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Full text of "El extrañamiento de los Jesuítas del Río de la Plata y de las misiones del Paraguay por decreto de Carlos III;"

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ARTES SCIBNTIA VERITAS 







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COLECCIÓN DT- I.mUO^j 

V DOCmiEKlOS KEFERENIUS \ LA 

HlSTOJtJA DE AAIÉRICA 
s:*sí<esi Tomo Vil KSjK*»ra 



EL EXTRAÑAMIENTO 



RIO DE LA PUTA 



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COLECCIÓN 

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LIBROS Y DOCUMENTOS 

■irSRINTZS X LA 

HISTORIA DE AMÉRICA 

TOMO VII 



EL EXTRAÑAMIENTO 

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LOS JESUÍTAS DEL RÍO DE LA PLATA 
MISIONES DEL PARAGUAY 

POR DBCRBTO DE CARLOS III 



EL EXTRAÑAMIENTO 

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POR DECRETO DE CARLOS 111 



P. PABLO HERNÁNDEZ s. j 




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COLECCIÓN 

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LIBROS Y DOCUMENTOS 

■irtaiMTBt X LA 

HISTORL^ DE AMÉRICA 

TOMO VII 



EL EXTRAÑAMIENTO 

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MISIONES DEL PARAGUAY 

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EL EXTRAÑAMIENTO 

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POR DlüCRErO DB CARLOS 111 



P. PABLO HERNÁNDEZ s. i 




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V.7 









APROBACIONES 



Cum opus cui titulus est (&\ (Sictranamunt^ 
it Utb ^jesuítas it\ %\tí it la |lata g it las mi- 
BÍ01US it\ larajuaj ^or d^tr^to d^ ^arUa ]]], 

¿» Z'. Paulo Hernández, nosirae Societalis sacer- 
dote, composiium^ aliqui eiusdem Societatis revi- 
sores^ quibus id commissum fuit^ recognoverint^ 
et in lucem edi posse probaverint; facultatem 
concedimus, ut typis mandelur^ si tía iis ad quos 
pertinet videbiiur. 

In quorum fidem has litteras manu nostra 
subscriptas et stgillo Societatis nosirae munitas 
dedimus. 

Bonis Auris, 21 Junii 1 906. 

J. Barrachina, S. J. 

Sup. Miu. Chílo-Parag. 

IMPRIMATUR 
^ JosEPHus M. Episcopus 

Matiitentít-Complutentit 



ADVERTENCIA 



El presente estudio no estaba destinado en la 
intención de su autor para darse á la estampa por 
separado; pues no es sino parte de otra obra más 
importante con el título de Los Jesuítas en el Rio 
de la Plata^ 1 586-1830, cuya publicación seguirá 
de cerca á este volumen en nuestra Colección 
americana. Ha parecido, sin embargo, oportuno 
que se diese á luz desde luego este trabajo, que 
servirá como muestra y primicias de toda la obra, 
porque versando sobre un hecho de gran reso- 
nancia en todo el mundo en la historia del si- 
glo xvui, tiene por sí solo bastante unidad, y ha 
de interesar de un modo especial á los lectores. 

La obra Los Jesuítas en el Rio de la Plata com- 
prende tres trabajos de tres distintos autores: la 
Historia del Paraguay ^ del P. Charlevoix, en vein- 
tidós libros, desde 1586 hasta 1 747 (y ésta es la 
base de los demás escritos); la Continuación, del 
P. Muriel, en cuatro libros, desde 1 747 hasta 1766, 



~ 8 — 

y el Complemento^ del P. Hernández, desde 1766 
hasta 1830, en tres libros, que forman el presente 
volumen. Como se ve, los tres integran un todo; 
y es así que los dos últimos se han escrito para 
enlazar la historia de los Jesuítas antiguos en aque" 
lias regiones con la de los modernos, escrita poco 
ha por el P. Rafael Pérez, y publicada en Barce- 
lona (l). 

Para decir algo en particular de cada uno de 
los elementos de la obra, la Historia del Paraguay, 
del P. Charlevoix, es la obra clásica en la materia; 
y hasta llegar á los últimos tiempos que abarca, 
no hay por ahora otra que pueda igualársele en 
exactitud histórica y acierto para juzgar de los 
sucesos. 

Provisto su autor de documentos de primera 
mano, muchos de los cuales van al fin del libro 
por comprobantes, dotado de excelentes cualida- 
des de historiador, y experimentada ya con la 
publicación de su Historia del Cristianismo en el 
Japón^ en dos cumplidos tomos; Historia de la 
isla española de Santo Domingo, también en dos 
tomos, en 4.® mayor; é Historia del Canadá, ó 



(i) La Compañía de Jesús restaurada en la República 
Argentina y Chile, i vol. Barcelona, Henrich, 1901. 



— 9 — 

Nueva Francia^ que salió á un tiempo en seis to- 
mos en 8.**, y en tres en 4.° mayor, obras todas 
que habían tenido gratísima acogida en el mundo 
literario; se puso á escribir la Historia del Para- 
guay con verdadero empeño de esclarecer la ver- 
dad tan obscurecida en aquella época por intere- 
sadas calumnias y monstruosas fábulas; y verdade- 
ramente lo consiguió en los seis volúmenes en 8.° 
y tres volúmenes en 4.** mayor, que salieron á luz 
casi á un tiempo en 1756 y 1757. No puede du- 
darse que, atento el gran empeño icón que hoy se 
cultiva la historia, y la facilidad cada vez mayor de 
llegarse á las fuentes en tantos Archivos abiertos 
á la curiosidad pública , vendrán nuevos estudios 
á ampliñcar la exposición y rectiñcar algunos de 
los datos; pero en el entretanto, Charlevoix es la 
obra más completa; y aun después de las nuevas 
Investigaciones, en lo substancial quedará intacto, 
porque es la expresión de la verdad. 
• Prueba del gran mérito de esta obra fué su 
pronta versión al inglés y al alemán; y la conñan- 
za con que en todos los estudios ulteriores de 
innumerables autores sobre la materia, es citada 
como el monumento más verídico y la verdadera 
voz de la historia. También en España hubo quien 
reconociese su valor, y el celebrado P. José Fran- 
cisco de Isla tenía ya lista para la imprenta una 



— lO 



gran parte del libro; bien así, como en el. Río de 
la Plata lo había vertido al castellano, y añadído- 
le notas y correcciones eLP. Domingo Muriel, de 
quien en seguida se hablará; pero una y otra edi- 
ción quedaron frustradas por razón de las cir- 
cunstancias, tan contrarias á los Jesuítas en Espa- 
ña por entonces. 

El segundo escrito ó elemento de la obra, tam- 
bién de gran importancia, es la Continuación del 
Charlevoix, desde 1747 hasta 1766. Su. autor es 
el P. Domingo Muriel (que latinizó su nombre lla- 
mándose Cyriacus Morelli)^ varón en todo insigne, 
por su santidad, por su prudencia y por su sabi- 
duría en cualquier ramo; pues destinado desde sus 
primeros años de religión á las ciencias ñlosóñcas 
y teológicas que empezó á enseñar en Valladolid, 
y profesó luego por largos años en la Universidad 
de Córdoba del Tucumán, fué al mismo tiempo 
fervoroso promotor de los estudios matemáticos 
y de Historia natural; y se dedicó con tanta labo- 
riosidad á la Historia eclesiástica y aun profana, 
como lo prueba entre otras su obra Fasti Novi 
Orbis^ universalmente conocida y apreciada por la 
documentación histórica y por su sólido juicio y 
atinadas observaciones canónicas. 

Fué el último Procurador á Europa de la pro- 
vincia del Paraguay, y su último Provincial, á 



— II — 

quien tocó el doloroso ministerio de oir y aceptar 
de oñcio la intimación del Breve de extinción de 
Clemente XIV. 

Tan luego como hubo leído la Historia del Pa- 
dre Charlevoix, empezó, según refiere su biógrafo 
el P. Javier de Miranda, á hacer algunas rectifica- 
ciones que pensaba enviar al autor; más tarde tra- 
dujo toda la obra al castellano, y estuvo para pu- 
blicarla en Madrid; pero, no habiéndolo podido 
hacer, por razón de las adversas circunstancias, ha 
quedado perdido el manuscrito. Años adelante la 
tradujo al latín, y la publicó en Venecia en 1779, 
en un gran volumen, hoy extremadamente raro. 
Habíale añadido cuatro libros, que comprenden 
lo acaecido desde 1747, en que la dejó el Padre 
Charievoix, hasta 1766. De la expulsión no habló, 
porque era materia que hubiera podido impedir 
la publicación de lo restante , y aun acarrear ma- 
yores disgustos. En la parte que añadió es testigo 
de mayor excepción, así por haber presenciado 
muchos de los sucesos que refiere, como por ha- 
ber sido Visitador de la Provincia en los últimos 
años. Agregó asimismo varios documentos y pre- 
ciosos estudios aclaratorios, suyos unos, y otros 
vertidos al latín , compendiando y ordenando los 
escritos castellanos de otros misioneros. 

Esta edición latina tuvo en tanto precio el eru- 



— 12 — 

dito investigador D. Andrés lernas, que se empe- 
ñó en publicarla traducida al castellano, eligién- 
dola como libro necesario para quien pretenda 
conocer la historia del Río de la Plata (l). Su pro- 
pósito, que no pudo llevar á cabo, se verá realiza- 
do con la presente edición. 

Del tercer escrito habrá menos que decir, por 
ser el que tiene el lector delante de los ojos. Ocu- 
pado su autor, el P. Pablo Hernández, en traducir 
el Charlevoix-Muriel , y reunir documentos para 
un estudio acerca de las famosas Misiones del Pa- 
raguay, echó de ver la falta que hacía en este libro 
la continuación de la serie de los hechos hasta el 
último término de aquella antigua provincia jesuí- 
tica. Quedaban por referir la ejecución del ex- 
trañamiento en el Río de la Plata, la calidad de 
los ejecutores, la noble y simpática actitud de las 
víctimas, su existencia escondida, y, sin embargo, 
laboriosa y fructífera en el destierro, hasta consu- 
mirse casi todos por la muerte; los efectos de la 
expulsión en los dominios americanos de España: 
hechos todos en sumo grado interesantes. Las ra- 
zones que detuvieron al P. Muriel en esta parte, 

(i) Gubva&a: Historia de la conquista del Paraguay^ 
Rio de la Plata y Tucumdn, — Introducción, págs. xxxni 
y XXXIV. £d. Buenos Aires, 1882. 



— 13 — 

habían cesado: y siendo grande el número de es- 
critores que han explicado los sucesos del extra- 
ñamiento, se trataba de una materia en que no 
podía faltar información. A mayor abundamiento, 
los viajes de investigación que el autor hubo de 
emprender á varios Archivos europeos, y muy 
particularmente en España al de Indias de Sevilla, 
al de Simancas, al Histórico Nacional y Biblioteca 
de la Academia de la Historia en Madrid, y á ar- 
chivos^ particulares de la Compañía: agregados á 
sus estudios en Archivos de Sud- América, como 
los de Buenos Aires, Asunción del Paraguay y 
Río Janeiro, habían hecho que le salieran al paso 
multitud de noticias y documentos sueltos útilísi- 
mos para el intento. Resolvió, pues, completar el 
relato de los PP. Charlevoix y Muriel, acompa- 
ñando á los Jesuítas del Paraguay en su destierro 
de Faenza, y siguiendo á los contados que volvie- 
ron á América, hasta la muerte del último, que 
falleció en 1 830. 

Nunca pretendió que el presente trabajo fue- 
se un 'estudio completo de la materia, sino solo 
una continuación de la obra principal, que co- 
rrespondiese en foroist y extensión á los escri- 
tos anteriores; y así, queda mucho por hacer en el 
punto del extrañamiento. Pero por lo menos se 
hallan ya recogidos muchos datos antes dispersos 



— 14 — 

y expuestos á desaparecer: y se establece la con- 
tinuidad entre la historia de la antigua Compañía 
de Jesús en el Río de la Plata, que termina en 1830, 
y la historia de la Compañía restaurada, que em- 
pieza en 1836. 

No es dudable que la obra así completada de 
Los Jesuítas en el Rio de la Plata^ tendrá la 
aceptación que en todas partes ha hallado siem- 
pre el trabajo fundamental del P. Charlevoix So- 
bre la Historia del Paraguay. 



EL EXTRAÑAMIENTO 

DE 

LOS JESUÍTAS DEL RÍO DE LA PLATA 



LIBRO PRIMERO 

ARGUMENTO 

NOTA. — ANTECEDENTES DE LA EXPULSIÓN! EL P. RAFFAY. 

CONJURACIÓN DE 1747- CAUSAS DE LA PERSECUCIÓN. 

EJECUCIÓN DEL PLAN. LA EXPULSIÓN DE ESPAÑA HUBO 

DE SER LA PRIMERA. ^MEDIOS EMPLEADOS PARA PREPA- 
RAR LA TOTAL RUINA DE LOS JESUÍTAS Y DECIDIR Á 

CARLOS IIL CONFESIONES JURÍDICAS DE JOSÉ CARVALHO» 

MARQUÉS DE POMBAL. — EL GOBERNADOR BUCARELl. — 
EXPULSIÓN DE BUENOS AIRES. EXPULSIÓN EN MONTEVI- 
DEO Y SANTA FE. EXPULSIÓN DE CÓRDOBA. EXPUL- 
SIÓN DE LAS OTRAS CIUDADES, Y EN PARTICULAR DE LA 
ASUNCIÓN Y TARIJA. EXPULSIÓN DE LOS RECIÉN LLE- 
GADOS DE EUROPA. EL VIAJE Á EUROPA 

NOTA 

Al delinear en estos tres libros el último período 
de la historia de los antiguos Jesuítas del Paraguay, 
es preciso advertir que, no escribiéndose aquí de 
propósito sobre el extrañamiento general de todos 



— i6 — 

los dominios de España, sino únicamente sobre su 
«jecución parcial en una provincia, no se hará 
más, en cuanto á las causas y disposiciones gene- 
rales, que reseñar brevemente lo que sea necesa- 
rio para inteligencia de lo aquí ocurrido: pudiendo 
estudiarse más copiosamente la misma materia 
•con sus demostraciones en los autores que la han 
tratado de propósito (l). Otro tanto ha de enten- 
derse de la extinción de la Compañía, que se su- 
pone explicada por otros, y sólo se toca en sus 
«efectos respecto de los Jesuítas del Paraguay. 



ANTECEDENTES DE LA EXPULSIÓN: 
EL P. RAFFAY 

Mucho antes de que se verificara el universal 
extrañamiento de la Compañía de Jesús de los 
dominios de España por decreto de Carlos III en 
1767 y su extinción por Breve del Papa en 1 773, 
estaban ya tomadas todas las medidas que habían 



(1) Nonbll: El P, Pignattlliy la Compañía de Jesús, 
CrétineauJoly: Historia déla Compañía. — Clemente XIV 
y los Jesuítas. — Ms. anónimo titulado Juicio imparcial, — . 
Huerta: Dictamen fiscal, — Lahoz: Artículos de La Espe- 
ranza, — Lafübnte (D. Vicente): La corte de Carlos TIL 
Zarandón a: Expulsión de España, — Dan vil a: Historia de 
Carlos líl, — Carayón S. L: Documents inédits, O. P, — 
Duhr: Jesuiten-Fabeln, n. 14. — Schobll, MCllbr, Ran- 
KE, etc. 



— 17 — 

de dar por resultado aquellos graves aconteci- 
mientos con sus desastrosas consecuencias; y se 
habían dejado ver algunos indicios de lo que se 
iba tramando y de lo que estaba para suceder, 
como antes de las terribles erupciones de los vol- 
canes preceden sordos murmullos y ruidos subte- 
rráneos, estremecimientos del suelo y fenómenos 
desacostumbrados. De ellos se podrá formar con- 
cepto por los pocos hechos siguientes. 

En 1752, un Jesuíta italiano, el P. Raffay, Pro- 
fesor de Filosofía en Ancona, dio cuenta á sus 
Superiores de un suceso bastante singular. Cierto 
caballero inglés, francmasón de los más altos gra- 
dos, había trabado conocimiento con dicho Padre, 
y parecía profesarle especial afición por sus apti- 
tudes literarias. Hablándole un día en confianza, 
le dijo que, puesto que todavía era joven, y esta- 
ba libre, haría bien en buscarse alguna profesión 
con que poder subsistir decorosamente; porque 
dentro de poco, ^y seguramente antes que pasaran 
veinte anos^^ la corporación de la Compañía en 
que ahora se hallaba, quedaría destruida. Admi- 
rado el Jesuíta de semejante afirmación, hecha 
con gran aplomo, preguntó á quien le daba el con- 
sejo cuál podía ser el crimen en castigo del cual 
había de sufrir tal calamidad su Orden. «No es, 
respondió el francmasón, que no estimemos los 
masones á muchos individuos de vuestro cuerpo, 
sino que el espíritu que lo anima contraría nues- 
tros filantrópicos intentos para con el género hu- 
mano > (eran, como por los hechos se mostró, los 



— i8 — 

ñlantrópicos intentos de la secta, asesinar al Rey 
Luis XVI y á Gustavo III de Suecia, anegar en 
sangre toda la nación francesa, y esparcir por el 
mundo los disolventes principios que germinando, 
creciendo y fructificando en el siglo xix, han dado 
por resultado el socialismo, que se cierne hoy 
como una pavorosa amenaza sobre Europa; el 
anarquismo, que sueña con un régimen sin autori- 
dad, y para lograrlo, destruye con dinamita todo 
lo existente; y lo que es peor y origen de todos 
los males, la herejía, el indiferentismo, la negación 
de la fe y aun de toda religión natural). «Suje- 
tandot, continuó el masón, «en nombre de Dios 
á todos los cristianos al Papa, y á todos los hom- 
bres á los Reyes, vosotros mantenéis encadenado 
todo el universo. Vosotros seréis los primeros á 
quienes alcance la destrucción, y detrás de vos- 
otros tocará el turno á los déspotas >. (Déspotas 
han llamado los sectarios por escarnio y despecho 
á las autoridades legítimas). No se hizo, por de 
pronto, caso alguno de este incidente, mirando el 
dicho del francmasón como una mera baladronada, 
ó como expresión de un mal deseo de la secta; pero 
cuando más tarde sobrevino la ruina, no pudo 
menos de traerse á la memoria el suceso, repa- 
rando en la exactitud del siniestro pronóstico (l). 

(i) Proyart: Lauis XVI ditrdni aoani étUre Roi,^ 
a^partie, p. 120. £d. París, 18 19. 



— 19 — 



CONJURACIÓN DE 1747. 

En cuanto á la existencia del plan decidido de 
acabar con los Jesuítas, no les cabía á éstos la 
menor duda, porque por varios otros caminos 
habían recibido avisos ciertos de su realidad. Y 
así refiere el P. Vicente Olcina, Jesuíta valencia- 
no ( I ), el hecho de que años antes de ser extrañados 
los Padres de España, corrían entre ellos algunos 
folletos en que se hablaba muy claro á este res- 
pecto: y en particular hace mención de cierta 
obrita impresa en lengua italiana. «En ella», dice, 
«con mucha erudición y buen estilo, se daba noti- 
cia de un conciliábulo tenido en Roma el año 
1 747 1 en el cual los enemigos mortales de la 
Compañía determinaron echar todo el resto para 
extinguirla de un golpe en todo el mundo; porque 
la experiencia les enseñaba que no podían vivir 
en paz, ni conseguir sus diabólicas miras de arrui- 
nar enteramente la religión cristiana y toda sobe- 
ranía, mientras en el mundo hubiese Jesuítas. Die- 
ron luego parte de esta infernal resolución, y de 
los medios que habían de practicarse para lograr 
indefectiblemente sus intentos á muchos de la 
facción, que estaban esparcidos por toda la Euro- 
pa, y ocupando algunos de ellos los más elevados 

(i) Ms. acerca del destierro de los Jesuítas de la pro- 
vincia de Aragón, que empieza ^Relacidn festiva^ etc.» 
(Archivo de la provincia de Aragón.) 



— 20 — 

empleos en las Cortes, para que todos á una, y 
obrando con sistema, contribuyesen para llevar 
felizmente á cabo tan ardua como sacrilega em- 
presa. > 

Contemporáneamente á la junta precedente 
se celebraba otra en Londres con igual objeto. 
«En el año de 1747» dice una carta que se con- 
serva en el Archivo de la provincia de Castilla, y 
está escrita á un Padre de la Compañía por per- 
sona que se muestra tan perfectamente enterada 
de las maquinaciones contra la Compañía en aque- 
lla época, como si hubiese tomado parte en ellas» 
y fechada en Lisboa á 23 de Septiembre de 1 761; 
«se fraguó en Londres, oficina á propósito para el 
asunto, un proyecto para destruir del todo la reli- 
gión católica (sin reparar en que no prevcUece- 
rán)...^ añadiéndose que no era esto posible sin 
derribar antes la Compañía. Para esto aplicaron 
los medios. Uno de ellos era poner mal á los Je- 
suítas con los Príncipes eclesiásticos y seculares» 
usando de todas las artes posibles..., encargán- 
dose muchos de la ejecución, sin dejar, como se 
dice, piedra por mover para el asunto. Pusieron 
multiplicadas las minas en Roma, Viena, Madrid» 
Lisboa, etc. Algunas les han evaporado, conocida 
la malicia y malignidad de la pólvora; pero otras 
han dado fuego.» 



21 — 



CAUSAS DE LA PERSECUCIÓN 

El último historiador de Carlos III, que ha he- 
cho diligentísimos estudios en los Archivos espa- 
ñoles, y en ellos ha descubierto documentos de 
notable interés para su obra, hasta hoy del todo 
desconocidos (l), emite el siguiente juicio sobre 
las causas que produjeron la expulsión de los Je- 
suítas de España y las ulteriores diligencias que 
con inmutable tenacidad practicó el Rey Car- 
los ni hasta conseguir la completa extinción de la 
Compañía de Jesús: «Todas las causas se reducían 
á la alta razón de Estado, que en muchas ocasio- 
nes encubrió grandes injusticias.» Y explicando 
en qué consistía aquella razón de Estado, añade: 
«Las tendencias regalistas y reformadoras de los 
consejeros del Monarca, acordes con las preven- 
ciones que éste formara en Italia, representaban 
la ola invasora y perturbadora que precedía á la 
tremenda tempestad; y necesitaba arrollar y arro- 
lló toda la antigua organización basada en el res- 
peto al principio de autoridad, fundamento de 
todo orden social, y en la obediencia á la sublime 
voz del Padre común de los católicos.» Concuer- 
da esta idea sobre la causa general con las que se 
acaban de ver en los párrafos anteriores, expre- 
sadas por amigos y enemigos, y que han hallado 

(i) D. Mamubl Danvila y Collado: Reinado de Car- 
¡os III^ tomo VI, cap. ix, pág. 560. Ed. de Madrid [189a]. 



— 22 — 

igualmente como fruto de sus investigaciones los 
mismos protestantes al trazar la historia de aque- 
llos tiempos (l). Los Jesuítas fueron expulsados y 
extinguidos, no porque se les pudiesen probar 
crímenes algunos, siendo así que los crímenes de 
que eran acusados, tratándolos de enemigos de la 
monarquía y de la religión, eran los en que incu- 
rrían y cuya práctica querían afianzar sus perse- 
guidores; sino porque representaban vivamente el 
principio de autoridad y la obediencia que se le de- 
be, y la sumisión á las enseñanzas y preceptos del 
Sumo Pontífice, Jefe de la Iglesia. Eran grave obs- 
táculo para plantear la rebelión en el orden civil y 
religioso; y á todo trance se procuró su exterminio. 
En lo que anda menos acertado el escritor es en 
asentar que con haber publicado la minuta de carta 
de Roda á Tanucci sobre los motivos de la expul- 
sión de España, quedan resueltas todas las dudas 
sobre las verdaderas causas que movieron á Car- 
los III á tomar tan grave determinación. 



