. 



— 441 — 

hurtan en cada res los degolladores dellas ; y como son forasteros estos 
que asi han recebido este daño, porque con su detención en Sevilla no 
se les haga mayor, no se querellan de lo que les han hurtado los de- 
golladores, que se quedan sin castigo y con mucho más atrevimiento; 
y dan gracias á Dios los ganaderos si el dinero que les ha causado su 
venta lo cobran con tiempo, y al fin venden con estas pérdidas, pues 
les será mayor el volverse con su mismo ganado, recibiendo á la vuelta 
las mismas molestias, agravios y vexaciones que en Sevilla.» ^ 

¡Cómo se repiten los tiempos! jQué lecciones más sabrosas las de 
la Historial Porque al leer estos clamores de ayer parece que en nues- 
tros oídos resuenan los clamores que todos los días y en todos los pe- 
riódicos leemos hoy 

En cuanto al término socaliñas, así escrito en el Coloquio, agregaré 
brevemente que, apartándose del común hablar del tiempo, que las 
llamaba sacaliñas, y en contra de la autoridad de Covarrubias y de 
Rosal , * y de tan buenos escritores como Mateo Alemán , Luque Fa- 
jardo y Suárez de Figueroa ^ entre otros muchos, Cervantes, en este 
pasaje y en varios del Quijote, dijo socaliñas. 

El uso ha consagrado, sin embargo, por buena la forma cervantina, 
hoy admitida por la Academia en su Diccionario. 

80 ... á dos por tres ... 

Burlábase Quevedo de los que, encareciendo una verdad, dicen: 



' Las utilidades qve se sigven d la ciudad de Sevilla de tener dada la deltesa de 
Tablada y Tabladilla en arrendamiento; op. cit. 

2 € Sacaliña : una garrocha ó au-ma arrojadiza atada á una cuerda con que se 

tornaba á sacar para tornar á tirar De ahí se dixo con propiedad sacaliña lo 

que pide el señor al vasallo fuera de su derecho para tornarlo á pedir otras 
veces » — Rosal: op. cit., cdphabcto. I, art. sacaliña. 

«Se llama sacaliña lo que uno después de haber tomado su mercaduría y pa- 
gado el precio saca gracioso el vendedor.» — Covarrubias: Tesoro ; op. cit., 

artículo saca. 

8 « sin otras adehalas ni sacaliñas.-» (AlemXn : Guzmdn de Alfaraclie; parte II, 

lib. III, cap. IV.) « las demasiadas imposiciones, gabelas y sacaliñas de los pre- 
sos.» (Luque Fajardo: Fiel desengaño f.° 293.) Véanse en el mismo más ejem- 
plos, ff. 84 vto. y 195 vto. 

«jamás allí han de faltar rifas y otros géneros áe sacaliñas. — SujIrbz de Figue- 
roa: Plaza universal.....; f° 273. 



— 442 — 

<íyo le dije dos por tres*; y «decir dos por tres — añadía — , ¿quién ne- 
gará que no es decir una cosa por otra? Había de decir dos por dos». ^ 
Aparte las bromas de Quevedo, es cierto que fué muletilla y giro 
corriente entonces, que un erudito comentarista suyo, D. Francisco de 
Seijas, explica del siguiente modo: «A dos por tres: se usa hoy para 
expresar que alguno dice ó hace alguna cosa con prontitud ó sin miedo 
ni reparo: tan pronto como se multiplica dos por tres»; ^ que es la 
forma en que el vulgo lo emplea « en un dos por tres » . 

81 ... meten un cuchillo de cachas amarillas ... 

Los llamados propiamente y/^rí?j, como habrá visto el lector más 
arriba. « En Sevilla — dice Rodríguez Marín — se extendió tanto el uso 
de estos enormes cuchillos llamados ordinariamente de cachas ama- 
rillas, y aun de cachas, á secas, y cuyas heridas, por lo enormes, eran 
casi siempre mortales, que en cabildo de 22 de Junio de 1607 propu- 
sieron los jurados que se pidiera pragmática sobre ellos.» * 

También en Madrid daban que hacer á las justicias los cuchillos 
jiferos, ó vaqueros, usados por los matarifes para algo más, segura- 
mente, que para desollar las reses, cuando se les prohibía sacarlos fue- 
ra de los lugares de su oficio por auto de los alcaldes. * Los cuchillos 



' Quevedo: Cuento de cuentos; edic. Rivndeneyra; II, 401. — A quien copió en 
este mismo pasaje Luis Quiñones de Benavente, escribiendo en su entremés de 

Las Civilidades: 

Ya lo dije: dos por tres 
Es mentira manifiesta, 
Que más verdad le tratara 
Si dos por dos le dijera. 

