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Full text of "El Continente americano : conferencias dadas en el Ateneo científico, literario y artístico de Madrid, con motivo del cuarto centenario del descubrimiento de Améríca"

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McKEW PARR CQLLECTION 




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MAGELLAN 

and the AGE of DISCOVERY 




PRESENTED TO 

BRANDÉIS UNIVERSITY • 1961 



EL CONTINENTE AMERICANO 




CONFERENCIAS 



TENIDAS EN E S T E T O M O 



Cortázar.— Gca amoricana. 

Laguna.— Flora americana. 

CoLMEiRO.— Primoras noticias acerca de la vegetación americana y resumen 
(le las expediciones botánicas de los españoles. 

Aranzadi.— Fauna americana. 

ViLANOVA.— Protohistoria americana. 

Antón.— Antropología de los pueblos indígenas de América. 

Fernández y (Jonzález.— Lenguas habladas i)or los indígenas d<'l Norte y 
Centro de América. 

Pí Y Margall.— América en la época úvl descubrimiento. 

A. DEL Solar.— El Perú de los Incas. 

Pedregal.— Estado jurídico y social de los indios. 

KiAXO.— Observaciones sobre el arte monumental americano. 

Danvila.— Significación que tuvieron en el gobierno de América la Casa de 
contratación de Sevilla y el Consejo Supremo de las indias. 

Rodríguez Carracido. - Los metalúrgicos españoles en América. 

San Martíw.— Influjo del descubrimiento del Nuevo Mundo en las ciencias mé- 
dicas. 

Ferreiro. -Influen( iadel <b'scubrimientode.\méri(aen lasi ient iasgeográflcas 

Sánchez Moguel. Las conferencias americanistas del .\teneo. 



El Cutí 





CONFERENCIAS DADAS 



EN EL 



Y 



CON MOTIVO DEL CUARTO CENTENARIO 



DEL 



Descubrimiento de América 



POR LOS SEÑORES 

Cánovas del CasUllo, Saaredni, León y Orliz, Oliveira Mariins, Pi y Margall, 

Solar, López, Becerro de Bengoa, Fernández Duro, Montojo, Ruiz Martínez, Yidart, 

Marqués de Hoyos, Pardo Bazán (D." Emilia), Marqués de Lema, Fabié, Jardiel, 

Balagiicr. Gómez de Arleche, Eira Palacio, Marqués de Cerralbo, Reina, Salillas, 

Zorrilla de San Martín, Carrasco, Reparáz. Pérez de Guzmán, Torres Campos, 

Ascárale, Beltrán y Rózpide, Noio y Colson, Vilanora, Antón; Cortázar, Colmeiro, 

Laguna, Aranzadi, Fernández y González, Rodríguez Carracido, San Martín, 

Ferrciro, Riaño, Pedregal^ Danvila y Sánchez Mognel. 



TOMO III. 



MADHIÍ) 

EST - DLF. CIMIENTO TIPOGRÁ I-ICO «SUCESORES DE RIVADENEYRA' 

IMPRESORES DE LA REAL C aSA 

P>isoo (ie San Viceiito, iiúm. 20 

189 4 



GEA AMERICANA 



ATENEO DE MADRID 



GEA AMERICANA 



CONFERENCIA 

DE 

D. DANIEL DE CORTÁZAR 

INGENIERO DE MINAS 

leída el día 7 de Abril de i8gi 




T 



MADRID 

CSTABLECIMIFNTO TIPOGRÁFICO «SUCESORES DE RIVADENEYRA;» 

IMPRESORES DE LA REAL CASA 

Paseo de San Vicente, núm ío 
1892 



Tema de más aridez y de mayores proporciones que el seña- 
lado para esta conferencia, me parece difícil pueda presentarse, 
aun cuando para que resulte algo ameno y circunscrito se 
trate, como yo pretendo, limitarlo, casi exclusivamente, á la 
minería de América; pues si es verdad que el campo de investiga- 
ción se reduce, es también cierto que las dificultades crecen al 
determinar el objeto, y permanece tan grande la suma de hechos, 
que quien se embarque en semejante mar de datos, corre gran 
peligro de naufragar, por más que acuda en su socorro, cual ta- 
bla de salvación, la benevolencia de concurso tan ilustrado como 
el que me escucha. 

Yo, sin embargo, no por osadía, sino por cumplimiento de in- 
excusable deber, voy á aventurarme en tan dilatado océano, 
convencido de que aun contando con vuestra ayuda, al alcanzar 
la orilla, sólo podré repetir la tan conocida frase : «Todo se ha 
perdido menos el honor.» 

Extiéndese la tierra americana desde el Océano glacial ártico, 
hasta no lejos del antartico, pues el Cabo de Hornos, último te- 
rritorio austral, se encuentra á los 56° de latitud S., habiendo 
asi de uno á otro límite de tan vasto continente, más de 15000 
quilómetros de longitud, y anchura variable desde 5000 quilóme- 
tros sobre el paralelo de 50° N., y á la altura del de 5° S., hasta 
sólo 45 en el istmo de Panamá, donde, á los 7° al norte del Ecua- 
dor se fija la unión de las dos partes septentrional y meridional 
€n que geográficamente se divide la América, cuya superficie 
pasa de 40 millones de quilómetros cuadrados, á lo que debe 



58 



agregarse el territorio del archipiélago que por Oriente se des- 
arrolla, ocupando cerca de 250000 quilómetros cuadrados. 

Tarea más que regular sería hacer una reseña corográfica de 
la América, mas como si nos pusiéramos á ello sólo consegui- 
ríamos repetir lo que se puede encontrar en los tratados de 
Geografía, no pasaremos de señalar con cuatro rasgos la confi- 
guración y principales circunstancias del país en que nos ocu- 
pamos. 

Es la América septentrional una gran tierra que, aproxima- 
damente, puede inscribirse en un triángulo, cuya base corres- 
ponda á la costa del Océano glacial y cuyo vértice opuesto se 
coloque en el golfo de Tehuantepec, entre los 16 y 17* de lati- 
tud N. El punto más oriental de este territorio es el Cabo de 
Carlos, en el Atlántico, á los 52° de longitud O. de Madrid, y el 
más occidental el Cabo del Príncipe de Gales, en el Estrecho 
de Behring, á los 164° O. del mismo meridiano de Madrid. 

Comprende la América del Norte, la gran Colonia inglesa del 
Canadá y las repúblicas de los Estados Unidos y de Méjico, 
antes Nueva España, componiendo una superficie total de más 
de 19 millones de quilómetros cuadrados. 

Suele distinguirse con el nombre de Centro América el te- 
rritorio que, con poca anchura, se extiende desde el citado 
golfo de Tehuantepec al istmo de Panamá, con una superficie 
de unos 500000 quilómetros cuadrados, próximamente la misma 
de España, y donde existen las cinco repúblicas de Guatemala, 
San Salvador, Honduras, Nicaragua y Costarrica, hallándose 
en las mismas latitudes el famoso archipiélago de las Antillas, 
entre cuyas islas son las de mayor superficie Cuba, Santo Do- 
mingo ó Haití, antes La Española, y Puerto Rico, correspon- 
dientes á España la primera y tercera, é independiente la se- 
gunda. 

Es también, próximamente, triangular la gran península de la 
América del Sur, unida á la Central por el ya mencionado istmo 
de Panamá, siendo el Cabo de San Agustín, en el Atlántico, á 
los 31" O. de Madrid, su punto más oriental, y el más occiden- 
tal, la Punta Aguja á los 84** O. del mismo meridiano de Madrid. 
El vértice opuesto á la base del triángulo circunscrito á la pe- 
nínsula está en el Cabo de Hornos. 



— 7 — 

La América meridional comprende las repúblicas de Colom- 
bia ó Nueva Granada, Venezuela, Guayanas inglesa, holandesa 
y francesa; Ecuador, Brasil, Perú, Bolivia, Chile, Argentina, 
Paraguay, Uruguay y Patagonia, con una superficie de i8 mi- 
llones de quilómetros cuadrados, próximamente. 

Situada toda la América entre los grandes Océanos, Atlán- 
tico y Pacifico, presenta en sus costas notabilísimas penínsulas, 
golfos, cabos, ensenadas, freos, deltas, riberas y bahías, de que 
sólo hablaremos para hacer constar un hecho geológico , cual 
es: que en las costas del continente americano han ocurrido 
variaciones notables desde la época de su descubrimiento por 
los españoles, pues está fuera de duda que se hunden las del 
este de los Estados Unidos, mientras se alzan las del Golfo de 
Méjico, y al paso que se abisman las del Brasil, se elevan las de 
Chile y Perú en una extensión de más de 4000 quilómetros, y si 
la California del S. parece deprimirse, en la del N., y todo el 
resto de la costa hasta el Océano glacial, se nota el levanta- 
miento contrapuesto. No se crea que estos fenómenos de ba- 
lance son de poca monta, pues hay parajes, al norte de la 
Concepción, y cerca de Valparaíso, en que el cambio de nivel 
llega á un metro por año, y las líneas de las costas antiguas se 
observan, en ciertos puntos, á 400 metros sobre el actual plano 
del mar. 

El centro del continente septentrional está formado por dila- 
tadísimas llanuras de gran altitud absoluta, comprendidas entre 
las montañas Pedregosas, á Poniente, y los montes AUeghany 
á Levante, y en la América meridional hay también grandes sa- 
banas que se extienden desde los Andes, cuyas faldas occiden- 
tales llegan al Pacífico , hasta las sierras del Espinazo y de las 
Vertientes, cuyas cimas se descubren desde el Atlántico, que- 
dando al septentrión las montañas de Parima. 

En conjunto, puede decirse, que corre de N. á S. por toda la 
América una gran cordillera, más ó menos próxima al Pacífico, 
con alturas á veces colosales, la cual baja rápidamente por Occi- 
dente para tocar con sus faldas al mar, mientras que á Levante 
el descenso es mucho más paulatino , hasta que los contrafuer- 
tes, las sabanas y otras alturas secundarias , van sucesivamente 
perdiendo nivel para llegar al Atlántico. 



— 8 — 



Para dar idea de la corografía de las sierras americanas, inser- 
tamos el siguiente cuadro de altitudes, siendo las diez últimas 
correspondientes á otros tantos volcanes. 



NOMBRES DE LAS ALTURAS 



Aconcagua 

Parinacota 

Chimborazo 

Nevado de Sorata 

ídem de Ilmane , 

Chuquibamba 

Coyambó 

Sierra de Santa Marta 

Tolima 

Monte de San Elias (Pedregosas).. 

Monte de Hooker (ídem) 

Cerro de Potosí 

Monte de Murchison (Pedregosas). 

ídem de Santa Elena (ídem) 

Sierra Nevada 

Fainweather (Pedregosas) 

Fremont (ídem) 

Pasto 

Amilpas 

Cerro de Azusco 

Pico Congrehay 

Roraima 

Sarmiento 

Sierra del Cobre 

Monte de ^V'ashington (AUeghany) 

White Mountains (ídem) 

Itambo 

Itacolumí 

Monte Gigante 

Sierra-Ventana 

Arequipa 

Cotopaxí 

Orizaba 

Popocatepelt 

Maypú 

Puracé 

Pichincha 

Tupungate 

Agua 

Coroobado 



Chile. 

Perú. 

Ecuador. 

Bolivia. 

ídem. 

ídem. 

Ecuador. 

Venezuela. 

Ecuador. 

Estados Unidos. 

ídem. 

Bolivia. 

Estados Unidos. 

ídem. 

Méjico. 

Estados Unidos. 

ídem. 

Ecuador. 

Guatemala. 

Méjico. 

Honduras. 

Guayana. 

Tierra del fuego., 

Cuba. 

Estados Unid es. 

ídem. 

Brasil. 

ídem. 

California. 

Buenos Aires. 

Perú. 

Ecuador. 

Méjico. 

ídem. 

Chile. 

Colombia. 

Venezuela. 

Chile. 
Guatemala. 
Patagonia. 



ALTITUDES. 
Metros. 



6714 
6530 
6488 
6446 
6400 
5956 
5791 
5523 
5440 
5100 
4923 
4877 
4724 
4625 
4483 
4135 
4100 
4010 

3673 
2280 
2271 
2106 
2100 

1959 
1900 
1817 
1777 
1400 
1067 
5755 
5750 
5450 
5405 
5380 
S185 

4855 
4600 
4570 
2290 



Resulta por la configuración general de la América, que al- 
gunos de los ríos que desaguan en el Atlántico son de larguísi- 
ma corriente, como que entre ellos figuran los mayores del 
mundo, mientras los que llevan sus aguas al Pacífico tienen 
poco desarrollo comparados con los primeros. 



— 9 — 



He aquí un cuadro con los ríos principales, el mar donde 
desaguan y su longitud: 



NOMBRES DE LOS RIO* 



MAR DONDE DESAGUAN 



Misuri V Misi'sipí. . . . 
Amazonas ó Marañón 

La Plata 

Rio del Norte 

San Lorenzo 

San Francisco 

Orinoco 

Oregon 

Magdalena 

Colorado 

Paranayba 

Albany 

Delaware 



Golfo de Méjico. 

Atlántico meridional. 

ídem id. 

Golfo de Méjico. 

Atlántico septentrional, 

ídem id. 

Atlántico meridional. 

Pacifico septentrional. 

Mar de las Antillas. 

Pacífico septentrional. 

Atlántico meridional. 

Ídem septentrional. 

Ídem id. 



LONíUTl'D. 
Ouilómetros. 



7240 

5713 
3562 

3413 
3339 
2597 
2508 

2423 
Í536 
1484 
1380 
1039 
4492 



Hay numerosos lagos en America, principalmente en la sep- 
tentrional, donde en los linderos de los Estados Unidos con el 
Canadá existen, con un desarrollo de 250000 quilómetros cua- 
drados, el Superior, Michigan, Hurón, Kríe y Ontario, unidos 
todos entre sí, y los dos últimos por la famosa Catarata del Niá- 
gara, colosal salto de agua de que nadie sin verlo puede for- 
marse cabal idea. 

Aun debe citarse en los Estados Unidos, el Lago Salado, en 
el territorio de los mormones; así como en Méjico, el de Cha- 
pala ; el de Nicaragua, en la República de su nombre ; el de Ma- 
racaibo, en Venezuela; el de Titicaca, en el Perú ; de Oruro, en 
Bolivia, y de Guanacacha y de Bebedero, en la Argentina, nin- 
guno de los cuales baja de 7000 quilómetros cuadrados. 

Todos los terrenos que los geólogos han establecido como 
existentes en la tierra, se hallan representados en el continente 
americano, á pesar de que éste, en grandes espacios, no se en- 
cuentra estudiado ni siquiera reconocido; pero hay, en cambio, 
ciertas regiones, principalmente de los Estados Unidos, cuya 
geología puede servir, y efectivamente sirve, como modelo á 
los naturalistas de todas partes, que reconocen como maestros á 
Sterry Hunt, J. Hall, Cope, Marsh, Logan, Whitney, New- 
berry, Dana, Marcou y otros varios. 



— lO 



Puede sintetizarse la constitución geológica de toda la Amé- 
rica del Norte, sin más que considerar las montañas Pedre- 
gosas, y todo el territorio que desde ellas, por Norte y Medio- 
día, se extiende hacia el Oeste hasta llegar al Pacífico, como 
un macizo de rocas hipogénicas, cubierto en ciertos sitios por 
acarreos diluviales, y apoyándose en aquellas, en posición casi 
horizontal, dilatados bancos de rocas triásicas, jurásicas y cre- 
táceas, hasta alcanzar los montes Alleghany de los Estados 
Unidos, donde se desarrollan los terrenos estrato-cristalinos y 
paleozoicos, sin que sea superfino el señalar que más de la mi- 
tad de la vasta superficie comprendida por estos últimos terre- 
nos corresponde á la formación hullera. 

En cambio alrededor del Golfo de Méjico, los sistemas cre- 
táceo y terciario tienen notable desarrollo, hasta que quedan 
cubiertos por los sedimentos modernos de la desembocadura 
del Misisipí. 

Es decir que, en términos generales, podemos considerar que 
desde las costas del Atlántico septentrional, donde predominan 
las rocas estrato-cristalinas, caminando al Oeste encontrare- 
mos los terrenos cambriano, siluriano, devoniano, carbonífero, 
triásico, jurásico, cretáceo y terciario, hasta que se presentan 
las rocas hipogénicas antiguas, granitos, sienitos y pórfidos, y 
las modernas, andesitas, obsidianas, basaltos y lavas, arrojadas 
por los volcanes de las cordilleras que mojan sus faldas en el 
Pacífico, si bien sobre todas estas formaciones se extienden, en 
diversos puntos, inmensas masas de terreno cuaternario. 

Constitución análoga á la que acabamos de citar para los Es- 
tados Unidos es la de Méjico, sin más variación importante que 
la de faltar las rocas antiguas de la cordillera del litoral atlán- 
tico. 

En la frontera de los Estados Unidos y del Canadá es donde 
se han hallado, por Logan, los restos del animal más antiguo, á 
que se ha dado el nombre de Eozoon Canadensis^ y aun cuando 
se quiera poner en duda la naturaleza de aquel fósil, de todos 
modos, también en los Estados Unidos se han encontrado los 
fósiles vegetales de edad más remota, que J. Hall refiere al sis- 
tema cambriano inferior, y que son los precursores de lo que 
muchos geólogos denominan fauna primordial. 



Por más que no debemos detenernos en este asunto, es inte- 
resante hacer constar que en la América del Norte es donde^ 
merced á los asombrosos trabajos de Marsh y de Cope, se han 
descubierto multitud de restos de animales fósiles , con carac- 
teres comunes á varios órdenes, con lo cual, la teoría del trans- 
formismo ha encontrado grandes elementos de comprobación. 

La América central puede considerarse dividida en dos zonas, 
la oriental, poco elevada y donde se desarrollan rocas recien- 
tes, y la occidental, montuosa y formada por sierras volcánicas. 

La constitución geológica de las Antillas está reducida, en lo 
esencial, á núcleos de rocas hipogénicas, granitos y ofitas, á cu- 
yos alrededores se han ido acumulando capas secundarias, ter- 
ciarias y cuaternarias, siendo el mejor ejemplo de ello la dispo- 
sición geognóstica de la Isla de Cuba, dada á conocer, por el 
eminente ingeniero de minas Sr. Fernández de Castro, en las 
publicaciones del Mapa geológico de España. 

En la América meridional, la gran cordillera de los Andes y 
sus múltiples ramificaciones aparecen formadas por masas de 
basaltos, traquitas y lavas en numerosos picos y cráteres, y por 
ingentes macizos de granitos, pórfidos y sienitos, á los cuales 
suceden estratos de gneis, micacitas, calizas cristalinas, filadios 
y pizarras de edad remota, y después capas secundarias y ter- 
ciarias. 

Los sistemas orográficos de las sierras de Parima, Espinazo 
y Vertientes, son también montañas graníticas y estrato-cris- 
talinas, mientras las sabanas y pampas están formadas en dila- 
tada extensión por el terreno cuaternario, entre el cual se han 
recogido restos fósiles de mamíferos, sumamente extraños y de 
tamaño colosal, como el Megaterio, el Mílodon, el Gliptodon^ 
el Scelidoterio, etc., etc. 

Por fin, en la mesa patagónica, existen capas terciarias sub- 
yacentes á las rocas diluvianas, y en las costas del Pacífico de 
la misma región aun siguen las masas hipogénicas de la cordi- 
llera andina. 

Presentada de manera tan rápida la descripción geológica del 
Nuevo Mundo, vamos á fijarnos algo más en su minería. 
Fama y bien merecida tiene América por la abundancia y ri- 



queza de sus criaderos minerales; pues mientras unos, como los 
de esmeraldas y diamantes, han servido para satisfacer capri- 
chos del lujo y vanidad, otros, como los de plata y oro, han 
cambiado con su extraordinaria producción el precio de las co- 
sas y alterado la relación entre los dos metales monetarios, y 
mientras los de azogue, cobre, plomo, hierro y carbón han oca- 
sionado una verdadera revolución industrial, las minas de pe- 
tróleo vinieron hace pocos años á transformar en no pequeña 
parte las condiciones de la sociedad entera. . 

Haremos una reseña histórica de la minería americana desde 
las tierras más meridionales á las septentrionales, porque así se- 
guiremos, aproximadamente, el orden cronológico de los des- 
cubrimientos. 

Prescindiendo de la Patagonia, país casi desierto é inexplo- 
rado, donde, sin embargo, se han señalado placeres de oro y 
criaderos de lignito, junto al estrecho de Magallanes, comenza- 
remos nuestra revista por la República chilena. 

Chile. — No encontraron los españoles en su conquista de 
Chile tesoros semejantes á los de los Incas del Perú, de que 
más adelante hablaremos, y salvo algunos placeres auríferos, 
nada acusó la existencia de minas en aquella región agreste y 
poco hospitalaria. 

Este estado de cosas continuó hasta 1787, en que promul- 
gadas las Ordenanzas de minas que regían en Nueva España, 
despertaron la industria minera, por más que hasta el siglo 
actual, cuando el país se declaró independiente, no hubo ver- 
daderos descubrimientos de minerales, que comenzaron en el 
territorio de Vallenar por las minas de Agua Amarga y del 
Cerro de las Tunas, encontrándose poco después, en 1825, el 
filón de Arqueros en la provincia de Coquimbo, cuya fama 
corrió de boca en boca por todas partes para eclipsarse ante 
los descubrimientos de Chañarcillo, Trespuntas, Lomas bajas, 
Pérez, Romero, Sacramento, etc., y que parecen demostrar 
hay en la provincia de Atacama incalculables rique'^as de oro, 
de plata y de cobre. 

En uno de estos filones, dos hermanos arrieros llamados Bo- 
lados, encontraron una masa de plata córnea (cloruro de plata), 
que en poquísimos días produjo 14 millones de reales, que fue- 



1 ^> 



ron disipados en el juego y la orgia por los descubridores, los 
cuales tres meses después no contaban ni aun con las caballe- 
rías con que vivían antes. 

Desde este suceso, y conforme ha avanzado el tiempo, los 
hallazgos de nuevas minas se han multiplicado, los mineros han 
acudido de todas partes, y los distritos de Coquimbo, Aconca- 
gua, Las Coimas, Chuapa, etc., con sus minas de cobre, se han 
convertido en el primer centro productor de este metal, sin que 
sus criaderos encuentren rivales de importancia sino en el Lago 
Superior en los Estados Unidos, y en las minas de Huelva en 
España, pues sólo un filón chileno, el de Caracoles, da anual- 
mente un producto líquido de 4 millones de duros. 

Así se comprende que una región desierta y abandonada se 
transforme, como por encanto, en un país rico, populoso, activo 
é industrial, donde, si no abunda la flor de la sociedad, al fin 
todos trabajan buscando la fortuna como pueden. 

No por estos descubrimientos de minas de cobre las de plata 
han quedado obscurecidas, pues en varias, y principalmente en 
Copiapó, La Florida y Chañarcillo, siguen explotándose ricas 
menas, entre las cuales la plata roja se presenta en cristales, si á 
menudo pequeños, en ocasiones con volumen suficiente para 
pesar cinco y seis quilogramos. 

En cambio, las arenas auríferas, por donde comenzó la indus- 
tria minera, yacen abandonadas ó poco menos, pues no se explo- 
tan sino por los indios indígenas, ó algunos pobres labriegos 
que, á falta de otro trabajo, van á la rebusca, como sucede en 
España en Asturias y Galicia. 

La Plata. — Es tradición en la República Argentina que los 
indios aborígenes contaban con grandes riquezas obtenidas de 
las minas del país, y también se afirma que los españoles explo- 
taron algunos criaderos poco después del descubrimiento del 
territorio, y, sobre todo, se tiene por seguro que los Jesuítas 
beneficiaron filones de oro y plata pura, que ocultaron al tiempo 
de su expulsión del país, consignando, no obstante, en docu- 
mentos secretos la situación de las minas. Estas noticias hicie- 
ron que un español llamado Juan Leita verificase en 181 1, en 
compañía de un aragonés, como él, llamado Echevarría, un 
viaje desde Chile al Perú, siguiendo el antiguo camino de los 



— '4 — 

Incas, para cruzar á la vertiente oriental de los Andes y te- 
rritorio argentino donde debían hallarse las minas. 

Cierta noche, obligados por una tempestad horrible, se refu- 
giaron en una caverna, y recogieron unas piedras de los alrede- 
dores para sostener el fuego que encendieron, y con no poca 
sorpresa y alegría vieron, á la mañana siguiente, que dichas pie- 
dras se habían fundido en parte, y que la plata estaba patente. 
Registraron aquellos cerros, y pronto dieron con el filón, que, 
á fin de poder volverlo á encontrar, señalaron con una gran cruz, 
llevándose, no obstante, cuanto metal pudieron. 

El querer guardar el secreto del descubrimiento hizo que, 
abandonando el camino, se aventurasen por sendas y barrancos, 
hasta que, llegando á Tucumán, fueron sorprendidos por las 
avanzadas del ejército del general Belgrano. Escapó Echeva- 
rría, y escondió Leita los minerales que traían; mas hecho 
prisionero y presentado al general como espía, expuso, para 
defenderse, cuanto sabía acerca del descubrimiento del filón 
argentífero; pero las explicaciones fueron tan poco claras y 
satisfactorias, que el general mandó fusilarlo. 

Estas noticias, que más parecen novela que historia, es cuanto 
existe, hasta que en nuestros días, en los cerros de Fatima, se 
comenzaron á labrar varias minas de cobre argentífero con me- 
dianos resultados, lo mismo que ha sucedido con las de oro del 
distrito de San Luis, y las de plata de Córdoba y La Rioja. 

En todos estos sitios y en otros muchos de las vertientes de 
los Andes se han registrado y comenzado á explotar multitud 
de filones, pero lo cierto es que á pesar de los capitales extran- 
jeros que han acudido en busca de lucro ; la minería argentina 
tiene poco valor, aun contando con los descubrimientos de 
carbón mineral, hechos hace poco tiempo, y que considerados 
como hullas de primera calidad, han resultado ser lignitos 
menos que medianos. 

Perú. — Para nuestra reseña consideraremos como un solo 
territorio las dos Repúblicas del Perú y Bolivia, ya que los 
conquistadores de América tuvieron ambas comarcas como un 
solo país por el cual se extendía el Imperio de los Incas. 

Partió Pizarro y sus compañeros á mediados de Noviembre 
de 1524 del puerto de Panamá para los descubrimientos del Sur, 



y cuando después de muchas penalidades y fatigas llegaron al 
puerto que dijeron de la Candelaria ^ siguiendo las veredas de 
la costa, alcanzaron un pueblo de indios, donde entre abundan- 
tes bastimentos había algunas joyuelas de oro que valdrían unos 
600 duros. Poco más se adelantó en el espacio de tres años, y 
todo lo que se fué reuniendo se gastó con creces en las suce- 
sivas expediciones que salían de Panamá para el descubrimiento 
del Perú. 

Cuando en 1531 volvió Pizarro á la conquista del Imperio de 
los Incas, llevándolo ya todo á sangre y fuego, mientras podía, 
y con mansedumbre y habilidad en otras ocasiones, al tiempo 
que se acercaba á la capital del Imperio iba recogiendo cuantas 
riquezas hallaba á su paso. 

Vencido el Inca Atahualpa y hecho prisionero, sabido es 
trató de su rescate, prometiendo llenar con alhajas de plata y 
oro el aposento en que se hallaba, hasta una raya que, ponién- 
dose en pie y alzando la mano cuanto pudo, señaló en la pared. 
Dio palabra Pizarro de dejar libre al Inca en el momento en 
que cumpliese lo ofrecido, y dadas las órdenes por Atahualpa, 
empezaron á traer los indios cuanto oro y plata había en los 
templos y palacios. 

No se sabe si llegó á completarse lo prometido, pues la impa- 
ciencia de los españoles obligó á hacer antes y con antes el 
reparto de un botín prodigioso, y cuya cuantía consignan los 
historiadores pasó de 2 millones de duros, distribuidos en 18 de 
Junio de 1533 entre 60 hombres de á caballo y 100 de á pie. 

Poco tiempo después, tras un ridículo proceso, y como dice 
Oviedo: «seyendo los adalides un inquieto é deshonesto clérigo 
y un escribano falto de conciencia», en vez de la libertad pro- 
metida, dióse al Inca alevosa muerte. 

Ante estos hechos, nunca con mayor razón podrá repetirse 
con el príncipe de los poetas latinos : 

Quid non mortalia pcctora cogis, 
Aur i sacra f ames f 

(¡A qué no obligas al corazón de los mortales, maldita sed de oro!) 

Procedían los tesoros del Cuzco de los placeres y de las 
minas que los indios habían explotado, y sobresalía entre las 



Ib — 



Últimas la de Porco, que, conocida por los españoles, comen- 
zaron á beneficiar en seguida con auxilio de los naturales del 
país, pero todas las riquezas que producía quedaron eclipsadas 
ante el descubrimiento del Potosí, que, según Montesinos, 
Memorias antiguas y nuevas del Perú (i), á quien vamos á 
seguir, ocurrió el 2 de Febrero de 1544. 

«El suceso fué que un indio llamado Guanea pasaba con unos 
carneros del país (llamas), y vido unos venados, dospequeñitos. 
Salió el indio en su seguimiento, huyendo ellos hacia poniente 
harto ligeros, y corrido el indio de no alcanzarlos, llegó su tesón 
á querer trepar por un mal paso, agarrándose á una mata de 
tola ó quinoa para no peligrar; medio arrancóse con la fuerza, 
de modo que le fué obligado asirse á otra, y habiendo subido 
algo, dio con los pies en la mata que dejaba, y descepada de la 
tierra, descubrió la veta de plata, que conoció por ser minero 
de Porco. Olvidó los cervatillos, sacó muestras del metal, 
llevólo á su casa, dio cuenta á un indio amigo suyo, estuvieron 
juntos poco tiempo, riñeron, aunque sacaron mucha riqueza, y 
Hualpa, que fué el llamado, dio cuenta á Hernando de Villa- 
rroel, su amo, de la mina de Potosí, y entre ambos la registra- 
ron el domingo último de Abril.» 

No hemos de continuar la historia del famoso cerro, cosa 
fácil, en verdad, pues son conocidos valiosos documentos para 
ello, y nos bastará decir fueron descubiertos cuatro filones, cuyo 
mineral se fundía facilísimamente en unos tiestos de barro, sin 
más auxilio que un poco de leña y el viento, que en aquel país 
suele soplar con fuerza (2), y de cuyos aparatos se veían arder 
dia y noche más de 6ooo alrededor del cerro, con lo que se 
obtenía tanta plata, que los quintos del Rey pasaban de 120000 
castellanos al mes. 

La riqueza fué, no obstante, menguando, y al llegar á Lima 
en 30 de Noviembre de 1569 D. Francisco de Toledo, como 
Virrey del Perú, redactó unas ordenanzas de minas, ayudó á 
que Fernández de Velasco introdujese el beneficio por azogue 



(i) Manuscrito al parecer autógrafo, fechado en Lima en 1642, que hace veinte 
años existía en la Biblioteca del Ministerio de Fomento, y de donde ha desaparecido. 

(2) Los españoles dieron el nombre de Guayras á estos hornillos, aplicando mal la 
palabra india, que sólo signiñca aire. 



— 17 — 

en el Potosí para tratar los minerales, cada vez menos fusibles, 
é hizo el primer repartimiento de indios para la mina, señalando 
hasta 13500 de aquellos infelices, que fueron sometidos á los 
tratamientos más duros. 

Juzgúese cuál sería el trabajo de las minas, cuando el segundo 
Marqués de Cañete, por providencia dictada en los Reyes, á 6 
de Noviembre de 1579, dispuso que «cuando algún indio come- 
tiese delito, que por él mereciese sentencia de muerte ó de des- 
tierro, se le conmute y condene á la obra del socavón del Po- 
tosí.» 

No es, pues, extraño que muchos indios, por no trabajar en 
las minas, se dejaran morir de hambre, se ahorcaran, ó enve- 
nenasen con el zumo de la yuca, ni que Paulo III declarase en 
una bula que «todos los indios eran hombres y no bestias». 

Sin duda que el virrey Toledo, si no era el principal culpa- 
ble de esto, á ello contribuyó grandemente, dejándose supedi- 
tar por los que le rodeaban, 4os mismos que le aconsejaron la 
muerte del inofensivo Tupac Amanú, último descendiente de 
los Incas, que vivía retirado en las montañas de Cuzco; y así es 
que cuando en 1581 regresó el Virrey á España á pretender 
mercedes del rey Felipe II, éste no le quiso dar oídos y lo des- 
pachó diciéndole: «Idos á vuestra casa, que yo os envié á ser- 
vir Reyes y vos fuisteis á matarlos.» 

Con el sistema de amalgamación volvieron las minas del Po- 
tosí á recobrar el esplendor que habían ido perdiendo después 
de veinticinco años de codiciosa explotación, hasta tal punto, 
que parecía una fábula cuanto de la colosal riqueza de aquel 
cerro se había visto por todos, y del cual decía Ercilla en el 
canto XXVII de su Araucana. 

«Mira allá Chuquiabo, el que metido 
Está á un lado en la sierra al Sur marcada, 
Y adelante el riquísimo y crecido 
Cerro de Potosí, que de cendrada 
Plata de ley y de valor subido 
Tiene la tierra envuelta y amasada, 
Pues de un quintal de piedra de la mina 
Las dos arrobas son de plata fina.» 

No eran sólo los filones de Potosí los que explotaban los es- 
pañoles, pues prescindiendo de otras minas menos importantes, 



— I) 



dice Alonso Barba en su Arte de los metales^ que escribió en 
el Perú en 1637, que habiéndose juntado en la antigua provin- 
cia de Carangas, á la fama de las riquezas de Tuno, algunos 
soldados á quienes no habría cabido parte en las vetas descu- 
biertas, dijo uno de ellos: «Si de Dios está, aquí encontrare- 
mos donde remediarnos todos», y al decir esto dio con la punta 
del pie en el suelo, y apartada la poca tierra que con tan leve 
golpe diera, se les descubrió á la vista un pedazo de plata, que 
sacado con indecible admiración y gozo, les curó de su necesi- 
dad presente, porque era del grandor de una botijuela y tra- 
bajando después la mina, que se llamó de los pobres, se hizo la 
más rica de cuantas tuvo aquel famoso asiento. 

Al acaso se descubrió también la veta de San Cristóbal de 
los Lipes, pues matando un cazador, de un arcabuzado, una 
vizcacha ó liebre del país, hallóla atravesada sobre un riquí- 
simo farallón de metal de plata, de que se extrajo tanta riqueza 
que siguió de cerca al cerro de Potosí. El mismo Barba añade 
á esto: «No hay quien no haya oído el nombre de Carabaya, 
en los Charcas, famosa tierra por la abundancia y pureza de 
su oro, así como las provincias de Larecaja y Tipuaní; y la 
misma ciudad de la Paz es tierra conocidamente fértil de este 
metal, pues en tiempo de aguas suelen hallar los muchachos en 
las calles algunas pepitas de oro, ma^^ormente en el arroyo que 
baja por el convento de Predicadores hacia el río; y á más de 
esto lo hay en Oruro, en Chuquiabo, Chayanta, Chuquisaca, el 
río de San Juan en la provincia de los Chinchas, y en otros 
puntos.» 

«Además, la abundancia de minerales de plata en la jurisdic- 
ción de la Real Audiencia de los Charcas, no es sólo por el 
nunca dignamente encarecido y admirado cerro de Potosí, de 
cuyos tesoros ha participado todo el orbe , sino que está cercado 
aquél por muchas y muy ricas minas, como las de Andacaba, 
Tabaco, Caricarí, etc., que sin que hubiera otras en el mundo 
eran bastantes á llenarlo de riquezas.» 

Esto era verdad, pero también lo era que los minerales no 
podían ser tratados, sino por el procedimiento de la amalgama- 
ción y el azogue que de España se enviaba, cada vez resultaba 
más caro y más escaso. 



— 19 — 

En estas circunstancias el descubrimiento de minas de mer- 
curio en el mismo Perú fué un hecho de trascendental impor- 
tancia, y que bien merece recordarse con algún detalle. 

Consta por un manuscrito autógrafo de Jorge de Fonseca, 
que, fechado en Lima en 24 de Septiembre de 1622, se conserva 
en la Biblioteca Nacional (cod. J. 57), que «gobernando el reino 
del Perú el Marqués de Cañete, vio en la plaza de Lima, un 
tal Enrique Garcés que había estado en las minas de Almadén, 
en España, unos indios que acaso vendían lo que ellos llaman 
limpc^ y que conoció era bermellón en polvo, que empleaban 
para teñirse la cara y embijarse; preguntó de dónde lo traían, 
y respondieron los indios que de junto á Guamanga; y allí fué 
Garcés recorriendo las provincias de Caxatambo, Guaylos y 
Guanuco, hasta que en los cerros de Paras encontró lo que bus- 
caba. Registróla mina, y con algunos fondos de las Cajas rea- 
les que se le dieron prestados, fué trabajando desde 1557, en 
que verificó el descubrimiento, y haciendo algunas fundiciones 
con bastante coste, porque como los mineros eran de corta ley 
y sus vetas estrechas, alcanzaba el gasto al provecho.» 

Aun continuaba Garcés en Paras cuando se descubrióla mina 
de Guancavelica, que el manuscrito de Montesinos de que ya 
hemos hablado refiere como sigue: 

«Sucedió, pues, en la ciudad de Guamanga, que en este año 
(1566), en la fiesta del Corpus, llevaba el guión un caballero 
llamado Amador de Cabrera, y para ir, sin embarazo, dio el 
sombrero á un muchacho hijo de un cacique de un pueblo cer- 
cano á Guancavelica (i). Tenía en él un cintillo de valor, y des- 
cuidándose el muchacho, ó lo perdió ó se lo hurtaron, y huyó 
al castigo aunque no fuera ladrón. Contólo al padre, quien lo 
sintió y fué al punto á ver á Cabrera, dióle el pésame, y res- 
pondió Amador, que á no haberse perdido en servicio del San- 
tísimo lo sintiera mucho más. El cacique le dijo que no tuviera 
pena, que él le daría una cosa estimadísima por indios y espa- 
ñoles que valía millones de plata. Abrazólo Cabrera y díjole 
que lo quería como hermano, y marcharon juntos al cerro de 



(i) El cacique, que lo era del pueblo de Acaria, se llamaba D. Gonzalo Xabincopa. 
{Saldaña, Descripción de la mina de Guancavelica; Lima, 1748.) 



— 20 



Guancavelica, donde de un socavón antiguo y profundo se sac6 
limpc finísimo y de él gran suma de azogue. Registró Cabrera 
la mina en primero del año de 1567, y con 300 indios que se le 
repartieron después, sacaba tanto azogue, que reunía de renta 
cada día 250 pesos. Gastóse poco después la mina y la hacienda, 
habiendo muerto sin herencia.» 

La mina de Guancavelica se continuó explotando con activi- 
dad, y desde 1571 á 1639, variaron los productos desde 1470 
quintales el año que menos, hasta 8288 cuando más, pero au- 
mentaron las sacas después de 1642, en que se concluyó el so- 
cavón empezado, hacía treinta y un años, siendo notable que en 
esta obra se introdujeran los barrenos con pólvora, sesenta y 
ocho años antes que en las minas de España. 

Merece consignarse que, mientras casi todos los criaderos de 
plata y oro que se beneficiaron á raíz de la, conquista del Perú 
se agotaron rápidamente, las minas de Guancavelica continua- 
ron rindiendo cuantiosos beneficios hasta que se hizo indepen- 
diente el país, y aun hoy día se hallan en actividad. 

Como resultado del viaje que á fines del siglo pasado hizo por 
América D. Antonio de Ulloa, consigna en sus Noticias ame- 
ricanas que los placeres de los llanos de Curimayo y de Cho- 
ropampa, de donde tanto oro habían sacado los Incas, estaban 
abandonados, pero se seguían beneficiando las minas de Pasco, 
descubiertas en T630 por un indio llamado Huaricapa, minas 
que consistían en una capa de óxido de hierro argentífero, que 
se extendía por la superficie del terreno en 4800 metros de lon- 
gitud por 2200 de ancho. 

Hace constar el mismo autor que las minas sólo en sus prin- 
cipios son ricas de verdad, y como comprobación cita el cerro 
de Potosí, cuyos minerales habían llegado á tener tan baja ley, 
que no podrían aprovecharse á no ser por su docilidad para la 
explotación y beneficio. 

Esto mismo puede decirse de los criaderos de Huantajaya, 
provincia de Arica, celebérrimos entre los grandes descubri- 
mientos mineros del siglo xviii, cuya riqueza fué tal, que cuanto 
cogía el ancho de la veta, que era muy crecida, ocupaba la plata 
maciza que se cortaba á cincel. 

En nuestro tiempo, si bien la minería de Bolivia y del Perú 



— 21 



■es de poco valor, y reducida al cobre de Atacama y de lea , y á 
alguna plata de Suero y Potosí, son circunstancias extrañas las 
que impiden su desarrollo, pues reconocidos existen, en uno y 
otro país, además de los antiguos, otra multitud de filones de 
plata, cobre, mercurio, plomo, hierro, y aun capas de hornaguera 
de bastante buena calidad, que no dudamos den pingües utilida- 
des en tiempo no remoto. 

Terminaremos lo que se refiere á la minería peruana, di- 
ciendo algunas palabras referentes al platino. Este metal, el más 
denso y menos fusible de todos, fué dado á conocer en 1741 por 
UUoa, á quien llamaron la atención unas arenas á que los natu- 
rales de Choco, en el Obispado de Popoyán, sufragáneo del de 
Lima, denominaban platina y oro blanco. 

Enviólas á España, y aquí se reconoció su naturaleza, y se de- 
terminó que el metal no era ni plata, ni oro, á pesar de sus 
nombres. 

No ha proporcionado el platino grandes riquezas , pero debe 
citarse entre los productos de la minería de América, porque 
allí se encontró por vez primera y de allí fué exclusivo hasta 
1822, en que las minas de los Urales obscurecieron á las de 
Nueva Granada, donde se habían recogido algunas pepitas no- 
tables, sobre todo una mayor que un huevo de tortuga, la cual 
desapareció del gabinete de Historia natural de Madrid aun no 
hace muchos años. 

República del Uruguay. — Poca importancia tiene hasta 
ahora en este país la industria minera; pero el año de 1866 co- 
menzó en el departamento de Salto, un entendido naturalista 
llamado D. Clemente Barrial Posada, á trabajar diversos yaci- 
mientos auríferos en la zona de Tacuarembó, y otros cupríferos 
en la de Yucutujá, presentándose en la Exposición universal de 
París de 1878 una preciosa colección de los minerales de aque- 
llas regiones. 

Multitud de cuestiones y pleitos de mala fe, entablados con- 
tra el primer concesionario, han hecho que la minería haya sido 
relegada á muy segundo término en el país, que sigue teniendo 
como base de su riqueza la industria ganadera, por más que los 
criaderos descubiertos hagan creer en importantísimas utilida- 
des realizables con las minas. 



— 22 — 



Centro América. — Las Repúblicas del Centro América y las 
del Sur, fuera de las ya citadas, á pesar de su indisputable ri- 
queza inorgánica, no tienen hoy por hoy valor minero, pues 
concluyó el lavado de los placeres auríferos, se han abandonado 
las explotaciones comenzadas en algunos puntos, y hasta el 
Brasil, que desde 1728 vino á hacer competencia, hasta enton- 
ces desconocida, á los aluviones diamantíferos del Asia, ve des- 
aparecer del distrito de Minas Geráes la industria de la busca 
de las piedras gemmas, por los descubrimientos modernos del 
Cabo de Buena Esperanza, donde abundan mucho más los dia- 
mantes, y por la abolición de la esclavitud que, afortunada- 
mente, se ha llevado á cabo en el país. 

Antillas. — Cuando Colón en su primer viaje llegó á una de 
las islas Lucayas, persuadíase haber alcanzado la famosa Ci- 
pango de Marco Polo, y que el oro, las perlas, las piedras finas 
y las especias más ricas habían de ser abundantísimas, y si bien 
los indios que se presentaron traían algunos dijecillos de oro, 
interrogados por donde éste se encontraba, señalaban hacia 
el Sur, y hacia allí el famoso marino puso pronto la proa de sus 
barcos. 

Los habitantes de Cuba y Haiti diéronle á entender que el 
oro se hallaba en los montes de Cibao, y no dudó Colón que tal 
fuera la corrupción del nombre de Cipango. 

Todas estas ilusiones desaparecieron poco á poco, pues si bien 
es verdad que lo mismo en Puerto Rico que en Cuba, y sobre 
todo en Santo Domingo, hay placeres auríferos, su riqueza está 
lejos de ser lo que los españoles y su jefe por entonces se pro- 
metían. 

Sin embargo, algún oro se recogió y trajo á España desde 
luego, aun cuando no fuera en gran cantidad, pues dice Fer- 
nández Oviedo, en su Historia de las Indias, que al regresar á 
Castilla en 1502 el comendador Bobadilla «como habían sacado 
mucho metal en la Española, llevábanse en aquel viaje sobre 
cien mil pesos de oro fundido, y algunos granos gruesos por 
fundir para que en España se viesen, donde nunca habia ido 
tanto oro juntamente: é uno de los granos pesaba 3600 pesos^ 
é al parescer de expertos mineros, no tenia de piedra tres libras, 
que descontadas, quedarla el grano en 3300 pesos de oro, y era 



— 23 — 

tan grande como una hogaza de Utrera. Le halló una india y 
enseñó á los cristianos, que muy alegres acordaron de comer 
un lechon, é dijo el uno de ellos: «mucho tiempo há que yo he 
»tenido esperanza de comer en platos de oro, é pues de este 
»grano se pueden hacer muchos platos, quiero cortar este le- 
»chon sobre él». E ansí lo fizo, porque cabia el lechon entero en 
él, pues era tan grande como he dicho; é este grano no llegó á, 
España, pues la armada aquella se perdió.» 

Los placeres de oro del Cibao se explotaron largo tiempo por 
los españoles, y antes que los de Cuba, donde el Padre Barto- 
lomé de las Casas, después gran defensor de los indios, tuvo 
gran número de ellos dedicados á la rebusca y lavado del pre- 
cioso metal; y, según cuenta la tradición, no eran aquellos des- 
graciados mejor tratados por el fraile, que por cualquiera otro 
de los aventureros asentados en las Indias. 

En Puerto Rico se han lavado las arenas de los ríos Mameyes 
y Corozal desde el año de 1509 hasta 1836, y aun cuando la ri- 
queza no es para asombrar, de todos modos se calcula en cerca 
de un millón de duros. 

En Cuba, donde las explotaciones se hicieron desde el des- 
cubrimiento con más orden que en ninguna otra de las Antillas, 
la producción de oro descendió rápidamente, pues en i534 es- 
cribía Gonzalo de Guzmánal Rey de España estar concluida la 
fundición, que era la de menos oro que se había visto en la 
isla (loooo duros), «porque los indios iban á menos y no se 
encontraban minas nuevas.» 

El descenso continuó hasta cesar del todo la recolección 
del preciado metal, tanto por haberse recogido lo más granada 
de cuanto estaba acumulado en los aluviones á fuerza de los 
tiempos, como porque con las enfermedades, vejaciones y ma- 
los tratos llegó á extinguirse la raza indiana. 

Sale de nuestro propósito el recordar siquiera los abusos co- 
metidos con los indios mineros, de los que hay terribles y nu- 
merosos comprobantes, uno de los cuales queremos insertar (i); 



(i) Testimonio como en Santiago de Cuba á 28 de Febrero de 1522, los Licencia- 
dos Marcelo de Villalobos y Juan Ortiz de Matienzo, oidores de la Española, hicie- 
ron un interrogatorio á Vasco Porcallo, de veintiocho años, natural de Cáceres, en su 
casa, que le tenían dada por cárcel. 



— 24 — 

pero la minería de las Antillas se perdió con la desaparición de 
los indios, por más que los criaderos, como es natural, subsisten, 
y aun no hace muchos años que en Holguín y Guaracabuya, 
las minas de oro hacían concebir grandes esperanzas, dada la 
riqueza de los minerales ensayados. 

Hoy las minería de Cuba tiene por base los criaderos de 
hierro de Santiago, los de cobre del Caney y de la villa del 
Cobre, los de manganesa de Altosotongo y los asfaltos y pe- 
tróleos de muchos sitios de la isla. 

Méjico. — No hallaron los descubridores de Méjico, ó Nueva 
España, al conquistar aquel país, las riquezas que pocos años 
después conseguían en el Perú los soldados de Pizarro, pues ni 
los presentes que Moteczuma mandó á Cortés excedieron de 
2000 duros, ni cuando se reconoció á Carlos V como Empera- 
dor, y se pidió un tributo de oro al mismo Moteczuma, entregó 
éste más de 30000 pesos, ni por fin en la toma de Tenochtitlán, 
el botín que cayó en manos de los españoles pasaba de 380000 
duros. 

De todos modos, á raíz de la conquista empezó á explotarse 
la veta madre de Zacatecas^ cuya riqueza en plata y espesor del 
criadero son tan extraordinarios, que hasta la emancipación de 
Méjico había dado más de 600 millones de duros, teniendo á 
veces el filón principal 20 metros de ancho. 

Hay en el distrito de Zacatecas hasta 18 filones argentíferos, 
y en uno de ellos encontró su dueño, D. Pedro José Bernar- 
dos, entre otras riquezas, una masa de plata nativa que pesó 2000 
quilogramos, y adquirió tanto dinero que fundó un colegio, com- 



t> Preguntado si cortó los compañones y otros miembros á ciertos indios, dijo: 

Que viendo el abuso de los indios en comer tierra, tan dañoso, que en la provincia de 
Camaguay y Guamohaya se habían muerto de ello más de los dos tercios de indios, 
3' seguían matándose de intento comiendo tierra, porque con ningún medio podía 
concluir tan graves daños, hizo castigos con que lo atajó en gran parte. Así, ya, á 
tres moribundos hizo cortar vergas y compañones, y que se los comieran mojados en 
tierra, y después les mandó quemar. A un muchacho que tenía igual vicio y persuadía 
á otros, mandó que él mismo se sacase los compañones y los comiese, y no ha muerto. 

A algunos otros hizo pringar y quemarles las bocas, sin que por ello murieren » 

(Extracto xvi, por D. Juan Bautista Muñoz, de los documentos del Archivo de In- 
dias, y publicado como apéndice al tomo ii de la Historui de la Isln de Cuba, de D. Ra- 
món de la Sagra.) 



— 2; — 



pro muchas casas y heredades y consiguió el título de Conde 
de Santiago de la Laguna. 

El mineral de Guanajuato se descubrió en 1548, siendo el 
filón que llamaron de San Bernabé, cerca de Cubileta, el pri- 
mero que se trabajó, hasta que diez años después se encontró 
la veta madre de Guanajuato^ en la que pronto se abrieron las 
minas Valenciana, Tepeyac, Cata, etc., donde los minerales de 
plata van acompañados de oro en cantidad apreciable. 

En tres siglos de continua explotación se han sacado de estos 
criaderos cerca de 800 millones de duros, y si hoy las minas no 
dan grandes utilidades, débese á la falta de reconocimiento 
completo de los filones, pues todo se ha descuidado ante la pro- 
digiosa producción de la veta madre, cuyo espesor varía de 40 
á 45 metros, y pasa en longitud de 12700 metros. 

Aun hay en Méjico otro distrito argentífero, si cabe, más 
rico que los citados, el del Real del Monte, que en poco más 
de un siglo ha producido 400 millones de duros, y estos últimos 
años entregaba á la casa de Moneda de Méjico looooo duros 
cada quincena. 

En este distrito y en las minas de Pachuca, fué donde el es- 
pañol Bartolomé de Medina estableció en 1555, el beneficio de 
los minerales de plata por amalgamación, sin más arte, consigna 
un informe del Lie. Berrio, impreso en 1643, «que haber oído 
decir en España que con azogue y sal común se podía sacar la 
plata de los minerales á que no se hallaba fundición.» 

Este descubrimiento metalúrgico, tal vez el más trascenden- 
tal que nunca pueda haber, se comenzó en un ingenio que aun 
subsiste, y que se conoce con el nombre de la Purísima, y en 
los trescientos y más años transcurridos, siempre ha beneficiado 
minerales de la mina Vizcaína, donde si en ciertas temporadas 
se han explotado menas de baja ley, una bonanza^ como allí se 
llama á las zonas ricas de los filones, ha venido pronto á satis- 
facer con creces los pasados apuros. 

En el estado dé Valladolid ó Mechoacan hay también ricas 
minas, y en la Exposición de Filadelfia de 1876, D. Pío Berme- 
jillo presentó un tejo de plata de valor de 72000 duros, como 
resultado de la copelación de minerales de aquel Estado, siendo 
indudablemente la mayor masa de plata obtenida de una vez 



— 20 



por una operación metalúrgica. El tejo tenía de diámetro cerca 
de un metro y unos treinta centímetros de espesor, y fué de la 
más curioso del certamen universal. 

Estas riquezas del Sr. Bermejillo son nada cuando se compa- 
ran con las del Sr Obregón, el famoso Conde de la Valenciana^ 
que habiendo llegado á Méjico falto de todo recurso, mas no 
de voluntad, se puso en 1760 á trabajar en la veta de Guana- 
juato, de que antes hemos hablado. Durante ocho años siguió 
con empeño su tarea, pero los resultados no respondían á las 
esperanzas, hasta que un día se presentó el mineral con tanta 
abundancia y riqueza, y siguió de tal suerte, que hasta 1840^ 
fecha en que fué la mina visitada por Humboldt, ningúi^ 
año había producido menos de un millón de duros, libres 
de gastos, para el Conde de la Valenciana y un socio suyo lla- 
mado Otero, que llegaron así á ser las personas más ricas de 
Méjico. 

No hay que olvidar en el distrito del Real del Monte á doiv 
José Alejandro Bustamente y á D. Pedro Terreros, que para 
desecar /¿z veta déla Vizcaína, imposible de seguir beneficián- 
dose, comenzaron en 1727 un socavón de desagüe que se con- 
cluyó en 1762, con una longitud de 2350 metros. 

Varios filones se cortaron con esta galería, y entre ellos, una 
dicho Soledad, produjo lo bastante para cubrir todos los gastos 
del socavón, que al llegar al criadero de la Vizcaína encontró 
uno de los campos de explotación más ricos que puedan supo- 
nerse en las minas. 

Había ya muerto el Sr. Bustamante , y Terreros, que se hizo 
poderosísimo y se tituló Conde de Regla, dio frecuentes mues- 
tras de saber emplear generosamente su riqueza, bastando re- 
cordar que regaló á España dos navios de guerra, uno de ellos 
de ciento doce cañones, y además prestó, sin réditos, al Estada 
un millón de duros. 

Aun pudiéramos citar otros casos de las fabulosas riquezas 
producidas por las minas de Méjico; pero no quiere esto decir, 
ni mucho menos, que todos los criaderos sean ricos, ni que aque- 
llos que lo han sido una vez conserven indefinidamente su pro- 
ducción, pues en aquel país, como en todas partes, la minería es 
una industria verdaderamente aleatoria, en la cual para cada una 



que gana pueden contarse ciento que pierden, como lo acredita 
el proverbio, precisamente mejicano: 

«Si estás mal con tu dinero, 
Métete á minero.» 

Renunciando á hablar de los criaderos de plomo, cobre, hie- 
rro y mercurio de Méjico, como datos para una estadística de 
producción de plata en aquel país, apuntaremos que Gamboa, 
en sus Comentarios á las Ordenanzas de 77ítnas, trae un índice 
de los asientos mineros de Nueva España, del cual resulta que 
desde el tiempo de Hernán Cortés hasta 1781 se conocían 
112 grandes criaderos argentíferos en explotación; á lo que 
puede añadirse, como datos actuales, que el valor de la produc- 
ción de plata de la República mejicana da un promedio al año 
de 42 millones de duros, que subieron á 45 en 1890. 

En resumen: desde 1537a 1731 se acuñaron en Méjico 751 mi- 
llones de duros; de 1732 á 1821, fecha de la independencia, 
1300 millones, y hasta 1890, inclusive, la acuñación de la plata 
ha pasado de otros 1300 millones de duros. 

Estados Unidos. — Según un manuscrito que se conserva en 
la Biblioteca Nacional, el padre Fr. Antonio de la Concepción 
es el primero que habla de la existencia del oro en California 
en 1620, noticia confirmada á mediados del siglo xviii por el 
jesuíta Venegas; pero es lo cierto que hasta 1848 el asunto no 
había tenido interés. 

En Enero del último año citado , un mormón, llamado Mar- 
shall, dando de beber á unos caballos en el río Americano 
afluente del San Joaquín, en la alta California , vio relucir una 
pepita de oro entre las arenas de la orilla ; este descubrimiento 
fué seguido de otros, y la noticia circuló pronto, acudiendo de 
todas partes los mineros á recoger las pepitas que se presenta- 
ban tan abundantes, que en menos de un mes entre cuatro indi- 
viduos remitieron á San Francisco oro por valor de dos millones 
de reales. 

El primer río donde se había encontrado el precioso metal 
no era el más rico de los del país, y así es que en Rich-bar no 
se recogían sino las pepitas más gruesas, y en Coyat-ville, cerca 
de Nevada City, se lavaba el aluvión de un arroyo, que daba, 



— 2.S — 

como cosa corriente, de 8 á 9 quilogramos de oro por 100 de 
arenas. 

En cualquier parte bastaba escarbar con un poco de cuidado 
en las madres secas de los arroyos , para recoger los granos de 
oro, y no hay que decir si esto llegó á saberse, ni si de todas 
partes acudirían los desheredados de la fortuna. A pesar de to- 
das las dificultades y de todos los peligros, en menos de dos años 
más de 40000 individuos habían caído encima de semejantes 
tesoros. 

Para todos hubo oro; pero al lado de tanta riqueza ¡qué mise- 
ria más atroz! La libra de pan costaba ocho pesetas, una pala ó 
un pico valían 12 duros, y por una choza que el menos indus- 
trioso podía hacer en tres ó cuatro días, se pagaba 2000 reales. 
El resultado era patente : cuanto ganaba el minero, otro tanto 
gastaba, ya en cubrir las necesidades más perentorias, ya en sa- 
tisfacer la pasión del juego, que de una manera desenfrenada 
asentó sus reales en California. 

En 1850 el jornal del rebuscador de oro llegaba á 100 pesetas; 
mas hoy el operario chino, que lava por décima vez las arenas 
de los arroyos, apenas saca tres pesetas al día. 

Pero, fuera de las vaguadas, hay en el país grandes masas de 
aluviones auríferos que , deshechas por medio de minas carga- 
das con dinamita — que de una vez conmueven 50000 metros cú- 
bicos de roca — y atacadas por colosales excavadoras mecánicas 
y potentes chorros de agua, que por grandes canales y costosos 
acueductos bajan desde la sierra, siguen produciendo rendi- 
mientos importantes á Compañías poderosas, que son las únicas 
capaces de llevar á cabo semejantes explotaciones. 

Un día del mes de Junio de 1859, dos mineros irlandeses, lla- 
mados Peter O'Relly y Patrick Mac-Laughlin, que rebuscaban 
oro en los arroyos del este de la Sierra Nevada de California, 
encontraron un trozo de mineral argentífero sumamente rico, y 
después de algunas investigaciones, hallaron procedía de un 
filón cuyas menas ensayadas acusaban una riqueza de 35000 pe- 
setas por tonelada. 

Esparcida la noticia en seguida por California, todo el mundo 
deseó cruzar la sierra para tener su parte en el botín que se ofre- 
cía; pero había llegado el invierno, las nieves impedían el paso y 



— 29 — 

sólo unas 500 personas pudieron posesionarse de los terrenos 
que rodeaban al filón descubierto. 

La estación fué sumamente rigurosa; el trabajo se hizo impo- 
sible , y el hambre se presentó con todo su terrible acompaña- 
miento de enfermedades y muertes. Mas á la primavera, loooO' 
personas llegaron de todas partes; se abrieron multiplicados 
pozos y galerías, y el filón llegó á reconocerse en más de seis 
quilómetros de longitud, teniendo un espesor variable entre 20 
y 60 metros. La composición del minerales muy compleja, pues 
si bien domina las menas argentíferas, hay además gran can- 
tidad de oro enriqueciendo el filón que, con el nombre de 
Comstok—'^OY apellidarse así un industrial que se unió á los 
primeros exploradores — se explota hoy á más de 1000 metros 
de profundidad , y sin duda ha sido el mayor descubrimienta 
minero del mundo, pues una sola mina, la Consolidated Virgi- 
nia^ que cuenta con 710 pies al hilo del filón, ha llegado á dar 
20 millones de duros al año; la titulada California^ que á su lado 
ocupa 600 pies de filón, rinde tanto como la primera, y aun hay 
otras concesiones sumamente ricas. 

Se comprende, pues, que en la región de aquel descubrimiento- 
se hayan fundado varios pueblos, siendo el principal Virginia 
City y con 30000 habitantes, y que, dadas las circunstancias de la 
nación, hayan surgido, como por arte de magia, talleres, fábri- 
cas, almacenes, oficinas, fondas, caminos de hierro, telégrafos^ 
iglesias, escuelas, etc., etc. 

Como los trabajos de estas minas se iban haciendo cada vez 
más penosos por falta de ventilación, y, sobre todo, por la abun- 
dancia de aguas, que con temperatura de cerca de 40" centígra- 
dos manaban en el filón; para salvar estos inconvenientes se 
comenzó en 1869 una galería que alcanza los trabajos á la pro- 
fundidad de 700 metros. Este túnel de 6700 metros de longi- 
tud se terminó en 1879, con un coste de cerca de tres millo- 
nes de duros, habiendo conseguido facilitar los trabajos mine- 
ros y abrir á la explotación un campo de gran desarrollo. 

Cuando en 1868 el filón de Comstock estaba en todo el apo 
geo de su riqueza, otro yacimiento argentífero de gran valor se 
descubrió no muy lejos de allí, en el sitio que se denomina 
White Pine, 



— 30 — 

Unos mineros de California, poco satisfechos con su suerte 
en aquel país, doblaron la Sierra Nevada, registrando todos los 
cerros, buscando por todos los arroyos, picando en todos los 
riscos, principalmente en las crestas de cuarzo blanco que sue- 
len acusar la presencia de minerales. Muchos días habían pa. 
sado en vano, cuando unos pobres indios errantes, de la tribu 
de los Pali-Yiitos se aproximaron y les dijeron: «El hermano 
blanco busca mineral, pero no acierta con el sitio; allá abajo es 
donde lo hay», y los pieles rojas señalaban una colina no muy 
lejana. 

Allí fueron los buscones, y con alegría indecible hallaron una 
gran veta de mineral muy pesado y que se cortaba con la na- 
vaja, es decir, el cloruro de plata, en cantidad suficiente para 
convertir en potentados á todos aquellos mineros que comen- 
zaron la explotación de un filón que hoy sigue dando excepcio- 
nales productos. 

Merecen también algunas palabras los criaderos de mercurio 
de California, que si bien eran conocidos como los del Perú 
por los indios que explotaban el bermellón, no han tenido im- 
portancia hasta nuestro siglo. 

Un español, D. Andrés Castillero, fué quien en 1845 denun- 
ció la mina de Santa Clara, en el valle de San José, y aun 
cuando los productos fueron desde luego bastante importantes, 
no pueden compararse con los conseguidos después que la mina 
pasó á poder de una Compañía norteamericana. El criadero de 
Santa Clara cambió el nombre por el de New- Almadén, y en 
unión con los de otras minas denominadas New-Idria, Enri- 
queta y Guadalupe, han dado algunos años mayor cantidad de 
azogue que nuestro Almadén, lo que indica desde luego la gran 
importancia del asunto. 

Dejando ahora los territorios del Oeste, podemos con el pen- 
samiento llegar al Lago Superior donde hay inmensos criaderos 
de cobre. Conocidos por los indios, los enseñaron á los euro- 
peos en diversas ocasiones, pero hasta 1843, en que el Go- 
bierno de los Estados Unidos compró á la tribu de los Chipe- 
wais la península de Keweenaw, no tuvo importancia la noticia. 
Divulgada ésta después de la compra dicha, acudieron por cen- 
tenares los inmigrantes ; todo el mundo quería una concesión 



— 31 — 

minera, y el Estado de Michigan, como dueño del subsuelo, 
concedió más de dos mil permisos de investigación, compren- 
diendo la mayor parte de ellos de una á tres millas cuadradas. 
De todo ello hoy apenas quedan ochenta Compañías mineras, y 
sólo la cuarta parte consiguen beneficios. 

El mineral es el cobre al estado nativo en masas, cuyo volu- 
men varía desde granos casi microscópicos hasta bloques de 
800000 quilogramos. El único cuerpo que se mezcla con el co- 
bre en estas minas es la plata, también al estado nativo, y de 
tal modo, que es fácil la separación de los dos metales. 

Dos son las minas principales, la de Calumet y la Hecla, cuyo 
criadero se descubrió en 1869 al abrir un camino entre un 
monte de pinos. La producción desde el principio ha sido tan 
notable, que puede asegurarse que la mitad del cobre que se 
produce en la América del Norte se obtiene de este criadero, 
cuyas masas de cobre nativo se embarcan en Eagle River para 
conducirlas á las fábricas de Pensilvania y de Inglaterra, lle- 
gando á 20000 toneladas las que anualmente van al mercado á 
hacer terrible competencia á los cobres de todo el mundo. 

Si para no alargar demasiado esta conferencia, prescindimos 
de las minas de plomo, zinc, estaño y níquel, á pesar del interés 
que tienen en los Estados Unidos, no podemos menos de decir 
algo respfecto á los yacimientos de hierro, hornaguera y pe- 
tróleo. 

Las minas de hierro son abundantes en toda la América del 
Norte, desde la frontera del Canadá hasta las de Méjico, y 
desde las orillas del Atlántico hasta las montañas Pedregosas y 
el mismo Pacífico, con multitud de variedades, y en criaderos 
tan abundantes como los de Suecia, Escocia y España. 

A 60 millas al Oeste de Hokendaugua, en Pensilvania, existe 
una montaña llamada Cornwall, que contiene más de 40 millo- 
nes de toneladas de hierro magnético, es decir, que durante dos 
siglos se podrán explotar al año 200000 toneladas de mineral 
tan rico como el de la isla de Elba. 

En el Estado de Misouri está la Iron-Moiintain^ que cubre 
200 hectáreas y se eleva á 75 metros, y 10 quilómetros al S. hay 
otro criadero llamado Pilot Knob^ poco menos interesante. 

Pero todo esto palidece al lado de los yacimientos ferríferos 



%2 



de Michigan, junto al Lago Superior, donde hay minas inagota- 
bles como la de Marqueta que comenzada á explotaren 1845 ^^* 
en la actualidad, más de 2 millones de toneladas al año. 

Con semejantes elementos se comprende que la producción 
de hierro y acero sea colosal, y que, fuera de Inglaterra, lleven 
los Estados Unidos gran ventaja á todas las demás naciones en 
semejante industria. 

Las cuencas carboníferas de Pensilvania pasan de 60000 qui- 
lómetros cuadrados, y el espesor del carbón llega á 80 metros 
entre 720 de rocas estériles. En el oeste de Virginia el com- 
bustible mineral suma 25 metros en 16 capas, y en Ohío los es- 
tratos carboníferos con 300 metros encierran de 20 á 30 de 
hornaguera, pudiendo establecerse como regla general, para 
todo el país, que hay un metro de hulla por cada 20 de rocas 
pobres, con lo cual, aun después de todas las deducciones ra- 
cionales, por fallas, cortes y pliegues, resulta existir sólo en el 
este de los Estados Unidos, diez veces más carbón mineral que 
en toda Inglaterra. 

Si á esto se añaden los lignitos del Oeste, sobre todo los de 
California, que se encuentran en una extensión más grande que 
Bélgica, podremos formarnos idea de lo colosal de este ramo> 
del laboreo de minas. 

No es, pues, de extrañar el desarrollo de la industria en elpaís^ 
que camina con tal velocidad, que se ve próximo el día en que 
sobrepuje á todas las antiguas naciones. 

Digamos, para terminar tan indigesta reseña, dos palabras res- 
pecto al petróleo. 

Sabido es que este aceite, introducido en el mercado univer- 
sal aun no hace muchos años, es un producto de la América- 
del Norte, y principalmente del Estado de Pensilvania. 

Conocido por los indios aborígenes, pues lo encontraban flo- 
tando en el agua de algunas lagunas, allí lo recogían con trapos 
de lana para usarlo en ciertas enfermedades, principalmente 
en los dolores reumáticos. 

Pero en 1859 se comenzó un sondeo cerca de una de estas 
lagunas, y al llegar á la profundidad de 20 metros, saltó á la su- 
perficie una corriente de petróleo que producía 4000 litros al 
día. Los trabajos se multiplicaron en toda la comarca; el furor 



— 33 — 

del petróleo sobrepujaba al del oro y la plata de California y 
Nevada, y aun cuando ha sido necesario hacer sondeos cada 
vez más profundos, la producción de petróleo ha ido aumen- 
tando, y en el país se han establecido fábricas, caminos, pue- 
blos, conductos de muchos quilómetros para transportar el 
aceite mineral, ferrocarriles con vagones especiales, etc., etc., 
y si bien el precio ha bajado extraordinariamente, según los 
datos estadísticos de 1888 las utilidades de las minas de petró- 
leo pasaron aquel año de 150 millones de pesetas. 

Tienen también su leyenda las minas de petróleo, pues se 
cuenta que el primer explorador tuvo que vender sus aparatos 
de sonda y retirarse arruinado, de donde, poco después, se 
hacían fortunas colosales, y también, un pozo llamado Lady 
Hiinter^ vendido en icco dollars, pues había alcanzado sin fruto 
el nivel á que sus vecinos encontraban el aceite mineral, se con- 
tinuó profundizando, y antes de quince días, el 9 de Octubre 
de 1874, llegó á los 450 metros á una zona arenosa, desde donde 
surgió el petróleo hasta la superficie, en tal cantidad, que se re- 
cogió el primer día por valor de 6cco duros, y desde entonces, 
aunque la producción ha disminuido, en 1876, cuando yo visité 
aquel país, todavía daba diariamente tanto como había costado 
al principio, pues producía en veinticuatro horas treinta mil li- 
tros de aceite mineral. 

Recapitulemos cuanto hemos dicho hasta ahora: 

El oro se recoge en toda América desde el Norte del Canadá 
hasta el Sur de la Patagonia; pero la producción de los anti- 
guos placeres va desapareciendo para ser sustituida por los pro- 
ductos de las minas. 

La plata se beneficia en distintos criaderos, mas los famosísi- 
mos ;iel Perú y Bolivia han sido destronados por los de Méjico, 
hoy más productivos que en la época de la conquista, y sobre 
todo por los del Oeste de los Estados Unidos. 

Los cobres del Lago Superior y de Chile son los más abun- 
dantes en el mercado mineral, donde el hierro, el carbón, y es- 
pecialmente el petróleo de los Estados Unidos, se ofrecen 
en condiciones excepcionales de abundancia y riqueza. 

Las repúbKcas del Centro y Sur de América han de alcanzar 
en plazo no lejano fama no tan brillante, pero sí más consistente 



— 34 — 

que la que tuvieron por su oro, plata, brillantes y esmeraldas, 
cuando sus abundantes veneros de hierro, plomo, estaño y car- 
bón se presenten, como es posible, haciendo competencia á 
todo lo conocido. 

Así podrá realizarse, aun más cumplidamente que en Califor- 
nia y el Perú, el sueño de El dorado^ país que todos los descu- 
bridores de América perseguían y que parecía alejarse á medida 
que nuevas tierras se visitaban, pues nunca se encontró aquella 
donde el español Juan Martínez aseguraba haber visto, á raíz de 
la conquista, y á orillas de un lago, el oro en montones más 
grandes que los de trigo en las eras de Medina. 

He concluido : y para que hasta donde es posible pueda justi- 
ficar, ante vosotros, esta conferencia, quiero relatar un cuento. 

Había en cierto pueblo de Castilla un cura, casi de misa y 
olla, que á duras penas había aprendido un sermón referente al 
Sacramento de la Penitencia. 

Llegó el día de San José, patrón del pueblo, y los feligreses 
se empeñaron en que mi buen cura les hiciera el panegírico del 
Santo. Excusóse cuanto pudo, mas al fin hubo de condescen- 
der, y en el momento preciso subió al pulpito y dijo: 

«Todos sabéis que San José fué carpintero, y trabajando en 
su oficio de seguro que haría algún confesonario. Pues he aquí, 
hermanos míos, como, mseiisible7nente, hemos llegado al ser- 
món de la penitencia.» 

En análogas condiciones que el pobre cura, partiendo del 
tema que se me señaló, insensiblemente, he venido á discurrir 
acerca de la minería americana; perdonadme el pecado, en gra- 
cia de la buena intención, y quedaré siempre como vuestro 
atento servidor que os besa las manos. 



LA FLORA AMERICANA 



ATENEO DE MADRID 



LA FLORA AMERICANA 



CONFERENCIA 



DE 



D. MÁXIMO LAGUNA 

leída el día 14 de Abril de 1891 




T 



MADRID 

ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO «SUCESORES DE RIVADENEYRA» 

IMPRESORES DE LA REAL CASA 

Paseo de San Vicente, nám. :o 
1892 



Señores: 

En la serie de conferencias que el Ateneo dedica á conme- 
morar el cuarto Centenario del descubrimiento de América, se 
me ha asignado la referente á la Flora americana. V^x?^ cum- 
plir mi encargo tropiezo, desde luego, con dos grandes dificul- 
tades; primera: la magnitud del asunto, puesto que la flora 
americana comprende todas las plantas, que, silvestres y espon- 
táneas, viven en el Nuevo Continente, esto es, desde la Groe- 
landia al Cabo de Hornos, poco menos que de polo á polo ; la 
segunda dificultad nace de la circunstancia de no haber estado 
yo en América; y, en estas materias, tratándose de descripcio- 
nes de oibjetos, de aspectos de paisaje, de cuadros de la natura- 
leza, según expresión de Humboldt, se nota siempre, y pronto, 
la gran diferencia que existe, lo mismo al hablar que al escribir, 
€ntre el testigo de vista y el que, como yo en este caso, tiene 
que limitarse á copiar ó á recopilar lo que otros vieron y exa- 
minaron. 

Procurando salvar ambas dificultades, como mejor me sea 
posible, entro, desde luego, en materia. 

Es casi ocioso empezar afirmando que Colón, y los españoles 
que le ayudaron en su empresa, dieron á conocer al mundo ci- 
vilizado las primicias, los primeros datos de aquella flora. Co- 
lón mismo, según puede verse en su Diario de viaje, publicado 
por Fernández Navarrete, fijó bastante su mirada en aquellas 



— 6 — 

plantas tan extrañas y nuevas para un europeo, lamentando no 
ser botánico, y habiendo sido, sin duda, el primero que allí her- 
borizó, como prueba el siguiente pasaje de su diario: «Ha arboles 
de mil maneras, y todos huelen que es maravilla, que yo estoy el 
mas penado del mundo de no los cognoscer, porque soy bien 
cierto que todos son cosa de valia, y de ellos traigo la demuestra 
y asimismo de las yerbas» (domingo, 21 de Octubre de 1492) ; y 
el martes, 16 de Octubre, es decir, cuatro días después de haber 
llegado á la tierra anhelada, cuando tantas emociones debían 
embargar su ánimo, observaba y describía las plantas tan minu- 
ciosamente, como se desprende de lo que vais á oir: «Y vide 
muchos arboles muy disformes de los nuestros, y dellos mu- 
chos que tenian los ramos de muchas maneras y todo en un pie, 
y un ramito es de una manera y otro de otra, y tan disforme, 
que es la mayor maravilla del mundo cuanta es la diversidad 
de la una manera a la otra, verbigracia, un ramo tenia las fojas 
a manera de cañas y otro de manera de lentisco; y asi en un 
árbol de cinco o seis de estas maneras; y todos tan diversos : ni 
estos son enjeridos, porque se pueda decir que el enjerto lo 
hace, antes son por los montes, ni cura de ellos esta gente.» 
Todos sabéis que esas ramas, que tanto llamaron la atención 
del ilustre genovés, por sus formas diversas en un mismo árbol, 
no son del árbol mismo, sino de las plantas parásitas que sobre 
él viven, y que tanto abundan en los bosques tropicales; débil 
muestra de este parasitismo habréis podido observar en los 
muérdagos que viven en los pinos de Guadarrama, y en el ma- 
rojo que suele infestar los olivares andaluces. 

También Hernán Cortés, en suscartasal emperador Carlos V., 
hace ligera mención de diversas plantas; pero la primera obra, 
de verdadera importancia, sobre los productos naturales de 
América, fué, como todos sabéis, la de Gonzalo Fernández 
de Oviedo; publicada primero en forma de Sumario, en To- 
ledo, en 1526, lo fué después en Sevilla, en 1535, y en forma 
más extensa, con el título de Primera parte de la Historia na- 
tural y general de las Indias^ Islas y Tierra Firme del mar 
Océano. Oviedo demuestra en ella ser observador concienzudo 
y expositor metódico, tratando, separadamente y con orden, de 
los árboles frutales y de los de monte, de las plantas medicina- 



— 7 — 

les, de las propias de aquellos países y de las que ya de aquí se 
iban introduciendo en América, etc.; y escritor tan juicioso, 
como veréis por los siguientes párrafos; en la introducción ó 
proemio al libro viii, dice Oviedo: «Pido al lector que donde 
le paresciere corta mi información, tenga respecto al trabajo 
con que se inquieren estas cosas en partes nuevas, y donde tan- 
tas diversidades y géneros de materias concurren, y al poco re- 
poso que los hombres tienen, donde les faltan aquellos regalos 
y oportunidad, con que otros autores escriben en las tierras po- 
bladas de gentes polidas é prudentes, é no entre salvajes, como 
por acá andamos, buscando la vida, y acertando cada día en 
muchos peligros para la muerte»; y antes había dicho: «Pli- 

nio tuvo más que decir de lo que yo podré aquí acomular, 

porque lo que yo digo y escribo es de sola mi pluma y flaca di- 
ligencia, y él rescribe lo que muchos escribieron y lo que él 
mas supo ; y así tuvo menos trabaxo en tales acomulaciones.» 

Y no descuidaron después nuestros escritores botánicos, pres- 
cindiendo ahora de los contemporáneos de Oviedo, el estudio 
de aquella Flora, principalmente respecto á la América central 
y meridional ; aun hoy, en que tanto ha adelantado la investi- 
gación botánica de aquellas regiones, se consultan con interés 
los trabajos de Ruiz y Pavón, de Mutis, de Sessé y Mociño, etc.; 
y os cito sólo los de mayor importancia. ¡Lástima da el pensar 
que muchos de esos trabajos permanecen aún manuscritos y ar- 
chivados en la Biblioteca de nuestro Jardín Botánico! 

Pero dejando esto, porque no tengo para qué tratar de la 
historia y bibliografía de la Flora americana, sino de la Flora 
misma, tratemos ya de ella. 

Por la primera dificultad de que antes os hablaba, por la ex- 
tensión enorme que América ocupa, es imposible, en una con- 
ferencia, entrar en detalles acerca de su variadísima vegeta- 
ción, y habré de concretarme á llamar vuestra atención sobre 
lo más saliente, sobre lo que mejor caracterice la flora de 
sus diversas zonas y regiones, y no de cada país en particular, 
pues es sabido que los límites marcados por la Geografía polí- 
tica, harto variables con el tiempo, no suelen coincidir con los 
de la Geografía botánica. 

Como diferencia, como contraste de verdadera importancia 



— 8 — 

entre el antiguo y nuevo continente, ó entre los continentes 
oriental y occidental, como hoy se dice, salta desde luego á la 
vista, sin más que examinar los mapas respectivos, y merece 
tenerse en cuenta por lo que influye en la distribución de las 
plantas, en las áreas de las especies, la diversa dirección de las 
principales cordilleras: en América se hallan éstas orientadas, 
próximamente, de Norte á Sur; así, por ejemplo, los Andes en 
la América central y meridional, y así los Alleghanis ó Apala- 
chos y las Montañas roqueñas ( Rocky-Mouniains) en la del 
Norte ; en el continente antiguo ú oriental, por el contrario, 
están orientadas en la dirección, próximamente, de Este á 
Oeste, así los Alpes^ los Pirineos^ e\ Atlas, el Cáucaso, el Ht- 
jnalaya; y como las grandes cordilleras constituyen uno de los 
principales obstáculos que se oponen á la dispersión de las es- 
pecies vegetales, de ahí que el área de cada una suela prolon- 
garse más al Sur y al Norte en América que en Europa y Asia, 
puesto que en aquélla, los grandes valles, que tanto facilitan la 
comunicación y el cambio entre las floras de países próximos, 
siguen, naturalmente, la misma dirección que las montañas que 
los forman. Pero dejemos también estas cuestiones para las cá- 
tedras de Botánica, y empecemos ya nuestra tarea por el ex- 
tremo septentrional, por la Groelandia. Nos figuramos á este 
país como un conjunto de montañas de nieve y de mares de 
hielo, y así es, en realidad, en su interior ; pero en sus costas, 
principalmente en la occidental, libre de nieves y de hielos al- 
gunos meses, existe una flora bastante variada; los dinamar- 
queses son los que más la han estudiado ; y, entre ellos, el pro- 
fesor Lange, el mismo cabalmente que tanto ha estudiado 
también la flora española, ha enumerado ya en sus publicacio- 
nes acerca de la Groelandia unas cuatrocientas especies de 
plantas fanerógamas El Gobierno dinamarqués envía con fre- 
cuencia expediciones científicas á Groelandia; la de 1878, ven- 
ciendo grandes peligros y dificultades, avanzó hasta unos 50 ki- 
lómetros de la costa para examinar algunos enormes riscos que 
descuellan en el mar de hielo del interior, y en ellos, en las grie- 
tas de sus peñascos, en los pequeños abrigos que las mismas 
rocas forman, recogió más de cincuenta especies de plantas, 
sin contar los liqúenes y los musgos, y, entre ellas, el enebro 



— 9 



alpino {luniperiis alpina), ese mismo enebro achaparrado y 
rastrero que habréis podido observar en las cumbres del Gua- 
darrama, los que desde la Granja hayáis subido al conocido ce- 
rro de Peñalara. Además de esas plantas se hallaron también 
en aquellas desoladas regiones: una avecilla (Saxícola)^ arrojada 
allí, sin duda, por las tempestades; una larva de mariposa (Noc- 
tua) y dos arañas (Ly cosas); es decir, señores, que, hasta ahora, 
adonde el hombre ha podido llegar con sus investigaciones, lo 
mismo entre los hielos polares que en los desiertos de los tró- 
picos, lo mismo en los riscos altísimos del Himalaya ó de los 
Andes que en el fondo de los mares, siempre ha encontrado re- 
presentantes de la vida, por lo menos, de la vida vegetal. 

Entrando ya en el continente americano, nos detendremos 
algunos momentos en el Canadá. Caracterizan á este país sus 
numerosos lagos, enormes algunos de ellos, y sus extensísimos 
bosques, que son todavía para él fuente de riqueza, por el con- 
siderable comercio de exportación de sus maderas. El invierno 
es aquí mucho más frío y desapacible que en Europa, á igual- 
dad de latitud, en Inglaterra, por ejemplo; el verano, en cambio, 
más cálido; la primavera apenas existe; pero el otoño es largo 
y suave, y en él ostentan los árboles, principalmente los arces 
y los robles^ esa hermosa y variada coloración que producen 
los primeros fríos, matizando de amarillo y rojo las hojas, ó en- 
rojeciéndolas por completo, y prestando, en su conjunto, un 
verdadero encanto al paisaje; algo de esto, aunque en menor 
escala, se ve también por Octubre en los robledales y en los 
hayales de nuestras sierras. Cuatro ó cinco especies de pinos, 
otras tantas de abetos^ y un alerce, el alerce americano ó tama- 
rae, forman la masa principal de los bosques, y mezclados con 
aquéllos, ó formando aparte grandes rodales, y aun montes, se 
hallan varios robles, hayas, fresnos, arces, olmos y abedules; 
los mismos géneros, como veis, que componen los montes euro- 
peos, pero representados por distintas especies; dos géneros, 
sin embargo, viven espontáneos en los del Canadá, que no se 
hallan en los de Europa como árboles silvestres : los nogales y 
los plátanos; el Platanus occidentalis y los luglans cinérea y 
nigra, importantes estos dos por sus frutos, y todos tres por su 
madera. Por citaros algún otro árbol en particular, os citaré el 



— lO — 



arce del azúcar (Acer sacharinum), de gran valor en la Amé- 
rica del Norte, no sólo por su rica madera, empleada en la in- 
dustria y en la construcción, no sólo por su belleza como árbol 
de adorno, debida á su magnífico follaje y á sus limpios y es- 
beltos troncos de 30 á 40 metros de altura, sino también, y de 
ahí su nombre, por la cantidad de azúcar que se extrae de su 
savia; sólo en el Canadá se cosecharon en 1885, según datos 
recientes (Boulger, The uses ofplants. London^ 1889), unos 10 
millones de kilogramos; en los Estados Unidos esa producción 
es bastante mayor; pero es indudable que hoy ya la extensión 
del comercio del azúcar de caña va quitando importancia á la 
del arce. Hasta el Canadá avanzan algunas vides: las Vitis 
riparia y cordifolia, que, con otras especies, se han traído á 
Europa para contrarrestar los daños causados por \di filoxera; 
y la Viiis labrusca que, como nuestras /tzrr^^ silvestres, trepa 
por los troncos de los árboles hasta lo más alto de sus copas. 
También llegan al Canadá, aunque sólo viven en los sitios abri- 
gados de su parte occidental, dos representantes de familias 
tropicales: una magnoliácea, el tulipanero (Liriodendron tuli- 
pifera), hermoso árbol de adorno por sus hojas y por sus flores,, 
y una laurínea, el sasafrás (Lauriis sassafras), de madera aro- 
mática, y apreciado en medicina por su leño y por su corteza. 
Como planta alimenticia y propia de aquel país, os indicaré sólo 
el llamado arroz del Canadá (Zizania aquatica)^ algo pare- 
cida al arroz común en sus condiciones de cultivo, pero con la 
ventaja de poder soportar climas más rigurosos. 

Dejando esas frías regiones, pasemos ya á los Estados Uni- 
dos, que se extienden del Océano al Pacífico y del Canadá al 
Golfo de Méjico. Podemos dividirlos, para nuestro objeto, en 
dirección de Norte á Sur, en cuatro grandes zonas, como ya 
hizo el célebre botánico inglés Hooker, distinguiendo en ellos 
cuatro floras secundarias ó cuatro regiones botánicas: la región 
de los bosques, la de las praderas, la de los lagos, y la de la Sie- 
rra Nevada. 

La primera región se extiende desde las costas del Atlántico 
hasta la orilla izquierda del Mississipí, cruzándola, con rumbo 
próximamente de N.E. á S.O., la cordillera, en general poco 
elevada, de los montes Alleghanis ó Apalachos; lo que más 



llama la atención en ella es el gran número de especies leñosas; 
en una isleta (Goat-Island) que divide en dos la corriente del 
Niágara, cerca ya de sus célebres cataratas, isleta que tiene 
unas treinta hectáreas de extensión, contó Hooker treinta es- 
pecies de árboles y veinte de arbustos, es decir, cincuenta es- 
pecies leñosas, número realmente notable en tan corto espacio 
de tierra; y sin embargo, si me perdonáis la inmodestia de citar 
trabajos míos, puedo deciros que, en mis excursiones por Sie- 
rra Morena, he contado, no cincuenta, sino sólo treinta y tres 
especies leñosas, entre árboles, arbustos y matas, pero no ya en 
treinta hectáreas, sino en sólo media hectárea de extensión, en 
el barranco del puente del río Yeguas, cerca de Fuencaliente,, 
sin haber escogido para ello ningún sitio de excepcionales con- 
diciones. La cordillera de los Alleghanis está vestida, en su 
parte septentrional, de co/zz/^ríz^, mezcladas con árboles de hoja 
plana, pero en su parte meridional dominan los últimos, princi- 
palmente los robles. El matorral ó monte bajo está compuesto 
en muchos puntos por variadas ericáceas : Rhododendron de 
flores purpúreas, azaleas de flores anaranjadas, y kalmias de 
color de rosa, formando un conjunto tan agradable y pinto- 
resco como el que en Mayo presentan en Andalucía y Extre- 
madura los brezos, jaras ^ cantuesos y retamas^ con sus flores 
rojas, blancas y amarillas. En esta región empiezan á ser fre- 
cuentes las orquídeas^ que cuentan en ella con unas setenta es- 
pecies; y hay dos géneros de compuestas, bastante conocidos 
en nuestros jardines, los géneros áster y solidago, con tantas- 
especies (más de ciento el primero y unas noventa el segundo), 
que, en realidad, podrían dar nombre á la región. En la parte 
meridional de ésta, en la Florida y en los Estados próximos á 
ella, se ven ya representadas algunas familias tropicales, las ca- 
parideas, las sapotáceas, etc., y aquí también, la magnolia gran- 
diflora, frecuente ya en los jardines de Madrid, y hasta seis es- 
pecies más del mismo género; en las magnolias , por cierto, se 
ve bien el efecto del clima en el tamaño de las plantas: la mag- 
nolia glauca, "^ox ejemplo, que es un arbusto en los Estados 
del N.E. (Newyork, Pensilvania, etc.), es un gran árbol en la 
Florida. Como caso curioso de geografía botánica, vive tam- 
bién en los montes de esta región el castaño común, esto es, el 



— 12 



mismo castaño que abunda en Galicia y Extremadura; pues 
aunque algunos botánicos lo citan con el nombre de variedad 
atnericana^ los que han podido examinarlo in situ aseguran que 
no hay modo de separarlo, como especie, del de Europa; por 
último, t\ Fagus ferrttgíjiea, una haya con el follaje rojizo, es 
adorno frecuente de estos bosques. 

La segunda región, que comprende desde la orilla derecha del 
Mississipí hasta las montañas roqueñas ó pedregosas ( Rocky- 
Mouniairis), es la región de las praderas^ asi llamada por 
hallarse en ella praderas extensísimas de aspecto triste y monó- 
tono. A un verano seco y caluroso sucede, con breve interrup- 
<:ión otoñal, un invierno largo y de muchas nieves; al fundirse 
éstas en primavera, se desarrolla abundante vegetación de hier- 
bas y matillas, pero cuya duraciones corta. En el extremo meri- 
dional se ven ya dXgwndiS formas de la flora mejicana, como Cac- 
ius y Yuccas. Son frecuentes en estas praderas grandes incen- 
dios, y tal vez son ellos una de las causas de la falta de arbolado, 
reducido á pobres rodales de chopos (Populiis momlifera). En 
la faja más occidental de estas praderas se elevan, casi cortadas 
á pico, las rígidas y titánicas moles de las montañas roqueñas, 
cerrando el horizonte al Oeste en muchos cientos de kilómetros; 
quizá sólo el Himalaya les supere en grandiosidad, á juzgar por 
las descripciones de los viajeros. Sus valles, húmedos y verdes, 
sus pendientes arboladas, sus picos nevados, recuerdan lo más 
hermoso de los Alpes suizos. En su parte baja viven árboles de 
hoja caediza y no abundantes; á medida que se asciende por sus 
laderas, van presentándose bosques cada vez más espesos, prin- 
cipalmente de coniferas. En las regiones subalpina y alpina, 
hermosos abetos (Abies subalpina, concolor, Doiiglasii), acom- 
pañados de pinos (Piniis aristata, ponderosa, contoria, etc.), 
suben hasta el límite de la vegetación arbórea, que termina 
después, como en muchas montañas europeas, con enebros 
achaparrados ( luniperiis occidentalis y 7. virginiana var- 
montana). 

Más al Oeste, la tercera región, la de los lagos, es una espe- 
cie de gran cuenca entre las montañas roqueñas y la Sierra Ne- 
vada, casi sin desagüe, con lagos y ríos sin comunicación di- 
recta con el mar, cuenca que tiene carácter de estepa y de 



— í3 — 

desierto, sobre todo en su parte meridional, en el llamado De- 
sierto de Mohave^ aunque no faltan en ella algunos oasts\ debi- 
dos principalmente al trabajo y constancia de los Hormones^ 
por ejemplo, hacia el Gran lago salado y hacia el Lago de 
Utah. La vegetación de estos desiertos, como la de nuestras 
estepas, se compone, en primer término, de plantas halófilas, 
dominando entre ellas las Quenopodiáceas ó Salsoláceas y al- 
gunas compuestas (Artemisias). En el extremo meridional de 
esta región, en los Estados de Arizona y Nuevo Méjico, em- 
piezan á verse con abundancia los Cactus, ó Pitahayas^ como 
vulgarmente se les llama en varios puntos de América; abun- 
dan, sobre todo, en el SE. de Arizona, en el llamado por eso 
Valle de los Cactus^ uno de los más interesantes de toda la 
América del Norte; los Cactus, pinchudos y jugosos á la vez, 
variadísimos en su tamaño, de aspecto raro, y aun, á veces, de 
formas grotescas, llaman siempre la atención del viajero; sus 
especies son muchas, descollando entre ellas el Cereits gigan- 
teus , cacto arbóreo, que alcanza, por término medio, ocho ó 
diez metros de altura, pasando de doce en algunos ejemplares, 
y que, ya aislado, ya en pequeños grupos, imprime novedad y 
grandeza al paisaje con sus tallos ramificados, que salen de en- 
tre las rocas, en forma de esbeltos y colosales candelabros. 

Por último, la región cuarta, á la que da nombre la Sierra 
Nevada, es un conjunto de grandes montañas, terminadas por 
picos que exceden de 4.000 metros de altitud, por cima ya del 
límite de las nieves perpetuas, sobre mesetas ricas en bosques. 
Esta sierra divide al país en dos secciones muy distintas: la 
oriental, bastante seca é infértil, y la occidental ó marítima, la 
California, que suele llamarse el Eldorado del siglo xix. Un 
verano seco y un invierno corto y suave le prestan algún pare- 
cido con las costas mediterráneas; en lo no arbolado campea 
una hermosa vegetación herbácea, no desconocida en nuestros 
jardines: Nemofilas azules, Clarckias rojas y blancas, Oeno- 
theras amarillas; en las montañas: extensos bosques de conife- 
ras, más variados por sus especies que en cualquier otro espa- 
cio igual de la América del Norte; aquí, las dos Sequoias: la 
más resistente, la Seq. gigantea, más conocida con el nombre 
de Wellingtonia , vive y forma rodales en la vertiente occiden- 



— 14 — 

tal de Sierra Nevada, entre 1.500 y 2.700 metros de altitud; sus 
individuos exceden en muchos casos de 100 metros de altura y 
S ó 10 de diámetro; la Sequoia sempervivens^ más delicada, 
también de dimensiones colosales, pero no tanto como las de 
la anterior, no sube tampoco á tanta altitud como aquélla; vive 
siempre más cerca de la costa, y forma extensos bosques entre 
los grados 40 y 43 de lat. bor., haciéndose gran exportación 
de su madera. Mi compañero de carrera, el ilustrado ingeniero 
D. José Jordana, entre varios libros acerca de los Estados Uni- 
dos, que ha recorrido en distintas direcciones, publicó en 1884 
uno, de poco volumen y de amena lectura, titulado: Curiosi- 
dades naturales y carácter social de los Estados Unidos; y 
para que os forméis idea clara de las dimensiones de las We- 
llingtonias, os leeré sólo un párrafo de los que el Sr. Jordana, 
como testigo de vista, les dedica: «En el suelo, dice, se encon- 
traba uno de estos árboles, por cima del cual paseamos con 
toda holgura cuatro personas de frente; tenía consumido el 
sistema leñoso, á causa del fuego, conservándose intacta toda 
la corteza, la cual formaba una especie de galería, cuyas pare- 
des tenían algunos pies de grueso; dentro de este úuguXdiV túnel 
penetramos á caballo algunos de los expedicionarios, sin que, á 
pesar de la gran talla de caballeros y cabalgaduras, pudiera 
ninguno tocar la bóveda con la mano, extendiendo el brazo» 
(1. c, pág. 1 1 2). Por desgracia, en opinión de Hooker y de otros 
botánicos y viajeros, estos venerables monumentos orgánicos, 
estos árboles gigantes, que apenas tienen rival, como no sea en 
algunos eucalyptus de la Australia, se van aproximando á su 
fin, y quizá, pasado un siglo, apenas quede muestra de ellos, 

Y entremos ya en Méjico, que nos ofrece una diversidad tal 
de climas y de producciones naturales, como en pocos países 
puede hallarse. Prescindamos de su parte septentrional que es 
una región de transición á los Estados Unidos por Tejas, Ari- 
zona y California; su parte central y meridional, con inclusión, 
además, de las repúblicas de Guatemala, San Salvador, Hon- 
duras y Nicaragua (porque desde Costa Rica y Panamá domina 
ya en la vegetación el carácter tropical sudamericano), forman 
la región botánica mejicana, que, valiéndonos de los nombres 
mismos vulgarmente usados en el país, podemos subdividir en 



— I 



tres, con las denominaciones de Tierra caliente^ Tierra te?n- 
plada y Tierra fría. 

Abraza la primera el terreno comprendido desde las orillas 
del Golfo de Méjico, y á lo largo del mismo, hasta unos i.ooo 
metros de altitud; en la parte baja, hasta unos 150 metros, se 
halla escasa vegetación de arbustos y matas en los llanos are- 
nosos y sabanas, y sólo junto á los ríos y lagunas empiezan á 
presentarse ya muestras de bosques tropicales, que, á mayor 
altitud, de 300 á 500 metros, van adquiriendo mayor desarrollo 
y llaman ya la atención por su exuberancia; de 500 á i.ooo 
metros, aumenta la cantidad de lluvia y con ella los bosques, 
ricos éstos en Lauríneas y Palmas, con abundancia de beju- 
cos y de orquídeas epidendreas. 

La segunda región, la tierra templada, comprende desde 
1. 000 á 2.000 metros de altitud; aquí las lluvias, además de ser 
abundantes, están repartidas en todo el año, reinando una tem- 
peratura media anual de unos 17° C; con tales elementos, no 
es extraño que sea esta una zona de eterna primavera, y la más 
rica en plantas de todo Méjico; Liebmann, botánico dinamar- 
qués, recolectó en ella doscientas especies de orquídeas; los 
Heléchos arbóreos reemplazan aquí á las esbeltas Palmas de 
la región inferior, quedando de este grupo las Chamcedoreas, 
frecuentes y variadas, pero de poca altura; lo más caracterís- 
tico en esta región es la abundancia de ro(5/^5 siempre verdes; 
por más que parezca extraño á los botánicos europeos, es lo 
cierto que, entre la vegetación tropical mejicana, son frecuen- 
tes los robles, puesto que se hallan desde Veracruz hasta los 
picos nevados del Orizaba; en la parte baja, el Quercus oleoides, 
con sus troncos vestidos de hermosas orquídeas; y, según se 
va ascendiendo, van siendo más variadas las especies de los 
Quercus y más frecuentes los individuos; muchos de ellos, de 
troncos colosales, adornados de innumerables parásitas, de 
Aroídeas, que casi los cubren con sus hojas grandes, carnosas 
y brillantes, y de un sinnúmero de plantas trepadoras, que, en- 
lazando unos árboles con otros, apenas dejan paso entre ellos: 
Banisterias, Paullinias , Zarzaparrillas espinosas, y Parri- 
zas, cuyos racimos azulados y colgantes se destacan sobre el 
follaje verde. Aquí se halla también la patria de la Dahlia^ que 



— i6 — 

todos conocéis, y cuya introducción formó época en la historia 
de los jardines europeos; con la DaJilia variabilis^ que es la 
más frecuentemente cultivada, forman caprichosos grupos otras 
especies: la D. Maximiliana ^ la coccínea^ la gracilis\ y, á ma- 
yor altitud, dos especies casi arbóreas, la D. excelsa y la D. t'm- 
perialis. 

La tercera región, la Tierra fria ^ empieza álos 2.000 metros 
de altitud; vense en ella algunos tilos ^ alisos y sauces, que 
hacen recordar los montes de Europa; aquí ya los robles son 
de los de hoja caediza y se hallan mezclados con las coniferas 
(Abies, Pinus, y algunos Ciipressus y Iuniperiis)\ los prime- 
ros (los Quercus) van desapareciendo á los 3.000 metros y que- 
dan las coniferas solas. Los robles adquieren en Méjico su iná- 
ximitm con relación á la flora de América en general; quizá 
no bajen de ochenta especies en la flora mejicana; en toda 
Europa apenas puede contarse una veintena de buenas espe- 
cies. En el Orizaba, los primeros pinos (Piniis leiophylla) se 
presentan á los 2.200 metros; 300 metros más arriba, forma 
grandes bosques ^XPimis Montezumce ; de éste y del Abies re- 
ligiosa se compone, principalmente, la última faja de coniferas 
á los 3.200 metros; aquí ya, la nieve abunda en el invierno y 
dura hasta Marzo. En esta región desaparecen las plantas epi- 
fitas, quedando sólo algunos muérdagos, musgos y liqúenes. 

En Méjico, en general, prescindiendo ahora de la división en 
regiones, abundan, más que en parte alguna, Isls plan/as cimasas, 
conocidas con el nombre colectivo de Cactus, y de formas 
tan variadas que, según Goeze (Pflanzengeographie. Stutt- 
gart, 1882), quizá no bajen de 700, entre especies y variedades; 
algunas (las Mamillarias, por ejemplo), suben hasta la Tierra 
fria; tampoco escasean las Agáveas: la principal entre ellas, 
la Fourcroya longoeva, alta de 10 á 15 metros, se halla hacia 
Oaxaca y vegeta bien hasta en altitudes de 2.500 metros y algo 
más. 

AMÉRICA CENTRAL. 

La parte del nuevo continente, que se designa con el nom- 
bre de América Central, no presenta, en realidad, una flora 



independiente, un centro de vegetación bien deslindado de los 
que le rodean; hay en esa parte una marcada corriente de in- 
migración, lo mismo del Norte que del Sur, formándose, á con- 
secuencia de ella, una flora intermedia que enlaza la de la 
América del Norte con la de la América meridional; ya indiqué 
antes que Guatemala, San Salvador, Honduras y Nicaragua, 
por los caracteres generales de su vegetación, pueden incluirse 
en el que, en geografía botánica, se llama distrito mejicano; y, 
en ese concepto también, Costa Rica y Panamá, donde ya, na- 
turalmente, la inmigración vegetal de la América del Sur se 
marca más que la de la América del Norte, pueden agregarse 
á Colombia y Venezuela. Por eso y por lo mucho que aun nos 
falta que examinar, apenas me detendré en lo referente á estos 
países, limitándome á indicaros, respecto á Guatemala, que en 
sus montañas se ven los mismos bosques de robles y de pinos 
que en las de Méjico, por más que sean distintas algunas de sus 
especies; y en sus costas, en la parte baja y cálida, extensos 
bosques tropicales, ricos en palmas; entre éstos y la capital se 
ha ido destruyendo casi todo el arbolado, y, para remediar el 
daño en lo posible, se ha recurrido, con buen éxito, según pa- 
rece, á hacer grandes plantaciones áQcucalyptus. En la región 
montañosa, en el límite entre los robles y los pinos y abetos, 
vive el árbol llamado vulgarmente en América árbol de las 
manitas ( Cheirostemon platanoides) ; sus flores son notables 
por sus cinco estambres rojos, que, unidos en su base, se sepa- 
ran después, y, saliendo fuera del cáliz, se asemejan, por su 
disposición, á los cinco dedos de una mano abierta; antes, se- 
gún parece, sólo se conocía un viejísimo ejemplar de esta espe- 
cie en Méjico y era objeto de veneración entre los indios; des- 
pués se han hallado muchos de estos árboles en Guatemala. 

En San Salvador empieza á verse abundante el cocotero, y, 
en opinión de Grisebach, partiendo de aquí se ha ido exten- 
diendo por los países tropicales. 

Honduras es país de espesos bosques, y de gran interés para 
los botánicos viajeros, cabalmente por lo poco explorado que 
aun se halla. 

Nicaragua, país más llano que los dos anteriores, y de gran- 
des lagos, presenta también grandes bosques, en los cuales 



— I8 — . 



abundan, sobre todo en los de la costa, magníficos caobos. 
Suele decirse, por broma, que en esa costa llueve trece meses 
cada año, y, como á la vez su temperatura es poco variable, no 
es extraño que la vegetación adquiera en ella poderoso des- 
arrollo. 

Costa Rica ofrece en sus montañas, principalmente en las 
vertientes al Pacífico, hermosos bosques donde las palmas se 
mezclan con otros árboles tropicales, bosques que suben casi 
hasta las cumbres. La parte más meridional del país está poco 
explorada todavía; se ve, sin embargo, que, en general, esca- 
sean los cactus, faltan las coniferas, y los robles sólo se hallan 
en altitudes de 2.000 metros ó algo más; Hoffmann halló algu- 
nos ejemplares de los Quercus geniciilata y retusa por cima 
de 3.000 metros todavía; los heléchos arbóreos abundan en los 
valles húmedos; su escasez y la de \2ls palmas, en la parte baja, 
las atribuye fíoffmann á la costumbre que tienen los naturales 
del país de comer en ensalada los cogollos tiernos y yemas ter- 
minales de esas plantas. Aunque los cinco Estados que acabo 
de citar son ricos en plantas y de suelo bastante fértil, cada 
uno de ellos tiene algún producto natural preferido, al que de- 
dica cultivo más intenso, y es á la vez su principal artículo de 
exportación; así, según Scherzer, citado por Goeze, de quien 
tomo estas noticias, Guatemala cultiva los nopales para la cría 
de la cochinilla; San Salvador, el índigo; Honduras, el tabaco; 
Nicaragua, riquísimo cacao; y Costa Rica, los mejores cafe- 
tales. 

En cuanto al istmo de Panamá, sólo os diré que, según parece, 
aun se halla en gran parte (en un 20 por 100 de su superficie) 
inculto y despoblado; algunos de sus bosques se extienden de 
uno á otro mar; su vegetación es rica y frondosa; entre sus ár- 
boles llaman la atención, entre otros varios, los siguientes: el 
cedrón (Simaba cedrón), simarubea con aspecto de palma, 
muy estimado en el país; la gente de campo lleva siempre con- 
sigo un trozo de madera de este árbol, como remedio contra la 
mordedura de las culebras venenosas, asegurando que cura apli- 
cándola, mojada en agua, á la herida; y mejor aún si á la vez se 
bebe una infusión de esa misma madera en agua ó aguardiente; 
la Carludovica palmata (Pandánea), áQ cuyas fibras se hacen 



— 19 — 

los famosos sombreros llamados panamás; el Phytelephas ma- 
crocarpa (Palma), cuyos frutos proporcionan el hermoso mar- 
fil vegetal; y más importante aún, la Castilloa clástica (Artocár- 
pea)j uno de los árboles que producen mayores cantidades del 
caucho ó cauchü, que tan variadas aplicaciones tiene en la in- 
dustria; vive este árbol en varios puntos, casi desde el Ecuador 
hasta los 20° de latitud boreal, próximamente; han existido, ha- 
cia el Darien, verdaderos bosques de esta útilísima especie, 
pero la avaricia los ha ido destruyendo, y bien merece que se 
vaya replantando en otros países intertropicales. 

Las Antillas. — Antes de pasar á la América del Sur, dare- 
mos una ligera ojeada á las Antillas. Aunque sin la majestad y 
grandeza de la flora tropical del continente americano, la de 
las Antillas es, sin embargo, notable por la variedad y riqueza 
en formas y tipos endémicos; hasta unos cien géneros se hallan 
en ese caso, según Grisebach, haciendo que esta flora aparezca 
bastante independiente de las que la rodean; es cierto que á ello 
contribuye también su situación insular, por más que, en este 
respecto, no esté tan aislada su flora como su fauna; el cam- 
bio por el mar entre varios países, supuesta igualdad de clima, 
no es tan difícil para las plantas como para los animales, no acuá- 
ticos y que carezcan de alas. Bastante tiene, sin embargo, de 
común esta flora con la de Méjico; pero más por analogía que 
por identidad de formas; y algo parecido le sucede también con 
la de la Florida. 

Considerando las Antillas en conjunto, pueden distinguirse 
en ellas cuatro regiones: 

La región baja: con palmas y cactus, y algunas leguminosas, 
por ejemplo, tXpalo campeche (Hcematoxylon Campechianum), 
abundante también en Yucatán, tan conocido por su uso en tin- 
torería; 

La región montana: con sabanas y bosques en su parte infe- 
rior, hasta unos 600 metros, y en su parte alta (600 á 1.200 me- 
tros), con abundantes lauríneas; aquí también el cedro (Cedrela 
odorata) y el caobo (Swietenia mahagoni), árboles célebres por 
su rica madera, como lo son otros muchos de Cuba y de Puerto 
Rico. 

La región de los heléchos (entre 1.200 y 2.300 metros): abun- 



— 20 



dan éstos en formas arbóreas de los géneros Ahophila^ Cya- 
thea y Hcmitelia^ con troncos de lo á 15 metros de altura; son 
frecuentes varias ericáceas y 7nirtáceas, y el Pinus occidentalis, 
aunque éste, en Cuba, suele bajar hasta la costa. 

Y la región superior, de 2.300 metros arriba, donde viven al- 
gunas ericáceas y varias compuestas leñosas, con el Podocarpus 
coriaceus ó sabina cimarrojia^ de madera roja y fragante. 

Respecto á Cuba en particular, os añadiré: que son en ella 
frecuentes y bastante variadas \2iS> palmas; pasan de treinta las 
especies ya clasificadas, según los datos reunidos por el Sr. Ro- 
dríguez Ferrer en su obra titulada: Naturaleza y civilización 
de la isla de Cuba; entre esas palmas descuellan dos: la 
palma real (Oreodoxa regia) y el Cocotero (Cocos nucifera), 
árboles de bendición en Cuba, según el Sr. Rodríguez Ferrer, 
para el guajiro y para el negro libre, que de esos árboles obtie- 
nen alimento, agua, vino, aceite, vinagre, azúcar, y material para 
sus vestidos y para sus casas. 

Antonio de Herrera, en su Historia de las Indias Occiden- 
tales^ decía hace más de dos siglos: «Es muy montuosa esta isla 
y de mucho boscaje, porque casi se puede andar por ella 230 
leguas por debajo de árboles muy diversos»; y aun á principios 
del siglo actual se habla en varios trabajos de la abundancia de 
maderas de construcción en Cuba; todos sabéis que después, 
los incendios, la excesiva extracción de esas maderas y la gue- 
rra civil, han destruido en gran parte esa riqueza. No hago ape- 
nas mención de las plantas cultivadas, porque no son ellas, sino 
las que viven silvestres y espontáneas, las que realmente carac- 
terizan la flora de cada país, por más que las primeras, cuando 
ocupan gran extensión, como el olivo en Andalucía ó los trigos 
en Castilla, formen, en gran parte, lo que pudiéramos llamar 
fisonomía del paisaje. 

En nuestras Antillas, las plantas cultivadas de mayor impor- 
tancia industrial y comercial, son, como sabéis, la caña de azú- 
car., el café y el tabaco; y cabalmente, ninguna de las tres es 
planta indígena en aquellas islas. La caña de azúcar es de ori- 
gen asiático (probablemente de China y Cochinchina); el café 
es de origen africano: de Abisinia y de Guinea, á pesar del nom- 
bre botánico Coffea arábica, que le impuso Linneo; y en 



— 21 — 



cuanto al tabaco (Nicottana tabacum), americano indudable- 
mente y cultivado ya en las Antillas en 1492, su verdadera pa- 
tria debe de haber sido el Ecuador, y quizá también los países 
más inmediatos á éste, según los datos reunidos y publicados 
por Alfonso de Candolle (Orig. de plant. cultiv., pág. ni), au- 
toridad hoy en esa materia. Sin embargo, la afirmación hecha 
por A. de Candolle, de que en la época del descubrimiento se 
mascaba tabaco, pero no se fumaba, en la América del Sur, 
acaba de ser desmentida por el Dr. Ochsenius (Botan. Central- 
blatt, 1890, IV, pág. 244), según carta del Sr. Philippi, Director 
del Museo de Santiago de Chile, en la cual asegura dicho señor, 
que tanto en Chile como en el Brasil, se han descubierto pipas 
de fumar prehistóricas, conocidas en ambos países con el nom- 
bre vulgar de cachimbas. 

Por lo demás, la cuestión del origen de las plantas cultivadas 
es siempre de muy difícil resolución; ahí tenéis, por ejemplo, 
el cocotero^ planta también de grande importancia en las Anti- 
llas, como en todos los países tropicales; aun hoy no están acor- 
des las opiniones de los primeros botánicos sobre si esa pahna 
es de origen asiático ó americano; los que se apoyan en razones 
puramente botánicas, como hace Osear Drude en su Tratado 
de Geografía botánica^ recientemente publicado, la creen ame- 
ricana, como lo son todas las demás especies del género cocos. 
Alfonso de Candolle ha variado de opinión: en 1855, en su Geo- 
grafía botánica razonada^ se inclinaba á aceptar el origen ame- 
ricano del cocotero; en 1883, en su interesante libro sobre el 
Origen de las plantas cultivadas^ se inclina á creer en el ori- 
gen asiático, fundándose, entre otras razones, en la existencia 
de algunos nombres vulgares sánscritos que se conservan en 
Asia, y que, en opinión de los eruditos, corresponden al coco- 
tero y á sus frutos. Estas dudas son muy naturales, tratándose 
de una planta, como el cocotero^ cuyos frutos son fácilmente 
llevados por las olas de unas á otras costas á grandísimas dis- 
tancias, y sin que por eso pierdan su facultad germinativa. 

Tampoco están muy acordes los botánicos sobre la verdadera 
patria de la llamada Pina de América ó Ananas (Ananassa 
sativa). Baillon (Dictionn. de Botan.), la cree procedente de 
las Antillas; De Candolle, de Méjico y de la América central; 



— 22 — 



Drude, del Brasil. Nana es nombre brasileño, y de ahí el por- 
tugués Anana; los españoles la llamaron desde luego Pina de 
América por semejanza de forma con la pina del pino doncel. 
Pedro Mártir de Angleria, en sus Décadas^ dice: «Que el Rey 
Fernando dio la palma á la Pina de América entre los frutos 
que se le habían traído»; y, en cambio, A. de Candolle, que 
tomó la noticia quizá de Hernández, dice: «Que presentado un 
fruto de anana al emperador Carlos V, desconfió éste, como 
de cosa nueva, y no quiso probarlo.» 

América del Sur. — La estufa del mundo la han llamado al- 
gunos botánicos, y bien merece ese nombre por la abundancia, 
variedad, vigor y magnificencia de su riquísima vegetación. Don 
Celestino Mutis y sus discípulos dieron ya á conocer, en la se- 
gunda mitad del siglo pasado, las riquezas vegetales de Nueva 
Granada y Venezuela; y sabido es el entusiasmo que en la pri- 
mera mitad del siglo actual produjeron las pintorescas y ani- 
madas descripciones de Alejandro Humboldt, que tanto con- 
tribuyeron á la investigación, por los naturalistas europeos, de 
las riberas del río Magdalena, de las mesetas de Bogotá, de la 
cordillera de Quito y de otras hermosas porciones de los países 
tropicales. Según Goeze (1. c), trajéronse á los jardines y par- 
ques de Europa numerosas plantas de aquellas tierras por los 
botánicos viajeros Linden, Otto, Triana, etc., y parecía ya ago- 
tada aquella fuente de novedades vegetales, cuando el viaje del 
francés Eduardo André, durante un solo año (1875- 1876), dio 
por resultado la traída á Europa de una colección de 4.300 es- 
pecies secas y más de 4.700 vivas, viniendo entre ellas precio- 
sas novedades. 

Si os describiera ahora la flora de cada uno de estos países, 
desde Colombia á Chile, á pesar de sus primores, resultarían 
por precisión monótonas repeticiones, molestas para vosotros y 
fatigosas para mí. Por eso, y sin perjuicio de hacer algunas in- 
dicaciones respecto á cada país en particular, prefiero presen- 
taros algunos datos bastante recientes, publicados hace dos 
años por Sievers, respecto á la Cordillera de Mérida en Vene- 
zuela, y á la Sierra Nevada de Santa Marta, en Colombia, que se 
enlazan con el gran sistema orográfico délos Andes, la primera 
al Sur, y la segunda al Oeste del extenso lago de Maracaibo. 



— 23 — 

Esta división en regiones, según sus altitudes y según los vege- 
tales que las caracterizan, puede tomarse como tipo para gran 
parte de los Andes, en sus secciones tropical y ecuatorial. Po- 
demos, pues, siguiendo á Sievers (Botan. Centralbl.^ 1890, 11, 
páginas 252-278), establecer ocho regiones distintas. Primera: 
desde el nivel del mar hasta i.ooo metros de altitud, que llama- 
remos región de los cactus y de las palmas ^ por sus plantas ca- 
racterísticas. Los cactus abundan en los sitios secos, y á ellos se 
asocian las agaveas: el Agave americana ^ llamado maguey ó 
pita^ tan frecuente en Andalucía formando setos, y la Four- 
croy a gigantea^ especie 6.^ pita., mayor que la anterior. Donde 
la humedad aumenta, aparecen ya los bosques tropicales con 
variada vegetación arbórea y abundantes orquídeas y bejucos; 
entre los árboles, aparte de los cedros y caobos, que ^^^a os cité 
al hablar de Cuba, merecen especial mención los dos siguien- 
tes: el Galactodendron titile, llamado vulgarmente árbol de la 
vaca, por el jugo lechoso, de olor y sabor agradables, que brota 
en abundancia de los cortes hechos en el tronco y en las ramas, 
y el tan famoso como temido manzanillo ( Hippomane Manci- 
nella), que, por su porte y por sus hojas, parece mu peral, con 
frutos que por su forma, su olor 3" su color, se asemejan á man- 
zanas pequeñas, y de ahí su nombre; muy venenoso, especial- 
mente en sus frutos; pero es ya cosa sabida que viajeros y poe- 
tas han exagerado las perniciosas cualidades de este árbol; tam- 
bién se encuentra en las Antillas; 13. Domingo Bello, en sus 
Apuntes para la flora de Puerto Rico, dice que en esa isla se 
ha procurado destruirlo, pero que aun se halla con alguna abun- 
dancia en el Peñón hacia Ponce. En esta región viven algunas 
aristoloquias, notables por sus grandes flores; las de la A. cor- 
difolia, por ejemplo, sirven de gorro frigio á los muchachos. 
Entre las palmas descuellan aquí el cocotero y la palma real, 
que ya os cité también entre \diS palmas de Cuba; sin embargo, 
por más que esta sea la verdadera región de las pahuas, hay 
una, el Ceroxylon andícola (Palma de la cera), que sube hasta 
por cima de 2.000 metros de altitud. 

La segunda región, de i.ooo á 1.800 metros, es la de los helé- 
chos arbóreos; aquí, además de la pahna ya citada (Ceroxy- 
lon), se hallan bosques altos que bajan hasta enlazarse con los 



— 24 — 

palmerales; entre abundantes bromeliáceas y orquídeas^ vive 
la vainilla (Vanilla aromática), que á esa última familia per- 
tenece; frecuentes bambas visten las orillas de los arroyos y 
adornan el paisaje, y aquí se reúnen las mejores condiciones 
para diversos cultivos: exceptuando el cacao, que necesita loca- 
lidades aun más cálidas, prosperan aquí las ananas, los bana- 
steros, naranjos, limoneros , higueras, etc., etc. 

Tercera región, la de los quinos, de 1.800 á 2.400 metros; en 
ella forman bosques estos hermosos árboles de hojas de un verde 
obscuro con venas rojizas; con ellos se hallan también los Po- 
docarpus coriaceus, taxifolius y salicifolius, que son las únicas 
coniferas en los montes de Venezuela; en esta región se crían 
bien varias hortalizas europeas además de las propias del país; 
también se cultivan con éxito el trigo y la cebada. 

La cuarta región, de 2.500 á 3.200 metros, es la de las befa- 
rlas, ó más bien befarlas, de Béjar. (A D.José Béjar, catedrá- 
tico de Cirugía en Cádiz, dedicó este género su paisano D. Ce- 
lestino Mutis.) Domina aquí, principalmente, el monte bajo, el 
matorral, caracterizado por esas rosas de los Andes (Befarlas), 
que, como otras ericáceas (los RJiododendron) en los Alpes y en 
el Himalaya, lucen aquí su follaje coriáceo y lustroso y sus flo- 
res purpúreas; abundan variadas plantas herbáceas, y vase per- 
diendo el carácter tropical de las regiones inferiores. 

Quinta región, de las gramíneas, de 2.800 á 3.600 metros. 
Praderas altas, borreguiles, como dicen en la Sierra Nevada de 
Granada, pastizales, pantanosos á veces; QnireXdiS gramíneas sq 
ven bastantes matas y hierbas, correspondientes en gran parte 
á las compuestas, leguminosas, rosáceas, genciáneas, geraniá- 
ceas, umbeladas y cruciferas, familias todas, como veis, tam- 
bién europeas. 

La región sexta, de \2.% yerbas alpinas, de 3.000 á 4.000 me- 
tros, y la séptima, de los musgos y liqúenes, de 4.000 á 4.400 
metros, podrían reunirse en una con el nombre de región de las 
espeletias, plantas de la familia compuestas, de hojas en roseta 
radical y de flores amarillas, por lo común sobre altos escapos 
las cuales, acompañadas de TsXgwvi-diS gencianas y valerianas, su- 
ben hasta tocar con las nieves; Mutis dedicó este género á don 
José Ezpeleta, que fué Virrey de Nueva Granada. 



Desde los 4.400 metros para arriba, sólo queda la región de 
las nieves^ formada de peñascos y picos cubiertos por ellas. 

El cacaOy que parece ser planta silvestre en las vertientes 
meridionales de la cordillera de Mérida, sólo se cultiva con 
buen éxito en localidades húmedas y bajas, hasta unos 500 me- 
tros de altitud, y mejor entre árboles que le den sombra; el 
café prospera entre 600 y 1.800 metros, y también le convienen 
árboles que le asombren ; la caña de azúcar se cultiva mucho 
en grandes campos, cerca de los ríos; el maíz á diversas altitu- 
des y en gran número de variedades; los banatieros , que pro- 
porcionan el verdadero pan de muchas poblaciones, abundan 
hasta por cima de 2.000 metros en variedades y formas nume- 
rosas. 

Estas altas sierras, cuyas regiones botánicas acabo de rese- 
ñaros, se hallan casi en los límites, entre Venezuela y Colom- 
bia, y botánicamente, para ambos países pueden considerarse 
como comunes; aparte de ellas, característicos para Venezuela 
son sus interminables llanos, admirablemente descritos por 
Humboldt; se extienden desde la Sierra Nevada de Mérida 
hasta el gran delta del Orinoco, y desde las montañas costeñas 
de Caracas hasta tocar con los montes de la Guayana; expues- 
tos á alternativas de sequedad y de humedad extremadas, se 
presentan ya con aspecto de desierto árido y seco, ya total- 
mente cubiertos de flores y de verdura; un césped de gramí- 
neas amarillento y como tostado, los cubre en el primer caso, 
bajo un sol ardiente y un cielo sin nubes; á lo más, suelen verse, 
como islotes en un mar, algunos grupos de la Copernicia tecto- 
rutn ó palma de los llanos, que, por su adaptación á aquellas 
localidades, parece desafiar aquel ambiente abrasado, pero es 
casi seguro que sus raíces encuentran alguna humedad en el 
suelo, pues sin ella, como dice Goeze, ni esta palma podría vi- 
vir en los llanos, ni el datilero en el Sahara. Cuando cesa la 
sequía, y lluvias torrenciales convierten los llanos en inmenso 
lago, la tierra, empapada en agua, se cubre en pocos días de lo- 
zana verdura, esmaltada de flores, cambiándose como por en- 
canto el árido desierto en paisaje de aspecto mágico. 

De la Guayana, por el poco tiempo disponible, sólo he de 
deciros que en las aguas tranquilas de sus ríos halló Schomburgh, 



— 26 — 

en 1837, la Victoria regia, la más hermosa de las plantas acuá- 
ticas por sus hojas circulares de uno á dos metros de diámetro, 
de haz verde y envés rojizo, y por sus flores blancas ó algo ro- 
sadas, con un diámetro de 30 á 40 centímetros; si bien otros 
viajeros, Poppig por ejemplo, la vieron antes en algunos afluen- 
tes al Amazonas, Schomburgh fué el primero que llamó sobre 
ella la atención, no sólo por sus descripciones, sino por haber 
intentado, y con buen éxito, el cultivo de esa planta en Europa; 
cerca de las corrientes donde vive la Victoria regia, vegeta una 
de las más venenosas, el Strychnos toxifera, de cuyo jugo se ob- 
tiene el terrible urari con que los indios envenenan sus flechas. 

Y entramos ya en la extensa república del Brasil, que ocupa 
una tercera parte próximamente de toda la América del Sur. 

No encontramos, sin embargo, en toda ella verdaderas regio- 
-nes alpinas; todas sus montañas quedan muy por bajo del límite 
de las nieves perpetuas; por eso, la división en regiones, según 
las diversas altitudes, no nos ofrece aquí el interés botánico que 
en Colombia, por ejemplo, ó en los demás países en que pene- 
tran los Andes ó sus grandes ramificaciones. 

Distinguiremos en el Brasil, siguiendo en esto á la mayoría 
de los botánicos, dos grandes zonas, la ecuatorial y la tropical. 
La primera suele llamarse también del Amazonas, por com- 
prenderse en ella la cuenca de ese río, y Humboldt la deno- 
minó /lylcea, del nombre griego tile, madera, por sus grandes 
bosques, nombre que se le conserva en los tratados de geogra- 
fía botánica. Altas mesetas contribuyen á separar ambas zonas. 
Suelen hallarse en las dos las mismas familias vegetales, pero 
representadas por especies distintas; en la ecuatorial abundan 
mucho más, por ejemplo, las palmas, las anonáceas, los cactus, 
las mimoseas, etc., y en la tropical las lauríneas, Xts.s piperáceas, 
y, sobre todo, los heléchos arbóreos; algunas plantas notables 
de la zona ecuatorial avanzan bastante hacia el Sur, penetrando 
en la tropical, por ejemplo, la Hancornia speciosa, llamada vul- 
garmente mangaba ó mangaiba, que produce un cauchú de 
primer orden, el llamado cauchú de Pernambuco, y la Coperni- 
cia cerífera ó carnauba, palma tan útil como el cocotero, aparte 
de su cera que, en forma de escamitas, cubre las hojas tiernas. 
En la parte superior de la hylcea , hasta donde el Río Negra 



— 27 — 

desemboca en el Amazonas, se encuentran los mayores y más 
espesos bosques; hay en esa sección dos períodos de grandes 
lluvias, de Febrero á Junio y de Octubre á Enero ; y como en 
el resto del año hay casi de continuo densas nieblas, nunca 
falta humedad á la vegetación, y así ésta no tiene época alguna 
de reposo. En la sección inferior, desde el Río Negro á la des- 
embocadura del Amazonas, reinan con frecuencia vientos del 
Este, que llevan al interior la frescura del Atlántico; aquí ya sue- 
len marcarse períodos más secos, y por eso con los bosques al- 
ternan las sabanas, por más que el carácter general de la vege- 
tación siga siendo bastante uniforme. En ningún país del mundo 
existen tantas pa¿mas ni en tanta riqueza y variedad de formas 
como en esta parte del Brasil; sólo las especies endémicas pa- 
san de sesenta, habiendo otras muchas que traspasan los límites 
de la hylcea. Hace ya más de veinte años que Grisebach calcu- 
laba que las especies de diversas familias, endémicas en esta re- 
gión, no bajarían de 2000. Entre otras muchas plantas notables, 
viven también aquí la Bauhinia scandens^ cuyos troncos trepa- 
dores y acodillados á trechospor la sinuosidad de su crecimiento^ 
reciben el nombre vulgar de escala de monos; el Philodendron 
imberbe^ que se cría en las cimas de los árboles, y cuyas raíces, 
parecidas á cordones blancos y negros, descienden hasta tocar 
con el suelo y arraigar en él; el Ficiis doliaria^ higuera colosal, 
entre cuyas ramas se desarrolla un verdadero jardin de brome- 
Itáceas, orquídeas y aroideas ; pero lo que más llama la aten- 
ción en tstefíciis es la disposición de sus raíces aéreas que, par- 
tiendo de su tronco, á tres ó cuatro metros de altura sobre el 
suelo y sirviendo á aquel como de andamio, como de pilares 
para sostenerlo, bajan, engrosando cada vez más, hasta tocar la 
tierra y arraigar en ella á dos ó tres metros de distancia del pie 
del árbol; la Bertholletia excelsa^ mirtáceaque produce las agra- 
dables y nutritivas castañas del Brasil^ y cuyos grandes frutos, 
de medio pie de diámetro, cayendo de lo alto de las copas, son 
verdadero peligro para las personas que se dedican á recoger- 
los; aquí también el caiichú de Para (Siphonia elástica)^ y ca- 
cao^ vainilla^ zarzaparrilla y otras muchas especies, que pro- 
porcionan al comercio ricas maderas, excelentes fibras vegetales 
y estimadísimas drogas. 



— 38 — 

En la zona tropical, que comprende todo el resto del Brasil 
hasta su extremo meridional, pueden distinguirse: bosques vír- 
genes, principalmente en la parte costeña, desde las cumbres de 
la Serta do mar hasta llegar á los Manglares de las playas del 
Atlántico ; y los campos^ ya desnudos de arbolado como mu- 
chas de las sabanas de América, ya con bosquetes, llamados en 
el país catingas; y es curiosa la relación que, según Goeze 
(1. c), existe entrQ esos tres grupos y el suelo: los bosques pros- 
peran mejor sobre el granito, el gneis y las areniscas; los cam- 
pos tienen, por lo común, suelo pizarroso; y las catingas se en- 
cuentran en las calizas. Los bosques ostentan una vegetación 
parecida á la de todos los de clima cálido y húmedo de la Amé- 
rica tropical; en estos de la costa brasileña se ven, entre árboles 
colosales de variadas especies, abundantes y esbeltos heléchos 
arbóreos, y una variedad y riqueza de bejucos y plantas epífitas, 
como quizá en ninguna otra parte, á no ser en los montes del 
Archipiélago índico. 

Como no los he visitado, no puedo hablaros por propia expe- 
riencia de los llamados bosques vírgenes; pero os diré lo que de 
ellos opino, deduciéndolo de las relaciones mismas de los botá- 
nicos viajeros: claro es que la impresión primera debe ser de 
admiración, de encanto, producidos por la extraña novedad y 
por la variada riqueza de tantas formas orgánicas; claro es que 
en regiones, como la del Amazonas, en que tanto abundan las 
grandes palmeras, la vista de sus frondas elegantes, de sus es- 
beltos penachos saliendo por cima de los demás árboles y for- 
mando así una especie de bosque aéreo sobre el bosque te- 
rrestre, ha de ser un espectáculo grandioso, hermosísimo; es 
decir, que los detalles han de ofrecer al naturalista una fuente 
de goces y de curiosas observaciones; pero, pasada la primera 
impresión, satisfecha la curiosidad, el conjunto, aquel amonto- 
namiento de formas diversas en pequeño espacio, unas sobre 
otras, ocultando las parásitas á las que viven del suelo; aquella 
escasez de luz por la cubierta espesa del follaje; aquella falta de 
aire; aquel ambiente cálido y saturado de olores, que pudiéra- 
mos llamar cadavéricos, producidos por tantos vegetales en 
descomposición; aquella falta de horizonte que limite los obje- 
tos, todo ello ha de producir al fin cierta opresión en el pecho, 



— 29 — 

angustia en el ánimo, y ese natural anhelo hacia la luz, hacia el 
aire puro, hacia los horizontes dilatados, hacia el cielo sin fin, 
como el que se admira y se goza desde la cumbre de las mon- 
tañas. 

La aglomeración de plantas parásitas y epífitas suele ser tal, 
que muchos naturalistas, entre ellos Humboldt, hacen notar la 
extensión considerable de terreno que ocuparían de seguro, si 
creciesen sobre el suelo y separadamente, todas las que suelen 
vivir sobre un solo árbol de los bosques tropicales; cuando ese 
árbol es ya viejo y su madera se halla carcomida, esas mismas 
plantas que sobre él viven, contribuyen con su peso al derrum- 
bamiento del añoso tronco; y sobre el tronco caído y descom- 
puesto se desarrolla en poco tiempo nueva y poderosa vegeta- 
ción, presentando uno de los casos más curiosos de la lucha 
por la vida, según la feliz expresión de Darwin, lucha que en 
pocas partes aparece tan exigente, tan imperiosa, tan terrible, 
como en los bosques tropicales; en ellos se hallan reunidos los 
dos factores, los dos agentes principales de la vida: humedad y 
calor; pero, á la vez, falta espacio para el desarrollo de las for- 
mas en que la vida ha de manifestarse. Ya Fernández de Oviedo, 
en su proemio al lib. ix, en que trata de los árboles salva- 
jes, decía: «Y en muchas partes no se puede ver el cielo desde 
debajo destas arboledas, por ser tan altas y tan espesas é llenas 
de rama; y en muchas partes no se puede andar entre ellas, por- 
que demás de su espesura, hay otras plantas é verduras tan te- 
xidas y revueltas é de tantos espinos, é bejucos é otras ramas 
mezcladas, que con mucho trabaxo é á fuerza de puñales y ha- 
chas es menester abrir el camino.» 