EJECUCIÓN DEL PLAN 

La causa general apuntada era la que goberna- 
ba los intentos de los autores de la maquinación; 
mas las causas especiales de que se sirvieron ellos 

(i) Schobll: Cours d*Histoire des Etats turopiinSy 
volumen 44, p. 71 sqq. — ^Ramkb: DU rSmisdun ñpsU^ tn« 
205 sqq. 



— 23 — 

para mover á los diferentes personajes que toma- 
ron parte activa en aquella lamentable tragedia, 
fueron diversas, y acomodadas á las circunstancias 
de cada caso. En Portugal fué el supuesto aten- 
tado contra el Rey, que se hizo creer al débil 
José I; en Francia, el influjo de una cortesana; en 
Roma, el temor de uñ cisma; en Ñapóles, la im- 
posición del Rey de. España; en España, en tiem- 
po de Fernando VI, fué el espectro de los Jesuítas 
del Paraguay: y en tiempo de Carlos III, la soña- 
da conjuración de los Jesuítas y la nota de infa- 
mia en la persona del Rey. Tales causas, res- 
pecto de los principales promotores del plan, no 
eran sino efectos del primer designio y medios 
adoptados para la ejecución. 



LA EXPULSIÓN DE ESPAÑA 
HUBO DE SER LA PRIMERA DE TODAS 

Fíjanse casi todos los historiadores en Car- 
los III, que extrañó á los Jesuítas de España; á él 
atribuyen toda la obra de la expulsión, y se afa- 
nan por buscar los antecedentes de tan extraño 
suceso en la conducta ó en las aficiones anterio- 
res de este Rey. Pero no son muchos los que sepan 
que los Jesuítas estuvieron para ser expulsados de 
los dominios de España años antes; y que según 
parece, los directores que manejaban los hilos de 
aquella tenebrosa conspiración urdida por las sec- 



— 24 — 

tas de los jansenistas, de los masones y de los 
pseudo-ñlósofos (l), habían señalado como primer 
país donde se había de consumar la ruina de la 
Compañía el reino de España. Según las ma- 
quinaciones puestas en juego desde un principio^ 
el extrañamiento de España estaba para realizarse 
diez años antes: y el Rey que los había de expul- 
sar era Fernando VI (2). 

A este ñn se había organizado en la época del 
Tratado de límites americanos con Portugal un 
conciliábulo en Madrid, del que partían las órde- 
nes á los Comisarios reales que pasaron á América, 
enterándoles de lo que debía suceder allí, ó de lo 
que ellos debían informar que sucedía, para que 
los Jesuítas apareciesen como usurpadores y de- 
tentadores del poder y autoridad real en el Para- 
guay, y fundadores de nuevos imperios, no menos 
fabulosos que el del Rey Nicolás I, como lo era el 
que soñó y les atribuyó el autor de la calumniosa 
Rehifáo abreviada^ y forcejó en probar el expulso 
Ibáñez. Y promovidas por la malicia , pasaron se- 
mejantes invenciones á los informes oñciales con 
mengua de la justicia, y aun de la misma seriedad; 
introduciendo la ridiculez en los documentos di- 
plomáticos, que no por eso dejaron de causar el 
daño que se proponían sus autores. De este modo, 



(i) Nonbll: Bl V, P. /»/iwí/<ri/i, Introducción. 

(2) Ihid^ pág. 94, tomo i.— Zarandona: Historia de la 
extinción y restablecimiento de la Compañia, tomo n, pá- 
jjina 53, nota.— Isla: Memorial^ págs. 145, 225. 



— 25 — 

muchas noticias que de América se enviaban, se 
habían fabricado primero en Europa. 

Acusados los Jesuítas de tan graves crímenes, 
y hechos reos de lesa majestad á los ojos de Fer- 
nando VI, calumniábanlos como autores de la re- 
belión de los indios los mismos Comisarios reales 
en sus informes, á los cuales hay motivo de sospe- 
char que se agregó la falsificación de cartas para 
fingir que otro tanto aseguraban el P. Comisario 
Luis Lope Altamirano y el P. Rávago, Confesor 
del Rey (l): mientras se suprimía todo informe 
favorable á los Jesuítas, deteniendo y no dejando 
pasar, ora sus personas, ora sus escritos, á fin de 
que no llegasen á tiempo, ó sepultando en el silen- 
cio las actuaciones que los justificaban. Todo esto 
junto produjo las disposiciones gravísimas de que 
da cuenta la carta del primer Comisario Real 



(i) La carta del P. Altamirano, publicada por el Padre 
Miguélez en su libro Jansenismo y Regalismo^ Documen- 
tos, pág. 461, edición de Valladolid, i^QSt tiene señales de 
ser apócrifa ó interpolada, como se puede convencer con 
las razones del autor del Recurso al Tribunal de la Ino- 
cencia, que va al fin de la Continuacidn del P. Muriel en- 
tre las Aclaraciones; y por el hecho de no existir de ella 
sino una titulada copia en cuartillas sin ninguna formali- 
dad. (Simancas: Estado, 7.381). — D. Vicente La fuente es- 
cribe en su Historia de las Sociedades secretas^ tomo i, 
cap. n, § xvín: cAparece casi fuera de toda duda que Wall 
y el Duque de Alba... siguiendo las inspiraciones de 
Keene... falsificaron la correspondencia que suponían di- 
rigida á los Jesuítas de Tucumán por el P. Rávago, Con- 
fesor del Rey.» 



— 26 — 

Marqués de Valdelirios, fecha en Buenos Aires á 
10 de Febrero de 1756 y dirigida al Provincial 
P. José Barreda, cuyo tenor es el siguiente: 

cMuy señor mío: Remito á V. R. la copia ad- 
junta de una carta que me ha escrito el Ministro de 
Estado de orden del Rey, donde verá haber averi- 
guado S. M. y adquirido todas las pruebas necesa- 
rias de que los Padres Jesuítas son los autores de la 
rebeldía de los indios. En cuyo supuesto, prevengo 
á V. R., que luego, luego, disponga con desnuda y 
ciega obediencia el allanamiento de los indios y 
pacíñca entrega de los pueblos; porque de no ha- 
cerlo así, tendrá S. M. esta prueba más para pro- 
ceder contra V. R. y contra los culpados como 
reos de lesa majestad. 

>Y se abstendrá V. R. de interponer súplicas 
de suspensión, de exención, de petición, de dila- 
ción ó de modificación ; porque el Rey me manda 
que no oiga ninguna de estas cosas, sino aquéllas 
que se dirijan estrechamente á obedecerle sin 
contradicción y prontamente ; y de lo contrarío, 
hago en su Real nombre á V. R. responsable de 
todas las muertes y terribles daños, que sucederán* 

>Dios guarde á V. R. muchos años como deseo. 
Buenos Aires, 10 de Febrero de 175^* — Besa las 
manos de V. R. su más afecto s. s., 

>El Marqués de Valdelirios» (i). 



(i) Simancas: Estado, 7.447. — Lá carta de Wall á que 
se refiere la anterior, dice así: <Sr. Marqués db Valoru- 



— 27 — 

Publicaba además en otras cartas de oñcio y en 
confidenciales el Marqués de Valdeliríos que el 
G>nfesor del Rey había sido removido, y que el 
nuevo G)nfesor que había elegido S. M. no era 
Jesuíta, dando á entender (fuera verdad 6 no 
lo fuera), que todo, esto se había hecho por ser 



Ríos: Muy sefior mío: £1 Rey tiene todas las pruebas que 
se pueden adquirir en estos casos para persuadirse que 
los Padres Jesuítas de esa provincia son los únicos auto- 
res de que los indios se resistan á la ejecución del Tra- 
tado. Aun después que por medio del Sr. D. José de Car- 
vajal se dio á entender esto mismo al P. Luis Altamirano 
en carta del mes de Octubre de 1753 (a), ha sobrevenido 
tanta variedad de pruebas conducentes al mismo efecto, 
y tan acordes entre si mismas, que sería irracionalidad 
excusar á los tales Padres con la presunción de derecho, 
que en otras circunstancias les pudiera favorecer, según 
su estado y profesión. 

>£n el supuesto, que no se duda, que la desobediencia 
ha estado y está en ellos, quiere el Rey que V. S. amo- 
neste al P. Provincial José de Barreda, ó el que estuviese 
en su lugar, que disponga cuanto antes la pronta obe- 
diencia ó allanamiento de los indios y la ejecución del 
tratado de límites; pues de lo contrarío, dispondrá se 
proceda contra los culpados con todo el rígor que pres- 
criben las leyes de los fueros canónico y civil contra los 
reos de lesa majestad, á cuyo efecto le pasará V. S. copia 
de esta carta. 

•Dios guarde á V. S. muchos años, como deseo. — Ma- 
drid, 7 de Octubre de 1755. — D. Ricardo Wall.» 

Hállase en el Archivo de Simamcas: Estado, 7.410, folio 
ao, núm. 38. 

(«) Dicha carta fué resoltado de lat delaciones calumniosas de Val- 
4cItríos j Echevarría sobre el soccso de Santa Teda. 



— a8 — 

participante el P. Rávago en el delito atribuido á 
los Jesuítas del Paraguay. No ignoraban del todo 
estas maquinaciones los Jesuítas de aquel tiempo; 
pues de ellas decía el P. Escanden cinco años más 
tarde: «Mas para no cargarles la culpa de todo á los 
dos informantes» [Freiré y el Marqués de Valde- 
lirios]; «aunque hasta poco ha pensaba yo que la 
quitada ó remoción del P. Confesor había tenido 
principio de cierto sentimiento que uno de ellos 
tenía contra él; pero he oído decir aquí» [en Es- 
paña] «y asegurar muchas veces, que de acá se le 
avisaba lo que en orden á eso había de informar. 
Sea de uno y otro lo que quisiere, ya que ambas 
cosas pudieron ser sin ningún milagro; mas si esto 
segundo fué cierto, es cuanto se puede adelantar 
en la materia» (l). 

Los autores de aquella tramoya eran, como se 
puede asentar sin temor de errar, los mismos que 
poco antes, de una manera tan indecorosa como 
lo relata el historiador inglés William Coxe (2), 
habían hecho caer en desgracia y relegado con 
ignominia á Granada al insigne Ministro Marqués 
de la Ensenada, que había fomentado la prosperi- 
dad de España en todos los ramos, y la iba á do- 
tar de una marina capaz de competir con la de 

(1) P. Juan Escandón: Iransmigración de los siete pue- 
blos, Ms. P-2$^ de la Biblioteca Nacional de Madrid, 
§ 90 al principio. 

(2) Historia de los Reyes de la Casa de Borbón en Es- 
paña, tomo III, cap. Liii, y nota 266, edición española de 
Muríel. 



— 29 — 

Inglaterra, y aun de superarla; el Duque de Alba 
y D. Ricardo Wall, y tal vez algunos otros, cuya 
acción no ha comprobado todavía la historia, 
aconsejados y dirigidos del masón inglés mister 
Keene, Embajador del Gabinete de St-James en 
Madrid. Cuánta verdad fuese que «los autores» 
y la «causa total» de la rebelión de los indios del 
Paraguay eran los Jesuítas, lo descubrió el suceso^ 
cuando puesto el asunto en condiciones de ser 
posible la transmigración, fueron ellos los más ac- 
tivos instrumentos para ejecutarla; y sólo se frus- 
tró la entrega porque la estorbaron los portugue- 
ses, cuyo Ministro Carvalho había sido opuesto á 
ella desde un principio. Y que el «autor» era el 
Ministerio portugués desde el principio hasta el 
fin, aunque era secreto reservado de Estado, no 
lo ignoraban Wall ni Valdelirios, y queda hoy 
todavía de manifiesto en correspondencias oficia- 
les reservadas que se hallan en los Archivos pú- 
blicos (l). Y así como la oposición al Tratado na- 
cía de la Corte de Portugal, portugueses parece 
que fueron también los que sembraron entre los 
indios las ideas de rebelión contra el Tratado y 
contra los Jesuítas y excitaron los alborotos, como 
se saca de las declaraciones del proceso de Salas 
en 1759 (2). 



(i) Carta reservada de Carvajal á Valdelirios y An- 
donaegui, fecha en Madrid á 8 de Abril de 1752. (Madrid: 
Archivo Histórico Nacional: Estado, 4.798.) 

(3) Simancas: Estado, 7.405. 



— jo- 
para superar la resistencia de los indios, venia 
como General de la guerra, con I.OOO hombres de 
Europa, y como Gobernador de la provincia del 
Río de la Plata, el Teniente General D. Pedro 
Cevallos. Al partir de España se había presentado 
á recibir las órdenes del Soberano, y tal era el 
recelo contra los Jesuítas que con sus maquinacio- 
nes habían logrado los conjurados infundir en el 
ánimo de Fernando VI (como después lo hicieron 
en el de Carlos III), que le despidió con estas ex- 
presivas palabras: «Vas á una región en la que no 
soy obedecido como Rey; quiero serlo, y á ti te 
toca hacer que lo sea» (I). Tan hondamente per- 
suadido estaba de ser verdad la traición que se le 
había fingido. Llevaba Cevallos entre sus instruc- 
ciones reservadas la de hacer deportar once Jesuí- 
tas del Paraguay en ellas nombrados. Y á ellos 
quiso Valdelirios que se agregase el P. Tadeo 
Henis, compañero del Cura de San Miguel, á quien 
ya por aquel entonces, valiéndose del medio de 
examinar testigos que explica el P. Cardiel (2), 
habían hecho aparecer, no sólo como promotor 
de rebelión, sino hasta como caudillo armado de 
la tropa de los insurrectos. Pero contenía la orden 
una condicional, y era que no pasara á ejecutar 
esa medida hasta haber transmigrado los indios; 
ni la ejecutase sin dejar plenamente justificada la 



(i) Muribl: Historia Paraguajensis^ lib. xxvi, pro- 
pe med. 
(2) Cardibl: Declaración de la verdad^ § xv. 



— 31 — 

justicia del Rey. Terminada, pues, la operación 
principal de desalojar los siete pueblos de modo 
que estuviesen en disposición de poderse entregar 
á los portugueses, hizo Cevallos la indagación que 
se requería, sin contentarse con la ya efectuada en 
San Borja ante dos de los principales falsos infor- 
mantes, Valdelirios y Viana. Nombró para ella 
Juez comisionado al Teniente Coronel D. Diego 
de Salas, Mayor de Órdenes del Ejército, quien 
poniendo su tribunal en Itapúa, y luego en el 
cuartel general de San Borja, examinó casi cien 
testigos: unos que eran indios principales de los 
pueblos alzados, y otros, oñciales que habían hecho 
las campañas del754yi755al mando de Ando- 
naegui: siendo tales las declaraciones, que de ellas 
resultaban manifiestamente descargados y sin 
culpa los Jesuítas, á quienes los vagos rumores y 
falsas informaciones habían pintado como reos. Al 
remitir este proceso al Ministro Wall, agregaba 
Cevallos en carta de San Borja á 30 de Noviem- 
bre de 1759» Es este un «proceso cuya incontesta- 
ble prueba convence con evidencia... cuan justos 
han sido los motivos que he tenido para proceder 
con tanto tiento... y para no dejarme llevar de las 
repetidas instigaciones que me ha hecho el Marqués 
de Valdelirios á ñn de que envíe á España los 
once sujetos nombrados en las mismas instruccio- 
nes, y aun otro más...» «En este supuesto, y el 
de tener bien conocido que el ánimo del Rey es 
que se proceda con la mayor justificación, no pu- 
de, sin contravenir á su Real voluntad, tomar 



_ 32 — 

ahora otra providencia, que la de remitir á V. E,, 
como lo hago, el referido proceso> (l). A lo que 
añadía en 4 de Enero de 1760: «Por todos los 
documentos que tengo remitidos á V. E. parece 
quedan convencidas con evidencia de inciertas (2) 
las proposiciones con que el Marqués de Valdeli- 
ríos ha intentado imputar á los Jesuítas de esta 
provincia la culpa que no tienen» (3). Y en 26 de 
Febrero del mismo año: «No dudo que V. E., des- 
pués de haber visto las cartas del Marqués de Val- 
delirios en orden á la acusación que hace contra 
los Jesuítas de esta provincia, y mis respuestas, 
con los demás documentos que en esta ocasión le 
remito, conocerá que todo lo que se ha escrito y 
esparcido contra estos religiosos, es un puro tejido 
de enredos y embustes» (4). 

Todo el artificio les había deshecho la integri- 
dad de un Juez como Cevallos. La furia que esto 
produjo en los conjurados se trasluce al través de 
los conceptos que pusieron en boca del expulso 
Ibáñez al publicar su monstruoso engendro del 
Reino jesuítico^ que salió á luz después de la muer- 
te de su autor y por empeño de Wall. «La provi- 
dencia» dice hablando de los Jesuítas «de arrancar 

(i) Simancas: Estado, 7.405, fol. 6. 

(2) Nótese el eufemismo con que en este y otros do- 
cumentos ofíciales de aquel tiempo se usa la palabra i9^ 
cierto para signifícar/a/x(?, inventado^ calumnioso. 

(3) Simancas: Estado, 7.404. 

(4) Simancas: Estado, 7.404, con el duplicado del pro- 
ceso de Salas. 



— 33 — 

[de entre los Guaranís] esa maligna raíz, bien se 
dio en Madrid; pero cayó el instrumento en las 
buenas manos deD. N. [Don Pedro Cevallos], que 
metiéndolo todo á barato», etc. Desahoga la cólera 
con una sarta de insultos, y añade: cSi la provi- 
dencia hubiera dado en manos del señor Amat, 
del señor Viana, y otros semejantes servidores 
que el Rey tiene en esta América, ni se hubieran 
atrevido á juzgar lo que ya S. M. tenía juzgado, 
ni menos á corregirle la plana» (l), etc. Denigra 
cuanto puede á aquel insigne General, y acaba 
por tacharle de lo que menos pudiera caber en la 
imaginación de quien tenga idea de lo que fué 
Cevallos: de coligado con los portugueses. 

Cevallos había pasado al Río de la Plata en 
1756; y es muy probable que con un ejecutor 
como los que Ibáñez nombra, que hubiera secun- 
dado en su trama á los conjurados de Madrid, la 
deportación á España de doce Jesuítas del Para- 
guay acusados de lesa majestad como autores de 
la rebelión de los indios, en la cual procuraban 
Wall y Valdelirios hacer creer que estaba com- 
plicado el mismo Padre General de la Compa- 
ñía (2); añadiéndose los manejos antecedentes y 
otros que se hubieran sabido poner en juego, hu- 
biera hecho que se viesen expulsados de los rei- 



(1) Parte ni, art. i.^, pág. 190. £d. Madrid, 1770. 

(2) Carta de Valdelirios á Wall, 20 de Noviembre de 
1755. (Simancas: Estado, 7.447.) Carta de Wall á Valdeli- 
rios, 15 de Noviembre de 1756. (Simancas: Estado, 7.429). 



— 34 — 

nos de España y de sus Indias, no sólo los Jesuí- 
tas de una provincia, sino cuantos eran subditos 
del Rey Católico, aun antes de la expulsión de 
Portugal. Traidores de su patria llamó el Emba- 
jador portugués, Conde de Auñón, á los promo- 
tores de esta intriga por haber inferido á España 
con la caída de Ensenada tan graves perjuicios 
temporales (l); y fácil es de ver cuánto se debía 
agravar el caliñcativo en quienes maquinaban para 
atraer los daños espirituales y temporales de tanta 
mayor trascendencia que necesariamente iban á 
resultar de la expulsión de la Compañía. Por esta 
vez, empero, ^la mina puesta en el Paraguay se les 
había evaporados ^ según la frase de la carta citada 
arriba. La firmeza de Cevallos, y las enfermedades 
que en sus últimos años tuvieron impedido de go- 
bernar á Fernando VI, estorbaron aquellos nocivos 
intentos. Mas esto no fué sino una tregua que otor- 
gaban forzados los enemigos, con resolución de 
renovar la guerra tan luego como les fuese posible. 



MEDIOS EMPLEADOS PARA PREPARAR 
LA TOTAL RUINA DE LOS JESUÍTAS Y DECIDIR 

A CARLOS m 

En tal estado continuaron las cosas durante el 
interregno, y aun se puede decir que todo el tiem- 
po quQ duró la vida de la Reina madre Isabel de 

(i) RodrÍgubz Villa: El Marqués de la Ensenada^ 
pág. 268. 



— 35 — 

Farnesío, gran favorecedora de la Compañía. 

Mas no descuidaban los enemigos de los Jesuí- 
tas de adelantar en la ejecución de su plan. El 
medio principal de que se valieron fué multiplicar 
por todas partes los auxiliares, colocando en los 
cargos públicos á los que eran conocidos por des- 
afectos de aquella religión, en especial al proveer 
los beneñcios eclesiásticos, y más si se trataba 
de Obispados. Así lo nota el avisado escritor que 
hubo de ocultar su nombre para escribir el yuicio 
imparcial^ en su preliminar segundo, hacia el me- 
dio: <sobre todo poniendo un gran cuidado en exa-^ 
minar quién había estudiado con los Jesuítas^ ó 
tenia relación^ ó amistad dentro de cuarto grado, 
para no sacar de este gremio para los Obispados, 
Dignidades ni empleos de consideración.^ Y no 
sólo se obraba así en España y sus dominios, sino 
también en otras partes de Europa: por lo cual 
escribía un agente del Jansenismo en Roma por 
los años de 1752 en que subió al solio pontificio 
Clemente XIII , dirigiéndose á sus principales de 
París: cEl cordón formado contra los Jesuítas es 
tal » que con todo su crédito y todos sus tesoros 
de las Indias, no podrán romperlo nunca.» — cLos 
Tribunales del índice y de la Inquisición están muy 
bien compuestos» (l). 

Al principiar el año 17651 se incorporó con los 
enemigos que la Compañía de Jesús tenía en Ma- 

(1) PaoTAKT: Louis XVI détrdru aoani (Titri Roi, 
3* partie, p. 16a, nota. 



-36- 

drid el agente general de España en Roma, D. Ma- 
nuel de Roda, quien pasó á desempeñar la Secre- 
taría de Gracia y Justicia del Rey Católico, sin 
dejar de continuar influyendo contra los Jesuítas 
en Roma por medio de dos aliados, los PP. Gene* 
rales de Santo Domingo y San Agustín (l). Al 
Paraguay se había enviado, en 1757» el Obispa 
D. Manuel Antonio de Latorre, que llegaba lleno 
de prevenciones contra los Jesuítas; y en vacando 
la sede de Buenos Aires, fué trasladado á ella 
en 1763. 

