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Full text of "El coronel Cristóbal de Mondragón: apuntes para su biografía"

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KFP 140/ 





HARVARD COLLEGE LIBRARY 

in honor of 

ARCHIBALD CARY COOLIDGE 

1866 - 1928 

Professor of History 

Lifelong Benefactor and 

Rrst Director of This Library 



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EL CORONEL 

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EL CORONEL 

Cristíbol de Hondroaín. 



APUNTES PARA Sü BIOGRAFÍA 

I 



V 
POB 



D. Hngel Salcedo I^uiz. 

Auditor de Brigada del Cuerpo Jurídico Militar. 




MADRID: 1906. 

I^Carcaliaíio T^alDarés, Impresor. 

7 — TRUJILLOS-7 



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eRISTdBAL OB MOi\ORJI6dN 

Retrato al óleo, poseído por los descendientes de Mon dragón. (Fotografía del Sr. Zabálburu, 
facilitada para su pablicación por ei Sr. Rodríguez Villa). 



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PROEMIO 




¡OS insignes militares apellidados Mondragón, ó de Mon- 
dragón, florecieron en el siglo de oro de las armas españo- 
las. Fué uno el capitán Juan de Mondragón y Otálora, 
también llamado Juan de Abendafto y Mondragón, hijo de Pedro 
Ibáñez de Otálora y de D.* María de Váida y Abendaño; descen- 
día por su padre de la villa de Araoz, y fué natural de la que, con- 
forme á uso de la época, tomó apellido , que honró él militando 
muchos años bajo las gloriosas banderas de su Rey y patria. Mu- 
rió en Agosto de 1563, cuando disponíase á embarcar para el soco- 
rro de Oran. D. Luis Zapata, el autor del Cario famoso y de la 
Miscelánea, calificó á este valiente capitán de varón de acero fino, 
atendiendo al temple de su alma; y de aquí sacaron luego sus des- 
cendientes la extraña especie de que Carlos V le había concedido 
el título de Barón de Acero fino, cosa de todo punto inverosímil, 
por referirse á un tiempo, en que, significando todavía los títulos 
jurisdicción señorial, sólo se daban sobre villas ó lugares (1). 

El otro Mondragón, sin relación conocida de parentesco con el 
capitán guipuzcoano, es aquel famosísimo Cristóbal, que, como á 
porfía y sin tasa, elogian los historiadores nacionales y extranje- 
ros de las guerras de Flandes. ^Ilustre por su valor ^ escribió He- 
rrera, y por las infinitas victorias y hasañas que hiso, digno de 
admiración por él amor y respeto que siempre le tuvieron sus sol- 
dados, y que sin otra ayuda ni favor que el propio, alcanzó los 
mayores grados de la milicia,^ ^Gran soldado, al decir de Cabre- 
ra de Córdoba, vencedor y bien afortunado por intrépido y resuel- 
to acometedor, sin haber conocido el miedo en lo más dudoso y di- 
fícil de emprehder.n u Valerosísimo capitán y hombre muy de 
bienn, en sentir de Strada. uMuy valiente, virtuoso y experimen- 
tado capitán^, en expresión de Alonso Vázquez. ^Rígido en la 



(1) Kstas noticias son del erudito vascongado D. Juan Carlos Guerra, comunicadas á 
nuestro querido amigo el docto cronista de las Provincias Hermanas D. Carmelo Echega- 
ray. Nuestra gratitud á los dos ilustres vascongados. 



I ^._ 



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- 6 - 

disciplina, según Bentivoglio, y con todo esto tan bien querido de 
todas las naciones, que cada una le deseaba por cabo, y todas á 
porfía procuraban tenerle por padré\n D. Carlos Coloma dedicó 
á Cristóbal de Mondragón una de las hermosas semblanzas que es- 
maltan sus clásicos Anales; ^por maravilla, dice, se hiso cosa en 
las guerras de Flandes donde él no se hallase ejecutando ó man- 
dando, y con ser hombre de condición seco, poco atractivo y sobra- 
damente libre, tuvo particular estrella en ser bien quisto, no sólo 
de sus superiores^ sino de sus inferiores^ y (lo que es más de ma- 
ravillar) de sus iguales Todos los capitanes y soldados le te- 

nian por padre, y le respetaban como á tal. » 

Razón tuvo el capitán Alonso de Mondragón, sobrino y yerno 
de Cristóbal, al decir á Felipe III, en un memorial de justos agra- 
vios, que su tío y padre había hecho en Flandes los más señala- 
dos servicios que nunca español hi30 (1). Y cuanto más se ahonda 
en el estudio de la carrera del coronel Mondragón, se va viendo 
más claro que, aparte la del gran Duque de Alba, no hubo en la 
centuria decimosexta otra más larga, igual y venturosa, ni más 
rica en proezas extraordinarias y eminentes servicios. Por algu- 
nos aspectos sobrepuja la de Mondragón á la del gran Duque. 
Este debió, en efipcto, á su nacimiento el haber ocupado, desde 
que comenzó á guerrear, los primeros puestos; fué general sin ha- 
ber sido soldado, ni oficial subalterno; pero Mondragón hubo de 
ganarlo todo por sus puños, tuvo que subir peldaño á peldaño la 
difícil escala, y que dar estupendas pruebas de valor personal, an- 
tes de manifestar sus talentos de caudillo. De aquí que en la vida 
suya resplandezca» más el elemento hazañero que en la de aquel 
que, por privilegio de su alcurnia, siempre mandó en jefe. 

Ocúrrese la comparación entre estos dos célebres guerreros 
por otra parte tan diversos en su respectiva posición; porque en 
los antiguos Estados Bajos son, quizás, de los españoles que allí 
combatieron hace tres siglos, los que han dejado más profundo re- 
cuerdo. Pero muy distinto uno que otro. El del Duque ha quedado 
asociado en la memoria de holandeses y flamenqos al horror que 
allí siempre inspiró la política inquisitorial de Felipe II. «£7 nom- 
bre del Duque de Alba, ha escrito el ilustre general belga Guillau- 
me, sólo evoca hoy el implacable rigor de su gobierno ; parece que 



(1) Memorial del capitán Alonso de Mondragón, con su genealogía. Biblioteca Nacional 
Sección de Manuscritos. 



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- 7 - 

Ja sangre vertida por sus órdenes, ha borrado los títulos que sU 
gloriosa carrera militar debía darle al respeto y admiración de 
Ja posteridad. Todo el mundo sabe que por su mandato rodaron 
miles de cabesas sobre los cadalsos; pero muy pocos recuerdan 
que fué él Duque el más hábil, el más ilustre y el más afortunado 
capitán de su siglo (1). En cambio Mondragón, á quien no tocó go- 
bernar, sino combatir, que sólo hizo derramar sangre en los cam- 
pos de batalla, evoca la imagen de aquel infante que, con su pica 
y su arcabuz, caracterizó la fisonomía militar del siglo XVI, enla- 
:zando en la historia el tipo del paladín medio-évico con el del sol- 
dado moderno. El Duque de Alba es el hombre de los castigos, ó, 
mejor dicho, es la España católica y realista que quiso imponer á 
<^intarazos y suplicios su modo de ser nacional, forjado en el yun- 
que de las guerras seculares contra los moros, á los pueblos del 
norte de Europa, tan diversos de nosotros por su complexión natu- 
ral y por sus antecedentes históricos; pero Mondragón, ó el capi- 
tán Dragón, como le decían los flamencos (2), es el hombre de las 
hazañas, ó la España batalladora y combatiente á que no regatea- 
ron imparcial aplauso sus mismos enemigos. Por vínculo indisolu- 
ble de tradición popular ha quedado unido el nombre de Mondra- 
gón á parajes y comarcas de Flandes que fueron teatro de sus más 
señaladas proezas, y no hay guía de viajeros, ni manual geográfico 
que se olvide de indicarlas (3). 

Y á esta fama de hazañero insigne agrégase otra, desde el pun- 
to de vista moral, más noble: la de hombre honrado y humano, 
siempre digna de gran estima, pero de mayor aún, tratándose de 
tm guerrero del siglo XVI» tiempo en que no solían brillar tales 
prendas en caudillos y soldados. ^No es dado evitar y ha dicho Ga- 
chard, leyendo la correspondencia de Mondragón/que se despierte 
en el ánimo un vivo sentimiento de simpatía por este jefe espa- 
ñol, el único quisas de su nación que no se atrajo el odio público 
en los Países Bajos; inspiran aprecio hacia él su franqueza, su 
Jealtad y su modestia (4). 

Es lástima que no tengamos de Mondragón una biografía digna 
xie él. Fuera de lo que dicen las historias generales, nada sabemos 



(1) Introducción á la última traducción francesa de Mendoza. 

(2) Memorias anónimas sobre los tumultos de Flandes. 

(3) Véanse, desde la descripción de Flandes por el Cardenal Bentivoglio, hasta el Baedeker 
Belgique et Hollande. 

(4) Correspondance de Philippe //•— Vol. IV, 



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de este guerrero ilustre. Conocemos la paítte que tomó eij los gran- 
des sucesos militares de su tiempo; pero de su vida particular sólo- 
poseemos indicaciones vagas, y casi todas inexactas. Inexactas 
son varias de las pochas noticias que acerca de la vida de Mondra- 
gón, da Coloma en la bella semblanza inserta en los Anales. Y Co- 
loma es la fuente donde han bebido la mayor parte de los que han. 
hablado ó escrito del famoso Cristóbal. 

Es pobrísima la bibliografía biográfica de Mondragón. 

Pocos afios después de su muerte, en 1601, se publicó en Víena 
el Catálogo de la Armería del Archiduque Fernando de Austria, '^ 
doble edición simultánea, latina y alemana. De ambas hay ejem- 
plar en la Biblioteca Nacional. Al uso de la época, no es im verda- 
dero catálogo descriptivo de las piezas poseídas por el Archidu- 
que, sino colección de retratos y breves biografías de los persona- 
jes á que pertenecieron las armas y armaduras; al folio 51 están el 
retrato y la noticia biográfica de Cristóbal de Mondragón. Es muy 
sucinta, y con pocos datos aprovechables. 

También á principios del siglo XVII (en 1619 ó antes), el leonés 
Juan López Ossorio, avecindado en Medina, escribió su historia 
titulada Principio, grandesas y caída de la noble villa de Medina 
del Campo ^ de su fundación y nombre que ha tenido hasta el tiem- 
po presente. De este libro, que Muñoz y Romero llama en su Dic- 
cionario de los antiguos Reinos de España, Historia de SarabriSy 
se han conservado varios ejemplares manuscritos; uno en la Aca- 
demia de la Historia, D. Ildefonso Rodríguez y Fernández acaba 
de publicarlo como principal documento de su Historia de Medina 
del Campo, El libro tercero está dedicado á Medinenses ilustres,. 
y su capítulo XVIII titúlase: De los hechos del Coronel Cristóbal 
de Mondragón, El Capitán D, Luis de Beaumonte, sobrino de di- 
cho Coronel. Chasco se llevará quien, atraído por lo llamativo del 
rótulo, acuda á este capítulo del Ossorio en busca de particulares^ 
noticias de Mondragón. Conténtase el historiador de Me.dina con 
decir que para poner á lo largo los hechos de este célebre varón. 
Juera menester hacer libro aparte, y hubiera bien que escribir,. 
tomar de Mendoza una brevísima referencia del socorro de Goes^ 
y copiar un epitafio del Coronel, escrito, según dice, por un fla- 
menco apodado el Veterano. Como muestra de lo bien que traducía 
el latín López Ossorio, he aquí la versión de una de las cláusulas^ 
del epitafio: reza éste que Mondragón asistió á todas las campafias^ 
de Flandes, ex adventu ducis albani, y López traduce: desde la 



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venida del Capitán Alvaro, Este epitafio, copiado y tan mal tradu* 
cido por López Ossorio, sería el que cubriera el sepulcro de Cris- 
tóbal de Mondragón en Amberes, y después en su primer enterra- 
miento en la parroquia de Santa María del Castillo, de Medina del 
Campo, adonde trajo los restos del Coronel su sobrino y yerno 
Alonso. El actual, que se lee en la iglesia de la Vera Cruz, hoy 
también parroquia del Castillo, fué puesto en 1674 por D. Juan de 
la Barrera Mondragón, descendiente del héroe de Goes, y por su 
extensión puede pasar por biografía epigráfica del célebre gue- 
rrero. 

Un erudito medinense, D. Tomás Ayllón, Prior que fué de la 
Colegiata (nació en 1740 y murió en 1820), compuso dos tomos de 
Varones ilustres de Medina ^ ampliando y rectificando las noticias 
de Ossorio, que se conservan manuscritos. Conócese, sin embargo, 
el contenido de lo referente á Mondragón, ya por un artículo bio- 
gráfico del Coronel que publicó D. Antero Moyano, en El Medi- 
nense, mencionado por Pérez Pastor en su obra La imprenta en 
Medina, ya por el extracto que hace del manuscrito de Ayllón el 
Sr. Rodríguez y Fernández en su citada Historia, Resulta que el 
curioso Prior de la Colegiata conocía la genealogía de Mondragón 
por un documento de genealogías y familias nobles y antiguas de 
esta villa que existe en sus archivos, cuyo autor se ignora. El se- 
ñor Moyano, al escribir su artículo, buscó sin duda este documen- 
to, y no le halló. Nosotros tenemos fundado motivo para creer que 
el documento que vio Ayllón, y no encontró Moyano, era un índi- 
ce ó registro que se hizo en Medina del Campo, á fines del si- 
glo XVI ó principios del XVII, para fijar las personas y familias 
que pertenecían efectivamente á los siete linajes, ó verdadero pa- 
triciado de la villa, excluyendo á los advenedizos que se arrogaban 
una nobleza que no les correspondía; y todo induce á creer que en 
esta especie de Libro de oro, compuesto para halagar vanidades 
nobiliarias, tendría no poco que tachar y que añadir el crítico, sólo 
atento á la depuración de la verdad histórica. 

Y nada más hay que registrar de biografías de Mondragón, á no 
querer mencionar un artículo de D. Manuel José Diana, publicado 
en el Semanario Pintoresco Español (año de 1849, pág. 154), que 
comienza con la estupenda especie dé haber nacido Mondragón en 
un pueblo de Vizcaya, De aquí debió sacar el incógnito autor del ar- 
tículo Mondragón, inserto en el Diccionario Geográfico de Mados, 
Á D. Cristóbal de Mondragón y Otdlora, que sirvió á S. M. en las 



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guerras de Fl andes , es decir, que el capitán Juan de Mondragón 
y Otálora y el coronel Cristóbal de Mondragón y Mercado se han 
fundido, formando una sola y fantástica persona... ¡Guerree usted 
para eso sesenta años, y pase la boca del Escalda con agua hasta el 
pecho!... ¡Oh, la gloria postuma!... ¡Oh, la posteridad!... Et vidi 
quod hoc quoque esset vanitas. 

Está, pues, por hacer la biografía del coronel Mondragón. 
Afortunadamente, no faltan elementos para emprenderla, y he 
aquí una ligera noticia de los que nosotros hemos utilizado: 

Archivo de Simancas. ^Copidimos de la muy amable, y por nos- 
otros agradecidísima carta que el Directordel Archivo, Sr. D.Julián 
Paz, tuvo la bondad de dirigirnos, á 22 de Julio de 1903: «... segu- 
«ramente que usted se cree con derecho á un arsenal de datos de 
ííMondragón, como, en efecto, lo tiene, y muy legítinu), y ahora va 
«usted á desilusionarse al ver cuan escasos son los que he podido 
«allegar, á pesar de mi buen deseo. Son éstos: uñ privilegio de juro 
»de 187.000 maravedises concedido al coronel Cristóbal de Mon- 
«dragón, castellano del castillo de Amberes, en Madrid á 19 de Di- 
"ciembre de 1591. En él consta que era su hija D.* Margarita de 
«Mondragón, y que ella y su padre tenían situados dichos 187.600 
«maravedises de merced de por vida, con cláusula de equivalencia» 
«por cuatro reales cartas de libramiento. En una de éstas, fecha en 
«Midelburg año 1559, constaba que la merced fué hecha por sus 
«buenos servicios al Emperador y á Felipe II, y en recompensa de 
«su asiento de Capitán ordinario. En otro privilegio de 60.000 ma- 
jara vedises de juro, fechado en Madrid á.3 de Octubre de 1582, otor- 
«gado por Felipe II en favor del coronel Cristóbal de Mondragón, 
» consta que era natural de Medina del Campo, y que pidió que se 
«le situase la renta de este juro en las alcabalas de dicha villa. Hay 
«también una carta de Mondragón escrita al Rey desde el Castillo 
«de Amberes, á 30 de Diciembre de 1595, en que pide á S. M. que 
«por estar en los últimos días de su vida, le haga merced de nom- 
«brar sucesor en el cargo de Castellano del Castillo de Amberes al 
«capitán D. Alonso de Mondragón su sobrino é hijo, y en la com- 
«páfiía de lanzas de ésta á D. Cristóbal de Mondragón, su nieto, 
«En dos cartas fechadas en 21 de Enero de 1596, el capitán Alonso 
^de Mondragón escribe al Rey y al secretario Idiáquez suplicando 
i'que puesto el coronel Mondragón, ^u tío y padre, escribió pocos 
«días antes de morir á S. M. pidiendo para él el cargo de Castella- 
«no del Castillo de Amberes y para su hijo el mando de la Compa- 



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- 11 - 

»ñía de Lanzas, $e les concedieran ambas cosas por haber servido 
ííel coronel Mondragón sesenta años continuos, y veinticuatro don 
«Alonso. Hay además una copia de carta del coronel Mondragón 
«al Duque de Pastrana, del campo de Frisia, á 2 de Septiembre 
"de 1595, dándole cuenta de la victoria y de los heridos y prisione- 
>ros que hubo, entre ellos el General de la Caballería enemiga, 
«Conde Felipe de Nasau, con heridas mortales, y una Relación de 
» la gente que fué con el Coronel Mondragón al socorro de Grol. 
"Estos son los datos que con toda mi buena voluntad he podido 
«allegar, que seguramente no son todos los que usted espera de un 
"Archivo como éste. Pero, francamente, los sesenta años de servi- 
"cios de Mondragón, meten miedo á cualquiera, pues habría que re- 
«correr hacia atrás todos los legajos de la correspondencia diplo- 
«mática en que quizás se encontrarían menciones de él.» 

Muy poco debe de haber eii Simancas de correspondencia diplo- 
mática referente á los Países Bajos, y por tanto, á servicios y cam- 
pañas de Mondragón, qne no esté publicado por Gachafd en los 
cuatro tomos de su monumental Correspondance de Pkiltppe II 
sur les aff aires des Pays-Bas, Las páginas de esta magnífica co- 
lección de documentos, son fuente copiosa de interesantes noticias 
sobre Mondragón. 

Archivo Histórico Nacional.— Ajívi interesan más, por ser des- 
conocidos y por referirse á pormenores de familia, los papeles que 
se hallan en este Depósito. El coronel Mondragón, su sobrino y 
yerno Alonso y su biznieto Cristóbal, obtuvieron del Rey merced 
del hábito de Santiago, y no pudieron llegar á vestirle por haber- 
les sido desfavorables las pruebas practicadas. Ya se dirán en el 
texto los motivos que hubo para ello; baste ahora indicar que los 
expedientes de pruebas, instruidos por caballeros santiaguistas, y 
á que se llevaron multitud de documentos familiares y las declara- 
ciones de innumerables testigos, favorables unos y adversos otros 
á los candidatos, constituyen rico arsenal de noticias genealó- 
gicas y de la condición social en que nació y vivió el coronel 
Cristóbal de Mondragón. Puntos interesantísimos en toda biogra- 
fía, y que en muchas quedan obscuros absolutamente, muéstranse 
en ésta, merced á tal controversia documental y testifical, á com- 
pleta luz; tanta como pudiera lograrse, si se tratara de un contem- 
poráneo. Del Coronel no llegaron á instruirse pruebas; pero las 
de Alonso y las de Cristóbal (el biznieto del Coronel), reprobadas 
aquéllas en 1591, es decir, viviendo todavía el héroe de Midde- 



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bourg, y las segundas que se dejaron sin concluir en 1624, corren 
unidas en un solo legajo; y hay en él papeles de tanto valer como 
el testamento de la madre de Mondragón y otros no menos impor- 
tantes. La luz que arrojan es vivísima, no sólo para la biografía, 
sino para conocer el estado social de la España del siglo XVI; 
son documentos inestimables de historia interna. 

Sin salir del Archivo Histórico Nacional, ni aun de su sección 
de Ordenes militares, encuéntranse otros expedientes que comple- 
mentan los citados. Es el principal de ellos el instruido igualmen- 
te para el ingreso en la Orden de Santiago, y esta vez con resul- 
tado favorable, de D. Juan de la Barrera y Mondragón, biznieto 
del Coronel, nacido en Septiembre de 1616. Y para terminar de 
formarse idea cabal y exacta de la familia del Coronel, desvane- 
ciendo errores y equivocaciones de genealogistas, y depurar al- 
gunos extremos, deben ser consultadas también las pruebas para 
el ingreso en la Orden de Calatrava de D. Juan Bautista Mercado 
y Oquendo, natural de Mondragón, practicadas en 1694; y las de la 
misma clase de Alonso de Mercado y Vázquez, natural de Medina 
del Campo (año de 1533), y de D. Miguel José he Mondragón y To- 
pete, hermano del Marqués de Villa Sierra, natural de Ronda (año 
de 1772). 

Biblioteca Nacional.— As^reiVÍa,do el Capitán Alonso de Mon- 
dragón por el mal éxito de las Pruebas de 1591, que atribuyó 
él á maquinaciones y envidias de sus émulos, recurrió en queja 
á S. M., que era ya Felipe III, por medio del correspondiente Me- 
morial de agravios, acompañado de árbol genealógico y otros pa- 
peles de familia. Este recurso está en la Sección de Manuscritos de 
la Biblioteca Nacional. 

Colecciones impresas de documentos. — Ya hemos citado, á pro- 
pósito de la correspondencia diplomática de Simancas, la obra mo- 
numental de Gachard; añadiremos ahora que el tomo cuarto de la 
Correspondance de Plilippe II sur les aff aires des Pays Bas 
contiene dos interesantísimas series de cartas de Cristóbal de Mon- 
dragón, una la dirigida al Consejo de Estado durante el sitio de 
Zierikzée, y la otra sobre los motines de soldados españoles y va- 
lones que siguieron á la toma de la citada plaza. Lamenta Gachard 
que no se conserve la correspondencia de Mondragón con el Co- 
mendador Requesens, que fué quemada por Roda en Julio de 1576. 
También hay noticias de Mondragón en otra obra de Gachard: la 
Correspondencia de Alejandro Farnesio. 



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•- 13 - 

Y tampoco faltan en varios de los tomos de la CollecHoH de 
Memoires relattfs á Vhistoire de Belgique, especialmente en los 
3.^, 7.° y 12.^, que contienen las tan apreciadas Memorias anónu 
mas sobre los tumultos de Flandes (de 1565 á 1580), y en los 8.^ 
y 17.°, que son la traducción de Mendoza, sabiamente anotada por 
el general Guillaume. 

No hay que desdeñar nuestra Colección de documentos inéditos 
para la Historia de España, ni los pocos tomos publicados de la 
Nueva Colección; en el 3.° de los últimos (pág. 230), hay una Rela^ 
ción de los españoles en Flandes, fechada el 3 de Julio de 1574, 
que fija la verdadera data del nacimiento de Mondragón. 

Con estos elementos cabe intentar una biografía de Mondragón, 
aunque sin la pretensión de hacerla completa; puntos importantes 
como son, entre otros, el referente al primer matrimonio del Coro- 
nel, número y destino de sus hijos, excepción hecha de Margarita, 
única que, según parece, le sobrevivió, fecha de su segundo casa- 
miento y cuándo enviudó, han escapado á nuestra investigación. 
Seguramente que un examen minucioso de los arcliivos parroquia- 
les y civiles de las ciudades que constituyeron los antiguos Esta- 
dos Bajos, heredados por Felipe II, daría resultados satisfactorios; 
pero tal examen no hemos tenido medios ni ocasión de practicarlo. 

Por eso no podemos aspirar más que á ofrecer al público ó, me- 
jor dicho, á los aficionados á la Historia, unos Apuntes para la bio- 
grafía de Mondragón, Y aún ha de dar más este carácter á las 
cuartillas que siguen una consideración que se nos ocurrió desde 
que comenzamos nuestra trabajo, y que nos ha servido de guía en 
todo él; la de la conveniencia de prescindir de lo muy conocido y 
sabido, esto es, de lo relatado por los historiadores antiguos y mo- 
dernos de las guerras de Flandes, ó lo que es igual, de l.o mejor y 
más substancial de la biografía de nuestro héroe; sólo cuando he- 
mos estimado la necesidad de rectificar ó ampliar alguna noticia 
histórica, trabajamos sobre los textos clásicos de Mendoza, Váz- 
quez ó Coloma, limitándonos por lo común á ligeras referencias de 
lo indispensable para que resplandezcan el carácter y hazañas 
principales del personaje, objeto de nuestro estudio. 

Y no es que juzguemos inútil ni poco interesante la tarea de 
volver á escribir la historia de nuestras guerras de Flandes, coor- 
dinando y depurando los antiguos textos á la luz de los documen- 
tos modernamente publicados y de los indudables progresos de la 
crítica, sino que, aparte de reconocer nuestra incompetencia para 



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- 14 -* 

pintar tan vasto cuadro histórico, es labor esa que por legítimo 
derecho de ocupación y conquista corresponde al más laborioso, 
competente y modesto de nuestros escritores militares, ó sea á don 
Francisco Barado, que ya nos ha dado tan excelentes frutos de 
erudición y literatura en su Sitio de Amberes y en su D, Luis de 
Requesens^ sabrosos anticipos de su Historia general de las gue^ 
rras de Flandes que aguardan con impaciencia los estudiosos y 
los amantes de las glorias nacionales. 



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NATURALEZA Y PADRES DEL CORONEL MONDR AGÓN.— ESTADO SOCIAL 
DE MEDINA DEL CAMPO EN EL SIGLO XVI. — APELLIDOS MONDRAGÓN 
Y MERCADO. 



Cristóbal de Mondragón y Mercado nació e^ Medina del Cam- 
po. Era un hidalgo medinéSy escribió Alonso Vázquez. Fué, dice 
Coloma, natural de Medina del Campo, aunque de origen viscai- 
no. Se complacía él en recordar su procedencia vascongada. Uno 
de los principales testigos de la información de 1591, y por cierto 
muy poco afecto á la familia de Cristóbal, Sebastián de Caraba- 
lio (1), oyó decir muchas veces al coronel Mondragón, cuando 
vino á esta villa el año 60, que los Mondragones eran de Vis» 
caya. 

Su padre, Martín de Mondragón, había nacido también en Me- 
dina. Este punto quedó esclarecido por completo en las Pruebas 
citadas. Dos testigos, Pedro de Castañeda y Pedro Ruiz Manjón, 
depusieron que Martín era de la villa de Mondragón, en Vizcaya; 
pero Alvaro Pérez de Mercado dijo que nació en Medina, habiendo 
venido su padre de Mondragón, y Diego Ordófiez de Bracamonte 
que era medinés, porque de más atrás vinieron los Mondragones 
de Viscaya. Los santiaguistas informadores^ para resolver esta 
discrepancia entre los testigos, hicieron constar por diligencia que 
habían visto un pleito sobre prescripción de unos heredamientos 
en Gomes Narro, de que aparece claramente que Martin nació 
en Medinan. 

En la época del esplendor de las ferias de Medina eran grandes 
las relaciones mercantiles entre Mondragón, de Guipúzcoa, y el 



(1) Este Sebastián de Caraballo, encarnizado enemigo de los Mondragones, era hijo de 
•los muy nobles y principales hijosdalgos Diego Fernándea de Caraballo y AldereU y 
Doña Beatria de Escobar y Villacorta, fallecidos respectivamente en 17 de Mareo de 1590 
y 22 de Octubre de 1584», según consta de la inscripción sepulcral en Santo Tomás, de Me- 
dina. —Véase Rodríguez, Historia de Medina, pág. 510. 



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- 16 - 

Emporio castellano. ^Muchas familias de ferrones mondragone- 
ses tenían en Medina sus corresponsales ; y no pocas las que eS' 
tablecían allí tiendas propias ^ enviando algunos de sus hijos al 
frente de ellas^ (1). Es de presumir que el abuelo del Coronel fuese 
á Medina como ferrón; pero los documentos de Pruebas parecen 
desmentirlo, toda vez que ningún testiguo, ni aun de los más empe- 
ñados en deslustrar á los Mondragones, hablan de ferrerías, ni 
tiendas, y varios presentan á Martín como hidalgo que vivía de 
sus rentas patrimoniales. Uno de los más contrarios, el clérigo Te- 
sorero de San Antolín, siempre tuvo á los Mondragones por hi- 
dalgos. Otro, el agustino Fr. Juan de Gutiérrez, le declara />^rso- 
na muy principal, de aquellos hidalgos que no se casaban con pa- 
rientes de relajados. Otro, el regidor Hernando de Álamos (2), 
sabía por referencia que había sido criado de los Reyes. 

Conviene tener presente, para el aprecio debido de estos datos, 
el estado social de Medina del Campo en aquel período. Aunque 
villa tan mercantil, había en ella un núcleo nobiliario, coto cerra- 
do de todas las preocupaciones aristocráticas. Teníanse los hidal- 
gos por casta superior, y vivían apartados moralmente del resto 
del vecindario, muy orgullosos de sus confusas y ordinariamente 
fantásticas genealogías, de no tener que servir en la guerra como 
peones, sino como caballeros, y de no pechar como la gente ordi- 
naria. Desdeñaban el tráfico, á no ser el indirecto por medio de 
préstamos á los comerciantes, con garantía hipotecaria— el oficio 
de prestamista no parecía entonces desdoroso para un hidalgo, y 
aun los grandes acrecentaron así su patrimonio en aquella época, 
adquiriendo, no sólo fincas, sino señoríos, — hacíanse clérigos, ó 
soldados, ó se licenciaban en Valladolid ó Salamanca con la mira 
de alcanzar puesto en la magistratura. Los que no abrazaban tan 
honrosas carreras, ó en las vacaciones de ellas, permanecían en 
sus casas solariegas, mal construidas y mezquinas por lo común; 
pero con el inevitable escudo de piedra sobre la puerta de entrada, 
viviendo en la ociosidad apacible de aquel otro Hidalgo inmortal 
que sorprendió Cervantes en la Mancha; leyendo, como él libros 
de caballerías, ó romances viejos, ó vidas de santos, ó en consran- 



íl) Guerra. Carta á Echegaray. 

(2) Persona principalísima en Medina, nieto de Juan de Álamos el Bueno. Estuvo casado 
con dofta Isabel Barrlentos. Su nieto fué Baltasar de Álamos, Secretario del Rey, Consejero 
de Indias, Hacienda y Estado, y que casó con dofla Ana Colón, nieta del Almirante.— Ro- 
dríguez. Hist. de Med,, pág. 845. 



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— 17 -T 

te charla con cualquiera de los intíumetables curas y barberos que 
había en todos los lugares de España, departiendp^ ya sobre los 
asuntos públicos, ,á la sazóíi tan interesantes por ser tiempo de glo- 
rias, descubrimientos y conquistas; ya sobre las ocurrencias y chis- 
mes locales, que son iguales en todos los tiempos. Argumento pre- 
ferido de sus conversaciones eran la calidad y grados de hidalguía 
-de las.familias de la villa, y solían ensañarse cruelmente, ya con los 
presumidos que, sin ser nobles, querían aparentarlo, ya con los 
que, siéndolo realmente^ habían tenido la desventura de que caye- 
se alguna mancha en la limpia tela de su linaje. 

Martín de Mondragón casó en Medina con Mencíá dé Mercado, 
la madre del Coronel, de familia rica, y tan hidalga, que se la con- 
sideraba como parte de imo de los siete linajes, constitutivos del 
patriciado medinense. kTodo lo bueno desta vüla, dice López Osso- 
rio^ se preciot ser destos linages,^ Los Mercados ufanábanse de ve- 
nir de un capitán Mercado, inglés de nación, que, con otro capitán 
francés, llamado Polino ó Pollino, ayudó á los medinenses en una 
guerra municipal contra los de Avila, allá por los principios del si- 
glo XIII (1); es lo cierto que Pollinos y Mercados tuviéronse siem- 
pre por linajes hermanos, aunque con armas diferentes: los Polli- 
nos tenían tres bandas azules en campo dorado, y los Mercados 
cuatro cuarteles con un águila y una torre quemada, y en el medio 
cuartel las mismas armas encontradas (2). Los Pollinos celebraban 
sus Juntas gentilicias en la Parroquia de San Salvador, y los Mer- 
cados en la Iglesia Mayor (3). Este uso de las asambleas de' linaje 
que, aun referido á los comienzos de la edad moderna, sabe á ran- 
cio, y que recuerda los tiempos primitivos del Derecho romano, \ 
cuando la gentilidad era institución viva, organismo social inter- 
medio entre la familia y la ciudad, parece que no estuvo en obser- 
vancia durante la centuria decimosexta; pero al principio de la si- 
guiente revivió, haciéndose entonces listas seleccionadas de cada 
linaje que se depositaron en los protocolos de los escribanos de la 
villa (4). Ossorio las trae (5), y no deja de ser extraño que la des- 
cendencia 4el Coronel, su nieto Cristóbal, figure con otros de ape- 



(1) Ossorto, lib. I, eap. XXVIII. Los linajes primitivos fueron cuatro: Benito, Ibáftez, Cas- 
tellano y Morejón. Añadiéronse luego Mercado y Pollino; y á mediados del siglo XV el de Ba- 

- rrlentos. 

(2) Ossorio, Hb. I, cap. XXXIU 

(3) ídem Id. 

(4) Así se añrma sin contradicción en las Pruebas de La^ Barrera* 
<5) Lib. I, cap. XXXIII. 



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^ 18 - 

nido Mercado, en el linaje de los Pollinos, mientras que en el lirisye 
de los Mercados vemos varios que se apellidan diversamente. 

Que todo esto de los linajes era confusísimo , fabuloso en 8U¿ 
orígenes, é imposible de fijar auténticamente en el siglo XVI, nO' 
hay para qué decirlo. Lo único cierto es que existían en Medina 
4el Campo familias muy de antiguo establecidas en la población, 
de mucho antes que las ferias atrajesen numeroso concurso de ad- 
venedizos; familias que habían monopolizado el gobierno munici- 
pal siglos antes, y que al tener luego que compartirlo con los fo- 
rasteros," conservaron la vaga tradición de,su primitivo, predomi- 
nio, considerándose algo especialmente indígena, y más ilustre que 
el resto del vecindario. Pero las ausencias, los enlaces, la ruina de 
algunos y la misma multiplicación de los linajes, habían llevado- 
las cosas á punto de no caber ya clasificarlas conaciertó. Los Mer- 
cados eran indudablemente de los que con más claridad ostentaban 
su. condición de gentes eje linaje; pero había muchos con semejante 
pretensión. En esta villa—dice Ossorío,-— hoy tres casas de apelli- 
do Mercado que parectu diferentes porque estdn separadas, y se 
tiene por cierto proceder todas de una, y todas muy calificadas, 
por ser unos y otros Mercados muy caballeros y npiy nobles y an- 
tiguos hijos de algo (1). Cada una de estas tres casas ó grupos gen- 
tilicios, comprendía dentro de sí buen número de familias. Y, por 
otra parte, con la licencia que reinaba entonces en la constitución 
y uso de apellidos, muchos plebeyos adoptaban ó eran apollados 
Mercado, ó del Mercado ó Mercader, (aludiendo á su profesión 6 
residencia), originándose indescifrables confusiones, explotadas 
por la vanidad en ocasiones, y que hacían perder la pista al más 
atrevido genealogista. 

La familia de la madre del coronel Mondragón pertenecía, in- 
cuestionablemente, á uno de los grupos que se tenían por Merca- 
dos legítimos y patricios. Así declaraba en la información de 1591 
el testigo Alvaro Verdugo: Los Mondragones son de los buenos 
Mercados de Medina, que hay otros que son confesos. 

Las Pruebas ponen también de manifiesto que no había paren- 
tesco entre Martín de Mondragón y su mujer, Mencía de Mercado, 
Y ni uno ni otro tenían tampoco que ver nada con otra familia 
Mercado, igualmente ilustre, y con solar precisamente en la villa 
de Mondragón, de Guipúzcoa. La genealogía de estos Mercados 



(1) Lib. III, cap. XV. 



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. - 19 - 

guií)uzcoanos consta en las Pruebas para el ingreso en laQrdeii . 
de Calatraya de D. Juan Bautista Mercado y Oquendo, nacido en 
Mondtagón el aflo de 1633. Ni la menor referencia se hace en esta 
copiosa y seria genealogía vascongada de los Mercados, ni de los 
Mondrágones de Medina. 

Para concluir esta materia, hemos de apuntar que el apellido 
Mondragón no era insólito en la época en que lo llevaba el padre 
del Coronel. Otro expediente de Pruebas para ingreso en la Orden 
de Calatrava, el de D. José Miguel de Mondragón y Topete, ins-, 
truído en 1772, demuestra que, por lo menos desde la conquista del 
reina de Granada, se apellidaron así ilustrísimos caballeros de 
Ronda, establecidos en esta ciudad por los más insignes Monarcas 
que hubo jamás en nuestra patria. 



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II 



ALGUNOS PORMENORES GENEALÓGICOS INDISPENSABLES.— RUY MARTÍNEZ 
DEL MERCADO. — LOS ESCRIBANOS DE MEDINA DEL CAMPO A FINES DEL 
SIGLO XV Y PRINCIPIO^ DEL XVI : UN DICHO DE LA REINA CATÓLICA.— 
HIJOS DE RUY MARTÍNEZ.— RUY GÓMEZ DE ZALAMEA.— LA MANCHA Ó . 
SOMBRA DE UN HOIÍRADO LINAJE. .: 



La familia Mercado, á que pertenecía el coronel Mpndrag-ón, 
tenía por inmediato tronco á Ruy Martínez del Mercado, bisabue- 
lo de nuestro héroe. Este Ruy Martínez floreció en la segunda mi- 
tad del siglo XV, y era escribano del Concejo de Medina, y hombre 
riquísimo, tanto en propiedades rústicas y urbanas.como en nume- 
rario, de que .prestó considerables cantidades á los comerciantes, 
y al mismo concejo de la villa, que, en 1475, le adeudaba 70,000 • 
iraravedises. Tenía ñncas en Medina y en Valladolid, y también 
en Pollos, lugar que debía de ser el originario del linaj? de los , 
Pollinos; lo cierto es que, á mediados del siglo XVII, la posesión 
de tierras en este pueblecilo era considerada como vehemente in- 
dicio de rancia hidalguía (1). 

No sorprenderán estas circunstancias á quienes sepan que los 
escribanos de Medina constituían en tiempo de Ruy Martínez y los 
inmediatos siguientes, un cuerpo de funcionarios, cual no había 
quizás otro en España del orden civil; el tráficp mercantil propor- 
cionábales las más pingües ganancias^ pues su. oficio comprendía 
entonces los de secretario, notario y agente, es decir,* que po había 
transacción importante que no pasara por sus manos, dejando en . 
ellas algún provecho. Carrera tan lucrativa había sido abrazada 
por los hidalgos medinensesde mejor cepa, y así los escribanos 
eran en aquella villa la flor del patriciado local. Ellos eran el alma • 

de los deportes y ejercicios caballerescos, de los juegos de caña y I 
* \ 

(1) Pruebas de La Barrera. 



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- 21 - 

de los toros y también de las encamisadas y máscaras. Los juegos 
de caña que se hacen en Medina del Campo, de muchas leguas los 

' vienen á ver por la gran trasa y concierto con que se hacen; iier^ 
dad es que la famosa plajea les da ocasión para hacerlo bien (1). 
Para las justas á caballo guardábase una tela magnífica en un apo- 
sento bajo del Convento de San Francisco. 

Del carácter é importancia social de los escribanos medinenses, 
coetáneos de Ruy Martínez, nada da mejor idea que una anécdota 
de la Reina. Católica, recogida por Ossorio. Celebrábanse toros y 
juegos dé caña en la Plaza Mayor. Fueron tan solemnes y gusto- 
sos que al tiempo que se tban acabando^ estando- la Reina en su 
balcón de su Palacio^ mandó llamar á uno de los escribanos' que 
andaban en el regocijo, ^ue se llamaba Juan Ruis del Corral, y 
le di jo: ^habeíslo hecho como muy nobles caballeros^ ; y por mudo 
de entretenimiento^ para significar el grande goso que con las 
fiestas había recibido, añádió:^ ^quiero que me deis por testimonio 

. tas suntuosas fiestas que se han hechor^, Harelo como V, A, me lo 
manda, respondió' el escribanp, que tanto mh precio de ser escriba- 
no como, caballeto, y diciendo esto levantó la mar I ota en ademán 
d^ querer sacar lüs escribanías^ y esto dio tanto gusto á la Reina, 
que le dijo:^yo os tengo por tan buen caballero como escribano, y 
me holgara mucho que Dios me diera de mi Fernando tres hijos . 
que el uno fuer c^ heredero de mis Reinos^ y otro arzobispo de To^ 

^ledp, y el otro escribano de Medina del Campos. Esto fué tnuy ce- 
lebrado en aquel tiempo, y hoy día lo es en esta vilta^ quedos vie- 
jos y los niños lo refieren (2). \ 

Fina cortesanía de lá Reina Católica, con su agridulce fondo 
de sátira muy propia del carácter nacional,, y por tanto de la in- 

. comparable mujer en que brilló, condensado, purificado y ennoble- 
cido, ese carácter de la nación, ó mero invento popular, la histo- 
rieta referida pinta con admirable colorido á la opulenta y caba- 
lleresca clase social, á que perteneció el bisabuelo del coronel 
Mondragón. 

En las Pruebas del capitán Alonso hay dos testimonios literales 
del testamento del rico escribano, otorgado á 31 de Octubre de 1475; 
es documento voluminoso, y lleno casi todo con lista de los que 



(1) Ossorio. Lib. I cap. X;XXIV. 

(2) Lib. II, cap. XXIII. El Sr. Rodrig^uez omite todo este Interesante pasaje en el texto 
de Ossorio. Quizás falta en la copia manuscrita de que se haya valido. Pueden verio nuestros 
lectores en la copia existente en la Academia de la Historia. 



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-22~ • 

le debían; abundan entre los deudores Ibs judíos, muy numerosos 
en Medina antes del edicto de expulsión. 

Ruy Martínez tuvo dos hijos, á quienes dejó su caudal por par- 
tes iguajes: Pedro, que fué oidor de Valladolid, y Diego, 4el que 
no consta la profesión. Lo que se sabe de él es que casó en Medina- 
con Francisca González de Gudiel (1), y que de este matrimonia 
nació Mencía, la muje^ de Martín de Mondragón y madre del Co- 
ronel. 

Pedro, el oidor de Valladolid, tuvo á su vez otra hija que se lla- 
mó Marina, y está casó con el licenciado Ruy Gómez de Zalamea, 
^hidalgo, cristianó viejo, y que, como tml^ hube oficios de mucha 
honra en Medina del Campo, y fué escribano de número y ayunta- 
miento en tiempo que los linajes daban Iqs oficios de la repúbli-- 
cari (2). Pero este Licenciado hubo de caer en la mayor de las abe- 
rraciones, que, sobre costarle carísima, desafortunó á toda su pa- 
rentela; tal fué la de judaizar, cosa por otra parte no insólita en 
aquella época, pues según refiere Menéndez Pelayo.en la. His- 
toria de los Heterodoxos Españoles, el proselitismo judaico fué 
muy activo y causó estrago entre los cristiano^ viejos, en Ips tiem- 
pps inmediatamente anteriores á la expulsión; el Edicto de 1492 
alegaba, como uno de los fundamentos de la radical medida, ^el 
daño que á los cristianos se sigue é ha seguido de la participa-- 
ción, conversación é comunicación que han tenido. é tienen con los 
judíos^ los cuales se precian que procuran siempre, por cuantías 
vías é maneras pueden t de subvertir de nuestra sanctüfe católi- 
ca á io$ fieles, é les apartan delta, é tr denlos á su dañada creen- 
cia é opiniónrt. 

El infeliz Zalamea fué, sin duda, víctima de ésta propaganda ju- 
daica. Lo positivo es que, denunciado á la Inquisición, y seguido 
su proceso en Valladolid, lleváronle un día á Medina del Campo, y 
allí le quemaron vivo, no excitando tan lastimoso fin otro senti- 
miento que el del horror inspirado por un crimen que considera- 
ban entonces las gentes, como el más abominable que puede come- 
ter un ser humano. , 

No hemos conseguido puntualizar la fecha en que ocurrió esta 
catástrofe. Los papeles de la Inquisición de Valladolid, existentes, 



(1) La testigo doña Ana Manrique, ponderando la nobleza de esta sefiora, dijo que i*n prU 
mo de I'rancisca Gonadlea de Gudiel había sido alguacil de corte en lá del Emperador, 

(2) Nota de los Santiagufstas informadores en las Pruebas del capitán Alonso. 



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-23- 

Tjero todavía no catalogados, en el Archivo Histórico Nacional, no 
mos han dado la luz apetecible; en los índices actuales no figura el 
nombre de Ruy Gómez de Zalamea. Los testigos de la Información 
<ie 1591 sólo dicen que el suplicio del relapso/»^ como tinos cien 
aÜQS a^rdSy y á pesar de que el sambenito de Zalamea estaba coló* 
<:ado en San Antolía, conocían el hecho por tradición tan vaga, 
-que uno de los que presumieron de mejor enterados, y puso más 
^afta en deslustrar la honra de los Mondragones, el ya citado Se- 
bastián de Caraballo, dijo que el quemado Ruy Gómez había sido 
morisco. Realmente, á ültimos del siglo XVI, perdida ya la me- 
moria de los judíos, un cristiano viejo, y por contera hidalgo, ju- 
daizando, parecía un tipo inverosímil; en el período en que decía-» 
raba Caraballo, los que, por decirlo así, estaban sobre el tapete, 
-eran los moriscos, y de ahí la confusión de un hombre más atento 
Á saciar sus rencores que 0, evitar anacronismos. ' 

Pero los Santiaguistas informadores no se contentaron con tan 
•equivocadas é interesadas referencias, y f uéronse á Valladolid y 
^sacaron del Tribunal de la Inquisición notas dej proceso de Za- 
lamea, que hicieron constar en las Pruebas. Ya hemos apuntado la 
•que se refiere á las circunstancias personales del relapso: también 
consignaron que éste, al tiempo de sufrir el suplicio, tenía dos hi- 
jos pequeños: un varón que se llamaba Gómez, como su desdicha- 
do padre, y una hija, llamada Mencía, como su tía, la madre del 
<:oronel Mondragón. Esta igualdad de nombres había de ser para 
los Mondragones una desdicha más en este desdichadísimo asunto. 

La descendencia del judaizante vivió en Medina y otras pobla- 
-ciones, y fué como sigue: el hijo de Zalamea que firmaba Gómez 
Ruy de Mercado, se estableció en Almazán. La hija, Mencía, casó 
<:on el bachiller Pedro de Avila, maestro de Gt^amática en Me- 
dina, y tuvo tres hijos: Antonio y Esteban, que fueron clérigos, y 
Alonso, que fundó casa en Medina; en 1591 vivían dos biznietas de 
2alaniea: una en Avila y otra en Arévalo. 

Quizás parezcan nimios estos pormenores genealógicos; pero 
conviene advertir que para el coronel Mondragón y sus hijos y 
nietos fueron interesantísimos... Zalamea, y la descendencia de 
2alamea, fueron el ángel malo de los Mondragones. ¡Un judío re- 
lajado al brazo secular y quemado en público cadalso, pariente 
tan próximo!... ¡Ahí era eso nada para una familia castellana del 
•$iglo XVI! «La manía de la limpieza de sangre (dice Menéndez 
•«Pelayo) llegó á un punto risible. Cabildos, concejos, hermandades 



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-24 — 

ny gremios consignaron en sus estatutos la absoluta exclusión de 
«todo individuo de estirpe judaica, por remota que fuese. En este 
«género nada tan gracioso como el estatuto de los pedreros de 
"Toledo, que eran casi todos mudejares, y andaban escrupulizan* 
«do en materia de limpieza. Esta intolerancia brutal, qué en el si- 
nglo XV tenía alguna disculpa por la abundancia de relapsos, fué 
«en adelante semillero (Je rencores y venganzas, piedra de escán- 
«dalo, elemento de discordia.» La familia de Mondragón hubo de 
comprobar en sí misma, y á costa de sufrimientos morales indeci- 
bles, la verdad de estas afirmaciones» 



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III 



TESTAMENTO DE LA MADRE DEL CORONEL MON DRAGÓN.— LOS HERMA- 
NOS f)E ÉSTE.— ¿CUÁNDO NACIÓ EL CORONEL? 

Precioso documento guardan las Pruebas de 1624, por el que son 
conocidos todos los hijos de Martín y Mencía. Tal es el testamen- 
to de la segunda, ya viuda, otorgado en Medina del Campo, á23de 
Marzo de 1545. Los aficionados á la lectura y cotejo de documen- 
tos, pueden verlo en el Archivo Histórico Nacional. Aquí sólo 
transcribiremos extractados los párrafos más interesantes á nues- 
tro propósito. Dicen así: 

La presente carta de testamento, etc.. Como yo, Mencía de 
Mercado, muger de Martín de Mondragón, di/unto, vecina de la 
villa de Medina del Campo, estando como estoy sana de mi cuerpo 
é seso é juicio,,. Que mi cuerpo sea enterrado en el Monasterio de 
sanct Francisco desta villa, en la sepultura donde está enterrado 
é sepultado el dicho Martín d^ Mondragón mi mando, . . Que me lle- 
ven á enterrar el cabildo é cofrades de las Animas del Purgatorio 
desta capilla, donde yo soy cofrada, é con sú lecho é con su cera.,, 
ítem mando por mi ánima é por las ánimas^ de mis padres Diego 
de, Mercado y Francisca Gonsáles de Gudieldenen limosna lo que 
se acostumbra.,. Nombro albaceas testamentarios á Miguel Ruis 
Enebro mi primo y Alonso de Ávila mi sobrino, vecinos de Medina. 

Nombro universales herederos á Magdalena de Mondragón, 
muger de Diego Gonsálea del Castillo, vecinos de Medina; éá Ca- 
talina de Mondragón, muger d§ Francisco de Desa^ vecinos de 
Medina; é á Cristóbal de Mondragón, mis hijos legítimos é hijos 
legítimos del dicho Martín de Mondragón. 

Éá Martín de Beamonte, hijo de mi hijo Juan de Mondragón, 
difunto, y de Z>.* Beatriz de Beamonte su muger. É á Antonio, 
Martín y Bernardina, hijos ^e mi hija María de Mondragón, di- 
funta, é de su marido Juan de Alamos.^ á Isabel ¿Francisco, 



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-26^ 

hijos de mi hijo Alonso, de Mondragón, difunto, é de doña Teresa 
de Cárdenas su muger. 

En la cláusula de repartición de bienes, h^ce constar la testado- 
ra, al efecto colativo, que Magdalena había recibido en dote 250*000 
maravedises, María más de 400.000, y que había dado á Juan en di- 
ferentes ocasiones más de 260.000. 

Resulta, pues, que el coronel Mondragón tuvo dos heriñanos 
varones: Juan yAlonso; y tres hermanas: Magdi^tena, Catalina y 
María, de todos los cuales sólo vivían en 1545, Magdalena y Cata- 
lina^ casadas ambas en 3U villa natal. 

Uno de los testigos de las primeras Pruebas, Andrés Gutiérrez, 
añade á estas exactas noticias qué Cristóbal fué el menor de los 
varones, y es de conjeturar que también lo fuese respectó de Mag- 
dalena y Catalina, cu^dó es nombrado después de ellas en el tes- 
tamento de su madre; de Juan de Álamos, el viudo de María, dice el 
inismo testigo que era capitán, y de Alonso que había pasado -á In- 
dias, donde probablemente halM"ía muerto, dejando en Medina á su 
mujer é hijos. 

Y ocurre preguntar ahora: ¿cuándo nació el coronel Mondra- 
gón? No existiendo, como no existe, ó por lo" menos no se ha en- 
contrado pirtida bautismal, ha sido necesario hacer sobre este 
punto una investigación especial. 

Consta de un modo positivo el afto en que comenzó á servir 
nuestrohéroe. El capitán Alonso, en las dos cartas escritas al Rey 
y al secrétarioldiáquez en el Castillo.de Aiñberes, á 21 de Enero 
de 1596, es decir, dos días después de la muerte de su suegro, con- 
signa que los servicios de éste fueron sesenta años continuos. Se- 
gún esta cuenta, Mondragón debió de alistarse en 1536. Pero al re- 
gresar á Medina el Capitán, y elevar al Rey su primer memoria, 
de agravios, escrito con todo reposo, y teniendo á la vista, sin dudia 
los documentos de su difunto suegro, rectificó la cifra consignada 
en las cartas particulares, afirmando que su tío y padrehabía. ser- 
vido 5^5^;í/a y cuatro, años. Hay, pues, que colocar el alistamiento 
de Mondragón en 1532. ^ 

Compruébase esta data, que ya por sí se recomienda con la su- 
deripridad de un documento solemne, oficial, redactado con repos- 
y posterior á la indicación de unas cartas escritas en momentos de 
turbación, de un modo que no deja lugar á ninguna duda. En la 
enumeración de los servicios de Cristóbal, contenida en el Catd^ 
logo de la Armería del Archiduque Fernando, consígnase que 



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. - 27 - 

sirvió primero en Dalia, y fué después ala expedición de Tunes. 
Ahora bien; esto no hubiera podido ser. así, de alistarse Mohdra- 
gón en 1536, aOo de la expedición. Los cuatro anteriores fueron, 
por tanto, los que prestó servicio en Italia. 
• ¿Qué edad tenía, en 1532, al abrazar la carrera de soldado? 
Murió— áicQ Goloma— ^/ 4 fie Enero de 1596, á los noventa.y dos 
años de edad, de Iqs que asistió más de cincuenta en Flandes. 
-Mondragón nació, pues, según Coloma, en 1504. Pero este texto 
del clásico historiador no merece crédito en cuanto á las fechas y 
cuentas: es notoriamente falso que Mondragón sirviera en los Paí- 
ses Bajos más de cincuenta años; hubiera ido entonces á Flandes 
en 1546, y en este año y los siguientes consta que militaba en Ale- 
naania. Cristóbal no aparece en aquellos Países hasta 1557, es decir, 
con ocasión de la guerra entre. Felipe II y Enrique II, lo que con- 
cuerda exactamente cpn la referencia de Cabrera de Córdoba: 
Sirvió en Flandes treinta y nueve años continuos. 

. El cómputo de Coloma ha sido, empero,, el más seguido. D. Ma- 
nuel José Diana, p. e., señala esa fecha de 1504 como la del naci- 
miento del héroe; pero Moyauo, ignoramos con qué f qndamento, le 
da dos años más de vida; y For nerón, escritor á la vez erudito é 
irreflexivo , aprovecha la indicación para frasear á la francesa: , 
Había nacido Mondragón-^ice'-dos años después que Carlos V, 
y murió dos años antes que Felipe II (1). El citado Catálogo de la 
Armería rebaja la edad marcada por Coloma en seis años. No hay. 
que maravillarse de tales discrepancias entre los contemporáneos, 
tratándose de una época en que Granyela, p. e., rio sabía lardad 
del gran puque de Alba. 

Pero fenemps un docuntento oficial en que consta la de Mon- 
dragón. Tal es la Relación de españoles en Flandes, fechada ef 3 
de Julio 'de 1574, y publicada en el tomo III de la Nueva Colección 
de Documentos Inéditos. para la Histoxia de España, En ella figu- 
ra nuestro héfoé con los siguientes datos auténticos: Mondragón= 
óastellano de Gante= Coronel de Valones= Sesenta años^ Casado 
con una dama de f.orena=Natural de Medina del Campó. 

En jesumen: Cfistóbal de Mondragón nació en 1514, puesto que 
en 1574 tenía sesenta años, y empezó á servir en 1532, á los die- 
ciocho de edad,^ la más propia entonces, como ahora, para vestir 
el hábito de Va religión de la milicia, qae dijo Calderón de la Barca* 



(1) Historia de Felipe II, 



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IV 



LAS CX)MUNrDADES.— INFANCIA Y ADOLESCENCIA pE MONDR AGÓN.— LOS 
HIJOS DE ZALAMEA.— LA INFANTERÍA ESPAÑOLA EN LA ÉPOCA DEL 
ALISTAMIENTO DE MONDRAGÓN. • 

. Seis años tenia Cristóbal cuando aquel terrible incendio de Me- 
dina del Campo, espantoso incidente del levantamiento de las Co- • 
munidades. Es probable que su familia sufriese algún daño en sus 
intereses por aquella gran catástrofe; pero nada se dice referente 
á esto en las Pruebas, aunque se quejaran en ellas los Mondragones 
de habérseles perdido con tal ocasión algunos impprtantes papeles . 
de familia (1). Á principios de 1527 no se conocían ya en la villa 
lojs estragos del incendio, á no ser porque la mayor parte de las 
casas eran nuevas (2). 

Caudillo principal de la Comunidad de Medina fué Francisco 
de Mercado, capitári, sujeto nobilísimo, y de tan gran prestigio, 
que por aclamación, eligiéronle jefe los medinenses al alzarse con- 
tra, el Gobierno imperial; y cuando, vencidos los comuneros, re- 
suitó*Mercado condenado á muerte, y exceptuado del piBrdón ge- 
neral, el Concejo y vecinos pidieron con muchas instancias su in- 
dulto (3). Este personaje, así como Alonso de Mercado, Caballero 
de Calatravá, que debía ser hermano ó primo suyo, no pertenecían 
al grupo familiar de los Mercados parientes de los Mondragones. 

El período comunero fué agitadísiíno en Medina, y fecundo en 



(1) Citaron especialmente el testamento de Diego de Mercado, padre de'Mencíá y abtíelo 
materno del 'Coronel; pero los Informadores hicieron constar por i^ota que no era creíble, la 
quema de este documento, existiendo incólume eí testatnento de Ruy Martínez, más antijnio» 
Quizás en el de Diego se hicieran referencias á Zalafaiea y su descendencia, que los Mondrago- 
nes quisieran ocultar. 

(2) Así lo dice Andrés Navajero en su Viaje: Las calles (de- Medina) son buenas, y por 
haberse quemado en gran parte en tiempo de las Comunidades, las más de las casas son 
nuevas. V 

(3) De este Francisco de Mercado hay copiosas noticias en Danvila: Historia de las Co- 
munidades de Castilla, y en la Corte de Carlos V, que está publicando el Sr. Rodríguez Villa 
en el Boletín de la Academia de la Historia. 



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-29- 

todo género de. peripecias bélicas y revolucionarias.* Aparte del • 
-famoso episodio del incendio, y ataque simultáneo de la hueste de* 
Fonseca, rechazado por los populares, hubo allí de todo: entradas 
y salidas frecuentes de ejércitos, prolongada estancia del 'grueso 
de los Comuneros con su General, Juan de Padilla; combates y es- 
caramuzas en los alrededores, constantes asonadas, motines y bu- 
llangas, batallas callejeras y dictaduras demagógicas del peor ca- 
rizt Un cajero de Ségóvia, llamado Rodrigo de Palacios, alborotó 
al populacho en Enero de 1521, y acusando de traidores* á los hi- 
dalgos de la villa, promovió, extraordinario desorden, en que se 
cometieron los más lamentables excesos; entre otros, el asesinato 
de Hernando de Carrasco, persona noble y revestida de autoridad. 
Los vecinos más calificados declararon córítra el demagogo en una 
información que se hizo al efecto, figurando en ella el apellido de 
Mondragón, llevado entonces, sin duda, por el padre de Cristó- 
bal (1). : * . . • / • 

Aunque tan niño éste, ó, mejor dicho, por serlo, debieron de 
' impresionarle mucho estos aparatosos sucesos; eran las primeías 
imágenes de la guerra que se reflejaban en el teatro de su fanta- 
•sía. Más nobles espectáculos ofrecióle la estancia de Carlos V en 
Valladolid y su comarca durante el año de 1522; pocas veces des- 
plegó la corte del Emperador mayor magnificencia qué en aquella 
ocasión, mostrando reunida á casi toda la grandeza de España, á 
magnates y embajadores extranjeros y á los más célebres caudillos 
<ie los ejércitos imperiales de Italia; hubo allí torneos, desafíos y 
aventuras que fueron célebres en la crónica cortesana, y brillantes 
alardes de los soldados que iban escoltando á la Corte; Carlos V 
había traído con ellos de Alemania el mayor tren de artillería cono- 
<:ido á lá sazón, comparadas con cuyas piezas hacían triste papel 
las que se habían utilizado en la conquista dé Granada; y las que, 
•guardadas en la Mota de Medina, fueron causa del incendio de 
.1520. Todo era combustible adecuado para incendiar la imagina- 
' ción de un mozo como Cristóbal, que se iba despertando á lá vida 
en el seno de una familia hidalga, es decir, con aficiones caballe- 
rescas y guerreras, y de una nación que tocaba entonces en el 
cénit á,e su grandeza. • 

Los años que corrieron hasta, el de 1532, en qu^ arrancó nuestro 
héroe de su villa natal para seguir las banderas del Rey, fueron 



. (1) £>anvila: Obra citada, tomo HI, pá^. 13t. 