'Los, ca77tpos presentan vegetación más humilde, de hierbas 
y matillas, sin árboles altos, pero sin que falten algunos rodales 
de matas y de hermosos arbustos ; en muchos puntos suelen 
practicarse las quemas^ como en los matorrales de nuestra Sie- 
rra Morena, para fomentar con las cenizas el desarrollo de las 
hierbas de pasto; como el fuego penetra poco en el suelo, aun 
suelen verse la Maiiritia vinifera y algunas palmas de tronco 
enano, que viven en esos campos con sus troncos chamuscados. 
El influjo de la época seca, en que el suelo pierde su humedad 
y la vegetación reposa, se marca bastante en las catingas^ mu- 



— 30 — 

cho más cuando estos bosquetes están formados por árboles de 
hoja caediza; desnudas aquellas de follaje, resalta mucho (dis- 
tinguiéndolas bien de los bosquetes europeos) el color verde de 
los cactus y de las parásitas y epifitas. Una forma especial de 
catingas es la que presentan los llamados en el país pinheiros, 
poblados por la araucaria del Brasil (Araucaria brasilien- 
sis). En esta zona, por último, vive también el té del Para- 
guay, especie de acebo (llex paraguanensis), usado aquí y en el 
Paraguay como el verdadero té en la China. 

Y volviendo á las montañas, entramos en el Perú; pocos paí- 
ses habrá en que existan mayores contrastes en el clima y en la 
vegetación; costas sin lluvia; valles siempre húmedos por den- 
sas nieblas; cimas cubiertas de eterna nieve; riscos vestidos sólo 
de liqúenes secos y costrosos; verdes praderas alpinas; estepas 
de hierba pajiza; bosques vírgenes con palmas gigantescas y con 
otros muchos árboles tropicales; todo esto se halla aquí. Ya 
dijo Humboldt, refiriéndose á los Andes: «En esta cordillera 
ofrece el clima todas sus gradaciones, desde la temperatura me- 
dia más alta hasta la de las nieves perpetuas, y aquí se reúnen 
las formas vegetales de todas las zonas, desde la ecuatorial á la 
polar.» 

Algunos botánicos, admitiendo la división que en el país 
mismo suele hacerse y los nombres allí corrientes, distinguen 
tres grandes regiones: la costa, la sierra y la montaña; la pri- 
mera es la faja comprendida entre el pie de los Andes y la 
orilla del Pacífico; la segunda es la cordillera de los Andes, 
y la tercera la forman los bosques en la vertiente oriental de 
aquéllos. 

La costa, en lo inculto, es casi tan pobre de vegetación como 
el desierto de Sahara, á pesar de los ríos que, bajando de los 
Andes, la atraviesan. Aseguran varios viajeros que en algunos 
puntos de la costa peruana no llueve casi nunca, y que en toda 
ella la lluvia es fenómeno raro; ya Agustín de Zarate, en su 
Historia del Perú (Bibl. Rivadeneyra, Hist. de Indias, t. ii, 
página 466), decía: «En pasando de Túmbez hacia el Mediodía, 
en espacio de 500 leguas, por luengo de costa, ni en 10 leguas 
la tierra adentro, no llueve ni truena jamás, ni cae rayo Es- 
tos llanos son muy secos y de muy grandes arenales, porque no 



_ 31 — 

llueve jamás en ellos, ni se halla fuente, ni pozo, ni otro ningún 

manantial Mantiénense 'del agua de los ríos que descienden 

de la Sierra.»— En los barrancos, adonde llega algo de hume- 
dad, se desarrollan algunos arbustos ó matas, propios de estas 
localidades secas: un algarrobo (Prosopis hórrida)^ un alcapa- 
rro (Capparis crotoiioides) y el llamado zapote de perro) Coli- 
codendron scabridum). Excusado parece añadir, que, sin em- 
bargo, los estrechos valles de los ríos que bajan de los Andes, 
á donde alcanza el riego, forman notable contraste con el de- 
sierto que los encierra, como que en ellos prosperan los culti- 
vos tropicales de los aguacates^ chirimoyos^ bananeros^ ana- 
nas^ palmas^ etc., etc. 

La sierra consta de tres cadenas de montañas ó cordilleras 
parciales: dos, próximas y paralelas, en el lado occidental, y la 
tercera, la oriental, que arranca de la parte alta de la cuenca 
del Amazonas; se distinguen con los nombres de cordillera 
marítima (la más próxima al Pacífico), cordillera central y los 
Andes, esto es, los Andes por excelencia, puesto que todas tres, 
en realidad, á ellos pertenecen. Aquí también podría presenta- 
ros una división detallada en regiones, según las diversas altitu- 
des; pero sería repetir, en gran parte, lo expuesto al hablaros de 
las sierras de Colombia y Venezuela; sólo añadiré que en estas 
cordilleras peruanas, desde 2.000 á 3.000 metros de altitud, y 
aun algo más arriba, se cultiva una salsolácea, el llamado qui- 
noa (Chenopodium quinoa), que por sus semillas, casi reem- 
plaza á los cereales, cuyo cultivo no sería ya posible en estas 
altitudes. 

La tercera región, la montaña, la forman los grandes bosques 
que se extienden por la falda oriental de los Andes y dentro ya 
de la cuenca del Amazonas; pueden distinguirse en ellos dos 
secciones : la de los bosques subtropicales en la falda misma de los 
Andes, y la de los bosques tropicales en el llano ya del Amazo- 
nas. En la primera viven numerosas melastomáceas (por ejem- 
plo, del género Lasiandra, con abundantes flores rojas), laurí- 
neas, heléchos arbóreos, y algo más abajo, hermosas palmas; 
pero, sobre todo, abundan, en esta parte de los Andes, los 
quinos (Cinchona); extiéndense éstos por los bosques andinos 
de Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia, desde 



%2 



los io° latitud boreal á los 19° latitud austral, entre 1.500 y 
2.500 metros de altitud; su límite, al Norte, se halla en la Sierra- 
Nevada de Santa Marta (Colombia); luz intensa, temperatura 
poco variable (entre 12° y 20° centígrados de temperatura me- 
dia), y vientos húmedos, parecen ser las principales condiciones 
de prosperidad, en los Andes, de estos árboles útilísimos. Hace 
ya bastantes años que se han introducido y se cultivan con éxito 
en Java, en la Australia tropical y en otros países. 

Otra planta, un arbusto, es hoy para los peruanos casi tan im- 
portante como los quinos para la humanidad doliente: la coca 
(Erythroxylon coca); vive ésta espontánea, y se cultiva además 
en los Andes hasta unos 2.000 metros de altitud; se asegura que 
mascando sus hojas presta energía al sistema nervioso y cierta 
excitación al ánimo; lo cierto es que el indio, con ella, soporta 
bien fríos, humedades, la fatiga corporal, y aun la falta de ali- 
mento, usándola como tónico, con ventaja sobre las bebidas al- 
cohólicas. Ya se ha introducido también la cocaína^ el alcaloide 
extraído de la coca^ en la medicina como anestésico local. Por 
último, en la región de los quinos vive y embalsama el ambiente 
el heliotropo (Heliotropium periivianum)^ tan conocido y tan 
estimado en nuestros jardines. De la segunda sección, de los 
bosques tropicales, nada añado, porque sería casi mera repeti- 
ción de lo dicho al hablar del Brasil. 

La República Argentina se halla, como sabéis, ocupada en 
gran parte por las Pampas, extensa llanura casi desarbolada, de 
suelo ya salado y pobre, ya fértil y convertido, apenas llueve, 
en un mar de verdura; en la parte más próxima á los Andes 
empiezan á presentarse los árboles, aislados al principio; tam- 
bién á lo largo de la costa existen algunos bosques, que al irse 
alejando de ella, van aclarándose y disminuyendo, y cediendo 
el terreno á las gramíneas, agáveas y cácteas, que lo dominan 
y apenas permiten el desarrollo de algunas matas y matillas de 
compuestas, solanáceas, verbenáceas y cruciferas; entre ellas 
suele verse una planta europea, intrusa, como otras varias, en 
las Pampas, la cual, desde hace un siglo próximamente, va ex- 
tendiéndose por ellas, y en varios puntos es ya especie domi- 
nante en aquella escasa flora; me refiero (tomándolo de Goeze) 
á la Cynara cardunculus, cardo ó alcaucil, que vive en núes- 



— 33 — 

tras provincias del Este y del Sur. Escasas palmas^ y algunos 
otros árboles y arbustos, logran apenas disminuir la monotonía 
del paisaje, animado sólo donde descuella el magnífico Gyne- 
riiim argentetun, hermosa gramínea, cultivada ya con frecuen- 
cia en los jardines de Europa, por los elegantes y vistosos pe- 
nachos de su inflorescencia. 

El Río Colorado forma el límite meridional de las Pampas. — 
En los llanos del Gran- Chaco y de Paraguay, donde el suelo 
es arenoso y húmedo ó algo salado, suelen verse rodales de la 
palma llamada carnauba ( Copernicia cerífera)^ ya citada, y de 
algunos algarrobos (Prosopis). 

En Chile se nos presenta la flora bastante bien dividida en 
dos secciones, en dos grandes distritos, como ya indicó Grise- 
bach, llamándolos distrito chileno ó de transición^ que com- 
prende las provincias centrales y las del Norte, desde Valpa- 
raíso hasta Atacama, y distrito antartico ó de los bosques, que 
comprende las provincias del Sur; el primero, con caracteres 
de zona subtropical; el segundo, con los de zona templada, y 
aun fría, en su extremo meridional. Tenemos, pues, en un país 
no muy extenso dos floras bastante diversas, tanto respecto á 
sus producciones endémicas, como respecto á sus condiciones 
de clima. Hacia el Norte, se entra poco á poco en el gran de- 
sierto de Atacama, y hacia el Sur, en los espesos bosques siem- 
pre verdes que se extienden hasta la Patagonia; en la flora del 
primer distrito hay, en general, escasez de grandes árboles; en 
las costas, y en la falda de los Andes, crecen diversas formas de 
cácteas, principalmente de ceretis, la vistosa Puya chilensis 
(de las Bromeliáceas), la J^ubcea spectabilis, palma de tronco 
panzudo, que desde la costa sube hasta algo más de i.ooo me- 
tros de altitud, y que ya va siendo rara, porque la gente del 
país la destruye por aprovechar su jugo azucarado; en los va- 
lles altos, frescos y húmedos por la nieve derretida de la cordi- 
llera, la vegetación adquiere mayor lozanía y se ven bastantes 
mirtáceas ( Myr tus y Eugenia), y entre ellas, hermosas violas, 
calceolarias, anernones, etc., etc. 

En el distrito del Sur, ó antartico, de clima insular, el agua 
abunda, la vegetación es más pujante, y los bosques altos llegan 
hasta tocar el hmite de las nieves; es notable en ellos la espe- 



— 34 — 

sura, y asi como en los de Méjico sorprende al botánico europeo 
la variedad y la abundancia de los robles, aquí tropieza con otro 
genero no menos conocido y estimado en Europa, con el de las 
hayas: aquí el JFagus obliqna de hoja caediza, vive acompañado 
de otros de hoja persistente, como el Fagus betuloides. No fal- 
tan lauríneas y mirtáceas; y una compuesta arbórea, la Floto- 
via diacanihoides, con troncos que alguna vez llegan á tener de 
20 á 3c metros de altura, contribuye también á formar la masa 
del bosque. Pero los árboles dominantes son las hayas; los que 
aquí faltan ya por completo son los heléchos arbóreos y las pal- 
mas; sólo se ve la Lomaría magellanica, helécho que enlaza 
los arbóreos con los herbáceos; los Berberís y las Escallonías 
forman el matorral ó mata baja. Aquí tienen su patria varias 
fuchsías, tan comunes ya en los jardines de Madrid; \2,Fuchsía 
coccífiea, la primera que se trajo á Europa, sube hasta tocar la 
región de las nieves. La araucaria de Chile (Araucaria imbrí- 
cala), adorna las montañas de Arauco y forma en ellas extensos 
bosques. La flora alpina es riquísima en este distrito; cultívase 
aquí también el Chenopodíum Quínoa, de que antes os ha- 
blaba, y sus semillas y tubérculos, así como los piñones de las 
araucarias, son de alguna importancia en la alimentación de 
los indios. 

Hacia los 39° lat. aust., cesan las araucarias y empiezan á 
verse otras coniferas menos conocidas: la Fitzroya patagó- 
nica, la Saxegothea conspicua, un Podocarpus chileno y los Li- 
bocedrus; donde acaban éstas, y con ellas la vegetación arbó- 
rea, aun queda una taxínea, el Lepidothamnus, que represen- 
tan aquí lo que en los montes europeos el Pinus Pumílio. 
Menos frondosos cada vez y más desmedrados, siguen estos 
bosques hacia el Sur, por la Patagonia y Tierra del Fuego, 
hasta el Cabo de Hornos, donde ya por la violencia de las tem- 
pestades y por el clima asperísimo, sólo prosperan en algunos 
gollizos y sitios especialmente abrigados los Fagus antartica y 
betuloides, y donde éstas desaparecen, aun se ve una liaya ar- 
bustiforme, el Fagus Pumílio. 

Y ahí tenéis, señores, no un cuadro, sería loca presunción 
llamarlo así, sino algunos rasgos mal dibujados de la flora ame- 
ricana, de la flora de esos países cuyo descubrimiento se debe 



— 35 — 



á Colón y á los valerosos españoles que le acompañaron en su 
empresa; pues si es verdad que el nombre de Colón debe figu- 
rar siempre en primera línea, también lo es que no pueden se- 
pararse de aquel nombre ilustre los de los españoles que unos 
con sus consejos, otros con sus bienes de fortuna y otros con 
su persona y arriesgando la vida, le ayudaron en aquella expe- 
dición que, como ha dicho hace poco en un artículo titulado 
€l Gran Centenario D. Federico Balart, «ha sido la expedi- 
ción más audaz, la más fecunda, la más gloriosa que han aco- 
metido los hombres.» 



PRIMERAS NOTICIAS 

ACERCA DE 

LA VEGETACIÓN AMERICANA 

Y RESUMEN DE LAS EXPEDICIONES BOTÁNICAS 
DE LOS ESPAÑOLES 



ATENEO DE MADRID 

PRIMERAS NOTICIAS 

ACERCA DE 

LA VEGETACIÓN AMERICANA 

SUMINISTRADAS POR EL ALMIRANTE COLÓN 

Y LOS INMEDIATOS CONTINUADORES DE LAS INVESTIGACIONES DIRIGIDAS 

AL CONOCIMIENTO DE LAS PLANTAS 

CON UN RESUMEN 

DE LAS 

EXPEDICIONES BOTÁNICAS DE LOS ESPAÑOLES 



CONFERENCIAS 

DEL 

DOCTOR D. MIGUEL COLMEIRO 

RECTOR DE LA UNIVERSIDAD CENTRAL 

una leída el ai de Abril 
y otra pronunciada el xi de Mayo de 1892 



-»^^c- 



MADRID 

ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO «SUCESORES DE RIVADENEVRA» 

IMPRESORES DE LA REAL CASA 

Paseo de San Vicente, 20 
1892 



Señores: 

Muchos y tan diversos, como interesantes', son los estudios 
relativos al influjo ejercido por el descubrimiento de un nuevo 
mundo en el progreso y bienestar de la humanidad entera, y 
entre ellos ocupa un importante lugar el conocimiento del 
grande número de seres vivos, tanto vegetales como animales, 
allí hallados, y en su mayor parte bien distintos de los que pue- 
blan el mundo antiguo, siendo verdadero complemento de las 
formas en él existentes. El estado de la ciencia permite en la 
actualidad reconocerlo después de muchas investigaciones, fre- 
cuentemente repetidas en todas las regiones del globo, y que 
eran difíciles ó imposibles en los antiguos tiempos, y también 
menos conformes con el espíritu entonces dominante. Fueron 
los vegetales mirados al principio con particular predilección, 
por más que nunca se hayan echado en olvido los animales, 
cuyo estudio fué á la vez progresando considerablemente, lle- 
gando á ser copiosísimo el catálogo de los descritos. 

Limitábanse los antiguos al conocimiento de las plantas más 
ó menos útiles por sus propiedades y usos, dando preferencia á 
las que ofrecían interés bajo los aspectos médico y agronómico, 
según lo acreditan los escritos, que se deben á la cultura de los 
griegos y latinos, así como á la de los árabes, que les siguieron 



— 6 — 

é imitaron. Dominaron absolutamente Teofrasto , Dioscórides 
y Plinio durante largo tiempo, creyéndose que bastaban sus 
obras para instruirse en todo lo concerniente á la vegetación 
de cualquiera territorio sin ocuparse en comprobarlo, estudián- 
dola directamente, y ésta era todavía la tendencia reinante en 
el siglo XV á pesar de los grandes descubrimientos geográficos 
que entonces se realizaron y del afán en continuarlos, presin- 
tiendo que existían tierras desconocidas. Entre las obras impre- 
sas antes de terminar aquel siglo, se cuentan las de los tres cé- 
lebres naturalistas de la antigüedad, habiendo obtenido Plinioi 
compilador de todos ellos, la preferencia, como lo demuestra 
haberse hecho ocho ó nueve ediciones de su Historia Natu- 
ral {\) desde el año 1469 hasta el 1491. 

El conjunto de las plantas mencionadas por los escritores 
griegos y latinos, se aproximaba á mil y doscientas especies de 
diferentes procedencias, número bien poco considerable por 
más que corresponda á las regiones del antiguo mundo enton- 
ces conocidas, y que no acrecentaron mucho los árabes con las 
indígenas de Persia, India y China que agregaron, resultando 
escasamente un reducidísimo total de mil y cuatrocientas plan- 
tas (2). Al empezar el segundo tercio del siglo xvi se despertó 
la idea de examinar las plantas propias de cada país, generali- 
zándose sucesivamente, aunque no dejasen de traducirse y co- 
mentarse los antiguos autores con marcada predilección du- 
rante mucho tiempo. Iniciada la realización de aquella idea y 
propagada en toda Europa, no pudo menos de dar por resul- 
tado que se aumentase la suma de conocimientos relativos á la 
vegetación del orbe antiguo, que en su mayor parte estaba poco 
ó nada estudiada. 

El descubrimiento del Nuevo Mundo confirmó y puso de 
manifiesto la necesidad de un examen independiente de cuanto 
se había escrito, tratándose de una vegetación ignorada, aun- 
que no desprovista de conexiones con la de las demás partes 



(i) Entre los libros, con notas autógrafas de Colón, que se conservan en la biblio- 
teca de su nombre, existente en Sevilla, hay una traducción italiana de Plinio im- 
presa en Venecia en el año 1489, que examinó D. Simón de la Rosa, y es edición ante- 
rior á la que suele citarse como del 1501. 

(2) Sprengel, Historia rei herbaria, tomo l; Amsterdam, 1807. 



— 7 — 

del globo, como tendían á pensarlo los primeros que la vieron, 
si bien apreciando con frecuencia inexactamente las semejan- 
zas y afinidades, originándose de ello no pocos nombres vulga- 
res que carecen de propiedad. No era fácil que sucediese lo 
contrario entre hombres destituidos de especiales conocimien- 
tos, siendo además cierto que cuantos en aquel tiempo los po- 
seían distaban de hallarse en las condiciones creadas por el 
ulterior progreso de la ciencia. Procurábase entonces distinguir 
las especies, ensanchando más ó menos sus límites; y en cuanto 
á los géneros existía bastante incertidumbre por no hallarse to- 
davía bien definidos, sin que fuera posible reunirlos en fami- 
lias, como más tarde llegó á verificarse. 

Si la vegetación del antiguo mundo se hubiese estudiado su- 
ficientemente antes de descubrir el nuevo, y si se hubiera es- 
tablecido una distribución bastante metódica de las plantas, que 
permitiese tener cierta idea de sus naturales agrupaciones, 
acaso se notaría el escaso contingente de algunas de ellas y la 
falta de ciertas transiciones entre las formas existentes en las 
regiones del globo antiguamente conocidas, pudiendo resultar 
de todo ello que algún talento privilegiado llegara á deducir, en 
vista de tales deficiencias, que era probable la existencia de 
otras regiones, cuya vegetación completase y armonizase todas 
las partes de su precioso conjunto. 

Lo que hace cuatro siglos pudiera ser un sueño, en las supues- 
tas circunstancias ha llegado á ser un hecho demostrado en 
nuestros tiempos, desde el momento en que la Geografía botá- 
nica se ha constituido en verdadera ciencia con sólidos funda- 
mentos, unos propios y otros debidos al concurso de variados 
conocimientos. Muchas familias importantes del reino vegetal 
fueron acrecentadas con numerosas especies pertenecientes á 
los géneros antes conocidos ó propias de otros nuevos, exis- 
tiendo, no obstante, particularmente en las regiones del Norte, 
algunas no distintas de las europeas, y familias hubo también 
que recibieron su principal contingente de diversos territorios 
del Nuevo Mundo, pudiendo citarse, como muy notable, la de 
las melastomáceas bajo este punto de vista, sin que dejen de 
serlo una quincena más, cuya extensión se hizo extraordinaria- 
mente mayor. Conociéronse al propio tiempo nuevas familias. 



que sin llamar la atención en general por su número y riqueza, 
la merecen por lo bien caracterizadas, siendo mayores en pri- 
mer lugar la de las cácteas, y en segundo la de las bromelia- 
ceas; aquélla compuesta de mil especies, una sola moderna- 
mente hallada en el antiguo mundo, y la última con trescientas 
cincuenta especies peculiares del nuevo, advirtiendo que algu- 
nas más ó menos notables de ambas familias, transportadas 
fuera de su propia área, prosperan actualmente lejos de ella. 

Antes del siglo xv, y durante él, hasta que fué descubierto 
por los portugueses el Cabo de Buena Esperanza (1486), eran 
largos y penosos los viajes comerciales que se hacían á la India 
oriental, con el principal objeto detraer á Europa los simples 
medicinales y demás producciones usuales, entre las cuales se 
contaban las especias. El nuevo camino mostrado por Vasco de 
Gama facilitó á cuantos navegaban y comerciaban el conoci- 
miento de los árboles y plantas de la India é islas próximas, 
sucediendo lo mismo respecto de las costas de África, explora- 
das principalmente por los portugueses y españoles, compren- 
diéndose por tanto que al encontrar nuevas tierras se propusie- 
sen hallar aquellas preciadas producciones ú otras similares, y 
tal fué la preocupación de Cristóbal Colón y de los demás des- 
cubridores del Nuevo Mundo que le siguieron, fundada ade- 
más al principio en la idea de hallar la India oriental por oc- 
cidente, pretendiendo deducirlo de indicaciones hechas por 
algunos escritores antiguos, susceptibles de ser interpretadas 
en aquel sentido. 

Llegó el momento de realizarse el pensamiento de Cristóbal 
Colón, cuya constancia, nacida de convicción y á la vez de pre- 
sentimiento, pudo vencer muchas contrariedades, hallando 
afortunadamente en España, para gloria nuestra, los auxilios 
que se le habían negado en otras naciones de Europa. Los pre- 
parativos y vicisitudes de los viajes verificados bajo la dirección 
de su iniciador son del dominio de la Historia y bastante cono- 
cidos; pero no lo son tanto algunas observaciones hechas por 
él acerca de las producciones naturales de las tierras descubier- 
tas, mereciendo particular examen cuanto se refiere á la por- 
tentosa vegetación que se encontró en aquellas regiones, vién- 
dola primero en las islas y después en el continente ó Tierra 



— 9 — 

Firme. El Derrotero de Colón, copiado por Fr. Bartolomé de 
Las Casas (i), contiene las primeras noticias de esta índole, que 
se hallan algún tanto ampliadas en la Historia del Almirante^ 
escrita por su hijo Fernando, y cuya primera edición italiana 
apareció en Venecia {1571), habiéndose traducido y pubHcado 
en castellano (2). Las noticias contenidas en el Derrotero, con 
otras posteriores, fueron utilizadas por López de Gomara á me- 
diados del siglo XVI, y por Herrera al empezar el siglo xvii en 
sus respectivas Historias, la una titulada de las Indias, y la otra 
de los hechos de los castellanos en las islas y Tierra Firme del 
Océano. 

Sabido es que Cristóbal Colón, al emprender su /r/;;^^;' viaje, 
salió de Palos el 3 de Agosto de 1492, lanzándose al Océano 
Atlántico con sus compañeros en tres modestas naves, habiendo 
llegado á ver por primera vez tierra del Nuevo Mundo el 12 de 
Octubre del mismo año. Notó antes «yerba muy verde que 
poco había, según le parecía, que se había despegado de la tie- 
rra» y asimismo «muchas mas yerbas, y que parecian yerbas de 
rios», las cuales, en la Historia del Almirante, se designan 
como «yerba entre verde y pajiza que se via en la superficie del 
agua.. .. la qual dicen era semejante á la yerba-estrella, pero no 
tenía pie, y los ramos eran altos y estaba cargada de fruta (3) 
como la del lentisco», formando «grandes praderas de yerba 
sobre el agua», según lo expresó Fernández de Oviedo, aña- 
diendo que « son yerbas que llaman sargazos». Eranlo, en efecto, 
como pertenecientes al indicado género de algas con numero- 
sas especies, entre las cuales se halla una dedicada á Colón 
{Sargassiun Columhi Miguel) , tenida por variedad de la espe- 
cie, denominada baccifera {Sagassum bacciferum Ag.), que 
Linneo describió con otro nombre {Pucus natans Z,.), diciendo 
que habita en el piélago, nadando libremente y sin raíces. 

Desprendidas de tierra y un día antes de llegar á ella, se vio 
un junco verde, cierta yerba que nace en tierra ó una yerba de 



(i) Fernández Xavarrete, Colección de ios vtajcs y aescuhrtmientos que hicieron por 
mar los españoles, t. l; Madrid, 1825. 

(2) González de Barcia, Historiadores primitivos de las Indias, t. i; Madrid, 1749 

y 1799- 

(3) Vesiculix cavcE , quibus planta natitat; Ruiz, Coment-, 1798. 



— 10 



ribera, alguna caña y un «palillo cargado de escaramojos», ó sea 
un espino con fruto, como dice Herrera, y que Muñoz en su 
Historia del Nuevo Mundo (1793) calificó de espino con sus 
majuelas coloradas. Sería aventurado fijarlas especies de estas 
plantas, designadas de manera tan vaga, pudiendo, no obstante, 
sospecharse que el junco verde fuese más bien alguna juncia 
iCyperus)^ ú otra ciperácea, porque son muchas las que crecen 
en las islas del mar de las Antillas; también es posible que la 
yerba de ribera fuese alguna quenopodiacea, y en cuanto á la 
caña hay que elegir entre un ginerio, llamado caña de Castilla 
en Cuba {Gyneriii)?i saccharoides Kiinth), distinto del general- 
mente cultivado, y alguna palma delgada y anillada {Bactris)^ 
siendo más probable el hallazgo del primero. El «palillo cargado 
de escaramojos» no correspondería á un escaramujo ó rosal 
silvestre, ni tampoco á un espino majuelo ó de majuelas, como 
pudiera entenderse, y acaso parezca verosímil atribuirlo á una 
de las malpighiaceas con frutos rojizos, perteneciendo al Nuevo 
Mundo la mayor parte de las plantas de esta familia. 

La primera tierra reconocida por el intrépido navegante y sus 
compañeros fué la isla que se dijo llamarse de Guanahaní, nom- 
brada entonces San Salvador, y es una de las numerosas Luca- 
yas, recorriendo otras y llegando después á Cuba, y por fin 
á la Isla de Santo Domingo ó Española, que era Haití, desde 
donde determinó Colón realizar su regreso á España en princi- 
pios del siguiente año, aunque con ánimo de volver inmediata- 
mente. 

Mostróse Colón comunmente acertado en sus generales apre- 
ciaciones acerca de la vegetación, las cuales pueden conside- 
rarse sintetizadas en el siguiente pasaje: « y los arboles todos 

están tan disformes de los nuestros como el dia de la noche; 
y asi las frutas, y asi las yerbas, y las piedras y todas las cosas. 
Verdad es que algunos arboles eran de la naturaleza de otros 
que hay en Castilla, por ende habia muy gran diferencia, y los 
otros arboles de otras maneras eran tantos que no hay persona 
que lo pueda decir ni asemejar a otros de Castilla.» Refirién- 
dose áCuba añadía el Almirante, «que nunca tan hermosa cosa 
vido, lleno de árboles todo cercado el rio, fermosos y verdes, 
y diversos de los nuestros con flores y con su fruto, cada uno 



— II — 



de una manera la yerba era grande como en el Andalucía 

por Abril y Mayo.» 

Es notable, por otra parte, que Colón, juzgando por las apa- 
riencias, haya considerado como pertenecientes á «un solo ár- 
bol» los diferentes ramos y hojas, que efectivamente se mezclan 
y confunden cuando existen parásitas y bejucos más ó menos 
leñosos enroscados y hasta adheridos á los troncos y ramos de 
vegetales arborescentes, que les sirven de apoyo. Así debe in- 
terpretarse lo dicho por el Almirante y no tomarse en el sen- 
tido literal, como lo hizo Muñoz en su Historia del Nuevo 
Mundo (1793), aunque mucho antes (1530) hubiese indicado 
Pedro Mártyr de Angleria {Decas sept., cap. non.)^ que el be- 
juco serpentea por los troncos de los árboles como el lúpulo y 
los circuye con mayor tenacidad que la hiedra, advirtiendo que 
aquel nombre se aplica á diversas plantas. En este concepto, 
puede entenderse lo expresado por Colón, como se juzgará en 
vista del texto íntegro: « y vide muchos arboles muy disfor- 
mes de los nuestros y dellos muchos que tenian los ramos de 
muchas maneras y todo en un pie, y un ramito es de una ma- 
nera y otro de otra, y tan disforme que es la mayor maravilla 
del mundo cuanta es la diversidad de la una manera a la otra, 
verbi gracia, un ramo tenia las hojas a manera de cañas y otro 
de manera de lentisco ; y asi en un solo árbol de cinco ó seis 
de estas maneras; y todos tan diversos: ni estos son enjeridos, 
porque se pueda decir que el enjerto lo hace, antes son por los 
montes, ni cura dello esta gente.» 

Merece ser consignado que Colón se fijó mucho en el aspecto 
é importancia de la vegetación que encontraba á cada paso, ha- 
blando de ella con insistencia y doliéndose de no conocerla 
como si hubiese entonces quien no se hallase en igual caso, 
aunque él no lo creyese así, por haber pensado que había lle- 
gado á la India por occidente y que debían hallarse, por tanto, 
leños y especias, como los que se traían á Europa desde anti- 
guos tiempos por el comercio. Seguramente por esto dijo: « ni 

me se cansan los ojos de ver tan fermosas verduras y tan di- 
versas de las nuestras, y aun creo que ha en ellas muchas yer- 
bas y muchos arboles, que valen mucho en España para tin- 
turas y para medicinas de especiería, mas yo no las cognozco. 



— 12 



de que llevo grande pena.» Tal era su sentimiento, que lo ma- 
nifestó por segunda vez, diciendo « y después ha arboles de 

mil maneras y todos de su manera fruto y todos huelen que es 
maravilla, que yo estoy el mas penado del mundo de no los co- 
noscer, porque soy bien cierto que todos son cosa de valor y 
de ellos traigo la demuestra y asi mismo de las yerbas». 

Preocupaba en gran manera á Colón y sus compañeros la 
idea de encontrar las producciones exóticas más estimadas en 
Europa, y el mismo Almirante que aseguró con razón no ser 
árboles de verdadera canela los que dijo haber hallado el con- 
tramaestre de la Pinta ^ y de la cual trajo muestras á España, 
vio mucho de un palo oloroso, que tomó por el lináloe ó ligna- 
loe de la India {Aqiiilaria Agalocha Roxb.), confundiéndolo 
con algún otro leño (i), y mencionó las nueces moscadas, 
cuyo árbol tiene efectivamente afines en el Nuevo Mundo, y 
alguno de ellos {Myristica fatua Sw.) pudo haber visto Colón, 
juzgándolo como el genuino {^Myristica fragrans Thutib.)^ de- 
seoso de hallar cuanto correspondiese á «especiería». También 
consideró como verdadera almáciga una que el contramaestre 
de la Niña había hallado, pidiendo albricias, y con efecto 
«prometiólas el Almirante y envió á Rodrigo Sánchez y á 
Maestre Diego á los arboles y trujeron un poco della, la qual 
guardó para llevar á los Reyes y también del árbol y dice que 
se cognosció que era almáciga.» Más de una vez mencionó 
Colón el indicado árbol con el nombre de almacigo que con- 
serva, aunque el almacigo de Cuba {Biirsera gummifera 
jfacq?)^ calificado de amarillo, sea distinto de los antiguos y 
verdaderos {^Pistacia Lentiscus L. et P. atlántica Dcsf.), que 
pertenecen á la misma familia y son productores de la almáciga. 
No desconoció la diferencia entre ellos el celoso investigador, 

porque dijo, refiriéndose á los nuevos almacigos: « ha muchos 

y muy grandes y tienen la hoja como lentisco y el fruto, salvo 
que es mayor, asi los arboles como la hoja.» Indicó además 



(i) Hay en la colección del historiador Muñoz copia de un corto manuscrito de 
Antonio Villasante sobre el bálsamo de la Española, en que se menciona un árbol 
llamado caquen (?), que tenían por lináloe los españoles. La Farmacopea mexicana 
(1846) atribuye este leño a una Fugara, aplicándole el nombre especifico de Ligna' 
¡oes. 



— 13 — 

Colón el ruibarbo, aunque de una manera vaga é incierta, refi- 
riéndose á Vicente Yáñez Pinzón, que afirmó haberlo visto, 
sin que esto se haya confirmado respecto de especie alguna de 
su género {Rheum) entre las que comprende y son usadas. 

Vio Colón «muchas y altisimas palmas», así como algunos 
pinos {Piíius occidentalis Sw. et P. cubensis Griseb.), y des- 
pués de aquéllas mencionó las «nueces grandes de las de In- 
dia», que no es admisible perteneciesen á un nogal, como pre- 
sumió el historiador Muñoz, siendo lo creible que fuesen cocos, 
porque no es improbable que el cocotero {Cocos nucífera L.) 
existiese en las regiones intertropicales del Nuevo Mundo an- 
tes de su descubrimiento, y así parece demostrarlo tan signifi- 
cativa indicación. En cuanto á la existencia de «algodón y 
filado y obrado», no cabe duda alguna, correspondiendo segu- 
ramente á igual género que las especies y variedades del anti- 
guo mundo; y de las del nuevo pueden designarse dos {Gossy- 
pium hirsutum L. et G. barbadense Sw.) entre las propias del 
mismo que habrían producido el algodón hallado ; pero no dis- 
tinguió claramente el Almirante este verdadero algodón de 

otro que nombró de la misma manera: « el qual no siembran 

y nacen por los montes arboles grandes y creo que en todo 
tiempo lo haya para coger, porque vi los cogujos abiertos y 
otros que se abrian y flores todo en un árbol.» Claro es que 
esto debe referirse á una ó más bombaceas, y quizá principal- 
mente á la ceiba de Cuba {Eriodendron anfractuosum Z>C.), 
aun cuando pudiera serlo á otras ceibas y ceibones. 

Admiró á Colón la existencia de «mil maneras de frutas que 
no es posible escribir y todo debe ser cosa provechosa», sin que 
haya nombrado al pronto algunas de las que le hubiesen agra- 
dado. En cambio designó las «raices de que hacen pan los in- 
dios», denominándolo otra vez «Cazave, pan», que, como es 
sabido, se hace de la yuca amarga {Manihot utiltsstma Pohl.)^ 
y también de la yuca dulce ó boniata {Manihot Aipi PohL)^ que 
difiere por la inocencia del jugo de la raíz, volatilizándose el 
principio activo de la primera por la acción del calor ó del 
agua caliente, habiendo sido nombradas después por Fernández 
de Oviedo sus variedades. Mencionó el Almirante otras raíces, 
«que son como zanahorias, que tienen sabor de castañas», lia- 



— 14 — 

mandolas el mismo mames, ó más bien niames, equivalente á 
ñames, é indicando en otra parte el «pan que hacen de niames 
que ellos llaman ajes», y diciendo de estos últimos «que son 
unos ramillos que plantan y al pie dellos nacen unas raices 
como zanahorias que sirven por pan», circunstancias que indu- 
jeron á deducir que Colón debió hablar de las batatas y bonia- 
tos comunes (^Batatas cdulis Chois.) al emplear aquellos nom- 
bres. Así lo creyó Fr. Bartolomé de las Casas, afirmando ser 
ajes ó batatas los niames de Colón, y es indudable que el ilus- 
tre navegante había oído nombrar de esta manera en sus ante- 
riores viajes otras plantas con raíces tuberosas y comestibles, 
cu5'o cultivo llegó á generalizarse después en las regiones inter- 
tropicales, donde continúan llamándose ñames ó yames {Dios- 
corea alata L. D.^ sativa L. D., bulhifcra Z., etc.), cuyas deno- 
minaciones proceden de Guinea. Merece notarse qué el cronista 
Pedro Mártyr no haya empleado tales nombres, y sí los de 
ajes y batatas, diciendo ser éstas mejores, aunque enumeró 
nueve variedades de aquéllos, afirmando que existían muchas 
más. 

Conviene examinar con algún detenimiento lo que entendie- 
ron por ajes los primitivos investigadores de cosas de las In- 
dias, y desde luego parece que si Colón pudo tomar á las bata- 
tas por niames ó ñames, no estuvo desacertado en cuanto á la 
designación de los ajes, que cultivaban los indios, y que así 
fueron llamados por los antiguos historiadores, antes de gene- 
ralizarse la denominación africana, propiamente aplicada á di- 
versas especies de un mismo género {Dioscorea) existentes en 
ambos mundos ó introducidas en el nuevo. Es de notar que 
Fr. Bartolomé de las Casas identificó los ajes con las batatas, 
mientras que Fernández de Enciso, en la Suma de Geografía 
(Sevilla, 1 5 19), no olvidó señalar alguna diferencia al nombrar 
«ajes y batatas», diciendo que «las batatas son mejores, porque 
crudas tienen sabor de castañas, pero asadas es su comer». El 
Doctor Álvarez Chanca, que fué con Colón en su segundo 
viaje (1493), en «Carta que escribió á la Cibdad de Sevilla» 
(Enero de 1494), habló de los «ajes, que son como nabos, muy 
excelente manjar», sin indicar que los hubiese diferentes, lo 
cual tuvo que reconocerse, y al efecto, Fernández de Oviedo, 



— 15 - 

en el Sumario de la natural y general Historia de las Indias 
(Toledo, 1526), nombró distintamente «batatas y ajes», así 
como en la Primera parte de la natural y general Historia de 
las Indias^ que después se dio á luz (Sevilla, 1535), donde dijo 
ser las «batatas muy semejantes á los ajes, pero en sabor muy 

mejores: puesto que á mi parecer todo me parece una cosa 

salvo que las batatas es mas delicada fruta ó manjar». Trátase 
de una especie que presenta muchas variedades, y entre ellas 
la de raíz amarilla por dentro {Batatas edulis xanthorhiza 
Chois.)^ y la que la tiene blanca pueden ser las designadas en 
los citados escritos como batatas, á diferencia de los boniatos 
comunes ó ajes», que tiran á un «color como entremorado azul», 
mientras que las batatas son «mas pardas y mejores», como lo 
consignó el mismo Fernández de Oviedo en el Sumario , indi- 
cando en la Historia cinco variedades de ellas, todas menos 
una, enumeradas por Pedro Mártyr éntrelas de ajes. Respecto 
de los ñames ó ñames, fué bien explícito Fernández de Oviedo, 
porque los calificó de «fruta extrangera é no natural de aques- 
tas Indias é vino con esta mala casta de los negros aña- 
diendo que estos ñames quieren parecer ajes, pero no son tales, 
é son mayores que ajes comunmente.» 

Estando Colón en Cuba «hallaron los dos cristianos (los en- 
viados á ver la tierra) por el camino mucha gente, que atrave- 
saba á sus pueblos, mujeres y hombres con un tizón en la mano 
y yerbas para tomar sus sahumerios que acostumbraban.» Es- 
tos sahumerios eran los de la planta que los españoles desde 
entonces conocieron, aplicándole el nombre de tabaco {N'ico- 
tiana Tabacum L.), que Fernández de Oviedo dijo ser «yerba 
de calidad del veleño y el verdor (que) tira algo á la color de 
las hojas de la lengua de buey ó buglosa», pudiendo, además, 
ser la planta que se llamaba perebecenuc (i) en la isla Espa- 
ñola y Tierra Frme ; pero el insigne historiador de las Indias" 
creyó equivocadamente que el humo lo tomaban por las nari- 
ces, valiéndose de una cañuela ó tubo ahorquillado en forma de 



(i) Gaspar Bauhinio en su Pinax (2.* ed., 1671), pone el perebecenuc entre los 
sinónimos del tabaco, aunque la descripción de Fernández de Oviedo no le conviene 
del todo en atención á lo que dice de los frutos. 



— i6 — 

Y griega, que servía, en realidad, para aspirar los polvos de la 
cohiba ó cohoba, como la nombró Pedro Mártyr {Dccas prima, 
cap. non.), diciendo ser planta embriagadora, cuyos polvos en- 
furecían y trastornaban el juicio, luego que eran absorbidos por 
las narices. En tal estado de perturbación mental eran consul- 
tados los cemes ó cemies, que los indios de la isla Espa- 
ñola tenían por ángeles, constituyendo una práctica propia de 
sus creencias, y Fr. Bartolomé de las Casas entendió que «estos 
polvos y estas ceremonias ó actos se llamaban Cohoba», resul- 
tando, de todos modos, que eran cosa distinta de los sahumerios 
del tabaco, cuyos polvos, por otra parte, no producirían efectos 
de tanta intensidad aspirados por las nances, á no ser que fue- 
sen mezclados con los de otra planta. Son varios, en efecto, los 
vegetales que los indios de diferentes regiones del Nuevo 
Mundo usaban, ó usan todavía, para enloquecerse pasajera- 
mente, empleando á la vez algunos como purgantes, y para lo 
primero se citan, además de ciertas solanáceas (Datura), otras 
plantas, y entre ellas, según Martius, dos leguminosas {Acacia 
Niopo H. B. et Kiinth, et Mimosa acacioides Benth.) como 
muy notables. 

El nombre de tabaco, que pronto llegó á generalizarse con 
aplicación á la planta de los sahumerios, y que los españoles fu- 
maron luego á semejanza de los indios, no era el empleado por és- 
tos para designarla, y tenía entre ellos otra significación. Así se 
infiere del relato de Fr. Bartolomé de las Casas, que completa 
el de Colón, añadiendo, después de mencionar los sahumerios, 
«que son unas yerbas secas metidas en una cierta hoja seca 
también, á manera de mosquete hecho de papel de los que ha- 
cen los muchachos la Pasqua del Espíritu Santo, y encendidos 
por la una parte del, por la otra chupan ó sorben, ó reciben con 
el resuello para adentro aquel humo , con el qual se adormecen 
las carnes y cuasi emborracha, y asi diz que no sienten el can- 
sancio. Estos mosquetes, ó como los llamaremos, llaman ellos 
tabacos.» Serían, por tanto, según esto, los tabacos de los indios 
equivalentes á los cigarros que pronto usaron los españoles; 
pero es notable que Fernández de Oviedo haya afirmado que 
«aquel tal instrumento con que toman el humo, ó á las cañuelas 
que es dicho, llaman los indios tabaco, é no á la yerba ó sueño 



— ,17 — 

que los torna como pensaban algunos.» También es de obser- 
var que el mismo Fernández de Oviedo haya dicho que los in- 
dios «usaban tomar unas ahumadas, que ellos llaman tabaco, 

para salir de sentido.» Como quiera puede deducirse de todo 
ello, que la voz tabaco ó taboca de los indios no era el nombre 
de la planta así llamada por los españoles, y no carece de fun- 
damento que aquéllos la aplicasen al instrumento que usaban 
para absorber por las narices los polvos antes indicados, cuya 
composición acaso difería de la de otros empleados para igual 
efecto en diversas regiones, donde los indígenas se valen de 
igual procedimiento. 

Encontró el Almirante también en Cuba «fabas ó habas muy 
diversas de las nuestras, y además faxones ó fexoes», unas y 
otros pertenecientes á leguminosas que serían de géneros dife- 
rentes {PhaseoliLS (i) Dolichos Vigná) y halló un panizo lla- 
mado maíz {Zea Mays L.) así comparado por Pedro Mártyr. 
Trájolo Colón á España en 1493 con otras producciones, y 
pronto se extendió su cultivo, particularmente en las provincias 
septentrionales, generalizándose, sobre todo, en Galicia, donde 
se denominó millo de Indias ó grande (millo grosso de los por- 
tugueses) para diferenciarlo del antiguo mijo, que los gallegos 
llaman millo miudo ó pequeño. Alguna especie de pimiento que 
Colón vio en la isla Española y «que vale más que pimienta, y 
toda la gente no come sin ella, que la halla muy sana», fué por 
él señalada y traída á España en 1493 con el nombre de ají ó 
pimiento {Capsicitm)^ cuyas especies, unas picantes y otras dul- 
ces, con frutos de diversos tamaños, describió bastante bien 
Fernández de Oviedo. «Una es, según éste, el ají, pimienta de 
los indios, planta alta con granos ó vainas tan grandes como un 
dedo de luengo é grueso» (Capstcum frtitescens L.\ enumerando 
además las siguientes: «ají que echa granos ó vainas colorados y 
redondos y tan gruesos como guindas é algunos más ó menos 
{Capsictim cerastforme TFz7/¿/.); ají que lleva granos verdes, 
pero menores que los susodichos, y ají que echa los granillos 
verdes é muy Y>^queños{Capsicum mtcrocarpum DC.)\ ají que 



(i) Es posible que el Phaseolus vulgaris Z., y el Ph. lunaius Z., existiesen en 
América. 



— I8 — 



echa los granillos pintados á un cabo de negro que tira á azul 
escuro {Capsicutn bicolor yacq)\ ají de generación, que se pue- 
de comer cocido é no quema (Capst'cum dulce Hort.)-». Este era 
el ají boniato, según Pedro Mártyr, y los picantes se calificaban 
de «caribes». 

Llamaron la atención del Almirante las «calabazas para el 
agua» que usaban los indios y que Pedro Mártyr de igual ma- 
nera mencionó, designándolas como producidas por árboles lla- 
mados hibueros {Crescentta Cuj'ete L.) así nombrados por Colón 
en su último viaje, diferenciándose aquéllas mucho de las nues- 
tras. Son varias las crescencieas conocidas del expresado gé- 
nero y no escasean los nombres vulgares, que tienen, ya sean 
aplicables á una misma especie ó propios de otras diferentes, y 
en cuanto á las cucurbitáceas cultivadas en España, es sabido que 
fueron pronto introducidas en la isla Española y demás países 
entonces descubiertos. Existían en tiempo de Fernández de 
Oviedo «calabazas luengas, redondas é ceñidas para tener agua» 
{Lagenaria viilgaris Ser.), diciendo ser «cosa común», y que 
«los indios las siembran y las curan, no para las comer, sino 
para tener agua en ellas», todo lo cual revela que su cultivo y 
uso se hallaba entonces bastante generalizado, aunque no lo ha- 
yan advertido otros antiguos escritores. 

Parece haber querido indicar Colón la juncia avellanada 
{Cyperiis escidcntus L.), que se utiliza entre nosotros; pero 
pudo juzgar que lo fuese alguna otra ciperácea del mismo gé- 
nero, y acaso la llamada cebollino ó cebolleta en Cuba ( Cyperus 
odoratus L.) , con tubérculos más pequeños que las chufas y con 
sabor parecido. Es de presumir que sean éstos los «granos 
como avellanas muy buenos de comer» que el Dr. Alvarez 
Chanca mencionó como reconocidos en el segundo viaje del 
Almirante. 

Los carrascos, robles, madroños y arrayanes, ó sea los vege- 
tales así nombrados por Colón, no eran seguramente los cono- 
cidos en España con tales nombres; pudo ver una encinilla ó 
carrasca de la isla Española {Ilex Macoucou Pers.), y acaso 
otra especie de distinta familia que también se nombró carrasca 
{Co?nocladia ilicifolia Sw.) en alguna de las islas: habrá en- 
contrado probablemente varias bignoniáceas y ehretieas, que 



— 19 — 

fueron denominadas robles, luego que se hizo uso de su ma- 
dera; acaso haya tomado por madroño cualquiera de las ericá- 
ceas propias de las Antillas que fuese algo parecida ; tampoco 
faltan mirtáceas más ó menos afines al mirto común ó arrayán, 
y pertenece á las melastomáceas el mirto de Cuba {Mouriria 
spathulata Griseb.), que lo distinguen como del país. La verdo- 
laga {Portidacd) tiene congéneres en el Nuevo Mundo, como 
Colón lo notó acertadamente, y los bledos de Cuba, citados 
por el mismo, pertenecen á las amarantáceas como los de 
Europa. 

Las indicaciones relativas á los vegetales observados por el 
almirante Colón en su segundo viaje, son en mucha parte las 
mismas que hizo al visitar por primera vez aquellos nuevos te- 
rritorios, agregando á ellos otras islas, tales como las de Gua- 
dalupe, Puerto Rico y Jamaica. El Dr. Alvarez Chanca, que 
fué con el Almirante en este viaje, emprendido en 25 de Sep- 
tiembre de 1493, algo dijo en la carta antes citada digno de es- 
pecial mención, aunque no todo ofrezca novedad ni suficiente 
certidumbre. Vio en la isla Marigalante seguramente el manza- 
nillo (Hippomane Mancinella Z.), según lo da á entender al 
referir que «alli habia frutas salvaginas de diferentes maneras, 
de las quales algunos no muy sabios probaban, y del gusto sola- 
mente tocándolas con las lenguas, se les hinchaban las caras, y 
les venia tan grande ardor y dolor, que parecia que rabiaban, 
los quales se remediaban con cosas frias». Probablemente per- 
tenecería á las lauríneas, «un árbol cuya hoja tenia el más fino 
olor de clavos que nunca vi y era como laurel, salvo que no era 
ansi grande», el cual halló en la misma isla, y sabido es que en 
las Antillas existen diversas especies de aquella familia. En la 
isla Isabela de las Lucayas, notó, como Colón lo había hecho 

en Cuba, «arboles que llevan lana y harto fina ; los arboles 

son muy espinosos» {Eriodendron anfractiiosu^n DC), aña- 
diendo, respecto de ellos, que «hay infinito algodón de arboles 
perpetuos tan grandes como duraznos». Fijóse también en unos 
árboles que le parecieron de nueces moscadas sin haberlas 
visto, y que podrían ser las fatuas ó insípidas antes menciona- 
das; habló, además, de otros «árboles de trementina muy sin* 
guiar é muy fina», y afirmó que había «mucha alquitira muy 



— 20 — 



buena». Es creíble que la «cera en color y en olor é en arder 
tan buena como la de abejas», que encontró el Dr. Alvarez 
Chanca no fuese la vegeta' , supuesto que existe en Cuba una 
cera virgen ó prieta y producida allí por las abejas de la tierra, 
usada para alumbrarse en el campo, y producida por las mis- 
mas sería la miel que Pedro Mártyr indicó. 

Buscaba el Doctor, como los demás exploradores, aquellas 
producciones asiáticas que se tenían en mayor estima, y creyó 
haber reconocido «una raiz de gengibre {Zingiber officinale 
J^osc), que la traía un indio colgada al cuello»; pero la intro- 
ducción de esta planta no se había realizado todavía en el 
Nuevo Mundo, donde se hallaron, no obstante, algunas zingi- 
beráceas, y entre ellas el Zingiber sylvestre {Arnojnum sylves- 
tre Siv.), que Sloane designó con aquel nombre en la Jamaica. 
Tampoco echó en olvido el lináloe ó lignaloe, que el Almirante 
había tenido por verdadero, y que su acompañante no juzgaba 
tal, afirmando que «no es de la manera del que fasta agora se 
ha visto en nuestras partes», el cual era de procedencia asiática; 
fué también cauto al decir «que se ha hallado una manera de 
canela. (CaneUa alba Murr.)\ verdad es que no es tan fina 
como la que allá se ha visto», siendo ésta la propiamente lla- 
mada canela [Cinnamotniífn zeylanicum Nees); y, en efecto, 
trátase de cosas bien diferentes, como que aquélla no es, en 
realidad, lo que pudo creerse, si bien figura entre los medica- 
mentos. Finalmente, equivocóse en cuanto á los mirobalanos 
cetrinos, que tuvo por verdaderos {^Terminalia citrina Roxb.) 
y aunque en el Nuevo Mundo hay especies del mismo género, 
es lo cierto que tomó por tales á los \\ohos{Spondias lútea L-), 
como otros lo hicieron, refiriéndose á ellos Pedro Mártyr; yes 
de notar que Fernández de Oviedo atribuya al cronista el error 
cometido. No aceptó tampoco el historiador de las Indias lo 
dicho acerca de la existencia del lignaloe ó leño áloes, supuesto 
que no lo mencionó, omitiendo además lo relativo al preten- 
dido jengibre. 

Algo más, como observado en el segundo viaje de Colón, 
consta en la Historia del Almirante, escrita por su hijo Fer- 
nando, y en las Décadas de Pedro Mártyr, é igualmente apa- 
rece en ellas una curiosa mención de algunas plantas entonces 



— 21 — 



introducidas en la isla de Santo Domingo, que se llamó Isla 
Española, si bien esto lo expuso luego Fernández de Oviedo 
con mayor detenimiento. Pueden indicarse como vistas por 
Colón las viñas silvestres con uvas sabrosas {Vitis caribcea 
DC), unas raíces retorcidas semejantes al esparto, sin haber 
nombrado la planta de que procedían, y ciertas fibras como cá- 
ñamo, que podrían ser las del maguey {Agave americana L.) 
después mencionado con el expresado nombre. También fué 
designado un leño negro {Diospyros tetrasperma Sw.), y el 
ébano de Santo Domingo {Brya Ehemis DC), que es el gra- 
nadillo de Cuba, así como el palo del Brasil {Ccesalpinia brasi- 
liensis L. et C echinata Lam.), que pudo haber hallado Colón 
en la isla de Santo Domingo, como se infiere de lo indicado 
por Pedro Mártyr, siendo de creer que esto haya sucedido 
poco antes de volver á España el Almirante (1496) por segunda 
vez. Hay que añadir, como visto entonces por él, según su hijo, 
el añil de la Española {Indigofera domingensis Spr.)^ el árbol 
del incienso de Guadalupe y de la Española {Icica giiianensis 
Alibi?) ^ el cedro de la Española {Cedrela odorata Z.), la ca- 
nela silvestre de la Española {Phcebe montana Grisebf), la 
morera de la Española {Monis celtidijolia H. B. et KuntJi) y 
un sándalo de la Guadalupe (?), seguramente distinto del asiá- 
tico {Santaliim álbum L.) y de los demás de este género. 

Habían prosperado, crecían y llegaban á sazón con grande 
rapidez las hortalizas y otras plantas útiles del antiguo mundo 
llevadas á la isla de Santo Domingo ó Española por Colón, 
consignándolo así Pedro Mártyr, y entre ellas mencionó el trigo, 
la vid y la caña dulce, ó caña de azúcar {Sacchariim officina- 
rum Z.), que se desarrolló admirablemente, según lo observó 
Colón por primera vez en 29 de Mayo de 1494. 

Emprendió Colón su tercer viaje el 30 de Mayo de 1498, dos 
años después de su segundo regreso, agregando á los anterio- 
res descubrimientos el de la isla Trinidad, además de otras me- 
nos importantes y el de la Tierra Firme, sin que respecto de los 
vegetales observados puedan añadirse muchas noticias que au- 
menten considerablemente las ya consignadas, si bien ofrecen 
algún interés las que reunió Pedro Mártyr en sus Décadas an- 
tes citadas. Las costas del nuevo continente en los golfos de 



— 22 — 



Paria y Darien debieron presentar á la vista del Almirante pro- 
ducciones que llamasen su atención, y entre ellas notó el «vino 
de muchas maneras, blanco é tinto, más no de uva: uno de una 
fruta y otro de otra, y asi mismo debe de ser dello de maiz, que 
es una simiente que hace una espiga como una mazorca de que 
llevé yo allá, y hay mucho en Castilla.» Encontráronse nueces 
de pino, ó sean piñones que podrían ser de alguna Araucaria, 
y muchas palmas, algunas con los cogollos comestibles, seña- 
lando entre ellas una como palmito {Sabal Palmetto Loddig), 
distinto del nuestro {Chamcerops humilis Z.), aunque algo pa- 
recido, y se hallaron varios frutos, algunos de ellos ya indica- 
dos. Nombró Pedro Mártyr la guayaba {Psidiujn pomife- 
rum L.), comparándola al limón y también á la manzana; la 
guanábana (Anona muricata L.)] el mamey {Maminea ame- 
ricana L.)\ un fruto como higo en tamaño y con sabor dulce, 
que acaso fuese el aguacate {Persea gratissima Gcertn.)] otro 
además aromático y sabroso, que denominó guananalá (?), pu- 
diendo ser el anón {Anona squamosa L.), que, en efecto, se 
distingue por el aroma de su pulpa dulce. Detúvose bastante el 
cronista {Decas secunda, cap. non.), al describir la pina {Ana- 
nassa sativa Lindl.), acaso vista antes en Guadalupe, y cuyo 
nombre dado por los españoles indica que la juzgaron por su 
forma algo semejante al fruto de los pinos, aunque no com- 
parable por su blandura, color y olor. Trajéronse á España 
unas pocas, conservándose incorrupta una sola, que comió 
Fernando el Católico y le dio la palma (J)almajn tribuif) entre 
todos los frutos. Añade Pedro Mártyr, que él no comió pina 
alguna por haberse podrido en tan larga navegación todas me- 
nos una, y que hablaban de ellas con admiración los que las 
habían comido en el suelo nativo. Algún tiempo después es po- 
sible que se hayan traído otras pinas á España, y por lo menos 
se sabe de una, supuesto que el jesuíta José de Acosta en su 
Historia natural y moral de las Indias (Sevilla, 1590), dijo 
(Libr. quarto, cap. 19): «al Emperador Don Carlos le presenta- 
ron una de estas pinas, que no debió costar poco cuidado 
traerla de Indias en su planta, que de otra suerte no podía ve- 
nir: el olor alabó, el sabor no quiso ver que tal era.» Existían 
algunas variedades distinguidas por los indios, y tres de ellas 



— 23 — 

las mencionó Fernández de Oviedo con sus nombres respec- 
tivos. 

En aquel tiempo Vicente Yáñez Pinzón hizo su segundo 
viaje (1499), y fué el primer descubridor del Brasil (Enero 
de 1500), hallando árboles que seis hombres no podían abrazar 
{Bombax Ceiba Z.)/ la caña fistola del Brasil {Cassia brasi- 
liana Lam.)^ que tomó por la verdadera caña fistola ( Cassia 
Fístula Z.), después introducida; el anime occidental, que 
dicen blanco, ó más bien el copal, producto de varios árboles 
{Hymencea Courbaril Z. et H. Martiana Hayn.^ etc.), cre- 
yendo también haber encontrado canela y jengibre. Vio en el 
nuevo territorio el palo de tinte llamado brasil, antes hallado 
en la isla de Santo Domingo por Colón, y cuya existencia con- 
firmó Alonso de Ojeda, aunque no con tanta abundancia como 
en la parte del continente descubierta, que por esto se nom- 
bró Brasil. Es de advertir que antes de descubrirse el Nuevo 
Mundo venía de la India un palo brasil {Ccesalpinia Sap- 
pan Z.), semejante al que se reconoció y denominó de igual 
manera, aunque perteneciente á otras especies de idéntico gé- 
nero {Ccesalpinia brasiliensis L. et C. echinata Lam.), como 
ya se ha indicado. Llegó á las costas del Brasil Pero Alvarez 
Cabral en el mismo año (1500), después de Yáñez Pinzón, y el 
Almirante hizo por entonces su tercer viaje de regreso á Es- 
paña. 

Pasado algún tiempo logró Colón disponer su cuarto viaje^ 
que emprendió á los dos años, el 3 de Mayo de 1502, dirigién- 
dose al continente después de tocar en la isla de Santo Do- 
mingo ó Española, y llegando hasta el golfo de Honduras. 
Descubrió nuevos territorios, y las tristes vicisitudes de un 
naufragio le condujeron á la costa de Jamaica (1503), volviendo 
definitivamente á España (1504), donde murió (1506) cuando 
se hallaba en Valladolid. Persistióse durante este último viaje 
en calificar de mirobalanos otros frutos distintos, designándo- 
los como emblicos y quebulos, según el citado autor delasZ?*?- 
cadas, debiendo, no obstante, advertirse que en laGuayana se 
producen los llamados mirobalanos de América {Hernandia 
guianensis Aubl.), que son purgantes. Hallóse un árbol con 
leño tan amargo que no lo atacan los insectos, lo cual rectificó 



— 24 — 

Fernández de Oviedo respecto del cedro de las Antillas {Ce- 
drela odorata L.), y una yerba (?) cuyo olor, según decían, po- 
dría preservar del veneno de cierto árbol que produce carde- 
nales por el solo contacto de las hojas, refiriéndose quizá al 
manzanillo anteriormente mencionado, y también lo sería aquél 
cuyo leño encendido despedía un humo venenoso, prescin- 
diendo del guchon (?), que dañaría con sólo mirarlo, si no era 
el mismo manzanillo, por ser perjudicial su sombra y el rocío, 
como lo indicó Fernández de Oviedo. Nombró Pedro Mártyr 
además el co-pey (C/usm rosea L?)^ cuyas hojas servían á los 
españoles para escribir con un punzón de hierro ó madera, cre- 
yendo los indios portadores de tales cartas que hablaban; la 
jagua {Genipa americana Z.), con fruto y madera útiles; otra 
jagua llamada corito (?) ó mejor caruto {Genipa Cando H. B. 
et KiintJi)^ de cuyos frutos obtenían los indígenas un color ne- 
gro con que se teñían la cara ; así como el maguey {Agave 
americana Z.), abundante en la isla de Santo Domingo. 

El árbol pergamenífero, que describió el nombrado cronista, 
sería seguramente la palma real {Oreodoxa regia H. B. et 
KuntJi)^ que produce la yagua tan usada en Cuba, comparable 
al pergamino en esta palma, estando constituida por las bases 
de las hojas envainadoras del astil ó tallo de la misma. Pudo 
haber conocido Colón, según su hijo Fernando, unas «almen- 
dras de las que se usan para moneda en Nueva España», y que 
eran el cacao {Theobroma Cacao Z.)/ la casina {Ilex Cassine 
Z. et Ilex vomitoria Ait.); una encina de Tierra Firme {Oiter- 
cus virens Willd.f)] la pitahaya {Cereiis Pitahaya y^acq.), que 
nombró Pedro Mártyr; así como diversas palmas y palmitos, 
cuyos nombres no se averiguaron. Volvió á ver el Almirante 
en diferentes partes el vino de maíz, el de palmas y los de va- 
rias frutas, hallando entre ellos el de las pinas ó ananas. 

Entre los varios navegantes, que siguieron el ejemplo de Co- 
lón al terminar el siglo xv y en los primeros años del siglo xvi, 
cuéntase Américo Vespucio ó Vespucci, que tuvo la indebida 
fortuna de que se diese su nombre al nuevo continente é islas 
próximas después de la muerte del primer descubridor. No le 
imitó Américo en cuanto á la designación de árboles y plantas 
notables, limitándose á cortísimo número, indicando una yerba 



2; — 



verde que rumiaban y pudiera ser la coca {Erythroxylimt Coca 
Lam.), y mencionando la yuca que calificó de árbol exagerada- 
mente (i) y la confundió además con el ñame ó igname de Gui- 
nea, que habría conocido ú oído nombrar en sus anteriores na- 
vegaciones. 

Aprovechó Fernández de Enciso, para dar novedad é interés 
á su importante Suma de Geografía (Sevilla, 1519), las noticias 
suministradas por los navegantes de aquellos tiempos, sobre las 
producciones vegetales de las Indias occidentales, y que se aca- 
ban de mencionar en mucha parte. Habló, por tanto, del pan 
de maíz y del pan de raíces, á que llaman casavi, así como del 
algodón común y de los árboles de algodón, é igualmente de 
varias frutas, tales como el mamey y la pina entre las mejores, 
sin olvidar el manzano de ponzoña, ó manzanillo, por lo dañoso, 
ni la caña fistola americana, que es la llamada Casia del Brasil, 
indicando otras dos frutas, sin nombrarlas, una de ellas amari- 
lla como naranja, que podría ser algún sapote {Liicumd) entre 
las especies del mismo género, y otra (?) cuya «cascara huele 
como menjuy.» Indicó asimismo el vino de maíz y el de algunas 
palmas {Mauritia?)^ é igualmente unos juncos de que hacen 
bastones, los cuales podrían provenir también de una palma 
(Bactrü minor Jacq.)^ mientras que las cañas ó juncos de Tri- 
nidad , acaso deban referirse á una de las gramíneas ya mencio- 
nada (^Gynerium saccharoides Kiintli)^ si no fuesen las usadas 
para bastones. Había prosperado ya, y se beneficiaba en la isla 
de Santo Domingo la caña de azúcar, que por esto se llamó el 
allí obtenido azúcar de la Española , y de él había traído Fer- 
nández de Oviedo, y presentado al Rey (1515) seis panes, que 
fueron los primeros que, como muestra, llegaron á Europa pro- 
cedentes de América, según se deduce de lo consignado por el 
portador de ellos. Además nombró Fernández de Enciso una 
«yerba iperboton con que sanan las feridas de la yerba», y que 
quizá fuese la contrayerba {Dorsteiiia Contrayerha L.), dando 
á la vez noticia de unos «árboles de incienso» {Icica guianen- 



(i) Communis vero eorum pactus sive victus, arbórea quoedam radix est, quam in 
farinam satis bonam comminuunt, et hanc radicem quidam eorum iucha alii chambi 
(Casabi ?), alii vero ignatne vocitant. Navigatio prima (1497). 



— 26 — 

sis Anbl.)y ya indicados como vistos por Colón, y de un bál- 
samo, que sería el debido á una burserácea {Hedwigia balsa- 
mífera Sw.), sin omitir la almáciga, diferente de la verdadera, 
y producida por otra burserácea, como oportunamente se ha 
demostrado. 

El descubrimiento de Méjico (15 19) por Hernán Cortés, acre- 
centó la curiosidad de los españoles, y, sin embargo, en las car- 
tas de relación escritas por el hábil conquistador, son pocos los 
vegetales que se hallan enumerados, aunque se tomen en cuenta 
los anteriormente conocidos. Prescindiendo de ellos, merecen 
señalarse entre los citados unos cuyes de Veracruz, quizá igua- 
les al cuya de Cuba (Dip/to/is salicifolia Alph. DC), las cere- 
zas de Méjico (Cerasus Capollin DC), como también las ci- 
ruelas de Méjico {Spotidias purpurea L. et Sp. lútea L.) y el 
cacao {Theobroína Cacao L.) antes mencionado, por usarse sus 
semillas como moneda. Algunos de estos vegetales están indi- 
cados en la carta dirigida por Cortés al Emperador desde Villa- 
segura de Nueva España (30 de Octubre de 1520), y en ella 
enumeró además varias hortalizas que se habían visto en el mer- 
cado de Temixtitan, iguales á las nuestras, ó por lo menos de- 
signadas con idénticos nombres. En otra carta anterior enviada 
desde Veracruz (10 de Julio de 15 19), fueron mencionadas po- 
cas plantas, sucediendo lo mismo en una posterior dirigida desde 
Temixtitan, ó sea Méjico (3 de Septiembre de 1526), donde 
aparece nombrado el cacao. La anticipada existencia de horta- 
lizas como las nuestras, incluyendo la tagarnina ó cardillo {Sco- 
lymiis hispamcus L.), que entre nosotros es silvestre, puede ex- 
plicarse por la comunicación con los indios de las islas y terri- 
torios antes descubiertos, donde los españoles hicieron cultivar, 
tan pronto como se instalaron las plantas que creyeron de ma- 
yor necesidad, llevándolas al efecto por lo común, y principal- 
mente las semillas, cuando emprendían los viajes, habiéndose 
recomendado además que esto se hiciese. Así lo procuró Cor- 
tés, supuesto que en carta igualmente dirigida al Emperador 
(15 de Octubre de 1524), había suplicado que mandase «provi- 
sión á la Casa de Contratación de Sevilla para que cada navio 
traiga cantidad de plantas, y que no pueda salir sin ellas, porque 
será mucha causa para la población y perpetuación del país.» 



— 27 — 

También Díaz del Castillo, que estuvo á las órdenes de Her- 
nán Cortés, dio algunas noticias sobre las plantas de Méjico en 
la Verdadera historia de los sucesos de la conquista^ que escri- 
bió hacia el año 1568, y que bastante después fué impresa (Ma- 
drid, 1623). Son unas veinticuatro las especies indicadas en esta 
obra, casi todas anteriormente mencionadas, y merecen desig- 
narse el nequen, ó mejor metí {Agave mexicana Lam.)^ el li- 
quidambar {Liquidambar styraciflua L.)^ la chia {Salvia Chia 
Pharm. mex.)^ el ayote, que sería el chayóte {Sechium edu- 
le Sw.), el chicozapote {Sapota Achras Mili.), el sapote colo- 
rado, que podría ser el mamey colorado {Liicuma mammosa 
GcErtn.), el amatl ó amat {Fictis complicata H. B. et Kunth ?) 
parecido al F. henjamina Z., procedente de la India, y el to- 
mate {Lycopersiciun esculentiim Mili?), conocido desde enton- 
ces por los españoles (i), é introducido en nuestras huertas. 
Citó además unas raíces llamadas quequexque, que es creíble 
fuesen las después nombradas quequexquic por Francisco Her- 
nández, y según él iguales á los naumes de los portugueses, ó 
sean ñames [Dioscorea) , antes indicados. Habló asimismo de 
unos «árboles altos, que parecen palmas, y que tienen por fruta 
»unas, al parecer de nueces muy encarceladas», pudiendo, en 
efecto, pertenecer á una palma {Coperniciaf) el fruto así cali- 
ficado. 



Fué Gonzalo Fernández de Oviedo el primero que estudió 
con deliberado propósito las producciones y demás cosas de las 
Indias occidentales, como persona «que por natural inclinación 
ha deseado saberlas, y por obra ha puesto los ojos en ellas»; y 
en verdad demostró haberlo hecho, lamentándose del poco cui- 
dado que en ello ponían sus contemporáneos, que iban á nego- 
ciar ó entender en otras cosas que más les interesaban. Se em- 
barcó Fernández de Oviedo para dirigirse á las Indias en el 
año 1 5 14, é hizo repetidos viajes de ida y vuelta, hasta que se 



(i) « nos querían matar (en Cholula), é comer nuestras carnes, que ya tenían apa- 
rejadas las ollas con sal, agí é tomates.» (^Historia verdadera de la Conquista de la Nue- 
va España , cap. Lxxxill.) 



28 — 



retiró á España en 1556, muriendo en el siguiente año. Había 
publicado primeramente un Siwiario de la natural y general 
Historia de las Indias (Toledo, 1526), en que designó por el 
pronto una cincuentena de plantas americanas, ya indicadas en 
mucha parte, mencionando además algunos de los vegetales in- 
troducidos y cultivados en la isla de Santo Domingo ó Espa- 
ñola. Duplicó el número de las primeras y aumentó mucho el 
de las introducidas, distinguiendo entre ellas las cultivadas y las 
que se habían hecho espontáneas, cuando imprimió la Primera 
parte de la Historia natural y general de las Indias^ Islas y 
Tierra Firme del mar Océano (Sevilla, 1535), habiendo tam- 
bién llegado á publicar El libro X de la Segunda parte (Valla- 
dolid, 1557), poco antes de fallecer. La obra constaba de tres 
partes, que en nuestros tiempos fueron dadas á luz en totalidad 
por la Academia de la Historia (Madrid, 1851-1855), agregando 
algunas noticias que el autor dejó consignadas separadamente, 
y debe advertirse que, en lo por primera vez publicado, se ha- 
llan indicados bastantes vegetales, que el autor no había men- 
cionado anteriormente. Aproxímase á 200 el número de las es- 
pecies de América que se hallan designadas en toda la obra, con 
exclusión de las propias del antiguo mundo que en ella figuran, 
pudiendo reconocerse la mayor parte de aquéllas, y ofreciendo 
unas 20 bastante dificultad en su determinación, por falta de 
completas ó bien explícitas descripciones. 

Debe agradecerse á Fernández de Oviedo, por más que sus 
descripciones sean en muchos casos deficientes, la diligencia é 
interés que demostró en dar á conocer un notable número de 
producciones naturales en tiempo tan poco favorable para ha- 
cerlo, excediendo á cuantos le precedieron. Hízoles justicia, no 
obstante, procurando ser considerado con todos como lo de- 
mostró claramente en el Proemio del lib. ix de la primera 

parte, diciendo: « aunque ha pocos años que los primeros 

chripstianos vinieron á estas partes, pues mis ojos vieron é co- 
noscieron los primeros, é yo vi muchas veces al primero almi- 
rante Don Crisptobal Colom, y á su hermano el adelantado 
Don Bartholomé Colom y al piloto Vicente Yañez é á otros de 
los que con el vinieron en el primer viaje é descubrimiento 
desta tierra, no me maravillo de lo que no se ha podido alcan^, 



— 29 — 

"zar sino de lo mucho que se sabe ó tiene noticia en tan poca 
edad.» Conviene advertir que se refería en esto particularmente 
á la variedad y riqueza de la vegetación, mostrándose, sobre 
todo, admirado de la multitud y diversidad de los árboles. 

Contiene la Historia escrita por Fernández de Oviedo inte- 
resantes pormenores sobre las plantas, tanto cultivadas como 
espontáneas que proporcionaban á los indios su principal ali- 
mentación, que era vegetal en grande parte, consistiendo en 
frutos, semillas, tubérculos, raíces, rizomas y algunos bulbos, 
aprovechando además diversas plantas destinadas á varios 

usos. 

El maíz, que era uno de los vegetales cuyo cultivo se había 
extendido más entre los pueblos americanos, que sin duda se 
comunicaban, les servía para hacer pan ó tortas de sus granos, 
que utilizaban de diversos modos, obteniendo, además, de ellos 
un licor fermentado á manera de vino, que no era el sólo usado, 
supuesto que tenían otros de diferentes frutos. Estaba también 
generalizado el cultivo de la yuca y el uso del pan de sus raíces, 
que es el casabe ó casabí en forma de tortas, conocido por los 
primeros descubridores, existiendo dos especies de yuca, como 
ya se ha indicado, la boniata, que no mata, y la mortal antes de 
ser preparada. Eran alimentos muy comunes los ajes y las ba- 
tatas, habiéndose introducido éstas muy pronto en el mediodía 
de nuestra Península, supuesto que se cultivan en Málaga desde 
el siglo XVI, como lo acredita haberlas visto Clusio abundantes 
en el año 1564, y presentando unos y otras muchas variedades, 
que cuidaban los indios con esmero, según lo observado, desde 
luego, por los españoles, que las compararon á los nabos por su 
forma; pero no se cultivaban los verdaderos ñames antes de ha- 
berse llevado de África, según se ha demostrado. Comíanse las 
raíces tuberosas de las chicomas, jicamas ó jiquimas {Pachyrhi- 
zus tuberosus Spr. et P. angulatus Rich. et Stenolobiuní ccerii- 
leiim Benth.) en diferentes partes, y que fueron también compa- 
radas á los nabos. Estimábanse además los lirenes, lerenes ó 
llerenes de la Española {Maranta Allouya ^acq.), cuyos tu- 
bérculos son alimenticios, sirviendo para obtener una fécula; 
así como la yahutia ó diahutia {Xanthosoma sagittoefolium 
Schott.) con rizoma feculento y brotes comestibles, siendo á 



— 30 — 

ella semejante la imocoma de la Española (^Xanthosoma eduh 
Schott?) á la vez utilizada. Aprovechaban los indios las semillas 
oleosas y alimenticias del mani ó manduvi {Arachis hypogoea 
/,.)> que se siembra en Valencia con el nombre mejicano de 
cacahuete, y cuyos frutos se llaman avellanas americanas. Cul- 
tivaban algunas especies de algodón {Gossypium) y el tabaco 
que, al parecer, se nombraba perebecenuc en la isla Española 
y en Tierra Firme, por más que la descripción hecha por Fer- 
nández de Oviedo difiera algo en cuanto al fruto. 

Aunque el mismo escritor haya mirado y designado como 
turmas de tierra algunas plantas de varias procedencias con 
distintos nombres, no se detuvo en caracterizar claramente las 
verdaderas papas ó patatas {SoIanujJt tiiherosiim Z.), que entre 
las producciones del Perú señalaron Gomara (1552-1553), 
Cieza de León (1553) y Zarate (1555), viviendo todavía el an- 
tiguo historiador de las Indias, y de todos modos antes que fue- 
sen conocidas en Europa las papas del Perú, si bien no tarda- 
ron en introducirse de 1580 a 1585 por los españoles, ó quizá 
antes, hallándose, no obstante, poco extendido su cultivo en 
fines del siglo xvi y principios del xvii, primeramente en Es- 
paña, Portugal é Italia, y en estos países se generalizó bastante 
después como en todas partes. 

Enumeró Fernández de Oviedo cinco especies de ajíes ó pi- 
mientos, que usaban los indios en sus comidas, como ya lo ha- 
bían visto anticipadamente los primeros descubridores, según 
se ha indicado, pudiendo creerse que fueron introducidos aqué- 
llos en España durante la vida de Colón. No tuvo conocimiento 
del tomate el asiduo historiador, y la primera noticia de tal 
fruto se debe á Diaz del Castillo (1568), como se ha consignado 
oportunamente, aunque también lo mencionó Sahagún en su 
Historia de las cosas de Nueva España, mucho tiempo iné- 
dita (1575), y al fin publicada (Méjico 1829-1830 y Lon- 
dres, 1 83 i), pudiendo asimismo afirmarse que Francisco Her- 
nández nombró los tomates al tratar de otras solanáceas, que 
designó con nombres parecidos, sin definir, no obstante, clara 
y separadamente la planta que los españoles recibieron algo 
más tarde que los pimientos. 

Son muchas las frutas que aparecen mencionadas por Fer- 



— 31 — 

nández de Oviedo, aun después de eliminadas las que sin serlo 
consideró como tales, y entre las verdaderas se encuentran los 
higos de tuna y los de otras cácteas, que los españoles llamaban 
entonces cardos ó cardones y que debieron fijar mucho su aten- 
ción como plantas propias de una antes desconocida familia. 
Diversas especies de tunas, algunas de ellas introducidas en 
l^s^2ifiz.{0picntia vulgar is Mili. y O . Ficus indica Haw., etc.) y 
que llamaron árboles ó plantas de las soldaduras ó quebradu- 
ras, dan los higos que designó el historiador de las Indias como 
producidos por cardos ó tunas, alguna llamada comoho, en Ve- 
nezuela, y acaso otras nombradas huaraco, en el Perú, y nuchis- 
chan en Mechoacan. Hállanse indicados por el mismo unos 
cardos ó cardones, que los españoles denominaron cirios (Cs- 
reiis polygonus Lam. et C. divaricatus Lam.), siendo éstos los 
dactos ó datos de los indios ; otros cuadrados llamaron también 
cirios {Cereus tetragonus Haw.) y agoreros sus blancos frutos, 
que parecen ser diferentes de las yaguarahas más ó menos co- 
loradas; además está citada la pitahaya ó pitajaya {Cereiis pita- 
jaya J^acq^ con frutos comestibles, siendo de notar que igual 
nombre recibe otra especie {Cereiis triangiilaris Uaw,) en 
Puerto Rico. Pareciéronles igualmente cardos á los descubri- 
dores las ananas, que nombraron por esta razón pinas de car- 
dos, perteneciendo á la familia exclusivamente americana de 
las bromeliáceas, y conociéndose el precioso tipo de las mismas 
con el nombre de garabatá, en el Río de la Plata, y en el Para- 
guay, con algunas variedades (yayama, boniama, yayagua), dis- 
tinguidas por los indios. 

Entre las frutas mencionadas por Fernández de Oviedo, hay 
varias anteriormente nombradas, tales como las uvas de parras 
salvajinas {Vitis cariboea DC.)\ los hobos ó jobos {Spondias 
liitea Z.), también indicados como ciruelas de Méjico {Spondias 
liitea L. et Sp. purpurea Z,.); unos piñones ó nueces de pino 
{Araucaria f) calificados de «tan buenos ó mejores que los de 
Castilla» por el historiador de las Indias; un fruto dulce, como 
higo en tamaño, así designado por Pedro Mártyr, y que sería 
el aguacate nombrado cura por aquél, y según el mismo propio 
de cierto peral diverso de los de España ( Persea gratissima 
Gcerin.)] las guayabas (JPsidiiim pomiferum L. et Ps. pyrife- 



— 2,2 — 

nuil L.)] la guanábana [Aitona muricata L.); el anón {Anona 
sqiiainosa L.)\ el mamey {Mammea americana I..), que es el 
amarillo; y el mamey colorado {Lúcuma m,ammosa Gcertn.), 
llamado sapote ó sapote-mamey; el chicozapote, zapote ó sapote 
pequeño {Sapota Achras Mili.) indicado por Fernández de 
Oviedo con el nombre de zapot ó níspero de Nicaragua, y tam- 
bién con el de munonzapot; los cocos {Cocos nucífera L.) y el 
cacao ó cacaguat de Méjico {Theobroma Cacao Z.), cuyas se- 
millas utilizaban los indígenas, y les servían de moneda. 

Dio noticia de otros muchos frutos el antiguo historiador de 
las Indias, que en su tiempo ya conocían y aprovechaban los 
españoles, así como la madera de los que siendo árboles los pro- 
ducen. Son aquéllos el caimito {Chrysophyllum Calnito Z.); 
las ciruelas de doblados cuescos {Chry sophylliim f )] el ciruelo 
ó xocot de Nicaragua {Bunchosia glandiilosa DC), la mana- 
gua de la isla Española {Malpighia glabra Z. f); los cemirucos 
de Venezuela, semejantes á las cerezas {Erythroxyliim ? ); la 
ácana {Bassia albescens Griseb.)\ la auzuba {Sideroxylon Au- 
zuba Plitm.)] lahicoma, hocoma ó jocuma {Sideroxylon masti- 
chodendron J^acq.)] el cuya {Dipholis salicifolia Alph. DC), 
cuyos frutos son buenos para algunos animales; el paují de la 
isla Margarita {Bumelia f)\ la capera {Lúcuma f) con almen- 
dras grandes; el mamón {Anona reticulata Z.); la papaya de la 
Española, higo del mastuerzo de Tierra Firme ú olocoton de 
Nicaragua {Carica Papaya L.)\ el icaco ó hicaco, que fué de- 
signado como membrillo diverso de los de España {Chrysoba- 
lanus Lcaco Z.); el amero de Quito {Spondias f)\ la guazuma 
{Guazuma ulmifolia Lam. et G. tomentosa LL. B. et Kunth^ 
etcétera); la jagua {Genipa americana Z.), que es la busera de 
Venezuela, usada para pintarse los indígenas, sirviendo para 
esto también otra jagua, que es el caruto del Orinoco {Genipa 
Cando H. B. et Kunth)\ la atomora, aceituna negra ó taruma 
del Río de la Plata {Vitex cymosa Bertero)] el nogal de la isla 
Española {yuglans insularum Griseb.)\ la macagua {PseudoL 
media spiíria Griseb.) con frutos útiles para los cerdos; el 
guaco, árbol de Tierra Firme {Cratoeva tapioides DC-)', la 
guaba de Quito {Lnga Peuillei DC), que también se llama pa- 
cae ó pacay; el macao de las islas Tabagua y Margarita, que 



— 33 — 

acaso sea el macano de Panamá {Dipholis carthagcnensis 
J-acq.)\t\ mezquite de Méjico {Prosopis dulcís H. B. et Kiinth)] 
el árbol de las cuentas de jabón {Sapindiis Saponaria L.)] 
unas zarzamoras parecidas á las de España {Riibiis j amaicen- 
sis Z., etc.) y también zarzas de «otras muchas maneras» {Piso- 
nia aculeata Z., etc.); l'^s pepinos de Quito {Soianiim murica- 
tum Ait.); el bihao {Heliconia Bihai Sw.), que es un plátano 
silvestre cuyas hojas servían para cubrir las casas; los plátanos 
cultivados {Musa paradisiaca L. et Musa sapientum L., etc.), 
que se llevaron de Canarias (1516) por iniciativa de Fray 
Tomás de Berlanga, y se propagaron bien pronto; el cibucán ó 
árbol de las liendres (?), que no es el sebucán de Puerto Rico 
{Cereiis Swartzii Griseb.); el cutipris de la isla Margarita (?) 
que sabe á uvas moscateles; el chuare, también de la isla Mar- 
garita (Picus f ), que es como higos pequeños de Castilla; el 
massarrón de Nueva Granada (?) con fruta fibrosa, semejante 
á las bayas de enebro; los melones citoris de Quito (?); la pas- 
samba del Perú (?); el tembixque, alias tembate de Nicara- 
gua (?) y otro tembixque de Tierra Firme (?), que es diferente. 
Pocas palmas entre las indicadas por Fernández de Oviedo 
son de las que tienen frutos útiles, y prescindiendo del cocote- 
ro ó palma de cocos, antes mencionada, una puede citarse, que 
es la manaca (Gconoma dulcis Wright.), cuyo palmiche comen 
los cerdos en Cuba. Hay otras con su cogollo terminal, ó pal- 
mito más ó menos grueso y comestible, lo cual conocieron 
pronto los españoles, que tenían experiencia de ello en las re- 
giones cálidas de nuestra Península. El historiador de las In- 
dias dividió las palmas en dos grupos, según la forma de las ho- 
jas, por ser en unas «de la manera que las palmas de los dátiles» 
y en otras «como las de los palmitos terreros de Andalucía», 
habiendo distinguido unas «siete ú ocho maneras», ó sean espe- 
cies, que describió según le fué posible. Dice de una que «son 
muy excelentes los palmitos para comer, y muy grandes y tier- 
nos» y esta podría ser la colpalma {Oreodoxa olerácea Mari.), 
siendo también «muy buenos los palmitos» de otras «algo más 
bajas y más gruesas» (^Oreodoxaf Acrocomia f)\ así como los de 
unas que dan cocos «no mayores que las aceitunus cordobesas» 
( Geonoma f)] pudieran ser del mismo género las que indica con 



— 34 — 

frutos ó «cuentas mayores»; menciona además unas «altas muy 

espinosas con madera negra y muy pesada» (Acrocof7im) y 

otras «negras, delgadas y espinosas» llamadas juncos de la In- 
dia, cañas palmas ó cañas macizas {Bactris minor jfacq.)\ así 
mismo incluye unas «que no crecen mucho, y cuyo tronco hace 
tres diferencias, pareciendo que está preñado», y esto puede 
aplicarse á las palmas barrigonas {Gaiissia priiiceps Wendl. ei 
Colpotrhinax Wrigtii Griseb. et Wendl); finalmente, las seme- 
jantes á los palmitos de Andalucía fueron designadas por los 
españoles como tales palmitos {Sabal iimhracttlifera Mart. et 
S. Palmetto Lodd.)\ pahuas son también la nombrada pija- 
bay (?) en Tierra Firme y los Guanos {Thrmax parvijiora 
Sw., etc.), aunque también se llaman así otros vegetales. La 
palma de dátiles ó ásitúem {P/ioem'x dactylifera L.) fué llevada 
á la isla de Santo Domingo ó Española, y se propagó con buen 
resultado. 

Para completar las noticias acerca de la vegetación ameri- 
cana, suministradas por los escritos de Fernández de Oviedo, 
conviene enumerar todavía otras plantas más ó menos impor- 
tantes en diversos conceptos, interpretando en lo posible, como 
respecto de las antes mencionadas, cuantas descripciones é in- 
dicaciones plugo al mismo consignar, aunque no siempre con 
suficiente claridad. Algunos de estos vegetales fueron designa- 
dos anteriormente, y en este caso se hallan el terebinto de la 
Española {Bui'sera gurmnifera J^acq.)] el árbol del bálsamo 
de la Española ó goaconax de los indios {Hedwigia balsaint- 
fera Sw.)] el liquidambar {Liquidambar styracifliia L.)] los 
árboles que dan el «anime blanco ó encienso de Nicaragua», 
que es el copal {Hyrnencea Coitrbai'il L. et H. Martiana 
Hayn.^ etc.)\ los árboles del Brasil {Ccesalpznia brasiliensis L. 
et C. echiriata La77i.)\ la madera prieta de algún árbol {Dios- 
pyros tetrasperma Sw.) ; los cedros de muy buen olor ( Cedi'ela 
odor ata L.)\ los árboles odoríferos del «encienso)> {loica giiia- 
tiensis Aub/.); el copey (Chista rosea L.) con jugo balsámico 
que se endurece al aire; los cañafistolos salvajes {Cassia brasi- 
liana Lam.)\ la ceiba {Bombax Ceiba Z,.) y el árbol del algo- 
dón (Eriodendron anfractuosum DC), que se conoce con el 
nombre de poxot ó pochote; el higüero de la Española {Cres- 



— 35 — 

centia Ciijete L.) y el de Tierra Firme, que se llama guacal en 
Nicaragua {Crescentia alata H. B. et Kiinth)] las encinas de 
Tierra Firme, «que llevan bellotas buenas de comer» {Quercus 
virens Att.f)] los robles de la Española {Bourreria? Teco- 
maf), el color de azul antes nombrado añil de la Española 
{Jndigofera domingensis Spr.)^ que al principio calificaron de 
urchilla; la chia de Nueva España {Salvia Chía Pharm. mex.)\ 
los magueyes {Agave americana L. etA. mexicana Lam. et A. 
Antillarmn Desc, etc.), cuyas fibras sirven para cuerdas, cono- 
cidas con el nombre general de cabuya, que se aplica además á 
las del henequén ó jeniquén {Foiircroya cubensis Haw.), ha- 
biendo también una cabuya de Panamá {Agave tuberosa Ait.)\ 
los carrizos de la Española, cálamos ó cañuelas de carrizos 
{Gynerium saccharoides KuntJi) y las cañas de azúcar, que 
como se ha visto, fueron llevadas á la isla de Santo Domingo ó 
Española por Colón. Las manzanas de la yerba con que tiran 
los caribes, como las nombra el historiador de las Indias, vienen 
á ser los frutos del manzanillo, que pronto conocieron el mismo 
Colón y su médico el Dr. Alvarez Chanca. 

Son bastante numerosos los vegetales que Fernández de 
Oviego designó, además de los anteriormente nombrados, y 
cuya enumeración dará fin al examen de lo averiguado en 
tiempo de los primeros descubridores respecto de la vegetación 
americana. Sorprendieron seguramente á los españoles los ár- 
boles de helécho ( Cyathcea, Alsophila, etc.), que vieron prime- 
ramente en la isla Española, acompañados de otros «de muchas 
maneras»; conocieron la achupalla del Perú {Puya pyrami- 
data Schiilt.), que es una bromeliácea con tallo bastante acuoso 
para aplacar la sed de los viajeros; el yaat de Nicaragua, hayo 
de Venezuela ó coca del Perú {Erythroxyliim Coca Lam. et E, 
hondense H. B. et Kitnth), cuyas hojas masticaban los indios 
«para no haber sed»; un árbol grande, que cortado da un aceite, 
y que podría ser el árbol del aceite de María {Chloromyron ver- 
ticillatum Pers.)y ú otro {Calophyllum) de la misma familia; 
el árbol de la canela de Quito, que sería alguna laurinea ; las 
avellanas para purgar ó purgantes {Curcas purgans Medic.)^ 
que algunos llamaron ben equivocadamente; la higuera del in- 
fierno {Ricinus communis L.) introducida, y que tomaron por 



-36- 

el tártago; la bija ó achiote {Bixa orellana L.); el nanci ó 
nanchi {Malpighia faginea Sw. et Byrsonima cotinifolia H. JB. 
et Kimth, etc)^ cuyos frutos se compararon alas majuelas y con 
ellos daban los indios color al algodón; el tabunuco ó tabonuco 
de Puerto Rico {Dacryodes hexandra Griseb.);, que da la re- 
sina del mismo nombre; el palosanto ó guayacan {Guajactim 
sanctum L. et G. arhoreiim DC.) distinto del de las Antillas 
{Guaj'aciim officinale L.) y muy diverso del guayacan de Chile 
{Por Hería hygrotnetrica Riiiz y Pav),\\2i caoba ó caoban 
{Swietema Mahagoni L.) diferente de las cuabas ó coabas, mal 
denominados pinos de la Española con pinas vanas y muy pe- 
queñas y alguno de ellos nombrado tharay con igual impropie- 
dad iA77iyris marítima jfacq- et A. Pliimíeri DC- et A. balsa- 
mífera L.)', la cigua {Nectandra Cígua Píc/i.); la corbana de 
Fernández de Oviedo, que según él nombran en Nicaragua ma- 
dera negra, y es «tan recia de labrar, que se tuercen ó saltan los 
filos de las hachas», y de estos árboles «plantan entre los ca- 
caos para darles sombra», teniendo el nombre de yaguaguyt 
(Copaífera /lymenecefolía Jlforíc), que debe diferenciarse de la 
curbana de Cuba ( Canella alba Murr.)^ árbol oloroso tomado 
por el de la verdadera canela ; el mangle {Rhízophora Man- 
gle L.); la damahagua ó damajagua, que también se llama ma- 
jagua {Híbíscus tilíaceus Z.), de cuya corteza hacían sogas; el 
árbol redondo, que servía para hacer tambores {Pourretía ar- 
bórea Wílld.)] el espino de la Española, que acaso sea el de 
Cuba {Machaonía cymosa Gríseb. et M. mícrophylla Gríseb.), 
diferente del espinillo {Parkínsonía aculeata L.)] el fresno de 
Quito {Tecoma azaleas/olía H. B. et Kunthf), el jagüey ó ja- 
güey {Pícits Padilla Wílld. et F. crassinervía Desf. et P. su- 
ffocans Banks), y pertenecientes al mismo género podrán ser 
los «higos chiquitos de árboles» ; la garroba de Quito, que pa- 
rece corresponder á uno de los algarrobos de América {Proso- 
píspallída H. B. et Kunth)] el mequizquez, que es «cierta ma- 
nera de algarroba» {Inga fagífolía Wílld.)\ el árbol de la tinta 
de Nicaragua con fruto, que «tiene tez de garroba» {Ligaf)', la 
guama {Lonchocarpiis pyxídariiis DC. et L. sericeiis H. B. et 
Kunth), siendo otra la de Puerto Rico {Inga laurina Wílld.); 
el guao {Comocladia dentata J'acq.), que es el carrasco de Mé- 



— 37 — 

jico; el aliso de Quito {Alnus aciiminata H. B. et KuntJí)\ los 
salces de Quito y tierra austral (Sa/i's falcata H. B. ct Kunth, 
et S. Humboldtiana H. B. et KiintJí)\ los castaños de la tierra 
de Gualdape con fruta pequeña {Fagiisf)\ un«árbol de anchas 
hojas y hermosa rama y flor blanca, y las hojas luengas y ma- 
yores que las del laurel ó tamañas» {Magnolia?)', otro «árbol 
cuyas hojas masticadas sanan las llagas, de la isla de Santa Cata- 
lina» (?); el moróte, especie de madroño (?); la guiabara, llamada 
por los españoles uvero {Coccoloba uvifera L.)\ los guayaros 
«que parecen cherevias» {Zamia piunila L. et Z. angustifolia 
yacq.), que equivalen á la yuquilla de ratón, así nombrada en 
Cuba; la yaruma ó yagruma hembra {Cecropia peltata L.)\ las 

cañas gruesas «con agua dentro» {Guadua latifolia 'Kuntli); 

la paja ó yerba larga con que se cubren las casas en Tierra 
Firme [Gynerium argenteiim N^ees); los juncos como los de 
España {Cyperiis, J^iincus)] la baygua en lugar de belesa ó bar- 
basco para embriagar los peces {Tephrosia cinérea Pers. et T. 
toxicaria Pers. et Piscidia Erythrina L. et ^acquinia armi- 
llaris '^acq. et Paiilliniapinnata L., etc.); la albahaca natural 
de la isla Española {Ocimum caninn Simsf)] las «clavellinas 
amarillas é de cient hojas de Nueva España» {Tagetes erec- 
ta L.)', el culantro, diferente en la hoja del de España y con es- 
pinas en ella {Eryngium foetidum L.); el mastuerzo salvaje de 
la isla Española {Lepidium virginiciini Z.), los lirios blancos 
de Tierra Firme ó «cebollas albarranas de los españoles, aun- 
que no lo son» {Pancratium caribceiim L.)\ la rubia de Cuba 
{SoiamiíJi?)] la yerba mora de la Isla española {Solamcm ole- 
raceum Dun.) el tetec de Nueva Granada, «yerba que enlo- 
quesce» {Datura?)] la yuruma ó acaso yagruma macho {Panax 
speciosum Wil¿d.)\ los cavallos «ques como lirenes» {Ma- 
ranta)\ el sagú de Cuba {Mar anta indica Z.), originario de la 
India oriental é introducida en América; el toronjil de Tierra 
Firme {Calamintha Nepeta Link. et Hoffm.), procedente de 
Europa, y que también se introdujo en Méjico y otras partes; 
la curi a de la Española, cuya hoja parece á la de la salvia, y es 
una «excelente yerba» {Labiada?)] la perorica de Tierra 
Firme que es yerba alta y «su olor quasi como toronjil {La- 
biada?)] la yerba mocot de Nicaragua, que es baja y «áspera 



-38- 

é no tanto como ortigas su tallo es cuadrado é áspero en cada 

esquinazo, la flor ó simiente de esta yerba se pega mucho á 

la ropa» (^Labiada? Verbenáceaf); una yerba parecida á la 
corregüela, ó sea la yerba «que los indios llaman Y, y es pur- 
gante» {Ipomoea tuberosa Z., etc.); otra yerba como cominos 
de Nicaragua, «la qual en el olor y sabor era como perfectos 

cominos usada por los españoles en salsas» {Umbeliferaf)\ 

un «trébol de muchas hojas y hermosa rama, y flor blanca y 
las hojas luengas y mayores que las del laurel ó tamañas» {Le- 
guininosaf)] la icoroata de Venezuela con «legumbres muy se- 
mejantes á las habas» {Leguminosa)] unas legumbres como ha- 
bas muy mayores é muy amargas {Leguminosa)] los fásoles ó 
fésoles que tenían los indios {Phaseolus (i) Dolíchos, Vigna) y 
antes indicados por Colón; la aniana de Venezuela, considerada 
como «turma de tierra», que podrá ser una de las especies afi- 
nes á la papa ó patata, ó quizá mera variedad de la misma; las 
cubias de Nueva Granada «que parecen nabos cuando cocidos, 
y rábanos cuando crudos» (?), unas «raíces que sirven de ja- 
bón» (?); la ayraca del Paragua}^ (?); la coygaraca con «tallos ó 

astillejos huecos é cada uno de ellos tiene su cabezuela é 

en los extremos declinan para abajo» {Pin guíenla?)', la planta 
ó árbol del «bálsamo artificial ó nuevo» (?); el ozpanguazte de 
Nicaragua para escobas {Scoparia dulcis L.f) «especie de ajon- 
jera de que los indios hacían cuerdas»; la osea y el yop de 
Nueva Granada «yerbas de adivinación» (?). Finalmente, Fer- 
nández de Oviedo parece haber observado la fosforescencia 
de algunos leños, afirmando «que relucen de noche como 
fuego» y al tocar en Canarias vio el «árbol de la isla de Hierro, 
que suda agua potable, según se creía» ( Oreodaphne foetens 
JSÍees)^ que luego Jonston (1662) denominó Arbor aquam fun- 
dens en sus Dendrographias, t. cxxxiii, dando con la lámina 
una muestra de excesiva credulidad. 

Siguieron á Fernández de Oviedo diversos historiadores de 
las Indias durante la segunda mitad del siglo xvi, que le imita- 
ron en la indicación de las mismas plantas y algunas otras, con- 
tándose entre ellos López de Gomara (1552- 1553), Cieza de 



(i) Acaso fuesen variedades del Phaseolus vulgaris L., y del P/i. lunaius L. 



— 39 - 

León (1553), Zarate (i555), Núñez Cabeza de Vaca (i555). 
Vargas Machuca (1599) y otros, mereciendo particular men- 
ción Sahagun, cuyo manuscrito (1575), que se publicó en el 
presente siglo (Méjico, 1829-T830 y Londres, 1831), contiene 
los nombres mejicanos de muchos vegetales. Trataron enton- 
ces especialmente de lo relativo á las producciones naturales 
López Medel (1565), cuya obra permanece inédita; Monardes, 
que sin salir de España dio á conocer las cosas que se traían de 
las Indias occidentales (Sevilla, 1565-1574), y Acosta (José), 
cuya Historia natural y moral de las Indias (Sevilla, 1590) 
contribuyó útilmente en su tiempo al conocimiento de la vege- 
tación americana. Las noticias dispersas en los escritos impre- 
sos en el siglo xvi sobre las producciones naturales de las In- 
dias, fueron recopiladas por Herrera en su Historia general 
de los hechos de los castellanos en las Islas y Tierra Firme del 
mar Océano (Madrid, 1601-16,15), pasando de 300 las plantas 
en ella mencionadas, pudiendo considerarse como el resumen 
de las más ó menos conocidas al terminar aquel siglo fecundo 
en descubrimientos. Si el resultado de las investigaciones he- 
chas por Francisco Hernández en Méjico (1571-1577) se hubie- 
se divnlgado inmediatamente, pasaría de 3.000 el número de 
los vegetales que constasen públicamente como observados en 
América por los españoles durante el mismo siglo. 

Lo primero que como consecuencia de los trabajos de Fran- 
cisco Hernández se conoció, se halla consignado en los Quatro 
libros de la naturaleza y virtudes de las plantas y animales^ 
que el religioso dominicano Ximénez escribió y publicó (Mé- 
jico, 161 5), siendo un compendio de lo relativo á los usos me- 
dicinales de unas y otros en Nueva España. Bastante después 
apareció el extracto de los escritos de Hernández hecho por 
Recebo con varias notas 3^ adiciones, titulado Rerum medica- 
rum Novce Hispanice Thesaiiriis (Roma, 1 65 1) ; pero lo más 
completo, respecto de la vegetación mejicana, que se debe al 
médico de Felipe II, es la Historia plantarum Novce Hispa- 
nice ^ que se dio á luz bajo la dirección de Gómez Ortega (Ma- 
drid, 1790), donde se hallan las descripciones originales, aunque 
con frecuencia sean insuficientes para reconocer las especies, 
siempre designadas con los nombres que les daban los indíge- 



— 40 — 

ñas. Continuaron los escritores del siglo xvii como los del ante- 
rior, fijando su atención en las producciones naturales al tratar 
de las cosas de América, y así lo hicieron, principalmente La- 
sso de la Vega (1605 y 1609) Y O valle (1646), que habló de los 
alerces de Chile y Chiloe (Lt'docedrus tetragona Endlich.) y 
dio á conocer con el nombre de frutilla los fresones ó fresas 
chilenas {Fragaria chilcnsis Ehrh.), que se cultivan en muchas 
partes, siendo de notar que haya indicado las importantes hor- 
talizas y frutales de Europa introducidos en Chile por los espa- 
ñoles. Existe además un manuscrito histórico del jesuíta Cobo 
(1^53) y otro (1690) que dejó Fuentes y Guzmán, descendiente 
de Díaz del Castillo, teniendo los dos algún interés y hallándose 
en el segundo algunas noticias relativas á las propiedades y usos 
de varias plantas. 

No fueron muchos los escritores que fuera de España contri- 
buyeron á iniciar el estudio científico de la vegetación ameri- 
cana durante el siglo xvii, y aunque respecto de la del Norte, 
Robin (1620) dio cuenta de las especies recibidas por el mismo 
y cultivadas en su jardín de París, habiéndolas descrito Cornuti 
(1635) con algunas otras del Canadá, también cultivadas en 
aquella capital, son ambos trabajos muy reducidos, ni tampoco 
es extenso el publicado después por Hughes, en Londres (1672), 
que se titula 77ie american pJiysician y contiene noticias sobre 
los vegetales existentes en las plantaciones inglesas de Amé- 
rica, pudiendo además citarse un catálogo de las plantas de 
Virginia debido á Banister y publicado (1688) por Ray, y varias 
obras históricas, como la de Rochefort (1639), Laet (1640), Li- 
gón (1657), Du Tartre (1667-1671) y algunas otras de viajes con 
noticias más ó menos apreciables. Tuvieron importancia mucho 
mayor los escritos de Pisón y Marcgravio sobre la Medicina é 
Historia natural del Brasil, impresos en Amsterdam (1648 y 
1658), el catálogo de las plantas de la Jamaica, que Sloane dio 
á luz en Londres (1696), seguido más tarde de la impresión del 
viaje (i 707- 1 725), y la descripción de plantas americanas en 
grande número que Plumier empezó á publicar en París (1693), 
dando á conocer más adelante (1703) unos 120 géneros nuevos 
como complemento de los caracterizados por Tournefort, con- 
forme enseñó éste á practicarlo, é igualmente describió mu- 



— 41 — 

chos heléchos observados principalmente en las Antillas. Estas 
últimas obras tienen representadas buen número de las especies 
y merecen todavía consultarse, aunque haya variado esencial- 
mente el lenguaje descriptivo y la nomenclatura botánica, 
siendo de notar que Pisón y Marcgravio mencionaron la ipeca- 
cuana oficinal {Cephcclis Ipecacuanha A. i^/c/z.) antes de ha- 
berse usado en Europa. 



II. 



Señores: 

El carácter más científico que se dio á la Botánica descrip- 
tiva en el siglo xviii y la repetición de los viajes, influyeron 
notablemente en el mejor conocimiento de la vegetación ame- 
ricana, que excitaba cada vez mayor interés en el orden espe- 
culativo y también en el práctico, por la utilidad de muchas 
plantas que sucesivamente se descubrieron. Tournefort, poco 
antes de terminar el siglo anterior al citado, había constituido 
y caracterizado los géneros con una exactitud no conocida hasta 
entonces, y Linneo, después del primer tercio del último siglo, 
introdujo nuevas y trascendentales reformas en la manera de 
caracterizar y denominar las plantas, dando al lenguaje botá- 
nico mayor precisión, y distinguiendo con mejor sentido las es- 
pecies y variedades, que incluyó en los respectivos géneros, 
procurando reunir todas las bien conocidas. El grado de perfec- 
ción así obtenido condujo á la constitución de las familias, que 
en 1789 inició una nueva era de progreso en la ciencia de las 
plantas, debida á los asiduos y profundos estudios de Antonio 
Lorenzo de Jussieu, continuador de los de su tío Bernardo, que 
los había emprendido mucho antes. 

Las clasificaciones y descripciones de Tournefort y Linneo 
fueron pronto conocidas en España por los hombres científicos, 



— 44 — 

cuyos estudios y trabajos se acomodaron por tanto á las ten- 
dencias dominantes; pero durante bastante tiempo no faltaron 
escritores que siguieron las huellas de los antiguos, dando en 
obras históricas ó relativas á viajes, noticias más ó menos des- 
tituidas de las formas por entonces establecidas. Esto puede 
verse también en algunas obras extranjeras, aunque no así en 
el jfournal de Feuillée, publicado en París (1714-1725), con 
numerosos datos; y entre las españolas se cuentan las de Lo- 
zano (1753 y 1754), Gumilla (1741), Venegas (1757), Loren-' 
zana, que reprodujo en Méjico (1770) las cartas de relación 
de Hernán Cortés con adiciones, Caulin (1779), Clavigero, 
que escribió en italiano (i 780-1 781), todas ellas más ó menos 
importantes en lo relativo á la vegetación de diversas par- 
tes de América. Tampoco Ulloa, en la Relación histórica del 
viaje (1748) hecho con Juan, empleó la nomenclatura científica 
al designar buen número de plantas, y lo mismo se observa en 
las Noticias americanas (1772), que el primero reunió, men- 
cionando la cascarilla ó quina {Cinchojta of/icinalis L.), como 
lo había hecho La Condamine (1738), y mucho antes conocida 
por los españoles (1638) en el Perú, demostrando uno y otro 
trabajo no haberse limitado aquellos geodestas á lo que era el 
objeto principal de sus estudios. Finalmente, Molina, conoce- 
dor del sistema de Linneo, suministró interesantes datos, en 
parte nuevos, sobre la Historia natural de Chile, y en particu- 
lar acerca del reino vegetal, habiéndose publicado primera- 
mente (1782) su obra en italiano; también Gómez de Vidaurre 
se ocupó en lo mismo, imitando á Molina y dejando un manus- 
crito histórico (1789) en que dio noticias relativas á la vegeta- 
ción, prescindiendo de la nomenclatura botánica y lo mismo 
había hecho Abad (1788) en la Historia de Puerto Rico. 

Aunque Linneo fué invitado para que viniese á propagar sus 
conocimientos en la Península, tanto en beneficio de la misma 
como de la América española, no le fué posible acceder á ello; 
pero envió al efecto á su discípulo Loeffling, que estuvo al ser- 
vicio de España desde 1751 hasta 1756, año de su fallecimiento, 
antes de haber llegado á Cumaná en uno de sus viajes. Los 
principales resultados de ellos aparecieron en el Iter hispani- 
cum (1758), que publicó Linneo, conservándose en el Jardín 



— 45 — 

Botánico de Madrid, diversos papeles con notas y apuntes 
concernientes á esta expedición y algunos dibujos de Castel y 
Carmona, que como artistas acompañaron al malogrado inves- 
tigador de la vegetación cumanense y de la Guayana española, 
siendo muchos los nombres vulgares que pudo averiguar, y se 
hallan apuntados en las expresadas notas, aunque sin estar por 
lo común referidos á los científicos correspondientes. 

Antes y después de la reforma Linneana, durante el si- 
glo XVIII, tomó incremento el examen de los vegetales propios 
de las dos Américas, septentrional y meridional, activándose 
notablemente el de los pertenecientes á la primera, é islas pró- 
ximas, como lo demuestran los trabajos que se publicaron. En- 
tre ellos figuran losdePetiver(i707y 1712), Colden(i 744-1 750) 
y otros; pero merecen especial mención la Flora virginica, pu- 
blicada por Gronovius (i 739-1 743 y 1762), la Flora Americce 
septentrionalis que divulgó Forster (1771), el Arbustum ame- 
ricanum ó catálogo de árboles y arbustos formado por Mar- 
shall (1785), la Flora carolimana dada á luz por Walter (1788) 
y el índice relativo á la Flora de Lancaster, que Muehlenberg 
hizo insertar en una publicación periódica y que precedió al 
Catalogus plantarum Americce septentronalis (1813). Pudie- 
ran agregarse á estas obras especiales algunas históricas y de 
viajes, principalmente los hechos á las islas, como el de La- 
bat (1722), Hughes (1750), Chevalier (1752), Browne (1756), 
Thibault (1763), Nicolson (1776), Swartz (1790), Edwards 
(1793)» West (1793) y Euphrasen (1798), que contienen datos 
acerca de la vegetación. Son de superior importancia las dos 
obras de Jacquin, que versan sobre las plantas de las islas y par- 
tes próximas del continente americano, y fueron publicadas en 
Viena, titulándose la una Eniimeratio systeniatica (1760), y la 
otra Selectarum stirpium americanarum Historia (1763), exis- 
tiendo de ella algunos ejemplares posteriormente adicionados 
con superior número de láminas iluminadas con el mayor esmero, 
como lo demuestra uno de ellos, que existe en el Jardín Botá- 
nico de Madrid. Debióse á Linneo mu2í Flora j'amaicensis (1759) 
y Desportes (1770) dio algunas noticias sobre la vegetación de 
la isla de Santo Domingo, que otros después ampliaron. Las 
plantas de Jamaica y otras islas forman el objeto del trabajo de 



-46- 

Barham (1794), que tiene el título de Hortus americanus; pero 
fué Swartz antes de terminar el siglo pasado y al principiar el 
presente uno de los que más contribuyeron al mejor conoci- 
miento de la vegetación de las islas y parte del continente pró- 
ximo en las obras tituladas: Nova genera et species (1788), Ob- 
servationes botanicce (1791), Icones plantariim incognitariim 
(1794), y en la Flora Indi(E occidetitalis (1797- 1806), comple- 
mento de las anteriores. Algunas plantas de la América meri- 
dional fueron designadas después de Loeffling durante el si- 
glo XVIII por varios viajeros, y en particular por algunos botá- 
nicos como Prefontaine (1763) en un libro destinado á los 
cultivadores de Cayena; Merian (1768), que estudió antes los 
insectos de Surinam; Linneo mismo (1775), que se ocupó en el 
examen de las plantas surinamenses; Aublet (1775), que publicó 
una Historia de las plantas de la Guayana francesa; Rottboel 
(1776 y 1798), que describió algunas plantas de Surinam; Hous- 
toun (i 78 i), que dio á conocer las dibujadas en corto número 
por su colector de igual nombre en la América meridional, y 
Vahl, que en las Eclogce americance (1796- 1807) y en las co- 
rrespondientes Icones (1798-1799), acrecentó los conocimien- 
tos adquiridos. 

Tales como acaban de bosquejarse, son en resumen las in- 
vestigaciones que se habían hecho ó continuaban haciéndose 
sobre las plantas de América por los exploradores de las cosas 
del nuevo continente y por los verdaderos botánicos, cuando 
muchos de los que en España también lo eran, tomaron parte 
muy activa en el reconocimiento y examen de la vegetación 
propia de las diversas regiones, que entonces constituían otras 
tantas porciones del territorio español. El movimiento benefi- 
cioso para el saber, que se desarrolló en la época de Carlos III, 
alcanzó con marcada preferencia al cultivo de la ciencia de las 
plantas, particularmente después que el Jardín Botánico se es- 
tableció en el Prado de Madrid (178 1), entre el suntuoso pala- 
cio construido, aunque no destinado para albergar las ciencias 
naturales, y el Observatorio Astronómico cerca de la Escuela de 
Medicina. Antes había existido (1755- 1780) en el Soto de Mi- 
gascalientes otro, donde se inauguró la enseñanza en Mayo 
de 1757, y allí se formaron los botánicos destinados primera- 



— 47 — 

mente á las expediciones que se organizaron para el estudio de 
la vegetación americana. Cuatro fueron las que tuvieron mayor 
importancia entre nosotros en aquel tiempo y en los posterio- 
res, habiendo funcionado la de Mutis en Nueva Granada, la de 
Ruiz y Pavón en el Perú y Chile, la de Sessé y Mociño en Mé- 
jico, la de Pineda y Nee en varias partes ó sin destino fijo por 
haber ido con Malaspina para dar la vuelta al globo, y puede 
agregarse la de Boldo, que se envió á la isla de Cuba. 

Mutis se hallaba ya en Nueva Granada desde el año 1760, 
aunque hasta el de 1783 no hubiese sido comisionado para estu- 
diar la Flora de aquella región, como continuó haciéndolo, ha- 
biendo acumulado al efecto numerosos datos, y sobre todo 
desde entonces bajo su dirección se formó una preciosa colec- 
ción de dibujos por diez y ocho discípulos del artista Rizo, agre- 
gado á la expedición desde el año 1784. Los materiales prepa- 
rados para la Flora de Nueva Granada quedaron inéditos á la 
muerte de Mutis, acaecida en 1808, y se hallan depositados 
desde 1817 en el Jardín Botánico de Madrid, como el herbario, 
teniendo los dibujos superior importancia y pasando de 6.000, 
unos en negro y otros iluminados, correspondiendo general- 
mente á cada una de las plantas por duplicado. Acércase á 
2.800 el número de las especies y variedades, siendo unos i.ooo 
los géneros pertenecientes á 166 familias. Linneo, ó en su nom- 
bre el hijo del mismo, y Humboldt dieron á conocer algunas 
especies é importantes noticias que les fueron respectivamente 
comunicadas por Mutis, cuya Quinología, sin los dibujos hoy 
existentes y abreviada, se publicó, titulándola El Arcano de la 
Quina, primeramente en Santa Fe de Bogotá (1793- 1794) y 
después en Madrid. Copias reducidas de estos dibujos fueron 
utilizadas por Triana en su obra titulada Nouvelles étiides sur 
les Quinquinas y publicada en París (I872). 

Ruiz y Pavón recorrieron diferentes territorios del Perú y 
Chile durante diez años (1778- 1788) acompañados de los dibu- 
jantes Gal vez y Brúñete, que después de su muerte fué susti- 
tuido por Pulgar, y seguidos por Dombey, botánico francés 
que se retiró en 1784. La Mora peruviana et chilensis^ en 
parte publicada (1798-1802) no se continuó á pesar de lo bien 
recibidos que fueron los tres primeros tomos, quedando inédi- 



-48 - 

tos los restantes, que se conservan con el herbario y corres- 
pondientes dibujos en el Jardín Botánico de Madrid. Ha- 
bíanse grabado 325 láminas para los tres tomos impresos, 100 
para el cuarto y 64 para el quinto manuscritos, existiendo ade- 
más algunas sueltas que pertenecen á los siguientes volúmenes. 
Toda la obra debería contener 2.000 láminas, según el cálculo 
de los autores, y los dibujos correspondientes á los tomos iné- 
ditos pasan de 1.600, casi todos iluminados, habiendo también 
indicado los mismos autores que las descripciones llegarían al 
número de 3.000 próximamente. La Flora fué precedida de un 
Prodromiis (1794) destinado á los géneros, y en particular á 
los nuevos, y además apareció el primer tomo de un Systema 
vegetahiliiun (1798), en que se anticipó el conocimiento de al- 
gunas especies; también se había publicado la Ouinologia de 
Ruiz (1792), más tarde aumentada con un Suplemento de Ruiz 
y Pavón (1801), así como en diferentes fechas las varias diser- 
taciones y memorias de Ruiz con alguna de Pavón (i), cuya 
Nueva Qiiinologia ^ que dejó inédita, se publicó posteriormente 
en Londres (1862), ilustrada por J. E. Howard y acompañada 
de treinta láminas iluminadas. 

Sessé, nombrado jefe de la expedición destinada á Méjico en 
1787, dio principio á más extensos viajes en el año 1795, siendo 
Director del Jardín Botánico establecido en aquella capital 
desde 1788, y con Cervantes, profesor del mismo, y su discípulo 
aventajado Mociño, se constituyó la comisión exploradora, aun- 
que en realidad solamente Sessé y Mociño hayan pertenecido 
á ella durante largo tiempo. Fueron ocho años (1795- 1804) los 
invertidos en recorrer dilatados territorios, no limitándose á los 
propiamente mejicanos, y comprendiendo algunas islas con in- 
clusión de las de Cuba y Puerto Rico, aunque sin haberlas exa- 
minado con igual detenimiento. Los resultados de estos viajes 
consisten en las plantas secas que desde el año 1820 se hallan 
en el Jardín Botánico de Madrid, intercaladas en el herbario 
general del mismo establecimiento y en los numerosos manus- 



(i) Hállanse numerosos pormenores respecto de éstas y otras obras que concíer- 
nen á la vegetación americana , en el libro titulado La Botánica y los Botánicos de la 
Península hispano-hisitana, por D. Miguel Colmeiro; Madrid, 1858. 



— 49 ~ 

critos destinados á la Flora mexicana^ perteneciendo á ésta, 
particularmente, tres gruesos volúmenes inéditos en folio. La 
colección de dibujos hechos por los artistas Echevarría y Cerda 
no llegó á depositarse en el Jardín Botánico de Madrid, con 
excepción de unos pocos, habiéndose extraviado unos 1.400 de 
plantas y otros tantos de animales en Barcelona, donde en el 
año 1 819 murió Mociño, que los guardaba, pasando á manos de 
su médico sin que los sucesores de éste los hayan restituido. 
Durante la vida del antiguo viajero, que se vio obligado á emi- 
grar, pudo De Candolle obtener 305 duplicados, y mediante el 
auxilio de doscientos dibujantes, que en Ginebra se prestaron 
generosamente á ello, logró quedarse con copias de otros mu- 
chos, que unidos á 71 antes copiados en Montpellier, donde 
residía Mociño, constituyen la colección de los dibujos de plan- 
tas mejicanas conservada en la biblioteca de aquel célebre bo- 
tánico. Esto tuvo la compensación consistente en facilitar que 
muchas de las plantas fuesen brevemente descritas, ó por lo 
menos citadas en el Prodromus Systematis natiiralis regni ve- 
getabilis, que se empezó á publicar en el año 1824. Habíase 
iniciado la inclusión en el Systema, que se desistió de conti- 
nuar, y además fué reproducida y distribuida la colección de 
calcos que se hizo con un prefacio impreso en Ginebra y el 
título siguiente : Calques des desins de la Flore dii Mexiqíie de 
MoQiño et Sessé qiii ont serví de types d'éspece dans le Systeme 
Olí le Prodromus (1874). También antes se dieron á luz en Mé- 
jico (i 824-1 825) las Novoriim vegetahilium descriptiones ^ que 
hicieron La Llave y Lexarza, contribuyendo algún tanto á los 
fines de la expedición española, asi como Velasco en su Flora 
mexicana (1870), que apareció igualmente en Méjico. 

Pineda y Nee, en unión de Haenke, emprendieron con 
Malaspina, en el año 1789, un viaje alrededor del mundo, que 
les había sido encomendado ; pero la expedición sufrió en las 
Filipinas la perdida de Pineda, que era el primer encargado de 
las observaciones botánicas y de las demás relativas á Historia 
natural, habiendo fallecido en el año 1792. Nee, que además 
de ser un infatigable colector estaba dotado de conocimientos 
científicos, fué desde entonces hasta 1794 realmente el que más 
contribuyó al éxito de la expedición en la parte botánica, como 



— so- 
lo demostró con la numerosa colección de plantas que trajo y 
se conservan en el Jardín Botánico de Madrid, intercaladas en 
el herbario general del establecimiento, donde también existen 
más de 300 dibujos hechos por Guio, Pulgar, Pozo, Lindo y 
otros. Aunque Nee publicó algunos trabajos suyos en los Ana- 
les de Ciencias naturales de Madrid durante los años 1801, 
1802 y 1803, dejó á Cavanilles el cuidado de dar á conocer mu- 
chas de las especies halladas, que resultaron nuevas ó impor- 
tantes, debiéndosele, no obstante, diversas observaciones y 
descripciones, que se hallan con otros apuntes en el mismo Jar- 
din Botánico, así como algunos de Haenke, cuyos principales 
trabajos, con el título de Reliqtiice Haenkeance ^ fueron publi- 
cados bastante tarde (1830- 1836) por Presl en Praga. 

El viaje de Boldo á la isla de Cuba, donde falleció antes de 
terminar el año 1799, produjo escasos resultados por haberse 
malogrado quien pudiera haberlos obtenido mayores para el 
conocimiento de la Flora cubana en aquel tiempo. Además de 
las descripciones de diferentes géneros y especies de las plantas 
pertenecientes á ella, consérvase en el Jardín Botánico de Ma- 
drid un tomo con sesenta y seis hojas de dibujos iluminados, que 
hizo Guio, y cuya fecha corresponde al año 1802, hallándose en 
la Habana el expresado artista algo conocedor de las plantas 
americanas. 

Fueron también de algún interés botánico los viajes de Aza- 
ra en la América meridional (1781-1801), como puede verse 
en la Descripción é Historia del Paraguay y del Río de la 
Plata, que se publicó primeramente en francés (1809) y des- 
pués en castellano (1847), siendo, por tanto, esta edición la pre- 
ferible. 

Las expediciones botánicas, que antes de terminar el último 
siglo se organizaron en España para la recolección y estudio de 
las plantas americanas, fueron seguidas del viaje que Humboldt 
y Bonpland hicieron (1799- 1804) para explorar las regiones 
equinocciales del nuevo continente, entonces unidas á su me- 
trópoli, la cual protegió á los dos expedicionarios con solicitud 
para facilitar el éxito de su empresa. Contribuyeron á ello indu- 
dablemente los trabajos debidos á los exploradores españoles 
que habían examinado aquellas regiones, y así fué reconocido 



— Sí — 

por los mismos viajeros más afortunados en cuánto á la publi- 
cación de los resultados de sus investigaciones. Hállanse éstos 
consignados en diferentes obras, y entre ellas las tituladas 
Plantee cequinoctiales (1805-1818) con el retrato de Mutis, y 
Nova genera et species (1815-1825), que ordenó Kunth, for- 
mando á la vez una Synopsis (1822-1825), y mención especial 
merece también el ensayo que ambos exploradores bosqueja- 
ron (1805) acerca de la geografía de las plantas. 

Desde entonces, y en lo que va transcurrido del siglo pre- 
sente, cuyo término se aproxima, aparecieron numerosos traba- 
jos sobre la vegetación americana, bastando los relativos á la 
del norte ó septentrional para constituir un largo catálogo bi- 
bliográfico. Compondrían asimismo uno copioso é importante 
los concernientes álos Estados americanos de origen español y 
portugués, porque dentro ó fuera de ellos contáronse en este 
siglo bastantes hombres de ciencia que se dedicaron al examen 
todavía no terminado de la vegetación de aquellas regiones, é 
igualmente se hicieron nuevos estudios sobre la de las islas 
próximas á las dos partes del continente por tanto tiempo des- 
conocido y tan rico en producciones naturales. 

La vegetación de las Antillas continuó llamando la atención 
de los botánicos, parcialmente ó en su conjunto, siendo de esta 
manera como la examinaron, dedicándoles obras especiales, 
Tussac (1808-1827) y Descourtilz (1821-1829), aunque no 
de igual importancia; pero las plantas de Cuba y las de Puerto 
Rico no pudieron menos de interesar particularmente á los es- 
pañoles. En efecto, la vegetación cubana fué estudiada de nuevo 
por la iniciativa de La Sagra, que algo colectó y donó al Jardín 
Botánico de Madrid, proponiéndose completar su Historia fí- 
sica^ política y natural de la isla de Cuba, cuya parte botánica, 
en cuanto á las plantas celulares (1845), se debió á Montagne, 
así como respecto de las vasculares (1850) corresponde á Ri- 
chard el mérito contraído. Había publicado antes La Sagra va- 
rias memorias, y enumeró las plantas usuales de los cubanos en 
un trabajo económico y estadístico (1831), aprovechando noti- 
cias que habían reunido Ossa, Monteverde y anteriormente 
Parra (1799), siendo las de éste relativas á los árboles, así como 
las de Calleja, aunque uno y otro hayan designado las especies 



- 52 - 

con las denominaciones vulgares. Bastante después con el ante- 
título de Flora cubana^ dio á luzSauvalle una Eniimeratio nova 
plantarum cubensium (1873), resultado de propias investiga- 
ciones y de sus particulares estudios unidos á los de Wright, 
viajero é investigador activo, existiendo de él en el Jardín Bo- 
tánico de Madrid una numerosa colección de sus plantas 
(i 860- 1 864), y en vista de los de Grisebach, autor de un Catalo- 
giis plantarum cubensium, exhibens collectionem Wrightia- 
nam aliasqiie minores (1866), que fué revisado, aíí adiendo los 
nombres vulgares. También dedicó á la Flora de Puerto Rico 
importantes estudios (1883- 1887 ) el Dr. A. Stahl, descri- 
biendo las plantas con detenimiento é indicando los nombres 
vulgares que se usan en aquella isla, cuya vegetación tiene na- 
turalmente el carácter peculiar de la perteneciente á las Anti- 
tillas. Como copiosa enumeración de las plantas de Méjico y de 
la América central, próxima á las indicadas islas, puede consi- 
derarse actualmente el trabajo de W. Botting Humsley, que 
constituye la parte botánica 1(1879-1888) de la Biología ceñ- 
ir ali- americana publicada en Londres. 

No existe todavía una obra descriptiva de todas las plantas 
del Nuevo Mundo, ni tampoco una enumeración completa de 
las mismas, ya pertenezcan á la América septentrional, central 
ó meridional, con inclusión de las respectivas islas. Son nume- 
rosos é importantes los trabajos parciales debidos á la pericia y 
actividad de muchos botánicos europeos y americanos, tanto en 
los siglos anteriores como en el presente ; pero solamente la ve- 
getación de los Estados Unidos y del Canadá, ó sea la propia 
de la América del Norte, como por lo común se dice, puede 
considerarse próxima á ser en totalidad conocida. Moderna- 
mente, después de otros (Michaux, Pursch, Barton, Hooker, 
Rafinesque, etc.) contribuyeron mucho á ello Torrey y Asa 
Gray, asociados {Flora of North América, 1838- 1843), ha- 
biendo emprendido el último en particular la publicación de 
una Flora sinóptica de la América del Norte {Synoptical Flora 
o f North América), que dejó incompleta á su muerte (1888), y 
merece consignarse que haya hecho un viaje á España (1880) 
para examinar los herbarios conservados en el Jardín Botánico 
de Madrid y utilizar los resultados de las investigaciones y es- 



=;? 



tudios que se deben á los españoles. Prescindiendo de las Flo- 
ras anteriores á las citadas en concepto de modernas, conviene 
mencionar además como tal el catálogo formado por Oyster 
{Catalogue of North American plants), cuya segunda edición 
(1888) puede en la actualidad dar idea del conjunto de la vege- 
tación americana del Norte. Aunque no haya trabajo alguno 
que comprenda la totalidad de las plantas de la América meri- 
dional, son muchos é interesantes los parciales que en el pre- 
sente siglo se agregaron á los extensos anteriormente hechos y 
no del todo publicados, debiendo notarse que entre aquéllos se 
cuentan algunos relativos al conjunto de la vegetación de regio- 
nes determinadas, tales como el Brasil y Chile. Aconteció des- 
graciadamente á pesar de laudables deseos, que la Flora Brasi- 
lice mertdioiíalis, que comenzó á divulgar A. de Saint Hilaire 
(1825-1833) con la colaboración de Adr. de Jussieu y Cam- 
bessedes no llegó á terminarse, ni tampoco la Flora hrasilien- 
szs, que emprendió Martius (1829-1833, en 8.°, y 1840 en fol.) 
con el auxilio de algunos colaboradores, llegó á verla concluida 
su iniciador, encargándose otros de continuarla. Más afortunado 
C. Gay, mediante la protección del Gobierno de Chile, y ayu- 
dado de Montagne, pudo lograr que saliese á luz por completo 
(1845-1854) la Flora chilena^ seguida de la concordancia de 
los nombres vulgares con los científicos. Entre los trabajos pu- 
blicados después por Philippi sobre la misma Flora, el que se re- 
laciona más con los de conjunto es un Catalogus plantarían 
vasculariiim chilensium (1881) impreso, en Santiago de Chile. 



Consérvanse en Europa, principalmente en los Museos y Jar- 
dines Botánicos, muchos herbarios y otras colecciones que con- 
tienen las riquezas acumuladas por numerosos viajeros, que re- 
corrieron las distintas regiones de América, facilitándose así los 
estudios conducentes al conocimiento de su vegetación. Es el 
Jardín Botánico de Madrid uno de los que se hallan en las ex- 
presadas condiciones, poseyendo además de los antiguos herba- 
rios el reunido en los viajes hechos en América no hace mucho 



- ?4 - 

(1862-1866), por la que se denominó Expedición del Pacífico y 
que recorrió principalmente las regiones meridionales de aquel 
continente. Agréganse á las colecciones de plantas secas que 
se guardan en nuestro Jardín, otras complementarias de partes 
y productos de las mismas, figurando en primer término la de 
frutos procedentes de diversas expediciones, y que es una de 
las más importantes en Europa; sobre todo, después de ha- 
berse clasificado y ordenado con las posibles indicaciones geo- 
gráficas. Entre las colecciones accesorias tienen bastante inte- 
rés la de maderas y también la de las cascarillas ó quinas del 
Perú, correspondientes á las especies y variedades que dieron 
á conocer los autores de la Flora peruana en sus respectivas 
Quinologías. 