Para mover á Carlos III á la extrema resolución 
de arrojar á la Compañía de Jesús de todos sus 
dominios, mucho camino llevaba ya andado con 
sus continuas instigaciones Bernardo Tanucci, et 
hombre de quien más se fió, y cuyos consejos so- 
licitaba como segura norma, no sólo mientras fué 
Rey de Ñapóles, sino también durante todo su 
reinado en España, habiéndose correspondido con 
él hasta la víspera de su muerte. Este hombre ha- 
bía empezado á señalar su odio contra los Jesuítas 
precisamente por los años en que en todas partes 
se ponían en ejecución los acuerdos de las juntas 
secretas ; y desde entonces no cesó de repetir sus 
envenenados dictámenes, en los que en su co- 
rrespondencia íntima pintaba á estos religiosos 
como unos hombres incapaces de vivir en quie- 
tud y sosiego, y tan enemigos de los pueblos que 

(i) Danvila: Reinado de Carlos III, tomo m, cap. xm» 
P^. 435- 



— 37 — 

no se conseguiría gozar de tranquilidad en ningu- 
na nación, mientras no fuesen arrojados de ella ó 
extinguidos totalmente, si fuera posible. Honra 
grande para los Jesuítas que tuviera de ellos tal 
opinión un Tanucci que se desvergonzaba hasta 
atribuir al Papa y á la Iglesia romana los concep* 
tos de que era la institución más enemiga de los 
príncipes, perpetuamente ocupada en cometer de- 
litos de lesa majestad (l). Pero no puede dejar de 
verse cuánto habían de labrar los perniciosos con-* 
sejos de tal mentor en el ánimo de un Rey que los 
escuchaba con conñanza, como nacidos de perso- 
na en la que creía resplandecer junto con la ex- 
periencia un verdadero cariño hacia su persona. 
Puesta semejante disposición, ideó la malicia de 
los conjurados una de las más horribles tramas 
que se pueden imaginar. Forjaron la atroz calum- 
nia de que los Jesuítas esparcían la voz de ser Car- 
los III no hijo legítimo, sino fruto de adulterio de 
Ma Reina Isabel de Farnesio, y, por consiguiente, 
intruso en la Corona de España, siendo el legítimo 
heredero su hermano el Infante D. Luis. Sobrevi- 
no el motín de Madrid (si ya no fué fraguado por 
ellos mismos, como lo persuaden razones no des- 
preciables), que les ofreció ocasión oportuna para 
acabar su obra; y no la desaprovecharon. Los 



(i) Véanse los textos de sus cartas esparcidos en toda 
la obra de Danvila, y el artículo del P. Duhr «Bernardo 
Tanucci nach seinem Bríeforechsel in Simancas» (Stimmen 
aus Bfaría-Laach, lv, 3). 



-38- 

conspiradores insinuaron en los oídos del Rey Car- 
los III otra horrible calumnia de que los Jesuíta^ 
no sólo eran los autores del motín, sino que tenían 
preparada la ruina del Rey y de la Real familia, ha- 
biéndolos de asesinar en el día de Jueves Santo al ir 
á visitar los monumentos, como lo escribe el Con- 
de de Fuentes, Embajador en París (l), y lo hizo 
escribir el mismo Carlos III á Tanucci. A ello se 
refiere Tanucci en carta de 5 de Mayo á Católi- 
ca (2); y lo confirma el mismo Carlos III, escri- 
biendo entrado Mayo dos veces á Tanucci (3). Esta 
persuasión fijé la que movió á Carlos III á empren- 
der su precipitada fuga de Madrid, y atribuir al 
motín una importancia y significación de que ca- 
recía; y le produjo tan gran susto, que hubieron 
de sangrarle dos veces. Ésta, con las infames acu- 
saciones arriba mencionadas, explican el odio cie- 
go profesado en adelante por el Rey contra la 
Compañía de Jesús, y dan entera cuenta de los 
procedimientos vejatorios que usó con su herma- 
no el Infante D. Luis, á pesar de ser Carlos III, por 
carácter, amante de los miembros de su familia; 
manifiestan por qué razón se guardaron las causas 
de tranquilidad de los Reinos ^ y otras urgentes y jus- 
tas y necesarias^ reservadas en el real pecho; porque 
tan escandalosas y atroces las supo inventar el arte 



(i) Carta á Grímaldi, 6 de Mayo de 1767. (Mimistbuo 
DB Estado.) 
(a) Simancas: Estado, 6.000. 
(3) Simancas: Gracia y Justicia, 667; Estado, 6.057. 



— 39 — 

de los maquinadores , que no pudiesen ñarse á la 
divulgación , ni aun apuntarse algunas de ellas en 
las mismas cartas íntimas; y alcanzan á descifrar 
eñ algún modo la misteriosa fórmula de la Con- 
sulta de expulsión en 29 de Enero de 1767, que 
empieza de repente sin relación , considerandos ni 
reflexiones, con las siguientes palabras: ^Supuesto 
lo referidos (\\ 

No basta para dar con la verdad que el histo- 
riador recurra á los Archivos oficiales, aunque allí 
escudriñe los papeles más secretos y los que lleven 
el título de Reservado] si entretanto hace caso omi- 
so de otros documentos particulares (que no por 
estar fuera de los Archivos son menos verídicos); 
de las Memorias contemporáneas, cuando relatan 
los hechos tomándolos de testigos presenciales; y 
de las investigaciones de los que han tratado en 
especial de aquella materia. Por desatender esta 
regla de crítica del buen sentido, perseveran al- 
gunos (sea para disculpar á Carlos III ó á sus mi- 
nistros, sea por otros motivos), en negar lo que 



(i) Es posible que presentados en aquella Consulta 
los falsos documentos forjados para acreditar la impastu- 
ra, se procediese como en cosa ya vista y sabida por el 
Rey, sin consignar en la Consulta ni aun el relato de ellos, 
por ser tan escandalosos. Pudo ser también que la expo- 
sición ó resumen se pusiera en papel aparte, guardándo- 
se en depósito reservado; y esto parece indicar una nota 
de cuatro páginas en 4.^ con el título c Papeles del Minis- 
terio, Jesuítas* y que se halla en el Archivo Histórico Na* 
donal de Madrid. Estado, 3.517. 



— 40 — 

tan comprobado se halla acerca de los ruines arti- 
ficios de que se echó mano para perder á los Je- 
suítas, queriendo explicar el extrañamiento y la 
abolición por causas que evidentemente no los ex- 
plican (l). 

El caso de los Procuradores Jesuítas de Méjico, 
PP. Recio y Larraín, á quienes se confiscó en Ge- 
rona el folleto de Mañalich sobre la bastardía, que 
sin saber ellos qué cosa fuese, les habían introdu- 
cido en el equipaje con el rótulo de El Nuncio (2); 
el de la sorpresa de los papeles enviados por los 
enemigos mismos al P. Rector del Colegio Impe- 
rial; el de la carta fingida del P. Ricci (3), y otros 
que no es posible enumerar aquí, por no cuadrar 
ésto al propósito del presente estudio, son com- 
probantes serios de las citadas malas artes, y no 
basta para eludir su fuerza el solo desdeñarlos, ó 
pasarlos en silencio. Sin contar con que los mismos 
documentos oficiales algo dejan adivinar, que no 

( 1 ) Lafubntb: Historia de España, parte iii, lib. vin, ca- 
pítulo VII, págs. 332-248, tomo XX. Ed. 1858.— Fbrrbr dbl 
Río: Historia de Carlos Hí, lib. n, cap. rv, fomo 11, pági- 
na 125, nota. Ed. 1856.— Damvila: Reinado de Carlos ///, 
tomo m, cap. i, págs. 82-83, y pág. 542. 

(2) Nonell: El V, P, Pignatelli, lib. i, Apéndice nú- 
mero II. 

(3) Coxb: España bajo el reinado de la Casa de Bor- 
bón, Ed. española, 1846, tomo iv, pág. 248. — Rankb: His- 
toria del Papado^ tomo iv. — Sismondi: Historia delosfran" 
ceses, tomo xxix.— Schobll: Curso de historia de los Esta- 
dos europeos, tomo xxxix. — Anónimo: Du rétabUssemeni 
des Jésuites et de Tinstruction publique. 



— 41 — 

se atreven á decir; pues afirma Roda que se le 
mandan decir las causas por mayor^ y que no se 
puede detener en los hechos particulares con que 
se prueban; y usa Carlos III de frases tan enfáticas 
como las de ^te aseguro que no sairia qué decirme^ 
sobre todo con lo que he visto y tocado con los he- 
ckos>; tse¿ún lo que he visto y tengo probado ^ no 
sólo no os habéis excedido^ sino que os hedéis que- 
dado cortos; pues Dios sabe que no quisiera haber 
visto- lo que he vistor; donde le parece que era 
todavía quedarse corto el haber dicho á Fernando 
de Ñapóles que corría peligro la vida de toda la 
familia de los Borbones de parte de los Jesuítas (l). 
Pero no puede omitirse en esta razón el resultado 
de los interrogatorios de un ruidoso proceso que 
esclarecieron este punto; y tanto menos se habrá 
de pasar en silencio, cuanto mayor ha sido en to- 
das épocas el empeño de los enemigos de los Je- 
suítas en sepultar en el olvido esta noticia. 



(i) Tanucci á Católica, 5 de Mayo de 1767. (Simancas: 
Estado, 6.000); Carlos III á Tanucci, 13 de Mayo de 1767 
(Estado, 6.057); Carlos m á Tanucci, 19 de Mayo de 1767 
(Estado, 6.057). 



— 42 - 



CONFESIONES JURÍDICAS 
DE SEBASTIÁN JOSÉ OARVALHO. 

MARQUÉS DE POMBAL 

La traducción que aquí se pone, con el relato 
que la precede, están tomados de la obra del Pa- 
dre Nonell sobre el P. Pignatelli y la extinción y 
restauración de la Compañía (i), omitiendo algu- 
nas pocas cosas en gracia de la brevedad. 

cTres años hacía que se estaba trabajando con 
toda actividad en la formación del proceso de Car- 
valho. La Reina María de Portugal, deseosa de 
cumplir con su conciencia, y temerosa más de la 
justicia divina que de la corte de Madrid, daba ca- 
lor al negocio; y por dos años enteros, con apre- 
tadas órdenes secretas, recogió de todos sus do- 
minios en África, América y en la India, todos los 
papeles, escrituras y cartas de Carvalho, los cua- 
les, todos los Gobernadores y el Virrey, parte 
para cumplir con las terminantes órdenes de su 
Soberana, y parte por lo vejados que se habían 
visto en el Gobierno anterior, remitieron con toda 
prontitud, y sirvieron para la formación del pro- 
ceso. Halláronse también en Portugal dos cofres 
llenos de manuscritos é impresos que Pombal ha- 
bía depositado en poder de una hija ó hermana 

(i) El V,R Pignatelli, tomo ii, pág. 99. 



— 43 - 

suya, monja, á la cual había hecho elegir abadesa 
perpetua. 

^Terminado el proceso, hízose de él un extrac- 
to, del cual se envió copia á las Cortes de Francia 
y Austria, y al Sumo Pontífice. Al Papa lo co- 
municó el Embajador Meneses en 27 de Abril 
de 1780. 

>E1 contenido del proceso derrama torrentes de 
luz, y descubre todas las maquinaciones de los ene- 
migos de la Compañía, y todo el misterio de ini- 
quidad que para arruinarla concibieron y ejecu- 
taron. 

> Tengo en mis manos el extracto de este pro- 
ceso, escrito en italiano, y á lo que parece, á raíz 
de este ruidoso acontecimiento, por uno que debió 
de ver dicho extracto, y no es Jesuíta. Dice así, en 
la parte que se refiere á la Compañía de España: 

^Extracto de los puntos más capitales del proceso 
de CaroaJhOy venido de Portugal, — Visto el proceso 
de Carvalho, no tengo dificultad en remitir á usted 
un resumen de sus puntos más capitales: 

cEl primero dice que el difunto Rey José nunca 
>fué herido. 

>E1 segundo, que no se le dispararon los tres 
>arcabuzazos del 3 de Septiembre de 1 7 58. 

>E1 tercero, que preguntado Pombal por qué, 
•pues, había procedido á tan bárbara ejecución 
•contra aquellos caballeros y contra todos los Je- 
•suítas, respondió que en todo esto no había he- 
•cho más que ejecutar las órdenes del Rey. 

•Cuarto. [Atribuyó también al Rey las cartas 



— 44 — 

>que el mismo Pombal escribía á otros ministros 
>contra ios Jesuítas]. 

>Quinto. Refugiado Carvalho en este reducto 
>de achacar al Rey la culpa de todos los desastres 
>pasados, así de los Jesuítas como de aquellos, ca- 
»balleros, teníase por seguro; pero sintióse viva- 
zmente herida la Reina, al ver este nuevo atenta* 
>do de querer desacreditar á su padre. Por ésto, 
>después de algunas semanas, los criminalistas re- 
icibieron orden de presentar con la acostumbrada 
^indiferencia á Carvalho, la ñrma de otra carta 
»suya; y reconocida que fué por Pombal, dieron 
» vuelta al papel para que leyese la carta. En ella 
»se congratulaba con otro, de que había logrado 
;>atraer al Rey á sus sentimientos, y enfurecerle 
> contra los Jesuítas y contra los caballeros, y con- 
zfesaba haberse excedido en su comisión de extir- 
» parios y exterminarlos. Aquí fué donde mudó 
> color, se estremeció, y dijo que, pues no había 
> remedio, era preciso confesarlo y descubrirlo 
>todo, y lo hizo más de lo que era menester, re- 
» velando siempre cosas más graves, en tal mane- 
»ra, que las posteriores ahogaban con su gravedad 
>y casi desvanecían las precedentes. 

>No es fácil enumerar el inñnito cúmulo de im* 
» posturas descubiertas en este proceso. La más 
>grave, es la más que diabólica de la bastardía del 
>Rey de España, y lo que aturde es el objeto de 
>ella, que no fué sino enconar el ánimo del Rey 
>contra los Jesuítas. Además de otros muchos do- 
>cumentos, se le presentó un folleto estampado, 



— 45 — 

>en el cual se presentaba al Rey como hijo bas- 
>tardo de la Reina; y en vista de esto, se excitaba 
»á los Grandes de España á arrojarle del Trono, y 
>á colocar en él á su hermano D. Luis, aun á 
>costa de tener que asesinar al Rey y toda su fa- 
>milia, si fuere menester, y ultra de esto, se le 
>mostró una carta, toda de letra del P. General 
>Ricci, con su nombre y rúbrica perfectamente 
>imitada, la cual contenía la misma exhortación 
ahecha á sus Jesuítas. De este inicuo y horrible 
>plan empleado contra los Jesuítas de España, 
>hace mucho tiempo que se tenían grandes con- 
>jeturas en esta Corte de Roma, y yo he tenido 
>una hoja entera llena de ellas. Pero en la actúa- 
>lidad, se sabe auténticamente por confesión de> 
» mismo Carvalho. 

iComo se hubiesen hallado muchas copias im- 
>presas de aquel folleto en los dichos cofres, y 
>además el manuscrito original, se le preguntó que 
>de dónde los había habido, y respondió que le 
thabían venido á las manos, y que los juzgó á pro- 
>pósito para indisponer el ánimo del Rey Católica 
>contra los Jesuítas y hacerlos extrañar del Para- 
iguay, á ñn de que, echados ellos, tuviese efecto 
>el tratado de permuta de aquellas siete reduccio- 
>nes, en lo cual creía él haber hecho un ventajosa 
>servicio á la corte de Portugal. 

^Mostrándole la copia manuscrita original, y pre- 
>guntándole de quién la había recibido, dijo que de 
>un ...N, portugués, á quien oía llamar Pérez, pero 
>que no sabía si él era su autor... Al llegar á la 



-46- 

> total convicción, se le mostró la carta antes men* 
>cionada, y entonces lo confesó todo: dijo que él 

> mismo lo había hecho escribir, y que para la tra- 
tducción se sirvió de otro ...N, español, llamado 
>Mañalich, de quien dijo que era aquel mismo 
»que, venido á Roma, había hecho acuñar por un 
>grabador las monedas del Rey Nicolás I del Pa- 
>raguay, y que para echar la culpa de esto á los 
>Jesuítas, tuvieron en España modo de hacer que 
>se encontrasen algunos ejemplares sellados y di- 
erigidos en un paquete al General Ricci, los cua- 
>les fueron descubiertos en los baúles de ciertos 
> procuradores de América, que viniendo á Roma, 
> fueron secuestrados en el camino, y hecho ante 
«testigos el registro de los equipajes, lo mandaron 
>con el atestado jurídico al Rey Católico.» 

Otras cosas horribles se contenían además en la 
confesión de Carvalho, que no hacen al intento 
presente; pero las enunciadas bastan para justifi- 
car la profunda verdad del dicho de Pío VI: fLa 
destrucción de los Jesuítas fué un misterio de ini- 
quidad» (l). 



EL GOBERNADOR BUCAREU 

Las causas que en 1 767 hicieron salir del Minis- 
terio, y aun de España, al Marqués de Esquilache, 



(i) Conversación con el Cardenal Calini (CRimiBAV» 
Joly: CUmmt XJV et hs Jesuitcs, p. 398, i* éd.) 



— 47 — 

no eran precisamente el ser extranjero, ni sus di- 
lapidaciones ó el malestar económico que habia 
producido en España, por más que todo esto fue- 
se muy real, ni siquiera la disposición de cortar 
capas y apuntar sombreros, que se hubiera reme- 
diado, de ser otra la persona que hubiese incurrido 
en aquella falta de tacto; sino el haberse negado á 
cooperar con los enemigos de los Jesuítas en su 
plan de exterminio, y ser peligroso para ellos que 
semejante persona estuviese al lado del Monarca, 
sobre todo siendo tan de su conñanza, que le po- 
dría desengañar, y no dejaría que se le ocultasen 
las maquinaciones que habían de ponerse en jue- 
go (l). El alboroto del Domingo de Ramos, 23 de 
Abril de 1766, trajo consigo, ajuicio de Dan vi- 
la (2), un profundo cambio en la política de Es- 
paña, empezando á manifestarlo el nombramiento 
de un Capitán general para Presidente del Consejo 
de Castilla, cargo que antes desempeñaba un ecle- 
siástico; y, en realidad, el Conde de Aranda, que 
sustituyó al Obispo de Cartagena, Gobernador del 
Consejo, vino á ser, por su arrojo y eñcacia para 
llevar á cabo cualquiera resolución, aun la más 
arbitraria, no menos que por su cualidad de im- 
pío, el brazo ejecutor necesario para la ruina que 
otros meditaban y llevaban tan adelante. 

Muy luego se procuró persuadir al Rey de que 



(1) Nombll: El P. Pignatelli^ parte i.*, cap. vn y vtn. 
(a) Damvila: Reinado de Carlos III, tomo 11, cap. vi, 
páginas 36a y 40a. 



-48- 

era necesaria una indagación secretísima de los 
autores del motín, y así se decretó, con calidad de 
que no conociesen los acusados á los testigos, aun-* 
que lo solicitaran para dar sus descargos. Nom-> 
bráronse, entre otros, ciertos comisionados espe- 
ciales para pesquisar á los Jesuítas; decretóse la 
creación de un Tribunal extraordinario para en- 
tender en los asuntos del alboroto; pero como no 
se encontrasen pruebas suñcientes para proceder 
por vía de justicia, muy luego se convirtió el Tri- 
bunal extraordinario en Consejo extraordinario, el 
cual tendría más latitud, procediendo por lo que 
se llamó via econámicay tuitiva^ cNo bien se adop- 
taron estas medidas», dice Gutiérrez de la Huerta 
en su importante Dictamen Fiscal (l), cenando se 
sembró España de espías secretos; se promovieron 
quejas, denuncias y testigos falsos; se abrigó á todo 
maldiciente de Jesuítas, y cuantos empleos vaca- 
ban, servían para premiar enemigos y aumentar 
partidarios». La injusticia que dominó en semejan- 
tes procesos, amparados por las sombras del miste- 
rio, aparece de maniñesto en lo que sobre algunos 
de ellos descubrió el autor del Jíúcio imparciai (2), 
y más tarde el mismo Fiscal Huerta (3), y se com- 
pendia en aquella frase de la esquela dirigida al 
Alcalde de Casa y Corte Codallos, encargado de 



(i) Huerta: Dictamen fiscal^ pág. 231. 

(2) Juicio impar cialy §31. 

(3) Huerta: Dictamen, pág. 134 y 599. 



-7 49 - 

pesquisar á los Jesuítas. «En todo caso, han de sa- 
lir culpables los Jesuítas» (l). 

Llegábase por entonces el tiempo de sustituir 
al Gobernador de Buenos Aires, D. Pedro Anto- 
nio de Cevallos, no sólo porque llevaba ya diez 
años en aquel gobierno, cuando el plazo ordinario 
era de cinco, sino también y mucho más, porque 
á los que maquinaban contra la Compañía, no les 
parecía convenir en aquella provincia tal hombre, 
que ya una vez les había desbaratado los planes. 
Para ocupar su puesto, fué destinado el Teniente 
general D. Francisco de Paula Bucareli y Ursúa. 
Y es cosa notable que en los puntos más impor- 
tantes y de mayor confianza para la ejecución del 
extrañamiento en América, fuesen colocados los 
dos hermanos Bucareli. Porque á Buenos Aires, 
por donde se habían de transmitir los despachos á 
gran número de regiones de América del Sur, y 
aun al mismo Virrey del Perú, fué destinado don 
Francisco, y á la Habana, centro igualmente de 
donde se comunicaron á varias regiones de Amé- 
rica del Norte, y en especial al Virreinato de Mé- 
jico, fué enviado D. Antonio María. Indicio claro 
de cuan comprometidos estaban en el intento, y 
de cuánta debía ser su animadversión contra la 
Compañía. A la verdad, el nuevo Gobernador de 
Buenos Aires, Bucareli, había mostrado su mal 
afecto respecto de los Jesuítas en Mallorca, «desde 
donde, siendo Virrey», dice el P. Olcina, «escri- 

(i) Luengo: Diario, tomo xix. 



- 50 - 

bió al Rey Nuestro Señor que se persuadiese su 
Majestad que hasta que saliesen los jesuítas de 
aquella isla^ no habría paz ni sosiego. De este su 
dicho, tan injuríoso á la Compañía, se tuvo noticia 
por el P. Escanden, Procurador de la provincia 
del Paraguay, que á la sazón se encontraba en 
Madrid, y supo por conducto seguro lo que aca- 
bamos de decir > (l). Añade otra crónica contem- 
poránea, que habiendo ocurrido una disensión pú- 
blica en la isla, dio cuenta de ella ofícialmente á 
Madrid, culpando á los Jesuítas, mientras escribía 
á un confidente suyo de la misma Corte, queján- 
dose agriamente de los franciscanos, y echándoles 
toda la culpa del mismo suceso, y lo uno y lo otro 
se supo, y llegó á conocimiento de Carlos III, quien 
vio por sus propios ojos los originales de ambas 
acusaciones. Bucarelí entró en su gobierno por 
Agosto de 1766, y desde su llegada se hizo gran 
amigo del Illmo. Sr. Latorre, Obispo de Buenos 
Aires, enviado algunos años antes allá como des- 
afecto á los Jesuítas, y se dedicó á prevenirse para 
la expulsión, que ya iba instruido se estaba prepa- 
rando en España (2), y de que en la oportunidad 
había de recibir el aviso. 

Todo el año 1766 continuaron los disturbios en 
Glspaña, y todo el año se atormentaron los oídos 



(1) Olcina: Casos relativos á las persecuciones de la 
Compañía^ Ms. (Archivo de la provincia de Aragón.) 

(3) Bougainvillb: Voyage autour du monde^ partie i, 
chap. VII. 