Colección ak piezas dramáticas, entremeses , loas y jácaras (Libros de antaño.) 

Madrid, mdccclxxii; I, p. 53. 

2 Obras de Qttevedo; loe. cit. 

' Rodríguez Marín: Rinconete y Cortadillo ; p. 355. 

* «Mandan los SS.» aldes. de la casa y corte de su mag.d que ningún desolla- 
dor de los que desuellan carne en los mataderos desta corte y Villa y en el 
rrastro ni los carnyceros ni tocineros que pesan en las carnezerias desta Corte 
y Villa no sean osados á sacar los cuchillos fuera de los dhos. mataderos, rras- 
tros y carnezerias ni traellos por las calles en manera alguna , so pena de cada 

gien acotes y quatro años de destierro de la corte y ginco leguas» (Auto de 

21 de Junio de 1600). — Archivo Histórico Nacional. — Sala de Alcaldes; libro II. 
f." 414. 



— 443 — 

jiferos debían de encerrar además alguna recóndita virtud, cuando en 
los procesos inquisitoriales salen en manos de las brujas más de una 
vez, como obligados instrumentos de sus malignas artes. ^ 

82 Por maravilla se pasa día sin pendencias y sin heridas, y á veces 
sin muertes ... 

Ya desde los tiempos de Feliciano de Silva, ser matarife ó jifero y 
ser bravo 6 rufián eran una misma cosa, y unas mismas también sus 
artes y fechorías. ' 

Y como al oficio de rufián iban anejos « el robo, el encubrir ladro- 
nes, lo alcahuete, valentón, espadachín de alquiler y asesino», * los 
oficiales del matadero eran de aquellos valientes que en el Corral de 
los Naranjos daban pólizas de vida al quitar, prontos, como cualquier 
Chiquiznaque ó Maniferro, á ser secutares de unas cuchilladas de á ca- 
torce puntos, por sus docenas de escudos, ó tambiért, si se terciaba y 
subía la paga, llegar á mayores, convirtiéndose de oficiales de la ma- 
tanza en ministros de la muerte, á quienes se encomendaban los ale- 
vosos asesinatos cuando se quería quitar de en medio á un enemigo. * 

Agregúense á estas muertes y heridas las infinitas que cada día se 
causaban por ocasión de pendencias y cuchilladas, y se hallará justifi- 



' María de San León Espejo, hechicera cordobesa, al tiempo de decir la 
Oracidn de la estrella, chineaba un cuchillo jifero en el suelo hasta las cachas en 
derecho de la estrella que estaba mirando » ; sirviéndose de él además para otros 
embustes. — Relación del Auto general de lafee, que se celebró en la ciudad de Córdo- 
ba d veintiuno del mes de Diziembre de mil y seiscientos veinte y siete años Córdoba. 

Por Francisco Sánchez Romero., s. a. (1627). 4 hojas en folio. (Bibl. Acad. Hist. 
Jesuítas, tomo 75, núm. 67.) 

* « Y para mayor seguridad, yo me quiero ir adormir á los tajones de la 

carnicería» — dice el rufián Pandulfo en la Segunda comedia de Celestina; op. cit., 
página 353. 

' AuRKLiANO FernXndez-Guerra : Obras de Quevedo; edición Rivaden.; I , pá- 
gina 398. 

* Liñán y Verdugo los recordaba cuando escribía: «gente distraída de 

una manera de hombres que hay en Sevilla que viven de matar, hasta que dura 
el llegar para ellos la hora de su castigo y muerte en la horca , que es adonde 
todos paran.» — Guia y aviso de forasteros ; op. cit., Novela IV. 

Vid. también Salas Barbadillo: El curioso y sabio Alejandro; edición Riva- 
deneyra; p. 1 1. 



— 444 — 

cado el escándalo y las lástimas que estos males producían entre los 
moralistas del tiempo, no obstante el rigor empleado por las justicias 
para atajarlos. 