No son exclusivamente americanas todas las especies vegeta- 
les que crecen como espontáneas en el Nuevo Mundo, aun sin 
tomar en cuenta las introducidas ó naturalizadas en el mismo. 
Esta simultaneidad es de observar singularmente en las partes 
templadas y frías del hemisferio boreal, donde existen algunas 
plantas fanerógamas de Europa que crecen igualmente en la Si- 
beria oriental, y en las correspondientes regiones de la América 
septentrional. Pasan de ciento lasque se hallan en este caso, y si 
se descuentan las que se pueden suponer transportadas, todavía 
quedan mas de sesenta que sean comunes á las partes indica- 
das, predominando las acuáticas total ó parcialmente sumergi- 
das, y siendo por tanto notables por su extensión geográfica. 
También los países intertropicales más distantes tienen varias 
especies que les son comunes, y las hay por tanto americanas 
en las diversas partes del antiguo mundo, ya sean todas origi- 
narias ó exceptuando algunas por creerse transportadas, y se 
nota que aquéllas generalmente pertenecen á las higrófilas ó que 
prosperan en terrenos húmedos, sin ser necesariamente acuáti- 
cas. Las plantas intertropicales espontáneas que están naturali- 
zadas en uno y otro mundo, habiendo sido transportadas de di- 
ferentes maneras, quizá no pasen de ciento; pero aparece que 
el antiguo mundo tiene recibidas del nuevo más especies que 
éste de aquél en tal concepto, y es verosímil que antes de ser 
posible la intervención voluntaria ó involuntaria del hombre, no 
hubo apenas estas respectivas adquisiciones ó cambios entre ía 



— 55 - 

vegetación tropical de ambos mundos. Europa recibió de Amé- 
rica, y principalmente de la del Norte, una cincuentena de plan- 
tas, que fueron transportadas y se naturalizaron, haciéndose es- 
pontáneas; pero mayor es el número de las que constan como 
introducidas y naturalizadas en el Canadá y los Estados Unidos 
orientales, pasando de 170 las que fueron de Europa directa- 
mente ó por intermedio de otros países. Explícase esta diferen- 
cia por la antigua y frecuente remisión de semillas de las plantas 
cultivadas en Europa, mezcladas seguramente con las de las es- 
pontáneas, notándose que son muchas, no obstante, las que hay 
propias de los escombros y caminos. Algunas especies europeas 
se naturalizaron también en otras partes de América, donde 
desde los primitivos tiempos de su descubrimiento se llevaron 
por los españoles las plantas útiles, introduciéndolas primera- 
mente en las islas, al pronto conocidas, y poco después en la 
Tierra Firme; transportando sin quererlo con las semillas pro- 
vechosas las de diversos vegetales no cultivados. Efectivamente, 
entre las «yerbas de la isla Española, que son como las de Es- 
paña» según Fernández de Oviedo (1535), aunque no todas vis- 
tas por el mismo, y excluyendo algunas probablemente mal asi- 
miladas, puede admitirse una treintena de especies como intro- 
ducidas y naturalizadas en Haití ó Santo Domingo antes de 
mediados del siglo xvi. Las plantas exóticas, que en España 
llegaron á tomar el carácter de espontáneas desde tiempos más 
ó menos distantes, aunque no siempre puedan considerarse 
completamente naturalizadas, llegan hasta iii, y las de proce- 
dencia americana constituyen un número algo inferior á la mi- 
tad de todas las introducidas (i) pasando aquéllas poco de la 
cincuentena. 

Es muy notable el grande interés que los primeros descubri- 
dores del Nuevo Mundo demostraron en transportar los vegeta- 
les de mayor utilidad cultivados en el antiguo, y particular- 
mente los que se tenían y aprovechaban en la Península. Los 
antiguos historiadores cuidaron de mencionar las plantas, tanto 
herbáceas como arborescentes, que se introducían y prospera- 



(i) Resumen de los datos estadísticos covcernicntes á la tcí^cI ación espontánea de ¡a Pe- 
ninsula hispano-lusitana é Islas Baleares, por D. Miguel Colmeiro; Madrid, 1890. 



-so- 
ban en las diversas regiones y territorios de América, manifes- 
tándose satisfechos de los buenos resultados obtenidos por lo 
general, ó consignando haber sido el éxito menos favorable en 
algunos casos. Notaron desde luego la rapidez y precocidad del 
desarrollo de la mayor parte de las plantas cultivadas que se lle- 
varon á las regiones intertropicales é inmediatas, señalando al- 
gunas particularidades dignas de atención. Así es, que Fernán- 
dez de Oviedo cuidó de indicar, respecto de la isla de Santo 
Domingo ó Española, que «no prenden las frutas de hueso, y si 
prenden no llevan fruto», añadiendo que los olivos se volvieron 
estériles (1), mientras que los granados en grande número se 
habían hecho salvajes. Afirmó, no obstante, el arzobispo Lo- 
renzana (1770), refiriéndose á Méjico, que las frutas de España 
«todas prenden en la América, sólo sí se advierte menos subs- 
tancia», y para conocimiento de las introducidas, había hecho 
López Medel mucho antes (1565) en un manuscrito suyo la enu- 
meración de las más importantes. Sábese lo bien que prospera- 
ron, fuera de los trópicos, y así sucedió en Chile, como ya lo 
observaron los antiguos escritores, tales como Ovalle (1646), 
Molina (1782) y Gómez de Vidaurre (1789), conservándose 
inédita la obra histórica del último. No hay para qué entrar en 
extensos pormenores respecto de los vegetales cultivados en 
las regiones intertropicales que pasaron de las del antiguo á 
las del nuevo mundo y al contrario, sin dificultad alguna, como 
puede colegirse. 

Europa, y en particular España y demás países meridionales 
agregaron á las plantas cultivadas desde remotos tiempos algu- 
nas de grande utilidad, que se trajeron de América poco des- 
pués de su descubrimiento, siendo mayor el número de las que 
en los jardines de recreo se introdujeron sucesivamente, unas 
herbáceas y otras leñosas ó arborescentes, aun sin contar las 
especies que comunmente ó en los climas poco propicios tie- 
nen que ser resguardadas por lo menos durante una parte del 
año. Entre las plantas de mayor importancia procedentes de 
América é introducidas antiguamente, se cuentan el maíz y la 
patata, que cultivaban los indios de diversas regiones, el pri- 



(i) Esto no se coafirmó en absoluto, porque fructifican en el Perú y otros países. 



— 57 — 

mero desde el Rio de la Plata hasta los Estados Unidos, y la 
segunda desde Chile hasta Nueva Granada á diferentes alturas^ 
según los grados de latitud, habiéndose extendido á otras par- 
tes. También era muy general el cultivo de las batatas, que los 
españoles introdujeron pronto en Málaga, y que hallaron esta- 
blecido en ambas Américas desde las regiones meridionales de 
los Estados Unidos hasta el Brasil y Chile. La pataca ó patata 
de caña {Helianthiis titberosus L.), que llaman tupinambo, pro- 
cede originariamente de la América del Norte, y su introduc- 
ción no es anterior al siglo xvii, como tampoco la del mani ó 
cacahuete, cuyos frutos son nombrados avellanas americanas, 
data de época muy antigua, habiendo adquirido importancia su 
cultivo desde fines del siglo xviii, particularmente en Valencia. 
Sabido es que el tabaco soporta bien los climas de varios países 
de Europa, aunque sea el producido en América mejor y más 
abundante. La pita ó maguey y los nopales ó tunas pertene- 
cientes á más de una especie y traídos de América, se introdu- 
jeron inmediatamente en las partes meridionales y orientales 
de la Península á la vez que en el norte de África, siendo de 
notar que los higos de tuna sean llamados higos de los cristia- 
nos por los moros, mientras que se atribuyen á éstos por los 
españoles de algunas provincias. Son por lo demás pocas las fru- 
tas americanas que hayan prosperado en España: las musas 6 
plátanos, siendo de origen asiático, existían en España y en Ca- 
narias antes del descubrimiento de América, donde no los ha- 
bía, aunque hayan creído otra cosa personas muy autorizadas, 
constando que fueron llevados de las islas Canarias á la de 
Santo Domingo ó Española (151 6) por Fr. Tomás de Berlanga, 
y de ella pasaron á las demás islas é igualmente á la Tierra 
Firme, según Fernández de Oviedo. Trajéronse á España in- 
mediatamente las especies y variedades de pimientos, que se 
cultivaban en América, y algo después se importaron los toma- 
tes, procediendo quizá de la meridional, aunque por ser meji- 
cano el nombre, pueden suponerse de tal origen, y en Méjico 
los vio Díaz del Castillo, hallándose á las órdenes de Hernán 
Cortés. El aguacate, cuyo nombre es también mejicano, hállase 
en muchas partes de América, y debió introducirse pronto en 
España, ó por lo menos en alguno de los jardines de Valencia, 



— 5'^ — 
donde lo vio Clusio en el año 1564. Hase logrado además en 
Málaga y otros parajes del Mediodía cultivar con éxito algunas 
anonas (Anona reticulata L. et A. murtcata L.), obteniendo 
frutos sazonados, y otro tanto ha sucedido respecto de lapa- 
paya (i). Fructifica igualmente el chayóte, que lleva indicada 
la procedencia en el nombre de origen mejicano; pero estos 
cultivos están reducidos á estrechos límites, y no así el de la 
frutilla de Chile ó fresón, que se ha generalizado mucho, parti- 
cularmente desde principios del último siglo, habiéndose con- 
seguido buenos resultados de su cruzamiento con la fresa de 
Virginia. 

Las adquisiciones de la Agricultura y Horticultura europeas 
fueron seguramente muy interesantes á consecuencia del des- 
cubrimiento del Nuevo Mundo ; pero son de mayor considera- 
ción lasque proporcionó á.éste el antiguo, como lo acreditan 
las noticias suministradas por los historiadores y por los hom- 
bres de ciencia, que se dedicaron á esta clase de estudios. Ver- 
dad es que la sola introducción del maíz y la patata en Europa 
basta para que este beneficio pueda equipararse á los obtenidos 
por América, siendo á la vez digno de ser observado, que pres- 
cindiendo del trigo y del arroz, también dos solas plantas del 
antiguo mundo, cuales son la caña de azúcar y el árbol del café 
por la importancia que adquirieron en el nuevo, le hayan pro- 
ducido una grande riqueza. Quizá no sea inoportuno recordar 
que la caña de azúcar fué uno de los primeros vegetales intro- 
ducidos en América, habiendo admirado Colón en la isla de 
Santo Domingo ó Española, en 29 de Mayo de 1494, el estado 
de la plantación dispuesta por él mismo. Introdújose mucho 
después el árbol del café, que es originario de Abisinia, habién- 
dolo llevado al Surinam los holandeses en el año 17 18, y de allí 
pasó á Cayena en 1725, mediante la sustracción de algunas se- 
millas; además los franceses lo transportaron á la Martinica en 
los años 1720 ó 1723, y sucesivamente fué introducido en las 
demás colonias de Francia, así como por los ingleses en Ja- 



(i) No es frutal el llamado sapote en Sevilla, que en Málaga tiene el nombre de 
bella sombra, y que propiamente es el hombú ú ombú de Buenos Aires {Pircunia 
dioica Mog.), muy distinto de los verdaderos sa potes ó zapotes. 



— 59 — 

maica, extendiéndose á todas las Antillas y llevándose al Brasil 
y otras partes del continente. 

La vegetación del antiguo mundo y la del nuevo son com- 
plemento una de otra: pocas son las especies comunes á los dos; 
mayor es el número de los géneros cuyas especies se hallan 
distribuidas en ambos continentes, y escaso el de las familias 
exclusivamente americanas. Es de esperar que no tarde mucho 
tiempo en completarse casi del todo el conocimiento de los ve- 
getales de las diversas regiones de América, llegando á nive- 
larse con el de los correspondientes á las del Norte, y entonces 
podrán hacerse estudios comparativos más exactos que los ac- 
tuales acerca de la distribución geográfica de las plantas y sus 
diversas agrupaciones en los dos mundos. Convendría también 
que para facilitar la inteligencia é interpretación de las noticias 
suministradas por los descubridores é historiadores de las In- 
dias, ó sea de las diversas partes de América, se formase un 
diccionario general de los nombres que en ellas tenían las plan- 
tas distinguidas por los indígenas, utilizando los trabajos parcia- 
les que se conocen y rectificándolos, además de ampliarlos con 
datos recogidos al presente en cada región, supuesto que por 
tradición se conservan muchos de aquellos nombres más ó 
menos modificados por los descendientes de los conquistadores 
ó sin alteración entre los indios, donde todavía existen. Esto 
pueden hacerlo los americanos que se dediquen al examen de 
las plantas, siendo ellos los que se hallan en las mejores condi- 
ciones para esta clase de estudios, y los más interesados en rea- 
lizarlos para su propia utilidad y la general de los hombres que, 
sin distinción de nacionalidades, estiman cuanto se relaciona 
con los diversos ramos del saber y desean su progreso por los 
medios más eficaces. 



FAUNA AMERICANA 



ATENEO DE MADRID 



FAUNA AMERICANA 



CONFERENCIA 



D. TELESFORO DE ARANZADI 



leída el día aS de Abril de i8gi 







MADRID 

ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO «SUCESORES DE RIVADENEYRA» 

IMPRESORES DE LA REAL CASA 

Paseo de San Vicente, núm, 20 
1892 



A nadie extrafíará que empiece á hablaros diciendo que no 
sé cómo empezar. Tal es mi confusión de ideas, causada por mi 
condición de principiante, pues es la primera vez que hablo al 
público, y á un público tan ilustrado como el del Ateneo: á esto 
agregúese el que todas las conferencias del Centenario, excepto 
el paréntesis de esta noche, las habéis oído y las oiréis á perso- 
nas de gran autoridad, de profundos conocimientos y excelentes 
dotes oratorias; y por si aun esto no bastaba, consideradlo que 
podía preparar con escasos días de anticipación en un asunto 
del que no tengo hecho estudio especial ni poseo conocimiento 
directo, por no haber estado nunca en el otro mundo. Gracias á 
que confío en que utilizaréis vuestra buena voluntad y fuerza de 
imaginación, del mismo modo que las utilizaba el genio univer- 
sal. Leonardo de Vinci, contemplando los desconchados de la 
pared para imaginar en ellos grandes composiciones pictóricas 
y bellezas de dibujo que allí ciertamente no existían; así tam- 
bién, si llegara á agradaros un poco lo que esta noche vais á oir, 
el mérito estará en vosotros, que habréis imaginado una confe- 
rencia digna de este nombre y unas bellezas que en ella cierta- 
mente no existen. 

Y no porque el asunto no se preste á brillantes discursos y 
lindezas de todos géneros. La Fauna americana es una de las 
cosas que más que hacer han dado á la fantasía de los primeros 
historiadores de Indias, en general tan aficionados á lo maravi- 
lloso, fueran españoles ó extranjeros, y al mismo tiempo tan 



— 6 — 

ingenuos y concienzudos. Como consecuencia, también ha he- 
cho que se ejercite repetidas veces «la excesiva prudencia de 
los naturalistas teóricos de gabinete», como dice muy bien el 
Sr. Jiménez de la Espada (i), «bastándoles á veces que el via- 
jero haya errado una ó dos para creer que se equivoca, sobre 
todo en los hechos contradictorios de sus sistemas». Todos sa- 
bemos la fama de inventores de aventuras que tienen los caza- 
dores y viajeros, y la dificultad con que los hombres de ciencia 
admiten aquellos hechos que, en grado mayor ó menor, contra- 
dicen las nociones que antes se tenían por ciertas en absoluto. 
Los primeros invocan su autoridad de testigos de vista, sin más 
comprobación posible que su buena fe y sus cualidades de buen 
observador, puestas en duda ó cómodamente negadas en re- 
dondo á veces por rígida lógica de la ciencia ya constituida. 
Esta mezcla de verdad y error en los relatos de los viajeros, 
error á veces debido á una interpretación torcida ó demasiado 
estrecha; la crítica despiadada que corta los vuelos á los fabri- 
cantes y restauradores de fábulas, pero también á veces llevada 
de su escepticismo, niega la realidad de lo que tenga algo de 
extraordinario, se encuentran, chocan y pelean, y de esta lucha 
se originan mayor escrupulosidad en las relaciones de viajes y 
espíritu más abierto á los nuevos descubrimientos en los hom- 
bres de ciencia. 

Tal amplitud de espíritu, necesaria en todos los ramos de la 
ciencia, lo es mucho más en el estudio de las faunas^ es decir, 
de la población animal de las diferentes regiones del globo. 
Siendo imposible que un solo hombre tenga ocasión de visitar á 
conciencia las seis ú ocho grandes regiones del mundo y las 24 
ó 26 subregiones en ellas comprendidas, ni de observar en estas 
visitas la presencia ó ausencia bien comprobada de todas las es- 
pecies que le interesan, necesita en absoluto de un criterio, ni 
demasiado candido ni demasiado sistemático y estrecho para 
utilizar con ventaja los escritos de todos géneros. 

El estudio de las faunas induce á establecer diferencias entre 
las grandes regiones del planeta, por lo que respecta á su pobla- 
ción animal, constituyendo lo que se llama Geografía zoológica,^ 



(i) Algunos datos nuevos ó curiosas acerca de la Patina del alto Amazonas, i&yo;. 



— 7 — 

ciencia cuyas bases afirmó Buffon insistiendo precisamente so- 
bre las diferencias entre la fauna americana y la del antiguo con- 
tinente; diferencias son éstas tan notables, que ya llamaron la 
atención del inmortal descubridor de aquellas tierras. En un 
principio pudo creerse que un contraste tan grande se debiera 
exclusivamente á las condiciones climatológicas del país; pero 
bien pronto se observaron hechos tan sorprendentes de aclima- 
tación que daban al traste con tal creencia, y hoy se sabe perfec- 
tamente que la existencia de una especie en un país determi- 
nado depende, tanto más que del clima, de la presencia (ó mejor 
dicho, ausencia) de otras especies rivales y de las barreras ú 
obstáculos naturales que se oponen á la mayor expansión de su 
área de dispersión á partir de la cuna ó lugar de origen. Nacida 
en una región determinada en sus condiciones físicas y biológi- 
cas, región que la mayoría de los zoólogos reputan como nece- 
sariamente única, se extiende aquélla y propaga por el país hasta 
donde sus condiciones de organización se lo permiten, á la ma- 
nera que originada por la caída de la piedra una sacudida en el 
agua de un estanque, se ven extenderse las ondulaciones por la 
superficie hasta chocar con las orillas infranqueables. Esta ex- 
tensión del territorio en que existen individuos de la especie, es 
lo que se llama el área de dispersión de ésta. Como es natural, 
son rarísimos los casos en que dichas áreas coinciden exacta, 
mente para dos ó más especies, pero á pesar de esto se puede 
dividir el mundo en provincias^ en cuyo territorio y con límites 
poco diferentes están comprendidas bastantes formas de anima- 
les para dar un sello especial á cada provincia, constituyendo su 
fauna. 

América puede constituir en este sentido una sola región in- 
dependiente, como realmente lo era para Sclater, quien refi- 
riéndose alas aves dividía el mundo en Paleogea ó Antiguo Con- 
tinente, y Neogea ó Nuevo Continente; pero generalmente se 
admiten en ella dos regiones, la neártica ó septentrional del 
nuevo mundo, y la neotrópica ó tropical del mismo. Sin embargo, 
el mismo Wallace, que con Sclater admite tal división, hace 
notar que las seis regiones del globo se pueden agrupar de dos 
en dos de la siguiente manera: 

Paleártica y Neártica (Zona ártica). 



Etiópica é Indica (Zona tropical de la Paleogea). 

Neotropical y Australiana (Zona antartica). 

Nótese la coincidencia de que esta última zona la descubrie- 
ron los españoles, en menos de un siglo, se puede decir que en 
toda su extensión; la segunda abarca los descubrimientos de los 
portugueses, y la primera, que abarca todos los territorios bo- 
reales al Norte de los trópicos, presenta tal unidad, principal- 
mente en los mamíferos, que muchos naturalistas despojan com- 
pletamente de su independencia zoológica á Norte-América 
para unirla con Europa y Asia, formando una sola región (Ho- 
lártica). De manera que, conocida por el mundo civilizado del 
siglo XV principalmente la fauna boreal en sus rasgos esenciales, 
los portugueses fueron quienes favorecieron con sus descubri- 
mientos el conocimiento de otras dos regiones zoológicas, que- 
dando á los españoles la misión de poner á Europa en relación 
con las otras dos que aun permanecían ignotas, y precisamente 
las más extrañas, las que para un naturalista europeo ofrecían 
el verdadero nuevo mundo de animales. 

Limitando las consideraciones exclusivamente al Continente 
americano, observamos otra coincidencia, y es la de que la 
línea de división de sus dos regiones zoológicas corresponde 
aproximadamente con la de separación de los idiomas español 
é inglés, hablándose el último en la parte ocupada por la fauna 
neártica, y el español y portugués en la habitada por la fauna 
neotropical. El límite zoológico va, en efecto, desde la entrada 
del golfo de California al Río Grande del Norte, formando una 
inflexión de 6 á 8 grados hacia el Sur en la región montañosa, 
y subiendo por consiguiente á menor número de grados de lati- 
tud que el idioma castellano. No es de creer por esto, que el 
hecho de la colonización ibérica del Sur y las cualidades sociales 
y destino ulterior de nuestra patria por una parte, así como la 
colonización anglo-sajona del Norte y las cualidades y destino 
de su metrópoli tengan relación de efecto á causa; pues las cau- 
sas de dicha colonización, más bien es de creer que sean pura- 
mente geográficas, tales como la posición de la metrópoli y la 
dirección de las corrientes marinas. Pero si no relación de 
efecto á causa, ¿no podría suponerse posible la de causa á 
efecto? Es decir, ¿que las condiciones sociales de las nacionali- 



— q — 

dades ibéricas y anglo-sajonas y sus destinos en los siglos si- 
guientes al descubrimiento sean debidos, en parte, al menos, á 
la naturaleza del país que colonizaron? Es de observar que 
Norte-América presenta muchas analogías con Europa en sus 
producciones animales y vegetales, como ya se ha indicado an- 
tes, favoreciendo de esta suerte los resultados del tradicional 
utilitarismo y moderado espíritu progresivo del anglo-sajón; 
mientras que el Centro y Sud-América revelan un verdadero 
nuevo mundo de seres vivos, quienes exaltarían no poco la 
imaginación de los primeros colonizadores y les decidieron 
desde los primeros momentos á traslaciones costosísimas de las 
especies domésticas europeas, consiguiendo modificar la fauna 
americana de una manera que nunca se podrá agradecer lo bas- 
tante á los españoles. 

No deja de llamar la atención á primera vista que esta región 
zoológica no termine en Panamá, sino que la separación de am- 
bos mundos zoológicos se encuentre mucho más al N., en las 
praderas de Tejas y Nuevo Méjico; pero por poco que se refle- 
xione se comprenderá fácilmente que el istmo de Panamá, 
como en general las montañas americanas, más bien que barre- 
ras son, como dice W. Marshall (i), puentes que favorecen el 
entrecruzamiento de la población animal del Septentrión y del 
Mediodía, llegando y pasando del Ecuador algunas formas de 
climas templados (osos, ciervos, comadrejas, etc.), y por las la- 
deras de poca altitud pasando las ecuatoriales á Centro-Amé- 
rica (didelfos, etc.) (2). En cambio las praderas del Sur de los 
Estados Unidos, separando los bosques boreales de los tro- 
picales, constituyen, por la diferencia de régimen á que obli- 
gan, la legítima barrera natural, el ecuador zoológico, el límite 
indeciso, que más que territorio de transición es un territorio 
pobre, á partir del cual, á medida que se avanza en uno ú otro 
sentido se observa mayor riqueza en las formas peculiares á 
cada región. Y esta riqueza es tal en Sud-América si se consi- 
dera el número de especies propias, principalmente de pájaros. 



(i) Atlas der Tierverbreitung, 1887. 

(2) Gonzalo Fernández de Oviedo citaba los dantas ó beoris en las tierras septen- 
trionales al oriente de Florida, lib. xxxvii, cap. iii. 



lO — 



que posee los animales característicos dignos de mención por 
su belleza, su organización especial ó sus cualidades útiles ó 
dañinas, y se me presentan á la imaginación en tal tropel, que 
me encuentro aturdido, sin saber qué ejemplos elegir ni cómo 
compendiar hechos tan diversos. 

Los ejemplares aquí presentes (i) dan una pobrísima y muerta 
idea de tal riqueza zoológica: se dice que va mucha diferencia 
de lo vivo á lo pintado, pero yo creo que va más de lo vivo á 
lo muerto. Se suele tener más fe en el disecador que en el pin- 
tor , y sin embargo, todos sabemos quiénes le hicieron creer 

á Linneo que las aves del Paraíso no tienen patas. El golpe de 
vista y la exactitud y conciencia del pintor suele llegar á veces 
á señalar caracteres verdaderamente importantes que escapan 
al naturalista descriptivo (2). Y aun más diferencia que de lo 
vivo á lojmuerto existe del dicho al hecho; no esperéis de mí, 
por consiguiente, descripciones que se refieran al aspecto ex- 
terior de tal ó cual especie, que tenga en esta colección algún 
representante: solamente en países de civilización anticuada, 
en los períodos de decadencia pueden preferirse los párrafos 
hablados ó escritos sobre asuntos que competen exclusivamente 
al sentido de la vista. Que pudiendo ver los caracteres ó los ob- 
jetos, sean naturales, sean dibujados, se emplee la palabra para 

describirlos es una aberración que no tiene sentido; y sin 

embargo, la fuerza de la rutina es tal, que lo que en un princi- 
pio se originó de la escasez de medios y del excesivo coste de 
los grabados, se quiere muchas veces presentar como superio- 
ridad del lenguaje articulado, y hasta llega á hacerse incom- 
prensible para algunos la afirmación contenida en el párrafo 
anterior. 



(i) Esta conferencia, gracias á la amabilidad del Sr. Maisterra, director del Museo, 
y del Sr. Martínez, profesor de Zoografía de vertebrados, se dio con una colección de 
ejemplares disecados á la vista. 

(2) En una gran Memoria de Milne-Edwards sobre los Saurios, como en otra de 
Dugés sobre las especies indígenas del género Lacerta (Lucertola), publicadas en el 
año 1829, está figurada en la región parietal de la cabeza de estos reptiles una mancha 
negra, media, sin descripción en el texto, porque fué el dibujante el que la observó y 
prestó atención. 

Leopoldo Maggi: II terzo occhio dell'uomo. Rivista di filosofia scientifica. Nov. 90, 
vol. IX, pág. 684. 



— II — 



Aparte de esto, he de advertir que lo interesante aquí es, á 
mi entender, exponer, no conocimientos zoográficos, sino lo 
distintivo de América como unidad zoo-geográfica y las diferen- 
cias de sus varios territorios. Para este objeto no todos los gru- 
pos animales son igualmente apropiados, ni se prestan á un estu- 
dio de conjunto; pues conforme á la distribución geográfica de 
las diferentes clases del reino animal, varía muchísimo la limita- 
ción entre las diferentes faunas. Correspondiendo la primera dis- 
persión de los moluscos, peces é insectos á la era primaria, y la 
de los reptiles á la secundaria, su distribución actual no corres- 
ponde á la separación actual de los continentes; las aves, por 
su gran poder de dispersión, no caracterizan una región tan 
bien como los mamíferos. Estos últimos, en cambio, son más 
generalmente conocidos, más sedentarios, de más tamaño, más 
interesantes, y los últimos en aparecer en la vida del globo, 
puesto que se puede decir que completaron su evolución en la 
era terciaria, de tal modo, que su distribución actual nos revela 
en cierto modo la distribución de los continentes, la geografía 
de dicha era, precursora de la aparición del hombre sobre la 
tierra. Por todo lo cual creo lo más conveniente seguir el mé- 
todo zoológico en sus grandes grupos, empezando por los ani- 
males superiores ó más allegados á nosotros, y dentro de cada 
uno de estos grupos establecer á grandes rasgos la distinción 
entre las diferentes regiones y subregiones americanas. 

Así, pues, tenemos que considerar en primer lugar los mamí- 
feros, y, sirviéndonos de ellos, señalar las diferencias que en 
América se pueden observar con respecto al antiguo continente 
y entre las varias regiones de aquélla. 

Las diferencias que América en conjunto presenta con res- 
pecto á las demás regiones, son en los mamíferos de mucha me- 
nor importancia que las que se observan entre el N. y el S.: las 
principales se puede decir que son, la escasez de ungulados ó 
animales de pezuña que en ella se nota y el menor tamaño de 
sus fieras. De las nueve familias de insectívoros, faltan seis, en- 
tre ellas la de los erizos, compensándose este desequilibrio en 
la región neotropical con la presencia de insectívoros aplacen- 
tarlos. En el orden de los roedores existen, de 20 familias, siete 
completamente excluidas de América, como sucede, por ejem- 



— 12 — 



pío, con la de los lirones; los verdaderos ratones se hallan sus- 
tituidos por los Uesperomys, que tienen todo el aspecto exte- 
rior de aquéllos, pero se diferencian por la conformación de sus 
molares y su régimen, que es más vegetal. Entre las fieras care- 
cen de representantes en América las hiénidas y vivérridas, 
familia esta última de la que en España se pueden observar dos 
especies, la gineta y el meloncillo. Del género Felis es aquí el 
lugar de citar el puma, cuguar ó león de América, cuya área de 
dispersión se extiende desde el Canadá hasta el Estrecho de 
Magallanes, y que por su menor tamaño y mayor cobardía, 
comparado con el nuestro, hizo decir á Gomara en su Historia 
de Indias, que «no es tan fiero el león como lo pintan». Otra 
fiera más modesta en sus pretensiones, que por todas partes se 
la encuentra en compañía del hombre, y ha sido el primer ani- 
mal domesticado por éste, nos ofrece la particularidad de que 
los primeros historiadores de Indias mencionan como domés- 
ticos en América á unos perros mudos; hoy se suele admitir 
que en esta región no había perros antes de la importación de 
razas europeas, y que el perro mudo era el Procyon ó mapa- 
che, animal de bien pocas analogías con aquél, y que pertenece 
á una familia exclusivamente americana. 

Sin embargo, Gonzalo Fernández de Oviedo, en su Historia 
general y jiatural de Indias, publicada en el año de 1535, li- 
bro XII, párrafo 5, dice que «perros gozques domésticos se halla- 
ron en aquesta isla Española eran de todas aquellas colores 

que hay en España eran todos estos perros en ésta y las otras 

islas mudos, y aunque los apaleasen ni los matasen, no sabían la- 
drar». Tschudi (^Untersuchiingen ueher die Fauna Peruana, 
St. Gallen, 1844-6) encontró esqueletos, cráneos y momias bien 
conservadas del Canis Ingce en las antiguas tumbas del Perú; 
al perro chino {Canis Caraibicus) lo declara Rengger {Natur- 
geschichtc der Sáugetiere von Paraguay, Basilea, 1830) tan in- 
dígena de América como de la China. Entre los vasos de barro 
{huacos) que, procedentes de Trujillo, existen en el Museo Ar- 
queológico de esta corte, hay alguno que bien pudiera repre- 
sentar un gozquecillo, si bien su mayor imperfección, compa- 
rada con la hechura de otros, impide cerciorarse sobre el 
particular. Además de esto, los verdaderos perros del río Mac- 



— 13 — 

kenzie son mudos, y perros de raza europea descendientes de los 
que hacia 1710 dejaron los españoles en la isla desierta de Juan 
Fernández para destruir las cabras salvajes que abastecían á los 
corsarios, no sabían ladrar cuando UUoa en 1743 visitó la isla; 
algunos al oirlo querían imitar, y tan mal lo hacían, que pa- 
recía que por conformarse al uso, aprendieron una cosa á la que 
habían sido hasta entonces extraños. 

Consignada queda más arriba la escasez de ungulados; esta 
escasez se hace notar sobre todo en el grupo de los paquider- 
mos, que con toda probabilidad, como dice Marshall, tuvieron 
la cuna del grupo en América, y se hallan en decadencia ó pe- 
ríodo de extinción, encontrándose algunas especies solamente 
entre los trópicos ó poco más allá. En la fauna de la época del 
descubrimiento, se notaba la ausencia, no sólo de elefantes, ri- 
nocerontes é hipopótamos, sino también de todo solípedo 
(équidos); los jabalíes (suidos), se hallan representados por los 
pecsLTis (Dt'coty/esJ, que como decía el P. Cristóbal de Acuña en 
1639 (Nuevo descubrimiento del gran rio de las Amazonas)^ 
son de otro género muy diverso de los jabalíes, con el «ombligo 
en el lomo» (no es verdadero ombligo, sino una glándula olo- 
rosa, error disculpable en aquel tiempo). Aparte de los tapires 
y de cuatro géneros de rumiantes característicos de diversas y 
limitadas regiones americanas, sólo se puede mencionar en va- 
rias de éstas algún que otro ciervo, grupo que teniendo su cen- 
tro de dispersión en el hemisferio boreal, pudo, recorriendo los 
Andes, llegar hasta la Patagonia. En resumen, ausencia de los 
mamíferos de gran tamaño, que tan abundantes son en otras 
regiones. Así como el género Cervus, procediendo del Norte, 
pudo llegar á Patagonia, así también los didélfidos, proceden- 
tes del Sur, pudieron llegar hasta los Estados Unidos, sin de- 
jar de mantener por eso la América meridional su carácter de 
patria peculiar de dichos didélfidos. 

Establecidos los rasgos generales de la fauna de mamíferos en 
el continente americano, pasemos ya á la distinción de regiones. 

Consignada quedó ya la división á un lado y otro de las 
praderas de Tejas, quedando al N. lo que designamos con 
el nombre de fauna neártica: Es ésta mucho más parecida á la 
europea que á la neotropical, presentando las dos primeras una 



— 14 — 

facies cuaternaria ó moderna, mientras que la última tiene una 
facies de fauna de la época eocena. Hasta tal punto llega aquel 
parecido, que sobre todo en los carnívoros (lince, comadreja, 
lobo, marta, nutria, oso, etc.), se llega á dudar de si constituyen 
verdaderas especies ó solamente razas distintas de las de Eu- 
ropa, revelando lazos de unión y dependencia entre ambos 
continentes, lazos que para producir esta comunidad de faunas 
en los comienzos de la época cuaternaria debieron ser más ín- 
timos que lo son actualmente. La comunidad de géneros, tan 
manifiesta en los carnívoros, se observa también en los mur- 
ciélagos, roedores (muchos autores consideran al castor ameri- 
cano como idéntico al de Europa), bisontes, ciervos y carneros 
(Ovis montana). Aparece también una especie de gerbo, grupo 
cuyo mayor desarrollo corresponde á los desiertos circumme- 
diterráneos. 

Esta región se suele dividir en cuatro provincias, que son: la 
Canadiense ^ situada al N. de los 46° por el E. y de los 53* 
por el O.; la Alegámense ú Oriental, desde el Atlántico hasta 
los 100° de longitud O. del Meridiano de Greenwich, la Cen- 
tral ó de las montañas pedregosas, hasta los 120° longitud O., 
y la California , que forma una banda entre el Pacifico y la 
Sierra Nevada, y entre los 53" y 33° de latitud. En las llanuras 
septentrionales del Canadá habita el buey almizclado (Ovibos 
^noschatus), especial á esta provincia, pero que dejó señales de 
su presencia en una época relativamente reciente en el norte 
de Siberia y Groenlandia: aparece también el alce europeo, y 
abundancia de las especies que hicieron designar esta comarca 
com.Q país de las pieles. En la provincia Oriental, es de notar 
su mayor variedad comparada con la anterior y la presencia de 
algunos tipos derivados de los de la neotropical, entre los 
que merece citarse un didelfo, las fieras de los géneros Ba- 
ssaris y Procyon y las mofetas: en esta región de los bosques 
boreales, así como en los tropicales, la población animal se 
caracteriza por la adaptación de su organismo á la vida arbórea, 
como sucede, por ejemplo, en los osos y ardillas. Las montañas 
pedregosas poseen un representante de nuestra gamuza en su 
Antilocapra hamata, de especial organización, carneros bra- 
vios y una sola especie de antílope, el Mazama americano^ 



— I 



siendo de advertir que este grupo falta en absoluto en el resto 
de América: las llanuras 6 praderas que se extienden por el sud- 
este de estas montañas ofrecen pasto abundante al bisonte ame- 
ricano (i), que coipo su hermano, el bisonte europeo, únicamente 
subsiste ya en parques reservados, bajo la salvaguardia del Go- 
bierno ; recorre todo el país el lobo de las praderas y socavan 
el terreno las marmotas ó ratas con abazones ( Geómidos). En 
general, observamos que, á medida que se avanza hacia Mé- 
jico, los mamíferos aparecen con el pelo más ralo y corto, en 
los ciervos neotropicales se ve que las cuernas están menos 
desarrolladas, la talla es menor, como indicando un alejamiento 
de su verdadera patria. En el norte de California vive un gé- 
nero de topos ( Urotrichiis)^ que presenta la particularidad de 
ser común á esta provincia y al Japón, en la otra orilla del Pa- 
cífico: en las montañas habita el terrible oso gris, identificado 
por algunos con el oso de las cavernas, que vivía en nuestro 
país en los tiempos prehistóricos, siendo éste otro hecho que se 
podría citar en apoyo de la idea de que en las últimas edades 
geológicas, las comunicaciones entre Norte- América y Europa 
eran mucho más fáciles que hoy. 

Pasemos ya á estudiar la región verdaderamente interesante, 
por la más directa relación que tiene con la historia del descu- 
brimiento y por la gran riqueza, esplendor y cúmulo de formas 
extrañas que ofrece su fauna. Tal contraste presenta ésta, com- 
parada con la que acabamos de estudiar, que la unión de las dos 
Américas se me aparece á la imaginación á la manera de un 
matrimonio, en que el marido está representado por el Norte 
con su ropaje de sobriedad burocrática y la grandeza severa de 
sus producciones, y la mujer por Sud- América con su rico plu- 
maje, lujo esplendoroso, exuberante, la algarabía sempiterna 
de sus bosques y su fecundidad prodigiosa (2): siguiendo la 



(i) Buey con joroba, vacas de la tierra septentrional, según los primeros escritores 
españoles. 

(2) Según el cuadro numérico publicado por Wallace, la fauna norteamericana es 
la más pobre y la sudamericana la más rica del mundo: la primera no tiene más que 
12 familias especiales de vertebrados y la segunda 44 ; el 32 por 100 de los géneros de 
mamíferos y el i por 100 de aves son peculiares en la primera, y el 79 y 86, respecti- 
vamente, en la segunda. 



— i6 — 

comparación , se puede también decir que el Sur tiene estable- 
cidas sus relaciones exteriores (i) casi únicamente por inter- 
medio del Norte, y por consiguiente son muy escasas, como 
corresponde á una esposa fiel, y no sólo escasas, sino también 
con toda probabilidad bastante recientes, revelando la corta 
fecha de sus esponsales. En efecto; los géneros y la mitad por 
lo menos de las especies de peces de agua salada son idén- 
ticos, según Agassiz y Woodward en los dos litorales de la 
América Central, incluyendo las Antillas y todo el Atlántico 
tropical, E. Perrier demostró un hecho análogo en los equino- 
dermos (Esieléridos), Carpenter y otros en los moluscos y Mil- 
ne-Edward en los crustáceos: estos hechos evidentemente se 
explican admitiendo que en la época miocena quizás, comuni- 
caban libremente las aguas del Atlántico y el Pacífico, antes 
que el levantamiento de los Andes hubiera terminado por com- 
pleto. Dicho levantamiento realizó la unión del Norte con el 
Sur, sirviendo, como se dijo ya, de puente de comunicación de 
las formas animales septentrionales, manifestación de los últi- 
mos tiempos del terciario con las meridionales, manifestación á 
su vez del terciario más antiguo: la comunicación establecida no 
consiguió, sin embargo, disminuir el carácter arcaico del Me- 
diodía, pues por no citar más que un ejemplo, el caballo que 
corrió de N. á S. hasta las Pampas, no logró en el cuater- 
nario más que una existencia efímera, y fué preciso que los es- 
pañoles, con la introducción cuidadosa de todas las especies do- 
mésticas europeas, dieran un verdadero tinte de modernismo á la 
fauna sudamericana para que el aspecto de ésta, de eoceno que 
era, pasara ya casi al cuaternario. El continente norte al ulti- 
mar su unión con el Mediodía no pudo sacarle del atraso eoceno 
y hacerle entrar en conocimiento con las faunas modernas, y en 
cambio los españoles, en muy pocos años, pusieron á la fauna 
sudamericana en trato íntimo con una porción de formas de la 
vida animal verdaderamente modernas. 

£1 carácter de esta región, en lo que á mamíferos compete, 
es, pues, de antigüedad, como lo revela la presencia de los di- 



(i) Presencia de formas europeas, como osos, comadrejas y demás fieras, ciervos 
liebres, etc. 



— 17 — 

delfos, que sustituyen en las relaciones de equilibrio de la natu- 
raleza á los insectívoros placentarios; facies antigua ofrecen 
también los desdentados, y fuera de esto se observa la ausencia 
de los gigantes de la clase (elefantes, rinocerontes, hipopótamos, 
bisontes, etc.) y de los grandes monos, ó sean los más superiores 
en organización, coincidiendo con el menor tamaño de las es- 
pecies americanas que tienen cierta afinidad con otras africanas 
ó asiáticas: así, por ejemplo, el león de América ó puma y el 
tigre ó jaguar, son menores y menos bravos que sus homónimos 
del antiguo continente; los dantas y llamas son también de me- 
nos tamaño que el tapir índico y los camellos, sus más allegados 
en la escala animal. 

Los monos americanos, 12 géneros con no especies (i), for- 
man un grupo bien distinto, llamado de los platirrinos ó monos 
chatos; son además de carácter más dulce y pacífico que los 
del antiguo mundo y algunos muy vocingleros, tanto que por 
eso se les nombra monos aulladores. Limitados en su área 
de dispersión, más que por la influencia directa de la tem- 
peratura, por su alimentación frugívora, no se encuentran 
en la vertiente occidental de los Andes, siendo el punto más 
septentrional á que llega un Áteles el valle de Tampico á 
los 23° de latitud N., y por el Mediodía llegan al Gran Chaco 
y Paraguay el Cehus Azaree (2) y Nyctipithecus felinus, y á 
los 28° de latitud S. en el Paraná el Mycetes niger. Los indios 
no desdeñan el cazarlos para comer, y es tal la semejanza que 
tienen con un niño algunos después de pelados, si conservan 
la cabeza, que el hombre blanco siempre siente cierta repug- 
nancia hacia este manjar; este hecho observado á la ligera fué 
sin duda la causa de que se les acusase de antropófagos á los 
caribes; tanto se arraigó la creencia en esta horrible costum- 
bre, que la palabra caribe tiene hoy en el lenguaje popular cas- 
tellano una acepción bien poco conforme con el carácter de 
aquellas pobres gentes. Otra leyenda horrenda, la de los vam- 
piros, tan popular en Hungría ya antes del descubrimiento de 



(i) Solamente del viaje que los naturalistas españoles hicieron en 1866 se trajeron 
19 especies. 
(2) Dedicado al naturalista español D. Félix Azara. 

2 



I8 — 



América, tomó cuerpo en un murciélago de la fauna tropical, el 
Andira-guazú, que desde entonces se conoce con aquel nombre: 
la costumbre de chupar la sangre de las personas y animales 
dormidos fué referida con cierto buen juicio por Oviedo (i), 
después se la ha negado por los escépticos de hace un siglo, 
creyendo que por haber una conseja más antigua que el cono- 
cimiento del hecho, éste de ninguna manera podía ser cierto, y, 
por último, es hoy generalmente admitida, sobre todo después 
de las serias afirmaciones de los naturalistas españoles, éntrelos 
que se cuentan mi querido maestro Sr. Martínez ySáez y el se- 
ñor Jiménez de la Espada, testigos de mayor excepción por su 
reconocida competencia, seriedad y buen criterio y por haber 
recorrido Sud-América atravesándola de mar á mar dos veces, 
una por la República Argentina y otra por la cuenca del Ama- 
zonas, es decir, por su mayor anchura. El vampiro pertenece á 
una familia (^Filostómidos^ exclusivamente sudamericana, con 
31 géneros y 60 especies (2): les acompañan en dicha región los 
Vespertiliónidos y Embalomtridos^ pero faltan en absoluto los 
Teropódidos^ Nictéridos y Rinolófidos. La misión que á los 
insectívoros compete en el equilibrio de la naturaleza se ha 
dicho ya hallarse aquí realizada por los didelfos, lo cual sin ne- 
cesidad de más aclaraciones hace pensar inmediatamente en la 
ausencia de aquéllos, pues más perfeccionados en su organiza- 
ción hubieran vencido indudablemente en la lucha por la exis- 
tencia; sin embargo de esto, los insectívoros manifiestan tam- 
bién cierta antigüedad relativa, y actualmente se hallan en 
decadencia. De sus tipos más modernos faltan en toda América 
los Erinaceidos^ en la neotropical los Tálpidos, y los Sorícidos 
no la habitan más que en un distrito muy limitado, Guatemala: 
los insectívoros de facies más antigua (eocena) y de mayor ta- 
maño forman un grupo, cuyo centro de dispersión (Madagascar) 
se podría colocar entre el centro boreal propio de los insectí- 
voros modernos, y el centro austral, propio de los aplacéntanos; 
de ellos se encuentra uno, el Solenodon, en Cuba y Haiti, como 



(i) Gonzalo Fernández de Oviedo. Historia general y natural de las Indias, 1535. 

(2) Del viaje realizado por los naturalistas españoles mencionados, en unión de los 
señores Almagro, Paz y Membiela, y los malogrados Amor é Isern, se trajeron 20 es- 
pecies de quirópteros. 



— 19 — 

indicando antiguas relaciones délas Antillas con tierras ecuato- 
riales del antiguo continente más bien que con el continente 
americano. El tigre americano de mayor tamaño es la onza ó 
jaguar, cuya área de dispersión se halla comprendida entre los 
33* de latitud N. y 41° de latitud S.: además de gatos de pe- 
queño tamaño, lobos, una comadreja, zorrillas hediondas 
{Mephitis) y nutrias, hay familias especiales á esta región, como 
son las de los mapaches {Procyon) mencionados á propósito de 
los perros mudos, los pisotes (N'asua), Cercoleptes ó mico-león 
y B as saris (i). 

En el grupo de los roedores observamos una especie de 
compensación á lo que más arriba se ha dicho sobre la pequeña 
talla de los mamíferos americanos, pues Sud-América nos ofrece 
precisamente los roedores de mayor tamaño y de formas más 
notables. Hay familia casi exclusivamente neotropical {Ocio- 
dóntidos)^ de la que se puede citar como ejemplo el coipu {Myo- 
potamiis)^ llamado también nutria, que con el carpincho ó puerco 
de agua {Hydrochcerus capybara) recuerdan á la rata almiz- 
clada y el castor, que viven en Norte-América. Con el carpin- 
cho empieza una serie de cuatro familias, que algunas veces se 
han designado con el nombre de subungulados, y que siendo ex- 
clusivamente sudamericanas parecen reemplazar en el sur de 
aquel país á los ungulados, que faltan por completo: merecen 
citarse el agutí y el paca {Dasipróctidos)^ la liebre de las Pam- 
pas y el cuy ó conejillo de Indias ( Cávidos), este último domes- 
ticado en unión de la alpaca, la llama y el perro en el imperio 
de los Incas; la chinchilla, exclusiva de los Andes, con el pelaje 
más suave de todos los conocidos, y la vizcacha, que llega á ser 
en las Pampas una plaga análoga á la de los conejos en otras 
regiones del globo. 

Los paquidermos faltan por completo en Norte-América y la 
vertiente occidental de los Andes, recorriendo el resto del país 
los pécaris, ya mencionados, y encontrándose en la región del 
Amazonas tres especies de dantas, cuyos congéneres hay que ir 
á buscarlos hasta el otro lado del Pacífico: la danta, comparada 



(i) Las fieras recogidas por la Comisión científica ya mencionada, corresponden á 13 
especies distintas, y los roedores á 19. 



— 20 



en diferentes ocasiones con la cebra, el asno, el cerdo, la 
muía, etc., por su conformación tan peculiar é intermedia con 
la de dichos ungulados, de tal modo, que despierta la idea del 
aspecto que tendrían los primitivos ungulados del eoceno, y da 
con su presencia, por esto mismo, carácter de antigüedad al país 
que habita. Respecto á este animal, hoy limitado en América 
á la región ecuatorial, he de llamar la atención sobre lo que 
dice Gonzalo Fernández de Oviedo en el cap. iii del lib. xxxvii 
de su Historia general y natural de las Indias^ i535: después 
de narrar los descubrimientos hechos en tierras al Oriente de 
la Florida (actualmente Nueva York) por el Ldo. Ayllón, que 
allí murió, y donde habitaban las «vacas con giba» y hombres 
más feroces que los de Nueva España, y tierras tan frías, que en 
la expedición se helaron siete hombres, continúa describiendo 
los animales que hay en Gualdape, en dicha región, y dice así: 
«Los animales que hay, á lo menos de los que se tuvo noticia, 
son tigres, dantas ó beoris (beori era el nombre de la danta en 
Cuba), ciervos, conejos, adives, que son como zorras , gati- 
llos, monillos pardillos con solos dos dientes altos , gorriones 

como los de Castilla, perdices como las de Castilla » Esto pa- 
rece indicarnos una mayor dispersión en el área de habitación 
de la danta en el siglo xvi, comparado con el actual, lo que no 
.es de extrañar, y se podría con seguridad repetir de otras espe- 
cies animales. De los rumiantes, fuera de un género limitado á 
la cordillera de los Andes y algunos ciervos que llegan por esta 
misma cordillera hasta el Estrecho de Magallanes, no se puede 
citar ninguna especie. 

Una cosa bien distinta sucede con los dos órdenes de mamí- 
feros terrestres, que siguiendo el orden de la clasificación zooló- 
gica se me presentan en este mom.ento á la imaginación, mamí- 
feros los más extraños para un naturalista europeo que no haya 
salido de su patria. Los desdentados (14 géneros 41 especies) (i) 
apenas tienen algún que otro representante en el África meri- 
dional, la Malasia é Indo China y ninguno en lo restante del 
• antiguo mundo ni al norte de Tejas; de cinco familias, tres son 



(i) Del viaje de la Comisión científica mencionada, se trajeron lo especies de des- 
dentados y 4 de didelfos. . 



— 21 — 



las puramente neotropicales: los didelfos ó marsupiales, fuera 
de América, no se ven más que en otra tierra si cabe más ex- 
traña aún, en Australia y algunas islas próximas; los de América 
forman una sola familia (2 géneros con 20 especies) que no se 
encuentra en las otra regiones. En los desdentados americanos 
se pueden señalar tres formas principales, los perezosos, trepa- 
dores de los bosques tropicales exclusivamente, los osos hormi- 
gueros, sólo existentes á la izquierda de los Andes, según 
Johnston, y que llegan por el S. hasta el Plata y, por último, 
los armadillos ó encubertados, que habitan desde Tejas bástala 
Patagonia. Para que se vea si estos animales son característicos 
de Sud-América haré notar que aun en Paleontología se distin- 
gue esta región por sus armadillos y perezosos, pues el Glypto- 
don era un género afine á los de aquéllos, y el Megatheriuin^ 
del que un hermoso ejemplar, enviado por el Virrey Sr. Mar- 
qués de Loreto en el año 1789, existe en nuestro Museo, y hasta 
hace poco tiempo se le consideraba como bastante completo y 
el único en este concepto, tenía ciertas afinidades con los Bra- 
dypiis ó perezosos, aunque con la diferencia de ser cavador en 
vez de trepador: pero no son estos los únicos tipos de mamí- 
feros americanos que caracterizan á la región desde los primeros 
tiempos del terciario, pues ya en el eoceno de Patagonia se en- 
cuentran restos de grandes roedores, restos del grupo propio de 
la región é intermedio entre estos roedores y los ungulados, lla- 
mado de los Toxodontos, escasos ungulados y muchos grandes 
desdentados. La característica de la fauna sudamericana en la 
época, eocena es uno de los motivos que se han solido invocar 
para admitir la existencia de un gran continente austral en el 
período cretáceo, continente que, según Neumayr, ya en el Ju- 
rásico debía comprender América Meridional y África con una 
península Indo-Madagásica y estar perfectamente separado de 
Norte- América. 

Estudiando las épocas geológicas anteriores se llega á dedu- 
cir también que, si bien Norte-América antes de unirse con 
Sud-América tuvo relaciones con Europa, estas relaciones no 
debían proceder de muy antiguo, pues entre otros ejemplos se 
puede citar la perfecta diferencia que parece existir entre los 
tipos norteamericanos de insectos paleozoicos y los europeos, 



— 22 — 



exceptuando las Blattas ó cucarachas, tipo cosmopolita, que 
no tiene nada de extraño fuera ya común á ambos países: la 
fauna eocena también difería mucho de la europea, como lo 
indican sus gigantescos Dinoceras^ la carencia de hipopótamos 
y jabalíes y el retardo de los mastodontes y elefantes, que en 
América no aparecieron hasta el plioceno los primeros y el 
cuaternario los segundos (i). 

Expuestos ya los caracteres de conjunto de la fauna neo- 
tropical, pasemos á estudiar las subregiones ó provincias en que 
se puede dividir: éstas son cuatro, y de ellas la primera que he- 
mos de considerar es la Antillana ó de las Indias Occidentales^ 
por ser la correspondiente á las primeras tierras descubiertas 
por Colón. Como todas las faunas insulares, es muy pobre en 
mamíferos, y sobre todo en mamíferos de gran talla, aunque no 
tanto como se ha querido hacer creer en muchas obras cientí- 
ficas de este siglo, pues examinando con sereno juicio los es- 
critos de la época del descubrimiento, se deduce que había por 
lo menos diez géneros (2) de mamíferos terrestres en la isla de 
Cuba, y entre ellos algunas fieras, que Carlos Vogt consideraba 
como completamente extrañas á las Antillas. Y es que en el 
transcurso de cuatro siglos los cambios de distribución geográ- 
fica de los animales han sido grandes, no sólo por la importa- 
ción de especies domésticas, que allí pasaron en parte á salva- 
jes, sino también por la desaparición de algunos animales 
americanos de ciertas regiones y por la mayor amplitud actual 
del área de dispersión de otros. Merecen citarse la hutía (Ca- 
proinys), estimada en el país como sabroso manjar, el Plagio- 
dontia y el Solenodon, tipo de insectívoro que tiene muchas 
afinidades con los de Madagascar, como se ha dicho ya. Es fre- 



(i) En el periodo cuaternario hacen irrupción en la América del Sur grandes car- 
nívoros (^S>ni7odon) y mastodontes, caballos y llamas, extinguiéndose los mastodontes 
y caballos por transformarse quizás el suelo de seco y resistente á húmedo y blando, 
propio más bien para el tapir y el pécari: á los mastodontes de las mesetas de Méjico, 
Nueva Granada y Perú, se refieren seguramente las «osamentas de gigantes y campos 
de gigantes» de Garcilaso, lib. ix, cap. ix; Acosta, lib. iv, cap. xxx, y Hernández, to- 
mo i, cap. XXXII, pág. 105, edición de 1556. 

(2) Thotcs, Procyon, Nastta, Hesperomys, Caprotnys, Myopotamtis, Cavia, Dasyprocta, 
Ccelogenys, Hydrochacrus. (Véase J. Y. de Armas, La zoología de Colón y los primeros 
exploradores de America.^ 



— 23 — 

cuente ver en algunos islotes desiertos (islas Triángulos á los 
20° 55' de latitud al norte de Yucatán) una foca (Pelagiiis 
tropicalis) que se diferencia muy poco de la del Mediterráneo; 
quizás deba su origen á una colonia de esta última que hubiera 
si<^ arrastrada por la ramificación norte de la corriente ecua- 
torial, lo cual no sería nada extraño si consideramos que la foca 
del Mediterráneo vive hasta en Madera y Canarias. El manatí 
ó sirena se menciona ya en la descripción del primer viaje de 
Colón (9 de Enero de 1493 en Santo Domingo) con las siguien- 
tes palabras: «el día pasado, cuando el Almirante iba al Río de 
Oro, dijo que vido tres sirenas, pero no eran tan hermosas 
como las pintan»; la otra especie del género vive en el Senegal, 
es decir, á la otra orilla del Atlántico, y según recientes inves- 
tigaciones en los grandes lagos del interior de África, incluso 
el Tschad; en cambio no existe ninguna en el Pacífico ni á dos 
pasos del golfo de Méjico. Si condiciones de régimen no expli- 
caran esta distribución, se podría quizás decir que las sirenas 
llevan menos siglos de existencia en el mundo que de unión 
por el itsmo de Panamá las dos Américas; pero precisamente 
dichas condiciones bastan para comprender el por qué no exis- 
ten en la costa occidental de América ni manatís, ni dantas, ni 
caimanes, pues faltan los grandes ríos y la frondosidad de las 
tierras bajas regadas por ellos, y que son necesarias para la 
existencia de estos animales. 

La provincia Mejicana^ que llega hasta Panamá, participa en 
algo de los caracteres de las dos grandes regiones americanas: 
en ella se encuentra un género especial de dantas ( Elasmo- 
gnathus), posee también monos, desdentados, didelfos, y al 
mismo tiempo los géneros Viilpes, Pteromys^ Sorex^ caracterís- 
ticos del Norte. La provincia Brasileña abarca desde Panamá 
á los 30° de latitud S. por Oriente y los 4° S. en la costa occi- 
dental, incluyéndose también en ella las islas de los Galápagos: 
es ésta una región de bosques vírgenes, de llanuras bajas, de 
inundaciones periódicas, en que contrasta la soledad, el silencio 
del suelo con la exuberancia de vida y la agitación arriba en la 
enramada; se puede decir que todos los órdenes y clases de 
animales se hallan adaptados á la vida arbórea, aquí más que en 
ninguna otra región de bosques en el globo, como lo indica el 



— 24 — 

carácter tan americano de la cola prensil, que arrollándose á 
una rama sirve para sostener al animal á veces hasta con ex- 
clusión del apoyo de ninguna de las cuatro extremidades, y 
que no sólo se observa en muchos monos americanos, sino 
también en algunos roedores (hutía de Cuba, puercoespines 
de América ó Cercoiabes)^ fieras como el mico-león ó Cerco- 
leptes^ de América ecuatorial exclusivamente, desdentados 
como un oso hormiguero (Cyclothurus), marsupiales (opossum, 
zarigüeyas; y algunos Tarsipes y Phalangista de Australia). 
Trepadores son también los perezosos (Bradipiis), entre las 
aves, los loros, cotorras, guacamayos, tucanes; de los reptiles 
las iguanas, basiliscos, camaleones de América ( Anolis y 
Chamoeleopsis)^ boas, anacondas; en los anfibios las ranas de 
árbol (Hilidos). En los terrenos pantanosos, abundantes en 
esta región de los grandes ríos, se solazan la danta, el coipu, el 
carpincho y el manatí, varias veces mencionados, y en el Río 
de las Amazonas se encuentra un género peculiar de delfines 
(Inia). 

La provincia Patagónica comprende todo el resto de Sud- 
América, ó sean las Pampas y la vertiente occidental de los 
Andes desde el Perú hasta la Tierra del Fuego, incluyéndose 
también en ella las islas de Juan Fernández, Chiloe y Falkland. 
En la región montañosa ó andina no se muestran los monos en 
su vertiente occidental, aunque por la oriental suben hasta los 
3.000 y pico metros; del orden de los roedores habitan en ella 
principalmente los octodontinos, la chinchilla y el Lagidium 
entre los 3.000 y 5.000 metros; de las fieras el pequeño oso 
llamado Tremarctos ornatiis^ entre los 2.500 y 4.600, un gato 
(Felis colocólo) y el puma y jaguar. De los rumiantes, además 
de algunos ciervos, habita esta provincia exclusivamente el 
género Aiichcnia^ que aparece como un superviviente de los 
primitivos rumiantes, considerándole muchos como el descen- 
diente directo de los Anoplotéridos del terreno eoceno. De 
este género viven monteses la vicuña y el huanaco, y domesti- 
cados en el antiguo imperio de los Incas el paco, que no sufre 
carga, sino que se aprovecha por la lana (alpaca) y la carne, 
y la llama ó carnero de la tierra, como la llamaban los españo- 
les. La llama, animal sin hiél (es decir, sin vejiga de la hiél, lo 



2=; — 



cual no quiere decir que carezca de bilis), útilísimo al indio y 
el más característico de la civilización americana, tiene admi- 
rablemente apropiado su organismo al país tan especial en que 
vive; cada dedo tiene su planta callosa independiente, á dife- 
rencia del camello que tiene la planta unida, y es que éste ha 
de caminar por desiertos arenosos donde con facilidad se hunde 
el pie, y la llama en cambio camina por pedregales y peñasca- 
les donde los dedos separados se amoldan á las desigualdades 
del suelo, y las glándulas que tiene en las pezuñas, y de que 
carece el camello, suavizan el rozamiento con las angulosida- 
des de las piedras: tanto es así que en estos territorios (Ata- 
cama, etc.)) tienen los viajeros que tomar la precaución de en- 
volver en cuero crudo (hojatón ú ojotas, de piel de llama) las 
pezuñas de los caballos y hasta las patas de los perros. 

La llama ó el lama es el animal de carga del indio, que no 
usaba animal de tiro ni de silla; sólo por excepción se veía al- 
alguna llama uncida al arado, y como dice el padre Bernabé 
Cobo, S. 'S. (Historia del Nuevo Mundo, 1652J: «Allende de 
esto por la falta tan universal de animales que hubo en esta 
tierra, no supieron sus moradores qué cosa fuese caminar en 
pies ajenos; todos, así hombres como mujeres, grandes y chi- 
cos, caminaban siempre á pie, excepto los caciques y señores 
de vasallos, los cuales cuando hacían algún camino, eran lleva- 
dos á hombros de sus subditos. Y no era menor el trabajo que 

de la falta de bestias resultaba para la agricultura » De aquí 

el asombro que produjeron los primeros caballeros españoles 
en la conquista de Méjico; pero no serían muy torpes los indios 
cuando en muy pocos años los de Mechoacán tomaron tal afi- 
ción á montar á caballo que llegaron á alarmar á los dominado- 
res, hasta el punto de que en 1528 se expidió una Real cédula 
prohibiendo, bajo pena de muerte, que se vendiesen á los indios 
caballos ni yeguas. Hoy día, desde los Pieles Rojas hasta los 
Patagones, son los más excelentes jinetes, y si alguien les re- 
fiere que ha caminado unas cuantas leguas á pie, creen que les 
insulta ó trata de burlarse de ellos. 

La parte baja de la provincia Patagónica^ ó sean las Pampas, 
alimenta á una serie de formas animales que, adaptados á las 
condiciones del país, son principalmente corredores, saltadores 



26 



y cavadores: ejemplos de esto son la vizcacha, que se extiende 
desde los 21 á los 40" de latitud S. y la liebre de las Pampas. 
En las orillas de sus ríos se puede cazar el coipu ó nutria, ya 
citado, y en las llanuras abundan los armadillos. 



Si grande es, como hemos visto, la riqueza de América en 
formas especiales de mamíferos, inmensamente mayor, más 
distintiva y peculiar es su riqueza en aves, sobre todo pájaros. 
Una buena prueba de ello la tenemos en que ya Gonzalo Fer- 
nández de Oviedo en 1535 citaba más de 40 especies en la isla 
Española y regiones próximas, é indicaba que de papagayos 
había más de 100 diferencias; D. Félix Azara, en los veinte 
años que en el Paraguay estuvo, á contar de 1781, estudió 448 
especies de aves, y la Comisión científica, que por cuenta del 
Gobierno español recorrió hace un tercio de siglo gran parte 
de América, trajo á su vuelta 1.117 especies de aves en 3.478 
ejemplares, 249 huevos de 84 especies y 11 nidos de cinco es- 
pecies. 

Ya se dijo al principio que para Sclater constituía América 
una fauna ornitológica única, pues dividía el mundo en Paleo- 
gea y Neogea, ó antiguo y nuevo continente: el Dr. Reiche- 
now es también del mismo parecer con respecto á América, 
puesto que de las seis zonas en que divide el mundo, una, la Oc- 
cidental^ abarca toda América, excluyendo las tierras circum- 
polares. Dividen todos esta zona occidental en dos regiones 
correspondientes á las que vimos ya en los mamíferos, y que 
Reichenow llama Occidental templada y Sudamericana ^ com- 
prendiendo la primera América septentrional hasta el norte 
de Méjico, incluyendo la California, pero no el sur de la Flo- 
rida desde los 28° de latitud, y la segunda todo el resto de 
América: aquélla es puramente una dependencia de la última 
por consecuencia de las emigraciones anuales de las aves, así 
es que, como sucede también en los mamíferos, la fauna ame- 
ricana no tendría razón de ser como independiente más que 
por los caracteres que se apropia de la fauna meridional. La 
región sudamericana posee 17 familias propias de aves; en 
cambio la neártica no posee más que una subfamilia propia, la 



— 27 — 

de los pavos (Meleagris) y la paleártica dos. Muchas familias 
americanas presentan cierto paralelismo ó correspondencia con 
otras del antiguo mundo, haciendo sus veces en el aspecto ge- 
neral de la fauna y en el equilibrio de la naturaleza; así los Co- 
nurus (cotorras) sustituyen á los Platycerciis^ los tucanes á los 
calaos, los colibríes á los Nectarinia^ los tiránidos á los musci- 
cápidos f C/zzV;2¿ci5 ó papamoscas), los ictéridos á los oriólidos 
(oropéndolas), los tanágridos á los ploceidos (tejedor), los sil- 
vicólidos á los sílvidos (petirrojo, reyezuelo, ruiseñor), los for- 
micáridos á los timálidos; las sarcoranfinas (cóndor, etc.) á las 
vulturinas (buitres), las meleagrinas (pavo) á las pavoninas 
(pavo real), las odontoforinas á las perdicinas (perdices, etc.). 
Obsérvese, como en los mamíferos, que Norte-América se ase- 
meja mucho á Europa con los géneros comunes de águila, mo- 
chuelo, cuervo, trepa-troncos, pega-reborda, lugano, pardillo, 
piquituerto, herrerillo, tordo. Tetrao, Lagopiís, etc., y que las 
especies se parecen mucho, hasta el punto de dudar de si se 
trata de especies distintas ó solamente razas; de gorriones y 
pinzones hay géneros muy afines, llegando estos últimos con los 
pico-carpinteros hasta el Estrecho de Magallanes, y aun aqué- 
llos á la Tierra del Fuego; faltan los verdaderos sílvidos, si se 
exceptúa el género Sialia; pero así como los ratones america- 
nos reproducen en su aspecto exterior á los europeos, así tam- 
bién los silvicólidos reproducen las formas de los sílvidos. 
Reemplaza al ruiseñor el Mimus polyglottiis ó zenzontle, cuyo 
nombre dicen que deriva de una palabra azteca que significa 
cuatrocientos, aludiendo á la variedad de voces que posee, va- 
riedad de voces no en canto propio y original, sino como re- 
sultado de la imitación del canto de los otros pájaros, costum- 
bre bastante general en los túrdidos, que es la familia á que 
pertenece. Faltan los faisanes y gallinas, pero de la misma fa- 
milia es el ave más característica de Norte- América, el pavo, 
que vive como silvestre y como doméstico en los Estados Uni- 
dos y Méjico, y que todos conocemos aclimatada en España 
como ave de corral: su domesticidad estúpida hace recordarla 
del carnero. Hacia el sur de la región el aura ó gallinazo cum- 
ple la misión de los buitres; los loros, característicos de los 
trópicos, no llegan más que hasta los 35° de latitud N., 



— 28 — 



mientras que por el S. alcanzan á los 53°, á pesar de corres- 
ponder aquella latitud á la isoterma, de 15, y la segunda á la 
de 5, hecho que indica un origen austral en este orden; en 
cambio los pájaros-moscas, si por el S. llegan al Estrecho de 
Magallanes á los 55° de latitud, por el N. penetran en el 
Labrador á los 58° de latitud boreal, subiendo en el Chimbo- 
razo á 5.000 metros, ó sea el límite de las nieves perpetuas. Son, 
pues, los pájaros moscas las aves más características de Amé- 
rica, por habitarla en toda su extensión y no encontrarse en 
ninguna otra parte del mundo; su brillantez de colores, llenos 
de reflejos metálicos, compite con su pequenez, y tan pequeños 
son, que existen en Sud-América arañas mayores que ellos 
(Mygale avicularia), arañas que con las patas extendidas son 
tan grandes como la palma de la mano, y á las cuales sirven 
aquéllos de presa (i). 

Pasando á estudiar la región sudamericana^ ocurre citar, en 
primer lugar, un grupo de aves, que si no es, ni con mucho, ex- 
clusivo de los trópicos americanos, por lo menos, por su abun- 
dancia y variedad, por los colores llamativos, aunque mates, de 
su librea, por la escandalosa algarabía á que son tan aficionados 
y para la cual cuentan con el concurso de tan acreditados bu- 
llangueros, como son los monos araguatos ó aulladores, dan un 
sello especial á los intrincados bosques de la zona tórrida ame- 
ricana. Los loros, papagayos, cotorras, guacamayos, pericos, re- 
presentan en el mundo de las aves lo que los monos en el de los 
mamíferos; éstos, por su mímica y su aspecto, los primeros por 
su charla, parece que se burlan del hombre, remedándole en 
caricatura: como hecho curioso, citaré el de que, según cuen- 
tan algunos, el último ser viviente que habló en quichua (?) fué 
un loro. 

Así como en Europa se considera como la reina de las aves 
al águila, y aparece su figura entre los símbolos de la heráldica, 
los indios americanos dan esta dignidad en unos puntos al cón- 
dor, que es exclusivo de los Andes, y se eleva en los aires más 



(i) También son los colibris victimas de las modas femeninas, pues para adorno 
de sombreros recibió un comerciante de Londres en una sola remesa 400.000 ejem- 
plares; 400.000 aves del Brasil se le enviaron á otro comerciante de la misma ciudad, 
y en París vive quien recibe 40.000 aves americanas al año. 



— 29 — 

que ningún otro ser vivo, incluso el quebrantahuesos, puesto 
que llega á los 8.000 metros; y en otros puntos veneran los in- 
dios al Rey Sope, ambos del género Sar cor amplios: la creencia 
popular, en cuanto á su fuerza y á las distancias á que pueden 
trasladarse, raya, como es natural, en lo inverosímil, y referiré 
á este propósito una leyenda que menciona Otto StoU en su 
Guatemala- Retsen und Schilderungen aiis den Jahren^ 1878- 
1883, Leipzig, 1886, que, según él, es muy conocida entre los 
indios Cakchiquel de San Juan Sacatepequez. Dice así: 

«En una obscura noche se había escurrido un indio de San 
Juan hacia el pueblo de Santiago para robar patatas. Mientras 
estaba encorvado realizando su idea en un campo, vino el gran 
buitre, el gavilucho, como le llaman los indios en español, ó 
clavicot, como le designan en su lengua, le hundió las garras en 
los lomos y voló llevándoselo. Á la otra mañana llegaron á una 
alta y desnuda roca, donde yacían esparcidos grandes huesos 
de hombres y animales. Un solo árbol de Amate (especie de 
Ficiis) había sobre la roca, y sus raíces entrecruzadas bajaban 
por la pared del peñasco hasta su pie: en aquélla tenía el clavi- 
cot su nido y sus pequeñuelos. Puso el ave al indio en una 
oquedad de la roca; pero los jóvenes gaviluchos se dirigieron á 
él. Cuando la madre marchó, el indio mató á los pequeñuelos 
y escapó agarrándose á las raíces del amate. Había corrido ya 
un buen trecho cuando el gavilucho volvió á su nido, encontró 
sus hijos muertos, y sin detenerse, persiguió al indio; pero éste 
se ocultó en un árbol hueco, cuya abertura cubrió con una pie- 
dra plana, hasta que el ave, sin haber conseguido nada, se mar- 
chó. La vuelta del indio á su casa duró dos ó tres años, y cuando 
llegó, encontró á su mujer casada con otro.» Este Rey Sope, ó 
quizá la Harpía, es probablemente la representada en las pie- 
dras esculpidas de Santa Lucía Cotzumalguapa (i), y todos sa- 
bemos que figura también en el escudo de armas de Méjico; 
datos que nos revelan el carácter simbólico y quizás religioso 
de estas aves en la civilización precolombiana. 

Extraño sería que la clase de animales de que estoy hablando 
dejase de presentar un hecho análogo al que nos presentan los 



(i) Habel. The Sculptures of Santa Lucia. Tabla vi, núm. 17, y tabla vii, núm. 18. 



— 30 — 

dos últimos grupos de mamíferos terrestres, los desdentados y 
didelfos; y en efecto, Sud-América, en su vertiente oriental, 
posee su avestruz {Rhea), correspondiente al de África, aunque 
no idéntico: añadiendo á este dato el de la existencia del Emú ó 
Dromaius en Australia, y los restos de Aepyorjiís en Mada- 
gascar, con más la ausencia del orden de las corredoras en las 
regiones boreales, se corrobora el sello característico austral de 
Sud-América; además, se observa por lo dicho que cada una 
de las regiones principales de aves tiene una forma peculiar de 
ave gigantesca. Como aves que no vuelan, parecen revelarnos 
una fauna insular existente con anterioridad en aquella región, 
pues el carácter de la ausencia de alas útiles se originaría de la 
falta de uso por la poca extensión del territorio, por el temor 
de ser arrastradas por el viento á alta mar y por la ausencia de 
carnívoros temibles. 

Como grupos bastante extendidos por la región, se pueden 
citar los Ceréhidos^ que desde los Andes de Chile llegan hasta 
los 28° de latitud N., y los Teroptúqutdos, que desde los 51 á 
los 24° latitud S. se encuentran en las tierras bajas, y de aquí 
al Ecuador en las montañas. En el Paraguay domestican el 
chajá {Chauna chavaría) zancuda, que tiene dos espolones en 
cada ala, para guardar las gallinas y gansos del corral. Caracte- 
rísticos de las costas antarticas hasta el Perú y La Plata son los 
pájaros bobos, que en aquel hemisferio sustituyen á los Alca 
(potorro en vascuence), propios de los mares árticos. 

Los reptiles tienen un área de dispersión general más limitada 
que los mamíferos y aves, por su modo de reproducción; así 
que aproximadamente se puede decir que están limitados al 
Norte por el paralelo de 60°, ó la isoterma de 5 centígrados; de 
aquí que se encuentren tan pocas familias comunes á los dos 
continentes, porque la comunicación entre Europa y Norte- 
América en los períodos terciario y cuaternario, y que permitió 
la fusión de sus faunas de mamíferos, no bajaría más al S. de 
los 60": hipótesis ésta muy diferente de la que supone la exis- 
tencia de una Atlántida, pues la situación que se suele asignar 
á este país imaginario, coincide en las nuevas hipótesis con la 
de la mayor separación, no sólo entre Europa y América, sino 
entre las dos Américas. Atendiendo á su distribución geográfica, 



— 31 — 

principalmente de los saurios y ofidios, se pueden asimilar las 
divisiones á las que se señalaron en las aves, por lo menos en lo 
que atañe á América, que forma, según Boulanger, una gran 
zona (Neogea), dividida en dos regiones, que son las mismas 
mencionadas varias veces. Los caracteres más salientes de Amé- 
rica son la ausencia de los camaleóntidos, varánidos, lacértidos 
y agámidos, siendo reemplazadas estas dos últimas familias res- 
pectivamente, por las de los teidos é iguánidos, que tienen el 
mismo aspecto exterior que aquéllas, pero se distinguen por la 
disposición de los dientes: son también americanos los cálcidos 
y quirótidos, y familia especial de Méjico los helodérmidos. 
Las iguanas remontan hasta el Canadá, y entre ellas hay al- 
gunas cuya carne se come por los naturales con gran fruición. 
Los ofidios, más recientes que los saurios, ofrecen más grupos 
comunes á los dos continentes: en representación de la ser- 
piente pitón del antiguo mundo, existen las gigantescas boas y 
anacondas; y como venenosas, son afamadas la culebra de cas- 
cabel y la jararaca (ausentes del Perú, Chile y Argentina, ó 
sea de la provincia patagónica), y la serpiente de coral: fal- 
tan los vipéridos. Las tortugas son aún más cosmopolitas; las 
acuáticas, como los moluscos de agua dulce, y correspondiendo 
al gran desarrollo de su sistema de ríos, son más abundantes 
en especies en Norte-América; son principalmente americanas 
las quelídidas, es decir, las que ocultan la cabeza lateralmente, 
á diferencia de las emídidas, más características del antiguo 
continente y que ocultan la cabeza retrayéndola en la línea 
media. En las islas de los Galápagos viven, pero están á punto 
de extinguirse, las gigantescas Testudo elephantopiis^ que las 
dieron nombre. Característicos de América los aligátores, cai- 
manes ó yacarés, aunque recientemente se haya encontrado 
una especie en el lang-Tse-Kiang, ó Río Azul de la China, eran 
abundantísimos en un tiempo en los grandes ríos; pero por lo 
menos en el Mississipí disminuyen tan rápidamente por la desen- 
frenada caza que se les da para utilizar su piel, que en los Esta- 
dos Unidos se han llegado á preocupar seriamente sobre si 
convendría establecer ciertas restricciones á dicha caza; preo- 
cupación extravagante quizás para quien nunca los haya mirado 
más que como alimañas feroces. Faltan en la provincia pata- 



^2 — 



gónica, no sólo los caimanes, sino también los cocodrilos pro- 
piamente dichos, y estos últimos, que no sólo habitan en los 
ríos, sino también en mares poco profundos, no existían en nin- 
guna de las Antillas en tiempo del descubrimiento, según don 
Juan Ignacio de Armas en su Zoología de Colón y los primeros 
exploradores (HahanB., 1888); solamente se encontraban, según 
dicho señor, en las islas Caimanes y en la isla de Cuba; pero en 
ésta solamente en el río Cauto, lo que sólo se explica, según él, 
admitiendo que, unida Cuba anteriormente á la América Cen- 
tral, el río Cauto, hoy de 60 leguas, tenía entonces 300, desem- 
bocando tal vez en el Pacífico; y téngase presente que las islas 
Caimanes están en la misma línea de prolongación de aquel río. 

Herpetológicamente considerada Norte- América, no es, como 
igualmente sucede con las aves, más que una dependencia de 
Sud- América; más rica en tortugas que la Eurasia, posee un 
género propio, el CAelydra, y las culebras de cascabel llegan 
en ella hasta el Canadá. 

La distribución geográfica de los anfibios ó batracios, según 
Boulanger, concuerda con la propuesta por Günther para los 
peces de agua dulce, es decir, que las divisiones principales se 
establecen por zonas de latitud: así, que América pierde con 
respecto á estos grupos de animales la personalidad á que se ha- 
cía acreedora con las aves y reptiles, de tal manera que Norte- 
América se une con la parte boreal del antiguo mundo para 
formarla zona septentrional, y Sur- América con la parte ecua- 
torial y austral para formar la zona de este nombre. Se caracte- 
rizan estas dos zonas por la presencia simultánea en la septen- 
trional de los anuros (ranas y sapos) y de los urodelos (sala- 
mandras), y la ecuatorial-meridional por la extrema escasez de 
los urodelos y la presencia simultánea de los anuros y de los 
ápodos. Esta última zona es con mucho la más rica de las dos, y 
así como en la primera se distinguen las dos regiones paleártica 
y neártica, aquí se separan dos secciones, la de losjirmisterjiia 
(regiones etiópica é índica) y la de los arcífera, que encierra 
las regiones australiana y neotropical. 

La región neártica ó de Norte- América tiene como familia 
propia de urodelos la de los sirénidos, y en general todo este 
grupo, que revela signos de antigüedad y parece encontrarse 



— 33 — 

envías de extinción, tiene su centro actual de difusión en Nor- 
te-América. La región ncotropical 6 Sudamericana, verdadera 
patria de los ápodos ó Cecilias, escasea mucho en salamandras, 
carece de verdaderas ranas en su parte meridional y constituye 
el principal centro de dispersión de los cistignátidos é hílidos ó 
ranas arbóreas T-^ra/^rííJ; entre éstas merece citarse el Hylo- 
des martinicensis ^ porque el nuevo ser sale del huevo con la 
forma adulta, ó lo que es lo mismo, no pasa vida de rena- 
cuajo: un sapo de esta región, el cururú ó pipa americana^ in- 
cuba los huevos en repliegues de la piel del dorso , de donde 
no salen los renacuajos hasta después de haber acabado todas 
sus metamorfosis. 

Las divisiones geográficas que en la distribución de los peces 
de agua dulce se pueden establecer, son como se ha dicho ya 
análogas á las que se hicieron en el estudio de los anfibios, con 
la diferencia de que aquí hay que admitir otra zona ó región, la 
antartica, que relaciona la Patagonia con la Nueva Zelanda y 
Tasmania. Norte-América posee nuestro sollo ó lucio (Esox lii- 
ciiis), y además las familias de los úmbridos, salmónidos, estu- 
riones y poliodóntidos; como familias propias, los lepidosteidos 
y ámidos del arcaico grupo de los ganoides y los hiodóntidos, 
y carece de barbos y lochas. 

La zona ecuatorial, caracterizada por la abundancia de silú- 
ridos, se puede dividir en dos secciones, ciprinoide y acipri- 
noide, comprendiendo esta última la región australiana ó pací- 
fica y la neotropical; caracterízase también por la presencia de 
los dipnoos, que presentan una especie en el Senegal, otra en 
Australia y la tercera en el Brasil, apareciendo como restos de 
una organización anticuada, á la manera de islas que represen- 
ten las cumbres de un continente sumergido. Los osteoglósidos 
son también puramente tropicales, y á ellos pertenece el gigan- 
tesco Vastres gigas de tres varas de largo, llamado pirarucú por 
los brasileños y paixi por los peruanos, y que recorre las aguas 
del Ñapo, Marañón, etc. La región w^oz^ro/Zca/ eslamás ricade 
todas en especies: los silúridos cuentan más de 300 formas, los 
ciprínidos no existen en ella (sección aciprinoide comparable á 
la de los arcífera en los batracios), y como familias propias se 
pueden señalar los policéntridos y los gimnotos ó anguilas tem- 



— 34 — 

bladoras (peraque de los indígenas). Los ciclóstomos ó lam- 
preas se encuentran en las montañas del Perú y Chile, reve- 
lando una emigración ó difusión del grupo análoga á la de los 
osos, los cárabos, etc. Como ejemplo de la conciencia de los es- 
critores españoles del siglo xvi, recordaré á Gonzalo Fernán- 
dez de Oviedo, que entre más de veinte especies de peces que 
cita y describe, menciona los Salmonados (no digo salmones)^ 
con lo que daba á entender que no quería que le atribuyesen 
ignorancia de lo que son los verdaderos salmones, ausentes de 
toda esta región. La región Antartica^ en la que está incluida la 
Tierra del Fuego y el sur de Patagonia, está caracterizada por 
la presencia de los haploquitónidos y galáxidos afines con los 
salmones. 

Pasando ya á otro grupo de animales de organización mucho 
más apartada de la nuestra propia, los insectos, que, como dice 
Michelet, por su falta de fisonomía, pues tienen la cabeza hipó- 
critamente cubierta poruña careta impasible, nunca nos podrán 
inspirar simpatía, lo primero que se ha de notar respecto á su 
distribución geográfica es que, así como los mamíferos y las aves 
difieren en este respecto por sus diferentes medios de disper- 
sión, así también los insectos difieren por su mayor ó menor 
poder de vuelo; el vuelo poco sostenido y los numerosos géne- 
ros con alas atrofiadas en los coleópteros ó escarabajos y hemíp- 
teros heterópteros, hace que su distribución sea muy otra de 
la de los lepidópteros ó mariposas, neurópteros, himenópteros 
(abejas, hormigas, etc.), y dípteros (moscas, mosquitos, etc.). Es 
de decir, además, que, como indica muy bien W. Marshall , los 
coleópteros y lepidópteros son los únicos órdenes que se han 
coleccionado fuera de Europa desde hace mucho más de cien 
años, y los únicos, por lo tanto, en que es posible dar una idea 
clara 3" segura de la división en faunas, mientras que nuestros 
conocimientos sobre las diferentes faunas de dípteros é hime- 
nópteros, por ejemplo, son tan incompletos y tan llenos de la- 
gunas, que no cabe la menor pretensión á dar el más mínimo 
valor á la explanación de su distribución geográfica. Por todo 
lo cual, y por proceder este grupo de animales de la era prima- 
ria ó paleozoica, lo que da como consecuencia un m'ayor cosmo- 
politismo y una distribución más anticuada, su estudio en este 



lugar se indica más bien á título de curiosidad que como parte 
verdaderamente indispensable del conjunto. 

En América se observa relativamente á los coleópteros una 
región verdaderamente independiente, que es la brasileña^ 
comprendiendo con este nombre Centro y Sud-América al 
oriente de la Cordillera y al norte de las Pampas, y otra región, 
que comprende á Norte-América, la costa occidental y la Pata- 
gonia, unida íntimamente por sus coleópteros con Europa, Asia 
septentrional, las tierras del Pacífico y del Atlántico, y llamada 
Microtípica por Murray á causa de la pequenez relativa de sus 
especies, pequenez característica ya desde la era secundaria, á 
juzgar por los pocos datos que se pueden presentar: caracterís- 
ticos de esta región son los carábidos y tenebriónidos, que entre 
los insectos cumplen, respectivamente, la misión que entre los 
mamíferos realizan los grandes carniceros y las hienas, ó entre 
las aves las falcónidas y vultúridas: los carábidos contienen el 
30 por 100 de sus especies en la región paleártica, y el 14 por 100 
en la neártica; se extienden en latitud y altitud más que los fitó- 
fagos, tres de sus géneros (Elaphriis^ Blethisa y Cychrus)^ son 
comunes á las dos regiones boreales, y el género carabus (264 
especies) cuenta con 10 especies norteamericanas y 11 en las 
montañas de Chile, distribución que recuerda la de los osos; los 
géneros Pasi/nac/iíts (i i especies) y Diccelus {22 especies) habi- 
tan la región neártica hasta Méjico, y los géneros Calophcenes 
(22 especies) y Agrá (143 especies) la región brasileña, el último 
de ellos con una sola especie en Nueva Caledonia; en Patagonia 
y Chile, Tierra del Fuego é isla de Falkland, se encuentra una 
serie de carábidos característicos, de los que sólo citaré el gé- 
uevo Migadops con cuatro especies. Dos principales centros de 
dispersión tienen los tenebriónidos, uno en la región mediterrá- 
nea y el otro en las latitudes templadas de Sud-América; del 
primer centro el género Opatvum (129 especies) se extiende por 
el antiguo Continente, y en el nuevo sólo ofrece una especie en 
Chile, mientras que del mismo centro el género Helops (200 
especies) aparece con 20 especies en la región neártica, princi- 
palmente hacia el sur de las islas de Vancouver, dos en Cuba 
y una en el Puerto del Hambre en el sur de Patagonia, y el 
género Asida (124 especies) presenta una especie en Nuevo 



— 3t) — 

Méjico y otra en Chile, apareciendo estos tres géneros en una 
concordancia notable con la distribución de los Carabiis; exclu- 
sivamente neárticos son los Ernmenaster (lo especies) y Elceo- 
des (103 especies) que habitan la costa occidental, propios de 
Chile y Patagonia los Pi aocts (11 especies), Thinobatis (5 es- 
pecies) y Scotobius (31 especies), corriéndose las especies del 
último hasta Montevideo y por el Oeste hasta el Perú, y llegan 
hasta Panamá los Ainmophorus (5 especies), que también tie- 
nen representantes en las islas de los Galápagos j Sandwich; 
las Antillas, como otros grupos de islas, tienen géneros propios 
(Diastoliniis, con siete especies y una en Cayena), y las Galá- 
pagos el Stomion con tres especies, hecho significativo que nos 
indica la antigüedad de la familia. 

La región brasileña se caracteriza como la indo-africana, y 
aun más que ésta, por su riqueza en lamelicornios \ cerambíci- 
dos ó longicornios, pues se puede considerar como centro de dis- 
persión de los rutélidos, los pasálidos, que sustituyen áloslucá- 
nidos, los dinástidos ó escarabeidos, hibosóridos, cópridos, trógi- 
dos,ornidosymelolóntidos, estos últimos con predominio apenas 
señalado entre las de los lamelicornios, y en el de los longicor- 
nios más de la tercera parte de las especies de cada una de las 
tres subfamilias es neotropical, lo cual no tiene nada de extraño 
teniendo en cuenta que en esta familia la ma^^oría de las espe- 
cies viven en los árboles. Es digna de notarse la presencia de 
una especie de Zygocera en Chile, habitando las 12 restantes en 
^a región australiana, la presencia de una especie de Stigmo- 
iera en Valparaíso, habitando las 21 1 restantes en Australia, y 
de una especie de Conognatha en Tasmania, y otra en Borneo, 
mientras las 40 restantes son propias del Brasil; géneros son 
estos dos últimos de la familia de los bupréstidos, en las que el 
género Dicerca ofrece un fenómeno parecido al del carabas^ 
pues de sus 39 especies, 33 son boreales y 5 neotropicales; pero 
sólo se encuentran en los Andes y la Patagonia; una en Cuba, 
Norte-América y África occidental. Son dignas de notarse en 
la región brasileña tres especies gigantes, una de cada uno de 
los grupos citados; el Dynastes Hércules ó escarabajo Hércules, 
que en el sexo masculino alcanza la longitud de 15 centímetros, 
q\ Eiichroma gigantea (bupréstido) y el Acrocimis longimanus 



— 37 — 

(cerambícido), que contando con las patas tiene más de 25 cen- 
tímetros de longitud: en Guatemala vive el gigantesco pasálido 
Prociiliis Goreí^ cuyas larvas á veces llevan en el dorso una 
cornamenta especial, formada por ramificaciones coraliformes 
blandas, de un decímetro de largas y un centímetro de diáme- 
tro y de color gris rojizo, que se resuelven en un par de astas; 
estas notables excrecencias son de un hongo parásito del género 
Sphoeria ó Torriibia (i). La cantárida de Montevideo ó bicho 
moro, merece mención, porque tiene la buena calidad de no 
producir, según dicen, la acción irritante de la cantárida espa- 
ñola (2); pero constituye una plaga para los patatales, los plan- 
tíos de alfalfa y otras plantas. 

Los lepidópteros, en sus grupos de mariposas diurnas y cre- 
pusculares y de bombícidos, están casi tan bien estudiados en 
lo que á su distribución geográfica atañe, como los mamíferos 
y aves; no tanto los noctuidos y geométridos, menos aun los 
microlepidópteros, aunque desde ahora se puede decir que es- 
tos últimos ofrecen cosmopolitismo manifiesto y gran difusión 
hacia el Norte. Los lepidópteros de América forman una sola 
región, en opinión de G. Koch; pero con la condición de sepa- 
rar el Canadá de esta región para unirla á la europea. Tan carac- 
terística como en las aves es la riqueza en mariposas de la 
América tropical; casi todas las familias, aun las más cosmopo- 
litas, tienen allí su más amplio desarrollo; se distingue, entre 
otras, la de los hespéridos, y sobre todo, como exclusivos de 
América las euselásidos, ericínidos, brasólidos y helicónidos, que 
en junto suman 816 especies. Como curiosidad citaré las oru- 
gas luminosas, de una pulgada de largas, que encontró Stoll (3) 
en Guastatoya, cavando el terreno y que supuso serían de noc- 
tuido ó sésido; despedían luz por todo el cuerpo, con excepción 
de la cabeza, que era de color pardo obscuro, y la luz más in- 



(1) Stoll, loco ci tato, pág. 198. 

(2) Mi amigo el Dr. Viñals tuvo ocasión de aplicar un emplasto compuesto con 
cantáridas de Montevideo que yo poseía; se componía el emplasto de 3 gramos de 
polvo de cantáridas y 7 de escipiente, se aplicó en la axila de un individuo sano, 
joven y robusto, y observado á las venticuatro horas, se vio un flictena que dio 
unos 45 gramos de líquido, y no se presentó la cistitis. 

(3) Doctor Otto Stoll, loco citato, pág. 436. 



- 38- 

tensa procedía del primer anillo, que se destacaba del resto del 
cuerpo, por su luz clara y verdosa. El mismo Doctor vio en 
Retaluleu larvas de escarabajo de pulgada y media de largo, 
de color de ámbar, y que de noche mostraban una mota lumi- 
nosa á cada lado de los anillos, con excepción de los del tórax; á 
este propósito emite la hipótesis de que sea este un fenómeno 
que se observe principalmente en las larvas que viven en la 
madera corrompida ó bajo tierra: refiere también haber visto 
bandadas emigrantes de mariposa^ de la especie Megahira chi- 
ron (i), que pasaron por Potrero, pero mucho menos apiñadas 
que lalangosta ó «chapulín» {Schistocerca peregritiUy Oliv.), men- 
cionada ya por el Obispo Landa desde el primer conocimiento 
de los españoles con la península de Yucatán (2), como invasión 
que duró cinco años. Según la relación de los más ancianos del 
país, las nubes de langostas se presentan en períodos de unos 
veinte años, y parece que la última invasión empezó hacia el 
año 1872 en Nicaragua, corriéndose luego poco apoco hacia el 
Norte, y llegando á Retaluleu en Octubre de 1879. En las Pam- 
pas también se observan «pasas» de langosta que hacen com- 
parables estas regiones con las de la región mediterránea, te- 
niendo todas en común ciertas relaciones con las zonas de 
desiertos; de tal manera, que si Centro-América se relaciona 
con las praderas de Nuevo-Méjico y Uruguay con las Pampas, 
las regiones más castigadas del antiguo mundo se relacionan 
con el Sahara, x\rabia, Gobi, Kalahari y Australia. 

Conocidas eran ya en Europa mucho antes del descubri- 
miento de América las aplicaciones del quermes animal 
ó xó/.xo; (fotMixó? de Teofrasto, cuando la cochinilla de Méjico vino 
á derrotarle por completo: esta cochinilla, que vive sobre el 
nopal ó higo-chumbera, se cultivaba por los aztecas antes de la 
llegada de los españoles, y éstos demostraron en tal ocasión, 
como en tantas otras, que no sólo sabían imponerse grandes 
sacrificios y cuidados para introducir y aclimatar las especies 
domésticas europeas, sino que también utilizaban los conoci- 
mientos y prácticas de los indígenas con el mayor éxito, puesto 



(i) Ibidem, pág. 204. 
(2) Ibidem, pág. 189. 



— 39 — 

que á fines del siglo xvi se exportaban para Europa más de 
6.000 arrobas de cochinilla por año; en la época de mayor flo- 
recimiento de su cultivo en Centro- América, se elevaba á 20.000 
quintales la cantidad exportada por cada año, y en 1882 des- 
cendió la cantidad de grana embarcada para el exterior á 237 
quintales. Estü decadencia que hoy se nota en la producción 
de grana en Centro-América, se debe en gran parte á la fabri- 
cación de colores de anilina y á la propagación del cultivo de 
la cochinilla en regiones más próximas al mercado europeo : los 
españoles la aclimataron en Cádiz ya en 1526; en 1809 se natu- 
ralizó en las Antillas; en 1826 en la isla Madera; en 1827 en las 
Canarias con grandísimo resultado; en 1828 la introdujeron los 
holandeses en Java, y los ingleses en el Cabo; en 1833 en Chile, 
y en 1836 se introdujo por los franceses en Argelia con poco 
éxito. No es esta ocasión la más á propósito para hablaros de las 
operaciones de cultivo de este insecto, materia primera del tan 
riquísimo color llamado carmín, y pasaré á citaros algunos otros 
insectos americanos dignos de recordarse, entre los que men- 
cionaré el primero, por pertenecer á la misma familia y tribu 
que la cochinilla, el axín {Llaveia Axinus de Signoret, Coccits 
Axinus de Llave) ó Axocuillín de Hernández (i), que propor- 
cionaba á los aztecas una grasa secante usada en la medicina 
popular; la filoxera, que en Norte-América no daba cuidado 
ninguno á los colonos, transportada á Europa con vides ameri- 
canas se convirtió aquí en una de las plagas más dañinas, con- 
tra la que todas las precauciones son pocas, y únicamente el 
frío seco de este invierno ha sido uno de sus enemigos más efi- 
caces; quizás consista en este carácter climatológico, y no en la 
resistencia específica de las vides americanas, la diferencia de 
condición de la filoxera en América y Europa. Los primeros 
historiadores mencionan en Nueva Granada hormigas comesti- 
bles criadas en corral, y son famosas las tocandeiras ó vivijaguas 
(Ata cephalotes)^ porque sus mordeduras son tan dolorosas que 
los indios emplean un guante lleno de ellas para que se lo ponga 
como una prueba de valor el joven á quien van á armar caba- 



(i) Doctor Francisco Hernández, que por encargo de Felipe II estuvo en Méjico 
desde 1572 á 1576, para estudiar la naturaleza del país. 



— 40 — 

llero; conocida de todos los que hayan habitado la América 
tropical, es la nigua ó pulga penetrante, y como insectos lumi- 
nosos en la forma adulta citaré las luciérnagas voladoras, las 
linternas ó cigarras luminosas, que tanto asustaron á la célebre 
pintora viajera María Sibila Merian hace dos siglos, y los cucu- 
yos, que sirven de adorno á las señoras cubanas. La mariposa 
nocturna Erebus strix, mide 20 centímetros de extremo á ex- 
tremo de sus alas, los comejenes ú hormigas blancas (Termites) 
construyen nidos de forma cónica, que de lejos semejan chozas» 
y así podría citar otra porción de datos curiosos, pero que 
harían demasiado pesada y deshilvanada esta relación. 

Del grupo de los Miriápodos haré mención de la Scolopendra 
Occidentalis, de 50 centímetros de longitud, y el género Heni- 
cops de la familia de los Litóbidos, y que no tiene representan- 
tes más que en Australia, Nueva Zelanda y Chile, estableciendo 
entre estas tierras australes un nuevo lazo de unión, que en 
cambio el protraqueado Peripatiis ^ de organización verda- 
deramente arcaica, lo establece entre Chile, Nueva Zelanda 
y África austral, aunque últimamente se le ha encontrado 
también en Sumatra y Guyana. Los Arácnidos constituyen, se- 
gún E. Simón, una sola fauna en todo el nuevo continente; de 
sus familias la de los Sicáridos tiene un género propio de Pata- 
gonia, y el otro común á este país y al África austral, la de los 
Botriúridos (escorpiones) es brasileña y patagona, y al mismo 
tiempo de Australia y Nueva Zelanda, la famiha de los Arquei- 
•dos tiene un género de la Tierra de Fuego, otro de Madagascar 
y el otro del Congo. 

Por lo que hace á la fauna de invertebrados de agua dulce, 
citaré una RanatrayO^w^^ox^Vi chocante semejanza con la Ra- 
natra linearis ofrece un hermoso testimonio para la conocida 
ley de la semejanza de las faunas de agua dulce en tierras muy 
alejadas entre sí, y cuyas faunas terrestres son completamente ó 
■en gran parte diferentes (i). Los cangrejos de río ofrecen en el 
hemisferio Sur la tribu de los Parastacinos en contraposición á 
la de los Astacinos del hemisferio boreal; de la primera tribu el 
género Parastacits habita la Australia, Chile y el sur del Brasil, 



(i) Dr. StoU, loco citato, pág. 33. 



— 41 — 

y de la segunda el Astacus (europeo) se presenta desde el Ore- 
jón hasta California, y el Cambariis le sustituye en el resto de 
la región neártica llegando hasta Guatemala : los Telfúsidos sus- 
tituyen á los Astácidos en las aguas tropicales, y de sus cinco 
géneros dos son americanos, por lo que se puede decir que la 
distinción entre antiguo y nuevo continente se observa mejor 
en las faunas tropicales, y la distinción entre Norte y Sur mejor 
en las faunas de regiones templadas ó frías. Los moluscos gas- 
trópodos y pelecípodos (bivalvos) de agua dulce manifiestan un 
cosmopolitismo bastante señalado como consecuencia de su 
origen antiguo: en América distingue Fischer tres zonas, la 
neártica, la neotropical y la neantártica, que comprende á Pata- 
gonia y Chile; es decir, que las faunas malacológicas se distribu- 
yen por zonas de latitud. Por la humedad y el calor que en ellas 
domina son las Antillas las regiones más ricas en moluscos pul- 
monados operculados (terrestres), y revelan cierta semejanza 
con la fauna europea del período mioceno, según Kobelt; en 
cambio escasean por razones fáciles de comprender en el ex- 
tremo sur de América. En el Brasil los Bulimúlidos reempla- 
zan á los Helix: en Patagonia se puede citar el género Azara 
•(molusco de agua dulce), por estar dedicado al célebre natura- 
lista español de aquel apellido : los Uniónidos abundan princi- 
palmente en la región neártica tan rica en grandes ríos y lagos. 



Después de lo dicho sobre la fauna indígena de América con- 
viene dejar consignado algo sobre la influencia grande que ha 
tenido en todos conceptos la introducción por los españoles de 
los animales domésticos, que pasando en parte á la condición de 
cimarrones se han multiplicado después de una manera prodigio- 
sa. Es un hecho que llamó ya la atención de los primeros historia- 
dores la ausencia casi completa de animales domésticos en Amé- 
rica, pues si bien es cierto que en los dominios de Moctezuma se 
cuidaban casas de fieras y jardines botánicos que no tenían com- 



— 42 — 

parables en la Europa contemporánea, si bien Gomara en su 
Historia general de las Indias, cap. ccxiv, cuenta que al 
noroeste de Méjico á los 40° de latitud había en el siglo xvi una 
población cuya mayor riqueza consistía en «rebaños de bue3'es 
con una giba», si también sabemos que en Méjico se cultivaba 
la cochinilla, y que en el Perú de los Incas se tenían como do- 
mésticos el cuy ó conejillo de Indias, la alpaca, la llama y pro- 
bablemente el perro, no es menos cierto que todos estos son 
casos muy limitados ante la ausencia completa de bestias de silla 
y de tiro, ausencia tanto más chocante en pueblos que habían 
llegado á un esplendor agrícola verdaderamente sorprendente. 
Ante este fenómeno extraño es natural que los españoles, justa- 
mente previsores, procuraran acompañar sus conquistas de la 
introducción de animales domésticos que les sirvieran de ali- 
mento, de medios de transporte, de auxiliares para el cultivo y 
de defensa, etc., etc., á vencedores y vencidos; y en efecto, no 
hay otro ejemplo en la historia de un pueblo conquistador que 
se haya impuesto á sí mismo tantos sacrificios por dotar al país 
conquistado de aquello de que carecía, y que hoy constituye una 
de sus mayores riquezas, y era tal la prisa que se daban y el afán 
que mostraban en poner aquel país en condiciones para la vida 
civilizada, que se registraron muchas catástrofes debidas al ex- 
ceso de ganados que atestaban los navios en sus viajes desde la 
metrópoli á las colonias. De estas catástrofes no pocas fueron 
ocasionadas por ataques de piratas franceses é ingleses, que, coma 
en tantas otras ocasiones, demostraron tener mucho más espíritu 
de rapiña que los españoles, adquiriendo por estos procedimien- 
tos un grado de prosperidad contemporáneo de nuestra deca- 
dencia, y procurando hacer olvidar á la joven América la san- 
gría suelta que por suministrarla elementos de producción se 
había impuesto la nación «que les trajo las gallinas». 

No sólo gallinas, sino también palomas duendes y zuritas y 
patos, ganado caballar, asnal, vacuno, de cerda, ovejuno, cabrío, 
gatos, perros, conejos, camellos, gallinas de Guinea, llevaron á 
las colonias y aclimataron en ellas los españoles. Los primeros 
caballos que pisaron tierra en el Nuevo Mundo fueron los que 
en 1493, en su segundo viaje, desembarcó Colón en la isla Es- 
pañola, y á los pocos años ya había caballos cimarrones en esta 



— 43 — 

isla, tantos que de allí se proveían todas las expediciones ulte- 
riores : la abundancia de los alzados (cimarrones en las Pampas 
y mustango en las praderas de Norte-América) en la actualidad 
es tanto más sorprendente, cuanto que revelando esta prospe- 
ridad del caballo independiente, condiciones las más apropiadas 
de vitalidad en el país, sin embargo, este animal era completa- 
mente desconocido de los indios precolombianos; si esto sor- 
prende, la extrañeza sube de punto al saber que Marsh lo ha 
encontrado en estado fósil en Nebráska (Estados Unidos), re- 
velando el desarrollo total de la especie en América á partir del 
primitivo multiungulado (Eohippiis)^ y que no sólo prosperó el 
caballo durante el período plioceno en la América del Norte, 
sino que pudo pasar á la del Sur en compañía del mastodonte 
durante el período cuaternario, así como en dirección contraria 
llegó el Megathcrium á la del Norte. Una extinción tan abso- 
luta como la del caballo antes de la aparición del hombre, en 
una tierra que tan favorable acogida le diera después, sólo se 
explica por la transformación de las praderas en bosques de 
suelo húmedo y blando, más apropiado para los dantas y péca- 
ris, transformación que luego debió por fuerza ser inversa en 
parte del territorio (i), así como la primera tuvo que abarcar á 
todas las llanuras; y no se me ocurre otra explicación, pues no he- 
mos de suponer que los caballos americanos prehistóricos si- 
guieran los consejos de algún Schoppenhauer ó Tolstoi equino 
para acabar con la casta. 

Su congénere el asno, que aun no ha llegado á Borneo, Céle- 
bes y Nueva Guinea, y vive medio salvaje en la isla de los Ga- 
lápagos, fué también objeto de cuidados por parte de los con- 
quistadores, como lo prueba la carta que desde Santo Domingo 
escribían á S. M. los oficiales reales en el día 28 de Julio de 1 538 : 
«Señor; se enviarán á Méjico las dos docenas de bestias asnales 
que V. M. manda.» 

Aunque hoy no existe ni rastro de ellos, no debe dejar de 
consignarse que el capitán Juan de la Reinaga, uno de los pri- 
meros pobladores del Perú, llevó á él los camellos, que se hi- 



(i) Como comprobación se podria citar la extinción de la danta al norte de la Flo- 
rida, si el espíritu destructor del colono no la explicara por completo. 



— 44 — 

cieron también cimarrones en ciertas tierras bajas, pero que 
fueron exterminados por los negros huidos en el siglo xvii (i): 
y ya que hablo de los camellos, volveré á recordar las llamas ó 
^carneros de la tierra», para hacer ver que el Gobierno español 
no sólo se preocupaba de la aclimatación de los animales do- 
mésticos europeos en las colonias americanas, sino también de 
la aclimatación de las especies útiles americanas en Europa; en 
efecto, Felipe II pidió llamas y vicuñas al Presidente y Oidores 
de la Audiencia de Lima con estas palabras: «Asimismo envia- 
réis 200 cabezas de las ovejas de la tierra (llamas); que sean las 
140 hembras y las 50 machos, y proveeréis que vengan con per- 
;Sonas que las traigan á mucho recaudo, porque parece que se 
dará é multiplicará acá bien.» — «Porque soy informado que en 
esas provincias hay cierta manera de animales, que llaman vi- 
cuñas, y que para echar á los bosques de Aranjuez y el Pardo 
y bosque de Segovia serían buenos, yo vos mando que luego 
que ésta recibáis, hagáis buscar 20 á 30 piezas dellas.» 

El conejo español existe como cimarrón en la Jamaica, islas 
Falkland y algunas otras localidades, y el ganado de cerda se ha 
hecho montaraz en la Plata, islas Falkland, Jamaica (2) y los te- 
rritorios del Oeste en los Estados Unidos; la segunda especie 
era lo que primero introducían los españoles en sus conquistas, 
«atendiendo así al cumplimiento de las Ordenanzas de poblado- 
res, á su propia manutención y á los pocos cuidados que esta 
casta exige para su reproducción y sustento» (3). Del perro se 
ha dicho lo suficiente en párrafos anteriores para que no se haga 
necesario insistir sobre ello, indicando solamente que vive como 
cimarrón ó alzado en las Antillas y en el Uruguay; en este último 
punto también tiene vida independiente el gato, que aun no ha 
llegado en cambio á la Polinesia. 

Las cabras, que se han hecho montaraces en algunas islas 
del Atlántico, y las ovejas, que no se han considerado capaces 



(i) P. Ricardo Cappa S. J., 1890. Esludios críticos acerca de la dominación española 
en America, parte 3.% «Industria agrícola y pecuaria llevada á América por los es- 
pañoles» 

(2) En las Antillas, según el P. Labat, y en Colombia, según M. Roulin, tiene el 
pelo negro, lo que nunca sucede en el jabalí. 

(3) P. Ricardo Cappa, loco citato. 



— 45 — 

de tales conatos de independencia en ningún país del mundo, y 
aun no han llegado á una gran parte de üceanía, también las 
introdujeron los españoles en el nuevo continente con bas- 
tante anticipación: las ovejas las llevó al virreinato del Perú el 
capitán Salamanca, cuatro ó seis años después de la llegada de 
los primeros españoles, y las cabras llegaron al mismo punto 
en 1536. Tal llegó á ser su abundancia, que en tiempo del Pa- 
dre Cobo (1652) se vendía un carnero por tres reales y la arroba 
de lana por dos, y en El Huérfano , escrito por D. Juan Bau- 
tista Muñoz, á fines del siglo xvi, se dice que «desde Illimo 
hasta Ferriñafe, pueblos de indios, espacio de cuatro leguas 
con dos poco más de ancho, se apacientan más de 80.000 ca- 
bezas de ganado ovejuno y cabrío, sin lo mayor y de otros gé- 
neros » «Entran en Saña cada año más de 100.000 puercos 

de Lima y otras partes.» Estas dos especies (cabras y ovejas) 
dan en Chile híbridos, que llaman carneros liñudos (chabins),. 
producto de macho y oveja, mientras en el Perú lo son de 
morueco y cabra; el primer producto tiene la forma de la 
madre (oveja) y el pelo del padre (macho cabrío); mixturando 
este producto con oveja, el nuevo ser, que tiene tres cuartas 
partes de sangre ovejuna y un cuarterón de macho, da ya buena 
lana; pero los ganaderos no se contentan con esto, sino que 
mezclan aún la hembra de segunda ó cuarterona con el macho 
de primera, obteniendo un producto de tercera generación, 
que tiene cinco octavas de oveja por tres octavas de cabra, y 
da los vellones del comercio: este producto híbrido no se pro- 
paga indefinidamente, pues vuelve á las especies primitivas,^ 
constituyendo así un ejemplo de hibridez más fecunda que la 
de la muía, pero que también tiene sus restricciones, siquiera 
no sea en la fecundidad sino en la falta de perpetuidad de la 
forma producida. Esta perpetuidad fecunda de la forma híbrida, 
hoy tan rudamente atacada por los antitransformistas, fué ex- 
puesta como hipótesis admisible por el fraile de la Orden de 
Predicadores Padre Presentado Fr. Gregorio García, para ex- 
plicar la existencia de animales, como la llama y otros, tan dis- 
tintos de los del antiguo continente, puesto que dice terminan- 
temente. «Y que de estas especies se fueron mixturando unas 
con otras, y así parecen tan diversas y distintas en especie de 



— 4^ — 

las que hay en Europa y África U)- No quiero dar á entender 
con esta cita que Fr. Gregorio García deba ser considerado 
como un precursor de Darwin ; disto mucho de creerlo así; 
pero no deja de ser éste uno de los muchos datos que se po- 
drían presentar como demostración de que aun no había lle- 
gado la ciencia á formular tal cúmulo de dogmatismos como 
después la agobiaron por todos lados. 

La introducción del ganado vacuno en América tampoco se 
hizo esperar mucho: en la isla Española existía en abundancia, 
con todos los anteriormente citados, muchísimo antes del año 
1535) 6" Q^i^ escribía Gonzalo Fernández de Oviedo; el 24 de 
Septiembre de 1546, escribía desde Méjico Fr. Bernaldo de 
Quirós en su Informe al Emperador sobre los disturbios del 
Perú: <sSi V. M. fuere servido de hacerme merced de estas dos 
islas, yo las poblaré dentro de cuatro años de ganados, cabras, 
puercos y coris (cavia), que son como conejos en el Perú»: 
por último, en 1539 introdujo Fernán Gutiérrez el primer ga- 
nado vacuno en el Perú, al decir del P. Cappa, que añade: 
«En lo alto de la cordillera es pequeño, y su pelo por lo suave, 
por su tamaño y consistencia parece lana», lo que viene á co- 
rroborar la tantas veces probada influencia del ambiente en la 
producción de variedades animales, pues en este caso no es po- 
sible atribuirlo á mestizaje con razas indígenas, ni domésticas, 
ni salvajes. En ganado vacuno, como en los restantes produc- 
tos naturales, prosperaron las colonias españolas de tal manera, 
que, después de cómputos comparativos muy detallados, viene 
á decir el P. Cappa en la pág. 280 de su obra ya citada «que en 
frutos de la tierra y en ganados, ó lo que es igual, en las como- 
didades y bienestar que estas especies proporcionan, excedía 
nuestro virreinato á la metrópoli en un 33 por 100» con rela- 
ción al número de habitantes respectivo. Como casi todos los 
animales domésticos ya citados, también el ganado vacuno se 
hizo cimarrón en las praderas del Norte, en Venezuela, Brasil 
y las Pampas, y en este último punto abunda de tal modo en 
su condición de alzado y en domesticidad relativa, que hace al- 



(i) Origen de los indios del Nuevo Mundo é Indias Occidentales, averiguado con dis' 
■curso de opiniones; 2.* edición, 1729, lib. 11, cap. iv. 



— 47 — 

giin tiempo se cazaban, «boleando», sólo por aprovechar la piel; 
y hoy día, organizado el comercio de exportación de carnes y 
aun ganado vivo á Europa en gran escala y utilizando todos los 
adelantos modernos de la química y la higiene, constituyen los 
ganados caballar y vacuno una riqueza inmensa é inagotable de 
procedencia española y de mucho más valor que todo el oro y 
la plata que pudo extraerse en tres siglos de dominación, como 
ya lo anticipaba oportunamente el P. Cobo (i), oro y plata que, 
dicho sea de paso, fué á parar en parte á manos de los piratas y 
corsarios franceses é ingleses, y otra parte todavía pudieron lle- 
gar á tiempo para recogerla en principios de siglo nuestros ve- 
cmos transpirenaicos. 

Tan lejos hemos estado siempre de esa exclusiva sed de oro 
que sin ninguna razón se nos supone y que con menos razón 
todavía nuestros acusadores se quieren olvidar de atribuírsela 
á sí mismos, que los sacrificios de España en pro de la joven 
América, manifiestos y palpables aparecen en el hecho de que 
las colonias hispano-americanas son de todas las regiones del 
globo las que mayor número de animales domésticos han reci- 
bido de la metrópoli, las que más pronto los han tenido y en 
menor tiempo, así como también han albergado el mayor nú- 
mero de especies domésticas, vueltas á la independencia con 
una rapidez y vitalidad que sólo se comprenden bien en aquella 
«tierra de la libertad», donde coexisten ó se mezclan tal cúmulo 
de razas, sin aniquilamiento de ninguna. 

No sólo se impuso España grandes sacrificios por dotar á sus 
colonias de condiciones de viabilidad, sino que tampoco des- 
cuidó el estudiar las producciones naturales de estas mismas 
colonias, procurando la aclimatación en Europa de las especies 
útiles americanas, como ya lo hemos dicho respecto de la 
llama, la vicuña y la cochinilla, y se hizo también con el cuy ó 
conejillo de Indias y el pavo; enviando á los hombres de cien- 
cia para que recorriesen el país en provecho de aquélla , y 
siendo patria de talentos desinteresados que empleaban gran 
parte de su actividad en contribuir al progreso de nuestros 
conocimientos histórico-naturales. Digna de elogio es , por 



(i) P. Bernabé Cobo; S, J., Historia del Nuevo Mundo ^ 1652. 



- 4S - 

ejemplo, la decisión de Felipe II enviando á Nueva España at 
naturalista Dr. Francisco Hernández , que compuso quince 
grandes libros, cinco de escritura y diez de pintura, en que se 
representaban los animales y las plantas con sus nativos colo- 
res, y cuya flora mereció muy justas ponderaciones del célebre 
P. José de Acosta. Útilísimas en sumo grado son para la cien- 
cia las noticias contenidas en la Historia general ó natural de 
las Indias, áQ GonzdiXo Fernández de Oviedo (1535), con sus 
setenta nombres americanos de animales; las obras de Gomara; 
P. Cristóbal de Acuña {Nuevo descubrimiento del gran río de 
las Amazonas, 1641) y otros, y los trabajos de los hombres de 
ciencia Maldonado, Montúfar, Pineda, Haencke y Fr. José de 
Caldas, naturalista neogranadino, que hacia los años de 1802 á 
1805 trazó una carta zoográfica de algunos mamíferos y aves y 
la entregó á Mutis, y del que decía Humboldt, que «se había 
consagrado á las ciencias con un ardor sin ejemplo». Mencio- 
nado queda en el curso de la conferencia el célebre D. Félix 
Azara, que publicó en castellano la descripción de 448 especies 
de aves, 13 de murciélagos, 13 de ratones, 64 de mamíferos, 10 
de ofidios, 1 2 de hormigas, 1 1 de avispas y 7 de avejas, y que en 
su obra postuma, Descripción é historia del Paraguay y del río 
de la Plata, nos dice con cierta amargura en la pág. 131 : «se 
publicaron en francés mis apuntamientos incompletos y defec- 
tuosos como estaban sin mi noticia y contra mi voluntad ex- 
presa; por consiguiente, no me creo responsable de sus erro- 
res.» Pág. 132: «Por lo que hace á mis apuntamientos de los 
pájaros del Paraguay y río de la Plata, que publiqué en tres 
tomos en castellano, me dicen se ha traducido y publicado en 
francés ocultando mi nombre, como si quisiese el traductor 
pasar por autor de ella ó privarme del honor que él mismo me 
hace, juzgándola digna de merecer lugar entre los libros fran- 
ceses.» 

Por último, hace un tercio de siglo tuvo el Gobierno del ge- 
neral O'Donell la feliz idea de enviar á Sud- América una Comi- 
sión científica, compuesta de los Sres. Paz Membiela, Amor, 
Martínez y Sáez, Jiménez de la Espada, Isern y Almagro, Co- 
misión científica que, no contando las colecciones de minera- 
les, de plantas y de antropología, logró desembarcar en España 



— 49 — 

7-688 especies de animales en 69.653 ejemplares, colecciona- 
dos á costa de sublimes escaseces y de grandes penalidades que 
produjeron la muerte de Amor y de Isern, aun antes de poder 
realizar todos los viajes proyectados; de los realizados, auíi po- 
drían narraros, si su exagerada modestia les permitiera, multi- 
tud de hechos interesantes con bastante más autoridad que yo 
los expedicionarios D. Marcos Jiménez de la Espada y mi que- 
rido maestro D. Francisco Martínez y Sáez, quienes lamentan, 
como lamentamos todos los naturalistas españoles, que las ri- 
quezas metálicas recolectadas en América no hayan durado lo 
bastante como para poner al Gobierno español en condiciones 
de sufragar los gastos de publicación de las láminas del médico 
de Felipe II y tantos otros documentos curiosos que darían fe 
de la cultura española, y que ni siquiera poseamos un templo de 
la ciencia, ó por lo menos un local digno de las hermosas colec- 
ciones con tanto trabajo reunidas. Colecciones son éstas que se 
están estropeando y dejan de lucir y utilizarse como debían, 
únicamente por el amontonamiento á que obliga la insuficien- 
cia de espacio; así que, para terminar, os ruego unáis vuestras 
súplicas á las mías en pro de un buen edificio para Museo de 
Ciencias Naturales y me perdonéis los mil defectos de mi con- 
ferenda. 

He concluí do. 



i 



PROTOHISTORIA AMERICANA 



ATENEO DE MADRID 



PROTOHISTORIA AMERICANA 

CONFERENCIA 

OB, 

D. JUAN VILANOVA 

pronunciada el 21 de Abril de 1891 




T 



MADRID 

ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO «SUCESORES DE RIVADENEYRA» 

IMPRESORES DE LA REAI. CASA 

Paseo de San Vicente, núm. 20 



1892 



Habréis forzosamente de convenir conmigo, señoras y seño- 
res, en que no pudo ser más feliz y plausible el pensamiento del 
insigne Presidente del Ateneo, Sr. Cánovas, de organizar por 
vía de preparación del cuarto Centenario del descubrimiento 
de América estas Conferencias en el primer Centro científico, 
literario y artístico de nuestro país, con lo cual, sobre ensalzar 
cual se merece tan grandioso acontecimiento, logramos dar á 
todos, pero muy especialmente á nuestros hermanos del Nuevo 
Mundo, tan clara como decisiva prueba de las simpatías que nos 
inerecen. Pero si la realización de tan levantado cuanto patrió- 
tico propósito fué y es digno por todos conceptos de aplauso, 
no es menos positivo que la elección que se hizo de mi humilde 
persona para contribuir con tantas eminencias científicas á la 
■plausible obra, no pudo ser más desdichada, falto como me 
hallo de los conocimientos necesarios en la materia para ins- 
truiros, y de condiciones literarias y oratorias para deleitaros; 
doble fin que deben proponerse cuantos ocupen este sitial. 

Encontrábame yo fuera de Madrid cuando se tomó semejante 
acuerdo; de modo que me fué de todo punto imposible evadir 
€l compromiso en que me pusieron, tal vez inconsideradamente, 
mis buenos amigos, á quienes no sé, en puridad, si les debo gra- 
titud ó reproches por la fineza. Y hecha ya esta leal y franca 
manifestación, sólo resta reclamar de un público tan respetable 
por su elegancia y cultura, la benevolencia de que tan necesi- 
tado me hallo en estos momentos, y sin más preámbulos entrar 
en materia. 

La historia, señores, ¡cuan extraña é instructiva mezcla de 



— 6 — 



miseria y grandeza atesora para nuestra propia y provechosa 
enseñanza! De miseria, ¿puede darse, por desgracia, cuadro 
más elocuente que el que ofrecía el hombre en los comienzos 
de su existencia, falto de todo conocimiento, desnudo, por de- 
cirlo así, de cuerpo y de alma, cuando para defenderse de todo 
cuanto le asediaba, no disponía de otras armas, según la gráfica 
expresión de Lucrecio Caro, más que de las manos, de las uñas 
y de los dientes, sirviéndose como de auxiliares de las ramas de 
los árboles y del hacha tosca de pedernal ó de cualquier otra 
piedra? De grandeza, ¿qué ejemplo tomaré del antiguo como 
del nuevo mundo que no os sea familiar, siendo de consiguiente 
hasta ocioso el recordarlo? Pero no son tan curiosos contrastes 
lo que más debe en rigor llamar de preferencia nuestra atención, 
pues la perfectibilidad de la humana estirpe y el indispensable 
factor tiempo dan cumplida cuenta de todas las conquistas en lo 
físico, intelectual y moral por el hombre realizadas, sino la rápida 
caída, el brusco descenso, desde el colmo de la gloria y gran- 
deza conquistadas, al estado de mayor abyección y abatimiento, 
que en muchos pueblos se observa, sin que sea fácil explicar 
en la mayor parte de los casos el hecho. Y cosa curiosa, siquiera 
no extraña, estos efectos que evidencia la maestra de la huma- 
nidad, la Historia, no son peculiares de este ó del otro con- 
tinente, sino que son comunes y repiten en todos, siguiendo el 
mismo orden, y es que las causas que los determinaron, sin ser 
claras y ostensibles, obraron siempre de la propia manera, de- 
terminando idénticos ó muy parecidos resultados sobre el su- 
jeto de aquélla, que es el hombre. ¿No podría sumarse este ar- 
gumento á los muchos que la ciencia aporta é invoca en favor 
de la unidad de la especie y de la cuna humanas? Creo que sí; 
del propio modo que puede asegurarse que no hay historia al- 
guna particular de esta ó la otra nación que deba considerarse 
aislada de las restantes, y sobre todo sin enlace más ó menos 
remoto con el origen del hombre. 

Obedeciendo, pues, á este principio, que es indiscutible, con- 
viene que por vía de introducción al asunto principal de este 
discurso, os diga algo nada más, pues todo sería, sobre muy pe- 
sado para vosotros, harto fatigoso para mí, relativo al período 
cuaternario, en el que hasta tal punto es positiva la existencia 



de nuestra especie, que la mayor parte de los naturalistas que 
se han dedicado á este linaje de estudios, opinan que aquélla en 
él vio la luz, y no por cierto en su comienzo, sino hacia el pro- 
medio del inmenso espacio de tiempo que representa; y adviér- 
tase de paso que este preámbulo no responde tan sólo á la sa- 
tisfacción de una mera curiosidad, sino que se impone de una 
manera perentoria, por cuanto los fenómenos del orden físico 
y orgánico que durante el mencionado período se realizaron, 
paulatina y sucesivamente según unos, simultánea ó sincróni- 
camente según otros, no se limitaron al antiguo continente, 
sino que fueron universales en todo el globo, ofreciendo en 
ambos hemisferios notoria similitud, considerados en conjunto, 
por más que en los detalles no coincidan en todas partes. 

Para tratar, pues, de la protohistoria americana, respondiendo 
al feliz pensamiento de ir preparando en la medida de mis esca- 
sas fuerzas la celebración del gran acontecimiento, cuyo cuarto 
Centenario cumple el año próximo, se hace de todo punto nece- 
sario abordar de lleno los mencionados preliminares, con los 
cuales, y sin ánimo de prejuzgar cuestión alguna, tal vez poda- 
mos llegar al punto de partida de la historia en aquel conti- 
nente, no como se hacía antes, sino tal como hoy se entiende 
el nuevo ramo del humano saber. 

Mas á pesar de la universalidad de los hechos que voy á refe- 
riros, no deberá causaros extrañeza que, hechas las primeras 
indicaciones generales, al descender á los detalles me refiera 
primero á Europa, por cuanto en su territorio es donde todo 
esto se estudió antes que en ninguna otra parte , lo cual no será, 
ciertamente, obstáculo para hacer después el examen compara- 
tivo con lo realizado en América á fin de facilitar la inteligencia 
del asunto principal de la conferencia. 

Comienza la era cuaternaria por un fenómeno extraordina- 
rio, no visto hasta entonces, ni explicado aún por modo sa- 
tisfactorio, cual fué el gran desarrollo de las nieves perpetuas, 
que invadieron casi todo el hemisferio septentrional, según se 
infiere de los canchales glaciales, de los cantos erráticos y de 
las superficies pulimentadas y estriadas que se observan lo 
mismo en el antiguo que en el nuevo mundo. 

Tras de un lapso de tiempo harto difícil de precisar, pero 



siempre muy largo, pues todas estas operaciones naturales son 
de suyo lentas, retiráronse las nieves, motivando en gran parte 
su fusión el desbordamiento de las principales arterias, cuyas 
aguas depositaron dentro y fuera de sus respectivos cauces los 
cantos rodados, las gravas, arenas y cieno, representativos de 
lo que llaman los geólogos la formación diluvial, singular é im- 
j)ortante depósito de acarreo, que alcanza niveles muy superio- 
res á las aguas corrientes actuales, y del cual forman parte las 
primeras é indubitables manifestaciones de la existencia del 
hombre y de la fauna y flora á la sazón existentes, cuyos repre- 
sentantes han de esclarecer, en su calidad de climatómetros te- 
rrestres, la mayor parte de los acontecimientos que hubieron 
de realizarse durante tan inmenso período de tiempo. 

Nuevo movimiento de avance de las nieves, siquiera más li- 
mitado que el primero, sigue á la formación diluvial, comen- 
zando también por entonces á formarse el singular combustible 
llamado turba, y el mineral ó roca caliza incrustante, en cuyos 
dos últimos depósitos se encuentran á menudo testimonios 
fehacientes del hombre y de su industria, lo propio que plan- 
tas y animales fósiles que contribuyen grandemente á ilustrar 
el problema de la protohistoria en toda su amplitud consi- 
derada. 

Retíranse de nuevo las nieves á sus primeros puntos de par- 
tida, es decir, á las más altas latitiides septentrionales y á las 
grandes cordilleras, originando la reproducción, otras veces in- 
terrumpida, del diluviuní^ dentro y fuera de las cavernas hueso- 
sas. Entran los ríos, y mejor sus aguas, en los respectivos cau- 
ces; y delineadas ya las ¡costas tales como las vemos hoy, se 
establece por modo definitivo la orografía y la hidrografía, re- 
presentativas de la Geografía física estática actual, no sin expe- 
rimentar alguna vez los efectos de la dinámica terrestre, puesta 
de manifiesto en las oscilaciones .lentas ó bruscas de los conti- 
nentes y como resultado del activo volcanismo. 

Tan extraordinarios acontecimientos físicos en el nuevo como 
en el antiguo continente ostensibles, hijos de causas muy com- 
Iplejas, en cuyo examen no entro ahora por razones fáciles de 
apreciar, no impidieron la aparición y desarrollo de gran nú- 
mero de animales y plantas, cuyos despojos se conservan entre 



— 9 — 

los materiales de acarreo por las aguas líquidas y sólidas depo- 
sitados, en la caliza y en la turba, indicando bien claramente 
con su presencia las condiciones, características á la sazón, de 
lo que en rigor constituía el medio ambiente. Y por cierto 
que en la fauna y flora de dicho período terrestre, figuran en 
ambos continentes seres de procedencia exótica, pero tan fáci- 
les de apreciar, que sólo puede explicarse la africana y la ameri- 
cana por la no existencia aun durante el inmenso espacio de 
tiempo que aquél representa, de los estrechos de Gibraltar y de 
Behering, que hoy separan á Europa de África y América, y 
que entonces permitían el paso de una á otra tierra, no tan 
sólo á los animales terrestes , si no también á las plantas y al 
hombre, á juzgar por lo restos que dejó de su propio cuerpo y 
de su incipiente y tosca industria. 

Todos estos hechos acreditan de la manera más terminante 
que no fué tan violenta la que algunos consideran como terri- 
ble crisis por que pasó la tierra en la última de las épocas de su 
interesante historia, siquiera entrara entonces en función un 
agente nuevo cual la nieve, que en manera alguna se opuso en- 
tonces, como tampoco impide que vivan hoy en sus cercanías 
animales y plantas de bien diversas categorías y de notorio vi- 
gor, según puede observarse en las regiones por aquéllas ocu- 
padas. Tampoco exigen los glaciares para constituirse muy ba- 
jas temperaturas, sino más bien una excesiva humedad, razón 
que mueve á algunos á llamar pluvial, de preferencia á hiemal, 
á la era cuaternaria, circunstancia que en cierto modo explica 
la exuberancia que en determinadas zonas terrestres ostentó el 
reino vegetal, como condición precisa para alimentar el sin- 
número de grandes mamíferos, que hermoseaban por entonces 
varias regiones de la superficie terrestre. 

En testimonio de lo cual, y como justificación de cuanto acaba 
de indicarse, entiendo que no estará demás ampliar cuanto 
acaba de exponerse relativo á la era cuaternaria con los siguien- 
tes curiosos detalles. 

Desde el final del terreno pliocénico, el fenómeno errático, 
efecto de la fusión de las nieves, alcanzó notorio desarrollo en 
lo que se llama mesa central en Francia, figurando entre sus 
materiales restos fósiles del elefante meridional, que terminaba 



lO — 



por entonces, la especie de caballo dedicado á Stenon y la Ga- 
cela Julieni. 

En otra localidad, llamada Perier, no lejos de Lión, se en- 
cuentran las mismas especies con rinoceronte, hipopótamo, ta- 
pir, el oso de las cavernas, la hiena brevirostris y otros mamífe- 
ros, en un depósito análogo, intercalado entre las formaciones 
erráticas. Las plantas allí descubiertas, tales como el fresno de 
Lecoq, el olmo de Lamothe, el boj, una encina y carrizos, indi- 
can un temple de clima poco diferente del que allí reina hoy. 

La mencionada fauna tiene un carácter más meridional que la 
flora, y es que los grandes animales sólo vivían accidentalmente 
en las cercanías de los glaciares, al paso que las plantas sufrían 
más directamente y de cerca la influencia refrigerante. 

En Val d'Arno (Italia), en San Prest y San Marcial (Francia, 
Herault), y en Cromer (Inglaterra) repite la fauna de Perier; 
las obras que se decían humanas en San Prest (las incisiones 
en los huesos), no lo son, de consiguiente no hay que hablar del 
hombre plioceno de dicho punto. 

En las alturas de 700 á i.ooo metros en el Cantal, existen 
grandes depósitos de cantos erráticos, canchales y aluviones su- 
bordinados, resultado de los grandes glaciares pliocénicos. 

En la época cuaternaria éstos se habían retirado á los valles 
abiertos en la base ó pie de las mesetas, los cuales á su vez cu- 
brieron con sus canchales aluviones posteriores á los de Perier; 
el elefante meridional fué allí reemplazado por el mammuth. En 
el valle del río Cere se ven acarreos donde Ramés y Boule dicen 
haber encontrado hachas chelenses, cubiertas por el canchal de 
Carnijac, de cuyo dato deduce Boule que el hombre precedió 
allí á la última gran extensión de las nieves, pero no á la pri- 
mera. En cuanto á los objetos del reno, mustierense, solutrense 
y magdalenense, existen á la superficie, sobre los canchales del 
fondo de los valles y en las mesetas, luego ya á la sazón los gla- 
ciares habían desaparecido. 