— SI — 

del Rey con noticias de tentativas de asesinato, 
habiendo intervenido, entre otras, la causa de un 
D. Juan Salazar Calvete, natural de Murcia, que 
fué ahorcado, arrastrado, y se le cortó la lengua 
en 28 de Junio de 1 766, después de haber sido juz- 
gado el día anterior en casa del Conde de Aranda, 
y dádosele tormento tanquam in capite alieno y 
para descubrir cómplices en su delito ó en el 
motín de Madrid, que no parecieron. El delito 
era, dice la relación, «por expresiones tan inicuas 
contra la Majestad, que repugna de repetirlas» (l). 
Las expresiones se hallan consignadas en la con- 
sulta del Extraordinario, de 30 de Noviembre 
de 1767 (2), y la circunstancia de andar el sujeto 
públicamente, unas veces vestido de mujer, otras 
con otros disfraces, han dado ocasión á que algu- 
nos creyeran que, más que de un criminal, se 
trataba de un loco. Continuaron asimismo en aquel 
año los descubrimientos de papeles de los Jesuítas, 
no sólo dentro de los colegios de España y en 
cartas particulares que se interceptaban, sino 
también en correspondencias venidas de fuera de 
la Península, con las que se pretendió probar que 
el P. General Ricci tenía parte en las máximas se- 
diciosas y proyectos regicidas, correspondencias 



(i) Carta del Conde de Aranda á D. Manuel de Roda, 
Madrid, 28 de Junio de 1766. (Simancas: Gracia y Justi- 
cia, 804.) 

(3) Dan VIL a: Reinado de Carlos IIJ, tomo iii, pag. 651, 
tomo Uf pág. 398, nota. 



— sa- 
que, siendo en realidad falsificadas, se presentaban 
con todo eso legalizadas. Tales fueron las de que 
habla Tanucci en carta al Príncipe de la Católica» 
de 1 8 de Noviembre de 1 766, diciendo: «La co- 
rrespondencia legalizada del General de los Jesuí* 
tas, con algunos Jesuítas que están en España, en 
la que hay motivos para tomar cualquier resolu- 
ción, por fuerte que sea...», cpor las máximas fal- 
sas, perniciosas y sediciosas que resultan de ella, 
y ponen en peligro la sagrada persona del Sobe- 
rano» (l). 

Resuelto Carlos III á la expulsión por tantos do- 
cumentos falsos como le pusieron ante los ojos 
para comprobar los delitos atribuidos á los Jesuí- 
tas, y por la incesante batería que todo aquel año 
1766 le estuvo dando Tanucci con sus cartas (2)» 
dio su respuesta conformándose con la Consulta 
del Consejo extraordinario de 29 de Enero de 1 767, 
y expidió el Real decreto de ejecución^ que lleva la 
fecha de 27 de Febrero de 1767. En él señala 



(i) cll carteggio legalizzato del Genérale dei Gesuiti 
con alcuni Gesuiti che stanno in Spagna, nel quale sonó 
assunti bastanti a prendersi qualunque forte risoluzio- 
ne...> «per le massime false, perníziose e sediziose che 
escono da quel carteggio, le quali mettODO in pericolo la 
sacra persona del Sovrano». (Simancas: Estado, 598, fo- 
lio 273.) 

(2) Véase la substancia de las cartas en Duhr: Bernar- 
do Tanucci nach seinem Briefwechsel in Simancas. (Stim- 
men aus Maria-Laach, lv, 292), y en Danvila, tomo n, ca- 
pitulo VI. 



— 53 — 

como ejecutor exclusivo del extrañamiento y ocu- 
pación de temporalidades al Conde de Aranda; le 
da plena autoridad para formar las instrucciones y 
órdenes; subordina á sus mandatos las justicias y 
Tribunales superiores de España y sus Indias, y 
encarga á los Superiores de la Compañía que se 
conformen puntualmente á lo que se les preven- 
ga, ordenando que sean tratados los Jesuítas con 
la mayor decencia, atención, humanidad y asisten- 
cia (l). Provisto de su .comisión, envió Aranda, 
con fecha de I.® de Marzo de 1767, á todos los 
ejecutores subalternos, una circular, dentro de la 
cual incluía tres documentos cerrados en un plie- 
go, previniendo que no se habían de abrir hasta el 
día que ñjaba, y que nadie hasta entonces había 
de tener noticia de haber llegado tal pliego con 
fijación de plazo, todo bajo graves penas. Los do- 
cumentos inclusos eran el Real decreto de ejecu- 
ción, la Instrucción dictada por el Conde, y el 
pliego reservado en que hacía algunas otras ad- 
vertencias. Para los países de América se añadía á 
los tres una Instrucción peculiar con el título de 
«Adición á la Instrucción sobre el extrañamien- 
to.^», «por lo tocante á Indias é islas Filipinas» (2). 
"Finaltneiitc, como lo único publicado al principio 
fué el decreto de extrañamiento, y en 61 se omitían 



(1) «COLKCaÓN QBNBRAL DB LAS PROVIDENCIAS...», «SObre 

el extrañamiento...» Parte i.*, pág. 5. Ed. 1767. 

(2) Véanse estas piezas en el Apéndice de docu- 
mentos. 



— 54 — 

varios extremos que sólo se expresaban en el do- 
cumento particular de las Instrucciones dirigidas á 
cada ejecutor, mandó Carlos III promulgar una 
pragmática, en la que todo se declarase (l); y, en 
efecto, se publicó en Madrid con toda solemnidad 
á 2 de Abril de 1 767, y pasó á formar la ley 3.\ 
título I, lib. XXVI de la Novísima Recopila- 
ción. 

Es digno de observarse el papel desairado que 
en todo este asunto se hizo desempeñar al Real 
Consejo de Indias, por el que normalmente se go- 
bernaban todas las cosas de América, así las de 
paz como las de guerra. No se exploró el parecer 
de aquel sabio Tribunal sobre los daños é incon- 
venientes que pudiera acarrear medida de tanta 
trascendencia, como arrancar de pronto de las po- 
sesiones del Nuevo Mundo 2.000 religiosos desti- 
nados por su vocación al ministerio de las misio- 
nes, y cuyo éxito en sus tareas de misioneros era 
reconocido por todos unánimemente. Ni siquiera 
se le dio noticia de la ejecución hasta dos meses 
después de resuelta, cuando las órdenes despacha- 
das por el Conde de Aranda hacía tiempo que cru- 
zaban los mares y se iban aproximando á su des- 
tino. La comunicación del Decreto de extraña- 
miento al Consejo de Indias lleva la fecha de 27 
de Marzo de 1 767, terminando con esta cláusula: 
«...y dará á este fin todas las órdenes necesarias, 



(i) Colección, núm. 14, pág. 34- 



-^ 55 — 

con preferencia á otro cualquiera negocio, por lo 
que interesa á mi Real servicio» (l). El obedeci- 
miento del Consejo se envió en I .® de Abril, é in- 
mediatamente hizo redactar é imprimir aquel Cuer- 
po una Cédula á los Virreyes, Gobernadores, Ar- 
zobispos y Obispos de Indias para precaver el de- 
sastroso efecto que la ejecución iba á causar en las 
misiones, objeto el más preciado en todos tiempos 
del Gobierno español. Pueden verse en el Archivo 
de Indias (2) los expedientes curiales con que se 
estorbó la publicación de esta Real Cédula, testigo 
de la solicitud de aquel supremo Tribunal en fa- 
vor de los americanos, pero cuyo efecto había 
quedado de antemano frustrado con las medidas 
que se tomaron. Para ejecutar el extrañamiento, 
todo se había sacado de sus reglas ordinarias y de 
sus caminos naturales; no se consultaban sino los 
apasionados y comprometidos; y así como en Es- 
paña no habían intervenido los Tribunales ni el 
Consejo de Castilla, sino un Consejo extraordina- 
rio formado de repente para ello, así tampoco para 
la América fué consultado el Consejo de las In- 
dias, ni se hizo el menor caso de él. No hacía mu- 
cho que, tratándose de un envío de misioneros, 
había trastornado el Rey las antiguas reglas é in- 
memorial costumbre en la materia y en un punto 
bien grave, desechando el parecer de todo el Con- 



(1) Sevilla: 155, Archivo de Indias, 4 y 6. 

(2) Ibid. 



-56- 

sejo para seguir sólo el del Fiscal (l). Con tal pro- 
ceder, no había lugar á esperar acierto, y se le en- 
cuentra no poca razón al último historiador de 
Carlos III, en aquella expresión: «Bien puede de- 
cirse que Carlos III fué el primer Monarca revo- 
lucionario de España» (2). 

«He venido en mandar se extrañen de todos 
mis dominios de España é Indias, islas Filipinas y 
demás adyacentes, á los religiosos de la Compa- 
ñía, así Sacerdotes, como Coadjutores ó Legos 
que hayan hecho la primera profesión, y á los No^ 
vicios que quisieren seguirles, y que se ocupen to- 
das las temporalidades de la Compañía en mis do- 
minios.» A esta prescripción textual del Decre- 
to (3), añadía la Instrucción para los Comisiona- 
dos» que se echase mano de la tropa, tomando las 
avenidas de la casa ó colegio, y se buscase algún 
pretexto para entrar antes de la hora regular de 
abrir, debiendo quedar cerradas las puertas de la 
iglesia, mientras perseverasen allí los Jesuítas (nú- 
meros I y u); que se intimase el Decreto ante un 
escribano y dos testigos, tomando la filiación de 
todos los Jesuítas (núm. m); se hiciesen llamar los 



( 1 ) Expediente de transporte de los 80 misioneros con- 
cedidos al Paraguay. Resolución de 21 de Enero de 1767, 
Sevilla: Archivo de Indias, 108, 7. 9. 

(2) Danvila: tomo iii, cap. ix, pág. 616. 

(3) Colección, núm. i, pág. 5. — El estar el Decreto re- 
ñido con la misma Gramática, no es culpa sino de quien 
lo redactó y publicó. 



— 57 — 

que estuvieran fuera de casa, por medio de carta 
del Superior, que se había de entregar abierta al 
Comisario (núm. v); se ocupasen judicialmente 
Archivos, Bibliotecas y libros particulares (nú- 
mero vi), caudales y efectos (núm, vii), y los ob- 
jetos sagrados, interviniendo para esto último la 
autoridad eclesiástica (núm. viii); se había de aten- 
der á «la más cómoda y puntual asistencia de los 
Religiosos, aún mayor que la ordinaria, si fuere po- 
sible» (núm. ix); separar los Novicios, para los cua- 
les se prescribía procedimiento especial (núm. x), 
y á las \'eint¡cuatro horas se habían de poner en 
marcha los Jesuítas (núm. xi), menos los Procura- 
dores (números xxii y xxiii), los imposibilitados 
por ancianidad ó enfermedad (núm. xxiv), quienes 
habían de ser conducidos á algún convento cerca- 
no, poniéndolos incomunicados con la gente de 
fuera (núm. xxvi). En la Adición para América y 
Filipinas, se señalaba como depósito general en 
España el Puerto de Santa María (núm. i); dábanse 
disposiciones especiales sobre el extrañamiento en 
territorios de misiones (números v, vi, vii y viii); 
hacíase recaer la responsabilidad en los ejecutores 
(números ii y xi), y se les delegaba plena autori- 
dad para resolver en los casos dudosos (núm. xii). 
Para cada región hubo además su advertencia es- 
pecial. 

Recibió Bucareli su comisión á 7 de Junio, con 
el encargo, además, de transmitir las órdenes que 
venían para el Gobernador de Chile, el Presidente 
de la Audiencia de Charcas y el Virrey del Perú. 



— 6o — 

les albazo, se dirigió al colegio de San Ignacio, 
llamado comúnmente Colegio grande^ una compa- 
ñía de granaderos, de que iban acompañados don 
Juan de Berlanga, Secretario de Bucarell y ejecu- 
tor principa], y D. Manuel Basavilbaso, D. Juan 
de Asco y D. Francisco Pérez de Saravia, sus au- 
xiliares. Llamaron á la puerta del colegio, y abierta 
ésta, sorprendieron á la comunidad, que se compo- 
nía de 36 sujetos. Intimáronles la orden del Rey, de 
salir desterrados, á la que respondieron tranquila- 
mente que la obedecían y estaban prontos á cum- 
plirla. Ocho horas los mantuvieron presos sin salir 
de la estancia del Rector, donde habían sido con- 
gregados para oir la lectura del Decreto; y des- 
pués de este tiempo, fueron conducidos, custo- 
diados de tropa por las calles públicas, al arrabal 
del Alto de San Pedro, y allí recluidos en la casa 
de Ejercicios para hombres , contigua al otro co- 
legio llamado de Belén, hoy San Telmo. 

A la misma hora que al colegio grande, se ha- 
bía dirigido á este segundo colegio otra compañía 
de granaderos, yendo con ella, como ejecutores, 
el sargento mayor de Caballería D. Francisco 
González, con D. Vicente Azcuénaga, D. Domin- 
go Basavilbaso y D. Julián Espinosa, é igualmen- 
te fueron sorprendidos los Padres y Hermanos de 
aquel colegio, en número de ocho, y confinados 
también en la casa de Ejercicios. 

Apenas amanecido el 3 de Julio, publicó Buca- 
reli un bando, en que daba cuenta á la población 
del hecho del extrañamiento por Real decreto, é 



— 6i — 

intimaba, so pena de muerte, que nadie comuni- 
case con los Jesuítas en forma alguna, ni censu- 
rase el Decreto ni las disposiciones que se toma- 
ran para darle cumplimiento, y que todos los que 
tuviesen deudas con los Padres 6 dependencias y 
pertenencias de ellos, se presentasen á declararla 
ante el Gobernador en el término de tres días (l). 
De resultas del bando, se hicieron crecido núme- 
ro de declaraciones de ninguna importancia , que 
se conservan todavía en el Archivo general de 
Buenos Aires (2). 

Grande fué el sentimiento de los habitantes de 
Buenos Aires al tener noticia de la impensada ca- 
tástrofe que había sobrevenido á los Jesuítas, y se 
les aumentó la pena con ver cerrada la iglesia de 
San Ignacio, que era una de las más concurridas^ 
y el colegio, adonde de día y de noche acudían á 
buscar confesores para los moribundos. En los pri- 
meros días de su reclusión en Belén, buscaron los 
medios de mostrarles su afecto, escribiéndoles, y 
aun consiguieron algunos hablarles, á pesar del 
draconiano bando de incomunicación; pero á ese 
desahogo de compasión, respondió la siguiente 
nueva orden de Bucareli al Jefe de la guardia de 
Belén, Mayor D. Francisco González: «Señor mío: 
He visto con mucho disgusto que á los Padres de 



(i) Cbilb: Biblioteca Nacional. Mss. Jesuítas^ 277. Vid. 
Apéndice núm. 4. 

(2) BuBNOs AiRBs: Archivo general, legajo Expulsión 
de los JesitUas, 



-. 62 — 

la Compañía» de cuya custodia y seguridad está 
usted cuidando, se les permite escribir y aun tra- 
tar con algunas personas, contrario todo á las ór- 
denes del Rey y á las mías: y en este concepto 
prevengo á usted que por ningún pretexto ni mo- 
tivo vuelva á suceder, y que los registre á todos 
uno por uno, y les quite papel, tintero y plumas, 
y cualquier otro instrumento con que puedan ha- 
cerlo, diciéndoles en mi nombre que si no se mo- 
deran y contienen , tomaré providencias arregla- 
das á las órdenes del Rey, con que me hallo, que 
les serán muy sensibles, y usted me avisará de 
haberlo ejecutado. — Nuestro Señor guarde á us- 
ted muchos años. — Buenos Aires, 5 ^^ Julio de 
1767. — Francisco Bucareli y Ursúa:^ (I). — Así in- 
terpretaba Bucareli el Decreto real en la pafrte que 
dice de los Jesuítas « se les tratará con la mayor 
decencia, atención, humanidad y asistencia». 

El hecho de privar á los Padres de tinta y pa- 
pel para escribir, y el bando con tantas penas de 
muerte y con la prevención de que se impondrían 
por sola declaración de un testigo singular, hacen 
más creíble la otra medida que refiere el P. Oleí- 
na (2): «Entre todas las ciudades de América se 



(i) Papeles de Bucareli, coleccionados por D. Juan 
María Gutiérrez, y remitidos para su publicación á la Re- 
vista de Buenos Aires ^ 1865, tomo viii, pág. 168. 

(2) Olcina: Casos relativos d las persecuciones de la 
Compañía. Manuscrito en el Archivo de la provincia de 
Aragón, pág. 143- 



-63- 

distingiríó la de Buenos Aires en hacer público el 
entrañable dolor que le causaba la pérdida de sus 
amados Jesuítas, pues todos sus vecinos quedaron 
poseídos de una mortal tristeza, que ocho días 
después de intimado el arresto, aún no se había 
abierto ninguna de tantas tiendas como hay en 
aquel emporio de la América meridional, oyén- 
dose desde la calle los inconsolables y amargos 
llantos con que las gentes, á puerta cerrada y en 
el retiro de sus casas, desahogaban, como podían, 
su dolor. Esta tan general y tan expresiva de- 
mostración del más vivo sentimiento la llevó muy 
á mal el Sr. Bucareli , Gobernador de Buenos Ai- 
res, por lo que dio luego las órdenes más estre- 
chas, acompañadas de las más graves penas, para 
que se abriesen todas las tiendas de mercaderes, 
y al mismo tiempo tomó la tiránica providencia 
de prohibir que nadie llorase por el arresto de los 
Jesuítas; enviando diferentes patrullas de soldados 
por los barrios de la ciudad, que entrasen en las 
casas donde oyesen llantos y gemidos, y con ame- 
nazas de penas pecuniarias, de cárceles y destie- 
rros, obligasen por fuerza y por violencia á los 
dueños de las casas á enjugar las lágrimas, y á so- 
focar en sus pechos los tristes sollozos y suspiros 
que de continuo les arrancaba el dolor de perder 
á sus amados Jesuítas.» Hasta aquí el P. Olcina. 

Con ser tan públicos estos hechos, y aun tras- 
parentándose en sus cartas la desazón que le cau- 
saba, no vaciló Bucareli en escribir oñcialmente al 
Conde de Aranda en 6 de Septiembre de 1767: 



-.Sa- 
la Compañía» de cuya custodia y seguridad está 
usted cuidando, se les permite escribir y aun tra- 
tar con algunas personas, contrario todo á las Ór- 
denes del Rey y á las mías: y en este concepto 
prevengo á usted que por ningún pretexto ni mo- 
tivo vuelva á suceder, y que los registre á todos 
uno por uno, y les quite papel, tintero y plumas, 
y cualquier otro instrumento con que puedan ha- 
cerlo, diciéndoles en mi nombre que si no se mo- 
deran y contienen , tomaré providencias arregla- 
das á las órdenes del Rey, con que me hallo, que 
les serán muy sensibles, y usted me avisará de 
haberlo ejecutado. — Nuestro Señor guarde á us- 
ted muchos años. — Buenos Aires, S de Julio de 
1767. — Francisco Bucareli y Ursúa» (i). — Así in- 
terpretaba Bucareli el Decreto real en la pafrte que 
dice de los Jesuítas « se les tratará con la mayor 
decencia, atención, humanidad y asistencia». 

El hecho de privar á los Padres de tinta y pa- 
pel para escribir, y el bando con tantas penas de 
muerte y con la prevención de que se impondrían 
por sola declaración de un testigo singular, hacen 
más creíble la otra medida que refiere el P. Oleí- 
na (2): «Entre todas las ciudades de América se 



(i) Papeles de Bucareli, coleccionados por D. Juan 
María Gutiérrez, y remitidos para su publicación á la Re- 
vista de Buenos Aires y 1865, tomo viii, pág. 168. 

(2) Olcina: Casos relativos d las persecuciones de la 
Compañía, Manuscrito en el Archivo de la provincia de 
Aragón, pág. 143- 



-63- 

distinguió la de Buenos Aires en hacer público el 
entrañable dolor que le causaba la pérdida de sus 
amados Jesuítas, pues todos sus veciaos quedaron 
poseídos de una mortal tristeza, que ocho días 
después de intimado el arresto, aún no se había 
abierto ninguna de tantas tiendas como hay en 
aquel emporio de la América meridional, oyén- 
dose desde la calle los inconsolables y amargos 
llantos con que las gentes, á puerta cerrada y en 
el retiro de sus casas, desahogaban, como podían, 
su dolor. Esta tan general y tan expresiva de- 
mostración del más vivo sentimiento la llevó muy 
á mal el Sr. Bucareli , Gobernador de Buenos Ai- 
res, por lo que dio luego las órdenes más estre- 
chas, acompañadas de las más graves penas, para 
que se abriesen todas las tiendas de mercaderes, 
y al mismo tiempo tomó la tiránica providencia 
de prohibir que nadie llorase por el arresto de los 
Jesuítas; enviando diferentes patrullas de soldados 
por los barrios de la ciudad , que entrasen en las 
casas donde oyesen llantos y gemidos, y con ame- 
nazas de penas pecuniarias, de cárceles y destie- 
rros, obligasen por fuerza y por violencia á los 
dueños de las casas á enjugar las lágrimas, y á so- 
focar en sus pechos los tristes sollozos y suspiros 
que de continuo les arrancaba el dolor de perder 
á sus amados Jesuítas. > Hasta aquí el P. Olcina. 

Con ser tan públicos estos hechos, y aun tras- 
parentándose en sus cartas la desazón que le cau- 
saba, no vaciló Bucareli en escribir oñcialmente al 
Conde de Aranda en 6 de Septiembre de 1 767: 



-64- 

«Puedo asegurar á V. E. que en esta ciudad he 
observado una conformidad y complacencia no 
esperada del mayor número de sus habitantes. i 
Seguro estaba de que por aquel conducto llegaría 
su impostura, sin contradicción, á Carlos III, y se- 
ría creída. 

A juzgar por lo que en su correspondencia es- 
cribe Bucareli, es preciso reconocer que se halla- 
ba poseído de pueril y desmesurado temor que le 
representaba los Jesuítas como seres de una po- 
tencia extraordinaria, que por todas partes le ha- 
cía ver partidarios de los Jesuítas , prontos á per- 
turbar la tranquilidad pública , y le descubría pe- 
ligros en la ejecución de las órdenes que había 
recibido: tanto es lo que pondera y engrandece 
lo que no había. Por otra parte, sus hechos mues- 
tran que al recibir la Comisión para el extraña- 
miento, con carta de puño y letra del mismo 
Rey (l), y con facultades superiores á cualquiera 
otra autoridad, aunque fuese la del Virrey, en 
aquel solo asunto (cosa que fué común á todos 
los ejecutores de Indias), se persuadió de que po- 
día usar de dominio universal, y todo le era per- 
mitido, aun los procedimientos más arbitrarios. 

No tardó mucho el desvanecido gobernante en 
expedir y ejecutar decreto de destierro contra 
ocho de los moradores de Buenos Aires, de res- 
petables familias, so pretexto de asegurar la tran- 
quilidad pública, y no les permitió regresar á la 

(i) Brabo: ColeccióHy pág. 352. 



-65- 

ciudad en muchos meses hasta que hubiese salido 
de la boca del río la primera expedición de Jesuí- 
tas, que fué á mediados de Octubre; y todavía 
después, según expresa el mismo Bucareli (l), le 
pareció mejor dilatarlo más y esperar al 4 de No- 
viembre, día del santo del Rey, en que por fin 
los restituyó á sus casas. Pero inmediatamente, ó 
asustado de nuevo ó irritado (si no es que se diga, 
como lo dijeron algunos contemporáneos, que todo 
esto no era más que pretextos para poder vejar á 
los que le habían desagradado, é inutilizar á los 
que por su entereza y conocimiento de las cosas 
podían descubrirle los manejos, sindicándolos de 
partidarios de los Jesuítas), desterró á otros cinco, 
que fueron : D. Pedro Medrano , Oficial real ; don 
José Nieto, Teniente coronel graduado; y los ve- 
cinos D. Domingo Ucedo, D. Manuel Warnes y 
D. Isidro Balbastro, dando por causa que decían 
que los Jesuítas habían de volver dentro de tres 
años, y que en la ciudad se divulgaban anónimos 
y pasquines infamatorios, sobre todo, luego que 
se tuvo noticia del alboroto de Salta y Jujuí. Me- 
drano fué deportado á la isla de Maldonado, y 
Nieto remitido á España (2) y aprisionado en el 
castillo de San Antón, de la Coruña. Como estas 
graves penas se imponían sin formación de causa 
criminal, y aun sin dar siquiera conocimiento al 



(i) Carta al Conde de Aranda, á 8 de Abril de 1768 
(Brabo: CoUccióny pág. 121). 

