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ELEMENTOS DE DERECHO POLITICO 



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ELEMENTOS 



DE 



DEHECHO POLITICO 



POR 



D. SALVADOR CUESTA 

eatodritloe d« fitraolie poUttee 7 ftdaialttrfttlTO 
IB U TJniTortidtd do Mi&a&M 



SEGUNDA EDICION 




SALAMANCA 

LIBRERfA DE MANUEL HERNANDEZ 

Calle de la Rua, ndmero 4 ''^i 

1887 ,^ 



A- 



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Es propiedad del autor. 



Salamanca, Imp. d^ F. Nuftez, Corriilo, 28. 



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AL LECTOR 



La primera edicion de este libro (u6 resultado de la 
preparaci6n para unos ejercicios que luego hubimos de 
practicar. No tenfa, pues, otras pretensiones que las de 
un mero ensayo, ni era en realidad otra cosa que un 
resumen mis 6 menos claro y sucinto de nuestros estu- 
dios y de nuestras propias reflexiones. La benevolencia 
con que le acogieron algunos peri6dicos profesionales y 
poUticos; el juicio undnime con que le honr6 el claustro de 
la Facultad de Derecho de Salamanca en informe d la Di- 
recci6n general de Instrucci6n piiblica; la distinci6n con 
que nos han favorecido, seftaldndola de texto, algunos 
compafieros en el profesorado, y los deberes que este im- 
pone, nos mueven d publicar esta segunda edici6n refor- 



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mada y notablemente adicionada con la Historia del De- 
recho politico espafiol y un apdndice sobre las principales 
teorfas sociales y polfticas, desde los fil6sofos griegos has- 
ta la nueva direcci6n positivista. No aspiramos d la nota 
de originales, no obstante haber intentado fijar algunos 
conceptos y dar soluci6n propia d algunas cuestiones de 
las mas importantes; ni mucho menos pretendemos mar- 
car nuevos rumbos d la ciencia. Nuestro prop6sito es mds 
modesto y mds acomodado d nuestras fuerzas. 

Deseamos presentar en unidad los principios genera-^ 
les de esta rama del Derecho y las doctrinas cuyo conoci- 
miento es, en nuestro sentir, indispensable, facilitando de 
este modo el trabajo de nuestros discfpulos y prepardn- 
dolos para otros estudios que exigen mds tiempo y me- 
ditaci6n. 



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introducciOn 



Es un principio elemental que en toda manifestacion 
de la actividad inteligente ha de aparecer la idea como 
objetivo final de los humanos esfuerzos, y aunque, como 
dice Kant, las ideas contienen una cierta perfeccion inte- 
gral, a la que ningun conocimiento empirico puede llegar, 
y lo llamado ideal parece que esta aiin mas separado de la 
realidad objetTva que la idea, con todo, descendiendo un 
poco, se ve que la razon contiene no solamente ideas, 
sino tambien ciertos ideales dotados de una fuerza prac- 
tical y que sirven de fundamento d la posibilidad de la 
perfeccion de ciertas acciones. Los conceptos morales no 
son enteramente conceptos puros de la raz6n, porque 
tienen algo de empirico, placer 6 pena, por principio fun- 
damental. La virtud y la sabidurfa humanas en toda su 
pureza son ideas, y aunque el sabio y el virtuoso ideales 
solo existan en nuestra mente, como la idea da la reglay 
por lo mismo el ideal sirve (\^ prototipo para la determi- 
nacion universal del ectipo 6 copia, y nosotros no tene- 
mos otro criterio de nuestras acciones mds que la conduc- 
ta de este hombre que existe en nuestra mente, al cual 
nos comparamos, segun el cual nos juzgamos y conforme 
al cual nos corregimos, aunque no podamos llegar jamas 



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a su perfecci6n. Y, aun no concediendo a estas ideas nin- 
guna realidad objetiva, todavia no deben ser consideiTl- 
das come quimeras, sino que dan a la razon, necesitada 
de estos conceptos, una unidad de medida de lo que es 
perfecto en su especie incjispensable para apreciar en 
consecuencia los grades de la imperfeccion (i). 

Per eso en las ciencias eticas se debe ante todo bus- 
car el ideal, esto es, lo que nuestra inteligencia concibe 
conio el tipo de la perfeccion. Estas concepciones de la 
razon, estas intuiciones que nos muestran lo tipico, lo 
permanente e invariable, lo niejor en todos tiempos y 
lugares, constituyen los primeros principios, las verdades 
fundamentales, lo que con verdad se llama parte filosb- 
fica de la ciencia, de que no se puede prescindir en las 
investigaciones, ni se debe omitir en la exposicion, sope- 
na de faltar la base y de perderse en las tinieblas del 
error 6 en las angustias de la ducl,a. 

A esta necesidad no habi'a de sustraerse la ciencia 
objeto de nuestro estudio. 

For el contrario, al exponer la ciencia que a la orga- 
nizacion, al gobicrnb y a la direccion de la sociedad se 
refiere, es preciso fijar bien los cimientos en que se apoya 
y descansa el edificio social, determinar con exactitud los 
conceptos fundamentales, y establecer con precision los 
principios generales de que surgen las atribuciones y limi- 
tes del Estado y de su representante el Poder publico, 
los derechos y deberes de los ciudadanos y de los dife- 
rentes organismos que integran la sociedad polftica. 

Asi que, y aun no siendo completamente propia de 
nuestro estudio una indagacion cri'tica, ni una determina- 
cion cientifica del derecho, mision peculiar de los trata- 
distas de Filosofia del derecho, consideramos indispen- 
sable presuponer, siquiera sea en forma dogmdtica, nues- 
tro concepto del derecho, porque no hay ni puede haber 
consecuencia sin premisas, ni juicio sin criterio para juz- 
gar, y como para analizar las doctrinas y los hechos han 



(I) OvV. de fa Rahon pure, torn. II, pdg. 169-171, trad, de Tissot. 



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II — ^ 



de estudiarse en relaci6n con el prindpio que las informa 
y con el fin que los determina, de aquf. la necesidad de 
prefijar un concepto que sirva de t^rmino de comparaci6n 
y de medio para la afirmaci6n acerca de la* verdad 6 
error de la doctrina, de la bondad 6 malipia de la realidad 
6 hecho hist6rico que se estifdia. 

Someti^ndonos d esta necesidad afirmamos que el 
derecho es ante todo regla, que, como tal, se dirige d la 
voluntad libre y que, para que esta regla no sea capri- 
chosa 6 arbitraria, ha de expresaralgo permanente y con- 
forme al ser y naturaleza de las cosas. No es el derecho 
facultad, aunque la engendra, ni es tampoco restricci6n 
de la libertad, aunque puede producirla; es regla y s61o 
regla, ya sea manifiesta por la raz6n, ya declarada por el 
legislador, 6 aclamada por el pueblo, 6 surgida espontd- 
neamente para afrontar una necesidad apremiante en la 
vida y relaci6n social. Pero no es tampoco una sola re- 
gla, aunque s( pudieran contenerse todos los preceptos 
jurfdicos en esta tinica regla capital: respetar y pres- 
tar J segun razon^ los medics y condiciones necesarios 
para realizar fines humanos; y como en este, que pu- 
diera ser principio jurfdico, estdn virtualmente contenidas 
todas y cada una de las reglas particulares de derecho, 
entendemos no pecar por exceso ni por defecto al afirmar 
que es derecho toda regla que exige entre los hombres 
el respeto 6 la prestacion de los medios y condiciones ne- 
cesarios^ segun la naturaleza^ para la realizacion de su 
fin: definici6n principalmente apliqable d los preceptos 
del derecho natural, expresi6n verdadera de los medios 
y condiciones impuestos por Dios al hombre, y que^ 
cuando se tratare del derecho llamado/^j///z^^, como los 
hombres pueden equivocarse al juzgar medio 6 con- 
dicion racional aquello que realmente no lo sea, pudiera 
modificarse diciendo que es toda regla que en tin Estado 
se consider a i impone como expresion de medios 6 condi- 
ciones para el cumplimiento del destine kumano. 

Notase en esta definici6n que el t^rmino Estado en- 
tra como esencial en la misma, de manera que el dere- 



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— 13 



cho positive implica un Estado en que hay a de manifes- 
tarse, y si aftadimos que el derecho particular, objeto de 
nuestro estudio, es el politico , referente de un modo es- 
pecial al Estado, como el fin directo, principal € inme- 
diato de 6ste se halla en la realizaci6n del dereciho, que 
ha de ser declarado^ exigido y practicado por A mismo, 
aparece aquf mds de relieve la necesidad de fijar el con- 
cepto del Estido, sociedad autbnoma organizada para la 
consecucion del fin humano por la realizacion del de- 
recho. 

Expuesto y explicado este concept© fundamental, 
surgen cuestiones de importancia, prenotandos indispen- 
sables para resolver otras ulteriores. Como nacen los Es- 
tados; c6mo viven y se desarrollan; qu^ fines secundarios 
pueden y deben realizar, ademds del suyo propio; qu6 
relacfones sostienen con otras entidades extranas y con 
los organismos que los integran; problemas son capitales, 
cuya soluci6n nos da la clave para todos los derivados 
de la naturaleza del Estado y de su consideracion enfiren- 
te de otros 6rdenes y sociedades, cuyos miembros for- 
man tambien parte de d. 

Pasando de este conocimiento general del Estado al 
de su interior contenido, como todo objeto cognoscible 
se ofi'ece d la inteligencia bajo dos fases distintas; la de la 
materia^ que constituye lo fundamental de la existencia, 
y la de Xz forma, 6 el modo de existir, estudiamos los 
elementos constitutivos del Estado, empezando por el 
material, porque, si bien es cierto que no hay existencia 
sin modo, en el orden 16gico de las concepciones primero 
aparece lo fundamental del ser y despu^s su modo propio 
de ser 6 la manifestaci6n especial de su existencia. 

El elemento material del Estado le hallamos nosotros 
en la agrupaci6n de seres humanos: de aquf la necesidad 
de conocer al indivfduo. A dste le concibe nuestra men- 
te, 6 viviendo en sociedad, 6 fuera de ella (si bien esto 
no sea mis que por pura abstracci6n), y desde el momen- 
to en que se ofrece la doble hip6tesis de la vida, primero 
se concibe al hombre como existiendo aislado, y aunque 



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— »3 — 

tal vida haya sido un mito en la historia de la humani- 
dad, no por eso ^s menos cierto que, partiendo de esta 
hipotesis, el hombre se presenta con caracteres diversos 
que al estudiarle en sociedad. 

Ahora bien; las hipotesis cientificas no ban de recha- 
zarse en absoluto, sino que deben provisionalmente admi- 
tirse cuando pueden conducir d la mas fdcil consecucion 
del fin cientifico; y, por lo que Kace a nuestro objeto, 
es indudable que el estudio del hombre fuera de la so- 
ciedad nos dara el conocimiento de lo que el hombre 
_^tiene por serlo, de lo que no ha recibido de la sociedad, 
que la sociedad no puede quitarle; en una palabra, el co- 
nocimiento de los derechos naturales^ innatos 6 7iativGs 
del hombre, cuya exposici6n habra de hacerse dando el 
primer lugar al estudio de la libertad y de sus manifesta- 
ciones, porque sin ella no se concibe al hombre, ni aun 
fuera de sociedad, y examinando despu^s la igualdad y 
las relaciones varias a que da origen, como idea resultan- 
te de la comparaci6n entre los hombres asociados. 

El crden y la organizacidn que este supone es lo que 
da forma a la agrupacion de individuos para erigirse en 
sociedad pt>litica, y todo lo que a este orden diga rela- 
cion sera tambien referente al elemento formal del Esta- 
do. Como el orden no se obtiene sin una- fuerza bastante 
para contener y armonizar las tendencias disolventes hi- 
jas de la libertad individual, sfguese que el estudio del 
Poder publico es previamente indispensable para conocer 
los principios de la organizacion social. Este Poder se con- 
cibe de dos modos: ya, en abstractor como fuerza social 
puramente, y aun como fuerza suprema al compararle 
con las demds fuerzas sociales; ya en concreto^ 6 encar- 
nado en las personas que han de ejercerle. Por eso le es 
tudiamos bajo los dos puntos de vista, examinando por el ' 
pronto lo que dice relacion al Poder, sea cualquiera el 
modo con que se manifieste, y descendiendo despu^s a 
los modos especiales desu manifestacion, 6 scan, sus fun- 
Clones^ para concluir exponiendo la realizacion de este 
Poder al encarnarse en las personas, dando lugar al Go- 



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— 14 — 

bierno y a sus diversas formas, respccto d las cuales es- 
tudiamos las ventajas 6 incoiivenientcs de cada una, d(^.- 
ducidos de su propia naturaleza e independieiitemente del 
pais en que hayan podido 6 pudieren establecerse. Al 
hacerlo, principiamos por la mondrqicica^ por ser la pri- 
mera que aparecc en el tiempo, como la mas natural; con- 
tinuando por la repud/icana, y terminando por la llama- 
da, tal vez no muy propiamente, ccnsiititcional 6 repre- 
seniativa, como mas moderna y producida por una ela- 
boracion mas reflexiva. 

La combinacion de los dos elementos del Estado, 
realizandole como tal y ofreciendo a la mente su consti 
tucion, ya intrinseca^ general a todo Kstado, )'a exlerna, 
propia solo de los Plstados libres, cierra el estiidio de la 
parte filosofica del derecho politico, porqiie no hay com- 
binacion sin elementos que combinar, *y aun cxistiendo cs- 
tos, la combinacion no seria acertada sin conocerlos prc- 
viamente. 



A la exposicion dc los principios fundamen tales, 
que representan lo ideal dc la ciencia, debe 'segufr una 
parte historica, el estudio de la realidad, porque a la 
limitaci6n del h'ombre no es dado realizar de repente lo 
ideal, sino que, caminando la humanidad por grados en su 
crecimiento y cultura, precisa conocer sus pasos, estudiar- 
los para saber si marcan un adelanto 6 un retroceso 6 des- 
vio en la senda del progreso, y poder, como consecuencia, 
afirmar cual ha de darse en aquel momento, que es lo 
posible 6 realizable, segiin la situacion y la aptitud actual 
de la humanidad, para acercarse a la idea 6 tipo que 
persigue. 

La historia del derecho positivo de un pueblo exige 
como conocimiento previo el de la constituci6n de este 
en Estado, 6 sea, el de sus transformaciones sucesivas 
hasta adquirir la fuerza, la independencia y la inteligencia 
bastantes para formar Estado. 

Pero ya mucho antes de que los pueblos se constitu- 



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— IS — 

yan en verdaderos Estados sienten la necesidad del de- 
recho y tienden, tanto a su conociniiento y declaracion, 
como a su realizacion. La falta de cultiira, sin embargo, 
en los pueblos primitivos no les permite vislumbrar pun- 
tos de vista generales y por esto se limitan a la satisfac- 
cion espontanea de las necesidades mas urgentes y pe- 
rentorias, que son las mis concretas, y las contiendas 
juridicas se resuelven, ya por elmutuo acuerdo resultante 
del conociniiento instintivo del derecho, ora por la deci- 
sion de arbitros a cuya buena fe se somete la querella, 
6 ya tambien por los jefes de las familias y de las tribus, 
quienes fallan prudencialmente conforme a su raz6n y 
voluntad, sin ley escrita que obedecer, ni costumbre que 
respetar, pues los primeros ^ctos de administracion de 
justicia no tienen precedentes que imitar. 

Es, pues, la primera manifestacion del Serecho indivi- 
dual y espontanea, sin que llegue a adquirir cierto ca- 
racter de generalidad hasta que la repetida presentacion 
de necesidades andlogas hace d los hombres recordar la 
manera anterior como se resolvi6 el conflicto, y de la 
aplicaci6n reiterada de las mismas soluciones nace la cos- 
tumbre jurfdica, que marca un grado de progreso en la 
senda del derecho, y no carece por completo de impor- 
tancia en el derecho publico, como lo prueba el que, ni el 
Poder social, ni sus atribuciones, ni su modo de ejercicio 
son efecto en las sociedades incipientes de una disposici6n 
escrita, de una ley fundamental. El hecho natural de la 
generacion da, es pierto, en las familias el Poder autorita- 
rio, indiscutible, arbitrario, si se quiere; pero al salir de 
la familia, al estudiar las tribus y los pueblos, ya no se ve 
d la naturaleza designando al padre como jefe; es en un 
principio jefe el que puede, el que se impone por su fuer- 
za, por su astucia 6 por su talento, y constituido asf el 
germen del Estado, las atribuciones del jefe, los deberes 
de los subordinados y la sustitucion de aquel, cuando 
hiuere, se incapacita 6 es destituido, se regulan por la 
costumbre; en el uno de mandar; en los otros de obede- 
cer, y en todos de acatar el modo y forma de designacion 



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*- 16 — 

anterior. Podrdn ser estas costumbres mds 6 menos 
aceptadas, mas 6 menos contradichas, mds 6 menos arbi- 
trarias 6 caprichosas; pero no podra negdrseles el dictado 
de jurfdicas, toda vez que d regular relaciones de dere- 
cho tienden; y por lo que hace a nuestra patria, bien se 
ve que la costumbre determino el modo de ser poHtico, 
aunque rudimentariamente polidco, de las ciudades 6 pue- 
blos anteriores a los fenicios, y que ella tambien rigi6 la 
organizacion del pueblo godo antes de que.este recibiera 
leyes escritas en tienipo de Eurico. 

Aparece la costumbre en todo pueblo como la pri- 
mera manifestacion rejlexiva del derecho, y aunque no 
es su unica fuente, segun afirma un escritor ilustre, es lo 
cierto que, andando el tiempo, entre la costumbre jurfdi- 
ca y la ley existe cierta armonfa, siendo d la larga aque- 
Ua respetada por esta, como expresion de una necesidad 
sentida y satisfecha d su modo por el pueblo. De aquf se 
infiere que, al historiar el derecho, no sea preciso en ge- 
neral hacer su estudio en las costumbres, bastando para 
el caso las leyes, y esto porque, ademds de ser en mu- 
chas ocasiones iniidl, viniendo a resultar el trabajo repe- 
tido al indagar el espiritu de las leyes despues de cono- 
cida la tendencia de las costumbres, serfa muy dificil 
precisar cuales fueron en los pueblos'pasados cuando su 
influencia fu6 tan escasa que no llegaron d traducirse en 
leyes. 

En estas deberemos fijarnos principalmente, sin des- 
deftar, no obstante, las costumbres biea manifiestas 6 no- 
torias; y como no es posible aplicar simultdneamente la 
atenci6n d todas las especies de instituciones jurfdicas, so- 
penade exponernos d una confusion lamentable, ni menos 
ver con claridad la ilaci6n y correspondencia entre las 
instituciones de una misma clase, si nos obstinamos en es- 
tudiarlas todas de una vez y en un momento dado, pre- 
ferimos indicar el cardcter y desenvolvimiento de cada 
una desde su origen hasta su estado actual, limitdndonos 
a una crftica general, siquiera esto implique cierto dog- 
matismo: defecto que, despucSs de todo, no es tan grande 



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- t7 - 

observando que aquellas dogmdticas aserciones han de 
hallar su comprobacion en las citas y referencias opor- 
tunas. 

Si la historia ha de ser ensefianza, y esta resulta del 
juicio de los hechos por su comparaci6n, cuanto mds se 
aproximen estos, cuanto mis se pongan en contacto, mas 
facil serd ver sus semejaiizas y diferencias, mas notoria 
sera la influencia de los anteriores en los subsiguientes. 

Por esto nos separamos en la parte historica de la di- 
vision por ^pocas, aun reconociendo todo su valor cien- 
tifico y su utilidad practica, y optamos por exponer aisla- 
damente cada especie de instituciones para comprender 
mejor su nacimiento y desarrollo; buscando, mas que la 
remota relaci6n entre las diversas instituciones coetaheas, 
todo lo que directamente afecte d cada una, y las vicisitu- 
des porque ha pasado, deducidas del contenido de nues- 
tras leyes y de las costumbres que han arraigado en Es- 
pafia. Estudiaremos, pues: 

I. — La formacion de la nacionalidad y del Estado 
espanol; comprendiendo: i° La primitiva poblacion por 
los iberos^ cellos y celtiberos^ divididos en tribus indepen- 
dientes, que no llegaron d constituir nacionalidad, ni se 
rigieron por un solo gobierno; la colonizaci6n por Xosfe- 
nicios y griegos^ que dejaron en nuestro suelo la semilla 
de la civilizacion; y la dominacion por los cartagineses, 
que pasaron sin dejar rastro alguno de cultura, atentos 
solo d explotar las ricas minas y d reclutar los valerosos 
hijos del pafs para las luchas que sostuvieron con su afor- 
tunada rival: 2° La dominacion romana en que Espafta 
llego d convertirse en una de tantas provincias, recibiendo 
de la metr6poli lenguaje, costumbres, religion, derecho 
y en general todos los elementos de la vida social: 3° El 
imperio visigbticOy que infiltro en la sociedad espanola el 
espiritu Individ ualista germdnico; nos dej(5 los concilios 
toledanos, venerandas asambleas donde se elaboraron las 
notabilfsimas leyes del F'uero Juzgo y nos leg6 la institu- 
cion mondrquica, templada cuanto podfa serlo en aquella 



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~ i8 — 

^poca: 4*^ La reconquista^ epopeya grandiosa, iniciada 
en las montaflas de Asturias y Sobrarbe y terminada fe- 
lizmente bajo los muros de Granada; en cuyo perfodo los 
estados cristianos nacen, crecen, se unen, se dividen, 
vuelven d unirse y separarse hasta llegar despues a fun- 
dirse por completo en la corona legada a dona Juana por 
los reyes Cat61icos: 5^ Casa de Austria^ que marca el 
apogeo de la grandeza de Espana con las conquistas en 
el Nuevo Mundo, en Africa y en Italia, y Ivtce sentir su 
influencia en toda Europa en el reinado de sus primeros 
monarcas, para llegar en sus liltimos tiempos a un grado 
increible de postracion y de abatimiento, iniciandose la 
desniembraci6n del territorio nacional con las perdidas de 
los Paises Bajos, el Rosellon y Portugal: 6^ Casa de Bar- 
boHy bajo la que sigue la desmenibraci6n iniciada; se pier- 
den las posesiones en Italia, Africa y la mayoria de las 
de America; pero tanibi^n, por una especie de conipen- 
saci6n,sedesarrollan la industria yel comercio; se fundan 
institutos ben^ficos como los positos y los montes de pie 
dad; se terminan grandes obras; se fonienta la riqueza 
publica procurando el cultivo de los terrenos baldfos, de- 
jando libre la circulacion de cereales, arreglando el siste- 
ma de aduanas, modificando los aranceles, creando com- 
paftias para el comercio de Ultramar y establecimientos 
de cr^dito, abriendo grandes vfas de comunicacion f6rreas 
y telegrdficas; se rehace el prestigio del nombre espafiol 
asombrando d Europa entera con la guerra de la Inde- 
pendencia, y se renuevan los laureles de las armas nacio- 
nales con la guerra de Africa y las glorias de la marina 
con el inmortal triunfo del Callao. 

II. — Elemenios de nacionalidady constituidos: i" Por 
las razas distintas que han poblado la Espaila, y cuyo 
caracter, hdbitos, costumbres, civilizaci6n y aspiraciones 
han venido d formar con sus distintos g^rmenes y con su 
fusion mds 6 menos rapida el caracter nacional y sus di- 
versas aptitudes para el derecho, la administracion y el 
gobierno: 2" Por el territorio^ que, con su estructura ffsi- 
ca, su topograffa, sus condiciones climatol6gicas, sus fuen- 



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— 19 — 

tes de riqueza y su distinta consideraci6n ante la ley, ha 
' influido en los habitantes de Espafia y determinado su 
preferencia especial para el ejercicio de la actividad en la 
guerra, en la industria, en el coniercio 6 en el cultivo de 
las ciencias y las artes: 4° Por la religion^ rasgo caracte- 
rfstico de los espafioles ya en los tiempos del sabeismo 
y de la idolatrfa, y despu(:s que la predicacion del Evan- 
gelio en esta tierra de heroes la convirti6 en ensefla del 
combate y de la vrctoria y en emblema de civilizaci6n y 
de cultura: 4° Por el lenguaje^ ora rudo y energico, como 
la salvaje independencia de los primitivos pobladores; ya 
elocuente y vigoroso, como el pueblo que coloniz6 las 
fronteras orientales; ya robusto, hermoso y rico, como la 
raza formada por el cruzamiento de tantas otras, y siem- 
pre expresi6n del caracter nacional, noble, arrogante y 
franco. 

III. — Consideracibn juridica de las personas. Dato 
historico importantisimo para conocer las aspiraciones 
y la fndole del pueblo que ha de ser regido por las 
leyes; que no es posible gobernar del mismo modo la na- 
cion acostumbrada al yugo de la esclavitud, al peso de la 
servidumbre, que a la que ha luchado siempre por su in- 
dependencia y protestado contra las vejaciones y opresi6n 
de que se ha intentado hacerla vfctima; ni es tampoco 
justo ni politico privar de repente a las distintas clases 
de personas, que por una s6rie de transformaciones han 
venido d constituir un solo Estado, de las leyes que rigie- 
ron su actividad en el transcurso de los siglos, de los fue- 
ros que afirman su personalidad particular y aun su ca- 
racter formado por el habito de ser considerados y regidos 
por determinadas leyes y costumbres. 

IV. — Elementos politico sociales, Es decir, fuerzas 
que han determinado 6 influido en el modo de ser de la 
naci6n y en el gobierno del Estado, y entre los que apare- 
cen predominando por su poder y eficacia: i^ La nobleza^ 
guerrera, violenta y, en los ultimos tiempos, corrompida 
entre los godos; turbulenta, devorada por luchas intesti- 
nas y prepotente, hasta que mermaron su influjo los con- 



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— 10 — 



cejos, en Castilla; imida, coherente, poderosa, hasta oli- 
garquica por sus fueros y privilegios en Arag6n; y en 
todas partes, influyendo en los consejos de los reyes, en 
la representacion nacional, en las empfesas militares y, 
en suma, en todo el. gobierno y direcci6n del Estado: 2° 
El clero\ ilustrado como ninguna otra clase y tal vez la 
linica clase ilustrada que ejerce ben^fica influencia duran- 
te la dominacion visig6tica, sirviendo de consejero a los 
monarcas y toniando parte en la elaboraci6n de las leyes 
por medio de los conciHos; Jleno de inmunidades y privi- 
legios y formando uno de los brazos de las cortes en la 
Edad media; dispensador de las gracias y armado con los 
anatemas de la Iglesia, es otro factor politico importante 
cuyo peso ha de tenerse en cuenta en una sociedad emi- 
nentemente cristiana: 3^ Las or denes mUitares\ instituci6n 
creada para unir el patriotismo y la f6, haciendo de estos 
dos nobles sentimientos arma para combatir d los infieles, 
y que con el tiempo y merced a sus exenciones y privile- 
gios, a sus fortalezas y castillos, a las grandes fuerzas mi- 
litares de que disponfan sus maestres, llegan a ser un po- 
der en el Estado temible aun para los mismos reyes, 
quienes no pudiendo desembozadamente hacerles frente, 
acuden para contrarrestarles al expediente de incorporar 
a la corona sus maestrazgos: 4*^ Los concejos^ que nacidos 
al calor de la reconquista como baluarte contra las corre- 
rfas de los musulmanes, llegaron a adquirir grandes pree- 
mincncias levantando tropas, imponiendo pechos, admi- 
nisti-ando justicia, y cuya influencia fue tan grande, que 
los mismos reyes la utilizaron oponi^ndola d las pretensio- 
nes cada vez mas insolentes de la nobleza. 

V. — Gobierno 6 Poder publico, Patriarcal, republica- 
no 6 monarquico en los pueblos celtiberos, cuando la vi- 
da social no traspasaba los limites de la ciudad 6 del pue- 
t)lo; desp6tico y arbitrario bajo el mando de los procon- 
sules y propretores enviados por Roma para explotar 
la peninsula en provecho propio y de la metr6poli; y mo- 
narquico desde que surgi6 la unidad nacional; electivo, 
militar y templado por la influencia de los concilios, del 



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— 21 — 



oficio palatino y de la ingerencia de los grandes en el im- 
perio visigotico; hereditario, con sus ambiciosas regen- 
cias y turbulentas minorias, y moderado por la influencia 
de las cortes, de los cDncejos y otras instituciones espe- 
ciales en la Edad media; autoritario bajo la casa de Aus- 
tria y en los primeros reinados de la casa de Borb6n; li- 
mitado de hecho y de derecho por las consdtuciones en 
el siglo actual; pero siempre grande, siempre vivo, siem- 
pre fuerte, como instituci6n arraigada en el sentimiento 
nacional. 

VI. — Instituciones politicas. Entre las que contamos: 
1° los Concilios de Toledo; pu6s, si tale's asambleas fue- 
ron s61o religiosas en un principio, la intervenci6n que 
tu\4eron posteriormente. en la direccion del Estado, el 
haberse formado 6 preparado en su seno todas las leyes 
referentes d la constituci6n poUtica de los visigodos, la 
entrada en ellos de la nobleza como valioso elemento so- 
cial y aun las aclamaciones del pueblo que de ordinario 
seguian d sus acuerdos autorizan para considerarlos como 
trasunto de las antiguas asambleas germanicas y prece- 
dente de los primeros concilios de la reconquista, fuente 
a su vez y origen de las cortes de la Edad media en Cas- 
tilla: 2° las Cortes, compuestas desde fines del siglo XII 
de los tres brazos, nobleza, clero y estado llano; que to- 
man en Castilla parte activa en la formacion de las leyes, 
siquiera fuese en forma de siiplica, lo cual basta para no 
considerarlas dcstituidas de influencia politica; que ejercen 
verdadera autoridad en la exaccion de impuestos, esto es, 
de los medios materiales sin los que es imposible el go- 
bierno del Estado; que habfan de ser consultadas para la 
declaraci6n de guerra y celebracion de los tratados de 
paz, tomando tambi^n parte importante en las cuestiones 
de sucesion a la corona, jura del inmediato sucesor, nom- 
bramiento de tutores, declaracion de mayorfas y capitu- 
laciones matrimoniales de los reyes, aparecen con cardc- 
ter aiin mds acentuado de representacion nacional en 
Arag6n, donde arranca su origen del consejo de los dace 
ricos homes del Fuero de Sobrarbe; ejercian en cierto mo- 



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22 — 



do potestad legislativa en la formacion de los fueros; te- 
nian tambi^i algunas atribuciones judiciales, conocieodo 
de las reclamaciones de agravios; intervenfan en la 
administraci6a y gobierno del Estado por los llamados 
casos de corte y, como en Castilla, autorizaban los im- 
puestos. 

VII. — Instilticiones politico administrafivas, A las que 
referimos: i° la Curia del tiempo de los romanos; corpo- 
raci6n municipal que presidia al gobierno y administra- 
cion de la ciudad, honrada en un principio; pero insopor- 
table cuando la codicia y el despotismo imperial convirti6 
d sus miembros ' en meros recaudadores responsables de 
la cobranza de los tributos: 2° el Oficio palatino; alto 
consejo de los reyes en la monarqufa visig6tica, hijo mas 
bien de la costumbre que de la ley, foraiado*de proceres 
en un principio y algo prostituido despu^s cuando los li- 
bertos escalaron la dignidad palatina; que prestaba su 
concurso d los monarcas en el ejercicio del poder legisla- 
tivo, € intervenfa en los asuntos graves del Estado y has- 
ta en la administracion de justicia en ciertas causas de en- 
tidad: 3^ el Consejo Real 6 de Castilla^ creado como jun- 
ta de personas entendidas para ilustrar al monarca en los 
negocios graves del Estado; organizado por Juan I con 
atribuciones definidas y en representacion de los tres 
brazos, nobleza, clero y estado llano; reformado despues 
y elevada su importancia en lo concerniente al gobierno 
y administracion y en la dignidad de su presidente, con- 
siderada como la primera despues del rey; y reducido a 
mero cuerpo consultivo y tribunal contencioso, cam- 
biado su nombre en el de Consejo de Estado, por las re- 
formas constitiicionales del presente siglo. 



En suma: lo que debe ser y lo que ha sido son moti- 
ves que pueden determinar nuestra conducta, y como la 
tendencia general en los seres y en las ideas es d domi- 
nar con exclusion, cuando el hombre- recuerda lo pa- 
sado, al volver su vista atras y al notar como ciertos su- 



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— n — 

cesos de su vida han influido en los siguientes, se ve lle- 
vado a pensar que, dados ciertos hechos anteriores, han 
de seguir por precision otros determinados, y en el and- 
lisis 6 investigacion de un orden cualqiiiera de fen6mends 
y de leyes prescinde completamente de ideales, relaciona 
los hechos precedentes con los venideros y aspira a for- 
mar la ciencia por el procedimiento hist6rico. Por el con- 
trario; si llevado en alas de su imaginacion y de sus bri- 
llantes concepciones forja un ideal cualquiera, suele sen- 
tirse inclinado al desprecio de todo lo que no se amolda 
a su sofiado ideal, y se hace dogmatizador y sistemdtico. 

Mirar solo hacia atras es pararse en el camino de la 
vida; despreciar las lecciones delpasadoes muy expuesto 
a perderse en ei campo de las abstracciones. Pretender in- 
vestigar y enseftar las verdades de una ciencia, cuyo ob- 
jeto sea la conducta humana, por uno solo de los dos 
m^todos, historico 6 filos6fico, es intentar ver claramente 
teniendo los objetos d media luz. 

Sobre el examen de la naturaleza y sobre el fin que 
solicita la actividad del hombre ha de fundarse toda cien- 
cia 6dca, y como el derecho es de esta clase, siguese que 
en su estudio ha de jugar un gran papel el procedimiento 
racional, y que en los comienzos de la ciencia se hace 
desde luego necesario un fundamento filosofico. Y si el 
estudio de la naturaleza y fin humano estd bien hecho; 
si la ensenanza filosofica es verdadera, ella nos mostrara 
inmediatamente la conveniencia de utilizar las lecciones 
del pasado al intentar conocer las leyes de la actividad 
y regir los actos segiin ellas; porque la filosoffa psico- 
16gica nos dice que, si el hombre es libre para determi- 
nar sus actos en este 6 en el otro sentido, tambi^n han 
influido siempre e influyen en su conducta las circunstan- 
cias, los habitos contraidos, los antecedentes de su vida; 
en una palabra,.su historia. Y lo niismo que en el indivi- 
duo sucede en la humanidad. La humanidad tiene su na- 
turaleza y su destino que en vano intentan'amos penetrar 
sin la ensefianza filosoficia; pero ^como es posible desco- 
nocer que los acontecimientos, que laa situaciones habi- 



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— 24 — 



tuales han venido A constituir en ella una segunda natu- 
raleza, con la que no es posible romper en el terreno de 
los hechos sin acarrearle fuertfsimas convulslones y aun 
la muerte, y de la que no es posible prescindir en'el cam- 
pd de las ideas sin de^arse llevar de ilusiones vanas y en- 
gafiosas y sin extraviarse en la region delas Utopias? 

Si al hablar de la filosofla en general podfa afirmar 
Cousin que la historia de la filosoffa es la antorcha de la 
filosofia misma, y que la historia d su vez se esclarece 
con las luces de la filosofia, tambi^n podrfa formularse 
un pensamiento anilogo para dcmostrar que en toda cien- 
cia social, lejos de estar en pugna la razon y los hechos, 
como fuentes del conocimiento, se auxilian y completan 
mutuamente. La filosoffa nos dice, por ejemplo, que la 
libertad es un constitutivo de la naturaleza humana y, co- 
mo confirmacion de esta verdad, la historia nos ensefia 
que siempre que se ha tratado de falsear este principio, la 
humanidad ha retrocedido 6 el mundo se ha llenado de 
lagrimas y de sangre. El derecho, partiendo del conoci- 
miento filos6fico, formula 16gicamente este principio: e/ 
respeto d la libertad racional^ es la primer a ley juridica^ 
porque, siendo la libertad constitutivo del hombre y este 
sujeto de todo acto juridico, ir contra la libertad sera vio- 
lentar las leyes de la naturaleza, y en comprobacion de 
esta verdad, la historia de los hechos sociales nos mues- 
tra que la esclavitud antigua, las servidumbres de todas 
clases, los reglamentos del trabajo, las restricciones y los 
monopolios del comercio y de la industria, han sido las 
causas principales del atraso y de la miseria en los pasa- 
dos tiempos. La psicologia nos ensefta que la satisfacci6n 
de las necesidades exige el empleo de nuestras fuerzas, 
el ejercicio de nuestra actividad, y el derecho, aceptando 
el dato de la ciencia filosofica, lo erige asimismo en ley, 
que viene despu^s d ser confirmada por la historia ense- 
Adndonos que los pueblos mis laboriosos han sido los 
mas ricos y que los mas inactivos han sido los mds nece- 
sitados, aunque hayan recibido d torrentes el oro del Nue- 
vo Mundo. 



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PRELIMINARES 

DEL DERECHO EN GENERAL 



I — N0CI6n del DERECHO 



En la idea que se forme del derecho estd la base de todo sis- 
tema de conocimientos d ^1 relativos. Esta idea es el medio para 
conocer la bondad de todas las reglas y preceptos jurldicos, ora 
emanen de la espontaneidad de los pueblos, 6 de la piiblica auto- 
ridad: es la piedra de toque para comprobar la justicia de nues- 
tras pretensiones en frente de los actos del Poder 6 de las exigen- 
cias de nuestros conciudadanos, y el prenotando necesario para 
el estudio de toda rama de la ciencia. 

La definici6n del derecho en general debe, por tanto, prece- 
der d la de cualquiera otro concepto parcial del mismo. 

Esta 16gica necesidad se hace aiin mds patente considerando 
que no todos los expositores conciben ni explican el derecho del 
mismo modo. Para unos es poder 6 facultad; para otros regla, 
precepto 6 norma de la voluntad; para otros medio, condici6n 6 
conjunto de condiciones libres (1). 

En todo caso; facultad J regla 6 condicidtiy siempre dice rela- 
ci6n d un fin; si se considera como regla, nos traza el camino pa- 



( i) Tambi^D se ha nsodo la palabra derecho, yW, en otras varias acepciones: 
•Hoc Domen/nj primum impositum est ad sigDificandain ipsam rem justam. Post- 
modam antem est derivatnm ad arlem^ qua cogDoscitqr quid sit jnstum. Et ulte- 
rias ad 'sigoificaDdum locum, in quo jus redditnr: stcut dicitur aliquis comparere 
in jure. Et olterius dicitur etiam jus redditum ab eo, ad cujus officinm pertinet 
justitiam facere; licet etiam id, quod decernit, sit iniqttuin.» Div. Thorn. 2. 2. 
qnsest. LVII. art. I. 



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. — 26 — 

ra Uegar al fin: si es facultad, nos sirve para conseguirle: si me- 
dio 6 condici6n, de su empleo depende la realizaci6n de aquel. 

EI fin d que se refiere el derecho ha de ser necesariamente 
humano, porque siendo regla, s61o puede dirigirse A un ser tn- 
teligente 6 capaz de conocerla, y libre 6 capaz de ajustarse d 
ella: si es condici6n 6 facultad, s61o existe para un ser limitado 
6 necesitado de ella; y linicamente el hombre, entre todos los se- 
res, reune 4 la vez los caracteres de inteligente, limitado y libre. 

El fin del hombre se determina por el conocimiento de su 
naturaleza: ^ este conocimiento se llega por el de las propieda- 
des, fuerzas y tendencias humanas; y este ultimo se obtiene por 
el de los actos que el hombre produce 6 fen6menos que en 61 se 
realizan, y por la inducci6n consiguiente. 

El hombre siente necesidad de la verdad^ tiende al bien y 
ama lo bello. La felicidad humana consistirA en la posesi6n 6 go- 
ce, segiin su naturaleza, de la verdad, del bien y de la belleza 
absoluta. El fin Ultimo del hombre se hallard por lo mismo en 
conseguirlo. Este fin no es realizable en la vida, porque durante 
ella no encuentra el hombre cosa alguna capaz de satisfacerle. 
Ni aun "el continuo 6 indefinido perfeccionamiento del g^nero 
humano„ puede mirarse como fin ultimo, porque el hombre no 
es s61o colectividad, no es s6Io entidad gen^rica; es individuoy, 
como tal» tiene tambi^n personalidad propia; es causa de sus ac- 
tos; ha de merecer por ellos, y sus m^ritos exigen recompensa, 
que, como los actos propios y suyos en cuanto individuales, ha 
de ser tambien propia € individual^ sin que por esto haya de con- 
siderarse como extraflo al bien de sus semejantes, ni deba dejar 
de cooperar A los fines de la creaci6n procurando que todos y ca- 
da uno de los seres cumpla el suyo. 

El unico objeto capaz de hacer la felicidad humana es Dios, 
bien, verdad y belleza absoluta, cuya posesi6n es imposible en 
la tierra, y aunque el c6mo de ella en la vida ulterior tampoco se 
alcanza por nuestra mente entregada A sus propias fuerzas, bien 
se ve que la felicidad relativa y el destino del hombre en este 
mundo estard en acercarse A Dios por la virtud, la ciencia, el 
cultivo de los sentimientos puros, nobles y generosos, y coadyu- 
vando al cumplimiento de los designios providenciales por la 
conservaci6n del cuerpo en s£ y como habitaci6n del alma. 

Asl como el objeto final del hombre no estd en 61, tampoco 
se ha impuesto su destino, porque no se cre6 A si mismo, y su vida 
y su existencia, independientes de su propia voluntad^ son para 
lo que su Criador quiso que fueran. Dios, autor del hombre y de 



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— 27 — 

la naturaiezat seftal6 al hombre su destino 6 le prescribi6 el fin 
que debe libremente tealizar, del mismo modo que sujet6 el fin 
del mundo ffsico ^ lej es de necesario 6 ineludible cumplimiento; 
y como es cosa evidente que quien da la vida y la existencia es 
superior al ser que la recibe, y que el inferior estA y debe estar 
subordinado al superior, sfguese que la voluntad del Criador, se- 
fialando d la criatura racional su fin 6 destino, se le impuso como 
una necesidad y, aun dejtlndola en libertad para cumplirle 6 re- 
chazarle, no por esto se hallard menos sujeta d respetar, acatar 
y obedecer la voluntad de su Criador. El fin humano se impone, 
pues, al hombre como obligacidn emanada de la voluntad de su 
autor, y los fines subordinados al fin ultimo vienen A ser, en 
cuanto medios para conseguirle, otros tantos deberes, mds 6 me- 
nos sagrados € importantes, aunque todos rcspetables, que el 
hombre debe cumplir. 

Para la realizaci6n de su fin y por lo mismo para el cumpli- 
miento de sus deberes necesita el hombre, como limitado y fini- 
to, del concurso de ciertas condiciones y del empleo de ciertos 
medios, de los cuales unos los encuentra en sf mismo y en la na- 
turaleza, porque Dios so los proporcion6 gratuitamente y se con- 
servan sin esfuerzo, y otros dependen de la voluntad de sus sc- 
mejantes, ya porque este ha de prestarlos, ya porque puede 
respetarlos, 6 destruirlos, 6 impedir su uso, aunque existan in- 
dependicntemente de ^1. 

Si tales condiciones y medios dependen en su existencia 6 

en su empleo de la voluntad del hombre, originan lo que llama- 

mos derechos, y asf decimos que la vida es un derecho, que lo 

C3 la libertad, que lo s6n la dignidad, la honra, la propiedad, etc. 

Y como estas condiciones aparecen para la voluntad como 

1 obligatorias desie cl momento en que la inteligencia las concibe 

como necesarias 6 convenientes para realizar fines humanos, 
puesto que cl cumplimiento de estos constituye un dcber, se tra- 

t ducen 16gicamente en reglas de conducta^ en cuanto que el hom- 

bre ha de enderezar sus actos. de modo que scan condiciones y 
medios para que los demds hombres puedan cumplir sus deberes 
y realizar su fin. 

Cuando estas condiciones estdn 6 pueden estar d disposici6n 
del hombre, para cumplir su i\a^ se convierten en otras tanlas 
facultades de que se sirve; y de este modo, lo que como condi- 
ci6n necesaria 6 convemente se crige en derecho, como condtci6n 
respetable 6 exigible es norma de conducta 6 regla, y como con- 
dici6n disponible 6 utilizable, es facultad 6 poder; por lo que 



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— aS — 

definimos el derecho: Norma 6 regla de conducta que exige en- 
tre los hotnbres el respeto 6 la prestacidn de las condiciones y 
medios de perfeccionatniento necesarios 6 convenientes, segun 
la naturalesa, para que puedan realisar sufin. 

Decimos norma 6 regla para indicar la relaci6n que propia- 
mente expresa la palabra derecho y su influencia en la voluntad 
humana dirigUndola. Y en efecto, las condiciones 6 los medios, 
d que en la definici6n se alude, s61o son derechos en cuanto pue- 
den ser proporcionados 6 respetados por el hombre y servirle 
por lo mismo de guia en su conducta. Las condiciones y medios 
que ni directa ni indirectamente dependen de la voluntad huma- 
na, como el mayor 6 menor grado de retentividad, el alcance del 
entendimiento, la lluvia que beneficia los campos, el calor solar 
que templa la atm6sfera, etc., aunque sean medios y condiciones 
de vida y bienestar, nunca originardn derechos, porque nada 
dicen k la voluntad libre y se producen 6 dejan de producirse con 
independencia de ella. 

Afiadimos que esta norma exige, para mostrar la virtud im- 
perativa del derecho, que no se limita al simple consejo ^ im- 
plica una fuerza coactiva; entre los hotnbres, para determinar su 
esfera de acci6n, constituida por las relaciones de unos hombres 
con otros, y significar adem^sque el derecho no se d^ para el arre- 
glo de la conducta fntima y privada de cada uno, como preten- 
den algunos pensadores; y afirmamos que las condiciones 6 me- 
dios exigibles lo han de ser segun la naturalesa, para limitar las 
injustificables pretensiones de algunos utopistas y poder concluir 
16gicamente que ciertos medios 6 condiciones no fundados en la 
naturaleza, esto es, en lo que la recta raz6n ensefta, aunque por 
interns particular se juzguen necesarios 6 convenientes, no serdn 
jamds derechos. Asi, puede ser necesario para un hombre que ha- 
ya quien le ocupe retribuy^ndole, quien, como vulgarmente se di- 
ce, le d^ trabajo para que gane su subsistencia y, sin embargo, 
no tener A ello derecho; porque, si bien es cierto que el trabajo 
es para aquel una condici6n de vida, ni se funda en la naturale- 
za, ni es conforme A ella que se ocupe A un trabajador A quien 
no se necesita 6 se le prefiera A otro mds apto 6 mds honrado. 
Por el contrario, es conforme A la naturaleza que todo hombre se 
proporcione recursos trabajando en la forma que mAs le cuadre, 
y como esto es una condici6n de su vida y de su desarrollo, el 
que le perturba en este trabajo, cualquiera que sea el pretexto, 
conculca al derecho, porque el hombre tiene derecho d trabajar, 
aunque no le tenga al trabajo, en el sentido de ciertos socialistas. 



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— 29 — 

En la definici6n formulada caben ademds, en nuestro enten- 
der, todas las acepciones en que los tratadistas usan la palabra 
derecho. Si se concibe como ley 6 como conjunto de leyes 6 pre- 
ceptos que ban de re^ir la actividad libre, es evidente que serd 
regla para la voluntad: si se concibe como facultad 6 poder de 
exigir alguna cosa, en la definici6n se halla implfcitamente con- 
tenida, puesto que dicho poder 6 facultad 5 favor de una perso- 
na emana de que antes hay una regla que tal facultad engendra, 
asi como la obligaci6n correlativa: si se-pretende que es condi- 
ci6n li orden de condiciones dependientes de la voluntad, talcs 
condiciones, apareciendo ante la raz6n como necesarias 6 conve- 
nientes para la realizaci6n del fin humano, se haccn respctables 
y, al imponerse en tal sentido ^ la voluntad libre, se erigen en 
otras tantas reglas y son norma de la conducta 6 del obrar. 



Como prueba de la diversidad de criterios qne hao presidido d la formacidD 
del coDcepto del derecho, exponemos i. continnacidD alguuas doCtrinas formula- 
das sobre este punto por pensadores de distintas ^pocKS y escuelas. 

'Nihil est profecto praestabiHus, dice Ciceroo, qnam plane intelHgi nos ad 
justitiam esse natos, Deque opiniooe sed nature constitutum esse jus. Id jam pa- 
tebit, si hominum inter ipsos societatem conjunct ionemque perspexerfs..Qua[!cum- 
que est hominis de6nitio, una in omnes valet. Etenim ratio, qua una proestamus 
belluis..... certe est communis. — Quibus enim ratio a natura data est, iisdem etiam 
recta ratio data est; ergo et lex quae est recta ratio in jubendo et vetando; si lex, 

jus quoque: at omnibus ratio, jus igiiur datum est omnibus Quo facilius, jus in 

natura esse positnm, intelligi possit. - Stultissimum existimare omnia justa esse, 
.quae scita sunt in populorum inatitutis aut legibus.. .. Est enim unum jus quo de- 
vincta est huminum societas, et quod lex constituit una; qua; lex est recta ratio 
imperandi atqne prohibendi, quam qui ignorat, is est injustu5.» De Ugilms, 
Lib. I. Edic. Nisard. 

Aunque en esta doctrina no debe buscarse directamente el concepto fiIos6fico 
del derecho, puesto que Cicer6n se propuso principalmente demostrar que habia 
nn principio de juslicia su])erior A la voluntad de los gobernantes y de los pue- 
blos, con todo, bi6n se nota que, al identiBcarse el derecho con la ley y esta con 
la riazdn en tanto que manda 6 que prohibe, el derecho aparece como regla. 

cjuctitia; proprium est ut 6rdinet hominem in his, qux sunt ad alierum 

Illud enim in opere nostro dicitur esse justum quod respondet secundum aliquam 
acqualitate alteri, puta recompensatio mercedis debitae pro servitio impenso. Sic 
ergo justum dicitur aliquid, quasi habens rectitudinem justiliae ad quod terminatur 
actio justitis, etsi non considcrato qualiter ab agente Bat. Sed in aliis virtutibus 
non determinatur aliquid rectum nisi secundum quod aliqualiter fit ab agente. Et 
propter hoc specialiler justitiae prce aliis virtutibus determinatur secumdum se 
objectum quod vocatur justum. Et hoc quidem justum est. Unde manifestum 
est quod jus est objectum jusiitiae. — Jus sive justum est aliquod opus adaequatum 
alteium secundum aliquem a:qualitat is modum.» Sto. TomAs^ Sum. Tfieo. Qu<cst 
LVII, arts. I y II. 

Profunda y utilfsima esta concepci6n de la justicia y del derecho, no expresa 
sin embargo, en nuestra humilde opinibn, la verdadera natureleza de este: indica 
si lo que es recto en el comercio de los hombrcs; pero el derecho no es propiamen- 



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— so- 
le relaci6n: el derecho regula relaciooes, determina cuando las reiaciones entre 
los hombres son conformes d su naturaleza y d su 6d y prescribe qu6 ha de haccr- 
se d omitirse para conservar la armonia 6 jusla proporci6n enlre una cosa y otra. 
El derecho no es lo lecto en si, sino raedida de lo recto y por lo mismo su regla. 

«I1 n'y a aucun de nous qui ne se porte k desirer ce qui le semblc bou, ct k 
6viter ce qui le semble niauvais, sur-tout d fuir le pirc de tous les maux de la na- 
tujTc, qui sans doute est la mort. Cette inclinati6n ne nous est pas moins nature- 
lie, qu'^ una pierre cclle d'aller au centre lorsq'elle n'est pas retenue. II n'y 
a done rien k bl&mer ni k rependre, il ne se fait rien contre I'usage de la droite 
raison, 'orsque par toutes sortes de moyens-on travaille a su conservation propre, 
on defend son corps et ses membres de la mort, ou des douleurs qui la pr6c6dent. 
•Or tous avouent, que ce qui n'est pas contra la droite raison est juste et de droit, 
car par la mot de juste et de droit, on ne signifie autre chose que la liberte que 
chacun a d'user de ses facult^s naturelles, conform6ment d la droite raison. D'oii 
je tire cette consequence que le premier tondement du droit de la nature est, 
que chacun conserve, autant qu'il pent, ses membres et sa vie.» Th. Hobbes, La 
Z/^^r//, chap. lyVll. — CEuvies J>hilos, et polit, trad, franc. — Neufchatel 1787. 

A parte el fundamento sensualista que sirvi6 de base a Hobbes para formular 
la anterior doctrina y admitiendo que la libertad, usada segitn raz<3n, no es con- 
traria al derecho, el derecho existe para algo mds, existe para regular lai reiacio- 
nes, conservar la armonfa entre los hombres y procurarles mutuo auxilio, y no se 
concreta al fin egoista de usar exclusivamente en provecho propio la propia liber- 
tad. De'todos modos, para nuestro actual prop<3sito basta consignar que en esta 
doctrina el derecho aparece como facultad. 

Segun Kant, el primer cardcter del derecho consiste en no aplicarse mds que a 
las reiaciones exteriores de una persona con olra, en taqto que las acciones de la 
una pueden mediata 6 inmediatamente ejercer influencia sobre otra. Y.\ segundo 
cardcter consiste, no en la relaci6n del deseo del uno con la voluntad del otro, 
sino en la relaci6n de dos vuluntades. Para determinar la naturaleza de esta rela- 
ci6n es preciso atender, no d la materia de la voluntad, sino d W forma. La ma- 
teria de la voluntad es el fin qiie se propone; k importa poco (para el derecho) 
que el objeto del libre arbitrio sea la adquisici6n de esta 6 de !a otra cosa, y 
que el m6vil del obrar sea el interns personal, el afecto 6 el temor. Ix> que fun- 
da el derecho es la condici6n general que debe convenir d la vez d las dos volunta- 
des: esta condici6n es la libertad. As( cualesquiera que sean los t^rminos de un, 
contrato y las inienciones de las partes, hay una cosa esenciul al contrato, la li- 
bertad de las dos volunlacies contratantes aceptando reciprocamente las ventajai 
y riesgos de su convenio. Por Ultimo, mi derecho sobre las cosas no esid fundado 
igualmente sino en la condici6n de no atentar a la libertad de los deraas hom- 
bres, de tal modo que ellos puedan, como yo, apropiarse lo que les sea necesario 
en las mi^mas circunstancias. De aqui se deduce que «es conforme al derecho to- 
da acci6n que permiie cuya mdxima permite al libre arbitrio de cada uno poner- 
se de acuerdo, armouizarse, segdn una ley general con la libertad de todos.« De 
aqui el principio de todos los deberes jurfdicos: «Obra exteriormente de tal suerte, 
que el libre uso de lu arbitrio pueda conformarse con la libertad de cada uno, 
segun leyes generales;» y la dcfinicidn del derecho conjunto de condiciones bajo 
las que la libertad de cada uno se conforma con la libertad de todos 

Vese, pu^s, que para Kant el derecho es una condici6n. Con notar esto, basta- 
riii aqui para comprobar lo dicho en el texta; pero el habcr servido de base esle 
concepto a algunos fil6sofos juristas mds modcrnos para formular sus definiciones, 
nos disculpard que indiquemos sus dos principales defectos, a saber: el identificar 
el derecho con la condici6n; y el restriogirle d la armonia de la libertad. EI and- 
lisis del lenguaje demuestra el error de lo primero: cuando decimos la libertad, la 
igualdad, la propiedad, la locomoci6n son un derecho, usamos esta palabra en 
sentido figurado 6 traslativo y no en sentido propio, porque, segUn su naturaleza, 
la libertad es una propiedad de la voluntad hnmana, la igualdad es una relaci6n 
entre dos cosas^ la propiedad en sf es un conjunto, ya de cosas fisicas, ya de me- 



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- 3« — 

dios morales, la Iocomoci6n es ana aptitud 6 im conjunto de actos, y al decir que 
el hombre tiene derecho de libertad, de igualdad, de propiedad, de Iocomoci6D^ 
afirmamos implicitamente que tiene derecho al ejercicio de la primera, d la consi- 
deraci5n que implica la segunda, al uso de los medios que constituyen la tercera, 
y al ejercicio de su actividad en la forma que la illtima supone. El otro defecto 
estd en que Kant fija como 6n exclusivo del derecho armonizar la libertad, y mira 
unicamente i. su parte* negativa: seg«n esto, el derecho habrfa de concretarsc d 
impedir la ruptura de la armonia, y en ningun caso llegarfa d exigir prestaciones 
recfprooas entre los hoinbrei y mucho menos unilaterales. 

Conociendo esto, tratd Krause de rectificar la deBnici6n kantiana, afirmando 
que «el derecho expresa una direcci6n invariable, id^ntica; unarelacidn entre dos 

coias dispuestas de tal modo, que la una conduzca directamente d la otra; una 

relaci6n que une al hombre con sui semejantes, de tal suerte, que pueda alcanzar 
directamente su fin individual y social. Asf, mi derecho es todo aquello que debe 
conced^rseme por los demds hombres, d %i de que pueda cumplir mi deitino co- 
mo hombre y como miembro de la sociedad humana: en otros t^rminos; mi dere- 
cho consiste en el conjunto A^t condichnes de mi exLstencia, de mi individual^dad 
humana, 6 mejor dicho, mi derecho comprende el conjunto de condictones internas 
y externas, dependientes de la libci tad hu:nana y necesarias pai a el cumplimiento 
de mi destino racional.% Tiberghien- Generacion de los conocimientos , Tomo IV, 
j>dg. 262, - -Trad, de Salmerpn y Settano. 

Esta concepcidn del derecho, aceptada despu^s por Ahrens con ligeras varian- 
tes, adolece del vicio de ia de Kant, aunque inspirada en un mds amplio sentido, 
.salv6 el exclusivismo de aquella, haciendo extensivo el derecho d todos los fines 
humanos. 

Autores hay que, para forraar el coucepto del derecho, principian distiuguien- 
dole en subjetivo y objetivo; procedimiento en nuestra opini6n poco l6gico, por- 
que tal distinci6n^ antes de definir el derecho, es presentar dos aspectos parciales 
ae la idea, dos modos de ser del objeto por ella'representado, 6 si se quTere, dos 
relacioues distintas en que puede considerarse el derecho; pero no el derecho 
mismo. Y esta falta de I6gica ha trascendido despu^ d las definiciones del dere- 
cho bajo aquellos dos aspectos. Asf, al definir subjetivamente el derecho como «un 
poder de la voluntad reconocido y protegido por el Estado, poder que nos con- 
ficre la facultad de ejecutar ciertos actos 6 de exigir que otras personas hagan u 
omitan alguna cosa en nuestro inter6s» (Namur, Encyclopedie du droit) ^ 6 como 
u poder con que el hombre estd irrefragablemente facultado para dictar su volun- 
tad d los demds« (Taparelli, Derecho Natural)^ parece desconocerse que tal fa- 
cultad, poder 6 potestad existen para el hombre porque hay anteriormente un 
principio superior, el derecho, de donde aquellas eraanan, y que es por lo mismo 
su origen. El derecho propiamente dicho y la facultad 6 poder que engendra se 
diferencian como el principio y la consecuencia, como la causa y el efecto, aun- 
que los unos impliquen d los otros. Por andloga raz6n se ha incurrido tambi^n 
en error al considerar objetivamente el derecho, ya como «el conjunto de reglas d 
las que los miembros de un Estado pueden ser constreflidos d confurmar sus ac- 
tos externo3» (Namur), ya como «la voluntad imperativa de Dios que manda 
conservar la proporci6n en las relaciones esencialesd la sociedad humana. » (Fris- 
co). En el primer caso; 6 se atribuye el cardcter de 1 acionalmente justas d todas 
las dispesiciones del poder, suponiendo que la ley y por consiguiente la voluntad 
es la causa del derecho, cosa opuesta al comiln sentir que siempre ha juzgado 
buenas 6 malas las leyes, segiin expresaran 6 n6 el derecho; 6 se deja sin determi- 
nar lo constitutivo de este, porque si las reglas d que la definici6n alude no sig- 
nifican las disposiciones del poder supremo 6 legislativo, como no se fija ni pre- 
cisa el alcance de aquel termino, la definici6n es vaga. En la s^gunda acepci6n 
expuesta del derecho objetivo vuelve d confundtrse la causa (« voluntad imperativa 
de Dios») con el efecto (regla 6 acto producido por esta facultad de mandar pro- 
pia de Dios.) Por otra parte, en este ultimo sentido, diffcil serd conocer donde 
cstd ni que es el derecho, cuando se discuta entre los hombres. 



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- 3i - 



II—CAUSA, RAZ6i\ ORIGExV Y CARACTERES DEL DERECHO 



Llamamos causa de una cosa d aquello que la produce: en- 
tendemos por raz&n aquello que la hace necesaria 6 convenien- 
te; y decimos que es su origen aquello donde por primer a ves se 
manifiesta suexistencia 6 don^e nace (1). 

Fijadas estas nociones que consideramos litiles para evitar 
ambigtledades pasamos d determinar la causa, la raz6n y el ori- 
gen del derecho. 

Sentado que es derecho toda norma 6 regla que exige la 
prestaci6n 6 el respeto de una condici6n 6 un medio de vida 6 de 
perfeccionamiento, fdcil serd demostrar que la causa del derecho 
es Dios. 

En efecto; Dios al crear al hombre quiso hacer dependiente 
la realizaci6n del bien humano de ciertas condiciones, de las cua- 
les hallarfa algunas, las mAs indispensables, realizadas por obra 
de su Providencia, mientras que otras deberfa el hombre procu- 
rdrselas por su propio esfuerzo, por el ejercicio de su actividad. 
Hechas asi por la voluntad divina necesarias estas condiciones 
para la consecuci6n del fin humano, habfan de ser por lo mismo 
regla de la libertad, norma de conducta; ya prescribiendo su 



(i) Toda ciencia, segiin Aristbteles, se resuelve^n defmiliva en la ciencia de 
los principios, que son cualro: la materia, \2kforma^ la causa motriz 6 efictenti y 
la causa final. A estos principios cori'eii)onden: i® la causa matcria!\ aquella ex 
qua, in qua, circa quam eflectus producitur; por ej., la materia de quest hace una 
estdtua; en la que es recibida la forma y sobre la que obra el artista: 2** la causa 
formal, aquella por la que a!go se qonitituye en una determinada especie, como 
en el hombre el alma racional por la que el cuerpo se con«tituye en viviente^ 6 la 
figura que const ituye el mdrmol en estdtua: 3" la causa ejiciinte 6 principio activo 
que con su acci6n hace pasar A algdn ser del estado de simple posibilidad al de 
existencia actual: «principium extriusecum a quo primum flii^it mot us, seu rei pro- 
ductio, mediante aotionei; 4* la causa finals aquella por la <^ue se hace algo 6 el 
motivo de obrar. 

Tambien se acostumbra mencionar la causa ejemplar, tipo 6 raodelo que se 
trata de imitar, yaexista en la mente del artista, 6 en la naturaleza reai. 

La causa final, el fin 6 propdsito de las causas eficientes, ha sido tambien lla- 
mada razon de ser 6 1 azon sujiciente, 

De entre todas estas especies de causas, bien se vc que la verdadera causa lo 
es s6lo la eficiente, y que k ella aludimos en el texto. 



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- J3- 

cumplimiento al indivfduo ^ qui^n directamente habian de apro- 
vechar las que de su voluntad dependieran, ya exigiendo de los 
demds respeto las mds veces d estas condiciones, y cooperaci6n 
en algunos casos ^ la adquisici6n de aquellos otros medios 6 
condicienes que no pudiera proporcionarse sin el auxilio de sus 
semejantes. Dios, pu^s, haciendo al hombre un ser condicionado, 
relative, y queriendo que se respeten por la voluntad racional 
las condiciones bajo las que ha de realizarse el fin humano, ha 
establecido la norma 6 regla del obrar d que Uamamos derecho, 
y es por lo tanto su causa. 

La raz6n de ser del derecho es la imperfecci6n del hombre, 
la limitaci6n de sus facultades juntamente con la necesidad de 
que realice un fin. Como este fin ha de depender de ciertas con- 
diciones, preciso es que el hombre busque las que le faltan, y 
por esto tales condiciones 6 medios aparecen ante la conciencia 
de cada individuo como norte, gula 6 regla de actividad; y como 
los demds hombres han de ver la necesidad de aquellos medios, 
su razon se los presenta como respetables, esto 6s, aparecen 
tambi^n ante ellos como regla de conducta, ya prohibi^ndoles 
que los menoscaban, ya preceptudndoles que coadyuven con ellos 
d un fin. Por ser el hombre imperfecto y por tener que cumplir 
libremente su fin es necesario el derecho. 

Esta raz6n del derecho equivale A \o que otros llaman su 
principio fundamental, que consiste en "la- necesidad moral que 
tiene de cumplir un deber 6 una obligaci6n el hombre mismo que 
trata de ejercitar sus derechos.^ 

Confundiendo algunos el origen del derecho con su causa 
creen que su origen es Dios, porque Dios, autor del hombre y 
de la naturaleza, lo es tambi^n de las condiciones mediante las 
que el hombre ha de p^rfeccionarse y la naturaleza toda ha de 
realizar su fin. 

Nosotros, segun la acepci6n en que usamos la palabra ori- 
gen,' creemos que el del derecho estd en lasociedad 6, mejor 
atin, en la coexistencia de seres humanos. Si el hombre viviera 
aislado, de nadie podrfa exigir que le ayudase en unos casos y 
respetase en otros el ejercicio de sus facultades, la adquisicidn 
de los medios, la posesi<Sn de las condiciones para conseguir su 
bi^n; pero viviendo entre seres racionales y libres, estos por su 
liberfcad pueden ejecutar actos que le acerquen 6 le alejen de 
aquel bi^n, y en tal concepto, al coexistir con otros, los medios 
de cada hombre aparecen como derechos para $1 y como obliga- 

4 



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— 34 — 

clones para los demds, y por esto decimos que en la sociedad 
tiene su origen el derecho, aunque su causa sea Dios. 

De lo dicho hasta aquf se infiere cuales sean los caracteres 
del derecho. 

Es el primero su independencia de la voluntad humana, ya 
se le considere como norma 6 principio regulador, ya se estime 
como condicionalidad para ciertos fines, ya sea facultad 6 poder 
propio del hombre. Si lo primero, la regla de la voluntad es ne- 
cesariamente obra de Dios, linico ser superior al hombre y que 
puede prescribirle reglas: si lo segundo, tambi^n es obra del 
Criador, puesto que siendo el linico ordenador del universo y 
qui^n ha establecido la jerarqufa y dependencia entr^ los seres 
y la relaci6n entre los fines y los medios, ^l solo ha podido dcr 
terminar que cosas S3an condici6n para la existencia 6 para el 
cumplimiento del fin de otros: si, por liltimo, se llama derecho d 
la facult^Cd 6 poder inherente al hombre para reclamar el con- 
curso 6 ayada de los demds, como este poder proviene de la re- 
gla dictada por Dios y de la condicionalidad que 61 ha estableci- 
do, ser^ tambi^n obra de Dios y, por lo mismo, independiente 
del hombre. 

El segundo cardcter del derecho es su necesidad, porque, 
siendo el hombre libre, puede 6 no querer y obrar cooperando li 
oponi^ndose d los fines de los demds, alterando 6 coadyuvando 
al orden de la creaci6n; y si el derecho 6 la regla jurldica no 
existiera, darfase el absurdo de que el hombre fuera' irresponsa- 
ble contrariando los designios de Dios, 6 de que la Providencia 
dejara de serlo queriendo el orden y la armonia y no imponi^n- 
dolos al hombre como obligatorios. Lo mismo se ve la necesidad 
del derecho considerado como medio 6 condici6n, puesto que sin 
los medios es imposible conseguir los fines; y aparece tambi^n 
necesario como facultad 6 poder, porque el obrar le presupone: 
no hay acto sin facultad que le cause, ni hecho sin poder que le 
produzca. 

El derecho es tambi^n inmatertal, Ni como regla es perci- 
bida por los sentidos; ni como medio existe en el espacio, puesto 
que intrfnsecamente sdlo es una relaci6n; ni como facultad tiene 
los caracteres de la materia, cosa tan clara que aun las mismas 
fuerzas ffsicas son realmente cosas inmateriales. 

Otro cardcter del derecho es el poder ser exigido por coac- 
ci6n, esto es, compeliendo por medio de la fuerza ffsica 6 moral 
al jurfdicamente obligado para que respete 6 preste las condicio- 
nes que debe prestar 6 respetar, y aunque esta fuerza no haya 



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- 35 — 

de emplearse en todo caso, sino cuando los actos del obligado scan 
contrarios al derecho, la consideramos caracteristica de este en 
cuanto qiie sin ella "no podrfa ejercitar su imperio en las rela- 
ciones externas de los hombres„ y vendrfa la ley juridica A con- 
fundirse, en sus efectos, con la ley moral. Sin que valga objetar 
que hay prestaciones que no pueden ser exigidas por la fuerza, 
y que hay obligaciones que, originadas por la costumbre, no caen 
bajo la sanci6n material propia s61o de las leyes; pues en cuanto 
d las primeras, la voluntad puede ser compelida siquiera indirec- 
tamente A ejecutar los actos en que aquellas prestaciones consis- 
ten, y respecto d las segundas, las costumbres jurfdicas aceptadas 
impKcitamente por el Estado vienen d equipararse d las leyes 
en su fuerza coactiva. 



ni— SUJETO Y OBJETO DEL DERECHO 



El derecho existe siempre para un sujeto, ya se considere 
comof acultad, ya como restriccidn en el obrar, 6 como regla, . 

El sujeta del derecho no es ni puede ser otro que el hombre, 
si se acepta la definici6n que de derecho hemos dado. Expresan- 
do condiciones, s61o puede servir para seres condicionados, re- 
lativos y de ningiin modo para el ser absoluto, Dios. Dios no ne- 
cesita condiciones ni medios para ser perfecto en grado sumo; 
Dios por consiguiente no es sujeto de derechos. De aquf que 
cuando decimos "Dios tiene derecho d nuestra sumisi6n y respc- 
to„ hablamos iinpropiamente, porque nuestra sumisi6n y respc- 
to no son condiciones para que ^1 realice el fin que le plUgo 
fijarse en su inmensa sabidurfa desde el principio de los siglos. 
Esta sumisi6n y respeto son, por el contrario, condiciones para 
que nuestro fin se cumpla, y en tal concepto tenemos perfecto 
derecho d que no se nos retraiga de obedecerle, d que no se nos 
excite d rebelarnos contra ^1; y qui^n d esta rebeli6n nos induce, 
faltando d su deber para con Dios, falta d los deberes para con 
sus semejantes y conculca el derecho. Si Dios nos ha impuesto 
deberes, si nosotros estamos obligados d cumplirlos, es porqfue 
somos sus criaturas, porque tiene poder, potestad sobre noso- 
tros, no derechos que para nada losnecesita, en la acepci6n que 
hemos dado d esta palabra. 



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- 36 - 

Ademds, el derecho es regla; la regla solo puede dlctarse 
por un ser superior 6 que asf aparece al dictarla, y no habiendo 
ser superior d Dios, ni puede obligarle ninguna regla, ni tampo- 
co recibir por virtud de ella facultad 6 poder alguno que €\ no 
tenga. 

Si Dios, hablando con propiedad, ni es ni puede ser sujeto 
de derechos, tampoco pueden serlo las criaturas, con las que el 
hombre estd en contacto y relaci6n mAs inmediata. Asf, pues, se 
comete una inexactitud cuando se dice, por ejemplo, "que los 
animales tienen derecho & que no se les maltrate sift raz6n.„ 
Hablar de esta manera respecto A los irracionales es preten- 
der colocarlos en una situaci6n mds ventajosa, en un rango 
mis elevado que d los mismos semejantes nuestros; porque no 
habiendo, como no puede haber, reciprocidad de prestaciones y 
servicios, de derechos y tteberes, entre los seres libres y los no 
libres, pretender que estos tengan derechos respecto A aquellos, 
siendo, como no libres, incapaces de deberes, es hacer mejor su 
condici6n. No es esto decir que el hombre tenga realmente dere- 
cho para abusar de sus cosas; pero esto es porque el abuso, lejos 
de ser nunca condici6nde vida 6 de progreso, se opone A este; y 
aun podrfamos aftadir que quien comete tal abuso conculca el 
derecho de la sociedad, que podrfa utilizar aquellas cosas, 6 cuan- 
do menos puede exigtr, como un derecho, que no se le d^ mal 
ejemplo, satisfaciendo piiblicamente malos instintos y oponi^n- 
dose de este modo A la cultura est^tica y moral. 

Autores hay que afirman que todos los seres tienen dere- 
chos, porque todos son limitados, y aunque implfcitamente reco- 
nocen lo erroneo de su opinidn al confesar que hay seres, los 
inanimados, impotentes para conocer ni reclamar sus detechos, 
todavia pretenden cohonestarla diciendo que Dios se encarga de 
la realizaci6n del derecho de tales seres por medio de las fuerzas 
naturales. Otros pretenden que hay seres de propio fin y por 
t^nto de pretensidn, por ejemplo, la Naturaleza, que son sujeto 
de derecho; pero, analizando sus razonamientos, se nota facil- 
mente lo fdtil de tal doctrina por las contradicciones que engen- 
dra. Asf dicen: "1** que debemos abstenernos de causar, sin su- 
perior objeto, mal d los seres naturales; „ y si esto implica que 
puede causarles mal con un objeto 6 fin superior, claro estd que 
con relaci6n A este aparecen como simples medios, y no es fdcil 
comprender que puedan tener fin propio: "2^ que todo ser es su- 
jeto de derecho como pretensor; pero.... la extensi6n y plenitud 
de la capacidad de derecho no estd, como suele creerse, en ra- 



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— 3t — 

z6n directa de las pretensiones, sino antes bi^n de las obligacio- 
nes;„ pues, admitidb esto, un ser incapaz de obligaciones, ser^ 
tambi^n incapaz de derechos, 6 no estdn en raz6n directa estos 
de aquellas: "3® en tan to que las personas indeterminadas Uegan 
d ser determinadas, realizdndose 1^ relaci6n jxirfdica, debe esta 
considerarse en suspense, sin a'pelar d las ficciones de suponer 

d los objetos naturales sujetosde pretensi6n jurfdica; „ pues 

si, conforme A esta doctrina, los objetos naturales son sujeto de 
pretensi6n s61o en virtud de una ficci6n, no serin realmente su- 
jetos de derecho. 

La verdad se impone al cabo d pesar de todas las elucubra- 
ciones, y de aqul estas felices inconsecuencias, 

Quede, pues, sentado que tlinicamente el ser humano puede 
ser sujeto de derechos, como 61 solo es susceptible de losdeberes 
d aquellos correlatives. 

El hombre como ser consciente, esto es, porque tiene con- 
ciencia de si mismo y de su fin, es una persona, y como ser po- 
seedor de derechos, se llama persona de derecho, Esta verdad, 
que el cristianismo revel6 al mundo, ha influido mds que otra 
alguna en la desaparici6n de la esclavitud y de las leyes que ha- 
clan del hombre un simple medio, colocdndole al nivel de las co- 
sas materiales. 

El sujeto del derecho 6 la persona puede ser/isica 6 moral. 
Esta tiltima recibe por excelencia en la ciencia del derecho el 
nombre de persona juridica; pero es d ia vez persona moral, 
porque se propone un fin Ucito y jurfdico y porque le prosigue 
segiin^derechQ y con su ayuda. La raz6n de ser de las personas 
morales 6 juridicas estd en la necesidad de crear sujetos ideales 
para realizar fines humanos, que no pueden realizarse de ordi- 
nario en la vida de un solo hombre 6 persona flsica. Aparecien- 
do de este modo la persona jurf iica como la personificaci6n de 
un fin mds 6 menos duradero, no debiera, en rigor, haber mds 
que una sola clase de personas jurfdicas; mds pudiendo ser va- 
rios los fines pecuUares de esta clase de personas y diversos ade- 
mds los medios que empleen aun para obtener el mismo fin, la 
distincion de estos fines y medios ha dado origen d especies di- 
versas de personas jurfdicas, como la Iglesia que prosigue el fin 
religioso, el Estado que prosigue el fin jurfdico, las academia<, 
ateneos, conservatorios, que prosiguen el fin cientffico y artfsti- 
co y otros andlogos. 

Estas mismas personas jurfdicas, aun proponi^ndose fines 
andlogos, pueden distinguirse por el grado 6 jerarqufa social que 



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-3S- 

representan, como sucede en la familia, el municipio, la provin- 
cia, la naci6n. 

Tambi^n pueden distinguirse estas personas por el tnodo de 
realizar el fin y por las relaciones diferentes en que pueden ha- 
Uarse los miembros que constituyen la persona ideal jurfdica con 
esta misma persona. Bajo este aspecto pueden distinguirse tres 
especies de relaciones: 1* Cuando la persona jurfdica est^ inves- 
tida de todos los derechos y los indivfduos que la constituyen s6- 
lo tienen deberes, aunque, como es natural, reporteii alguna 
ventaja de la existencia de la persona ideal: 2* Cuando todos los 
derechos estdn de parte de los indivfduos y la persona jurfdica 
aparece como un simple mandatario: 3* Cuando la persona jurf- 
dica ejerce los derechos; pero con el concurso de los miembros 
y para su utilidad, como sucede con las verdaderas sociedades 
orgdnicas, en que la persona jurfdica se halla representada por 
un 6rgano central. 

La importancia de la distinci6n que acabamos de hacer, m^ 
que te6rica, puede considerarse prdctica, pues conociendo la mi- 
si6n especial de cada clase de personas y los derechos que A ca- 
da una corresponden, segto su naturaleza, serdn estos m^ iti- 
cilmente respetados, y no habrd lugar d la absorci6n de unas 
personalidades por otras. 

En cuanto al objeto 6 materia del derecho es, segdn Ahrens, 
"todo lo que puede estar sometido al poder 6 d la disposicidn de 
una persona como medio para un fin racional.„ 

Aceptada esta noci6n, surge desde luego el problema de si 
los seres racionales 6 las personas pueden ser objeto de derecho, 
y aunque esta cuesti6n est^ ya resuelta negativamente para las 
sociedades modemas y la soluci6n te6rica marche en este punto 
de acuerdo con la prdctica, segiin el comi\n sentir de los pensa- 
doies, con todo, hay algunos que se deciden por la afirmativa, 
pretendiendo cohonestar ante la raz6n la esclavitud 6 por lo me- 
nos la servidumbre de las personas y aduciendo razonamientos 
cuya solid^z es conveniente examinar. 

Tres son los principales: 1** Que el hombre puede vender d 
otro hombre todas sus acciones que no pugnen con el deber de 
conservarse y perfeccionarse, porque el vender lo que es suyo 
es un acto Ifcito y litil para qui^n lo realiza: 2° Que el hombre 
puede comprometerse d servir d otro por tiempo limitado y lo 
mismo por tiempo ilimitado, y aun por toda su vida en todo lo 
no prohibido por \m superior legitimo, porque las acciones del 
hombre son suyas en todos los tiempos y no hay raz6n para dis- 



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— 39 — 

tinguir entre unas y otras: 3° Que pudiehdo ser llcito en ciertos 
casos condenar d muerte & los prisioneros de guerra que han 
invadido injustamente un territorio, con mds raz6n lo serd redu- 
cirlos A esclavitud poni^ndolos bajo el dominio del Estado. 

Tales argumentos, aun admitiendo la distinci6n que hacen 
sus autores entre la esclavitud antigua y la especie de servidum- 
bre que defienden y reconociendo su buena (€ cuando afirman 
que nunca hay derecho sobre la vida y salud del esclavo, tienen 
poqufsima fuerza. No es cierto que el hombre pueda vender sus 
acciones: el hombre no puede privarse de su propia iniciativa, 
ni enagenar aquello que le es intrinseco, subordinando por com- 
pleto, con efiqacia juridica, su Ubertad A la voluntad ajena: po- 
drd sf obligarse d ejecutar ciertos y determinados actos; pero no 
todos los actos que otro hombre le exigiere, ni aun previo con- 
trato mutuo, porque tal convenio, si llegara d celebrarse, produ- 
cirfa d lo sumo deber moral, nunca jurfdico, y la prueba de esto 
es, que, si el obligado d ejecutar un acto en servicio de otra per- 
sona, no quisiera realizarlo, la fuerza coactiva del derechD no se 
extenderfa d mds que d exigirle una indemnizaci6n en favor del 
perjudicado por su omisi6n. Ahora bi^n, como el perjuicio s6lo 
podria ser estimado en el caso de que la obligaci6n contraida se 
refiriese d actos determinados y concretos, es claro que la in- 
demnizaci6n jamds comprenderia todas las acciones posibles, ni 
aun dentro de cierta esfera, y que la obligaci6n serfa jurfdica- 
mente ineficaz; luego el hombre no puede, voluntariamente cons- 
tituirse en servidumbre 6 hacerse objeto de derecho. Ademds; 
nadie tiene derecho d pisotear su propia dignidad obligdndose d 
servir de juguete d los caprichos ajenos y renunciando d su li- 
bertad: esta Ubertad fu^ dada por Dios al hombre como una facul- 
tad esencial; no puede privarse de ella; es un derecho inaliena- 
ble, como lo son la vida, el uso de la inteligencia, todo lo que 
recibi6 de Dios y le es necesario para realizar su fin liltimo y su 
fin actual 6 su mejora y perfeccionamiento progresivo. Por ulti- 
mo; aun siendo indiscutible el derecho de matar el enemigo en 
la guerra, el de matar d los prisioneros s6lo podrfa admitirse 
cuando su vida fuera un peligro verdadero 6 inminente para la 
conservaci6n propia, y como este derecho sobre la vida de los 
pi isioneros serfa siempre momentdneo, no puede deducirse de 
^l, en buena 16gica, que sea Ifcito someterles d esclavitud 6 ser- 
vidumbre perpetua. 

El hombre 6 la persona racional no es, pu^s, objeto de de- 
recho. Esto no obsta para que los hombres puedan prestarse li- 



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— 46 — 

bremente servicios mutuos; en cuyo caso estos servicios 6 pres- 
taciones pueden ser materia de derecho, sin que por ello se me- 
noscabe la dignidad de las personas. 

La materia del derecho se divide en cosas de la naturalesa 
y actos, hechos 6 servicios del hombre. 

Llamamos juridicamente cosa d todo lo que se manifiesta en 
el espacio, aunque no sea cuerpo, con tal que pueda servir pa- 
ra algo y tettga algtln valor de uso y cambio. Las servidum- 
bres de luz y de trdnsito, porejemplo, no son cuerposy, sin em- 
bargo, son cosas para el derecho, porque reportan utilidad y son 
apreciables y cambiables. 

Es acto de derecho toda accidn huntana que se manifiesta 
al exterior; porque Ips actos que se consuman en la conciencia 
s61o son i^tiles 6 perjudiciales para su autor. Iniltil parece adver- 
tir que el acto humano para ser jurfdico, para ser acci5n, ha de 
ser libre, porque los actos espont^neos y los instintivos, como no 
se producen por la voluntad, no son susceptibles de regla, ni 
de moral, ni de derecho. 

Los actos jurfdicos se dividen en actos de cotnisidn, que 
consisten en obrar, y de abstencidn,q\ie consisten en no hacer; 
porque no solo se contribuye directamente & la consecuci6n del 
bi^ del hombre, cuando se le ayuda, sino tambi^n indirectamen- 
te cuando no se le suscitan obstdculos. 

Por su relaci6n con el derecho se dividen los actos en justos 
6 licitos € injustos 6 ilicitos^ segiin que al derecho se conforman 
6 ajustan 6 que se separan de 61. Los injustos pueden ^rlo con 
intenci6n, por dotOj 6 sin intencion, por mera negligencia, falta 
6 culpa. 

Los actos que constituyen la materia del derecho pueden de- 
cir relaci6n lo mismo al fin religioso, cientffico y artfstico, que 
al industrial y d los bienes materiales. Estos tiltimos son real- 
mente los mds importantes en el derecho privado; mas no por 
esto debe creerse que los demfe son.exclusivaroente del dominio 
de la moral. La educaci6n que los padres deben d sus hijos, la 
obediencia de estos, la fidelidad de los c6nyujes y otros andlogos 
son susceptibles de arreglo jurfdico, como indicamos en otra 
parte, porque son condiciones y medios para fines racionales, 
por mis que en ellos prevalezca y resalte en primer t^rmino su 
caricter moraU 



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- 4i — 



IV— RELACIONES Y DIFERENCIAS ENTRE LA MORAL Y EL DERECHO 



La facilidad con que los gobiernos pueden traspasar la es- 
fera de sus atribuciones, pretendiendo regular actos que no son 
de su competencia, da A esta cuesti6n, ya importante de suyo 
en cualquiera otra rama del derecho, trascendencia suma en 
el polftico. 

Tres puntos de vista deben tenerse en cuenta para fijar con 
exactitud las relaciones entre la moral y el derecho y las dife- 
rencias que los separan: 1° Lo que hay de comiin entre ellos: 
2^ Lo que los distingue; y 3^ Su mutua y recfproca injluencia. 

Su principal semejanza, su aspecto comun, es que ambos 
se refieren ^ la voluntad, porque una y otro se proponen el bien 
como fin 6 indican los medios que d ^1 conducen. 

Bien en general es todo lo conforme 6 adecuado para rea- 
lizar el destino de los seres segiin la naturaleza de cada uno; y, 
bajo un punto de vista mjis absoluto, se llama bien d la misma 
realizaci6n de aquel destino. Cuando este bien se considera en 
relaci6n con la voluntad 6 con sus actos, se impone Ji ella como 
precepto, de manera, que el horabre debe siempre procurar el 
bien, ejecutando actos buenos. El bien puede considerarse; 6 
en si mismo, por lo que realmente le constituye, esto es, como 
acto humano que refleja su conformidad con las leyes que rigen 
las cosas; 6 bajo el aspecto de \a forma 6 modo de manifestarse 
cl acto humano. 

Bajo este liltimo aspecto se puede atender, ya A la inten- 
cidn del agente, ya A los efectos que produce el acto; y de estos 
dos modos de considerar el bien por su forma surge la diversa 
denorainaci6n que al acto se aplica, ya como moral, ya como 
juridico, segiin que en 61 se estudien los motivos 6 m&viles de 
la voluntad que lo ejecut6, 6 las condiciones 6 medios que pro- 
dujo 6 destruy6. Pero, como en todo acto jurfdico es necesario 
suponer tambi^n libertad y por lo mismo intenci6n por parte del 
agente, pues de otro modo tales actos no serfan regulables, 
es obvio que todo acto de derecho es d la vez bueno 6 malo, 
conforme 6 contrario d los preceptos de la moral; sin que obste 
A la unidad del acto humano su consideracion en dos distintos 
momentos para poderle apreciar. 

No obstante semejanza tam capital entre la moral y el dere- 



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- -M -? 

cho, hay sin embargo entre uno y otro profundas diferencias, 
derivadas del cardcter peculiar por el que los actos humanos se 
refieren d uno de los 6rdenes. 

' 1* Todos los preceptos morales son absolutos^ invariables, 
como emanados de un legislador perfectfsimo, que ha previsto y 
establecido las inmutables relaciones que ha de sostener siempre 
con el hombre por medio de la ley moral. 

Los preceptos del derecho son relativos^ variables en su 
mayor parte, como referentes A las relaciones entre los hombres, 
que cambian con los tiempos y lugares, pues lo mismo que hoy 
es condicidn y puede servir de medio para un fin determinado, 
puede ser mafiana r^mora li obstdculo para conseguirle. 

2^ El tinico juez de la moralidad es Dios, porque 61 tinica- 
mente puede conocer y apreciar con exactitud los m6viles de la 
voluntad al determinarse y la relaci6n entre los actos y la ley 
moral; sin que esto sea negar que el hombre tenga un medio 
aunque falible, la conciencia, para conocer la moralidad de sus 
propias acciones. 

Los actos jurfdicos, como trascienden al exterior, pueden 
ser prescritos y apreciados por la autoridad social al efecto es- 
tablecida. 

3* El derecho ha de estar necesarlamente subordinado d la 
moral, ponjue los preceptos morales tienden al fin liltimo del 
hombre, A ia consecuci6n del bien supremo; y los preceptos ju- 
rfdicos tienden A la realizaci6n de los fines actuales, de los bie^ 
nes medioSj necesariamente subordinados & aquel. 

4* Los actos morales no son exigibles por la fuerza, porque 
6sta no alcanza hasta las voliciones; mientras que los juridicos 
pueden exigirse por este medio y son por lo mismo coercibles, 
Otras diferencias mds superficiales, y algunas de ellas in- 
exactas, suelen enumerarse, por ejemplo: que la moral se refie" 
re al individuo y el derecho d la sociedad, como si los preceptos 
morales que prescriben el respeto d la vida, d la honra, d 1^ pro- 
piedad ajena, la obediencia d las autoridades constituidas, la 
benevolencia, el mutuo auxilio, etc., no trascendieran d la so- 
ciedad: que la moral dice relaci6n A la vida del espfritu, y el de- 
recho al cuerpo y al esplritu juntamente: que el derecho tiene 
su raz6n de ser en la imperfecci6n, etc., etc. 

En cuanto d la extensi6n de la moral y del derecho, puede 
formularse esta regla: Todo lo que el derecho manda 6 prohibe, 
lo manda 6 prohibe la moral: pero no todo lo que la moral man- 
da 6 prohibe, lo manda 6 pr<Aibe el derecho. 



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— 43 — 

Algunos, interpretando mal la extensi6n de uno y otra, di- 
cen que el derecho permite algunas veces lo que la moral prohi- 
be, como si las acciones realmente malas pudieran estar sancio- 
nadas alguna vez por el derecho. Lo que hay es que el derecho 
deja hacer muchas veces, aunque no lo apruebe, lo que n© pue- 
de impedir, porque su esfera de acci6n se limita ^ las relaciones 
entre los hombres, y nunca puede regular aquellos actos que s6- 
lo tienen trascendencia individual para su autor. 

Respecto d la mutua influencia del derecho y de la moral, se 
comprende que lejos de haber oposici6n entre ellos se auxlb'en 
mutuamente, pues aunque sus dominios son distintos, ambos 
concurren al mismo objeto, al perfeccionamiento del hombre y 
de la sociedad; por lo que las leyes pollticas y civiles deben mar- 
cher siempre de acuerdo con la moral, procurando adem^ que 
la cultura motal se desarroUe en la sociedad, no s61o porque el 
bi6n es fin de toda persona individual 6 colectiva, sino tambi^n 
porque el respeto d las leyes morales hace ^ los hombres m4s 
dispuestos para el cumplimiento de las jurfdicas, hasta el punto 
de que, si aquellas fuefan acatadas por todos, serfan 6stas real- 
mente innecesarias para el regimen del Estado. 

La armonfa entre los preceptos jurfdicos y los niorales es, 
ademds, doctrina corriente entre los tratadistas. Todos convi^nen 
en que los principios, alterum non Icedere (respetar la persona- 
lidad y la actividad agena) y jus suutn cuique tribuere (ayudar 
^ los demjis en lo necesario, segiin la naturaleza, y darle lo que 
es suyo), son comxmes d la moral y al derecho; y si el honeste vi- 
vere (ejercitar las propias facultades 6 usar los propios medios 
rectamente 6 en relaci6n con el fin ultimo) es peculiar de la mo- 
ral, no por eso es ttienos cierto que aquellos dos principios comu- 
nes han de traducirse en leyes esencialmente iguales, aunque 
para los fines morales baste quererlas, 6 el acto de pura voluntad, 
y los fines juridicos exijan ademds el acto externo; pero siempre 
deterjninado por la resoluci6n interior. Y no se opone A esto 
que en algunas obligaciones jurfdicas no aparezca directamente 
la voluntad del obligado en virtud de un acto, por ejemplo, en la 
indemnizaci6n debida por el padre 6 el tutor del menor que causa 
un daiio, pues si bi^n se analiza, esta responsabilidad subsidiaria 
de los padres y tutores, tiene su fundamento en la omisi6n volun- 
taria de la vigilancia que debieran ejercer sobre los actos del me- 
nor sujeto d su cuidado, 6 en cierta especie de comunidad en los 
bienes familiares. 



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— . 44 -- 



V— DE LA CIENXIA DEL DERECHO 



Siendo la clentla eh general uha serie de verdades enla^a- 
das entre sf y subordinadas A uno 6 mds princlpfos generales 6^ 
to que es lo mismo, "un cohjunto sistemdtico de conocimientos 
Verdadferos y ciertos„ es posible uha cientia del derecho, porque 
los eonocf mietttos A 61 felativx)s puedett reunir las iiecesar ias con- 
diciones para ser cienUftcos y organi^rse en sistema. 

Lob caracteres del conoclmiento cientffico son la verdad y la 
ceH^M, La verdad es una re1ati6n de cohformWad ent^e la iniell- 
genc.la y su objeto, la ecuacidn entre la realldad objetiva y su re- 
presentacitSft en la mente: la certe«a es un estado de nuestro es- 
ptf Itu^ la iranquilidad del mlsmo prtxiucida por la seguridad de 
que nueslros coftocimteftlos ^on verdaderos, porque tenemos 
cohciencla de su verdad. Ahora bi^n, nada se opone a que nues- 
tros pensamientos re^pecto al defecho correspondan A la reali- 
dad de este, A lo que es en sC; y no es tampoco absurdo suponer 
que podanios adquirir certeza <Je su verdad, ya porque esta sea 
evidente de suyo, ya porque la evidenciemos ntediante demos- 
traci6n: luego la 'Ctencia del dei^echo no es imposibie por falta de 
ia mateHa tS fondo de la niisma> 

Que los conocimfentos relativos al dereclK) pueden ofi^ui- 
zarse sistemAticamente y constituir una ciencia, fScil sera de- 
mostrarte. 

Las x^ondlciones del sistema son tres: umMad, varieSad y or- 
moniA, La unfdad en los conocimientos jutfdicos se ve claramen- 
te; ya porque todos ellos se refieren A un solo objeto, que es el 
derectio; ya porque todos los objetos particulares de estos cono- 
cttftientos^ las reglas 6 precep*os jur(dfcos> puedan reducirse, co- 
mo !iettt05*clto en otro tugar, A un soio y toico principle* No es 
tampoco diffcil hallar la variedad <Je es3t(» conocimtenios, porque 
tantas cuantas sean las condkriones 6 medios para fines raciovia- 
les, otras tantas serto las resflas para su respeto 6 p»>estaci<ki, y 
otros ta9rtx>s los conocimientos que de estas puedan tenerse. Yea 
cuanto A la armonla^ si esta expresa la variedad e«i ta imidad, 
tddas las vevxiades particulares ^e forman la materia ciemffica 
estdn virtualmente contenidas en la verdad prtwewi y mfts ffMi- 
damental, en el principio del derecho: todas son distintas de las 



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— 4f — 

dem^ y todas se relacionan entre si por referirse A un mismo 
objeto y tener un mismo fundamemo. 

Demostrado que los conodmientos jurfdicos pueden ser ma- 
teria dentlfica y organizarse en sistema, podremos ya definir la 
ciencla del derecho: conjunto sisterndtico de conocitHientos vet- 
daderos y ciertos relativos d las condiciones y medios regula- 
biesy ^xigtMes entre ios hombres para la realiBacidn de su 
destino» 

Como esta^ condiciones y medios son muclios y variados, el 
estudio de los mismos serfa tarea muy ardua y acaso imposiWe 
para la generalidad de los hombres, si no se hideran de ellos 
grupos m^ 6 menos importantes por las reladones, semejanzas 
y diferendas que entre ellos se descubran y segto los aspectos 
dtversos bajo que puedan ser considerados, Estas agnipactones, 
indispensables por la limitaci6n de la humana inteligencia y la 
necesidad de fijar ia atenddn separadamente en cada parte, 
cuando se aptica al conocimiento de un objeto complejo, coasid* 
tuyen los diferenles ramos de la cienda del derecho, de los que 
enumeramos los principales. 

La primera diTisi<6n de esta dencia correspoode necesaria- 
mente A la division primoitUal de coda dencia. E^a se divkk, 
por «u objeto, en FUo^ia tS cienda de los prindptos, de lo uni^ 
versaL, permanente 6 inmutable; Historia 6 caeocia de los he- 
cho^ de k> particular, aoddentai y variable, y FUos^fico-Hist&ri- 
<a qtte estudia lo universal en io particular, lo inmutabie ea k) 
variable, lo radonal en lo sensible, la idea en los hechos, y cxa- 
miWL, 4iscute y juega estos ;A la liliz de kifs prindpios 6 induce las 
leyes que han presidido d su formad<ki< De la misma maiieni, la 
denda de nuestro estudio podrd ser: Filosofla del Derecho, 6 de 
las leyes juffdicas denvadas inmediataaiente de la owturaleza, y 
constantes € inmutables como esta; Historia dd Derecho, 6 de 
los hechos y preceptos jurfdicos que, emanados de la voluntad 
humana en forma de leyes 6 de costumbres, son como ella va- 
riables, y ciencia Filos6fico-Hist6rica del Derecho, 6 exdmen, re- 
laci6n y juicio, segiin la idea y los principios, de las leyes y he- 
chos jurfdicos producidos porelhombre. 

Otra divisi6n de la ciencia del derecho es la fundada en la 
distinci6n de la materia y de la/orma con que todo objeto inteli- 
gible se presenta d nuestra mente. 

Bajo el punto de vista de la materia^ las condiciones y re- 
glas que constituyen el derecho, pueden estudiarse teniendo en 
cuenta;^ya los fines humanos particulares que con ellos pueden 



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- 46 - 

obtenerse; ya la naturaleea de' los objetos en que consisten las 
condiciones y medios jurfdicos; ya la naturaleza de las personas 
que deben realizar aquellos fines. 

Segdn los fines, puede estudiarse esta ciencia como derecho 
para la Reltgidn, para la O'ewcia^ para las Artes, para la Indtis- 
tria, para el Comercio y aun para el Derecho mismo. 

Segiin la naturaleza de los objetos en que consisten las con- 
diciones jurfdicas, puede estudiarse el derecho con relaci6n d las 
cosas de la natufaleka fisica y con relaci6n d las acetones hu- 
tnanas, 

Segiin las perso^ias que deben realizar fines generates 6 par- 
ticulares, puede estudiarse con relaci6n d las personas mdividua- 
les y d las colectivas, como derecho del individuo, de la. /ami- 
lia, del tnunicipio, de la provincia, del e^tado, de la huma- 
nidad, 

Esta divisi6n, aunque racional y propuesta por algunos fil6- 
sofos juristas, no ha te^iido gran ^xito hasta la fecha, sobre todo 
en Espafia, comb lo prueba la escasez de obras arregladas A es- 
te plan. 

Mds generalizada es la divisi6ji de la ciencia del derecho en 
politico 6 constitucional^ administrativo, civile mercantilj penal, 
procesal, candnico, nacional 6 interior ^ internacional 6 exte^ 
rior; cuya divisi(5n, auQque no muy I6gica, porque alguno de 
sus miembros puede fdcilmente referirse d otros, debe con todo 
exponerse como tradicional, por decirlo asf, y adoptada oficial- 
mente. 

Bajo el punto de vista de Xa. forma se ha dividido el derecho 
en publico, en que aparece la sociedad como sujeto predpminan- 
te y la acci6n social como objetivo directo de los preceptos jurf- 
dicos, y privadp, en que el indivfduo y su acci6n resaltan de un 
modo mds especial. 






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PRIMERA PARTE 



PRINCIPI03 FUNDAMENTALES DE DERECHO POLfTICO 



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PRIKCIPIOS rUNDIlMEIITlllES DE DERECi POLITICO 

SECCION PRIMERA 

DEL DERECHO POLfTICO Y DEL ESTADO EN GENERAL 



CAPlTULO PRIMERO 

IDEA GENERAL DEL DERECHO POLITICO 

I— DEFINlCl6x DEL DERECHO POLfTICO 



Antes de definir el derecho politico^ par^cenos conveniente 
advectir que hemos adoptado esta denominaci6n para La rama 
del derecho que esobjetodenuestroestudio, con preferencia ^la 
de publico constitucional^ empleada por Rossi, Benjamfn Cons- 
tant y otros autores, porque, si bien es cierto que esta ultima de- 
nomirfkci6n es mds propia en cuanto su eiimologfa refleja el ca- 
rfcter de los preceptos que son su contenido, puesto que A la 
constituci6n 6 modo de constituirse un Estado se refieren; con 
todo, la que venimos usando, d mAs de ser la sancionada por el 
lenguaje oficial en la organizaci6n de la facultad de derecho, es 

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— 50 — 

tambi^n la mds comiin y tiene la ventaja de no inducir al error 
de confundir, como pudiera suceder, este derecho con un dere- 
cho peculiar de los pueblos organizados conforme al sistema re- 
presentativo, al que tambi^n suele llamarse, aunque impropia- 
mente, constitucional. 

Macarell entiende por derecho politico "el derecho de la na- 
turaleza aplicado A la organizaci6n particular € interior de cada 
sociedad civil^„ y llama ciencia del derecho politico A "la rcu- 
ni6n de principios que rigen esta organizaci6n.„ 

Esta definici6n no nos parece aceptable, porque, si bien es 
cierto que todo derecho debe fundarse en la naturaleza, no to- 
dos los derechos estdn consignados en fdrmulas 6 leyes natura- 
les; antes por el contrario, el dereoho natural solo expresa las 
relaciones mds generales, que son las menos, estando el hombre 
encargado de expresar por f6rmulas, A que se ha llamado leyes 
positivas, las relaciones jurfdicas particulares, que son las mds. 

Foucart llama politico "d la rama del derecho piiblico que 
dice relaci6n al gobierno de la sociedad. „ 

Hay en esta definici6n alguna inexactitud al asignar como 
linico fin del derecho politico el gobierno de la sociedad, siendo 
asf que debe mds bien establecer las condiciones de una buena 
organizacion. Nos parece^ ademds, que no hay completa preci- 
si6n dejando sin deterrainar, como lo hace Foucart, la especie 
de sociedad d cuyo gobierno se refiere el derecho polflico. 

SegiinPalma, "derecho constitucional es el ordenamiento 
de la soberania, 6 de los poderes piiblicos del Estado, y de hu 
libertad de los ciudadanos;,. definici6n que fdcilmente Ueva d 
confundir la esencia del derecho con su fin, y deja este deficien- 
te puesto que el derecho constitucional 6 politico se cstiende 
d algo mds que d regular el ejercicio del poder y de la libertad. 
Don Manuel Colmeiro, definidndole "el conjunto de leyes que 
ordenan y distribuyen lo3 poderes constitucionales, moderan su 
accidn, seftalan su competencia, declaran los derechos y fijan 
los deberes de los ciudadanos,„ dd d conocer con bastante exac- 
titud la materia peculiar del derecho politico; pero puede origi- 
nar algiin error^ al decir que el derecho le constituyen las leyes, 
siendo asf que ^stas son 6 deben ser la f6rmula 6 expreli6n de 
aquel. 

Nosotros conskieramos el derecho politico, 6 como ciencia 
de las condiciones necesarias 6 convenienles en la organisa- 
cidn del Estado para que pueda realisar sufin^ 6 como el con- 
junto de las reglas que corrcsponden al contenido de esta ciencia. 



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- 51 - 

En esta definici6n creemos que se expresa lo fundamental 
*del derecho polftico y todo lo que en realidad es de su competen- 
cia, tanto por lo que hace A la persona, 6lemento material del Es- 
tado, como al poder piiblico, representaci6n de su element© for- 
mal. En efecto; la organizaci6n supone elementos 6 partes que 
organizar, y es indudable que los elementos no se organizan des- 
truy^ndolos 6 alterando su naturaleza, lo que sucederfa, si el in- 
dividuo fuera absorbido por la sociedad 6 no respetado en la in- 
tegridad de su ser; por lo que en la definici6n debe contenerse 
todo lo relativo A la consignaci6n y respeto de los derechos na- 
turales, y asf aparece, fijdndose en el t^rmino general condicio- 
nes. Como por otra parte qui^n dice organizaci6n, dice uni6n 
arm6nica de los elementos para la realizaci6n del fin comiin, la 
definicidn debe referirse, 6 mejor, comprender todas las condi- 
ciones que expresan aquella uni6n y deben existir en las rela- 
ciones publicas de los^ciudadanos entre sf y con el poder, como 
medios de cooperar por derechos 6 deberes al fin social. Restan 
las condiciones mediante las que el poder publico ha de realizar 
su misi6n, enlre las que aparcLCien desde luego la legitimidad, la 
fuerza, la capacidad, etc., todo lo cual se contiene en los t^rmi- 
nos de la definici6n. Esta, por ultimo, debe expresar el fin pecu- 
liar del derecho polftico y asf se consigue con las palabras para 
que pueda realisar sufin. 

De la definici6n se deduce que las relaciones establecidas 
por el derecho polftico son fundamen tales, y las leycs, que expre- 
san estas relaciones, han de ser la base de todos los derechos y 
deberes que se consignen en las demils leyes, asf civiles, pena- 
les, procesalcs, etc., como administrativas, puesto que, antes de. 
que el poder principie d obrar, es necesario que cxista con una 
forma y con atribuciones dadas, unico medio de saber si sus ac- 
tos son legitimos 6 justos desde su origeii. 



II— RELACIONES DEL DERECHO POLfXICO COX OTRAS CIENCIAS 



Como el derecho polftico forma con las otras ramas del de- 
recho el sistema general de las ciencias jurfdicas, nccesariamcn- 
te ha de haber entre todas dstas relaciones fundadas en su co- 
miin naturaleza, asf como tambi^n diferencias que las constitu- 
yan en ciencias especiales. H^ aquf las principales. 



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— 52 — 

Con el derecho administrativo sostiene relaciones muy In- 
timas, porque establece los principios fundamentales que le ban 
de servir de base para que la accion del poder social se ejerza 
de la manera m^s adecuada y conveniente ^ la satisfacci6n de 
las necesidades publicas; 6 lo que es lo mismo, formula las prc- 
misas cuyas consecuencias ba de sa<:ar el derecbo administrati- 
vo. Se diferencia de ^l, en que el politico es fundamental y el 
administrativo es en cierto modo adjetivo por presuponer los 
preceptos de aquel. El derecbo politico se refiere d la constitu- 
cidn, d la organisacidn, y el administrativo principalmente d la 
actividad del Estado. 

Con el civil se relaciona en cuanto el politico consigna las 
condiciones generales de vida y cultura respetables en toda per- 
sona y que por lo mismo ba de tener presentes el civil al estable- 
cer 6 formular los preceptos reguladores de las relaciones mu- 
tuas entre los ciudadanos, al mismo tiempo que limita 6 raodifica 
en algunos casos ciertos derecbos civiles. Se diferencia de ^1, en 
que el politico considera al bombre bajo el aspecto piiblico, como 
miembro del Estado, mientras que el civil s61o le considera bajo 
un aspecto particular y en las relaciones meramente privadas. 

Se relaciona con el penal, no s61o porque organiza el poder 
que ba de ejercer la justicia social castigando al delincuente, si- 
no tambi^n porque en nombre d^ los derecbos naturales y dela 
dignidad bumana restringe d veces la acci6n de este poder, abo- 
liendo, por ejemplo, las penas infamantes. Se diferencia de d, en 
que el politico considera al bombre en la integridaJ de su ser, y 
el penal, s61o como infractor directo ^ intencional de la ley. 

Se relaciona con eXprocesal, porque ^ste ba de tener presen- 
tes en la organizaci6n de los tribunales y en la prescripci6n de 
trdmites judiciales los preceptos, derecbos y garantias consigna- 
dos en la ley fundamental del Estado y ciertas condiciones que 
procuren d las personas una administraci6n de justicia recta, ex- 
pedita y poco dispendiosa. Se diferencia de 61, en que el uno es- 
tablece 6 declara condiciones 6 derecbos, digdmoslo asi, sustanti- 
vos, esto es, que se conciben con independencia de otros, mien- 
tras que el procesal procura bacer efectivos los derecbos me- 
diante ciertas /ormalidades que s61o existen con relaci6n d 
aquellos, siendo por lo mismo adjetivas. 

Las relaciones del derecbo politico con el eclesidstico de- 
penden de las fundamentales que se establezcan entre la Iglesia 
y el Estado, siendo mayor su influeucia mutua d medida que sea 
mayor la armonia entre ambas sociedades. Se diferencia de 61 



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— 53 — 

en que el eclesidstico considera al hombre solamente en relaci6n 
con el fin religiose. 

Finalmente se relaciona con el derecho internacional en 
cuanto que, al constituir y organizar el Rstado, parece como que 
da vida al sujeto de las relaciones jurfdicas intemacionales. Se 
diferencia de ^l por el objeto y la esfera de su acci6n. 

Ademds de estas relaciones naturales del derecho politico 
con las otras ramas del derecho, sirven de poderosos auxiliares 
A esta ciencia; la Filosoffa, porque le da el conocimiento del 
hombre en su naturaleza 6 en lo esencial de su ser, y la Historia, 
que, presentdndole el cuadro de los hechos sociales, le revcla 
las necesidades, las tendencias, los deseos humanos y hasta los 
roedios de satisfacerlos y realizarlos. 



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CAPiTULO II 
nociOn filos6fica del estado 



I— DE LA SOCIEDAD EN GENERAL 



Cualquiera que sea el concepto que haya de servir para for- 
mular la definici6n cientifica del Estado, ya se le considere como 
sociedad para un fin particular, ya se entienda por 61 la organi- 
zacr6n 6 simplemente el poder social (1), eslo.cierto que esta 
idea, siquiera como conocimiento imperfecto, se halla en la men- 
te de todos y que A su formacidn precede siempre la idea de 
sociedad; la que por lo mismo puede con raz6n llamarse su ge- 
neradora. De aquf que el estudio de la sociedad en general deba 
preceder al del Estado para fijar sobre bases s61idas la teorfa re- 
lativa A €ste. 

Para que haya sociedad es, por de pronto, necesario que 
haya seres racionales y que estos seres no est6n aislados, 6 que 
se reunan: pero una reuni6n material y accidental, ya sea for- 



(i) Aunque algunos tratadistas llaman tambi^n Estado k toda persona en 
cuanto realiza el derecho, entendemos que- en una obra de derecKo politico huel- 
ga discutir la exactitud de tal concepto, porque el Estado d que el derecho politi- 
co se refiere no puede ser otro que el social. Con todo, dudamos que en buena 
I6gica pueda legitimarse aquel concepto, pufe el indivfdno jamds declara el dere- 
cho, y aun cuando sus actos puedan originar derechos, no surgen estos s6Io por 
su voluntad sino por la virtual idad de otro derecho preexistente k independiente 
de aquella. EI indivfdno, por si, carece de autoridad bastante para declarar lo que 
es justo. 

Por ser tambi^n estrafia al derecho politico, prescindimos de la nocidn de Es- 
tado como conjunto de circunstancias y condiciones que determinan la capacidad 
6 aptitud juridica de una persona. 



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— 55 — 
tuita 6 buscada, no es por sf sola bastante para la existencia de 
la sociedad; es pu6s necesario algo mds, es precise que el senti- 
miento de la insuficiencia individual para conseguir un objeto 
dado lleve A los hombres, espontdnea 6 reflexivamente, d adu- 
nar sus esfuerzos, d trabajar en comiin 6 A poner los medios in- 
dividuales d servicio del bi^n general que se trata de obtener. 

Uni6n de mentes y voluntades; fin comun A todos conocido, 
y combinaci<3n de fuerzas para obtenerle son los caracteres esen- 
ciales de toda sociedad reconocidos por la generalidad de los pu- 
blicistas, aunque no se hallen de acuerdo respecto al origen, na- 
turaleza y modo mejor de constituirse; por lo que, siguiendo d 
Taparelli, podemos definirla: unidn moral de hombres 6 perso- 
nas para obtener un fin comtin y racional por MMio de es- 
fuerzos 6 prestaciones combinadas (1). De aquf se infiere que la 
sociedad es por su naturaleza medio para conseguir fines huma- 
nos; como medio, necesaria en todos aquellos casos en que la 
fuerza aislada no es bastante para el logro de un fin; obligator ta, 
siempre que esta sociedad sea el medio linico 6 mds adecuado 
para realizar im fin tambi^n obligatorio; 6 hist6ricamente per- 
manente y universal, efecto de su necesidad en todos tiempos 
y lugares. 

Siendo la sociedad el unico medio para la realizaci6n de mu- 
chps fines humanos, algunos obligatorios, y no habiendo ni pu- 
diendo haber ningun fin humano contrario d la naturaleza, sfgue- 
se que el fundamento de la sociedad estd en la naturaleza mis- 
ma del hombre, y por lo tanto, en la voluntad de Dios. Que hay 
muchos fines humanos que no pueden realizarse sin el hecho de 
la asociaci6n lo demuestran: 1° las necesidades flsicas, intelec- 
tuales, morales y est^ticas que experimenta el hombre: 2^ el 
examen de las facultades de que el hombre dispone para satisfa- 
cer aquellas, y cuyo examen nos da A conocer su insuficiencia; 
y 3^ la tendencia del hombre d ensanchar el cfrculo de sus nece- 
sidades y d perfeccionar sus facultades; lo que constituye el pro- 
greso, deber tanto del individuo como de la hiunanidad. Hay 
ademds otros hechos 6 fen6menos que descubre el an^isis y sir- 



(i) Con tal exact itud expresa esta defitiici6n la naturaleza de la sociedad 
qae hasta las mismas doctrinas positivas sirven para comprobarlo: cUne soci^ti, 
dice Herbert Spencer, an sens scientifique da mot, n'existe que lorsqu'^ la juxta- 
positi6n des indivfdus -s'ajoute la cooperati6n. Tant que les roembres d'un grou- 
pe ne combinent pas leurs forces en vue d'une ou plusieurs 6ns communes, il n'y 
a guirede lien pour les unir.> Principes de Soaologie. Tom. 3* pdg. 331, Trad, 
de M. £. Gazelles. Paris 18S3. 



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-56- 

ven para comprobar el fundamento que d la sociedad hemos 
atribuido. La simpatfa, la amistad y el amor, como afectos, y el 
lenguaje, como facultad, por una parte; y la degradaci6n moral 
y el embrutecimiento, consecuencias de la vida aislada, por otra, 
son prueba de que la sociedad es conforme d la naturaleza y de 
que en 6sta tiene su fundamento. 

Considerada la sociedad en general, su fin se deduce inme- 
diatamente de la definici6n dada, y si descendemos ahora d las 
diversas especies de sociedades, no es dudoso que habrd en cada 
sociedad particular un fin que le sea propio, y que, b^jo este as- 
pecto, las sociedades podrdn clasificarse teniendo^en cuenta los 
distintos fines que se proponen; y cada fin particular, d la vez 
que sirve*de base para la clasificaci6n de las sociedades, serd 
tambi^n la raz6n de su legitimidad; pudiendo decir con Ahrens, 
que toda sociedad adquiere el derecho de su existencia del fin 
que se propone, y que la acci6n del Estado debe por tanto limi- 
tarse, respecto d ella, d exigir la publicidad de su existencia y 
el conocimiento de sus estatutos. 

El predominio del fin social sobre el individual de cada aso- 
ciado, 6 vice-versa, nos da tambi^n ima base para distinguir la 
sociedad llamada civil en sentido extricto de la verdadera socie- 
dad poUtica. 

Cuando en la sociedad se busca el bi^n general, no por sf 
mismo, sino en cuanto se refiere al bi^n individual, que por aque- 
Ua se aumenta, surge la sociedad civil, propiamente dicha, en la 
que se atiende principalmente al arreglo de las relaciones entre 
los individuos que la constituyen. 

Cuando la consideraci6n del bien piiblico predomina y la so- 
ciedad adquiere la conciencia de su existencia como tal, con- 
templdndose como una entidad con vida propia, como una per- 
sonalidad, se constituye en sociedad polUica, cuya manifestaci6n 
mds perfecta es el Estado, conocedor de su fin propio, peculiar 
6 independiente de cualesquiera otros fines individuales 6 so- 
ciales, aunque relacionado con ellos. 



II— definici6n del estado: sus elementos 

Para fijar ahora el concepto racional del Estado, preciso es 
partir de la necesidad de que el derecho se realice. La conside- 
raci6n de esta necesidad nos lleva naturalmente d pensar que el 



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- 57 — 

derecho no puede cumplirse sin ser antes conocido, y si bien es 
cierto que el hombre conoct por su raz6n las relaciones mds ge- 
nerales cuya regulaci6n corresponde al derecho natural, en la 
vida practica no bastan aquellos principios siendo necesario ade- 
m^s formular reglas especiales 6 de derecho positivo. Como la 
mayorla de las personas, individuales 6 sociales, carecen de 
autoridad bastante para formular estas reglas, porque si la tuvie- 
ran, no habrfa mds derecho que el dictado por la conveniencia 
de cada uno, surge la necesidad de un superior dotadb de esta 
autoridad para declarar el derecho en leyes positivas. 

Aun conocido el derecho por medio de las leyes en que ha 
sido formulado, puede 6 no cumplirse, yapor las pretensiones ca- 
prichosas de las personas d quienes obligan sus prdceptos, ya 
porque, siendo preciso en la prdctica establecer una relaci6n en- 
tre el precepto jurldico y los actos 6 prestaciones humanas, pue- 
de apnrecer esta relaci6n mds 6 menos clara y ser discutible, en 
su virtud, d quien corresponde la facultad y quien estd obligado 
a la prestaci6n, suscitdndose una controversia entre las diferen- 
tes personas pretensoras, que ninguna puede resolver por falta 
de autoridad. De aquf tambi(5n la necesidad de otra personalidad 
superior para declarar igualmente de qu^ parte estd el derecho 
cuando varias personas le invocan. 

Declarado el derecho en las leyes y en las decisiones que rc- 
suelven las contiendas jurldicas y conocido por todos, puede to- 
davla no cumplirse por ignorancia 6 por malicia y, en uno 6 en 
otro caso, como el cumplimiento de la regla juridica es indispen- 
sable para realizar el fin humano, hdcese preciso restablecer su 
irhperio, y para esto es necesaria tambi^n una personalidad su- 
perior A los conculcadores, con autoridad y poder material bas- 
tante para conseguirlo. 

Pues esta personalidad superior A todas las que pueden des- 
conocer, controverlir 6 conculcar el derecho, no puede serlo el 
individuo, ni ninguna sociedad que est(^ subordinada d otra, y 
porestodefinimos el Estado: sociedad autdnoma organizadapa- 
ra la consecucidn del fin humano por la realisacidn del derecho. 

En esta definici6n se contiene, d mi ver, el verdadero con- 
cepto del Estado, porque se ddd conocer su naturaleza, diciendo 
que es sociedad aut6noma, y su fin propio, que le imprime un ca- 
rdcter distirltivo. Hdllase ademds conforme con la etimologfa, 
status, en cuanto esta palabra significa modo de ser permanente 
de una cosa, y aun significando capacidad para el derecho, pues 
el Estado tiene la plenitud de dsta. 



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-58- 

Otras definiciones del Estado, aunque muy profundas algu- 
nas de ellas, creemos que no deterniinan su concepto con toda 
claridad y precision. 

Ahrens dice que el Estado es "el orden general del derecho.„ 
Esta concepci6n nos parece demasiado formal y, como tal^no da 
A conocer los elementos constitutivos, ni la naturaleza verda- 
dera del Estado. 

Rossi entiende por Estado "una asociaci6n de familias con 
el fin de procurarse los raedios de realizar el destino humano en 
este mundo;„ detinici6n que da lugar d confundir el Estado con 
el municipio, la provincia y la naci6n, y es ademAs algo vaga, 
porque no precisa el fin directo € inmediato del Estado. 

BluntSchli dice que Estado es "la persona politicamente or- 
ganizada de la nacidn en un pais determinado;„ concepto in- 
exacto, segiin Reus y Bahamonde, porque "el fin del Estado no 
es s61o la polftica, sino tambi^n el derecho, y no hay naci6n sin 
pais, segun hoy se entiende la palabra naci6n.„ 

Otros Uaman Estado al "conjunto de los poderes publicos;„ 
cuya noci6n es incompleta, porque excluj^e A los indivfduos y 
otras entidades que con aquellos forman el Estado; defecto en 
que tambi^n incurre Dupont- White al decir que "el Estado es la 
Autoridad existiendo, no por si misma, sino por 6 para la socie- 
dad„ y que "la esencia del Estado es ser el poder de la raz6n 
expresado por la ley, y no el del hombre pervertido por la fan- 
tasia.„ 

Pasando ahora d detcrminar los elementos del Estado, esin- 
dudable, como dice Rossi, que el Estado es un cuerpo complejo^ 
un conjunto que resultade elementos di versos, mds 6 menos 
coordenados que conspiran al mismo fin; que, siendo el Estado 
una agregaci6n de hombres^ hay en la organizaci6n de todo Es- 
tido elementos necesarios y elementos que no lo son, elementos 
inmutables y comunes A un Estado cualquiera y elementos va- 
riables. Prescindiendo de los liltimos, toda vez que en esta parte 
nos concretamos al estudio de lo general y comiin A todos los 
Estados, de nuestra definici6n se despf ende que sus elementos 
esenciales son dos: los individuos^ y el orden^ correspondien- 
tes ambos A los elementos que integran todo ser con existencia 
real, la materia y la, forma, 

Algunos autores, al estudiar el elemento material del Estado, 
distinguen la materia prdxtma de la remotay afirman que "la 
materia de que proximamente consta la sociedad politica, no son 
los individuos, sino las familias; porque el hombre es miembro 



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— 59 — 

de la sociedad polftica en cuanto lo es de la dom^stica; no se une 
A la primera sino por medio de la segunda, y no obtiene su inte- 
gridad y su perennidad sino por medio de la familia.„ 

Reconocemos que el Estado se compone de familias, como 
tambi^n que el ser humano se completa y perpetiia por la familia; 
pero no podemos admitfr que los individuos todos se unan d la 
sociedad polftica por medio de aquella, pues, de ser asf , no forma- 
rfan parte del Estado los c^libes; ni que la sociedad polftica s61o 
sea necesaria al hombre como un complemento de la dom^stica, 
como pretenden dichos autores, porque el derecho es necesario 
^ todos, y en la vida humana, individual 6 social, no se cumple 
por desgracia sin la intervenci6n del Estado. Ademds; si los ele- 
mentos son lo mds simple que entra en la composici6n de los se- 
res, los individuos y no las familias serdn el verdadero elemento 
del Estado, en cuanto este es sociedad. Las famiUas, como los 
municipios y las provincias son miembros, 6rganos del Estado y 
aun partes, si se quiere, considerados en su individualidad; pero 
no elementos propiamente dichos, como no son elementos del 
cuerpo, aunque scan partes del mismo, los 6rganos destinados 
d las funciones varias que exige la vida de todo organismo. 

Otros afladen d los dos elementos indicados arriba el terri- 
torio y el poder piiblico; pero en estos vemos nosotros, en el pri- 
mero, una condici6n para la existencia de los indivfduos • que 
componen la sociedad, y en el segundo, una condici6n del orden, 
no debiendo conCundirlos con los elementos integrantes del Esta- 
do como no se confunden, por ejemplo, la atm6sfera, que es 
condici6n de vida para el hombre en su estado actual, con el es- 
pfritu y el cuerpo, que son elementos de su ser. 



•Ill — FIN DEL ESTADO Y MODOS DE REALIZARLE 



Al hablar del fin del Estado, suscita Bluntschli la cuesti6n 
de si el Estado tiene fin propio 6 si, por el contrario, es solo me- 
dio para los fines individuales. Este problema, resuelto por las 
teorfas antiguas en sentido afirmativo, pero exagerando el fin 
propio del Estado hasta crear un verdadero socialismo y origi- 
nar la tiranfa, ha tenido tambi^n soluci6n completamente con- 
traria d la anterior, principalmente entre los escritores ingleses 
y americanos. 



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— 6o — 

Unas y otras doctrinas son tan exageradas como exclusivis- 
tas, porque el Estado puede ser y es medio para el indivlduo en 
cuanto le facilita el cumplimiento de su destino, y tiene finalidad 
propia por ser persona, & la que por otra parte auxiUan tambi^n 
los individuos con sus actos y prestaciones. Entre el bi^n social, 
representado por el Estado, y el bi^n particular de los individuos 
hay cierta relaci6n y dependencia, como es fuerza la haya en- 
tre el todo y los miembros, y en tal sentido se concibe que aquel 
pueda exigfr d estos sacrificios cuya utilidad no les alcance ac- 
tualmente; pero que son necesarios para la conservaci6n 6 para 
el engrandecimiento ulterior del Estado. Del mismo modo, hay 
ocasiones en que las necesidades individuales son tan apremian- 
tes, que exigen la intervenci6n del Estado para satisfacerlas por 
medio de auxilios directos, sacrificios 6 dispendios, de muy du- 
dosa conveniencia actual y en ocasiones nula para el Estado. 

Debemos, pu6s, afirmar sin vacilacidn alguna que, si bi6n 
el Estado puede y debe i^ervir de medio para los individuos, tie- 
ne asimismo su fin propio, el cual, A nuestro entender y confor- 
me d la definici6n del Estado, es doble: directo 6 ihmediato, la 
realizaci6n del derecho, y mediato 6 indirecto, la consecuci6n 
del fin humano. Dejando d un lado el segundo, como gen^rico y 
comiin d toda sociedad racional, procuraremos determinar el fin 
propio del Estado, no perdiendo nunca de vista que dentro de 61 
hay fuerzas m\iltiples y de muy diversas clases, que, dando por 
resultado de su ejercicio la cultura y el progreso hu rano en 
esferas diferentes, conducen tambi^ d la consecuci6n del fin 
ultimo. 

Como el derecho se identifica con las condiciones cumplide- 
ras libremente, mediante las que el hombre puede vivir, des- 
arrollarse y progresar, cada una de las esferas de cultura tiene el 
cardcter de condici6n para obtener el fin social; y no solo tienen 
este cardcter las esferas \i 6rdenes que provienen de la asocia- 
ci6n reflexiva de las fuerzas individuales, sino tambi^n las que 
son efecto de la cooperaci6n espontdnea de esas mismas fuerzas 
y de su concurrencia d la producci6n del bi^n piiblico. Los indi- 
viduos contribuyen tambi^n con sus faciiltades d la vida, al des- 
arrollo y al progreso social, d la realizaci6n del fin general hu- 
mano; pero tanto el resultado de las fuerzas que obran asociadas^ 
espontdnea 6 reflexivamente en esferas u 6rdenes inferiores al 
Estado, como las que operan aisladas, son insuficientes para el 
logro del fin social, y precisamente en esta insuficiencia es en 
lo que veremos la raz6n de ser del Estado. De aquf se infiere 



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«- 6i — 

que el Estado, viniendo en auxilio de las diversas clases de fuer- 
zas que se ejercitan dentro de la sociedad para conseguir el fin 
de ^sta, desempefla una funci6n complementariay y, como tal, 
realizard su fin siempre que proporcione d los hombres condi- 
ciones de vida 6 de cultura que fuera de ^1 no puedan encontrar. 
La primera manifestaci6n de la actividad del Estado se ve, pu<§s, 
en esta funci6n, por la que su fuerza suple todo lo que d las 
demds fuerzas sociales falta para cumplir el fin humano. 

Debe, sin embargo, entenderse que esta fuerza del Estado 
es de un cardcter especial; que no es fuerza que produce inven- 
ciones industriales, ni descubrimientos cientificos, ni dogmas re- 
ligiosos, ni procedimientos econ6micos, ni bellezas artfsticas: to 
dos estos efectos tienen su causa propia, y la misi6n del Estado 
no es otra, ya lo hemos repetido, que proporcionar A estas cau 
sas condiciones para que puedan producir. Por lo que, si el Es 
tado, 6 mejor, el poder que le representa, ha visto, por ejemplo 
que por no asociarse, 6 por el esplritu de rutina, 6 por las preo 
cupaciones, etc., tales 6 cuales fuerzas quedan improductivas 
debe fomentar 6 facilitar los medios favorables y procurar la 
destrucci6n de los obstdculos opuestos al ejercicio conveniente 
de aquellas fuerzas; pero sin que su intervenci6n sea jamds di- 
recta, y distinguiendo siempre su misi6n, que es proporcionar 
condiciones, de la accidn individual 6 de otras sociedades, que 
es producir resultados directos. 

Hay ademds de este modo complementario 6 supletorio, por 
el que el Estado puede realizar su fin, otro mds importante, si se 
quiere, porque es el que emplea y debe emplear mds comunmen- 
te. A este segimdo modo le llamaremos regulador; denominaci6n 
que se desprende naturalmente de los actos que le constituyen. 
En efecto, toda fuerza, toda actividad tiene en la sociedad su pro- 
pia esfera, y, si cada una se ejercitase dentro de ella, es indudable 
que se tendrfa mucho adelantado para la realizaci6n del derecho: 
pero desgraciadamente, 6 se desconocen muchas veces los Ifmi- 
tes de cada una, 6, aun conoci^ndose, se invaden los de las de- 
mds, ejercitdndose tal vez unas d espensas de las otras, y de aqui 
perturbaciones y trastomos que son otros tantos obstdculos al 
desarrollo y marcha de la sociedad. Pu^s el Estado, manteniendo 
el equilibrio, la proporci6n y la armonia entre estas fuerzas; ha- 
ciendo que todas ellas se respeten dentro de su peculiar dominio; 
restableciendo el orden trastornado por aquellas intrusiones; en 
una palabra, proporcionando las condiciones para que el ejerci- 



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— 6a — 

clo de estas fuerzas sea ordenado, realiza su fin de un modo re- 
gulador. 

En el ejercicio adecuado de estas dos funciones, la supletoria 
y la reguladora, estd, pu^s, contenida la realizaci6n del fin del 
Estado. 

Descendiendo ahora al examen de los actos principales que 
constituyen cada una de estas dos funciones, dlremos que la su- 
pletoria puede ejercerse: primero, por actos fortnales que pon- 
gan ^ cada esfera de vida y cultura en situaci6n de poder des- 
arrollarse: segundo, por auxilios tnateriales, que sean el sost^n 
de aquellas medidas formales, cuando el atraso, por ejemplo, de 
la sociedad en general 6 la indole paiticular de algunos trabajos" 
hacen imposible 6 muy diflcii su cultivo; y tercero, por actos que 
consistan en remover los obstdculos, 6 en ejecutar las obras que 
las fuerzas individuales no puedan por sf solas remover 6 eje-. 
cutar. 

La funci6n reguladora puede ser realizada por medidas que 
tiendan: primero,' d hacer respetar la personalidad de cada indi- 
viduo y entidad social: segundo, d evitar colisiones entre estos in- 
dividuos y entidades: tercero, d restablecer el orden trastornado; 
y cuarto, d procurar que se auxilien mutuamente todas las per- 
sonas 6 instituciones sociales (1). 

Entre los actos, por medio de los que puede realizarse el fin 
del Estado, incluyen tambi^n algunos autores los relativos d la 
existencia y conservaci6n de la sociedad polftica en un territorio 
independiente. Nosotros, sin embargo, creemos que tales actos 
no se refieren directamente d la consecuci6n del fin der Estado, 
porque este, como todo ser, s61o puede realizar su destino d con- 
dici6n de existir; y asl sucede que, al decidir en la prdctica acer- 
ca de la justicia y moralidad de los actos ejecutados por el Estado 
para cuidar de su existencia, nunca se tiene en cuenta la confor- 
midad de tales actos con el fin del Estado, sino el derecho de con- 
servaci6n que le es comiin con todas las demds personas ffsi- 
cas y morales. 

El autor citado arriba, despu^s de examinar algunas con- 
cepciones falsas, incompletas 6 exageradas del fin del Estado di- 
ce que "sufin verdadero y directo es el desarrollo de las faculta- 
des de la naci6n, el perfeccionamiento de su vida por una mar- 
cha progresiva que no se ponga en contradicci6n con los destinos 



(I) V. Ahrens, Drcho, naL 6^ edic. fraoc. 



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de la hiunanidad, deber moral y politico sobreentendido:„ f6r- 
mula que "comprende todo el fin del Estado, y respeta los 
caracteres y las necesidades particulares de las naciones y la 
variedad de su desarrollo, asegurando al propio tiempo la unidad 
del fin (1).„ 

Examina luego el mismo autor las diversas tendencias que 
pueden manifestarse en la nacidn, haciendo notar de paso los pe- 
ligros de su exclusivismo, y enumera como principales: el des- 
arrollo del poder, tendencia derivada de la necesidad que tiene el 
Estado de ser poderoso para hacerse respetar en el exterior y 
por sus miembros: ciertas tendencias econdnticas, segiin que en 
la naci6a predomina la industria pastoral, la agricola, la fabril 6 
la comercial: el cultivo de los intereses civilisadores, como el 
arte y la ciencia; la garantia juridica de las libertades ptiblicas 
y privadas, que, considerada como misi6n principal del Estado, 
engendra los lihres Estados de derecho; y la manifestacidn de 
la unidad nacional, como expresi6n de los sentimientos de un 
pueblo consciente de su unidad. 

Tanto el fin directo asignado por Buntschli al Estado, como 
las tendencias varias que puedeli manifestarse en los diversos 
Estados, caben dentro de los fines que nosotros hemos fijado co- 
mo inmediato 6 mediato, cuando el Estado se encarna en la na- 
cidn; peroxomo tambi^n hay otras agrupaciones inferiores, por 
ejemplo, la ciudad, que pueden constituirse en Estado cuando 
para ello tienen poder € independencia bastante, menester es no 
confundir las entidades naci6n y Estado, que realmente son di- 
versas, y distinguir tambi^n el fin directo y propio de cada una. 



IV^— RELACIONES DEL ESTADO CON LAS DIVERSAS EXTIDADES 
Y 6RDENES SOCIALES 



Expuestos.los modos principales por los que el Estado pue- 
de realizar su fin, fdcil serd conocer la misi6n que al mismo in- 
cumbe respecto d los 6rdenes diversos de la vida y de la activi- 
dad humanas. Estos 6rdenes puedeti distinguirse, ya bajo el punto 



(I) BlanUchli. DcAc. pubL unh, Tom. I, pdg. 265. Trad, de G. Moreno y 
Ortq^ 



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- 64 - 

de vista de la cualidad^ ya bajo el de la cantidad^ pues aunque 
esta Ultima no sea una base muy propia para fijar distinciones, 
sin embargo, cuando se la conoce constantemente como mayor 
6 menor, puede dar lugar ^ varios grados permanentes en deter- 
minada escala, y bajo tal aspecto ser aceptable para el objeto in- 
dicado. 

Los diversos <3rdenes sociales pueden ser clasificados, bajo 
el aspecto de la cualidad, en esferas de vida y esferas de cultura, 
Llamamos esferas de vida ^ aquellos 6rdenes en que resalta so- 
bre todo el hecho de la existencia independientemente de tal 
6 cual modo especial de ser, y de cultura d aquellos otros en que 
aparece de un modo m^s notorio la particular manera de vivir 
intelectual, moral, est^tica y aun materialmente. 

Las esferas de vida se distinguen principal mente bajo el 
punto de vista de la cantidad, porque desde el indivfduo hasta 
el Estado se hallan representadas por agrupaciones cada vez 
mayores que expresan otros tantos grados sociales en que se ma- 
nifiesta la vida. Entre nosotros pueden enumerarse la familia, el 
municipio, la provincia y la naci6n. 

Las esferas de cultura pueden distinguirse cualitativamente 
por el fin peculiar de cada una; y, como los fines principales, que 
deben realizarse en la sociedad, son el religioso, el moral, el 
cientffico, el artfstico y el econ6mico, las instituciones de cada 
una de estas clases ser^n otras tantas esferas, cuyas relaciones 
con el Estado habremos de exponer despues de haber consig- 
nado las que sostiene con las esferas de vida. 