Ampliando para ello el cuadro, á fin de que el lector toque de pro- 
pia mano esta llaga social de entonces, fruto de la hirviente sangre es- 
pañola, pronta al arrebato y á la pendencia, hoy tanto como ayer y 
como siempre, en Madrid abundaban de tal modo las cuchilladas, aun- 
que no fuese siempre entre jiferos, que los alcaldes, en 9 de Septiem^ 
bre de 1615, pidieron al Rey que se repitiera el pregón sobre las cu- 
chilladas , « por el exceso que en la era presente ay de pendencias y 
cuchilladas. » En efecto, por auto de 10 de Septiembre, se mandó «que 
ninguna persona sea osado de meter mano á la espada ni acuchi- 
llarse , so pena de vergüenga pública y clavarle la mano por solo echar 

mano; y si hiriere ó matare, pena de muerte». 1 Por auto de 26 de Oc- 
tubre de 161 1 se había prohibido «llevar cuchillos ú otras armas que 
espadas y dagas, ni éstas solas, para excusar las heridas y muertes que 
todos los días suceden » . ^ 

Las muertes y heridas se sucedían, sin embargo, unas veces por re- 
yertas y puntillos de honra; otras, como francos asesinatos, valiéndose 
los matadores á destajo, para encubrir más fácilmente su delito, de 
medias mascarillas, que públicamente se hacían y vendían en las tien- 
das de los buhoneros, y con especialidad en las de los de Palacio. ' 

Y en pleno reinado de Felipe IV, con carta, aún inédita, fechada en 
Granada á 18 de Enero de 1642, un Gabriel López de Mendoza en- 
viaba al P. Juan Eusebio Nieremberg cierto Memorial sobre las muertes 
que suceden y cómo se excusarán , y en el cual se leen los siguientes y 
curiosos datos: 

«Antes de decirlo probaré como pasan de dos mil onbres los que 
mueren cada año solo en las dos Castillas bieja y nueva. Para esto se 

ha de considerar que en Madrid ay muchos días que matan tres y 

quatro, y días de más: pues pongamos uno un día con otro que son 

400 en el año ; en Sevilla y su territorio largamente serán cantados 

otros cuatrocientos, esto es á lo menos. Iremos á Granada y sus costas 



' Arch. Hist. Nac. Sala de Alcaldes; libro VII, ff. 12 y 15. 

2 Ibidem; libro V, f.» 155. 

^ Auto de 10 de Noviembre de 161 1 : Ibidem; libro V, f." 172. 



— 445 — 

desde marbella hasta almería otros 200, que más son en estas tres ciu- 
dades y sus territorios: son mil á lo menos, y cierto que pasan larga- 
mente de mil. Pues ¿que será en Cordoua, jaén, Toledo y segobia y 
más de otras ochenta ciudades y más de mil lugares grandes y peque- 
ños? cierto que ando corto en decir dos mil, porque pasan de tres mil, 

y estos mueren desde los veinte á los quarenta años 

«Estas muertes se han ido aumentando de algunos años á esta parte, 
en tanto grado, que se tiene por delito común, como los amanceba- 
mientos; porque hoy cometen las muertes y mañana se pasean libres; 
y es la ragón que, en sucediendo el caso, ora esté el delincuente ausente 
ú retraído, 6 preso, entra de por medio gente piadosa, allanan la par- 
te, y solo queda el escrivano por dueño, el qual, satisfecho, le busca 
soltura; y con esto se ha perdido el miedo á matar, tanto, que, al 

exemplo, los muchachos cometen homicidios » Y á continuación, 

este piadoso sujeto, que por la edad que confiesa (setenta años), mere- 
ce todo crédito, propone en su memorial medios muy curiosos para 
hoy, en su fin de atajar los homicidios. ^ 

83 ... no hay ninguno que no tenga su ángel de guarda en la plaza de 
San Francisco ... 

El tiro cervantino no va sólo contra los escribanos y alguaciles, como 
otros comentaristas suponen; sino que en los ángeles de guarda señala 
aquí más bien á los fieles ejecutores, ^ ministros encargados de reco- 
rrer todos los días la ciudad, inquiriendo el modo como se cumplían 
las posturas de los mantenimientos, y la fidelidad en los pesos y medi- 
das, y que tenían sus estrados «en la Audiencia, que es en la Plaza de 
San Francisco, junto con las casas del Cabildo». * 

Mas como para cumplir con su oficio se acompañaban de un ejecu- 
tor teniente y de un escribano, á todos ellos alcanza la acusación cer- 



' Bibl. Acad. Hist. Jesuítas; tomo 66, nám. 17. 

^ Confírmalo este párrafo del loco D. Amaro: «Los primeros que son deso- 
llados son los carniceros. Porque hay otros más desollados que ellos , que los 
consienten, que son los señores ejecutores que son sus compañeros y viven con 

ellos y comen con ellos >. — Sermones del célebre loco llamado D. Amaro; op. cit. 

páginas 49-50. 

' Morcado: Historia de Sevilla; op. cit. , p. 188. 