En la cuenca del Ródano puede servir de punto de partida de 
la evolución climatológica la flora de las tobas de Meximieux, 
que corresponde al período del mastodonte arvernensis, y flora 
meridional, afines á la de la región laurífera de Canarias y de 
Madera, indicando un clima de 18° centígrados; pero reuniendo 



— II — 



tipos hoy distribuidos, según varios autores, en la zona medite- 
rránea, en el Cáucaso y en la extremidad este del Asia. 

En las gravas subglaciales de Lión, que corresponden á la ma- 
yor extensión de las nieves, se encuentran los elefantes, antiguo, 
el mammuth y otro intermedio , según Jourdán. En aquella 
comarca el Lehm es el depósito más rico en fósiles, el cual cubre 
á los canchales terminales del Ródano, de consiguiente, es pos- 
terior al período de avance y contemporáneo de la retirada de 
las nieves, debiendo considerarse como resultado de la erosión 
de las formaciones erráticas y del lavado de sus canchales por 
las aguas atmosféricas. Pudo formarse durante mucho tiempo, 
sin ser fácil determinar su edad, ya que contiene singular mez- 
cla de especies meridionales y del N., ni tampoco decir si todas 
ellas son ó no contemporáneas. 

Según Lartet y Chantre, encuéntranse en dichos depósitos los 
Elephas primigenius^ antiqíiiis é zntermedius, Ursiis arctos y 
spelceuSj Canis lupus, Rhinoceros tichorhiniis y ^oiirdani, 
Eqiiiis caballiis. Sus scropha, Bison priscus y Bos primige- 
nius, Megaceros hibermcus, Cerviis elaphus, tarandus y ca- 
prcBolus, Arctomys primigeniíis y Sor ex. En Tousnieux (Isére), 
parece se descubrieron varios esqueletos humanos en forma- 
ciones análogas, pero á los que Brocea no dio la menor impor- 
tancia, por considerarlos enterrados con posterioridad. 

La fauna malacológica del Lehm representada por espe- 
cies que vivieron allí mismo, revela un clima húmedo y tem- 
plado, parecido al actual, pues abundan los moluscos acuáticos, 
de los cuales sólo tres desaparecieron, las 31 especies restantes 
viven aún en las comarcas. 

Tras la retirada del glaciar, el Ródano abrió su cauce á 15 me- 
tros por debajo de la terraza contemporánea de la gran exten- 
sión de aquél; en dicho lecho se encuentra el mammuth, pero 
no el elefante antiguo ni el intermedio. 

Los moluscos del territorio de Lión suman 170 especies, de 
las cuales 60 datan del período cuaternario, de consiguiente, 1 10 
aparecieron con posterioridad. De las 79 de la fauna cuarta, seis 
se extinguieron y 1 1 han emigrado, la fauna de hoy representa 
el tránsito entre la alpestre y la meridional. 

La estación de Solutré representa el cuaternario más reciente 



— 12 — 



del valle del Saona; la estratigrafía es muy clara, las zonas supe- 
riores datan del período del Reno ; las media é inferior corres- 
ponden á la edad del caballo, y forman parte del mustierense. 
En la zona alta se encuentran restos de Canis lupus y vulpes, 
Hycena y Oso de las cavernas, y Ursus arctos, Meles taxuSy 
Mustela putorius^ Mai?tut, Caballo, Reno, Cervus canadensis 
y Bos primigenius. En las otras figuran además Felis spelcea y 
linxj Arciomys primigenius, Cervus alces, Antílope saiga y 
Nyctcea iiivea: el Caballo abunda extraordinariamente. 

La presencia del Reno y del Mochuelo de las nieves boreales 
indica un clima más frío que el anterior en el territorio de Lión, 
pues no se encuentran allí ni los elefantes, antiguo é interme- 
dio, ni los Rhinoceros tichorhinus y de Jourdán, el hombre 
que no se muestra en el Lehm existe en Solutré. Si la zona 
del Reno acusa un clima seco y frío, el del Caballo fué frío y hú- 
medo, á juzgar por el lavado y el movimiento de los materiales. 

La fauna y clima, como es consiguiente, variaron mucho en 
la cuenca del Ródano después de la gran extensión de los gla- 
ciares; en un principio el clima era templado, quizá cálido; pero 
hacia el final del período se enfrió para pasar al mustierense, 
que corresponde al cuaternario medio, durante el cual vivía la 
rica fauna de Santenay, compuesta de Felis spelcBa y linx, 
Rhinoceros fnerckii. Sus scropha, Caballo y Toro primitivos; 
faltan las especies boreales y en especial el Reno y el hombre. 
El período de los grandes glaciares dista del del Reno un muy 
largo espacio de tiempo, durante el cual verificóse el cambio de 
clima y el de la fauna y flora y la retirada de los glaciares desde 
Lión á los Alpes. 

En la gruta de Vernier (Ginebra) y en la de Sce (Villeneuve), 
hanse encontrado estaciones humanas del período del Reno, 
lo cual prueba que por entonces no había nieves en la cuenca 
del Leman. Gosse presentó en 1889, en París, un hacha paleolí- 
tica procedente de la terraza diluvial de orillas del Lago, de 
consiguiente, anterior al Reno. Tardy encontró hachas chelen- 
ses en el cieno diluvial de las mesetas (valle de Hautecour, 
Ain), puesto sobre la formación errática del glaciar del Ró- 
dano, luego son posteriores á la gran extensión de las nieves. 
En Duretnn y Utznach el lignito puesto entre dos canchales 



— 13 — 

del glaciar cuaternario del río Linth contiene Elephas antiquus 
Yprwttgemus, Cervus elaphiis^ Ursus spelceus Rhin. Merckii, y 
la flora consta de Pinus abies^ sylvestris^ montana ylarix; Ta- 
xus baccata\ Betula alba, Ouerciis robur, Acer pseudo plata- 
nus, Corylus avellana, Rubus ideus, Scirpus lacustris, Trapa 
natans y Equisetum limosum , es casi la flora actual de aquel 
país húmedo, y representa un clima bastante suave. 

A la misma época interglacial corresponden varias tobas ca- 
lizas como las de Meyrargues (Bocas del Ródano), Are (Dragni- 
quan), Aygalades (Marsella), Celle (Moret), Biarritz-La Sau- 
vage (Luxemburgo) y Taubach (Weimar). Este criadero es de 
los más interesantes para la historia humana; la fauna contiene 
Cricetus frumentarius, Castor fiber, J^elis spelcea, Canis lupus, 
Ursus arctos, Elephas antiquus, Sus scropha, Bison priscus, 
Cervus eury ceros, elaphus y capreolus. — Equus cabal lus y 
Rhin. Merkii. Varios moluscos lacustres asociados, indican 
ser aquel clima templado. 

Casi todos los huesos están rotos, algunos llevan incisiones, 
estrías y quemaduras; silex, cuchillos prismáticos y puntas mus- 
tierenses iban á la mezcla, de donde se infiere que el hombre 
ya existía con el Elefante antiguo y el Rinoceronte Merckii, de 
cuyas carnes se mantenía, habitante de orillas del lago ó estan- 
que, alimentado por las aguas del rio Ilm, donde arrojaba los 
restos de comida, los cuales se incrustaban muy pronto. 

Berich, Barle, Dames y Gaudry dieron el corte de Rixdorf, 
donde en las arenas fluviales puestas entre dos horizontes errá- 
ticos, encontraron Elphas antiquus y primigenius , Rhinoceros 
tichorhinusj Merckii Y B os priscus Los erráticos correspon- 
den el inferior, al antiguo, contemporáneo del gran desarrollo 
de las nieves; el otro reciente, es del período del Reno. Aquel 
depósito fluvial se formó durante el largo espacio dicho inter- 
glacial, casi contemporáneo de las tobas de Taubach. 

En Halle y Bromberg existen también arenas fluviales que 
ocupan la misma posición, en las cuales se encuentra la Cor- 
bula fiíiminalis, hoy habitante en el Nilo y en los ríos de Siria; 
en dicho nivel aparecen útiles de silex tallados en varios pun- 
tos de Alemania, hasta en Berlín; de consiguiente no faltan, 
como se creía, en la Alemania del Norte. 



— 14 — 

En muchas localidades alemanas la formación errática apa- 
rece cubierta por el Loes con muchos fósiles, entre los cuales 
los moluscos viven aún en los climas fríos y húmedos; esto es, 
en las estepas próximas al Altai, y hasta el límite de las nieves 
perpetuas, otro tanto ocurre con los mamíferos, sean de la fauna 
actual de Siberia ó de las estepas asiáticas. 

Según Penck, el Loes es interglacial; para Watenschaff, á 
juzgar por lo observado cerca de Magdeburgo, es posterior á la 
última invasión de las nieves. Aunque hay que distinguir el 
Loes de las llanuras y el de las colinas por ser diferentes, con- 
siderado en su totalidad es posterior al gran desarrollo de las 
nieves, y contiene las faunas y las estaciones humanas del pe- 
ríodo del Reno. 

Según Sacco, en el Piamonte, el Loes corresponde al final 
de los glaciares, cuando el Elefante antiguo era el dominante en 
Europa; en los llanos fué depositado por aguas corrientes, sién- 
dole aplicable la teoría de las terrazas, en virtud de la cual el 
más moderno ocupa el fondo de los valles ó los más bajos fondos. 

Nathorst ha visto en Escania depósitos interglaciales, con 
Salix polaris ^ Dryas octopetala, Limncea limosa y Piridiumy 
Anodonta, Citherida torosa^ etc., singular asociación que equi- 
vale á la que reina hoy en el norte de Suecia. 

En Inglaterra, el forest-bed de Norfolk ofrece un buen jalón 
que marca el límite entre el terciario y el cuaternario por la 
riqueza de la fauna, en la cual, según Dawkins, figuran i6 es- 
pecies vivas aún, siete pliocenas extinguidas, y otras tantas cua- 
ternarias que también desaparecieron. 

Entre los mamíferos existen en Cromer los Elefantes primi- 
genio, antiguo y meridional, sin existir ninguna otra especie 
septentrional, fuera del Mammuth. 

La flora, según King, contiene el pino silvestre, el abeto, el 
pino plateado, el de las montañas, el tejo, la encina, el ave- 
llano, etc. — Fauna y flora que excluyen por su propia índole 
climas extremados, y requieren, por el contrario, otro muy uni- 
forme y de temperatura media, según Heer, de 6° á 9°. 

La fauna de Cromer, parecida á la de Perier, ocupa análoga 
posición; el forest-bed está cubierto por capas lacustres con 
vegetales árticos como Salix polaris^ Betiila nana^ y luego por 



— I^ — 



el houlder-clay cretoso, que corresponde á la gran extensión 
glacial. 

Este depósito fué seguido de una sumersión que dejó como 
testimonio las arenas marinas con conchas árticas de Cromer, 
Dilmtington, etc., de modo, que la baja temperatura, por lo me- 
nos en la cercanía de los glaciares en su gran período, es 
evidente. 

Cuando éstos se retiraron, se suavizó el clima, y entonces 
las corrientes de los ríos Lark, Onse y Waveney abrieron su 
cauce y depositaron los aluviones sobre el boulder-clay 
cretoso, en los que existen silex tallados y una rica fauna com- 
puesta de Eqiius caballus, Cervus capreolus^ elaphus y taran- 
dus, Bos primigeiiiiis ^ Bisson europeus^ Elephas antiquiis y 
primigenius^ Rhinoceros tichorhiniis y Merckn^ Hipopota- 
miis amphihiiis ^ etc. 

Esta fauna del river granéis^ como lo llaman los ingleses, 
ofrece una mezcla de mamíferos septentrionales y meridionales, 
lo cual significa, ó que pudieron en un momento dado vivir, 
juntos, ó que formaron dos niveles ó grupos, el más antiguo 
el del Sur, el moderno del Norte, cuyos restos hubieron de 
mezclarse más tarde por la acción de las corrientes y del movi- 
miento de dichas formaciones. 

Prestwich dice que los mismos moluscos se encuentran en 
el nivel superior, donde, según Evans y Geikie, existen los ma- 
míferos septentrionales, y en el inferior, donde aparecen los 
del Sur. 

Hicks exploró de 1 885 á 88 las cuevas de Pfynnon Bumo y de 
Cae Gwyn, cerca de Tremoschison (Gales), situadas á 400 pies 
sobre el mar en la cuenca del Clowyd, en las cuales encontró 
Felis spel(Ea y Catus ferus, Uyoena speloea^ Lobo y Zorra ^ Ur- 
siis spelceiis ^ Tejón ^ Sus, Cervus elaphus , tarandus y capreo' 
hís, Cabal/o, Mamut y Rhinoceros tichorinmus , algunos toscos 
instrumentos, entre otros el raspador, tipo del período del 
Reno, y huesos labrados. 

Los hechos que se realizaron en la cueva Cue-Gvryn inducen 
á creer, según Hicks, que fué habitada últimamente por el 
hombre y la hiena, de la cual hay muchos coprolitos, con ante- 
rioridad á los depósitos glaciales; que luego se hundió, pe- 



— i6 — 

netrando las aguas del mar en su interior, dislocando la esta-r 
lacmita y los acarreos allí constituidos; la fauna es semejante á 
la del fbrest-bed. 

Arcelin opone serias objeciones á lo dicho por Hicks, pues 
cree que la fauna y los útiles hallados son posteriores al depó- 
sito del bulder, y de consiguiente, que el relleno de la cueva 
se hizo durante el cuaternario reciente. 

El diluvio del norte de Francia rios Soma, Sena y Marga, 
ofrecen caracteres paleontológicos idénticos á los paleolíticos 
de Inglaterra, lo que autoriza á considerarlos como contempo- 
ráneos, pues también son del propio tipo los silex. Dichos alu- 
viones ingleses son anteriores á la última fase de extensión gla- 
cial, y como en el norte de Francia no hubo nieves, el cieno 
de las mesetas reemplaza á dicha formación correspondiente, 
estratigráficamente al boiilder-clay superior; acusa, pues, el 
clima frío y húmedo del comienzo del período del Reno. 

Los pedernales de los aluviones paleolíticos constituyen en el 
concepto estratigráfico los testimonios más antiguos é indiscu- 
tibles de la existencia del hombre; el tipo chelense es su genuino 
representante, aunque algunas veces los del mustierense, que se 
diferencian tan sólo por estar como retocados en uno de los 
lados, suelen hallarse en el propio yacimiento. Estos silex van 
asociados á una fauna que D'Arcey califica de paradógica, re- 
presentada como está por el Elefante antiguo, por el Mammuth, 
por los Rhinoceros Merekii y tichorhinus, por el Reno y por 
el Hipopótamo, verdaderos representantes de los períodos du- 
rante los cuales abriéronse los valles. Bourguignat cuenta en 
la fauna malacológica del Sena 76 especies, 47 extinguidas, 
13 comunes con elLehmde Lión, 30 terrestres y 46 fluviales, 
indicando clima muy húmedo y algo más frío que el actual. 

En Bélgica, el período chelense va asociado en los aluviones 
fluviales al grupo del Mammuth, pero sin el Elefante antiguo. 
En los altos valles pirenaicos no se observa esto, y sí sólo en 
los aluviones subpirenáicos y en las terrazas inferiores que co- 
rresponden al momento en que era ya casi completa la retirada 
de las nieves; los útiles están hechos con cantos de los acarreos 
glaciales, asociados al Mammuth, de consiguiente pertenecen al 
cuaternario reciente. 



17 — 



De donde resulta que, desde el sur de Francia hasta Ingla- 
terra y Alemania, los primeros pasos del hombre se revelan en. 
el propio nivel estratigráfico y paleontológico. 

Siberia ofrece hechos extraordinarios, no siempre análogos á 
los que acaban de indicarse. En la actualidad ofrece aquella 
parte del extremo Norte de Asia, dos zonas distintas; la meri- 
dional montuosa, y de consiguiente accidentada, cubierta de 
magníficos bosques; la septentrional llana y árida, tapizada de 
musgos en verano y congelada durante el largo invierno, y es 
laque lleva el nombre de Tundra, cuyo suelo se deshiela tan 
sólo durante dos meses, y está literalmente formado de aluvio- 
nes glaciales llenos de fósiles, los cuales, por su propia natura- 
leza, acusan un clima anterior muy diferente del actual. 

La fauna mamalógica fósil consta del Caballo, del Bisonte, de 
los Toros almizclado y primitivo , de los Rhinoceros Merckiiy ti- 
chorhiniis ^ y del Mammuth, del que se han encontrado algunas 
momias enteras, conservadas con sus carnes y piel en el hielo^ 

Schmidt recogió en la zona osífera las siguientes conchas te- 
rrestres y lacustres; Heltx Schrenkt, Planorbis albiis^ Valvata ' 
cristata., Limnea aiiricularis^ Cyclas caliculata^ Limax agres- 
á's, Anodo7tta anatina, Pisidiiim fontinale y Succinea putris^ 
las dos últimas aun viven allí; las otras emigraron á regiones 
más templadas. 

La zona forestal en vida del Mammuth llegaba hasta el borde 
del Océano, pues aun se encuentran, donde las plantas prospe- 
raron, muchos árboles como desecados, entre los cuales deben 
citarse el Salix retusa y glauca, Pinus larix, de Siberia, el Ala- 
naster friiticosus, y el Abies sibérica, álos cuales hay que agre- 
gar la Betula, la Ephedra y varias gramíneas y coniferas, cuyos 
restos subsisten y se hallan aún entre las colinas de los dientes 
del Mammuth y de los Rinocerontes, señal evidente de que les 
servían de alimento; todo lo cual indica bien claramente que 
durante el período cuaternario, el clima de Siberia era relativa- 
mente templado. 

En los aluviones de la Tundra no han aparecido hasta ahora res- 
tos humanos, mas en Yrkoutsk, en el Lehm y á 20 metros de pro- 
fundidad, encontráronse, no hace mucho, instrumentos de piedra 
iunto con huesos de Mammuth, de Reno, Toro, Caballo y Ciervo. 



Pero lo más peregrino del caso, y que en cierto modo se rela- 
ciona con la existencia en aquellas regiones del hombre, es que 
no encontrando en aquel vasto territorio, según Arcelín, seña- 
les de la acción glacial, es muy posible que mientras todo el 
norte de Europa se hallaba invadido por las nieves, aquella 
vasta comarca vióse libre de ellas, y en cuanto al hallazgo de 
las momias de los grandes mamíferos, aunque no indique una 
grande antigüedad, sin embargo, opinan con Cuvier, D'Archiac, 
Buckland y Howorth, que el hecho hubo de realizarse á un 
mismo tiempo para todos, por efecto del brusco cambio de 
clima , habiendo sido arrastrados los cadáveres por las corrien- 
tes y envueltos en la nieve muy poco tiempo después de morir, 
lo cual hubo de realizarse casi simultáneamente. 

La singular mezcla de animales y aun de plantas que se advierte 
durante el período cuaternario en varios puntos de Europa, y que 
acusa diversidad de condiciones climatológicas, existe, según 
Hermann, en la Transbaikalia, donde se encuentran á menudo 
juntos restos del Reno, del Camello, del Tigre y del Oso. 

Sin determinar á cual de las varias fases glaciares correspon- 
den, Frans dice haber hallado en el Líbano un conglomerado 
de aspecto glacial con instrumentos de piedra y huesos de ma- 
míferos. En el Ouadi Djoss (Valle del Nogal), donde se ha- 
llan las grutas más ricas en útiles tallados y en restos de anima- 
les cuaternarios, los aluviones antiguos que los contienen 
aparecen cubiertos, sin género alguno de duda, por un canchal 
glacial; de consiguiente, parece lógico suponer que el hombre 
labró allí la piedra, y cazó animales antes de la extensión de los 
glaciares; mas no se sabe si en aquella parte del Asia occiden- 
tal hubo una sola ó varias invasiones de las nieves. 

En América del Norte existen depósitos interglaciares fosilí- 
feros, análogos álos de Europa, como e\ forest-ded del O/iio, en 
el que se encuentran Plataniis occidentalis, Fagiis ferritginea-, 
Carya alba^ Aesculiis glabra^ ^iiniperus virginianus y Echi- 
noceptts lohata^ plantas que señalan un clima poco diferente 
del actual. Aparecen allí también el Mammuth, el Mastodonte, 
•el Castoroides obioensis, etc. 

En las arcillas diluviales de Green's Creeck (Canadá), el señor 
Dawson encontró muchas plantas fósiles que en su mayor parte 



— 19 — 

viven aún allí, distinguiéndose, sobre todo, las más robustas. 

El territorio de Alaska y el noroeste del continente americano 
parece gozaron en el comienzo de la era cuaternaria de la misma 
inmunidad que indicamos en Siberia, supuesto que no existen allí 
vestigios de los glaciares, los cuales abundan tan sólo al este del 
río Makensie. En las orillas del Océano ártico se encuentran mu- 
chos restos de plantas que vivieron en la región antes de conver- 
tirse ésta en desierto congelado. También aparecen en la misma 
numerosos restos de Mammuth, de Reno, Caballo, Toro al- 
mizclado del Ovibos maximus, del Bos prisciis y del Bisson 
nasicornis. El Dr. Goodbridge refiere el hallazgo en dicho te- 
rritorio de un cráneo de Mammuth que conservaba pelo y lana, 
de modo que repiten allí las momias de grandes animales ci- 
tadas en Siberia. 

Las arenas auríferas de California, consideradas como plio- 
cenas por unos, fundados en la fauna y la flora que contienen, 
no estando bien marcado en América el límite entre el período 
terciario y el cuaternario terrestres; otros las señalan como gla- 
ciales, de donde resulta que los morteros y sus manos con otros 
utensilios que se encuentran en su seno, son relativamente mo- 
dernos. El Sr. Hugues, de Boston, dice que estos objetos 
ofrecen los caracteres propios de la industria indiana, y que 
probablemente los dejaron donde hoy se encuentran los pri- 
mitivos explotadores de las minas, haciendo él mismo la adver- 
tencia de que dichos objetos le recordaban los que se descubren 
á veces en las minas de oro del Gebel Allaky, en Egipto. 

Una de las más antiguas formaciones glaciares del este de los 
Estados Unidos consiste en grava y arcilla de alfareros con 
cantos erráticos, llamada de Filadelfia; depósito marino, con- 
temporáneo de la gran extensión de los glaciares, en el cual 
halló Hilborn F. Cresson, en 1887 y 1888, dos instrumentos 
tallados de piedra en la trinchera del ferrocarril del Delavare, 
pero no se sabe si son sincrónicos de dicha formación, por 
haberse encontrado muy cerca de la superficie. 

El Dr. Abbott, el Boucher des Perthes americano, descu- 
brió cerca de Trenton (Nueva Jersey) pruebas inequívocas del 
hombre paleolítico, consistentes en hachas del tipo chelense, 
pero que en sentir de Arcelin son posteriores á las paleolíticas 



— 20 



europeas, en razón á que las formaciones glaciales ocupan en 
aquel territorio una posición superior, mientras que en Europa 
precedieron á la grande extensión de las nieves. 

El yacimiento de Trenton ha sido visitado por muchos geó- 
logos del antiguo y del nuevo mundo, y en especial por Carwil 
Lewis; su estudio arroja el resultado siguiente: Los depósitos 
arenosos de acarreo, como todos los fluviales, ocupan allí un 
valle abierto en las arcillas de Filadelfia, siendo, de consiguiente, 
posterior á éstas, revelando la acción del agua líquida en vez de 
la nieve, la ausencia del Till y de los cantos estriados y puli- 
mentados, etc. Y no podía menos de ser así, supuesto que los 
canchales glaciares terminan á 30 millas de Trenton; aquel 
depósito, aunque antiguo, es postglacial. Los útiles chelenses, 
en número de 400 próximamente, que en él se encontraron, 
deben serle contemporáneos, pues no se comprende que se 
introdujeran después entre sus materiales. Los geólogos ameri- 
canos, fundándose en las señales de erosión y de acarreo, cal- 
culan en menos de 10.000 años su antigüedad, lo cual, aunque 
vago, siempre constituye una fecha aproximada. El Sr. Mac 
Gec opina que la arcilla de Filadelfia es de tres á cuatro veces 
más antigua que el acarreo fluvial de Trenton. Junto á los ins- 
trumentos de piedra se encontraron en la grava tres cráneos 
humanos y otros restos más ó menos bien conservados. 

En los aluviones de otros ríos del sur del territorio ocupado 
antes por los glaciares, como en Little-Falls (Minesota), en 
Madisonville y Loveland y en Buckhom Creck (Ohío) se encon- 
traron objetos análogos. 

Entre los montes pedregosos y Sierra Nevada existieron 
algunos lagos, en uno de los cuales, el de Lahontan, las aguas, 
no teniendo salida, formaron dos terrazas que, estudiadas por 
Russell, dieron por resultado el hallazgo hecho por Mac Gec 
de una magnífica lanza de obsidiana, de donde infiere aquél 
que el hombre existía ya allí en el momento de la última cre- 
cida del lago, equivalente al período glacial más moderno. 

En resumen, dice Arcelin, la era cuaternaria, bajo el punto de 
vista climatológico y del desarrollo de la vida, representa tres 
grandes períodos correspondientes á las tres divisiones estrati- 
gráficas de que se ha hablado. Con efecto, las plantas árticas de 



21 



Comer, las conchas marinas boreales de las formaciones glacia- 
les de Inglaterra, de Escocia y Gales, acusan, sin género alguno 
de duda, un enfriamiento considerable del Norte de Europa 
durante la gran invasión de las nieves. Con mucha probabilidad 
dejáronse sentir estos efectos también en los Alpes, Pirineos y 
mesa central de Francia. Por entonces extinguiéronse el Ele- 
fante meridional, las Gacelas, los Tapires y algunos otros anima- 
les procedentes del terciario pliocénico. 

El período interglacial inmediato posterior caracterízase, lo 
mismo en Europa que en América, por un clima templado y 
húmedo, muy uniforme, sin ser notables las diferencias entre 
los veranos y los inviernos, y por el desbordamiento de los ríos, 
donde se formaron los acarreos del Diluvium. Á dicho espacio 
de tiempo corresponden las dos estaciones hermanas más anti- 
guas, á saber: la de Taubach y la de Chelles, con una fauna me- 
ridional sin mezcla de especies septentrionales, que sólo apare- 
cen al ir á terminar el período como indicio seguro y evidente, 
pues los climatómetros orgánicos no mienten, de un nuevo 
enfriamiento del clima, con cuyos acontecimientos coincide el 
aumento y desarrollo de los útiles de piedra en el Diluvio, 
fuera y dentro de las cavernas. 

Sigue al anterior el temperamento húmedo, pero frío, del 
Reno, equivalente á lo que en orden arqueológico se llama pe- 
ríodo mustierense. Los acarreos paleolíticos de los ríos acusan 
en sus horizontes más modernos los testimonios evidentes del 
descenso de la temperatura, revelando la acción de las nieves, 
entre otras cosas, el desorden que se advierte en la colocación 
de los materiales. Las conchas fluviales indican otro tanto, lo 
mismo que el predominio que van adquiriendo el Reno y restan- 
tes animales boreales y de las estepas asiáticas que invadieron 
por entonces el Occidente. El norte de Europa, Escocia, Gales 
y Escandinavia presencian un recrudecimiento de la acción gla- 
cial, á virtud del cual desaparecieron el Elephas antiquus y el 
Rhinoceros Merckii, siendo reemplazados por el Rhinoceros 
¿ichorhinus, y el Mammuth. 

Formando contraste con esto, los glaciares alpinos permane- 
cieron estacionarios, atribuyéndolo Arcelin á que las corrientes 
húmedas atmosféricas no seguían aquella dirección; por enton- 



— 22 



ees la cuenca del lago Leman quedó libre de nieve por la reti- 
rada del glaciar del Ródano. Penk cree que éste llegó dos veces 
hasta Lión; pero el hecho está lejos de confirmarse, pues si bien 
Renevier admite dos períodos de invasión, fueron en su sentir 
anteriores á los aluviones del Reno y del Mammuth, los cuales 
forman varias terrazas, la superior que alcanza 30 y 35'° de al- 
tura sobre el lago, no va más allá de Montreux-Clarens, de 
donde infiere aquél que el glaciar del Ródano existía allí cuando 
el depósito se formó correspondiente al período chelense. La 
terraza del Reno ocupa la cota de 20 á 25"", según Favre. La exis- 
tencia de estas terrazas prueba suficientemente que el glaciar 
no volvió á invadir el territorio desde que aquéllas se formaron. 

En los Pirineos y mesa central de Francia, las estaciones del 
Reno se encuentran en gran número sobre el emplazamiento de 
antiguos glaciares. En los Pirineos, las terrazas chelenses datan 
.de la época en la que los glaciares iban ya retirándose de los 
altos valles; de modo que el homdre chelense y el del Reno son 
en puridad postglaciales en la Europa occidental. 

En América, las cosas pasaron, sobre poco más ó menos lo 
mismo, pues los geólogos han reconocido la existencia de un 
período interglacial situado entre ambas invasiones de las nieves, 
la segunda no tan extensa. Las huellas más antiguas del hom- 
bre son, como en Europa, posteriores ala primera y tal vez á la 
segunda invasión. La diferencia que se advierte en las faunas, 
y el no indicarse las que van en América asociadas á los útiles 
paleolíticos encontrados en los aluviones cuaternarios, dificultan 
sobre manera el establecer un sincronismo entre ambos continen- 
tes, siquiera pueda admitírsele sin incurrir en gran temeridad, 
teniendo en cuenta los datos estratigráficos y los caracteres co- 
munes que ostentan los instrumentos paleolíticos de allá y de acá. 

En parte alguna, dice Arcelin, para terminar su interesante 
estudio, se han encontrado testimonios auténticos de la existen- 
cia del hombre anteriores á la gran extensión de las nieves por 
la que se inició la era cuaternaria; no es, de consiguiente, pre, 
sino Ínter ó postglacial. 

^ Si después de lo expuesto quisiéramos averiguar qué influen- 
cia ejercieron en la vida las vicisitudes climatéricas de dicha 
.^época de la historia del planeta, podremos decir que se limitó 



en cierto modo á determinar cambios en la distribución geográ- 
fica de los seres que ora bajaban al S., ora remontaban al N., 
según variaban las isotermas. La vida fué desarrollándose lenta 
y progresivamente sin grandes sacudidas ni alteraciones; al úl- 
timo Mastodonte siguió el Elefante meridional, estrechamente 
relacionado á su vez con el Elefante antiguo, el cual cedió el 
puesto al Mammuth; observándose que las apariciones y ex- 
tinciones se compenetran hasta un punto tal, que es muy difícil 
determinar los momentos en que se verificaron, y es que la evo- 
lución orgánica se enlaza estrechamente, no tan sólo con las 
variaciones locales climatológicas, sino también con una ley ge- 
neral, cuyos efectos son continuos, regulares y progresivos. 

El verdadero regulador de la vida en el globo, añade Arcelin, 
es el frío polar. El Sr. Penk atribuye las emigraciones humanas 
á los cambios de clima y á la repetición de las fases glaciales. El 
hombre aparece en Europa al ir á terminar el último período 
interglacial, arrojado tal vez de otra comarca situada sin duda 
al N., é invadida por el frío ; hecho cuya realización no va más 
allá de la segunda mitad de los tiempos cuaternarios, sin que por 
el momento podamos precisar más; bastante saber es que no se 
ha encontrado aún en Europa ni el hombre primitivo, ni el co- 
mienzo de su industria ; pero es de esperar que, siguiendo las 
etapas de estos primeros emigrantes, llegaremos algún día á de- 
terminar el emplazamiento de los hombres cuaternarios. 

En este mismo criterio se inspira un insigne paleontólogo , el 
Marqués de Saporta, para suponer emplazada la cuna de la hu- 
manidad en las latitudes asiáticas septentrionales, desde donde 
hubieron de verificarse las primeras grandes emigraciones al 
continente americano por el istmo, no aun estrecho de Behe- 
ring, y á las tierras del antiguo mundo, sin encontrar grandes 
obstáculos á su paso, subsistiendo tan sólo en el punto de par- 
tida los pocos aborígenes que prefirieron someterse á las rigo- 
rosas condiciones que el clima llegó á ofrecer en su ingrata pa- 
tria, antes que correr el riesgo de ignoradas pero probables 
aventuras, y de peligros á que los emigrantes se exponían. 

No parece oponerse á semejante razonamiento, fundado en 
datos paleontológicos, el cuadro de los extraordinarios aconte- 
cimientos durante la era cuarta realizados, antes por el contra- 



— 24 — 

rio, unos y otros armonizan perfectamente con los materiales 
que han evidenciado los modernos estudios protohistóricos. Con 
efecto, es hoy un hecho conocido que la población de Europa 
no siguió en su origen la marcha que se creía antes del E. y del 
N. hacia el O. y el S., sino más bien la contraria, supuesto que 
mientras en las penínsulas ibérica é italiana se encuentran los 
testimonios auténticos de la primera edad de la piedra tallada, 
en Escandinavia, en Dinamarca y demás comarcas del N., hasta 
Finlandia, falta el período arqueolítico, comenzando su historia 
en el neolítico, que adquiere pronto un notorio grado de des- 
arrollo, seguido del cobre y bronce, con un esplendor y grandeza 
sólo comparable con lo que se observa en Austria-Hungría. Pero 
esta corriente de civilización en su marcha al N. encontró otra del 
período de la piedra tallada que, partiendo de las regiones cir- 
cumpolares, sigue la dirección opuesta, deteniéndose en el límite 
Norte déla Escandinava, con la que se compenetra y confunde. 

Esto sentado por vía de introducción, no proponiéndome por 
otro lado, despertar recelos, ni menos rivalidades acerca de la 
mayor ó menor antigüedad de unos pueblos respecto de otros, 
ya que, en mi concepto, faltan datos para esclarecer tan arduo 
problema, habré de limitarme á dar muestra de todo aquello 
que á protohistoria americana se refiere, no sin antes manifes- 
tar en qué sentido debe entenderse esta palabra. En el nuevo, 
como en algunas posesiones del antiguo continente, existen to- 
davía tribus errantes y nómadas, que pueden considerarse como 
constituidas aún en el comienzo de su historia por el género de 
vida que llevan, y por el desconocimiento del uso de los meta- 
les, ya que no pasaron de las armas y utensihos de piedra. Se- 
mejante atraso intelectual es perfectamente anacrónico, for- 
mando el más singular y extraño contraste con la maravillosa 
cultura que las naciones en su conjunto consideradas alcanzan: 
y nada prueba el gran poder del hábito y de la rutina como el 
hecho de subsistir aún dicho contraste, que siquiera tienda á des- 
aparecer por las frecuentes relaciones de unas gentes con otras, 
no se verifica la metamorfosis con la rapidez que fuera de de- 
sear y el honor de la humanidad exige. 

Mas esto no constituye sino una débil y pobre reminiscencia 
ó una prolongación parcial, si se quiere, del estado primitivo; la 



verdadera protohistoria arranca, de consiguiente, como su mis- 
mo nombre lo da á entender, del comienzo de la historia tal 
como nos la revelan las diversas manifestaciones de la actividad 
de los primeros pobladores, las cuales ofrecen en ambos mun- 
dos, sobre poco más ó menos, idéntico carácter. Con efecto; el 
hombre, destituido de todo conocimiento, desnudo, por decirlo 
así, de cuerpo y alma, comenzó en todas partes por servirse de 
«US manos, uñas y dientes, ayudado, como eficaces auxiliares, de 
las ramas de los árboles y de las piedras, primero tal como las 
presenta la naturaleza, y más tarde apropiándolas á diferentes 
usos por medio de una tosca y rudimentaria labor. Sólo en tiem- 
pos muy posteriores llegó á conocer y á poder utilizar otras subs- 
tancias, tales como el hueso, las astas de ciervo, el marfil, y por 
último, los metales nativos y sus mezclas ó aleaciones, acercán- 
dose ya con estas conquistas á los linderos de la historia, pro- 
piamente dicha, tal como hasta hace poco se entendía. 

En este concepto considerada la materia, ó en otros términos, 
bajo semejante punto de vista, el continente americano ha segui- 
do las mismas vicisitudes que el europeo, comenzando de la pro- 
pia manera; es decir, habitado primero por razas, sean autóctonas 
ó procedentes de otras regiones, cuyo estado de incultura no les 
permitía sino cortar y disponer las piedras, dándolas las formas 
que ellos creían más adecuadas á satisfacer sus reducidas nece- 
sidades. Desde dicho lamentable estado, que si no era del todo 
salvaje, se le parecía mucho, fué poco á poco y con el transcurso 
de muchos siglos, aumentando el caudal de sus conocimientos, 
pasando del hacha tallada á la pulida, á la flecha, á la punta de 
lanza, á la aguja y primera cerámica, al conocimiento del fuego y 
modo de utilizarle, al descubrimiento de los metales y demás 
conquistas que determinaron los ulteriores jalones del progreso. 

Téngase, empero, en cuenta que la América, por las condi- 
ciones especiales en que desde su origen se encontró, esto es, 
desconocida del resto del mundo hasta la gloriosa empresa de 
Colón, los límites superiores de la primitiva historia no los con- 
sideran todos de la propia manera, pues no faltan autoridades 
respetables que la hacen extensiva hasta su descubrimiento, lla- 
mando protohistóricos á todos los tiempos que precedieron á 
su conquista. Yo entiendo, sin embargo, dicho sea con todo el 



— 26 — 

respeto debido, que en América, como en todas partes, hubo 
tiempos protohistóricos é históricos propiamente tales, y por 
cierto de una grandeza incomparable en determinadas co- 
marcas, antes de ser conocidas de las demás naciones, no 
debiendo servir de límite el reciente descubrimiento, sino la 
época en que, como entre nosotros, comenzó á involucrarse el 
uso del bronce con el hierro y cuando éste se generalizó. 

El insigne arqueólogo Marqués de Nadailhac, en su famosa 
obra titulada América prehistórica ^ incluye en categoría de 
tal, multitud de objetos, especialmente en cerámica, cuya be- 
lleza de estructura y de ornamentación revelan en el operario 
que los labró y en el pueblo que se permitía aquellos refina- 
mientos de la vida, un estado tal de cultura, que dista mucho 
de ser primitivo. Excusado es declarar que aquel grado de des- 
envolvimiento industrial supone otros anteriores, que son los 
equivalentes á los que se presentan en Europa, pues en todas 
partes el hombre ha ido subiendo de lo simple é informe y tosco 
á lo más perfecto, en cuyo concepto lo uno es anterior proto- 
histórico; lo otro perfectamente histórico. 

¿Cómo han de considerarse producto de un pueblo indocto 
sin ninguna cultura los magníficos monumentos que legó Mé- 
xico á la posterioridad, y que acaba de darnos á conocer su 
ilustrado Gobierno en la soberbia obra que tuvimos el gusto de 
admirar en París con ocasión del Congreso de americanistas? 
No, en manera alguna, todo esto y mucho más, que no relato 
para no abusar de vuestra benévola paciencia, pertenece de 
lleno á tiempos en los cuales podría el mundo antiguo ignorar 
lo que había de notable y aun de extraordinario en el nuevo, 
pero que para los habitantes de éste, ya forma parte de su ver- 
dadera y genuina historia, con no pocos puntos de semejanza, 
por cierto, en muchos de sus monumentos con los del viejo 
continente, acusando, sin duda alguna, bien sea la indiscutible 
mancomunidad de origen, ó la adopción por el hombre de 
iguales procedimientos para satisfacer las mismas necesidades. 

Admitida, pues, para América la misma gran división que, 
sirvió entre nosotros de base para los recientes estudios antro-^ 
pológicos, estamos ya en el caso de concretar el asunto á la 
protohistoria de aquel gran continente, indicando primero 



— 27 — 

cuál es la clasificación que de tan remotos sucesos admiten los 
arqueólogos americanos; exponiendo á vuestro superior criteria 
la que acaba de dar en una obra recientísima el insigne Brinton^ 
en la cual se echa de ver, á poco que se reflexione, el parale- 
lismo y la armonía que existe entre los períodos de América y 
los de Europa, así por lo que se refiere al hombre y á los gra- 
dos de desenvolvimiento de su industria, como á los fenómenos 
de índole puramente física que se realizan allá desde que huba 
pobladores. En lo único que notamos alguna diferencia, es en 
los seres que, especialmente en el Sur América, comunicaban 
una facies especial á la fauna; en el Norte claramente da á enten- 
■der la comunicación de las tierras todas del hemisferio boreal, la 
existencia de no pocas especies de plantas y animales comunes^ 



Clasificación de los tiempos protohistóricos americanos. 



PERIODO. 



Cuaternaria ó ] 
pleistocena. . \ 



^ode 



CARÁCTER GEOLÓGICO. 



RESTOS 
HUMANOS. 



Preglacial. .. Gravas a uriferas de California (¿Cráneo de 

° 1 calaveras? 



2." I." glacial. 



S Alternaciones de drift 
Formación de Colombia 
.< Descenso del litoral atlántico 

J Antiguo drift glacial del Mississipí. 
I Arcilla de alfarero 



Paleolítico de 
Claymout. 



! Drift de Minesota (Toscos ins- 
Diluvium de la gran cuenca | trumentos- 
Formación pampera ( de sílex. 

jN." drift glacial, till y fiordos /Útiles de pie- 

ICanchales glaciales del Ohío.. . . . . .1 dra y hueso 

4.° 2.° glacial. ..Loess central de los Estados Unidos./ de los can- 
i Levantamiento del Atlántico y Amé-) chales gla- 
( rica inglesa .' ( ciales. 

(Aluviones de Trenton [^^}¡^^ P^^^O" 

I Altas aguas del lago superior. V liticos en» 



5.° Postglacial. 



I." Diluvial. 



(Sigue el levantamiento del N, Atlán 
tico 

[Clima frío. — Reno en el Ohío 



I 2." Aluvial. 



Trenton y 
cráneos id» 
braquicéfa- 
los. 

iCráneo de 
Depósito lacustre. (Útiles de arcillita.J Pontinelo^ 
Tierras hundidas.. ( ' rio Negro. 

Clima suave | Huesos de Lagca Santa y Florida. 

lElfante, Mastodonte ohíotius, 
Megaterio, Bisonte, Caballo, 
todos e.xtmguidos. 

Depósito de 1 o s[ Útiles de cuarzo y jaspe. 

ríos iCerámica. 

Formación d eJMound del Ohío. 

marga (Restos de tribus actuales y ex- 
tinguidas. 



— 28 — 

Examinado y expuesto con la mayor claridad y concisión po- 
sible el cuadro adjunto, descenderemos á detallar los datos an- 
tropológico, paleontológico, geológico y arqueológico, que ca- 
racterizan los diferentes períodos protohistóricos americanos, 
procurando hacer de paso un paralelo con los propios de 
Europa. 

Por de pronto, comparado el cuadro de Brinton con el que 
sirve de base más general á los estudios protohistóricos en Eu- 
ropa, ambos á la vista, resulta que si bien hay perfecta correla- 
ción en las principales divisiones, en dos edades primero y en 
períodos sucesivos después, sirviendo en los dos de fundamento 
los tiempos relativos cuaternario y moderno en uno, y pleis- 
toceno y reciente en otro, y luego el orden con que se sucedie- 
ron los fenómenos de orden físico en el americano, y las di- 
versas manifestaciones de la humana actividad en el cuadro 
europeo, al descender ó pasar á la exposición del carácter geo- 
lógico, arqueológico y antropológico, ya se hace más difícil de- 
terminar la comparación, lo cual consiste en que por una parte 
el Sr. Brinton no sigue la clasificación europea, y en la defi- 
ciencia de datos y materiales que se advierte por otra en Amé- 
rica; de donde resulta la dificultad casi insuperable de bien ca- 
racterizar los diferentes progresos por el hombre en dicho 
continente realizados. 

Bajo este punto de vista, lo único que puede, en tesis gene- 
ral, ó, como si dijéramos, en conjunto, decirse, es que en Amé- 
rica, lo mismo que en el antiguo continente, hubo un período 
de la piedra tosca tallada, á la que siguió otro en el que se pu- 
limentaban las hachas y se labraron flechas y demás armas arro- 
jadizas, muchas de las cuales están aún allí en uso; que luego 
se sirvió el hombre del cobre puro, en mayor escala, si se 
■quiere, que entre nosotros, reproduciendo en el metal las for- 
mas que antes dieran á los útiles de piedra, lo mismo que entre 
nosotros, según podéis ver en estos objetos; que del cobre puro 
pasó al bronce, y, por último, al hierro, que inicia ya los tiem- 
pos propiamente históricos, lo mismo en el nuevo que en el 
antiguo mundo. 

No hizo el americano tanto uso del hueso, marfil y asta de 
ciervo como el europeo, ó por lo menos, no se descubrieron 



— 29 — 

allá tantos objetos labrados con dichas substancias como acá; 
circunstancia es ésta algo más difícil de explicar que la diferen- 
cia de piedras de que el hombre se sirvió, pues esto depende 
de la constitución geognóstica ó petrográfica, en virtud de la 
cual en Europa son más comunes los útiles de pedernal y de 
cuarcita, por lo que á piedra tallada se refiere, mientras que en 
América predominan, sobre todo, la obsidiana y otras rocas 
volcánicas. 

Tocante á yacimiento en general, puede decirse que difiere 
poco el de uno y otro continente, pues lo mismo los restos hu- 
manos que los testimonios de su industria, suelen encontrarse 
los más antiguos, ó paleolíticos, en el Diluvium, dentro de 
grutas y cavernas ó al exterior, ora sea dicha formación resul- 
tado de las aguas líquidas, de los glaciares ó de ambas á la vez. 

En las cavidades terrestres también desempeñan en todas 
partes grande función las estalacmitas cubriendo el suelo y ha- 
ciendo oficio de losa sepulcral ; la misma caliza incrustante es 
otro de los criaderos, por decirlo así, de objetos protohistóri- 
cos, como lo prueban los interesantes restos humanos de Mé- 
xico, de que se dará cuenta más adelante, el famoso esqueleta 
de la Guadalupe, y tantos otros que pudieran citarse. 

También en la turba hanse encontrado objetos curiosos, la 
mismo en América que en Europa; en los paraderos y samba- 
quis, acá llamados kiokenmodingos, y en enterramientos pre- 
parados por el hombre, siquiera algunos difieran bastante, pues 
aunque por la forma los que en el continente nuevo se llaman 
cerritos, se parecen á los túmulos del antiguo, los conocidos 
bajóla denominación de Mound-Builders difieren bastante por 
su aspecto y estructura de los megalitos, no figurando en ellos 
las grandes piedras que confirman la etimología de los últimos^ 
ó no estando en ellos dispuestas como en los de por acá. 

De lo que no tengo conocimiento es del hallazgo en el fondo 
délos lagos americanos de objetos protohistóricos; si no se en- 
contraron, será tal vez por no haber levantado los aborígenes 
las viviendas conocidas bajo el título de palafitos, ó también por 
no haberse dedicado á buscarlos aquellos arqueólogos. Sin per- 
juicio de entrar después en más amplios pormenores acerca de 
los objetos labrados por el hombre americano, pues en especial 



algunos de ellos son dignos de particular mención, y también 
respecto de los yacimientos, que difieren de los europeos por 
las circunstancias que en ellos concurren, dignas de ser conoci- 
das, pasaré á daros una somera idea de los pocos restos huma- 
nos fósiles que se conocen y de las condiciones en que se han 
•encontrado. En el cuadro clasificación que figura en la reciente 
■obra de Brinton se citan pocos vestigios del hombre mismo, y 
aun algunos de ellos llevan con harto fundamento un punto in- 
terrogante. Tal es lo que se observa con el cráneo del campo de 
las Calaveras, que corresponde al diliiviiun aurífero de Califor- 
nia; objeto que despertó gran curiosidad cuando Desor anunció 
su hallazgo en el Congreso de Arqueología y Antropología pre- 
históricas celebrado en París con motivo de la Exposición 
de 1867. La primera noticia fué que dos ingenieros de los Esta- 
dos Unidos, los Sres. Witney y Blaque, lo habían descubierto 
debajo de materiales volcánicos que pertenecían á la era ter- 
ciaria, á la cual se hacía remontar allí la existencia de nuestra 
especie. Mas sabido es que aquellos entusiastas naturalistas fue- 
ron víctimas de una superchería de los mineros, quienes inven- 
taron la fábula presentando un cráneo moderno de indio, pero 
con señales, al parecer bien disimuladas, de gran antigüedad. 

Por este lado, la existencia del hombre en el terreno terciario 
americano queda completamente desmentida, pues aun el mismo 
Brinton, dejando aparte la duda que le asalta respecto de la au- 
tenticidad de dicho cráneo, lo coloca entre las gravas ó acarreos 
auríferos que él llama preglaciales, y que en mi concepto son 
cuaternarios, pues nada indica que sea aquélla una formación 
de sedimento. 

Mayor importancia revisten los huesos humanos descubier- 
tos recientemente en un punto, no lejos de México, llamado el 
Peñón de los Baños, y dados á conocer por los profesores de 
Geología, Castillo y Barcena, en una Memoria que debo á la 
generosidad de mi compañero de Academia de Ciencias, señor 
Cortázar. Yacen aquellos objetos en una toba caliza silicífera, 
de cuya naturaleza participan los que por esta misma y por otras 
circunstancias consideran como fósiles dichos geólogos, quie- 
nes sintetizan su interesante estudio en las siguientes proposi- 
ciones: Por la primera sientan el principio de que la capa que 



— 31 — 

contiene los restos humanos es diferente de las formaciones ac- 
tuales por su aspecto, por los movimientos que ha experimen- 
tado, y por no contener ningún objeto de industria moder- 
na; por la segunda dicen que en aquella comarca se observan 
señales de fenómenos geológicos, especialmente volcánicos, no 
mencionados en la moderna historia, ni en las tradiciones y je- 
roglíficos de las antiguas razas del Anahuac ; por la tercera se 
señala el nivel de las aguas, cuando se formó la toba, de más 
de 3 metros sobre la superficie actual del lago Texcoco, acredi- 
tado por las señales que en varios puntos del valle dejó aque- 
lla roca, y por la cuarta afirman Barcena y Castillo que, á juz- 
gar por los caracteres que ostentan los huesos, el esqueleto 
pertenece á la raza indígena pura de Anahuac, añadiendo, por 
último, que lo consideran como prehistórico, ó sea muy ante- 
rior á las noticias que sobre dicha raza presentan la tradición y 
la historia, señalándole como antigüedad menor la de 800 años, 
y como horizonte geológico, la división superior de la era cua- 
ternaria. 

En la cuenca del río Delaware, no lejos de Trenton, en una 
formación glacial encontró Abbot más de un cráneo humano 
que, si son contemporáneos de los instrumentos tallados descu- 
biertos en la misma localidad, deben ser tan antiguos como 
éstos, que representan por su forma y por lo tosco de su labor 
el período europeo de Chelles y Taubach. Mas lo curioso del 
caso es que, al parecer, algunos de estos cráneos son braquice* 
falos, es decir, que corresponden á una raza superior, pues tal 
se considera la braquicefalía, circunstancia que ciertamente 
contrasta con la frecuente dolicocefalia, ó sea el predominio del 
diámetro anteroposterior de la cabeza que ostentan los restos 
humanos de las cavernas de Lagoa Santa y de otros yacimien- 
tos en el Brasil, y bastantes de los muchos cráneos descubier- 
tos en los Mound-Builders, monumentos funerarios que, siquiera 
muy antiguos, son sin duda alguna posteriores á los depósitos 
diluviales y á los que fueron resultado de la acción de las nie- 
ves, pues no es de presumir que bajo la influencia de aquellos 
acontecimientos terrestres, pensara el hombre en semejantes 
construcciones. En los Mound, á pesar de todo, parece predo- 
minar la braquicefalía. 



\2 — 



Una particularidad digna de especial mención cita el Sr. de 
Nadaillac á propósito de los cráneos americanos, que confirma, 
con rica copia de datos, y es que sin que pueda decirse que pre- 
dominen los braquicéfalos ó los dolicocéfalos, pues hay verda-^ 
dera mezcla, lo que en todos ellos salta á la vista y acreditan 
las medidas que se han tomado, es lo reducido de la cavidad 
cefálica, teniendo buen cuidado de advertir que semejante- 
carácter más bien es anatómico que fisiológico, con lo cual cla- 
ramente da á entender que esto no significa inferioridad inte- 
lectual en aquellas gentes, pues en su sentir, del que también 
yo participo, la superioridad ó inferioridad de un pueblo no 
depende, ni de la amplitud craniana ni de ciertos caracteres 
de determinados huesos, siendo evidente que á ello contribu- 
yen otros factores que nos son totalmente desconocidos. 

El cráneo encontrado cerca de Merom (Indiana), y otros en 
Chicago, ofrecen los caracteres tan notables de inferioridad del 
famoso de Neander. El procedente del Stimpson's-Mound 
recuerda el de Borreby, también muy inferior, así como los 
que se descubrieron en Kennicott-Mound, ofrecen una tal 
depresión frontal, que los aproxima mucho al del chimpancé- 
También son de escasa capacidad cefálica los cráneos en 
número bastante considerable encontrados en los paraderos- 
del litoral de California y del Oregón, donde con los restos 
humanos aparecieron morteros con sus manos, pequeñas va- 
sijas de esteatita, pipas de la misma piedra, cuchillos, puñales,. 
puntas de flecha de silex, alguna escultura en piedra dura, y 
hasta objetos en hueso y conchas. Lo mismo pudo observarse 
en los cincuenta cráneos de operarios de una cantera de estea- 
tita encontrados en la misma en la isla de Santa Catalina, junto 
con gran número de pucheros, platos, y otros objetos labrados- 
con aquella piedra, llamada precisamente por la facilidad con 
que se labra, jabón de sastre y piedra ollar. 

Completará la nota referente á restos humanos antiguos de 
América, la indicación de la singular forma que ofrece la tibia 
de muchos esqueletos, á la que se aplica el nombre de platigne- 
mia, común en muchos monos, así como el agujero natural qué 
ofrece la cavidad olecraniana del húmero, rasgos que los trans- 
formistas invocan en pro de la descendencia simia del hombre,. 



33 — 



y el relato de los descubrimientos hechos en el légamo ó cieno 
pampero de Buenos Aires por Seguin, Ameghino, Moreno, y 
últimamente por Caries. 

Hace ya bastantes años, el primero de estos naturalistas des- 
cubrió en las riberas del río Carcaraña (Buenos Aires) muchos 
huesos de mamíferos fósiles, y con ellos fragmentos de cráneos 
humanos, mandíbulas y otros restos de cuatro individuos, todos 
cuyos objetos yacían juntos, acreditando, sin duda alguna, su 
contemporaneidad. También aparecieron tres útiles en cuarcita 
y uno en calcedonia neolíticos, pero nada puede asegurarse 
acerca de si eran ó no del mismo período que los huesos, en 
razón á que el yacimiento era distinto. 

Más importantes son los datos que Ameghino expone en una 
obra por muchos conceptos famosa, fruto de sus diligentes pes- 
quisas, muchos de cuyos materiales tuve el gusto de ver en la 
exposición de París en 1878, donde entablé relaciones de amis- 
tad con el celoso é inteligente naturalista buonarense. 

«En la orilla del arroyo de Frías, cerca de Mercedes (dice 
Ameghino), he hallado muchos restos humanos fósiles, junto 
con huesos estriados y quemados, con gran cantidad de carbón, 
puntas de flecha, cuchillos y otros instrumentos de pedernal, y 
muchos huesos de animales extinguidos que llevaban incisiones 
hechas, sin duda alguna, por el hombre, y al propio tiempo otros 
huesos labrados, tales como puntas de lanza, cuchillos y puli- 
mentadores.» 

A más de esto, ya de suyo muy interesante, este celoso 
arqueólogo tuvo la fortuna de encontrar una estación humana, 
extraña y única en su género, pues encontró los objetos debajo 
de un caparazón de Gliptodon, género de desdentado gigantes- 
co, propio de la fauna cuaternaria del Sur América. Alrededor 
de aquella especie de tortuga aparente, parece que había mu- 
cho carbón, huesos de animales quemados y hendidos con ins- 
trumentos de pedernal, y tierra rojiza del suelo primitivo, donde 
la excavación dio por resultado el hallazgo de un útil de silex, 
de huesos largos de Llama y de Ciervo, también partidos, y algu- 
nos con señales de labor humana, que también se veían en dien- 
tes deToxodon y de Mylodon. Pero lo más peregrino del caso 

fué que aquel y otro caparazón del propio animal que encontró 

3 



— 34 — 

más tarde, estaban vueltos del revés y cubriendo una cavidad 
ó recinto, que sin duda alguna había abierto el aborigen para 
cobijarse en aquellas inmensas soledades de las Pampas, donde 
no le ofrecía madre naturaleza, ni árbol, ni risco para resguar- 
darlo de la intemperie. 

El descubrimiento del naturalista americano, confirmado, 
como vamos á ver, por un entusiasta catalán, el joven Caries, 
fué objeto, por lo menos, de dudas y aun de serias controver- 
sias en el seno mismo de la sociedad científica argentina, y 
Burmeister, el decano de aquellos naturalistas, no quería ad- 
mitir en un principio que el hombre fuera allí contemporáneo 
de la fauna cuaternaria; pero Ameghino alega en pro de su te- 
sis, hoy ya por todos aceptada, el yacimiento, que es común 
para los grandes desdentados y para el hombre; la presencia de 
dendritas de hierro y manganeso en los huesos y hasta en las 
estrías que algunos ofrecen, de donde fácil es inferir que aque- 
llas huellas humanas fueron hechas con anterioridad. Por otra 
parte, la sola existencia del carbón y de los utensilios de piedra 
y de hueso acreditan, sin necesidad de mayores pruebas, la 
contemporaneidad del hombre. Falta tan sólo, si se quiere, pre- 
cisar la época del légamo pampero; pero bajo este punto de 
vista, aunque las opiniones fueron en un principio bastante en- 
contradas, hoy la mayor parte de los geólogos lo consideran 
como diluvial, es decir, resultado de grandes inundaciones de 
aquellas inmensas cuencas, á cuya formación contribuyeron, 
sin duda alguna, las nieves de los Andes, exactamente lo mismo 
que sucede en el antiguo continente. 

El Dr. Moreno, de Buenos Aires, también descubrió en 
1874 en las riberas del río Negro, á 4" de profundidad, un crá- 
neo humano en una capa de grava y arena amarillenta que forma 
parte del cieno pampero. En varios antiguos cementerios de Pa- 
tagonia él mismo recogió bastantes restos humanos, los cuales, 
siquiera sean de fecha remota, ésta no puede precisarse. Al dar 
cuenta de este hallazgo en la Sociedad de Antropología, de 
París, manifestó, según lo dice el Boletín de 1880, que la raza 
á que pertenecían los cráneos del río Negro había vivido en 
Patagonia, pero en tiempos más cercanos á nosotros que la pri- 
mera época glacial europea. Con los mencionados restos huma- 



— 35 — 

nos aparecieron diminutos cuchillos de sílex, flechas de diferen- 
tes formas, cerámica con adornos de puntos y rayas formando 
líneas ondulosas, bolas de arenisca, de diorita y pórfido, mor- 
teros de piedra, varios moluscos y huesos de Guanaco y Aves- 
truz partidos á lo largo. Algunos huesos humanos estaban teñi- 
dos de rojo, lo cual hace sospechar si habrían pertenecido á 
guerreros vencidos, pues ciertas tribus tenían la costumbre de 
pintarse la cara antes de emprender una expedición. 

Uno de los cráneos de la Patagonia dolicocéfalo, lo consideró 
el Sr. Topinard, después de examinado en la Sociedad Antro- 
pológica de París, como muy afine al de los esquimales, aña- 
diendo que es el tipo que suele encontrarse especialmente en 
los paraderos y grutas. 

El descubrimiento hecho por el joven Caries en la meseta y 
no lejos del río Samborombon, es interesante por todo extremo, 
pues se trata de un esqueleto humano, en cuyos huesos se ad- 
vierten algunas particularidades muy notables. El depósito de 
tan preciosos objetos es el légamo de las Pampas, en el que, 
y á corta distancia, yacían los restos de un Megatorio, cuyos 
huesos ofrecen el propio color y aspecto de fosilización, acre- 
ditando su identidad. Las particularidades que se advierten en 
dicho esqueleto son: i.% gran desgaste en el centro de la corona 
de las muelas; 2.^, caries en dos de éstas; 3.% la mandíbula muy 
grande y la apófisis articular algo oblicua; 4.*, un agujero na- 
tural en el esternón; 5.=*, 13 vértebras dorsales; 6.% seis dedos 
en las manos, etc. Este esqueleto y otros varios de mamíferos 
de la cuenca del Plata, recogidos por Caries, se encuentran hoy 
en Valencia. 

En el valle de Aragua, cerca del lago Valencia (Venezuela), 
existen lo menos 50 túmulos (cerritos) desde 10 hasta 300° de 
diámetro, en cuyos sarcófagos cónicos, que Mortillet compara 
con las tinajas sepulcros de Almería, aparecen muchos huesos 
humanos, de cuyas carnes los despojaban previamente, y con 
ellos restos de comida é instrumentos del período neolítico de 
fabricación local, supuesto que los había sin terminar, y restos 
como de desecho. Encuéntranse también objetos de adorno y 
figuritas esculpidas en señal de sentimiento artístico. 

De los cráneos unos están sin duda deformados artificial- 



— 36 — 

mente, los otros son braquicéfalos, como indicando razas de 
tiempos no del todo primitivos, á juzgar por la industria que 
alcanzaron. 

Los restos humanos encontrados cerca del lago Monroe (Flo- 
rida) por el Conde de Pourtalís, sobre los cuales tantos cálculos 
llegaron á formarse, resultaron, por declaración del mismo, pro- 
cedentes de una caliza lacustre que lleva moluscos vivos aún, y 
de consiguiente no se les puede atribuirla antigüedad que que- 
rían, entre otros, Agassiz. Otro tanto, aunque por razones 
distintas, puede decirse del hueso de la pelvis humana, encon- 
trado por Dickson en el Loess del Mississipí, en Natchez, junto 
con despojos de Mylodon y Megalonix. 

Un celoso é infatigable explorador, llamado Koch, parece 
encontró á orillas del río Bourbense (Gasconade Country, Mis- 
souri) los restos de un Mastodonte, muerto, en parte, por ha- 
berse metido en una ciénaga de la que no pudo salir, y también 
por las armas y piedras arrojadas por el hombre, de las que mu- 
chas se ven en las cercanías. A este descubrimiento siguió otro 
en la propia cuenca y condado de Benton , consistente en un 
fémur del mismo animal, herido sin duda con la flecha que lle- 
vaba aún clavada, la cual, y otras de las inmediaciones, prueban, 
como en el caso anterior, que ya por entonces vivía el hombre. 

Discurriendo el Sr. Tenkate acerca de los caracteres en con- 
junto de los restos humanos encontrados en América y proce- 
dentes de distintas épocas, así como del hombre hoy vivo, opina 
que, en general, corresponden á las razas mogolas ó amarillas^ 
Sin duda alguna pudiera este dato ilustrar la procedencia de los 
habitantes del nuevo mundo, á lo cual contribuiría también la 
circunstancia de un reciente hallazgo hecho, según Wallace en 
territorio del Oregón, consistente en unas esculturas en piedra 
que representan cabezas de monos antropomorfos, debidas, 
según él, al hombre primitivo, ya que es sabido que dichos 
seres son exclusivos de África y Asia. 

Para poner fin á lo referente al carácter antropológico de la 
protohistoria americana, es digno de llamar la atención el he- 
cho de predominar la braquicefalia en el Norte, y por el con- 
trario, la dolicocefalia en el sur de dicho continente, pues con- 
siderándose en general como inferiores las razas de cráneo 



— 37 — 

largo, si dicho continente se pobló de arriba abajo, debían pre- 
sentarse las cosas al revés, pues por lo menos en Europa los 
hombres más antiguos son los dolicocéfalos. Yo no diré que este 
carácter baste por sí solo á diferenciar las razas, cuyo estudio 
de día en día se dificulta sobremanera por las mezclas que desde 
los tiempos más antiguos se han verificado ; pero por lo menos 
basta, en mi concepto, á mirar con desconfianza la tesis de 
Morton, Agassiz y otros acerca del tipo único americano. 

En algunos cráneos antiguos adviértense señales evidentes 
de trepanación, como la cuadrangular que se ve en el encon- 
trado por Squier en el Perú y valle de Yucay, y se conserva 
hoy en París; esta cruenta operación no debe, empero, confun- 
dirse con la que se practicaba en tiempos posteriores después 
de la muerte, con un fin todavía no bien esclarecido. 

Digamos ahora algo acerca del yacimiento, así de los restos 
humanos que acaban de citarse, como de las manifestaciones 
de la industria que daremos luego á conocer. 

Según queda ya indicado, lo mismo en el norte que en el 
sur de América se encuentran los testimonios auténticos de la 
existencia del hombre en los depósitos diluviales que adquieren 
extraordinario desarrollo, y hasta se llega á sospechar la exis- 
tencia de dichos materiales en las formaciones debidas á la ac- 
ción poderosa délos glaciares. Los instrumentos tallados pare- 
cidos á los de Chelles, que son los más antiguos en Europa, 
descubiertos por el Dr. Abbott en la cuenca del Delaware, 
cerca de Trenton y en otras localidades, yacían en depósitos que 
califica de glaciales, con la particularidad de ofrecer alguno de 
aquellos instrumentos las estrías que caracterizan Ja interven- 
ción de la nieve, iguales á las que ostentan los inmensos cantos 
erráticos, entre los cuales aparecieron los utensilios de piedra. 
Falta, sin embargo, precisar si dicha formación pertenece al 
primero ó al segundo período glacial, ambos existentes allá 
como acá, sin dejar por esto de ser curioso el hecho que tan 
poco común es en el antiguo continente. Tal vez ilustre la 
cuestión el estudio de otro yacimiento igual al europeo, ó sea 
el de la gruta ó caverna, que también en el viejo mundo ha 
suministrado abundantes materiales. El primero que las ex- 
ploró en América fué el Sr. Lund, á quien se deben los ricos 



-38- 

tesoros que encerraban más de i.ooo cavidades terrestres del 
Brasil, que con una perseverancia á toda prueba y arrostrando 
no pocos peligros consiguió examinar. 

En vista de los antecedentes suministrados por el naturalista 
escandinavo, el Sr. Gaudry opina que en la cueva, sobre todo 
de Sumidouro, una de las más famosas estudiadas por Lund, 
hay que distinguir dos grandes niveles, el inferior, caracterizado 
por los restos de grandes mamíferos extinguidos, tales como el 
Platyonyx y el Chlamidotheriiun^ con exclusión del hombre y 
equivalente al horizonte del Mammuth; y el superior donde 
aparecieron huesos humanos y de otras especies más modernas, 
corresponde al período europeo del Reno. No habiéndose se- 
ñalado después descubrimientos que alteraran en lo más mí- 
nimo los resultados de las pesquisas de Lund, resulta que los 
testimonios más remotos de la existencia del hombre en el Bra- 
sil son posteriores á los de las cuevas europeas. 

Mas no es tan sólo en el Brasil donde existen cuevas y abri- 
gos naturales ó labrados por el hombre, pues abundan en todas 
partes, siquiera deba observarse que la ausencia en dichos an- 
tros de animales extinguidos y la calidad de los objetos de in- 
dustrias descubiertos, los hacen bastante modernos. 

Para que en el estudio comparativo de la protohistoria del 
nuevo y del antiguo mundo nada falte, debemos manifestar que 
también tuvo aquel su Bourgeois defensor del hombre terciario, 
en la persona del Sr. Berthoud, quien aseguraba en 1872 (ignoro 
si insiste hoy), haber hallado útiles de piedra en las arenas de 
Cows-Creck, que por las conchas que yacían en el propio si- 
tio las consideraba como pliocénicas inferiores, y casi mejor 
como miocénicas. 

Como yacimientos naturales ó geológicos bien averiguados, 
figuran, pues, en América, lo mismo que entre nosotros, las for- 
maciones erráticas, las diluviales y de acarreo moderno al exte- 
rior y en el seno de las cavidades terrestres, y algo si se quiere la 
turba y el guano, en cuyo seno hanse encontrado metales precio- 
sos, oro y plata, peces, ídolos, etc., y mucha cerámica. Desde 
que las Chinchas fueron por el hombre ocupadas, hundiéronse y 
se levantaron después, como lo acreditan los depósitos marinos 
que cubren el guano en bancos de dos metros de espesor. 



— 39 — 

Los yacimientos artificiales, por ser obra del hombre, los de- 
pósitos de restos humanos y de su industria, son los paraderos 
y los enterramientos representados por los túmulos ó cerritosy 
los famosos Mounds, cuya diferencia con los megalitos ya queda 
indicado. 

Los paraderos, así llamados en la América española, por re- 
ferirse á aquellos sitios donde las tribus errantes hacen sus altos 
ó paradas, permaneciendo más ó menos tiempo, según la canti- 
dad de despojos y restos de cocina que allí existen lo indica, 
pertenecen á dos épocas bien diferentes, pues los hay que aun 
se forman hoy mismo, mientras que otros son de fecha muy 
anterior, á juzgar por la calidad de los objetos que en ellos se 
encuentran, en gran número á veces. Pero aun éstos son poste- 
riores á los escandinavos, por ejemplo, pudiendo señalarles 
como comienzo el período neolítico, según lo justifica el ha- 
llazgo de hachas pulimentadas, de flechas, de útiles en hueso, 
pero de labor tosca, y sobre todo, la cerámica, que por regla ge- 
neral es de hechura y ornamentación más artística que la muy 
poca que se encuentra en dichos criaderos en Europa. 

Llámense Kiokenmodingos, Sambaquisú Ostreiras, los para- 
deros antiguos, en los que tampoco escasean los restos humanos, 
como los que vimos en los de Portugal en 1880, se diferencian 
de los otros por su emplazamiento no lejos del mar ó de algún 
lago, y por su composición, en la que el principal elemento es 
el despojo de moluscos marinos y lacustres. Sólo en muy con- 
tados casos se encuentran dichos depósitos lejos del agua, lo 
cual significa una gran perseverancia de parte del antiguo sal- 
vaje americano en acumular tan extraordinaria cantidad de des- 
pojos, y aun mejor, cambios en la topografía con relación al 
litoral, cosa que en manera alguna debe sorprendernos, pues, 
entre otros casos, puede citarse el del emplazamiento actual de 
Trenton á 120 millas del Atlántico, mientras que en la época á 
que se refiere el hallazgo de los restos humanos citados más 
arriba, el río Delaware desembocaba en el mar cerca de aquella 
ciudad. 

De este modo construidos, y adquiriendo á veces extraordi- 
narias dimensiones, se encuentran en número considerable lo 
mismo en el N. que en el S. y en el Centro América; los hay en 



— 40 — 

el litoral de Terranova, de Norte Escocia, del estado de Massa- 
chussetts, en la Luisiana, en México, en Nicaragua, en la Gu- 
yana, en el Brasil y en Patagonia, donde los mounds de con- 
chas se distinguen de lejos por el matiz intenso de su vegetación, 
y también son diferentes de los paraderos modernos de aquella 
tierra inhospitalaria, donde se encuentran como en toda la 
cuenca del Plata, pues aquéllos existen casi siempre no lejos 
del litoral, al paso que éstos sólo se ven en el interior. No hay 
que señalar los rasgos distintivos referentes al contenido de se- 
mejantes depósitos, pues se comprende que los paraderos mo- 
dernos ni siquiera deben figurar entre los yacimientos protohis- 
tóricos, pues son de hoy, siquiera remonte su origen á tiempos 
bastante lejanos. 

Una circunstancia digna de notarse es la frecuencia y abun- 
dancia en los Kiokenmodingos americanos de útiles en hueso, 
y el hallazgo en algunos de morteros toscos de piedra, cuyo uso 
no es conocido; ambas circunstancias bastarían á distinguirlos 
de los europeos, donde éstos faltan en absoluto, y en cuanto á 
objetos de hueso, son bastante raros, justificando, como ya 
queda dicho , su mayor antigüedad. Muchos antiguos paraderos 
aparecen cubiertos de vigorosa vegetación, representada por 
grandes árboles entrelazados por los bejucos y demás plantas 
trepadoras que hacen impenetrables aquellos bosques, en los 
que se advierten las generaciones que con el tiempo han ido su- 
cediéndose, cuyo cómputo, más ó menos aproximado, han que- 
rido hacer algunos naturalistas y arqueólogos. 

La cerámica de los Kiokenmodingos americanos, aunque su- 
perior á la que pocas veces se encuentra en los europeos, no 
llega ni con mucho á la de los Mound-Builders, de cuyo yaci- 
miento voy á ocuparme. Y para terminar con lo referente á los 
paraderos, debe decirse, siquiera la noticia haga poco honor á 
nuestra especie, que se conservan en ellos testimonios que acre- 
ditan bastante bien la detestable práctica de la antropofagia, que 
por desgracia aun subsiste hoy en algunas regiones del nuevo y 
del antiguo mundo. 

Completan los yacimientos protohistóricos americanos ciertas 
curiosas construcciones de estructura, forma y usos muy varia- 
dos, no siempre fáciles de precisar, á las cuales se aplica el 



— 41 — 

nombre de Mound-Builders, que indistintamente se da también 
á las gentes ó razas que los levantaron, y á los edificios, habita- 
ción humana más reciente, á la que los conquistadores aplicaron 
con mucha exactitud el nombre de pueblos. 

Encuéntranse dichas singulares construcciones en ambas 
Américas, siquiera parezcan más modernas las de la parte S.; 
tal vez fueron rechazados los operarios por alguna raza supe- 
rior procedente del N. Aunque sea bastante difícil clasificarlas, 
el Sr. Nadaillac adopta la propuesta por Squier en los seis gru- 
pos siguientes: i.", obras defensivas; 2.°, recintos sagrados; 3.°, 
templos; 4.°, lugares de sacrificios; 5.**, túmulos para enterra- 
mientos, y 6.°, montículos representando animales. 

Excusado es manifestar que, con arreglo al diferente empleo 
que á los Mounds se daba, su construcción habría de ser distinta. 
En algunos se advierten grandes piedras que, aunque no dis- 
puestas como en los megalitos europeos, ni como en los moder- 
nos edificios, se apartan de la estructura general de los Mounds, 
en los que sólo figura la tierra y algún canto ó morrillo. 

Aunque no con mucha frecuencia, estos monumentos con- 
tienen restos humanos, huesos de animales aún vivos, no pocos 
ya en estado de domesticidad, y utensilios, no tan sólo de pie- 
dra y hueso, con rica 3^ variada cerámica, sino también alguno 
que otro objeto de cobre, con exclusión del bronce y del hie- 
rro, con lo cual no es ciertamente difícil precisar la edad áque 
dichos monumentos corresponden, por más que no todos deban 
considerarse como contemporáneos. Considerados en conjunto 
los Mounds, son posteriores, quizás no mucho, á los Kiokemon- 
dingos, ya que éstos no contienen vestigio alguno de metal, 
pudiendo suponer con fundamento que representan el período 
intermedio entre la fauna cuaternaria, compuesta de animales 
extinguidos, y la actual, siquiera en ésta subsista aún alguna 
especie, siempre en corto número, de las anteriores. 

A juzgar por los restos humanos en estos monumentos encon- 
trados, fueron muy diversos los sistemas de enterramiento que 
en la época á que su construcción se refiere empleaban aquellos 
naturales; practicábanse á la sazón cruentos sacrificios y hasta 
la cremación. También estuvo en Europa por entonces en uso 
dicha práctica, lo cual por cierto dificulta sobre manera la de- 



— 42 — 

terminación de las razas existentes. Otra curiosa coincidencia 
es digna de notarse entre las gentes que representan dicho pe- 
ríodo, en especial las constructoras de los pueblos, y es la 
tendencia á dar rienda suelta al sentimiento artístico que se ini- 
ciaba allá lo propio que acá. El Sr. Nadaillac representa en un 
bonito grabado un canchal glacial del norte de Méjico, en el 
que todos los cantos erráticos que lo forman llevan dibujos de 
varios animales, hechos por el mismo procedimiento que los 
que dejaron en las cuevas los trogloditas europeos, algo ante- 
riores tal vez á aquéllos. 

Por la descripción que dan los autores de los Mounds, forta- 
lezas ó recintos, no dejan de guardar cierta semejanza con las 
Citanias y con los campos atrincherados que señalan también 
en Europa el tránsito de la piedra pulimentada al uso del metal 
puro cobre, y de su aleación con el estaño ó plomo para obtener 
el bronce; y, por cierto, que la semejanza que quiere ver Mor- 
tillet entre los sepulcros cónicos de los túmulos cerritos ameri- 
canos, y las tinajas que emplearon para lo propio, y en aquella 
misma época, los aborígenes de Almería, descubiertos por los 
hermanos belgas Siret, aumenta el interés de este estudio com- 
parativo. 

¿Desaparecieron del país, por la causa que se quiera, los cons- 
tructores de los Mounds como pretenden unos, ó son los indios 
actuales los descendientes de aquella raza vigorosa y superior 
en inteligencia, según quieren otros? Razones poderosas militan 
en pro y en contra de ambos pareceres, pues si los primeros 
conquistadores, y entre ellos Garcilaso de la Vega, refieren 
haber visto construir fortalezas semejantes á las de algunos 
Mounds, por otro lado el hecho supondría que una .nación se- 
dentaria y civilizada había vuelto á caer en el estado salvaje, lo 
cual, como dice Nadaillac, no tiene ejemplo en la Historia, de 
donde no es difícil inferir la ninguna relación que entre ambas 
razas ha podido existir. En lo que no puede caber la menor 
duda es en la respetable fecha de aquellos monumentos, á juz- 
gar por los objetos que contienen y por las generaciones de ár- 
boles seculares que sobre los ya abandonados se desarrollaron, 
y en que fueron erigidos por una sola raza. 

Cosa singular es que, contemporáneamente, ó tal vez con 



— 43 — 

posterioridad á los Mound-Builders ó constructores de dichos 
monumentos, vivieran otras gentes ya más adelantadas, á juzgar 
por los edificios aislados sobre peñascos ó por verdaderas po- 
blaciones superiores á las Citanias que nos ha legado el tiempo, 
y en las cuales hay reminiscencias no poco curiosas con los fa- 
mosos Talayots de las Baleares y con los Nuragas de Cerdeña. 
Dan los ingleses lo mismo á los fabricantes que á tan singula- 
res obras el nombre de Cliff-Dwellers, que significa habitantes 
de los riscos ó peñas, por la extraña é incomprensible posición 
de algunas casas en los enormes escarpes de los famosos caño- 
nes ó desfiladeros de los ríos Arizona, Colorado, Mamos, et- 
cétera. Los españoles llamaron con propiedad pueblos á las 
construcciones situadas en los valles, cuyas ruinas reproducen 
fielmente la disposición de las casas en no pocas poblaciones 
modernas. En el interior de todas ellas se observa una pieza 
medio subterránea, que es la estufa, acerca de cuyo destino se 
ha discutido mucho, creyéndola unos como sistema para con- 
servar el agua allí donde escasean las lluvias, y destinada, se- 
gún otros, á mantener vivo el fuego sagrado, fundándose en el 
relato del español D. Mariano Ruiz, que vivió mucho tiempo 
entre los indios, llamados Pecos, que conservaban aún aquella 
práctica indudablemente religiosa. 

La torre de formas varias, hecha con piedras sillares tosca- 
mente labradas, y que se ve en muchos pueblos, es la que ofrece 
todo el aspecto del Talayot, cuyo destino, como atalaya, quizá 
fuera el mismo. 

Dichas singulares viviendas, de cuyos habitantes las noticias 
que se tienen son tan vagas como las relativas á los Mound- 
Builders, ocupan un espacio de 200.000 millas cuadradas, y se 
extienden por los valles del río San Juan, del río Grande del 
Norte, del Colorado chiquito y sus afluentes; aparte figuran las 
casas aisladas de los riscos y peñascos, á muchas de las cuales 
no se comprende cómo podían llegar, pues aun abriendo esca- 
lones en los abruptos escarpes se corrían gravísimos peligros. 

Cabeza de Vaca dice que algunos pueblos aun estaban habi- 
tados cuando él visitó las venerandas ruinas, y que las había 
mayores que México, encontrándose en el interior de las casas 
muchas flechas de pedernal, de ágata y de obsidiana, en testimo- 



— 44 — 

nio de los frecuentes ataques de que eran objeto. Holmes, refi- 
riéndose á las construcciones de Far West que estudió, las 
divide en verdaderos pueblos situados en los valles, que perte- 
necían á los agricultores, en cavernas ensanchadas por el 
hombre y protegidas por muros y adobes, y en verdaderas 
fortalezas, punto de refugio cuando amenazaba algún peligro. 

Por último, y para poner término á la ya enojosa relación de 
lo que constituye la característica de la protohistoria ameri- 
cana, resta tan sólo decir algo acerca de la fauna cuaternaria y 
moderna, y del arsenal arqueológico hasta el presente en aquel 
continente descubierto. Respecto de la fauna habré de limi- 
tarme á indicar los principales mamíferos, tanto por ser los más 
característicos, cuanto por lo interminable que se haría el relato 
de hacerlo extensivo á los restantes grupos de animales. 

Los mamíferos cuaternarios , en su mayoría extinguidos, ofre- 
cen, especialmente en la América del Sur, un sello tan peculiar, 
como que no se encuentran en los demás continentes, y consis- 
ten en desdentados que alcanzan colosales dimensiones, tales 
como las del Megaterio, del Mylodon, Gliptodon y otros varios; 
en algunos didelfos, pocos carniceros, como Machairodus, gé- 
neros ascendientes de las Llamas y Alpacas actuales, y otros 
que ofrecen rasgos propios de diversos órdenes, como sucede 
con el Tipotherium. El Mastodonte, que terminó en Europa en 
el período miocénico, se halla representado en el Norte por la 
especie llamada ohíoticus, por haberse encontrado en la cuenca 
de este río, al cual se agregan el Mammuth, el Bisonte, el Toro 
almizclado y otros varios. 

En cuanto á la fauna moderna, reviste también un sello pro- 
pio en las dos porciones de dicho continente, predominando en 
la meridional los didelfos, como las Sarigueyas, los desdentados, 
hormigueros, tatuejos, pericos ligeros, las llamas y guacos, bas- 
tante carniceros, como el jaguareté, la onza, leopardo, etc., y 
los monos de cola prensil, pero con exclusión de los antropoi- 
deos; en la septentrional existen algunos primates, ciertos car- 
nívoros; el oso blanco, las focas, los grandes cetáceos, etc. 

Tocante á los objetos de la humana industria, en tesis gene- 
ral, queda ya dicho que son casi los mismos que existen en Eu- 
ropa, habiendo adoptado el artífice indénticos procedimientos 



para procurárselos. Con la particularidad, muy digna de tenerse 
en cuenta, de que lo mismo en América que en el antiguo con- 
tinente, el tránsito de un período á otro fué siempre lento y 
paulatino, reproduciendo el artífice en el metal nativo cobre 
que, según Dana, empleaban los indios del Lago superior como 
piedra durante el período neolítico, las mismas formas de los 
instrumentos neolíticos. 

En el Museo Arqueológico Nacional, donde tantos tesoros 
pueden contemplarse, existen preciosos ejemplares que confir- 
man cuanto acabo de indicar, y de los cuales se me ha facilitado 
por dicho centro los que tengo el gusto de enseñaros. 

He dicho. 



antropología 



PUEBLOS DE AMÉRICA 



ANTERIORES AL DESCUBRIMIENTO 



ATENEO DE MADRID 
ANTROPOLOGÍA 

DE LOS 

PUEBLOS DE AMÉRICA 

ANTERIORES AL DESCUBRIMIENTO 
CONFERENCIA 

OB 

D. MANUEL ANTÓN 

pronunciada el día 19 de Mayo de i8gi 




MADRID 

£STABLECIMIENfTO TIPOGRÁFICO «SUCESORES DE RIVADENEYRA» 

IMPRESORES DE LA REAL CASA 

Paseo de San Vicente, 20 
1892 



Señores 



Declaro, ante todo, que me siento agobiado, no ya sólo por 
la dificultad del asunto que me toca exponer esta noche, sino 
también por la imposibilidad de encerrarle, siendo, como es, 
de tan dilatada extensión y variados materiales, en los reduci- 
dos límites de una sola Conferencia. Empresa más para un 
curso que para una lección, difícil para cualquiera, insuperable 
para mí, la he aceptado, sin embargo, cediendo al empeño del 
Sr. Presidente del Ateneo, D. Antonio Cánovas del Castillo, y 
del Sr. Presidente de la Sección de Ciencias Históricas, don 
Antonio Sánchez Moguel, porque entiendo corresponder así 
de algún modo á las continuadas mercedes que me dispensa 
esta ilustre Sociedad. 

Nunca como en estos tiempos se ha estimado tanto esta 
parte de la Historia Natural conocida con el nombre de Antro- 
pología, siempre más ó menos cultivada por los naturalistas, y 
al presente solicitada por los historiadores y requerida por los 
sociólogos, para recoger de sus abundantes cosechas de inves- 
tigación las primeras materias de sus labores científicas. Bien es 
verdad que hasta Buffón la Antropología no constituyó un or- 
ganismo científico de vida propia, y, por lo tanto, no gozó de 
fecundidad suficiente en las intimidades de su desarrollo para 
ofrecer al apetito de historiadores y estadistas frutos adecuados 
á sus especiales gustos. 



— 6 — 

Nadie puede negar que la Historia Natural moderna, Atlante 
sobre cuyos hombros descansa la ciencia y el progreso de nues- 
tro siglo, fué parto fecundo del genio de Linneo y del ingenio 
de Buffón; pero puede afirmarse, además, que ni estos sabios 
ni sus inmediatos precursores lo fueran jamás sin los grandes 
descubrimientos geográficos de las dos naciones hispánicas, 
que, mostrando la inmensa variedad de las floras y faunas de 
los mundos descubiertos, nuevos también en sus poblaciones 
vegetales y animales, despertaron la curiosidad por la novedad 
de las formas, y forzaron por la inmensidad de su número, la 
clasificación hasta llegar á los sistemas, cuando no al método, de 
Linneo, y á las leyes y principios de Buffón, que son los centros 
de creación de todas y cada una de las ciencias especiales pos- 
teriores. 

Y si esto puede decirse de las plantas y de los animales, con 
motivo no menos fundado ha de entenderse de las gentes en 
cuanto constituyen las razas humanas. Bendishe, Topinard, 
Quatrefages, y cuantos han tratado la historia de la Antropo- 
logía, con una injusticia de la que con razón nos doleríamos si 
no acusase un desconocimiento completo de cuanto á nuestro 
país se refiere, omiten los verdaderos trabajos de este ramo del 
saber hallados por doquier en los historiadores y naturalistas 
españoles que durante los siglos xvi y xvii se ocuparon de las 
cosas de América, y se empeñan en buscar los antecesores de 
Buffón y Blumenbach, fundadores de la Antropología moderna, 
en escritores, teólogos y médicos de sus respectivos países, 
cuyo objeto, al ocuparse del hombre, fué ciertamente muy dis- 
tinto del que persigue el antropólogo, cuando están ahí nues- 
tros historiadores de Indias, especialmente los naturalistas como 
Acosta y Fernández de Oviedo, que nos describen las razas hu- 
manas en sus distintos pueblos, apreciando sus caracteres físi- 
cos, intelectuales y morales con una exactitud y precisión que 
debe tomarse como ejemplo digno de imitación por los natu- 
ralistas modernos, y es. motivo más que suficiente para señalar-- 
los como los primeros científicos del Renacimiento que apor- 
taron caudales valiosísimos para formar con ellos los primeros 
ejemplos de la Historia natural del hombre. 

Si lo que nuestros naturalistas historiadores de Indias escri- 



— 7 — 

bieron del hombre americano lo hubiesen apartado en libro es- 
pecial y concreto á las razas humanas, ¿podrían al presente ufa- 
narse nuestros vecinos los franceses de su gran naturalista Bu- 
ffón como el primero que publicó en tratado especial la His- 
toria Natural del Homhref No, seguramente: ni en el fin 
científico que se propone el autor, ni en el método, ni en la ma- 
nera délas descripciones y caracteres en que se fundan, ni, mu- 
cho menos, en la claridad y precisión del estilo, aventaja, en lo 
tocante á descripciones antropológicas, el renombrado natura- 
lista francés del siglo xviii, al justamente famoso naturalista es- 
pañol del siglo XVI, Gonzalo Fernández de Oviedo, por ejemplo. 
Acuda el curioso á su Historia General y Natural de las In- 
dias^ y cuantas veces, entre la muchedumbre de animales y 
plantas le llega su vez al hombre, se encontrarán claras mues- 
tras de lo que afirmo. En prueba de lo cual, aquí está, tomada 
del lib. III, cap. v, su descripción de los caribes flecheros: «La 
color de esta gente es lora; son de menos estatura que la gente 
de España comunmente; pero son bien hechos é proporciona- 
dos, salvo que tienen las frentes anchas é las ventanas de la 
nariz muy abiertas, é lo blanco de los ojos algo turbios. Esta 

manera de frentes se hace artificiosamente » Ni tampoco se 

le escapó lo recio y grueso de sus cráneos^ ni la descripción de 
sus armas, ni sus costumbres, ni nada de cuanto constituye el 
objeto del naturalista en el estudio de la humana especie. 

Nadie podrá negar, pues, sin atropellar la verdad más cierta, 
que en nuestros historiadores de Indias se contiene la Antro- 
pología de América bajo todos sus aspectos, conforme á los 
métodos y recursos de la ciencia del siglo xvi; porque no sólo 
estudiaron y describieron las razas atendiendo al conjunto de 
sus caracteres físicos, intelectuales y morales, sino que exami- 
naron las formas de su organización social, é intentaron averi- 
guar su origen; bien es verdad que esto último conforme á los 
procedimientos meramente históricos ó teológicos propios de 
la época, como puede verse en Acosta, en Herrera y, aun me- 
jor, en Fr. Bernardo García y en Diego Andrés Rocha, que so- 
bre el origen de los indios escribieron tratados especiales. 

Aun en nuestro siglo, Humboldt, Bancroft, d'Orbigny, y 
cuantos se ocupan de las razas americanas, se surten con lar- 



gueza de los antiguos tesoros de nuestros escritores indianos; 
y con repasar la famosa obra del ilustre naturalista d'Orbigny, 
intitulada El Hombre americano^ puede apreciarse por la 
abundancia y la franqueza, aunque no siempre por la exactitud 
de sus citas, la parte principal, hasta los días de los autores 
citados, única, que pusieron los españoles en la Antropología 
de América, y, por ende, el lugar preeminente que de derecho 
les corresponde en la historia de esta ciencia, con evidente sin- 
razón desconocido por algunos. 

Cuestión es ésta que me limito tan sólo á señalar : para más 
disquisiciones me falta el tiempo; pero sin duda merece un 
libro de crítica histórica donde se otorgue á cada cual lo suyo 
y á los nuestros nada más que su derecho, con su sudor ganado, 
porque les basta y les sobra para la honra y buen nombre de su 
nación. 

No es lícito, sin embargo, desconocer que en los siglos xvi 
y XVII los procedimientos, métodos, nomenclaturas y puntos de 
vista de la Historia Natural carecían de la exactitud, precisión 
y unidad que ganaron con Linneo y se han ido perfeccionando 
después hasta llegar á las maravillas científicas de nuestros días, 
y como nuestros historiadores de Indias se inspiran en los dos 
grandes naturalistas de la antigüedad pagana, Aristóteles y Pli- 
nio, á cuyos modelos se sujetan de continuo. En Antropología, 
singularmente, los procedimientos de investigación exactos, y 
con precisión bastante para determinar las razas según sus ver- 
daderas afinidades y relaciones físicas, son obra de nuestros 
días; por eso no seré yo quien oculte, que si tocante á los ca- 
racteres intelectuales, morales y sociales de los pueblos in- 
dios, nuestros naturalistas historiadores contienen todo cuanto 
la ciencia moderna requiere y exige, en los físicos, con ser muy 
valiosos, no es posible buscar en ellos la exactitud de los ca- 
racteres métricos, invención de estos últimos años que ha sub- 
vertido y revuelto los depósitos de la ciencia, descubriendo 
nuevos órdenes en las relaciones íntimas de los pueblos y más 
lejanos horizontes en sus orígenes geológicos y fisiológicos. 

La moderna Antropología que estudia las razas americanas á 
la luz de la ciencia actual, ha de buscarse en los trabajos de 
Morton, D'Orbigny, Nott y Glydon, Lund, Davis y Squier, 



— 9 — 

Abott, Wilson, Short, Lacerda y Peixoto, Ainegliino, Moreno, 
Hartmann, Helwald, Hamy, Jiménez de la Espada y otros va- 
rios que intentaron ó están empeñados en trabajos parciales de 
investigación, con los cuales se levantará un día, todavía lejano, 
el edificio total y completo de la ciencia. Al presente, los mate- 
riales, con ser algunos, yacen dispersos ó amontonados, pero en 
confusa babel; y á mi modo de ver no son bastante completos 
para proceder á un ordenamiento definitivo, siquier la síntesis 
se limite á las líneas más generales, como pretendió Morton en 
su Crania americana^ y como, según es de presumir, inten- 
tará Virchow en la nueva obra que con el mismo título dará 
muy en breve al conocimiento del mundo científico, si mis no- 
ticias son ciertas. 

En el estado actual de la investigación científica, aun teniendo 
en cuenta los excelentes trabajos de la Sociedad de Etnología 
de New- York, continuados ahora por la de Antropología de 
Washington, poco más sabemos de lo que nos enseñaron los an- 
tiguos sabios españoles; y si es fácil, porque esto lo dejaron he- 
cho, distinguir los pueblos unos de otros, ofrece dificultades, en 
gran parte insuperables todavía, desentrañar en esta muche- 
dumbre de gentes las unidades étnicas que entran en su compo- 
sición. 

No ha faltado quien estime que los americanos indígenas, 
desde el estrecho de Behring al cabo de Hornos, constituyen 
una sola raza con caracteres distintivos propios; y á este pro- 
pósito nuestro Herrera se expresa así: «Es cosa notable que to- 
das las gentes de las Indias, del Norte y del Mediodía, son de una 
misma inclinación y calidad, porque, según la mejor opinión, 
procedieron de una misma parte; y asimismo los de las islas, á 
las cuales pasaron de la tierra firme de Florida»; y el mismo don 
Antonio UUoa escribe: «Visto un indio de cualquier región se 
puede decir que se han visto todos.» Tales afirmaciones no pue- 
den sorprendernos tratándose de un historiador insigne y de un 
matemático ilustre, pero que ni uno ni otro fueron naturalistas, 
cuando el mismo Morton, una de las glorias más preclaras de la 
Antropología, nos dice: «The native americans are possessed 
of certain physical traits that serve to identify them in localities 
the most remote from cach other; ñor to they as á general rule 



— lO — 



assimilate less in their moral character and usages.» Por el con- 
trario, puede leerse en Molina: «Las naciones americanas son 
tan diferentes unas de otras como lo son las diversas naciones 
de Europa: un chileno no se diferencia menos de un araucano, 
que un italiano de un tudesco»; y en D'Orbigny: «Un peruano 
es más diferente de un patagón, y un patagón de un guaraní, 
que un griego de un etiope ó de un mogol.» 

Están en lo cierto los últimos: en latitudes tan amplias, climas 
tan variados, tierras tan distintas por su suelo y por las floras y 
faunas que sustentan, medios todos tan diferentes, no podía 
existir en la especie humana una uniformidad que pugna con 
todas las leyes naturales, y averiguada está hoy con toda certi- 
dumbre, no sólo la variedad de razas, según regiones geográficas 
y pueblos distintos, sino su multiplicidad en las naciones como 
el Perú y Méjico, que gozaban una relativa civilización en el 
seno de una vasta unidad política, y su dualidad, por lo me- 
nos, en otras de constitución social inferior, que, como los 
Pieles-rojas^ cohimbraban los primeros albores de una civili- 
zación incipiente ó se revolvían entre los residuos de otra ya 
extinguida. 

Averiguado está plenamente que los americanos constituyen 
un grupo de razas mixtas, y el problema cuya solución persigue 
actualmente la Antropología, consiste en investigar los elemen- 
tos étnicos fundamentales cruzados y confundidos al formarse 
la trama de los variados colores de las razas americanas. 

Alguna unidad, sin embargo, se descubre en el conjunto de 
esta variedad, cuando consideramos á los americanos como un 
grupo étnico para distinguirle de los blancos, negros ó amarillos 
del antiguo continente, que justifica la institución de la varie- 
dad americana de Linneo, ó la raza cobriza de otros autores. 
Un examen atento que yo mismo he procurado aplicar á las 
descripciones que se leen en los autores, á las colecciones de 
Antropología del Museo de Ciencias naturales de Madrid y del 
de Historia Natural de París, y á cuantas reproducciones grá- 
ficas, fotográficas y aun ejemplares vivientes han podido caer 
bajo mi observación, me ha permitido distinguir, como carac- 
teres comunes á la generaUdad de las razas americanas, una 
frente chica y baja; hundidos, pequeños y obscuros los ojos; 



— II — 



grande la boca; dilatada la nariz por las ventanas y honda en su 
raíz; largo, laso, grueso y negro el cabello, escasa la barba y 
depilada la piel; la color, obscura con variedad de tonos, las más 
veces como la del membrillo cocido ; la contextura física, ro- 
busta y fuerte; el temperamento, bilioso y sobrio; y en la cons- 
titución social, la costumbre es el régimen ordinario; atributos 
éstos insuficientes para construir la unidad del hombre ameri- 
cano, negada, al parecer, por la naturaleza; pero que considera- 
dos en las variadas razas de América, nos permiten imaginar 
un tipo distinto del etíope, ó del caucásico y aun del mogol. 

Pero con ser muy generales estos caracteres, no son siempre 
constantes. Molina asegura que los boroanos, en las provincias 
araucanas de Chile, «son blancos y tan bien formados como los 
europeos del Norte» ; á la raza blanca pertenecen, según Ouatre- 
fages, los koluchos, habitantes en la parte norte de la costa del 
Pacífico ; Bartram describe algunas jóvenes de los cherokises, 
«tan blancas y bellas como las muchachas de Europa»; y Hum- 
boldt atribuye el mismo color blanco á los guanariboes, gua- 
naros, guayacas y maquiritares, que por sí mismo tuvo oca- 
sión de visitar en las orillas del alto Orinoco. Sabido es cuánto 
varía el color en una misma raza, y la dificultad de apreciarle es 
tal, que con haber reunido á todos los americanos en una sola 
llamada cobriza por su color, puede leerse, sin embargo, en 
M. Culloh: «Y can further testify that araong the individuáis 
of many different tribes that are come under my observation, 
Y have never seen á copper colored man.» Para Humboldt los 
americanos son castaños, para otros de color rojo, y no se puede 
negar que son de tinte negro ciertas tribus de California, y de 
un amarillento más ó menos rojizo, como vio D'Orbigny, la ex- 
tensa nación de los guaraníes; pero nadie está más en lo cierto 
que nuestros historiadores cuando toman el color canela y el de 
membrillo cocido por el más general y propio de la raza ame- 
ricana en la mayoría de sus pueblos. 

El carácter más permanente se refiere al cabello, constante- 
mente laso, grueso, fuerte, muy suelto y de color negro ú obs- 
curo, cabello mogol en una palabra, desde el estrecho de Beh- 
ring al cabo de Hornos, siempre persistente y tan abundante 
como es ralo y escaso el pelo del cuerpo y de la barba, apenas 



12 



pujante en la barbilla y en los extremos del bigote. Y esta esca- 
sez es de naturaleza, aunque es verdad que tienen la costumbre 
de depilarse, porque se consideran, hombres y mujeres, más her- 
mosos cuanto más lampiños. Los yuracarés, sin embargo, tribu 
de la pendiente oriental de los Andes de la Bolivia, tienen, según 
D'Orbigny, la barba tan cerrada como los europeos, y en esto 
se funda principalmente Quatrefages para incluirlos en su gran 
tronco de sangre blanca; Laperouse cita ejemplos de su abun- 
dancia, como también Molina, quien supone la de algunos chi- 
lenos tan espesa como la de los españoles, y con esto no queda 
bien parado De Paw cuando afirma que los americanos carecen 
enteramente de barba. 

Varía mucho la nariz, aguileña en los iroqueses: más aguileña 
todavía en las figuras de Palenque, según Humboldt pertene- 
cientes auna raza ya extinguida, porque difieren mucho por lo 
saliente de este órgano, de los indios de ahora, que lo presen- 
tan más pequeño y chato en ocasiones, y aun de los figurados en 
los barros de la pirámide Teotihuacán; pero Morton se inclina á 
creer que la protuberante nariz de los palenquinos es un con- 
vencionalismo del arte. Cuestión esta análoga á la del ángulo 
facial de las estatuas clásicas del arte griego, tan debatida en 
Antropología y aun en el Arte. 

No es menos variable la estatura, porque dejando aparte las 
exageraciones de Pigafeta respecto de los patagones, tan creí- 
das del vulgo, siempre inclinado á lo maravilloso, no hay mo- 
tivo para desechar entre otros los datos del comodoro By- 
ron, según el cual, de quinientos patagones observados en con- 
junto, los más pequeños tenían cuatro pulgadas más que sus ma- 
rineros, y las observaciones, ya científicas, del capitán Wallace, 
que midió muchos, la mayor parte de cinco pies, diez pulgadas 
inglesas, á seis pies; uno de seis pies siete pulgadas, y varios de 
seis y cinco. También alcanzan buena talla muchos pieles-ro- 
jas, y bastará citar los muscogíes, que, según Bartram, todos son 
atléticos, muchos de seis pies; tallas todas las citadas sólo refe- 
ridas de los hombres, porque las mujeres siempre son más ba- 
jas, hasta el punto que las muscogíes observadas por Bartram 
no pasan de los cinco pies. En cambio, los peruanos, aunque 
fornidos, son bajos, un metro quinientos noventa y siete mi- 



— 13 — 

límetros les asigna D'Orbigny como talla media, y los esquima- 
les se cuentan entre los más pequeños de los hombres cono- 
cidos. 

Las proporciones de la cabeza varían de un modo extraordi- 
nario también, aunque en América como en todas partes nos 
ofrecen caracteres muy seguros para distinguir las razas. Por lo 
conocido hasta hoy, si no puede asegurarse, con la escuela ame- 
ricana de Antropología, que los pobladores del nuevo continente 
son braquicéfalos, tampoco puede negarse, por los datos toma- 
dos hasta el presente, que esta forma de cráneo, corto y ancho, 
es la más dominante, no obstante que en calaveras antiguas y 
en pueblos enteros de la época colombina se tropieza con la 
dolicocefalia aislada alguna vez, como en los botocudos, domi- 
nante otra, como en los iroqueses, y más generalmente confun- 
dida con la braquicefalia, como en el Perú y en Méjico. 

La índole de esta exposición no nos permite considerar otros 
caracteres físicos menos importantes que los anteriores, aunque 
no ciertamente despreciables, y nos obliga además á condensar 
los intelectuales, morales y sociales en breves palabras. 

Mucho se ha discutido acerca de las aptitudes para la civili- 
zación atribuidas á las razas americanas. De la frente baja y 
aplastada que, según Humboldt, es carácter constante, y de la 
poca capacidad cerebral señalada por otros no falta quien de- 
duce las más desfavorables consideraciones. En cambio, el 
docto historiador de Méjico y distinguido representante actual 
de aquella república española en Madrid, Sr. Riva Palacio, en 
su magna obra, suponiendo en los antiguos cráneos indios me- 
jicanos un molar menos que en las demás razas del mundo, de- 
duce, por la relación inversa del desarrollo existente entre el 
aparato cerebral y el mandibular, que es la raza indígena meji- 
cana la primera del mundo por su capacidad intelectual. Al pre- 
sente está sólo bien observado un retraso en la aparición del 
último molar de las razas civilizadas respecto de las salvajes, y 
porque sale ya en buena edad, se suele WsLinzT de¿ jutcw esta 
muela entre los españoles; mas no se puede afirmar si este re- 
traso se debe al mayor desarrollo cerebral ó al menor incre- 
mento del aparato mandibular, por razones fisiológicas acentua- 
das cada vez más por la herencia, notado casi siempre en los 



— 14 — 

pueblos donde son frecuentes los alimentos condimentados y 
cocidos, que necesitan menos esfuerzos de masticación para ser 
deglutidos. 

No es, pues, el número de los molares seguro indicio de la 
capacidad intelectual de un pueblo; y que los indios mejicanos 
tuvieren sólo cuatro á cada lado y en cada mandíbula, es fenó- 
meno bastante importante para esperar su confirmación. 

Pero si este dignísimo representante de Méjico, movido por 
sentimientos tan dignos de alabanza, recaba para la gran raza 
indígena de su país puesto intelectual tan preeminente entre 
todas las del mundo, otro americano de este siglo, el gran an- 
tropólogo Morton, no se muerde la lengua para decir: que 
«The intelectual faculties of this great family (americana) 
appear to be of á decidedly inferior cast whend compared 
with those of the Caucasien or Mongolian race», y añadir des- 
pués en defensa del autoctonismo americano, cuya científica 
paternidad le corresponde: «The structure of his mind appears 
to be differend from that of the white man, ñor can the two 
harmonise in their social relations except on the most limited 
scale» ; opinión en que le precedió nuestro eximio UUoa, 
cuando no sólo cree á los indios americanos menos inteligentes, 
sino menos sensibles que otras razas; aunque esto de la escasa 
sensibilidad lo convierte Morton en un timbre de honor, asegu- 
rando que la mayor gloria de estos indios es saber soportar las 
privaciones con indiferencia. 

Por nuestra parte, ateniéndonos á los hechos, suprema ratio 
en cuestiones de Historia Natural, encontramos en la época 
del descubrimiento de los pueblos americanos todas las formas 
sociales conocidas en los del antiguo continente: el estado fran- 
camente salvaje en los botocudos y fueguenses, en plena edad 
de piedra tallada; el bárbaro, nómada ó sedentario, con armas 
de piedra ya pulimentada, en los pieles-rojas del Norte y en los 
pampas y guaraníes de la del Sur, y, finalmente, el civilizado, con 
agricultura, industria, artes y gobiernos regulares, en Méjico y 
el Perú, cuyo progreso, á la llegada de Cortés y Pizarro, pre- 
sentaba los caracteres correspondientes en la Antropología pre- 
histórica del antiguo mundo á la fase conocida con el nombre 
de época del cobre y del bronce, que en Grecia y /.sia Menor 



fué anterior y contemporánea de la destrucción de Troya, y 
en Egipto, donde los maravillosos descubrimientos modernos 
nos permiten seguir gradualmente las sucesivas fases de la evo- 
lución social, nos remontan por lo menos á tiempos anteriores 
á Menephtha, en 1450 antes de nuestra era. Tan cierto es que 
en todas partes la humanidad ha seguido la misma carrera, 
aunque ajustándose á las condiciones especiales del medio 
donde se desenvuelven las condiciones de su propia vida; y á 
nadie podrá sorprender que la civilización americana no lle- 
gue más allá del período del bronce, al terminar el siglo xv, si 
se detiene á pensar como aquellos pueblos no pudieron utilizar, 
porque no vivían en aquel continente, las palancas más pode- 
rosas de la evolución progresiva de la civilización europea y 
asiática, la domesticación de los grandes rumiantes y paqui- 
dermos, que vigorizaron la naturaleza humana, cambiando las 
condiciones de su alimentación, y prestaron á la agricultura, á 
las artes y á la totalidad de la vida social, cantidades de fuerza 
útil y elementos de comunicación desconocidos en absoluto de 
los americanos, si se exceptúan los peruanos, que domesticaron 
la llama y la vicuña, primeros motores de su superior civiliza- 
ción, y de algún modo pudieron suplir los más poderosos auxi- 
lios que en el antiguo continente prestaron al hombre el toro, 
la oveja, la cabra, el caballo y el asno con sus híbridos. 



En los momentos actuales de la ciencia no creemos posible 
presentar un cuadro de clasificación de las razas americanas 
ajustado á los principios del método natural, y en los reducidos 
límites de una conferencia tampoco cabe la historia natural de 
cada una de ellas, como pide la índole de este trabajo, el título 
de esta conferencia y el tema á que venimos forzados. Pudiera 
bastar con las generalidades ya expuestas; pero acaso con po- 
ner aquí punto final defraudaría las legítimas esperanzas del 
Ateneo, y aun á trueque de abusar de vuestra benévola pacien- 
cia, algo he de contar, con brevedad y concisión, de la historia 
natural particular de cada una de las razas más importantes. 



— i6 — 

Entre todas las de América se distinguen las de los botocu- 
dos, fueguenses y esquimales, por su salvajismo análogo al de 
los austriales ó al de los hotentotes, y también por la forma de 
su cabeza, semejante en buena parte de sus facciones. Los tres 
pueblos son dolicocéfalos ó de cabeza larga, y á la vez hipsiste- 
nocéfalos, es decir, elevada en su diámetro vertical, y los tres, 
aunque en grado distinto, son de rostro ancho, ojos un tanto 
oblicuos, boca grande y pelo grueso y liso como los mogoles. No 
hay, pues, armonía entre la cabeza y la cara; señal esta por 
donde se adivinan las razas cruzadas, y como existen motivos 
muy fundados para asegurar la mayor antigüedad de estas tres 
razas americanas sobre todas las vivientes en aquel continente, 
sigúese de aquí que la superposición y cruzamiento de las razas 
en América se remonta á tiempos antiquísimos, imposibles de 
apreciar en el estado presente de la ciencia, pero de algún modo 
determinados recordando la semejanza de los cráneos fósiles de 
Lagoa Santa, descubiertos por Lund, con los de los actuales 
botocudos, y la positiva analogía de las calvadas fueguenses con 
las descubiertas por el Sr. Moreno en los antiguos paraderos de 
la Patagonia, que Topinard refiere también á los esquimales, 

Y no hay en esto maravilla alguna, si es cierto, como este úl- 
timo antropólogo afirma, que en las cavernas antiguas del Perú 
se encuentran dolicocéfalos de un tipo diferente al de la época 
colombina; y aun cuando esto no fuera, se guarda en la Socie- 
dad de Antropología de París el álbum de fotografías de la 
América Sud-Austral, presentado por el Sr. Moreno en la ex- 
posición de 1878, en donde se ven varios dolicocéfalos, algunos 
de tipo neandertaloide, y esta es la forma de cráneo reconocida 
también entre los más antiguos, descubiertos en el Misuri, por 
Mr. Conant. Colígese de aquí la remota antigüedad de la pobla- 
ción americana y la fuerza de expansión de la raza de Nean- 
derthal, la más vieja entre todas las europeas hasta el presente 
descubiertas, cuyas formas encontramos en Europa contempo- 
ráneas del mamut y del oso de las cavernas; antiquísimas en los 
paraderos de la Patagonia y en los aluviones del JNIisuri, y ac- 
tuales en Australia en la tribu de Adelaida. 

Han estudiado los botocudos en la sierra de Aymorés, donde 
en la actualidad están confinados, los Sres. Lacerda, Peixoto y 



— 17 — 

Rey, y á los caracteres expuestos puede añadirse que tienen el 
color obscuro, ferruginoso, las espaldas fornidas, el vientre 
abultado, pero los miembros flacos y débiles. Marchan incli- 
nando adentro las puntas de los pies, no usan vestido ni cu- 
bierta alguna, se pintan y taracean el cuerpo, especialmente 
la frente, y los portugueses los llamaron así porque se aguje- 
rean las orejas y el labio inferior, dilatando estos agujeros con 
rodajas de madera ligera que alcanzan hasta seis centímetros de 
diámetro, denominadas botoqiies en el idioma de nuestros her- 
manos. 

Viven reunidos por familias en chozas de ramaje, ordenadas 
en semicírculo en la cercanía de algún bosque, y se alimentan 
de los frutos y raíces de los árboles, y aun más de la caza, perse- 
guida á flechazos con saetas de madera simplemente aguzadas. 
Son polígamos; tienen por cierto que sus guerreros ancianos 
se convierten á su muerte en yaguaratés; creen en un gran es- 
píritu bienhechor y en otro genio del mal, y caminan rápida- 
mente á su extinción, refractarios como parecen á las artes más 
rudimentarias industriales ó agrícolas. 

No es más envidiable la suerte de los fueguenses, habitan- 
tes en una y otra de las inhospitalarias orillas del estrecho de 
Magallanes. Moran también en chozas situadas en las orillas 
del mar, y en cuyo interior mantienen, como en sus canoas, 
toscamente construidas, constante fuego reparador de los fríos 
rigores del clima. Se abrigan con pieles de foca ó de nutria, col- 
gadas á la espalda, y llevan desnudo el resto del cuerpo, cuyo 
color es cobrizo: sólo las mujeres guardan oculto por un jirón 
triangular de piel de nutria aquello que la honestidad ha que- 
rido, aunque no siempre, que se cubra. Se adornan con collares 
y brazaletes de conchas, y de los moluscos de éstas y de peces, 
que persiguen con arpones de hueso y con redes, se alimentan 
principalmente, aunque los varones se entretienen de conti- 
nuo ayudados de sus perros, en cazar la nutria, animal abun- 
dante en aquellas costas, y también los patos, valiéndose de 
hondas y flechas armadas de puntas de piedra, como fué uso 
de los más primitivos habitantes de Europa. 

Está probado hoy, que los esquimales no sólo pueblan la 
Groenlandia, las orillas del Labrador y una estrecha faja además 



— I8 — 



en la costa Norte, prolongada del uno al otro Océano, sino 
también, del otro lado del estrecho de Bering, la extremidad 
oriental del Asia, desde la bahía Koliutchin hasta el golfo de 
Anadyr, y como esto lo confirma también la lingüística, diciendo 
con Maury que los dialectos esquimales «peuvent etre consi- 
deres comme opérant la soudure entre les idiomes de l'extremité 
oriéntale de la Siberie et ceux de la partie boreale du Nouveau 
Monde», toda discusión acerca de la posibilidad de comunica- 
ciones entre Asia y América puede considerarse terminada; 
bien que, además, los kamstchadales se ven hoy en las islas 
Aleutinas, y hasta en la misma punta de Alaska, donde se con- 
funden con los esquimales, alterando sus caracteres físicos. 

Por esta habitación asiática, y más que nada por su cara re- 
donda y ancha, y sus ojos medio cerrados, se incluye la de los 
esquimales entre las razas mogólicas generalmente; mas aparte 
de encontrarse sus vestigios en la meridional América, como 
antes hemos indicado, á nosotros nos toca por lo menos men- 
cionarlos, desde el momento en que se trata de un pueblo indí- 
gena de la América precolombina. 

Por debajo de los esquimales, en el dilatado territorio que 
desde el Yukon y la bahía de Hudson se alarga hasta la punta 
de la Florida y el río Grande de Méjico, y desde el Atlántico se 
ensancha hasta el Pacífico, ó, por lo menos, hasta la cordillera 
Roqueña, discurrían, nómadas las más, sedentarias algunas, 
aunque sin límites fijos, pero guardando todas ciertas posicio- 
nes regionales, las numerosas tribus que se designaron con el 
nombre át pieles-rojas^ aceptado por la ciencia antropológica. 

Tal conjunto de pueblos diferentes no puede ser, sin recelo 
al menos, aceptado como una sola y misma raza. El mismo 
Morton, tan partidario de la unidad en la raza americana, que 
determina por el cráneo redondo, alto, corto, aplastado en el 
occipucio, tantas veces repetido por sus líneas fundamentales en 
los excelentes grabados de su Crania americana^ nos enseña 
en este monumento de la Antropología que «The native cast 
of the AUegany mountains (the great Lenape stock, the Iro- 
quois, and the Cherokees) have the head more elongated than 
any other americans. To the west of Miss^ssipi we again meet 
with the elongated head ni the Mandans, Picaras, Assiniboins 



~ 19 — 

andsome othertnbes»;y en efecto, en las tribus llamadas /zV/^í» 
rojas hay dos tipos bien distintos, uno dolicocéfalo y otro bra- 
quicéfalo. Si se comparan los pueblos desde la costa del Pacífico 
hasta el Atlántico en esta región, se observa un hecho de mu- 
cha importancia para averiguar los orígenes geográficos: la ca- 
beza corta se encuentra constantemente en la costa del Pací- 
fico sin mezcla alguna hasta la California, y la larga predomina 
de tal modo en el Oriente á uno y otro lado del San Lorenzo 
bástalos Alleghany, que puede considerarse como el tipo de 
esta comarca. Uno y otro tipo cefálico se encuentra en las 
mismas tribus de las orillas del Mississipí, del Misuriy del Ohío, 
predominando casi siempre el primero, tanto más general en el 
Canadá y en el río Colorado, cuanto más al Occidente. Son los 
braquicéfalos los más, y como esta es la forma más ordinaria en 
los pueblos del Asia Oriental, podría deducirse que de ésta pro- 
ceden, mientras que los dolicocéfalos, menos extendidos y más 
confinados al Oriente, pudieran considerarse originarios de la 
Europa Occidental, donde este tipo es predominante, cuando 
no único. Tiene esto analogía con la dispersión de la flora, y 
aun de la fauna, si bien se considera, y siento que me falte es- 
pacio para ensayar la demostración. 

El nombre á^ pieles-rojas se aplicó primeramente alas tribus 
de Levante, y, naturalmente, se extendió á cuantas discurren 
hasta los montañas roqueñas. Más allá, entre la costa del Pací- 
fico y esta cordillera, á partir de la península Alaska, poblando 
los archipiélagos de la costa, viven los koluchos, pueblos de raza 
blanca, según Quatrefages, aunque salvajes y del grupo de los 
alófilos como los indonesios. 

De la familia de los oregoiies, que desde Colombia baja hasta 
California, entre sus muchas tribus puede citarse la de los nayas 
y la de los chinukos: los indios de la primera, frente á la isla de 
Vancuver, llevan como los botocudos rodajas de madera en los 
labios y en las orejas; pero son hospitalarios, conocen el arte 
del tejido y adornan sus pipas con barros toscamente escultu- 
rados en forma de hombres y animales. Los chinukos, tribu la 
mejor estudiada del Oregón, se reconocen por su talla mediana, 
color pardusco, y sobre todo por la deformación artificial ante- 
ro-posterior de su cráneo, que con ser más pronunciada acaso 



20 — 



que en ningún otro pueblo donde se practique tan extravagante 
costumbre, no altera sus facultades intelectuales, como lo de 
muestran algunos de sus individuos, ya dentro de la civilización 
cristiana, ejerciendo con reconocido mérito su profesión de 
abogado en las populosas ciudades angloamericanas. 

La California estaba en la época precolombina habitada por 
un conjunto de pueblos muy distintos por su raza y por sus cos- 
tumbres bárbaras. Ya Laperouse observó el color negruzco de 
algunos costeños, que Stephen Powers, en las Contrib. to 
North. Amer. Ethnol. editadas por el Gobierno norteameri- 
cano, confirma diciendo: «The faces are-broad and black 

and shinnig with an ethiopian unctuousnes.» Mas estos negros 
tienen los ojos oblicuos y el pelo largo y rollizo de los mogó- 
licos, de donde se colige su mesticidad de una raza de este 
tronco y otra negra que pudiera ser primitiva, ó derribada en 
aquellas costas por las corrientes del Pacífico desde la Micro- 
nesia, adonde, como parece fuera de duda, llegaron los papuas. 
Esto quiere Quatrefages, y puede admitirse sin dificultad. La 
tengo yo en cambio para convenir con él en el tipo blanco de 
los makelchelos; más probables son los rastros de sangre poli- 
nesia en California reconocida por M. Cessac, porque si llega- 
ron los papuas, mejor pudieron ser arrastrados los polinesios, 
por más navegantes. Todo bien pesado, no es posible encon- 
trar hoy todavía el hilo de Ariadna que nos guíe en el dédalo 
y confusión étnica de esta comarca. Bancroft, en su obra colo- 
sal de Etnografía, divide los californios en cuatro grupos: los 
del Norte, del Centro, del Sur y los shoshones^ habitantes, estos 
últimos, entre la Sierra Nevada y la cordillera Roqueña, y son 
los mismos que Buschmann, fundándose en analogías lingüís- 
ticas, refiere á los nahuas de Méjico. 

Los californios del Norte son de color canela, altos, muscu- 
losos y bien formados, el rostro es oval y la nariz recta; los del 
Centro, pequeños, negros, chatos y de labios gruesos; y los del 
Sur, más parecidos á sus vecinos del Colorado, cuentan tribus 
de cráneo corto y talla elevada como la de los yumas, que me- 
rece al menos citarse, por sus formas atléticas y el vigor salvaje 
de su robusta constitución, no menos que por sus extrañas cos- 
tumbres, tan bien descritas por Ten Kate. 



21 — 



Ningún otro pueblo entre los americanos del Norte ocupa un 
territorio tan extenso como el atabaska. Desde las montañas 
Roqueñas á la bahía de Hudson, y desde el lago de los Escla- 
vos al Superior, discurrían sus guerreras tribus, los castores, las 
liebres, los osos, que estos ú otros nombres de animales adop- 
tan para distinguirse; y aun se ha visto que más al Sur, entre el 
río Colorado y el Grande del Norte, los famosos apaches, cuya 
tribu nómada de los navajos comprendía, hasta hace poco, 
no menos de 16.000 individuos, pertenecen al mismo pueblo 
atabaska. Son estos indios de un color café un tanto amari- 
llo, café con leche, más bien altos, enjutos y de extremidades 
inferiores muy robustas, y tienen el cráneo muy corto y aplas- 
tado en el occipucio. En el Canadá su nación más importante 
es la de los chipiwayos, que defendió con no menos bravura 
que astucia su territorio, así de los franceses como de los in- 
gleses. 

Entre estas dos grandes ramas de los atabaskas, desde el Mis- 
sissipí á las montañas roqueñas, siguiendo la cuenca del Misurí 
habitaron un gran número de tribus como la de los dakotas 
yowayos, osages, omahas, konzas, mándanos, ponkas, etc., co- 
nocidas con el nombre colectivo de suis, de alguna de las cua- 
les existen todavía restos de donde se sacan ejemplares exibi- 
dos después en los jardines zoológicos de Europa. 

Sin negar la evidente semejanza de sus costumbres, se puede 
advertir alguna variedad en sus caracteres físicos. Así los siús, 
propiamente dichos, son pequeños y feos, mientras los omahas 
son altos y de buen aspecto; el cráneo también ofrece divc" 
sidad de formas aun en una misma tribu, donde la braquicefa- 
lia y la dolicocefalia se observan indistintamente, y por ende, 
aparece la mesaticefalia, aunque la primera puede en la mayor 
parte de las tribus considerarse predominante. Generalmente 
sucede lo mismo con el color, pardo, pero con un matiz, ahora 
rojo más ó menos pronunciado, ahora blanco más ó menos tos- 
tado, y con la nariz, recta en unos individuos, aguileña en otros; 
pero todos convienen en los pómulos salientes, la boca grande, 
la frente baja, las mandíbulas desarrolladas, y en otros caracte- 
res generales á los pieles-rojas. Parece como si en esta vasta 
comarca del Misuri se hubiesen encontrado y confundido las 



— 22 



razas braquicéfalas del Norte y del Occidente con las dolico- 
céfalas del Oriente antes mencionadas. 

Otro tanto acontece con las tribus que se han llamado del 
Mississipí y ocupan la ribera izquierda de este caudaloso río, 
corriéndose hacia el Oriente hasta alcanzar la Florida y la costa 
del Atlántico: la confederación de los crikos^ cuyo pueblo pri- 
mitivo era el Muscogí, los seminólas, los natchez, chactas, ya- 
masis, etc., aun cuando la mayor parte tienen la cabeza pequeña 
y braquicéfala, otros la presentan alargada, y en general ofrecen 
la variedad de caracteres que hemos apuntado en el grupo an- 
terior. 

Entre las Carolinas y el Labrador, el Atlántico y los grandes 
lagos, siguiendo las riberas del Ohío y las faldas de los AUegha- 
nys, habitó un grupo de pueblos generalmente dividido en dos 
familias por los etnólogos; los iroqueses y los algonquinos ó le- 
napes. Los primeros son los dolicocéfalos mencionados, supe- 
riores por su constitución, así física como moral y social, á 
todos los americanos del Norte, formaron la Confederación de 
las Cinco naciones^ cuyo dominio se extendió desde el Canadá 
al Alabama, sometiendo á los algonguino-lenapes, proceden- 
tes del Norte, según Mr. Hale, el famoso lingüista norteameri- 
cano, y en los que el cráneo largo se encuentra confundido con 
el corto, aunque aparece las más veces piramidal por las defor- 
maciones artificiales, tan generales en los pueblos bárbaros. 

Los iroqueses propiamente dichos, mohawos, sénecas, huro- 
nes, cherokises, tuscaroras, onondagas , etc., y probablemente 
también los delevares, á quienes Morton asigna un cráneo alar- 
gado, son tribus pertenecientes al primer grupo; y se cuentan en 
el segundo los algonquinos, lenapes, abenaquis, etc., populari- 
zados por las conocidas novelas de Cooper. 

Todavía se suele incluir entre los pieles-rojas á los llamados 
indios pueblos^ descendientes, según parece (aunque los actua- 
les suelen refugiarse bajo tiendas de campo), de los ingeniosos 
inventores de aquellas extrañas y regulares construcciones 
agrupadas á la manera de las celdas de una colmena, que los 
españoles designaron naturalmente, porque lo eran, con el nom- 
bre de pueblos^ después aplicado á sus habitantes, y descen- 
dientes también, según se cree, de los cliff-dwellers ó habitan- 



— 22> — 

tes de las rocas, cuyas moradas, elevadas en las alturas de los 
escarpes, estudian hoy con tanto interés los prehistoriadores 
en los cañones del Colorado y Arizona. 

Son estos indios de color pardo-amarillento, de buena esta- 
tura, cara regular, nariz prominente, recta ó aguileña, y cráneo 
corto y ancho, casi cúbico, Quatrefages asegura que estos crá- 
neos, de forma bien característica por cierto, son numerosos en 
las antiguas tumbas de olmecas, mistecas, zapotecas y yucate- 
cas; parecidos, aunque en más corto número, se han visto entre 
los muizcas y peruanos, y más al Sur, en los aucas, puelches y 
charrúas. La tribu más importante de estos ptied/os, ó mejor, 
pued/enses, es la de los comanches, nómadas por Nuevo Mé- 
jico y por Tejas, empujados desde el Norte por los apaches. 

Si se distinguen de algún modo por sus caracteres físicos, los 
distintos pueblos enumerados entre los pieles-rojas se parecen 
en cambio bastante por los intelectuales y sociales, tan perfec- 
tamente estudiados por Schoolkraft, Catlin, Ten Kate, Drake's 
y Hale. 

Reducidos á la caza por todo sustento, en persecución del 
ciervo y del bisonte, corrían nómadas por las inmensas praderas, 
refugiándose en grandes tiendas de pieles {wigwams)^ distribui- 
das en compartimientos, donde se alojan las distintas mujeres 
de estos indios, por lo general, aunque no siempre, polígamos. 

Las mujeres recogen y cargan con las tiendas y utensilios de 
todo género en las largas marchas á que les forzaban los apre- 
mios de la guerra ó del hambre, y es para ellas todo el trabajo, así 
público como doméstico, de la tribu. El hombre se cuida sólo 
de sus armas, de la caza y de la guerra. El arco con flecha ar- 
mada de punta de piedra, la maza de madera, el hacha de pie- 
dra ó de cobre y la lanza fueron sus armas, que las pocas tribus 
todavía restantes han trocado por los fusiles llevados por el co- 
mercio de los angloamericanos á sus apartadas mansiones. Ata- 
can al enemigo insidiosamente: la sorpresa y la traición son un 
honor y un timbre de gloria, sin que esto estorbe, cuando llega 
el caso, un valor llevado hasta la ferocidad, y una cierta gene- 
rosidad con sus huéspedes en tiempo de paz. El escalpe es la 
costumbre más singular del guerrero piel-roja^ que apenas 
mata y derriba á su enemigo le arranca diestramente, la cabe- 



— 24 — 

llera con el casquete de piel donde brota; y esta larga melena 
de su enemigo, colgada á la puerta de su tienda, constituye el 
trofeo más estimado y más glorioso, suspendido también de su 
cintura en las grandes solemnidades de su borrascosa existencia. 

Se tatúan ó taracean la piel en muy distintos sitios, según las 
tribus, y casi todas los varones ostentan, fieros y orgullosos, una 
marca, ya en la cara, ya en el pecho {toteni)^ como el signo dis- 
tintivo de su nacionalidad. De sus animales de caza, vestían los 
cueros y las pieles, que pintaban con colores vivos, así como el 
propio rostro y los brazos y el busto, cuando le ostentaban des- 
nudo alrededor de las grandes hogueras en sus danzas al sol y á 
la luna, plácidas éstas, terribles y sangrientas aquéllas. Sus ador- 
nos más preciados consistían en collares y brazaletes de con- 
chas ensartadas, ó simientes rojas, ó huesos y dientes de anima- 
les, y en el bonete de guerra, empenachado de plumas, gene- 
ralmente de águila, cuyo número y disposición graduaba la ca- 
tegoría y dignidad del jefe que las ostentó. 

Creían en un gran espíritu creador y en genios á manera de 
las divinidades de nuestras mitologías europeas, y era entre 
ellos frecuente también el culto al sol y á la luna. Los jóvenes 
de ambos sexos, al llegar á la edad de la pubertad, retirados al 
fondo de la selva, se preparaban con prolongados ayunos á las 
iniciaciones misteriosas de la guerra ó del amor. Su nación era 
la tribu; el jefe, elegido democráticamente, el más valiente, 
ó aquel que con más astucia llevó á sus compañeros á la victo- 
ria. Gozaba de poca autoridad durante la paz; se escuchaba el 
consejo de los ancianos, y en ocasiones, cuando las cualidades 
personales de aquél fueron muy relevantes y no menores sus 
servicios á la tribu, lograba transmitir su autoridad al mayor de 
sus descendientes. Entre los iroqueses se formó una verdadera 
confederación; bien que algunas de sus tribus cultivaron el 
maíz, y logrando así fijar su residencia, adquirieron una consti- 
tución social más robusta, que les permitió dominar á sus veci- 
nos y gobernarse mediante asambleas que intervenían en el 
poder público. 

Los cherokises, pueblo de cráneo dolicocéfalo, fué realmente 
agrícola y aun civilizado, si ciertamente conoció un alfabeto si- 
lábico. 



— 25 — 

Schoolcraft, en su extensa obra, publicada por acuerdo del 
Congreso de Washington, ha recogido de estos pueblos tradi- 
ciones referentes á su origen ó á sus hazañas, y merecen citarse, 
por su brillante poesía mitológica, la del mancebo de color 
verde y de verde vestido que les enseñó el cultivo del maiz, y la 
del dios ó genio protector por cuya intervención llegaron los 
iroqueses á constituir su federación política. 

Al atravesar el Río Grande de Méjico para subir á las mesetas 
del Anahuac, pasamos del período de la piedra al de los meta- 
les. Una civilización análoga á la representada por las armas de 
cobre y de bronce en la Europa antigua, aunque ajustada á las 
condiciones de un medio distinto, aparece en la Sierra Madre 
de Nueva España y se continúa hasta el desierto de Atacama, 
más allá de Bolivia, bajo dos fases diferentes, representadas por 
dos pueblos distintos, los mejicanos y los peruanos, ni el uno ni 
el otro formados por una raza uniforme, sino por un conjunto 
de elementos étnicos todavía no bien definidos. 

Ya los historiadores, fundándose en tradiciones ó en monu- 
mentos susceptibles de interpretación, nos cuentan las inmi- 
graciones en Méjico y América Central de los mayas, quichés, 
olmecas, mistecas, zapotecas, toltecas y aztecas ó nahuatlacas, 
que debieron encontrar allí á los tarascas y otomíes, según las 
opiniones de todos, procedentes del Norte, á excepción de 
nuestro erudito Cabrera, quien coloca al Sur y no al Norte las 
comarcas originarias de los pueblos invasores de Méjico. Pro- 
blema es éste todavía no resuelto por la Historia, pero que 
resolverá la Antropología cuando logre reunir los datos sufi- 
cientes. 

Por de pronto, afirma Short que los mounds del Mississipí 
fueron construidos por los nahuas, fundándose, no sólo en la 
semejanza de estos terreros y de los teocalis^ sino también en la 
de los cráneos encontrados en los mounds y los de los antiguos 
mejicanos, y en el parecido del tipo facial de las esculturas de 
unos y otros; y aun cuando de esto puede deducirse una co- 
rriente de emigración de Norte á Sur, el hallazgo en los mounds 
de armas de obsidiana, piedra de origen y yacimiento mejicano, 
viene á demostrar el excelente sentido de esta opinión. Nues- 
tro sabio historiador Sahagún, á unos y á otros los cree pro- 



— 26 — 

cedentes de la Florida, -y presiente ya la afirmación de Short. 