La familia es una reuni6n de individuos ligados entre sf por 
los vfnculos de la sangre y dirigidos por un jefe que les di6 la 
naturaleza. 

Por esta definicidn se ve que la familia es una sociedad na- 
tural; pero aunque asi sea, no vive sdlo en sf y por sf, sino que 
Vive en el Estado y tambi^n por 61 en cierto modo; resultando 
que puede y debe ser estudiada bajodos punlos de vista, uno pri- 
vado y otro publico. Bajo uno y otro aspecto tiene sus fines pro- 
pios: privadamente, el fin de la familia es el auxilio mutuo de 
los que no estdn en condiciones de proporciondrselo por sf mis- 
mos y la educaci6n reciproca y de los menores: bajo el aspecto 
ptiblicOy el fin de la familia ec contribuir ^ la realizaci6n del de- 
recho por su buena organizaci6n y por la realizacidn del mismo 
derecho dentro de su propio seno. De estos fines se desprende que 
el Estado no puede jurfdicamente inter venir en los modos con que 
se proporcione su sustento, ni en los procedimientos que los padres 



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empleen para educar A sus hljos; d menos que estos medlos seail 
oontrarios, 6 bien al derecho que la sociedad en general tiene al 
servicio de sus miembros, 6 bi^n al derecho de los mismos indi- 
viduos que compone.i la familia. Asf es que podrd corregir los 
brutales abusos de la fuerza, que priven d la sociedad de uno de 
sus miembros 6 le inutilicen, y la educaci6ri inmoral, 6 mejor la 
perversi6n, que Ueve d la sociedad un miembro no s51o iniltil, si- 
no perjudicial. En cua ito d la organizaci6n de la familia, no pre- 
tendemos que la naturaleza debe ser enmendada en este punto; 
masy cuando la organizaci6n natural es trastornada, total 6 par- 
cialraente, por la muerte del jefe 6 por la tendencia d sobrepo- 
nerse los que deben estar aibordinados, el Estado puede y debe 
intervenir ddndole una organizaci6n supletoria, ya, por ejemplo, 
con la instituci6n de los tutores, ya con el consejo de familia, 
que ataje las disensiones intestinas antes de Uevarlas d los tri- 
bunales. 

El municipio^ que es una,reuni6n de familias € individuos 
en una localidad determinada para facilitar la consecucidn de los 
fines esenciales de la vida, del mismo modo que la familia, no 
vive s61o en sf , sino que vive en el Estado y de algdn modo por 
61. De donde se infiere que, si el municipio, corao personalidad 
con fin propio, tiene derecho d arreglar por s£ solo los asuntos 
que con este fin dicen relacidn^ considerado como parte inte- 
grante del Estado, muchos de sus actos han de caer bajo la ins- 
pecci6n de 6ste y hallarse sujetos d su direcci6n. Fijar la llnea 
divisoria de la acci6n del Estado y de la propia del municipio es 
mds diflcil que determinar las relaciones del Estado con la fami- 
lia, porque 6sta, d diferencia del municipio, tiene una organiza* 
ci6n natural, y los fines propios que ha de lienar son tambi^n 
naturalmente conocidos por todos. Sin embargo, no perdiendo de 
vista el fin directo del Estado, que es la realizaci6n del derecho, 
y la multiplicidad de fines que el municipio puede abarcar, la 
cuesti<3n se presenta mds sencillaj pudiendo resoiverse en estos 
t^minos: el municipio deberd tener completa autonomia siempre 
que en la gesti6n de los asuntos municipales no se conculquen 
las reglas generates del derecho, ya adoptando medidas arbitra- 
rias, ya imponiendo al vecindario sacrificios que no se compen- 
sen con el beneficio reportado de la vida en la localidad, ya gra- 
vando d las generaciones futuras de un modo egoista en provecho 
exclusivo de la presente. Mas, como el municipio tiene tambi^n 
una fase piSblica, como parte del Estado, 6ste tendrd derecho 

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— 66 — 

A determinar sus relaciones org^nicas con los otros municipios y 
demds esferas sociales consideradas tambi^n bajo su aspecto 
publico, y con el mismo Estado, para que resulte el equilibrio y 
la armonfa, y no el desquiciamiento y la desorganizaci6n social. 
Esta intervencidn es con toda propiedad una manifestaci6n de la 
funci6n reguladora del Estado, y d ella estaria reducida la misi6n 
de ^ste, si no hubiera circunstancias anormales 6 extraordinarias 
eri las que, peligrando, por ejemplo, la vida del municipio, se 
hace necesaria una intervenci6n mds directa del Estado, pres- 
tando 6. aquel su apoyo, como deber que se deriva de su funci6n 
complementaria. 

La provincia, an^loga por sus fines al municipio, y d cuyo 
regimen pueden aplicarse los mismos principios consignados res- 
pecto d 6ste, es una agregacion de municipios contiguos, cuyo 
lazo de uni6n debe ser la comunidad de afectos, intereses y tra- 
diciones. Su organizaci^n, del mismo modo que la del municipio, 
debe responder d sus dos fases, piiblica y privada, de modo que, 
si bajo esta iiltima el municipio y la provincia han de tener su 
poder local y propio en los ayuntamientos y diputaciones, bajo su 
aspecto publico, deben consentir y aun admitir de buen grado 
delegados del poder central que representen y conserven en ar- 
monia tales relaciones. 

Cual se^ el mejor sistema de organizaci6n, tanto municipal 
como provincial, es cuesti6n eminentemente prdctica y que no 
puede resolverse sin tener en cuenta el cardcter, la historia y las 
necesidades, no s6lo del Estado, sino de. cada una de estas esfe- 
ras; por mds que, no siendo ^stas al cabo otra cosa que ruedas 
del organismo superior de aquel, deba buscarse siempre la uni- 
formidad 6, por lo menos, la semejanza en la organizaci6n. 

La nacidn considerada como sociedad de familias y pueblos 
unidos por los vinculos del origen, tradiciones, sentimientos y 
cardcter comunes y que viven en yn determinado territorio, sos- 
ticnc con el Estado relaciones jtan fntimas que ha llevado d algu- 
nos pensadores *! confundirlos 6 poco menos(l). Y en efecto, 
cuando el Estado se encarna en la naci6n 6 ^sta se constituye en 



(i) Le sentiment de national ite peut avoir M engendr^ par diverses causes; 
c'est quelque fois I'effet de 1' identity de race ct de souche; souvent la communau- 
t6 de langage et la communaut^ de religion contribuent ^ le faire naitre, les limi- 
tes g^ographiques 6galeinent. Mais la cause la plus puissante de toutes,. c'est 
I'identite d'antec6dents politiques, la poscsi6n d'une historic national et par con- 
sequent la communaute de souvenirs, Torgiieil et Thumiliatidn, le plaisir et le 
regret collect ifs se rettachant aux memes incidents du passe. Cependant aucune de 



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^67- 

Estado, aparecen como lamismasociedad/porque sus etementos 
materiales son A ambos comunes, las fuerzas de que disponen 
son las mismas en muchos casos, y la direcci6n y regimen de la 
naci6n y de sus fuerzas se halla encomendada, en los Estados 
nacionales, al mismo poder piiblico. Con todo, una y otro tienen 
medios que le son propios porque sus fines son distintos, pues 
mientras el Estado prosigue directa y principalmente el fin jurf- 
dico, la sociedad nacional no es extrafia A ningun fin humano y 
puede prosegtnrlos todo& directamente sin faltar d su misi6n. 
Por lo mismo, el Estado, como tal, debe dejar que la esponta- 
neidad nacional se desarroUe, sin pretender regularlo todo, hi 
mucho menos cumplir por si los fines propios de la naci6n; 
pero, como en algunos casos la actividad de ^sta puede extra- 
viarse, 6 peligrar su vida, 6 carecer de medios propios bastan- 
tes para el logro de su fin, el Estado puede y debe venir en Su 
auxilio, ya regulando sus actos, ya prestdndole cooperaci6n y au- 
xilio, 6 ejerciendo en su obsequio, como puede ejercitarla en be- 
neficio de cualquiera otra entidad, individual 6 colectiva, la fun- 
ci6n complementaria 6 supletoria de que antes hemos hablado. 

Sucintamente expuestas las relaciones del Estado con las di- 
ferentes esferas de vida, veamos las que debe sostener con los 
di versos 6rdenes de cultura. 

La religidn es sin duda la palanca mds poderosa para el 
arreglo y ordenada direcci6n del Estado. Faro que dirige d la 
inteligencia en sus investigaciones, unas veces indicdndola el ca- 
mirio m^s breve para llegar d la verdad, y seftal^ndola otras los 
escoUos que de la misma pueden apartarla, ejerce su ben^fica 
influencia de un mo^o aun mds patente, si se quiere, sobre la 
actividad humana y todas sus manifestaciones. Expresi6n del 
vinculo de amor, de respeto y sumisi6n con que toda criatura de- 
be unirse ^ su Criador, las verdades y los preceptos religiosos 
siguen al hombre por doquiera, lo rnismo en el silencio del ho- 
gar que en las agitaciones de la vida publica; y su influjo se ha- 
ce sentir constantemente, ya en la calma que produce el cum- 
plimiento de sus mandatos, ya en la vacilaci6n, en la intranqui- 



ccs cixconstances n'est, ou indispensable, ou absolument suffisante k elle seule 

I.,cs institutiones libres sont presque impossibles dans un pays compose de natio- 
Dalil^s difKrentes, chez un peuple ou n'existe pas de lien syrapalhique, surtoui si 
ce peuple lit et parle des langues differentes. L'upinion publique et generale nc- 
cessaire i I'oeuvre du gouvernement representatif, ne peut exister.» Stuart Mill. Le 
Gouvernemcnt repre5cntat%f.Vi%^. 383-385. Trad, de Dupont White. Paris 1877. 



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- 6S ^ 

lidad 6 en el malestar que va aiejo A la infraccidn de 6stos 6 d 
la negaci6n de sus verdades. Allf , donde la sanci6n de los hom- 
bres no alcanza ni puede alcanzar; alU, donde la mayor previ- 
sion no ve m^ que sombras y tinieblas; hasta alii Uega la reli- 
gion haci^ndose sentir en el hombre de creencias con sus verda- 
des, con sus consejos y preceptos. "Si Dios no existiera, ha dicho 
Voltaire, serli preciso inventarle para el gobierno de las socie- 
dades.„ Esta intluencia decisiva, que la religion ejerce y que ha 
sido conocida por todos los hombres de Estado, ha Uevado d los 
unos d querer convertirse en pontlfices mdximos, pretendiendo 
dirigir las conciencias, mientras por otro lado dictaban leyes € 
Intentaban de este modo hacer incontrastable su poder, uniendo 
d la sanciOn civil la religiosa. Otros, por el contrario, y con el 
mismo conocimiento de esta influencia, queriendo romper com- 
pletamente con el pasado, trastornar 6 reformar, segiin dicen» 
la sociedad desde sus cimientos, han principiado por atraerse d 
las muchedumbres, aduldndolas con la apoteosis de su poder, ce- 
gando su inteligencia para la verdad religiosa con el vertigo en 
ellas producido por la sobreexcitaciOn de sus pasiones y lanzdn- 
dolas, para explotarlas, en el cieno del materialismo 6 en las 
sombras del indiferentismo religioso/ 

De aqul la necesidad imperiosa de asentar sobre bases fijas 
^os principios que determinan y han de tenerse en cuenta pai a 
establecer las relaciones entre el Estado y las creencias reli- 
giosas. 

Por de pronto es indudable que el Estado, como tal, ni debe 
ni puede llevar su acciOn hasta las conciencias, y que bajo este 
punto de vista el hombre es libre en su conciencia, de hecho y 
de derecho. De hecho, porque no hay fuerza humana capaz de al- 
terar, ni cambiar los actos que se consuman en el fuero intemo. 
De derecho, porque d Dios plugo que su ley se cumpllera 6 in- 
fringiera voluntariamente por el hombre, lundando en la libertad 
del cumplimiento 6 la infracclOn los m^ritos para el premio 6 
castigo subsiguiente. Las creencias y los sentimientos religiosos, 
mientras no se manifiestan al exterior por actos positivos, son 
asunto privado, y como tal no puede el Estado intervenir en ellos. 

Ademds, como el Estado es una instituciOn para la reali- 
zaciOn del derecho, y 6ste le constituye toda condicion necesaria 
para la vida 6 perfecciOn humana, siendo la libertad en el querer 
condiciOn de la personalidad, mediante la que Dios ha querido 
que se cumpla el destino humano y no fatalmente, como hubiera 
podido hacerlo y lo ha hecho con Iqs demds 86res de la natura- 



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— 69 — 

Icza, el Estado debe respetar y garantir este defiecho. Esto no 
quiere decir que la conciencia de cada uno sea .la regla de sus 
actos: la conciencia es luz que, bien aplicada, puede guiar al 
hombre por buen camino, asl como tambi^n extraviarle, si de 
ella no se usa bien. 

El Estado, 6 mejor su poder, debe, pues, respetar la con- 
ciencia individual en materia de creencias; m^s, como A la vez 
tiene el convencimiento dela gran importancia de ^stas para el^ 
regimen social, ha de procurar tambidn que haya creencias, Es- 
te deseo del Estado dicen algimos.que no debe manifestarse por 
medidas encaminadas directamente & fomentar una religi6n 6 A 
destruir otra, porque nl 61 es maestro de dogmas ni, como Esta- 
do, puede reivindicar para sus creencias el dictado de infalibles. 
En este razonamiento nos parece que hay algo de soflstico. Bue- 
no que el Estado no sea maestro de dogmas; pero nada impide 
que 61 crea en la verdad de ciertos dogmas, como cree en las 
ventajas de tal 6 cual plan econ6mico, proclamando en su conse- 
cuencia la libertad del comercio, 6 erigi^ndose por el contrario 
en protector de la industria nacional; como juzga que ciertos ac- 
tos son pemiciosos para la sociedad, prohibi^ndolos por consi- 
guiente, y que ciertas instituciones son ben^ficas y moralizado- 
ras, procurando por lo mismo su conservacion y fomento. Si el 
Estado no es un mito 6 una pura abstraccidn, si es ima persona 
real, tendrd, como toda persona, inteligencia y voluntad, opinio- 
nes y creencias, obligaciones y deberes. Si el Estado ateo no 
fuera un absurdo, el Estado moral, el Estado responsable serfa 
una contradicci6n flagrante, porque sin un Dios superior al Es- 
tado, no alcanzamos quien pueda exigirle cuentas de sus actos, 
quien pueda hacer efectiva aquella responsabilidad. Acaso se 
pretenda por algunos que la Humanidad^ la sociedad comiin hu- 
mana, es la encargada de residenciar d los Estados; pero, id6nde 
est^el poder que representa d esa sociedad, si presclndimos de 
Dios?... iOdnde el c6digo de los derechos y deberes intemacio- 
nales, si suprimimos al legislador?... ^Pbr ventura los Congresos 
^nternacionales representarAn la sociedad?.., Pero entonces la so- 
ciedad habrd vivido sin ley la mayor parte de su vida, porque 
los Congresos internacionales son de ayer y aun no se puede 
afirmar que dirijan las relaciones entre todos los Estados. Si en 
los Congresos 6 en los tratados internacionales se hubiera d^ 
buscar la sanci6n de los hechos sociales serfan innumerables las 
injusticias no reparadas y los atentados y crfmenes sin castigo. 
O Dios y las relaciones consiguientes en que es necesario supo- 



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— 70 — 

ner d la sociedad, 6 la negacion de la persona y de la moral so- 
cial: en otros t^rminos; 6 Dios y la religi6n social, 6 la agrupa- 
ci6n, el rebaflo de hombres, y no la socicdad. Llegando d esta 
disyxintiva^ no juzgamos racional decidirn^apor su segundo t^r- 
mino, y pensamos que de lo expuesto se puede Mgrcwaente con- 
cluir: que la sociedad existe como persona moral; que, como set- 
moral, presupone la existencia de Dios; que en tal concepto ten- 
ded creencias acef ca de este Dios y de las relaciones que A €1 la 
unen; que estas creencias y relaciones constituyen la religi6n; 
que al preferir unas y desechar otras lo hard porque juzgue aque- 
llas verdaderas, y que por lo mismo debe fomentarlas y prote- 
gerlas, procurando d la vez la destrucci6n de las contrarias, d 
menos que juzgue d todas igualmente buenas, lo que es un ab- 
surdo, 6 que la necesidad le obligue d obrar de otra manera. 

T<§ngase presente, sin embargo, que al sentar como un de- 
recho del Estado el oponerse al desarrollo de las creencias con- 
trarias al dogma religioso que profese, no pretendemos que se 
ataque d los individubs, ni que se busque en la persecuci6n de 
estos la destrucci6n de aquellas. Las creencias err<3neas pueden 
ser combatidas por el Estado, negdndoles los derechos que d la 
verdad se conceden, proscribiendo sus manifestaciones, presen- 
tando obstdculos d su germen y desarrollo en vez de proporcio- 
narles condiciones fayorables. Pero esta cuesti6n implica la de 
las relaciones del Estado con los cultos, de. que vamos d ocupar- 
nos, procurando hacerlo con entera imparcialidad y sin mira al- 
guna exclusivista. 

Toda creencia tiende naturalmente d manifestarse por actos, 
y desde el momento en que estos actos se exteriorizan, pueden, 
como todos los externos, coadyuvar 6 entorpecer la realizaci6n 
del fin social, siendp para el mismo, ya condici6n, ya obstdculo, 
segiin las circunstancias. Ahora bien, si el derecho estd consti- 
tuido por la s condiciones que, aunque dependientes de la liber- 
tad humana en su cumplimiento, ban sido impuestas por Dios al 
hombre para que llegue" d su destino, es indudable que entre la 
religion, conjunto de creencias relativas d Dios y sus obras, y el 
derecho, conjimto de condiciones de que Dios ha hecho depen- 
der el destino humano, habrd relaciones muy fntimas; que una 
religi6n falsa es incompatible con un derecho verdadero y vice- 
yersa; yde aqul que la religion, 6 mejor el culto que la expresa, 
pueda ser 6 no condici6n juridica, regulable en el derecho. Sien- 
do esto asi; si el Estado se hallara en posesion segura, cierto de 
las verdades religiosas 6 de las jurldicas, las unas le servirlan 



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para contrastar las otras y, siendo su misi6n realizar el dere- 
cho, prosciibiria las manifestaciones religiosas contrarias d ^ste, 
6 comprenderla que iba desacertado al juzgar como derecho lo 
contrario A la religi6n. Asi sucede, en efecto, con muchas rela- 
ciones generales, admitidas universalmente como verdaderas y 
comunes d la religi6a y al derecho> lo mismo que A la moral: la 
existencia de un Dios, en el que la religi6n y la moral ven 
al Criador y ordenador, y el derecho al legislador del uni verso; 
los preceptos negativos del Decdlogo concemientes d relacio- 
nes entre los hombres; la obedieacia d los superiores^ y otras 
andlogas, son verdades de esta clase que, A pesar.de no servir 
por su misma gencralidad para coriocer si una religi6n determi- 
nada es falsa 6 verdadera, son \itiles, por su evidencia, para 
decidir que aquellas religiones que no las reconozcan 6 las re- 
chacen no son verdaderas, y como falsas, opuestas al derecho, 
debiendo ser proscrltas del Estado sus manifestaciones. Esta 
nuestra opini6n se confirma en cierto modo por la autoridad, en 
cuanto que ni aun aquellos que m^s blasonan de libre-cultistas 
creen permisibles, por ejemplo, las cere monias del fetiquismo. 

En cuanto A las demds religiones y cultos que no violan de 
un modo tan directo y evidente estas verdades universales, cree- 
mos, examinando este punto A la luz de la raz6n exclusivamente, 
que ni deben proscribirse en absoluto, ni admitirse sin restric- 
ciones. 

Los partidarios de la libertad de cultos pretenden que, como 
el Estado no es maestro de dogmas, no debe ser juez en materlas 
religiosas,. admitiendo unas y proscribiendo otras. Aun concedi- 
da la premisa, no creemos, sin embargo, que pueda deducirse en 
buena l<3gica la conclusi6n propuesta. El Estado, es cierto, no 
debe ser juez en materias religiosas, si su fallo ha de recaer so- 
bre la verdad 6 falsedad de las doctrinas; pero aceptada una doc- 
trina por el Estado y prest^ndola su asentimierito, la raz6n exi- 
ge que sea consecuente, que proceda con arreglo A sus con vie - 
clones, y que obre como obrarfa todo ser racional, procurando 
el triunfo de lo que juzgue bueno y conveniente y la destrucci6n 
de lo falso y pemicioso. Asl, creemos que la soluci<3n del proble- 
ma sobre la libertad de cultos, como eminentemente prdctica, 
depende principalmente de la relaci6n en que el Estado se haya 
colocado respecto A una creencia determinada y del cardcter y 
naturaleza de ^sta. 

Si el Estado, que no puede ser indiferente, sopena de no ser 
moral, profesa una religion libre-pensadora, es decir, una reli- 



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gidn cuyos dogmas se resuman en este principio, "todo hom- 
bre que piense y obre conforme d sus opiniones y creencias, 
piensa y obra bien,^ el Estado, para ser consecuente, habrd de 
permitir el culto privado y pdblico de todas las religiones. Mas 
si, por el contrario, el Estado profesa uaa religion exclusivista, 
esto es, una religi6n cuyo dogma fundamental sea que "s61o ella 
posee la verdad y prescribe el bi^n, y que fuera de ella no se en- 
cuentra otra cosa que el error y el mal,„ en este caso la conse- 
cuencia y la 16gica exigen que el Estado proscriba todo lo que 
manifestdndose al exterior se oponga A los dogmas que profesa 
6 & los preceptos religiosos que venera; A menos que la necesidad 
reconocida, 6 el deseo de evitar un mal mayor le precise d obrar 
de otra manera. Por ejemplo: los Estados que profesan una re- 
ligi6n protestante no son consecuentes con sus piiiicipios sino 
admiten la libertad de cultos; mientras que los Estados cat61icos^ 
por el contrario, s61o pueden llamarse 16gicos proscribiendo toda 
clase de cultos que no seanel cat61ico, A menos que la necesidad 
les obligue, pues, en este caso, aun los mismos representantes 
supremos de la religi6n cat61ica han transigido en cierto modo, 
celebrando concordatos para evitar mayores males. 

En orden A la instruccidn y d la educacidn en general, debe 
el Estado garantir la libertad de enseftar, aprender y educarse 
de la manera que mejor parezca A cada cual: primero, porque ni 
las ciencias, ni las artes pueden progresar ni perfeccionarse 
cuando los que d cultivarlas se consagran tienen que sujetarse d 
procedimientos fijos € in variables y no pueden ejercitar su genio 
mds que en un campo limitado; y segundo, porque los descubri- 
mientos € invenciones cientificas 6 industriales no constituyen, 
segCui hemos indicado, el objeto final del Estado^ y aun dado 
que le constituyeran, el Estado no tendria bajo este aspecto otra 
consideraci6n que la de una inteligencia mds que, como huma- 
na, no podrfa reclamar para sf ni la infalibilidad, ni la onmiscien- 
cia. Sin embargo, la misi6n del Estado no es meramente pasiva 
en este punto, y del conocimiento de las do» funciones, supletoria 
y reguladora, que le hemos asignado, se deduce cuando es 6 no 
justa su intervenci6n. As£ que, una vez convencido el Estado de 
la necesidad de la instrucci6n y de la educaci6n social, debe, su- 
pliendo lo que la impotencia 6 la incuria individual no permiten 
conseguir, fomentarlas por medios indirectos, como estableci- 
mientos consagrados d su cultivo y enseflanza 6 auxilios y pre* 
mios d los que se dedican d ellas y principalmente d trabajos que 
ya por su indole especial, ya por la escasa cultura general, no 



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— 75 — 

96lo no prcfporcionan recompensa, pero ni aiin los reciirsos nece- 
sarios para la'vida en la mayorfa de )o$ casos. 

Desempeftando el Estado su niisi6n reguladora en ptmto d 
instruGcidn y educaci6n; debe procurar que ^sta sea paratela y 
arm6nica, en cuanto posible, respecto d todas las aptitudes, no 
saciificando, por ejemplo, al cultivo de la intellgencia el del sen- 
timiento y de la voluntad, que desempeflan un papel tan grande 
como aquella en el organismo social: debe asimismo procuraf 
que no se perturbc el orden en las diversas esferas de lainsU-oc* 
ci6n, dhigi^ndolas en sus relaciones de modo que se auxiHen y 
completen y evitando las coli^<Hies que entre ellas pudleran sur- 
gir, si por acaso las unas pretendieran la absorcidn 6 el predo' 
minio sobre las otras; y, por i&ltimOf aunque el Estado debe ga^ 
rantir la libertad en esta materia, puede y debe tambi^n^conser- 
var el orden social, moral y material, impidiendo que se trastome 
A pretexto de la ciencia, castigando las transgresiones de la ley 
que en nombre de aquella se cometan, exigtendo ciertas condi- 
clones para algunas profesiones cuyo ejercicio puede ser orfgen 
debi^n 6 de mal social, y, en una palabra, procurando que la 
instruccite y la educadto sean conformes y no contrarias d las 
leyes € inslituciones fundasnentales del Eslado; sin que esto sea 
decir que las leyes € instituciones no puedan cambiar y modifi*' 
carse ^ medida que avanzan la ciencia, la ui3trucci6n y la edu- 
cacidn pdbtica, 

Ea cuanto al orden econ&mico^ 9oIo debemos consignar que 
la Uberlad de trabajo y de industria es, en tesis general, d la vez 
que un derecbo de todos, la condicidn m^ farorable para el au^ 
mento de los prodoctos que constituyen la riqueza social, sin que 
ea esta materia se ntanifieste tan necesaria la intervenci6n su^ 
-pVttori^ de! Estado, porque la producci6n material ocupa de or- 
dinario y de nn modo preferemte la actividad humana^ ya por lo 
perexrtorio de las necesidades que e^a prodticc)6fi satisface, ya 
tambite, algunas Tecesi, por la predilecci^n que el extrarfo da & 
los goces sensoales. 

Es ef &rden morale cuando los actos humanos traspasan la 
csfcra de la coocienckt y salen b1 exterior, como ptieden servb, 
ya de ^^em^o y estlmulo, ya de esetedalo y r^mora para la con- 
9ecitci6B de los fines sociales, debe el Estado intenrenir ^ ejer- 
ciendo uaa» Teces su fimci6n su|^etoria promoviendo, por ejem* 
pk>^ la creaci6n de instituciones y estableciinientoa ben^ficos, que 
por la aiisma moralktad debe nspeccionaf ,; y regulando otras 



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— 74 — 

todo lo que d la moralidad piiblica dice relaci6n, ya con medidas 
preventivas contra la prostituci6n, los espectdcUlos licenciosos, 
etcetera, ya con medidas represivas de los delitos que principal 
y directamente ataquen d la moral social, como la blasfemia, el 
perjurio, la bigamia, el incesto, etc. 

Cuales sean los medios que el Estado deba emplear para 
sostener justas relaciones con todas las esferas y <3rdenes de vi- 
da y cultura que hemos mencionado, y hasta que punto y en que 
forma deba intervenir en cada caso, son cuestiones propias del 
derecho administrativo, el cual las resuelve teniendo en cuenta, 
d la vez que los principios generales que dejamos expuestos, las 
condiciones particulares de tiempo, de lugar, de cardcter, etc., 
que dan d las medidas administrativas su aspecto variable. 



V — ORIGEN Y FORMACI6N DE LOS ESTADOS 



Distinguen los autores el origen filosdfico del Estado; con- 
siderado en abstracto, del origen histdrico de los Estados que 
tienen existencia y vida real. 

El primero equivale, en opini6n de algimos, d la ras6n de 
seTj y, si se admite esta equivalencia, fdcil serd deducir de nues- 
tra noci6n del Estado cual sea su origen filos6fico. Proponi^ndo- 
se el Estado la realizaci6n del derecho, comprenderemos que su 
raz6n de ser se halla en la impotencia de los esfuerzos individua- 
les y en la consiguiente necesidad de esta instituci6n para con- 
seguir aquel fin. Si los esfuerzos individuales bastaran para la 
realizaci6n del derecho, el Estado serf a iniitil; pero desgraciada- 
mente la idea del derechj no estd grabada prolundamente en to- 
d^s las inteligencias, ni el sentimiento de lo justo se ha apodera- 
do de todos los corazones hasta el punto de hacer innecesaria la 
intervenci6n del Estado en los actos humanos, siquiera sea en 
niuchas ocasiones solamente para indicarles la regla de conduc-. 
ta. Por el contrario, bien puede asegurarse que la mayorla de 
los hombres, y aun de las entidades sociales, se han penetrado 
tan poco de la liecesidad de realizar el derecho, para la comiin 
felicidad, y se han dejado Uevar de miras tan egoistas, que la 
conculcaci6n de los preceptos jurfdicos se estima cosa de poca 
monta, cuando en ella se ve un motivo de medro 6 de interns 
particulaf. 



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— 7i — 

De aquf se deduce una consecuencia importante para la pric- 
tica; que, siendo el derecho la mira, el punto objetivo del Esta- 
do, todo Estado particular ha de procurar presentarse como mo- 
delo 6 tipo de la realizaci6n del derecho, y que aquellos Estados, 
que principian desconoci6ndole en su constituci6n, en el modo 
de estar organizados, no.podrdn jam^s realizar su fin. Los pue- 
blos regidos desp6ticamente 6 aquellos otros que son presa de 
la anarqufa, no pueden ser presentados como modelos, raejor 
dicho, no son Estados, porque en ellos al derecho, que es prin- 
cipio fijo, se ha sustituido la voluntad con todos sus caprichos y 
veleidades. 

Segiiri otros, el origen filos6fico del Estado equivale d la 
causa fundamental que le da origen, es como su base jurldica y 
por lo mismo coriuin A todos los Estados. 

Acerca de esta base han sido formuladas varias teorfas, en- 
tre las que enumera Bluntschli: 1* la del Estado denaturajeza, 
segiin la cual, piensan unos que los hombres vivfan tranquilos y 
felices en una sociedad primitiva sencilla 6 inoceiite, donde la 
naturaleza prodigaba A todos por igual Ips mismos goces, hasta 
que en el seno de sociedad tan venturosa surgieron las pasiones 
bastardas y se hizo necesaria una fuerza 6 poder que tuviera A 
raya A los dfscolos y castigase A los malvados. Otros, por el con- 
trario, creen que esta fuerza 6 poder fu^ necesario, para poner 
coto d los desmanes, violencias ^ injusticias que constitulan el 
modo de ser ordinario de la sociedad primitiva: 2* la que mira al 
Estado como instituci6n, en cuya teorla tambi^n se manifiestan 
dos direcciones distintas: una que considera el Estado, como obra 
inmediata de Dios € inviste por consiguiente al poder piiblico 
con la plenitud de un poder incontestable; y otra que s<31o le 
considera como proveniente de Dios de un modo mediato 6 in- 
directo, dejando A los hombres 6 A los hechos naturales su orga- 
nizaci6n, aunque siempre subordinada A los designios providen- 
ciales: 3* la del derecho de la fuerza, principio antijuridico por 
el que pueden^legitimarse todas las.injusticias, todos los atrope- 
llos y tiranias: 4^ la del contrato, que hace surgir el Estado de 
un convenio entre los hombres, quienes ceden, segto vmos, parte 
de su libertad y derechos en aras del bi€n comiin y para hallar 
en la sociedad polftica las fuerzas y los medios que faltan alindi- 
viduo, 6 ya, segdn otros, para poner tdrmino A la guerfa de todos 
contra todos, considerado por ellos como modo de ser natural al 
hombre. De estas diferentes teorfas habremos .de hacemos cargo 
al estudiar el origen del poder publico 6 social. 



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El modode r<N'aiar6e im Estado particuiar se ha Uamado co- 
mimmeate m origen histdrico, Este tiene por car^U:ter la varia- 
bilidad, puesto que ios hechos que le determinaa no son necesa- 
rio8, sine que S3 producen por causas accidentales. Sin embar- 
go, por m^s varios que puedan ser estos hechos, siempre han de 
estar fundados en la naturaleza y ser conformes al derecho. Pue- 
de, con todo, suceder que el principio aparente de un Estado se 
halle en un hecho violento; pero, en este caso, tal hecho habrd 
dado lugar ^ la agrupaci6n, no at Estado, que solo principia des- 
de que el consentimiento tAcito 6 expreso, la prescripcw5n li otro 
cualquiera medio de legitimaci6n, reconocido en derecho, viene 
A purser tal agrupaci6n de su vicio originario. 

I/)S hecbos que determinan el modo particular de formarse 
cada Estado pueden producir la agrupaci6n; 6 lentamente y de 
un modo gradual, siendo expresl<3n de la natural tendencia hu- 
mana t constituir Estado; 6 de una raanera brusca, sin prece- 
dentes que bayan llevado al hombre como por la mano t la for- 
maci6n del Estado. 

Cuando el modo de formacidn de Ios Estados reconoce por 
causa lo3 bechos naturales y, por decirlo asf, espontaneos de la 
primera clase^ recibe, segAn algunos autores, la denominaci6n 
de ortgen dtico ii orgdnico, y tendria lugar, por ejemplo, en un 
Estado, que partiendo de la familia se hubiera ido transformando 
por la reuni6n de familias en gentes, por la de gentes en tribus, 
y asf sucesivamente. Este modo de formaci6n, ademds de expre- 
sar un desarrollo progresivo, servirfa tambien para resolver mu- 
chos problemas concernientes d las relaciones del Estado coa las 
varias esferas de la vida y cultura de Ios pueblos. En efecto, co- 
mo la agrupaci6n de las familias, formando gentes, y la de estos, 
formando tribus, no se verificarfa sin proponerse antes un fin co- 
miln y la manera de proseguirlo por Ios esfuerzos combinados de 
las familias 6 las tribus, este fin indicarfa en cada caso cuales 
habrfan de ser las relaciones de cada miembro 6 entidad con el 
Estado de que formara parte y entre si recjprocamente. Consti- 
tuido de este modo im Estado, se harla tambien notorio que 6ste 
es completamente extraflo d Ios fines particulares de Ios indivi- 
duos y de las instituciones sociales, y que su intervenci6n, en lo 
que d ellos se refiere, s61o puede ser exigida y estar legitimada 
por la consideraci6n del fin general comiin d todos. 

Tambidn hallaria de este modo su sanci6n, en la raz6n y en 
Ios hechos, la aulonomia, dentro de su esfera, de las entidades 
que viven en el Estado; se verfa que esta independencia no es 



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— 77 — 

tncomiMUible coa el coacurso que todas deben prestar para con- 
seguir aqael fin superior; y, reconocieudo todas estas entidades 
la superioridad del mismo fin comila, se demostraria la necesidad 
de sacrificarle el interns y aun el bien particular, sf por acaso 
liegara ^te A haccrrse incompatible con el pdblico. £i desarroUo 
racional y progresivo, de que venimos hablando, se ha realizado, 
sin embargo, en muy pocos Estados, pues la existencia de casi 
todos depende de causas accidentales, incapaces muchas de ellas 
de legitimarla en su origen, siendo por lo mismo necesario bus- 
car su legitimacidn en otros hechos juridicos posteriores. 

Hay, pues, adem^ de este origen, otro que pudi^ramos Ua- 
mar externa y aun casual por ser efecto de circunstancias, las 
m^ veces imprevistas. La inteligencia y energia de un hombre 
que se impone A los dem^, los reune € imprirae direcci<3n al co- 
miin esfuerzo para rechazar un peligro inminente 6 acometer 
una empresa atrevida, mantenitodolos despu^s en la obediencia; 
las agregaciones de territorio y poblaci6n por efecto de la gue- 
rra; el dominio que naturalmente se ejerce sobre los pueblos sal- 
vajes € incultos por los que los ban civili?ado; la obediencia de 
los mismos pueblos, que ll^a d hacerse habitual en virtud de 
repetidos experimentos de la superioridad de los pueblos civili- 
zados, y otras tantas causas fortuitas, determinan muchas veces 
la formaci6n 6 el origen de los Estados. 

Blimtschli clasifica en tres grupos los modos de formaci6n 
hist6rica de los Estados: originarios, en que la formacidn del 
Estado es enteramente nueva; nace directamente de la socie- 
dad (1) y del pais, sin derivarse de ningto otro Estado: secunda- 
rios, en que la formacidn se produce igualmente en el interior, 
pero relaciontodose con la existencia de muchos_ Estados que se 
unen para formar vm todo, 6 de un Estado que se descompone 
para formar muchos: derivados, en que la formaci6n se produ- 
ce de fuera, del exterior. 

Cada uno de estos grupos se divide en otros subaltemos. Co- 
rresponden d los modos originarios: 1** aquellos en que la organi- 
zaci6n coincide con el establecimiento de la sociedad en el territo- 
rio y el Estado parece la obra libre de la voluntad consciente, 
como sucedi6 en la antigua Roma: 2^ aquellos en que el pafs. 



(i) Sustituimos la palabra nacion, eropleada por BlanUchli, con la de socie- 
dad'^ porque, segiin nuestro concepto, paede constituirse en Elstado, no solamente 
la naci^Bi sino cualqniera otra sociedad dotada de iodependcQcia j poder bastan* 
tcs pua dictarse y haoer cnmplir sns propias le/es. 



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-78 - 

habitado de tiempo anterior, se organiza despu^s poHticamente 
por un acto reflexive de la voluntad; ejemplos, la antigua Ate- 
nas, la repiiblica irlandfesa, la organizaci6n de California y la de 
algunos Estados de la Uni6n araericana: 3^ aquellos en que el 
pueblo 6 la naci6n existen ya y se constituyen posteriormente en 
Estado al tomar posesi6n 6 conquistar un territorio, como el pue- 
blo judfo despu^s de su salida de Ejipto y los pueblos germdni- 
cos que se establecieron en las provincias romanas. 

Tienen lugar los modos secundarios: 1^ cuando el sentimien- 
to de la propia debiUdad 6 el deseo de realizar la unidad nacio- 
nal lleva d dos 6 mds Estados d formar otro superior mediante 
los pactos 6 convenios necesarios al efecto; pero sin suprimir los 
anteriores, aunque unidos por el vinculo creado en un principio 
por los pactos (Confederacidn de Estados)^ como la de las ciuda- 
des griegas en lo antiguo, la Suiza hasta 1848 y la Confederaci6n 
germlnica en 1815, y, despu^sque el sentimiento dela unidad se 
ha afirmado y la organizaci6n comiin se desarrolla, por la ley 
constitucional (Federacidn)^ como la America del Norte despu^s 
del acta de uni6n de 1787 y la Suiza desde 1848: 2® cuando dos 
Estados se reunen bajo un jefe comiin, cuya uni6n es simplemente 
personal^ y puede ser transitoria, si un monarca es llamado acci- 
dentalmente d reinar sobre los dos Estados, como sucedi6 con 
Austria y Espafla bajo Cdrlos V, 6 permanente, si la corona de 
ambos Estados pertenece d la misma dinastfa y se trasmite por 
herencia, como en Austria-Hungrfa: 3^ cuando los Estados, con- 
sultando d sus propios intereses y aspiraciones, se unen para ser 
dirigidos y gobemados en comiin (unidn real)^ aunque pueden 
conservar cierta independencia relativa en orden d legislaci6n 
y admimstraci6n, por ejemplo, la de Noruega y Dinamarca y 
la de Castilla y Arag6n. 

En todas estas formas de uni6n hay en realidad un Estado 
complejo, pues, de un lado, aparece un solo Estado con una sola 
direcci6n y gobierno para los fines comunes d los Estados uni- 
dos, y de otro lado, ^stos conservan su existencia y aun su go- 
bierno y legislaci6n propias, para lo que les es peculiar. 

Hay ademds otra forma de uni6n completa 6 plena,, cuando 
d los Estados primitivos sustituye un nuevo y simple Estado, co- 
mo los producidos por la uni6n de Escocia primero y despu^s de 
Irlanda d Inglaterra, y por la incorporaci6n d Prusia de los prin- 
cipados de Hoenzollern y otras provincias. 

Pueden tambi^n formarse secundariamente nuevos Estados: 
ya por divisidn de otro anterior, cuando los intereses encontra- 



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— 79 — 

dos 6 las aspiraciones distintas, 6 las diversas nacionalidadeS) ar- 
tificiosamente 6 por la fuerza unidas, se separan al cesar la 
acci6n de tal fuerza, como la divisi6n del imperio de Alejandro 
y la de B^lgica y Holanda: ya por sucesidn^ como ocurrla fre- 
cuentemente en la Edad Media, cuando los reyes disponfan de 
sus Estados como de cosa propia distribuy^ndolos entre sus hi- 
jos: ya por insurreccidn de una parte del Estedo, que se procla- 
ma independiente, como la de Portugal y los Paises Bajos con 
relacidn d Espafta, la de Gfecia respecto i Turqufa y las de mu- 
chas colonias americanas, tanto del Norte como del Sur, respec- 
to d sus metr6polis. 

Entre los modos derivados se cuentan: 1® la colonizacidn; 
era con espiritu mercantil 6 industrial y constituy^ndose ^ imi- 
taci6n de la antigua patria, como las colonias griegas; ora 
con fines militares y de dominaci6n, como las de Roma; ora 
como las de los tiempos medios y modernos, motivadas por el 
deseo de engrandecimiento, por m6viles civilizadores 6 por huir 
de las persecuciones: pero realmente las colonias no son verda- 
deros Estados hasta que por su fuerza logran emanciparse y se 
hacen independientes: 2^ la concesidn de los derechos de sohera- 
nia, frecuente en la ^poca del feudalismo y hecha de ordinario d 
los seflores por los monarcas: 3** la voluntad de un conquista- 
dor, que dispone de los Estados, los separa, los une 6 los orga- 
niza como le place, axmque suelen durar linicamente mientras 
dura su poder. 

Por los modos de formarse los Estados es fdcil conjeturar 
c6mo pueden tambi^n morir 6 desaparecer. La necesidad del 
orden y el sentimiento de la justicia llevan d las sociedades A or- 
ganizarse en Estado; pues el-desorden, la anarquia, las injusti- 
cias sistemdticas y la violencia los matan. Por la toma de po- 
sesi6n de un territorio puede constituirse en Estado un pueblo 6 
una naci6n errante; pues la emigraci6n en masa 6 la expulsi6n 
de sus habitantes acaban tambi^n con ^1. La conquista y la plena 
uni6n engrandecen un Estado; y la divisi6n de un Estado en mu- 
chos le hace desaparecer, como la concesi6n de los derechos de 
soberanfa le empequeflece (1). 



(i) V Bluntschli, 06ra cit Tomo I, pdgs. 2174 234. 



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secci6n segunda 

ELEMENTO MATERIAL DEL ESTADO 



CAPfTULO PRIMERO 

I>BL 8BR HUMANO ITN GENERAL 



I — EXABffiN DE LA IfATURALEZA HUMANA 



HalUndoee coastituido el elemento material del Estado per 
Ids ifidividuos que forman la agrttf>aci6tt, precise es que conozca- 
mo6 & estoSy que sepamos que es to esencial ^ su naturakza y de 
k> que iu> puedes desprenderse^ para deducir de aqui cuales son 
los sacrificios que el Estado puede exigirles sin aniquilarlos m 
absorberlosy y qu^ es por otro lado lo que ^1 debe de hacer esk 
pr6 de los individuoe: en una palabra^ cuales son los derechos y 
deberes d^ individuo como miembro del Estado. Para esto, exa- 
minaremos al hombre, 6 mejor al ser humaaoen si, indepeftdien* 
te de toda relaci6n social, y despu^s como miembro de la enti- 
dad polftica. 

El hombre es un ser compuesto de e^;>lritu y materia, con 
im destino que cumplir libremente, y dotado' para cumplirle de 
facultades 6 medios en armonia con su naturaleza y por lo tanto 
anfmicas y corporales. 



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^ Si -, 

Que es compuesto de alma y cuerpo lo demuestra la antro- 
pologfa por la observaci6n de las diferentes clases de fen6menos 
que en ^1 se producen y por la imposibilidad racioiial de referir- 
los d un mismo ser: que tiene un destino que cumplir lo prueba 
la metaffsica, fundd^ndose en que todo lo creado lo ha sido para 
algo, d menos que no hubiera habtdo sabidurla en la creaci6n: 
que este destino ha de cumplirse libremente lo demuestra la ex- 
periencia, por la que vemos la posibilidad que tiene el hombre de 
eludir la ley moral y las veces que la elude: que estd dotado de 
facultades <3 medios para realizar su fin, se deduce, segiin la 
misma metaffsica, de la sabiduria y bondad del Criador, que no 
puede querer lo iraposible ni sujetar al hombre A la perpetua tor- 
tura de luchar sin esperanza de veneer; y, por ultimo, que estas 
facultades son ffsicas y espirituales lo demuestran la misma 
complejidad del ser humano y la prueba inducida.de la observa- 
ci6n de las especies diversas de actos humanos, ademds de la 
necesidad racional de que todo medio est^ en relaci6n con el fin 
para que ha de servir, y en armonla con la naturaleza del ser 
que ha de utilizarlo. 

Cuando se estudia al hombre como miembro del Estado, la 
raz6n ve en su existencia y en sus facultades y aptitudes otras 
tantas condiciones para que realice su destino; condiciones por 
lo mismo respetables, que el Estado debe respetar y hacer que 
respeten los demds, y en lis que se halia el fundamento de la 
personalidad polftica del individuo. De donde se infiere que la 
conservaci6n de la existencia del hombre, 6 su vida, la integri- 
dad de su ser como cuerpo y como esplritu, es decir, en todas y 
cada una de sus fuerzas materiales, por las que se proporciona 
la subsistencia, y en todas y cada una de sus facultades anfmi- 
cas, sensibilidad, inteligencia y voluntad, por las que se desarro- 
lla y progresa, no pueden ser destruidas ni mermadas por los 
demds individuos ni por el Estado, mientras no se hagan incom- 
patibles con ^stos por la falsa direcci6n 6 el abuso de aquellas 
fuerzas 6 facultades (1). 



(i) Cuanto se diga del hombre, en Qrden d derechos y deberes, es aplicable A 
las personas colectivas, pues, aunque no sean propiamente elementos del Estado, 
pueden formar parte de 61 y tienen, como compuestas de individuos, la misma 
aptitud juridica que estos. 



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— 82 — , 
n — CARACTERES DE LA PERSONALIDAD 



El hombre es persona por conocerse: primero, como causa 
libre y origen inmediato de sus actos; y seg^ndo, como distinto 
de los otros hombres en cuanto ser, aunque igual A ellos en sus 
elementos y en sus facultades esenciales. El primero de estos 
conocimientos, el de la libertad, es de conciencia y como de in- 
tuici6n inmediata no puede ser demostrado; pero obtiene el uni- 
versal asentimiento de todos los hombres juiciosos, y se com- 
prueba en todas las circunstancias de la vida normal, lo mismo 
al contemplarse el hombre en si mismo, que al compararse con 
los demds, por lo que la libertad es, en nuestra opini6n, el cons- 
titutivo de la personalidad en si. 

El segundo conocimiento, el de la distinci6n del s^r y el de 
la igualdad fundamental de los elementos y facultades humarias, 
es producto de la comparaci6n y como tal de la observaci6n au- 
xiliada del raciocinio. Por 6sto, y teniendo su explicaci6n en 
otros principios superiores, d la vez que es susceptible de de- 
mostraci6n ha sido negada por algunos. De todos modos la igual- 
dad de esencia, por la que s61o se afirma que todos los hombres 
son compuestos de alma y cuerpo, y que todos son inteligentes, 
libres y sensibles, aunque haya algunos que sistemdticamente 
se atrevan A negarla, es indudable que aparece, segim decla Do- 
noso Cortes, como el fimdamento y la condici6n primera de toda 
asociacidn, puesto que no habiendo igualdad no puede haber de- 
rechos y deberes recfprocos, sino que por parte de unos, los me- 
jores, todo serdn derechos, y por parte de otros, los menos per- 
fectos, todo serdn deberes; lo cual es precisamente lo que servfa 
d Arist6teles para considerar la esclavitud como natural. En la 
igualdad esencial de naturaleza y facultades vemos nosotros, 
por tanto, el constitutivo de la personalidad en la vida de rela- 
cidn 6 social; pero en la igualdad compatible con la distinci6n de 
desarrollo 6 aptitudes, y no en la identidad. 



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CAPfTULO II 

DE LA LIBEETAD HUMANA 



I — DE LA LIBERTAD EN GENERAL 



Entendemos aquf por Ubertad "la facultad que tiene el hom- 
bre de elegir y obrar despues de haber deliberado.„ Esta defini- 
ci6n, que expresa el concepto mds gen^rico de la Ubertad huma- 
na, demuestra que para la existencia de la libertad es condici6n 
previa, indispensable, la de la raz6n, puesto que nadie delibera 
sino comparando motives 6 razones, esto es, juzgando. De la 
misma de(inici6n se deduce que la libertad no es esa decisi6n 
caprichosa por unos actos con preferencia d otros, que puede de- 
cirse ha servido A los indiferentistas para formular su sistema. 
Y creemos tambi^n que en esta definici6n se hallan contenidas 
las varias especies de libertad, tanto la moral, como la civil y 
polftica, pues asi lo indican las palabras elegir y obrar. 

La libertad de decidirse, como hecho, es indemostrable, ya lo 
hemos dicho, la siente cada uno de si mismo, la ve en su con- 
ciencia al contemplarse como causa de sus actos reflexivos; pero 
si alguno no la sintiera en sf 6 no la viera en su conciencia, pro- 
bablemente se perderfa el tiempo tratando de demostrArsela. 
Esto no obstante, ha habido algunos, y precisamente fil6sofos, 
que la han negado funddndose en algunas razones mds 6 menos 
especiosas, contra las que y en pro de la libertad han formulado 
los fil6soros sensatos algimas pruebas que pueden reducirse & las 
siguientes: primera, todas las razones, todas las promesas, todos 
los placeres y dolores, no son A veces bastantes para cambiar 
ima volici6n, esto es, A querer lo contrario que se estd querien- 



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do 6 vice-versa: segunda, el sentido comun de todos los hombres 
que se creen y confiesan responsables de sus actos, y el asenti- 
miento universal de todos los pueblos que presuponen en sus c6- 
digos y leyes la existencia de la libertad como condici6n precisa 
de la validez de los actos y de la responsabilidad consiguiente: 
tercera, sin la libertad todas las ideas del orden moral carece- 
rlan de realidad objetiva, y las palabras bi^ii y mal, m^rito y 
dem^rito, premio, pena, etc., serlan signos sin representaci6n 
alguna, y la existencia de semejantes palabras en los idiomas 
serf a la realizaci6n de un imposible, un efecto sin causa. 

Aunque la refutaci6n de las objeciones contra la libertad 
pertenece en rigor A la filosoffa moral, relacion^ndose 6sta inti- 
mamente con el derecho politico, nos haremos cargo de las prin- 
cipales. 

Julio Sim6n (1) las ha reducido & tres: P El hombre no es li- 
bre; porque, lejos de dominar el mundo, estd sometido A sus 
leyes: 2* El hombre no es libre; porque cuando se imagina que 
s61o obedece d su libertad, cede fatalmente al influjo de la raz6n 
<3 de la pasi6n: 3* El hombre no es libre; porque la libertad hu- 
mana es incompatible con el previo conocimiento 6 presciencia 
divina. 

La primera objeci6n se desvanece observando que en ella 
se confunde el querer con el poder, la voluntad con su instru- 
mento. 

La segunda objeci6n, que s61o es un resumen de las teorias 
deterministas, busca su fundamento en el principio de que nin- 
guna cosa sucede 6 existe sin causa suficiente. La futileza de la 
observaci<3n se nota ficilmente traduciendo la proposici6n con 
que se formula en una de estasdos sus equivalentes: "la libertad 
no es causa suficiente de ninguna cosa, luego es falso que sea 
origen de nuestros actos, „ 6 bien, "todas las causas son fatales 6 
producen necesariamente sus efectos, luego la libertad no existe, 
porque no es causa fatal. „ La premisa enunciada de los dos en- 
timemas anteriores es precisamente lo que se discute y, mien- 
tras no se pruebe por los deterministas, estamos en nuestro de- 
recho al afirmar que la libertad existe, porque asi nos lo dice la 
conciencia. 

Como los deterministas fundafi tambi^n su teoria en la fuer- 
za de los motivos, algunos fil6sofos afiiman que muchas veces se 
decide la voluntad sin motivo, como al entregar cualquiera de 

(i) Eldeber, Parte prim. Cap. II, pdg. 33. Trad, de Coronel y Abad. 



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las monedas de la misma especie en pago de una cosa. Julio Si- 
m6n, teniendo en cuenta que esta afirmaci6n lleva al indiferen- 
tismo y que es como una confesi6n de que "algo sucede sin cau- 
sa suficiente,„ sostiene que el motive existe siempr-e, adnque 
desapercibido rauchas veces para la iaz6n por suescaso interns. 
Opinamos tambi^n que hay siempre motivo; pero no creemos 
que sea desconocido, pues lo que pasa desapercibido para la ra- 
z6n es como si no existiera para ella, y siendo el conocimiento 
previo de los motivos, 6 la deliberaci6n, requisite de la libertad, 
6sta implica aqiiel conocimiento. Lo que si creemos es que la in- 
diferencia que la voluntad muestra en algunas ocasiones, por 
ejemplo, en la elecci6n indistinta de las monedas en el caso pro- 
puesto, reconoce por causa el conocimiento perfecto que tene- 
mos de su completa igualdad, como medios para el fin que nos 
proponemos, en cuyo conocimiento estA el motivo que influye en 
la decisi6n; sin que importe d nuestra afirmaci6n que el conoci- 
miento de la igualdad de los medios le adquiramos por una com- 
paraci6n previa en cada caso 6 le tengamos de antemano. 

Joufroy sienta, contra los deterministas, que estos confun- 
den la naturaleza de los motivos, y de aquf su absurdo al afirmar 
que el acto se determina por el motivo que mis pesa en la balan- 
za, y aflade que es preciso distiiguir entre las causas y los m6- 
viles de los actos; que las causas son las concepciones de la inte- 
ligencia, y los m6viles los impulsos del coraz6n, por lo que, sien- 
do heterog^neos, mal pueden ser apreciados por una medida 
comiin. Este argumento concluyente, cuya fuerza reconoce Julio 
Sim6n, creemos que no se desvirtua con la afirmaci6n de 6ste, 
de que las ideas 6 causas van siempre acompafladas de una pa- 
si6n, porque muchas veces experimentamos im apetito fuertfsi- 
mo, y la raz6n que le oponemos no va acompaflada en un princi- 
pio de ningiin movimiento afectivo; y por otra parte, A medida 
que vamos afiadiendo razones en pr6 6 en contra de un acto, nos 
vamos afectando mds por el deseo de ejecutarle 6 se va dismi- 
nuyendo ^ste; fen6meno que en todo caso sirve para probar la 
influencia preponderante de la inteligencia en las otras dos fa- 
cultades. Ademds, aun dentro de los mismos m6viles hay hete- 
rogeneidad, y por lo mismo imposibilidad de apreciarlos por una 
comiin medida: nadie podrd decidir cual es mayor, si el placer 
de dai una limosna 6 el de comer un manjar delicado; podrd de- 
cirse, es cierto, cual es racionalmente preferible 6 por cual debe 
decidirse la voluntad, pero fijar su intensidad, su cuantia relati- 
va, es imposible. 



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— S6 — 

La tercera objeci6n, fundada en la pretendida incompatibi- 
lidad de la presciencia divina con la libertad, descansa sobre 
una base falsa, pues confunde el conocer con el querer, y tiene 
adem^ la pretension de comprender lo incomprensible de Dios, 
por ej^mplo, su modo de conocer. Esta objeci6n, que un ateo no 
podrla 16gicamente formular, es incomprensible en un teista, 
porque creer en Dios y pretender que los actos humanos son in- 
diferentes, como habrfan de serlo sino fueran libres, es el colmo 
del absurdo; como lo es tambi^n negar d Dios^ creyendo en 61, 
algunos de sus atributos esenciales, su justicia y su bondad. 



H— FASBS Y LIMIT ACIONES DE LA LIBERTAD. 



La libertad no se manifiesta s61o interiormente, deterrainan- 
do A la voluntad para querer, sino tambi^n exteriormente en la 
persistencia de la volici6n hasta el obrar. Si no hay ninguna 
fuerza superior A la mia 6 ningun obsUlculo que A mi voluntad se 
oponga, soy libre no s61o al querer sino tambi^n al ejecutar. Esta 
libertad en el obrar es la causa de la responsabilidad por los ac- 
tos externos, como la libertad en el querer lo es de los actos in- 
temos 6 que se consuman en la conciencia. De aquf que la liber- 
tad pueda ser concebida por de pronto bajo dos fases distintas; 
como libertad moral, causa de la imputaci6n y responsabilidad 
por los actos interiores; y como libertad juridica, causa de la 
imputaci6n y responsabilidad por los actos externos. 

Como estos actos exteriores pueien clasificarse de muy va- 
rios modos, la libertad jurfdica recibe diversas denominaciones 
segdn los actos A que se refiera; y siendo la clasificaci6n mds ge- 
neral de estos en actos que se refieren A la vida privada de los 
individuos, A su persona, familia y bienes, y actos que se refie- 
ren jI la vida publica y social, la distinci6n fundamental de la li- 
bertad juridica serd en libertad civil y libertad politica, Aquella, 
condici6n necesaria para la realizaci6n del fin del hombre, y 
6sta, medio para conservar la ci\'ll; de modo que la libertad poli- 
tica y los derechos que implica son la verdadera y eficaz garan- 
tla de la libertad y derechos civiles. 

Acerca del car^cter de cada una de estas fases de la libertad 
se ha discutido largamente; lo que tiene su raz6n de ser en las 



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-S7 - 

consecuencias prdcticas que entrafla la determinaci6n de tal ca- 
rdcter para restringir sus manifestaciones, 6 no fijarlas ningiin 
limite. Examtnemos sucintamente esta cuesti6n. 

"Siendo el hombre un ser finito, limitado y relative, ninguno 
de sus atributos 6 facultades puede ser absolute, y como la liber- 
tad es una facultad hum^na, estard sujeta A ciertas limitaciones.„ 
H6 aquf, poco rods 6 menos, el razonamiento formulado per los 
que no se avienen con la proclamaci6n de los derechos naturales 
del hombre como absolutos, imprescriptibles 6 inalienables; y si 
con tal proclamaci6n quiere indicarse que la libertad se ejerza 
caprichosamente, que no hay regla alguna que la dirija, que el 
hombre eligiendo como quiera obra conforme A su derecho y por 
consiguiente siempre bien, en este caso no cabe duda de*que la 
proposici6n contra lo absolute de la libertad es verdadera. Mas, 
si esta proposici6n significa que hay ocasiones en que el hombre 
en el pleno uso de sus facultades no se decide libremente, que hay 
ciertos motives que le atraen de un mode irresistible, tanto vale 
como afirmar que el hombre es libre unas veces y etras no. Es 
cierto que la libertad no es absoluta, porque no existe por sf, ni 
depende de su naturaleza el existir eternamente, ni es una sola 
libertad sine muchas, tantas como hombres, ni se ejercita siem- 
pre; sine que existe por Dies y mieatras Dies quiera; coexiste 
con etras, y s61o se ejerce cuando el hombre va d resolverse 6 A 
obrar; toio lo cual le da un cardcter relative, condicional y limi- 
tado; pero afirmar que la libertad siendo, no es, que la facultad 
de elejir existe en algunos cases s61o d condici6n de que se eUja 
una cesa dada es contradicterio y como tal absurdo. 

Nosotres, pues, llamaremos limitaciones de la libertad, no d 
las causas que la anulan siquiera sea momentdneamente, porque 
nosotres las negames, sine d los motives que por su cardcter de 
generalidad y perpetuidad solicitan la veluntad censtantemente. 
Estes motives sen de dos clases, segiin se deduce de las des 
especies primordiales de la libertad: morales y juridicos. Los 
primeres sen todos los preceptos de la moral, cuyo fundamento 
estd en las relaciones entre la criatura y su Criador; y los juri- 
dicos estto constituidos per los preceptos del derecho natural 6 
del positive, que tienen su fundamento en la coexistencia de se- 
res iguales por su naturaleza. 



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CAPITULO III 

DE LA IGUALDAD 

I— IGUALDAD ESENCIAL HUMAXA 



No pretendemos definir la igualdad, porque su concepto es 
demasiado claro para que pueda ser equivocado; ni discutiremos 
si es una cualidad 6 una relaci6n^ porque A nada conduce para 
nuestro fin particular. S61o sf sentaremos que la idea de igualdad 
no la adquirimos hasta que comparamos dos cosas; que por con- 
siguiente la obtenemos relacionando seres li objetos; que no se 
da sin esta relaci6n; y que por lo mismo, al enumerar los carac- 
teres - constitutivos de la personalidad, dijimos que la igualdad 
lo era en la vida de relaci6n porque no se concebfa sin ella, asf 
como la libertad lo era de la personalidad en sf 6 individual, por 
la raz6n contraria. Pero, si la idea de igualdad en general es cla- 
ra, se puede concebir de varios modos y, segiin la distinta mane- 
ra de concebirla, puede ser una verdad 6 un error cuando se dice 
de un objeto. Asf sucede al afirmar que un hombre es igual d 
otro: esta proposici6n es verdadera, si con ella queremos indicar 
que todo hombre tiene las propiedades fundamentales del ser hu- 
mano, como fuerzas ffsicas y anfmicas; y falsa, si queremos in- 
dicar que la forma, eldesarrollo de las fuerzas, etc., es igual en 
todos los hombres. De aquf que la igualdad pueda ser esencial 6 
accidental, segto se considere en lo esencial 6 en lo variable de 
los objetos. Hecha esta distinci6n, afirmamos que la igualdad de 
esencia es constitutiva de la personalidad en la vida de relaci6n, 
^sto es, que todos los hombres son esencialmente iguales; asf 
como tambi^n concedemos que son desiguales en lo accidental, 
en el desarroUo de sus aptitudes. 



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-89- 

Para demostrar que todos los hombres son iguales esencial- 
mente, se pueden emplear dos procedimientos; 6 la observaci6n, 
6 el puro raciocinio; pero, en todo caso, serd precise concluir 
que todos los hombres est^n dotados de alma y cuerpo, que las 
propiedades constitutivas de ^stos son iguales en todos los hom- 
bres, y que no hay hombre alguno que tenga mds elementos y 
propiedades que otro. Esta observaci6n y la demostraci6n consi- 
guiente se hallan encomendadas A los antropologistas fisi6logos, 
psic61ogos y metaffsicos, por lo que nosotros nos limitamos A 
consignar los resultados de sus observaciones y raciocinios. 

• La experiencia fisloldgica ha probado que en la composici6n 
de.todo cuerpo humano entran los mismos elementos simples; 
que la combinaci6n de 6stos da tambi^n por resultado en todos 
ellos sustancias an^logas, como son los huesos, nervios, tejidos, 
sangre, etc.; que la disposici6n particular de estas sustancias es 
tambi^n andloga en todos; que las funciones ejercidas por todo 
cuerpo humano, tanto las de la vida vegetativa como las de la 
sensitiva, son id^nticas y se ejercen por 6rganos iguales, y que 
las diferencias que entre los hombres se notan son relativas, no 
al niimero, ni A la disposici6n de los elementos y 6rganos, sino A 
su mayor 6 raenor desarrollo, A su forma mds 6 menos pronun- 
ciada, al color y otras accidentales, que, sino todos las han ex- 
plicado de un modo satisfactorio, no por eso es menos cierto que 
no entraflan ninguna esencial diferencia. 

• La experiencia psicoldgica demuestra la igualdad esencial 
de los hombres, porque en todos revela un alma dotada de los 
mismos atributos y facultades, sensibilidad, inteligencia y vo- 
luntad; conocimiento qu2 se obtiene por la observaci6n de los 
distintos fen6menos que en el hombre se producen y la necesi- 
dad de referirlos d causas, diversas entre si, pero las mismas 
para cada clase de aquellos. 

Metafisicamente se comprueba esta igualdad, segijn los fil6- 
sofos que ven en la humanidad un ente con realidad objetiva, 
porque los elementos constitutivos de esa misma humanidad, los 
hombres, participan y estdn todos penetrados de su esencia; y 
en cuanto A los fil6solos, para quienes la humanidad es una idea 
general, ven esta igualdad como incuestionable, puesto que las 
ideas' generales representan lo comiin, lo que igualmente pue- 
de decirse de todos los seres li objetos contenidos en la idea ge- 
neral. 

La igualdad esencial del hombre es, pues, indiscutible como 

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— 90 — 

hecho 6 independientemente de las teorias sobre su origen, ya 
sea 6ste por creaci6n directa» ya por trasformaciones sucesivas; 
y aun bajo el punto de vista del origen la mayorla de los fil6so- 
fos, de acuerdo en esto con el Genesis, afirman la unidad de la 
esi^ecie humana, el origen de un tronco comdn. No debe, por lo 
mismo, causar extrafieza que el cristianismo proclamara la igual- 
dad de la naturaleza humana, Uaniando hermanos A los hombres; 
sin que por eso tratase de abolir las jerarquias sociales, ni inten- 
tara destruir las diferencias individuales provenientes, no de lo 
esencial y constitutivo del hombre, sino del mayor alcance y 
desarroUo de sus facultades. 

Esta igualdad esencial, como constitutiva de la personalidad 
en la vida de relaci6n, sirve, lo mismo que la libertad, de funda- 
mento d los derechos del hombre; pero su consideraci6n ha 
Uevado d algunos utopistas, de buena 6 de mala f6, d pretender 
para todos los hombres una igualdad absurda y comprensiva no 
s61o de todos los derechos, sino tambien de todos los medios 
morales y materiales que sirven para satisfacer necesidades, 
y destructura de las clases. Por esto es preciso fijar bien los de- 
rechos que se derivan de la igualdad esencial, y puesto que en 
la igualdad de naturaleza se fundan los que piden para todos los 
mismos derechos, si esta igualdad es s61o esencial, que s61o se 
concedan los mismos derechos esenciales, y donde haya diferen- 
cias, que sean tambien distintos los derechos, porqu^, segiin 
dijo un fil6sofo, "la verdadera igualdad consiSte en tratar desi- 
gualmente d los seres desiguales.„ Para proceder, pues, con m6- 
todo quedard sentado: P Que hay igualdad fundamental de 
disposiciones y facultades segiin queda demostrado: 2^ Que hay 
desigualdad en el desarrollo y aplicaci6n de las mismas, segiin 
puede comprobar cada cual por sf mismo; y 3** Que la igualdad 
y las desigualdades, sobre todo de las potencias anfmicas que 
son las mds notables, importantes y, permftase asl, humanas, se 
inducen por las manifestaciones de la actividad del hombre. 



II— TEORIAS PRINCIPALES SOBRE LAS DESIGUALDADES IIUMANAS 
Y SU ORIGEN 

Las teorias relativas al origen de las desigualdades huma- 
nas pueden clasificarse por de pronto en dos grupos, segiin que 
la causa de las mismas estd en la naturaleza interior del hombre, 



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— 91 — 

6 son producto de causas exteriores. Unas y otras se distinguen 
tambi^n segiin que se considere al hombre bajo el punto de 
vista psicol6gico, 6 bajo el aspecto fisiol6gico, 6 se atienda A que 
las causas exteriores productoras de pa desigualdad provienen 
Unas de la voluntad humana y otras de las leyes naturales (1). 

Principiamos la exposici6n y juicio crltico de estas diversas 
teorias por la primera clase de las eftumeradas, porque es la 
m^ antigua. Los fundamentos de esta tepria puede decirse que 
los ech6 Plat6n al hacer el paralelo entre las facultades del 
alma y las clases sociales, deduciendo del examen de aquellas 
que asi como en el alma hay inteligencia que dirige, voluntad 
que quiere y sensibilidad que goza y sufre, asi tambi^n la buena 
organizaci6n social, la organizaci6n natural, exige que haya tres 
clases de hombres, gobernantes (fil6sofos) que dirijan, guerreros 
que defiendan la sociedad y pueblo, 6 artesanos, que trabajen y 
obedezcan sin dejarse arrastrar por las pasiones. Tal divisi6n de 
la sociedad en clases, si s61o fuera expresi6n de la divisi6n del 
trabajo, del ejercicio de las aptitudes humanas segiin su predo- 
minio, no s61o no seria err6nea, sino que se encuentra en toda 
sociedad; pero es el caso que Plat6n, al hacer distinci6n seme- 
jante, pretendi6 establecer una linea divisoria entre los hom- 
bres (2), prohibiendo d los de una que invadieran el campo de las 
dem^s, como si en los pertenecientes A la una hubiera solo inteli- 
gencia y en los de las restantes s61o voluntad 6 sensibilidad 
respectivamente y no estuvieran todos dotados de las tres facul- 
tades. 

Arist6teles en su Politica establece mds paladinamente la 
diferencia fundamental que, segiin ^l, existe entre los hombres. 
Preocupado su esp(ritu, como no podfa menos de serlo en tan 
gran pensador, por el hecho de la esclavitud tan universal en su 
^poca, quiso hallarle explicaci6n y cay 6 en el error de pensar 
que este hecho se fundaba en la naturaleza que hacfa designates 
d los hombres. "Algunos seres, decfa, desde que nacen estdn 
destinados d mandar, mientras que otros lo estdn d obedecer. El 
ser vivo estA compuesto de un alma y de un cuerpo, hechos, 
aquella para mandar y ^ste para obedecer....: el alma manda al 
cuerpo c6m(> un ducfto y la raz6n al instinto como un magistra- 
do, como un rey; y nadie puede negar que es conveniente para 
el cuerpo obedecer al alma, y para la parte sensible de nuestro 



(i) Ahrens, Derecho natural^ 5* edicion espanola, pgs. 2i8 y 219. 

(2) DoDoso Cortes, Lecciones en tl Atetuo, Lee 3* Teoria del Despotismo. 



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- 9« - 

ser obedecer A la parte intelij^ente Esta es tambi^n la ley que 

debc reinar entre los hombres. Cuando uno es inferior d otro, 
como lo es el cuerpo al alma 6 el bruto al hombre; caso en el que 
se hallan todos aquellos de quienes lo mejor que puede esperarse 
esel empleo de sus fuerzas corporales, el inferior es esclavo por 
naturaleza.„ Llevado de su idea no s61o establece que unos son 
superiores y otros inferiores por sus dotes intelectuales, sino que 
se aventura A afirmar que los cuerpos de los hombres libres son 
diferentes de los de los esclavos, concluyendo en definitiva que 
"unos hombres son naturalmente libres y los otros naturalmente 
esclavos, y que para ^stos la esclavitud es tan litil como justa.„ 

El extravio de los dos genios de la filosoffa jarriega en esta 
materia no puede mirarse como un hecho fortuito, dado el alcan- 
ce de sus poderosas inteligencias; asf que una observaci6n algo 
detenida encontrar^ algunos motivos que, sino legitiman com- 
pletamente tal aberraci6n, por lo menos la disculpan, y entre 
estos motivos pueden mirarse como principales: 1° Launiversa- 
lidad, ya notada, de la esclavitud en el mundo antiguo: 2° La 
ignorancia del dogma cristiano de la unidad de la especie hu- 
mana como procedente de una sola pareja: 3° El antagonismo 
politico entre los pueblos, que los llevaba d considerar A los ex- 
tranjeros como bdrbaros y de distinta naturaleza; y 4^ La falta 
de observaci6n concienzuda y de atento estudio que los llev6 A 
establecer una completa analogfa entre la naturaleza del indivi- 
duo y de la sociedad, atribuyendo A ^sta una organizaci6n igual 
d la de aquel, y localizando caprichosamente en las diversas 
clases SQciales cada una de las facultades que vieron en el indi- 
viduo. 

En los tiempos modemos se ha resucit^do el antiguo paralo- 
gismo A prop6sito del proletariado, Primero Hugo en Alemania 
juzg6 la esclavitud del mundo antiguo tan natural como la mise- 
ria en el mundo modemo; y despues Granier de Casagnac en 
Francia sent6 que el proletariado, esto es, la existencia de una 
clase indigente y mencsterosa era una ley natural y constitutiva 
de las familias humanas, un hecho legftimo y providencial (1). 
Tan lejos estarfamos de juzgar providencial este hecho, si fuera 
necesario, que nos parecerfa mds bien una acusacidn 4 la Provi- 
dencia, porque supondria una de dos; 6 que las Tacultades de 
que el hombre estd dotado no son bastantes para proporcionar- 



(i) Ahrens. D^recho natural^ p4g. 221. 



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-93 - 

le, ejercit^ndolas, losmediosde vida, 6que la tierra y lasfuer- 
zas naturales auxiliadas, 6 mejor, dirigidas por el hombre son 
impotentes para producir los recursos necesarios para la existen- 
cia de ^ste. Tal doctrina que, de convertirse en hecho, serfa la 
sanci6n m^s explicita de la c^lebre ley de poblaci6n de Malthus, 
no s61a subleva contra sf la raz6n y la dignidad humana, sino 
que ha sido combatida tambi^n victoriosamente, aunque de un 
modo iadirecto, por algunos economistas al proponer remedios 
mds 6 menos eficaces contra la plaga del pauperismo, y sobre 
todo al consignar, basados en la experiencia, que este es un he- 
cho nuevo, contempordneo del proletariado y efecto de las mis- 
mas causas (1). Y en efecto, si es un hecho nuevo, no es ley de 
la humanidad, y mucho menos necesario. No negamos que el des- 
arrollo prodigioso de la industria fabril, que la invenci6n de las 
mdquinas y su aplicaci6n d las grandes fabricaciones hayan ori- 
ginado la aglomeraci6n de muchos individuos y, como conse- 
cuencia, la disminucl6n del precio de la mano de obra por efecto 
de la concurrencia, y tal vez el embrutecimiento y la degrada- 
ci6n de la clase obrera producidos por su estado precario y fal- 
ta de roce con las clases mds elevadas; pero aun asf, creemos 
que este hecho, circunscrito por fortuna d los grandes centros 
industriales, ni establece entre los hombres una valla insupera- 
ble, ni serfa irremediable si los socorros, aun m^is intelectuales 
y morales que materiales, se difundieran por la caridad bien 
ordenada, por la verdadera filantropfa. Por otra parte, si el pro- 
letariado fuera un hecho necesario, se deduciria que la explo- 
taci6n de la clase proletaria por las superiores serfa legftima, d 
la manera que la esclavitud lo fu^, segiin Plat6n y Arist6teles. 

Mds grave, si bien no muy fundado, otro sistema ha explica- 
do por las variaciones en la constituci6n ffsica del hombre, es 
decir, por la diferencia de rasas, la desigualdad humana. 

Mr. Courtet de l*Isle establece, que en el g^nero humano 
hay una divisi6n de razas que representa grados andlogos d las 
especies del reino animal, y cuyos tipos no son debidos d circuns- 
tancias exteriores como la educaci6n, el clima, las costumbres 
etcetera; que entre las diversas razas hay una desigualdad natu- 
ral de inteligencia, derivada 6 respondiendo con su diversa or- 
ganizaci6n ffsica; que, cuando y donde quiera que varias razas 
se asocian 6 reunen las unas ejercen inevitablemente la supre- 



(i) CherbuUez. Dice, de l^Econ.poL de Coquelin, Tomo II, p. 334. 



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— 94 — 
macfa, para lo cual poseen legftimos titulos, traduci^ndose la di- 
versidad primordial de razas en distinci6n de clases y ranges, 
cuando se trata de una sociedad constituida; y por iiltimo que, 
siendo estas desigualdades resultado inmediato de la creaci6n y 
producidas por el Autor de todas las cosas, deben ser sostenidas, 
en obsequio A la paz, por la moral piiblica, por la religi6n-y hasta 
por la mis ma gratitud que las razas menos inteligentes deben A 
las que las dirigen 6 defienden. El autor citado presenta, para 
comprobar su doctrina, algunos datos anat6micos y fisiol6gicos, 
y refiere A la diversidad de razas los cuatro grados principales 
dc la desigualdad humana, atribuyendo: el regimen de las castas 
A una diferencia de razas muy honda en los tiempos antiguos, 
en que los cruzamientos habian de ser muy raros; la esclavitud, 
d la asociaci6n de dos razas naturalmente desiguales, de las cua- 
les una por precision habrfa de ser privilegiada; el regimen feu- 
dal, que viene A ser una esclavitud mitigada, A una desigualdad 
menos profunda, debida principalmente d la aproximaci6n cada 
vez mayor de las razas; y por ultimo, la organizaci6n de las so- 
dedades modernas, con su tendencia marcada A la igualdad, A 
la compenetraci6n de las razas y de los pueblos. Conocida la in- 
fluencia decisiva que las razas ejercen en la organizaci6n social, 
su com.binaci6n producird, segiin dicho escritor; ya el orden 
inalterable € indefinido, cuando se asocien dos razas desiguales, 
de las cuales una mande y otra obedezca; ya el desorden perpe- 
tuo, cuando la asociaci6n se establezca entre hombres prove- 
nientes del mismo tronco y colocados por lo mismo en iddnticas 
condiciones para mandar li obedecer; ya finalmente alternativas 
de orden y desorden, cuando la combinaci6n se realice entre ra- 
zas que no sean completamente iddnticas ni distintas. 

Aunque la teoria precedente no fuera desmentida por el or- 
den que se nota en muchos Estados donde se realizan cruzamien- 
tos continues, no podrfa ser admitida, porque prescinde de la 
influencia que las ideas morales y religiosas ejercen en el pro- 
greso social y, haciendo abstracci6n completa de la naturalcza 
espiritual del hombre, cae en el m^terialismo. 

Otras dos teorfas, las de Rousseau y Montesquieu, nacidas 
casi al mismo tiempo, atribuyen las desigualdades humanas; una 
al estado de sociedad, y otra, d la influencia preponderante del 
clt'ma. La primera de estas doctrinas afirma que la sociedad, 
multiplicando las necesidades humanas y estableciendo la pro- 
piedad ha creado para unos un manantial perenne de poder y de 
riqueza, y para otros un motivo perpetuo de esclavitud y de mi- 



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— 95 — 

seria. Esta opinion, aunque err6nea, es mds justa que las ante- 
riores, porque no desconoce la libertad del hombre. Otro tanto 
podemos decir de la teorfa que atribuye al clima una influencia 
desmedida, no s6lo sobre las instituciones sociales, sino tambi^n 
sobre las religiones y los gobiernos, y que, iniciada por Montes- 
quieu, ha sido ampliada en los tiempos modernos, por Mr. Com- 
te principalmente. 

No s61o las instituciones y las costumbres de los pueblos tie- 
nen, segun ^ste, su causa en el imperio del clima sobre el hom- 
bre, sino que los progresos de cadanaci6n son relativos d la na- 
turaleza de su suelo yd la posici6n que ocupa, siendo tan impo- 
sible que dejen de prosperar los pueblos que gozan de buenas 
condiciones topogrdficas y climatol6gicas, como que no perezcan 
aquellos otros colocados por la naturaleza en condiciones perni- 
ciosas. Estas son, en concepto del autor, leyes d que no puede 
sustraerse la humanidad. Los conocimientos se forman en los 
climas cdlidos, se difunden en los templados y se detienen en los 
frios. Los pueblos mds inmediatos A los polos han sido siempre 
los mds bdrbaros. La esclavitud nace de la vecindad de dos pai- 
ses, uno est^ril, habitado por cazadores y gente n6mada, y otro 
fertil, poblado por labradores, que al fin son subyugados por 
aquellos. De esta teorfa, combinada con los principios utilitarios 
de Bentham, podrla concluirse; que los pueblos todos, asi como 
los individuos, anhelando posiciones geogrdficas y climas mejo- 
res, podrlan y tendrlan derecho A invadir los paises mds fertiles 
y templados; y de este modo la guerra y la conquista vendrfiui d 
ser impuestas por la naturaleza misma. 

Todas estas leorfas son err6neas, porque pretenden estable- 
cer, sobre una verdad parcial, un sistema completo. Es verdad 
que no puede negal*se la influencia que sobre la organizaci6n po- 
Ifdca de las naciones ejercen el clima, la posici6n, el suelo, el 
genio propio de la raza y la diversidad de sus aptitudes; pero 
ninguno de estos elementos puede ser considerado por sf solo co- 
mo el principio que determina las variedades de la organizaci6n 
social y las modificaciones que en ella introduce el transcurso 
del tiempo. 

Despues que las teorias exclusivistas y extremas han agota- 
do, por decirlo asf, el error, aparecen los sistemas que, tomando 
lo bueno y desechando lo malo de los anteriores, conceden d ca- 
da uno lo que en justicia le pertenece, y tratan de armonizarlos 
refiri^ndolos d un superior principio. Esto, que sucede en todos los 
6rdenes de conocimientos, acontece tambi^n en los relativos d 



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-96- 

la sociedad; por lo que no parecerd extraflo que, al hablar de las 
desigualdades y su origen, sentemos como doctriha definitiva, 
que las desigualdades humanas s61o son accidentales; que no han 
sido producidas por una sola causa, pues ademds de mostrarnos 
la expariencia el grande influjo ejercido en el hombre y su modo 
de ser por el clima, la situaci6n topogrdfica, la religi6n, las cos- 
tumbres, las pasiones, etc., la raz6n nos dice que, estando el 
hombre compuesto de espfritu y materia, dotado de inteligencia 
y organismo, no debe suponerse que las influencias d que 6ste 
se halla sometido son incontrastables, y que el conocimiento de 
los fen6menos ffsicos y sus causas s61o ha de servirle de puro 
entretenimiento, sin que pueda explotarlas, ni dirigirlas para 
que no le perjudiquen. 



Ill— CONSECUEXCIAS JURfoiCAS DE LA IGUADAD Y DE LAS 
DESIGUALDADES 



Por tener el hombre necesidades, precisa medios de satisfa- 
cerlas; y, siendo ^stos dados por la naturaleza, se traducen en 
derechos. Pero estos medios los constituyen las facultades 6 fuer- 
zas de que estd adornado, y es indudable que, si A todos los 
hombres no se les permitiera igualmente ejercitar estas faculta- 
des, 6 se establecieran condiciones distintas para cada indivi- 
duo, raza 6 casta, se principiaria desconociendo la igualdad fun- 
damental, pues mientras d unos se les proporcionaban medios de 
cultura y progreso, d otros se les condenaba'd la inmovilidad y 
al embrutecimiento; y esta inercia forzosa de algunos individuos, 
erigida en principio social, trasciende hasta el Estado y produce 
en ^l una inmoralidad andloga. Asf ha sucedido en la India y de- 
mds pueblos que han sancionado la distinci6n de castas 6 la es- 
clavitud. • 

El respeto igual d todas las personalidades, representadas 
por las facultades y aptitudes que cada una debe ejercitar como 
le convenga, es el primer derecho 6 la primera consecuencia 
jurfdica de la igualdad de esencia. 

La proscripci6n de toda medida que tienda d declarar pre- 
viamente inepto d cualquier hombre por presunciones de naci- 
miento li otras andlogas, es otro derecho derivado de la igual- 



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- $» - 

dad. Esta exige que para el desempefto de ciertos cargos 6 el 
ejercicio de ciertas profesiones no se reclamen de los candidates 
otras condiciones de aptitud que las adecuadas al fin del cargo 6 
de la profesi6n: que no se exija, por ejeraplo, la limpieza de san- 
gre para ser militar, sino el valor y la pericia. En este derecho 
se contiene la abolici6n de privilegios. El privilegio supone 6 
declara d los unos de mejor condici6n que & los otros, ^ induce A 
creer que la sociedad se ha formado para beneficiar d aquellos d 
expensas de <5stos; que mientras unos tienen s61o derechos, los 
otros tienen s6lo deberes, y, por fin, que la sociedad, lejos de 
serlo, es la retenci6n forzosa de unos hombres al servicio de 
otros que los emplean como medios 6 cosas. 

La opcion de todos A todo lo que pueda ser medio 6 condi- 
ci6n de vida y progreso, segun el alcance de sus aptitudes natu- 
rales, sin que la sociedad 6 los demds indivlduos le susciten obs- 
t^lculos arbitrarios; 6, lo que es lo mismo, que d nadie se niegue 
la posibilidad de serlo todo, segi5n su aptitud, que sean comunes 
para todos las condiciones de vida 6 cultura que facilita el Esta- 
do, es otro de los derechos derivados de la igualdad fundamental. 

La igualdad formal, ante la ley segiin unos, 6 en la ley se- 
gun otros, puede considerarse, bien entendida, como la slntesis 
y sanci6n de todos los derechos derivados de la igualdad funda- 
mental. Bien entendida decimos, porque, si se la exagera 6 
interpreta malamente, puede ocasionar graves errores y aun 
perturbaciones sociales.Si se pretende expresar por esta f6rmu- 
la que todas las personas deben ser consideradas iguales para la 
aplicaci6n de las leyes, el absurdo es evidente, porque en este 
caso la ley se aplicarla igualmente d los cuerdos que A los locos, 
A los nifios que d los viejos, etc. Si, por el contrario, se preten- 
de que s6lo el hecho debe tenerse en cuenta por la ley, indepen- 
dientemente de las circunstancias que han concurrido en su eje- 
cuci6n, se viene A decir, poco mds 6 menos, lo mismo que en el 
caso anterior, y la monstruosidad no es menos palmaria, porque 
implica la aplicaci6n igual de la ley al hecho ejecutado con li- 
bertad 6 sin ella, por una persona avezada al crimen y por la 
que infringe por primera vez el derecho, por la que tiene per- 
fecto conocimiento del hecho y de su relaci6n con el derecho y 
por la que carece de este conocimiento 6 le tiene confuso. 

Si la formula, igualdad ante la ley, indica que la posici6n 
social de las personas, su jerarquia, sus riquezas, etc., no deben 
tenerse en cuenta en la formaci6n ni en la aplicaci6n de las le- 
ts 



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yes, y sf s61o las circunstancias relacionadas con el hecho que 
cae bajo la ley; en una palabra, que las mismas leyes rijan para 
todos los que se encuentren en las mismas circunstancias, y que 
todos est^n sujetos A los mismos procedimientos al aplicarse las 
leyes, en este caso la inteligencia de la f6rmula es racional y re- 
presenta un verdadero derecho, acaso el m^s importante, por- 
que contiene implfcito el reconocimiento de todos los demds. 

Todos los hombres tienen un fin 6 destino ulterior andlogo; 
pero acd en la tierra los fines que ban de realizar §on muy diver- 
sos, como lo indica la diversidad de dotes con que los hombres 
estdn adornados, pues mientras en los unos predomina la sensi- 
bilidad y son buenos artistas, otros tienen mds desarrollada la 
inteligencia y dan grandes resultados en las ciencias: otros se 
hallan dotados de vajor y energfa para veneer los obstdculos mds 
imponentes, y en otros se ha desarrollado la fuerza material. Es- 
ta diferencia de desarrollo en las facultades, que son sin embar- 
go iguales esencialmente en todos los hombres, supone diversos 
fines, y estos, distintos deberes, y la diferencia entre los fines y 
los deberes, desemejanza entre los medios, 6sto es, entre los de- 
rechos. Por eso serfa un absurdo que se le concediera el derecho 
de patria potestad al que no tuviera los deberes de padre, 6 los 
de esposo al soltero, 6 al paisano y al lego los del militar y el 
eclesidstico. De la misma manera sucede en el terreno politico, 
y puesto que aquf la diferencia estii entre los que mandan y los 
que han de obedecer, dediicese que la justicia exige de acuerdo, 
como siempi e, con la raz6n que donde hay distintos fines que 
cumplir haya distintos medios que emplear, y que los derechos 
del que ha de dirigir sean diversos de los correspondientes al 
que ha de ser dirigido. Por otra parte, aunque se concedieran 
iguales facultades d todos los hombres, muchos de ^stos no po- 
drfan ejercitarlas por suponer otras previas de que carecian, y 
tales facultades, no pudiendo ejercitarse, mds que medios, ven- 
drfan d ser r^mora para los fines humanos. El derecho electoral 
y el de ser amparado por la sociedad son, por ejemplo, diversos 
derechos correspondientes, el uno al inteligentq, y al loco 6 im- 
b^cil el otro^ aunque andlogos ambo3 d sus estados respectivos. 

Las necesidades humanas son tan multiples y variadas^ que 
en vano intentarfa satisfacerlas el individuo por sf mismo sin la 
cooperaci5n de sus semejantes. La limitaci6n de las facultades de 
<5stos ha hecho preciso que se distribuyan entre sf la obtencion 
de los diversos medios, 6 lo que e% lo mismo^ ha hecho nacer la 
divisi6n del trabajo; es decir, que sin 6sta cada cual hubiera 



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— 99 — 
necesitado ocuparse en toda clase de trabajos, d menos que re- 
nunciase A satisfacer algunas necesidades. Ser^, pues, una falta 
de raz6n tener en menos d quien coopera A nuestra felicidad, y 
una falta de justicia no considerarle tan digno como A los demds 
porque sea baja su ocupaci6n; por lo que concluimos sentando 
que esta dignidad igual de todaslas manifestaciones de laactivi- 
dad humana, es tambi^n una consecuencia juridica de la igual- 
dad esencial del hombre y de la desigualdad de sus aptitudes. 



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CAPiTULO IV 

DE LOS DERECHOS DEL HOMBEE Y SUS CLASES 



Pcllegrino Rossi en su Curso de Derecho ConsHtucional (1) 
sienta que la verdadera division de los derechos del hombre que 
vive en sociedad y especialmente en un pais libre es en derechos 
privados, ptiblicos y politicos. Los primeros, porque hay rela- 
ciones entre individuos y familias que, si no estarfan garantiza- 
das sin la sociedad, pueden sin embargo concebirse existiendo 
fuera de ella. Los piiblicos 6 sociales, porque apenas podrfan ser 
concebidos fuera de la sociedad siendo, como son, expresi6n del 
desarrollo del hombre en el estado social. Asi, la libertad indi- 
vidual, la de publicaci6n del pensamiento, la de conciencia, etc., 
que son derechos piiblicos 6 sociales, se distinguen perfectamen- 
te de la libertad de comprar 6 de vender, que son meramente 
privados. Y por liltimo, los derechos politicos, que consisten en 
la participaci6n del poder social y no deben confundirse con los 
piiblicos, porque los politicos, por muy generales que quiera su- 
pon^rseles, siempre implican una condici6n de capacidad, mien- 
tras que los pdblicos no suponen esta condici6n y si solo la cua- 
lidad general de hombre. En otros t^rminos, los derechos piibli- 
cos son la cosa, y los derechos politicos la garantia, y si llegara 
un tiempo en que los derechos del Estado y del ciudadano pudie- 
ran estar garantizados por cualquier otro medio que no fuera el 
Gobiemo, no habria derechos politicos, y si solamente publicos. 

Partiendonosotros, como Rossi, de los varios puntos de vista 



(I) Tomo I, Lee, /•, pigs. 9 y siguicntcs.— -Paris, 1866. 



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- 101 — 

en que pueie considerarse al individuo, aunque haciendo distin- 
ci6n entre la sociedad en general y la sociedad polftica, creemos 
que la clasificaci6n menos expuesta A errores y que tiene rnds 
importancia en el derecho publico constitucional es la que distin- 
gue los derechos del hombre en naturales (\), politicos y mixtos^ 
segiin que deriven inmediatamente de la naturaleza y correspon- 
dan al hombre como tal € independiente de su consideracidn en 
el Estado, por tener su fundamento en la igualdad esencial 6 
especffica; 6 los tenga principalmente en relaci6n con dicho 
Estado y no sean eficaces hasta que la ley positiva los declara y 
sanciona, por tener su fundamento en la desigualdad individual 
de aptitudes; 6 ya finalmente participen de un doble car^cter y 
origen. 

Los derechos naturales han sido Uamados individualeSy por- 
que pertenecen A todo individuo de la especie humana; ilegisla- 
bles^ porque se ha dicho que la ley no puede darles existencia, 
ni quitdrsela, modificarlos, ni restringirlos; imprescriptibles^ por- 
que su falta de ejercicio, sea cualquiera la causa que la produzca 
y sea cualquiera el tiempa porque dure, no puede hacerlos desa- 
parecer; inalienables, -porque ni aun la misma voluntad del 
individuo puede privarle de ellos; y por fin, absolutes^ porque' 
se les supone independientes de toda circunstancia y relaci6n. 
Veamos si estas denomJnaciones son 6 no aceptables. 

Respecto A la de individuales no cabe duda que es propia, 
pues no hay uno s61o de los individuos que no tenga todos los 
derechos naturales: d todos corresponded derecho de vida, jI 
todos el de trabajar, A todos el de propiedad. Es cierto que la 
vida de los unos aparece como mds precaria, que el trabajo de 
los otros es menos productivo, que los bienes que constituyen la 
propiedad de cada cual no son iguales ni en niimero, ni en valor; 
pero todos, absolutamente todos, tienen igual derecho d que se 
respete su vida, tal como sea; A que se les permita ejercer sus 
facultades como pueda, ya sean de esta 6 de la otra clase y de 
mucho 6 de poco alcance; A que no se les usurpen los bienes que 
constituyen su propiedad, sean muchos6 pocos; porque esa vida, 
ese trabajo y esa propiedad son otros tantos medios que, funda- 



(i) Tambi^n se ha llamado d estos derechos innatos 6 natives^ pretendiendo 
que esta denoniinaci6n es mis propia, paesto que todos los derechos son naturales 
en el seatido de que todos son confornies d la naturaleia. Sin embargo, preferimos 
la indicada en el texto; porque con ella se les ha designado varias veces al tratar 
de declararlos; porque es tambi^n corriente en poHtica, y porque estos derechos son 
los linicos que directa h inmediatamente provienen de la naturaleza. 



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— 102 — 

do3 en la naturaleza, sirven al hombro para realizar su des- 
tine. 

La palabra ilcgislables puede tomarse en dos acepciones: 6 
significando que son anteriores d la voluntad del legislador € 
indepcndicntes de <51; 6 que el legislador nada puede respecto 
^ ellos, ni aiin regular su ejercicio. En el primer sentido es indu- 
dable que los derechos naturales son ilegislables, puesto que. 
ticnen su origen en la misma naturaleza como condiciones nece- 
sarias de vida 6 de progreso: no asi en el segundo, pues surgien- 
do enfrente de los derechos de uno, los derechos de los demds, 
la vida social seria imposible si todos quisieran prevalecer y no 
hubiera 'quien, determinando la esfera de acci6n de cada uno, 
evitara las colisiones de derechos y las consiguientes perturba- 
clones sociales. El decir que los derechos naturales tengan su 
origen inmediato y directo en la .naturaleza no implica que los 
derechos, cuyo origen inmediato esti en la ley 6 en la voluntad 
de los individuosconcurriendo sobre un objeto, no scan verdade- 
ros derechos, siempre que su fundamento est<5 en la naturaleza, 
como deciamos en la definici6n, 6 sean conformed d ella. 

Que son imprescriptibles € inalieHables lo demuestra su 
misma nccesidad como medios indispensables para la realizaci6n 
del fin del hombre. La prescripci6n de tales derechos, que no 
puede fundarse en las mismas razoncs que la prescripci6n de 
otros derechos secundarios (I), seria un acto de despotismo si por 
la ley se estableciera, y la enagcnaci6n de tales derechos por el 
individuo supondria en el mismo perturbaci6n mental, porque es 
inconcebible que el hombre quiera por su propia voluntad pri- 
varse de los medios indispensables para conseguir su fin, y seria 
adem^ incompatible con la necesaria subordinaci<3n del orden 
jurfdico al moral. Los derechos naturales 6 innatos son, como di- 
ce Prisco, inalicnables en cuanto lo son los deberes para cuyo 
cumplimiento sirven. Veamos ahora si les cuadra la denomina- 
ci6n de absolutos. 

Absoluto scgiin la Academia, tanto vale como indcpendien- 
te, ilimitado, sin rcstriccidn; lo que no ticne respecto ni relacidn 
A otra cosa. Ahora bien; derechos naturales son los que tienen 
su fundamento y origen en la naturaleza; pero la naturaleza hu* 



(i) I^ prescriiKi6D ordioaria se funda, ya en la necesidad de dar fijexa d la 
propiedad, ya en la.dc amparar al poseedor de bueoa fc, ya en la prcsunta volun- 
tad del antiguo poseedor, ya, en fin, en el deseo de evitar a la sociedad el dictado 
de vengaliva, como sucede en la preseripcidn penal. 



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— 103 — ♦ 

mana no es indepcndiente; ni existe, ni es como cspor si, sino 
por la voluntad del Criador, y por lo mismo depende completa- 
mente de 61: pues si la causa, si el origen, que es la naturaleza, 
no es independiente, menos lo senln los derechos que son su efec- 
to, que se derivan de ella, A no ser que se desconozcan las ver- 
dades primitivas, pretendiendo que el efecto pueda ser contrario 
A la naturaleza de la causa. Que no son ilimitados se demuestra 
observando que el sujeto de tales derechos ha de coexistir con 
otros dotados de andlogos derechos, y precisamente por coexis- 
tir los tienen y los necesitan: asf, mi derecho d la vida s61o exis- 
te mientras yo no atente contra la de los demds y los ponga en 
el caso de ejercer el de su justa defensa; el que tengo d trabajar 
se restringe por el tespeto debido & la propiedad ajena y cir- 
cunstancias de lugar y tiempo; el de locomoci6n, por otro iddnti- 
co de los demds, etc., etc. No menos evidente es que dicen res- 
pecto 6 relaci6n A otra cosa, porque estdn subordinados; primero 
A la naturaleza humana, y despues A los fines que el hombre por 
ellos ha de realizar, puesto que por ser medios son derechos. 
Estos fines por otra parte no dependen del hombre, porque no se 
los ha impuesto €\ A si mismd sino que s61o son debidos A la vo- 
luntad del Hacedor. . 

No son, pues, los derechos naturales absolutos en el verda- 
dero sentidd de la palabra, aunque puede admitirse esta denomi- 
naci6i significando que existen independientemente de toda ley 
positiva 6 voluntad humana. 

Estos derechos son principalmente la integridad del s&r con 
la seguridad personal, la inviolabilidad del dotnicilio y de la 
correspondencia, la liberlad y sus manifestacioncs y la pro- 
piedad. 

Los derechos polfticos, 6 atribuciones del hombre como 
miembro del Estado para intervenir en la organizaci6n de dste 
y en el des2mpeAo de los cargos publicos, s/)lo se conciben, como 
hemos dicho, dentro de la sociedad poHtica, y su origen se halla 
en la ley positiva, sea cualquiera, por otra parte, la persona 6 
instituci6n donde residan el poder legislativo y la soberanfa. No 
quiere decir esto que la ley polftica no deba conformarse con la 
natural al hacer la declaraci6n de estos derechos y de las perso- 
nas A quienes se concedan, si no que, scan cualesquiera las con- 
diciones y aptitud que el hombre -ciudadano tenga para ejercer- 
los, no los posee hasta que la ley se los reconoce. 

Tales derechos son por su naturaleza eminentemente relati- 
voSy porque dependen de la capacidad especial que la ley exige 



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• — . 104 — 

en las personas d quienes se han de conceder; son legislables 
porque no s61o son regulados por la ley sino que de ella se deri- 
van inmediatamente, y, por fin, son amisibles y renunciables^ 
porque su existencia depende de la ley y su ejercicio de la 
voluntad del poseedor. 

Como se v6 la diferencia entre los derechos naturales y los 
poHticos no puede ser mds palmaria: aquellos tienen su orfgen 
en la ley natural 6 divina; ^stos en Xaposkiva 6 humana; aque- 
llos son intprescriptibles ^ inalienables: ^stos son por el contra- 
rio amisibles y renunciables: es verdad que ambos son legisla- 
bles y que ninguno de ellos es absoluto; pero los naturales s61o 
son legislables en su ejercicio, y los polfticos lo son tambi^n en 
su nacimiento, y la relacidn 6 dependencia de los naturales es, 
digdmoslo asf, mds noble puesto que dependen de la naturaleza, 
6 mejor de Dios, que es inmutable, mientras que los polfticos 
dependen de cosa tan effmera como la ley humana. Por eso los 
derechos naturales son de todos tiempos y lugares, y de los vie- 
jos lo mismo que de los jovenes, de los sabios como de los igno- 
rantes, de los varones como de las hembras y de los cuerdos 
como de los locos, m ientras que la existencia de los politicos es 
de fecha muy reciente, limitada A algunos paises y s61o concedi- 
dos d algunos hombres. Por ultimo, los primeros satisfacen ne- 
cesidades particulares y los segundos generales. 

De lo dicho se infiere que, si estos derechos no se conceden 
d todos los individuos, no podrdn llamarse individuales. Pero ni 
se conceden ni deben concederse d todos. Si el ciudadano desea 
intervenir en la gesti6n de la cosa publica, ya organizando, ya 
gobernando, ya adminis^rando, s6lo podrd reclamar dicha inter- 
venci6n d condici6n de poder desempeflar bien su cometido. Por 
eso, ni aun los individualistas mds acdrrimos se los conceden d 
todos los ciudadanos, s61o por el hecho de pertenecer al Estado, 
sino que exigen ciertas condiciones de capacidad, excluyendo no 
s61o d los locos, criminales, mujeres, niAos, etc., sino tambi<§n, 
en muchos casos, d los que no saben leer y escribir, y .d las per- 
sonas cuya perversi6a moral 6 cuya falta total de independencia 
hacen racionalmente suponer que no usardn bien de estos de- 
rechos. 

Los derechos poUticos son dos: el electoral y el de opcidn d 
los puestos publicos. 

Los derechos mixtos, como que participan del doble cardc- 
ter de naturales por su origen, y de poUticos por el medio donde 
forzosamente han de ejercerse, pueden ser considerados de muy 



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- 105 - 

diverso modo, segiin la fase que en ellos aparezca predominando 
al estudiarlos en cada individuo y en cada situaci6n y circuns- 
tancias, y segiin que hayan de ejercitarse, principalmente para 
fines individuates, 6 para fines de interns social y publico. 

Son derechos mixtos el de etmstdn y publicacidn del pettsa- 
ntiento, el de peticidn, el de reunidn y asociacidn y el de rest's- 
tencia d la opresidn. 



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CAPITULO V 



DE LOS DERECHOS NATURALES 



I— INTEGRIDAD DEL SER Y SEGURIDAD PERSONAL 



Es el primer derecho del ser humano su integridad, porque 
en ella encuentra el primer medio, la primera condici6n para el 
cumplimiento de su destino. En efecto, la integridad de un ser 
consiste en que no le falte ninguno de sus elementos, en que no 
se le cercene ninguna de sus facultades ni de sus miembros; de 
manera que d la integridad del ser-hombre se oponen jurfdica- 
mente las mutilaciones, las perturbaciones mentales voluntaria- 
menle producidas, el menoscabo de su dignidad 6 consideraci6n 
personal y la p^rdida de su independencia. Porque, si Dios al 
crear al hombre le di6, como necesarios 6 como \itiles auxiliares 
para realizar el fin que le impuso, sus facultades, sus miembros 
y sus 6rganos, atentar contra la existencia de ima sola de estas 
facultades 6 aptitudes es atentar contra la obra de Dios y querer 
privar al hombre de los medios adecuados A su fin. Asf lo ban 
reconocido todos los pueblos cultos, proscribiendo de sus c6digos 
criminales las penas infamantes y las que consistian en mutila- 
ciones y otras andlogas, propias de los siglos y de las sociedades 
bdrbaras y no legitimadas, ni aun disculpadas, por ningima ra- 
z6n s6lida. 

Pero no debe olvidai se que los derechos del hombre ni son 
absolutos ni ilimitados, porque coexisten con los demds, y desde 
el momento en que al derecho de uno intenta oponerse el dere- 



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— 107 — 

cho de otro, haci^ndose incompatibles, alguno ha de ceder, de- 
jando el puesto i su antagonista. Ahora bien, si todos los dere- 
chos, 6 mejor los derechos de la misma especie, son igualmente 
respetables en todos los hombres £c6mo determinar en justicia 
qu^ derecho ha de prevalecer siendo ambos derechos y los dos 
iguales? 

Enunciada de este modo, la cuesti6n se presenta irresoluble 
para la raz6n humana; es mds, tal colisi6n de derechos repugna 
A la raz6n (1); de lo que nosotros deducimos que, mds que coli- 
si6n de derechos, hay en el fondo solamente pugna de hechos 
que pretenden A la vez para sf el nombre de derechos. Y asf es 
en verdad; el criminal que invoca para su libertad de acci6n el 
dictado de inviolable, y la sociedad 6 el poder piiblico que le 
priva, por ejemplo, de la libertad de locomoci6n en nombre del 
orden social, pretenden el derecho cada uno para sf, pero en 
realidad s61o est^ de parte de uno de los dos: para resolver quien 
le tiene, preciso es recurrir d la ley que regula tanto la libertad 
del individuo como la acci6n social, esto es, A la ley natural, y 
esta nos dird cual de los hechos es derecho verdadero y cual lo 
es supuesto. Si un hecho, una facultad 6 una persona se hicieran 
incompatibles con el hecho, la facultad 6 la existencia de otra 
persona, aunque cada una pudiera existir aisladamente como 
derecho, al relacionarse, al ponerse en contacto, dejan de ser 
derechos los de una parte y s<31o prevalecen como tales los de la 
otra. Si la existencia de la persona social y la de la individual 
se hacen incompatibles, si lo fueran el orden social y la libertad 
individual, si lo son por ultimo los supuestos derechos de las 
personas particulares entre si, no debe olvidarse que el derecho 
verdadero solo puede estar del lado de uno de los contendientes 
y que la ley natural, puesto que los derechos que se discuten son 
naturales, debe decidir cual ha de subsistir y cual ha de desapa- 
recer. 

En esta observaci6n se halla el I'undamento racional de las 



(i) Repugna en efecto i. la raz6n que los medios de que dispone un hombre 
scan incompatibles con los de otro con quien ha de coexistir, siendo nnos y otros 
concedidos d cada cual por la uaiuraleza, para que real ice su destino. 

La doctrina sentada en el lexto tienc tambicn su con6rmaci6n en la ley gene- 
ral que Frisco establece para resolver los conflictos juridicos. Si hay, dice, colision 
entre dos derechos diver sos en si 6 en.su ejercicio, el verdadero derecho es aquel 
que resulta de un orden superior, De esta ley general nacen otras particulares, en- 
tre las qne son xa6& de notar las fundadas en la importancia del objeto, 6 en la 
universalidad del bien^ 6 en la evidencia del tihtlo. V. Dcho, indiv, L. I, cap. XI. 



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^ loS — 

limitaciones impuestas al ejercicio de toda clase de derechos, 
tanto naturales como politicos, y ella sirve tambi^n para expli- 
car porqu^ la pena de muerte, por ejemplo, atentatoria cual nin- 
guna contra la integridad del ser, halla A veces su disculpa yaun 
su justificaci6n en una suprema necesidad social. 

En este derecho se hallan virtualmente comprendidos el de 
dignidad personal^ derivado de que el hombre tiene finalidad 
propia; el de honor y fama^ en cuanto la consideraci6n de sus 
semejantes le es medio util para su fin, y el de independenciay 
puesto que para cumplir su fin ha de obrar por sus propios im- 
pulsos y aspiraciones. 

Como desarroUo del derecho d la integridad del s^r puede 
considerarse el llamado de seguridad personal, que se ha expli- 
cado de varios modos teniendo en cuenta la distinta significaci<3n 
de la voz seguridad. 

La seguridad personal equivale 'X la protecci6n especial 
que en el Estado deben hallar las personas contra cualquiera 
mal 6 dafio que pudiere inferfrseles, ya por simples particula- 
res, ya por personas piiblicas, X menos que tal molestia 6 daflo 
fuera inevitable, 6 merecida por la conducta del que le sufre. En 
un sentido aun mds extricto, indica este derecho en las constitu- 
ciones modernas que la vida y la libertad de los individuos sea 
respetada y garantida por la ley, no pudiendo ser presos ni 
arrestados, ni detenidos, sino por alguna causa justa y llenando 
las formalidades previas exigidas por las leyes para evitar ar- 
bitrariedades. 

El fundamento de este derecho es el mismo con leves dife- 
rencias que el asignado al anterior, del cual es necesario com- 
plemento, pues refiri^ndose ambos al ser y A sus facultades, con- 
siderado todo bajo un aspecto general, y siendo el individuo, no 
solo respetable en si mismo, sino necesario para la existencia de 
la sociedad, la justicia juntamente con el interns social exige que 
se garantice al individuo la plenitud de su s^r, el ejercicio de 
sus facultades y el empleo de sus fuerzas, ya que ni los fines in- 
dividuales pueden realizarse sin estas condiciones, ni el progre- 
so 6 perfeccionamiento social obtenerse, sin6 precede la conser- 
vacion y mejora de los individuos que componen la sociedad. 

Sin embargo, y conforme A lo dicho mAs arriba, si el indivi- 
duo, abusando de su libertad, atentare contra la libertad 6 dere- 
chos agenos, 6 contra el orden piiblico, podrd ser castigado en 
una 6 en otra forma, siempre que se respeten los principios de la 
moral y del derecho; y aun pudiera aftadirse con verdad que, co- 



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— loo — 

mo el poder social no participa de la omnisciencia divina y se ha- 
lla expuesto al error, se ver^ precisado muchas veces A garantir 
el orden publico y los derechos de los ciudadanos, causando al- 
gunas vejaciones inevitables, las que sin embargo deben ser tan 
momentaneas como el error que haya padecido la autoridad al 
inferirlas. 



II— IWIOLABILIDAD DEL DO.HICILIO Y DE LA CORRESPONDENT I A 



Lldmase inviolabilidad del domicilio el derecho que tiene 
todo ciudadano de impedir que penetre en su casa ninguna per- 
sona ^ quien no haya previamente autorizado expresa 6 tdcita- 
mente. Veamos su fundamento. 

Ya hemos dicho que el ciudadano puede ser considerado ba- 
jo dos relaciones distintas; como individuo 6 simple particular y 
en su vida privada, 6 como miembro del Estado y en su vida pii- 
blica. En el primer caso la misi6n que ha de realizar es suya ex- 
clusivamente, debe realizarla por medios propios y exclusivos y 
^1 es linico responsable de sus actos, experimentando ^1 solo las 
buenas 6 malas consecuencias de los mismos. 

Ahora bien; el domicilio es, por decirlo asf , el campo de ac- 
ci<3n de la actividad privada y se asemeja entre los individuos ai 
territorio nacional entre los Estados, y asi como la invasi6n de 
un Estado en el territorio de otro serfa la conculcaci6n de un de- 
recho que reconoce hasta el sentido vulgar, la intrusi6n de un 
individuo en el domicilio de otro serfa un atentado contra la pro- 
piedad y la independencia del individuo. 

No son, sin embargo, estos atentadosque los individuos pue- 
den cometer iilvadiendo el domicilio ageno, los aludidos por los 
politicos al controvertir sobre el derecho de que nos vamos ocu- 
pando. La cuestion de si el domicilio es 6 no inviolable ha reco- 
nocido principalmente por causa la facilidad con que las autori- 
dad es y funcionarios alteraron cl orden y la paz de las familias, 
practicando registros muchas veces infundados de modo que una 
mera sospecha bast6 en algiln tiempo, no s61o para descubrir los 
secretos del hogar, que de ningiin modo deben hacerse del domi- 
nio publico, sino tambidn para sembrar la alarma en las fami- 
lias. A evitar estas intrusiones cuando son inmotivadas, aunque 



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— no — 

selleven 4 cabo en nombre del bien piiblico 6 del derecho social, 
tiende principalmente la consagraci6n de este derecho en las mo- 
dernas constituciones. 

Mas no se crea por lo dicho que ni la raz6n, ni la convenien- 
cia publica 6 privada exigen en todos los casos el respeto al do- 
micilio, pues podrla suceder que este respeto exagerado fuera 
ocasi6n, ya de grave? trastornos en el orden social, ya de delitos 
que quedaran impunes contra la seguridad de las personas 6 de 
la propiedad. Tal sucederfa, por ejemplo, si teniendo la autori- 
dad conocimiento, y aun sospecha fundada, de que en cierto pa- 
rage se escondfan armas 6 municiones para trastornar el orden 
. publico, 6 se ocultaban criminales, instrumentos 6 efectos de un 
delito \i otros objetos andlogos, seimpidiera Aesa misma autori- 
dad penetrar en dicho parage A pretexto de que se violaba el 
santuario del hogar, oponi^ndose de este modo al esclarecimien- 
to de algunos hechos punibles, d la prevision de otros que pu- 
dieren cometerse y al castigo de los delincuentes. El temor funda- 
do de que el domicilio oculte medios destinados A trastornar el 
orden publico, la sospecha racional de que. en el mismo se alber- 
guen lo3 delincuentes 6 se oculten los instrumentos 6 efectos de un 
delito y otras semejantes son, pues, causasque A vecesjustifican 
la limitaci6n de este derecho. 

AnAlogas razones militan tanto en favor de la inviolabilidad 
de la correspondencia como en pr6 de sus Umitaciones: indica- 
remos, no obstante, algunas especiales A este derecho, que no 
intentamos definir porque basta su simple enunciaci6n para 
comprender en quit consiste. 

Sabido es que la comunicaci6n cntre los hombres puede 
hacerse de dos maneras distintas; 6 verbalmente, 6 por medio 
de signos permanentes, cuya ultima forma se manifiesta en 
nuestra ^poca principalmente por la escritura alfab^tica y por la 
correspondencia telegrdlica. La escritura simb61ica y otras 
representaciones parecidas se hallan implicitamente comprendi- 
das en la misma esfera del derecho que la escritura alfab^tica 
por mds que su itso no sea tan frecuente. Pues bien, asf como 
nadie tienc derecho A que otro le comunique sus pensamientos, 
y cada individuo le tiene d elegir las personas d quien ha de 
hacer partfcipes de dstos, cuando la comunicacion se hace ver- 
balmente, del mismo modo nadie tendrd derecho d intervenir en 
las conversaciones 6 comunicaciones agenas, cuando se hagan 
por escrito 6 por cualquier otro medio, puesto que no hay raz6n 
alguna para establecer diferencias, habi^ndolas por el contrario 



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— til — 

en favor de la iguafdad. Si lo3 hombres al consignar por escrito 
sus pensamientos supieran que se hablan de trasmitir A personas 
d quien desearan ocultarlos, seguramente no harian ui^o de tal 
medio y, 6 renunciarfan d la comunicaci6n con sus semejantes 
6 procurarfan que ^sta s61o fuera verbal aun d costa de los ma- 
yores riesgos y dispendios. De aquf surgiria un doble perjuicio; 
primero, contra el individuo que hallaria tal vez obstdculos 
invencibles para la realizaci6n de los fines particulares en que la 
comunicaci6n con sus semejantes pudiera servirle de medio^ y 
segundo, para la sociedad, porque el medio mds poderoso de 
cultura intelectual y de progreso moral y material es la comuni- 
caci6n de unos hombres con otros, lo cual hace que los conoci- 
mientos litiles se difundan, que los adelantos en las industrias se 
vulgaricen y que los sentimientos nobles y generosos se estimu- 
len y fortifiquen. De manera que, si el derecho y el interns del 
individuo pueden servir de fundamento d la inviolabilidad de la 
correspondencia, no estd menos Interesado el bienestar social en 
la consagracidn de este derecho. 

Sin embargo, los hechos mds indiferentes, los actos mds ino- 
fensivos pueden ser perjudiciales al bi^n piiblico y contrarios al 
derecho, cuando se emplean como medios para la perpetraci6n 
de delitos 6 actos perturbadores del orden social. De aqui que, 
as( como nadie ne^aria d la sociedad el derecho de vigilar d los 
criminales y sorprender sus conversaciones cuando por este 
medio pudiera evitar los delitos 6 averiguar sus autores, as! 
tambi^n el poder piiblico, representante de la sociedad, tiene 
derecho d interceptar, por medio de la autoridad judicial, la 
correspondencia epistolar 6 telegrdfica, cuando esto sea necesa- 
rio para realizar aquellos fines. La misi6n del derecho politico, 
6 mejor, de sus preceptos en esta materia debe ser; por una 
parte, garantizar d los ciudadanos pacfficos 6 inofensivos el ejer- 
cicio de un derecho que en la mayorfa de los casos se refieie d la 
vida privada; y por otra, poner d cubierto d la sociedad y d 
estos mismos individuos pacfficos de los males que con ocasi6n 
de este derecho pudieren sobrevenirles, siempre que estos males 
sean ciertos y positivos y no ilusorios ni fantdsticos. 



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— Ill — 



III— DE LA LIBERTAD RELIGIOSA 



Para determinar con exactitud la extensi6n de este derecho, 
conviene recordar la distinci6n entre la liberlad de conciencia y 
la de cultos. La primera se refiere d la vida interior del hombre, 
y existe cuando nadie dene derecho d inquirir los pensamientos 
ni las ideas religiosas de los demds: la segunda se refiere d la vi- 
da exterior. Puede en efecto concebirse, como dice Rossi (1), un 
pais en el que cada cual tenga las creencias que le plazca y no 
sea molestado por ellas, ni obligado d practicar acto alguno en 
oposicidn d ellas, pero no permitirle profesar libremente su culto, 
en cuyo caso habrd libertad de conciencia y no de cultos. Esta 
ultima tendrla lugar cuando todos fueran libres, no solamente en 
lo relativo d sus creencias, sino tambi^n cuando les fuera permi- 
tido el ejercicio de las prdcticas de su religi6n y se les garanti- 
zara el derecho de profesar publicamente su culto. De estas dos 
formas de la libertad religiosa, fdcilmente se ve que la segunda 
comprende d la primera, mientras que esta puede existir sin 
aquella; y se comprende tambi^n que en sus relaciones con el or- 
den social, no estdn necesariamente sujetas al mismo principio. 
La libertad de conciencia puede ser ilimitada respecto al Estado 
mientras no sale del terreno de las ideas y sentimientos, y es 
muy raro que el Estado llegue d prescribir actos contrarios d la 
opinion religiosa. Sin embargo, pudiera suceder que se profesa- 
ran ciertos dogmas 6 acataran ciertos preceptos religiosos in- 
compatibles con las prestaciones que el Estado puede exigir 
d las personas que constituyen la sociedad politica, y en este ca- 
so, seria preciso recurrir d los principios de la justicia social pa- 
ra resolver el conflicto aparente entre el derecho del individuo, 
que invoca su libertad de conciencia, y el Estado, cuya misi6n 
no puede cumplirse sin la cooperacidn de los individuos. La liber- 
tad de cultos, como se traduce en actos externos que pueden 
coadyuvar 6 trastornar el 6rden social, se relaciona mds direc- 
tamente con el Estado, con sus atribuciones y deberes y no pue- 
de aparecer racionalmente tan ilimitada como la de conciencia. 



(i) Odra cit, Tomo II, pdg. 371. 



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~ 113 — 

A determinar con 6xactitud I03 limites racionales de la 
libertad religiosa de los individuos y de la accidn del Estado" 
respecto A ella tiende la doctrina que dejamos expuesta en la 
secci6n primera, acerca de las relaciones del Estado con el orden 
religioso y, recordando lo dicho entonces, casi podriamos pres- 
cindir de ocuparnos de la libertad de conciencia y de cultos con- 
sideradas solamente en loque ataften al individuo, para calificar- 
las 6 no como derechos naturales. 

Sin embargo, es tan grande la importancia de este asunto y 
ejerce tal influencia en la vida y cultura de los pueblos, que 
nunca sertl exccsivo lo que acerca de ^1 se diga. Asf, pues, deja- 
remos aquf sentadas, por via de resumen, las consecuencias que 
de nuestros principios pueden deducirse. 

Digimos primeramente que el hombre es libre en su con- 
ciencia; de hecho, porque hasta ella no podr^ llegar jam^s la 
acci6n social, y de derecho, porque la libertad es condici6n de 
su responsabilidad y por lo mismo de su vida racional; digimos 
despu^s que el Estado, aunque puede oponerse A la propagaci6n 
de ideas contrarias al dogma religioso que profese, no tiene 
derecho para atacar d los individuos por sus creencias; y por 
ultimo, que el problema relativo al culto religioso depende de 
las relaciones en que el Estado se hallare con las religiones, y 
de la naturaleza de 6stas, correspondiendo & un Estado indife- 
rente una libertad omnfmoda, y d un Estado creyente una solu- 
ci6n en armonfa con la naturaleza de los dogmas religiosos por 
^1 profesados» siendo por tanto libre-cultista si la religi6n es 
libre-pensadora, y protector 6 sancionador de la unidad de cultos, 
si la religion fuere exclusivista. 

Esta proposicibn, que para terminar dejamos cons'gnada, 
implica algunas otras, que, si bien estin en ella contenidas vir- 
tualmente, hemos de enunciar de un modo explfcito, para evitar 
falsas interpretaciones. 

Recordaremos que, al deducir la conclusi6n indicada, senta- 
mos como premisa que el Estado, para obrar racionalmente, 
habria de hacerlo conforme d sus convicciones y que por lo mis- 
mo deberla procurar el triunfo de lo que estimara bueno y conve- 
niente y la destrucci6n de lo falso y pernicioso. Por esto se ve 
que presentdbamos como base del razonamiento dos situaciones 
extremas; la de laduda 6 indiferencia completa, y la de tranqui- 
lidad 6 certeza absoluta en que el Estado pudiera hallarse res- 
pecto A la verdad religiosa, deduciendo, en el primer caso, la 

15 



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- Ii4 - 

c6mpleta libertad, y en el segundo, la proscripci6n por ^1 Estado 
de todos los cultos falsos. Pues bien, entre estas dos situaciones 
extremas pueden darse otras intermedias, y en tales casos la con- 
ducta del Estado habrd de ser andloga d su situaci6n intelectual; 
de modo que, si el Estado, sin haber llegado d adquirir evidencia 
de su verdad, se inclina d una religi6n determinada, csta deberd 
ser protegida, su culto piiblico fomentado y los ciudadanos que 
la profesan amparados en su ejercicio; pero sin prohibit las ma- 
nifestaciones de aquellas otras que no hayan sido declaradas no- 
toriamente err6neas por el E:^ado, aunque no se las deba pro- 
tecci6n de ningun g^nero. Respecto d las creencias reconocida- 
mente err6neas, dicho se estd que todas sus manifestaciones 
publicas deben proscribirse, porqu2 el error y el mal no pueden 
tener derechos. 

Determinadas las relaciones del Estado con las dive'-sas re- 
ligiones y cultos, fdcil es deducir cuales son los derechos de }os 
individuos. 

En efecto, sabiendo como sabemos que dos derechos contra- 
rios respecto d una misma cosa no pueden darse jamds, si el Es- 
tado tiene derecho d prohibir un acto, el individuo no tendrd de- 
recho d ejecutarlo, y por el contrario, si hay d favor del indivi- 
duo un derecho verdadero, los actos del Estado, 6 mejor del 
Gobierno, que d 61 se opongan, serdn injustos y tirdnicos. Para 
concluir y no perdiendo jamds de vista que el individuo vive en 
el Estado y que el derecho polftico no puede nunca prescindir 
en sus problemas de las relaciones entre,ambos y de la naturale- 
za respectiva de cada uno, formularemos en definitiva nuestra 
opini6n, respecto d los derechos religiosos del hombre, en las 
proposiciones siguientes: 

1* En un Estado indiferente (1) el individuo tiene derecho d 
profesar privada y piiblicamente el culto que mejor le parezca. 

2* En un Estado religioso pero libre-pensador el individuo 
tiene derecho d profesar privada y piiblicamente cualquiera doc- 
trina que no haya sido declarada notoriamente errv3nea; aunque 
no pueda pedir protecci6n para la suya, sin6 es la del Estado. 

3* En un Estado religioso-unitario el individuo que profesa 
la religi6n del Estado tiene derecho, no s61o d hacer ostensibles 
sus creencias, sin6 d demandar del Gobienio protecci6n para 



(i) V^ase lo dicho accrca de la indiferencia rcligioja del Estado en las pdgi- 
oas 69 y 70. 



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- IIS - 

ellas, mientras que el individuO que profesa otra religi6n distinta 
do la oficial s61o tiene derecho A que no se le persiga por sus 
creencias. 

Si contra la protecci6n que el Estado debe d la religion que 
profesa se objeta ( 1 ) que se da una idea muy pobre de una 
religi6n que no tiene fuerza vital propia y necesita ser sos- 
tenida por el Estado, contestaremos que la religi6n no ha me- 
nester protecci6n, si es la verdadera, porque la verdad es como 
es, independientemente de la idea que se tenga de ella; que quien 
necesita protecd6n es la falible ihteligencia humana, la c^al, A 
pesar de su valiidad, no puede dar un paso firme sin un mentor 
que la gule, y por iiltimo, que la protecci6n dispensada A la re- 
ligi6n del Estado no se refiere A la religi6n en si misma, sin6 d 
lo3 individuos A quienes se facilita su cultura por la saludable 
influencia de las ideas religiosas, y aun al mismo Estado, por lo 
que robustece su poder llevando d las conciencias la convicci6n 
de los deberes, y no teniendo en sf mismo, como dice Foucart en 
su obra de derecho piiblico, con que suplir este poderoso medio 
de p3rfeccionamiento. 



IV — DE LX LIB3RTAD DEL TRABAJO 



"Trabajar es un deber y una neccsidad: es por consiguiente 
un derecho. La libertad de trabajar implica la elecci6n de la cla- 
se de trabajo. Forzar A un hombre A seguir una carrera que le 
repugna y desviarle de la que le conviene; ponerle trabas en el" 
ejercicio de su profesi6n, siempre que este ejercicio se mantenga 
en el If mite del respeto A otro, es una injusticia evidente.„ 

Con estas palabras consagra M. Baudrillart (2) la libertad del 
trabajo erigi^ndola en derecho; pero, aunque la autoridad del 
economista francos sea muy grande y sus razones de gran valla, 
nosotros renunciamos A exponerlas detalladamente, circunscp- 
bi^ndonos A demostrar, dentro de nuestros principios, que el tra- 
bajo en si mismo y la libertad de ejercitarse en el mds adecua- 
do son dos derechos igualmente respetables. 



(i) V. Blok, Z>/V. if,: la polit., art. Curtes, 

(2) Matty (^ EconomU politique y pig. 70. — Parfs 1865. 



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— ii6 — 

Que el trabajo es una condici6n de vida muchas veces y de 
progreso siempre, cosa es bien notoria y manifiesta. 

Todos los hombres, desde el infimo proletario hasta el m<^s 
encumbrado capitalista, se hallan sujetos d esta ley: los unos, 
ejercitando sus fuerzas muscular es para arrancar del seno de la 
tierra las materias primas que ban de servir ^ otras industrias; 
los otros, dirigiendo las grandes fAbricas en que se elaboran los 
m^s utiles 6 delicados productos; aquellos, ofreciendo d la ima- 
ginaci6n con sus creaciones artfsticas ocasioncs mil de extasiar- 
se en la contemplaci6n de la belleza, influyendo en la conducta 
moral del hombre por la educaci6n del sentimiento 6 inclin^ndo- 
le A todo lo noble, digno y elevado; 6stos, dedicdndose A los es- 
tudios m^s abstrusos para encontrar las verdades que han de 
servir de firmisimo cimiento & las ciencias, A las artes, A la civi- 
lizaci6n y aun A las mismas sociedades; y todos sin distinci6n, 
ejercitando ya 6stas, ya otras facultades, fuerzas 6 aptitudes, si 
quieren conseguir un fin preconcebido de cualquier Indole 
que sea. 

Pero estas facultades pueden ser ejercitadas libremente por 
el sujeto que las posee, 6 ser impulsadas A obrar por medio de la 
violencia; y en este liltimo caso, el que se v^ forzado d trabajar 
contrariando tal vez sus aptitudes 6 inclinaciones, aquel otro d 
quien, sin imponerle una especie determinada de trabajo, se le 
impide que se consagre al que mds le plazca ino tendrto derecho 
A nada y habrdn de resignarse impotentes A sufrir el yugo que 
los oprime....? Indudablemente que le tienen, y la raz6n de ^ste 
derecho estd en que el trabajo es medio de vida y perfecciona- 
miento solamente d condici6n de que se ejerza convenientemen- 
te, y el primer requisito para su utilidad es que est^ en armonia 
con la aptitud del trabajador, relaci6n que nadie mejor que 6ste 
puede determinar. 

La apropiaci6n de los productos, que, como m^s adelante 
veremos, es el mejor estlmulo para el trabajador, es tambi^n 
una consecuencia del trabajo libre y una causa de la superiori- 
dad de ^ste sobre el trabajo de los esclavos. Mientras el trabaja- 
dor libre se halla aguijoneado no s61o por la perspectiva de la 
miseria que su holganza puede acarrearle, sin6 tambi^ti por la 
esperanza de mejorar cada vez m^s su situaci6n por medio del 
ahorro y de las invenciones que aumenten el alcance de sus fuer- 
zas, el esclavo s61o siente los efectos del l^tigo que se alza sobre 
sus espaldas como correctivo d su pereza 6 descuido: es decir, 
que mientras el trabajador libre se halla estimulado por los dos 



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— 117 — 

mdviles que la naturaleza ha puesto en juego para hacemos 
obrar, el temor y la esperanza, el esclavo s61o se siente excitado 
por el temor al castigo que, si puede servir para evitar una ne- 
gligencia excesiva, es incapaz de inspirar una energfa fecunda. 

La libertad de trabajo es adem^s, segun el autor citado, un 
principio de orden y un instrumento de producci6n mds abun- 
dante, dando por resultado la mejor divisi6n de las ocupaciones, 
la clasificad6n mds favorable de las industrias, segiin los talentos 
y los medios de que cada hombre dispone y que nadie mejor que 
61 puede conocer, y por liltimo, los fecundos efectos de la concw 
rrencia econ6mica, por la que se perfeccionan los productos, los 
procedimientos y los servicios y se ofrece un mercado bueno y 
abundante. 

A pesar de lo dicho, la sociedad tiene derecho ^ imponer 
ciertos limites al ejercicio de alguna^ profesiones, ya en nombre 
de la libertad general, ya en el de la seguridad piiblica, ya en el 
de un interns colectivo evidente. De aqul derivan las restriccio- 
nes ti la libertad de profesi6n representadas por los tftulos y 
formalidades que las leyes exigen para el ejercicio de algunas, 
como las de medico, farmac^utico, abogado y otras andlogas, d 
las que se encomiendan las vidas, los intereses y la honra de 
muchos ciudadanos que no est^n en condiciones de elegir con 
acierto, ya por la indole especial de estas profesiones, 6 ya tam- 
bito por su falta de ilustraci6n y cultura. Alguna de aquellas 
causas reconocen otras cortapisas impuestas por la ley, para la 
fabricaci6n, por ejemplo, de sustancias explosivas, para el 
ejercicio de la caza y de la pesca, para la venta de carnes, para 
la edificaci6n cerca de las murallas y fortalezas, para el servi- 
cio de correos, construcci6n de buques, fabricaci6n de moneda 
y otras an^logas. 

Muchas de estas restricciones serin, con todo, menos ne- 
cesarias d medida que las naciones progresen y que los indivi- 
duos puedan de algun modo prescindir de la tutela del Estado. 

V — DE LA LIBERTAD DE EXSE5?ANZA 

Llimase asi la facultad inherente d todo individuo de tras- 
mitir d los demis sus ideas y conocimientos en la forma y modo 
que le parezca mis conveniente. 

Sabemos todos que la educaci6n es un medio poderoso de 
dar adecuada direccion y de desarroUar y perfeccionar las fa- 



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cultades humanas. Sabemos tambi^n que el obrar libremente, 
esto es, determinarse la voluntad por impulse propio» constituye 
sin duda alguna la parte mils esencial de la personalidad y es lo 
que refleja m^s clararaente la dignidad del hombre. Pues bien, la 
voluntad es tanto mds libre, cuanto mayor es el niimero de mo- 
tivos que la solicitan A obrar y, como estos motivos los suminis- 
tra la inteligencia, el progreso de la voluntad estd en razon 
directa del progreso de aquella. Es, pues, del m^ grande 
interns 6 importancia para el individuo que su inteligencia sea 
educada sobre bases s6Udas, que verdaderamente se la ilustre 
por la ensefianza de la verdad y que no se la extravie ni perturbe 
con la inoculaci6n de ningun error; y como la sociedad, por otra 
parte, no es mds que el resultado de la uni6n racional y organi- 
zada de los individuos, el perfeccionamiento 6 la perversi6n de 
6stos lleva implfcito el de la sociedad. La naturaleza espiritual 
del hombre, que le constituye realmente superior y privilegia- 
do sobre las demds criaturas, exige como condici6n primera, no 
s61o de vida sino de perfecci6n, que la luz de la inteligencia sir- 
va de guia A todas las dcmds facultades y aptitudes, y de aquf 
que todo lo que pueda influir mds 6 menos directamente en el 
terreno de las ideas sea de una importancia suma, como sucede 
con la enseflanza. 

Conociendo esta influencia no dudan algunos en re velar sus 
aspiraciones en este punto, afirmando que cuando los pueblos 
scan mds maduros y las necesidades del espfritu sean una parte 
mds principal de sus preocupaciones, la sociedad intelectual, 
esencialmente multiple porque tendrA la libertad por principio, 
serA la que distribuya la ensefianza; y el Estado encerrado en su 
grande misi6n jurfdica se limitarA A dejar obrar, de modo que el 
Gobierno no ejercerd sobre la instrucci6n de los pueblos mds que 
una vigilancia indirecta destinada exclusivamente A impedir los 
atentados posibles, ya contra las costumbres publicas, ya contra 
los derechos de los menores, y todo ciudadano que presente.cier- 
tas garantfas de capacidad podrd abrir un establecimiento de en- 
sefianza, A menos que se niegue su moralidad 6 la salubridad del 
local con motivo justo, sin que esto sea un pretexto para res- 
tringir la libertad. 

Tales son en bosquejo los deseos de los liberales en esta ma- 
teria expuestos por boca de Frdd^ric Morin (1). Sin embargo. 



(i) Block. J?ic, de la Polit. Tomo II, pag. lo2. 



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— 119 — 

en obsequio d la verdad, habremos de decir que, mds que el 
triunfo de la raz6n y del derecho, se propone este publicista el 
triunfo de sUs ideas, como lo prueba el siguiente piirrafo que se 
halla d la pdgina 106 de la obra citada en la nota: "Serf a segura- 
mente una excelente cosa crear la libertad fuera de la Universi- 
dad (de Paris); pero seria una cosa mucho mejor aijn, y sobre 
todo en efectos liheralesy detnocrdticos crearla en el seno mis- 
mo de la Universidad.„ 

Las razones aducidas en pr6 y en contra de la libertad de 
enseftanza, pueden ser de dos clases; filos6ficas 6 puramente t^o- 
ricas, y polfticas 6 de conveniencia prdctica: las primeras pre- 
tenden representar el derecho, las segundas el provecho social. 

Los partidarios de la libertad enumeran las siguientes razo- 
. nes filos6ficas: 1* la sociedad tiene derecho d aprovecharse de 
todas las aptitudes de sus indivlduos, siempre que ^stos quieran 
emplearlas en su obsequio: 2* el individuo estd en el deber dc 
contribuir al bi^n social en la medida que se lo permitan su bi^n 
particular y sus propias aptitudes, y como de todo deber nace el 
derecho d las condiciones 6 medios de cumplirle, exigir la obli- 
gacr6n € impedir el uso de los medios para cumplirla, es contra- 
dictorio y tirdnico: 3* los conocimientos representan, lo mismo 
que los objetos materiales, el producto del irabajo humano, y el 
individuo tiene, por lo mismo, derecho d utilizar aquellos igual- 
mente que ^stos en la forma que mds le conven2^a: 4* los demds 
individuos tienen derecho d que no se les impida elegir lo me- 
jor, prohibiendo la concurrencia 6 imponi^ndoles determinada 
clase de productos, ya en el 6rden material, ya en el intelectual 
y moral. 