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^ 30~ 

señalados pbr los más gloriosos acontecimientos: en 1524 se reco- 
bró á Fuenter rabia, suceso que se celebró en Espafla extraordinar 
riamente; porque, como escribió Sando val, tenían estos reinos por 
afrenta que franceses tuviesen un palmo de tierra en ellos. í en 
el mismo afio se ganó la batalla de Pavía. JEn 1527 fué Roma toma- 
da por el Duque de Borbón. Yá casi ninguno dé aquellos áfios fal- 
tó su acontecimiento militar ó político de primera magnitud, y to- 
dos venturoso^. 

De la infancia y adolescencia de Mondragón sólo puede decirse 
en concreto que al abandonar su tierra vivían aun su padre Mar- 
tín de Mondragón y su abuela Francisca González de Gudiel, y que 
vivieron aflos después; porque á 11 de Mayo de 1539 otorgó la se- 
gunda, ya viuda, escritura de poder á favor de ^su yerno ^fertín, 
al que, por cierto, se llama en este documento Alonso Martín, ante 
el escribano Juan de Carmona, para que cobrase 37. 000- marave- 
dises, que se le debían por. resto de dote (1). 

Los hijos del desdichado Zalamea no se ausentaron de Medina, 
cómo andando el tiempo quisieron hacer creer los Mondragones^ • 
negando hasta que tuvieran parentesco con ellos; sino que, como 
ya se ha dicho, vivieron allí, probablemente en la misma casa que 
sus parientes, y tratándose como hermano?, con los hijos de Mar- 
tín y Mencía. Esta circunstancia, de que después se hizo tan terri- . 
ble uso contra los sucesores del Coronel, y aun contra éste mismo, 
recordábala perfectamente Andrés Gutiérrez, testigo septuage^ 
nario, en 1591. Gómez.Ruy, el hijo del relapso, una vez estableció 
do en Almazán, iba de cuando en cuando á Medina, y siempre se 
hospedaba en casia de su tía Mencía. La hija de Zalamea casó en la 
villa, donde su marido Pedro de Avila tuvo escuela de Gr^nátí- 
ca. Los dos hermanos vendieron á Martín de Mondragón y su mu- 
jer la parte que tenían en unas casas juntóla San Antolín (2). has 
relaciones no se interrumpieron nunca; el- Alonso dé Avila que 
figura como albacea en ejl testamento de la madre del Coronel j es 
hijo de Pedro, y nieto, por tanto, dfel Judaizante. Alonso casó én ' 
'Medina y tuvo dos hijas,, Agustina Verdugo, establecida en Avila, 
y otra en,Arévalo (3). A fines del siglo XVI ya no. quedaban en 
Medina descendientes de Zalamea. . ' . 



(1) Pruebas de La Barrera: Folioa 77 y siguientes. 

(2) Consta por nota de los Santiaguista^ informadores en las «Pruebas de 1616, sin que se 
especifique la fecha de la escritura. •. . 

(S) Declaración de Andrés ííutlérreZr^ 



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\ -■■■■■ ^ - 31 — 

Dadas las pneocuj^aciones de la época y las circunstancias de 
la familia de Mondragón, este trato con sufparieñtes sambenitados 
indica una generosidad de sentimientos y natural elevación de es- 
píritu que no pueden ipor menos que inspirar afectuosa simpatía. 
Tanto niás, cuanto que participaban los Mondragones de la preocu- 
pación general contra los manchados ppi: la fea nota que les había 
caído tan cerca, y así procuraban disimularla con toda suerte de ta- 
pujos y misterios, ho consiguiendo, como es ordinario en tales ca- 
sos, sino dar á fantaseadores y maldicientes pretexto para fingir 
historias y cuentos quie habían de perjudicarles mucho en ade- 
lante. 

Parece que Martín de Mondragón y su mujer ocultaron á sus 
yernos el parentesco con Zalamea. El capitán Juan de Álamos, 
marido de María, y, según el Abad de Medina, uno de los prina- 
pales y más calificados desta villa, manifestó gran extrafleza 
cuando los Santiaguistas informadores le preguntaron en Madrid, 
donde residía ya viudo, por el pariente de su difunta mujer que ha- 
bía sido quemado en Medina. Y ¿cómo había de saber esta historia 
Diego González del Castillo, el iparido de Magdalena, por lo me- 
nos al contraer matrimonio en 1524 (1), siendo,, como era, uno de 
aquellos hidalgos que llevaban hasta la exageración más ridicula 
y menos caritativa la manía de la limpieza de sangre? Era tan ene^, 
migo de confesos^ decltiró Alvaro Verdugot que rehusaban de venir 
con él á plática; porque luego les decía la rasa que tenia cada uno. 
Y el ya citado Abad de. Medina, D. Diego de Montalvo, añadió: 
libera de los más rancios y antiguos hidalgos desta villa, y hombre 
tan enemigo de los que tenían tacha^ que á muchas personas que 
pretendían probar sus hidalguías con pocarasón, era el que más 
las contradecía y más claro les decía las verdades. 'n 

Es probable que Cristóbal de Mondragón saliera de su villa na- 
tal á los dieciocho años, ganoso de correr mundo y agenciar hon- 
ra y fortuna en la guerra, ignorando en absoluto la tragedia que, 
cuarenta y tantos años atrás, hundiera en ignominia irredimible á 
sus parientes, alcanzándole también á él y á sus hermanos salpi- 
caduras de lodo, muy difícil de limpiar en aquella sociedad j^ en 
aquellos tiempos. La perspectiva de tales miserias estaría sin 
duda eclipsada para él por la grande y magnífica de las glorias 
que alcanzaban á la sazón las armas españolas en jmo y otro 



(1) Pruebas de Alonso. 






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— 32 - 

continente, en todas las regiones> puede decirse, del orbe cono- 
cido. Soplaba viento de aventuras heroicas, de portentosas con- 
quistas y hazañas estupendas. La juventud hi<^al^a dejábase arre- 
batar por aquel torbellino, é íbase á lejanas tierras á satisfacer el 
ansia de pelear, heredada de cien generaciones de incansables 
batalladores, movida por los ciientos del hogar y los cantares de la 
plaza pública, y excitada poderosamente por las noticias que se 
recibían de continuo en Castilla de nuevas campañas y de nuevos 
triunfos. , . 

Hasta entonces los. hidalgos habían hecho punto de honor el 
combatirla caballo; hacerlo á pie, ó como peones, teníanlo por 
afrenta. Durante la guerra de Granada, los Reyes Católicos pidie- 
ron* á ]¡^edina del Campo cien peones para guarnecer Alhama; los 
hidalgos medinenses se negaron á responder á este llamamiento, 
diciendo que Sus Al tesas nunca llamaron 4 h)s caballeros ¿hidal- 
gos de sus Remos por peones (1). Esta preocupación cesó con las 
campañas de Gonzalo de Córdoba. Puesto que los peones ó infan- 
tes vencían á los jinetes, como sucedió en el Careliano y en Ceri- 
ílola, ¿por qué había de tenerse en poco á la infantería? Espafia fué 
sin duda la nación europea en que primero se consumó esta evolu- 
ción militar; las gentes de linaje se percataron muy pronto de que 
Jiabía la misma gloria en combatir á pie que á caballo, y corrieron 
á llenar las filas de las legiones romanas, resucitadas con el nom- 
bre de regimientos ó tercio?. 

En la primera, época del reinado de Carlos V, que fué cuando 
se alistó Mondragón, los hidalgos eran el nervio de la Infantería 
española. Los jóvenes de la condición de nuestro héroe, profesa- 
bah en la milicia, como dice Núñez de Alba, por vivir é ganar 
honra en ella (2), esto es, impulsados por los mismos móviles que 
llevan hoy á los muchachos de familias decentes á ingresar en las 
academias niilitarés. La de soldado era una profesión; una verdar 
dera carrera. La le va^ y después el servicio obligatorio con reden- 
ción á metálico, han envilecido en cierto modo el carácter social 
del soldado: la leva hizo de él un tipo sospechoso, por lo menos de 
vagancia; y la redención á metálico lo hace de mozo desprovisto en 
absoluto de bienes de fortuna, y, por tanto, rudo, ignorante, inedu- 
cado; pero estas lamentables degeneraciones son muy posteriores 



(1) Rodríguez: Hist, de Medina, pág. 749. 

(2) D iálogos de la vida del soldado. 



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- 33 - I 

:ú la época en que Mondragón fué alistado; entonces el soldado era 
tan hidalgo ó caballero como el oficial, y á veces más; porque la 
función técnica del mando ni constituía un estado permanente de 
condición social, ni se había aún asociado, como sucedió después, 
ú distinción ó preeminencia de rango. 

En el mismo siglo XVI, ó, mejor dicho, en el mismo reinado de 
Oarlos V, ocurrió, sin embargo, un cambio que marca un paso más 
•en este interminable proceso evolutivo, á que la condición de los 
soldados está sujeta, como todo, en el mundo. Al principio, los hi- 
<ialgos predominaban en las filas, y, como dice también Núñez de 
Alba, sembraban en el campo tanta virtud que los que de su con- 
dición no eran como ellos, por competir con * ellos procuraban pa- 
recer les. Pero después (este después hay que referirlo al dece- 
nio 1540-50), empezaron á pasar de España aquellas barcadas de 
.mosos de espuela y de caballos, oficiales y pastores que democra- 
tizaron la infantería, cosa que los técnicos de la época consideraban 
como un mal muy grave, porque sin nobles y señores no se puede 
hacer cosa bien hecha en la guerra, pues la hacen animosamente 
por cumplir con su honrá^ y tienen posibilidad para gastar, ^ 
la gente baja no tiene presunción, y con su pobrera no atien- 
de á oirá cosa que á mantenerse de las pagas y hurtar las que 
puede (1). 

Atribuía Núñez este cambio á la supresión de las ventc^jas, ó 
sea, sueldo extraordinario y más crecido á los soldados nobles, y 
■con razón; porque el gran militar de aquel siglo, el Duque de Alba, 
era del mismo parecer, y en su expedición á Flandes se apresuró á 
restablecerlas, no sin resistencia de Felipe II. A esta jornada de 
FlandeSy decía al Rey, han salido muchos caballeros españoles y 
otros capitanes y gente honrada, soldados muy beneméritos que 
solian tener sus ventajas, que estaban retirados, y ahora por ser- 
mr á V, M, debajo de mí, salen en Sajornada, los cuales preten- 
^den tener entretenimientos^ y yo, por tener la infantería como con- 
viene, estoy resuelto hacerles poner todos debajo de bandera; á los 
•cuales es imposible dejar de dar ventajas; y gente desta calidad 
es la que da la victoria en las facciones, y con la que el general 
pone en la gente la disciplina que conviene; y en nuestra nación 
ninguna cosa importa tanto como introducir caballeros y gente de 



\ 

(1) Colección de Documentos inéditos para la Historia de España^ tomo II, pág. 145. 
Apuntamiento d Felipe II, sobre la armada de mar que ae envía para socorro de Flandes, 

3 



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-34 - 

bien en la Infantería^ y no dejalla toda en poder de labradores y 
lacayos (1). 

El alistamiento de Mondragón, repitámoslo, pertenece á la pri- 
mera época, á la que bien puede ser llamada periodo eminente!'', 
mente patricio de la infantería española. Fué Cristóbal un señor- 
soldado, un honrado hidalgo medinés que llevó la pica y el arca- 
buz honradamente, defendiendo á su Rey^ y enalteciendo á su na- 
ción por casi todas las regiones de Europa. 



(1) Colección de Documentos inéditos para la Historia 4e España, tomo IV. Carta detr 
Duque al Rey; 27AbriU567. 



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V 



TRECE AÑOS DE SpLDADO RASO. — PASO DEL ELBA. — MONDR AGÓN 
ALFÉI^EZ.— EL FAVOR DEL GRAN DUQUE D3 ALBA 



El Catálogo de la Armería del Archiduque Fernando , enumera 
los servicios de Cristóbal de Mondragón, señalando que militó 
primero en Italia, (1) después en Túnez y en la jornada de Proven- 
za, y por último en la guerra de Alemania contra los confedera 
dos dé^Smakalda. Pero de estas campañas no se destaca la figura 
de Mondragón con claridad histórica. El Catálogo sólo diqe que 
mereció ser recompensado auditor i stipendio virtutts ergo, lo que 
puede significar, ó que le daban menos soldada que la correspon- 
diente á sus méritos, ó que no le ascendieron como era debido á su 
valor y servicios. Teniendo en cuenta las costumbres de la época, 
y lo que afirma Herrera de la falta de ayuda ó valimiento con que 
hizo Mondragón su carrera, cabe afirmar que- nuestro héroe na 
pasó, durante quince años, de soleado raso, y que hasta la batalla 
de Mulberg no comenzó á sonreirle la fortyia. 

Entre los episodios de la memorable jornada, hubo uno que 
Uañió extraordinariamente la atención, y fué celebradísimo como- 
muestra del temple militar de nuestra raza en el siglo XVI. Persi- 
guiendo al Elector, llegó la Infantería española, que iba de van- 
guardia del Ejército imperial, á la orilla izquierda del Elba. Acam-^ 
pában los sajones en la derecha, y tenían recogidas todas las bar- 
cas que por allí había, no sólo para impedir el paso á los nuestros,, 
sino para transportar fácilmente su equipaje. En cuanto aparecie- 
ron los infantes españoles en la siniestra ribera, la hueste protes-^ 
tante se puso en movimiento río abajo, llevándose la impedimenta 



: (1) En 1525 militaban en Italia dos compafífas de infantes españoles, mandadas, una por 
don Juan de Mercado, y otra por Pedro de Mercado. (Colee. Salaaar). Estos Mercados siguie- 
ron fijj^urando hasta la expedición de Túnez. Véase Cereceda.— TVa/arfo de las campañas- 
de Carlos V, 



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- 36 - 

en las barcas, que, navegando al amor de la corriente, lo hacían 
con suma velocidad. Si los nuestros no hallaban pronto un medio 
para cruzar el Elba, el enemigo estaba salvado. Un paisano señaló 
un vado; pero no era posible ganarlo sin pasar á la ribera opuesta 
por otros parajes, porque sobre ser sólo practicable para caballe- 
ría, y muy estrecho, una fuerte retaguardia de los sajones con' 
piezsts de cañón, defendía su salida. Era menester, por tanto, apo- 
derarse de esta salida del vado, y para ello no había más camino 
que construir un puente.»Pero, ¿cómo hacerlo sin barcas? Unos sol- 
dados que habían ido á reconocer las aldeas de Ja ribera, volvieron 
con unas barcas. Creyóse por un momento resuelta la dificultad; 
pero al ponerse la obra en ejecución, se halló que las barcas encon- 
tradas no daban, ni con mucho, para la anchura del río. Faltaban 
cindo ó seis para. completar el puente. 

Los sajones, vista la dificultad de sus contrarios, y temerosos 
de que á nado ganasen los nuestros algunas de sus barcas, bajaron 
en gran número á la ribera, y acribillaron la corriente á tiros de 
mosquete y de cañón. Mientras tanto, y para su mayor seguridad, 
pusiéronse á incendiar su flotilla. Los-momentp? no podían ser más 
críticos. Un instante más, y el enemigo estaba en cobro. Cuando 
llegara el grueso del Ejército imperial, mandado personalmente 
por Carlos V y el Duque de Alba, los sajones, protegidos por la 
caudalosa y anchísima corriente del Elba, podrían á placer burlar- 
se del Emperador, y ganar sus plazas fuertes, que muy cerca esta- 
ban de aquellos parajes. Pero sg vio entonces un maravilloso es- 
pectáculo. Y fué que un soldada español adelantóse á la orilla que 
abrasaban los protestantes con sus fuegos; con admirable rapidez 
se despojó de sus ropas, y enteramente desnudo, como un atleta 
griego, sujetando la espada con los dientes, se lanzó al río y nadó 
hacia las barcas que incendiabají los enemigos. En seguida nueve 
infantes más, según Núñez de Alba, ó diez según Ávila, imitaron 
al temerario iniciador de la empresa, y entre todos apoderáronse 
de las barcas que hacían falta para completar el puente. 

Los historiadores de la guerra de Alemania omiten los nombres 
de los héroes que, aun en el ejército español del siglo XVI, pare- 
cieron varones de casta superior al coniún de los valientes; pero 
Méndez Silva, en su Compendio de las más señaladas hasañas que 
obró el Alcides castellano capitán Alonso de Céspedes, atribuye á 
este renombrado hazañero la iniciativa del paso, y tal era la tradi- 
ción en nuestros campamentos, que Lope de Vega llevó al teatro, 



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Espada de Gristébal de Mondrag6n. 

Marca de Luis de /lio/a.— Fotografía del Sr. Zabálburu 



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-37- 

haciéndola a4rgutnento de su patriótica comedia El valiente Céspe- 
des, La tradición añadía otro nombre al del Alcides castellano: el 
de Mondragón. Cristóbal de Mondragón— cuenta, Strsidsi— habla- 
servido al emperador Carlos V, militando á la sombra de sus im- 
periales águilas en las guerras de Italia, Tunes y Alemania, y 
dicen que fué uno de aquellos dies varones españoles que con ad- 
mirable arrojo de valor, pasaron á nado el Albis con las espadas 
en la boca, y arrebatadas unas barcas de pasage que había junto 
á la ribera, volviendo con ellas, entre un torbellino de balas ene- 
migas^ al César, y hecha una puente, por la cual pasaron los im- 
perial es, fueron la principal causa de conseguir con celeridad la 
victoria de Sajonia. El ge;neral belga Guillaume, también señala 
la batalla de Mulberg «como la función de guerra en que llegó 
nuestro héroe al máximum de los títulos gloriosos». 

Los cuales no fueron sólo de orden moral, sino que se traduje^ 
ron en adelanto positivo de su catrera. Carlos V recompensó, 
como era justo, sobre el mismo campo de batalla, á los valientes 
que tanto habían contribuido á la espléndida victoria. He aquí 
cómo lo refiere Lope de Vega: 

Carlos v. Mil escudos le daréis 

al villano que enseñó 
^ el vado. 

Duque de Alba. Bien mereció 

que su humildad estiméis. 
¿Y á los que el Albis pasaron 
con las armas en la boca? 

Carlos v. Honrarlos á los dos toca, 

^ pues como estrellas guiaron; 
dad á los nobles oficios, 
y á los que no, cubrid de oro. 

Oficio fué lo que obtuyo Mondragón. ^Bello deinde quod Sma- 
caldicum vocant (se lee en el catálogo de la Armería) sub Albae 
Ducis legione vexillarius, prelio quo Elector Saxo captus est in- 
terfuit,n El vexilario ó signífero de la legión romana era el alférez 
de nuestros tercios; de suerte que en Mulberg, á los treinta y un 
años de edad y trece de servicios militares, alcanzó Cristóbal de 
Mondragón el empleo de alférez de infantería española. 

Y logró también lo que para los hombres de su temple vali6 
tanto en aquel siglo: el aprecio y protección del gran Duque de 



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i-38- 

Alba. Entre otros muchos méritos, tuvo este caudillo el de distia- 
guir y procurar el adelanto de los que valían. Quería él, según ya 
hemos visto, que se estimulase á la nobleza para que sirviera en la 
guerra; pero dentro del ejército no admitía otra razón de ascensos 
y recompensas que el mérito perspnal. En la soldadesca, era uña 
de sus máximas favoritas, no miramos la sangre^ sino al soldado 
que más se adelanta (1). Y fué siempre tan escrupuloso en la selec- 
ción de personas, que, cuando en su lecho de agonía, después de 
recibir los últimos sacramentos, hubo de visitarle Fefipe H, dijo 
solemnemente al Rey que había tres cosas de las que no sentía re- 
mordimiento alguno en aquel supremo instante, y una «^5 que 
nunca le propuse hombre para cargo que no fuese e/ más suficien- 
te que yo conocía, pospuesta toda afióiónn (2). 

Semejante género de honradez en el gobernante es sin duda el 
más provechoso para la república. El favor del Duque de Alba, 
como basado, no en el capricho ó particular afición del protector, 
sino en las prendas de los protegidos, era igualmente honroso para 
uno y para otros, y el bien común sacaba la mejor parte. Así se 
formaron aquellas hechuras del Duque de Alba, que decía Alonso 
Vázquez, y que f ueron^casi todos los caudillos, maestres de campo, 
coroneles, sargentos mayores, castellanos y capitanes que mantu- 
vieron^ durante la centuria decimosexta, la hegemonía de nuestras 
armas; cuando desaparecieron, la hegemonía desapareció también, 
aunque los soldados continuaron tan sufridos y valerosos como an- 
tes. ¿Por qué? « Yo he visto, dice un malogrado escritor moderno, 
que una misma recua de borricos, de los buenos borricos que usan 
los arrieros déla Alpujarra, ha enriquecido á un arriero y ha 
arrumado á otro. La rasón dice que la inteligencia y hasta la 
suerte de los arrieros es la que decidió en estos casos; los burros 
se limitaron siempre á llevar la cargara (3). Lo que significa que el 
quid de los que poseen muchas recuas, como sucede á los jefes de 
imperio y ejército, está en descubrir los que sirven y los que no 
sirven para arrieros. ¡ Ay de los que por debilidad, tontería ó per- 
versión, ponen en la pata de un burro la vara del arriero! 



/ (1) Carta del Duque á Za5'as. 16 Noviembre 1580. Colección de documentos inéditos pkra 
la Historia de España, tomo XXXV. 

(2) Carta de Fr. Luis de Granada á la Duquesa de Alba, 15 Diciembre 1583.— Vida de Fray 
Luis, por Muñoz. 

(3) Ganivet; Epistolario» pág. 176. 



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Qoo^Qi 



VI 



ItfONDRAGÓN, CAPITÁN DE CABALLOS LIGEROS. —PRISIONERO EN FRANCIA. . 
GOBERNADOR DE DAMVILLERS. — EL LUXEMBÜRpO EN EL SIGLO XVI. 

Ya no hallamos á Mbndragón hasta Enero de 1558, en que, como 
capitán de una compañía de españoles, guerreaba contra franceses 
^n la frontera franco-belga. Ni Herrera, ni Cabrera de Córdoba 
-declaran de qué arma eran estos españoles; pero el capitán Alonso,^ 
-en su citado Memorial, nos descubre que la compañía era de caba- 
llos ligeros, y que su suegro la mandó mucho tiempo. Tales fuer- 
:^as de caballería ligera prestaban en las campañas del siglo XVI 
un servicio que apenas si hoy se concibe, ni suele practicarse se- 
mejante, á no ser en guerras irregulares, como las nuestras civiles, 
ó la de la insurrección de Cuba. Operaban casi siempre sueltas, 
independientes del grueso del ejército, y consistía su principal co- 
metido en mantener constante alarma en el campo ó tierra de los 
-enemigos, durante aquellos larguísimos períodos, á veces de años, 
-en que los ejércitos grandes, ó se disolvían, ó permanecían inacti- 
vos en cuartel^^s de invierno. La3 compañías de caballos ligeros 
llenaban estos enojosos paréntesis con excursiones por la tierra 
enemiga, soliviantándola de continuo, y castigándola y afligiéndo- 
la con una guerra de partidas. Los adversarios tenían á su vez 
otras de^ estas columnas, y de aquí una continua y terrible lucha 
fecunda en incidentes y peripecias, sin finalidad directa para el 
-objeto de la guerra, que es obligar al enemigo á la paz que quiere 
imponérsele; pero que ponía de realce, quizás más que la guerra 
regular, el valor y resistencia de los soldados, y sobre todo la tra- 
vesura ó ingenio de las caudillos. 

Mondragón hizo con su compañía de jinetes esta guerra en las 
fronteras de. Francia, como antes habíala ya hecho en Alemania, 
según exponía también á Felipe lU su yerno Alonso. Y en esta 
-campaña contra Enrique II, fué probablemente donde tuvo lugar 



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- 40 - 

el combate de caballería, de que, habla con mucho encarecimiento 
el Cataloga de la Armería, en que con quinientos jinetes de espa- 
ñoles derrotó Cristóbal á doble número de franceses. No encontra- 
mos sitio ni época más á propósito donde colocarlo. Lo que consta- 
de unr modo positivo, es que la guerra con Enrique II terminó mal 
para Mondi'agón. Al tomar el Duque de Guisa la pequeña ciudad 
de Guiñes, que, con la de Calais, poseían los ingleses en el Norte 
de Francia desde la guerra de los cien años, hizo prisioneros, ade- 
más de la guarnición inglesa, á ochenta españoles y algunos bor- 
goftones que, al mando del capitán Mondragón, había enviado de 
socorro el gobernador de Gravelinas (1). Sucedió esta prisión de 
nuestro héroe el 20 de Enero de 1558, y no sabemos cuánto se pro-^ 
longaría el cautiverio; quizás durase hasta la paz de Chateau- 
Cambresis, ó quizás fuera en esta ocasión el hecho que reñere 
Ossorio de haberse descolgado de una torre ó castillo^ en que le 
^tenían prisionero, y vuéltose á los reales, burlando la ^persecución 
de los enemigos. 

Al año siguiente, 1559, obtenía Mondragón merced de unos- 
cuantos millares de maravedises por sus buenas servíaos al Etiu 
per ador y Felipe II y en recompensa de su asiento de capitán or^ 
dinario. Acumuláronse luego á esta cantidad otras igualmente- 
concedidas á título de merced, llegando á constituir un juro vita- 
licio de 187.600 maravedises que Cristóbal, en 1582, solicitó de 
Su Majestad que le fuera situado sobre las alcabalas de Medina del 
Campo (2); lo que indica en nuestro héroe deseo y propósito de 
volver á su tierra natal, y repo^r en ella de sus trabajos; ilusión 
común á todos los españoles que en los pasados, como en los pre- 
sentes tiempos, han vivido y luchado fuera de la patria. 

Pero por esta época no puso Mondragón por obra tales inten- 
tos. Fué de los pocos españoles que después de la paz de Chateau- 
Cambresis, permanecieron con cargo público en los Países Bajos; 
nombráronle gobernador d^ la villa de Damvillers en el Ducado- 
de Luxemburgo, puesto que había de conservar muchos años. 

De todas las provincias de aquellos Estados^ conocidas por los-^ 
españoles de los siglos XVI y XVII, Luxemburgo es la que ha su« 
frido más completa transformación política. El actual Gran Duca-- 
do de Luxemburgo, estado semi-independiente, aunque unido por 



(1) Herrera.— Cabrera de Córdoba. 

(2) Archivo de Simancas. 



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-41 - ' 

Vínculo personal á la corona de Holanda, no es sino parte mínima 
del Ducado de Luxetnburgo sobre que reinaba Felipe II, y que te- 
nia en circuito poco más ó menos dé sesenta leguas con veinte pla- 
cas fuertes, muchos y buenos castillos y mil ciento sesenta y dos 
aldeas (1). Luis XIV agregó á Francia toda la región meridional, 
desde entopces llamada Luxemburgo francés, y hoy Departamen- 
to del Mosa. El resto está dividido entr^ Bélgica (Luxemburgo- 
belga), y el actual gran Ducado ^ también conocido con^el nombré 
de Luxemburgo holandés. 

Damvillers pertenece á la porción francesa, y es ahora un pue- 
blo insignificante perdido en la inmensa selva de las Ardenas; en 
el siglo 'XVI, sin ser mayor su importancia civil, teníala extra- 
ordinaria en el orden militar; porque Carlos V, completando y 
mejorando las fortificaciones medioevales construidas por los Con- 
des de Chimay, había fiecho de Damvillers formidable plaza de 
guerra, uno de los principales baluartes de la frontera francesa de 
los Países Bajos. La fortificación de Damvillers era señalada en 
aquel tiempo como una de las maravillas de la ingeniería militar, 
y á mediados de la centuria decimoséptima, la citaban los inge- 
nieros como demostración de lo mucho que había progresado su 
arte, toda vez que la plaza tan reputada en el reinado de Carlos V, 
servía ya para muy poco,*es decir, que conceptuaban á Damvillers 
como ahora nosotros á las foitalezas que parecían mejores en tiem- 
po de Napoleón I. Cuando Mondragón estuvo allí de goberna- 
dor y preboste, alcaide mayor y gobernador de todos los bosques 
de Damvillers (2), estaban en su punto las fortificaciones, y en paz: 
y guerra tenía la plaza una guarnición relativamente numerosa de 
valones, y el cargo de gobernador se tenía por importante y de- 
licado, no confiándose más que á militares de mucha reputación. 

Se distinguía el Luxemburgo en el siglo XVI por su acendrado- 
catolicismo y su lealtad á la Corona de España. Era la provincia 
de los Países Bajos feal á Espafla por excelencia. Ni la herejía, ni 
la rebelión consiguieron penetrar en el Luxemburgo jamás. Para 
representar de un modo gráfico el estado de los espíritus con rela- 
ción á la causa religiosa y política, defendida por nuestros ante- 
pasados, puede trazarse una línea recta del Nordeste á Sudoeste 
de los Países Bajos; el extremo superior, ó sea Zelanda, era el foco- 



(1) Mendoza. 

<2) Epitafio de Mondragón. 



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- 42 - 

del protestantismo y de las alteraciones, estando en esta región 
insular los católicos y realistas en insignificante minoría, y el ex- 
tremo inferior, ó sea el Luxemburgo, representaba todo lo contra- 
rio que Zelanda; los luxemburgueses eran tan contrarios á la here- 
jía y leales al Rey, como los mismos españoles. Cuando todas las 
provincias acordaron por base de concordia la expulsión de los 
españoles, el Luxemburgo se echó atrás, declarando solemnemen- 
te que jamás aceptaría dicho pacto. 

Este sentir general de los naturales, personificábale el Goberna- 
dor del Ducado, que lo era desde la época de Carlos V, el Conde 
Pedro Ernesto de Mansfelt, v^^or tundo de Sajonia^ y por su ciencia 
militar y lealtad igualmente grato al César que á su hijo Feli- 
4^rt (1). uFué siempre muy aficionado á la nación española por co- 
nocer cuál era, y haberse criado en España^^ (2), «Sw lealtad era 
tanta, que habiendo sorprendido á su hijo Carlos un papel sedicio- 
so, se lo htso comern (3j. Residía este ilustre señor en la ciudad de 
Luxemburgo, que había defendido heroicamente contra el ejército 
de Enrique II, y era entonces, como ha venido siéndolo hasta 1863, , 
una de las pocas plazas fuertes de Europa que se tenían por ver- 
daderamente inexpugnables. Asentada sobre una peña, sólo acce- 
sible por uno de sus frentes, y éste cubierto de murallas, castillos 
y baluartes acumulados por varias generaciones de príncipes po- 
derosos; y en los tres restantes defendida por la ingente mole del 
peñasco que forma pared de 60 metros de altura, Luxemburgo, 
aún desmantelada, sorprende al turista con los imponentes restos 
de sus muros y fortalezas, entre los que descuellan dos castilletes 
llamados todavía torres españolas. 

Tampoco dejan de enseñarse al viajero dos puertas monumen- 
tales y algunos trozos de murallas destruidas, que es cuanto se con- 
serva del magnifico alcásar y admirables jardines del Conde Pe- 
dro Ernesto de Manfeld, Gobernador español (4). En esta mansióa 
regia tenía el Conde su corte, y como soberao© recibía y agasaja- 
ba espléndidamente á huéspedes ilustres. Por allí pasó, cuando fué 
á la embajada de Inglaterra, el Conde d^ Feria, y el de Manfeld 
le tuvo alojado varios días; uno de ellos, dijo Manfeld á su hués- 
ped, que holgara de tener cerca de si algún español, persona co» 



(1) Strada. 

(2) Biografía anónima del Coronel Verdugo, publicada por el Sr. Ro Jríguez Villa, 

(3) Alonso Vázquez. 

<4) Beá&)^cr,^Btelgique et Hollaítde, 



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- 43 - 

nociday de satisfacción, y el Conde de Feria le encaminó á Ver^ 
dugo, diciéndole que st gustaba' de quedarse, no sabía de otro tan 
á propósito por lo que tenia conocido de su persona^ y que entrant- 
bos se lo pidiesen á ver lo que respondía. Llamáronle, y propo- 
méndole lo dicho, determinó de quedarse y así se quedó con el suel- 
do qu^ antes tenía (1). 

Mondragón fué también de los pocos españoles que 'ala sombra 
de Manfeld quedó en Flandes con cargo público, en este período 
comprendido entre la paz de Chateau-Cambresis-y la ida del Du- 
4ue de Alba. Más importante en categoría y cargo que Verdugo, 
no residía como éste en la capital del Ducado, asistiendo de conti- 
nuo al Conde gobernador, sino que en su villa de Damvillers era 
él á su vez i^obernador, y en ella tenía también su pequeña corte, 
y hacía la vida de gran señor, tan del gusto de los guerreros en to- 
das las épocas. Quizás fueron estos años de paz los más tranquilos 
y felices de que disfrutó Cristóbal en su larga carrera. 



(1) Biografía citada. 



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VII 

/ • 

MONDRAGÓN, CORONEL DE VALONES.— -VALONES Y ESPAÑOLES.— INICIA- 
TIVA DÉ MONDRAGÓN, APLAUDIDA POR EL DUQUE DE ALBA. — LOS 
MENDIGOS DEL MAR. 

Comenzadas las alteraciones de Flandes bajo el gobierno de 
Madama Margarita, alborotáronse también nobles y burgueses en 
el Luxemburgo; pero no como los de las otras provincias, sino, 
por el contrario, en son de protesta contra los rebeldes, y para 
defender la Religión Católica y el Gobierno establecido. Celebrá- 
ronse con tal objeto juntas provinciales, y setomó desde luego el 
^.cuerdo de levantar tropas por el Rey. Y deuno de los regimientos 
valones que primeramente fueron organizados, se dio el mando al 
capitán Cristóbal de Mondragón, gobernador de Damvillers. 

Demuestra esta elección lo bien quisto que estaba en el país 
nuestro medinés, y el aprecio, que allí se hacía de sus prendas^ 
cuando, no por nombramiento real, sino puede decirse quepor su- 
fragio popular, fué puesto, siendo extranjero, al frente de unos sol- 
dados cuyos oficiales pertenecían á la primera nobleza de la pro- 
vincia. Por lo demás, para un capitán español no era entonces 
gran ascenso el de coronel de valones. Alonso Vázquez explica 
cómo los empleos en la nación ó milicia española se consideraban 
superiores á sus equivalentes de las otras tropas del Rey Católico, 
tt Un español, dice, capitán de valones, no puede ser capitán de es- 
pañoles^ sin haber sido antes alférez destos; pero un alféres de 
españoles puede mandar como capitán de valones; y juntos un 
capitán de valones y un alférez de españoles, éste ha de mandar 
á todos; porque la nación española ha de tener en todo el primer 
lugar y y asile han de tener sus oficiales.r» Vemos observada esta 
regla en la biografía de Mondragón; cuando, en efecto, operó coa 
Sancho Dávila, aunque como coronel era más antiguo que Dávila 
como maestre de campo, el mando ejercíalo siempre Dávila y no* 
él; porque por más que fueran equivalentes, en cuanto á empleos^ 
la coronelía valona y la maestría de campo española, el emplea 
valón tenía que ceder al español. 



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- 45 - 

Pero en el siglo^ XVI, como en todos los siglos, los hombres ha- 
cen á los cargos, y no ést,os á aquéllos. Mandando valones adqui- 
rió Mondragón tanta gloria, cual hubiera podido alcanzar mandan- 
do españoles. Los regimientos que dirigió él, en nada diferían por 
su disciplina y valor de los mejores tercios de la vieja infantería 
española. Tenía nuestro héroe, y no hay historiador contempo- 
ráneo suyo que no lo señale como una de sus principales prendas 
de caudillo, ese temperamento de mando que podríamos llamar 
imperial, por consistir en una singular adaptación al gobierno de 
las gentes más diversas entre sí: en Carlos V había brillado tan 
rara cualidad como pocas veces se ha visto en la historia: flamen- 
co, en Flandes; español, y muy español, en España; alemán, en Ale* 
inania; italiano, en Italia, el gran Emperador era castizo, indígena 
en todas partes; su maravillosa facilidad para hablar todos los 
idiomas, hasta el punto de no conocerse cuál era el suyo propio, 
manifestaba otra más profunda ó íntima flexibilidad:*la de acomo- 
darse perfectamente al modo de ser de todas las gentes. Si es di- 
fícil y rarísima la adaptación para obedecer, ¿cuánto más no ña de 
serlo para mandar? 

En Cristóbal de Mondragón se dio la misma cualidad, aunque 
sólo aplicada naturalmente al caudillaje militar. Mandando espa- 
ñoles era español, y mandando valones, valón. Y cuenta que hasta 
en los más insignificantes pormenores^ difería el carácter de am- 
bas naciones. Vázquez refiere, p. e., que los españoles soportaban 
que sus oficiales los castigasen, golpeándoles con la espada; pero 
no toleraban el ser golpeados con bastón ó palo. Y en cambio los, 
valones admitían el bastonazo; pero no podían sufrir que les diesen 
con la espada (1). Y como en esto, en todo. Los españoles eran in- 
dudablemente, y en ello consistía su indiscutible superioridad, los 
npiás pundonorosos, los soldados de sentimientos más elevados que 
militaban á la sazón en Europa. Bien los retrató Calderón de la . 
Barca, cuando dijo: 

Estos son españoles; ahora puedo 
hablar encareciendo estos soldados, 
y sin temor, pues sufren á pie quedo 
con un semblante, bien ó mal pagados. 



(1) Los italianos sentían en esto como los españoles, y los alemanes como los valones. Váz- 
quez da la razón de tan distinto modo de ver las cosas, diciendo que alemanes y valones veían 
en el bastón de m m Jo el símbolo de la autoridad legltii^a, y españoles é italianos en la espa* 
da el símbolo de la jerat-qufa militar. 



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-46- 

Nunca la sombra vil vieron del miedo, 
y aunque soberbios son, son reportados. 
Todo lo sufren en cualquier asalto; ' 
sólo no sufren que les hablen alto. 

Mucho más humildes los valones, contentábanse por lo común 
con que se les diera cuanto les correspondía, con arreglo á las 
cláusulas 5 condiciones de su enganche; pero en cambio su oficia- 
lidad, compuesta casi exclusivamente de, señores de la primera no- 
bleza del país, exigía un trato delicadísimo, caballeresco y fami- 
liar, como era el de buen tono en los Países Bajos; un jefe mal edu- 
cado^ grosero en sus modales ó que quisiese hacer sentir á los in- 
feriores la superioridad de su jerarquía, no hubiera sacado ningún 
partido de aquellos capitanes valones, aristócratas de nacimiento, 
acostumbrados á que los príncipes y hasta los reyes les tratasen 
con sin igual llaneza. Aun la masa de los soldados pedía de suyo, 
por tendencia ingénita de su carácter nacional, esta llaneza en el 
trato, cuyo cultivo era uno de I9S secretos de la inmensa populari- 
dad tfel Príncipe de Orange. 

Hasta en los vicios diferían españoles y valones. Despuntaban 
los nuestros por enamoradizos y pendenfcieros, y los de allá por 
borrachos. La incontinencia en el beber era entonces el vicio ca- 
pital de los naturales 'de Flandes. Alonso Vázquez describe con 
prolijidad de gráficos pormenores, y no siíi gracia, las múltiples 
manifestaciones de tal exceso, y concluye diciendo: ««o hay que 
maravillarse de semejante afición al vino, pues lo maman desde 
niños al pecho de sus madres, y €l rato que las dejan, les ponen: 
en las manos unas tetas de madera contrahechas , llenas de vino ó 
cervesa, y maman en ellas de la misma manera que de las natu-- 
rales, como si fuera leche, hasta que los destetan, ^ 

Con sus cualidades y defectos, los valones fueron de los prime- 
ros soldados de la época. Su reputación sólida y brillante conser- 
váronla incólume durante todo el siglo XVII, mereciendo cumpli- 
damente aquel magnífico elogio de Schiller, en la descripción del 
campo de Wallesteín: ^ese es un valón; respetadle.n (1) 



(1) El Conde de Villerraont, en su precioso estudio TUly ou la Guerre de Trente ans, afir-^ 
ma en redondo que «los valones eran en aquel tiempo los primeros soldados de.Europa.» Esta 
es la opinión común de los belgas modernos. Pero el mismo ilustre Conde se contradice, aun-~ 
que Indirectamente, al referir que Tilly «se formó en el sitio de Amberes, militando á las ór-^ 
denes de Farnesio, en las costumbres severas de la disciplina española.» No es orgullo pa- 
trio, sino verdad histórica, el hecho de que la infantería española fué durante el siglo XVI y 
parte del XVII, la primera del mundo. Así lo reconocen los escritores extranjeros, Incluso 
los franceses, á excepción de los bf Igas. 



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-47- , 

El primer regimiento de valones qne mandó Mondragón, com- 
puesto de seis banderas ó compañías de arcabuceros, no parece que 
llegara á entrar en campaña^ ni aun que saliera del Luxemburgo; 
pero debió de ser el núcleo del que levantó después, por patente 
del Duque de Alba, y con el <iue jacudió, al principiar el mes de 
Septiembre de 1567, al ejercitó de 16.000 infantes y 5.500 jinetes, 
reunido por el Gran Duque para su segunda campaña contra el 
Príncipe de Oran ge. La concentración tuvo lugar en Bois-le-Duc, 
que nuestros antepasados, en su afán de castellanizar todos los 
nombres, llamaban Bolduque; y desde que comenzaron las opera- 
ciones, encontramos testimonios de la inteligente iniciativa de 
Mondragón, y del justo aprecio que hacía de sus prendas el Duque 
de Alba. «£/ Obispo de Lieja, escribía el Duque á Felipe II el 4 de 
Septiembre, me ha ofrecido el castillo de Huy, y he enviado á Mon- 
dragón con cuatrocientos arcabuceros valones ^ el cual está ya 
dentro, y qon aquello no temían ya el paso (del río Mosa) tan des^ 
embarasado como piensan.^ Dos días después, el 6, volvía á escri- 
bir al Rey: t^ Habiendo entendido Mondragón. el cuidado que á mi 
^ me tenían las cosas de Lieja, sin orden mía envió doscientos sol- 
dados, que fué muy acertado y muy á tiempo; porque aunque los 
burgueses y el clero estaban con muy buena determinación de de- 
fender la villa y sus haciendas^ todavía les ammó mucho la pre- 
sencia destos pocos sol dados, n (1) Se ve por este ejemplo que el 
espíritu de iniciativa, hoy tan recomendado en los ejércitos, era en 
el español del siglo XVI, alentado y tenido en mucho por tan in- 
signe gaudillo como el Duque de Alba, quien al dar cuenta al Rey 
de la medida tomada por Mondragón d^ poner un destacamento en 
Lieja,' no se olvida de apuntar que lo hizo sin su orden, y que fué 
acertada y oportuna. Y también es de notar que el Duque, cono- 
ciendo las aptitudes de nuestro héroe para obrar por su cuenta, 
proquró, siempre que las circunstancias lo pedían, darle mando in- 
dependiente. 

Concluida la campaña con la completa derrota de los enemigos, 
que hubieron por entonces de abandonar el país, Mondragón fué 
destinado con su regimiento á guarnecer á Deventer. Está esta 
ciudad á orillas del Issel, que, corriendo hacia el norte, desemboca, - 
pocas leguas más allá, en el mar interior de Holanda, ó sea el Zuy- 
derzée. El punto era muy á propósito para vigilar la costa, de con- 



(1) Colecci<inde documentos inéditos para la Historia de España, tomo XXXVII. 



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- 48 - / 

tinuo amenazada por los mendigos del mar (geneses de mer), es de- 
cir, por los rebeldes dispersos y proscriptos, que se habían refugia- 
do en sus naves, y hacían con ellas una guerra pirática, según los 
documentos oficiales de Madrid y Bruselas en aquel tiempo; reh- 
giosa y patriótica, según ellos mismos proclamaban y ha confirma- 
do la posteridad holandesa. Impotentes los rebeldes para resistir 
en campo raso al ejército del Duque de Alba, y decididos á no so- 
meterse á un gobierno que aborrecían con odio implacable, ape- 
laron al recurso de la guerra irregular, como nuestros abuelos 
en 1809^, después de batidos los ejércitos de la Junta Central, se 
dispersaron en partidas ó guerrillas. Tampoco faltaron en los Paí- 
ses Bajos verdaderos guerrilleros ó partidarios, que se llamaban 
mendigos de tierra por operar en ésta; pero la extensión y topo- 
grafía de la comarca no sé prestaba mucho á que semejante géne- 
ro de guerra terrestre tomase vuelo. 

En cambio, por mar todo contribuía allí á que fuera eficacísima. 
El comercio había desarrollado la marina mercante en proporcio- 
nes enormes; las naves matriculadas en cada ciudad de alguna 
importancia, «se contaban por millares. Una población numerosísi- 
ma vivía del ejercicio de la marinería. En general, todos los ña- 
mencos eran marineros; porque, según observó D. Bernardino de 
Mendoza, en este oficio nacen y se crian, teniendo los navios por 
casas más seguras que las otras, por ver con las inundaciones y 
roturas de diques anegarse muchas vecéis las de tierra. Fondean- 
do en islas deshabitadas, ó poco conocidas aún, de los mares del 
norte, ó en los puertos de Inglaterra bajo la secreta protección de 
Isabel, con cuyos corsarios sostenían íntimas relaciones, los gene^ 
ses de mer aparecían de súbito en el punto más desguarnecido de la 
costa, ó, envueltos en la niebla, penetraban audazmente por los ríos 
y canales, y allí donde menos se les esperaba, desembarcaban en 
número de doscientos ó trescientos hombres, se apoderaban de los 
ganados y de cuanto les hacía falta, entraban en pueblos, castiga- 
ban cruelmente á los católicos, y después de correr la tierra algu- 
nos días, volvíanse á sus barcos antes de que llegasen las fuerzas 
encargadas de perseguirlos. En el mar estaban ai abrigo de todo 
peligro; porque el Gobierno sólo contaba para combatirlos con es- 
cuadras organizadas en los mismos puertos de los Países Bajos, y 
tripuladas por marineros naturales de ellos, y en la gente de mar 
habían hecho tales estragos la herejía y el espíritu de rebelión, que, 
6 se negaban terminantemente á tripular las flotas del Rey, ó pe- 



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-49- 

^an exorbitantes salarios, ó, si no tenían, más remedio que embar- 
«car, hacíatí traición avisando á los enemigos de los movimientos 
•^e la escuadra realista, ó dejándolos escapar en el momento 
-crítico. 

Agregúese á todo esto que el Duque de Alba, tan excelente cau- 
-dillo para la guerra terrestre como hábil diplomático para enten- 
nder en negocios de Estado, en punto á cosas dé mar, decía ^e sí 
mismo: f^yo soy tan ruin marinero que lo que sabría decir de la mar 
son los accidentes que suele tener el mareado, que es el oficio que 
Jte tenido la mayor parte de lo que he navegado^ (1). Limitábase, 
pues, el Duque á dar órdenes para que se organizaran flotas en 
Amberes; pero oponiéndose á la ejecución de sus mandatos las di- 
ficultades ya indicadas, imposible casi de vencer, y no interviniendo 
-directamente para removerlas la voluntad imperiosa, característi- 
<:a de su genio, había de ser en este orden el resultado inferiorísimo 
^1 que solía obtenerse en lo demás. Todo indica que el Duque no 
sospechó nunca que en los mendigos del mar estaba el qmd de la 
cuestión de Holanda; que jamás se le ocurrió que aquellas naves, 
-en que se habían ref t^giadó los proscriptos, que llamaba él despre- 
-ciativamente de piratas, eran el cimiento de un poder formidable 
-<iue se iba levantando en los brumosos mares del norte, y no con 
lentitud, sino con maravillosa rapidez; poder que, no sólo había 
-de emancipar á Holanda, sino hacerla la primera potencia maríti- 
ma del mundo, y traspasar el cetro del Océano/ es decir, del glo- 
bo tei^ráqueo, de la gente latina á la germánica y sajona. Tan sor- 
prendentes é inesperadas peripecias iban á suceder muy pronto; 
pero el Duque de Alba, con ser el primer político de su tiempo, ni 
las entreveía, y tampoco el Príncipe de Orange, á pesar de su ad- 
mirable astucia. 

El primero limitábase á procurar la defensa de las costas, re- 
partiendo á lo largo de ellas destacamentos de soldados de infan- 
tería, y encomendando sumo cuidado de vigilarlas á jefes experi- 
mentados y del valer de Mondragón. Este, sin dejar su gobierno 
-de Damvillers, residía por este tiempo en Deventer con su coro- 
nelía. En Octubre de 1569, D. Fadrique, hijo del Duque de Alba, 
hizo un viaje de inspección, correspondiente á su cargo de capitán 
general de toda la infantería del Ejército, por el oriente del Zui- 
•derzée. Delante de Delpheil, en Frisia, encontró diez ó doce baje- 



^1) Carta del Duque á D. Juan de Austria* Bruselas 3 de Mayo de 1571, Doc. Itiéd. Tomo UL 

4 



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-so- 
les de mendigos del mar, ancorados á tiro de cañón de la playa;; 
dos ó tre$ veces intentaron echar gente á tierra, y D. Fadrique^ 
dispuso que acudieran para rechazarlos trescientos arcabuceros^ 
de Mondragón. A éste dio orden de proceder á la construcción de- 
una ciudadela ó castillo en Deventer (1). 



l) Doc. luéd. Tomo XXXVIII. 



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VIH 



MONDRAGÓN EN MEDINA DEL CAMPO.— DOS CLASES DE HÉROES.— BREVE 
RESUMEN DE LA VIDA DE CRISTÓBAL DE SAN VICENTE.— SAN VICEN- 
TE Y MONDRAGÓN. 

Lar reina doña Ana^de Austria, cuarta mujer de Felipe II, vino 
á España por los Países Bajos, en una flota mandada por el Conde 
de Bossu, que arribó á Santander el día 30 de Octubre de 1569. Por 
orden del Duque de Alba vino escoltándola en su viaje el coronel 
Mondragón^ con su regimiento de valones, lo que indica el buen as- 
pecto de tales soldados, cuando fueron escogidos para jornada de 
tanto lucimiento. No sabemos si nuestro héroe acompañó á la Rei- 
na durante todo su viaje por Castilla y si asistió á las bodas reales 
que se verificaron en Segovia, ó si, con la venia de S. M., torció 
en su camino, y se fué á Medina del Campo. Lo cierto es que el 
año de 1570 amaneció para Cristóbal en su villa natal. 

Quizás esperara él que sus paisanos le recibieran, si no con at- 
eos triunfales, que por entonces reservábanse tales honores para 
las personas augustas, con el agasajo y entusiasmo que á un con- 
terráneo de tan eminente^ servicios á la patria parecen correspon- 
der. Su empleo de coronel, aunque de valones, equivalía á mucho 
más que el de general ahora; era realmente el más elevado de la 
milicia, por cuanto el generalato no constituía empleo propiamen- 
te dicho, sino comisión ó función temporal que se confería á un co- 
ronel, ó á cualquier persona que por sus circuntancias de clase so- 
cial ú otras libremente apreciadas por el Rey, parecía idóneo para 
el caso. Eran muy pocos los militares que podían anteponer á su 
nombre este título de coronel ó maestre de campo, y seguramente 
que no había medinés á la sazón, fuera de Cristóbal, que lo tuvie- 
se. Y estaba el título además, jusfiñcado y ennoblecido con tantos 
y tan singulares servicios, que cualquier extremo de tuen recibi- 
miento por parte de los medinenses, habría estado muy justificado* 
Hacía poco tiempo que había llegado á Medina otro natural 
de ella, hombre de armas como nuestro héroe, que se llamaba 



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- 52 - * ^ 

también Cristóbal, y todo había parecido poco para honrarle y 
manifestarle admiración por sus hazañas. Las de este Cristóbal 
de San Vicente, que así se llamaba el tal, eran, sin embargo, de 
orden y clase diversos que las de su paisano y tocayo Cristóbal 
de I^ondragón. Hijo de un hidalgo de Medina, Cristóbal de San 
Vicente era hombre de fuerzas hercúleas, y tan alto, que pasaba su 
cabeza por encima de las de los mejores mozos del tercio. Italia 
fué teatro de sus proezas y aventuras. El solo defendió un puente, 
donde le habían puesto de centinela, contra muchos enemigos, y 
cuando llegaron á socorrerle, le hallaron rodeado de siete cadáve- 
res. Estando en Ñapóles uu soldado se atrevió á murmurar de San 
Vicente; lo supo éste, fué á buscarlo, y en desafío le cortó la mano 
derecha de una cuchillada. Un francés majadero le mesó la barba, 
y San Vicente lo mató en un periquete con un golpe de daga;' para 
evitarse lances semejantes en lo futuro, se rapó barba y bigote, y 
así estuvo toda su vida. 

Su fama de valiente llenó la ciudad de Ñapóles, y acudían á él 
los agraviados que no sq atrevían á cobrar por sí mismos la apete- 
cida venganza ó la reparación adecuada. Sobre todo de mujeres te- 
nía numerosa clientela de menesterosas agraviadas. Una señora 
se acercó á él llorando, y le pidió que remediara el agravio infe- 
rido por un soldado á una hija suya con palabra de casamiento 
que no quería cumplir. Cristóbal le dijo gravemente: 

—Avisadme, buena señora, cuando estén juntos, que yo haré 
por vos todo lo que pudiere. 

La madre incitó á su hija para que citase al soldado, y cuando 
éste habíase encerrado con ella en su cuarto, acudió Cristóbal. Es- 
taba la puerta del cuarto cerrada por dentro; pero ¿qué era obstácu- 
lo semejante para San Vicente? Dice á la madre que prepare una 
luz, y entretanto él se sale á la calle, pone una escala y entra por 
la ventana, no sin romper su puerta con un tremendo puñetazo. 
Abre la puerta del cuarto, por donde penetró la madre con la luz. 
Cualquiera puede suponer el espanto del soldado cogido en la ma- 
driguera de su torpe deleite, y ante un hombretón de las fuerzas 
y costumbres de San Vicente. Este le dice: 

—Los hombres honrados han de cumplir las palabras que dan; 
habéis de desposaros con esta señora, ó dejaréis la vida. 

El soldado, temiendo la cólera de Cristóbal, dijo: 

— Señor San Vicente, yo lo quiero hacer de muy buena gana, 
porque basta quererlo vuestra merced. 



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-sa- 
pero no bastó la promesa. El desfacedor de entuertos no se 
apartó de allí hasta que vino el párroco y celebró el desjposorió. 
Concluida la ceremonia, San Cristóbal dijo: «Señor soldado, aquí 
me tenéis á vuestro servicio y para haceros placer; que no disgus- 
téis á la madre ni á la hija, porque lo sentiré mucho». Él se lo pro-- 
metió, añade el historiador de Medina, y asilo hiso, porque vivie- 
ron muy bien casados. y* 

Por este tenor llevó á cabo Cristóbal de San Vicente innume- 
rables proezas. 

Un Soldado joven se quejó á él de agravio que le había inferido 
otro veterano. San Vicente se va con él á la hostería donde se hol- 
gaba el veterano con otros camaradas y algunos capitanes. Entran, 
y San Cristóbal grita: 

—Venid acá, soldado agraviado: ¿cuál de los que están aquí es 
la persona que os agravió? 

El soldado la señala, y San Cristóbal añade: 

—Pues matadle, y que no se mueva nadie, que le pesará. 

Dicho y hecho. Lí75 capitanes qué allí estaban no hablaron pa- 
labra, ni se motneron. Saliéronse del aposento sin que ninguno 
(usase los ojo^. Sonó mucho esto por la ciudad de Ñapóles, y to- 
dos querían á Cristóbal por amigo, por valerse de él en lo que se 
les ofreciese (1). 

Cuatro alemanes acometiéronle una vez en la calle. Empezaron 
por reírse de él, y CristóbaJ les dijo: 

—¿De qué es la risa, gentiles hombres? 

— ¿Eres tú el español valiente?— replicáronle mofándose. 

— ¿Quiérenlo saber? — preguntó él , y sin esperar respuesta, 
mató á dos, y á los otros desjarretó las piernas. 

Un hermano de San Vicente, llamado Juan , agravió á una 
dama y le pusieron preso en el castillo (Je Pie de Cabra. Cristóbal 
reunió á los sol4ados de su compañía y otros amigos, asaltó el cas- 
tillo y libertó á su hermano, que se volvió á Medina. ^El alcaide, 
sólo en ver que San Vicente era el que intentó este hecho, se acó- 
bardó de tal modo, que no supo defender el castillo, ni hacer dili-- 
gencia alguna (2). 

Felipe II quiso conocer á Cristóbal. Este fué á Palacio; como se 
prolongase mucho la antecámara, subiósele la cólera, y gritó: 



(1) Ossorio.— ^is/o>'ía de Medina^ de la que extractamos la vida de Cristóbal de San Vi- 
cente. 

(2) ídem. 



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-54 - 

—¡Cuerpo de Dios, con tanto aguardar! Digan al Rey que ya 
volveré. 

Y se salió de allí echando pestes; pero no sin que Su Majestad 
se enterase de todo, y dijera que no había en San Vicente la pru- 
dencia necesaria para ser capitán. Le volvió á mandar llamar,. y le 
recompensó con 500 ducados anuales de ventaja y 1.000 para el 
viaje de vuelta á Ñapóles. 

Cuidaba este Cristóbal su fama de valiente hasta el extre- 
mo qti€ porque no le atribuyesen aquellos súpitos y cóleras que 
tenía, que procedían de beber vino, se privó de él^ y nunca lo 
bebión (1). 

No hemos intercalado aquí este breve resumen de las proezas 
de Cristóbal de San Vicente á humo de pajas, sino para que se ad- 
viertan los dos tan diferentes géneros de héroes que suelen brillar 
en todas las sociedades, y que con extraordinario fulgor brillaron 
en la española del siglo XVI. Cristóbal de San Vicente y (pristo- 
bal de Mondragón son dos tipos, el uno de la fuerza individual, de 
la osadía y del valor indisciplinado y aventurero, y el otro de la 
verdadera fortaleza del ánimo regulada por la ley, y puesta al ser- 
vicio de ésta y de grandes causas sociales. San Vicente pertenece á 
un género del que son variedades extremas el paladín y el chulo, 
y él una especie intermedia, ya muy degenerada, porque aparecen 
en ella muchos rasgos del bravo, tan admirablemente descrito por 
Manzoni en I Promessi Sposi, y que fué calamidad europea y en 
especial de Italia, durante todo el siglo XVII. Mondragón, por el 
contrario, es del género de los militares honrados, inteligentes y 
pundonorosos, tan comedidos en sus relaciones sociales, como re- 
sueltos y atrevidos cuando el deber lo exige. El progreso en las 
humanas sociedades, por lo que se refiere á las gentes de armas, 
consiste en la desaparición ó anulación del tipo San Vicente, y en 
la correlativa honra y empinamiento del tipo Mondragón. Las ins- 
tituciones militares de un pueblo sólo serán perfectas, cuando sus 
iombres sean Mondragones, y no tengan nada de San Vicentes. Y 
nin pueblo sólo merecerá el título de civilizado cuando los hom- 
ares como San Vicente, careciendo en absoluto de atmósfera so- 
Kíial para desarrollar su ser, ó tengan que reportarse, ó que pasar 
en la cárcel la mayor parte de su vida. 



KV) O^orio. ^Historia de Medina, de la que extractamos la vida de Cristóbal de San Vi- 
<cente. 



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Y sin embargo, la sociedad española del siglo XVI, y algo 
también la actual, suele regatear á los hombres como Mondragón 
^1 aprecio que dispensa á los hombres como San Vicente. Para los 
medinenses, el regreso de Cristóbal de San Vicente que tuvo lugar 
A últimos de 1568, es decir, poco más de un año antes ope el de nues- 
tro héroe, fué un gran acontecimiento. uLuego que se supo en la 
villa - dice el historiador de Medina del Campo— desde el Corre- 
gidor ^ que era D. Diego de Santillán, y todos los caballeros más 
principales del pueblo le fueron á visitar; mayormente D. Juan de 
Bobadilla^ que fué la primera persona por quien San Vicente pre^ 
guntó; estuvo holgándose en esta villa cosa de un mes, pues todos 
Jos caballeros le rogaban y convidaban, y cuando no comía con al- 
guno, comía siempre con D. Juan de Bobadilla, Venía vestido ae 
negro y rapada barba y cabesa; con una gorra de Milán. Hacía 
xorro con los caballeros en la plassa, y otros, preguntándole cosas 
de guerra y sucesos de su tiempo » 

El mismo historiador nada supo por tradición local de la ida á 
Medina del coronel Mondragón; prueba terminante de que la tra- 
dición local no había registrado en sus archivos aquel suceso. 
Para el pueblo, para la masa social, el regreso del verdadero hé- 
roe fué un inevidente sin importancia. 



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IX 



BilONDRAGÓN EN MEDINA DEL CAMPO,— UN SAMBENITO TARDÍO.— CÓMO^ 
SE TRANSFORMÓ LA HISTORIA DE ZALAMEA.— LO QUE SUFRIÓ MON- 
DRAGÓN EN SU PUEBLO NATAL. 