Muchas opiniones andan escritas sobre la dirección de estas 
emigraciones y otras americanas, y Hellwald, el famoso antro- 
pólogo alemán, ha tratado el asunto, esclareciéndole con todas 
las luces de nuestra moderna ciencia; mas por lo concerniente 
á Méjico, merece consignarse la de los señores Orozco y Berra, 
según los cuales, los nahuas entraron por el 19 y 21° de latitud 
Norte en la costa del Golfo, emigraron hacia el Sur hasta los 17° 
y medio, casi en la región de Chiapa, y después, volviendo ha- 
cia el Norte, alcanzaron también la costa del Pacífico, á lo largo 
de la cual extendieron su lengua hasta el 27° de latitud. 

Muy loable es que estos modernos sabios mejicanos, y algu- 
nos otros, como el Sr. Larrainzar, se ocupen de estos problemas, 
que á ellos principalmente toca resolver, siguiendo las tradicio- 
nes de los antiguos historiadores españoles, y aun de los primi- 
tivos mejicanos, por cuanto el P. Duran, en su Historia Antigua 
déla Nueva España^ nos dice que «los naturales se creen unos 
nacidos de las fuentes, otros de las cuevas, algunos creados por 
los dioses, y los más de otros países venidos». Mas el problema 
capital para el antropólogo está en averiguar los caracteres físi- 
cos de cada uno de estos pueblos, aborígenes ó inmigrantes, que 
nos citan los historiadores; y forzoso es confesar la obscuridad 
de su solución, no obstante la opinión de Humboldt, que com- 
para las afinidades étnicas de los inmigrantes mejicanos á las 
de los germanos, noruegos, godos y daneses. De esperares 
que los grandes trabajos recientemente emprendidos acerca 
de las razas de Nueva España por el ilustrado profesor de la 
cátedra de Antropología del Museo de Historia Natural de Pa- 
rís, M. Hamy, sucesor del gran Quatrefages, nos guíen á escla- 
recimientos por todos anhelados. 

Al presente sólo puede afirmarse que en Méjico en la Amé- 
rica central, y en Colombia, en el antiguo dominio de los muiz- 
cas ó chibchas , se encuentran cráneos de cuatro tipos distin- 
tos : unos, y son los menos, muy largos (dolicocéfalos), que son 
á la vez muy altos, y responden al tipo antiguo americano, ya 
mencionado; otros cortos (braquicéfalos), de forma cúbica, se- 
mejantes, si no idénticos, á los de los indios pueblos^ antes des- 
criptos; otros, braquicéfalos, de forma redondeada, parecidos 



al famoso cráneo del Scioto, que Morton presenta como tipo 
de su raza general americana; y otros, dolicocéfalos, de forma 
ordinaria y nariz recta ó algo achatada. 

¿Cuál de estos tipos es el predominante ? Para Quatrefages 
e\ puéblense^ cuya raza es la madre y el núcleo, la parte princi- 
pal en la población mejicana, muizca y aun peruana; mas en la 
Grama americana de Morton todos los cráneos mejicanos allí 
figurados son braquicéfalos, del tipo del Scioto, menos el de 
Acapaungo, que parece alargado ; y Luciano Biart, en su mo- 
nografía de los aztecas, nos describe á éstos como dolicocéfa- 
los de mi cuarto grupo. He aquí sus palabras: el azteca «est de 
taille moyenne, trapu, avec de membres bien proportionnés. 
Dolichocéphale, il a le front étroit; le nez camard, les yeux 
noirs, la bouche grande, les lévres charnues et de couleur vio- 
lacées; les dents blanches, courtes, bien rangées, admirable- 
ment enchassées dans des gencives roses. Ses cheveux sont 
noirs, épais, rudes : sa barbe est rase. La couleur de sa peau est 

terne, cuivrée Les deux sexes ont un caractére común: la 

petitesse des extremités. II est a remanquer que, contraire- 
ment aux toltéques, ce peuple ne se déformait le cráne qu'acci- 
dentellement.» 

Resulta, pues, que si la masa de los naturales de Méjico pudo 
ser braquicéfala, el pueblo dominador y representante de la 
última civilización precolombina, siquier fuese ésta de origen 
tolteca, era dolicocéfalo, y por lo tanto, distinto, por su raza, 
át\ pueblejise^ y de estatura mediana, lo que le aleja algo de 
los iroqueses dolicocéfalos. 

En el antiguo imperio del Perú por el contrario: la raza do- 
minante, la familia de los Incas, es de cráneo corto ; así al me- 
nos lo establece Ruschenberger, quien modernamente ha me- 
dido y estudiado un buen golpe de cráneos de pura raza inca, 
exhumados del famosísimo templo del Sol de Pachacamac, ya 
descrito por Herrera; y por los datos hasta el presente cono- 
cidos, se tienen por braquicéfalos los dos tercios, por lo menos, 
de los cráneos encontrados en el Perú. A este tipo pertenecen, 
no sólo los incas, sino también los chimús, pueblo al que tanta 
influencia atribuyen. algunos en la civilización peruana. Claro 
está que hay cráneos largos; mas ¿ son todos del tipo primitivo, 



— 28 — 

ó existe alguna forma posterior de cabeza prolongada, parecida 
á la azteca? 

Dificultan mucho el estudio de los cráneos peruanos las de- 
formaciones artificiales, en ellos tan frecuentes, sean antero- 
posteriores, análogas á las de Méjico, según Garcilaso anterio- 
res á los incas, ó sean alargadas, como la bien conocida, y lla- 
mada de los aymarás, que Pedro de Cieza, en su Crónica del 
Perú, dada á conocer por el Sr. Jiménez de la Espada, describe 
perfectamente, contando además el modo de practicarla en su 
tiempo en las provincias de Anzerma y Quimbaya. 

En las momias y cráneos aquí presentes, que pertenecen á la 
colección de Antropología de mi cargo en el Museo de Cien- 
cias naturales de Madrid , y proceden de la expedición al Pací- 
fico, llevada á cabo por los Sres. Isern, Amor, Almagro, 
Martínez y Jiménez de la Espada, pueden observar esta de- 
formación los señores que tienen la bondad de escucharme. 

D'Orbigny señala cuatro pueblos en el Perú : quichuas, 
aymarás, atacamas y changos; pero fácil es ver en ellos la mis- 
ma raza Indo-peruana, descrita así por tan sabio naturalista: 
« Couleur brun-olivátre plus ou moins fongée. Taille petite. 
Front peu elevée ou fuyant; yeux horizontaux, jamáis brides a 
leur angle exterieur.» Están aquí incluidos los peruanos, los an- 
denses y los araucanos, todos de la misma raza para el antro- 
pólogo citado, aunque de ramas distintas. De los primeros puede 
añadirse, para distinguirlos, que tienen la cara ancha y oval; la 
nariz larga y aguileña; la córnea algo amarilla; el tronco muy 
largo con relación á las extremidades, y recio de conformación; 
y la fisonomía seria, reflexiva y triste. 

Cuanto á los caracteres intelectuales y sociales de los meji- 
canos, muizcas y peruanos, no nos hemos de ocupar ahora. 
Oradores de reconocida sabiduría en las cosas de América nos 
contarán la historia de estos pueblos, y aunque la historia de la 
civilización de un pueblo comienza allí donde acaba su antro" 
pología ó historia natural, la una y la otra se confunden en sus 
límites, y mutuamente se invaden de continuo, y cuando de los 
pueblos civilizados de América se trata, resultan estas mutuas 
invasiones ineludibles y hasta necesarias. Por otra parte, el 
tiempo me lo impide; y cuando no, tendría que repetir las na- 



— 29 — 

rraciones de nuestros historiadores de América, tan conocidos 
de todos vosotros; y por lo que al Perú toca, ¿habría que hacer 
más que reproducir, extractando, lo mucho, excelente y nunca 
bien ponderado en nuestros días dado á conocer por mi sabio 
compañero del Museo de Ciencias naturales, D. Marcos Jimé- 
nez de la Espada? 

Al oriente de los Andes peruanos y bolivianos, en la región 
húmeda y cálida de los bosques, vivían, repartidos en tribus sal- 
vajes, en miserable estado, algunos pueblos hoy reducidos á me- 
jor condición en las misiones sostenidas por los religiosos cató- 
licos. Con ellos formó D'Orbigny la rama ándense de su raza 
Ando-peruana ^ que comprende los yuracarés, mocetenes, ta- 
canas, maropas y apolistas, entre otras tribus menos impor- 
tantes, de las cuales describe sus caracteres físicos y sus eos 
tumbres, ya referidas antes por Doblas en su Memoria histó- 
rica de la provincia de Misiones. Están mejor conformados que 
los peruleros, y su cuerpo, robusto y esbelto, no desmerece por 
sus proporciones del de las razas europeas. También tienen un 
color más claro, casi blanco en los yuracarés, cuya nariz suele 
ser aguileña y su barba poblada, en términos que Quatrefages 
los deputa como blancos de raza. Valientes y alegres vivían en 
cabanas aderezadas con troncos de árboles y hojas de palmera; 
mas eran crueles con los ancianos, á quienes abandonaban á su 
suerte, supersticiosos, violentos y muy dados á la embriaguez. 
En la actualidad, bajo el régimen paternal de los misioneros, 
cultivan el suelo, tejen el algodón y han trocado su ferocidad 
en cristiana mansedumbre, aunque no han perdido su carácter 
supersticioso. 

Por debajo del desierto de Atacama, siguiendo la cordillera 
de los Andes, se extienden los indomables araucanos ó aucas, 
cuyo ánimo valeroso inspiró la musa de Ercilla, y mejor que 
una rama de la raza Ando-peruana como D'Orbigny quiere, 
constituyen una división de la Pampense. Ciertamente tienen 
el color oliváceo como los peruleros, pero más claro, y son 
algo más altos y mucho más robustos; difieren todavía más en 
su cráneo voluminoso, la nariz chata, los pómulos salientes y el 
rostro lleno y redondeado. Guerreros y nómadas, son, además, 
pastores, y gozan de gran predicamento en sus tribus los orado- 



■;o — 



res y los poetas. Se pintan la cara y adornan con collares, y, 
para la guerra, revisten el tronco con cota de cuero. La tribu 
reconoce un jefe solo para las campañas militares; y de los pe- 
huenches escribe Molina: «Viven como los árabes beduinos, 
en tiendas hechas de pieles dispuestas circularmente alrededor 
de un espacioso campo donde apacentan sus ganados. Cambian 
continuamente de sitio, recorriendo los valles de las cordi- 
lleras » 

De semejante género de vida disfrutan sus vecinos los pam- 
pas, que recorren sin cesar el inmenso territorio así llamado de 
la República Argentina dispersos en varias tribus descritas por 
Azara, nuestro sabio zoólogo. Según este insigne naturalista es- 
pañol, los indios pampas fueron apellidados querandis por los 
conquistadores, y se dan á sí mismos el nombre de puelches. De 
los cuales puelches^ dice Azara: «Creo que su estatura pasa á 
la española, y me parece que su totalidad, no sólo es más mem- 
bruda que la de todos los demás indios, sino que su cabeza es 
más redonda y gruesa, la cara más grande y severa, los brazos 
más cortos y el color algo menos obscuro. No usan arcos, ni 
flechas»; pero, añado yo, usan, comq armas de campo y guerra, 
las bolas ó boleadoras^ que manejan con gran destreza. 

Descripción tan bien y tan exactamente ajustada á los méto- 
dos antropológicos, nos permite distinguir á estos puelches, 
como lo ha hecho en nuestros días el Sr. Moreno, de los pata- 
gones ó tehuelches, que, vestidos de pieles, recorren el inmenso 
territorio, del cual toman nombre, á los cuales se parecen por 
su género de vida y se mezclan por cruzamientos entre las 
tribus vecinas; pero su elevada estatura y cráneo largo los 
distingue como una raza distinta y más próxima á los fue- 
guenses. 

Al nordeste de los pampas, en las riberas del Uruguay, co- 
noció el Sr. Azara á los terribles charrúas, antes extermina- 
dos que sometidos, de color muy obscuro, casi negro, gruesa la 
testa, ancha la cara y nariz achatada. Son grandes, usan como 
insignia viril el barbote^ palito de medio palmo que atraviesa el 
labio inferior á raíz de los dientes, y su fisonomía es de aspecto 
duro y feroz como su carácter, apreciado como el más fiero en- 
tre todos los americanos. Con todo, según Azara, «el que pilla 



— 31 — 

mujeres ó niños los lleva á su toldo ó choza y los agrega á su 
familia para que le sirvan, dándoles de comer hasta que se ca- 
san. Entonces, si es mujer, se va con su marido, y si es varón 
forma familia y casa aparte, quedando tan libre é independiente 
como si fuese charrúa, y es reputado por tal». 

Otras muchas tribus, denominadas por él naciones, describe el 
zoólogo español, como losminianes, que se confunden con los 
anteriores; los boanes, que son sus vecinos, y los chañas, habi- 
tantes en las islas del Uruguay. De todas ellas enumera sus ca- 
racteres y cuenta sus costumbres con gran acierto y exactitud, 
como quien las ha visto ó estuvo en su propia comarca, donde 
podían ser de cerca conocidas, y yerra D'Orbigny cuando le 
censura de nada verídico, suponiendo que Azara atribuyó equi- 
vocadamente á estas gentes la feroz costumbre de la antropofa- 
gia. No hay tal: el distinguido naturalista francés leyó al espa- 
ñol con evidente ligereza y cortó el párrafo por lo mejor. No 
quiero yo perder esta ocasión de reparar tal injusticia, volviendo 
por el crédito de observador formal y científico de nuestro ilus- 
tre compatriota, y voy á leer aquí sus propias palabras: «La ma- 
yor parte de las relaciones é historias convienen en asegurar que 
casi todas las citadas naciones eran antropófagas, y que en la 
guerra usaban de flechas envenenadas; pero uno y otro lo creo 

falso »; por donde se ve como D'Orbigny empezó áleer, pero 

no concluyó el párrafo de Azara. 

* A la raza Pampense refiere D'Orbigny los indios tobas, 
abipones, mataguayos, lenguas y los de otras varias tribus ó 
naciones más ó menos errantes en las inmensas extensiones del 
Gran Chaco, y aun incluye como ramas de esta misma raza á 
los chiquitos y los moxos, al norte del Chaco situados. Pueblos 
todos muy dignos de estudio que nos podrían entretener largo 
tiempo; pero la hora avanza y me limito á consignar que de los 
chiquitos hay excelentes noticias en la Relación historial de 
las misiones de los chiquitos^ del P. Fernández; de los moxos, 
en la Relación de la misión apostólica de los 77ioxos, del Padre 
Diego Eguiluz, y para las tribus del Gran Chaco ahí está tam- 
bién el P. Lozano en su Descripción monográfica del Gran 
Chaco ^ donde cuenta cosas muy curiosas y dignas de saberse. 
Por donde se ve cuánto debe la Antropología á la abnegación 



— 32 — 

de estos virtuosos misioneros, quienes con desprecio de su vida 
y trabajos sin cuento, no sólo cumplieron su santa misión, sino 
que abrieron el camino á las investigaciones de la ciencia. 

Llegamos con esto á la última de las razas americanas que 
nos habíamos propuesto enumerar, á la Guaraní^ llamada tam- 
bién en parte Tupi por su idioma, que desde el Uruguay al Ori- 
noco, y desde el Atlántico á los Andes, tuvo por patrimonio, 
y aun disfruta hoy de mayor extensión territorial que ninguna 
otra raza del Nuevo Mundo. Diseminados por tribus indepen- 
dientes en las orillas de los ríos ó en el fondo de los valles y en 
el interior de los bosques, nunca constituyeron estos indios 
cuerpo alguno político, parecido á una nación, no obstante la 
conformidad de su raza, la más homogénea acaso de las des- 
critas. 

El guaraní es fuerte, de cabeza corta y redonda, frente 
casi siempre levantada, rostro redondeado, ojos pequeños y 
algo oblicuos por lo general, barba corta y labios finos; la color 
de la piel es amarillo-rojiza, y la estatura mediana. La simplici- 
dad de su vestido no llegaba, ni llega hoy entre los más salvajes, 
á más de una faja arrollada de manera que cubra lo deshonesto, 
ó prolongada con el mismo objeto en haldilla delantera á modo 
de corto y reducido delantal. En cambio se cruza nuestro tupí- 
guaraní el busto con bandas y collares, se rodea las extremida- 
des con ajorcas, ligas y brazaletes, y se envuelve el largo, grueso 
y cuidado cabello en tubos primorosamente formados de colo- 
readas semillas, vistosas plumas y dorados élitros de bupresti- 
dos, que adornan la persona y resuenan al andar al compás del 
paso llevado con salvaje y vanidosa seriedad. Cubren su cabeza 
con un bonete adornado de enhiestas plumas, y con estos apén- 
dices se pasan las orejas, el labio inferior y el tabique de la na- 
riz, sin que estorbe tanto adorno á que se pinten el cuerpo de 
negro, de rojo y amarillo para mejor parecer. Se valen del arco 
y de las grandes mazas ó macanas para la caza y la guerra; le- 
vantan las cabanas con troncos de árboles y hoja de palmera; 
tejen esteras y hamacas, y construyen canoas para discurrir por 
el Amazonas ó sus grandes afluentes, como navegantes resuel- 
tos y expertos. Según D'Orbigny, son generalmente buenos, 
afables, francos y hospitalarios; pero otros los pintan crueles y 



— 33 — 

sanguinarios hasta comerse en ocasiones sus prisioneros de gue- 
rra. Todos convienen en que son perezosos y abandonados; 
achaques comunes á los pueblos salvajes y aun á los bárbaros. 

Al oeste del Amazonas, entre los afluentes de aquella parte 
del curso de este gran río donde más propiamente se llama 
Marañón, habitan un no pequeño número de tribus como la de 
los aguarunas, muratos, gualaquisas, uambisas, úpanos, etc., 
designados hoy con el nombre genérico de jíbaros, sin contar á 
los omaguas, habitantes en las mismas orillas de este río, mira- 
dos por Ulloa como descendientes de los peruanos, y ahora ca- 
lificados de guaraníes por el Sr. Jiménez de la Espada, maestro 
único en las cosas del Perú. 

Por guaraníes se han estudiado también los jíbaros, aunque 
su estatura es más elevada, su cuerpo más robusto, más promi- 
nente la nariz, con frecuencia aguileña, y los ojos perfecta- 
mente hundidos. Convienen, sin embargo, con aquellos habi- 
tantes en sus costumbres, aunque de ellos se cuenta aquella, en 
otros pueblos también observada, por la que después del parto 
es el marido quien recibe las atenciones y cuidados propios del 
caso, mientras la mujer se dedica á sus labores ordinarias. 

Lo más notable en estos indios son las chanchas ó cabezas 
reducidas, de que puede observarse aquí un ejemplar proce- 
dente de la colección de Antropología del Museo de Ciencias 
naturales. Estas singulares reducciones tan hábilmente conse- 
guidas, las guardan, según se cuenta, los guerreros jíbaros como 
trofeos de guerra, pero como rara curiosidad puede verse aquí 
esta misma reducción hecha por los mismos indios en una ca- 
beza del desdentado llamado perezoso, que la Comisión de na- 
turalistas españoles del Museo de Ciencias Naturales, antes ci- 
tado, recogió en aquellas regiones. 

Deben ser guaraníes ó tupís, asimismo, los indios del Ori- 
noco, reunidos en varias tribus estudiadas por Humboldt, entre 
ellas la de los ottomacos, indios que, según este gran natura- 
lista, «comen durante algunos meses diariamente tres cuar- 
tos de libra de arcilla ligeramente tostada, sin que su salud se 
resienta»; y según D'Orbigny pertenecen también á la raza 
Guaraní los caribes, pobladores de las Guayanas y las Antillas, 
aunque Quatrefages se inclina á creerlos indios procedentes de 



— 34 — 

la Florida, siguiendo la opinión de Brigton y Vater. Posible es 
que la raza del Norte, descendiendo por las Lucayas, y la del 
Sur, subiendo por las de Barlovento, se encontrasen navegando 
con sus canoas en las Antillas, porque de muchas descripciones 
aparece que no en todas estas islas existió un pueblo de carac- 
teres uniformes. Son fáciles de apreciar éstos en las relaciones 
de los primeros descubridores, y muy especialmente en la His- 
toria natural^ de Fernández de Oviedo, como hemos visto ya 
en los comienzos de esta conferencia. 

He aquí, señores, aunque en boceto y mal trazado, el cuadro 
de las razas americanas estudiadas en sus tribus y pueblos más 
importantes. Resalta en él, aun á primera vista, la sangre del 
tipo étnico llamado mogólico por los antropólogos; pero en 
todas partes, profundamente alterada por otros elementos 
étnicos que en ocasiones se conservan con sus caracteres pro- 
pios, procedentes ya de razas antiguas y de origen prehistórico, 
cuyas huellas se observan en los botocudos y fueguenses, ya 
de razas ahora vivientes como los blancos alófilos, y probable- 
mente también los negros oceánicos. Los tres tipos, pues, fun- 
damentales de la humanidad se encuentran en América, como 
en Asia y en Oceanía. Ala Antropología moderna, con sus 
procedimientos métricos más exactos, toca averiguar las pro- 
porciones en que se mezclan las tres sangres distintas, para re- 
solver el importante problema de la naturaleza y condición de 
los naturales de América y su parentesco con las razas del an- 
tiguo mundo. Por desgracia, no se nos oculta que los esfuerzos 
de la Sociedad de Antropología de Washington y de los antro- 
pólogos angloamericanos han de resultar en gran parte estéri- 
les aplicados á los vivientes, porque sin entrar á examinar las 
causas y motivos, es un hecho innegable que los aborígenes del 
norte de América fueron exterminados ó están próximos á su 
exterminio, y de ellos quedan sólo algunas tribus, restos más ó 
menos civilizados ó salvajes. 

Por fortuna, á los antropólogos hispano-americanos les que- 
dan, sino intactos, con su misma naturaleza y aproximada 
proporción, los colores y las formas del paisaje étnico de la 
América precolombina; porque sin ocultar los primeros exce- 
sos y aun crueldades de la guerra y de la conquista, es in- 



— 35 — 

negable, porque existe el testimonio fehaciente, que los indios 
de los dominios antes españoles, civilizados por una religión 
amorosa y caritativa, y amparados por una legislación prudente, 
sabia y paternal, constituyen hoy la gran masa de la nacionali- 
dad en los nuevos Estados hispano-americanos, con sus propios 
y antiguos caracteres, ó mezclados con los mismos españoles 
que les dieron su propia sangre, á la vez que su civilización y sus 
leyes. A los escritores extranjeros que acusan á nuestros an- 
tepasados, descargando sobre su memoria todo género de im- 
properios, de haber destruido los monumentos de Méjico y del 
Perú, podemos todavía contestar con orgullo bien fundado, que 
no es esto cierto en la extensión supuesta por algunos; pero si 
lo fuera, los compensa, redime y glorifica la generosidad y el 
amor con que conservaron y recibieron en su propio seno á las 
razas y los pueblos que levantaron esos monumentos. 

Pero el estudio de las razas, principal objeto del antropólogo, 
se completa con la inquisición de su origen, fin más trascenden- 
tal de su ciencia ; y no es posible discurrir sobre las razas de 
América, ni sobre otras cualesquiera, sin preguntarse cuál es 
su origen y procedencia. 

Ningún asunto ha sido tan manoseado como éste por los his- 
toriadores y los teólogos, que han desvariado á su antojo sobre 
materia que no tiene solución, ni suele tenerla en sus respecti- 
vas ciencias. Tanto valdría preguntar á la Teología ó á la His- 
toria á qué familia pertenece el maíz cultivado por los indios, ó 
cuál es el origen del yaguaraté, terrible fiera de las selvas ame- 
ricanas. El problema de los orígenes de una especie es asunto 
de la Historia Natural, y, por tanto, el del hombre ameri- 
cano, considerado como especie, pertenece por derecho pro- 
pio á la Antropología, dado que la historia de la civilización no 
posee noticia escrita acerca de este punto, ni sobre las funda- 
das en las obras del arte humano ha podido llegarse jamás á 
un acuerdo. Aun así, siempre le corresponde á la Antropología 
averiguar aquello que sólo en la naturaleza del hombre puede 
leerse; que nos ofrece la ventaja, cuando se ha leído bien, de 
enseñarnos la verdad de una manera directa é inmediata, con 
la claridad de lo real y la inefable belleza de la misma creación 
natural. 



-36- 

No pretendemos con esto suponer en nuestra ciencia el per- 
fecto conocimiento de estas y otras cosas de su propio objeto 
y materia, tan discutidas todavía; pero tampoco nos cabe duda 
alguna que la averiguación del origen de los primeros poblado- 
res de América, y aun de todas y cada una de las razas preco- 
lombinas de aquel país, sólo puede alcanzarse por los procedi- 
mientos de investigación propios de las ciencias naturales. 

Y en el campo de éstas se planteó inmediatamente el pro- 
blema, en 1520, por el célebre naturalista suizo Teofrasto Para- 
celso, quien negó á los americanos la descendencia de Adán,, 
anticipándose en esto muchos años á la escuela de antropólo- 
gos americanos, que estableció con Morton el autoctonismo de 
los indios, su origen genuinamente americano y su independen- 
cia como raza distinta de todas las conocidas en el Viejo Mundo. 
Bien es verdad que antes de Morton, aceptado generalmente 
como autor de esta doctrina, en un anónimo publicado en Lon- 
dres en 1695, intitulado: Two essays, sentm á letter frorn Ox- 
ford to anobleman in London^ by L. P. M. A., se sostiene ya 
el autoctonismo americano. La excepcional autoridad del sabio 
profesor de Filadelfia y la reputación justificada de sus discípu- 
los Nott y Glidon, celosos defensores de lá doctrina del maes- 
tro, popularizaron esta hipótesis en los Estados Unidos del 
Norte de América, donde encuentra todavía partidarios entre 
los discípulos del gran naturalista Agasiz, que la mantiene y 
explica hoy mediante su famosa doctrina de los distintos cen- 
tros de creación, elegidos por la Providencia conforme á las 
diferentes regiones geográficas y climatológicas de nuestro pla- 
neta. 

No están conformes con Agasiz, claro está, la mayoría de los 
partidarios de la evolución animal; pero también se cuenta al- 
guien que, como Hellwald, el notable antropólogo alemán, ar- 
monice la teoría de la descendencia con este autoctonismo, su- 
poniendo á los indios primitivos procedentes directamente de 
la familia de los monos platirrinos ó americanos; mas este su- 
puesto no puede tener fundamento si se atiende á que esta fa- 
milia de los cuadrumanos, no sólo se encuentra alejada del 
hombre por su forma, sino también por su fórmula dentaria, y 
sería preciso para concederle algún grado de probabilidad que 



— 37 — 

la Paleontología descubriese en el suelo del Nuevo Mundo una 
serie muy numerosa de primates hasta hoy no desenterrados. 

Ya en este terreno del autoctonismo no falta quien, como 
Brasseur de Bourbourg, entre otros, pone el Paraíso en Amé- 
rica, desde donde pasaron los hombres á otros continentes, ó 
quien, con más científicos, pero no más exactos argumentos, 
sosteniendo, como Ameghino, la existencia del hombre tercia- 
rio en América, y la anterior civilización de la humanidad en 
este continente respecto de los otros, llegue á conclusiones 
parecidas, que son posibles, pero no están demostradas, ni si- 
quiera apoyadas en fundamentos de bastante solidez. 

La doctrina más conforme con el sentido científico y más 
ajustada á las leyes reguladoras de la emigración, aparece en 
España asentada, y bien razonada también, en su Historia na- 
tural y moral de las Indias ^ por el sabio naturalista español 
P. Acosta, que se expresa así en el tomo i, capítulo xx: «Y 
por decir mi opinión tengo para mí, días ha, que la una tierra 
y la otra (el Antiguo y el Viejo Mundo) en alguna parte se jun- 
tan y continúan, ó á lo menos se avecinan y allegan mucho. 
Hasta ahora, á lo menos, no hay certidumbre de lo contrario. 
Porque al polo Ártico, que llaman Norte, no está descubierta 

y sabida toda la longitud de la tierra Si esto es verdad, como 

en efecto me lo parece, fácil respuesta tiene la duda tan difícil 
que habíamos propuesto: cómo pasaron á las Indias los prime- 
ros pobladores de ellas, porque se ha de decir que pasaron, no 
tanto navegando por mar como caminando por tierra; y ese 
camino lo hicieron muy sin pensar, mudando sitios y tierras 
muy poco á poco, y unos poblando las ya halladas, otros bus- 
cando otras de nuevo vinieron por discurso de tiempo á hen- 
chir las tierras de Indias de tantas naciones, y gentes y lenguas.» 
De mano maestra está aquí pintada la dispersión general del 
género humano desde el centro de su aparición específica, cual- 
quiera que éste fuese, como ha debido necesariamente suce- 
der, y es más notable el caso por cuanto el Padre jesuíta ni tuvo 
conocimiento del estrecho de Behring, ni la más remota noticia 
de otras comunicaciones terrestres posibles señaladas por la 
ciencia moderna. 

Pues con ser esta verdad tan natural y sencilla pocos la esti^ 



-as- 
maron en su tiempo, ni la siguieron después, ni aun la conocen 
y aprecian en nuestros días. Mucho tiempo se ha pensado por 
los historiadores, y todavía se cree hoy, que los primeros po- 
bladores de América, allá arribados por acaso ó de propio 
intento, fueron navegantes de la Europa, ó de las Canarias, ó 
del Asia y Oceanía. Los mismos indios, cuando no se imagi- 
naban nacidos de las cuevas, ó de las fuentes, ó creados por los 
dioses, como cuenta el P. Duran, contaban su éxodo al través 
de remotas y fantásticas comarcas; y no he de entrar en el exa- 
men de las opiniones de los anticuarios, empeñados noblemente 
en descifrar el Popol-viih y los códices, jeroglíficos y picto- 
grafías conservadas hasta hoy, porque estos intérpretes, hasta 
el presente, suelen andar sueltos, cada uno por su lado, sin en- 
tenderse entre sí y sin que los entiendan bien los demás. Tam- 
poco damos crédito, en este punto, á las narraciones de Yxt- 
lilxochitl, aun siendo como fué descendiente de los antiguos 
reyes del Anahuac, porque de una parte, sus noticias acerca 
del diluvio están evidentemente inspiradas por los religiosos 
cristianos, y tocante á las antiguas tradiciones, ¿quién ignora 
que los pueblos bárbaros, ó los que, sin serlo, alcanzaron apenas 
las ventajas de las primitivas civilizaciones, sólo ven su propia 
historia á la luz irisada y cambiante de las auroras de su inte- 
ligencia; y estimando más lo maravilloso que lo natural, lo fan- 
tástico que lo cierto, fueron poetas antes que historiadores? 
Aun entre nosotros el vulgo conoce sólo la novela, y la his- 
toria, á lo sumo, es patrimonio de los hombres instruidos. 

¿Y cómo hemos de prestar ciega fe á estas tradiciones, inven- 
tadas por el fanatismo, ó por la ignorancia, ó soñadas por la 
fantasía de aquellas razas de infantil civilización, cuando vol- 
viendo los ojos á la Europa ya culta de los siglos posteriores al 
descubrimiento tropezamos con todo género de imaginaciones 
peregrinas, si posibles y verosímiles, desprovistas de mediano 
fundamento y de premisas racionales? 

Una grande y costosa obra de muchos volúmenes escribió 
lord Kinsboroug para probar principalmente la descendencia 
judía de los toltecas, y sin tantos volúmenes el P. Duran tiene 
por cierto que estos naturales proceden «de aquellas diez tri- 
bus de Israel que Salmanasar, Rey de los asirlos, cautivó y 



— 39 — 

transmigró de Asiría en tiempo de Ozeas, rey de Israel y en 

tiempos de Ozequías, rey de Jerusalén , de los cuales dice 

Esdras que se pasaron á vivir á una tierra remota y apartada, 
que nunca había sido habitada, á la cual habia largo y prolijo 

camino, de año y medio » pero la Antropología se encarga 

de demostrar la falta de semejanza entre las razas americanas 
y las semíticas. Más viso de fundamento presenta Torquemada 
cuando escribe, «y según lo que tenemos dicho en otra parte, 
acerca del color de estas gentes, no tendría por cosa descami- 
nada creer que son descendientes de los hijos ó nietos de Cham, 
tercer hijo de Noé», opinión que fué también de Pineda, y com 
pletan Echevarría y Veitia, señalando al detalle la emigración 
de tales chamitas; porque, después de todo, todavía no sabe- 
mos bien quiénes fueron ó son los descendientes de Cham en el 
Antiguo Mundo, si los negros ó los atlantes; y en esta duda 
nada se pierde con colgarles á los americanos las ejecutorias de 
aquel hijo segundo irrespetuoso y poco comedido del viejo 
Noé. 

Donde todas las opiniones encuentran hueco para colocarse 
es en el libro del padre presentado Fr. Bernardo García, com- 
puesto con pasmosa erudición y mediano sentido nada más, 
intitulado Origen de los indios^ donde se pretende demostrar 
con argumentos de puro género literario, que la América fué 
poblada por los cartagineses, fenicios, griegos, judíos y hasta 
por los chinos y tártaros; pero aun es más singular, y estuvo 
más sostenida, la opinión del oidor Diego Andrés Rocha, según 
quien «los indios eran en el origen españoles y que después del 
diluvio universal habían venido y entrado en esta América en 
tiempo del rey Héspero y fundado las islas hespérides, que son 
las de Barlovento, Cuba y Española.» La Iglesia, en primer tér- 
mino, sostenía este parecer como cosa cierta, y en el año 1659 
hubo una palestra ante el papa Alejandro VII «acerca del 
modo y forma de recitar los oficios y misas de los santos 
particulares de cada provincia» donde se alegó este preten- 
dido origen español de los indios, para conseguir en América 
ciertos privilegios alcanzados en la Península. ¿Pudo nacer esta 
opinión de lo escrito por Cortés en sus Cartas al Emperador^ 
afirmando que los mejicanos miraban á los primeros españoles 



— 40 — 

desembarcados en su país, como los hijos de sus antepasados? 

Los que con evidente error casi siempre buscan en las len- 
guas ó en las artes humanas la descendencia ó la igualdad de las 
razas, han creído encontrar á los egipcios en Méjico; pero ni se 
parecen los jeroglíficos, ni los teocalis, aunque piramidales, res- 
ponden por su construcción ni por su fin á las pirámides del 
Nilo. Mayores concomitancias y analogías ofrece el arte y aun 
la religión de los mejicanos y de los indios, y así sostiene en es- 
tos tiempos su derivación el ilustre Eichtal en su Estudio sobre 
los orígenes búdicos de la civilización a7nericana. Ya Humboldt 
decía á este mismo propósito que «la comunicación frecuente 
entre los dos mundos se manifiesta de una manera indiscutible 
en las cosmogonías, los monumentos, los jeroglíficos, las insti- 
tuciones de los pueblos de América y Asia»; mas con todo el 
poder con que los hechos gravitan sobre las grandes inteligen- 
cias, aun las más dominadas por las preocupaciones, exclama, 
desmintiéndose, en otra parte: «Es muy notable que entre los 
jeroglíficos mejicanos no se descubra absolutamente nada que 
anuncie el símbolo de la fuerza generatriz ó el culto del lingam, 
que es común en la India y en todas las naciones que han tenido 
relaciones con los indos.» Y á esto se puede añadir algo más 
notable todavía, y es que los mejicanos hablen una lengua de 
aglutinación y polisintética, y los indos otra de flexión de es- 
tructura y raíces completamente diferentes; y también que son 
dos razas enteramente distintas la aria, civilizadora del Indostán 
y la isla de Java, y la nahua, representante de la civilización de 
la Nueva España; y con estos dos, capitales, otros muchos argu- 
mentos con que sabios de tanto renombre en el estudio del arte 
americano como Prescott, Gallatin y Stephens impugnan y 
destruyen esta teoría. 

El sinologista M. de Guignes ha leído en la historia de Li-yan- 
tcheu, como los chinos poblaron la comarca Fu-sang que, por su 
distancia y designación, le parece ser América; mas esta expe- 
dición de los chinos se refiere al año 458 antes de Jesucristo, y 
está probada histórica y antropológicamente la población del 
Nuevo Mundo anterior á esta época. Por otra parte, si la sangre 
mogólica es innegable en esta región de la tierra, no está de- 
mostrada su calidad de raza china precisamente. Mas razón 



— 41 — 

tiene Virchow cuando supone á los peruanos descendientes de 
los malayos; y, ala inversa, según Zúñiga, en su Historia de 
Filipinas, éstos son los descendientes de aquéllos. Por mi parte 
declaro que la nariz prominente y aun aguileña de los peruanos 
no me permite asentir á la opinión del antropólogo ni á la del 
historiador, porque me acuerdo que en todos los malayos es- 
tudiados en la Exposición de Filipinas celebrada ha pocos años 
en el Retiro, y en otras varias ocasiones encontré como carác- 
ter constante y signo distintivo de esta raza la nariz pequeña y 
aplastada. 

Mas hay todavía quien supone, como Dabry de Thiersant, 
arios á los americanos, fundándose en razones tan sólidas como 
aquélla supuesta derivación de los dos nombres Persa y Perú 
de la misma raíz aria; y en estos días el Sr. López ha escrito un 
libro notable para demostrar por medio de la lingüística la 
identidad de los arios con los peruanos, aunque por fortuna, con 
entendimiento y discreción, supone el alejamiento de estos dos 
pueblos anterior á la transformación del ario en lengua de 
flexión, es decir, en el período en que hubo de ser aglutinante 
y polisintética. 

Ninguna de estas opiniones, sin embargo, ha sido aceptada 
por los más, que desde el descubrimiento del estrecho de Beh- 
ring miraron hacia el Norte buscando, bajo su estrella, entre 
las orillas de aquél, la peregrinación de las tribus de Siberia, 
resbalando sobre la helada superficie del Océano ártico, ó na- 
vegando de una á otra orilla sobre las frágiles barcas de los es- 
quimales. Antropólogos y lingüistas como Quatrefages, Maury 
y otros mil, han vulgarizado esta opinión, hoy la más gene- 
ral, y aun la más racional á primera vista, porque averiguado 
que los kamtschadales de Asia alcanzan la punta de Alaska, y 
los esquimales de América llegaron á la bahía de Koliutschin, 
parece natural imaginar en seguida las oleadas inmigradoras 
atravesando el estrecho é invadiendo el nuevo continente de 
Norte á Sur, empujadas las unas por las otras; y completar las 
corrientes de población con las dobles piraguas de los poline- 
sios y los juncos de los japoneses, arrastrados por el Kuro-Suvvo 
y las corrientes ecuatoriales, y derribados al acaso sobre las 
costas del Perú ó de California. 



— 42 — 

Por mi parte, sin negar la posibilidad de este modo de po- 
blarse el Nuevo Mundo, entiendo que presenta muchos y muy 
fundados inconvenientes, porque en los tiempos históricos no 
hemos conocido jamás ninguna emigración de estas gentes sibé- 
ricas al través del de Behring, y claro se ve, apreciando la es- 
casísima densidad de la población actual y la que pudo ser an- 
tes, en medio y clima semejante en el extremo nordeste de 
Asia y noroeste de América, que no se presenta allí condición 
alguna capaz de producir del uno al otro lado una corriente de 
emigración bastante poderosa para poblar, en el grado cono- 
cido en la época precolombina, el continente americano. No se 
me escapa, claro está, que puede bastar una pareja para poblar 
un mundo; pero tampoco habrá quien me rechace que las razas 
norteamericanas, por lo menos, viviendo en condiciones de me- 
dio análogos al de Siberia, deben presentar caracteres iguales á 
éstas, y esto no está probado todavía ; y aun dada la conocida 
persistencia de los caracteres étnicos, si la población se efectuó 
dentro de los tiempos históricos como quieren los historiado- 
res, esta semejanza de caracteres deben ofrecerla igualmente 
las razas más meridionales. El cuadro étnico americano presen- 
tado en esta conferencia basta para demostrar lo contrario: 
otro tanto probaría el lingüístico; y aun es de más palpable con- 
vencimiento la ausencia completa en América de los animales 
domésticos y plantas cultivadas en Asia, donde lo fueron desde 
la época de la piedra pulimentada, y el desconocimiento en el 
viejo mundo, de las plantas y animales domésticos de los ame- 
ricanos. ¿Cómo se concibe que los siberienses pasaran al otro 
continente sin su caballo, su oveja ó su reno? Y esos barcos in- 
dios, chinos ó japoneses, derribados en las costas de California 
por el Kuro Suwo, tripulados por navegantes que llevaron el 
arte á Méjico ó al Perú, con ser tantos, ¿ninguno llevó consigo 
un puñado de arroz, más fácil de cultivar en los nuevos y vír- 
genes terrenos, seguramente, que pudo ser en la inteligencia sal- 
vaje de los americanos, el cultivo y la educación suficiente para 
llevar el arte al progreso que suponen las ruinas de Palenque, 
de Tiaguanaco ó de Pachacamac? 

Porque la arquitectura peruana se parezca á la etrusca, y la 
mejicana á la índica ó á la china, y la estatuaria del Yucatán á 



— 43 - 

la egipcia, no hay razón bastante, no ya para suponer etruscos 
á los peruanos, indos ó chinos á los nahuas, y egipcios á los 
yucatenses, sino tampoco para afirmar que allá pudieron lle- 
gar, arrojados por los vientos, los civilizadores de los pueblos 
americanos; porque si fueron los tripulantes de una embarca- 
ción aislada, se disolvieron como unas cuantas gotas de sangre 
roja en el Océano inmenso, sin dejar rastro siquiera de su color» 
aun en el caso de no ser aniquilados por los bárbaros naturales; 
y si fué una flota de gentes civilizadas y dominadoras, ¿cómo no 
han dejado su sangre ó su lengua entre los indígenas? Se concibe, 
además, que estos navegantes, ya civilizados, maestros de los 
indígenas en la fábrica de tan colosales edificios y tan primo- 
rosas labores del arte, ¿no les enseñasen también, siendo pue- 
blos navegantes, á construir embarcaciones análogas á las suyas 
para favorecer el comercio entre las costas, ya que pueda pare- 
cer posible el desprecio y abandono de toda relación con la 
patria de donde procedían? Y si dieron á conocer el arte de la 
construcción, ¿cómo no el de la escritura índica ó china, de 
resultados más inmediatos y positivos? No : en el desarrollo 
progresivo de la civilización, desde el estado salvaje al más 
adelantado, la Antropología muestra á todos los pueblos re- 
corriendo las mismas leyes generales de la evolución intelec- 
tual humana, más ó menos modificadas tan sólo por las con- 
diciones especiales del medio en el cual se desenvuelven. Se 
distinguen los hombres por sus razas; pero todas, absolutamente 
todas las razas, presentan el mismo conjunto orgánico reasu- 
mido en una sola unidad específica. El mismo cerebro con idén- 
ticos ventrículos, circunvolociones y anfractuosidades de igual 
manera dispuestas y sometido á las mismas leyes de desarrollo 
individual y étnico, como órgano de la inteligencia ha debido 
producir frutos semejantes en Asia y en América, sin más va- 
riaciones que las influidas por el medio externo, si diferente 
en los detalles, homogéneo también, en su esencia en todas las 
regiones del planeta. Ese elefante encontrado como forma de 
moiind en la América del Norte, y como forma de escultura en 
la América central, argumento áquiles de los partidarios de la 
civilización búdico-americana, aun en el caso de autenticidad 
del mejicano, no supone más que una reminiscencia del mas- 



— 44 — 

todonte, viviente en América durante el último período del 
cuaternario y alcanzando quizás los tiempos históricos. 

Suponiendo que el hombre de las Pampas no sea terciario 
como quiere Ameghimo, siempre resulta de Norte á Sur, en 
toda su extensión, la América poblada desde los albores del 
cuaternario. Allí como aquí, en esa época remota, el cráneo do- 
licocéfalo neandertaloide; allí después, como aquí y como en 
Asia, dolicocéfalos y braquicéfalos antiguos y modernos arri- 
bados á nuestros días en plena edad de la piedra tosca ó ta- 
llada del primitivo salvajismo, como los fuegenses y botocudos; 
allí como aquí, bárbaros educados ya por la lucha del hombre 
contra el hombre, perfeccionando sus armas y pulimentando la 
piedra y usando el cobre, donde le hallan, como los guaraníes 
y los pieles-rojas guerreros constructores de recintos fortifica- 
dos y moiinds análogos á nuestros dolmens cubiertos por mon- 
tones de tierra, y allí como aquí, pueblos civilizados de la edad 
del bronce de la Antropología prehistórica, regidos por castas 
guerreras y monarquías sacerdotales que presentan los mismos 
caracteres generales en su civilización artística y social modifi- 
cados por las condiciones del medio donde se desenvuelve. 

Mas ¿por dónde alcanzaron el Nuevo Mundo esos salvajes 
cuaternarios y las sucesivas razas que á él llegaron hasta la edad 
del perro, único animal doméstico del antiguo conocido por 
os americanos, y cuya domesticación se remonta en Europa 
hasta los tiempos de los paraderos de Dinamarca? ¿Por el estre- 
cho de Behring? Si la Siberia y el Norte de América estaban 
obstruidos por los inmensos glaciares, de ningún modo; y si es- 
tuvieron antes ó después de éstos en condiciones parecidas á 
las actuales, hemos visto ya que es poco probable aunque po- 
sible. 

Sin soñar en Atlantidas, de Platón ó de los sacerdotes egip- 
cios, menos importantes páralos antropólogos que páralos his- 
toriadores, es forzoso pensar en comunicaciones terrestres ó 
marítimas más fáciles que las conocidas en la historia de la ci- 
vilización, y no sólo posibles, sino indicadas cuando no demos- 
tradas por la geografía botánica y zoológica. No siempre las 
tierras y los mares guardaron las proporciones actuales: su dis- 
tribución ha sido diversa en cada período geológico y durante 



— 45 — 

éstos; aun hoy mismo el relieve de las costas, la conforma- 
ción de los continentes y el fondo de los océanos cambian en 
cantidades apreciadas por la ciencia y no desconocidas del 
vulgo. 

Sin remontarnos á los primeros tiempos geológicos, donde se 
contemplan las inmensas revoluciones de la constitución de 
nuestro planeta, y limitándonos al período terciario, en el cual se 
tiene por cierto, por antropólogos tan eminentes como Quatre- 
fages y otros muchos, que apareció el hombre en Europa, el pro- 
fesor Unger, botánico de reputación universal, fundándose en 
el gran número de tipos de plantas americanas descubiertas 
en el mioceno de Suiza, cree en la existencia de un continente 
primitivo en el actual Océano Atlántico, y Heer, el no menos 
eminente botánico de Zurich, en su Flora Tertiaria Helvetice, 
apoyándose en iguales datos, establece la situación de este con- 
tinente, según sus datos tan ancho por lo menos como Europa. 
Sir C. Wyville Thomson, naturalista, jefe de la reciente expe- 
dición del Challenger ^ buque destinado á exploraciones del 
fondo del mar, señala una continuada elevación del suelo sub- 
marino en el Atlántico, con mesetas y valles, una de cuyas dos 
ramas une la América con África, y ha debido sumergirse en 
tiempos geológicos recientes, porque el mismo ilustre explora- 
dor encontró también la fauna de las costas del Brasil, extraída 
por su máquina de dragar, semejante á la de la costa oeste de 
la Europa meridional. 

Del otro lado, el gran geólogo norteamericano Mr. Dana, en- 
cargado por su Gobierno de estudiar la geología de los archipié- 
lagos del Pacífico, considera muchas de sus numerosas islas 
como las cumbres de continentes desaparecidos. Y Wallace, 
el primero de los naturalistas en la biología geográfica, en- 
cuentra en el plioceno , cuando ya pudo existir el hombre, 
una comunicación no interrumpida entre Asia y América, 
porque el estrecho de Behring es de la época cuaternaria; y si 
se considera que, según Le Conté, en el curso geológico de la 
historia terrestre de nuestros días, los actuales continentes cre- 
cen en elevación y en extensión, y por lo tanto se hunde el 
fondo de los mares, reuniéndose las aguas antes aparecidas y 
aumentando la superficie de los océanos, se puede en buena 



-46- 

compañía, apoyándose en autoridades de tanta cuenta, admitir 
la existencia de comunicaciones fáciles entre el Antiguo y el 
Nuevo Mundo, donde las emigraciones de uno á otro territorio 
se verificasen, según actualmente ocurren entre los pueblos sal- 
vajes y de modo tan exacto presiente y describe el P. Acosta 
en el párrafo antes leído. 

A mi modo de ver, durante el período terciario, la mayor 
parte de la superficie del planeta ofrecía una distribución de sus 
tierras y aguas análogas á la del actual archipiélago índico, que 
facilitó las comunicaciones aun más que las tierras firmes; no de 
otro modo se comprende la extraordinaria mezcla durante esta 
época geológica en las regiones de Europa de las floras ameri- 
canas, asiáticas, australes y africanas. Los actuales continentes 
se determinaron con sus relieves actuales por los grandes le- 
vantamientos de los Alpes, el Himalaya y los Andes, ocu- 
rridos á expensas de no menos grandes hundimientos en la 
extensión del Atlántico y del Pacífico que, sumergiendo los po- 
blados archipiélagos que los interrumpían, dejaron estas in- 
mensidades oceánicas á uno y otro lado de América, sólo sal- 
vadas por el genio de Colón y los briosos alientos de aquel 
pueblo español templado en la lucha de ocho siglos para aven- 
turarse á las más arriesgadas empresas que, como hazañas y he- 
rocidades, ha podido registrar la humanidad. 

Explicada queda así la variedad y aun la distribución de las 
razas americanas, acometido aquel continente desde los prime- 
ros días del cuaternario, sino antes, de un lado por las razas 
dolicocéfalas del occidente de Europa, llegadas quizá las pri- 
meras, y del otro por las razas braquicéfalas del oriente de 
Asia, que allí quedaron, penetrándose y confundiénse unas y 
otras, encerradas al aislarse el continente americano, hasta for- 
mar, auxiliadas por la acción de los medios, toda esa variedad 
de razas mixtas, donde el cráneo corto y la cara ancha contras- 
tan á cada paso por su falta de armonía étnica con la nariz 
aguileña y las órbitas redondeadas; y el cráneo largo y la boca de 
labios finos, con el pelo rígido y la nariz achatada, como se ve 
por doquier en aquel vasto continente, predominando los occi- 
dentales en los patagones y los iroqueses, por ejemplo, razas do- 
licocéfalas y de elevada estatura, y los orientales en los perua- 



— 47 — 

nos y pueblenses, razas braquicéfalas de menos que mediana 
talla. 

Hemos llegado con esto al fin de esta ya larga conferencia y 
quizá también al de vuestra, por esta noche, bien probada pa- 
ciencia. Estudiados los caracteres generales de las razas ameri- 
canas, registrados y comparados los especiales de cada una de 
ellas en sus principales pueblos ó tribus, y analizadas cuantas 
teorías más ó menos racionales se han propuesto para averiguar 
el origen de los indígenas de América, aunque todo esto breve- 
mente y á grandes rasgos, como cabía en una sola conferencia, 
he cumplido la misión que me ha sido encomendada, no como 
el Ateneo seguramente merece, sino en la medida de mi escasa 
fuerza; y concluyo aquí declarando que siempre he agradecido 
en el fondo de mi alma la constante atención con que el Ateneo 
me escucha, pero nunca como esta noche he sentido tanto mi 
pequenez ante la magnitud y dificultad de una conferencia tan 
superior á mis facultades, y en la que en realidad vuestra per- 
sistente benevolencia ha superado á cuanto yo merecía y podía 
esperar. 



LOS LENGUAJES HABLADOS 



INDÍGENAS DEL NORTE Y CENTRO DE AMÉRICA 



ATENEO DE MADRID 
LOS LENGUAJES 

HABLADOS POR LOS 

indígenas del norte 

Y CENTRO DE AMÉRICA 

CONFERENCIA 

DE 

D. FRANCISCO FERNÁNDEZ Y GONZÁLEZ 

Senador por la Universidad Literaria de la Habana 

pronunciada el día ag de Febrero de i8ga 




T 



MADRID 

ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO «SUCESORES DE RIVADENEYRA) 

IMPKESORES DE LA REAL CASA 

Paseo de San Vicente, núm. 20 
1893 



ÍNDICE. 



Páginas. 

Introducción al estudio de las lenguas de América i 

División de su estudio 6 

Lenguas de la América del Norte 7 

Idiomas de los esquimales. — Su comparación con los finneses y mongoles y 

con el vasco 8 

ídem de los coloss ó thlinkit 9 

ídem de los indios kaiganes , nass y nutkas 12 

Idioma llamado del río Tompson 14 

ídem salisi. — Analogías de este lenguaje con algunos asiáticos y europeos 15 

El sahaptin propio y el yakima. — Su comparación con los idiomas arios, y seña- 
ladamente con los teutónicos 16 

Lenguajes de los calapoyoc 3' vatlalas. — Gerga de chinuk 19 

Idiomas hablados en los valles de los rios Klamath y de la Trinidad 20 

El gallinomero, y sus semejanzas con el sahaptin y el yakima 21 

El kunalapo, y su parecido con las lenguas malayas 21 

El muntsun de Monterrey y sus múltiples analogías, en especial con el gaélico 

y con los idiomas teutónicos 22 

Idiomas californianos 25 

Lengua pima 26 

ídem ópata ó teguima 27 

Idiomas eudeve y ceri. — Comparación del último con el galo y con otras 

lenguas 30 

Idioma de los pieles rojas dakotas y de los mandanes blancos.— Analogías del 

último con el galo 31 

Idioma algonquino. — Sus analogías finnesas, turanias y mongolas 35 

ídem iroqués. — Su parecido con los turanios , 40 

Timucua de la Florida. — Sus múltiples analogías con idiomas no americanos. . 43 

El cahita. — Comparación de sus formas verbales con las de las lenguas arias.. . 45 

Idiomas de los tarahumaras , tepehuanos y coras 48 

Difusión del idioma apache. — Sus pronombres, conjugación y números car- 
dinales 49 

Lenguas de la América del Centro. — Civilización é idioma de los aztecas. . 50 



VIII 

Páginas 

Comparación del náhuatl con el vascongado, con el bretón y con los idiomas 

semíticos 53 

ídem con los arios y de otras familias 56 

Idioma otomi. — Su comparación con el chino y con otros lenguajes 58 

ídem pame. — Sus múltiples analogías 61 

ídem matlaltzinga 64 

ídem tarasco. — Su comparación con las lenguas turanias y con el sanscrit 65 

ídem pupuluca 68 

ídem zapoteca. — Su comparación con el otomi y con otros lenguajes 69 

ídem chinanteco 72 

ídem mazateco. — Su comparación con el otomi 74 

El mixé y el zoque. — Comparación de este idioma con lenguas antiquísimas del 

viejo Continente 75 

El chapaneca y el subiña 77 

Civilización y escritura del pueblo maya 79 

Comparación del idioma de este pueblo con otros de Europa y de Asia 83 

El quiche. — Su comparación con el bretón , con la lengua valona y con el latín.. 87 

El zotzil , el tzendal y el chanabal 89 

El chol , el cacchí y el pocoman 90 

El guasteco 91 

El totonaco 92 

El zutugil , el cakchiquel , el mame y el poconchí 92 

El xinca, el lenca, el xicaque y el mosquito , 94 

El ulúa, el chontal, el subtiaba, el rama y el guatuso 95 

El viceita , el térrava , el cabécara y el mulía 96 

Conclusiones del estudio comparativo de los idiomas del Norte y Centro de 
América en relación con otros informes arqueológicos é históricos. — Impor- 
tancia especial de las enseñanzas ministradas por la Filología 98 



Señores: 

El entusiasmo producido en nuestros mayores del siglo xv y 
XVI por el descubrimiento de las Indias Occidentales, antes que 
minorarse muéstrase encarecido al presente, cuando se estu- 
dian con madura reflexión las trascendentales consecuencias de 
aquel hecho extraordinario, merced al auxilio de instrumentos 
poderosos con que nos brinda el progreso científico. Porque si 
hubo de parecer sencillo y muy natural, así á Colón como á los 
primeros exploradores que le sucedieron, partiendo de ideas que 
se han rectificado mucho, frecuentes analogías entre los produc- 
tos botánicos y minerales de las regiones asentadas en las con- 
trapuestas orillas del Atlántico, ello es que los modernos inves- 
tigadores, tras graves crisis del humano pensamiento, las cuales 
han alterado profundamente el orden científico, aunque cautos 
en recibir, sin grandes pruebas, identidades, semejanzas y meras 
relaciones, estiman, con todo, el Continente americano cual in- 
agotable materia de fecundas indagaciones en todos los ramos 
de estudio, ahora recojan informes propios á completar en la es- 
fera doctrinal y didáctica la serie de variedades y de condi- 
ciones geológicas de los minerales estudiados en el Antiguo 
Mundo, ahora amplíen las observaciones sobre los seres orgánicos 
con gradaciones que perfeccionan la consideración armónica de 
la naturaleza vegetal, ahora columbren y señalen, al parecer, pel- 
daños desconocidos que reconstruyen la escala zoológica, en- 
riqueciéndola con aproximaciones ministradas por organismos 



— 2 — 



vivos todavía existentes y por la Paleontología. En particular, la 
Antropología humana puede congratularse del aumento de no- 
ticias sobre pormenores etnográficos, con ser copiosísimos, aun 
en el campo especial de la comparación psicológica, los que 
descubre y pone de relieve la desusada riqueza de diversida- 
des morfológicas, empleadas, para la expresión de los concep- 
tos, por los distintos idiomas americanos. 

Está lejana verosímilmente la fecha — si es dable alguna vez 
conseguir aspiración tan plausible — de la pascua científica en 
que sea oportuno el festejar cumplido logro de las difíciles ave- 
riguaciones sobre las formas orales expresivas del humano pen- 
samiento, trazando el plano aproximado de los giros y evolucio- 
nes universales de la Lingüística con la razonable seguridad con 
que Laplace bosquejó en puntos capitales las leyes de los movi- 
mientos celestes; mas cuando quiera que este acontecimiento 
llegue á realizarse ó se proponga por vía de ensayo como legí- 
tima especulación del entendimiento, tengo para mí, dicho sea 
estimando debidamente el interés de los trabajos adelantados 
sobre tan importante materia por Bopp, Schleicher, Oppert, 
Diez, Breal, Halevi, Ufjalvy, Faidherbe, Terrieu de la Coupe- 
rie, y singularmente por Max MüUer en su célebre estudio sobre 
la Est ratifica CÍÓ71 del lenguaje (puesta la vista por lo común en 
los testimonios ministrados por los idiomas del Mundo Anti- 
guo), que los mencionados pormenores recomendables á la con- 
sideración por calidades de subido precio, mal discernidas á la 
continua ó imperfectamente clasificadas, serán parte eficacísima 
á constituir en conjunto armónico el edificio de la ciencia filo- 
lógica. 

Por lo que toca al día de hoy, cumpliría á la patria del autor 
del Catálogo de las Leiiguas^ al par que al interés científico de 
la solemnidad con que conmemora el hecho fecundo del descu- 
brimiento de Colón este Instituto de cultura general amplísima, 
el decir algo nuevo y verdaderamente importante en relación 
con el conocimiento de los idiomas americanos. Atento á estas 
razones, soy el primero en lamentar que tema de tan grande im- 
portancia quede á cuenta de exposición excesivamente breve, 
poco adecuada á la excelencia del objeto, y sobremanera de- 
fectuosa como mía. 



— 3 — 

Muéstrase el asunto de mis conferencias dificultado, en primer 
término, por inconveniente gravísimo y en cierto modo insupe- 
rable. Ofrécese á nuestro examen un caudal de materia que ex- 
cede las facultades de hombres regularmente estudiosos, pare- 
cido tan sólo, en su prodigiosa magnitud, á aquella muchedumbre 
de idiomas pertenecientes á trescientas naciones, que al decir 
de Timóstenes, copiado por Plinio (i), concurrían en Dioscu- 
rias de Cólquida y forzaron á los romanos á ocupar ciento 
treinta intérpretes, y puesto que no pocas de las lenguas ameri- 
canas, estudiadas cual enteramente distintas aun en gramáticas 
y diccionarios, puedan estimarse, según conjeturó el mencio- 
nado filólogo español (2), como dialectos, su número y variedad 
son verdaderamente tan extraordinarios, que hubieron de mo- 
tivar razonada é inagotable sorpresa en los escritores que ilus- 
traron los primeros tiempos del descubrimiento. No disimularon 
la suya, respecto de este particular, ni Fernández de Oviedo (3), 
ni Solórzano (4); y el P. Kircher, aprovechando en su obra So- 
bre la Torre de Babel los peregrinos datos que le comunicaron 
los Padres jesuítas de las misiones de América, al celebrarse una 
congregación en Roma en 1676, no tituteaba en elevar el núme- 
ro de tales idiomas á quinientos (5). En el siglo pasado, D. Juan 
Francisco López se aventuraba á afirmar que se hablaban en las 
Indias Occidentales no menos de 1.50o idiomas (6), opinión no 
desautorizada por el abate Clavijero, quien repetía haber distin- 
guido y contado hasta treinta y cinco lenguas diferentes sólo en 
naciones conocidas de la jurisdicción de México (7). 

En el actual los estudios de Buschmann (8), D'Orbigny (9), 

(i) Coraxi urbe Colchorum Dioscuriade iuxta fluvium Anthemunta, nunc deserta: 
quondam adeo clara, ut Timosthenes in eam ccc nationes dissimilibus linguis, descen- 
deré prodiderit. Et postea nostris cxxx interpretibus negotia ibi gesta. Historia 7iatn- 
ralis; lib. vi, cap. v. 

(2) Catalogo de tas Lcfiguas; Madvid, año 1800; vol. I, pág. 118. 

(3) La Historia general de las Indias; Sevilla, 1535; folio; lib. vil, cap. xili, pág. 75. 

(4) De Indiarumjurej Lugduni, 1672, folio; t. ii, lib. I, cap, xxv, pág. 181. 

(5) Lib. III, Sccc i.*, cap. i. 

(6) Hervás, Catálogo, etc.; vol. i, pág. 115. 

(7) Storia Áulica del México; t. IV. Disertazione i, párr. 2. Cessena, 1780. 

(8) Débense á este infatigable filólogo alemán hasta diez obras interesantes sobre las 
lenguas de la América del Norte. Entre ellas merece especial mención la intitulada 
Syslematische Worttafel des Athapaschisen S/>rac/istams; Berlín, 1859. 

(9) Lhomme Américain, 1840. Vojage dans les detix Amériqíies, París, 1859. 



Orozco y Berra (i), Bancroft (2), FedericoMüller (3), etc., de- 
jan presumir cifras poco menos elevadas, y Brinton, el ilustre 
profesor de Arqueología y de Lingüística americana en obras 
publicadas recientemente, menciona unos ochocientos cin- 
cuenta y cuatro lenguajes entre idiomas y dialectos (4), no sin 
revelar inseguridad por la deficiencia de noticias, que se en- 
carga de completar en estudios sucesivos (5). 

Tan considerable número de formas lingüísticas sugiere á 
primera vista la posibilidad de errores, confusiones é inadver- 
tencias en el catálogo y clasificación, explicables mayormente 
por la manera con que ha llegado hasta nosotros el material de 



(i) Geografía de las Lenguas y carta etnográfica de México; México, 1864. 

(2) The Native Races of the Pacific States. Concretado el asunto de esta obra á las 
regiones occidentales de la América Septentrional desde Alaska hasta Darien, enumera 
(t. III, New York, 1875, P'igs. 562-573) quinientos setenta y cinco idiomas. 

(3) Allgcmeine Ethnographie;\\'\en, 1873. 

(4) The American Race; Istw'Yorli, i%^i. 

(5) Sotith American Native Languagcs; New York, 1892. 

Demás de estas obras, merecen consideración como fuentes bibliográficas generales 
para la lingüistica americana, los libros siguientes : 

Epitome de la Biblioteca oriental y^occidenfal, náutica y geográfica, de D. Antonio León 
Pinelo; 2.^ edición, año 1738. 

Catálogo de las Lenguas, por D. L. Hervás y Panduro, seis tomos; Madrid, 1800-1805. 

Mithridates, por Adelung, 1806. 

Continuación de la misma obra, por Vater; 1807. 

Smithsonian Institution Bureau of Ethnology, por Powel; 1885. 

Cuadro de las lenguas indígenas de México, por Pimentel; 1862. 

Geografía de las lenguas de México, por Orozco y Berra; 1864. 

The Litcratur on american Aboriginal languages, por Hermann E. Ludewig; Lon- 
dres, 1852. 

Monography of aiithors zvho havewritten on the languages of Central America, porE. G. 
Sequier; New York, 1861. 

Bcitráge zur Ethnographie und Sprachcnlmnde; Leijízig, 1867, por Martius. 

Bihliothcque mcxico-guatemalteque , por Brasseur de Bourbourg; París, 1871. 

Bibliothcque de Linguistique et de Ethnographie amcricaines; 1875- 1882, por A. L. Pinart. 

Études sur sixlangucs amcricaines, por Luciano Adam ; París, 1878. — Examen gramma- 
tic al comparé de scize langucs amcricaines, por el mismo. 

Bibliothcque americaine, por Leclercque; París, 1878. 

Biblioteca de las lenguas indígenas de Venezuela, por D. Aristides Roxas; Caracas, i88i- 

Bibliographia de la lengua tupi, por Alfredo do Valle Cabral; Río Janeiro, 1880. 

Biblioteca hispano- americana septentrional, por el Dr. D. José Mariano Beristain; 
2.^ edición americana; 1889. 

Son dignas de examen en este respecto la IJtcraturc of the American Languages por 
Ludewig, obra que señala i.ioo idiomas americanos distintos, y la lista alfabética de 
idiomas publicada por H. W. Bates, Central America, West Indias and South America, 
la cual eleva dicho número á 1.700, 



estudio, debido en mucha parte á misioneros que, después de 
aprender el idioma de las tribus, cuya educación religiosa les 
estaba confiada, escribían gramáticas y diccionarios del lenguaje 
de ellas, sin preocuparse de averiguar á las veces, si era del todo 
distinto ó ligeramente diverso del hablado por otros, cuyo dic- 
cionario y gramática redactaba con igual fin otro de sus herma- 
nos en Jesucristo. Ni los filólogos posteriores han mejorado 
grandemente el estado de incertidumbre engendrado por estas 
causas, ceñidos los unos á investigaciones de pormenor en loca- 
lidades determinadas, desconfiados los otros de todo sistema de 
ordenación que pueda aportar á su desarrollo ideas precon- 
cebidas. 

Y en rigor de verdad, parece indispensable al presente, tra- 
tándose de un orden de estudios que, como la Antropología y la 
Paleontología, participan de las condiciones de las Ciencias Na- 
turales, el atenerse principalmente, en lo que respecta al punto 
de partida, á los resultados legítimos del método experimental 
ó baconiano. 

Dejados aparte, por esta razón, los supuestos de ideas precon- 
cebidas, que nos llevarían como de la mano á considerar desde 
luego en los idiomas del Nuevo Mundo, ya meros ejemplos 
ó representaciones de los sistemas léxicos, estudiados en el An- 
tiguo, ya el desarrollo de formas más ó menos expresivas, 
ya, por ventura, el origen de maneras de significación cono- 
cidas en los confines de Asia, de África ó de Europa, ó por el 
contrario, la absoluta distinción y extrañeza entre los procesos 
lingüísticos de los moradores antecolombinos de uno y otro 
Continente, he creído preferible comenzar por ofrecer á vues- 
tro examen el cuadro de los principales y mejor conocidos con 
las comparaciones obvias, que se desprenden del estudio de otros 
lenguajes presentados en testimonios apreciables por el juicio de 
cada uno (i), no por afirmaciones mías, y siguiendo el orden 



(i) De los dos métodos seguidos generalmente en el estudio de las lenguas ameri- 
canas, el de Bancroft, atento á la comparación de los organismos gramaticales, y el de 
Dawson á la mera comparación léxica, aparece como más científico el primero, dado 
que el segundo bien seguido y completo, aunque muy difícil también, puede ofrecer 
resultados comparativos apreciables. El que ofrece más inconveniente es el de la elec- 
ción y comparación de algunas palabras, por importantes que sean, según se mostrará 
más adelante. 



— 6 — 

geográfico, en lo posible, para que se aleje el pretexto de toda 
intención de torturar por modo ninguno, la genuina enseñanza 
de los hechos. 

Al proceder así, séame lícito evocar á vuestra memoria la an- 
tigua división de este Continente en septentrional, central y 
meridional, que ha de ser, con ligeras alteraciones, la de este 
trabajo en su parte expositiva, pidiéndoos venia para invertir 
al presente el método seguido por el inmortal Hervás, quien 
encabeza sus investigaciones con el estudio de los idiomas de 
la Isla del Fuego, y principiar mi tarea por la América del 
Norte, icon ser notorio que el continente americano alcanza 
latitudes superiores en dicho hemisferio, y en él por la banda 
de ocaso se adelanta más la tierra firme en la dirección hiper- 
bórea. 

I. 

IDIOMAS DE LA AMÉRICA SEPTENTRIONAL. 

Allí, desde los confines de la Colombia británica hasta el Cabo 
Barrow, próximamente entre los grados 56 y 72 de latitud 
Norte, se muestra la nación de los Innuit ó Esquimales, con po- 
blación repartida en Asia y en América, á ambos lados del Es- 
trecho de Behring, cuya profundidad ordinaria de 44 me- 
tros (í) indica, con verosimilitud no improbable, la existencia 
de un istmo, que en antigüedad más ó menos remota separaba 
el mar Ártico Glacial del Grande Océano. Gente acostumbrada 
á vivir con poco, en regiones no favorecidas por los produc- 
tos de la tierra, de clima húmedo, frío, y frecuentemente he- 
lado, ocupan muchos grados de longitud desde las islas alen- 
tienas hasta la tierra del Labrador, y pasado el mar de Baffin 
se les ve al Norte en la isla de Groenlandia, donde algunos de 
sus campamentos, como el de Ita sobre el puerto Fulke, al- 
canza el 78° 18' de latitud Norte. 

Guiado Brintonpor tradiciones orales de los indígenas, que, 
á su juicio, pudieran remontarse á dos mil años, no vacila en 



(i) Reclus, Géographie Univcrselle; Paris, 1890, t. xv, pág. 5. 



asegurar que los esquimales asiáticos proceden de América, in- 
clinándose á creerles de origen común con los de Groenlan- 
dia (i), tierra que debía estar unida á la de Baffin y al país de 
los escandinavos, corriendo ya la edad cuaternaria de los geólo- 
gos; Bancroft propone que formen parte de un grupo etnográ- 
fico y filológico, denominado polar; Monglave da por probada 
la identidad de su idioma con el de los vogules de la Tartaria 
y con el de los sajones; Mofras, en fin, con el de los tchutchos 
de Siberia. Enseñan filólogos de mucho crédito que se reducen 
á tres los dialectos principales de su lengua, el de Groelandia y 
el Labrador,- el chiglet ó de las costas del mar Ártico y el de 



(i) La ¡dea de un territorio á manera de puente, que sirviese de barrera á los 
Océanos Atlántico y del Norte hasta el período glacial, ha sido expuesta por varios 
geólogos ingleses, en especial por M. A. J. Jukes-Browne en su excelente obra The 
Buil.iings of the British Isles^ Londres, t888. Ya el Dr. Hooker había señalado en la 
América del Sur considerable número de plantas comunes á la América Septentrional 
y á Europa, y puesto que otras observaciones constituyan cierto linaje de corrobora- 
ción á las opiniones de dichos sabios, se desprende aún más cumplida de una comuni- 
cación erudita, dirigida no ha muchos meses á la Academia de Ciencias de París. El 
insigne naturalista Mr. Emilio Blanchard, profesor del Museo, testificando, cual fruto 
de sus investigaciones, la presencia de varias plantas europeas en la América del 
Norte. Cita, entre otras, algunas coniferas, brezos, orquideas, faitiilias de las 
canófilas, el astrágalo de los Alpes, el rododendro de Laponia, primaveras, alisos, 
sauces, etc., á las que pudiera añadir, en mi opinión, el castaño de los bosques del 
rio de San Lorenzo, muy semejante al de Asturias. Por lo que toca á la fauna, men- 
ciona el sabio francés multitud de coleópteros, insectos de suyo sedentarios y de difí- 
cil locomoción, especialmente los carábidos, las vanesas, los sátiros lepidópteros; car- 
niceros como la marta, la foina y el armiño; roedores, como el conejo de Noruega y 
la liebre de Laponia; rumiantes, como el rengífero y quizá el bisonte ó vaca de Qui- 
vira; pues aun cuando se ha señalado alguna diferencia, comparado el de las Montañas 
Roquizas y de la Groenlandia con el de Lituania, en particular, por el número de cos- 
tillas, que en ambos aventaja al del buey común, su semejanza es tan grande, que cier- 
tamente se ha intentado volver á la doctrina antigua, que lo colocaba en la misma 
especie, ó á lo menos reunir las dos especies en el subgénero que denominan hona- 
sus. Otras indicaciones, aunque en menor número, se han expuesto respecto de al- 
guna parte de la flora y fauna, que es común al continente de América, y al suelo de 
Asia. De las anemones, afirma particularmente Blanchard que una de Siberia se cría 
también en la América del Norte, otra es común al Japón y á Am.érica y otra, en fin, 
que se creía propia de las montañas europeas, crece en las de América y de Asia. Se 
ha hallado en la China el tulipán, que se estimó un día como ornamento especial déla 
flora americana; las violetas de la Siberia y del Japón se confunden en la vegetación 
de América, y la vid labru&ca, reputada hoy americana, existe asimismo en el Japón 
y en otras partes del Asia. En cuanto á la fauna, es de recordar también que la cibelina 
y el glotón de la Siberia se crían del mismo modo en Alasca, y aun se muestran ma- 
riposas en el nuevo mundo con ¡guales matices, tamaño y figura que otras asiát¡cas 
y europeas. 



Alasca, conforme con el de los asiáticos de Kantchatska, del 
cual son conocidas derivaciones los dialectos de los aleutie- 
nos y quizás el de Kadiak. 

Reducidos cada vez más en número los esquimales de Le- 
vante, que pudieran llamarse atlánticos por el mar que baña 
sus costas, y conquistados en gran parte por la cultura yankee 
ó europea, voy á limitarme á algunas consideraciones acerca 
del chiglet ó idioma de los esquimales del río Makencie, y so- 
bre los lenguajes de Alasca. 

Distínguense tres géneros en el esquimal de las márgenes del 
río mencionado, el singular, cuyo nominativo suele terminar 
en ec^ el dual en ac y el plural en ke-t^ formas que recuerdan 
análogas del singular y del plural, en lapón, en samoyedo, en 
vasco y en los idiomas semíticos, y los colectivos pospuestos 
kiay^ kien y kiu, con que la lengua oral de los chinos forma sus 
plurales. Para la declinación emplean las partículas afijas ib^ 
mut, nic, ymit en el singular ; gnict y gntt^ en los duales, y nut, 
kit, y mit, en los plurales. El infinitivo se forma posponiendo 
nec á la raíz, á la manera que en turco se pospone mac; la ter- 
cera persona del presente se constituye por la raíz verbal sin 
aditamento ninguno; la vocal pronominal apositiva varía según 
los tiempos. «Yo», se dice wonga y hwihca^ vocablos próximos 
al japonés wagaito, al chino M-ytn pan- han, al mandarino, ;/^o y 
al tibetano ngaa. «Tú», se dice Ipit. «Ser ó haber» gi^ ó vi (i), 
cuyas raíces recorren los más de los idiomas conocidos, osten- 
tándose señaladamente en el sanscrit, en el turco, en el gaélico 
y en el vasco. El número «uno» se expresa por la voz ataiichik, 
análoga á tagik, en idioma pamir de la Sogdiana, y á <2/ en chino 
lai-fu; el «dos» por singit, que el chino tchung-ze dice ngioi, el 
chino-siabo yong, y el tibetano, gsiiun ó saní; el «tres» por 
¡ihankiík, en turco ücli, en chino li-fan song, en tcheremisio 
kum, en morduino kohno, etc. 

El alascano y aleutieno se distinguen grandemente por su de- 
clinación, pues si sus formas singular y dual recuerdan de al- 
guna manera el vasco y el turco, el plural en n, inn ó nin, es 



(i) Richardson's Journ. vol. ii, pág. 364 y siguientes; Erman, Archiv. t. 11; Baa- 
croft, The Native Race of the Pazijic States; X. iit, pág. 577. 



— 9 — 



análogo al formado con la afija /;?z;/, que es signo del plural en 
chino, y á los plurales en todas las lenguas semíticas (i). 

El athka, dialecto hablado en las islas occidentales aleutie- 
nas, sólo se distingue del alascano en sustituir las terminacio- 
nes de plural ^ ó ng-á\3. n del nominativo: el cadiak, por testifi- 
car mayor analogía con el de las costas boreales. 

Al Mediodía de la región occidental ocupada por los esqui- 
males muéstranse los tlinkit, y más al Este los tinnas (che- 
peweyanos y athabascanos): éstos se extienden también con 
interrupciones desde el Mar Ártico á Durango, en Méjico, sin 
que falten algunos establecidos en las costas del Pacífico. 

Los primeros, que llaman por otro nombre koloss, alternan 
con los esquimales y con los timnas en la banda de Oeste, y aun- 
que ocupan en su mayor parte la región occidental, así en co- 
marcas marítimas como en mediterráneas, desde los 70 grados 
á los 55 de latitud Norte, aparecen ya en las costas de Alasca 



(i) La declinación en aleutieno es de esta suerte: 

REGULAR ANÓMALA, 

^¿a, «padre» ; en accadio, íJem; en vasco, aita. 

SINGULAR. DUAL. PLURAL. SINGULAR. DUAL. PLURAL. 

Nom.,., Ada-kh ó ada., Ada-kek. Ada-n ,. ( Kanno-gh ó / „ i- . . 

/--« Aj „ Nom.... , ir 1, Kanno-guex . Kaflno-nen. 

Oen Ada-m. / Kanno-gha. ) " 

G. reí. ó) ., Gen.,.., Kanno m. " 

flW... « Ada-gan. 



^,, ■ ¡ Adam Ada-ken, Ada-tli'n Dativo v | „ i Kanno-ehe- 

aol... j _¡_, ' . Kanno-man.. ; , " 

Ac Adakh ó ada. 



Dat reí. Kanno-gan. 

i.tivo V I ,, 

,, ' . Kanno-man. . , , 
aol..,, kan. 



No sólo el nombre aleutieno, ada ó adaJc, para el padre, es turanio, sino que el 
de anak, para la madre, es idéntico con el de la diosa madre de los accadios. La 
terminación en in ó en « del genitivo, recuerda las de en y ena del vasco, y la del 
caso relativo la m\%m2. gan del euskara. (Véase á Ribary; Ensayo sobre la lengua vasca; 
traducción francesa de Julián Vinson; París, 1877, pág. 16.) También parece turca 
la tendencia á convertir la ^ ó « en ;// y el nin, como afijo de plural, parece co- 
rresponder al niin chino. La posposición e-ssik, equivale al agatik vascongado. Los 
pronombres personales son: «yo», e ó ghen^ y o, como afijo de verbo; khentlien ó íx.veu 
«tu», y como afijo xlxen; kek, ««1», afijo hh; «,«nosotros», afijo ncñ; gen,<^\o'¡,oX.xo%.>, afijo 
x'-xice; d/ien, «ellos», afijo ne}i ñcn, es parecido al sueco y danés de, y al gaélico i'ad. Los 
tiempos se forman añadiendo al tema invariable una característica ó verbo auxiliar, 
que es para el presente í-u, para el pasado próximo na, para el remoto /,-Jia y para el 
futuro djiaÁ'u.'E]emp\o: «Él bebe>, tana-hi-hh; «él ha bebido», /¿/«a-WA-zí/// «él beberá», 
tana-doha-hh; á la manera que en vascongado se dice «él irá», ibillico ikake, etc. 



lO 



y en las islas inmediatas á esta península. Desde la época, rela- 
tivamente reciente, en que se han estudiado sus costumbres, 
se señala en los tlinkit cierta cultura y disposición como mari- 
nos y comerciantes, habiéndose hallado entre ellos, según rela- 
ción de los primeros marinos que los visitaron (i), cuchillos y 
sierras de hierro, con algunos testimonios de habilidad no des- 
preciable, para labrar útiles y adornos de cobre y de f)lata. Prac- 
tican de antiguo el comercio de esclavos, granjeria rara entre 
los indios de América, de la cual no se ha hallado huella ninguna 
en las tribus establecidas en las costas del Atlántico. Tiene fama 
entre los americanistas su lenguaje de sobrado áspero y duro, 
condiciones que atribuyen á ser copioso en sonidos guturales, 
dentales y labiales, señalándose muchas de sus palabras por co- 
menzar con k ó con /, ^, n y m^ sin que ninguna lo verifique con z;, 
consonante poco frecuente en los idiomas de estas latitudes, y 
que falta en absoluto en el aleutieno así como en el chino. Con- 
sígnalo así Buschmann en sus preciados estudios sobre el ko- 
loss y el pima (2), y observa al mismo propósito Laperouse (3) 
que la aspereza dimana de la asociación frecuente de muchas 
consonantes sin vocal sensible, citando como ejemplo el voca- 
blo chlrlete, que significa «pelo», al cual pueden agregarse 
tJilkhiniic «'S>?i\\\á»,Y cutlhta, «ceniza», mencionados por Venia- 
minoff en su vocabulario (4). Vater (5) ha pretendido que es 
afine al azteca, pero Bancroft (6) y Buschmann aseguran que las 
voces de este idioma halladas en él están corrompidas por serle 
extrañas; proponiendo el ejemplo de los vocablos aztecas nantli^ 
«madre»; teachcaiih^ «hermano»; xayacatl^ «cara»; xquatlj 
«frente»; velitizcotl, «enérgico»; tetl, «piedra»; tlalli^ «tierra»; 
cananJitliy «pato», yxülate, «estrella»; los cuales se dicen en 
tlinkit: attli, ochaic, kaga^ cacac, itlzin, ie, tlatca, caiichii y 
tlaachztl. 
A mi juicio, la observación no es del todo exacta por proce- 



(i) Brinton O. C, páíj. 105. 

(2) Die Pima Sprache Jind dic Sprachc der Kolnsscn, Berlín, 1854, pág. 588. 

(3) Voyages, t. 11, páginas 238 y 239. 

(4) Sapisld oh Ostrovach Oonalashlanslmcho Otjcla^ t. Iil, paginas 149 y 151. 

(5) Mithridatcs, t. Ill, Par. 3.*, páginas 212 y 213. 

(6) The native Races, t. in, pág. 581. 



— II — 



der algunas de estas dicciones de otros idiomas, en términos 
que atli y achate^ derivadas la primera del turanio ata y la 
segunda de aj 6 <7/V semítico, se hallan menos estragadas en la 
segunda forma, y cajiaiiJitli (¿de canard?) y citlati (¿de stella?) 
en azteca, pudiendo decirse quizá lo mismo de tla-lli. El men- 
cionado Buschmann entiende que tiene el tlinkit más analogía 
con el timna y otros idiomas; no sin comparar entre otras vo- 
ces tzin^ «musaraña», con tzin del dobri, achasch, «mujer»; 
con scJiat del Umpqua del Oregon; tje ó tesc^ «camino», con ti 
en tacuilli. 

Entrando en otros pormenores es interesante señalar la 
forma de sus pronombres personales, que guarda alguna cone- 
xión con las usadas para esta parte de la oración en idiomas de 
uno y otro continente. «Yo» se dice en la lengua que examina- 
mos. y¿3;¿^ 6 j'atsch; «nosotros», bají ó bantch; «tú», bae ó bi; «vos- 
otros», iban ó ibantc/t, «él», b ó bch; «ellos», as^astch y yutes. 
Verificado el cambio entre consonantes del mismo órgano, es 
obvia la analogía de estas dicciones con el dialecto chino Pai-y, 
donde se emplean kii^ para significar «yo»; meng^ «tú», y men^ 
«él»; con elli-yen, que expresa «yo», ^or pan- han, ú//o; «tú», 
^or tn en Y «é\^\>or piin; con el de los negros deNuevaCaledonia, 
entre los cuales neng ó ni, significa «yo»; ic ó ñiipa, «tú»; edó 
nen, «é\»;/iiin, «nosotros»; ñnpiin, «vosotros»; ñiinden, «ellos»; 
con el bubí de Fernando Póo que usa ne, na y nke, para desig- 
nar «yo»; vebtie ó be, «tú»; olio, a y ake, «él»; ocu, «nosotros»; 
be, beb, beba, «vosotros», y iinga, «ellos»; con el llamado taensa, 
donde ho, biy bia, corresponden á «yo, tú y él»; con el otomí 
nit-ga, «yo»; nu-giie, «tú»; na, «él»; nii-wegii, «nosotros»; nu- 
ghe, «vosotros», y ;zz/-j'z/, «ellos»; con el guaraní que emplea 
para este uso pronominal, che, nd, cobae, nande, pee, aete,y, 
en fin, con el arreueko, idioma en que dai-kia, vale «yo»; biii, 
«tú»; h-pa-ha, «él»; cai, «nosotros»; Jiúi, «vosotros»; nac, 
naikia ó je, «ellos y ellas». 

El verbo se conjuga con características de tiempo como en 
griego y con terminaciones personales, las cuales, con ser aná- 
logas á algunas del vasco y del bretón francés, no carecen de 
parecido con las del sarajolé de África, del nuevo caledonio, 
del taensa y del peruano. Si escogemos para que nos sirva de 



— 12 — 



ejemplo el verbo eiacha, que significa hacer y mover, en pre- 
sente, nos ofrecerá etaka-ni «yo muevo», en imperfecto etacha- 
negin; «yo movía», en perfecto ekbzi-ní o ekhhzin-nigin^ «yo 
moví»; en futuro ecba-sya-iti ó cuchzi-ni^ «yo moveré». Sin ne- 
cesidad de gran esfuerzo se comprende que sean formas apoco- 
padas de vocal final ni^ detzecadan, en vasco, «yo lo hago»; 
unn en bretón, «yo soy»; ^? en griego, «yo era»; relivan en 
medo antiguo, «yo escribo»; mientras en tlinkit se muéstrala 
última sin apócope, como en laballe-aní, «yo soy», del sarajolé 
del Senegal; en aié'eni, «yo sé», del nuevo caledonio; en irre- 
war-honi , «yo amo», del taensa; en ca-ni, «yo soy», del pe- 
ruano, terminaciones que recuerdan la del pronombre aní, que 
significa «yo» en bicol y en hebreo. 

Al Mediodía de los tlinkits, en el territorio llamado Colom- 
bia inglesa, que comprende comarcas occidentales de los Esta- 
dos Unidos entre los grados 55 y 43 de latitud Norte, en los des- 
cubrimientos de los rusos y los españoles, aparecen en primer 
término los kaidahs ó kaigames, los cuales hablan un idioma 
que se extiende por el sur del Archipiélago del Príncipe de 
Gales y por la isla Reina Carlota. En él faltan los sonidos co- 
rrespondientes á la <?', / y 771, así como á la r dental, y los acci- 
dentes generales de los nombres. Estos carecen de forma fe- 
menina, que suplen, añadiendo después del que se entiende por 
masculino el vocablo dshetia, en acepción de hembra ó de mu- 
jer; de zV/c, «caudillo ó capitán»; ///c dshetta, «la mujer del caudi- 
llo». Tampoco disfrutan de casos ni de forma plural, reempla- 
zando ésta con adición de numerales. Los pronombres logran, 
sin embargo, variaciones para expresar el número y se antepo- 
nen al verbo; son: te, ti y kjh *yo*; to7ig ó tm, «tú»; law, «él»; 
itl, «nosotros»; tolióng, «vosotros»; Ú7t7ias, «ellos». Incluyen la 
expresión del verbo ser, llegando á modificar los adjetivos, 
convirtiéndolos en participios y cuasi verbos, posponiéndoles 
ke en la primera persona, y atribuyéndoles la terminación hg, 
cuando no la tiene el pronombre. Sirva de ejemplo el adje- 
tivo c/// ó cuttus, «hambriento»; con lo cual se dice te-ctit-ke, 
«yo estoy hambriento»; t67ig chúttus, «tú estás hambriento»; 
laiv khúttung, «él está hambriento»; itl chúttu72g, «nosotros 
estamos hambrientos»; tollong chúttiis, «vosotros estáis hara- 



— 13 



brientos»; únnas khúttiing ^ «ellos están hambrientos» (i). 
Alrededor del río Nass y del abra del Observatorio de las 
islas del Archipiélago Pitt y de Mill-bank Sund, moran respec- 
tivamente los indios nass, sebasas y hailtzas, hasta las inme- 
diaciones del paralelo 51, los cuales hablan un idioma que toma 
nombre de los primeros, y cuyos pronombres personales, ex- 
traordinariamente largos, parecen participar de influencias tura- 
nias ó uroaltaicas y semíticas, como si éstas se hubiesen juntado, 
especialmente en el plural, para formar cada uno con dos de 
distinta procedencia. Dícese «yo», niic-wa; «tú», ciis-ho ; «él», 
caigh-qiia; «nosotros», ivintco] «vosotros», kt-ciis-co] «ellos», 
eli-caigh-qiia (2). Guardan mucha analogía con el nash los 
dialectos de los chimsyan y el bellacola, que en la vecindad de 
aquél se extienden de Oriente á Poniente desde las Montañas 
Roquizas. El bellacola más próximo al nash revela, al parecer, 
sólo afinidades chinas y arias: el chimsyan preferentemente chi- 
nas y semíticas (3). 



(i) Radloff, Sprache der Kaiganen en Mélanges Ritsscs, t. Ill, lib. v, páginas 569 y 607. 

(2) ¿Vu-ku'íi es análogo al hebraico atioki, al egipcio annuk y al vasco nic; kusho al 
ka hebreo, árabe, futuniano de las islas Fitchti, tagaloc, bisayo, lazo y vasco; en caigh 
(jtia, el segundo término, loes al hu hebreo (/míió /7¿?m arábigo); a7«/^í? se descompone 
en -JiH, semejante á ar, «nosotros», en inglés, y á vi, nosotros, en danés, y en sueco, y en 
iitko, análogo á nakhmi ó najnu arábigo, si en realidad la composición no es triple, pues 
el ko final puede ser signo de plural chino ó altaico; kikusco tiene la misma explica- 
ción con una anteposición semejante á la usada por los bubies (en Nueva Caledonia se 
áicc: kutu); en e! i cacgh qua, el término í"// se aproxima mucho á i/li, latino; sila, ta- 
galog y golli, bubi; y aparece como unido á las formas del singular. 

(3) «Yo», se dice en chimsyan Jiewjo en chino í:go/ «tú», uient\ en chino nguO 
«él», qna, en arábigo j'ua, en hebreo /luy «nosotros», neuha-mc^ en chino vgo-mcn; 
«vosotros», neu-me, en chino ngy-men; «ellos», lát^ que parece el singular de «él», con 
el t femenino final, que en semítico indica pluralidad, aunque en chino escrito «ellos» 
se dice también /?■/, añadiéndose el final ten, de que puede ser residuo la t de hit para 
expresar el plural. En bellacola «yo» se dice untsh. U en samoano, en futuniano, \ en 
chino escrito significa «yo», y en este idioma se suele añadir tse, tscJiy para expresar 
«yo mismo». Eno^ «tú», equivale al ne dravidiano, al ni en nuevo caledonio, al indo- 
chino «í/z, al chino oral Jigui, y al chino escrito eul d ssu; «él», techtil teigh^ al chino 
oral /a, y al chino escrito, ta-tse hy, «él mismo»; unstho «nosotros», se asemeja al sin- 
gularcon el to ó /s^, del chino escrito; ¿-«w//, «vosotros», se parece al en-o del singular 
con tih, ku óju, signo de plural en dialectos chinos; «eVios», scduc, teeh, til, tin, no, mo, 
taight; donde la partícula mo parece recordar el plural por negación («no es él» á 
saber, son todos ellos) de los chinos. «Dios» en bellacola se dice tecali; aam en chim- 
syam, voces que recuerdan el Dios ^^ de la Caldea y chicn,(\x\een chino significa cielo. 
Véase á Scouler, Lon., Gcog. Soc. Jour., vol. ix, pág. 221 y siguientes. Perny, Gram- 
mairc chinoisc, t. I, página 129 y siguientes. Rcvue de la Lingiiistique, t. xi, xii y xin. 



— 14 — 

Los nutkas de la isla de Vancouver y de las comarcas inme- 
diatas á la parte de Levante, comprendido el país que rebasa 
el paralelo 49 grados Norte á la banda meridional, hablan el 
lenguaje de su nombre, en el cual son de notar plurales de re- 
petición, como en chino y nombres de desinencia especial para 
significar colores. Los verbos terminan: la primera persona de 
singular ó plural en a, ó en mah, ó en meh, según se muestra 
en el egipcio aii-a, «yo soy», y en georgiano, lengua que des- 
compone el pronombre de primera persona, 7na, en v por m y 
en ¿z, ejemplo: v-or-a, «yo soy». También se dice ma el pro- 
nombre de primera persona en estonio y ostiaco; me se dice 
«yo» en antiguo bretón, en finnés y en zeirianio; ;;n* en gaélico; 
7tu en accadio; man en el yagnobi de la Sogdiana; ;;ío;¿ en 
lapón y en morduino, y mm en tcheremisio; sin contar las ter- 
minaciones verbales en ?jíí de las lenguas arianas, que no se 
derivan del pronombre en nominativo (i). 

En el interior de la Colombia Británica, desde Yale á Lilloet, 
hacia el río Fraser, desde Bonaparte á río Nicolás, se habla el 
nitlacapamuch, ó lengua del río Tompson, de la cual conoce- 
mos algunos pormenores debidos al Rev. Mr. Good, que, du- 
rante quince años, ha estudiado aquellas regiones (2). Sírven- 
le de pronombres personales los vocablos ens, que significa 
«yo»; agi'it, «tú»; c/iem'U, «él»; nimimiilt, «nosotros»; agüi- 
piapSf «vosotros», y chincost, «ellos». La primera persona del 
presente termina en {t) inna^ la del imperfecto en itl) am, y la 
del futuro en chin; la segunda en el presente en (t) atta^ la 
tercera en (/) ass; la primera de plural en tam^ la segunda 
en (/) atosse y la tercera en {t) eiccs; desinencias, no faltas de 
semejanzas, son correspondientes de otros idiomas, que sería 
prolijo enumerar aun en la parte que se alcanza (3). 



(i) Vocabulario castellano, nuthcñoy mexicano, MS. del Museo Británico, Add. 17.631. 

(2) Bancroft, The naiive Races of ihe Pacific States; t. Iii, pág. 613. 

(3) Sin adelantar conclusiones, más ó menos especiosas y plausibles, advertiré 
que, tenidas en cuenta apócopes y otros cambios probables en la terminación de los 
verbos, es obvio que en ro-atin, bretón, «yo doy», y en at-eni, en nuevo caledonio, «yo 
dé», hallamos parecido con el afijo de la primera persona del presente; que el /»/ geor- 
giano y el am latino del imperfecto en la misma persona conforman bastante con el 
de esta lengua, salvo los sonidos (//), iniciales; que el afijo en la segunda es semejante 
al semítico, al bretón y al georgiano, y el de tercera al correspondiente de este último 



— i: 



No lejos de las estaciones de los indios de Río Tompson, al 
interior y hasta cerca de las Montañas Roquizas, se habla el 
idioma salish de los indios Mamados ^aít/ieads, ó cabezas planas, 
cuyos pronombres personales son: coíe, «yo»; ajíiiz, «tú»; zjii'/z, 
«él»; caempi7e, «nosotros»; supilepstemp ^ «vosotros»; zni'ilzy 
«ellos»; con las formas apropiadas y copulativas co, «yo»; coe^ 
«tú»; cae^ «nosotros»; p ó mp^ «vosotros»: los posesivos w, 
«mío»; aii^ «tuyo»; s^ «suyo»; cao^ «nuestro»; sup^ «vuestro»; 
s^ «suyo (de ellos)»; los demostrativos ie, «éste, ésta, esto»; ze^ 
«aquél, aquélla, aquello», y el relativo ii ó siiet^ «el que, la que, 
lo que». 

Seguramente los tres primeros pronombres recuerdan for- 
mas chinas y finnesas; coie el ngo del chino vulgar, el acó del ta- 
galog, bisaya y bicol, y el ku de los dialectos chinos kiam-si y 
leng-ki y del futuniano para designar la primera persona; aniii 
y cz/, «tú», el chino, ngui ó meng^ el finnés inna^ el futuniano 
coe^ la terminación c del lazo, del vasco, del hebreo y del ará- 
bigo; izniiz «él», el caniya tagalog: pero en realidad co-ie pa- 
rece compuesto de dos pronombres, el segundo muy análogo 
al 7'¿j:^ sueco y 2^ jeg danés; cu no difiere grandemente del su 
griego ó del thu gaélico, ni iltz, que también pudiera ser com- 
puesto del bretón hen ó anezchan, del sueco y danés han y 
del gaélico se. Los pronombres de las dos primeras personas 
del plural se asemejan mucho á las terminaciones correspon- 
dientes bretonas, y asimismo los posesivos y el relativo, en que 
cabe la comparación con el griego, aun supuesto el resultado 
de inñuencia inglesa moderna (i). 



idioma. Lo mismo ocurre con el de la primera persona del plural; con el de segunda 
afine en especial á formas del bretón y del georgiano, y con el de tercera, que lo es á 
otras del georgiano y del griego. En cuanto á los pronombres aislados e7is «yo», se 
asemeja á en, «magiar»; agüi, «tú», á ngui chino, mciig kian-si, koe futuniano, y oe sa- 
moano; chenilt^ «él», al yacut Idni; osmanli si, al finnés liase , tagalog caniya , chino ta^ 
tibetano keng, sueco han y bretón hcñ ó hen; innic viult, « nosotros », á (s) inn ó (s) 
i««í, gaélico: agüipiaps, «vosotros», parece en relación con agüi^ tú, y piaps {^pie ea 
tagik del indo-kusch y en leng-ki miao chino, ó pia en lengua kole indo-china), ó con 
tk-d'ci, «vosotros», en georgiano, ó íiupo ó ñnpnn en nuevo caledonio; chincost con ichan 
y axtit di, «ellos», en yagnobi sogdiano. 

(i) Las palabras ezgaíl por «á la manera», Jiome por «llegar ó ser», cheliich por «se- 
ñor», se prestan á otras aproximaciones, y en particular las terminaciones ó formas 



— i6 — 

A lo largo de los ríos Lewis y de la Culebra, hasta la falda 
de las Montañas Roquizas, se hablan los idiomas de la familia 
llamada de los sahaptines, cuyas ramas principales, al decir de 
algunos filólogos, son el habla de los indios narices cortadas ó 
sahaptin propio, el yakima, el walla-walla, el watlala, el cala- 
poya y la jerga de Chinuk. 

El primero en su relación general y propia, no contada la 
jerga peculiarísima que usan entre sí en algunos casos, forma el 
plural de los nombres de dos maneras : ya repitiendo la pri- 
mera sílaba ó vocal cuando comienza con vocal la palabra, 
como de atguat\ «anciana»; aatguai^ «ancianas»; de pitin, 
«doncella»; pipitin, «doncellas»; ó añadiendo al fin la sílaba ma, 
que forma plurales de verbo, en sánscrito, por ejemplo, de 
pica, «madre»; pícamaj «madres». 

La declinación emplea las partículas afijas «;« para el genitivo, 
p/i ó pa para el dativo, na para el acusativo, ki, pkini y ain 
para el ablativo, donde es fácil reconocer analogías con el ugro 
finés, con el accadio, con el georgiano y con el céltico. Los pro- 
nombres personales son: Í7i, «yo» {en en «magiar», en en kole 
indo-chino, engen n,uevo caledonio); t'm iim «tú» (en kole indo- 
chino itm^ en casia índico del Brahmaputra me, en accadio mum 
ó maen, en dialectos chinos meii)\mengipi «éX» (en protomédico 
ap, en accadio anpta, en chino li-yen pait)] «nosotros» niin 



verbales, ante las cuales los pronombres varían mucho respecto de la forma, que pre- 
sentan cuando se ofrecen aislados. 
Ejemplo: 

PRESENTE. IMPERFECTO DE SUBJUNTIVO. 

Tnes aimt-i.. Yo estoy hambriento. Kaes aimt-i, Ke nett í?i aimt Si yo estuviese hambriento. 

Kues aimti. Tú estás hambriento. Pes aimt-i. 
Es aimt-i... Él está hambriento. Es aimt-i. 

IMPERFECTO. IMPERATIVO. 

Tn-aimt Ó Ules aimt.. Yo he estado hambriento. Aimt sch Está hambriento, 

FUTURO. OPTATIVO. 

jVí/;; tn aimt Yo estaré hambriento. Komi tn aimt Si yo pudiera estar hambriento. 

PRESENTE DE SUBJUNTIVO. PLURAL. 

Tiks aimt-i. Si yo estuviera'himbriento. Kaeks atml-i. 

Kuhs aimt-i. Si tú estuvieras hambriento. Pks aimt-i. 

Ks aimt-i Si él estuviera hambriento. Ks aimt-i. 

Véase á Mengarini, A Sclish or Flathcad Grammar {S/icns Livguislics, volumen ii). 
New- York, 1861. 



— 17 ~ 

(nuevo caledonio neahnu^ árabe nahnu)\ «vosotros» iina{^2ig- 
nobi de la Sogdiana, bicol y tagalog camí)\ «ellos» imma {iiit 
en bretón, iad 6 iadian en gaélico, inda en bicol). 

Al lado de estos pronombres, donde todavía descuellan ele- 
mentos de los idiomas oceánicos, se ofrecen otros pronombres 
de relación más inmediata bretona: ¿para expresar «tú», confor- 
me con el ¿2'armoricano; /¿z'para «él» ijten bretón, he inglés); ath 
para vosotros {éter sueco); /^z'/í ó hin^ «ellos» (bretón hi ó hint), 
doble manifestación pronominal que no debe causar sorpresa, 
pues en francés yo, sujeto, se expresa por y¿ y por 7noi, y 
aunque éste sea homófono de moi, caso oblicuo derivado de ego 
mei, en tal acepción pudiera quizá referirse al nominativo mi 
gaélico, que ha podido experimentar en la pronunciación las 
mismas alteraciones que el mihiy el mi áe los latinos. 

Junto con esta circunstancia, el empleo de las formas, was 
para las tres personas del singular, y washih para las del plural 
del verbo ser en presente, sugeriría una introducción moderna 
inglesa ó un solecismo indiano, dado el uso del pretérito por el 
presente, si no se ofreciese un sistema entero de conjugación, 
conforme con la derivación de la raíz bhü sánscrita y del tema 
vis ó vas, á vuelta de otras afinidades con el sistema de las len- 
guas indo-europeas. 

Así, por ejemplo, en el pretérito terminado en ca, que, como 
la característica ca de los griegos, parece resto de un auxiliar 
añadido á la raíz, y se conjuga «yo fui ó he sido», etc., nin iva-ca^ 
a-wa-ca^ hizva-ca, nun washeca, at washeca, hin-she-ca, mués- 
trase entera la terminación en ca del perfecto helénico, apare- 
ciendo como apocopada y convertida en ^ la /é en el was inglés» 
y en r en el ivar alemán, y á la manera que la terminación 
washih del plural del presente se ofrece convertida en are 
en inglés, washeca (ó apocopado washe) del perfecto en were 
inglés y en waren alemán, que suplen los tiempos de pretérito, 
(en que son defectuosos el verbo inglés to be y el valón seiti)^ al 
decir de Schleicher, con el antiguo verbo alemán wesen^ en 
sánscrito vas (i). . 



(i) Jacobo Grimm en su Gramática alemana, Berlín, 1870, segunda edición, pri- 
mera parte, pág. 801, expone que se ofrece en antiguo alto alemán ivesetn por sumus, 

2 



18 — 



Otro procedimiento, que se muestra á las veces en griego y 
no parece del todo extraño á los idiomas teutónicos, es el re- 
fuerzo del radical con una 7n^ como en warn, singular, y washim, 
plural del presente, y en wamca ywashemca, en lugar de waca 
y washeca en el pretérito. 

Interesantísimo en la relación de la filología comparada, y 
muy afine con el idioma estudiado, aparece otro dialecto de la 
lengua de los sahpatines, conocido con el nombre de yakima, 
revelándonos una aparente forma de pre-céltico ó pre-gó- 
tico, cuyos procedimientos pueden arrojar alguna luz sobre 
fenómenos explicados de muy distinto modo por los filólogos 
que han estudiado las lenguas arias. En yakima, la declinación 
de los nombres en singular, terminando en nan el nominativo, 
en nmi el genitivo, en ow el dativo, en ñau el acusativo y en ei 
el ablativo, recuerda algo la declinación céltica y otras indo- 
germánicas, como asimismo la del plural, donde se interpone 
am entre el tema y las terminaciones singulares, sílaba co- 
nexa en sentir de algunos sanscritistas, con las terminaciones 
mes y 7teSy que significan plurales. Los pronombres persona- 
les son inc, nes, nes/i ó she, en significación de «yo» (en gó- 
tico ik^ en gaélico mi ó mei^ en semítico any ó ane)\ mesh 
«tú», análogo al casia 7ne; pene ó e «él», parecida la primera 
forma á pa, «el», artículo egipcio, á pu7t^ pronombre «aquél» 
del chino li-yen, á los artículos /'zw,/(^ Y pep, en bretón, «quien, 
cual y cada uno»; y á la terminación en p de la conjugación 
débil en gótico: namac ó nates^ «nosotros»] mates/i, «vosotros»; 
pa ó pmac, «ellos», ofrecen terminaciones plurales ugro-fine- 
sas en ^, semejantes á las plurales del lapón, del magiar y del 
vasco. La conjugación, que es la misma en el fondo que usan 
los indios narices cortadas, ofrece sobre ellos la ventaja de 
poder anteponer y posponer generalmente los pronombres 
como terminaciones personales, según lo verifica el bretón. 
Sirva de ejemplo el mismo verbo sahaptino, conjugado ante- 
riormente: 



de un presente conjugado wésé, wesés, wésé,en que la misma raíz que significa lo que en 
latin ma/tefí (conjugándose, visu, visis, visit) ; en aquellas formas, en la del infinitivo 
wesa7i y en la del pretérito ivas, sólo significa «ser». 



— 19 — 

Yo he Nesh wa ó wash nes. 

Tú has Mesh wa ó wash mes. 

El ha Penk a wa 6 pinnuk a wa. 

Nosotros hemos Natesh wa ó wash yiatesh. 

Vosotros habéis Matesh wa ó wash natesh. 

Ellos han Pa wa ó peinink awa. 

PERFECTO Y PLUSQUAMPERFECTO. 

Yo he ó había habido. Nesh wa-cha. 

FtJTURO. 

Yo habré Nesh wa-ta (i). 

Harto se entiende que de wa-cha por apócope se comprendí 
aun mejor la forma inglesa was^ que del sahaptino común, ó del 
yakima. 

Por los pronombres pudieran referirse al sahaptin, aunque 
difieren mucho en los demás particulares el lenguaje de los ca- 
lapoyoc, al sur de los valles de Villameta, el de los indios watla- 
las y el de los chinuk. Aquéllos usan para la expresión prono- 
minal los términos tzi ó tsi por «yo», maha ó inaa por «tú», 
coca ó cac^ox <í.t\»'i soto por «nosotros», miti-^ox «vosotros» 
y kinuc por «ellos». Los watlalas, que conservaban alguna ma- 
yor afinidad con los yakimas, decían nazca por «yo», maica 
por «tú», tenaica por «nosotros», iacahca por «vosotros» y 
ichlaügca por «ellos»; mas su lengua era tan difícil de apren- 
der á los mismos naturales, aun durante la infancia, que hoy 
se ofrece el fenómeno de que hayan abandonado su propio 
idioma la mayor parte de estos indios, para adoptar la jerga 
llamada de Chinuk, inventada por la compañía de la Bahía 
de Hudson para facilitar las transacciones con las tribus in- 
dias; clase de idioma en que entran, con unas doscientas pa- 
labras del antiguo linaje de Chinuk, vocablos nutkas y yakimas, 
franceses, canadienses, rusos y japoneses, no excediendo quizá 
los en uso de cuatrocientas palabras (2). 

Ofrecen los chinuk en la disposición de los ojos y en el 
color cobrizo de la tez, no poca analogía con la raza mongola: se 



(i) Pandosy's Yakama Lanquage. 

(2) Véase á Stuart's, Dictbnary of Chinooh Jargon^ pág. i6i; y á Gibbs, Chenook Dic- 
dionary^ págs. 7 y 8. 



— 20 — 



dedican al comercio. De enérgica constitución física, como los 
sahaptines y narices cortadas; acostumbrados á pintarse de rojo 
el semblante y cabello; aseados en sus moradas y trajes, en los 
cuales no escasean bandas y otros adornos, despliegan á las veces 
cierto lujo en sus especies de sobretodos de pieles de búfalo, 
bien curtidas. Distínguense, además, de los indios que los 
rodean por la honestidad de sus costumbres, la discreción na- 
tiva de su entendimiento, su valor y condición esforzada, como 
quienes pasan la vida en la caza del búfalo y reses mayores, 
ejercicio que alternan con el de la pesca de los salmones. 

Al sur de la Colombia inglesa dicha Columbia, yace la Cali- 
fornia á lo largo de las costas del Pacifico. En ambos lados del 
Oregón se habla el idioma klamath; algo más al Norte el ya- 
cón, y, descendiendo hacia el Mediodía, el shasta y el palaik, 
lenguas en que se advierten no pocos términos semejantes. Alo 
largo del río Pitt moran los indios de este nombre y los lla- 
mados wintuns. De sus lenguajes, poco conocidos, sabemos que 
en el primero dicen al «agua» ox, al «sol» tsool, al «calor» pela, 
al «diente» si (i). En las márgenes del río de la Trinidad do- 
mina el pataway y el viard, afines al veitspek, que es la len- 
gua principal hablada en la confluencia de los ríos Trinidad y 
Klamath. De él parecen dialectos el wiyot y el wishosk, de los 
ríos Eel y Made, así como el ehnek ó pehtssk, del río Salmón, 
según la analogía de sus numerales (2). 

En el valle Potter se usa el lenguaje llamado tahtú, que com- 
prende, en sentir de Power, el pomo-yuca, del cual es princi- 
pal dialecto el kunalapo, que se habla cerca del lago Clear, con 
el cual conforman mucho, en concepto del erudito Gibbs, los 
lenguajes de Río Ruso, es á saber, de los indios ukias ó 3''okias, 
sáneles, gallinomeros y yonios, á juzgar sólo por los vocablos 



(i) The Shastas and Lhcir Ncigbors. MS. En Bancroft, obra citada, t. iir, pág. 641. 

(2) Viard. "Weítspek. Wiyot. Wishosk. Ehnek. 



I Koht'íeh. 


6 Weh-sa. 


I Spine-koh. 


I Koh-tse. 


I Koh-tse. 


I Issah. 


2 Dee-teh. 


7 Chilo-keh. 


2 Nuh-ehr. 


3 Eri-ta. 


2 Ritta. 


2 Ach hok. 


3 Dee-kee. 


8 Awt-lon ó awit. 


3 Nak-sa. 


3 Eri-la. 


3 Rihk. 


3 Kui lahk. 


4 Dee-ho. 


9 Seto-psh. 


4 Toh-hun ne. 


4 R-awwa. 


4 Riyah. 


4 Pihsi. 


5 Weh-sa. 


10 Lükel. 


5 ]\Iah lum. 


5 Wessa. 


5 Wchsuh. 


S Ti rah o. 



— 21 



con que designan los números (i). Limitaré mi consideración 
especial al gallinomero y al kulanapo. Carece el nombre en 
el primero de género, número y caso, accidentes que se su- 
plen por palabras, según se practica generalmente en chino. 
En dicho idioma, por lo que toca á los pronombres, se dice 
«yo», ex, a/i, ahto, ó ahmeto ; «tú», ama; «él», weino , way- 
mo, hamo y amata; «nosotros», aya. Generalmente no varía el 
singular del plural en el verbo , como se muestra en el modelo 
que sigue, tomado del verbo wa ó we, que significa «ser». 

Ejemplo: «Yo soy», ah-wa; ^t\xe,rQs»,ama-wa; «élQs»,amo- 
wa; «nosotros somos», aya-wa; «vosotros sois», ama-wa; «ellos 
son», hama-wa, expresando el verbo «ser» con la misma raíz 
señalada en el sahaptin y en el yakima. En los demás verbos no 
se usa pronombre en primera persona; los tiempos son presente, 
pretérito y futuro. Sirva de ejemplo la conjugación del verbo 
tseena, que significa hacer. «Yo hago» se expresa sólo por tsee- 
na. En cuanto al pretérito, se forma por reduplicación ó re- 
petición del radical {tee se usa por tseé)\ verbigracia, tseeteena 
«yo hacía ó hice»; el futuro tsee-cu-wa , «yo haré», con au- 
xiUares pospuestos. 

El kulanapo, según ha demostrado Bancroft en su lexicón, 
tiene alguna analogía con el malayo (2), y el mismo autor ha 



(O 



Ukia. 



1 Taro. 

2 Can. 

3 Sibbo. 

4 Duhan. 

5 Nati ve. 

6 Tsadee. 

7 Hoyneit. 

8 Cogaddol. 

9 Nenigoshum. 
lo Nempotec, 



Satiíl. 

Tate. 

Co. 

Sibbn. 

Ducho. 

Mato. 

Tsadeh . 

Coemar. 

Cogodol. 

Nuncoshum. 

Navacotec. 



Pomo. 

Cha. 

Co. 

Sibbo. 

Tak. 

Shal. 

Padeh. 

Copah. 

Cowal. 

Shalshal. 

Sala. 



Gallinomero. 

Cha. 

.^co. 

Mesibbo. 

Meta. 

Tushu. 

Lancha. 

Lateo. 

Cometa. 

Chaco. 

Chasute. 



Kulanapo 

K'hah lih. 
Kots. 
Homeka. 
DoL 
Lehnoa. 
Tsa di. 
Ku-la hots. 
Ko ka dohl. 



Yanto. 

Kalli. 

Hotz. 

Humka. 

CaddoL 

Lema. 

Sav. 

Kolaus. 

Ka dol. 



Kah da rol sumh. Gin. 
Hah da rul tek. Hidelema, 



(2) 



Mujer... Dah , 

Madre. . Nihk 

Marido.. Dah'k 

Esposa. . Bac le 

Cabeza.. Kai yak 

Pelo.... Mu suh 

Cuello . . Mi yak 

Pie Kak mah 

Casa., .K"^' ('^'''^' «" 

( azteca) 

Sol Lah 

Fuego.. . Poh (en copeh). 
Agua. . . Khah 

Eoio [^'^ '^"'^ '"''''' 
■ I duk 

Verde... Doh tor 



Malayo kayan.. Do. 
ídem sakarran. . Indi ini. 
ídem general.. . Laki, lake. 

ídem id Bini. 

ídem Kapala. 

Tonga Folii. 

ídem Gia. 

Malayo general. Kaki. 

ídem Falle. 

Tonga Laa. 

Millano... ... ,. Apoe. 

Tonga Vi, kawna. 

Malayo. ....... Dadara, 

Polinesio Ota. 



Muerte.. Muk dal 

Yo Ha. 

I K'hah li 

2 ...... . Tchah ( Yucai). 

4 Dol 

5 Lehma 

Comer. . Ku hu 

Beber. . . Mih 

^ j El- lih ( chocu- \ 

^^^ I yem) i 

Ir Le loom 

Lengua.. !'^^"' '^t ^'^""i 
" j cuyem) \ 

Atrio. . . Pak chee 

D- \Coyok (chocu-) 

Pierna. . -^ . ^ 

i yem) ) 



Malayo Mati. 

Polinesio.,.,,, Au. 

ídem , Tasi. 

Malayo Saiti. 

Polinesio Tan. 

Malayo Lima, 

Polinesio Kai. 

Tonga Mea inu. 

ídem Ilaw. 

ídem Aloo. 

Malayo Lida. 

ídem Pana. 

Suntah Kujak. 



22 — 



advertido que entre los idiomas californianos del nacimiento- 
del río Eel, el weitspek, el ehnek, el copeh y el de cosíanos 
guardan notable semejanza en varias de sus palabras y expre- 
siones con el chino y el japonés (i). 

El mutsun, de Monterey, clasificado como de la familia del 
pomo, á que parecen corresponder, por otra parte , el llamado 
runsiano, el achastiano y el de la Soledad (2), merece consi- 
deración detenida, así por su declinación, que recuerda el sa- 
haptin y el yakima en la manera de formar sus plurales, como 
por su conjugación riquísima, que cuenta, además del tiempo 
presente, con ocho pasados ó aoristos y con cuatro futuros, todo 
de parecido general ario y teutónico, dado que la declinación 
y conjugación muestran afinidades muy perceptibles con for- 
mas góticas-noruegas, y particularmente gaélicas (3). Los pro- 
nombres personales que emplean son: can para la primera per- 
sona (¿z/2<2;z en sánscrito); filen para la segunda, que se ofrece 
con igual forma en varios dialectos chinos, con la de inon y min 
en lapón, morduino y finnés tcheremisio, y con la de nina en la 
lengua indo-china; nunisia para la tercera, que se dice en indo- 
chino ini, en gaélico se, y en noruego antiguo si. En el plural 
^os pronombres i-° y 2° se forman con la sílaba ma, signo de 
plurales verbales en idiomas turamos (afine al jnen y mes de 



(i) Los nombres de «marido», «cuchillo», y «agua» , que se dicen en el lenguaje de 
costaños malího^ tcpah y su, en japonés se designan por los vocablos nmho, deba y sui; 
el «ciervo», llamado en copeh ssah, es, dicho en japonés, 5/í>{'í7. En weitspek y en ehnek 
se designa el «perro» por la palabra chishc, en japonés por chisi, en choweshac dan al 
«fuego» el nombre de ho, lo mismo que en China; los «dientes», en fin, que los copek 
llaman süh, en chino se expresan por chi con ligerísima diferencia. 

(2) Buschmann, Spiíren der azteh. Spr., pág. 561, 

(3) Ejemplo: Appa, «padre»: 

SINGULAR. PLURAL. 

Nominativo. Appa Appa-gma. 

Genitivo. Appa Appa-gma. 

Dativo. Appaliiias. Appa-gma huas. 

Acusativo. Appasc Appa-gma se. 

Vocativo. Appa Appa-gma, 

Ablativo. Appatsu. \ °. "fP''^''' Appa-gimatsu. \ lfllZÍZ' 

"^ (o appacue '^ \ oappa-mane. 

El nominativo en san ó ha7i del gaélico para la forma del plural donde se puede re- 
conocer apócope por sana ó hajia, parece corresponder al muntsun gma. El dativo en 
ais ó sibh, de poco fija pronunciación, al Trnas de forma antigua, sánscrita y gótica 
como en bhjans, ó en dagans, que explica Schleicher (^Die dmtsche Sprache, 1879, pá- 
gina 249), con relación al alto alemán y al medio por dagamis. 



— 23 — 

los indo-europeos), y de plural de nombres entre los sahaptines: 
así, «nosotros» se dice macst (en griego T^.j^lt?, en antiguo gótico 
veis y unser)] «vosotros», macam (en griego ¿iié-.,;, en gaélico 
dhiii^ en tagalog camó)] «z.qnéWos'»^ nupcan (en gaélico ladsan, 
en bretón hÍ7íty en accadio abha, en protomédico ap). Mas, en 
rigor, representan poco tales analogías, si no las acompañasen 
los significativos procedimientos que se muestran en la conju- 
gación. No sólo el presente se forma como en el armoricano, 
dejando preceder á un tema invariable los pronombres perso- 
nales, sino que, aparte de la diferencia de estos pronombres, el 
tema queda lo mismo. Sirva de ejemplo el tema ara^ que se 
muestra del mismo modo en muntsun y en bretón, significando 
en el primero de estos idiomas dar, y en el segundo hacer; aun- 
que han llegado hasta nuestros días las dicciones bretonas ar- 
caicas ro, «don»; roe y rei^ «dar». Los muntsues dicen: can ara^ 
men ara, nunisia ara, «yo doy», «tú das», «él da»; como los 
bretones me ara, te ara, hen ara, «yo hago» ó «yo doy», etc., 
sin variar más que los pronombres (i). De sus pretéritos, uno 
terminado &w gte ó gti, ej., can aragte, «yo di», es análogo al 
regular holandés y alemán, y parece justificar cumplidamente la 
previsión de Grimm, quien en la segunda edición de su Gra- 
mática alemana, parte i.% pág. 838, hablando de la doble tt en 
la terminación del perfecto de la conjugación llamada blanda 
del antiguo noruego, declara que está en lugar de ht, esto es, de 
una gutural y la /, como se ofrece en muntsun (2). 

En cuanto á otro terminado en cun, verbigracia, can arai- 
cun, «yo vi antes» ó «yo había visto», se asemeja grande- 
mente al plusquamperfecto de los griegos, y al aoristo sánscrito 
en xam, con los cambios de sonidos propios de pronunciacio- 



(i) Le Gonidec, Dictionnaire Bretón Franfaisj Saint Briene, 1850, pág. 504, col. i.*^ 
y 510, col. I.* 

(2) En realidad, la pronunciación de re, que, como derivación de rd, se suele aplicar 
al verbo dar en bretón, no está lejos de la de la palabra ara en inglés, con que escri- 
ben dicho presente los gramáticos de Norte-América. Esta observación se debilita 
algo con advertir que se ha tomado de la Gra7náLica IShcntsiia escrita por Arroyo 
de la Cuesta en latín, si no existiese la evidencia de que el fuerte de este gramá- 
tico no era la pronunciación, y en la copia del manuscrito que disfrutó Bancroft, se 
leía: «Copia de la lengua Muntsun en estilo catalán, á causa la escribió un catalán. La 
castellana usa de la fuerza de la pronunciación de las letras de otro modo en su alfa- 
beto.» Obra citada, t. iii, pág. 656. 



— 24 — 

nes muy diferentes y el cambio propio de la vocal penúltima; 
los pasados can cus aras y can hocs ara, parecen emplear 
como verbos auxiliares elementos análogos á aquellos de que 
el griego y el sánscrito sacaron quizás la característica con- 
sonante: can aran recuerda los aoristos segundos; can aras^ 
el pretérito ó aoristo, decaída en ^ (según se dice en filología) 
la característica y terminación final ka ó xa: can itzs aran, 
auxilia y determina la forma de pretérito próximo con un ad- 
verbio equivalente 2X jetz alemán; can viunna aras, pretérito 
remotísimo, lo es por el adverbio mutina, que recuerda el mo- 
dismo bretón mina ann ancer ó enz muia ann ancer, «de 
mucho tiempo». 

El futuro inmediatamente próximo can et (6 lete) ara «yo 
daré», emplea el adverbio et ó iete, que parece semejante al bre- 
tón chetu ó setu, «por aquí»; ó al \2\6n jetz, «ahora. El mera- 
mente próximo can iti ara usa un adverbio visiblemente aná- 
logo al anterior, pero que pudiera ser, no obstante, el bretón 
hast ó hatte, valón haster; «pronto». Canmiinna ara, futuro 
remoto, se explica como el pretérito remoto; y el dubitativo can 
pin aran, «yo daré quizá», ó «es posible que yo diera», por un 
adverbio que significa «quizá» ó «por ventura», derivado ó co- 
nexo del bretón pencana (valón watiken), que significa «vacilar». 

A mayor abundamiento, buen número de palabras vienen 
á robustecer la idea de la conexión del muntsun con oríge- 
nes bretones y teutónicos; imi ev\ significación de «siempre»; 
en valón immer; aru, «delante», en bretón araoc, en islandés 
firi, en gótico, sueco y danés /¿zwr; 7iaha, «ahora», en gótico, 
sueco y danés 7iu, en griego vúv y en gaélico nis; eciie, «no», en 
griego ov»x, en latín ñeque y en valón noch; 7nanara aruta (en 
sánscrito /«r¿í! dius), «día después»; tolon, «mucho», en griego 
polu, en alemán ve¿ y full (la th y / se convierte en /, como en 
latín /era del griego Síjpa); cutes y cuto, «pequeño, pequeñísimo», 
en gaélico cm'd; ghe, «sí», en inglés yes, en valón ja; uttn, 
«bueno», en valón gute, en inglés good; giré, «investigar», en 
gaélico iaor , en inglés search; chequen, «gentil», en gaélico 
cineach, en valón keuch (i). 



(i) Las analogías no alcanzan, sin embargo, á los nombres de número que guardan 



— 25 — 

Entre los idiomas de pueblos de Baja California y Nuevo Mé- 
xico, merecen notarse el de los teguas y zuñies, sin olvidar el de 
los guaymies (que no ha de confundirse con el guaimo de Sud- 
América): el primero tiene formas columbianas ó arianas; el 
segundo parece ofrecer en las suyas más conexión con las ma- 
layas (i): á unos y otros excede en importancia el guaicuri. 

En la Sonora septentrional se hablaban los lenguajes de Cu- 
lebros ó Soshones, donde se ofrecen ya influencias aztecas. 
Todas se distinguen por sus formas, que parecen recordar las 
del idioma guaicuri y de los malayos, en especial el chemehuei- 
vi y el canillo, con que guarda conexión el kechi, el netela, el 
kizh, el cahita, el tepehuana, el tarahumara y el cora (2). 

El guaicuri no tiene artículos ni números, salvo añadir ;n'por 
el principio á los verbos en infinitivo, á manera de plural, cuando 



mayor semejanza con algunos dialectos chinos, en especial el liyen, que con el bretón y 
con el teutónico. Fuera resto de una cultura y lengua anterior á la adaptación de for- 
mas arianas, sea un recurso de necesidad en época menos antigua, para tratar con tribus 
vecinas ó con gentes orientales llegadas á las playas del Pacifico, ello es que comparaao 
este idioma con el de la Misión de la Soledad, con el dicho runsiano y con el de la 
Misión de Santa Cruz en lo concerniente á los nombres de número y á los de padre y 
madre, ofrecen los siguientes paralelismos: 





MUNTSUN. 


DE LA SOLEDAD. 


RUNSIANO. 


ACHASTLIANO. 


DE SANTA CRUZ. 


I 


. Hemets-cha. 


Himitsa. 


En jala. 


Mukala. 


Jsmala. 


2 


, Usthrgin. 


Utshe. 


Ultis. 


Uth. 


Ischun. 


3 


. Capjan. 


Hapiha 


Kappei. 


Capes 


Maseghe. 


4 


. Uthrit. 


Utjit. 


Uhizim 


Utiti. 


Seiimo. 


5 


. Parnés. 


Paftiíish. 


Hall izu. 


Is. 




Padre.. 


. Appá. 


Nic-»pa. 


App'in. 


Ceske. 




Madre . 


, Anan. 


Nic-ana. 


Aan. 


Osloe. 





En la isla de Santa Cruz forman por composición los nombres de número, á contar 
desde 5, que designan por el vocablo sietibma; 6 síeí-ischtm, 7 siet vtas hugh, 8 malagtiah, 
9 space, 10 kas-cuen. En la Misión de San Miguel, la numeración era : i to-hi, 2 
Jtogsu, 3 tlo-hahi, 4 kessa, 5 oldrato, 6 pacate, 7 tepa, 8 sratel, 9 teditrup, 10 trupa, padre 
tata, madre apai (Hale's. Ethnograf., in U. S. Ex vol. vi, páginas 633-634. Taylor en 
Cal. Farmer, March, 30, 1860. Bancroft, obra citada, t. iii, pág. 659). 



(I) 



Yo Nah. Hóo. 

Tú Uh. Too. 

El Ihih. Lóoko. 

Ella Ihih. 

Nosotros (ind) Tahquereh. Hoono. 

Nosotros (exc) Nihyeubok . 

Vosotros N'ihik. Ah chée. 

Ellos Ihnak. Lóoko. 



(2) Las tres primeras personas, en chemehuevi, se dicen: «yo», nuu; «tú», haiico; 
«él>, einpa; en canillo: «yo», «1?/// «tú», eh; «él», peh; «nosotros», che-niim; «vos- 
otros», eh mim; «aquellos», mim. 



— 26 — 

la acción se aplica á muchos. Sus preposiciones más usadas son 
tira^ «sobre»; y deve ó tipüschell, «de ó para». Los pronombres 
be, «yo»; ei 6 tei, «tú»; tétau, «é\»;ca¿e ó quepe, «nosotros»] pete 
óíu, «vosotros»; ¿ucava, «ellos». El presente se forma añadiendo 
al tema del verbo la sílaba re, el pretérito adicionando rt'h'ri, 
ruyeére, raúpe 6 raúpere, el futuro mi, meje ó eneme (i). 

El pima, idioma hablado al Sur del río Gila, en Sonora y en 
algunas partes de la Sinaloa septentrional, es un lenguaje armo- 
nioso, cuyas dicciones todas terminan en sonidos vocales. Ex- 
presa el plural de los nombres duplicando la primera sílaba. Por 
ejemplo, de hota, «piedra», hohota «piedras»; el género aña- 
diendo las palabras ^lbi, «hembra», ó itiiote, «varón»; los nom- 
bres abstractos afijando la terminación cama, y la condición 
pasada del objeto expresado por el sustantivo la indican con el 
afijo cama.YÁ. pronombre «yo», se dice anió ananí', «nosotros», 
at ó afatt] «tú», api 6 ap'api; «vosotros», apitnic, «él», hiigai 
ó huca] «ellos», hugama ó hucama. El presente invariable se 
asemeja al participio de presente arábigo con el pronombre 
personal antepuesto (2). En el imperfecto y pluscuamper- 



(i) Sirva de ejemplo el verbo amiilúri, «agradar». 



PRESENTE. 

Yo agrado... B¿ amiekiri-re. Nosotros.... Caté amukirt-re. 
Tú » Ei amukiri-re. Vo.^otros.. . . Peté amukiri-re. 
El » Tuíaií cimtikiri-re. Ellos Tucava amukiri-re. 

PERFECTO. FUTURO. 

Yo he agradado. . . Be amukiri-rikiri. Yo agradaré ...... . Be amiikiri-mi. 

IMPERATIVO. 

Agrádate Amukiri tei. Agradaos Amukiri tu. 

OPTATIVO. 

„ , „ . ( Amukiri-rikiri kara. 

(Jue yo no agradara l>eri,,.\ . , • • „ ._ 

^ ' o •• j Ainukirt-ruyerara. 

\2) Aquiarida: «referir», «contar». 

PRESENTE DE INDICATIVO. 

Singular. Plural. 

Yo cuento Ani haquiarida. Nosotros contamos Ati haquiarida. 

» Api haquiarida. ^ Af^iinm haquiarida. 

» Hugai haquiarida. y> Hugain haquiarida. 

IMPERFECTO. PLUSCUAMPERFECTO. 

Yo contaba Ani haquiarid cada. Yo había contado An't' haquiarid cada. 

PERFECTO. FUTURO PRIJIERO. 

Yo he contado An't' haquiari. Yo contaré Ani aquiarida mucu. 



— 27 — 



fecto (i) usa el auxiliar cada por «era», quizá la característica 
ca con una especie de participio «¿/¿?», apocopado en d. Demás 
de esto, el pluscuamperfecto usa una f delante del participio, 
que parece significar «haber, habiente ó había», lo cual se re- 
produce en el perfecto y en algunas formas de futuros, donde 
el auxiliar es ¿"zb, sustituyéndose el participio qw da 6 d por 
otro, en que se suprimen estas finales. En una forma del futuro 
se pospone mucu^ que recuerda el must inglés, ó el fnuss 
germánico. También tiene el pima gerundios en datu, dada^ 
dae y daay, y participios que se usan sin pronombres que les 
antecedan. Muestra algunos particulares de sabor latino ó galo, 
como na ó uhai^ «donde»; ya ó ay^ «aquí»', pz-m a, «no»; xa, 
xacoy as-ñí «como»; ada, «en»; upu, «y»; aspz, «ó»;vaüa, 
«ante». Generalmente en este idioma se colocan los adjetivos 
delante de los sustantivos (2). 

Entre el pima alto y bajo se habla el ópata ó teguima, de que 
es variante el eudeve ó hebe. 

Según algunas gramáticas de este dialecto (3), las más de sus 
voces terminan en vocal, y algunas son de muchas sílabas; los 
géneros son designados con la adición de la palabra que signi- 
fica macho ó hembra, ó con palabras distintas: el plural repi- 
tiendo la primera sílaba, ó la última, alterada frecuentemente 
alguna letra. 



FUTURO PERFECTO. IMPERATIVO. 

Yo habré contado An 'V io haqtiiavi. Cuenta tú Haquiar! da ri óhahqiiarida. 

Contad vosotros Haquiarida vorha ó gorha ha- 

quiarida. 

PRESENTE DE SUBJUNTIVO. PRESENTE DE OPTATIVO. 

S¡ yo cuento Co7i' igui haquiarida ra. Si yo pudiera contar, .. . Dod' an ikikaqitiarida ra, 

INFINITIVO. 