Las razones polfticas 6 de conveniencia son poco mds 6 me- 
nos las mismas que se adujeron en pr6 de la concurrencia al ha- 
blar de la libertad de trabajo, y pueden reducirse d las siguien- 
tes: aumento de los conocimientos y progreso en las ciencias; 
perfecci6n en los m^todos; difusi6n de las ideas y facilidad de 
adquirirlas con menos esfuerzos y dispendios. 

Contra estas razones alegan los partidarios de la enseflanza 
oficial exclusiva 6 reglamentada las siguientes en el terreno filo- 
s6fico: 1^ que por la libertad de enseflanza se conceden los mis- 
mos derechos d la verdad y al error, d la honradez y d la mali- 
cia: 2* que el Estado debe tener la direcci6n € inspecci6n de to- 
dos los actos 6 instituciones que puedan influir en el fin social 
coadyuvdndole 6 perjudicdndole. 

En el terreno prdctico a^guran que la libertad completa de 



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— I20 — 

enseftanza da por resultado inmediato el pedantismo, la insufi- 
ciencia cientffica y, lo que es peor, la perversion de las ideas y 
sentimiehtos, 

Nosotros, reconociendo la fuerza de lo3 argumentos que se 
aducen contra la libertad de ensefianza, no creemos sin embargo 
que sean decisivos para proscribirla, y nos fundamos, ademds 
de las razones expuestas por sus partidarios, en la imposibilidad 
de adoptar un criterio humano para decidir d priori de la verdad 
en materias cientfficas, no s61o porque el progreso de las cien- 
cias se realiza con el concurso de la humanidad entera, sin6 tam- 
bien porque el Gobierno 6 el poder social es impotente, como 
tal, para decidir en estas materias. Afirmar otr.a cosa serfa pre- 
tender que el poder no fuera s61o legislador y ejecutor de los 
preceptos sociales sin6 tambien abogado, medico, literato^ ar- 
quitecto, ingeniero, etc. 

No quiere decir esto, sin embargo, que el Gobierno perma- 
nezca extraflo A la enseftanza sin cuidarse ni poco ni mucho de 
la propagacion de los conocimientos y del progreso en las cien- 
cias, siendo como son medios utilisimos para la realizacion del 
fin social, sin6 que su intervencion no ha de ser directa, d me- 
nos que el esfuerzo individual no baste para estos fines 6 que un 
abandono completo por su parte produjera la anarquia y el de- 
sorden (1). 



VI— DERECHO DE PROPIEDAD 



No definiremos la propiedad, pero sf haremos constar con 
M. Baudrillart, d quien seguimos en gran parte al hablar de esta 
materia, que la propiedad debe estudiarse bajo dos puntos de 
vista principales: en su principio y como derecho, y en sus efec- 
to3 y por la utilidad social que reporta. Separar estos dos aspec- 
to3 es lo mismo que pretender que la propiedad sea ventajosa 
siendo al mismo tiempo injusta, lo cual es absurdo. 

La apropiaci6n, la asimilaci6n es un hecho universal. El 
hombre, lo mismo que los animales y las plantas, no vive sino 



' (i) V. lo dicho en las pdg. 72 y 73 acerca de las relaciones del Estado coo 
la instracci6ii y la educacidn en general. 



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— tit *-. 

apropidndose lo necesario para su existencia. Pero no basta qu6 
se necesite una cosa para tener derecho A ella. Lo que engendra 
el derecho primitivo es la superioridad natural de lo que es libre 
sobre lo fatal, de lo inteligente y racional sobre lo que no lo es, De 
aquf el derecho de todo hombre sobre toda cosa no apropiada 
anterior mente. Considerada en la relaci6n de hombre A hombre 
la propiedad tiene su fundamento en la afirmaci6n del yo como 
opuesto al no yo^ que Ueva impUcita la distinci6n de lo tuyo y de 
lo miOy y en la personalidad humana constituida eminentemente 
por la libertad. La libertad es lo que fundamenta el derecho del 
salvaje sobre la fruta que ha cogido del drbol. Pero la libertad 
que se limite A una simple toma de posesi<5n no sirve por lo ge- 
neral de fundamento mds que d un derecho vago 6 insuficiente. 
Segiin la teoria que establece unicamente la propiedad sobre la 
primera ocupaci6n, el que Uegase primero A una comarca de- 
sierta tendrfa derecho de apropikrsela toda entera, y los que vi- 
nieran despu^s estarfan obligados d reconocer en ^1 al legftimo 
poseedor de toda la extensi6n del territorio que 61 quisiera mirar 
como su dominio. La libertad y el derecho del primer ocupante 
necesitan una sanci6n nueva que realice el derecho de una ma- 
nera mds evidente: el trabajo es quien la dd. Si el ser humano es 
propietario de sus facultades, tambi^n lo serd del ejercicio de ^s- 
tas y del producto de este ejercicio, es decir, de los frutos de su 
• trabajo, ya los consuma inmediatamente, ya los acumule por el 
ahorro. 

La conformidad esencial de las tres teorias principales sobre 
el fundamento del derecho de propiedad (la de la libertad, la de 
la ocupaci6n y la del trabajo) resulta de aquf facilmente. La liber- 
tad ocupa las cosas; pero esta apropiaci<5n no se realiza plena- 
mente sin6 por el trabajo. El trabajo no es mds que una aplica- 
ci6n seguida y regular de la libertad humana, es decir, de la fuer- 
za activa y voluntaria que constituye nuestra personalidad; no 
es mds que una aplicaci6n prolongada. El trabajo hace sagrada 
la propiedad; pero el respeto debido d la persona hace sagrado 
el trabajo mismo. Siguese de aqui que las tres teorfas sobre el 
origen de la propiedad no son mds que diversas fases de un mis- 
mo principio, A saber; la fuerza activa, tomando posesi6n por de 
pronto de sus facultades y de sus organos corporales, es lo que 
constituye el primer modo de su ejercicio y la primera apro- 
piaci6n concebible; imponi^ndose despues A las cosas por la 
ocupaci6n, constituye el segundo modo y la primera forma vi- 
le 



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sible de la propiedad; y haci^ndolas per fin realmente suyas por 
el trabajo, llega hasta el tercer grado del mismo desarrollo, 
grado infittltamente mds en^rgico, mds apreciable en sus efec- 
tos y de una evidencia por decirlo as! palpable, que hace tomar 
cuerpo al derecho. Esta correlaci6n de la libertad, de la propie- 
dad y del trabajo no es en el fondo mds que una verdad de senti- 
do comun. Ser propietario, en toda la extensi6n de la palabra, es 
ser ttbre de poseer las cosas y de disponer de ellas. Ser libre 
es tener la propiedad de sf mismo y de sus facultades y del em- 
pleo de estas y, ademds, la libre elecci6n y el libre ejercicio de 
su industria. La propiedad y la libertad estdn unidas entre si tan 
estrechamente que siempre han sido reconocidas 6 sacrificadas 
d la ve2 y en las mismas proporciones, como lo prueba la his- 
toria. 

Algimos jurisconsultos y publicistas notables han pretendi- 
do que el origen de la propiedad estd en la ley civil; pero pensar 
que 6sta puede.servir de fundamento d la propiedad en lugar de 
garantizarla y que, interpretada por el legislador, puede modi- 
ficarla indefinidamente es exponerse d tomar todos los excesos 
leg^les cometidos contra la propiedad por abusos de la propie- 
dad misma, y asf se ha hecho creer A las masas, considerando A 
la propiedad culpable de los fnismos atentados de que era vfcti- 
ma. Fundar, como otros, la propiedad sobre simples convencio- 
nes es abrirla puerta A todos los abusos (1). 

Despu^s de los razonamientos precedentes y recordando 
que la rasdn de ser de la propiedad no es otra que la naturaleza 
misma 6, si se quiere, la necesidad, porque entre las condiciones 
impuestas al hombre para realizar su fin lo estd la de que haya 
de apropiarse los objetos materiales, queda, en nuestra opini6n, 
justificado el hecho de la apropiaci6n. 

Contra esta apropiaci6n, podrd objetarse, sin embargo, que 
basta sea momentdnea para Uenar los fines humanos; pero hablar 
asf es desconocer por completo la naturaleza del hombre y los 
m6viles que determinan sus actos. Si la apropiaci6n hubiera de 
ser momentdnea, el hombre no podrfa satisfacer sus necesidades 
en muchas circunstancias de la vida, ya por no poder ejercitar 
sus facultades, ya por carecer en determinadas ocasiones de 
objetos apropiables. Si la existencia del individuo exije con 



(I) V. Baudrillart. Man.<^Econ,poL pdgs. 31 y siguientes, 1865. 



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— H3 — 

necesidad iraperiosa la apropiacidn desde un memento p^ra el 
stguiente, ninguna razun autoriza & distinguir unos n^omentosde 
otros, siempre que en ellos puedan ocurrir losraismoshechos. 

Per una exigencia de la naturaleza nos apropiamos momen- 
tdneamente los objetos, y per lamisma raz6n nos los apropia^nos 
por tiempo indefinido. Extkt mrtcn^eza, pu^s, estdel origen 
iilos6fico de la propiedad; el cual, sin embargo, por s^r tan gene- 
ral y aplicable A todos los hombres sin distinci6n, no ha pai;ecido 
acaso suficiente d los fil6sofos juristas para legitimar la propie- 
dad concreta y de aquf las diversas teorfas d que antes se ha 
aludido y otras que no examinaremos por no permitirlo la indole 
de este libro. 

Distinguiendo ahora, como Ahrens, las razones en pr6 de la 
propiedad privada de las alegadas en favor de la propiedad 
comun, expondremos primero las ventajas de la propiedad 
privada. 

1* Es el m6vil principal del trabajo y de la actividad, pues la 
mayoria de los hombres vivirian en la ociosidad, si no se viesen 
prccisados A buscar las condiciones de su existencia mediante el 
empleo de sus facultades intelectuales y de sus fuerzas flsicas; y 
sobre todo, los trabajos mds penosos, aunque litiles dla sociedad, 
no se ejecutarlan por nadie sin el estfmulo de la propiedad 
privada. 

2* La propiedad privada es, bajo muchos aspectos, el baluar- 
te de la libertad personal y de la vida de familia asegurando d 
cada cual ima esfera de existencia independiente. 

3* La propiedad privada mantiene entre los hombres, por la 
desigualdad de su distribuci6n, una subordinaci6n necesarla so- 
bre todo en las grandes empresas industriales. 

4* La propiedad individual evita los conflictos que se susci- 
tarian sobre la repartici6n de los bienes sociales, si se estable- 
ciese el sistema de la comunidad. 

A estas ventajas afladen algunos que la propiedad privada 
favorece el ejercicio de la beneficencia y la caridad individual; 
pero estas cualidades encontrarian en cualquiera otro orden so- 
cial bastantes ocasiones en que manifestarse, y sobre todo, mejor 
seria que no hubiera necesitados, como sueflan los socialistas. 

Los partidarios de la comunidad de bienes aducen contra 
este sistema objeciones que ellos miran como ventajas del suyo. 
H^aqui las principales: I* la propiedad privada es una de las 
causas que arraigan el egoismo y lo hacen permanente; es, por 
lo tanto, contraria d la moral que reprueba este motivo de acci6n: 



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— 124 — 

2^ consagrando el principio del interns personal, este sistema 
establece y mantiene una lucha perenne entre los individuos: 
3* este sistema aisla las fuerzas del hombre y de la sociedad, ca^ 
paces de ser mucho mejor empleadas; la sociedad por el contra- 
rio darfa A todas una misma direcci6n y las armonizarfa: 4* la 
propiedad privada es el origen principal de la mayor parte de 
los delitos y crimenes que se cometen en la sociedad: 5* es la 
causa de una desigualdad demasiado grande que no est^ en rela* 
ci6n con el verdadero m^rito, siendo la adquisici^n de la pro- 
piedad efecto mis de la casualidad, que de los talentos y acti- 
vidad del hombre. 

El primero de estos dos sistemas se apoya en la realidad, en 
la experiencia, es decir, en la moralidad actualde los hombres, 
y corrobora su verdad el que la propiedad particular produce, 
ademds de las ventajas enumeradas, la no menos grande de eler 
var al ni>^el social que quedaria sumido en la abyecci6n si traba- 
j adores y ociosos fuesen tratados por igual; d lo que puede afta- 
dirse con Baudrillart que para suscitar y aplicar los descubri- 
mientos son necesarios capitalistas. El segundo se funda en la 
ley moral, que prescribe la abnegaci6n y el desinter^s. Asf se 
comprende que s61o haya podido sostenerse el comunismo en las 
sociedades cuya moralidad se ha mejorado en virtud de los prin- 
cipios religiosos; y que haya fracasado por completo en aquellas 
otras que, como el owenismo y el fourrierisrao, han prescindido 
de este poderoso elemento. 

Pero, por lo mismo que todo sistema de organizaci6n de la 
dropiedad refleja el estado moral de la sociedad, debe desechar- 
se todo cambio radical impuesto por la violencia, ya se manifies- 
te bajo la forma de ley 6 de revoluci6n; porque la ley en este 
caso seria injusta, y la revoluci6n habrfa de acarrear un com- 
pleto trastorno de todas las pDsiciones SDciales sin provecho pa- 
ra la humanidad (1). 

La propiedad territorial ha sido objeto de particulares y muy 
vivos ataques. Importa, pues, "considerarla aparte. Se ha dicho 
que la usurpaci6n del suelo ha privado al g^nero humano de los 
derechos primitivos, de la cosecha natural, de la caza, pesca y 
pastos. Pero no se usurpa lo que no pertenece A nadie; no se 
usurpa lo que no tiene valor. Y la tierra nuda no tiene ningu- 



(i) AhrcDs, l?cAo, Hai, 2* edic. esp. pigs. 337 y sig. 



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- I2S' - 

no. Es (itil sin duda como todo otro instrumento de trabajo; pe- 
ro no adquiere valor sin6 por el trabajo y el capital que le son 
incorporados. Los primeros ocupantes de la tierra nuda, los pre- 
tendidos usurpadores de este instrumento de trabajo, fyeron ge- 
neralmente mfeos privilegiados que los Uamados victimasde la 
propiedad naciente; lo mismo que sucede con frecuencia A los 
que descubren 6 inventan, en una palabra, A los primeros explo- 
tadores de todo g^nero. La tierra nuda no es casi nunca otra co- 
sa que espinas, reptiles y pantanos pestilentes; esto es, lucha y 
sufrimientos bajo las formas mds penosas y muchas veces la 
muerte como consecuencia de las privaciones y enfermedades 
contraidas en la explotaci6n. 

Dfcese tambien que la usurpaci6n consiste en que todas las 
plazas 6 lotes de tierra- est^n tomadas. £Pero d6nde se ha visto 
que falte la tierra nuda? Lo que hay en realidad es que se desea 
la tierra ya explotable y no la que exige preparaciones antes de 
poder aprovecharla, y tambien la tierra que estd junto A noso- 
tros y no la de paises lejanos: y si se objeta con los riesgos y 
trabajos de la emigraci6n, contestamos que los primeros ocu- 
pantes tambien lucharfan con las fieras y con los elementos. 

En cuanto A la extensi6n de este derecho claro esti que 
comprende no s6Io el uso de las cosas, sin6 tambien la libre dis- 
posicionde ellas, de modo que el propietario, el verdadero duefto, 
puede venderlas, cambiarlas, donarlas y trasmitirlas por via de 
herencia; porque, siendo el fundamento de este derecho la utili- 
dad de las cosas para satisfacer necesidades, como 6stas no s61o 
se concretan al orden material sin6 que comprenden tambien el 
intelectual, moral y est^tico, siempre que por la propiedad se 
puedan satisfacer estas necesidades, no hay motivo que justifique 
su restricci6n. 

Este derecho, como todos, se halla sujeto sin embargo A 
ciertas limitaciones que la ley puede imponerle en nombre del 
interns social 6 de la humanidad. Tal sucede con la expropiaci6n 
y servidumbres forzosas, las contribuciones, los derechos fisca- 
les y otros, que se exigen al individuo como recursos indispen- 
sables, unas veces para el sostenimiento del orden y conservaci6n 
de la sociedad, otras para la raejor explotacidn del territorio en 
provecho del comercio y de la industria, y para el sostdn de 
instituciones ben^ficas que alivien los sufrimientos del desgra- 
ciado, 6 ya tambien para el fomento de la ilustraci6n y educaci6n 
social por medio de establecimientos cientfficos, museos y conser- 
vatorios de artes. 



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CAPITULO VI 

DE LOS DBRECHOS POLfTICOS 



I— DERECHO ELECTORAL 



El derecho electoral, 6 de sufragio, tiene por objeto designar 
las personas que han de ejercer los cargos publicos en las socie- 
dades pollticas organizadas conforme al sistema de represen- 
taci6n. 

De aqui deducen algunos que el fundamento de este derecho 
esul en el principio de la soberania de la naci6n, porque median- 
te el interviene el pais en el gobiemo. 

Por nuestra parte optnamos que el verdadero fundamento 
de este derecho se halla, no en la soberania nacional, que aiSn 
no est^bien precisada, sin6 en la cooperaci6n de todos los indivi- 
duos, que componen la sociedad poUtica, al sostenimiento de las 
cargas del Estado segiin las fuerzas dc cada uno. 

Puede distinguirse este derecho bajo dos aspectos: por las 
personas ^ quienes compete, siendo universal^ si corresponde 
d todos los ciudadanos, y limitado, si s6lo corresponde d algu- 
nos; y por el modo de ejercerse, directo, cuando el elector nom- 
bra inmediatamente y por s( mismo al representante 6 repre- 
sentantes, € indirecto, cuando el elector no designa al repre- 
sentante sin6 d otro elector de mayor gradopara que haga en 
definitiva la elecci6n. 

Los parlidarios del sufragio universal dicen que el sufragio 
no es \}Xiz.funci6n sin6 €l ejercicio de un derecho natural; que 
cada ciudadano trae al nacer el derecho de participar en la ges- 



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— 127 — 

ti6n de los negocios publicos del mismo modo que trae el dere* 
cho de libertad de conciencia; que la moral de un pais corre gran 
peligro haci^ndola dirigir sus miradas hacia el acrecentamiento 
de las riquezas, por considerar ^stas como medida de la capaci- 
dad electoral; que no se puede sin riesgo crear la supremacfa 
de una clase concediendo solamente representaci6n d los intere- 
ses de ^ta, condenando A perpetuo olvido el interns de las ma- 
sas y colbcando d la mayoria del pals fuera de la via politica le- 
gal, sin dejarla otro medio de participar en el gobierno que im- 
potentes manifestaciones 6 protestas armadas; que es una injus- 
ticia pretender que el sentimiento de la cosa pilblica existe mds 
particularmente en las clases acomodadas, como lo es tambi^n 
afirmar que el sufragio universal sustituye la soberanla del nii- 
mero d la soberanfa de la raz6n; y en suma, que el sufragio uni- 
versal, consagrando practicamente la soberanfa del pueblo, in- 
teresa d todo el mundo en la cosa publica y en el sostenimiento 
del orden, € impide d las minorias sublevarse en nombre de las 
masas, puesto que ^stas tienen un medio legal de manifestar su 
voluntad. 

Los partidarios del sufragio restringido hacen notar que, d 
la larga, el sufragio universal lleva implfcita la soberanfa del 
mimero y que es un absurdo suponer de igual valor el voto de 
un idiota que el de un hombre culto; que la soberanfa del niime- 
ro implica tambi^n el absurdo de que lo acordado por la mayoria 
ienga fuerza de derecho, aunque sea opuesto d los mismos 
derechos naturales proclamados por los partidarios del sufragio 
universal, y que la raz6n exige en el elector una independencia 
plena y una competencia verdadera, condiciones que es impo- 
sible hallar en todos. 

Los que consideran la riqueza como medida de aptitud elec- 
toral aiirman que s61o la fortuna da al ciudadano una indepen- 
dencia y un espiritu de conservaci6n suficientes; que para el 
pobre la primera preocupaci6n es la de los intereses materiales 
6 inmediatos; que, al mismo tiempo, su posici6n le hace mds ac- 
cesible d las seducciones y no le intimidan las reformas radica- 
les porque no ve en ellas un peligro inmediato; y que el hombre 
de cierta posici6n tiene, por el contrario, su espiritu pronto para 
todas las funciones y ejercicios nobles 6 elevados que forman en 
cierto modo la ocupaci6n de su vida y entre las que se halla en 
primera linea el cuidado de los negocios publicos. 

Algunos pensadores, temiendo que la soberania del ntimero 
pudiera fdcilmente convertirse en la soberanfa de la ignorancia, 



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— 128 — 

dada la considerable cifra de ciudadanos que carecen de toda 
instrucci6n y de medios para proporciondrsela, entienden que, 
sin negar d ninguno el derecho de votar, pudiera subordinarse 
el ejercicio de este dereeho A la posesi6n de ciertos conocimientos 
elementales y aun A la de todas aquellas nociones indispensables 
para el buen uso del mismo (1). 

Nosotros opinamos que, estando todos los ciudadanos obli- 
gados al sostenimiento de las cargas piiblicas por medio de 
prestaciones, ya personates, ya reales, todos tienen derecho 6. 
intervenir de algdn modo en la gesti6n de la cosa publica, siquie- 
ra para saber porqu^ y para qu6 se les exigen tales sacrificios. 
Pero tambi^n creemos que esta inter venci6n ha de ser racional 
y circunscrita por tanto A los que sepan lo que hacen y, ademds, 
d los que por sus condiciones especiales puedan emitir su voto 
con independencia, por la forma 6 modo de realizar este acto, y 
hacer que su opinion sea conocida, sin necesidad para esto de 
otros auxiliares extraflos. De manera que, siendo linicamente 
los mayores de edad los que contribuyen A levantar las cargas 
piiblicas, y los que saben leer y escribir los linicos que pueden 
hacer conocer su voluntad de un modo indudable, si el voto ha 
de ser secreto, d 6stos debe circunscribirse el derecho de su- 
fragio. 

Stuart Mill, escritor nada sospechoso para los amantes de la 
libertad poHtica, va mds lejos. Despu^s de afirmar que ninguna 
combinaci6n de sufragio puede satisfacer por completo, si en 
virtud de ella se excluye absolutamente A toda una clase 6 A una 
persona, reconoce que hay ciertas exclusiones motivadas; que 
no puede racionalmente concederse este derecho A quien jio sabe 
leer y escribir y los primeros principios de la aritm^tica; que 
s61o una teorfa inflexible y contraria al sentido comiin puede 
sostener que $e conceda poder sobre otro y aun sobre la sociedad 
entera A gentes que no han sabido adquirir las primeras condi- 
ciones indispensables para cuidar de sf mismos, para d^rigir con 
alguna utilidad sus propios negocios y los de las person^^s que les 
son mds allegadas (2). 

Favorable tambi^n A una restricci6n racional es la opini6n 
de Laveleye. SegCin 6ste, asi como es natural y de derecho que 



(i) V. Clement Duvernpis, Die, de Bhk, Tomo 1, pig. 84$ y sig. 
(l) Le gouvtrntment represenioHff p*gs. 216 y 217. Trad, de Dupont- 
White. Paris 1877. 



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todo individuo dirija sus propios negocios, y que, cuando derro- 
cha locamente su hacienda 6 por impericia la mertna considera- 
blemente, se le intervenga 6 prive de la administraci6n, es tam- 
bi^n natural y de derecho que cada uno tome cierta parte en los 
negocios publicos que sin duda le interesan; pero cl condici6n de 
que no se perjudique A si mismo ni comprometa la seguridad 6 el 
bienestar de la sociedad de que forma parte, siendo en otro caso 
conveniente, necesario y de derecho que se le prive.del sufragio 
en interns propio y de sus conciudadanos. La capacidad, bastan- 
te al menos para discernir donde est^ el verdadero interns, es el 
linico titulo al derecho de votar, por mds que haya motivos muy 
poderosos para concederle al mayor numero posible cuando de 
esto no resultare peligro para el Estado. Entre estos motivos ^on 
de notar principal mente la necesidad de evitar que la rpmorla, 
A quien linicamente se conceda cl voto, se deje llevar por el 
egoismo y dicte leyes en provecho propio con perjuicio tal v$jz 
de la mayorfa privada del sufragio; y ademds, que la agitaci6n 
electoral y la emisi6n del sufragio son sin duda el mejor medio 
de educaci6n poUtica. En suma, segun este autor, debe de am- 
pliarse todo lo posible el derecho electoral, pero sin perder de 
vista que A su ejercicio ha de preceder siempre la instrucci6n 
nacional (1). 

Suscftase tambito al hablar de este deiecho la cuesti6n de 
.. si se ^ebe 6 no conceder A la mujer, y aunque reconocemos con 
Legouv^ (2) que las seftales de firmeza, de talento administrati- 
vo, de conocimiento de los negocios y de buen sentido prdctico 
de que ha dado pruebas en muchas ocasiones, exigen se la au- 
torice d tomar parte en las funciones sociales por interns de la 
misma sociedad, opinamos tambien con dicho autor, que la dife- * 
rencia de naturaleza de la mujer, comparada con la del hombre, 
debe reflejarse en su modo de obrar y que su misi6n social ha 
de estar en armonfa con su naturaleza y fin individual. El exa- 
men de una y otro nos dard, pues, la clave para resolver la cues- 
ti6n propuesta. 

El cardcter de la mujer, dice Julio Simon (3), tiene las mis- 



(i) V. Laveleye. Essai stir Us formes de gouvtrneinent, pigs. 117 4 120. 
Paris, 1872. 

(2) Historia moral de las mttjeres, pdg. 446. Trad. esp. de Gay, i860. 

(3) El Deher,\&^, 156. Trad, de Coronel y Abad. 

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— i36 — 

rdas cualidades y defectos que su cuerpo: la mujer es seductoraj 
pero carece de fuerza. Llega mds pronto que el hombre d cierto 
grado de cultura; pero no es susceptible de profundidad ni ade- 
lanto; incapaz de crear ni de emprender investigaciones, se asus- 
ta cuando se aleja un tanto de la senda trillada, sinti^ndose fue- 
ra de su centro donde quiera que se dilata algo el horizonte. La 
mujer ha nacido para-concentrar su actividad en un cfrculo es- 
trecho 6, para hablar mds claro todavfa, estd destinada A ser el 
angel tutelar de la familia. Al hombre corresponden exclusiva- 
mente los asuntos exteriores, como el gobierno del Estado 6 el 
cultivo del campo de la ciencia. 

"El pensamiento predomina en el hombre, el sentimiento en 
la mujer, aunque ni la mujer est^ falta de inteligencia, ni el hom- 
bre de sensibilidad. El uno puede considerarse como la caheisa^ 
la otra como el corazdn de la humanidad. Sensibilidad exquisi- 
ta, movilidad excesiva, extremada sobreexcitaci6n nerviosa, ta- 
les son los tres aspectos fisiol6gicos de la mujer estudiada en sus 
tipos mds completos. 

„El hombre lo somete todo al andlisis y tiende d desarrollar 
sus sentimientos por medio de la reflexi6n: la mujer lo reduce 
todo d los efectos y tiende d cultivar el espf ritu por medio del 
coraz6n. De la mujer puede decirse que los grandes pensamien- 
tos vienen del amor, y del hombre que los nobles sentimientos 
derivan del pensamiento. El equilibrio de las facultades se mani- 
fiesta en la una bajo la forma de la caridad, y en el otro bajo la 
forma del saber. Al pensamiento, menos subjetivo y mds impar- 
cial que el sentimiento, estfl por la naturaleza encomendada la 
direcci6n. En las relaciones sociales el hombre se distingue por 
la personalidad, la actividad propia, la tendencia d bastarse tl sf 
mismo; la mujer por la necesidad de unirse y de vivir en el pen- 
samiento de otro. El hombre por su inteligencia, por su espon- 
taneidad € independencia estd destinado para las reuniones pii- 
blicas, donde cada uno afirma libremente su personalidad enfren- 
te de los demds, procura hacer triunfar sus convicciones indivi- 
duales, y puede aspirar d dirigir los negocios de su partido 6 
de su patria. La mujer, por su naturaleza afectuosa y por su 
recato, se sentirfa ofendida tomando parte activa en las reunio- 
ries electorales 6 en las discusiones parlamentarias. 

„Seguramente no alcanzarfa as! las cualidades del hombre y 
perderla los atractivos propios de su sexo. La mujer estd llama- 
da d perfeccionar y d embellecer la vida individual en toda la 
esfera de acci6n que las circunstancias le asignen. La vida pii- 



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blica y la vida privada obran y reobran una sobre otra en pro- 
vecho de la civilizaci6n. La mujer es el lazo de la sociedad; ella 
dulcifica la rudeza del hombre y le atrae al seno de la familia, 
donde contrabalancea las influencias exteriores con su temu- 
ra(l).„ 

No es, pues, la misl6n de la mujer lanzarse A las agitaciones 
de la vida piiblica, ni luchar en las contiendas electorales, casi 
siempre ocasionadas A disensiones y rencores y tan opuestas 
al recogimiento de la mujer, como contrarias d la delicadeza 
propia de su sexo; d lo que debemos afladir que la mujer carece 
de la independencia necesaria para el ejercicio de tal derecho, 
pues en cualquiera estado de su vida, 6 se halla subordinada al 
hombre por la naturaleza 6 por la ley, 6 sometida A su influencia. 
Si se quisiere llevar mds alld de la familia la misi6n social de la 
mujer, encomi^ndesela la administraci6n de los hospicios, el 
cuidado de los acogidos, la educaci6n de los exp6sitos, la asisten- 
cia de los enfermos; en ima palabra, todo lo que signifique amor, 
ternura y devoci6n; pero guard(^monos de permidr que baje dla 
arena de la politica, no sea que al pasar por los clubs emancipa- 
dores, 6 al atravesar la plaza publica, se trueque el angel del 
hogar en aquel monstruoso engendro conocido en la historia con 
el nombre de furias de la guillotina. 

Otra de las cuestiones controvertidas d prop6sito del sufragio 
es si debc ser directo 6 por grados. Los partidarios del primer 
sistema opinan qtie es necesario colocar pocos intermediarios 
entre el pueblo y el poder, que es su emanaci6n, porque, siendo 
el ideal democrat ico el gobierno directo por el pueblo y no siendo 
la delegaci6n mds que un expediente destinado d facilitar el juego 
de las instituciones, quieren que la delegaci6n sea directa y que 
la naci6n misma sea llamada d nombrar y juzgar d aquellos que 
ban de votar los subsidios y las leyes, teniendo la ventaja de 
expresar mds fielmente que el indirecto la voluntad, lo que dd 
mayor autoridad al elegido y mayor confianza al elector. 

Los defensores del sufragio por grados hacen notar que es 
mds fdcil designar simplemcnte los hombres mds digno3 para un 
municipio, que elegir un diputado d quien generalmente no se 
conoce. El punto importante es que la elecci6n sea realmente la 
elecci6n, es decir, el acto de escojer, lo que se obtiene perfecta- 



t 
(I) TiberghieD, La Science tie l*ame^ pdg. 473. Bruxcllas 1868. 



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— 132 — 

mente en el sufracgio por grados, de tal modo, que con este siste- 
ma la ignorancia perderfa la mayor parte de sus inconvenientes- 
AAddese tambi^n que en los paises donde la opini6n estd dividi* 
da entre la doctrina de la capacidad y la doctrina del sufragio 
universal, el sufragio por grados seria la mds sabia de las tran^ 
sacciones; porque el derecho individual de voto serfa por una 
parte reconocido y sostenido legalmente, mientras que por otra 
la capacidad electoral seria admitida como una condici6n nece- 
saria para su ejercicio. 

Antes de terminar el examen de las cuestiones que se refie- 
ren d la elecci6n, direraos dos palabras sobre el voto piiblico y el 
secreto. En favor del yoto secreto se dice que el legislador debc 
ante todo colocar al elector en todas las condiciones posibles dc 
independencia, y que el elector serd siempre mds independiente 
si su voto es conocido de 61 solo y derivado por consiguiente de 
su conciencia. 

Como razones en pr6 del voto publico se alega que el ejer- 
cicio de los derechos politicos supone' una independencia y un 
sentimiento de dignidad incompatible con el escrutinio secreto; 
que el hombre que toma parte en la cosa publica, debe ser bas- 
tante firme, bastante decidido para no tener necesidad de ocul- 
tarse; y que es bueno ademds que haga conocer piiblicamente 
su opini6n, paia que dsta sea sometida A la censura de sus ami- 
gos y conciudadanos. Sin embargo^ el escrutinio secreto respon- 
de mejor A la debilidad humana y A la complicaci6n de los intc- 
rcses individuals y sociales. 

Para concluir, afladiremos, que algunos ban llamado dere- 
cho electoral activo A la facultad de elegir los reprcscntantcs 
de la naci6n, y pasivo A la aptitud 6 capacidad para scr elegido. 



II — OPCIO.V A LOS PUESTOS PUBLICOS 



Este derecho signiiica la suposicion hecha por la ley en 
favor dc todos los ciudadanos, sin exclusion previa de ninguno, 
dc que pueden llegar al desempeflo de todos los cargos so- 
ciales. 

La consagraci6n de este derecho en las modernas constitu- 
ciones, que ha tcnido principalmente por objeto borrar las dife- 
rencias de clase en cuanto d la consideracidn social y sancionar 



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la igualdad esencial del hombre, no supone ni. puede racional- 
mente suponer que todos sin distinci6n puedan aspirar A todo, 
sean cualesquiera sus dotes y las condiciones que exija el desem- 
pefto del puesto solicitado. 

No es preciso demostrar que todos los funcionarios deben 
estar adornados de las dotes necesarias de probidad, saber y 
edad para que el cargo piiblicp est^, no s61o bien desempeflado, 
sin6 tambi^n dignamente representado* Enunciar estas condicio- 
nes como indispensables, equivale A decir que las funciones pii- 
blicas no deben ser patrimonio exclusivo de ciertas personas que 
se las trasmitan por herencia, ni propiedad de ciertas clases pri- 
vilegiadas que trafiquen con ellas por diner o; pero es tambi^n 
afirmar al mismo tiempo que no basta la simple condici6n de ciu- 
dadano, sin m^ritos ni aptitud, para aspirar A todo. El sentido 
comiin y la pr^ctica racional de todos los pueblos se rebela con- 
tra estas exageraciones. En ningiin pais bien gobernado tienen 
dcrecho las niujeres A desempeftar los cargos de la judicatura^ 
milicia y administraci6n, porque, aun supuesta su aptitud, no se 
armonizan bien tales funciones con la delicadeza del sentimiento, 
con el recogimiento propio del sexo, ni con la misi6n especial de 
dste, que ha de cumplirse principalmente en la vida fntima de la 
familia. Si, al parecer contra estas pr^cticas, se ha concedido d 
las mujeres derecho A ocupar el trono, esto ha reconocido por 
causa el deseo de evitar en la sucesi6n hereditaria el adveni- 
miento de Ifneas transversales y de dinastfas extranjeras. Por 
razonesaun mis palmarias no habrA quien pretenda conceder A 
los niflos, fatuos, locos y f^riminales el derecho de ocupar tales 
puestos; y si estas limitaciones s61o se fundan en ultimo andli- 
sis en la I'alta de aptitud, no hay raz6n alguna para exigir imas 
condiciones y prescindir de otras igualmenfe necesarias. En nin- 
gun pueblo del mundo tienen los .le,::^os derecho A los cargos ecle- 
siisticos, ni los paisano3 A los empleos militares. -* 

Exigiendo, pues, el desempefto de los cargos piiblicos cier- 
tas condiciones, que, como las necesarias para el ejercicio de 
cualquiera otra.profesi6n, no se adquieren sin disposiciones na- 
turales adecuadas por una parte, y sin un aprendizaje mds 6 me- 
nos largo por otra, demu^stiase que este derecho m^nos que nin- 
gun otro puede llamarse absoluto, puesto que la ley no debe con- 
cederfe ni racional, ni justa, ni polfticamente, sino en relacidn 
con las condiciones particulares que exige el desempefto de ca- 
da cargo. 



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CAPITULO VII 

DE LOS DERECHOS MIXTOS 

I— EMISION Y PUBUCACION DEL PEXSAMIENTO 



La comunicaci<5n cntre los hombres es una de las condiciones 
que m^s contribuyen A su perfeccionamicnto: la emisi6n de las 
ideas es la primera condici6n para comunicarse; y la difusi6n 
de la verdad el medio de extender por todas partes las ventajas 
de esta comunicaci6n. 

La publicidad, se ha dicho tambi^n, es la piedra de toque de 
todos los errores y el medio de todos \cs progresos. En las socie- 
dades democrdticas la publicidad es la primera sin6 la linica 
iifarantia de la opini6n; es e\ justiciador por excelcncia de todas 
las iJeas falsas, de todos los proyectos perniciosos, de todos los 
actos arbitrarios; la mejor medida de la libertad dc un pueblo y 
de su participaci6n en la gesti6n piiblica, y hasta una forma de 
la responsabilidad de los poderes y una limitaci6n moral de sus 
atribuciones. 

No siempre, sin embargo, sirve la publicidad para hacer 
triunfar lajusticia y el derecho contra los abusos y arbitrarieda- 
des del poder; A veces tambi^n es germen de perturbaciones y 
trastomos, tanto en el orden moral y de las familias, como en el 
social; porque si la difusi6n de la verdad produce aquellos ben^- 
ficos fesultados, la propagaci6n de los errores, pervirtiendo la 
inteligencia, vicia el sentimiento y trastorna el orden moral. 

No es, pues, extraflo que materia de tamafia importancia 



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- I3S - 

haya sido objeto de las mds animadas discusiones y empefladas 
controversias, sobre todo si se atiende al poderoso medio de 
publicidad de que disponen las sociedades modemas con la 
fmprenta. Lo arduo de la materia, la gravisima dificultad de 
conciliar en este punto la libertad del individuo con el orden 
social y la conveniencia y el derecho del Estado con el interns y 
el derecho de sus miembros, nos obliga d exponer algunas doc- 
trinas sobre este-asunto antes de fijar la nuestra. ' 

La libertad de pensar y de escribir, dice Julio Simon (1), es 
no s6lo derecho natural 6 imprescriptible, sino tambi^n la ga" 
rantfa y la salvaguardia de todas las libertades piiblicas. Cuando 
se suprime la libertad de la prensa, no hay mds que un remedio 
contra las arbitrariedades del poder, contra las concusiones y la 
inmoralidad de los gobernantes, recurrir d las armas. Por el 
contrario, cuando la prensa es libre^ ningun mir^istro es tan gran- 
de, ni ningiin agente provincial 6 municipal tan pequefio que 
pueda escapar al juicio de la opini6n. No hay ni puede haber 
elecci6n libre, ni discusi6n de las candidaturas sin libertad real 
de la prensa. Sin la publicidad el valor cfvico es siempre una 
excepci6n, casi siempre un imposible. Para que el espfritu pu- 
blico se forme y se mantenga, es necesaria esta poderosa voz de 
la naci6n que distribuye el elogio y la censura, que invoca sin 
cesar los derechos y los intereses comunes. Los abusos de la ma- 
la prensa, los ataques A las verdades esenciales, la publicaci6n 
de noticias falsas que puedan trascender al orden social, la ca- 
lumnia contra los funcionarios 6 contra los ciudadanos, pueden 
ser reprimidos por los tribunales; mds con el silencio de la pren- 
sa la opini6n piiblica puede ser extra viada por los agitadores, y 
las personas lastimadas en sus derechos, 6 lo desconocen, 6 no 
saben A qu^ tribunales recurrir para defenderlos, 6 sucumben 
en sus gestiones, porque carecen de medios para luchar contra 
la apatfa 6 la mala {€ de los funcionarios, si la prensa no viene 
en su auxilio denunciando los abusos, enseilando los procedi- 
mientos, protestando contra la mala administraci6n. Cuando la 
sociedad tenia por base el priacipio de autoridad, no era la pren- 
sa indispensable, porque en el 6rden moral la religi6n servfa de 
freno, las tradiciones de casta eran un estfmulo para el honor y 
el patriotismo, y los derechos individuales tenian su defensa en 



(l) V. La tiberti politique^ pdgs. 1 96 d 221. Parfs 1 881. 



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- 136- 

las corporaciones; pero en la vida actual, bajo el regimen de li- 
ber tad, todo seria opresi6n 6 anarqufa sin la prensa, linico 6r- 
gano de la vida intelectual y moral de los pueblos y condict6n 
indispensable de toda resistencia legal. Todas las persecuciones 
contra la libertad del pensamiento, son ademds iniitiles, ciiando 
no contraproducentes; los fil63ofos y los economistas del pasado 
siglo perseguidos, desterrados, condenados A graves penas, se 
hacen populares, sus escritos son buscados y leidos con avidez, 
minan el orden de cosas establecidas, provocan la reuni6n de los 
Estados generales, la toma y demolici6n de la Bastilla, y produ- 
cen al cabo la revoluci6n mds terrible que ban conocido los si- 
glos. 

Andlogas soluciones entrafta la doctrina de Dupont-White. 
En una sociedad progresiva, dice (1), por muy grande que sea la 
acci6n del gobierno hay una cosa que es siempre derecho exclu- 
sive del individuo: el pensamiento. El Estado podrd intervenir 
en aquellos actos materiales y aun en aquellas relaciones de que 
puedan surgir conflictos. Pero, como los hombres no pueden 
daftarse tanto cDn la libertad de hablar como con la de obrar, 
scrfa una intrusi6n injusta la intervenci6n del Estado en la regi6n 
de las ideas. Sin embargo, la idea puede tambi^n producir males, 
pues, si bien no obra por si directamente, puede llevar d producir 
ciertos hechos. En tal sentido no ha de pedirse para ella la impu- 
nidad, sino s6lo la libertad, por virtud de la cual es el hombre 
responsable de sus actos y susceptible de represi6n. Todas las 
inteligencias tienen igual derecho d expresar su contenido y 
nadie, que no sea infalible, tiene derecho d imponerse d los 
demds, so pretexto de que se hallan expuestos al error. Pero la 
libertad del pensamiento no implica que el Estado deba abstener- 
se de toda acci6n sobre los espiritus. Por el contrario, esta acci6n 
puede ser casi siempre conveniente: en los pueblos incultos, 
porque el gobierno es en general menos grosero que los sdbditos; 
y en los civilizados, porque el gobierno estd en ellos constituido 
por las superioridades y es por lo mismo mds culto que la masa 
de los ciudadanos. Mas la acci6n del Estado no debe llegar nunca 
d reglamentar el pensamiento impidi^ndole progresar. Y tanto 
se halla esto en la conciencia de los gobiemos que raramente le 
ponen trabas, sin6 es por m6viles egoistas. Asf se v^ por todas 
partes cudn facilmente toleran aun aquellas mismas ideas que 



(I) V. DIrtdivUu et I'Etat, pdg. 209 y sig. 



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- 137 — 

trastornan 6 pueden subvertir las bases del orden social, la reli- 
gi6n y la moral, y qu^ celo y q\x€ energlas desplegan contra el 
mds mfnimo ataque al Estado 6 su gobierno. 

Benjamin Constant defiende tambi^n la libertad de imprenta, 
principalmente contra la censura previa. Segiin ^1, la restric- 
ci6n de la libertad de imprenta se ha querido excusar con la 
suspensi6n de las garantias constitucionales, generalmente admi- 
tida; pero, entre todas las libertades, la de imprenta es la 
tinica que no puede suspeAderse, porque es el linico medio para 
corregir el abuse posible de la suspensi6n de aquellas. Si la 
libertad de imprenta se suspende, aun quedando en pi6 las demds 
garantias, serin estas una salvaguardia poco segura, porque 
pueden ser violadas con mayor facilidad. Conceder por otra 
parte A la autoridad el derecho de prohibir la manirestaci6n de 
las opiniones implica reconocerla tambi^n el de determinar las 
consecuencias de tales opiniones, el de hacer conjeturas 6 induc- 
ciones, el de razonar, tomando sus propios raciocinios por hechos 
positives, consagrando de este modo lo arbitrario y facultando 
d los gobernantes para hacer mal siempre que quieran hacer 6 
hagan malos raciocinios; corao si los hombres d quienes se con- 
fie el derecho de juzgar las opiniones ajenas no fueran tambi^n 
susceptibles de la injusticia 6 del error. Ademds los ataques diri- 
gidos contra la lib^tad de los escritos s61o han dado por fruto 
dxasperar d los autores, obligarles A recurrir A indirectas y 
alusiones, acaso mds perjudiciales, por ser encubiertas, dar 
margen A la circulaci6n de producciones clandestinas, siempre 
peligrosas y atrevidas, foraentar la avidez publica por medio de 
cuestiones personales y principios sediciosos y, en fin, dar una 
importancia excesiva A las obras que se han prohibido. 

Las leyes prohibitivas crean ademds los delitos ficticios que 
se ponen A la par de los naturales y oscurecen las ideas de la 
moralidad. La calumnia, la difamaci6n, las provocaciones A la 
revoluci6n son acciones culpables por su naturaleza. La publi- 
caci6n de un libro que no ha sufrido la previa censura, es decir, 
el acto de manifestar su opini6n sin haberla sometido A la de 
otro no es un delito, sino porque la ley lo ha creido tal. 

Considerado este asunto con respecto al interns de la liber- 
tad y de la seguridad individual, es indudable que la linica ga- 
rantfa de los ciudadanos contra la arbitrariedad es la publicidad, 
y la publicidad mis flcil y mds regular es aquella que los peri6- 
dicos procuran, Puede (Jarse lugar A arrestos ilegales y A des- 

18 



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_ ,38 - 

tierros que no lo scan m^nos, & pesar de la mds bi^n formada 
constituci6n. (Y qui^n los conocerd si se comprime la libertad 
de imprenta? El mismo jefe del Estado puede ignorarlo; y si se 
conviene en que es litil que los conozca, i& q\x6 es poner obstd- 
culos al medio mds seguro y rdpido que hay de denunciarlos? 

El linico argumento plausible empleado hasta aqul para res- 
trinjir la justa libertad de la imprenta, que consiste en decir que 
"las restricciones son necesarias para prevenir los abusos,„ 
pierde toda su fuerza, cuando por una aplicaci6n conveniente de 
la ley se ha demostrado que no se puede abusar de la imprenta 
sin incurrir en un castigo merecido (1). 

Oigamos ahora A los defensores de la censura previa. 

"La libertad, dice Hermosilla, es mayor con la ley de la 
censura que con las Uamadas represivas. 

„Esta, que & primera vista puede parecer paradoja, es una 
verdad innegable y muy fdcil de probar. ^Puede negar alguno 
que en cualquiera clase de acciones, cuanto menor es la coacci6n 
con que las ejecUtamos, mayor es la libertad? 

„Cuanto menor es el daflo que nos amenaza si ejecutamos 
una acci6n, tanto menor es la coacci6n con que se sujetan 6 
reprimen nuestro deseo 6 voluntad. Es asl que el daflo con que 
se amenaza en las leyes que establecen la censura, es mucho 
menor que el que resulta de las que se llaman represivas, 
luego la coacci6n es menor en el primer caso que en el se- 
gundo. 

„Se replicard sin duda: ^Pues c6mo, siendo mayor la libertad 
en la previa censura que en la represi6n posterior, se imprimen 
y publican muchas mds obras de todas clases en los paises de 
leyes represivas que en los sujetos A la llamada de censura? 
Porque las Uamadas represivas son un trampantojo bien imagi- 
nado para dar A entender que se quiere reprimir los abusos de la 
imprenta; pero en realidad se destinan d favorecer la impunidad 
y la licencia de la facci6n dominante, y d tiranizar con ce- 
tro de hierro la libertad de todos lo3 que no pertenecen & la 
secta. 

n Ademds, aun concediendo que bajo las leyes represivas se 
imprime mds que en los tiempos de censura, faltarfa examinar si 
esta superabundancia es ventajosa; por que, si eso mds que se 
publica es perjudicial 6 iniltil, serfa preferible la anterior esca- 



(i) Benjamin Constant.- -Z^fAo. eomstit. trad, por Lopez. Tomo II, p£gi- 
nas 1727 254. 



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— 139 — 

sez de nuevasproducciones. En esta materia como en tantas otras 
no es lo mucho, sin6 lo bueno, lo que necesitan las naciones. 

„La censura previa es por lo m^nos m^s ventajosa al Estado 
que las leyes represivas. 

„En cuanto al interns general, es mds claro que la luz del 
medio dia. En la suposici6n de que se haya de estorbar la propa- 
gaci6n de malas doctrinas, se conseguird esto m^ f^cil y segu- 
ramente, examinando los escritos antes de su publicaci6n, que 
despu^s de publicados. 

„En primer lugar, la experiencia tiene demostrado que, si 
por no haber previa censura para los escritos que la reclaman 
Uega A publicarse una obra perjudicial, estl ya extendida y 
divulgada cuando el magistrado, advertido de su perversidad, 
manda suspender su venta y circulaci6n, y de consiguiente estl 
ya el daflo hecho cuando se acude con el remedio. 

„En segundo lugar, si seguidos los tr^mites del juicio'es con- 
denada la obra, la parte de la sentencia relativa d recojer los 
ejemplares expendidos queda necesariamente ilusoria; porque la 
misma condenaci6n excita la curiosidad, hace c61ebre el'escrito, 
y rarisimo es el que, teni^ndole ya, se desprende de su ejemplar 
en obsequio de la ley. 

„Ademds, el recojer los ejemplares, aun sin tomar en cuen- 
ta lo odioso de las pesquisas domiciliarias, linico arbitrio que pu- 
diera emplearse con ^xito algo dudoso, envuelve siempre la in- 
justicia de privar al individuo de una propiedad adquirida de bue- 
na f^, en tiempo hdbii, y bajo la protecci6n de la ley, que permi- 
te comprar todo libro que no ha sido ya expresamente condenado. 

„En tercer lugar, ^no es un principio general, una maxima 
de prudencia politica adoptada por todos los le^isladores anti- 
guos y modernos, que en materia de crimenes vale mds preve- 
nirlos que castigarlos? Pues apliquese el principio d los delitos de 
imprenta. Se dird que la regla tiene algunas excepciones; pero 
estas mismas confirman, como se verd, la regla que establece- 
mos. Las excepciones, bien analizadas, son las siguientes: 1* 
cuando la acci6n es buena en sf misma no se debe prohibir por 
el solo temor de que pueda servir como de medio 6 instrumento 
para cometer im crimen: 2* cuando la acci6n parece indiferente 
y no hay razonable temor de que se convierta en abuso perjudi- 
cial, no debe prohibirse por la remotfsima sospecha de que uno 
t, otro individuo pueda aprovecharse del permiso para causar al- 
gun daflo: 3* una acci6n puede ser indiferente en sf misma; pero 
de tal naturaleza que el abuso consiguiente sea no s61o po3iblei 



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— 140 — 

sind verosfmil, probable y casi seguro en la mayor parte de los 
casos. Estas deben prohibirse en su generalidad, salvo ei conce- 
der permisos particulares. 

„Estos son principios admitidos en toda legislaci6n. ApU- 
quense pues d la de imprenta, y resultar^n de ello estas dos re- 
glas: 1* No se sujeten d previa censura, por el lejano temor de 
que puedan tener raalas doctrinas, aquellas obras en que es ca- 
si iraposible que se hallen, y en que, de hecho, rarfsima vez se 
encuentran. Tales son las que tratan de oficios, artes y ciencias 
materadticas y fisicas. 2* SUj^tense al mds riguroso exdmen to- 
das aquellas en las cuales es muy fdcil 6 probable que se hallen 
doctrinas, 6 absolutamente perjudiciales, 6 d lo menos de que se 
pueda abusar por error 6 mala inteligencia en dafto de la socie- 
dad. Tales son los libros en que se tratan materias de religi6n 6 
de gobierno, y los de pasatiempo, que mds 6 menos se rozan 
siempre con la moral (1).„ 

Sentado por nosotros que la emisi6n y publicaci6n de las 
ideas es un derecho, porque es el primero y mds importante me- 
dio de comunicaci6n entre los hombres, y ^sta, ccndici6n indis- 
pensable del perfeccionamiento gocial, para saber hasta donde 
llega tal derecho y cuales son sus Ifmites racionales, preciso es 
fijar antes algunas proposiciones indiscutibles y hacer la distin- 
ci6n conveniente entre las varias materias sobre que puede 
versar el pensamiento. 

El hombre tiene obligaci6n de ser veraz, y como este deber 
le ha sido impuesto por la ley moral, d la que no puede oponerse 
el derecho, el hombre no tendrd jamds derecho d propagar el 
error conscientemente. El error, aun inconscientemente propa- 
gado, puede trascender d la vida pdblica y social, 6 ser indiferen- 
tepara^sta, segiin el cardctery la importancia de la doctrina 
sobre que recae. Cuando el error trasciende d la vida piiblica, no 
puede ser indiferente al Estado, cuya misi6n es conservar en la 
sociedad el orden jurldico y el moral. El derecho del hombre d 
emitir y publicar sus ideas ha de estar, por consiguiente, en ar- 
monia con el derecho del Estado d velar por el bien publico y por 
la defensa de los derechos sociales. Cuando entre el derecho del 
individuo y el del Estado pareciere haber pugna, d 6ste, como en- 
tidad superior y 6rgano unico para declarar y aplicar el derecho, 
corresponde resolver el conflicto. Como el derecho se refiere 



(i) v. Hcrmosilla. — El yacoHnismOy Tomo I, pigs. 358 y siguicntes. 



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— 141 — 

linicamente d las relaciones sociales 6 entre los hombres, todo 
lo que diga relaci6n d la vida meramente individual, y todo lo que 
no afecte directa 6 Indirectamente A los fines c^l Estado serd ex- 
trafio d su acci6n. Por el contrario, cuantom^sse relacione un 
hechohumano cualquiera con la vida social 6 con el derecho, 
para cuyo cumplimiento fu6 instituido el Estado, mayor ser^ la 
intervenci6n que A ^ste corresponda y mds limitado el derecho 
del individuo enfrente del pcder piiblico. Ahora bien: las ideas, 
el pensamiento y las doctrinas comunicables entre los hombres 
. pueden trascender A la vida publica y social y ejercer influencia 
en la jurfdica, ora por la materia sobre que versan, ora por la 
forma y tiempo en que se trasmiten: unas tienen trascendencia 
por supropia naturaleza, y otras la tienen s61o en algunos casos 
por virtud de las circunstancias. De donde se infiere que el Estado 
no tiene las mismas atribuciones respecto A todas las doctrinas, 
ni respecto A todas las publicaciones. Es por lo mismo necesario 
distinguir entre unas y otras; pero s61o para lo que A nuestro 
propdsito interesa, es decir, en lo tocante A la vida jurfdica. Co- 
mo ^sta se subordina d la moral, puesto que el derecho, segiin 
digimos, es medio para el fin humano, toda manifestaci6n de 
pensamiento 6 doctrina contrarios A la ley moral puede y debe 
ser prohibido por el Estado, y sobre este punto no hay discusi6n 
racionalmente posible, basada en el modo de entenderla ley mo- 
ral, porque esta ley es igualmente conocida por todo s6r racio- 
nal no extraviado por el apetito 6 la soberbia. La ley moral tie- 
ne su fundamento en las relaciones entre la criatura racional y 
su Criador, y ccmo el conjunto de estas relaciones y de las 
creencias respecto A ellas constituye la religi6n, por estar su- 
bordinado el derecho A la moral, lo estar^ tambi^n A la religi6n 
y el Estado, por consiguiente, podrd y deberd prohibir toda ma- 
nifestaci6n 6 publicaci6n del pensamiento contrario A la religi6n. 
Pero el dogma religioso no es para todos tan evidente como la 
ley moral, y de aquf la diversidad de religiones, aan en los mis- 
mos pueblos cultos, cosa que no sucede con los preceptos mora- 
les de la ley natural, admitidos universalmente; por donde, no 
siendo igual el criterio en materias religiosas, el derecho del Es- 
tado, enfrente del invocado por los individuos, habvA 16gicamen- 
te de ajustarse A los principios religiosos que profese, dejando 
completa libertad, si la religi6n aceptada como verdadera es libre 
pensadora, 6 impidiendo toda manifestaci6n contraria A las 
creencias religiosas, cuando el dogma, ademds de ser conforme 



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— 142 • 

con la ley moral, dedara, que s61o en 61 se halla la verdad (1). 
Esto se ha de entender de las doctrinas notoriamente relaciona- 
das con la moral 6 con la religi6n, pues claro estd que aquellas, 
cuya relaci6n no sea evidente, ni indiscutible su certeza, ni con- 
cretamente declarada su falsedad por la autoridad competente, 
salen de los Umites de la acci6n del Estado y debe ser libre su 
emisi6n, por lo menos al examinarlas bajo tal punto de vista. 

Aparte las doctrinas morales y religiosas, indiscutibles de 
suyo, las morales por ser comunes y admitidas por todos los 
hombres y pueblos cultos, y las religiosas en cuanto el Estado 
las admite como verdaderas, todas las demds doctrinas, desde 
las sociol6gicas y polfticas hasta las referentes & procedimientos 
mds 6 menos litiles en las artes mecdnicas, son 6 pueden ser ra- 
cionalmente objeto de controversia, y no hay ni nadie reconoce 
autoridad alguna en la tierra para decidir sobre tales materias'. 
El Estado, por consiguiente, no puede con justicia impedir la ma- 
nifestaci6n del pensamiento en estos asuntos, A menos que por 
el modo y forma de publicaci6n se subvirtiera el 6rden social y 
juridico, se excitara d la rebeli6n, se atacara d las instituciones 
6 minaran las bases fundamentales del Estado, pues en caso tal, 
<§ste, como toda otra persona y aun mds que las personas indivi- 
duales, tiene derecho d defenderse en su existencia y en su mo- 
do de existir. 

Pero no basta afirmar que el Estado .puede limitar en su 
ejercicio el derecho que nos ocupa: la principal cuesti6n es, como 
lo indican las teorias expuestas anteriormente, la de saber si el 
Estado puede intervenir por medios preventivos 6 emplear s61o 
medidas represivas. Nosotros nos pronunciamos sin restricciones 
por las liltimas, porque todos los medios preventivos ideados 6 
aplicados hasta la fecha, 6 son contrarios al derecho, 6 son iniiti- 
Ics y vejatorios. Reconocemos que serla mejor prevenir el mal 
que corregirle; pero la aplicaci6n de tal principio es en la prAc- 
tica imposiblejurfdicamente, estoes, sin lesionar derechos leglti- 
mos 6 sin abrogarse el Estado los que no le corresponden. En 
efecto, sobre la previa censura ya hemos visto, por las doctrinas 
citadas, cudn poco se aviene con la justicia y con la piiblica con- 
venicncia; y respecto d la caucidn 6 depdsito previo, que exigen 
d veces los gobiernos para prevenir los desmanes de la publici- 



(i) Viase lo dicbo en las pAgs. 67 y siguientes respecto i las relaciones del 
Es tado con la religion. 



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- Hi - 

dad, sobre todo de la prensa peri6dica, es innegable, como dice 
Lacombe (1), que constituyen un verdadero privilegio d favor de 
los ricos, sin que obste protestar que la cauci6n es el \inico me- 
dio de asegurar la responsabilidad pecuniaria en que pudieran 
incurrir los infractores de la ley, pues la misma raz6n habria 
para exigir cauci6n por el uso de la p'aiabra, mds pernicioso ca- 
si siempre para la honra y cr^dito de las personas, porque la 
murmuraci6n se oculta en la sombra y puede difamamos sin sa- 
berlo, lo que no sucede con la prensa. La cauci6n, en realidad, 
es un medio indirecto de limitar el niimero de peri6dicos y tie- 
ne acaso su fundamento en que las ideas subvef sivas y los agi- 
tadores hallan mds fdcilmente eco en las clases bajas, que en las 
acomodadas. Tambi6n los derechos de timbre^ impuestos d las 
publicacioneg peri6dicas y que no deben confundirse con el fran- 
queo, son injustos, porque tal exacci6n es la mds crecida pro- 
porcionalmente y en relaci6n con el subsidio exigido de las de- 
mds industrias, que no xse impone sobre cada producto indivi- 
dualmente tornado, sin6 en conjunto. Lo mismo puede decirse 
de la autorwacidn previa, que p5drfa hacer imposible la prensa 
de oposici6n; de la suspensidn y supresidn de los peri6dicos 
despues de uno 6 varios apercibimientos por la autoridad guber- 
nativa, lo que pondria la opini6n d merced de los gobiernos, y 
de otras medidas andlogas, cuyo examen no hacemos por ser 
materia mds propia del derecho administrativo. 

En suma; todos los politicos serios reconocen al Estado el 
derecho de impedir el mal; pero este derecho no debe ejercerSe 
arbitrariamente sin consideraci6n d los individuos, y para evitar 
toda arbitrariedad deben apreciarse las diversas condiciones y 
circimstancias no s61o de las publicaciones, sin6 tambi^n de los 
lectores d quienes estdn principalmente destinadas, debiendo ser 
distintas las disposiciones legales, segiin que las publicaciones 
sean cientfticas, literarias, polfticas, religiosas, morales 6 de 
puro pasatiempo, y segun que hayan de ver la luz piiblica pocas 
6 muchasveces, diaria 6 peri6dicamente. En todo caso, las auto- 
ridades judiciales son las linicas competentes para resolver los 
conflictos que pudieren surgir entre los derechos del individuo y 
los de la administraci<3n, pues de encomendarse d ^sta vendria d 
ser juez y parte en propio asunto. No debe tampoco perderse de 



(i) Mes droits^ pigs, 7y digs. Paris 1869. 



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— 144 -' 

vista que en materia de responsabilidad criminal s61o puede 
exigirse racionalmente por los delitos definidos de un modo 
concreto y con anterioridad por el legislador. 



II— DERECHO DE PETICI6n 



Considerado este derecho en toda su extensi6n 6 de un 
modo general es, segiin Rossi (1), "la facultad que compete A toda 
persona para dirigirse A los poderes sociales, & las autoridades 
constitucionales, para hacerles conocer tal 6 cual hecho, tal 6 
cual estado de cosas y para reclamar su inter venci6n.„ 

Este derecho debe concederse dentro de ciertos Ifmites d to- 
dos los ciudadanos porque, siendo el fin de la sociedad civil y la 
primera obligaci6n de los gobiernos procurar la felicidad gene- 
ral de todo el cuerpo politico y la particular de sus miembros, 
todos pueden exigir con justicia que se oigan sus reclamaciones, 
que se atiendan sus quejas, si es que tal medio puede conducir- 
16s d su bienestar. 

Lo mismo puede afirmarse de todas las clases, sociedades y 
corporaciones reconocidas por la ley; porque, siendo personas 
jurldicas, son otros tantos miembros orgdnicos del Estado y de- 
berdn tener en su caso y lugar, y para sus necesidades ^ intere- 
ses colectivos, la misma libertad y derechos que los individuos 
fisicos tienen en su clase, pudiendo por tanto formular quejas y 
peticiones sobre todos los objetos que les conciernen ^ interesan. 

S61o A los militares es justo prohibir que hagan colectiva- 
mente peticiones, aunque se les perraita representar individual- 
mente, como d los demds ciudadanos. Esta excepci6n estd fun- 
dada en que las peticiones hechas por colectividades armadas 
mds parecen imposiciones y entrafian un grave peligro para la 
tranquilidad piiblica por la amenaza que envuelveil. 

En cuanto d las corporaciones pollticas no reconocidas le- 
galmente 6 que buscan en su existeiicia el triunfb de tal 6 cual 
sistema politico, no cabe duda que, aun dado que se les permita 
reclamar contra los abusos autoritarios 6 de otro g^nero de que 
puedan ser objeto, de ningun modo debe conced^rseles dirigirse 



(i) Cours dc Droit Const, Tomo III, pig. 164. 



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- 145 — 

al poder legislative, porque las leyes deben proponerse siempre 
el interns general sin inspirarse jamds en bastardos y mezquinos 
intereses de partido. 

Acerca de las corporaciones populares, no obstante que co- 
mo reconocidas por la ley pueden hacer peticiones, ^stas deben 
concretarse A lo que fielmente representa su misi6n. Encarga- 
das de mirar por los intereses locales, ya del municipio, ya de la 
provincia, d esto solo deben limitarse. Podrto, en consecuencia, 
pedir al gobiemo y al poder legislativo cuanto crean convenien- 
te A la prosperidad del pueblo 6 provincia cuya administraci6n 
les estd encomendada; quejarse de lo excesivo de los gravdme- 
nes ^ impuestos y reclamar su disminuci6n; hacer presentes los 
inconvenientes y perjuicios que puedan resultar de la ejecuci6n 
de alguna orden 6 aplicaci6n de alguna ley, y exponer las nece 
sidades locales que deben satisfacerse. Las represent aciones po- 
llticas de cualquiera clase que sean desnaturalizan estas corpo- 
raciones y las exponen d ser victimas del oleage de las pasiones, 
por no haber sabido conservarse en su esfera propia. 

El derecho de petici6n puede, como todos, originar abusos. 
Provocadas artificiosamente las peticiones por los gobiernos 6 
por los manejos de los paitidos, sirven de pretexto para sustituir 
el voto libre, razonado € imparcial de los hombres sensatos 6 
ilustrados con la opini6n ciega y apasionada de la muchedumbre 
ignorante, y asf sucedi6 en la revoluci6n francesa, durante la 
cual los emisarios y agentes secretos del gran club revoluciona- 
rio promovian peticiones sin cuento para hacer pasar como aspi- 
raciones del pueblo las innovaciones y reformas que se proyec- 
taban. Ademds las peticiones colectivas, aun siendo espontaneas 
y numerosas, no siempre soh eco fiel de la opini6n y de la volun- 
tad general, y aun si^ndolo, no conviene dar al pueblo, incom- 
petente en su mayorfa, la iniciativa de las leyes en negocios de 
Estado y en asuntos de alta polltica, ni tampoco hacer piiblicas 
semejantes peticiones por medio de la prensa, porque, 6 el go- 
bierno accede A lo solicitado, 6 no. En el primer caso es inconve- 
niente para la popularidad de los gobiernos dar publicidad A una 
petici6n que no han de atender; y si accede, es poco politico, su 
prestigio se merma, porque parece, 6 falto de iniciativa y nece- 
sitado del estfmulo de los gobernados, quienes le indican el ca- 
mino que debe seguir, 6 d^bil ante la importunidad de los peti- 
cionarios y como cediendo A la fuerza. 

"Aun admitida en teorfa y concedida la soberania del pue- 

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bio, no puede reconocerse en la prdcttca el derecho de interven- 
cidn que se quiere dar A la plebe en los negocios generales. Con- 
cedamos en efecto que las naciones deban elegir diputados 6 
representantes que hagan las leyes, creen ^ mstalen los magis- 
trados, determinen sus facultades, vigilen su conducta y los 
residencien cuando haya m^ritos para ello £se sigue de aquf que 
una vez hechas las leyes> creadas las nfiagistraturas, y estando 
estas ejerciendo legalmente la autoridad delegada, tienen todavfa 
los ayuntamientos y corporaciones el derecho de intervenir ac- 
tualmente en las operaciones del gobierno y dictarle lo que ha de 
hacer? £Qu6 otra cosa serla esto que conceder al pueblo el ejer- 
cicio actual, permanente y perpetuo de la soberania, cosa que 
los mismosjacobinos ni pretenden ni se atreven A sostener, por- 
que el absurdo salta A los ojos? ^No dicen sus escritores que la 
soberania, que atribuyen A las naciones, es una soberanfa radi- 
cal; que en virtud de 6sta pueden aquellas nombrar personas 
que decreten las leyes y las hagan ejecutar; pero que una vez he- 
cha dsta solemne delegacidn de la soberanfa actual, no le queda 
ya al pueblo otro derecho que el de levantarse contra sus man- 
datartos, si son infieles, revocarles sus poderes, pedirles cuenta 
de su administracidn y castigarles si lo raerecen? £C6mo se quie- 
re, pues,que mientras estosejercen legalmente la autoridad de- 
legada; mientras que el pueblo no se la quita; mientras 6ste se 
halla contento y bien arenido con su administraci6n y no se le- 
vanta contra ellos y los depone, haya de tener, sin embargo, el 
absurdo, ridiculo y funesto derecho de venir todos los dias d in- 
terrumpirsus tareas con imperthfjentes consejos? (1)„ 

Los Mcnites naturales del derecho de petici6n son, segto 
Bluntschli: P que s61o se ejerza por personas poUticamente ma- 
yores de edad, porque, siendo ^ste un derecho personal, s6lo 
puede correspoftder A personas reales, que tengan opini6n propia 
y que se halten en estado de manifestarla: 2® que la autoridad A 
quien se dirija la petici6n sea la competente para conocer del 
asualo objeto de aquella: 3^ que seguarde, al hacerla, el respeto 
y con^eracidn debidos, tanto A los poderes constituidos, cuya 
autoridad se invoca, como A la conveniencia publica y d las bue- 
nascostumbres. 



(i) Hermosilla. £/ yacobinhmo. To mo lit, pdgs. 399 d 440* 



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— 14? — 



III — MSRECHOS DE REUNI6N Y ASOCIACI6N 



A nadie se ocuUa que el hombre faalla en el concurso de sus 
semejantes medios seguros de suplir su insHficiencia; que la con- 
currencia de voluntades hacia im objeto comiin awnenta prodi- 
giosamente el alcance de las fuerzas individuales, y que la frase 
unidH es/uersuy comprobada per la experiencia, ha venido A set 
una maxima de vida 6 una regla de conducta. 

No ser^, pues, necesario demostrar que todo hombre tiene 
derecho d reunirse y asociarse con otros hombres, si estos he- 
chos pueden contribuir, como medios 6 condiciones naturales, & 
la realizaci6n de algunos fines humanos. Esta verdad incuestio- 
naWe no hubiera sido contradicha, si siempre se hubieran em- 
pleado tales medios para conseguir fines licitos; pero desgracia- 
damente el hombre trastoma muchas veces el orden de la natu- 
raleza, abusando de lo mismo que se le ha concedido para labrar 
su felicidad. Por lo mismo no parecerd extraflo que derechos tan 
inconcusos, como los que ahora nos ocupan, hayan sido objeto 
de controversia. Pero antes de discurrir sobre su legitimidad, 
veamos en que consiste. 

Por reum'dnse entiende la concurrencia de individuos en un 
punto dado sin compromisos previos, ni intenci6n expUcita de 
cooperar A un fiTn determinado. 

Asoctacidn es, en rigor, el acto por el que varias personas 
se comprometen A trabajar 6 procurar de consuno la realizaci6n 
de un fin propuesto; y tambi^n se llama asl al mismo conjunto 
de personas que se proponen un fin comun. 

Para determinar hasta donde llegan respectivamente el de- 
recho del individuo y el del Estado en esta materia, lo primero 
es distinguir las reuniones piiblicas de las secretas. 

En cuanto A dstas liltimas, prescindiendo del objeto que se 
propongan, de su bondad 6 malicia, y de todas las demds cir- 
cunstancias que en ellas puedan concurrir, es innegable que el 
Estado tiene derecho A prohibirlas, porque, siendo desconocidos 
sus fines y sus medios, son 6 parecen un peligro inminente para 
el orden 6 para la moralidad, pues, si tales reuniones se pro- 
ponen un fin honesto, digno y noble, no hay ni puede haber ra- 
z6n alguna para ocultarse, excitando el temor 6 las sospechas 
de los timidos y recelosos, y porque si en estas reunioaes se tra- 



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- us - 

ta de ilustrar d los congregados, de educarlos y fortalecerlos en 
la virtud moral 6 civica, tal enseflanza, tal educaci6n y doctrina, 
tal medio de mejorarse, no se debe escatimar d nadie y, sobre 
todo, no parece racional velarlo con la sombra del misterio, pu- 
diendo ser su ejemplo tan util y beneficioso. 

En orden d las renniones ptiblicas debe hacerse distinci6n 
entre las indiferentes y aun litiles por su misma naturaleza, y 
las que pueden ser peligrosas 6 estdn por su constituci6n espe- 
cial rods expuestas d serlo. 

Las primeras, siendo transitorias, relativas dla vida privada, 
y proponi^ndose casi siempre el honesto recreo, son propias de 
toda sociedad culta y hasta ellas no debe llegar nunca la acci6n 
de los gobiernos en circunstancias ordinarias, d menos que por 
el cardcter de las personas reunidas li otros especiales se hicie- 
ran realmente peligrosas, pues en tal caso la conservaci6n del 
orden social es la primera ley de toda sociedad y conforme d 
ella debe obrar el poder piiblico. 

Todos los ciudadanos tendrdn, pues, derecho d celebrar es- 
ta clase de reuniones sin necesidad de obtener permiso de la au- 
toridad, porque todos indistintamente pueden hacer sin autori- 
zaci6n expresa lo que no les estd prohibido por la moral ni por 
la ley. 

Otro tanto pudi^ramos decir de las reuniones que, propo- 
ni^^ndose igualmente fines privados, se celebran peri6dicamente. 
Sin embargo, el cardcter de permanencia, que revisten por su 
periodicidad, las constituye en verdaderas entidades sociales, 
cuya existencia no debe pasar desapercibida para los gobiernos 
encargados, por la funci6n reguladora del Estado, de conservar 
d toda entidad social su esfera propia de acci6n. Habrd tambi^n 
algunas de estas reuniones cuyos fines, siendo particulares, es- 
tdn relacionados fntimamente con el fin social, y en este caso, 
aunque la acci6n del poder publico no debe hacerse sentir en 
ellas, puede y debe vigilar para que no sean germen de pertur- 
baciones y trastomos. Tales son, por ejemplo, las reuniones en 
que se discuten los principios fundamentales que sirven de base 
d la sociedad y donde se controvierte la bondad y justicia de las 
leyes. 

El deret^ho de celebrar reuniones que principalmente afec- 
ten d la vida privada, se presenta mds bien como natural, que 
como politico, por los fines que aquellas se proponen, aunque 
^stos hayan de cumplirse en el Estado. 

No asi en las reuniones poUticas, cuyo objeto no es ya discu- 



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— 149 — 

tir en abstracto la bondad 6 malicia de las leyes, sind los actos 
de I9S gobemantes y los proyectos del poder. Esta clase de reu- 
niones, s61o compatibles con el sistema politico de la representa- 
ci6n nacional, no tienen su furidamento directo en la naturaleza, 
sin6 en la ley poUtica que las consiente. A ella, pues, debe su 
origen este derecho y ella habrd de fijar sus limites y restriccio- 
nes, teniendo en cuenta siempre la organizaci6n fundamental del 
Estado. Examinadas no obstante en general, pueden ser estas 
reuniones poderoso medio de educaci6n polltica en los pueblos 
cuyos ciudadanos son llamados d intervenir en la gesti6n publica; 
asl como son tambi^n en ocasiones semilla perenne de des6rde- 
nes, de trastornos y revueltas. 



IV — DERECHO DE RESISTENCIA A LA OPRESl6x 



El fundamento de este derecho estd en la misma raz6n que 
hace necesario el poder publico. Si 6ste es condici6n y medio 
para que la sociedad cumpla su destino, y las personas investidas 
de este poder se alejan del fin social de un modo notorio y per- 
manente, por ignorancia 6 por malicia, ya atentando sistemdti- 
camente contra los individuos y sus derechos, ya empleando los 
recursos y fuerzas sociales con un fin particular, necesario es 
poner una cortapisa A los atentados del f)oder y buscar un reme- 
dio al mal social que producen; y este remedio no es otro que la 
resistencia de los siibditos, en una 6 en otra forma, segOn las 
circunstancias. 

Tres grados pueden concebirse en la resistencia: 1^ La 
resistencia pasiva^ que es sin6nima de desobediencia y que con- 
siste en oponer d los mandatos injustos una inercia invencible. 
Esta resistencia pasiva, no puede confundirse con la abstenci6n 
en las elecciones, porque las elecciones suministran g^neralmen- 
te el medio de obtener la reforma de los agravios de que uno se 
queja: 2^ La resistencia legale que emplea medios de derecho y 
puede usarse fdcilmente en un pais constitucional. Para su ejer- 
cicio es necesario dejarse gobemar por la raz6n y no por las 
pasiones, conocer las leyes del pais, y habitar una comarca donde 
el espfritu politico est^ difundido en todas las clases de la socie- 
dad. En algunos paises la resistencia legal comprende la resis- 
tencia al pago de contribuciones: 3** La resistencia violenta^ que 



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— ISO ^ 

comienza por la insurrecci6n y concluye, si triunfa, por una 
revolucidn. La resistencia violenta es un medio raramente nece- 
sario, y tal vez nunca en los paises constitucionales donde hay 
vias legales para obtener la enmienda de los agravios. 

Dificil es decidir cuando se ejerce justamente. "Cualquiera 
opini6n que se aventure sobre esta materia, ha dicho B. Cons- 
tant, est^ expuesta d dificultades insolubles. iSe dice que no debe 
obedecerse & las leyes sin6 en cuanto son justas? Pues se autori- 
zardn las resistencias mds insensatas 6 m^s culpables; la anar- 
qufa se extender^ por todas partes. £Se dice que es necesario 
obedecer d la ley, en cuanto es ley, independientemente de su 
contenido 3^ de su orfgen? Pues se condenard d obedecer los 
decretos mds atroces y & las autoridades mds ilegales (1).„ 

Sin embargo hay algunas ocasiones en que el hombre puede 
legitimamente resistir A la opresi6n, y que debemos determinar. 

Al hacerlo prescindimos de la resistencia meramente pasi- 
va que los particulares y los pueblos pueden y deben oponer A 
los preceptos contrarios d la moral; fijdndonos linicamente eft el 
caso de que' las ordenes del gobierno, sin ser contrarias A la mo- 
ral ni d la religi6n de los siibditos, sean notoriamente perjudicia- 
les, para averiguar si en tales casos podrdn los gobernados no 
s61o desobedecer lo mandado, sin6 hacer armas contra el poder 
constituido para derrocarle y reemplazarle con otro. 

Para resolver esta cuesti<5n preciso es distinguir los gobier- 
nos legitimamente constituidos de los ilegftimos; y respecto de 
los legltimos hay que distinguir tambi^n entre la adquisici6n del 
poder, y la buena 6 mala administraci6n. 

Cuando los gobiernos se constituyen por una revoluci<5n in- 
testina, provocada para derribar al anterior, los deberes y dere- 
chos con relaci6n A estos gobiernos varlan segdn que se trate de 
hombres pilblicos 6 de simples particulares, y de corporaciones 
6 de»individuos, teniendo siempre en cuenta las circunstancias 
particulares que en la revoluci6n han ocurrido y los medios em- 
pleados por el gobierno para llegar al poder. 

Cuando el gobierno legitimo derrocado consiente volunta- 
riamente en la innovaci6n introducida, el nuevo gobierno se le- 
gitima por este solo hecho: mds si el gobierno anterior cede d la 
fuerza, protestando de la usurpaci6n y resistiendo en cuanto pue-. 
de, los siibditos, de cualquiera clase que sean, estdn obligados & 



(i) £dici6ii LaboaUye, T. II, pAg. 35S.— Paris, Guillaamin. 



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rechazar la violencia ayudando al poder legltimo y oponi^ndose 
& la fraccidn usurpadora; sin que obste decir que ^sta tiene A su 
favor el voto de la mayoria, pues, aun concediendo el principio 
en que se funda la soberania nacional, seria imposible averiguar 
de 4ue parte se halla el voto libre y concienzudo del mayor 
niimero en medio de los temores, recelos y coacciones inheren- 
tes A toda revoluci6n. Con todo, cuando la usurpaci<5n se ha en- 
tronizado por completo, y el gobiemo legftimo, abandonado de 
todos y exhausto de recursos, se ve precisado A renimciar defi- 
nitivamente d toda clase de resistencia, el gobiemo usurpador, 
aunque ilegftimo en su origen, llega al cabo A legitimarse por 
la necesidad de dar fijeza A la sociedad y regularizar su mar- 
Gha, en cuyo caso todos sin distiilci6n deben prestarle obedien- 
cia. Mds si la cesi6n es momentanea y para evitar mayores ma- 
les, la obediencia al nuevo gobierno s6lo debe prestarse cediendo 
A fuerza mayor; de modo que es distinto segiin se trate de sim- 
ples particulares 6 de colectividades 6 corporaciones, mds fuer- 
tes por precisi6n que aquellos y que estdn por lo mismo mds 
obligados A oponerse A toda clase de injusticias y atentados. 

Cuando el gobiemo, aun siendo legitimo, se hace verdade- 
ramente opresor, no cabe duda que tanto los individuos como 
los pueblos tienen derecho A oponerse A sus mandatos, y si la 
opresi6n se hace permanente y los gobiernos llegan A convertir- 
S3 entir^icos 6 en d<§spotas, como la opresi6n es injusta y la in- 
justicia es el desorden, el poder, desnaturalizando su misi6n, le- 
jos de contribuir al bien social, le dificulta, y en este caso es Ifci- 
to, no s<51o desobedecerle, sin6 rebelarse contra ^1, puesto que 
falta la raz6n de su existenda^ que consiste en ser condici6n in- 
dispensable para el orden social, como 6ste lo es para la vida de 
la sociedad, y &ta, para la cultura y bienestar del individuo. 

El ejercicio de este derecho puede, sin embargo, degenerar 
en abuso con la mayor facilidad, y tambite es muy fdcil confundir 
la tiranfa, el estado permanente de verdadera opresi6n, con las 
exigencias y hasta injusticias pasageras de los gobiernos, debien- 
do por lo mismo ser muy prudentes al tratar de ejercer este 
derecho, no ya sdlo por la exposici6n de faltar A nuestros deberes 
sociates^ sin6 muy principalmente^ porque los males anejos A las 
revueltas poUticas suelen ser mucho mayores, socialmente consi- 
derados, que los producidos por los atentados del poder. 

Los pollticos cat6licos se dividen al hablar del uso de la 
resistencia activa. Unos sostienen que noes licito dla naci6n 
rebelarse contra el soberano legftimo, m aun en el caso de que 



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— 152 — 

abuse de su poder de un modo intolerable, porque aun en este 
mismo caso el soberano nunca deja de ser superior legftimo, ni 
pierde su derecho. Otros afirman que, cuando el soberano abusa 
injusta y sislemjlticamente de su poder contra la naci6n, dsta 
tiene el derecho de levantarse en armas contra ^1 y derrocarle, 
porque tiene derecho A defenderse contra todo agresor injusto, y 
porque en la colisi6n entre el derecho de la sociedad y el del 
soberano que la gobierna, debe prevalecer el primero como 
superior y mds importante, toda vez que el poder piiblico, y por 
ende el derecho de la persona que le ejerce, es s61o necesario en 
cuanto medio para realizar el bien social. Santo Tomds de 
Aquino sostiene esta opini6n de un modo explicito. "Elgobierno 
tirdnico, dice, no es justo porque no se ordena al bien com\in. 
Por lo mismo, la perturbaci6n de este gobierno no es propia- 
mente sedici6n, sin6 es cuando se vaya contra el gobierno del 
tirano tan desatentadamente que la multitud subordinada sufra 
mds daflo por la perturbaci6n producida que por el mismo go- 
bierno tirdnico. El verdadero sedicioso es el tirano que alimenta 
las discordias y sediciones en su pueblo para dominar mds 
fdcilmente. Y es propiamente sedicioso todo aquello que el tirano 
egoista hace para su bien propio con perjuicio de la multitud (1). 
De donde puede afirmarse con el mismo Santo Doctor que, 
si bien en algiin caso el poder abusivo de los tiranos puede ser 
permitido por Dios como un castigo de los pueblos, tambi^n hay 
ocasiones en que es Ifcito d ^stos emanciparse de un poder aun 
legftimo, pues, aunque algunos gobernantes pudieran decir que 
han recibido de Dios su poder,, sin embargo, cuando abusan de 
^l, merecen que se les quite. Y tanto lo uno como lo otro vie- 
nen de Dios (2). 

Al lado del derecho de los siibditos para resistir d las arbi- 
trariedades del poder, estd el derecho de ^ste para conservar el 
orden, oponi^ndose d los alborotos y trastornos provocados por 
ima insubordinaci6n desatentada 6 por ambiciones desmedidas. 
De aquf los medios que los gobiernos se v^n precisados d 
cmplear en tales casos, y de cuyo examen vamos d ocuparnos. 

Las medidas adoptadas por el poder para hacer cesar la 
resistencia pueden ser de dos clases: ordinarias y extraordi- 
narias. 



(1) Sum, TkeoL 2. 2. q. XIJI, a. 3. 

(2) Cotnm, Sentcnt. sup. XLV dist. q. I, a. 2, ad 4. 



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- »S3 - 

Las primeras tienen lugar contra la resistencia que presen- 
tan los individuos, corporaciones y aun parte de la naci6n, A las 
6rdenes del gobierno, cuando esta resistencia no Uega d tomar 
proporciones alarmantes y capaces de poner en conmoci<5n al 
Estado en general. Tales son la aplicaci6n de las leyes penales 
6 la adopci6n de medidas gubemativas que caen en la esfera de 
las atribuciones ordinarias del gobierno. Las segundas se toman 
en ^pocas de convulsiones m^s 6 menos generales y de cardcter 
alarmante, que no pueden hacerse cesar por el solo empleo de 
las primeras. Estas pueden resumirse en la suspensidn de las 
garantias constituctonales. 

La suspensi6n de las garantias tiene sus defensores y de- 
tractores aun entre los mismos partidarlos del regimen liberal. 
Alcald Galiano (1) dice que mal puede negarse 6 impedirse d los 
gobiernos y A los Estados, que se salven con la causa pdblica 
cuando se ven en peligro de morir y no alcanza A salvarlos el re- 
medto de las leyes. Esto no les estd vedado A los particulares en 
momentos de grande apuro y cuando es imposible absolutamen. 
te apelar d la autoridad de la ley. Por eso dice que no reconoce 
un solo derecho en los individuos, ni un solo punto en la consti- 
tuci6n que no pueda ser variado 6 suspendido por la autoridad 
que tiene facultad de hacer las leyes y no por otra. 

B. Constant sienta en su obra de Derecho constitucional 
qu?, no existiendo los poderes constitucionales sino por la cons- 
tituci6n, no pueden ^stos tampoco suspenderla. He aquf su teorfa. 

"Cuando se viola una constituci6n no continiia guarddndose; 
lo linico que se conserva es el poder de algunos hombres que 
reinan d nombre de una constituci(3n aniquilada por ello^ mis- 
mos. Se dird, tal vez, que ya es un bien salvar un gobierno; pero 
cuando un gobierno no tiene recursos para prolongar su dura- 
ci6n sin<5 en las medidas ilegales, ^stas mismas no retardan su 
p^rdida sin6 pocos instantes, y el trastorno, que se cireia impedir 
se verifica despues mds desgraciada y vergonzosamente. Cuan- 
do en tales circunstancias se condena, por ejemplo, d un hombre 
sin juzgarle y sin formalidad alguna, es imposible saber si ha 
merecido por su falta perder los derechos que se le declararon 
respetables, mientras no raercciera perderlos. En las crisis de 
esta naturalezm los culpables que se sacrifican no son sin6 en muy 



(1) Leccipnes en el Ateiieo. Pdg. 410. Madrid* 

SO 



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corto niimero: entre Uinto, otros callan, se ocult^n y esperan, se 
aprovechan de la indignaci6n que la violencia ha producido en 
los espfritus y sacan partido de la consternaci6n que la aparien- 
cia de la injusticia ha inspirado d los hombres escrupulosos. En 
tal caso el que traspas5 las leyes ha perdido su cardcter y su 
m^s graode preeminencia; y cuando los facciosos le atacan con 
armas iguales 6 las suyas, la mucbedumbre de los ciudadanos 
puede dividirse, porque le parece que tiene precisi6n de elegir 
entre una de dos facciones, 

„Sin duda hay para las sociedades poUticas momentos de 
peligro que toda la prudencia humana no es capa? de conjeturar, 
pero hay acciones que ni aun el amor A la vida puede legitimar 
en los individuos, y lo mismo sucede respecto de los gobiernos. 
Si la caida es inevitable, para qu^ afiadir d ima desgracia cierta 
un crimen iniitil? Y si el peligro pued^ conjurarse, adhiri^ndose 
los gobiernos mds escrupulosamente que nunca A las leyes esta^ 
blecidas, dejar^n A sus enemigos lo odioso de la violaci6n de es- 
tas leyes y adem^s obtendrin por medio de la calma y de la se- 
guridad, que Uevardn impresos sus actos y determinaciones, la 
confianza de los timidos, la cual A lo menos quedaria indecisa, si 
las medidas extraordinarias que se tomasen por los depositarios 
de la autoridad dieran d entender el temor de uri peligro inmi- 
nente, 

„Las precauciones que Uegan A hacerse odiosas se despre- 
cian, la opini6n adquiere m^s peso, no obstante su silencio, y el 
poder se dobla; pero, como no es sin6 efecto de debilidad, no 
concilia los corazones, las trabas se renuevan, y los odios se de- 
sarroUan. Los inocentes, heridos por la arbitrariedad, vuelven & 
parecer mds fuertes, y los culpables, A quienes se ha condenado 
sin oir, parecen inocentes: en fin, el mal que se ha retardado 
por algunas horas Uega A ser m^s terrible y & agravarse con el 
que se ha hecho. 

„En resumen, despu^s de haber violado una constituCi6n, la 
seguridad y la confianza quedan destruidas; los que gobieman 
tienen el sentimiento de la usurpaci6n, y los gobernados la con- 
vicci6n de que estdn & merced de un poder que ha traspasado 
las leyes. Cualquiera protesta de respeto hdcia la constituci6n, 
parece en los unos verdadera burla, y el apelar d esta constitu- 
ci6n parece en los otros una hostilidad.„ 

Como se ve por lo dicho, B. Constant no tiene en cuenta que 
la suspensi6n de las gar^ntlas constitucionales se consigna en la 
misma constituci6n para aquellos casos en que puede conside- 



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— 155 — 

rarse como el linico medio de salvar d la sociedad de un peligro 
verdadero € inminente, y aparenta ademds desconocer que lo ar- 
bitrario no puede tener lugar cuando esta suspensi6n ha de ser 
decretada por el pod^ legislative y previas las formalidades 
marcadas en la misma constituci6n. 

Otros dicen que los gobiernos cometen sin duda una falta 
cuando se dejan reducir <i tal necesidad por movimientos que no 
han podido contener, pero que hacen un bien grande si, apHcan- 
do los remedies extremes, salvan al Estado, lo cual es la prime- 
ra necesidad y la primera de las leyes. 



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CAPITULO VIII 



DE LOS DEBERES POLfXICOS 



Aiinque no es costumbre general hablar de esta clase de de- 
beres, juzgamos con todo necesario ocupamos, siquiera sea bre- 
vemente, en este asunto: en primer lugar, porque el conocimien- 
to del deber es la primera condici<5n de su cumplimiento; y ade- 
mds, porque no es ni puede ser extraflo d una obra de derecho 
tratar de uno de los t^rminos expresivos de toda relaci6n jurf- 
dica. 

El ciudadano, ya lo hemos dicho, representa uno de los ele- 
mentos del Estado, y como en 6ste halla tambi^n una condici6n 
de su bienestar, ni puede considerarse en absoluta independen- 
cia de 61, ni dirigir su conducta arbitrariamente y sin considera- 
ci6n al bien social. 

Tal es el fundamento de los deberes que tiene el hombre con 
respecto d la sociedad politica, y que pueden relacionarse mds 6 
menos directamente con la vida y la conservaci6n 6 con la cul- 
turadel Estado. 

Es el primer deber de todo ciudadano el amor d su patria, 
en justa compensaci6n del amparo y protecci6n que le dispensa 
en sus calamidades y miserias; por los auxilios eficaces que le 
presta para desarrollar sus facultades facilitdndole la realizaci6n 
de sus elevados destinos, y por la defensa que le proporciona 
para sus personas 6 intereses, ya por medio de la fuerza piiblica, 
ya tambi^n por las decisiones en justicia restableciendo el dere- 
cho perturbado. 

Debemos tambi^n respeto y sutnisidn al poder constituido^ 
y acatamiento d sus mandates; porque, convencidos de la nece- 



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— 157 — 

sidad de un soberano para la buena direcci<3n del Estado, y de 
que sus preceptos representan las diversas relaciones sociales, 
naciendo de ellas naturalmente y encamin^ndose d mejorarlas y 
d promover el bien comun, tan intimamente conexionado con el 
de las familias € individuos, es racional y conveniente someterse 
d aquel poder y cumplir sus prescripciones con celo y exaCtitud. 
Este deber obliga siempre cuando el soberano lo es por 
tftulo legftimo y no abusa de su poder, pero ocurre A veces que 
los pueblos sean vfctimas de la usurpaci6n 6 de los caprichos, 
arbitrariedades y pasiones de un goberiiante legltimo, y en tales 
casos, para conocer hasta donde llega el deber de los siibditos, 
preciso es fijar algunas reglas que determinen su conducta segtin 
se trate de usurpadores 6 de soberanos legftimos pero tirdnicos: 
1* el usurpador no es verdadero soberano mientras algiin hecho 
6 causa posterior no venga 1 purgar su poder del vicio de la 
usurpaci6n; por consiguiente, los deberes de respeto', sumisi6n 
y fidelidad de los siibditos no existen respecto d ^1, pues aunque 
se pretendiera decir que le son debidos por hallarse en posesidn 
de la autoridad, como la autoridad es un derecho no se puede 
poseer injustamente, porque no se da derecho contra el dere- 
cho; sin que obste que en algunas ocasiones haya de prestdrsele 
obediencia en lo meramente civil y no opuesto d la moral, para 
evitar mayores males: 2^ tampoco tienen los ciudadanos deberes 
para con el usurpador, aunque ^ste haya logrado reinar pacffica- 
mente, mientras no se haya hecho moralmente imposible para el 
soberano legftimo recobrar el poder perdido; por el contrario, los 
siibditos pueden y deben trabajar, aim empleando la fuerza, para 
reponer al legftimo, aunque al hacerlo deben consultar princi- 
palmente al bien de la patria, sin lanzarse en guerras desastro- 
sas, de dudoso ^xito y acaso mds perjudiciales que la usurpaci6n 
combatida: 3* por razones de conveniencia y de piiblico bienes- 
tar deben los ciudadanos acatar el orden de cosas establecido y 
someterse d la autoridad del usurpador, cuando, afirmado ^ste 
en la quieta posesi6n del poder y reconocido por las potencias 
extranjeras, gobierne con prudencia y con justicia; pues, inde- 
pendientemente del vicio originario, su mando es litil y encami- 
nado al bien social: 4* los debeies de obediencia y fidelidad de 
los siibditos cesan tambi^n, aun para con el soberano legftimo, 
cuando dste, desconociendo su misi6n, impera desp6ticamente, 
emplea los medios sociales para el provecho propio, conculca 
las leyes, huella los derechos de los ciudadanos y trueca el reina- 
do de la justicia con el de la iniquidad. 



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Estamos obligados asimismo A cooperar en la medida de 
nuestras fuerzas d la realizacidn del fin social por medio de ac- 
tos 6 prestaciones personales, y por medio de cosas 6 prestacio- 
nes reales. 

La razdn de este debet es muy obvia, pue3, siendo la socie- 
dad conjunto de hombres, se hallar^ naturalmente afectada de 
id^nticas necesidades, y la satisfacci6n de 6stas exigirA an^logos 
raedios que la satisfacci6n de las humanas. De aquf deriva la 
obligaci<3n del servicio militar para los j6venes que pueden 
soportar sus fatigas y ser litiles d la pAtria defendi^ndola de ata- 
ques exteriores 6 coadynvando A la conservaci6n del orden inte- 
rior (1); de aqui proviene tambi^n el desempeflo gratuito y obli- 
gatorio de los cargos municipales, necesarios para el regimen y 
administraci6n de los pueblos, si €stos ban de gozar ciertas 



(i) La importaDcia de la prestacidn personal del servicio military el serisla una 
cuesti^n de actual tdad en Espafia, nos mueve d hacer aqa( alg^nas indicaciones 
•obre los diversos sistemas seguidos para la fonnactbn del ejircito, aunqne csto sea 
materia mds propia del derecho administrativo. 

£s, por de pronto, principio general, admitido en los pueblos cultos, que to- 
dos los ciudadaoos aptos puedan ser Ilamados cuando sea necesario para la defen- 
sa naciAial, lo que se iimda en la igualdad civil y poHtica consignada en las cons- 
tituciones modemas; pero este llamamiento debe hacerse compatible con la rea- 
Hzaci6n de los demds fines de conservaci6n y cultura social, sin ser dictado por el 
espfritu de envidia 6 emulacldn de clases, y sin perder de vista que el fin de los 
pueblos DO es la conquista, ni debe de convertirse la naci^n en nn ej^rcito, por 
mds que muchas veces fuere litil para la conservacidn de la paz estar preparado 
para la gnerra. 

Es preciso tambl^n tener en cuenta que el poder de los ej^itos depende no 
s6lo de la cantidad de soldados sind tambi€n de sus aptitudes militares. Laobli- 
gacidn del ciudadano no pasa, pues, racionalmente mAs alld de lo necesario para 
que el ej^ito paeda servir i su fin patri^tico por su foerza num^rica y aptitud 
tunica, y es, por justicia, necesatio qu« esta obligacida se haga compatible coo 
la educaci6n intelectual y moral del ciudadano, con los intereses de su profesidn, 
con los de su familia y con la ctiUura € interns general. Asi que no por tener tin 
ej^rcito fuerte y nomeroso, que ea mochas ocasiones y en muchos pueblos strk 
completamente iniltil, ha de sacrificarse el cultivo de la ciencia, ni el desarrollo de 
las artes, de la industria y del comercio. De aqui la necesidad de una combina 
ci6n acertada del niimero con la aptitud de los militares, es decir, de los Ilamados 
al servicio con la dnracidn de ^te, para armonisar los intereses generales de la 
sociedad con el especial de la defensa. Para ello se han plaoteado tres sistemas 
principales: el red u tarn iento, la milicia, y el servicio nacional militar. 

En los tres sistemas la dificultad estriba en la medida del llamamiento y die 
ladntacido del servicio, ajustando ono y otra i la necesidad. Aumentandoel tiem- 
po del servicio se consigue tener un ejercito fuerte ])ero se debilita el pueblo, y vt- 
ceversa, si el tiempo del servicio se acorta 6 disminuye inconsideradamente; pero 
en este caso, si surge de improviso la gnerra, hay gran ptiigro para la defeasa na- 
cional 6 para la int^ridad de la patria. 

El sistema de reclutamuntOt por el que s61o se llama i an determinado 
nilmero i quien la suerte designa de entre los aptos para el servicio, exige-qne 
cuanto menor sea el niimero de los Uamados, taato mayor ba de fter la daraci6n 



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comodidddes que ni el esfuerzo aislado del individuo puede pro- 
porcionar, ni la asociacion transitoria de algunos conservar de 
xm modo permanente; y 6sta es por fin la causa de los impuestos 
6 cuotas con que los ciudadanos debea contribuir al sostenimien- 
to de las cargas publicas en proporci6n A las .ventajas que de la 
vida en sociedad reportan 6 racionalmente se les suponen. 

Tambi^n los conciudadanos se deben mutuo afectOy protec- 
cidny auxilio^ no s61o como hijos de la misma madre, que es la 
patria, sin6 tambi^n por interns propio, puesto que la vida, la 
salud y el bienestar de los unos refluye mds 6 menos directaraen- 
te en la felicidad de todos, aumentando laa fuerzas sociales y su 
alcance, 6 por lo menos evitando el doloroso especticulo de la 
desgracia agena que siempre afecta Ji los corazones bien nacidos. 



del seivicio. Pero si est« duraeidii hace al soldado, por un coBtioao ejercicio 
apto para la gnerra, en cambio le incapacita 6 poco menos para dedicarse d 
una profesidn U o6oio despaes de tenninado sa empefio* poes lo mejor de su vida, 
la 6po€a del mayor dedarrollo de sus facnltades es precisamente la que pas6 en el 
ej^cito, cnyas ocapaciones difiereD mucho de las anejas &. una profesi6n i) oficio. 
Por lo mismo en tal sistema es una necesidad el reenganche mediante el cual el 
soldado hace de la milicia una profesi6n y la fustitucion 6 cambio que facilita el 
reenganche y permite k algunos ciudadanos cumplir indirectamente la obligaci6n 
del servicio, con provecho del sustitnto, del sustituido y de la patria, porque aquel 
esU ya educado en la milicia y acostumbrado a las fatigas del servicio y aun d las 
de la guerra, y ^te puede contribuir mejor d la cultura nacional ejercitando con- 
venientemente sus aptitudes en relaci6n con su especial vocaci6n. En cambio tiene 
tal sistema el inconveniente de que la parte mds cnlta de la poblaci6n logra eva- 
dirse de la milicia, tota se convierte en mercenaria, los oBciales se miran como 
extraAosd los soldados, d qnienes tratan con dureza; el ascenso de los soldados, 6 
se hace may dificil, 6 da al ej^rcito un cuerpKi de oficiales rudos i. incuUoc; y por 
liltimo, no habiendo entre soldados y oficiales vinculos de mutuo afecto, hijos de 
la comonidad de ideas, hdbitos y sentimientos, falta la confianza y la disciplina, 6 
se coBserva por el rigor* 6 se relaja^ Aflddase d esto que, permaneciendo la gran 
masa de la poblacidn completamente extrafla d la milicia, el £stado no puede con* 
tar para sa defensa con ninguna otra fuerza mds que con el ej^rcito por tal sistema. 
formado y que, en caso de descalabro dde un gran contratiempo, es imposible im- 
provisar tj^rcitos 6 reservas instruidos, disciplinados y aguerridos. Por donde se ve 
que, si este sistema es el menos gravoso d la poblaci5n en tiempo de pax, es por el 
contrario el mds deficiente en tiempo de guerra. 

Opuesto al anterior es el sistema de la milicia 6 del ejircito popular. Partien- 
do defprincipio de que todo ciudadano estd obligado d defender la patria con las 
armas, todos son Uamados al ej6rcito desde el momento en que tienen edad y ap- 
titud, sin admitirse redenci6n ni sustituci6n para ninguno, aunque la obligacidn 
de permanecer en el servicio activo ha de ser relativamente corta porque ni es ne- 
cesario nt posible sostener sobre las armas ej^rcito tan grande, que seria excesiva* 
menle oostoso y peijudicial para la producci6n nacional. Asi que la duraci5n del 
servicio activo es muy corta y si biin por este medio puede armonizarse la exis- 
tencia de tal ej^cito con las necesidades 6 exigencias de la vida civil y de la 
prodaccidn, y se borra toda distinci6n odiosa y se dispone de un contingente mu- 
cho mayor de fuersa armada en caso de necesidad, en cambio es imposible que 
tal ej6rcito pu«ia reunir las doics de iiistnicci6o mijilar, diacipUna^ valor y hdbi- 



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— i6d -- 

Por fin, el soberano, como tal, 6 los que ejercen el podef 
tampoco estdn exentos de deberes para con el Estado y sus 
miembros; y no ya deberes morales, cuya sanci6n estd reserva • 
da al Ser Supremo, sin<3 deberes jurfdicos; deberes que repre- 
sentan verdaderos derechos para la sociedad que dirigen, y 
cuyo cumplimiento puede d veces exigirles la misma, negdndose 
A obedecer, como hemos visto, sus preceptos injustos, y hasta 
rebeldndose contra ellos y echando abajo su autoridad, cuando 
su injusticia se hace sistemdtica y la infraccibn de sus deberes 
permanente. 

Est OS deberes pueden reducirse en general: d dictar I eyes en 
conformidad con los etemos principios de la moral y con la pii- 
blica conveniencia, de modo que sean expresi6n fiel del derecho; 



to de las fatigas, ni que, derrotado una vez, acaso mds ftlcilmente por su ntimero, 
pudiera reorganizarse convenientemente. 

Otro tercer sistema busca armonizar la existencia de nn ej^rcito poderoso 
por su fuerza y disciplina con cl roenor gravamen posible para la poblacidn, y al 
efecto, consignando en la ley el deber del servicio militar comiln d todo ciudada- 
no, exige de fetos que est^n convenientemente preparados para cuando los nece- 
site la patria, imponi^ndoles la obligacidn de instruirse primero por el servicio 
activo durants un corto tiempo, y de ejercitarse despu^ peri6dicamente para con- 
servar la destreza, la fuerza y los hdbitos militares. 

Entre los varios procedimientos que pueden seguirse para obtenerlos resulta-. 
dos d que tiende este ststema el mds sencillo es el prusiano. Consistfa en conside- 
rar llamados por la ley al ej^rcito durante veinte afios d todos los ciudadanos ap< 
tos. Estos veinte afios se dividfan en tres epocas: la primera servfa para formar el 
ej6rcito permanente 6 de Hnca, compuesto de todos los hombres aptos de 20 d 25 
afios y subdividido en militares activos^ desde uno d tres afios, y en licenciados 6 
de la reserva formada por los de los dos liltimos afios (de 23 d 25): la segunda 
^poca comprendfa d los hombres de 26 d 32 afios que constitufan la landwehr 
de primer llamamiento; y la tercera 6 landwehr de segundo Ueimantiento que lle- 
gaba hasta los 40 afios en caso necesario. Este sistema se ha modificado poste- 
riormente en el imperio aleman liraitando el servicio militar de veinte d treinta y 
dos afios, de los cuales siete se sirven en el ej^rcito permanente (tres en activo y 
tres en reserva) y los hombres comprendidos en los cinco tiltimos forman la 
landwehr. En este sistema, ni hay sorteo, ni ndmero determinado anualmente por 
la ley pera formar el ej^rcilo activo: el servicio es para todos igualmente obli- 
gatorio. 

En Austria se fija anualmente el ndmero de hombres que sc considera nece- 
sario para el servicio activo y se llena este cupo por sorteo. Todos los demds hom- 
bres aptos quedan sujetos d ejercicios anuales, ordinariamente en Otofio, y tienen 
ademds la obIigaci6n de instruirse en el manejo de las armas. El tiempo de ser- 
vicio activo dura siete afios, pero d los tres se da d los soldados la licencia inde- 
finida y pasan d formar la reserva. Los hombres aptos, d quienes no toed la suer- 
te de servir en cl ej^rcito activo pero que estdn sujetos d ejercicios aniftiles dnran* 
te diez afios, pueden ser tambi^n llamados d las armas en caso necesario. Este 
sistema puede servir para formar un ej^rcito numeroso, pero sin hdbitos militares 
y poco aguerrido, porque los breves ejercicios anuales no bastan para hacer verda- 
deros soldados. S6I0 se diferencia del reclntamiento en que ninguna clase de ciu- 
dadanos estd exenta del servicio, y no se admitc redencidn ni sustitaci6n. 



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- i6i -^ 

d procurar la aplicacidn de las mismas con entera imparcialidad 
y rectitud, sin otra mira que el triunfo de la justicia; d elegir 
para los cargos piiblicos personas dignas por su aptitud y pro- 
bidad, sin olvidar que los empleos no se crean para utilidad de 
los empleados, ni para hacer pros^litos, sin6 para servir al pue- 
blo que los paga; d invertir losfondos piiblicos en la satisfacci6n 
de las necesidades sociales, atendiendo al cumplimiento de los 
fines cuya realizaci6n les estd encomendada, sin distraerlos para 
sus caprichos ni para favorecer d sus amigos y parciales; y en 
suma, d dirigir por la senda del bien la sociedad que le estd en- 
comendada, conservando la paz y la uni6n entre los siibditos por 
medio de la justicia y fomentando la cultura intelectual y moral, 
y d cuidar de que las fuentes de la riqueza publica no se agotcn 
y de que por una sabia administraci6n se multipliquen los recur- 
sos para satisfacer las necesidades del Estado. 

, " Amado, dicen las Partidas, debe ser mucho el pueblo de su 
rey, € seftaladamente les deue mostrar amor en tres maneras. 
La primera auviendo merced dellos, faziendoles merced, quando 
entendiere que lo han menester: ca pues el es alma e vida del 
pueblo, assi como dixeron los sabios, muy aguisada cosa es, que 
aya merced dellos, como de aquellos que esperan biuir por el 
seyendo mantenidos con justicia. La segunda auiendoles piedad 
doliendose de ellds, quando les ouisse a dar alguna pena. Ca 
pues el es cabega de todos, dolerse doue del mal que recibieren, 
assi como de sus miembros. E quando desta guisa fiziere contra 
ellos ser les ha como padre, que cria sus fijos con amor, e los 
castiga con piedad, assi como dixeron los sabios. La tercera 
auiendoles misericordia, para perdonarles a las vegadas la pena 
que merescieren por algunos yerros, que ouissen fecho. Ca como 
quier que la justicia es muy buena cosa en si, e de que deue el 
rey siempre vsar, con todo esso fazesse muy cruel, quando, a 
las vegadas, non es templada con misericordia... Otrosf, los 
deue guardar en tres maneras. La primera de si mesmo no les 
faciendo cosa deguisada, lo que non querria que otros le fiziessen, 
ni tomando dellos tanto, en el tiempo, que lo pudiesse escusar; 
que despues, non se pudiesse ayudar dellos: quando los ouisse 
menester. E guardandolos assi, sera ayuntamiento dellos, que se 
non departan, e acrescentarlos a assi como a lo suyo mismo. La 
segimda manera en que los deue guardar, es del daflo dellos 
mismos, quando fiziessen los unos d los otros fuer^a o tuerto. E 
para esto es menester que lostenga en justicia, e en derecho. E 



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lion consienta a k>s mayores que scan soberuios, ni tomen, ni 
roben ni fuercen, ni fagan daflo en io suyo d ios menores... La 
tercera guarda es, del daflo que les podria venir de Ios de fuera, 
que se entiende por Ios enemigos. Ca destos Ios deue el guar- 
dar, en todas las maneras quel pudiere, e sera estonce muro 
e amparan^a dellos, assi como dixeron Ios antiguos que lo 
deue ser.„ 

La virtud que consiste en el cumplimiento habitual de Ios 
deberes sociales, se llama patriotismo^ porque todos deben re- 
fundirse en el primero de Ios que hemos enumerado, en el amor 
d la patria. ' 

Pero entidndase que este amor, como todos Ios afectos hu- 
manos, tiene sus limites trazados por la raz<5n, como expresi6n 
de la ley natural: la justicia exige que este amor no busque el 
bien de la patria por medios reprobados; y la humanidad pide 
^ sus individuos que su afecto no se extinga en las fronteras de 
un pueblo. Cuando el patriotismo ha sido el sentimiento exclusi- 
vo de algunos pueblos, 6stos Kan cometido un crimen de lesa 
humanidad, mirando como bdrbaras y despreciables d las nacio- 
nes extraftas y someti^ndolas d una dura esclavitud como suce- 
di6 en Roma, la seftora del paganismo. 



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secci6n hi 



ELEMENTO FORMAL DEL EST ADO 



Ya hemos dicho que los eletnentos del Estado son dos: la 
agregacidn y cl ordcn. 

Varias son las acepciones de la palabra orden: ijiteligente 
disposici6n de todas las partes de una obra; armonia entre el fin 
de cada ser y los nrcdfos para llegar & 61; colocaci6n de cada 
cosa en el lugar que le corresponde; clase social; conjunto de 
relaciones; prelaci6n, prioridad 6 precedencia, y otras de que 
prescindimos, pues las indicadas bastan para hacer ver la 
necesidad de fijar aquf el concepto expresado por aquella pala- 
bra (1). 



(i) Ed el concepto del orden entran necesarianiente tres elementos: variedad, 
unidad y armonia, 6 si sequiere pliiralidad, unidad y conveniente disposici6D de 
la pluralidad con arreglo d la unidad que le sirve de medida. £n una cosa sola 6 
considerada en sf misma, como individua, no puede verse orden ni desorden. La 
pluralidad por si, sdlo nos presenta elementos capaces de ser ordenados; pero estos 
no producen el orden hasla que se relacionan y armonizan, conforme i una raz6n 
comiln de la unidad colectiva. EI orilen puede ser de varias clases, segiin se atien- 
da, ya d la naturaleza de los elementos ordenables, ya d la razdn comiin que 
sirvc para ordenarlos. Bajo el primer aspecto el orden puede ser estitico si se 
refiere d sustancias, (Undmico si d fuerzas^ operaciones,//r/r<7 si d cosas materiales 
y moral si d acetones humanas, Por la nu6u comiln que sirve para ordenar puede 
ser cronol6p<ip, si la razdn es el tiempo 6 la prioridad 6 posterioridad en el movi- 
miento 6 en el cambio; simettico^ si es la igualdad 6 desigualdad; armonico^ si la 
semejanza d desemejanza, y final, si la casualidad. La raz6n comdn en virtud de la 
cual se ordenan las cosas, puede hallarse en la naturaleza 6 depender de \n elec- 
ci6n del ordenante; pero siempre ha de haber algitn fundamento en las mismas 
cosas que pueda determinar la elecci6n, y por eso se dice que en todo orden 
artificial hay algo de subjetivo, la intenci6n del ordenador, pero tambito mucho 
de objetivo, el modo de ser de lo ordenable. V. Mendive, Elementos de Ontologia^ 
pdgs. 109 d 114. 



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— 164 — 

Decimos que hay orden en la sociedad, ^uando la acci<5n 
combinada de sus elementos la lleva naturalmente A la realiza- 
ci6n de su fin. Serd, pues, orden social el resultado armdnico 
de la accidn combinada de los individuos y demds entidades 
sociales, obtenido por la concurrencia de las fuersas hacia el 
fin comtin y por la conservacidn de la vida particular en cada 
csfera propia. 

No basta para la existencia del orden que los elementos 
sociales conspiren por la acci6n connin ^ la obtenci6n del fin 
social: es adem^s necesario que todos estos elementos conserven 
su autonomfa dentro de cada esfera propia para la realizaci6n de 
su fin particular; porque, siendo la sociedad reuni6n de seres 
inteligentes y libres, no puede decirse que hay orden cuando la 
sociedad, absorbiendo al individuo, le priva de lo esencial de su 
ser, impidi^ndole que obre como inteligente y libre y sirvi<§ndo- 
se de 61 como de un mero instrumento; y vice-versa, cuando el 
individuo, fijando en si mismo su objetivo, pretende servirse de 
la sociedad como simple medio, desconociendo sus deberes como 
miembro'de la misma, 6 entorpece la acci(3n comiin por el abuso 
de la propia libertad. 

Como el orden es resultado de fuerzas individuales combi- 
nadas, y 6stas por su naturaleza tienden d obrar con indepen- 
dencia, siendo imposible hallar dentro de ellas un principio que 
determine su acci6n comiin para los fines sociales, siguese de 
aqul que ha de buscarse <5ste principio fuera de ellas, puesto que 
sin acci6n comiin dirigida d un fin comiin tambi^n es imposible 
"el orden. Este orden social no se obtiene, pues, sin<5 mediante 
ciertas condiciones, de las que unasse refieren d la conservaci6n 
por los miembros de la sociedad de su vida propia, y otras al 
principio que regule la acci6n comiin de los mismos. Por esto 
dice Rossi "que el orden de las sociedades civiles es una cierta 
combinaci5n de la regla con la libertad. Si la regla ahoga la 
libertad, la actividad humana no puede desarrollarse y la infan- 
cia del hombre se perpetiia. Si la libertad destruye toda regla 
hay anarqufa.„ 



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CAPITULO PRIMERO 

DEL PODER POBLIGO EN GENERAL 

I— XOCIONES DEL PODER, DE LA AUTORIDAD Y DE LA SOBERANfA 



La acci6n comCin no se regula sin que haya una regla, y 
dsta no se concibe sin un regulador. A este regulador, necesa- 
rio para la existencia de la regla y por lo mismo para dirigir 
la acci6n comiin que ha de producir el orden, le llamamos poder 
social. La noci6n de 6ste se confunde con frecuencia con la de 
autoridad y con la de soberania. Por lo mismo es indispensable 
fijar la distinci6n entre estas tres nociones. 

Teniendo en cuenta la etimologfa y aun la acepci6n vul- 
gar de la palabra, poder tanto vale como facultad de hacer al- 
guna cosa^ y, como la cosa que ha de hacer el poder publico es 
regular la acci6n comiin, lo que, n6tese bien, no consiste en es- 
ta acci6n (que no es mds que el resultado de las fuerzas indivi- 
duales combinadas) sin6 en dirigirla; siguese de aqui que el po- 
der ptlblico serd la fuerza directris de la accidn comtin, nece- 
saria en toda sociedad. Esta fuerza, sin embargo, ni se circuns- 
cribe ni puede circunscribirse A seflalar, por decirlo asf, el ca- 
mino que ha de seguir la acci6n social; porque la simple indica- 
ci6n de este camino no es bastante muchas veces para que Ic 
sigan las fuerzas individuales, sin6 que por el contrario, ya se 
oponen d seguirle, ya impiden tambi^n d las otras fuerzas que le 
sigan. De donde se deduce que esta fuerza 6 el poder, ha de ma- 
nifestarse de dos modos principales: seflalando unas veces su 



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— i66 — 

mision a las fuerzas individuales, y compeli(^ndolas, otras, d cum- 
plirla cuando no quieran realizarla; esto es, obrando sobre las in- 
teligencias y sobre las voluntades. 

El poder, como le hemos concebido, fepresenta una abstrac- 
ci6n, y como no se concibe ninguna fuerza 6 potencia sin un ser 
fuerte 6 potente, para que el poder exista, es preciso referirle 
d algiin ser; este ser no puede hallarse en la sociedad fuera de 
los individuos que la forman, esto es, de los hombres; luego ^ 
los hombres habremos de referir el poder, puesto que sin ellos 
ni se realiza ni existe. Ahora bien: cuando nosotros referimos 
d los hombres la idea abstracta del poder, le personificamos y 
surge la idea de autoridad, que serd, segiin lo dicho, el poder 
considerado en la persona que ha de ejer eerie, 6 la encarnacidn 
del poder, 

Tambi^n se usa la palabra autoridad significando la influen- 
cia de nuestras facultades sobre nuestras creencias (autoridad 
de los sentidoSy de la conciencia, de la memoria, de la rasdn) y 
principalmente la del testimonio de los demds hombres en nues- 
tros juicios (criterio de autoridad)^ asi como el prestigio que 
acompafta d toda superioridad en el orden intelectual 6 en el mo- 
ral y que naturalmente nos lleva d respetarla y d aceptar como 
verdadero 6 como bueno lo que nos ensefta con la palabra 6 nos 
muestra con el ejemplo; pero la significaci6n que le hemos dado 
nos parece la mds propia en derecho politico, y lo prueba el mis- 
mo lenguaje, pues se dice con mucha propiedad, autoridad del 
rey, del presidente, del magistrado, del consejo, etc., entendi^n- 
dose por todos que tal frase equivale d decir, poder 6 atribu- 
ciones inherentes d las personas individuales <5 colectivas en 
quienes residen tales cargos, sin que valga oponer que las atri- 
buciones se refieren al cargo en abstracto, porque no hay poder 
real sin rey, ni ministerial sin ministro^ etc. 

Como el poder se manifiesta de dos modos principales, ya 
seflalando su misi6n social d las fuerzas individuales, ya compe- 
li^ndolas d realizarla, esto es, mandando y haciendo que se cum- 
pla lo mandado, la comparaci6n de estos dos modos de realizar- 
se el poder ha dado lugar d considerar el uno como superior al 
otro, y del conocimiento de esta superioridad 6 inferioridad se 
ha venido d la concepci6n de un poder superior d todos, esto es, 
d la concepci6n de la soberania, Esta palabra, sin embargo, no 
indica para todos los publicistas una relaci6n de superioridad, 6 
por lo menos, no la consideran principalmente bajo este aspec- 
to, sino mds bien como un poder especial 6 una manifestaci6n 



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— 167 -* 

particular del poiier social (1). En este sentido la usan los que 
llaman soberanfa al poder de constituir y organizar la sociedad 
polftica 6 el Estado (2). Otros llaman soberanfa al poder que de- 
cide en su dominio en iiltima instancia sin estar sometido bajo 
este aspecto & una autoridad superior. Segun ^stos, "como el or- 
den social es un conjunto org^itlco de esferas de vida, cada una 
de las cuales debe, en virtnd de su autonomia, decidir en ultimo 
recurso sobre cierto g^nero de relaciones dejadas A su compe- 
tencia, cada esfera de vida es soberana en su grado y dentro de 
su g^nero„ (3). 

Esta Iiltima acepci6n» 6 expresa una idea vaga ^ indetermi- 
nada y que por su misma vaguedad no corresponde A ningun 
objeto real, 6 establece la posibilidad de muchas soberanfas coe- 
xistentes, que, si pudieran ser compatibles en esferas separadas 
y digdmoslo asf paralelas, no pueden serlo cuando las unas, por 
estar contenidas en las otras, ban de amoldarse d las condicio- 
nes de ^stas y recibir de ellas la norma de su existencia. Si en 
la esfera de la vida individual cada individuo es soberano, habr*^ 
tantos soberanos como individuos y lo mismo sucederd respec- 
tivamente en la familia, en el mimicipio, etc.; y asi lo afirma 
Ahrens; pero esta soberanfa, 6 no lo es verdadera, 6 excluye 
toda regla, y en este liltimo caso la soberanfa de las esferas de 
vida inferiores es incompatible con la existencia de las esferas 
superiores. Tal doctrina Ueva directamente A la anarqufa. 

Foucart (4) fijdndose en la idea de relaci6n que implica la 
palabra soberanfa llama asf al mds alto poder humano, al de- 
recho de ordenar y lafuersa para hacerse obedecer. Esta noci6n 
es sin duda la m^s aceptable, como equivalente A poder supre- 
mo, que no tiene ni renoce superior, y porque rechaza la multi- 
plicidad de poderes soberanos. Es cierto, como dice Ferrdn, que 
los publicistas ban pretendido distinguir tres especies de sobera- 
nfa: la soberanfa originaria, la soberanfa constituyente y la so- 
beranfa constituida; pero esta distinci6n, mds que otra cosa, 
arguye falta de precisi6n en el lenguaje, y por tales denominacio- 
nes no ban querido enseftar que hay tres soberanfas diferentes, 
sin6 que la cuesti6n de la soberanfa puede plantearse bajo tres 
puntos de vista; 6 estudiando el origen del poder, 6 cl derecho 



(i) Taparelli, Curso elemental de Derecho natural, Pdg. 240. 

(2) Pachecoi Leccs, de Derecho politico. P^. 70. 

(3) Ahrens, Derecho natural. 

(4) Dcho, publico const.^ ProIeg6ineoos. 



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— i68 — 

de constituirle, esto es, de determinar quien 6 quienes tiencn 
derecho i\ organizar fundamental mente la sociedad, 6 en qu^ 
persona 6 instituci6n reside de hecho el poder supremo en un Es- 
tado determinado. 

Nosotros, aceptando casi por completo 6sta ultima teorfa, 
creemos que la soberanla es la mani(estaci6n mds elevada del 
poder publico; el poder supremo por contraposici6n d los podQ- 
res particulares de un Estado. Bajo este aspecto puede armoni- 
zarse esta noci6n de la soberanla con la propuesta por el seftor 
Pacheco en cuanto que el poder de constituir y organizar la 
sociedad, esto es, de determinar, clasificar, localizarlos poderes 
publicos y fijar las atribuciones de cada uno, es sin duda la fun- 
ci(3n mds elevada del poder, no sujeta d ninguna otra y d la que 
todas estdn virtualmente sometidas. 



II— NATURALEZA Y ORIGE.V DEL PODER SOCIAL 



Por la definici6n que hemos dado del poder social se ve que 
es una fuersa, porque imprime d la sociedad impulso y direc- 
ci6n, y se comprende que esta fuerza ha de ser conscicnte, pues- 
to que la acci6n social supone un fin, que debe ser conocido por 
el poder, si 6ste ha de dirigir acertadamente dicha acci6n para 
iseguir aquel. . 

Cuando, pasando del terreno ideal y abstracto al concreto y 
la realidad, estudiamos el poder constituido, convertido en 
ho, hallamos en 61 varios atributos conformes d su naturale- 
1° por ser fuerza es propiedad, y como las propiedades no 
sten por si, sin6 que estdn adheridas d los seres, el poder so- 
l, para realizarse, se encama en una 6 mds personas y es de 
e modo autoridad: 2° como^el Estado es una persona colecti- 
a, compuesta de tantos miembros que por su multitud es im- 
lible que concurran d cumplir los deberes ni d exigir los de- 
hos que corresponden d la colectividad 6 persona moral, el 
ier publico, depositario por otra parte de la fuerza colectiva, 
ctica los actos de cardcter puramente social, cumpliendo de- 
es y exigiendo derechos como representante de la entidad 
ial: 3° componi^ndose la sociedad de individuos y siendo su 
i6n resultado de multitud de fuerzas necesarias para la rea- 
ici6n del fin social, como aquellos Id son para la existcncia de 



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— i69 — 

la sociedad, la conservaci6n, guarda y direcci6n de los indivi- 
duos y de las fuerzas todas del Estado se halla y no puede meno ^ 
de estar encomendada al poder piiblico, que e;s por esta causa 
tutor de la sociedad. 

Como la sociedad por su esencia misrha exigfe armonia 
de voluntades y de actos, y los actos humanos no estan deter- 
minados fatalmente por ninguna necesidad interna, la naturale- 
za de la sociedad exige que haya en ella una fuerza capaz de 
obligar ^ los hombres 4 obrar de acuerdo para el bien comun. Si 
6ste se realiz^ra fatal 6 necesariamente, si el hombre no fuera 
libre para buscarle 6 eludirle, el poder social, que es aquella 
fuerza, seria inutil. Ahora bien, las condiciones^ mediante las 
que la sociedad es posible, no ban sido impuestas por ningun 
hombre, ni tampoco esdebida d ^ste la libertadjinherenteil todo 
miembro de la sociedad; aquellas, han sido establecidas como 
necesarias para la existencia de la sociedad, y ^sta dada al hom- 
bre como propiedad por el Autor de todo lo creado; lue^o el po- 
der necesario a toda sociedad tiene su raz6n de existencia en la 
naturaleza misma de las cosas, y su oriefcn interno estA por lo 
tanto en Dios. 

La historia confirma 'este mismo orit^cn, no reij^istrando so- 
ciedad d la que no haya acompaflado el poder desde el momento 
mismo de su constitucion. 

En cuanto a su orij>;en externo, esto es, en cuanto A la causa 
que legitima su existencia con tal 6 cual forma y en cada socie- 
dad determinada, es objeto de s^rande controversia y que ha 
dado lugar d la formaci6n de varias escuelas polfticas, cuyas 
teorfus debemos, aunque lia^eramente examinar. 



Ill — DOCTRIXAS SOBRE EL MODO DE COXSTfTlTlRsE EL PODER 



Tres son los sistemas principales que se han formulado 
sobre este punto; el sistema del derecho dwino, el del iudh'i- 
dualismo democrdtico y el del doctrinarismo eclMlco. 

Segun la teorfa del derecho dwino, la soberanfa reside en 
Dios, que la ejerce por sus mandatarios: *Omnis potestas d 
Deo,* Funddndosc en esto ha dicho Bossuet ""Dios ha hecho a 
los prfncipes sus lujjartenientes en la tierra, A fm de hacer su 



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— 170 — 

autoridad sagrada 6 inviolable^ (1). Los prfncipes; segdn este 
sistema, no s61o son legisladores, sin6 que en ellos reside la fuer- 
za y la personificaci6n 6 representaci6n de la entidad polltica 6 
del Estado. 

El poder de los reyes es, pues, incontrastable como delega- 
dos directos que son de la divinidad. No se crea, sin embargo, 
que esta teorla conduce siempre al despotismo, porque el prfn- 
cipe, segQn ella, ha de ajustar sus actos d la ley divina y todos 
sus partidarios reconocian que el prlncipe no tiene un poder 
absoluto. Bossuet mismo establecCa que no hay derecho contra el 
derecho, porque no hay raz6n contra la raz6n; y que el derecho 
no es otra cosa que la raz6n misma y la raz<3n mds cierta, porque 
es la raz6n reconocida por el consentimiento universal. Admiten 
tambi^ los partidarios de esta doctrina el derecho de resisten- 
cia A la opresi6n, cuando el prfncipe manda lo contrario d la ley 
de Dios. 

Es, sin embargo, incontestable que, segun esta teoria, no 
tiene la n^ci6n el derecho de cambiar su constituci6n 6 los pode- 
res constituidos, porque en ella no residen ni la soberania, ni el 
poder constituyente. 

La delegaci6n directa, que supone este sistema, no consta 
se hay a hecho en ningtln pueblo, como no sea en el hebreo. 

El sistema del individualismo democrdtico^ que 16gicamen- 
te se deriva de la teorfa que explica el origen de la sociedad por 
medio del pactOy parte del principid de que la obra de la confeti- 
tuci6n polftica es derecho ^ interns de todos y que la raz6n indi- 
vidual es soberana para interpretarla: supone que el poder re- 
side originariamente en el pueblo; que ^ste le delega de un 
modo condicional y limitado en ciertos mandatarios elegidos por 
la mayorfa de todos los individuos que componen la naci6n; y 
por ultimo, que, estando siempre en acci6n el poder constitu- 
yente y no existiendo los poderes constituidos mds que de un 
modo precario, ^stos pueden ser modificados, cambiados y revo- 
cados d gusto del soberano. El principio fundamental de esta 
teorfa es que un pueblo puede cambiar siempre su constituci6n, 
porque, seg^n dice Rousseau, "no pudiendo ^l considerarse mds 
que bajo un.solo respecto, estA en el caso de un mero particular 
que contra ta consigo mismo; por donde se ve que no hay ni pue- 



(I) PolUka sac, de la S. £., lib. VI, part. II, pro. i*. 



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— lyi ^ 

de haber especie de ley fundamental obligatoria para este cuer- 
po del pueblo, ni aun el mismo contrato social (1).„ 

Todds las constituciones democrAticas proclaman este prin- 
cipio y como consecuencia este otro, "que los poderes constitui- 
dos no son sin6 delegados del poder constituyente (2).„ 

Vese, pues, que segdn ^ste sistema el fundamento y la raz6n 
del poder estd en la muchedumbre, y que en la voluntad de esta, 
expresada por el nuntero, estA la soberania. 

Examinada esta hip6tesis hist6ricamente es falsa, porque nin- 
t^iin poder ha nacido de la voluntad de los congregados para al- 
zarle y someterse al mismo tiempo d ^1; sobre todo en ninguna 
sociedad primitiva. El poder ha existido necesariamente como 
la sociedad sin derivarse de ningdn pacto. 

Filos6ficamente considerada es absurda; porque entre el nii- 
mero y el poder no hay ningrin lazo racional, ninguna relaci6n 
necesaria, porque el poder es un atributo de la raz6n en cuanto 
que dirige. Lo linico admisible es que el ni5mero puede influir en 
lo que depende de la voluntad y, bajo tal aspecto, servir de apo- 
yo, sostener al poder (3). 

EI docirifiarismo eclMico, rechazando igualmente el princi- 
pio de la soberania popular y el del derecho divino, no admite mds 
que la soberania de la raz6n, de la justicia y del derecho, que al- 
gunos localizan en los gobiemos constituidos (4). Es, por decirlo 
asl, una teorfa intermedia que admite la soberania popular den- 
tro de ciertos limites; pero que la rechaza como poder en un Es- 
tado constituido. "Se habla, decia Portalis, del poder constitu- 
yente como si estuviera siempre presente. Cuando la constituci6n 
de un pueblo se ha establecido, el poder constituyente desapare- 
ce: es como la palabra del Creador que manda una vez para 
gobernar siempre; es como su manotodopoderosa, que descansa 
para dejar obrar A las causas segundas despues de haber dado 
movimiento y vida d todo loque existe.„ En otros t^rminos, se 
admite la enagenaci6n de la soberania del pueblo en favor de 
los poderes constituidos, y se establece como consecuencia que 
la soberania reside toda entera en 6stos. Tal doctrina no estd 



(i) Contr, soc, lib. I, cap. VII. 

(1) Dalloz. Repert. de Ligisl., Zhcir. et yurisp,, Tomo XVIII, pAg. 345.—' 
Paris, i8so. 

(3) Pacheco, Lee. de Dcho, poliL const, pigs. 61 y 62. — Madrid, 1845. 

(4) Pacheco, Obra eitada, pigs. 62 y siguientes.^Donoso Cortfo, Lees, en el 
Aien, 6* y siguientes. — Ak. GaJ. Lee, de Derecho pol,, pAg. 74. 



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— 172 — 

cxenta de contradicciones, porque sus partidarios se ban visto 
obligados A reconocer que el pueblo, aunque despojado de toda 
soberanla y de todo poder, hace alt;;una vez uso de ambos, y 8i 
se admite una vez este poder seri necesario admitirle siempre, 
porque el pueblo deberA ser juez de las circunstancias en que 
podrd ejercerlo. En esta teoria, el cambio de constituci6n, la 
revision, se opera por los mismos poderes establecidos sin parti- 
cipacion del pueblo (1). 

La teoria doctrinaria, como se acaba de exponer, entrafta 
a nuestro juicio uno de estos del'ectos; 6 es una mera f6rmula 
va^^a y sin posibilidad de aplicarse, ni utilidad alguna politica, 
al afirmar que el poder reside y ha de tener su origen en la raz6n 
y en la justicia, puesto que surge el problema de averijj^uar don- 
de estdn 6stas; 6 es un.'i mistificaci6n de la teoria de la soberanla 
nacional, vergonzante ^ indecisa, pretendiendo que el pueblo es 
soberano'al constituir el Eslado y siibdito despues de constituido; 
6 deja sin resolv.er el problema del ori^en 6 modo.de constituir- 
se legitimamente el poder, al afirmar que dste reside legltima- 
mente en los poderes constituidos. 

Si el problema sobre el origen legitimo de los poderes cons- 
tituidos no se presentara de suyo como de la mils dilfcil soluci6n» 
bastarfan ^ poner de manifiesto la dilicultad las indicaciones que 
A grandes rasgos acabamos de hacer de las teorfas principales 
sobre este pun to. Es cierto que las cuestiones polfticas unen A su 
dilicultad teorica 6 cientifica la dificultad prilctica, porque ya sa- 
bemos que la polftica 6 la ciencia del gobierno no consiste en L'l 
vana pretension de plantear inmediatamente en un pueblo lo que 
se ha concebido como mejor en el terreno de las ideas, sin6 que 
esta ciencia llenard mejor su objeto y conseguird m<ls facilmentc 
su fin teniendo en cuenta las circunstancias, el cardcter, los hA- 
bitos, etc., del pais que se xA d regir. A la dificultad de apHcar 
en muchos casos lo que se concibe como mejor en la esfera de 
las ideas 6 de la ciencia pura, linese, para la soluci6n de los pro- 
blemas de esta clase, el grande apego que cada uno tiene d sus 
doctrinas, la influencia que ejerce en el mo.do de juzgar el inte- 
res individual, lo dificil que es desarraigar afiejas preocupacio- 
nes y la vacilaci6n que naturalmente ban de producir en la men- 
te todas estas concausas. No presumimos, pues, al emitir nues- 
tra opini6n sobre este importante asunto, acertar con la solucion 



(i) Dalioz, Repcr/. Tom. XVIII, pags. 34$ y 346. 