Y Mondragón hubiese seguramente agradecido que su presen- 
cia en Medina no hubiera sido más que inadvertida. Pero los do- 
cumentos que nos sirven de guía, obligan á creer que esta su 
estancia en la villa natal fué de las etapas más dolorosas de stt 
vida. Su madre y sus hermanos, á excepción de Magdalena, ha*- 
bían muerto ya. Pero no era esto lo más triste. Poco antes de- 
llegar el coroneí Mondragón, se habían presentado allí los algua- 
ciles de la Inquisición de Valladolid con el encargo de poner en la 
Iglesia Colegiata el sambenito de Ruy Gómez de Zalamea, quema- 
do por judaizante en las postrimerías del siglo precedente. Cabe 
censurar y defender á la Inquisición española por diferentes con- 
ceptos y desde distintos puntos de vista; lo que ni adversarios, ni 
panegiristas pueden poijer en duda es la precipitación de sus pro- 
cedimientos; la parsimonia era la regla de sus pasos judiciales. 

Habían transcurrido muchos años desde que el escribano Ruy 
Gómez pereciese achicharrado en castigo de su apostasía. La ge 
neración que presenció el pecado y el suplicio, no existía ya. De 
Zalamea sóío quedaba una vaga memoria, mortificante para la 
honrada descendencia de Ruy Gómez de Mercado; pero la morti- 
ficación se iba sin duda debilitando con la memoria. Y he aquí que 
de pronto surgen los alguaciles, y fijan-en San Antolín el cuadrito- 
que al apóstata no podía ya causar daño alguno; pero que se lo ha- 
bía de inferir muy grande á su cristiana parentela. 

El revuelo de maldicientes y murmuradores fué, como es lógi- 
co, extraordinario. Tuvo comidilla para muchos días la crónica^ 
local. Dofia Ana Fernández, que contaba sesenta y cinco años al 
finalizar el siglo XVI, oyó decir entonces á mucha gente: ¡Mttala 
familia de los Mondragones, que les han traído un sambenitoí 
Doña Ana, que no sabía en qué grado era el parentesco con el 



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-57 — 

sambenitado, recordó, excitada su memoria por la popular male- 
dicencia, que cuando murió doña Beatriz de Biamonte, la mujer de 
Juan de Mondragón, sus parientes no quisieron enterrarla en el 
panteón familiar de su marido, por haber sido propiedad de Zala- 
mea. Otro testigo de la información de 1591 había oído decir en el 
mismo tiempo y ocasión que doña Ana: Los Mondragones han per- 
dido la honra. El Tesorero de San Antolín, añadió: ^es en este ba- 
rrio muy público, y en todo Medina, que cuando pusieron los sam- 
benitos que fué hace años, se ti'ató de las personas que descen- 
dían deste Zalamea, y se decía que él coronel Mondragón y la 
Margarita de Mondragón. 

Los Mondragones no parece que se supieron defender en este 
trance^ con la inteligencia y serenidad que les hubiera convenido. 
Bien es verdad que el golpe debió de aturdirlei. En vez de arros- 
trar la situación con calma y valor, acudieron á recursos tan inocen- 
tes é inadecuados como influir con el Abad de San Antolín para 
que mudase con frecuencia el éambenito,y concluyese por colo- 
carlo en sitio donde nadie fo pudiese leer. Por su influencia—áe- 
puso uno de los i^stxgos— andaban mudando siempre el sambenito 
de Zalamea, y últimamente lo pusieron encima de la puerta prin- 
cipal, donde nadie lo podía leer (1). 

Pero aún fué para ellos más perjudicial otro recurso defensivo. 
Por quitarse del todo la mancha, negaron audazmente que tuvie- 
ran parentesco alguno con Zalamea, y para eso rompieron ú ocul- 
taron algunos importantes papeles de familia, en que constaba de 
un modo indubitado el grado tan próximo del vínculo; así los San- 
tiaguistas instructores del primer expediente, no pudieron hallar 
el testamento de Diego de Mercado, abuelo materno del Coronel, 
diciendo los Mondragones qne se había prendido fuego cuando lo 
de las Comunidades; cosa muy extraña habiendo el testamento de 
Ruy Martines de Mercado más antiguo. 

Conviene advertir que esta versión había de prevalecer al cabo 
oficialmente. A mediados del siglo XVII, cuando al fin consiguió 
cruzarse D. Juan de la Barrera y Mondragón, no faltaron testigos 
que sacasen á relucir de nuevo á Zalamea; pero los instructores de 
entonces, ó deliberadamente por complacer al aspirante, ó por no 
haber consultado los dos primeros expedientes, admitieron de buen 
grado que Ruy Gómez de Zalamea fué un judío portugués, que- 



(1) Sebastián de Carabaiio. 



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- 58- 

mado en Medina, y que su hija Mencía se había marchado de la 
villa en cuanto ajusticiaron á su padre, no sabiéndose más de ella, 
sino que no había dejado descendientes. Esta falsa y absurda ver- 
dad oficial del siglo XVII, no podía sostenerse, sin embargo,' á 
mediados, ni á fines del XVI, en que aún vivían ancianos que co-\ 
nocieron á los hijos, nietos y biznietos del relapso, y lo que era 
más grave, que les habían visto tratarse como parientes próximos, 
mejor dicho, como her^nanos, con los hijos de Martín de Mondra- 
gón. Á lo que únicamente podía contribuir entonces, es á que 
aumentaran las confusiones y las sombras, y á dar más cómodos 
asideros á la maledicencia. 

Y, en efecto, así sucedió. Algunos, para vengar agravios reales 
ó supuestos, inferidos por los Mondragones,, como el testigo Sebas- 
tián de Caraballo, que tenía el resquemor de que un hermano suyo ^ 
llamado Alonso, siendo niño el año de 64, había sido muerto en una 
pedrea con otros muchachos, entre los que se hallaba el después 
capitán Alonso de Mondragón (1); y Antonio de Mercado, que tuvo 
en Milán un desafío con un hermano de este Alonso (2); y otros, 
como el anciano Andrés Gutiérrez, por confusión de recuerdos, no 
de los hechos mismos, sino de las referencias del vulgo, echaron á 
Volar la especie de que Mencía, la madre del coronel, había sido 
hija de Ruy Gómez de Zalamea, y este rumor cobró tal crédito en 
Medina, que llegó á ser para el vulgo cosa ciertísima y compro- 
bada. 

Era, empero, sencillamente absurdo. Si el aturdimiento de los 
Mondragones había hecho desaparecer ú ocultado el testamento de 
Pedro de Mercado, quedaban papeles de familia más que suficien- 
tes, para desvanecer la calumniosa especie; tales eran, por ejem- 
plo, el testamento de la misma madre del Coronel y una escritura 
de venta, por la que Gómez Ruy y su hermano, los desgraciados 
hijos de Zalamea, vendieron á Martín de Mondragón y á su mujer 
Mencía, la propiedad de unas casas junto á San Antolín. Quedaba 
una prueba testifical abundantísima, constituida por testimonio de 
varones intachables, personas graves y de suposición, y conocedo- 
ras de muy antiguo de la familia vilipendiada. En cambio, los tes- 
tigos adversos, además de tachables por su animadversión, demos- 



(1) Declaración de Caraballo. 

(2) Exposición en queja á S. M. del capitán Alonso existente en la Sección de Manuscritos 
/ de la Biblioteca Nacional. 



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- 59 - 

traron que no estaban enterados absolutamente de lo que afirmar 
ban. Ya hemos dicho que uno de ellos hacía morisco á Zalamea. 

Todas estas miserias, consignadas en loé expedientes, soh hoy ' 
de indudable utilidad para la ciencia histórica; si no hubieran exis- 
tido, no poseeríamos, probablemente, los documentos que nos per- 
miten biografiar á Mondragón; pero ¡qué dolorosas debieron ser 
para el héroe, víctima inocente de tan injustificados rencores! 

Cuando fué á Medina, con ocasión del viaje regio de doña Ana 
de Austria, estaban allí en su punto agudo las murmuraciones pro- 
vocadas por el sambenito. Y para mayor desgracia suya, uno de 
los objetos especiales que le llevaban, era el reunir papeles y an- 
tecedentes de familia para solicitar la concesión del hábito de San- 
tiago, ó para obtenerlo por habérselo ya concedido el Rey en pre- 
mio de sus eminentes y ya tan dilatados servicios militares; gra- 
cia que para los hidalgos guerreros de aquella edad constituía la 
meta de las aspiraciones de la vida (1). ♦ 

Con tal intento, forzoso fué al Coronel entrar con sus paisanos 
en conversación de linaje y nobleza, y no pudo, por tanto, evitarse 
las desvergüenzas de rigor en aquellas circunstancias. El testigo 
Sebastián de Caraballo, lo refiere: ^el coronel Cristóbal (dijo) vino d 
Medina el año 70 d hacer probanza para que le diesen un hábito 
por sus servicios, Pero personas gravea le desengañaron y di cien- 
dolé que por parte de padre estaba muy bien; pero que por parte 
de madre tenía lo de Zalamea, Y él dio las gracias de que le hu- 
bieran desengañado, y se volvió á Flandes. 

Reflejan estas lacónicas palabras un no sé qué de grandeza mo- 
ral en el Coronel; la expresión de un carácter que no desmintió, 
sino que confirmó Mondragón en otros actos, aún más solemnes 
de su carrera. No volvió jamás á insistir en la pretensión del há- 
bito, y aun es posible que no volviese^ nunca por Medina. El res- 
peto debido á sus antepasados y á los infortunados parientes, sus 
primos, con quienes había jugado de niño; la noble altivez del ver- 
dadero hidalgo y del gu'errero, junto con la modestia del militar 
subordinado que brilló en él siempre, excepto cuando en^el campo 



(1) En ocasiones, pero raras, concedía el Rey el hábito relevando de la información. Así 
•cnenta Baltasar Parrefto que hizo Felipe II con otro militar insigne, Julián Romero •Hacia 
mercedes (dice) á la sangre vertida^antes que d la heredada^ y á esta causa por haber de^ 
Tramado tanta Julidn Romero, Maese de Campo» natural de Cuenca, le dio el hdhito de 
Santiago, sin información de sus cualidades, aunque las tenia», (Dichos y Hechos de don 
Felipe II.) 



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- 60 - 

de batalla fué menester desplegar la iniciativa salvadora del jefe, 
todo esto se juntó en aiquella exquisita delicadeza con que ahogan- 
do la cruel amargura de su corazón, dio las gracias á los graves 
majaderos de Medina, escarnecedores de su gloria, y volviendo 
desdeñosamente las espaldas á las ruines mezquindades de campa- 
nario, síntoma,s ciertos de la decadencia de la raza, tornóse á Flan- 
des. Pero no es aventurado suponer, conociendo lo que es la natu- 
raleza humeuia, que en estos malhadados incidentes sufriera lo in- 
decible.- ¡Su pueblo natal, que para el chulo bravucón Cristóbal de 
San Vicente tenía las palmas y vítores de una admiración estupen- 
da, para el militar de positivo y grandísimo mérito sólo tenía los 
alfilerazos de los chismes locales y las estocadas envenenadas de 
la maledicencia! Todo se paga en la historia, y la España del si- 
glo XVI había de sufrir el castigo de no dejar á sus sucesoras mu- 
chos hombres del tipo de Mondragón, é innumerables, en cambio, 
del tipo de San Vicente. 



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NUEVA INSURRECCIÓN FLAMENCA.— MONDR AGÓN EN AMBERES.— LOS 
ZELANDESES.— LUCHAS HEROICAS. -^L A SEGUNDA MUJER DE MONDRA- 
GÓN.— CARÁCTER DE ÉSTE. 

En la primavera de 1570 estaba ya Mondragón de regreso en 
Flandes, ó al frente de su regimiento en Deventer, ó, una vez di- 
suelto aquel cuerpo, en su gobierno de Damvillers. Esto último es 
lo probable; porque al estallar la segunda y definitiva rebelión de 
Holanda, entre las medidas tomadas por el Duque de Alba para 
reprimirla, se cuenta la de haber mandado d Cristóbal de Mondra- 
gón, gobernador de Damvillers, que levantase otra coronelía de 
dies bandeas {\). 

Antes de este tiempo, el Duque de Alba, probablemente á ins- 
tancia suya, había tratado de darle otro gobierno de más impor- 
tancia. Así consta de una carta de Felipe II al gran Duque, fecha 
4 de Julio de 1571: uapruebo—decí^ el Rey— que á Cristóbal de, 
Mondragón, caballero, gobernador y capitán de Dampviters, se dé 
el gobierno de Mariembourg; pata el de Dampviters, que dejará 
libre, veréis si hay un español que sea propio, y si no lo hay, un 
soldado del país (2). Pero el traslado no llegó á efectuarse, toda vez 
que Mondragón no salió del Luxembur^o, hasta que se hubo de 
nuevo levantado, para no extinguirse jamás, el incendio de la re- 
belión. 

El 2 de Abril de 1572, día glorioso para Holanda, funesto para 
España, y para el mundo entero memorable, los mendigos del mar 
apoderáronse de La Brielle. La musa popular flamenca sigue toda- 
vía celebrando en festivo tono el transcendental acontecimiento: 

Den cersten duch ven april, 
verloos duc d'Alba synen bril (3)* 



(1) Mendoza. 

(2) Gachard: Correspondance de Philippe IX% tomo I. 

(3) Literalmente dicen estos versos: el /.* de Abril el Duque de Alba perdió sus anteojos. 
I^ gracia está en el juego del yocablo BiieUe 6 Bril. que sii^nifica la ciudad de que se apode- 
raron los rebeldes, y anteojos. (Véase Van Kasselt: Histoire de Bel i ue et Hollande.) 



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- 62 - 

La toma de la Brielle fué la señal de la insurrección generaL 
Todo el condado de Holanda, excepto Amsterdan, entonces mucha 
menos importante que lo había de ser muy pronto, alzóse casi á la 
vez. Los zelandeses tomaron las armas en masa contra la Religión 
y el Rey. El Conde de Berg entró con un ejército de protestantes 
en el Over-Isel, y el Príncipe de Orange con x)tro en Gueldres^ 
apoderándose de muchos lugares, mientras que Luis de Nassau > 
obrando de concierto con Genlis y los hugonotes franceses, gana- 
ba por sorpresa la ciudad de Mons. En menoa de tres meses per- 
dió España más de setenta ciudades, y á nadie parecía posible que 
pudiese conservar las restantes. 

Para dominar tan formidable alzamiento hubiera sido menester 
un ejército, doble, por lo menos, del que acaudillaba el Duque de 
Alba, y una escuadra poderosa que batiese á la naciente marina de 
gueiTa de las Provincias rebeldes. Con estos elementos habría sida 
fácil atacar á la vez á Mons, donde se habían atrincherado Luis de 
Nassau y los hugonotes franceses, y á la Holanda propiamente 
dicha, aunque no tenía para su defensa más que milicianos, muy 
ardorosos, sí, y muy decididos á sacudir el que consideraban ellos 
insoportable yugo del Papa y del Rey de España; pero milicianos 
al fin y al cabo, impotentes para resistir en campo raspa los espa- 
ñoles, valones, alemanes é italianos, todos soldados de oficio, y la 
mayor parte veteranos, que formaban en las filas del ejército cató- 
lico. La escuadra, entretanto, habría limpiado de rebeldes costas y 
canales, y contenido á Zelanda. 

Pero no había escuadra, ni la hueste del Duque de Alba daba de 
sí para emprender simultáneamente dos grandes empresas milita-- 
res: ó reconquistar á Mons ó reconquistar á Holanda; no era posi- 
ble intentar ambas cosas á un tiempo. Imponíase la accióif sucesi- 
va, y el Duque, romo tan consumado estratégicoj decidió desde 
luego acudir á Mons, que era lo más urgente; porque la pérdida de 
Mons significaba la de la frontera y comunicaciones de los Estados 
Bajos con el reino de Francia. Fué, por tanto, sobre Mons la flor 
del ejército, y mientras que se tomaba la plaza^ quedamos reduci- 
dos en la comarca septentrional á una guerra defensiva, sostenida 
por guarniciones y cortos destacamentos. 

Amberes era la principal ciudad de Flandes. Su población ascen- 
día, según Griffet, á 200.000 habitantes, cifra babilónica para el si- 
glo XVI; su comercio, al decir de Marino Cavallo, sólo podía com- 
pararse al de Venecia.E^ Duque de Alba, para dominar y guardar 



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- 63 - 

á tan populosa y opulenta metrópoli, había hecho construir aque- 
lla formidable cindadela que ha durado hasta nuestros días, y que 
fué reputada desde su principio por la primera y mayor fortaleza 
de todo el mundo (1). A Sancho Dávila, el lugarteniente predilec- 
to del gran Duque, había sido encomendada la castellanía de esta 
cindadela, tenida por el mayor de los prodigios de la ingeniería 
militar que se había conocido hasta entonces. Con Sancho Dávila 
había en Amberes una guarnición de españoles. 

La insurrección simultánea de Holanda y Zelanda dejó á la ciu- 
dad de Amberes en la más peligrosa dé las situaciones; casi blo- 
queada por los rebeldes. Por eso mandó el Duque á Mondragón y 
su coronelía de valones, á reforzar aquel importantísimo presidio. 
Entre los de Dávila y los de Mondragón contábanse unos 4.000 sol- 
dados, y con esta fuerza tenían ambos jefes que 'guarnecer la cin- 
dadela, sujetar á una población numerosísima, en que abundaban 
los descontentos, y oponerse por un lado á la insurrección que ba- 
jaba del Norte, y por el otro á la que avanzaba por el Oeste, arran- 
cando de las islas de Zelanda; dueña y soberana, desde que se ini- 
ció, de medios marítimos formidables con que dominaba la des- 
embocadura del Escalda,y amenazaba de continuo á la gran ciudad 
flamenca. ^ 

Entre los rebeldes de los Países Bajos, no los había tan fanáti- 
cos por la religión protestante, tan unánimes en la causa que ha- 
bían abrazado, tan decididos y valerosos, y tan tenaces en la lucha, 
como los zelandeses. Este misterioso Archipiélago, oculto al via- 
jero que recorre los ríos, estrechos y canales, que en mil vueltas 
y revueltas separan unas de otras sus islas, detrás de los altos di- 
ques amparadores de sus húmedas campiñas (2); formado de mal 
constituidos pedazos de continente que, ya surgen de las embrave- 
cidas olas, ya se sumergen con ciudades y campos (3), justificando 



(1) < El castillo de Anvers es la mejor cindadela y la más acabada que no sólo tiene el 
Rey en sus estados, sino que hay en el mundo entero.» (Requesens á Felipe II, 13 Febre- 
ro 1574.) 

(2) Los diques en Zelanda son cuestión de vida ó muerte; durante la marea alta toda la re- 
gión está más baja que el mar. Quien quiera formarse idea de lo que es el país, lea Amicis, 
Holanda .< * Aquellas islas— dice— no se veian, se adivinaban, A derecha é izquierda del 
rio, no se veía más que la linea recta de los diques, como una faja verde ájlor de agua; 
y aquí y allá, detrás de esta faja, copas de árboles, veletas de campanarios y chimeneas 
encarnadas que parecían asomar la cabeaa para vernos pasar.» 

(3) Hace tres siglos se sumergió la' isla de Schouwen con sus habitantes y ganados. Poco 
después, la de Noord-Bebeland, quedando fuera del agua las puntas de los campanarios. En el 
afio 1825, se sumergió- Tholeu. En 1808, llegó el agua á los tejados de Middeburg, etc. 



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— 64 - 

en esta perenne lucha del hombi^e con el Océano el arrogante 
mote de su escudo: luctor et emergo (1), era el foco inextinguible 
y voraz de la herejía y de la guerra contra, España, !^l Príncipe de 
Orange, señor de muctíos pueblos en aquellas islas, disfrutaba en 
todaS/ ell^, antes de la insurrección, de gran popularidad; pero 
esta circvinstancia no explica por sí sola el ardor y fiiereza con que 
tomaron los zelandeses la causa de 1^ rebeldía. 

¿on los habitantes de Zelanda hombres .sencillos, laboriosísi- 
mos, con más sentido práctico que imaginación, flenláticos, serios, 
sombríos como el cielo color de ceniza qué cubre sus islas, y como 
el mat,, jarnos azul, que no las baña, sino que las bate y azota de 
continuo. Este imponente y. tristísimo esp^táculo del cielo y del 
mar siempre obs<?uros, de llanuras «ncharcad^ y de horizontes 
velados por la neblina, ha entenebrecido el espíritu de aquellas 
gentes robustas, trabajadoras y valerosas, hasta un extremo incon- 
cebible; los zelandeses son k)s más supersticiosos de todos los 
europeos; alH todavía, en nuestro tiepí^po, las campesinas inmolan 
un gaUoal demonio echando vivo al pobre animal en una caldera 
siáagua^ puesta á un fuego violento; allí se cree aún que vienen los 
espíritus á golpear en las ventanas anunciando la muerte de algu- 
no de la casa; allí se curan las heridas con polvos de la Sagrada 
Pastan, se; tiene por hechiceros á los gatos negros, y á los botones 
de plata por talismanes contra la hechicería. 

La mitad de las supersticiones zelandesas bastaría á cualquie- 
ra de los librepensadores que ahora privan, para describir la. psi- 
cología de una muchedumbre sierva> como dicen ellos, de la Igle- 
sia de Roma; y tales gentes, sin embargo, fueron las más ardientes 
protestantes del siglo XVI. Pues, por otro aspecto, aquellos impla- 
cables rebeldes constituían y aún constituyen una de lias socieda- 
des europeas más influidas por las preocupaciones nobiliarias; 
existe todavía en Flessinga el Café de la Bolsa, donde de once y 
media á dos está prohibido entrar á todo el que no sea noble. Si . 
esto es ahora, ¿qué sería hace trescientos cincuenta años? 

Este pueblo agricultor y marinero, industrioso y mercantil, sin 
nada de arte y sin nada de alegría, supersticioso y sometido, cual 
ninguno, á la ley de las jerarquías sociales, parece como que halló 
eñ el rígido y sombrío calvinismo la fórmula religiosa más adecúa*- 
dá á la perenne trisfeza de su alma; y en la lucha sangrienta y te^ 



(1) El e9Cudo de Zelanda es un león nadando, con la inscripción citada. 



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Escados de armas de Cristóbal de Mondragón y de su mnjer Guillemette de Chastelet, según 
un cuadro existente en la Biblioteca de la rniversidad de Gante. 

(Remitidos por Mr. Paul Frederig, catedrático de Historia). 



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- 65- 

naz una como tregua ó respiro al archisecular aburrimiento de su 
existencia. Protesta semejó aquélla de gentes desesperadas contra 
las ínás felices que habitan países bañados de sol, y circundados 
de mares ordinariamente azules y serenos. El genio del septen- 
trión refugiado en unos islotes brumosos, se revolvió con furia, 
en un acceso de ardentísima fiebre, contra la civilización y raza 
latinas. ^ ^ 

Es lo cierto, que en ninguna región de los Países Bajos el alza- 
miento fué tan rápido, tan general y tan vehemente como en Ze- > 
landa. Ciudades y campos subleváronse á la vez, y los innumera- 
bles buques de alto y bajo bordo fondeados en los puertos, tremo- 
laron como á una señal el estandarte orangista. En Flessinga es- 
taba construyéndose una cindadela por orden del Duque de Alba; 
los burg'ueses dispersaron á los operarios, y al ingeniero lo ahor- 
caron; todavía se enseña, como preciosa reliquia histórica, la pie- 
dra que fué patíbulo del infeliz ingeniero. Con las piedras reuni- 
das paVa la obra, edificaron un palacio para el Príncipe de Oran- 
ge; también subsiste aún este edificio, aunque convertido en Café 
de los Marinos, ^ 

El ímpetu de la insurrección zelandesa fué tal, que las guarni- 
ciones realistas, casi todas españolas, sólo pudieron sostenerse en 
Middebourg y Goes, y eso estrechamente sitiadas por tierra y 
por mar. 

Estaá guarniciones, aisladas y apretadas constantemente por el 
enemigo, cada vez más pujante, pedían socorro á Sancho Dávila y 
Mondragón, establecidos eñ Amberes. ¿Adonde, si no, habían de 
pedirlo? Pero, ¿cómo podían prestárselo nuestros caudillos con los 
elementos de que disponían? 

Para ir á socorrerlas, era menester barcos. Y barcos había, si, 
muchísimos, ancorados delante de Amberes, Pero, ¿y los marineros 
que los tripularan? Casi todos los del oficio estaban con los rebel- 
des. Sancho Dávila y Mondragón no se desanimaron por tan poca 
cosa; con inaudita diligencia reclutaron algunos marineros, y cu- 
briendo las faltas con soldados de infantería, armaron una flota. 
Esta escuadra salió dos veces de Amberes, protegida en su nave- 
gación por el Escalda, por destacamentos de tropa que marchaban 
paralelamente por ambas riberas, desalojando á los enemigos de los 
diques en que Se hacían fuertes, y adelantándose siempre á los bu- 
ques para batir á los contrarios desde las riberas. ¡Lucha extraña de 
que habrá muy pocos ejemplos en la historia! Un libro, y muy largo, 

5 



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^ ~66- 

sería menester para contar siquiera sus principales peripecias. 

Basté decir que Mondragón era el que solía llevar en tan sin- 
gular campaña la parte más ruda; porque Dávila, como jefe supe- 
rior, quedabaide ordinario en Amberes, ó iba en la retaguardia, ó 
embarcado en los navios, para poder dirigir el conjunto de aquellas 
complicadísimas operaciones, á la vez marítimas y terrestres. Á 
Mondragón tocaba el acaudillar las columnas de ataque; tomar á 
viva fuerza, frecuentemente al arma blanca, los diques; marchar ' 
poí: aquellas calzadas, hechas un lodazal, en que se enterraban los 
cañones, los caballos y los hopibres, bajo el fuego que venía del 
río y de la tierra, dirigiendo, enardeciendo y animando á los solda- 
dos con el espectáculo de su ancianidad vigorosa é imperturbable; 
el primero siempre á sufrir aquellos inauditos trabajos, y á desañar 
aquellos terribles peligros. 

Que sus servicios eran apreciados como merecían, y que su 
reputación crecía constantemente, demuéstralo la correspondencia 
del Duque de Alba con el Rey. El 13 de Julio de 1572, escribía el 
Duque proponiendo al Monarca para la castellanía de Uttrech, á 
lina persona muy capas y á quien S. M, tiene grandes obligacio- 
nes: tal es el coronel Mondragón, Y al margen de la carta, puso 
Felipe II, siguiendo su costumbre, esta expresiva y para nuestro 
medinés muy honoríñca nota: Puédesele escribir que nombre á 
Mondragón, aunque cierto mejor estaría en frontera que tan 
adentro (1). ¡Qué concepto tendría el Rey del Coronel, cuando ni 
para recompensarle, quería que lo sacasen de los puestos de más 
compromiso! 

En la misma carta del 13 de Julio, añadía el Duque de Alba los 
siguientes detalles, que hoy son preciosos para la biografía dje 
Mondragón: Confiriéndole este cargo (la castellanía de Uttrech) y 
gratificándole con una renta para una hija que tiene en los Paí- 
ses Bajos, de su primera mujer, estará en disposición de dejar 
trescientosí escudos de pensión que recibió en, España sobre las 
lanas. Yo, á pesar de haberme pedido Mondragón dejar á Damp- 
villers, no he podido conseguir del que renuncie alo de las la- 
nas (2). 

Tenemos, pues, que en 1572, estaba ya Mondragón casado en 
segundas nupcias, y conservando de su primera mujer una hija. 



(1) Gachard, Correspondance de Philippe II, tomo I. 

(2) ídem. 



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¿Era esta hija la Margarita de Mondragón, mujer de Alonso, y úni- 
ea superviviente del indigne caudillo? No lo sabemos. Es chocante 
que en tantos documentos acumulados por los^escendientes de 
Cristóbal para obtener el hábito de Santiago, no haya ninguno, ni 
aun referencias de los interesados, que citen el nombre de |la ma- 
dre de Margarita. Esta es llamada siemí)re á secas hija del coronel 
Mondragón, dando que sospechar, si se tratará de una bastarda; 
porque en el estilo de aquel tiempo, así solían ser designados los 
hijos naturales. D. Juan de Austria, v. gr., es llamado siempre el 
hijo de Carlos V ó del César, y el Prior D. Hernando de Toledo, 
el hijo del Duque de' Alba. Á los bastardos de los grandes señores 
(escribía D. Juan de Zúñiga) conviene obscurecer el nombre de 
sus madres (1). 

La segunda mujer de Mondragón fué aquella dama de Lorena, 
de que habla la Relación de españoles en Flandes, señora muy 
principal, y famosa en las historias belgas por lo que más adelante 
se dirá. De Guillemette de Chastelet se conserva el escudo de ar- 
mas, orlado nada menos que con flores de lis, en la biblioteca de la 
Universidad de Gante, copia del que estuvo durante siglos en la 
iglesia de Santiago de la misma ciudad (2). Es probable qué los títu- 
los de señor de Remercicourt y otros, con que figuró Mondragón en 
la capitulación de Zierikzée, viniéranle por esta señora. Los cau- 
dillos españoles en Flandes solían hacer bodas brillantes; Verdugo 
se casó con una hija del Conde Pedro Ernesto de Maresfeld, y aun 
los soldados encontraban buenos acomodos en aquel país; no todos 
los flamencos eran como aquel feroz orangista Mores de Prat, que 
marcó á su hija Arcila con un hierro candente en el rostro, y la- 
vendió como esclava, por haber amado al gallardo español don 
Alonso de Vera (3). 

La carta del Duque de Alba descubre además rasgos interesan- 
tes del carácter de Mondragón. No es de notar la firmeza con que 
defendía sus legítimos derechos y ganancias; pero sí el empeño 
mostrado en conservar lo poseído en España, en su querida é in- 
grata Medina, y sobre todo, que lo sostuviera contra persona tan 



(1) Nueva Colee, de Doc» Itted. para Ja Hist. de España, tomo I. 

(2) M. Paulo Frederig, catedrático de la Universidad de Gante, ha tenido la bondad de re 
mltimos un facsímil, dibujado por C\ mismo, de la acuarela con los escudos de Mondragón y 
de su mujer Guillemette, existentes en la biblioteca de la Universidad, y otras preciosas indi, 
caciones de los recuerdos mondragonenses en Gante. 

(3) Lope de Vega, comedia Don Juan de Austria en Flandes, 



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- 68 -^ 

superior á él, y á la que tanto debía, como el Duque de Alba; aquí 
se ve de cuerpo entero al Mondragón de condición seCo y extrema- . 
d amenté libre de que habló D. Carlos Coloma, es decir, auno de 
esos hombres de poderosa individuailidad, que ponen su fuerza en 
obras y méritos, y no en la complacencia cortesana. Y también al- 
canza esta luz al carácter del Duque de Alba, mostrándolo como 
un superior, apreciador justo de sus subordinados, en los que res- 
peta escrupulosamente los derechos adquiridos, discute con ellos, 
y aunque no se presten á sus exigencias, no deja por eso de reco- 
nocer y proclamar su valía. Es muy hermosa. esa frase del Duque: 
persona á quien S. M. tiene grandes obligaciones. Y eso que no 
había llegado aún Mondragón á la cumbre de sus méritos, ávque 
había de arribar muy pronto. 

Volvamos á contemplarle en aquellas riberas del Escalda, tea- 
tro de homérica lucha, y que iban á serlo ahora de su inmarcesible 
gloria. 



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XI 



EL PASO DEL VADO 



Guillermo.de Orange, que, si como militar no pudo competir 
con muchos de los que lucharon con él y contra él, como político 
fué quizás el más astuto de su siglo, comprendió que la Zelanda 
era la base natural ó baluarte inexpugnable (Je la rebelión que tan 
sagazmente acaudillaba, y puso desde luego la mano en la empre- 
sa de librarla definitivamente del dominio español, aprovechando 
las circunstancias de hallarse lejos de allí el Duque de Alba con el 
grueso del ejército, ocupado en el sitio de Mons, de la cortedad é 
insuficiencia de nuestros medios marítimos y de la insurrección 
general de los paisanos zelandeses. 

A este fin reunió una f\ota de más de cincuenta navios, la ma- 
yoría de los mendigos del mar que llevaban tantos años haciendo 
la guerra pirática, y un ejército de 7.000 hombres, cual él solía re- 
clutarlos, esto es, de pr9testantes franceses, ingleses y alemanes 
que, ó tomaban esto de guerrear en los Países Bajos contra los pa- 
pistas á mpdo de cruzada, ó que movidos por más bajos impulsos, 
iban sencillamente á ganarse su soldada; en esta ocasión el grueso 
de la hueste de Orange se componía de hugonotes, fugitivos de la 
Saint-Berthol emy . 

Juntos ejército y escuadra en Flessinga, se tomó el acuerdo de 
acometer á Goes, en la isla de Zuid-Bayeland, poniéndola un sitio 
en regla; en Goes se sostenían, á fuerza de ímprobos trabajos y de 
valor heroico, una compañía española y algunos valones, manda- 
dos todos por el capitán Isidro Pacheco. 

La nota orangista fué á situarse cerrando la desembocadura 
del Escalda, ó sea, sus dos bocas ó brazos; y el ejército, auxiliado 
por multitud de paisanos, cercó á Goes, levantando trincheras y 
poniendo cañones en torno de la plaza. 

Pacheco pidió con urgencia socorro á Dávila. Pero, ¿cómo ir á 
prestárselo? Se movió la escuadra con tanto esfuerzo equipada en 



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- 70 - 

Amberes; pero sólo para experimentar fracaso sobre fracaso. En 
aquellos estrechos canales empezó para el pabellón español, en su , 
lucha con las gentes del Norte, esa serie de derrotas navales, que 
no había de concluir sino por nuestro aniquilamiento en Trafal- 
gar, para no citar desventuras más recientes. 

RecurridBe á ingeniosas estrategias. Habiéndose observado que 
en uno de los canales guardaban el bloqueo cinco urcas grandes, 
que podían ser batidas á cañonazos desde uno de los diques de la 
ribera, organizóse una expedición npcturna contra este dique, con 
la esperanza de coger por sorpresa las urcas, é imposibilitarlas de 
oponerse al paso de una flotilla de socorro que se preparó al efec- 
to. Pero hubo de frustrarse la operación por la lluvia torrencial que 
x:ayó aquella noche, y obligó á la columna de ataque á volverse á 
la ciudad, no sin dejar un cañón enterrado en el lodo del camino. 

Sancho Dávila y Mondragón estaban ya descorazonados, no 
viendo la manera de socorrer á Goes, cuando unos paisanos, según 
Mendoza, ó el capitán flanienco Plumart (1), según Bentivoglio, 
vinieron á decirles que entre la isla de Zuid-Baveland y, el conti- 
nente, antiguamente unidos, había un paraje qiie en las más bajas 
mareas podía servir de vado. Pero era vado de tal naturaleza, que 
sólo utilizaban, y eso con mucho peligro, los atrevidos pescadores 
de aquellas costas; porque tenía de anchura tres leguas y media, 
cruzábanlo tres corrientes impetuosas, y había que atravesarlo con 
la celeridad impuesta por el flujo y reflujo, pues habiendo en la 
bajamar sitios en que llegaba el agua cerca del cuello de un hom- 
bre de regular estatura, á^poco que subía la marea cubría entera- 
mente á los mejores mozos. 

Intentar que por este vado pasase un ejército, y de noche para 
burlar la vigilancia de los numerosos bajeles enemigos que anda- 
ban de ronda por aquellas encrucijadas de la tierra y del Océano, 
era ciertamente idea que tocaba en lo descabellado, y más que de 
hombres prácticos, propia de un autor de libros de caballerías ó de 
cualquiera otra clase de cuentos fantásticos. Pero Avila y Mondra- 
gón, resueltos á socorrer á Goes, y con absoluta confianza en sí pro- 
pios y en la gente que mandaban, no sólo la concibieron, sino que 
la pusieron inmediatamente por obra. 

Aprestáronse para la empresa tres mil infantes, españoles, va- 



(1) Mendoza también hace intervenid á un capitán que llama Blommart, aunque con po§« 
teriori4a<l al aviso de los paisanos, Cabrera de CJórdpb^ djce capitán @len\m2v4t;' 



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-71 - 

Iones y alemanes, á los que se repartieron sendos saquitos de lien- 
zo con pólvora y bizcocho. No se les dijo adonde eran conducidos, 
cosa, por otra parte, que á tales soldados preocupaba muy poco, y 
en la noche del 20 de Octubre de 1572— eternamente memorable 
en los fastos de las humanas proezas— halláronse formados en la 
playa, delante del brazo oriental del Escalda, junto á un molino lla- 
mado Ostendreche. 

Era obscurísima la noche, y en la vasta negrura del mar sólo se 
veían vagas fosf oresceiicias fantásticas, atronando los oídos el ru- 
gido estruendoso de las corrientes, y de las olas estrellándose con- 
tra los diques. Mondragón manda formar en columna de á cuatro, 
muy apretadas las filas y con la cabeza en el punto en que venían 
á morir las oleadas, pintonees saben los soldados lo que se preten- 
de de ellos, y sin rechistar, como si se tratase de una marcha or- 
dinaria, se descalzan, cuelgan del cuello los saquitos de lona y se 
colocan todas las armas al hombro, esperando la señal de empren- 
der aquella extraña' jornada, sin otro precedente en la historia que 
el paso de los israelitas por el mar Rojo, y ni aun éste, porque en 
el mar Rojo abrió Dios previamente las aguas, y aquí las aguas es- 
taban cerradas como de ordinario. 

El Cardenal Bentivoglio, que tomó la relación de tan prodigioso 
suceso de labios de uno de los que cruzaron el vado, Juan de Ri- 
vas, hombre (dice el Cardenal) venerable^ no menos por el aspecto 
que por los merecimientos, gobernador de Cambray cuando Benti- 
voglio era Nuncio en Bruselas, y que recordaba este singular epi- 
sodio como el culminante de su larga carrera militar, añade algu- 
nos detalles, v. gr., que Mondragón se descalzó antes de entrar en 
el agua, y que el capitán Plumart ibaá su lado guiándole. 

Sancho Dávila quedó en el molino con una reserva relativa- 
mente numerosa, esperando el resultado de la temeraria empresa. 
Cinco horas duró la travesía. Los de corta estatura tuvieron qu^ 
hacer á nado muchos trozos. En algunos parajes tocaba el agua á 
as barbas de casi todos. Al cruzar las corrientes tenían que coger- 
se unos á otros, formajido masa compacta para resistir el empuje. 
Pero tales fueron el orden y la fortuna, nunca como entonces fa- 
vorecedora de los audaces, que sólo se ahogaron nueve soldados. 
Amanecía cuando la cabeza de la columna tomaba tierra en el di- 
que de Zuid-Baveland (1). 



(1) El desembarco fué por la aldea de Yerseke. (GulUaume, Cotnent, U Mendoaa,) 



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-72- 

Recompensó la Pfovidencia valor tan extr9.ordinario infun* 
diendo el pánico en los enemigos. No habían llegado aún los tiem- 
pos en que los holandeses, aleccionados y dirigidos por Mauricio 
de Orange, se atrevían á reñir batallas campales con nuestros in- 
fantes; en este período de las guerras de Flandes batíanse muy 
bien los rebeldes, pero siempre al abrigo de los muros de sus ciu- 
dades y fortalezas, ó por mar, en que desde luego adquirieron la 
indisputable superioridad que fué tan funesta para la causa espa- 
ñola; en campo abierto, e^l prestigio del tercio estaba todavía in- 
maculado. 

Impuso este prestigio á los sitiadores de Goes, y aún más la 
sorprcisa de ver la isla que juzgaban ellos inaccesible á los nues- 
tros, con tantos soldados que caían allí como llovidos del cielo. Es 
el caso que desde que se percataron del suceso, ya sólo pensaron 
en levantar el campo, sin disputar á los hombres que no se arre- 
draban ante el Océano, las trincheras que habían levantado. Tan 
precipitada fué la fuga y dispersiói;i de los orangistas hacia el sitio 
en que tenían sus buques, que Isidro Pacheco, creyéndolo estrata- 
gema, no quiso salir de Goes á picarles la retaguardia. 

Desde el paraje por donde Mondragón entró en Zuid-Baveland 
hasta Goes había dos leguas, y de tierra muy llana como es toda 
la Zelanda. Pronto advirtieron, por tanto, los sitiados la presencia 
del socorro, y por prisa que se dieron los enemigos en el reembar- 
que, hubo tiempo de acometer á setecientos rezagados; pocos que- 
daron con vida; dos capitanes hugonotes murieron en la playa, y 
otro cayó prisionero. 

Así se remató esta proeza, y ninguna otra de las guerras de 
Flandes ha dejado recuerdo semejante al suyo en la memoria de 
las gentes. Han transcurrido los siglos; desapareció por completo 
el imperio español en el norte de Europa; otros imperios y otros 
guerreros triunfaron ó sucumbieron en las bocas del Escalda; pero 
no hay ribereño de aquellos mares, ni zelandés, ni holandés, ni 
belga que no sepa que en 1572 un jefe español, apellidado Mondra- 
gón, atravesó al frente de sus soldados, en obscura noche, tres le- 
guas y media de Océano, con el agua más arriba del pecho; y en 
aquella tierra de audaces marinos y de costeros habituados á la 
lucha perenne con el mar, la audacia de Mondragón encuentra 
siempre admiradores entusiastas (1). 



(1; *Fué (la de Mondragón) de las más áeñaladas acciones militares que se leen en to- 
das las historias antiguas y modernas» » (Bentlvoglio), 



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XII 



ATAQUE DE THOL EN . —DILIGENCIA DE MONDRAGÓNI ?U INDOMABLE BRA- 
VURA.— CAE HERIDO. — PLAN ADMIRABLE PARA RECUPERAR LA CA- 
BEZA DEL DIQUE, Y NO MENOS ADMIRABLE EJECUCIÓN.— ESPLÉNDIDA 
VICTORIA. 

La insigne hazaña de Mondragón no tuvo más resultado prác- 
tico que la momentánea liberación de Goes, y aunque no resulta 
muy claro de historias y documentos si hubo que levantar enton- 
ces la guarnición y dejar á Goes y la isla entera de Züid-Baveland 
en poder del enemigo, ó si quedó allí por algún tiempo más enhies- 
ta la bandera española, la situación general de las cosas continuó 
siendo la misma, pues sin medios marítimos suficientes era impo- 
sible cambiarla. La escuadra de Orange, á cuya retaguardia se 
había realizado el prodigio del paso, siguió guardando las bocas 
del Escalda, y manteniendo el estrecho bloqueo de las plazas que 
aún conservábamos en Zelanda. Sancho Dávila y Mondragón si- 
guieron también verificando maravillas, ya teniendo en jaque con 
los buques que habían armado á los del enemigo, ya pasando en 
barcazas, al menor descuido de los bloqueadores, de isla en isla, y 
llevando socorro á los fuertes y ciudades presidiadas por los nues- 
tros; la lucha era incesante, tan cruel como pintoresca, fecunda 
en episodios é incidentes variadísimos. Había batallas navales en 
los canales grandes, combates de barco á barco en los estrechos, 
expediciones terrestres para conquistar este ó el otro dique, sorpre- 
sas nocturnas, escaramuzas, aventuras individuales más propias 
del romance ó de la novela caballeresca que de la historia. 

Pasaban así las semanas, los meses y los años. Los soldados que 
acababan de tomar un dique, solían embarcar en seguida en nafvíos, 
y convertidos en marineros, daban combates navales; uno y otro 
elemento, la tierra y el agua, habían llegado á serles igualmente 
familiares, como á los antiguos legionarios romanos. Los marine- 
ros zelandeses, á su vez, desembarcaban de sus buques para batir* 



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- 74 - - 

se ciíerpo á cuerpo con los nuestros en los diques; cuando no tenían 
arí5abuces ni lanzad, hacíanlo con los grandes cuchillos que lleva- 
ban de ordinario al cinto envainados en cuero, arma terrible que 
habían heredado de sus abuelos los germanos (1). Y era regla cons- 
tante ó invariable de este batallar sin tregua, que por tierra triun- 
faban siempre los nuestros, y en el agua siempre los orajigistas. 
Según observó D. Bernardino Mendoza, en todo el primer período 
de las guerras de Flandes, ^haciéndose muchedumbre de facciones^ 
sitios y asedios de villas, batallas asi de mar como de tierra^ no 
tuvieron en éstas ningún buen suceso los rebeldes fuera de la 
rota del Conde de Aremberghe, lo cual no fué en las^de mar, por- 
que no se ganó otra victoria de parte de S. M, que la del Conde de 
Bossu en el Flaerlemermer , habiendo acreditado bien los holán- 
deses y selandeses el ser grandes marineros y puánta industria y 
destreja tienen en este ejercicio, en el cual nacen y se crian, te- 
niendo por casas más seguras los navios que las otras, por ver 
con las inundaciones y roturas de diques a/negarse muchas veces 
las de tterra.n 

La experiencia de serles tan favorable el agua, y tan adversa la 
tierra firme p'ara combatir, sugirió á los holandeses la idea de 
agrandar ^uel elemento y disminuir éste, cosa que en cualquier 
otro país habría sido locura sólo pencarlo; pero que en Holanda es 
de posible, y aun relativamente fácil ejecución. No hay más que 
romper un dique para que seinunden vastas llanuras, y puedan na-^ 
vegar buques, y no pequeños, por donde la víspera pastaban gana- 
dos, y se dedicaban los campesinos á las faenas agrícolas. Así se 
produjo uno de los aspectos más singulares y característicos de las 
guerras de Flandes: las ihundaciones intencionadas como medio 
estratégico, ya para llevar socorro á una plaza sitiada del interior, 
ya para aislar á otra plaza que se quería sitiar. 

Conviene advertir que, á fines del siglo XVII, cuando la inva- 
sión de Luis XIV, los holandeses rompieron todos ó casi todos los 
diques del país entre el Escalda y el Mosa; entonces hubo verda- 
deramente una inundación general; no fueron así las que tanto se 
utilizaron en nuestras famosas guerras, sino pardales y endereza- 



(1) Estos cuchillos, que fueron' /os machetes de las guerras de Flandes, 6 mejor dicho, de la 
insurrección de Zelanda^ son usados todavía por los paisanos zelandeses, y con ellos se baten 
en desafío, ya d toda la hoja, ya d la mttad 6 ala tercera parte, según la gravedad de la ofen- 
sa 6 la safia de los contendientes. Mr. Fluytens ha escrito una interesante monografía sobré 
estas terribles armas populares. 



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- 75 - 

das al éxito de operaciones determinadas. En esta campaña de 
Zelanda empezó á usarse tan peregrinó instrumento bélico. 

La isla de Tholen está tan próxima al continente, que sólo la 
separa de tierra firmé un estrecho canal, fácilmente dominable 
aun para las baterías del siglo XVI . Frente á la Isla corre la costa 
de Norte á Sur hasta la ciudad de Bergen-op-Zoom, que es la ca- 
becera de la comarca, y en el tiempo á que nos referimos, residen- 
cia de una guarnición española; y á todo lo largo del canal, había 
dos series de puestos ó destacamentos que se daban las manos ó 
cruzaban los fuegos de sus piezas de artillería, comunicándose 
también con otra tercera línea, repa;rtida en los lugares más es- 
tratégicos de la isla. Todos estos destacamentos eran de valones de 
la coronelía de Mondragón. 

Los enemigos concibieron el plan de lanzarse atrevidamente 
por sorpresa y con fuerzas considerables contra los fuertes del 
<:anal, dominar ambas costas, romper el dique que resguarda la 
playa continental, é inundar a^í la campiña de Bergen-op-Zoóm. 
Los resultados que se proponían conseguir con esta empresa, erap^ 
importantísimos, pues por Tholen era por donde solían los nues- 
tros socorrer á Middebourg, la cual sin aquel apoyo quedaba muy 
apartada de nuestra base de operaciones, y, privada de socorros, 
en inminente peligro de caer en seguida en poder de sus tenaces 
sitiadores. 

El 1.° de Mayo de 1573, surgieron de improviso los enemigos en 
Tholen, sorprendiendo un puesto de treinta valones que, á las ór- 
denes de un cabo de escuadra, presidiaban la aldea de Pontoliey. 
Hiciéronse fuertes los nuestros en la iglesia del lugar, y allí pere- 
cieron todos abrasados con el edificio, y aterrado un destacamento 
próximo de cuarenta y cinco hombres, mandados por un sargento, 
capituló, sin que su debilidad valiérale para salvar las vidas, toda 
vez que los orangistas tiraron al mar á los rendidos (1). Abierta 
brecha de este modo en la línea de nuestros destacamentos, llega- 
ron los enemigos á una df las cabezas del dique de Bergen-op- 
Zoom (2): la defendida por el capitán Corriwila (3) con su compa- 
ñía. Valerosamente se portaron los valones; pero eran tantos los 



(1) Mendoea así lo refiere; pero el Duque de Alba, en cana á Felipe II (Gachard: Correspon- 
dance, t, II, pág. 354),dice que eran sesenta soldados, de los que treinta se rindieron, veinti- 
dós se pasaron al enemigo, y ocho fueron muertos. 

(2) •La Cabeaa de Berg^ ó Berghes-Hooft (dice Guillaume) es una parte avansada de B^r- 
gett'Op-Zoom del lado del mar, donde hoy está edificado un fuerte.» 

(3) S\; verdadero apellido, se^ún lo^ Uis^oriadore^ flan^encps, era Cor te voy le, 



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'-7b- 

acometedores, unos en buques, y otros desembarcados, rodeando el 
malecón y atacándolo por tierra, que el capitán, para evitar que lo 
copasen, se retiró con los suyos á unas salinas que por allí había, y 
desde este punto continuó hostilizando á los enemigos dueños de 
la cabeza del dique. 

Voló á Amberes la nueva de tan desagradables sucesos. San- 
cho Dávila había salido días atrás con una expedición á la isla 
de Valcheren, por ruta distinta de la de Tholen, circunstancia te- 
nida en cuenta por los rebeldes para su empresa; Mondragón esta- 
ba solo, y con fuerzas muy escasas; porque en aquellos días había 
ordenado el Duque de Alba que todos los soldados disponibles, en- 
tendiendo por tales cuantos no fueran absolutamente precisos para 
cubrir las guarniciones, se corriesen desde la costa hada el Mosá, 
á reforzar el grueso del ejército que, á las órdenes de D. Fadrique, 
había emprendido ya la reconquista de Holanda. 

Pero en estos casos y momentos críticos, era cuando más brillan- 
temente se revelaba el genio militar de Mondragón. Al punto des- 
pachó mensajeros á todas las ciudades y puestos guarnecidos por 
Soldados de su coronelía, portadores de esta sola orden: que todo 
el mundo, tal, cómo y dónde se encontrara, se pusiera en camino 
inmediatamente hacia las salinas, ,á que se había retirado el capi- 
tán Corriwila. Uniendo á la orden el ejemplo, salió el Coronel de 
Amberes con veinte arcabuceros, única gente que pudo allegar. 
Ya los orangistas habían puesto mano á la obra de romper el di- 
que, y para proteger á los centenares de trabajadores que abrían 
el boque te,. parapetáronse con trincheras y cañones en la misma 
cabeza. 

Llegado Mondragón con sus veinte arcabuceros á las Salinas, 
únicamente halló la compañía de Corriwila y media del capitán 
Giles (cien soldados, los demás se habían ido á Holanda); es decir, 
un puñado de hombres contra enemigos parapetados que se conta- 
ban por miles; pero eran las circunstancias de tal gravedad y ur- 
gencia, que no vaciló el heroico viejo en cometer ung. temeridad 
más en su vida. Formando con su desmedrada hueste una columna 
de ataque, ó, como entonces se decía, un solo escuadrón, lanzóse 
sobre las trincheras enemigas. Los valones hicieron prodigios; 
pero desde lo alto del dique y desde las embarcaciones, tiraban tan 
copiosamente los orangistas, que no se podía dar un paso. Mondra- 
gón, á caballo y espada en mano, adelántase hacia las trincheras, 
intentando un esfuerzo suprenio; pero en aquel punto su caballo 



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- 77 - , 

cayó herido de muerte, y tomando debajo al Coronel, que quedó 
herido en la frente, y tan molido por el peso de las armas y caída, 
que con dificultad le pudieron sacar del caballo, á tiempo que 
venía una bandera de enemigos para cortarle la retirada (1). 

El león herido no se retiró^ sin embargo, de la pelea. Apenas 
le pusieron en pie, chorreando sangre por la frente, ordenó que se 
--diese á la desesperada otro ataque. Tuvo que decirle el capitán 
Giles que apenas si quedaban ya soldados sanos; entonces» se fué á 
Bergen-op-Zoom, no sin dejar en el campo patrullas de arcabuce- 
ros que hostilizaran al enemigo, para esperar allí los refuerzos que 
ya no podían tardar en llegarle. 

Los n^ensajeros habían recorrido, en efecto, toda la región cir- 
cunvecina, y cumplido la orden de Amberes; pero las circunstan- 
cias generales de la guerra en aquel momento habían opuesto á la 
rápida concentración prevenida por el Coronel, dificultades impre- 
vistas. En Breda, por ejemplo, había 200 arcabuceros de la Coro- 
nelía;' pero muy poco antes de llegar el mensajero de Mondragón 
había llegado otro del Duque de Alba con orden terminante de que 
aquellos 200 arcabuceros, fueran las que fuesen las órdenes de su 
Coronel, salieran inmediatamente para Romedenne, y para que 
fuesen más de prisa, que hiciesen la jornada en carros. El goberna- 
dor dé Breda, señor de Saint-Remy (2), tuvo, pues, que hacer sa- 
lir á los arcabuceros haci^ Roipedenne, aunque comprendiendo la 
importancia del intento de Mondragón, dispuso enviarle 50 jinetes, 
arqueros de la compañía de hombres de armas del Duque de Ars- 
chost, que había en la plaza. 

Incidentes parecidos detuvieron en casi todos los puntos la sa- 
lida de los refuerzos, Mondragón, entretanto, encerrado en Ber- 
gen-op-Zoom, veía cómo los orangistas iban adelantando en su 
obra de cortar el dique. Ya eran los boquetes abiertos suficiente- 
mente profundos, para que en las mareas altas entraran en la lla- 
nura corrientes de agua, y las partes más bajas de la campiña se 
habían ya convertido en lodazales; durante la pleamar, la Cabeza 
de dique, tan furiosamente disputada, surgía de las aguas cenago- 
sas como un islote fortificado; por fortuna, empero, las mareas no 



(1) Mendoza: Lib., X, cap. U; Cabrera, tom. II, pág. 198.— Esta herida de Mondragón, aun- 
que leve, desmiente el aserto de Coloma: en tantos años de guerra no le sacaren jamás gota 
de sangre, 

(2) Mendoza le llama Mr. de Saint-Remy; pero su nombre era Mr, D*Estournel, seigneur 
.de Saint-Remy, 



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- 78 - 

eran muy altas en aquella estación, y el dique, de los buenos del 
país, ofrecía mucha resistencia al esfuerzo de sus démoledorés. 

Estas circunstancias favorablesdieron ocasión á que llegasen, 
si no todos, algunos de los refuerzos esperados. Fueron, entre ellos^ 
los 200 arcabuceros de Breda, pues en cuanto el Duque de Alba se 
percató de lo que sucedía en el Canal de Tholen, dispuso que, vol- 
viendo apresuradamente sobre sus pasos, corrieran á incorporarse 
á su Coronel. 

Mondragón no esperó más. El 7 de Mayo combinó la operación 
para el día siguiente, resuelto, como dice Mendoza, á desalojar á 
los enemigos de la Cabesa, del dique ó perderse. 

Con objeto de engañar á los enemigos, formó una numerosa co- 
lumna de paisanos, mochileros y criados de su regimiento, la cual, 
dirigida por seis soldados, salió, entre las sombras de la noche, de 
Bergen-op-Zoom, y se situó en las Salinas, de donde había partido 
el primer ataque. 

Las compañías, acaudilladas por el mismo Mondragón, salieron 
á la vez; pero en dirección opuesta, y describiendo en círculo de 
marcha una legua, llegaron al dique ,sobre cuya cabeza se quería 
operar. Todas estas maniobras se basaban en el exacto y perfecto 
conocimiento de aquellos singulares y difíciles terrenos que el ma,r 
cubre y descubre alternativamente en sus crecientes y bajadas; 
había sido todo tan bien calculado que, al tocar la columna en el 
dique, como una hora antes de amanecer, la bajamar estaba en su 
punto máximo, con lo que, no sólo quedaba en seco la tierra res- 
guardada por el dique, sino que hacia la parte de afuera se hacía 
un playazo, estrecho es verdad, y de vez en cuando cortado por el 
agua, pero que no podía intimidar á soldados que habían hecho la 
jornada nocturna de Zuid-Baveland. 

Dividió Mondragón sus trescientos soldados en dos trozos: el 
• uno marchó por el playazo, y el otro por el interior, pegado al di- 
que. Con este segundo fué el Coronel; acompañábalo el capitán es- 
pañol Esteban de Illana que, pocos días antes, había sido herido, 
y llevaba el brazo en cabestrillo; pero enterado de lo que se 
proyectaba, no se había resignado á perder aquella ocasión de 
gloria. 

Rompió el día, y los protestantes descubrieron con el alba la 
tropa de paisanos campeando en las salinas, y tomándola por de 
soldados, se pusieron al arma por aquel paraje, creídos que iba por 
allí á repetirse la acometida. Eran mil doscientos entre obreros y 



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-79 - 

soldados, y algunos de estos últimos destacáronse hacia las sali- 
nas, para reconocer me;jor al qiíe se figuraron grueso de nuestras 
fuerzas. Pero en aquel momento, Mondragón, que había llegado al 
pie de la tabesa dei dique, lanza el grito de guerra: Santiago y 
á ellos, y suben á las trincheras los valones, lanzas y espadas 
en mano, precipitándose como furias sobre los desprevenidos de- 
fensores. El pánico fué terrible; y aún aumentó, cuando vieron 
surgir por la otra parte del dique á otros soldados, no menos ines- 
pei'ados y no menos fufiosps en el acpmeter. Hubo espantosa con- 
fusión. Seguramente que el número sólo les sirvió de más estorbo 
y para mayor desorden, y los centenares de obreros especialmen- 
te, que debieron de ser, teniendo en cuenta la manera de desarro- 
llarse los sucesos^ los primeros en sjifrir la arreipetida, los que con 
su terror y gritos imposibilitaron toda defensa. El caso fué que no 
la hubo; tirábanse en racimos de (jabeza al canal, y los que no, fle- 
jábanse matar inmovilizados por el miedo; los valones hartáronse 
de herir. No fué batalla, sino degollina; entre ahogados y muertos 
á ñlo de acero, perecieron todos, menos unos veinte (1). De los 
nuestros sólo hubo un soldado muerto y un alférez herido. Allí pe- 
reciííí con los suyos el caudillo orangista Rollet, que era uno de los 
mejores jefes de la insurrección zelandesa. 



(1) Mendoza.— El Duque de Alba, en carta á Felipe II (Gachard, Correspondance, tomo II, 
página 357), dice que murieron de los enemigos 700 hombres y algunos cabos, y entre ellos al- 
gunos oficiales del Ejército real, (^ue se habían pasado á Orange. 



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XIII 

/ 

MONDRAGÓN, CAPITÁN GENERAL DE ZELANDA.— SITIO DE MIDDEBURG.— 
HEROICA CONSTANCIA DE LOS SITIADOS. --<:APITUL ACIÓN DE LA PLAZA. 
¿F'ALTÓ MONDRAGÓN Á LO CAPITULADO? 

En la isla de Valcheren, principal de las de Zelanda, sólo con- 
servábamos la plaza de Middeburg, y algún que otro fuerte aisla- 
do. Todo lo demás estaba por el Príncipe de Orange, que en Fies- 
singa tenía su corte y el cuartel general de la insurrección. En 
esta ciudad, ya entonces de gran importancia marítima, famosa 
por haberse* embarcado en ella Carlos V cuando vino á encerrar- 
se en Yuste, y Felipe II, en 1559,'al regresar para siempre á Espa- 
ña, no había más que furibundos orangistas; todavía es allí el Prín- 
cipe el personaje histórico popular por excelencia, y los flemáticos 
zelandeses cuentan á los forasteros con entusiasmo mil anécdotas 
y recuerdos referentes á su persona. Refiérese, y esto lo confirman 
alfifunos historiadores, que antes de embarcar Felipe II, tuvo en 
Flessinga un consejo con los señores del país; el Taciturno estaba 
pronunciando un discurso acerca de las fortalezas que convenía 
presidiar con más cuidado, y de repente, le interrumpió el Rey di- 
ciéndole, á la vez que le miraba con mucha fijeza: 

—Bien, bien; pero la seguridad de estos Estados más que de 
esas prevenciones, depende de vos (1). 

De Flessjnga partía el impulso de la rebelión, y la fuerza que 
tenía bloqueada constantemente á Middebürg. Adolfo de Borgoña, 
señor de Vaken, Gobernador de la isla por el Rey Católico, fué 
muerto el 21 de Junio de 157¿, en un ataque desgraciado contra un 
fuerte de los rebeldes, sobre el dique de Flessinga. Sucedióle Mr. de 
Beauvoir, que vio caer en poder del enemigo el castillo de Ramé- 
kens; el Duque de Alba atribuyó á negligencia suya esta pérdi- 
da (2), y también una de las expediciones de socorro á Midde- 



(1) Las palabras atribuidas á Felipe II se cuentan en muy distintos términos; pero la subs- 
tancia ó sentido es éste. 

(2) Gsícli&rd,^Correspondance, Tomo I, pág. 398. 