Al estar contando yo.,.. Haquiarida tu bhaqiiia- Participio de presente... Elquecuenta. Haquiarida — 
rida da. dama. 

Al contarlo yo Haquiari daay. » de pretérito:. • El que contó. Haquiarida — 

cama. 

SHaq uiar ida 
aguidama ó 
i-viitai ...... lo haquiarida — 

( cama. 

(i) La terminación da expresa fin ó aplicación, é impone i á la silaba antecedentCj 
verbigracia, de tiibana, «abatir»; tiibaiiida, «para abatir». 

(2) Buschmann, Pima Sprache, páginas 357-369; Mofras, E.xplor, tit. i, pág. 401; 
Arte de la lengua Nevóme., que se dice Pima, Pimentel, cuadro iii, páginas 93-118. 

(3) A grammatical sketchz of tJie nevé Language from ati impiihlislied Spajiish. Ms. by 
Buckingham Smith, 1861, 



— 28 — 

Nombres cuya última sílaba termine en e ó y , expresan en 
eudeve la posesión del objeto La terminación en rave señala 
plenitud; ejemplo, süorave, «lleno de dulzura»; la en sguari 
forma aumentativos; verbigracia, dotzi^ hombre antiguo; dotzí 
sguariy «hombre muy antiguo»; las en teri y et denotan cua- 
lidad. Ejemplos: bahiteri^ elegante; aresiimeteri^ diferente ó 
distinto. La declinación tiene seis casos (i). Los pronombres 
son 7ii^ «yo»; nap^ «tú»; id^ ó at^ «él»; tamtde, «nosotros»; e7?tet, 
«vosotros»; ajnet, «ellos». 

Con pronombres antepuestos se forma la conjugación (cuyo 
presente recuerda en algún modo las formas arias, sahaptinas y 
gallinomeras), la cual emplea afijos en forma de auxiliares (2). 
Hacen las veces de éstos, en el presente activo la terminación 
en wan para el singular y wame para el plural; las de wadauh 
y wadagiia en el pasivo; la de wamru en el imperfecto activo, 
y la de wa-dauhru en el pasivo; las de wari y wa-cauh ó wa- 
viten el pretérito; wa-riru en el pluscuamperfecto, y wa-tze 
en el futuro. 

Según la Gramática de Natal Lombardo, en ópata el plural 
se forma por duplicación de primera sílaba, como en sahaptino 
y en pima, y á veces la última con la consonante alterada. 

Ejemplos: temachi, «mozo»; teiemacht, «mozos»; hore, «ardi- 



(i) Sirva de ejemplo siibiy que significa halcón: 



Nominativo..,, Siibi, Acusativo Siibic. 

Genitivo Siibique. Vocativo Siibi, 

Dativo Siibi. Ablativo Siibze. 

(2) Ejemplo; verbo hioswati, «yo pinto»: 

PRESENTE DE INDICATIVO. 

Activa. Pasiva. 

Yo pinto Ni hios-wan. Yo soy pintado Ni hios-wa-dauh. 

Tú pintas,, Nap hios-wan. Tú eres pintado .» Nap hios-wa-dauh. 

El pinta Id 6 at liios-wati. El es pintado Id ó at hios-wa-dauh. 

Nosotros pintamos, tamidí hios\wa)ne. Nosotros somos pintados. . lamide hios-wa-dagua. 

Vosotros pintáis.,. Emet hios-wame. Vosotros sois pintados Emet hios-wa-dagua. 

Ellos pintan Amet hios-wame, Ellos son pintados A met hios-wa-dagua. 

IMPERFECTO ACTIVO, PERFECTO. 

Yo pintaba Ni hios-wamru. Yo he pintado Ni hios-wari. 

Pasivo. Pasivo. 

Yo era pintado Nios-wa-dauhru. Yo he sido pintado Ni hios-wa-cauh ó ni hios- 

wa-vit, 

PLUSCUAMPERFECTO. 

Pasivo. 
Yo había pintado,, Nihios-wariru. Yo había sido pintado, ... Ni hios-wa-cauhrutu. 

FUTURO. IMPERATIVO. 

Yo pintaré Ni hios-wa-tze. Pinta tú Hios-wa. 

Yo seré pintado.... Ni hios-wa-tzidauk. Pintad vosotros Hios-wa-ru , 



— 29 — 

lia»; hohore, «ardillas»; iiri, «varón»; iirmt, «varones». Tiene 
diez declinaciones, cuyos genitivos terminan en ti, ri, si, gniy 
me, tzi, ki, cu, cu y pt. 

En la primera, el genitivo es enti,Ye\ dativo y acusativo enta. 

En la segunda, genitivo, dativo y acusativo es en rt, añadido 
al nominativo. 

En la octava, el genitivo añade iiticii al radical, y al acusativo 
7iic, por lo cual se dice que de éste se forma aquél. En la no- 
vena, el genitivo añade cu, y el dativo y acusativo son como el 
nominativo. 

El afijo di (eí en griego, tan, dan y lan en otros idiomas) 
expresa localidad, como de deni, luz; denide, lugar de luz; los 
superlativos se forman con surana, güewa, ena, eu essa y otze^ 
palabras que significan «mucho». Las personas se dicen: ni, 
«yo»; nte, «tú»; i ó it, «él ó ella»; te, «nosotros»; e mido, «vos- 
otros»; 7ni, «ellos». Se prefijan con el tema del verbo invariable 
en el presente y en los demás tiempos, añadiendo al fin los 
auxiliares carii y si (i). Atento su cuadro de conjugación, quizá 
por el dialecto que ha tenido en cuenta, las apócopes del final 
de los verbos son muy frecuentes. 

El ópata tiene varias conjunciones y adverbios, como vesé 
y guetza, «no obstante»; nemake, «aun»; nanegiiavi, «porque». 
Los abstractos se forman de los nombres comunes, añadiendo 



(O 



PRESENTE DE INDICATIVO. 



Singular. Plural, 

Yo pinto. ........ Ni hio. Nosotros pintamos. Ta ó taiiiido hio. 

Tú pintas Me hio. Vosotros pintáis . . Eniido luo. 

El pinta / hio. Ellos pintan J/z' hio. 

IMPERFECTO. PERFECTO. 

Yo pintaba Xi hio-karu. Singular. 

Yo he pintado .... Xi hio-sia ó ni hiv-ort. 

rtUSCUAMPERFECTO. FUTURO IMPERFECTO. PERFECTO. 

Yo había pintado.. Xi hio-siruia Yo pintaré... Xi hio-sea. Yo habré pintado.. . Xihio-scare. 

IMPER.\TIVO. 

Singular. Plural. 

Pinta tú Hiotti. Pintad vosotros... Hiovu. 

Haz pintar Hioicai. Haz pinlar á ellos, Hio-icame. 

INFINITIVO. 

Pintando Hiopa ó hio-co. 

Habiendo pintado Hio-saru ó hiosiiíi. 

Habiendo de pintar Hio sea koko ó hio sea kiko. 

El que pinta Kiohame. 

El que ha pintado ó pintaba Hiosi. 

El que ha de pintar Hio sea kame. 



— 30 — 

ragua ó ahca, como de massi, «padre»; massiragua, «pater- 
nidad»; de iiri, «hombre»; uriahca, «humanidad». 

El eudeve es muy semejante al ópata. El plural en él se 
forma también ordinariamente por duplicación; los nombres 
que expresan instrumento toman al fin siven ó vina; los abs- 
tractos se forman con las partículas vagua y sura. 

Al Este de los lugares donde se habla el ópata y el pima 
bajo, en las regiones del Golfo de California, aunque á alguna 
distancia tierra adentro, así como en la isla del Tiburón, se 
habla el idioma llamado de los ceris ó de los seris, entre cuyos 
dialectos se pueden contar el mencionado, el guaimi y el tepoca, 
todos de pronunciación áspera y sobremanera gutural. Su len- 
guaje, que según Orozco y Berra les aparta completamente de 
la filiación de las naciones que les rodean (i), ha dado que fan- 
tasear á muchos, suponiendo en él grande conexión con el 
gaélico. 

Es fama que indios ceris, al oir á algunos marineros galeses, 
se mostraron admirados y dijeron que aquellos blancos eran 
hermanos suyos, pues hablaban un idioma semejante al de ellos. 
Tampoco ha faltado quien lo imagine conexo con el arábigo 
por el parecido más ó menos eventual de alguna que otra pa- 
labra (2). De las pocas que nos ha sido dado estudiar en algunas 
obras de Bancroft y de Brinton, no resulta realmente compro- 
bada plenamente la analogía. Porque si no es menester, sin 
duda, exceso de violencia y de buena voluntad para recibir 
acerca de las que se señalan, qviejidja, «mujer», se parezca al 
hxttón greg; (\wQjiciri, «población», tenga la misma etimología 
que iochdaraic en gaélico; que tie-ngurá, «menos», sea de igual 
^roceáenc\?i(\\xe lugha ó lughad, usado en igual acepción en el 
Principado de Gales, ó quejmas, en fin, significando menos, sea 
la palabra ganji de los galeses; está mucho menos claro, según 
ha señalado ya Ramírez, que los vocablos amaf, «vino», y aíuen, 
«más», sean idénticos con Jamar y amen de los árabes, como 
quiera que amen en tal sentido puede ser introducción española; 



(i) Geografín, páginas 42, 353 y 354. 

(2) Stcne, Hist. Mag., vol. v, pág. 366. Ramírez, Boletín de la Sociedad Mexicana de 
Geografía, t. ll, pág. 149. 



— 3» — 

pero aun así, quedarían sin explicación /«;/?>/, por «leche»; tan- 
jajipe,Y>or «hueno» ',jtpe^ por «mejor»; migenman, por «habita- 
ción», y enteramente los números cardinales ^¿z^jco, i; coocj'o, 2; 
capha, 3; cszohi, 4; coajlon, 5, análogos al coshimi, al guacuri 
y al yuma. Bien es verdad que con esta analogía con el guaicuri 
pudiera concurrir acaso la de los pronombres personales, que 
desconocemos, y la de formas de verbos que podrían ser análo- 
gas á las gaélicas; pero nada de esto se muestra, sino sólo que 
el guaicuri se asemeja imperfectamente en varios pronombres 
al turanio, y ofrece además una conjugación dravidiana (i). 
Esto no estorba la posibilidad de que en el territorio actual de 
los ceris hayan existido indios de las citadas naciones sahaptines, 
yakimas y montsues, cuyas hablas conforman tanto con el bre- 
tón, el gaélico, el noruego y con otras lenguas no europeas, y 
aun con el pima y el ópata, que también se conexionan con 
aquéllas. 

Ocurre lo que con los ceris, con los dakotas, unos y otros 
presentados por algunos escritores como indios que hablan idio- 
mas idénticos á los europeos; pero se ha olvidado el suminis- 
trar pruebas suficientes de tales afirmaciones, en tanto que se 
guarda silencio sobre analogías muy calificadas. Pasando á tra- 
tar de los últimos indios mencionados, los cuales, al mediodía 
de los tinnas centrales, forman la transición entre los habitan- 
tes de la cuenca del Pacífico y los de la región del Atlántico, 
séame lícito recordar algunos pormenores de su situación, fastos 
y costumbres. 

A la parte oriental de las Montañas Roquizas, allende sierras, 
adonde llegan todavía los cabezas planas y los narices cor- 
tadas, en el valle del Misouri, que nace en ellas, mora actual- 
mente la nación de los dakotas, llamados ordinariamente sioux 
{cortadores de cuellos), quienes ocupaban no hace mucho 
tiempo el territorio comprendido desde el río Shatkatchiran al 



(i) Los pronombres guaicuries be, «yo»; ei ó tci, «tú», se asemejan en algo al bi y ssi 
mandchú y al me y te bretón, así como el tutáu^ «él», al 5/ gaélico, y aun el pete, «vos- 
otros», concierta con el sibhse bretón; pero no el cate, «nosotrosv, ni el tucava^ «ellos». 

En cuanto á la conjugación bi anuikirire, «yo me divierto», corresponde no mal al 
dravidiano vichuvadi guirren, «yo creo»; bi amiikiririhiri, «yo me divertía», á vichuva- 
di-crane, «yo creía»; bi amukiri-me, «yo me divertiré» ; á vichuvadi-pen, «yo creeré». 



— 32 — 

Norte, hasta el de Arkansas por la parte del Sur. Descollaban 
entre sus principales gentes al Septentrión los sioux propios, los 
asinoboin y los crows; en el centro los poncas, omahes y man- 
danes; á la banda del Mediodía, los quapaws, lamas y osages, y 
á la de Oriente, no lejos del lago de Michingan, los llamados 
winnebagoes, que toman nombre del lago inmediato á aquél, á 
cuyas costas llegan sus moradas. Es fama entre ellos que vinie- 
ron del Oriente, donde ocuparon parte del su territorio, ocu- 
pado después por los algonquines, y que sus tribus del centra 
y Mediodía no atravesaron el Mississipí hasta poco antes del 
siglo XIV. Aparte de esto, de las investigaciones de Horacia 
Hale resulta cumplidamente que los tuteloes de la Virginia 
son una rama de dakotas, y el diligente Catlin ofrece como 
fruto de sus investigaciones entre los mandanes, que esta na- 
ción ganó el paso del Mississipí, después de haber caminado 
mucho tiempo á lo largo del Ohío inferior. 

Valerosísimos y de costumbres no del todo incultas, dotados 
de cierta organización política en cantones, recordada por los 
lugares de «los siete consejos», formaban el núcleo principal 
de los Pieles Rojas, hasta que la matanza verificada por los 
yankees en 1876 ha reducido su importancia considerable- 
mente. Su idioma, según nos lo ha dado á conocer Luciano 
Adam (i), aunque conserva muchas relaciones con el gaélico, y 
aun mejor dicho con el bretón, muestra afinidad con idiomas 
turanios semejantes al vasco y elementos uro-altaicos y chinos, 
que no se reconocen ó están sumamente atenuados en los dia- 
lectos gaélicos hoy conocidos. 

Forman el femenino de mujeres, sufijando en la forma tu- 
rania wi-nian ó win, partículas que se asemejan á niii^ que usa 
el chino antepuesta. Los masculinos de nombres de animales, 
posponiendo mdoca, en chino cóngy moü; los femeninos con 
wiye, en chino piti, moü. La costumbre de tales posposiciones, 
en sentir de Mr. Adam, es moderna. 

Expresan el plural posponiendo /z' como en protomédico, no 
sin recordar el uso chino que antepone pe^ de cuya partícula 
pudiera ser resto la / final de la primera persona de plural en 



(i) Rcvucde la Linguislique, t. IX. Año 1876. 



— 33 — 

bretón, por ejemplo: omp^ «somos», y oemf, «fuimos». El artículo 
indicativo se pospone como en vasco, en asirlo, en accadio, en 
turco y en georgiano. Es ordinariamente kin, pero con fre- 
cuencia se convierte en g; verbigracia : oyate kin se dice «el 
pueblo», y asimismo oyate-g, «el pueblo», con evidente pare- 
cido con las expresiones humea y humeac de los vascos. Las 
posposiciones ^w, n j kiy andan ^ significando «en» ó «aliado», 
son análogas á otras de igual significación en accadio y en eus- 
kara, así como la de in en acepción de «con». 

En este idioma el polisinteísmo general de los lenguajes ame- 
ricanos se limita regularmente á la composición ó incorpora- 
ción de tres elementos, que se ordenan en la oración, á pdrtir 
del complemento, al cual sigue el pronombre y el verbo. Sirvan 
de ejemplo: ina-y a-casca, «á mí tú atas» ó «me atas»; iin-ni- 
casca-pi, «nosotros te atamos». En especial, se distingue por la 
facilidad de determinar la acción, formando verbos de dos radi- 
cales, como bacsa, «cortar con un cuchillo», formación análoga 
á la del castellano «perniquebrar» y á otras semejantes. 

El pronombre de primera persona de singular es wa, como 
«sujeto», y ma, como «objeto», análogo al del georgiano; el 
de segunda ya, como «sujeto», y ni^ com.o «objeto»; el de pri- 
mera de dual un, «sujeto y objeto»; el de primera de plural 
iin-pi, sujeto (que se descompone como en georgiano para 
unirse al principio y al fin del verbo), y un objeto; el de se- 
gunda ya-pi, sujeto, que se descompone también en la persona 
verbal, y ni, objeto, y el de tercera, que no se expresa en sin- 
gular como sujeto, y en plural se indica con pi, pospuesto al 
verbo: para señalar el objeto en pluralidad se dice wica. Ni, 
«tu», y W(2, «yo», en conjugación polisintética se convierten en 
ci; por ejemplo: ci-casca, «yo te ato». 

Los verbos cuya sílaba inicial es ytt, yo ó ya convierten las 
dos primeras personas del singular y la primera parte de la se- 
gunda del plural wa, ya, ya, en md, d, d, consonantes, que, 
verificada la aféresis de la y, se juntan al tema. Ejemplo de 
yustan, «concluir»: 

SINGULAR. DUAL. 

Mdustam Yo concluyo., Vn-stan. . Nosotros dos concluimos. 

D-ustam Tú concluyes. 

Y-ustan Él concluye. 

3 



— 34 — 



PLURAL. 



Un-stan-pi Nosotros concluímos. 

D-ustan-pi Vosotros concluís. 

Yusta7i-pi. - Ellos concluyen. 

Los pronombres personales sujetos pueden prefijarse ó infi- 
jarse, esto es, sufijarse en medio de palabra, lo cual se verifica 
después de la primera parte de una palabra compuesta, como 
si dijéramos en castellano en lugar de «yo mal dije:^, «mal yo 
dije» (i). 

El futuro se forma posponiendo, c/^; ó cte {tze en eudeve), 
que así índica «desear», como la raíz ix en sánscrito y la décima 
for-made conjugación arábiga señalada por prefijación del com- 
ponente ista. Ejemplo: inani-cta^ «él se paseará». El imperativo 
posponiendo no y po para la segunda persona de singular y de 
plural, ó ye, pe y miye, según la orden procede de un hombre 
ó de una mujer. 

Los pronombres demostrativos de, he y ca, se suelen antepo- 
ner al verbo, como en vasco, alterando asimismo su vocal según 
los temas verbales. Algunas veces se emplean ma y ni^ox pro- 
nombres sujetos prefijos ó sufijos, y con las formas alteradas 
am, an ó ;;z, it. 

En el verbo eya, «decir», según Luciano Adam, se infija por 
excepción p y h en lugar de iva de 7n y de n. Ejemplo: epa, «yo 
digo»; ehag, «tú dices»; eya, «él dice». 

El verbo neutro ecin, «pensar», y el activo in, «llevar», se 
conjugan excepcionalmenle con los pronombres posesivos mty 
W2" sufijos. Ejemplo: ecan-mi, «yo pienso»; ecan-ni, «tú piensas»; 
ecin, «él piensa»; h-in mi, «yo llevo»; h-in ni, «tú llevas»; in, 
«él lleva». -31^ 

Fundado quizás en esta conjugación irregular Mr. Catlin, 
quien había vivido muchos años entre los mandanes blancos del 



(i) Ejemplo de prefijación: 



Wakaska... Yo ato. Unkaska.... Nosotros dos atamos. Mi kaska-pi.. Nosotros atamos. 

Ya kaska... . Tú atas. Ya kaska-pi. Vosotros atáis. 

Kaska Él ata. Kaska-pi.... Ellos atan. 

Ejemplo de ínfijacíón: 

Ba zva ksa,. Yo corto con cuchillo. Baya ksa..,. Tú cortas con cuchi- 
llo, etc. 



— 35 — 

Misiiri, hoy extinguidos, así como en otros datos y en analogías 
señaladas tiempo ha, para justificar la leyenda del viaje de Ma- 
doc expuesta en el libro impreso por Humfrey Lloyd en 1584 
(History of Cambria written in the British langiiage ahoiit 200 
years), ha sostenido la afinidad entre el mandan dakota y el 
galo, no sin insistir sobre la afinidad de sus pronombres (i) y de 
otras palabras citadas, en particular, á este propósito por Don- 
nelly en su interesante estudio Atlantis, dado á la estampa en 
Nueva York en 1882. 

Mas como la palabra /^;2, «cabeza», y otras que son galas, 
pudieran haberse recibido, merced á circunstancias especiales, 
sin probar mucho más que el vocablo tiin^ por «un», empleado 
en el dakota común y semejante al latino iinus, considerado 
en frente de todo un sistema gramatical distinto, por ahora me 
doy á entender que es indispensable reunir mayor número de 
datos que los acopiados hasta hoy acerca de la mencionada 
tribu, aun después de la docta Bibliografía del lenguaje de los 
sioKX, por Pilling, publicada en 1887, para comprobar tal ana- 
logía, que, por otra parte, es posible. 

Confinan por levante con atabascos y dakotas, y se extienden 
desde los asientos de estas naciones indianas al Océano Atlán- 
tico, teniendo al norte á los esquimales de la costa septen- 
trional del Labrador, y al Mediodía el mar, los iroqueses y 
chiconeos de Cattlin, el pueblo indio de los algonquines, muy 
extendido en el Canadá y en los Estados Unidos orientales. 
Raza de su natural inteligente y vigorosa, no faltan antropólo- 
gos que han señalado en época reciente índices cranianos (2) 
tan ventajosos en el respecto de sus aptitudes para la cultura, 
como los mostrados por muchos europeos, y en particular por 
los belgas. Su idioma, hablado desde el paralelo 35 al 60 Norte, 
y desde el Meridiano 60 al 95 Oeste de Greenwich, presenta 



(i) Ejemplos: 

MANDAN, GAÉLICO. 
Yo Mi Yo Mi. 


Nosotros. 
Vosotros. 
Ellos.... 


PLURAL, 


. Int. 

. Nu. 
. Eona. 


GAÉLICO- 

NwyaU 


Tú xV/. Tú Oiwi. 




Ni. 


Él 1. Él - a. 


t 


Eone, 


Ella e. 


25. 




Femenino. Honn. 


(2) Brinton, T/ic American Race, pág. 





-36- 

muchas variedades, que sería prolijo enumerar. Cumple á mi 
propósito distinguir al menos cuatro dialectos más estudiados: 
el ojibwa ó chipewa, hablado en la parte de poniente y en los 
alrededores del Lago Superior; el algonquino propiamente di- 
cho, habla del Canadá oriental, cuyo uso alcanzara hacia el Sur 
hasta Nueva Jersey; el cri de la costa meridional de la bahía 
de Hudson , y el lenapé, que se usa particularmente en el De- 
laware. 

El ojibwa es considerado por varios filólogos, y señalada- 
mente por Schoolcraft, como lengua madre de los otros dia- 
lectos, muestra particularidades muy dignas de estudio. Distin- 
gue en los nombres para la formación del plural si el objeto 
que designan es animado ó inanimado, de donde se originan dos 
clases de plurales. El de los animados termina de ordinario en 
"^Si y por excepción en og ó ug. Ejemplos: Ojibwa^ «un chi- 
pewa»; ojíbva-tg, «chipewas»; ahmo, «una abeja»; ahm-og, 
«abejas»; ais, «una corteza»; ais-ug, «cortezas». Los de inani- 
mados forman el plural en in y, por excepción, en on ó un. 
Ejemplos: shcoda, «fuego»; ishcoda-m, «fuegos»; de nodin,. 
«viento»; nodin-on, «vientos»; de fnin, «baya» ó «grano»; min- 
un, «bayas» ó «granos». 

Tal diferencia en el plural de los sustantivos animados é in- 
animados se halla también en forma análoga en el idioma de 
los lifú de la Oceanía, tratándose de distinguir los objetos ó 
cosas, y aun las mujeres de los hombres. En lifú se dice nu, 
«cocotero», é i-nu, « cocoteros »;/<a?, «mujer»; ide-fce, «muje- 
res»; anteponiendo para dicho plural objetivo i, ide, ifecu, la, 
ncedhei; en tanto que para el plural de hombres se antepone 
ange^ angad'e y angaj. Por lo demás, el plural en g es muy 
análogo, no sólo al en k usado por el euskara, con el cual se ha 
comparado, sino también al del lapón y del magiar, así como el 
in es semejante al semítico y á las desinencias del vasco, te- 
niendo uno y otro cierta correspondencia en el chino en las 
palabras de pluralidad kiu y min^ ésta de uso siempre pospo- 
sitivo. 

El locativo, único caso expresado en ojibwa, se forma aña- 
diendo al fin eng ó ing ; verbigracia: ishcod, «fuego»; isJicod- 
eng, en el fuego; s-ibi, «río»; s-ibing, «en el río». El adjetivo 



— 37 — 

derivado se forma añadiendo la terminación ish^ que parece 
teutónica; verbigracia: de onaugun, «casa», onaugunish, «ca- 
sero»; el diminutivo con las terminaciones ons^ sihj ing, onsish^ 
onsing, onsisshing. 

Es de advertir que el nombre tiene el accidente de tiempo, 
expresando el tiempo presente en su forma ordinaria, y el pasado 
añadiendo btm ó hun. 

En cuanto al género, accidente ó condición del nombre, que 
de ordinario se expresa por palabra distinta en los seres racio- 
nales, motiva una diferencia en el modo de hablar hombres y 
mujeres. Así, para decir «amiga mía» un hombre á una mujer, 
usará la palabra niji^ y para llamar «amigo mío» una mujer á un 
hombre, nindongwai, con raíces de parecido dakota. El género 
de los nombres correspondientes á seres inanimados se deter- 
mina anteponiendo la palabra iaiiha para los masculinos, y noz 
ha para los femeninos ; palabras en que los aficionados á eti- 
mologías pudieran columbrar recuerdos vascos y semíticos. 

Los adjetivos, cuando califican seres inanimados, suelen termi- 
nar en lid ó wiidy en o ó en tin; ejemplo: «hermoso», hishegain- 
dang-wud; y cuando califican á un femenino, en izzi y ozzi ó 
uzzi; ejemplo: «hermosa», bishegaindang-iizzi. 

Los números cardinales son: ingut, i; nish, 2; niswi, 3; ni- 
win, 4; naunin, 5; n'gud-waswa, 6; mshwiiaswe, 7; shwauswz, 
8; shongusswi^ 9; medauswe, 10; donde parece mostrarse el des- 
arrollo (dentro delsistemagramatical algonquín) de raíces y ves- 
tigios de numeración china, á la cual se ajusta asimismo el 
proceso decimal. Así, por ejemplo: ingut, cualquiera que sea su 
afinidad y parentesco con el finnés test, con el lapón ücs, con el 
ostiaco ü, con el magiar ¿^y, con el tibetano dieig ó con el tagalog 
isa^ I, parece más conforme con el dialecto chino hacca >'?'/ ó 
git. Nish, 2, con m'e del mismo dialecto y el si-pai-y, y con el ti- 
betano gnnis. Niswi, 3, parece que es el compuesto de iiish, 2, 
y wi 6 gui, uno. Niwín, 4, la forma plural ó doble de nish, 2. 
Haiiniíi ó no-nin, 5, equivale á i -t- 4, abreviados ingiity niwin. 
El 6 se dice n'gitdwaswi, palabra que se explica por i y 5, y 
en la cual se ha olvidado la expresión no-7tin, 1+4, restable- 
ciendo para 5 la raíz was ó wiis, idéntica, según parece, con 
las de bex que lo expresa en turco, bara en accadio y wu en 



- 38 - 

chino, vusi en finnés, vils en estonio, Wíite en mordwino, vtt qu 
lapón y en zirainio, vet en ostiaco, y bosti en euskara; aseme- 
jándose esta forma n'gud-maswi en cierto modo á las expre- 
siones cu-ust, cu -US, cot, coto y craü, que designan el nú- 
mero 6 en finnés, en estonio, en lapón, en ziriamio y en vogul. 
Nishwauswe ^ 7, se descompone en nish y wauswe, 2 ■+- 5; 
shwauswi , 8, de 3 -H 5, designando 3 la sh inicial, resto pro- 
bable, ora de san chino, gsuní tibetano, ó sai coreo; ó de la 
forma is accadio, üg osmanli, üs yacuto, us viguro y visse tchu- 
wache: 9 se dice shonguswi, esto es, 4 -f- 5, de una raíz, repre- 
sentado el 4 en accadio por san, en antiguo berberí y en árabe 
por tsain (de que es dual tsaman, 8), en chino común por szeyQn 
chino li-yen por tso , en chino yao-miao y en chino tchung-tze 
por soz, en chino siabo y en hacca por sz, y en y-kia por so. Me- 
dauswe, en acepción de 10, expresa claramente «dos veces 
cinco», de me, que significa 2 en chino kian-si, ó de tni 6 mo, 
que vale'lo mismo en chino y-kia, ó áe paimt^4¿^ en indo-chino 
y en otros idiomas, y de wausswe, 5. 

Acepta el algonquino el accidente de pluralidad en los pro- 
nombres personales, que se dicen en singular «yo», ni\ «tú», ki; 
«él» ó «ella», o, ó wi, cuyo plural es ki-n, «nosotros» («vosotros 
y yo»); nin, «nosotros» («ellos y yo»); nin, «vosotros», y wtn, 
«ellos», reforzando la expresión de tal número en dichos pro- 
nombres con las terminaciones owind y owó, que recuerdan 
un procedimiento chino, hasta ofrecer los pronombres usuales 
kin owind, «nosotros» (inclusivo de «tú ó vosotros»); nin owina 
(exclusivo); 7iin owo, «vosotros»; win owo, «ellos». 

En la conjugación se suele perder la n final del pronombre 
antepuesto en el plural de las personas y añadiéndola en la pri- 
mera persona del singular. 

El verbo haber, üo, se conjuga en presente, dejando parte 
del pronombre para la terminación, como en georgiano. 

Singular. Plural. 

■\T r. -AT- ,■ TVT , \Ni-ndia-min. 

10 ne Jyi-n-dio. Nosotros hemos. ,,. ,. ■ r \ 

\Kt-aio-min \\). 



(i) Tal sistema de conjugación recuerda las formas vascas diot, niz , Jtuen, etc., y 
las bretonas «« euz, ech euz, en deuz. Por lo demás, los tres pronombres en singular. 



_ 3Q — 



Siní^ular. 

Tú has Ki-n-dio. 

Él ha lo. 



Plural. 



Vosotros habéis. Ki-dio-m. 
Ellos han lo-xvug. 



Singular. 

\l^i-n-nyo-Dun.\ ... . -^ . \ Ntngiiiyo-7iaubun . 

. ...j " ^ Ki-guiyo-min. 



'f IMPERFECTO. 

Singular. Plural. 

yohab 

era 

Tú habíasl ,.. . , 7- • 

\Kt-m'o-bun. 2 Ki-guiyo-m 
o eras. . I ' -^ 

Él había óL^. , ... 

IKi-yo-buu. 3 Ki-yo-wug. 

FUTURO i.° 

Singular. 

Yo habré 1 

seré. 
Tú habrdsl/^-,^,^^;^^-^^ 2 Ki-guhio-m. 

ó serás..) 
El habrá ó| 

será. 



PERFECTO. 



Plural. 

I Ninguiyo vit7iauhun. 
Ki-guiyo minaxtbun. 



2 Kiguiyo-naubun . . 2 Kcguiyon waítbiin. 

3 Kiyo-btcn. Kiyo-buÍ7ig. 



Plural. 



Plural. 



;o|,.. ,. \i J\'i-n-guhio-tmn. 

\Ní-n-guliio.{ ... , . 
, . ) Kigulno-niin. 



Ta-hio. 



3 1 a-hio-voig. 



FUTURO 2.° 

Singiihr. 

INi-n-giíhgee iau- 
minaubun. 
Ki-guhgi iau 
inin aubun. 
Tú h3.hrks\Ki-guIigiiaunau- \Ki -g7í hi iamn- 
sido... . j bun j waubun. 

Él habrál ..,.., „ , , ^ 

., \Kangi laubun.. . Ta-gtto-bumg\2) 



P.\RTICIPIO. 



laung, siendo Kiyaung ebun. 

laung cbun, sido Habiendo sido. 

La conjugación ordinaria de los verbos transitivos se forma 
prefijando los pronombres personales y posponiendo los obje- 
tivos, que representan el término de la acción. 

En este procedimiento, el presente de indicativo no ofrece 
ninguna dificultad : de sog, «amar», se forma sog-o^ «amarlo», 
ó «amar á una persona», de esta suerte: 



asi prefijos como separados, tienen mucha analogía con el semítico y con el chino, y 
en la segunda y tercera persona con el futuniano de la isla de Fitchi, he y ya. 

La tercera persona, o ú lio, es común con el bretón y el samóano; las dos formas de 
«nosotros» («vosotros y yoi!>) y «ellos y yo» e.xisten en el nuevo caledonio y en otros 
lenguajes oceánicos. Las terminaciones nin y win del plural recuerdan el chino. 

Otra apro.Kim ación con el vasco podría señalarse en la forma de incluir el objeto 
verbal; verbigracia: 

A t debaim daun Yo lo confieso. Ki dehain daun Nosotros lo confesamos, et 

hi debain dann Tú lo confiesas. Ki debain daum-ewo.. Vosotros lo confesáis. 

O debain daun El lo confiesa. O debain daun-ewo. . . Ellos lo confiesan, 

>\ 'debain daun-m Nosotros lo confesamos. 

(2) El ta , prefijo de la tercera persona en chino, aparece aquí en el futuro. 



— 40 — 

Ni sog-Oi «yo le amo»; ki sog-o, «tú le amas»; o sog-o,«é\ le 
ama»; 7imowind sog-o, «nosotros le amamos» (exclusivo); kino- 
wind sog-o, «nosotros le amamos» (exclusivo); kinagno sog-o, 
«vosotros le amáis»; winogno sog-o, «ellos le aman». Los demás 
tiempos se forman con los pronombres modificados, al decir de 
Schoolcraft; pero en realidad unidos á ciertos auxiliares, los 
cuales no sólo son en mayor número, que el único que suele 
mencionarse es teo, sino que se asemeja hasta en el significado 
á los usados en otros idiomas. El imperfecto de indicativo se 
forma añadiendo ge al pronombre reforzado; verbigracia: nin- 
ge; el futuro primero con ga/i; verbigracia: nin-gah, y el futuro 
segundo con ga-hgee; verbigracia: ningah-gee. En el modo im- 
perativo, que tiene primera persona, se pospone giih, y en el 
potencial dah, para el presente; ejemplo: nin-dah, «yo puedo», 
y dahge para el pretérito; ejemplo : nÍ7i-daghe, «yo pude». 

Menos puro que el ojibwa es el algonquino oriental, con ser 
todavía más corrupto el dialecto del Delaware , apareciendo 
como el que sigue á aquél en pureza el crik, hablado cerca 
de las márgenes del río Canadá. 

Con el algonquino han supuesto algunos que guardan rela- 
ción íntima el chiroché ó iroqués y el taensa, idioma atribuido 
á los natchez y dado á conocer por un manuscrito publicado 
por Parisot. Del primero ha expuesto el Rvdo. Vorcester(i) 
que tiene relación con el griego, el latín y los idiomas euro- 
peos; pero examinados atentamente los cuatro vocabularios 
que incluye de sus dialectos principales, el moawk, el oneida, 
el cayuga y el onondago, apenas se descubre entre ellos y el de la 
lengua de la Iglesia romana alguna remota analogía. De sus 
particularidades más dignas de nota citaré las que siguen: Di 
es en iroqués signo de plural de cosas, gi de personas. «Yo» se 
di\Q,Qya, «tú» ha, «él» ga y ca (equivalente á ta), expresado de 
presente; ma, «nosotros»; sta ó ida é itsa, «vosotros»; otsa, ana 
y daña, «aquéllos». Forma la voz pasiva anteponiendo al tema 
*del verbo, que, como en activa, es invariable, los prefijos uqua, 
«yo soy»; e-tsa, «tú eres»; aga, «él es». En el potencial, elpre- 



(i) Information of the Burean of Lidian Affaircs , Part. II. Philadelphia, 1852, pá- 
gina 444. 



— 41 — 

fijo de primera persona es yt-ga, no sin recordar de algún modo 
el optativo sánscrito y el helénico. 

Los agentes se asemejan, no obstante, al vasco y al turanio, 
y terminan en ki ó gi. Los plurales de nombre en ¿^ y en k. 

En cuanto al taensa, dado á conocer por Luciano Adam 
en la Revue de la Linguistique , ha sido desautorizado por 
el mismo insigne americanista, en atención á que el propie- 
tario del manuscrito no justificaba su procedencia. Vinson, sin 
embargo, se inclina á pensar que pudiera ser un idioma adulte- 
rado en alguna parte; pues ciertos pormenores de este idioma, 
con las riquezas y condiciones especiales de su conjugación, ex- 
cluyen, á su ver, la probabilidad de que este idioma sea inven- 
tado (i). 

Al sur del territorio en que suenan todavía los dialectos al- 
gonquines é iroqueses, entre el grande Océano Atlántico, el 
canal de Bahama y el Golfo de Méjico, avanza al Mediodía la 
península llamada de la Florida, que por el clima, las produc- 
ciones y hasta por la corteza geológica se asemeja y pertenece 
en cierto modo á las Antillas. Allí se hablaba por algunos na- 
turales, que fueron degollados por los ingleses de la Carolina 
en 1706, el idioma llamado timucua, digno de atención y dete- 
nido estudio por parte de filólogos y de historiadores (2). 

Exprésase en este idioma el artículo indicativo «el» por el 
prefijo na^ ó por los sufijos ba, fa^fi é /it, empleados algunos por 
turanios y babilonios. Los géneros de que carecen se sustitu- 
yen por las palabras vi'ro, «hombre», y in'a, «mujer», añadidos 



(i) Según el ms. publicado, el dual de los nombres se formaba añadiendo al ñn gen 
ó ígen ó igeni; el plural, posponiendo ¿^, gin^ gini , ^{, ^^h ^'in, Jiini ,yi,ym, yini: los fe- 
meninos, con adición de la terminación a. Los pronombres eran Jio, olionini «yo», o, vi 
«tú» (femenino nia ó vid); su, «él»; sua, «ella», con plurales regulares terminados en g. 
Los tres tiempos del verbo presente, pretérito y futuro se indicaban con las prefijas 
i, a, u. La conjugación se formaba en cada tiempo con la prefija correspondiente, su 
participio y el pronombre sufijo. El participio de préseme añadía al infinitivo ó nom- 
bre del verbo una r final, el de pretérito una ¿, el de futuro una n. Ejemplo. De i-ezfa 
«amar»; i-rewa-r-hotii, «yo amo»; arewab-honi, «yo amé»; e-rcwanhoni ó e-re-wanyelioni, 
«yo amaré». La pasiva se formaba posponiendo una / á los participios, empleando en 
la primera persona la forma lio. Ejemplo: i-rewar-i-ho , «yo soy amado»; a-rewatc-iho, 
«yo fui amado»; e-rezvasoi-ho ^ «yo seré amado». 

(2) En 1614 publicó en Méjico el P. Fr. Francisco Pareja su Arte y pronunciación 
de la lengua timnqvana y caslellana, reimpreso en 1886. Merecen particular atención los 
estudios publicados recientemente sobre el mismo idioma por M. Albert S. Gatschet. 



— 42 — 

al sustantivo. El plural se indica añadiendo al nombre en singu- 
lar alguna de estas palabras: care^ achico^ aiiiiro, amiroquay 
toomana, mírica., paqiia^ ara, arattqtta, yati é zsüioso, que sig- 
nifican «mucho». Algunas veces el plural se forma, en nombres 
y verbos, posponiendo qtia. 

La declinación tiene seis casos; el último, que reemplaza al 
ablativo, es esencialmente locativo. 

Ejemplo : Paha, «casa». 

Nominativo. Paha ó paha-via. 

Genitivo.. Paha si. 

Dativo Paha beta. 

Acusativo Paha ma ó pahaco. 

Vocativo Paha lechu. 

Ablativo PaJia qua-ina y pahauíaqiia. 

Apocopando la última vocal de las primeras terminaciones, 
resultará: xiomin^úvo paha, genitivo palias, ádiúwo pahabet 
6 pa/iabit^ que como de ainavit se dijo «amó», puede conver- 
tirse Qn palmo; acüS2iúvo pa/iam, ablativo paha quam, que se 
trueca eupahaovina. La terminación ma , que tienen á las veces 
así el nominativo como el acusativo, recuerda los nombres la- 
tinos en 7?ien, y otros del georgiano y el afgano. 

Los números cardinales son: i, mine, ero ó yaha; 2,yucha; 
3, hapu; 4, cheketa; 5, marua; 6, mareca; '],piqiusha; 8, piqíii- 
nahu; <^, peque-cJieqiieta; 10, tuma.'Los ordinales: i.°, i7iine so- 
tameno, kihemo; 2°, na yucha-mima; 3.°, na hapu mima, etc., 
cuyas terminaciones recuerdan las formas superlativas de los 
ordinales en sanscrit, en griego, en el idioma latino y en teu- 
tónico. 

En las condiciones de esta numeración, que era decimal á la 
llegada de los españoles, se muestran las huellas de una nu- 
meración quinaria, y los efectos de influencias de pueblos de 
distintas razas y de diferentes familias de idioma. De las desig- 
naciones para el primer número mine, erojyucha ; la primera 
parece griega, del tema mon {áe monos), ó deheis, mía hen] la 
segunda ero, conforme con el bir ó bero turanio al argii chino 
mantzc del Oeste, y el saro bicol. La tercera yaha con el yity 
yi huacca y chino, y con el á del lien-miao. La denominación del 
número 2,yucha, se asemeja en algún modo al chino siabojo«^, 



— 43 — 

al mongol y?(we, al lapón /iaÁ:s y al ziriánico kyk; la del 3, kapi, 
al chino kiam-si pü; al lien-miao poy y al indo-chino pt; la del 

4, cheketa^ al nuevo caledonio eketa, y al gaélico ceither. La del 

5, marua^ recuerda el mará, 10, de los berberiscos, el amar 
de los vascos, y el i7tarasa de los guanches (i); si éstos fuesen 
duales ó plurales de un singular, mam. Mareca, 6, se forma 
de la misma manera que amaica ó amareca en vasco de mar 
ó maní, 5, y ca ó eca, 1 {ik en ziriánico y en siabo). Piqíiicha^ 
7, procede de otro sistema de numeración ; su primera parte, 
ó sea piqíii, es resto de bex ó hix, 5 en turco, á que corres- 
ponde vüsi en finnés (¿o^// en vasco), y áQ yuclia , 2, seme- 
jante á tki, 2 en turco, á cacsi en finnés y á cas en accadio. Pi- 
gitinau, 8, de piqui ó bix, 5, y nahii , 3 en bubi {hecha y kerite 
en nuevo caledonio); 9 se áicQ piqui-chequeta, compuesto de 5 
y 4; y 10, tiima, que recuerda el tono y /o japonés, el ¿/z'¿?/ tibe- 
tano en designación del mismo número, y el iamii coreo para 
expresar 5. 

El pronombre personal ofrece tres formas: la que se llama ais- 
lada, \2i posesiva, que es la de sufijo, pospuesta á nombres y ver- 
bos, y \2^ predicativa de prefijo á verbos. 

En la primera «yo» se dice honi-he, ha, heca, hontela y hon- 
tani, equivalentes al bretón mi, e, en, achanun] al malabar ;2¿?;2, 
y al nuevo caledonio eni, ani, ni é ing; para el plural usa ni-he- 
caha^ he-ca-no, heca, hoca, ni-ca-oa-nda, ni he-cala'si, pare- 
cido al ni, hor, hon, bretón, y al him, ahiin, ihnn y Jíi-him, 
nuevo caledonio del mismo significado; «tú», chi, che, hochie, 
hohe, ho-chiendo, che-he y checa, semejantes á ech: «él», yate, 
oque, que, no, mire, qiieioqua, neoquay yioqua, que recuerdan 
el chino ta, el nuevo caledonio edh, nan-ati, ñandate, angeie y 
el bretón hen y heñ, y su plural oqtie-care el dravidiano yagnobí 
de la Sogdiana, icha-n. 

Con forma sufija ó posesiva «yo», se dice na; «tú», ya ó ye; 
«él», ma ó mila; cuyos plurales son nica ó mi-le, yaque y mt- 
tilama. 



(i) Según Nicoloso da Reno, 1341. N k?^%& Journal Asiatique (1883), 8." serie, 1. 1, pá- 
gina 308; II es terminación de plural en egipcio, en sarajolé y en otros idiomas africa- 
nos, se en lens[ua mongola. 



— 44 — 

En la forma predicativa ó prefija dichos pronombres son n ó ni 
para la primera persona, y chi, che, e para la segunda, á la ma- 
nera que en vasco son ni y euc, y en semítico ani ó n^ ty ka 
(recibida la permutación áe k y g qu t, que es frecuente, así en 
semítico como en vasco, según la cual la forma guama ó quam 
del locativo timucuano corresponde al ga^i y tan en euskara 
con igual acepción), y hasta cierto punto en chino y en libe- 
tano, donde se dice «yo», ngo, y «tú», ngiii ó kiod* No se ex- 
presa el pronombre de la tercera persona, como tampoco, fre- 
cuentemente, ni en semítico, ni en vasco. Para el plural se em- 
plean los mismos pronombres personales, como en chino; pero 
entonces se junta á la terminación del verbo para las dos pri- 
meras personas bo y para la tercera ;;zo, que explican las for- 
mas plurales bretonas, dado que la última no parece ser otra 
cosa que una variante de ho. 

Conjugando el verbo ini, «ser», en el presente, cuya caracte- 
rística es te^ tela ó tala^ tendremos : 

!N-Í7i-tela. VN-inibo-teia. 

Ch-in-tela. Plural. . . < H-inibo-íela. 

Intela. {hita mala. 

En fin, por un procedimiento señalado arriba como seme- 
jante al georgiano, el pronombre aparece como dividido en el 
plural; pues n-ho significa propiamente «nosotros», h-ho «vos- 
otros», é i-ma «ellos». Análogamente se explica la terminación 
mp del plural bretón de la primera persona. 

El imperfecto se forma con el índice tegua ^ el perfecto con 
bi ó con hana^ el pluscuamperfecto con chu ó chume ^ el fu- 
turo primero con ha-be-la y el futuro segundo con bi-habe-la; 
mas suprimiendo el la, expletivo, al parecer, como el /?* en 
mejicano y en turanio, tendremos un presente análogo al pre- 
sente é imperfecto euskara, un imperfecto en gua como el en 
ba latino, dos formas de perfecto primero, uno con bi, aná- 
logo al latino, y otro con hana, equivalente al perfecto an- 
terior ó auxiliar de las lenguas neolatinas ó germánicas; un 
pluscuamperfecto en chu y en chu-nii.¡ como el perfecto y plus- 
cuamperfecto griegos; un futuro con el verbo ser y haber en 
la forma de las lenguas indo-europeas, y un futuro perfecto 
donde se combina bi con habe, como en latín la v de amavt 



— 45 — 

con eró para producir amavero. Quien medite sobre estas ana- 
logías y sobre la suma de raíces europeas mostradas por el 
timucua en viro, «hombre»; que, «y»; ca, «aquí»; ii, «no»; 
ya-nOy «si»; stro, «llegar á ser», sobre otras que tienen fisonomía 
vasca ó berberisca, como en mero, «caliente», ó semítica como 
en Imbuaso, «amar», ó turania, como inoso, «hacer», que á la 
manera que mac en turco forma también conjugación perifrás- 
tica, ó, en fin, china, v. gr. en i-chmi, «libro» (en chino kiri), no 
puede persuadirse de que los habitantes de la Florida no hayan 
recibido influencias de naciones varias, llegadas allí desde el 
antiguo continente. Sin embargo, los procedimientos de la con- 
jugación polisintética comunes en este idioma al lado de formas 
generales de los verbos, análogas al bretón, al griego y al latín, 
los participios activos en uco^ los pasivos en ta^ no y na, y los in- 
finitivos en no, apocopados en n, parecen señalar cierto predo- 
minio ó influencia más decisiva de los pueblos del mediodía y 
occidente de Europa. 

Importancia análoga á la que ofrece al norte de México en 
la región Este y Atlántica el timucua, ofrecen en la parte Oeste 
ciertos lenguajes de la Sonora, entre los cuales merecen con- 
sideración especialísima el cahita (i), el tara-humara, el te- 
pehuano y el cora, hablados aún en los Estados mexicanos é 
influidos de antiguo por el azteca, señaladamente el último. 

El que estudiando la estructura del cahita se fije en la forma- 
ción de los plurales en m ó iin, y en algunas formas de los pro- 
nombres personales (2), no tendrá reparo en reconocer analogías 



(i) Véase el Arte de la lengua cahita, por un padre de la Compañía de Jesús; Mé- 
xico, 1737. 

(2) Tabli, «conejo ó gazapo» (quizá el talpa de los latinos), forma el plural tabunt 
paros, «liebre» (Jcpiis , oris de los latinos), /5í¡:;-íi5/;«. VOdt, «ave», palabra de excepción, 
pues los terminados en t afijan zim (quizá por suavizarse entre vocales el sonido 
dental, tantas veces suavizado por los latinos), forma el plural vikitzim, «aves». 

«Yo», pronombre personal, tiene todas estas formas: ¿ñopo, neherira, riihire , nihi y 
ni; «nosotros», et, opo,itirira, iti y ti; «tú», onpom, ehcriva, eheri, ehi é i; «vosotros», 
etnpom, emerira, eneri , ime , é itn ; «él», nahc , naherire , y nahcri ; «ellos», namiregtia, 
namire, nanú y em, donde aparecen predominar, en el singular, elementos semíticos, y 
en el plural se muestran claramente aliadas formas indo-europeas y chinas con otras 
que pudieran ser semíticas. Stom, el posesivo ó caso oblicuo de «nosotros», á la vez 
puede ser forma semítica y ariaca ; porque en hebreo y en arábigo tom ó tem son 
plurales de la terminación ^í? ó // pospuesta, que, en significación de «yo», recuerd 



— 40 — 

en estos particulares con los idiomas semíticos y con el náhuatl 
ó azteca propiamente dicho; pero es imposible que no cambie 
de opinión al examinar el sistema de conjugación, y en especial 
la forma y significación de los adverbios, preposiciones y con- 
junciones. Aquél es conocidamente ariaco hasta en sus raíces, 
como lo aclarará el siguiente ejemplo: 

Del tema eria^ que en griego se dice 'epw, «amar», se forma un 
presente con terminaciones invariables, como las del verbo eiiz 
ó caut, «tener», en bretón: 

Singular. Plural. 

Yo amo Nc cria. Nosotros amamos. . . Ti cria. 

Tú amas E eria. Vosotros amáis Em eria. 

Él ama Eria. Ellos aman Im cria. 

El imperfecto, en su vocalización, recuerda la del bretón, 
galo y francés. 
Ejemplo: 

Singular. Plural. 

Yo amaba .... Ne crl-ai (ó cric). Nosotros amábamos. Ti eri-ai. 
Tú amabas.... E cri-ai. Vosotros amabais... Em eri-ai. 
Aquel amaba. . Eri-ai. Ellos amaban Im cri-ai. 

El perfecto ni eriac ó erüc, «yo amé» ó «he amado», es el 
pretérito griego >5p"i'^«, apocopada la vocal final; el pluscuamper- 
fecto ni-erieké es parecido al griego í5pi')'«"iv ; el futuro primero 
ó imperfecto, ni ericuiake, se asemeja al helénico epivjjü), trocado 
el au epentético en una vocal larga, como se muda en A-cpó >Tfi$ 
de ^ájiSavü) (i); y aun más el futuro segundo, ni eriasunake , «yo 



la posposición de pronombres posesivos ó de personales en genitivo, con que se forman 
muchas conjugaciones, según procedimientos conocidos de la filología; pero aparece 
más próxima á las formas en eto7i y en esíhon de la gramática gi'iega. En cuanto á las 
/ y ¿ de la primera y segunda persona, pueden compararse con los prefijos y afijos 
verbales del bretón francés. 

(i) No deja de parecer admirable que el verbo Ipicú griego, tan ii-regular en los clási- 
cos, muestre aquí su forma regular, con la alteración de haber reducido sus termina- 
ciones á la forma sencilla dominante en la gramática bretona y teutónica antigua. Si, 
como no es imposible, colonias griegas ó helenizadas de España, ó de la Francia, ó 
de la Europa septentrional, después de arrojadas por otros pueblos é internadas hasta 
cerca del Pacífico, conservaron la regularidad del pretérito y futuro de 'epáo), que en 
vano se busca en los escritores más notables de Grecia, sería un fenómeno semejante 
al que señaló Fauriel en la palabra nereida, cuya raíz ñero, «agua», no se conserva en 
el griego erudito y aparece en el provenzal. 



— 47 — 

habré amado», que se presta asimismo á interesantes conside- 
raciones. El potencial eriababe ó eriane corresponde, al pare- 
cer, á las formas 'epaoffJit y 'epeírjv. 

Los infinitivos ó gerundios eriacari ^ eriayo^ eriaco ó ey'ia- 
caco, muestran analogías griegas y latinas, así como el infinitivo 
pasivo erianaketeca ó eriaiiakecari, con las cuales, convertida 
la ié en ^ ó ^, ó en elemento epentético suprimible, pueden com- 
pararse las formas griegas sthaij las ari, eri ó zW latinas. 

El participio de presente en me; ejemplo: críame^ recuerda 
las terminaciones wv, ouaoi, ov del griego, y es quizá una forma ac- 
tiva de la terminación pasiva griega ¡j-svo?, ¡xevt), [i.evov| y lo mismo 
puede decirse de los participios eriacame y erianacame de 
aoristo y de futuro, y de los pretéritos crió y eriacó, propia- 
mente erimi y criacau^ paralelos á los griegos y latinos.' 

Las conjugaciones y adverbios son menos explicables; con 
todo, ainij iini, traducen el adverbio latino unde, «de donde»; 
ni^ al griego vai ; patzi, á las preposiciones griega y latina anti y 
ante; siva á sive; sok á si ^y aun al adverbio y preposición 
«junto» ó «cerca», las formas híbridas, al parecer modernas, 
ioentocsoco y ientoik (i). 

Asentados los cahitas en la parte septentrional de Sinaloa, no 
lejos de los ceris, ópatas y pimas, su lenguaje, que se extiende 
por el territorio de Sonora, comprende tres dialectos: el mayo, 
el yaqui y el tehuepo, cuyas diferencias afectan principalmente 
á la pronunciación, con variedades que recuerdan los dialectos 
griegos y formas latinas. Los tehuecos pronuncian ^ donde los 
yaquis y mayos /z, equivalente al espíritu áspero; el imperfecto 
en ai 6 e es pronunciado por los tehuecos en ait ó et, mientras 
los yaquis lo terminan en n. El pluscuamperfecto de los tehue- 
cos acaba en k^ el de los yaquis en cam ó kem^ el de los mayos 
en cai ó ke. 

Formas intermediarias entre estas formas arias y algunas que 



(i) Todas estas observaciones las verifico sobre el texto de una gramática es- 
crita en 1737, de que publicó un extracto Bancroft U. C, t. iii, pág. 707 y siguientes. 
De esta lengua hablan Velasco en sus JVoticias de la Sonora, pág. 75; Rivas en su His- 
toria de los triunfos; Pimentel, Cuadro, 1. 1, páginas 456-491 ; Hervas y Vater, Mithrida- 
tes, t. III, Part. 3.*, páginas 157-158; Ternaux Compans en Nouvclles Ármales des Voy.^ 
1841, t. xcii, pág. 260; Colee. Polidiómica'Mex. Oración dominical, pág. 41. 



-48 - 

subsisten en el azteca, se ofrecen en el tarahumara de Chihua- 
luca (i), Sonora y Durango; en el tepehuano, de Cohuaila y 
Sonora, y en el cora (2), de Jalisco. 

El primero es, á saber: el tarahumara, aunque con distintos 
pronombres personales, después de un presente invariable en 
la terminación, usa un aoristo en ca^ un pluscuamperfecto en 
yeqtce, un futuro imperfecto ó primero en rare^ un futuro per- 
fecto en gópera 6 gópere, imperativo «tú», en ana ó en anif 
é imperativo «vosotros», en si ó sai. 

El tepehuano, cuyas formas de pronombres personales aneanty 
«yo»] api, «tú.»] egge^ «é\»]atiim, «nosotros»; apiíim, «vos- 
otros», y eggan, «ellos», parecen bastante raros, y apenas mar- 
can alguna aproximación, salvo el primero de plural, con el 
griego, con el semítico, con el gaélico y con el dravidiano. Forma 
el imperfecto en tade y el perfecto ó aoristo, posponiendo antCy 
ora al pronombre, ora al tema del verbo. Ejemplo: «Yo he di- 
cho», aiieane-aguide anta ó amane anta aguide. Para el futuro 
imperfecto emplea la posposición agiie, ejemplo: aneane agui- 
di-agiie, «yo contaré », y para el futuro perfecto ainokue ; ver- 
bigracia, aneane aguidi-amocite, «yo habré dicho». 

En cora, por último, el plural se forma añadiendo los sufi- 
jos ty eri Ó riy tzi ó zie; los pronombres personales son nipiie 
ó ni, «yo»; apue ó ap, «tú»; aehpii ó aehp , «él» ; iteammo ó 
itean , «nosotros»; atnmo ó an, «vosotros»; aehmo ó aehm, 
«ellos», que en conjugación son antepuestos bajo estas for- 
mas: ni, «yo»] piope y «tú»; ti, «nosotros»; zi, «vosotros»; miy 
«ellos». 

Ejemplo: 

Singular. Plural. 

Yo alabo Ni-niuache. Nosotros alabamos.. Ti muache. 

Tú alabas Pi-muache. Vosotros alabáis .... Zi muache. 

Él alaba Muache. Ellos alaban Mi muache. 

El infinitivo del cora tiene la peculiaridad de expresar obje- 



(i) Con el titulo de Compe7idio del arte déla lengua de los tarahumares y guanupares, 
existe una gramática y vocabulario, escritos por el P. Thomas de Guadalaxara é im- 
preso en la Puebla de los Ángeles, 1683. 

(2) Sobre esta lengua, llamada ambreu ateacari, puede verse la Doctrina cristiana, 
oraciones , confesionario , arte y vocabulario de lengua cora, por el P. José de Ortega, im- 
preso en 1729 por el obispo de Guadalaxara, D. Nicolás Gómez de Cervantes. 



— 49 — 

tos en singular y plural. Así, tachuitie.s «dar una cosa», y taihte, 
«dar varias cosas». 

Al levante de los tarahumares y coras, ocupando diferentes 
lugares en la extensión de una larga zona, que confinaba al Norte 
con sus afines los tínnas (i), llegando al Mediodía, no sólo al 
Nuevo México, sino al estado de Durango, remontando en la 
misma dirección el paralelo 24° de latitud, vivieron un tiempo 
los pueblos que hablaban el lenguaje apache, cuyo centro prin- 
cipal era, según parece (y en este punto, como en otros, he de 
confesar que ofrece dificultades insuperables el orden geográfico 
que me he propuesto), la cuenca septentrional del Río Grande 
en Nuevo México, con hallarse divididos en numerosas tribus, 
entre las cuales se contaban los cutchin, los penao, los dogri- 
bes, los atuahes, confundidos á las veces con los salis, los ta- 
cuillis, los hoopas, los umpquen, y en los territorios meridio- 
nales de la zona mencionada, los apaches propios, los gíleños 
y los industriosos nauajos, celebrados por la belleza y bondad 
de sus tejidos. Los pronombres en idioma apache son: shi^ «yo», 
di^ «tú», que usaban también con el roborativo dah\ verbigra- 
cia: shi-dahy «yo mismo»; dt-dah, «tú mismo», y aghaa (aná- 
logo al dravidiano), en significación de «él», «ello» y «ellos». 
En su conjugación, de aprendizaje harto difícil, si son exactos 
los ejemplos suministrados por Cremoyes (2), «yo he» se dice 
tack-shi\ «tú has», can-di-ah ahti-ti\ «él ha», ta annah^ etc. La 
numeración, que es decimal, ofrece estos números cardinales: 
I, tash-ay-ay; 2, pah-ki; 3, cahye; 4, inyeJí; 5, ashtslay; 6, hos- 
kon-nay ; 7, host-i-day ; 8, hah pi; 9, sighost-ay ; 10, gonay-nan- 
nai. Generalmente en los números compuestos no suele expre- 
sar la última parte de la palabra del número. De 10 á 20, «diez» 
se designa por sahte, y de 20 á 100 por ten. 



(i) Véase el Vocabulario comparativo de la familia Tinna, en Bancroft, ob. cit., t. lii, 
páginas 103 y siguientes. 

(2) CvQmoyt^, Apaches, en Oherland Mon'Jily^ Sep. 1863. 



IDIOMAS DE LA AMERICA CENTRAL. 

En el lugar donde el Atlántico se interna en el suelo ameri- 
cano, formando el golfo de México, a] comenzar la aproxima- 
ción de los dos grandes mares, no es posible mantener la divi- 
sión de lenguas atlánticas y del Pacífico, que inició el ilustre 
Bancroft. Nuestro coetáneo, el discreto y eruditísimo Brinton, 
la interrumpe también, no sin reconocer el empuje é influencia 
que ha ejercido aun en la costa occidental, un tronco de idio- 
mas, cuyas más numerosas tribus pueblan las costas del Pací- 
fico. Por mi parte, estoy muy lejos de admitir que pertenezcan 
á la misma familia, ni sean afines, siquiera, varios de los idiomas 
que se agrupan en dichas regiones centrales, dado que sus mo- 
radores trocaran entre sí formas de cultura, de industria y pa- 
labras, ofreciéndose en estas comarcas puebles muy cultos en 
instituciones civiles, conocimientos artísticos, agrícolas é indus- 
triales, que alcanzaban ya á la llegada de los españoles la edad 
de bronce y de los metales preciosos. Entre ellos merece espe- 
cial consideración, y es la primera por su posición en la cuenca 
del Pacífico, como lo era ya en la época del descubrimiento, la 
nación azteca ó náhuatl, tronco de lenguas de que, en el con- 
cepto de Buschmann (i), son ramas septentrionales los idiomas 
llamados uto- aztecas, shosones y de la Sonora (2), antes estu- 



(i) Spnren der aztchischen Sprachc. 

(2) A mi entender, no parece imposibleque sean testimonio de una influencia semí- 
tica, que se muestra ya en el náhuatl, los yarabíes quiteños, recogidos por D. Marcos 
Jiménez de la Espada y presentados al Congreso de Americanistas de Madrid (1881). 
Entre ellos, el llamado masalla, «que acostumbran á cantar los indios en sus casamientos 

á manera de consejo á sus hijos», recuerda el \¿s w^z/W arábigo, «parábola», «senten- 
cia», «ejemplo», etc., ó el (iVc'D) mislc hebreo, «proverbios», y el albasito, «con que des- 
piertan los indios á los novios al otro día de casados», muestra nombre idéntico al de 

Ja^-*»^^ I, albasito.^ metro árabe que se suele emplear para asuntos de regocijo, y cuyo 

nombre significa «el alegre» {Freytagii Lexicón, 1. 1, pág. 122, col. 2.^). De aquí pudiera 
entenderse que dicha influencia alcanzó hasta el Ecuador, donde, perdido el idioma, se 
conservaron tradicionalmente los aires musicales, según se aplican actualmente al cas- 
tellano. Lo propio se pudiera decir de la parte del Norte , donde no sólo los nahuas 
de Nuevo México y Arizona, y algunas tribus de la Sonora, según testifica Velasco 



diados, como quiera que, en mi opinión particular, no merezcan 
de suyo tal clasificación, aparte de alguna influencia lexicográ- 
fica que pudiera ejercer, así por su difusión como por lo aven- 
tajado de sus instituciones civiles, la poderosa nación azteca. 
Ordinariamente se señalan los términos septentrionales y me- 
ridionales de esta nación por el río Columbia, en los Estados 
Unidos occidentales, y por el istmo de Panamá; á mi ver, y con- 
cretada la cuestión á la familia náhuatl, se fijarían con mayor 
exactitud en la pendiente de la costa del Pacífico, desde el río 
del Fuerte en Sinaloa en el grado 26 de latitud N., hasta la 
cuenca meridional del Orinoco, á los 7 grados de latitud del 
último adjetivo, dada la no dudosa influencia del elemento az- 
teca en la lengua caribe. Se ha hablado con extensión de los 
portentos de la industria de los mexicanos (i), en que no les ce- 
dían tampoco ventaja sus vecinos los zapotecas, totonecas, ta- 
rascos y mayas; de sus fábricas arquitectónicas, de sus joyas de 
oroyplatay de sus utensilios de bronce, como quienes conocían 
perfectamente la aleación de cobre y estaño, que lo produce. 
Para sus armas ofensivas utilizaban, sin embargo , la obsidiana, 
muy abundante en México, la cual sabían pulimentar hasta hacer 
espejos de ella. Encarecen algunos su habilidad en combinar 
piedras de colores para formar mosaicos, y sus trabajos en ma- 
teria de agricultura y de jardinería. Conocían el plomo, aunque 
no lo utilizaban. 

Tenían colegios para instrucción de los jóvenes de uno y 
otro sexo, al cuidado de sacerdotes y de sacerdotisas. Se here- 
daban las dignidades por línea masculina; existía el matrimonio 



{Notic. de Sonora, pág. 282), usaban para encender fuego el instrumento que los ára- 
bes llaman zendii ó zcndo , mencionado en el Hamasa y en el libro de caballería árabe 
de Ziyyad Ben Amir de Ouinena, como de uso común en Arabia, sino que los cultos 
vasallos de Moctezuma lo empleaban, al decir de Sahagun {Híst-Gc7i., t. i, lib. li, pá- 
gina 184), para renovar el fuego en la fiesta de Izcalli, su mes décimooctavo. Ni fal- 
tan modernos viajeros que aseguren se emplea actualmente por algunos naturales de 
las islas del archipiélago indio oriental. Consta, según Freytag (^Lexicón, t. 11, página 
258), de dos maderos: uno con un agujero, en que se encaja el otro para hacerle girar. 
Superius (escribe) lignum nonicn zend liabct infcrius üi qxia foramen cst zenda. 

(i) «Una vestidura del gran sacerdote Achcauhquithuamacani se envió á Roma 
en tiempo de la conquista, refiere Boturini (/íAtíz, pág. 77), que dexó pasmada á aquella 
Corte.» Humboldt (Essaí />o//t, t. 11, pág. 454), señala que la seda de una especie de 
gusanos indígenas era un artículo de comercio entre losMixtecas. 



~ ¡j2 — 

regulado por leyes, dentro de la consanguinidad de la tribu; ro- 
deada la posición de la mujer de cierta dignidad, según apa- 
rece por el ejemplo de la hija del primer Moctezuma, padre del 
Axayacatl y abuelo del Moctezuma, que reinaba en tiempo de 
Hernán Cortés, la cual ejerció la autoridad principal por al- 
gún tiempo. Ocupaban lugar preferente en la educación los- 
estudios literarios. Las obras de esta índole se conservaban en 
libros pintados ó escritos en pergamino, ó en un papel fabri- 
cado de hojas fibrosas de maguey, del cual cobraba tributo el 
Gobierno, recibiendo todos los años, de diferentes partes del 
imperio, hasta 24.000 cuadernos. Consistíanlos libros menciona- 
dos en tiras de papel, á las veces de veinte pies de largo, ple-^ 
gadas en páginas de seis pulgadas de longitud, las cuales eran- 
pintadas por ambos lados de imágenes de objetos físicos, ó ideo- 
gráficas (i), fundadas generalmente éstas, entre los nahuas, en 
el principio de rebus. Representaban los nombres propios por 
objetos, cuyos nombres pronunciados imitaban el conjunto de 
los sonidos de aquéllos (2). Menos adelantados que en literatura 
en las matemáticas, mexicanos y zapotecas tenían, con todo, ca- 
lendario ajustado á un año de 365 días, y daban mucha impor- 
tancia á la determinación de los puntos y rumbos cardinales.. 
También representaban un zodiaco, muy parecido al que suelen 
usar todavía tártaros y mogoles. 

El asiento principal de la nación azteca fué á las orillas de 
los lagos, en el valle de México, donde en tiempo de la con- 
quista existían tres Estados importantes: Tezcuco, Tlacopan y 
Tenochtilan, que formaban confederación poderosa. La capi- 



(i) Sobre los signos fonéticos de los mexicanos mayas pueden consultarse elyl//<75de 
Orozco y Berra {Hist. de M.), el ensayo de Rosny y el intentado para reducirlos á los 
fenicios, por Donnely, en su interesante obra The Atlaniis. Los Códices nahuas más 
notables conocidos,xIe los conservados hasta ahora, son : el Codex de Mendoza, regalado- 
á Carlos V por el virrey Mendoza, que existe original en la biblioteca Bodleana, y una 
copia en el Escorial; el Codex Vaticano, núm. 3.736, copiado en México por Pedro de 
los Ríos, en 1566; el Telleriano Remense de París; el Códice Borgiano; el de Bo- 
lonia, y los restos de los archivos de Tezcuco, heredados por Ixtlil Xóchitl, descen- 
diente del último rey de Tezcuco, conservados en el Museo de la Universidad de 
México. 

(2) Brinton, The American Race, pág. 133. El mismo autor. Método iconomático de 
€scritura fonética. Essay of <in Amertcanisí, pág. 212, Philadelphia, 1890, 



— 53 — 

tal de Tenochtilan era México. Los tlascaltecas, al Oriente, es- 
taban, no obstante, fuera de la confederación, la cual compren- 
día, sin embargo, las tribus del Golfo, desde Veracruz á la des- 
embocadura del río de Grijalva, y otras al Mediodía en Nicara- 
gua, En cuanto á los imperios supuestos anteriores de toltecas y 
chichimecas, la critícalos considera como fabulosos y fruto de 
concepciones míticas, sin desconocer, por tanto, que al norte 
de México hay una población pequeña llamada Tula, cuyos 
moradores se decían toltecas, y que existen aún hoy chichi- 
mecas «vagos, sin casas ni sementeras», como decían nues- 
tros abuelos, los cuales viven en grutas, y cuyo nombre no 
parece especial de nación, sino calificativo azteca en son de 
desprecio (i).. 

Se ha discutido grandemente acerca del origen de los azte- 
cas ó nahuas. Los antiguos escritores de Indias solían afirmar 
que la familia étnica de este nombre vino del norte de Amé- 
rica; Charnay y otros modernos entienden que del Mediodía; 
los insignes etnógrafos Bancroft y Brinton, á quienes sigo en 
este punto, entre otros particulares, se han inclinado al término 
medio, no sin dejar traslucir en sus escritos que los aztecas, 
siendo de origen meridional, entraron en el valle de México por 
el Norte. El estudio del náhuatl ó azteca ha despertado grandí- 
simo interés desde la época del descubrimiento, y en verdad con 
títulos justos, pues con ser de significativa importancia los len- 
guajes americanos examinados hasta aquí, ninguno aventaja en 
esto al náhuatl ó mexicano. Lengua riquísima, flexible y muy 
cultivada, ofrece en su gramática y vocabulario el testimonio 
de influencias varias, entre las cuales sobresalen en primer tér- 
mino las semíticas y turanio-euskaras, con notorios elementos 
arios, principalmente griegos, galeses y noruegos. 

Sorprende ante todo en el examen de este idioma la casi 
identidad del futuro mexicano del verbo auxiliar «ser» con el 
presente del mismo verbo en euskara, sin que sea menester 
advertir que en semítico, á cuyo sistema de conjugación perte- 
nece especialmente la de dichos tiempos del auxiliar en ambos 

(i) Véase á Brinton , T/ie ToUecs and their fahuhus Empire , en sus Essays of an 
Americaniste, págs. 88-100. 



— 54 — 

idiomas, el futuro suple al presente, de que carecen las lenguas 
de Sem (i). 

En vascongado se dice el mencionado presente naiz ^ «yo 
soy»; haiz por zaiz (2), «tú eres»; da^ «él es»; en náhuatl 7iieZy 
Hez y yez. Harto se advierte, comparando los pronombres prefi- 
jos del mexicano con los semíticos, que en él se han conservado 
mejor el ;/?' de ani^ «yo», en hebreo y fenicio, y tan bien como 
en estos idiomas el ti y el y i prefijos, los cuales se dicen en he- 
breo: eyeh, «yo seré»; tiyeh^ «tú serás» é i-yeh «él será», en tanto 
que el prefijo t ó ti se ha desnaturalizado en vasco, y la z* prefija 
sólo aparece bajo la forma li en algunas terceras personas, ó no 
aparece, como en muchos verbos mexicanos. 

Por otra parte, naiz en vasco y niez en náhuatl, suman, al 
parecer, al elemento del verbo haiah hebreo la forma bretona 
euz ó iz^ también semítica, por el fin, convertida en z \2i t final 
del verbo arameo, después de vocal, según el uso latino, en tér- 
minos que completan las formas semíticas niye/i, tiyeh^ iyeh^ 
con la adición de la z. Demás de esto, se muestran en mexi- 
cano no sólo el tema haiah hebraico para significar «ser», sino, 
el radical ka de k (en arábigo «ser y haber»), que sólo en 

las formas impersonales de ukeni se ha conservado en euskara. 
Dicho verbo, en mexicano cambia tiempos con niez^ y en el 
presente y en el imperfecto se conjuga recibiendo formas é in- 
fluencias arias (3), no sin recordar el Caiit^ «haber», de la len- 
gua bretona. 



(1) Véase en Ribary, obra citada, páginas 104 y iio. 

(2) El primero de quehay noticia que escribiera un arte y vocabulario de lengua me- 
xicana náhuatl fué el franciscano Fr. Francisco Ximénez, que murió en 1537; véanse 
las notas bibliográficas en Pinelo, t. 11, col. 721; en nuestra Biblioteca Nacional, 1. 1, 
pág. 499; en Beristain, t. iii, págs. 302 y 303, y en Civezza, 778. Siguieron la Gramá- 
tica de Fr. Andrés Olmos en 1 547 , la excelente Gramática y Diccionario de Fr. Alonso 
de Molina, y más de veinticuatro Gramáticas, hasta las de Aldama y Pérez, impresas 
en 1713 ; la de Vázquez Gastelu, en 1716; la de Francisco de Avila, en 1717; la de 
Tapia Zen teño, en 1753; ^^ '^^ P- Ignacio Paredes, en 1770, y la de Sandoval, en 1810. 

(3) 

PRESENTE, 

Singular. Plural. 

Yo soy Ni ca ó ni caique. Nosotros éramos JVj' cale. 

■ Tú eres Ti ca 6 ti caique. Yosotios erais Au cate. 

Él es... Ca 6 caique. Ellos eran Cate. 



— ce: — 



Hay cuatro maneras de formar plurales en la lengua de los 
aztecas; los terminados en ¿"Z suelen perder esta terminación y 
sustituirla por me; por ejemplo: iecatl^ «oveja»; iehca-me, «ove- 
jas»; estimándose como excepciones los nombres de país, que 
forman el plural con sólo perder la ti: el nombre Teotl^ «Dios», 
cuyo plural se dice teteo; conetl, «niño», que forma socorie y 
ticitl] «médico», titici. Muestran el plural en t-vi, análogamente 
al semítico, los terminados en tlt^ li é im^ suprimiendo estas ter- 
minaciones, y en que^ guardando cierto parecido con el plural 
de los finneses y vascos los terminados en que. Ofrecen un plu- 
ral particular, doblando la primera sílaba, los diminutivos en ton^ 
tontli, polo, pil y colli. En fin, algunos otros, en especial los ter- 
minados en me, convierten esta terminación en huan. 

La conjugación ordinaria expresa el presente anteponiendo 
los pronombres, á la manera del futuro semítico, el imperfecto 
y el futuro imperfecto por medio de terminaciones finales, y 
los tiempos pretéritos, mediante un procedimiento ariaco, con 
aumentos silábicos por el principio y terminaciones en f, que 
Y ca (i). 



PRETKRITO. 

Singular. Plural. 

Yo fui Ni caica. Nosotros fuimos Ti catea. 

Tú fuistes... Ti catea. Vosotros fuisteis. .... . Au catcat. 

Él fué Caica. Ellos fueron Catea. 

(i) Sirva de ejemplo para la conjugación regular el verbo Nitlacotla., «yo amo». 

PRESENTE, 
Singular. Plural. 

Yo amo Ni-tla(otla. Nosotros amamos. ... Ti tlafotla. 

Tn amas Ti-tlafotla. Vosotros amáis An tlafotla. 

Elama TlafOtla. EUos aman. Tlafotla. 

IMPERFECTO. 

Singular. Plural. 

Yo amaba Ni ilafoila ya. Nosotros amábr.mos . . Tt tlafotla ya. 

Tú amabas. Ti tlafotla ya. Vosotros amabais An tlafotla ya. 

El amaba Tlafotla ya. Ellos amaban Tlafotla ya. 

PRETÉRITO PERFECTO. 

Singular. Plural. 

Yo amé 0-ni tlafotlac. Nosotros amamos .... Oti tlafotla que. 

Tú amaste O-ti tlafotlae. Vosotros amasteis. .. , O an tlafotla que. 

Elamó 0-tlafotlac. Ellos amaron O ílafOtla que. 

PLUSQUAMPBRFECTO. 

Singular. Plural. 

Yo había amado O ni-tlafotlacif. Nosotros habíamos amado, O-ti tlafctlaca. 

"J^ú habías amado O ti-tlafotlaea. Vosotros habíais amado. . . Oan tlofotlaea 

El había amado O tlafotlaca. Ellos habían amado Ollafotlaca. 



- 56 - 

Las preposiciones se posponen como en vasco, y algunas son 
parecidas en ambos idiomas. Uuic, «hacia», forma no-huic^ «ha- 
cia mí»; ca ó tica^ «con», pospuesta á tetl, «piedra», apocopado 
en tet^ tet-tica, «con piedra»; can y an denotan lugar. La partícu- 
la eti, pospositiva, vale por el artículo «el, la, lo», en singular y 
plural, y recuerda el artículo a vasco y ariaco, y el an, artículo 
antiguo hebreo y arábico. Los nombres de lugar en mexicano, 
terminan en f , en co, en pají, en tlan, en lan, en yan, en ma7i^ 
en can y en t/a. Los patronímicos mudan pan en catl, y tian 
y lan en tecat. Hay muchos adjetivos en gui, derivados de 
verbos en oni. Ejemplo: de palaom, «podrirse», palanqui, 
«cosa podrida» ó «que se pudre», y adjetivos en //derivados de 
sustantivos, como de tetl, «piedra», teti^ «lo de piedra». 

En general, en este idioma, y en esto no se parece al semítico, 
sino al ariaco y al turanio, en casos particulares la composición 
de palabras antepone la regida al sujeto de relación, como 
en griego y en germánico, y en la composición é incorporación, 
como en el plural, se pierden por apócope las terminaciones en 
ti y til, afijos de formación relativamente reciente, según mon- 
sieur Aubin (i). Ejemplos: apuctli, «vapor de agua» (de atiy 
«agua», y pttitli, «vapor»); teotlatolli, «palabra de Dios» (de 
teotl, «Dios», y tlatolli, «palabra»); teocalli^ «templo» (de teotl^ 
«Dios», y catli^ «casa»). 



FUTURO IMPERFECTO. 

Singular. P/ural. 

Yo amaré Ni tíafollaz. ' Nosotrrs amaremos.. , Ti tlafotlazque. 

Tú am irás Ti tlafotlaz. Vosotros amaréis An tla(Otlazque, 

Él amará. Tlafotlaz, Ellos amarán TlafOtlazque. 

IMPERATIVO. 

Singular. Plural. 

Que ame yo Ma sutlafotla. Que amemos nosotros. Ma titlafola kan. 

Que ames tú Ma xitlafotla. Que améis vosotros. . . Ma xitlafola kan. 

Que ame aquél Ma tlafotla. Que amen ellos Ma tlafola kan. 

OPTATIVO. CONDICIONAL. 

Que yo amase Ma-Jti tla{otl ni. Si yo hubiera amado.. Iiitía onitla (otlaca. 

FORMAS PASIVAS. 

Yo soy amado Ni (otla-lo. Yo fui amado Oni (oih-loya. 

Con estas formaciones pudiera compararse la pasiva ordinaria del verbo turco, añadiendo al fin del ralical 
una /, y la de los tiempos simp'es de la lengua latina, agregando r. 

Participio de presente, en ni: Tectnentiatii, <t.e\ que enseña.» Participio de presente, en qui. Tlapisqtii , «el que 
guarda». Esta forma de participio recuerda la terminación en ki, que en vasco significa agente , y la en .xi , que ex- 
presa lo mismo en turco. 

Los de pasivo se forman en // y en ///, precedido el radical de tía, v. gr.: «Cosa hecha» , tía ckitrna tli. 



(i) Rcime de la Linguistiquc, t. ix, pág. 253. 



— 57 — 

Por lo que toca á los números cardinales, que revelan un sis- 
tema primitivo quinario y vigesimal análogo al vasco, mués- 
transe en ellos influencias chinas y turanias ó turcas. «Uno» 
se dice ce ó cem; «dos», oi?ie, na ó ni; «tres», ec ó ye; «cuatro», 
nam; «cinco», macíiilli (mano) ó chigua; «seis», chiqua-ce; 
«siete», chiquojne; «ocho», chica-ei; «nueve», chica ñau; «diez», 
matlaitli; «once», matlaith once; «doce», matlaith onome; 
«quince», axiotli; «veinte», cem-paalli; «cuarenta», om-poa- 
llietz; ciento», macuii-poalli {\). 

En mexicano domina el proceso de incorporación con un des- 
arrollo que no tiene en hebreo, en castellano, ni aun en dakota, 
no sólo incorporando pronombres, como en ^reconóceseles ^ sino 
sustantivos. Entre éstos, demás de algunos muy interesantes 
(así por el número de sus radicales, semejantes en buen número 
á los europeos, quizá por influencia de idiomas de otras fami- 
lias, cuanto por el sistema de sus derivaciones), merecen consi- 
deración privatísima los compuestos con hua, «amo y señor», 
que recuerdan el jaiin vasco y la formación con ahu y dzu en 
arábigo, y dan innumerables nombres, como a-hiia (de <?//, 
«agua»), «dueño del agua». A las veces se abrevia hua en é\ 
verbigracia: maye^ «dueño de la mano», de mai-tl^ «mano»; de 
donde mapill^ «dedo» (de maitl, y pill (¿filius?), «hijo». El 
mexicano emplea intla por «sí», como inla en arábigo; usa a, 
prefijo negativo como en griego, aunque aquí parece derivarse 
de amo, «no», de la raíz ma, «no», en semítico ; la cual, en náhuatl, 
significa también «que», si es que no se han juntado ambas raí- 
ces, cual en teotcatlli la raíz teos, «Dios», helénica, con el cart 
fenicio y el li expletivo (según en España se juntaron latín y 
celta en Portu-cale) , con tal empleo de prefijas y negativos. 
Ayac, «ninguno», se explica por a, «no», y yac, «alguno» (2). 



(i) Es evidente que cu, en significación de «uno», corresponde á c<z en éuscara; en 
«once>, por ejemplo, amaica (lo y i), y á ki, i, en chino si-fan: eme i. me 2 , en chino 
si-fan y á me-me , que significa lo mismo en chino y-kia; como asimismo na oni á nye 
en chino hacca y nisk en algonquino; ec 6 ye k se ,&n chino si pai-y, y á yium en tibe- 
tano;«(77«' equivale á na y ui (2 -(- 2) y á nuzí'in, 4 en algonquino: chiqíia ofrece conexión 
con quinqué , aunque se ha querido explicar por el adverbio chico «al lado», y de ahí 
chiquace 6, chica-mc 7, chica-ei 8, chica-naii 9, que equivalen á 5 más I, 5 más 2, etc. 

(2) Pudieran añadirse otras muchas palabras turanias, como oquich, «hombre»; 
h'.v ó gtii.v en turco, guizcn en éuscara, tath , «padre», taita en éuscara, las partículas 



Al lado del azteca, aunque más hacia Levante, en la Amé- 
rica Central, y particularmente en el Estado de San Luis de 
Potosí, en alguna parte de Querétaro, en mucha de Guana- 
juato, en Mechoacán, Veracruz y Puebla, en los Estados de 
México, se habla el otomí, uno de los idiomas más antiguos y 
generalizados en la América Central, y de copiosas analogías 
con otros de la América del Sur. Su artículo indicativo en sin- 
gular es na, como en el idioma timucuano de la Florida; en el 
plural us?i ya. Ejemplo: de ye, «mano», dice na-ya, «la mano», 
Y y a-ye, «las manos» (i). 

El otomí emplea como pronombres personales: miga, mi- 
gaga y niigui, «yo»; niegue ó itüy, «tú»; nnny, nugui y nu-y- 
gui, «él»; nugahe, nugiíie y migue, «nosotros»; nuguegui y nu- 
guehy, «vosotros»; nuyu, «ellos». Los de primera y segunda 
persona son semejantes á los chinos ngo y ngui] los de tercera, 
aunque no desconformes con la analogía china, muy distintos (2). 

El género se indica anteponiendo para el masculino la pala- 
bra ¿a ó ¿za , que significa «macho», y para el femenino la pala- 
bra nxu, que significa «hembra»; á la manera que en chino se 
antepone ¿an ó nan en el primer caso y niu en el segundo. 

Antepónese en otomí el adjetivo al sustantivo, como en la 
lengua china. Sirva de ejemplo: nho ye, que dice el otomí para 
expresar «hombre bueno»; literalmente, «bueno hombre»; á 
la manera que se usa en chino hao jen. Los comparativos se for- 
man anteponiendo maura ó nere. Los superlativos con adición 



impersonales que se prefijan al tema verbal en aglutinación, ictla y ietla^ «algún», «al- 
guna», y «alguno», «alguna»,que recuerdan el articulo griego, y el pronombre ta, chino; 
el verbo huite, «venir», semejante á el^io; pisqui, «guardar», análogo á ¿itía-AOTterv, de 
donde se deriva teopisqui, «guardián de Dios»; toci, «diosa madre» (Jocuya, madre en 
griego); hilhuit, «fiesta»; vocablo afine á el-hid en arábigo, y la semejanza de Tla- 
lok, «Dios de las aguas», con el vocablo griego GaXaaua, «el mar». Centeoll, nombre de 
la diosa Ceres, que derivan de ccn, «maiz»; de macidtl , «mano» ; catl^ «casa», se ase- 
mejan á voces latinas, y la fiesta del</i<2 divino^ el trece de cada mes, llamada Teoxihuitl, 
á los idus de los latinos. 

(i) Sobre este idioma pueden consultarse Nevé y Molina, Ortjgraf'm O/Ziomi , l>Ja' 
sera, Dtíc. sobre la lengua Otoníi , Revue de la Linguisiique, t. x, Bancroft ; obra citada, 
tomo III, no olvidando los trabajos antiguos de Fr. Melchor de Vargas (1576), dePlen- 
gel (1590), de Carochi (1645) y de Aedo (1731). 

(2) Entre otros, el mazatcc en la América Central, que, como el baur y el barica en 
la Meridional, se asemejan mucho al otomi, en lo tocante á los pronombres perso- 
nales. 



— 59 — 

al principio de tza^ tzi (en chino tse ó ¿siiy), que significan «ex- 
cesiva y perfectamente». Mas aparte de estas analogías, que 
pueden ser resultado de muy probables y antiguas influencias, 
el otomí, en su conjunto, no es, según conjetura Bancroft, un 
idioma chino. 

Los números cardinales se dicen: Jin, ra, i; yu/io, 2; /zi7¡, 3; 
gií/io, 4; gy^a, 5; rahto^ 6; yahto, 7; hiahto^ %\gy¿ho, 9; retüy 
10; reta mará, ii; reta mayiiho^ 12; nrahte, 20; nrahte ma- 
reta, 30; yahte, 40; nyohtemareta, 50; hturahte, 60] Jliurahte 
mareta, 70; giihorahte, 80; guJioraJite mareta, 90; nraiithbe, 
100; nraiicoo, i.ooo. Este sistema de numeración vigesimal, 
como el vasco y el gaélico, descansa sobre una forma primitiva 
quinaria anterior á la decimal china, y aunque ofrece alguna in- 
dicación doble, como la del uno, en que aparecen distintos 
orígenes, es, en general, turania ó uroaltaica. 

Así, en la designación del i, las dos nn pueden serafines con 
el hen (l'v) griego, con el egge berberisco y con el ic zirainio; 
pero ra es evidentemente resto de mará, como lo comprueba la 
expresión del 11, reta mará, «diez uno»; dicción que tiene 
sumo parecido con el esquimal amira, con el accadio bara y 
con el turco bi'r; yohoo, 2, conforma de algún modo con el 
turco ekí, el tcheremisio coc, el mongol yuwe, el chino si- 
pai-y y hacca, nye, y el chino tchung-kia tigioc (i). Huí, 3, es 
análogo al turco uch, y al ostiaco y vigur us; giiho, 4, parecido 
al magiar negi, al japonés ioz, al chino mantzé gsairgu, y pro- 
bablemente á alguna forma antigua del chino si-pa-y, pues pa- 
rece la base del número 8, si-pai-y ¿^>'o/: quita, 5, se conexiona 
con vit lapón y zirianio, vet ostiaco, Wíite morduino, vis 
tcheremio, bex turco, bost vasco, vessa y wehsah, weyot y 
wishosk, de los lenguajes californianos. Desde el 5, los núme- 
ros se componen y forman de éste; pero no, al parecer, de la 
expresión quita, sino de to y hto ó ato, que recuerda el ituz, S, 
en japonés; el ost^ meto, beto y tolo en bubí, y el tiraho del idioma 
chnek californiano, mezclado de malayo. Rahto, 6, vale igual 
que mará y asto ú hto, i-f5 ; ahto^ 7 á yuho y hto, 2-\-^',yiahto, 8, 
á yiu y hto, 3 -|- 5; giiitho, 9, á guho y hto, 4 + 5; y se asemeja á 



(i) Véase á Terrieu de la Couperie. La Chine avant les Chines , 1888, pág. 65. 



— 6o — 

gyot, 9, en chino si-pai-y. Reta, lo, se asemeja á tiz magiar. 
En la numeración otomí hay otra forma de expresar este nú- 
mero, según aparece en 30, 50, 70 y 90, donde á las formas n 
rahte, yahte, hiurahte y gurahte<, que significan 20, 40, 60 y 80, 
respectivamente, se añade la palabra 7nai'e¿a; . verhigracisn 
nrahte mareta^ 30; yahte mareta^ 50, etc. Tal expresión ^na- 
re¿a(i), con significación de 10, parece una forma de nume- 
ración atlántica, pues se halla, como se indicó anteriormente 
tratando del timucua berberisco ínarn, en el guanche marasa 
y en el éuscara amar. 

El verbo sustantivo goqué, «ser», se conjuga en el presente» 
que es el tiempo simple, mediante los siguientes afijos: que, ca 
y ga, para la primera persona de singular; gui, i ó e, para la se- 
gunda, é hy, para la tercera; que, cahe ó gahe, para la primera 
de plural; guy ó liy, para la segunda, é hy, g, para la tercera. - 

El imperfecto se forma posponiendo al presente maga ó 
maha; el perfecto, anteponiéndole xta. El pluscuamperfecto, 
anteponiendo xta y posponiendo maga ó maha; el futuro 
primero, interponiendo en el presente da después de la carac- 
terística ¿^0 y antes de que; ejemplo: godaquehca ; y el futuro 
segundo, anteponiendo guaxta. Es de advertir que así xta, 
como guaxta, que se anteponen respectivamente á la radical en 
el pretérito y en el futuro perfecto, son verdaderos auxiliares, 
que se conjugan de un modo que recuerda la conjugación se- 
mítica. El primero varía en esta forma: jf^t?, xta xac. El segundo 
en guaxta, giiaxca y guaxa (2); ambos sirven para singular y 



(i) La expresión mareta, «diez», parece referirse á mará, «uno», como el ¿í?^ caldeo, 
forma que ha sustituido al egipcio y al turanio en vasco, significando una medida que 
es el décimo de otra diez veces mayor, se refiere á ésta del mismo nombre, y bar y bir, 
«uno», en turanio, se refiere al accadio bur, «diez». Sin embargo, es de advertir que 
existiendo idiomas americanos, como el timucua y el westspek, donde «uno» se ex- 
presa por mará {mará significa «uno», como mano cerrada, y cinco, como mano 
abierta), mareta, otomí, y marasa, guanche, pueden tener valor de dual ó colectivo, 
significando dos manos. En cuanto á la forma vigesimal en la cuenta del gaélico, no 
sólo la conservan los franceses en quatre-viugts, sino en quinze-vingts , nombre de un 
hospital muy conocido. 

(2) Todavía en el dialecto berberisco de la isla de Gerbes, Journal Asiatique, 8.* 
serie, 1883, t. i, pág. 307, la primera persona del pretérito termina eñ gr. (¿ ), 
así como en el perfecto del verbo ser, y en el futuro se usa el prefijo id ó idi. 



— 6i — 

plural, aunque en el plural se pone, después de los verbos que 
auxilian en la segunda y tercera persona, j/ y yii^ con procedi- 
miento análogo á los de las lenguas semíticas y georgianas, se- 
ñaladamente á los de las primeras. 

En la generalidad de los verbos, el presente es inalterable en 
el singular, formándose con los prefijos di^ gici, i: en el plu- 
ral usa los mismos y los afijos he, gui y yii; ejemplo: «yo 
quiero», dinee; «tú quieres», ^í/z'«^¿/ «él quiere», inee; «nos- 
otros queremos», di nee he; «vosotros queréis», giii nez gui; 
«ellos quieren», y nee ytt. En el perfecto los prefijos son da (i), 
ga y bi. Hay también una conjugación abreviada del auxiliar, 
la cual se usa cuando se sigue adjetivo, en esta forma: dua, 
«yo soy»; gua^ «tú eres»;wí7, «él es»; y su plural diia-he, gua- 
qiny ya.^n todos estos casos, el prefijo de primera persona 
tiene mucha analogía con dat y d, prefijo de primera persona 
en el idioma arrueco de la América Meridional. 

Al nordeste de las comarcas en que se habla el otomí do- 
mina el pame, idioma propio de los chichimecas (2), linaje de 
gentes bárbaras, guerreras y crueles, que moraban en las altas 
montañas, ora en grutas abiertas por su industria, ora en las 
oquedades naturales de las rocas. 

Enumera de él Mr. Bancroft, siguiendo á algunos filólogos 
mexicanos, tres dialectos: el de la ciudad de Maiz, en el 
Estado de San Luis de Potosí; el de San Luis de la Paz, en 
Sierra Gorda, y el de la Purísima Concepción, de Arnedo, ha- 
blado asimismo en Sierra Gorda y en sus inmediaciones. 

Al tratar de este lenguaje el eminente etnógrafo que acabo 
de citar, después de repetir acerca de su dificultad las encare- 
cidas frases de Alegre en la Historia de la Compañía de ye- 
süs, se limitaba á citar y reproducir la oración dominical en los 
tres dialectos mencionados, según la Polidióínica mexicana y 



(1) Estas terminaciones Ai, ca^ recuerdan las vascas det y dek. Ribary, Essai sur la 
langue basque, traduit par Jules Vinson ; París, 1877, pág. 31. 

(2) Orozc» y Berra, Ensayo de clasificación de las lenguas de México. El mapa sitúa á 
los chichimecas á orillas del rio Santiago; pero, como queda dicho, es un término de 
desprecio en México, por el cual se designaron otras naciones varias, y en el manus- 
crito titulado Guerra de los chichimecas, Biblioteca Nacional de París, Fond Es- 
Pagnol, se nombran los pames, los guachichiles y los guamaumas. 



— 62 — 

el Cuadro de Pimentel, no sin declarar que no había llegado á 
sus manos Gramática ni Diccionario ninguno (i). 

Más afortunado en esta parte, he podido gozar una gramá- 
tica de dicha lengua en un códice, con este sobrescrito: Reglas 
de la lengua pame: Misiones en xalpan, landa, fritaco, painlo 
y iiiapatt^qne, el Archivo Histórico Nacional de Madrid guarda 
en su Biblioteca. Al fin de las reglas se lee el nombre del autor, 
Fr. Francisco Valle. 

A tenor de ella, el pronombre de primera persona se dice 
camio y caio (tagaloc acó)] en plural, caoma (tagaloc cami)\ el 
de segunda, jic ó joc (tagaloc icao^ bicol ica^ achagua jia) ; en 
plural, yoco;;z/ «aquél», cunnii (tagaloc siyay caniyd)\ en plu- 
ral, quoddo ó qiiidda (bicol sinda). Las conjugaciones de los 
verbos se forman con los pronombres antepuestos, en forma 
abreviada, y terminaciones ó partículas pospuestas en primera 
y segunda de plural. Así estas anteposiciones, como las carac- 
terísticas de los tiempos, suelen anteponerse á las personas, 
como restos ó con oficio de un auxiliar. 

Se asemeja mucho al otomí, al aleiitieno, al nuevo caledonio, 
á varios idiomas de la América meridional, especialmente al 
chiquito y al bubi de Fernando Póo. Cuéntanse en pame tres 
conjugaciones regulares: la primera con prefija z', en la primera 
persona del presente; no en la de pretérito, y g-a en la del fu- 
turo; la segunda con las prefijas /o, ;zo, ^o, en los mismos tiem- 
pos y personas, y la tercera con éstas : ^/, wo, go^ en igual uso, 
asemejándose no poco estos índices á las características no y 
ho del pretérito y futuro en la lengua mantchú tongusa, que se 
usan pospuestas. 

Emplea la primera conjugación, en presente, los semipronom- 
bres z*, qui^ o, para las primeras, segundas y terceras personas, 
de esta suerte: 

Mage, «defender». 

Singular. Plural. 

Yo defiendo I-magc. Nosotros defendemos. . I-magc-m. 

Tú defiendes Oui-mage. Vosotros defendéis. . . . Qui-mage-n. 

Él defiende 0-mage. Ellos defienden 0-mage. 



(i) Obra citada, pág. 742. 



- 63 - 

En el pretérito usa para dichas personas los prefijos no, ni y 
do, y en el futuro ga, gui, ga, con las posposiciones antes se- 
ñaladas en las primeras y segundas personas del plural corres- 
pondientes al presente. 

La segunda conjugación con to ó tu, no y go, se distingue de las 
demás en que el prefijo tu de todas las personas del presente 
es sólo auxiliar, y parece equivaler al auxiliar tiui del antiguo 
egipcio, al t/ia gaélico, y al ta maya ; terminando el tema mage 
con las afijas z', te-ton, ten y t; mas el perfecto de la misma con- 
jugación con los prefijos no., ni y do, y el futuro con go, ga y 
gue, se asemejan á la primera conjugación. 

La tercera emplea también, como la primera, ;z, aya, para 
el presente; no, na y na, para el pretérito, y go, ga y ga, para 
el futuro, con las mismas posposiciones para las dos primeras 
personas de plural. 

Por lo que toca á la pasiva, se forma poniendo al fin los afijos 
ec, ec, ep, tcem, icen y pt, los cuales, así por sus funciones como 
por analogía con lo que ocurre con frecuencia en otros idio- 
mas, parecen restos de un auxiliar. 

Sirva de ejemplo el presente pasivo del citado verbo mage, 
de la primera conjugación: 

Singular. Plural. 

Yo soy defendido.. . Omage-c. Nosotros somos defendidos. . . 0-mage-tcem. 
Tú eres defendido. . 0-magc-c. Vosotros sois defendidos. ... 0-magetcen. 
El es defendido. . . . 0-magc-p. Ellos son defendidos 0-mage-pt. 

En la misma Sierra Gorda y en Guanajuato, donde se habla 
el pame, menciona el expresado Pimentel el lenguaje llamado 
meco ó serrano, del cual sólo existe testimonio, al decir de 
Bancroft, por el texto de la Oración dominical, visiblemente 
alterado y mezclado de voces castellanas (i). 

Aseméjanse, hasta cierto punto, al otomí y al pame, aunque 
con algunas influencias mayas, y quizá antiguas europeas, los 
dos idiomas del antiguo reino de Mechoacán, que señoreó á los 



. (i) La primera parte de la oración en el mencionado texto dice de esta manera: , 
*Mataige qui hu majetzi, qui stindat too, da giié vit tú jü da nepa quecqtie iiitnoc canáni 
ne si dac-kaa nec moccanzú , tanto na sinfa, tengji , majetzi"»: Pimentel, Cuadro, t. II, pá- 
gina 267. 



-64- 

chichimecas, denominados matlaltzinga, ó habla de Toluca, y 
tarasco, así como también el mixtee y el zapoteca. Con todo, 
difieren de aquél, en particular los tres primeros, por colocar, 
ya constantemente, ya á las veces, los índices ó características 
temporales después de la primera radical. Los nombres del 
matlaltzinga tienen tres números: singular, dual y plural, que 
se distinguen con prefijos, sustituidos á la primera sílaba del 
singular. El de dual es the: como de huema, «hombre», the-nia^ 
«dos hombres»; y el de plural ne: verbigracia, ne-ma^ «hom- 
bres». Los pronombres personales son: caki, «yo»; cacachty 
«tú»; inthchuí, «él»; cacuehiu, cacuebi y caciiehebi, «nosotros 
dos»; cache/mi^ «vosotros dos»; mtehuehiii ^ «ellos dos»; caco- 
hiiitij cakehebiy «nosotros»; cachohui, «vosotros», é intehue^ 
«ellos». Cuando se emplean en tal forma aislados, parecen en- 
volver la expresión del verbo «ser» en tiempo presente. En la 
conjugación ordinaria de los verbos, el índice del presente en 
singular es tutu^ ó tu; en el dual, cuentiiy chetitu y cuentit^ y 
en el plural ctichentii^ chehentu y ronttí. 
Ejemplo: 

Singular. Dual. 

Yo amo... Ki-tutu-tochi. Nosotros dos amamos . Ki-hicntiitochi. 

Tú amas.. . Kitictochi, 6 Kiki-tu tochi. Vosotros dos amáis.. . . Kichentu tochi. 

Él ama,... Kitu tochi. Aquellos dos aman.. . . Kikuetüu tochi* 

Plural. 

Nosotros amamos Kicuchentu tochi. 

Vosotros amáis Kichehentu tochi. 

Ellos aman Kirontu tochi. 

El imperfecto interpone mitiitu: «yo amaba», kimituto tochi. 

El perfecto, tabii: «yo hube amado», ki-tabu- tochi. 

El futuro, ru ó kimitu con ta por el principio: «yo amaré», 
kiru-tochi ó takimitu-tochi. 

El imperativo cambia la i de la primera sílaba en ii: «ama 
tú», cu-tochi. 

El pasivo se forma posponiendo los pronombres enteros. 

«Yo soy amado», kitochi kicaki; «nosotros dos somos ama- 
dos», kitochi huehui cacuebi. «Nosotros somos amados», kitochi 
cakehebi. 

El reflexivo introduce tute: «yo me amo», ki-tute-cochi. 



- 65 - 

El participio de presente antepone inmiitii en lugar de la 
primera sílaba: «el que ama», inmiitu tochi. 

El de futuro antepone incacatu: «el que ha de amar», inca- 
catu tochi. 

El tarasco, principal idioma de Mechoacán, hablado por un 
pueblo de relativa cultura, que usaba la cremación de los cadá- 
veres y poseía aventajada industria en tejidos de algodón y en 
la labor de los metales (i), es estimado como lengua muy rica 
y melodiosa. Por eufonía suele añadir una .y paragógica cuando 
una palabra termina con ^ y la que sigue comienza con i. En 
este idioma, la ^ final, añadida á una palabra, significa mismo; 
verbigracia, de hi^ «yo», his^ «yo mismo». La x final es signo 
de plurales, aunque éstos se suelen expresar de otro modo. Ph 
no expresa pronunciación de/, sino que indica /-j-^^^-* en la ter- 
cera persona, que se dice hati; estas sílabas pueden convertirse 
en ndi. /^detrás de m la cambiad tarasco en¿/r y/, siguiendo 
«, en d; e y q en g. Distingue tres géneros de nombres: racio- 
nales, animados irracionales é inanimados; los primeros forman 
el plural en echa; los otros afijando nan y ar ándete, que signi- 
fican «mucho», no sin recordar aquéllos formas del lapón, del 
vasco y del ojibwa ó chipeway. 



(i) Usaban armaduras completas con yelmo, coraza, grebas y otras piezas para las 
piernas y brazos, hechas de madera, cubierta con placas de cobre ó de oro. Ado- 
raban á un Dios misterioso, llamado Tiicapaclm , y tenían por divinidad principal á 
Txicapari, el sol, según ciertos autores. En Sanscrit se dice Tucag'ipati al «Señor de la 
noche». A tenor de la tradición de los Matlaltzincas, el Mechoacán debió una reforma 
moral de importancia á un gran sacerdote llamado Surites, al cual atribuían, entre 
otras instituciones, las de las fiestas de Peranscuaro y Citacuarencaro, que correspon- 
dían, al parecer, á nuestras Pascuas de Natividad y de Resurrección. En todo el país 
gozaban de mucha importancia los sacerdotes, que eran muy caritativos y se atraían 
las simpatías del pueblo con ritos solemnes y predicaciones. El mismo Rey inaugu- 
raba el año nuevo ofreciendo al que hacía de Pontífice primicias arrodillado ante él y 
besándole las manos. El historiador Herrera dice que los sacerdotes «traían los cabe- 
llos largos y coronas abiertas en la cabeza como los de la Iglesia católica y guirnaldas 
de flecos colorados.» HUt. Gen. Década ii, lib. v, cap. xiv. 

Nada diré del bautismo ó lustración de los niños, á los cuatro días de nacer, en oca- 
sión en que se les ponía el nombre de algún Dios; ni de la confesión, usada con prefe- 
rencia al fin de la vida; ni de la comunión, colocando el sacerdote en la boca de los 
devotos pedazos de una torta que representaba á su Dios Huitzilipotzli; ni de la unción 
de sus sacerdotes con una grasa llamada ole. Asociaban también usos israelíticos, como 
el de la circuncisión, que operaba en el templo el sacerdote, y el de pasar sus hijos 
por el fuego, como los palestinos y cartagineses en el altar de Moloc {Reyes, iv, c. 21). 

• 



— 66 — 

La declinación de los nombres trae á la memoria la turania. 
Ejemplo: tata^ «padre». 

Singular. Plural. 

Nominativo, Tata Tata-echa. 

Genitivo. .. Tata eucri óhihchiiiircinha. Tata-echa eneyi. 

Dativo Tata ni Tata-echa ni. 

Acusativo. . . Tata ni Tata echa ni. 

Vocativo. . . . Tala e Tata eche e. 

Ablativo. . . . Tata ni himlo Tata echa ni Jiivibo. 

Colúmbranse en los numerales algunas analogías mongolas, 
según aparece de los cardinales ma i, tziman 2, tanino 3, tamii 4, 
Y yumit 5: el relativo giiiy los verbos parecen ariacos. 

El pronombre de primera persona se dice ht; el de segunda 
thii; el de tercera hindc ó ima^ cuyos plurales son hnicha^ thu- 
cha t imax; pero unidos al verbo como afijos, se reducen á ca^ 
car 6^ ti y cachitchi^ carecJiuchi y tix; el segundo de ellos algo 
semejante á terminaciones del cumanagoto, del galibi y de 
otros idiomas de la América del Sur (i). 

El presente interpone como característica de tiempo ha en 
activa y ga-ha en pasiva, perdiendo la interposición // en la ter- 
cera persona de plural. Dicha interposición ga equivale á ya 
en sánscrito. 

Sirva de ejemplo el verbo po-iii, «tocar»; po-ri-ni^ «haber 
tocado». 

Activa. Pasiva. 

Yo toco Po haca. Yo soy tocado Po-ga-ha:a. 

Tú tocas Pohacare. Tú eres tocado Pogahacare. 

Él toca Pohati. Él es tocado Pogahacati. 

Nosotros tocamos. Pohaca chichi. Nosotros somos tocados. Pogahacachuchi. 

Vosotros tocáis. . . Pohacare clnichi. Vosotros sois tocados.. . Pogahacachuchi. 

Ellos tocan Po-tix. Ellos son tocados Pogatix. 

En realidad, la terminación puede ser así de pronombre 
como de verbo auxiliar, en cuyo caso podría estimarse que no 



En cuanto al novenario de las honras fúnebres, común con el uso europeo, puede tener 
análogo origen. — En varias localidades del país se han exhumado grandes esculturas de 
piedra, y terracottas de menor tamaño, estimadas por los arqueólogos. Véase al Direc- 
tor León, Anales del Musco Michoaca7io ; á Beaumont, Crónica de la Provincia de Me- 
choacán, t. iii, página 87 y siguientes, México, 1874; á Bancroft, Native Races, t. il, 
páginas 470 á 478, y á Brinton, The amcrican Race, pág. 138. 

(i) La terminación en re de la segunda persona parece resto de una forma perifrás- 
tica con cris ó ere ó are^ segundr. persona del presente del sustantivo, conservada eo 



— 07 — 

había característica, sino que la raíz se unía á un verbo auxiliar 
conjugado. 

El imperfecto tiene por índice hambih, y en ^2ls,\w2í gahambth. 

«Yo tocdibdi^^ pohatnbihca; «yo era tocado», pogahanibihca. 

El perfecto usa por índice la terminación ca. «Yo toqué», 
poca; «5'0 fui tocado», pogaca. 

El pluscuamperfecto interpone///z'en activa y ^¿7/ /¿z' en pasiva. 

«Yo había tocado», pophica; «yo había sido tocado», poga- 
phica (i). 

El futuro i.° emplea índice na-. «Yo tocaré», paiiaca; «yo 
seré tocado», pagaiiacüy no sin recordar la del griego y la del 
mandchú en ha. 

El futuro 2.". antepone thiivin é interpone na y gana; per 
ejemplo: «Yo habré tocado», thiivín paiiaca; «yo habré sido 
tocado», tliuvin pogaiiaca. 

El potencial añade piringa y gapiringa, según las voces: 
«Que yo pueda tocar», /(9//rz>2¿^¿3;/ «que yo pueda ser tocado», 
pogapiringa. El imperativo ofrece irregularidad en las perso- 
nas. Ejemplo: 

IMPERATIVO {irregular). 
Singular. Plural. 

Toque yo Popa. Toquemos nosotros . Popa cuche. 

Toca tú Po. Toquéis vosotros. . . Po he. 

Toque él Poue. Toquen ellos Po ucx (2). 

El mixteca (3), hablado todavía en el Estado de Oaxaca y en 
parte del de Puebla y Guerrero (4), señala en los pronombres di- 
la pasiva latina; aunque en tarasco se dice «soy», «eres», «es», ehaca, ehacare, ehaíi, ó 
ísca, esca, esti. 

(i) El perfecto, con cambio de vocal, resulta un perfecto griego, y el pluscuam- 
perfecto, que en rigores un perfecto Qn phica, esto es, con característica////, recuerda 
también el pluscuamperfecto en la misma lengua. Si en lugar áepo se emplea el radi- 
cal />«, que significa «llevar», como el tema «fero» en griego y en latín, la analogía es 
más evidente. El tarasco ofrece forma de conjugación perifrástica, constituida con phi, 
{fui tn latín), resto más directo del perfecto sánscrito (véase á Gelabert, Manual de 
Lengua Sansiriia, pág. 324), participios de presente en in y en ri, y de pretérito en ía. 

(2) Véanse el Aríe de la Lengua Tarasca, por el R. P. Fr. Diego Basalenque, impreso 
por Fr. Nicolás de Quixas en 1714, y reimpreso en México en 1886; dos libros de 7 pá- 
ginas. Laguna y de Medina, 1574 y 1577, y Bancroft, The native racesofthe Pacific States. 

(3) Los indios mixtecas pretendían haber recibido nombre de Mixtecfatl, uno de 
los siete héroes que salieron de las cuevas de Chicomozloc. Se conservan escrituras 
jeroglificas empleadas en exponer esta mitología. 

(4) Sobre el mixteca existen obras castellanas, impresas por Fr. Domingo de 



— 68 — 

ferencia, según se habla á superiores ó á inferiores. Para expre- 
sar «yo», hablando á iguales ó á inferiores, emplea duhii ó ndi; 
con superiores, ñadzaña, ñadza, y ñdza; «tú» es dicho diya^ 
nda y doho, en el primer caso, y 7tdo ó ¿/íV/, mainty ni en el 
segundo; «él», ta, tay, ciiyua, y con superiores, ya ó 2Jv¿?. «Nos- 
otros», se dice ndoo; «vosotros», doho; «ellos», ta^ tiiy y ciiyiia. 
Los pronombres ndi^ ndo y ta se afijan al verbo; duho, doho y 
lat, se prefijan; ñadzaña, ordinariamente se prefija; ñadza ó 
ñdza, se afija; dist y inaini se prefijan generalmente; wz', se 
afija; diya^ se prefija, y ña, ñdu y y<a! son siempre afijos. El verbo 
yodzatevu indi, que tiene índice yo en presente, se conjuga: 

Singular. Plural. 

Yo peco Yodzatevui ndi. Nosotros pecamos. . Yodzatevui ndu, etc. 

Tú pecas Yodzatevui ndo. 

El peca Yodzatevui ta. 

El imperfecto usa índice ni; ejemplo: «yo pecaba», ni-dza- 
tevuindi; el pluscuamperfecto, índice sani, «yo había pecado», 
sani-dzaUvtíi ndi; el futuro i.°, sin índice; «yo pecaré», ¿/^a- 
íevui ndi; el futuro 2.°, con sa: «yo habré pecado, sa-dzate- 
viii-adi {\), 

Vecinas de estos indios, por la parte del Septentrión, en el 
mencionado Estado, se hallan tribus de los llamados Pupulucas, 
nombre que en náhuatl significa «extranjeros», y equivalente 
con frecuencia al de chocho ó chontal: con tales designacio- 
nes solían designar conjuntamente pueblos de distintos oríge- 
nes é idioma. El que con tal nombre examinaremos tiene bastan- 
te analogía con el caxchipel y con el zuhugil del territorio maya. 



Santa Maria, 1560; Fr. Fernández, 1609; Fr. Antonio de los Reyes, 1593; Fr. de Al- 
varado y Fr. Acevedo. 

Acerca de la mitología, un tanto extravagante, de los naturales del Mixtecapan, se 
hallan notables pormenores en el libro del P. García, sobre El origen de los Indios, 
donde la noticia del caos, de los dioses masculinos y femeninos, del diluvio, etc., no 
deja de mostrar alguna analogía con las leyendas caldeas y fenicias. Lo que parece 
averiguado es la gran importancia que tenía en esta región la clase de los sacerdotes, 
encargados de la enseñanza de la juventud y de aconsejar á los reyes, y en especial, el 
Tay Sacaa, Sumo Sacerdote ó Papa, quien era educado en castidad y sometido á un año 
de noviciado, después del cual podía casarse ó entrar en un monasterio, para edificará 
los religiosos con su ascetismo. A las veces se encargaba del mando del ejército. 

(i) Los números se dicen en mixteca «uno» ek, «dos» uvu'i, «tres» uni, «cuatro 
kmi, «cinco» hohad, etc., en los cuales se ofrece alguna semejanza con los turanios, 
chinos y siameses. 



- 69 - 

El pronombre «yo» se dice en pupuluca in; «tú», at; «él», 
hala; «nosotros», ogh; «vosotros», ys; «aquéllos», ehe. La con- 
jugación del verbo ser en presente conforma con los pronom- 
bres en singular. Ejemplo: «Yo soy», z«/ «tú eres», it; «él es», 
hela. En plural se dice: «Nosotros somos», ogh achia; «vos- 
otros sois», is rehei; aquéllos son», chela. 

Es obvio que los pronombres de primera y segunda persona 
son análogos á los semíticos en hebreo anij atta, y el de ter- 
cera al prefijo y afijo caribe. La conjugación del auxiliar, se- 
mejante al bretón, que dice: «Yo soy», itnd; «tú eres», itd; «él 
es», eo. 

En cuanto á los números, sábese que los cardinales eran de 
de este modo: hiiriy i; kan, 2; oxi, 3; kaih, 4; voó, 5; vahatsi, 6; 
víiciiy 7; belehe, 9; laii, 10; hulangh, 11; hunvinack, 20; huvi- 
nacklaich, 30; los cuales son harto parecidos al maya ó quiche, 
para que pueda desconocerse su conexión mutua. 

Al Este de los mixtecas, en el Estado de Oaxaca, y en las 
costas del Océano Pacífico, se hallan los zapotecas (i), que en 
lo antiguo vivieron unidos con aquella nación indiana, distin- 
guiéndose, como ella, por su amor á la agricultura y por sus 
bellos edificios de mortero y piedra labrados, unos adornados 
con grecas, otros sostenidos por columnas. 



(i) Los antiguos habitantes del Zapotecapan, así como algunos mixtecas, eran, según 
Bancroft (O. C, t. ii, pág. 209), discípulos de un personaje misterioso de tez blanca, 
llamado Vixipicocha, cuya prosapia se desconoce, así como la región de que procedía, 
aunque una vaga tradición señala que llegó de la parte del sudoeste con una cruz 
en la mano y desembarcó en las cercanías de Tehuantepec. Todavía se conserva una 
estatua que le representa en una roca alta cerca del pueblo la Magdalena. Era, al 
parecer, hombre de aspecto venerable y de poblada barba; vestía túnica larga, una 
capa sobre todo, y cubría la cabeza con una capucha ó cogulla de monje. La estatua le 
muestra sentado en actitud pensativa, ocupado en escuchar la confesión de una mujer 
arrodillada á su lado. 

El P, Duran, part. i.*, lám. i.'', incluye copia de una pintura de Coatepec, donde 
aparece este personaje con algunos de sus discípulos arrodillados. Dicen que enseñaba 
á sus discípulos el desprecio de las vanidades del mundo, la mortificación de la carne, 
la penitencia, el ayuno y la abstención de los placeres sensuales, y que personalmente 
huía la sociedad de las mujeres, salvo para oir su confesión. Los sacerdotes de Yopan 
continuaron sus doctrinas, y el pontífice de ellos, llamado Wiyatao ó Huyatao, era te- 
nido por su sucesor y vicario. En el mismo país había otras religiones con varias ór- 
denes de sacerdotes. Uno de ellos, que decían Colanii Cobi Pécala, estaba consagrado 
á interpretar sueños; otro á adivinar, como los augures y arúspices romanos, por el 
vuelo de las aves y por las entrañas de las víctimas, etc. 



70 — 



Aunque el idioma en el fondo se asemeja notablemente al 
pame y al otomí, muestra huellas de influencia ariaca, señala- 
damente en la formación de los comparativos, añadiendo roi 
(orde los latinos), y los superlativos, añadiendo tate,-z'íxo^,z'x~ri^ -zqlzw 
de los griegos. 

Los pronombres personales son en forma aislada naa, «yo» 
lohiii^ loy, looy, «tú» yovtna, «vuestra merced» (tratamiento de 
respeto con superiores); nicani^ niquni y qiini^ «él» ó «ellos», 
obtnióyobma, «su merced» ;^<20«o, tojioytona, jíos, «nos» ó «nos- 
otros»; ¡aíoo, «vosotros», y como afijos, ya, lo (i), m] no, ¿o y «z. 

Como el pame, tiene cuatro conjugaciones con característi- 
cas para los tiempos. En la primera, el presente es precedido 
de ¿a; el pretérito imperfecto, de co, y el futuro, de ca; en 
la segunda, de te, pe y que; en la tercera, que es pasiva, de ¿r, 
pi, qiii 6 ti, co, ca, y en la cuarta, también pasiva, de to,pey cda. 

Ejemplo: Tanaya, «yo cavo», ó cultivo la tierra. 

PRESENTE. IMPERFECTO. 

Yo cavo... Ta-na-ya. Nosotros cavamos. . Ticnatio. Yo cavaba. Ko naya. 
Tú cavas.. Ta-na-lo. Vosotros caváis. .. . Tanato. futuro. 

Aquél cava. Ta-na-ni. Ellos cavan Ta na ni. Yo cavaré. Ka naya. 

Á pesar de estas características, hay variantes de personas 
sin ellas, no apareciendo ó apareciendo desfiguradas en los 
tiempos compuestos. 

Así el perfecto próximo, «he cavado», se dice zia-na-ya, y 
el pluscuamperfecto tiene estas cuatro formas: zianacala-ya, 
co-na-cala-ya, huaya-na-ya y huanaya-calaya. 

Para formar los participios en zapoteca, se añade al principio 
de la primera persona del presente en la primera conjugación 
ni, que parece corresponder á 7nen ó 7ni, «quien» en semítico, ó 
á las terminaciones indeterminadas del arábigo, y se omite la a 
del afijo personal. Ejemplo: De racañeca, «yo ayudo»; niraca- 
ñec, «quien ó el que ayuda». Se añade sólo wz para la segunda; 
verbigracia, de rechelaya, «yo hallo»; ni rechelaya, «el que 



(i) Este afijo pudiera tener conexión con el ra mixteca, el le caribe y el re en ma- 
nagoto, galibi, achagua y tupi, reconociéndose que las diferencias con el pronombre 
absoluto dependen de que en muchos casos éste no pertenece á la misma familia de 
lenguas, ó envuelve la conjugación del verbo sustantivo. 



•I — 



halla»; se junta ;n*por el principio, y se rechaza el afijo final, 
como de rixelaya, «yo envío»; ni rt'xcla, «el que envía», y lo 
mismo se verifica en la cuarta, por ejemplo; de rolorbaya^ «yo 
barro», se forma ni rclorba^ «el que barre.» 

El participio de pretérito añade ni á la primera persona de 
pretérito, y el de futuro á la del futuro primero ó futuro im- 
perfecto, suprimiendo ó no las terminaciones de la persona, y 
alterando un tanto la c usual del futuro, trocada también la 
característica ca del futuro, en la segunda y tercera conjuga- 
ción en qui^ y en la cuarta en giii. 

Hay en el zapoteca, como en el egipcio antiguo, procedi- 
mientos y raíces que lo mismo guardan conexión con los idiomas 
semíticos que con los arios. Seguramente la sílaba/^, que susti- 
tuye á la primera del radical en el pretérito de la segunda y 
cuarta conjugación, parece corresponder en forma más remota 
al phi^ señalado en tarasco, y al bJuí de hebhiiva^ con que se 
compone el pretérito perifrástico, en sánscrito, y la n inicial del 
participio, aunque puede ser resto de d;/, participio de presente 
del verbo ser; bajo las formas ;;¿, ma y mo^ ofrece analogías 
semíticas. Los numerales tiibi^ i; Hopa, 2; chona, 3; tapa, 4, y 
guayo, 5, no muestran analogías bien marcadas: con todo, el 
primero se asemeja ktibin, i, en caribe macuso y en cuma- 
nagoto; el segundo á to, 2 en coreo; el tercero ?i giiim tibe- 
tano; el «cuarto» á ta siamés, apat\yvizo\, y eze, chino; el quinto 
á vate, mordwino, z^//^z" fines, bies yacut y büt turco. Hay en su 
diccionario palabras completamente semíticas, recibidas quizá 
del antiguo azteca: lucharé, «lengua»; qiiesare, «pequeño», 
transposición de secare 6 segair; beni nigicío, «hombre», y beni 
gona, «mujer», que parecen composiciones con prefijo semí- 
tico y bastantes teutónicas y galas: ej'a, «sí»; ac, «no»; rimica, 
«decir» (i). 



(i) La bibliografía de la lengua zapoteca, gramática, vocabularios y literatura, 
comprende 89 núrneros y cuatro adiciones en la Gyamáticadela Ictigua zapoteca , por un 
autor anónimo, publicada por acuerdo del señor general Carlos Pacheco, Secretario 
de Fomento, bajo la presidencia de D. Porfirio Diez, bajo la dirección del Dr. D. An- 
tonio Peñafiel, en México, 1887. A ella pudieran añadirse algunos artículos. Pimentel 
se ha esforzado, y no sin fruto, en comprobar la relación del zapoteca con el mixteca, 
como vastagos de un mismo tronco. Federico Müller, Grundriss dcr Sprachwisenschnft, 



— 72 — 

Al mediodía de los zapotecas, en el istmo de Tehuantepec, 
en el Océano Pacífico, hay algunas aldeas de indios huaves, 
que se distinguen por su grande estatura, estolidez y fealdad 
(señaladamente en las mujeres), y viven de la pesca. Muchos es- 
critores han conjeturado que proceden de remotas costas de la 
parte del Sur. Sus cardinales i, anop; 2, epoem; 3, crof.pref; 4, 
apuqutf, y 5, aciiquif, con ser algo extraños, ofrecen analogías 
el primero con el otomí, elbubi, el caribe, el tupí y el ariaco; el 
segundo con el bubi; el tercero con el vasco, el mongol, el ca- 
ribe y otros varios idiomas; el cuarto con el bisaya, y el quinto 
con el caribe. 

Al norte del territorio zapoteco, en el departamento de Teo- 
titlan (país de los dioses), que recibió tal designación de los 
mexicanos, ó por el crecido número de sus templos, ó por el 
carácter devoto de sus moradores, viven dos pueblos, el chinan- 
teco y el mazateno, cuyos idiomas difieren mucho de los de las 
naciones que les rodean, y particularmente de los nahuas, mix- 
tecas y zapotecas. 

El primero, ó sea el chinanteco (i), tiene por capital á Chi- 
nantla, y con las comarcas del mismo nombre constituía una 
provincia de México en la parte montañosa de los distritos 
orientales del actual Estado de Oaxaca, por donde parte límites 
con el Estado de Veracruz. Según apariencias, es linaje an- 
tiquísimo y bastante esparcido en la América central, existiendo 
algunos restos de él en Nicaragua. Se sabe que fué conquis- 
tado por el caudillo mexicano Ahuitzotzin, hacia el año 1488, 
según la Monarquía Indiana de Juan Torquemada, autor bien 
enterado en estos particulares. «Eran estos indios , escribe 
Orozco y Berra, feroces y guerreros; usaban lanzas de desme- 
surado tamaño para combatir, manejándolas con destreza y 
seguridad. Desde muy temprano se mostraron amigos de los es- 
pañoles. Su lengua es muy bronca, compuesta de sonidos gutu- 



tomo II, sección i.^ pág. 298, los mira todavía como de familias separadas. Brinton ex- 
pone la opinión prudente de la alianza de ambos idiomas. T/ic Americam Race, 
página 340 

(i) Sobre este idioma y otros de comarcas inmediatas en el pais mejicano, escribió 
sus Artes de los idiomas chapaneco, zoque, tzendal y chinanteco, Francisco de Cepeda en 
el siglo XVI, 



— 73 — 

rales; las articulaciones para pronunciar las consonantes son 
ásperas, y las vocales apenas se distinguen: no tiene todavía cla- 
sificación» (i). 

El chinanteco, lengua que no había sido incluida por Pimen- 
tel en su Cuadro descriptivo de las lenguas indígenas de Mé- 
xico^ ha sido objeto de apreciables estudios por parte del pro- 
fesor Brinton, quien los ha consignado recientemente en sus 
Advertencias sobre el lenguaje chinanteco y 7nazateco (2). 

En ella los pronombres personales se dicen: na^ «yo»; nah^ 
«nosotros»; «o, «tú», y «vosotros»; quia^ «él», y quiaha, «ellos»; 
siendo de advertir que los mismos vocablos sirven de pronom- 
bres posesivos, los cuales se posponen como en las lenguas se- 
míticas, dado que á las veces quia^ el de tercera persona de sin- 
gular, en dicho uso de indicar la posesión, sustituye á los pro- 
nombres de primera y segunda. 

El interrogativo he, que también sirve de relativo, ofrece 
alguna analogía con el relativo hos, he, ho, griego, y el ay ará- 
bigo. Con el adverbio de lugar la, «aquí», forma ele, «éste, 
ésta», etc. El demostrativo da ó lída, «esto», recuerda el semí- 
tico. Usa un indefinido cha, «uno ó alguno», con analogías res- 
pecto del ca y qui turanio, «uno», del amaica, vasco, 1 1 , ó sea 
lo-hi, del chino tibetano y kwang-si qui; y del cada caldeo y 
rabínico de la misma significación. El infinitivo termina en ^ ó 
a, como pare, «penar ó castigar»; sigueihna , «matar». 

El verbo se forma posponiendo el pronombre. Ejemplo: 
phua-na, «yo áigo»; phua-no, «tú dices»; phua-quia, «él dice». 
En el pretérito se antepone ca por el principio, como ca-mea 
na, «yo hice». El reflexivo antepone el término de la acción 
como en varias lenguas aglutinantes; ejemplo: na-juasich-na, 
«yo me inclino». 

En el chinanteco se usan preposiciones verdaderas, que como 
tales se anteponen: no, significa «en»; ni, «sobre»; lei, «entre»; 
quianiy «ante ó en presencia»; gean, «antes»; quein, «des- 
pués». El adverbio cala, «como», que también se usa interro- 



(i) Orozco y Berra, Geografía de las lenguas. Carta etnográfica de México. México, 
1864, pag. 187. 
(2) Observations , etc. Philadelphia, 1892. 



- 74 — 

gando, ofrece analogías con otros semíticos y arios; la con- 
junción tan «y», con el vasco eta y ta; la conjunción ilativa 
falahajna se parece también á haina y boña, euskara. 

La numeración por cardinales se dice: cna, i; tno, 2; nue ó 
net, 3; quice, 4; ña, 5; ;7zV/, 6; nyaa, 7; ;7//tz, 8; ;7w, 9^ nya^ 10; 
nyanya, 20; tnolaa, 40; tnolaa nya, 50; miela, 60; miela nya, 
70; ^7/z// /<:7 , 80; ;7rt; /(7, 100 (i). Los ordinales se forman de 
los cardinales puesto //^A?, por el principio y sufijando in. 
Ejemplo: hela ena-in, «primero»; hela tno-in, «segundo», etc. 

Los mazatecos, cuyo idioma paso á examinar, se hallan al 
norte de los chinantecos, y ocupan el extremo de dicho de- 
partamento de Teotitlan (2), en los confines de Veracruz. 

Dicen el pronombre de primera persona de singular gaa 
(yo); el de segunda, naque ó gahie (tú); el de tercera, he 
(él); cuyas formas plurales son: gahi, «nosotros»; gahini, 
«vosotros», Y pt'ahm', «ellos». 

Evidente es el parecido de estos vocablos con miga, mi-giie, 
mini, nu-gahi, nugiiegiii ó miguely, y mi-yii, del otomí, que 
significan respectivamente lo mismo, y donde no se ha verifi- 
cado aún la aféresis de la sílaba nii^ recuerdo de la analogía 
china. 

Los posesivos conocidos en mazateco son: na, «mío»; li, 



(i) Desde luego se muestra que esta numeración de carácter decimal, al presente, 
puesto que forma 20 repitiendo el 10 [nya 7t)a), debió ser, con todo, vigesimal en lo 
antiguo, 3' expresar el número «veinte» por /aa ó ¡a, como quiera que dice tnolaa, 40; 
tnolaa nya, 50, etc. Estas formas la y laa ofrecen analogía con lii, 10, en tchere- 
misio; hiccju en ostiaco y lara en vigur, y con daluan pogo , 20, en bisaya. Ena, i, es 
semejante á hcn griego; á 7in, otomí; ne \ ndc , bubi; ingoot, algonquino; Iclicnay, guato 
del rio de la Plata; naíhedac , de bs tribus del Chaco; nd-cu y nuqua<¡u i, de los dia- 
lectos del alto Amazonas; canamc, yarura; cahcnc. c^uahiba; tchini, yulucadel Orinoco; 
once y na, yunca peruano. Tnno, 2, es igual en la lengua del Chaco, en tibetano giuní, 
en chino hacca y si-pai-y 7iye, en bubi nba y en algonquino mine. Nci, 3, en bubi 
es nclia ; en algonquino, nisci; y en chino kwang-si han. Quin, 4, en otomí es goJio; 
en magiar, une. N'a, 5, en bubi es nicho; en indo-chino, visum; y en algonquino 
es naumin, etc. 

(2) Según la mitología azteca, cuyas donosas fábulas han obscurecido á la conti- 
nua los fastos históricos y etnografía de estas regiones, y merecen y han de mirarse 
con prevención justificada, la gente de Teotitlan descendía de Xelhaca, el caudillo 
gigante á quien se atribuía la construcción de la pirámide de Cholula, el mayor de 
los seis hijos de Iztac Mixcotucatel, y de su mujer Tlancuey, el matrimonio que vivía 
en la región septentrional de las siete grutas, llamada Chicomostoc. 



/:> 



«tuyo»; fia/iaif, «nosotros»; de los cuales el segundo, y aun el 
tercero, parecen pertenecer á una filiación filológica distinta. 

Los numerales son: 'gó, i; /¿ó, 2; /lá, 3; 7it7n', 4; ?/, 5; ////, 6; 
ya¿o, 7; /n', 8; nyahá, 9; te, 10; tengo, 11; chu, 13; cung, 20; 
Cíz/^, 30. 