— 446 — 

vantina de cohecho, que un escritor coetáneo extiende asimismo á to- 
dos ellos. 1 

Otro rasguillo de costumbres, en fin, que patentiza cómo en todos los 
tiempos, también, han participado las justicias de estas granjerias, ma- 
liciosa práctica de los tratantes en mantenimientos; que las dádivas 
quebrantan peñas y doblan muchas veces con su peso las varas de 
las justicias. ^ 

La frase tener su ángel de guarda, metafóricamente dicha del que 
tiene algún valedor ó protector para sus pretensiones ó empeños, es 
frecuente entonces; y á creer el testimonio del beneficiado de Pilas, 
Luque Fajardo, término sacado del lenguaje tablajesco. ^ Ignoro por 
qué el moderno Diccionario académico la ha desterrado en esta acep- 
ción de su léxico, cuando otros más antiguos, como el de Autorida- 
des, la habían acogido y explicado. 

84 ... ta calle de la Caza ... 

Al tratar todo anotador moderno de las cosas viejas de Sevilla, 



* «Los carniceros, ó por amistad, ó por temor, reparten la buena carne á 
los regidores, jurados, alcaldes, escribanos, alguaciles y procuradores, por 
comprar de los unos favor y de los otros rescatar el miedo.» — LujXn de Saya- 
vedra: Guzmdii de Alfaraclie; parte II, libro III, cap. II. 

2 El vicio era muy antiguo. Las Cortes de Madrid de 1563 quejábanse ya de 
que «en la ciudad de Granada y villa de Valladolid y en las otras ciudades 
principales destos Reinos pasa una cosa muy perjudicial, y es que muchos re- 
gatones, taberneros y mesoneros, y otras personas que tienen trato de comprar 
y vender mantenimientos, sirven y se allegan á las casas de oidores , alcaldes, 
fiscales, justicias, regidores y otros oficiales de concejos, y con este favor, que 
cada uno destos tiene de quien es criado ó allegado, hacen cosas muy mal he- 
chas , ansí encareciendo los dichos mantenimientos y quebrantando las orde- 
nanzas de los pueblos , como en otros atrevimientos muy grandes y escandalo- 
sos > — Acias de las Cortes de Castilla; I-363. 

* Mateo Alemán: Guzmdít de Alfarache; parte II, lib. II, cap. VII; y par- 
te II, lib. III, cap. vin. 

« El caso es que se llegan á estas casas cierto género de hombres , los cuales 
viven de dar favor y hacer espaldas á fulleros , defendiéndolos á capa y espada 
en los sucesos de su latrocinio El nombre ordinario por donde son conoci- 
dos es llamarlos padrinos ó ángeles de guarda: del primero bien se conoce la 
causa, el segundo téngole por escandaloso y ajeno de toda piedad cristiana.» 
Fiel desengaño ; f.° 179 vto. 



— 447 — 

Que es ciudad divina y santa, 
Que á las del mundo adelanta 
En valor, trato y nobleza, ' 

tiene que pagar forzosamente ( ¡ si es de buena ley, él lo hará muy á su 
gusto ! ) derecho de portazgo en la aduana literaria de Rodríguez Marín. 

Y metidos en la historia de sus calles y en lo hondo de su vida, 
¿qué he decir — pecador de mí — que alcance ni remede siquiera á las 
sabrosas y pintorescas notas que á la calle de la Caza y á la Costanilla 
dedica en su Comentario inimitable de Rinconete} (^o es más leal co- 
piarlas que ponerse á hacer cómicos equilibrios, barajando tontamente 
unas pocas citas arrancadas de tal 6 cual novela? Dice así la primera: 
«Según D. Félix González de León (Noticia histórica del origen de los 
nombres de las calles de Sevilla. — Sevilla, 1839; p. 228), la calle de la 
Caza, que antes se había llamado de la Gallinería, se componía de dos 
calles en ángulo: la de la Caza grande, que va de la calle Confiterías 
á la Alfalfa, y la de la Caza chica, más corta, que tuerce en la esquina 
de aquélla y va á la plaza de San Isidoro. 

» Era esta calle una de las tres cosas que el Rey tenía por ganar en 
Sevilla, según refirió Cervantes en el Coloquio de Cipián y Berganza; 
y decíanlo de ella, porque, como en la Costanilla y el Matadero, en 
tal calle no se respetaban las posturas, ni se hacía maldito el caso de 
pregones ni de amenazas de multas y azotes. Y si por acaso las ame- 
nazas se cumplían, tal día hizo un año, y [á robar; que el tiempo es 
breve y la vida corta 1 Porque se vea algo de lo que en esto sucedía, 
extractaré lo que de la dicha calle se platicó por la ciudad en algunos 
de sus cabildos. 

»En el de 3 de Septiembre de 1597, después de pedir I). Andrés 
de Monsalve que se hiciera ordenanza para que los que allí vendían no 
tuviesen la caza escondida, sino