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- 81 - 

burg (1), por lo que le destituyó del mando, nombrando en su lu- 
gar á Cristóbal de Mondragón, con el título, que las circunstancias 
hacían más honorífico que r^al, de gobernador y capitán general 
del país de Zelanda. 

Middebürg, á cuyo recinto se reducía casi toda la jurisdicción 
del capitán general de Zelanda, está situada en ef centro de la 
isla de Valcheren (2), y es desde la Edad Media la capital de toda 
Zelanda. En el tiempo en que llegó allí Mondragón á encargarse 
del mando, burlando á las flotas orangistas en una de aqucjUas 
expediciones de socorro que tan hábilmente y con tanta perse- 
verancia organizaba Sancho Dávila, Middebürg era como un gran 
depósito de todas las cosas sagradas y profanas que restaban en 
el Archipiélago á la Religión Católica y á la causa del Rey. 

En Middebürg se habían refugiado los sacerdotes y las comu- 
nidades religiosas con las santas imágenes y reliquias, tan vene- 
radas en otra época por los devotos zelandeses, y que entonces, 
convertidos aquellos naturales en feroces iconoclastas, eran el ob- 
jeto de su furor y safia. Allí estaban también cuantos no habían 
renegado de su antigua fe, y con los que la herejía victoriosa se 
mostraba tan intolerante y cruel, como podía serlo la Inquisición 
española con los herejes. En Middebürg se guardaban inmensas ri- 
quezas, ya délos católicos refugiados en la ciudad, ya las del Rey 
que se habían podido salvar y meter allí, en los momentos de la in- 
surrección, ya las que se habían podido embargar á los protestan- 
tes, consistentes por su mayor parte en cargamentos de comercio. 

Para custodiar tan rico depósito había una guarnición relativa- 
mente numerosa, auxiliada por los miamos naturales y refugiados; 
en momentos de apuro acudían á la muralla todos los habitantes- 
Ios protestantes, ó habían sido expulsados ó estaban prisioneros,— n 
sin exceptuar sacerdotes ni frailes. Con estos elementos y un jefe 
como Mondragón, Middebürg no corría ningún riesgo de ser toma- 
da por asalto; antes por el contrario^ ya cuidaban los orangistas 
de no acercarse mucho á lais murallas, porque los defensores ha- 
cían frecuentes salidas, corriendo en todas direcciones la campiña, 
sin rehuir combate; antes bien, apeteciéndolo siempre. 

Pero la suerte de Middebürg no había de decidirse en un asal- 
to. Dependía única y exclusivamente de la comunicación con Am- 



(1) Idemld.íd., pág. 403. 

(2) El nombre de Middebürg significa ciudad del centro ó del Interior. 



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- 82 — 

beres, ó en otros términos, de la gnetra, marítima. ¿Predominaban 
' las escuadras realistas? Middeburg estaba salvado. Sin predomi- 
nar, .¿tenían medios y habilidad para ir introduciendo con periodi- 
cidad, ó á intervalos no muy largos, víveres en la plaza? Midde- 
burg se sostenía indefinidamente. ¿No podían hacerlo? Pues Midde- 
burg sucumbía sin remedio. 

El papel de los defensores reducíase, pues, á tener paciencia, 
soportando con resignación las penalidades y sufrimientos de ún 
bloqueo constante. La guarnición arribó en esto á las cumbres de 
de lo heroico. Los socorros se fueron haciendo cada vez más ra- 
ros, y acabaron por no llegar nunca. Entonces empezó el hambre. 
Consumiéronse primero las vacas, echóse mano después de los ca- 
ballos, y, por último, de los perros y gatos. Comiéronse las pieles 
de estos animales (1) y hasta las suelas de los zapatos (2). La ración 
de pan de los soldados, que era de libra y media, hubo que rebajarla 
pronto á dieciséis onzas, y sucesivamente, á doce, á ocho^ á cu^-' 
tro y á dos, faltando luego en absoluto (3). Dispuso Mondragón que 
se confeccionasen unas tortas de linaza, que fueron el único ali- 
mento de soldados y habitantes; para vencer la repugnancia de 
esta comida, había, por fortuna, en los almacenes, vino de Espa- 
ña que se repartía equitativamente todas las mañanas. 

Los sitiados de Middeburg llegaron á no saber nada de lo que 
ocurría fuera de la plaza. Fueron sorprendidos con un mensa- 
je ó aviso del Comendador Mayor al Gobernador, autorizándole 
para capitular; pues no se ha-bían enterado de la partida del Du- 
que de Alba, que fué á 19 de Diciembre de 1573, ni de su relevo 
por don Luis de Requesens. Por este tiempo los padecimientos ha- ^ 
bían llegado á su colmo; desarrolláronse las enfermedades de tal 
modo, que desde el día de Navidad hasta el 6 de Febrero de 1574, 
murieron en la ciudad mil quinientas sesenta y ocho personas. 

El Comendador intentó un esfuerzo supremo para socorrer á 
Middeburg. Dos escuadras, una con numeroso convoy^ y mandada 
por Sancho Dávila, y otra fle combate á las órdenes del maestre de 
campo Julián Romero, aprestáronse á salvar la plaza sitiada mar- 
chando en combinación por las dos grandes bocas del Escalda. El'' 
resultado fué desastroso. Julián Romero, que tantas proezas había 



(1) Gachard,— ^orr^s/>. de Felipe II, tomo III, pág. 26.— Requesens hizo publicar en 
Flandes y en Inglaterra que se darían grandes recompensas al que lograse introducir seranos 
en^la ciudad sitiada. 

(2) Del Río.— Memorias. 

(3) Mendoza. 



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- 83 - 

hecho en la guerra terrestre, lo perdió todo en la marítima, menos 
la honrada sinceridad con que dijo á Requesens, ^1 desembarcar 
derrotado: Vuestra excelencia bien sabía que yo^no era marinero, 
sino infante; no me entregue más armadas, porque si ciento me 
diese, es de temer que las pierda todas (1). 

Middeburg estaba perdida. El Comendador Mayor pudo hacer 
llegar á Mondragón la orden de que capitulase, procurando que 
los enemigos sacaren poco fruto de la villa, Mondragón intentó 
cumplir esta orden y evitarse la vergüenza de la rendición, des- 
truyendo las mercancías y efectos, y embarcando la tropa y refu- 
giados en las naves surtas en el canal, y en la costa al abrigo del 
castillo de Ramua; calculó que, aprovechando la marea, podría 
irse á Berglien en seis hpra§; pero los capitanes le dijeron que los 
soldados no estaban con ánimo para tal empresa. El Príncipe de 
Orange les había hecho saber que respetaría su vida y libertad 
si dejaban intactas las riquezas almacenadas en Middeburg, y esta 
comunicación les desmoralizó. Por otra parte, todo induce á creer 
que la tentativa de Mondragón no hubiera tenido éxito; porcjue 
los barcos enemigos, dueños de los canales y enardecidos por su 
reciente victoria decisiva, hubieran dado buena cuenta de aque- 
llos fugitivos, debilitados por el hambre y los padecimientos. 

Hubo que ceder á la^ecesidad. La capitulación se firmó en el 
castillo de Ramekin, el 18 de Febrero de 1574, comprendiendo á 
Middeburg y á la pequeña fortaleza de Ramua,^ que, aseguraba 
por la -costa norte de Valcheren las comunicaciones marítimas de 
la capital de Zelanda. D. Bernardino de Mendoza extracta el tra- 
tado con su fidelidad acostumbrada, y que pgdemos hoy compro- 
bar por haberse publicado íntegro en la GrattCrónica de Holán- 
da; lo único que del texto hay que añadir al extracto de Mendoza, 
es la firma y títulos de Mondragón, que son así: Cristóbal de Mon^ 
dragón, caballero, señor de Remerchtcourt, de Lus, Gusanvillé, 
etcétera, títulos que respondían indudablemente á efectivos seño- 
ríos, que no sabemos si procederían de Concesiones hechas al Co- 
ronel, ó, lo que parece más probable, serían de su esposa Guille- 
mette de Chastelet. La descendencia medinense de Cristóbal^ no 
hizo nunca mención de tales títulos y señoríos. 

Por la/ capitulación hubo que entregar al Príncipe de Orange la 
ciudad y sus castillos, sin deshacer las fortificaciones, artillería. 



(1) Mendoza. 



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- 84 - 

municiones, navios, mercancías y bienes; los soldados salían libres 
con sus armas y banderas, cajas, ropa y bagajes, é igualmente 
quedaban en libertad los empleados civiles, y los clérigos y frai- 
les, concediéndose á éstos, como favor especialísimo, que salieran 
con sus vestidos y hábito clerical. Lo más singular del pacto fué 
la promesa que hizo Mondragón, sobre su fe y palabra, de entre- 
gar dentro de dos meses entre las manos del Príncipe de Orange 
á Felipe Manrique, caballero de San Aldegonde, el capitán Jaque 
Simón y un italiatto preso en el Hayaj llamado Citadella, y el te- 
niente del capitán Willeken, Van Augeren y Peteyu. Y donde no, 
sea obligado el dicho Mondragón á volverse á poner en las manos 
del de Orange (1), 

Admírase Estrada de que la rendición de Middeburg no amen- 
guara en nada el crédito del Coronel. ^ Quedó desde entonces— 
áice—el nombre de Mondragón^ que la entregó^ más esclarecido, y 
consiguiendo en la misma pérdida tales logros de alabanza, cua- 
les rara ves se leen en las historias^.^ Opinión ciertamente justa, 
pues nuestro Cristóbal no puso de su parte en la pérdida de Midde- 
burg sino lo, necesario para que fuese gloriosa; durante más de un 
año se sostuvo allí, soportando y haciendo soportar á la guarnición 
y naturales las más estupendas privaciones, y ni aun cuando estu- 
vieron los defensores extenuados por el hambre, atreviéronse los 
enemigos á dar el asalto. Los soldados salieron de Middeburg con 
su honra intacta. Tuvieron que abandonar la ciudad por efecto de 
circunstancia? generales de la guerraf, en las que no tenían ellos 
culpa ni responsabilidad alguna, pero no fueron vencidos. Los mis- 
mos enemigos rindieron á'su valor, á su disciplina y á su constan- 
cia en soportar las adversidades, el homenaje merecido. 

Y lo propio hicieron el Comendador mayor D. Luis de Reque- 
sens y Felipe IL El 24 de Febrero escribió Requesens desde Am- 
beres una larga carta al Rey, relatándole los tristes sucesos 
ií Ayer "le decm-^llegó Mondragón con toda su gente, con bande- 
ras^ armas y bagajes, y los religiosos y eclesiásticos de la ciu- 
dad; pero sin la plata, ni ornamentos de iglesia y sin haber que- 
mado los víveres y efectos^ valuados en300.000 escudos, » Refiere 



(1) He aquí el encabezamiento de la célebre capitulación: ^Nous, Guillaumei par la grace 
de DieUtprtnce d'Orange, comte de Nassau, etc., d'une part, et moy, Christophe de Mon- 
dragón, chevalier, seigneur de Remerchicourt, de Lus, Gusanvilie, etc, d^autre part, 
ayans ven et leu ce que de noa volontes á eté fait, capitulé et conclus, par le traitté ci-ce- 
desius, l'accordans, agreans et ratiffians, á vous promis et promettons par cestes en pa,- 
rolle de prince el Soy de geutilhomme respectivement... etc.» 



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-85- ^ , 

luego que había dirigido á lois soldados una proclama, ó carta que 
se decía entonces, enalteciendo su valor y asegurándoles que el 
Rey estaba enteramente satisfecho de su conducta. Termina con- 
tando á S. M. la conferencia que había celebrado con Mondragón 
adSrca de todo lo sucedido en Zelanda; y lo que más chocó al Co- 
mendador fué lo que le dijo el Coronel del entusiasmó de los zelan- 
deses en general, y especialmente de la clase marinera por el 
Principe de Orange; cuando éste armó su escuadra, doce mil ma- 
rineros se le ofrecieron para tripularla^ de los que escogió el Prín- 
cipe cuatro mil. Por cuanto oro se ofresca, no se hulla un mari- 
nero para los barcos del Rey\ y en cambio, sin qu^ el Príncipe les 
pague, le sirven con la mayor satisfacción del mundo (1). Felipe II 
contestó á Requesens ^que sentía mucho la pérdida de Middeburg, 
pero que Mondragón ha hecho todo lo que podía, y habéis hecho 
bien en consolar le. y* 

Lo que no consintieron el Rey, ni el Comendador mayor es que 
nuestro héroe se constituyera prisionero voluntario, en rehenes de 
Marnigh de Santa Aldegonda, el feroz calvinista que representa 
en la insurrección flamenca el tipo del fanatismo sectario, así 
como Orange e\;de la astucia política. La vida dé Marnigh estaba 
muy segura, pues respondía de ella la del valiente é infortunado 
almirante Conde de Bossu, prisionero de los rebeldes; hizo muy 
bien el Comendador mayor en no satisfacer esta parte de la capi- 
tulación de Middeburg, pues ni aun para el objeto que pretendía 
Orange era necesaria. Los rebeldes acusaron, sin embargo, á Mon- 
dragón de faltar á su palabra; pero un ilustre literato y erudito 
flamenco, desgraciadamente arrebatado muy joven al estudio de la 
historia (2), le vindica: Eequesens— dice— no consintió á Mondra- 
gón constituirse prisionero de Orange^ lo que causó un disgusto \ 
cruel á este anciano veterano del ejército español^ que las cartas * 
del Príncipe acusan de faltar á sus promesas (3). 



(1) Gachard: Correspondance de Philippe JI, tomo II.— Publica también la proclama ó 
carta de Requesens, referida en la carta, y otra carta contando la llegada á Amberes de los 
capitulados de Middeburg, escrita por Tomás Wecht, sargento mayor del regimiento de 
Mondiragón , 

(2) Tal es Mr. Blaes, publicado r y anotador de los primeros tomos de las Memorias Anó- 
nimas (tomo XX y siguientes de la Collection de Mémoires relatifs á Vhistorie de Belgi- 
que). Mr. Blaes murió á los veintiocho aftos. 

(3) Tomo I de la obra citada. Requesens decía á Felipe II en su carta del 24: *Los enemi' 
gos kan cumplido la capitulación. Yo no sé cómo podrá cumplir Mondragón la liber- 
tad de Santa Aldegonda, porque yo se lo tengo prometido á los parientes del Conde de 
Bossu para el canje, y además yo no he de permitirle ir ó constituirse prisionero, como 
ha prometido, si no se liberta d Aldegonda.» 



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XIV 



BATALLA DE MOOK. — MONDRAGÓN, CASTELLANO DE GANTE.— «LE CHA- 
TEAU DES ESPAGNÓlS» .—SEGUNDO VADEO Y TOMA DE FINARD.— GR AN 
OPERACIÓN EN ÜA ZELANDA CENTRAL.— TERCERO Y ÚLTIMO VADEO 
DIRIGIDO POR MONDRAGÓN. 

Después de la capitulación de Middeburg, asistió nuestro hé- 
roe, al frente de su regimiento, á la gloriosa batalla de Mook, y 
llevó la parte más recia en el asalto de las trincheras enemigas. , 
Julio Rolin, alférea del Coronel Mondragón, ganó en la misma 
trinchea una bandera, al cerrar con los doscientos valones, que 
arremetieron ammosísimamente,yconla osadía que en otras mu- 
chas facciones lo habfan hecho con su Coronel combatiendo con 
los rebeldes (1). Y á primeros de Noviembre de 1575, sabedor Re- 
qu^sens de que el partido orangista, muy numeroso en Amberes, 
teníalo todo preparado para levantarse con la ciudad, fenvió á Mon- 
dragón á parar el golpe; con su celeridad acostumbrada entró el 
Coronel por la cindadela en la Metrópoli flamenca, al frente de su 
Coronelía y seis banderas de españoles; y el despliegue de estas 
fuerzas en la Plaza Mayor de Amberes bastó para intimidar á los 
conspiradores y prevenir la inminente insurrección. 

Por entonces obtuvo Cristóbal la castellanía de Gante, 6 sea 
el gobierno de aquella magnífica cindadela, mandada construir 
por Carlos V después del motín de 1540, para tener sujeta á la po- 
derosa y turbulenta burguesía de la gran ciudad en que había na- 
cido, y de la que dijo con orgullo á Francisco I: Mon Gant, Paris 
danserait dedans. Los ganteses tascaban el freno que les había 
puesto su augusto paisano con mal reprimido furor, y miraban, 
ceñudos é iracundos, al castillo que sus documentos municipales 
del siglo XVI califican de le tombeau de leurs priviléges et dü 
bien-étre de la ville. Esta ciudad de Gante, que contaba orgullosa 
sus treinta y cinco mil casas y setenta mil habitantes; de tan activo 



(1) Mendoza. 



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-.87 - 

tráfico mercantil, que mantenía quinientas naves para el comercio 
con Noruega, y veinte para el de Moscovia, mientras que otras mu- 
chísimas hacíanlas carreras de Guinea, Angola y el Brasil (1), era 
un foco terrible de oposición contra el Gobierno español; como en 
Amberes, había en Gante muchos protestantes ocultos; pero por 
esta época los católicos no eran menos enemigos nuestros que los 
herejes. El más católico desta pt ovincí a— escñhía. Requeséns á Fe- 
lipe II— no tiene el odio que debería á los herejes y y le parece que 
no se ha de hacer en ellos rigoroso castigo (2). En otra carta: En 
(Cuanto á echar á los españoles de aquí, están conformes los rebel- 
des con los que se llaman leales (3). Y en otra: Hanme certificado 
que algunos de estos Abades, y aun Obispos br abandones, han 
dicho que no saben $i les está mejor estar debajo de los herejes 
ó de los españoles (4). Estos sentimientos generales del país tenían 
en Gante su expresión más ardiente^ De Gante había salido aque- 
lla historieta, probablemente inventada por el odio, pero que con- 
tribuyó tanto á la impopularidad del Duque de Alba, y de que no 
se hace gracia todavía á ninguno de los viajeros que visitan la ele- 
vada y gallarda Torre de la ciudad: dícese que, contemplando la 
población desde aquella Torre Carlos V y el Duque de Alba,vacon- 
sejó éste al Emperador que la destruyera enteramente, y que Car- 
los V respondió: Combien faudrait il de peaux d^Espagne pour 
faircMn Gant de cette grandeur? (5) 

Lo cierto es que Carlos V, para tener á raya á sus turbulentos 
paisanos, hizo demoler la Abadía de San Bavon, uno de los monu- 
mentos religiosos más venerables de Bélgica, fundado, según la 
tradición, en Ja primera mitad del siglo VII por San Amando, 
apóstol de Flandes (6), y sobre su emplazamiento se construyó la 
cindadela, que ha permanecido en pie casi hasta nuestros días. 



(1) Manuscrito de la Biblioteca de París, extractado por Forneron.— /ftsí. de Felipe II. 

(2) Nueva Colee, de Doc. Inéd.— Tomo IV.— Carta de 16 Agosto 1574. 

(3) ídem W.- Carta de 2 Julio 1574. 
i4) /<¿ew írf.— Carta de 25 Julio 1574. 

(5) Estrada y otros historiadores clásicos de las guerras de Flandes sefialan esta anécdota 
como una de las causas del odio popular contra el Duqu^. Hay fundados motivos para creer 
que la anécdota es muy anterior al gobierno del Duque; porque consta» en efecto, que ya era 
éste aborrecido allí en el reinado de Carlos V, pero no significa esto que sea exacta. Quizás 
el Duque aconsejase áCarlosV temperamentos de rigor para prevenir nuevas insurrecciones 
como la de 1540; pero el consejo de destruir una ciudad tan populosa no encuadra en el carác- 
ter hlstótico del gran Duque de Alba. 

(6) La Abadía no fué destruida por completo, pues aún quedan ruinas imponentes de ella. 
Carlos V, para compensar esta demolición, hizo dedicar á San Bavon la Catedral de Gante, en 
que había sido él bautizada, y que antes se llamaba de San Juan Bautista. 



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-88- 

ostentando en sus últimos tiempos el nombre de Cháteau des Es- 
pugnáis (1). Fué la primera' fortaleza con bastiones que se vio en 
los Países Bajos, y hasta que el Duque de Alba hizo levantar la de 
Amberes, era la obra de ingeniería militar más importante cons- 
truida en el siglo XVI. 

Un grabado de la época, que también debemos á la amabilidad 
del docto profesor de Historia de la Universidad de Gante, mon- 
sieur Paul Frederig, nos da completa idea de la cindadela, tal como 
estaba cuando Mondragón era su gobernador ó castellano. Forma- 
ba casi un perfecto cuadrilátero de muros altos con explanada y 
parapeto, y en el centro de la plaza levantábase un conjunto de 
construcciones separadas, ó, mejor dicho, aireadas por grandes 
patios y jardines; estos edificios interiores eran iglesia, parques, 
polvorines, cuarteles y pabellones; el castellano tenía un verda- 
dero palacio. En |él aposentábase la familia de Mondragón, ó sea 
su mujer, la ilustre Guillemette de Chastelet, y dos hijas, j^ mo- 
zas, que por entonces vivían con sus padres. Cristóbal sólo residía 
allí á cortos intervalos de tiempo, pues como, además de su oficio 
^ de castellano de Gante, conservaba el mando de su coronelía de 
valones, amén del título, á la sazón ilusorio, de Capitán General 
de Zelanda, salía frecuentemente á operaciones activas de guerra. 

Una de estas salidas fué memorable por haber originado mag- 
nífica victoria, conseguida merced á la repetición de la estupenda 
proeza del paso del vado. Sobre la Isla de Finart (2) fué Mondra- 
gón con dos compañías de españoles, dos de alemanes, mil arca- 
buceros valones y siete piezas de cañón (3); habíanse atrincherado 
allí los rebeldes, y reconocidas con el njayor secreto las crecientes 
y menguantes de las mareas, según era el uso preliminar obligado 
de estas extrañísimas maniobras acuáticas, se arrimó con su gente 
al dique, mandándoles quitar las calsas y zaragüelles y los de- 
más vestidos, quedando sólo con jubones, caniisas y zapatos, y 
dio á cada soldado un saquillo de pólvora en unas alforjuelas 
para poner al cuello, llevando en la de delante comida para dos 



(1) Primitivamente, y durante toda nuesti^a dominación, se llamó ciudadela; pero cons- 
truida después otra ciudadela primitiva, tomó el nombre de Castillo de los Españoles. Bae- 
deker apunta que esta Interesante reliquia histórica fué demolida después de 1831; pero la Guia 
Richard, de 1845, la describe todavía como existente. 

(2) Guillaume la llama isla de Finard. Gachard, tomo III, pág. 337, dice que fueron toma- 
das las islas de Finard y de Klundert. 

(3) Son los datos de Requesens en su carta de 27 Junio.— Mendoza dice mil alemanes y dos 
compañías de españoles. 



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-89- 

días, diciéndoles la facción que convenia ejecutasen; y al momen^ 
to se echó el primero á la mar al tiempo que la menguante s'e aca- 
baba, y tras él los trescientos españoles con sus Capitanes, y lue- 
go la infantería valona, sin reparar en la hondura del canal 
ni daño que les podrían hacer nueve navios armados, que con 
mucho cuidado tenían los rebeldes á la guardia del y de la isla, 
siendo fuerza pasar á tiro de piedra dellos, ni á las trincheas 
qu£ los rebeldes tenían á su frente en los diques de la propia 
isla y algunos^ fuertes (1). Diez hombres murieron ahogados en 
la fantástica travesía; pero, como en Tholen, el efecto moral fué 
inmediato y decisivo; huyeron los nueve navios holandeses, y la 
guarnición de la Isla se sobrecogió de tal modo ante hombres que 
verificaban tales maravillas, ciue, sin oponer resistencia, se dio 
prisionera. 

Él buen éxito de estos pasos por agua, hizo pensar al Comen- 
dador Requesens en una gran operación de guerra, que tuvie- 
ra por objeto^ la reconquista de Zelanda, y en qu^ el vadear el 
Océano, merced á las menguantes de las mareas^ fuera uno de los 
principales elementos ofensivos. Puso la mirada desde luego en la 
isla de Schouwen, que es la más avanzada de las tres que forman 
la Zelanda Central, y que son, además de la Schouwen, las de Tho- 
len, todavía en nuestro dominio, y la de Duiveland. Si llegábamos 
á poseer estas tres islas, dividíamos por en medio á la insurrec- 
ción, dejando á Valcheren al Mediodía y á Holanda al Norte, difi- 
cultando extraordinariamente óus comunicaciones marítimas, ce- 
rrándole por completo el gran canal de Keeten, y entorpeciéndole 
el tránsito por el brazo septentrional del Escalda. Para no tener 
superioridad marítima era cuanto podíamos hacer, y Requesens 
demostraba,- concibiendo esta maniobra, que era un consumado 
estratega, digno del siglo de oro de nuestras armas. El intento era 
de los varios que se han «efectuado en la historia, ninguno, por 
desgracia, con éxito, para dominar al mar desde la tierra, ó sea 
para vencer escuadras con ejércitos; pero la justicia obliga á reco- 
nocer que éste de Requeáens fué de los mejor ideados, y de los que 
más cerca estuvieron, ó parece que estuvieron, de llegar al resul- 
tado apetecido. . 

Lo difícil era la ejecución. Sólo con soldados como los que mi- 
litaban en Flandes por el Rey Católico, en 1575, y sólo después de 



(1) Men(loza.->Bentivoglio puntualiza la extensión de este vado en una milla italiana 



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- 90- 

las admirables experiencias de Mondragón en Thplen y Finard, ca- * 
bía pensar en realizarlo. Porque se trataba de una serie complica- 
dísima de maniobras á que habían de concurrir muchos^soldados y 
todos los barcos de que disponíamos, en que había que yadéar, no 
uno, sino dos canales sucesivamente, y no por sorpresa, sino entre 
la. escuadra enemiga, y sufriendo su cañoneo, y habiendo de salir á 
tierra firme, tras la marcha larguísima por las aguas, frente á trin- 
• cheras y fuertes que los rebeldes habían de defender hasta el últi- 
mo trance. Para lisonjearse con la esperanza de un resultado sa-^ 
tisf actorio, era preciso realizar una serie de maravillas de cálculo 
y otra serie de maravillas de valor y resistencia personal en los je- 
fes y soldados; era menester que llegasen á su punto máximo las 
cualidades de los directores y de los ejecutores de la empresa, y 
aun había que confiar mucho en la loca fortuna. 

No vamos aquí á describir esa serie de maravillas que Mendoza 
cuenta con^pr^cisión y claridad sumas en el Libro XIV de sus Co- 
mentarios, siendo su relato, 'á nuestro juicio, uno de los mejores 
trozos, no ya de su obra, ni aun de la literatura militar española, 
sino de la literatura militar del mundo entero. Baste apuntar ala 
ligera los principales episodios: para la empresa se prepararon en 
Amberes muchos barcos á propósito, y se juntaron los soldados más 
aguerridos y los más expertos capitanes que había en Flandes; 
Sancho Dávila fué comandante general de la escuadra, Mondra- 
gón de, los valones y alemanes que iban á su bordo, y Juan Ossorio 
de Ulloa de los españoles. La operación hubo de desarrollarse en 
varios períodos sucesivos; el primero fué pasar de la isla de Tho- 
len á la de Philipsland, á la sazón enteramente anegada, y por la 
que únicamente podía andarse, aunque siempre con agua por en- 
cima de las rodilla?, en las gvandes menguantes; no era, pues, una 
isla, sino un bajo, que recorrió en toda su extensión Juan Ossorio 
de Ulloa con mil quinientos soldados de las tres naciones. El se- 
gundo período consistió en cruzar el canal hondo que separa á 
Philipsland de Duiveland, tomando los fuertes con que los rebeldes 
tenían defendid9S los diques. También dirigió Ossorio esta dificilí- 
sima maniobra en que cruzaron los nuestros por entre las naves 
enemigas, que no podían acercarse á cortarles el paso, á causa de 
la bajamar, pero que les disparaban cafionazos, y les gritaban des- 
de las cubiertas de sus naves: ¿dónde váts, malaventurados, que os 
hacen ser perros de agua y tal locura como hacer trincheasy ces- 
tones de vuestros cuerpos para resistir nuestra artillería? 



I 



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- 91 - 

En el tercer período de la operación, á sea el paso de la isla de 
Duivelaad á la de Schouwen, tocó á Mondragón dirigir el vadeo; 
el canal 'era entonces de un cuarto de legua de ancho, hoy es mu-* 
cho más estrecho, porque en Zelanda el Océano y el hombre, en su 
lucha incesante, varían constantemente la forma de la tierra y la 
anchura de los estrechos y canales, justificándose así el arrogante 
adagio de aquellos naturales: Dios hiso el mar y nosotros hacemos 
las costas. Hay que decir que estas singularísimas maniobras, ini- 
ciadas en 1573 por nuestro héroe, habían alcanzado tal resonancia 
en el ejército de Flandes, que no había capitán ni soldado que no 
aspirase á galardonar su hoja de servicios con un paso marítimo; 
parecía á todos que no estaba completa y en su punto la honra mi- 
litar, sin haber llevado á cabo este género^ de hazafla. En esta oca- 
sión, Juan Ossorio,*aunque acababa de cruzar un vado de tanto ó 
mayor peligro que el que ahora se iba á emprender, y Sancho Dá- 
vila, aunque nada tenía que hacer ya, para acrecentar una reputa- 
ción inmortal, quisieron ser de la partida. ^Llegaron al dique, dice 
Mendoza, á tiempo que el coronel Mondragón se desnudaba para 
entrar en el paso de mar.n 

La característica de este tercero y último vadeo, dirigido por 
Mondragón, la dio el suelo del iJ^do, cubierto de lodo y lama; los 
dos ipil hombres que pasaron, Sufrieron con esta dificultad infinito 
trabajo, y al llegar á la isla tuvieron que arremeter con quinientos 
orangistas, parapetados en el dique; pero el mismo deseo de salir 
cuanto antes del agua parece que les infundió más vigor, y el com- 
bate fué breve y decisivo; los protestantes que escaparon con vida 
metiéronse á todo correr en Zierikzée,' la ciudad principal/ de la 
isla de Schouwen. 

De este modo la dificilísima operación ideada por Requesens 
tuvo dichoso remate, ocupando nuestros soldados la isla de Schou- 
wen, y Mondragón, que en 1573 cruzó á pie el brazo occidental del 
Escalda, cruzó en 1575 el oriental, dejando en uno y otro el recuer- 
do insigne de una gloria imperecedera, perenne testimonio del 
arrojo y valer militar de nuestra raza (1). 



( l) «.... la embarcación entraba en el canal de Kecten que es famoso por el vadeo de los 
españoles en 1575, como lo es el traao occidental por el vadeo de 1572. ( Amlcis, Holanda). 
Becqueder y todos los autores de Guías y Viajes por Holanda, señalan unánimes estps gran- 
des recuerdos de nuestras antiguas glorias. 



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XV 



SITIO DE ZIERIKZÉE.— NOTABLE CORRESPONDENCIA DE MONDRAGÓN, PU- 
BLICADA POR GACHARD.— CARÁCTER DE MONDRAGÓN QUE REVELA 
ESTA CpRRESPONDENCIA. 

Aún restaba, sin embargo, lo principal; porque tenían los enemi- 
gos muy fortificados á Zierikzée y otros lugares. Hace notar Men- 
doza que Sancho Dávila, comandante en jefe dé las fuerzas realis- 
tas, no siguió el parecpr^de Mondragón respecto del método que 
había de seguirse para conquistar la Isla, sino el de Juan Ossorio; 
Mondragón opinaba que lo primero que debía embestirse, era Zie- 
rikzée, y Ossorio que Bommenée. Pero el desarrollo de los sucesos 
dio la razón al experimentadísimo capitán medinés; el parecer de 
Mondragón, dice, aprobó el suceso de la empresa, conociéndose 
con cuánta mayor brevedad se atabara de cobrar enteramente la 
isla si se siguiera su voto. • . 

Mientras se ganaba, en efecto, Bommenée, que los holandeses 
defendieron muy bien, otros enemigos, inundando la tierra en tor- 
no de Zierikzée, pusieron esta pequefía ciudad en excelente situa- 
ción defensiva. Ya no fué posible tomarla por un golpe de mano, ni 
por un Ataque brusco, sino que hubo que poner un sitio en regla. El 
Comendador Mayor y Sancho Dávila volviéronse al continente, 
dejando á Mondragón, en su calidad de Capitán general de Zelan- 
da, la tarea larga y penosa de rendir á Zierikzée. 

uEntre los acontecimientos militares que han hecho célebres las 
guerras de los Países Bajos, dice Gachard, el sitio de Zieriksée 
es justamente considerado como uno de los mds notables, rt En un 
estudio de índole más técnica que el.presente, vendría muy bien el 
examen circunstanciado y analítico de aquella gran operación; 
porque allí jugaron todos los elementos de que disponía el arte de 
la guerra en el siglo XVI, y tanto por parte de los sitiadores y si- 
tiados como de los auxiliadores de la plaza, se hizo cuanto huma- 
namente era posible hacer entonces. La ingeniería y la artillería 
dieron todo lo que podían dar de sí en aquella época; los infantes 



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- 93 - 

de las diferentes naciones compitieron en bravura y paciencia 
para soportar las penalidades de la campaña, y la marina jugó 
también con todos sus medios ofensivos y defensivos. 

La escuadra holandesa tenía cercada constantemente la isla de 
Schouwen, es decir, que tenía sitiados á los sitiadores de Zierikzeé, 
sin dejarles más vía de comunicación con su base de operaciones 
que la insegura é irregular de los vados, la cual sólo era tal vía en 
las bajas mareas; cuando subían las aguas, los enemigos, dueflos 
del mar, éranlo naturalmente de los canales. Para impedirlo no 
había otro medio que lá construcción de fuertes en todos los pun- 
tos estratégicos de aquellas encrucijadas del océano y del conti- 
nente; en cuantas salientes de la roca, en cuantas islitas de medio 
palmo de tierra cabía poner una docena de soldados y una pieza de 
artillería, se construía un fortín, y así se formaban líneas, ya para 
mantener las comunicaciones con Amberes, ya para reducir á los 
sitiados dentro de la plaza, ya para impedir la aproximación de los 
socorros. Enlazábanse los fortines entre sí por medio de fuerzas 
navales sutiles muy numerosas, y que había que manejar con suma 
destreza, para que se sostuvieran ventajosamente contra las es- 
cuadras enemigas. Había todos los días batallas marítimas, bata- 
llas terrestres; batallas marí timo-terrestres, ataques y defensas 
de fortines y de líneas; los diques tomados, perdidos, vueltos á 
tomar y á perder; fuego de cañón y de mosquetería, horribles 
combate.s cuerpo á cuerpo, gritos de guerra en holandés y ñamen- 
co, en castellano, en francés, en italiano, en alemán, en valón; co- 
rrientes de agua que entraban en la isla por los boquetes que abría 
el enemigo en los diques para inundar la tierra, y chorros de san- 
gre que caían de los diques al mar; tal era el aspecto del sitio de 
Zierikzée. 

Aspecto de horrible confusión y espantosa carnicería que los 
grabados contemporáneos de Haremberg, y los que forman la pin- 
toresca colección, historia gráfica de las guerras de Flandes, titu- 
lada De Leone Belgium, rene jan con espeluznante exactitud. Pero 
la confusión no es más que aparente, y producida en las estampas 
como lo fué en el original, por la muchedumbre de pormenores y 
episodios; en el fondo, las múltiples y complicadísimas operaciones 
del sitio de Zierikzée eran llevadas con un método admirable; allí 
no se daba un solo paso por la hueste sitiadora, ni se acometía ó 
sostenía un puesto, ni se disparaba un mosquetazo que no fuese 
útil para conseguir el objeto propuesto; hacíase todo, absoluta- 



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. - 94 - 

mente todo, con arreglo á plan, desarrollando y ejecutando el pror 
grama trazado. El genio de Mondragón nunca brilló como enton- 
ces; nunca pudo desplegar con la amplitud que en aquella ocasión 
lo hizo, su solidez, su flexibilidad de recursos, su maestría en el 
conjunto y en las partes todas del arte bélico; era él á la vez gene- 
ral en jefe, ingeniero, artillero, infante, marino, administrador y 
negociador habilísimo con las gentes sometidas y con los enemigos. 

No es esto escribir por escribir, ó por el deseo de ensalzar al 
héroe biografiado. Todo lo dicho consta de cierto en la correspon- 
dencia del insigne medinés, ó en la parte de correspondencia que 
se conserva del caudillo sitiador de Zierikzée, y que ha publicado 
M. Gachard en el tomo IV de su obra monumental Correspondance 
de Phüippe II sur les affcítres des Pays-Bas. El sitio empezó en 
el otoño de 1575, y duró hasta 1.° de Julio de 1576. Durante tal pe- 
ríodo, á 5 de Marzo, murió en Bruselas el Comendador Mayor, sus- 
tituyéndole en el gobierno de los Países Bajos el Consejo de Esta- 
do. Las cartas de Mondragón publicadas por Gachard, son las 
correspondientes á la segunda época, ó sea las dirigida? al Conse- 
jo de Estado; la primera es de 7 de Marzo, fechada en Deisschoz, 
y la última de 7 de Julio, escrita ya, como las inmediatamente 
anteriores, en la conquistada ciudad. Las que escribió el Coronel ^l 
Comendador Mayor perecieron, según advierte el gran erudito 
belga, en la quema de papeles^ oficiales que hizo el secretario Roda 
en el mismo mes de Julio de 1576, para evitar que cayesen en po- 
der de kw flamencos sublevados. 

No sin pena dejamos de transcribir estas cartas, que retratan, 
i\o de cuerpo, sino de alma entera, á Cristóbal de Mondragón, y 
cuya lectura fué para nosotros el primero y poderoso estímulo que 
nos llevó al estudió de tan importante y completa figura militar; 
Gachard no les escatima los elogios,. tanto más sabrosos á nuestro 
paladar, cuanto que vienen de un extranjero, y persona de tal va- 
lía intelectual, y nada propenso además al ditirambo, como hom- 
bre q\ie se había propuesto en sus investigaciones eruditas la rigo- 
rosa norma de una intachable y se verísima imparcialidad histórica. 
Dice Gachard que las cartas de Mondragón nos hacen asistir día 
por día á todos los incidentes del ataque y defensa de Zierikzée (1), y 



(1) En la rílación de este célebre asedio, Mendoza es mucho más compendioso que en la de 
las operaciones preliminares, ó sea la de los dos famosos vadeos; lo que se comprende y expli 
ca perfectamente sabiendo que D, Bernardino asistió ¿ las maniobras preliminares, y no al 
sitio. 



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- 95 - 

que leyéndolas brota en el ánimo insensiblemente un sentimiento 
vivo de simpatía por aquel jeíe español, único que no se atrajo el 
odio público en los Países Bajos. Las cualidades que, á juicio del 
eminente historiador, re'splandecen más en el autor del interesante 
epistolario ihilitar, son una franqueza absoluta que le llevaba á''* 
decir lo favorable y lo adverso, á reconocer lo mismo los defectos 
é inconvenientes de sus tropas y aun de sus propias disposiciones 
de caudillo, que los méritos y ventajas de los enemigos; una leal- 
tad acrisolada, íntima, profunda, y una modestia sincera, revela- 
dora de un carácter firme, pero verdaderamente disciplinado. 

Se ve, en efecto, leyendo las cartas de Mondragón que este hom- 
bre singular, capaz de tan extraordinarios actos de heroísipo cuan- 
do la ocasión los demandaba, no tenía nada de teatral, ni de líf ico, 
ni de orador, ni había en él rudimento siquiera de lo que los fran- 
ceses dicen posse; era un castellano viejo de los que llaman al pan 
pan, y al vino vino^ austeco en su sencillez, y, como los campos de 
su tierra, pródigo de buen trigo, y avaro de flores y hierbas. Vuel- 
ve á descubrirse aqiií por entero al hombre de condición seco y poco 
atractivo á^ D. Carlos Coloma; porque, realmente, estas inflexi- 
bles líneas rectas en el pensar y en el obrar, esta llaneza despro- 
vista en absoluto de adornos y floreos, esta tendencia natural á lo 
verdadero y positivo, con su correspondiente aversión á todo lo 
superfino, no son cualidades amables en el trato social, y han de 
andar unidas á una gran virtud ó á un mérito extraordinario, para 
que no hagan aborrecible á quien las posee. 

Habiéndonos tocado vivir en época de decadencia, el carácter 
de Mondragón tiene que sorprendernos mucho más que á sus con- 
temporáneos; porque esos tipos de tan positivo mérito, 'y que ha- 
cen cosas tan grandes con tal llaneza y modestia como si no hi- 
cieran más que lo debido, sólo aparecen en los momentos ó perío- 
dos de grandeza nacional. No es que no existan en los otros, pues 
la naturaleza humana produce siempre todas sus variedades, sino 
que no encontrando ambiente adecuado para desarrollarse, quedan 
achicados y en la sombra; los primeros puestos no son para ellos; 
gracias que les dejen vivir en un rincón. En el abatimiento de los 
pueblos, quienes predominan son los que saben ponderar lo poco 
que hacen, los que suplen con palabras sonoras su falta de méri- 
tos reales, los oradores y retóricos, en suma, tomando estos térmi- 
nos en su más amplio sentido, de significación no ya literaria, sino 
social. 



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Por otro aspecto son también interesantes las cartas de Mon- 
dragón. Escribía éste unas veces en francés y otras en castellano; 
pero su castellano era tan malo como su francés. Mezclaba bárba- 
ramente los vocablos de uno y otro idioma, con palabras de proce- 
dencia para nosotros desconocida, y que era seguramente la de los 
muchos dialectos rinhianos que van marcando todavía, y eii el si- 
glo XVI más, el tránsito de la lengua germánica á las neo-latinas. 
Es todo ello una jerigonza internacional,^ lo que pudiéramos lla- 
mar el dialecto del tercio español en el siglo XVI, formado de un 
modo espontáneo por hombres iliteratos en su larga estancia en 
países extranjeros, casados muchos de ellos con extranjeras, y 
casi todos con criados de las más diversas naciones y de los más 
distintos idiomas. Si aquella situación se hubiese prolongado va- 
rios siglos, habría brotado indudablemente un nuevo romanoe, 
producto del sermo vulgaris de nuestros campamentos; algo pare- 
cido al español judai^co que se habla hoy en el Oriente. 

I^n este incipiente dialecto, corrupción de muchas lenguas, es- 
tán ¿scritas las cartas de nuestro héroe al Consejo de Estado, ó, 
como diríamos hoy, los partes oficiales diarios del sitio de Zierik- 
zée. Aparte de los constantes, aunque á veces muy lentoá adelan- 
tos del asedio, Mondragón se manifiesta en su correspondencia 
preocupado siempre con el estado del mar; el buen tiempo era un 
elemento favorabilísimo para los sitiadores, y por el contrario, las^ 
tempestades ayudaban eficazmente á los rebeldes; porque con el 
mar alborotado se dificultaban, hasta llegar á imposibilitarse á ve- 
ces, las comunicaciones entre las islas, y no podían salir de sus 
fondeaderos las naves pequeñas con que contábamos; en cambio, 
aquellos endiablados marineros holandeses parece que maniobra- 
ban con tanto más desembarazo, cuanto lasólas embravecíanse 
más. Había ya, pues, allí aquella variedad de temporales, de que 
todavía se hablaba en Inglaterra, á fines del siglo XVII, cuando 
fué destronado Jacobo II: el viento papista y el viento protestante. 

Quejábase continuamente también Mondragón de la despro- 
porción de sus recursos militares, pues tenía muchos cañones, y la 
necesidad le había obligado á construir innumerables fuertes- 
como que el asedio se desarrollaba entre dos líneas paralelas, una 
contra la plaza y otra contra los que querían socorrerla,— y faltá- 
bale gente para presidiarlo todo; era menester, por tanto, exigir á 
los soldados un servicio durísimo, casi sin intervalos de descanso, 
y para mayor dificultad, no había dinero con que pagarles. De esta 



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- 97 — , 

falta de dinero lamentábase siempre; no tenía casi nunca ni para 
las atenciones más perentorias del campo. 

Y debía gastar mucho en espionaje. Revelan las cartas, en 
efecto, que este servicio teníalo Mondragón perfectaniente monta- 
do, hasta el punto de que operando en país tan enemigo, nunca 
dejó de saber con la conveniente antelación, no ya los movimien- 
tos, sino aun los proyectos de sus adversarios; indudablemente 
sus espías estaban muy cerca del Príncipe de Orangie y de los otros 
jefes de la insurrección; sólo así acierta uno á explicarse muchas 
de las peripecias desaquella campaña, y cómo, á pesar de tener tan 
poca gente para cubrir sus extensas líneas, no pudieron nunca los 
holandeses cogerlo desprevenido. 

Hubo de esta prevención ejemplos señalados, y que contribuye- 
ron poderosamente al aumento del prestigio de nuestro héroe en el 
ejército. El 6 de Febrero, por ejemplo, entraron en Zierikzée va- 
rios navios holandeses con socorro de vituallas: pocos días antes 
Mondragón había pedido urgentemente á Bruselas el envío de ga- 
leras pontones para cerrar el paso, por donde penetraron aquellas 
naves. El 25 del mismo mes hizo el Coronel trabajar á los soldados 
en levantar un fuerte en cierto paraje del canal, y puso en éste 
seis barcas chatas, al día siguiente se presentaron por allí los 
barcos enemigos, que ante obstáculos tan oportunamente colocados 
hubieron de retroceder. Así sucedió muchas veces; pero nunca con 
tal y tan visible efecto como en la ocasión decisiva, que fué, prin- 
cipios de Junio, cuando el Príncipe de Orange, haciendo cuestión 
de honra que no sucumbiese Zierikzée, fué personalmente á soco- 
rrerla con la más poderosa flota de guerra que habían puesto en 
el mar hasta entonces las Provincias Unidas. Los preparativos de 
esta expedición hiciéronse con sumo sigilo; pero Mondragón lo 
supo, como siempre, á tiempo, por un marinero de Martinsdik, yr 
se apercibió inventando y haciendo construir rápidamente un nue- 
vo género de trincheras; en lugar de parapetar los diques con ba- 
rricadas ó cualquier otra obra de fortificación de campaña, hizo 
abrir una valla ó foso en el centro del mismo dique, y á todo lo lar- 
go de él, capaz de contener á sus arcabuceros, los cuales estuvieron 
así enteramente á cubierto del fuego de artillería de los buques; es 
el sistema de trincheras-zanjas que tan buenos resultados dio á los 
carlistas en las líneas de Somorrostro, durante nuestra última gue- 
rra civil, y que aplicaron después con el mismo éxito los turcos en, 
la defensa de Plewna. Los holandeses, que confiaban sorprender á 



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- 98 - ' 

los nuestros, fueron los sorprendidos, y sufrteron allí una de las 
mayores derrptas de la época; el forniidablei nú,\io Jopehans pere* 
ció encallado, y en él fué muerto Luis dé Boisot, almirante de la 
flota, los demáis buques huyeron con el Príncipe de Orange, y la 
plaza sitiada perdió tódá esperanza de socorro'. ) 

El 20 de Junio' iniciáronse las negíociaciones parala capitula- 
ción. Concedióla Moridragón muy ^amplia y generosa; ^sl gober- 
nador orarigiáta y su gente de guerra, qué eran mil cuatrocientos 
soldados, salieron libres, y la ciudad hubo de pagar por rescate 
doscientos mil florines. El Consejo de Estado censuró duramente 
dos cláusulas del convenio: una, el haber exigido á los capitula- 
dos el juramento de no hacer nuevamente armas contra el Rey 
durante la guerra, y la otra, el haber consentido que salieran libres 
con la guarnición los pastores ó ministros calvinistas de Zierikzée. 

Á estas censuras respondió Cristóbal con su carta de 6 de Julio, 
admiradísima por Gachard, y que revela, en eíecto, con grado casi 
heroico, la modestia y disciplina del vencedor. Lejos de revolver- 
se contra las censuras del Consejo de Estado, Mondragón las acep- 
ta, y respecto de lo de no haber pedido juramento á los soldados, 
se disculpa humildemente; pero en cuanto á lo de haber consentido 
la salida libre á los pastores prQtestantes, hace más: reconoce que 
ha faltado en materia grave, y concluye con estas notabilísimas 
palabras: Los Señores me podtán dar el castigo que yo he merecü 
do, en tanto que vean cómo S. M. resuelve, 
t 



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XVI 



POR QUÉ NO SE SACX3 PARTIDO DE LA TOMA DE ZIERIKZÉE. — LOS SOLDA- 
DOS ESPAÑOLES DE FLANDES, SEGÚN LOS ESCRITORES Y LOS DOCUMEN- 
TOS CONTEMPORÁNEOS.— SUS CUALIDADES Y SUS DEFECTOS. — MOTÍN 
EN ZIERIKZÉE. 



La toma de Zierikzée era en el orden militar un suceso impor- 
tantísimo, y el más favorable á nuestra causa que había ocurrido 
en los Países Bajos, desde 1572. La Zelanda ceniral había quedado 
sólidamente dominada; Valcheren, bloqueada entre nuestras líneas 
ofensivas, y amenazada por todas sus playas y desembarcaderos, y 
la escuadra enemiga, que nunca se había presentado tan formida- 
ble, había sido batida, con muerte de su Almirante y fuga del Prín- 
cipe de Orange; habíamos aprendido en aquella maravillosa cam- 
paña á contrarrestar la fuerza marítima de los rebeldes, burlán- 
dola perfectamente con el sistema de vadeos y de la fortificación 
costera, y á convertir los diques en fortalezas inexpugnables para 
el cañón holandés; habíamos creado, por último, una marina nu- 
merosa, que si no era capaz de batirse con los navios orangistas 
en mar abierta, ponía á cubierto de aquellos navios la tierra en 
que se operaba. Todo, considerado militarmente, resultaba favo- * 
rabilísimo para la causa con tanta inteligencia y heroísmo defen- 
dida por nuestros ascendientes, y parecía llegado el momento de 
recoger el fruto de la sangre Vertida, de los tesoros consumidos y.- 
de los trabajos pasados, y, sin embargo, ese momento no era el de 
recoger fruto alguno, sino el de perder de súbito toda la cosecha... 
Al entrar en Zierikzée, gallardas y vencedoras, las banderas espa- 
ñolas, valonas y alemanas, acaudilladas por Mondragón, el edificio 
de nuestro imperio en Flandes se venía al suelo con estrépito. Nada 
era ya suficiente para contener un derrumbamiento tan grande. 

Si en la resolución de los problemas que se llaman guerras, no 



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- ICO - 

entraran otros factores que los inilitares, ó sea la guerra propia- 
mente dicha, la toma de Zierikzée hubiera sido acontecimiento de- 
cisivo en nuestro favor; pero, ¡ay!, en la guerra no es la guerra 
todo. El conjunto de circunstancias sociales y políticas, esa miste- 
riosa corriente de sucesos que es la lógica de la historia, y en cuyo 
desarrollo, el más lerdo advierte algo superior al humano esfuer- 
zo, desbarata las combinaciones mejor ideadas de los hombres de 
armas, y esteriliza sus sacrificios, y no hay victorias que valgan 
para detener ese majestuoso movimiento que la naturaleza impri- 
me á todas las cosas. En Flandes, había sonado la hora en que la 
naturaleza de las cosas que habíamos intentado violentar, para ser- 
vir ideales hermosos, pero de imposible realización en aquel medio 
social, reaccionase brutalmente contra nosotros, llevándoselo todo 
por delante. 

En dos columnas se apoyaba el edificio de la monarquía espa- 
ñola en los Países Bajos: una, la incomparable tropa que servía bajo 
las banderas de Felipe II, compuesta de soldados de diferentes na- 
ciones; pero cuy a* flor eran los tercios españoles; la otra eran los 
católicos de Flandes. En este período á que nos venimos refirien- 
do, ambas columnas flaquearon á la vez, y todo cayó en desmenu- 
zados escombros.,- 

' t.os soldados españoles, aunque tan valerosos como siempre, y 
conservando su indiscutible stipremacía sobre los de otras nacio- 
nes, no eran ya, en sentir de algunos técnicos, lo que habían sido 
e^ los áureos días de Gonzalo de Córdoba, Leiva, D. Alvaro de 
Sande y los Marqueses de Pescara y Marignán. Es probable que en 
esta opinión hubiese mucho del espejismo de los tiempos pasados, 
tan bellamente descrito por Jorge Manrique; pero es indudable 
que muchos notaban en la composición, organización y funciona- 
miento del tercio síntomas ciertos de decadencia. Los militares 
que habían hecho las campañas de Carlos V, es decir, los de la 
generación deí vencedor de Zierikzée, decían que no eran los de 
entonces iguales ni con mucho á los del período anterior.^ «¿Qué 
se ha hechp— exclamaba un veterano— aquella polideza y curiosi- 
dad de estar bien armado un soldado, aquella destreza en jugar las 
armas, aquel ejercicio de actos y virtudes corporales, en tirar, 
saltar, correr y luchar? Pues agora treinta años no se veían, sino 
desafíos entre gente de guerra de estas honrosas empresas, apues- 
tas con gente de la tierra y forasteros, y por los caminos señales 
donde fué el salto de fulano, medidas de cuanto con una barra de 



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- 101 - 

tanto peso, la tierra que con ella señoreó. Pues jugar picas, mon- 
tantes, puñales, dos espadas, rodelas, lanzones armados y des- 
armados, era una gran fuerza de la profesión militar; agora todo 
se ha enterrado y olvidado por este infernal juego de dados; por 
él son malos cristianos, por él no tienen armas, por él son ladro- 
nes, por él pierden la obediencia á todo género y condición de 
hombres, por él están hambrientos y desnudos, por él faltan mu- 
chas veces á los guardias y centinelas y cíasos de honra que se les 
ofrecen» (1). 

Pero no era sólo el juego de dados lo que corrompía á la mili- 
cia por est€ tiempo. Causas más hondas y generales señala el mis- 
mo Marcos de Isaba; parece ser, entre otras cosas que sería muy 
largo apuntar aquí, que no había ya en la elección de capitanes 
aquella justa y saludable imparcialidad de la época de Carlos V, y 
que aún conservaba como un principio de escuela, en su esfera de 
acción, el gran Duque de Alba. Solían darse las capitanías "por vía 
áé ruegos y favores, hasta meterse sobre tal elección mujeres y 
hombres de haldas largas que en cosa de guerra no han de tener 
entrada ni voto» (2). ¿Qué había de resultar? Veíase con relativa 
frecuencia que «un soldado que ha vivido por acá mal y Jado ruin 
cuenta dé sí, huyó de alguna batalla, se hizo enfermo por no ir á 
la guerra, ha recibido alguna afrenta, jugó las armas, fué princi- 
pio de algún motín, gran blasfemador, sospechoso cristiano, y que 
de puro temor, ó desechado se vaya á España, y que cuando no 
se piensa venga por capitán con una compañía en Italia, Flandes 
ó Armada, que sea causa de grande espanto ó maravilla» (3). Y 
como las capitanías, solían darse las ventajas y todo linaje de re- 
compensas. Cervantes, á pesar de sus dilatados servicios, de su he- 
roísmo en Lepanto, de su admirable conducta en el cautiverio de 
Argel y de su soberano entendimiento, no pudo siquiera ser alfé- 
rez, y véase lo que hace decir á un mozo que iba á engancharse de 
soldado: «Y ¿lleva vuesa merced alguna ventaja, por ventura?— 
preguntó el primero.— Si yo hubiera servido á algún grande de Es- 
paña ó algún principal pel"sonaíe— respondió el mozo,— á buen se- 



(1) Capitán Marcos Isaba. Cuerpo enfermo de la milicia española. Este libro fué im- 
preso en Madrid, año de 15^, mucho después de haber sido escrito. De Isaba es también el 
fijar, como indicamos en el texto, los buenos tienipos de la Infantería española en la primera 
época del reinado de Carlos V. 

(2) Id. id. 

(3) Id. id. • 



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- 102 — 

guro que yo la llevara, que eso tiene el servir á los buenos, que del 
tinelo suelen salir á ser alférez ó capitanes, ó con algún buen en- 
tretenimiento; pero 79, desventurado, serví^siempre á catarriberas 
y á gente advenediza de ración y quitación tan mísera y atenuada 
que en pagar el almidonar un cuello se consumía la mitad della, y 
sería tenido á milagro que un paje aventurero alcanzase alguna si- 
quiera razonable ventura» (1). Añade Isaba á este cuadro,, como 
cervantino de mano maestta, el rasgo de que cuando un señorón 
quería hacer alférez á un criado suyo, empezaba por hacer capi- 
tán á un soldado viejo, imponiéndole la carjga de nombrar alférez 
al criado. "^ 

Los amantes de la milicia, y seguramente también los desaira- 
dos en el juego de las influencias cortesanas, acusaban de este des- 
orden nada menos que al Rey Felipe II, tildándole de no ser, como 
su augusto padre, soldado ni amigo de soldados, sino de letrados, 
es decir, de los hombres de haldas largas que decía Isaba. «Todo 
el favor real acapáranlo las gentes de letras, y de los soldados no 
se hace ningún caso». Esta queja era frecuentísima entre los mili- 
tares del^reinado de Felipe 11; Cervantes se refiere á ella en el dis- 
curso de las armas y 9e las letras que puso en labios de Don Qui- ^ 
jote, aunque con su discreción dé siempre, no se deja llevar del 
enojo de los de su clase, sabiéndose poner en el medio justo y ra- 
zonable. «... de faldas, que no quiero decir de enaguas, todos tie- 
nen en qué entretenerse; así que aunque es mayor el trabajo del 
soldado, es mucho menor el premio. Pero á esto se puede responder 
que es más fácil premiar á dos mil letrados que á treinta mil solda- 
dos, porque á aquéllos se premian con darles oficios, que por fuer- 
za se han de dar á los de su profesión, y á éstos no se pueden pre- 
miar sino con la misma hacienda del señor á quien sirven» (2). 

Pero quien expuso con más franca desenvoltura^ rayana en la 
desvergüenza, este sentir de la soldadesca, fué el capitán ó alférez 
Barahona (3), en carta ó memorial dirigido al Rey (4): <a/Válame 
Dios! ¿Qué puede ser que siendo los españoles de su natura la 
gente más robusta, más belicosa y más codiciosa de honra de to- 



(1) Don Quijote, segunda parte, cap. XXIV. 
(2j Don Quijote, parte 1. cap. XXXVIII. 

(3) Almirante (Bibliografía militar de España) le llama alférez; y capitán la Colección ■ 
de documentos inéditos para la Historia de España, tomo L, donde se publica la carta 
conservada manuscrita, en la Academia de la Historia. 

(4) En 1562. 



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- 103 - 

das, la vemos agora la más amiga de holgarse? Yo vos diré. 
Hánse quitado la honra y el premio á los virtuosos y valientes, y 
dddola á los viciosos y cobardes. Nunca más desearon honra los 
españoles que agora; pero ^viendo que no anda ya con la virtud^ ' 
buscándola con los vicios^ pintándose, procurando favor y huyen- 
do los peligros, no se les da nada de hacer faltas. No se diga de 
tan gran mal como éste, sino que cuctndo Dios quiere castigar 
un pueblo por pecados de todos, priva de juicio sus gobernadores. 
No he visto escribano, ni bachiller que tenga oficio de V.M.,ó trate 
en su real hacienda, que no se haga rico con ello en das dia.s, y que 
no deje mayorazgo ó rentas á sus hijos, aunque haya gastado en 
la %nda tres doblado del sueldo que V. M. le dio. Al cofttrario, no he 
visto un soldado que deje una sábana con qué enterrarse cUando 
mt$era. ¿Quién echó los moros de España? ¿Quién descubrió las 
Indias? ¿Quién ha ganado los estados de Italia y defendido los de 
Flandes? Por cierto, no el bachiller con sus párrafos, ni el escri- 
bano con sus plumas, ni aun los galanes con sus invenciones. i^ 

Es también un hecho que por esta época era ya excepcional la 
presencia de personas principales en las filas. Ni para capitanes 
quería Marcos de Isaba á los ricos^ « Atrévome á decir que yo que- 
ría al capitán pobre de hacienda... Digo que si es rico estima en 
poco la compañía, teniéndola como por desdén y burla, diciendo 
que ha sido rogado, y aun casi forzado á servir en ella, que un hom- ^ 
bre que tiene lo que él tiene, tan respetado y servido, ¿qué le movía 
armado, desvelado, rogando á este y al otro, pues podía mandar y 
ser obedecido sin trabajo? Y desta manera, cuando algo se le or- 
dena apuesta y dice tantas cosas, que los demás que hamuchos años 
que están en la guerra, vienen á estimar y tener en poco los oficios 
y cargos de la milicia. Y si por suerte tiene algún pariente faculto- 
so, ya que él no lo sea, eclesiástico ó se^ar, luego dice que aquél 
lia de ser su abrigo y padre, y que si tomó la compañía, lia sido por 
un sonsonete de ganar nombre de capitán, para parecer delante de 
la que le ayude por sí y por otros para vivir en descanso.» 

Habíase ya consumado, por tanto, la evolución en las costumbres 
militares que observó en sus comienzos Núñez de Alba, y la infan- 
tería estaba casi por completo en manos de «los mozos de espuela 
y de caballos, pficiales y pastores» que decía el autor de los Diálo- 
gos de la vida del soldado, 6 de «los labradores y lacayos» que es- 
<:ribía el gran Duque de Alba; el tipo del recluta en este período es 
aquel mancebito encontrado por Don Quijote, que sentaba plaza 



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- 104 - 

** porque más quería tener por apio y por' señor al Rey y servirle 
en la guerra, que no á un pelón en la corte», y que iba cantandor 

• A la guerra me lleva 

mí necesidad, 
si tuviera dineros 
no fuera en verdad (1). 