Considerada en su estructura interna esta numeración, aparte 
de go^ I, que muestra alguna relación con /^z'de los dialectos 
chino-tibetanos, con egy magiar, con egge berberí, y con ingiot, 
algonquino; ho, 2, con y ocho, en otomí; coc, en tcheremisio, y 
hac, en esthonio; Jia ó ca, 3, con el magiar harom^ y con el 
vogul corom. En los demás, se advierten restos de una nume- 
ración en que el 2 se decía ya ni, como en innumerables dialec- 
tos chinos, ya ho {koc tcheremisio), como en este idioma y 
en chino kiam-si. Nihii, 4, es ni, 2, j ho ó hu, 2; nya ha, 9, 
parece ser «tres, tres» (3X3); ú, 5, en chino, hú; 6, hat, en ma- 
giar, y rahto, en otomí; yato^ 7, idéntico con y ato ó yahto, otomí; 
hi, «ocho», apócope de hiiahto, otomí; te «diez», resto de reta 
ó mareta, otomí. 

Afine con el mazateco era el chiapanec, que se hablaba en 
Chiapa, cuyos naturales, en la época de la conquista, según ob- 
serva Brinton, ocupaban las orillas del lago de Managua y de la 
bahía de Fonseca en Nicaragua, llamándose mangos y orotinas. 
Tenían allí la vecindad de las tribus costarriqueñas de tala- 
mancas, borucas, bribrís y viceitas. Los doctores Max Uhle y 
A. Ernst lo han entroncado, fundados en la semejanza de algu- 
nos vocablos, con la importante estirpe chibcha de Nueva Gra- 
nada (1). Mas antes de hablar del chiapanec, cuya analogía se 
ha exagerado quizá por estos autores, diré del mixé y del 
zoque, hablados á la parte de levante de la nación de los za- 
potecos, con cuyo tronco lingüístico se ha solido emparen- 
tarlos. Mixés y zoques se diferencian bastante de los que los 
rodean, y se asemejan en su amor á la agricultura y en lo in- 
grato de su aspecto. Los primeros, valerosísimos guerreros, 
mantuvieron valientemente su libertad contra los zapotecos y 



(i) Brinton, Ohservalions^ págs- 14 y 17. A la comparación que presenta este dili- 
gentísimo autor en la pág. 17, entre el mazatec, el chiapanec y el chibcha, pudiera 
agregarse el ctomi. 



— 7<5 — 

los primeros conquistadores; los segundos, más pacíficos é in- 
dustriosos que los zoques, con ser de formas más atléticas, se 
distinguían por su costumbre de afeitarse la corona de la ca- 
beza y sus hilados de ixtle y de pita, teñidos de vivos colores, 
de gran estimación en América. Sacrificaban éstos aves á sus 
dioses, y su lengua, poco conocida, ha recibido interesante ilus- 
tración del manuscrito del archivo de Sevilla, copiado por el 
licenciado D. León Fernández y publicado por D. Ricardo 
Fernández Guardia y D. Juan Fernández Ferráz, para el Con- 
greso noveno de Americanistas (i). Los pronombres persona- 
les son: heh ó heg, «yo»; 7nag ó mig, «tú»; ye, pite, ape ó pi, 
«él»; teg-pa, «nosotros»; mig-ta, «vosotros»; epuepa, «ellos»; 
donde además de señalarse la analogía de heh ó heg, «yo», y 
mag ó mt'g, «tú», con idiomas indios y chinos, mostrándose sin- 
gularmente la del primero con acó bisaya; ahan, sánscrito; 
punhan ó /zo, chino li-yen; a/, chino kwang-si y pay-y y w^o, en 
mandarino, «yo»; la del segundo con jneng, kwang-si y sipai-y; 
ineii, chino li-yen, y ngui tn chino mandarino, «tú»; se muestra 
la del tercero con piin 6 pan^ «él», chino li-yen; y hupe, demos- 
trativo en protomédico. La formación del plural de primera 
persona en pa es análoga al signo de plural pe en protomédico 
y al sufijo mp del bretón, así como la del de tercera persona, que 
termina también en /a, es semejante al mencionado demostra- 
tivo del protomédico, que forma el plural hitpipe, «éstos ó aqué- 
llos», y hasta el plural en ta de la segunda persona ofrece sabor 
protomédico, pues, según observa Mr. Oppert, se emplea para 
el plural ta por pe en las inscripciones modernas (2). El pre- 
sente del verbo auxiliar ii se dice de esta suerte: heg ti, «yo 
soy»; mig ti, «tú eres»; pitz ti, «él es»; tog ti-pa, «nosotros so- 
mos»; 7nig ti ta, «Yosotros sois»', epiietipa, «ellos son». Tal forma 
de conjugación, señaladamente en el plural, recuerda las dos 
primeras personas del plural del bretón en omp y en /, y las dos 



(i) Lenguas Í7idtgenas del Centro de America en el siglo xviii. San José de Costa 
Rica, 1892, pág. 69. 

(2) Le petcple et la langue des Aíedes, París, 1879, P^g- 63. En el ejemplo ofrecido 
por el docto interpretador de las inscripciones cuneiformes , la adición de ta repre- 
senta plural, como la áepei¡.y tanto vale decir de hupi , «éste ó aquél», hupipe, como 
hupe-ta en la acepción de «éstos ó aquéllos». 






últimas del protomédico en tip ó en/. Hasta el radical ti del 
verbo sustantivo muestra mucho parecido con el du y tu pro- 
tomédico; thii^ egipcio, y zo^ bretón. En fin, la descomposición 
del pronombre en plural, anteponiendo una parte y pospo- 
niendo otra, es un procedimiento usado en georgiano, que pa- 
rece haber existido en la misma forma, á lo menos en plural, 
en protomédico y en bretón. Los números cardinales son: 
turna, i; metza^ 2; tiicay^ 3; mactao^ 4; moxsac, 5; tugta, 6; ni- 
cay, 7; tuciitugta, 8; waxstugtay^ 9; magcaí, 10; ínactiimaii, 1 1 ; 
yps, 20; y pstcomac, 30 (i). 

El primero ofrece conexión con el coreo ho-tum y con el to- 
tonaco; el segundo con el tibetano gium, chino si-fan é y-pia 
me y mimo, bubi membo y japonés lien-kieu, tazi; el tercero con 
el chino li-yen, tsiisiifo; el cuarto con el chino Xi-y^'a^tso-sa-shao. 

Del idioma mixé, lo único que puede afirmarse, aun después 
de las comparaciones de Pimentel y de -los estudios de Fe- 
derico MüUer, es que en los números y en algunas otras pala- 
bras se asemeja no poco al zoque. Los cardinales son: tunc^ i; 
metzc, 2; tticoCj 3; mastaxc, 4; mocoxc, 5, etc. 

Señala una tradición que el poderío alcanzado por el valor 
de los mixecas y zoques fué destruido en mucha parte por la 
invasión de los chapanecas, llegados de Nicaragua, los cuales 
forzaron á dichas naciones á retirarse á las comarcas montuo- 
sas, hasta llegar, al parecer, al territorio mazateco; especie que 
robustece en algún modo la serie de analogías ó asimilaciones, 
que testifica su idioma, comparado con el de los mazatecas, es- 
tudiado anteriormente. 

Otra de mayor crédito, según Brinton, sostiene que habiendo 
tomado nombre del ave, que es su animal totémico, el chiapa, 
procedían de una latitud septentrional, y que siguiendo la costa 
del Pacífico, llegaron á Soconusco, donde se dividieron en dos 
bandas: una que entró por las montañas de Chiapa y conquistó 
aquella tierra, y otra que, descendiendo á Nicaragua, ocupó, 
con el nombre de chorotegas ó mangos, lo largo del lago Ma- 
nagua, mientras una parte poco considerable se adelantó por 
el Sur hasta la vecindad del lago Chiriquí. Nación sedentaria la 



(i) The American Race,^ig. 145. 



- 78 - 

de los Chapanecas, agrícola y muy populosa, señaladamente en 
Nicaragua, donde calculó Oviedo que había varias poblaciones 
de más de cuarenta mil almas; cultivaba industrias importantes; 
tenía campos de algodón, que alimentaban las industrias de telas 
de esta materia; libros jeroglíficos excelentes, y un gobierno re- 
gular con instituciones propias. Los historiadores describen su 
color como más blanco que el de la generalidad de los indios, y 
encomian el cuidado que ponían en su larga cabellera, peinada 
con esmero, refiriendo, en particular, sus aptitudes para todo 
linaje de música, no sin señalar también que eran hábiles pin- 
tores, distinguiéndose generalmente por la urbanidad de su 
trato y cortesía. 

Respondía en el chapanec su lenguaje á dichas cualidades es- 
téticas, extremándose por lo eufónico y armonioso, así como 
por la escasa cabida que hallaba en su estructura el elemento 
polisintético, tan frecuente en América; aunque deslucía algún 
tanto estas prendas la vaguedad y obscuridad de algunos so- 
nidos. 

Sus pronombres personales son:sime^ «yo»; smue, «tú»; sune, 
«aquél»; s/n'mi'/m'e, «nosotros»; suneemii (?), «vosotros»; si- 
nune (?), «ellos». El verbo «ser» se conjuga de este modo en 
presente : 

Yo soy Simeña. Nosotros somos. Siminiieña. 

Tú eres Sinueña. Vosotros sois. . . Simcenueña. 

Aquél es burnuluña. Aquéllos son. . . Simincña. 

Los pronombres de primera persona súne y simu tienen ana- 
logía en su terminación con los tonguses biy bu, y alguna analo- 
gía con me y sina en finnés, y con bty si y él y tú en mongol, 
que usa el plural be, «nosotros», y tuwe, «vosotros». Además, 
la primera persona recuerda el 77ti gaélico y me lapón. La 
adición su, del afijo de tercera persona, se asemeja al pronom- 
bre del caribe y del aruaco. En cuanto á la raíz 7iu, significando 
«ser», recuerda el participio ña del verbo sustantivo en quichua. 

«Uno» se dice en chapaneca ttj'e; 2, hiimihi; 'i„hei mihi; 4, 
huamihi; 5, haumihi; 6, hambmnihi; 7, hendimihi; 8, halm- 
miht; 9, helimihi; 10, henda; 11, hendamundiche; 20, ahue; 
30, ahemunda; 100, haumuche. Teje se parece é^egge, i, en 
berberisco de Gerbes, á egyc en magiar y á ótik en ziriainio; hit- 



- 7"» — 



mihi y hei-miJii^ 2 y 3, se asemejan al oiomi yooho y hiii, y á 
¡10 y /¿íz mazateco; uiiajnthi, 4, al otomí á^///^o, como haiimihi^ 5, 
armazateco zí y al chino wu. 

Con el chapaneca dice relación el subiña de Guatemala, 
donde parece promediada su influencia con la del maya ó qui- 
che. En subiña, los pronombres personales son: jiinal, «yo»; 
aj'unal, «tú»; siinalú^ «él»; jooiittc, «nosotros»] joontícj «vos- 
otros»; suna/e, «ellos»; los cuales envuelven en su mayor parte 
el verbo «ser», que se dice en presente: «yo soy», j'oon; «tú 
eres», ajunal; «él Qs»,jei; «nosotros somos», jooiitic; «vosotros 
sois», acJiaxit; «ellos son», símale. La terminación con suele 
ser de primera persona, como en jibaro. Los números se dicen 
i,jun; 2, c/ieb; 3, oxe; 4, chaneb; S^Joe; 6, giiaqtieb; "¡^ juque; 
'^^ gnaxaqiieb; 9, balune (?); 10, laj'iiiieb; 11, biihicJie; donde 
S3 encuentran analogías con el maya. 

Análogo ascendiente al conseguido por el náhuatl en el Norte 
de la América Central, logra por el Oriente y Mediodía el men«- 
clonado idioma maya (i), ó, como se dice colectivamente, el 
maya-quiché, asociándole una de las ramas principales de su fa- 
milia. Comienza su esfera de dominio en los alrededores del río 
Gonzacoalio,y de allí se extiende porTabasco, Chiapa, Yucatán, 
isla de Cozumel, Guatemala, Salvador, Honduras, Nicaragua y 
Costa Rica, donde todavía se muestran importantes huellas, con 
otras del náhuatl y no pocas de los lenguajes de Sur-América, no 
sin dejar al Norte dos vastagos alejados de la misma familia en 
el huastec y en el totonac de Taumalipas y Veracruz. Tiempo 
ha, en 1576, dirigió el licenciado Diego García de Palacio á Fe- 
lipe II una lista-catálogo de sus dialectos, no desprovista de 
interés, aunque muy imperfecta y poco exacta, por incluir en 



(i) En el convento de Yucatán se conserva todavía, según Beristain, el importante 
Grati Diccionario, ó Calepino de la lengua maya, escrito por el franciscano Fr. Antonio 
de Ciudad Real, que floreció á fines del siglo xvi y principios del xvii. En este siglo 
escribió otro francist;ano, Fr. Juan Coronel, su Arte para aprender la lengua maya, que, 
según se dice, fué impreso en México. Fray Juan de Aceyedo escribió también, á prin- 
cipios del siglo XVII, el Arte breve de la lengua yiicateca. El P. Francisco Gabriel de 
San Buenaventura había publicado ya en México, 1560, su Arte del idioma maya, y 
fray Avendaño escribió en el siglo último, demás de otros Diccionarios, uno de la 
lengua del Yucatán y un Arte para aprenderla. También escribió otro Arte y Vocabu- 
lario déla lengua del Yucatán, que dicen se imprimió en el siglo xvi. 



— 8o — 

ella el azteca, el zoque ó tloqne, y otros idiomas de diferente 
familia, estudiados anteriormente. Distribuyéndolos geográfica- 
mente, decía que en Chiapa se hablaban el chiapanec, el tlo- 
que, el zotzil y el zeldal-quelen; que dominaba en Soconusco el 
tronco del idioma, así como el bebettlateca; en que Suchitepec 
y en Guatemala estaban difundidos el mame, el achi, el guate- 
malteco, el chinantec, el hutatec y el chirichota; en Vera Paz, 
el pokonchi y el caechicolque; en los valles de Acacebastla y 
Chiquimula, el tlacacebastla y el apay; y en el valle de San 
Miguel, el poton, el taulepa y el ulúa; enumeración histórica 
que presenta una situación y estado de lenguajes muy distinta 
de la estudiada por Orozco y Berra. Bancroft y otros autores 
mencionan en Guatemala el quiche, el cakchipel, el zutugil, el 
chorti, el alaguilac, el caichi, el ixil, el zoque, el chol, conside- 
rado por algunos como idioma de otra estirpe; el uzpanteca, el 
aguacateca y el quecchi, situando en el Yucatán el centro del 
lenguaje maya, cuyo dialecto, el tzendal, es considerado como 
el idioma más antiguo de estas regiones. Al decir de Brasseur 
de Bourbourg, la lengua universal de los guatelmaltecos, antes 
de la- invasión de las tribus, que señoreaban su territorio á la 
llegada de los españoles, debía ser el maya del Yucatán ó el 
tzendal, dialecto de la lengua zotzile, que se le parece mucho. 
Todas las ramas de la familia se muestran como nacidas de un 
tronco antiguo, cuyos elementos concentra y conserva con 
suma riqueza el maya, aunque, en rigor de verdad, el quiche, el 
cakchiquel, el mame y el tzendal ofrecen caracteres de más 
antiguos. 

Por lo que toca á los fastos de la nación maya, sin compartir 
las tradiciones fabulosas que se refieren de los toltecas, puede 
conjeturarse que éstos, ó la dinastía que representan, tenían 
más afinidades con los mayas que con los náhuatl. 

Por espacio de mucho tiempo se ha discutido si pertenecían 
á los mayas las sólidas fábricas de Copan, Palenque y Tho, y de 
otras ciudades del Yucatán, que aparecieron ya desiertas en 1^ 
época del descubrimiento, sombreado su recinto por antiguas 
selvas de árboles gigantescos; pero la duda apenas parece po- 
sible, advirtiendo que Uxmal, Chichen-Itza y otras poblaciones, 
que tenían muchos moradores á la sazón, ostentaban fábricas 



— 8i — 

iguales, si no superiores, labradas con igual gusto y estilo. Te- 
nían extenso comercio marítimo con las poblaciones del golfo 
mexicano y de las Antillas, donde contaban con establecimien- 
tos en Cuba, al decir de algunos, importando cera del Yucatán y 
otros objetos. Eran moneda usual, entre mexicanos y yucatecas, 
almendras de cacao, conchas, piedras preciosas y placas de co- 
bre (i). Constituían á la sazón crecido número de Estados in- 
dependientes, de los cuales diez y ocho estaban en el Yucatán: 
todos, resto de una poderosa confederación, rota hacía un 
siglo, según sus anales. Los de la rama quiche alcanzaban al si- 
glo VIII de Jesucristo; pero las crónicas mayas conservaron algu- 
nas breves relaciones de sus fastos, que llegaban hasta el princi- 
pio de nuestra era. Procedían, según la tradición de los nahuas, 
de latitudes septentrionales, loque puede conjeturarse también 
por los restos de emigración conservados, al norte de México, 
en la población totoneca y guaxteca, y á falta de otros datos 
de origen, la semejanza de antiguas fábricas arquitectónicas 
del Yucatán, con otras de las orillas del Mississipí, deja presu- 
mir á doctos escritores que allí estuvo antiguamente la frontera 
de la raza (2). Causa admiración la perfección de la labra de las 
piedras sillares de sus monumentos, las cuales juntaban por me- 
dio de cemento de mortero, y por el ajuste de las piedras, 
desconociéndose que usaran plomada, ni escuadra, ni los cin- 
celes de bronce empleados por los mexicanos. A pesar de esto, 
aparecen los mayas más adelantados que los nahuas en astro- 
nomía, en jeroglíficos y en escultura. Su calendario, análogo 
al azteca, computaba tres ciclos: el de veinte años, llamado 
por ellos catun^ otro de cincuenta y dos, y el ahan catun, ó 
«gran ciclo», de doscientos sesenta. Tanto los mayas, propia- 
mente dichos, como los cakchipeles y quichés del Yucatán, 
usaron con frecuencia tabletas para sus apuntes, y escribieron 
libros en pergamino ó en papel de maguey ó pita, como los 
mexicanos, cubriendo además las paredes de sus edificios con 
jeroglíficos, ora esculpidos en piedra ó en madera, ora pintados. 



(i) Diego de Landa, Relaciones de las cosas del Yucatán. Madrid, 1881. — Brinton, 
The American race, pág. 156. 
(2) Brinton, obra citada, pág. 151. 

6 



— 82 — 



los cuales, con ser muy distintos de los usados por los nahuas, 
consisten los más en contornos redondeados, que se asemejan 
á la sección de una piedrezuela, de donde procede el nombre 
de calculiforme, aplicado á esta escritura. De sus libros, en- 
cuadernados á la manera mexicana, se conservan pocos, siendo 
los más conocidos, el códice llamado de Dresde, el Pereciano 
y el Troajio, sobre los cuales ha hecho novísimamente sus es- 
tudios de interpretación fonética Mr. Rosny, ampliando y recti- 
ficando el trabajo de Mr. Brasseur, que abriera importantes 
horizontes á este linaje de interpretaciones, con la publicación 
(París, 1864) de la Relación de las cosas de Yucatán, por fray 
Diego de Landa, quien ya en el siglo xvi había adelantado no- 
ticias de gran precio sobre la escritura hierática maya, cuyo 
alfabeto consignó en su obra. A la literatura quiche pertenece 
el libro sagrado de la raza, intitulado Popol í^w//, traducido por 
el abate Brasseur de Bourbourg. A la historia de los Cakchi- 
quees, un manuscrito único, poseído por el docto americanista 
Daniel G. Brinton, compuesto en la época de la conquista, pu- 
blicado con traducción, introducción y notas, por el mencio- 
nado sabio, en 1885 (i). Además existen copias de documen- 
tos mitológicos que escribieron los yucatecas, intitulados Libros 
de Chinan Balam. También han sido objeto de disquisiciones 
de los sabios algunos restos de sermones de indios de estas 
regiones, recogidos por Alonso Zurita en su relación al Con- 
sejo, según lo ordenado por D. Felipe II en 1553 (2), con bas- 
tante sabor cristiano, así como el considerable número de cru- 
ces, algunas de forma latina y representaciones simbólicas, que 
parecen testificar reliquias de antiguo Cristianismo (3). 
Aunque conservando sus rasgos diferenciales en gramática y 



(i) The Annals of the Cakchiqtiels, íhe original te.xt Tfith a Iranslaíion. Notes and In- 
troduction. Phila, 1885. (Volumen vi de la Biblioteca de Literatura indígena americana, 
publicada por D. G. Brinton.) 

{2) Colección de Documentos inéditos de Indias , t. il, páginas 18 y siguientes. Revue 
Critique, 1886 t. 11, pág. 141. 

(3) No es ocasión de decir sobre otros restos de cristianismo que quisieron recono- 
cer en este pueblo Las Casas y Torquemada, ni acerca las cruces célebres de Palenque, 
de San Juan deUlúa, de Tampico, del Yucatán, de los Mixtecas y de Querétaro, ni de 
la célebre de la isla de Cozumel, puesta allí por Hernán Cortés, según el Dr. Sánchez 
de Aguilar {^Informe, Madrid, 1639). Constancio afirma ( V. á Malte Brun, Precis de 



— 83 — 

fonética mayas y mexicanos, han contribuido poderosamente, 
cada cual de estos dos pueblos, á producir, con importante co- 
pia de voces, la formación de un diccionario mixto, generali- 
zado en la América Central. 

Distínguense los géneros en maya anteponiendo nh á los 
nombres para expresar el masculino de seres inteligentes, é ix 
para el femenino, ó xihil y chupitl, si se trata de seres irracio- 
nales, es paralela á la empleada en chino; pero los otros acci- 
dentes se asemejan más al egipcio, al protomédico, al galo y á 
otros idiomas indo-europeos. 

Esto ocurre con el plural en h, equivalente al plural en u del 
egipcio y al plural en n ó vu en bretón (donde de aval^ «man- 
zana», se dice avalit, «manzanas», y de e¡m\ «cielos», eñvu^ 
«cielos»). Del protomédico sabemos que el plural lo formaba en 
ib cuando precedía vocal, y en be cuando antecedía consonante; 
y del bretón que también en el verbo conserva la b convertida 
en p en la primera persona del plural. En gaélico, el dativo 
de plural termina en ib, y en sánscrito y en latín , los dativos y 
ablativos en byas y en bus. 

Preceden los adjetivos en maya, como en inglés y en alemán, á 
los sustantivos; el comparativo se forma añadiendo il por el fin, 
equivalente al comparativo teutón é inglés en er., al francés en 
ejir y al en or latino; los nombres abstractos, con la misma adi- 
ción, que recuerda el io latino y el eur francés en grandeur, etc., 
y el superlativo con la partícula antepuesta hach, que parece 
la misma que la alemana hochy la inglesa Jiigh y la sueca ha, de 
análogas significaciones y uso. 

Los pronombres personales en maya, como la generalidad 
de los idiomas examinados, tienen dos formas: la principal 
ó aislada, en la cual parece que contienen la conjugación 
del verbo sustantivo en presente, y la incorporada, en que 



la Geoi^., t. vr, páginas 464 y siguientes) que en lo antiguo sirvió la cruz de símbolo de 
los solsticios y del sol, á cuyo culto parece referirse el dios maya Zamna (Tamuz feni- 
cio), que tenia, á la manera del dios Sidonio, como símbolo vulgar la mano extendida, 
y se llamaba Cab-ul, «el dios de la mano», símbolo común al otro dios yucatanés Kucul- 
kan, «culebra de colores», en relación con leyendas semíticas expuestas por Renán, 
asi como los cabiros ó vacabcs, que recuerdan el dios Vacax de la Mauritania. En los 
templos del primero se veía la figura de la mano, según Lizana, Relación, pág. 358. 



- 84- 

se emplean meramente como prefijos ó afijos verbales. 

Dicha forma aislada es como sigue: ten^ iechy ¿y, por «yo», 
«tú» y «él», y toon, teex y loob^ por «nosotros», «vosotros» y 
«aquéllos». Aunque en rigor la forma aislada parece compuesta, 
muestra analogía en la primera persona del singular con termi- 
naciones del semítico y del vasco, constituidas por partículas 
unidas al verbo, en la segunda con las del vasco y las del egipcio, 
y en la tercera con el vasco en singular y con bretón en el 
plural. 

La forma incorporada es z;z, e y u en singular, y ca, a- ex y 
u-ob en plural; no sin analogía con el bretón, aunque la forma 
cay ce^ en acepción de «nosotros», se asemeja más al gótico 
weisy al sueco wiy al vasco gii. 

El imperfecto del verbo ser en maya, «yo era», etc., se dice 
ten cuchi (al parecer de was ó washi, en antiguo alto alemán, 
verificado un cambio de pronunciación, como el que en otomí 
ha convertido el wcete morduino 5 en cuta ó quita)] «yo he 
sido», ten hi, donde se colige que /zí'se halla por hi ili ó eih irCy 
equivalente á gehaht; el pluscuamperfecto «yo había sido», 
ten hi ili cuchi] el futuro primero bijt ten-ac, se asemeja al pre- 
sente alemán con la conjunción condicional ó potencial ac; el fu- 
turo perfecto ten hi ili coshom equivale á ich eih-are 6 gewaren 
en antiguo alto alemán, y coshom es equivalente á wesen ó 
wesan, según la forma de conjugación débil en Oín, explicada 
por Grimm (i). 

Tiene dos conjugaciones de verbos regulares, una semejante 
al gaélico, con una manera de participio de presente, antepuesto 
el pronombre afijo y el verbo cah, «ser» (invariable en singu- 
lar), un participio de pretérito apocopado, y otro de futuro en 
ac, para los tiempos respectivos, descomponiendo el pronombre 
en plural con el verbo sustantivo á la manera del georgiano, 
y otra en que se puede emplear, además de esta forma, el 



(i) Detitsche Grammatik, 2." edic. Berlín, 1870. Primera parte, páginas 795 y 801. 
No ignoro que cuchi se interpreta por Brasseur «en otro tiempo» {Revuc de la Lin- 
guistique, t. vi, pág. 45), é ili por «habitualmente»; pero ya Charencey observó (ibi- 
dem), en el año 1873, que era error, advirtiendo que cuchi, según la analogía maya, es 
la tercera persona del imperfecto indicativo del verbo cuch ó coch, y que se usa como 
auxiliar de tiempos derivados de perfecto. 



pronombre aislado antepuesto y el verbo variado con la ter- 
minación ic. Ejemplo: Primera conjugación: Nacal, «ascen- 
der» ó «subir». 

PRESENTE DE INDICATIVO. 
Singular. Plural. 

Yo asciendo Nacal in-cah. Nosotros ascendemos . . Naca! in-cah. 

Tú asciendes Nacal a-cah. Vosotros ascendéis. . . ." Nacal a-cah-e.x. 

El asciende Nacal u-cah. Aquéllos ascienden.. .. Nacal u-cah-oh. 

PRETÉRITO IMPERFECTO. 

Yo ascendía Nacal in-cuchi. 

PRETÉRITO PERFECTO. 
Singular. Plural. 

Yo he ascendido Nac-en. Nosotros hemos ascendido.. . . Nac-on. 

Tú has ascendido Nac-ech. Vosotros habéis ascendido. . . . Nac-ex. 

Él ha ascendido Nac. Ellos han ascendido Nac-ob. 

PLUSCUAMPERFECTO. 

Yo había ascendido Nac-en-ili cuchi. 

FUTURO PRIMERO. 

Yo ascenderé Bin nacac-en. 

FUTURO PERFECTO. 

Yo habré ascendido.. Nac-en ili-cuchi. 

IMPERATIVO. 

Ascienda Nacac-cn. 

Segunda conjugación: Cambezak, «instruir». 

Esta conjugación, en lugar de emplear los tres participios 
que se asemejan á los gaélicos en aü, en ad y en id, sólo dis- 
tingue para el presente é imperfecto la forma de anteposición 
y posposición, y para el futuro la apocopada en ez. 

Ejemplo : 

PRESENTE DE INDICATIVO. 

Singular. 

Yo instruyo Cambezak in cah ó ten cambezic. 

Tú instruyes Cambezak a cah ó tech cambezic. 

El instruye Cambezak u cah ó lac cambezic. 

Plural. 

Nosotros instruímos Cambezak ca cah ó toon cambezic. 

PRETÉRITO IMPERFECTO. 

Yo instruía Cambezak in cah cuchi. 



— 86 — 

PRETÉRITO PERFECTO. 
Yo he instruido In cambczah. 

PLUSCUAMPERFECTO. 

• Yo habia instruido In cambezak ili cuchi. 

FUTURO IMPERFECTO. 

Yo instruiré Bin in cambezib ó bin in cabezc. 

FUTURO PERFECTO. 

Yo habré instruido In cambezah ili cuchi. 

Usa los pronombres aislados de primera y segunda persona, 
en la acepción de presente del verbo «ser», con algún parecido 
con el verbo tha gaélico, que ante los pronombres personales 
forma las conocidas incorporaciones teen ¿ed, etc. (i). 

Nacal, nac-en y nacac-en, en la primera conjugación son par- 
ticipios de presente, pretérito y futuro, análogos á bhuail huai- 
lid en gaélico. En cuanto á la forma cambezic, que es una del 
presente, equivale á un nombre activo ó participio turanio, que 
suele terminar en k, ó al agente en ki del euskara. 

El verbo hal, «estar en pie», recuerda vocablos africanos, en 
la acepción de «ser»; en pretérito y futuro, bajo las formas 
hicy hac, se asemeja al galo. Bin, aunque signifique «ir», no 
parece muy distante en sus usos y acepciones del verbo tha^ 
«ser» (2), del inglés to be ó de seyn, alemán. 

El afijo en ba de los pronombres, en acepción de «mismo» y 
de «persona», parece análogo al selb teutón y al ba vasco; gehf 
«sol», á gux, turanio; sitz^ «bueno», á gute^ alemán; haz, 
«entero», á ganz; cel, «frío», á celtic. Ca significa «que», como 
en gaélico; uil, «necesidad», como tu hreXón fall ó fell; ga, 
«dar», y gab^ «dará», recuerda el alemán geben y gabe; iihoych, 
«ojo» á auge en valón. 

Demás de esto, ocurren en maya otras dicciones vascas, tu- 
ranias y semíticas, varias de ellas que le son comunes con el 
náhuatl y otros idiomas americanos. Aal, en el sentido de 
«decir», y trocada la r en /, según costumbre del maya, es seme- 



(i) Á las veces bin sólo equivale á «será»; bin to halec, «será» ó «estará alli para 
decir» {JRevue de la Lijiguiatique^ t. viir, páginas 322 y 326). Brasseur, en su Diccionario, 
da á bi el valor de ser. (Ibidem, t. vi, pág. 57.) 

(2) Según Mr. Brasseur, en maya el verbo ta signiñca «ser», «hacer» y «poner». 



- 87 - 

jante á eí'píw griego «decir», y á esan ó erran de los vascos; ///, 
ti, tiu, «con» ó «de», y tah^ ti-ca^ equivalen al tic euskara; tan^ 
en, corresponden al tlan mexicano y á tanógan, en vascongado, 
kun, «día», y «sol» á gtin, en turco, y egun, en vasco; ma, «no», 
tiene igual acepción que la misma sílaba en asirlo, fenicio, he- 
breo y arábigo; tzab, «escribir», parece transposición de cataba 
ó ctab, «escribir», en arameo, hebreo y árabe. Iiima, «actual- 
mente», significa en arábigo «día» y «hoy»; iliy qiialli, «hijos», 
corresponden al berberí /// ó itr y al vasco arra. 

Los numerales mayas (un^ i; ca, 2; ox, 3; can^ 4, y co, 5), á 
excepción del primero, que es muy semejante á unan en bre- 
tón y ahon en gaélico, etc., y de cierta remota semejanza que se 
nota entre co, 5, cuig gaélico y chicua, designación común 
del número 5 en mexicano, son predominantemente turanios. 
C¿í, 2, corresponde á cas accadio, keth magiar é iki turco; 
ox, 3, á iich ó US turco y vigur; can, 4, á se chino, can accadio 
y á tsam berberisco; co, 5, á ti chino, bt magiar, bex turco y 
bost vasco. 

En inmediata conexión con el maya está el quiche, mostrán- 
dose más ó menos afines á uno y á otro el tzotzil, el chahabal, 
elchol, el cacchí, el poconchí, el pocoman, el cakchiquel, el 
zutugil, el mame, el totonaco y el huasteco. 

Las variantes del primero con el maya son ligeras, en lo que 
toca á los nombres. De tal orden es el que, expresándose en 
maya el masculino racional con añadir ah por el principio al 
nombre, y el femenino con adicionar ix en igual forma; en qui- 
che, baste distinguir el femenino anteponiendo exoc, que signi- 
fica «mujer», como asimismo el plural formado allí, añadiendo 
la terminación ob, y en éste ab, eb, ib, ob ó ub; por ejemplo: de 
naon, «hambriento», naoneb. Los adjetivos añaden por ele- 
gancia las terminaciones expletivas ¿zc, tac, ic, tic^ usuales en 
griego y aun en bretón. Por tanto, en lugar de min ha, «gran 
casa», se dice niinac ha, precediendo, como en inglés y en 
alemán, el adjetivo al nombre. 

Los sustantivos derivados de adjetivos en maya, termi- 
nan en il, equivalente á ir ó er bretón ; verbigracia : de iitz, 
«buen»; utzil, «bondad»; formación paralela á la bretona 
brascier, «grandeza», de braz, «grande», ó á la francesa 



grandeur de grand; que aquí puede variarse en al, el, il, ol, til, 
y estos mismos sustantivos abstractos se convierten en adjeti- 
vos añadiendo lah, desinencia paralela al teutón iich, enwisen- 
chaftlich. 

Á vuelta de estas analogías el comparativo y superlativo di- 
fieren mucho de las formas arias, toda vez que en quiche no 
se emplea para el primero la terminación teutónica er, ni el pre- 
fijo hach, sino el participio de presente ó nombre verbal activo 
iquinac, del verbo ica^ «sobrepujar» itcJioü en chino), y la ^i- 
labsiinac/i, «mucho ó muy», para el superlativo. 

Los pronombres personales son: zn para designar «yo»; a¿ ó 
az para designar «tú»; are, ri y r, por «él»; oh, por «nos- 
otros»; yx, por «vosotros», y x y he, por «ellos»; anteponiendo 
el signo que se pospone en inglés y en alemán, para expresar «yo 
mismo y tú mismo», el cual es xavi; en inglés selfy en teutón 
selbe. La semejanza con el bretón y con el teutónico es obvia, 
pues in y at corresponden á etn y at 6az, bretones; ere (i), éihen 
bretón y á er teutónico; o//, por «nosotros»; á /¿o«, bretón, y eó 
he, por «ellos»; á hi, bretón. «Yo he», se dice in iix, como en bre- 
tón em euz, «tú has», at iix, como en bretón az euz ó ech euz^ 
«aquél es»; are iix, como en bretón hen euz, ó en teutón er^hat. 

En los verbos regulares, el presente se forma anteponiendo 
ca ó qiii al pronombre, que se altera, ya perdiendo el tér- 
mino ca la vocal é in la consonante, y los otros pronombres la 
consonante, ya conservándose ca y trocándose el pronombre 
en na, apocopados los otros, y usando después el nombre ver- 
bal invariable, ora sencillo, ora terminado, como en georgiano, 
en la parte final quitada al pronombre, ó el participio ó agente 
activo en ic; por ejemplo: «yo amo», ca nii logoh, ó que'i logon 
ó qiii logonic. 

El pretérito se forma anteponiendo x, que parece resto de 
ux, delante del pronombre; el futuro anteponiendo che ó chi. 
La pasiva, añadiendo x ó trocando en x la última consonante 
del verbo; por ejemplo: qui'i logox, «yo soy alabado»; forma 



(i) No parece fuera de propósito recordar que el protomédico, con plurales para 
sus nombres en ap , ip, sip y en te, y con las terminaciones primera y tercera de su 
verbo en ra, ofrece peregrinas analogías con este idioma. Véase á Oppert, Le peuple 
et la langiie des Medes , páginas 527 76. 



- 89 - 

idéntica á «amor» en latín, la cual procede de amosuin ó amo- 
seim, trocada la 5 en r. 

Á pesar de que es común opinión que los tzotziles y los 
tzendales hablaban el mismo idioma, pues formaban un señorío 
común con los chapanecas, siendo considerados por Orozco 
y Berra como indios quelenes, desprendidos de la invasión tol- 
teca en Guatemala (i); ello es que, según el manuscrito publi- 
cado recientemente en San José de Costarrica por los señores 
D. León Fernández, Ricardo Fernández Guardia y Juan Fer- 
nández Ferraz, aparecen sus lenguas distintas, aunque afines, y 
que la supuesta genealogía del maya, como procedente del tzen- 
dal, no se demuestra suficientemente, dado que en la forma de 
la conjugación, en los números y vocabularios ofrezcan copia de 
términos comunes. Los pronombres personales en zotzil son: 
oiin, «yo»; aute ú o/, «tú»; ztac ó xac, «él»; ghtiictic ó oiitic, 
«nosotros»; oxiic^ «vosotros»; ztuqiielic^ «ellos», los cuales en- 
vuelven el verbo ser. En tzendal «yo» se dice/oo/í/ «tú», ague- 
nal; «aquél», ya; «nosotros», j'ootic, etc. Usa de pronombres 
adyacentes el zotzil; xi, «yo»; xa, «tú», y z, «él». Ejem- 
plo: «yo como», xi-rué; «tú comes», oca-rué; «él come», z-rtié. 
«Uno», en el mismo idioma, se dice ghun; 2, chin; 3, oxim; 
4, chamin; 5, o on; 6, ruaqiiim; 7, recum; 8, reuaxaquim; 9, 
bahinem; 10, laghunem; 11, biighluchin; 20, ^;;z/ «treinta», 
laghiinem zchavninic ; «ciento», oreiiinic. En tzendal, dichos 
números cardinales se expresan de esta manera: i,jtin; 2, 
cheb; 3, oxeb; 4, chaneb; 5, joeb; 6, guaqueb; 7, jiiqiieb; 8, 
guaxaqueb; 9, miiluneb; 10, lajuneb; 11, biilitcheb: 20, tagb; 
30, lajuneb chaguinic 

El chanabal, llamado también jojolabal, jocolabal y comi- 
teco, hablado todavía en algunos pueblos de Guatemala (2), es 
muy semejante al tzendal. En dicho idioma, para expresar la 
primera persona «yo» ó «yo soy», se emplea los vocablos yoow 
y quenal; para la segunda, «tú ó tú eres», aguenal; para la ter- 
cera nitac, para «nosotros», quenal tiq. i se áiCQ june; 2, cha- 
ree; 3, oxé; 4, chañe; 5, joe; 6, guaque; j, juque; 8, guaxaque; 



(i) Geografía de las lenguas, etc., pág. i68. 
{2) Geografía de las lenguas , etc., pág. 167. 



— 90 — 

9, balune] lo, lajune\ ii, bahiche; 30, lajiiée schag ciinique. 

El chol de Guatemala, que se habla todavía en Palenque, 
Petalcingo, Tila y Túmbala (i), se asemeja bastante al quiche. 
«Yo» se interpreta en este idioma por jonon ; «tú», "^ox jatet\ 
«aquél», /z'w «nosotros», "^or jonon la jop\ «vosotros», por 
jatet la\ «aquéllos», por y/;//2'¿7í:. «Ser» se áicejiin; «yo soy», 
jontich] «tú Qvts», jatiích] «él es», jinuch; «nosotros somos», 
joniich la jon\ «vosotros sois», jatuch la; «ellos son», j'ino 
huch\ donde se ofrecen algunas aproximaciones indo- europeas, 
mejor señaladas que en maya y en quiche. Los números cardi- 
nales son: I, jíin-pel\ 2, cha-pel\ 3, ux-pel\ 4, chun-pel', S^jo- 
pel; 6,g-uepel; '],guc-pel\ %, giiaxic-pel\ 9, bolon-pel] 10, lajiin- 
pel\ 1 1, hiijliich-pel\ 20, juncol] 30, lujun pelichacal (2). 

La semejanza es mayor en el cacchí y en el poconchí, que son 
también idiomas guatemaltecos :y¿7z;2 en cacchí significa «yo»; 
jaat, «tú»; tacgue, «él»; ya o, «nosotros»; /íz exy «vosotros»; 
ja iilque, «aquéllos». J-iin expresa i ; caib, 2 ; oxib^ 3 ; caj'ib, 4; 
joob, 5; caj'tb, 6; vacub, 7; vacacquib , 8; belejeby 9; caajjee<, 10; 
juu lajujy 1 1 ; lajeeb^ 20. 

«Yo», en poconchí se dice yn^ y «tú», at\ como en quiche, 
la tercera persona varía (se expresa «aquél da» "^ox ériiycu)^ 
«nosotros», oj\ como en quiche; «vosotros», ¿7/¿zc; y «ellos», 
cuetagiie. Los números cardinales son en este áidXtcio -.jinaj i; 
qiiicb, 2; yxib^ 3; qiiiiib, 4; 00b, 5; reaqiiib, 6; ucub, 7; nacxa- 
qtceb, 8; belejib, 9; laj'eb, lO] junlaj\ 11; jumay^ cae, 20; lageb 
rttcavtnac, 30. 

Pero tanto el cacchí como el poconchí difieren del quiche en 
posponer el pronombre personal en el verbo ser, en tanto que 
el quiche lo antepone. Mientras en quiche se dice «yo soy», 
yn-va] «tú eres», at-la] «él es», e-la] en cacchí se usa, la-in, 
la-atano, la-an, y en poconchí vil-in, vil-cat^ vil-it. Sin embar- 
go, en los verbos no sustantivos el poconchí antepone pronom- 
bres adyacentes que, por sus vocales, se asemejan á los de la 
lengua chibcha; ejemplo: «yo como», nii ctizaj] «tú comes», na 
cuzaj] «él come», nxii ciizab. Además, el cacchí, que usa con- 



(i) Jbidem. 

(2) Lenguas indígenas del centro de America en el siglo xviii, páginas 44 y 48. 



— 91 — 

jugación perifrástica, pone el verbo ser ante el tema verbal; 
ejemplo: «yo como», la in taitaac] «tú comes», ¿a at taiiaac] 
«él come», jaule taiiaac. 

El pocoman, también de Guatemala, aunque de formas orto- 
lógicas más remotas, señala idéntica anomalía. Sus pronombres 
eran: yn, «yo»; at^ «tú»; lalii^ «aquél»; ogh^ «nosotros»; ata^ 
«vosotros»; laliitaque, «ellos». «Yo soy» es interpretado^^// iii\ 
«tú eres», h at\ «él es», la lii] «nosotros somos», oghuilckogh\ 
«vosotros sois», hata\ «ellos son», lalutacque] donde se ad- 
vierte en la primera persona del plural se antepone y pospone 
el pronombre. Forma el verbo sustantivo como el poconchí 
(con el cual le han confundido algunos autores), diciendo, por 
ejemplo: «yo como», nuckux\ «tú comes», nackitx] «aquél 
come», lalu inriickux. Los números cardinales, un tanto dese- 
mejantes de las formas recibidas en esta familia filológica, son: 
hinagh, i; giiein^ 2; yxum^ 3; qiiieghen, 4; hoom, 5; uaglickin, 
6; uuckum, 7; uagkxackn^ 8; iielghen, 9; laghejí, 10; ghun 
lagh, 1 1 ; huminack, 20] ghtuiiinacklageii, '^o\ghovinack, loo(i) 

El guasteco (2) como el zutugil, de que hablaré, duplica los 
pronombres, y forma nana^ «yo»; tata^ <^X.\i»;jaja, «é\»]hiiahiiaj 
«nosotros»; xaxa, «vosotros»; baba, «ellos»; pero como verda- 
deros prefijos emplea ii, «yo»; a, o, z¿, «tú»; z'n, «él»; ya, «nos- 
otros» y «vosotros». Sirva de ejemplo el verbo maya ¿lia, «ser», 
que aquí tiene la forma prolongada tahjal. 

Yo he Nana lUahjal ó ¡n- Nosotros hemos. . Huahua yataJijal. 

tahjal. Vosotros habéis... Xaxa yatahjal. 
Tú has Tata at ahjal ó it- Ellos han Baba tahjal. 

thajal. 
El ha Taja intahjal. 

IMPERFECTO. PRETÉRITO. 

Yo habia Nana utahjalitz ó in- Yo he habido .... Nana utajaitz ó uta- 

tajalitz. hijamal ó utajama- 

litz. 



(i) Lenguas indígenas, del centro de America en el siglo xvili, páginas i, 12, 25 y 30. 

(2) Sobre este idioma existe impreso en México, 1560, por el erudito del siglo xvi 
Fr. Andrés Olmos, con este titulo, Grammatica et Lexicón Lengua Alexicance, Totona- 
qua et Huastequce, dos volúmenes en 4.". 



— 92 — 

PLUSCUAMPERFECTO. FUTURO IMPERFECTO. 

Yo había habido. . Nana ntahjalak ó Yo tendré Nana hi ó Un ó ha- 

titahjamalac ó titah - tajah . 

jamalakilt. 

IMPERATIVO. PRESENTE DE SUBJUNTIVO. 

Ten Tata haíahja. Si yo tengo Nana hitahja ó liia- 

tahja. 

IMPERFECTO DE SUBJUNTIVO. INFINITIVO. 

"Si yo tuviese Nana kin ó intahjalac. Haber Tahjal. 

Los nombres verbales ó participios se forman añadiendo x ó 
chix al fin; verbigracia: de tzobnal, «conocer»; tzobnax, «el 
que conoce.» 

El totonaco, confundido frecuentemente con el guasteco, cu- 
yos límites se extendieron á Veracruz y á Taumalipas, se dis- 
tingue de los demás dialectos mayas por la tendencia á pos- 
poner los pronombres personales, y aun por la forma de éstos. 

En dicho idioma se dice: «yo», aqiiit; «tú», hiiix\ «él», amah 
ó huata; «nosotros», aquin\ «vosotros», huixin, y «ellos», hua- 
tonin. Su conjugación es de esta forma: 

Yo amo IhpaxM-y. Nosotros amamos. Ik-paxhi-yauh. 

Tú amas PaxU-a. Vosotros amáis.. . Paxki-yaht. 

El ama Paxhy-y. Ellos aman Paxki-goy. 

IMPERFECTO. PERFECTO. 

Yo amaba Xaxpaxki-y. Yo he amado . .. . Ik paxki-lhb ik paxh 

nit (jtiz mexicano). 

PLUSCUAMPERFECTO- FUTURO IMPERFECTO. 

Yo había amado. . Xax paxhi-nit. Yo amaré Nak-paxki y. 

FUTURO PERFECTO. 

Yo habré amado Ik-paxJci-lh nahiiam ó ihpaxh'init nahuatn. 

IMPERATIVO. PRESENTE DE SUBJUNTIVO. IMPERFECTO DE SUBJUNTIVO. 

Ama.... Ka-paxlii. Que yo ame... Kacpavkilh. Si yo amara.. . . Xax paxhi-lh. 

El zutugil y el cakchiquel sólo ofrecen ligeras diferencias, 
comparados entre sí y con el quiche. 

Comparado éste con aquéllos, el plural, que en quiche se for- 
ma por los afijos en ab^ eb, ib^ ob, iib, en cakchiquel termina en 
una de las cinco vocales, y en zutugil en ay ó i, que en bretón 



— 93 — 

es u francesa. En zutugil se suelen duplicar los pronombres, 
diciendo, en lugar de in, min, de at, atat, etc.; y en ambos, 
como en gaélico y en maya, se junta el verbo ta ó tha al pro- 
nombre en la conjugación; verbigracia: T-tn ganeh, «yo amo»; 
t-ah gaiieh, «tú amas»; t-u ganeh, «él ama». 

El mam ó zaclohpacap, aunque de la familia maya, tiene par- 
ticularidades análogas á las del bantú y otros idiomas africanos 
en la formación del plural. Así, por ejemplo, viiinac^ «persona», 
forma el plural evumac, «personas». Verdad es que, con mayor 
elegancia, lo termina también en e; por ejemplo, de qiiiahol^ 
«hijo», ¿qiiiahole^ «hijos». Para los seres inanimados, numerales 
y adjetivos, emplea la forma turania y finnesa de prefijar icoh; 
verbigracia: de ahah^ «piedra», icoh abah, «mucha piedra». 

Á los pronombres personales junta el verbo «ser» ordinaria- 
mente, no en la forma ta 6 thu del maya y del gaélico, sino en 
la de a; por ejemplo: «yo» ó «yo soy», aim; «tú» ó «tú eres», 
aia; «él» ó «él es», axhoo ahlú ó apei; «nosotros» ó «nosotros 
somos», ao ó aoio; «vosotros» ó «vosotros sois», ae ó aie; 
«aquéllos» ó «aquéllos son», eiehulu ó ahlu. 

IMPERFECTO. PERFECTOS. FUTUROS. 

Yo era.... Aim took. Yo he sido. Aim hi. Yo seré... Aim loiem. 

Yo había Yo habré 

sido Ain tokem. sido Aim lohi. 

En el dialecto poconchí se usan para el presente indicativo 
los prefijos personales iiu, na, mrii, inca^ na-to, inqiii-tacque-, 
con el participio de presente, en esta forma: 

Yo amo Nil locoh. Nosotros amamos .... Inca locoh. 

Tú amas Na locoh. Vosotros amáis Na locoh lo. 

El ama Inru locoh. Ellos aman Inqui locoh taque. 

La pasiva se forma con el participio de pretérito locon por el 
principio qiii, ti, inro, io, ti y qui, y los afijos hiy hita é hitac- 
que. Ejemplo: 

Yo soy amado Oíd locon hi. Vosotros sois amados. Qui locon hitac- 

que. 

Tú eres amado Ti locon hi. Ellos son amados Ti locon hita. 

Él es amado Itiro con hi. Nosotros somos ama- 
dos Co lo con hi. 



— 94 — 

El potencial, «yo puedo amar», se dice incho i niilocoh, y el 
futuro, «yo amaré», in ra nulocoh. 

En el mencionado territorio de Goatemala presenta una fiso- 
nomía poco semejante á los idiomas del Norte y Centro de 
América, el xinca, cuyos números cardinales, pertenecientes á 
las pocas palabras que nos son conocidas, parecen de filiación 
finnesa ó turca, Ica^ «uno», se asemeja al finnés yksi^ al vasco 
ca (en amaica ii), al magiar egi, al chino kiwang-si ^/y al 
siabo 1'/^: ti ó piar^ «dos», al magiar kettt, al coreo támii^ al 
chino lien-miau /í', al vasco bi^ al japón ésyf/<2c, al lien-kien ta^ 
al mongol iiivwe: vala^ «tres», al magiar haroin^ al tchuwa- 
chi virsBy al mongol ilam^ al vasco irii^ al japonés wíV y al 
bicol tolo] iría, «cuatro», al lapón nicly ^ al finnés nelja^ al vo- 
gul nila^ al turco dort^ al chino kvvang-si plau y al vasco lau; 
piar^ «cinco», al accadio hará, al tchuwache pilik, al turco 
hex y al éuscara bastí 6 bortzi), etc. (i). 

El lenca y el xicaque se mostraban en Honduras, así como 
el mosquito y el ulúa en los confines de Nicaragua. De los nume- 
rales lencas ita, «uno»; na, «dos»; ¿agua, «tres»; aria, «cua- 
tro»; sa/ie, «cinco; los tres primeros ofrecen parecido con 
el dialecto chino hacca, donde se dicen: ita 6 yit, «uno» ; nye, 
«dos»; lahin, «tres»; el «cuarto», aria con iria, lenca, y el 
«quinto» j¿?:í*-//^, ^q si y sai, «cuatro» en varios dialectos chi- 
nos, y ho ó he, «uno», en coreo ho-tiim, según aparece en otros 
idiomas del Asia Oriental, mostrándose dicha última parte 
como signo de cinco en siamés. 

En el xicaque, /í?;n", significa «uno»; cuatis, «áos» ; contis, 
«tres»; noiipan, cuatro»; casan patie, «cinco»; donde los núme- 
ros 2, 3 y 4 se asemejan á sus correspondientes en el dialecto 
si-fan chino-tibetano, en que se dicen me, song y hheru, y el 
«cinco», casan pain (de saii, «pie»), de forma que parece signi- 
ficar «un pie uno». 

En mosquito se dicen los numerales kum, «uno»; wal, «dos»; 
niupa, «tres»; wálwálj «cuatro»; mata sip, «cinco»; de los 
cuales sólo los tres primeros son sencillos, pues el cuarto esre- 



(i) yurac, «hombre», en este idioma es análogo también i^jaru, que significa lo 
mismo en el dialecto chino tibetano sifan. 



— 95 — 

petición del segundo, y quinto, composición de mata ó mita^ 
mano y sip^ que quizá corresponde á simpe, en mongol; kum, i, 
recuerda á ki de los dialectos tibetanos, y á kua vogul, waí^ 
«dos», al chino eu¿. 

Las números ulúas se dicen: «uno», aslar y aloslag] «dos», 
muye, bu] «tres», muye das; «cuatro», muya vunca\ «cinco», 
muya sinca] el primero, en su forma as, tiene analogías con el 
lapón; el segundo bu, con el euskara; el tercero bas, con el 
arrueko; el cuarto vunca, con el xicaque, y el quinto sinca con 
el latín y con el castellano. 

Siendo análoga á esta numeración la del matagalpan ó chontal 
de Nicaragua, se asemeja notablemente al vasco; por ejemplo: 
bas, «uno», igual á bat] «dos», buyr, análogo á bi] «tres», guatba, 
como en ulúa, votagio', «cuatro»; etc. 

La del subtiaba de Nicaragua dice imba, «uno»; apu, «dos»; 
assu, «Xxes»',asku, «cuatro»; nissu, «cinco», etc., que recuerdan 
el indo-chino mera y ba, «uno y dos»; el lien-miao/z', «dos», y el 
bubi epa, el tibetano gium, «tres», el chino sam, y el coreo 
sai. Asku, «cuatro», parece compuesto de assu, «tres», y ki, ku 
ó ca, «uno». Vissu, «cinco», se asemeja á wüsiíínnés, be, turco 
y wu, chino. 

En fin, el rama y el guatuso en la costa de los Mosquitos pa- 
recen la anticipación del cuna, del changuina y de otros idio- 
mas colombianos. 

El primero, confinado en unaisleta de la laguna de Blewfield, 
es hablado por indios de notable estatura y robustez. Sus nume- 
rales son: saiming, «uno» {sioh en chino fuch-tú; epsu, en mon- 
gol; saro en bicol; ko-tum, en coreo); putt-sak, «dos» {to-pu 
en coreo, pi en lien-miao, ik en siabo ) ; pang-sak, «tres» 
{sang en chino siabo, pingiusat en esquimal, pie en chino 
kwang-si, mary en talamanca): kun kun beiso, «cuatro» (pa- 
rece repetición de kuji)l «dos» (:vo;/^en siabo, kas en accadio, 
hac en lapón, ikke en turco, y vata en tchuvache); kwik aslar, 
«cinco» (de kwik, mano, en el mismo idioma rama, wate en 
mordwino, bis en vigur y bex en turco). 

En cuanto al lenguaje de los guatusos ó huatusos de Río Frío, 
llamados por algunos «indios blancos», aunque sin razón que lo 
justifique en la actualidad bastante, constituyendo unas cuantas 



- 96- 

familias agrícolas, aunque valerosas, medio salvajes é indepen- 
dientes, se asemejan en su idioma, á lo menos, en dos números 
cardinales, al rama, y parecen también de origen chino. De los 
tres números que se conocen de ellos: aracac/iu- maru, «uno», re- 
cuerda formas turanias y otomíes;/o;2^<2 ó pangi, «dos», es aná- 
logo al puksac, rama, pague y posai á pang-sak del mismo 
idioma. Algunos pretenden que no ha influido en el guatuso el 
náhuatl, que ha enriquecido copiosamente todos los idiomas in- 
dígenas (i) de Costa Rica; pero aparte de que en las pocas pala- 
bras que se conocen de este idioma (2), es indudable que nato 
cato, por «oreja», es semejante á nacatzlien náhuatl, tofi, «sol», 
á tonatiuh, en este idioma, y te, «agua», á at ó atl\ en tanto que 
no se tengan mayores noticias del que estudiamos, parece muy 
aventurado tal aserto, así como el negar que en tiempos re- 
motos ó de mayor difusión haya dejado de influir en la lengua 
mexicana. Aparte de esto, el vocablo guatuso ochapa, «hom- 
bre», se aproxima algún tanto á wug-hon^ siamés, y á chone me, 
si-fan; macoquica, «boca», á miikaloiy á tchoi, en chino fuch-tú 
«casa»; iih, á wuk, en haccas «luna», zegi, á tcheii kwang-si y á 
ta, lien-miao, etc. 

La influencia de los idiomas del Sur, que se deja sentir ya en 
el suelo de los Estados mexicanos, entre otros lenguajes, en el 
otomí, en el chinanteco, en el mazateco y en el chiapaneco, se 
acentúa á la aproximación del istmo, donde, además de la in- 
fluencia del chibcha, que estudiaré en su centro principal, en 
Colombia, se señala privativamente la del goagiro. Comienza el 
tronco de idiomas goagiro-aruecos con el viceita de Costa Rica, 
que enlaza señaladamente los idiomas del Norte de América 
con los del Mediodía, por sus analogías con el otomí. Dice el 
pronombre «yo», yage\ «tú», bage] «él», ainigé] «nosotros», 
sage ; «vosotros», bag, y «ellos», atnihi] y si bien es cierto que 
los pronombres enteros del otomí miga, migue, n.ughy^ sólo se 
le asemejan en la última parte, los afijos gue, gui y ghy del 
verbo «ser», se le parecen mucho. Los cardinales, que se pare- 
cen en general al chibcha, con algún recuerdo otomí, son: eta- 



(i) Juan Fernández Ferraz, NahuatUsmos de Costa Rica. — San José, 1892. 
(2) Véase Brinton, The american Race, pág. 342. 



bageme^ i; busteha^ 2; mañac^ 3; quieta 4; -exquetegtt, 5; se- 
llen, 6; cití'ge, 7; ¿//o/, 10, y z/^/^, 20. El verbo «ser» se conjuga: 
«Yo soy», ya gegé] «tú eres», bagege ] «él es», :i^^erz^; «no- 
sotros somos», segege] «vosotros sois», bege; «aquellos son», 
miniac 

Representa otra rama septentrional del goajiro el idioma de 
los Térravas, subtribu de los Talamancas que pueblan la cordi- 
llera entre Nicaragua y Costa Rica, los cuales han sido consi- 
derados como rama de los Chibchas, extendida en los alrededo- 
res del Istmo, así en la América del Norte como del Mediodía, 
no sin serles afine en algunas particularidades de su idioma. 

El pronombre personal «yo» se dice ta en térrava; «tú», pa; 
«él», cure; «nosotros», ta hiia; «vosotros», pain; «aquéllos», 
corebga. El verbo ser se dice ta-sheri, «yo soy»] pa-ñaño, «tú 
eres»; cure, «él es»; tahu-ca-bga, «nosotros somos»; pain-bga, 
«vosotros sois»; «ellos son», cuse-bga. Las dos últimas personas 
de plural se usan también para el pronombre sólo en significa- 
ción de «vosotros» y «ellos». El verbo activo en el presente, que 
es el único tiempo que conocemos (i), se dice prefijando el pro- 
nombre: «yo como» ta-ye, «tú cova^s-» pa-ye, «aquel come» cu- 
re-ye. Aquí j/í?, es semejante al jan ó yan vasco, que también 
significa comer y recuerda el latín ientaculum. «Uno» se dice 
cra-ra; «dos», cru-bu; «tres», cro-mia; «cuatro», crop-quin; 
«cinco», cro-shquin; «seis», cloter;«út.\.t,»,cro-coe;«OQ\\o», 
cro-quon; «nueve», cro-shcap; «diez», quinsho] «once», quinsho 
crosa] treinta, saciina (2). 

En el cabécara, hablado por otra rama de los Talamancas, y 
conexo ala par con el otomí y con el goajiro, se dice: «yo», 
yis\ «tú», ba\ «aquel», ami\ «nosotros», ¿-(í; «vosotros», bariic; 
«aquellos», amic: «yo soy», yis-do\ «tú eres», ba-ere] «él es». 



(i) Lenguas indígenas de centro de América. MS. del archivo de Sevilla; San José de 
Costa Rica, 1892. 

(2) Esta numeración, aunque con forma análoga á la del guaymi, dialecto del chib- 
cha, donde se dice kro-ate, «uno»; hro-bu, «dos»; kro-inac, «tres»; kro-boko , «cuatro»; 
kro-r'igucz, «cinco»; y semejante en varios números al chibcha, donde se dice: «/íz, «uno»; 
hoza, «dos»; mua, «tres»; nuinica, «cuatro»; hisca, «cinco», es en el fondo la otomí, se- 
gún lo muestra el número «uno» en otomí ra, el número «diez», güiras ho (sX^)) cuya 
segunda parte es, con toda evidencia, el ho, «dos», del otomí, y la primera, /^«/« ó 
s/ijutn, en otomi quiía. De no admitirse esta derivación, sería menestei^ acudir para este 

7 



- 98 - 

ygege] «nosotros-somos», saruc] «vosotros sois», bariic] «ellos 
son», mniruc. «uno», estaba; «dos», bocteba\ «tres», maña- 
legui] «cuatro», quetovo] «cinco», exquetegii (en otomí qiiitá)\ 
«seis», sellen] «siete», cuoc\ «diez», ¿/o/^; «veinte» j/w^/^. 

En el lean ó mulía, dialecto de- los indios guaymíes, «yo», se 
traduce/a/; «tú», ip\ «él», na] «nosotros», cap] «vosotros» pa- 
cin] «ellos», na] «ser», se dice sose] «yo soy», nap] «tú eres», 
ypi] «él es», siip] «nosotros somos», ciip] «vosotros sois», nii7n] 
-ellos son», yo nap: «uno», pam'] «dos», matica] «tres», contias] 
«cuatro», chiqíiitia] «cinco», cumasop-ni] «seis», comasampe- 
pani] «siete», comasanipe-matias] «ocho», comasampe-contias] 
«nueve», comasampe-contiac] «diez», comassop-nas] «veinte», 
comascoassoub. 

En los confines del Estado de Panamá, donde comienzan las 
regiones ístmicas que llevan este nombre, pertenecientes á 
Colombia, pueden fijarse, según la etnografía, los términos 
de la América del Centro, desde los cuales, al extenderse noví- 
simas nacionalidades de prosapia española por la vasta península 
americana del Mediodía, constituyen el principio y cabecera de 
la América Meridional, De los lenguajes y tribus de sus pobla- 
ciones aborígenes me propongo tratar en la próxima conferen- 
cia, donde hallará cabida oportuna el examen del taimio de las 
Antillas y del caribe, lenguas que, ofreciendo muestras de impor- 
tancia en el centro de América, deben clasificarse, en mi sen- 
tir, así por sus conexiones más numerosas como por su distri- 
bución actual, en la América del Mediodía. 

Antes de terminar la primera parte de mi empeño, después 
de haber señalado, en consideración harto breve, la pasmosa 
variedad de idiomas, testificada por los indígenas del Nuevo 
Mundo, desde el 12° 20' de latitud Norte al 78° 18', como quiera 
que haya debido parecer prolija, cansada extraordinariamente 



cardinal sh-quin, ya á una derivación directa ariaca, ya á una composición de sistema 
numeral cuaternario, por ejemplo: á la terminación wiii ó }im<m, «cuatro» en algon- 
quino; con ce ó she, «uno» en nahúa, como en ulúa se dice s-inca, «cinco», de se ó ce, y 
w-ínca, «cuatro». A esto parece oponerse la forma chiquitia «cuatro» en idioma lean, 
que no excluye otras explicaciones, en el supuesto de que sea puntual y no viciada en 
el texto de los MSS., donde se ha conservado la noticia de ella. 



— 99 — 

vuestra atención por el constante empleo de comparaciones 
con los idiomas del Antiguo Mundo, quisiera me la dispensarais 
todavía algunos momentos, para resumir las observaciones ex- 
puestas. 

Resulta llanamente de los paralelos aducidos (atentas las for- 
maciones de plurales, declinaciones, conjugaciones, pronombres 
y nombres de número), que en el idioma de los esquimales se 
muestran ya semejanzas con el chino, el japonés, el lapón, el 
vasco y los idiomas turanios, advertida la diferencia, digna de 
consideración, de que en los groenlandeses y moradores del 
valle del río Mackenzie predominan los plurales lapones y vas- 
cos en ac y ag^ y en los aleutienos y alascanos el plural en inin^ 
propio del chino y análogo al llamado regular de los idiomas de 
Sem. Por lo que toca al tlinkit, parece continuar la influencia 
del chino, en especial en los pronombres, dado que ofrezca 
parecido con el malayo en otros particulares, mostrando á las 
veces también algunas formas ariacas, que se reconocen fácil- 
mente en la conjugación del futuro primero, por ejemplo: «yo 
moveré», iiba-sia-ni {i). En el lenguaje de los nutkas de la isla 
de Vancouver se acentúa más la transición de elementos ton- 
guses y finneses á formas antiguas ariacas, semejantes á las del 
galo, con lo cual su estructura presenta condiciones análogas 
á las del georgiano y á las del yagnobí de la Sogdiana. En el 
denneh ó tinnah de las Montañas Roquizas, á vuelta de influen- 
cias chinas, finnesas y malayas, se columbran afinidades suecas 
y danesas. Estas aumentan en el sahaptino, donde, conservada 
cierta analogía de pronombres y declinaciones con el anterior, 
se ofrece el verbo francamente ariaco con evidentes similitudes 
teutónicas ó galas, que se repiten en el yaquima y en el gallino- 
raero, en tanto que el cunalapo sólo deja observar meras seme- 
janzas generales ariacas. 

Agrúpanse singularmente en el muntsum de Monterrey las 
analogías teutónicas y galesas, que también reaparecen, aunque 
en menor grado, en el pimay en el ópata. Ofrécelas asimismo el 



(i] En realidad, no es imposible que las formas en ac y agde los esquimales, finneses 
y turanios, equivalentes á la final en ¿ semítica, fuesen formas recibidas en el ariaco 
antiguo, de cu3-as ramas septentrionales el lituanio, el eslavo y el teutón, sólo tenemos 
noticias relativamente modernas. 



■ — 100 — 



dacota, aunque no con la frecuencia que se ha supuesto, dado 
que emplea plurales turanios y finneses, pareciendo excepcio- 
nales en él los procedimientos que le unen á su pretendido dia- 
lecto el mandan, considerado como idéntico con el galo. El al- 
gonquino, con sus plurales finneses y chinos y su verbo conexo 
con el del georgiano, presenta, como el nutca, una manera de 
transición de los idiomas finneses á los ariacos ó una forma anti- 
quísima de lenguajes de esta familia. Depósito probable de múl- 
tiples analogías é influencias, el timucua de la Florida presenta 
aparentemente elementos bubíes, guanches, vascos, galeses y 
georgianos. Hablado el cahita de la Sonora, en la vecindad de 
idiomas californianos influidos por malayos, chinos y japoneses, 
con plurales y pronombres semejantes á los semíticos, emplea 
una conjugación ariaca y casi helénica, de la cual no está muy 
distante el tarahumara, cuyos pretéritos y futuros en ca y ra 
le aproximan sobremanera al matndschú, señalando una transi- 
ción entre los idiomas turanios y ariacos, que, como en la ge- 
neralidad de los idiomas tonguses, corre parejas con la mos- 
trada por el georgiano, si las dos últimas familias de idiomas no 
pueden realmente interpretarse como formas sobrevivientes 
de un ariaco antiquísimo. Aparece el náhuatl ó mexicano como 
semítico en la formación de plurales, en las prefijas pronomina- 
les y en el futuro del verbo sustantivo, con el resto de la con- 
jugación desarrollada, al parecer, en la forma ariaca, y con 
números cardinales turanios. Comparte el otomí mongoloide 
manifiestos procederes del chino de Back, reflejando el pame 
influencias turanias y arias, señaladas éstas principalmente en la 
formación de la pasiva. En el curiosísimo idioma tarasco des- 
cuella, al lado de una declinación aparentemente turania ó 
finnesa, un sistema de conjugaciones análogas alas del muntsun 
y cahita, donde se acentúa el elemento ariaco, que se extrema 
en forma casi sánscrita, á cuya familia pueden referirse sus nu- 
merales. Conserva el mixteca organización aparentemente mon- 
goloide, caracteriza al pupuluca fisonomía aria con algunas 
influencias semíticas y finnesas, resaltando en el zapoteco pro- 
porcionada mezcla de analogías mongolas y arias, no exenta de 
elementos semíticos. Aparece el chinanteco como idioma mixto 
de turanio y de ario. El mazateco, semejante al otomí, es mon- 



lOI — 



goloide, el chiapanecase aproxima en varios particulares al pro- 
tomédico, y el subina al tongus, mezcla finnesa y aria. En el 
idioma maya, á vueltas de cierto conjunto de elementos tura- 
nios y arios, £n especial vascos y galeses, se columbran aproxi- 
maciones al antiguo egipcio. Síguenle de cerca en los expresa- 
dos elementos el zotzil, el chol y el cacchí. El totonac y el 
huasteco, aunque dialectos del maya, señalan influencias semíti- 
cas; el quiche, muy próximo á aquella lengua, y el zutugil, ele- 
mentos protomédicos; el mame, con ser parecido al otomí, ma- 
yores influencias ó analogías ariacas; en el poconchí, en el 
pocoman y en el zoque, alterna el parecido mongoloide con el 
ario; en el tzendal, chanabal, cinca, lenca y xicaque, predomina 
el mongoloide. En general, el mosquito y el ulúa se asemejan 
á los idiomas turanios; el subtiabo y el guatuso, y en parte el 
rama, á las lenguas malayas; entran en la estructura del cakchi- 
quel y del orotiña, en lo poco que son conocidos, elementos 
mayas y malayos, testificando, en fin, el viceita, el cabécara y 
el térrava, caracteres mayas y turanios, que en el último, en el 
lenca y en el mulía, se determinan, al parecer, con verdadera 
aproximación al protomédico. 

Meditando sobre tales analogías surge, naturalmente, la con- 
sideración de que pueden estimarse en mucha parte los men- 
cionados idiomas como la composición de un mosaico, en que 
concurren á determinar el fondo de las representaciones mate- 
riales de distinta procedencia. Algo de esto ocurre en varios 
idiomas del antiguo continente, y señaladamente en el vasco, en 
el bretón, en el inglés, en el francés y en el castellano. Mas si 
el empleo de números de distinta familia filológica, como guaha- 
te por giiahate, en español, es rarísimo en los idiomas hablados 
en Europa, á excepción del vasco (i), lo es aún más el uso de 



(i) En el éuscara moderno, bat, «uno», no tiene fisonomía turania, sino semítica, y 
es derivado, al parecer, de una medida de capacidad que se dice baih en hebreo y fe- 
nicio, y era el décimo de la llamada grande bath; b¿, «dos», es probablemente egipcio; 
iru, «tres», mongol ó egipcio; lan, «cuatro», verosímilmente semítico, por rab; bost, 
«cinco», variante del turco bexj sci, «seis», ario ó semítico; zazp'i, «siete», turanio 
(en etrusco se dice scnf); zort-ci, «ocho», turanio (de dort, «cuatro» en turco é icio ci, 
«dos»). La frecuencia con que los numerales en los idiomas americanos pertenecen á 
otras familias de lenguas se explica, por lo común, en unos casos, merced al apego á 
los antiguos ijsos; en otros, por enseñanzas de pueblos comerciantes y de numeración 



— 102 



declinaciones y plurales de diferente estirpe de sistemas dobles 
de conjugación y, en fin, de la aglutinación y polisinteísmo, fre- 
cuentísimo en las lenguas de América, puesto que sea común 
en el sánscrito y en otros idiomas orientales, señaladamente en 
los turanios y semíticos, de donde han pasado en modesta pro- 
porción y medida á los lenguajes modernos de la Península 
ibérica. 

En especial, llama la atención el carácter vario de la forma 
interna de las lenguas estudiadas, en relación con los de loca- 
lidades próximas ó de naciones de grados análogos de cultura, 
según ocurre en el náhuatl, en el otomí y en el tarasco, señalán- 
dose á las veces diferencias más profundas entre gentes ó tribus 
vecinas, que entre los lenguajes hablados en el antiguo y en el 
nuevo continente. 

Aparte de esto, es verdaderamente inconcebible que el anti- 
guo mundo haya permanecido incomunicado siempre con el 
nuevo, en edades históricas antes de Colón. Cuando de los cua- 
tro siglos posteriores, en que ha sido dable registrar los sucesos 
con puntualidad cronológica, hay tantos testimonios que acre- 
ditan su comunicación, merced á accidentes fortuitos, sale de lo 
razonable el conjeturar que, sin tales comunicaciones, la igual- 
dad de cultura y de circunstancias ha^^an producido semejan- 
zas de idioma que no han realizado la proximidad de árabes y 
de turanios, de indios y de chinos, de latino-godos y semitas. 
En rigor de verdad, son de tal índole las relaciones del esqui- 
mal de Poniente con los idiomas asiáticos, las del timna, algon- 
quino y tarahumara con los finneses y mantchues, y la de los 
cahitas, muntsunes y tarascos con los idiomas arios, que no se 
pueden razonar por igualdad de estado de cultura, mediante la 
vaga y peregrina explicación de que el género humano, en aná- 
logas condiciones, aplique de un modo análogo sus facultades. 
¿Cómo podrá explicarse la identidad de radicales, pronombres, 
números, declinaciones y de todo el sistema entero de la conju- 
gación por mera casualidad ó en razón de leyes naturales, como 



más cómoda á gente poco versada en cuentas. El mismo fenómeno, respecto de los 
pronombres personales, anuncia, al parecer, restos de idiomas primitivos, no olvidados 
en las palabras más usuales. , 



— io;í — 



la de la gravedad, conocido el hecho frecuente de la multipUci- 
dad y diversidad de idiomas, cuando hasta para la identidad de 
una' sola palabra en la designación del mismo objeto, fuera del 
concurso onomatopéyico, existen serias dificultades, dada la 
multiplicidad de los sonidos que produce el órgano vocal hu- 
mano, y sus numerosas combinaciones? 

En la antigüedad, Marco Tulio derramaba la redoma de su 
sarcasmo, en el libro segundo de sus Primeros Académicos^ so- 
bre quien admitiese que «en número infinito de lugares existían 
hombres con los mismos nombres», es á saber, los dobles So- 
sias^ con cuya representación había entretenido á los habitan- 
tes de Roma la musa cómica de Planto en el Amphitnio. «Si se 
me dijese, repetía Juan Jacobo Rousseau, en el libro iv de El 
Emilio^ que arrojando á la casualidad caracteres de imprenta, 
había resultado la Eneida completamente ordenada, no me dig- 
naría moverme de mi sitio para comprobar tamaña impostura.» 

Pero, si no historia puntual y ajustada á cronología rigurosa, 
abundan noticias históricas, literarias y monumentos de dife- 
rente orden, que acreditan ó señalan como verosímiles las co- 
municaciones entre ambos continentes. 

Narraba Diodoro Sículo en su Biblioteca histórica (i) que 
los fenicios hallaron en el Océano Atlántico una isla de mucha 
extensión con ríos navegables, bien cultivada y poblada, donde 
intentaron, después, establecer una colonia los tirrenos ó etrus- 
cos, estorbándoselo los cartagineses, que querían reservarla para 
lugar de refugio, si su poderosa república sufriese menoscabo. 
Refiriéndose al parecer á la misma isla el Libro de maravillas 
escuchadas^ atribuido á Aristóteles, agregó que los de Cartago 
continuaron frecuentándpla, y muchos de ellos se establecieron 
allí como colonos, hasta que las autoridades de aquella-Repú- 
blica, mirándolo como un mal, prohibieron que se fuese á dicha 
isla en lo sucesivo, habiendo decretado que se diera muerte á 
los que se habían establecido como colonos, para que no llegara 
el caso de que amenazasen un día la prosperidad de la Repú- 
bHca (2). 



(i) Lib. V, cap. x, xix y xx. 
(2) Cup. LXXXIV. 



— 104 — 

Sea lo que quiera de las monedas de bronce fenicias, que se 
dicen halladas en las islas Azores, ó del disco de cobre que se 
recogió en Nicaragua con la representación de un árbol con 
frutos, rodeado de una sierpe, en que algunos han querido reco- 
nocer el árbol caldeo de la vida, y otros el dragón de las Hespé- 
rides, ello es que en la Biblioteca de Focio se extracta una no- 
vela escrita por el alejandrino Antonio Diógenes, coetáneo 
quizá de Pyteas (el más antiguo de los que han descrito el sep- 
tentrión de Europa y la Tule, última de las tierras conocidas 
por los clásicos), quien en dicho libro, titulado Cosas increí- 
bles de la otra parte de la isla de Tule, expone que un tal Di- 
nias llegó á la expresada isla por los mares de Levante. 

Por lo que toca á los cosmógrafos árabes, que poseyeron tex- 
tos ó traducciones de Ptolomeo, enriquecidos con noticias de 
innumerables islas situadas en el Atlántico y el cúmulo de le- 
yendas masó menos verosímiles amontonadaspor los numerosos 
biógrafos de Alejandro en obras hoy perdidas, señaladas como 
arsenal de noticias maravillosas, estimaron digna de figurar en 
sus libros geográficos una bastante precisa, respecto de un viaje 
realizado por su orden para explorar el Atlántico. En la Cos- 
mografía del Dimasqui, autor de fines del siglo xiii y princi- 
pios del XIV, el cual ilustró su libro con mapas y dibujos, entre 
ellos uno destinado á la representación de los antípodas (i), se 
narra el mencionado viaje, según la relación contenida en un 
libro de Xemxud-din Muhammad Samarcandi, escritor del 
siglo XII. «Luego que fueron conocidas por Alejandro, escribe, 
las regiones que había conquistado con sus montes, ríos, lagos 
y distritos particulares, le presentaron representaciones de to- 
das ellas: después intentó conocer la costa remota del Océano. 



(i) Texto arábigo publicado por Mehren, Saint Petersbourg, 1866, pág. 128. Cicerón 
en el mencionado libro de los Primeros Académicos atribuye á Léntulo la creencia en 
los antípodas, que él no combate, pudiéndose colegir opiniones más explícitas por 
pasaje del Sueño de Scipion, conservado por Macrobio (11, 5-6). Orígenes profesaba 
dicha doctrina, citando las opiniones de San Clemente romano, cuyas ideas sobre el 
particular y sobre el conocimiento de continentes dentro del Océano, serían de valor 
más decisivo si no se hubiesen ofrecido dudas soüre las epístolas que se le atribuyen. 
Séneca, en el prefacio desús Cuestiones naturales (párr. 11), escribe: Quantum e7iim est, 
quod ah ultimis litloribus Hispania: usque ad Indos iacet? Paucissimorum dierum spatium, 
si naves suus ventus implevit. 



lO: 



Equipó para ello copia de bajeles con cámaras cubiertas, para 
que no fuese obstáculo á la exploración el embate de las olas, 
ni su acumulación por las borrascas. Luego, ordenó que navega- 
sen durante un año entero en una misma dirección , para que le 
diesen noticias de aquel mar. Caminaron los barcos separados 
por vías distintas, aunque con el mismo rumbo, sin que sus tri- 
pulantes viesen otra cosa que la superficie del agua y las bestias 
corpulentas que salen de ella, como el famoso almenara (cacha- 
lote?), el conocido acitara (manta?), y otros grandes animales 
marinos. Sólo quedaba una embarcación al fin del año. Los que 
la tripulaban se habían dicho: «Navegaremos otro mes, por si es 
posible que reconozcamos algo, con cuya noticia nos autorice- 
mos ante quien nos envía. En tanto, aminoremos el gasto de 
comida y bebida, para que podamos volver.» No habían termi- 
nado aún el mes de la nueva navegación, cuando hallaron un 
barco con gente, y como puestos al habla advirtieran que los 
unos no entendían el lenguaje de los otros, los de Alejandro les 
dieron una mujer y les tomaron un hombre para presentarlo á 
su rey. Durante la travesía de vuelta, le casaron con una mujer 
de las que iban con ellos, la cual le dio un hijo, que hubo de 
hablar los idiomas de sus padres. Cuando la mujer aprendió el 
lenguaje de su marido y éste comenzó á entender el de ella, di- 
jéronlelos griegos: «pregúntale de dónde venían y con qué ob- 
jeto». El extranjero contestó: «Del otro lado del mar, de donde 
nos había enviado nuestro Rey, para que nos informásemos de 
lo que había en éste.» Repusieron ellos: «¿Por ventura hay allí 
reinos y monarcas? — Sí, replicó; estados de más extensión que 
aquí y reyes más poderosos; pero es lo cierto que no conocía- 
mos de esta parte otra cosa que el mar (i).» 

Demás de esto, aficionadas sobremanera las gentes árabes á 
las empresas y viajes remotos, sin excluir los marítimos, como 
quienes habían acostumbrado á colocar en el mar el teatro de 
sucesos maravillosos, los sarracenos en el oriental y los mo- 
grebinos en el Atlántico, nos han dejado la noticia de dos em- 



(i) Ibidem, págs. 135 y 136. Este pasaje curiosisimo, en relación con los conoci- 
mientos geográficos precolombinos, ha sido dado ya á conocer por el grandilocuente 
escritor, historiador insigne é ilustre académico, Excmo. Sr. D. Emilio Castelar, en su 
reciente publicación: Historia del descubrimiento de América.^ pág. 546. 



— lOÓ — 

presas de exploración de este mar, realizadas por españoles: 
la de los aventureros de Córdoba, narrada por Massudi, escri- 
tor del siglo X, y la de los lisbonenses, que debemos á Edrisi, 
geógrafo que floreció en el siglo xii en la corte de Roger de 
Sicilia. Este, como Aben-Al Guardi, y posteriormente Abul- 
feda, distinguía las islas de los Bienaventurados. (Canarias), de 
las Assaidas (Felices ó conquistadas por Said), situadas, según 
el último geógrafo, doce grados más adelante de latitud occi- 
dental, dentro del Océano, respecto de las primeras. A ellas 
pertenecían sin duda la de las Aves, donde se criaba una espe- 
cie de águilas de manchas rojas en las plumas (azores) y frutas 
como higos grandes (i), así como la de los Suplicantes ó del 
Dragón. También menciona Edrisi la de las diablesas, cuyos 
moradores carecen de barba como las mujeres; la de Assaciland 
(Islandia), de quince jornadas de largo por tres de ancho, donde 
había tres ciudades grandes y de copiosa población, cuyos ha- 
bitantes habían muerto, en parte por disensiones y guerras civi- 
les, aunque muchos atravesaron el mar y se trasladaron al Con- 
tinente y á Irlanda, donde subsistía de ellos descendencia nu- 
merosa (2). 

A los árabes se debe asimismo. el nombre de Antilia, deri- 
vado de los habitantes de la Atlántida ó atlantes, pues trans- 
formado el nombre de éstos en la generalidad de los autores 
árabes en anta les ó anieles^ y vulgarmente antiles^ según la 
imalación ó yotismo propio de la pronunciación africana, se 
engendró el nombre de Antilia, con que en el mapa Pizigani 
de Parma(i367) se designa la isla de la estatua de Hércules, 
que Edrisi colocó entre las diez de los Bienaventurados. 

Del conocimiento de las islas principales del Océano Atlán- 
tico, según la geografía arábiga, parecen reproducción más ó 
menos directa las indicaciones que se leen en el mapa mediceo 
de 135 1, y en el catalán de 1375. En el primero, el grupo meri- 



(i) Cuenta .Edrisi, edición de Dozy y Goeje, que la fruta mencionada era esti- 
mada como'antidoto contra el veneno, y que al decir del autor del libro intitulado De 
las maravillas, como se enterase de este particular un rey de Francia, fletó un buque 
que envió á dicha isla para recoger copia de ella, asi como de dichas aves, cuya sangre 
era recomendada como remedio eficaz para ciertas dolencias, dado que el navio se per- 
dió, sin que nada volviera á saber de él. 

(2) Ibidem, págs. 60-65. 



— I07 — 

dional de las Azores se denomina islas de Cabrera^ el central de 
De Ventura^ sive Colombis, el Occidental Isla de Brasil (De 
Brazi). En el segundo, la isla más meridional se llama de Bra- 
sil, se sitúan en el centro las islas de San Jorge y de los Cone- 
jos; al Norte, la del Cuervo marino. El de Pizigani había traído 
la Antilia ó isla de la Estatua al Archipiélago de las Azores. 

Por lo que toca á las tierras de la América Septentrional, de 
las cuales no dejaron de tener algún conocimiento los árabes, 
según resulta del pasaje citado de Edrisi, suminístrannos da- 
tos de mayor importancia los cronistas del medio evo, pertene- 
cientes á otras naciones de Europa. Ya Procopio, en la Historia 
de ios Godos, refiere que muchos de los hérulos vencidos por los 
longobardos se dirigieron, á las órdenes de sus príncipes, de fa- 
milia Real, hacia la banda del Norte, y habiendo vencido á los 
eslavos varnos, pasaron al país de los daneses, y de aquí al 
Océano, donde se embarcaron para la isla de Tule, habitada en 
no pequeña parte por los scrithifinnos bárbaros, estableciéndose 
ahí, y uniéndose á la fecunda raza de los gautos, que les dieran 
asilo, h. dichos hérulos de Tule acudían los que vivían cerca de 
los romanos, cuando se les moría un rey ó caudillo, para que les 
enviasen otro en su lugar, nacido de las familias eupatridas que 
tenían este privilegio, según ocurrió últimamente bajo el rei- 
nado de Justiniano, en cuyo tiempo los embajadores enviados 
á Tule trajeron en su compañía al rey llamado Todasio con dos- 
cientos jóvenes de aquella tierra, á la sazón en que Justiniano 
nombraba rey á Sartuas, hérulo que vivía en Constantinopla, el 
cual fué abandonado por los de su nación al acercarse la gente 
de Islanda (i). 

Hacia la misma fecha (primera mitad del siglo vi), colocaba 
Godofredo Mommouth la primera llegada de los irlandeses á 
lejana isla identificada con Islandia, adonde habían llegado ya 
piratas ó aventureros daneses, y no cesaron de llegar escandi- 
navos, en especial noruegos. En el siglo ix existían conventos 



(i) Procopio, Guerra Gótica^ lib. ii, 15, y iv, 25. El nombre de rcgem Brclonortim, 
que Paulo Diácono da al hérulo Sindual (11, 3), el odio común de los anglos de Vritia, 
nombre que da á la Gran Bretaña Procopio, y de los hérulos contra los eslavos 
varnos, dejan presumir cierta afinidad de origen étnico entre unos y otros, prestán- 
dose á conjeturar antiguos viajes de los anglos á Tule. 



— io8 — 

de monjes irlandeses en la misma isla, y probablemente en la 
Groenlandia, cuyo cristianismo consta á tenor de una bula pon- 
tificia de 835 de J. C, impresa por Pontano en su Rerum Dan- 
niarum historia. Pocos años adelante (875), Tngolf, el noruego, 
llegó á Islandia con los suyos, conservándose en esta isla, como 
en Groenlandia, á donde pasó después la separación, entre no- 
ruegos é irlandeses. A principios del siglo x, Eric el Rojo ex- 
tendió su dominación sobre ambas islas, prosperando en lo su- 
cesivo la colonia noruega, bajo la protección de los monarcas 
de Escandinavia, hasta que vino á menos por una ordenanza 
Real que otorgó á la corona el privilegio exclusivo de comerciar 
con los groenlandeses, cuyos moradores europeos quedaron en 
mucha parte aniquilados por el ataque de los esquimales en 1 342. 
Se cree que el último obispo de Groenlandia florecía á princi- 
pios del siglo XV, aunque Garmer cita una bula del Papa Nico- 
lás V sobre la Iglesia de Groenlandia en 1447, y existe otra 
de 1448 á los obispos de Islandia cometiéndoles la ordenación 
de sacerdotes y provisión de parroquias de los colonos de 
Groenlandia, en la cual se deja entender que sus establecimien- 
tos habían sido destruidos treinta años antes. 

Aparte de esto, parece probable que, en el siglo ix, monjes ir- 
landeses de San Columbano llegaran á la América Septentrional, 
y que en el siglo xi la Vinlandia (verosímilmente la tierra de La- 
brador), ya que no lo fuese desde el tiempo de Leif, hijo de 
Eric el Rojo, que le impuso tal nombre, era considerada por los 
reyes daneses como territorio de su soberanía (i), comprobán- 
dose por los estudios de Rafn en 1837, la presencia de los no- 
ruegos en Masachusset, y por los novísimos de Godofredo Le- 
land (2), que los antigaos escritos y leyendas de los algonquines 
reflejan espíritu noruego, con ser obvias las analogías y seme- 
janzas entre las leyendas de los eddas y la mitología algon- 
quina. Tampoco parecerá fuera de propósito recordar la simili- 
tud, señalada antes, entre los numerales guanches y timucuanos 



(i) Adam de Brema (1073 de J. C), hablando de la difusión del Cristianismo por los 
■países del Norte, refiere que el rey de Dinamarca decía que sus vasallos habían hallado 
una tierra al Occidente que se llamaba Winlandia. Véase á Pertz, Monuvienta Gernia- 
nia; histórica, 1845, t. vil, cap. 247. 
(2) Transac. Roy. Soc, lib. xiv, 1887. 



lOQ 



de la Florida, ni la identidad que ha creído reconocer Mr. Le 
Plongeon (i) entre las sandalias de la estatua de Chac-Mool, 
en el Yucatán, y las de los antiguos moradores de Canarias; ni, 
en fin, las analogías señaladas de antiguo por el P. García entre 
los curlandios livonios (esto es, finneses) y los americanos del 
Norte; las modernamente expuestas por Mr. Retzius, de Sto- 
colmo, entre los esqueletos de los guanches y de los guaranís, 
y los reconocidos por otros entre los cráneos de Cro-Mag- 
non (2) y los pertenecientes á los esquimales y pieles rojas (3). 
Diré poco acerca de la influencia asiática, generalmente re- 
conocida, pues, sin contar la noticia apuntada por De-Guignes 
acerca del Fu-Sang del antiguo viajero chino, rehabilitada re- 
cientemente por E. P. Vinning, hasta el punto de recibir 
que dicho país mencionado por los Grandes Anales de la China 
era el terrritorio de México, informad Dr. Hamy, competentí- 
simo en este orden de estudios, haber hallado en un monumento 
descubierto en Copan una inscripción que considera como el 
Taé-kae de los chinos, símbolo de la esencia de todas las cosas, y 
cualesquiera que sean las dudas que puedan suscitarse sobre el 
arribo á América de los mongoles con el hijo de Kublai-Kan, 
es obvio que el año mexicano de 365 días y seis horas, cuya re- 
lativa exactitud no concierta con instituciones astronómicas 
propias de la raza náhuatl ó de sus vecinas, á pesar de la historia 
de sus correcciones; el Zodiaco, formado de 27 ó 28 casas luna- 
res, que, como observó ya Humboldt y corrobora Hewitt, fué 
usado en remota antigüedad en la Tartaria, en el Tibet y la In- 
dia; los Teocallis, ó templos en forma de pirámides, construidas 
con terrazas á modo de zigurras, como el templo de Belo en Ba- 
bilonia, y la teoría, en fin, de los cuatros elementos, recibida de 
Caldea por los filósofos del mundo clásico, reflejan, al parecer, 
influencia mongola ó turania. Agregúense á esto la trimurti in- 
diana, representada en México por los dioses Ho, Hiutzilipotzli 



(i) Salisbury, Le Plongeon in Yucatán^ pág. 57. 

(2) Origen cic los indios, \)ig. 262. Preeseiii state of Eihnologie, Smiílis Rcport, pág. 266. 

(3) No hablaré aquí délos vascos llegados á América en 1444, según Andrés Favyn. 
Historia de Navarra, pág. 564, y Henao, Averiguaciones déla antigua Cantabria; pues ni 
tal viaje, relativamente reciente, ni los de los hermanos Zeni, aunque fuesen fidedignos 
en todos sus pormenores, explican las afinidades señaladas. 



lie 



y Tlaloc; la serpiente partida, equivalente á Kaliya ó Kalinaga; 
los sacrificios humanos, ordenados también por los vedas, en 
honor de la diosa Kali ó Bhavani; esculturas de gusto indio 
como la piedra terminal de Panuco (i), representaciones que 
pueden referirse al culto fálico, y, por último, la de Budha, que 
se muestra en el Yucatán señaladamente en la llamada «Casa 
de las monjas», no olvidada la correspondencia arquitectónica 
entre el gran templo de Palenque y el de Boro Budor en la 
isla de Java, y sin dificultad se colegirá que han llegado á 
este país tibetanos ó indios orientales. Pudieran recibirse como 
índices ó testimonios de elemento semítico cierta estatua ó ídolo 
de la isla de Monotombita en Nicaragua (2), atentas las faccio- 
nes y el tocado arábigo, labores esculpidas en un bloque de 
roca en Malpica, en el estado de Veracruz, que imitan en los 
adornos y trazos una inscripción cúfica (3), donde parece leerse 
algunas letras; el uso de albornoces entre los mexicanos, que, á 
juicio de Hernán Cortés, en carta al Emperador, tenían el mismo 
corte que los moriscos, y la venta en los mercados de México 
de madejas presentadas y dispuestas, escribe el mismo insigne 
capitán, en la misma forma que en la alcaicería de Granada (4). 
Consta, en fin, que entre los mexicanos nahúas, la madrina ó 
partera, después de haber bautizado ó purificado can agua al 
recién nacido, y de llamarle tres veces por el nombre que le 



(i) Vetch, Loud. Gcog. Soc. Journ., t. vii, pág. i — 1 1 , Bancroff, Tlic native races, t. \p 
página 462. 

(2) Bancroft, The native raccs^ t. iv, pág. 52. 

(3) Nebel, Viaje Pintoresco, Bancroft, The nativos races, t. iv, pág. 455. 

(4) Respecto de la influencia de la raza negra, merece consideración la cabeza colo- 
sal de granito, hallada en Tuxtla, con facciones etiopes bien determinadas; el relato de 
Gomara [Historia general de las Lidias, fol. xxxv), sobre la existencia de negros en di- 
ferentes lugares de América, en la época del descubrimiento, en que existían, al pa- 
recer, de color castaño en las islas del golfo de México; bien es verdad que Colón no 
designaba como negros á los antillanos, sino cual indios de color muy obscuro. El dis- 
tinguido escritor D. Vicente de la Riva Palacio, que ha resumido magistralmente 
cuanto se conoce de este asunto: México á través de los siglos, t. i, págs. 63 y 64, atri- 
buyendo una época muy lejana á la aparición de la raza negra en el Nuevo Conti- 
nente, señala como restos de ella los indios negros de la Luisiana, hallados por los es- 
pañoles, los caracolillos de Haiti; los califiirnanis , de las islas caribes; los argualios, de 
Cutara; los araras óyarnras, del Orinoco; los chaimas, de la Guayana; los nicvitas, cima, 
mas ó gallinas, de Darien; los matiabis, de Popayán; los guaras y jaras ó zambos, de 
Honduras, y los esteros, de la Nueva California. 



había puesto, le colocaba, si era varón, armas ó instrumentos de 
la profesión de su padre, y si era hembra una rueca y un uso,. ó 
una escoba, un malacatl -^2ir:ditQ]Qr y vlw peteíitl -^divdi sentarse (i). 
¿De dónde procede aquel primer símbolo de las ocupaciones de 
la mujer (que no es de rigurosa necesidad en las condiciones 
del sexo, pues también pueden hilar los hombres y las mujeres 
sin huso), señalado con tanta frecuencia en la antigüedad orien- 
tal y recibido en la tradición clásica? 

Reflexionando sobre otros particulares de no menor interés 
el discreto escritor contemporáneo Mr. E. Beauvois, al juzgar 
recientemente en la Reviic critique el nuevo libro de Mr. Re- 
ville sobre «las religiones de México, de la América Central y 
del Perú», protestaba muy singularmente contra la supuesta ori- 
ginalidad y autoctonía de la religión y civilización nahúa, no sin 
advertir oportunamente que el expresar los mexicanos la cruz 
con la designación de «Árbol de la vida», no significa, según pre- 
tende Mr. Reville, que su valor simbólico no tuviese nada que 
ver con el cristianismo, pues en islandés se llama también lifstre, 
cuya traducción literal dice la misma cosa (de vida árbol), y San 
Avito designaba el crucifijo por signiim vitale criicis (2). En 
particular, insiste sobre el sentido evangélico y eminentemente 
cristiano que se observa en las pláticas conservadas por Alonso 
de Zurita, donde se prescribe el rezo de rodillas en lugar de 
las posturas devotas usadas generalmente por los indios, y con- 
cluye por recibir la existencia de dos predicaciones del cris- 
tianismo antes de la llegada de los españoles, una que debió 
ocurrir en el siglo xiv, y otra en el xv. 

Con tantos y multiplicados documentos, aun no estimados al- 
gunos notabilísimos que resultan paladinamente de la compara- 
ción de las formas de arte, de las costumbres y de las leyes en 
los pueblos que he mencionado, nadie extrañará que no disi- 
mule profunda convicción propia, la cual, por otra parte, no as- 
piro á transmitir á mis oyentes, tocante al comercio y comu- 
nicación ostensible entre los habitantes precolombianos del 



(i) Riva Palacio, obra citada t. i, págs. 412 y 583. (Bancroft, The native races, t. il 
páginas 272 y 273.) 

(3) Rcvue Critique, 1886, t. II, págs. 141 y 147. 



— 112 



Nuevo Mundo, y los asiáticos, africanos y europeos, asi como 
el adoctrinamiento, y enseñanza de unos por otros. 

Mas imaginémonos, por un instante, que las mencionadas 
apnpximaciones no existen ó que deben interpretarse en sentido 
diferente del que las atribuyo, todas ó alguna parte de ellas, 
puesto que los lenguajes, según ha asentado con razón Bunsen, 
y vosotros no lo negaréis, son las medallas más antiguas de los 
pueblos; bastará considerar, á mi juicio, la frecuente identidad 
de numeración, de plurales, de conjugaciones, de pronombres 
y de multitud de vocablos, advertida en lenguajes del Norte y 
Centro de América, reseñados hasta aquí, respecto de varios 
del Antiguo Continente, para que reconozcáis como legítima 
la natural inducción histórica de tan importantes datos arqueo- 
lógicos. 

He dicho. 



AMÉRICA 



EN LA 



ÉPOCA DEL DESCUBRIMIENTO 



ATENEO DE MADRID 

A tm j. 

AMÉRICA 

EN LA 

ÉPOCA DEL DESCUBRIMIENTO 

CONFERENCIAS 

PRONUNCIADAS POR 

D. FRANCISCO PI Y MARGALL 

el 9 de Junio y 16 de Noviembre de 1891 

REUNIDAS AHORA EN UN SOLO DISCURSO 




T 



MADRID 

ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO «SUCESORES DE RIVADENEYRA» 

IMPRESORES DE LA REAL CASA 

Paseo de San Vicente, núm. 20 
1892 



Señoras y señores: 

Me propongo hablaros de la América prehistórica. Vasto es 
el tema; difícil su desarrollo. Procuraré ser breve y conciso. 

Discútese acaloradamente sobre el origen de los americanos. 
La cuestión no es tan interesante como á primera vista parece. 
Aun suponiéndolos procedentes de Asia ó de Europa, es indu- 
dable que los hubo allá en remotos siglos. Infiérolo de lo que 
no tenían cuando los españoles los descubrimos; infiérolo tam- 
bién de la falta de relación entre sus lenguas y las del antiguo 
continente. Ya que no fuesen autóctonos, hubieron de pasar 
allí, bien por el mar de Behring, bien por el de la Groenlandia, 
cuando estuviese el hombre en la infancia, cuando tal vez no 
acertase aún á expresar en lenguaje articulado sus pensamien- 
tos. Ayúdanme á pensarlo así los restos humanos y los uten- 
silios, ya de barro, ya de piedra, descubiertos, al Norte como 
al Sur, en profundas capas de tierra del período cuaternario. Re- 
velan los estudios geológicos que la tierra pasó allí por las mis- 
mas revoluciones que el viejo mundo y alimentó multitud de 
seres de que no quedan ya sino vestigios; no sería á la verdad 
aventurado sostener que allí y aquí hubiese aparecido á la vez 
el hombre, si no lo desmintiesen de consuno la religión y la 
ciencia. 

Tiene ya mayor importancia saber si hubo en América razas 
más cultas de las que nosotros encontramos. Me pareció ex- 



_ 6 — 

traña la afirmación la primera vez que la vi en libros merecedo- 
res de respeto; creí después verla justificada por la arquitectura 
y los idiomas. No pude explicarme de otra manera monumen- 
tos como los de Copan, Palenque y Mitla, grandiosos como los 
que más y hoy perdidos, ya en el fondo de los bosques, ya en 
despobladas llanuras; tampoco el artificio de lenguas como la de 
los algonquines y la de los tupíes, pueblos salvajes en la época 
del descubrimiento, establecidos el uno al Norte, junto á los 
grandes lagos, y el otro al Sur, en las riberas del Atlántico. 

La lengua algonquina presenta particularidades de que no 
puedo dejar de daros algunas nociones. El verbo es en ella la 
principal parte de la oración, tanto que del verbo nacen gene- 
ralmente los nombres. Los nombres á su vez hacen oficio de 
verbos, y es muy de notar que por esa especie de verbalización, 
permitidme la palabra, ni hacen falta ni existen los verbos auxi- 
liares. InÍ7ii significa hombre, nin ó nind^ yo; yo soy hombre es 
nind inhiiw. Ogima significa jefe, nind ogimaw, yo soy jefe. 
Hasta los verbos de posesión se los suple allí por una ligera mo- 
dificación del nombre. Tchimán es canoa, nind otchimán^ yo 
tengo una canoa. 

Por modificaciones no menos ligeras pasan los verbos á ser 
ya reflexivos, ya recíprocos, ya frecuentativos, ya reprensivos, 
ya personificativos, ya compulsivos, ya conmiserativos, etcé- 
tera, etc. Tienen admirable flexibilidad y superan en conju- 
gaciones á los de la lengua vasca, hecho en gran parte debido á 
una distinción que no existe en nuestros idiomas. 

Divídense allí los nombres en animados é inanimados; y esta 
distinción, sobre influir en la formación de los plurales, trae 
consigo señaladas diferencias en las demás partes de la oración, 
sobre todo en los verbos y los pronombres. Las conjugaciones, 
que ya de por sí son muchas, cambian, según sea animado ó in- 
animado el nombre en que recae la acción del verbo. Aumenta 
esto las dificultades para el conocimiento del idioma ; pero 
contribuye á evitar amfibologías y da mucha precisión al len- 
guaje. 

Para determinación de los pensamientos dudo que haya otra 
lengua. El pronombre nosotros en castellano es por demás am- 
biguo. Por él no se sabe si nos referimos á nuestros interlocuto- 



— 7 — 

res ó á personas ausentes. Los algonquines usan en el primer 
C2iS0 kt 6 kinawindy y en el segundo ntn ó ninawind. Nosotros, 
cuando decimos, vuestro fallo, no sabemos si se habla del fallo 
que vosotros disteis ó del fallo de que fuisteis objeto ; y los algon- 
quines, en el primer caso, dicen ki dilákonigewin , y en el se- 
gundo ki dilákonigowin. Aquí la diferencia consiste en el solo 
cambio de una letra. Nosotros, cuando decimos /^a¿>/o casi mató 
á su hermano y á su esposa, no sabemos si se habla de la esposa 
de Pablo ó de la de su hermano; los algonquines, en el primer 
caso, dicen Paul o gi-ntssan ossaieian wiwan gaie, y en el se- 
gundo Paul o gi-nissan ossaieian wiwini gaie. 

Delicadezas tales ¿son propias de pueblos bárbaros? La len- 
gua de los tupíes no es menos de admirar en su parte léxica. 
No puede ser en ella más filosófica la formación de las voces 
derivadas y compuestas. ^;z¿^ significa espíritu, alma; ang-á (a, 
coger), denota afecto de amor, ruego, ternura; ang-ai {ú, co- 
rromper), alma corrompida , mala conciencia; angai-pa (paby 
fin, muerte), muerte del alma, pecado; angaipa-popiá (popiá, 
puñal, aguijón), puñal del pecado, remordimiento. Sería largo 
deciros todas las voces á que la voz ang dio origen. 

Cuando Colón descubrió aquel mundo, eran, sin embargo, 
salvajes los más de los pueblos. Naciones cultas no las había, 
sino en la parte baja de la América del Norte , donde vivían los 
aztecas; en las regiones de la América del Centro, que pobla- 
ron los mayas; de la América del Sur en las tierras de Cun- 
dinamarca, residencia de los chibchas, y en todas las que de 
las orillas del Angasmayo á las del Maule habían reducido á su 
poder los incas. Aun estas naciones tenían mucho de bárbaras 
respecto á las de Europa, pues apenas habían salido de la edad 
de piedra y desconocían para el ejercicio de sus artes, y aun 
para el de la guerra, muchos de los medios de que aquí dispo- 
nían los celtíberos cuando vinieron los cartagineses. 

Ni los pueblos cultos, ni los salvajes conocían en América el 
arado. Los aztecas y los mayas habían de romper la tierra con 
una especie de pala de roble, en cuyo manejo empleábanlos 
pies y las manos, ó con un utensilio de cobre y madera que ha- 
cía las veces de azada; y los peruanos con una como laya, que 
no era sino un palo puntiagudo de una braza de largo, que tenía 



— 8 — 

á media vara de la punta un estribo en que ponía el pie el la- 
brador para mejor hincarlo. Metida la laya hasta el estribo, la 
apalancaban siete ó más hombres, y luego unas mujeres iban 
con sus manos volviendo los terrones á fin de que, muertas las 
raíces, fuese más fácil la escarda. Lo raro era que, á pesar de 
carecer de instrumentos de labor, tenían, así los mayas, como 
los peruanos y los aztecas, en muy buen estado la agricultura, 
pues sobre cultivar muchas y muy beneficiosas plantas, tenían 
cercadas sus fincas, con buenos surcos los campos y abundan- 
tes los abonos y los riegos. Los aztecas habían hecho fecundas 
las chinampas de sus lagos, que no eran sino trozos de tierra 
separados de las orillas por la fuerza de las aguas y unidos por 
sarmentosas raíces, ó una especie de almadías, generalmente 
cuadrilongas, de ciento y más pies de largo, en que sobre una 
capa de leños, juncos y cañas, atados por fibras de vegetales 
acuáticos, habían puesto dos ó tres pies del lodo negro que le 
suministraba el fondo de los mismos lagos; los incas, aun los 
arenales de la costa, donde habían hecho excavaciones de uno 
y dos estados de profundidad y tres ó más fanegas de sembra- 
dura y las habían calzado de adobes. 

No tenían tampoco aquellas naciones para su industria mu- 
chos ni muy resistentes instrumentos, pues eran todos de pie- 
dra ó de cobre. Hierro había en todas; pero ni lo usaban ni 
habían pensado jamás en extraerlo de las minas. Consigna Gar- 
cilaso que no se conoció en el Perú ni las tenazas, ni los clavos, 
ni la sierra, ni el barreno, ni la lima, ni él cepillo, ni las tijeras, 
ni la aguja, ni el molino, ni el cedazo, ni otros instrumentos de 
corte que el hacha y la azuela; y es de suponer y casi de asegu- 
rar, que tampoco se los conocía ni en el valle del Anáhuac 
ni en la América del Centro. Todas aquellas naciones, sin em- 
bargo, labraban las piedras más duras, incluso el pórfido, tan 
bien ó mejor que las de Europa, cincelaban y pulían las esme- 
raldas y las turquesas y hacían de oro y plata verdaderas mara- 
villas. En el Perú se había llegado á hacer, de sutilísimas hojas 
de oro, mariposas, que, gracias á su ligereza, á la disposición 
de su centro de gravedad y á la de sus tenues alas, al despren- 
derse de cualquiera altura revoloteaban largo tiempo antes 
de venir al suelo. En labrar el oro eran hábiles hasta pueblos 



— 9 — 

como el de Haití, hoy Santo Domingo, que hacía de oro joyas, 
diademas, ídolos y preciosas carátulas. 

Sobresalían las naciones cultas, no sólo en trabajar las pie- 
dras y los metales preciosos, sino también en las artes textiles. 
Usaban los aztecas para sus trajes principalmente el algodón, 
y lo tejían de manera que asombraban á sus conquistadores, 
sobre todo, cuando lo mezclaban con plumas ó pelo de co- 
nejo. Tejíanlo también los peruanos; pero sobresalían más en 
las telas de alpaca y de vicuña, donde acertaban á reproducir 
por la misma trama del tejido, no sólo líneas entrecruzadas y 
meandros, sino también flores, pájaros y aun ídolos y hombres. 
Se ha recogido modernamente de necrópolis subterráneas, como 
la de Ancón, restos de antiguos trajes; y no se puede, ala ver- 
dad, mirarlos sin extrañar cómo hombres tan faltos de medios 
llevaron á tanta perfección sus artes, en las que sólo es de la- 
mentar lo imperfecto del dibujo. 

No hablemos de los artículos de alfarería, en los que sobre- 
salieron aún tribus salvajes. Los aztecas labraban y vidriaban el 
barro. Con él hacían, no sólo platos, fuentes, calderos, jarros y 
cepas, sino también pebeteros, urnas sepulcrales, incensarios, 
flautas, silbatos y otros cien objetos, algunos tan fuertes, que, 
aun siendo vidriados, podían resistir al fuego, como atestigua 
Hernán Cortés cuando nos dice que en los palacios de Mote- 
zuma se servían los platos con braserillo para que la comida no 
se enfriase. El barro hasta lo embellecían con grecas, filetes y 
diseños de buen gusto, según acreditan la urna funeraria des- 
cubierta en la plaza de Tlatelulco, el vaso de Tula y los pebe- 
teros é instrumentos de música que ha reproducido Waldeck 
en su Descripción de las ruinas de Palenque. 

Rica en formas era también la cerámica de los peruanos. Di- 
fícilmente habría en todo el Imperio de los incas, fruta, pez, 
ave ni bruto que no estuviesen reproducidos por algún vaso de 
arcilla. Había en el Perú grupos de vasos unidos por tubos, lla- 
mados silbadores, porque, al moverse el agua que contenían, 
silbaban ó producían sonidos análogos al de los seres que con 
ellos se imitaba. Uno hay en el Museo Arqueológico de esta 
villa, que de tal modo remeda el quejido de una anciana, que 
cubre de tristeza el ánimo. Había allí también vasos que po- 



10 



driamos llamar lacrimatorios, ya que en ellos se figuraba sem- 
blantes tristes y compungidos, y se adelgazaba tanto las paredes 
de los lagrimales, que el agua salía á gotas por los poros y se 
deslizaba lentamente por las mejillas. 

Carecían además aun las naciones cultas de medios de trans- 
porte. Salvo la del Perú, no disponían de bestias de tiro ni de 
carga. Había de acarrearlo todo el hombre, y no hay por qué 
decir si había de ser ó no difícil el comercio, sobre todo el ex- 
terior, ejercido en Méjico sólo por grandes caravanas. Aun los 
peruanos eran pobres en medios, pues sólo podían utilizar para 
sus transportes el llama, un carnero que lleva como cinco arro- 
bas de peso y anda sobre cinco horas por día. Bestias de arras- 
tre no las había ni en el Perú ni en parte alguna, como no se 
tomara por tales los animosos perros que en las cercanías del 
Océano Glacial del Norte tiraban de pesados trineos. 

Así las naciones cultas, como buen número de las salvajes, 
hacían transportes por los ríos y las costas de los dos Océanos; 
pero tampoco en barcos que pudieran ni remotamente compa- 
rarse con los de sus descubridores. No conocían sino la canoa y 
la balsa, y los incas, en vez de la canoa, un haz de enea, de bam- 
búes ó de juncos, por detrás ancho y por delante agudo y dis- 
puesto de modo que, á manera de proa, cortase el agua. En estos 
haces, del tamaño de un buey, según Garcilaso, poníase el ma- 
rinero de bruces sobre la popa y hacía servir de remos brazos 
y piernas. 

Las canoas en muchos pueblos, incluso el de los aztecas y el 
de los mayas, se las hacía de troncos de árboles que lenta y fati- 
gosamente se ahuecaba; las de costillaje sólo se las veía en los 
pueblos bárbaros, principalmente en los del Norte. En la na- 
vegación llevaban muchos pueblos bárbaros ventaja á los cul- 
tos. Eran diestrísimos en el Norte los esquimales, los algon- 
quines y los iroqueses; y en el Mediodía, los payaguaes y los 
caribes. Ni los salvajes ni los cultos podían con todo aventu- 
rarse á salir mar adentro, pues no se lo permitían ni la flaqueza 
de los buques ni la falta del astrolabio y la brújula. 

Carecían también casi todos los americanos para su comercio 
de un signo de cambio. No lo tenía, que yo sepa, ningún pueblo 
salvaje; entre los cultos no lo tenía tampoco el del Perú, que 



— II — 



realmente no lo necesitaba. Más ó menos imperfecto teníanlo 
ya los mayas y los aztecas: medían por almendras de cacao el 
valor de sus productos. Aplicábanlas á toda clase de pagos, bien 
sueltas, bien reunidas en xiqíiipillis ó en sacos. Era tXxiqíiipilli 
una medida capaz de ocho mil almendras, y el saco una medida 
capaz de veinticuatro mil. Hablan los escritores del tiempo de 
la conquista de otras clases de moneda; mas el cacao era, á no 
dudarlo, la de general y preferente uso desde la desemboca- 
dura del río Gila hasta la tierra de Nicaragua. 

El comercio, con todo, era muy activo en Méjico, donde los 
que lo ejercían figuraban casi á par de los nobles. Llamaron 
desde luego la atención de los españoles los mercados, así por 
lo abundantes y concurridos, como por el orden que en ellos 
reinaba y el rigor con que se castigaba el hurto y el fraude. No 
eran menos notables las caravanas de que hice mención, cara- 
vanas numerosas y bien dirigidas, que á lo mejor trocaban por 
la espada su bordón de viaje. 

Carecían, por fin, los pueblos todos de América de la escri- 
tura, sin la cual tal vez os parezca imposible que pudiesen ade- 
lantar en cultura ni aun vivir ordenadamente. Los peruanos 
tenían por todo medio gráfico el qiiippu^ un cordón de lana, ge- 
neralmente de más de un metro, del que se colgaban, á manera 
de rapacejos, cordoncillos de diversos colores. Constituía el 
color en esta singular escritura el primer orden de signos ideo- 
lógicos, así que, con frecuencia, cambiaba, no sólo en cada uno 
de los cordoncillos, sino también en cada uno de los hilos de 
que se componía. Á lo largo de los cordoncillos se hacia nudos, 
y éstos constituían el segundo orden de signos. Variaban de 
significación los nudos, según estuviesen más ó menos lejanos 
del cordón tronco, según forn>asen ó dejasen de formar grupo, 
según el puesto que en el grupo ocupasen, y tal vez según la 
forma que se les diese. 

Servían esos quippus^ á no dudarlo, para todo lo susceptible 
de numeración y cuenta; para todo lo demás eran puramente 
mnemotécnicos. Asegura Cieza, que por ellos se recordaba 
también antiguos acontecimientos; mas por lo que me dice 
la razón y he leído en Garcilaso, se los recordaba con ayuda 
de la tradición oral, de la que eran los incas muy celosos. Utili- 



— 12 — 



zábaselos en el Perú, principalmente, para la estadística, llevada 
allí entonces con tanta precisión como en las actuales nacio- 
nes de Europa. Por los quippus se conocía con exactitud la 
población del Imperio, los hombres que de cada edad había, las 
fuerzas del ejército, las gentes ocupadas en las minas y las 
obras públicas, lo que contenían los graneros, los tambos y los 
demás almacenes del Estado, todo lo que, en una palabra, debía 
conocer el inca para el complicado régimen de una nación de- 
rramada por tan vastos territorios. 

Los mayas y los aztecas disponían de mejores medios. Tenían 
ya cierta pintura jeroglífica, á la que unos dan mucha y otros 
poca importancia. Había en esta pintura tres órdenes de signos: 
signos simbólicos, signos figurativos y signos fonéticos. Tenían- 
los simbólicos en su cronología para los días del mes, los meses 
del año, los años de las indicciones y los ciclos; teníanlos en su 
numeración para las unidades, para el número veinte, para el 
número cuatrocientos y para el número ocho .mil, cubo de 
veinte; teníanlos para la tierra, el agua, la lluvia, el rocío, el 
aire, el fuego, la flor, la piedra, el sol, la luna, la casa, el pueblo, 
el camino, el movimiento, el agua, el mando; teníanlos, final- 
mente, para sus misterios y ritos religiosos. 

Empleaban los figurativos para todo lo que de imagen era 
susceptible: los acontecimientos, las fiestas, las ceremonias, las 
costumbres, las cosas objeto de litigio, los castigos que la ley 
infligía á los delincuentes y el padre á los hijos, las artes que se 
ejercían en la república, los tributos que cada pueblo debía sa- 
tisfacer ó satisfacía, y aun las creencias sobre los trastornos y 
las revoluciones de la tierra. 

Reservaban casi exclusivamente los signos fonéticos para los 
nombres propios. Descomponían estos nombres en sílabas y las 
traducían por figuras de objetos, cuyas voces significativas las 
contuvieran, si no podían expresarlos por la de un solo objeto. 
Descomponían, por ejemplo, el nombre Itzcohuatl, nombre de 
uno de sus reyes, en Itz y cohíiatl ^ y lo representaban por la 
figura de una serpiente, cohiiail, y por la de puntas de obsidiana, 
itztli. Descomponían el nombre Chapiiltepec^Ví chapul y tepec^j 
pintaban sobre la figura de un monte, tepetl^ la de una langosta ó 
saltamontes, chapulli en su idioma. Si era ó no vaga en su sig- 



— la- 
nificación esta pintura, nos lo dicen tres circunstancias que 
no he de pasar en olvido : la de no descomponerse de igual 
manera los nombres; la de no tomarse siempre de los nombres 
de los objetos representados todas las letras, y la de ser arbitra- 
ria la colocación de las imágenes. 

Era también deficientísima esa escritura y puramente mnemo- 
técnica. Fonéticamente dudo que por ella fuese posible la lec- 
tura integra de una sola palabra. El lector había de poner siem- 
pre algo de lo suyo para que lo pintado dijese algo de lo que el 
pintor se había propuesto. Las terminaciones carecían muchas 
veces de signo. Debía el lector á cada paso aumentar, suprimir 
ó transformar letras, cuando no sílabas. Así en Méjico, lo mismo 
que en el Perú, si la escritura ayudaba á la tradición, necesitaba 
á su vez de que la tradición la ayudase. 

Tenían también los mayas sus jeroglíficos. Teníanlos, no sólo 
pintados sobre papel, sino también esculpidos en grandiosos 
monumentos. Ha sido hasta aquí inútil el empeño de descifrar 
los unos ni los otros. Hubo un momento en que se creyó ha- 
berlo conseguido. Hay en la Academia de la Historia un ma- 
nuscrito del padre Landa sobre el Yucatán, y en él un alfabeto. 
Lo vio Brasseur y dio la dificultad por vencida. ¡Qué desen- 
canto! No se ha podido leer por aquel alfabeto ni inscripciones 
ni códices. Ha dado esto lugar á que se acuse de superche- 
ría á Landa; pero injustamente. Lo dio Landa diciendo que 
usaban aquellas gentes de ciertos caracteres ó letras con las 
que, y configuras y algunas señales en las figuras, entendían 
sus cosas y las enseñaban, dando además á entender que com- 
pletaban aquella especie de alfabeto con uno como silabario. 
Asi las cosas, obvio es que con los solos caracteres ó letras 
no había de ser posible descifrar ni códices ni lápidas. Sobre 
que pudo muy bien suceder que aquellos caracteres constituye- 
sen una especie de escritura demótica. 

Resulta de todas maneras evidente la insuficiencia de los me- 
dios gráficos aun en las naciones más cultas. Por ellos no cabe 
racionalmente presumir que se hubiese jamás llegado á nuestra 
escritura. 

Maravilla ahora considerar los muchos adelantos que aque- 
llas naciones hicieron con carecer de medios, sin los que hoy 



— 14 — 

nos sería poco menos que imposible la vida. Habían cultivado 
aquellas naciones, como dije, sus respectivas lenguas, y nos de- 
jaron hermosos fragmentos de éflocuencia y de poesía. Tenían 
sistemas de numeración como los nuestros: el decimal los pe- 
ruanos; el vigesimal, ó sea el quinquenal, los mayas y los aztecas. 
Habían adquirido en la geometría y en la mecánica conocimien- 
tos de que dan clara muestra grandiosas y atrevidas obras de 
arquitectura. Habían medido con singular precisión el curso 
aparente del sol y de la luna, y habían dividido el tiempo como 
nuestras naciones. Habían sido en esto superiores á los perua- 
nos los mayas y los aztecas, que habían dividido el año en diez 
y ocho meses de veinte días, y á los trescientos sesenta que 
esta división daba, añadían cinco en los años comunes y seis 
en el último año de cada cuadrienio. Conocían todos, no sólo 
las ciencias, sino también las artes. Refiérome por de contado 
á las naciones cultas, que de las salvajes contaban casi todas 
por los dedos de sus manos, y cuando más, cuando más, me- 
dían el tiempo por la salida y la puesta del sol y las fases de 
la luna. 

No sorprenden menos cuando se estudia la historia de Amé- 
rica, las semejanzas que se notan entre pueblos tan apartados 
unos de otros, como lo estaban de los peruanos los mayas y los 
aztecas. Cuando se fija los ojos sobre la imagen esculpida en el 
dintel de la puerta monolítica de Tiahuanaco, viene desde luego 
á la memoria la que hay en la puerta de uno de los templos de 
Uxmal, ía más rica ciudad de los yucatecas. Cuando se lee el 
despotismo y la ostentación de la corte de los incas, se recuerda 
sin querer la ostentación y el despotismo de la corte de Mote- 
zuma. Cuando se examina los paramentos de las obras arquitec- 
tónicas del Perú y de Méjico, apenas cabe decidir si en el arte 
de la cantería fueron más diestros los peruanos ó los aztecas. 
Hasta en algunas tradiciones se observa notable semejanza. 
Aztecas, mayas y peruanos tenían idea de una noche larga que, 
según unos, había durado días, según otros, años. En el Perú se 
decía que, después de esa noche, había reaparecido el sol en el 
lago de Titicaca; y en la tierra de los quichés, familia de los 
mayas, se refería que sus padres habían venido aquella noche 
de Tullan Zuiva, y desde el monte Hacavitz habían visto el 



— í5 — 

nuevo sol y le habían rendido culto danzando majestuosamente 
y quemando incienso. 

¿Habría habido en lejanos tiempos relaciones entre el Perú 
y los pueblos del Norte? Las escasas noticias históricas que he- 
mos podido adquirir nos dicen que los aztecas llegaron con sus 
ejércitos á Nicaragua, hecho sobre el que no caben dudas, aten- 
dida la casi identidad entre las lenguas, los sistemas de nume- 
ración, los dioses y las cronologías de los aztecas y parte de 
los nicaraguatecas; pero no nos dicen que hubiesen llevado 
más allá del istmo de Darién sus armas. ¿Bajarían á la América 
del Sur los antiguos toltecas cuando los arrojaron del valle 
del Anáhuac el hambre, la peste y la guerra? Hay un fenó- 
meno que no es para olvidado. En la parte léxica difieren to- 
talmente los idiomas de las distintas regiones de América; en 
la parte gramatical tienen muchos y muy notables puntos de 
contacto. 

Mas es hora ya de que os dé una rápida idea de la organiza- 
ción política y social de los pueblos de América, principalmente 
los del Perú y de Méjico- 
Vivían en América algunas tribus del todo aisladas é inde- 
pendientes; cada tribu bajo un solo techo, sin leyes, sin tribu- 
nales, sin otro jefe que el más anciano, á quien no solían prestar 
ni servicios ni tributos. No reconocían otras jefe alguno como 
no fuese en la caza y en la guerra, y aun en ellas no obedecían 
sino á sus propios instintos en cuanto corrían tras la res esca- 
pada ó venían á las manos con sus enemigos. Reuníanse otras 
y deliberaban sobre los negocios comunes ; pero sin que las 
resoluciones de ia mayoría obligasen á los disidentes. 

En ciertas comarcas había ya relaciones de tribu á tribu, y no 
era sino común que bajo más ó menos embrionarias formas se 
aliasen al creerse amenazadas por comunes peligros. Donde 
esas alianzas habían adquirido carácter de permanentes, había 
ya más ó menos vigorosos poderes. Solían estos poderes ser 
hereditarios, mas sólo mientras el sucesor conservaba de sus 
padres ó sus parientes las dotes que los habían hecho dignos 
de ejercerlos. Por haber olvidado esta condición, los han califi- 
cado de electivos autores de gran nota. 
El poder se fué allí desarrollando, como en todas partes, con 



— ló- 
menos tendencia á la libertad que al absolutismo. Absoluto era 
aun en los otomacos, que vivían en la cuenca del Orinoco bajo 
un régimen comunista. Allí los jefes reunían todas las mañanas á 
los hombres útiles para el trabajo; destinaban los unos á la caza, 
los otros á la pesca, los otros á la labor del campo; y por las 
tardes dividían entre todas las familias lo que labradores, pes- 
cadores y cazadores habían traído, sin permitir quejas ni mur- 
mullos ni sobre el reparto de las cargas ni sobre el de los pro- 
ductos. Verdad es que solían proceder con igualdad y cordura, 
alternando para todos la labor y el reposo, y no condenando 
á ninguno á largas fatigas- 
Tenía naturalmente la regla sus excepciones. Los algonqui- 
nes, de que antes hablaba, tenían jefes militares y jefes civiles; 
yni á los unos permitían que prorrogasen sus funciones más allá 
de la guerra para que se los había elegido, ni á los otros, por 
buenos que fueran, que las llevaran más allá de la muerte. Con- 
vocaban asambleas de ancianos, pero sólo para que examinasen 
y resolviesen los negocios públicos, no para que decidiesen las 
cuestiones ni entre individuos ni entre familias, cuestiones para 
cuya resolución no había ni tribunales ni leyes. 

Una división social había en muchas de las gentes del Norte 
de América, que contribuía no poco á fortificar los vínculos 
que la política dejaba extremadamente flojos. Me refiero al 
clan^ que venía á ser lo que la gens en la prim.itiva Roma. Era 
"el clan^ á no dudarlo, una familia con todas sus generaciones y 
ramas. Pertenecía, por ejemplo, al clan Lobo todo el que nacía 
de mujer del clan Lobo, y de este clan recibía desde luego nom- 
bre y divisa. Llamábase Lobo y tenía eMobo por emblema. Que- 
daba así unido por indisolubles lazos de parentesco con todos 
los varones y todas las hembras del clan, tanto, que si quería 
casarse, había de buscar en otro clan su consorte. Hacía esto 
que estuviesen difundidos por todas las tribus de la raza los in- 
dividuos de cada uno de los clanes, y en consecuencia unidas 
las tribus todas por estrechos lazos. Debíanse los miembros 
todos de un clan protección y defensa; y para que pudieran re- 
conocerse los unos á los otros, no dejaba ninguno de llevar la 
divisa del clan, ó, lo que es lo mismo, su tótem, cuando no en 
sus carnes, en su manto, su escudo ó sus armas. 



— 17 — 

En algunos de los pueblos salvajes no dejaba de haber ya ins- 
tituciones políticas que merecen atención y examen. 

Merécenla, sobre todo, los natchez y los iroqueses en la Amé- 
rica del Norte; los araucanos en la del Mediodía. Vivían los 
natchez bajo un régimen despótico. Tenían su hacienda, su li- 
bertad y su vida al antojo de un rey que, diciéndose hijo del 
sol, ejercía un poder sin límites. En guerra le debían su sangre, 
y en paz la total cosecha de sus campos y los mejores productos 
de la caza y la pesca. No podían jamás negarle ni servicio que 
le pidiese ni hija que le agradase. 

Tenía este rey por heredero, no á su hijo, sino al de su her- 
mana ó de su más próxima parienta; modo de sucesión muy 
común en América, donde se creía la maternidad siempre 
cierta, la paternidad dudosa. Gozaba también entre los natchez 
la madre del heredero, á la que se distinguía con el nombre de 
jefe-hembra, de gran dominio sobre los subditos. No podía in- 
tervenir en los asuntos del reino; pero tenía el derecho de ha- 
cer matar por sus guardias al que la ofendiese. 

No venía mitigado aquel feroz despotismo, por la existencia 
de dos capitanes, dos sacerdotes, dos maestros de ceremonias, 
un veedor de obras y graneros y una aristocracia. El rey nom- 
braba á los empleados, y tenía convertidos á los nobles en 
instrumentos y factores de su tiranía. Nada allí de consejos ni 
de asambleas, nada tampoco de tribunales. Veía el rey por sí 
los negocios, y los fallaba sumariamente. Acompañado siempre 
de guardias se deshacía pronto del que faltaba. Libradme, decía, 
de este infame, y el infame pasaba desde luego de la vida á la 
muerte. 

Los efectos de tan bárbaro régimen habían sido funestos. 
Como podía el rey tomar cuantas esposas quisiera, podía la 
jefe-hembra tomar á granel maridos. Polígamo él, políandra 
ella, fáciles y frecuentes los divorcios, había cundido la lujuria 
por nobleza y plebe, y carecía de freno. Falto el hombre de 
todo estímulo, era poco amigo del trabajo, y apenas si tenía de 
su propia dignidad conciencia. Besaban allí varones y hembras 
la mano que los oprimía; y á la muerte de sus tiranos se quita- 
ban muchos la vida para acompañarlos á la región de las almas. 
No cabía situación más triste. 



Muy otro era el estado político de los iroqueses. Estaban di- 
vididos cuando la conquista en cinco naciones, que ocupaban al 
occidente de Nueva York las márgenes del río Ontario y las 
del río de San Lorenzo, y constituían un solo cuerpo, merced 
al sistema federal por que se regían. Todos los años, por los 
meses de otoño, se reunían en Onondaga los representantes de 
las cinco naciones, y deliberaban tranquilamente sobre los co- 
munes intereses. Decidían allí la paz y la guerra, la suerte de 
las razas vencidas, las relaciones con las gentes extrañas, la in- 
versión de los tributos, cuanto podía contribuir á la ventura y 
al engrandecimiento de la república. Congregábanse extraor- 
dinariamente cuando lo exigían graves y urgentes negocios; 
pero no en Onondaga. 

No todas las naciones tenían en aquel Senado igual número 
de representantes. Tenían catorce los onondagas, diez los ca- 
yugas, nueve los oneidas, nueve los mohawks y ocho los sene- 
cas. En las decisiones no pesaba, sin embargo, más ni menos 
la voluntad de los unos que la de los otros. Votábase por na- 
ciones, y los acuerdos no obligaban á toda la confederación 
como no fuesen unánimes. Resultaba así para los débiles con- 
tra los fuertes una especie de veto. No disponían los fuertes de 
más votos. 

La manera de proceder en las deliberaciones es para cono- 
cida. Dividíanse los representantes de cada nación en peque- 
ños comités, y éstos eran los que en primer término examina- 
ban los negocios. Reuníanse después los que habían presidido 
los comités de cada nación, y en vista de las opiniones emitidas 
formulaban la suya. Juntábanse por fin los delegados de los re- 
presentantes de las cinco naciones, y después de maduro exa- 
men, resolvían lo que consideraban más conveniente, ó por falta 
de acuerdo dejaban sin resolución el negocio. 

Fuera de los asuntos comunes á todos los iroqueses cada na- 
ción era autónoma. Lo eran en su vida interior hasta los pue- 
blos que cada nación contenía. Habíase llevado allí el principio 
federal hasta sus últimas consecuencias. 

No vaya, sin embargo, á creerse que ni la asamblea federal 
ni la de las naciones fuesen electivas á la manera que lo son 
aquí los Cuerpos Colegisladores. La representación era casi he- 



- 19 — 

reditaria, pues la elección se reducía á que se rechazara á los 
sucesores legítimos por falta de virtud y de energía. Es aquí 
también de notar la manera como se designaba los sucesores. 
Correspondía la designación al jefe de la familia del muerto, á 
una matrona, y prevalecía como la asamblea nacional y la fe- 
deral la ratificasen. Ratificada, recibíase en Onondaga al suce- 
sor de una manera solemne y se le daba el asiento y el nombre 
del difunto. 

Según Morgan, antes del descubrimiento lo eran todo esos 
cincuenta senadores, á que se daba el nombre de sachemes. 
Juntos componían la asamblea de Onondaga; y, separados, las 
de sus respectivas naciones. Separados ó juntos, ejecutaban los 
acuerdos de unas y otra asambleas, y también juzgaban. Aun 
individualmente ejercían autoridad lo mismo en la nación ajena 
que en la propia. El cayuga, por ejemplo, podía exigir de los 
oneidas el cumplimiento de las resoluciones de Onondaga, y el 
oneida de los cayugas. Comparten hoy el poder con los jefes 
los guerreros de ilimitado número; pero no lo compartían en el 
siglo XV. 