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- 173 — 
verdadera, habiendo de unir A todas estas dirtcultades lo escaso 
dc nuestras fuerzas. ^ 

Como el poder, hemos dicho, es la luerza directriz de la so- 
ciedad para la consecuci6n del fin de 6sta, necesario es que tal 
fuerza se manifieste por dos fases 6 tenja^a dos potencias distin- 
tas. En etecto, la direccion de la sociedad exige primero conoci- 
miento del fin social y de los medios mAs adecuados para obtc- 
nerle» y segundo voluntad de conseguir el fin por el empleo 
apropiado de los medios; de donde, si el poder ha de realizar el 
\\n social, ha de estar dotado de inteligencia capaz y de voluntad 
lirme para buscarle. Ahora bien, como ni la inteligencia ni la 
virtud (voluntad fir me para el bien) de ningiin individuo en par- 
ticular presenta titulos legftimos A la posesi6n del poder social 
6 publico, resulta que dstehabr^ deresidirvporderecho en laia- 
teligencia y la virtud sociales, y en esto opinamos con los doc- 
trinarios. Pero es el caso que tal inteligencia y virtud social, 6 
no corresponde A ninguna cosa real, 6 ha de hallarse en los indi- 
viduos que componen la asociaci6n. De estos individuos no hay 
ninguno que pueda por sf mismo prodamar con derecho que la 
inteligencia y la virtud social esti en ^1, y como, por otra parte, 
la simple observaci6n demuestra que tampoco pueden todos in- 
distintamente considerarse como depositarios de la inteligencia 
y virtud sociales, el problema planteado se presenta como inso- 
luble. N6tese, sin embargo, que si bien es cierto que no todos 
los miembros de la sociedad tienen inteligencia y virtud para 
dirigirla, porque no ha de encomendarse la direcci6n social A 
los infantes, locos, malhechores, etc., no hemos afirmado que los 
inteligentes y virtuosos no tengan derecho A dirigirla, sin6 que 
ellos no tienen (Jerecho A afirmar que sean poseedores de la inte- 
ligencia y virtud sociales, ni por lo mismo A vindicar para>si el 
poder. Es decir, que el poder corresponde por derecho A los mds 
inteligentes y virtuosos; pero la designaci6n de quienes sean no 
corresponde A ninguno en particular. Ahora, no perteneciendo 
A nadie determinadamente por derecho natural el poder publico, 
y siendo por otra parte irracional afirmar que no ha existido 
hasta la fecha ninguna sociedad legltimamente constituida, para 
resolver la cuesti6n es necesario tener en cuenta c6mo se han 
constituido las sociedades. Prescindiendo de la sociedad natural, 
familia, en la que el poder 6 la facultad de direcci6n reside natu- 
ralmente en el padre, y en ^1 reside de derecho por hab^rsela con- 
ferido la misma naturaleza, si estudiamos las sociedades poUti- 
cas, hallaremos tambi^n que el origen y la constituci6n de cada 



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— 174 — 

una han sido resuUado de hechos, distintos es verdad, pero mu- 
chos dc ellos naturales y como tales legftimos. 

El valor, la prudencia, el saber de una persona d cuyo alre- 
dedor se han agrupado otras muchas para llevar A cabo una em- 
presa, no han podido menos de ser tftulos legftimos para la pose- 
si6n del poder en una sociedad incipiente y espontdneamente 
formada; la ley )' en su defecto la costumbre, que ha hecho 11a- 
mamientos determinados d favor de ciertas personas, son tam- 
bi<5n tftulos que ddn legitimidad al poder que ejercen, y por ill- 
timo, la elecci^n hecha por los asociados en una sociedad que 
voluntaria y refiexivamente vd d constituirse 6 que trata de reor- 
ganizarse, si por una revoluci6n li otra cualquiera causa ha roto 
con todos sus antecedentes y leyes, puede ser tambi^n origen 
legftimo del poder. De modo que, si la raz6n de ser del poder en 
toda sociedad es la necesidad de su existencia para conservar 
la asociaci6n y realizar sus fines, y su origen interno es Dios 
porque ha querido que el poder sea condicicin para la sociedad y 
sus fines, la legitimidad de los poderes constituidas, 6 lo que es 
lo mismo, la legitimidad conque determinadas personas ejercen 
cl poder en cada Estado, no depende de una causa general apli- 
cable A todos los Estados, y por lo mismo te6rica, sin6 de hechos 
variados, y legftimos 6 ilegftimas, segiin las circunstancias que 
lian concurrido en su producci6n. 



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CAPlTULO II 

DE LAS FUNCIONES DEL PODER 

I— CLASIFICACIOXES PRIXCIPALES DE LAS FUNCIONES DEL PODER 



El poder social es uno, porque no se concibe la existencia 
de dos poderes simultdneos sin que se embaracen mutuamente; 
sin embargo, como este poder suele ser considerado bajo distin- 
tos aspectos, que dan lugar d otras tantELS /unctones 6 modos de 
ejercicio, el estudio relativo A esta materia no serd completo 
considerando el poder s61o en su unidad^ sin6 que es preciso 
estudiarle tambi^n en su variedad^ 6 en sus funciones. 

Algunos autores clasifican las funciones del poder en esen- 
ciales.y accidentales; pero estas ultimas no lo son propiamente, 
porque no expresan directamente la naturaleza del poder, ni co- 
rresponden con su origen y fin, y s61o son aspectos momentdneos 
6 derivaciones de alguna funci6n esencial. 

Segiin Ahrens (1), asi como toda vida se manifiesta en tres 
modos principales de acci6n, y hay desde luego una acci6n que 
representa la unidad de vida, de impulso y direcci6n, hay des- 
pues un tipo y leyes, que presiden d todo desarroUo, y existe por 
ultimo la/ormacidfi efectiva y constante de la vida bajo la di- 
recci6n unitaria y segiin las leyes en su ejecuci6n; asi tambi^n 
la vida social debe manifestarse por maneras distintas de acci6n 



(i) Dcho. nat., sexta edici6D francesa. 



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- 176 « 

y organizarse por podcres distintos, aunque Ugados entre sf. 
Hay, pues, en el Estado una funci<3n 6 un poder gubernatnental , 
cuyas tareas particulares consisten esencialmente en dar impul- 
se y direcci6n A la vida publica, en inspeccionar, en vigilar el 
movimiento social^ en hallarse al corriente de sus necesidades, 
en ejercer la iniciativa en la legislaci6n y la administraci6n, en 
representar al Estado en unidad en las relaciones internacio- 
nales y permanecer como el punto de uni6n y el laso para todos 
los dcrads poderes y sus principales funciones. Para este ultimo 
importante fin, debe tener parte en la iniciativa y la sanci6n de 
las leyes, llevando en caso de necesidad un veto, ora absolute, 
ora al menos suspensive; del mismo modo ha de inspeccionar y 
vigilar el cargo judicial y dirigir directamente la administraci6n. 
El segundo poder es el legislativo, que puede manifest arse bajo 
dos formas: como poder constituyente, por lo que respecta j\ las 
leyes y d las instituciones fundamen tales; y como poder legisla- 
tivo en sentido extricto, formulando los principios generales 
destinados A regular todas las relaciones 6 un g^nero particular 
de relaciones entre los ciudadanos. El poder ejeciitivo, en fin, se 
divide en funci6n 6 poder judicial, 6 en funci6n administrativa, 
propiamente dicha. 

Montesquieu, al hablar de la constituci6n de Inglaterra en 
el Esplritu de las leyes, dice respecto d esta materia. 

"En cada Estado hav tres clases de poderes: e\ legislativo; 
el ejecutivo de las cosas pertenecientes al derecho de gentes, y 
el ejecutivo de las que pertenecen al civil. Por el primero el 
prlncipe 6 el magistrado hace las leyes para cierto tiempo 6 para 
siempre, y corrige 6 deroga las que estdn hechas. Por el segun- 
do hace la paz 6 la guerra, envia 6 recibe embajadores, estable- 
ce la seguridad y previene las invasiones: y por el tercero casti- 
ga los crlmenes 6 decide las contiendas de los particulares. Este 
ultimo se llamard poder judicial^ y el otro simplemente poder 
ejecutivo del Estado. „ 

Segun B. Constant (1), los poderes constitucionales son el 
real, el ejecutivo, el representativo y q\ judicial, al que se puede 
aftadir el tnuuicipal. Los tres poderes polfticos, conocidos ante- 
riormente, ejecutivo, legislativo 3' judicial, son tres resortes que 
deben cooperar cada uno por su parte al movimiento geneial; 
pero cuando ^stos, sacados fuera de su lugar, se mezclan entre 



(1) Trad, de Lo|>cz, t. i, pag. 31. 



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— 177 — 

si, se chocan 6 embarazan, es necesario buscar una fuerza que 
los ponga en su lugar. Esta fuerza no puede existir en ninguno 
de los tres resortes, porque serviria para destruir A los demds; 
y asl, debe estar fuera y ser neutra en cierto modo, ^ fin de que 
su acci6n sq aplique en todas las partes donde sea necesaria, y 
para que preserve y repare sin ser hostil. La monarquia consti- 
tucional tiene esta gran ventaja, porque crea el poder neutro en 
la persDna del rey rodeado de las tradiciones de una memoria 
respetable y de un poder de opini6n, que sirve de base al 
politico. 

El vicio de casi todas las constituciones ha sido el no tener 
un poder neutro, y haber puesto la suma de la autoridad, de que 
^1 debla estar investido, en uno de los poderes activos. Cuando 
esta suma autoridad se encuentra reunida d la potestad legislati- 
va, la ley que s61o deberfa extenderse A objetos determinados, 
lo invade todo; y en tal caso hay una arbitrariedad y una tiranfa 
sin Hmites. 

Taparelli (1) dice que los pDderes fundamentales en toda 

sociedad pueden reducirse d cuatro: el de constituirla , el de co- 

nocerla, el de ordenarla y el de moverla\ d los que vulgarmente 

^se llama poder constiiutivo, deliberativo, legislativo y ejecutivo. 

"El poder cottstitutivo es necesario, porque, no siendo el ser 
social engendro inmediato de la naturaleza sin6 de acci6n de 
hombres que obran arm6nicamente, y no pudiendo armonizarse 
6stos sin una ley ordenadora, ni pudiendo haber ley sin derecho 
que la establezca, el ser social nace de un derecho que constitu- 
^yCj 6 sea, de un poder que ayunta ordenadamente A los indivi- 
duos para formar con ellos la sociedad. 

„Es necesario el poder ddiberattvo, porque, siendo humana 
la sociedad, ha de obrar por actos humanos, y como la primera 
facultad necesaria para producir los actos humanos es la de co- 
nocer, serd necesaria en la sociedad la facultad de conocer so- 
cialmente A sf misma 6 el poder deliberativo. 

„La existencia del poder legislativo se demuestra por una 
raz6n andloga, porque la segunda facultad del hombre es la vo- 
luntad, y del mismo modo la sociedad tiene derecho A querer so- 
cialmente^ 6 un poder para mover <1 toda la sociedad conforme 
d lo que quiere. Y como este movimiento social le da la ley, el 
derecho de dar leyes constituye el poder legislativo. 



(I) Curso eUm, de Dcho. nat.^ pag. 240. 

23 



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„El poder ejecutivo es precise en la sociedad, porque el fin 
social no se realiza sdlo por el precepto de la ley, si ^sta no se 
completa en el exterior, y, corao para Uevar d cabo estos actos 
que completan la ley e;cteriormente, se necesita un poder, al que 
tales actos produce se le llama ejecutivo. „ 

Lais reglas 16gicas de toda clasificaci6n prescriben en primer 
lugar que un miembro no est^ incluido en otro; que haya para- 
lelisrao entre estos miembros, es decir, que ^1 uno no sea mils 
comprensivo que el otro li otros, y por Ultimo, que la clasifica- 
ci6n se funde en diferencias esenciales, siempre que se pueda. 
Ahora bien, cuando se trata del poder, como que ^ste por su na- 
turaleza es wndifuersa productora de actos, la distinta naturale- 
za de ^stos nos dard A conocer el mimero de sus funciones. To- 
dos los actos del poder son necesariamente actos humanos: ^stos 
son de tres clases; anfmicos, ffsicos y anfmico-flsicos: & los pri- 
meros pertenecen el pensamiento y la volici6n; d los segundos 
el movimiento, y ^ los terceros las sensaciones de todas clases. 

Teniendo, pues, en cuenta esta base esencial para la clasi- 
ficaci6n de las funciones del poder, no es aceptable la de Ahrens, 
porque su funci6n gubernamental supone fuerza, unas veces 
para conocer, otras para acordar 6 resolver y otras para obrar' 
6 llevar A cabo lo acordado; de aquf , pues, la dificultad que sur- 
ge en tal clasificaci6n de distinguir A priori los actos que le s(^ 
propios. Si se bbjeta que los actos propios de cada funci6n, aun- 
que no sean realmente distintos por su naturaleza, los son bajo 
su aspecto social, contestamos que no es aceptable una clasifica- 
ci6n en que se colocan paralelamente miembros cuya distinci6n 
no se refiere d una base comun. 

La de Montesquieu se sujeta mds, al parecer, 4 una base co- 
miin, distinguiendo el poder legislativo y el ejecutivo; pero la 
desconoce acto continuo al subdividir 6ste, puesto- que la base 
de la subdivisi6n no es ya la naturaleza distint^i de los actos pro- 
pios de cada funci6n, sin6 el objeto sobre que recaen. 

La de B. Constant tampoco es admisible: primero, porque 
no adopta como base de la c]asificaci6n la distinta natura- 
leza de los actos del poder; segundo, porque coloca como miem- 
bros de una misma clasificaci6n el poder ejecutivo y q\ judicial y 
siendo aquel mds gen^rico; y tercero, porque el poder d que 
llama real no deriva de la naturaleza misma de las cosas, 6 fie 
una base fi]os6fica, sin6 de un modo particular de comprender la 
organizaci6n poHtica, exclusiva del sistema mondrquico repre- 
sentativo 6 constitucional. 



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— 1 79 — 

La clasiiicaci6n de Taparelli, si bien reconoce impUcitamen- 
tc una base comiin, esto es, \a consideraci6n de los actos del po- 
der en relation con los fines sociales particulares que debe de 
realizar, al hacer la expli(5aci6n de cada poder, se ve precisado 
a buscar la raz6n del constitutivo y del ejecutivo en el fin social, 
y la del deliberatwo y legislative en las facultadcs humanaSf in- 
teligencia y voluntad, es decir, que se adoptan bases distintas 
para cada dos miembros de la clasificaci6n. 



II-— CLASIFICACI6X l6GICA DE LAS FUNXIOXES DEL PODRR 



La divei^encia de opiniones en este punto y la dificultad de 
explicar l.'ia varias, que hemos examinado, depende en nuestra 
o>pint6n de que cada uno de los publicistas mencionados ha que- 
rido formular una clasificaci6n completa^ y, como esto no pudie- 
ran conseguirlo sin dar cabida en ella ^ todas las funciones del 
poder, que ban ccnocido per la historia6 por la observaci^n, sa- 
crificaron el rigorismo 16gico en aras de aquel deseo. Por nues- 
tra parte abrigamos el mismo deseo; pero, como juzgamos que 
una sola clasificacion 6 un solo cardcter no basta 16gicamentc 
para incluir todas las funciones 6 poderes conocidos hasta ahora, 
ensayaremos distintas calificaciones, adoptando distinta base pa- 
rji cada uno. 

Consider a ndo el poder en si mismo ^ esto es, como fuerza 
directriz de la sociedad, es indudable que todos sus actos sc re- 
ducen A conocer, querer y obrar, Conocer el fin social y los mc- 
dios que d 61 conducen; querer que este mismo fin se realicc por 
medios adecuados; y poner en planta estos medios que se ban 
conocido y querido, son todos y los linicos actos que puede rea- 
lizar el poder como fuerza directriz de la sociedad polftica. 

El poder deliberativo^ el legislativo y el ejecutivo son, pues, 
los tres poderes fundamentales de todo Estado, si la clasificaci6n 
se hace tomando por base la naturalesa del poder. Esto, como 
*c comprende, no quiere decir que cada una de estas funciones 
ha^a- de ejercerse por personas 6 instituciones distintas, sin6 
que todo lo que puede hacer el poder piiblico, sea cualquiera su 
organizaci6n, estd reducido ^ conocer, querer ^ obrar. 



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^ iSo — 

Si consider amos el poder con relacidn d la organisacidn 
polltica del Estado, se distinguird en poder de organisar la so- 
ciedad polltica en una 6 en otra forma, estableciendo sus bas^s 
fundamenlales 6 modificAndolas en ciertos casos; y en poder de 
(iirigir esta misma sociedad, partiendo de aquella organizaci6n. 
HabrA, pues, poder constituyente^ y poder 6 poderes consti- 
tuidos, 

Teniendo en cuenta que tanto el poder constituyente como 
el constituido no pueden llenar su objeto sin6 conociendo, que- 
riendo u obrando, dicho se estd que tanto uno como otro pueden 
ser, d la vez que constituyente 6 constituido, legislativo, delibe- 
rativo 6 ejecutivo, segiin los actos que produzcan. Esta doctri- 
na, por m^s que aparezca nueva ^ incompatible hasta cierto 
punto con el regimen constitucional, es verdadera en el terreno 
de la teoria pura, y tanto que todas las monarqufas de los siglos 
medios presentan ejemplares dp la union de estas funciones, y 
hasta la Asamblea legislativa y la Convenci6n francesa, pres- 
cindiendo ahdfa de su legitimidad, absorbfan, en cierto modo, 
todos estos poderes. 

Considerando los objetos sobre que recae la accidn del po- 
der y siendo estos objetos las personas 6 las cosas, habr^ dos 
clases de actos 6 dos funciones del poder, bajo este punto de 
vista: actos de gobierno 6 funci6n gubernamental, la que tiene 
por objeto inmediato las personas; y actos de administracidn 6 
funci6n administradora 6 gestora, que recae directamente so- 
bre las cosas. Estas dos funciones no las juzgamos miembros de 
una subdivisi6n del poder ejecutivo, como se ha pretendido por 
algunos, porque en realidad quien da las bases 6 instruccioncfs 
que han de se^uirse en el gobierno 6 administraci6n es el pri- 
mer administrador 6 gobernante. 

Por el modo de producirse los actos del poder, cs indudable 
que los unos surgen espont^neamente del mismo, y otros se pro- 
duccn previa excitaci6n estrafia. En el primer caso el poder ejer- 
ce una funci6n rectora, y en el segundo protector a 6 amparado- 
ra, como dice Galiano. 

El cuanto d las subdivisiones de cada funci6n, solo nos ocu- 
pamos de la correspDndiente il la ejecutiva, porque es la linic^ 
que se funda sobre una base cierta y porque es tambi^ri la lini- 
ca admitida por lo:s autores. 

Esta base es la ocasi(3n 6 motivo que provoca la acci6n eje-. 
cutiva para la aplicaci6n de las leyes, y como ^stas pueden apli- 
carse sin contradicci6n 6 con ella, en el primer caso, la funci6n 



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— i8i — 

ejecutiva se designa comunmente con el nombre de administra- 
tiva, y en el segundo con el nombre de judicial. 

Aunque bajo el punto de vista de lo esencial del poder lie- 
mos dividido este en deliberativo, legislativo y ejecutivo, no tra- 
tamos separadamente de los dos primeros, porque coaocer eP 
bien y quererle deben ser actos simult^eos en la fuerza directriz 
de la sociedad; de manera que nos concretamos al estudio de las 
dos funciones admitidas comunmente, la legislativa y la ejecuti- 
va, con la subdivisi6n de esta Ultima en administrativa y judicial, 
d incluyendo en la primcra la deliberativa, porque el conocer es 
condici6n indispensable para querer racionalmentc. 



Ill— XOCION Y CARACTERES DE LAS FUNCIONES DEL PODER 



Lldmase/w«ad« Icgislaiiva la manifestaci6n del poder pu- 
blico cuando prescribe d la sociedad poUtica y d sus miembros 
el modo de obrar para el bien comun. 

El resultado del ejercicio de esta funci6n se llama ley. 

La perfecci6n de ^sta, 6 lo que es lo mismo, el que la ley 
sea adecuada al fin que ha de llenar, supone el conocimiento dc 
los fines y de los medios sociales; de donde se deduce que el ejer- 
cicio de la funci6n legislativa supone la deliberacidn previa, y 
cl ejercicio acertado del poder publico exige que se prescriba 
inmediatamente como ley lo que la deliberaci6n ha hecho cono- 
nocer como bueno. 

La deliberaci6n se realizamediantetrescondiciones: la ins- 
peccidn 6 el acto por el que la inteligencia social se aplica al 
conocimiento; la exposicidn 6 el acto por el que los funcionarios 
piiblicos 6 los miembros de la sociedad ponen de manifiesto las 
neccsidades de ^sta para que la inteligencia social las conozca, 
y la discusidn 6 el acto por el que esta misma inteligencia exa- 
mina el pro y el contra de las cuestiones sometidas d su decision 
para hallar por este medio la verdad. 

Por la simple enumeraci6n de las condiciones d que la deli- 
beracidn se halla sujeta se comprende que la primera y la ulti- 
ma condici6n dependen completamente del poder y C\ s61o las 
realiza; y que la exposici6n pueden realizarla el poder mismo, 



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— l82 — 

sus delegadas y todos los miembros del Estudo, aunque no scan 
funcionarios. 

De lo dicho se infiere: que en toda buena forma de g^obiemo, 
sea mon^rquica 6 republicana, deben establecerse estas tres 
condick)nes; que tanto mds perfecta ser^ la constituci6n social 
cuanto mds completa, oportuna y pacificamente puedan hacerse 
manifiestas las rtecesidades sociales; y que el ejercicio acertado 
dc la funci6n legislativa exige una buena organizaci6n de la dc- 
liberativa. 

Como, despues de conocido lo que es bueno y conveniente 
para la sociedad, es preciso, para que este conocimiento tenga 
utilidad prdctica, que el poder piiblico lo quiera, siguese que la 
cualidad indispensable que ha de adornar A los depositarios de 
la funcion legislativa es, d mds de la ilustraci6n, la bondad 6 
virtud clvica, esto es, xm dnimo siempre dispuesto A buscar y 
procurar el bien social y no el raedro personal. 

La funci6n legislativa se distingue de las demds por carac- 
tcres peculiares: es estcUuyente porque establece el derecho po- 
sitivo, formulando las reglas A que debe ajustarse la acci6n so- 
cial € individual; tntermitente en su ejercicio, porque las reglas 
que formula, como tienen por objeto satisfacer necesidades per- 
manentes, no deben variarse ni modilicarse todos los dias; son 
rrresponsables sus depositarios, porque, representando esta 
funci6n la voluntad social, noreconoce superior, y efectivamen- 
te no le hay del que manda. 

Funcidn ejecutiva es la manifestacion del poder cuando obra 
para Uevar d cabo los acuerdos que ha tornado para el regimen 
del Estado. Dos clases de operaciones tiene que rcalizar para 
llenar su objeto: aplicar dichas prescripciones, y remover los 
obstdculos que d ello se opongan. En uno y otro caso puede go- 
bcrnar 6 administrar , segun recaiga directamentc su acci6n 
sobre las personas 6 sobre las cosas; pero estas dos denomina- 
ciones ya hemos dicho que s6lo se aplican d los actos del poder 
cuando ^ste se ejerce sin que hdya colisidn legal 6 de derechos 
positivos, y ambas se atribuyen en el uso comun d la funci6n ad- 
ministrativa, por contraposici6n d la judicial que se ejerce para 
resolver aquella colisidn. 

Taparelli divide (1) el poder ejecutivo en gobierno, admi- 
nistracidn, judicatura y niilicia, Aunque esta subdivisi6n pu- 



(i) Cur so elem, de Dcho, nat,, pig. 289. 



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^ 183- 

diera aceptarse por lo que hace d los tres primeros miembros, 
no asf respecto d la milicia, la que ni filos6fica ni pollticamente 
se puede corisiderar como poder, porque representando, como 
representa, la fuerza material, aunque semueva con inteligencia 
dentro de si misma por medio de sus jefes, no dirige A la socie- 
dad, sin6 que la sirve como de instrumento empleado por el 
poder. 

El haber desconocido la milicia su.verdadera misi6n ha en- 
g:endrado el militarismo y gran parte de las revoluciones y tras- 
tornos que han afligido A los pueblos. 

Por nuestra parte ya hemos dicho que la funci6n ejecutiva 
es adminisirativa^ cuando Ueva d cabo las prescripciones lega- 
les tomando acuerdos 6 resoluciones sin previa contienda que 
las motive; y judicial^ en el caso contrario. 

Para que la (unci6n ejecutivo-administrativa se ejerza rec- 
tamente es preciso: 1° que sus depositarios sean capaces y pro- 
bos originariamente, y que se mantengan en su capacidad y pro- 
bidad, no ya s6lo por su Indole 6 cardcter, sin6 tambien y prin- 
cipalmente.en virtud de la bondad de las instituciones que les 
impidan dejar de serlo aunque quisieran: 2^ que la organizaci6n 
de esta funci6n en cada pais sea tal que, estableciendo entre los 
diferentes funcionarios las relaciones necesarias para conservar 
la unidad precisaen toda acci6n d fin de que esta sea fuerte, vi 
gorosa ^ incontrastable, distinga sin embargo las atribucione* 
peculiares de cada uno: 3^ que los funcionarios reciban del depo- 
sitario superior de esta funci6n la I'uerza y actividad proporcio- 
nada d sus respectivas atribuciones: 4*^ que se les proporcione 
la independencia necesaria para el cumplimiento de su deber, y 
se les haga responsables de sus actos. 

El cardcter peculiar de esta funci6n 1^ constituye la varia- 
hilidad^ porque, estando encargada de aplicar la ley d todas Uis 
partes del organismo social y variando 6stas, tanto en extensi6n 
como en circunstancias de lugar y tiempo, tiene forzosamente 
que acomodarse d todas estas necesidades particulares, sin6 ha 
dc ser imposible en muchos casos y perjudicial en otros aquella 
aplicaci6n. 

Tambien es cardcter privativo de esta funci6n la continui- 
dad^ porque las necesidades que estd Uamada d satisfacer son 
de todos los momentos. 

Funci6n ejecutivo-judicial.— La buena organizaci6n de esta 
funci6n exige que sus depositarios sean por la indole misma de 
esta organizaci6n idoneos y probos. La idoneidad requiere en los 



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— 184 — 

mismos el saber y la independencia en el ejercicio de sua funcio- 
nes. La prAbidad se obtiene haci^ndolos responsables verdadc- 
ratnente de sus decisiones, no s6lo cuando sean injustos por ma- 
licia, sin6 tambien cuando falten por ignorancia. 

Los caracteres peculiares de esta funci6n son tres: 1° ser 
provocada, que se deriva de la naturaleza propia de esta funci6n 
pues que aplica el derecho con contradicci6n, y como ^sta pue- 
de verificarse, ya porque haya simplemente controversia acerca 
de lo que es 6 A quien corresponde el derecho, ya porque la ley 
haya sido violada directamente, ha de tenerse en cuenta que ni 
en uno ni en otro caso se ejerce esta funciOn sin que haya prece- 
dido la excitaci6n explfcita 6 implicita que supohen aquellos he- 
chos: 2° ser especial, porque sus acuerdos se concretan d resol- 
ver sobre el hecho particular y deter ninado que la provoca: 3° 
ser declaratoria, en cuanto que, al decidir de qu6 parte estd la 
raz6n, 6 si ha habido 6 no violaci6n punif)Ie de la ley, declara 
cual es el derecho en aquel caso concreto. 

Ademds de los peculiares d cada una hay tambien otros ca- 
racteres comunes d algana de las funciones mencionadas. 

La funci6n legislativa tiene de comiin con la administrativa: 
la genet alidad^ porqu^, si la ley ha de ser aplicable k todos, la 
acci<3n administrativa tambien se propone por su parte el inte- 
r<§s 6 bienestar piiblico de todos y no el de algunos individuos 6 
clase; y la espontaneidad^ porque, si la voluntad soberana no 
debe precisar excitaciones para atender por medio de sus pre-' 
ceptos A las necesidades sociales que le son conocidas, tam- 
bien el poder administrativo ha de procurar la satisfacci6n de 
las necesidades piiblicas que le estdn encomendadas, sin otra 
excitaci6n que la ley, pudiendo obrar por sf segtin las circuns- 
tancias del momento, para que sus actos no se hagan inutiles 
por falta de oportunidad. 

La funci6n administrativa tiene de comiin con la judicial la 
respofisabtltdady porque ambas funciones tienen por misi6n eje- 
cutar los preceptos de la legislativa, que es por lo mismo la su- 
perior. 

La famosa teorla en que Montesquieu decia **qite no hay 
seguridad posible allf donde una misma persona (fisica 6 moral) 
da la ley, la aplica y juzga de sus vi^olaciones; y que no era buen 
gobierno aquel en que no estaban divididos los tres poderes, le- 
gislativo, ejecutivo y judicial, „ ha hecho necesario afirmar la 
unidad del poder publico 6 social, aun reconociendo cierta inde- 
pendencia entre sus varias funciones. * 



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- iss - 

Por de pronto no es cierto que falte la se^uridad alll dondc 
se encuentran reunidos los tres poderes en una sola persona, 
porque ninguna incompatibilidad ve la raz6n entre estos dos 
hechos, y ademAs la experiencia diaria de lo que sucede en la 
ma^^orfa de las familias, cuyos jefes asumen los tres poderes, nos 
dice lo contrario, y la historia de muchos pueblos, felices bajo el 
rt^gimen mondrquico puro, lo corrobora. Luego la proposiciiSn 
de Montesquieu tiene de falso lo qne tiene de absoluto. 

La divisi6n de los poderes, por otra parte, es incapaz de su- 
plir por si sola la falta de probidad en los gobernantes, y tanto 
es asf que en todos los gobiernos, cualquiera que haya sido su 
forma, donde ha faltado la probidad, ha reinado la opresi6n. Sir- 
van de ejemplo los esclavos en las antiguas repiiblicas, los cat6- 
licos irlandeses en Inglaterra, y aun los negros en los Estados- 
Unidos. 

Esta divisi6n es, sin embargo, una garantia en cuanto que, 
estando el gobernante 6 los gobernantes, como hombres, ex- 
puestos A las consecuencias de la flaqueza humana, siendo va- 
rios no es lo probable que todos A la vez se dejen arrastrar por 
sus pasiones. 

De lo dicho se infiere que, no siendo las I'unciones del poder 
m^s que distintos aspectos 6 manifestaciones de ^ste, que es uno 
por esencia, no puede haber inflependencia absoluta entre estas 
funciones, y si s61o una independencia relativa, es decir, en 
cuanto c'l su ejercicio y en la esfera propia de cada una. Por lo 
que la dificultad prdctica en esta materia estd en hallar una f6r- 
mula de organizaci6n tal, que, conservando la unidad del poder 
y la subordinaci6n jerdrquica de sus funciones en lo que deriVa 
de la esencia de las mismas, permita sin embargo que cada una 
obre libremente dentro de su esfera sin ser absorbida ni em- 
barazada por ninguna otra. La monarqula representativa ha crei- 
do hallar esta f6rmula y realizar ademds la ventaja del equili- 
brio y contrabalanceo de los poderes. 



a 



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CAPfTULO III 



DEL GOBIERNO Y SUS CLASES 



Hasta ahora solo hemos considerado el poder en abstmcto 6 
en el terreno de las ideas, r^stanos, para conocerle por comple- 
to, examinar como se convierte en hecho en una sociedad poHti- 
ca, 6 lo quees lo mismo, como se ejerce. Para que esto se verifi- 
que es necesario por de pronto que el poder, que esa fuerza que 
hemos considerado en abstracto,»se una A un ser cuyas condicio- 
nes de esencia 6 cuya naturaleza sea adecuada para poseerla y 
emplearla: y, como esta fuerza 6 el poder supone inteligencia y 
voluntad, sfguese de aquf que el linico ser d quien puede unirse 
es el hombre. La uni6n del poder al hombre le hace capaz de go- 
hernar, de ejecutar actos de gobierno, 

Esta palabra puede tomarse en diversas acepciones. 

Alcald Galiano llama gobierno A "una fuerza, nacida de la 
sociedad existente, que reprime y ampara, 6 que reprime ampa- 
rando y ampara reprimiendo.„ 

Segiin Pacheco "la palabra gobiemo tiene por lo menos tres 
significaciones: primera, todo el poder piiblico, todas las institu- 
ciones de un pais; segunda, la parte de ese poder encargada de 
la gobernacidn; tercera, la gobernaci6n misma.„ 

Hip. Passy dice en un art. del Dice, de Block "que esta pa- 
labra sirve para designar el conjunto de los poderes, d los que, 
en cada Estado, pertenece el ejercicio de la soberanla efectiva.„ 

Ferrdn, considerando que de la coexist encia, combinaci6n y 
armonfa de los dos elementos, el objetivo y subjetivo, social 6 in- 
dividual, resulta el elemento definitivo y sint^tico del derecho 



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~ 187 - 

piiblico-intemo, cree que este elemento se realiza practicamen- 
te en el gobiemo y en la constituci6n polltica, y define el pri- 
mcro "la acci6n (racional, regular, orgaxdzada y trascendente) 
del poder.„ 

Deducese del examen de estas definiciones que el gobierno 
se considera: ya como el poder mismo; ya como las personas 
cncargadas de su ej er ckk y; ya como la acci6n general de este 
poder; ya como una parte determinada de esta acci6n: por lo 
que nosotros llamamos gobierno d la persona,fisica 6 moral, in- 
dividual 6 colectivay que ejerce el poder piiblico en un Estado. 

Esta noci6n contiene la idea de poder; la de los encarga4Qs 
de su ejercicio, pues el poder no obra como fuerza sin un ser al 
que est6 unida; y la de la acci6n del poder, ya sea general 6 par- 
ticular, porque el poder no se ejerce sin producir actos. 

Por esta definici<5n se evidencia tambi^n su necesidad, pues- 
to que, si el poder publico es necesario d la sociedad, lo es s6lo 
d condici6n de que no permanezca inerte. De nada sirve una 
fuerza si 6sta no S3 ejercita cuando hace falta; y como las nece- 
sidades sociales exioen para satisfacerse la acci6n del poder pii- 
blico, este serji s6lo iltil en cuantoobre; y su mayor 6 menor uti- 
lidad estard en relaci6n con la energfa, oportunidad, rapidez y 
constancia con que atienda A la direcci6n social y d la satisfacci6n 
de las piiblicas nccesidades. 

Pacheco, distinguiendo los gobiernos en monarqufas, aris^^- 
cracias y de rocracias, toma como base de la clasificaci6n jun- 
tamente el mimero y calidad de las personas que ejercen el po- 
der, lo que es asimismo aplicable d la forma teocrdtica, que tam- 
bi^n enumera aunque como mucho mds rara; y aftade d esta 
clasificaci6n los gobiernos llamados mixtos, pues el gobiemo, 
dice, ha de ser en sus fuerzas la expresi6n de un hecho social y 
ha de seguir en sus fases todas las fases de ese hecho, y como 
el hecho social unas veces ha sido simple y otras compuesto, la 
forma ha sido unas veces pura y otras compleja, mixta 6 com- 
binada; siendo k) ^wimero tnds propio de la infancia de las so- 
ciedades, y avini^ndose mejor lo segundo con nuestra civilizaci6n 
adelantada. 

Segiin A. Caliano, esta clasificaci6n no precisa bien las dif<e- 
rencias entre las distintas formas, porque hay monarqufas tan 
diferentes entre sf por su modo de ser^ que es casi imposible ha- 
llar entre ellas semejanza, pudiendo servir de ejemplo la monar- 
qufa in^Iesa, que mds parece una republica, donde el rey no es 
mds que el primero de los pares, comparada con la autocrdtica 



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— i8S — 

de Rusia y la de.sp6tica de la Sublime Puerta, 6 con la del Celes- 
te imperio. 

Lo linico de comiin, que cntre ellas puede encontrarse, es la 
cxistencia de un rey^ de una di^nidad permanente, nunca vacan- 
te, por trasmitirse por herencia, y que puede mirarse como 
prenda de firmeza y de ventura, por no dejar fiada la suerte del 
Estado in una elecci6n, que es una casualidad disfrazada. 

MAs diferentes son, se^^iin el mismo, las distintas aristocra- 
cias, aunque haya puntos en que coincidan. Lasantiguas aristo- 
cracias, qiie si*^nificaban el gobierno de los mejores; las en que 
el poder se trasmitfa por herencia; 3^ las de aquellos paises en 
que, aun llamdndose democnlticos, la facultad de hacer las le- 
yes y la de ele,^1r A los que ban de hacerlas estjl reservado ^ un 
corto niimero de personas, y que son por lo mismo en realidad 
verdaderas aristocracias, tienen muy poco, si es que hay entre 
ellas al.^o, de comtin. 

Y en cuanto d la democracia, cu\'o nombre se deriva del 
ij^riego demos, pueblo 6 muchedumbrc, y equivale al o^obierno 
ji^eneral 6 de todos, este gobierno no se encuentra realmente en 
ninguna parte, porque en nino^una parte han ij^obernado, ni los 
esclavos en las anti2:uas democracias, ni los sirvientes, locos, ni 
, menores de edad en las antiguas y modernas. 

No hay, pues, una definici6n de las democracias que d todas 
las comprenda; y la distinci6n entre esta forma y la aristocracia 
y aun la monarquia, tales comonos la presentan la historia y la 
observaci6n actual, es tan t^nue, que en el la es imposible fundar 
nada esencial (1). 

A estas tres for mas se ha afladido en los modernos tiempos 
la llamada mesocracia, 6 gobierno de las clases medias, que es 
cierto como hecho, en cuanto queen los pueblos mds ilustrados 
de Europa se hallan actualmente en estas clases la fuerza y la 
direcci6n del Estado. Al enunciar esta forma de gobierno, se ve 
que lo que sirve para distinguirla de las otras, es tambi^n el nii- 
mero y la calidad. 

En la clasificaci6n de Montesquieu, quien divide los gobier- 
nos en monarquia, despotismo y repOblica, no acertamos A com- 
prender que haya servido para hacerla ninguna base cientffica, 
pues, si respecto d la monarquia y A la republica pudiera decir- 
se que su distinci6n se funda, ya en el niimero de los que ejercen 



(i) Lccs, en cl AUnco, i>ags. 14 y siguicntes. 



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— i89 — 

cl poder» ya en el modo como £*ste se trasmite, no puedc hacerse 
extensiva al dcspotismo, que, ademas de no ser j^obierno, sin6 
arbitrariedad, y no conocerse m^s queen los pueblos salvajes, su 
distinci6n de las otras formas se funda en el modo de ejercer el 
poder. 

El mismo A. Galiano, antes citado, propone como acertada 
una divisi6n en que los gobiernos se distinjt^an seg^un que la po- 
testad jj^obernadora reconozca 6 no medio legal por el cual los 
«;obernados puedan refrenarla 6 infiuir en ella directamente, ya 
por tener aquella potestad iacultades restringidas y no omnimo- 
das, ya por hallarse rodeada de cuerpos, elegidos por todos 6 
parte de los gobernados y qu?, ademls dc conipartir el poder Ic- 
gislativo, puedan examinar los actos de la potestad ejecutora, 
como sucedc en los pueblos en que rige el sistema llamado, aun- 
que tal vez impropiamente, constitucional 6 representative . 

Con mucho acierto toma FerrAn por base, para clasilicar 
los gobiernos, ya el espiritu 6 la tendencia que en los mismos 
predomina, ya hi forma 6 el niimero de personas que ejercen el 
poder y la distribuci6n entre las mismas de sus diversas fun- 
ciones. 

Clasificaci6 1 de los gobiernos por su espiritu.— Conlo c^ste 
indica el predominio de alguno de los varios elementos sociales, 
lo que determina 6 produce diversas tendencias en la acci6ndel 
poder 6 en el espiritu que anima A las personas encargadas de 
ejercerle, sfguese que las especies de gobierno, teniendo en 
cucnta este espiritu y tendencia pueden reducirse A cuatro: teo- 
cracia, en que prodominael elemento teocr^tico 6 sacerdotal, y 
cuya tendencia es el prevalecimiento de los dogmas y creencias 
religiosas, subordinando d estos los demds int^ereses sociales: 
aristocracia , en que predominaba el elemento nobiliario en los 
pasados tiempos, y en los modernos el elemento que representa 
las clases superiofes del Estado 6 que han llegado d distinguirsc, 
no s6lo ya por su nacimiento, sin6 tambi^n por^u saber y rique- 
zas, y cuya tendencia es la conservaci6n de las glorias, tradicio- 
nes ^ intereses arraigados en la sociedad: democracia, en que 
predomina el elemento popular, esto es, la voluntad del mayor 
niimero sin distinci6n de clases, calidades, ni jerarqulas sociales 
sean naturales 6 artificiales, y cuya tendencia es la participaci6n 
de todos en las funciones sociales y el ensayo de todas las inno- 
vaciones; y por ultimo la mesocracia, especie nueva, en que 
predomina la influencia de las clases medias, elemento mixto dc 
los ultimos grados dc las clases superiores y de los mds elevados 



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— 1^0 -- 

de la muchedumbre, y cuya tendencia es la armonizacida de los 
intereses arraigados con la pr^ctica de las ideas innovadoras, 
median te la abolici6n de privilegios, por una parte, y la exigen- 
cia de ciertas condiciones, por otra, para desempeflar funciones 
publicas, y aceptando las teorfaS nuevas, no como se presentan 
en el terreno de lo ideal, sin6 en cuanto son compatibles con el 
cstado actual de la sociedad. 

Clasificaci6n de los gobiemos por su forma. — Lldmase for- 
ma de gobiemo la diferente organizaci6n que ^ste recibe segun 
el numero de personas depositarias del poder publico y la diver- 
sa localizaci6n de las funciones de 6ste para su ejercicio. 

Segun Arist6telesestas formas j)ueden ser tres; monarqufa 
6 gobiemo de uno solo; oligarqula 6 gobierno de unos pocos, y 
reptiblica 6 gobierno de la muchedumbre. Esta divisi6n no cs 
filos6fica, porque no supone un limite fijo para distinguir unos 
gobiernos de otros. 

Suprimiendo, sin embargo, uno de sus t^rminos, la oligar- 
qula, h^cese ya aceptable, pues asl como en el 6rdeii de las 
ideas 6 de las categorlas lo uno se opone A lo multiple, y no d lo 
mds 6 menos, asi la clasificaci6n de las formas de gobierno por 
el niimero de personas que ejercen el poder habrd de ser s61o 
en dos linicas, que pueden Uamarse formas-tipo: monarqufa 6 
gobierno de uno solo, y reptiblica 6 gobierno de mds de uno. 
Pudiera decirse que habfa limite fijo, distinguiendoel gobiemo de 
uno del de varios, y ^ste del de todos; pero este gobierno ni exis- 
te ni ha existido, y mucho m^nos en los tiempos de Arist6teles, 
en los que ademds de estar excluidos los incapacitados y meno- 
res, como en los tiempos modernos, de toda interyenci6n en el 
gobierno, lo estaban tambi^n los esclavos. 

Con todo, la repiiblica puede revestir dos formas, teniendo 
on cuenta si son algunos los que ejercen el poder, 6 si lo ejercc 
la generalidad, no la totalidad, ya directa 6 indirectamente; y 
como al ejercer el poder unos pocos, estos se distin^fuen de Jos 
demds, y se convierten por lo mismo en arist^cratas, en el lato 
sentido que hoy tiene esta palabra, siguese que, combfnando el 
numero con la calidad de las personas depositarias del poder en 
las distintas reptiblicas, ^stas pueden ser aristocrdticas, gobier- 
no de varios que se han elevado sobre la muUitud, 6 democrAti- 
cas, gobiemo de la generalidad. 



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CAPITULO IV 

BE LA FORMA MONARQUICA 



I— -SC XOCION, VK.VTAJAS li IXCOXVEXIEXTES EX GEXERA^ 



Es monarqula, aquella forma de gobicrno en que una sola 
persona, llAmese re>% emperador, czar, sultan 6 mds gen^rica- 
mente monarca, ejerce el poder supremo, siendo por lo mismo 
el soberano. 

Si excluimos el gobiemo patriarcal, que no puede llamarse 
politico porque no regfa un Estado, ninguna otra forma es mds 
antigua que la monarquia; lo que se explica fdcilmente por ser 
la forma mds sencilla y que m^s naturalmente se presenta y 
tambi^n porque tenia su precedente inmediato en el gobierno fa- 
miliar. Asi es que, despues de la dispersi6n que sigui6 al diluvio 
universal, todas las agrupaciones que se formaron, obcdecieron 
A la autoridad de un solo hombre, y fu6 necesario el trascurso 
de mucho tiempo para que las repiiblicas hel^nicas presentaran 
el ejemplo de una nueva organizaci6n polftica. 

La forma mon^rquica tiene por de pronto la ventaja de aco- 
modarse m^ que ninguna otra d las dos condiciones esenciales 
del poder: la unidad y la perpettiidad . La primera condici6n la 
realiza prdcticamente en cuanto es s61o una la persona sobera- 
na; y en cuanto A la segunda, como la dignidad real es vitalicia 
por su naturaleza, al contrario de lo que sucede en las otras 
formjis, es indudable que lleva aneja mayor perpetuidad; sin 



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— 192 -7 

agregar d esto que en la monarqufa hereditaria, en jque no hay 
inlerregno, la perpetuidad es un hecho, es verdadera, y no lle- 
va este nombre s61o porque sea algun tanto larga su duracidn. 

Otra ventaja de la monarqula es que las deliberaciones en 
los negocios son m^s prontas y mAs secretas, sobre todo en las 
monarqufas puras. . , . 

Hay tambi^n en las monarquias mayor actividad y rapider^ 
en la ejecuci6n de lo acordado; d lo que se aftade que '^con m^- 
nos fuerzas pueden ejecutarse may ores cosas,„ como confies.i 
Montesquieu, porque se obra con plan uniforme, sin oposici6n dc 
opiniones, y con una perfecta unidad de principios, de fuerzas y 
de fines, y es sabido que *^vis unitafortior.* 

A estas ventajas reales y verdaderas, afiaden tambi^n los 
encomiadores de esta forma de gobierno las siguientes, no siem- 
pre comprobadas: primera, que es m^s seguro el premio de los 
talentos, de las virtudes y de los servicios piiblicos, porque el 
monarca se considera obligado directamente, lo que no sucede 
cuando los unos pueden disculparse con los otros, y no necesita 
tampoco mostrarse dvido de distinciones quien todas las reune; 
y segundo, que entre el monarca y los vasallos se produce una 
uni6n tal, que convierte d la naci6n en una sola familia. 

Todos los inconvenientes de la monarqufa pueden reducirse 
al riesgo de que degenere en Urania 6 despoUsrno la reuni6n 
del poder supremo en unosolo. 

Heinecio expone, sin embargo, tres inconvenientes de la 
monarqufa: 1° Peligro de un mal principe, y tiranfa, arbitrarie- 
dad, opresi6n y perturbaci6n social consiguientes. A esto dicen 
los mondrquicos que tal inconveniente es, por dc pronto, anejo 
d todas las instituciones humanas; y que tambi^n es mds facil 
que abusen del poder muchos que uno, porque cuando uno solo 
reune el poder, ^1 solo es tambidn responsable del abuso, mien- 
tras que cuando el poder se divide entre muchos, ninguno se 
considera en particular responsable, pretendiendo declinar sobrc 
sus colegas lo odioso del gobierno. Por otra partc^ cuando el mo- 
narca, abusando del poder, degenera en d^spota 6 tirano, este 
abuso no destruye los fundamentos de la sociedad y del Estado, 
que son la unidn de las fuerzas y la Concordia de los cindada- 
nos; ni aun se opone regularmente al bien esencial de los ciuda- 
danos en comiin, sin6 tan s6lo al de algunos particulares de mAs 
autoridad y nombradfa, que est An mils cerca del trono y que son 
los que de ordinario experimentan los efectos del despotismp. 
2** P^rdida de la libertad. Kste cargo contra la moiiarqufa^ con- 



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— 193 — 

testan sus adictos, 6 nada significa, 6 de hacerse es extensive A 
todas las demils formas de gobierno, y mucho mds A la anarqula 
y A lo3 gobiernos que d ^sta se aproximan. Nadie duda que es 
mds libre quien solo obedece d uno que quien depende de la vo- 
luntad de muchos; y si no hay ley ni freno que contenga la acci6n 
de cada individuo, resultara un choque, una colisi6n tal, al pre- 
tender todos ser lib^rrimamente libres, que las precauciones ne- 
cesarias para vlvir en una sociedad de esta indole serian la ma- 
yor traba de la libertad verdadera. Si el despotismo tiene por 
lema *sit pro ratione %foluntaSy* la anarquia no reconoce otra 
regla que el ^regnetpro jure libido.* Pero, si la falta de liber- 
tad, A que se referla Heinecio, era de la llaniada politica, 6 de 
intervenci6n de todos los ciudadanos en el gobierno, es induda- 
ble que la repiiblica es inds adecuada para esta intervenci6n: 3*^ 
Frecuentes mudarisas en las cosas. Afirman los mondrquicos 
contra esta objecci6n que estd primero por demostrar que la 
perpetuidad de las cosas sea un bien en la sociedad; y despues 
de esto, aun dado que los cambios de cosas sean un mal, la ex- 
periencia de todos los tiempos y paises demuestra que las mu- 
danzas son mds propias de las repiiblicas, abandonadas d los ca- 
prichos de un vulgo sin raz6n, sin consejo, sin preYisi6n, ni des- 
cernimiento. Por lo demds, no hay duda que las monarquias se 
hallan tambi^n sujetas d mudanzas y trastornos sobre todo don- 
de reina el despotismo y no hay mds ley que la voluntad del 
soberano, mds no asi en las monarquias templadas, donde hay 
leyes iijas y conocidas de todos, porque ademds de acreditarlo 
la experiencia, la sola costumbre de obedecer al soberano, segun 
las leyes, aleja los trastornos y revueltas. 



II— RSPECIES DE MOXARQCfAS Y VENTAJAS t IXCOXVEXIENTES DE 

CADA rXA 



Teniendo en cuenta el hecho que da origen d la dignidad 
real, 6 por el que ^sta se localiza en su poseedor, puede ser la 
monarquia electiva 6 hereditaria^ cuyas denominaciones indican 
que su origen es la elecci6n 6 la herencia. 

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— 104 - 

La hereditaria se subdivide en regular 6 agnaticia: en la 
primera son admitidos d la corona todos los herederos sin distin- 
ci6n de sexos, pero siguiendo cierto orden de preferencia, y en 
la segunda se excluyen las hembras. 

Unas y otras pueden ser puras 6 limitadas^ segun que el 
monarca ejerza su autoridad sin restricciones, 6 con el concurso 
de ciertas instituciones no incompatibles con la unidad de lil so- 
beranla. 

Monarquia elect iva. Hist6ricamente conslderada coincide 
con los periodos de infancia de algunas naciones, mds guerreras 
y militares que polfticas y civiles, y en los que el valor y los ta- 
lentos estrat^gicos, haci^ndose notar por hechos que todos pre- 
senciaban 6 por lo menos cuyos resultados conocfan, daban la 
preferencia. Te6ricamente tiene la electiva una ventaja muy 
importante sobre la hereditaria, y es que por la elecci6n se pue- 
de escoger al mds digno en vez de aceptar forzosamente al in- 
dicado por la herencia, cualesquiera que scan sus condiciones; 
por mds que esta ventaja no siempre lo sea en el terreno de los 
hechos, sirviendo muchas veces la elecci6n para encumbrar al 
mds osado 6 intrigante. 

El modo de elecci6n es tambi,^n, si se quiere, mds obvio y 
litil d los pueblos reducidos, donde se puede, en primer lugar, 
conocer al candidato y sus dotes; y en segundo, emitir realmente 
su voto todos los interesados en el acto. 

Esta forma tiene los inconvenientes que siguen: 

Realiza muy imperfectamente las condiciones de unidad y 
perpetuidad en el poder. Faltan en ella la energla y vigor del 
poder, porque su depositario no se considera mds que como un 
simple delegado, cuya autoridad depende de la voluntad 6 capri- 
cho de los electores. Rs ocasionada d revueltas 6 trastomos, pro- 
movidos al verificarse la elecci6n por los ambiciosos que aspiran 
al trono 6 d colocar en €\ d sus parciales. Por esto dice Pacheco 
que la elecci6n de los monarcas en la ^poca moderna seria una 
anarquia regularizada, una revoluci6n permanente, y que se for- 
mard idea de ello, comparando lo que sucede en las elecciones 
de diputados, habiendo un rey, una autoridad suprema, con lo 
que sucederia eligiendo un rey, y faltando por lo mismo una au- 
toridad superior que se interpusiera at^ando las revueltas y con- 
tiendas civiles. 

El rey electo seria casi siempre un rey de partido, que du- 
raria simplemente el tiempo que predominase ^ste, 6 el que pu- 
diera sostenerse por la fuerza. 



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— 195 — 

La €lecci6n podrfa recaer sobre un extranjero (1), lo que so- 
bre scr antinacional, seria tambi^n una contradicci6n poUtica, 
puesto que para desempeftar cargos piiblicos se exige como pri- 
mcra condici6n en todos los Estados la nacionalidad, y se eleva- 
ria al primero de los puestos d quien no tenia tal condici6n. 

La elecci6n de un extranjero tendria ademds el inconvenien- 
te de lanzar al Estado fdcilmente en guerras intemacionales, y 
de ser tal vez la naci6n un simple sat^lite de la patria del rey, si 
^sta era poderosa. 

Como prueba de la bondad de la monarqufa electiva presen- 
tan algunos, entre ellos Edgar Quinet, citado por Galiano, el 
ejemplo del Pontificado, que casi siempre recay6 en varones es- 
clarecidos; pero esta observaci6n pierde su fuerza, si se nota: que 
en la elecci6n de los pontifices se subordinan los intereses mate- 
riales d los espirituales, lo que produce tendencias m^ levaota- 
das por ser m^ noble el esplritu; que esta elecci6n la verifkra 
el Sacro-Colegio, que no es al fin y al cabo en su mayorla otra 
cosa que una reunion de hombres doctos y distinguidos por sus 
virtudes; y por liltimo, para los cat61icos, que tal reuni6n estd 
asistida por las luces del Espfritu Santo, las que invocan por me- 
dio de prdcticas piadosas preparatorias; A lo que debe aftadirse 
que el m^todo 6 procedimiento para la elecci6n de los pontifices 
ofrece en lo humano mds garantias de acierto que ningiin otro 
conocido. 

Monarquia hereditaria. Considerada bajo el punto de vista 
hist6rico ha contribuido grandemcnte d la formaci6n, robusteci- 
miento y consolidaci6n de las nacionalidades. Te6ricamente, aun- 
quc fija y personificada en un hombre, la monarquia se hace, 
por decirlo asf, inmortal, porque la herencia impide que jamds 
est^ vacante, incierta 6 suspendidala autoridad soberana, y llena 
por cste medio mds adecuadamente que ninguna otra instituci6n 
la idea del gobiemo, porque el gobierno, segiin su naturaleza, es 
perpetua vida, perpetua atenci6n, perpetua acci6n sobre las co- 
sas piiblicas (2). 

La solidez y permanencia que da la herencia A las monar- 
quias, esta estabilidad, hace del monarca, no una criatura hu- 
mana, sin6 una instituci6n, rodedndole degian prestigio, fuerza 



(i) Este incoDvenieDte es tambi^n propio de la hereditaria, auDqne en esta el 
Ilamado al trono puede y debe haberse edacado ya conforme al espiritu de la na- 
ci6ii que ha de gobemar. 

(2) Pacheco— Z^«. de Dcho, poi., pig, loi. 



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— 196 — 

y brillo. Mata adem^s las amblciones, {iorque no hay competi- 
dores, u son pocos en el terreno legal, y evita por lo mismo los 
trastornos inherentes A la elecci6n. 

Evitase con ella tambien, el desprestigio de la autoridad del 
monarca, por la independencia que A este da el no haber recibi- 
do su poder de la voluntad de ningun subdito, sin6 de la misma 
ley directamente, y porque, cuando un poder se funda en los mis- 
terios de la trasmisi6n y en la legitim.idad de los siglos, es mu- 
cho m^s estimado que aquel otro, cuyo origen se ha visto y & 
cuyo depositario actual se ha considerado como un igual 6 tal 
vez como un inl'erior. 

Los inconvenientes de esta lorma se resumen principalmen- 
te en la ineptitud y maldad posibles de los Uamados it la corona, 
y en los peligros de las minorias y regencias. A 6stos puede afta- 
dirse que las conmociones que se dirigen contra los tronos secu- 
lares trascienden hasta los cimientos de la misma sociedad. 

Monarquia hereditaria agnaticia. Se llama asf aquella en 
que suceden exclusivamente los varones. Presentan como ven- 
taja de este sistema las condiciones especiales que tiene el hom- 
bre respecto A la mujer para el gobierno, sobre todo en circuns- 
tancias graves y anormales, como lo son las de revoluciones y 
guerras, en las que es preciso que las reinas tengan el temple 
de alma de las heroinas. 

Los inconvenientes de este sistema se conocen por su com- 
paraci6n con los del sistema regular, siendo las ventajas del uno 
inconvenientes del otro. 

Monarqufa hereditaria regular. En 6sta suceden varones y 
hembras, aunque en igualdad de circunstancias son preferidos 
aquellos. Son sus ventajas: considerar la monarqufa como una 
institucion, elevAndola por cima de la material distinci6n del 
sexo; facilitar la aplicaci6n del principio hereditario, por exten- 
derse d mds personas la sucesi6n y poner obstdculos d que sc 
acabe el mimero de los Uamados; facilitar por el matrimonio de 
las reinas los cambios de dinastias, lo que puede ser provechoso 
cuando ^stas se han gastado, en la acepci6n polftica de la pala- 
bra, 6 se han hecho impopulares; y dar origen d Estados pode- 
rosos por la uni6n matrimonial entre soberanos de los pequeflos. 

A la objeci6n contra este sistema, fundada en la preeminen- 
cia del sexo masculino, puede tambien contestar la historia rc- 
gistrando en sus pAginas los nombres de Isabel de Inglaterra, co- 
mo reina, los de Catalina de Rusia, de Maria Teresa de Austria, 
de D* Maria de Molina y de Isabel la Cat^lica de Castilla. 



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— 197 — 

Monarquia pur a. Presenta como ventajas la mayor robus- 
tez del poder» la mayor unidad de miras y tendencias y cl mayor 
vigor y rapidez en la acci6n, por asumir el monarca los caracte- 
res de legislador, administrador y juez. Tiene el inconvenientc 
de degenerar facilmente en despotismo 6 por lo m^nos de facili- 
Uir la ejecuci6n de actos tirdnicos. 

Monarquia limitada. Ofrece mayores garantlas de acierto 
en las resoluciones soberanas, sujetando 6stas d ciertos prclimi- 
nares indispensables; no se halla tan abocado al despotismo cl 
ejercicio del poder supremo por el contrapeso que halla 6ste en 
las instituciones politicas, y en ella estdn m^s asegurados los de- 
rechos del individuo. 

Se halla expuesta A hacer de la institucidu real un objcto de 
burla, sobre todo en los pueblos que, llcvados de una excesiva 
suspicacia, hacen casi de nombre la autoridad del monarca por 
cl cumulo inmenso de las instituciones polfticas que la rodean. 



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CAPITULO V 



DE LA FOJRMA REPUBLIC ANA 



I— SUS CARACTERBS, VErTTAJAS 6 INCONVEXIENTES EN GENERAL 



Lldmase repilWica la lorma de gobierno en que el poder so- 
bcrano no estd ejercido por una sola persona fisica. Esto no 
quiere decir que en las reptiblicas haya varios poderes, pues, 
como hemos demostrado, la pluralidad de soberanos es incom- 
patible con el orden y con el gobierno. 

La forma republicana supone un perfodo reflexivo en la vi- 
da de los pueblos, porque su mecanismo es mds artificioso y 
alambicado que el de la monarquia. 

Sus caracteres pueden reducirse A tres: uno fundamental^ y 
los dos ultimos menos esenciales. Elprimero consiste en el/rac- 
cionamiento de la soberania 6, si se quiere, en la divisi6n de su 
ejercicio entre varias personas; el segundo lo constituye lo tem- 
poral y amovible de las magistraturas, y el tercero est^ en el 
origen de estas magistraturas supremas, que es siempre la elec- 
cidn, 

Hemos dicho que los dos ultimos no son esenciales, porque 
ha habido en efecto algunas repiiblicas y puede haberlas, princi- 
palmente aristocrdticas, en que tales caracteres no existan. 

H6 aqui ahora expuestas sucintamente las ventajas y los in- 



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convenientes atribuidos per H. Baudrillart (1) Ci la repiiblica, 
cualquiera que sea su especie. 

A la idea de la repiiblica se enlazan pensamientos muy ele- 
vados, sentimientos muy nobles y generosos: en las monarqufas 
cl homenaje del hombre al hombre ocupa un gran lugar; pero 
este homenaje, aunque puede ser compatible con el bien piiblico 
y llegar hasta el heroismo algunas veces, es menos puro y subli- 
me, menos digno que el homenaje que se rinde A una cosa supe- 
' rior al hombre mismo, es decir, A la patria, A ley 6 al Estado. 
Las preocupaciones egoistas y el interns personal suelen ser 
reemplazados por el amor d la patria, y por el generoso sacrifi- 
cio de cada uno A todos y de las pequefieces del individuo A la 
majestad de la justicia. 

A esta idea noble de abnegaci6n y desinter^s, viene A unir- 
se otra idea mAs arrebatadora, la^de la igualdad con la libertad. 
La igualdad es de tal modo la pasi6n de las almas republicanas, 
que aun las repiiblicas mAs aristocrdticas no se eximen de esta 
ley comiin A todas, aunque la prdctica y el culto de la igualdad 
se concentren en estas repiiblicas aristocrdticas en un clrculo 
mAs restringido en vez de extenderse A todos los ciudadanos. 
Rsto nos muestra la naturalesa y el fin de la instituci6n republi- 
cana, que consiste en ser un gobiernb fundado sobre el interns 
general y la igualdad, teniendo por base, como afirmaba Montes- 
quieu, la virtud clvica, y por m6viles principales el patriotismo 
y la popularidad con los honores que ella adjudica. H^ aqul por- 
qu^ la repiiblica ha producido tantas virtudes del orden mds 
sublime presenladas por la historia A la admiraci6n de las gene- 
raciones futuras. ^ 

Mas lo que constituye la grandeza de esta forma de gobier- 
no, produce tiimbi^n sus dificultades y peligros. 

La igualdad, que es el alma de las repiiblicas, tiene dos enc- 
migos podcrosos: la ambici6n, que conspira contra ella; y la en- 
vidia, que la exagera. Aquella no puede resignarse A aceptar el 
yugo de la ley comiin; 6sta se revuelve 6 se subleva contra la 
superioridad de la fortuna 6 la del m^rito y se esfuerza en nive- 
lar aquella y en denigrar ^sta. Los impuestos dirigidos contra 
los ricos, los proyectos de leyes agrarias, los privilegios en favor 
de los pobres, la suspicacia contra la parte acomodada y distin- 
guida de la poblaci6n, toman de ella nacimiento. No hay histo- 



(i) Blok, Die, de la poL torn II, pdgs. 763 y sig. 



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^-^ loo — . 

riadof ni publicista ilustrado que no haya hecho notar que la en- 
vidia, las ambiciones, las sospechas y el espiritu de versatili- 
dad son los escollos peculiares de las republicas, como la intriga 
y el favoritismo lo son de las monarqufas. Pero los primeros de 
estos vicios son propios de la mayoria; los segundos no pertene- 
cen sin6 d un pequefto niimero. 

De aqul viene la expresi6n, que jam^s se aplica A la monar- 
quia, "un pueblo no estA tnaduro para la repiiblica.„ En efecto, 
la igualdad exige caracteres, educaci6n y costumbres apro- 
piadas. Lo mismo sucede con la libertad, sin la cual no es posi- 
ble m^s igualdad que la trisfe y vergonzosa de la esclavitud. 

Para gobemarse A si mismo y para tomar parte en el gobier- 
no de la cosa piiblica, es necesaria una suma de luces, una mez- 
cla de firmeza y de moderaci6n, que no estin distribuidas por 
todas partes en dosis suficientes para asentar un estado de cosas 
regular y permanente. Siendo el mimero, en nombre de la igual- 
dad, uno de los elementos esenciales de la instituci6n republica- 
na, si los corrompidos, los incapaces^ los espiritus fdciles de se- 
ducir y arrastrar forman la mayoria, todo se ha perdido. O ki 
anarquia, 6 un dictador; no hay t^rmino medio. 

Otra dificultad de la repiiblica se revela en el siguiente di- 
cho de Montesquieu. **£! gobiemo es como todas las cosas del 
mundo; para conservarle es necesario amarle. Jamds se lia oido 
decir que los reyes no amasen la monarquia y que los d<5spotas 
odiasen el despotismo. La repi5blica no puede ser una excepcidn; 
para que ella se arraigue en un pais no basta que una minorla 
la quiera 6 que quiera imponerla; es tnenester una nacidn 
de republicanos tan dispuesta d recibirla como capas de sopor* 
tarla, 

Tambi^n sucede con frecuencia en las repiiblicas que la ma- 
yoria oprime A la minoria, cuando no es ^sta la que domina por 
el terror. Y si esto no puede considerarse como una ley fatal 6 
inevitable, es, por lo m^nos hasta la fecha, la historia de la ma- 
yor parte de las repiiblicas. 



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— 2at •— 



II — VARIANTES DE LA FORMA REPUBLICANA Y VENTAJAS 
6 LVCONVENIENTES DE CADA ESPECIE 



A dos especies principales pueden reducirse, segtin se atien- 
da, 6 al niimero y calidad de las personas que comparten el po- 
der, 6 d la diversa organizaci6n que pueda recibir el Estado aun 
dentro de esta misma forma. Bajo el primer aspecto.puede ser 
la republica: aristocrdtica cuando la participaci6n en el poder se 
circunscribe ^ unos pocos que se ban elevado sobre el pueblo en 
general pov su linaje, riqueza, 6 saber; y democrdtica, cuando 
todos los ciudadanos son llamados d participar directa 6 indirec- 
tamente en las funciones del gobiemo. 

La aristocrdtica, considerada s61o dentro de la forma gene- 
ral republicana, tiene la ventaja de conferir el poder A los que d 
priori pueden presentar mayores tltulos de aptitud para su ejer- 
cicio; pero sus tltulos de legitimidad son nulos en el terreno pu- 
ramente te6rico, porque no pueden invocar ni la delegaci6n de 
Dios, como los monarcas de derecho divino, ni la delegaci6n na- 
cional, como los gobiernos populares. Por eso sin duda no existe 
en la actualidad; ni es probable que vuelva ^ conocerse tal for- 
ma de gobiemo, porque ni el valor, ni la dignidad, ni las rique- 
zas, ni el saber son hoy por fortuna patriraonio de ninguna cla- 
se, y la misi6n de las atitiguas aristocracias, en el sentido extricto 
de esta palabra, ha concluido. 

La repiiblica democrdtica puede decirse que reune en grado 
mds alto las ventajas 6 inconvenientes que antes se han expues- 
to de la repiiblica en general, y £iene sobre la aristocrdtica, la 
ventaja de presentar un titulo de legitimidad en favor de los de- 
positarios del poder. Este tltulo es la elecci6n popular, que se 
funda en la soberania nacional, cuyo dogma politico, aunque con- 
trovertido y no muy demostrado, en el sentido vulgar de la pa- 
labra, tiene no obstante muchos pros^litos. 

Bajo el punto de vista de la organizaci6n que puede recibir 
el Estado, aun dentro de la forma republicana, se distingue la 
repiiblica en: unitaria, en que el Estado tiene la consideraci6n 
de una sola entidad 6 personalidad polftica, y cuyas partes, aun- 

S6 



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que conserven su personalidad juridica en otro orden, por ejem- 
plo, como sociedades religiosas, corporaciones industriales, mu- 
nicipios, provincias, etc., no son polfticamente independientes y 
se resuelven en la uoidad territorial, polftica y administrativa; 
y federativa 6 federal, que supone la personalidad poUtica de 
cada una de las porciones que constituyen el Estado, conservan 
do estas su autonomfa € independencia en el orden administrati- 
vo, y sujetdndose s61o d eiertas obligaciones y obteniendo cier- 
tos derechos de siis consorles en virtud de \m convenio 6 pacto 
federal que viene & ser el vinculo de uni6n y medk> de conser- 
ya^r latentidad nacional (1). 

La repiiblica unitarian comparada con la federal,^ ofrece 
estaa priii<:ipaLes veniajas: mayor rigor y robustez en el orga- 
lusmo politico nacional; mayor conformidad con el principio de 
iioJMJlad del poder; mayor actividad y rapidez en la ejecuci^n de 
las resoluciones; mayor uniformidad en la administracidn, y ma- 
yor igualdad en la distribaci6a de las cargas piiblicas; pero 
es m^nos conforme cost el espiritu de libertad € mdependencia 
oa que se fundan las repilblicas; es mucho nuds expuesta ^ de- 
g^oerar en opresiva; se acomoda menos d la diversidad de nece- 
sidades y tendencias,. propias de los distintos lugares que for- 
mian el Estado, y presents muchas mds dificultades prdcticas 
para el ejercicio de los derechos polkieos. 

Comparada esta forma con la mon^quica tiene todos los 
iaconvenientes y ainguoa de las veatajas de la motiarqufa etec- 
tivaii, con la cual se confunde £^ilmente. 

Ventajas de la reptiblka federal. —For medio de esta forma 
se distinguen perfectamente las diversos personalidadea del Es- 
tado, conservando d cada una su esfera propia de rida y acci6n, 
su autonomia, ^ impidiendo que estas personalidades se confun- 
daa y absorbaa en la superior del Estado. Se acomoda mejor & 
la satisfaGci6n de la&varias necesidades del Estado^ que suelenr 
ser diferentes segiin los diversos territorios q:ue le constituyen, 
por la topografla, educaci6n, costumbres, clasesde industrias, 
etc. Dificulta la conquista del pais por las potencias extran- 
jeras, presentando un foco de resistencia tenaz en cada una de 
las partes del territorio correspondiente d cada entidad polftica,. 
porque cada uno mira su cantdn como cosa propia en- virtud de 
la intervenci6n mds iamediata que tiene en la gesti6n piiblica.. 



(1) Vas»lA pAgina 78. 



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Simplifica la administraci6n haci^ndola A la vez menos dispen- 
diosa. Facilita la distribuci6n de las cargas piiblicas en pro- 
porci6n d los beneficios que se reportan, lo cual es mds equitativo 
que una igualdad absoluta. 

Inconvenientes. — Afloja los vinculos sociales, sacrificando 
casi siempre los intereses generales del Estado d los particula- 
res de localidad. Disminuye la importancia internacional del 
Estado, haciendo d ^ste menos respetable por la falta de uni6n 
entre sus elementos. Engendra facilmente el caciquismo en los 
cantones, convirtiendo casi siempre la administraci6n de ^stos 
en un hegocio 6 especulaci6n de los mds osados 6 inmorales, por 
falta de freno superior que los reprima. Agrava los funestos re- 
sultados de las discusiones poUticas, haci^ndolas personales, ger- 
men de rencores y odios, y, desarrollando en gran manera el es- 
plritu de venganza, da por resultado la opresi6a m^ vejatoria 
de los vencidos y la mds insolente petulancia de los victoriosos. 



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CAPITULO VI 

GOBIERNO REPBESENTATIVO 



I — IDEA, NATURALEZA Y RAZ6n DE SER DE ESTA FORMA 
DE GOBIERNO 



Lldmase en general gobierno representativo aquella forma 
de gobierno que buscando la reuni6n en el poder del mayor gra- 
do de inteligencia, fuerza y justicia, llama d la participaci6n en 
sus funciones, directa .6- irttiirectamente, d todos los elementos 
sociales y A todos los intereses por medio de la representacidn. 

Como se ve por esta definici6n, el gobierno representativo 
en general recibe este nombre, mds que por el niimero y calidad 
de las personas depositarias del poder, por el espfritu y tenden- 
cias que le son propias, y no es en abstracto aplicable exclusiva- 
mente d las monarquias, sin6 que puede extenderse d toda espe- 
cie de gobiernos, cuya organizaci6n procure aquellos fines. Sin 
embargo, en la prdctica se aplica con frecuencia d las monar- 
quias constitucionales, que separdndose del cardcter exclusivis- 
ta de las fnonarqufas puras y de las repiiblicas, que pretenden 
que el rey 6 el pueblo lo sean todo respectivamente, busca, por 
decirlo as! , un t^rmino medio por una acertada combinaci6i! que 
d6 d cada cual lo que le corresponde sin desdeftar ni desconocer 
la verdadera importancia de cada uno. 

La representacidn, que da nombre d esta forma de gobierno, 
no debe confundirse con la delegacidn directa, que sirve de base 
d la teoria de la soberania popular^ porque 6sta en rigor 16gico 



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no produce representantes sin6 mandatarios^ cuyos poderes son 
revocables por la sola voluntad de los mandantes, raientras que 
aquellos no son amovibles, ni terminan sus funciones, sin6 por 
medio de la ley, de la que reciben su misi6n, aunque el modo le- 
gal de su nombramiento sea la elecci6n. 

Distinguense ademds los mandatarios de los representantes, 
en que la acci6n de ^stos es espontanea, obrando, en conse- 
cuencia, del modo que les parece rods conveniente d los inte- 
reses y elementos sociales que representan, y teniendo iniciati- 
va; mientras que los mandatarios, verdaderamente tales, s61o 
pueden obrar dentro de los llmites y conforme d los poderes que 
ban recibido. 

La naturaleza de este gobiemo es mixta y representada por 
un organismo completo, porque su tendencia es abrazar la socie- 
dad entera, sin exclusi6n de ninguno de sus elementos natura- 
les y constitutivos; creyendo que en ninguno de ellos reside ex- 
clusivamente la sober ania de derecho li originaria; y procuran- 
do la alianza del principio unitario, personificado en el jefe del 
Estado, con la aristocracia y el pueblo, por la representacidn de 
estos dos elementos. 

La raz6n de su existencia estd en los abusos d que puede 
entregarse el poder y en los excesos que puede ocasionar una li- 
bertad exagerada; y la necesidad de la representacidn se ve en 
la imposibilidad de que las personas sociales 6 colectivas reali- 
cen por sf mismas todas aquellas funciones que se relacionan con 
la vida, de donde surge la precisi6n de investir d alguno 6 algu- 
nos individuos para que, en nombre de la sociedad, desempeflen 
tales funciones 6 la representen. 

La representaci6n, necesaria en sf , puede aparecer como vo- 
luntaria^ si se atiende d que no se concreta 6 confiere d determi- 
nadas personas, sin6 es por la voluntad social que las designa. 
Esta designaci6n puede ser expresa, mediante manifestaci6n ex- 
pUcita de la voluntad, 6 tdcita^ por el consentimiento implfcita- 
mente prestado d los hechos en cuya virtud fueron investidas 
ciertas personas con la representacidn. Cualquiera que sea el 
modo de designaci6n, el representante lo es de la sociedad ente- 
ra y no s6lo de las personas que intervinieron en su nombra- 
miento, porque, de otra suerte, y siendo imposible que la sociedad 
actiie por sf misma en ciertos casos, quedarian sin actuar las fuer- 
zas correspondientes d las personas que no intervinieron, 6 ac- 
tuarfan aislada y caprichosamente sin relaci6n con el fin comiin, 
no obstante ser fac tores de la fuerza social. 



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— »o6 — 

Consecuencia de esto y de ser necesada la represeiitacidn 
es que los representantes deban ser independientes en el ejerci- 
cio de la funci6n para que fueron designados, A lo que se opone 
el, anteriormente aludido, mandato imperativo, insostenible en 
buenos principios, pues, como dice Stuart Mill (1), el ejercicio de 
esta.funcidn (para que sea bien desempeftada) ha de encomendar- 
se 4 espf ritus superiores, preparados para esta misi6n especial 
por una larga meditaci6n y un estudio prdctico; y dicho se estd 
que los espiritus superiores difieren del vulgo, y sus soluciones 
ban de ser necesariamente distintas de las de ^ste, quien no 
puede apreciar con tan elevado criterio las razones en pr6 6 en 
contra, ni la conveniencia, ni la oportunidad de las soluciones, y 
serla grandemente impoiltico 6 irracional sujetar al represent 
tante, por un compromiso previo, al criterio 6 d la voluntad del 
elector! El representante ha de tener ademAs toda la independen- 
cia necesaria para cumplir dignamente con las obligaciones del 
cargo, lo cual no obsta, para que, afiliado acaso en un partido 
politico 6 habiendo expuesto ante los electores su manera de 
pensar en las cuestiones capitales, est^ moral y politicamente 
obligado d no defraudar las esperanzas del partido 6 de los elec- 
tores, que, por virtud de sus manifestaciones, le distinguieron 
con el voto. 



II — BASES DEL GOBIERNO REPRESENT ATI VO, SUS VENTAJAS 
t INCONVENIENTES 



La base fundamental de este gobierno es la participacidn 
de los elementos sociales en el ejercicio de la soberania en pro- 
porci6n de la capacidad que la ley les reconozca, para obrar de 
conformidad con la raz6n y la justicia. 

De esta base fundamental se deducen las bases 6 principios 
forntales de su organizaci6n que se resumen en los siguientes: 
1* pacto politico (t^ito 6 expreso) entre el poder y los diver- 
sos elementos sociales con derecho d representaci6n: 2* gar an- 
tias juridicas de la Hbertad individual, € intervencidn del pais 



(I) Le Gonvernement rtpresint^, duip. XII 



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ea el gobienjo, 6 gobiemo del pafs por el pais: 3* divisidti, sfi- 
paraci6n, independencia y relaciones armdnicas de las ftmciones 
del poder: 4^ plenitud de la potestad ejccutiva en el jefe del Es- 
tada: 5* concurso de una representaci6n nacional en el ejercicio 
de la potestad legislativa: 6* fiscalizaci6n de la administraci6n 
responsable por las cdmaras, 6 sea, responsabilidad ministerial: 
7* fiscali2aci6n de las e^maf as por la opini6n 6 publicidad de 
sus sesiones. 

Estas bases formales pueden f educirse A los tres principios 
reconocidos por todos los par tidarios de este sistema: 

Divisi<5fn de poderes 6 funciones, encaminada d impedir la 
omnipotencia del poder. 

Principio electivo, por el que se realiza la intervenci<5n del 
pais, contribujendo d que cada poder se mantenga y ejercite 
dentro de su peculiar esfera. 

Principk) de publicidad, que estableciendo una doble corrien- 
te del poder i la sociedad y viceversa, tiende & que el poder no 
se aisle jamds, renovdadose y fortaleci^ndose en el esplritu de 
la sociedad (1). 

Ventajas, Hace del Estado pr^ticamente lo que es en idea; 
esto es, un asunto de todos. Establece un lazo & la vez politico y 
moral entre los individuos y el orden general. Fortalece los 
poderes por el apoyo que encueatran en el asentimiento ptiblico. 
Eleva d cada mio en su propia conciencia por la parte que toma 
en la realizaci6n de la idea del derecho y del orden del Estado. 
Es un medio poderoso de educacidn popular, facilitando por lo 
mismo el desarroUo de la inteligencia poUdca. Mantiene los po- 
deres en una justa armonia con las necesidades, con los intere- 
ses y con la manera de sentir y querer de la naci6n. Da d esta 
una iH^peeci6n eficaa sobre los poderes^' por medio de las elec- 
ciones, obligando d la representaci6n & empaparse sin cesar en 
la conciencia piiblica. En suma, el gobiemo representativo, in- 
vistiendo d la autoHdad de un poder suficiente y de una digna 
independencia, instituye al mismo tiempo una intervenci6n ejer- 
ciJa por una parte por los poderes entre sf , y por otra sobre 
todos los poderes por la conciencia piiblica ilustrada por la pren- 
sa, por las asociaciones, etc. Los dos- principios, d^fijesa y de 
movitnientOy necesarios en todo Estado para su vida y perfec- 
cionamiento pueden tener en esta forma una expresi6n exacta; 



(i) V. Ferran.— JEar/raf. me, di un curso do Dchcpol., pAgs. 837 S4. 



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elprimero en la cdmara aristocrdtica, y el segfundo en la cd- 
mara popular. 

El principio representative supone la existencia de una so- 
ciedad consentida por todos sus miembros, fundada en la igual- 
dad de derechos y deberes, en el trabajo y la cooperaci6n de 
todos para el bien comiin, en la armonia de las partes, enlos in- 
tereses generales y permanentes de una sociedad que A nadie 
violenta, qiie d nadie menosprecia, que contiene en sijuntamen- 
te el elemento de la conservacidn, porque quien tiene mds y rods 
sabe puede hacerse valer mds, y el elemento tiel progreso, con 
la conservaci6n inseparable de ^1, porque deja libre la manifes- 
taci6n de todo lo que puede ayudar d la sociedad. 

Inconvenientes. — Se afirma en contra de esta especie de go- 
biemo que produce guerras de cartera, es decir, luchas ardien- 
tes para elevarse al poder, puesto d concurso de elocuencia ante 
las cdmaras que le adjudican; que estas guerras de cartera tras- 
tornan y perturban la seguridad del pais y quitan el esplritu de 
asiduidad A los negocios; que esta teorla exagera el poder de las 
asambleas, poco aptas para el gobierno; que la responsabilidad 
ministerial, si el gobierno reviste la forma mondrquica, es una 
ficcidn desmentida por los sucesos, puesto que las revoluciones 
siempre ban hecho mds responsables d los reyes que d los 
ministros, contenttodose casi siempre con un destierro mds 6 
menos largo para 6stos, mientras que se condenaba 4 aquellos d 
la proscripci6n. 

Estos inconvenientes, dice Baudrillart, muchos de ellos ver- 
daderos, no lo son sin embargo en la teoria, pudiendo mds bien 
considerarse como abusos en la prdctica; lo que, sin embargo^ no 
autoriza para condenar un sistema que somete el asunto en Ulti- 
mo t^rmino al cuerpo electoral y que declara d los ministros res- 
ponsables ante las cdmaras. 



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CAPfXULO VII 

DE LA MONARQUf A REPRESENTATIVA 



I — carActer y autoridad del monarca 



Siendo el gobierno representative tan compatible con la for- 
ma mon^rquica como con la republicana y halMndose la monar- 
qufa, Uamada representativa, muy extendida en los modernos 
tiempos y en Estados poderosos, conviene determinar con exac- 
titud el cardcter y la autoridad que corresponde al monarca en 
esta forma de gobierno. 

El monarca es el centro d cuyo alrededor vienen d reunirse 
y coordenarse los poderes del Estado para formar un solo todo. 
Si estos poderes sirven por una parte de freno y Ifmite al poder 
real, ^ste, por la suya, limita tambi^n estos poderes y les da im- 
pulse y direcci6n. Asi es que, mientras las c^maras, por ejem- 
plo, examinan, discuten y votan los proyecto^ de ley, el monar- 
ca puede tambien proponerlas y d ^1 solo corresponde sancionar- 
las y promulgarlas: el poder ejecutivo estA encomendado al rey, 
y los funcionarios todos de la administraci6n piiblica se mueven 
por impulso mds 6 menos directo de los ministros d quienes 
aquel nombra y destituye: el monarca manda las fuerzas mili ta- 
res de mar y tierra: representa tambien al Estado en sus rela- 
ciones exteriores; y hasta el poder judicial arranca de ^1, nom- 
brando d los magistrados, y casi puede afirmarse que le ejerce 

27 



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— >iio — 

en algun modo al corregir los abuses, al templar la severidad de 
los fallos y al conceder indulto d los penados. 

El monarca, pues, teniendo parte en el poder legislative por 
la iniciativa y la sanci6n de las leyes, asumiendo por completo 
el poder ejecutivo, 6 inter viniendo en el poder judicial, por e^ 
nombramiento y destituci6n de los jueces, por el ministerio fis- 
cal y por el ejercicio del derecho de gracia, sirve para dar uni- 
dad al mecanismo politico, en un regimen que profesa corao 
dogma la separaci6n de los poderes para garantfa de la libertad 
y seguridad individual. 

La representaci6n social, que el rey tiene en esta clase de 
monarqufas, hace necesario que se le rodee de gran prestigio 
si no se quiere que, al separar los poderes 6 al distribuir su ejer 
cicio, se rebaje de tal jnodo<Ja consideraci6n debida al monarca 
que ^ste venga d confundirse con uno de tantos funcionarios, le 
jos de ser el soberano de la naci6n y el representante de la uni 
dad del Estado. Por esto se ha juzgado indispensable declarar 
en las constituciones mondrquicas que la persona del rey es sa- 
grada 6 inviolable. 

La irresponsabilidad 6 inviolabilidad del monarca se apoya 
tambi^n en la raz6n, que las ve como una consecuencia necesa- 
ria de la instituci6n real. No se concibe en efecto que haya una 
persona irresponsable sin que haya otra li otras que puedan exi- 
gir y hacer efectiva la responsabilidad de aquella; y no es posi- 
ble suponer que la persona que ha de residenciar A la respon- 
sable sea inferior 6 igual A 6sta, por lo menos en el momento 
y por el hecho de pedirla cuenta de sus actos. Pues, si el monar- 
ca al ser residenciado se hace inferior bajo algun aspecto & otros 
individuos, funcionarios, autoridades 6 representantes de la na- 
ci6n, deja de ser verdadero soberano para convertirse en siibdi- 
to, porque A otro poder estd sujeto. 

Esta doctrina es compatible aun con las mismas monarqufas 
proclamadas en las constituciones que se han llamado democrfl- 
ticas, porque ya hemos dicho que esta denominaci6n se refiere, 
no d la forma, sino al espfritu 6 tendencias del gobierno. 



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— 211 — 



II— ATRIBUCIONES DEL REY EN LAS MONARQUfAS REPRESENT ATI V AS 



Por lo dicho en el pArrafo anterior se comprende que las 
atribuciones del monarca serdn correspondientes A todas y A ca^ 
da una de las funciones del poder social, puesto que en todas 
ellas ha de tener participaci6n, si ha de ser verdadero sobefa- 
no. Tendrd, pues, atribuciones en el orden legislativo, asf como 
en el ejecutivo. 

Las atribuciones legislativas del monarca pueden ser de 
dos clases: directas d indirectas, segiin la. clase de intervenci6n 
que representen. Prescindiraos de estas ultimas como menos im- 
portantes, en cuanto legislativas, y porque algimasde ellas, co- 
mo el nombramiento de senadores, la convocaci6n y disoluci6n 
de las cdmaras, etc., pudieran ser consideradas por algunos co- 
mo propias de la funci6n d que Benjamin Constant ha llamado 
poder real, y hoy comunmente se llama moderador. En cuanto 
A las directas, todas pueden reducirse A la iniciativa, A la san- 
ci6n y al veto. 

Al monarca corresponde la iniciativa 6 el derecho de pro- 
poner leyes, no e61o porque debe participar de todas las funcio- 
nes del poder, siendo el soberano, sino tambi^n porque no hay 
raz6n alguna para negar d quien mds conocimiento debe tener 
de las necesidades generates el derecho de indicar los medios de 
satisfacerlas. No quiere esto decir que A €\ s61o corresponda la 
iniciativa, partiendo como se parte de que la representaci6n pii- 
blica es conveniente, ni tampoco gue ^l.haya de ejercer este de- 
recho por sf mismo. La iniciativa ha de corresponder tambi^n 
en este regimen A los representantes del pals; y en cuanto d la 
real debe ejercerse por medio de los ministros. 

Discutidos y aprobados por las c^maras los proyectos de 
ley, deben presentarse al monarca para su sancidn. En este pun- 
to ya se suscita contienda entre los publicistas sobre si esta pre- 
rogativa debe ser considerada como una mera f6rmula honorffi- 
ca, 6 si por el contrario la aprobaci6n real ha de ser necesaria 
para la validez de las leyes, pudiendo el monarca concederlas 6 
6 negarlas su sanci6n por la interposici6n del veto. 

La primera de estas opiniones no parece que se armoniza 
mucho con el prestigio de la autoridad real, porque, como dice 



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— 212 — 

Benjamin Constant, un poder, que se ve obligado d prestar su 
apoyo A la ley con la cual no estd conforme, pierde pronto su 
fuerza y la piiblica estimaci6n. La fuerza, porque sus subordina- 
dos pueden desobedecerle, seguros de que al hacerlo no le cau- 
sardn disgusto. La estimaci6n, porque ejercerd su autoridad pa- 
ra llevar d cabo medidas condenadas por su raz6n y su concien- 
cia, y le faltard celo para ejecutar la misma ley que desaprueba 
porque no hay hombre que haga esfuerzos para veneer una re- 
sistencia favorable A su opini6n, antes al contrario, cada obstd- 
culo serd para 61 un secreto triunfo. 

El vetOy pues, 6 el derecho del monarca d negar su sanci6n 
d una ley que no considera justa 6 conveniente, es una conse- 
cuencia de la instituci6n real; es mds, es una condici6n necesa- 
ria para la existencia verdadera de la autoridad del rey. 

Algunos, sin embargo, partiendo de un supuesto falso, mi- 
ran como absurda la prerogativa del veto, funddndose en que es 
injusto que la voluntad de un solo hombre prevalezca sobre la 
voluntad de una naci6n, emitida por sus rcpresentantes. 

A esta objeci6n se contesta que el monarca no es simplemen- 
te una persona, que es el representante mds genuino de la na- 
ci6n, y que, si asi no fuera, la dignidad real estarfa de sobra, 
siendo, como dice Alcald Galiano, una excrescencia en la cons- 
tituci6n. 

Tiene ademds el veto otras ventajas como medida preven- 
tiva contra la excesiva multiplicidad de leyes^ porque evita que 
se tomen inconsideradamente acuerdos, cuyo 6xito casi siempre 
es desconocido, € impide ademds en cierto modo que los rcpre- 
sentantes en las asambleas se distribuyan el pafs, adjudicdndose 
cada uno su provincia 6 distrito respectivo para plagarle de le- 
yes y cambiarlas d cada instante, achaque que ha sido, segiln 
Rossi, uno de los mds perjudiciales d la causa de la libertad. 

Tambi^n ha producido discordia entre los partidarios del re- 
gimen que nos ocupa la discusi6n acerca de la conveniencia de 
preferir el veto suspensivo al absoluto 6 vice versa. 

El veto suspensivo retardando la sanci6n definitiva de la ley, 
ha sido considerado como un medio de poner en armonfa los 
acuerdos de las asambleas de representantes con la majestad 
real. Pero este medio, aunque lo fuera, ninguna ventaja produ- 
ce, y es por el contrario depresivo de la autoridad del monarca y 
perjudicial bajo el punto de vista prdctico. En los asuntos urgen- 
tes es tan pemicioso como el absohito, porque difiere la satisfac- 
ci6n de una necesidad apremiante. En los negocios que admiten 



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— 313 — 

e»pera se h^e sin necesidad una especie de afrenta y de violen- 
cia al monarca, porque, sin6 hubiera veto de ninguna dase, pro- 
mulgarfa y haria ejecutar todas las leyes votadas por las cdma- 
ra»; pero, negada una vez la sanci6n real y votada la ley de 
nuevo 6 transcurrido el tiempo legal para no necesitar sanci6n, 
aparece el monarca derrotado despues de haber combatido con 
empeflo contra lo reclamado tal vez por la justicia 6 :poT la pli- 
blica conveniencia. 

El veto absoluto es por lo dicho el linico aceptable en bue- 
nos principios, y asi lo han reconocido muchas constituciones 
modemad. 

Sancionada una ley por el monarca ha cesado la misi6n del 
poder legislativo y deja entonces su plaza al poder ejecutivo, 
cuyo jefc supremo, el rey, ha de tener atribuciones adecuadas 
al fin que ha de realizar. 

Entre las atribuciones reales en materia ejecutiva figuran en 
primer t^rmino la prcmulgaciCn y publicacidn de las leyes. De 
la voluntad expresada por la ley al acto que esta manda, prohl- 
be 6 permite ejecutar hay una distancia suma, como la hay del 
querer al poder humano; y para llegar A conseguir los fines de 
la ley, preciso es antes que nada presentarla solemnemente & la 
naci6n como precepto soberano y hacer despues que todos los 
obligados d cumplirla y respetarla puedan conocerla. Estos actos 
previos para que las leyes scan ejecutadas no deben ser enco- 
mendados d otra instituci6n que el rey, porque la majestad de la 
ley exige que se haga piiblica por Li majestad del monarca, y 
porque solo el jefe supremo del Estado puede dirigirse d la na- 
ci<)n entera sin que la dignidad*de €sta se resienta y sin que pue- 
da pretextarse falta de jurisdicci6n, para desobedecer los manda- 
tos de quien la ejerce en todo el territorio y sobre todas las per- 
sonas. 

Para el cumplimiento de las leyes son necesarias ciertas 
medidas, ademds de las expuestas, porque todo lo humano se 
realiza s61o en condiciones adecuadas, siendo ini^til en otro caso 
pretender nada provecho§o. Estas medidas, cuyo objeto es pro- 
porcionar circunstancias favorables para la ejecuci6n de las le- 
yes, se manifiestan por decretos, reglatnentos y otras disposicio- 
nes andlogas, que, proponi^ndose aquella ejecuci6n, correspon- 
derdn al poder ejecutivo, y por lo mismo A su jefe supremo, con 
el nombre de potestad reglamentaria^ que^ si no es ejercida por 
^1 directamcnte, y no lo es en las monarquias repre»entativas, 



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— 214 — 

habrd de serlo por sus delegados; y de aqul la facultad de nom- 
brar y destituir A sus ministros que la raz6n reconoce al rey. 

Del cardcter preeminente que el rey ha de tener, aun en las 
monarqufas que nos ocupan^ deriva otra de sus mds altas prero- 
gativas, la facultad de disolver las asambleas deliberantes cuan- 
do se hacen incompatibles con el gobierno. Esta preeminencia, 
por la quQ el rey aparece superior d todas las demds institucio- 
nes sociales, es una necesidad de los gobiernos representativos, 
porque concurriendo las asambleas juntamente con el rey A la 
formaci6n de las leyes, si surge desavenencia entre ellos y no es 
posible el acuerdo, alguno habrd de ceder, y el que ceda, si lo 
hace no espontaneamente, sin6 en virtud de la ley fundamental, 
serd inferior ante la misma, y al serlo el rey, dejaria^de ser tal 
para con vertirse en un siibdito de superior 6 inferior jerarqufa. 
La disoluci6n es ademds el linico recurso posible contra el de- 
sorden consiguiente A la lucha de los poderes, convirti^ndose en 
una especie de llamamiento A la nacicjn, para que en las nuevas 
elecciones venga A indicar de qu6 parte estdn en su opini6n la 
justicia y el acierto; lo cual lejos de menoscabar la dignidad de 
un pueblo le enaltece, viniendo como A erigirle en juez de las 
discordias entre el monarca y las cdmaras. Esta es la atribuci6n 
mds notable del rey, como poder moderador, 

Como representante supremo del Estado, y en su nombre, 
ha de dirigir las relaciones con los demds Estados, nombrando 
al efecto ministros cerca de las naciones extranjeras y recibien- 
do A los que 6stas acrediten para sostener 6 promover las rela- 
ciones intemacionales, que tanto influyen en el progreso y bien- 
estar de toda la humanidad, cortando unas veces querellas, 
facilitando otras el comercio y contribuyendo A la propagaci6n 
de los adelantos. Pero las relaciones pacificas y amistosas, que 
tanto bien producen A los hombres, no siempre se conservan, y 
la diplomacia es muchas veces impotente para arreglar las dis- 
cordias que se suscitan entre los pueblos, vi^ndose 6stos preci- 
sados entonces A decidir por las armas y la fuerza lo que la ra- 
z6n y la prudencia no pudieron conciliar. Mas la decision del 
momento en que es preciso sustituir la fuerza A la raz6n, 6 lo 
que es lo mismo, la facultad de declarar la guerra es tambi^n 
y debe ser atribuci6n real en esta clase de monarqufas; y no s6- 
lo porque el rey represente A la naci6n para un objeto de tama- 
fla trascendencia, sin6 tambi^n y muy principalmente porque la 
prudencia aconseja que esta clase de negocios no se traten con 
publicidad, porque una noticia falsa, una palabra imprudente 



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puede comprometer el ^xito de las negociaciones y, lo que es 
peor acaso, el resultado de la lucha. Obj^tase que tan grave 
asunto no debe encomendarse A la voluntad de uno solo, porque 
el cardcter, la ambici6n, el arrebato del momento, puede lanzar 
d los pueblos en una lucha desastrosa, 6 en empresas temerarias; 
pero d esto se contesta que la misma 6 andloga influencia pue- 
den ejercer y han ejercido las pasiones y la ambici6n en los 
cuerpos deliberantes; y sobre todo, aunque el achaque fuera 
propio de uno solo, como las guerras no se hacen sin recursos, 
sin hombres y sin dinero, estando reservada al poder legislativo 
la votaci6n de los subsidios y del contingente militar, de ^ste de- 
penderd en todo caso que la guerra se lleve A cabo. 

Tambi^n corresponde al rey el mando superior de los ej^r- 
citos de mar y tierra, aunque haya habido autores p^rtidarios 
del regimen representativo, como Benjamin Constant, que se 
han manifestado perplejos en este punto, sin duda por miedo d 
la tiranfa; mas, d poco que se medite, se comprenderd lo racio- 
nal de esta regia facultad. La misi6n de los ej^rcitos, como de 
toda fuerza publica, es mantener el orden interior, hacer res- 
petable al Estado en el exterior y coadyuvar al cumplimiento 
de las leyes luchando contra las resistencias materiales que se 
les opongan. Por su naturaleza viene, pues, d formar parte del 
poder ejecutivo, y mientras no haya raz6n que demuestre lo 
absurdo ^ inconveniente de encomendar su mando al jefe supe- 
rior en el orden ejecutivo, d ^ste debe reconocerse tal derecho. 
Pero lejos de haber razones en contra de esta facultad las hay 
por el contrario poderosas en su favor. La unidad de movimien- 
to y direcci6n aumenta sin duda alguna el alcance de toda clase 
de fuerzas; la prontitud, la rapidez, la oportunidad, son la ma- 
yorfa de las veces prenda segura del triunfo; y estas condicio- 
nes no se cons^uen siendo muchas las voluntades que previa- 
mente han de armonizarse para obtenerlas. Si la unidad en la 
ejecuci6n es garantia del ^xito, como la pluralidad en el consejo 
suele ser medio de acierto, no puede corresponder racidnalmcn- 
te d ninguna corporaci6n el mando de los ej^rcitos. Hay ademds 
otra raz6n poderosa, y es que, halldndose encomendado este 
mando d otra instituci6n que al rey, al poner esta facultad en 
otras personas 6 corporaciones se organiza la fuerza piiblica de- 
sigualmente, surgen la emulaci6n y los celos entre los diferen- 
tes ej^rcitos 6 fuerzas mandadas por diversos jefes, se les expo- 
ne d servir d los 6dios, rencillas y ambiciones de 6stos, y en una 
palabra, se mantiene un foco perenne de discordia. 



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CAPiTULO VIII 

DE LOS CUERPOS COLEGISLADORES 

I — SUS VEXTAJAS 6 INCONVENIENTES. — SU NI5mER0 



La participaci6n de estas asambleas en la funci6n legislativa, 
segun el sistema de organizaci6n poUtica en los gobiemos repre- 
sentatives, produce grandes ventajas y estd, como todo lo huma- 
ne, sujeta A graves inconvenientes. 

Lo numeroso de los representantes que las componen es 
causa, por de pronto, de que d ellas concurran personas de toda 
clase de ilustraci6n, inspiradas en distintos sentimientos y ani- 
madas de di versos deseos, siendo por tanto casi imposible que'se 
proponga cuesti6n alguna que no pueda ser resuelta con acierto 
por falta de razones que la ilustren; pero esta misma ventaja se 
torna en inconveniente al considerar que no es la calidad de los 
votantes, sino el mimero^ lo que en liltimo t^rmino ha de decidir 
de la adinisi6n de los proyectos; que la mayorfa de los votantes, 
ademds de ser imperita, pues no hay hombre universal en sus 
conocimientos, presta poca atenci6n d la discusi6n de las leyes, 
sobre todo cuando no versan sobre asuntos de gobierno 6 de 
polftica, permaneciendo cxtrafla casi siempre d lo que no se 
relaciona con esto de un modo inmediato; que los votos son emi- 
tidos muchas veces d impulso de la pasi6n 6 de las exigencias 
poiiticas, haciendo de la mayorfa de los proyectos cuesti6n de 
parlido; y por dltirao, que en las discusiones de estos cuerpos 



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estd siempre el poder puesto d pikhlica suhasta de astucia 6 de 
osadfa, segiin el dicho ingenioso de un distinguido politico. 

Algo se obvian, no obstante, los inconvenientes relativos d la 
discusi6n y votaci6n de las leyes menos polfticas con el nombra- 
miento de comisiones especiales, compuestas de hombres com- 
petentes, para que estudien, modifiquen 6 propongan las relbr- . 
mas que ban de hacerse en los proyectos. 

En cuanto al problema sobre el niimero de c^maras 6 asam- 
bleas se ban dividido los publicistas, pretendiendo unos que 
basta.una sola cdmara, porque una sola es la naci6n y unos los 
intereses generates, y porque las dos c^maras, sobre servir s61o 
de injustificado entorpecimiento, representan, mds que el dere- 
cho y la conveniencia de todos, el interns exclusivo de una clase 
6, lo que es lo mismo, un privilegio. 

"La ley, se ha dicho, es la voluntad del pueblo; un pueblo 
no puede tener d la vez dos voluntades diferentes sobre el 
mismo objito; lue^o el cuerpo legislalivo, que represente al pue- 
blo, debe ser esencialniente uno.„ 

Este argumento, que hasta por su forma sibgfstica es el 
mds importante en defensa de la cdmara unica, pierde toda su 
fuerza considerando: que la ley no es la voluntad del pueblo 
sino fdrmula expresiva del derecho; que hallar la relaci6n entre 
el derecho y su formula la ley no es obra de la voluntad sin6 
del entendimiento; y que, aun concedido que la ley itiera volun- 
tad del pueblo, si la voluntad de ^ste ha de manifestarse necesa- 
riamente por medio de representantes, no es contfadictorio con 
la unidad de voluntad que los representantes discutan y acuerden 
separadamente y que se exija la concurrencia de opiniones y de 
votos para decretar la ley. Pretender otra cosa y sostener que 
las leyes deben ser formadas por corporaciones (sea una sola 6 
dos) compuestas de muchos individuos, y por consiguiente de 
muchas voluntades distintas, es una contradicci6n inexplicable. 

Eatre los partidarios de la dualidad de cdmaras unos dicen 
que, buscando esta clase de gobierno la representaci6n de 
todos y cada uno de los intereses y de las tendencias sociales, 
cuando estos intereses sean tan fuertes, tan poderosos que ellos 
basten para imprimir ti la sociedad uaa direcci6n determinada, 
6 influyan notablemente en la marcha de aquella, no hay raz6n 
alguna para negarle su representaci6n especial por medio de 
una cdtnara propia. En otros t^rminos; esta es, segun Pacheco, 
una cuesti6n de circunstancias y que debe resolverse conforme 



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d las mismas. Si existe actualmente aristocracia con intereses 
atendibles, merecedora de ocupar un puesto en la soberanfa, 
debe tener su representaci6n especial, su cdmara; y los buenos 
principios poUticos exigirdn por tanto dos cdmaras. Este sistema 
ha sido llamado por Rossi "de organizaci6n social„ porque re- 
presenta los dos elementos que se mani^iestan en la sociedad con 
cardcter predominante; el conservadory e\ progresivo, 

Otros sostienen que el fundamento de la dualidad de cdma- 
ras estd en la conveniencia de que los proyectos de ley se depu- 
ren» en que se discutan una y otra vez, inspirdndose en di versos 
criterios, para que las leyes sean producto de una madura refle- 
xi6n y no el fruto de la precipitaci6n 6 intemperancia. Esta ra- 
z6n no justifica bastante la existencia de dos cuerpos de repre- 
sentantes, porque el mismo resultado podrfa obtenerse por otro 
procedimiento sin necesidad dc recurrir A un medio tan extraor- 
dinario y que complica de tal modo el organismo poHtico. 

Otros por fin, tal vez con mds acierto, ven la necesidad de 
las dos cAmaras en la naturaleza misma del gobierno represen- 
tativo y en sus aspiraciones y tendencias. Como 6stas son las de 
evitar en lo posible que haya poder alguno ilimitado y absoluto, 
se ha visto como indispensable la coexistencia de dos cuerpos 
iguales en atribuciones, identicos por la funci<3n que desempeftan 
y andlogos en representaci6n social, y que por lo mismo se sir- 
van mutuamente de limitaci6n y contrapeso. Esta causa, & que 
algunos atribuyen la dualidad, nos parece la mAs fundada en ra- 
z6n, dado el regimen poHtico en que se manifiesta; pero no debe 
considerarse como linica, porque de nada serviria reconocer la 
necesidad de las dos cdmaras para su limitaci6n recfproca, sin6 
representardn elementos sociales realmente distintos, si las dos 
procediesen del mismo origin, si ambas estuvieran animadas de 
los mismos sentimientos y descos. Esta observaci6n debe tenerse 
en cuenta al criticar los varios procedimientos 6 sistemas em- 
pleados para organizar la alta cAmara, de los que nos ocupare- 
mos A continuaci6n. 

Laveleye, contestando al silogismo de Sieyes y A los 
'defensores de la cdmara unica, afirma: que la ley no puede ser 
expresi6n de la voluntad del pueblo, por la sencilla raz6n de que, 
no entendiendo el pueblo absolutamente nada sobre las Cuestio- 
nes debatidas, no puede tener voluntad en este asunto: que las 
leyes socialesy polfticas son como las leyes matemdticas, asunto 
de estudio y de observaci6n y no basta la voluntad, si falta inte- 
ligencia: que la poUtica es (aunque nunca«lo comprendieron los 



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— ai9 — 

dem6cratas franceses de la antigua escuela) una ciencia de 
observaci6n, y ^sta ensefta que con dos c^maras se gobiema 
mejor y se hacen mejores leyes que con una s6Ia; ejemplo, Ingla- 
terra y los Estados-Unidos: que todo poder ilimitado tiende A la 
tirania y que el despotismo de una asamblea es mds temible 
que el de un monarca, porque 6ste tiene siquiera el sentimiento de 
su responsabilidad moral ante su pueblo 6 ante la historia, mien- 
tras que en una asamblea no hay nunca el freno de la respon- 
sabilidad individual de ninguna clase; y, por liltimo, que en un 
regimen democrdtico, donde todos los poderes, incluso el ejecuti- 
vo, est^n sujetos ^ una renovacidn constante, es absolutamente 
necesario que haya (y principalraente para la politica exterior) 
una instituci6n cuyo esplritu de consecuencia y de tradici6n 
pueda influir eficazmente en la marcha de los negocios (1). 



11 — 3ISTEMAS PARV LA ORGAN1ZACI6n DE LA ALTA cAmARA 



El elemento conservador al que debe representar la alta cd- 
mara, llamada entre nosotros senado, estd formado en todos los 
paises por las clases mds ele\adas de la sociedad, por las aristo- 
cracias de todo g^nero. Todo sistema de organizaci6n de este 
cuerpo deberd por lo mismo buscar el medio mds adecuado para 
obtener una representacidn genuina del elemento aristocriltico, 
en el sentido etimol6gico de esta palabra. No todos los sistemas 
lo han conseguido, ni tienen en sf condiciones para conseguirlo; 
los unos por desnaturalizar la representaci6n de estas cAmaras, 
y los otros por interpretar demasiado estrechamente unas veces, 
y otras con mucha latitud la palabra aristocracia. Agr^gase A 
esto la dificultad de resolver esta cuesti6n, por el doble aspecto 
que reviste. Para decidir de la bondad de un sistema es preciso 
estudiarle primero en su aptitud intrfnseca, en las condiciones 
que le hacen 6 no recomendable por sf mismo, y despues en su 
utilidad relativa, teniendo en cuenta las circunstancias de tiem- 
pos y lugares en que se ha de plantear. 

Entre los varios sistemas propuestos 6 seguidos para la or- 



(i) Essai sur Ics formes tie gouvernemeni, Chap XXX. 



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— * 220 — 



ganizaci6n de la alta cdmara, se recomienda por su naturaleza 
el que confiere por la herencia el cargo de representante. La^ 
cdmara constituida por este ipedio es la que tiene en sf misma 
ra^s condiciones de dignidad ^ independ^ncia, porque no debe 
su nombramiento al rey ni al pueblo, sin6 d la ley, y porque sus 
miembros, que sablan previamente que habian de Uegar ^ serlo, 
pu^den estar preparados para el buen desempeflo del cargo por 
medio de una educaci6n previsora, que trasmita A los hijos los 
hdbitos de gobierno y el tacto politico de los padres juntamente 
con su posici6n social. Adem^s, la renovaci6n por la herencia 
es la mejor y m^s conforme con la naturaleza de una c^mara 
que representa los intereses mds estables y permanentes, el ele- 
mento conservador, porque esta renovaci6n viene ya preparada 
de antemano y se hace con lentitud y por partes. 

Pero la aristocracia en el sentido estricto de la palabra, la 
aristocracia de la cuna y de la propiedad, no pued^ crearse de 
repente por la ley y es necesario que exista previamente; y para 
su existencia es preciso que la propiedad est^ vinculada y que 
los honores y las distinciones se trasmitan de padres ^ hijos, de 
antecesores ^ herederos, porque de otro modo, en vez de nobles 
6 arist6cratas de la sangre, habr^acaso hombres eminentes por 
sus obras, por su ciencia y su virtud, y en vez de mayoraz- 
gos 6 arist6cratas de la propiedad podrd haber ricos y aun po- 
derosos capitalistas; pero ni en uno ni en otro caso habrd verda- 
dera aristocracia. Por eso este sistema, aunque conforme con el 
principio en que se funda la representaci6n de las clases mds 
elevadas, no subsiste en su pureza en ninguno otro pais mds que 
en Inglaterra, donde la organizaci6n social hace posible la exis- 
tencia de los lores. 

El sistema vitalicio es otro de los ensayados para constituir 
la alta cAmara. Segiin ^1, el monarca escoje y nombralasperso- 
nas que han de estar revestidas de tan alta dignidad, y ^stas ad- 
quieren en su virtud el derecho de representar A la naci6n en 
aquel cuerpo; derecho que conservan durante la vida aimque 
sin trasmitirle d sus descendientes. Este sistema puede ser de 
dos especies: una, en que la elecci6n es completamente libre, 
pudiendo el rey escojer los representantes, d quienes en lo su- 
cesivo llamaremos senadores para mayor claridad^ de entre to- 
dos.sus siibditos: y otra, en que la ley fundamental prefija ciertas 
categorfas dentro de las cuales ha de hacerse precisamente la 
eleccion. El nombramiento libre puede ocasionar muchos abu- 
sos; y en la designaci6n restringida, adem^ de indicar descon- 



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— 221 — 

fianza> segun dicen algunos, puede suceder que no sehayan in- 
cluido 6 que no quepan en el cuadro de las categories ciertas 
eminencias sociales cuya intervenci6n en la alta c^mara seria 
muy conveniente. Estas dos observaciones han servido para for- 
mular argumentos contra uno y otro sistema. Sin embargo la 
desconfianza que arguye la restricci6n impuesta al rey en el 
nombramiento de senadores no es objeci6n de importancia en cl 
r^Sgimen representativo, ci menos de condenar ^ste, porque todo 
^1 tiene su fundamento en la desconfianza 6 en el temor de que 
el poder abuse. Respecto A la posibilidad de que haya alguna 
eminencia verdadera que no es\€ incluida en las categorias de 
elegibles ser^ muy dificil que suceda, si los cuadros estdn bien 
hechos^ y aun, dado que estuviera excluida alguna eminencia, 
seria esto sin duda preferible A facilitar inconsideradamente la 
entrada en aquel cuerpo A toda clase de nulidades, creando tal 
vez al poder compromisos momentaneos de que estaria libre en 
otro caso. 

La trascendencia suma que entrafia la regia prerogativa de 
nombrar senadores, S2 comprende fdcilmente s61o con notar que 
en muchos casos se han nombrado senadores para decidir una 
votaci6n empefiada 6 para sostener un ministerio impopular. Por 
lo mismo es necesaria mucha circunspecci6n y prudencia para 
hacer nombramientos de esta clase, debiendo tener siempre pre- 
sente que no es un acto de politica ministerial, sin6 de polftica 
real y nacional, y qu2 el cargo que se confiere no es temporal y 
transitorio, sin6 permanente. El sistema de la senaduria vitalicia 
ha sido aplicado principalmente en Francia, y se diferencia no- 
tablemente del sistema hereditario por el cardcter que reviste la 
c^mara formada por aquel procedimiento, pues mientras la here- 
ditaria es mis polftica, porque representa genuinamente un elc- 
mento social, y mds natural y espontanea, porque recibe su va- 
lor de la instituci6n misma, la vitalicia es mds artificial, como 
producto de la reflexi6n, y suele estar m^s dispuesta para legis- 
lar y tomar acuerdos de cardcter administrativo, porque todo su 
valor, toda su fuerza la recibe de las personas que la consti- 
tuyen. 

La constituci6n de la cdmara alta por eleccidn es otro de 
los sistemas que se han ensayado. Consiste en que los electores 
de una naci6n designen las personas que han de formar aquella, 
aunque por un procedimiento distinto del que se sigue para la 
elecci6n de diputados, y que ordinariamente suele ser la elecci6n 
por grados. 



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— 222 — 

Entre las ventajas de este sistema se enumeran principalraen- 
te el mayor poder politico, que ha de tener la cimara, y su ma- 
yor pDpularidad, si se compara con la hereditaria y con la vita- 
licia^ porque representa A la opini6n piiblica manifestada por el 
sufragio de los que toraaron parte en la elecci6n. Pero, aun con- 
cedida esta ventaja, tiene de malo este sistema que la cdmara A 
que da origen, exige renovaciones y es por lo mismo temporal; 
pierde su naturaleza y viene A convertirse en una repetici6n de 
la c^mara popular; no tiene la independencia que aquellas, por- 
que, cuando el representante ha de presentarse de nuevo A los 
electores, para que estos sancionen con sus votos la conducta 
seguida por aquel en el desempeflo de su misi6n, estarA siempre 
recelando si su conducta merecerd 6 n6 la aprobaci6n de sus co- 
mitentes. AflAdase A esto que en las cdmaras electivas suele ha- 
ber menos hombres capaces de gobemar y administrar que en 
las formadas por nombramiento real, pues mientras para consti- 
tuir dstas recaen de ordinario los nombramientos en personas 
distinguidas en las ciencias, en la administraci6n, en la politica 
y en la milicia, para las cdmaras electivas, son preferidos casi 
siempre los grandes propietarios € industriales. 

Adem^s de los sistemas expuestos hay otros que aiin no han 
sido ensayados; pero entre los cuales merecen algunos que se 
haga de ellos especial menci6n. Asf sucede, por ejemplo, con el 
llamado de renovacidn interior^ segiin el cual, la cdmara misma 
elegiria los miembros que habian de for mar parte de ella, A me- 
dida que ocurrieran las vacantes. Con tal sistema habrla espfri- 
tu de corporaci6n, se conservarfan las tradiciones, se compondria 
de seguro en su mayor parte de personas razonables y sensatas, 
que por lo mismo no sc opondrfan sistemdticamente A todas las 
innovaciones, d pesar del espfritu de resistencia que su misma 
organizaci6n habia de darle. 

Para esta organizaci6n surgen, sin embargo, dos dificulta- 
des: primera, que la constituci6n primitiva de tal cdmara serfa 
imposible dentro del sistema y habrfa necesidad de apelar en un 
principio A cualquiera de los otros sistemas para constituirla; 
segunda, y es la mds grave, que en el caso de producirse una 
colisi6n entre las dos cdmaras, seria imposible resolver legal- 
mente la cuesti6n, porque A ello se opondrfa la existencia perpe- 
tua de esta cdmara; cosa que no sucede en las cdmaras electivas 
ni en las vitalicias, pues en las primeras se zanja la dificultad 
disolviendo las cimaras, y en las seg^das se obvia el inconve- 



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— ^23 — 
niente, noml^raiido mds senadores que impriman & la poUtica de 
aquel cuerpo otra distinta direcci6n (1). 



Ill — organizaci6n de la cAmara popular 



Las asambleas populares desempeflan uno de los papeles 
mis importantes, sin6 el principal en las monarqufas represen- 
tativas. A ellas se presentan en primer t^rmino la leyes que mds 
afectan al interns individual, las de contribuciones y servicio mi- 
litar; ellas influyen de un modo eficacfsimo en el Uamamiento y 



(i) Pacheco present6 nn proyccto de organizacidn del scoado, en que figiira- 
ban senadores natos y elegidos; pero con tales condiciones que le constitnian en 
un senado especial, siti genet is. H6 aqui en extracto lo que decfa su autor. 

Los senadores ffiz/(7j serfan: i* Los arzobispos, porque dstos son la verdadera 
y m&s allauristocracia de la Iglesia; y la Iglesia debe tener representacidn, porque 
su espfritu ha marchado siempre i la par del espfiitu nacional, y con su auxilio 
y casi siempre en su nombre, se ban realizado las mds grandes y gloriosas empre- 
sas: 2* Los capitanes generales, prfnctpes de nuestro ej6rcito; y S^^I presidente 
del tribunal supremo, prfncipe de nuestra magistratura; porque aque'los y €ste 
tienen, por lo que son y representan, tftulos suficientes para entrar en el cuerpo 
conservador como la expresion insigne, la representaci6n mds digna y veraz de 
los 6rdene5 del Estado. Tal era el primer elemento del senado, que yo de- 
fendfa. 

Segundo elemento. — Una represent aci6n especial dela grandeza de Espal&a: 
doce desus individuos, nombrados6 elegidos por todos en asamblea general. £s 
vcrdad que la grandeza de £s|)afla no es lo que fu6, ni en importancia personal, 
ni en riqueza, ni en consideraciones sociales, y que al mismo tiempo que ella ba 
descendido, las clases medias se ban elevado; pero adn quedan restos de esa 
grandeza pasada, quedan tradiciones, nombres, bienes, consideraci6n, queda en 
fin un elemento de aristocracia, aunque algo debilitado y poco poderoso. Por esto 
crefa yo que debfa tener representaci6n y la eleccidn propuesta me parecfa el 
mejor medio, que no es nuevo por otra parte, pues asi se eligen los diez y seis 
pares de Escocia. > 

Tercer elemento.— Como, ademds de las dicbas, se ban formado en los 
tiempos modemos otras aristocracias, tambi^n ^tas habrfan de tener su represen- 
taci6n en la cdmara y, como para darlas tal representacidn no habna otro procedi- 
miento mds que el nombramiento real 6 la eleccidn, yo admitfa el nombramieuto 
real, seftalando categorias de todas las clases distinguidas del Estado, y admitfa 
tambi^n la elecct6n hecha por un corto nUmero de electores en un cortfsimo 
ndmero de elegibles, porque el nombramiento real produce distinguidos adminis- 
tradores, y la eleccidn de los grandes contribnyentes produce poder poKtico. 

Tal cdmara me parecfa dotada de cierta flexibilidad, porque se podfa obtener 
^sta, ya por el aumento de senadores de real nombramiento, ya por la disoluci6n 
i. que se podria recurrir en casos supremos. 

Serfa tambi^n politica por tener la representacidn del clero, de la riqueza, 
de los grandes, de la propiedad, de la industria, del saber, palancas todas pode- 



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— 2^4 — 

caida de los ministerios; en ellas se manifiesta mds notoriamente 
la opini6n, y de ellas surgen casi siempre todas las innovaciones 
legales. Es, pues, de la mds grande importancia constituir estas 
cdmaras de un modo adecuado para que puedan por su misma • 
organizaci6n cumplir bien su cometido. 

Poi de pronto es necesario que estas cdmaras representen 
las ideas, los intereses y la^ aspiraciones del pueblo. Pero en- 
ti^ndase que el pueblo no le constituye exclusivamente la clase 
fnfima de la sociedad; es mds, esta clase fnfima, A pesar de ser 
la mils numerosa, no puede ni debe tener en la constitu^ida de 
la c^mara popular— en. Espafla congreso de los diputados— una 



rosfsimas en la mdquina del Estado. Serfa tambi^n an cuerpo legislative y admi- 
nistrativo, porque alU estarfan los hombres eminentes de todos los ranios. 

Sin embargo, d este sistema se ban hecbo varias objeciones. 

La primera, que no seria tan independiente como la de los pares heredita- 
rios, ni aun como la de los vitalicios. En cuanto d lo primero, no cabe duda que 
es cierta la objecidn, y tanto mds cuanto que nosotros hemos considerado la 
cdmara hereditaria como cl ideal, que no podemos nosotros ob tener porque no 
son nuestras circunstancias iguales d las de Inglaterra. En cuanto d la cdmara 
vital icia no creemos que tenga mds independencia, porque la ban de componer 
principalmente empleados, como generates, magistrados, consejeros, jefes de 
admin istraci6n, etc.; en una palabra, personas que puedan obtener 6 esperar algo 
del monarca, y algo d que tal vet den mds importancia que d la dignidad senato- 
rial. Y por otra parte, la independencia, si es absolutamente indispensable en los 
tribunates, no lo es tanto en polftica donde todos dependemos algo, siquiera sea 
de la opini6n: lo que s( es preciso es que s6lo dependamos de aquello de que 
dependerse debe. 

£Is cierto que en esta cdmara bay mds dependencias que en otra alguna, 
porque los nombrados |K>r la corona, de ^ta dependen, y los nombrados por 
elecci6n, de sus comitentcs; pero acaso estas dependencias sean ventajas, porque 
Unas neutral icen 6 moderen las otras; por ejemplo, la corona, norobrando mds 
senadores, puede obtener sus deseos, y los electores, cligiendo, bacer frente d la 
arbitrariedad que disolvid la cdmara cumplidora de su deber. 

Otra objeci6n es que tal sistema es un ensayo y que no deben hacerse ensa- 
yos en esta materia. Esta objeci6n es y no es cierta. El proyecto serfa ensayo 
considerado en su total idad; pero no en sus elementos: en Inglaterra hay pares 
natos, los lores eclesiasticos: representantes de la grandeta son los pares de 
Escocia: vitalicios con real nombramiento los de Francia; y el senado belga esta 
formado por elecci6n. Pero, aun siendo un ensayo, no debe desecharse, sin6 
cuando hay un recurso siquiera mediano para llenar la necesidad que el ensayo 
puede satisfacer, 6 estuviera erizado de peligros su planteamiento. 

Andlogo d €ste y>OT su base es el sistema que ha servido en EspaHa para 
constituir el senado actual, que, siendo mixto por dar entrada en la cdmara d sua 
miembros, ya por derecho propio, ya por nombramiento real, ya por elecci6a 
indirecta del pueblo, (diputaciones y compromisarios), academias, cabildos. 
nniversidades, etc., representa de hecho el elemento conservador de todas las 
fuerzas sociales; de la virtud, de las tradiciones nacionales, del saber, de la pro- 
piedad y de la industria, y no puede decirse que est6 exento de importancia polf- 
tica, cuando un considerable numero de senadores estd en comunicacidn directa 
con la opini6n pUblica, con el espfritu nacional. 



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— i25 — 

influencia predominante, porque esto no serf a racional ni conve- 
niente. No diremos, como algunos, que la clase infima es la que 
menos contribuye al sostenimiento de las cargas piiblicas, porque 
las contribuciones indirectas y el servicio militar sobre ella pe- 
san igualraente que sobre las demds clases sociales; pero sf afir- 
mamos que su falta de hdbitos pollticos, su falta de conoci- 
miento de las personas y de las cosas publicas la excluye racio- 
nalmente de muchas de las funciones para cuyo desempeflo son 
condici6n indispensable aquellos hdbitos y cbnocimientos. Es, 
pues, necesario fijar un If mite dentro del cual se conceda el ejer- 
cicio de la funcion polftica que se desempefla al cooperar por 
medio del sufragio ^ la constituci6n de la c^mara representante 
de los intereses del pueblo, de los intereses democr^ticos; ^ la 
constituci6n de la c^raara baja 6 popular. Este Ifmite se deter- 
mina en general cuando se establece que nadie tenga derecho & 
tomar parte en las elecciones sin que sepa lo que va ^hacer; pa- 
ra lo cual es preciso, en primer t^miino, que conozca, siquiera 
sea someramente, el asunto de que se jtrata, y despues, si tal 6 
cual persona reune las condiciones necesarias para cumplir la 
misi6n que se le va d confiar. De donde 16gicamente se deduce 
que no basta ser ciudadano, ni tener intereses que legltimamen- 
te exijan representaci6n, ni contribuir al sostenimiento de las 
cargas pilblicas, para tener derecho & elegir los diputados de 
la naci6n; y que, siendo la inteligencia, el conocimiento de lo 
que se hace, la condici6n primera para que la cdmara popular 
est6 organizada segun raz6n, el derecho de votar para constituir- 
la se hallard circunscrito d los capaces, y ser^ por lo mismo res- 
tringido. En cuanto ^ esta restricci6n, hay diversas opiniories, 
pretendiendo unos que debe fijarse por la contribuci6n exclusi- 
vamente, mientras que otros afirman que 6sta no es la ilnica 
circunstancia expresiva de la aptitud electoral. Los primeros 
dicen que quien no ha tenido capacidad sufieiente para propor- 
cionarse un capital 6 explotar vma industria hasta el punto de 
pagar tal 6 cual cuota, no ha demostrado mucha inteligencia 6 
mucho celo para sus propios y peculiares intereses, y es de pre- 
sumir que menos aptitud y celo desplegari en los piiblicos. Esto, 
que seri verdad en muchos casos, puede & lo sumo servir para 
deraostrar que quien no pague contribuciones directas no debe- 
rd ser elector, pero no prueba que todo el que las pague deba ser- 
lo. Los segundos afirman que la marcha de la sociedad y su 
situaci6n polftica interesa d todos sin distinci6n, lo mismo d los 



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— 226 — 

contribuyentes que d los que no lo son, y que por lo mismo debe 
extenderse el derecho de sufragio A todos aquellos en quienes 
pueda presumirse racionalmente capacidad para ejercerle, ex- 
cluyendo linicamente d los faltos de esta capacidad. 

Por nuestra parte hemosdicho, al hablar del derecho electo- 
ral, que la capacidad intelectual del elector y la posibilidad de 
expresar su voluntad, debe ser la iinica medida de la restricci6n 
de este derecho, porque d todos interesa mds 6 menos el modo 
de ser social. 

En cuanto al medio mds adecuado paradeterminar qu6 per- 
sonas pueden presumirse aptas, y cuales no, es cuesti6n eminen- 
temente prdctica y cuya soluci6n depende, como todas las de su 
clase, de las circunstancias de tiempos y lugares. Nosotros, sin 
embargo, ya digimos que declararfamos ineptos desde luego d 
todos los que no supieran leer y escribir, porque, si bien es cier- 
to que podrfan acaso comprender lo litil 6 perjudicial, segiin los 
casos, serf a imposible que emitieran libremente su opini6n. 

Es tambi^n cuesti6n de importancia en la organizaci6n de 
la cdmara popular, hallar el medio mds adecuado para que sea 
verdadera representaci6n de la mayoria del pais y para que las 
minorfas puedan hacer oir su voz y se conozcan sus ideas y as- 
piraciones. 

Puede, en efecto, suceder que la mayoria del parlamento 
no represente la mayorfa de los electores, pues dividida, por 
ejemplo, la naci6n en circunscripciones 6 colegios de niimero 
desigual de electores, 6 en los que los electores toman distinto 
interns en la elecci6n y se abstienen algunos, pueden resultar 
elegidos, por haber obtenido mayorfa en su distrito, candidatos 
con menor niimero de votos que otro li otros de distinta circuns- 
cripci6n en ^sta vencidos. 

Para obviar este inconveniente, y para dar d las minorfas 
la representaci6n que por derecho les corresponde, en raz6n de 
su fuerza num^rica, se han ideado algunos sistemas, entre los 
que figuran como principales el acumulativo^ el del voto restrin- 
gido y el proporcionaL 

El primero consiste en que cada elector disponga de tantos 
votos como representantes corresponden d su distrito y en que 
pueda emitirlos todos d favor de un solo candidato, 6 de dos, 6 
de tres, segun lo estime conveniente, y de este modo, ponitodo- 
se de acuerdo ima parte de los electores, y dando todos sus vo- 
tos d un solo candidato, pueden sacarle triunfante, y la minorfa 
estard asf representada. Este procedimiento, sin embargo, no 



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— 227 — 

produce una representaci6n verdaderamente proporcional d las 
fuerzas num^ricas de cada partido; no da valor moral al triunfo 
del candidato, porque, en liltimo andlisis, aunque los votos emiti- 
dos d su favor scan muchos, no represent ard mds que A un nii- 
raero limitado de individuos y por consiguiente de opiniones; y 
por ultimo, exige en los directores de la elecci6n un conocimien- 
to exacto de las fuerzas de cada partido para que no se malgas- 
ten 6 sean como perdidos muchos votos. 

Por el sistema restrictivo se limita la facultad del elector 
en relaci6n con el niimero de representantes correspondientes A 
cada distrito: si son tres puede cada elector votar dos solamen- 
te, si cinco tres, etc., y de estc modo las minorfas, si no son muy 
insignificantes, pueden tenerrepresentaci6n. Talprocedimiento, 
sobre no dar tarapoco una representaci6n proporcional, limita 
arbitrariamente el derecho de los electores, y no hay raz6n al- 
guna para mermar la representaci6n que ^ cada partido corres- 
ponde segun su fuerza. 

El sistema proporcional, Uamado tambi^n de cocienie electo- 
ral y expuesto en sus fundamentos por M. Andrae, en Dinamarca, 
y M. Hare, en Inglaterra, aunque m^s complicado, es mejor que 
los dos anteriores y, bien aplicado, podria conducir d obtener un 
niimero de representantes proporcionado al niimero de adictos i 
cada .partido. Consiste el procedimiento en buscar, por medio de 
una operaci6n aritm^tica, que cada partido tenga un niimero de 
representantes en proporci6n con el niimero de electores en ^1 
afiliados; asl, suponiendo que en un distrito hay tres mil mon^r- 
quicos, dos mil republicanos y mil anarquistas y que hubieran de 
nombrarse seis representantes, deberfan serlo tres mondrquicos, 
dos republicanos y un anarquista, y para obtenerlo, la basede la 
operaci6n seria que cada elector presentara una lista de seis can- 
didatos por el orden de su preferencia, y al hacer el escrutinio se 
contarfa el niimero de votos y se dividirfa por mitad y los candi- 
dates que pasaran de 6sta serfan desde luego proclamados, y 
aunque tuvieran mds votos no se les computarian, sih6 que se 
adjudicarian A los que fueran en segundo lugar en la misma pa- 
peleta de los proclamados, y asf sucesivamente. 

Las combinaciones y modificaciones introducidas en este 
sistema han sido varias, pero su exposici^n y andlisis es mds 
propio del derecho administrative, bastando en el politico dejar 
consignado el principio de que todas las opiniones arraigadas 
deben tener su representaci6n en el parlamento, siquiera para 
que sean conocidas y discutidas, sin perjuicio de que los desig- 



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nados por el voto de los electores para la representaci6n hayan 
de sujelarse A las condiciones prescritas en las leyes para 
entrar en posesi6n de su cargo y para ejercerle. 

Respecto A cualidades en los elegibles para el cargo de re- 
presentantes, creemos que no deben exigirse mds que las gene- 
rales de aptitud legal plena para ejercer actos juridicos, 6 lo que 
es lo mismo, la mayorfa de edad y la consideraci6n de ciudada- 
no, porque las dem^, de inteligencia, probidad y celo, necesarias 
para cumplir bien su cometido, se determinan 6 suponen en cada 
representante al distinguirle con su voto los electores. 



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CAPlTULO IX 

DE LOS MINISTfiOS DE LI CORONA 



Desde las primeras fases de la evoluci6n social, dice Herbert 
Spencer, se hallan hombres elegidos por el jefe del Estado para 
ayudarle en los negocios. Unas veces son los parientes de los 
principes, por la confianza que les inspiran; otras los servidores 
dom^sticos y los amigos, por los informes que les suministran, 
por los consejos que les dan y como conocedores de sus gustos 
y deseos; y otras los sacerdotes, por el prestigio de su cargo, 
por el auxilio sobrenatural que de ellos se espera 6 por su 
ascendiente sobre el pueblo. Pero ni las atribuciones de estas 
varias clases de ministros son id^nticas, ni su cargo, mis 6 me- 
nos effmero, puede considerarse como verdadera instituci6n 
poUtica necesaria en el organismo del Estado. 

No aludimos, pues, ahora & esta clase de auxiliares, cuya 
situaci6n, funciones, consideraci6n y derechos dependen \inica- 
mente de la voluntad de los prfncipes; nos referimos d la insti- 
tuci6n ministerial, necesaria en las monarquias representativas 
para armonizar el caricter sagrado 6 inviolable de la persona 
del rey con la necesidad social de que los actos del poder sean 
la expresi6n del derecho, de la justicia y de la conveniencia pii- 
blica. 

Considerada asf la instituci6n, son los ministros, en las mo- 
narquias representativas, agentes supremos responsables que, 
nombrados por el rey y bajo su autoridad, ejercen el poder eje- 
cutivo en un ramo del gobiemo 6 de la administraci6n del 
Estado. 

En virtud de esta institucidn aparece, por una parte, la vo- 
luntad regia como verdaderamente soberana, mandando lo que 
tiene A bien sin que se menoscabe su majestad por tener que 



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— 230 — 

rendir d nadie cuenta alguna de sus actos; y por otra, garantidos 
los derechos y los intereses sociales con la seguridad de que los 
actos arbitrarios 6 injustos que emanen del poder no quedarin 
impunes, sino que serdn castigados en la persona de quien por 
mallcia 6 negligencia tuvo el raal acuerdo de aconsejarlos. 

Conciliada en teoria por este medio la majestad soberana 
con los fueros de la justicia, se ha creido hallar en la prdctica 
un modo seguro de acreditar la intervenci6n de los ministros en 
los actos del ppder soberano por medio de la firma con que de- 
ben ir refrendadas todas las disposiciones eraanadas de aquel 
poder; y en efecto, puesta la firma del ministro al pie de una dis- 
posici6n, probado estd que se ha tornado con su consejo, que 61 
acepta la responsabilidad de tal acuerdo, y que no ha sido un 
mero agente pasivo y ciego. 

La exlgencia de la firma ministerial para el valor legal de 
los acuerdos del monarca ha sido considerada por algunos como 
depresiva de la autoridad de 6ste; mjis los que tal cosa afirman 
olvidan 6 aparentan olvidar que se discute dentro de los princi- 
pios del gobiemo representativo, de la forma de gobierno fun- 
dada en la conveniencia de que no haya poderes absolutos. Por 
lo demas, estd claro que, cuanto mayores sean los requisitos que 
se exijan para la validez legal de los actos del poder, tanto m^ 
se le limita, sin que esto sea conceder que no pueda ser sobera- 
no porque el ejercicio de sus facultades est6 sujeto A condiciones 
que, en dltimo andlisis, no le impone ningiin otro poder consti- 
tuido, sino s6lo la ley fundamental del Estado. 

Otro de los hechos en que notoriamente se manifiesta el de- 
seo de rodear al monarca de todo el prestigio compatible con los 
principios en que se funda el gobierno representativo, es la cos- 
tumbre de que los ministros ejerzan la iniciativa correspondiente 
al rey en materia legislativa, para evitar los inconvenientes 
que podria originar la presentaci6h de proyectos de ley en nom- 
bre del monarca. Si se presentaran en nombre de 6ste^ 6 infun- 
dirfa tal respeto la voluntad regia manifestada por medio del 
proyecto que desapareceria la libert^d de los cuerpos deliberan- 
tes, haci^ndose estos iniitiles, 6 se desecharla algunas veces el 
proyecto, haciendo un nfiarcado desaire d la autoridad real 6 in- 
dicando impUcitamente su falta de conocimiento 6 de buen deseo 
respecto d 1^ piiblicas necesidades; y en todo caso se sacarla 
de su esfera al poder supremo, para hacerle bianco de todas las 
opiniones. 