No es, pues, de maravillar, y aun menos si se recuerda que el 
sistema administrativo, ó la falta de sistema característica del si- 
glo XVI, no consentía ninguna regularidad en el percibo de habe- 
res, que el merodeo fuera vicio habitual de tales soldados. El más 
famoso de todos ellos escribió, pintando, como él solo supo hacerlo, 
el tipo de la clase: «...no hay ninguno más pobre en la misma po- 
breza, porque está atenido á la miseria dQ su paga, que viene taf de 
ó nunca, ó á lo que garbeare por sus manos con notable peligro de 
su vida y de su conciencia»^ (2). Y lo que es de garbear no se des- 
cuidaban. Acababan de llegar á Flandes, y ya el gran Duque tenía, 
que escribir de ellos á Felipe II: La gente, como otras veces he es^ 
critoá V. M., está mal disciplinada, que no puedo valer con ella,'^ 
vetiían tan avesados á robar, que no era costumbre ya hacerlo se- 
cretamente (3). Y como el Rey trasmitiese á su General algunas de 
las quejas que continuamente recibía del comportamiento de sus 
tropas, el Duque hubo de responderle que había hecho ya, y hacía- 
cuanto en lo humano era posible para reprimir los desmanes; pero 
que había que tener en cuenta que los soldados no son cartujos. 

Aun no siéndolo, ni mucho menos, aquellos soldados, con todos 
sus defectos, eran los mejores de la época, y no sólo en punto á va- 
lor y pericia, sino por la plena posesión del sentimiento caballeres- 
co, único capaz de ennoblecerla carrera militar; porque si éste 
falta, el guerrero más experto y audaz queda reducido á la inferior 
condición moral de hábil cazador de hombres, ó de lúgubre y re- 
pulsivo profesional del homicidio. Todos los grandes é íntimos sen- 
tires de la raza española se reflejaban gallarda y heroicamente eti 
sus soldados. El odio á la herejía era en ellos vivísimo, terrible,, 
fulminante. Todos y cada uno podían decir con El Valiente Cés^ 
pedes: 



<1) Z>o» (2Mtyo/^/ segunda parte, cap. XXIV. 

(2) 'Don Quijote, primera parte, cap. XXXV ni. 

(3) Documentos inéditos para a Historia de España, tomo XX Vil.— Carta de 6 Enero^ 
de 1568* 



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- 103 -- 

Y' I vive Dios! Don HugQ, que en hallando 
hereje donde pu^da sacudille, 
destos que no se quitan el sombrero 
al Pan á quien los ángeles se humillan, 
que le pongo las piernas como á toro 
para que siempre de rodillas quede. 



\ Tratando de las guerras de Alemania, escribía uno de aquellos 
soldados: El aire me parece que corrompo en tratar de tan perver- 
sa criatura (kartín Lutero), y que la boca me ensucio en nombrar^ 
la (1). La idea de que las guerras que sostenían eran esencialmente 
religiosas, verdaderas cruzadas, estaba en sus corazones arraiga- 
dísima. Uno, antes del asalto de Mastrique, en que murió, escribía 
á su padre: Cerrando ésta, tocan apriesa el arma para que se dé 
el asalto, A mi me cabe lugar de que es casi imposible escapar 
con vida, y así hago cuenta que ésta es mi^ testamento, en que á 
vuestra rñerced dejo por albacea. Consuélese vuestra merced; que 
aunque muero con sola la crus de mi espada en la mano, muero 
por la crus de nuestro Señor Jesucristo, y espero tener más hon- 
rado entierro en el foso de Mastrique que en el sepulcro de mis 
padres y abuelos. Muero castigando á herejes y á vasallos de mi 
Rey rebelados, Y así, confío en que me dará Dios su gloria (2). 
Y un tratadista militar, resumiendo el sentir de la gente de armas, 
decía en el prólogo de su libro: Hagamos diligencia para que en 
nuestro oficio, matando é hiriendo, enderecemos nuestras acciones 
á hacer esto en defensa de la fe de nuestro Señor Jesucristo; para 
que con su favor y en su servicio, á lansadas y cuchilladas gane- 
mos el cielo. Amén (3). 

Con este sentimiento religioso juntábase el nobiliario ó hidal- 
guil, lo que no era entonces presunción tan vana como lo sería 
hoy, porque no concibiéndose á la sazón persona noble sin ascen- 
dencia esclarecida, echárselas de linajudo era tenerse por hombre 

^ distinguido y de ideas elevadas. Los soldados españoles, aun los 
de más humilde nacimiento, alardeaban de hidalgos y caballeros. 
Bien lo expresó esto Lope de Vega, poniendo en labios de un sol- 
dado que era realmente noble: 



(1) Núflez de Pl\\:?l,— Diálogos .. 

(2) Fr. Luis de RebolU áo.— Primera parte de cien oraciones fúnebres. 

(3) D. Simón 4e Villalobos.— A/orfo de pelear á la gtneta. 



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- 106 - 

No soy de los españoles 
que nacieron en la tierra 
hechos un sol de trabajos 
en las montañas primeras; 
y siendo su m^yor honra 
guardar dos vacas y ovejas, 
con abarcas y curados, 
vestidos de tosca jerga, 
en empuñando una pica, 
ó una alabarda ó gineta, ' 

con una cadena al hombro / 

y una pluma á la francesa, 
dicen que fueron sus padres 
Anquíses, Didos, Eneas, "^ 

y que es su solaz Guevara, 
y comen diez mil de renta (1). 

Brantome hubo de admirarse de estos pujos de hidalguía de 
todos los soldados españoles; cuenta que les oyó decir repetidas 
veces: Somos hidalgos como el Rey, dineros jnenos (2). Y añade 
que llevaban á tal puntq la presunción de su dignidad persoxial, 
que, habiendo sido condenado uno de ellos por ladrón á que se le 
cortara una oreja, pidió con vivísimas instancias, y hasta conse- 
guirlo, que se conmutara esta pena pof la de cortarle la cabeza; 
porque, en efecto, perder la cabeza era cosa que sucedía frecuen- 
temente á tos caballeros en aquella edad; pero la ignominia del 
desorejamiento estaba reservada á malandrines, follones y gente 
ordinaria, de esa que, según explicaba Don Quijote á su sobrina, 
por carecer de linaje, sólo sirve para aumentar el número de los 
nacidos. 

Personas que así ponían la vida muy por debajo de la honra, 
tenían que ser necesariamente insignes militares. Interesábanse, 
como ningunos otros soldados de su época, por la causa que defen- 
dían, apesarándoles como infortunios propios las derrotas, y en- 
tusiasmándoles los triunfos de sus armas, aunque no sacasen de 
ellos ninguna ventaja personal: los soldados viejos tienen por 
proverbio: la victoria nunca viene sola. Y está bien dicho; porque 
el orgullo de un triunfo hace los ánimos invencibles, y los arries- 
ga y dispone para emprender nuevas haaañas (3). Este orgullo 



(1) Los españoles en Flandes.—ComeáisL, 

(2) Bravatas españolas». 

(3) La Picara Justicia. 



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- 107 - 

nacional era inmenso, y en virtud de él, creíase el español, donde 
quiera que estuviese, como refiere Marcos de Obregón, superior á 
los hombres de las otras naciones. Por eso, aunque, por ejemplo, 
murmuraran ellos de sus capitanes, nó consentían nunca que vi- 
niera ningún extranjero á corearles. También es Lope de Vega 
quien nos pihti de mano maestra este aspecto singular del carác- 
ter 4^ nuestros antiguos soldado^. Llegó á noticia del, gobernador 
flamenco de Mastrique que ardía en murmuraciones contra el 
Príncipe de Parma el campamento de los españoles, y quiso apro- 
vechar esta actitud, que le parecía tan favorable para su causa; 
pero uno de los suyos, le dice: 

Éso de quejarse del, 
np engañe tus pensamientos;' 
que á Carlos quinto decía 
en Túnez un capitán; 
«los españoles están 
murmurando todo el día»; 
y él respondióle: «Pues id, 
y para vengarme en ellos 
murmurad delante de^lps, 
mal de mis cosas decid.» 
Fué- el alemán, y no había 
del Emperador hablado, 
cuando cayó por un lado 
de una puñalada fría. 
Experiencia dellos hice, 
no creas que se le irán; 

dicen mal del capitán, ^ 

y matan á quien lo dice (1). , 

Había, pues, en los soldados españoles de la segunda mitad del 
siglo XVI una singularísima mezcla de buenas y malas cualidades, 
de altezas y ruindades. Nadie mejor quizá ha sabido definirlos sin- 
téticamente que nuestro gran Menéndez Pelayo, cuando habla, en 
el prólogo á las Comedias históricas de Lope^ de la psicología de 
aquellos conquistadores injertos en picaros. ¡Frase sobre toda 
ponderación admirable; porque no creemos pueda darse psicología 
más complicada que la que estudie el alma de unos hombres que 
casi á la vez parecen héroes y ladrones! 

Cuando estos soldados tenían al frente un general justo, enér- 



(1) El asalto de Mattriqúe por el Principe At Parma 



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- 108 - 

gico, severo y conocedor de sus costumbres y necesidades, un 
caudillo, en suma, como el gran Duque de Alba, ó como más ade- 
lante lo fué Alejandro Farnesio, los malos gérmenes que había en 
ellos, sin dejar de obrar y manifestarse, estaban, sin embargo, 
dominados por los buenos; la faz heroica era entonces la que res- 
plandecía; pero cuando faltaba ese freno acontecía lo contrario: 
las cualidades malas eran las predominantes. D. Luis de Re^ue- 
sens, hombre bonísimo, técnico de la guerra» ó, mejor dicho, con- 
sumado en el arte, hábil negociador ó diplomático y gobernante 
dulce, carecía de aquella voluntad firmísima, independiente, ava- 
salladora, que caracterizaba al Duque de Alba; no se le había man- 
dado á Flandes pai a reprimir, sino para preparar una decorosa 
transacción, y es natural que se buscasen en él las prendas adecua- 
das á tal intento político. Gachard.hace notar la profunda diferen- 
cia de tono y estilo entre sus cartas y las de su antecesor. El gran 
Duque no solía dar cuenta al Rey, sino en conjunto, y rara vez 
consultaba; decía lo que había ya hecho, y si en Madrid desaproba- 
ban su conducta, era igual que si la hubiesen aprobado, porque él 
obraba siempre, no como le indicaban, sino como juzgaba que. con- 
venía; su estilo era llano, pero resuelto, sin oraciones incidentales 
ni distingos; para todo tenía una solución precisa, única, insusti- 
tuible. Requesens, por lo contrario, era de los que viendo con suma 
claridad las ventajas y los inconvenientes, el pro y el contra de 
cada cosa, á fuerza^ de poncjerarlas y medirlas, tardan mucho en 
resolverse y tomar su partido; sus cartas están llenas de peroSy 
aunques, sin embargos, puede ser, y otras palabras y frases seme- 
jantes, reveladoras de la constante vacilación de su pensamiento; 
al revés del Duque, consultaba hasta las cosas más pequeñas, y en 
todo veía y proponía una dificultad. 

Con un caudillo como Requesens, la disciplina de unos soldados 
como los españoles de Flandes, no podía mantenerse al punto que 
con el Duque de Alba. Pero otras causas contribuyeron también á 
tan funesto resultado; la prolongación de la guerra; la enemistad, 
cada vez más declarada, del paisanaje flamenco, el cambio de di-r 
rección política, en que los nuestros veían un signo de debilidad 
cuando no de traición, y sobre todo, la falta de regularidad en los pa- 
gos, desmoralizaron enteramente á la soldadesca. Con el atraso de 
las pagas, el robo tomó proporciones enormes. Es tanto lo que han 
hurtado los capitanes, escribía Requesens á Felipe II, en 30 de 
Abril de 1574, en los socorros y contribuciones de tantos años, que 



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- 109 - 

no sólo no vendrá á debérseles ningún sueldo ^ tomándoles bien la 
cuenta, peto á alcansár seles grandes sumas, y para remediallo 
han de querer pasar muchas plasas (t). Con la licencia de costum- 
bres, olvidáronse los soldados hasta de las prácticas religiosas, 
^á^ora— escribía también el Comendador Mayor al Rey— /ío sé lo 
que me crea con lo que en esta gente veo, y acordándome que me 
certifican que no hay dies hombres entre ellos que se hayan confe- 
sado y comulgado esta cuaresma^ ni los veo entrar aquí en las 
iglesias á oir misa, ni hacer otra demostración de cristianos (2). 

La indisciplina fué creciendo constantemente bajo el gobierno 
de Requesens; pero á la muerte de éste, llegó al colmo. Mientras 
que Mondragón llevaba adelante, con tanta inteligencia como per- 
severancia, el sitio de Zierikzée, los tercios, ya juntos, ya por com- 
pañías, vagaban por las provincias continentales, convertidos en 
verdaderas, bandas de salteadores, semejantes á las de condottieri 
de la Edad Media en Italia, saqueando, ora una comarca, ora otra, 
cometiendo en todas partes horrores sin cuento. Las Memorias 
Anónimas pintan un cuadro terrible de la situación del país, cru- 
zado y recruzado sin cesar por aquellos soldados sin freno, que, 
llevando consigo sus mujeres é hijos, y también mujerzuelas, á que ' 
se daba el poético pero impropio título de enamoradas^ y gran sé- 
quito de criados, esclavos (3), vivanderos y todo linaje de ^ente 
allegadiza, constituían, más que cuerpos armados, tal y como aho- 
ra los concebimos, tribus guerreras como las de los bárbaros del 
Norte que asolaron el Imperio Romano en el siglo V. 

Mondragón consiguió mantener disciplinados á los españoles 
que llevaba consigo, durante todo el sitio de Zierikzée. Segura- 
mente que contribuyó á ésto aquel pundonor militar, propio de tan 
singulares soldados, y que, según cuenta D. Bernardino de Men- 
doza, les impedía, no sólo amotinarse, sino aun reclamar sus pa- 
gas antes de la batalla, dejando el hacerlo para después de conse- 
guida la victoria; al revés de los alemanes, que pedían lo que se les 
adeudaba en el momento de acometer, y con la amenaza de no ha- 
cerlo si no se les satisfacía cumplidamente antes . Mendoza reñe- 
re tan notable pormenor á propósito de la batalla de Mook; pero 
como dice que tal era la costumbre habitual, cabe afirmar que en 



(1; Ga.cha.rd, —CorrespoHdance.,. Tomo III. 
(2) GsLchard.—Correspondance. 

(5> Hartado de Mendoza (Guerra de Granada), refiere que el cuidado de los caballos co- 
rrespondía á esclavos, propiedad de las compaftias ó del tercio. 



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- lio - 

Zierikzée sucedió lo propio. En efecto, mientras que hubo que pe- 
lear con el enemigo, no se levantó la voz motín en el campo de 
Mondragón: pero en cuanto se hubo entrado en la rendida ciudad, 
en el mismo día, subleváronse los soldados españoles, y no fué re- 
clamando pagas atrasadas, sino para irse al continente de los Paí- 
ses Bajos; sin duda les atraía, con irresistible impulso, la vida 
errante y aventurera que allí llevaban sus camaradas. 

Así resulta de la siguiente carta que Mondragón incluyó en 
otra suya al Consejo de Estado: 

«Al muy ilustre Señor Crystóbal áe Mondragón, coronel de Va- 
» Iones y gobernador de Zelanda por Su Magestad mi señor. 

»Muy ilustre señor: Los señores soldados están de parecer de" 
«dejar estos fuertes, y visto esto, loque e podido acabar con ellos, 
«fué que dejasen cincuenta soldados de los que estaban de guamí- 
«ción, y otros cincuenta de los demás, asta que vuestra merced 
«provea de la guarnición necesaria, y vuestra merced responda 
«luego con breveda, y probea, porque los soldados no quieren es- 
«t^r mas de aquesta noche, y á esta causa me ubieran de matar. 
« Vo e ablado aquí con el teniente de los Alemanes q'estan aquí de 
«guarnición, á causa deq'allé el nombre que vuestra merced suei- 
«le dar por una semana concluido, y me pidió la orden q'él avía de 
«tener en lo de la guardia, y asy le di un nombre por esta noche, 
«en tanto que no byniere el de vuestra merced, porque venido el 
«de vuestra merced á tiempo, no balga nada el mío.=Nuestro Se- 
«ñor la ilustre persona de vuestra merced guarde. =Beso las muy 
«ilustres manos de vuestra merced. = Alonso de Ribera» (1). 

Y.los señores soldados hicieron como decían. Dejaron los fuer- 
tes en poder de los alemanes y valones, y por aquellos mismos 
estrechos y canales que tan gloriosamente habían^atravesado en su 
acción ofensiva, volviéronse al continente de Flandes. ¿Qué prove- 
cho había de poder sacarse de la toma de Zierikzée, con una conduc- 
ta semejante? Pero lo sucedido, con ser tan grave, no era más que el 
principio del desastre. Al motín de los españoles iba á suceder en 
seguida el de los valones, originado de causas más elevadas y ge* 
nerales— como que fueron políticas,— pero que había de poner fin 
definitivo á la causa católica y española en el archipiélago de Ze- 
landa. ^ 



(1) "^st? Alonso de Ribera sería un oficial, ó quizá, y parece lo más probable, un ele<^o de 
los soldados. 



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XVII 



. RESUMEN DE LAS CAUSAS DE LA GRAN INSURRECCIÓN FLAMENCA 
DE 1576 QUE ESTERILIZÓ LA VICTORIA' DE ZIERIKZÉE 

Del calamitoso período de los motines tenemos también una in- 
teresante; colección de cartas de Mondragón, ó, mejor dicho, son 
¿estas otras cartas continuación de la correspondencia del Coronel 
■con el Consejo de Estado, sobre el sitio de Zierikzée, aunque Ga- 
chard las publica aparte de aquéllas, y con fundamento, puesto que 
se refieren á diferente asunto. Con la ida sediciosa de los españo- 
les quedaron á nuestro héroe para guarnecer la recién conquistada 
ciudad y demás puntos de la isla, así como para guardar su larga 
línea de comunicaciones, algunas compañías de alemanes y todo 
su regimiento de valones. Muy poco era, pero algo hubiera podido 
hacer con ello un jefe como Mondragón; estaba lo peor en que en- 
tre los valones reinaba extraordinaria agitación, y cabía, desde 
luego, asegurar que no habían de perseverar muchb tiempa en la 
fidelidad. Debíanse á esta tropa cinco pagas, y á ejemplo de los 
españoles, á quienes tomaban ellos por modelo, reclamábanlas los 
soldados á voces, y recorriendo en pandillas tumultuarias las ca- 
lles de Zierikée y los campos vecinos. No tenía Cristóbal para 
pagarles; pero con ser esto tan grave, resultaba bagatela compara- 
do con lo que corría por el fondo de todo aquello. Porque los gritos 
de la soldadesca valona pidiendo sus pagas, no eran sino cobertera 
de más transcendental espíritu de revuelta que animaba entonces 
á todos los flamencos, incluso los nobles y los obispos y sacerdo- 
tes. Todos á una, en efecto, habían resuelto echar á los españoles 
de los Países Bajos, pareciéndoles que eran nuestros compatriotas 
Ips causantes de todos sus males, f creyendo, aun los católicos más 
fervorosos, que mejor les iría componiéndose ó aliándose con los 
prófSstaífPws rebeldes que dejando encomendada la defensa de su 
fe á nuestros gobernadores y soldados. 



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— 112 — 

Por extremo curiosa é instructiva suele ser la historia de todas;^ 
las revoluciones; pero esta de los Países Bajos excede á cuanto se 
pudiera ponderar. Las causas religiosas, combinándose con las po- 
líticas de orden interior y con las rivalidades nacionales y con el 
carácter de los principales personajes de aquel gran drama, pro- 
dujeron una serie de fenómenos sociales, especialmente de cam- 
bios de opinión pública, sorprendentes y maravillosos para quien 
no penetre jnuy en lo hondo de aquellos sucesos. 

La política de Felipe II en Flandes tuvo siempre un fin religio- 
so. Se necesita ser un sectario entontecido por el odio, ó un fran- 
cés, aunque erudito, tan ligero en sus juicios como Forneron, para, 
sostener en serio que el Rey Prudente aborreciese á los flamencos» 
ni aspirase jamás á la destrucción de los Países Bajos. Felipe 11^ 
sincera y profundamente católico, quería para Flandes, lo mismo 
que para Espafia, la conservación de la unidad católica, considera- 
da por él, con harta razón, como el mayor bien de que puede dis- 
frutar toda sociedad humana. 

Esta política suya no encontró en España dificultad alguna,, 
porque era entonces la política de todos los españoles. El Rey no- 
era en este punto sino uno de tantos; si estaba dispuesto, como cuen^ 
tan que dijo en el auto de Valladolid, á llevar al quemadero á su 
propio hijo si cayera en herejía, la totalidad de los padres de fami- 
lia castellanos y aragoneses de aquella época pensaban y sentían 
lo mismo que él. Si en España se hizo á Felipe 11 algún reproche 
por su política religiosa, fué por no ser tan severa como creían^ 
nuestros antepasados que debiera ser. Santos prelados, como eL 
Patriarca Arzobispo de Valencia, Fr. Juan de Ribera, vieron en el 
desastre de la Invencible un castigo de Dios por no haber castiga- 
do á los moriscos según ellos merecían; y Fr. Lorenzo de Villavi- 
cencio elevó á S. M. un memorial desde Brujas, proponiendo, mu- 
cho antes de estallar las revueltas, y como medio preventivo de 
ellas, la ejecución en masa de 2.000 herejes (1). 

Pero en los Países Bajos encontró esta política una oposición 
formidable. Hiciéronla en primer lugar los muchos que allí abra- 
zaron lá herejía, que en algunas provincias, Holanda y Zelanda 
especialmente, llegaron pronto á ser la mayoría de los habitantes» 
Con ser tantos, sin embargo, los herejes, parece indudable que Fe- 
lipe II habría conseguido dominarlos, y aun destruirlos ó expulsar- 



(l) GsLchará,^Correspoftdance, tomo II. 



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- 113 - 

los del país, si los católicos de aquella tierra pensaran y sintieran 
-en punto á represión de la herejía como sus hermanos los católicos 
•españoles. No era así, y la actitud que desde el principio tomaron 
los católicos brabanzones y flamencos, fué, sin disputa, el obstáculo 
mayor que halló Felipe II para devolver á los Países Bajos la per- 
cuda unidad religiosa. Católicos, y muy observantes y fervorosos 
los más de ellos, eran los belgas de aquel tiempo, como han conti- 
nuado siéndolo hasta hoy día; pero entendían sus deberes para con 
los enemigos de la Iglesia de muy diferente manera que los espa- 
ñoles de entonces. No entraban por la Inquisición, y no ya por el 
modo como estaba organizado este tribunal en España, sino que el 
principio mismo de la pena de muerte por delitos de religión, fuéles 
siempre singularmente aborrecible y repugnante. La doctrina de 
la tolerancia política ó civil con los herejes brotó en Bélgica, mucho 
:antes de comenzar allí las alteraciones, y no brotó en el campo pro- 
testante, sino en el católico; católicos fueron, en efecto, los prime- 
ros que la sustentaron y defendieron, sin encontrar eco en sus com- 
patriotas protestantes que, como calvinistas, profesaban aquella 
-cruel y antipática intolerancia de que fué Servet víctima en Gine- 
bra. En cambio, entre los católicos hizo la idea tal camino que ma- 
ravillaba, con razón, á nuestros antepasados. 

Mientras que F. Lorenzo de Villavicencio, párroco de la colo- 
nia española dp Brujas, escribía, según hemos dicho, á Felipe II, 
-que para prevenir mayores males, era menester matar, desde lue- 
jgOy á dos mil herejes, los nobles y burgueses más católicos propa- 
laban que no se debía matar á nadie por crimen de herejía. El pri- 
jftero que trató que no se habían de castigar los herejes^ fué el 
Marqués de Bergas (1), el cual, no ha muchos días que, hablando 
-con el deán de Santa Gula (2), le dijo: ¿En qué lugar de la Escri- 
tura halláis que los herejes han de ser castigados con fue go^ 6 con 
pena capital? Y estando los otros días en Achisgran, en los bañas. 
Je envió una dama á demandar consejo ^ cómo se habría con los he- 
rejes que en su tierra tenía, y respondió: al que se convierte no se 
Je ha de dar pena, y al obstinado, yo no lo mataría, porque podría 
convertirse (3). Doce años después, escribía Requesens á Felipe 11: 



(1) Berghes era el jiombre de su título, según Gachard. 

(2) Santa Gadula, ó más bien dicho, San JUiguel y Santa Gudulat iglesia principal de 
'Bruselas. 

(3) Relación de cosas que pasan en los Estados de Flandes, importantes al servicio de 
Su Majestad 7 de Febrero de /565.— Gachard, Correspondance,.^ tomo I, 

8 



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- 114 - 

respecto fie la libertad de conciencia debe de haber aquí muy pocos 
que no la deseen (1). 

Parece seguro que en estas ideas liberales de los católicos fla- 
mencos, influían de un modo decisivo sus preocupaciones naciona- 
les. Alarmáronse y alborotáronse los españoles, al principio deh 
reinado de Carlos V, por ver á sti Rey rodeado de flamencos y dan- 
do á flamencos los oficios públicos, y aun beneficios eclesiásticos^^ 
del fuste del Arzobispado de Toledo; en el reinado de Felipe II vol- 
viéronse las tornas, y eran entonces los flamencos quienes se alar- 
maban y alborotaban, temiendo que pasase á españoles el gobier- 
no de su país. Y como quiera que una política de severa represión» 
religiosa, obligaba de suyo á sufrir la intervención española, me- 
dio insustituible de dominar á los protestantes, de aquí que por re- 
pugnarles el medio, repugnárales también el fin. Por lo menos^ 
esta causa contribuyó poderosamente á determinar un estado de- 
opinión que en eí siglo XVI no podía ser más extraño; pero tam- 
bién coadyuvarían el temor de que se arruinasen los Países, enton- 
ces tan florecientes en agricultura, industria, comercio y comodi-^ 
dades y reglas de vida, y el carácter de aquellos naturales, más- 
pacífico y dulce que el nuestro. 

Lo cierto y positivo es que los católicos flamencos no querían 
Inquisición, ni á la española, ni á la flamenca, ni de ningún modo 
ó manera, y que los españoles los juzgaban por no querer Inquisi- 
ción malos católicos, cómplices y aiAparadores de los herejes, y 
aun herejes solapados é hipócritas, más dañosos á la causa de Dios 
que los enemigos francos y declarados. Llegó á ser unánime opi- 
nión española que nada se adelantaría contra los protestantes de 
, Flandés, si no se Jiacía previamente á los católicos de aquel país- 
católicos buenos, es decir, católicos españoles, ó á la española, y^ 
surgió naturalmente la idea de españolizar los Países Bajos . El: 
Duque de Alba fué allá con estos pensamientos, y su gobierno y su: 
política no fueron sino esta tentativa vigorosamente acometida, y 
continuada con el mismo vigoi> por una serie asombrosa de esfuer- 
zos inauditos ó extraordinarios. 

Pocas veces se ha seguido un sistema de gobierno con más se- 
vera fidelidad á los principios que se habían aceptado como buenos^ 
Hacían ascos los flamencos á los españoles, y el Duque se los di6 
hasta en la sopa. «£/ Z^wg^í/^— escribió D. Juan Zúñiga al Cardenal 



(1) Carta de 8 de Marzo de Ibl^.-^Nueva Colee, de Doc. Inéd., tomo I. 



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- 115 - 

Grdtuvela— 'desconfiaba de los flamencos, de unos por el parentesco 
y amor que tenían con algunos de los rebeldes^ aunque fuesen ellos 
leales á S. M.; de otros por el odió que tenían á su propia persona 
y á la nación, y de otros pof^ no tenerlos por muy soldados, y por 
muy blandos de condición para mandar >Daba por todas estas cau- ' 
sas más autoridad quQ conviniera á los español es, >-> (1) Casi todos 
los cargos de alguna importancia, políticos y militares, fueron 
puestos por el Duque en manos de españoles. Cómo los ejercieron 
muchos de ellos, nos lo dice uno de los españoles más insignes y 
de superior espíritu que ha dado nuestra raza, que residiendo por 
entonces en Flandes, en el desempeño de una gloriosa comisióij 
literaria, asistió como desinteresado espectador á muchos de los 
sucesos políticos que allí se desarrollaban; tal fué Arias Montano, 
el cual escribió: <^La soberbia de nuestra nación es intolerable, y 
su poco término que tiene en candar las naciones extranjeras^ 
porque en España los extranjeros muy bien tratados son de los 
es;^añoleSy empero en sus mismas tierras no guardan á mi pare- 
cer la equidad que se requería en tratarlos, y no digo esto de los 
principales ministros de nuestra nación, sino de los medianos y 
de los menores (2).» Y Zúñiga añadía: «iVb hay duda <^ino que eh 
pecado originario de nuestra nación querer mandar tanto los 
ministros como la cabes a, y atribuirse á sí todo lo bueno que 
se hace (3),^ 

No -es de maravillar que la malquerencia de los flamencos con^ 
tra lo españoles fuera creciendo siempre bajo el gobierno del Du- 
que hasta tomar las proporciones de uñ odio desaforado é impla- 
cable, ni que Jíasta los mismos obispos y al^ades, según escribía 
Requesens á Felipe II, dijeran que no sabían si les estaría mejor, 
el yugo de los herejes que el de los españoles. No faltó en el ínte- 
rin que esto pasaba quien persuadiese al Rey Católico que el ha- 
berse alterado de nuevo los flamencos era por la crueldad que ha- 
bía usado el Duque de Alba en castigar los delincuentes y la ins- 
, tancia que hacía en cobrar el décimo y veinteno de dinero, y por 
las insolencias de los soldados {^). En España fué tan impopular 



(1) Carta de 20 Junio 1574. Nueva colección de documentos inéditos. Tomo J I. 

(2) Advertimiento de Arias Montano.^Coleción de documentos inéditos. Tomo XXXVI, 
página 89. 

(3) Carta citada á Granvela. 

(4) Antonio Martín Río (Rolando Ma.rtinMiriteo),—Comentarios^de las alteraciones de 
Flandes.— Traducido del latín al castellano por D. Rodrigo Medina.— En la Colee, de memo- 
rias para la Htst, de Bélgica ñgura esta obra, Tomoá I, II y III, con el título de Memorias 
deRio, 



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- 116 - 

la separación del Duque de Alba del Gobierno de Flandes, que 
los buenos españoles atribuyeron á esta medida la pérdida defini- 
tiva de Holanda y Zelanda y la temporal de las otras provincias; 
«mas el Rey deseaba tanto la reducción de los Países Bajos, que 
igualmente la desplacían susdaftosy los de sus ejércitos. Y no se 
debe creer le hizo retirar al Duque el deseo de su vida, bien im- 
portante para la autoridad y conservación, de su Monarquía, sino 
cierto desabrimiento que mostró en el tratarle después, y en prén- 
delle adelante, por haberle persuadido contra razón que su impe- 
riosa y seca condición, y la codicia de los que le asistían, le rebela- 
ron los Países la segunda vez» (1). 

Los documentos confirman las aseveraciones de los historiado- 
res panegiristas de Felipe 11. Por todos los conductos llegaban al 
Rey informes contrarios á la política del Duque de Alba, y de la 
necesidad urgente de cambiarla, si no se quería perder completa- 
mente los Países. El embajador de S. M. C. en Roma, escribíale en 
27 de Enero de 1574: El embajador de Suecia ha dicho aquí que en 
Alemania todos tienen por cierto que no podía V. M. conservar los 
Estados de Flandes, si no se muda totalmente el modo del Gobier- 
no pasado j porque los pueblos están desesperados^ y se han per- 
dido mucho las voluntades de los aficionados que V. M. tiene en 
Alemania con el t^rmtino que el Duque de Alba ha tratado lo de 
aquella nación (2). Granvela, en cuya poderosa inteligencia tanto 
fiaba el Rey de España, desaprobaba absolutamente la política del 
gran Duque: si no se cobra la voluntad de los vasallos (flamencos) 
aunque se envíen veinte mil españoles, no harán nada (3). Tal era 
su modo de ver las cosas. Insistía siempre en esta idea: asegurar- 
Je á S, M, los dichos ^Estados, como he escrito hartas veces, no se 
hará jamás por la fuerza sola, y poca fuerza y mucha negocia- 
ción y maña es lo que hace al caso (4). El Duque hubo de resentir- 
se de la oposición de Granvela: Díjome ayer el cardenal Pacheco — 
escribía Zúfíiga á Granvela— í«^ cuando habló en Genova con el 
Duque de Alba, éste se quejó de que V. 5. había hablado mal de 
él públicamente en su mesa, y que el Duque se maravillaba, por- 
que decía que había sido siempre muy buen amigo de V, S. Yo le 
dije que siempre había oído hablar á V. S. bien del Duque, á no ser 



(1) Cabrera de Córdoba.— -íTíí/. de Felipe II, lib. X, cap. xm. 

(2) Zúfliga á Felipe II ,— Nueva colee, 1. 1. 

(3) Granvela á Zúfliga (carta desde Ñapóles, á 22 de Marzo de \bl^).— Nueva colee, t. II. 

(4) Granvela á Zúfliga (carta de 19 de Mayo de 1574) .—ídem id. 



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- 117 - 

que el camino de la fuerza, que en las cosas de Fl andes no era el 
que convenía. Replicó Pacheco que esto no importaba, que V. S. se 
lo había escrito al Duque, pero que eran otras cosas (1). Y Gran- 
vela contestaba á esto: ... yo^ verdaderamente, y en público y en 
secreto, siempre he hablado muy bien del señor Duque de Alba, y 
alabádole por el más prudente príncipe que yo conosca; pero es 
verdad que de la forma con que se han tratado los negocios de 
Fl andes y he tratado copto hombre de diferente opinión, y esto no 
es hablar mal, pues quizás soy en esto engañado, ni porque diga 
otra cosa digo mal del..,; pero seque, sea por quien quiera, se han 
arruinado los Estados de Flandes debajo de su Gobierno, de ma- 
nera que está el Rey en peligro de perderlos, y st no me engaño, 
ha habido ocasiones para acomodarlo todo con gran facilidad, y 
que con mejor reputación del Rey que por lo que e^á entre manos... 
Y torno á decir que si no se ganan las voluntades de los subditos 
y no vuelven los negocios al antiguo cammo, poco firme durará 
cuanto se hiciera, y que aquellos Estados teman á S. M. en perpe^ 
tua inquietud y desabrimiento. Plegué á Dios que me engañe (2). 

Las cosas de Flandes ise habían puesto de tal modo con el go- 
bierno del D^que de Alba, que el mismo Papa hubo de indicar que 
se abandonasen aquellos países: El Pa/)a— escribía Zúñiga,-— tó;/^ 
miedo de que se pierda la Goleta, y habiendo dicho que por qué el 
Rey no había metido más gente, le respondió una persona que las 
necesidades de S. M. eraH la causa, y replicó el Papa que dejase 
S. M. los Estados de Flandes, y atendiese á estotro, que me par e- 
ció la más inicua é indigna palabra que podía decir un Pontífice, 
siendo aquel negocio que tanto importaba á la Religión (3). 

Felipe II hubo de ceder al clamoreo general, y por eso reem- 
plazó al Duque por Requesens. Pero, por una parte, ya era tarde 
para ganar las voluntades de los flamencos católicos, y por otra, 
el Rey, aunque dispuesto á entrar por la vía de las transacciones, 
estaba resuelto á transigir lo menos posible. Todo indica que cre- 
yó que bastaría para recobrar el afecto de los subditos, el simple 
cambio de personas, y si así fué, engañábase absolutamente. Aun^ 
que todos huelgan de ver al Duque de Alba en España— escribía, en 
aquella sazón un hábil diplomático,— íofite-z^/a hay algunos á quien 



(1) Zúfiiga á Gran vela (carta de 9 de Agosto de 1574).— Idetn, t, IV. 

(2) Gran vela á Zúñiga (carta de 1 1 de Agosto de Íb7i).~-Idem . 

(3) Zúfliga á Gran vela (cana de 13 Agosto 1574.)— Ídem id. 



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- 118 - 

parece que st el Rey no ha de tomar otro medio para asentar las 
cosas de Flandes, ni mudar el Gobierno, sino llevarlo adelante 
como hasta aquí, que fuera mejor dejarlo en aquellos Estados; 
porque, en fin, aunque era odiado de todos, temiéranle también 
todos, y le respetaran mucho más que harán á otros (1), 

La observación era exactísima. Para seguir la política del Du- 
que de Alba, no había mejor agente que el mismo Duque. Impo- 
níase, no un cambio de personas, sino de sistema. Pero ¿cómo fea- 
bía de ser el nuevo que ie implantase? Felipe II tenía decidido el 
no ceder en un ápice en la cuestión religiosa, y precisamente á los 
católicos belgas se había metido en la cabeza el principio de la to- 
lerancia ciyil con los herejes, cosa que repugnaba al Rey de Es- 
paña tanto ó más que la herejía misma. Tampoco quería el Rey, 
juzgándolo indeícorosd para la Corona, entrar en conciertos con 
los rebeldes, y he aquí que los católicos belgas juzgaban que lo pri- 
mero y principal que había que hacer era entrar en conciertos con 
ellos. El Comendador Mayor — escribía Zúftiga á Granvela--^/¿í^ 
parecer en todo d los señores flamencos; pero todos le dicen que 
no hay remedio, si no es concertarse con los rebeldes, y especial- 
mente con el Príncipe, de Orange (2). 

No había, por tanto, fórmula ó base para la transacción que se 
apetecía, ó, mejor dicho, que se juzgaba inevitable; y así, el go- 
bierno de Requesens, en vez de ser conciliador, fué vacilante y^ 
débil, lo cual es muy distinto, y agravó los males en lugar de re- 
mediarlos* Da pena leer la correspondencia del Comendador Ma- 
yor; el disgusto de los flamencos iba creciendo siempre, é íbase 
con él haciendo mayor el vacío en torno de nuestro gobierno; y 
mientras que la multitud miraba con torvo cefto á las autoridades 
y á los soldados, los magnates huían de la Corte, retirándose á sus 
antiguos castillos señoriales, ó á las vecinas naciones extranjeras. 
Los pocos que permanecían eji Bruselas, perdido el miedo que siem- 
pre les inspiró el Duque de Alba, tomando i!)or pusilanimidad la 
dulzura de carácter de D. Luis de Requesens, y por falta de me- 
dios para otra cosa su sincero des^p de una recpaciliación verda- 
dera, usaban un lenguaje insolente que ya se hubieran guardado 
ellos de permitirse ante las barbas del gran Duque. El Duque de 



(1) Úietrlstan á Ruiz de Azagra (carta de Viena á 27 Mayo lbl\.)-^Nueva Colección, 
tomo II. 
(?) Zúfllga á Granvela (carta de 13 Junio 1574).— iVweva Colee, tomo III. 



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~ 119 -- 

^rshcot, que nuestros antepasados llamaban Duque de Ariscot ó 
^e Hariscóte, gran señor, dueño de inmensas propiedades territo- 
riales, ferviente católico y leal realista, había sido hasta entonces 
«no de los más firmes pilares de la causa española en Flandes, que 
iabía servido con sus riquezas y el prestigio de su posición, aun- 
que no con sus talentos, pues parece qye fué en este orden persona 
muy adocenada. Era antiguo amigo personal del Duque de Alba, 
y á propósito de esta amistad, contábase una anécdota de la época 
-de la batalla de San Quintín, que no deja de tener gracia. 

' Reclamaba el Duque de Arshcot, como derecho de su casa, el 
^er tratado con la misma ceremonia que los Príncipes y Grandes 
•dé España; pero en la Corte no le reconocían esta preeminencia. 
Así estaban las cosas, cuando hubo un día función en la Capilla 
Real de Bruselas, tocando oficiar de Mayordomo Mayor al Duque 
-de Alba. Entró su amigo el Duque flamenco, y sin pedir permiso 
-á nadie, fué y tomó asiento en el banco reservado á los Grandes. 
Notólo Felipe II, y no bien <:oñcluyó la fiesta, llamó al de Alba, y 
•en tono severo le dijo: «¿Cómo no habéis castigado al Duque de 
Hariscóte por haberse asentado donde no le correspondía?— Se- 
ñor— respondió* eí de Alba,— yo sé castigar, y castigaré siempre á 
los que se levanten ante S. M.; pero á los que se asientan, no sé qué 
-castigo les he de poner» (1). 

El gran señor flamenco permaneció siempre fiel á la amistad 
4el Diíque español, y en una carta de éste al Rey, decíale que el 
linicp amigo verdadero que quedaba á España entre los señores de 
los Países era el Duque de Ariscot, y ese sabe V. M. lo que vale. 
Pero en la calamitosa época de Requesens hasta este Duque nos 
levantó el gallo: «aunque yo tengo al Duque de Ariscot por cató- 
lico— (escribía el Comendador Mayor)— y sé qué no tendrá inteli- 
gencia con los enemigos, es tan inconsiderado, y está tan puesto á 
reprobar cuanto jde ocho años á ésta parte aquí se ha hecho, y es 
tanto el odio que tiene á los forasteros, y habla públicamente de 
manera en todas las cosas, que creo que es gran causa del descon- 
tento de los otros» (2). 

La opinión era, pues, unánime. Y la astucia del Príncipe de 
Orange aprovechábala diestramente. Decía á los católicos que no 
había él tomado las armas, sino para echar á los españoles de los 



(1) Zapata: Miscelánea, pág. 395. 

<2) Requesens á Felipe II (carta de 8 Marzo \^X),^ Nueva colee, ^ tomo I. 



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— 120 — 

Países Bajos, y que si se fueran los españoles habría paz, respe- 
tándose la religión católica en todas las provincias donde domina- 
ba. Y á la vez decía á los protestantes que no habría acomodo- 
alguno, ni entraría él en tratos con las provincias católicas, si no^ 
admitían éstos como base de concordia la expulsión de los españo- 
les. Esta expulsión fué, pues, la fórmula ó aspiración de todosr 
«Orange ofrece á los suyos que no admitirá ningún acomodo- 
mientras que los españoles estén en Flandes, y les dice que no se 
fíen de ningún español, porque nuestra nación tiene la opinión del 
Concilio de Constanza de que no se ha de guardar fe á los herejes. 
Pero en cuanto á echar los españoles de aquí están conformes los 
rebeldes con los que se llaman leales, y mucho más con los mismos- 
españoles, según desean irse» (1). Así resumía Requesens la situa- 
ción de las cosas. 

En tal estado los espíritus, ¿qué podía resolver favorablemente 
para la causa española un suceso militar, aunque fuese tan impor- 
tante como la toma de Zierikzée y derrota de la escuadra holande- 
sa? Y cuenta que cuando se logró tan señalado triunfo, otros dos- 
st^cesos habían agravado extraordinariamente la situación: uno, 
los motines de los soldados españoles, y otro, la muerte del Comen- 
dador Mayor, no dejando sucesor en el gobierno, del qtíe se apo- 
deró con anuencia del Rey el Consejo de Estado, es decir, la re- 
presentación de la nobleza ñamenca, que nos era tan hostil. 

Véase lo que son en política la hipocresía ó los contrasentidos^ 
Aquel mismo Consejo de Estado que reprendía á Mondragón por 
haber dejado salir libres de Zierikzée á los pastores protestantes, 
estaba en tratos con el Príncipe de Orange, y resuelto á expulsar 
del país, no á los ministros de la herejía, sino á los españoles, que 
eran sus más temibles enemigos. 



(1) Requesens á Felipe II carta de 2 Julio 1574) —Nueva colee. ., tomo III. 



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XVIII 

MONDKAGÓN PRISIONERO DE SUS SOLDADOS EN ZIERIKZÉB.— SUCESOS EN 
EL CONTINENTE. — SITIO DE LÁ CIUDADELA DE GANTE.— HOROICA DE- 
FENSA DE LA FORTALEZA POR LA MUJER DE MONDRAGÓN Y EL^ÍAPI- 
TÁN ÁLAMOS.— MONDRAGÓN NO ACOMPAÑÓ A LOS ESPAÑOLES EN SU 
VIAJE A ITALIA. 

Precipitáronse los sucesos con la rapidez y confusión que son 
propios de las revoluciones. Los españoles, que se habían marchado 
de Zierikzée, encontráronse pronto en el continente con otros ca- 
.maradas del tercio de Valdés, á que ellos pertenecían, y juntos to- 
dos, se alzaron con la villa de Alost, cabeza del condado del mismo 
nombre, y población fortificada; constituyeron allí la más singular 
república guerrera, gobernada por electos, es decir, t>or soldados 
elegidos tumultuariamente por sus compañeros, y enviaron mensa- 
jeros á Bruselas con la intimación de que, ó se les pagaban inme- 
diatamente cuantos sueldos les eran debidos, ó procederían ellos á 
cobrárselos manu mtlitari. Inmenso terror se apoderó de la ciudad 
y de todo el país. El pueblo de Bruselas levantóse pidiendo arma, 
para defender'se de los españoles, y comb íuese asesinado en el tu- 
multo un criado de Jerónimo Roda, y la plebe amotinada, loca ya 
por la vista de la sangre, solicitase las cabezas de todos los espa- 
ñolea, la parte indígena del Consejo de Estado, excepto Mansfeltl 
que no salió nunca del camino de la fidelidad, aprovechó la ocasión 
para desprenderse de los españoles que había en él, y que eran es 
citado Roda, Julián Romero y D. Alonso de Vargas. Con pretexto 
de salvar sus vidas de las iras del populacho, el Consejo los redujo 
á efectiva prisión. 

Apellidando al Rey, protestando de que*^ todo lo hacían por su 
servicio, en bien de la Religión Católica, y para salvar al país, ame- 
nazado por la soldadesca, atribuyendo á nuestros compatriotas 
cuantos males venían sufriendo, todas las provincias, menos la 
lealísima de Luxemburgo, pronunciáronse al grito de afuera los 
soldados españoles. Pocas veces en la historia habrá llegado á ser 
tan aborrecida nuestra nación, como lo era entonces en los Países 



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- 122 - 

Bajos. El nombre de español les hace asco; se empeñan en que 
hasta los galgos han de salir, y Uamarían al Turco ames que á 
los españoles (1). Esta gente quiere resolutamente dar la ley^ no 
recihilla; quieren que salgan los españoles, 6 morir en la de- 
manda (2). 

Mientras que en las provincias continentales se desarrollaban 
estos transcendentales acontecimientos, Mondragón permanecía 
en Zierikzée, abandonado de los españoles y tratando en vano de 
somier á sus valones, á estos soldados que había él formado y 
conducido tantas veces á la victoria. El regimiento se componía 
en esta época de 1.600 hombres (3), todos veteranos, constituyendo 
el más excelente cfierpo que había en los Países Bajos á la sazón; 
su oficialidad era de nobles, siendo varios de los capitanes señores 
titulados, y otros secundones de grandes casas. A todos inspiraban 
profundo respeto Las canas, los servicios y el carácter del Coronel; 
pero había llegado ese momento en que las pasiones nacionales ó 
políticas se sobreponen á todo otro afecto; el coronel tenía para 
ellos entonces un defecto insubsanable, el de ser español. Tratáron- 
le, sin embargo, con la consideración posible en aquellas extraordi- 
narias circunstancias, y muy cortésmente le dijeron que ellos obe- 
decían á los Estados, y que los Estados no querían que mandaran 
españoles regimientos valones, que deploraban esta determinación 
porque le estimaban y respetaban de veras; pero que no podían 
remediarla, y así, lo mejor que podía hacer, era quedarse en Zier 
rikzée, donde no habían de faltarle la mejor casa por alojamiento, 
los mejores manjares en su mesa/ los mejores caballos para pasear 
y á todos ellos, sus capitanes, alféreces, sargentos y soldados para 
servirle y agasajarle. Quiso Mondragón salir de la ciudad; pero ya 
esto no se lo consintieron. Y así, por extraña peripecia de la for- 
tuna, este caudillo quedó prisionero en la misma plaza que acaba- 
ba de conquistar tan gloriosamente, y por los mismos guerreros 
que acababa de conducir á triunfo tan señalado. ¿No pasan estas 
aventuras de los límites usuales de la historia, para tomar carác- 
ter de novela caballer^ca, y no de las niás razonables ó vero- 
símiles? 



(1) Carta de D. Juan de Austria á Felipe Il.—Correspondance, tomo IV. 

(2) Carta de Escobedo á Felipe II, 8 Diciembre \bl6.— Colee, de Doc, Inéd.y tomo L.— 
Al margen de la frase copiada, puso Antonio Pérez: Habla bien claro Escobedo, 

(3) Colección de documentos iné ditos. ^T orno, XXXI. 



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- 123 - 

Terrible debió de ser para Mondragón este cautiverio, aunque 
fuese tratado con tanta consideración personal por sus inferiores, 
por estos diablos alterados, como decía él en una de sus cartas al 
Consejo de Estado; porque mientras estaba él prisionero en Zie- 
rikzée, la cindadela ó dastillo de Gante, de que era castellano, y 
donde residían su mujer é hijos,'había sido atacado por los flamen- 
cos y sufría terrible asedio. 

Los sucesos que se desarrollaban entonces en Gaiite, y por los 
que' alcanzó tanto relieve histórico la mujer de'Mondragón, Guí- 
Uemette de Chastelet, son interesantísimos ^ y su exposición crítica 
llenaría muchas páginas, tanto por la magnitud y complicación de 
los mismos acontecimientos, como por lo muy estudiados que han 
sido, y lo son aún por los eruditos belgas. Todavía en las academias 
y en las clases superiores de Historia (1) del reino de Bélgica, es 
asunto preferido de investigaciones y examen la Pacificación de 
Gante, ó sea el solemne acuerdo tomado por los Estados Genera- 
les de las Provincias flamencas y valonas, el día 8 de Noviembre 
de 1576, de restablecer la paz con las Provincias de Holanda y Ze- 
landa, sobre la base del más escrupuloso respeto á los antiguos 
fueros del país, y de la expulsión de las autoridades y tropas espa- 
fiolas (2); la Pacificación de Gante ^ de que fué celebrado el cente- 
nario, haqi veintinueve afíps, con grandes festejos, y entre ellos 
una lujosa cabalgata histórica representando los tipos y personajes 
del siglo XVI, se hizo á nombre de Felipe II; pero fué la condena- 
ción de la políticas seguida por Felipe II en los Países Bajos desde 
el comienzo de las alteraciones hasta su fecha. Enséñase aún en el 
Hotel de Vi lie , grandioso edificio de fines del siglo XV, reformado 
y embellecido en el siguiente, la sala de los Estados^ con un mag- 
nífico artesonado, dos chimeneas monumentales y una lápida que 
recuerda al visitante que allí fué donde los abades, señores y bur-. 
gueses afirmaron y proclamaron la personalidad política de los 
Países Bajos con una especie de declaración de derechos^ que al 
cabo hubo de aceptar. el mismo Rey de España. 

La Pacificación de Gante fué, por decirlo así, la cúspide ó el 
momento culminante de la revolución flamenca; pero para llegar á 
él hubo q^ue recorrer largo camino, á través de los episodios y pe- 



/ 

(1) Véase la interesantísima obra V Enseignement Superieur de V Histoire. "Notes et im- 
prssions de vnyage, par Paul Fredericq,professeur á V Université de Gand.—Gandf 1899, 

(2) Mendoza (Llb. XVI, Cap. IH) trae la traducción española del texto francés de la Pa- 
cificación de Gante. 



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- 124 - 

ripecias que son naturales en períodos revolucionarios. El más dra- 
mático de todos esos episodios fué el sitio de la cindadela, con la 
heroica defensa que hicieron de ella los soldados españoles, man- 
dados por el teniente de Mondragóii, Antonio de Álamos Maído* 
nado, y enardecidos por la misma mujer del castellano, Guilíemette 
de Chastelet. 

No hemos de referir aquí este asedio, cuya narración hicieron 
3^ perfectamente Mendoza, Strada, Bentivoglio y demás historia- 
dores clásicos de iks guerras de Flandes, habiendo además muchos 
pormenores en las historias locales de Gante, y en las nacionales 
de Bélgica (1). Baste con apuntar lo más importante. Agitado el ele- 
mento popular en Gante, por el temor á los soldados españoles 
amotinados y dueños de Alost, muy justiñcado sin duda, pero tam- 
bién e2s:tremadó para los fines de la revolución que se proyectaba, 
se armó y organizó en seis banderas ó compañías, cosa relativa- 
mente fácil existiendo una regular milicia ciudadana, ó concejil 
óomo se decía en España; desde luego trataron los gaftteses de ocu- 
par la cindadela, pretextando que los españoles que la presidiaban, 
abrirían las puertais á los amotinados de Alost, para que saqueasen 
la ciudad. Como no se accedió á sus pretensiones, rodearon ense- 
guida el Castillo, tanto por la parte interior de la población como 
por la del campo, y empezó el sitio. " 

La guarnición española era de doscientos hombres. En ausen- 
cia de Mondragón mandábala su teniente Antonio de Álamos, el 
cuál sería, según todas las probabilidades, sobrího carnal del Co- 
ronel, hijo de su hermana María y del capitán Juan de Álamios, 
que figura en el testamento de Mencía de Mercado*(2), porque aun- 
que usalm dé segundo apelliáo Maldonado, y no Mondragón, es sabi- 
dísimo que en el siglo XVI no se observaban en esto de los apellidos 
las reglas fijas actuales. Otroá sobrinos carnales del Coronel mili- 
taban también en Flandes, á las órdenes de su tío: Alonso, el hija 
de Magdalena, servía desde 1571, y D. Luis de Beaumonte ó de 



(1) Vlaemsche Krona *le of Daglegis te (1566-1585) , van Phde Kempenaere, — Gand 
1839,^Cours d' histotre naíionale^ par M. /' ahbé Nameihe, Ha tenido la bondad de remitir» 
nos un extracto de la parte más interesante de esta última histoiia, referente al sitio de la cin- 
dadela de Gante, el Rdo. P. Dominico belga Fr. José Vuss, del Convento de Aubange, á quien 
enviamos desde aquí la expresión pública de nuestro reconocimiento. Mr. Paul Fredericq nos^ 
ha mandado á su vez lo substancial déla Noticesur la défensesostenueau rháteau de Gand, 
par madame de Mondragón en 1576, publicada en el Boletín de la Academia Real de Bélgi- 
ca, tomo XXIII. —Bruselas» 1856. 

(2) Véase el artículo 111. 



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Prisión de la mujer é hijas de Mondragón en la cindadela de Gante. 

,, (Grabado de la época). 



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- 125 - 

Beamonte, hijo ó nieto probablemente de Juan de Mondragón (1), el 
cual, años adelante, según refiere Osorio (2), reclutó en Medina 
trescientos infantes, los más naturales de la villa, y con ellos fué á 
Flandes, tomando parte muy activa en la guerra de Francia (3). 

El Castiljo, aunque tan fuerte, como le había mandado construir 
Carlos V, tenía por este tiempo muchas deficiencias para resistir 
con ventaja en un obstinado asedio. Consigna Mendoza que los si- 
tiados tuvieron que improvisar parapeto en las murallas, porque no 
lo había; que el foso, de malas condiciones en la parte que miraba 
al arrabal de San Bavón, era todo él de suerte que podía sangrar- 
se, y quedar seco, como lo hicieron los flamencos abriendo hondos 
cauces por dicho arrabal; y, finalmente, que había casas altas has- 
ta en el mismo borde del foso , y desde varias de estas casas , así 
como desde algunos campanarios y torres de la ciudad, se'i'egis- 
traba todo el interior de la fortaleza. Añade Strada que cogieron 
los sucesos al castillo de Gante mal proveído de municío/ies y vi- 
tuallas. 

A pesar de todo, los doscientos hombres de Antonio de Álamos, 
no sólo se sostuvieron gallardamente contra los milicianos de 
Gante, sino que dominaban el arrabal, y no dejaban aproximarse 
al castillo á los enemigos, los^que habían de contentarse con hacer 
fuego á distancia, de poco ó ningún efecto en aquel siglo. Pe^ro 
pronto cambió esta situación. De todos los puntos de Flandes acu- 
dieron milicianos y soldados, de los que hasta entonces habían 
peleado con los nuestros; del regimiento de Mondragón fueron á 
Gante desde Zierikzée varias banderas, y los defensores de la 
cindadela tuvieron contra sí, no una milicia concejil numerosa y 
bien armada, sino un ejército. El Conde de Reulx, buen católico, 
y hasta este tiempo amigo de españoles, era su generaV en jefe, y 
la fuerza de que disponía para tomar el castillo, estaba distribuida 
en más de treinta y cinco banderas (4), con un tren de caballería 
formidable para la época. Atrincheró el Conde cinco compañías en 
el arrabal de Sao Bavón (5), empezó los trabajos de ingeniería para 



(1) Hijo de Martín de Beamonte, que lo era á su vez de Juan de Mondragón y de doña Bea- 
triz de Beamontei según el testamento dé la madre del Coronel. 

(2) Cap. XVIII del 11b. III (pág. 277 de la Bist. del Sr. Rodríguez). 

(3) Siendo capitán cuando las guerras de Francia, es natural que en 1576 fuera ya soldado. 
(4). De 35 á 40. dice Mendoza. 

(5) Cuando empezó este atrincheramiento. Álamos envió al sargento Qulrós con cuatro 
soldados á preguntar que con qué orden hacíase aquéllo, y los flamencos respondieron que no 
era para atacar el castillo, sino para poner á cubierto la ciudad de los amotinados de Alost. 
que podían entrar por aquella parte. 



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- 126 - 

dejar el foso en seco, y por tres partes Colocar su artillería, batien- 
do tan bien el interior del castillo, que no podía caminarse por él 
sin notojrio riesgo. Pero nada desanimó á los doscientos héroes allí 
encerrados,^ que, como dice Mendoza, no podían apartarse un mo- 
t mentó de sus puestos, por ser tan pocos, y serles ftecesarío estar 
siempre con las armas en la mano á la guardia y defensa de las 
murallas. . 

Tan enérgica, y prolongada era la defensa, :que el Conde de 
Reulx y los ganteses, desesperando de poder rendir la cindadela 
con más de veinte mil hombres, entre milicianos Jr soldados, que 
tenían empeñados -en la empresa, prescindiendo de todo escrúpulo^ 
llamaron, en su auxilio á los orangistas, y entregándoles la villa dé 
Nieuport en rehenes, obtuvieron de ellos poderoso socorro de ar- 
tillería y nueve compañías de infantes. Así la revolucionaba, como 
todas, haciendo su camino, y cayendo rápidamente del lado á que 
se inclinó desde su principio; los flamencos católicos no podían por 
sí solos arrojar á los españoles, sino que huyendo de ellos, caían 
fatalmente en manos de los holandeses protestantes. 

Con el refuerzo de los holandeses fué combatido el castillo con 
cuantos elementos y medios podían ser empleados en el siglo XVI 
para expugnar plazas de guerra. En la noche del 7 al 8 de Noviem- 
bre, ya enteramente seco el fosq, y batida la muralla desde altas 
plataformas, dieron un furioso asalto, moviendo al efecto nueve 
mil hombres. Los defensores eran tan pocos, que en cada batería 
sólo se coataban veinticuatro, en los baluartes un cabo de escua- 
dra con ocho soldados, y en cada cortina del muro un soldado de 
centinela, que era muy poca gente (dice Mendoza) para guardar 
las baterías y tan gran pla^a, principalmente siendo la distan- 
cia que había de la una batería á la otra de más de níil y quinien- 
tos pasos ^ y i^in poderle '^er de una parte á la otra, A pesar de 
todo, los nuestros, no sólo rechazaron el asalto de la noche d^l 
7 al 8, que duró hasta las tres de la madrugada, sino otro terrible 
que dieron el 8, que duró dos horas. * 

Pero esta hermosísima victoria, como suele ocurrir á las de su 
clase, no podía ser definitiva. La cindadela de Gante, aislada é in- 
comunicada del resto del país, sin ninguna esperanza de socorro, 
faltándole la pólvora, y á punto de acabarse también los vívejres, 
hubo de capitular el día 1 1 de Noviembre, es decir, después de ha- 
berse firmado en la ciudad la famosa Pacificación. Mientras que 
los abades, señores y burgueses, reunidos en Estados Qenerales, 



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- 127 - 

acordaban y subscribían el célebre documento, especie de carta 
magna de la revolución belga,, tenía lugar el 'segundo asalto, re- 
chazado, como el anterior, por los sitiados. 

No aparece más en la historia este capitán Antonio de Álamos 
Maldonado; pero esta página de la defensa del castillo de Gante 
que escribió, es de las más bellas de las guerras de Flarídes, y, por 
tanto, de los anales militares de nHestra raza; es también, como la 
de los vadeos de Mondragóil, de las que no se han olvidado. Los 
Álamos de Medina del Campo erai\, según ya se ha dicho en este 
estudio, de las familias verdaderamente nobles, no sólo de la villa, 
sino de Espafla! en el siglo XVI. Sancho Panza, para ponderar la 
principg.lía de aquel hidalgo de su pueblo que convidó á comer al 
labrador que no quería sentarse á la cabecera de la mesa, por lo 
que tuvo que 6ir aquello de sentaos, majagr ansas, que adonde 
quiera que yo me siente será vuestra cabecera, dice de él: un hidal- 
go muy neo y principal, porque venia de los Álamos de Medina 
dfil Campo, De la riiisma cepa brotó el heroico defensor de la cin- 
dadela de Gante. 