La organización social fortificaba la organización política. 
Estaban divididos los iroqueses en los clanes de que poco ha 
hice mérito; y como los clanes todos estuviesen derramados por 
las cinco naciones, venía la raza toda á constituir una sola fa- 
milia. 

Gracias á esa organización gozaron los iroqueses de una paz 
interior nunca interrumpida, y crecieron como ningún otro 
pueblo salvaje. Vinieron á ser el grande asilo de las vecinas 
tribus: ganaron á gran número de eríes, de hurones, de algon- 
quines, y después de la conquista á los tuscaroras, arrojados de 
U Carolina del Norte por los ingleses. Los tuscaroras entraron 
como nación en la liga, y los tuteloes, rama de los dacotas, lo- 
graron que su jefe tuviera asiento en las asambleas de Onon- 
daga. 

Distaba, con todo, aquella confederación de ser perfecta. No 
cabía que fuese más rudimentaria su administración de jus- 
ticia. No había jueces federales, y los de las naciones y las vi- 
llas procedían rápida y atropelladamente. No se consentía las 
más justas dilaciones, ni se conocía las alzadas. Se ponía al ase- 



— 20 



sino en manos del más próximo deudo de la víctima, que ordi- 
nariamente de un solo golpe de clava le hacía saltar los sesos. 
Los poderes legislativo y ejecutivo estaban, por otro lado, sin 
dividir ó confusa y viciosamente divididos. 

Era tanto ó más defectuosa la constitución de los araucanos. 
A mi juicio el Arauco no presentaba cuerpo de nación sino en 
sus iitha coyaghs, asambleas generales que celebraba general- 
mente con solemnidad en valles amenos, en una como plaza, 
sobre la cual extendían altos y frondosos árboles sus gallardas 
copas. Reuníanse allí todos los caciques, es decir, todos los je- 
fes de tribu, unos feudales, otros feudatarios ; y después de ha- 
ber danzado y hecho religiosos sacrificios, se sentaban á la 
redonda y deliberaban sobre los comunes negocios. No solían 
ser cortos, porque eran, como los iroqueses, amigos de hacer 
ostentoso alarde de su elocuencia; mas lo que por mayoría 
acordaban era obligatorio para todos los ciudadanos. 

En esos iitha coyaghs era donde aquellos hombres decreta- 
ban la guerra y elegían al jefe que debía llevarlos al combate. 
Era ese caudillo, á que se daba el nombre de Thoqui, la su- 
prema autoridad de la república, pero sólo durante la guerra. 
Después, aunque conservara el cargo, no valía más ni menos 
que otro cacique, ni tanto si, como podía suceder, hubiese 
acertado á salir de la plebe. 

Molina atribuye á los araucanos una constitución más per- 
fecta, pero le desmiente la historia de las luchas y las negocia- 
ciones que con nosotros tuvieron. Predominaba en caciques y 
subditos el espíritu de independencia, y no había cohesión ni 
disciplina sino en la guerra. No había allí tampoco tribunales; 
prevalecía la venganza sobre la justicia. 

En las naciones cultas predominó el régimen monárquico. Se 
cita las repúblicas de Tlaxcala y de Cholula, pero infundada- 
mente. No fueron tampoco repúblicas, sino monarquías. Por 
no hacerme enojoso hablare sólo de los aztecas y los peruanos. 

Cuando los aztecas bajaron al valle del Anáhuac, había allí 
tres reinos: el de Colhuacan, el de Tenayucan y el de Azca- 
potzalco. Constituían el primero los acolhuas, resto de los anti- 
guos toltecas; el segundo, los chichimecas; el tercero, los tec- 
panecas. Colhuacan y Azcapotzalco estaban junto al lago de 



— 21 — 



Méjico; Tenayucan, hoy Texcoco, en la misma ribera del lago. 
Dígolo para que desde un principio se vea la multiplicidad de 
monarquías que de muy antiguo hubo en aquel famoso valle. 

Estableciéronse los aztecas dentro del lago y construyeron la 
ciudad de Tenoch (Tenochtitlan), que tan célebre había de ser 
en los futuros tiempos. Divididos á poco en dos bandos, fundó 
el uno en las mismas aguas, á cortísimo trecho, la ciudad de Tla- 
telolco. Las dos ciudades fueron al punto dos monarquías y tu- 
vieron por reyes, la una á Acamapichtli, hijo del de Colhuacan, 
y la otra á Quaquauhpitzahuac, hijo del de Azcapotzalco. 

Años después sucumbió Azcapotzalco ante las armas de az- 
tecas y chichimecas, y se unieron Tenochtitlan y Tlatelolco. 
Quedaron, con todo, en pie tres monarquías: la de Tenochtit- 
lan, hoy Méjico; la de Texcoco; la de Tlacopan, hoy Tacuba; 
dos en el mismo lago; otra, la última, á pocas millas. 

Confederáronse las tres después de la ruina de Azcapotzalco. 
Carecía Tacuba de importancia, pero se creyó prudente admi- 
tirla en el pacto, á fin de que los tecpanecas, de quienes pasaba 
á ser núcleo, no fuesen motivo de nuevas discordias. Descan- 
saba la confederación en las siguientes bases: Seguía cada uno 
de los soberanos rigiendo por sí los intereses particulares de su 
reino; resolvían juntos los negocios comunes á las tres nacio- 
nes. En los consejos tenían todos la misma voz y el mismo voto; 
no dejaban de ser iguales sino en la distribución de los pueblos 
conquistados y en el botín de las batallas: retiraba el de Tacuba 
la quinta parte, dos el de Tezcuco, dos el de Méjico. 

Había entre los confederados otras diferencias, pero no ya 
materiales. En los asuntos de guerra, por ejemplo, se reconocía 
alguna superioridad al rey de los aztecas, y en los de adminis- 
ción al de los chichimecas. Supremacía real no se propuso ver- 
daderamente ejercerla sino el azteca Motezuma II, cuando 
llamaban, por decirlo así, los españoles á las puertas de Mé- 
jico. Quiso Motezuma reunir las tres naciones en un imperio 
del que fuera jefe único; y preciso es confesar que, si no del 
todo, lo consiguió en gran parte con menoscabo de sus fuerzas 
y las de su patria. 

Los tres monarcas eran absolutos. Reunía cada uno en su 
reino, y los tres juntos en la confederación, el poder legislativo 



— 22 — 



y el ejecutivo; también el judicial, aunque hubiera, como diré 
luego, magistrados inapelables y tribunales inamovibles. Se dice 
que para la declaración de las guerras federales se celebraba 
una asamblea á que concurrían los hombres más notables de las 
tres naciones; pero no que la asamblea pudiese tomar acuerdos 
obligatorios para el triunvirato. 

Estaban aquellos monarcas á tan grande altura sobre sus va- 
sallos, que más parecían dioses que reyes. Vivían en suntuosos 
alcázares; disponían de numerosa y escogida servidumbre; te- 
nían ricos aposentamientos para sus huéspedes y mesa y ajuar 
para los muchos señores y escuderos que diariamente concu- 
rrían á su palacio; divertían sus ocios en parques de caza ó en 
ostentosos jardines, donde, ya vivos, ya en imágenes de oro, 
plata y pedrería estaban reunidos seres de todos los géneros y 
especies que daba en aquellos climas la naturaleza; desechaban 
todo traje que una vez vistieran y toda vajilla que una vez usa- 
ran; exigían que se les hablase desnudos los pies, humildemente 
cubiertas las carnes, bajos los ojos, inclinado el cuerpo; salían á 
la calle generalmente en andas, con gran séquito, con uno como 
heraldo que los anunciaba, con multitud de oficiales que les iban 
limpiando el camino, prosternados los subditos que acertaban á 
verlos; desplegaban, por fin, en espectáculos, fiestas y actos mi- 
litares, un fausto y una magnificencia bastante á imponer y des- 
lumhrar pueblos civilizados, cuanto más gentes medio sumidas 
aún en la barbarie. Engrandecíanse, además, por lo liberales 
que les permitían ser los muchos y pingües tributos de que 
disponían: contaban por cientos las concubinas y las hijas, y de 
unas y otras hacían merced á los hombres que se proponían 
atraer á su política. 

No eran, sin embargo, todo lo absolutos que á primera vista 
parece. Había en todo el Anáhuac tierras feudales, tierras be- 
neficiarlas y tierras de la corona; y sólo en las de la corona 
ejercían directamente jurisdicción y mando. A su advenimiento 
al trono, recibían de los barones pleito homenaje, en la paz tri- 
butos, en la guerra servicios militares, y los habían últimamente 
reducido á que vivieran en la corte ó dejaran en rehenes her- 
manos é hijos; pero no podían ni por sí ni por otros intervenir 
en la gobernación de los feudos. Tampoco en la de las enco- 



— 23 — 

miendas, que no eran sino feudos vitalicios. Tampoco en la de 
los pueblos sometidos por las armas, á cuyo frente siguieran, 
como de costumbre, los antiguos jefes. 

Aun en las tierras libres tenían limitado los reyes de Méjico 
su absolutismo por los príncipes que los habían elegido. Los 
habían de consultar en los negocios graves, y no podían menos 
de respetar la opinión de hombres que, llamados á nombrarle 
sucesor y tal vez á sucederles, ejercían los primeros oficios de 
la república. Inamovibles en sus cargos por el rey, á cuyo con- 
sejo se los había llamado, eran en realidad esos electores, más 
bien copartícipes que ministros del poder monárquico. 

Ni dejaban de servir de freno á los tres reyes, principalmente 
á los de Texcoco, juntas, ya de gobierno, ya de justicia. De go- 
bierno ignoro que las hubiese en Méjico ni en Tacuba más que 
para los negocios de la guerra; en Texcoco las había para la 
guerra, para los ingresos y los gastos públicos y aun para las 
ciencias y las artes. Había sobre todas una, compuesta de los 
catorce grandes feudatarios del reino, que era á la vez Supremo 
Tribunal y Consejo de Estado. Aunque sólo consultivas, de- 
terminaban no pocas veces estas juntas las decisiones de los 
monarcas. 

Contribuían también á reprimir la arbitrariedad de los reyes 
los tribunales, los nobles, siempre celosos de sus privilegios, los 
jefes de la milicia, los mercaderes, que constituían una especie 
de aristocracia, los sacerdotes, por fin, que gozaban principal- 
mente en Méjico de grande influjo, por ser los maestros de 
todos sus compatricios, desde el rey hasta el más humilde de 
los subditos. 

En Tacuba y en Texcoco bajaba la corona de padres á hijos; 
en Méjico era á la vez hereditaria y electiva, como entre los 
iroqueses los senadores de Onondaga. Desde Acamapichtli 
hasta Motezuma II no hubo rey que no estuviese unido con 
sus antecesores por estrechos vínculos de sangre. Resultaba, 
cuando menos, la corona patrimonio de una familia. Es, sin 
embargo, indudable que vinieron elegidos los reyes todos por 
una más ó menos numerosa asamblea: primero por los sacer- 
dotes y los ancianos, alguna vez por las clases todas del pue- 
blo, más tarde por los más eminentes hombres del reino. Según 



— 24 — 

casi todos los cronistas del siglo xvi, desde el reinado de Itzco- 
huatl no fueron sino cuatro los electores, cuatro que, según 
parece, elegían, no sólo al rey, sino también á los electores del 
rey venidero. Al decir de Acosta, entraban éstos á desempeñar 
desde luego las primeras funciones del Estado, entre otras, las 
de Tlacochcaicatl, jefe de la milicia, y las de Tlillancalqíu,]tÍQ 
de la casa negra ó primer sacerdote. Obsérvase por la historia 
de aquel reino que casi siempre fué elegido rey el jefe de la mi- 
licia, cuando no el de la casa negra, y, por lo tanto, que los elec- 
tores designaban á la vez dos reyes: el inmediato y el venidero. 

Orden riguroso de sucesión no lo podía haber en Méjico; 
pero es indudable que se prefería la línea colateral á la directa 
y pasaba generalmente la corona, primero á los hermanos, des- 
pués á los sobrinos, por fin, á los descendientes. Lo que no 
siempre se guardaba, y en esto quizá consistiera el principal po- 
der de los electores, era el orden de primogenitura. La elección 
de todas maneras necesitaba la aprobación de los demás triun- 
viros. 

No son muy conocidas la organización administrativa y eco- 
nómica de los tres reinos. Algo con todo puedo decir sobre la 
de los tributos y la de los tribunales. 

El rasgo dominante del sistema tributario eran, á mi juicio, 
los encabezamientos. Cobraba el Tesoro al año una suma fija 
de toda ciudad y de todo pueblo; no la cobraba ni fija ni móvil 
de ningún individuo. Del individuo no la cobraban ni aun los 
pueblos; cobrábanla sólo de los gremios de artes y oficios y de 
los calpiillis agrícolas. Exceptúo de la regla la recaudación de 
los derechos de puertas, para la que había, según Hernán Cortés, 
casas del resguardo en todas las entradas de la corte de Méjico 
y en todos los lugares donde se solía descargar las muchas 
canoas destinadas al abastecimiento de la plaza. 

El segundo rasgo del sistema era el pago de los impuestos en 
servicios personales ó en los productos directos del trabajo. 
Tributaban los calpullis con los frutos de la tierra; y las ciuda- 
des afectas al sostén de la corte con todos los servicios que este 
sostenimiento exigía. No era ciertamente floja la carga de estas 
ciudades. Habían de proveer los palacios del rey, no sólo de lo 
mucho que en ellos se consumía, sino también de jardineros, 



— 25 — 

de labradores, de albañiles, de hombres de carga y de mozos y 
mozas para toda clase de faenas. 

El tercer rasgo era la facilidad con que se pudo satisfacer los 
tributos mientras no los agravaron, hasta hacerlos insoportables, 
las continuas guerras y el escandaloso fausto del postrer Mo- 
tezuma. Los pagaban los agricultores al tiempo de la cosecha; 
y los industriales en largos ó pequeños plazos, según la mayor ó 
menor rapidez en la fabricación de sus artefactos. Podían y 
solían, por otra parte, así los industriales como los agricultores, 
trabajar en común para satisfacer al Tesoro la cuota del gremio 
ó del calpiilli; hecho con el cual venía la contribución á quedar 
reducida al sacrificio de unas horas ó días de trabajo. Dícese 
que los calpiillis destinaban al pago de los impuestos parte de 
su coto. Cotos vastísimos á que se daba el nombre de yaotlalli^ 
campos de guerra, tenían consagrados al mismo fin las provin- 
cias ganadas por la fuerza. 

El tesoro de la nación y el del rey estaban confundidos. De 
aquí, sin duda, que se exigiera de algunas ciudades, como tri- 
buto, objetos de mera fantasía: manojos de plumas, pájaros de 
todas especies, águilas, collares de esmeraldas ó de turquesas, 
aretes de cristal de roca, etc., etc. 

A los tributos reales hay que añadir los que exigían en todas 
partes la religión; en los feudos, los barones; y en las tierras 
sojuzgadas, los antiguos jefes. Eran muchos los gravámenes y 
los aumentaba no poco la exención concedida á la nobleza. 

Para el cobro de los tributos del fisco había un cuerpo jerár- 
quico de recaudadores, y sobre todos ellos la tesorería de los 
reyes, donde constaba en escrituras jeroglíficas lo que cada 
pueblo debía. 

Respecto á tribunales, ignoro los que hubiese en Tacuba. En 
Méjico predominaban los unipersonales; en Tezcuco, los cole- 
giados. Había en todas las poblaciones libres de Méjico y en 
todos los barrios de la capital, unos como jueces de paz que fa- 
llaban los pleitos de menor cuantía é incoaban las causas crimi- 
nales; en cada provincia un magistrado con dos asistentes, que 
en primera instancia conocía de las causas y en primera y única 
de los pleitos; en las ciudades más populosas, un juez superior, 
el cihuacohuatly que fallaba en apelación los negocios crimi- 



— zo- 
nales y no podía delegar á nadie sus augustas funciones. Los 
jueces municipales eran, á lo que parece, de elección del pue- 
blo; los demás, de nombramiento de la corona; el cargo de 
cihuacohuati, vitalicio y tan sagrado, que la mera usurpación 
de sus facultades llevaba consigo la muerte, la pérdida de los 
bienes del reo y la esclavitud de la mujer y los hijos. 

En Texcoco había jueces municipales para la decisión de los 
pleitos de escasa monta y la instrucción de las causas; seis ú 
ocho audiencias con dos oidores; un Tribunal Supremo con 
dos ministros, y cada ochenta días, una asamblea presidida por 
el rey, á la que asistían todos los magistrados de la nación y 
concurrían la nobleza y el pueblo. En esas grandes asambleas 
judiciales se ventilaban y fenecían todos los pleitos y causas, 
sin que cupiera contra las sentencias ningún recurso. Se dice si 
en ellas se deUberaba también sobre asuntos de Estado. 

Además de todos esos tribunales había en las ciudades de Mé- 
jico y Texcoco otros de grande importancia, á que no iban, en 
mi entender, sino ciertos negocios, ó negocios relativos á ciertas 
personas. Había en las mismas casas del rey de Méjico uno 
donde apenas se hacía más que instruir los procesos; otro supe- 
rior, donde se los fallaba; otro supremo, que presidía el sobe- 
rano y se componía de trece cónsules, á donde se llevaba los 
reos de muerte y á todos los que fuesen nobles ó ejerciesen 
altos destinos: en las casas del rey de Texcoco, un tribunal de 
apelación que constituían veintitrés magistrados y un presi- 
dente, y otro supremo, que formaban el monarca y los catorce 
feudatarios del reino. Había por fin en Texcoco jueces espe- 
ciales para las cuestiones de divorcio ; en Méjico, para los mer- 
caderes y mercados; en Méjico y en Texcoco para las cuestio- 
nes militares. 

Solía tener cada uno de los tribunales sus secretarios y sus 
alguaciles, y los municipios de Méjico unos como inspectores 
de orden público, que vigilaban la conducta de cierto número 
de familias. 

En los tribunales de las dos monarquías eran breves y rápidos 
los procedimientos; se consagraba diariamente muchas horas al 
examen de pleitos y causas, y se reproducía por la pintura las 
facciones de los reos. Asegúrase que se indicaba las sentencias 



— 27 — 

de muerte trazando con una flecha una línea al través de la 
imagen de los acusados. 

A lo que, empero, se daba mayor importancia en los tres rei- 
nos, eraá la guerra. En Méjico, sobre todo, para la guerra se nos 
creía nacidos. Al cortar el ombligo decía la partera al varón: 
«estaño es tu casa, sino tu posada; tu casa es el campo de 
batalla; tu oficio, dar de beber al sol y de comer á la tierra 
la sangre y la carne de los enemigos». Al cortárselo á la hem- 
bra le decía, por lo contrario: «Has de estar, hija mía, como el 
corazón en el cuerpo ; has de ser la ceniza con que se cubra el 
fuego de tus lares; has de ser las trébedes en que descanse la 
olla; aquí te entierra nuestro dios Tetzcatlipoca». Dichas estas 
palabras, junto al mismo hogar sepultaba la partera el ombligo 
de la niña; guardaba el del niño y lo entregaba á los primeros 
soldados que salían á campaña, con encargo de que lo pusiesen 
bajo la tierra del primer combate. 

La guerra entre los mejicanos abría la puerta á todas las jerar- 
quías y á todos los honores; la muerte en batalla la abría á las 
esplendorosas llanuras del Sol, según ellos, eternamente pobla- 
das de sombrías alamedas, árboles ricos en frutos, flores que 
destilaban miel, y vastos parques de caza. Por batalla se tenía 
allí el parto, y sólo á las mujeres que en él sucumbían y á los 
varones que morían peleando, creían reservadas tan deliciosas 
llanuras. 

Consagrábanse aquellos hombres á la guerra, no sólo con el 
fin de retirar los límites del reino, sino también con el de pro- 
curar víctimas para los sacrificios á sus dioses. Rey que subía 
por primera vez al trono, había de salir en busca de prisioneros 
antes de ceñirse solemnemente la corona. Si después se entre- 
gaba por demasiado tiempo á las delicias de la paz, oía de boca 
del sacerdocio que los dioses estaban sedientos de sangre. 

No por esto hacían la guerra á tontas y á locas. No la empren- 
dían que no conocieran las dificultades que habían de vencer 
y el modo de vencerlas. No la declaraban que no hubiesen he- 
cho al jefe del estado que se proponían invadir solemnes y aun 
ceremoniosas intimaciones. No se ponían en marcha que no los 
precedieran los sacerdotes con sus ídolos. No entraban en com- 
bate que no hubiese recibido cada soldado un puño de harina 



2» — 



de maíz y una torta, no hubiese dirigido la palabra al ejército 
uno de los sacerdotes, y no se hubiese encendido fuego y subie- 
sen al cielo las llamas. Concluida la batalla sacrificaban á los 
dioses el primer enemigo que había caído en sus manos. 

Habían dividido para la guerra sus tropas en cuerpos de ocho 
mil hombres, batallones de cuatrocientos, escuadras de veinte. 
Llevaban al frente del ejército, cuando no al rey, al tlacochcal- 
catl^ el supremo jefe de la milicia. Eran severísimos para todo 
el que faltaba á la disciplina ó era cobarde. Decapitaban al no- 
ble que, habiendo caído prisionero, se escapara y volviera á 
Méjico sin haber vencido en la piedra gladiatoria á siete ene- 
migos. 

La guerra llevaba consigo la esclavitud. Quedaba esclavo 
todo prisionero que no se inmolase á los ídolos. Eran esclavos, á 
par de los reos de determinados crímenes, los que habían ven- 
dido su libertad y los hijos enajenados por los padres. Abun- 
daban así los esclavos; pero distaba la esclavitud de ser lo dura 
que había sido en Europa. 

Los esclavos podían allí casarse, adquirir toda clase de bienes 
y transmitirlos. Como no fueran ó muy mozos ó muy pobres, no 
residían en la casa de sus dueños; se limitaban á cumplir los 
deberes que para con ellos les imponía el contrato, la ley ó la 
costumbre. Después de muchos años de buenos y personales 
servicios, no era raro, si demostraban inteligencia, que llegasen 
á ser mayordomos de las haciendas de sus señores. ínterin se 
portaran bien, no podían ser vendidos sin su consentimiento, 
como no lo exigiera la miseria de sus amos; no podían serlo, 
aun faltando, si en presencia de testigos no se les hubiese pre- 
venido que de no seguir otra conducta se los pondría en venta. 

No mediaban allí tampoco entre los esclavos y los señores los 
abismos que los separaban en la antigua Roma. Acontecía más 
de una vez que tomase el señor á una de sus esclavas por esposa 
y admitiese la señora á uno de sus esclavos por marido; más de 
una vez también que, niños esclavos se sentaran á la mesa de 
sus dueños. Llegaban á establecerse entre las dos clases víncu- 
los de cariño. Viendo pobres á sus antiguos amos trabajaban 
con ahinco por socorrerlos esclavos que ya no lo eran ó estaban 
en otras manos. Que ya no lo eran, digo, porque allí, como en 



— 29 — 

Roma, cabía emanciparlos, y con frecuencia se los emancipaba. 
Lo que no podía nunca obtener el esclavo eran cargos públicos. 

Esto me lleva, como por la mano, á decir algo sobre la pro- 
piedad de la tierra. Primitivamente perteneció la tierra toda á 
las comunidades agrícolas. Cuando la Conquista, estaba parte 
en poder de la corona, parte en poder del sacerdocio, parte en 
poder de la nobleza, parte en poder de los calpullis, es decir, 
de las comunidades, que desde un principio la tuvieron. Era 
susceptible de enajenación sólo en la nobleza y dentro de la 
nobleza. No cabía por título alguno pasarla á la plebe. 

La propiedad en la plebe era siempre colectiva. En todo pue- 
blo había tantas comunidades de labradores como barrios, 
cuando no como calles. Estaba constituida cada comunidad por 
una sola tribu y tenía su jefe electivo y su consejo de ancianos. 
Ella, y no sus individuos, era la que disponía de tierras: poseía, 
independientemente, las más ó menos espaciosas heredades 
definidas por lindes, y las repartía inspirándose en la justicia 
y siguiendo antiguas costumbres. 

Dentro de las tierras de su comunidad, tenía cada familia su 
lote y lo transmitía por herencia, pero sólo mientras lo cultivase. 
Si lo dejaba sin cultivo dos años, oía de boca del jefe del cal- 
piilli serias censuras; si tres, lo perdía, como no diese de su 
falta razón plausible. Lo perdía también si cambiaba de domi- 
ciho. Volvían á la comunidad los lotes vacantes, bien por estas 
causas, bien porque sus usufructuarios muriesen sin herederos; 
y servían admirablemente ya para la dotación de nuevas fami- 
lias, ya para la mejora de lotes ó poco fecundos ó escasos. 

Ni comunidades ni familias pudieron nunca enajenar las tie- 
rras. Podían, sin embargo, las familias ceder el uso de las suyas 
por cierto número de años á miembros de su mismo calpulli^ y 
las comunidades, en caso de necesidad pública, dar en arrenda- 
miento las vacantes. Lo que en modo alguno se permitía á las 
unas ni las otras era admitir en su seno gente extraña á la tribu, 
ni aun bajo la condición de que descuajase y cultivase tierras 
incultas. 

El calpiillec^ ó jefe del calpiilli^ tenía para regirlo no pocas 
atribuciones y deberes. Llevaba la voz de la comunidad ante el 
rey, los gobernadores y tribunales de justicia. La defendía con- 



— 30 - 

tra toda clase de usurpaciones, convocaba á los ancianos siem- 
pre que debía resolver cuestiones de impuestos, de repartos ó 
de fiestas religiosas. Llevaba, por fin, un registro donde venía 
pintado cada lote con expresión de la cabida, las lindes, los 
productos, el nombre del que lo poseía, el número de personas 
que lo labraban y las transmisiones que había sufrido. 

Es ahora de notar que no era el calpullec el único registrador 
de la propiedad en Méjico. Había registradores de distrito que 
recogían y conservaban ordenadamente los planos de todas las 
tierras en él contenidas, distinguiendo por el color de púrpura 
las de la corona; por el de escarlata las de la nobleza, y por el 
amarillento, las de los calpullis. 

En Tezcuco y en Tacuba estaba sujeta la propiedad á las mis- 
mas condiciones y leyes que en Méjico. No sucedía otro tanto, 
á lo que parece, en los Estados independientes. Sólo en Huexot- 
zinco vuelvo á encontrar los calpullis^ y éstos no ya como sim- 
ples comunidades agrícolas, sino como cuerpos administrativos 
y políticos. 

Mas sobradamente he hablado ya de lo que ocurría en Mé- 
jico. En el territorio de los mayas y los muiscas predominaba 
la misma tendencia á la división política que en el Anáhuac; 
no así en el Perú, donde la tendencia á la unidad no pudo, 
desde el advenimiento de los incas, ser más enérgica. Los incas, 
al llegar allí Pizarro, eran señores de un Lnperio que de Oriente 
á Occidente se extendía desde las más interiores cumbres de 
los Andes hasta las costas del Pacífico, y de Norte á Mediodía 
bajaba desde las riberas del Angasmayo á las del Maule; Im- 
perio vasto si jamás lo hubo, pues tenía de ancho de cincuenta 
á setenta leguas, y de largo sobre ochocientas. Imperaban ellos 
solos en esa vasta extensión de tierra, y con hallarse poblada de 
gentes y naciones á cual más heterogéneas, á todas habían ex- 
tendido su poder y llevado sus artes, sus leyes, su religión y su 
idioma. 

Decíanse esos incas hijos del sol, y, como si quisieran justifi- 
carlo por sus trajes, no parecían en público sino con vestiduras 
de finísima lana recamada de oro y pedrería, anchos discos de 
oro engarzados en las orejas, un fleco ó borla carmesí en la 
frente y una guirnalda de colores, el llanto^ en la cabeza. Vivían, 



— 31 — 

como los reyes aztecas, en riquísimos palacios, y no consentían 
que penetraran en sus aposentos ni aun los más altos señores 
sino descalzos, baja la cerviz y con una ligera carga en los hom- 
bros. Iban, siempre que salían de su corte, en andas de pabellón, 
guarnecidas de oro y de esmeraldas, entre guardias de honor 
vistosamente ataviados, con numerosa hueste de honderos de- 
lante y de lanceros á la espalda, con heraldos que los anuncia- 
ban y servidores que aun de hierbas les limpiaban el camino. No 
como hombres, sino como deidades poderosas se presentaban 
en todas partes y en todas obtenían ciega y respetuosa obe- 
diencia. 

Absolutos como los reyes de Méjico, reunían en sí todos los 
poderes; no tenían ni siquiera el freno del sacerdocio, allí 
de escasísima autoridad fuera del templo. Era allí la suce- 
sión del todo hereditaria: no debían á nadie la corona, y de 
nadie ni directa ni indirectamente dependían. Eran dueños, no 
sólo del Estado, sino también de la sociedad, y podían hacer y 
hacían sentir su acción del uno al otro confín del Imperio. 

Eran notables en aquella monarquía lo mismo la organización 
social que la política. Estaba dividido el Imperio en cuatro 
grandes regiones por otros tantos caminos, que partían del 
Cuzco. Al frente de cada región había uno como virrey, que 
tenía á sus órdenes una junta de guerra, otra de justicia y otra 
de hacienda. Juntos los cuatro virreyes constituían el Consejo 
de Estado del Inca. 

Estaban subdivididas las regiones en provincias. A la cabeza 
de cada provincia había un gobernador, un hunnu. Disponían 
esos gobernadores de gente de guerra para la conservación y 
el restablecimiento del orden. En el caso de ocurrir graves é 
imprevistas rebeliones, levantaban tropas; pero no podían mez- 
clarse en la vida interior de los pueblos regidos por sus anti- 
guos caciques. 

Gobernadores y virreyes debían ser de sangre real, de mucho 
saber, de grande energía, de singular prudencia. Se los desti- 
tuía á la menor falta. 

Había en todas las capitales de provincia su palacio, su tem- 
plo, su cenobio, su pósito, sus almacenes y sus oficinas de qiu'p- 
pusy donde entendidos oficiales llevaban cuenta de los ingre- 



— 32 — 

sos y los gastos públicos, los nacimientos, los matrimonios y 
las defunciones. 

En los pueblos había una organización singularísima. Estaban 
las familias, según Garcilaso, distribuidas en grupos de diez, de 
cincuenta, de ciento, de quinientas y de mil bajo la autoridad 
de jefes que guardaban orden jerárquico. Los jefes de mil fami- 
lias, según el mismo autor, dependían ya de los gobernadores. 

Servía esta organización, á lo que entiendo, no sólo para el 
buen régimen del sistema social, sino también para la adminis- 
tración de justicia. El decurión era el fiscal de las familias pues- 
tas á su cargo: ó denunciaba los delitos que cometían ó pagaba 
como delincuente. Según su mayor ó menor gravedad caían los 
delitos bajo la jurisdicción de los centuriones, de los jefes de 
mil vecinos, de los gobernadores ó de los virreyes. El procedi- 
miento era rápido, el fallo severo, la ejecución segura á los 
cinco días de haberse oído á las partes. No había para los acu- 
sados recurso alguno contra las sentencias; pero todo juez res- 
pondía de las suyas ante el superior inmediato. Debía, al efecto, 
comunicárselas de luna á luna. 

Para los pleitos, que no podían allí ser muchos, había otros 
jueces: uno en cada pueblo, otro en cada provincia, otro en 
cada virreinato. También para los pleitos eran cortos los juicios 
y única la instancia. Sólo para dirimir contiendas entre dos ó 
más provincias sobre límites ó pastos nombraba el Inca un juez 
especial, generalmente persona de rango. 

Era también de notar la organización económica. No contri- 
buían á las cargas del Estado sino los hombres de veinticinco 
á cincuenta años. Los de cincuenta á sesenta sólo debían bene- 
ficiar las hazas fiscales de coca, de ají y de ciertas legumbres; 
y los de diez y seis á veinte, sólo recoger la coca del inca y los 
caciques. 

La tributación era aquí aun más personal que entre los azte- 
cas. Habían de labrar los contribuyentes las tierras públicas, 
trabajar en las minas, abrir los caminos, levantar los puentes, 
construir los templos y los palacios, facilitar los trajes, las ar- 
mas y los utensilios del ejército. Habían de contribuir además, 
ya al servicio del Inca y sus parientes, ya al de los primeros em- 
pleados del Imperio, los gobernadores inclusos, con uno ó más 



— 33 - 

de sus hijos, según fuese más ó menos numerosa su prole. Es- 
tos hijos, á que se daba el nombre de yanacunas, constituían 
la ínfima servidumbre de todos los palacios y apacentaban en 
las praderas de los Andes los inmensos rebaños del emperador 
y los de los caciques, á quienes prestaban además servicios do- 
mésticos. Es de advertir que los padres habían de dar indistin- 
tamente varones y hembras. 

La tributación real se parecía mucho á la de Méjico. No se 
exigía ni de los pueblos ni de los individuos, sino parte de lo 
que producían: al uno lanzas, al otro hondas, al otro maderas 
de construcción, al otro maromas, al otro frutos. Se decía á 
cada pueblo la cantidad por que había de contribuir al Tesoro. 
En opinión de Santillana y Garcilaso, sólo para los tejidos de 
algodón y lana no había ni especialidad local ni medida. Todas 
las mujeres del Imperio habían de entregar, según parece, al 
Estado camisetas y mantas: al efecto recibían de manos del 
fisco las primeras materias. 

No eran pocos los tributos; más los hacía llevaderos la igual- 
dad en el reparto, posible gracias á la buena y minuciosa esta- 
dística del Imperio, y la seguridad que se tenía de la buena in- 
versión de lo recaudado. Cuidaba celosamente el Inca de que 
no se faltase á la equidad y la justicia, y ejercía, por medio 
de visitadores, una inspección continua. Enviábalos cuando 
bien le parecía, ya para que comprobasen los datos estadísti- 
cos, ya para que viesen cómo se repartía los tributos y corrigie- 
sen las anomalías que descubrieran, ya para que celasen la con- 
ducta de los empleados y castigasen la menor falta y el menor 
exceso, ya para que secreta y mañosamente averiguasen si eran 
fundadas las sospechas que de tal ó cual hombre había conce- 
bido. Tenía además superintendentes para las minas, los gana- 
dos, los pósitos, los caminos, los correos, los archivos, las aguas 
de mar y las de tierra, y, sobre todo, uno con el titulo de tucu- 
yoc, que debía velar por que no se corrompiese en parte alguna 
la administración ni se alterase la pureza de las costumbres. 

El servicio militar era naturalmente uno de los tributos per- 
sonales. De los veinticinco á los cincuenta años estaban tam- 
bién sujetos al servicio todos los hombres útiles. Entraban en 
activo cuantas veces lo exigían la salud y la política del Impe- 



— 34 - 

rio, que los iba llamando por turno y no los licenciaba sino 
cuando renacía la paz ó por circunstancias especiales de la gue- 
rra se consideraba necesario renovar los ejércitos. En épocas 
normales es de presumir que estuviesen muy pocos sobre las 
armas. 

Había, además, una milicia noble, un cuerpo de 2.000 incas, 
particularmente destinado á la guardia y defensa de los empe- 
radores. Distinguíanse de las demás tropas por los rodetes de 
oro que llevaban engarzados en las orejas, y también por su 
arrojo. Decidieron, según fama, no pocas batallas en que por 
mucho tiempo estuvo indecisa la victoria. 

Tenían los peruanos dividido su ejército en grupos de 10, 
50, 100, 5.000 y 10.000 hombres; á la cabeza de los cuatro 
primeros grupos, jefes que recibían su denominación del nú- 
mero de gentes puestas á sus órdenes; á la del quinto un ^a/?/«- 
apii^ y á la del sexto un hapusquepay ó capitán , de quien salía 
la voz de mando. Habían formado los batallones ó grupos de 
1. 000 hombres por armas: |en uno habían puesto los que mane- 
jaban la honda; en otro los que el arco; en otro los que la porra 
ó el hacha; en otros los que el lanzón ó la pica. También habían 
procurado, según algunos autores, constituir por provincias 
ciertos grupos, á fin de que la rivalidad los hiciera más firmes y 
bravos. 

La guerra en el Perú era también poco menos que perma- 
nente. Tenía por objeto, al decir de los más de los historiado- 
res, civilizar á los pueblos salvajes, uncirlos al blando yugo de 
las leyes, apartarlos de todo culto sangriento, darles por única 
deidad el Sol, alma del mundo. Esto se hacía real y verdadera- 
mente con los pueblos vencidos; pero es indudable que la pro- 
movía también la ambición, ya que no la codicia. 

Preciso es, sin embargo, confesar que ningún otro pueblo 
hizo menos inhumana ni menos incómodamente la guerra. En 
los anchos y sólidos caminos que cruzaban el Imperio tenían 
los peruanos de jornada en jornada tambos, es decir, cuarteles- 
pósitos, donde cinco y aun diez mil hombres podían cómoda- 
mente alojarse, surtirse de víveres y cambiar de vestidos y 
armas. No habían de molestar á nadie en su paso á las fronte- 
ras, y cuando en ellas estaban, después de haber tomado ven- 



~ 35 - 

tajosas posiciones, se dirigían al cacique ó rey, contra quien 
iban, ofreciéndole la amistad y el apoyo del inca, á cambio de 
que le reconociera como soberano y le pagara tributo. Asegu- 
rábanle que no se proponían en modo alguno privarle del go- 
bierno, y sí tan sólo hacerle partícipe de los beneficios de un 
régimen que suprimía todo sacrificio humano, daba por divini- 
dades al hombre el Sol y la Luna, llevaba por el agua y el cul- 
tivo la fertilidad á los campos, y escudaba á los pueblos contra 
los peligros del hambre. Si el rey ó cacique accedía, se le de- 
jaba el mando de su nación ó de su tribu; si no, se marchaba 
contra él, dividido el ejército en vanguardia, centro y retaguar- 
dia. Aun entonces excusaban siempre que podían los combates 
y recurrían con preferencia al asedio. En no tratándose de 
sofocar y castigar rebeliones, eran amigos de economizar la 
propia y la ajena sangre, y no extremaban ni el ataque ni la 
defensa, aun sabiendo que por su blandura se hubiese de pro- 
longar la guerra. «No aniquiléis ni destruyáis lo que habéis de 
vencer y adquirir», decía frecuentemente el Inca á sus ejérci- 
tos. No sacrificaban como los aztecas á los prisioneros ni los 
hacían esclavos. Concluida la guerra, los dejaban libres, ya en 
sus propios hogares, ya en otro lugar del Imperio que fuese de 
clima análogo. No les hacían en este caso salir de su patria, ni 
por crueldad, ni por castigo; llevaban otro intento que no es 
merecedor de olvido. 

Los incas, no bien habían sojuzgado un pueblo, procuraban 
instruirle en la agricultura y las artes de construcción, y le 
abrían acequias para el riego de los campos. Daban desde luego 
á los vencidos lana y algodón de que se vistieran, ganados que 
criaran y legumbres de que comieran. A los que vivían en 
breñas los procuraban traer á los valles, y á los que en tierras 
estériles, á tierras más fecundas. Les imponían su culto, pero 
sin impedirles que siguieran adorando á los antiguos dioses 
como no vertieran en sus sacrificios la sangre del hombre. 

Cautivaban con esto á los vencidos y empleaban, á mayor 
abundamiento, otro medio para la mayor solidez de sus con- 
quistas. De los pueblos recién sometidos trasladaban numero- 
sas familias á pueblos ya de mucho tiempo incorporados al Im- 
perio, y de éstos otras tantas ó más á los recién sometidos. Ace- 



-36- 

leraban de este modo la civilización de las nuevas provincias, y 
las ponían bajo el ojo avizor de subditos interesados en denun- 
ciar todo pensamiento de rebelión y todo motivo de discordia. 

La medida era bárbara y propia del despotismo que allí exis- 
tía, pero la suavizaron los incas cuanto pudieron. Llevaban á esas 
gentes, como he indicado, á climas análogos, las mantenían, ín- 
terin no las viesen echar raíces en la nueva patria; les distribuían 
objetos de oro y plata, mujeres y ropas, y, amén de otras mer- 
cedes, les eximían por algún tiempo del pago de todo tributo. 

La distribución de la propiedad no era menos digna de exa- 
men. Estaban divididas las tierras en tres grupos : tierras del 
inca, tierras del sacerdocio y tierras municipales. No era igual 
la división, pues á medida que los municipios crecían ó se mul- 
tiplicaban, se iba reduciendo las del sacerdote y las del inca. 
Los municipios habían de repartir todos los años á cada familia 
sin hijos dos üipus (como tres fanegas de sembradura), uno para 
maíz y otro para legumbres; y á las familias con hijos solteros, dos 
tupiis más por varón y uno más por hembra. Las tierras aquí, 
como se ve, eran todas comunes: comunes para los munici- 
pios, comunes para el sacerdocio, comunes para el Estado. 

No todas las familias, con todo, entraban, á lo que entiendo, 
en el reparto: disponían de tierras vinculares propias los incas, 
los demás nobles y los caciques de las naciones vencidas; y no 
las tenían ni vinculares ni libres los que se dedicaban al ejerci- 
cio de las artes. 

Cada vecino cultivaba particularmente sus tierras; mas en 
determinadas épocas del año habían de cultivar todos en co- 
mún las que en el término pertenecieran á los sacerdotes ó á 
los incas. Éstas, al decir de Garcilaso, las cultivaban los labra- 
dores, cantando himnos en loor de sus monarcas. Habían de 
cultivar en común, no sólo las del Estado y del clero, sino tam- 
bién las de las viudas, los huérfanos, los enfermos y los ausen- 
tes por causa de la república. Si no en común, ayudándose los 
unos á los otros, cultivaban las propias. 

Eran, por fin, propiedad del Inca los ganados, las minas y el 
guano de las próximas islas. Caciques y aun plebeyos disponían 
de llamas y objetos de oro y plata; mas sólo por merced del 
soberano. 



— 37 — 

Esta rara organización de la propiedad había dado excelentes 
frutos. No había en el Perú mendigos. No afligía nunca el ham- 
bre á los pueblos. No dejaban en el desamparo á las familias ni 
las levas, ni las enfermedades, ni la muerte. Recogía la Admi- 
nistración en los tambos de los caminos, en los graneros del 
Cuzco y en los pósitos de las provincias los inmensos productos 
de las tierras del Sol y del Inca; y en almacenes contiguos lo 
que por razón de tributo recibía en ropas, en utensilios, en ar- 
mas. Quedábanle anualmente, después de cubiertos sus gastos 
con holgura, cuantiosísimos sobrantes, y con ellos hacía frente 
á las calamidades privadas y las públicas. No sucedía lo que 
aquí, donde los Gobiernos, aun estrujando á los pueblos, son im- 
potentes contra los males que produce el desbordamiento de 
un río, una mala cosecha, el granizo. Sanos y enfermos, vestía 
y mantenía allí la Administración á todos los oficiales y maes- 
tros de las artes. 

No habría podido pedirse más si se hubiese respetado la li- 
bertad del individuo. Se le obligaba al trabajo á ciertas horas 
del día; y si holgaba ó no aprovechaba el turno para el riego 
de sus campos, sufría la pena de azotes en brazos y piernas. No 
podía cerrar nunca sus puertas al decurión ni á los inspectores 
del Estado. Y si por acaso el Inca, para sus fines políticos, le 
trasladaba á lueñes tierras, había de abandonar con su familia, 
como antes dije, el suelo, tal vez cuna, tal vez sepulcro de sus 
padres. 

He manifestado antes cuan parecidos eran los aztecas y los 
incas; diré ahora las diferencias que los separaban. Las dos na- 
ciones eran conquistadoras, mas la una con el solo fin de domar 
gentes y ensanchar el reino ; la otra con el de engrandecerse y 
civilizar á los pueblos. Ambas naciones vivían bajo un régimen 
despótico: mas la una sin evitar por el despotismo el hambre, 
la otra abastecida de modo que no pudiese la penuria afligirla 
ni por lo escaso de las cosechas ni por las tempestades. Busca- 
ban las dos la religión en apoyo de su política ; mas profesaba 
la una un culto sangriento que inmolaba al hombre en los alta- 
res de sus ídolos, la otra un culto plácido y sereno, que no hacía 
inclinar á sus creyentes sino ante el astro del día y el de la noche, 
y había proscrito de sus altares todo humano sacrificio. Ambas 



- 38 - 

habían erigido grandiosos monumentos; mas la una principal- 
mente templos para sus dioses y fortalezas para sus soldados, 
la otra fortalezas, templos y calzadas inmensas, para las que 
había debido cegar abismos y escalonar los Andes. Ambas ha- 
bían dividido el pueblo en clases, ya que no en castas: pero la 
una las instruía todas y no cerraba á la plebe el paso á los hono- 
res ni á la nobleza, la otra, sobre haber establecido entre ellas 
insuperables vallas, quería ignorantes á los plebeyos para que 
no se ensoberbecieran y apocaran la república. Eran ambas en 
el fondo colectivistas: mas la una con marcadas tendencias al 
individualismo; la otra con tendencias cada vez mayores al co- 
munismo. Ambas habían llegado, por fin, al mismo grado de cul- 
tura; pero aventajaba Méjico al Perú en la ciencia y el arte, el 
Perú á Méjico en la agricultura y la industria. 

Siento ahora no poderos hablar, porque no lo permiten ya ni 
vuestra atención ni mi cansancio, de las creencias, las mitolo- 
gías, las costumbres, los sistemas cronológicos y los adelantos 
aritméticos de estas y otras naciones. Siento, sobre todo, no 
poderos hablar de sus artes, de los grandiosos monumentos que 
levantaron en distintos puntos de América, ya razas conocidas, 
ya ignorados pueblos. Son, á mi juicio, los monumentos los que 
con más elocuente voz nos dicen que no debió América su civi- 
lización ni á los maestros del Asia, ni á los de Egipto, ni á los de 
Europa. Presentan algunos tan singular fisonomía, que no es po- 
sible atribuirlos ni á extrañas manos ni á extrañas influencias. 

No hay arquitectura como la del Yucatán, Palenque y Mitla; 
no la hay como la de los moiind-huilders^ con no haber em^ 
pleado más que la tierra y el guijo. En ninguna parte se ve 
como en Yucatán esculpidas en forma de celosía las paredes de 
piedra de sus monumentos; enormes grecas de cinco y seis pla- 
nos, unidas por sus vértices; cintas que ondulan en torno de un 
filete á lo largo de las cornisas; grupos de dos serpientes entre- 
lazadas, que corren alrededor de todo un edificio, formando be- 
llísimos recuadros; mascarones gigantescos; unas como trompas 
de elefante, que decoran las esquinas; la pintura hermoseando 
los relieves y los adornos que cinceló la escultura; líneas com- 
binadas de modo que produzcan severos contrastes de luz y 
sombra. En parte alguna se ve, como en las ruinas de Palenque, 



— 39 — 

figuras de alto relieve, ya de piedra, ya de estuco, reflejos de 
una raza de que no quedan ya ni reliquias; huecos caprichosos; 
alcázares más vastos sobre más vastas bases. En parte alguna, 
como en Mitla, se ve altas columnas cilindricas de una sola 
pieza, y muros cubiertos de la raíz al techo de un mosaico de 
altísimo relieve, que forme fajas de caprichosas grecas. En 
parte alguna se ve, por fin, los espaciosos atrincheramientos, los 
elevados túmulos, los terraplenes en forma de monstruos, de los 
mound-builders. Eran singulares y típicos en muchos lugares 
de América hasta los encalados de las paredes y el betún de los 
pavimentos. 

Han pretendido algunos escritores que América hubo de to- 
mar de Egipto sus pirámides. Es el error de los errores. Las pi- 
rámides en Egipto son perfectas; las de América carecen todas 
de vértice. La pirámide en Egipto constituye un monumento; 
en América no es más que la base de un templo ó de un pala- 
cio. Las pirámides en Egipto servían de sepulcro á los reyes; 
las de América no lo fueron ni de reyes ni de subditos. Las de 
Egipto son todas de piedra ó de ladrillo; las de América no tie- 
nen de piedra ó de ladrillo sino los paramentos. Las de Egipto 
constan generalmente de un solo cuerpo; las de América están 
divididas en tres ó más cuerpos que van menguando en volu- 
men y llevan á su alrededor más ó menos anchos andenes. Las 
de Egipto carecen de gradas; las de América las tienen todas y 
algunas álos cuatro vientos. Las de Egipto, por fin, son poco nu- 
merosas; las de América innumerables. Las hay en América que, 
ganadas por la vegetación, son ya verdaderos montes. Buscaban 
los griegos colinas en que erigir sus templos; los americanos las 
hacían. No siempre, con todo, en forma de pirámide, que bases 
hay de palacios y de templos construidos en ángulos rectos. 

No, no había en América nada extranjero. Si algo lo parecía, 
era porque el hombre es en todas partes el mismo, y obedece en 
su marcha á leyes idénticas. En lo fundamental el desarrollo es 
siempre el mismo; lo vario son las formas y los procedimientos. 



EL PERÚ DE LOS INCAS 



ATENEO DE MADRID 

— f=^-^ 



EL PERÚ DE LOS INCAS 



CONFERENCIA 



D. PEDRO ALEJANDRINO DEL SOLAR 



MINISTRO DEL PERÚ EN MADRID 



leída el día n de Febrero de 1892 




MADRID 



ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO «SUCESORES DE RIVADENYRA» 

IMPRESORES DE LA REAL CASA 

Paseo de San Vicente, núm. 20 



1892 



I. 



Señoras y señores: 

Vengo á cumplir un deber ineludible: sólo él puede traerme 
ante vosotros, sobreponiéndome á dificultades de todo orden. 

En este recinto de la ciencia y de las letras no tienen dere- 
cho de hablar sino los sabios y los literatos: yo no lo soy. Lle- 
vado á la carrera pública cuando apenas había salido de los 
claustros universitarios, y empujado por un cúmulo de especia- 
les circunstancias á la política activa, de lucha y de combate en 
muchos casos, ha absorbido ésta mi tiempo y mis fuerzas, con 
detrimento y á costa, quizá, de otras muy preferentes exigen- 
cias sociales, privándome, en consecuencia, de la satisfacción 
que ofrecen las bellezas y los encantos de la literatura. 

Mi posición transitoria en este país, la delicada y por demás 
laboriosa misión á mí confiada, lo árido y confuso de la materia 
que se me ha designado, el poco tiempo de que he podido dis- 
poner para tratarla, mi falta de aptitudes para el caso, y otras 
muchas circunstancias, tanto ó más atendibles, son motivo bas- 
tante para haberme eximido, con sobrado justo título, de to- 
mar parte en estas actuaciones y abusar de vuestra benevo- 
lencia. 

¿Pero, de qué se trata, señores? De hacer algo en bien de 
España: se da al Perú participación en tan importantísima la- 



— 6 — 

bor, se me honra creyéndome capaz de contribuir á ese fin, 
aunque sea en mínima parte; no hay entonces excusa ni vacila- 
ción posible, se me impone un verdadero sacrificio; pero estoy 
acostumbrado á hacerlos por mi patria, y tratándose de honrar 
á la patria de mis padres y á la de mis hijos, no considero nada 
imposible; no tengo, pues, derechos que ejercer, sino obhga- 
ciones muy sagradas que cumplir, y á cumplirlas he venido, se- 
ñores. 



11. 



El descubrimiento de América, por Cristóbal Colón, fué un 
acontecimiento grandioso, que con razón no se explican mu- 
chos sabios escritores por qué no ha marcado época especial 
en la Historia de la humanidad, como el Diluvio, la venida de 
Jesucristo, el Renacimiento y otros semejantes. El Nuevo 
Mundo, que debe su existencia á los Reyes Católicos, unidos 
al genio de Colón, como los Gracos debieron la suya al puñado 
de polvo que Mario arrojó al viento, ha cambiado de un modo 
notable, no sólo la geografía del Universo, sino hasta la histo- 
ria de su origen. 

El trono de San Fernando, dignamente representado en el 
siglo XVI impelido por el más puro patriotismo, acogió gene- 
rosamente las llamadas utopias de Colón, y con el espíritu le- 
vantado que lo guiaba, digno de una nación como España, des- 
echando los fundados temores de un fracaso, dio aliento y 
esperanza al genio, vuelo á la idea de ese hombre superior, y 
realizó la utopia dando existencia al Nuevo Mundo. 

Cumple, pues, á mi rectitud de apreciación declarar aquí: que 
España en el descubrimiento de América procedió como las 
grandes naciones, yendo á lo desconocido en busca de gloria y 
por el bien de la humanidad. 

Ni podía ser de otra manera: la cuna del Cid Campeador, de 
Pelayo, de Gonzalo de Córdoba, de Alvaro de Bazán, de Juan 
de Austria, y entre los modernos, de Gravina, Churruca, Es- 
partero, O'Donnell y otros, debía inspirar todo aquello de que 
son capaces los pueblos viriles, que, como éste, han sabido 



— 7 ~ 

siempre dominar el infortunio, levantándose á la altura á que 
deben llevarlo la memoria de sus nobles antecedentes y el es- 
tímulo de sus glorias. 

Realizado aquel hecho singular, la América se dividió en di- 
versas secciones territoriales, con variadas denominaciones, 
para su mejor y más cómodo gobierno. Una de aquellas fué la 
que constituyó, en la época de los Españoles, el virreinato del 
Perú, que había sido antes «El Perú de los Incas», y de cuyo 
origen é historia debo hablaros brevemente. 



III. 



Más por la tradición que por la Historia, sabemos algo acerca 
del origen, costumbres y manera como estuvieron constituidos 
los pobladores del Perú que antecedieron á la fundación del 
Imperio de los Incas. Los hechos que deben formar aquella 
historia se encuentran esparcidos en el horizonte nebuloso de 
los tiempos remotos y desconocidos en que se realizaron, y no 
es fácil tener de ellos, sino noticia imperfecta de su existencia 
y noción mu}^ obscura de su desenvolvimiento y progreso. 

Lo que desde luego ocurre investigar es quiénes fueron los 
primeros pobladores del Perú, de dónde salieron y por dónde 
llegaron al territorio. No se tiene de ello conocimiento exacto, 
como no hay tampoco sino hipótesis más ó menos fundadas 
sobre estos mismos hechos, respecto de la América toda. Nada 
hay, pues, cierto y seguro, en cuanto á los primitivos habitan- 
tes del Perú. 

Pero no debe esto causar extrañeza: nos es igualmente des- 
conocido, hasta hoy, el origen de muchas naciones europeas 
que han figurado y figuran en el mundo en lugar preferente, y 
ha sido necesario, para llenar ese vacío, suplir á la Historia con 
las creaciones de la mitología y las invenciones de la fábula. 

Se sabe, sin embargo, que al fundarse el Imperio de los In- 
cas existían tribus diseminadas en aquel territorio, gobernada 
cada una por un Jefe que se llamaba Curaca ó Cacique ; y for- 



— 8 — 

maban cuatro grandes Señoríos, que eran: Chincha, Chuqui- 
mancu, Gran Chimú y Cuismancu. 

Eran idólatras, adoraban á Con y después á Pachacamac, 
hijo de Con. Pero sobre las muchas supersticiones pueriles en 
que creían, dejaban comprender que tenían idea de un Ser Su- 
premo, creador de todo lo que existía, y de un espíritu maligno 
que llamaban Supay. 

No les era extraña la idea de la inmortalidad del alma y la 
resurrección del cuerpo: lo prueba el que procuraban conser- 
var los cadáveres, y que los enterraban con sus vestidos, sus 
riquezas y hasta alimentos. 

Conocemos, pues, á la sociedad que antecedió á la época de 
los Incas desde su constitución en tribus, que, como sabéis, es 
el tercer estado natural que precede á la formación de los 
pueblos. 



IV. 



A mediados del siglo xi aparecieron dos genios superiores 
que se llamaban Manco-Capac y Mama Ocllo, su hermana y 
mujer. Se presentaron á aquellas tribus con el carácter de hi- 
jos del 6*0/, haciéndoles entender que habían sido enviados por 
su divino padre para dirigirlos y engrandecerlos: se radicaron 
en el Valle del Cuzco. 

Su aparición misteriosa se explicaba diciendo que habían 
salido de una isla del lago Titicaca ; pero lo más probable es 
que Manco-Capac fué hijo de un curaca de Pacaritambo. Do- 
tado de un talento y cualidades no comunes, concibió el pro- 
yecto de dominar aquellas tribus y hacerse el jefe absoluto de 
ellas. Realizó su pensamiento, valido de la influencia de persona 
sagrada que se atribuyó, contrayéndose á enseñar á los hombres 
el modo de labrar la tierra, de edificar sus habitaciones y obli- 
gándolos á seguir el culto del Sol; y Mama Ocllo adiestrando á 
las mujeres en el hilado y tejido, para que hicieran vestidos y 
se acostumbraran á usarlos. Por estos medios Manco-Capac fué 
dándose á conocer, ganándose algunas tribus y teniendo súbdi- 



tos; hasta que consiguió ser proclamado por ellos Inca, es decir, 
Señor de la tierra, quedando así fundado su Imperio. 

Cuando tuvo más de cien tribus á sus órdenes, fijó la capital 
del Imperio en el lugar que llamó Cuzco, que significa centro, 
cuyo nombre conserva hasta hoy. Hizo construir diversos mo- 
numentos, y de preferencia el suntuoso y magnífico Templo 
del Sol, en la ciudad del Cuzco, con el nombre de Coricancha. 
Era visitado por multitud de peregrinos que acudían de todo el 
Imperio. El edificio era el primero del Nuevo Mundo, y por sus 
riquezas y adornos, quizá no tenía rival en el antiguo. 



V. 



La forma de Gobierno que estableció Manco-Capac fué la 
Monarquía despótica absoluta. Como Monarca, no sólo reunía 
la suma del poder Supremo, sino que disponía de los bienes y 
hasta de la vida de sus subditos. 

El derecho al Trono era por herencia, debiendo suceder el 
primogénito tenido en la «Coya». El Emperador debía casarse 
con una de sus hermanas, para estar seguro de que el Príncipe 
heredero descendía precisamente de sangre Real. Los hijos ha- 
bidos en las concubinas formaban la aristocracia ó nobleza que 
componía la Corte, y á quienes llamaban orejones. 

La adoración y el temor al Sol, como á su dios, la obediencia 
y el respeto al Monarca, como soberano, y el bien de sus seme- 
jantes, como prenda de paz y de orden, fueron las bases sobre 
las que descansaba su gobierno y los principios que sirvieron 
de fundamento al sistema de Administración pública con que 
rigió el Imperio. 

Dividió las tierras, designando las que debían corresponder 
en propiedad al culto, al Trono y al pueblo. Estas últimas las 
distribuyó entre los diversos pobladores, según la extensión de 
las familias, la posición y necesidades de cada uno, de manera 
que todos tuvieran lo indispensable para su cómoda subsis- 
tencia. 



10 



Los ganados los dividió también entre el culto y el pueblo. 

Organizó el servicio de las Decurias y Centurias, haciendo 
que cada uno reconociese su respectivo jefe, y éstos con subor- 
dinación jerárquica de inferiores á superiores, hasta el Mo- 
narca, que las dirigía, y cuyas órdenes eran inmediatamente eje- 
cutadas. 

Instituyó los ritos y las principales fiestas religiosas. Fundó 
órdenes de Sacerdotes y de Vírgenes para el servicio de los 
templos. Dictó leyes penales severas contra los delitos de robo, 
homicidio, adulterio y otros: los blasfemos y los que faltaban al 
Emperador eran castigados con pena de muerte. 

Se advierte sin esfuerzo, y quiero hacerlo notar, que hay en 
todo este organismo social gran semejanza y muchísima simili- 
tud con lo que se realizó en la formación de Rom.a cuando co- 
menzó en ella lo que podríamos llamar la civilización antigua. 

Cuando Manco-Capac sintió cercana su muerte, llamó á su 
hijo primogénito Zinchi Lloca, heredero del Trono: le manifestó 
que su padre, el Sol, lo llamaba á su lado; le recomendó que no 
alterase el régimen de gobierno que dejaba establecido; que 
trabajara por el bien de sus subditos y por la conversión de los 
demás hombres. 

Desde la fundación del Imperio hasta su caída, se sucedieron 
catorce Soberanos, que fueron: Manco-Capac, Zinchi Lloca, 
Llocce Yupanqui, Mayta Ccápac, Ccápac Yupanqui, Inca 
Yocca, Yahuar Huaccá, Huirá Cocha, Pachacútec, Inca Yu- 
panqui, Túcpac Inca Yupanqui, Huayna Ccápac Huáscar y 
Atahualpa. 

No hay certidumbre del tiempo que gobernó cada Monarca, 
ni de la duración del Imperio de los Incas. Tampoco pueden 
señalarse con precisión las obras y mejoras que cada uno rea- 
lizó, pero es lo cierto que continuando los propósitos de Manco- 
Capac, cumpliendo las leyes dictadas por él y observando sus 
últimas disposiciones, todos contribuyeron á su engrandeci- 
miento y prosperidad. 



1 1 — 



VI. 



Los primeros Monarcas se contrajeron de preferencia á au- 
mentar el territorio y generalizar el culto del Sol; para lo cual 
procuraban atraerse por el aprecio nuevas tribus ; si cedían á 
buenas y se les sometían, eran tratadas con todo género de 
consideraciones ; sise resistían, eran conquistadas por la fuerza. 

Una vez sujetas á la obediencia del Soberano, se les obligaba 
á hablar el quechua, que era el idioma nacional, y se les hacía 
construir templos al Sol, para que le adorasen como á dios. De 
esta manera conseguían que todos sus pueblos hablasen la 
misma lengua y tuvieran las mismas creencias. 

El tributo, el trabajo y el servicio militar eran obligatorios. 
Todo indio, desde la edad de veinticinco años hasta cincuenta, 
era tributario, excepto los nobles y los empleados. 

Nadie estaba excusado del trabajo, en proporción á sus fuerzas 
y aptitudes; el ocio era considerado como una grave falta y ri- 
gurosamente penado. Los hombres que estaban en condiciones 
de llevar las armas eran soldados, y las milicias estaban bien 
organizadas. 

Así constituidos los pueblos, se pensó después en comuni- 
carlos, para que reportaran las ventajas que ofrecen las facili- 
dades del tráfico al desarrollo del comercio y de la industria y 
al adelanto de la civilización. Se hicieron magníficos caminos 
resguardados con piedra. Seguían éstos la línea recta lo más 
que era posible, venciendo en su tránsito cuantas dificultades 
oponía la Naturaleza para llevarlos á cabo. Uno de los princi- 
pales fué el que partía del Cuzco y llegaba á Quito, uniendo 
ambos reinos. Hoy mismo existen restos de él en algunos lu- 
gares; lo conozco por haber tenido oportunidad de viajar 
por él. 

Hablando de esto, dice Humboldt: «El gran camino del Inca, 
es una de aquellas obras más útiles y más gigantescas que los 
hombres han podido ejecutar.» 

Se establecieron luego los correos, situando permanente- 



— 12 



mente, á lo más á tres millas de distancia, postas servidas por 
indios que llamaban chasquis. Estos recibían la corresponden- 
cia que debían conducir de palabra ó escrita en el quipus^ y 
partían á la carrera hasta entregarla en la inmediata, en donde 
todo estaba dispuesto para que siguiera en el momento y en el 
mismo orden; así recorrían ciento cincuenta millas por día, re- 
gularmente. 

Prescott agrega «que los chasquis, con frecuencia transpor- 
taban varios objetos para el consumo de la Corte; y por este 
medio el pescado del remoto Océano, frutas, caza y diferentes 
productos de las cálidas regiones de la costa, llegaban á la ca- 
pital en buen estado y se servían frescos á la mesa Real». 

Una de las industrias á que más se dedicaron los incas fué la 
agricultura. El cultivo de los campos no se limitaba á los terre- 
nos llanos de fácil labor, sino que se extendía hasta gran altura 
de los cerros que encontraban apropiados para la producción 
á que se les destinaba. En este caso se preparaban los terrenos 
en forma de anfiteatro, construyendo con piedra las escalinatas 
ó andenes que soportaban las tierras de labranza. El agua era 
conducida de leguas de distancia por acequias y acueductos. 
Hay algunas de estas obras que son verdaderamente sorpren- 
dentes, teniendo en cuenta que en la época en que se realizaron 
eran desconocidos los aparatos é instrumentos de que hoy dis- 
pone la ciencia para hacer trabajos de ese género. Actual- 
mente se usan algunas de aquellas acequias con buen resul- 
tado. 

Beneficiaban el oro, la plata y el cobre, y conocían el arte 
de los plateros. La perfección de los tejidos y la firmeza de los 
tintes son admirables. 

Los amantas, que así se llamaban los sabios encargados del 
profesorado, enseñaban principalmente los ritos religiosos, la 
historia de los Emperadores, la descifración del quipus y el es- 
tudio del quechua; pero la instrucción no se daba sino á los 
descendientes de la familia Real; al pueblo se le mantenía en la 
ignorancia, para conservarla superioridad y dominación que los 
monarcas ejercían sobre él. Los conocimientos sobre matemáti- 
cas y astronomía eran muy rudimentarios; tenían, sin embargo, 
el año, huata, que estaba dividido en doce meses, sólo que em- 



— 13 — 

pezaba á contarse en Junio, según unos, y en Diciembre, según 
otros. En general, las ciencias y las bellas artes se encontraban 
en sumo atraso. 

Sin embargo, la arquitectura había alcanzado bastante des- 
arrollo. Las murallas, las galerías, los palacios, las casas de las 
escogidas, los templos y las fortalezas que aun existen, son mo- 
numentos dignos de fijar en ellos la atención. El templo del 
Sol, cuyos restos se conservan todavía, destinado al culto ca- 
tólico, es visitado de preferencia por los viajeros. Una de las 
cosas notables que en él se encuentran son los muros hechos de 
piedra muy consistente, cortada en forma de poliedros irregu- 
lares con ángulos entrantes y salientes de diversa magnitud; no 
hay empleada argamasa alguna y, sin embargo, se hallan tan per- 
fectamente unidos que no queda entre ellos sino muy peque- 
ños intersticios. 

Las fortalezas de Ollantaitambo y Sacsa-huaman, situadas 
una en las afueras de la ciudad del Cuzco, y la otra á seis leguas 
de distancia hacia el N., merecen detenerse en ellas especial- 
mente. En ambas, su construcción sigue el mismo sistema arqui- 
tectónico. Su situación es calculada para la defensa de la Ca- 
pital. Están hechas de trozos de piedra granítica, algunos de 
grandes dimensiones, y todos perfectamente ensamblados. Los 
muros exteriores tienen un espesor de cerca de un metro, con 
ángulos estratégicos como las fortificaciones modernas. 

La de Sacsa-huaman está sobre un cerro, dominando dos 
quebradas que se unen y por donde se va al Cuzco. La piedra 
con que está construida, no la hay sino en el cerro del lado 
opuesto de una de las quebradas, por cuyo fondo corre un río 
poco caudaloso. Desde la cantera hasta la fortaleza se encuen- 
tran esparcidos los bloques destinados al edificio que debió 
quedar inconcluso. En el río he visto una piedra labrada en 
forma de prisma rectangular que tiene cerca de cinco metros de 
arista por uno de base. 

VIL 

Para poder apreciar con más exactitud y formar juicio cabal 
sobre los principales hechos que constituyen la historia del Im- 



— 14 — 

perio y gobierno de los Incas, sinteticémoslos cuanto sea po- 
sible, para deducir con claridad lo que fué El Perú de aquellos 
tiempos. 

Manco-Capac se hizo reconocer como soberano, fundó el 
Imperio y estableció su dinastía. Afianzó su gobierno, inspi- 
rando á los subditos el amor y temor á un solo Dios, el Sol^ el 
más profundo respeto á su autoridad divina y absoluta, y el 
convencimiento de que quería y realizaba el bienestar de todos 
y de cada uno. Un pueblo que reconoce misión divina en su 
gobernante y que le ve practicar el bien en su favor, no puede 
menos que respetarlo y amarlo. El Gobierno que se apoya en 
el respeto y amor de su pueblo, es fuerte y poderoso; y así fué 
el que Manco-Capac legó á sus sucesores. 

Estos, no sólo conservaron lo hecho por sus antecesores, de 
quienes recibían el poder, sino que lo aumentaron en todo 
orden. 

Generalizando la unidad de creencia y de idioma, conseguían 
identificar los más valiosos sentimientos del corazón y facilitar 
la más íntima comunicación entre los pueblos. 

El tributo y el trabajo obligatorios, no sólo daban pingües 
rentas para satisfacer las necesidades de la Administración pú- 
blica, sino que proporcionaban el sostenimiento de las familias 
y combatían el ocio, defecto general en el indio, libertando á la 
sociedad de los males que aquel vicio ocasiona. 

Con la división de las tierras y de los ganados se procuró el 
medio de fomentar sin violencia el culto, el Trono y el pue- 
blo. El laboreo de las tierras se protegía con esmero, aumen- 
tándose con la irrigación de los terrenos eriazos, y para el 
desarrollo de la industria agrícola, minera y otras, se hicieron 
cómodos caminos y se establecieron los correos. 

A la vez que se daban estas disposiciones protectoras, se dic- 
taron leyes penales muy severas para la represión de los delitos. 
Y para conseguir el eficaz cumplimiento de ellas, así como para 
Sostener el orden y hacer respetar al Soberano y al Gobierno, 
se establecieron las Decurias y Centurias y el servicio militar 
obligatorio, con lo que se tenían ejércitos numerosos disponi- 
bles en el momento en que se les necesitaba. 

La administración interior estaba bien atendida, no así las re- 



I ; — 



laciones exteriores, que puede decirse no existían. La constitu- 
ción misma de aquella sociedad y su gobierno, tal cual se encon- 
traban, eran refractarios á las negociaciones internacionales» 
pues más bien dominaba el espíritu de conquista y de absor- 
ción. 



VIII. 



El estado de cultura que manifiestan las leyes y disposiciones 
dictadas por los Incas, la organización que dieron á sus pueblos, 
y, más que esto, las obras que dejaron, ha suscitado entre los que 
se ocupan con cierto interés en estos asuntos, la cuestión de 
saber si al fundar su Imperio encontraron una civilización ante- 
rior más ó menos importante, quizá en decadencia, que les sir- 
vió de base, ó si todo lo que de ellos conocemos es debido sola 
y exclusivamente á sus propios esfuerzos. 

La manera como Manco-Capac se presentó á las primeras 
tribus imponiéndose como un ser sobrenatural, el plan de go- 
bierno que puso inmediatamente en práctica y la legislación que 
dejó, derivada de sanos preceptos de moral y de justicia, prueba 
que si todo esto no fué obra de una generación que le precedió, 
él era sin duda un hombre que estaba muy por cima de los que 
le rodeaban, y en mucho superior á la época en que existió. 

Pero él no lo hizo todo, ni la vida ni las fuerzas le habrían 
bastado: así, pues, los monumentos que hoy conocemos de 
aquellos tiempos los han hecho los antecesores ó los sucesores 
del Inca. 

Examinemos, por ejemplo, las fortalezas de Ollantaitambo y 
Sacsa-huaman. La piedra con que están construidas ha sido traída 
de distancias considerables, y tanto ésta como los bloques que 
se ven en el trayecto, pesan algunos de ellos toneladas. ¿Con 
qué aparatos fueron trasladados, atravesando una quebrada, si 
era desconocida la mecánica? La forma que tiene cada piedra 
es irregular y caprichosa; sin embargo, sus caras exteriores son 
completamente planas, y las uniones de unas y otras perfectas^ 
¿Cómo fueron labradas, si no se conocía el acero ni los ins- 



— i6 — 

triimentos que hoy son indispensables para ese trabajo? Los 
muros de defensa tienen un metro de espesor. ¿Qué objeto se 
propusieron al darles tanta consistencia, si sus armas de com- 
bate no eran sino flechas? Además, por su disposición estraté- 
gica parecen preparados á resistir ataques de armas de fuego. 

Estas y otras consideraciones, y la necesidad de encontrar 
explicación satisfactoria de tales hechos, es lo que hace que al- 
gunos hayan atribuido á los antecesores de los Incas muchas de 
las obras que éstos nos dejaron. Razón concluyente para afir- 
marlo ó negarlo no hay, ni puede haberla, mientras no se des- 
cubra con claridad algo de aquellos tiempos primitivos que 
hasta hoy son totalmente desconocidos. 

Como quiera que sea, lo cierto es que los Incas tuvieron un 
Gobierno poderoso, leyes sabias y justas, sociedad bien organi- 
zada y, hasta donde era posible, feliz; en resumen, una civiliza- 
ción especial bastante adelantada, para la época y condiciones 
en que se encontraban. 

Tal fué, á grandes rasgos, el Imperio fundado por Manco-Qa- 
pac, gobernado por catorce monarcas, que se sucedieron en más 
de tres siglos, y que terminó con Atahualpa. He ahí «el Perú 
de los Incas.» 



IX. 



Aquí debería concluir si no tuviera la seguridad de que las 
ilustradas y muy distinguidas personas que han organizado estas 
conferencias se han propuesto algo más que dar veladas ilustra- 
tivas en historia, en literatura y en las ciencias meramente es- 
peculativas. 

Entiendo que se quiere, tratándose, sobre todo, de las nacio- 
nes hispano-americanas y de conmemorar el cuarto Centenario 
del inmortal Colón, iniciar con estas muestras de exquisita dis- 
tinción un orden de relaciones entre España y aquellos países, 
que no sólo sean de franca y sincera amistad, sino de acción 
real y eficaz para su recíproco desenvolvimiento. Se quiere que 
las naturales y múltiples afecciones que las ligan, tan sólo ador- 



mecidas por la distancia, despierten y se estrechen, ya que ésta 
ha desaparecido por la acción del vapor y de la electricidad. 

Se quiere que los indisolubles vínculos de origen y de idioma 
den unidad y solidez permanente, á ese gran todo social que 
formaron España y la América española, y que deben continuar 
siendo uno por sus mutuos intereses y conveniencias. Porque 
todo esto se desea y debe procurarlo el que tenga sangre espa- 
ñola; por eso, señores, permitidme hacer algunas reflexiones 
acerca del Perú. 

Cuando España dio al mundo un continente y aumentó con 
él su poder y sus glorias, fué también la conquistadora del Perú, 
y quedó sometido á su gobierno el que había sido el Imperio de 
los Incas. 

Envió España lo que faltaba á esa grandeza deficiente , á esa 
civilización imperfecta que constituían el destruido Imperio. Su 
rico territorio, bastante bien poblado, estaba dispuesto á recibir 
la simiente que en él quisiera depositarse, para corresponder 
con opimos frutos. 

Se le llevó, en efecto, la regeneradora semilla de las ciencias 
en todos los ramos del saber humano. Fué ésta fecundada por 
los rayos caloríficos de la civilización europea, importada á 
aquellos países que vivían aislados, y por lo mismo extraños á 
los adelantos que entonces se operaban en el mundo. 

Y para dar brillantez y sabor á los frutos que produjera, y di- 
sipar las tinieblas que los errores religiosos proyectaban sobre 
la inteligencia, con daño del corazón, llevaron la luz vivificante 
del Evangelio, Así se operó la transformación , que hizo de un 
conjunto de pueblos incultos una nación civilizada. 

A pesar de las vicisitudes á que está sujeta toda obra humana^ 
y de las dificultades que hay siempre que vencer para realizar 
lo que es noble y grande, aquellos elementos combinados die- 
ron el resultado que había derecho á esperar. Las buenas cau- 
sas producen necesariamente benéficos efectos. 

Aquel país, que había nacido ala moderna civilización guiado 
por la verdad y apoyado en las riquezas que poseía, llegó con el 
tiempo al estado en que debió constituirse en personalidad jurí- 
dica, con existencia propia. 

Hoy el Perú, animado con la vitalidad que lleva á las nació- 



— i8 — 

nes americanas por el camino del progreso, ofrece á la Europa 
sus casi inagotables riquezas en la minería, sus inmensos y vír- 
genes terrenos, para recibir emigraciones que los exploten con 
provecho; la exuberancia de sus productos como materia prima 
para las industrias , y todo ello como aliciente al movimiento 
comercial que debe llevarle el retorno de lo que ha menester 
contribuyendo así al bien general. 

Es hoy verdad inconcusa que los individuos, como las nacio- 
nes, aumentan su valer y su fuerza por la unión , y ni para los 
unos ni para las otras son las bellas teorías ni las meras ceremo- 
nias diplomáticas el lazo que las fortifica. Las naciones que real- 
mente deseen establecer vínculos indisolubles, no lo consegui- 
rán sino haciendo que los pueblos se estimen y se necesiten 
recíprocamente, que se entrelacen sus intereses de manera que 
el bienestar del uno crezca y se afiance con el bienestar del 
otro. La misión de los Gobiernos es procurar este género de in- 
tereses, ampliarlos y dirigirlos hacia los países con los que crean 
es conveniente establecerlos. Así, y sólo así, es como las nacio- 
nes se hacen grandes y poderosas. 

Ahora bien: ¿qué lazos de más perfecta unión puede haber 
entre dos naciones que la identidad que establece la sangre, el 
idioma, las creencias, los hábitos, las virtudes y los defectos de 
los pueblos que las forman? ¿Qué hay que hacer, pues, para que 
lleguen al apetecido consorcio que ha de darles la común felici- 
dad? Crearles aquellos intereses, haciendo que nazcan con el 
contacto y afinidades de la inmigración, que los radique luego, 
la propiedad y la familia, que los amplíe el comercio y que se 
extiendan después á todos los resortes que constituyen el orga- 
nismo social y político de los Estados. 

Si los españoles y americanos llegaran á convencerse de esta 
verdad; si los Gobiernos, penetrados de ella, dictaran medidas 
eficaces para conseguir las conveniencias que todos deben re- 
portar; entonces, eso que hasta hoy es una ilusión, sería mañana 
una halagadora realidad. ¿Y qué falta para que esa realidad sea 
tal? Señores, quererlo; pero quererlo de veras, quererlo resuel- 
tamente. 

Si pudiera yo influir en este sentido, expresando, como lo 
hago, á nombre del Perú su deseo, y el mío muy en especial, en 



— 19 — 

apoyo de esta idea; si estas conferencias contribuyeran á alcan- 
zar tan propicios resultados, ello sería motivo de la más pura 
satisfacción, tanto para los iniciadores de esta grande obra y sus 
colaboradores, como para los Gobiernos que la ejecutaran. 

Estamos en el camino, y quizá en el momento oportuno, de 
realizar esta saludable y provechosa transformación. No desma- 
yemos los que tenemos arraigadas tales convicciones, en la im- 
portantísima tarea de llevarlas á nuestros Gobiernos y difundir- 
las entre los que pueden contribuir á realizarlas. El fin adonde 
han de dirigirse es el mismo , el propósito que ha de guiarlos 
idéntico. Si logran alcanzarlo por el común esfuerzo, suya será 
la obra, y por ella se harían acreedores á las bendiciones y á las 
alabanzas de propios y extraños. 

Para una nación que pudo descubrir un mundo y hacerlo suyo, 
no es, no puede ser labor ardua ni difícil recuperar, con los va- 
liosos elementos de que dispone, su antigua grandeza, haciendo 
también grandes á los que con ella quieran serlo. Para el Perú, 
que llama á España con inefable complacencia la madre pa- 
iria, nada puede serle más grato que contribuir con sus rique- 
zas y sus fuerzas al recíproco engrandecimiento de ambas. Una 
Reina que se inmortalizó por su perseverancia y sus virtudes, 
iluminó la América con los resplandores de la ciencia y del ca- 
tolicismo; otra Reina no menos digna y meritoria está llamada 
á completar la obra, haciendo poderosos y felices á dos pueblos 
que lo merecen y que deben serlo. 

Nuestros Gobiernos, satisfechos y con legítimo orgullo, po- 
drán entonces, no llorar sobre las ruinas de Palmira, sino excla- 
mar con el poeta: «Merecemos bien de nuestro pueblo, porque 
hemos aumentado la gloria de la patria.» 



ESTADO JURÍDICO Y SOCIAL DE LOS INDIOS 



ATENEO DE MADRID 



ESTADO jurídico Y SOCIAL 

DE LOS INDIOS 

CONFERENCIA 

D. MANUEL PEDREGAL 

pronunciada el día i8 de Febrero de 1892 




MADRID 

ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO «SUCESORES DE RIVADEXEVR.V * 

IXFRISORES DE LA KEAL CASA 

Paseo de San Vicente, núm. >o 
1892 



Señoras y señores ; 

No me atrevo á decir que esta difícil tarea, que me enco- 
mendó el Sr. Sánchez Moguel, sea entre todas la más ingrata; 
pero sí os aseguro desde luego que es un tema de suma dificul- 
tad. Hablar de las grandes hazañas de nuestros descubridores, 
del ánimo sereno con que acometieron la colosal empresa de 
sondear lo desconocido, rasgando el velo del misterio; hablar 
de las hazañas de nuestros incomparables conquistadores, te- 
ner delante de sí aquella grandiosa figura de Hernán Cortés, 
comparable á los más grandes entre los mayores conquistado- 
res: hombre de valor sereno, de gran entendimiento, de mucha 
astucia, que con un puñado de hombres supo dominar un impe- 
rio de muchos millones, es realmente tarea que cautiva el ánimo. 
Pero el encontrarse frente á frente de una civilización llena de 
problemas muy complejos, en donde el desarrollo de la indus- 
tria se notaba al lado de los principios, repulsivos á nuestra con- 
ciencia y á nuestras costumbres, que pugnaban con la manera 
de ser de los pueblos europeos, tiene poco de agradable. 

Apenas comprendemos cómo se compaginaban ciertas mues- 
tras de bienestar y progreso, que acreditaban excelentes dotes 
entre los aztecas y los incas, con la degradante antropofagia, y 
es causa de tristeza el espectáculo de un pueblo, que al choque 
con otro más civilizado, se merma y casi desaparece. Si no se 
extingue de una manera material, se extingue moralmente en 



algunas partes de América. Todo esto parece más digno de la ele- 
gía, que preparado para entonar cánticos á la gloria de un pueblo 
nuevo. En el hecho de la conquista de América, España apa- 
recerá siempre como un gran pueblo. Verdaderamente se ase- 
meja á una leyenda la conquista del imperio de los incas con 
1 6o hombres que atravesaron un país rico y poblado, lleno de 
fortalezas, en donde los naturales tenían preparada de una ma- 
nera, rudimentaria, sí, pero hábil, su defensa. Existía un gran 
progreso, una civilización, distinta de la nuestra, humillada á 
nuestros pies al empuje de i6o hombres mandados por aquel 
héroe, que no sabía leer ni escribir; que trazaba con su espada 
líneas en el suelo, y nada más; pero de una energía de león, de 
un corazón de fiera, sin cuyas cualidades no hubiera podido do- 
minar al que acababa de ser conquistador de los incas, Ataba- 
liba, y llevaba por corona una serie no interrumpida de victo- 
rias, que se desvanecieron al tropezar con la homérica bravura 
de un puñado de españoles. Antes que Pizarro se hiciera dueño 
del Perú, había fundado Hernán Cortés á Veracruz, conquis- 
tado á Cempoal, de donde salió, como protector de los yucate- 
cos, contra Moctezuma, dejando á su espalda 50 fortalezas y 
50.000 hombres armados, para encontrarse después con pueblos 
que estaban rodeados de grandes fortalezas; con pueblos reuni- 
dos en inmensas poblaciones, más ricas que las de España, y 
sobre todo más espléndidas y más grandiosas. Esto indudable- 
mente ofrece un cuadro tan magnífico, se presta á tales consi- 
deraciones y despierta tristezas tales á la vez, que, siendo yo el 
llamado á discurrir acerca de tan extraordinarios acontecimien- 
tos, en relación con la suerte de los indios, os declaro que estimo 
la tarea muy superior á mis fuerzas. 

Los españoles aparecen en América de una manera muy dis- 
tinta de como se presentaron los ingleses; éstos encontraron 
terrenos casi vacíos, que esperaban nuevos habitantes para la 
colonización; nosotros de repente caímos en territorio poblado, 
con la circunstancia de que tanto los aztecas como los incas te- 
nían una organización feudal. 

Cortés había salido con muy débiles fuerzas, y recibiera el 
encargo de hacer una entrada en Tierra Firme, recoger escla- 
vos, buscar oro, donde lo encontrase, y volver con alguna presa 



para repartirla con Diego Velázquez; pero Hernán Cortés, que 
era un hombre de genio, abandonó por completo las instruc- 
ciones que llevaba, mejor dicho, no atendió á las concupiscen- 
cias de Velázquez, y fué proclamado jefe por sus compañeros, 
que «formaron Cabildo y Ayuntamiento», al pisar el continente 
americano, acordando fundar un pueblo, el de Veracruz, porque 
su propósito no era recoger esclavos, ni buscar oro, sino realizar 
una empresa más grande, más seria: la de implantar allí el genio 
de nuestra raza y la civilazación europea, tan vigorosamente re- 
flejada á la sazón en el espíritu español; quería infundir la sangre 
española en aquellas razas americanas, que no pudieron de nin- 
guna manera resistir al contacto de los guerreros españoles; 
llevaba el propósito de colonizar, y empezó colonizando, fun- 
dando una población. Y cuando se dirigió á Tlascala y á Méjico, 
al querer fundar otra población en la proximidad del mar del 
Sur, hacia el Océano Pacífico, no pudo realizar este propósito, 
porque todo su empeño había de consagrarse á dominar, y mu- 
chas veces á salvar su propia existencia, y dominó con una as- 
tucia tal, con tanta habilidad, que los yucatecos, feroces y san- 
guinarios, se convirtieron en aliados suyos contra Moctezuma. 

Esta fué la habilidad de Cortés : vencer á los que encontraba 
á su paso y convertirlos en amigos suyos, para luchar con 
otros ; eso hizo con los tlascaltecas. Entre ellos descollaba un 
joven general, enérgico, que había sido coronado de gloria en 
sus luchas con los mejicanos, y que hubo de ceder á las exigen- 
cias de su padre, que mostró adhesión sincera á Hernán Cor- 
tés. Este fué dueño de Tlascala, tierra de pan^ con una gran 
ciudad, mayor que Granada, de tan buenos edificios y de mu- 
cha más gente, con abundancia de trigo ó maíz, aves, pescados, 
hortalizas y otras cosas. «Hay en esta ciudad, decía, un mer- 
cado, en el cual cotidianamente se reúnen 30.000 ánimas arriba, 
sin otros mercadillos que hay en la ciudad.» 

Hablaba con verdadero entusiasmo de aquella población y 
de su civilización. «Los valles están sembrados todos — dicen sus 
cartas de relación; — hay muchos frutos, hay variedad de alimen- 
tos, hay vestido, calzado, joyerías de oro y plata, loza, leña, car- 
bón, etc., en los mercados; los habitantes llevan albornoz», que, 
por la descripción, se asemejaría mucho á los ricos mantos de 



los bereberes. En efecto, estaban perfectamente vestidos los tlas- 
caltecas, como lo estaban los de Cholula, como lo estaban los de 
Matixtán ó Méjico; había fábricas de seda, fábricas de algodón, 
fábricas de lana. En Cholula se contaban 400 torres de otros 
tantos templos, y desde esa ciudad se contemplaban dilatadísi- 
mas vegas, todas ellas cubiertas de frutos. Allí se encontraba 
Hernán Cortés, y avanzó aún más. Le tenían por semidiós, y le 
acompañaba la insigne D.* Marina, que tantos servicios le prestó 
en la conquista de Méjico, imperio lleno de esplendores, de 
riquezas y poderío. Á sus pies quedó una gran civilización. Va- 
mos á estudiar cómo se condujeron los españoles con aquel 
pueblo, no nuevo, sino de antigua historia, escrita en sus gran- 
des monumentos y en el estado de la agricultura y de la indus- 
tria, en la organización de sus ejércitos y servicios públicos, en 
la preferente atención que consagraba á la enseñanza, á la ad- 
ministración de justicia y á la policía. No se puede decir que 
fuera un pueblo primitivo, y menos aún que estuviera en la de- 
cadencia; era un pueblo organizado feudalmente, á cuyo frente 
estaba un gran sacerdote, más bien que un emperador, que se 
hacía temer por los suyos, imponiendo el terror con los sacri- 
ficios humanos, que se practicaban en aquellos adoratorios que 
destruyó valientemente Hernán Cortés. 

Por el contrario, los ingleses fundaron colonias, rechazando 
á los indios en número relativamente escaso; no tuvieron nece- 
sidad de mezclarse con ellos, de vivir en medio de masas or- 
ganizadas. Se transportaron á América con sus libertades; nos- 
otros fuimos igualmente con todas nuestras instituciones, es 
verdad; pero contando siempre con el elemento de la población 
indígena, y pensando más en su conversión al Cristianismo que 
en el propio bienestar. La preferencia que dimos á la propa- 
ganda religiosa había de resultar, y resultó, en perjuicio de pro- 
gresos ulteriores. Los ingleses fundaron colonias, marcharon 
hacia América, huyendo de las persecuciones religiosas y de 
la intolerancia; allí fueron libres de ciertas trabas y organizaron 
sus municipios autónomos, que constituyeron la base principal, 
el punto de partida de la gran civilización, que hoy asombra al 
orbe entero. ¿Á qué se debió esto? Principalmente á que los 
ingleses, huyendo de las persecuciones religiosas y de la into- 



lerancia, fundaron una nueva patria, con nuevos territorios sin 
que la población indígena les estorbara. Desenvolvieron la civi- 
lización europea en lo que tenía de óptima, dejando aquí todo 
lo que dificultaba la marcha del progreso. Allá fueron, no como 
invasores, sin necesidad de someterse á las exigencias de la con- 
quista. Se establecieron y vivieron como hombres, libres de 
obstáculos y dificultades, dispuestos á la tolerancia, rindiendo 
culto á la libertad, á la fuerza íntima, que constituye el principio 
activo, la fuerza vital, en el Norte de América. Todo es allí 
grandioso, todo es humano, hasta el sentimiento religioso. 

Los holandeses procedieron de distinta manera. No fueron 
colonizadores. Se organizaron desde el principio para conseguir 
distintos fines. Cuando se encontraban con una isla, como la de 
Java, no atendían á otra cosa que al negocio y á la adquisición 
de sus riquezas. Iban dejando factorías por todas partes; orga- 
nizaban fuerzas; constituían juntas para su servicio y goberna- 
ción. 

Nosotros tuvimos por principal misión el proselitismo reli- 
gioso ; fundáronse muchísimos conventos ; cuidábamos sobre 
todo de implantar la organización del clero, con su inquisición, 
una inquisición que fué peor en América que en nuestra Es- 
paña. Allí se introdujo el diezmo, que exigían con rigor inexo- 
rable los doctrineros. Se hubiera creado, por añadidura, una 
situación muy parecida á la feudal en la Edad Media, si no 
fuera ya absolutamente imposible fundar nuevos estados feuda- 
les, dado el estado de independencia de la Monarquía española. 
Si no estuviera en su período de crecimiento la Monarquía, el 
feudalismo se habría establecido con todas sus consecuencias, 
á partir de los repartimientos en Nueva España y Perú. Esto 
no pudo suceder; si hubiera triunfado Gonzalo Pizarro, ó si no 
fuese D. Pedro Lagasca tan afortunado contra Gonzalo Pizarro 
y todos los que le seguían, i quién sabe ! es de suponer que en el 
Perú, ó se habría fundado un nuevo reinado, ó se habrían con- 
vertido en dueños de vidas y haciendas los conquistadores, te- 
niendo por siervos á los indios sometidos, de los cuales real- 
mente algunos fueron esclavos, como habré de demostrar muy 
pronto. 

Cuando se habla, pues, del espíritu inglés y holandés, en 



lO — 



comparación con el espíritu de Francia, que se identificaba de- 
masiado con los naturales de los pueblos conquistados, y del es- 
píritu portugués y español, se prescinde de las circunstancias, 
en que unos hubieron de ser por necesidad conquistadores, y 
otros colonizadores. Los descubridores españoles se trasladaron 
de repente á los grandes estados que daban frente al Océano 
Pacífico. Eran aquéllos los pueblos más civilizados, los más po- 
pulosos. Los ingleses tuvieron la ventaja de colonizar terrenos 
de escasa población, en donde no había pueblos civilizados, sino 
salvajes, que vagaban desnudos por los bosques. 

Parece que la antropofagia también causaba espanto en Méjico 
y Perú; pero no es posible, sin embargo de lo que dicen nuestros 
historiadores, que en Méjico y Perú sucediera lo que en el Río 
de la Plata, á orillas del Mississipí, las Antillas é islas Caribes. Es 
imposible de todo punto que tal sucediera, porque allí, en donde 
había una población numerosísima, con elementos de civiliza- 
ción y elementos muy poderosos, con una gran riqueza, con 
pueblos agricultures, es imposible que tuvieran por objeto prin- 
cipal la guerra y la antropofagia, como los del Río de la Plata y 
todos los que ocupaban los extensos territorios con vertientes 
hacia el Atlántico. Los pueblos del Pacífico, de origen asiático, 
estaban en una situación muy distinta; eran pueblos real y ver- 
daderamente civilizados. El estado de los indios cuando fué 
invadida América, era el de pueblos idólatras; esto seria lo de 
menos, si no tuvieran en tanto menosprecio la vida humana, pues 
eran muchísimas las vidas de niños, jóvenes y aun de viejos, que 
sacrificaban á los ídolos, que tenían colocados en lugar muy alto, 
muy alto, á donde se llegaba subiendo muchísimas gradas, cuyos 
ídolos eran de madera, de barro, de oro. Moctezuma era el gran 
sacerdote, acompañado por otros, que sin duda eran también 
sacerdotes, pero á la vez jefes y guerreros; señaladamente tenía 
unos 30 subditos, todos jefes de pueblos, que podían reunir 
100.000 hombres armados cada uno: Moctezuma disponía de 
3 millones de hombres, que estaban perfectamente organizados, 
lo cual se explica, dada la importancia de sus poblaciones. Los 
ejércitos eran tan grandes y numerosos, que cuando en las calles 
de Méjico luchó Hernán Cortés con los aztecas, parecían éstos 
más bien nubes de insectos que muchedumbre de hombres; caían 



II 



al filo de la espada ó ante el destructor estampido de lo que lla- 
maban fuegos^ que eran pequeños cañones, como moscas, y re- 
novábanse unos tras otros, dando lugar aquella muchedumbre 
á que Hernán Cortés hiciera una matanza horrorosa, dejando 
sembradas las calles de cadáveres. 

Existía entre ellos la esclavitud; ¿cómo no había de existir, si 
en tan poco tenían la existencia humana? Si los enemigos no 
les servían de alimento, como afirman nuestros escritores, que- 
daban, por lo menos, reducidos á la esclavitud. Esta era la si- 
tuación de los pueblos invadidos por Hernán Cortés y Pizarro. 
Los vencidos eran condenados á servir á los vencedores; cuando 
salían mejor librados, quedaban como esclavos para toda clase 
de servicios. Las mujeres estaban allí en una situación tal, que 
durante la excursión de Hernán Cortés fué recibiendo muchí- 
simas esclavas: se le entregaban esclavas en Cempoal, Tlascala, 
Cholula y Méjico. El mismo Moctezuma le entregó una hija suya, 
que después fué mujer de uno de los capitanes que acompaña- 
ban á Hernán Cortés. No gozaba de gran consideración la mu- 
jer: la mujer prestaba, sin embargo, grandes servicios en el 
Perú; era la que cultivaba la tierra: el hombre, como en algu- 
nas montañas de nuestro país, se consagraba á trabajos domés- 
ticos, entretanto que la mujer se dedicaba á las tareas del 
campo y á la penosa faena de llevar cargas; muchísimas veces 
eran las mujeres destinadas á esa labor; se disculpaban los hom- 
bres en el Perú, en el extenso territorio del Imperio del Perú, 
diciendo que habían quedado diezmados los hombres con las 
matanzas de Atabaliba. Escriben los autores antiguos que Ata- 
baliba se había hecho dueño y señor de todo el territorrio cuando 
llegaron los españoles, y que éstos, después de derrotar á los que 
salieron á su paso ó encontraron en el camino, aparecieron como 
protectores de los mismos, á quieneshabía acometido, vencido y 
destrozado materialmente el conquistador Atabaliba. No exage- 
ran nuestros historiadores cuando hablan del estado de los indios, 
de su idolatría, del gozo con que ellos mismos se sacrificaban á 
sus ídolos; no acometían ninguna empresa sin hacer algún sacri- 
ficio; sacaban sangre de sus venas para ofrecerla á sus ídolos; 
era condición necesaria el sacrificio para emprender aun aque- 
llos actos más ordinarios en la vida. Antes de acometer una 



— 12 



guerra, los niños morían á centenares; los jóvenes y los viejos 
igualmente morían en aras de los dioses, para aplacar su furor. 
¿Sería tal cual lo refieren las crónicas en el Perú y en Méjico? 
Que tal sucediera en los pueblos de los llanos y vertientes 
del Atlántico, que andaban desnudos, siempre en guerra, que 
se buscaban y destrozaban inhumanamente, se explica; que los 
indios del Norte de América, aquellos de quienes dice Panfilo 
de Narváez que aparecieron ante él como verdaderos salvajes, 
feroces, aunque incapaces para la defensa, fueran antropófagos, 
lo admitimos. Pero ¿esto se admite igualmente respecto de aque- 
llos señores que iban envueltos en su albornoz, calzados y esme- 
radamente vestidos, que disponían de grandes territorios, y los 
tenían cultivados perfectamente? Esto no me lo explico; me lo 
explico tanto menos, cuanto que las ciudades conquistadas por 
Hernán Cortés en Méjico, y las que dominó Pizarro en el Perú, 
eran verdaderamente magníficas y grandiosas. Méjico habría 
sido una población lacustre, pero después vino á ser una pobla- 
ción tal, que no había nada con que compararla de cuanto los 
españoles conocían. Cuando entró Cortés, en Méjico, se des- 
hacía en alabanzas, al hablar de sus grandezas. Todo allí era 
soberbio. Había un cúmulo de propiedades y riquezas sin igual; 
el territorio estaba perfectamente organizado en el orden polí- 
tico y en el orden judicial, y en todo lo que se relacionaba con 
los servicios públicos; tenía el Estado un aspecto verdaderamen- 
te feudal, con la circunstancia especialísima de que para dominar 
á los señores de los pueblos, á los mismos reyes de Tezcuco 
y otros, Moctezuma se valía de los procedimientos que puso en 
práctica Luis XIV, y que consistían en convertir á los reyes y 
señores en grandes palatinos, obligándoles á tener su casa en la 
corte, á gastar sus riquezas en la corte y á servir al Rey como 
palaciegos, para dominarlos de esta manera más fácilmente. Los 
mismos procedimientos, recomendados por Saavedra Fajardo, 
cuando decía que los que habían sido grandes guerreros y te- 
nían sus estados particulares, para dejar de ser temibles, bastaba 
que se convirtieran en señorespalatinos y verdaderos esclavosde 
las etiquetas palaciegas, fueron puestos en práctica por Mocte- 
zuma. Eso era lo que sucedía en Méjico cuando llegó Hernán 
Cortés; todos los señores de estados particulares tenían su casa 



— 13 — 

en Méjico; todos ellos servían á Moctezuma; todos le acompa- 
ñaban en sus excursiones. Era persona sagrada Moctezuma; 
cuando salía á recorrer las calles de Méjico le llevaban en andas, 
y hacían con él exactamente lo mismo que hacen con el Sobe- 
rano Pontífice en Roma. Tuvieron por gran irreverencia el que 
Cortés, al aproximarse á Moctezuma, le diera la mano y quisiese 
abrazarle, como en efecto lo hizo, á pesar de las dificultades é in- 
convenientes que se le oponían; y tuvieron, repito, por gran 
irreverencia el que un hombre como Hernán Cortés, no obstante 
ser considerado como semidiós, se aproximase tanto al mismo 
Moctezuma, Además de estos grandes señores, que constituían 
la grandeza, servían á Moctezuma los que eran reyes, incas en el 
Perú. Había también caciques ^(\\xq eran especie de señores feu- 
dales, subordinados á los reyes de los pueblos, y estos caciques 
vivían con gran ostentación y ejercían jurisdicción, estado que 
consagraron las leyes de Indias, no queriendo privar de aquellas 
ventajas á los caciques, con el objeto de que conservasen así la 
autoridad, que era necesaria para mantener á todo el mundo en 
la obediencia á los conquistadores. Juntamente con esto había 
una policía admirable en Tlascala, en Cholula, y, sobre todo, en 
Méjico. Eran diarios los mercados, mercados concurridísimos, á 
donde acudían miles de personas, desde grandes distancias, con 
toda clase defrutosy mercancías; y mientras se celebraban, había 
en Tlascala, Cholula y Méjico, y en todas las demás ciudades, un 
tribunal constituido para resolver las cuestiones que surgían, tri- 
bunal de mercados, que se componía de diez ó doce magistrados. 
En otras poblaciones menos populosas iban con las varas levan- 
tadas los alguaciles ó encargados de mantener el orden, y se re- 
solvían las cuestiones inmediatamente en juicio verbal ; no 
había juicio escrito, claro es, porque no había ley escrita; pero, 
sin embargo, tenían papel ó algo parecido, en el cual escribían. 
Lo cierto es que conservaban un orden perfecto dentro de la 
población, y la misma seguridad y tranquilidad que había de 
día en los mercados, existía también de noche. Y dice á este 
propósito Pernal Díaz del Castillo, que hacían justicia con tanto 
primor y autoridad como entre nosotros, mostrando gran inte- 
rés en conocer á aquellos para quien administraban justicia, y 
preciándose de. saber mucho de las leyes del «reyno por donde 



— 14 — 

sentencien», ó de las costumbres y usos de su lugar ó de su 
pueblo. De esta manera entendían la aplicación de lo que es hoy 
fundamental en derecho internacional. 

Su hacienda descansaba sobre principios parecidos, en parte, 
á los nuestros. En Méjico no entraban mercancías que no pa- 
gasen un tributo, el tantiim qiiid^ como dice Cortés en sus car- 
tas de relación ; había verdaderos derechos de consumos, que 
se pagaban á la importación de las mercancías, y es probable 
que lo mismo que pasaba en la gran ciudad, ocurriese en las 
demás poblaciones. Los señores pagaban á Moctezuma una can- 
tidad alzada, que ellos recaudaban entre sus subditos; era este 
un procedimiento, ni más ni menos, igual ó parecido al que 
existía en el régimen feudal de nuestros pueblos de la Edad 
Media. Tenían obligación los señores de pueblos, y los caciques, 
de estar armados, de servir al rey, de prestarle su consejo para 
la administración de justicia, obligación igual á la de nuestros se- 
ñores feudales ; tenían organizada la instrucción pública, y había 
tres órdenes, puede decirse: uno para la infancia, otro para la 
adolescencia, y para los altos estudios, que eran los consagra- 
dos á la milicia. La enseñanza para el porte y manera de andar, á 
la cual daban gran importancia, ocupaba también su lugar en la 
instrucción. Los plebeyos llegaban á las más altas dignidades 
del Estado, por medio de la guerra, que era entre los mejica- 
nos algo que dignificaba, no sé si tanto como entre nosotros. 
Ignoro si entre los aztecas las armas elevaban á la más alta re- 
presentación del Estado, y si encarnaban en el honor ó eran 
realmente las que daban prez y nombre al Imperio de Méjico; 
pero la verdad es que allí también gozaban de gran predica- 
mento, siendo extraordinario que el ascendiente de las armas 
se haya ido transmitiendo de edad en edad, y que en medio de 
nuestra civilización, de vez en cuando, aparezca como fuerza 
que se impone, avasallándolo todo. 

Existía el matrimonio entre los indios, y se celebraba me- 
diante ciertas ceremonias religiosas; más aún: se consignaba 
por escrito la dote que aportaba la mujer, quien la recogía 
cuando se disolvía el matrimonio, cosa que era muy frecuente; 
mas una vez disuelto el matrimonio, no se consentía que vol- 
vieran á unirse el hombre y la mujer. 



— I í — 



En Méjico existía la propiedad privada, lo cual implica un 
progreso de primer orden. 

Los indios de los Estados Unidos, aun los que están civiliza- 
dos, como los Iroqueses, tropiezan con una gran dificultad, cual 
es la del comunismo de la tierra. Hubo el intento de dividir la 
propiedad común entre los miembros de dos pequeñas tribus 
de Wisconsin; se dividió la propiedad, pero todos ellos la ena- 
jenaron ó la vendieron, malgastaron el precio que obtuvieron, 
y quedaron de nuevo á cargo de los Estados Unidos. Todas las 
demás tribus tenían por base indefectible en los Estados Uni- 
dos la comunidad. En Méjico y Perú existía la propiedad parti- 
cular, hecho importantísimo, acerca del cual me permito llamar 
vuestra atención. En primer lugar, los mercados eran muy fre- 
cuentes y se presentaban en ellos productos de los pueblos co- 
marcanos. Esto denota que, por lo menos, la base del aprove- 
chamiento era la propiedad particular, y lo era sm duda la tie- 
rra, porque entre otros datos tenemos uno del mismo Hernán 
Cortés, que fué el más sagaz observador de todos cuantos escri- 
bieron sobre las cosas de América, y por cierto muy bien, pues 
además de empuñar con gran vigor la espada, sabia manejar la 
pluma. Cuando, al encontrarse en Tlascala con vegas, todas 
ellas cultivadas y pobladas, nos dice: «Hay muchos señores y 
todos residen en esta ciudad, y los pueblos de la tierra son 
labradores y son vasallos de estos señores, y cada uno trabaja 
su tierra por sí, y algunos tienen más que otros, é para sus 
guerras, que han de ordenar, júntanse todos y todos juntos las 
ordenan y conciertan.» 

En las leyes de Indias encontramos vestigios de esto mismo: 
véase el tít. vi, lib. i. Se había de dejar tiempo á los indios para 
cultivar sus heredades; podían libremente vender sus frutos; po- 
dían vender sus haciendas con autoridad de justicia, y los enco- 
menderos no sucedían en las tierras vacantes. Disponen otras 
leyes de la recopilación de Indias: «Que no se prive de sus pro- 
piedades particulares á los indios; que se les vuelvan los terre- 
nos de regadío y se les devuelvan aquellos de que hubiesen sido 
privados.» Y esto se repite en varias le^'^es. Aun más: con los 
indios llamados Mitimais, aquellos que iban de una tierra á otra, 
se hacía exactamente lo mismo que se hace en nuestros días 



— i6 — 

con el movimiento de tropas; los vascos van destinados á An- 
dalucía, y los navarros á Galicia, etc., porque de esta manera no 
tienen compromisos, que son de temer para los gobiernos rece- 
losos. Así los indios Mitimais eran trasladados, por disposición 
de las autoridades de la tierra, desde un lugar á otro, y se tras- 
ladaban en número considerable, á miles, y al mismo tiempo 
de trasladarles con sus caciques, se les daban campos para el 
cultivo y sitios para hacer sus casas. Al indio Mitimai se le 
daba tierra que cultivar, y solar para edificar su casa; y aquellos 
que procedían de las tierras que ellos ocupaban, iban á ocupar 
las que dejaban éstos, ó lo que es igual, cambiaban entre sí 
las tierras que respectivamente les pertenecían. ¿No significa 
nada esto de que los indios tuvieran propiedad particular en 
Méjico y en el Perú? A mi juicio, significa mucho. Una de las 
causas principales de la desaparición, á que están condenados los 
indios de los Estados Unidos, es la carencia de propiedad par- 
ticular. Los mejicanos y peruanos tenían esa propiedad particu- 
lar, con la cual se identificaban. Cultivaron la tierra de una ma- 
nera perfecta, al punto de que en la descripción que se hace de 
los lugaresque atravesaban los españoles á lo largo de la costa del 
Océano Pacífico, en una extensión de más de mil leguas, se dice 
que iban de valle en valle por una carretera bien conservada, que 
estaban cubiertos los caminos con árboles frutales de todas cla- 
ses, sembrados los campos, que producían los mejores frutos, y 
que todos ellos estaban regados, dato importante, porque había 
comarcas en donde no caía en todo el año una gota de agua, y 
cosechaban sin embargo ricas producciones, merced al riego in- 
teligente que empleaban. Y regaban sus propias tierras, fuesen 
Mitimais ó dejasen de serlo, lo cual tiene para mí una significa- 
ción de primer orden. Por el contrario, en la costa del Atlán- 
tico no se conocía la propiedad privada. Eran salvajes los que 
corrían desnudos por aquellos bosques; ¿cómo habían de cono- 
cer la propiedad de la tierra? En nuestros mismos días los in- 
dios de los Estados Unidos van corriendo detrás del bisonte, son 
cazadores de caza mayor, no son siquiera pastores. Los iroque- 
ses eran conocidos de Washington, de quien se dijo que tomara 
algo de ellos para la organización federal de los Estados Uni- 
dos. Yo no me atrevo á decir tanto, pero sí diré que Washington 



— I' 



los conoció, así al realizar sus trabajos de agrimensura, como en 
los de guerras de frontera, á lo cual tal vez debió el ser tan gran 
capitán: había conocido las artes de los indios y con ellos había 
peleado. Washington sabía cómo estaban organizados, y de ahí 
se dedujo por alguno que la organización de los Estados Unidos 
era federal, á semejanza de la de los iroqueses. Pues bien ; los 
indios de los Estados Unidos no podían adaptarse á las condi- 
ciones de la propiedad particular, y este fué el motivo que tu- 
vieron, en tiempos no lejanos, para sostener cruenta guerra con 
los ejércitos de la Unión Americana. Apareció entonces, como 
jefe de los indios, un hombre extraordinario, que volaba desde el 
Norte al Sur, y á quien un día se le veía en el territorio de Kan- 
sas, poco después en Tejas, como movido por el Gran Espíritu 
que invocaba. Tenía dotes para fundar un gran imperio, como 
dijo el general Harrison; era guerrero y tribuno á la vez, ejercía 
gran influencia entre los indios, pero fué vencido: carecía de los 
medios necesarios para dar cima á su empresa. Su principal 
empeño se reducía á la reivindicación de la propiedad común 
de la tierra. 

Según él, correspondía álos indios la comunidad de la tierra; 
la propiedad no era de las tribus, sino del hombre de piel roja, 
y sostenía que la tierra de América se había creado para el hom- 
bre de piel roja, el cual tenía derecho á andar y vagar por el 
vasto territorio de América. Una cosa notable hay en esto, que 
dio lugar á una contienda que resolvieron los tribunales federa- 
les, y que tenía por objeto el derecho de enajenar la propiedad 
de la tierra de una tribu. Hubo dos magistrados que entendie- 
ron que el contrato celebrado entre nación y nación era válido, 
dando el carácter de verdadera nación á la tribu que había ena- 
jenado la tierra, y declarando que, si bien los indios estaban bajo 
el protectorado de los Estados Unidos, eran dueños del terri- 
torio que disfrutaban, y que la tierra que habían enajenado bien 
enajenada estaba. 

Tecumseh fué vencido, mas no por eso desapareció el senti- 
miento de comunidad que tenían los indios de los Estados Unidos, 
muy distinto del que tuvieron los indios de Méjico y del Perú. 

Señores, me olvido de que he de encerrar este inmenso tema 
en una conferencia, y he hablado demasiado de las antiguas eos- 



— 15 — 

tumbres de los indios; acaso lo más importante es saber cómo 
nos hemos conducido nosotros con ellos. ¿Fué una misión civi- 
lizadora la nuestra, ó nos hemos consagrado particularmente á 
la destrucción de una raza? Los ingleses encontraron tribus va- 
gabundas y salvajes, que no sabían más que arrancar la piel ca- 
belluda al blanco que caía en sus manos, y que más bien esta- 
ban preparados para la lucha y la destrucción, cual declaraban 
en 1622 los colonos de Virginia, que para la civilización. Nos- 
otros no nos encontrábamos en la misma situación; nosotros 
hemos vivido en medio de los aztecas y de los incas. En los 
Estados Unidos se les trató con mucho ligor, así es que en mo- 
mentos determinados se ordenaba á los indios que estaban ala 
orilla izquierda del Mississipí, que se trasladasen á la derecha, y 
hoy el territorio indio está á la derecha del Mississipí, entre 
Kansas y Tejas. Allí estaban los indios iroqueses, los indios ci 
vilizados; por allí vagan los de las restantes tribus, que no están 
civilizadas ni mucho menos, y que recientemente se alzaron 
contra los Estados Unidos. Se dijo de los ingleses que eran res- 
ponsables, ante la civilización, de haber convertido álos blancos 
contratados en esclavos, y de haber destruido álos indios persi- 
guiéndoles como fieras. Hoy no se puede decir esto de los 
Estados Unidos. El Presidente de los Estados Unidos, para 
civilizar, para conservar y mejorar á los indios que están en su 
territorio, dispone de 6 millones de dollars; el Presidente de los 
Estados Unidos atiende á las necesidades del pueblo indio; 
tiene agentes en todas partes que cuidan de su mejoramiento; 
hace lo que humanamente puede hacer para mejorar la situa- 
ción de los indios, y sin embargo, éstos van desapareciendo, 
van alejándose, lo cual es debido á una causa interna, la de 
que el indio aun no ha llegado á ser labrador, ni es verdadera- 
mente propietario. El indio desaparece; las colonias se convir- 
tieron en una gran nación. Los Estados Unidos son hoy la pri- 
mera nación del orbe, poderosa, rica, ilustrada; sobre todo la 
ilustración y la civilización se extienden por todas partes. Hay 
eminencias, ¿quién lo duda? hay gran cultura; pero el rasgo ca- 
racterístico de su civilización es la ciencia popular; se goza de 
un bienestar general y de una cultura media, que hace á todos 
los hombres iguales. 



— 19 — 

Los Estados ^Unidos realizan su fin, pero implantando una 
civilización distinta de la que existía, creando una población 
que triunfa por eliminación de los primitivos habitantes. ¿Y es 
esto lo que podríamos haber nosotros hecho allí donde existían 
pueblos verdaderamente civilizados? No se puede culpar á los 
Estados Unidos de hacer extirpado una civilización, porque 
no existía, no la había; tuvieron que luchar con indios salvajes; 
los vencieron, la cosa es clara, ¿cómo no los habían de vencer? 
Los europeos encontraron nuevos territorios por donde pudie- 
ron extenderse, y cuando se encuentran los colonizadores en 
tales condiciones, bien está que se desarrolle la civilización y 
que tomen nuevos rumbos, según requieran los adelantos del 
progreso humano. 

Pero esto no es lo que pasaba en Méjico y en el Perú: des- 
aparecieron los indios que había en las pequeñas Antillas, y los 
que existían en las costas del Atlántico iban desapareciendo á 
manos de los caribes. Los caribes que venían del Sur, raza fuerte 
y vigorosa, iban arrollando á todos los que encontraban á su 
paso; los de las grandes Antillas desaparecieron también al em- 
puje de los europeos, ó al ponerse en contacto con los mismos, 
que vivieron en medio de los aztecas y de los incas, y que no po- 
dían hacer otra cosa sino vivir entre ellos, porque á millones de 
hombres no se les destruye, no se les degüella. 

Quejóse el P. Las Casas de la manera de proceder en Méjico y 
el Perú. A pesar de todas las leyes de Indias, á pesar de los rec- 
tos sentimientos del P. Las Casas, que se convirtió en defensor 
de los indios, no fué posible que se hiciera otra cosa que lo que 
se hizo. Eramos los más poderosos, éramos los más ilustrados. 
No era dable que con su civilización nos sometieran, como los 
griegos vencidos á los romanos vencedores, y los cristianos del 
siglo V á los bárbaros invasores. Eramos los más ilustrados y por 
ende los más fuertes, y dentro de ciertos límites fuimos señores 
de la raza vencida. ¿No los hemos dedicado al cultivo de las tie- 
rras; no los hemos ocupado en cuidar de los tambos ó posadas, 
en que los caminos existían al servicio público, y en los cuales 
estaban obligados á surtir de vituallas, maíz, carne, etc., á los pa- 
sajeros, fijándoles precios moderados? ¿Pues no era oficio servil 
el que hacían por obligación los indios que salían de su tierra 



— 20 — 

para trabajar en beneficio de los dominadores, distribuyéndolos 
en las minas, en las chacras ó en otros cultivos peligrosos para 
la vida? 

Los repartimientos, por más que fueron combatidos, por más 
que se sucedieron las leyes para dulcificar la vida de los indios, 
¿qué eran? Los repartimientos fueron obra de los Reyes Cató- 
licos, los repartimientos fueron mitigados, verdad es, atenua- 
dos ó moderados, por reyes posteriores, como Felipe IL Pero 
¿qué dicen nuestros historiadores Pedro de Cieza y Agustín de 
Zarate? Que aquellos indios eran tratados como esclavos, y si 
bien los primeros navegantes no vendieron en Sevilla los indios 
que trajeron, porque se interpuso la Reina Católica, que no lo 
consintió, sabido es cómo eran tratados por Pizarro, pues lo 
dice el mismo Bernal Díaz del Castillo , uno de los conquista- 
dores. Decía éste que había gastado su fortuna, que estaba 
completamente arruinado, y que no se podían suprimir los re- 
partimientos, porque eran una necesidad para la vida de los 
conquistadores y para la nueva civilización de aquellas tribus. 

Se dirigió á Felipe II una queja, en la que se acusaba al clero, 
á los conventos y á la Inquisición, de haber maltratado á los in- 
dios, de haber hecho con ellos lo mismo que los caribes hacían 
con los habitantes de las Antillas. Con las leyes de Indias se 
demuestra que fueron maltratados los indios, vejados y robados 
por sus doctrineros, que eran los encargados de conducirlos 
por el camino de la salvación á la perfección de las doctrinas 
del Cristianismo. Un servicio inapreciable se les prestó por 
nuestros conquistadores y colonizadores, logrando que se extin- 
guieran ó extirparan los sacrificios humanos. En esto pusieron 
gran empeño, y por mucho malo que hayan hecho después, 
todo lo que hicieran es muy inferior á los sacrificios humanos, 
que verdaderamente espantaban y horrorizaban á los mismos 
Hernán Cortés y Pizarro. 

Pero, aparte esto, y después de esto, con haber sido inmen- 
sos los beneficios que se prestaron á los indios de América, in- 
troduciendo el Cristianismo y extirpando para siempre los sa- 
crificios humanos, no se desconozca tampoco que los indios, sin 
que fuesen esclavos, estaban sujetos á servicios personales, y 
bajo el poder de los conquistadores, á tan larga distancia, era 



— 21 —' 

de temer que éstos no se condujeran con suavidad y con dul- 
zura. ¿Por qué se rebeló Gonzalo Pizarro? Por que rechazaba 
las ordenanzas de 1542. Cuando el P. Las Casas denunció los 
abusos que en América se cometían, el emperador Carlos V re- 
dactó unas ordenanzas protectoras de los indios, y al tener noti- 
cia de estas ordenanzas, los conquistadores, bajo la dirección y 
el mando de Gonzalo Pizarro, se pusieron en armas, y fué nece- 
sario que un juez de la Inquisición, Pedro Lagasca, se convir- 
tiera en soldado para vencer la rebelión ; fué vencida en abso- 
luto, mediante la energía de D. Pedro Lagasca, que hizo pagar 
con la vida al jefe de los insurrectos su interesada resistencia á 
las ordenanzas de 1542. Pero, al tener noticia de la rebelión de 
Gonzalo Pizarro, el emperador Carlos V, con todo su poder, y 
para restablecer la paz en el Perú, empezó por dar una satisfac- 
ción á Gonzalo Pizarro, ofreciéndole que volverían las cosas al 
estado en que antes se hallaban; que no se modificaría nada; que 
los indios prestarían servicios personales; que seguirían culti- 
vando los campos; que continuarían transportando las mercan- 
cías; que harían el servicio de acémilas; que para esto servirían 
en lo sucesivo los indios. Y aunque fueron vencidos los rebeldes, 
los indios continuaron prestando los mismos servicios que antes, 
y si no se derogaron, no fueron cumplidas las ordenanzas. Don 
Pedro Lagasca ofreció á Gonzalo Pizarro derogarlas, si se some- 
tía. Aquel gran Emperador, aquel gran capitán que había reco- 
rrido todos los pueblos de Europa con su bandera triunfante, 
se humillaba ante Gonzalo Pizarro. ¡ Cuántos grandes hincan la 
rodilla ante los que consideran de mayor poder, aunque no lo 
tengan! En aquella ocasión se equivocó Carlos V y convino en 
la revocación de las ordenanzas ; otra cosa hubiera sido si se hu- 
biese cumplido el decreto de Carlos V. 

El triunfo de D. Pedro Lagasca tuvo una trascendencia de 
primer orden ; fué el triunfo de un magistrado ó juez de la In* 
quisición, contra todos los conquistadores que se agrupaban 
bajo la bandera de Gonzalo Pizarro. 

Los resultados de nuestra gran conquista, de nuestras hazañas 
en América, que siendo realidad, tiene en la apariencia más de 
leyenda que de hecho real y positivo, no constituye para los 
españoles más que una gloria inmarcesible. Hemos cometido 



«^ ¿i — 

muchos errores, pero al lado de ellos hemos dictado un código 
que es, en verdad, digno de las grandes empresas de nuestros 
conquistadores. Las leyes no siempre fueron cumplidas, ni en 
todas ocasiones respetadas como debieron serlo, y esto se ex- 
plica perfectamente. Eran difíciles las comunicaciones, los re- 
partimientos subsistían, ¿y cómo habíamos de pedir al tiempo 
lo que el tiempo no podía dar? Las leyes de Indias tenían por 
objeto dulcificar la situación de los indios; no reconocían dere- 
cho alguno para imponer castigos severísimos á los vencidos, y 
el estado de guerra era permanente en América ; eran los indios 
en número considerable, y los había entre ellos del vigor de los 
araucanos, que eran verdaderamente vigorosos; no eran todos 
ellos pobres y miserables, como decían nuestras leyes. Se su- 
puso también que no podían cargar más de dos arrobas, y esto 
efectivamente sería cierto en algunas partes, pero en la genera- 
lidad no, porque los indios no eran endebles. ¿Lo eran los de 
las costas del Pacífico? ¿Lo eran los aztecas? ¿Lo eran los Mi- 
timais en general, sobre todo los tlascaltecas, un pueblo libre 
que tenía sus autoridades por elección, que gozaba de grandes 
libertades, que sostenía constantes luchas contra los mejica- 
nos y que estuvo no sólo á las órdenes de Hernán Cortés, sino 
también en lucha con el poderoso Moctezuma? 

Nosotros cometimos, vuelvo á decir, grandes faltas, inheren- 
tes á la índole misma de nuestra situación; pero no hemos 
sacado provecho ninguno de nuestras hazañas. ¿ En qué habrá 
consistido esto? Nuestros héroes transportaron á América hasta 
el Concejo de la Mesta, que existía allí lo mismo que existía en 
España; de seis en seis leguas había un convento; teníamos la 
Inquisición, nada suave en América, á juzgar por la Concor- 
dia de 1601 , despachada en 1610, entre las jurisdicciones de la 
Inquisición y Justicias Reales; teníamos un clero numeroso, 
con doctrineros ávidos de riquezas, y es natural que lo ocurrido 
en España pasase también en América. ¿Á qué debemos los 
menguados resultados que obtuvimos? ¿Por qué, después de 
haber aparecido como heraldos de una civilización rica, enér- 
gica y poderosa, llegamos al estado de debilidad en que vini* 
mos á parar á principios de este siglo? ¿Cómo es que, habiendo 
tenido alientos, fuerzas y vigor para vencer en América, para 



— 23 — 

conquistar á los aztecas y á los incas, después de haber paseado 
nuestros pendones por Europa, orgullosos y siempre vencedo- 
res, hemos sido vencidos, quedando postergados á los pies de 
nuestra misma debilidad? Pues lo debemos á que se perdió la 
tradición de nuestros municipios ; á la Inquisición y poder del 
clero, que se enseñorearon de nuestras conciencias y de nues- 
tros cuerpos. 

Esto mismo se reflejó en América; somos hermanos en todo. 
¿No veis cómo el espíritu religioso en las Repúblicas hispano- 
americanas reviste el mismo carácter que entre nosotros? Es 
distinto del espíritu religioso en los Estados Unidos. ¿Y quién 
duda que los Estados Unidos son un pueblo eminentemente re- 
ligioso? Allí se decreta una festividad para elevar al Altísimo 
un voto de gracias, conmemorando la proclamación de la in- 
dependencia de América, y ese día, en que se celebra tan fausto 
suceso, es verdaderamente religioso, magnífico, dedicado al 
Todopoderoso. 

El camino extraviado que seguieron nuestros padres, las prác- 
ticas de nuestro clero, los conventos y las misiones apagaban 
el espíritu de iniciativa; imperó en América, lo mismo que en 
España, un sentido hostil á la vida expansiva de la libertad, y el 
mismo resultado que aquí obtuvimos, recogimos en América. 

¿Llegaremos á conseguir lo que está visiblemente reservado 
á pueblos que ocupan en el mundo un lugar privilegiado, como 
las Repúblicas hispano-americanas? Cuando esto suceda, que 
sucederá, se reconstituirá una gran raza, de la cual hoy no que- 
dan más que restos, no muertos, sino adormecidos, que reco- 
brarán su vigor, con un sentido que acaso en lo porvenir lleguen 
á formar el conjunto que se necesita para reconstituir un gran 
pueblo: España allende los mares y más acá de los mares. 

Entretanto, en vuestro nombre y en el mío, reciban un 
abrazo nuestros hermanos de América. 



EL ARTE MONUMENTAL AMERICANO 



ATENEO DE MADRID 



EL ARTE MONUMENTAL 

AMERICANO 

CONFERENCIA 

DE 

DON JUAN FACUNDO RIAÑO 

pronunciada el día 26 de Mayo de 189 x 




T 



MADRID 

ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO « SUCESORES DE RIVADENEYRA > 

IMPRESORES DB LA REAL CASA 

Paseo de San Vicente, nám, ío 



1892 



En el extenso territorio de ambas Américas se encuentran 
esparcidos, en número considerable, monumentos antiguos de 
diversa índole, que responden á los diferentes estados de cul- 
tura de aquellas razas, desde los tiempos más remotos hasta la 
época de los descubrimientos y conquistas por los europeos. 
Los restos conocidos hasta ahora comprenden importantes 
obras arquitectónicas, esculturas, pinturas, y multitud de obje- 
tos pertenecientes á trabajos artísticos ó industriales. Consti- 
tuyen indudablemente un conjunto de grandísimo y especial 
interés para la arqueología y para la historia ; de cuyo análisis 
y conocimiento, una vez emprendidos sobre verdaderos funda- 
mentos críticos, hay que esperar la solución de innumerables 
problemas, que obscurecen hoy los orígenes de los primitivos 
pobladores americanos. 

Entre la suma total de los mencionados restos sobresalen dos 
grupos de construcciones, que supongo corresponden á los 
dos centros principales de civilización en aquellas comarcas: el 
uno á la región de México y Yucatán; el otro á la del Perú. 
Ambos presentan caracteres propios, aunque diversos entre sí, 
y su breve estudio y comparación con otros monumentos del 
antiguo continente serán el asunto concreto de la presente 
conferencia. 

La historia de México, á semejanza de la de Egipto, no prin- 
cipia, á lo que parece, con hechos y personajes de carácter mi- 
tológico, como sucede generalmente al investigar los orígenes 



— 6 — 

de otros pueblos antiguos; sino que personajes y acontecimien- 
tos reflejan la realidad en lo que de ellos se narra. Dos razas 
poderosas se establecen consecutivamente en aquel país, lo do- 
minan y desarrollan importantes elementos de cultura : la raza 
tolteca aparece primero, hacia el siglo vi de nuestra era cristia- 
na, la cual gobierna con éxito hasta tanto que en el siglo xi, pró- 
ximamente, cede por fuerza el imperio á la raza azteca, que in- 
vade el territorio y lo domina, persistiendo en su posesión á 
la llegada y conquista de Hernán Cortés. Suponemos que los 
importantes restos de construcciones antiguas que se conservan 
en la actualidad corresponden á estos dos períodos históricos, 
de cinco siglos cada uno de ellos ; pero cuáles sean sus antece- 
dentes, cuáles los orígenes de sus formas artísticas, de sus modi- 
ficaciones, de sus transiciones, hasta llegar al estado de perfec- 
ción en que nosotros los conocemos, son asuntos de solución 
muy difícil, y acaso imposible, mientras tanto que las investi- 
gaciones no salgan de la situación elemental en que se en- 
cuentran todavía. 

Figura como más excelente y principal de los antiguos edifi- 
cios de este país el que se conoce con el nombre de Teocalli, 
«casa de Dios», de cuya clase hay bastante número y variedad 
de formas, lo mismo en Yucatán que en México, y aun dife- 
rentes dentro de cada localidad. Afectan todos ellos la hechura 
de pirámide, truncada en su último tercio, con el fin de dejar 
en aquella altura una explanada ó espacio libre para levantar un 
templete ó adoratorio, que encerrase las imágenes y representa- 
ciones sagradas, objeto de la veneración del pueblo. Se ascendía 
generalmente al pequeño santuario por medio de escaleras, y 
con este motivo se producían las mayores variedades de estruc- 
tura en la que pudiéramos llamar forma fundamental ; porque 
unas veces los escalones son continuos é iguales por los cuatro 
lados de la pirámide, desde la base hasta la plataforma; otras 
ocupa solamente la escalinata el centro de cada una de las caras 
laterales, formando cuatro ranuras en sus superficies; y no faltan 
ejemplos de sustituir las aristas de los ángulos por convexida- 
des, abultamientos, ú otras modificaciones de su estructura en 
combinación con los peldaños de la subida. Hay que reconocer 
fantasía en los artistas que imaginaron los Teocallis al verlos 



realizar formas tan variadas de construcción sobre un tipo tan 
primitivo y sencillo. El catálogo de estos monumentos es, como 
digo, numeroso, mereciendo señalarse especialmente los Teo- 
callis de Tehuantepec en Ojaca, de Palenque, de Xochicalco y 
de Cholula. 

La ornamentación de sus vanos y espacios decorables es por 
extremo exuberante en relieves y pinturas, que representan 
seres mitológicos de extrañas y originales apariencias, alter- 
nando con trazas geométricas ó dibujos de puro adorno. Descú- 
brense en algunos pormenores ciertos parecidos ó semejanzas 
con modelos pertenecientes á restos del antiguo Egipto, sin 
que falten autores modernos que llamen la atención acerca de 
semejantes coincidencias: no las discuto ni las extraño, tratán- 
dose del pueblo que inicia la historia general del arte, y cuyos 
motivos de ornamentación han sido arsenal copioso por espacio 
de siglos y siglos para tantos Estados como desarrollan cultura 
artística en Oriente y Occidente hasta la caída del Imperio ro- 
mano ; pero no puede deducirse de estas analogías , ni del em- 
pleo de alfabetos jeroglíficos por los mexicanos, ni menos, y es- 
pecialmente, de la forma piramidal de los Teocallis, la copia 
directa é intencional de la pirámide egipcia. Porque desde luego 
salta á la vista la primera y principal diferencia, que es la rela- 
tiva al objeto y destino del monumento: en México se emplean 
estos edificios para templos, con las condiciones necesarias para 
sus ceremonias y ritos religiosos, y con las facilidades conve- 
nientes para la concurrencia del público. En Egipto, las pirá- 
mides son tumbas, sin acceso posible á las cámaras sepulcrales 
por parte del público ni de nadie, puesto que intencionalmente 
se cerraba la entrada, para que fuese ignorada perpetuamente, 
ocultándola debajo de los revestimientos exteriores. Y de la 
misma manera que en el fondo, se demuestran grandísimas di- 
ferencias en la forma, la cual es variada y múltiple en los Teo- 
callis, como acaba de indicarse , y con la modificación especial 
de truncar la figura para producir la plataforma destinada al 
adoratorio: en Egipto, la pirámide es completa, sin aditamento 
alguno; están construidos en disminución sus cuatro lados lisos, 
desde la base hasta la cúspide. 

No se reducen al grupo de los TeocaUis los vestigios de mp- 



numentos antiguos encontrados en México y Yucatán: los hay 
numerosos é importantes, revestidos asimismo de ornamenta- 
ción fastuosa en trabajos de pintura y escultura, los cuales su- 
ponemos que corresponden á edificios de carácter civil, torres, 
palacios y otras construcciones, cuya parte superior ha caído 
por tierra, y no permite establecer con la claridad debida su 
primitivo destino. Se pueden indicar, como los más señalados 
y conocidos, el palacio de Mitla, el de Zayi, el de Chichen Itza 
y la casa de las monjas y del Gobernador de Uxmal. 

Conviene consignar ahora, con el fin de tenerla en cuenta más 
adelante, la teoría de algunos autores que se ocupan de los orí- 
genes de la arquitectura, con relación á las localidades de donde 
proceden los diversos pueblos que han determinado su des- 
arrollo y progreso. Porque de ello resulta que, si, en un estado 
primitivo de cultura, han tenido á su disposición grandes canti- 
dades de árboles, y con ellos han comenzado sus construcciones 
más rudimentarias, andando el tiempo y mejorando sus condi- 
ciones, han continuado, no solamente la costumbre de edificar 
con madera, sino que al levantar monumentos de piedra y de 
otros materiales cost