Por el contrario, presentados los proyectos por el ministro, 



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— 231 — 

hay amplia libertad para examinarlos y discutirlos sin temor d 
que se lastime lo inviolable. 

La responsabilidad de los ministros puede ser individual 6 
colectiva, segun la especie de actos que la motiven. Cuando los 
actos ministeriales representan -el ejercicio de funciones priva- 
tivas 6 peculiares de su ministerio, la responsabilidad debe ser 
individual, debe exigirse al ministro que hay a expedido la 6rden 
6 haya ejecutado el acto digno de correcciin; pero, si la disposi- 
ci6n incohstitucional, injusta 6 inConveniente ha sido adoptada 
por todos, la responsabilidad serd entonces solidaria 6 colectiva. 

Esta responsabilidad puede hacerse efectiva, cuando los ac- 
tos que la motivan son meramente polfticos; 6 por la opinion 
publica, que tiene su manifestaci6n principal en la prensa peri6- 
dica, siquiera esta no la interprete genuinamente en muchosca- 
sos; 6 por las cdmaras, que aprueban 6 reprueban los actos mi- 
nisteriales con sus votos de confianza 6 de censura; 6 por el 
mismo monarca, que ncmbra 6 separa A los ministros segiin le 
place. 

Cuando los actos del ministro revisten el cardcter de verda- 
deros delitos, debe distinguirse entre los independientes del car- 
go ministerial y aquellos otros cometidos con ocasi6n 6 por me- 
dio del cargo. En el primer caso la justicia penal ordinaria de- 
beria aplicarse A la persona, sin consideraci6n d sus funciones 
publicas; en el segundo debe someterse el asunto & un tribunal 
especial y conocerse de ^1 por procedimientos especiales en re- 
laci6n con su indole compleja y con el prestigio de las institu- 
ciones. 

Acerca del tribunal que debe exigir la responsabilidad dlos 
ministros y de la instituci6n que ha de acusarlos, la prdctica mds 
generalizada ha sido la inglesa, segiin la cual, desempefta la cd- 
mara alta las funciones de tribunal, correspondiendo la acusa- 
ci6n A la cdmara popular. En pura teoria, aunque dentro de los 
principios representativos, s61o es necesario consignar; primero, 
que el tribunal destinado d juzgar A los ministros ha de tener re- 
conocida competencia en los negocios publicos, puesto que los 
hechos que han de someterse A su decisi6n revestirdn casi sien;i* 
pre un cardcter politico y social predominante; y segundo, que 
este tribunal sea tan elevado cual corresponde A la categorta y 
consideraci6n social, de quien, con raz6n <5 sin ella, fu6 un dia 
Uamado d los consejos de la corona. 



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CAPlTULO X 

DE LOS TEIBUNALES DE JUSTICIA 



La funci5n judicial es, segiin digimos, una manifestacidn de 
la ejecutiva, y su ejercicio estd encomendado en las mbnarqufas 
representativas A los tribunales de justicia, que la administran 
en nombre del rey. 

Representando el monarca el poder soberano del Estado, 
racional es que le corresponda la decisi6n de las contiendas 6 
conflictos de los individuos entre sf 6 con la sociedad; pero la 
separaci6n de funciones del poder, que el sistema representativo 
ha considerado necesaria para armonizar el orden con la liber- 
tad, exige que el rey no administre la justicia por sf raismo y que 
encomiende 6 delegue esta facultad en los jueces 6 magistrados. 
A esta exigencia del sistema se une tambi^n, para justificarla 
bajo otro aspecto, la imposibilidad material de que un solo 
hombre pueda conocer de todos los negocios que ocupan A los 
tribunales, aunque s6lo se trate de los superiores que conocen 
en apelaci6n; imposibilidad que aparece aiin mis notoria, si ese 
mismo hombre ha de aplicar su atenci6n d otra multitud de 
negocios. La delegaci6n, pues, del- poder judicial es absoluta- 
mente indispensable dentro de los principios del sistema; pero 
hay mds, esta delegaci6n debe ser de tal indole que una vez 
ejercida la autoridad delegada sean definitivos los resultados de 
este ejercicio, sea el fallo irrevocable, sin perjuicio, se entiende, 
de los recursos y trdmites procesales establecidos por la ley co- 
mo garantia de acierto. 

En cuanto A la organizaci6n mds conveniente para que los 



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- i3i - 

tribunales cumplan bien su misi6n, se suscitan varias cuestione^ 
relativas, ya A las cir(?unstancias que deben concurrir eo las 
personas encargadas de administrar justicia, ya al cardcter 
legal de que han de estar revestidas, ya & su numero y calidad. 

Para desempeftar rectamente las funciones judiciales son 
necesarias en el juez ciertas condiciones de aptitud intelectual y 
moral: en otros t^rminos, para administrar justicia es preciso 
conocer prifnero en cada caso de qu^ parte estd el derecho, y 
querer despues resolver conforme d ^1. 

El conocimiento de lo que es justo exige previamente el 
de las leyes que han de aplicarse, el de los hechos sometidos 6. 
la decisi6n judicial y el de las relaciones entre el hecho y la ley 
que le regula. Este conocimiento no puede adquirirse repenti- 
namente y sin esfuerzo; es el resultado de un trabajo asfduo y 
continuado, y no debe por lo mismo afirmarse de ninguno en 
quie.i no se presuma legalmente. Esta aptitud no puede racional- 
mente suponerse en los miembros de los jurados de ciudadanos, 
aunque s61o hayan de recaer sus decisiones sobre la declaraci6n 
de culpabilidad 6 inculpabilidad de los presuntos delincuentes. 
La distinci6n entre los j'ueces del hecho y del derecho arguye, en 
nuestra opini6n» una ignorancia completa de la naturaleza de las 
cosas y de los hombres, 6 una intenci6n bastarda al hacer 
depender de hombres sin aptitud la imputaci6n de los actos. Lo 
probaremos. 

"Para decidir si un hecho es 6 no punible, dirdn los partida- 
rios de los tribunales del hecho 6 del juradOy y s! una persona 
es 6 no autora, c6mplice 6 encubridora del hecho, basta cono- 
cer lo que 6st(f es y la ley que le prohibe, pues de otro modo 
serla inicua la ley castigando d quien falta A preceptos que des- 
conoce y que no puede conocer por la naturaleza misma de las 
cosas. „ A esto contestamos que para conocer si un hecho estd 6 
no prohibido por la ley, no es necesaria en verdad gran penetra- 
ci6n; pero no sucede asf para sabsr si tal 6 cual persona es res- 
ponsable de un delito, y si en ^1 han incurrido estas 6 aquellas 
circunstancias, porque esto, ademds del conocimiento de la ley 
y del hecho, requiere el profundo de la naturaleza humana, de 
los m6viles que en el hombre influyen para determinarle A obrar, 
de las condiciones especiales que concurren en los presuntos 
reos, de la relaci6n que existe entre unos y otros hechos, y so- 
bre todo de la indole de las pruebas y del valor que debe atri- 

so 



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— ^S4 — 
buirseles; lo eual ciertamente no se adquiere, ni adquirirse pue- 
de con la lectura somera de los artlculos de la ley correspondien- 
te, hechacuando 6sta se va A aplicar; y no puede adquirirse fd- 
cilmente, no ya por los ctudadarios, muy probos, rauy honrados 
si se quiere, designados por el azar y cuya ocupaci6n no ha si- 
do de ordinario el estudio, pero ni aim por los que han consa- 
grado A 6ste largas vigilias, coxno lo prueban la distinta manera 
de ver varios tribunales en un mismo asunto, las sentencias 
diversas y aun contradictor ias, que por desgracia se repiten, 
dictadas unas en primera instancia y otras en alzada. Si d esto 
se objeta que la diversidad entre unos y otros fallos proviene, 
no de ignoranciay si de malicia, afladiremos que aun concedien- 
do que asi fuera en asuntos civiles, donde el interns individual 
puede hacer sentir su influencia por el cohecho 6 el soborno, no 
debe racionalmente presumirse, cuando se trata de criminales, 
que no tienen contra si otro adversario que la ley. 

El ejercicio de la raagistratura judicial exige evidentemente 
conocimientos especiales y creemos por lo mismo que debe cons- 
tituir una carrera. 

Respecto A moralidad en los juzgadores hay un axioma 
jurfdico segun el cual de nadie ha de sospecharse mal sin que 
haya prueba; pero esto, que es aceptable para la decisi6n de los 
asuntos, no puede servir de regla cuando se trata de organizar 
los tribunales conforme d los buenos principios de la ciencia 
administrativa, que prescribe organizar los servicios piiblicos 
de una manera adecuada al modo de ser en realidad las personas 
y las cosas, y no como deben ser 6 como la ley supone que son. 
Por esto se ha procurado rodear d los jueces de las condicio- 
nes suficientes para asegurar su independencia, teniendo en 
cuenta que el hombre no suele separarse del tamino recto del 
bien sin6 cuando d ello le estimulan el miedo, la fuerza 6 el in- 
terns. Estas condiciones se ha creido que deblan ser princi- 
palmente la inantovilidad^ para ponerlos d cubierto de la pre^ 
si6n y veleidades del poder; la remtmeracidn decorosa^ para 
evitarles la tentaci6n de sacrificar alguna vez la justic;a d una 
necesidad apremiante; y la responsabilidad de sus actos, para 
estimularles tambi^n d cumplir su deber por el temor al castigo, 
si por acaso olvidaran la alta misi6n que les cstd confiada. 



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secci6n IV 

COMBINACION DE LOS ELEMENTOS DEL ESTADO 



CAPITULO PRIMERO 

DE LA CONSTITUCI6N Y SUS CLASES 



La palabra constitucidn tiene dos acepciones diversas, sig- 
nificando, ya el modo de ser politico propio de un Estado produ- 
cido por la combinaci6n espontanea de todos sus elementos, 
fuerzas y tendencias, ya el c6digo en que met6dica y sistemdti- 
camente establece eLlegislador en breves y comprensivas f6r- 
mulas las reglas de derecho 6 los preceptos jurfdicos destinados d 
regular las relaciones entre el poder y el siibdito y d organizar 
el Estado en sus funciones esenciales. A la primera se ha llama- 
do constituci6n interna; no falta en ningun Estado; pero se dis- 
tingue en cada uno de ellos como se distinguen en las personas 
la constituci6n fisica de cada una y su car^cter moral. En la se- 
gunda acepci6n, como c6digo fundamental, recibe el nombre de 
constituci6n externa^ y s61o la tienen aquellos pueblos que ban 



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, _ 236 — 

Uegado d cierto grado de cultura, siendo una garantla para el 
acertado ejercicio del poder y de los derechos de los ciudada- 
nos (1). 

Como en el modo de ser caracterfstico de cada Estado pue- 
den influir dos especies de causas, correspoiidientes unas al or- 
den moral y las otras al ordenfisico^ sfguese que los eleraentos 
esenciales de la constituci6n interna de todo pais pueden clasifi- 
carse en dos grupos, correspondientes tambi^n d cada uno de 
aquellos dos ordenes. 

Los elementos morales^ que determinan la constituci6n in- 
terna de un pueblo, pueden reducirse A cuatro: la religidn^ la 
tradicidn, las leyes y las cgstumbres. 

Consideramos la religidn como el primero y mds importan- 
te de estos elementos, porque, traspasando la esfera de lo huma- 
no y lo finito, hace fijar al hombre en su ultimo y superior des- 
tino; se le presenta como la aspiraci6n m^s ncyble de su alma, ^ 
cuya realizaci6n debe tender constant emente, viniendo d ser de 
este modo la fibra m^s delicada de su sensibilidad y el resorte 
m^s poderoso de sus actos. La tradicidn, resumiendo las glorias 
y desdichas de la patria, las presenta como un ejemplo perma- 
nentte que deben imitar los pueblos ganosos de su engrandeci- 
miento, 6 como una lecci6n dolorosa, para que eviten la repeti- 
ci6n de aquellas desgracias; y bajo uno y otro aspecto ejerce 
grande influencia en el espfritu de las naciones, xjue no han per- 
didb los rasgps distintivos de su fisonomia. Las leyes^ impri- 
raiendo una direcci6n reflexiva d la actividad humana, y las 
costumbreSy determinando esta misma actividad de un modo mds 
espontaneo, por los efectos naturales del hdbito, son tambi^n 
elementos influyentes en el modo de ser intimo de los pueblos; 
aunque estos elementos hayan sido A su vez un resultado mds 6 
m«nos directo de la religi6n y de la tradici6n. 

Los elementos fisicoSy que influyen en la constituci6n inter- 
na, pueden tambi^n reducirse A cuatro: las rasas, el territorio 
nacional, el clima y la pohlacidn. 

Las rasas^ porque, desarrolladas de distinta manera en 
ellas las facultadcs ffsicas y anfmicas, este distinto desarrollo 



(i) Las reglas jurfdicas, referentes d la orgaDizacidn fundamental del Estado 
y manifestadas en forma de costumbres y leyes sueltas, no son verdadera consti- 
tuci6n, aunque puede decirse con propiedad que son constitucionahs por recaer &•• 
bre el mismo objeto que aqusUa. 



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— ^37 — 

produce tambi^n diferencias en las aspiraciones, sentimientos y 
ocupaciones predilectas. El territorio, porque su extensi6n, cali- 
dad y posici6n diversa dan lugar tambi^n d industrias y Mbitos 
diferentes. El clima^ porque su varia influencia en el organismo 
moral y fisico ennoblece y fortifica 6 deprime y rebaja los 
caracteres, excita las diversas facultades y produce tambi^n 
explotaciones y especulaciones diferentes segiin los paises. La 
poblacidUy porque auraentando 6 disminuyendo las necesidades 
piiblicas en proporci6n de aquella, facilitando 6 dificiiltando res- 
pectivamente la comunicacion entre los habitantes y haciendo, 
lo misrao que el territ.orio, m^s 6 menos posible la lntervenci6n 
de lostciudadanos en la gesti6n pdblica, no puede desconocerse 
su importancia bajo el punto de vista en que ahora la conside- 
ramos. 

A la manera que en la constituci6n interna de un pais hay 
que considerar varios elementos que determinan su modo espe- 
cial de ser, tambi^n en toda constituci6n externa 6 c6digo funda- 
mental debe haber dos partes: una dogmdtica en que se expon- 
gan los derechos y deberes de los ciudadanos y se consignen las 
garantias de aquellos; y otra orgdnica^ relativa al niimero y 
distribuci6n de los poderes publicos y sus funciones, con las 
facultades esenciales de cada uno, para impedir las invasiones 
mutuas y la confusi6n y el desorden que esto podrla engendrar. 

Hemos dicho que la parte dogmdtica debe contener no s6lo 
los derechos de los ciudadanos sin6 tambi^n sus garantfas, que 
consisten principalmente en los trdmites y procedimientos gene- 
rales quehan de'seguirse en la limitaci6n legal de estos derechos 
y en la sanci6n de sus infracciones, porque la sola declaraci6n 
de aquellos derechos sin garantias positivas facilitarfa los aten- 
tados posiblesde las autoridades, sobre todo de las gubernativas. 
La responsabilidad de 6stas se haria probablemente ilusoria, por 
lo mismo que no estaba graduada, mientras subsistiera el gobier- 
no que autorizara la infracci6n; y por el contrario podrfa hacer- 
se sumamente gi'aye y desproporcionada, si hubiera de exigirla 
un gobierno inspirado tal vez en sentimientos de odio 6 de ven- 
ganza respecto d su antecesor. 

Con el objeto, pues, de que los derechos de los ciudadanos 
no sean ilusorios y de que los abusos en esta materia no queden 
impunes, la raz6n aconseja que la declaraci6n de un derecho, 
ya que se ha hecho necesaria, vaya seguida de la garantia co- 
rrespondiente. La historia de las arbitrariedades gubernamenta- 



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les confirma la necesidad de consignar en estos c6digos garantlas 
precisas, circunscritas y con sanciones eficaces. 

Prueba de esto la tenemos, sin recurrir ^ los pasados tiem- 
pos en que los derechos del ciudadano se atrop'ellaban porque 
se aparentaba desconocerlos 6 porque dommaba un espiritu 
eminentemente autoritario, en el periodo constitucional de Espa- 
fla, en que las ^pocas de elecciones» principalmente, han ofreci- 
do por desgracia ancho campo A las arbitrarledades sin necesf- 
dad de recurrir A la enumeraci6n de los atropellos cometidos por 
los partidos vencedores contra los vencidos y dictados, no sola- 
mente por los odios, animosidades y egoismo polftico, sin6 
tambi^n en muchas ocasiones, sobre todo en poblaciones peque- 
ftas, por los rencores personales. 

Las condiciones que hah de reunir para ser buenas las cons- 
tituciones escritas son de dos clases: unas relativas al fondo y 
contenido de la ley fundamental, y las otras rala^ivas A su 
forma material. 

Las relativas al fondo, que pueden Uamarse intrinsecas^ son 
las siguientes: 1*, reconocitniento de los derechos naturales del 
individuo y consignacidn^ limites y garantias de los derechos y 
deberes polilicosdel ciudadano; porque la indecisi6n y vaguedad 
del legislador en esta materia, al establecer la limitaci6n jurldica 
de las diversas manifestaciones de la libertad individual, asf 
como la garantfa constitucional que las ampara, facilitan la arbi- 
trariedad, pudiendo hacer ilusorios aquellos derechos y estable- 
ciendo tal vez diferencias enormes en la punici6n de las infrac- 
ciones, por el criterio distinto de las persona? encargadas de 
hacer efectiva la responsabilidad contraida: 2*, organisacidn de 
los poderes, tanto centrales como locales; porque si esta organi- 
zaci6n se concreta d los poderes centrales, es punto menos que 
imposible que la armonfa entre unos y otros subsista mds tiempo 
que el de la duraci6n en el poder de las personas representantes 
de las teorfas adoptadas en la constituci6n: 3*, determtnactdn de 
los medios materiales de acci6n reservados al poder. supremo 
para llenar sus fines propios, como consecuencia de su sobera- 
nfa; porque, si lo3 medios indicados se dejan d la elecci6n libre 
del poder, puede surgir contradicci6n entre la existencia de los 
derechos del ciudadano y los medios que el poder crea necesa- 
rios para llenar su cometido, puesto que estos medios siempre 
estardn representados, de un modo 6 de otro, por prestaciones 
personales 6 materiales de los ciudadanos; aftadi^ndose & esto, 



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que, 6 se erige la arbitrariedad gubemameotal en regla de con- 
ducta, 6 se le priva de los medios indispensables para cumplir su 
misi(3n. 

Las condioiones de forma 6 extrinsecas^ pueden reducirse d 
tres: tn^todo para facilitar su aprendizaje, puesto que interesa A 
todos y es una condici6n indispensable para que todos participen 
en el gobierno, siquiera sea indirectamente, y adem^s, para 
hacer m^s obvia y expedita su aplicaci6n 6 interpretaci6n en 
caso necesario: claridad para no hacer imposible su comprensi6n 
^ las clases menos ilustradas, llamadas, como las demAs, k scr 
regidas por el c6digo fundamental y ^ responder de su obser- 
vancia 6 infracci6n; y precisidn, para evitar las arbitrariedades 
d que darian mdrgen la vaguedad, la difusidn y el casuismo, 
vicios principales relativos A la forma, de que pueden adolecer 
las leyes polf ticas. 

Entre la parte dogm.ltica y la orgdnica de Us constitucio- 
nes escritas ha de haber estrechas relaciones, anjllogas d las 
que naturalmente existen entre el hombre, elemento material 
del Estado, y el gobierno. repreientaci6n de su elemento formal, 
y que se reflejan en la constituci6a interna de los pueblos. Asf 
sucede que, en la organizaci6n politica de un pals, & un gobierno 
republicano corresponde naturalmente mayor extensi6n en los 
derechos pollticos de sufragio y de opci6n «! los puestos piiblicos, 
porque en esta forma el gobierno es asunto de todos, puesto que 
en la voluntad de todos se suponc que reside la soberania. 

Por la misma raz6h serd mds amplia la libertad de emisi6n 
y publicaci6n del pensamiento,, porque, si todos han de interve- 
nir mediata 6 inmediatamente en la direcci6n del Estado, preci- 
so es que todos puedan inspirarse en las iieas, en los sentimien- 
tos y en los deseos de todos, para que las tendencias sociales se 
manifiesten claramente y las nccesidades del pueblo, siendo co- 
nocidas, puedan ser satisfechas. 

Lo misriio sucederd con la libertad de ensefianza, con la 
de profesi6n, con la de industria, y en general con todas las U- 
b^rtades del individuD, porque, si A ^s':e se reconoce aptitud bas- 
tante para intervenir e i el gobierno, es decir, para dirigir la 
SDciedad, seria un contra ^entidb no suponerle aptitud suficiente 
para dirigirse A si mismo y creerle necesitado de la ensefianza 
oficial, para que no le inculquen el error por no saber elegir 
maestros; de la protecci5n industrial, para qua no le engafien 
cm los productos por no saber distinguir entre los industriales 



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probos y los charlatanes; de la restricci6n profesional, para que 
no le estafen 6 ponga en riesgo su vida, su honra y sus intereses 
por falta de tino A quien encomendar su conservaci6n 6 su de- 
fense. 

Por el contrario, en un Estado organizado segiin la forma 
mondrqyica, todas estas libertades estardn mds restringidas, y 
tanto mds, cuanto mds se acerque el sistema A la monarqufa pu- 
ra, porque, si en la repiiblica se parte del supuesto de la auto- 
nomia del individuo y de la igualdad de aptitudes, en la monar- 
qufa se cree que muchos no se bastan cl s( mismos, y que nece- 
sitan por tanto de la tutela social. 

Id^ntico resultado se obtiene si, partiendo de las condicio- 
nes y circunstancias del indi\ iduo, procuramos indagar cual sea 
la organizaci6n del poder publico mds conforme con aquellas. 
Asf, en un Estado donde la inteligencia, la rectitud de intencio- 
nes, los hdbitos de obrar bien, sean condiciones'que prevalezcan 
en los individuos, y donde por estos mismos hilbitos y circuns- 
tancias sea posible el reconocimiento mds amplio de los derechos 
del hombre y del ciudadano, serd la forma republicana, no s61o 
posible, sino la mds propia y adecuada A la realizaci6n del fin 
social. A la inversa sucederd en un pueblo cuyos habitantes, fal- 
tos de ilustraci6n, de virtudes cfvicas, de hdbitos de gobierno, 
sean incapaces, no s61o de intentar la realizaci6n del fin social, 
pero ni aun de conocerle. En tales pueblos el gobiemo de uno 
solo, mds 6 mefios limitado 6 modificado en proporci6n con el 
estado intelectual y moral de los ciudadanos, es la linica forma 
capaz de contener si la sociedad dentro del camino que la condu- 
ce hdcia su fin. De otro modo, A ^a libertad del individuo y d su 
pretendida autonomia, sustituir^l probablemente un atroz liberti- 
naje y una salvaje indisciplina. 

No vaya A creerse por esto que todos los pueblos regidos 
por el sistema republicano son ilustrados y virtuosos, y que, 
por el contrario, los pueblos mondrquicos estdn sumidos en la 
barbaric: la forma de gobierno es A los pueblos lo que el vestido 
A los individuos, si el simil se nos permite: hay trajes elegan- 
tes y que permiten los movimientos libres y desembarazados, 
porque son adecuados al cuerpo que los viste, mientras que en 
otres sucede todo lo contrario; y los hay ademds que A simple 
vista deslumbran y presentan como envidiable A quien los lleva; 
pero que esta primera impresi6n desaparece, poniendo en ridl- 
culo A su portador, desde el momento en que se sabe que tales 



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trajes son prestados. Pues lo mismo sucede con los pueblos: hay 
algunos, queJlevados de la vanidad de que se les crea capaces, 
se han lanzado A la -republica, labrando asi su desdicha; mien- 
tras que otros, mds humildes, pero tambi^n mils sesudos, se han 
contentado, por decirlo asi, con un vestido no tan brillante, de- 
jiindose dirigir bajo la forma mondrquica, aunqiie hayan procu- 
rado, sin embargo, su modificaci6n paulatina. 



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CAPITULO II 

RELACIOXES EXTRE LA CONSTITUCI6N INTERNA Y LA. EXTERNA 



Para comprender las reLiciones que existen entre el modo de 
ser de un pueblo y su c6digo fundamental, precise es tener pre- 
sentes los principios de las dos escuelas que se disputan en el 
campo del derecho el honor de dirigir la sociedad, pues mientras 
que una parte de un ideal preconcebido, al cual quiere ajustarlo 
todo, otra, m^s prdctica, menos idealista, cree que el modo de 
ser los pueblos, y hasta las reformas 6 innovaciones surgen, por 
decirlo asi, espontaneamente, y es necesario aceptarlas tales co- 
itio se presentan. La primera de estas dos escuelas, Uamada ra- 
cionalista 6 filos6fica, cree que la misi6n del politico estd en pro- 
curar A todo trance la realizaci6n de su ideal, ya adoptando dis- 
posiciones que A este fin conduzcan, ya eligiendo para los cargos 
piiblicos A personas que representen sus ideas, ya haciendo 
propaganda en favor de las mismas por cuantos medios le sugie- 
ra su inventiva. La segunda escuela, Uamada hist6rica, conside- 
ra las instituciones polftico-fundamentales como una especie de 
producci6n org^nica de la naturaleza y de la vida de los pueblos, 
como un resultado de sus h^bitos, de sus instintos, de sus deseos 
inconscientes, y no como el fruto de sus esfuerzos y designios 
deliberados. LapoUtica, segun esta escuela, consiste enconocer 
bien al pueblo cuya direcci6n se pretende, en acomodar esta di- 
recci6n d lo que el pueblo es en realidad, sin torcerle, sin violen- 
tarle, ddndole lo que su situaci6n 6 modo de ser actual exige; sin 
apetecer reformas, ni procurar innovaciones, que siempre le 
desnaturalizan, cuando ellas no se vienen espontaneamente y 



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por la marcha regular y ordenada de las cosas y de los aconte- 
cimientos. 

Ninguna de cstas dos teorias es verdadera, si se adopta co- 
mo exclusiva. 

No todas las instituciones^ por buenas que sean en abstrac- 
to, convienen A todos los pueblos. Es irracional pretender que los 
pueblos inteligentes y virtuosos pueden ser regidos por las mis- 
mas instituciones que los pueblos ignorantes y'viciados. Si las 
instituciones libres, si la participaci6n de todos los ciudadanos 
en la gesti6n publica son un medio adecuado de llegar al fin so- 
cial en los pueblos cultos y de virtud civica, estas mismas insti- 
tuciones serfan una r^mora continua para llegar d aquel fin en 
un pueblo inculto, grosero y cgoista. Xadie desconoce que, si la 
consideraci6n del bien y del propio decoro es m6vil suficiente en 
un hombre pundonoroso, son, por el contrario, muchos los hom- 
bres para quienes no hay estlmulo bastante fuera del mezquino 
interns 6 del temor al castigo. Prescindir por tanto de lo que los 
pueblos son realmente y pretender que puedan ser regidos con 
f6rmulas abstractas, e^ una verdadera ilusi6n, es una Utopia. El 
ideal de las instituciones es indudablemente lo mejor; pero no 
siempre es factible lo mejor. Cuando se ha dicho por algunos que 
"lo mejor es enemigo de lo bueno„ se ha querido indicar que no 
siempre es posible obtener lo m^s perfecto, y que entre un ideal 
de perf€cci6n imposible y una realidad menos mala es preferi- 
ble esta ultima, porque, despues de todo, el hombre no puedc 
ser perfecto y su misi6n en la tierra consiste en procurar ser 
cada vez mejor, cosa que no conseguird en verdad pretendiendo 
salvar de un salto los obst^culos que se le ofrezcan en el camino 
del bien. 

Los que presentan las instituciones polfticas como un mero 
resultado de la actividad espontanea de los pueblos, y condenan 
todo lo que no es un reflejo de esta misma actividad, principian 
estableciendo una diferencia absurda entre el hombre, individuo^ 
y la sociedad, agregacidn moral de hombres; pues, mientras 
conceden al hombre individuo la facultad de conocer lo mejor 
y de aspirar A ello reflexivamente y por el propio lesfuerzo, sin 
esperar & que espontaneamente se produzca, niegan A la agru- 
paci6n polftica esta misma capacidad y la condenan al fatalismo, 
'A la rutina y d la inercia. Por otra parte, el mecanismo politico 
ha de ser manejado por hombres, y por lo mismo no basta el 
simple consentimiento de ^stos para que produzca resultados 
provechosos; es preciso ademds que directa 6 indirectamente, de 



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— 244 — 

un modo 6 dQ otro, se interesen en estos resultados y coadyuven 
6. la expedici6n de los movimientos. 

Como consecuencia de esto diremos que las instituciones po- 
Ifticas para ser buenas, ademds de sus cualidades intrfnsecas, 
han de reunir algunas otras condiciones que sean la fiel expre- 
sion de la armonfa que debe haber entre los varies elementos 
del Estado, Asf , pues, deben ser tales que no repugnen al pueblo 
que ha de regirse por ellas; y el pueblo, por su parte, debe tener 
la aptitud y la voluntad suficientes para hacer todo lo que sea 
necesario para la conservaci6n y el libre ejercicio de aquellas 
instituciones, absteni^ndose de todo lo que pudiera series emba- 
razoso 6 perjudicial. Sin la adhesi6n del pueblo ^ las institucio- 
nes se crea un estado de lucha perpetua, aunque solo sea laten- 
te, entre el gobierno y los siibditos; y sin la aptitud suficiente 6 
la voluntad de estos para contribuir en la medida de sus fuerzas 
al cumplimiento de los fines sociales, se dificulta la realizaci6n 
de tales fines, porque falta la unidad de miras y de acci6n nece- 
saria en toda sociedad. 

De donde se sigue que las instituciones polfticas no son bue- 
nas ni malas en absoluto; que se relacionan fntiroamente con el 
estado moral y material de los pueblos; que para obtener lo me- 
jor en esta materia es preciso tener siempre en cuenta estos dos 
principios; el filos6fico, que nos presenta lo bueno en sf, intrln- 
secamente y con absoluta independencia del medio en que se ha 
de realizar, y el histdrico, que poni^ndonos ante la vista las cir- 
cunstancias de tal 6 cual pueblo nos da A conocer su aptitud po- 
lltica para plantear las instituciones reconocidas como buenas en 
pura teoria; y, por liltirao, que los cambios bruscos, las revolu- 
ciones injustificadas, la ruptura completa con el pasado pueden 
producir, y de hecho producir^ en los Estados, males tan gra- 
ves por lo menos como el quietismo y el apego desmedido d to- 
do lo antiguo. 

En polftica, como en todo, lo racional consistc en tener siem- 
pre d la vista el ideal, el tipo de perfecci(3n; pero atendiendo tam- 
bidn A las circunstancias que nos rodean, d las condiciones en 
que nos hallamos, para intentar llegar 'A aquel segiin lo permitan 
cstas. 

*■ Por todo lo dicho podemos concluir que la constituci6n ex- 
terna 6 ley fundaniental de un pais serd tanto mejor cuanto con 
mas exactitud consigne los principios polfticos que, expresando 
el ideal posible^ puedan desarrollarse en la prdctica en armonfa 
con la constituci6n interna 6 modo de ser fntimo de aquel pueblo; 



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— 245 — 

pues de otro modo se estableceria una lucha entre' lo real y lo 
ideal, entre la teoria y la pr^ctica, que daria por resultado la rui- 
na de la sociedad. 

De aqui que, no obstante el car^cter de permanencia propio 
de las constituciones 6 leyes fundamentales, no sean estas por 
su naturaleza irrelormables, pues cambiando con el transcurso 
del tiempo las circunstancias de los pueblos; modificdndose su 
cardcter por la mayor ilustraci6n y cultura, por el nacimiento de 
nuevas industrias, por la comunicaci6n y roce con otros pueblos, 
se hace preciso organizarlos en armonfa con las nuevas necesi- 
dades, reformar la constituci6n externa del pais conforme A las 
exigencias de su nuevo modo de ser. 

La necesidad de esta reforma puede ser conocida por los 
poderes constituidos y provocada por los mismos, cuando, aten- 
tos A la raarcha social, procuran ante todo el bien publico y le 
anteponen, si es preciso, A la propia utilidad. Para tales casos 
conviene que est^ prevista en las leyes fundamentales la compe- 
tfencia correspondiente A cada uno de los poderos, si en la orga- 
nizaci6n polftica domina la ley de la separaci6n de funciones, y 
aun la que puede corresponder A los mij^mos ciudadanos, si do- 
mina el principio de que en la sociedad radica virtualmente el 
poder 6 la sobcranfa; pero en todo caso, debe constar en la misma 
constituci6n el modo de reformar se. 

Una reforma en la constituci6n hecha por modo tan natural 
y suave dificilmente dejard de ser ben^fica, y seguramente se 
podrd por este medio apreciar mejor las razones en pr6 6 en 
contra de las reformas proyectadas, puesto que el orden y la* 
tranquilidad con que ban de- plantearse son garantfas de 
acierto. 

Pero no siempre se hallan los depositarios del poder piiblico 
dispuestos A buscar el bien general; y entonces, si por espiritu 
egoista 6 refractario A toda reforma reconocidamente util, 6 por 
su mala gesti6n, 6 por abuso del poder que ejercen, surge una 
revoluci6n, 6sta puede tambi^n llevar al cambio de la constitu- 
ci6n, A la nlodiiicaci6n de las instituciones fundamentales. No es 
necesario decir que los cambios producidos por las revoluciones 
no pueden ser muy estables, como dictados por la pasi6n m^s 
que por la raz6n frla, ni que las revoluciones por sf son grande- 
mente perniciosas para el sosiego y aun para el bienestar publi- 
co, por que siempre producen alarma, inquietud, recelos y temo- 
res; pero, aun asf, hay casos en que las demasfas del poder 6 su 
apatia las hace inevitables y, aunque siempre son procedimien- 



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— 246 — 

tos antijurfdicos, pueden hacerse necesarios cuando el poder es 
tir^nico 6 inepto, y no hay dentro de las Icyes remedio para es- 
tos males. 

Tambi^n puede producirse un cambio en la constituci6n por 
los llamados golpes de Estado^ reformas impuestas por los deposi- 
tarios del poder, que ordinar iamente se valen de la fuerza piiblica 
para el logro de sus prop6sitos, y casi siempre la emplean para 
robustecer m^s su autoridad y extender el Unr.ite de sus atribu- 
ciones, 6 investirse con otras nuevas hasta el pun to de erigirse, 
siquiera sea por el raomento, en verdaderos dictadores. Estos 
cambios bruscos 6 ilegales, dignos de reprobaci6n por lo mismo 
en la mayorfa de los casos, pueden cohonestarse algunas veces 
ante la raz6n y la opinion sensata cuando son el unico medio de 
poner fin al estado de anarqufa, de desorden y perturbaci6n ge- 
general que, por la debilidad delas autoridades 6 por pretensio- 
nes exageradas t injustas del pueblo, ha llegado d constituir un 
mal grave en la sociedad. N6tese, sin embaf^o^ que, aun siendo 
utiles en ocasiones para el bien publico ulterior las revoluciones 
y los golpes de Estado, los poderes creados por virtud cte tales 
procedimientos no son legftimos y necesitan legitimarse, ya por 
el asentimiento general del pals que los acepta, ya por el trans- 
curso del tienipo juntamente con los actos de buen gobierno y 
administraci6n que hagan notoria su utilidad. 



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CAPITULO III 

carActer de las constituciones segOn el elemento 
que en ellas predomina 



Al constituirse los Estados y al ser formadas las leyes se 
han dejado sentir desde tiempos muy antiguos dos opuestas ten- 
dencias que, desarroUdndose progresivamente, han llegado A 
convertirse en dos verdaderos sistemas de organizaci6n social, 
aunque no siempre aparezca en ellos como predominante el 
aspecto politico y ceda este muchas veces en interns al econ6- 
mico. 

Estas dos tendencias se hallan expresadas por el individua- 
lismo y el socialismo, que cuentan entre sus parciales poUticos 
republicanos y mon^rquicos, y en los que por lo mismo se consi- 
dera la forma de gobiemo como cuesti6n accesoria. Asf nos ofre- 
ce la historia ejemplos de una republica eminentemente socia- 
Hsta en la antigua Esparta, y de tendencias mucho m^s indi- 
vidualistas en la de Atenas^ La republica de \^enecia en los 
tiempos medios era tambi^n socialista, y es individualista la mo- 
derna de los Estados-Unidos. La monarqufa castellana, tribu- 
tando al rey un respeto casi divino, pudiera llamarse socialista 
porque tal homenage le vindicaba el interns social; y la monar- 
qufa aragonesa con sus Cortes, con su Justicia y sus libertades 
presenta un cardcter mds individualista. 

No es, pues, la forma de gobierno, sino el elemento del Es- 
taio que aparece predominando lo que imprime d las constitu- 
ciones tanto internas como externas ese sello especial; siendo 



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— 24^ — 

individualistas, cuando el individuo, el elemento material del 
Estado es atendido con preferencia, y socialistas, cuando se bus- 
ca principalmente en ellas la consolidaci6n de los vinculos socia- 
les, la conservaci6n del orden, del elemento del Estado ^ que 
hemos llamado formal. 

Tanto el individual ismo como el socialismo ban salido mu- 
chas veces del campo de la politlca, invadiendo tambi^n el de 
otras ciencias y adquiriendo tal importancia que su estudio, 
siquiera sea superficial, ha llegado A hacerse indispensable. 



I— DEL IXDIVIDUALISMO 



El individualismo puede considerarse como una doctrina fi- 
los6fica 6 como un sistema de organizaci6n politica. Como doc- 
trina filos6fica considera la sociedad solamente como medio 
para la realizaci6n del fin del individuo; y como sistema de 
organizaci6n polftica atribuye al individuo el derecho de inter- 
venir en la constituci6n del Estado, cuando menos por el 
sufragio. 

Bajo uno y otro aspecto el individualismo tiene su funda- 
mento en el aprecio de la dignidad humana, en el conocimiento 
de que cada individuo es por si mismo responsable de sus actos 
y de la realizaci6n de su destino, en una palabra, en la libertad 
del hombre. 

El origen del individualismo se atribuye por unos d la doc- 
trina de Nuestro Seftor Jesu-Cristo, y por otros A los germanos. 
El cristianismo, en el'ecto, predicando la igualdad de la natura- 
leza humana, el amor y lacaridad, hizo considerar d los hombres 
como hermanos, y de esta consideraci6n surgi6 necesariamente 
la consecuencia de que, si un hopibre tenia derechos, tambi^n 
los tendrla otro hombre y, si los unos estaban ligados al curapli- 
miento del deber, no habfa motivo racional para que otros se 
eximierande el. Sin embargo, como las ideas y las instituciones 
exigen para encarnarse y extenderse, digdmoslo asf , materia 
adecuada, las ideas que el cristianismo trajo al mundo puede 
decirse que no germinaron por completo hasta la aparici6n en 
la historia de una nueva raza, de los germanos, pueblo dotado 
de un sentimiento de independencia que se habia perdido ya en 
el mundo romano. 



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Hay fil6sofos para quienes el individualismo representa 
solamente una evoluci6n de la raz6n humana y el progreso 
social que entrafla s61o A la raz6n es debido. Prescindiendo 
de la historia, que demuestra la aparici6n del individualismo 
despu^s de la predicaci6n cristiana, diremos que, si estos fil6so- 
fos pretenden despojar al cristianismo de la gloria de haber res- 
tablecido la dig'nidad humana, no consiguen su objeto, porque, 
siquiera fucse como idea, se hallaba ya este progreso en la reli- 
gi6n de Jesu-Cristo, antes de las couquistas raciofiales de estos 
lil6sofos y de sus predecesores. 

Esto no obstante, el individualismo no se erigio en sistema 
hasta la revoluci6n de Francia, por m<1s que tuviera en Inglate- 
rra verdaderos precursores. 

Por la revoluci6n fr^ncesa se proclamaron los derechos in- 
dividuates como absolutos, ilimitados, sin trabas; se llev6 hasta 
la exaltacion y el delirio la apoteosis del hombre y, para deifi- 
carle, se intent6 abolir al mismo Dios. A pesar de esto, si en el 
terreno de las ideas se afirmaba tanto el respeto al individuo, 
en la prdctica no era ya tan sagrado, como lo prueban los atro- 
pellos y matanzas de la misma revoluci6n. Y es que la revMu- 
ci6n proclamaba el absurdo, lo imposible, al proclamar la ilimi- 
taci6n de los derechos individuales; porque, viviendo el hombre 
en el Estado, ^ste ha de tener derechoS para realizar su fin, los 
que ser^n If mite y cortapisa de los derechos del individuo, ai-l 
como los derechos de cada individuo serAn tambien Hmitaci6n 
de los derechos de los dem^s 6, si sc cree, como nosotros, que 
no puede haber colisi6n de derechos, el ejercicio de las I'aculta- 
des, que como condici6n de mejora humana se erigeen derecho, 
estard limitado por el ejercicio de otras facultades andlogas de 
otro individuo 6 del Estado. 

Convencidos algunos individualistas de que no hay derechos 
ilimitados, dicen que estos derechos se limitan por sf mismos, lo 
que es un contrasentido, y que el legislador no puede limitarlos, 
lo que es pernicioso para la'sociedad por el estado de anarquia 
y disoluci6n a que habrfa de arrastrarla. 

Por lo dicho se v6 que la declaraci6n de los derechos indivi- 
duales como absolutos (5 ilimitados es acaso el primer dogma de 
este sistema, cuando se tratade formularle. 

Otra creencia adoptada por el sistema es que la soberania 
reside en todos los asociados y que el poder estd en la voluntad 
del mayor niimero. De aqui puede originarse la contradiccion 



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— 2jO — * 

de que, dependiendo la ley de la voluntad, ^sta puede respetar6 
no los derechos individuales }', de cualquier modo, siempre 
obrard en justicia; porque, segiin esta tcoiia, lo que acuerde el 
mayor niimero, es decir, la voluntad, serd siempre la expresi6n 
del derecho. 

Al individualismo es tambien debido el sufragio universal, 
y se funda en que, teniendo voluntad todos los asociados, todos 
deben inter venir en la constituci6n y gesti6n publica. 

El sufragio universal puede considerarse, segun dejamos 
repetido, de dos modos: 6 bien como el derecho de todo ciuda- 
dano A votar directamente y por si mismo las leyes, 6 como el 
derecho que A todos corresponde de participar indirectamente 
en la formaci6n de las leyes, nombrando delegados; es decir, 
como derecho electoral. Bajo cualquiera de estos aspectos el su- 
fragio universal es absurdo y, como absurdo, imposible, por- 
que, buscando en la voluntad su fundamento, no hay raz6n para 
cxcluir A nadie y habrdn de tener participaci6n los menores de 
edad,.mujeres, criminales, etc, y si A estos se exceptua, el su- 
fragio no es ya universal sino restringido, quedando solo en 
cu^sti6n quienes han de gozar este derecho. Como derecho A 
votar directamente la ley es, adexAs de absurdo, impolftico, 
por la dificultad de llegar A un acuerdo y por los trastornos so- 
cialcs ;l que es ocasionado. De esto nos da un ejemplo lo ocu- 
rrido en Francia durante la asamblea legislativa, de donde, 
votada una propo3ici6n, pasaba A los departamentos para su 
aprobaci6n, y, si la mitad mas uno de ^stos no la aprobaba no 
llegaba a ser ley. 

Otra de las instituciones del individualismo es' el jurado, 
basdndose esta teorfa en que, si la idea del derecho se tiene por 
la conciencia, como todos tenemos conciencia, todos debemos 
juzgar en materia de derecho. 

Kste razonamiento es soffstico, porque, si es cierto que la 
idea del derecho se manifiesta cl toda conciencia, no basta esta 
idea para decir A qui^n corresponde 6 qui^n ha infringido el de- 
recho, debiendo tenerse en cuenta, no solo la ley natural, sino 
tambien lo que dispone la positiva, las circunstancias del hecho, 
la relaci6n entre ^ste y la ley, las circunstancias y cualidades 
del agente, y la relaci6n entre todos estos puntos; conocimiento 
que no se obtiene por intuici6n, sino que se llega A 6\, y no 
siempre, despuesde largas fatigas. Corrobora lo absurdo del ju- 
rado el que sus mismos partidarios no admiten A constituirle A 
todos los que tienen conciencia, excluyenio A los que reputan 



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— 251 — 

quelatieiien pervertida y d los que consideran sin bastante re- 
flexion, como lo& menores, 6 sunuwnente impresionables, como 
Lis mujeres. 

Finalmente, el individualismo produce muchos males, qua- 
reconocen pDr causa el e>oismo, vicio inherente 6. este sistema 
y del que ofrecen una prueba las mismas teorias de sus pro- 
honrtbres, de las €|U£ se pretende deducir que todo bienestar vSo- 
cial ha sido resultado del pcnsamiento del interns privado, asf 
que, segun Rousseau, un hombre se asocia A otro por el interes 
6 utilidad que le reporta; y lo mismo se disociaria si asf le con- 
viniera, debio afladir para ser consecuente. 



n— DEL SOCIALISMO 



Opuesta A la anterior es la teoria socialista, que tanto en 
politica como en cconomia mira como objetivo el bien de la 
comunidad poster^aido completamente al individuo, porque 
considera A la naci6n como una entidad con vida propia 6 inde- 
pendiente de la de los individuos que la forman, y deposita en el 
Estado toda la inteligencia y la fuerza individuales. 

El origen lilos61ico del socialismo estd en las ideas panteis- 
tas, segun las que, siendo los seres inieriores emanaciones 6 
cvoluciones sucesivas de otros seres superiores, todo lo recibcn 
de estos, y la vida y la perfecci6n de ^stos es tambien la vida y 
perrecci6n de aquellos, como que participan de su esencia. 

Sabido e5 que en este sistema los conceptos 6 ideas genera- 
les reprcKentan seres de realidad igual A los conceptos indivi- 
duales"; y asi es como, viendo en la naturaleza un ser real, lo vcn 
tambien en la humanidad y en la naci6n y en la familia, respec- 
tivamente subordinados unos a otros; y cuya subordinaci6n im- 
plica que los mds elevados en la escala vindican con derecho la 
preferencia. 

Conforme con su origen filosofico, el socialismo aparecc 
historicamente en el Oriente, cuna del panteismo: sus reyes, sus 
castas, cl despotismo de aquellos y los irritantes privilegios de 
las superiores de ^stas prueban hasta que punto el Estado 6 sus 
representantes lo eran todo, mientras no era nada el individuo. 
Grecia, puesta mds en contacto con el Oriente, cuya filosoffa se 



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— 25a — 

liltro en ella, sio^ui6 el rumbo marcado por la idea asiiUica y es- 
tableci6 ihstituciones y leyes, sobr'e todo en Esparta, que desa- 
rrollan hasta lo inverosfmil en la prdctica las ideas socialistas. 
Toda la antiguedad se inocu16 mds 6 menos de la idea socialista, 
aunque la indole particular de alj^unos pueblos, les hiciera adop- 
tar instintivamente algunas instituciones 6 leyes en que sc 
descubre mAs 6 menos confuso un fondo individualista. 

Pero el socialismo de los tiempos antiguos se referfa princi- 
palmente A la organizaci6n politica, A las instituciones que ban 
de regir la SDciedad y A la distribuci6n de las diversas funciones 
social^s; su fin directo e inmediato puede decirse que era el en- 
jxrandecimiento de la entidad social independicntemente de los 
individuos que la constituian, pues, si bien es cierto que algunos 
fil6sofos socialistas quisieron asegurar A los individuos los mc- 
dios de vida, aboliendo la propiedad particular y echando sobre 
el Estado el sostenimiento del individuo, no lo hicieron movidos 
por otra causa que el temor de que el individuo atento A sus 
propios intereses de>cuidara los del Estado. Buena prueba de 
ello es que solo buscaban el perfeccionamiento del individuo en 
tan to que este podia ser mils util A la sociedad, crcando 6 for- 
mando ciudadanos mas robuslos y mas dgilcs, para que sirvic- 
ran al Estado de defensa, y mds astutos, para que mAs facilmen- 
te triunfaran de los enemigos; ahogando en ellos, por otra par- 
te, hasta los sentimientos mds nobles, generosos y naturalc.5, por 
cjemplo los de familia, porque podrian ser en algun caso perju- 
diciales al Estado. 

El socialismo moderno, basado en ideas mils materialistas, 
se propone como fin directo la organizacion economica, es mils 
positivista, y si trata de introducir innovaciones en la organiza- 
ci6n social y politica, es porque considera estas como medios 
mds 6 menos adecuados para la mejor realizaci6n de sus fines 
cconomicos. 

Mas no se crea por esto que los socialistas modernos sean 
originales, no ya en la idea, pero ni aun en muchos de los me- 
dios. Sabido es que Plat6n, buscando un gobierno perCecto, pro- 
clam6 la comunidad de bienes y su distribuci6n por el Estado. 

JilorOj el canciller de Inglaterra, se declara igualmcnte con- 
tra la propiedad; quiere que los bienes scan comunes, que la tie- 
rra y sus frutos sean del dominio social, y que todo el que nece- 
site alimentos, utiles 6 vestidos recurra/il magistrado encitrgado 
de la distribuci6n general. En compensacion los magistrados 
dispondriln de los brazos y de la inteligencia de cada miembro 



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- 253 - 

de la sociedad, seflaldndole su oficio y re^ulando el empleo dc su 
tiempo. La sociedad vendrd d ser asl una mdquina montada y 
re^ulada met6dicamente. Morelly va mds lejos y establece que 
lo:s trabajos agricolas se ejecuten por una especie de conscrip- 
ci6n, que todo ciudadano est^ consagrado A ellos desde la edad 
de veinte A la de veinticinco aflos, que todo individuo convicto 
de haber querido introducir "la detestable propiedad„ sea en- 
cerrado conio un loco furioso y enemigo de la humanidad en un 
edificio construido en el lugar de las sepulturas publicas, que su 
nombre se borre para siempre de la lista de los ciudadanos y su 
familia se agregue d otra. Baheuf^ siguiendo estas ideas, califica 
tl los propietarios de conspiradorcs. En su opini6n, el estableci- 
miento de la comunidad no tiene el cardcter de una reforma li- 
bremente consentida, y pretende hacerla penetrar d viva fuerza 
en la sociedad. La ciencia del poder consiste, segiin ^l, en su- 
primir todo obstdculo, y el mejor gobierno es el que se arregla 
de manera que no tiene impugnadores. Los grandes centros 
de poblaci6n le embarazan y de un plumazo los suprime, y poco 
menos hace con las villas y lugares. El lujo cs tambi^n perjudi- 
cial segiin ^l, y deben desaparecer los palacios y habitaciones lu- 
josas, consinti^ndose d lo sumo la magnificencia en los monu- 
mentos publicos. Las casas deben ser construidas por un mode- 
lounilbrme, de modo que noexciten la envidia. En cuanto d los 
vestidos, la igualdad y la simplicidad deben regular su forma y 
materia; la ley lo concede todo d la salubridad, nada d la vanidad. 
Los mismos cuidados en cuanto d la cducaci6n de los ciudada- 
nos; el Estado se hace cargo de ellos desde la cuna hasta la tum- 
ba, hace de ellos cultivadores y obreros y los educa mds para 
servicios utiles que de placer. ''Todo lo que ho es comunicable 
d todos, dice Babeul\ debe ser proscrito.^ Y en virtud de este 
' axioma considera las artes y las ciencias con una desconfianza 
muy pr6xima d la hostilidad (1). 

Estas aberraciones han tenido panegiristas aun I'ucra dc la 
escuela, excitando algunas de ellas las simpatias de hombres 
notables por la rectitud de su juicio y sentimicntos, que se han 
dejado llevar de su filantropfa. La historia, adcmds, registra 
algunas instituciones en las que facilmente se nota un cardcter 
socialista. No lueron otra cosa las ordenes mondsticas, si bien 
es cierto que 6stas, no basadas sobre el egoismo, ni cl deseo de 



(l) Louis Keybaud. Dice, de l^'Econ.poliL^ t. II, pag. 630. 



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<]Coces materiales, sino m^s bien sobre la abnegaci6n de <^ 
mismo, la mortificaci6ii y la obediencia, pudieron existir real- 
mente sin producir perturbaciones ni trastornos en la sociedad. 

Mas no siempre f'uf el socialismo resultadp de m6v'iles tan 
dignos. La tendencia general hacia los bienes materiales, alimen- 
tada y propagada por el sensualismo, indujo A algunos espiritus 
a la idea de trasformar la sociedad humana asentSndola sobre 
nuevas bases y convirti^ndola en una asociacidn de goces iguales 
para todos. Este proyecto fu^ concebido casi al mismo tiempoen 
Inglaterra y Francia por Roberto Owen y Carlos Fourrler, aun- 
que intentado por cada uno de distinto modo. 

La doctrina socialista de Owen parte de que "^el hombre no 
es mds que un producto de las circunstancias exteriores.^ Esta 
proposici6n abraza todas las dem^s: de ella resulta claramente 
que, haciendo iguales las circunstancias, se haria d los hpmbres 
iguales en inteligencia, en descos y en goces. Descartando asi la 
libertad y la responsabilidad humana, Owen trata de fundar 
una sociedad en la cual no haya elogio, ni reprensi6n, ni re- 
compensa, ni castigo; sociedad en la que, recibiendo todos una 
misma instrucci6n, sean iguales bajo el puntode vista del caric- 
ter y de los intereses, y vivan por la comunidad de bienes, como 
una sola familia, sin distinci6n de las familias particulares; lo 
cual esl6gico, porque negada la existencia de un principio espi- 
\'[\.\X[x\ propio en el hombre, no hay raz6n alguna para admitir la 
existencia de una propiedad y de una familia propias para los 
individuos. Pero esta doctrina era harto superficial para ejercer 
gran ascendiente en los ^nimos y para llegar A ser un resortc 
poderoso de organizaci6n prdctica. Cierto es que Owen pudo, 
merced d su inlluencia personal, dirigir durante bastante tiempo 
una sociedad industrial (New-Lanark) organizada bajo la basedc 
algunos de estos principios; pero todas las sociedades que otros 
han intentado constituir sobre estas bases en America € Ingla- 
tcrra se han visto obligadas d disolverse al cabo de pocos 
ailos. 

La teoria de Owen tuvo, pues, una vida tan eflmera como 
habia de tenerla en justicia, suprimicndo como suprimfa la exis- 
tencia futura, contentdndose con proveer A la terrestre, unica, 
decia, accesible a nuestros medios de conocer, y aboliendo la 
responsabilidad, el m^ri to y el dem(^rito, por atribuir tanto el 
cardcter como los actos del hombre A las circunstancias que le 
rodean. 

Carlos Fourrier^ afirmaba que, si las pasiones son la causa 



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de tantos male.^, es porque han sido mds bien comprimidas que 
arregladas. 

Las primeras bases del sistema se hallan en su Teoria de los 
cuatro movitnientos, Estos eran: el movimiento social que 
explica las leyes conforme A las cuales existe y marcha la 
sociedad; el movimiento animal y por el que se explican las leyes 
conforme d las cuales la Providencia distribuye las pasiories y 
lo ^ instintos entre todos los seres creadols; el orgdnico, que expli- 
ca las leyes segiin las que se han distribuido las propiedades, 
las Ibrmas, colores y sabores de las sustancias; y el material, 
las leyes del movimiento de gravitaci6n. 

Para resolver su problema que consiste **en encontrar una 
forma social en la cual todas las atracciones 5^ pasiones humanas 
se encuentfen satisfechas,„ propone la abolici6n de las casas 
particularesy elestablecimientode/a/^w.s/^/'ios, edificios vastos 
con destino A la habitaci6:i de 1)3 asociadDs y arreo^lados de 
manera que asegurea a los habitantes los mayores goces posi- 
bles. Cada familia podria alojarse y vivir se^un su fortuna y 
seguir su inclinaci6n A la agricultura, industria 6 comercio. La 
propiedad seria colectiva, representando el valor del territorio 
en acciones cuyos p")rtadores tendrian derecho A los beneficios 
en la medida de su capital. Los productos de iR/alaftge debcrian 
repartirse entre I06 tres agentes de la producci^n, trabajo, talen- 
to y capital. 

La doctrina de Fourrier tiene una base sensualista que se 
advierte en su tendencia constante hilcia los goces sensibles, 
y en el principio de que el bien y el mal de los hombres depen- 
den linicamente del mecanismo exterior de la sociedad. Esta 
doctrina, se distingue del sensualism© ordinario ea que ad- 
mite ciertas facultades innatas bajo el nombre de pasiones; 
pero mira equivocadamente estas pasiones como buenas en su 
totalidad en s( mismas, sin que est^n sometidas d ningun po- 
der moral y moderador; creyendo que s61o es necesario un 
mecanismo exterior para co.iv-eriirse, mediante .su concur- 
so, en utiles resortes de la acci6n social. Este mecanismo, 
esta forma social, cree Fourrier haberla encontrado en el falans- 
terio. La teorfa falansteriana es enteramente formalista, porque 
no concede importancia sino d las combinaciones de las pasiones 
sin estudiar swfondOy ni lo que tienen de vicioso, y sin reconocer 
los principios universales del bien y de la just^cia, esto es, la 
moralidad, que son los m6viles mas poderosos de la vida huma- 
na. Esta teorfa, sin embargo, no puede Uamarse completamente 



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— 256 — 

comunista, porquc no intenta abolir la propiedad indwidual, 
sino s61o oriJ:anizarla en inter<5s de la producci6n comiin, distri- 
buyendo los productos entre las tres fucrzas que coopcran il 
ellos, el talento, el capital y el trabajo (1). 

La doctrina de Sairtt-Simon y sus seciuices ha sido resumi- 
da por Rcybaud, en la forma si^uiente: 

**Proponfanse someter el mundo d una especie de teocrada. 
La division del poder entre lo temporal y lo espiritual les pare- 
cia ser el ori^en de la mayor parte de nuestros males, porque la 
humanidad, dividida entre estos dos principios, el religioso y el 
civil, se aniquilaba en un combate, en que cada una de las fuer- 
zas equilibraba <l la otra. Este conflicto debfa desaparecer: era 
necesario confundir en las misnias manos lo espiritual y lo tem- 
poral y no dar la direcci6n de las almas A los unos y la de los 

cuerpos d los otros Esta lucha impfa debia terminar por una 

fusi6n de influencia y de autoridad. En vez de un papa y de un 
cmperador era necesario proclamar un padre que reuniese los 
dos titulosy los dos poderes y, distribuyendo la sociedad en tres 
clases, la de los sabioj?, la de los artistas y la de los industriales, 
encomendar su direccion it los mAs grandes sabios, artistas ^ 
industriales. Estos detentadores de la autoridad no tendrian ne- 
cesidad de investidura, porque debian sentir en sf mismos su 
poder y asignarse sji verdadero lugar: la iamilia humana losre^ 
conocerfa por sus obras. Por otra parte, el lazo nuevo de las so- 
ciedades, bajo un r^^imen semejante, deberfa ser la afecci6n, no. 
el miedo, y lo s mds afectuosos se sobrepondrfan naturalmente ;\ 
los demds, dando el ejemplo d los individuos de la jerarqufa infe- 
rior. Formada asf la cadena de los principios, todo marchart^ de 
la manera mds natural; cada una ocuparfa su puesto segiin su 
capacidad, y la capacidad se ordenarfa en raz6n de las obras. 
Desde entonces la humanidad no formarfa mds que una sola fa- 
milia, y la tierra un solocampo cultivado en comun y A porffa; 
pero cuyos frutos serf an repartidos entre los di versos coopera 
dores conforme d una ley de justicia distributiva en que todo que 
daba t4discreci6n de los mds ca paces. ^ 

El sanstntonismOy partiendo, segiin Ahrens, de una explica- 
ci6n bastante superficial del cristiani^mo, se apropio despucs 
algunas ideas de la organizaci6n econ6mica dc Fourrier. 
Sus pretensiones no se limitaban a organizar la produccion y el 



(1) Ahrens, Dcho. nai, 2^ edic, espaftola, pag. SS. 



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~ 257 - 

consume; queria principalmente fundar una religi6n nueva, 
y bases nuevas tambi(§n para la moral, la ciencia y el arte. En 
este punto fa€ superior el sansimonismo A todas las doctrinas 
anteriores, porque reconoce la intima relaci6n y subordinaci6n 
de las bases econ6micas de la sociedad A las condiciones relis^io- 
sas.y morales de los mie nbros que la constituyen. Sin embarsio, 
bien analizada esta doctrina, descubre siempre el panteismo en 
sus mils groseras consecuencias, trastoriiando por completo los 
fundamentos de la moral. 

Otra pretension tuvo esia escuela; la de armonizar el paga- 
nismo, que historicamentc representa el principio material del 
hombre, con el cristianismo, que representa el elemento espiri- 
tual. Pero en la manera de armonizar estas tendencias la doctri- 
na de Saint-Simon sale perdiendo la parte mds noble, el espiritu, 
pues lejos de idealizar la tnateria, como lo intentaba el panteis- 
mo, se materializan todies las relaciones morales, descendiendo 
aquel hasta el nivel de ^sta y, lo que es peor, ocultanda bajo la 
capa de religi6n el mds repugnante sensualismo. 

En las teorfas socialistas modernas de Louis Blanc y Prou- 
dhon solo se contienen algunas miras parciales, que tal vez por 
su misma limitaci6n son, sin embargo, las que cuentan mAs pro- 
s61itos entre la muchedumbre. 



Ill — COMPAR.\Cl6x DE AMBOS SISTEMAS 



Aunque opuestos, n<5tase algo de comiin entre el indi vidua - 
lismo y el socialismo moderno, porque las tendencias de ambos 
sistemas son mejorar la suerte humana. 

Esto no obstante, sus diferencias son esencialfsimas, pues 
mientras el.primero cree llegar cl su ideal por la consagraci6n 
de la autonomia, por la independencia mcls completa del indivi- 
duo y el ejercicio de la libertad sin restricciones, esperilndolo to- 
do de la iniciativa y accion privadas, el socialismo por el contra- 
rio juzga que la sociedad y el poder pilblico, que la representa, 
tienen la misi6n no s6lo de facilitar los medios para la realiza- 
ci6n del bien social y particular, sino de labrarle directamente, 
ya por la organizacion del trabajo y de la propiedad, como be- 
ds 



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- 25S - 

mos visto, ya per la prestaci6n directa de auxilios A los mcnes- 
terosos, etc. 

Ambos sistemasson funestos en su aplicaci<3n exclusiva, no 
solo por la exageraci<3n del prjncipio dc que respectivamente 
parten, sino tambi^n porque conducen d la anulaci6n del princi- 
pio opuesto. 

AMdese d esto que de ambos puede surgir la tiranfa. 

Del individualismo, porque, debilitando el freno que contienc 
al hombre y le impide que se extralimite al buscar la satisfacci6n 
de sus apetitos y deseos, le concede una libertad excesiva en 
menoscabo, tal vez, de los derechos ajenos, y trocando de este 
modo en tiranfa para unos lo que para los otros pudiera ser li- 
bertad. 

Surge tambi^n del socialismo, porque invocando los gober- 
nantes el bien 6 la conveniencia piiblica pueden fdcilmente ha- 
llar pretexto para imponerse, obligando A los siibditos A aceptar 
y obedecer disposiciones que la ignorancia, la malicia y el egois- 
mo dictan en nombre del interes social. 

El principio individualista aparece menos elevado, porque 
antepone al piiblico el interns particular y da pdbulo al eg«ismo^ 
causando al Estado un verdadero mal desde el momento que pre- 
senta bajo un punto de vista menos digno los fundamentos de la 
sociedad y del gobierno. Como compensaci6n hay otro aspecto 
por el cual no carece el individualismo de cierta nobleza, porque 
engrandece la pergonalidad considerando al hombre, no como 
una mol^cula de la sociedad, sino como un verdadero elemento 
esencial de ella, A la que trasciende y en la que hace sentir el 
modo de ser del individuo de una manera decisiva, elevdndose 6 
descendiendo el nivel de la cultura y dignidad social d medida 
que se elevan 6 deprimen la cultura y dignidad de aquel. 

El principio socialista, segiin el cual las voluntades y hasta 
los derechos individuales deben ceder ante el interns general, es 
sin duda mds digno y mucho mds seductor; pero en ^l hallan 
tambi^n un pretexto constante la arbitrariedad y el despotismo. 
Quien manda en nombre del provecho general se cree autoriza- 
do para todo, y no vacila ante la conculcaci6n del derecho 6 ante 
el perjuicio de los individuos, si ^1 obtiene lo que llama 6 pre- 
tende hacer pasar por publica conveniencia. 

Sfguese de lo expuesto que cualquiera de estos sistemas 
tiene sus ventajas al par que inconvenientes graves, y que el 
medio mds adecuado para evitar 6stos y conseguir aquellas es 
sin duda el de aceptarlos combinados, procurando evitar siem- 



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— 259 — 

pre su predominio exclusive. La raz6n principal de esto, ademds 
de las indicadas y que pueden llamarse il posteriori, porque sc 
toman de los efectos, la hallamos nosotros en el estudio de la 
naturaleza del Estado. 

Si el Estado es una sociedad, como^sta supone dos elemen- 
tos, la agregaci6n y el orden, anulando uno de los dos, desapa- 
rece la sociedad y con ella el Estado. 

Pues el socialismo implica realmente la anulaci6n del indi- 
viduo, porque.se sirve de 61 como simple medio y desconoce lo 
que le es esencial, su personalidad; y er individualismo, . por el 
contrario, lleva A la anulaci6n del orden, A la desorganizaci<3n 
social, pretendiendo que prevalezca en todo y sobre todo la 
libertad del individuo. Todo ser compuesto subsiste A condici6n 
de que subsistan sus elementos; si uno de dstos desaparece 6 es 
absorbido por otro, el compuesto cambia de naturaleza, deja de 
ser lo que era para convertirse en otro ser. Por lo mismo, si la 
tendencia individualista prevalece con exclusi6n, se anula la 
forma del Estado, esto es, el orden; si prevalece el socialismo se 
anula al individuo, esto es, la materia, y en uno y en otro caso 
se desnaturaliza por completo la sociedad poUtica. 



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SEGUNDA PARTE 



mSTORIA DEL DERECHO POLITICO ESPASOL 



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HISTOmil Oa DERECHO POLITICO ESPAlOl 



SECCI6N PRIMERA 

FORMACI6N DEL ESTADO ESPA5J0L 



CAPfTULO PRIMERO 

PRIMEROS POBLAPORES.-^DOMINAClrtN ROMANA 



No pasando de meras conjeturas y aventuradas opiniones lo 
que se dice respecto A la primitiva poblaci6n de Espafta y con- 
servdndose apenas rastros por medio dc los que pudiera cons- 
trairse la historia de aquella lejana ^poca, no es posible cierta- 
mente determinar cuul fuese la influencia de aquella pDblaci6n 
en la constituci6n de la nacionalidad y del Estado espaflol. Ha- 
remos, pues, caso omiso de aquellos nebulosos tiempos, no s61o 
porque las leyes y las influencias hist6rica5 ban de buscarse en 
hechos claros, trasceadentales y comprobados, cuando sobre ellos 
S3 quiere basar las instituciones de los pueblos, sino tambien 
porque el trabajo de escudriftar, descubrir y demostrar los area- 



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— 264 — 

nos de la antigUedad corresponde A la crftica hist^rica, para la 
que nos sentimos sin fuerza, y que ahora no es tampoco objeto 
nuestro. 

Dejando, pues, d un lado las versiones que, fundadas en esa 
comun tendencia de los pueblos y de los individuos A buscarse 
un remoto origen, como si valiese mils un pueblo viejo y una raza 
caduca que una sociedad naciente y vigorosa, atribu3'en la po- 
blacion de Espafta A Tubal y Tarsis, nietos de No^, 6 a Hercules 
y otros heroes de la fdbula griega, es opini6n corriente que los 
primeros pobladores de Espafta fueron los iberos, descendientes 
de Jafet y pertenecientes A la raza aryo-celta 6 indo-europea, 
aunque tampoco faltan historiadores que atribuyen esta po- 
blaci6n A algunas tribus peldsgicas descendientes de Javan. 
Conforme A la primera de estas dos opiniones, que es la mAs ad- 
mitida, de los iberos qued6 A Rspafla el nombre de Iberia y A su 
rio principal el de Ebro. A los iberos siguieron los celtas, tam- 
bi^n de origen asidtico y descendientes de Jafet, quienes, esta- 
blecidos en un principio en las Galias 6 Islas Britdnicas, bajaron 
despues A Espafta (algunos piensan lo contrario) ocupando su 
parte septentrional mientras los iberos descendian A las f^rtiles 
regiones del mediodia. De la fusi6n que, andando el tiempo, se 
realiz6 entre los dos pueblos surgieron los celtfberos, que ocu- 
paron el centro, considerados por algunos historiadores como la 
raza indlgena de Espafta y de cuya lengua primitiva no difiere 
mucho, segun afirman, el euskaro 6 actual vascuence. 

Es de presumir que la vida de estos pueblos fuese palriar- 
cal y aislada dentro de cada ciudad, sin vinculos de nacionalidad, 
y bien puede afirmarse que su organizaci6n y modo de ser hubo 
de influir muy poco en las posteriores y que de ningiin modo lle- 
garon A constituir Estado, porque esta manifestaci6n de la vida 
social es solo propia de pueblos adelantados en cultura. 

A la poblaci6n por los aborlgenes sigui6 la colonizaci6n, 
llevada natural mente A cabc^ por pueblos mds cultos. 

Fueron las primeras colonias las fundadas por los fenicios, 
que hcicia fines del siglo xv antes de Jesucristo, se establecieron 
en el litoral del Mediterrdneo desde Cjidiz hasta Murcia y, aco- 
gidos ben^volamente por los naturales, cs presumible que ense- 
ftaran A ^stos el alfabeto, los rudimentos de la industria minera, 
elaboraci6n de metales y las artes mjls precisas. Pero la avari- 
cia y el espfritu de dominaci6n desarrollados en los fenicios A 
medida que se apoderaban de las riquezas del pals, llegaron A 
hacerse insoportables para los indfgenas y produjeron una lu- 



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cha, cuyo t^rmino fu^ la p^rdida por los femcios de todas sus do^ 
lonias, excepto Cddiz, la m^s fuerte, donde se encerraron y per^ 
manecieron hasta ser expulsados mds tarde por los cartagineses, 
A quienes llamaron en su auxilio. 

Los fenicios dieron A la peninsula el nombre de Espafta y 
sus principales colonias, ademds de Cddiz, fueron Malaga, Sevi- 
Ua y C6rdoba. 

Establecidos aun en Espafia los fenicios, vinieron hacia el 
siglo VIII antes de Jesu-Cristo los griegos, que, procedentes del 
Archipi^lago y ^mulos de aquellos en las empresas maritimas 
por el Mediterrdneo,.fundaron colonias en las costas orientales, 
entre otras la celeb^rrima Sagunto, Rosas, Ampurias y Denia, y 
congeniando con los naturales Uegaron A fundirse en un solo 
pueblo y, comunicdndoles su cultura, echaron los g^rmenes de 
la civilizaci6n espaflola. 

Llamados, segiin unos, por los fenicios y por los naturales, 
segun otros, llegan los cartagineses A la peninsula, se ponen de 
parte de los indigenas, lanzan A los fenicios de Cddiz y se dedi- 
can A cultivar la amistad de los espaftoles, explotando el comer- 
cio con ellos y comunicdndoles tambi^n su civilizaci6n. Pero es- 
ta situaci6n dura muy poco. 

Deseosos los Cartagineses de indemnizarse de la perdida de 
la Sicilia, que en Italia les produjo la primera guerra punica, 
quieren trocar en scflorio y dominaci6n este amistoso trato y su 
jefe Amilcar Barca somete la B^tica, atraviesa con sus armas 
victoriosas las comai'cas de los bastetanos y contestanos (Mur- 
cia y Valencia), pasa el Ebro y funda A Barcelona, llamada asi 
de su familia Barca. 

Una sublevaci6n de los celtiberos ataj6 los proyectos de 
Amilcar, que, vencido por Oris6n, r^gulo 6 jefe de aquellos, 
pereci6 acaso en el combate 6 al atravesar en su fuga el rio 
Guadiana, segiin opinan los mAs de los historiadores. 

Asdriibal, su yemo, le sucede y vence A Oris6n, A quien, se 
dice, mand6 crucificar; pero, vengada la muerte de Amilcar y 
creyendo mils politico atraerse con dulzura A los naturales, casa 
Con una espaftola, contrae alianzas con algunas tribus y ajusta 
un tratado con Roma, obligdndose A respetar las colonias 
griegas, que se habian puesto bajo la protecci6n de esta repu- 
blica. 

. La muerte de Asdriibal por un esclavo, A cuyo duefto habia 
mandado aquel matar, influye poderosamente en el destino ulte- 
rior de la peninsula. 

Si 



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— 266 — 

Designado Aijibal para sucederle en el mando del ej^rcito, 
despues de realizar algunas rdpidas conquistas en el interior, 
deja estallar el odio que le habfa hecho jurar su padre Amilcar 
contra los romanos y, para provocarlos, pone sitio d su aliada 
Sagunto, que, despues de her6ica resistencia, entregada ^ sf 
misma y sin que los romanos le prestaran otro auxilio que vanas 
y despreciadas gestiones diplomdticas, sucumbe por fin al ham- 
bre, pero dejando s61o en poder del vencedor un mont6n de 
ruinas y caddveres envucltos aun por las llamas A que se entre- 
garon sus heroicos defensores, por no verse sujetos al yugo ene- 
migo. (219 a. dej. C.) 

Roma vuelve al fin de su apatla y, mientras Anibal invade 
la Italia, manda A Espafia varios generales, que luchan con 
los cartagineses con desigual fortuna, hasta que Publio Comelio 
Scipi6n, joven como Anibal, encargado del mando de las legio- 
nes, inaugura su campafta tomando A Cartagena, que habia sido 
fundada por Asdriibal, y se capta las simpatias de los espaflo- 
les con su conducta noble y generosa. 

Desde este momento el porvenir de Espafia estd prefijado. 
Lleyados los espaftoles de su hidalgufa, auxilian A Scipi6n con- 
tra los cartagineses y principian A labrar inconscientemente las 
cadenas que habian de sujetarlos A Roma. 

Expulsados los cartagineses de CAdiz, su liltimo baluarte, 
y mientras Scipi6n llevaba la guerrji al Africa y derrotaba A 
Anibal en la batalla de Zama, algunas tribus espaflolas manda- 
das por Indivil y Mandonio se alzaban contra los romanos; pero 
derrotadas por ^stos y muertos sus jefes, inicia Roma descara- 
damcnte su dominaci6n en la peninsula contra la que en vano 
protestan los espaftoles con sublcvaciones parciales motivadas 
por las exacciones, rapiflas y tiranfa de los gobemadores, entre 
los que se distinguieron: por su crueldad Caton el Antiguo (en 
cuyo tiempo fu^ dividida la peninsula en Citerior y Ulterior y en- 
comendada A dos pretores), y por su avaricia y carActer sangui- 
nario Liiculo y Galba. 

La conducta alevosa de estos ultimos provoca el levanta- 
miento de Viriato, quien logra sobre las armas romanas precla- 
ras victorias haci^ndolas pasar por vergonzosas humillaciones, 
de que s61o pudo librarse Roma por la perfidia del senado y del 
c6nsul Cipi6n, quien sobornando A los enviados poi* Viriato pa- 
ra tratar, consigue que ^stos asesinen A su jefe mientras dormfa, 
y concluye la guerra por tan vil medio. (140 a. de J. C.) 

Apenas terminada la guerra de Viriato, surge la de Numan- 



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- 267 - 

cia, provocada por Roma, y en la que llega A vacilar el poderfo 
romano ante el heroismo de los espaftoles, viendo aquella humi- 
lladas sus ^guilas y derrotados uno tras otro sus generales has- 
ta quesitiada por hambre la inmortal Numancia, logra el consul 
Scipion Emiliano penetrar en ella, despues que sus habitantes 
la habfan reducido A un mont6n de cenizas, prefiriendo morir 
abrasados entre las llamas, por ellos mismos encendidas, A la ig- 
nominia de humillar su cuello al vencedor. 

Sujeta Espafta despues de la destrucci6n de Numancia, s61o 
algunas "sublevaciones parciales se suscitan, principalmente por 
los lusitanos, hasta que la venida de Sertorio, fugitivo de Roma, 
rcanima el esplritu guerrero de los espailoles^ que vuelven d 
triunfar de los romanos; pero una nueva alevosia cometida por 
Perpenna, que envidioso asesina d Sertorio en un banquete para 
sucederle en el mando, facilita el triunfo de Pompeyo, quien de- 
rrota al traidor y le condena A muerte. 

Qued6, al cabo, subyugada Espafta despues que Augusto 
venci6 A los cdntabros y astures, que aun resistian, someti^ndo- 
los, 6 ddndolos por sometidos; dividiendo entonces la peninsula 
en Tarraconemc, Lusitania y B^tica, y fundando varias ciuda- 
des, entre ellas Zaragoza, Leon, Badajoz y Mdrida. 

Desde aquella fecha hasta la invasi6n visig6tica sigui6 Es- 
pafta la suerte de las demds provincias del imperio. 

Sus habitantes obtienen los privilegios de los pueblos del 
Lacio, que les concede Vespasiano. 

Es ^dividida on B6tica, Lusitania, Tarraconerise y Galicia 
por Adriano, quien, siguiendo las huellas que Ic trazara Traja- 
no, levanta monumentos y hace en ella obras de publica utilidad. 

Son rechazadas por los legales imperiales las primeras tri- 
bus africanas que asoman por Andalucla en tiempo de Marco 
Aurelio; y algunas hordas de francos penetran en Espafta por el 
Oriente de los Pirineos en el reinado de Galieno. 

Por fin, en tiempo de Constantino es dividida la di6cesisde 
Espafta, que formaba parte de la prefectura de las Galias 6 de 
Occidente, en seis provincias: Galdica, Lusitana, Tarraconen- 
se, Cartaginense, B^tica y Tingitana. 



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CAPfTULO II 

MONARQUlA VISIGODA 



Muerto Teodosio el Grande^ que habia tenido d raya d los 
bdrbaros en las fronteras del imperio, y muerto tambi^n Stilic6n 
ministro del d^bil Honorio, invaden los suevos la peninsula y se 
establecen en Galicia; loi vdndalos se extienden por las comar- 
cas de Andalucia, y los alanos ocupan el centro, hasta que, 
confundidos mAs adelante con los vdndalos, pasan al Africa. 

Poco tiempo despues, d principios del si^o V de nuestra era, 
los visigodos 6 godos occidentales mandados por Ataulfo, cuila- 
do del emperador Honorio, vienen d Espafla en virtud del con- 
venio celebrado con (3ste; guerrean, auxiliados por los hispano- 
romanos, con las otras razas que se habfan apoderado del 
territorio; conquistan gran parte de las provincias del Norte y 
Oriente de la peninsula, y cchan los cimientos del reino godo^ 
fijando Ataulfo su corte en Barcelona, donde muri6 (417) victima 
de una conspiraci6n hija del disgusto producido en los belicosos 
godos por el amistoso trato de su jefe con los romanos. 

El el reinado de Walia.son vencidos los vdndalos y arroja- 
dos de la Lusitania los alanos, por cuyos servicias, agradecido 
Honororio, quien creia 6 simulaba creer que estas guerras y 
conquistas se hacian en nombre del imperio, cedid la parte 
meridional de la Galia, llamada AquUania^ al rey godo, quien 
estableci6 en Tolosa su corte. 

Teodoredo, pariente y sucesor de Walia, mirando con mds 
interns que el espaflol el territorio de la Galia, no procur6 evitar 
que los vdndalos asolaran aquel, recobrasen parte del anterior- 



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mente perdido y estrecharan mds y mds la naciente raonarqufa 
visigoda hasta reducirla d los llmites de Catalufla. En cambio 
extendid sus conquistas hasta el Rddano y, aunque muri6 pe- 
leando contra los hunnos en la batalla de Chalons 6 de los Cam- 
pos CataUnicos, el triunfo obtenido sobre Atila por los romanos, 
francos y godos aliados, salva A los respectivos imperios. 

Durante este reinado dejaron tambi^n los vdndalos definiti- 
vamente la peninsula y pasaron al Africa, -cuyas puertas las 
abri6 la traici6n del conde Bonifacio resentido de la corte impe- 
rial, en cuyo nombre gobernaba el territorio. 

Teodorico, hijo del anterior y sucesor de su hermano Turis- 
mundo, vfctima del fratricidio, logr6 despues de varias victorias 
contra los suevos y de haber muerto d su rey Rechiario ence- 
rrarlos en los Utnites de Galicia; y su hermano y sucesor Eurico, 
que subi6 tarabi^n al trono por medio del fratricidio, expulsa por 
completo A los romanos de la peninsula, extiende su dominaci6n 
por el territorio de los suevos y tnds alld del Rddano y del 
Loire en las Galias, y da & los godos el primer cddigo de leyes 
escritas, sancionando en ^l las antiguas costumbres, reduci^ndo- 
las d escritura, iijando el derecho y dando un grah paso median te 
el cual la naci6n goda habrfa de j:onstituirse en verdadero 
Rstado. 

Su hijo y sucesor Alarico fija tambi^n la consideraci6n y 
y relaciones jurfdicas, de los espafioles promulgando el cddigo 
de su nombre 6 Breviario de Aniano; pero en la guerra que su 
intransigencia arriana provoc6 contra Clodovco, rey de los 
francos, es derrotado y muerto en la batalla de Vougle 6 de 
Poitiers, perdiendo los visigodos la Aquitania^ con la que 
aument6 sus Estados el rey franco. 

Atanagildo, auxiliado por los bizantinos, vence d su rival 
Agila en la lucha por el trono; pero paga caro el auxilio que le 
prestaron aquellos cedi^ndoles toda la parte de las costas medi- 
terraneas comprendidas entre Gibraltar y Valencia, desmem- 
brando asi el Estado visig6tico, cuya corte habla fijado en Tole- 
do, aunque, arrepentido mds tarde y tomando ocasi6n de las exa- 
geradas pretensiones de sus antiguos aliados sobre el territorio 
espaflol, inicia contra ellos la lucha que habia de continuar feliz- 
mente Leovigildo, recobrando algunas ciudades del poder de 
los griegos, Tambien consigue Leovigildo, aprovechando las di- 
visiones intestinas de los suevos, someterlos d su dominaci6n. 

Abjurando Recaredo el arrianismo en el concilio III de 
Toledo (589 d. de J. C.) da el primer paso para la fusidn de los 



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— 270 — 

godos con los hispanos-roraanos, que eran cat61icos; y, recha- 
zando una invasi6n de los francos en la Septimania y algunas 
incursiones de los bizantinos, afirma el Estado visig6tico, A cuya 
organizaci6n tambien se aplica promulgando acertadas leyes. 

Sisebuto logra reducir A s6lo algunas plazas de los Algarbes 
las posesiones de los bizantinos, expulsados despues completa- 
mente por Suintila, quien someti6 tambien A los inquietos vascos. 

Favorece Recesvinto lafusidn de godos y espafioles abo- 
liendo la ley que prohibla el matrimonio entre ellos, y convoca 
algunos concilios, el VIII toledano principal mente, de gran im- 
portancia para los fines del Estado y su organizaoion. 

En tiempo de Egica se pronaulga la compilaci6n de leyes 
llamada Fuero Juzgo, Iniciado por Chiaiasvinto, que funde en 
uno los dos pueblos al abolir toda distinci6n entre godos y ro- 
manos. 

La venganza de los hijos de Witiza^ auxiliados por su tio el 
obispo D. Opas y por el conde D. Julidn, gobcmador de Ceuta, 
provoca la invasi6n de los sarracenos, que concluyen casi de un 
solo golpe en la batalla de Guadalete con D. Rodrigo 3^ con la 
d^minaci6n visigoda, que se habia consolidado despues de tres 
siglos de constante lucha (414 A 711\ logrando despues los in- 
vasores llevar A cab 3 la suniisi6n completa de la peninsula en 
solos unos dos aftos. 

Lis armas victoriosas de Tarik y de Muza no hubieran eon- 
s3guido, sin embargo, tan rdpido triunfo, A pesar de la traici6n 
del Guadalete, si la fusi6n entre godos y espaftolcs se hubicra 
realizado por completo; si el sistema electivo no hubiera debili- 
tado el poder publico; si los judlos, tan perseguido.s, no hubieran 
sido un enemigo oculto, y si el vicio no hubiera mermado tanto 
el vigor y el patriotismo. 



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CAPfTULO III 

RECONQUISTA 



I— REIXO DE ASTURIAS Y LE6n 



Proclamado rey Pelayo por los refugiados en Asturias, des 
pues de haber derrotado completamente en Covadonga A los dra- 
bes^mandados por Alkama, teniente del emir Alahor (718), y 
reanimado el valor de los espafloles con tal suceso y con. las 
victoriosas corrcrias de Alfonso I, el CatdlicOy por Galicia y Por- 
tugal, extienden sus conquistas por las llanuras de Castilla y 5^ 
apoderan de sus principales ciudades, aunque no pueden con- 
serv arias todas. 

Son derrotados los drabes en Lugo por Alfonso II, el Casto^ 
quien llega hasta Lisboa, fija su corte en Oviedo, funda su cate- 
dral, restablece muchas leyes y costumbres visigodas, y en su 
tiempo ocurre la invcncidn del sepulcro del ap6stol Santiago, 
hecho que influy6 notablemente en la reconquista, inspirando 
e.itusiasmo d los espa^oles la advocaci6n en las batallas de su 
Santo Patr6n. 

Rechaza Ramiro I en Galicia una invasi6n de los piratas 
normandos, A quienes obliga d reembarcarse, echAndoles d pi- 
que muchas naves, y contribuye tambi^n A la reconquista ven- 
ciendo «l los musulmanes en varios encuentros. 

GanaOrdofto I la batalla de Clavijo 6 de Albelda al c^lebre 
moroMuza, quien, aunque de linaje godo, habfa renegado al ini- 



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ciarse la invasi6n sarracena y, sirviendo y sublev^ndose altef- 
nativamente contra los califas, lleg6 d fundar en Aragon un po- 
deroso Estado. Dirige despues Ordofto sus expediciones hacia el 
sur del Duero, desmantelando algunas ciudades que no podia 
conservar, como Coria y Salamanca, y reedifica Tuy, Le6n y 
Astorga. 

Alfonso III, el Magno, vence 4 los drabes en las mdrgenes del 
Cea; obtiene mds tarde una seftalada victoria sobre los mismos, 
que hablan invadido Galicia; invade d su vez el territorioenemi- 
go; les arrebata Zamora; penetra en la Lusitania, llevdndolo to- 
do d sangre y fuego; rechaza nuevas incursiones; levanta casti- 
llos para asegurar sus conquistas, y aun despues de haber sido 
destronado por sus hijos, gana d los drabes de Toledo una bata- 
11a, retirJlndose por liltimo d Zamora, donde muri6 (910). 

El territorio deCastilla, ensanchado considerablemente con 
las conquistas de este monarca, lu6 gobernado desds entonces 
por condes 6 jefes militares, con facultades tan omnfmodas, que 
los impelfan d desear enanciparse de los reyes de Asturias; y no 
tuvo pequefla parte uno de estos condes, Nuflo Fernandez, cu- 
ya hija estaba casada con Garcia, priraog^nito de Alfonso III, en 
la sublevaci6n de aquel contra su padre. 

La conspiraci6n de los hijos de Alfonso, que concluy6 con 
la reauncia de ^ste, produjo la divisidn delreino entre los desna- 
turalizados hijos, toman io Garcia para sf el territ6rio y la ciu- 
dad de Leon, tocando d Ordoflo Galicia y la parte septentrional 
de Lusitania, y quedando Asturias para Fruela. 

La muerte prematura de Garcia, d quien sucede su herma- 
no Ordofto II, produce la uni6n de Galicia y de Leon, y la muerte * 
de Ordofto, con la elevaci6n de Fruela en perjuicio de sus sobri- 
nos los hijos de aquel, la de Asturias, volviendo todos estos Esta- 
dos dformar un solo reino^ el de Leon (924). 

De estos monarcas, Garcia lleg6 en una de sus expediciones 
hasta Talavera, y Ordoflo II vencio d los moros en la famosa ba- 
talla de San Estebai de Gormaz; pero fu6 d su vez vencido en 
compaflfa de Garcia Sanchez de Navarra, d quien habfzi ido d au- 
xiliar, en la desgraciada batalla de Valdejunquera, y para ven- 
garse de este desastre castig6 rigorosamente d los condes de 
Castilla, Nuflo Fernandez, Abolmondar, el Blanco, y Fernando 
Ansurez, por no haber acudido d la batalla, lo que fu^ causa de 
la separacidn de Castilla bajo el gobierno de dos jueces, Lain 
Calvo y Nuflo Rasura. 

Recibe la reconquista un grande impulso en tiempo de Ra- 



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miro II, que invadiendo cl centre de Espafla conquista Madrid 
y, auxiliado por el conde Fernan Gonzalez, penetra hasta Osma 
y mds tarde, en uni6n con el mismo conde de Castilla derrota 
en la batalla de Simancas al califa Abderraman III que mandaba 
en persona los formidables ejercitos musulma,nes. 

Las triunfadoras armas del emir Almanzor obligan d Ber- 
mudo II, cl Gotoso, a abandoriar la capital de su reino y d refa- 
j^iarsc en Asturias, donde muri6 con el sentimiento de ver des- 
truido Le6n y reducida la reconquista A sus primeros I (mi- 
tes (999). 

En el reinado de AUonso \\ el Noble y y cuando por sus po- 
cos aftos estaba aim sometido a la tutela del conde de Galicia, 
Melendo (ionzalez, tiene luoar la celeb^rrima batalla do Calata- 
fmsor en la que, unidos leoncse.s, castellanosy navarros, derro- 
tan completamente al caudillo musulman Almanzor, quien mue- 
re en Medinaceli a consecuencia de las heridas rQcibidas en el 
combate y tal vez de melancoHa por su derrota, de la que, sin 
embargo, no supieron los cristianos sacar todo el provecho d:"- 
bido. AUonso V reedificd d Ledn y, para lacilitar su repoblaci6n, 
celebro en ella el famoso concilio de su nombre, en el que se 
redactaron Xo^fueros que concedian A sus habitantes multitud de 
inmunidades y privilegios (1020). 

En tiempo de Bermudo III, y para que cesaran las rivalida- 
des entre Nav^arra y Le6n, tiene lugar el matrimonio de dofla 
Sancha, hermana de aquel, con Fernando, hijo segundo del rey 
de Navarra, Sancho Garcds el Mayor ^ bajo la condici6n de quo 
los nuevos esposos se llamarian reyes de Castilla y, aunque este 
matrimonio no produjesc los efectos deseados al celebrarle, fu6 
origen de la unidn de Castilla, cedida A Fernando por su padre, 
y de LedUy cuando por muerte de Bermudo en la guerra, por el 
prov^ocada contra su cuftado, entr6 ^ste A sucederle en virtud de 
los derechos de su esposa dofta Sancha. 



II— CASTU.LA Y LR6x 



Deseando Fernando I, el MagnOy atraerse el afecto de los 
leoneses, que le miraban con recelo desde la muerte de Bermudo, 
rcune el concilio de Coyanza, hoy Valencia de don Juan, y ratiti- 

^ 35 • 



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- 274 — 

ca d la ciudad de Le6n los buenos fueros que le habia dado 
Alfonso V (1050). Utiliza entonces las grandes fuerzas de que 
podfa disponer por la uni6n de los dos reinos para continuar la 
reconquista y al efecto hace una invasi6n en la Lusitania, en 
donde se apodera de itnportantes plasas ^deveista. los territorios 
de Salamanca, Guadalajara y Madrid, hace tributario al rey 
moro de Toledo y llega hasta amenazar A Valencia, cuyo sitio 
se v^ precisado A levantar por sentirse acometido de una grave 
dolencia que habia de conducirle al sepulcro (1065). 

Al morir, divide el reino entre sus hijos, dejando d Alfonso 
Leon y Asturias, d Sancho Castilla, d Garcia Galicia, d dofia 
Elvira Toro, y Zamora d dofka Urraca; divisi6n impolitica, se- 
millero de discordias entre los hermanos y perjudicial para la 
empresa de los cristianos contra los drabes. 

Proclamado Alfonso VI rey de Le6n y Castilla despues de 
la muerte de su hermano Sancho bajo los muros de Zamora y de 
haber jurado en manos del Cid ante la nobleza castellana no ha- 
ber tenido parte en la muerte de aquel, y reducido d prisi6n su 
otro hermano Garcia, que con el auxilio del rey moro de Sevilla 
quiso reivindicar la Galicia, de que le despojdra don Sancho, 
realiza el monarca cristiano, aliado con Almamum 6 Alimenon 
de Toledo, una atrevida incursi6n por las tierras de C6rdoba y 
Sevilla, d cuyos monarcas hace tributarios, Muerto despues su 
amigo Almamum y el hijo de ^ste, Hixen, se considera Alfonso 
desligado de todo compromiso con los moros y emprende la con- 
quista de Toledo^ que llcva d cabo (1085) auxiliado por algunos 
nobles extranjeros, entre los cuales figuran Raimundo y Enrique 
de Borgofta, d quicnes recompens6 Alfonso, dando al primero 
la mano de su hija D*^ Urraca y al segundo, con el Portugal en 
feudo^ la de Teresa, cuyo hijo fu^ mds adelante el fundador de 
la monarqula portuguesa Los drabes que, segiin lo estipulado 
al rendirse Toledo, quedaron en la ciudad conservando sus ha- 
ciendas, sus leyes y una mezquita para el ejercicio de su culto, . 
sc Uamaron nxudijareSy como antes se habia llamado muzdra' 
bes^ d los cristianos que se habiai quedado enti*e los moros, en 
andlogas condiciones. 

Conquistada Toledo, mueve Alfonso guerra al re}' de Sevi- 
lla; pero, intimidado dste, llama en su auxilio d los almoravides 
de Africa, quienes al mando de su rey Jusuf derrotan d los cris- 
tianos, primero en Zalaca, cerca de Badajoz, y mds tarde en la 
desgraciada batalla de UcUs 6 de los Siete condes, donde pere- 
cieron el infante D. Sancho, linico hijo varon del rey, y todos los 



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— 27S - 

capitanes de la hueste, que lo eran los principales condes del 
reino, A quienes Alfonso, por ser ya viejo y achacoso, habia en- 
comendado la direcci6n y el cuidado de su hijo que s61o tenia 
once aftos. 

Esta doble desgracia preciptt6 la muerte del monarca, succ- 
diendole su hija D* Urraca, en cuyo reinado las guerras y desa- 
\5enencias con su segundo marido Alfonso I de Aragon impiden 
cl adelanto de la reconquista por parte de Castilla. 

• Invade Alfonso VII, hijo y sucesor de D* Urraca, las comar- 
cas de Andalucla, asolando las de Sevilla y Jerez, y aprovechan- 
do luego las luchas de los almoravides con los ahnohades^ que 
acahaban de llegar de Africa Ham ados por los r^gulos andalu- 
ces, realiza con el auxilio de las ftotas catalanas la conquista dc 
AlmeriUj guarida dc moros piratas, aunque poco tiempo des- 
pues volvi6 A caer esta plaza en poder de los almohades. 

Arraigada la erronea opini6n de considerar los reyes sus 
Rstados como cosa propia, comete la imprudencia de dividir los 
que tanto habia costado reunir, entre sus dos hijos, dejando el de 
Castilla A Sancho III y d Feawmdo II el de Le6n, aunque por 
fortuna dur6 poeo esta divisi6n. 

Declarado mayor de edad Alfonso VIII de Castilla, el de las 
NavaSy hijo de Sancho III, el Deseado^ se apodera tras larga re- 
sistencia de la plaza de Cuenca; pero derrotado despues complc- 
tamente en fa desgraciada batalla de Alarcos por los almohades 
dc Africa, A quienes el mismo provocara, vese precisado A ajus- 
tar treguas con sus vencedores. Culpando entonces de su des- 
gracia al monarca de Le6n, su primo, por no habcrle auxiliado, 
surge entre los dos reyes cristianos una contienda que termind 
por el niatrimonio de Alfonso IX de Ledn con D^ Berenguela, 
hija de Alfonso VIII de Castilla. Rota despues la tregua con los 
almohade?, coaligado el rey de Castilla con Sancho, el Fuerte, de 
Navarra y Pedro II, el Catdlico, de Arag6n y auxiliado con algu- 
nas fuerzas venidas del extranjero, pues Inocencio III habfa con- 
cedido A esta empresa los privilegios dc cruzada, gana A los 
agarenos, mandados en persona por su rey Mohamed-Aben- 
Jacub, lafanioslsima batalla de las Navas en que es derrotado 
por completo el ej^rcito musulman, cuatro veces mayor que el 
de los cristianos, huyendo precipitadamente el rey Jacub y de- 
jando el campamento cubierto de cad^veres y riqufsimos despo- 
jos, inclusa su propia tienda. La Iglesia conmemora esta Jornada 
con el Triunfo de la Santa Cruz, pues en ella venci6 A la Media 



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— 27^ — 

Luna totalmente, y il partir de aquel memento piiedc conside- 
rarse asegurada ya la reconqiiistu (1212). 

F'erflando II de Le6n tomd <l los moros la plaza de Alcdntara 
y su hijo Alfonso IX, en los ultimos aflos de su reinado cnsancha 
con la conqiiista dc Cdceres y MMda sus dominios, que pasan, 
al morir este monarca, A su hijo Fernando III, el Saftto. 

Este, que era ya rey de Castilla por abdicacion de su ma- 
dre D^ Berenguela y habfa <;anado c^ los moros muchas ciu- 
dades, entre ellas Andujar, Miirtos y Baeza, hace despu<§s de 
la muerte dc su padre un arreglo amistcso con sus hermanas 
D*'^ Sancha y D^ Dulce, A quiencs aquel habia dejado injusta- 
mente el reino de Le6n, y ceuidas asi las dos ccrcnas (1230) 
quenohabian dc volvcr A separarsc, cirige sus armas contra 
los moros garnlndoles Ubcda, Cordoba, la sobcrbia capital del 
Califato, Murcia con tod a sit cowarca, Jaen, que Ic entreg6 el 
rey de Granada declarandose ademAs su tributario, y tras largo 
asedio y obstinada resistencia, Sevilla que se rindio il discrec- 
ci6n, saliendo de ella con su rey Abul-Hasan mAs de trescientos 
mil moros. Caen tambidn en poder de D. Fernando III en los ul- 
timos aflos de su glorioso reinado las plazas dc Sanhicar^ Jerez, 
Cddiz y Arcos^ y cuando se disponiu jI llevar la guerra al Africa 
proyectando una expedici6n contra Ceuta fud acometido de una 
grave enfermedad en Sevilla, donde muri6, dejando un nombre 
de los mtls iluslres tinto por sus victorias cuanto por sus virtu- 
des y las litiles reformas que llevo A cabo. Mand6 traducir el Fue- 
ro Jiizgo, proyect6 un c6digo general, cre6 un cuerpo consult! vo 
de donde mils adelante habfa de nacer el Conscjo dc Castilla, ins- 
titify6 gobernadorcs y jueces reales, adelantados y merinos, in- 
corpor6 la universidad de Palencia d la de Salamanca, fundada 
por .su padre Alfonso IX, concedi^ndole grandes privilegios, fun- 
d6 las trcs m^is grandiosas catedrales de Kspafla, Burgos, Toledo 
y Sevilla, y rcgularizo la administracion piiblica. 

Comienza fcUzmente el reinado de Alfonso X, el Sabio{Vrsi), 
con la reconquista de algunas plazas que habian vuelto ^ po- 
der de los moros, y algunos aftos despu6s se apodera del conda- 
do de Niebla y de otros pueblos en los Algarbes, que cede a su 
yerno Alfonso III de Portugal en calidad de feudo. Los moros de 
Andalucia instigados por el de Granada, Alhamar, feudatario de 
Allbnso, se sublevan contra ^ste, y auxiliados por los benimeri- 
nes de Africa que habian sido llamados por el granadino, ponen 
en grave riesgo las conquistas de San Fernando, no pudiendo 
impedir D. AUonso que el de Granada negase el tributo conven- 



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— 277 — 

cido hi la p^rdida de mtichas plazas de las que le dejara su 
padre. 

El derecho debe d e.ste rey, ademds de la publicaci6n del 
Fuero Real y del Esp^ado^ la del c6digo inmortal, Las siete 
Partidas. 

Sancho I\^, el Bravo, segfundo hijo y sucesorde Alfonso, sc 
apodera de Tarifa que, sitiada despues por el infante D. Juan, 
coali|B:ado con los de la Cerda sus sobrinos y auxiliado por los 
benimerines, es testigo del heroismo de su defensor D. Alfonso 
de Guzman, el Btieno. 

Durante la menor edad de Fernando IV, el Emplasado, cl 
infante D. Juan y D. Alfonso de la Cerda, unidos con gran par- 
te de la nobleza y sc»cundi\dos por los reyes de Arag6n y Portu- 
gal, se reparten el reinOy tomando el primero Le6n, Asturias y 
Galicia, y el segundo Castilla, Toledo y Andalucla. D^ Maria de 
Molina, madre de Fernando, pudo separar de la liga al rey de 
Portugal casando A su hijo con una infanta hija del portugu(^s, y 
content6 al de Arag6n seflalando una pensi6n d sus protegidos, 
los infantes dc la Cerda, mediante la renuncia de ^stos d sus dc- 
rechos d la corona. Declarado Fernando mayor de edad, con- 
quista la plaza de Gibraltar, en cuyo cerco muri6 Guzman <?/ 
Bueno, y pusositio d Algeciras, aunque se retir6 sin tomarla 
porque el rey de Granada, Mohamed, le pidi6 la paz, reconoci^n 
dose vasallo suyo. 

Los benimerines de Africa derrotan en el reinado de Alfon- 
so XI, el Justiciero, una flota castellano-aragonesa que guardaba 
cl estrecho para contener la invasi6n, y se apoderaron de Gi- 
braltar; pero rehechas las fuerzas cristianas y mientras se pre- 
para una segunda armada, marcha Alfonso, auxiliado por los 
reyes de Portugal y Aragqn en socorro de Tarifa, sitiada por 
los moros africanos y granadinos, y encontrdndolos en niimefo 
tres veces mayor d orillas del rio Salado los derrota por com- 
pleto (1340), gandndoles una batalla tan importante, como lo 
fueron tiempo antes la de Calataflazor y de las Navas, pues, co- 
gidos los moros entre los sitiados que salieron de la plaza y las 
tropas del rey, sufrieron la mds espantosa carniceria y perdic- 
ron por completo la esperanza de volver d dominar la Espafta. 
No contento con este triunfo y para sacar de 61 todo el provecho 
posible, pone Alfonso sitio d Algeciras, que cae en su poder tras 
larga y tenaz resistencia (1344) d pesar de haberse defendido los 
drabes con la p61vora y aun con la artillerfa. Sitiando despues 



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~ 278 - 

A Gibraltar muere \fctima de una epidemia. Hizo tambitoeste 
monarca cl Ordenamiento de Alcald. 

En el reinado de Enrique II, el BastardOy y durante una 
gucrra de ^ste con D. Fernando de Portugal, vuelve A caer la 
plaza de Algeciras en poder de los mores. 

El matrimonio de D. Juan I con D* Beatriz, infanta de 
Portugal, d condici6n de que ^sta heredase, si su padre morfa 
sin sucesi6n masculina, pudo determinar la reincorporaci6n de 
Portugal d Castilla; pero, no obstante haber muerto sin hijos el 
monarca lusitano, los Portugueses proclamaron al Maestre de 
Avis, D. Juan, quien derrot6 d los castellanos en Aljubarrota y 
acab6 con sus pretensiones. 

Son conquistadas las Canarias por el conde de Bethencourt, 
aventurero francos, ^ incorporadas d Espafta en tiempo de 
Enrique III, el DolieHte, quien le ayudo para su empresa con 
hombres y dinero. 

En tiempo de D. Juan II, su tio y tutor D. Fernando, que 
con rara abnegaci6n rechaz6 las sugestiones que se le hicieron 
para que se apoderase de la corona, dirige las armas castellanas 
contra los moros de Granada, tomando la ciudad de Antequera, 
de dpnde vino el nombre con que se conoce en la historia d 
este ilustre prlncipe, llamado despues al trono de Aragon por el 
compromiso de Caspe. 

El reconocimiento de D* Isabel por su herraano Enrique IV, 
el Impotente^ como heredera del trono por el famoso tratado de 
los Toros de Guisando, nombre de la venta en que se celebro y 
en cuyos campos fu^ proclamada aquella sucesora de su herma- 
no, es uno de los acontecimientos mds faustos <5 influyentes en la 
consolidaci6n del Estado espaftol, pues, aunque mds adelante se 
revocara aquel tratado por Enrique, disgustado del matrimonio 
dc su hermana con D. Fernando de Aragon, como fuc} un verda- 
dero pacto entre el rey y la nobleza, que apoyaba d aquella, no 
sc cumpli6 la voluntad del monarca y, d su muerte, le sucedi6 
la ilustre princesa que habla de llenar de gloria las pdginas dc 
la historia patria con el nombre de Isabel I, la Catdlica, ^ 

coxDADo DE cASTmLA.— No cs posible fijar con exactitud la 
dpoca en que tuvo origen, aunque sf puede afirmarse que ya en 
tiempo de Alfonso II, el CastOy habfa algunos jefes militares, 
que, con el nombre de Condes^ habian recibido en feudo para su 
defensa algunos territorios y castillos en la frontera, que procu- 
raban extender por medio de incursiones en el terreno de los 



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— 179 — 

Arahes, Entre estos condes creen algunos historiadores que habia 
uno, el de Burgos, superior A los demds. 

Aunque feudatarios de los monarcas de Oviedo, las extraor- 
dinarias facultades de que gozaban, les ofrecian motivo y esti- 
mulaban el deseo natural en toda autoridad de proclamarse 
independiente. 

Asi que, en el reinado de Ordoflo II, algunos se negaron d 
concurrir A la desgraciada batalla de Valdejunquera, tal vez por 
no reconocerse feudatarios 6 hacer alarde 6 tentativa de indepen- 
dencia, y el duro castigo que Ordoflo les impuso, haci^ndoles 
decapitar, segiin unos, 6 morir en prisiones, segiin otros, lejos 
de afirmar A Castilla en la obediencia, hizo que se proclamara 
independiente^ encomendando su gobierno A dos jueces, Nufto 
Rasura, encargado de los asuntos civiles, y Lain Calvo, de los 
mill tares. 

Este gobierno, de cuya existencia dudan algunos, dur6 muy 
poco, apareciendo de nuevo los condes, entre quienes figura en 
primera Knea Fernan Gonzalez, que alcanza una independencia 
completa, <1 lo menos de hecho, por cuya raz6ri y por haber con- 
tribuido grandemente A la reconquista se le atribuyen mil 
proezas cantadas en romances populares y patri6ticos. 

Despues de la desgraciada muerte de Garci-Fernandez, 
herido y hecho prisionero peleando contra Almanzor, logra su 
hijo y sucesor Sancho Garcia vengar la muerte de su padre 
contribuyendo con los monarcas de Le6n y Navarra A la derrota 
de Almanzor en Calataflazor. Se conoce A este conde con el 
nombre de Sancho, el de los Buenos fueros y se le atribuye por 
algunos la publicaci6n del Fuero Viejo, 

Con D. Garcia, hijo del anterior, asesinado traidoramente 
por los Velas, cuando i'ba A contraer matrimonio con D* Sancha, 
hermana de Bermudo III, concluye el Condado privalivo de 
Castilla, pues, habi^ndole heredado D^ Mayor, casada con 
Sancho III de Navarra, 6ste le dej6 al morir, con el tftulo de 
reino, A su hijo Fernando I, quien, como digimos, unid d ^ste el 
de Ledn por los derechos de su csposa D* Sancha, la prometida 
que fu^ de D. GarcLi. 



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— 28o — 



III— REIXO DE XAVARRA 



Consideran alftunos historiadores como coetanca de la de 
Asturias la rcconquista pirendica y, aunque nada puede asegu- 
rarse con certeza por falta de testimonios fehacientes, se cree 
tuvo su origen en el pequeiio territorio de ScJbrarbe, en el alto 
Arag6n, donde, rcunidos para dar sepultura a Un ermitafto, al- 
j^unos guerreros se comprometieron A pelear contra los Arabes, 
eligiendo por caudillo A Itligo Arista, segiin unos, y A Garci-Gi- 
menez, segiin otros, quien conquistd Pamplona y se fij6 en 
Xavarra, dejando el gobierno de Arag6n al conde Aznar. Los 
que consideran A Garci-Gimenez como primer rey de Navarra 
dicen que en tiempo de su sucesor Iftigo Garc^s, Arista, ocurri6 
la expedici6n de Carlo-Magno i\. Espafta y su c^lebre derrota en 
Roncesvalles. 

La oscuridad en que estiin envueltos estos primeros tiempos 
de la historia de Nav^arra les da poca importancia, especialmen- 
te para nuestro particular prop6sito, pues ni los hechos, ni las 
personas aparecen con claridad bastante para atribuirles in- 
lluencia. 

Pero ya adquiere verdadera importancia el reino de Nava- 
rra en tiempo de Sancho III, cl Mayor, Uamado tambien Garcds 
el iMayor {999), pues comparti6 la gloria dc Calataftazor con el 
conde de Castilla y el riegente de Le6n y, casado con D^ Mayor, 
hermana de Garcia, ultimo conde de Castilla, adquiere A la 
muerte de dste su condado, que es incorporado d Navarra, no 
obstante las protestas y reclamaciones armadas dc Bermudo III 
de Leon. Siguiendo la I'unesta costumbre que, importada de 
Francia, se extendio despues A Castilla por sus sucesores, de 
considerar el reino como patrimonio de los monarcas, le divide 
entre sus hijos dejando al mayor, Garcia, la Navarra, A Fernan- 
do Castilla, A Ramiro el pequeflo territorio de Aragdn, que se 
erige oilonces en reino ind e p end lent e,y A Gonzalo los condados 
de Sobrarbe y Rivagorza. 

Elegido Sancho Ramirez de Arag6n por voluntad de los na- 
varros para suceder A su primo Sancho I\' de Navarra, el Des- 
peilado, marchan otra vez unidos Navarra y Arag6n por cspa- 
cio de medio siglo, hasta que descontenta Navarra de la clecci6n 



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— 28l — 

dc Ramiro II el Monje, hermano de Alfonso cl Batalludor, hc- 
cha en las cortes de Borja, se sepaiV) otra vcz proclamando a 
Garcfa Ramirez, nieto de Sancho el Despenado 6 de Penaleu^ en 
el parlamento de Pamplona, erigi^ndose independieitte y 11a- 
mando a su nuevo rev (knvfa Ramirez \\\ el Restatirtidor de ht 
Patria. Este sostuvo luchas con Ramiro de Ara^on y princi- 
palmente con AUonso Ml de Castilla, quien obliico al navarro 
y al arajL^one.s il declararse vasallos suyos. 

Sancho \'l!, el Fuerle^ toma p^loriosfsima parte en la batalla 
de las Navas y, al morir sin Hucesi6n, deja el ret no d Jaime 1 de 
Arai^on, el Conquistador. 

Pero, deseosos de conservar su independencia, suplicaron a 
Jaime los navarros que les permitiera nombrarse re\', i^racia que 
aquel les concedio, desijj^nando en su virtud a un sobrino de San- 
cho el Fiierte, Teobaldo I, conde de Champafia, desde cuya 
(3poca se inician las dinastfas extranjcras que ban de hacer de 
Navarra //// Estado feud atari o de Francia, llei^ando poco tiem- 
po despues jI formar parte de la monarqufa francesa por conse- 
cuencia del matrimonio de Juana I con iH'lipe el Hermoso, de 
Francia. 

Separada unevauieiitedela nionarqnla franeesa ci la muer- 
te de Luis X, que la dej6 a su hija juana, lleva Xavarra una 
existencia m<ls 6 menos a^itada durante los reinados de Carlos 
II, el MalOy Carlos III, el JVobh\ y Blanca, casada con Juan her- 
mano de Alfonso V de Araj^on, hasta que, por muerte de este, 
le sucede en Ara^on su hermano Juan, quien, lejos de respe- 
tar los derechos de su hijo el prfncipe de \'iana y el testa- 
mento de <!*ste, que los trasmitiaa su hermana, llamada tambicfm 
Blanca, conservo por la (uerza la corona de Xavarra, que tras- 
miti6 A su hija Leonor, envenenadora de Blanca, y quien solo 
s2foz6 un mes el iVuto de su fratricidio. Sucediola Francisco 
I'^ebo, que reino solo dos afios; y a este, Catalina, esposa de 
Juan de Albrit, il la que destrono D. Fernando el Catdlico, i'un- 
d;\ndose en la donaci6n hecha por Blanca a favor de Itnrique 
IV de Castilla, su esposo, en que Juan de Albrit habfa sido exco- 
muli^ado por el papa, como aliado de Luis XII de Francia, y 
sobre todo en el dcrecho de conquista, que todo lo sancion:i, ya 
que no lo justilique en todos tiempos. 



s« 



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.-. 282 — 



I\'— REINO OE ARAG6x 



Ramiro I, hijo de Sancho, el Mayor, de Navarra, instituido 
por su padre primer rey privative de Arag6n (1035), exttende 
su pequeno Estado con la incorporaci6n d ^1 de los de Sobrarbe 
y Rivagorza, que hered6 por muerte de su hermano Gonzalo. 

Sancho Ramirez, su hijo, queriendo vengar ^ su padre, 
derrotado y muerto por los moros de Zaragoza, comienza su 
reinado apodenlndose de Barbastro y Grau, cfjsanchando des- 
pti^s su reifw con el de Navarra A la muerte de Sancho el Des- 
penado\ gana d los jirabes de Castilla, Piedra-Tajada y Monz<3n, 
y muere de un flechazo en el sitio de Hue.sca, haciendo jurar .-l 
sushijos Pedro y Alfonso que no levantarian, hasta tomarla, el 
cerco de aquella plaza, como en efecto lo consigui6 Pedro I (1096). 

En tiempo de Sancho Ramirez sc supone compilado el Fuero 
de Sobrarbe. 

El malhadado matrimonio de Alfonso I, el Batallador^ que 
sucedi6 A su hermano Pedro, con D* Urraca de Castilla le 
empefta en una guerra con los castellanps; pero, anulado aquel 
y abandonadas sus pretensiones sobre Castilla, "renueva la 
guerra contra los valies Arabes y conquista Zarago.^a (1118), 
tras porfiada resistencia, v las principales poblaciones compren- 
dulas eutre el Ebro y elJalon\ hace una expedici6n d Gascufla; 
•se interna por Valencia, y llega hasta las playas de Malaga, 
siendo, por fin, denotado y muerto ante los muros de Fraga, 
por el rey de Ldrida que venfa en socorro de la plaza por aquel 
sitiada. 

Al morir dispuso Alfonso del reino, como si fuera su patri- 
monio 6 propiedad particular, dejilndolo il los TempLarios, Hos- 
pitalarios y caballeros del Santo Sepulcro; pero su voluntad no 
fu^ cumplida, eligiendo L>s nobles aragoneses k su hermano Ra- 
miro II, el Monje. 

Casado dste, previa dispensa, abdica al poco tiempo en su hi- 
ja Petronila nifiade dos aftos, y la da en esponsales al conde de 
Barcelona Ramon Berenguer IV, dejando asf preparada la uni6n 
di Aragon y Catalufla. 

Uftidas las coronas de Aragon y Catalufla en el hijo de Be- 
renguer y Petronila, Alfonso II, ensancha ^ste sus Estados'con 



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- 283 - 

cl Roselldti y la Prove n^a, habidos tambi^n por herencia; toma 
d los moros la plaza de Teruel y a}- uda A Alfonso VIII en la con- 
quista de Cuenca por lo que, agradecido el castellano, le re leva 
del feudo A que venian obligados los monarcas aragoneses desde 
elreinado de Ramiro II, el Monie^ abuelo de Alfonso. 

Surge la liga ilamada Uni&n entre los nobles aragoneses, dis- 
gustados por haberse obligado el monarca il pagar un censo <l la 
Santa Sede y haber impuesto un nuevo tributo Hamado moneda- 
jc, en tiempo de PeJrj II el Catdlico, que, si cometi<3 otras fal- 
tas> tuvo tambiiSn la gloria de asistir a la batalla do las Navas. 

La conquista de Mallorca llevada a cabo por Jaime I, el Cott- 
quistador (1223), con el auxilio de los barones, prelados y ciuda- 
des; la de Menorca que realiza despues; lade /6/>«, conquistada 
por el ar/obispo de Tarragona: la toma de Peftiscola^ Morellay 
Vhiaroa:^ y sobre todo la de Valencia (1238), son hechos que legi- 
timan suticientementc el titulo del monarca que los llev6 A feliz 
termino, y ponen cima d la ohra de la reconquista en Aragdn. 
Comete, sin embargo, la falta de dividir sus Estados, dejando^ 
Mallorca ix su hijo [ line 11, y ertgiendo en reino independiente 
las Balcares. 

Importantcs modilicaciones sufrc el reino de Aragon en tiem- 
po de Pedro III, cl Grande, que hace feudatario k su hermano 
Jaime de Mallorca y es proclamado rey de Sicilia contra las pre- 
tensiones de Carlos de Anjou, despues de los terribles aconteci- 
mientos llamados Visperas Sicilianas, lo que produjo gucrras en- 
tre Aragon y Francia, funestas para esta ultima, pues, aunque 
Carlos de V'alofs invadio el Ampurdan y se apoder6 de Gerona, 
tuvo que abandonarla despuc^s y perecio, vfctima de una epidc- • 
mia que se desarrollo durante el sitio, en Perpiftan, A donde se 
habia retirado. Para obtener el concurso de los nobles aragone- 
ses en todas las gucrras que sostuvo se vi6 precisado Pedro cl 
Grande, A otorgarles el oligArquico privilegio de la Uni6n. 

Hste privilegio es contirmado por Alfonso III, el Franco, 
despues de haber conqui.stado 3/<7//orra destronando ii su tio 
D. Jaime, que habfa auxiliado a los franceses contra Ara^6i. 

Entra en posesi6n del reino de Sicilia, por renuncia del prin- 
cipe de Salermo A su favor, D. Jaime II, el Jnst icier o\ pero llama- 
do despues al reino de Aragon por muerte de su hermano Alfon- 
so III, el Franco^ renuncia definitivamente d la posesion de Si- 
cilia en favor de los anjevinos por el tratado de Agnani, reci- 
biendo en compensaci6n las islas de Cdrcega y Cerdefla, Los si- 
cilianos, sin embargo, no aceptaron la dominaci6n anjevina y se 



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— 284 — 

dcclararon independientes, proclamando a D. Fadrique, henna- 
no do f). Jaimc\ con qiiien sostuvo j^uerra por empcftarse <^ste 
en obli^arlc'A cumplir el tratado de Atcnani. 

Allonso I\\ cl Benigno, hace una rcpartioion de las comar- 
cas y ciudades del reino de Valencia entre el infante D. Pedro, 
hijo de su primera mujer, y los hijos de la sei^unda, D^ Leonor, 
hcrmana de Alfonso XI de Castilla; pero los valencianos protes- 
taron contra esta desmembracion enviando al rey una comision 
presidida por Ciuillen de Mnatea, que hizo ver al rev su en^rgi- 
ca dccisi'm de perder vidas y haciendas antes de consentirla \\ 
e.i e fee to, no se realizo. 

Con especiosos pretextos declara Pedro I\', el Ccrcmoitioso, 
la Ljuerra a si cuAado Jaime II de Mallorca y explotando las po- 
cas sinipalii^ de es':e en las Baleares, loL^ra que le prorlamen 
rey, rciucorporattiio a la corona araixoita^a a quel las fslas, asi 
como el RoselloJi y la Ccrdefia. Ronipe y anula mas adelante 
este monarca el Pr/v/lci^to de la rtiiou despues de hiiber derro- 
tado en Itipila A los nobles coaliij^ados para oponerse A la volun- 
tad del monarca, quien declaro, violand^) las leyes del reino, he- 
redera A su hija, iinica entonces, 1)^ Constanza. La sucesion 
masculina, que posterioraiente tuvo el rey, puso lin'A estas dis- 
c )rdias. Tambien so aj^re.v^o nuevavienle d ^iras^dit la Sicilia 
por el fallecimienlo sin sucesion de I). Isidrique casado con do- 
rta Constanza, la hija do I). Pedro I\', el cual encomendo el <jo- 
bierno de aquella ishi a su sei^undo hijo don Martin el Humauo. 

IJamadoeste, porniuertede su hermano Juan I, el Casador, 
A la corona araLionesa, deja el ^obierno de Sicilia a su hijo don 
Martfn; pero, muerto este antes que su padre, se hizo en cabeza 
del mismo la tuiiihi de las dos coronas qnv hubiera tenidolu*jar 
en la de su hijo, a n^> haber fallecido. 

Por adopcion de Juana II, de NYipoles, adquien* Alfonso \', 
el ^fa^ndm'nlo, este reino y, despues que la volubilidad dc la rei- 
na quiso deshacer lo hecho y adoptar A Renato de Anjou, es in- 
cnrporado Xdpoles por la fuerza de las armas A Ara!J:6n bajo 
el cetro de Alfonso. Hsta union dura poco, sin embar*»'o, porque 
el niismo Alfonso, al morir, dej6 el reino de Xdpoles A su hijo 
natural Fernando y el de Arauon c(/n Sicilia y Cerdefia A su her- 
mano Juan, que era ya rey de Xavarra y quien, despues de un 
I iriLio reinado de luchas intestinas contra los catalancs, partida- 
rios del desi^raciado Carlos prfncipe de X'iana, deja la corona A 
su hijo Fernando, casado ya con dorta Isabel I de Castilla. 

coxDAoo OK BARCELONA.— Conlinando este pals con el pode- 



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- 2.S5 ^ 

rc>s(> rcino do los francos, fuc en su oriLCcn niils Nrii fninc^s que 
cspaftol, recibiendo desdc lue^o los catalancs aiixiliode aquellos 
para combatir contra los drahes. 

Ludovico Pio, hijo y sucesor de Carlo-Magno, sc apodera dc 
esta regi6n al iVente de una hueste compuesta dc francos dc la 
Aquitania y de Calalanes y forma de ella un gobicrno Hamado 
Marca hispana^ que se extendi6 mfls alhl de los Pirineos y que 
Carlo*-, cl Calvo^ sucesor de Ludovico, dividio despues en dos 
condados, formado uno por el territorio iVanct^s 6 transpirinilico 
y el otro, cuya capital fu^ Barcelona^ por el territorio espafiol; 
pero dependiente este, como aqucl, de los nionarcas franceses 
por mAs de medio sij^lo, hasta que se cmaiicipo en liempo de 
Wifredo el Belloso (874), quien ensanch6 su territorio con cl 
i^anado A los ilrabes en la provincia de Tarragona. 

Despues de los poco importantes reinados dc su hijo Horrcl 
I, que le sucedio, y dc Suniario 6 Sufter, invade Almanzor cl 
condailo cataldn, apodcri'mdosc de Barcelona y precisando al 
conde Borrel II, hijo de Suniario, A refu^iarse en las vcrticnte-; 
de los Pirineos, dc donde pudo salir al afto siji^uiente y recobrar 
d Barcelona^ mientras Almanzor estaba ocupado en oiras cm- 
presas. ' 

Carecen dc importancia, bajo el punto dc vista en que ahora 
los estudiamos, los reinados sij^uientes hasta Ramon Bcrenii^ucr 
/'/ Viejo, que agreg6 A sus Hstados, por conquistas hechas A less 
infieles, las importantes plazas de L^rUia y Tortosa y ali^unos 
otros territorios, entre ellos el condado de Carcasona, pjr con- 
ciertos matrimoniales. Reune tambi^n cortes en Barcelona y en 
cllas promulj^a cl famoso codit^o de los Usatgcs, que tcndio a 
dcbilitar el podcr nobiliario y puedc considerarsc como cl or!- 
ii'cn de las instituciones democriiticas de Catalufta. 

Ramon Bcrenguer III, el Grande, hijo de Ramon Bcren- 
li'uer II, Cabesa de Estopa, recobra Tarrai^ona conquistada an- 
tes y vuelta A perder por su tio Berent>'uer Ramon II, el Fralri- 
cida, cnsancha sus Rstados con el condado de Prm'en':;a por su 
matrimonio con Dulcc, hija de los condes de aquel pafe^, j ^.\i- 
liado por lospisanos, dquienes antes el habia prestado a^iida en 
sus luchas con los piratas moros que infestaban las Balcarcs, 
extiende los Hmites de su territorio A expensas dc los Arabcs. Sus 
cxpcdiciones marftimas contribuycn poderosamcntc al en^ran- 
decimiento naval de Catalufta y al desarrollo de su comcrcio. 

Ram6n Bercnguer IV% el SafUo, toma parte en la conquista 
dc Almcria; recobra las pla<as dc Tortosa y LOrida; se apodera 



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— 2S6 — 

dc Fraga y Mequinenza; cxpidsa complctamcntc a los drabcs 
del territorio cataldn, y por su matrimonio con D* Petronila» 
hija unica y heredera dc Ramiro II, el Monje^ se unen las dos 
coronas de Aragon y Catalufla en las siencs dc Alfonso II, hijo dc 
cstc matrimonio (1102). 



V~ PORTUGAL 

Aimquc no parczca del todo oportuno ocuparnos aquf del 
Estado portugu(5s, como naci6 de Espafta, influyo despues de in- 
dependiente en la obra de la reconquista, contribuyendo d la ex- 
pulsion de los clrabes, comiin enemigo, y formo parte de la mo- 
narqufa espafiola, siquiera fuese d su pesar y por poco tiempo, 
consignaremos los hechos de mds iniiuencia directa 6 indirecta 
en la formaci6n del Estado espaflol, en el modo con que hoy 
cxiste. 

Concedida por AUonso VI de Castilla la mano de su hija 
natural, D* Teresa, a Enrique de Borgofla en recompensa del 
auxilio que le prestara este noble francos en la conquista de To- 
ledo, le di6 en dote el territorio portugues convertido en condado 
feudatario de Castilla; pero, muerto Alfonso YI, tanto Enrique 
de BorgOfta, como D** Teresa, despues de la muerte de su esposo, 
aprovechan las guerras y disensiones en que se vio envuelta 
Castilla durante el reinado de D* Urraca y de su hijo Alfonso VII 
y obran como soberanos independientes, hasta el punto de rebe- 
larse contra su sobrino el de Castilla, tomando parte por el rey 
de Arag6n, el Batallador^ y en contra de aquel. 

Entusiasmados los Portugueses con Alfonso Enriquez, hijo 
de aquellos, despues de la famosa batalla de Ourique, ganada a 
los drabes, le prod aw an rey (1139) sobre el campo de batalla, 
lo cual fu^ aprobado posteriormente por las cortes de Lamego, 
no obstante las protestas armadas de Alfonso Vll, quien acepto 
despues los hechos consumados reconociendo la independencia 
de Portugal, y quedando obligado el rey Alonso Enriquez ^ 
prestar vasallaje al castellano por el condado de Astorga, cedido 
a aquel en calidad de feudo. Liis conquistas de Santar^n, Lisbon 
y otras ciudades al Sur de Portugal formaron tambi^n parte de 
la gloria de Alonso Enriquez, quien tal vez, si la invasi6n de los 
almohades no lo impidiera, hubiera llevado A cabo la completa 
reconquista de su patria. 



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— 2^7 — 

Sancho 1, su hijo y sucesor, continua guerreando contra los 
moros con varia fortuna; y, aunque las discordias intestinas im- 
pidieron d su hijo y sucesor Alfonso II asistir personalmente A la 
batalla de las Navas, envi6 A ella algunas fuerzas que contribu- 
yeron al feliz ^xito de este glorioso hecho de armas, tan trascen- 
dental para la suerte de las monarquias cristianas. 

La conquisla por Alfonso III de los Algarbes, que le fueron 
disputados en un principio por Alfonso X, el Sahio, y cedidos des- 
pu^s^ si bien como feudo de Castilla, cu3'o vasallaje fu^ alzado 
mzls adelante a Dionisio I por Fernando el Emplasado; la parte 
que Alfonso IV tom6 en la c<^lebre batalla del Salado, el matrimo- 
nio de Beatriz hija de Fernando I con D. Juan I de Castilla; la ba- 
tallade Aljubarrota^ ganada por el hijobastardo de Pedrol, elgran 
maestre de Avis D. Juan I de Portugal, d Juan I de Castilla, 
que alegaba derecho s A esta corona por ser esposo de D* Bea -^ 
triz; la intervenci6n de Alfonso V el Africatio, en los asuntosdc 
Castilla, como prometido esposo de Juana la Beltraneja; la muer- 
te de D. Sebastian en la batalla de Alcazar-Quivir en Africa; la 
elevaci^n consiguiente al trono del anciano y achacoso cardenal 
D. Enrique, tio del malogrado monarca; la designaci6n que hizo 
el cardenal como su sucesor k favor de D. Felipe II; y la lucha 
sostenida pDr (^ste contra el bastardo D. Antonio, prior de Ocra- 
to, pretendiente tambidn jI la corona^ lucha que termin6 por la 
sumisi6n dc Portugal al castellano, son los hechos de este reino, 
que, de^deaquel monarca, tuvMeron una influencia mds 6 menos 
directa en l^ formaci6n y modificaciones del Estado espaftol. 

La forzosa uni6n de Portugal d Espafla no se avenfa con el 
CarActer ni deseos de los Portugueses, asl es que en la primcra 
ocasi6n que se present6 pensaron en recobrar su independencia, 
como lo hicieron en tiempo de Felipe IV^, aprovechando el dis- 
gusto ocasionado por el gobierno del favorito conde-duque de 
Olivares y los conflictos 3' guerras que su desacertado gobier- 
no provoc6 d la monarqufa dentro y fuera de Espafia. 

Tramada, pues, y hdbilmente dirigida en Lisboa una conspi- 
raci6n, d que di6 indiscreta ocasi6n el dc Olivares mandando 
que todos los nobles Portugueses se presentaran en Madrid al 
frente de sus tropas para ir contra Catalufta, se reunieron en 
efecto en Lisboa, y allf estall6 un movimiento insurreccional 
contra Espafla, cuyos resultados fueron la elevaci6n al trono de 
Portugal del duque Juan de Braganza y la definitiva iudepen- 
cia de este reino. 



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— 2iJb — 



VI— CASTILLA V ARAGOX TXIDOS 



HIevada Isiibel 1 al trono dc Castilla con j^ran conlento y 
entusiasmo de 1o:s castelUmas; derrotados los partidarios de la 
Beltraneja en la c^lsbre y decisiva batalla de Toro (1479), no 
obstante el auxilio del monarca de Portugal, Alfonso \', A quien 
habia sido prometida la mano de aquella princesa; aiirmada y 
completamente legitimada su posesion en el trono por muerte 
de la Beltraneja; y arreglado el m(»do de gobernar sus Estados 
con Fernando \' de Aragon, su esposo, sin menoscabo de los de- 
rechosde ninguno en sus respectivos reinos, procuran los Reyes 
Catolicos organizar la adniinistraci6n por medio de acertadas re- 
formas y utiles instituciones, y concluir la obra de la unidad na- 
cional, expulsando completamente de Espafta il los drabes, quie- 
nes dan pretexto A la guerra, conforme i\ los deseos de los reyes, 
con lacontestaci6naltivade Muley-Hacen alembajador espaftol, 
que le demandaba los tributos atrasados, prometidos por los gra- 
nadinos d F'ernando III, y con la toma de ZaJiara, que llevo a 
cabo, dando muerte X todos sus moradores cristianos. • 

Rotas, pues, las hostilidades, inaugCirase la campafia con la 
toma de Alhanta por lis cris'j'anos; pero sufreii una derrota en 
Loja, cuyo sitio se ven obligados jI levantar, il la^que sigui6 
otra aun mils importante, siendo sorprendido y muerto con casi 
toda su hueste el maestre de Santiago por Muley-Hacen, en la 
Sierra de la Ajarqufa, hasta donde habia llevado A los cristianos 
su temerario arrojo. 

La noticia que de estos descalabros Uego a los Reyes Cato- 
licos, fu^ compensada en cierto modo con la de la anarqufa que 
reinaba en el interior de Granada y con la derrota y prisi6n de 
Boabdil irente A Lucena. Puesto 6ste en libertad en virtud de pac- 
tos favorables A los cristianos, vuelve A Granada, donde se re- 
nuevan las guerras intestinas, primero con su padre y despues 
con su tio Abdallah, el ZagaJ, guerrero muy popular, hasta que, 
viendo los moros que estas luchas intestinas s61o podian favore- 
cer A los cristianos, hacen un convenio tio y sobriho, pues ya 
habfa muerto Muley-Hacen, mediante el cual se distribuyeh las 
provincias del reino; pero residicndo ambos en Granada. 

Los Reyes Catolicos, ju/cgando estos convenios contrarios al 



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— iS9 — 

pacto celebrado «interiormente con ellos por Boabdil, Uevan su}4 
armas contra las ciudades pertenecientes a <}ste, tomando A Lo- 
jay Velez-Mdlaga, y derrotado el Zagal que acudfa en dcfensa 
de la ultima, le deslronan los granadinos, quedando Boabdil por 
rey linico. Sigue A estos triunfos la toma de Mdlaga, que se de- 
rendi6 her6icamente, y las de Baza, Almeria y Guadix\ hasta 
que al fin queda sola Granada, si bien fuerte y bien provista, 
destrozada interiormente por las contiendas civiles. Rendida 
al cabo despues de nuevc meses dc resistencia y de haber pre- 
senciado actos de en^rgica decisi6a por parte de los cristianos, 
como la fundacion de Sattta Fd en el lugar mismo del campamen- 
to que habia sido presa de las llamas, abre sus puertas A los ej^r- 
citos de la cruz, que el dia 2 de Enero de 1492 entran triunfantes 
en la ciudad de Boabdil al mismo tiempo que (3ste la abandona 
para siempre, y queda consuniada la obra ^pica iniciada en las 
ilsperas montatlas dc Asturias y Sobrarbe y Uevada «1 feliz t^r- 
mino, despues de siete siglos de lucha, en las f<?rtiles vegas de 
Granada. 

Restaurada por completo la dominaci6n cristiana en la pe- 
ninsula, ensanchan los Reyes Cat61icos sus dominios con los terri- 
torios descubiertos por Colon en el Nuevo-Munck) (12 de Octubre 
de 1492), San Salvador^ Cuba, Santo Domingo y otras islas, de 
que aquel tom6 posesion en nombre de los reyes de Castilla. 

Hace mjis adelante el rey Catolico un convenio con Luis XII 
de Francia para repartirse el reino de Nilpoles ^ costa de don 
Fadrique, il quien despojan; pero, desavenidos poco tiempo des- 
pues el francos y el espaflol por cuesti6n de Ifmites, surge la 
guerra en que el gran capitan Gonzalo de Cordoba, despues de 
haberse cubierto de gloriosos laureles en las batallas de Ceriflola 
y Garellano, ganadas d los franceses, se apodera de la fortlsima 
plaza de Gaeta, vi^ndosc por todos estos desastres obligado Luis 
XII il pedir una tregua de tresaflos, quedando en el interin como 
rey de Ndpoles Fernando el Catdlico y en su nombre, como virey, 
Gonzalo de C6rdoba, quien recompens6 d sus compafieros de 
armas con tal liberalidad, que excito el enojo del rey Fernan- 
do (1504). 