(2) Bucareli: Carta citada de 8 de Abril de 1768. 

5 



— 66 — 

reo del delito de que era acusado (según el méto- 
do expedito de protección y potestad económica^ 
que acababa de ponerse en boga para aplicarlo á 
los Jesuítas), resultó que, recurriendo algunos de 
ellos á los Tribunales superiores, fueron hallados 
inocentes: como consta haber sucedido en el caso 
particular del Teniente coronel Nieto, quien des- 
pués de diligente examen del sumario irregular 
que contra él había formado Bucareli, se declaró 
que debía ser rehabilitado en su fama, y que no 
hubo justa causa para las penas que se le impu- 
sieron; pues por comprobantes de los cargos no 
se presentaba otra cosa que «calumnias de testi- 
gos», «voces vagas de oídas» y acriminaciones 
«sin justificación» (l). Esta sentencia del Consejo 
Extraordinario, á 29 de Noviembre de 1776, sir- 
vió para borrar la nota arrojada en la fama de 
Nieto, que amenazaba pasar á sus herederos; pero 
no le ahorró las penalidades de varios años de 
cárcel en el castillo de San Antón, ni la infamia 
personal, porque le encontró ya muerto. 

Pero mucho mayor fué otro exceso, en que pre- 
cipitó á Bucareli la presunción y arbitrariedad de 
que ya se ha hecho mención. En virtud del bando 
de que acudiesen á declarar en el término de tres 
días los que tuvieran deudas ó efectos pertene- 
cientes á los Jesuítas, compareció el segundo día 
á dar cuenta del caudal que había corrido por sus 
manos en la intervención que había tenido en los 

(i) Simancas: Gracia y Justicia, 690, íol. 1 10. 



■ 



-67- 

frutos de Misiones el respetable vecino D. Miguel 
García de Tagle. A las doce del mismo día 4 de 
Julio, se le presentó el Teniente de Rey, D. Die- 
go de Salas, con un piquete de doce granaderos, 
y tomándolo preso lo condujo á la Real fortaleza, 
donde quedó encerrado en un calabozo muy hú- 
medo, con centinela de vista. A la una de la tarde 
del mismo día, entró á su prisión el Escribano don 
José Zenzano, acompañado del Capitán D. Joa- 
quín Moróte, y notificó á Tagle la sentencia de 
muerte, dada contra 61 por el Gobernador, avi- 
sándole que señalase padres espirituales para au- 
xiliarle, como lo hizo, nombrando á los religiosos 
de San Francisco: mientras Moróte, cumpliendo 
con lo que se le había ordenado, le remachaba 
una barra de grillos y le aseguraba los brazos, ha- 
ciéndolo tender en el suelo, sin que tuviera más 
cama que su propia capa. De este modo quedó 
puesto en capilla un vecino en quien no se reco- 
nocía delito alguno, y á quien Bucareli, sin más 
formalidad que una sentencia verbal, condenaba 
á p>ena de muerte, sin formarle autos, sin oirle ni 
tomarle declaración, ni permitirle defensa, ni aun 
darle noticia del crimen de que era acusado. Po- 
níase en práctica, en toda su crudeza y aun con 
circunstancias agravantes, el bando bucareliano. 
El mismo día se embargaron á Tagle todos sus 
bienes, libros y papeles, y fué encerrada su mu- 
jer (que estaba embarazada de seis meses y con 
dos hijos menores) en un cuarto de su casa, igual- 
mente con centinela de vista y privada de toda 



— 68 — 

comunicación, tratándola con tanta inhumanidad, 
que hasta hubo quien le anunciase que su esposo 
estaba en capilla y con los religiosos que le auxi- 
liaban para bien morir. Grande fué la consterna- 
ción de la ciudad, y muchos los intercesores que 
se presentaron al Gobernador á solicitar el indul- 
to; pero no hubo consideración que moviese á 
Bucareli á mitigar siquiera la sentencia ; y sólo al 
tercer día, y cuando ya faltaban pocas horas para 
la ejecución, cedió á las súplicas del Obispo dio- 
cesano, y otorgó el perdón de la pena de muerte, 
dejando empero al infortunado Tagle por enton- 
ces en la cárcel. Al cabo de veintiséis días más, le 
concedió la excarcelación bajo fianza; y posterior- 
mente, de orden del mismo Bucareli, se canceló la 
fianza (l). 

Nunca se supo de cierto la causa de aquel inau- 
dito atentado; sólo refiere el P. Peramás (2) que 
se atribuía á una denuncia, que resultó falsa, de 
haber Tagle despachado cartas á los Jesuítas de 
alguna otra población, noticiándoles el arresto de 
los de Buenos Aires. Cuando, después de termi- 
nado el gobierno de Bucareli, se presentó la que- 
ja del Sr. Tagle ante el Gobernador Vértiz, y 
pasó, con los autos que acreditaban la verdad del 



(i) SEvaLA: Archivo de Indias, 124, 2, 10. 

(2) PeramXs: Annus páticos, sive Ephemerides quibus 
continetur iter annuum Jesuitarum Paraquaríoruin Cor- 
duba TucumaDÍae profectorum, die 1 * Augusti 1767. (Ar- 
chivos generales de la Compañía, Ms.) 



-69- 

hecho y todas sus circunstancias, al Consejo Ex- 
traordinario de España , causó allí asombro y ho- 
rror este increíble atropello. El Fiscal caliñcó de 
€ temerario y escandaloso despotismo»; de «insó- 
lito, inaudito y arbitrario modo» de obrar «el 
mandar verbalmente que Tagle se pusiera en ca- 
pilla sin oirle sus defensas», «procediendo al acto 
d^ condenarlo á la pena del último suplicio sin 
preceder las formalidades intrínsecas del juicio», 
lo que era, según él mismo dice, atropellar las le- 
yes del derecho natural y divino, en que ni los 
mismos príncipes pueden jamás dispensar. Hacía 
notar que Bucareli había usurpado la suprema 
prerrogativa del indulto, que es propia y exclu- 
siva del Soberano, y que aun en esto mismo in- 
fería nueva injuria á Tagle; pues con el decreto 
de cancelar su ñanza, declaraba que estaba ino- 
cente de todo cargo, y, no obstante, le indultaba 
como si fuera reo: y añadía que en ningún caso 
resarciría el Gobernador «los espantosos sustos, 
zozobras y aflicciones que le causaba [á Tagle] el 
próximo é inmediato suplicio» (l). Pedía Tagle 
que, sin perjuicio de su derecho de reclamar los 
daños, se reparase luego la lesión de su honor in- 
justamente vulnerado, «y se mande, desde luego, 
que, habiendo sido tan público y notorio en aque 
lias provincias el sonrojo que padeció, se haga 
saber, á son de cajas y pregones, la injusta y vio- 



(i) Río Janeiro: Biblioteca Nacional. Mss. Colección 
Ángelis, 1-37. 



— yo — 

lenta determinación del Gobernador Bucareli». Y 
aunque es cierto que no se decretó la reparación 
precisamente en la forma que él pedía, se hizo, 
no obstante, pública por otro medio no tan ruido- 
so, pero que hubo de trascender á toda la Améri- 
ca. Llamado Bucareli á dar razón de si, no pudo 
alegar cosa que justificase aquel atentado; y el 
Rey, á consulta del mismo Consejo Extraordina- 
rio, decretó que se hiciese en su nombre una ad- 
vertencia á Bucareli en que ae le manifestase su 
Real desagrado, y que se expidiera Cédula á to- 
dos los Virreyes, Gobernadores y Justicias de 
América, dando noticia del hecho, y haciendo 
notar que jamás podían traspasarse, como Buca- 
reli lo había hecho, las normas del derecho natu- 
ral de justicia, conminando, además, con severos 
castigos á los que osasen hacerlo. Ni fué tan se- 
creta la comunicación de esta Cédula, fechada en 
El Pardo, á 20 de Febrero de 1 775, que no se 
transcribiese el mismo año en el libro de Cabildo 
de Montevideo, y de allí pasase, también en el 
mismo año, al libro de Cabildo de Buenos Aires, 
de donde, cuando le fué menester, la obtuvo en 
testimonio el interesado (l). Graves reflexiones 
pudieran hacerse, trasladando las consideraciones 



(i) Sevilla: Archivo de Indias, 124, 2, 10.— Funes; En- 
sayo^ lib. V, cap. VIH. £1 dictamen del Fiscal ha sido pu- 
blicado ya en las Memorias de los Virreyes del Perú^ 
tomo IV, pág. 508. Véase la Cédula reaL en- el Apé&clice 
de este estudio. 



— 71 — 

de esa sentencia dada por Carlos III , del caso de 
un sujeto particular, al de 5*80O subditos suyos» 
desterrados por toda la vida de su patria , y cu- 
biertos de ignominiosa nota, sin oírles tampoco, 
ni permitirles deíensa, ni darles siquiera noticia 
del delito de que eran acusados. 

A la dura condición del principal ejecutor del 
decreto contra los Jesuítas, parece como que hu- 
biese correspondido la de algunos de sus subalter- 
nos. Al ocupar la estancia de Areco, que pertene- 
cía al colegio grande de Buenos Aires, se hallaron 
en ella, para cuidar del ganado y laboreo, 135 
esclavos, ' incluyendo las mujeres y niños, con 
más unos 24 que de la Chacarita habían pasado 
allá para ejecutar obras de albañilería. El jefe que 
había ido á hacerse cargo de la estancia con doce 
soldados, D. Juan Francisco Somalo, se apresuró 
á hacer salir el mismo día para Buenos Aires á los 
dos Padres Sebastián Garau y Juan de Prado, con 
el hermano Coadjutor Conrado Rell, únicos Jesuí- 
tas que allí residían, para evitar, como él mismo 
dice, mayores escenas de sentimiento, pues los 
negros daban grandes muestras de dolor, con 
abundancia de lágrimas (l). Continuaba este afee- 



(i) «Por la aceleración con que los despaché por se- 
pararlos de estos negros, que asi ellos como éstos, mani- 
festaron tanto sentimiento, que no podían contener las 
lágrimas.» Carta de Somalo á Bucareli, 10 de Julio de 
1767. Buenos Airbs: Archivo general, legajo Expulsión 
de los Jesutías. 



— 72 — 

to los días siguientes, conversando ellos entre sí 
sobre el deseo que tenían de la vuelta de los reli- 
giosos, y su esperanza de verlos de nuevo en la 
estancia. No pudiendo ya sufrir tales conversa- 
ciones, les dijo Somalo resueltamente, como él lo 
escribe á Bucareli, que se dejasen de llorar á los 
Padres, «que allí no había más padre que el Rey». 
Pero no bastaba eso para convencer á los negros, 
quienes argüyeron que ellos no eran esclavos del 
Rey, porque al Rey nada le habían costado. Era 
esto á 17 de Septiembre, y pocos días después 
parece que hubo de insolentársele alguno de ellos, 
y Somalo, sin poderse contener, le dio un bofetón. 
Aquella fué como la señal de un rompimiento, 
porque no habiendo obedecido el negro, envió 
Somalo dos soldados con el capataz para pren- 
derlo; pero montando á caballo el negro, se pre- 
sentó acompañado de otros muchos que le apoya- 
ban y parecía que iban á acometer. Previno So- 
malo sus soldados, y se formaron dos campos, 
como si fuese á empeñarse una batalla entre unos 
y otros. Contenido el primer ímpetu, con algunas 
promesas, depusieron los negros su actitud hostil. 
Pero en 30 de Septiembre escribía Somalo á Buca- 
reli que se le habían desaparecido todos los negros, 
alzándose y huyendo de la estancia, sin que fuese 
posible averiguar su paradero (l). Según él expre- 
sa, una de las causas que aumentó mucho el dis- 



(i) Somalo á Bucareli, 30 de Septiembre de 1767. 
(Ibid.) 



r 



— 73 — 

gusto de aquellos infelices, fué el ver que les man- 
daban juntar todas las muías de la estancia para 
venderlas. Acostumbrados á ver sacar para ven- 
der solamente un número limitado cada año mien- 
tras se iba formando nueva cría, vieron que se iba 
á quedar sin muías la estancia; y el cariño que ha- 
bían cobrado á la hacienda como si fuera cosa 
suya, vino á aumentar las causas de sentimiento 
que ya tenían. Efectivamente, para el mes de No- 
viembre, sustituidos los negros por jornaleros, 
llevaba Somalo vendidas l.ooo muías de aquella 
estancia, y para Junio siguiente contaba con que 
ya estarían vendidas otras 2. OCX) más (l); pues se 
trataba, no de conservar ó aumentar, sino de sacar 
pronto el mayor caudal posible de los bienes ocu- 
pados, y vender las posesiones. 

Ocupóse igualmente la Chacarita, estancia per- 
teneciente también al colegio de San Ignacio; y 
sacados de allí los Padres, fué menester enviar á 
consumir el Santísimo, lo cual hizo en 7 de Julio 
el Padre definidor Francisco de San Cristóbal, 
franciscano. Pero habiendo allí hasta 165 esclavos, 
ei encargado de la estancia, Juan Vázquez, escri- 
bía áBucareli á 18 de Julio: «Los esclavos claman 
por Misa los días de fiesta» (2). Otro tanto parti- 
cipaba el encargado de la estancia de las Vacas, 
perteneciente al colegio de Belén. Así se empeza- 



(i) Buenos Aires: Archivo geoeral, legajo Expulsión 
de los Jtstutas. 
(3) Ibid. 



— 74 — 

ba por dejar sin asistencia espiritual á los mismos 
cuyo sudor se utilizaba. 



EXPULSIÓN EN MONTEVIDEO Y SANTA FE 

El primer punto donde se verificó el arresto de 
los Jesuítas, después de Buenos Aires, fué el puer- 
to de Montevideo, cuya distancia de sólo 40 
leguas, hizo que pudiera llegar pronto el correo 
despachado por Bucareli en la noche del 2 de 
Julio. Habíase divulga :'o ya en aquella ciudad la 
noticia del extrañamic.ito de Espaiiii, por los via- 
jeros que había traído el Aventurero y los náufra- 
gos del Andaluz; y en virtud de estos informes, 
se prevenían al parecer los Padres para asegurar 
algunas cosas de la Residencia, única casa allí es- 
tablecida. Habiendo hallado el Gobernador don 
Agustín de la Rosa el día 5 de Julio á un hombre 
que transportaba libros de la biblioteca de los Je- 
suítas á alguna otra parte, se los mandó volver á 
la Residencia; y el siguiente día 6, por la mañana, 
procedió á la ejecución del extrañamiento, con- 
forme á la orden que le acababa de llegar de ade- 
lantar el día primeramente fijado. De cuatro Jesuí- 
tas que había en Montevideo, tres íueron envia- 
dos inmediatamente á Buenos Aires, quedando 
solo el P. Nicolás Plantich, que era Superior y 
Procurador, para dar razón de las existencias y 
asistir á los inventarios. 

En Santa />, dice Bucareli, mi /ugarteniente en 



— 75 — 

ellay D, yoaquin Maciel^ no les era afecto [á ¡os 
!/esuitas], y sus circunstancias ofrecían el desem- 
peño (l). Hacía poco tiempo que Maciel había sido 
nombrado Teniente de Santa Fe. El relato cir- 
cunstanciado del extrañamiento en Santa Fe, se 
debe al P. Pauke, misionero de San Javier (2). 

Muy de madrugada, á las cuatro de la mañana 
del día 13 de Julio de 1767, cumplió la tropa la 
orden de cercar en silencio por todos lados el 
colegio. Hecho esto, llamaron algunos oñciales á 
la puerta principal, tocando la campanilla y pi- 
diendo que fuera aprisa el P. Rector á socorrer á 
un moribundo. Fuese el portero al aposento del 
Rector, donde estaban las llaves, y se encontró 
ya al Padre, que habiendo oído el ruido, acudía 
aprisa á la portería para abrir él mismo. Apenas 
se hubo abierto la puerta, cuando los oñciales de- 
clararon presos al Rector y al portero, é inmedia- 
tamente se derramaron por el colegio, poniendo, 
ante todo, centinelas en cada puerta de habita- 
ción; mientras otros se arrojaban dentro de los 
aposentos, hallando á unos Padres de rodillas en 
oración» y á otros que se estaban vistiendo. To- 
dos fueron encerrados en el refectorio, y mien- 
tras tanto los oñciales registraban los aposentos, 
llevándose y apropiándose cuanto en ellos encon- 
traron que les pareció convenirles. Al saber lo 



(1) Carta de 6 de Septiembre de 1767. 
(3) KoBLBs: P. Florían Baucke, ein Jcsuit im Para- 
gua}f, cap. VI, § I, pág. 616.— Ratisbona, 1870. 



-76- 

que pasaba en el colegio, todo el pueblo se con- 
movió, y se reunió en la plaza de delante gran 
número de gente; unos gritaban, otros lloraban y 
se lamentaban de modo que movían á compasión; 
mientras algunos, retirados en sus casas por el 
espanto que infundía tan desusa(;lo atropello con- 
tra los Jesuítas, los compadecían en secreto. Agre- 
góse una tremenda tempestad que se desencadenó 
aquella mañana sobre la ciudad, mezclándose los 
gritos y alaridos de la multitud con los estampi- 
dos del trueno; de suerte que contaba el sacer- 
dote que íué enviado á la Reducción de San Javier, 
que era el espectáculo más temeroso que recor- 
daba él haber visto en toda su vida. Después del 
medio día, fueron sacados los sacerdotes del cole- 
gio, conduciéndolos en carruajes á las afueras de 
la ciudad. Cada uno subía con su Crucifíjo al cue- 
llo y el Breviario bajo el brazo al carruaje que le 
estaba destinado; y en la plaza mayor fueron re- 
gistrados todos los cofres, y nada se les dejó llevar 
sino la ropa blanca. En el mismo día que salieron 
los Padres del colegio, salieron de la ciudad; pero 
hubieron de aguardar á vista de ella á campo raso 
un día entero, hasta que se les previniese el avío 
para el viaje de Buenos Aires; estando entretanto 
custodiados cada dos carruajes por un centinela, 
á fin de que ninguno de los vecinos comunicase 
con ellos. Al segundo día se puso en marcha la 
caravana hacia Buenos Aires. Mietras tanto, anda- 
ban llorando por las calles de la ciudad los escla- 
vos del colegio, fuera de sí de pena, clamando: 



— 77 — 

«jAh, Padres nuestros! ¡Ah, Padres nuestros! 
¿Dónde iremos ahora?» Algunos de ellos salieron 
corriendo hacía afuera de la ciudad sin saberse 
adonde, y se perdieron. Los Jesuítas conducidos 
desde Santa Fe á Buenos Aires, fueron cinco Pa- 
dres, un escolar y cinco hermanos coadjutores, 
habiendo quedado en el colegio por enfermo el 
Rector, P. Manuel García y el Procurador Miguel 
Martínez, para cumplir la instrucción y rendir las 
cuentas. 

EXPULSIÓN DE CÓRDOBA 

Un día antes que la de Santa Fe, se había veri- 
ñcado la sorpresa de los PP. Jesuítas en Córdoba. 
Considerando esta ciudad como la de mayor em- 
peño é importancia, por hallarse allí la residencia 
del Provincial, el colegio máximo y la Univer- 
sidad, había aprendido Bucareli tanta difícultad 
para el extrañamiento de los Jesuítas de ella, que 
quiso poner por sí mismo ejecutor elegido para el 
intento, sin fiarse ni aun del Gobernador de la 
provincia de Tucumán, á quien propiamente toca- 
ban estas diligencias, por ser Córdoba de su juris- 
dicción. Envió, pues, Bucareli por ejecutor al Ma- 
yor D. Fernando Fabro desde Buenos Aires; y 
para que pudiese vencer cualquiera resistencia, 
le hizo acompañar por un destacamento de 8o 
soldados de infantería con cinco subalternos, au- 
xiliándole en su oficio el Dr. D. Antonio Aldao, 
Auditor interino de guerra, quien por su parte, 



-78- 

después de asistir á Fabro en Córdoba, pasó, se- 
gún sus instrucciones, á ejecutar la expulsión en 
la estancia de Santa Catalina, y arrestó al P. Gue- 
vara, último cronista de la provincia del Paraguay, 
apoderándose de sus escritos, en los que se supo- 
nía haberse de hallar noticias de importancia que 
comprometieran á los Jesuítas. 

Llegado, ¡;ues, Fabro á Córdoba, y recibido el 
aviso de anticipar la ejecución, la verificó el 12 de 
Julio de 1767. Entre las tres y las cuatro de la ma- 
ñana (l) de aquel día, que era domingo, llamaron 
á la puerta del colegio máximo: y preguntando el 
portero quién era y qué se le ofrecía, le respondie- 
ron que iban á buscar un Padre para asistir á un 
moribundo. — Voy á llamarlo en seguida, dijo el 
portero: y fué á avisar al P. Rector, quien señaló 
al P. José Páez , designándole también el compa- 



(i) PbramAs: Annus patiens die x(i lulii. No se explica 
por qué error escribió el P. Cara yon, Documents inédits, 
Doc. P.: Lt izjuilUt^ environ quatre heures aprés le (fau- 
cker du soleil^ on vint frapper a la por U^ etc. — El texto 
original latino del P. Peramás, dice: Du XII. Ituuntt 
ferme guaría noctis vigilia, pulsatum est. La cuenta del 
tiempo por cuartos ó vigilias, es que la primera vigilia 
empieza á las seis de la tarde, y acaba á las nueve de la 
noche; la segunda, es de nueve ádoce; la tercera, de me- 
dia noche, á las tres, y la cuarta, de las tres á las seis de 
la mañana: y, por tanto, el principio de la cuarta vigilia 
es entre las tres y las cuatro de la madrugada. £n varias 
otras cosas, que no son indiferentes, se hallará el presen- 
te relato discrepante del texto del P. Carayón; pere es 
siempre cuando él se aparta del original. 



— 79 — 

ñero. Llegados á la portería, en el momento de 
abrir se vieron cercados de soldados, y adelantán- 
dose el Mayor Fabro, puso un par de pistolas al 
pecho al hermano portero, diciéndole estas solas 
palabras: «Lléveme usted alP. Rector.» «Entretan- 
to», dijo el P. Páez, «yo me voy al enfermo.» — 
«No», replicó el jefe: «ahora se viene usted tam- 
bién conmigo; ya no hay necesidad de más asis- 
tencia á enfermos.» Hizo que le siguiera igualmente 
el P. Ministro quien, oyendo el ruido, se había le- 
vantado para averiguar lo que era. Así, acompa- 
ñados de gente armada, se dirigieron al cuarto 
del P. Rector de la casa, Pedro Juan Andreu,á 
quien ordenó el ejecutor que se levantase de la 
cama é hiciese levantar á todos sus religiosos, para 
oir lo que tenía que comunicarles en nombre del 
Rey. Vestido el Rector, y habiendo dispuesto que 
se llamase la Comunidad, dijo á Fabro: «Señor sar- 
gento mayor, hágame el obsequio de aguardar un 
momento, mientras ofrezco á Dios las obras del 
día, como tenemos nosotros por costumbre.» Y 
puesto de rodillas, ofreció en una breve oración 
al Señor las obras y padecimientos de aquel día. 
A la verdad, dice el P. Peramás, era mucho lo que 
había que ofrecer aquel día, y más de lo que nun- 
ca había tenido que ofrecer. 