Mendoza no cita más en tal concepto que á Álamos; pero todos 
los demás historiadores ponen á su nivel, y algunos más alta, á la 
mujer de Mondragón. Strada afirma de un modo resuelloque la mu- 
jer del caudillo fué alma de aquella brillante defensa, y Bentivoglio 
dice en una nota: La mujer de Mondragón, que se hallaba en el Cas- 
tillo cuando lo atacaron las tropas de los Estados, se defendió con 
un valor heroico, reemplazando á su marido de una manera ex- 
traordinaria en su sexo (1). Las historias flamencas conceden el 
primer puesto á Guillemette de Chastelet, y mu^ significativo es 
el 'hecho de que, ajustada en la capitulación la libre salida de los 
españoles sitiados, y cumplida esta cláusula por los vencedores (2), 
no quisieran éstos, sin embargo, soltar á la esposa del Coronel; por 
lo contrario, es hecho contado por todos y que dice muy poco en 
favor del Conde de Reulx, que la ilustre y valerosa señora fué lle- 
vada y paseada, como ifn trofeo, por las principales ciudades de 
Flandes, celebrando el populacho su cautiverio é insultando su in- 
fortunio con la insolencia y la crueldad propias de las pasiones po- 



(1) No podemos afirmar categóricamente si esta nota es de Bentivoglio ó del canónigo de 
Orleáns, Mr. Loiseau, traductor francés del Cardenal italiano, puesto que se halla en la edi- 
ción francesa de 1770. 

(2) La guarnición con armas y bagajes fué conducida hasta la frontera de Francia. 



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- 128 - 

líticas, excitadísimas en aquellos terribles días de entusiasmo y de 
odid(l). 

El grabado de Hogenberg que publicamos, también debido á la 
amabilidad de Mr. Paul Fr edericq, representa el momento de la ca- 
pitulación del Castillo, en que salen los soldados y son hechas pri- 
sioneras por los flamencos la mujer y las dos hijas de Mondragón. 
M. Prudetvan Duyse, en su Notíce sur la déjense sostenue au Cha- 
teau de Gand^ par Mme. Mondragón en 1576) refiere, bagado en 
documentos de la época, que, una ves que hubo capitulado ntada- 
me de Mondragón, y fué sacada del Castillo, se confiscaron sus 
dos vajillas de oro y de plata, y se dispuso sacarlas á pública su^ 
basta; pero habiendo llegado al país D. Juan de Austria, reclamó 
de los Estados Generales la suspensión de la venta, y que las va^ 
jillas fueran devueltas á su dueña, eff^ recuerdo de' la heroica de- 
fensa que había hecho en el Castillo. 

¿Qué había sido entretanto dq Mondragón? Las Memorias Ano- 
nimas puntualizan que su regimiento hallábale en Amberes el 13 
de Noviembre de 1576, donde hizo acto solemne de adhesión á los 
Estados Generales, lo que no quiere decir ciertamente que de mu- 
cho antes no hubiese abrazado dicha causa, y sin fijar fecha, dice: 
el Capitán Dragón fué sorprendido por el Conde de Hohenloe, so- 
bre el MartenS'Dyck. Estos dos datos inducen á creer que mien- 
tras se desarrollaban los sucesos de la revolución en las provincias 
de Flandes, los valones, si no juntos, por compañías, fueron al>an- 
donando á Zierikzée, y que Mondragón se vendría también, ó solo, 
ó con una escolta de soldados fieles, quizá alemanes, siendo dete- 
nido en el camino por el Conde de Hohenloe (2). Lo que parece 
cierto de todo punto es que nuestro héroe no fué en esta ocasión á 
verse con D. Juan de Austria, sino que estuvo prisionero, aunque 
no quepa precisar si de los belgas ó de los orangistas. 

Es, pues, absolutamente inverosímil la arenga ó parlamento 
que Lope de Vega puso en labios de Mondragón despidiéndose de 
D. Juan de Austria; discurso, por otra parte, poco en armonía con 
el carácter seco del Coronel, y que sólo demuestra, por tanto, el 
desconocimiento de dicho carácter por el gran poeta. Creemos, sin 
embargo, que agradará recordarlo aquí: , 



(1) Del Río lo cuenta así: Un titulado de Flandes. antes de dar libertad á la mujer del 
Castellano (Mondras:<!n) la llevó por algunas villas, como en triunfo, por señal de la vic- 
toria. 

(2) Cabrera de Córdoba refiere que Mondragón y su mujer, presos de los Estados^ fueron 
canjeados al darse el Edicto Perpetuo. , 



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- 129 — 

Ved, señor, cual vuestra Alteza 
ordena, dispone y manda 
salgamos los españoles 
úe Flandes para ir á España, 
las rodelas en las fundas, 
las espadas en las vainas, 
las trompetas en los hombros, 
•en los bagajes las cajas. 
Ya se libró la cerviz 
Plandes, de la dura carga 
de la opresión española 
que tanto la ofende y cansa; 
ya quedan con vuestra Alteza, 
■encargados de su guarda, 
' sus fuerzas en sus presidios, 

con sus soldados sus plazas: 
lloremos, que vuestra Alteza 
eá prenda importante y cara, 
^ del Rey vuestro señor es, 
del honor de £spaña el alma; 
es el sol de la milicia, ^ 

el laurel guardado de Austria, 
gran defensor dé la fe, 
mar de nuestras esperanzas, 
y queda el (nar suelto al viento 
y el sol entre nubes pardas, 
y la prenda en un empeño 
de sospechosa ganancia (t). 

Bien es cierto que ni Mondragón ni ningún español se despidió 
<le Don Juan, como supone Lope de Vega, porque precisamente 
cuando partieron de Flandes, no para España, sino para Italia, el 
mayor sentimiento que llevaban, según Del Río, es no haber visto 
al Señor Don Juan. Certísimo es también que Mondragón no se 
fué con los españoles. Ni Del Río, ni Mendoza, ni ninguno de los 
contemporáneos lo cita entre los que partieron. Es lo probable^ 
casillo seguro, que una vez publicado el Edicto Perpetuo, y libres, 
en su virtud, nuestro héroe y su familia, retiraríanse á la Lorena, 
de donde era Guillemette y tenía sus posesiones familiares. Aun- 
que muy en breve había de volver Cristóbal á los Países Bajos, ya 
no había de volver á pisar aquel Archipiélago de Zelanda, donde 
había hecho tan grandes cosas, y dejado, no sólo la memoria in- 



(1) Comedia Don Juan de Austria en Flandes. 



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- 130 - 

marcesíble de sus hazañas, sino también su espáSa, si hemos de~ 
creerá la tradición popular. Edmundo de Amicis, en efecto, ab 
enumerar las rarezas y singularidades que observa el viajero en¡ 
las misteriosas islas zelandesas, dice: ¿En qué otro país, como etr 
Wameldinge, la espada del Capitán español Mondtagón sirve der 
pararrayos d una torre? (1). 



(1) Holanda, 



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XIX 



ANTECEDENTES DEL GOLPE DE ESTADO DE NAMÜR. — LLAMAMIENTO A 
LOS ESPAÑOLES.— ALEJANDRO FARNESIO EN FLANDES. — MONDRAGÓN. 
SU AUTORIDAD EN ESTA ÉPOCA. 

Es fácil hacer una revolución; muy difícil regularla, y contener 
SUS efectos en los límites consentidos por la realidad histórica. 
Los católicos belgas creyeron de buena fe en el establecimiento 
de la libertad religiosa y de la autonomía política de sus provin- 
cias, bajo la autoridad, más honoraria que efectiva, del Rey de 
España, representada por su Gobernador general en los Países 
Bajos, y ni una cosa ni otra era posible en las circunstancias que 
á la sazón atravesaban. 

En lo religioso comenzaron á practicar la libertad de concien- 
cia con un alcance y descaro no consentido por los términos de la 
Pacificación de Gante, y que escandalizó profundamente á 0. Juan 
de Austria. Por policía y conveniencia^ escribía D. Juan al Rey, 
pata que creciese el trato y comercio deque se substentan, era ne^ 
cesarla esta libertad^ y como son tan interesados^ generalmente 
abrasan todo aquello que se encamina á este fin, sin acordarse de 
Dios ni de V. M. (1). Escobedo añadía: F^t? ciegos prelados^ los cié- 
rigos olvidados de todo lo que no es beber y vivir e'n libertad; los 
caballeros, muy aficionados á sus abadías,' los artesanos, que su 
Dios y su Madre es solo el trato, Y está esto admitido en tanta ma- 
nera, que con saber ellos quién es hereje, sin ningún escrúpulo, ca- 
san sus hijos los unos ct>n los otros sin distinción, como lo de la 
hacienda se acomode, que es el último mal á que se puede llegar, 
porque los unos y los otros, ton ésto, muestran claro que no creen 
ennada, sino en hacienda ^. ; . < 

t Pero los mayores enemigos de esta libertad de conciencia con 
que soñaban tan á deshora los católicos de Flandes, eran los pro- 
testantes. Había entre los rebeldes dos partidos ó tendencias: u^o, 



(1) Do^ J«an á F^Upe II,— Carta de 26 de Mayo ^e yoll^—Correspondance^ tomo V. 

(2) ídem, ídepi^ ^ ...:.. ;; 



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el sectario propiamente dicho, que tenía por jefe al lúgubre y feroz 
calvinista Felií)e Marnix de Santa Aldegonda; el otro, el político, 
dirigido por el Príncipe de Orange. Ambos estaban conformes en 
no respetar la tolerancia, tan querida por los católicos; uno, por 
odio sectario, y el otro, por temer que la paz destruiría su influen- 
cia revolucionaria. Santa Aldegonda quería que fuesen condena- 
dos á muerte, no sólo los católicos, sino los anabaptistas. El Prín- 
cipe era, por sus mismos parciales, acusado de ateo,, y es induda- 
ble que profesaba un cristianismo vago y acomodaticio á sus pa- 
siones y á sus intereses; si hubiera nacido en tiempos como los 
actuales, en que el escepticismo ambiente relega las cuestiones re- 
ligiosas á segundo término, él hubiera unido á católicos y protes- 
tantes en un solo estado, y constituido una gran potencia con los 
Países Bajos; en el siglo XVI sólo alcanzó^'á separar á unos de otros 
para siempre. Cuantas fórmulas discurriéronse entonces, y se han 
ideado luego para juntar la parte católica y la parte protestante 
han sido infructuosas. A últimos del siglo que vio la emancipación 
de Holanda, un gran político holandés, Oldenbarnevelt, convenci- 
do ya de que no podrían nunca marchar unidos, formuló un plan, 
que no se ha realizado hasta mediados del siglo XIX: constituir al 
Norte una república holandesa protestante, y al Mediodía, una re- 
pública belga católica. Guillermo de Orange tenía dos hijos: el 
mayor, enviado al principio de las alteraciones, como prisionero ó 
rehén, á EspaiPla, por el Duque de Alba, había sido educado muy 
católicamente por los Padres Jesuítas, en la Universidad de Alcalá; 
el menor era Mauricio de Nassau. Oldenbarnevelt se lisonjeó con 
la idea de que el hijo católico de Guillermo fuera stadhouder de 
la Bélgica católica, mientras que Mauricio, el hijo protestante, lo 
fuese de la protestante Holanda (1). Pero no era tiempo todavía 
para que pudieran realizarse estas cosas. 

Los protestantes holandeses no querían ser libres, sino, como 
los jacobinos de la revolución francesa y de nuestros días, domina- 
dores y tiranos; sus predicantes les presentaban á los católicos 
como cananeos idólatras, usurpadores de la Tierra prometida, que 



(1) Este plan fué reproducido en el siglo XVII por el gran Pensionario de Witt, y en el 
' fondo, es el realizado después de la revolución belga de 1830» con el Reino de Bélgica, bajo una 
monarquía católica, y el de Holanda, bajo otra prote:»tante. Y véase cómo t>ersisten los caracte- 
res históricos: el reino católico es, políticamente, más liberal que el protestante. Véase Fruin, 
catedrático de Historia nacional en la Universidad de Leyden, Explicación sobre Witt y si- 
tuación de Holanda en J660, en la citada obra de M. Paul Frederlcq (pág* 179). 



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- 133 - 

ellos, el pueblo escogido de la Nueva Alianza, debían exterminar, 
sin que hubiera perdón ni para los niños de teta. Según la doctri- 
na calvinista, un pueblo que oía misa no tenia derecho á la liber- 
tad (1). Así, los Estados Generales de Holanda se apresuraron á 
pedirá Guillermo el juramento de no tolerar en ninguna parte el 
culto católico. Las más atroces persecuciones empezaron en segui- 
da: en Alkmar, un rico burgués que había permanecido fiel á la 
Religión Cacólica,^ fué sometido al tormento con tanta barbarie, 
que murió en él; su hijo fué descoyuntado en la tortura, y se le dejó 
luego seis semanas en la cárcel para que recobrase fuerzas, al cabo 
de las cuales, se le sacó otra vez al suplicio, se le tendió en el sue- 
lo, le pusieron sobre el vientre una caja que la carne del desgra- 
ciado cerraba, llena de ratas hambrientas; las mordeduras le hicie- 
ron padecer horriblemente, pero no le mataron, y para que con- 
cluyese, se le qufemó vivo (2). A tan cristianos (?) entretenimientos 
vse abandonaban en todas las ciudades de que eran amos aquellos 
implacables libertadores (?) que tanto habían declamado contra la 
Inquisición española. 

Los católicos belgas que en busca de libertad y tolerancia se 
habían ido con los rebeldes, y abandonado á sus naturales aliados^ 
y defensores los españoles, viéronse chasqueados, y no bien triun- 
fó la Revolución, empezó en los espíritus un movimiento de reac- 
ción, vago y lento al principio; pero que el tiempo y los sucesos y 
desengaños ulteriores fueron aumentando y precipitando cada vez 
más. Este movimiento determina la segunda época d© las guerras 
de Flandes, tan gloriosa como la primera en el orden militar, y 
harto más cuerda en el político; porque ya no se trató, como en el 
gobierno férreo del Duque de Alba, de españolizar á los ñamencos, 
sino de ayudar á los católicos de aquellos países en su empresa de 
libertarse de los herejes que trataban de tiranizarlos, y de resta- 
blecer allí el orden con un gobierno respetuoso hasta el escrúpu- 
lo de los fueros y libertades políticas tradicionales. Alejandro Far- 
nesio.fué quien llevó á Flandes este sentido y espíritu de pacifica- 
ción, y por eso, no menos que por sus proezas militares, merece 



(1) Mdcablay» exponiendo la conducta de los puritanos ó calvinistas Ingleses, en sus rela- 
ciones con los irlandeses católicos. Según el gran historiador Inglés^ hasta fines del siglo XVIII 
no empezó á declinar la feroz intolerancia de los discípulos de Calvinb.—Véase Hist. de Gui- 
llermo, caps. VII, XLIX. 

(2) Fomeron, á pesar de su parcialidad anticatólica y antiespaftola, cuenta este hecho 
(Hist. de Felipe II), tomándolo de documentos de la época. 



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los más" justos elogios de ía posteridad; pero injusto seiía no reco- 
nocer, como reconoce Mr. Gachard, que el impulso iba de Madrid; 
era del Rey Felipe II. Y exige también la justicia declarar que 
esta política que tanta gloria dio á Farnesió, no pudo ser la políti- 
ési del Duque de Alba; porque en tiempo del Duque los flamencos 
católicos alimentaban la' ilusión de la libertad religiosa., principio 
con el que nunca quiso transigir Felipe II, 6, mejor dicho, la na- 
ción española; y en el tiempo de Famesio la libertad religiosa era 
para los católicos de Flandes una ilusión cruelmente desvanecida, 
esto es, un amargo desengaño. Prodújose, pu.es, espontáneamente, 
no por fórmulas de diplomáticos, sino por la fuerza misma de las 
cosas, una profunda conciliación, renunciando los flamencos cató- 
licos á sus inoportunos pujos de tolerancia religiosa, y Felipe II á 
sus intentos de hacer á sus subditos de Flandes e^iañoles ó semi- 
españoles, y la paz fué un hecho, quedando únicamente fuera de 
ella, y como enemigos de unos y de otros, los rebeldes protestantes. 

Todo esto, que sintéticamente se cuenta en tan pocas palabras, 
tardó en desenvolverse y verificarse muchos años, y fué resultado 
dé una evolución de sucesos larga y complicada que no nos incum- 
be referirá nosotros. Bástanos con indicar aquellas etapas del pro- 
ceso histórico en que tocó intervenir á Cristóbal de Mondragón. 

Pa:rtidos los españoles de Flandes, el grueso á Italia y algunos 
sueltos á ías regiones limítrofes, quedándose también varios más 
ó menos ocultos en el país (1), D. Juan de Austria permaneció en 
Bruselas intentando gobernar á gusto de los Estados generales. 
Pero en aquellas circunstancias las facciones triunfantes no que- 
rían un gobernador, sino un juguete, y no era hombre D. Juan 
para prestarse á papel semejante. Yo ando entre ^//os— escribía— 
como pelota en el juego, que uno me toma^ otro me deja (2). El 
vencedor de Lepanto se queja, con modestia suma, de que los ho- 
landeses conservan, á pesar de la pacificación de Gante, auxiliares 
extranjeros, ingleses y alemanes. GiuUermo de Orange responde 
cínicamente: ¿No conserva el Sr, D, Juan á Escobedo á pesar de 
que la pacificación excluye á los españoles? (3). Los holandeses 



(i) Los Estados pidieron d D. Juan que cometiese el cargo de buscar d ios forasteros 
que de secreto estaban en Flandes y no podían estar , (Del Río, Libro III). 

(2) Gachard: Correspondance, tomo V, pág. 248. 

(3) Id. ipAs. 810). Esta respuesta demuestra la escrupulosidad con que fué observada por '• 
nuestra parte la pacificación; porque se ve que Orange no podía echar en cara á D. Juan la 
permanencia en el país de otro español que su Secretario. 



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- 135- 

preparan otra revolución: el populacho de Bruselas, excitado por 
^agentes orangistas, acomete á los mosqueteros de la guardia de 
D. Juan, y los desarma, mientras que el gobernador estaba en 
un banquete (1). En varios lugares á la vez se conspira para coger 
ú D. Juan y reducirle á cautiverio en Holanda. Entretanto cunde 
-con suma rápide? la anarquía, y la gran ciudad de Amberes se de- 
clara en cantón independiente (2). 

Don Juan tuvo un arranque digno de su genio. Con pretexto de 
ir á cumplimentar á la Princesa Margarita de Valois, que tomaba 
los baños de Spa, salió de Bruselas, fué á Lieja, y organizó con su 
;fiel Berlaymondt y algunas compañías valonas, la sorpresa de la 
ciudad de Namur. Encontró á la Princesa cerca de Lfeja, y tan 
galante como siempre, quiso diferir el golpe de Estado; pareció 
que era bien dejarlo para después que la dicha Princesa fuese 
partida por hacer con ella el cumplimiento que era rasan (3). En- 
tró en Namur, y mientras comía con el gobernador belga, los sol- 
dados de Berlaymondt, mandados por los hijos de éste, apoderá- 
ronse, primero de las puertas, y en seguida de toda la ciudad (4). 

Namur, situada en el punto, de confluencia del Sambracon el 
Mosa, era en el siglo XVI una de las plazas que, por su posición 
geográfica y la fortaleza de su castillo, á que sirven de foso los dos 
anchos y profundos ríos, pasaban por inexpugnables. Con los po- 
cos valones de Berlaymondt estaba Donjuán allí se^ro de un gol- 
pe de mano. Jerónimo y Alonso de Curiel, banqueros españoles de 
París, suministráronle fondos (5), y la fidelísima provincia de Lu- 
xemburgo soldados y territorio. Don Juan en Namur era un poder 
pequeño y débil, pero era un poder, y no un juguete de las faccio- 
nes como en Bruselas. Desde Namur dirigió, á 15 de Agosto de 1577, 
aquella famosa carta á los soldados españoles idos á Italia, supli- 
cándoles que volviesen á Bélgica^ carta que comienza con las tan 
citadas palabras: Á. los magníficos, (¡imados y amigos míos, los 
-capitanes y soldados de la infantería española que salió de los 
Estados de Fl andes. Los españoles acudieron al llamamiento del 



(1) Cabrera de Córdoba.— Coí^c. Cjroen- Van /Vms/erer.— Fomeron. 

(2) Memorias Anónimas. 

(3) Colee, de Morel-Fatio, pág. 145, carta de D. Juan de Austria. 

(4) Esta sorpresa ó s^olpe^e Estado de Kamur fué uno de los acontecimientos que más 
llamaron la atención por su atrevimiento y traza novelesca en el siglo XVI, y que más real- 
txaron la figura legeadaria de D; Juan de Augtria. Todos los escritores contemporáneos lo cuen- 
^an, p<;ro no hay dos que estén contestes en los detalles ó pormenores. 

(5) Documentos inéditos, tomo LI. 



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- 136 ~ . 

romancesco Príncipe como una banda de caballeros andantes, sa- 
liendo entusiasmados de Lombardía, para cuyos habitantes era» 
una plaga, el día 15 de Octubre. 

Llamó igualmente Don Juan á cuantos caudillos y guerreros^ 
podían serle útiles en aquella ocasión, y á ninguno con el amor y 
vehemencia que á su sobrino Alejandro Farnesio.ííacido en Roma^ 
en 1544, hijo de Octavio iFarnesio y de Margarita ^e Austria, otra, 
bastarda de Carlos V; Alejandro se había educado en Madrid c(|n 
su tío Don Juan y su sobrino el infortunado Príncipe Don Carlos, 
y salió tan español, según escribía Tomás Armentero á Gonzalo- 
Pérez, que no sólo por la lengua (hablaba en castellano siempre), 
sino por sus maneras y costumbres, no parecía educado, sino na- 
cido en España (1). El 11 de Noviembre de 1565 casó en Bruselas- 
con la Infanta María de Portugal, hija del Principé Eduardo y nie- 
ta del Rey Don Manuel, y seis años más tarde, teniendo él veinti- 
siete, comenzó á guerrear; su bautismo de fuego no pudo ser más- 
glorioso: fué en Lepanto (2). * 

La invitación de su tío don Juan cogió al nieto de Carlos V en 
el Palacio de Parma, é inmediatamente, sin hacer provisiones, ni 
preparativos de ninguna especie, ni avisar á nadie, se puso en ca- 
mino para Flandes. Reducíase su comitiva al capitán español Pedro- 
de Castro, entretenido suyo (3), al barbero Tudesquin y al maestro- 
de postas de Piasencia. Iba el Príncipe tan en particular— dice 
Alonso Vázquez,— que en Alejandría, estando en la posada rezan- 
do de rodillas ante una imagen, como era su costumbre, el mochi- 
lero del alférez vizcaíno Orrio le tomó por un ladrón que había ro- 
bado á su amo un herreruelo. Avisado el Alférez, preséntase ante 
Alejandro, y le dice: Me habéis robado el herreruelo, y voto á tal, 
que me lo habéis de pagar. Con suma modestia respondió Farne- 
sio: Busque á quien se lo haya hurtado, porque yo no soy ladrón. 
El alférez salió del aposento á llamar á la justicia para que detu- 
viese al forastero, y mientras tanto, éste se bajó á la calle; había.- 
delante de la posada un corrillo de oficiales españoles, y Alejandro- 



(1) Gachard: Correspondance d'Alexandre Farfi^s^.-r-Premlére partie.— Introducción. 

(2) Saltó á una galeía turca, y como los suyos no pudieran seguirle Inmediatamente, que- 
dando aislado en la nave enemiga, á fuerza de audacia, valor J^ fuerza física se apoderó de 
ella. 

(3) Se llamaban entonces capitanes entretenidos á los que sin tener mando de r.ompafiía,. 
estaban á las órdenes inmediatas ó servicio especial de un General ó Príncipe, como los actúa— 
les ayudantes. Conviene advertir que esta comisión, considerada hoy como indispensable, y- 
que lo es efectivamente, era mirada como una corruptela por los técnicos del siglo XVI. 



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- 137 - 

se acercó á ellos y les preguntó si tenían nuevas de Flandes, sobre 
todo si había aún paz en aquellos Estados. ' 

/Pa^/— exclamó el alférez Chavarría, también vizcaíno. — ¡Por 
vida de tal, que moriría desesperado si no me hállase en quemar 
á la villa de Bruselas con todos los herejes que hay dentro dellaí 
Replicó el Príncipe: ¿Y cómo, queriéndolos tan mal, no se ha ido- 
con la infantería? Contestó el alférez que por falta de salud, di- 
neros y licencia, y Alejandro ie dijo entonces: Salud no os la ptie-^ 
do dar; pero le llevaría conmigo á Flandes de muy buena gana. 
El alférez se volvió á sus camaradas, exclamando: ¡Por vida de: 
tal, que éste debe ser espía de los Países Bajos, y si nOy miradle 
las lechuguillas, que las trae á la flamenca. 

Llegó en esto al corro el capitán Pedro de Castro, y le dija 
Farnesio: «^ buen punto he comentado mi jornada^ pues en el me^ 
son me han tenido por ladrón, y estos señores por espía, -s» No- 
había terminado de decirlo, cuando se presentaron allí la justi- 
cia, llamada por el alférez Orrio, y el capitán D. Diego de Cór- 
doba, gobernador de la ciudad. Reconocido el Príncipe, quedaron^ 
confusísimos cuantos habían equivocado su persona tan desgra^ 
ciadamente; pero Chavarría acreditó que no eran fanfarrona- 
das sus dichos de querer ir á Flandes, porque ajlí mismo pidió y 
obtvivo acompañar á Farnesio, y éste (añade Vázquez) le kiso' 
merced. 

Llegó Alejandro á Luxemburgo, donde á la sazón se hallaba 
D. Juan de Austria, el 17 de Diciembre. Era tan de mañana, que 
D. Juan, aunque gran madrugador, no estaba levantado todavía, y 
salió á la escalera en camisa, y abrazó á su sobrino, jurándole que 
jamás había expQ;rimentado alegría igual á la que le producía su 
llegada. « Vistióse de prisa Z>. Juan^ y fuéronse juntos d misa;^ 
vueltos á casa, comieron con suma brevedad, como los dos lo tenían 
por costumbres (1). 

Encontró Farnesio, repartidos entre Luxemburgo y Namur, -k 
los soldados españoles que habían vuelto de Italia, en número de 
unos seis mil combatientes, y con ellos otros valones, alemanes é: 
italianos, que completaban un ejército, si bien inferiorísimo numé- 
ricamente al que tenían los Estados, de muy superior .calidad. Allí . 
se hallaba también nuestro Cristóbal de Mondragón, que debió de 



(1) Vázquez: Sucesos de Flandes, del que hemos extractado estas anécdotas y pormenor 
res del viaje de Farnesio. 



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- 138 - 

ser de los primeros en acudir al llamamiento de D. Juan de Austria, 
4esde la Lorena ó desde el punto en que pasara la 'temporada de 
ostracismo, y que, á pesar de sus sesenta y ocho años, venía á em- 
prender esta nueva, difícil y l^r^a campaña, con el entusiasmo de 
un mozo; acompañábale su ami^o y antiguo subordinado Verdugo, 
diecisiete años más joven que él, y también coronel de valones, que 
había estado, durante la época de la expulsión de los españoles, 
guarneciendo la villa y fortaleza de Thionville, en el Luxemburgo, 
-con sil regimiento de valones, que no se había deshecho (2). Entre 
Mondragón y Verdugo existía, no sólo una gran semejanza de ca- 
racteres y de carrera, sino el vínculo de una amistad entrañable, 
robustecida por el agradecipiiento; ambos estuvieron en el Luxem- 
burgo con el Conde Pedro Ernesto de Mansfeld, hasta la llegada 
del Duque de Alba, y cuando se levantó el regimiento de valones, 
de que fué coronel Mondragón, Verdugo fué capitán de una de sus 
compañías. Y mandándola estuvo hasta la época del sitio de Har- 
leu, en que ocurrió lo que cuenta el biógrafo contemporáneo y 
anónimo de Verdugo, en estos términos: 

«Quiso el Duque de Alba, para esta jornada, crear un nuevo 
cargo en la milicia, no visto hasta entonces, que era sargento ma- 
yor de todo el campo y ejército; y aunque pudiera el Duque fiar de 
sí mismo la elección de la persona que fuese á propósito para regir 
este ministerio, ó por favorecer al coronel Mondragón, ó por lo que 
fiaba de $u buen consejo, ó por todo junto, que sería lo más cierto, 
le comunicó este su deseo y le dio cuenta del, ordenándole le avi- 
sase quién juzgaba que cumpliría con las obligaciiMies del nuevo 
oficio con la puntualidad que peddt cosa tan importante. Respondió 
Mondragón á S. E. que fiaba tanto (ie las buenas partes del capitán 
Francisco Verdugo, que en primer lugar se lo proponía para que 
-echase mano del para aquella ocupación, y que no sabía de otro 
más á propósito.» Verdugo fué sargento mayor por esta recomen- 
dación de su coronel» y el ascenso sirvióle de puente, y no largo, 
para pasar él también á coronel de valones. 

Quien no se hallaba en aquellos momentos con D. Juan de Aus- 
tria y Alejandro Farnesio era el Conde Pedro Ernesto de Mansfeld, 
porque Juan Octavio Gonzaga, buen militar, pero envidioso é in- 



^ (1) Esta circunstancia, que consta por la biografía anónima de Verdugo, publicada por el 
Sr. Rodríguez Villa, permite sospechar que tampoco Mondragón saldría de los Países Bajos» 
■quedándose, como él, en Luxemburgo. 



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- 139 -^ 

trigante, deseoso de obtener el mando en jefe de la caballería, le 
había* indispuesto con D. Juan, hasta el punto de tenerle éste por 
traidor, y pensar en castigarle secretamente) Ya se sabe lo que en 
^1 siglo XVI significaba en política esto de castigar secretamente 
á un traidor; pero Alejandro Farnesio, más sereno y reposado que 
su heroico y romancesco tío, templó la cólera de D, Juan, dice 
Vázquez, evitando á su gloria una mancha repugnante, y prestan- 
do inestimable servicio á la causa española: no había flamenco más 
leal á la Corona que el insigne Conde. 

Algunos historiadores modernos suponen á Mpndragón y Ver- 
dugo, y aun á Mansfeld, mandando la infantería española en este, 
■ejército de D. Juan de Austria, reunido en Namur y Luxembur- 
^o (1). No es exacto. Mansfeld no se hallaba en el campo entonces; 
Verdugo seguía al frente de su regimiento valón, con el que había 
guarnecido á Thionville, en el año de 1577, y Mondragón conti- 
nuaba también con el título y oficio de coronel de valones. La in- 
fantería española, que había sufrido durante sií ausencia dos pér- 
didas irreparables de caudillos: la de Sancho de Ávila, llamado á 
España, y la de Julián Romero, muerto de una caída de caballo en 
Oemona, venía bajo la conducta de sus jefes naturales: á Julián 
Romero, sucedió en el mando del Tercio viejo D. Fernando de To- 
ledo, apodado el Tío^ por' serlo del Duque de Alba; y figuraban allí 
también el celebérrimo Francisco de Valdés, D. Gabriel Niño y, 
X). Pedro de Paz y otros maestres de campo muy notables, á los que 
pronto se unió D. Lope de Figueroa, que habiendo hecho tantas 
<:oáas grandes en la guerra, debe, sin embargo, la inmortalidad, no 
^ sus hazañas, sino al genio de Calderón de la Barca que lo puso 
^n frente del Alcalde de Zalamea. Como coronel de alemanes iba 
un portugués ilijstre: Gaspar de Robles^ Barón de Velli. 

Pero ninguno de estos caudillos tenía entonces la autoridad é 
importancia de Mondragón. Después de D. Juan y de Alejandro 
Farnesio, era él la primera figura del ejército; nada se hacía sin 
consultarle previamente, y donde no se hallaban D. Juan y Farne- 
sio, mandaba él en jefe. 



(1) Así, ▼. gr.: Forneron, cuya ligereza no será nunca bastante censurada. {HisU de Feli' 
^e II, parte II, caps. I-VI). Barado {Siiio de Amberes, pág. 60), también dice: Mondragón^' 
Verdugo, Mansfeld figuraban al frente de nuestra infantería; pero conviene advertir que 
Barado sólo traza, en esttf parte de su interesante y precioso libro, un cuadro sintético de los 
.Antecedentes del sitio de Ambones, y no hay, por tanto, que exigirle una rigurosfi exactitud 
■^XL los pormenores de cada periodo 6 momento de la guerra. 



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XX 



DESPROPORCIÓN DE FUERZAS AL EMPEZAR LA CAMPAÑA DE 1578.— BA- 
TALLA DE GEMBLOÜX. — IMPORTANCIA DE MONDRAGÓN EN EL EJÉRCI- 
TO. — TOMA DE LIMBOÜRG.— VOLADURA DEL CASTILLO. 

La campaña que iba á empezarse con el año de 1578, era de aque- 
llas en que aparecen tan desiguales las fuerzas respectivas de los 
beligerantes, que nadie, en su cabal juicio, puede augurar al más 
débil la victoria. De laé trece provincias ó regiones que, según 
Mendoza (1), componían los Países Bajos, sólo una, el Luxemburgo,. 
nos pertenecía por completo, y en otra, el condado de Namur, do- 
minábamos la capital, es decir, que nuestra posición reducíase al 
rincón sudoeste de los Estados, y teniendo allí fronterizos, á Fran- 
cia, siempre recelosa y envidiosa de nuestra dominación en Flan- 
des, y al imperio alemán, donde nos odiaban los protestantes por 
católicos, y los católicos por exagerados en nuestro celo religioso^ 
En el reducido territorio en que. se apoyaban nuestras armas, ha^ 
bía cinco plazas fuertes (en el siglo XVI lo eran todas las ciuda- 
des y villas de alguna importancia), y dos que lo eran verdadera- 
mente— Luxemburgo y ,Namur,— aseguraban nuestra posición de- 
fensiva. El ejército con que contaba D. Juan de Austria no pasaba 
de 10.000 hombres entre españoles, valones, alemanes, borgoño- 
nes é italianos; su calidad era, en cambio, inmejorable; lo mejor de 
lo mejor que en aquella época cabía juntar. La penuria económica,, 
característica de nuestro siglo de oro, estaba por «el momento re- 
mediada con los fondos que los banqueros españoles de París ha- 
bían suministrado patrióticamente, según se dijo ya en el numera 
anterior, á D. Juan de Austria. 

En frente de tan reducidos elementos, ofrecían las once provin- 
cias sublevadas una fuerza inmensa en territorio, plazas fuertes^ 
recursos, soldados del país, auxiliares extranjeros— ingleses, ale- 
manes y franceses,— milicianos bien organizados y muy aptos para, 
defender las ciudades, y en entusiasmo y ardor por la causa que 



(1) Decimos seg^in Mendoza; porque en la numeración de los Estados Bajos hay singulares 
discrepancias en los autores del siglo XVI. 



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- 141 - 

habían abrazado* El odio contra los españoles y contra la política 
y el gobernador español, y contra todo lo que oliese á España, era 
vivísimo, lo mismo en los holandeses que en los brabanzones, en 
los católicos que en los protestantes. Pero un observador s^gaz 
hubiese advertido que tal bloque presentaba ya más de una grieta, 
y que á poco que se le zarandease, se resquebrajaría: los nobles ca- 
tólicos que, á últimos de 1576, mostráranse tan decididos por la li- 
bertad religiosa, veían claramente á principios de 1578, que tal 
libertad no había sido más que un puente para pasar de la intole- 
rancia católica á la protestante, todavía más dura que aquélla, por 
ser irregular y demagógica, y fieles á su fe, si no volvían aún los 
ojos á los españoles, apartábanlos ya de los holandeses. Sintiendo 
-este desvío, Orange buscaba el apoyo de. la plebe, y de aquí la de- 
magogia triunfante en todas las ciudades de. Bélgica: de muchas ha- 
bíase apoderado ya la anarquía más desenfrenada, y gemían otras 
bajo innobles y violeñtísiínas dictaduras plebeyas. A la ilusión de 
que la salida de ^os españoles significase la pacificación del país, 
había sucedido el desengaño, y he aquí el punto de apoyo que 'de- 
bían encontrar en su empresa los 10.000 veteranos reuáidos entre 
Namur y Luxemburgo, á las órdenes del heroico bastardo ide 
Carlos V. 

Lo más urgente era desembarazar los alrededores de Namiir 
del ejército de los Estados.. Era este ejército numeroso, compuesto 
de católicos y prptestantes; tenía un cuerpo auxiliar excelente de 
fanáticos calvinistas escoceses, mucha y buena caballería y un 
magnífico tren de batir; Juan de Nassau, en carta aí Ladgrave de 
Hesse, decía que era el ejército de Israel, y su general, el señor de 
■Goignies, no escaseaba las bravatas y fanfarronadas en sus partes 
-á Bruselas: nada nienos se proponía que tomar á Namur y arrojar 
del Luxemburgo al Sr. D. Juan y á cuantos* con él estaban; pero al 
observar que las columnas realistas, lejos de esquivar su encuen- 
tro, avanzaban resueltas de Luxemburero á Namur, lo primero que 
se le ocurrió, fué levantar el imperfecto bloqueo que tenía estable- 
cido en torno de Namur, y retirarse un poco en busca de mejor po- 
sición defensiva. 

No eran D. Juan y Farnesio caudillos que dejasen escapar las 
ocasiones favorables, y así sorprendieron al ejército de Israel en su 
movimiento de retroceso, y en el momento y paraje más adecuados 
para batirlo. Alejandro, qué iba persiguiéndolos al frente de la ca- 
ballería, apreció, con la clarividencia del genio, el instante en que 



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- 142 - 

la configuración del terreno tenía enhóndó 41a infantería enemiga, 
yá la caballería, empellada parte en tina pendiente, y otro trozo en 
la cúspide del gran barranco áque tenían todos que bajar. Dio inme- 
diatamente la orden de cdrga, y aunque sólo llevaba consigo cien 
jinetes, lanzóse á su cabeza, espada en mano: la carga fué de las 
buenas que se han dadb en el mundo, y su éxito inmenso; los escua- 
drones enemigos, no viendo al grueso de su ejército, juzgándose 
abandonados, se arremolinaron y huyeron, atropellando en su fuga 
á los milicianos belgas. Llegaron pronto el resto de nuestra ca- 
ballería y los infantes, y la victoria fué tan rápida como decisiva; 
sólo los escoceses se batieron bien al abrigo de unas huertas; mu- 
rieron de los enemigos seis mil, y perdieron los cañones, las ban- 
deras y todo el bagaje. Tal fué la batalla de Gembloux, librada 
el 31 de Enero de 1578.' 

Para D. Juan de Austria, tan espléndida victoria fué un laure 
digno de Lepanto; para Farnesio, su prestigio de gran guerrero y 
gran capitán; los soldados habían de seguirle ya qon esa entusiasta 
confianza que sólo ponen los buenos veteranos en los caudillos dig- 
nos de su valer; para Orange y el Archiduque Matías, jefes á la 
sazón de los rebeldes, el descrédito como militares, pues huyeron» 
de Bruselas, temerosos del ejército vencedor, buscando refugio e» 
Amberes; para la causa española en general, la victoria era la pri- 
mera piedra puesta en la obra de su difícil reconstrucción. Aún ha- 
bía que colocar muchas sobre ella; pero el sillar era de los que so«^ 
portan todo el peso que se quiera. 

No vamos nosotros á relatar, siquiera sea ligeramente, las glo- 
riosas campañas, á la vez políticas y militares, de Alejandro Far- 
nesio, ese gran capitán ^ como escribió Chateaubriand, qtie fijó el 
moderno arte de la guerra. Nos limitaremos á indicar la interven- 
ción que tuvo en las principales etapas de ellas nuestro Cristóbal 
de Mondragón. 

Después de la batalla de Gembloux, el ejército mandado por 
D. Juan de Austria, su jefe, se dividió en dos trozos: uno dirigido- 
por Octavio Gonzaga, y otro á las órdenes de Alejandro Farnesio,. 
• que atacó y tomó una porción de ciudades circunvecinas, muchas 
de las cuales resistieron heroicamente; Admira el valor con que se 
defendían los holandeses, flamencos y brabanzones, sólo compara^ 
ble al de los nuestros en el ataque; pero apena el relato de las inau- 
ditas crueldades que se cometían, como cosa corriente y ordinaria,, 
en aquellas campañas del siglo XVI. Farnesio, que nunca pasó por 



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- 143 — 

cruel, ni ha dejado mala fama en este punto, cuando decía: allá 
voy, no se quedaba atrás de ninguno. 

Véase^ por ejemplo, lo que hizo en la pequeña ciudad de Sichen^ 
y no contado el áuceso por los enemigos, sino por Alonso Vázquez^ 
capitán español y entusiasta panegirista de Alejandro. Indignado 
porque la guarnición no se había rendido antes del asalto, no quiso 
acceder, como pretendieron, á que capitulasen á su merced, sino á 
. la de la soldadesca, y luegp que abrieron las puertas del castillo^ 
mandó que todos los prisioneros entrasen en una sala, y se pusie- 
ran en hilera, y que con una gran maza les fuesen dando en la& 
sienes, hasta matarlos á todos. Así perecieron más de trescientos, , 
y algunos pocos, hujnendo de tan bárbaro suplicio, se tiraron de 
cabeza al foso, donde murieron ahogados. Al gobernador subieron 
á lo alto de la torre para ahorcarle; él envió á decir á Farnesio que 
como caballero pedía que le cortasen la cabeza; pero no estaba el 
general aquel día en ánimo de nacer mercedes, y no accedió; el in- 
feliz entonces se tiró de la torre abajo, cayendo en el foso lleno de 
agua, y no se mató. Volvieron á subirle, y ya téhía el cordel al 
cuello^ cuando le propusieron que se confesara. Respondió que no, 
que el traía en el pechó quien había de consolarle en el último tran- 
ce, y sacó un retrato de su dama, que miró y besó bruscamente, y 
arrojó en seguida en el foso, diciendo al verdugo que cumpliera su 
oficio. ^ 

Lo más triste para la naturaleza humana es que, leyendo aten- 
tamente la historia, se saca la dolorosa convicción de ser esta^ 
atrocidades útiles, no sólo á la causa que se defendía, sino en cier- 
to modo á la humanidad misma, porque intimidaban á los enemi- 
gos, espantándoles de caudillos capaces de obrar de esa suerte, y 
les quitaban el ánimo para extremar su defensa. Así se vio en el 
sitio de Limbourg, plaza más importante que Sichem, y cabfeza del 
condado de su nombre, que ya tomada la ciudad, al entrar en el 
castillo el emisario de Farnesio á proponer la rendición, halló al 
gobernador y su mujer muy turbados, temerosos de ser tratados 
como los de Sichem, y Farnesio, aprovechando este pavor, ordenó 
que Mondragón asegurase á todos los sitiados las vidas, como lo 
hizo, con lo que capitularon en seguida, evitándose así con el ho- 
rror de la matanza de Sichem, el horror, que hubiera podido ser ma- 
yor en cantidad, de la matanza del asalto de Limbourg. Quizás la 
guerra no sea más cruel cuando se hace con más crueldad, smoal 
contrario; porque dependiendo esta calamidad llamada guerra, en 



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- . - 144 - 

alguna parte al menos, de la voluntad de los hombres, todo aque- 
llo que aterre á esta voluntad es adecuado para impedirla, quítauí- 
4o él deseo de promoverla; y al revés, las guerras humanitarias,' 
<^ballerescas y románticas, excitan los ánimos á seguirlas con el 
helio y atrayente espectáculo de la lucha, en sí misma peligrosa, 
pero no horrible y repugnante. Los amantes de la paz no deben 
apetecer sino que las guerras sean cada vez más mortíferas, cos- 
tosas y bárbaras; así habrá menos. 

* La toma de Limbourg es importante en la biografía de Mondra- 
^ón. Llegó el ejército delante de la plaza el día 9 de Junio, y acam- 
pó, por orden de Farnesio, donde indicó Mondragón, á quien Ale^ 
i andró quería mucho y respetaba por su edad , valor y experien- 
jcia (í). Rendido el castillo el día 15, quedó en él alojado el Coronel, 
y llegada la noche, quedóse profundamente dormido. Mientras 
tanto unos criados suyos andaban revolviendo por las cámaras y 
^estancias en busca de despojos, y ¿on una vela entraron en el pol- 
vorín, donde había dieciocho barriles de pólvora; cayó una chis- 
pa ein uno de los barriles, y se produjo la más espantosa explosión; 
voló todo el edificio, quedando en pie únicamente la pieza en que 
-dormía Mondragón, aunque sin techumbre. 

El ejército, que, cansado de las faenas diurnas, dormía en sus 
alojamientos á pierna suelta, despertó sobresaltado y se lanzó á la 
-calle arma al brazo, creyendo quizás en una sorpresa del enemigo. 
Acudiendo todos al castillo, vieron allí el espectáculo de un in- 
menso montón de ruinas, de que salían como humaredas grandes 
nubes de polvo. Farnesio, que fué de los primeros en llegar, púso- 
se á llamar á Mondragón á voces, y con general sorpresa, oyóse 
la voz del Coronel saliendo de las ruinas, y diciendo: estoy vtvo, 
pero no puedo bajar de donde estoy porque me hallo desnudo y 
no hay escalera. Llevaron una de mano y un traje, y descendió 
Cristóbal del paraje en que milagrosamente se había salvado. 

Farnesio le recibió en el suelo con los brazos abiertos y pre- 
guntó qué había ocurrido. Respondió Mondragón que no sabía 
más, sino que se acostó en su cama debajo de techo y se desperta* 
da Viendo el cielo raso, y sin ver pared ni suelo eh que ponerse de 
pie (2). Maravillóse Farnesio, y, más cuando subió él mismo á ver 
-el lugar en que estaba la cama del Coronel; dijo á éste que, pties 



(1) Vázquez. 

(2) Vázquez. 



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- 145 - 

Dios le había librado de tan grave peligro^ es que le guardaba 
para mayores cosas, y que le difse gracias. Mondragón fuese á 
la iglesia y no se hartaba de darlas^ Nuestro Señor (1). 

Todavía se conservan los restos del castillo en que sucedió tan 
singular incidente, y que era entonces una de las venerables ciu- 
dadelas belgas de la Edad Media %. El suceso de la voladura hizo 
mucho ruido, y los rebeldes sacaron de él el partido posible. «La 
fama del caso (escribió Cabrera de Córdoba) aumentada, y el he- 
cho crecido por los rebeldes, alharaquientos, invencioneros y men- 
tirosos, verdaderamente discípulos del más astuto que valiente 
Príncipe de Orange, para sacar dinero y hacer olvidar la pérdida 
de Limbourg y la rota de los.franeeses cerca de Chinmay , lo exten- 
dieron por librillo impreso, refiriendo que mató el estragoal Prín- 
cipe de Parína, á Mondragón y á los más principales del ejército 
del Rey». Del librillo ó folleto impreso por los rebeldes con la falsa 
noticia de la muerte de Farnesio y Mondragón, hablan también 
Vázquez y todos los demás historiadores de. las guerras de Flan- 
des. Coloma confundió indudablemente las circunstancias del he- 
cho, al referir, en la breve biografía de Mondragón inserta en sus 
Anales, que llegó la bueiía suerte del Coronel á volarse una ves el 
castillo de Damvillers, de donde era gobernador en el ducado de 
Luxemburgo, y quedar él sano y salvo en el hueco d€ una venta- 
na^ de donde fué menester gran trabajo y tiempo para sacarlo, sin 
quedar ofendido del fuego ni de las ruinas. No es verosímil que la 
ocurrencia de volarse el castillo que habitaba, se repitiera en la 
vida de Mondragón; hay que creer, por tanto, que esta voladura 
que Coloma refiere al castillo de Damvillers, fuese la que ocurrió 
en Limbourg; y falso debe ser también, que la mujer de Mondra- 
gón le acompañara en este caso, sucedido fen la noche inmediata á 
la toma de una ciudad; además de que Alonso Vázquez, actor en 
el sitio de Limbourg, y por consiguiente, testigo presencial, nada 
dice de la mujer de Mondragón (3). 



(1) ídem. 

(2) Limbourg fué arrasada por los franceses en 16'5, quedando sólo la ciudad 6 barrio alto 
donde están las ruinas del castillo. Reedificada luego, tomó el nombre de Dolhain; pero el ba- 
rrio alto sigue llamándose Limbourg. 

(3) Cuenta, en cambio, varios incidentes curiosos de la catástrofe^ v. gr., que al volarse el 
castillo entraba en Limbourg una mujer enferma, llevada en una silla por cuatro hombres, y 
la lluvia de cascote que parecía caer del cielo, mató á los cuatro, dejando en salvo á la mujer. 
Cabrera de Córdoba (lib. XII-V), asegura, en cambio, que la voladura sólo costó la vida á dos 
personas; cosa inverosímil, pues en el castillo no estaría alojado únicamente un Jefe de la ca- 
tegoría de Mondragón. 

10 



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XXI 



TOMA DE DALHEM. — HUMANIDAD DB MONDRAGÓN. —SITIO DE MAES- 
TRICHT.— ÚLTIMO VIAJE DEL CORONELA ESPAÑA.— MONDRAGÓN, CON- 
SEJERO DE FARNESIO. 



Es curioso el episodio que cuenta Vázquez respecto del nom- 
bramiento de Mondragón para gobernador de la villa y ducado de 
Limbourg, hecho por Farnesio en el mismo día del memorable ac- 
cidente que acaba de referirse. Diííe que en cuanto nuestro Cris- 
tóbal salió de la iglesia, que sería probablemente la de San Jorge, 
primorosa joya del arte ojival no ha muCho entonces restaurada, 
de dar gracias á Dios por haberle salvado de la voladura del cas- 
tillo, fuese al palacio ó alojamiento de Alejandro, y que éste, que- 
riendo empezar á premiar los dilatados servicios del Coronel, di- 
jóle que iba á escribir inmediatamente á D. Juan de Austria, par- 
ticipándole la victoria, y que le dejaba á él por gobernador de 
todo aquel estado de Limbourg, mientras que S. A. no dispusiese 
otra qosa. «Mondragón le besó las manos por la honra y merced 
que le hacía; pero le rogó que no le encargase del gobierno hasta 
que S. A. confirmase la merced, y para que fuese más cumplida, 
se la hiciese de pedirla á S. M.» No gustaba, por lo que se ve, 
nuestro castellano viejo de los cargos interinos, ni se satisfacía 
con cualquier cosa, y él, que había disputado con el Duque de 
Alba, resistiéndose á ceder en lo que juzgaba de su interés legí- 
timo, tampoco se dejaba seducir por el genio y encanto juvenil 
de Farnesio; quería las cosas bien hechas, positivas, y sucesos 
como el del castillo no eran suficientemente poderosos para modi- 
ficar ó ablandar su carácter. Farnesio prometióle hacer cuánto 
exigía; pero le rogó, no sólo que tomase posesión desde luego del 
gobierno, sino que saliese al punto á campaña, para terminar la 
conquista del ducado de Limbourg que aún no estaba rematada. 



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- 147 -^ 

Poseían, en efecto, los rebeldes el fuerte castillo de Dalhem, 
construido en alto, sobre peña nva, en posición inexpugnable 
casi para los elementos de guerra del siglo XVh Sobre Dalhem 
marchó Mondragón con el más numeroso trozo del ejército y tires 
cafiones de sitio: llevaba la orden de ver de apoderarse de la en- 
riscada fortaleza por un golpe de mano, y si no podía conseguirlo 
en tres ó cuatro días, volverse rápidamente á Limbourg, sin dar 
tiempo al ejército enemigo, que no andaba lejos, de cortarle la 
retirada. 

Llegó Mondragón al frente de las tropas de diferentes naciones 
puestas á sus órdenes, y con su celeridad de /Siempre, abrió las trin- 
cheras y puso baterías; pero pronto hubo de advertirse lo inútil del 
empeño; porque las balas rebotaban en la pefta que servía de ci- 
miento y aun de muro al castillo. Mandó suspender el cañoneo, y 
andaba dando la vuelta al recinto para sorprender su punto débil, 
cuando sucedió el más singular é imprevisto incidente; sin saberse 
por qué» se armó gran gritería en el campo de los>españoles, y cre- 
yendo los de Dalhem que se trataba de dar el asalto, acudieron 
en gran número á aquel paraje de la muralla; pero el Barón de Gi- 
brao, coronel del regimiento borgoñón, acampado en la parte opues- 
ta del recinto, también oyó las voces y también creyó en el inme- 
diato asalto, y envidioso de la gloria y botín que iban á ganar los 
nuestros, ordena á los suyos que á escalas vistas suban á la mura- 
lla. Este golpe de inconsciente audacia tuvo un éxito completo: en 
menos que se cuenta quedó la villa por los borgoñones; derramá- 
ronse por las calles, y aquéllo fué un horror de saqueo y matanza: 
cadáveres de mujeres y niños, bárbaramente degollados, veíanse 
por todas partes. Un borgoñón que era criado del Coronel, abrió 
por dentro la puerta que caía frente al campo de los españoles, y 
entraron éstos también á participar de aquellos salvajes excesos. 

Pero en aquellas circunstancias resplandeció la humanidad de 
Mondragón. Quedó contento del suceso -áxce Y éizqaez^ — pero le 
pesó que hubiese sido á costa de tanta sangre inocente, Y puso tér- 
, mino enérgicamente á los desmanes de la soldadesca, mandando 
enterrar á los muertos y curar á los heridos. Sacó al ejército 
de Dalhem, dejando presidio mandado por uno de sus sobrinos 
que iban con él; probablemente sería Gaspar, que no sabemos de 
cuál de los hermanos del Coronel era hijo; pero sí que nació, como 
su tío, en Medina del Campo, fué alférez del maestre D. Sancho 
Martínez de Leyva, ascendido á capitán por Farnesío, y que des- 



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- 148- 

pues de haber servido muy bien en Flandes, desempeñó en Oran 
el importante cargo de sargento mayor (1). 

Es también de notar que, tomada Dalhem, no volvió Mondragón 
á Limbourg, sino que se fué á Namur, donde residía D. Juan de 
.Austria, lo que parece indicar que seguía en sus trece de no pose- 
sionarse del gobierno, pafa que había sido designado por Farnfe- 
sio, sin un nombramiento superior y en toda regla. Y más digno 
de mención lo que ya observaron los historiadores católicos anti- 
guos de las guerras de Flandes, y fué que cuando salió el librillo 
que dice Cabrera, ó las relaciones impresas que dicen Bentivoglio 
y Vázquez, con que los rebeldes anunciaban la muerte de Mondra- 
gón en la voladura del castillo de Limbourg,. había ya tomado el 
supuesto volado y muerto otro castillo: el de Dalhem. 

De Namur salió el Coronel con todo el ejército, acaudillado en 
persona por D. Juan de Austria, el 20 de Julio. Los enemigos es- 
taban en oste tiempo más fuertes que á principios de año, cuando 
se libró la batalla de Gembloux; porque, no sólo habían reorgani- 
zado sus tropas con auxiliares de todas las naciones, sino que con- 
taban con el ejército alemán del Duque Casimiro y con el ejército 
francés del Duque de Alen9on. Después de una gran batalla inde- 
cisa, y que si nuestros enemigos hubieran sido más emprendedo- 
res, pudiera haber sido desastrosa, hubo que tomar posiciones en 
un campo atrincherado, no muy lejos de Namur. Allí sufrieron 
nuestros soldados penalidades sin cuento; para ir de una barraca á 
otra, era menester meterse en el lodo hasta las rodillas, y para 
buscar el sustento, que merodear en trece ó catorce leguas de 
contorno. En esta triste temporada murió en Namur D. Juan dé 
Austria (2). 

Al año siguiente (1579), Alejandro Farnesio, gobernador gene- 
ral desde la muerte de su tío, y contando ya con un ejército de más 



(1) Vázquez dice que Mondragón dejó por gobernador de Dalhem á Fulano de Mondragón 
su sebrino; pero compulsando los tiempos y circunstancias personales, parece que este Fula- 
no debió de ser Gaspar, y no Alonso, el hijo de Magdalena, y después yerno de Cristóbal, que 
por esta éptfca no debía de estar tan adelantado en su carrera. 

(2) El 2 de Octubre, según Vázquez; pero la Relaciófi, inserta en la Colección de Documen- 
tos Inéditos, tomo VII, pág. 543, dice que fue el !.•: la enfermedad de S. A fué de tabardi- 
llo ó modorra, y una almorrana que le cortaron, de que murió á 7.® de Octubre de 1578, 
después de diecisiete de enfermedad. El maldiciente Brántome apunta que el Príncipemurió 
de la peste que había tomado de la Marquesa de Havre. Esto, como lo de haber sido enve- 
nenado por medio de unas botas perfumadas, no son más que consejas. Y conseja debe ser tam- 
bién lo referido por Strada (libro V) de que trajeron su cuerpo al Escorial dividido en trozos, 
cada trozo encomendado á un caballero, y que en el Escorial se recompuso el cadáver^ vistién- 
dolo de gala, para que lo viese Felipe II. 



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- 149 - 

de 25.000 hombres, derrotó en batalla campal al Duque Casimiro, 
y puso sitio y tomó la ciudad de Maestricht. Monografía especial 
merece este célebre asedio, que duró cuatro meses, y fué conclui- 
do por un terrible asalto victorioso el 29 de Junio; suceso notable 
por todos conceptos, hasta por el literario, puesto que fué argu- 
mento para Lope de Vega de una de sus mejores comedias nacio- 
nales ó patrióticas (1). 

Nosotros hemos de limitarnos á indicar la parte prin9ipalísima 
que tocó A Mondragón en esta gran empresa militar. Maestricht 
está situado, como saben nuestros lectores, sobre el Mosa; la ciu- 
dad propiam€;nte dicha se asienta en la ribera izquierda del cau- 
daloso río, y en la derecha se levanta el arrabal de Wyk; comuni- 
cando ambas orillas, ó sea la ciudad y el arrabal, hay un puente 
de nueve arcos, obra del siglo XIII^ aunque hoy aparece, según la 
reformó, en el XVIII, el famoso hermano dominico Fr. Román, que 
era de Maestricht, constructor del puente real de París. Maestricht 
ha sido desde los más remotos tiempos uno de los principales pasos 
del Mosa; los romanos la llamaban por este concepto Trajectum 
superius, distinguiéndola de Utrech que era el Trajectum inferius. 

La mayor dificultad que ofrecía para Farnesio el asedio dé 
Maestricht era esta posición topográfica; no era posible mantener 
la unidad ni él contacto del ejército sitiador, cortado en dos mita- 
des por el río, y si se ceñía el sitio á la ribera izquierda, los sitia- 
dos recibirían constantemente socorros por la derecha, y aunque 
fueran dosalo jados de la ciudad, siempre les quedaría el puente 
para huir, y aun para fortificarse en él, privando al vencedor de la 
principal ventaja que le podía reportar aquella conquista, cual era 
la posesión de utí paso seguro sobre el Mosa. No había, pues, más 
remedio que dividir en dos el ejército, encomendando á uno de los 
trozos el ataque de la ciudad, y al otro el de Wyk. \ 

Así lo hizo Alejandro, reservándose las tropas destinadas á ope- 
rar en la ribera izquierda y enviando á Mondragón á la derecha 
con un conjunto de soldados valones, borgoñones y alemanes; para 
gobernar esta gente y sostenerla en la pomarca donde iban á acam- 
par, se le dio ei título de gobernador del país más allá del 
Mosa (2), región donde nada poseíamos, dominándola en absoluto 
los enemigos; Mondragón tenía, pues, que mantenerse allí, por de- 



(1) El asalto de Mastrique por el Pf incipe de Partna. 
(2 Cabrera de Córdoba. 



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- 150 - 

cirio así, en el aire, muy pegado al arrabal de Maestricht para te- 
nerlo en vigoroso bloqueo, y en las posiciones convenientes para 
impedir y prevenir los intentos de socorro del enemigo, que preci- 
samente por la orilla derecha tenían lugar. Sólo un jefe de la ini- 
ciativa é inagotables recursos de Mondragón era capaz dt desem- 
peñar con lucimiento comisión semejante, como sólo un jefe de 
temperamento tan adecuado al mando de gentes diversas, era ca- 
paz de sacar partido de un ejército tan heterogéneo, como el que 
se le había dado para desempeñarla. 

No hay que decir lo airoso que salió nuestro héroe de la difícil 
prueba. Ni nadie pudo entrar en la plaza sitiada, ni salir de ella 
forzando ó burlando la línea de bloqueo, y el día del asalto, los ene- 
migos, perdida la ciudad, intentaron continuar la defensa en Wyk; 
pero las gentes de Mondragón asaltaron á su vez tan oportunamen- 
te el arrabal, que frustraron la tentativa. La entrada en Maestricht 
pareció espantosa, aun á los que llevaban muchos años guerrean- 
do en los Países Bajos, y habían asistido allí á muchas tomas de 
plazas; el saqueo dicen que duró nueve meses, y los soldados, en- 
riquecidos, jugaban en las calles entre los escombros de los edifi- 
cios, y observados por los grupos famélicos de los habitantes, redu- 
cidos á la mendicidad (1). 