Muerta D**^ Isabel e incapacitada su hija D^ Juana para el 
gobierno, entra D. Fernando d dcsempeftar la regencia de Cas- 
tilla en nondbre de su hija, y socundando los prop6sitos que tuvo 
Fernando el Santo y las indicaciones de Cisneros, pasan al Afri- 
ca las armas espaflolas y caen en su poder las plazas de Masai- 

87 



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— 290 — 

quivir, Pendn de la Gorxiera y Ordn, conquistadas por Cisneros 
(1509) aunque bajo la direcci6n de Pedro Navarro, famoso y ex- 
perto caudillo; pero se ven obligadas d suspender la proyectada 
conquista de Africa por el terrible descalabro que en las islas 
Gelves sufri6 nuestro ej^rcito. 

Asegurada la conquista del reino de Ndpoles € incorporada 
la Navarra A sus Estados por la fuerzadel derecho y de las ar- 
mas, muere poco despu^s D. Fernando, dejando por heredera 
universal A su hija D* Juana, en cuya cabeza quedan definitiva- 
mente unidas las coronas de Castilla, Aragon y Navarra y reali- 
sada por complcto la imidad del Estado espafiol (1516). 



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CAPiTULO IV 



ESPA?fA BAJO LA CASA DE AUSTRIA 



Con el advenimiento de Carlos I al trono de Castilla tineH- 
se con ^sta el imperio de Alemaniay Jos Paises-Bajos: engran- 
decimiento que, si piido halagar al monarca, fu^ manantial fe- 
cundo en disgustos para los espaftoles y de conflictos en laad- 
ministraci6n de Espafla, la que, entregada A los flamencos y 
desatendida por D. Carlos, ve levantarse en rebeli6n las Co- 
munidades de Castilla, de cardcter politico, 'y las Germanfas 
de Valencia, mds socialistas, como dirigidas por los artesanos 
contra los nobles y entregadas d multitud de exccsos y violen- 
cias; pero ahogadas al fin, en sangre, como aquellas. La prepo- 
tencia exterior de Espafta lleg6, con todo, en este reinado d un 
grado inverosimil. 

Ens<\nchanse los dominios espaftoles allcnde los mares con 
la conquista de M^jico por Herndn Cortds con un puftado de va- 
lientes, y con la del Peril que realizan Francisco Pizarro y Diego 
de Almagro, aterrando d los indios con sus actos de ferocidad y 
tirania(1520 y 1521). 

Mds litiles acaso, si el ^xito las coronase, hubieran sido las 
expediciones d Berberia, constante pensamiento de Cisncros, pa- 
ra destruir las guaridas de piratas que infestaban el Mediterrd- 
neo. Feliz fu^, sin embargo, la expedici6n contra Barbaroja que 
di6 por resultado la toma de la Goleta y despu^s, tras porfia- 
da lucha, la de Ttine::, donde repuesto por el emperador Muley- 
Hacen, que habia sido destronado por aquel corsario, rcciben la 



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— 292 — 

Ubertad veinte mil cristianos y un goipe de mucrte los piruUis. 
Pero la cxpedici6n contra Argcl, que el emperador se obstin6 en 
Uevar A cabo contra el parecer de Andres Doria, y quiso dirigir 
en persona, fu^ sumamente desgraciada, pues los huracanes y 
lluvias torrenciales, efecto de Li estacion, destruyeron la mayor 
parte de las naves y precisaron A D. Carlos a abandonar la em- 
presa sin honra ni provecho. 

Despu^s de otra desgraciada expedici6n al Africa en tiempo 
de Felipe II, 16grase en una nueva evitar la p^rdida de Or^n y 
Mazalquivir y recobrar el Pefi6n de la Gomera, perdido algunos 
aflos antes. 

Salvada la cristiandad en la batalla de LepantOy pasa don 
Juan de Austria al Africa y reconquista Tunes (1573). 

Tiene tambien importancia suma, y acaso mils que otro al- 
guno de los ocurridos en tiempo de Felipe II bajo nuestro espe- 
cialpunto de vista, porque representa la verdadera unidad na- 
cional en la Peninsula, el hccho de la incorporacion de Portugal 
a Espafta despuds de la mucrte del cardenal Enrique en virtud 
del testamento de (3ste y de la decisi6n de una junta de letrados 
y, sobrc todo, por el ejdnxito que capitaneado por el duque de 
Alba derrot6 completamente en Aldlntara il las tropas del otro 
pretendiente, el prior de Ocrato (1580). 

La sublevacion de los Paises Bajos, en la que se distinguie- 
ron el duque de Alba por sus conocimientos militares y por su 
crueldad, D. Juan de Austria por su espfritu conciliador, y Ale- 
jandro Farnesio, duque de Parma, por su genio militar y poli- 
tico, termino, traslarga y porliada lucha, vi^ndose precisado Fe- 
lipe II il autorizar su sepa radon abdicando la soberanfa de los 
mismos en su hija Isabel Clara, casada con el archiduque Alber- 
to de Austria; medida que no satisfizo por completo A los insu- 
rrectos, quienes, capitaneados por Mauricio de Orange, siguie- 
ron luchando hasta conseguir su total independencia (1598). 

Felipe III se ve precisado (x reconocer, si quiera fuese impli- 
citamente, por el tratado de la Haya la independencia dc Ho- 
landa, no obstantes los triunfos y toma de Ostende por el mar- 
ques de Spfnola, mandado por Felipe en apoyo del archiduque 
Alberto, cmpeftado en sostener el dominio de las provincias que 
Ic habia dejado Felipe II. 

Tambien son expulsados de Espafta durante este reinado, 
los tnoriscos: medida criticada fuertemente por los escritores 
modernos como antiecon6mica y perjudicial para la agricultural 
y rccibida con aplauso por algunos escritores contemporaneos 



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— 293 — 

del suceso, entre ellos Cervantes, como acertadu para la seguri- 
dad del Estado y para el fin religioso. 

En tiempo de Felipe IV tiene Espafta que pedir la paz A 
Francia despues de la batalla de Rocroy, donde fu6 derrotada 
nucitra famosa infanterfa por los franceses aliados de los Raises 
Bajos, que habian vuelto A Espafia por cesi6n hecha A Felipe 
IV por su tia la princesa Margarita, estipuldndose en garantia de 
aquella paz, firmada en los Pirineos (1659), el matrinionio de 
Marfa Teresa, hija de Felipe IV, con el delfin de Francia, 
Luis XIV. 

Tanibi^n los catalanes, mal contentos con el gobierno del 
Conde-Duque, se sublevan pidiendo primero auxilio A Francia y 
declar^ndose despues siibditosde Luis XIII, A quien proclamaron 
conde, hasta que arrepentidos los catalanes y rendidas sus prin- 
cipales ciudades, entre ellas Barcelona, que ya no podia resistir 
m^s A las iuerzas de mar y tierra mandadas por D. Juan de 
Austria, termino la guerra con la sumisi6n de Catalufta bajo la 
promesa de que se conservarlan sus fueros(1652). 

Consecuencia de esta lucha fu^ la p^rdida del Rosellon^ asi 
como durante las guerras de Flandes se perdieron Thionville, 
Mardich, Dunqiierque , etc., y en el Nuevo-Mundo \dijamdka, 
vi(5ndose tambidn Espafta obligada A aceptar el articulo del tra- 
tado de Westfalia por el que se reconocia la indcpetidencia de 
las provincias unidas de Flandes. 

Mds funesto aiin fu6 el levantamiento de Portugal que, 
coincidiendo con el de Catalufta, aunque contrario en un princi- 
pio A los Portugueses, di6 por resultado final, despues de las 
derrotas sufridas por los espaftoles en Evora, Beyra y Villavicio- 
sa, el reconocimiento implfcito de la independencia de Portugal 
bajo el cetro del duquede Braganza, A quien habian proclamado 
rey los lusitanos con el nombre de Juan IV (1668). 

Tambi^n ocurri6 en N^poles el movimiento insurreccional 
mandado por Masaniello, de bastante duraci6n, porque, declara- 
dos independientes los napolitanos y erigidos en repCiblica, con- 
t6 con el poderoso auxilio del duque de Guisa, A quien olVecie- 
ron la soberania; pero, desunidos los sublevados, abandonado el 
de Guisa por Francia y tomada N^poles, fueron rindi<^ndose las 
demds ciudades y sometidas nuevamente A Espafta. 

Durante la menor edad de Carlos II, el HechiBado, se apodc- 
ran los numerosos soldados de Luis XIV, capitaneados por los 
ilustres generales Turena y Cond<^, de la importante provincia 
que desde entonccs se llam6 Flandes francesa y cuya soberania 



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— 294 — 

fud reconocida A Francia por la paz de Aquisgran (1668), y poco 
tiempo despuds pierde tambi^n Espafia el Franco-Condado por 
la paz de Nimega (1678). Es tambidn reconocida la independen- 
cia de Portugal y el derecho d reinar de la dinastia de Braganza 
por gestiones de Inglaterra que habia auxiliado ji Espafta en la 
guerra contra Francia. 

Perdidas las esperanzas de que Carlos II tuviera sucesion, 
se da el tristisimo espectdculo para Espafta de que las grandes 
potencias acordaran su reparticion sin contar para nada con 
clla ni con su ddbil monarca. Este mismo desprecio contribuyc 
sin duda d que el rey, ofendido en su altivez, haga un alarde de 
independencia, designando para sucederle al principe de Ba- 
vicra; pero, muerto dstc, se renuevan las intrigas diplomdticas 
y se acuerda una nueva repartici6n por los tratados de Londres 
y de la Haya (1700), mientras que Carlos II se resuelve al fin, 
dcspu(5s de largas vacilaciones € instigado por el cardenal Porto- 
carrero, d nombrar heredero A Felipe de Anjou, nieto de Luis 
XIV, muriendo Carlos poco tiempo despu6s y acabando con ^1 
.su dina.stia. 



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CAPiTULO V 
espaSa bajo la casa de borbox 



Con la guerra de sucesi6n, que surgi6 a la muerte de Carlos 
II, los ingleses, partidarios del archiduque Carlos, se apoderan 
de Gibraltar^ que estaba casi abandonada; pic^rdense tambi(^n 
Ordn^ Menorca y Cerdena; y por el tratado de Utrech (1713) que 
puso t^rmino A la guerra, reconociendo a Felipe como rey de 
Hspafia y de sus Indias, perdi6 Espafla, ademds de Gibraltar y 
Menorca, cedidas d Inglaterra, las posesiohes de Italia y de los 
Paises Bajos, sin que los es(uerzos posteriores de Alberoni, 
ministro de Felipe V, y la toma por su escuadra de Cerdefta y 
Sicilia fueran bastantes »1 recobrar la Italia, como era su prop6- 
sito, pues, aliadas las grandes potencias, Inglaterra, Francia, 
Austria y Holanda, por el tratado de la Cuddruple alianza, des- 
trozan d, nuestra escuadra en las aguas de Siracusa y es obliga 
do Felipe V d pedir la paz, que le fu6 otorgada a condici6n de 
ceder las dos islas recobradas y de desterrar dc Espafla al mi- 
nistro Alberoni. 

Despu^s de la muerte de su hijo Luis y durante su segundo 
gobiemo obtiene Felipe por medio de un tratado secreto, con- 
certado en Viena por el ministro Riperdii, la ccsi6n, mediante 
otras condiciones onerosas para Espafla, de los ducadosde Par- 
ma, Plasencia y Toscana d favor de su hijo el infante Carlos y, 
aunque este tratado no se cumpli6 entonces por la oposici6n ^e 
las grande*3 potencias, mas adelante fud, por otro tratado, asegu- 
rada-al infante D. Carlos la soberanfa de cstos ducados. 



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— 296 •— 

Rotas posteriormente Jas ainistosas relaciones entrc el rej* 
y el emperador dc Alemania y aprovechando Felipe la ijuerra 
civil en que ^ste se hallaba comprometido por la sucesi6n al 
trono de Polgnia, invade el infante D. Carlos y conquista el rei- 
no de Nilpolcs, al que agrega despues el de Sicilia, logrando rnds 
tarde, tras largas negociaciones, que en virtud del tratado de 
Viena (1738), se reconozca d Carlos como rey de Ndpoles y Si- 
cilia, iudependiente de Espafla, mediante la renuncia A los du- 
cados de Parma, Plasencia y Toscana; los que, no mucho mAs 
tarde, volvieron d poder de Felipe, quien los atac6 en ocasion de 
hallarse Alemania agitada por la guerra civil motivada por la 
sucesi6n al trono imperial, y di6 ^ su otro hijo, el infante don 
Felipe. 

Sostiene Fernando VI con energla la guerra en Italia hasta 
que logra por la paz de Aquisgran (1748) asegurar para su her- 
mano Carlos la corona de Ndpoles y que su otro hermano Felipe 
sea reconocido soberano de los ducados de Parma, Plasencia y 
Ciuastalla. 

De canlcter bondadoso Fernando VI y convencido de que 
la paz es el mejor medio para conservar y labrar la ventura de 
los pueblos, permanece extrafto A las guerras suscitadas entre 
Inglaterra y Francia, no obstantes las sugestiones y proposicio- 
nes ventajosas que por una y otra se le hicieron, ofreci^ndole la 
primera la restituci^n de Gibraltar y la segunda la de Mah6n. 
Merced d ^sta pacflica y sabia polftica puede consagrarse al de- 
sarrollo de la cultura intelectual, moral y material del Estado, 
fundando instituciones y establecimientos utiles, erigiendo mo- 
numentos y dejando al morir repletas las areas del tesoro que 
habfa recibido exhaustas por tantas guerras. 

Abandona Carlos III, su hermano y succsor, la prudente polf- 
tica de neutralidad, suscribiendo con Francia el desdichado Pacto 
de Familia (1761) por el que se comprometieron ambas nacio- 
nes d pelear contra el enemigo de cualquiera de ellas, y que tan 
funesto habfa de ser para Espafta. Pierde ^sta por de pronto las 
Floridas que se vi6 precisada »l ceder »i Inglaterra A cambio de la 
Habana y Manila, que habfan caido en poder de los inglescs. 
Auxilia imprudentemente tambi^n el monarca espaflol la insu- 
rreccion de las colonias inglesas contra la metr6poli sin preveer 
las consecuencias de este paso, teniendo nosotros, como tenfamos, 
grandes territorios en America, 6 intenta inutilmente la recon- 
quista de Gibraltar. Los linicos ventajosos resultados de la gue- 
rra con los ingleses fueron la reconquista de la Florida y de 



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— ^97 — 

jfenorca, reconoci^ndose nuestro derecho d su posesi6n en el 
tratado de paz de Parfs (1783). 

La adminislraci6n piiblica, la instrucci6n, la agricultura, la 
industria, el comercio y las bellas artes, recibieron gran desa- 
rroUo en este reinado, compensando en algo los desastres y p6r- 
didas de las guerras. 

En el desdichado reinado de Fernando VII se emancipan 
las colonias que tenia Espafta en el continente americano, apro- 
vechando la guerra de la Independencia que impedfa raandar tro 
pas d aquelias apartadas regiones y, aunque terminada la gue- 
rra se trat6 de enviar un ej^rcito para sofocar la insurrecci6n, 
silblevado dste por Riego en las Cabezas de San Juan (1820), no 
pudo realizarse lo proyectado. Mandadas despu^s tropas d repri- 
mir el movimiento, son derrotadas por completo en la decisiva 
batalla de Ayacucho, que asegur6 la independencia, y su p^rdi- 
da para Espafta, de los paises insurrectos, erigi^ndose en repii- 
blicas Buenos- Aires, Chile, Venezuela, Mijico y el Peril, 

En el reinado de Isabel II tiene lugar la guerra de Man* uecos, 
cayendo Tetudn en poder de nuestras tropas, aunque se devol- 
vi6 luego al hacer la paz (1860) d cambio de unas pesquerias en 
la parte occidental del imperio marroquf, y sin sacar todo elpro- 
vecho debido de nuestras victorias por la malquerencia y el 
egoismo de Inglaterra. 

Tambi^n se anexion6 d Espafta la isla de Santo Domingo 
(1861); pero sublevada despu^s se produce una guerra costosay 
sin gloria para nosotros, que termin6 al fin por el abandono de 
aquella isla destrozadainteriormente, como casi todaslas colonias 
que en el reinado anterior se habian separado de la metr6poli, 
por luchas intestinas. 

Durante ekperiodo constituyente de 1869; en el reinado de 
Aniadeo de Saboya; en el periodo republicano, y durante la res- 
tauraci6n de D. Alfonso XII no hasufrido el Estado cspaflol mo- 
dificaciones en su territorio. 



S^ 



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secci6n segunda 



ELEMENTOS DE NACIONALIDAD 



CAPITULO PRIMERO 

LAS BAZAS 



Por lo dicho en la secci6n anterior sabemos que, adem^s de 
los iberos y celtas, de cuyo cardcter, costumbres 6 instituciones 
nada puede afirmarse con certeza, aunque $i estd probado su 
amor d la independencia por las resolucion^s extremas d que 
solfan entregarse sus ciudades antes que rendirse, fundaron su- 
cesivamente colonias y poblaron la Espafla los fenicios, los grie- 
gos, los cartagineses, los romanos, los godos y los drabes. 

I — Los fenicios, habitantes de la comarc^ situada entre la 
Siria, la Judea y el Mediterrdneo, llegaron A tal grado de cultura 
y desarrollo industrial, que el comercio de sus dos principales 
ciudades, Sid6n y Tiro, se extendi6 por todos los pueblos bafla- 
dos por aquel mar. 

Lo est^ril del pali que habitaban y la necesidad de propor- 
cionarse recursos fuera de ^1 les hizo aventurarse d las empre* 
sas marltimas y dedicarse al arte de la navegaci6n, para cuyo 
ejercicio les proporcionaban los montes del Llbano maderas 
abundantes con que construir sus naves, y lo accidentado de sus 



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— 299 — 

costas puertos seguros para albergarlas. Su espfritu aventurero 
lei lley6 hasta la tierra de Ofir (hoy peninsula de Mzilaca) y d la 
inverosimil empresa de dar la vuelta al Africa; y su car^cter es- 
peculador llen6 de colonias las islas de Chipre y Rodas, la Gre- 
cia, la Sicilia, la Cerdefia y, segiin hemos dicho, nuestra Espa- 
fta, donde Cddiz lleg6 A ser el centre de su comercio. Sus esfuer- 
zos para satisfacer las necesidades de la navegaci6n, por um^ 
parte, y los conocimientos adquiridos en sus viajes, por otra, hu- 
bieron de proporcionarles cierta cultura en aritm^tica, geonie- 
tria, mecdnica, geograffa, etc.; y se les atribuye la mvenci6n de 
la escritura alfab^tica, que tanto habfa de influir en la civiliza- 
ci6n y en el progreso de las ciencias. Sus manufacturas fueron 
muy renombradas por la elegancia de sus obras en madera, 
hierro, plata, oro, y bronce, por la blancura y finura de sus telas 
de lino y por los objetos de vidrio, que tambi^n creen algunos 
debido A su invencion, asi como la de la purpura. La magnifi- 
cencia de sus edificios, afirraa Strabon, que superaba d los de la 
misma Roma, si bien es cierto que por las ruinas Uegadas hasta 
nosotros, parece que en sus construcciones atendian mAs ^ la 
utilidad que al explendor. Pero, A fuer de buenos mercaderes, 
su espiritu egoista les \ edaba hacer participes A los demds de 
sus adelantos; asi que, lejos de comunicar A los otros pueblos los 
secretos de la navegaci6n, y de fomentar la comunicaci6n entre 
ellos, evitaban con cuidado ser seguidos en sus excursiones; y 
cuando algunos otros marineros se aventuraban A hacerlo, 6 
procuraban desorientarlos, 6 lanzaban sus mismas naves por en- 
tre escollos y pasos peligrosos, con riesgo de su propia vida, 
para que aquellos perecieran, 6 si por acaso en alta mar se en- 
contraban c on ellos y no temian ser descubiertos, los atacaban 
como corsarios, los mataban y echaban A pique sus naves. 

Su religi6n estaba llena de pr<lcticas supersticiosas, y en su 
culto, principalmente en el tributado A Venus y Adonis, se mez- 
claba la licencia con los sacrificios sangrientos. 

Su gobierno fu^ mondrquico, pues aunque alguna vez inten- 
taron regirse por magistrados, suffeteSy esto fu6 transitorio. La 
elecci6n de los altos funcionarios se hacia, no obstante, por el 
pueblo y de aqui que los reyes no pudieran ejercer un poder des- 
potico, por mds que su autoridad fuese suprema y su imperio 
duradcro. 

II — Los antiguos ^riV^os que sellamaban autdchthonos^ 6 na- 
cidos en el mismo suelo, y entre ellos los arcadios, que exageraban 
sus pretensiones hasta el punto de apellidarse proseUnoi^ ante- 



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— 3<*© — 

riores & la luna, fueron conocidos todos con el nombre de pelas- 
goSy como procedentes de la raza peldsgica originaria de Asia. 
Pero ya antes de la inmigraci6n de los pelasgos (18 siglos antes 
de J. C.) habian Uegado d Grecia alg"unas colonias del Oriente y 
aun se cree que de Egipto y de Fenicia. En el siglo xiv antes 
de J. C. Pelops lleg5 de Frigia con una.colonia, y la peninsula 
conquistada por su gente Ueva aiin el nombre de Peloponeso. La 
poblaci6n, sin embargo, habia sido ya renovada por otra raza, 
la de los helenos^ que di6 su nombre ^ todo el pais {Hellade) y. 
sedividi6en cuatro ramas: \os dorios^ los eolios^ los joniosy los 
aqueos, con cuyo establecimiento termin6 la edad de formaci6n 
de la Grecia. 

La raza griega, privilegiada entre todas las conocidas, las 
ha excedido con mucho y ninguna ha podido realizar hechos ni 
producir hombres tan grandes, en un pais tan limitado y de po- 
blaci6n tan exigua. Activos, valientes, emprendedores, dotados 
de una imaginaci6n \'1va y ardiente y de un entendimiento fle- 
xible, eran tan aptos para el estudio de la filosoHa como para el 
manejo de los negocios, para los trabajos de la guerra como para 
los propios de la paz, y bajo todas las formas de gobierno, desde 
la monarquia hasta la repiiblica, en la ciudad y en la federaci6n, 
mostraron el mismo cardcter y se hicieron notar por el imperio 
de su palabra elocuente, por la superioridad de su inteligencia 
y por su amor d la libertad. Su lengua, de gran riqueza y flexi- 
bilidad, era apropiada para las dulzuras de la poesfa y para la 
severidad de la historia, para los arranques sublimes de la ora- 
toria y para las sutilezas diale^cticas, y en todos los generos de- 
jaron monumentos imperecederos de su saber y aptitudes. Su 
poesfa, religiosa primero con Orfeo y ^pica con Homero, se hace 
despues Ifrica, y es guerrera con Tirteo, er6tica con Safo, gra- 
ciosa con Anacreonte, pat^tica con Sim6nides, satirica con Ar- 
qullocQ y her6ica con Pindaro. Esquiles, S<3focles y Euripides 
elevan la tragedia hasta la perfecci6n; Arist6fanes y Menandro 
brillan en la comedia social y de caracteres y costumbres. La 
filosofia, materialista con Thales y la escuela j6nica, se hace es- 
piritualista con Pit^goras, moralizadora con S<3crates, es elevada 
A su m^s alto grado por Plat6n y Arist6teles y rodeada de seve- 
ridad por el est6ico Zen<3n. Temistocles, Pericles y Alcibfades, 
gobiernan el pueblo por el influjo de su talento y de su palabra; 
y la arrebatadora elocuencia de Dem6stenes, el 5f»ds grande 
orador de todos los tiempos, cs mds temible para Filipo de Ma- 
donia que todos los ej^rcitos de Grecia. La historia raira como 



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— SOI — 

padre al griego Hesiodo; las primeras nociones de matemdticas 
y astrofiomia fueron importadas de Egipto por Pit^oras y Tha- 
les; la medicina cuenta los nombres de Hip6crates y Galeno; la 
geograffa matemdlica 6 hist6rica los de Hiparco, Erat6stenes, 
Strab6n y Ptolomeo; la escuttura los de Fidias y Praxiteles; la 
pintura los de Parrhasio, Zeuxis y Apeles, y la arquitectura, en 
sus tres 6rdenes d6rico, j6nico y corintio, es admirada todavia por 
su severidad, por la pureza de sus lineas, por la elegancia y la 
ligereza de la construcci6n. 

El valor, la pericia, la extrategia, el arte de la guerra, tienen 
tambi^n sus tipos en la Grecia, y los nombres de Le6nidas y Mil- 
cfades, de Tenifstocles y Epaminondas, de Filipo y Alejandro 
est^n escritos para siempre en los anale^ de la humanidad. 

Su consejo de los Anficciones, reuni6n peri6dica de diputa- 
dos 6 reprcsentantes de los pueblos primitivos de la Grecia, en 
que se discutfa y resolvfa sobre ceremonias religiosas y sobre 
las cuestiones 6 diferencias surgidas entre las ciudades 6 pueblos 
anficci^nicos; sus juegos pyiicos^ istmicos^ nemeos y olimpicos, 
pareclan querer recordar A los griegos su origen y mantener 
entre ellos la concordia y un pensamiento coraun. 

La grandeza del pueblo griego y su pasi6n por la celebridad 
no le pudo permitir hacer del comercio una ocupaci6n predilec- 
ta. Sin embargo, Corinto fu6 por su situaci6n la escala necesa- 
ria del comercio del Asia, Egipto d Italia, yRodas, mds indus- 
triosa, se enriqueci6 extraordinariamente con la exportaci6n de 
vinos, madera, miel, m^rmol, etc. La marina lleg6 d perfeccio- 
narse bastante despu^s de la invasi6n de los persas y les permi- 
ti6 lanzarse ^ expediciones de alta mar y llevar colonias d las 
tierras occidentales, d Italia, al Mediodfa de Francia y al 
Orientc de Espafta, segiin hemos indicado. 

En suma; primera escuela de las cicncias y las artes y cuna 
de la civilizaci6n europea, la Grecia sirvi61e tambi^n de valla- 
dar contra lasinvasiones asidticas, y las batallas de Maraton, Sa- 
lamina y Platea har^n sunombre imperecederoy reivindicardn 
para siempre la gratitud de todos los pueblos cultos. Sus colonias 
esparcieron las semillas de la civilizaci6n por Occidente y las em- 
presas de Alejandro en Asia, & cuyo ^xito contribuy6 sin du- 
da algima, tanto como la fuerza de las armas, la habilidad y dul- 
zura del gran macedonio, puso en comunicaci6n mds inmediata 
los pueblos de Orieate con E uropa, y de allf surgi6 el primer im- 
perio civilizado. Y cuando, entibiado el ardor patri6tico, extin- 
guida la sed de gloria militar y el entusiasrao por la libertad, 



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— C02 — 

decay 6 la grandeza nacional de la Grccia, todavia supo atraer 
h^cia sf las miradas de los denids pueblos por cl cuUo de lo hello, 
por el desarrollo de las artes y de la literatura, por el refinamien- 
to de las costumbres y por los explendores del lujo. 

Ill— Colonia de Tiro, la ciudad de Cartago, fundada en la costa 
septentrional del Africa hacia el aflo (880 a. de J. C.)> sus habitin- 
tes, como de la misma raza que los fenicios habian de tener los 
mlsmos rasgos tfpicos; su car^cter moral, sus costumbres, sus 
aspiraciones y hasta su cultura habian de ser andlogas A los del 
pais que fu6 su origen, con el que sostuvo siempre comunicaci6n 
y cordial trato. Su lengua era la de los fenicios; su religion id^n- 
tica y tambi^n en ocasiones sanguinaria (en las grandes calami- 
dades sacrificaban niiios para aplacar d los dtoscs); su predilec- 
cion por el comercio y las empresas maritimas, andloga d la 
de los fenicios, y si estos realizaron un viaje alrededor del Africa, 
los cart4gineses le intentaron para establecer colonias 6 factorias 
en su costa bajo la conducta 6 direcci^n de Hann6n que, sino 
pudo terminarse, fu^ muy litil bajo el punto de vista geogrdfico, y 
de 61 nos queda una relaci6n en griego conocida con elnombre de 
Pcriplo, Dcsarrollado portentosamente su comercio y sirviendo 
por decirlo asi de interm^diario en el movimiento delos productos 
de lodos bs pueblos lleg6 d ser Cartago centro de este movi 
miento y dep6sito de grandes riquezas que sirvieron para aumen- 
tar su podcrio; pero, achaque de todos los pueblos comerciales, 
los cartagineses se hicieron codiciosos y cgoistas; el desco de 
gozar los placcres que las riquezas proporcionan y lo reducido 
de su poblaci6n les acostumbr6 d pagar soldados y sus principa- 
les tropas eran sacadas de los pueblos aliados y tributarios: los 
niimidas formaban su caballeria, los espaftoles su infanteria, los 
haleares les daban sus honderos, los cretenses sus llecheros y 
los galos sus tropas ligeras; pero estas tropas, si bien les 
permitian formar ej^rcitos poderosos y realizar grandes con- 
quistas sin molestar d su poblacion ni derramar su sangre, s6lo. 
les fueron Utiles mientras la fortuna coron6 sus empresas con el 
6xito; mds, cuando lleg6 el tiempo de la desgracia, no'pudieron 
resistir estos ej^rcitos'mercenariosy sin amor dlo que no era su 
patria el cheque de las legiones romanas, compuestas de ciuda- 
danos guiados por su entusiasmo y que combatian por su patria, 
por sus lares, por sus familias y haciendas. Asi que, mientras 
Roma, su rival, despu^s de uno y otro desastre se mostraba mds 
altiva, resuelta y denodada, cuando cambi6 la fortuna y fueron 
derrotados los ej^rcitos de Cartago, esta se vio muy pronto obli- 



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— 3^3 — 
gada d pedir la paz, y desapareci6 al cabo, no obstantes sus arti- 
ficios y habilidades diplomatic as. 

La organizaci6n polftica de Cartago, mondrquica en un 
principio, fu^ modificada despues dejando los reyes su plaza d 
los suffeteSy magistrados probablemente anuales y elegidos por 
la asamblea general del pueblo, cuyas atribuciones es posiblc 
que semejaran d las de los c6nsules romanos. 

El podei legislativo residfa en un senado, compuesto, segun 
unos, de un niimero indeterminado, y segun otros, de quinientos - 
ciudadanos, pertenecientes d las clases mds acomodadas. Este 
cuerpo, ademds de redactar las leyes, d^cretaba los impuestos, 
declaraba la guerra, concertaba la paz, recibla d los embajado- 
res, ofa las quejas de las provincias y decidia en todos los asun- 
tos de su competencia por mayoria de votos: en caso de empate 
pasaba el asunto d la asamblea del pueblo. Del seno de esta 
corporaci6n se nombraba un consejo llamado de los ancianos^ 
compuesto de ciento 6 ciento cuatro individuos, cuyo cargo se 
cree era perpetuo y andlogo al de los ^foros en Esparta 6 al de 
los censores en Roma y aunque no se puede afirmar con certeza, 
ni c6mo se designaba, ni cudles eran las atribuciones de este 
consejo oligdrquico, parece estuyo investido de la principal auto- 
ridad polftica y judicial. 

A este consejo, erigido en tribunal, eran Uamados los gene- 
rales para dar cuenta de su conducta y cuando la suerte de las 
armas no les habfa sido propicia les imponfa graves penas, 
• generalmente la muerte en cruz, olvidando inicuamentc los 
pr6speros sucesos, y como si la voluntad de los generales fuera 
la causa linica del ^xito en las empresas militares. Otras veces, 
aun vencedores, les condenaba al destierro, para que no pudie- 
ran usurpar el poder y convcrtirse en tiranos, 6 mds bien para 
que no pudieran oponerse d los planes del senado y consejo 
aristocrdticos. El senado se dividfa en pentarquias^ secciones 
de d cinco, que tsafai encomendada la gesti6n administrativa, 
y cuyos cargos, gratuitos y venales, no salian por lo mismo de 
manos de la aristocracia. Estos comit^s juntamente con el sena- 
do y el consejo de los ciento, anulaban el poder y la influencia 
de los suffetes y de la asamblea del pueblo. 

Como el comercio era el principal interns de Cartago, se 
atendla con cuidado d organizarlo todo para asegurar su prospe- 
ridad; los mercaderes hallaban facilmente colonias, sobre todo 
en la costa de Africa, donde poder traficar, y hasta el mismo go- 
bierno enviaba gentes pobres d los paises sometidos, para coloni- 



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— 304 — 

zarlos, atray^ndose de este modo al pueblo A quien proporciona- 
ba raedios para poderse enriquecer. Por desgracia estos colonos, 
que se establecian por poco tiempo en comarcas distantes de la 
metr6poli, las explotaban codiciosamente A fin de volver cxianto 
antes A su patria para gozar el fruto de sus rapiflas, y esta fud 
sin duda la causa principal del odio que excitaba la dorainaci6n 
cartaginesa y de la facilidad que encontr6 Roma en nuestra 
Espafla para proporcionarse aliados decididos contra su antipd- 
tica rival. 

IV — El origen de Roma, cuya dominaci6n tanto y por tanto 
tiempo se hizo sentir en Espafta, parece verosimil fu6 debido A 
una emigraci6n de guerreros de Alba Longa que, nacidos en la 
^poca llaraada en la antigua Italia primavera sagradUy estaban 
consagrados d la divinidad para aplacar su c61era, y por no ha- 
ber sido inmolados se les reservaba para for mar colonias an- 
dando el tiempo. 

Es tambien probable que sus primeros fundadores, deseando 
aumentar la poblaci6n, recibieran en su seno d todos los vaga- 
mundos que erraban por los contornos y que, necesitados de mu- 
jeres para perpetuar la vida de su ciudad naciente, aciidieran 
al engaflo y d la violencia que provoc6 la guerra con los sabi- 
nos, funesta acaso para los romanos sin la intervenci5n de las 
mujeres cuyas Idgrimas y ruegos, aplacando el furor de los com- 
batientes, consiguieron la paz. Por virtud de ^sta se fundieron 
en uno los dos pueblos, conviniendo en que R6mulo y Tacio rei- 
narian juntos, que la ciudad conservarfa el nombre de Roma y 
el pueblQ 6 los ciudadanos tomarian el nombre de quirites^ de 
Cures, capital de los sabinos, extendi^ndose el recinto de la 
ciudad y dobldndose el niimero de senadores para dar entrada 
en el senado d los sabinos. Aumentado sucesivamente el territo- 
rio y la poblaci6n de Roma por consecuencia de las continuas 
luchas que sostuvo con los pueblos del Lacio, lleg6 A hacerse 
por fin duefla de toda la Italia, cuyos pueblos fueron incorpora- 
dos como agregados 6 aliados, aunque no A todos se concedie- 
ron iguales derechos. Por de pronto la diferencia de origen se 
conserv6, aun entre los dos primeros pueblos, por su distinci6n 
en dos tribus; la de los ramnes 6 ramenses^ compuesta de los 
romanos, bajo R6mulo; y la de los titios 6 titienses^ compuesta 
de los sabinos de Cures, bajo Tito Tacio. Los reyes, sin embar- 
go, se eligieron alternativamente de las dos tribus. A ^stas se 
afladi6 mds tarde una tercera, la de los lucereSy compuesta de 
etruscos de una colonia llevada d Roma por el lucumdn Coeles 



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— SOS — 

Vilenna en tiempo de Tulo Hostilio y d la que Tarquino Prisco 
equipar6 en derechos con las anteriores. 

Luchando los romanos desde el principio por la existencia 
de su patria, vese tambidn desde luego predominando en ellos 
el valor y un patriotismo sin If mites: procuran organizar su pue- 
blo en relaci6n con su cardcter y con las necesidades de la gue- 
rra; y buscan el engrandecimiento de su ciudad por una polftica 
habil, procurdndose aliados, admitiendo de buen grado los usos, 
religion 6 instituciones de los pueblos del Lacio sometidos, y fa- 
cilitando asf una fusi6n completa, "De todoslos pueblos del mun- 
do, dice Bossuet, el mis fiero, el mAs atrevido^ pero tambi^n el. 
mds prudente en sus consejos, el mis constante en sus maximas, 
el mds avisado^ el mis laborioso y, en fin, el mis paciente, ha 
sido el pueblo romano. D2 todo esto se form6 la mejor milicia y 
la polftica mis previsora, la mis firm3 y la ml-j consecuente 
que existi6 jamls. El fondo de un romano^ por decirlo asf, era el 
amor de su libertad y de su patria. Una de estas cosas le hacfa 
amar la otra; pues por lo mismo que amaba la libertad amaba 
tambi^n la patria como 1 una madre que le nutrfa en sentimien- 
tos igualmente generos</S y libres. Bajo el nombre de libertad se 
figuraban los romanos, lo mismo que los griegos, un Estado en 
que nadie estuviera sujeto mis que 1 la ley y donde la ley fuese 
mis poderosa que los hombres.„ 

Esto explica en cierto modo porque los romanos consagra- 
ron al derecho una atenci6n preferente, y aunque su derecho 
civil hubo de resentirse en un principio del origen de su ciudad, 
formada por pueblos distintos, las repetidas instancias y recla- 
maciones, mis 6 m(^os pacfficas, de las postergadas, hubieron 
de conseguir al cabo eljreconocimiento y la declaraci6n, en una 6 
en otra forma, de lo racional y equitativo, hasta el punto de que 
los preceptos, las reglas y las mc<ximas jurfdicas de los romanos 
se invoquen hoy mismo con ^xito en los pueblos civilizados. 

Hasta las Doce Tablas la historia de Roma estl llena de lu- 
chas entre los patricios y plebeyos, en que al cabo trianfan es- 
tos, obteniendo sucesivamente el nombramiento de los tribunos, 
el edilato, la fuerza legal de los plebiscitos, y la promulgaci6n de 
las leyes do las Doce Tablas que establecieron el principio de 
igualdad legal de los dos 6rdenes. 

Desde esta ^poca el derecho se manifiesta en dos formas 
distintas: derecho cscrito y derecho no escrito. El escrito com- 
puesto: 1^ delas leyes, forraadas en los comicios por centurias d 

89 



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— 3o6 — 

propuesta de un magistrado que presidia el Senado: 2^ de los pie- 
biscitoSj formados en los comicios por tribus A propuesta de los 
tribunos de la plebe, que, obligatorios en un principio s6lo para 
los plebeyos, Uegaron con el tiempo A alcanzar fuerza general de 
obligar: 3^ de los senado-consultos, formados por el Senado sin 
participaci6a del pueblo y cuya fuerza obligatoria no fu^ reco- 
nocida por ^ste hasta que se les di6 general d los plebiscitos. El 
derecho no escrito comprendia: la costumbre, tradic.i6n de los 
antiguos (mores majortim)^ la opini6n generalmente admitida 
(consuetudo) y la autoridad de la cosa juzgada (auctoritas rerum 
perpetud similiter judicatarum). La fuente principal de las 
reglas juridicas raanifestadas en esta ultima forma era el edicto 
del pretor^ magistrado anual encargado de administrar justicia, 
ya entre los romanos solos (prcetor urbanus)^ ya entre I03 
romanos y los extranjeros (prcetor peregrinus). Las decisiones 
de ^ste llegaron A constituir el Wamdido jt^s gentium^ conjunto de 
principios comunes A todos los pueblos, que aplicado en un prin- 
cipio s6lodlos extranjeros se hizo con el tiempo extensivo dlos 
romanos. 

Para prevenir la sospecha de parcialidad, cada aflo publicaba 
el pretor el conjunto de reglas que se proponfa seguir en la 
administraci6n de justicia. Estas reglas eran admitidas general- 
mente por el pretor que sucedia al anterior y adicionadas con 
otras nuevas, si lo juzgaba conveniente, y por ellas se fu^ tem- 
plando el rigorismo del derecho extricto, haci^ndole mds equita- 
tivo por medio de las exceptiones y prcescriptiones y por las 
restitiitiones y fictiones juris. El conjunto de reglas debidas A 
los pre tores se comprendia con el nombre gen^rico de jus 
prcetoriannm. u honorarium. Otra fuente del derecho no escrito 
eran los trabajos y consultas de los jurisconsuUos (responsa 
prudentum). 

Desde la terminaci6n de la repiiblica las fuentes del derecho 
fueron: 1^ los decretos del pueblo^ leyes 6 plebiscitos: 2*^ los 
senado-consultos y dictados A propuesta del prlncipe: 3® las cons- 
tituciones imperiales que comprendlan: los placita 6 constitu- 
tioneSy ordenanzas 6 reglamentos dictados por el prfncipe; los 
decreta decisiones dictadas sobre las elevadas en apelacion al 
consejo privado del emperador; y rescripta instrucciones que el 
prlncipe dirigla A los funcionarios 6 A los particulares: 4° los 
edictos de los pre tores; y 5^ las opiniones de los jurisconsult os, 
De estas fuentes se formaron andando el tiempo los c6digos en 
que hablan de calcarse muchas leyes modernas, y no es necesa- 



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— 307 — 

rio decir hasta que punto la influencia del derecho romano se 
hizo sentir en nuestra patria, sujeta tanto tiempo A Roma, re- 
cordando que el Breviario de Aniano 6 de Alarico, Lex ro- 
mana, i\x6 extractado de los c6digos Hermogeniano y Teodo- 
siano, y que las Partidas, el monumento mds notable del derecho 
patrio, vigente aiin en muchas de sus disposiciones, estd basado 
en gran parte en aquel derecho. 

La organizaci6n politica de Roma, monArquica en un prin- 
cipio, pero templada por la intervenci6n del senado y de los co- 
micios en los asuntos graves delEstado, y republicana con mar- 
cado tinte aristocrdtico despues de la expulsion de los Tarquinos, 
fuese democratizando posteriormente A medida que los plebeyos 
hicieron valer su importancia; ysus cdnsules^ investidosd veces 
de amplios poderes cuando lo exigia la salud piiblica; sus censo- 
res, que mantenian elevado el nivel moral del pueblo; sus preto- 
res, que administrando justicia cultivaron con dxito el derecho y 
le hicieron mds humano; sus tribunoSy que eran un valladar 
inexpugnable contra las invasiones^del poder; y aun su mismo 
dictator, que concentraba todos los poderes y atribuciones en 
^pocas gravfsimas y excepcionales, son instituciones que de- 
muestran hasta qu^ punto llegaba la previsi6n de los romanos y 
cudnto velaban porque la grandeza de su pueblo no sufriera 
menoscabo. Por desgracia, cuando la astuta habilidad de Augus- 
to troc6 de hecho el gobierno republicano enmonarqufa, aunque 
respetando en la forma las instituciones republicanas, di6 el pri- 
mer paso para el imperio, que con sus arbitrariedades, con su 
inmoralidad y despotismo, su apego al fausto y A los goces sen- 
suales habfa de rebajar el cardcter de aquel pueblo tan grande, 
debilitdndole y hacidndole impotente para resistir las repetidas 
invasiones de los pueblos bdrbaros, que trafan todo el vigor de 
las nuevas razas. 

Para las artes no estuvieron dotados los romanos de origi- 
nalidad y fuerza creadora. De los etruscos recibieron las prime- 
ras nociones de arquitectura y con el tiempo hubieron de imitar 
A los griegos. Sin embargo, aunque inferiores d ^stos en el gus- 
to y pureza de las construcciones, imprimieron A sus obras un 
cardcter notable de solidez y utilidad y se dedicaron d diversos 
g^neros que los griegos habian descuidado, como cloacas, acue- 
ductos, anfiteatros, mausoleos, arcos de triunfos, caminos piibli- 
cos, termas, etc. En sus imitaciones de los griegos prefirieron el 
orden corintio, al que siipieron dar nuevas formas sin privarle de 
sus rasgos distintivos; y sustituyeron el empleo del arco y de la 



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— 3oS — 

bdveda A las plata-bandas y A los techos rasos, pudiendo utilizar 
de este modo materiales pequeflos y dar d los edificios dimensio- 
nesgrandiosas. De sus monumentos se conservan aiin muchos 
recuerdos en Espafla como los acueductos de Segovia y M^rida, 
el anfiteatro de Sagunto, el Monte furado u horadado en Galicia 
para dar paso al rio Sil, las ruinas deV templo de Augusto en 
Tarragona, etc. En la escultura no registra la historia el nom- 
bre de un solo escultor romano que pueda Uamarse grande, lo 
cual se explica porque, desde las guerras piinicas, los romanos 
llevaban de los pueblos vencidos una cantidad considerable de 
estdtuas, que, si por de pronto no Servian mis que para decorar 
los triunfos, Uenaron despu^s las plazas, los monumentos piiblicos 
y las casas de los particulares, dispensindoles sus espoliaciones 
del estudio y trabajo en este arte. Otro tanto se puede decir de 
la pintura, pues la mayorfa de las obras de algiin m^rito que 
habia en Roma 6 fueron despojos de los vencidos 6 ejecutadas 
por artistas griegos. La musica no fu^ en realidad cultivada por 
los romanos; asi que ni los cantos de los Arvales, ni las danzas de 
los Salios, ni los acompaflamientos de flautas en las ceremonias 
, fiinebres pueden Uamarse manifestaciones del arte, y cuando 
los miisicos griegos y asic'lticos afluyeron d Roma, la miisica 
griega estaba ya en decadencia, por lo que, si bien las ejecucio- 
nes musicales fueron grandiosas por el niimero de miisicos y 
cantores, que lleg6 A 11.000 en una naumaquia de tiempo de 
J. Cesar, es dificil hallar en ellas lo que constituye la esencia de 
este arte bello. 

No asi en la literatura. La literatura romana fu^ original en 
ciertos g^neros como la sdtira, la epistola y algo tambi^n en la 
elocuencia, y aunque imit6 d Grecia en la poesia, en la filosoffa y 
en las ciencias, lleg6 en su imitaci6n d igualar d los modelos. Es 
verdad, que dramiltica y positiva como el genio politico de los ro- 
manos, da poco d la imaginaci6n y A la fantasia y busca mis las 
aplicaciones d la conducta en la vida; que atenta principalmente 
d los negocios y d la politica, casi no se preocupa de lo relativo 
al alma'y d los problemas del destino humano; que estd falta de 
la riqueza y de la inspiraci6n inagotable del genio griego; pero 
tiene la literatura latina el m^rito y la originalidad de haber 
igualado la precisi6n y el vigor de su lenguaje con la firmeza y 
la energia del pueblo rey. 

V— Los bdrbaros que d fines del siglo iv y principios del v 
invadieron la peninsula son considerados generalmente como 
de rasa germdnica, Importa por lo raismo conocer lo que pasa 



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— 3^ — 

como opini6n mds autorizada respecto al cardcter y costumbres 
de los germanos, y lo que especialmente puede decirse de los 
godos, que asentaron su dominaci6n en Espafla logrando expul- 
sar de ella 6 anular A los demds pueblos. ;^a antigua Ger mania, 
situada probablemente entre el Rihn por el Oeste, el mar Bdltico 
por el Norte, el Danubio por el Sur y cuyos limites orientales no 
es posible determinar con aproximaci6n, efecto de las gue- 
rras continuas de estos pueblos con los slavos, estaba en tiempo 
de los romanos cubierta de inmensos bosques, y aunque su clima 
era duro por lo elevado de sus montaftas y las inundaciones de 
sus rios, tenia tambi^n extensos terrenos muy abundantes en 
pastos. 

Los pueblos habitantes de esta comarca cambiaron frecuen- 
temente de morada por las guerras incesantes que sostenian con 
sus vecinos, y muchos desaparecieron, fueron sometidos A otros 
6 emigraron. Desde mitad del siglo in de nuestra era A fines del 
IV parece que habia en la Germania cuatro grandes confedera- 
ciones: la de los sajones al Norte; la de los francos en el bajo 
Rihn; la de los alemanes en el alto Rihn, y haciael Danubio la 
de los godoSy que comprendia tambi^n los hdrulos y los gipidos, 
Habfa ademds muchos pueblos aislados entre los que se cuentan 
los marcomanos, los suevosj los borgoflones y los lotnhardos, 

Los caracteres flsicos de esta raza eran una gran talla, una 
fuerza extraordinaria, ojos azules, piel blanca y blonda cabellera 
que dejaban crecer, como distintivo de hombres libres. Acos- 
tumbrados desde la infancia d los rigores del clima, iban casi 
desnudos consistiendo por lo general su escaso vestido en una 
capa corta 6 en una piel sobre las espaldas. Su alimento era la 
carne que les proporcionaban la caza 6 sus propios rebaflos, la 
leche de los mismos y frutas silvestres. El amor d la libertad y 
la pureza de costumbres formaban los rasgos principales de 
su cardcter moraL Era cbstumbre general la monogamia, aun- 
que s6lo algunos prfncipes, y muy raramente, tomaban dos mu- 
jeres para facilitar la uni6n entre familias poderosas, y m^s 
por ostentaci6n que por perversi6n 6 vicio. Las mujeres no 
llevaban dote al matrimonio; al contjrario, la recibfan de su es- 
poso y consistfa ordinariamente en un par de bueyes, un caba- 
llo de batalla, escudo y armas, para indicar que la mujer debfa 
compartir con su esposo las fatigas y los peligros de la guerra. 
El adulterio era muy raro; la mujer culpable, desnuda y con los 
cabellos cortados era echada de casa del marido y paseada por 
la poblaci6n azot^ndola con varas. Las madres y sus mujeres les 



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— 310 — 

acompailaban d la guerra y no era cosa'extrafia verlas rivalizar 
con los hombres en valor, estimularles en la pelea, contenerlos 
en la fuga, restablecer el combate; y cuando la for tuna les era 
adversa ahogaban algunas veces d sus hijos y se daban la muer- 
te con sus propias manos para evitar la esclavitud. La hospita- 
lidad era tambi^n un distintivo de los germanos; nadie, sin des- 
doro, podia rechazar A un huesped, conocido 6 desconocido, y 
cuando marchaba se le daba cuanto en la casa le habfa gustado; 
pero tambi^n se le pedia con la misma libertad. Al lado de estas 
grandes cualidades tenian los vicios comunes A todos los pue- 
blos bdrbaros: la embriaguez, el juego, las reyertas sangrientas, 
y los odios hereditarios. Entre los suevos del Mcdiodia parece 
no se conoci6 la propiedad individual del terreno: todos los aftos 
se distribuian las tierras entre las familias y ninguna podia con- 
servar la suya pasado un aflo; parte de la poblaci6n quedaba 
cultivando las tierras mientras la otra estaba empeflada en leja- 
nas empresas. Las tribus septentrionales tenian mAs fijeza; cada 
padre de familia se hacia su cabafla aislada cerca de una fuente 
y de un raonte para el sostenimiento de sus ganados y se dedica- 
ba al cultivo de cereales, legurabres, lino; etc. Su vida era un 
t^rraino medio entre la completamente pastoral de los slavos y la 
sedentaria y agrlcola de los romanos. La poblaci5n se dividfa en 
cuatro clases: P los esclavos, compuesta por prisioneros de gue- 
rra, ndufragos y hombres que habian perdido en el juego su liber- 
tad: 2^ los colonoSj especie de siervos de la gleba con domicilio 
propio, hogar y familia; pero con la obligaci6n de pagar al seflor 
un canon 6 renta anual en cereales, comestibles y ropas, sujetos 
tambi^n al servicio militar y sin el derecho de tomar parte en 
las asambleas de la naci6n: 3*'^ los hombres libres 6 nobles; y 4* 
los principes 6 magnates, simples particulares poderosos, d los 
cuales se unian en calidad de compafteros otros nobles menos 
rico3 que les asisiian en las guerras. Al lado de estos jefes par- 
ticulares estaban los magistrados de la tribu. 

En cada cant6n habla un magistrado para administrar jus- 
ticia y terminar las discordias. El nombre de rey fu6 dado en 
tiempo de C^sar al jefe comiin militar de los suevos que les con- 
ducia en la guerra, y en tiempo de Tdcito parece se aplic6 tam- 
bi^n d un magistrado que s6lo ejerci6 funciones civiles y judicia- 
les. En la mayorfa de las tribus germdnicas el rey era elegido 
de la familia mds distinguida y el cargo era en ella hereditario. Su 
poder era limitado, principalmente en los pueblos occidentales y. 
en los de las costas del Occ^ano. Por cima de ^l estaba la asam- 



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— 311 — 

blea general de la naci6h, compuesta de todos los hombres li- 
bres y que se reunia muchas veces en los dias de plenilunio 6 
novilunio. A ella acudia armadoel pueblo, y la conservaci6n del 
orden estaba encomendada A los sacerdotes. La aprobaci6n de 
las proposiciones del rey se indicaba por el golpeo de los escu- 
dos con las armas, y la desaprobaci6n por murmullos y grilerfa. 
En estas asambleas eran sentenciadas todas las causas de interes 
general que llevaban aneja la pena de muerte: ^sta no podia ser 
Impuesta sino por toda la naci6n y ejecutada por los sacer- 
dotes. En algunas tribus el poder real era mucho mds ilimitado. 
Para el ca^o de guerra se elegfa un jefe conocido por sii bravu- 
ra, al cual obedecian todos los principcs u optimates y sus com- 
pafleros, y mandaba el ej^rcito mientras el rey permanecia a 
frente de la tribu. Cuando habfa peligro general para la tribu, 
todos los guerreros tomaban las armas y hasta las mujeresy los 
niftos seguian en carros A los ejdrcitos. Antes del combate can- 
taban una especie de himno guerrero poniendo los escudos de- 
lante de la boca para aumentar el ruido y espantar d los enemi- 
gos. Era ignominioso perder el escudo en la pelea; pero la hui- 
da 6 retirada para volver despuds sobre el enemigo, se conside- 
raba como acto de pnidencia y no como cobardfa. 

Como consecuencia del espfritu independiente de los germa- 
nes, eran muy limitadas las atribuciones de sus magistrados, no 
pudiendo prender d un hombre libre, ni aplicarle pena alguna 
corporal. 

La venganza prfvada era reconocida y sancionada como un 
derecho, y todo individuo estaba obligado d vengarlos agravios 
de sus deudos y amigos, haci^ndose de este modo implacables 
las enemistades y los odios de raza; pero podian expiarse los 
agravios por medio de multas 6 composiciones, que se dividfan 
entre el rey 6 el Estado y los ofendidos 6 sus parientes. Entre 
estos los sobrinos matemos eran tan queridos de sus tios como 
de sus padres y habfa quicn consideraba aquel vinculo como 
mils c strecho. 

En general los germanoseran supersticiosos; sacrificaban los 
prisioneros en honor de Marte; le ofrecian tambi^n las primicias 
del botin de guerra, y cuando tronaba, pensando que se hacia 
fuerza d los dioses, lanzaban sus flechas d lo alto para ayudarles. 
Creian en la inmortalidad del alma y en los premios y penas de 
la otra vida. Los sacerdotes custodiaban las ensefias militares de 
la naci6n, presidian las asambleas y ejecutaban las sentencias 
capitales, pues s61o ellos tenian el poder de herir d un hombre 



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libre. Habla tambi^n sacerdotisas & quienes atribuian el don de 
predecir los acontecimientos futures. 

Ademds de los rasgos propios de la raza germdnica, distin- 
guianse los godos por la pureza de sus costumbres y por la fide- 
lidad d sus mujeres; por el cariflo y afecto d sus parientes y ami- 
gos d quienes defendian como d si mismos; por su compasi6n 
hacia los pobres, d quienes procuraban descargar del peso de 
los tributes que imponian d los ricos; por su confianza en Dios, 
1 quien acudian y se encomendaban en sus empresas; y no obs- 
tante ser arrianos en su mayoria, respetaban d los sacerdotes 
cat6licos. Esto es principalmente lo que del car^cter moral de 
los godos dicen los historiadores contempordneos d su irrupci(3n 
en el imperio de Occidente, y por mds que la pintura sea algun 
tanto exagerada, es lo cierto que el sentimiento de la dignidad 
personal, la frugalidad y la templanza, el respeto d la mujer, la 
fidelidad conyugal y el horror d la esclavitud, aparecen consti- 
tuyendo el fondo del cardcter moral de este pueblo, en quien se 
infiltraron bien pronto las ideas y mdximas del cristianismo y 
que mostr6 desde luego gran gusto por la legislaci6n romana, 
lo que habia de facilitar mucho andando el tiempo la fusi6n de 
ambos pueblos en la peninsula. 

De la organizaci6n politica de los visigodos nos da idea el 
Fuero Juzgo; pero de ella habreraos de ocuparnos mds adelante, 
bastando ahora consignar que en dicho c6digo se proclam6, al 
menos impllcitamente, el principio de igualdad ante la ley, re- 
conociendo que ^sta, ademds de expresi6n del derecho, ha de 
ser universal, igual para todos, extraflad todo interds particular 
y dada para el pr6 comun; y se fund6 la legitimidad del poder 
publico en la justicia yla verdad por ser su origen divino, y en 
la observancia de las leyes d que subditos y principes deben aco- 
modar sus actos y estdn igualmente sujetos. 

VI — La Arabia, extensa comarca situada en la parte Occi- 
dental del Asia y comprendida entre el Mar Rojo por el Oeste, 
el golfo P^rsico y el Oc^ano Indico por el Oriente^ el golfo de 
Adem y el Oc^no Indico por el Mediodia, no tiene limites 
determinados por el Norte, donde sus vastos desiertos se confun- 
den con los de la Siria y la Caldea. Los griegos y los romanos la 
dividian en Arabia Felis^ correspondiente al lemen actual, 
Petrea y Desierta, La Atabia fud una de las comarcas de mds 
antiguo habitadas. Mucho tiempo antes del islamismo todas las 
tribus drabes se dividian en dos razas. La mds antigua, habitan* 
te del I^raen, se decia descendiente de Kahtan, que es el Jektan 



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- 313 - 
de la Biblia, y la mds moderna, originarm del Hid j as ^ la Arabia 
Pctrea de los antiguos, consideraban como su progenitor A 
Adndn, nietode Ismael. 

Los habitantes del Yemen 6 Arabia feliz cultivaban sus 
campos y comerciaban con las Indias Orientates, la Persia, la 
Siria y la Abisinia; pero la mayorfa de los jlrabes se dedicaban 
al pastoreo, haciendo vida n6niada y plantando por el momen • 
to sus tiendas donde el terreno les ofrecia pastos y aguas para 
sus G^anados. La necesidad de defender a sus familias y i^anados, 
6 de proteger las carabanas comerciales que trasportaban sus 
mercancfas d travds del desierto, les precisaba A ejercjtarse en 
las armas, con lo cual vino A ser el pueblo Tirabe pastor y gue- 
rrero A un tiempo, valiente 6 impetuoso, franco y hospitalario 
por sus tradiciones y costumbres patriarcales; pero violento, 
col^rico 6 implacable en su venganza, de la que hacfa una 
especie de culto, se trasmitia por herencia y era inextinguible 
en las familias y en las razas. La historia de los arabes durante 
su dominaci6n en Espafta, donde, desde los odios y rencores 
entre Muza y Tarik, los enconos y rivalidades entre los caudillos 
y los cmires se reproducen constantemente, prueba hasta que 
punto podfa llegar la safta y el caracter vengalivo de estas gen- 
tes, que en medio de su fanatismo religioso y de su odio {'i los 
cristianos, hacfan muchas veces treguas con ellos y hasta invo- 
caban su ayuda para luchar entre sf en fratricida giicrra, desco- 
nociendoen su ciega ira cuilnto favorecian con sus discordias la 
causa de los cristianos y c6mo labraban su propia ruina. 

La religi6n natural, en un principio la de los Jirabes, fue 
reemplazada andando el tiempo por multitud dc creencias, el ju- 
daismo, el sabeismo, la idolatrfa y las heregfas cristianas, hasta 
que todas dejaron su puesto al islamismo, predicado por Mahoma, 
y cuyos dogmas se contienen en el Cordn^ codigo <1 la vez reli- 
gioso, moral, politico, civil y militar de los musulmane,. Pres- 
cindiendo ahora de la parte litcraria de este libro dictado a 
Mahoma, segiin los drabes, por el angel Gabriel, y del orden y 
m^todo, que para nuestro actual prop6silo no es indispensable 
conocer, su dogma fundamental es la unidad dc Dios y la misi6n 
profdtica de Mahoma: ^No hay mds Dios que Dios y Mahoma 
es su prof eta,* Este dogma que tendi6il destruir la idolatrfa, 
fu^ sin duda un gran paso para la civilizaci6n de aquellas regio- 
nes y acaso aprendido p^r Mahoma en su comunicaci6n con los 
judios y cristianos. Son, ademds de la existencia y unidad de 
Dios, ensefianzas d.ogmj'iticas del Coran: la existencia de los 

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— 3'4 — 

ilnj^eles: la inmortalidad del alma; la verdad de las escrituras y 
de los profetas; la resurreccion; cl juicio final; los premios y 
penas, aunque sensuales, dcla otra vida, y la inmutabilidad de 
los decretos de Dios, que ha dcterminado de antemano el bien y 
el mal; de donde vino la (Vase estaba escrito\ expresi6n urjllica 
del fatalismo que pesa sobre los hijos del Islam. 

Las principales oblii^aciones del musulmiln se hallan conte- 
nidas en las palabras con que Mahoma dice contest^ el anoel 
Gabriel cuando este le preiijunto en que consistfa el islamismo> 
Kn creer que no hay mils que un Dios, dijo Mahoma, y'que yo 
soy su profeta; en observar riirorosaniente las horas de oraci6n; 
en dar limosna; en ayunar el Raniaddn^ y en hacer el viajc X 
la Meca, si es posible. Se prescriben adem^s como deberes de 
todo islamita las abluciones 6 purificaciones, la santiricaci6n 
del viernes, por creer que en tal dia cri6 Dios al hombre y por- 
que en dl hizo Mahoma su entrada en Medina, la abstenci6a del 
vino y demils licores f'ermentados, la de la carne de puerco y de 
cualquiera otro animal que hubiera muerto aho2:ado 6 de una 
caida 6 herido por otro animal 6 sacrificado A los idolos; perolos 
jlrabes de Espafta no cumplieron con fidelidad estos preceptos 
disculp*1ndose con la dureza del clima y las fati.uas de la jjuerra. 
Se prohiben los jue.iios de azar; pero se permite la poligfamia 
hasta con cuatro mujeres y varias esclavas. La limitaci6n en el 
numero de mujeres no comprendi6 A Mahoma, quien pretendfa 
haber recibido de Dios el privilejjio de tomar cuantas mujeres y 
concubinas quisiera, inclusa la perteneciente <1 otro. El divorcio 
eralfcito para los hombres por causas livianas; mas no asi pa- 
ra las mujeres que debian fundarlo en poderosas razones. Tales 
eran los principales preceptos morales del Cor^ln. 

l£n el orden civil son de notar como disposiciones de este libro, 
la c<msideraci6n iu:ual que daba d los hijos de las mujeres y de 
las concubinas, teniendo unicamente por bastardos A los hijos de 
las mujeres publicas y de padre desconocido; la desijifual distribu- 
ci6n de las herencias, de las que correspondla <i los hijos varonQS 
doble parte que ;\ las hembras; el casti^o del robo consistente en 
la p.^rdida de la mano; la pena del homicidio que se castiga con 
la muerte, aunque se admite tambi^n la composici6n con los 
parientes; la del talion, .admitida para los homicidios \' las in- 
jurias personales; y la del adulterio que se castiga con la 
muerte siempre que se pruebe con cuatro testigos presenciales, 
entendiendo que el testimonio de dos mujeres es equivalente al 
de un hombre. 



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- 315 - 

La propaganda de la doctrina de Mahoma por medio de la 
guerra cs lo mAs notable del Coriln, y en ^1 se ven multitud dc 
preceptos cncaminados A hacer del pueblo ilrabe una nacion de 
guerreros d servicio de la idea religiosa. La ifuerra A los que el 
Cordn llama inlieles se reputa como el servicio mds agradable 
a los ojos de Dios: los que sucumben combatiendo por la le son 
considerados como milrtires y entran inmediatamente A gozav los 
placeres del Paraiso; y la oblii^aci6n de acudir A las armas sin 
excusa ni pretexto alguno es comun A todos los musulmanes 
capaces de llevarlas, cuando se llama ;i la guerra santa. En las 
guerras contra los llamados intieles Les daban A elegir entre 
convertirse al mahometismo, 6 pagar un tributo continuando en 
la pnlctica de su reHi;:i6n, 6 aceptar las consecuencias de la 
lucha en la que, si vencian los musulmanes, condenaban A muer- 
te A los vencidos, 6 los reducian A cautiverio, asf como A sus hi- 
jos y mujeres. 

El Coran hizo de los ilrabes un pueblo conquistador por el 
lanatismo que supo inspirarles; pero en cambio, la fatalidad que 
hacia pesar sobre ellos el despotismo A que estaban sujetos, por 
rcconcentrarse todos los poderes y atribuciones i>ociales en un 
s6lo hombre, monarca, pontirtce, juez y caudillo a un tiempo; la 
I'alta de vcrdaderas jerarqufas en todos las 6rdenes por conse- 
cuencia del poder absorbente de aquel; y la oposicion A toda 
clase de innovaciones y reformas en la legislaci6n, condeno al 
pueblo musulm^n a la inmovilidad, por lo menos en su organiza- 
cion polftica. 

Sin embargo, los Arabes de Espafta se hicieron pronto indc- 
pendientes, nombrando un emir 6 jefe que, A imitaci6n de los 
califas, reunio la potestad civil y religiosa y Cue designado por 
\(f^jeqHes, personajes principales y ancianos de las tribus; fun- 
dando una dinastfa propia, que lleg6jd convertirse en califato, (5 
introduciendo algunos cargos desconocidos en el Oriente. 

El mexiiar 6 fueschua^ establecido por Abderraman, era 
una especie de consejo dc Estado al que solia consultarse en ca- 
sos graves; intervenfa para dirimir las luchas intestinas, y de €1 
salian los altos funcionarios, entre los que descollaba el hagib 
6 primer ministro, con atribuciones que abarcaban todos los ra- 
mos de la administracion publica. Al frente dc las provincias sc 
hallaban los vcalies 6 gobemadores, dependientes dircctamcnte 
del emir 6 del calira, y bajo la auloridad de aquellos estaban los 
wa^iresy lugartenientes de distrito, y los alcaides^ comandantes 
de Ibrtaleza. 



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— 3><> — 

La administraciOn de justicia competfa a los cadlcs^ quicncs 
pudian tambidn en caso dc necesidad reemplazar d los iniancs 
6 sacerdotcs, y entrc cllos el cadi dc los cadlcs, que era su prc- 
sidcntc, tenia jurisdicci6n tan elevada y sus facultades eran ta- 
lcs, que hasta los emires y califas no podian dispensarse de com- 
parecer ante su tribunal cuando por ^1 eran citados. A las ordc- 
nes d3 los cadfes habla un subalterno, llamado alwacil^ para 
prender A los delincuentes y ejecutar las sentencias. 

La sucesi(3n al trono era parecida A la entonces vi^ente en 
la monarqufa de Asturias y Le6n. El califa ordinariamcnte aso- 
ciaba al trono d su hijo predilecto 6 cuando menos le designaba 
como sucesor, alhadiy y para hacer la designaci6n eran convo- 
cados los altos funcionarios y los jeques principales de las tri- 
bus cl los que el monarca pedia su rcconocimiento. Muerto el 
califa era aclaraado solemnemente el principe jurado y se oraba 
por ^1 en todas las mezquitas 6 aij'atnas; sin que obstaran, ni 
esta aclamaci6n, ni aquel rcconocimiento anterior para que 
los que se creian injustamente postergados hicieran protestas 
y rcclamaciones y provocaran disturbios que muchas veccs 11c- 
garon" d tomar las proporciones de verdaderas guerras civilcs. 

En sus ej^rcitos, ademds de los carros y acdmilas, se sir- 
vicron de los camellos, traidos a Espafta para el trasporte 
de la impedimenta y campamentos. La fuerza principal y que 
mds estimaban era la caballeria, ligera como el viento y mon- 
tada por hdbiles ginetes, de gran <§xito en las algaras 6 rdpidas 
incursiones y sorpresas; pero que no siempre podfa luchar ven- 
tajosamente en las grandes batallas con la infanteria cristiana. 

La marina de los drabes espaftoles, insignificante en un 
principle, tom6 gran vuelo desde Abderramdn I, hasta el punto 
dc ser poderosa con el tiempo para contener las invasiones de 
los moros de Africa y las de los francos de Aquitania y tencr 
en constante alarma d las poblaciones del Mediterrdneo, asalta- 
das continuamente por corsarios sarracenos de Espafta, que las 
destrufan y saqueaban, reduciendo d cautiverio d los hombres, 
mujeres y niftos que cogfan. 

La civilizaci6n musulmana lleg6 al mds alto grado de cs- 
plcndor en los reinados de Abderramdn III y de su hijo Alaken 
II, quienes protegieron las artes, las ciencias y la literatura, llc- 
naron de grandiosos palacios y de suntuosas mezquitas la capi- 
tal del califato, d donde acudfan embajadores de casi todos los 
soberanos extranjeros, ganosos de adquirir la amistad del califa; 
donde se cultivaban las ciencias, se encontraban medios abun- 



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- 317 — 

dantes de ilustraci6n en sus numerosas escuelas, en sus famosos 
liceos y en el saber de sus renombrados maestros, y se custodia- 
ban los mds grandes monumentos producidos por la intcligencia 
humana en sus bien provistas bibliotecas. Aun se conscrvan re- 
cuerdos de aquella civilizaci6n y grandeza en las preciosas obras 
de arquitectura, que en Cordoba, Sevilla, Granada, etc., causan 
la admiraci6n de los viajeros y son reproducidas sin cesar por el 
grabado, la fotograffa y la escultura. El genio y la cultura dc los 
arabes, no obstante el antagonismo de rcligi6n y de raza, hubo 
de inlluir por precision en el modo de ser de los Estados cristia- 
nos, siquiera por la comunicaci6n establecida entre unos y otros, 
ya por el auxilio que d veces se demandaban y prestaban en sus 
hichas intestinas, ya por el trato amistoso entre algunos monar- 
cas drabes y cristianos, entre los que pueden citarse como ejcm- 
plo Alfonso VI y Almamum de Toledo, y Sancho I el Craso y 
Abderramdn III, en cuya corte fud aquel curado de su obesidad 
y de quien rccibio auxilios poderosos para recobrar el trono. 



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CAPITULO II 



EL TERRITORIO 



Que las diversas condicioncs del territorio pueden, segun di- 
jimos en la introducci6n, influir en cl modo de ser poUtico dc 
un pais, es cosa clara. La facilidad ii obstdculos que opone su es- 
tructura fisica d la comunicaci6n entre los distintos pueblos; la 
diversidad 6 semejanza de producciones naturales; la analogia 
de costumbres, de ijecesidades y de industrias, 6 la oposici6n de 
hdbitos y caracteres derivada del difcrente ejercicio que por 
precision ha de darse d la actividad segun los objetos que, como 
materias primeras, le ofrece la naturaleza del suelo, hacen mds 
6 menos conveni:)nte que otrv>, cierto r<Sgimen politico, mds 6 
menos posible la centralizacion 6 desccntralizaci6n administra- 
te va, y presentan mayores 6 manores facilidades para la for- 
maci6n y conservaci6n de la unidad nacional. 

Los rigores del frifj hacen dificil la vida por I'alta de mcdios 
dc subsistencia, y las familias sujetas A ellos tienden A disemi- 
narsc en busca de los escasos productos que el terreno les ofrccc. 
El calor excesivo cnerv^a las fuerzas 6 inclina A la x'oluptuo- 
sidad y a la indolcncia. De donde, mientras los habitantcs de 
aquellos climas nccesitan mas de la propia iniciativa porque 
cuentan muy poco con el auxilio de sus semejantcs, los dc estos 
son mils A proposito para dejarse impalsar y sc prestan filcil- 
mentc a la dirccci6n agena. Las comarcas situadas A orillas de 
los rfos caudalosos 6 en las riberas del mar, ofrecen medios po- 
derosos para la producci6n agricola 6 industrial, para la nave- 
gaci6n y cl comercio; y las comodidades de la vida, el frecuente 



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— 3»9 — 

trato y comunicaci6n con otros, hacen d sus pobladores aptos pa- 
ra la cultura y para las relaciones mOtuas, les facilita el cam- 
bio de vivienda sin riesgoy sin pena, y determina cierta volubi- 
lidad en su canlcter haci(5ndole acomodaticio y social. Por cl 
contrario, lo accidentado del terreno en los paises montaftosos 
exi^e el contfnuo ejercicio de las fuerzas de sus habitantcs; fa- 
cilita su desarrollo, aQfilidad y robustez; los h«ice altivos y va- 
lientes, acostumbrdndolos <1 luchar con los peligfros; y dificul- 
tando su comunicaci(3n con otras cbmarcas, los lio:a fuertemente 
al territorio en que viven, por cuya independencia luchan hasta 
el heroismo cuando las circunstancias lo exigen. AfiJidase ii cs- 
tas diferencias la derivada natural mente de la consideraci6n dis- 
tinta que ante la ley ha tenido la propiedad territorial, ya por el 
origen de las adquisicio nes, ya por la clase 6 estado de los pro- 
pietarios, y se verd facilmente que ha debido engendrar modos 
de ser diversos en las cosas y, por ende, en las personas que de 
las cosas viven. Estas indicaciones bastan para justificar que cl 
conocimiento del territorio nacional y principalmente de su con- 
sideraci6n le^al, es factor que ha de tenerse en cuenta para 
apreciar con justicia y sejjiin raz6n las instituciones polfticas de 
los pueblos. 

Si i\ los Ifmites naturales se hubiera exclusivamente de atcn- 
der, la peninsula ib^rica estaria sin discusi6n Uamada A consti- 
tuir un solo Estado, que A poder ser uno por el pensamiento y 
las aspiraciones como puede serlo por el territorio, ocuparfa lu- 
»?ar preferente entre las potencias, por su historia y por su fuer- 
za. Sin embargo, dunque los Ifmites de la peninsula pudieran 
determinar la formaci6n de un solo Estado nacional, 6iite debe- 
r£a organizarse, para serio racionalmente, con una base des- 
centralizadora, sobre todo para las grandes comarcas, si la es- 
tructura del territorio hubiera de consultarse. Cortado i^ste por 
altas montaAas y caudalosos rios, forma cuencas y planicies con 
climas, producciones, industrias y caracteres diversos que dan 
lugar A regiones distintas entre s( aun las del mismo centro, y 
mucho mds diferentes de las inmediatas A las costas. Pero de- 
jando A un lado el estudio de la estructura del terreno y sus 
condiciones climatol6gicas, cuyo conocimiento nos presta la Geo- 
grafia y no es peculiar de nuestro actual prop6sito, veamos 
A grandes rasgos la distinta consideraci6n que ha tenido en nues- 
tra patria la propiedad territorial A partir del imperio visig6tico, 
. con el que comcnz6 realmente el Estado espartol. 

Lo mismo en Espafta que en la mayor parte de Europa, se 



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— 3^0 — 

conocieron desde el siglo v hasta el siglo viii, y aun con poste- 
rioridad A ^ste, trcs clases de propiedad territorial, Hamflndose 
las tierras que constituian cada especie alodiales^ beneficiales 6 
tribtiiarias. 

Las alodiales, asi dichas de la palabra alodio^ loos lote, 
suerte, fueron en un principio las tierras que conquistadas por 
los invasores se sortearon entre ellos. El alodio s6lo se tenia, 
segQn frase de la ^poca, de Dios y de la espada, y en esto se 
distinguieron durante mucho tiempo las tierras alodiales de 
cualesquiera otras, aun de las poseidas en plena propiedad por 
otro tltulo que no fuera el de la conquista; aunque mAs adelante 
se aplic6 ya la denominaci6n de alodiales, d todos los terrenos 
poseidos en propiedad plena, desapareciendo la distinci6n primi- 
tiva. Tenian estas tierras por cardcter peculiar, juntamente con 
la plenitud de la propiedad y los derechos d ^sta inherentes, el 
ser independientes de todo otro que no fuera su duefto, sin estar 
sujetos d servidumbre, pecho ni tributo, y sin que la inmunidad 
de tales tierras se menoscabara porque sus duefios pudieran es- 
tar sujetos d ciertas cargas 6 gavelas respecto al rey, como re- 
galos en ciertas ^pocas, medios de trasporte para el prfncipe 6 
sus enviados, servicio militar, etc. 

En esta clase fueron sin duda comprendidos los dos tercios 
del territorio que los visigodos vencedores tomaron para sf, de- 
jando el resto d los vencidos. 

Los beneficios^ que algunos historiadores miran como origen 
del rt^gimcn feudal, debieron surgir naturalmente de las relacio- 
nes que antiguamente sostenian en la Germania los jefes con 
sus compafteros de armas, pues encargados aquellos, segiin Td- 
cito, de la subsistencia de <?stos, y estartdo su poder en relaci6n 
con el numero de adictos, erales necesario atraerlos y conser- 
varlos en su devoci6n por medio de regalos de armas y caballos 
6 por la distribucion del botfn, producto de contlnuas guerras. 

Las mercedes y recompensas con que los jefes remuneraban 
d sus compafkeros cambiaron despues de cardcter cuando, reali- 
zada la conquista, se asentaron en los territorios conquistados, 
y la propiedad particular de jefes, caudillos y reyes, \nsigodos 
especialmente, vino d constituirse por tierras arrebatadas d los 
habitantes del pals 6 d otros bdrbaros que le habian dominado 
con anterioridad. Estas tierras aumentadas en lo sucesivo, ya 
por la conquista, ya por confiscaciones impuestas como pcna, 6 
arbitrariamcnte, fueron empleadas para recompensar los servi- 
cios de los compafteros y para rcclutar otros nuevos, a quienes 



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— 3«> — 
atrala bajo la bandera del seftor la esperanza de sus mercedes. 
Este fu6 el origen de los beneficios, cuya antigUedad data del 
establccimiento de los bdrbaros en un territorio fijo. 

Los beneficios se concedian 6 A titulo de perpetuidad, 6 por 
tiempo limitado, ordinariamente por la vida del beneficiado: en 
este caso se llamaban precarios, Algunos eran revocados por la 
voluntad de los donantes, caprichosa d veces; pero excitada y 
justa otraspor la traici6n 6 deslealtad de los beneficiados. En la 
propiedad beneficial notdronse bien pronto dos opuestas tenden- 
cias; la de los seflores 6 reyes donantes, A sostener su limitaci6n 
por tiempo y su car^cter revocable, y la de los donatarios, A 
conservarla perpetuamente y d trasmitirla por herencia. Donde 
triunf6 esta liltima surgi6 el regimen feudal. 

Contra la opini6n de algunos autores que juzgan los benefi- 
cios donaciones puramente graciosas, sin obligaci6n alguna por 
parte de los donatarios, deducese de su origen que llevaban ane- 
ja la obligaci6n de acompaflar y ayudar t^ los seftores en sus em- 
presas y la de series fieles y leales, y buena prueba es que eran 
privados de ellos cuando d tales deberes faltaban. La propiedad 
territorial, alodial 6 beneficial, cambi6 las relaciones entre los 
seftores y los hombres que componian su hueste, pues si en un 
principio 6stos vivlan con su jefe lo mismo en la paz que en la 
guerra y eran propiamente sus vasallos^ es decir, comensales 6 
compafteros, cuando, dispersdndose, fueron d ocupar su propie- 
dad y d habitar en sus tierras, los derechos y deberes recfpro- 
' cos no surglan ya tan espontaneamente de la naturaleza de las 
cosas, haci^ndose necesario determinarlos de un modo concreto. 

Tributarias eran aquellas tierras, que ademds de no perte- 
necer en dominio pleno d. aquel que las cultivaba, estaban suje- 
tas al pago de un canon 6 tributo. Aunque esta propiedad exis- 
tfa ya en Espafla con anterioridad d la invasi6n de los bdrbaros, 
se aument6 considerablemente despues de ella. Es posible que 
que el tercio de las tierras dejadas d los habitantes por los inva- 
sores quedara en esta condici6n y lo es tambi^n que, al estable- 
cerse en un territorio determinado un jefe podei'oso, no se le 
apropiara todo, sino que dejara parte de dl d sus antiguos posee- 
dores contentdndose con exigirles el pago de algun tributo. 6 la 
prestaci6n de ciertos servicios. Ademds, las luchas que contlnua- 
mente se suscitaban entre los mismos conquistadores, y las pe- 
ripeciasde la conquista, que no fu^obra de un solo dia, debieron 
reducir d la condici<5n de tributarias muchas tierras libres, per- 
il 



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— 322 — 

tenecientes A los antiguos habitantes 6 d jefes bdrbaros, mAs d€- 
biles que sus,adversarios, 6 que buscaban la protecci6n de los 
mds fuertes pagdndoles un tribute en cambio de la seguridad" 
que esto les proporcionaba para sus personas y sus cosas. Aftd- 
dese d esto que muchos propietarios, ya alodiales, ya beneficia- 
les, no pudiendo por si cultivar sus tierras, las enagenaban d 
simples labradores mediante ciertas condiciones, prestaciones 6 
rentas estipuladas al efecto, y que por su multiplicidad y varie- 
dad de formas originaron la diversidad de derechos que con el 
tiempo se llamsLV on feudales. 

La distinta condici6n de las tierras produjo la considc- 
raci6n diversa de las personas en relaci6n con la propiedad, 
pues mientras los duefios de tierras alodiales eran como tales 
independientes, los de tierras beneficiales eran vasallos y depen- 
dfan en cierto modo del seflor d quien debian el beneficio, y los 
de tierras tributarias estaban sujetos d mucjias y muy varias 
obligaciones en relaci6n con el modo y forma de sus adquisicio- 
nes y con el origen de los censos, cdnones 6 tributos anejos d 
los terrenos que explotaban. 

Esta diversidad de condici6n de los terrenos pas6 con leves 
modificaciones desde los visigodos d los Estados cristianos que 
se fueron formando en la ^poca de la reconquista, y asf se ven 
en este perfodo tierras ingenuas 6 exentas de pechos y tributos, 
y tributarias 6 sujetas al pago de aquellos. Estas tierras cambia- 
ban d veces de condicidn segun era la de su propietario, de mo- 
do que cuando un terreno tributario pasaba d ser propiedad de 
una persona exenta, invocando ^sta sus privilegios los hacla ex- 
tensivos d todas sus adquisiciones, lo cual hubiera hecho impbsi- 
ble el sostenimiento de las cargas del Estado, si ^ste no acudie- 
ra d limitar la adquisici6a de tierras tributarias por personas 
exentas, prohibi^ndola en general, excepto en aquellos casos en 
que por privilegio particular se concediera. 

Tambi^n se distinguieron durante la reconquista y despu<5s 
de ella otras cuatro especies de tierras: de realengo, las que ra- 
dicaban en los lugares sujetos inmediatamente al seftorio del 
rey, quien teni:^ en ellos la plenitud dc la jurisdicci6n, y en los 
que todas las atribuciones del poder social, inclusa la recauda- 
ci6n de pechos, censos y tributes^ se ejercfan por delegados del 
monarca: de abadengo^ propias de las iglesias y monasterios y 
en las que los obispos y abades tenfan jurisdicci6n diversa segdn 
los tftuloSj modo y forma de estas adquisiciones, debidas princi- 
palmente d la liberalidad de los reyes 6 d la de simples parti- 



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— 323 — 

culares: de seflorlOy procedentes unas de las antiguas casas so- 
lariegas y otras de mercedes hechas por k>s reyes d los nobles 
y caballeros, ya en premio de sus servicios, jra Qomo donaci6n 
graciosa hacia sus devotos 6 afectos, y en las que tambi^ii ejer- 
cfan los seflorei la jurisdicci6n que con la propiedad les fue 
otorgada; de behetrla^ las comprendidas en el t^rmino de un 
lugar de los asi llamados, que ordinariamentc eran las rads exen- 
tas de gravdmenes y cuyos dueflos se estimaban independientes 
hasta el punto de juzgar que sus prestaciones eran hijas, mds 
que de la obUgaci6n, de cspontanea voluntad. 

Como estas tierras estaban mds 6 menos gravadas con im- 
puestos y sujetas d jurisdicciones distintas segun fuese su po- 
seedor, se prohibi6 varias veces por las leyes su trasmisi6n d se- 
ftores de otra clase, asi que las de realengo no podian enagenar- 
se d las iglesias y monasterios, ni estas pasar d realengo, como 
ni lasde seflorfo 6 solariegas d behetria 6 recfprocamente; pues 
entendiendo nuestros antiguos legisladores ser necesaria la pro- 
piedad territorial para el prestigio ^ independencia del poder y 
para la conservaci6n de instituciones u 6rdenes sociales conve- 
nientes en el organismo del Estado, como los institutos religio- 
sos y la aristocracia, asi como para la de las libertades locales, 
contrapeso de los anteriores, cuidaron en sus disposiciones de 
que no se absorbieran unos por otros dichos elementos, de que 
no perecieran por falta de los medios materiales que la propie- 
dad ofrece, y de no quedar sin recursos para las atenciones del 
fisco, si por acaso la mayor parte de la propiedad fuese d parar 
d manos inmunes. 

Vese por lo dichoque desde tiempos muy antiguos hubo en 
Espafia propiedad territorial de condici6n diversa, y esta des- 
igualdad, asf como la prohibici6n de enajenar bienes raices per- 
tenecientes d ciertas instituciones 6 fundaciones religiosas, cien- 
tfficas y ben^ficas, 6 d ciertas personas, nobles, caballeros y fijo- 
dalgos, se ha conservado hasta ^poca muy reciente, en que la 
influencia de otras ideas-, principalmente econ6micas y polfticas, 
ha hecho cesar las diferencias sujetando toda propiedad al pago 
de impuestos y declarando libre su trasmisi6n. 



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CAPITULO III 

LA RELIGION 



La influencia de las ideas religiosas en la vida politica y so- 
cial de nuestra patria se hizo sentir notablemente desde que en 
ella se establecieron los visigodos. Atraidos estos al arrianisnio 
por la predicaci6n de Ulfilas, profesaban los errores de esta sec- 
ta cuando vinieron d Espafta y el apego A sus doctrinas se tradu- 
jo por una intolerancia tal, que puso A veces en peligro la na- 
ciente monarquia, ya provocando guerras de^astrosas, como la 
que cost6 d Alarico el trono con la vida en la batalla de Poi- 
tiers, ya suscitando luchas intestinas, como la sostenida entre 
Leovigildo y su hijo, y dificultando la fusi6n de los conquistado- 
res arrianos con los hispano-romanos, cat61icos en su mayorfa. 
Convertido Recaredo al catolicismo, desaparece el obstdculo que 
la diversidad de reUgi6n oponfa A la unidad nacional, y el espiri- 
tu cristiano se abre paso en las leyes y en la organizaci6n del 
Estado, inspira los mds trascendentales acuerdos de los conci- 
lios toledanos y prepara la fusi6n en uno solo de ambos pueblos. 
Cuando mds adelante, repuestos los cristianos de la sorpresa y 
aturdimiento que les causara la brusca y rdpida invasi6n mu- 
sulmana, la religi6n congrega A un puftado de valientes en las 
montaftas de Asturias y de Sobrarbe, en nombre de la Cruz y 
con su auxilio emprenden la obra 6pica de la reconquista, de que 
ningiin otro pueblo dene ejemplar en la historia y llevada d 
cabo con el concurso de la f^, de la constancia y del amor de 
la libertad y de la patria. El espfritu religioso reanima A los 
abatidos espaftoles despues de Covadonga y en la batalla de 
Clavijo; reune los estados cristianos en la de Calalaftazor; 



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— Sus- 
ies alienta en la in mortal de las Navas de Tolosa; palpita en 
todas las empresas de los monarcas espafloles; se siente hasta 
en las frases sublimes con que el jefe de los comuneros contie- 
ne los arranques de Juan Bravo al subir la escalera del patibulo; 
acompafla con Fray Bartolom^ de las Casas A los heroes y i los 
aventureros espafloles mds alld de los mares; empuja las flotas 
de don Juan de Austria contra las hasta entonces invencibles de 
los turcos; opone tenaz resistencia al desarrollo y d la invasi6n 
en Espafta de la andrquica Reforma; lucha por la independencia 
de la patria contra el coloso dej siglo xix; se maniiiesta vivo y 
grande en la primera constituci6n espaflola al proclamar, no 
obstante la perturbaci6n producida en los espiritus por los fil6- 
sofos, enciclopedistas y revolucionarios franceses, que "la Veli- 
gi6n de la naci6n espaflola es y serd perpetuamente la cat6lica, 
apost6lica, romana, unica verdadera;„ y produce violentas sacu- 
didas 6 sirve de pretexto A terribles luchas civiles en los moder- 
nos tiempos cuando la impiedad 6 la [imprudencia polftica atenta 
contra el sentimiento de los espafloles. 

Pero el fervor religioso se manifest6 desde los primeros 
tiempos intolerante y hasta cruel con los sectarios. El Fu^ro 
Juzgo contiene en su libro XII, tits. II y III dupl. muchas leyes que 
tienden d hacer imposible la vida de los judfos en el reino visi- 
godo, prohibi^ndoles celebrar la pascua, guardar el sdbado, cir- 
cuncidarse y casarse segiin su ley, abstenerse de los manjares 
prohibidos, prestar testimonio contra los cristianos, etc.; san- 
cionando todas estas disposiciones, aceptadas por los judios se- 
giin la ley XVI, tit. II del c6digo romanceado, con la pena de 
muerte 6 con la mds dura servidumbre, y ratificJindolas y aumen. 
t^dolas con otras posteriores insertas en el mismo libro, que 
prueban hasta qu^ punto las ideas niAs grandes y los sentimien- 
tos mds elevados pueden engendrar la tiranfa y la injusticia, 
cuando arraigan en mentes extraviadas 6 en corazones sobre- 
excitados por la pasi6n. Sin embargo, sean cualesquiera las 
censuras que merezca la conducta intolerante de los visigodos 
cat61icos para con los judfos, tal crftica no mermard en nada 
los servicios que la Iglesia prest6 d aquella sociedad, ni los md- 
ritos contraidos por los obispos en la obra de la civilizaci6n. El 
mismo Fuero Juzgo nos suministra pruebas inequfvocas de esta 
influencia transcribiendo cdnones de los concilios en que, ora se 
encarga d los reyes sean justos y misericordiosos, ya se previc- 
nen los trastornos y ambiciones desmedidas procurando asegu- 
rar la libertad en la elecci6n de los monarcas y evitar interreg- 



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— 326 — 

nos, ora se inculca A los principes que tenj^an virtudes patri6ti- 
cas y que no sean arbitrarios ni d^spotas con los subditos, ya 
se hace distinci6n entre los bienes del principe como tal, y los 
que pueda tener como particular, acaso para prevenir toda ten- 
dencia d los reinos patrimoniales, etc., etc. Leyes II y sig. del 
tftulo primero. 

Y aun cuando el extra vfo de los que mandan pudiera desna- 
turalizar el sentlmiento religioso y hacerles abusar de su poder 
en nombre de ^ste, siempre serfa cierto, como dice Montesquieu, 
"que la religi6n es el unico fre\io capaz de contener d los que las 
leyes no contienen; que el principe que ama y teme la religi6n es 
un leon que cede d la mano que lo apacigua y acaricia; que la reli- 
gl6n cristiana es contraria al despotismo puro por cuanto la dul- 
zura que recomienda el evanjelio se opone d la c61era desp6tica 
de que los principes necesitan para cometer injusticias y ejercitar 
sus crueldades, y los hace tambi^n mils capaces de sujetarse d 
las leyes y de conocer que no lo pueden todo; que, aun sin propo- 
nerse al parecer mds objeto que la felicidad de la vida lutura, 
la religi6n cristiana forma tambi^n la de la presente; y que los 
pryicipios del cristianismo, bien gravados en los corazones, se- 
rian infitiitamente mds fuertes que el falso honor de las monar- 
qulas, las virtudes humanas de las republicas, y el temor ser- 
vil de los Estados desp6rtcos.„ 

Con ser tan cierta la ben^fica influencia de las ideas religio- 
sas, la consideraci6n, el respeto, los privilegios que con fre- 
cuencia otorgaron los reyes A los ministros de la religi6n lleva- 
ron d ciertos espfritus, en quienes ha predominado principal- 
mente el sentimiento de la igualdad, d declamar contra preemi- 
nencias tales y, cegados por la pasi6n, d confundir en un solo 
anatema la religi6n y los privilegios concedidos d los minis- 
tros, d las iglesias, fundaciones 6 instituciones religiosas. Es 
muy cierto, por lo que hace d nuestra Espafla, que, desde la mo- 
narquia visigoda, fueron rodeados los ministros 6 instituciones 
eclesidsticas de franquicias, mercedes y distinciones que los 
constitufan en una sitliaci6n excepcional y preeminente y daban 
al clero godo una grande autoridad en todas las esferas sociales. 
Asi lo prueban entre otras la ley I, tftulo preliminar, en que 
el rey Sisenando encarga d los padres del concilio que velen por 
la guarda de los derechos de la Iglesia y que enmienden las fal- 
tas y corrijan los abusos; la XXVIII, lib. II, tit. I, en que Flavio 
Rescindo encarga d los obispos "amonestcn los iuezes que iud- 
gan tuerto contra los pueblos que meioren, ^ que fagan buena 



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— 3^7 - 

via € que desfagan lo que iudgaronmal;„... la I, tit. I, lib. V, en 
que se establece la amortizaci6n eclesidstica: "d por ende esta- 
blecemos que todas las cosas que fueren dadas d las eglesias 6 
por los piincipes 6 por los otros fieles de Dios, que sean siempre 
firmadas en su juro de la eglesia;„ y las I, II y IV, tft. Ill, lib. IX, 
relativas al asilo eclesidstico; disposiciones que, como toda ley 
referente A privilegios de la Iglesia, ban sido criticadas con m^s 
6 menos dureza en los modernos tiempos. Pero^ "como no fu6 la 
violencia, dice cl Sr. Colmeiro, el medio usado para enseftorearse 
del corazon de los pueblos, importa descubrir el misterio de 
aquella blanday suave dominaci6n„... "Cuando los reyes visigo- 
dos, continiia el autor citado, se propusieron levantar una mo- 
narqufa fuerte y duradera en Espafta, buscaion el arrimo del 
clero como la yedra se reclina en algun tronco que la sustenta, 
y un clero, tan seflor de las voluntades que ofrece una parte de 
su autoridad al prfncipe, no es maravilla si se reserva "otra ma- 
yor para si mismo. Las leyes y los cdnones se prestaban mutuo 
socorro: el codigo criminal y el eclesidstico se completaban jun- 
tando A la pena la penitencia; y en suma, si el sacerdocio impar- 
^tfa el auxilio del imperio para dominar las conciencias, tambi^n 
en cambio el imperio solicitaba el ayuda del sacerdocio para 

mejor reprimir los actos extemos La pompa de las ceremo- 

nias cautivando el dnimo de la muchedunibre:... el derecho do 
asilo mitigando el rigor dg las leyes: la emancipaci6n de los 
esclavos, la protecci6n de los libertos y su promoci6n d las 6r- 
denes mayores; el socorro dispensado A los pobres, hu^rfanos y 
viudas y en general A cualquiera persona miserable: la igualdad 
de todos los hombres en la casa de Dios, donde se confundian el 
libre y el siervo^ el noble y el plebeyo, el godo y el romano: la 
enseflanza del clero en las escuelas, abiertas A la juventud incli- 
nada A las letras, todo contribuia A que los obispos y sus mi- 
nistros se grangeasen el amor y el respeto de las gentes en un 
periodo de nuestra historia en el cual los dercchos y deberes 
politicos cedian el paso A los afectos € intereses religiosos.„ 

Iniciada la reconquista bajo la ensefianza de la cruz y d su 
amparo, los primeros triunfos de los cristianos fueron mirados 
como favor especial del cielo, y la intolerancia religiosa bubo de 
reproducirse contra los judios y manifestarse dura y en^rgica 
en los primeros tiempos contra los moro3, cl quienes miraban 
aquellos como enemigos de su Dios y de su patria. Sin embargo, 
el cardcter humilde y astuto de los judlos les facilit6 intruducir- 
se en los pueblos y ciudades, y con su habilidad en el manejo de 



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Iqs negocios, juatamente con la tenacidad en sus prop6sitos y 
con su pericia y saber, Uegaron d insinuarse en el dnimo de al- 
gunos monarcas cristianos que utilizaron sus servicios como 
medicos, recaudadores de tributos, tesoreros y administradores 
de las rentas reales. Pero estas distinciones de los reyes y aun 
los mismos ordenamientos y concesiones que A veces pudieron 
obtener no les libraron del estigma, ni se les permiti6 vivir 
mezclados con el resto de la poblaci6n, sino en barrios aislados, 
A que llamaban juderlas^ ni el odio del pueblo ces6 nunca de 
perseguirles, desbordAndose d veces en asonadas y motines en 
que corria la sangre hebrea. 

La lucha con los moros, de raza y religiosa d un tiempo, 
hubo de ser en un principio de esterminio, aun mds por parte de 
los cristianos que por parte de los conquistadores, fen6meno que 
facilmente se explica, sin recurrir A la mayor cultura y mayor 
habilidad polftica de los drabes, por la tendencia d disfrutar 
tranquilamente la posesi^n adquirida y por la benevolencia na- 
tural que el bienestar engendra. Prueba es de ello que, cuando 
los cristianos lograron extender su territorio y se consideraron 
con fuerza y con vigor bastante para conservar su independen- , 
cia en ^1, se modificaron sus relaciones con los musulmanes, d 
quienes prestaban y pedian en ocasiones auxilio y permitieron 
tambien vivir dentro del territorio recobrado, d la manera como 
algunos cristianos vivieron desde el principio, con el nombre de 
tnusdrabes^ en el pafs conquistado por los sarracenos. En estas 
alternativas vivieron, pues, moros y judfos en los estados cris- 
tianos durante la reconquista hasta que las medidas trascenden- 
tales adoptadas por los Reyes Cat61icos cambiaron radicalmente 
el aspecto de estas relaciones. 

El celo religioso de los monarcas; la aversion de los cristia- 
nos d los judfos y d los moros; el peligro, verdadero 6 supuesto, 
que las inteligencias entre unos y otros ofrecian para la recon- 
quista y su consolidaci6n; la codicia insaciable de aquellos, que 
tenia vejados con exhorbitantes usuras y exacciones d nobles, ca- 
balleros y pecheros y para cuyo correctivo ni bastaban leyes ni 
Servian tasas contra la astuta sutileza de aquellos logreros, tan 
hdbiles para eludirlas como para explotar la necesidad agena; 
y por liltimo, el espfritu de la ^poca, intolerante de suyo en to- 
das partes, llev6 d los Reyes Cat6licos, juzgando insuficientes 
los medios represivos consignados en anteriores disposiciones, 
d pedir primero para sus estados el establecimiento de la Inqui- 



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- J^ - 

sici6n, conocida ya en Arag6n y en otros pueblos de Europa, y 
A decretar despues la exputsi6n de los judios. 

ElestableciniientodelaInquisici6n, con sujurisdicci6n, pro- 
cedimientos y penas especiales, ha exaltado en los modernos 
tiempos las pasiones y llcvado la lucha i\ los espiritus, presen- 
tdndolo, de un lado, como tribunal horrendo, instrumento d{^ 
despotismo polftico y religioso, contrario d la humanidad y & la 
dulzura evang^lica, opuesto A la civilizaci6n y al progreso de la 
inteligencia y avasallador, suspicaz, receloso y egoista, mien- 
tras que, de otra parte, se ha estimado como valladar en que se 
estrellaron las maquinaciones de los enemi<jos de la patria, sal- 
vaguardia y garantia del orden y de la autoridad en aquellos 
tiempos de turbulencia y de lucha material y en las conciencias, 
Boston de la uaidad nacional, dique A la invasi6n en Espafla de 
la heregla y baluarte de la unidad en la fe, compaiiera insepara- 
ble de niiestra gloria. 

No es nueitra misi6n escudiiftar lo que haya de verdad en 
los rudos ataques de los unos, ni en las apasionadas alabanzas 
de los otros; pero sf es justoconsignar que, como hecho hist6ri- 
co, tiene su explicacipn satisfactoria, d mAs de las causas indi- 
cadas arriba, en que fu(5 una instituci6n comiin A toda Europa 
desde que las heregias armadas amenazaron, juntamente con las 
creencias religiosas y con los preceptos morales, la existencia 
de los tronos, de la propiedad y de la familia, y pusieron en pe- 
ligro la vida de muchos estados y aun de la misma sociedad, 
con sus distufbios, con sus revueltas y sus guerras. Es cierto 
que la pluma y el pincel han cargado de negras tintas todos los 
cuadros destinados A representar escenas del tribunal terrible; 
pero acaso sea tambien cierto, como dice Balmes, que se han re- 
sucitado de golpe otros siglos con su rigor, con su dureza, y 
todo exagerado, todo agrupado, presentando en conjunto he- 
chos ocurridos en diferentes lugares y en el transcurso de largo 
tiempo; "y no deben perder nunca de vista el orador ni el es- 
critor que no es legftimo el movimiento excitado en el dnimo si 
antes no le convencen 6 nole suponen.convencido; y ademds, es 
una especie de xnala f6 tratar linicamente con argumentos de 
sentimiento materias que por su misma naturaleza s61o pueden 
examinarse cual conviene^ mirdndolas A la luz de la fria raz6n.„ 

Por otra parte, cualesquiera que fuesen los rigores de la In- 
quisici6n espaflola, no debe hacerse de ellos c6mplice A la reli- 
gi6n, ni aun A la misma autoridad eclesidstica. "Los encausados 

4i 



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— 330 — 

por la Inquisici6n 6 que temian serlo, observa tambi^n el autor 
del Protestantismo comparado con el Catolicismo, procuran de 
todas maneras sustraer^e d la acci6n de este tribunal, hviyen de 

Espafla y se van d Roma; Roma se incUnaba siempre al par- 

tido de la indulgencia; en bula expedida en 2 de Agosto de 1483 
el Papa hacia notar d los reyes Fernando € Isabel que la miseri- 
cordia para con los culpables era mds agradable d Dios que el 
rigor de que se querla usar, como lo prueba el ejemplo del Buen 

Pastor corriendo tras la oveja descarriada; en la Inquisici6n 

de Roma, no se ha llegado jamds d la ejecuci6n de una pena ca- 
pital, d pesar de que durante este tiempo han ocupado la silla 
apost61ica Papas muy rfgidos y muy severos en todo lo tocante 
d la admini5traci6n civil; y por ultimo, los Papas con un tri- 
bunal de intolerancia no derramaron una sola gota de sangre, 
mientras que los protestantes y los fil6sofos, la hicieron correr 
d torrentes.„ 

De todos modos, el tribunal de la Inquisici6n, en lo que sig- 
nifica intrusi6n del Estado en el fuero interno, intolerancia del 
poder civil con las creencias y presi^n en las conciencias, es 
contrario d lo que dicta la raz6n y ensefla el derecho, y Su aboli- 
ci6n en Espafla ha de mirarse, considerada imparcialmente', co- 
mo un verdadero adelanto en el orden juridico y social. 

Ademds de la expulsi6n de los judfos, dictada por los Reyes 
Cat61icos y d que aludimos antes, no fu6 tampoco extrafla d la 
influencia del espiritu religioso, aunque pudo tambi^n obedecer 
d motivos poUticos, la expulsi6n de los moriscos en tiempo de Fe- 
lipe III. 

Desde la conquista de Granada y por virtud de las capitula- 
ciones para su entrega quedaron en Espafla muchos moros d 
quienes se garantiz6 el ejercicio de su cultp y la conservaci6n de 
sus mezquitas, d semejanza de lo que sucedi6 con los tnudejares 
despues de la conquista de Toledo por Alfonso VI; pero, sea que 
el celo irreflexivo, la intolerancia de los cristianos y los abusos 
cometidos contra los moriscos para convertirlos y bautizar d sus 
hijos excitaran la c6lera de los recien conversos; 6 que fueran 
naturalmente inquietos, descontentos y mal avenidos con la p^r- 
dida de su antigua patria y con la sujeci6n actual, es lo cierto 
que aun d raiz de la reconquista, en tiempo de los Rej'^es Catoli- 
cos, se levantaron los moros de las Alpujarras y que en tiempo 
de Felipe II se sublevaron de nuevo bajo la direcci6n de Aben- 
Humeya, llamado como cristiano D. Fernando de Valor, procla- 
mdndose independientes, defendidndose durante dos aftos en las 



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— 331 — 

asperezas de la sierra y haciendo vfca de foragidos^ hasta que 
D. Juan de Austria pudo someterlos, con lo que concluy6 la in- 
surrecci6n, cuyos mantenedores fueron castigados duramenta^ 
intern^ndolos y discminilndolos por las distintas provincias, para 
que no pudieran en lo sucesivo ponerse de acuerdo ni comunicar« 
se con los moros que habian pasado el estrecho. 

La enemiga y aversion mutua, nunca extinguida entre los 
cristianos antiguos y los nuevamente convertidos; el natural 
avieso de estos; su tendencia d evitar todo trato con aquellos y «i 
impedir que nadic se enterase dc su modo de vivir; la misma en- 
vidia que excitaban la comodidad con que vivian y las riquezas 
que con su industria y economia llegaron d atesorar, hacian im- 
posible toda uni6n entre unos y otros y decidieron en tiempo de 
Felipe III su expulsi6n^ en lo cual ciertaraente el monarca no hi- 
zo otra cosa que dejarse llevar por la opini6n, de la que partici- 
paban hombres tan eminentes como Cervantes y el Arzobispo 
de Valencia, Juan de Rivera, pues no faltaban racionales moti- 
vos para creer en las secretas inteligencias de los ntoriscos con 
los africanos y con los turcos, 6. lo cual se podfa aftadir la con- 
tinua excitaci6n en que vivfan, como materia dispuesta para to- 
da clase de trastornos, unica esperanza de volver A los parados 
tiempos. Sin embargo, aunque la expulsi6n de los turbulentos 
moriscos pudiera cohonestarse como medida polftica impuesta 
por la necesidad para conservar la paz interior, no menguaria 
en nada tal disculpa las p^rdidas que produjeron en el orden 
econ6mico el abandono de los campos, la dcspoblaci6n de las 
ciudades y la desaparici6n de muchas industrias; ni justificaria 
nunca la manera cruel como se llev6 d efccto, ni las vejaciones, 
injusticias y malos tratamientos de que se hizo vlctimas d los 
dcsdichados moriscos. 

Como contraste con las medidas anteriores y para rendir 
culto d la imparcialidad, deben notarse dos hechos de trascenden- 
cia mds 6 menos directa al orden religioso; la expulsi6n de los 
jcsuitas por Carlos III, y la abolici6n de las 6rdenes mondslicas 
en los primeros aftos del reinado de Isabel II. 

La primera de dichas medidas, dictada, segun losdetracto- 
res de los jesuitas, por la intervenci6n que se les atribuia en ca- 
si todos los asuntos polf ticos, por la influencia que alcanzaban en 
las cortes de los reyes, por su grande ascendiente sobre el pue- 
blo, y otras andlogas, f\x€ debida principalmente, segun Guiller- 
mo Coxe, al «buen ^xito de los medios que emple^ron sus ene- 
migos para hacer creer al Rey que el levantamiento que acaba- 



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- 332 — 
ba de verificarse en Madricfliabia sido excitado por sus intrigas 
y que estaban formando otras contra su propia familia y aun 
contra su persona. „ 

La manera como se llev6 d cabo la expulsi6n lu<5 por lo mis- 
teriosa verdaderamente inquisitorial, aunque dirigida por los 
que pudieran llamarse precursores del liberalismo en Espafla, 
tomilndose las mayores precauciones y siendo tan r^pida la eje- 
cuGi6n, que los habitantes de la capital no supieron lo que habfa 
ocurrido hasta por la mafiana, cuando ya estaban lejos lols jesui- 
tas embarcados para Civita Vecchia, donde no pudieron desem- 
barcar, perraaneciendo mientras tanto "amontonados como cri- 
minalcs A bordo de los buques de trasporte durante la estaci6n 
mds enfermiza y en un clima mortffero. Un niimero considerable 
de ancianos y de enfermos, 6 de los que habian padecido al cam- 
biar de repente su modo sedentario de vivir, perecieron A vista ' 
de tierra; y en fin, despues de haber cruzado por el Mediterr^- 
neo durante muchos dias, expuestos d las tempestades y borras- 
cas, fueron acogidos en la isla de C6rcega. Los que tuvieron la 
desgracia de sobrevivir A las fatigas anteriores fueron dcposita- 
dos como fardos de mercancias, acostados en el suelo, y care- 
ciendu casi de las cosas necesarias A la vida.,, 

En las colonias f\x6 ejecutada la sentencia de la expulsi6n 
con no menos misterio y prontitud, y es digna de notar, como la 
m^s elocuente protesta contra el rigor y arbitrariedad de las 
medidas tomadas contra ellos, la conducta obediente y sumisa 
de los jesuitas, aun en los mismos puntos donde hubieran po- 
didQ, si quisieran, oponer eficaz resistencia. "Se miraba la 
ejccuci6n del decreto, continua el autor de Espafta bajo la Ca- 
sa de Borbdfty como muy dificil en el Paraguay, temidndose que 
los jesuitas que se habian opuesto con las armas A las cesiones 
hechas al Portugal, acostumbrados- como estaban, hacfa tanto 
tiempo, A gobernar con un poder absoluto A recien convertidos 
que los adoraban, se negasen A someterse tranquilamente <l lo 
que de ellos se exigia; pero no hubo all! tampoco la menor opo- 
sici6n. Manifestaron los jesuitas la mayor resignaci6n; y toda- 
vfa mds notable porque, humill^ndose ante la mano que los opri- 
mia, sosegaron A la muchedumbre irritada, y se dejaron condu- 
cir hasta la costa, donde los embarcaron para llevarlos A Euro- 
pa. „ Y Pages, citado por el rhismo autor, se expresa asf respecto 
A los jesuitas de la isla de Samar (Filipinas): "halldndose en una 
posici6n en que hubiera podido el extremado cariflo de los indios 
hacia sus pastores, con mu}^ poca ayuda dc su parte, dar lugar A 



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— 333 — 

todos los des6rdenes que acompaftan & la violencia 6 insurrec- 
ci6n, los he visto obedecer el decreto de su abolici6n, con la 
deferencia debida d la autoridad civil, y al mismo tiempo con la 
calma y firmeza de almas verdaderamente her6icas.„ 

Por \iltimo y siguiendo la narraci6n de Coxe, "despues de 
reducirlos A tal estado de proscripci6n, no solo les fu^. prohibido 
el justificar su conducta, sino que se declar6 que, si un solo je- 
suita trataba de publicar la m<is pequefla defensa A favor suyo, 
se quitaria d todos al instante la pension, y que todo subdito de 
Espafla que se atreviera A publicar un escrito, fuese en pr6 6 
en contra de la ordcn abolida, serfa castigado como culpable de 
lesa magestad^ cuyas medidas sedan apenas inteligibles para no- 
sotros que viviraos bajo un gobierno libre, si no fuese probada 
su verdad por el-edicto mismo de su expulsion. „ 

A la abolici6n general de las 6rdenes mondsticas prcceii6 
la matanza de frailes en Madrid (1834), hecho que, narrado y 
juzgado, si bien con cierta parsimonia, tomamos de la Historia 
de Espafla continuada por E. Chao, cuyo testimonio no dcbe in- 
fundir sospechas ^ los mds liberales. Invadida la capital por el 
c6lera-morbo, que habia recorrido varias provincias, "no falt6, 
dice, quien esparciera la voz de que mataba menos el c61era que 
el veneno que los frailes echaban en las aguas; y el pueblo, 
siempre credulo, le di6 f^. Bast6 sorprender en la fuente de la 
Puerta del Sol d un muchacho con un papel de polvos, que se 
dijo ser el supuesto veneno, para que se alzase un clamor feroz 
pidiendo venganzay esterrainio.Las turbas encrespadas, siguien- 
do inadvertidas d ciertos guias, acometieron el colegio de jesui- 
tas, sito en la calle de Toledo, forzaron las puertas, invadie- 
ron los claustros, y apenas qued6 uno con vida de cuantos ha- 
llaron. Otros grupos se dirigieron 4 los conventos de San Fran- 
cisco el Grande y Santo Tomds, que en breve quedaron tambidn 
cubiertos de cadilveres. En vano vefan inermes d sus moradores 
6 implorando piedad; unos d tiros, otros d sablazos 6 puftaladas, 
sucumblan bajo el brazo de hombres desalmados y furiosos. Si 
alguno de aquellos infelices intent6 defender su vida, solo consi- 
guio enardecer d los asesinos y alcanzar mds fiera muerte. Pe- 
recieron asl mds de cien, casi A presencia de las mismas autori- 
dades, que con asombro general nada hicieron ni para precaver 
ni para reprimir tales excesos. Tild6se por esto d varios de con- 
nivencia; pero nada pudo saberse claramente.„ 

Tal fud el preludio de los decretos de 4 de Julio, 25 de Ju- 
lio y 11 de Octubre de 1835 dictados, en una 6 en otra forma, con- 



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— 334 — 

tra los institutes reli^iosos; de 30 de Octubre de 1836 supri- 
miendo todos los conventos, monasterios, colegios, congregacio- 
nes y denies casas de comunidad 6 de institute religioso de 
varones, inclusos los de clc^rigos regulates y los de las cuatro 6r- 
denes militares y de San Juan de Jerusalem; y por liltimo, de la 
ley de 22-29 de Julio, extinguiendo en general todos los con- 
ventos. 

No hallamos medio de cohonestar los hechos y disposicio- 
nes precedentes, como tampoco los andlogos que siguieron A la 
revoluci6n de 1868, con las ideas profesadas y principios procla- 
mados por sus fautores; ni podemos hallar razones para hacer- 
los compatibles con el derecho natural de reuni6n y asociaci6n 
consignado en todas las constituciones medianamente libera- 
les(l). 



(i) Las disposiciones priocipalcs, consignadas en las const ituciones e^pafio- 
las respecto d religi6D, son las siguientes: 

Const, de j8i2, — Art. 12. I,a re]igi6n de la Naci6n espaftola es y serA i)cr- 
petuamente la cat6lica, apost6lica, romana, linica verdadera. I>a Naci6n la protege 
por leyes sabias y justas, y probibe el ejercicio de cualquiera |otra. 

Const, de i8s7. — Art. 1 1 . La Naci6n se obliga d mantener el cuko y los mi- 
nistros de la religi6n cal6Uca que profesan los espafioles. 

Const, de 184J. — Art. 11. La religion de la Naci6n espafiola es la cat6!ica, 
apostdlica, romana. £1 Eslado se obliga d mantenet el culto y sus ministros. 

Const, de iSjd (no promulgada). — Art. 14. La Naci6n se obliga d mante- 
ner el culto y los mjnistros de la religi6n catdlica que profesan los espafioles. 
Pero ningUn espafiol ni extranjcro podrd ser perseguido por sus opiniones 6 cre- 
encias religiosas mientras no las maniBeste por actos piiblicos contrarios d la re- 
ligi6n. 

Const, de j86g. — Art. 21. La Naci6n se obliga d mantener el culto y los 
ministros de la religion cat61ica. £1 ejercicio piiblico 6 privado de cualquiera olro 
culto queda garantido a todos los extranjeros residentes en £spafia, sin mds li- 
mitaciones que las reglas universalcs de la moral y del derecho. Si algunos espa- 
floles profesaren otra religi6n que la cat6lica, es aplicable d los mismos todo lo 
dispuesto en el pdrrafo anterior. 

Const, de 1876, — Art. 1 1. La religidn cat6lica, apost61ica, romana, es la del 
Estado. I^ Nacidn se obliga d mantener el culto y sus ministros. Nadie serd mo- 
lestado en el territorio espaftol por sus ideas religiosas, ni por el ejercicio de su 
respeclivo culto, salvo el respeto debido d la moral cristiana. No se permitiran, sin 
embargo, otras ceremonias ni mauifestaciones pUblicas que las de la religi6n del 
Estado. 



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CAPlTULO .IV 

EL LENGUAJE 



Es la palabra, entre todos los signos, el mds expresivo de 
que el hombre puede servirse y el m^s adecuado para la comu- 
nicaci6n del pensamiento y de los afectos del alma. Desde la 
duda hasta la certeza, desde el mds liviano deseo hasta la pa- 
sion m^s vehemente, desde la indecisi6n y la perplejidad hasta 
la resoluci6n mds inqiiebrantable y en^rgica, todo puede tras- 
mltirsfe por el lenguaje hablado, y aun todo puede modificarse 
tambi^n A medida que se depura y cultiva la palabra. No es 
fdcil que quien s61o escucha frases rudas y groseras modifique 
la aspereza de su natural cardcter, ni seriti muy extraflo que 
llegara A hacerse culto y hasta amable el hombre acostumbrado 
d un lenguaje digno y dotado de cierta flexibilidad en sus for- 
. mas y de cierta dulzura en sus vocablos. 

La natural expansi6n del hombre y su tendencia A la socic- 
dad le llevan A buscar la comunicaci6n con sus semejantes, y 
entre estos, prefiere A aquellos de quienes con mds facilidad se 
hace entender y cuyo interior puede penetrar con menor esfuer- 
zo. De aqul que en la formaci6n de las sociedades primitivas, 
aparte las familiares constituidas por los vlnculos de la sangre, 
las diversas agrupaciones fueron naturalmente producidas por 
las afmidades que estableciera un comiin lenguaje, pues, sin es- 
te medio^ fuera drdua empresa hacer conocer A los demds los de- 
seos y necesidades de cada cual, ni demandar su satisfacci6n, 
ofreciendo en cambio el propio auxilio para satisfacer las ajenas. 
Asf el lenguaje, ayudando A la formaci6n de las primeras socie- 
dades, llega A ser elemento importante para la constituci6n de 



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las naciones, d tal punto que no faltan pensadores por quienes 
este elemento se considera como el caracterlstico de la naciona- 
lidad. Pero, asi como la comunidad de medios de expresi6n 
aproxima d los hombres, la diversidad de signos empleados para 
comunicar sus pensamientos los separa y dificulta su uni6n y 
mucho mds su fusi6n completa en una entidad poUtica. Para que 
las sociedades adquieran la cohesi6n necesaria hasta formar es- 
tados y para que estos se coastituyan en verdadera unidad, no 
por las exigencias del poder y de las leyes, ni por la fuerza ma- 
terial que conserva unidas las partes comprimi^ndolas, sino es- 
pontdneamente y por la marcha natural de las cosas, es preciso 
buscar la uniformidad en los medios de expresi6n, adoptar un 
comiin lenguaje, que sirva d los miembros del estado para co- 
municarse entre sf, y facilite la acci6n del poder publico, ase- 
gurdndole de que sus disposiciones y mandates sevAn perfecta- 
mente entendidos por los subditos 6 ciudadanos A quienes se 
hagan saber para su acatamiento. Y, como los estados no se ban 
formado ordinariamente, sobre todo los actuales, por agrupa- 
ciones 6 sociedades en que dominara un lenguaje comiin, y en 
nuestra Espafia, que ha sufrido tantas invasiones y dominacio- 
nes distintas, sucedi6 esto acaso menos que en ningun otro pue- 
blo, y aun hoy mismo hay comarcas que se resisten con cierta 
tenacidad A aceptar el lenguaje nacional, no serd iniitil conocer, 
siquiera someramente, cuales fueron los di versos idiomas y dia- 
lectos que dominaron en la peninsula. 

"Cual haya sido la primera lengua de Espafia, dice el seftor 
Mayans y Siscar, nadie puede afirmarlo, ni aun vali^ndose de pro- 
bables conjeturas; porque la tradici6n que alegan muchos espa- 
floles no tiene la autoridad que requiere una legitima probanza, 
ni en los t^rminos en que se supone es posible.„ 

A seguir la opini6n de ciertos escritores modernos, no pare- 
ce probable que los espaftoles anteriores A la conquista romana 
tuvieran 4ipa lengua linica, 6 al menos no ha podido precisarse 
por los historiadores y fil6lQgos. Por el contrario, algunos afir- 
man que en tiempo de Augusto se hablaban en Espafta diez idio- 
mas, entre los que pueden mencionarse el cdntabro, el celtibero 
y eljlamado espanol antiguo, sin que pueda fijarse con clari- 
dad si este liltimo nombre corresponde al vasco^ al bdstulOy al 
turdetano^ 6 A otro dialecto cualquiera. Con todo, entre las len- 
guas 6 dialectos antiguos merecen notarse especialmente el vas- 
cuence 6 euskaro y el asturiano. 

El vascuence^ si bien bastante distinto de lo que era toda- 



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— 337 -* 
via en el siglo vi, es hoy la lengua mAs anti^ua de Europa; no 
puede referirse A ninguna de las dos grandes familias, indo-eu- 
ropea y semitica, y aunque se ha pretendido que tiene relacio- 
nes con la c^ltica, no hay raz6n solida que tal afirmaci6n auto- 
rice. Autores hay que entienden que, consultando el itinerario y 
los rasgos de la antigua raza cuyos restos hablan ho}- esta len- 
gua, puede referirse al antiguo berebere, hablado por los pue- 
blos que habitaban de muy antiguo, antes de la venida de los 
cartagineses y de los romanos, el Norte de Africa, y que de 
ningun modo debe confundirse con el mjderno borberisco, idio- 
ma degenerado, mezcla de palabras jlrabes, turcas y de olros 
pueblos, siijo al borebere puro que se habla en el N. E. de Afri- 
ca, en lo6 confines de Abisinia. La simplicidad de la mayoria de 
sus rafces prueba su remota antigiiedad. Estas rflices son ge- 
neralmente monosildbicas y forman, no obstante, un sentido 
completo, aunque general y abstracto. Combinadas entre si 6 
con ciertas desinencias significativas, bastan para la expresi6n 
de las ideas y relaciones mds varias y delicadas. Esta lengua no 
tiene gdneros, asf que en el verso no puede haber rimas mascu- 
linas y femeninas alternadas; y la cuantidad silAbica es tan im- 
portante, que influye en el cambio de significaci6n de las pa- 
labras. 

Despu^s del vascuence es el asturiano, 6 letigtia table, la 
m^s antigua de las que se hablan en la peninsula. Esta misma an- 
tigiiedad y cierta pureza, debida al valladar que la comarca*as- 
turiana tiene en sus montaflas, la hacen muy util para interpre- 
tar algunos antiguos monumentos de la literatura espaftola, ha- 
lUndose aun hoy mismo, entre los campesinos del pais, muchas 
palabras y frases usadas en muy antiguos romances. La ener- 
gia y sonoridad de esta lengua es muy notable; y su riqueza es 
mucho mayor de lo que podria pensarse, tanto que tiene una 
multitud de palabras propias, que el castellano se vi6 precisado 
A tomar de los drabes. 

Los lenicios y los cartagineses debieron influir en las modi- 
ficaciones que sufriera el lenguaje primitivo de Espafta; pero, 
como sus idiomas no representaban un lazo social, ni tenfan el 
•arraigo de una literatura nacional, esto favoreci6 sin duda, A la 
venida de los romanos, el progreso del latin, que no tard6 en pre- 
valecer. 

La invasi6n de los bdrbaros debi(5 modificar muy poco tal 
estado de cosas. La dominaci6n de los alanos, vjlndalos y sue- 

4t 



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-338- 

vos fu<§ bastante effmera, y los visigodos tenfan mds propensi6n 
A aceptar la lengua y costumbres de los vencidos que A imponer- 
les la suya propia, asf que el latin ccmtinu6 siendo la lengua do- 
minante en el pafs, no obJtonte la introducci6n de algunos ele- 
mentos germanos. 

Mucha mayor influencia ejercieron en esta materia los dra- 
bes, cuya lengua y literatura, ya cultivadas^ fueron habladas fd- 
cilmente y comprendidas por los pueblos sujetos A su domina- 
ci6n, y esto, juntamente con el sello del g^nio clrabe, produjo 
acaso el espaflol moderno, que rccibi6 el nombre de romance, 
formado, como las demds lenguas neo-latinas, del latfn, como 
fondo principal, y de algunos elementos germAnicos; pero con 
la adici6n de un elemento drabe, como rasgo distintivo, y ha- 
blado en varios dialectos, sin que llegara A ser lengua nacional 
hasta que fueron reuni^ndose en uno varios estados cristianos. 
Entre estos varios dialectos de origen latino mereccn especial 
menci6n: el letnosifiOy hablado en la costa oriental, Catalufla y 
Valencia; el gallego, que di6 origen al portuguds, en la costa 
occidental; y el castellano, en el centro, que, cuando los demds 
estados cristianos se unieron A Castilla, absorbi6 los otros idio- 
mas, excepci6n hecha del portugu<§s, el cual, por las circunstin- 
cias polfticas que hicieron de Portugal un estado independiente, 
sigui6 con independencia su natural desarrollo. 

El letnosifty dialecto de grande analogla con el cataldn y 
und de los de la lengua provenzal, se cree importado por los 
monjes, prelados y caballeros franceses que en 1212 fueron A 
establecerse en Catalufta; y en €\ parece se escribi6 el c6digo 
que Jaime I di6 en 1238 A los habitantes de Valencia. El cataldn, 
cuyas formas dilieren del castellano mucho mds que el portu- 
gu^s, es rudo y un tanto oscuro, y aunque no exento completa- 
mente de energla, de gracia y de riqueza, detenido en su des- 
arrollo, estd menos pulimentado que el castellano. Su existencia 
aislada, su individualidad por decirlo asf, estuvo ligada A la 
existencia independiente del condado de CataluAa, donde se ha- 
bl6; y tiene grandes afinidades con todos los dialectos del Me- 
diodfa de Francia, lo cual se explica fdcilmente recordando que 
los condes de Barcelona fueron tambidn mucho tiempo condes 
de la Provenza y de Mompeller. Id^ntico en su origen con el ca- 
taldn puede considerarse el valenciano, sin que las diferencias 
entre ambbs sean tales que impidan d los habitantes de ambas 
regiones entenderse sin gran dificultad, consistiendo aquellas 
principalmente en modismos locales y sobre todo en la pronun- 



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— 339 — 

ciaci6n, que es mucho m^s dulce y armoniosa en los valen- 

cianos. 

* 

El dialecto gallego^ tan diferente del castellano casi como 
el mismo Catalan, aunque tampoco ofrece grandes analogias con 
^ste, las tiene mucho mayores con el portuguds, siguidndolc 
casi por completo en las formas de la conjugaci6n. Estas analo- 
gias se explican porque durante mils de dos siglos, hacia el xii y 
XIII, el portugues y el gallego formaron un solo idioma hasta que 
la independencia de Portugal permiti6 A su lengua desarrollarse 
y pulimentarse, quedando el gallego estacionario desde enton- 
ces y reducido d dialecto local. Sin embargo, el gallego participa 
de la riqueza del castellano y de la tendencia d las contracciones 
y d la supresi6n de ciertas palabras. Y, puesto que son comunes 
en su origen el gallego y el portugues, debemos notar, respecto 
A ^ste, que es tal vcz entre las lenguas neo-latinas la que conser- 
va mds semejanzas con el origen comiin, asi que algunos erudi- 
tos ban podido formar pequeftas composiciones latinas con solas 
palabras portuguesas, sin que por esto haya de desconocerse 
que el latin fu6 notablemenle alterado por la pronunciaci6n de 
los antiguos lusitanos, cuya dureza se traduce sin duda en el 
sistema de contracciones que resiilta en el portugues. La con- 
quista drabe ejerci6 escasa influencia en el idioma portuguds, 
hasta el punto de no usar ninguna de las guturales que los cas- 
tellanos, se cree, recibieron de los drabes y hoy forman uno de 
los caracteres de la lengua. De esto resulta mds dulzura en el 
portugues, sin que la fake la concision en^rgica del latin, ni la 
nobleza, riqueza y gracia del castellano. 

Tambi^n de origen latino, el castellano fu^ durante algun 
tiempo uno dc tantos dialectos neo-latinos, como el cataldn y el 
gallego, hasta que el progreso del reino de Castilla le fu6 gene- 
ralizando, llegando d ser la lengua dominante en Espafla, cuan- 
do (5sta form6 un solo reino. Tiene esta lengua mds semejanzas 
aiin con el latin que el italiano, como lo prueban las leves dife- 
rcncias con que ha rccibido muchas palabras latinas y la conscr- 
vaci6n de las formas principales en la conjugaci6n, excepci6n 
hccha de la voz pasiva, suprimida sin duda por la influencia ger- 
mana, asi como la sustituci6n de la declinaci6n por el uso de las 
preposiciones. Pero tambidn adopt6 el castellano muchas pala- 
bras drabes, principalmente para la designaci6n de algunos car- 
gos u oficios publicos y de instrumentos 3^ prdcticas agricolas ^ 
industriales. Son de notar en esta lengua la existencia de dobles 
auxiliares, como haber y tetter, la de los verbos ser y estar para 



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— 340 — 

significar la esencia y el modo, y la construcci6n, que es tam- 
bidn in versa, aunque no t;^nto como la latina. En la pronuncia- 
cion es tambi^n digno de mencionarse el uso de las guturales 
luertes 6 aspiraciones, que unos juzgan vestigio de los germanos, 
mientras que otros le consideran indigena y los mds importa- 
do de los ^rabes. La riqueza, la gravedad y la energfa, no exen- 
ta de gracia, de esta lengua la hacen menos #scura que el fran- 
cos y menos fastidiosa que el iuiliano, excesivamente dulce. Aca- 
so sea demasiado redundante y ampulosa, efecto del sello de 
orientalismo que le imprimieran los drabes; pero no por eso deja 
de ser un hermoso idioma, que alcanz6 un gran favor durante 
bastante tiempo en la vecina Francia, haci^ndose de moda entre 
las clases elevadas desde el reinado de Enrique II hasta el de 
Lufs XIV. "Sepa, pues, todo buen espaftol, dice el seftor Maydns, 
y todo el mundo, que tenemos una lengua abundantfsima y 
suave, y que podemos usar de ella con la mayor propiedad 
y energia; con brevedad, sublimidad, elegancia y armonia; y 
por decirlo en una palabra, con elocuencia. Pero este don no 
es dado ^ cualquiera. Los medios para conseguirlo son, estu- 
diar muchfsimo; preguntar y aprender de todos cuanto sea posi- 
ble, para saber la naturaleza y propiedades de las cosas y sus 
nombres; averiguar los origenes de los vocablos y su uso mds 
comun y expresivo para la propiedad; leer los mejores autores 
para imitarlos, si son de extrafta lengua, en el pensar; si de la 
propia, en el pensar y decir; y ejercitarse en escribif , sujet^ndo- 
se d la censura de los que lo entienden, que son poqufsimos.„ (1) 



(i) Desde el fuero de Burgos, otorgado en io75> y en olros muchos privilegios 
y cartas- pueblas se ven vestigios del idioma castellaoo; pero como dato seguro 
para afirmar que el idioma vulg^ fu6 la lengua oficial de la chancillerfa real, hay 
que acudir a Fernando III, que al dar d C6rdoba el Fueio-Juxgo, dice: Statuo et 
mando quod IJder ytn/icum, quod ego missi Cordubam, translatdur in vulga- 
rem, et vocetur /t;; ««i de Corduba, Comprueba mis esto el que en el reinado si- 
guiente se dice en la Parlida II, tit. IX, ley IV, que el canciller del rey debe 
estar instruido «en leer et escrebir en latin et romance,,.,, para que las cartas que 
roandare facer sean dictadas et escriptas bien, etc.» 

Kespecto al uso oficial de la lengua catalana se sabe que Jaime I escribi6 su 
cr6nica en cataldn, otorgdndose tambi^n documentos en este idioma, asf como en 
valenciano y mallorquin. 

Por rcsoIuci6n de 1 1 de Diciembre de 1717, ley IV, tfl. X, lib. V, Novisi- 
ma Kecopi]aci6n, se acordd que, en las islas Haleares se ejecutaran los despachos 
en lengua mallorquina; previniendo se procuie manosamente ir introduciendo la 
lengua castellana en aquellos pueblos. 



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SECCION TERCERA 

CONSIDERACION social Y JURfDICA 
DE LAS PERSONAS EN ESPA5JA. 



CAPfTULO PRIMERO 

DOMINACION ROMANA Y MONAEQUtA. VISIGODA 



Nada mds util para juzgar de la constituci6n y del gobierno 
de lus pueblos que el estudio de las condiciones y circunstancias 
de las personas que ban de ser gobernadas. No es poslble que 
los hombres de caracter duro 6 independiente sufran con pacien- 
cia un precepto altanero ni se allanen facilmente d soportar 
una tutela humillante 6 una intervenci6n minuciosa en todos 
sus asuntos; como no es fdcil tampoco que salgan de su apA- 
tica inercia, sino estimulados por en^rgicas disposiciones, aque- 
llos i quienes la natural indolencia 6 el hdbito de ser regi- 
dos y de hallar por todas partes la mano del Estado ha he- 
cho indiferentes para todo lo piiblico 6 incapaces para sentir el 
amor propio ultrajado por las autoridades que todo lo 'piensan, 
que todo lo acuerdan y que todo lo hacen por sus subordinados, 
mal que pese A la dignidad ofendida 6 A la justa libertad mer- 
mada. De este estudio surgirA necesariamente la enseftanza de 
que el estado, cuyos elementos individuales son homogeneos, 
hallara mds pronto y facilmente la constitucidn que le es ade- 



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— 34^ — 

cuada; mientras que aquellos otros, formados por agrupacion^s 
con caracteres, h<ibitos y condiciones diversas, luchan y se agi- 
tan constantemente, cuando no los cohibe la fuerza, para encon- 
trar una organizaci6n y una forma poUtica apropiada. Asf se 
explican la inmovilidad poUtica de ciertos pueblos y la volubili- 
dad 6 inconstancia de otros, por ejemplo el nuestro, formado por 
tan varios elementos, que exigen cierta flexibilidad en las leyes 
fundamentales y rechazan instintivamente todo dogmatismo exa- 
gerado. En tal sentido consideramos convenientes las indicacio- 
nes someras, que hacemos A continuaci6n, sobre la consideraci6n 
social y juridica de las personajj que, tras largos movimientos y 
agitaciones, ban Uegado d for mar la naci6n y d constituir el es- 
tado espaflol. 

De la consideraci6n diversa que pudieran tener las perso- 
nas en los pueblos primitivos nada puede afirmarse; pero es de 
suponer que, por lo menos, la Ifnea divisoria entre libres y es- 
clavos habfa de existir ya, dadas las opiniones erroneas sobre 
los derechos del vencedor y el mal llamado derecho de gentes de 
estos pueblos y de todos los anteriores al cristianismo. 

Durante la dominacidn romana^ adem^s de la profunda 
distinci6n que entre los hombres establecia la esclavitud, se di- 
vidian los espaftoles en tres clases: la privilegiada^ la de los cu- 
riales y el pueblo bafo, 

Constitufan la cUise privilegiada: los senadores^ cuyo ml- 
mero, nombramiento y destituci6n dependlan en absoluto de la 
voluntad del emperador: los clarisimoSy A quienes tambi^n el 
emperador investia con este tftulo, que recafa de ordinario sobre 
pcrsonas distinguidas por sus servicios u\ impcrio en el desem- 
peflo de las magistraturas mAs elevadas: el clero todo, sin dis- 
tinci6n de jerarqulas; la viilicia cohortal^ que tenia d su cargo 
la conservaci6n del orden en el interior de Uis poblaciones y la 
ejecuci6n de las leyes; servicio al que, una vcz adscritos, queda- 
ban obligados, no solo por si, sino por sus descendientes, sin po- 
der salir de esta clase para pasar A otra m;ls elcvada: los w///- 
tares todos, ya sirvieran en las legiones, 6 en las tropas palati- 
nas 6, andando el tiempo, en los cuerpos de los bdrbaros auxi- 
liares del imperio. 