Iba entretanto el P. Ministro de la casa, Ignacio 
Deyá, despertando á los demás y conduciéndolos 
al refectorio, adonde se les mandaba concurrir; 
mas no iba solo, sino custodiado de dos soldados 
con armas. Apoderóse de todos un sentimiento de 



— 8o — 

cxtrañeza y espanto al ver la casa llena de solda- 
dos y oír el mandato de levantarse y reunirse en 
hora tan intempestiva. Mirábanse unos á otros con 
asombro sin saber qué pensar; y algunos de los 
jóvenes bajaron con el manteo puesto, creyendo 
que se trataba de ir á la iglesia, pues era día en 
que tocaba comulgar. Reunidos ya todos en el 
refectorio, mandó el Mayor á un notario que le- 
yese el decreto de extrañamiento y confiscación 
de bienes, y acabada la lectura, protestó que eje- 
cutaría su comisión con toda humanidad, como se 
lo encargaban las instrucciones del Rey. Tomó en 
seguida el notario la declaración del nombre y 
grado de cada uno; y al llegar al hermano Domin- 
go Paz y preguntarle el grado, oyendo que era 
novicio, le dijo: «Usted no tiene que tomarse un 
trabajo inútil y dármelo á mí; pues siendo novicio, 
puede volver á su casa con su familia , y dejar á 
los Padres Jesuítas.» — «Y á usted», contestó re- 
suelto el joven, «no le toca sino escribir mi nom- 
bre como le mandan, sin cuidarse de lo demás.» 
Concluida la formalidad, pidió el P. Rector que 
por ser domingo aquel día, se permitiese á uno de 
los Padres decir Misa, y á los demás el oiría; pero 
Fabro lo negó absolutamente; y en seguida salió 
del refectorio, dejando allí encerrados los Padres; 
y solo volvió luego para hacer que le entregasen 
las llaves de todos los aposentos. De este modo 
violaba por su solo arbitrio las leyes de la Iglesia, 
que mandan á todos los fieles oir Misa en los días 
de fiesta. 



— 8i — 

Luego que hubieron salido Fabro y sus acom- 
pañantes, ordenó el P. Rector que se hiciese la 
hora acostumbrada de meditación; tarea á la que 
todos se aplicaron con extraordinario fervor, y 
cuyo efecto se echó de ver en el generoso y re- 
suelto ánimo con que de ella salieron, prontos á 
cualquier padecimiento, con tal de conservar su 
vocación. No faltó sujeto á quien se procuraron 
vestidos de disfraz y medios seguros de evadirse; 
como también hubo otros, y no pocos, que si lo 
hubiesen querido, se hubieran librado del destie- 
rro y quedádose en su patria; pero el amor á Dios, 
que los había llamado á la Compañía, prevaleció 
en todos los corazones. 

Notificado igualmente el extrañamiento á los 
Padres del seminario de Monserrat, fueron tras- 
ladados al mismo refectorio del colegio y con la 
misma prohibición que los demás de salir del re- 
cinto de aquella pieza, ni aun para las necesidades 
más indispensables. Fué llamada luego al colegio 
una comisión del Ayuntamiento de la ciudad para 
asistir á los inventarios generales; y se notificó 
por bando á los vecinos que se 'abstuviesen de 
cualquier manifestación en favor de los Jesuítas, ó 
queja contra el Real decreto. Pero no se pudieron 
contener las lágrimas y gemidos de un gran nú- 
mero de gente; ni faltaron voces que lamentasen 
las desgraciadas consecuencias que se temían del 
extrañamiento. 

Por hallarse ausente en Visita pastoral el Obis- 
po, se pasó oficio al Arcediano para que se sirvie- 

6 



— 8a - 

se convocar el clero y exhortarlo en nombre del 
Rey á que coadyuvase á la ejecución del Decreto^ 
También se participó á los seminaristas de Mon- 
serrat que se les darían nuevos Directores com- 
petentes para sustituir á los antiguos; pero por 
unanimidad declararon que ni uno de ellos quería 
seguir allí, después de desterrados los Padres; y 
por esta razón les pusieron guardias á la puerta, 
para estorbar que dejasen desierta la casa. El Prior 
de Santo Domingo, atenta la grave tribulación que 
había sobrevenido á I03 Jesuítas, hizo que todos 
sus religiosos se pusiesen en oración ante el altar 
de la Santísima Virgen; y que la campana mayor 
de la iglesia llamase á todo el pueblo á rogativas 
públicas. Las mismas demostraciones hicieron las 
religiosas en Santa Teresa y en Santa Catalina. 

En el colegio, para que los Padres durmiesen 
por la noche, hizo Fabro transportar colchones al 
refectorio, mas no en número igual al de los Je- 
suítas allí confinados. Ni hubieran cabido, aun ex- 
tendiéndolos en el suelo hasta cubrirlo todo, y 
poniéndolos además sobre las mesas, debajo de 
ellas y sobre las sillas, como de hecho se ponían, 
pues no había espacio en aquella pieza para los 
133 Jesuítas que allí fueron hacinados. Por la ma- 
ñana se amontonaban los colchones unos sobre 
otros para hacer posible la circulación. Cerrada 
ya la noche del día 12, se percibieron fuertes mar-> 
tillazos por la parte de afuera; era que clavaban 
la puerta lateral del refectorio, quedando la prin- 
cipal asegurada con una numerosa guardia. En el 



-83- 

aposento del P. Rector se acomodaba el sargento 
mayor Fabro, y sus soldados en las demás habi- 
taciones de los Jesuítas. 

Como al mediodía del día siguiente, se presentó 
Fabro al P, Rector, y le preguntó si en el colegio 
había otro dinero más que los S.goo pesos que 
habían resultado del inventario. Había venido este 
ejecutor lleno de las disparatadas ideas tan comu- 
nes acerca de las riquezas de los Jesuítas. Por lo 
mismo quedó muy defraudado en sus esperanzas, 
no hallando por ninguna parte rastro de los teso- 
ros con que soñaba. Respondió á su pregunta el 
P. Rector que nada más había que lo que había 
visto, y que ni aun eso era todo propio del cole- 
gio; pues no habiéndose podido recoger todavía. 
de las estancias lo preciso para sustentar tan cre- 
cido número de estudiantes, Profesores y opera-p 
ríos como había en casa, había sido forzoso pedir 
prestados 4.000 de aquellos 5*900 pesos al Dean 
de la Catedral D. José Garay, como constaba del 
recibo en poder del deudor. Entonces el ejecutor: 
«Mire, Padre», dice, «lo que afirma su Reveren- 
cia. Manifieste los verdaderos caudales, y entienda 
que le puedo obligar á hacer juramento para que 
descubra la verdad.» (Hablaba Fabro poseído de 
confianza y seguro de que iba á encontrar gran- 
des depósitos, por haber tropezado con una llave- 
cita que llevaba el rótulo davis secreti (llave del 
secreto), del cual concluía que la caja que se abría 
con aquella llave debía contener el tesoro de la 
provincia.) — «Pues, señor sargento mayor, sepa 



-84- 

usted», respondió el Padre, «que ni por todo el 
mundo diré yo una mentira por leve que sea ; lo 
que he dicho sin juramento será lo que diré con 
juramento, si juramento se me exige.» — «Veamos, 
pues», repuso el ejecutor, sacando la llave, «¿qué 
signiñca esta llave? ¿qué caja 6 armario abre?» — 
«Puesto que quiere usted saber el uso de esa llave, 
óigalo: En nuestro Archivo hay un cajoncito pe- 
queño, y á él corresponde esa llave. Se llama 
El secreto^ porque allí se ponen cartas del P. Ge- 
neral que se han de mantener reservadas, sin que 
las podamos abrir ni leer sino en el tiempo ñjado 
para ello. Cuando el P. General, conforme á nues- 
tro Instituto, nombra Prepósito Provincial, envía 
junto con la carta de nombramiento otra cerrada 
y sellada, en que nombra otro Provincial para el 
caso, no raro por lá lejanía de estas tierras, de 
que haya muerto aquél á quien señaló en primer 
lugar, ó que esté aquél ejerciendo todavía su cargo 
sin haber llegado nuevo nombramiento al cumplir 
sus cuatro años de Provincialato. Para ese caso, 
que nosotros llamamos casus mortisy es aquella 
carta ; y cuando ocurre la muerte del Provincial, ó 
el fenecimiento de su período, se abre la carta ante 
la Consulta de Provincia, y se publica el sucesor 
provisorio que ha de gobernar hasta que de Roma 
llegue la designación ordinaria del Provincial. Este 
es todo el misterio del nombre Llave del secreto^ 
que nada tiene que ver con dinero alguno.» Oída 
la respuesta, vase Fabro al cajón indicado del Ar- 
chivo, lo abre: abre igualmente la carta del P. Ge- 



-85 — 

neral que allí había para el casUs mortís; la lee, y 
.se certifica á su pesar de que en todo había pro«- 
cedido el Padre con sinceridad y fidelidad. Con 
esto averiguó la noticia justamente reservada de 
quién era el sucesor provisorio del P. Manuel Ver- 
gara, que á la sazón era Provincial y estaba en Vi- 
sita en las Misiones, y anduvo divulgándola entre 
los Jesuítas arrestados (i).. Los soldados de Fabro, 
que con esperanzas semejantes á las de su jefe, 
habían registrado por cuantas partes se les ocurrió 
toda la casa, repetían riendo que todas las rique- 
zas de los Jesuítas se reducían á disciplinas y cili- 
cios; y con esto, después de reunir cantidad de 
aquellos instrumentos de penitencia, llenaron con 
ellos un canastillo y se lo llevaron á los Padres. 

Diez días permanecieron los Jesuítas de Córdo- 
ba recluidos con aquella estrechura é incomodi- 
dad, bien contraria, como muchas otras cosas, á 
los términos de las instrucciones, que mandaban 
fueran tratados con la posible comodidad y decen- 
cia. En este tiempo tuvieron dos consuelos espe- 
ciales. El uno fué que, habiendo sido separados de 
ellos los novicios de la provincia la noche del día 
13, para ser conducidos al convento de San Fran- 
cisco, y examinados allí al día siguiente sobre si 
querían volver á sus casas, como por el Decreto se 
les permitía, ni uno solo flaqueó; y así íueron de- 
vueltos algunos días después todos sin faltar uno á 

(i) Pbramas: Annus patiens, 1767, lulii die xiu; Pbra- 
mas: Petrus loannes Andrea, § 85. 



— 86 - 

Ja compañía de los Padres, siguiendo su camino 
con las vicisitudes que luego se verán. El segundo, 
que los colegiales de Monserrat pidieron al eje- 
cutor licencia para ir á despedirse de los Padres; 
si bien no la obtuvieron más que para hacerlo por 
escrito, y otros varios jóvenes se ofrecieron para 
acompañar á los' Padres adondequiera que fueran 
en su destierro, y hacerles todos los servicios de 
que fuesen capaces. Sosegados los alumnos de 
Monserrat del primer ímpetu con que quisieron 
abandonar el colegio, habían escrito al ilustrísimo 
Sr. Obispo pidiéndole que les pusiese por precep- 
tores y directores varios sacerdotes seculares de 
muy buena reputación que le nombraban. 

Llegado el día 22 de Julio, se intimó á los Je- 
suítas la partida. A boca de noche se despidió de 
ellos el ejecutor Fabro, y fueron encomendados 
para su conducción al Capitán D. Antonio Boba- 
dilla. Todo se había hecho de noche: la captura; 
la salida de los novicios para el convento de San 
Francisco; la vuelta de ellos al colegio, después 
de su triunfo, en que se decidieron á afrontar un 
viaje que les amenazaba con mayores infortunios 
todavía que á los demás: y de noche se iba á ve- 
riñcar también la salida deñnitiva de la ciudad. 
Tanto era el temor de que la gente de Córdoba 
presenciara aquellos espectáculos. Para este últi- 
mo, además de señalar hora intempestiva y tiem- 
po de obscuridad, se imposibilitó el acceso, fuese 
al colegio, fuese á las personas de los expatriados, 
poniendo tropa armada en todas las avenidas de 



-87- 

la casa. A las nueve de la noche se empezaron á 
sacar á las carretas los equipajes, á saber: las ro- 
pas y los Breviarios, pues ni los libros impresos, 
ni manuscritos , ni aun una hoja de papel blanco 
les permitieron llevar (l). 

Hacia la media noche se dio la orden de partir. 
Grande fué el llanto y clamores de los criados de 
casa al ver que les arrancaban á los Padres. En 
cuanto á los vecinos de la ciudad, se verá pronto 
que, privados de aquella última despedida, la fue- 
ron á buscar mucho más lejos, fuera de poblado. 
Para el largo viaje de 150 leguas, con que se ha- 
bía de atravesar la Pampa hasta llegar á la Ense- 
nada de Barragán, adonde fueron encaminados, 
estaban prevenidos á la puerta del colegio lO ca- 
rretones y 34 carretas, que iban á conducir 37 
sacerdotes, $2 escolares, 30 coadjutores y II no- 
vicios. El espacio disponible de estos vehículos 
era de 2,60 m. de largo, 1,05 de ancho y 1,87 de 
alto (2); y excepto unos pocos, en que sólo iban 
tres pasajeros, dos de ellos Padres ancianos ó en- 
üennos, y el tercero un hermano Coadjutor, los de- 
más contenían cuatro personas, que habían de es- 
tar allí día y noche, durante un mes entero, con sus 
camas y bagajes. Véase cuál podía ser la comodi- 



(i) Pbramás: Annus patiens, lulii die xxii. 

(2) Equivalencia aproximada de las medidas que se- 
ñala ei P. Pbramás: Annus patiens die xxii lulii: cCarro- 
rum ámericanorum longitudo, duodecina palmorum est; 
lalitudo quinqué palmorum; altitudo, novem.» 



.— 88 — 

dad, cuando en el uso ordinario del país acostum- 
braban servir únicamente para un viajero ó, cuan- 
do más, para dos. 

La primera jornada no pudo ser más que de 
tres leguas, por haberse volcado tres de las ca- 
rretas, lo que ocasionó un retardo considerable. 
Al llegar al paraje donde habían de pasar la no- 
che, á pesar de hallarse tan apartado de la ciudad, 
se encontraron los Padres con gran número de 
personas, y algunas de lo más principal de Cór- 
doba, que habían ido allí á despedirse de ellos» 
ya que no habían podido hacerlo en la misma ciu- 
dad. Para poder deslizarse con más seguridad en- 
tre los visitantes, la hermana de uno de los reli- 
giosos expatriados, que pertenecía á una de las 
mejores familias de la ciudad, se mudó el traje é 
iba vestida de varón á despedirse de su hermano 
por última vez en el mundo. Cinco días más tar- 
de , á 28 de Julio , continuaban todavía estas visi- 
tas de gente salida de Córdoba para despedirlos, 
aunque ningún día interrumpieron sus marchas, y 
aquel día habían atravesado ya el río Tercero (l). 

Por lo demás, en todo el viaje, que duró hasta 
el 18 de Agosto, no tuvieron alivio alguno, ni se 
tuvo cuidado con su tratamiento. Y si bien el día 
de Santiago, después de trece días que no asis- 
tían al santo sacriñcio de la Misa, tuvieron el con- 
suelo de ver que lo celebraban el P. Manuel Que- 
rini y el P. Ladislao Oros en una capilla de Nues- 

(i) Ibid. lulii die 2S. 



-89-^ 

tra Señora del Pilar, que había junto al río Se- 
gundo; peto aun de este consuelo se vieron pri- 
vados la mayor parte de los días restantes; y 
cuando lo tuvieron , hubo de ser en altar portátil, 
sin permitírseles ni Misa ni comunión el mismo 
día de la ñesta del Patriarca San Ignacio de Lo- 
yola, por alegar el conductor que urg^a continuar 
el viaje, como, en efecto, se continuó todo el día. 
Tampoco se les permitió, al pasar por el santua- 
rio de Nuestra Señora de Lujan, ya entonces te- 
nido en gran veneración, entrar en la iglesia, 
cuanto menos decir Misa, para lo cual hubiera 
sido necesario ponerse en comunicación con el 
Capellán, cosa imposible, por haber prohibido el 
diocesano limo. Sr. D. Manuel Antonio de Lato- 
rre, según se decía, á todo su clero el tratar con 
los Jesuítas bajo pena de excomunión. El Cape- 
llán D. Carlos Bejarano, discípulo que había sido 
de los Padres en la Universidad de Córdoba, sin 
atreverse ahora á comunicar con ellos, estaba des- 
de lo alto del campanario mirando el desfile de 
las carretas por la calle principal. Y si en lo espi- 
ritual iban tan mal tratados, no lo eran mejor en 
lo temporal, no habiendo tenido en todo aquel 
tiempo más que una comida al día, y aun esa 
muy corta en cuanto á la cantidad , y nada buena 
en cuanto á la calidad. Sin contar con algún día 
más extraordinario, como la víspera de la Asun- 
ción, de la cual dice el P. Peramás: «Este día es 
ayuno eclesiástico; pero el Capitán Bobadilla, de 
puro piadoso, lo ha convertido en ayuno natural. 



— go — 

no dándonos de comer en todo el día» (l). O al- 
guna otra vez que, por caminar todo el día y se- 
guir viaje también varias horas después, nada les 
permitió tomar hasta las once de la noche. Para 
que no les faltase tribulación de ningún género, an- 
duvieron asimismo algunos días con grandes te- 
miores de un asalto de los indios pampas, que á 
menudo solían acometer las carretas en viaje. Por 
todo el camino acompañaron las carretas 40 sol- 
dados bien armados, para evitar se les huyesen 
los Padres, si ya no era para colmar su ignomi- 
nia, tratándolos como á malhechores; por más que 
desde los primeros días hubiesen experimentado 
que, hallándose en circunstancias ó puntos donde 
fácilmente se podían haber escapado y librado de 
lá vejación, ellos por sí mismos se habían presen- 
tado á los ejecutores, sin querer dar oídas á las 
personas que les aconsejaban ó facilitaban la fuga. 
AI pasar por cerca de Buenos Aires, en el río de 
las Conchas, recibieron la visita de varias perso- 
nas de familias principales de Buenos Aires, que 
fueron á saludarlos en medio de la noche; y luego, 
sin acercarse más que á dos leguas de la ciudad, 
siguieron su ruta para la Ensenada, donde los dejó 
en 20 de Agosto , embarcados en el navio La Ve- 
níiSy el Capitán Bobadilla, para dirigirse él á Bue- 
nos Aires. 

(i) PeramAs: Annus patieos, Augusti die xiv. 



— 91 — 

EXPULSIÓN DE LAS OTRAS CIUDADES, 
EN PARTICULAR DE LA ASUNCIÓN Y TARIJA 

Las demás ciudades estaban á mayor distancia 
de Buenos Aires. Contábanse á Corrientes 240 le- 
guas. En esta ciudad fué señalado por ejecutor el 
Auditor de guerra D. Manuel de Labardén, y se 
ejecutó la prisión el 26 de Julio, siendo 15 los 
Jesuítas que de allí fueron remitidos á Buenos Aires. 

La Asunción dista 400 leguas; y hallándose en 
provincia distinta de la de Buenos Aires , era me- 
nester, para dirigir al ejecutor, que Bucareli usara 
de su facultad extraordinaria, lo que hizo él con 
mucho gusto, como lo había hecho para Córdoba 
y para toda la provincia del Tucumán. Designó 
por ejecutor de la Asunción al mismo Goberna- 
dor de la provincia del Paraguay, D. Carlos Mor- 
phy. Pero sospechando del afecto que siempre 
había mostrado este caballero á los Jesuítas, le 
agregó para todas las diligencias dos personas de 
toda la conñanza de Bucareli, y que por lo mismo 
debían ser conocidas de él como enemigas de los 
Padres, aunque en lo exterior se daban por ami- 
gos. Fueron éstas los dos vecinos de la ciudad, 
D. Marcos Salinas y D. Salvador Cavañas. Ante 
ellos se leyó el pliego que condujo á la Asunción 
un Oficial de Dragones con seis de sus soldados á 
26 de Julio, y entrambos , según las instrucciones 
que se enviaban, prestaron juramento, en manos 
del Gobernador, de que no descubrirían á nadie 



lo contenido en el despacho hasta después de su 
ejecución, que debía veriñcarse ocho días más 
tarde (l). 

No podían pasar inadvertidas estas circunstan- 
cias extraordinarias en una ciudad de 6oo veci- 
nos como la Asunción, y habían producido una 
expectación inquieta, haciéndose diversas conje- 
turas y dividiéndose los pareceres, cuando en la 
mañana del 30 de Julio de I ^^^ se vio el colegio 
cercado de más de ICX) soldados. Penetró el Go- 
bernador en el edificio con gente armada, y sólo 
acompañado de los empleados necesarios para la 
intimación. Había en el colegio 16 sujetos, con- 
tando entre ellos un sacerdote y dos hermanos 
coadjutores, que vivían en las estancias. Reunidos 
todos los presentes en el aposento del P. Rector 
Antonio Gutiérrez, y habiendo declarado Morphy 
de palabra el intento de la diligencia, mandó al 
Notario tomar razón del nombre y circunstancias 
de cada uno, y luego, puestos de pie, escucharon 
el Real decreto de extrañamiento. Terminada la 
lectura, preguntó el Gobernador si lo obedecían. 
«Respondió por todos el P. Rector», dice Iturri, 
«que lo obedecía gustoso^ y repetimos todos lo 
mismo, con mucha alegría y serenidad, al paso 
que los seglares no hacían más que llorar». Mor- 



(i) Este relato de la Asunción se toma de un manus- 
crito del P. Francisco de Borja Iturri , uno de los arresta- 
dos en aquel colegio, que se conserva en el Archivo de 
la provincia de Toledo. 



-^ 93 — 

phy fué el único ejecutor que, sin dejar de tener 
arrestados y seguros con guardias á los Jesuítas, 
usó con ellos de la humanidad de no tenerlos ha- 
cinados en un aposento, sino distribuirlos en va- 
rios, como lo previene la misma Instrucción del 
Conde de Aranda, núml ix. 

La vista de tanto aparato y la noticia del extra- 
ñamiento, llevada á las casas por los 400 niños 
que al salir el sol habían acudido, como de cos- 
tumbre, á las escuelas, produjo en la ciudad una 
consternación indescriptible. Las lágrimas y la- 
mentos de los vecinos eran tales, que se oían des- 
de los aposentos en que estaban confinados los 
Padres. Hubo quienes prorrumpieron en estas in- 
discretas expresiones, arrancadas por la vehemen- 
cia del dolor: Ya no me confesaré jamás y faltando 
bs Jesuítas y directores de nuestras almas. Otros 
decían: Ya no tengo esperanza de asegurar mi sal- 
vación^ estando desterrcuios los Jesuítas , que á to^ 
dos Cristian á la hora de la muerte. Y otras expre- 
siones semejantes. Ni faltó á los Jesuítas de la 
Asunción la compasión de las otras órdenes reli- 
giosas. El P. Comendador de la Merced, Fray Ma- 
nuel Pessoa, advirtiendo que el día siguiente era 
la fiesta de San Ignacio, y en el colegio de los Je- 
suítas, en vez de regocijados cultos, no había sino 
luto y desolación, quiso celebrar en su Iglesia una 
Misa cantada con gran solemnidad en honor del 
santo Patriarca* Sabiéndolo la gente, ocupó el tem- 
plo en tanta muchedumbre , que no había memo- 
ria de concurso tan numeroso ; y la Misa con di- 



— 94 — 

fícultad pudo terminarse, porque haciendo el pue- 
blo coro de por sí con el llanto , obscurecía el so- 
nido de la música y voces de los cantores, y con- 
movieron de tal modo al celebrante, que, sin ser 
dueño de reprimir sus lágrimas, apenas podía se- 
guir oñciando. En Santo Domingo no era la aflic- 
ción menor; y el F. Prior del convento, pasmado 
del suceso, prorrumpió en estas palabras, hablan- 
do con el Maestre de campo D. Lorenzo Recalde: 
«¿Qué harán con nosotros, si así son tratados es- 
tos religiosos tan ejemplares?» (i). 