Mondragón no presenció estos horrores. Las penalidades del ase- 
dio, que soportó como cualquier otro soldado, djeterminaron en Far- 
nesio una enfermedad tan grave, que se le creyó, y lo creyó él, á 
las puertas de la muerte; sin poder salir de su tienda, tendido en 
su lecho de campaña, hizo el heroico Príncipe confesión general, y 
recibió la extremaunción; un síncope hizo creer á los maestres de 
campo, coroneles y capitanes que le rodeaban, que había ya muer- 
to; vuelto en sí, hizo señas á Mondragón para que se le acercase, 
y con voz muy queda^ entrecortadas las palabras por la fatiga, que 
los circunstantes tomaban por estertor de agonía, díjole que par- 
tiese cuanto antes á España, y diese cuenta al Rey del estado de 
los Países Bajos, advirtiéndole los muchos amigos falsos que allí 
tenía, y sobre todo, que no accediese jamás á sacar las tropas es- 
pañolas, como seguían pidiendo los brabanzones y ñamencos, y 
aun poniéndolo por condición de someterse, según estaban ya ne- 
gociando. 



(I) El sitio de Maestricht fué tan sangriento, que sólo de españoles perecieron más de 1.500, 
y entre ellos 26 capitanes y tres sargentos mayores. 



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- 151 - ^ 

En camino se puso inmediatamente Mondragón, pues en carta 
de Felipe II al Duque de Parma, fechada en el Escorial, el 12 de 
Septiembre de 1679, manifiesta el Rey que le ha hablado Mondra- 
gón de las cosas de ahí(l). No hay otra noticia de este viaje del Co- 
ronel, que fué seguramente el último que hizo á España, donde ya 
no debía volver, sino sil cadáver, y es lo probable que no pasó» ó 
al menos que no se detuvo esta vez en Medina del Campo, porque 
ningún testigo de las Informaciones lo dice, yunque varios, segiin 
ya queda indicado, se refieren á su estancia en 1570, más antigua. 

Durante este viaje, y tanto por efecto de la victoria de Maes- 
tricht, como de la política del Duque de Parma, las armas del Rey 
adelantaron prodigiosamente en los Países Bajos. Bien es verdad 
que la política de Farnesio no tuvo que hacer sino aprovecharse 
de las enormes faltas cometidas por los protestantes holandeses, 
los cuales, según se ha dicho ya, fen cuanto se vieron libres y vic- 
toriosos, empezaron á tratar á los belgas católicos como á parias, 
pretendiendo imponerles su religión, y encendiendo en su país, á 
modo de castigo por no renegar de la fe, el fuego de las pasiones 
demagógicas. En el primer tercio del siglo XIX, después de la caí- 
da de Napoleón, se vio á belgas y holandeses formar un reino de 
los Países Bajos, bajo el cetro de ün descendiente de Guillermo el 
Taciturno: los belgas, hartos de sucesivas dominaciones extranje- 
las, acogieron con entusiasmo aquella unión; pero, á poco, el espí- 
ritu intolerante y dominador de los holandeses provocó en Bélgica 
una reacción, y parecieron á los belgas peores amos sus hermanos 
del Norte que los mismos aborrecidos extranjeros. Este drama, des- 
arrollado desde 1814 hasta 1834, en que consiguió Bélgica emanci- 
parse, y constituir el pequeño y. floreciente Reino que admira hoy 
él mundo entero por su buen gobierno y su industria, no fué sino 
pálida reproducción del grande y terrible drama desarrollado des- 
de 1576 hasta ^2; entonces, como hace setenta y tantos aftos, al 
entusiasmo loco por la unión siguió el desengaño reflexivo de la 
servidumbre, y fué para el belga su hermano el holandés, el ser 
más aborrecible de la tierra. El protestantismo dividió para siem- 
pre á los Países Bajos en dos pueblos irreconciliables; ahora mis- 
mo preferirían los belgas una dominación francesa á una unión 
con Holanda. 

La política de Farnesio consistió en aprovechar estas circuns- 



(1) Gachard, Correspondance d*Alexandre Farnese, pág. 129. 



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- 152 ~ 

tandas diestramente, y atraerse á los católicos; asi, debe decirse 
que si la cuestión religiosa nos hizo perder los Países Bajos en 1576, 
esa misma cuestión nos los hizo tiecobrar aftos después, aunque 
sólo en parte, puesto que las regiones protestantes del Norte y 
del Oeste quedaron l)erdidas para siempre. Pero más que á la bio- 
grafía de Mondragón pertenece esto á la de Alejandro Farne^io ó 
á la historia general de las guerras de Flandes. Durante los aflos 
de 1580 y 1581 aparece nuestro Coronel figurando en el consejo del 
Duque de Parma, que se componía de diez miembros, todos princi- 
pales personajes; á la cabeza estaba el anciano Conde de Mansfeld, 
y el segundo era Mondragón. 



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XXII 



MONDRAGÓN, MAESTRE DE CAMPO DEL TERCIO ViájO.— LO QUE ERA ÉL 
TERCIO VIEJO.— SITIO DE NINOVE.— TOMA DE LINQUERQUE, — SITIO DE 
AMBERES. — ATAQUE DE LILLO: SUS CONSECUENCIAS HISTÓRICAS. — 
TOMA DE AMBERES. 

Hsta 1582 siguió Mondragón mandando su regimiento de valo- 
nes, cosa, en el siglo XVI, compatible y aun base natural de los 
oficios de general y consejero que también venía desempeñando; 
pero en el citado año, habiendo vacado, por regreso á España de 
D. Fernando de Toledo, el tío del Duque de Alba, la maestría de 
campo del Tercio viejo^ nombró Farnesio para mandar este célebre 
cuerpo á nuestro Coronel, el cual dejó así de ser coronel propia- 
mente dicho, para convertirse en maestre de campo^ ó sea jefe de 
tercio español. Habíase hecho él tan famoso, sin embargo, con el 
título de coronel, que aunque oficialmente ya no lo fué, ni en el 
ejército, ni en el pueblo, ni en la historia perdió nunca esta deno- 
minación. 

El Tercio viejo, que mandó Cristóbal desde 1582 hasta 1588, era 
la flor y nata de la Infantería española. Todos los cuerpos de infan- 
tes españoles que á la sazón militaban en Flandes, eran viejos, es 
decir, de antigua creación, y merecían el apelativo, no sólo por 
esto, sino por llevar dentro de sí un núcleo, mayor ó menor, pero 
en todos relativamente numeroso, de soldados viejos y esto es, de 
gran antigüedad en el servicio, núcleo que daba carácter ó tono al 
conjunto. Pero el antonomásicamente llamado Tercio viejo, era por 
uno y otro concepto el más viejo de todos; «el tercio viejo se llama 
así— dice Herrera,— porque en él había banderas del tiempo del 
Gran Capitán, del Emperador y del Duque de Alba» (1), en lo que 
se advierte que no se computaba entonces la antigüedad de los 



(1) Historia General del mundo. 



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- 154 ~ 

cuerpos por la del tercio mismo, sino por la de las banderas ó com- 
pañías que lo formaban, viniendo á ser el tercio, por este y otros 
aspectos de su organización, una unidad compuesta, más semejan- 
te á las actuales brigadas ó divisiones que á los modernos regi- 
mientos. Y corto se quedó Herrera al referir la antigüedad de al- 
gunas de las compañías del Tercio viejo á la época del Gran Capi-. 
tan; porque Vázquez, que lo conocía mejor, la remonta nada menos 
que al reinado de Juan II (1). Pero sea de esto lo que fuera, es lo 
cierto que el Tercio viejo mantuvo hasta que fué reformado ó di- 
suelto en 1590, una primacía de honor indiscutible sobre todos los 
demás de la Infantería. Refiriendo ^u reforma escribió Herrera: 
^ast se deshiao la más antigua y valerosa legión que jamás hubo 
en la nación españolar*; y algo más adelante añade: ^^era la verda- 
dera escuela de la milicia española^*; y Vázquez por su parte puso 
al cuerpo disuelto este hermosísimo epitafio: f^cuando se supo en 
España la reforma del Tercio viejo no Jué menor el sentimiento 
que en Flandes, donde los herejes de Holanda é Inglaterra hicie- 
ron muy grandes alegrías de ver desarboladas banderas que tanpo 
les habían oprimido y sujetado por, tan largos años. » Coloma llama 
al Tercio viejo ^padre de todos los demás, y seminario de los ma- 
yores soldados qne ha visto en nuestro tiempo Europa.r* 

Los tercios no tenían por esta época denominación, título ni 
aun apofjo oficial; en el período inmediato anterior á las guerras 
de Flandes eran designados por el nombre de las regiones que 
guarnecían, y así, los cuatro que llevó á los Países Bajos el Duque 
de Alba, se llamaban, respectivamente, de Lombardía, Ñapóles, 
Cerdefta y Sicilia (2); este último era el Tercio viejo, entonces man- 
dado por Julián Romero. En el transcurso de la guerra, pero sin 
que pueda precisarse cuándo, sustitúyense los nombres, geográfi- 
cos por los de los maestres de campo de cada uno, siguiendo en 
esto el uso de los regimientos valones y alemanes, y los cuatro 
tercios citados se llamaron entonces de Londoflo, Ulloa, Braca- 
monte y Romero. El tercio viejo, ó de Romero, fué, á la muerte de 
este famoso maestre de campo, el tercio de D. Fernando de To- 
ledo, y de 1582 á 1588, el Tercio de Mondragón. 

Así se le designa en todos los documentos, estados, relaciones 
é historias de la época; pero los soldados tenían por costumbre 



(t) *Ettas banderas-^ice- estaban las más deltas arboladas en tiempo de Juan IL* 
(2) Colección de documentos inéditos para la Historia de España, tomo IV, pig 381. 



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- 155 - 

distinguir cada tercio por un mote ó apodo, expresivo de la cuali- 
dad ó defecto que más les chocaba en él. Al Tercio viejo, ó de 
Mondragón, apellidaban Tercio de los Vivanderos^ aludiendo á lo 
admirablemente que sabían aquellos veteranos buscarse la comida 
y cuanto les era menester; para ellos no había cerraduras, ni es- 
condrijos, ni secretos en las paredes, ni cuevas; olíanlo todo como 
finísimos sabuesos, por retirado y oculto que estuviese. Con este 
mote alternaba el de Tercio de los Sacristanes^ y era esto por ves- 
tir de negro sus soldados, y no porque tal fuese su uniforme, que á 
la sazón, ni en mucho tiempo después, se conoció tropa uniforma- 
da (í), sino porque se hacían el traje de la tela usada por las cam- 
pesinas flamencas para los suyos; tela que les salía baratísima, 
toda vez que el uso inmemorial del Tercio viejo era, como dice 
Vázquez, garbearla. 

Al Tercio de Pedro de Paz quiso Alejandro Farnesio que se le 
apodase, después de la campaña de 1583 en que cosechó innumera- 
bles lauíeles. Tercio de las Victorias; pero la soldadesca siguió 
llamándose Tercio de los Almidonados, por lo mucho que cuidaban 
sus infantes del atavío y adorno, especialmente de los cuellos, 
y también Tercio de tos Pretendientes, por decirse que sus hom- 
bres estaban siempre echando memoriales y solicitudes. Tercio del 
Cañuto era el de Agustín Idláquez,. por conservar de noche en- 
cendidos en unos canutos de cafla las cuerdas ó mechas de los ar- 
cabuces, buena costumbre militar adquirida en la guerra de Por- 
tugal., y que no perdió en la de Flandes. Al tercio de D. Antonio 
Manrique llamaron de La Zarabanda, por haber importado este 
baile á los Países Bajos; sus soldados, en que abundaban los anda- 
luces, eran grandes bailadores y guitarristas. Los del Terqio de 
D. Antonio de Zúñiga llegaron á Flandes,*haciendo el viaje por 
Italia y Alemania, sin que en todo el larguísimo camino recibieran 
otro socorro que un ducatón por plaza que les dieron en Milán; 
quejáronse con sus camaradas de la exigüidad del socorro; pero 
sólo sacaron, á fuerza de repetir lo del ducatón, que Tercio deldu^ 
catrín fuera llamado el suyo para siempre. 

Estos motes no indicaban menosprecio de unos soldados á otros, 
pues leyendo con atención las relaciones contemporáneas, adviér- 
tese que ni siquiera rivalidad existía entre los tercios; todos los 



(1) Hasta la segunda mitad del siglo ^tVlI no hubo uniformidad reglamentaria en el traje 
de la tropa. 



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- 156 - 

infantes españoles formaban como un solo cuerpo, unido estrecha- 
mente por el vínculo del paisanaje y del más cariñoso compañeris- 
mo; lo que había que temer en los ejércitos de Flaades era la exa- 
geración de este mismo espíritu nacional, y la rivalidad entre las 
diferentes naciones. Merodeaban, v. g., unos soldados nuestros en el 
sótano de una taberna, y revolviendo los trastos, hallaron doce ca- 
dáveres de compatriotas; cogen al tabernero, y le hacen confesar 
que aquellos infelices, yendo heridos, camino del hospital, habían 
sido asesinados por los villanos de un lugar vecino; los soldados 
dan la noticia á sus camaradas de los dos tercios de Mondragón y 
de Paz, y aquella noche, cuando todo dormía en el campamento, 
los soldados de uno y otro se salen uno á uno sigilosamente, bur- 
lando la vigilancia de sus oficiales y cabos; reúnense en el sitio de- 
signado, van al lugar, le prenden fuego, y matan á todo bicho vi- 
viente. 

Al frente de su tercio peleó Mondragón en la batalla que se*dió 
junto á Gante al ejército del duque de Alengón, en 1582*Fué tan 
recia la lucha, y anduvo el nuevo maestre de campo tan metido en 
ella, que le mataron el caballo. Vino en seguida el sitio de Ninove, 
famoso por el hambre que allí- se sufrió: muchos murieron de ina- 
nición; en la mesa de Farnesio llegó á faltar el pan; hubo capitán 
que dio una cadena de oro de doscientos ducados por treinta panes 
negros con que sustentar á su compañía; D. Sancho Martínez de 
Leiva pagó diez ducados por dos tortas, hech^^s con miel, ajenji- 
bre, clavos y canela, que solían usarse para desayuno en aquellos 
paíse$ y época; las naciones se desbandaron, y sólo triunfó de la 
terrible prueba la constancia española. Siete españoles que anda- 
ban forrajeando, muy apartados del campamento, llegaron á un 
molino, donde hallaron* á cincuenta valones comiendo, y aun hol- 
gándose en una verdadera francachela; pídenles los nuestros par- 
ticipación en el festín, y los valones, no sólo rehusan, sino que los 
despiden de mala manera; los españoles se marchan bramando de 
coraje; pero no lejos. Embóscanse por allí cerca, y esperan la no- 
che, y cuando calcularon qiíe ya los valones, rendidos al beber y 
al cansancio, dormían á pierna suelta, vuelven al molino, le pegan 
fuego, y allí concluyeron aquellos malos camaradas, unos ^brasa- 
dos, y otros que se despertaron antes, á filo de espada. 

Pero el más curioso de los episodios del sitio de Ñinove es éste: 
D. Gonzalo Girón, sargento mayor (iel terció de Paz, fué al aloja- 
miento de Alejandro á recibir la cuotidiana orden; dejó á la puerta 



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- 157 - 

el caballo, y al ^alir hallóse con que los soldados de la guardia lo 
habían matado, y ya lo tenían dividido en trozos para ponerlo en 
las parrillas. Girón, lejos de incomodarse, pidió su ración y nada 
perdió, pues enterado Farnesio le regaló imo de sus caballos. 

Tomada la plaza, mandó Farnesio á Mondragóu que con su ter- 
ciOj algunos valones y alemanes y seis cañones, fuese á tomar el 
castillo de Linquerque. Hacía tanto frío, que se heló el agua del 
foso de este castillo; fácilmente se rindieron los doscientos hom- 
bres que lo guarnecían. Y poco después empezaron las operacio- 
nes preliminares del sitio de Amberes, la gran operación militar 
del siglo XVI que el italiano Pedro Fea encuentra sólo comparable 
al sitio de París por los alemanes en 1870 (1), empresa que todavía 
estudian, no sólo los eruditos, sino los profesionales de la gue- 
rra, y de la que poseemos excelentísimas monografías y relacio- 
nes, desde la de Lothrop Motley (2) hasta la de nuestro insigne 
Barado. 

No hemos de repetir, ni aun de extractar lo ya contado por ta- 
les maestros; únicamente diremos qué, como en el sitio de Maes- 
tricht, Mondragón fué destinado á completar el cerco por el pasa- 
je más peligroso, ó sea por la ribera derecha del Escalda; la hueste 
de nuestro medinés había de operar aquí, sin embargo, en condi- 
ciones harto más difíciles que en Maestricht, pues estaba encajo- 
nada entre el río que dominaban los enemigos con sus escuadras, 
y la tierra de Holanda que dominaban con sus fuerzas terrestres, 
teniendo además que conquistar ó que neutralizar la acción de va- 
rios fuertes, ó construidos ú ocupados por los holandeses en las ri- 
beras del Escalda. Sostenerse allí con cinco mil hombres, y no sólo 
á la defensiva, sino cooperando activa y eficazmente á la toma de 
Amberes, era cosa únicamente accesible al genio y á la consumada 
experiencia de un caudillo como Mondragón. 

Entre los fuertes de que acabamos de hacer mención, había uno 
destinado á dejar tristísimo recuerdo en la historia de Amberes, y 
aun de toda la Bélgica; tal era el de Lillo, que el mismo Mondra- 
gón había hecho construir, cuando con Sancho Dávila tenía por 
misión defender contra los zelandeses á la gran ciudad flamenca. 



(1) En su obra Alexandre í* ámese» 

(2) •Histoire des Provinces-Unies des Pays-Bas depuis la mort de Guillaume le Ta- 
ctturne fusqu^á la la tréve des donjse ans (1584-J509), — Traduit de l'anglais par Ernest 
Rordy.— París, 1870.»— ^La, narración del sitio de Amberes— dice Fomeron— es la obra maes- 
tra de Lothrop Motley. > \ 



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- 158 - 

Escogió tan admirablemente el lugar para edificarlo, que, no sólo 
resultó de mucha eficacia para impedir á escuadras enemigas el 
paso por el río, sino inexpugnable contra cualquiera que lo ataca- 
se, ya por agua, ya por tierra. Mondragón había de coniprobar 
ahora, pero á costa suya y de la causa que defendía, el valer de su 
fuerte. Porque lo primero que le previno hacer Farnesio én la ribe- 
ra derecha del Escalda, fué tomar á Lillo, por rebato ó sorpresa, 
que la misma noche que llegara cerrase con el castillo, y procura- 
se de improviso ganar la plasa^ sin dar lugar á que los rebeldes 
advirtieran lo que debían hacer (1). órdenes semejantes se dan más 
fácilmente que se ejecutan, y á veces lo último es imposible. Así 
ocurrió entonces; Lillo no pudo ser tomado por sorpresa (2), y el 
ataque en regla fué infructuoso; los sitiados apelaron al sup^remo 
recurso defensivo que tenían, cual era el de abrir la exclusa del 
Escalda, é inundar la campiña de improviso, soltando el agua so- 
bre las columnas de asalto. Murieron unos dos mil soldados de los 
que acaudillaba Mondragón, y entre ellos los capitanes Luis Tole- 
do y Pedro de Padilla. 

Todo induce á creer, sin embargo, que si se hubiera insistido eñ 
el ataque, Lillo habría caído en poder de los nuestros, cosa que 
si no para el efecto inmediato del sitio, para el porvenir de Ambe- 
res y de todos los Países Bajos, habría sido de suma importancia. 
A pesar de la inundación, nuestros soldadoá sal\raron sus cañones 
llevándoselos á brazo, buscaron nuevas posiciones, y ya estaba 
todo dispuesto para nuevo asalto, cuando llegó la orden de Farne- 
sio <ie abandonar aquella empresa, y fortificarse un poco más 
abajo de Lillo, incomunicando á este fuerte con Amberes. No 
debe ser calificada de errónea esta determinación del Duque de 
Parma; porque, en efecto, para el objetivo de tomar á Amberes 
no ,era Lillo indispensable: y para impedir la navegación por el 
Escalda mucho más eficaz que lal posesión de un fuerte ribereño 
que, con los cañones entonces en uso, no podía señorear la cauda- 
losa corriente, sino de un modo muy imperfecto, era construir 
aquel gran puente fortificado, obra maestra del genio de Farnesio. 



(1) Vázquez. 

(2) Decirlo así parécenos, no sólo más justo, sino más verosímil, teniendo en cuenta el ca- 
rácter de Mondragón y las circunstancias gererales déla campaña, que lo escrito por Barado: 
el valor de Mondragón no corrió esta ves parejas con su diligencia, y á causa de la lenti- 
tud con que se moviera, dio lugar d que se apercibieran los del fuerte.,, etc. Nada justifica, 
á nuestro entender, esta manera de apreciar los hechos. 



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- 159 - 

Pero si no fué verdadero error militar, sí fatal en sus consecuen* 
ciasliistóricás. 

Dejar á Lillo en poder de los holandeses, fué matar el porvenir 
de Amberes. Llegamos á dominar la gran ciudad; pero en Lillo si- 
guió tremolando, y cada vez más fortificada y cada vez mejor de- 
fendida por cañones de más alcance, la bandera de Holanda; esta 
bandera significó allí constantemente la clausura del Escalda para 
la navegación; Amberes fué una ciudad secularmente bloqueada. 
¿^o habían de decaer su comercio, su riqueza y su población? En 
Amberes no entraban, ni salían más barcos que los que quería, y 
con el cargamento que permitía el Gobierno holandés. Aun en 1830, 
cuando los belgas emancipáronse por última vez de los holandeses, 
siguieron éstos prohibiendo arbitrariamente la libre navegación 
por el Escalda, es decir, continuaron utilizando, contra la prosperi- 
dad de Amberes y de toda Flandes, el fuerte que Mondragón hizo 
construir en 1574, y que no pudo tomar en 1584. Nueve aftos dura- 
ron las negociaciot^es diplomáticas entre Bélgica, Holanda y las 
grandes potendas, acerca de la libre navegación, y hasta 1839 
no se arrió de Lillo la siniestra enseña de la ,tiranía entonces, 
cuando Lillo dejó de ser una fortaleza holandesa, Amberes respiró, 
y volvió á encontrar la senda de su asoiyibrosa prosperidad mer- 
cantil de los siglos XV y XVI; volvió verdaderamente á ser Am- 
beres. ; 

Claro es que nada de esto podía preverlo Alejandro Farnesio, al 
ordenar que se suspendiera el ataque contra Lillo; pero no por eso 
dejó su idea de tener tan larga y funesta transcendencia. ¡Graví- 
sima responsabilidad de los que mandan ejércitos y dirigen impe- 
rios!... ¡Parece mentira que haya tantos hombres cegados por el 
espejismo seductor de las elevadas posiciones, en que se toman esas 
resoluciones aparentemente sencillas, pero que pueden transcen- 
der á los siglos venideros! 

El mismo día que se retiró Mondragón de Lillo (10 de Julio 
de 1584) fué asesinado en Delf el Príncipe de Orange. 

La intervención de nuestro Cristóbal en todo el sitio de Ambe- 
res fué activísima, y siempre gloriosa. El 4 de Agosto del mismo 
uño de 1584 obtuvo en el Dique-maestro aquella magnífica victo- 
ria en que, con pérdida de veinte muertos y treinta heridos, hizo 
mil novecientas bajas á los rebeldes. Por su consejo se construyó 
el puente ó estacada que decidió la suerte de Amberes, un poco 
más abajo de Lillo, en el paraje más angosto del río. Él, finalmen- 



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- 160 - 

te^ cerró como con f ortísima cadena las comunicaciones de la gran 
ciudad flamenca con Holanda, contribuyendo, como ninguno de 
los auxiliares de Alejandro, á la conquista de Amberes. 

Llegó, por fin, el suspirado día, aquel 27 de Agosto de 1585, en 
que, con pompa de vencedor romano, entró en la rendida Metró- 
poli aquel romano hispanizado que se llamó Alejandro Farnesio. 
Pedro de Castro, el capitán que llevaba siempre consigo Alejan- 
dro, su ayudante que diríamos hoy, fué quien, puesto á caballo en 
la Plaza Mayor, delante del Ayuntamiento y dando frente á la ma- 
ravillosa Catedral gótica, gritó: ¡Viva el Rey Católico nuestro 
Señor!, y como si el eco transmitiese aquel grito, íbanlo repitien- 
do por todos los ámbitos de la ciudad los ciudadanos católicos, la 
mayoría de la población indígena, para quienes significaba él tér- 
mino de un verdadero cautiverio babilónico, y el principio de una 
era de libertad; Amberes, dominada por el feroz calvinista Marnix 
de Santa Aldegonda y por una turba de sectarios forasteros de 
todas las naciones» se sentía libre al verse conquistada; salían los 
burgueses católicos de los escondrijos en que gimieron tantos aflos, 
siempre temerosos de los esbirros del Gobernador, ó de los desma- 
nes de la turba cosmopolita, que había sido duefta de la ciudad. 
Invadían las iglesias, cerradas ó convertidas en capillas protestan- 
tes, y sin aguardar á las ceremonias canónicas de la bendición, 
volvían á poner en los altares las santas imágenes, é improvisaban 
TeDeutna y otros cánticos de triunfo. Entonces se colocó en la fa- 
chada del Ayuntamiento la estatua colosal de la Virgen Santísima, 
que allí está todavía. 

Las fiestas triunfales duraron hasta el 2 de Septiembre. No fue- 
ron nuestros soldados quienes menos parte tomaron en ellas. An- 
tes, por lo contrario, á sí mismos se excedieron en aquella ocasión 
memorable. El puente ideado por Alejandro para cortar el Escal- 
da, máquina portentosa que aún admiran los ingenieros militares, 
fué convertido por los infantes que Jo habían construido, en her- 
moso salón de fiesta. Los castilletes que protegían sus entradas 
se transformaron en arcos de triunfo, y otros de ramaje adornaronr 
la plataforma, cuyo pavimento, regado con tanta sangre, fué al- 
fombrado ahora de ricas telas, y de hierbas y flores. Columnas y 
pirámides de madera y cartón, forradas de blanco lienzo, mostra- 
ban inscripciones, jeroglíficos, epigramas y sonetos en loor de Ale- 
jandro. Preparado el salón en pocas horas, empezó la fiesta, que 
fué toda de comida, bebida, canto y baile, agasajando los vetera- 



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- 161 — 

-nos á las beldades del país, que de su naturalesa son Ubres, y muy 
Jblancas, rubias, hermosas y corteses, poco limpias en el comer, 
y en el vestir muy aseadas (1). Sonaba de continuo la mosquetería 
disparada en salvas, y también las cajas, pífanos y trompetas, á 
que se reducían las charangas entonces, mezclándose las coplas 
•de la patria lejana con las de aquella tierra del peligro y de la 
-gloria, que para muchos de los nuestros, allí. casados y con hijos, 
-constituía ya una segunda patria. 

' El alegre estruendo atrajo á Farnesio, y agradándole su obra 
maestra de poliorceta convertida en real de feria, ideó dar en ella- 
oin gran festival, al uso flamenco, á las damas católicas del país. 
Despacháronse al punto mensajeros á Gante, Brujas, Bruselas y 
^trbs lugares, y pronto viéronse sobre la plataforma de la estaca- 
-da más de ochocientas señoras principales, lujosamente vestidas, 
la mayoría de negro para que resaltase mejor la blancura brillan- 
te de cuellos y manos, y aquel color de las mejillas, mezcla de le- 
^he con hojas de rosa, de que sólo Rubens había de sorprender el 
secreto artístico. Tendiéronse á lo largo del puente mesas con 
blancos manteles y rica vajilla de plata y oro, y los más sabrosos 
manjares, y los vinos más exquisitos del universo, diéronse cita 
-en aquellas mesas para regalo de damas y galanes. 

No hay que maravillarse de ello; porque Flandes era en aquel 
tiempo la tierra clásica de los festines y banquetes, paraíso de glo- 
tones y golosos. Los mercados de aquellas ricas ciudades asom- 
l^raban á los viajeros de países más pobres ó más sobrios; veíanse 
^11 í «liebres que costaban tanto como un cerdo, pollas cebadas que 
valían lo que cinco pollos, faisanes de precio igual á un carnero; 
tm centenar de ostras costaba lo mismo que dos faisanes, y un 
rombo, un salmonete y un ciento de cangrejos, más que tres cer- 
-dos" (2). Amén de los pescados de agua salada y dulce, que eran 
-objeto de activísinio comercio, y de las ricas carnes, leche y quesos, 
productos también del país, los barcos holandeses y belgas lleva- 
ban constantemente á Flandes lo mejor de lo mejor que se criaba 
-en todas partes: de España iban el aceite de Andalucía, y azúcar, 
higos, pasas, almendras, piñones, naranjas, aceitunas, alcaparras, 
clavos, pimienta, ajenjibre y canela; de vinos: «el de Jerez, Ala- 
tlis, Cazalla y Constantina, y Pedro Ximénez de Málaga, con las 



<1) Vázquez. 

.(2) Vaudenesse.~S>#m¿7rio dt viajes, 

II 



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- 162 - 

rivadavias de Galicia y de Canarias y otros embarcados en San- 
lúcar ó Sevilla y llegados á Flandes, son mucho mejores, porque 
como van más cerca del Norte, la frialdad los purifica y sazona- 
mucho mejor que donde se crían» (1). Costaban entonces allí estos 
vinos españoles, menos que los aloques y claretes de Francia y 
que el vino del Rhin. 

Siempre, naturalmente, eran caros, y para los soldados inacce- 
sibles de ordinario. Su bebida usual, como para el común de Ios- 
flamencos, era la cerveza, de que había tres clases: la doble, «he- 
cha de oblóñ y trigo, que es rubia como tejía, y hace espuma 
cuando se echa en las vasijas» (2); la entredoble ó de cebada y la 
petitabiera^ confeccionada; con salvado, y que bebían á pasto Ios- 
habitantes del país. Nuestros soldados echaban de menos el negro- 
peleón de su tierra. Lope de Vega nos ha dejado también epigra- 
fiado este sentir dé la soldadesca española de Flandes, poniendo- 
en labios de uno de nuestros infantes: 

Aquí (que nunca lo viera) 
aquel escudero vi; 
aquí fué donde bebí 
cerveza por vez primera. 
Mal agüero, ó el peor, 
pues desde entonces acá 
traigo los bigotes ya 
á lo flandesco, señor. 
¿Cuándo beberé con nombre 
más claro que el mismo sol, 
aquel vinazo español 
que hace barbinegro un hombre? 
¿Cuándo aquel licor divino? 
iQue en fin, la cerveza es mujer, 
y el vino es hombre! (3). 

En las mesas del puente del Escalda había de cuanto más rico- 
encerraba Flandes entonces. Y preparado como corresponde á un 
país que tenía la fama justificadísima de poseer los mejores cocine- 
ros. Felipe II había escrito á Guillermo de Orange, muy poco an- 
tes de comenzar las revueltas, rogándole con gran encarecimiento- 



(1) Vázquez» 

(2) ídem. 

(8) Comedia Pobreaa no es t;t7c«a.— Parlamento de «Panduro» 



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— 163 — 

que le cediese su cocinero maese Hermán, de quien habían dicho 
al Rey que era muy hábil en su oficio (1). 

Sentadas las damas, el Duque de Párma y los ge^i tiles hombres 
de su corte, los maestres de campo, capitanes y alféreces enveje- 
cidos en todas las g-uerras del siglo, y nobles y aventureros de la 
cristiandad entera, trinchaban las viandas y escanciaban el vino, 
sirviendo á las señoras con los refinamientos de cortesía propios 
de una época/tan ceremoniosa. Np alargaban un plato, ni un jarro, 
sin doblar la rodilla y sin besar la blanca mano de la dama ó la 
seda de su vestido. Concluido un servicio, tirábase al Escalda la va- 
jilla, y era de mucho contento y algazara el deporte de pescar con 
redes platos y vasos para utilizarlos en la siguiente tanda de man- 
jares. Duró el festín tres días con sus noches, que hacían también 
día las antorchas y hogueras, encendidas en la plataforma, sobre 
los castilletes y en los vecinos campos; de lejos parecía un gran 
incendio reflejándose fantásticamente sobre la? aguas del río. La 
música de la capilla real de Bruselas, compuesta de chirimías, cla- 
rines y cornetas, tocaba de continuo, á la vez ó alternando con las 
charangas de los tercios y con las guitarras de los soldados; en los 
intervalos del comer y beber, se bailaba; «las flamencas son gran- 
des bailadoras, tan amigas de danzar como ellos de beber...» «Se 
están danzando dos ó tres días con el riíayor gusto del mundo, y 
en faltándoles el son, lo hacen con la boca, y al compás de él, con 
algunas canciones amorosas que cantan, se entretienen y desve- 
lan, y tan eMíbebécidas en esto el tiempo que dura, que perecen 
atarantadas.» Nuestros guerreros enloquecían por aquellas belda- 
des del Norte que parecían hechas de la nieve más pura de sus in- 
viernos con rosados reflejos de aurora; pero la candida frialdad de 
su temperamento enfadaba á hombres conocedores de las Doro- 
teas, Lusclndas y Anas Félix de su tierra: «son tan simples en su 
trato y conversación amorosa (escribió el capitán Vázquez, de quien 
son la mayor parte de estos pormenores), que no se les conoce mali- 
cia.» Y los matrimonios de conveniencia, de puro interés, estaban 
allí á la orden del día: «Todo su amor, añade Vázquez, es como 
mercaduría y cosa vendible; el que más da, ese goza lo que desea, 
porque jamás ellas se enamoran de buen talle, discreción, calidad, 
valor, ni nobleza, sino del que tiene más dinero.» 

No era posible una unión duradera, perpetua, entre dos razas 



•<1) Ga.chsírá,^Correspondencia de Guillermo el Taciturno, tomo II. 



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— 164 -^ 

(Je complexión tan diferente. Pero en aquella brillante concurren- 
cia del puente de Amberes fraternizaban verdaderamente flamen- 
cos y españoles, y unos y otros creían que aquella hermosa fiesta 
significaba el término de las guerras de Flandes. No era más que 
una ilusión; pero como todas las que son halagüeñas, alegraba cual 
la realidad misma. Brindábase por el Papa, por el Rey de España 
y por Alejandro Farnesio; se comía, se bebía, y no cesaban la mú- 
sica ni el baile. Hasta el viejo y adusto Mondragón debió de echar 
en aquellos alegres días algunas canas al aire. Vázquez lo apunta , 
entre los galantes servidores de las damas flamencas; y es de creer 
que la sequedad, reparada por Coloma, se refrescase algún tanto, 
en ocasión tan solemne. 



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XXIII 

MONDRAGÓN, CASTELLANO DE AMBERfeS.— LAMENTABLE CAMBIO EN LA 
DIRECCIÓN Y OBJETIVO DE LA GUERRA DE FLANDES. — CONSPIRACIO- 
NES EN AMBERES. — CAMPAÑA EN EL PAÍS DE WAES.— ESPERANDO 
LA «INVENCIBLE». 

El 2 de Septiembre mandó Alejandro Farnesio deshacer la ma- 
ravillosa máquina del puente ó estacada, poniendo con esto térmi- 
no á las fiestas triunfales. Ya estaba nombrado nuestro Mondragón 
castellano de Amberes, esto es, gobernador de la cindadela, ó me- 
jor dicho, de la plaza y su territorio, pues á todo él alcanzaba su 
jurisdicción y mando como representante ó delegado de la autori- 
dad real en el orden militar. No por eso dejó la maestría de campo 
del Tercio viejo, que conservó, según ya queda indicado, hasta 
1588; pero ya no volvió á mandarlo, al menos personalmente, y así, 
aunque el tercio de Mondragón siguió figurando con tal título, y 
con él estuvo en Diciembre del mismo año de 1585 en la encerrona 
de la isla de Bommel, de tan memorable recuerdo en los fastos re- 
ligiosos de nuestra Infantería (t), y en 1586 en los sitios de Grave 
y Venlóo (2), sus aventuras, servicios y proezas, ya no pertenecen 
á la biografía de Mondragón. 

Permaneció éste en la castellanía de Amberes hasta su muerte^ 
si bien hubo de hacer varias salidas para rechazar á los enemigos 
de las costas y regiones vecinas y algunas más lejanas, y tan im- 
portantes como las que hizo para mandar en jefe el ejército de 
aquellas provincias. Tampoco dentro de Amberes era su desti- 
no pasivo, ni mucho menos, como veremos en seguida. 

Resumiendo Coloma la gloriosa vida de Alejandro Farnesio, 



(1) Como que es el origen del Patronato de la Inmaculada tíoncepción. Este singular epi- 
sodio, descrito detalladamente por Vázquez, ha sido objeto en nuestros días de varios estudios 
especiales: Casado le ha dedicado un precioso articulo, y el ilustrado capitán y profesor de 
la Academia de Infantería D. Alfredo Serrano un trabajo, premiado en el certamen que se 
celebró en Toledo para conmemorar el quincuagésimo aniversario de la definición dogmática 
de la Inmaculada. (Diciembre de 1904). 

(2) En estas operaciones mandaba el tercio de Mondragón el capitán Juan de Castilla, na-r 
tural de Granada, y según Vázquez, •soldado de los viejos del Duque de Alba», 



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— 166 - 

dice: «Cerca de quince años gobernó los Países Bajos con suma 
prudencia y valor, yendo siempre en crecimiento su fortuna hasta 
la presa de Amberes: puédense contar por estado de ella todos los 
aflos que vivió después, y finalmente, parece que comenzaba ya á 
entrar en la declinación, cuando salió de esta vida.»» En todo el 
tiempo, en efecto, que corrió desde la llegada de Farnesio á Lu- 
xemburgo hasta que pudo decir Felipe II: ¡Nuestra es AmberesI, 
admira considerar el encadenamiento sistemático de los, sucesos, 
dirigidos sabiamente, por una inteligencia superior, á un fin con- 
creto, y aunque difícil de conseguir, posible ó realizable; esa inte- 
ligencia superior, que era la de Alejandro, llevábalo todo al obje- 
tivo de reconquistar los Países Bajos, dividiendo, ó aprovechán- 
dose, niejor dicho, de la inevitable división entre católicos y 
protestantes, y libertando á los primeros de la tiranía de los se- 
gundos. Tan cuerda política, seguida con invencible perseverancia 
y habilidad exquisita en el empleo de sus medios más naturales y 
eficaces, y apoyada en una acción militar tan inteligente como vi- 
gorosa, había dado sus frutos: cuando llegó Alejandro, el territo- 
rio sometido al Rey Católico reducíase al Luxemburgo y parte 
del Condado de Namur, en 1585 dominábamos sólidamente todos 
los Países Bajos, á excepción de Holanda y Zelanda, y no como en 
las épocas del Duque de Alba y de Requesens, en que los naturales 
nos odiaban y no pensaban más que en ver el modo de sublevarse y 
echarnos de allí; la dominación de^ ahora era efectiva, íntima, no 
sólo de las fortalezas y del territorio, sino de los corazones de bra- 
banzones y flamencos; todos los belgas odiaban cordialmentc á sus 
hermanos holandeses, estaban desengañados de sus sueños de li- 
bertad religiosa, convencidos de que en aquel siglo no cabía ser 
Sino opresores ú oprimidos, y hasta soportaban la presencia de 
tropas extranjeras como un mal menor é inevitable; en todas las 
ciudades belgas se había celebrado con regocijos populares la 
muerte del Príncipe de Orange. 

¿Qué restaba, pues, por hacer? Completar lo poco que ya faltaba 
para concluir obra tan larga y costosa; es decir, atacar el Condado 
de Holanda, del que ya poseíamos las llaves, siendo dueños de Bom- 
mel y otras plazas de la orilla derecha del Mosa. Tal era el pensa- 
miento de Alejandro, y tales los grandes temores de los holan- 
deses y de todas las potencias protestantes. Pero una vez tomado 
Amberes, el encadenamiento de los sucesos se interrumpe brusca- 
mente, falla la lógica política y militar, y se entra en un período, 

\ 



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- 167 — 

:^lorioso sí, pero confuso; período de objetivos y fines múltiples, 
y hasta más grandes que el concreto del período anterior; pero 
por su misma grandeza, vagos, indeterminados y de realización 
moralmente imposible. 

Es que Alejandro Farnesio dejó ya de ser el director de la polí- 
tica española en Flandes. La corte de Madrid, ilusionada por al se- 
ñuelo de una política desmesurada, apartó su atención de los Paí- 
:ses Bajos, fijándola nada menos que en la reducción de Ingla- 
terra y de Francia. Error de más funestas consecuencias no se 
ha cometido en la historia. D. Carlos Coloma, de quien nadie pue- 
de sospechar parcialidad contra el Rey Prudente, lo califica de 
consejo tan dañoso, como lo ha mostrado la experiencia^ é in- 
digno de que lo tome ningún principe prudente, por valeroso 
que sean (1). Y esta es la opinión que forma cualquiera que, sin 
-otro ánimo que conocer la verdad, estudia los acontecimientos: 
-«á no haber distraído de los Países Bajos otros designios el pensa- 
miento y el oro de España (ha escrito el general belga Herard), 
indudablemente hubiera conseguido Farnesio la sumisión de las 
diecisiete provincias á la soberanía de Felipe IÍ; pero la política 
inquieta, vacilante y recelosa del Rey, lo decidió de otra' má- 
jiera» (2). 

Es realmente inconcebible en un gobierno que, por deficiencia 
-de medios marítimos no había podido mantener su soberanía sobre 
los islotes de Zelanda, la idea de conquistar á mano armada las 
islas Británicas. Y una de dos: ó tenía realmente esos medios, ó* 
no los tenía. Si lo primero, antes de pensar en Inglaterra debió 
acudir á Zelanda; si lo segundo, no debió meterse en ninguna 
•de ambas empresas. Sesenta y tres buques, de ocho á nueve mil 
hombres y cuatrocientos millones de reales nos costó el disparate 
^e la Invencible; quizás la cuarta parte hubiera bastado para re- 
forzar convenientemente á Farnesio, poniéndole en condiciones de 
someter á los holandeses. 

Lo cierto es que éstos fueron los que cosecharon los frutos de 
la gran tentativa de Felipe II contra Inglaterra, y de su interven- 
•ción armada en Francia. Mientras que los tercios de Alejandro Far- 
;iiesio esperaban en vano, acantonados en la costa, la llegada de la 



(1) Guerra.—'LVo, I. Y en el III» aftade: «Cada día causaba admiración el ver qae por acu 
^ir el Rey á los ncfi^ocios ajenos, dejaban él y sas ministros en abandono los propios.» 

(2) La estrategia de Alejandro FarnesiOt Duque de Parma.—Eevista belga. Año do 1887 
•Traducido por Martín Arrue en la Revista Cienti/ico Militar, española. 



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— 168 - 

Invencible para emprender la conquista de la Gran Bretaña, y 
mientras iban una vez y otra á Francia á pelear contra los del Bear- 
nés, los holandeses, en lue^ar de tener contra sí al ej<^rcito formi- 
dable que acababa de tomar á Amberes, sólo tenían cortísimos desr 
tacamentos, incapaces hasta para la guerra defensiva; así hubieron 
tiempo sobrado para fortificar todas sus ciudades, y hasta las al- 
deas, sembrando además de castillos y fortalezas las riberas de loí^ 
ríos y todos los parajes adecuados para la defensa; de organizar y 
armar sus milicias con tal perfección, que, según Bentivoglio, no se 
había visto hasta entonces en el mundo cosa semejante (1); y, final- 
mente, para levantar un ejército activo, con el que pronto habían 
dp pasar de la defensiva á la ofensiva, y realizar las maravillas que 
han ilustrado el nombre de Mauricio de Nassau. Nada /de esto hu- 
biera sido posible, nada se hubiera realizado á continuar el vigo- 
roso empuje de Alejandro, después de la toma de Amberes. 

Pero ni esta conquista fué perfeccionada, ó mejor dicho, com- 
pletada. Llegamos á tener guarnición en París; pero mientras tan- 
to, Lillo, esto es, los arrabales y la llave marítima de Ainberes, se- 
guían, y siguieron siempre en poder de los holandeses. Por el 
Escalda no se podía navegar. Amberes, dominada por nuestras ar- 
mas, se convirtió^ de la ciudad central de los Países Bajos, de la 
verdadera metrópoli de Flandes, del emporio donde todo se vendía 
y todo se compraba, en una población fronteriza, en un presidio. 
Aquellos numerosos bajeles que salían y volvían constantemente, 
llevando y trayendo los productos del mundo entero, amarrados 
ahora en los largos muelles, se iban pudriendo poco á poco. La ciu- 
dad, que en 1568 contaba con 125.000 habitantes, cifra enormísima 
para la época, y en 1584, con 85.000, en 1589 había descendido á 
55.000. Casi todas las casas de comercio se habían cerrado; muchas 
se trasladaron á Amsterdan, que fué la heredera de la riqueza y 
prosperidad de Amberes. 

Los escritores protestantes han atribuido á la intolerancia re- 
ligiosa del Gobierno español esta triste decadencia de la Metrópo- 
li flamenca; pero la misma intolerancia, aunque en sentido inver- 
so, había en Amsterdan. Si en Amberes no eran tolerados los pro- 
testantes, en Amsterdan no lo eran los católicos. No; la decadencia 
de Amberes no fué producida por causas morales, sino materiales- 
La clausura del Escalda, y no la unidad católica, la motivó, y la 



(1) JRelaciofies del Cardenal Bentivoglio, traducidas por Mendoza— Ñapóles, MDCXXXI^ 



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— 169 — 

clausura del Escalda fué un efecto, material también, de no haber 
completado la toma de la ciudad con la del fuerte de Lillo, y sobre 
todo, de no haber conseguido desembarazar las bocas del río de las 
escuadras holandesas, y ésto á su vez fué natural y lógica conse- 
cuencia del gravísimo error político de nuestro Gobierno en el si- 
glo XVI; el error de desentenderse de los negocios de Flandes^ 
abandonándolos en el momento propicio para rematarlos, por em- 
peñarse en las inoportunas empresas de Inglaterra y Francia. 

Mero ejecutor parcial de una política funesta, Mondragón hubo 
de limitarse, en su puesto de castellano de Amberes, á ejercer una 
exquisita vigilancia, y desplegar toda su portentosa actividad, que 
no habían podido debilitar los años, para prevenir y reprimir lab- 
continuas intentonas de los enemigos interiores y exteriores con- 
tra la recién conquistada ciudad. 

Por una de las cláusulas de la capitulación, habíase concedido 
á los protestantes libre residencia en Amberes por plazo de cuatro 
años, contados desde 17 de Agosto de 1585, para que pudieran ea 
este tiempo vender sus propiedades. Esta población, refractaria y 
enemiga, conspiraba de continuo para librarse del destierro colec- 
tivo, y desconfiando de sus hermanos del NortCi á los que nadie po- 
día suponer á la sazón en condiciones de resistir siquiera muchos 
meses á las victoriosas armas católicas, había puesto sus esperan- 
zas en la Reina Isabel de Inglaterra. No desoyó ésta sus excitacio- 
nes; y soldados ingleses, no en corto número, había con los holande- 
ses y hugonotes de Francia en Lillo, elpadrasto de Amberes y como- 
le llamaban ya entonces los nuestros, y siguiéronle llamando los 
belgas, de generación en generación, hasta 1830. 

Con tales huéspedes á las puertas de casa, y tantos rabiosos ene- 
migos dentro, no hay que decir si tendría que hacer el Goberna- 
dor. Contaba para cumplir su oficio con unos cuantos centenares 
de españoles en el castillo ó cindadela, y con la población católica 
organizada en milicia concejil, dispuesta, es verdad, á todos los ser- 
vicios y aún sacrificios que se le exigieran y fuesen menester para 
no caer de nuevo.bajo el insoportable y sombrío yugo calvinista: 
sobraban estos elementos á un jefe como Mondragón. 

Las conspiraciones se sucedían sin cesar unas á otras, y algunas 
fueron singularmente peligrosas. Tal, por ejemplo, la que urdió en 
Mayo de 1587 un español mulato, natural de Andújar, llamado 
Alonso Venegas, y que era hombre muy notable por su inteligen-- 
cia y valor; había servido en los tercios con tanto lucimiento, que,. 



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- 170 - \ 

ú pesar de su mancha de raza, obtuvo el empleo de alférez, y le 
tomó bajo su especial protección D. Fadrique de Toledo, el hijo 
del Duque de Alba. Pero llegó un día en que Venegas fué insulta- 
do por otro oficial, envidioso probablemente de su mérito y fortu- 
na. Venegas desafió al insultador, y éste repuso que no medía él 
sus armas con tm perro mulato* Atroz injuria que debió ser casti- 
gada en el acto por los camaradas de ambos; pero que sin duda no 
lo fué, porque Venegas, desesperado y ardiendo en deseos de ven- 
ganza, se pasó á los rebeldes. Acogiéronle tan bien, que le hicieron 
de golpe capitán. Y este capitán Venegas fué quien, valiéndose de 
otro español, apellidado Llera, y pasado igualmente al enemigo, 
•en cuyo campo tenía el empleo de alférez, sedujo á un soldado de 
la guarnición del Castillo, prometiéndole nada menos que hacerle 
gobernador ó castellano, si entregaba la fortaleza. Mondragón en- 
teróse á tiempo y los traidores pagaron con la vida su delito (1). 

Pero Alfonso Venegas y Llera, chasqueados en este intento, 
formaron una partida que, con otras de mendigos de la tierra^ 
-corría por los alrededores de Amberes, entorpeciendo las comuni- 
caciones y sembrando el terror en los pueblos leales. Ordenó el 
Duque de Parma la organización de rondas volantes, mandadas 
por prebostes de campaña, para extirpar á tan molestos enemigos, 
pero sin gran resultado. Dispuso entonces Mondragón una gran 
batida, en que tomaron parte la guarnición y milicianos dé Ambe- 
res, y se logró, en efecto, sorprender á la partida de Venegas 
cuando conducía un largo convoy que acababa de robar; murieron 
los más de aquellos atrevidos guerrilleros, yLlera quedó prisione- 
ro; los soldados españoles renunciaron á la presa, á cambio de que 
el traidor les fuera entregado, para pasarlo ellos mismos por las 
picas, como lo efectuaron (2). 

Muy grave fué también la conjura urdida por los calvinistas de 



(1) Vázquez, para limpiar de la fea nota de traidores á nuestros compatriotas, dice que no 
fueron más que dos soldados los que entraron en la conjura, y que probablemente no serian 
'verdaderos espaftoles; porque en los tercios pasaban por españoles algunos que no lo eran, 
sino franceses del mediodía, criados en Aragón ó Cataluña, flamencos ó valones que hablan 
servido de mochileros en los tercios, y aprendido nuestro idioma, y hasta moriscos de Va- 
lencia y Murcia que no hablan querido pasar al África, y andaban vagando, ¿omo el Ricote 
•de Cervantes, por las naciones europeas. 

(2) Esta era la costumbre de nuestros infantes con todos los compatriotas pasados al 
'enemigo que cogían prisioneros. Uno de los caudillos orangistas de la guarnición de Maes- 
trlcht, que cayó prisionero en la toma de \a plaza, fué también español, apellidado Manzano, 
natural de un lugar próximo á Ocafia, y que sirvió cinco años con los rebeldes; los nuestros 
preguntáronle que cómo quería morir, y él respondió que como soldado; entonces pasáronle 
por las picas. 



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^ 171 - 

la ciudad, durante el sitio de la Exclusa; pero también se írustró 
por la vigilancia del castellano, y los culpables fueron llevados á 
la Cindadela, no habiénifose vuelto á saber dellos^ dice Vázquez. 
Escaramuzas y aun coinbfttes formales con los rebeldes y ex- 
tranjeros que guarnecían á Lillo, eran constantes; todas las noches 
se ponía una guardia de cien hombres en el camino de Lillo. 
Más importantes facciones qcurrían á menudo. Así, v. gr,, ha- 
biendo desembarcado una gruesa columna de rebeldes en el país 
de Waes, Mondragón «con grandísima presteza y con el cuidado 
qué él acostumbraba á hacerlo todo, como experimentado capitán, 
sacó de su castillo algunos españoles y otros de la guarnición de 
Torremunda, y fué la vuelta de los rebeldes— habiendo. avisado 
antes á Mr. de la Motta que con alguna gente de las guarniciones 
del Condado de Flandes, se viniese á juntar con él—y llegó con 
dos mil hombres. Los rebeldes se reembarcaron, y Mondragón y la 
Motta dejaron presidiada la villa de Hasselc, y castigados los que 
tenían inteligencia con los rebeldes» (1). Cabrera de Córdoba am- 
plía las noticias de esta breve campaña, apuntando que los holan- 
deses, invasores del país de Waes, eran 3.500 infantes y 800 jine- 
tes, mandados por Jorge Verardo; las fuerzas de Mondragón no 
pasaban de 2.000 infantes y seis cornetas de caballería. 

En todas lestas empresas salió triunfante Mondragón. Pero en 
las que no le acompañó la fortuna, fué en las de organizar escua- 
drillas para pelear por agua; elemento en el que parecía pesar 
siempre sobre nosotros un sino implacable. Por orden del Duque 
de Parma, preparó en Amberes una flota de dieciséis barcas cha- 
tas muy bien armadas, para que fuesen por los canales á coadyuvar 
al sitio de la Exclusa. Los holandeses las esperaron en un canal, y 
capturaron casi todas. Bien es> verdad que luego los infantes espa- 
ñoles, metiéndose en el agua, no sólo recuperaron los barcos per- 
didos, sino que se apoderaron de un navio holandés, poniendo en 
fuga á los restantes. 

En el año de 1588 apenas hizo el ejército de Flandes otra cosa 
que esperar la llegada de la Invencible para subir á su bordo, y em-» 
prender la fantástica conquista de Inglaterra. Reformáronse los 
tercios, y el de Mondragón fué puesto á las órdenes de D. Sancho 
Martínez de Leiva, el que en 1578 llevó á los Países Bajos una com- 
pañía de trescientos hombres, levantada por él en Ñapóles, y toda 



(1) Vázquez. . 



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- 172 -^ ■ 

de caballeros, capitanes y alféreces; los cabos de sus cinco escua- 
dras eran capitanes; el alférez, un tío de D. Sancho, y el sargento, 
su hermano; la bandera era negra con su cruz roja de Borgoña, y 
tenía en una cara un Crucifijo y en la otra una imagen de la Vir- 
gen; decíase que D. Sancho había hecho poner tan divinas insig- 
nias en su bandera, para que no tuviese ésta que abatirse al paso 
de los generales. Por este tiempo ya no existía esta singular com- 
pañía, y D. Sancho, al ser promovido á maestre de campo, man- 
daba una de lanzas españolas. 

Nuestros soldados, preparados para ir á Inglaterra, ofrecían un 
aspecto soberbio. Aquellos veteranos que una mala política desvia- 
ba de su verdadero objetivo, eran el primer ejército del mundo. 
Todavía los ingleses que conocen bien la historia de los tiempos 
pasados, alégranse de que tan incomparable tropa no hubiese lle- 
gado á tomar tierra en la Gran Bretaña. He aquí lo que dice lord 
Macaulay, el gran historiador inglés: «Tenemos ciertamente mo- 
tivo para enorgullecemos del esfuerzo que los ingleses de todas 
las clases sociales, caballeros y labradores, aldeanos y burgue- 
ses, desplegaron en la gran crisis de 1588. Pero también debamos 
dar gracias de que con todo su esfuerzo, no hubieran tenido que 
hacer frente á los batallones españoles. Somers recordaba una 
anécdota, conservada por tradición en la noble casa de Veré. 
Uno de los hombres ilustres de aquella casa, capitán que había 
logrado experiencia y nombradía en los Países Bajos, fué lla- 
mado á Inglaterra por la Reina Isabel en el momento del peli- 
gro, é iba con la Reina á caballo entre las interminables filas de 
piqueros. Preguntóle la Reina qué le parecía el ejército. "Es un 
ejército valiente», contestó. Pero lo dijo en un tono que llamó la 
atención de Isabel, la cual insistió en que le hablase con toda sin- 
ceridad. «Señora, dijo el capitán, no hay duda de que el ejército de 
vuestra gracia es muy valiente; pero yo, que no tengo fama de co- 
barde, soy aquí el más cobarde de todos. Todos éstos piden á Dios 
que el enemigo desembarque y se dé una batalla, y yo, que conozco 
bien á ese enemigo, no puedo pensar sin espantarme en que tal 
cosa llegue á suceder.» De Veré estaba en lo cierto. El Duque de 
Parma, en verdad, no hubiera sometido á nuestro país; pero es 
muy probable que nuestra isla hubiera sido teatro de una guerra 
muy semejante á la que Aníbal hizo en Italia, y que los invasores 
no hubieran sido rechazados, sino después del saqueo de muchas 
ciudades, de la devastación de muchos condados y de la muerte de 



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- 173- 

multitud de valientes campesinos y artesanos que hubieran pe- 
recido en jornadas no menos terribles que las de Trasimeno y 
Cannas.» 

¡Qué lástima que estos^uevos soldados de Aníbal no hubiesen 
sido dirigidos sobre Amsterdan, en vez de ser destinados á perse- 
guir una quimera! 



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XXIV 

MONDRAGÓN RESTAURADOR DEL CASTILLO DE AMBERES.— CAPItAíí 

GENERAL DEL BRABANTE. — LAS ÚLTIMAS CAMPAÑAS \ 

Residió Mondragón en Amberes, durante este último período 
de SU vida, en el Castillo, es decir, en aquella magnífica fortaleza 
ideada por Gran vela en 1565 (1), que la Princesa de Parma hizo di- 
señar á Marchi, y el Duque de Alba mandó construir á Paccioto (2). 
Más que para defender la ciudad contra enemigos exteriores, ha- 
bía sido erigido el Castillo para sujetar á población tan populosa, 
heterogénea y levantisca; pero resultó la obra tan adecuada para 
el uno como para el otro objeto: era un vasto pentágono regular^ 
cada uno de cuyos lados ó cortinas de muralla medía quinientos 
cincuenta pies, y con un baluarte en cada uno de los cinco ángu- 
los; cortaba esta gran mole de piedra el circuito del muro de Am- 
beres, de suerte que dos de los baluartes, los denominados de Her- 
nando y ^Q Toledo, miraban ó amenazaban á la ciudad, separados 
de sus casas por anchurosa plaza de armas, y los otros tres, el de 
Paccioto, el de Alba y el del Duque, miraban al río. Estos nombres 
españoles de los baluartes conservólos la Cindadela de Amberes 
hasta su demolición; con ellos figuró en las heroicas defensas de 
Carnot contra los aliados en 1814, y de Chasse contra los franceses 
y belgas en 1832, últimas páginas gloriosas de la historia de aquél 
monumento militar, levantado para sostener la política y el impe- 
rio español en el Norte de Europa, y que ha sobrevivido centena- 
res de años á la política y al imperio que lo hicieron construir. 

En la época del terrible odio contra el Gobierno español, la Cin- 
dadela, eficacísimo instrumento de la dominación aborrecida, fué 
odiada y maldecida por los ñamencos, que la miraban como á la 



y 



(1) Las cosas que aquí hacen falta — escribió á Gonzalo Pérez,— son: la presencia de Su 
Majestad, la construcción de un castillo y la reforma de la policía local, 

(2) Barado expone admirablemente la construcción y traza de la Cindadela (Sitio de Ant' 
teres, págs. 163 y siguientes) con facsímiles de los planos que se conservan en Simancas. 



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- 175 - 

férrea cadena que los tenía sujetos. Y con razón; no bien se albo- 
rotaban los burgueses de Amberes, entraban fácilmente por el Cas- 
tillo las fuerzas encargadas de dominarlos, que ^5— escribía Men- 
doza — uno de los efectos que hacen los castillos en- las villas, el de 
poner gente dentro deltas sin que los vecinos lo sepan (1). Por la 
Ciudadela entraron, y de la Cindadela salieron los tercios el día 
eternamente memorable de la furia española (2). Y para mayor 
fomento de aquel odio, en la plaza de armas fué donde el Duque 
de Alba se hizo construir la inoportuna y orguUosa estatua, indis- 
creto y ridículo desvanecimiento de su genio, que lo representaba 
en la actitud altanera de tener vencidos y subyugado^ á los Países 
Bajos (3). 

No es de maravillar que al triunfar la revolución, el demoler la 
Ciudadela fuera una de las satisfacciones más apetecidas por la 
masa de los vencedores. Y sumo trabajo costó á los caudillos inte- 
ligentes del movimiento, conseguir que sólo fuera derribada la par- 
te que miraba al interior de la ciudad, ó sean los baluartes de Her- 
nando y de Toledo y sus murallas correspondientes, dejando los 
otros tres y sus cortinas incorporados á la fortificación exterior- 
El derribo fué en Amberes fiesta popular; con el ardor de la ven- 
ganza trabajaron allí los burgueses sin distinción de clases, ni aun 
de sexos ni edades. Y para mayor contento de los que se cobraban 
en las piedras lo que no habían podido cobrarse en los hombres,, 
sucedió un incidente singular: Requesens, en su política concilia- 
dora y prudente, había hecho quitar de la Plaza de Armas la pro- 
vocativa estatua del Duque de Alba; pero, ecléctico en esto, coma 
en todo, corrió la voz de que se quitaba por haberla pedido desde 
España la familia del Duque; lo que hizo fué sepultarla en uno de 
los sótanos del Castillo, y ahora, invadida toda la fortaleza por la 
enfurecida plebe, volvió á salir á luz la malhadada escultura, y ya 
puede suponerse lo que harían con ella aquellos diablos en liber- 
tad; arrastráronla á la Plaza, doYide había lucido insolente, y har- 
táronse de oprobiarla y escarnecerla. ¡Así hubiesen cogido al ori- 
ginal! ^ 

Mondragón encontró el Castillo como lo dejara la revolución 
de 1576, y durante su gobierno fué restaurado coiíforme al plan 



(1) Comentarios, lib. XIIT, cap. I. 