La exenci6n de los oficios y cargos municipales constitufa 
la prceminencia m^ importante de todas estas clases, y esto 
solo bastaba para considerar como privilegiados A los que de 
ella disfrutaban. 

Todos los habitantes de una ciudad que no pertcnecfan d la 



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— 34S — 

clase privilegiada y tenfan una propiedad territorial de mds de 
veinticinco yugadas formaban la clase de los curiales. 

La situaci6n de estos, que en un principio fu6 estiraada, como 
apetecidos los cargos de la curia, se hizo excesivamente omino- 
sa y precaria cuando las necesidades del despotismo aumenta- 
ron sin cesar por el peligro que oirecfan los bdrbaros que cons- 
tantemente avanzaban y A quienes era preciso veneer 6 com- 
prar; por las exigencias del populacho romano acostumbrado ^ 
comer sin trabajar y d divertirse en los espectdculos piiblicos 
A costa del erario; y por el descontento 6 imposiciones de los sol- 
dados, linica fuerza disponible para contener A unos y otros. 
Todo esto hacfa necesarios grandes recursos, y para procurdr- 
selos, el despotismo imperial impuso A los cuMales, principal- 
mente desde Diocleciano, sacrificios inraensos, haciendo inso- 
portable la situaci6n de aquella clase, sobre la que pesaban car- 
gas y gabelas sin cuento. Estaban, en primer t^rmino, obligados 
los curiales d atender A las necesidades del municipio con su 
propio peculio, si las rentas piiblicas no bastaban, administran- 
do en cambio los negocios de aquel; pero siendo responsables, 
personal y solidariamente, de su gesti6n. Tenian A su cargo la 
recaudaci6n de los tributes bajo la responsabilidad de sus propios 
bienes^ con los que habian de cubrir las faltas 6 partidas fallidas, 
aunque^ como pequefla compensaci6n^ eran atribuidas d la curia 
las tierras abandonadas por sus dueflos, cuya contribuei6n se 
distribufa entre las demds propiedades de los curiales, d menos 
que alguien quisiera hacerse cargo de aquellas, pagando la cuo- 
ta que les correspondia. No podia ningiin adscrito A la curia 
vender, sin permisp del gobemador de la provincia, los bienes 
cuya posesi6n le daba el cardcter de curial. Las personas extra- 
ftas d la curia estaban obligadas A ceder d ^sta la cuarta parte 
de los bienes que hubieran heredado de los curiales; y andloga 
obligaci6n pesaba sobre las viudas € hijos de los curiales que 
contralan matriraonio con quien no fuese curial. Tarapoco po- 
dlan los curiales sin hijos disponer por testamento mds que de la 
cuarta parte de sus bienes, quedando el resto d favor de la 
curia. Necesitaban llcencia del juez de la provincia para ausen- 
tarse del municipio, aunque luese por poco tiempo; y cuando al- 
giin curial, deseoso de sacudir el yugo, lograba evadirse, eran 
confiscados sus bienes en favor de la curia. Por ultimo, sobre los 
curiales, pesaba exclusivamente el tributo llamado aurum co- 
ronarium, que debfa pagarse al principe en ciertas solemnida- 
des 6 acontecimientos piiblicos. 



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— 344 — 

Como pequefta compensaci6n d esta especie de esclavitud 
de sus personas y sus cosas estaban exentos de la tortura, ex- 
cepto en casos muy graves, y de las penas aflictivas 6 infaman- 
tes, y tenian ademds derecho d ser mantenidos por el municipio 
en caso de pobreza. 

Como miembros de la curia, todos los curiales tenian en 
ella asiento, y para la deliberajci6n y resolucidn de cualquiera 
negocio debian ser todos convocados, tomdndose los acuerdos & 
pluralidad de votos y siendo precisa la asistencia de las dos ter- 
ceras partes de aquellos. Los nombres de los curiales estaban 
inscritos por categorias en un registro llamado Album Curice. 

El pueblo bajo se componia de toda la gran masa de la po- 
blaci6n que, por carecer de propiedad territorial bastante^ no es- 
taba inscrita en la curia. 

Tal era en suma la distinta consideraci6n de los espafloles 
cuando los bdrbaros del Norte invadieron la peninsula. 

Bajo la monarquia vistgoda el pueblo se dividia en nobles 
y plebeyos; patr ottos y liber tos; seftoresy siervos. En la noble - 
za se distinguian los primates li optimates de los seftores, como 
se distinguian entre los romanos los senadores y los 6quites, y 
actualmente se distinguen losgrandes y los caballeros. Este 
npmbre de caballero parece provenir del privilegio de tener cj^- 
ballos y de poder regalarlos A la novia como dote, cosa s61o d 
los nobles permitida. 

Las clases que no eran nobles entraban en la denominaci6n 
comiln de viliores y, aunque algunos escritores piensan que en 
esta clase estaban comprendidos sin distinci6n todos los venei- 
dos, otros, reconociendo que la nobleza goda habla de tener por 
la fuerza natural de las cosas cierta preeminencia sobre la his- 
pano-romana^ entienden que no se habria de incluir entre el vul- 
go del pueblo y considerar como viles d muchos hispanos-roma- 
nos que desempeftaban las primeras magistraturas. Citan los que 
de este modo opinan, en corroboraci6n de su aserto, los nombres 
latinos de obispos que figuran en las actas de los concilios toleda- 
nos 6 de miembros del oficio palatino. Sin embargo, respecto A 
lo piimero, pudiera observarse que el sacerdocio era una excep- 
ci6n y no patrimonio exclusivo de ninguna raza, y respecto d lo 
segundo, bien pudieran aquellos haber llegado al oficio palatino 
desde las clases mds humildes, cuando los concilios y las leyes 
se vieron precisadas d corregir el abuso de elevar d tan alto ran- 
go d personas de condici6n servil. 

Entre la misma nobleza goda habia cierta jerarquia, figu- 



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- 34J - 
randoen prlmera Hnea los primates, llamados tambi^n magnates 
6 prdceres^ que pertenecfan al oficio palatine; segufan \os duques, 
condes y gardingoSy que desempeflaban cargos elevados en la 
milicia, 6 en la administraci6n piiblica, 6 en la casa real; des- 
pu^s los letideSy militares, segun se cree, que aceptaban libre- 
mente el servicio y formaban parte de la hueste real sin otros 
compromisos mds que los que sudevocion al rey y el juramen- 
to prestado les imponian, ni otros derechos que los premios i 
que su conducta: les hiciera acreedores 6 la liberalidad del rey 
les concediera, consistentes de ordinario en armas y caballos 6 
en tierras que adquirlan en pleno derecho y con facultad de 
trasmitirlas, d menos que por infid^^^d al juramento prestado 
los perdieran. 

, Tambi^n enumeran algunos autores entre la nobleza^ aunque 
como su liltimo grado, A los buccellarios, militares d servicio de 
los pr6cere3 en forma andloga & la en que los leudes prestaban 
sus servicios al rey; mas, si||ytt|i se considera, la nobleza del 
buccellario consistfa solamente en ser ingenuo y de raza goda, 
pueS las recompensas que del sefior recibia, ya en el alimento, 
buccella, para si y su familia, ya en tierras que le sujetaban d 
una especie de patronato, indican la escasa independencia de 
esta clase. Asi es que no debla casar d sus hijas sin consenti- 
miento del seftor 6 patrono, y estaba obligado d entregarle la 
mitad de todo lo que ganaba; debiendo ademds restituirle cuan- 
to de ^1 hubiera recibido, si abandonaba su servicio. ^ 

Entre los vencidos tambi^n se conservaron jerarquias, si 
bi^n esta distinci6n no tuvo en realidad influencia en el estado 
hasta que se fundieron las dos razas. De todos modos subsistie- 
ron lasclases de senatoriales, curiales, ihgenuos y libertoseh 
forma aniloga & los tiempos del imperio, aunque algo mds lleva- 
dera la Condici6n de los curiales. 

En la clase inferior hacf an los godos una marcada diferencia 
entre los ingenuos y los libertos y libertinos, hasta el punlo de que 
algunas leyes castigaran con doble pena al liberto reo del mis- 
mo delito que el ingenuo, y otras le prohibieran, en general, dar 
testimonio en causas de ingenuos. En cambio los libertos del 
fisco fueron considerados en extremo, llegando algunos hasta los 
puestos m^s altos^ incluso el oficio palatino. Los libertos del rey 
eran notados de desleales y volvf an & caer en servidumbre per- 
diendo sus bienes A favor del principe, cuando, liamados, no acu- 
dian d la hueste. Los de las iglesias estaban sujetos y no podian 



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^346 — 

salir del patronato de aquella cuyo obispo les hubiera dado li- 
bertad, ni podfan tampoco disponer de sus bienes sino en favor de 
la iglesia, 6 de sus hijos y parientes sujetos al rnismo patronato. 

La esclavitud romana, que los godos hallaron establecida, 
no fu^ abolida por completo, pero si la dulcificaron, trocdndola 
en servidumbre; verdadero adelanto social con respecto A aque- 
lla, que equiparaba al hombre y d las cosas. 

Todas las personas sujetas d servidumbre 6 al dominio aje- 
no recibian el nombre gen^rico de siervos; pero entre estos no 
eran todos de grado y condici6n igual. Los habia idoneos y vi- 
les; natos y mancipii; de corte, de iglesia y de particular. 

El idoneo Uamado tambi^n convenibilis se distingufa del vil 
en que, estimando su mayor habilidad 6 talento, le empleaba su 
seflor en ocupaciones mds delicadas y honrosas: esta distinci6n 
se hallaba tambi^n sancionada en las leyes por disposiciones mds 
favorables & los idoneos. 

Nato se llamaba al siervo que lo era por serlo tambi^n sus 
padres, y mancipio 6 facto, el que, siendo sus padres libres, in- 
currla en servidumbre por pena 6 por cualquiera otra causa. 

El de corte era el mds distinguido entre todos los siervos por 
hallarse inmediatamente sujeto al rey y por disfrutar el privile- 
gio de tener d sus 6rdenes otros siervos inferiores, aunque no pu- 
diera disponer de ellos sin permiso de su sertor. El de iglesia, que 
dependfa del obispo 6 presidente de aquella, tenia d su cuidado 
los oficios mecdnicos para el servicio de la misma, cuyo desem- 
peflo no parecia decoroso para los cl^rigos. 

EXprivado 6 particular^ estaba, menos en la vida y el ho- 
nor, tan sujeto d su seflor, que en los delitos cometidos contra ^s- 
te no podian intervenir ni aun los mismos jueces piiblicos sin 
autorizaci6n del duello ofendido. 

Como prueba de que la servidumbre era mds llevadera que 
la esclavitud, debido sin duda A la influencia del cristianismo, 
ademds de que el seflor no tenia, segun hemos indicado, derecho* 
sobre la vida ni sobre el honor de los siervos, mandaban las le- 
yes godas que en los pleitos de los ingenuos con los siervos se 
administrara justicia con imparcialidad, si bienes cieitoqueel 
testimonio de los liltimos se admitia en muj raros y extraordina- 
rios casos y que las indemnizaciones eran tambi^n proporciona- 
das A la consideraci6n de la persona en estos pleitos. Tambi^n 
fu6 conocido entre los godos, aunque abolido mds tarde por los 
abusos d que daba lugar, el derecho de asilo, en cuya virtud el 
siervo que,, huyendo de los malos tratamientos de su seflor, 



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— 347 — 

se refugiaba en los templos, era amparado por la Iglesia, que 
obligaba al dueflo A venderle A otra persona mAs humana. 

Asi como la admisi6n 6 recusaci6n del testimonio establecia 
una diferencia considerable entre el ingenuo y el siervo y liber- 
to, la aplicaci6n del tormento, como prueba, y la distinta entidad 
de las penas, segun la categorfa de las personas, marcaba tarn- 
bien una diferencia muy considerable entre los mismos hombres 
libres entre sf. 

Los nobles y personas de m^s valer, no podlan ser sometidos 
A la prueba del tormento sino en las causas capi tales; los inge- 
nuos de menor categorfa s61o en aquellas cuya entidad excedie- 
ra de quinientos sueldos; los libertos idoneos, cuando pasara de 
doscientos; los riisticos, excediendo lacantidad de ciento, mien- 
tras que los siervos podlan serlo por cualquiera causa, aunque 
no de un raodo caprichoso y arbitrario, sino en la forma pres- 
crita por las leyes. 

La penalidad tambi^n era rauy varia segun la categorfa de 
las personas. 

De todo esto se deduce que la igualdad ante la ley no fu6 
muy respetada por los godos, y lo mismo sucedi6, como vere- 
mos, durante la reconquista y en los siglos posteriores, hasta 
que en el presente coincide con el regimen representativo la 
mayor consideracion, por lo menos legal, A los derechos y A la 
dignidad del hombre. 



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CAPfTULO II 
consideraciOn de las personas durante la reconquista 

Y DESPUfiS DE ELLA 



Reunidos en la incipiente monarqufa asturiana los restbs 
del reino visigodo y ensanchada despues aquella hasta formar 
el reino de Le6n, fundido mds tarde con el de Castilla, cuyo ori- 
gen segun vimos, no fu6 propiamente mds que una desmembra- 
ci6n de aquel, no por distinci6n de origen ni de organizacidn 
social, se manifiesta la semejanza en los tres reinos como un 
trasunto de la organizaci6n social de los godos, aunque algo 
modificada por el influjo de los tiempos y por las necesidades 
de la reconquista; asi, d la manera que entre los godos se distin- 
gufan las personas por clases, hubo tambi^n despues una alta 
nobleza y otra menos elevada; una masa comiin del pueblo, que 
lleg6 con el tiempo A constituir el llamado estado llano, y una 
clase infima, representaci6n de la antigua servidumbre, aun- 
que hlgo transformada. 

La nobleza m^s elevada de estos reinos estaba constituida 
por los magnates 6 ricos homes, sobre quienes pesaba princi- 
palmente la obra de la reconquista; quienes por privilegio de su 
clase estaban exentos del pago de las contribuciones generales; 
no podian ser presos por deudas, ni sometidos d la prueba del 
tormento y gozaban multitud de preeminencias y derechos poli- 
ticos de que habremos de ocuparnos al hablar de la nobleza 
como poder 6 elemento politico-social. 

Seguian los dugues, condes y margueses, y despues los me- 
ros fijodalgos, hombres escogidos de buenos lugares 6 con algo, 
que gozaban tambi^n de muchas franquicias, y los caballeros, cu- 



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— 349 — 

yo ntimero futf aumentado considerablemente en virtud de laxron- 
ccsi6n de los derechos de caballero hecha por Alfonso V el Noble 
A todo el que tuviera caballo para pelear. 

Pueden considerarse tambi^n como parte de la nobleza, si 
bien formando en su liltima escala, los escuderos^ llamados asi 
del escudocon que peleaban; aunque habfan de hacerlo siempre 
A pi^ hasta que alguna famosa hazafla les elevaba al rango de ca- 
balleros, recibiendo entonces la investidura de tales y pudiendo 
desdeentonces, y no antes, usar blason en su escudo y caballo pa- 
ra combatir. Hay tambi^n quien atribuye el origen de este nom- 
bre & la antigua costumbre de los j6venes fijo-dalgos, quienes 
para habituarse al manejo de las armas, ponfanse bajo la direc- 
ci6n de algiln iamoso caballero, llevdndole el escudo y sirvi^n- 
dole en los combates. Los escuderos de los reyes, que desempe- 
flaban estos cargos, pertenecfan d la mds alta nobleza y solian 
llamarse pajes de lansa. 

La profunda Ifnea divisoria que separaba A la clase noble de 
las humildes se nota con la simple lectura de las leyes del Fuero 
Viejo relativas A los modos de perder y recobrar la nobleza^ tan 
humillantes para los pecheros. 

Sin embargo, los fueros y privilegios, concedidos por los re- 
yes A las ciudades mds notables y A los pueblos fronterizos con- 
quistados A los moros, pemlitieron que se fuera formando una 
clase intermedia independiente de la nobleza, A la que los reyes 
designaron con la denominaci6n de homes buenos, que fu^ el nu- 
cleo de los concejos y la fueate de su poder, como la clase me- 
dia es en la actualidad el nervio de las modernas sociedades. 

La servidumbre continu6 en Espafla durante la reconquista; 
pero las necesidades de ^sta y el espfritu cristiano influyeron en 
ella, haci^ndola mds suave que en otros paises. Es cierto que en 
un principio la condici6n de los siervos se diferenciaba muy 
poco de la de los antiguos esclavos, y que la de ISLs/amtliasde 
criazdn, que asi se Uamaba A los descendientes de los siervos, los 
constituia en verdaderos adscriptitii 6 siervos de la gleba^ pues 
se hallaban d% tal modo adheridos 6 apegados al terruflo, que 
le segufan en todas las vicisitudes de su trasmisi6Q, formando 
como una escuela 6 parte integrante de ^1; pero, cuando para la 
repoblaci6n de las villas y ciudades se otorg6 la libertad A los 
siervos que A ellas acudieran obligdndose A su defensa, temero- 
sos los seflores de que sus siervos los abandonaran y se acogie- 
ran A las nuevas poblaciones, les cedieron solares para sf y para 
sus hijos A fin de que los cultivaran y explotaran, mediante lini- 



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— 3SO - 

camente un tribute y el reconocimiento del seflorfo, cambidn- 
dose asf los siervos antiguos en vasallos 6 solariegos. 

Los doctores Asso y de Manuel en su discurso— nota al titu- 
lo VIII, lib. I del F. Viejo de Castilla dicen asf al hablar de los 
solariegos, 

"El origen de los vasallos solariegos es probablemente uno 
mismo con el de las casas solariegas. Asf se llamaban en los pri- 
meros tiempos los solares 6 heredades que, teniendo una casa 6 
Castillo anexo, formaban el patrimonio y habitaci6n de los hi- 

jos-dalgo Es regular que 6stos destinaran para el cultivo y 

cuidado de sus posesipnes algunos labradores 6 caseros, los cua- 
les, logrando afianzar su mantenimiento en el usufructo de aque- 
llos bienes, tuviesen obligaci6n de pagar el censo 6 infurcidn al 
seftor. Segiln esta idea, podemos colocar ^ los solariegos en la 
clase de los emphiteutas: y por consiguiente es errado el concep- 
to de Berganza y de otros que atribuyeron A los solariegos la 
calidad de personas serviles. Es verdad, segiin expresa la ley I, 
tit. Vn, lib. I, que el seflor les podfa tomar todo cuanto tuviesen, 
y aun prenderles el cuerpo; pero esto era en el caso de abando- 
nar el solar^ y pasarse d otro seflorfo sin dejarle poblado, 6 bien 
faltando ^ la obligaci6n de pagar el censo, como lo declara la ley 
XIII, cap. XXXII del ord. de Alcaic, que es la ley II, tit. I, Hbro 
VI, N. R. Y aun se les permitfa eriagenar y empeflar el solar 
con tal que fuese A favor de otro solariego, pues de este modo no 
perjudicaban al derecho del seftor.„ 

"Los solariegos, no s6lo no tenfan el dominio directo en los 
bienes que administraban, sino que tampoco podian adquirir co- 
sa alguna, que no corriese de aquel solar^ y estuviese sujeta 
d las mismas cargas; ni podian Uevar ningunos bienes del solar 
d otro seftorfo, salvo & la behetrfa de aquel seAor, cuyo era el 
solariego, y con la condici6n de dejar el solar poblado, A fin de 
que no faltase posada al seflor: 1. II y III, tit. I, lib. VI, N. R.„ 

Aparte la opini6n de los citados doctores, es innegable que 
la condici6n de los solariegos, tan dura en un principio que el 
seflor podia llegar hasta tomarles el cuerpo y todo cuanto po- 
sefan sin derecho d reclamar contra tales violencias, lleg6 d 
mitigarse bastante en las disposiciones del Fuero Viejo. Una de 
6stas prohibe al seflor tomar sus bienes al solariego si nonfiaier 
por que; y si abandonaba la servidumbre usando de su libertad 
natural, se concede al seflor, como maximum, el derecho de qui- 
larle los bienes que llevara consigo y de despojarle del solar 
en que habitara; pero sin que le fuera permitido prenderle ni cas- 



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— S5I — 
tigarle, concediendo, por el contrario, al solariego el derecho de 
recurrir al rey contra los atropellos del seftor. Desde el momen- 
to, pues, en que el solariego podfa voluntariamente dejar de es- 
tar sometido ^ su seflor, abandondndole los bienes y el solar, no 
habia verdadera servidumbre, asf que poco ^ poco se fu6 extin- 
guiendo hasta que ni en la historia ni en las leyes se hallan ya 
vestigios de ella A principios del siglo xv. 

Asi como d los antiguos siervos sustituyen los solariegos, 
reemplazan d 6stos, en virtud de un proceso andlogo, los va- 
sallos;»pero el vasallaje en general era demuy varias especies 
y, no s61o compatible con la nobleza, sino con la misma rico- 
hombrla, recibiendo el nombre de vasallo toda persona que, 
mediante cierta retribuci6n, estaba obligada A prestar A otra 
algunos servicios. Todo aquel, aunque fuese hidalgo 6 rico- 
hombre, que recibia del rey 6 de otro rico-hombre tierras, cas- 
tillos, feudos li otro cualquiera linaje de soldada, se constituia 
en vasallo suyo, obligdndose A ciertos servicios, por lo comun 
militares, que se indican en el Fuero Viejo. No es esta, pues, la 
acepcion en que debe tomarse la palabra vasallo, cuando se con- 
sidera A esta clase como la sucesora de los solariegos. Estos 
hombres eran llamados vasallos naturales, dependientes en to- 
do de su seflor y distintos por completo de los asoldados, segun 
consigna explfcitamente citado Fuero, al decir: "puede haber 
vasallos en dos maneras; que crian, 6 arman, € cdsanlos, 6 er^- 
danlos, € otro si puede haber vasallos € asoldados„. De esta 
clase se fu^ paulatinamente formando, con los'menestrales y 
los pocos poseedores de tierra que no eran fijo-dalgos ni caba- 
lleros, la de los plebeyos 6 pecheros, y cuando lleg6 A ser 
libre, surgi6 de ella el estado llano, en contraposicion A la no- 
bleza y al clero. 

Hubo tambi^n en Castilla, principalmente desde la conquista 
de Toledo por Alfonso VI, otra clase de personas Uamadas mu- 
dejares^ sarracenos, que habiendo aceptado, mediantes ciertos 
pactos, la dominaci6n cristiana, residfan en las ciudades con- 
quistadas por los cristianos, conservando el ejercicio de su cul- 
to y estandcf soraetidos A leyes y jueces propios, A diferencia de 
los otros moros que, prisioneros en los combates, eran someti- 
dos A cautiverio, hasta que consegufan su libertad convlrti^ndo- 
se al cristianismo 6 pagando su rescate. La condici6n de los 
mudejares en los estados cristianos era andloga A la de los mu- 
aarabes entre los sarracenos. 

En Navarra se distinguieron tres clases de personas: la de 



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— 35* — 

los nobles; la de los ruanosy francos; y la de los labradores 6 
villanos. 

La nobleza se componia, en primer t^rmino, de los ricos- 
hontbres, que se creian desceadientes directos de los antiguos 
caudillos fundadores de la monarqula y pretendfan poco menos 
que equipararse ^ los reyes; segufan d estos 16s caballeros^ per- 
sonas de noble alcurnia 6 Hnaje, i quienes el rey concedfa aquel 
tftulo en recompensa de sus servicios; tercero, los infansones^ 
tambi^n de noble linaje, pero que no habian obtenido aiin los 
honores y tftulo de caballeros; y por liltimo, los infanzones de 
carta^ llamados tambi6n deabarca, sin duda porsu origen, pues 
eran labradores ^ quienes el rey concediera la hidalguia. 

De sus privilegios y preeminencias trataremos al hacerlo 
de la nobleza en general, bastando por ahora consignar que la 
sepa»aci6n entre nobles y villanos era tal, que no podian aque- 
llos casarse con mujef villana sin perder la hidalguia; que no 
obligaba al noble la palabra empeiiada al villano; y que la acu- 
saci6n de hurto, hecha por ^rimera vez por un villano contra un 
noble, era ineficaz, negando 6ste bajo juramento. 

La clase de los ruanoSj llamados asf por vivir en grandes 
centros de poblaci6n donde habfa calles 6 ruas^ aumentada des- 
pu^s con los francos 6 extranjeros que se habfan establecido en 
el pals, se dedicaba A la industria fabril y comercial, no estaba 
sujeta d servidumbre personal y fu^ en Navarra el n\icleo de los 
concejos. 

Los vasallos labradores^ llamados tambi^n villanos solarie- 
gos, de las villas 6 casas de labor en que vivfan, eran descen- 
dientes de los antiguos adscripticios 6 siervos de la gleba y su 
condici6n muy desgraciada, halldndose por completo ^ merced 
de los seflores, quienes, se cree, tuvieroh sobre ellos en los pri- 
meros tiempos el derecho de vida y muerte. Los bienes de los 
labradores 6 villanos pasaban & sus seftores d falta de parientes 
pr6ximos; cuando un villano moria, sus hijos habfan de implo- 
rar del seflor que les permitiera seguir viviendo en sus hereda- 
des, sopena de tenerlos en prisi6n por cuanto tiempo quisiera; 
tenfan tambi^n la obligaci6n de seguirle i la guerra, de pagar- 
le los pechos 6 tributos, de no abandonarle las heredades sin de- 
jar en ellas quien las cultivara, y estaban sujetos en todo A la 
jurisdiccidn del seflor. Mds adelante fu6 mejorando la condici6n 
de esta clase, principalmente en los pueblos de realengo, d don- 
de por lo mismo acudieron muchos huyendo de la tiranfa y 



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— 353 - 
arriesgando el ser duramente castigados por sus sefkores, si por 
acaso volvian d su poder. 

Andloga d la dc Navarra, como su origen, fu^ la divisi6n de 
clases en el reino de Arag6n. 

Lanobleza se componia de ricos-hombres, de infanaones y 
de caballeros. 

Los ricos-hombres de natura, 6 barones, llamados ^i porque 
no debian su creaci6n ^ la voluntad del monarca, se considera- 
ban descendientes de los doce pares 6 nobles que se suponfan 
autorizados por la primitiva constituci6n aragonesa para sepa- 
rarse de la fidelidad al rey, en caso de que ^ste violara el pacto 
con la naci6n» y hasta para sustituir en su lugar cualquiera otro 
soberano, aunque fuera gentil. De sus grandes privllegios trata- 
remos en el capCtulo correspondiente & la nobleza. 

Segufan A estos los ricos-hombres dejnesnada, creados por 
Jaime I para hacer contrapeso al poder de la antigua nobleza de 
natura y contar con un cuerpo mds adicto, dando al efecto en 
honor ^sus mesnaderos tierras y pueblos. 

Habia tambien infansoftes, descendientes de linajede rej^es, 
segiin unos, 6 de los ricos-hombres segiin otros, y entre ^stos 
se distinguian los caballeros, infanzones que habian sido inves- 
tidos con la orden de caballerfa; infanzones de carta, que sin 
ser de linaje noble habian sido elevados d tal condici6n por docu- 
mento aut^ntico de su seflor; y por illtimo, y en general, sefio- 
res de vasallos, personas de cualquiera condici6n, aun simples 
particulares, que tenlan vasallos por haber comprado un pueblo 
de seflorio. 

A la clase noble segufan los ciudadanos que habitaban en las^ 
ciudades y villas de realengo; y entre 6stos se llamaban burgue- 
ses los que se dedicaban d profesiones liberales y los que explo- 
taban el comercio 6 la industria en grande escala sirvi^ndose de 
apoderados y otros dependientes, y hombres de condicidn, los 
industriales y comerciantes de menos importancia y los dedica- 
dos .i oficios mec^nicos. Unos y otros eran libres y formaron el 
estado llano, cuyo prestigio fu^ creciendo hasta llegar d entrar 
en cortes. 

Bajo el yugo de la altiva nobleza gemfan los vasallos de se- 
florlo, privados de toda proteccidn legal y sujetos ^ la tiranla mds 
horrible y arbitraria. Lqs nobles y seflores de otros lugares, que 
no eran de la Iglesia, podian tratar bien 6 mal, segtin capricho, 
tk sus vasallos y quitarles sus tnenes sin ulterior recurso y sia 

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— 354 — 

que el rey pudiera mezclarse en nada de esto, Uevando algunos 
sefiores sus exageradas y criminales pretensiones hasta sostener 
que, segun fuero, podian hacerlos morir de hambre 6 sed, 6 de 
cualquiera otro modo, sin necesidad de oirlos y sin forma de pro- 
ceso. El honor de los vasallos y aun de las misitias mujeres € hi- 
jas, lo mismo que la libertad y que la vida, estaba por completo d 
merced d#l seftor, siendo tanto mds odiosa esta esclavitud, cuan- 
to que cualquiera hombre Itbre, aun sin ser noble, podfa, como 
indicamos arriba, hacerse seftor de vasallos solo con comprar 
tierras de seftorlo. En la clase humilde son tambi^n de notar los 
Uamados villanos de parada^ cuya suerte fu6 acaso peor en los 
primitivos tiempos que la de los mismos vasallos de seftorlo, 
pues no faltan escritbres segiin los cuales el derecho de vida y 
muerte que sobre ellos tenia el seftor era tan birbaro y absoluto, 
que sus hijos podian despedazar al villano y repartirse sus miem- 
bros. La cendici6n de unos y otros, primero la de estos ultimos, 
fu^ no obstante mejorando con el tiempo, por influjo de causas 
an^logas d las que en Castilla hicieron mAs llevadera la de los 
siervos y solariegos, redimiendo al fin su esclavitud, no sin pro- 
testas armadas 6 insurrecciones, mediante el pago de ciertos 
tributos. 

En Catalufla, unico pais de Espafla donde se desarroll6 por 
completo el feudalismo, formaban la nobleza mds elevada, cuya 
organizaci6n algunos atribuyen d Carlomagno, los condes, vis- 
condes^ comitores y valvasores. Los condes 6 potestades tenfan 
mero y mixto imperio en sus dominios, y aunque desde el siglo 
XIII fueron vasallos de la corona de Arag6n, de la que recibieron 
feudos, se cree que en un principio solo prestaban homenaje al 
conde de Barcelona, sin ser feudatarios de nadie. Los vizcondes 
fueron al principio sustitutos de los condes en el gobierno y ad- 
ministracidn dejusticia, confundi^ndose despu^s con los comi- 
tores y viniendo & ser un t6rmino medio entre los condes y los 
valvasores^ que formaban el liltimo grado de la nobleza, Uamdn- 
dose asf los magnates que s61o contaban por vasallos cinco 
caballeros. 

La nobleza de segunda clase se componia de caballeros, don- 
sells^ hijos de caballeros que aiin no habfan sido armados caba- 
lleros, y generosos u hotnbres de paratge, descendientes de los 
soldados A quienes Borrell U hizo nobles por haberle acompafta- 
do en la conquista de Barcelona. 

Despu^s de esta nobleza segufa el estado llano, compuesto 
de tres clases 6 manos: la mayor, formada por los que ejercfan 



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— 355 — 
profesiones cientlficas 6 liberales y propietarios que vivian de 
sus rentas; la tnediana^ constituida por industriales y comer- 
ciantes de importancia, y la menor^ compuesta de mercaderes y 
artesanos. Todas estas personas eran libres y en la misma con- 
dici6n se hallaban los habitantes de los realengos. 

La clase baja estuvo compuesta en Catalufla hasta el reinado 
de Fernando II por los payeses^ unos llamados de remensa 6 
redimencia (rescate), los m^s infelices y oprimidos, y otros me. 
nos vejados. 

El origen de los payeses de remensa dfcese que proviene 
de los primeros tiempos de la reconquista, pues habiendo algu- 
nos habitantes del principado aceptado la dominaci6n sarracena 
y resisti^ndose despu^s, por tenior d los moros, d ayudar d sus 
compatriotas en la obra de la reconquista, cuando ^sta se reali- 
z6^ los vencedores dejaron d aquellos labriegos en la misma 6 
peor condici6n en que vivian bajo los drabes. No estdn, sin em- 
bargo, todos los escritores conformes respecto d este origen, 
atribuyendo los unos d los drabes tan dura servidunibre, mien- 
tras que otros la hacen derivar de los rudos compafleros de 
Carlomagno/De todos modos produjo gravisimos trastornos en 
mds de un caso hasta que en 1486 fu6 abolida por Fernando II 
de Arag6n. 

Las vejaciones y oprobios d que estaban sujetos estos ver- 
daderos siervos se hallaban, por decirlo asl, compendiados en 
los llamados, con raz6n, malos usos, Estos eran seis: remensa 
personal, en virtud del cual el siervo no podfa abandonar los 
dominios de su seflor sin previo concierto de rescate y sin po- 
der disponer de sus bienes inmuebles: intestia, derecho del se- 
ftor d la tercera parte y en ciertos casos d la mitad de los bienes 
del que morfa sin testar: cugucia, derecho del seftor Jl la mitad 
de la dote de la mujer adiiltera, 6 d toda si el marido hubiera 
sido consentidor: xorquia^ derecho del seflor A la sucesi6n del 
hombre 6 mujer de remensa muertos sin herederos directos le- 
gitimos, esto es, sin hijos. Estos cuatro malos usos estaban con- 
signados en las leyes^ los dos siguientes provenfan de la costum- 
bre y eran: arcia, que consistia, segiin unos, en el derecho del 
seflor dque la mujer de remensa lactara d los hijos de aquel, 
con retribuci6n 6 sin ella; y scgiin otros, era lo que el seflor 
exigfa al vasallo cudndo por culpa de 6ste se incendiaba alguna 
casa rural; y firma de espolioforsada, conocido en Francia con 
el nombre de droit de cinsse, que consistia en un act© 6 signo dc 
dominio sobre la recien desposada. 



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- 35« - 

No todos ios payeses estaban sujetos d todos los malos uses, 
ni eran estos iguales en todas las comarcas de Catalufta, habien- 
do tambi^n algunos que, aun llamdndose hombres de remensa li 
hombres propiosy no estaban sujetos ^ ninguno de aquellos, por 
lo menos legftimamente, por no poder sus seflores hacerlos 
constar en legal forma. 

La fusi6n de los estados cristianos no fu6 bastante d hacer 
desaparecer la diferencia de clases; pero la tendencia, ya inicia- 
da anterior mente, d disminuir los privilegios, franquicjas y po- 
der de la nobleza fu^ acentudndose cada vez mds, y las clases 
humildes, por su parte, fueron redimiendo muchos de los vejd- 
menes d que estuvieron sujetas, pudiendo aiirmarse que la ser- 
vidumbre habla sido abolida por completo para los espaftoles d 
fines del pasado siglo y que la principal distinci6n entre nobles 
y plebeyos se redujo d la exenci6n 6 al pago de impuestos, pe- 
chos 6 tributos, al acceso d ciertos cargos, y d las formalidades 
en los procesos y aplicaci6n de ciertas penas. Aun estas mismas 
difereucias cesaron legalmente con el advenimiento y consoli- 
daci6n del regimen constitucional (1). 



(i) He aqu( las principales disposiciones, relativas A las personas, sus debcrcs, 
derechos y garantfa^, que contiencQ nuestros c6digos poUticos: 

Constitucion de 1812, Art. ^^ Todo espafiol est* o]}Hgado i scr ficl d la 
Const itucidD, obedecer las leyes y resp^tar las autoridades establecidas. 

Art. 8° Tambi^n estd obligado todo espafiol, sin distinci6n alguoa, d cootri- 
buir en proporci6n de sus haberes para los gastos del £stado. 

Art. 9*^ Estd asimismo obligado todo espafiol d defender la patria con la$ 
armas, cuando sea llamado por la ley. 

Art. 244. Las leyes sefialardn el ordeny las formalidades del proceso, que se- 
rdn uniformes en todoiti los Tribunates; j ni las Cortes ni el Key podrdn dispen- 
sarlas. 

Art. 247. Ningiin espafiol podrd ser juzgado en causas civiles ni criminales 
por ninguna comisidn, sino por el Tribunal competente determinado con anterio- 
ridad por la ley. 

Art. 248. En los negocios comunes, civiles y criminales, no habrd mds que 
un solo fuero para toda clase de personas. 

Art. 249. Los eclesidsticos continuardn gozando del fuero de su estado en los 
tcrminos que prescriben las leyes 6 que en adelante prescribieren. 

Art. 250. Los militares gozardn tambi^n de fuero particular, en los tcrminos 
que previene la ordenanza 6 en adelante previniere. 

Art. 287. Ningitn espafiol podrd ser preso sin que preceda inforniBci6n suma- 
ria del hecbo, por el que merezca segdn ley ser castigado con pcna corporal, y 
asimismo un mandamiento del juez por escrito, que se notificard en el acto mis- 
mo de la prisi6n. 

Art. 290. £1 arrestado, antes de ser puesto en prisidn, serd presentado al juez, 
siempre que no haya causa que lo estorbe, para que le reciba declaraci6n, mas si 
esto no pudiera verificarse, sele conducird d la cdrcel en calidad de detenido, y el 
juez le recibird la declaraci6n dentro de las veioticuatro horas. 



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- 357 — 

Art. 291. Lft decla'racidn del arrestado stri. sin juramento, que i, i^adie ha de 
tomarse en materias criminales sobre hecho propio. 

Art. 293. Si se resolriese que al arrestado se le ponga en la c&rcel, 6 que per- 
manezca en ella eo calidad dt pr^so» se proveerd auto motivado, y de €i se entre- 
gari copia al alcaide, para que la inserte en el libro de presos, sin cuyo requisite 
no admitird el alcaide i. ningiio preso en calidad de tal, bajo la mis estrecha res- 
ponsabilidad. 

Art. 294. S6I0 se hard embargo de bienes cuando se proceda por delitos que 
lleven consigo responsabilidad pecuniaria, y en proporcidn d la cantidad, d que 
esta pneda exteoderse. 

Art. 295. No serd Ilevado d la cdrcel el que d6 fiador en los casos en que la 
ley no prohiba expresamente que se admita la 6anza. 

Art. 296. En cualquier estado de la causa que aparezca que no puede impo* 
nerse al preso la pena corporal, se le pondrd en libertad dando iianta. 

Art. 300. Dentro de las veinticuatro boras se manifesUrd al tratado como reo 
la causa de su prisi6o, y el nombre de su acusador si lo hubiere. 
* Art. 301. Al tomar la confesi6n sd tratado como reo, se le leerdn (ntegramen- 
te todos los documentos y las declaraciones de los testigos, con los nombres de 
6stos; y si por ellos no los conociere se le dardn cuantas noticias pida para venir 
eo conocimiento de quienes son. 

Art. 302. £1 proceso de alK en adelant^ serd piiblico en el modo y forma 
que determinen las leyes. 

Art. 303. No se usara nunca del tonnento ni de los apremios. 

Art. 304. Tampoco se impondrd la pena de confiscaci6D de bienes. 

Art. 305. Ninguna pena que se imponga por cualquieta delito que sea, ha de 
ser trascendental por t^rmino ninguno d la familia del que la sufre, sino que ten- 
drd todo su efectu precisamente sobre el que la mereci^. 

Art. 306. No podrd ser allanada la casa de ningdu espafiol, sino en los casos 
que determine la ley para el buen orden y seguridad del Estado. 

Art. 308. Si en circunstan'^ias extraordinarias la seguridad del Estado exigie- 
se en toda la Monarquia, 6 en parte de ella, la suspensi6n de algunas de las for- 
malidades prescritas en este capitulo para el arresto de los deliocnentes, podrdn 
las Cortes decretarla por un tiempo determinado. 

Art. 339. Las contribuciones se repartirdn entre todos los espaftoles con pro- 
porci6n d sus facultades, sin excepci6n ni privilegio alguno. 

Art. 361. NingUn espafiol podrd escusarse del servicio militar, cuando y eu la 
forma que fuere llamado por la ley. 

Art. 371. Todos los espafioles tienen libertad de escribir, imprimir y publi- 
car sus ideas politicas sin necesidad de licencia, revisidn 6 aprobacidn alguna an- 
terior d la publicacidn, bajo las restricciones y responsabilidad que establezcan 
las leyes. 

<^rt. 373. Todo espafiol tiene derecho de repre^entar d las Cortes 6 al Rey para 
reclamar la obserraocia de la Constituci6n. ■ 

Constitucion de iSjy. Art. 2^ Todos los espafioles pueden imprimir y publicar 
Itbremente sus ideas sin previa censura, con sujeci6n d las leyes. La calificacidn 
de los delitos de imprenta corresponde exclusivamente d los jurados. 

Art. 3° Todo espafiol tiene derecho de dirigir peticiones por escrito d las Cor- 
tes y al Rey, como determinen las leyes. 

Art. 4* Udos mismos C6digos regirdn en toda la Monarquia y en ellos no se 
establecerd mds que un solo fuero para todos los espafioles en los juicios comu- 
nes, ciriles y criminales. 

Art. 5* Todos los espafiolec son admisibles d los empleos y cargos piiblicos, 
segiin su m^rito y cdpacidad. 

Art. 6* Todo espafiol estd obligado d defender la patria con las annas cuando 
sea llamado por la ley, y d contribnir en proporcidn de sus haberes para los gas- 
tos del Estado. 

Art. 7* No puede ser detenido, ni preso, ni separado de su domicilio ningiln 



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- 358 ~ 

espanol» ni allanada su casa, sino en los casos y en la forma que las leyes pres- 
criban. 

Art. 8* Si la seguridad del Estado exigiere en circunstancias extraordmarias 
la suspensibn temporal en toda la Monarqufa, 6 en parte de ella, de lo dispuesto 
en el articulo anterior, se determinard por ana ley. 

Art. 9* Ningiin espaftol puede ser proccsado ni sentenciado sino por el juez 6 
Tribunal competente, en virtud de leyes anteriores al delito y en la forma que 
^tas prescriban. 

Art. lo. No se impondrd jamds la pena de confiscaci6n de bienes, y ningiin 
espafiol serd privado de su propiedad sino por causa just ificada de utilidad corodn, 
previa la correspondiente indemnizacidn. 

Constiiucion de 184s, Las roismas disposiciones y en id^nticos artfculos que 
la anterior, excepto el ultimo pdrrafo del articulo 2*, relativo i, la caliiicacidn de 
losdeiitos do imprenta por los jurados, y la ultima parte del articulo 4*, respecto 
d la unidad de fuero; pues uno y oira fueron suprimidos en la Const itaci6n 
de 1845. 

Constiiucidn de i86g. Art. 2* Ningdn espafiol ni extranjero podrd ser dete- 
nido ni preso sino por causa de delito. 

Art. 3* Todo detenido serd puesto en libertad 6 entregado d la autoridad ju- 
dicial dentro de las veinticuatro horas siguientes al acto de la detenci('m. 

Toda detenci6n se dejard sin efecto 6 elevard d prisi6n dentro de las setenta 
y dos horas de haber sido entregado el detenido al juez competente. 

La providencia que se dictare se notiBcard al interesado dentro del mismo 
plazo. 

Art. 4* Ningiin espafiol podrd ser preso sino en virtud de mandamiento de 
juez competente. El auto por el cual se hay^ dictado el mandamiento se ratifica- 
rd 6 repondrd. oido el presunto reo, dentro de las setenta y dos horas siguientes 
al acto de la prisidn. 

Art. 5* Nadie podrd entrar en el domicilio de un espaftol 6 extranjero resl- 
dente en Espafia sin su consentimiento, excepto en los casos urgentes de incendio, 
inundaci6n d otro peligro andlogo, 6 de agresi6n ilegitima procedcnte de aden- 
tro, 6 para auxiliar d persona que desds alH pida socorro. 

Fuera de estos casos, la entrada en el domicilio de un espafiol 6 extranjero 
residente en E^pafia y el registro de sus papeles 6 cfectos s6lo podrdn decretarse 
por juez competente y ejecutarse de dia. 

El registJ-o de papeles y cfectos lendrd siemprelugar d presencia del intere- 
sado 6 de un individuo de su familia; y en su defecto de dos tectigos vecinos del 
mismo pueblo. 

Sin embargo, cuando un delincnente hallado infraganti y perseguido por la 
autoridad 6 sus agent es se refugiare en su domicilio, podrdn estos penetrar en 
61 s6lo para el acto de la aprehensi5n. Si se refugiare en domicilio p.jeno, prcce- 
derd requerimiento al duefio de 6ste. 

Art. 6* Ningiin espafiol podrd ser compelido d mudar dc domicilio 6 de resi- 
dencia sino en virtud de sentencia ejecutoria. 

Art. 7* En ningdn caso p>odrd detenerse ni abrirse por la autoridad gubernati- 
va la correspondencia confiada al correo, ni tampoco detenerse la telegrdfica. 

Pero en virtud de auto de juez competente podrdn detenerse una y otra co- 
rrespondencia, y tambidn abrirse en ])rescncia del procesado la que se le dirija por 
el correo. 

Art. I f . Ningiin espafiol podrd ser procesado ni sentenciado sino por el juez 
6 Tribunal d quien, en virtud de leyes anteriores al delito, competa el conocimien- 
to y en la forma que 6stas prescriban. 

No podrdn crearse Tribunales extraordinarios ni Comisiones especiales para 
conocer de ningdn delito. 

Art. 12. Toda persona detenida 6 presa sin las formalidades legates, 6 fuera 
de los casos previstos en la Constitucidn, serd puesta en libertad d petici6n suya 
6 de cualquier espafiol. 



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- 359 — 

La ley deterroioard la forttft de proceder sumariamente en este caso, asf com* 
las penas personates y pecuniarias en que haya de incurrir el qae ordenare, eje- 
catare 6 hiciere ejecutar la detencidn 6 prbi6n ilegal. 

Art. 13. Nadie podri ser privado temporal 6 perpetuamente de sus bienes y 
derechos, ni turbado en la po3esi6n de ellos sino en virtud de sentencia judicial. 
Los funcionarios piiblicos que bajo cnalquier pretexto infrinjan esta pres- 
cripci6n serin personalmente responsables del dafio causado. 

Quedan exceptuados de ella los casos de incendio 6 innndaci6n y otros nr- 
gentes andlogos en que por la ocupaci6n se haya de excusar un peligro al propie- 
tario 6 poseedor, 6 evitar6 atennar el mal que se temiere 6 hnbiere sobrevenido. 

Art. 14. Nadie podri ser expropiado dc sus bienes sino por causa de utilidad 
comiin y en virtud de mandamien to judicial, que no se ejecutard sin previa indem- 
nizaci6n regulada por el juez con intervenci6n del interesado. 

Art. 15. Nadie estd obligado d pagar contribucidn que no haya sido votada 
por las Cortes 6 por las corporaciones populares legalmentc autorizadas para im- 
ponerla, y cuya cobranza no se haga en la forma prescrita por la ley. 

Todo funcionario pdblico que intente exigir 6 exija el pago de una contribu- 
cidn sin los requisitos prescritos en este artfcnlo incurrird en el delito de exacci6n 
ilegal. 

Art. 16. Ningdn espafiol que sehalle en el pleno goce de sus derechos civi- 
les podrd ser privado del derecho de votar en las elecctones de senadores, dipu- 
tados d Cortes, diputados provinciates y concejales. 

Art. 17. Tampoco podrd ser privado ningiin espaflol: 

Del derecho de emitir libremente sus ideas y opiniones, ya de palabra, ya 
por escrito, vali6ndose de la imprenta 6 de otro procedimiento semejante. 
Del derecho de reunirse paclficamente. 

Del derecho de asociarse para todos los fines de la vida humana que no sean 
contrarios d la moral pdblica; y por ditimo, 

Del derecho de dirigir peticiones individual 6 colectivamente d las Cortes, al 
Rey y d las autoridades. 

Art. 18. Toda reuni6n pdblica estard sujeta d las disposiciones generales de 
policfa. Las reuniones al aire libre y las manifestaciones poliiicas s6lo podrdo 
celebrarse de dia. 

Art. 19. A toda asociaci6n cuyos indivi'duos delinquieran por los medios 
que la misma les proporcione, podrd impon^rsele la pena de disoluci6n. 

La autoridad gubernativa podrd suspender la asociaci6n que delinca, some- 
tiendo incontinenti d los reos al juez competente. 

Toda asociacion cuyo objeto 6 cuyos medios comprometan la seguridad del 
Estado podrd ser disuelta por una ley. 

Art. 20. El derecho 4e petici6n no podrd ejercerse colectivamente por nin 
guna clase de fuerza armada. 

Tampoco podrdn ejercerlo individualmente los que formen parte de una 
fuerza armada sino con arreglo d las leyes de su institnto en cuanto tenga rela- 
ci6n con 6ste. 

Art. 21. V^ase la nota de la pdgina 334. 

Art. 22. No se establecerd ni por las leyes ni por las autoridades disposicidn 
alguna prevent iva que se refiera al ejercicio de los derechos definidos en este tf- 
tulo. Tampoco podrdn establecerse la censura, el depdsito ni el editor responsa* 
ble para los peri6dicos. 

Art. 23. Los delitos que se cometan con ocasidn del ejercicio de los dere- 
chos consignados en este titulo serdn penados por los Tribunates con arreglo d 
las leyes comunes. 

Art. 24. Todo espaftol podrd fundar y mantener eslablecimientos de instrnc- 
ci6n 6 de educaci6n sin previa licencia, salva la inspeccidn de la autoridad com- 
petente por razones de higiene y moralidad. 

Art. 25. Todo extranjero podrd establecerse libremente en el territorio espa- 
fiol, ejercer en 61 su industria, 6 dedicarse d cualquiera profesi6n para cuyo desem- 





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— 3^0 — 

pefio DO exijan las leyes titnlos dc aptlttid expedidos per las autoridadefl espa- 
fiolas. 

Art. 26. A ningUn espaftol qoe est^ en el pleno goce de sns d<feciios civifes 
podra impedirsele salir libremeDte del territorto, dI trasladar su resideocia y ba- 
beres d pais extranjero, salvas las obligaciofies de contribnir al scrvicio militar 
6 al mantenimiento de las cargas pUblicas. 

Art. 27. Todos los espafioles son admisiblcs d los empleos y caigos p^biicos 
segiin su m^rito y capacidad. 

La obtenctdn y el desempeQo de estos empleos y cargos, asi como la adqni- 
sici6n y el ejercicio de los derechos civiles y polkicos son independientes de la 
religidn que profesen los espafioles. 

£1 extranjero que no estuviere naturalixado no podhl ejercer en Espafia car- 
go alguno que tenga aneja autoridad 6 }nrisdicci6n. 

Art. 28. Todo espafiol estd obligado i, defender la patria con las armas cofin* 
do sea llamado por la ley, y d contribnir d los gastos del Estado en proporcidn 
de sus habere s. 

Art. 29. La enumeraci6n de los derechos consignados en este tftulo no im- 
plica la prohibict5n de cnalquiera otro no consignado expresainente. 

Art. 31. Las garantfas consignadas en los arts. 2*, 5** y 6*, y pdrrafos prime- 
ro, s^^ado y tercero del 1 7 no podrdn snspenderse en toda la monarqufa ni en 
parte de ella sino temporalmente y por medio de una ley, cuando asi lo exija la 
seguridad del Estado en circunstancias extraordinarias. 

Promulgada aquella, el territorio d que se aplicare se regiid, durante la sus- 
pensidn, por la ley de orden publico establecida de antemano. 

Pero ni en una ni en otra ley se podrdn suspender mds garantfas que las con- 
signadas en el primer pdrrafo de este artfculo, ni autoritar al gobierno para ex- 
trafiar del reino, ni deportar d los espafioles, ni para desterrarlos d distancia de 
mas de 250 kil6metros de su domicilio. 

£n ningtin caso los jefes militares 6 civiles podrdn establecer otra penalidad 
que la prescrita previamente por la ley. 

C^nstituciSn di 1876, Art. I*. Son espafioles: 
Primero. Las personas nacidas en territorio espafiol. 

Segundo. Los hijos de padre 6 madre espafioles, aunque hayan nacido fuera 
de Espafia. 
Tercero. Los extranjeros que ha3ran obtenido carta de natnraleza. 
Cuarto. Los que sin ella hayau ganado vecindad en cualquier pueblo de la 
monarqufa. 

La calidad de espafiol se pierde, por adquirir natnraleza en pa£s extranjero 
y por admitir empleo de otro Gobierno sin lipencia del Rey. 

Art. 2* Los extranjeros podrdn escablecerse libremente en territorio espafiol, 
ejercer en ^1 su indastria 6 dedicarse d cualquiera profesi6o para cnyo desempefto 
no exijan las leyes tftulos de apCitud expedidos por las autoridades espafiolas. 

Los que no esturieren natural izados, no podrdn ejercer en Espafia cargo al- 
guno que tenga aneja autoridad 6 jurisdiccidn. 

Art. 3* Todo espafiol estd obligado d defender la patria con las armas, cuan- 
do sea llamado por la ley, y d contribnir, en proporcidn de sus haberes, para los 
gastos del Estado, de la Provincia y del Municipio. 

Nadie estd obligado d pagar contiibuci6n que no est^ rotada por las Cortes 
6 por las corporaciones legalmente autorixadas para imponerla. 

.\rt. 4* Ntngdn espafiol, ni extranjero podrd ser detenido sino en los casos y 
en la forma que las leyes prescriban. 

Todu dttenido serd pnesto en iibert<id 6 entregado d la autoridad judicial 
dentro de las Yetnticaatro boras siguientes al acto de la detencidn. 

Toda detencidn se dejard sin efecto 6 elevard d prisi6n dentro de las setenta 
y dos horas de haber sido eutregado el detenido al juez competente. 

i^ providencia que se dictare se notificard al interesado dentro del mismo 
plazo. 



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-3*1 - 

Art. 5^ Niogtlii espafiol podWl ser preso sioo en virtud de mandamiento de 
jaes competente. , 

£1 auto en que se haya dictado el mandamiento sa ratificard 6 repondrA, oido 
el presunto reo, dentro de las setenta y dos horas siguientes al acto de la prisidn. 
Toda peisona detenida 6 presa sin las formalidades legales, 6 fuera de los 
casos prevbtos en la Constitucidn y las leyes, serd puesla en libertad d petici6n 
suya 6 de cualquier espafiol. La ley determinard la forma de proceder sumaria- 
mente en este caso. 

. Art. 6* Nadie podrd entrar en el domicilio de un espafiol, 6 extranjero resi- 
dente en EspiAa, sin sa consentimiento, excepto en los casos y en la forma expre- 
samente previstos en las leyes. 

£1 registro de papeles y efectos se verificard siempre d presencia del intere- 
sado 6 de un individuo de su familia, y, en su defectn, de dos testigos vecinos 
del mismo pueblo. 

Art. 7* No podrd detenerse ni abrirse por la autoridad gubernativa la corres- 
pondencta confiada al correo. 

Art. 8* Todo auto de prisidn, de registro de morada 6 de detencidn de la co- 
rrespondencia, serd motivado. 

Art. 9^ Ningiin espafiol podrd ser compelido d mudar de domicilio 6 residen- 
cia sino en virtud de mandato de autoridad competente y en los casos previstos 
por las leyes. 

Art. lo. No se impondrd jamds la pena de confiscaci6n de bienes, y nadie 
podrd ser privado de su propiedad sino por autoridad competente y por causa jus- 
tificada de utilidad pdblica, previa siempre la correspondiente indemnizacidn. 

Si no precediere este requisito, los jueces amparardn, y en sucaso reintegra- 
rdn en la posesi6n al expropiado. 

Art ti. V6ase la nota de la pdgina 334. 

Art. 12. Cada cual es librede elegir su profesi5n y de aprenderla como me- 
jof le parexca. 

Todo espafiol podrd fundar y sostener establecimientos de instruccidn y de 
edncacidn con arreglo d las leyes. 

Al E^tado corresponde expedir los tftulos profesionales y establecer las con- 
diciones de los que pretendan obtenerlos y la forma en que ban de probar su ap* 
titud. 

Una ley especial determinard los deberes de los profesores y las reglas d que 
ha de someterse la ensefianza en los establecimientos de instrucci5n pdblica cos- 
teados por el £stado, las provincias 6 los pueblos. 
Art. 13. Todo espafiol tiene derecho: 

De emitir libremente sus ideas y opiniones, ya de palabra, ya por escrito, 
valiindose de la imprenta^ de otro procedimiento semejante, sin sujecidn d la 
censura previa. 

De reunirse paciBcamente. 
De asoctarse para los fines de la vida humana. 

De dirigir peticiones individual 6 colectlvamente al Rey, d las Cortes y d 
las autoridades. 

£1 derecho de peticidn no podrd ejercerse por ninguna clase de fuerza 
amuda. 

Tampoco podrdn ejercerio individualmente los que formen parte de una fner- 
xa armada, sino con arreglo d las leyes de su inUitnto, en cuanto tenga relacidn 
con ^te. 

Art. 14. Las leyes dictardn las reglas oportunas para asegurar d los espafioles 
en el respeto reciproco de los derechos que este tftulo les reconoce, sin menoscabo 
de los derechos de la Naci6n, ni de los atributos esenciales del poder publico. 

Determinardn asimismo la responsabilidad civil y penal d que ban de quedar 
sujetos, segUn los casos, los jueces, autoridades y funcionatios de todas clases, 
que atenten d los derechos enumerados en este tftulo. 

Art. 15. Todos los espafioles son admisibles d los empleos y cargos pdblicos, 
segUn su mirito y capacidad. 



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— 3^1 — 

Art. t6. NingUo espaflol puede ser procesado ni senteociado sino per d jves 
6 Tribunal competente, en vlrtud de leyes anteriores al delito, y en la forma que 
6stas prescriban. 

Art. 1 7. Las garantCas expresadas en los artfculos 4^, 5*, 6* j 9°, j p&irafos 
primero, segundo y tercero del 13, no podrdn saspenderse en toda la Monarquia, 
ni en parte de ella, sino temporalraente y por medio de una ley, cuando asi lo 
exija la seguridad del Estado ^n circunstancias extraordinarias. 

S6I0 no estando reunidas las Cortes y slendo el caso grave y de notoria «r- 
gencia, podrd el Gobierno, bajo sa responsabilidad, acordar la suspensidn de 
garantias a que se refiere el pdrrafo anterior, sometiendo su acuerdo i ia aproba- 
ci6n de aqnellas lo mds pronto posible. 

Pero en ningiin caso se sospenderdn mds garantias que las expresadas en el 
primer pdnafo de este articulo. 

Tampoco los jefes militares 6 civiles podrdn establecer otra peoalidad qae 
la prescfita previamente por la ley. 



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secci6n cuarta 

ELEMENTOS POLITICO SOCIALES 



CAPITULO PRIMERO 

LA NOBLEZA 



En casi todos los pueblos, juntamente con las primeras ma- 
nifestaciones de organizaci6n social y polftica, aparece una 
clase preeminente, que, ora por su origen, ya por las funciones 
que le estuvieran encomendndas, 6 como depositaria de las tra- 
diciones y glorias nacionales, ha ejercido una influencia mds 6 
menos grande en la marcha de los estados. Desde los brantma- 
nes de la India, los sparciatas de la Laconia, los eupatridas de 
Atenas, los patricios de Roma y los sefiorcs feudales de la 
Edad Media hasta los modernos tiempos, en que al origen y al 
privilegio de raza han reemplazado en prestigio las riquezasy 
el talento, la historia confirma en general la existencia de este 
el^mento social como factor de la polftica. 

Por lo que hace d nuestra patria, ya hemos indicado quie- 
nes componfan entre los godos la clase mds elevada, asi como 
algunosde sus mds importantes privilegios. La influencia polf- 
tica de la nobleza visigoda se evidencia recordando que ella 
formaba el consejo de los reyes; que la elevaci6n de 6stos al 
trono y su deposicidn dependfan muchas veces de la voluntad 



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de los magnates; que, segua disposici6n expresa del Fuero Juz- 
go, Ley VIII, tft. I, no podfa toniar el reino, ni hacerse rey nin- 
giin religioso ni otro hombre si no era de linaje de los godos, y 
fijodalgoy noble; que 6stos desempeflaron en un principio los 
oficios palatinos; que A los mismos estaban encomendados, como 
duques, condes y gardingos, los cargos mds importantes de la 
administraci6n y la milicia, y que sus discordias se dirimfan 
casi siempre d espaldas de la autoridad, confiando la resoluci6n 
al 6xito de Jas at mas. Cnase d esto la costumbre de que cada 
noble podia formarse un cortejo de personas adictas d su parti- 
cular servicio, ya por medio de donaciones, ya por el prestigio 
de su valor y de su nombre y la esperanzi consiguiente de me- 
recer sus favores 6 de participar del botln y depredaciones, 
cons3cuencia de los combates, y resaltard aUn mds la prepoten- 
cia de esta clase en aquellos tiempos de continua lucha y cuan- 
do la drganizaci6n del estado era tan d^bil y tan eflmero el po- 
der de los monarcas. 

Tan luego como la monarqula asturiana comenz6 d conso- 
lidarse reaparece la nobleza gozando de privilegios y derechos 
andlogos d los que tuviera en tiempo de los godos, desempe- 
fiando id^nticos cargos y teniendo la misma intervenci6n en el 
gobierno. Este poder fu^ aumentdndose paulatinamente, contri- 
buyendo d ello la ambicion de los grandes, cimentada en la ne- 
cesidad de su concurso para la obra de la reconquista, en la es- 
casa autoridad de los reyes y en la falta de una clase media, 
incompatible con el estado de guerra y constante alarma, en 
que trafan revuelto el pais las algaradas de los moros y las lu- 
chas intestinas entre los mismos nobles 6 entre los variosesta- 
dos cristianos. 

La indep^ndencia de Castilla, iniciada despues de la muer- 
te de los condes Nuflo Fernandez, Abolmondar el Blanco y Fer- 
nando Ansurez y realizada de hecho por Ferndn Gonzalez con 
el concurso de los nobles, alienta d dstos en su camlno de am- 
bici6n, estimdndose indispensables, no ya s6lo para ensanchar 
el territorio castellano y rechazar las incursiones de la morisma, 
sino tambi^n para consolidar la independencia del nuevo esta- 
do. Asf obtuvieron en tiempo de D. Sancho Garcia, llamado el 
de los Buenos Fueros, muchos privilegios, figurando como el 
mds notable el restringuirse d soloi tres dias la obligaci6n que 
tenfan de servir en la hueste d sus cxpensas. Pero d mcdida que 
sc fortalecfa el poder de los monarcas tendieron ^stos d amen- 
guar el de los nobles y, asl como en Le6n Alfonso V lirait6 las 



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- 365 - 

adquisiciones de tierras por 6stos, sujet6 A la jiirisdicci6n real 
todas las ciudades y pueblos, y confirm6 la obligaci6n de acu- 
dir A la hueste del rey, cuando por 6ste fueran llamados, ea 
Cdstilla las leyes del Fuero Viejo indican tambi^n esta tenden- 
cia, pues, si dicho fuerb se form6, como pretenden algunos, A 
petici6n de los nobles para afirraar sus privilegios, prueba es de 
que se controverHan y disputaban, y si s61o fu6 debido A la ini- 
ciativa de los monarcaSi las disposiciones del mismo muestran 
el espf ritu que A aquellos animaba respecto d las exageradas 
pretensiones de la nobleza. La ley I, tft. I, que reserva al'rey la 
exclusiva en los derechos de /usticia, Moneda, Fonsadera y suos 
yantares; la I, tft. UT, que fija la obligaci6n para todo fijodalgo 
de acudir A la hueste; la II del mismo tltulo, que impone A todos 
los vasallos, aunque sean fijosdalgo^ la obligaci6n de dejar, 
cuando murieren, A su seflor la tnincidn^ 6 sea una cabeza de los 
mejores ganados; las del tit. V, relativas A la amistad, desafios, 
treguas, muertes, heridas y deshonras entre los fijosdalgo, y en 
las que se prescriben reglas para limitar el absurdo derecho de 
la venganza y de la guerra privada, indican, entre otras, A la vez 
que los grandes privilegios de los nobles, aquel esi$lritu6 ten- 
dencia de los reyes. Pero ni estas leyes, ni aun la intervenci6ri 
del clero estableciendo, bajo pena de excomuni6n, la pas de 
Dios, 6 sea la obligaci6n de abstenerse en ciertas ^pocas solem- 
nes de la Iglesia de actos contranos A la paz y caridad cristianas, 
fueron bastantes para reprimir los abusos de la irascible soberbia 
de los grandes, y lo prueba la reproducci6n de alguna de aque- 
llas leyes en las del Fuero Real, tft. 21, y en la 46, tft. 32 del 
Ordenamiento de Alcald, sin necesidad de recurrir al testimonio 
de historiadores y cronistas. Con todo, ea este punto la narra- 
ci6n hist6rica confirma la existencia del mal que intentaban re- 
mcdiar las leyes, pues, segiin ella, lejos de cesar los retos y de- 
saffos personales, las contiendas entre los nobles se generaliza- 
ron en diversas ^pocas suscitando ligas 6 coaliciones y convir- 
ti^ndose en verdaderos bandos, provocados unas veces por el 
6dio 6 emulaci6n entre los grandes, y otras para proteger 6 
combatir A los diversos pretendfentesal trono, y aun levantAn- 
dose contra los mismors reyes. Sirvan de ejemplo los de Avila 
en tiempo de Alfonso VI, los de Se villa y MCircia bajo Enrique 
el Doliente, los del tiempo de Juan II entre el Almirante de Cas- 
tilla y el conde de Benavente contra los partidarios del condes- 
table D. Alvaro de Luna, los de C6rdoba y Sevilla bajo el d^bil 
Enrique IV, la con jura ci6n de nobles, prelados, drdenes mili- 



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— 366 -V 

tares y cbilcejos capitaneados por Sancho el Bravo contra su 
padre Alfonso el SdbiOy la coalici6n de ios grandes durante la 
rainorfa de Alfonso XI, y otras muchas, que s61o empezarbn d 
decrecer en Ios vigorosos reinados de Ios Reyes Cat61icbs, con- 
tribuyendo no poco d ello la fuerza que de Ios concejos supie- 
ron Ios monarcas oponer d la de las nobles, y sobre todo el es- 
tablecimiento de la Santa Hermandad, instituci6n armada y 
principio de milicia permanente que, dependiendo directamente 
de Ios reyes, hizo menos necesario el auxilio de Ios grandes para 
las empresas b^licas, asf como tambi^n fu^ menos preciso su 
concurso en el gobierno y administraci6n del Estado desde que 
la reina Isabel, con hdbil politica, dispens6 una especial protec- 
ci6n A las letras y d las ciencias, dando asiento en altos puestos, 
cofno consejeros y auxiliares del poder real, d las personas mds 
eminentes por su saber. 

El cardcter inquieto y turbulento de la hobleza castellana 
era no s61o hijo de su ocupaci6n constante en las armas y de la 
necesidad de su concurso para la obra de la reconquista, sino 
tambi^n de sus privilegios y franquicias y de su gran propiedad 
territorial, cada vez mds acrecentada y consolidada por las 
mercedes de Ios reyes, por Ios feudos y vinculaciones. 

Entre aquellos privilegios es muy de notar, ademds de la 
exenci6n de impuestos generales y de la prueba del tormento, 
que yaindicamos en la secci6n anterior, el que permitia d Ios 
ricos-hombres castellanos renunciar la naturaleza del reino, si 
asf era su volunlad, dejar el servicio del rcy y hasta hacerle la 
guerra; derechos consignados implicitamente en las leycs del 
tftulo III, libro I del Fuero Viejo; y d tal punto era respetada la 
altiv^z de Ios grandes que, si algiin merino del rey prendiera d 
un noble malhechor, ni el mismo rey podia protejer la persona 
de su delegado, uni vez cesado en el cargo, contra las iras del 
criminal 6 d^ su familia, sino indirectamente obligando d Ios 
enojados d que le concedieran treguas de sesenta aflos. 

No todos Ios nobles gozaban de iguales preeminencias y dis- 
tinciones, d?pendiendo algunas de estas de la mayor 6 menor 
jerarqula de aquellos. 

El primer grado de la nobleza le componfan, segiin dijimos> 
Ios ricos hombres que provenian de Ios antiguos optimates y tc- 
nian la prinr.era autoridad y lujjar en cl Eslado. Segun la ley 
VI, tft. IX, Partida II: "Los nobles son llama-'os en dos mane- 
ras; 6 por Hrage 6 por bbndad. E como quier que el linage es 
noble cosa; la bondad pasa e vence, mas quien las ha ambas, 



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-3^7 - 

este puede ser en verdad rico ome: pues que es rico por lina- 
ge, e ome cumplido por bondad. E ellos han aconsejar al Rey en 
ios grandes fechos, e son puestos para fermosear su c6rte e su 
reino;„ y la ley X, tit. XXV, Partida IV, dice: "Ricos omes, se- 
gund costumbre de Espafia, son llamados Ios que en otras tie- 
rras dken ctmdes o barone3.„ No debe confundirse el rico-hom- 
bre con el hombre rico 6 poseeior de grandes tierras puesto 
que la historia presenta algunos casos de poderosos hacenda^ 
dos que, si quisieron llegar A la consideraci6n de ricos-hom- 
bres tuvieron que solicitarla y obtenerla de Ios reyes, quiencs se 
la conferfan mediante las ceremonias necesarias al efecto. 

"Eran, dice el seflor Colmeiro, la divisa de la rica hombrla, 
el pend6n y la caldera en seflal de que podian levantar gente 
deguerra, y tenian la hacienda necesaria para susten tar sus 
mesnadas, Gozaban de suma autoridad en la c6rte, pues ellos 
eran del consejo ordinario de Ios reyes, confirmaban Ios privi- 
legios rodados, asistian ^ las juntas del reino, juzg^banles al- 
caldes de su fuero, y cuando el rey Ios echaba de la tierra, debfa 
darles plazo seAalado^ dentro del cual saliesen con sus vasallos 
y sus amigos sin recibir molestia. Estaban exentos de pechos, 
ejerdan la jurisdicci6n civil y criminal en Ios lugares de su se- 
ftorio, Ios poblaban y les otorgaban fueros, pedian Ios tributos 
y servicios que antes satisfaclan d la corona, y en suma, lleva- 
ban toda la voz del rey^ siendo seflores con mero y mixto impe- 
rio. Gozaban ademJis de un notable privilegio ^ que llamaron 
honra nuestros mayores, el cual consistla en la inmunidad de 
las casas y tierras de Ios ricoshombres, en donde no podian en- 
trar Ios ministros de la justicia y oficiales del rey, ni para sacar 
pechos, ni castigar delitos, ni aun extraer criminales. Asistfan 
estos nobles al tribunal del rey cuando se asentaba en audien- 
cia publica d oir Ios pleitos y causas por su persona, y d seme- 
janza de lo que pasaba en la c6rte tenian asiraismo juntas de 
condado, y en ellas Ios ricos-hombres de la tierra, formando el 
consejo del conde, juzgaban y sentenciaban Ios negocios drduos 
6 ya entendfan en la imposici6n y reparto de Ios tributos y otras 
cosas tocantes al gobierno.„ 

Andando el tiempo el tltulo de rico-hombre se troc6 por el 
de grande, distingui^ndose desde Carlos I dos clases de grande- 
za^ de las que era la primera la mds antigua por su linage, em- 
parentada con Ios reyes y mds poderosa por sus riquezas, si 
bi^n la distinci6n entre una y otra vino d reducirse d actos de 
ceremonia en la etiqueta palaciega y de poca trascendencia, 



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- 368 - 

como dependientes de la voluntad de los monarcas que estable- 
cfa aquella d su capricho. 

Los duques, condes y marqueses que seguian d los grandes 
e I la jerarquia nobiliaria, fueron en un principio cargos del Es- 
tado, y auaque algaios, los daqu2s, llegaron & alcanzar tal hon- 
ra que s6lo por serlo se le^ consider6 como grandes, vinieron 
por ultimo A reducirse d meros titulos honorfficos, sin mds dere- 
chos ni preeminencias positivas que las comunes A las clases 
privilegiadas. 

Las leyes XI y XII, tit. I^ Partida II, nos dan idea de estas 
diferentes'jerarqufas y del poder correspondiente A las mismas. 
"Duque, dice la primera de dichas leyes, tanto quiere dezir co- 
mo cabdillo guiador de hueste, que tom6 este officio antigua- 
mente de mano del emperador. E por este officio que era mucho 
honrado heredaron los emperadores A los que los tenfan, de 
grandes tierras que son agora llamados ducados: e son por ellos 
vasallos del imperio. E conde tanto quiere decir, como compa- 
fiero que acompafta cotidianamente al emperador o al rey fa- 
ziendole seruicio seflalado: e algunos condes aula a que llama- 
uan palatinos, que muestra tanto como condes de palacio^ por- 
que en aquel lo^ar los acompafiauan, e les fazian seruicio con- 
tinuamente, e los heredamientos que fueron dados A estos ofi- 
ciales son llamados condados. E marques tanto quiere dezir co- 
mo seflor de alguna gran tierra que estd en comarca de reinos.„ 

La ley XII citada, al hablar del poder que "han los seflores 
sobredichos, que han el seflorfo de las tierras, por heredamien- 
to,„ dice; "E ha poderio cada vno dellos en su tierra en fazer 
justicia, e en todas las otras cosas que han ramo de seflorio se- 
gund dizen los priuilegios que ellos han de los emperadores e 
de los reyes que les dieron primeramente el seflorio de la tierra 
o segund la antigua costumbre, que vsaron de luengo tiempo: 
fueras ende que non pueden legitimar nin fazer ley: nin fuero 
nueuo, sin otorgamiento del pueblo. „ 

No precisan exac^mente nuestras leyes cudl fuese mayor 
grado de nobleza, si la de los paballeros 6 la de los llamados fi- 
jodalgos, pues no s6lo se confunden muchas veces sus privile- 
glo 5 6 inmuiiidades, sino que en ocasiones ni aun se distingue 
en las mismas leyes entre los comunes A los niero fijodalgos 
y A lo5 ricos-hombres. 

Con todo, consultando las de Partida, parecen los caballe- 
ros un orden 6 g^nero de profesi6n, mientras que la hidalgufa 
representa i!inicamente una condici6n social. "Catiallerfa fu^ lla- 



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— 369 — 

mada antiguamente la compafl^ de los nobles omes, que fueron 

puestos para defender las tierras Mas en Espafla llaman 

caualleria, non por razon que andan caualgando en cauallos: 
mas porque bien assi como los que andan A cauallo, van mas 
honradamente que en otra bestia, otrosi los que son escogidos 
para caualleros, son mds honrados, que todos los- otros defenso- 
res. Onde assi como el nome de cauallerfa fu6 tornado de com- 
pafta de omes escogidos para defender, otrosi fud tomado el 
nome de cauallero de la caualleria. (Ley I, tft. XXL, Part. II. 
"Sobre todas las cosas cataron que fuessen (los caballeros) 
omes de buen linaje, porque se guardassen de fazer cosa por- 
que podiessen caer en verguen^a. E porque estos fueron es- 
cogidos de buenos logares, e con algo, que quiere tanto dezir 
en lenguaje de Espafta como bien: por esso los llamaron fijos 
dalgo, que muestra tanto como fijos de bien. „ (Ley II. ib.) "La 
mayor parte de la fidaiguia, ganan los omes por honrra de los 
padres. Ca magUer la madre sea villana e el padre fidalgo: fijo 
dalgo cs el fijo que dellos nasciere. E por fijo dalgo se puede 
contar: mas non por noble. Mas si nasciesse de fija dalgo, e de 
villano, non touieron por derecho que fuesse contado por fijo 
dalgo, porque siempre los omes el nome del padre "ponen prime- 
ramente delante^ quando'alguna cosa quieren decir. (Ley III, ib.) 
La grande estima que de los caballeros se hacfa, pru^banla 
las cualidades que, segun las leyes siguientes del mismo tftulo 
y Parti da, debieran reunir. Conforme A ellas habfan de ser cuer- 
dos y fuertes "porque ellos ban a defender la eglesia e los reyes 
e todos los otros. Ca la cordura les fara que lo sepan guardar a 
sii pro e sin su daflo. E la fortaleza que esten firmes en lo que 
fizieren e non sean cambiadizos;„ prudentes, porque por la me- 
sura "obran de las cosas como deben e non passan a m.is;„ jus- 
tos, porque "las faganderechamente;„ entendidos, "casi lo non 
fuessen errarian en las cosas que auiessen de fazer; „ sabidores 
"ca en otra manera non podrian ser complidamente buenos 
defensores;„ bien acostumbrados, porque "vsando los fijos dal- 
go de cosas contrarias, les faze que lleguen al acabamiento de 
las buenas costumbres;„ mansos y humildes, "ca assi como les 
esta bien de auer palabras fuertes e brauas para espantar los 
enemigos, e arredrarlos de si quando fueren cntre eHos, bien 
de aquella manera las deuen auer en cosas mansas e omtldosas 
para falagar e allegar a aquellos que con ellos fueren;„ arteros 
6 hdbile.s y maflosos, "ca las mafias les fazen que se sepan armar 

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— 570 — 

bien e apuestamente, e otrosi ayudarse, e ferir contoda arma, 
e ser bienligeros e bien caualgantes;„ y muy leales "ca esta es 
bondad en que se acaban e se encierran todas las buenas cos- 
tumbres, e ella es asi como madre de todas. E como quler que 
todoslos omes la deuen auer, seftaladamente conuiene mucho 
d estos que la ayan, por tres razones: La primera es porque 
son puestos por guarda e defendimiento de todos: e noi\podrian 
ser buenos guardadores los que leales nonfuesen. La segunda 
por guardar honrra de su linaje lo que'non guardarian quando 
en lealtad errasen. La tercera por non fazer ellos cosas porque 
cayan en verguen^a en lo que caerian, mas que por otra cosn, si 
leales non fuesen.„ 

Las leyes XXIII y XXIV del mismo tftulo y Partida enume- 
ran las principales distinciones y privilegios propios de los ca- 
balleros. 

Son los mds notables entre estos: que, si en los pleitos que 
tuvieren, ellos 6 sus personeros omitieren en tiempo oportuno 
algun medio de defensa, pudieran practicarlo despues, sin que 
les perjudicara, para su eficacia, el fallo dictado con anteriori- 
dad; que en los juicios criminale^ seguidos contra ellos no pu- 
dieran ser sometidos A cuesti6n de tormento, excepto por trai- . 
ci6n al rey 6 al reino donde moren; que no se les pudiera arras- 
trar, ni ahorcar, ni destrozar 6 mutilar, cuaado merecieran la 
pena de muerte, sino que l^s fuese cortada la cabeza 6 fueran 
muertos de hambre si por su gran delito fuesen acreedores A tal 
rigor; que no perdieran sus cosas por tiempo, esto es, que no va- 
liera contra ellos la prescripci6n mientfas estuvieran en hueste, 
6 con misi6n del rey, 6 empleados sefialadamente en su servi- 
cio y por su mandado; y que pudieran hacer testamento y dejar 
mandas 6 legados en la forma que quisieran, sin estar sujetos d 
las solemnidades exigidas en los testamentos de los derads hom- 
bres para su validez. 

Algunos de estos privilegios fueron tambi^n propios de los 
fijo dalgos, siquiera no estuvieran armados caballeros, como lo 
prueba, entre otras, la ley VIII, tit. XXXI, Partida VII, al hablar 
de las cosas que ban de tener presentes los jueces antes de apli- 
car las penas; pero la inmunidad mAs importante de que goza- 
ban los caballeros y fijo dalgos era la exenci6n de pechos 6 tri- 
butos; y si bien es cierto que no fu6 de tanta trascendencia, ni 
se hizo santir tanto en el Estado cuando la hidalgufa se tenia 
linicamente por linaje, despues que los reyes la concedieron, ya 
en recompensa de seftalados servicios, 6 graciosamente, y aun 



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^ 371 — 

por venta para allegar recursos, los pechos que anteriorniente 
pesaban sobre los nuevos fijo dalgos, hubieron de recaer sobre 
los labradores € indiistriales, cegando asl las fuentes de la pro- 
ducci6n, A m<is de otros graves inconvenientes que de la conce- 
si6n inconsiderada de esta gracia surgieron y que dieron lugar 
varias veces A reclamaciones de las Cortes, principalmente con- 
tra la venta de hidalgulas, fund^ndose entre otras cosas, en que 
ciertos cargos eran desempeftados por hidalgos improvisados, 
faltos de calidad y de las condiciones adecuadas, yen que la 
venta de hidalguias es odiosa tanto para la clase de los hidalgos 
que ven mezclarse entre ellos, ^6\o por tener dinero, 'A personas 
de baja condici6n, como para I4 de los pecheros, en quienes se 
desarrolla naturalmente la envidia y el encono contra aquellos 
de sus iguales que, sin m^ritos, se elevan sobre ellos y les per- 
judican adem^s con los nuevos*trlbutos de que los otros se des- 
cargan. 

Como estas reclamaciones no tuvieran eficacia bastante 
para concluir con el mal y por unas u otras causas se multipli- 
caran excesivamente las concesiones de hidalgufa, se vulgariz6 
<^sta tanto que acab6 por perder todo prestigio social, asi como 
el abuso en las concesiones de tftulo^ de Castilla y otros honores 
(\x^ minando poco A poco la inftuencia de la nobleza^ ddndola el 
polpe de gracia las leyes desamortizadoras conja abolici6n con- 
siguiente de los mayorazgos y quedando hoy reducida al perso- 
nal prestigio de este 6 el otro noble que por su saber, cultura 6 
riquezas sale del nivcl general de los de su clase. 

De origen comiin y de anAlogas instituciones los reinos de 
Navarra y de Arag6n, como derivados del antiguo de Sobrarbe, 
hubo en ambos una clase noble y poderosa cuya influencia po- 
Utica se pretendla hacer venir del fuero primitivo y del pacto 
que se decia*telebrado entre el rey y el consejo de los docc pa- 
res que hubieron de auxiliarle en el gobierno y administraci6n 
del Estado, principalmente en los negocios graves, como los 
concernientes A la guerra, A las treguas y A la paz. 

Blancas en sus Aragonensium rerum Conientani dilucida 
las cuestiones relativas A la nobleza de Arag6n y sus distintas 
clases, examinando entre otras, las opinjones de Miguel de Mo- 
lina y de Pedro de Salanov^a; pero adhiri^ndose principalmente 
A la del obispo D. Vidal de Canellas. Segun ^ste, habfa en Ara- 
g6n infansones y hombres de servicio 6 de signo (servitii, sive 
signi). De entre los infanzones unos se Hamaron ermunii y oiros 
francos de carta. De.los primeros, unos eran bar ones 6 ricos 



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— 37« — 

hontbres; otros mesnaderos; otro^ simples tnilites (cabal leros) 
y otros simplemente infanzones. Eran infanzones ermunii^ esto 
es, inmunes de toda prestaci6n 6 carga, de tal modo que no es- 
taban sujetos d nadie ni por obligaci6n, ni por servidumbre, 
aquellos cuya libertad y honra de condici6n data de tal tiempo 
que no lo recuerda la memoria y era en ellos como innata y na- 
tural. Infanzones de carta son aquellos cuya inmunidad no vie- 
ne de linaje 6 de la naturaleza, sino de la liberalidad de aquel ^ 
cuyo servicio estaban sujetos y que quiso conced^rsela por do- 
cumento aut^ntico; y estos tales, aunque por la especie de do 
naci6n que se les hizo gocen de la inmunidad dej)restar 6 de 
servir, participan ra^ poco de los privilegios propios de los 
otros infanzones, tanto que, aun concedida esta inmunidad por 
el niismo rey en documento piiblico y aut^ntico s61o vale con re- 
laci6n al concedente y d su prosapia 6 sucesores; de modo que, 
A pesar de tal inmunidad, pueden el concesionario y su des- 
cendencia estar sujetos al servicio de otras personas como si no 
tuvieran tal privilegio. Los barones^ dichos asf de bar^ esto es 
beato, bueno, 3'^ ones, hombres, son tambi^n Uamados ricos^ y su 
condici6n era esta, Cuando algdn mesnadero alcanzaba del rey 
algun honor^ feudo, para sostener eierto ni'imero de fnilites, se 
hacia rico hombre 6 bar6n. El rey debla crear estos ricos hom- 
bres 6 tornados de sus mesnaderos naturales de Arag6n, y nun- 
ca, sino por grave causa, de los extranjefos, ti. menos que habi- 
tasen en Arag6n y tuvieran propiedades all! y naturaleza en el 
mismo reino por el padre y por la madre 6 por cualquiera de 
los dos. 

Todas las ciudades y villas mayores del rey deblan asignar- 
se A los ricos hombres, y estos debfan poner en ellas saltnedi- 
nas y baiulos^ alcaldes 6 merinos, para que rigieran en su 
nombre las curias de aquellos lugares y para que*se respondie- 
ra ante ellos de las calofiaSy esto es, de las penas pecuniarlas y 
de los demds derechos que las curias solfan percibir. El rico 
hombre percibla las prestaciones llamadas novenarios y las de- 
berfas, 6 sea ciertos tributos personales, consistentes en pan, ga- 
llinas y otras varias cosas, segun la costumbre. El rey podfa 
destituir A los ricos hombres siemprey de cualquier modo que 
quisiera. Esta destituci6n tenia lugar cuando el rey verbal men- 
te 6 por escrito exigfa al rico hombre la devoluci6n del honor ^ 
feudo, que le habfa dado; y una vez destituido el rico hombre, 
quedaba reducido ^ la clase de mesnadero, aunque fuese rico y 
noble y Uevase consigo muchos milt tes. Podia, tambi^n elrey 



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~ 373 — 
Ilamar una vez al afto A su servicio al rico hombre con un niime- 
ro de soldados proporcionado ^los estipendios que percibfa, y el 
rico hombre por su parte estaba obligado d acudir con los suyos 
al llamamiento del rey y A servirle A sus propias expensas du- 
rante dos meses, pasados los cuales, podfa retirarse del servicio 
real, A menos que el rey le proporcionase vituallas para si y sus 
gentes de guerra, pues en este caso deberfa continuar en el ser- 
vicio por cuanto tiempo quisiera el rey, aunque fuese todo el 
aflo. Tenia ademds .el rico honibre la obligaci6n de defender la 
tierra del rey y principalmente aquellos lugares que le fueron 
concadidos pro stipendiis, y las iglesias y monasterios y d todos 
los que morasen dentro de los Ifmites d^ su honor y los bienes 
de los mismos. Habfa tambi^n de acudir d la corte, cuando fuera 
llamado por el rey, y darle allf su consejo, y mientras estuviera 
en la corte interVenir en los juicios de los negocios arduos, pues 
la justicia del rey nunca debfa administrarse sin el consejo da 
los harones y d^ aquellos que se hallaren presentes en la corte^ 
siquiera por tiempo. Y cuando lis barones fueran llamados A la 
corte para alguna entrevista con otro rey 6 prfncipe^ 6 por otra 
Ciusa grave, y por la grandeza 6 necesidad de los negocios fue- 
ran molestados con excesivos gastos, debfa auxiliarlos el rey 
con liberalidad y munificencia, pues importaba al Estado y A la 
majestad real que los barones no se vieran obligados por la po- 
breza & abandonar el servicio del rey y sujetarse al de otro in- 
ferior. 

Mesnaderos eran los oriundos de los ricos hombres, al me- 
nos por Haea paterna, y en cuyo linaje no habfa memoria de 
que fueran vasallos sino de rey 6 hijo de rey 6 de conde descen- 
diente de linaje de r eyes, 6 de obispo 6 prelado, A los cuales se 
concedfa especial reverencia por Dios. Estos mesnaderos, aun- 
que no estuvieran personalmente en la mesnada 6 familia del 
rey, no perdfan, sin embargo, su consideracion de tales. Porque 
el rey no debfa negarse, sin justa causa, drecibirlos en su mili- 
cia 6 en su familia, cuando lo desearan. Podfan, srfi embargo, 
los mesnaderos morar sin desdoro con los ricos hombres, 6 con 
otros y recibir de ellos remuneraci6n y otros dones, no como va- 
sallos, sino como amigos. 

Miles 6 simple caballero era el vasallo de cualquiera que no 
fuese re3% hijo del rey, conde descendiente de linaje de reyes 6 
prelado de la iglesia. Y todos los descendientes de estos por If- 
nea masculina eran computados entre los simples milites. 

Simple infansdn era el que, sin ser miles^ tenia derecho A 



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— 374 — 

entrar en la milicia^ caballeria, si se presentase oportunidad y 
tuviera de ello voluntad. 

Para fijar el sentido de algunas frases ernpleadas por el 
obispo Canellas, dice Blancas que algunas ciudades 6 pueblos 
se llamaban honores por darse en feudo A los ricos hambres; que . 
los nombres de milites e? infansones pueden aplicarse d los ba- 
rones del orden que los romanos Uamaban equestre y que en len- 
guaje vulgar equivale al de caballeros^ llamados posteriormen- 
te hijos dalgo; asi como el de ricos hombres se troc6, andando 
el tiempo, por el de sefiores^ segdn consta de los varios fueros 
que al efecto cita. 

En suma: la prim?t*a nobleza de Arag6n pretendia descen- 
der de los doce pares fundadores de la monarqula; sus miembros 
se llamaban ricos hombres de natura por estimar su condici6n 
hija de la naiuraleza misma y no de la voluntad de los.reyes; y 
sus privilegios mds notables eran los siguientes: elrey no podia 
legalmente dar tierras en honor 6 feudo A ningima persona que 
no fuera rico hombre, derecho no siempre respetado por los mo- 
narcas que concedieron tambi^n feudos & los caballeros elevdn- 
dolos hasta el nivel de aquellos; tenian los ricos hombres dere- 
cho A intervenir con el rey, prestando unas veces su consenti- 
miento y otras su consejo en los asuntos mds graves, especial- 
mente en la formaci6n de las leyes, en la declaraci6n de guerra, 
y en los tratados de paz; les correspondia el sefiorlo de las 
poblaciones mds importantes ganadas A los moros, percibiendo 
sus rentas, pudiendo distribuirlas como en feudo entre sus caba- 
lleros 6 vasallos, y nombrando en las ciudades y villas de su 
sefiorlo Balmedinas y bailes para administrar justicia; podian 
desnaturalizarse del reino 6 dejar el servicio del rey y hasta ha- 
cerle la guerra, sin incurrir en la nota de desleales, ni sufrir 
menoscabo en su honra; tenfan derecho, segun fuero, A que el 
rey cuidase de su casa y familia, cuando se ausentaban, aun- 
que fuera para hacerle la guerra 6 para ponerse al servicio de 
otro soberdno; no estaban sujetos en muchos casos al pago de 
tributos, y no se podia imponerles pena corporal, ni prenderlos 
por deudas, aunque si era Ifcito secuestrarles sus e.stados; tenian 
tambi^n el derecho de guerra privada^ reconocido en los mis- 
mos fueros y ejercido en muchas ocasiones; y, por ultimo y des- 
collando, sobre todos elpri vilegio llamadj dela Unidn^ que, si- 
no exclusivo de la nobleza, i\x€ ideado por ella para afirmar jun- 
tamente con la constituci6n aragonesa, las franquicias y dere- 
chos de su clase. Por este privilegio se permitfa, dice Blancas, 



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— 37$ — 

y era Hcito d los aragoneses unirse todos contra el rey para re- 
chazar por la fuerza cualquier ataque hecho por el monarca 6 
Ids suyos d las leyes; privilegio que consideraron aquellos tan 
inherente d sus libertades como los huesos y los nervios al 
cuerpo humano^ y que si no fu6 establecido por el fuero mismo 
de Sobrarbe, se consideraba como coetdneo de las primeras ins- 
tituciones aragonesas, y tan fijo y contenid^ en el espfritu de to- 
dos y propio del derecho aragon^s, como si fuera ley de la natu- 
ral^za, y su fuerza evideate y clara por el uso y por la raz6n, 
pues decian ser poca cosa tener leyes escritas, y aun la misma 
magistratura deljuez medio establecido en el fuero. si en caso 
necesario, no fuese Ifcito defenderlas con las armas, cuando no 
fuera bastante luchar con la raz6n Segiin este privilegio, con- 
firmado por Alfonso III, al grito de Unidn, nobles y ciudadanos 
acudfan presurosos d las armas, entregando los primeros sus 
castillos d los Ilamados conservadores, jefes elegidos de entre 
ellos para reunir en uno las fuerzas de todos, excitando d los 
presentes con sus exhortaciones y ejemplo y dirigiendo d los au- 
sentes mensajeros y cartas para ponerles al corriente y recla- 
mar su cooperaci6n. Sin embargo, para que nunca se entendiera 
que la Uni6n tendfa d menoscabar la autoridad del rey ni d raer- 
mar sus prerrogativas y si solo dvolver por los fueros de la li- 
bertad, cuidaron mucho de hacerlo asi sensible por la simb61ica 
alegorfa del sello de la Uni6n que representaba al rey sentado 
en su trono, adornado con todos los reales atributos y rodeado 
de caballeros y hombres armados, pero hincados de rodillas, im- 
plorando su benignidad y como dando dentender su respeto al 
soberano juntamente con su fuerza y la necesidad de usarla con- 
tra las injusticias y tiranfa. Este singularfsimo privilegio no de- 
jaba, sin embargo, de ser andrquico y de sumir d los pueblos en 
violentas y perniciosas convulsiones, y no pudo durar mds tiem- 
po que el que lo consintieron la condescendencia 6 la debilidad 
de los monarcas, asl que desapareci6 despu^s de la c^lebre bata- 
11a de Epila, ganada d los unionistas por Pedro IV, de quien se 
dice que, al abolirle en las Cortes de Zaragoza convocadas al 
efecto, como se hiciera sangre en la mano al rasgarle con su 
puftal, pronunci6 estas c^lebres palabras: "Privilegio que tanta 
sangre ha costadp, con sangre de rey se habfa de borrar.„ 

Respecto d la nobleza catalana ya hemos indicado sus cla- 
ses y privilegios mds notables, al hablar de la consideraci6n 
social y jurfdica de las personas, y como Catalufla fu6 el linico 
pais de Espafta donde, segun la opini6n mds comiln y por efecto 



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— 37^ — 

sin duda del origen francos de la Marca hispdnica^ arraig6 por 
entero el feudal! smo, par^cenos oportuno y bastante dar aqui 
una . idea de €sta y de los principales derechDS da los seftores 
feudales. 

Con6cese con el nombre de Feudalismo una organizaci6a 
especial de los principales estados de Europa desde los siglos 
IX y X cuando, dividido su territorio en multitud de feudos, se 
unian estos entre si por ciertos lazos, con independencia casi 
completadol poder central. Antes de esta 6poca habfa otra es- 
pecie de propiedad, los alodios y beneficioSy que ya hemos men- 
cionado, y aunque los sefl9res da estos territorios tendlan siem- 
pre A convertir en hereditario el derecho que ordinariamenta se 
les habia concedido S'31o de por vida, habfa sobre el los un poJer 
central por lo comiin fuerte y en^rgico. Pero, cuando el poder 
real fu6 por si solo impotente para contener las invasiones exte- 
riores, las poblaciones se agruparon alrrededor de los seftores, 
quienes adquirieron los derechos A la soberanfa y al homenaje. 
Al mismo tiempo el territorio se llenaba de castillos 6 fortalezas 
que, despues de haber servido de refugio contra los invasores, 
se hicieron puntos de apoyo contra la autoridad real que, A la 
larga, se vi6 precisada d sancionar el derecho hereditario y la 
independencia y soberania de los seftores beneficiarios, si bien 
reservdndose el derecho de que le prestasen homenaje y fideli- 
dad, asi como algunos servicios^ especialmente militares. 

Los dos principales rasgos que caracterizaban este estado 
social eran: 1° la particular naturaleza de la propiedad feudal 
que, si bien plena y hereditaria por una parte, imponfa al po- 
seeior respecto al donante y al vasallo respecto al seftor cier- 
tas v>bligaciones, como el servicio militar y el judiciario, y en 
algunos casos ciertas prestaciones pecuniarias y censos; y por 
otro lado, daba al seftor sobre su feudo todos los derechos de la 
soberania, poder legislativo, ejecutivo, judicial, militar y el de 
acuftar moneda: 2^ una distinta jerarqufa entre los di versos se- 
ftores del territorio, unidos entre si, de inferior d superior, por 
los vfnculos del homenage y de Isifidelidad^ que no se disolvfa 
sino por la traici6n del vasallo 6 por la denegaci6n de justicia 
demandada al soberano. Como todos los seftores feudales, podfan 
tener vasallos y serlo, A su vez, de otro mds poderoso, surgla 
de aquf una escala de soberanos de mayor 6 menor valer desde 
el rey hasta el simple castellano que solo era seftor de su forta- 
leza y del territorio anejo. 

Los derechos feudales, conocidos originariamente, segdn al- 



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— 377 — 

gunos escritores, con el nombre de lods li honores^ eran may 
varies, algunos de ellos caprichosos y hasta ridfculos, como de- 
pendientes de las condiciones de la concesi6n y de las costum- 
bres locales; pero los principales, m^s importantes y generales 
eran: el de llamar ii los vasallos d las'armas, el de adminis- 
trar justicia, decretar impuestos, acuftar moneda, exigir ciertos 
servicios agricolas^ el de tutela sobre los hijos de los vasallos, 
el de autorizar sus matrimonios y los de caza y pesca (1). 

El feudalismo, aunque pocos, produjo algunos litiles resiil- 
tados: en una 6poca dealarma y trastornos continues fu€, siquie- 
ra mala, una forma de organi;Kaci6n que prest6 cierto vigor al 
Estado pararechazar las invasiones y, acostumbrando A los se- 
ftores d hacer vida de familia dentro de sus fortalezas, dulcific6 
algo sus costumbres, elevando la consideraci6n de la mujer y 
facilitando asf la educaci6n de los hijos, cuyb respeto vindicaba 
el aparecer iguales en el castillo la castellana y el seilor. A 
vuelta de estos escasos bienes, entraftaba el feudalismo graves 
males. Las continuas guerras civiles, efecto de la falta de un po- 
der central fuerte y de la soberbia de los grandes, producian 
un estado de anarqula en que, d la corta 6 d la larga, vino d re- 
emplazar d la jusliciael reinado de la fuerza. La costumbre de 
pelear constantemente y de hacerlo depender todo de las armas, 
apart6 A los nobles de todo. otro ejercicio que no fuera ^ste, y 
la cultura intelectual fu6 abandonada, haciendo una y otra cosa 
cada vez mds rudos y soberbios d los seflores, faltos de racional 
freno d sus pasiones. La total servidumbre de las clases inferio- 
res que, de hombres libres en un principio, vinieron d convertir- 
se en siervos de la gleOa 6 en villanos^ sujetos d multitud de 
cargas, gravdmenes y vejaciones, fu6 un ataque constante d la 
dignidad humana y un obstdculo perenne para el progreso so- 
cial. Asi que, luchando de consuno contra esta viciosa organi- 
zaci6n la autoridad real, desconocida 6 menospreciada, la Igle- 
siii, desobedecida 6 tiranizada, y los pueblos, reducidos d servi- 
dumbre por los seflores, hubo de desaparecer para siempre, aun 
en aquellos pueblos que par su cardcter fueron mds propicios d 
tal modo de ser. 



(l) La simple lectara de la ley I, titulo I, libro I del Fuero viejo basta, 
segiln lo dicho eo el texto, para probar que en Castilla no se conoci6 el feodalis- 
mo en todo su desarrollo. cEstas quatro cosas, dice, sod naturales al sefiorio del 
rey, que non las debe dar a ningund oome, nin las partir de si, ca pertenescen a 
el por cazoQ del seAorio natural: Justtcia, Moneda, Fonsadera, e suos yantares.y 



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CAPiTULO II 



EL CLERO 



Iniciada una nueva era para el estado visig6tico con la con- 
versi6n de Recaredo, la consideraci6n social que el clero alcan- 
za y su influencia poHtica se hacen notar muy pronto, y los Con- 
cilios Toledanos, hasta entonces juntas de obispos para fines 
exclusivamente religiosos, revisten tambi^n el cardcter de asam- 
bleas donde se inician 6 establecen reglas de derecho concer- 
nientes & la organi/aci6n y direcci6n del Estado, d la concreci6n 
del poder piiblico y d la conducta que deben seguir los principes 
en provecho del reino. Bastard citar en prueba de esto, entre 
las rauchas leyes que contiene el Fuero Juzgo debidas d los Con^ 
crlios y por consiguiente al clero alto, algunas del iftulo I: 
la II, relativa d la elecci6n de los principes: la III, en que los 
obispos amonestan d los principes que sean mansos para con 
los siibditos y gobiernen el pueblo con piedad; la V y VI, que 
condenan d los que presuntuosamente pretenden apoderarse del 
reino, 6 ganarle viviendo el rey; la VIII que seflala las incapaci- 
dades para ser rey; y muchas otras del mismo titulo, en que se 
establecen penas contra los cT^rigos y legos que eligen rey en 
vida de otro, se recomienda d los principes piedad para con los 
delincuentes arrepentidos, y se encarga al pueblo el respeto, el 
amor y la defensa del rey y de sus hijos y familia. 

Pero el prestigio alcanzado por el clero, siquiera fuese rae- 
recido por su saber y virtudes, no se tradujo solamente por una 
participaci6n mds 6 menos directa y eficaz en los negocios pu- 
blicos: efecto acaso de esta misma intervenci6n desarroll6se d 



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— 379 — 

veces en los obispos un espiritu mundano, que llevaba A algu- 
no3 A querer acumular riquezas, como medio de hacerse m^ 
fuertes y poderosos^ aun A costa de la misma Iglesia. Asf lo prue- 
ban las leyes del Fuero Juzgo que tienden d asegurar los bie- 
nes de aquella contra la imprevisi6n 6 la codicia de los obispos 
6 de cualquiera otro cl^rigo. En la ley 11, tit. I, libro V, se man- 
da que todos los obispos, al encargarse de su Iglesia, hagan de- 
lante de hombres buenos inventario de las cosas de ^sta, para 
que el sucesor pueda reclamar del anterior 6 de sus herederos 
los bienes pertenecientes A aquella; la III del mismo titulo decla- 
ra nula la enagenaci6n de cosas de la Iglesia, hecha por el obis- 
po 6 por otro cl^rigo sin consejo de los demds cl^rigos; y la V 
del mismo titulo y libro trata de poner coto d los obispos "que 
quieren toller A las eglesias lo que dizen que tovieron XXX 
annos„. 

Y no obstante el gran poder que lleg6 d alcanzar el clero 
entre los godos, ni sus bienes gozaban de inmunidad, segCin 
la, opini6a de Masdeu, citado por Colmeiro, quien afirma que el 
clero godo estaba sujeto al pago de tributos y que habia algunas 
leyes que imponian A los sacerdotes penas pecuniarias; ni aun 
la inmunidad personal era completa^ puesto que los eclesidsticos 
se hallaban sujetos sin distinci6n de jerarqufas d los mandatos 
judiciales y obligados A acudir A la hueste, como cualquiera se- 
glar cuando fueran llamados. 

Aun dada la intervenci6n del clero en los asuntos del Esta- 
do y principalmente en la formaci6n de las leyes relativas d la 
clecci6n de los monarcas, nada autoriza para considerar como 
gobierno teocrdtico el que rigi6 el imperio visigodo despues de 
la conversi6n de Recaredo, pues ni la rudeza de los tiempos, ni 
las ambiciones de los grandes, sostenidas por el principio elec- 
tive de la nrtonarquia, hacfan posible el total cumplimiento de las 
leyes formadas con el concurso de los obispos, ni aun estos mis- 
mos pudieron ser independientes de los monarcas despues que 
su nombramiento i\x6 debido, mds que d la elecci6n del pueblo, 
i\ la voluntad de los reyes. Pero, si bien no puede con raz6n lla- 
marse teocrdtica la monarqufa visig6tica, es innegable que en 
ella se bizo sentir grandemente la infiuencia del clero, efecto 
debido, junta men te con la perfecci6n de la doctrina y de la mo- 
ral cristiana, d la virtud y al saber del episcopado que contaba 
en su seno prelados tan esclarecidos como San Leandro y San 
Isidore de Sevilla, San Braulio de Zaragoza y los metropolita- 
nos de Toledo, San Eugenio, San Ildefonso y San Julian. 



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— 38o ^ 

Empefiados los espafloles en la obra de la reconquista y ha- 
ciendo la guerra d los enemigos de la religi6n y de la patria, se 
acentCia mds y m^s desde los primeros tiempos en los reinos de 
Le6n y de Castilla la influencia sacerdotal, pues d la vez que 
director de las conciencias, conservador de las costurabres y 
propagador de la doctrina, era el alto clero, con sus tierras y 
vasallos, con sus mesnadas y jurisdicci6n, con sus fortalezas y 
castillos, poderoso como la mds alta nobleza, con la que corrlan 
parejas los obispos y los abades. 

For otra parte, 'A medida que se ensanchaban los Ifmites de 
los estados cristianos, las necesidades de la agricultura, de un 
lado, y las de la guerra por otro, hacian surgir nuevas pobla- 
ciones en las que los nuevos pobladores necesitaban los auxilios 
y consuelos de la religi6n; de donde al aumento de pueblos 
acompaft6 el de parroquias, y como el sacerdote era, entre to- 
dos, la persona mds ilustrada y su misi6n de amor y de paz le 
habfa de colocar por cima de las rencillas y enemistades de sus 
convccinos, le era fdcil interponerse como mediador entre unos 
y otros y servirles tambi^n de consejero en el ejercicio de sus 
derechos y deberes. AMdese d esto que, falto el Estado de ad- 
ministraci6n y necesitando del concurso del clero para algunos 
servicios, dste, 6 por propia iniciativa, 6 ya por implfcito ^near- 
go, llevaba el registro de todos aquellos actos en que juntdbanse 
en armonfa el elemento. civil y el religioso y que pasaban de or- 
dinario ante el sacerdote, quien, eomo compensaci6n de estos 
servicios, recababa legltima autoridad, tanto de los particula- 
res d quienes favorecla, como del Estado A quien servia. 

El poder del alto clero tenia entonces tambite su explica- 
ci6n y no es arduo justificarle, pues si los demds seflores no pro- 
pendfan d hacer llevadera su dominaci6n sobre los siervos- y 
labriegos d ella sujetos, en cambio la mansedumbre y la piedad 
no eran extraflas d muchos seftores eclesidsticos, quienes halla- 
ban un moderador de sus pasiones en su mayor ilustraci6n y 
en las mdximas cristianas que estaban obligados d enseftar y d 
practicar. Asf que no es de admirar, si los hombres sometidos d 
servidumbre preferfan la de las iglesias y monasterios, mds 
suave y blanda que la de los seftores legos, y que procurasen 
pasar de una d otra cuando la ocasi6n se les ofreciese; y d tal 
punto se acentu6 esta tendencia y de tal modo acudian los sola- 
riegos d avecindarse en las tierras de los seftores eclesidsticos, 
que en ocasiones se prohibit al clero poblar sus tierras y luga- 



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- 38i - 

res con vasallos de otros seftores 6 con personas sujetas d servi- 
dumbre. 

No siempre se mostraron los obispos dignos del poder, de 
la influencia y del respeto A que les hiciera acreedores el acata- 
miento a los preceptos morales y el cumplimiento de los debe- 
res propios de su sagrado ministerio. Si es cierto que coopera- 
ron d la reconquista, que trataron de dulcificar la condici6n des- 
graciada de las clases humildes, que intentaron moderar la so- 
berbia de los grandes y encaminar d los reyes por la senda del 
deber, inculcdndoks mdximas de moderaci6n y de amor & los 
pueblos, tambi^n se dejaron, A veces, llevar por las pasiones y 
no faltan por desgracia ejemplos de obispos soberbios, codicio- 
sos € intrigantes que no llevaban en paz la merma de su poder, 
pretendfan acrecentar inconsideramente sus riquezas y privile- 
gios y sembraban la discordia en los pueblos fomentando las di- 
sensiones entre los grandes, haci^ndose cabezas de facci6n y 
hasta conspirando contra los reyes. Perojustoesreconocer que 
no fu6 poca culpa de la ^poca, pues, compelidos los eclesidsticos 
desde tiempo de los visigodos A acudir A la hueste, y haci^ndose 
aun mds necesario su concurso durante la reconquista, la coj*- 
tumbre de las armas, el fragor de las batallas y los horrores de 
la lucha habian de influir en su cardcter, ahogando los senti- 
mientos humanitario* y piadosos y generando en ellos las pasio- 
nes y los vicios propios de quien s61o ve en la fuerza la garantia 
de la vida y del propio bienestar. En todo caso, fuera por la in- 
fluencia perniciosa de los tiempos 6 por la levadura humana, es 
lo cierto que el clero leon^s y castellano desconoci6 muchas ve- 
ces sus deberes y que los servicios prestados A la causa de la re- 
ligi6n y de la patria se empaftaron por vicios de todo g^nero y 
por desatentadas pretensiones, traducidas en una ingerencia ex- 
cesiva en los negocios y en la adquisici6n de franquicias y privi- 
legios desmedidos, siquiera esto liltimo tuviera su excusa cuan- 
do la igualdad jurfdica era desconocida por completo, y pudiera 
aparecer disculpable, en la altemativa de scr opresor li oprimi- 
do, optar por lo primero. 

La fervorosa f6 de nuestros mayores y la esperanza de ob- 
tener el perdon de sus culpas por medio de actos de caridad ha- 
cia las iglesias, monasterios y demds kistitutos fundados para el 
servicio de Dios fu6 tambi^n causa principalisima del ascendien- 
te del clero, pues, manifestdndose aquellos sentimientos por do- 
naciones A las iglesias 6 institutos piadosos, uni6 el clero al pre- 
dominio inherente A su misi6n espiritual el poder de administrar 



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— 3«a — ^ 

y ntilizar las pingUes rentas y productos de tales donaciones. 
Uni6se A esto que en muchas de ellas se trasmitfan A los cesio- 
narios, juntamente con el dominio de los lugares y tierras, los 
derechos sefloriales de los trasmisores y los siervos y vasallos; 
asf que, en las hechas por los reyes, unas veces se confiere & 
los obispos 6 abades de las iglesias y monasterios todo el domi- 
nia y jurisdicci6n real; otras se extienden estos d los familiares 
de la iglesia 6 monasterio, eximi^ndoles por completo de todo 
otro servicio y jurisdicci6n; y en algunos casos llegaban los do- 
nantes basta & someierse A la autoridad de los obispos y abades^ 
obligdndose A no hacer, en lo relativo A sus iglesias y monas- 
terios, cosa que les desagradase. 

Afirmaban asimismo el poder del clero y le constituCan en 
clase privilegiada la inmunidad real y personal que de muy 
antiguo disfnitara. 

Por la primera fueron exentos los bienes de las iglesias y 
monasterios del pago de pecbos y tributos; inmunidad que, si- 
quiera como gracia especial otorgada A cierta iglesia, hacen 
subir algunos autores A los primeros tiempos de la reconquista, 
y que no se concretaba solamente A las iglesias y monasterios 
sino tambi^n A los cl^rigos y monjes A ellos adscritos, y aun A 
los habitantes de los lugares y tierras A donde alcanzaba la ju- 
risdicci6n de los prelados. De esta inmunidad y de otros privi- 
legios A favor de los bienes eclesiAsticos nos dan testimonio, 
ademds de los historiadores y cronistas, las leyes de Partida y 
algunas insertas en la Novisima Recopilaci6n. Entre lasprime- 
ras son de notar la I, tit. XI, Part. I, que prohibe que las igle- 
sias "scan apremiadas de ningun pecho, nin otro embargo, „ y la 
I, tit. XIV^ Part. I, que sanciona la amortizaci6n eclesidstica, 
prohibiendo enagenar los bienes de las iglesias^ A menos que su 
venta se destinara A pagar deudas de la misma iglesia, 6 A re- 
dimir A sus parroquianos cautivos, 6 A dar de co.-ner A los po- 
bres en tiempo de hambre, 6 A edificar 6 reparar la iglesia, 6 A 
comprar lugar cerca de ella para cementerio, 6 A adquirir para 
la misma iglesia otra cosa mejor 6 m«ls litil que la enagenada. 
De las leyes recopiladas citaremos solamente la VI, tit IX, libro 
J, Nov. Rec, segiin la cual, "Exentos deben ser los Sacerdotes y 
Ministros de la Santa Iglesia de todo tributo segui derecho: y 
por esto ordenamos y mandamos, que en cuanto A los pedidos 
que nos entendemos servir, y en otros pedidos de qualquiera 
otra calidad, los Cldrigos sean libres de contribuir y pechar coa 
los Concejos; pero que en los pechos que son para bien comun 



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-383- 

de todos, asi como para reparo de muro 6 de calzada^ 6 de ca- 
rrera 6 de puente, 6 de fuente, 6 de compra de t^rmino, 6 en 
costa que se haga para velar y guardar la villa y su t^rmino en 
tiempo de menester, que en estas cosas tales, d fallescimiento 
de propios de Concejo, deben contribuir y ayudar los dichos 
Cl^rigos, por quanto es pro comunal de todos y obra de piedad.„ 
Pero ni las leyes que sancionaban la inmunidad de los bienes 
eclesidsticos, ni las que establecfan la amortizaci6n 6 les otor- 
gaban otros privilegios, como t^rminos extraordinarios para 
prescribir tales bienes y'aun la prohibici6n de que pudieran 
prescribirse, ni las mismas excomuniones y penas eclesiAsticas 
contra los que violaran tal propiedad, fueron bastantes en oca- 
siones para ponerla A cubierto de los ataques de los grandes 
prevalidos de su fuerza, 6 de los concejos y populares cuya en- 
vidia y encono excitaban el acrecentamiento de los bienes de la 
Iglesia y sus inmunidades. Asf que, desconfiando el clero de la 
eficacia de las leyes civiles y de los anatemas religiosos para 
salvar su propiedad^ hubo de recurrir al expediente de ponerla 
bajo la salvaguardia de personas poderosas, encomenddndoles 
su defensa mediante ciertos donativos 6 prestaciones y bajo la 
promesa hecha por aquellas da acudir con gente de armas para 
ayudar d los obispos y abades en la defensa de sus derechos y 
de los bienes de las iglesias y monasterios. Estos convenios 6 
pactos, llamados encomiendas, trocdrons^ d veces contra los 
que debian ser protegidos, pues, aprovechando aquellos gran- 
des seflores, encomenderos, la debilidad de los eclesidsticos, 
trataron y consiguieron por la astucia 6 por la fuerza usurpar en 
muchos casos los bienes confiados 6 su protecci6n y defensa^ 

Al lado de la inmunidad real y contribuyendo tambi^n al 
aumento de su poder € influencia, tuvo el clero cierta inmuni- 
dad personal que se traducfa en algunos especiales privilegios. 
Sin entrar en investigaciones respecto d su origen, es lo cierto 
que por mucho tiempo goz6 el clero de fuero especial, por vir- 
tud del cual sus pleitos y causas habfan de librarse ante el su- 
perior eclesidstico, siquiera esto pudiera atribuirse en su origen 
al derecho propio del seftor sobre sus vasallos, concepto sefto- 
rial que tuvieron los obispos y abades. Este fuero que, en reali- 
dad no fu6 sancionado legalmente hasta las leyes de Partida 
(XLVni, titulo VI, Part. . I, al establecer "que los cl^rigos non 
deuen ser pleytosos ninjuzgadores en el fuero seglar,„ yLVII 
del mismo titulo al fijar, "en quales pleytos temporales ban 
franqueza los cl6rigos para judgarse ante losjueces de santa 



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— 384 — 

eglesia, e en quales non„), fu^ reconocido como existente por 
la Nov. Recopilaci6n, ley VI, tit, X, lib. I, al hablar de las 
"calidades que ban de tener los cl^rigos de corona y otras me- 
nores ordenes para que gozar del privilegio del fuero,„ HI, tit. I, 
lib. II, al prescribir que "los seflores temporales, concejos y 
jueces no perturben la jurisdicci6n de la iglesia, ni hagan com- 
parecer los cl^rigos ante si,„ y otras varias. 

Entre los privilegios particulares de algunos cl^rigos ads- 
critos A determinadas iglesias, son dignos de mencionarse la 
exend6n del servicio militar, que pof gracia especial les fu6 
concedida, y que no lleg6 hasta tiempos muy recieite.> d ser in- 
munidad comiln^ los de su clase, y, en favor del clero espaftol, 
el derecho exclusivo d obtener beneficios eclesidsticos; privile- 
gio reclamado por la raz6n y la equidad, pues justo era recom- 
pensar los grandes servicios por €1 prestados d la patria y era 
litil tambi^n, bajo el punto de vista econdmico y politico que los 
sacrificios de los naturales y los productos del territorio nacio- 
nal no se aplicasen d enriquecer A extranjeros favorecidos por 
las intrigas da los privados 6 por los caprichos de los reyes, 
quienes no obstante, para eludir sus deberes, idearon elexpe- 
diente de la concesi6n de cartas de naturaleza, acto que mds de 
una vez su3cit6 reclaraaciones y protestas de las cortes y de los 
pueblos. 

En Navarra y A;;ag6n, goz6 tambi^n el clero de privilegios 
^ inmunidades andlogas d las resefladas, y su prestigio fu^ muy 
grande, efecto de las relaciones mds intimas de estos reinos con 
la Sede Pontificia y de la influencia que 6sta alcanzara. Asl lo 
prijeban, entre otros hechos, el cambio del rito muzdrabe por el 
romano, que se realiz6 allf antes que en Castilla, la tendencia de 
algunos de sus reyes d prestar homenaje 6 declararse feudata- 
rios de los papas, y la intervenci6n que se atribuy6 la Sede ro- 
mana en las cosas tocantes al gobierno de estos pueblos, llegan- 
do en ocasiones hasta relevar d los siibditos del juramento de fi- 
delidad prestado d los monarcas y d disponer del reino. Con to- 
do, la influencia polftica del clero aragon^s, tanto en la consti- 
tuci6n como en la direcci6n del Estado, fu6 menor que la del leo- 
n^s y castellano; pero no tan exfgua que no llegara d adquirir 
representaci6n en Cortes, aunque el advenimiento d estds del 
brazo eclesidstico en Arag6n fuese muy, posterior al de Cas- 
tilla. 

En suma: la formaci6n en los Concilios Toledanos de leyes 
de cardcter politico y civil; las haciendas y vasallos que hicieron 



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de los obispos verdaderos seftores con castillos y fortalezas, tie- 
rras y jarisdicci6n; su participaci6n en la guerra con los moros 
y en las luchas y contiendas civiles, formando A veces ligas en- 
tre sf 6 con la nobleza y aun con los defensores de las libertades 
del pueblo; su intervenci6n en las Cortes, constituyendo el brazo 
eclesiastico, y en los consejos de los reyes; y por liltimo, la in- 
munidad personal del fuero y la exenci6n de pechos y tributos, 
juntamente con la amortizaci6n de los bienes eclesi^sticos, son 
hechos ra4s que suficientes para demostrar que en nuestra pa- 
tria ha sido el clero un elemento politico y social muy impor- 
tante. 

La igualdad jurfdica, proclamada en las constituciones mo- 
dernas, y las leyes desamortizadoras privaron .al clero, como 
tambien 6, la nobleza, de susprivilegios y poder politico, ya muy 
exfguo este dltirao durante las autoritarias dinastfas de Austria 
y de Borb(3n: y la proclamaci6n de la libertad de cultos en el pe- 
rfodo revolucionario de 1859, y aun la sola consignaci6n en el 
c6digo fundamental de la tolerancia religiosa ban mermado 
grandemente la inlluencia social del clero, incompatible con el 
descreimiento, la tibieza religiosa 6 el sensualismo que dominan 
por desgracia la mayor parte del pueblo espaftol. 



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CAPiTULO III 



ORDENES MILITARES 



El espiritu religiose y entusiasta de la Edad Media produjo 
las Cruzadas, empresa orandiosa cuyos benefices resultados, 
aparte el rescate de los Santos Lugares, fueron: retardar por 
mucho tiempo la invasi6n de los turcos en Europa; extender con- 
siderablemente la navegaci6n y el comercio; aproximar entre 
si las naciones haci^ndolas salir de su aislamiento; acortar la 
distancia entre nobles y plebeyos por la comunidad de peligros 
y por los mutuos servicios; acrecentar el poder real y fomentar 
la clase media a expensas del feudalismo; emancipar A muchos 
siervos al investirlos con la ensefla del cruzado; y hasta modifi- 
car la intolerancia religiosa haciendo cesar algunas preocupa- 
ciones. 

Resultado tambi^n de las Cruzadas 6 informada por el espi- 
ritu caballeresco y religioso de la 6poca fu^ la instituci6n de las 
drdenes milttares que, poniendo las armas al servicio de la f^, 
di6 al niundo aquellos esclarecidos varones^ en quienes se encon- 
traba^ dice Balmes, bajo la coraza de hierro un coraz6n Ueno de 
ardor por la f^ de Jesucristo y que tan pronto se reunian en co- 
munidad para levantar al cielo una oraci6n fervorosa, tan pron- 
to marchaban impdvidos al combate blandiendo la formidable 
lanza, terror de las huestes agarenas. 

La orden de los Templarios fundada en la Palestina para 
luchar contra los infieles, defender los Santos Lugares y prote- 
jer d los viajeros y peregrinos que iban d visitarlos, uni6 d es- 
tos fines, propios del caballero cristiano^ los tres votos corau- 
nes d todo institute monacal, castidad, pobreza y obediencia. El 
valor en los peligros, las abstinencias del claustro y la grande 



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- 3^7 -- 

abnegaci6n de los Templarios les granjearon muy pronto la ad- 
miraci6n de la cristiandad, que contaba entre sus glorias la de- 
fensa de Gaza, la batalla de Tiberiades, la conquista de Damieta 
y la cruzada de Egipto; y cuando, despues de la p^rdida de San 
Juan de Acre, perdieron tambi^n sus tesoros y la mayoria de 
sus caballeros, no por eso desaparecid la orden, cuyos restos se 
refugiaron en la isla de Chipre, rehaci^ndose con rapidez, ex- 
tendi^ndose por el Occidente y llegando hasta nuestra Espafta, 
bajoel conde de Catalufia Ramon Berenguer III, estableciendo- 
se despues en Arag6n y pasando pronto A Castilla, dorlde pro- 
gresaron, principalmente en el reinado de Alfonso VIII, que te- 
nia particular afecto A la regla del Cister, seguida p3r los Tem- 
plarios. 

Cuando Clemente V, movido por las quejas que en todas 
partes excitaban los erf neacs y corrupci6n que, con raz6n 6 sin 
ella, se atribuyeron A los Templarios, se decidi6 A suprimirlos 
aplicando sus bienes A la orden de San Juan, el rey de Arag6n, 
don Jaime 11^ impetr6 del Papa que aquellos bienes se destinaran 
A fundar una nueva orden, lo que no pudo conseguir hasta el 
pontificado de Juan XXII, quien pDr bula de 18 de Junio de 
1317 aprob6 y contirm6, segun lo propuesto por el rey, la orden 
de Montesa^ verificAndose su fuadacion solemne dos aflos des- 
pues en la capilla del palacio real de Barcelona y tomando su 
nombre de la villa de, Montesa, que el rey le don6 y donde fij6 
su residencia y principal asiento. Los estatutos fueron redacta- 
dos por diez caballeros de Calatrava, que se invistieron los pri- 
meros con el h.lbito dc la nileva orden, cuyo distintivo fu6 una 
cruz roja sin flores (posteriormente de gules) y el manto capitu- 
lar bianco. Su ultimo gran maestre renunci6 en manos del papa 
para que se incorporase esta dignidad A H corona de Espafia, 
lo cualtuvo lugar en el reinado de Felipe II. 

Con tines parecidos A la de los Templarios naci6 en Espafta 
la orden de Santiago, cuyo origen hacen subir algunos cronis- 
tas, sin raz6n para ello^ A los tiempos de Alfonso II el Casto, mien- 
tras qift otros, extra viados segun Mariana, por un privilegio 
que dicen concedi6 Fernando el Mjgno al monasterio de Sanc- 
ti-Spiritus de Salamanca, suponen proviene esta orden del tiem- 
po de Ramiro 1; pero el documento aludido es, en opini6n del 
historiador citado, ap6crifo, y la opini6n mds aceptable y gene- 
ral la hace coetJinea de Alfonso VIII, y por lo mismo posterior 
A la de Calatrava. Sobre su fundaci6n dice el mismo escritor 
que, deseando los can6nigos de San Eloy facilitar las peregrina- 



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clones al sepulcro del Ap6stol Santiago y favorecer d los pere- 
grinos contra las penalidades del viaje y correrfas de los mo- 
ros, que cautivaban d muchos de ellos, establecieron para dar- 
les albergue, sin que se pueda precisar el tiempo en que esto 
ocurri6, muchos hospitales en todo el camino que llega hasta 
Francia, siendo entre todos el principal el de San Marcos, ediii- 
cado en el arrabal de Le6n Estas fundaciones piadosas gana- 
ron el dnimo de los pueblos y fueron protegidas por los princi- 
pales, dondndoles grandes riquezas, y, A su ejemplo, algunos 
nobles de Castilla ejercitados en la guerra, pusieron en comiin 
sus bienes particulares, uniendo sus fuerzas con las de los can6- 
nigos de San Eloy, que tenlan su convento en las afueras de 
Santiago, ajustdndose A la regla de San Agnstfn, seguida por 
los can6nigos^ ^ impetrando y obteniendo del papa una bula ex- 
pedida en 1175 en que se aprob6 la orden y se dieron leyes d es- 
tos soldados religiosos para arreglar su manera de vida. Orde- 
n6se, entre otras cosas, que de todo el nCimero de caballeros se- 
flalaran trece que nunca se apartasen del lado del maestre y ce- 
lebrasen con ^1 capltulo todos los aftos en un lugar determina- 
do; nombrose primer maestre d Pero Fernandez de Puente En- 
calada, que fu^ el principal de los enviados d Roma para impe- 
trar la bula pontificia; seft,al6se por convento de la orden el hos- 
pital de San Marcos de Le6n; se invisti6 d los caballeros con el 
distintivo de un manto bianco con cruz roj^ en forma de espada, 
y se les permiti6 contraer matrimonio con permiso del maestre. 
El padre Risco, citado por Chao, sostiene que esta orden tuvo 
origen en Cdceres y que sus caballeros se llamaron Fratres Se 
Cdceres, Congregatio de Cdceres^ Seniores de Cdceres; opini6n 
d que tambi^n asiente el seflor Colmeiro. Algunos escritores en- 
tienden que esta orden tuvo principio en la uni6n de ciertos ca- 
balleros aventureros y aun de malhechores y foragidos arrepen- 
tidos que sejuntaron para guerrear contra los infieles y prote- 
ger d los peregrinos que iban d visitar el sepulcro del Apostol; 
opinion que, como dice muy bien el Sr. Lafuente, no debe amen- 
guar en nada el lustre de una institucion cuyos hechos^on un 
timbre de gloria para Espafta, y puesto-quc el arrepentimiento 
y las proezas de sus primeros caballeros fueran bastantes d la- 
var la mancha originaria, si la hubiera. 

La orden de Calatrava, mds antigua, segun la opini6n co- 
rriente, que la de Santiago, fu^ fundada por dos monges del Cis^ 
ter en tiempo de Sancho III el Deseado. La plaza de Calatia- 
va, cuya importancia se consideraba bastante para oponerla 



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— 3«9 — 

como baluarte contra las correrias de los moros, fu^entreprada, 
despues de su conquista, A los Templarios, para que la defen- 
diesen; pero, desconfiando ^stos, A fa venida dc los almohades, 
de poder conservarla, la devolvieron al rey, y por mds que ^ste 
*la ofreci6 A cualquier noble 6 caballero que quisiera defender- 
la, midie se aventur6 A aceptar la responsabilidad de tal empre- 
sa, hasta que fray Raimundo, abad de Fitero, estimulado por su 
compaftero el monge Diego Velazquez se ofreci6 A lleyarla A 
cabo, ofrecimiento que, aceptado con jiibilo por el rey y secun- 
dado por el arzobispo de Toledo, quien ayud6 con sus dineros y 
excit6 con sus predicaciones A nobles y pueblos para que auxi- 
liaran A los esforzados monges, di6 por rcsultado la her6ica de- 
fensa de Calatrava contra las acometidas de los moros; la do- 
naci6n por D. Sancho, en 1158, de la villa y de su tierra al 
abad Raimundo y d su compaftero, y la fundaci6n de la orden 
militar en que se inscribieron desde luego muchos esforzados 
varones, siguiendo al abad y tomando el hdbito que este les die- 
ra. Aprobada por bula de Alejandro III en 1164» creci6 mucho 
en importancia y poder, y engrandecida por la liberalidad de 
Jos reyes, que le dieron riquezas, autoridad y el seftorfo de mu- 
chos lugares, 11 eg6 A poseer A principios de este siglo, no obs- 
tante haber terminado su misi6n despues de expulsados los mo- 
ros y cuando ya no estaban en vigor sus estatutos, extensos te- 
rritorios con pingUes rentas y varios conventos de hombres y 
mujere >. El traje de ceremonia de sus caballeros es un manto 
bianco con una cruz roja flordelisada en el lado izquierdo. 

La de Alcdntara, llamada en su principio de San Julidn 
del Pereiro, fu6 fundada en 1156 por dos caballeros de Salaman- 
ca, los hermanos D. Suero y D. Gom<;z Fernandez. Deseando 
^stos servir A la causa cristiana combatiendo d los moros fron- 
tcrizos y tomdndoles alguna plaza, se procuraron el concur- 
so d3 otros caballeros que les ayudaran en la empresa, y bus- 
cando lugar aprop6sito para cstablecerse encontraron un dfa A 
un ermitafto Uamado Pedro Amando, que habfa estado en Tie. 
rra Santa, y les mostr6 un lugar adecuado para su objeto donde 
^l tenia su ermita y en el que por las escabrosidades del terreno 
podlan facilmente levantar una fortaleza. Asi lo hicieron y, 
asentados allf, acudieron otros soldados, quienes eligieron por 
capitan A D. Suero. y estimulados por el ermitafto fundaron una 
milicia religiosa bajo la regla del Cister, que les di6 el obispo de 
Salamanca. Fu^ aprobada esta orden por el papa Alejandro III 
en 1177 y enriquecida por los reyes desde Fernando II y su hijo 



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— 390 — 

Alfonso que les hicieron muchas donaciones importantes, entre 
ellas la de la villa y castillo de Alcdntara^ trocando entonces su 
antiguo nombfe por este y separdndose per completo de la de 
Calatrava, con la cual parece estuvo confundida algun tiempo. 
Los maestres de Alcantara Uegaron d adquirir importancia y' 
autoridad andlogas d los de Santiago y Calatrava; sus cabaile- 
ros tenian por distintivo una cruz verde flordelisada, y sabre el 
escudo de la orden se ve un peral que hace recordar su origen, 
por ser el lugar de su fundaci6n muy abundante en drboles de 
aquella especie. 

Aunque de extranjero origen, como los Templarios^ debe- 
mos hacer menci6n de los caballeros Hospitalarios, puesto que 
tambien Uegaron hasta nuestra patria y tomaron en ella asien- 
to. Los Hospitalarios fueron en un principio miembros de una 
congre^acion religiosa consagrada en los hospitales y hospicios 
al socorro y servicio de los pobres, enfermos, peregrines y via- 
jeros, y su origen remoiita al'siglo ix. Muy pronto se extendie- 
ron por toda la cristiandad, dando nacimiento d un gran numero 
de congregaciones particulares entre las que notaremos la de 
San Juan de Jerusalem, de.la que surgi6 mds tarde la de Malta, 
cuyos caballeros vinieron d Espafia por consecuencia del testa- 
men to del rey de Arag6n, D. Alfonso el Batallador, quien leg6 
sus estados d los caballeros Templarios, Hospitalarios y del 
Santo Sepulcro; y aunque no se cumpliera Ig voluntad del mo- 
narca, estableci^ronse en Arag6n los Hospitalarios 6 Sanjua- 
nistas, logrando adquirir pingties rentas^ y pasando despues d 
Castilla donde prestaron al rey buenos servicios y contribuye- 
ron con su denodado esfuerzo d la gran victoria de las Navas. 

La orden militar y religiosa de los caballeros Hospitalarios, 
de Malta 6 de Sanjuan^ pues por todos estos nombres se los 
designa, data de principios del siglo xi. En esta 6poca dos co- 
merciantes de Amalfi obtuvieron del califa de Egipto permiso 
para edificar en Jerusalem un hospital, que dedicaron d San 
Juan, para albergar d los peregrinos que iban d visitar los San- 
tos Lugares. Bajo la protecci6n de Godofredo de Buili6n y de 
sus sucesores los comerciantes de Amalfi se constiUiyeron en 
ima orden religiosa, cuyos miembros tomaron el nombre de 
Hospitalarios, aunque sus estatutos no fueron definitivamente 
arregladQ3 hasta 1113 por bula de Pascual II. Como, ademds 
de los votos ordinarios de obediencia, pobreza y castidad haclan 
estos religiosos el de albergar, asistir y defender d los peregri- 
nos, fugles necesario muchas veces recurrir al empleo de las 



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— 39t — 

armas para cumplir su misi6n» y con ellas prestaron tambi^n 
grandes servicios d la causa cristiana, siendo los liltimos que 
abandonaron la Tierra Santa, defendiendo despues contra 
los sarracenos muchas poblaciones € islas importantes, como 
San Juan de Acre, Chipre y principalmente Rhodas, que sostu- 
vieron durante dos siglos, hasta que, atacados por Soliman el 
MagniJicOy vi^ronse precisados d ceder al niimero. Perdida la is- 
la, salieron de ella en numero de 4.000 bajo la direcci6n de su 
gran maestre y anduvieron errantes por Candia y por Sicilia ' 
hasta que en 1530 se fijaron en la isla de Malta, que les cedi6 
Carlos V y vino d ser el asiento definitivo de la orden. Sus miem- 
bros eran de tres clases, los caballeros, que debfan ser nobles, 
los capellanes y la gente de armas, nacidos de padres honrados 
y que no se hubieran dedicado d las artes 6 profesiones mecd- 
nicas 6 bajas, y llevaban en su origen una tunica y manto ne- 
gro, y en la guerra una cota roja con una cruz blanca de ocho 
puntas en el lado izquierdo. Aunque esta orden, extendi^ndose 
por toda la cristiandad, lleg6 hasta Espafla y tuvo un gran con- 
servador en Arag6n y un gran canciller en Castilla, no alcan- 
z6 en estos reinos, como tampoco la de los Templarios, la gran- 
deza q.ue las de Santiago, Calatrava y Alcdntara, porque ni su 
origen era nacional, ni sus grandes maestres residian en nues- 
tra patria. 

Para el gobierno de estas tres liltimas habfa un maestre, un 
comendador^ que seguia en dignidad d aquel, y varias otras 
dignidades y oficios, como priores y claveros. Los maestres 
eran nombrados por el capitulo de la orden y confirmados por 
el rey, aunque varias veces pretendieron los papas hacer tales 
nombramientos funddndose en el cardcter religioso de la insti- 
tuci6n, contra lo cual reclamaron las Cortes por considerar la 
provisi6n de aquel cargo propia del patronato real. 