Los negros esclavos del colegio, que tenían gran 
apego á los Padres por su buen tratamiento, y 
presentían cuan diversa iba á ser su suerte en 
poder de cualquier otro dueño, mostraron su 
dolor con extraordinaria vehemencia. Habiendo 
entrado el agregado del Gobernador, D. Salvador 
Cavañas, en la ranchería donde se hallaban con- 
gregados, les anunció con palabras desentonadas 
que en adelante no tenían para qué pensar en los 
Padres, porque éstos iban desterrados; que ya no 
eran esclavos sino del Rey, y que en nombre del 
Rey le habían de obedecer á él, que lo represen- 
taba. Alzaron aquellos infelices al oir tan impruden- 
tes razones el grito y el llanto con tal clamor, que 
se temió algún alboroto ó revuelta, y fué necesa-» 
rio que acudiese allí el Gobernador, quien empleó el 
influjo del P. Rector para calmarlos y sosegarlos. 

En medio del sentimiento general, hizo notable 

(i) Iturri: Relación citada. 



— 95 — 

disonancia la excepción de cierto religioso, que le-^ 
jos de mostrar pena, andaba de casa en casa esfor- 
zándose en persuadir que no había motivo para en- 
tristecerse, pues los Jesuítas no servían para nada 
ni hacían falta alguna, y todos sus ministerios serían 
desempeñados con ventaja por los frailes de la sa- 
grada Orden á que él pertenecía. Halló este impor- 
tuno consolador su merecido en la respuesta que 
recibió en alguna casa; pero mucho más lo halló 
cuando pocos días después y al enviar á recoger 
los Jesuítas que estaban en la misión de los Guay- 
curús y Guanas, se le presentó el Gobernador» 
pidiéndole dos religiosos de la casa que regía para 
sustituir á aquellos Padres. Respondió que no 
tenía Padres á propósito para aquel ministerio. 
Entonces el Gobernador le dijo: «¿Cómo es esto> 
Padre? ¿Tan poca compasión tiene vuestra Pater- 
nidad á esta pobre provincia y á sus vecinos, que 
van á quedar de nuevo expuestos á las incursio- 
nes de esos infieles? ¿Y en esto han venido á parar 
los alardes de los días antecedentes, que todos 
han oído y admirado? Entienda vuestra Paterni- 
dad que ofende mucho con sus dichos, agravando 
el infortunio de unos religiosos y sacerdotes dig- 
nos de respeto y compasión, y jactándose con 
tanta vanidad de lo que llegada la ocasión no es 
capaz de ejecutar» (l). No pudiendo Morphy 



(i) Iturri: Relación, núm. lo. — Casado: La provincia 
^estdHea del Paraguay^ Ms. del Archivo de la provincia de 
Castilla. 



-96- 

hallar religiosos, envió como pudo algunos cléri- 
gos seculares para sustituir á los ocho Jesuítas mi- 
sioneros de Abipones, Mbayás y Monteses, como 
se verá en el libro siguiente. 

Veintiún días estuvieron detenidos los Jesuítas 
fen la Asunción antes que se les pudiesen propor- 
cionar competentes embarcaciones para Buenos 
Aires; y en todo este tiempo continuaron expe- 
rimentando tan á las claras el afecto de los mora- 
dores de la ciudad, que para poder hablar á los 
Padres y despedirse de ellos, hubo varios que se 
disfrazaron y se pusieron á ejercitar los más hu- 
mildes oficios que les facilitasen la entrada en el 
colegio, no obstante hallarse ya prohibida toda 
comunicación con los expatriados bajo pena de 
muerte. So pena de muerte también, segün el man- 
dato y en nombre de Bucareli, estaba publicado el 
bando de que nadie hablase: <en asunto de Jesuí- 
tas, especialmente tratando de la falta que hacían, 
ó inconvenientes que se seguirían de su extraña- 
miento. > Estos bandos, de que da noticia el Padre 
Iturri, muestran la suavidad de medios de que 
echaba mano Bucareli para lograr la «complacen- 
cia» que, según él (l), causaba el extrañamiento 
de los Jesuítas. 

Dispuestas, finalmente, todas las cosas, se em- 
barcaron á 19 de Agosto, según parece, y bajaron 
por el río para reunirse con los demás Jesuítas 
que estaban en Buenos Aires, depósito general 

(i) Carta al Conde Aranda de 6 de Septiembre de 1767* 



— 97 — 

para todas estas provincias. Y fué cosa singular 
que hasta los payaguás, que desde mucho tiempo 
atrás estaban medio avecindados en la Asunción, 
tomasen parte con su tristeza en las muestras ge- 
nerales de duelo por la expatriación de los Jesuí- 
tas, sin estorbárselo su carácter perpetuamente 
cerril, propenso á la traición é ingrato á los bene- 
ficios. Su cacique, viendo el sentimiento de la 
ciudad y sabiendo lo sucedido, fué el día del 
arresto á la casa de D. Sebastián de León, y le 
dijo: f¿Por qué tratáis á esos Padres Teatinos» 
[sobrenombre dado á los Jesuítas en aquellos paí- 
ses] «con* tanta inhumanidad? ¿Qué han hecho? Y 
siendo ellos tan buenos, ¿por qué les ponen pre- 
sos?» Procuró León satisfacerle con el decreto del 
Rey; pero el bárbaro, que se guiaba por su expe- 
riencia, no quiso admitir estas razones; y de hecho 
los payaguás hicieron especiales demostraciones 
de dolor en los días de la partida, como se refe- 
rirá más adelante con las palabras del P. Sánchez 
Labrador. 

A pesar del cuidado puesto por el Gobernador 
Morphy en observar las instrucciones, se empeñó 
Bucareli primero en sospechar que las había des- 
obedecido del todo , y eso justamente cuando es- 
taban para llegar á Buenos Aires los desterrados 
de la Asunción. Sindicóle asimismo de haber con- 
fundido intencionalmente los papeles del Archivo; 
cosa tan falsa, que hoy mismo existe en el Ar- 
chivo Nacional de Buenos Aires el inventario de- 
tallado de tales papeles hecho en los días de arres- 

7 



-98- 

to (l). Y le atribuyó asimismo el no haber desalo- 
jado á los portugueses de Igatimf (2), omisión de 
la cual, como demostró más tarde el Gobernador 
Pinedo (3), el verdadero culpable era el mismo 
Bucareli, quien dejó indefensa y sin socorro de la 
Real Hacienda la provincia del Paraguay. Con 
tales cargos envolvió Bucareli á Morphy en un 
proceso ante el Consejo extraordinario; y fué tal el 
ensañamiento, que sólo por muerte de aquel pun- 
donoroso militar, se terminó con decreto de so- 
breseer en él. Este fué el medio ordinario en Bu- 
careli y en algunos otros ejecutores semejantes á 
él, para desentenderse de los que les inspiraban 
recelo ó á quienes profesaban enemistad. 

La jurisdicción de Tarija (4), aunque por estar 
gobernada por un Corregidor dependiente de la 
Audiencia de Charcas, nada tenía que ver con las 
tres provincias asignadas á Bucareli como ejecu- 
tor, pertenecía, no obstante, á la provincia jesuí- 
tica del Paraguay, á la que había sido agregada 



(i) Buenos Aires: Archivo general, legajo Paraguay 
1766-1770, 

(2) Memoria de Bucareli á su sucesor Vértiz (Brabo: 
Colección, 292.) 

(3) Informe al Rey en 22 de Junio de 1778. (Asunción: 
Archivo nacional, vol. i, núm. 16.) 

(4) Los detalles del extrañamiento de Tarija se hallan 
consignados en una Memoria de autor anónimo, pero que 
fué uno de los Padres arrestados allí, con el título de No- 
ticia de lo sucedido con los Jesuítas del colegio de Tarija 
con motivo del Decreto de su expulsión, (Ms. Archivos gene- 
rales de la Compañía.) 



— 99 — 

por causa de mayor facilidad de atender á las mi- 
siones de aquella comarca. Existia en Tarija un 
colegio fundado á fines del siglo xvii por el Mar- 
qués de Tojo, con lO 6 12 sujetos, que atendían 
además á una misión formada, parte de indios 
chiriguanos, parte de mataguayos. Desde Tarija 
también acudían los Padres con lo necesario á las 
misiones de los Chiquitos, que ya estaban en la 
jurisdicción secular de la provincia de Santa Cruz. 

La ejecución del extrañamiento en Tarija se 
hizo bajo la dirección del Presidente interino de 
la Audiencia de Charcas, D. Victorino Martínez 
de Tineo, del cual dice Bucareli en su carta de 6 
de Septiembre de 1 767: «Me avisa... que para 
cumplir la Real voluntad, determinó el 4 del pre- 
sente su ejecución, comprendiendo en ella el cole- 
gio de Tarija, y los pueblos de Chiquitos y Mojos, 
que están en sus inmediaciones.» 

La misma causa que aceleró la ejecución en la 
parte argentina, la hizo acelerar también en Ta- 
rija, y fué el haber llegado á Montevideo á fines 
de Junio las tripulaciones que habían presenciado 
el extrañamiento en España. Poco antes que lle- 
gase á Tarija el ejecutor nombrado por Tineo, que 
era D. José Tomás de Herrera, Corregidor del 
distrito, y residente á bastante distancia de la villa, 
hubo noticia del golpe que amenazaba, habién- 
dola llevado á 21 de Agosto un mercader que por 
sus jornadas regulares iba desde Salla, y había 
visto el extrañamiento en esta ciudad. 

Grande fué la aflicción de los vecinos con tal 



lOO — 



anuncio, y creció más cuando al día siguiente y 
aun antes de llegar el Corregidor, se pusieron 
guardias armados alrededor del colegio; alarde 
que desaprobó en lo público el Corregidor á su 
llegada, por más que hubiera sido él quien lo había 
ordenado, y sin que sus aparentes muestras de 
disgusto estorbaran que mandase en seguida poner 
cautelosamente centinelas; y á la mañana siguien- 
te, 23 de Agosto, á las cuatro de la madrugada, 
hiciese su ocupación con tropa y sin ahorrar ve- 
jación alguna de las que cometieron otros ejecu- 
tores, aunque había sido discípulo de los Pa- 
dres en Córdoba y colegial de Monserrat. Eran 
los sujetos del colegio el P. Francisco Frasset, 
Rector; P. Francisco Fabra, Procurador; Padres 
Antonio Garau, Cayetano Torres, Antonio París, 
Bartolomé Franco, y HH. Pedro Haro y Antonio 
Muñoz; á los que se agregaban cinco Padres más 
que se hallaban fuera, para quienes aquel mismo 
día despachó con urgencia sus cartas el P. Rector; 
y fueron los ausentes tan puntuales, que uno de 
ellos, el P. Agustín de Azúa, que se hallaba ad- 
ministrando una hacienda á siete leguas de distan- 
cia, aquel mismo día concurrió al colegio, reci- 
biendo tan fuerte impresión al verlo cercado de 
tropas y presos y extrañados los Padres, que po- 
cos dias después moría en el camino, casi al prin- 
cipiar el viaje. Otros dos distaban 40 leguas, y 
200 los dos últimos, que estaban dando misión en 
Pica. 

A las veinticuatro horas del arresto, fueron des- 



— lOI — 

pachados hacia Buenos Aires cuantos había en el 
colegio, excepto el P. Procurador. Detuviéronlos 
luego, apenas empezado el viaje, y los hicieron 
permanecer en casa de un secular, á cuatro le- 
guas de Tarija hasta I.** de Septiembre. El avío 
para el camino íué muy diminuto, é insuficien- 
te para el larguísimo trecho que habían de atra- 
vesar hasta Buenos Aires, que era casi de 500 
leguas; ni aun permitió el G>rrepdor que para el 
viaje llevasen otro vestido más que el que tenían 
usado y puesto. Al cuarto día de viaje enfermó 
de tanta gravedad el P. Azúa, que fué preciso 
desviarse para atenderle en Yavi, casa de los Mar- 
queses de Tojo, por no dejarle morir en despo- 
blado; y efectivamente, llegados allí el 5 de Sep- 
tiembre, ese día falleció el Padre, recibidos con 
gran conformidad los santos Sacramentos. Aun 
de este proceder redargüyó á su regreso el Corre- 
gidor al capitán conductor; y alegando él que el 
Padre se estaba muriendo, y que no había dónde' 
enterrarlo, replicó el G>rregidor con notable inhu- 
manidad, que eso no importaba; que debía haberle 
asistido en el camino como pudiese, y si no había 
capilla inmediata donde enterrarlo, debía ente- 
rrarlo en el campo, si le embarazaba en su marcha. 
A 12 de Septiembre se hallaban en Guacalera, 
jurisdicción de Jujuí, y se disponían á continuar 
su camino, cuando llegaron un Alcalde y el Escri- 
bano de Tarija, quienes de orden del Corregidor 
embargaron las cargas, requiriendo á los Padres 
sobre sus papeles; y respondiendo eÜQs que no 



— I02 — 



llevaban sino unos cartapacios de sermones, y con 
licencia del mismo Corregidor; lo registraron todo, 
sin hallar, efectivamente, otra cosa. Desde Jujuí 
fueron conducidos por el Alcalde provincial de 
Corrientes, D.José de Acosta, quien los trató muy 
bien en las 400 leguas que hay hasta Buenos 
Aires, sin otra particularidad que la de un nuevo 
registro de todas sus cosas en Santiago del Estero, 
por orden del Gobernador de Tucumán, D. Juan 
Manuel Campero. 

Los cuatro Padres restantes llegaron á Tarija 
bastante más tarde, por razón de la gran distan- 
cia, habiendo acaecido con los de la misión de 
Chiruguanos escenas parecidas á las que se dirán 
después, al tratar de las misiones del Chaco. To- 
dos ellos, con el P. Fabra, Procurador, fueron 
despachados de Tarija á poco de su llegada, en 27 
de Octubre, y entraron en Buenos Aires á 23 de 
Febrero de 1768, habiendo padecido en el camino, 
por razón de los conductores, más que los prime- 
ros, quienes estaban ya en aquella capital desde 
el 2^ de Diciembre de 1 767. 

Salta distaba de Buenos Aires 400 leguas, como 
la Asunción, y se verificó en ella el extrañamiento 
á 3 de Agosto. El ejecutor era el Gobernador don 
Juan Manuel Campero, que años antes se había 
mostrado muy favorable á los Jesuítas; pero cuyo 
afecto habían cambiado en contrario los vientos 
que corrían. Desconfiando de él Bucareli por sus 
demostraciones anteriores, le había dado por ad- 
junto al Illmo. Sr. Obispo Ulana, que también al 



— I03 — 

principio favoreció en algo á los Jesuítas, pero 
debía ser actualmente bien conocido como con- 
trarío de ellos; y, en efecto, de ellos dijo todo mal 
en adelante, habló con odiosas sospechas de sus 
intenciones cuando no podía censurar las obras, y 
procuró deshacer sus primeros informes, contradi- 
ciéndose á sí mismo. No necesitaba Campero de 
tal auxiliar, según fué el empeño que puso en 
hacer más duro de lo que ya era de sí el extraña- 
miento. Al día siguiente á la prisión, hubieron de 
emprender los Jesuítas la marcha en carretas, or- 
dinario vehículo en aquellas tierras , para ir á em- 
barcarse al puerto de Buenos Aires. Cuando ya 
llevaban varios días de camino, manda de pronto 
el Gobernador que se registre todo el equipaje de 
los Padres. Detiénense, pues, las carretas, obli- 
gando á bajar á todos los expatriados, y les hacen 
entrar en una choza cercana, cubierta con techo 
de paja. Los soldados que á efecto del registro 
habían sido enviados ponen los baúles en el suelo, 
y despliegan manteos, camisas, medias y cuanto 
dentro había, y lo revuelven todo de arriba abajo, 
paia rer si encontraban ciertos papeles escritos, 
que era lo que se buscaba. Luego que delante de 
tan gran número de curiosos se hubo registrado 
todo sin hallar cosa, vuélvese á poner la ropa en 
ios cofres, y sube nuevamente cada Jesuíta á su 
carreta. Vuelven los emisarios al Gobernador, que 
se hallaba en la vecina ciudad; pero como no hu- 
biese él quedado contento de la diligencia, *manda 
que de nuevo se haga registro, examinando hasta 



— 104 — 

los vestidos mismos de los Jesuítas, mientras ellos 
estuviesen acostados, y que se tienten y miren 
todos sus pliegues. Aunque como esta medida, á 
los mismos que la ordenaron parqcia ya demasiado 
vejatoria contra los religiosos, proveyó el Obispo 
que al registro se hallase presente un sacerdote 
señalado por él. De este modo entendía Campero 
la tranquila^ decente y segura conducción de los 
expatriados, y el tratarlos con alivio y caridad (i). 
Lo que encontraron los registradores tan indeco- 
rosamente enviados por aquel ministro, se redujo 
á un poco de dinero que para el viaje habían dado 
á algunos Padres sus conocidos. Todo ello des- 
apareció en manos de los soldados, convirtiéndose 
así el registro en despojo de los desvalidos. 

En Tucumán tuvo lugar la expulsión en 7 de 
Agosto, y fué su ejecutor el Coronel de milicias 
D. Juan Antonio Cornejo, según los documentos 
que todavía se conservan en aquella Tesorería. 
Había allí siete Padres y algunos hermanos (2). 

En el mismo mes, sin que conste de la fecha 
exacta, se verificó el extrañamiento en Santiago 
del Estero, Catamarca y Rioja. 

A los Jesuítas conducidos á Buenos Aires de 
toda la provincia del Paraguay, se juntaron los de 
Mendoza, San Juan y San Luis, que entonces per- 
tenecían á la provincia de Chile, por no ser posi- 



(i) Instrucción, núm. xxix. 

(2) Memoria histórica y descriptiva del Tucumán^ § vni, 
página 121. £d. Buenos Aires, 1882. 



— I05 — 



ble trasladarlos á Valparaíso, pasando la cordille- 
ra. Salieron los de Mendoza á 7 de Septiembre, y 
fueron á embarcarse á la Ensenada de Barragán. 



EXPULSIÓN DE LOS RECIÉN LLEGADOS 

DE ESPAÑA 

Lo que podría causar notable asombro á cual- 
quiera, es que entre los expulsos fueran compren- 
didos los misioneros de la expedición que acababa 
de llegar de España. Los PP. Procuradores de la 
provincia del Paraguay, José de Robles y Domin- 
go Muriel, quienes, según la ordinaria costumbre, 
habían ido á Europa al cabo de los seis años para 
tratar los asuntos de su provincia y procurar la 
venida de nuevos misioneros, lograron del Consejo 
de Indias licencia para traer á América hasta 8o 
religiosos. No se había concedido expedición ma- 
yor que aquélla desde la fundación de la provincia 
del Paraguay. Y esta concesión se hizo cuando ya 
el odioso proceso secreto de la pesquisa reservada, 
en la que de antemano se había resuelto que sa- 
liesen culpables los Jesuítas, iba muy adelante, y 
se inclinaba hacia el inicuo término de la expul- 
sión; queriendo, según parece, los iniciados en el 
plan de perder á la Compañía de Jesús en España, 
adormecer la conñanza de los Jesuítas con mues- 
tras de favor, ya que todos aquellos misioneros 
eran conducidos á América á expensas, en parte, 



— io6 — 

del Real Erario. De los 8o concedidos, se habían 
embarcado 20 en Cádiz, en el navio San Femando^ 
á 2 de Enero de 17^7% co^ otros 20 que estaban 
destinados á Chile. Los que se habían juntado de 
los 60 restantes de la expedición al Paraguay, que 
estaban distribuidos para venir en otros buques, 
se hubieron de ver comprendidos en el extraña- 
miento de España, ejecutado el 2 de Abril. En 
cuanto á los 40 del San Femando, estaban desti- 
nados por la divina Providencia para sufrir terri- 
bles golpes aquel año. Y es bien singular que, no 
habiendo podido apartarse de las costas de España 
en más de dos meses, á causa de los malos tem- 
porales, todavía se hallaban á 5 de Marzo enfrente 
de Algeciras, donde los vientos les habían forzado 
á refugiarse. Else día salieron por fin; y después de 
haber estado á punto de perderse en el mar con 
las borrascas, y de pasar una trabajosa navegación 
de siete meses desde Cádiz, arribaron al puerto 
de Montevideo á 26 de Julio, haciendo señales de 
socorro para que fuesen á auxiliarlos, por ser 
grande el número de enfermos y extrema la ne- 
cesidad que padecían de víveres. De los 42 
Jesuítas embarcados en Cádiz habían muerto seis 
en la travesía. Mas á pesar de las señales, no se 
movió el Gobernador La Rosa á enviarles auxilio 
en todo aquel día, y sólo al día siguiente se pre- 
sentó á bordo él en persona, rodeado de multitud 
de soldados armados y con bayoneta calada, y 
reuniendo todos los Jesuítas sobre cubierta, les 
intimó el decreto de extrañamiento y les exigió la 



— I07 — 

respuesta de si estaban prontos á obedecer. Res- 
pondieron que sí; é instando los oñciales del navio 
.por la necesidad del pronto desembarco, dio el 
Gobernador licencia para hacerlo, amontonando á 
los 36 Jesuítas en el espacio ocupado antes por 
lo» tres 6 cuatro que habían expulsado de Monte- 
video. Y fué providencia de Dios para dar aquel 
breve alivio á los fatigados viajeros, pues ya venía 
cruzando el río una orden de Bucareli para que si 
llegaban Jesuítas de Europa, en ningún modo los 
dejasen desembarcar, sino que inmediatamente 
pasaran á la Ensenada, para entrar en la fragata 
La Venus y hacerlos regresar á España. Aíortu - 
nadamente no llegó hasta la noche, cuando ya to- 
dos estaban en tierra (l). No puede menos de re- 
probarse la inhumanidad de semejante mandato, 
que ni aun consentía un instante de reposo á 
aquellos hombres exhaustos de fuerzas, que aca- 
baban de salir de las molestias y peligros de tan 
larga navegación, sin hacerse cargo ni de las fati- 
gas del viaje ni de la afección moral ocasionada 
por la noticia del destierro é infamia, que fué bas- 
tante para causar rápidamente la muerte al Padre 
José Salinas, natural de Buenos Aires, que ya 
venía enfermo. Recobrados un tanto los demás, 
fueron embarcados 20 de ellos á fines de Agosto 



^^i) Carta especial del hermano escolar José González 
Duran al P. Domingo Muriel (Archivo de la provincia de 
Aragón). 