(2) Ó días; porque el saco de Amberes por los tercios duró del 3 al 5 de Noviembre de 1576. 

(3) Con el bronce de esta estatua se hizo en 1635 un gran Crucifijo, que se venera todavía 
en la Catedral de Amberes. 



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- 176 - 

primitivo, construyéndose además edificios interiores, especial- 
mente una iglesia ó capilla que debía de ser muy espaciosa. Á tí- 
tulo de restaurador de la Cindadela y fundador de su iglesia, es- 
culpiéronse las armas de nuestro héroe en las fachadas de ambas, 
junto á las del Rey de España, preeminencia que tuvieron en mu^ 
cho los inmediatos descendientes de Mondragón, consignándola 
como una de las más preciadas de su ilustre antecesor. 

Vivía éste, según decimos, eíí el Castillo, con su hija Margari- 
ta, única que le sobrevivió, casada con Alonso de Mondragón, el 
hijo de Magdalena y de Diego González del Castillo, para el que 
su tío y padres-como escribía Alonso en sus cartas é instancias- 
obtuvo el cargo de teniente de castellano, ó sea segundo jefe de la 
fortaleza. Sin duda por respeto al suegro, Alonso nunca se apelli- 
dó González del Castillo, sino Mondragón, y en cambio, Cristóbal 
jamás usó su verdadero segundo apellido Mercado, quizá por re- 
pugnancia al parentesco con Zalamea, sino que se apellidaba Mon- 
dragón y Castillo, no teniendo más relajción conocida con este ape- 
llido que ser el de su cufiado y consuegro; pero así andaban estas 
cosas en el siglo XVI, y así perseveran en los documentos para 
ejercitar la paciencia de genealogistas y biógrafos de buena fe. 

Cristóbal Mondragón y Castillo es llamado nuestro héroe en el 
cartelón del retrato al óleo, poseído por la ilustre casa de Murga, 
descendiente del Coronel, de quien damos la copia fotográfica, re- 
galada por el Sr. Zabalburu al Sr. Rodríguez Villa, y que éste ha 
puesto galantemente á nuestra disposición. Reza dicho cartelón 
que es retrato ai natural, y debe de ser copia de alguno hecho en la 
época de la, vida de Mondragón á que nos venimos refiriendo; re- 
preséntalo con un niño al lado, de diez á doce años, y de notable 
parecido en el rostro con el anciano caudillo; es indudablemente el 
nieto de Cristóbal, llamado así también, y que nació en el Castillo 
de Ambres, estando su padre D. Alfonso sirviendo á S. M. de ca^ 
pitan de caballos, y su abuelo Cristóbal de castellano^ según se lee 
en las segundas informaciones, que fueron precisamente las provo- 
cadas por este nieto del vencedor de Zierikzée. Otros nietos nacie- 
ron asimismo á Mondragón en el Castillo de Amberes, y fueron el 
encanto y la corona de su ancianidad venerable y gloriosa. 

Setenta y ocho años había ya cumplido Cristóbal; en nuestra 
edad, aun representando menos esta cifra por haber aumentado el 
tipo medio de la vida humana, Mondragón haría ya seis años que 
vegetara en la escala de reserva, suponiéndole con el empleo de 



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- 177 - 

teniente general, que es hoy el equivalente á su jerarquía de en- 
tonces; en el siglo XVI, envejecía el soldado de Túnez y Mulberg 
-en plena actividad de su carrera» ejerciendo un^ mando importan- 
tísimo; venerado por todo el ejército, que veía en él, como dice 
Betttivoglio, á un padre; querido, según apunta Goloma, de supe- 
riores, iguales é inferiores; el único caudillo español, en sentir de 
•Gachard, que no era aborrecido en los Países Bajos; teniendo por 
residencia el mejor edificio militar de la época, y por pabellón un 
palacio; viviendo con una hija bien casada, y nietezuelos, herede- 
Tos dé su nombre; rico, porque á los emolumentos de su empleo 
juntaba el caudal situado en Medina del Campo. Su vejez rio podía, 
por tanto, ser ni más congruente con los merecim^'entos de su ca- 
rrera, ni más dichosa. Era como magnífica puesta de sol de un lar- 
go día de verano; ni un celaje amenguaba el resplandor del astro 
•<jue descendía majestuosamente á su ocaso.. 

Pero aún había de lanzar este sol, en su hermoso y sereno cre- 
púsculo, fulgores meridianos. Los holandeses no tenían ya sólo es- 
cuadras, plazas fuertes, milicias concejiles y auxiliares extranje- 
ros, sino también un ejército activo numeroso, bien organizado, y 
Á las órdenes de un caudillo que fué de los insignes de su época, y 
.aun de toda la historia militar; tal era Mauricio de Nassau, el se- 
cundón del Taciturno, á quien aprovechó para obtener el primer 
puesto en la naciente República de las Provincias Unidas, la espe- 
cie de secuestro de su hermano mayor, enviado á España por el 
Duque de Alba, y educado católicamente en la Universidad de 
Alcalá. 

Mientras que Alejandro Farnesio dirigía sus admirables cam- 
pañas en Francia, de 1591 y 1592, Mauricio guerreaba con tanta in- 
teligencia como valor en las líneas del Mosa y del Issel, y no hacía 
-expedición en que no nos arrebatase alguna plaza ó puesto fortifi- 
cado. Su objeto especial entonces era señorear la Frisia, y aunque 
teníamos en esta provincia un caudillo del mérito de Verdugo, 
eran tan desiguales las fuerzas, que constantemente perdíamos te- 
rreno y ciudades. Y para evitar que llevásemos socorros á Verdu- 
go, Mauricio, desplegando actividad extraordinaria y un talento 
•estratégico de primer orden, y aprovechando admirablemíente sus 
medios marítimos, hacía victoriosas incursiones por toda la Bélgi- 
ca, en las que penetró muchas veces hasta el corazón del Braban- 
te. Con razón había dicho Requesens, y eso que no conoció este ca- 
lamitoso período de la guerra, que un ejército dueño del mar es un 

12 



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- 178 - 

ejército con alas (1). Alas tenía Mauricio en sus navios y bergan-- 
tines para transportar sus soldados por los ríos y canales que cru- 
zan y recruzan los Países Bajos en todas direcciones, y para apare- 
cer y desaparecer donde quería, ó donde y cdmo podía causarnos 
más daño. Y pomo lo mejor de nuestro ejército estaba en Fran- 
cia, sólo encontraba la oposición de cortísimos destacamentos, con 
los que era imposible formar ni una mediana columna de opera- 
ciones. 

Tanto decayeron en Flandes las fuerzas del Rey por efecto de 
las malhadadas empresas de Francia, que hubo tiempo por esta 
época en que se reducían á dos tercios de infantes españoles, dos 
regimientos valones, uno alemán y alguna caballería. ¿Cómo soste- 
ner así tantas plazas, tantos fuertes y tan extensas líneas fluviales- 
y marítimas? ¿Cómo juntar un campo capaz de hacer frente al de 
Mauricio? ¡Ni que éste nos hubiese aconsejado.! 

Al regresar el Duque de Parma de su segunda expedición á 
Francia, encontró tan mal los negocios de Flandes, y tan apretado- 
á Verdugo en Frisia, que en los Baños de Spa, adonde le llevaron; 
las dolencias que habían de poner tan pronto prematuro ñn á su 
gloriosa carrera, se aplicó á juntar algo de ejército con que llevar 
auxilios á Verdugo. A duras penas reunió dos mil valones, el tercia 
español de D. Alonso de Mendoza, y mil quinientos caballos, man- 
da4os por Ambrosio Labiano (2). Y como superior garantía de la. 
eficacia de este supremo esfuerzo, hizo que Mondragón viniese de, 
Amberes, á ponerse á la cabeza de la hueste tan trabajosamente 
reunida. Sitiaban á la sazón los holandeses la villa de Seternik, y 
se dio á Cristóbal la orden de socorrerla; pero en el momento en 
que se qruzaba el Mosa, llegaron simultáneamente la noticia de ha- 
berse ya rendido aquélla, y la orden de permanecer en la ribera iz-; 
quierda del río. No queriendo Mondragón estar ocioso, invirtió su, 
tiempo en tomar los castillos de Verlo y Turnahaut, que poseían los; 
enemigos en esta ribera. Fué esta breve campaña en el otoñoi 
de 1592, á fines del cual (2 de Diciembre) murió el gran Alejandra. 
Farnesio. 

Le sucedió en el mando supremo el Conde Pedro Ernesto de> 



(1) Nueva Colee, de Doc. Ined., tomo V.— Carta* á Felit)e II.— J9 Agosto 1574. 

(2) A pesar de lo exiguo de esta fuerza, dice Coloma que *era un razonable ejército, capan , 
de hacer algo de bueno, si llegara á poderse juntar con las reliquias que le quedaban d 
Verdugo.» Pero estas reliquias estaban desparramadas en muchos destacamentos, y su con--' 
centracion era imposible, teniendo en medio al ejército de Mauricio. 



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- 179 - 

Mandfeld, el cual partió inmediatamente á Francia, dejando á 
Mondragón el título de capitán general del ejército del Brabante 
y de mae^re de campo general de todo el ejército de Flandes; pero 
sin elementos de ninguna clase para oponerse á Mauricio. Sacan- 
do, sin embargo, fuerzas de su misma flaqueza, hizo nuestro héroe, 
en 1593, una campaña en el país de Waes, que si no se señaló por 
sucesos de importancia militar, sí por un ra^go del carácter severo 
de Mondragón. Iba en su pequeño ejército un singular escuadrón, 
formado de maestres de campo, capitanes, oñciales y nobles, los 
cuales, hallándose sin destino ó de paso en Amberes, al salir la ex- 
pedición, quisieron ser también de la partida, y, como era uso en- 
tonces, organizáronse ellos mismos, designando por su jefe al 
maestre D. Alonso de Idiáquez. Ansiando distinguirse estos aven- 
tureros, más habituados á mandar que á obedecer, sin orden del 
caudillo principal, fuéronse sobre un fuerte del enemigo, y lo to- 
maron por asalto, aunque á costa de sensibles pérdidas; entre ellas, 
la del alférez Juan Osorio Gavilanes. A Mondragón no convenció 
el éxito, y celoso de la disciplina, juntó al victorioso escuadrón, en 
que militaba el ilustre historiador D. Carlos Coloma, por quien 
sabemos este suceso, y reprendió severamente á todos aquellos ca- 
balleros, enseñándoles la buena doctrina militar de que en el ejér- 
cito es un crimen hasta la victoria, cuando no va fundada en la 
obediencia. 

En este, mismo año se^izonina reformación general del ejército 
da Flandes, y uño de sus puntos fué suprimir las acumulaciones dé 
sueldos en un solo individuo. Felipe II, al aprobar la reforma, es- 
cribió: ^Los coroneles Mondragón y Verdugo tienen más rasón 
que otros para gosar de los sueldos qne antes llevaban^n (1). Nó- 
tese aquí cuánto apreciaba el Rey los servicios de Mondragón; 
y en otro orden de cosas, cómo hasta el Monarca seguía llamán- 
dole Coronel, á pesar de hacer tantos años que había dejado de 
serlo. 

En 1595, tenían los holandeses conquistada toda la Frisia, 
que Jos Estados Generales habían agregado solemnemente alais 
Provincias Unidas, y á duras penas se sostenía la bandera del Rey 
en la orill^ izquierda del Mosa. Verdugo no estaba ya al frente de 
las escasísimas fuerzas que podíamos oponer á Mauricio en aque- 
llas regiones, pues desde ñnes del año anterior había sido trasla- 



(1) Biografía anónima de Verdugo. 



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- 180 - 

dado á las fronteras del Luxembur^o, y en esta ciudad enfermó, 
acabando su vida en Septiembre del 95. Veintitrés aflos más 
joven que su antiguo coronel Mondragón, estaba destinado á 
sueederle en la castellanía de Amberes; pero la Providencia, J)ur- 
tando, como suele, las humanas previsiones, se llevó primero al 
héroe joven, dejando al viejo en este mundo algunos meses más, 
que no habían de ser inútiles para su gloria. El Conde de Fuentes, 
gobernador general de Flandes, se llevó á Francia cuanto allí que- 
daba de algún valor militar; dejó solamente en los Países Bajos los 
dos tercios españoles, el regimiento valón de Mr. Grison, un cuer- 
po de irlandeses católicos mandado por Stanley, y mil quinientos 
jinetes á las órdenes de D. Juan de Córdoba. Contra la voluntad 
del de Fuentes, quedáronse también dos mil suizos mercenarios, 
recientemente contratados, y los cuales no quisieron ir á Fran- 
cia, alegando que se habían enganchado para los Países Bajos y 
nada más. 

Contra tan cortos elementos tenía Mauricio un campo bajo su 
mano de más de 10.000 infantes y 2.000 jinetes, perfectamente or- 
ganizados, aguerridos y acostumbrados á vencer; y además otros 
cuerpos y columnas con que podía amenazar á la vez muchos 
puntos de la extensísima frontera. Para contrabalancear de algún 
modo tan enorme desproporción de fuerzas, no teníamos á nuestra 
favor más que una cosa: el genio y experiencia de Mondragón, que 
era el capitán general de los nuestros. 

Y eso bastó. La campaña de 1595 bastaría para ennoblecer la 
hoja de servicios de cualquier caudillo. He aquí cómo la sintetiza 
un autor moderno, enemigo sañudo de 1^ causa española, Forne- 
rón: «Ultimo rayo de esperanza para Felipe II— dice-— fué el gene- 
ral que retrasó un año los progresos de Mauricio de Orange. Este 
general no era otro que Mondragón. Había nacido dos años des- 
pués que Carlos V (1), y había de morir dos años antes que Feli- 
pe II; en esta carrera casi secular, había visto al ejército español 
crecer y decrecer, progresar y decaer: era el último de los gran- 
des soldados de España, Habiendo quedado de único jefe en los 
Países Bajos, maniobró con tal arte, que redujo á la impotencia al 
selecto ejército de Mauricio, durante todo el año de 1595» (2). 

Empezó la campaña por un amago de los holandeses sobre Bois- 



(1) Ya hemos dicho que esta frase es inexacta. 

(2) Historia de Felipe IL Parte IV, cap. IV-III. 



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- 181 - 

le-Duc. Acudió Mondragón al socorro, y Mauricio, que no había 
querido sino llamar su atención hacia aquel punto para descargar 
el golpe en otra parte, se retiró presuroso con el grueso de sus 
fuerzas, dejando allí las que juzgó necesarias para deslumhrar á 
su adversario; pero aunque tan gran militar, era muy joven Mau- 
ricio para engañar á Mondragón; él resultó el engañado. Se corrió 
el holandés por el interior de su territorio y fué á sitiar á Groen- 
lo, una de las pocas plazas que aún poseíamos más allá del Mosa, 
defendida por 600 alemanes del regimiento de Bergas, mandados 
por el Conde Juan de Stirnum. El resto de este Cuerpo operaba 
también enojos alrededores de la ciudad sitiada, y hubo de apartar- 
e un poco para no caer en manos de los enemigos que ocuparon 
rápidamente toda la comarca. 

Lisonjeábase Mauricio con la idea de que su adversario, igno- 
rando sus movimientos y creyéndolo en la? cercanías de Bois-le- 
Duc, que para eso había dejado allí tropas, le concedería el tiempo 
suficiente para rendir á Groenlo, y trató de apresurar esta opera- 
ción, batiendo la plaza con 17 cañones. Mondragón, sin embargo, 
enterado de todo desde luego, sin duda por aquel admirable servi- 
cio de espionaje que tanto le aprovechó en el sitio de Zierikzée 
para desbaratar los planes del padre de Mauricio, fué quien hizo 
creer á los holandeses que permanecía en Bois~le-Duc, mientras 
que á marchas forzadas, remontaba el Mosa por su orilla derecha 
hasta Verlo, de cuyo castillo se había él mismo apoderado hacía 
año y medio; por Verlo cruzó el río con 5.000 infantes y 1.300 jine- 
tes, incorporándose á la segunda jornada la parte del regimiento 
de Bergas que no estaba sitiada en Groenlo. Tan rápidos, tan cer- 
teros y tan disimulados fueron estos movimientos, que Mauricio, 
cuando hacía á su enemigo muchas leguas á su derecha, supo que 
pasaba el Rhin por su izquierda, concentrado, y que se le iba enci- 
ma con extraordinaria celeridad. Lo peor para él era que tenía ex- 
tendidos y derramados sus 10.000 hombres en una gran extensión de 
terreno, y sin tiempo ya para juntarlos. No tuvo, pues, más recur- 
so que levantar el sitio de Groenlo, y meter su gente en Zetphen y 
Deventer, con tal apresuramiento, que hizo prender fuego á sus 
pertrechos, y dejó á Mondragón los víveres almacenados en su 
campo. Tan hermosa victoria, lograda sin combatir, fué el día 15 
de Julio. 

Persiguió nuestro héroe á los holandeses hasta las murallas de 
las plazas adonde se habían refugiado, y Ullí permaneció algunas 



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-^ 182 - 

semanas en amenazante y gallarda ofensiva; pero Mauricio recibía 
constantemente refuerzos, y la desproporción entre uno y ^otro 
ejército vino á ser tal, que la situación de los nuestros hubiera 
sido muy comprometida, de permanecer en campo abierto. Mon- 
dragón entonces, aplicando el método que puede llamarse romano, 
y que había él visto practicar tantas veces al Duque de Alba en 
las guerras de Alemania, y aun en su segunda campaña de Flan- 
des contra Guillermo de Orange, se atrincheró; buscó un sitio 
adecuado en el ángulo que fprma el Rhin con el Lippe (1), y allí 
estableció su campamento; Mauricio puso el suyo poco distante, y 
entre uno y otro corría el Lippe, que, por ser verano, era vadeable 
en casi toda la extensión de su curso. 

Los holandeses, aunque tan superiores en número, quedaron in- 
movilizados. En vano Mauricio provocaba á su anciano adversario 
á la batalla; Mondragón no había de pelear sino cuando y como le 
conrviniese. Lo que había eran continuas escaramuzas, ya en el fren- 
te de ambos campos, ya dimanadas del forrajeo á que los dos ejér- 
citos tenían que dedicarse constantemente para poder subsistir. 

A principios de Septiembre, habiendo observado Mauricio que 
salía todas las mañanas de nuestro campo una columna, y se aleja- 
ba en busca de víveres dos ó. tres leguas, decidió dar un golpe co- 
pándola. A este efecto, en la noche del 1 al 2, ochocientos caballos, 
mandados por Felipe de Nassau, primo de Mauricio, pasaron sigi- 
losamente el Lippe, y emboscáronse en el camino que seguía inva- 
riablemente nuestra columna. Muy á propósito era aquella tierra 
para semejantes emboscadas, por estar cubierta de árboles que no 
formaban un sólo bosque, sino muchos/ dejando claros suficientes 
para que maniobrase la caballería. Pero como en Julio, Mauricio, 
queriendo engañar á Mondragón, fué el engañado. Cuenta Colo- 
ma que desde la plaza de armas del campamento divisó nuestfo 
héroe el paso del río por Felipe de Nassau y sus jinetes; esto nos pa- 
rece inverosímil, habiéndose efectuado el paso de noche, y dis- 
puesto por tan buen caudillo como el gran general de Holanda; lo 
natural es que Mondragón, de quien sabemos por sus cartas del si- 
tio de Zierikzée, que manejaba el espionaje como uno de sus prin- 
cipales recursos bélicos, conociera también en esta ocasión el mo- 



(1) Según Coloma, entre Ringenbg y el Rhin; pero Ringenbg no está á orillas del Lippe, 
sino del Issel, y consta que entre los dos campos corría el primero de los citados afluentes, no 
figurando para nada el Issel en las operaciones que se desarrollaron. Conviene advertir que 
Coloma cuenta esta campaña por referencias, pues él servía por este tiempo en Fi ancla. 



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- 183 - 

•vimiento del enemigo antes de iniciarse, ó muy en su principio; 
sólo así se explica la seguridad, tino y rai!)idez con que dispuso la 
-$or presa de los que iban á sorprenderle. 

El caso fué que salió la columna, como todas las mañanas, com- 
puesta de trescientos infantes y ciento cincuenta caballos, Pero de- 
trás de ella marcharon otros trescientos arcabuceros españoles, 
desplegados en orden abierto por el bosque, y en pos de los arca- 
buceros, toda la caballería de D. Juan de Córdoba, Al desembocar 
la primera columna en uno de los claros del bosque, asaltáronla 
furiosamente los jinetes holandeses, con tal ímpetu, que la desorde- 
naron. Pero en aquel momento empiezan , á llover balas de todos 
los árboles vecinos; son los arcabuceros que iiacen fuego casi á 
quemarropa. Lo imprevisto de la agresión detiene y arremolina á 
los escuadrones enemigos, y cuando aún no saben quienes son los 
que les otenden, cae sobre ellos D. Juan de Córdoba con su caba- 
llería. La confusión en ellos fué tan^rápida como completa; hartá- 
ronse los nuestros de acuchillar, y los que sobrevivieron á la te- 
rrible carga ^ quedaron prisioneros; los más heridos; los condes 
Felipe de Nassau y Ernesto de Solms perdieron allí la libertad y 
también la vida, pues murieron á los pocos días de resultas de las 
heridas; más afortunado el Conde Ernesto de Nassau, sólo quedó 
-cautivo; en el campo perecieron el mariscal Kiuzki, dos capita- 
nes ingleses y tres holandeses. Tuvieron los nuestros diecinueve 
muertos, aproximado número de heridos, y ganaron tres estan- 
dartes y cuatrocientos caballos de servicio. uMucho stntió^asta pér- 
dida Mauricio de Nassau (dice Cabrera de Córdoba) por la gente 
y porque el viejo y adusto Mondragón le hubiese hecho la contra- 
teta por su experiencia, ventura y vigilancia.^ 

El mismo día de la batalla escribió Mondragón al Duque de Pas- 
trana, general de toda la caballería del ejército de Holanda, con- 
tándole lo bien que se habían portado sus jinetes: la carta se con- 
serva en Simancas. Mauricio, corrido y recelando ya de cuanto 
pudiese intentar, abstúvose de toda empresa ofensiva, y se limitó 
á permanecer en su campamento, sin otra esperanza que la de que 
la falta de víveres, por estar ya muy esquilmada la tierra, obliga- 
se á los católicos á levantar el campo. En efecto, los víveres lle- 
garon á faltar en aquellos contornos; pero Mondragón, que tenía 
previsto el caso, se trasladó á últimos de Septiembre á otro paraje, 
-dos leguas más allá, y en terreno que le permitía sostenerse mucho 
tiempo. 



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- 184 - 

Mauricio le siguió, y se fortificó ^en frente de él, mas el 29 de 
Octubre no era en el campo de Mondragón, sino en el de los ho- 
landeses, donde no se podía subsistir. Tuvo, por tanto, el joven 
caudillo que darse por vencido, y retirarse á Holanda, distribuyen- 
do su ejército én varias guarniciones. Mondragón recorrió como 
vencedor la comarca, y lo arregló todo para pasar el invierno. Cofr 
esta importante y poco costosa victoria (escribió Coloma) dejó ce^ 
rrado este valeroso y afoHunado capitán el número de las muchas^ 
que tuvo con singular muestra de valor y fidelidad. 



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XXV 

MUERTE DE MONDRAGÓN. — ELOGIOS QUE LE HAN SIDO TRIBUTADOS. — 
MONDRAGÓN EN EL ROMANCERO.— RETRATOS PE MONDRAGÓN! SU DES- 
CENDENCIA. 

Muy entrado debía ya demandar el nebuloso y frío invierno de 
los Países Bajos, cuando Mondragón volvió al castillo de Ambe- 
res; porque, según acabamos de referir, «Mauricio levantó su cam- 
po el 29 de Octubre, y nuestro héi-oe aún permaneció en el suyo 
varios días, y después recorrió la tierra revistando y reformando 
guarniciones, lo que es labor de semanas. Quizás fuera ya Diciem- 
bre, cuando el viejo león hubo de recogerse en el cubil, de donde 
no había de salir otra vez en esta vida, y es probable que los tra- 
bajos de la última campaña favoreciesen á los años, para precipi- 
tar algún tanto el término de su larga y gloriosa carrera. 

Por lo demás, en el siglo XVI la vida media era más corta que 
ahora, y la edad alcanzada por Mondragón parecía un prodigio; su 
primer favorecedor, el Duque de Alba, no pasó de los setenta y 
cinco, y durante mucho tiempo presentó el triste aspecto de la 
decrepitud, no habiendo podido montar á caballo en la campaña de 
Portugal; y este caso era muy favorable comparado con el de Car- 
los V, que, habiendo sido el mozo más robusto de su época, empezó 
á los treinta años á padecer de la gota, y á los cincuenta y cinco 
era una ruina que daba compasión (1). Los trabajos de la vida acti- 
va eran entonces mucho mayores que ahora; un simple viaje des- 
gastaba más que en nuestros días una campaña, y la higiene ape- 
nas si era conocida; aquella gen¿ración nos ofrece, al lado de ejem- 
plos de austeridad maravillosa, otros de repugnante voracidad, y 
de ambas clases solía darlos la misma persona: Carlos V, por ejem- 
plo, que solía pasarse las Semanas Santas á pan y agua, devoraba 



(1) Francisco I no podía moverse á los cincuenta añes; lo mismb Claudio de Guisa; Brlsac 
estaba decrépito á los cincuenta y siete; Rochechuart se retiró del servicio á los cincuenta y 
ocho á causa de su vejez. 



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— 186 -^ 

de ordinario enormes cantidades de comida y bebida. Pocos viejos 
figuran en los ejércitos y en la política de la centuria décimo- 
sexta. El Condestable de Montmorency, el Conde Pedro Ernesto 
de Mandsfelt y nuestro Mondragón son las excepciones. Y del úl- 
timo ya sabemos que los contemporáneos exageraban la edad, su- 
poniéndole más anciano de lo que era realmente. 

Nada sabemos de las circunstancias de la última enfermedad de 
Cristóbal, á no ser que cinco días antes de su muerte, ó sea el 30 
de Diciembre de 1595, sintiendo ya que se le acababa la vida, es- 
cribió al Rey una carta- pidiéndole la merced, de que nombrase su- 
cesor suyo en la castellanía de Amberes á su sobrino é hijo Alon- 
so de Mondragón, y diese la capitanía de lanzas de éste á su nieto 
Cristól^al. Esta súplica del glorioso agonizante no había de ser es- 
cuchada. 

Refiere D. Juan José Diana, y no sabemos de dónde tomaría la 
noticia, que cuando comprendió la inminencia de su fallecimiento, 
hizo que lo colocasen junto á una ventana, desde donde se descu- 
bría un campamento, para morir así de este modo contemplando 
aquel espectáculo de la guerra, en que había vivido siempre. Real- 
mente, desde cualquiera de las ventanas de su casa ó pabellón en 
el castillo de Amberes, podía ver el guerrero expirante, si no un 
campamento, las murallas, los baluartes, los cañones, ó la plaza de 
armas llena de los soldados que había conducido tantas veces á la 
victoria; pero no entra en el carácter positivo, sentado y frío de 
Mondragón un alarde romántico como el referido. Quizás, de ser 
cierta la anécdota, fuese casualidad ó coincidencia de esas que 
transforma luego el cariño de los supervivientes en esbozos de 
leyenda que el tiempo perfecciona y agranda. 

Lo cierto es que su muerte fué universalmente sentida, y con- 
siderada como irremediable pérdida para el ejército y para Espa- 
ña. No hay historiador de la época que no detenga su narración 
para dedicar un panegírico al héroe fallecido. Al principio de esta 
monografía extractamos las frases más salientes de los elogios tri- 
butados á Mondragón por Herrera, Cabrera de Córdoba, Vázquez, 
Colomá, Strada y Bentivoglio; un capítulo podríamos hacer ce- 
piando íntegras las alabanzas de estos y otros escritores antiguos 
y modernos. El P. Miniana, por ejemplo, le llama hombre de in- 
mortal fama que se halló en casi todas las batallas que hubo en 
Flandes desde la llegada del Duque de Alba, en las cuales, y en 
todas las demás ocasiones, sobresalió su heroica tntrepides y ftde- 



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- 187 - 

lidad al Rey; su vtgor era tan grande, que se mantuvo, en los 
reales hasta los últimos días de su vida, y venció en ellos al ene- 
migo. Su vigor físico fué siempre reparado y admirado, y existe 
la tradición, conservada por algunos historiadores, de que los sol- 
dados le apodaron Peña viva; porque de pefla parecía, en efecto, 
para resistir trabajos. 

Tampoco las musas dejaron de celebrar las hazañas de Mondra- 
gón, aun durante su vida. En 1583 se publicó en Madrid el Román- 
cero de Pedro de Padilla (1), ennoblecido con un soneto de Cer- 
vantes, y que Duran nó sabía si era una colección antológica, ó de 
poesías originales (2). El romance XV está dedicado al paso del 
vado, y dice así: 

^ Gozando de los despojos 

que ganaron en la villa, 
e&tu vieron los soldados 
hasta que el tercero día 
partieron para Nimega 
que con Holanda confina, 
adonde reparó el Duque, 
porque desde allí podía, 
acudir mucho mejor 
á lo que más convenía, ' 
y en el punto que llegó, 
supo que toda la isla 
que llaman de Zicarcea 
al de Orange obedecía, 
V que el General Zarafo 
á poner cerco partía 
á la villa de Dargoes, 
que era íbrtísima y rica, 
cuyaxdefensa y amparo 
un caballero tenía, 
llamado Isidro Pacheco, 
hombre de muy grande' estima, 
de soldados españoles 
con sola una compañía, 
y que los que la cercaban 
eran de diez mil arriba. 
Dio mucho cuidado al Duque 
esto que se le ofrecía , 



(1) Romancero de Pedro de Padilla, en el qual se contienen algunos sucesos que en la ^ 
femada de Flandes los españoles hicieron. Con otras historias y poesías diferentes.'-' 
Madrid, en casa de Francisco Sánchez, 1583. 

(2) Biblioteca de Rlvadenelra. 



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- 188 - 

viendo tan poca defensa 

para la fuerza enemiga, 

que se llegaba tian cerca 

de los muros de la villa 

que un mote de sus banderas 

fácilmente se leía, 

que por motejar al Duque 

le pusieron por insignia, 

y dice el mote: no es nada^ 

porque el Duque lo solía 

decir burlándose dellos, 

cuando gente apercebía. 

Encomendó esta jornada 

el duque este mismo día 

al castellano de Amberes, 

el cual hizo con gran prisa 

embarcar gente de guerra 

en los bajeles que había, 

y escogiendo en las del campo 

dos piezas de artillería, 

partió hacia la ribera 

desde adonde pretendía 

desalojar al contrario 

que el pasaje le impedía 

con cinco muy grandes urcas 

que para aquello traía. 

Fué de tan contrario el tiempo 

por lo mucho que llovía, 

que se hubo de retirar 

viendo que más no podía, 

y una pieza de las dos 

hubo de quedar perdida, 

porque se fué, por el lodo, 

imposible la salida. 

Smtió el Castellano aquéllo 

tanto, que no hay quien lo diga, 

y mohíno y desdeñado, 

se resuelve y determina 

de socorrer á Dar^oes 

ó rematar con la vida; 

y así á fuerza de dineros 

y diligentes espías, 

que es todo lo que en la guerra 

el buen suceso encamina, 

supo como cierto paso 

por donde salir podía 

á socorrer la ciudad, 

hasta cien años habría. 



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- 189 - 

que era tierra firme toda, 
y que la mar la cubría 
por haber rompido un dique 
que primero la impedía, 
y como es cosa notoria, 
y de todos muy sabida, 
que el g^ran mar septentrional 
mengua seis horas del día, 
con el cuidado y secreto 
que el negocio requería, 
dio Sancho de Avila orden 
al que la tierra sabía 
que con otros dos soldados 
de quien el hecho confía, 
fuesen á reconocer 
si es verdad que se podría 
tomar seguro aquel paso 
para salir á la isla. 
Hicieron la diligencia 
los tres como convenía; 
aunque con dificultad ^ 
la mayor que se imagina, 
porque tres leguas de ancho 
la mar por allí tenía, 
y dos ó tres hondos ríos 
que por debajo corrían, 
y Vueltos con la respuesta, 
recibió gran alegría 
Sancho de Avila con t sto, 
y al coronel acudía 
Cristóbal de Mondragón, 
y el caso le comunica, 
y los dos determinaro.i 
de partir al otro día, 
y mandan juntar la gente 
que les pareció escogida 
de españoles y tudescos, 
que hasta tres mil serían, 
y hicieron prevenir 
á todos en la partida 
de unos saquillos pequeños 
adonde sólo cabía 
la pólvora y las pelotas 
y una tasada comida, 
y sin que nadie supiese . 
para dónde se camina, 
comenzaron á marchar 
hasta llegar á la orilla, 



\ 

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- 190 - ' • 

y el coronel Mondragón, 

aunque su edad no sufría 

ponerse á tan ¿ran trabajo 

como el que allí se ofrecía, 

fué el primero que en el agua, 

los ancianos pies ponía, 

y en término de cinco horas 

que era el plazo que tehían, 

salió con toda su gente 

á tomar tierra en la isla, 

en la cual, para enjugarse, * 

un rato se detenían, 

y por ir más descansados, 

otras dos leguas que había 

desde donde ellos salieron ^ 

hasta la cercada villa; 

mas luego tuvo el contrario 

noticia de su venida, 

y aterrorizada el alma 

de ver cosa nunca vista, 

que un ejército pasase 

la mar á pie tan aprisa, 

se comenzó á retirar 

á las naves que tenía. 

Mas no fué muy á su salvo 

la diligente hdída; 

porque de Isidro Pacheco 

siendo la causa entendida, 

salió á ellos, y los nuestros, 

que de refresco venían, 

llegaron por otra parte, 

y tal estrago hacían, 

que más de tres mil quedaron 

en la ribera sin vida, 

tomándoles muchas piezas 

de muy buena artillería, * 

y dejando la ciudad 

á su gusto bastecida, 

volviendo á pasar la mar \ 

para Amberes se volvían. 

Los dos retratos de Mondragón que parecen auténticos, son los 
que d«imos en estos apuntes: el del cuadro al óleo, poseído en su ori- 
ginal, ó en antigua copia, por los descendientes del héroe, y el del 
Catálogo de la Armería del Archiduque Fernando, El primero, 
según reza el cartelón, fué sacado del natural, y el segundo, aun- 
que muy mal dibujado, sobre todo en el iéüerpo, conviene con el 



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- 191 - 

otro en las facciones, expresión fisionómica y carácter general de 
la figura. Ambos representan á Cristóbal en la última época de su 
vida, cuando era castellano de Amberes, y detenía con la diestra 
que no habían podido debilitar los años, los progresos de la fortu- 
na de Mauricio de Nassau. Ambos nos dan la idea de un viejo alto 
y enjuto, anguloso, fuerte y extremadamente á^il; e» una imagen 
de anciano, denunciadora del mozo atlético, jugador de pelota y de 
la barra, nadador y saltarín, como eran, según Marcos de Isaba, 
los infantes españoles de la época en que Mondragón fué soldado, 
y que revela también la conservación de aquellas prendas en una 
larga vida de rudos ejercicios. Las facciones de su rostro eran re- 
gulares, aunque prominentes ó muy señaladas, y la frente despe- 
jadísima y los ojos vivos y escrutadores, dan á su cabeza varonil 
un sello de inteligencia serena que impone respeto; es un caballe- 
ro que figuraría por derecho propio en un cuadro del Greco. Se ve 
claro que aquel hombre no debía reir, ni contar. chascarrillos, ni 
perder su tiempo en conversaciones amenas, sino pensar, mandar 
y ejecutar, y expresarse con las menos palabras posibles (1). 

Fué sepultado Mondragón en la capilla del castillo de Amberes, 
de la que se consideraba como patrono, por haber sido su funda- 
dor, y un flamenco que, según Osorio, el historiador de Medina del 
Campo, era apodado el Veterano^ compuso su epitafio, que decía: 

«Cuarto die Januarii obit Xpofanus Mondragonus, hispanus arcis 
Antuefpiae veteranus, militum Dux multis praeliis clarus qui jam 
inde ex adventum Duces Albani In Velgio ómnibus expeditionibuá 
Ínter fuit. Et ubique perclarum et fidelem regí operam cum laude 
meruit.» 

Pero no permanecieron mucho tiempo en Amberes los restos 
del Coronel. Confió, sin duda, la familia del héroe en que la petición 
elevada á S. M. desde su lecho de muerte por el vencedor de Gui- 
llermo de Orange y de Mauricio de Nassau, sería un documento 
eficacísimo; pero ¡ay! ni en el siglo XVI, ni nunca, ha sido la gra- 
titud debilidad de los gobiernos; había sido utilizado Mondragón, 
puede decirse que hasta el último momento de su vida; pero una 



(1) Había sido guapo y apuesto en su juventud, según un documento que Diana dice haber 
leído y copiado, aunque sin indicar dónde, ni cuál era. Sólo dice que es una carta de un gene- 
ral de aquel tiempo, dirigida al Rey, y que rezaba: S. M. C. El dador de la presente es CriS' 
tóbal de Mondragón, el cual agora es hombre darmas de una destas compañías, y uno de 
los buenos y fuertes soldados que sirven en estos ejércitos, y de los más apuestos y gala- 
nes hombres que se hayan visto jamás, y siempre se me*ha presentado en el mejor orden > 
^de caballas y armas^ 



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- 19¿ - 

vez que ya no podía seguir sirviendo, por haber muerto, ¿á qué 
guardar consideraciones á sus descendientes? Quizás fuera exce- 
siva la pretensión de Alonso; porque la castellanía de Amberes era 
el destino fijo principal y más apetecido, al alcance de un militar 
español, y aunque alegaba él, además. de' los servicios de su tío y 
suegro, los suyos propios de veinticuatro años continuos, no era 
más que capitán, y én aquél puesto sólo habían sido colocados 
basta entonces maestres de campo muy antiguos y de los que ha- 
bían desempeñado largo tiempo, ó muchas veces, funciones de ge- 
neral. El caso es que en vano escribió Alonso, en 21 de Enero, dos 
cartas, una al Rey y otra ál Secretario Idiáquez, recordando la del 
illLtstré difunto de 30 de Diciembre, y reiterando su pretensión; las 
cartas del sobrino no tuvieron otro efecto que la del tío: las tres 
ftíéron sumergidas en el océano de papeles de Simancas. 
• Comprendieron, al fin, los Mondragoñes que nada tenían ya que 
hacer en Flandés, y dispusieron su vuelta á la patria! Trajeron con- 
sigo los restos de su insigne pariente, y los enterraron en la iglesia 
de Santa María del Castillo. «Santa María del Castillo— escribió el 
anónimo autor del Memorial Histórico de Medina {\)y--ent\etvoáe 
la ilustre familia dé los Castillos, y donde está sepultado el coronel 
Móndrágóñ, crédito de la nación española, que sirvió en Flandes 
con lá aprobación que sabe el mundo; dé esta familia fué el Fiscal 
Castillo de Bobadilla, que escribió las Políticas, y D. García del 
Castillo, del hábito de Santiago, Caballerizo de la Reina nuestra 
Señora, y en el niismp tiempo de Mondragón f ué el Maestre de 
Campo Durango, que sirvió como debía.» 

¿Por qué fué sepultado Mondragón en el panteón de los Casti- 
llos, es decir, de la familia de áu cuñado y de sú hija, y no en el de 
los Mercados, que sería probablemente . en eV Convento de San 
Francisco, donde yacía su padre Martín, y su madre Mencía dis- 
puso quelá enterraran? El cariño del capitán. Alonso que, aunque 
se apellidaba Mondragón, era Castillo, y que fué quien dispuso el 
enterramiento del Coronel, bastaría para explicar esta circunstan- 
cia; pero en las Pruebas de 1591 existe la indicación de que "la 
sepultura familiar de los Mercados quedó deshonrada por haber 
tenido parte en ella el judaizante Zalamea; no que Zalamea hubie- 



(1) Este Memorial (M. S. en la Academia de la Historia) ha sido publicado por el Sr. Ro- 
drfsfoez en su Historia de Medina del Campo. Ses^ún el Sr. Rodríguez (pág. 350). ftié escrito, 
ó acabado de escribir, en 1633 ó 1634. 



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BL eeRGNBL eRlST^SAL DB MONDRAG^N 

Segúu el Oatúlojco de la Arraeri» del Archidnqae FernaiiUo de Aat^tria.— Viena, 1601. 

rFotograffa de D. Félix Alcalá Galiano). 



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<S6 sido allí enterrado, pues no lo fué en parte alguna, sino que 
había sido copropietario del panteón. jA tal extremo llegaban en 
el siglo XVI las preocupaciones! La testigo, dofia Ana Fernández, 
oyó decir que cuando tHurió doña Beatris de Biamoníe (cufiada 
del Coronel), no la traerían al enterramiento de la familia por ha^ 
ber sido de Zalamea. 

En Santa María del Castillo estuvieron los restos del Coronel 
hasta que, destruido este templo, ó trasladado al de Vera Crus^ lo 
fué también el panteón de los Castillos. Se verificó este último y 
deíuiitivo traslado en 1675 (1), y, según aparece de las inscripciones 
que copiamos á continuación, hubo el excelente acuerdo de depo- 
sitar solos, en el sepulcro del lado de la epístola, los despojos del 
Coronel. 

He aquí el texto de las dos inscripciones que se leen en los ar- 
cos del Presbiterio, y que, aunque algo largas, tienen tal impor- 
tancia en una biografía del héroe medinés, que nó pueden dejar 
de transcribirse aquí: 

Dice la del lado del Evangelio: 

cEstos dos arcos del lado del Evangelio y Epístola con sus bóvedas, 
fundó en la iglesia parroquial de Santa María del Castillo el muy ilus- 
tre caballero Diego González del Castillo, el año de 1573. Y por haber- 
se trasladado dicha iglesia á esta de la Santa Vera Cruz el de 1634, 
cediesen dichos entierros, arcos y bóvedas en la misma forma que 
los tenía dicho fundador, á Manuel González del Castillo, sucesor en su 
casa y mayorazgo. Y por no estar hechos dichos arcos y bóvedas, sino 
sólo puestos los escudos de armas en dicho presbiterio, los volviesen 
4 edificar á su costa D. Juan de la Barrera Mondragón y doña María 
Mondragón y Castillo, su mujer, y trasladasen todos los huesos á di- 
chas bóvedas, así los del dicho Diego González del Castillo como los 
del coronel Cristóbal de Mondragón, sus bisabuelos, y los del capitán 
AloQSo de Mondragón, su abuelo, y todos los de sus antepasados que 
dejaron en dicha iglesia diferentes memorias.— Año de 1674.» 

Y la del lado de la Epístola: 

cAquí yace quien por sus hechos heroicos vivirá siempre en la 
memoria de todos, el muy valeroso caballero y coronel Cristóbal de 
Mondragón, gobernador y preboste de la villa de Damvillers, en el 
Pays de Luxemburgo; alcaide, guarda mayor y gobernador de todos 
tos. bosques de Damvillers; capitán y gobernador de la villa de Deven- 
1er, con seiscientos hombres de guarnición; levantó por patente de Su 



(1) Hist.df Medina, pÁg. 416, 

13 



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- Í94 - 

Majestad un tercio de valones, arcabuceros, de seis banderas, paradla 
seguridad de la villa de Damvillers y sus contornos. Sirvió, por oífísi 
patente, con cuatrocientos arcabuceros, tanto en la villa de Damvilléí^ 
como en el campo. Levantó, por patente del Duque de Alba, una co«i- 
pañía de doscientos (Cincuenta valones para la defensa del Pays de Ze- 
landa y de la Isla de Valcheren. Fué coronel de seis compañías de iti- 
fantes valones, con que guardó las costas marítimas y la isía de Val- 
cheren, en la provincia de Zelanda, contra los piratas rebeldes y 
fugitivos bandidos. Fué gobernador y capitán general del Pays de^- 
landa y de la isla de Valcheren. Hizo la rendición de las villas de Miá- 
deburg y de Armemunde, y ajustó dieseti la obediencia á S. M. cófl- 
tratando lá rendición con el Príncipe de Orange. Fué castellano éél 
Castillo de Gante. Puso en cobro todos los moradores del Pays de Ze- 
landa, y restituídoles á su ser, como antes, con todos sus privilegio*. 
Notificó el perdón de S. M. á los moradores de las villas de Gorcun y 
Egorcun de la rebelión que habían hecho, y les volvió sus honores, ha- 
ciendas y privilegios, por parte de S. M. Fué ala. vuelta de Brabante 
y Gueldres, y sacó, así las tropas españolas como valonas que estaban 
allí alojadas, para que Se sirviese de ellas en la parte que pareciese 
convenir más al servicio de S. M. Fué, por patente de S. M., caste- 
llano del Castillo de Amberes. Fué del Consejo de guerra de Su 
Majestad, de cuyo voto se hizo en él toda estimación. Fué, por paten- 
te. de S. M., gobernador y Capitán general del ejército de Brabante, 
habiendo recibido de la Majestad Cesárea del señor Felipe 11 tantas 
honras, qne sólo las armas de S. M. y las de dicho Coronel están en la 
capilla de Amberes y en la entrada de dicha villa, como se sale de la 
Plaza de Armas. Murió, habiendo servido á S. M. cincuenta y seis años, 
en el Castillo de Amberes, á 14 (1) de Enero de 15%, habiendo hecho 
tantas y tan memorables hazañas y dado tantas victorias á las católi- 
cas armas, cuanto no se refieren mayores de otro vasallo; elogio con 
que le aclaman, no sólo los cronistas españoles, sino los extraños. Tra- 
jeo sus huesos de Amberes Alonso de Mondragón, su sobrino, capitán 
de caballos, abuelo de D. Juan de la Barrera Mondragón y de doña 
María Mondragón y Castillo, su mujer, biznietos de dicho Coronel, po- 
seedores de su casa^ servicios y mayórazgos.t 

El templo dé la Vera Cruz, ó de Santa María del Castillo, que 
también así se llama en recuerdo de la antigua iglesia, fué parro- 
quial hasta 1885. Desde entonces acá es una de esas iglesias semi- 



(1) No fué el 14, sino el 4; ni los servicios del Coronel fueron cincuenta y cuatro, sino se- 
senta y cuatro. Esta biografía epigráfica de Mondragón está llena^ como verán nuestros lee- 
tores, de inexactitudes notorias, aunque parece compuesta, en parte, por los títulos manus* 
critos que conservaría en su poder el Sr. de la Barrera. 



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- t95 - 

abandonad^, características de las grandes y decaídas villas cas- 
tellanas, que se van desmoronando poco á poco, bajo la capa de 
•polvo que cubre sus altare?, pavimento y paredes. Uíi sacerdote de 
Medina", tan virtuosa como ilustrado y amante de las patVias glb-^ 
rías, el Sr. D. Mariano Rodríguez Macías, nos escribía en Julip 
de 1903, remitiéndonos preciosos datos para este trabajo, entre ellos ^ 
la copia de las transcritas inscripciones sepulcrales: uJíoy €h lapa^ 
tria del Rey Fernando de Antequerat, tado es ruinc^^; ruinas la 
iglesia donde éste fundó la Orden d^l Golfo; ruinas él Castillo de 
la Mota^ y no tardará en ser ruinas también la Iglesia donde des- 
cansan los restos de Mondragón y su familia.» \Q\x^ doloroso y 
amargo es tener que concluir todas las memorias gloriosas de Es- 
paña hablando de abandono y de ruinas! 

La familia de Mondragón vivió en Medina del Campo, por lo 
menos hasta fines del siglo XVII. Disfrutando de lar abonable ha- 
cienda que, según Coloma, les dejó el Coronel, siendo efectiva- 
mente hidalga y emparentada con otras ilustres, y con el^ reflejo de 
la gloria militar, tan pura y tan grande, de su insigne deudo, figu- 
ró en el patriciado de la villa, y en su primer rango. Asediados 
del siglo XVII había muchos testigos que recordaban á doña Mar- 
garita de Mondragón, tenida por una de las sefioras.principales de 
Medina (1); su hijo Cristóbal fué inscripto en el Libro de oro de la 
villa, ó sea en la lista de los linajes, figurando en el de los Pollinos, 
y no en el de los lacreados, como más arriba se ha dicho. Pero eíi 
el orden de las preocupaciones nobiliarias de aquella época, pesa- 
ba mucho menos el parentesco tan próximo con el hombre que ha- 
bía vadeado dos veces el Escalda, defendido heroicamente á Mid- 
debourg, tomado á Zierikzée y vencido á los Qrange, padre é hijo, 
que la filiación remota y sin pruebas de algún fabuloso caballero 
Pollino del siglo XII, matamorojs más ó menos auténtico. Hoy los 
parientes de Mondragón habrían desdeñado aquellos vagos ante- 
cedentes leyendarios, y puesto todo su orgullo en la gloria recien- 
te y probada de su más insigne deudo. 

Sobre la familia de Mondragón pesó además la negra sombra de 
Zalamea. Al volver Alonso de Flandes encontróse con que las 
pruebas instruidas para conferirle ^Hábito de Santiago que le ha- 



(1) Más de cincuenta testlj^os declararon en las Pruebas de Cristóbal que dofia Margarita, 
hija del Coronel^ •era persona, no sólo cristiana vieja y limpia de sangre, sino señora de 
mucha calidad*» 



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- 1^- 

bí?i concedido el Rey, habían sido desfavorables á su hidalguía, y 
elevó un Memorial á Felipe III, en que después de referir suma- 
riameiite los servicios de su tío y suegro en Ftóndes, que kiao en 
aquellos Estados los más señalados que nunca español hiao^ y los 
suyos propios, de veinte y seis años, cuatro de soldado^ siete de ca- 
pitdn de Infantería y quince con una compañía de caballos ligeros 
españoles^ consigna qué S. M. Don Felipe II, en atención á estar 
yo casado con su hija (del Coronel), y única heredera, me hiao mer^ 
ced de un Hábito de Santiago; pero, afiade: tengo enemigos en Me-^ 
dina, especialmente Juan Dueñas^ porque mi padre declaró contra 
él en pleito de su hidcdguia, Sebastián de Caraballo, porque me 
cree culpado en la muerte de un hermano suyo, y Antonto de Mer- 
cado^ porque tuvo un desafio en Milán con un mi hermano. A la 
malquerencia de estos testigos atribuía Alonso el mal éxito de las 
pruebas; porque declararon que mi abuela era Mencia Gomes ^ hija 
de Rui Gómea de Zalamea, y de su mujer, Marina de Mercado, 
que era hija de un licenciado Mercado, y la verdad es que mi abue- 
la fué Mencia de Mercado^ hija de Diego de Mercado y de Fran- 
cisca dnaáles de Gudiel. Y este Diego de Mercado, tuvo un her- 
mano llamado Pedro de quien desciende doña Leonor Btirrientos* 
mujer de Fernando de Rios y doña Constanza su hermana, mujer 
del Ltc. D. Luis de Molina^ alcalde de Granada (1). 

Los que hayan seguido con algún cuidado el proceso genealó- 
gico que va al principio de estos apuntes, verán que Alonso men- 
tía al presentar como dos personas distintas al Lie. Mercado, sue- 
gro de Zalamea, y al Pedro de Mercado, hermano de Diego y abue- 
lo del Corpnel; pero de lo que se trataba era de alejar todo lo posi- 
ble el parentesco con Zalamea. Aunque, según las Constituciones 
de las Órdenes Militares, un parentesco de afinidad y colateral» 
como el que realmente unía á los Mondragones con el judaizante 
del siglo XV, no era mancha de linaje, la preocupación de limpie- 
za de sangre había traspasado ya los límites legales, y bastaba esa 
sombra para obscurecerlo todo. Por eso no consiguió nada el buen 
Alonso con sus memoriales y gestiones, y hubo de morir con la 
pena de no ser caballero de Santiago. 

A Cristóbal, el niflo nacido en el castillo de Amberes, retrata- 
do con su abuelo en el cuadro al óleo, y para el que pidió este mis- 



(1) Este Memorial, con sus árboles genealógicos, esU en la Biblioteca Nacional, Sección de 
Manuscritos. 



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- 197 -. 

mo abuelo, en su lecho de agonía, la compañía de caballos de Alon- 
so, tampoco fué más favorable la fortuna en este punto (1). Tam- 
bién le concedió el hábito S. M.; pero la Orden, después de las más 
prolijas informaciones, no le consideró digno de vestirle. Este obs- 
táculo no pudo ser salvado hasta la tercera generación. Catalina, 
hija de Alonso j* de Margarita, casó con D. Alonso de la Barrera 
y Montalvo, y tuvo un hijo que fué D. Juan de la Barrera y Mon- 
dragón, nacido en Septiembre de 1618. En este D. Juan se r^un|ó 
toda la herencia y prosapia del Coronel, parte por su madre, y par- 
te por haberse casado con su prima doña María Mondragón y Cas- 
tillo, que sería probablemente hija de su tío Cristóbal. ^ 

Don Juan de la Barrera solicitó de nuevo y obtuvo de Su Majes- 
tad, como era ya tradición de la familia, el Hábito de Santiago; 
pero esta vez con éxito. No dejó de haber sus dificultades; porque 
todavía salieron testigos hablando de uh Ruy Gomes de Zalamea 
que tuvo una hija, llamada Mencia Gómea de Mercado, y que fué 
penitenciado por el Santo Oficio: pero había pasado ya mucho 
tiempo para que no pudiera inventarse una verdad oficial^ distin- 
ta de la i^ositiva. En las Pruebas de la Barrera, el escribano Ruy 
Gómez, cristiano viejo y persona principal de Medina, se transfi- 
guró, como por arte de encantamiento, én un judío portugués, y 
de su hija Mencia se dio por cosa cierta y averiguada que había 
huido de la villa sin dejar en ella descendencia; así se borró» por 
fin, la mancha que había caído en el linaje de los Mondragones, y 
pudo la Barrera, con estas mentiras oficinescas, vestir el Habito 
que no había podido alcanzar su gran antepasado con tan verdade- 
ras y estupendas hazañas (2). 

Tales son los datos que hemos podido reunir del coronel Cris- 
tóbal de Mondragón, una de las figuras militares más completas de 
la España del siglo XVI . Al terminar nuestro trabajo, y para ce- 
rrarlo, sólo se nos ocurre una consideración: la materia de que fué 
formado aquel insigne guerrero existe todavía en España; si de esa 
materia, ó sea de la raza, no surgen ahora hombres que con él pue- 
dan compararse, culpa es de circunstancias (llamémoslas así) que 
lá voluntad decidida y perseverante acabaría por vencer, cuando 
quisiéramos de veras los españoles. 



(1) Este Cristóbal, nieto del Coronel, casó en Medina con dofia Beatriz Gutiérrez, natural 
de la misóla villa. 

(2) La casa déla Barrera pasó después á la de Murga, de Marquina, volviendo así el lina- 
je de Mondragón, al cabo de los siglos, al solar vascongado de donde había salido. 



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índice: 



Páginas. 

Proemio 5 

I. —Naturaleza y padres del coronel Mondragón.— Estado so- 
cial de Medina del Campo en el siglo XVI.— Apellidos Mon- 
dragón y Mercado. 15 

II.— Algunos pormenores genealógicos indispensables.— Ruy 
Martínez de Mercado.— Los escribanos de Medina del Cam- 
po á fines del siglo XV y principios del XVI: un dicho de la 
Reina Católica.— Hijos de Ruy Martínez.— Ruy Gómez de 
Zalamea.— La mancha ó sombra de un honrado linaje 20 

III.— Testamento déla madre del coronel Mondragón.— Los 
hermanos de éste.— ¿Cuándo nació el Coronel? 25 

IV.— Las comunidades.— Infancia y adolescencia de Mondra- 
gón.— Los hijos de Zalamea.— La infantería española en la 
época del alistamiento de Mondragón 28 

V.— Trece años de soldado raso.— Paso del Elba.— Mondragón 
alférez.— El favor del Gran Duque de Alba 35 

VI.— Mondragón, capitán de Caballos ligeros.— Prisionero en 
Francia.— Gobernador de Damvillers.— El Luxemburgo en 
el siglo XVI 39 

VII.— Mondragón, coronel de valones. — Valones y espafto- 
les.— Iniciativa de Mondragón, aplaudida por el Duque de 
Alba.-Los mendigos del mar 44 

Vm.— Mondragón en Medina del Campo.— Dos clases de hé- 
roes.— Breve resumen de la vida de Cristóbal de San Vicen- 
te.— San Vicente y Mondragón 51 

IX.— Mondragón en Medina del Campo.— Un sambenito tar- 
dío.— Cómo se transformó la historia de Zalamea.— Lo que 
sufrió Mondragón en su pueblo natal 56 

X.— Nueva insurrección ñamenca.— Mondragón en Amberes. 
Loszelandeses.— Luchas heroicas.— La segunda mujer de 
Mondragón.— Carácter de éste 61 

XI.— El paso del vado 69 

XIL— Ataque de Tholen.— Diligencia de Mondragón: su indo- 
mable bravura. — Cae herido.— Plan admirable para recupe- 
rar la cabeza del dique, y no menos admirable ejecución.— 
Espléndida victoria 73 



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Xm.— MondragóQ, capitán general de Zelanda. — Sitio de 
Middeburg:.-- Heroica constancia de los sitiados.— Capitula- 
ción de la piara.— ¿Faltó Mondragón á lo capitulado? 80 

XIV.— Batalla de Moole.— Mondragón, castellano de Gante.— ; 

Le chateau de& espagñols. — ;Segundo vadeo y toma de Fi- í 

nard. —Gran operación en la Zelanda central. — Tercero y | 

último vadeo dirigido por Mondragón 86 

XV.— Sitio de Zierikzée.— Notable correspondencia de Mon- 
dragón, publicada por Gachard.— Carácter de Mondragón 
que revela esta correspondencia 92^ 

XVI.— Por qué no se sacó partido de la toma de Zierikzée.— 
Los soldados españoles de Flandes, según los escritores y 
los documentos contemporáneos: sus cualidades y sus de* 
fectos.— Motín en Zierikzée 99 

XVn.— Resumen de las causas de la gran insurrección fla- 
menca de 1576 que esterilizó la victoria de Zierikzée 111 

XVIIL— Mondragón prisionero de sus soldados en Zierikzée. 
Sucesos en el continente.— Sitio de la Cindadela de Gante. 
Heroica defensa de la fortaleza por la mujer de Mondragón 
y el capitán Álamos.— Mondragón no acompañó á los espa- 
ñoles en su viaje á Italia. 121 

XIX.— Antecedentes del golpe de Estado de Mamuz.— Llama- 
miento á los españoles.— Alejandro Farnesio en Flandes.— 
Mondragón: su autoridad en esta época 13} 

XX.— Desproporción de fuerzas al empezar la campaña de 
1598.— Batalla de Gembloux. — Importancia de Mondragón 
en el Ejército.— Toma de Limbourg.— Voladura del Casti^ 
lio 140 

^CXI,.— Toma de Dalhem.— Humanidad de Mondragón.— Sitio 
de Maestricht.— Último viaje del Coronel á España.- Mon- 
dragón, consejero de Farnesio 146 

XXII.— Mondragón, Maestre de campo del Tercio viejo.— Lo 
que era el Tercio viejo.— Sitio de Niuove.— Toma de Lin- 
querque.— Sitio de Amberes.— Ataque de Lillo: sus conse- 
cuencias históricas.— Toma de Amberes 153 

XXIII.— Mondragón, castellano de Amberes. --Lamentable 
cambio en la dirección y objetivo de la guerra de Flandes. 
Conspiraciones en Amberes.— Campaña en el pais de Waes. 
Esperando la clnvencible» 165 

XXIV. -Mondragón restaurador del castillo de Amberes.— 
Capitán general del Brabante.— Las últimas campañas 174 

XXV.— Muerte de Mondragón.— Elogios que le h^n sido tri- 
butados.- Mondragón en el Romancero.— Retratos de Mon- 
dragón: su descendencia 185 



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OBf^AS DEü mismo AUTOt; 



Bl Socialismo del campo.— Memoria premiada por la Keal 
Academia de Ciencias Morales y Políticas. 

Bl Snlragio Uaiversal y la elección por clases y gre^ 

mios.— Memoria premiada por la Real Academia de 
Ciencias Morales y Políticas con el premio extraordina- 
rio del Conde de Toreno. 

Bstado social qne retle}a el Qniii^te.— Memoria premiada 
por la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. 

Bl Sitio de Yillada.— Monografía histórica de esta villa y 
noticia biográfica de sus hijos más ilus't res.— Premiada 
é impresa por el Ayuntamiento de Villada. 

Astorga en la guerra de la independencia. 



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ACMÉ 
BOOKBINDING CO., INC. 

APR 1 6 1984 

100 CAMBRIDGE STREET 
CHARLESTOWN. MASS. 

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