Ademds de las muchas tierras y lugares con vasallos, casti- 
llos y fortalezas, que lograron a'dquirir las 6rdenes militares, 
acrecentaban el poder de sus maestres la parte activa que to- 
maban en los asuntos graves del Estado y las ligas y bandos 
que formaban entre sf 6 con la nobleza; y constitula esta insti- 
tuci6n en verdaderamente privilegiada la exenci6n de la juris- 
dicci6n real y la especial de sus maestres, cuya existencia es 
indudable, pues, aunque segiin la c^dula de Cdrlos I, fecha en 
Valladolid en 23 de Agosto de 1527 (ley I, tit. VIII, lib. II, Nov. 
Rec), d la petici6n de los priores, comendadores y treces de la 
Orden de Santiago solicitando se les amparase en su especial 



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— 39i — 
jurisdicci6n, puesto que "dichos comendadores y caballeros par 
ser como son personas de orden y religidn, y por bulas que tie- 
nen, son libres y exentos de la jurisdiccidn real; y no pueden 
ni deben conocer de sus pleytos y causas civiles y criminales 
las justicias seglares, sino solamente los jueces de dicha orden, 
y que en esta posesi6n, uso y costumbre ban estado,„ se opusie- 
ra por los procurtidores fiscales de S. M. "que los dichos comen- 
dadores y caballeros no ban estado ni est^n en la dicha costum- 
bre, nitienen las bulas que decian; y que si algunas habfa, ha- 
bian sido y eran dadas en mucho perjuicio y agravio de los siib- 
ditos de S. M. y de la preeminencia y jurisdicci6n Real, ni ha- 
bian venido 6, su noticia„; con todo, al establecerse por dicha 
c^dula una concordia entre estas opuestas pretensiones y pare- 
ceres, se reconoce implfcitamente la existencia de la jurisdi- 
cci6n especial, principalmente en el niimero 2, al mandar "que 
en los lugares dondela dicha orden de Santiago tiene la juris- 
diGci6n temporal, se guarde lo que siempre se ha hecho, reser- 
vando como reservamos, etc.„ Este mismo impifcito reconoci- 
miento resulta tambien de las leyes VI y siguientes del mismo 
tftulo en que se trata de la jurisdicci6n y competencia del conse- 
jo de las 6rdenes militares en causas criminales y mixtas contra 
los caballeros de ellas. 

La influencia y poderfo que alcanzaron los maestres llama- 
ron pronto la atencidn de los monarcas, quienes procuraron, 
por lo mismo, ora influir, ora imponerse para que el nombra- 
miento de aquellos recayese en sus afectos^ cosa que no llevaban 
de buen grado los caballeros, cuando se hacfa sin su aquiescien- 
cia. Pero la polftica sabia y previsora de los Reyes Cat6licos no 
podfa tolerar la existencia de un poder tan grande ^ indepen- 
diente como el que ejercfan los maestres, cada uno de los cua- 
les podia considerarse como un pequeflo soberano en los domi- 
nios de su orden y que juntos se hacfan temibles tanto en la paz 
como en la guerra, y, puesto que fuera necesario sostenerlos 
por lo litil que aiin podrfa ser 6, los reyes su concurso, recono- 
cer los grandes servicios que estos institutos habfan prestado y 
contar con la autoridad pontificia por lo que tenfan de religioso, 
el rey D. Fernando obtuvo del papa Inocencio VIII el nombra- 
miento de administrador de por vida de los maestrazgos de San- 
tiago, Alcantara y Calatrava, en recompensa de su celo por la 
exaltaci6n de la {€ cat61ica; y en otro breve del mismo se dispu- 
so, por las mismas causas, que D* Isabel^ obtuviese dichos maes* 
trazgos de mancomun con su esposo. El papa Alejandro VI, 



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— 393 — 

despu^s de haber ratificado y confirmado los dos anteriores, de- 
clar6 que, vacando la administraci6n de los expresados maes- 
trazgos por cese de uno de los reyes, continuase con ella por si 
solo el sobreviviente. Le6n X concedi6 d D. Carlos I la admi- 
nistraci6n vitalicia de los maestrazgos, como la habfa tenido su 
abuelo, y Adriano VI en breve de 4 de Mayo de 1523 "agreg6 ^ 
incorpor6 perpetuamente A la corona, aunque la sucesi6n reca- 
yera en hembra, los maestrazgos de dichas tres 6rdenes con to- 
das sus preeminencias, jurisdiccidn, facultades, r^ditos, obven- 
ciones y pertenencias; debiendo nombrar para la jurisdicci6n es- 
piritual personas religiosas de la misma orden, que la ejercie- 
sen ad nutum; con prohibici6n de enajenar los bienes inmuebles 
de las 6rdenes y sus maestrazgos, 6 los muebles preciosos, et- 
cetera. „ Sixto V por breve de 15 de Marzo de 1587 incorpor6 
tambi^n A la corona el maestrazgo de Montesa en los mismos 
t^rminos que lo habian sido los de Santiago, Alcdntara y Cala- 
trava, puesto que militaban las mismas razones y la experien- 
cia habfa demostrado las ventajas que aquella incorporaci6n 
produjera "debiendo S. M. y sucesores, qUe por tiempo fuesen, 
elegir personas regulares de dicha orden, d su arbitrio amovi- 
bles, para el ejercicio de lajurisdicci6n espirituar,„ y con la 
prohibici6n tambi^n de enajenar bienes inmuebles y muebles 
preciosos. 

Con tales acuerdos fu^ mermando paulatinamente la in- 
fluencia de las 6idenes militares, instituto por otra parte inne- 
cesario desde la creaci6n de los ej^rcitos permanentes € incom- 
patible- tambi^n con el nuevomodo de ser politico de Espafla. 
Asi que actualmente sdlo representan una gloriosa tradici6n y 
estdn reducidas d meras distinciones honorlficas y al disfrute 
de la jurisdicci6n especial en lo eclesidstico, para cuyo ejerci- 
cio se cre6 un Consejo de las 6rdenes al que se apelaba de los 
Vicarios y Priores que tenlan autoridad gubernativa y conten- 
ciosa, habiendo al frente de los pueblos pdrrocos exentos de U 
jurisdicci6n episcopal. El Consejo recibi6 nueva forma en 1836 
y cambi6 el nombre por el de Tribunal. Suprimido cste en 1868 
y disueltas las 6rdenes militares en 1873 por el gobierno repu- 
blicano, el papa Pio IX suprimi6 tambi^n por la bula Quo gra- 
vius la jurisdicci6n exenta; pero d petici6n de la monarqufa res- 
taurada se restableci6 en 1875 por la bula Ad Apostolicam, or- 
ganizandoun Coto Redondo conforme al Concordato de 1851, 
erigiendo en territorio de las 6rdenes militares, con el nombre 

« 60 



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de Priorato, el de la provincia de Ciudad-Real y declarando 
exentas de la juri$dicci6n ordinaria todas las parroquias, con- 
ventos, hospitales enclavados en dicho territorio y d las perso- 
nas habitantes en el mismo. 



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CAPlTULO IV 

CONCEJOS 



Continuaci6n de los municipios romanos (1), segiin algunos 
escritores, principalmente de la escuela hist6rica, 6 instituci6n 
nacida al calor de la reconquista y por efecto de las circunstan- 
cias, los concejos espaftoles de la Edad Media representan en 
la marcha polftica del Estado y en la organizaci6n social un ele- 
mento importante que concurri6 A la grande obra nacional po- 
blando y defendiendo las plazas fronterizas y poniendo A dispo- 
sici6n de los monarcas ej^rcitos disciplinados que, ora contri- 
bufan con su denuedo al 6xito de la lucha con los moros, ora 



(i) Las ciadades romanas se dtstingufaD, segUn Gebhardt, en c^/omast ^o- 
bladas principalmeote de ciudadanos y veterano-s romanos, gobemadas por sns 
propias leyes, que goxaban de derechus y privilegios especiales y consagradas en 
nombre de la religion por nn sacerdote que trazaba su recinto al fundarlas; muni' 
cipios romancs, institaidos en EspaAa por J» C^sar, gobemados tambi^n por sns 
propias leyes, pero cnyos habitantes no gozaban de los derechos de ciudadanfa y 
s6lo por via de concesi6n 6 de recompensa eran admitidos d los empleos honorffi- 
cos de la capital, annqne tenian el derecho de sufragio para la elecci6n de los 
magislrados; ciitdades de derecho latino que, pobladas por los habitantes del La- 
cio, formaban parte del gran pueblo sin tener empero todos los derechos de ciu- 
dadanos romanos, y cuyos habitantes no se hacian iguales d los de Roma hasta 
haber sido investidos con una magistratnra; ciudades libres 6 inmuftes, llamadas 
asi porque no pagaban tributos d Roma y tenfan gobierno propio ^ independiente; 
confederadas 6 aliadasy las que, aunque gobemadas por sf mismas, estaban uni* 
das i Roma, no como sopetidas, sino como amigas; tributarias 6 cstipendiarias^ 
las que contribuian en favor de Roma con ciertas prestaclones 6 tributos, y con- 
tributast las que estaban bajo la dependencia de otra mayor. 

Los Hmites que separaban d las ciudades aliadas de las tributarias se com- 
fundieron insensiblemente d medida que £si)ana adopt6 los nsos y las costum- 
brcs de sus dominadores, y acabaron por desaparecer del todo. Othon concedi6 d 
muchos espaftoles los derechos de ciudadano; Vespasiano extendid el derecho la- 
tino d todas las provincias, y Antonino declar6 d todos los siibditos del imperio 
ciudadanos romanos k igualmente admisibles d todos los cargos piiblicos. 



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— 396 — 

Servian de contrapeso A la soberbia de los grandes para robus- 
teccr el poder real. 

Segun su etimologfa, concilium, concejo tanto vale como 
rcuni6n, asamblea, junta, y no es descaminado suponer cierta 
semejanza entre los conventus vicinorum^ d que aluden varias 
leyes del Fuero Juzgo, y los primeros concejos de Castilla que 
remontan al siglo ix y eran reuniones de vecinos que se reglan 
por si mismos y proveian A las necesidades del gobierno y de la 
administraci6n local. 

Escasos en niimero al principio, fueron aumentando paula- 
tinamente^ pues las necesidades de la reconquista exigian esti- 
mular A los pobladores de las comarcas conqufstadas interes^n- 
doles en su. defensa por medio de inmunidades y privilegios, 
franquicias y libertades otorgadas al efecto por los prfncipes, y 
en ocasiones por los nobles, en/uerosy cartas pueblas, junt^a- 
dose asl en uno el interns de los moradores y el de la causa co- 
mun, y encomenddndoles adera^s su propio gobierno y direc- 
ci6n, dificil para los raonarcas, de cuya autoridad aislaban 
muchas veces A los pueblos las peripecias de la lucha y cuya 
atenci6n rcclamaban los asuntos generates y la guerra con los 
moros. Surge, pues, de este modo el regimen municipal en la 
Edad Media; pero la organizaci6n de los concejos primitivos se 
halla envuelta en tal oscuridad, que no es posible determinarla 
con certeza, no s61o por falta de documentos adecuados, sino 
tambi^n porque la misma independencia 6 iniciativa de que go- 
zaban, habia de hacerla varia segiin el cardcter y necesidades 
de los pueblos. Es verosimil, sin embargo, que en los pueblos 
pequeflos tomasen todos los vecinos una participaci6n mds6 
menos directa en la administraci6n y en el gobierno de la co- 
munidad todavfa informe, y que A medida que los pueblos se 
ensanchaban, aumentando su vecindario, fuese sustituida esta 
intervenci6n por el sistema de delegaci<5n 6 nombramiento de 
magistrados A quienes se encomendara la representacidn y 
regimen de la colectividad. Ni era tampocQ homog^neo el cardc- 
ter de los concejos, aun dado que su niicleo fuese en general 
constituido por el estado llano 6 por la clase media y baja; asi 
que ciudades hubo, Soria por ejemplo, en que los cargos con- 
cejiles se elegfan por las personas 6 familias principales, im- 
primiendo A este modo de gobierno cierto tinte oligdrquico, 
mientras que en otras, como Toledo, pudiera sin dificultad verse 
un modo de democracia por la participaci6n que todos los veci- 
nos indistintamente tomaban en la gesti6n publica. 



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— 397 — 

Sin embargo, lo mds general era la designaci6n por todos 
los y(ecinos de representantes 6 magistrados y funcionarios 
anuales para la justicia, regimiento y administraci6n de la ciu- 
dad. Entre estos deben notarse, como los m4s principales y co- 
munes/los alcaldes^ d quieties estaba encomendada la jurisdic- 
ci6n civil y criminal y el mando de la milicia concejil, con un 
alferes 6 portaestandarte A sus 6rdenes; el alguacil mayor ^ A 
quien correspondfa la funcidn ejecutiva, digdmoslo asf, del po- 
der municipal, con cargo especial en asuntos de la milicia; los 
regidoreSy cuyas funciones, no bien determinadas^ pueden, no 
obstante, mirarse como parecidas A las de los modernos, y su 
designaci6n no fu6 tampoco uniforme, pues en unos pueblos el 
cargo de regidor vino A ser como hereditario en ciertas familias 
nobles, y en otros se confefla por elecci6n popular; \os jurados, 
que semejaban una especie de tribunado para defender & los 
ciudadanos contra los atropellos de los magistrados y jueces, y 
de los que nacieron mds adelaiite los sfndicos 6 procuradores 
del comun, y los sexmeros, que tenian d su cargo la representa- 
ci6n y defensa de la poblaci6n rural. De los ministros 6 funciona- 
rios subalternos, son de notar el almotacen para la vigilancia de 
los mercados, el altnojarife para la recaudaci6n de impuestos, 
y los^^/^5para el cumplimiento de las ordenanzas municipales 
y providencias de los magistrados y muy especialmente para el 
cuidado de los pesos y medidas. La administraci6n de justicia, 
aunque encomendada d los alcaldes que se llamaban de fue- 
roy estaba sujeta d la suprema inspecci6n del rey, quien A ve- 
ces tambi^n designaba d los que habfan de ejercerla, en cuyo 
caso recibfan el nombre de alcaldes de salario^ y en ocasiones 
llegaba hasta nombrar corregidores^ delegados especiales que 
en su nombre ejerciesen la jurisdicci6n y el gobierno; institu- 
ci6n generalizada tanto y por tan especiosos pretextos que pro- 
dujo reclamaciones y siiplicas de las Cortes hasta obtener en 
tiempo de Enrique, el de las Mercedes^ que no se pondfia sino 
d instancias de los pueblos y por solo un afto. 

La importancia y aun el poder de los concejos lleg6 d muy 
alto grado d fines del siglo xi, cuando la jurisdicci6n de sus ma- 
gistrados se sobrepuso d la de los mismos merinos y oficiales de 
la corona y los reyes prometieron d las villas y ciudades no po- 
ner en ellas jueces sino de entre sus vecinos; y se eleva aun 
mds d principios del siglo xii cuando adquieren grandes propie- 
dades, lugares y fortalezas y se ven solicitados por los bandos y 
parcialidades de la nobleza y aun por los mismos reyes, 6 se 



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— 398 — 

atreven & revol verse contra los pr6ceres y magnates, invadien- 
do sus territories^ destruyendo sus palacios y castillos y llevdn- 
dolo todo & sangre y fuego. Robustece igualmente su poder € in- 
fluencia social la creaci6n de las milicias concejiles, transfor- 
niaci6n de las antiguas huestes que' al Uamamiento de> rey se 
reclutaban entre los vecinos para tr en fonsado y verdaderos 
ej6rcitos disciplinados, dotados de infanterfa y caballeria, que 
tanlo contribuyeron A la formaci6n del estado llano y al enno- 
blecimiento de las clases humildes en una sociedad donde tanto 
prestigio alcanzaba el ejercicio de las armas. "Pero nada contri- 
buy6, dice el seflor Colmeiro, d la prosperidad de los concejos 
cemo la entrada de sus procuradores en las Cortes, k lo cual de- 
bieron el haberse levantado hasta la cumbre de su grandeza. 
Desde entonces solicitan nuevas franquezas y libertades, piden 
la confirmaci6n de las antiguas, intervienen en los graves nego- 
ciosdel reino, forman leyes, otorgan servlcios, nombran lostu- 
tores del rey, cuando no ejercen ellos mismos la tutorfa, se asien- 
tan en el Consejo; y en una palabra, siendo las Cortes la suma 
de todos los concejos de Castilla y Le6n, cuantas prerrogativas 
alcanzan aquellas, otras tantas cedcn en beneficio de estos cen- 
tros del gobierno popular. „ 

Otro factor importante de U influencia politica de los con- 
cejos fueron las ligas 6 hermaadades que formaban entre si; la 
comunicaci6n que sostenlan unos conotros,que daba comoresul- 
tado la uni6n en las reclamaciones contra los abusos del poder 
6 de los grandes y la fuerza consiguiente para hacer eficaces 
sus protestas 6 pretensienes; las relaciones que tambidn soste- 
nlan con los reyes, quienes no consideraban mermada su autc 
ridad soberana por dirigirse A los concejos, ya notificAndoles los 
asuntos de grave trascendencia para el Estado, ya invocando su 
concurso contra los enemigos exterlores 6 contra los ambicio- 
sos y trastornadores del orden interior; y ^ tal punto lleg6 el po- 
der de los concejos desde el siglo xin al xv que bien parecia 
Castilla una confederaci6n de republicas, sobre las que, sin em- 
bargo, descoUaba el monarca, lazo general, centro de uni6n, 
como dice Ghebardt, ^ cuyo alrredcdor se agrupaban, no sola- 
mente los concejos, sino todos los distintos organismos que con 
el nombre de seHorios, abadettgos y behetrias (1) eran trasunto 



(i) Uehetrfa vicDc, segiin udos, del griego hateria, corrompido laego en bete* 
ria 6 veteria, compafifa de geste suelta y libre que do quiere sefior: otrus derivan 
esta vox del drabe y dicen significa confusi6D, anarqufa, que era lo m&s frecnente 
en estos paeblos cuando elegian sebor: otros la hacen venir de la latina benefac* 



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de la desigualdad social propia de la ^poca y cuyo influjo se 
hacia sentir tanto en los indivlduos como en las colectivldades 
y en su constituci6n y regimen. 

La prepotencia del concejo, llegada A su extreme llmite, 
principi6 & declinar y d ello contribuyeron; la p^rdida del ca- 
ricter democrdtico con que se inicid su autonomfa; la intervene 
ci6n de los nobles en los oficios conceji'ics y su tendencia d po- 
seerlos perp^tuamente por si 6 por sus allegados; las disensio- 
nes intestinas que la prov[si6n de estos cargos en muchas oca- 
siones producia, demandando d veces la intervenci6n del poder 
real para acallarlas; el nombramiento por el rey en muchos ca- 
sos para el desempeflo de aquellos cargos; la apatia 6 indiferen- 
cia d que habituaba d los ciudadanos el estar alejados de la 
gesti6n local, monopolizada por los grandes 6 ejercida por dele- 
gados del rey, y por Ultimo el poder absorbente de la monarqufa 
que, despu^s de realizada la unidad nacional, no podia tolerar 
ya la existencia de entidades politicas independientes. 



t^a, corrompida dcspnes en benfahidf btnefacia y por liltimo en behetrfa. La 
etimolo^a gtitgk parece convenir mis k la natnraleza de estos poebtos, caya no- 
ta caracterfstica era la de elegir sefior d sq arbitrio. S^^n la ley III, t(t. XXV, 
Part. IV, «belietr{a tanto quiere decir como heredamiento que es snyo qnito de 
aquel que bive en el, e paede recebir por seflor a quien quisiere que mejor le faga;» 
de modo que conlorme d esta ley para que un pueblo fuese behetrfa era condici6n 
indispensable que la propiedad y los heredamientos fueran de sus moradores y no 
de un sefior extrafio. Podia, sin embargo, suceder que en nn mismo pneblo hubie- 
ra heredamientos y solares de behetria y otros de realengo, sefiorfo 6 abadeng;o, 
y entonces el pueblo participaba de las distintas condiciones de los terrenos y so- 
lares, y de aqui el desorden y la confusidn que reinaba en algunas bchetrias. £1 
origen de 6stas sc hace subir d los primeros tiempos de la reconquista, y su causa 
ocasional fu€ la nece&idad que los labradores habitantes y propietarios de algunos 
pueblos tttvieron de invocar el auxillo de los nobles para que los defendiesen con- 
tra las correrias de los moros, poni^ndose bajo su dtrecci6n y sefiorfo; pero reser- 
▼dndose no obstante el derecho de elegir otro sefior si el primero, d cuya protecci6n 
se habfan confiado, no les trataba bien, 6 conforme d lo pactado. I.as diferencias 
en los pactos primitivos de reconocimiento de sefiorfo produjeron las diferencias 
de behetrias; pero siempre qued6 subsist ente el principio de la rariaci^n rolunta- 
ria de sefior si bien mds lata 6 restringida la esfera de la elecci6n. 

Ayala enumera tres clases de behetrias: dt mar d mar, que quiere decir que 
los moradores 6 vecinos en tales lugares pueden tomar sefior d quien sirran ce 
acojan en ellos, cual ellos quisieren e de cualquier linaje que sea, o por esto son 
llamadas behetrfas de mar d mar, que quiere decir que toman sefior siquier de 
Sevilla, siquier de Vizcajra 6 de otra parte: de entf e pariintes^ que son las que to- 
man sefior de cierto linaje 6 de sus parientes entre si; y la terccra clase, que pnede 
llamarse de entre naturales, la forman clos pueblos que han naturaleza con lina- 
jes que sean naturales de ellos, e estos tales toman sefior de estos linajes qual se 
pagan; e dit que todas tstas behetrias pueden tomar e mudar sefior siete veces al 
dia, e esto quiere decir cuantas veces les ploguiera e entendieran que los agravia 
el que los tiene.> Los pueblos de behetrfa entre naturales tenian el derecho de ele- 
gir sefior de entre los nobles nacidos ea la poblaci6n 6 cuf ot asceodientes tuvic- 



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— 400 — 

La ambici6n pvimero y la codicia despu^s, excttadas por 
los bienes, heredades y rentas que llegaron d poseer los conce- 
jos^ estimularon A los grandes y poderosos para poseer dichos 
cargos, y los disturbios y luchas que produjeron en el seno de 
las ciudades, fueron el primer motivo que hizo necesaria la 
autoridad real para apaciguar los dnimos y restablecer el orden 
en aquellas, y el primer pretexto que hallaron los monarcas pa- 
ra sustituir con su propia voluntad la iniciativa de los ciudada- 
nos. Alfonso VI nombra por si en Avila un alcalde mayor para 
acabar con las divisiones entre los Blazquez y los Alvarez y 
para gobernar la ciudad; Sancho IV, el BravOy design6 para el 
cargo de veinticuatros 6 regidores de Sevilla cuatro personas en 
lugar de otras tantas que habian sido nombradas por la ciudad; 
Alfonso XI suspende d esUi misma ciudad en el ejercifto del 
derecho de norabrar sus alcaldes y jurados y reserva su provi- 
si6n d la corona A pretexto de que tales nombramientos produ- 
clan muchos des6rdenes y daftos; se abroga tambi^n andlogo 



ron naturaleia en ella. Las behetrias de entre parientes podfan subdividitse, segiin 
que solo pudieran nombrar sefior de familia determinada, 6 segdn que podian ex- 
tender la eleccibn i, cualquiera de las familias de an mismo linaje 6 tronco; y to- 
das estas familias se Uamaban dcvtseras del sefior. 

El derecho de tUvisa no se limitaba al que en esta liltima clase de behetrfas 
tenian los del mismo linaje para ser seOores en ellas, sino que se Uamaba Umbi^a 
deviseros d los que tenian derecho para cobrar parte de la nmrHnitga que paga- 
ban al sefior alU donde se cobraba, y d todos los que podian tomar €onduch$ en 
la behetrfa; y, i jnzgar por el libro Becerro de las behitrias^ tambiin debe darse el 
tftulo de deviseros & aquellos i. quienes, por haber tenido un sefior pariente, les 
asistia el derecho de cobrar ^is maravedises anuales, si eran ricos hombres, 6 
dos, si eran de menor nobleza, en sefial de respeto al sefior pasado y en recono- 
cimiento de la aptitud para serlo ellos mismos si quisiera elegirlos la beheUia. 

Lai behetrias, como las demds poblaclones, pagaban sus tribatos al rey y 
ademiU al sefior, pero quedaban libres ^'^ fonsudera, porque todos los hombres 
Utiles tenian el deber de ir en f^nsad^ i las 6rdenes de su sefior. Ndtanse en el 
Becerro algunas behetrias que no pagabaa mi& tributos que servicios y monedas, 
y esto exige algona explicaci6n. £1 tributo de moneda f^reralo pagaban todos 
los pueblos de la monarquCa cada siete afios en reconocimiento del sefiorio real,-^y 
era tan sagrado que los monarcas no podian enagenarlo, donarlo, ni empefiarlo. 
Los tributos extraordinarios, que los monarcas no pod(an exigir sin ser Totados 
por las Cortes, se concedfan bajo la forma de servicios y tambiin como modeda fo- 
rera. £1 servicio era una cantidad fija y, cuando la petici6n excedfa de esta suma, 
en vec de un setvicio se concedian dos 6 mis. Lo mismo sucedfa con la moneda 
forera. £ste servicio selenal era tambi^n fijo, y cuando las Cortes concedfan por 
extiaordinario una moneda forera, se entendia conceder por una sola ves tantq 
cuanto importaba el tributo setenal de moneda. De estas dos clases de contribu- 
ciones no estaban exentas en ningun caso las behetrias, y ademds algunas debiaa 
tambi^n pagar los de vasa, vasillo^ yantar^ycmtarejoy mula. En suma, solo tenian 
los privilegios de elegir sefior, de no pagar fonsadeia, y los especiales concedi* 
dos por las leyes de devisa de las Cortes de N&jera y del Fuero Viejo de Cast ilia. 
— V. Marichalar y Man^ique, Hiit^ria de la legislachn espa^ola. 



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— 4di — 

derecho en otras muchas ciudades de Le6a y de Castillar y. no 
contento con nombrar para los cargos concejiles, Uega hasta 
cambi^r su naturaleza trocdndolos en vitalicios, de anuales que 
eran. Los reyes posteriores siguieron en este punto una politica 
de circunstancias, ya transigiendo con algunos concejos en la 
provisidn de sus prlmeros cargos, ya recabando para si los 
nombramientos; hasta que en el reinado de los Rey^s Catdlicos, 
robustecida grandement^ su autoridad, pueden ^stos ordenar 
que todos los cargos concejiles fueran en algunas ciudades de 
nombramiento real y vitalicios, tanto los de merinos, alcaldes y 
alguaciles, que hasta entonces se proveian por los monarcas^ 
como los de regidores, jurados, mayordomos, escribanos y 
fieles, que ordinariameate se eleglan por los pueblos. 

Fueron tambi^n principalisima parte A producir la decaden- 
cia de los concejos: el aumento innecesario de cargos munici- 
pales, iniciado en tiempo de Enrique II; la venta de los oficios^ 
recurso arbitrado por Juan II para allegar medios con que 
atender A los gastos de la guerra, y que produjo la consecuen* 
cia, por parte de la corona, de mirar la provision de tales ofi- 
cios como un simple arbitrio fiscal, sin tener para nada en cuen- 
ta, ni la influencia de los nombramientos en el regimen de los 
pueblos, ni las cualidades de moralidad , inteligencia y cela de 
los designados, y por parte de 6stos, la de considerar el cargo 
como medio adquirido por su dinero, que podian explotar sin 
trabas ni respetos para aumentar su poder, prestigio y riquezas; 
la acumulaci<in de empleos en una sola persona, que hacia im- 
posible el cumplimiento de los deberes tnejos & aquellos y ex- 
citaba mds y mAs la codicia y ambici6n, siempre menos satisfe- 
chas cuanto mds alimentadas; el arrendamiento que lleg6 A 
hacerse de los mismos cargos convirti^ndolos en asunto de met 
ra grangerfa, y otros muchos abusos que, acabando con el pres- 
tigio de los concejos, facilitaron por este lado la poUtica centra- 
lizadora de la casa de Austria. 

En Navarra el sistema municipal no Uegd A desarrollarse 
hasta el advenimiento de la dinastia aragonesa, y aun entonces 
y despu^s de ^sta, efecto acaso de la exigua importancia del es* 
tado llano y por falta de uni6n y de amistad entre los concejos 
navarros, nunca Uegaron A ejercer grande influencia en el rao» 
do de ser politico de aquel estado. Don Alfonso el Batallador^ 
que otorg6 fueros y cartas pueblas d muchas poblaciones, dict6 
en algunas de ellas disposiciones y leyes que aseguraban d los 



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ciudadanos la libertad civil y el respeto al domicilio^ hasta el 
punto de que algunos pueblps fronterizos pudiesen convertirse 
en asilo de malhechores y la casa del vecino fuese infranquea- 
ble, sin permiso del duefio, para la misma justicia 6 sus represen- 
tantes, excepto en casos muy seAalados, como el de haberse re- 
fugiado en ella el reo de traici6n 6 el ladr6n manifesto. En es- 
tos mismos cuademos y fueros se contienen constituciones y or- 
denanzas para organizar ayuntamientos en las ciudades, villas 
y lugares, tendencia ya iniciada por los monarcas al permitir A 
los pueblos de realengo intervenir en sus propios 6 interiores 
asuntosconel nombramiento de alcaldes yjurados 6 regidores, 
delegados para la administraci6n de los intereses comunales, 
cuya gesti6n estaba en absoluto prohibida al concejo en masa. 

Para el nombramiento 6 elecci6n de alcaldes y regidores 
no habla un procedimiento uniforme y se tenia muy en cuenta 
la preponderancia de las varias clases de nobles^ francos, villa - 
nos y labradores, que componlan la poblaci6n. Donde tales car* 
gos se nombraban por elecci6n, 6sta se .hacla por parroquias y 
el niimero de regidores era proporcional al de vecinos corres- 
pondientes A cada parroquia; pero los disturbios y disensiones 
que d veces produjo la elecci6n, hicieron necesario, para evitar- 
los, reempla?ar el procedimiento electoral con el de insacula- 
<:i6n, expediente que se utiliz6 despues para evitar toda reuni6n 
del concejo, instituyendo las comisiones llamadas veintenas^ 
quincenas li oncenas^ compuestas de los veinte, quince li once 
vecinos cuyos nombres habian salido primero de las bolsas de 
insaculados y d los que correspondfa la representaci6n del con- 
cejo en los asuntos que d este competian. Como de la verdad de 
la insaculaci6n dependia la verdad de la representaci6n, se 
tenia mucho cuidado en las inclusiones y exclusiones para que 
no fuesen insaculados en las distintas bolsas para alcaldes^ ju- 
rados 6 regidores, sino aquellos y todos los que tuvieran aptitu^ 
para serlo. 

Las atribuciones de los concejos en Navarra eran muy ex- 
tensas en materia administrativa, autorizdndoles con frecuencia 
los reyes para que formaran ordenanzas, llamadas parantien- 
tos\ pero siempre en nombre del monarca, cuya suprema juris- 
dicci6n se habla de reconocer en cualquier caso, aun en el de 
que se encomendara d los alcaldes y jurados designados por los 
concejos la administraci6n de la justicia civil y la apligacidn de 
la criminal, pues todas estas facultades seejercfan en nombre 
de la corona, que"^ reserv6 siempre la justicia ordinaria en los 



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— 403 — 

territorios de realengo y la alta justicia en todos los demds del 
reino. En los territorios de seflorlo competia A los seflores la ad- 
ministraci5n de justicia baja y mediana, asi como el nombra- 
miento de alcaldes, derecho que han conservado generalmente 
hasta el advenimiento del regimen constitucional. 

Tienen tambi^n grande importancia en Arag6n las univer- 
sidades 6 concejos, y los reyes acuden A ellos con frecuencia 
para contrarrestar el poder de la nobleza y les conceden gran- 
des privilegios, algunos tan excesivos que f^oilmente pudieran 
degenerar en anarquia. Son de notar, al efecto, los concedidos d 
las universidades por Pedro IV y Juan I, facultdndoles para que 
pudieran tomar por su manovenganzade las injurias recibidasde 
nobles y caballeros, sin esperar el fallo de los tribunales y con- 
siderando como justo cualquiera clase de dafto que tanto d las 
personas como dlos bienes de aquellos hiciera sufrir su encono; 
y como especial, el Uamado de Tortumpor tortum^ otorgado d 
la ciudad de Zaragoza por don Alfonso el Batallador, Segiin es- 
te tiltimo privilegio, cualquiera zaragozano podia vengar por si 
mismo^ sin intervenci6n de los tribunales, la injuria recibida, 
volviendo mal por mal; y se llam6 tambi^n de los veinte, por- 
que en uno de sus artfculos decla el rey don Alfonso: ^os mando 
que jureis todos estps fueros aquellos veinte mejores ciudada- 
no5 que eligi^reis de entre vosotros; y los mismos veinte jureis 
primero y hagais jurar d todos los demds, salva la iidelidad debi- 
da d m( yd mis derechos; y. que todos os ayudeis y os manten- 
gais.unidos para la defensa de estos fueros que os doy; y en lo 
sucesivo no os dejeis forzar por nadie, y si alguno quisiera for- 
zaros, todos d una destruidle sus casas y cuanto posea en Zara- 
goza y fuera de Zaragoza, y yo os prestar^ ayuda.„ Exageran- 
do las tendencias y extensi6n dejsste privilegio invistieron los 
zarago2anos d una comisi6n de vecinos, elegida cuando d su jui- 
cio las circunstancias lo exigian, de facultades tan amplias pa- 
ra prender, desterrar y hasta raatar, que bien semejaba esta 
comisi6n verdadera dictadura independiente de toda autoridad 
y sin freno alguno legal, aunque por fortuna y efecto acaso de 
la misma exageraci6n de sus atribuciones se constituy6 muy po- 
casveces. 

Ya antes es de notar en la organizaci6n municipal arago- 
nesa la instituci6n de los jurados, que existia en todas las pobla- 
ciones, no s61o para su regimen interior, sino tambi^n para ser- 
vir de garantfa y amparo d los ciudadanos en sus derechos y li- 
bertades. Figuraban entre sus principales atribuciones: la for- 



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— 404 — 

maci6rt de ordenanzas y estatutos para la guarda del l^rmino; 
la tasa de los artlculos de priraera necesidad; el casHgo de los 
delltos 6 faltas contra aquellas; el poderse incautar de los pro- 
tocolos y minutas de los hotarios, cuando habfa sospecha de fal- 
sedad 6 se negaba la autenticidad de los dociimentois; el ser depo- 
sitarios de los bienes que para pago de deudas fueran embarga- 
dos A la utiiversidad; el nombramiento de V-eedores para la ins- 
pecci6n de los artlculos que hubieran de venderse; el derecho 
de penetrar en las casas de los infanzones para buscar 6 reco- 
brar la casa robada; y por tiltimo, la representaci6n por el ju- 
rado primero del Justicia Mayor en las poblaciones donde hubie- 
ra reos manifestados, si^ndole obligatorio bajo la responsabili- 
dad m&s estrecha defender la manifestacidn hasta que por letras 
del Justicia se hubiera declarado extinguida, y pudiendo invocar, 
para sostenerla, el auxilio de todo el pueblo. Los jurados de Za- 
ragoza Uegaron i, gozar de cierta inmunidad concedida por Pe- 
dro irpara todo lo que hicieran en utilidad 6 servicio del rey 6 
en honor de ellos mismos 6 del pueblo, sin quedar sujetos 4 res- 
ponsabilidad para con nadie por los hechos que ejecutasen en 
tal sentido, aunque fueran homicidios. El modb de nombramien- 
to de los jurados fu6 generalmente la elecci6n por el cdncejo; 
pero esta forma sufri6 varias alteracidnes, entre las que debe 
notarse lo dispuesto por Jaime I respecto i Zaragoza, d tenor 
de lo cual los jurados de esta ciudad habrlan de ser doce desig*- 
nados cada afto por sus predecesores, pero sometiendo este 
nombramiento d la ratificacidn del rey 6, si este se hallaba au- 
sente del reino, A la del bayle dfe la ciudad. 

Como en el resto de Espafla, merced i los fueros y cartas 
otorgadas A los pueblos por los condes de Barcelona d prlncipios 
del siglo XII, se desarroll6 en Catalufta la instituci6n municipal, 
que fu^ uno de los principales fundamentos de las libertades ca- 
talanas y de la importancia de la clase media. En dichas cartas 
.se concedi6 A los pueblos el derecho de design ar 6 proponer 
magistrados y funcionarios, con los nombres de cdnsules^ con- 
siliarios, jurados, probi-homines 6 pactarioSy encargados del 
gobiemo y administraci<Sn local; pero entre la de todas las ciu- 
dades merece especialmente notarse la organizaci6n municipal 
de Barcelona. Para el gobierno de esta ciudad hablatina espe- 
ciede senado, llamado Consejo de Gento y un cuerpo de regi- 
dores, concelleres, qtte vari6 entre ocho, cuatro, cinco y ilttima- 
mente seis. 

Ei Gonsejo de los Ciento, que remonta d los tiempos de Jai* 



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- 4o5 - 
me I, ejercia el poder legislative en todo lo referente al gobier- 
no municipal € interpretaba las leyes hechas en Cortes; hacla 
ordenanzas para la ciudad y su t^rmino, que compfendia hasta 
doce leguas mar adentro; tenia autoridad sobre los concelleres 
y empleados municipales A los que podia juzgar; y sus atribu- 
ciones se extendian d imponer penas de toda clase, inclusa la de 
muerte; A exigir prestaciones y emplear los fondos piiblicos en 
la construcci6n de obras litiles y en el fomento de empresas 
mercantiles; dcostear la enseftanza en la universidad de Barce- 
lona, que dirigla; A velar por la seguridad del comercio; A dar 
patentes de represalias contra cualquiera naci6n, y A celebrar 
tratados de comercio con los extranjeras. Las plazas de este 
cuerpo se distribuian por partes iguales entre los ciudadanos 
honrados (clase equiparada A los caballeros por Fernando II), 
entre los cuales se comprendiati como capacidades para el des- 
empefto da cargos municipales los doctores en derecho y me- 
dicina; los negocianteSy comprendiendo los mercaderes y capi- 
tanes de galera; los artistas^ entre los que se inclulan los escri- 
banos, y los artesanos^ entre los que figuraban los menestrales 
de toda blase. Los nobles no fueron admitidos en el Gonsejo de 
los Ciento, como un orden separado, hasta fines del siglo xv^ en 
que obtuvieron diez y seis plazas del mismo; pero sin ninguna 
preeminencia sobre los ciudadanos honrados, y privados de vo- 
to en Cortes por todo el tiempo que estaban investidos con los 
cargos municipales. El Consejo de los Ciento fu^ al principio 
nombrado por los concelleres, elegido despues por la ciudad y, 
por liltimo, designado por sorteo^ previa insaculaci6n; y s5lo se 
reunla para asuntos graves y por disposici6n de los concelleres 
6 del gobernador general. Dividiase en cuatro secciones, cada 
una de las cuales, llamada Consejo Ordinario, estaba en funcio- 
nes durante un trimestre, y cuando ^ste lo estimaba necesario, 
se convocaba y reunfa en pleno el Consejo de Ciento. 

Los concelleres 6 conciliarii^ llamados asl como consejeros 
del veguery ejerclan la potestad ejecutiva en el gobierno local. 
El primero, concell^r en cap, tenia principalmente A su cargo 
la custodia de la ciudad y las levas, y era, en tiempo de guerra, 
jefe nato de la cotonela 6 fuerza armada de la ciudad; el segun- 
do cuidaba especialmente de la provisi6n de granos; el tercero 
del abasto de carnes; el cuarto de los salartos y cuentas de los 
oficiales y recaudadores de tributos, y el quinto y el sexto de los 
asuntos referentes A los gremios de artesanos. Los concelleres, 
como los prohombres del Consejo de los Ciento, fueron nombra- 



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— ^ — 

dos hasta 1498 por elecci6n, en un principio de este consejo/y 
despu^s de la ciudad. Cambiado en aquella fecha <^l sistema de 
elecci6n por el de insaculaci5n, se dispuso que de los cinco con- 
celleres que entonces representaban la ciudad, los tres prime- 
ros fueran sacados de la bolsa correspondiente d los caballeros, 
el cuarto de la de mercaderes, y el quinto fuese un aflo ar- 
tista y otro menestral. Las atribuciones^ prerrogativas y privile- 
gios de los concelleres eran'muy grandes. Representaban la 
ciudad en todos los actos 6 funciones piiblicas, y en su nombre 
se despachaban las embajadas, los nombramientos, los recur- 
sos, las represalias, la correspondencia con los demds estados 
de Europa y las representaciones y consultas ^ la corona. Vela- 
ban por el cumplimiento de las ordenanzas municipales y po- 
dlan imponer penas, inclusa lade muerte, por su infraccidn. 
Tenlan el derecho de acuflar moneda y de imponer tributos y 
cobrarlos <:on c^xclusi6n de los oficiales reales y con facultades 
para resolver en definitiva sin ulterior recurso las cuestiones 
sobre esta clase deasuntos. Eran consejeros natos del monar- 
ca; se cubrian y sentaban delante del rey; usaban el titulo de 
magnificos y se les consideraba como marqueses y condes; po- 
dlan ir investidos con sus insignias y precedidos de sus clarine- 
ros y maceros, con las mazas altas, por todas las poblaciones de 
Catalufta y Arag6n y posterior mente de toda Espafla; eran, 
en nombre de la ctudad, seflores de baronlas; gozaban de la 
consideraci6n y preeminencias de erabajadores extranjeros 
cuando se presentaban al soberano fuero de su ciudad; tenian 
atarazanas y armerla propias, y cuando salfan i recibir al rao- 
narca, podian hacerlo ^ caballo, cabalgando en la comitiva el 
conceller primero pareado con el rey d su lado izquierdo. 

Por lo dicho se comprende que la vida municipal se des- 
arroll6 con vigor en los varios estados espafloles d contar des- 
de el siglo xii y que en todos ellos se hizo sentir mds 6 menos 
la influencia de los pueblos que, con los nombres de municipios, 
de concejos 6 de universidades, llegaron d adquirir cierta auto- 
nomfa, siquiera fuese para asuntos propios y locales, y pudie- 
ron prestar su cooperaci6n voluntaria en los generates del Esta- 
do € intervenir en las contiendas de reyes y seftores, secundan- 
do los prop6sitos de unos ti otros segun al interns, d la justicia 
6 d la pasi6n de los mismos pueblos convenia. 

Acrecentaban, segtin antes indicamos, el poder y la influen- 
cia de ^stos las ligas, cofradias 6 hermandades que^ tanto en 
Castilla como en Navarra y Arag6n, formaron entre si, ora pa- 



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— 407 — 

ra defender sus derechos y propiedades conira los atentados de 
los malhecbores 6 atropeilos de los grandes, ora para reivindi- 
car sus fueros y libertades contra la tirania de los monarcas; ya 
para hac^r mds eficaz su concurso en las grandes empresas na- 
cionales, y A veces tambi^n para satisfacer sus pasiones aviesas 
y demag<Sgicas tendencias* 

En Castilla aparece la primera hermandad en tiempo de do- 
fta Urraca, favoreciendo los pueblos la causa de don Alfonso en 
contra de los nobles, que segufan el partido de aquella; pero es- 
ta liga de los pueblos contra los seflores no tuvo forma de ver- 
dadera organizaci6n por falta de autoridad que la dirigiera y de 
freno que contuviera d los pueblos en sus desmanes. No asl las 
que surgen en el siglo xin, que se qonstituyen por verdaderos 
convenios, hechos constar en la escritura llamada carta de her- 
mandad, y se organizan juridicamente dictando ordenamientos, 
estableciendo reglas de policfa para la seguridad de las perso- 
nas y de las propiedades y p^rsecuci6n de los malhecbores, ins- 
tituyendo los alcaldes de hermandad, in^estidos con jurisdicci6n 
y atribuciones adecuadas para el regimen de la agrupaci6n, y 
sosteniendo con los recursos de ^sta y para los fines comuaes 
una milicia especial, Estas hermandades^ que surgieron por pro- 
pia iniciativa y entre las que dehe notarse la formada por To- 
ledo, Talavera y CiudadReal, fueron pj-onto miradas con rece- 
lo por los monarcas, asi que don Fernando III y su hijo don Al- 
fonso X, considecando que de tales cofradlas puede venir men- 
gua al seflorio del rey y daflos & la tierra, mandan deshacerlas 
y las prohiben en lo sucesivo, excepto para obras de caridad. 
En cambio don Sancho IV las fomenta y se pone A la cabeza de 
las formadas contra su padre por nobles, prelados y pueblos, 
mientras las juzg6 titiles para sus sediciosos planes; aunque des- 
pues de afirmado en el trono sigue las huellas de sus predece- 
sores, revocando mucbos privilegios y mercedes de los ante- 
riormcnte otorgados para hacer pros^litos. 

Los disturbios que en el reino prodnjeron las pretensiones 
de los infantes de la Cerda durante la raenor edad de Fernando 
IV el Emplasado^ y el peligro en que puso el trono de 6ste la 
conjuraci6n de nobles y prelados que seguian la parcialidad de 
aquellos y ambicionaban aumentar su poder y riquezas, precis6 
d la regente do fla Maria de Molina A buscar un apoyo en los con- 
cejos, formAndose en esta 6poca, por mandato 6 tolerancia de la 
regente^ la hermandad de Valladolid en la que entraron los con* 
cejos de Le6n y de Galicia, y que did desde luego muestras de 



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-4o8- 

$us teadencias democrdticas excluyendo de su seno A nobles y 
prelados, y de su vitalidad y fuerza acordando no pagar al rey 
erapr^stito alguno ni cualquiera otra cosa desaforada, sin con- 
sentiraiento de todos, ni tolerar vejAraen de ningdn seflor, sope- 
na-de derribarle las casas, talarle los campos y destruide las 
haciendas, si f uese arrai^ado en el pais, 6 de matarle# en cual- 
quiera parte, si no lo fuera. Cuid6 tambi^n de conservar su exis- 
tencia y de atender A su perpetuidad con el nombramiento de 
dos hombres buenos por cada concejo,.que se reunieran todos los 
alios en Le6n para representar las hermandades y hacer cum- 
plir sus acuerdos, invisti^ndolos, para mayor prestigio, con cier- 
ta inmunidad personal y sancionando con la muerte cualquier 
dado que se les infiriera. En la misma ^poca form6se en Burgos 
otra poderosa hermandad de los concejos de Castilla; y en los 
ti^mpos del rey don Pedro y de alguno de sus sucesores surgen 
otras hermandades, ya d excitaci6n, ya por tolerancia, y aun A 
disgusto de los reyes, aunque casi siempre con el prop6sito, por 
parte de 6stos, de facilitar la persecuci6n 6 el castigo de los cri- 
minales 5 de debilitar el poder de la orgullosa nobleza; por mds 
que en muchos casos, ensoberbecidos los pueblos con la fuerza 
que les procuraba su uni6n, cometian tambi^n injustictas y atro- 
pellos incalificables contra los nobles que en ellos moraban, pre- 
cisdndoles A rechazar con la fuerza tales injurias y fomentando 
de este modo el malestar social. 

Con todo, lafaltade seguridad para las personas y las co- 
sas, la imposibilidad de castigar A los malhechores que por to- 
das partes pululaban, la ausencia general de respeto A la auto- 
ridad, la impudencia que todo lo invadia, hicieron necesario, A 
la muerte de Enrique IV, pensar seriamente en el remedio de 
tantos males, y creyendo los pueblos hallarle en la formaci6n 
de una hermandad general y bien organizada^ reuni^ronse en 
DueAas, previa autorizaci6n de la reina Isabel, los procurado- 
res de muchas ciudades y villus, estableci^ndola por tres ados 
para la conservaci6n del orden y rdpida administraci6n de la 
justicia penal y procurando hacer eiicaces sus disposiciones con 
el auxilio de fuerza armada creada, pa,ra este fin y para velar 
por la seguridad de los caminos y perseguir d los criminales. 
La administraci6n de justicia fu^ encargada A dos alcaldes, tmo 
de la clase de caballeros y otro de la de ciudadanos, quienes tras 
breve y sumario proceso aplicaban la ley en los casos de 
fuerza, robo, hurto 6 herida hecha en el campo; de allanamienr 
to. de morada, desacato A la autoridad judicial y otros vario$. 



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— 4O0 — 

La fuerza militar, organizada en cuadrillas de vecinos y sos- 
tenida en un principio por los pueblos de la hermandad, lo fu^ 
despu^s, so pretexto de aliviarlos de esta carga, por el tesoro 
de los reyes, quienes lograron de este modo tener un principio 
de ej^rcito permanente y propio, como asalariado por cllos, 
que les permitiera prescindir, una vez disciplinado, de las hues- 
tes de la nobleza y de las milicias concejiles. 

Las hermandades deNavarra, con fines andlogos d las de 
Castilla, soHan ser de dos clases; 6 entre pueblos del niismo rei- 
no para la seguridad interior y defensa de las personas y bienes 
de los congregados contra las correrias de los poderosos y ca- 
balleros; 6 entre pueblos limftrofes de dos estados distiatos con- 
tra bandidos y malhechores quc% despu^s de haber robado en 
suelo extraflo, se volvfan al propio buscando la impunidad. 

En Arag6n, adem^ls de la liga general de la Unidn^ de que 
ya hemos hablado, formada juntamente por nobles, caballcros y 
pueblos para la defensa de sus derechos y libertades, solfan 
tambi^n reunirseJas pequeftas poblaciones de realengo bajo la 
protecci6nde otra maspoderosa, cu3'o nombre tomaba la comu- 
nidad, para defenderse de los ataques y violencias de los scfto- 
res que, sin respetosni miramiento alguno y s6lo para satisfa- 
cer sus caprichos, vejaban Jl los pacificos habitantes de aque- 
. lias. 

LasHgas6 coalicionesde ciudades, villas y lugares, incom- 
patibles con un gobierno central, robusto y fuerte, se formaron 
por ultima vez en Castilla con el nombre de ContunidadeSy pa- 
ra protestar contra la administraci6n de los flamencos en tiempo 
de Cdrlos I; pero la guerra de los comuneros concluy6 con el 
desastre de Villalar y la ejecuci6n de sus m.''i3 csforzados capita- 
nes. La misma suerte cupo al movimiento insurreccional de Va- 
lencia, conocido con el nombre de Germanias, hermandades de 
las clases trabajadoras contra la nobleza y de cardcter marca- 
damente socialista, cuya indole no debe confundirse con la de 
aquellas, ni por sus tend^ncias, ni por sus hechos criminales y 
tirflnicos en muchos casos, y que concluyeron tambi^n desastro- 
samente despu^s de haber dominado bastante tiempo en la ciu- 
dad del Cid, perecic.ido en el patibulo el tejedor Guillen Soro- 
11a, uno de sus jefes. 



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secci6n quinta 



FORMA DE GOBIERNO 



CAPITULO PRIMERO 

GOBIERNO DE ESPA?JA POR LOS RQMANOS 



Ya hemos dicho que en los tiempos anteriores A la domina- 
ci6n romana no era Espafta verdadera nacidn, porque ni los 
pueblos primitivos estaban li^ados entre si por lazo alguno per- 
manente, ni los colonizadores fenicios y cartagineses cuidaron 
de otra cosa que de sacar de la peninsula todo el provecho posi- 
ble, en riquezas para saciar su codicia, 6 en hombres para aii- 
mentar su poder con la fuerza de los ej^rcitos. No es tampoco 
f^cil hallar medios adecuados pjft-a formar idea cabal de la or- 
ganizaci6n y del gobierno de aquellos pueblos; aunque no sea, 
por otra parte, muy aventurado suponer que, divididos primero 
en tribus y formando despu^s ciudades, cada pueblo tendrla su 
regimen particular, encomendado, ora bajo la forma patriar- 
cal al cabeza de la tribu, ora bajo la forma republicana A un con- 
sejo de ancianos 6 d un senado de personas preeminentes, 6 ya 
tambi^n d un jefe designado por elecci6n 6 impuesto por las cir- 
cunstancias; sin perjuicio de que algunas ciudades se asociaran 
d veces formando federaci6n, como parece sucedi6 con ciertas 
ciudades de Andalucia, y someti^ndose d la direcci6n de un con- 



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— 411 — 

sejo organizado para el arreglo de los asuntos comunes 6 de in- 
terns general para los pueblos asociados. 

En el periodo de lucha con Roma, hasta la doniinaci6n com- 
pleta de Espafla por Augusto, los pueblos somei^dos A la repii- 
blica no tuvieron en rigor otro gobierno que el regimen railitar, 
cuyo mayor 6 menor grado de dureza 6 despotismo dependia 
exclusivamente del car^cter de los jefes enviados por Roma, 
aunque todos ellos subordinaron siempre A su fin de dominaci6n 
cuanto la humanidad 6 el derecho prescribfan, si era obsidcu- 
lo A su prop6sito. Asf, el mismo Porcio Cat6n, c^lebre por su 
virtud est6ica, si no manch6 sus manos con injustas depredacio- 
nes, ni se dej6 arrastrar por la avaricia, se gloriaba de haber 
Uevado hasta el exceso su crueldad, destruyendo muchas ciu- 
dades, para asegurar por el terror el imperio de los romanos; y 
el j6ven Escipi6n que, bondadoso en sus primeras relaciones 
con los espafioles^ supo hjlbilmente captarse sus simpatias por 
medios suaves, despu^s de tomada Cartagena Ics irapuso gran- 
des sacrificios en hombres y dinero, A pretexto de que eran ne- 
cesarios recursos extraordinarios. Es cierto que el valor y la 
indole de los espafloles excitaron las simpatias de algunos jefes 
romanos y que, efecto de esto, se form6 en el senado de Roma 
un partido favorable d Espafta, iniciado por Cat6n despu^s de 
su mando en la peninsula, eh el que militaban tambi^n Esci- 
pi6n Emiliano y Sempronio Graco, y al que debe nuestra pa- 
tria la sustituci6n de las preturas por el proconsulado y el esta- 
blecimiento de algunas colonias romanas; pero el proconsulado 
dur6 solamente cuatro aftos y, restablecida la pretura, Espafta 
volvi6 A ser presa de la rapacidad de sus gobernantes y teatro 
de sus crueldades y sanguinarios instintos, sin que por parte 
del senado se dieran oidos A las quejas de los espafloles. 

No todos los pueblos, sin embargo, fueron tratados por 
igual, pues la politica romana hizo distinci6n entre los conquis- 
tados por la fuerza y los voluntariamente sometidos 6 aliados. 
Los territorios sometidos por la fuerza eran declarados provin- 
etas y se regian por la llamada ley provincial^ que en Espafla 
parece se dict6 por el senado en virtud de los informes de diez 
senadores enviados para estudiar el pals y organizarle. La con- 
dici6n general de las provincias era muy dura: sus habitantes 
entraban en la clase de dediticios; eran privados de sus leyes € 
instituciones propias; no tenian la consideraci6n de ciudadanos, 
y sus derechos estaban reducidos A los de un^ no siempre bien 
entendido, Jus gentium^ declarado 6 interpretado por el pre- 



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— 412 — 

tor. El gobierno era ejercido por propretores y alguna vez 
par procdnsules, que, en nombre del senado, asumlan toda cla- 
se de atribuciones militares y civiles, y como casi siempre se 
cncomendaba A patricios arruinados, de aqui las arbitrarieda- 
des, cxacciones y crfmenes que hacian odiosa la dominaci6n ro- 
mana y jamAs fueron reprimidas por el senado^ el cual A lo m^s 
se contentaba con dictar algunos decretos, sin exigir su cumpli- 
niiento. Las ciudades aHadas6 voluntariamente sometidas eran 
mejor consideradas y conservaron, en mayor 6 en menor gra- 
do, cierta independencia y gobierno propio. Asi, las Uamadas 
litres y coiifederadas no pagaban tributos y s61o estaban suje- 
tas al cumplimiento de lo pacCado con Roma, principalmente en 
lo relativo A oblener la aquiesciencia de 6sta para declarar la 
gucrra, hacer la paz 6 contraer alianzas con otros pueblos; las 
cstipendiariaSy aunque sujetas al pago de tributos, los recauda- 
ban por si mismas, y los niunicipios conservaban su autonomfa, 
gobierno (t instituciones. Las colontas, como formadas. por ro- 
manos, 6 por espafloles considerados tales, municipios fun- 
doSy se gobernaban como la metr6poli y sus habitantes gozaban 
del j us civitatis. 

Sertorio di6 A Espafla, durante el tiempo que logr6 mante- 
nerla indepondiente, una orgaaizaci6n semejante A la romana» 
creando un senado en Evora, capital de la Lusitania, y estable- 
cicndo en Huesca, Osca, un centro de enseflanza para la educa- 
ci6n 6 instrucci6n de la juventud espaftola. Estos ensayos aficio- 
naron «l los espafloles A las costumbres de los romanos; lesinte- 
rcsaron en sus contiendas intenores y en sus guerras civiles, y 
I'acilitaron con el tiempo la romanizaci6n de la peninsula. 

En tiempo de Augusto recibi6 dsta un grande impulso ha- 
cia la unidad, cesando la distinci6n politica en multitud de pue- 
blos y nacionalidades y formando un solo cuerpo bajo el poder 
de aquel. La division anterior de la peninsula en Citerior y Ul- 
terior^ segiin su proximidad A Roma teniendo el Ebro por iimi- 
te, i\x6 sustituida por otra en Tarraconeuse^ correspondiente A 
la Citerior, y Lusitania y Bitica^ en que se dividi6 la Ulterior 
sirviendo el Guadiana de limite A estas dos ultimas. La Tarra- 
concnsc y Lusitania fueron Uamadas provincias imperialeSy por- 
que eran regidas por un proqucestor 6 legado del emperador, 
legatus augustaliSy y la B^tica, senatorial, gobernada por un 
proc6nsul en nombre del senado. Esta diferencia se fundaba en 
la necesidad de que el gobierno fuese mds en^r^j^ico y vigoroso 
en las comarcas m«is propensas A la rcbeli6n 6 de mds duro ca- 



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— 415 — 

rdcter. Cuando, d pretexto de hallarse expuestas A invasiones 
6 de exigir un gobierno fuerte para la conservaci6n del orden, 
so quit6 al senado el derecho de regir ciertas provincias y se pu- 
sieron legados imperiales al frente de todas, los gobernadoreis 
de Espafta fueron llamados presidenfes^ tftuloque conservaron 
hasta Constantino. Algunos historiadores les dan tambi^n, des- 
de el reinado de Marco Aurelio, el nombre de condes^ cdtnites. 

La administracion, ejercida antes de esta ^poca en prove- 
cho exclusive de los dominadores, sin que las ciudades pudie- 
ran tener en ella una intervenci6n directa 6 eficaz, fud modifi- 
cada por Au«^u^tu, reservando d los gobernadores y proc6nsU' 
les la recaudaci6n de tributos y las levas para el ej^rcito, y de- 
jando d las ciudades que se administrasen por s£ mismas en ca- 
si todo lo demds. Estas nombraban para su gobierno un consejo 
6 eipecie d? senado, llamado curia^ ele;>ido prim^ro por el pue- 
blo y d^spu^s por la cla^e de los curiales, de cuya organiza- 
ci6n y atribuciones hablaremos mds adelante. 

Para el r^i^imen de las ciudades provinciales habia duum- 
vlros^ magistrados superiores que desempefiaban funciones 
andlogas d las ^e los c6nsules de Roma, administraban justicia 
t iban, como^stos, precedidos delictores. Su cargo, electivo, 
duraba uno, dos 6 cinco aftos, y en este ultimo caso se llama- 
ban duumviri quinquennales, si bien ^stos tenlan, en opini6a de 
algunos, atribuciones andlogas d las de los censores romanos. 
Algunas ciudades menos afectas d Roma eran regidas por pre- 
fectos nombrados anualmente en la metr6poli. Habfa tambi^n 
en las ciudades ediles para la conservaci6n y policia de los 
edificios publicos, orden en las ceremonias y espect-lculos y 
cuidado de las provisiones; curatores, encargados de los dep6- 
sitos publicos de cereales y otros artfculos de primera necesi- 
dad; tres viri viarum curandarutny duQ viri vioi muniandw, 
para la inspecci6a y cuidado de caminos y puertos. Tenian asi- 
mismo algunas ciudades, hacia los liltimos tiempos del imperio, 
un tribunal compuesto de diez jueces, llamados decern viri liti- 
bus judicandis^ para el conocim lento y decisi6n de los pleitos 
civiles^ y en algunas grandes poblaciones, Tarragona por 
ejemplo, habia los llamados triumviri capitales, para el cono- 
cimiento de las causas criminales de gravedad. Como auxiliares 
de la administraci6n de justicia pueden enumerarse los statio- 
narii^ esclavos dependientes de los tribunales; los beneficiarii^ 
mensajeros 6 ugieres; los apparitores^ para llevar d cabo las 
prisiones; los accensi, alguaciles; los cornicularii, copistas 6. 



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— 414 — 

escribanos, y el questionarius 6 interrogante, encargado de 
formular las preguntas para indagatorias y declaraciones. 

Los servicios fiscales estaban encomendados A los censito- 
res, para tasar la riqueza sobre que habian de pesar los tribu- 
tes; los exactores^ para la recaudaci6n de ^stos; los tabularii, 
para autorizar los pagos; los procuratores augustales, para la 
inspecci6n en lo concerniente ^ rentas publicas, y los qucesto- 
res, especie de tesoreros para la custodia y administraci6n de 
los fondos especiales de la milicia. La recaudaci6n de la vigisi- 
. ma, tributo impuesto por Augusto para atender d los gastos 
del ej^rcito, estuvo encomendada d los vicesimarii, represen- 
tantes de las corapafWas mercantiles que tenian contratado este 
servicio, hasta que la recaudaci6n se hizo directamente por el 
Estado encargdndolo d un intendente con varios agentes bajo 
su inmediata dir6cci6n, Uamados procuradores de la vigisima, 
quienes tenian tambi^n A sus ordenes otros agentes subaltemos, 
con el nombre de sub procuratores^ y los tubularity rationales y 
d comentariis, 6 sfean, veedores, contadores y tenedores de li- 
bros 6 registros. 

Como complemento de la organizaci6n judicial y adminis- 
trativa de la Espaiia romana debemos mencionar los conventos 
juridicos, especie de tribunales colegiados, que se reunfan pe- 
riodicamente para conocer en apelaci6n de los negocios mds 
imporlantes bajo la presidencia de los gobernadores de las 
provincias que los tenian, pues no era instituci6n comiin & todas; 
y los concilios, que no deben confundirse con las juntas de pre- 
lados para asuntos eclesidsticos, ni con la institucidn del mismo 
nombre en tiempo de los godos, pues los concilios romanos se 
reducian d reuniones 6 asambleas, mds 6 menos frecuentes y 
peri6dicas, en que se constituian las provincias para tratar de 
lo referente d los intereses econ6micos y administrativos, y acu- 
dir, en virtud de lo resuelto, al emperador demandando suprolec- 
ci6n para el remedio de los males de aquel orden; pero sin que 
los acuerdos de talcs asambleas tuvieran otra autoridad que la 
de meras exposiciones 6 representaciones al jefe del Estado. 



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CAPlTULO II 

PODER PfJBLICO EN TIEMPO DE LOS GODOS 



Cuando los godos se establecieron en Espafta tralan ya una 
forma de gobierno muy comun en los pueblos de origen gernitl- 
nico, la monarquia electiva y militar, por mjls que, respecto al 
primero de estos caracteres, pretendan algunos escritores que 
no debe considerarse tal en los primeros tiempos, sino heredi- 
taria en ciertas familias, la baltha entre los visigodos y la ama- 
la entre los ostrogodos. No estimamos raz6n bastante, para 11a-. 
mar hereditaria la monarquia visig6tica, el que la elevaci6n al 
trono estuviera restringida de hecho A personas de ciertas fa- 
milias, pues, sobre que lo que caracteriza juridicamente una 
inslituci6n no es el hecho m^s 6 m^nos repetido, sino la ley 6 la 
costumbre que le fundamenta, este hecho tiene su explicaci6n 
bastante en el mayor prestigio € influencia de las familias cu- 
yos miembros ocuparon una vez el trono y que por lo mismo 
habian de contar con amigos y servidores reconocidos, dis- 
puestos d secundar sus prop6sitos de perpetuar dentro de su li- 
naje la posesi6n del mando supremo. Por otra parte, las leyes 
escritas, verdaderos documentos aut^nticos por donde puede 
conocerse la indole de aquella monarquia, nos la presentan 
constantemente como electiva^ al hablar de las personas que 
pueden ser elegidas, de las exclusiones, de la forma de la elec- 
ci6n, etc.; sin que bastaran por eso dichas leyes ni los cdnones 
de los concilios toledanos para conseguir que el hecho no estu- 
viera muchas veces en pugna con el derecho^ del mismo modo^ 
que sucede ahora y succderd siempre que 4 los dictados de la 
raz6n y de la justicia se opongan hechos sugeridos por las pa- 
siones, por la ambici6n 6 la codicia. Esto no obstante, los he- 



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— 4i6 — 

chos ilegftimos 6 antijurfdicos no bastar^n jam^s para trocar en 
derecho lo que A ^ste se oponga, y la raz6n y el legislador^ 6 el 
pueblo en su nombre, protestardn una y otra vez contra tales 
hechos. Asl aparece considerando las disposiciones del Fuero 
Jixzgo, Cuando en ^stas se limita la elecci6n, es porque el de- 
recho verdadero de aquel pueblo asl lo exigia; cuando se exco- 
mulga y se decretan penas contra los ambiciosos que tumul- 
tuariamente pretenden usurpar cl reino, es que se quiere afir- 
mar el derecho conculcado; cuando se establece el modo, for- 
ma y lugar de la elecci6n, es que en la conciencia del legisla- 
dor estaba que la elecci6n era el linico medio justo y legitimo 
para llegar al solio. Ni la designaci6n dentro de ciertas fami- 
lias, ni las revueltas, conspiraciones, asesinatos y fratricidios, 
que fueron tantas veces escalones para subir al trono, autori- 
zan para poner en duda que, juridicamente, la monarquia visi- 
g6tica fu^ electiva desde Ataulfo hasta D. Rodrigo. 

No es esto decir que, aun siendo electiva la monarquia, de- 
jara de notarse cierta tendencia d sustituir este principio con el 
hereditario, ni que faltaran hechos que, d la larga y si la inva- 
si6n sarracena no hubiera concluido con el imperio de los go- 
dos, hubieran producido un cambio radical en este sentido, vi- 
niendo al cabo d hacerse hereditaria por el hecho, por la cos- 
tumbre y por la ley. Al contrario^ la costumbre de elegir reyes 
dentro de ciertas familias 6 linajes; la originaria de los gcrma- 
nos de recompensar en el hijo las virtudes 6 servicios del padre; 
la influencia romana en los pueblos que tenian trato con el impe- 
rio y d cuya semejanza algunos monarcas visigodos asociaron 
al trono d sus hjios, como los emperadores romanos asociaban 
d sus parientes y devotos; todos estos hechos marcan cierta- 
mente una tendencia d convertir en hereditaria la monarquia, 
viniendo tambien en auxilio de la innovaci6n las mejores condi- 
ciones de este modo de concreci6n del poder para la vida y go- 
bierno de los pueblos definitivamente constituidos. 

Como la monarquia visigoda fu€ predominantemente mill- 
tar, en un principio la elecci6n era iniciada por los jefes mi- 
litarcs, cuya voz segula el resto del pueblo. Estas elecciones 
eran ordinariamente tumultuosas, y la forma consistla en elevar 
sobre un pav^s al elegido, d quien entonces aclamaba la muche- 
• dumbre. Tal modo de elecci6n cambi6 luego, efecto sin duda 
de que, diseminada la naci6n goda por los territorios conquis- 
tados, no era ya posible reunir al pueblo, y entonces sustituy6 
d la aclamaci6n la designaci6n hecha por los principales. Sin 



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— 417 — 
embargo, las leyes del Fuero Juzgo no expresan con bastante 
claridad si la elecci6n era exclusiva de los grandes y prelados, 
<5 si correspondia 4 todo el pueblo. Asi la ley II, tit. I, del c6- 
digo roraanceado dice A este prop6sito: *'et deve ser esleido 
con concello de los obispos, 6 de los ricos omnes de la corte, 
6 del poblo;„ y la ley VIII del mismo tltulo preliminar tampoco 
permite afirmaci6n rotunda, pues segun ella la eleccidn habia 
de hacerse "con el otorgamiento de los obispos, et de los godos 
mayore§, et de todo el poblo,„ cuyo texto no difiere en nada 
esencial de este latino: "cum convenientia omnium Dei sacer- 
dotum, et totius primatus Gothorum et omnium populorum.„ 

Para ser elegido se exigia por esta liltima ley ser "omne 
de linage de los godos, et fillo dalgo, et noble, et digno de cos- 
tumpnes,„ no pudiendo serlo "nengun religioso nen otro omne» 
nen servo, nen otro omne estrano, se non ye de linage de los 
godos, etc.„ 

La elecci6n debfa de hacerse en la capital del reino, Tole- 
do, pues el texto latino dice in urbi regia^ 6 en el lugar donde 
hubiera muerto el rey anterior. En cuanto al primer punto, no 
es posible seguir la traducci6n hecha en la citada ley II del c6- 
digoromanceado, al decir; "daqui adelantre los reyes deven seer 
esleidos enna cibdat de Roma,„ porque en la 6poca en que se 
dict6 tal disposici6n, ni los visigodos podian fdcilmente y con 
independencia congregarse en la ciudad eterna, ni tenian por 
q\x€ hacerlo, ni es mucho menos admisible suponer que enten- 
dieran estar subordinados al imperio, como pudo parecerlo A la 
venida de Ataulfo. 

A la elecci6n segula generalmente la aclamacidn, que con- 
sistia, segQn antes indicamos, en elevar al elegido sobre un es- 
cud J para que el pueblo le victorease, costumbre conservada en 
el fuero de Sobrarbe y que di6 origen d la frase, alzar 6 le- 
vantar rey; el jur amenta de fidelidad t las leyes, de donde vino 
tambien lafrase, y^A'ar losfueros de la elevacidn, y la uncidn^ 
que data, segiin unos, de los tiempos de Wamba, 6 introducida 
por Recaredo, segun otros, y consistfa en que el obispo de To- 
ledo 6 de la ciudad en que se hallara la corte ungiera con los 
Santos Oleos la cabeza del monarca, ceremonia que hacia, an- 
te los ojos del pueblo, sagrada la persona real. 

Como el derecho y el hecho relativos d la elecci6n no estu- 
vieran generalmente de acuerdo en esta 6poca, cuya historia no 
presenta acaso ningiln otro ejemplo de elecci6n ordenada y re- 
gular mds que la de Wamba, los concilios de Toledo intentaron 

63 



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poner coto A las ambiciones y desmanes de los que pretendfan 
usurpar el reino<3 despojar sediciosamente al rey, lanzando con- 
tra ellos su exconiuni6n. Conforme A esto,. la ley VII, tltulo I, 
del Fuero Juzgo prohibe "que nengun omne, vivendo el re, 
por nengun fecho, nen por nengun concello, si quier sea obispo, 
se quier sea cl^rigo, se quier lego, non se osme de facer rey con- 
tra la voluntat del vivo, nen por nengun placer, nen por nengun 
enganno porforcia de seer rey, non traga otros consigo, nen ^l 
non se alegue A otro sobre tal cosa.„ Sin embargo, estasdispo- 
siciones ho lograron corregir el mal que minaba la monarqufa 
goda, cuyos anales registran multitud de crfmenes y usurpacio- 
nes, hasta el punto de que algunos historiadores hayan podido 
afirmar que los godos tenian el vicio de matar al rey que no les 
agradaba y reemplazarle con otro d su capricho. 

Las atribuciones de los reyes visigodos se extendfan A todas 
las funciones del poder. Les competfa la formaci6n de las leyes, 
Unas veces por sf solos y otras con el concurso de los magnates 
y obispos; representaban al Estado en las relaciones exteriores; 
declaraban la guerra, concertaban la paz y estipulaban alianzas 
6 tratados; convocaban los concilios, les sometfan las cuestiones 
referentes al Estado que habfan de ser objeto de sus acuerdos 
y sancionaban estos dAndoles fuerza legal; nombraban los dig- 
natarios, magistrados y cargos supremos en lo eclesiilstico, co- 
mo los obispos, y en lo civil y militar, como duques, condes y 
gardingos; A su cargo estaba la justicia, que administraban por 
sf 6 por jueces en quienes la delegaban; y en suma, el rey era el 
centro de donde partfa y A donde volvfa toda autoridad en el 
Estado. Mas no por esto ha de creerse que su poder fuera abso- 
luto, pues la intervenci6n de la nobleza y del pueblo en los pri- 
meros tiempds y la influencia que el clero alcanz6 desde Reca- 
redo le limitaban, siquiera fuese moralmente, y las mismas le- 
yes le restringlan, sometiendo al rey A su acatamiento, una vez 
promulgadas, imponi^ndole la obligaci6n de atenerse A ellas en 
la administraci6n de justicia y no permiti^ndole despojar dnadie 
de sus bienes, ni pronunciar por sf solo sentencia de muerte, n^ 
fallar en los pleitosciviles sin forma dejuicio, ni comparecer por 
* sf mismo en los tribunales en causa propia, ni dlsponer libre- 
mente de las cosas que le perteneclan como rey, ni dejarlas A 
sus hijos^ "mais que las haya aquel que venier depois enno reg- 
no „ "Ca non podrlan ellos ganar, nen aver muchos poblos^ 

nen gran aver, se non por que foron enxaltados por reys; nen 
podrfan seer muy ricos^ si el poblo non losenxaltase enante.„ 



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— 419 — 

A su venida A Espafla los reyes godos vestian i\nicamente 
pieles, y no usaron cetro, manto^ corona^ ni otra insignia por la 
que se conociera su autoridad hasta los tiempos de Leovigildo, 
que {\i€ el primero, segiin San Isidore^ que us6 vestidos suntuo- 
sos y mand6 levantar un trono en su palacio de Toledo. Respec- 
to A titulos, parece que antes de Leovigildo s61o llevaban el de 
dominus noster; pero, d imitaci6n de los romanos usaron tain- 
bi^n, desde aquel, los de Pio^ Glorioso^ Vencedor y Serenl- 
simo, y desde Recaredo, el de Flavio, que algunos quieren tra- 
ducir por espl^ndido 6 resplandeciente. El lujo fu^ desarrolldn- 
dose hasta el punto de que la piirpura, los metales y las piedras 
preciosas estuvieran ya admitidas en tiempo de Chindasvinto, y 
algunos pretenden que tambi^n llegaron A usar los reyes godos 
escudos de armas, opini6n infundada, pues el blas6n no pasa del 
siglo X y es originario de Alemania y coet^neo de las justas y 
de los tomeos. 

El gobierno de las provincias se hallaba encomendado por 
los reyes A los dtiques y el de las ciudades A los condes. La 
preeminencia de los duques sobre los condes se deduce de las 
leyes visigodas, que, ademds de llamar en diversas ocasiones 
duque al gobernador de provincia y conde al de ciudad, siem- 
pre que hablan de las dos dignidades nombran primero al du- 
que y despu^s al conde, disponiendo^ por otra parte, que pue- 
da apelarse d aquel de las resoluciones dictadas por 6ste. Unps 
y otros soUan tener un auxiliar que, ademds de ayudarles en el 
desempeflo del cargo, les sustitula en ausencias y enfermeda- 
des. El del duque se llamaba, segiin Masdeu, gardingOy ji el del 
conde, vicario; pero^d seguir la traducci6n del Fuero Juzgo^gar* 
dingo equivale A rico hombre, y por otras opiniones, el gar- 
dingato era un oficio palatino, aunque no muy bien determina- 
do. Un historiador moderno, segun el cual, la palal?ra gardingo 
deriva de las dos germanas, garde, cuerpo de tropas para la 
conservaci6n del orden, y ding^ tribunal, se inclina A creer 
que los gardingos eran especie de jueces militares, 6 tal vez 
cargo andlogo al de nuestros auditores de gueira. En todo ca- 
so, segun las leyes visigodas y los concilios toledanos, los gar- 
dingos concurrfan A las juntas de los grandes y tenian asiento 
en ellas despu^s de los duques y condes; sin embargo, parece 
que no firmaban sus actas. 

Para el regimen .de las villas y pueblos de menor importan- 
cia habfa una especie de alcaldes, llamados prepdsitos 6 villi- 
coSj pagados como los (Jemds gobemadores por la corona^ con, 



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el objeto, segdn una ley de Fuero Juzgo, de evitar que, movi- 
dos por et interns 6 la codicia^ vejasen A los pueblos con injusti- 
cias 6 exacciones ilegales. La reoaudaci6n de tributos estaba d 
cargo de los nunterarios^ oficio odioso y considerado vil entre 
los godos, cuya provisidn se hacfa por el conde del Patrimonio, 
siendo confirmado en la ciudad 6 villa por el respectivo obispo 
para lo referente A la recaudaci6n eclesidsttca. 

La admimstraci6n de justicia competfa d los duques y con* 
des^ quienes^ para poder atender A los cuidados generales del 
gobierno» tenfan sustitutos con el nombre de jueces en los que 
delegaban sus facultades judiciales. Tambi^n cuentan algunos 
escritores entre los jueces A los llamados pacts assertores, dele- 
gados directamente por el rey^ del que reciWan poderes ex- 
traordlnarios, para el conocimiento de algunas causas especia- 
les; mientras que otros consider an al pads assertor como una 
magistratura del orden militar para ajustar las paces € inves- 
tida ademds con especial jurisdicci6n. Pueden tambi^n compu- 
tarse entre los jueces los thiufadoSy que, juntamente con sus 
funclones de jefes <3 capitanes, tenlan, segiin Masdeu^ el car^c- 
ter de miembros de un tribunal militar con atribuciones milita- 
res, aun en tiempo de paz, en las ciudades y for talezas donde 
residian como jefes de la milicia. Eran auxiliares de la adminis- 
traci6n de justicia los missos 6 mandaderos, especie de escriba- 
nos para hacer citaciones y notificar providencias; los litigato- 
res 6 abogados, que recibfan el nombre de adores fiscales^ si 
tenlan A su cargo la defensa de los intereses piiblicos, y el de de- 
fensores, si la de los pobres; los assertores 6 procuradores, y los 
sayoneSy ejecutores de los mandamientos y providencias de los 
tribunales, como detenci6n de acusados, aplicaci6n del tormen- 
to y de los azotes, etc. 

La orgamzaci6n militar tenia por base el sistema decimal y 
era acaso mds parecida d la moderna que A la de las antlguas 
legiones. Bajo el mando supremo del rey 6 del superior del du- 
que y A veces del conde, como pr€epositus hostis^ habia los jefes 
llamados millenarios, que algunos entienden eran los thlufados, 
y mandaban mil hombres 6 un regimiento. Este se dividia en dos 
partes iguales de quinientos hombres, 6 batallones, A cuyo fren- 
te estaba un quingentario; el batall6n se dividfa en cinco par- 
tes de A cien hombres^ 6 compaftfas, mandadas por centenarios, 
y las compaftfas se subdividfan en pelotones de A diez hombres 
dfrigidos por decuriones, Completaban la organizaci6n militar 
los aHHonarios, especie de comisarios de g^erra que cuidaban 



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— 421 — 

de las provisiones, y los compulsores exercitus 6 servi domini- 
ci, para hacer las levas y reclutan)ientos y apreraiar d los rea- 
cios en unirse d la hueste. • 

*Estaban sujetos al servicio milttar en tiempo de guerra to- 
dos los hombres utiles, exceptuando unicamente los ancianos y 
los empleados d la saz6n en servicios piiblicos 6 del rey, debien- 
do ademds el que tuviera siervos Uevar la d^cima parte de ellos 
provistos por cuenta propia de armas y pertrechos. Los pr6fu- 
gos y los desertores eran castigados con mayor 6 menor dureza 
segiin su clase y el deber de dar ejemplo; pero siempre con ri- 
gor, cosa muy conforme con el caricter belicoso de los godos. 



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CAPITULO III 

GOBIERNO DE LOS ESTADOS CRISTIANOS DE LA RECONQUISTA 



Repuestos los refugiados en Asturias del estupor que les 
causara la rApida invasion sarracena y alentados con sus pri- 
meros triunfos sobre los musulmanes^ aclaman rey j'l Pelayo y 
surge la organizaci6n del nuevo estado A semejanza del muerto 
A orillas del Guadalete, pues no habia pasado tanto tiempo para 
que hubieran olvidado los godos sus instituciones polfticas y r6- 
gimei^anterior. 

Es por lo mismo la monarqula electiva la forma de gobier- 
no del primer estado cristiano restaurado, y, como la antigua 
visigotica^ reviste un cardcter militar predominante^ pues no so- 
lo sentaba bien que asf fuera A la indole de los restos godos, si- 
no que era como una necesidad del estado destinado A sostener 
lucha empeftada, primero, por su existencia, y despu^s, para 
recobiar la perdida grandeza. Pero, asl como en los liltimos 
tiempos de los visigodos los trastornos anejos A la elecci6n, las 
ambiciones A que daba origen aquella, la propensidn de los re- 
ycs A perpetuar el poder en su familia, y aun la gratitud del 
pueblo para con sus prfncipes queridos van preparando el cam- 
bio del sistema electivo por el hereditario, la designaci6n de 
los primeros monarcas asturianos refleja esa misma tendencia, 
pues A Pelayo sucede su hijo Favila, y si ninguno de los dos hi- 
jos de dste reemplaz6 en el trono A su desgraciado padre, efec- 
to fu6 sin duda de la necesidad que ante todo se imponfa de bus- 
car un jefe de pelea, cosa imposible para dos niftos de tierna 
edad. Asi y todo, el nombramiento de Alfonso I, yerno de Pela- 
yo; el de Fruela A la muerte de su padre Alfonso, y aun el de 



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— 4*3 — 

los reyes Aurelio^ Silo, Mauragato y Bermudo I, que algunos 
historiadores llaman intrusos, en perjuicio del pequefto hijo de 
Fruela, muestran bien A las claras cuAnto habia arraigado en 
los espfritus el principio hereditario, pues ya que la necesidad 
6 el odio d la memoria del monarca excluyese del tronoal hijo 
de ^ste, ddbanle al menos sucesor de entre sus allegados y pa- 
rientes. La abdicaci6n de Bermudo el Didcono en el hijo de 
Fruela, Alfonso el Casto; la elecci6n A la muerte de ^ste de Ra- 
miro I, hijo de aquel; la trasmisi6n de la corona, con leves ex- 
cepciones, de padres A hijos, cuando ^stos[eran adultos, y mu- 
cho mds los nombramientos de Ramiro III, cuando solo contaba 
cinco aftos^ bajo la tutela de su tia D*'* Elvira, y de Alfonso V, 
tambi^n de poca edad, bajo la del conde de Galicia Melendo 
GonzAlez, prueban que la monarqufa asturiano-leonesa se hizo 
hereditaria de hecho aun antes de que D. Fernando el Magno 
fuera llamado A suceder en Castilla por su madre D* Mayor, y 
en Le6npor su mujer D* Sancha, hermana y heredera de Ber- 
mudo III. Sin embargo, el hecho no es la ley y aunque su repe- 
tici6n consentida por quien tiene el poder de hacer las leyes en- 
gendre la costu r.bre jXiridica, seria dificil sostener que la he- 
rencia fu^ modo legitimo de trasmitirse el poder piiblico antes 
de la promulgaci6n de las Partidas. 

La ley II, tit XV, Part. II consigna ya de un modo explfcito 
la sucesi6n hereditaria y establece el orden de suceder.* .. "los 
omes sabios ie entendidos, dice, catando el pro comunal de-to- 
dos... touieron por derecho que el seAorio del reyno, non lo oui- 
esse si non el fijo mayor, despu^s de la muerte de su padre. E 
esto vsaron en todas las tierras del mundo^ do quier que el Seflo- 
rio ouieron por linaje; e mayormente en Espafla. E por escusar 
muchos males que acaescieron, e podrian aun ser fechos, pu- 
sieron que el Seftorio del Reyno heredassen siempre aquellos 
que viniessen por lifta derecha. E por ende establescieron, que 
si fijo varon y non ouiesse, la fija mayor heredasse el reyno. E 
aun mandaron, que si el fijo mayor muriesse, ante que here- 
dasse, si dexasse fijo 6 fija, que ouiesse de su muger legftima, 
que aquel, 6 aquella lo ouiesse, e non otro ninguno. Pero .si todos 
estos fallec'ess^n, deue heredar el reyno, el m^s propinco pa- 
riente, que ouiesse, seyendo ome para ello: non auiendo fecho 
cosa porque lo deuiesse perder. Onde todas estas cosas es el 
pueblo tenudo de lo guardar „ 

La elecci6n y la herencia no fueron, sin embargo, los lini- 
C03 modos de concreci6n de la soberania, aunque si los principa- 



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— 424 — 
les, si hemos de aceptar la doctrina del mismo c6digo. V^se en 
prueba de ello la ley IX, tit. I, Part. II: "Verdaderamente, dice, 
es Uamado Rey aquel que con derecho gana el Seflorio del rey- 
no. E puedese ganar por derecho en estas cuatro maneras. La 
primera^ es cuando por heredamiento heredan los reynos el fijo 
mayof^ o alguno de los otros. que son mas propincos parientes 
a los reyes, al tiempo de su finamiento. La segunda es quando 
lo gana con auenencia de todos los del reyno, que lo escogieron 
por seftor, non aviendo pariente, que deua heredar, el Seflorio 
del Rey finado, por derecho. La tercera raz6n es por casamien- 
ta,'e«sto es, quando alguno casa con duefla que es heredera del 
reyno que maguer el non venga de linaje de Reyes^ puedese Ua- 
mar Rey despues que fuere casado con ella. La cuarta, es por 
otorgamiento del Papa, 6 del Emperador, quando alguno de- 
llos faze Reyes en aquellas tierras, en que han derecho de lo 
fazer.„ 

Puede afirmarse por lo dicho que tanto en Castilla como en 
Asturias y Le6n, si fu6 la elecci6n modo de subir al trono, raar- 
c0se desde los albores de estos reinos la tendencia, antes ini- 
ciada en los tiltimos tiempos de la monirqula visigoda, A susti- 
tuir aquella con la herencia, y que, cimentada 6sta en la costum- 
bre, fu6 ya verdadera ley desde la promulgaci6n de las Partidas 
en el Ordenamiento de Alcaic, ley I, tit. XXVIIl. 

'ftimbi^n pas6 A las nuevas monarqulas cristianas la cere- 
monia de la aclamaci6n, si bien la elevaci6n sobre el pav6s fu6 
reemplazada con las voces de Real, Real^ Real, 6 Castilla por 
D, F., con que el pueblo aclamaba al elegido 6 designado por la 
herencia, al izarse el pend6n del nuevo monarca sobre la torre 
del homenaje. Esta ceremonia tenia ordinariamente lugar estan- 
do el nuevo rey en el territorio de su reino; sin embargo, tarn- 
bi^n ocurrfa hallarse fuera de 61, como en la de Carlos 1, que es- 
taba en Flandes; pero esto no afectaba, ni podia afectar ^ la 
posesirtn kgltima del poder, pues el verdadero titulo para 6sta 
lo era la herencia y antes la elecci6n, y no la f6rmula 6 cere- 
monia de la proclamaci<3n. A dsta seguia el juramento, prestado 
por el nuevo monarca, de observar las leyes del reino; juramen- 
to que se consider6 siempre requisito previo al pleito homena- 
je, que le prestaban los obispos, grandes, ciudades, villas y 
pueblos, y al pago de la moneda forera, tributo setenal en re- 
conocimiento de la soberanfa y uno de los derechos que con la 
JHSticia, U/onsadera y los yantares no podfa el rey enagenar 
por pertenecerle en raz6n del seflorio, segdn el Fuero Viejo. 



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— 425 — 

La coronaci6n y la consagraci6n fueron tambi^n ceremonias 
usadas por alo^unos de nuestros antiguos reyes; la primera^ prin- 
cipalmente para dar mds brillo -A su autoridad, y la segunda, 
para unir la sancidn religiosa d la majestad del rey, haci^ndole 
asf inviolable ante el pueblo cristiano. 

Laautoridad del monarca en Le6n y Castilla se extendfa A 
las tres funciones del poder. La funci6n legislativa se manifes- 
taba en tres formas principalcs: los fueros, cuya con€esi6n» de 
la exclusiva competencia del rey^ no podCa hacerse por la no- 
bleza ni por el clero sin autorizaci6n de aquel; los privilegios^ 
que eran como exenciones de la ley 6 como le^^es especiales 
otorgadas por el monarca en beneficio de clases 6 personas de- 
terminadas; y los ordenamientos que, hechos por los reyes ge^ 
neralmente d petici6n de las cortes, eran la mds solemne forma 
de la potestad legislativa. 

En el ejercicio de la funci6n ejecutiva correspondia al rey 
en primer t^rmino el mando superior de los ej^rcitos, y d su llu- 
mamiento estaban sujetos, cuando fueran requeridos, los ricos- 
hombres con sus vasallos y los concejos con sus milicias. Bajo 
la autoridad suprema del monarca estaban: el condestable 
(nombre derivado, segiin algunos, del comes stabuli de los go 
dos) creado por Judn I para que ejerciese en su nombre el man- 
do y jurisdicci6n en el ej^rcito, con raero y mixto imperio efi las 
cosas concernientes d la milicia y con potestad superior d la de 
los duques, condes y marqueses y d la de los adelantadosy me- 
rinos mayores,x:omocargos administrativos; y el almirante, ins- 
tituido por Fernando III^ cuando para la conquista de Sevilla ne- 
cesit6 organizar la marina, confidndole el mando y gobierno de 
todas las naves reales, ya fuesen muchos los navfos "ayuntados 
en uno, d que llaman flota, como cuando son pocos d que dicen 
armada,„ y ddndole jurisdici6n y poder, desde que movia la flola 
para resolver en alzada los juicios que los c6mitres hubieran 
dado y para hacer justicia de todos los que hicieran porqu^, dcs- 
manddndose, 6 huyendo, 6 hurtando alguna cosa, 6 peleando 
entre s£ de modo que resultasen heridas 6 muerte, excepci6n 
hecha de los c6mitres puestos por el rey^ sobre los que no debia 
hacer justicia^ d menos que el rey se lo mandara expresamente. 
En el orden de la administraci6n civil ejercfan los rej^es la 
funci6n ejecutiva en primer t^rmino por medio del cancilley, 
oficial palatino Uamado tambien en un principio ttotario mayor 
del reino y semejantc al conde de los notarios de los godos, co- 



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mo secretario del rey, y del almojarife, "El Chanceller, dice la 
ley IV, tit. IX, Part. II, es medianero entre el Rey e los omes» 
quanto en las cosas temporales.'E esto es, porque tod:is las co- 
sas que el ha de librar por cartas, de qual manera quier que 
sean, ha de ser con su sabiduria: e el las dene ver, ante que las 
sellen por guardar que non sean dadas contra derecho, por ma 
nera que el rey non resciba ende daflo nin verguen^a. E si fa- 
lasse que algima y aula que non fuesse assi fecha, deuela rom- 
per o desatar con la peftola, a que dizen en latin cancellare, e 
desta palabra tomo nome chancelleria.,. El almojarife, llamado 
despu^s tesorero mayor por D. Alfonso XI, era^ segun la ley 
XXV, tit. IX, Part. II, el oficial que tenia A su cargo la recauda- 
ci6a de pachosy tributos, deredhos de la tierra, portaz^os, diez- 
mos y censos de las tiendas, y debia pagar A los caballeros y a 
los otros hombres segun mandara el rey sin mermarles cosa al- 
guna. Este cargo fu^ reemplazado en tiempo de D. Ju4n II por 
dos contadores mayores. 

Ademils de estos altos funcionarios, cuyos oficios eran g5- 
nerales al Estado, tenian los reyes al f rente del gobierno local, 
conforme A la tradici6n goda, duques y condes, reemplazados 
m^s tarde por los adelantados y merinos, cuyas funciones no 
han de confundirse con las simplemente judiciales encomenda- 
dasH los del mismo nombre. Los adelantados, A juzgar por el 
texto de la ley XXII, tit. IX, Part. II, eran gobernadores de las 
provincias'6 de extensas comarcas, equivalentes A ]os prcesi- 
des provinciarnm y su oficio muy grande, "oa son puestos por 
mandado del rey sobre todos los merinos, tambien sobre los de 
las comarcas e de los alfozes como sobre los otros de las villas. „ 
Sus facultades en el terrirorio de su mando eran parecidas A las 
del rey A quien sustituian como sus inmediatos auxiliares y se 
extendian tanto A la justieia como al gobierno, mando del ej^r- 
cito y defensa de la tierra, mision esta liltima mAs especial € 
importante para los adelantados de la frontera, expuestas co- 
mo estaban de continuo A las incursiones, robos y talas de los 
moros. Los merinos, no obstante sus funciones judiciales^ en- 
tiende el Sr. Colmeiro que eran mds bien un cargo de goberna- 
cion que de justieia pues su jurisdicci6n se concretaba A cosas 
seftaladas que llaman vos de rey, como camino quebrantado, la- 
dr6n conocido y otros actos de violencia en cuya persecuci6n 
resplandece sobre todo el deseo de mantener la paz en los pue- 
blos, por referirse A la seguridad de las personas y de la pro- 
piedad. Los merinos se distinguian en mayores^ encargados por 



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— 427 — 
el rey del mando de un territorio extenso, y menores^ nombra- 
dos por aquellos, ya para sustituirlos en sus ausencias, ya para 
el gobierno de losalfoces. Los habfa tambi^n del rey y de los 
seftores, segun fuesen puestos por aquel 6 por dstos en los te- 
rritorios de sus seftorios^ y parece fuera de duda que unos y 
otros tcnian mando militar, ademAs de sus facultades guberna- 
tivas y judiciales. 

La funci6n ejecutivo-judicial correspondla asimismo al mo- 
narca en cuanto ^ la justicia suprema 6 derecho de conocer 
en liltimo t^rniino y alzada de todas laj^ apelaciones, y ^1 era 
tan^bien fuente de toda justicia civil 3^ criminal, como lo pruc- 
ban, ademcis de los derechos consignados en el Fuero Viejo co- 
mo exclusivos del monarca, Ja explicita disposici6n del conci- 
lio de Le6n de 1020^ en que se manda que tanto en Le6n como en 
las demAs ciudades y alfoces 6 campos haya jueces elegidos por 
el rey, y la ley VI, tit, XXIX, Part. Ill, al decir que nadie puede 
ganc»r por tiempo 6 prescripci6n el derecho de hacer justicia, d 
menos que el rey 6 el seflor debidamente autorizado para ello se 
lo otorgare expresamente; sin que obstara al recfenocimiento del 
derecho inherenie A la corona de hacer justicia y de ser princi- 
pio y fuente de toda jurisdicci6n el que la administraci6n de 
aquella, por efecto de la influencia feudal 6 por concesiones de 
los reyes, estuviera miis6 menos dividida entre el clero, la no- 
bleza, las ordenes militares, los gremios y otras instituciones, 
no solo exentas de la jurisdicci6n real u ordinaria, sino investi- 
das con la facultad de juzgar y aun de instituir jueces en los 
abadengos, seflorios y territorios propios, 6 de sujetar A su es- 
pecial jurisdiccidn d las personas y cosas que formaban las aso- 
ciaciones 6 constituian los ordenes privilegiados. 

La jurisdicci6n real se ejercfa por los jueces, adelantados^ 
merinos y alcaldes^ sin perjuicio de que el rey oyese y admi- 
nistrase por si mismo justicia en ciertos dfas de la semana. 

Segiin la ley I, tft. IV, Part. Ill, los juzgadores 6 jueces son 
de muchas maneras. "Ca los primeros dellos, e los mas hon- 
rados, son los que judgan en la corte del Rey, que es cabe^a de 
toda la lierra^ e oyen todos los pleytos de aquellos omes^ que se 
agrauian. Otros, y ha aun sin aquestos, que son puestos sefta- 
ladamente para oir las al^adas delosjuezes sobredichos. E ta- 
lcs como estos, llamaron los antiguos sobrejueces, por el poder 
que han sobre los otros, assi como es dicho. Otros y ha que son 
puestos sobre reynos, e sobre otras tierras seftaladas: e ll^man- 
[os adelantados, por razon que el Rey los adelanta para juzgar 



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— 428 — 

sobre los juezes de aquellos logares. Otros juezes y ha, que son 
puestos en logares sefialados, assi como en la^ cibdades e en 
las villas, o alH do conuiene que se juzguen los pleytos. E aun 
otros y ha que son puestos por todos los menestrales de cada 
logar, o p'or la ma3'or partida dellos. E estos han poderio de 
juzgar los pleytos, que acaesciessen entre si por razon de sus 
menesteres. E todos estos juezes que auemos dicho, Udmanlos 
en latin ordinarios, ...„ 

La ley XIX^ tit. IX^ Part. II, dice hablando de los adelanta- 
dos: "Al<;anse los omes muchas vegadas, agraviandose de los 
juizios que dan contra ellos los juzgadores de la corte: e acaes- 
ce algunas vezes, que los non puede el Rey oyir por si por 
priessas que ha: e conuiene que ponga otro en su lugar. E tal 
oficial como este, Uamanle sobrejuez por que el ha deemendar 
los juyzios de los otros juzgadores: e aun le llanian adelantado 
de la corte^ porque el Rey lo adelanta poniendolo el Rey en su 
lugar para oyr las al^adas „ 

Por la lectura de estas dos leyes se ve que los adelantados 
eran de dos elates: uno, llamado de la corte, que en nombre del 
rey y haciendo sus veces ola en alzada las apelacioncs de los 
jueces de la corte; y otros, de las ciudades y villas, con atri- 
buciones an^logas d las de aquel sobre los jueces de su terri- 
torio. 

Respecto d los merinos dice la ley XXIII, tft. IX, Part. II: 
"Merino es nome antfguo de Espaflar que quiere tanto dezir, 
como ome que ha mayorfa para fazer justicia sobre algun logar 
seftalado, assi como villa 6 tierra: e estos son en dos maneras. 
Ca unos y ha, que pone el rey de su mano en lugar de adelan- 
tado, a que llaman merino mayor: e este ha tan gran poder co- 
mo el adelantado. E otros ay que son puestos por mano del ade- 
lantado: o de los merinos raayores. Pero estos atales non pue- 
den fazer justicia, si non sobre cosas seflaladas: a que llaman 
boz del rey; assi como por camino quebrantado: e por ladr6n 
conocido. E otrosi por muger for^ada: 6 por muerte de ome se- 
guro, etc.„ 

Y en cuanto A la instituci6n de los alcaldes que, en opini6n 
de Aloubilla, son los mismos jueces de alzada d que se refiere la 
citada ley I, tit. IV, Part. Ill, dice Gebhardt: "el rey sabio esta- 
bleci6 un tribunal supremo de alzada, ante el cual pudiera re- 
currir todo vasallo en apelaci6n de las injusticias 6 prevari- 
caciones de los jueces locales. Tal fu^ la creaci6n de los alcal- 
des de corte que tuvo lugar en las de ^amora de 1274, en las 



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— 429 — 

cuales se dispuso que hubiese nueve alcaldes de Castilla^ seis 
de Extremadura y ocho de Le6n, que por mitad 6 tcrceras par- 
tes asistiesen de continuo d la corte del rey, debiendo scr to- 
dos seglarcs. Instituyo aderndsel monarca tres jueces para oir 
las alzadas de Extremadura, Toledo y Le6n, y mand6 que el or- 
den de las apelaciones fuera, de los alcaldes de villa d los ade- 
lantados de los alfoces, de ^stos d los alcaldes del rev, ck los 
alcaldes del rey, d los merinos 6 adelantados mayores y de 6S' 
tos al rey en persona. „ 

Hubo tambien desde muy antlguo tribunales colcgiados pa- 
ra la administraci6n de justicia. De esta clase fu^ la chancille- 
rfa 6 audiencia que, segun opiniones respetables, entendfa pc- 
culiarmente en asuntos contenciosos, y fu6 creada por D. tn- 
rique II; pero sin seflalarle lugar fijo de residencia, siguiendo 
ordinariamente d la corte del rey, lo cual originaba graves in- 
con vententes que quiso evitar D. Judn I^ determinando en el or- 
denamiento de Bribiesca que desde Abril d Septiembre inclusi- 
ves residiese tres meses en Medina y tres en Olmedo, y de los 
seis restantes, tres en Madrid y otros tres en Alcald. A seme- 
janza de este tribunal, linico por mucho tiempo en Castilla, fue- 
ron instituy^ndose posteriormente otros varios de cuya orga- 
nizaci6n, atribuciones y modo de funcionar se ocupan, entre 
otras, las leyes del libro V. dela Nov. Recopilaci<^i. 

La autoridad propia del monarca en materias de justicia no 
le eximfa de estar d derecho con sus vasallos 6, lo que es lu mis- 
mo, de someterse d los tribunales en los pleitos quele promo vne- 
ran 6 suscitaran sus vasallos sobre lo que estimaran ser suyo> ni 
le autorizaba para tomarles sin forma de juicio aquello a que el 
mismo rey se creyera con derecho. Tampoco podfa sentenciar 
causa alguna sin forma de juicio, por mds que en ocasiones ex- 
pidiese, extralimitdndose, las cartas llamadas desaforadas 6 
contra fuero^ que, segun la ley LII, tit. XVIII, Part. Ill, "deucn 
ser cumplidas sin pleyto, e sin juycio,„ y son '*aquellas en que 
mandi el rey d alguno fazer algun fecho seflalado, assi como si 
le mandasse prender,. o matar algun ome, o derribar torre, o 
otras fortalezas, o fazer cumplir algun juyzio, o otro fecho se- 
flalado quel mandasse facer ciertamente diziendo en la carta: 
laced tal cosa luego que esta carta vierdes.„ Contra este abuse 
reclamaron las cortes en varias ocasiones, obteniendo de los re- 
yes ordenamientos para que no se expidieran cartas blancas ni 
albalaes contra nadie sin oirle previamente. No deblan tampoco 
llamar d si el conocimiento de los asuntos pendientes ante los 



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— 430 — 
alcaldes de su casa y corte; ni decretar pesquisas cerradas con- 
tra ciudad 6 villa, A menos que las pidie ra el concejo; ni dejar 
de oir en justicia par si 6 por sus ministros A los emplazados con 
dcrecho y segun fuero del lugar donde hubiera ocurrido el de- 
lito; ni hacer responsables A los lugares ni A los particulares si- 
no por los actos ejecutados por ellos misnios. 

Merecen especial menci6n, no solo por las facultades de ad- 
ministraci6n, gobierno y justicia que les fueron conferidas, sino 
por lo que contribuyeron A robustecer el poder de los reyes A 
expensas de los concejos, los corregidores, puestos por el rey 
para regir las ciudadcs, villas y lugares, en un principio donde 
y por el tiempo que la necesidad lo exigfa, y posteriorm^nte 
con cariicter de mfls generalidad y permanencia. Las excesivas 
franquicias alcanzadas por los concejos; la licencia que, como 
consecuencia, fwrgi6 en el seno de los mismos; los disturbios y 
disensiones interiores, sostenidos y fomentados por las bande- 
rias y rivalidades, movieron A los reyes A poner coto A tales des- 
manes enviando A los concejos, como delegados suyos, alcaldes 
de fuera de la localidad, llamados primero alcaldes veedores y 
despu^s correfi^idores, con atribuciones amplias y superiores 
A las de los alcaldes nombrados por los concejos en virtud de 
las facultades que para elegirles se les habfan concedido en los 
fueros y cartas-pueblas. Hubo, pues, desde entonces alcaldes 
de fuero^ elegidos por los ciudadanos^ y alcaldes de salario, 
nombrados por el rey; estos liltimos recibidos de mal grado, ya 
porque su autoridad se hacfa sentir mis fuerte, como emanada 
del rey directamente, ya porque aumentaban los gastosdel con- 
cejo, que tenia que pagar los sueldos y derechos de talcs funcio- 
narios y de sus oficinas. A pesar de esto la instituci6n de los 
corregidores se generaliz6 desde Alfonso XI, no sin protestas 
de los procuradores de las ciudades, quienes al cabo consiguie- 
ron de los reyes que se nombraran vecinos de las villas y ciuda- 
des, en lugar de personas forasteras, y que s61o se enviaran 
cuando lo pidieran todos 6 la mayorfa de los vecinos y fuera 
cumplideroal real servicio y al bien y pro comun,de las ciuda- 
des^ villas y lugares quj lo pidieren^ como lo acord6 D }\xAx\ II 
enZamora y Valladolid, segun la ley I, tit. XI, lib. VII de la 
Novisima Recopilaci6n. 

Los Re3'es Cat61icos, celos3.> de su autoridad y de la con- 
servaci6n del orden y recta administraci6n de justiciu pusieron 
asistentes^ gobernadores 6 corregidores, pues de los tres 
modos los llaman, en todas las ciudades y villas principales, 



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- 43t - 

primero por un afto^ despu^s por dos 6 mds, y liUimamentc 
por tiempo indefinido, determinando sus obligacioncs y la ma- 
ncra de conducirse en la pragmjltica dada en Sevilla <^ inserta 
e:i las leyes III y IV, tit. XI, lib. VII del c6dioro liltimamente ci- 
tado. Asf ha llegado hasta nuestros dfiis esta instituci6n, si 
bien sufriendo en distintas ^pocas reformas y modificaciones 
importantes, hasta que, separadas las funciones ejecutivo-ad- 
ministrativa y judicial por las constituciones modernas, ceso 
de derecho esta magistral ura, reparti^ndose sus facultades en- 
tre ayunlamientos, alcaldes y jueces^ por mds que en cierias 
ocasiones se haya tratado de resucitarla. 

En suma; la monarquln, forma de gobiorno en Asturias, 
Le3n y Castilla, reuni6 en si las tres funciones del poder, y la 
autoridad de los monarcas se hacfa sentir mils 6 menos en to- 
dos los ordenes y lugares del Estado; pero esto no autoriza i\ 
considerarla como absoluta, pues, aparte la influencia que la 
nobleza, el clero, las cortes y otras instituciones ejercfan en el 
gobierno y en la administraci6n, algunos actos de los monar- 
cas se hallaban sujetos A reglas, de tal suerte, que no podfan 
ejecutarlos por su sola voluntad. Asl, por ejemplo, el raatrimo- 
nio y testamento^ la renuncia de la corona, la jura del inme- 
diato sucesor y las minorfas, tulelas y regencias, exiglan mAs 6 
menos concretamente la aprobaci6n de las cortes; ya porque 
los pactos matrimoniales pudieran crear, limitar 6 modificar 
los derechos de sucesidn en pr6 6 en contra de determinadis 
personas; ya porque la ultima voluntad dc los reyes entraflase 
A veces desmembraciones del territorio 6 mcrma de los esta- 
dos; ora porque la posesidn y ejercicio del poder representara 
un pacto mutuo entreel monarca y los pueblos; 6 bien porque 
se considerase no ser bastante la voluntad del rey, ni aun la 
costumbre establecida^ para alzar al s6lio A ninguna persona 
rechazada por los pueblos y ordenes sociales, 6 porque las 
cuestiones relativas A la edad y A la de3ignaci6n para los car- 
gos de tutor del rey menor y de regente del reino afectasen 
grandemente A la paz piiblica y al bienestar general. 

En Navarra la forma de gobicrno fu^ tambi^n en un prin- 
cipio la monarqula electiv%a y, segiin todas las probabjHdades, 
la autoridad real surgi6 de un pacto entre los guerreros y el 
caudillo d quien eligieron rey. Andando el tiempo la elecci6n 
se trueca en derecho hereditario, y en el Fuer© General de Na- 
varra se consigna el principio de que el hijo mayor herede el 
reino^^ sin perjuicio de que, cuando el rey ensanchase sus esta- 



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— 432 - 
dos con la conquista de otros territorios, pudiera dejar ^stos A 
cualquiera de sus hijos habidos de matrimonio legitime, Desde 
Sancho el Mayor se regiilariza la sucesi6n hereditaria sin ex- 
clusion de las hembras, y aun despu^s de haber pasado la co- 
rona de Navarra d los reyes de Francia y halldndose estable- 
cida en 6sta la ley Sdlica^ conservaron los navarros el derech*^ 
de suceder d favor de aquellas. 

La autoridad de los reyes de Navarra, aun participando^ 
como participaban, de las tres functones, legislativa, adminis- 
trativa y judicial, fu^ desde sus comienzos limitada^ A juzgar 
por el fuero de Sobrarbe, tal como le reconstruy6 y nos le ha 
trasmitido Jer6nimo Blancas. "No es Ifcito al rey, dice, decla- 
rar el derecho sin consejo de los siibditos„ — "Giidrdese el rey de 
hacer la guerra, concertar la paz, estipular treguas, ni tratar 
cualquiera otro asunto de importancia sin el consentimiento de 
los seftores.„— "Para que nuestras leyes 6 libertades no sufran 
daflo ni detrimento alguno haya un jues medio^ al cual sea 
justoy Ifcito apelar del rey, si dste perjudicara A cualquiera, 
y para que pueda evitar las injurias, si por acaso alguna tratase 
de inferjir d la republica„ (1). 

Para el ejercicip de la funci6n ejecutiva en los pueblos 
nombraba el rey^ d propuesta de los jurados y del concejo, 
alcaldes de jurisdiccidn con facultades administrativasy judi- 
ciales, aunque subordinadas ^stas d las de los alcaldes wayores; 
y tanto para los asuntos de una como de otra clase, se dividi6 
el territprio en men'ndades y ^stas en baylfos. Al frente de las 
primeras. estaban los merinos^ quienes tuvieron d su cargo la 
ejecucion de las sentencias de los alcaldes; en algvin tiempo 
tambi^n, la recaudacidn de las rentas reales^ y cuando la ne- 



(t) H^ aqu( el texto tornado de los Comentarios de Blancas, edicidn de 2a- 

ragoza de 158S: 

In pad et justitia regnum regtto^ nobhqne fores meliores irroganto, 
E nusui is vindicabuuda dividuntor inter ricoshomines non modo, sed etiam 

inter mitites ac infantiones . Peregrinus autem homo nihil inde capilo. 
Jura dicere regi ne/as esto, nisi adhibito subditorum consilio, 
Bel turn oggredi, pacem inire^ indttcias ngere^ re/m'j aliatn magni momenti 

pert rac tare caveto rex, prtcterquain senior urn annuente eonsensu, 

Ne quid autem damni detrimenttue leges aut libertates nostr(t patiantM\ 

JUDFX Qt'iDAM MEDlus adesto^ ad quern a rege provocare, si aliquem lasetit, in- 

firiasque arcere^ si quas forsan reipubliia^ intulerit, jus/asque esto» 



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-^ 433 — 

cesidad lo exigfa, la defensa del territorib que les estaba en- 
comendado. Funciones andlogas A las do los merinos, pero con 
subordinaci6n d ^stos, tenian los baylesen sus baylios. 

El derecho de administrar justicia, que en Navarra, como 
en Le6n y Castilla, correspondia al rey, lo ejercfa respecto A 
los nobles por si y acompaftado de tres ricos^hombres 6 infan- 
zones, hasta que se cre6 el tribunal de la corte para ju'zgar li 
aquellos, y delegando- en los llamados alcaldes may ores ^ por 
^1 nombrados, la jurisdicci6n de primera instancia sobre los 
labradores y ruanos. Tambi^n cedian d veces los monarcas por 
privilegio especial, en favor de determinadas personas, la ju- 
risdicci6n inferior ^ intermedia; pero reset vdndose siempre la 
justicia suprema, que s61o por excepci6n y en muy contados 
casos delegaron, haci^ndolo en personas de la real familia. 

En Arag6n, desde el momento en que se constituy6 con in- 
dependencia de Navarra, aparece como forma de gobierno la 
monarquia hereditaria; pero, A diferencia de Navarra, tendl6 
desde luego d la exclusi6a de las hembras, estableci^ndose de- 
finitivamente por D. Jaime I la sucesi6n agnaticia absoluta que 
continu6 sin interrupci6n hasta D. Fernando V, d pesar de los 
deseos contraries de D. Pedro IV, que declar6 heredera d su 
hija D^ Constanza, provocando la famosa guerra de la Uni6n 
suscitada por el ini'ante D. Jaime, d quien apoy6 el reino con 
energia por creer violada su constituci6n. El mismo D. Pedro 
IV, despu^s de haber tenido descendencia masculina, sancion6 
en su testamento la sucesi6n agnaticia. 

El cardcter limitado del poder de los reyes aragoneses, aun- 
que participando de las tres funciones, se deduce, ademds del 
fuero de Sobrarbe, comiin d Navarra y Aragrtn por el origen de 
^ste: de la necesidad de que los reyes jurasen previamente, pa- 
ra ejercer su autoridad, la observancia de las leyes y el respeto 
d las Hbertades y d las instituciones patrias; del poderio de la 
nobleza y de las cortes, y de la instituci6n del Justicia mayor; 
sin que sea necesario, para demostrar aquella limitaci6n, recu- 
rrir d la c^lebre f6rmula inventada, segiin D. Javier de Quinto, 
por el calvinista Francisco Hotman, modificada por Antonio Pe- 
rez, propagada por el P. Lufs Moreri y transcrita por Wi- 
lliam Robertson, si bien dudando de su autenticidad, en estos 
t^rminos: nos que cada uno valemos tanto como vos^ y que jun- 
tos podemos mds que vos, os ofrecemos ohediencia, si mante- 
neis nuestros fueros y Hbertades^ y sino, no. 

65 



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— 434- 

"El juramento, dice en sus Discursos politicos el escritor ci- 
tado, que los antiguos Reyes de Aragdn eran tenidos de pres- 
tar ^ los fueros del pafs en el acto de ceftir d sus sienes la Coro- 
na, se remonta hasta el origen de aquella Monarqufa, hdbilmen- 
te moderada por los jefes y caudillos que al resignar por bien 
de todos en una sola mano la direcci6n de la defensa comiin, ' 
procuraron conservar sus anieriores privilegios, y se precavie- 
ron prudentemente de toda arbitrariedad, asl en el repartimien- 
to del botln y de las tierras que se ganasen de los Arabes, como 
en el regimiento del Estado.,, 

"Este juramento, sin embargo, nacido de la forma electiva 
que prevalecid en el origen de aquella, como de tantas otras 
Monarquias, y consecuencia natural de la legislaci6n y tradl- 
ciones de los godos, cosas que mds adelante demostraremos, 
era por aquellos tiempos tan comiin y tan sencillo, que ningu- 
no de nuestros antiguos cronistas lo considera como extraor- 
dinario, ni hace jamds de ^l una menci6n particular que revele 
las desusadas dotes con que ha aparecido en algunos libros de 
autores sobradamente modernos para que su simple aserci6n 
merezca mds f^ que la de graves y contempordneos escritores. 
Asf es que d pesar de que historiadores y tratadistas antiguos 
hablan de aquel acto respetable innumerables veces, con mil 
motivos y ocasiones, nunca se trasluce de sus propias palabras 
indicaci6n ni pensamiento alguno que ofre:ifca la mds remota 
conexi6n ni analogfa con la gravisima importancia democrdtica 
que la f6rmula que combatimos le atribuye.„ 

Don ]os€ Maria Antequera, comparando el Fuero de al- 
ear Rey con el pretendido juramenlo politico de los reyes de 
Arag6n^ que la critica ha rechajsado, hace notar la contradic- 
ci6n cntre las solemnidades de levantar al rey sobre el escudo 
sosteni^ndole los ricus hombres; besarle la mano; ceflirse el rey 
su espada en seflal de supremacia, y no poder ser armado aquel 
dia otro caballero en reverencia A su persona, y lo irrespetuoso 
de las palabras: nos, que cada uno valentQS tanto como vos, y 
juntos podemos mds que vos; contradicci6n que se opone tam- 
bi^n d la autenticidad de la pretendida f6rmula. El Fuero de al- 
jsar Rey^ segun lo transcribe el Sr. Antequera dice asi: "Que se 
levante Rey en sedieylla de Roma, 6 de Arzobispo, 6 de Obis- 
po, et que sea areido la noche de su vlgilia et aya missa en la 
eglesia et offrezca p6rpora et de su moneda, et dempues comul- 
gue et al levantar suba sobre su escudo teniendo los ricoS hom- 
bres, clamando todos tres veces: Real, Real, Real; entonz es- 



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— 435 — 

panda su moneda ata C. solidos, et por dar a entender que nia- 
giin otro Rey terrenal no aya poder sobre ellos, cingfasse eyll 
mismo con su cspada que es asemblant de cruz, et no debe otro 
cabayllero ser fecho en aquel dia. Et los xij ricos hombres o 
savios deven jurar al Rey sobre la cruz et los Evangelios de 
curiarle el cuerpo, et la tierra, et el pueblo^ et los fueros aiudur- 
li a mantener fielmente, et deven besar su mano.„ 

Para el ejercicio del poder tenia el rey, como delegado y 
auxiliar en primer t^rmino, al lugarteniente general con un 
cargo especial de gobernacidn 6 procuracidn general^ que co- 
rrespondfa al prfncipe heredero, cuando era mayor de 14 aftos. 
Al lugarteniente segufan: el canciller^ para la custodia del se- 
Hoy archivo real; el condestablCy A quien pertenecla despues 
del rey el mando del ej^rcito, y el tesorero general^ & quien in- 
cumbia lo referente al tesoro p^iblico y cuidado de las rentas 
reales. 

Entre estos altos funcionarios; que eran A la vez consejeros 
del rey, y los que administraban las ciudades no habfa en rigor 
otros intermedios; y tambi^n se hallaban d veces confundidas 
las facuUades propias de la administraci6n con las de la justicia 
en los funcionarios que ejercfan autoridad A nombre de aquel. 

La funci6n judicial se ejercia en nombre del rey por sus 
justicias que se distinguian, segiin la opini6n mAs aceptable, 
en zalntedinaSy 6 jueces ordinarios del rey en las capitales, y 
alcaldes^ que lo eran de las villas; pero entre todas las institu- 
ciones judiciales descuella el Justicia llamado en un principio 
Juez Medio, despues Justicia Mayor, Justicia del Rey, Justicia 
de Zaragoza, el Justicia, y por ultimo Justicia de Aragdn, cuyo 
origen se hace subir por la mayorla de los escritores aragone- 
' ses al fuero de Sobrarbs, aunque sin determinar bien sus fa- 
cultades. Como quiera, la institaci6n del Justicia que conside- 
raban como lazo de uni6n y de concordia en el Estado, como 
defensa contra toda opresi6n de los reyes 6 de los ricos hom- 
bres, vengador de las injurias y de las violencias, y salva- 
guardia de las libertades, tuvo grandes preeminencias y atri- 
buciones, principalmente en lo relativo A la justicia. El era, 
segun Miguel del Molino, el juez peculiar en los actos del rey,- 
pudiendo impedir que el primog^nito 6 el gobernador y su vice- 
gerente y todos los dem4s jueces ordinarios 6 delegados inter- 
viniesen en dichos actos, aunque con tal moderaci6n en la for- 
ma que parecia obrar siempre en nombre del monarca y como 
si se apelara del rey ofuscado por la pasi6n al rey tranquilo y 



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— 436 — 

sosegado, y sin que pudiera entenderse jamAs que para cohi- 
bir 6 acallar la ira del rey 6 de sus oficiales se recurria A 
otra autoridad que d la real misma. Era tambien juez de las 
causasenlre los ricos hombres, caballeros € infanzones, de las 
formadas A los que delinquian contra los fueros y en las cues- 
tiones entre el fisco y los particulares; fallaba en concurrencia 
con las cortes en los juicios contra el rey y sus oficiales; era 
tribunal de alzada sobre todos losjueces ordinariosy reales, y 
pronunciaba las sentencias en las causas, pleitos y reclamacio- 
nes sometidos A las cortes 6 cuyo conocimiento cofrespondia A 
6stas. Resolvia ademds las dudas que se suscitaban en la in- 
terpretaci6n y aplicacion de los fueros y A €\ debian acqdir pa- 
ra resolverlas los juecesinferiores; recibfa juraraento al rey, al 
primog^nito y al lugarteniente general; era consejero nato de 
la corona, y declaraba si las cartas del rey 6 del primog^nito 
A sus oficiales eran desaforadas 6 contrarias A las libertades 
del reino 6 si debian obedecerse y procederse segiin ellas. 

Los recursos que ante el Justicia de Arag6n se concedfan 
eran principalmente las firmas de derecho y la manifestaci6n. 
Firma de derecho era la inhibici6n obtenida del Justicia contra 
toda persona, autoridad 6 particular, que turbara en la posesiOn 
al firmante, previa la promesa solemne V cauci6n dada por dste 
de estar d derecho 6 A las resultas del juicio. Se decia fir- 
mar de derecho al acto de interponer el recurso pidiendo 
la inhibici6n;./?rwa inhihitoria, A la providencia por la que 
se concedia, y presidio de firmas al conjunto de garantfas con 
que se ponfa A los demandados al abrigo de toda injusticia 
6 se amparaba en la posesi6n al despojado contra fuero. Estas 
firmas, conocidas con diversos nombres y obtenidas por dis- 
tintas formulas, tendlan A garantizar la propiedad contra to- 
da agresi6n 6 espoliaci6n injusta. El recurso de la manifes- 
tacidn fu^ instituido para proteger A las personas contra la ar- 
bitrariedad 6 tiranfa; y era tal su eficacia que, segun dice un 
escritor aragon^s, puede salvar A un hombre, aun con la cuer- 
da al cuello, pues en virtud de ^l podia un preso 6 detenido sin 
forma de proceso 6 por autoridad 6 juez incompetente recurrir 
al Justicia, quien interponfa su autoridad, arrancando al dete- 
nido contra fuero de manos del oficial 6 juez arbitrario, aunque 
fuera el mds alto, y haci^ndole llevar A la carcel llamada de los 
mani/estadoSy donde bajo la salvaguardia del Justicia pudie- 
ra esperar tranquilo el fallo que sobre su conducta recayese. 

El Justicia era nombrado por el rey de entre los caballeros 



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,— 437 — 

para que^ tornado de la nobleza media, pudiera estar en contac- 
to y ser estimado por todas las clases sociales, y no podia ser 
destituido ad ntitum 6 por la sola voluntad del rey, aunque 
consintiera en ello el mismo Justicia, ni era vdlida la promesa 
de renunciar hecha por ^1 antes 6 despues de aceptado el nom- 
bramiento. Para su renuncia era preciso el consentimiento de 
las cortes, d las que con el rey correspondfa exigirle, previo el 
correspondiente juicio, la responsabilidad por sus actos, siendo 
fuero, declarado por aquellas, "que la persona del Justicia de 
Arag6n, aun por causa civil no puede seyer presa, ni presa de- 
tenida sino por mandamiento del Rey ^ de la Cort;„ privilegio 
que una ley mds antigua hacia extensivo al lugarteniente^ los 
seis notaries y los dos vergueros que el Justicia tenia como 
auxiliares principales. 

Blancas, tomdndolo del Obispo D. Vidal de Canellas, enu- 
mera los siguientes magistrados y funcionarios reales, como 
existentes en tiempo de D. Jaime I. El mayordonio del rey\ que 
obtenia cl principado en el juzgar y podia conocer indistinta- 
mente de todas las causas y querellas, tanto de los infanzones 
como de los demds, excepto de aquellas que estaban especial- 
mente reservadas al rey; pero en el conocimiento de las causas 
debfa acompafiarse del justicia mayor del reino. Los jueces de- 
Icgados, que el rey, cuando lo estimaba oportuno, nombraba es- 
pecialmente para el conocimiento de una 6 mds causas. l.os jue- 
ces ordinarios, instituidos por el rey en las ciudades y en las 
grandes villas reales para conocer, juzgar y resol ver las causas 
de los habitantes en aquellas y en sus t^rminos, asi entre los 
infanzones, como entre los hombres de servicio 6 de signo y los 
infanzones, 6 al contrario. Los savalmedinas 6 salmedhtas^ 
esto es, vicedoinini civitatum^ llamados asi de saval^ seflor, y 
ntedina^ ciudad, en lengua arAbiga, de la que se tom6 aquel 
nombre: los haiulos 6 nutritores, colectores de provisiones pa- 
ra la real familia y casa, y los merinos, que debian hacer los 
apremios 6 exigir ejecutivamente el cumplimiento de los man- 
dates del rey y de las sentencias de los jueces. Los jueces ordi- 
narios, una vez nombi ados, solian serlo por toda su vida, il 
menos que el rey los removlera por alguna causa, y aunque 
en unos lugares se les llam6 jueces y en otros alcaldes, la po- 
testad y jurisdiccidn de unos y otros era la misma. 

Habia tambi^n sobrejunteros^ sobre \2is juntas. 6 corpora- 
clones populares, instituidos por el rey d manera de paciarios^ 
cuyo cargo principal era convocar las juntas, gobernarlas y di- 



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rigir el pueblo armado, cuando se alzaba en somat^n^ procuran- 
do evitar daftos y asegurar las vidas y haciendas de los ciuda- 
danos. 

"Estas magistraturas, dice Blancxu, y algunas otras fueron 
en otro tiempo en vigor y, excepci6n hecha del mayordomo del 
rey, Jas dem^s se consideraban como menores. De su potestad 
y aun de su nombre, apenas queda vestigio actual; y los sobre- 
junteros 6 paciarios fueron establecidos ^ semejanza de aquellos 
magistrados llamados por los godos adsertores pacts, destina- 
dos por la autoridad real para hacer la paz.„ 

Catalufia erigida, segiin dijimos^ en condado independiente 
por Wifredo el Velloso, reflej6 en su constituci6n la fisonomfa 
de los pueblos godo y franco de que procedfa; pero en su mo- 
narqula prevalece el carilcter patrimonial y de Camilia, debido 
al feudalismo francos, y es desde luego hereditaria la autoridad 
de sus condes. Las atribuciones principales de dstos^ consigna- 
das en los UsajeSy fueron: dictar leyes; hacer jusiicia € indul- 
tar d los delincuentes: amparar A los vasallos contra los^atro- 
pellos de los seftores; reclutar 6 hacer llamamientos para la 
guerra; mandarlosej^rcitos; acuftar moneda; imponer tributos 
y cobrarlos: conceder gracias, y velar por la seguridad 6 inde- 
pendencia del territorio, siendo en lo demds muy Itmitadas sus 
facultades administrativas por los derechds de los seftores y 
pueblos. 

Para el ejercicio de la jurisdicci6n real, pues la nobleza te- 
nia la suya privilegiada, estaba dividido el territorio en distritos 
llamados veguerias, subdivididas en bayliajes, Los vegueres, 6 
vicarios, administraban justicia en aquellas, y tenian d sus or- 
denes d los bayles» que estaban al frente de los liUimos. De los 
fallos dictados por los vegueres conocfa en alzada un tribunal 
superior compuesto de nobles, prelados y jurisconsultos, que 
ejercia en ultima instancia la jurisdicci6n en nombre del mo- 
narca. 



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CAPITULO IV 

PODER POBLICO BAJO LAS CASAS DE AUSTRIA Y DE BORBON 



Reunidas las coronas de Aragon y de Castilla por el ma- 
trimonio de los Reyes Catdlicos y expulsados por completo los 
moros despues de la rendici6n de Granada, se realiz6 la uni- 
dad nacional y se constituy6 definitivamente el Estado espaflol, 
ensanchado muy luego con el descubrimiento del Nuevo Mun- 
do, inaugurj^ndose una era de grandeza para EspafSa, qi^e 
habla de colocarla A la cabeza de los pueblos de Europa en los 
reinados de Carlos I y de Felipe II. 

El principio hereditario. consolidado ya antes en los diver- 
sos Estados unidos bajo el cetro de Dofta Juana, sigue dominan- 
do sin interrupcion en la concreci6n del poder publico durante 
las dinastfas de Austria y de Borb6n, si bien la forma de suce- 
si6n, que desde las leyes de Partida admitia indistintamente A 
varones y A hembras, fu6 modificada al advenimiento de la \il- 
tima dinastla por Felipe V, su fundador, quien establecio la 
sucesidn agnaticia impprtando de Francia, aunque reformada^ 
la icy sdlica^ no sin oposici6n del Consejo de Castilla, por la 
pragm^tica de 10 de Mayo de 1713, ley V, tit. I, lib. Ill de la 
Novfsiraa Recopilaci6n. Carlos IV revoc6 esta ley restable- 
ciendo la de PartiSa, en virtud de petici6n de las Cortes en 1789; 
acuerdo que no lleg6 A publicarse por entonces, hasta que, ha- 
lldndose en cinta y pr6ximayaal alumbramiento la reina Maria 
Cristina, esposa de Fernando VII, promulg6 6ste en 1830^ y 
ante la eventualidad de no tener hijos varones, la resoluci6n de 
su padre. La Constituci6n de 1812, promulgada por las Cortes 



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de Cddiz, estableci6 tambidn la sucesidn hereditaria sin distin- 
ci6n de varones y hembras, y todas las Constituciones posterio- 
res han conservado la sucesi6n regular por el orden de primo- 
genitura y representaci6n. 

El poder de los monarcas lleg6 d su mds alto grado en esta 
^poca asumiendo por complete las tres funciones^ hasta que se 
inici6 el perjodo constitucional. 

Los Reyes Cat6licos, que hablan principiado A quebrantar 
la influencia de los nobles atraydndolos hdbilmente A su scrvi- 
clo y abrog^ndose la administraci6n de las 6rdenes militares 
por la incorporaci6n a la corona de sus maestrazgos con aquies- 
ciencia deLPapa, uniformaron la adniinistraci6n y vigorizaron 
tambi^n la de justicia dando en ella participaci6n d los letra- 
dos y estableciendo la Santa Hermandad que, armando A los 
pueblos contra los malhechores, sirvio ademds d los intereses 
de la corona constituyendo una especie de mllicia permanente 
adicta al trono. 

No prescindieron, sin enribargo^ los reyes Fernando <5 Isa- 
bel del concurso de las Cortes^ entre las que son de mencionar 
las de Toledo, que prohibieron d los nobles levantar castillos y 
fortalezas, anularon sus excesivos privilegios y les obligaron d 
devolvcr d la corona los bienes usurpados. 

Los monarcas posteriores tuvieron ya en muy poco el con- 
curso de las Cortes, y ni aun las consul taron en muchos de 
.iquellos asuntos que antes hubieran sido nulos, de haberse rea- 
lizado sin su consentimiento. Asf, unas veces disponen del tro- 
no sin oirlas siquiera; otras conciertan sus matrimonios; otras 
dividcn el territorio nacional 6 le hipotecan; otras declaran por 
sf y ante sf la edad en que sus hijos han de ser considerados 
mayores, 6 nombran tutores y regentes del reino, y hasta re- 
nuncian la corona segun les place, sin tener para nadaen 
cuenta el deseo ni el interns de los pueblos. De este modo, la 
voluntad de los reyes fu6, desde Carlos I y despu^s de la derro- 
ta de los Comuneros, la Unica regla de sus actos en lo referente 
al regimen del Estado, hasta que el advenimiento del sistema 
constitucional ha hecho cambiar radicalmente la indole de la 
monarquia, con la separaci6n de las funciones del poder^ el re- 
conocimiento de los organismos que integran el Estado y de su 
derechod administrarse por sf, la proclamaci6n de la indepen- 
dencia de los tribunales, la determinaciOn de las atribuciones 
propias de los funcionarios y otras andlogas, que han limitado 
grandemente el poder real. 



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La potestad legislativa, que durante esta ^poca hasta la 
constitucional llegaron A tener on toda su plenitud los monar- 
cas, la ejercfan unas veces por sf directamente y otras par me- 
dio de las corporaciones de que se servfan como auxiliares, en 
forma de pragntdticassanciones^ decretos 6 resoluciones rea- 
les d pelici6n de las Cortes; reales cedillas que el rey 6 el Con- 
sejo en su nombre expedla promulgando alguna ley/decreto 6 
providencia de cardcter general li otorgando alguna gracia, y 
autos acordados 6 resoluciones tomadas generalmente por al- 
gun consejo 6 tribunal supremo, principalmente el Real 6 de 
Castilla, con asistencia de todas las secciones 6 salas. 

La funci6n administrativa la ejercla el rey por medio del 
Consejo Real 6 do Castilla, del que m;ls adelante trataremos^del 
de la Real Cdmara, del de Estado y otros^ y muy especialmente 
por los secretarios de Estado^ que lo eran los del Consejo, y los 
del Despacho, llamados asl por que despachaban directamente 
con el rey, extendiendo y trasmitiendo sus 6rdenes y decretos. 

El ciimulo de asuntos en que llegaron 4 entender estos se- 
cretarios^ principalmente cuando se reunieron los dos cargos 
en una sola persona^ hacfa muy diffcil su bucn desempcfto, y 
comprendiendo^sto Felipe II, recomend6 d su suces^r la crea- 
ci6n de una junta que le auxiliara con su consejo; pero el favo- 
ritismo de los privados, apoderados por unos li otros medios 
de la confianza de los reyes, no quiso desprenderse de ninguna 
parte de la autoridad que ejercfan en nombre del mortarca y les 
constitufan en verdaderos ministros universales, drbitros de los 
destinos del Estado. 

Sin embargo, el advenimiento de la casa de Borb6n trajo d 
Espafta la tendencia d organizar la administraci6n publica d se- 
mejanza de la de Francia, y en su consecuencia Felipe V, por 
decreto de U de Julio de 1705 dividi6 en dos la secretarfa del 
despacho universal, una para los asuntos de Guerra y de Hacien- 
d.i y otra para todos los demds; y por otro decreto dado en Ma- 
drid en 30 de Noviembre de 1714, ley IV, tit. VI, lib. Ill, Novisi- 
ma Rec, resolvi6 "dividir en diferentes Oficinas los negocios y 
matcrias que se tratan; separando en una los negocios de Esta- 
do, que incluyen las negociaciones y correspondencias con los 
otros Soberanos y con sus Ministros y los de los paises extran- 
jeros, que ban de correr y tratarse por una sola mano: por otra 
todo lo tocante d eclesidstico, y de Justicia y Jurisdiccion de los 
Consejos y Tribunales: por otra, todos los negocios de Guerra; 

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y por otra losde Indias, y los pertenecientes A la Marina; y por 
otra los de Hacienda;„ creando para estos ultimos "un Liten- 
dente universal de la Veeduria general de Hacienda, „ y afia- 
diendo que "los cuatro sujetos, d quienes se reparian los ex- 
presados negocios, han de servir con el tftulo y empleo de Se- 
cretario de Estado, cada uno del Departamento que se les se- 
ftale.„ 

Esta organizaci6n« modificada con frecuencia por los mo- 
narcas posteriores, lo fu^ r.idicalmente en el presence siglo des- 
de que la instituci6n ministerial se ha considerado como un 6r- 
gano esencial de las monarqufas constitucionales 6 representa- 
tivas, necesario para hacer compatible la inviolabilidad del rey 
con la responsabilidad exigible por sus actos A los depositarios 
del poder. 

Al frente de los antfguos reinos y de las provincias mds 
importantes habla vireyes 6 gobernadores, que ejercfan en nom- 
bre del rey la autoridad superior en el territorio. Los vireyes 
de Catalufia, Arag6n y Valencia residfan en las capitales res- 
pectivas de estos reinos. 

Para el gobierno de las ciudades y pueblos de importancia 
se generaliz6 desde los Reyes Cat61icos la instituci6n de los 
corregidores, con atribuciones administrativas y judiciales, 
aunque cambiado el nombre por el de asistentes, Felipe V'esta- 
bleci6 los intendentes de provincia encargdndoles la ge$ti6n 
econdmica; y la Constituci6)i de 1812 dispuso en su art, 324 que 
el gobierno politico de las provincias residiera en un jefe supe- 
rior nombrado por el rey en cada una de ellas; en cumplimien- 
to de lo cual y en el aflo siguiente 1813 se establecieron los je/es 
politicoSf cuyas atribuciones se encomendaron