— xo8 — 

con los Padres de Córdoba en la Ensenada (l). 
Otros ocho, que eran novicios, fueron conducidos 
en los primeros días de Septiembre á Buenos Aires, 
para hacer con ellos las pruebas que más adelante 
se verán. Los siete restantes, detenidos en Monte- 
video por enfermos, fueron embarcados, finalmen- 
te, para Buenos Aires, á 17 de Noviembre, cuando 
ya la primera expedición de Jesuítas había partido 
para España; pero sorprendidos en medio del río 
por una deshecha tormenta, todos ellos perecieron 
ahogados. Eran el P. Bernardo Bennáser, sacerdo- 
te de las islas Baleares, con los hermanos Juan 
Blanco y Antonio Gandía, escolares, y el hermano 
Antonio López, Coadjutor, destinados á Chile; y 
los hermanos Ignacio Morro, Juan Ribas y José 
Gayola, escolares, destinados á la provincia del 
Paraguay (2). Y todavía parece que quiso castigar 
á los mismos cadáveres Bucareli; pues habiéndose 
recogido algunos de ellos los días siguientes, los 
hizo enterrar silenciosamente y sin funerales. — En 
la Colonia apareció uno, y los portugueses le hi- 
cieron solemnes exequias. 

Estos hechos, y los que todavía restan por ver, 
acreditan que el extrafiamiento fulminado por Car- 
los III con la mayor ceguedad, sobre ser en sí 
mismo un desatentado atropello de la inmunidad 
eclesiástica, y una flagrante violación de la ley y 
justicia natural, que alardeando de clemencia y 



(i) PbramXs, Anaus páticos, xxx Augusti. 
(2) PbramAs, Vita Ignatii Morrii. 



— log — 

benignidad, condenaba á millares de inocentes, á 
quienes se había negado toda defensa, y ni siquie- 
ra se les había oído; y les infligía las mayores pe- 
nas que conocen las leyes fuera de la pena capital: 
estigmatizándolos además con nota de perpetua 
infamia, más dolorosa aun que la misma muerte; 
fué, en su ejecución, desapiadado y cruel, y sacri- 
ficó muchas vidas de los mismos con quienes, por 
lo menos en la aplicación de la inmerecida pena, 
podía y debía haberse usado de humanidad. 



EL VIAJE A EUROPA 

Todo el mes de Julio, Agosto y gran parte del 
de Septiembre, hubieron de estar los Padres de 
Buenos Aires encerrados en su prisión de la casa 
de los Ejercicios, junto á la actual parroquia de 
San Telmo; agregándoseles los que iban llegando 
de Corrientes, Montevideo y Santa Fe. Su arresto 
en aquella casa distaba mucho de ser suavizado 
con algún alivio ó consuelo, como que luego su- 
pieron que, extraídos de sus iglesias los ornamen- 
tos y vasos sagrados, que se destinaban á otras, 
se habían tapiado las puertas de ellas, cual si se 
pretendiera que no quedase memoria de sus mi- 
nisterios espirituales; y en cuanto á ellos mismos, 
haciendo Bucareli ostentación de su sabiduría ca- 
nónica, los declaró incursos en innumerables cen- 
suras, y, por lo menos á los principios, no sólo no 



lio 



les dejó que celebrasen el santo sacriñcio de la 
Misa, sino que ni aun permitió que la oyesen, no 
dejando que les dijera Misa ningún sacerdote de 
fuera. Por fin, llegados ya los Jesuítas de Córdoba 
á la Ensenada; detenidos los que venían de Espa- 
ña en el San Fernando para que de nuevo em- 
prendiesen la contraria navegación, y recogidos 
los de los dos colegios de Santa Fe y Corrientes, 
y de la residencia dé Montevideo, se reunieron 
después de mediado Septiembre en el río en cinco 
buques hasta 224 Jesuítas expatriados (l). Eran 
los buques la fragata de guerra La Venus^ que 
llevaba los Padres de Córdoba y muchos del San 
Fernando, en número de más de 150; la fragata 
de registro San Esteban^ donde iban los de Bue- 
nos Aires, en número como hasta de 50; la saetía 
El Pájaro^ que llevaba los de Santa Fe; La Cata- 
lana^ en que iban los de Corrientes, y el paquebot 
El Príncipe^ que transportaba al P. Cosme Agulló 
con seis novicios de los llegados en el San Fer~ 
nando. 

Día de San Miguel, 29 de Septiembre de 1 767, 
se dio esta flotilla á la vela desde el puerto de la 
Ensenada; y á 12 de Octubre salieron de la boca 
del Río de la Plata. Después de padecer una fu- 
riosa borrasca todo el día 17 de Octubre y la no- 
che siguiente, fué bueno lo restante del viaje, lo 
que Padres y marineros atribuyeron á especial 
protección de San Estanislao de Kostka, á quien se 

(i) PbramXs, Annus patiens, die xxix. Sept. 1767. 



III 



hacían particulares obsequios. La Venus entró en 
el Puerto de Santa María el 7 de Enero de 1768; 
El Pájaro^ el 9; La Catalana^ el 17, y el San Es- 
teban no llegó hasta el 17 de Febrero, habiendo 
padecido los que en él iban lo que no es decible 
del hambre y sed; muriendo tres hacia el fin de la 
nav^ación, y llegando los demás sumamente ex- 
tenuados al puerto. El Principe^ empujado por 
vientos y tormentas, fué primero á parar al Ferrol, 
de allí á la Coruña, y, últimamente, se presentó 
en el Puerto de Santa María á 9 de Marzo. 

En el Puerto de Santa María, situado en la 
bahía de Cádiz y fijado como depósito donde ha- 
bían de recogerse todos los expatriados de Amé- 
rica, aguardaban á los Jesuítas del Paraguay cua- 
tro meses más de estrecha prisión, amargados 
todos los días con nuevos sinsabores. Todos ellos 
fueron alojados al principio en la casa que en 
aquella población tenían las provincias de Amé- 
rica de la Compañía con el nombre de Hospicio 
de Misiones^ y donde se detenían las expediciones 
de misioneros convocados en Europa, aguar- 
dando que se hicieran á la mar los buques que 
los habían de conducir. Aquel puerto y aquella 
casa, que tantas veces había visto partir á los 
Misioneros para evangelizar á los indios en apar- 
tadas regiones, los veía ahora confluir de todas 
partes de América para ser expatriados, retirando 
España con este hecho su poderosa acción de las 
antiguas misiones. A I.** de Marzo de 1 768, au- 
mentándose notablemente el número de los Jesuí- 



— 112 — 

tas que llegaban de otras provincias de América, 
los del Paraguay fueron transportados á un gran 
ediñcio llamado de La Guia^ á distancia de un tiro 
de fusil del Hospicio, donde también había una 
capilla pequeña. Todo el tiempo que permanecie- 
ron en el Puerto de Santa María, aunque los gas- 
tos del Real Erario para alimentar y vestir á aque- 
llos deportados eran grandes; el trato que reci- 
bieron en la comida y hospedaje fué muy infeliz; 
lo «que prueba, dice el P. Peramñs (l), que el 
abandono en que estamos no procede de escasez 
del Rey, sino de avaricia y deslealtad en los que 
manejan estos caudales». 

Agregóse á su mal tratamiento otro pesar mu- 
cho más grave. Algunos de los Jesuítas de las pro- 
vincias americanas, que con tanta edificación ha- 
bían sufrido su destierro y soportado las molestias 
de la navegación, seducidos ahora por los falsos 
halagos que oían en España, y amedrentados de 
lo mucho que les ponderaban los trabajos que to- 
davía les faltaban que pasar, apostataron feamente 
de su vocación; y mientras los novicios les daban 
ejemplo de una perseverancia á la que no se ha- 
llaban ligados, rooipieron ellos la obligación sa- 
grada de los votos que ya tenían contraída. Nueve 
fueron los que de la provincia del Paraguay se 
retiraron de este modo, y de otras provincias los 
hubo en mayor número. Pero no lograron ni aun 
las ventajas temporales que de su sacrilegio se 



(i) Annus patiens, xx Maü 1768. 



— 113 — 

prometían; pues el ministro español encargado de 
la expulsión, les notificó que era preciso que tam- 
bién ellos siguiesen embarcados á Italia, para ob- 
tener del Sumo Pontífice su secularización, y que 
para eso había de hacer cada uno su diligencia 
propia, justificando las causas por las que preten- 
día salir de la Compañía; y de esta solicitud y 
comprobantes debían llevar una copia para pre- 
sentarla al Papa, y otro debían dejar en España. 
Agrega el P. Peramás que al contestar el Rey 
Carlos III á la primera petición que le dirigieron so- 
licitando su permanencia en el reino, como miem- 
bros que se querían separar de la Compañía de 
Jesús, había respondido el Monarca con frases muy 
cariñosas, llamándolos hijos suyos. Singular delito 
de lesa majestad el que hacía expatriar á todos los 
Jesuítas» que se convertía en inocencia con sólo 
renegar de un Instituto religioso aprobado por la 
autoridad de la Iglesia de Jesucristo como santo y 
de prescripciones que conducen á la perfección 
cristiana. 

Proceder es éste en que resalta la semejanza 
con el de los perseguidores del Cristianismo, quie- 
nes sentenciando á la última pena á los cristianos, 
los daban, sin embargo, por inocentes con sólo 
que abjurasen de la fe; con lo que ponían de ma- 
nifiesto que las severísimas penas infligidas á los 
fieles no procedían sino de odio á la religión; y que 
cuando se publicaba ser los cristianos unos malva- 
dos y facinerosos, estaban en realidad inocentes de 
todo crimen, y no tenían otro delito, que el de pro- 

8 



— 114 — 

tesar una religión santa. Aunque esto consolaba á 
los Jesuítas del Paraguay; no obstante, la prueba 
que tuvieron que sufrir con ocasión de los após- 
tatas, fué muy dolorosa: hasta que más tarde, lo- 
graron que fuesen separados de ellos en la morada, 
aquellos que ya se habían separado en el ánimo, 
abandonando cobardemente su puesto y faltando 
á los compromisos que tenían contraídos con Dios. 
Por fin, el I S de Junio, embarcados nuevamen- 
te, dirigieron su rumbo hacia la isla de Córcega, 
adonde iban destinados, y donde todavía estaban 
los demás Jesuítas de la Península, por no haber 
sido recibidos en Italia. Con grandes trabajos, que 
pueden verse en el Diario del P. Peramás, llega- 
ron al puerto de Bastia, con la particularidad de 
habérseles hecho esta vez embarcar en buques 
separados á los que eran nacidos en Europa y á 
los que lo habían sido en América; confiando en 
que de este modo les habían de hacer faltar más 
fácHmente á su vocación. Felizmente no fué así; 
y, alojados en Bastia, donde permanecieron desde 
el 4 hasta el 3 1 de Agosto, hubieron de abando- 
nar también la isla por orden de los franceses que 
ya la poseían. Nueva navegación hacia la Repú- 
blica de Genova y nuevos infortunios y viajes que 
duraron hasta el 29 de Septiembre de 1 768, día en 
que se cumplía un año justo de su salida de Punta 
de Lara. Ese día, y el antecedente, se alojaron los 
Jesuítas del Paraguay en la ciudad de Faehza, per- 
teneciente á los Estados Unidos del Papa, que 
fuá el paraje donde perseveraron en adelante. 1 



EL EXTRAÑAMIENTO 

DB 

LOS JESUÍTAS DEL RÍO DE L4 PLATA 



UBRO II 

ARGUMENTO 

LOS NOVICIOS. LOS MISIONEROS DEL CHACO. SEGUNDA 

EXPEDICIÓN DE JESUÍTAS DEL PARAGUAY A EUROPA.-r— 
MISIONEROS DE CHIQUITOS. EXPULSIÓN DE LOS JESUÍ- 
TAS EN LAS MISIONES DE LOS GUARANÍS. BÚSCANSE EN 

LOS PAPELES DE LOS JESUÍTAS PRUEBAS DE LOS CARGOS 
QUE LES QUISIERON HACER. — OBSERVACIÓN SOBRE EL 

EXTRAÑAMIENTO 

LOS NOVICIOS 

Expresaba la Instrucción que se dio á los eje- 
cutores del extrañamiento que se había de pro- 
ceder de un modo especial con los novicios de la 
Compañía de Jesús: «En los noviciados ó casas en 
»que hubiere algún novicio por casualidad, dice 
>el § X de la Instrucción, se han de separar inme- 
>diatamente los que no hubiesen hecho sus votos 
» religiosos todavía, para que desde el instante no 
>comuniquen con los demás, trasladándolos á casa 



— n6 — 

^particular, donde, con plena libertad y conocí* 
amiento de la perpetua expatriación que se im- 
»pone á los individuos de su Orden, puedan tomar 
>el partido á que su inclinación los indujere. A 
testos novicios se les debe asistir de cuenta de la 
>Real Hacienda mientras se resolvieren, según la 
> explicación de cada uno, que ha de resultar por 
^diligencia firmada de su nombre y puño, para 
> incorporarlo si quiere seguir, ó ponerlo á su 
>tiempo en libertad con sus yestidos de seglar al 
ique tome este último partido, sin permitir el 
^Comisionado sugestiones para que abrace el uno 
>ó el otro extremo, por quedar del todo al único 
>y libre arbitrio del interesado; bien entendido 
>que no se les asignará pensión vitalicia, por ha- 
tUarse en tiempo de restituirse al siglo, ó trasla- 
> darse á otro Orden religioso, con conocimiento 
>de quedar expatriado para siempre.» 

Once eran los jóvenes que con decisión de se- 
guir la Compañía había en el Noviciado de Cór- 
doba; y ellos, como los demás religiosos, fueron 
encerrados en el refectorio del Colegio máximo á 
12 de Julio de 1 767. Ninguna impresión les hizo 
el que al llegar á ellos el Notario encargado de 
tomar la filiación de todos los que allí se encon- 
traban, les dijese: ¡Dichosos vosotros, jóvenes! A 
cada uno de vosotros os da facultad el Rey para 
que os volváis a vuestras ccísas ó sigáis á los anti^ 
guos (i). Ni los halagos de aquel ministro, ni el 



(i) PeramXs, Clemens Baygorri, § xxiv. 



— 117 — 

adusto ceño del sargento mayor Fabro, ni el apa- 
rato de los soldados les hizo vacilar un punto en 
su resolución; respondieron todos sin faltar uno, á 
medida que se les iba interrogando, que querían 
seguir á los Padres. Por entonces no se hizo más 
novedad; pero al día siguiente por la noche,, fueron 
separados de los demás Jesuítas, sin que ni ellos 
ni los Padres tuviesen conocimiento del fin de la 
separación. Condujéronlos al convento de San 
Francisco, donde los recibió el P. Guardián Fray 
Blas de Agüero y los otros religiosos, con mucha 
benignidad. Introducidos allí, empezaron á ser 
tentados á una y otra parte, sobre si querían ó no 
perseverar en su propósito. Y como no todos los 
de una casa son de un mismo parecer, había quie- 
nes les aconsejaban que se retrajesen de seguir á 
k>s antiguos, ya que tanto se habían mudado las 
circunstancias y tantas calamidades les aguarda- 
ban. Otros, por el contrario, alababan su constan- 
cia y les daban ánimo. La misma variedad de 
pareceres se mostraba en los habitantes de las 
familias distinguidas de la ciudad, que de cuando 
en cuando acudían á visitarlos. 

Pidieron desde luego los novicios al P. Guardián 
que les diese facultad para observar sus distribu- 
ciones del mismo modo que lo hacían en el novi- 
ciado, y les señalase un sacerdote de la comuni- 
dad franciscana con quien se pudiesen confesar 
para recibir luego la comunión. Entrambas cosas 
les concedió, como que había resuelto no influir 
en nada para inclinar aquellos jóvenes á uno ni 



— ii8 — 

otro partido; puesto que tratándose de la eleccióa 
de estado, y teniendo ellos edad y discernimiento 
bastante para elegir por si mismos, no quería que- 
dar con escrúpulo de haber apartado á alguno del 
camino por donde Dios le llamaba. Varios días pa- 
saron los resueltos novicios en las peleas dichas 
arriba con los que les hacían sugestiones; y en esta 
prueba se sentían animados de un modo especial 
por el ejemplo y exhortaciones de uno de ellos 
mismos, de la misma ciudad de Córdoba y de una 
de las familias principales, que era el joven Cle- 
mente Baygorrí. Tuvo éste que resistir fortísimoR 
asaltos, y en especial hizo su familia que le impug- 
nase la vocación cierto religioso tenido por hom- 
bre de gran doctrina y autoridad, quien esforzó 
cuanto pudo las razones para persuadirle que el 
seguir á los Jesuítas en su destierro era contra de- 
recho natural, divino y humano. Probaba, en par- 
ticular esto último, diciendo que, puesto que Car- 
Ios III desterraba á los Jesuítas, sería por tenerlos 
por reos de algún delito, por lo cual, si él los se- 
guía, desaprobaba el juicio de Carlos III y le con- 
denaba, empeñándose en seguir á los que él des- 
terraba por malos. Pero á todos sus argumentos 
respondió victoriosamente el joven, y al del jui- 
cio de Carlos III contestó: El Rey, sin expresar 
las causas del destierro, da igual libertad para que 
nosotros nos volvamos á nuestra casa ó sigamos á 
los Padres. Si yo me vuelvo á mi casa, su Reve- 
rencia mismo conviene en que no obro contra el 
Decreto; luego tampoco obro contra él, si sigo á 



— 119 — 

los Padres. Al contrarío, si alguno me estorba se- 
guirlos, ó me sugiere que no lo haga, queriéndolo 
yo hacer, ese es el que obra contra el Decreto del 
Rey. Tan eficaces fueron sus respuestas, y tan 
llenas de espíritu, que su mismo padre, luego que 
hubo quedado á solas con él, le abrazó, y recono- 
ciendo que su llamamiento era de Dios, le bendijo 
y animó á que lo siguiese, á pesar de los trabajos 
que le aguardaban. 

Cuatro días habían pasado en estas tentativas 
para alejar á los novicios de su vocación , mani- 
fiestamente prohibidas en el núm. x de la Intruc- 
ción arriba copiado; y visto que no los sacaban de 
allí, escribieron ellos al Comisario de la expulsión, 
pidiendo que, puesto que no habían sido separa- 
dos de los Jesuítas sino para examinar su volun- 
tad, y todos, después de haberlo pensado delante 
de Dios, estaban resueltos á seguir á los antiguos, 
los juntase de nuevo con ellos. Todavía los tuvo 
Fabro otros tres días sin darles respuesta; y al fin, 
á 21 de Julio, mandó que los trasladasen de nuevo 
al colegio y á la compañía de los Padres. Pero 
para que no fuese tan celebrado el triunfo de 
aquellos valerosos jóvenes, hizo que fuesen Deva- 
dos ya entrada la noche. Aunque ni aun así logró 
su intento, pues habiéndose divulgado la trasla- 
ción, se derramó la gente por las calles, y colmó 
de bendiciones y aplausos á los generosos novi- 
cios. Al día siguiente, á media noche, se intimó 
la orden de emprender la marcha hacia el puerto 
de la Ensenada, y salieron antiguos y novicios en 



-^ I20 

las carretas, caminando hasta llegar á embarcarse 
el 1 8 de Agosto, como queda dicho arriba. 

Mas á los 30 de Agosto, día de Santa Rosa de 
Lima, fueron llamados los novicios para embar- 
carlos en un buque ligero, y llevarlos á Buenos 
Aires, donde los aguardaba Bucareli. Al día si- 
guiente bajaban en la playa del puerto con el jefe 
y soldados que los custodiaban, siendo recibidos 
allí por una gran multitud de gente, sin contar con 
los que esperaban asomados á los balcones para 
ver pasar á aquellos jóvenes que en todos excita- 
ban la simpatía por su generosa constancia. Con 
la modestia propia de novicios, y la mayor que 
pusieron empeño en guardar, por haber recorda- 
do uno que á ejemplo de San Francisco de Asís, 
al pasar por las calles, debían ellos predicar con 
el ejemplo, dejaron ediñcados á cuantos los vieron 
en todo el trayecto, hasta llegar á la casa de Ejer- 
cicios que había al otro lado del colegio de San 
Ignacio, esquina de Potosí (hoy Alsina) y Perú. 
Allí fueron introducidos, pero no se les pusieron 
como se habían puesto á los Padres, guardias en- 
la puerta. Aguardábanles aquí nuevas indagacio- 
nes sobre su voluntad de seguir á los Jesuítas de 
votos, como si no bastaran los siete días emplea- 
dos en Córdoba, y las vehementes sugestiones que 
contra el texto expreso de la Instrucción se les 
habían hecho para que no siguiesen á los Pa- 
dres, ó más propiamente, porque se pretendía 
á todo trance hacerlos volver atrás de su resolu- 
ción á fuerza de molestarlos ó fatigarlos. No tiene 



— 121 — 

otra explicación la nueva indagatoria de Buenos 
Aires, sino la de decir que fué uno de tantos actos 
arbitrarios y despóticos como aquí ejecutó Buca- 
reli, quien se burlaba de toda clase de leyes divi- 
nas y humanas. Tres días después se les agrega- 
ban ocho novicios más, que venían entre los Jesuí- 
tas llegados en el San Femando^ seis de ellos para 
la provincia de Chile y dos para del Paraguay. 

Desde su llegada á Buenos Aires habían entabla- 
do los novicios cordobeses la misma regla de vida 
que llevaban en el Noviciado, y que habían obser- 
vado mientras estaban en el convento de los fran- 
ciscanos de Córdoba. Todos los días iba á decirles 
Misa un sacerdote dominico, y dos veces que qui- 
sieron comulgar, acudieron á confesarlos algunos 
Padres de San Francisco y Santo Domingo, Al 
sexto día se presentó un notario para leerles el 
párrafo x de la Instrucción del extrañamiento 
arriba transcrito, que muy bien conocían ya, y les 
advirtió que se les daban tres días de término para 
deliberar su última resolución. Grande era, entre- 
tanto, la expectativa en la ciudad, opinando unos 
que todos perseverarían; y otros, por el contrario, 
que todos sin faltar ninguno, desistirían de su pro- 
pósito, si les enviaban para persuadirles á D. Fran- 
cisco Saravia, quien para todo lo que intentaba 
persuadir, tenía singular arte y eñcacia. Y este 
fué el que eligió Bucareli para que, pasados los tres 
días, hablase á los novicios; y lo hizo valiéndose 
de todos sus recursos, pintándoles muy al vivo los 
daños é infelicidades á que se iban á exponer: <ma- 



— 122 — 

teria», dice elP. Peramás, «que conocía muy bien 
experimental mente, por haber padecido calamida- 
des, y muy graves, poco tiempo hacia» (l). Pero en 
respuesta de su exposición, oyó de los novicios 
réplicas muy sabias y generosas (como inspiradas 
por la gracia de Dios) acerca de las obligaciones 
que impone la vocación divina, y de la virtud de 
la constancia en medio de las adversidades. To- 
madas las declaraciones de los que querían se- 
guir á los Padres, los II novicios del Paraguay 
permanecieron firmes en su primera resolución; y 
sólo dos de los recién venidos, espantados con las 
calamidades que habían padecido en siete meses 
de navegación que inmediatamente se les obligaba 
á experimentar de nuevo, faltaron á su vocación, 
y se resolvieron á quedarse en América. 

Expresada y firmada ya como en Córdoba su 
última determinación, á II de Septiembre fiíeron 
llevados á embarcar los 17 novicios constantes, 
acompañándolos el pueblo con las mismas mues- 
tras de simpatía que la primera vez. El paso desde 
Buenos Aires hasta la punta de Lara adonde iban 
destinados y que á la venida no les había costado 
más que un día; ahora, por causa de una deshecha 



(i) Pbramás: Adqus patiens, 1767, die xxi lulii. — Pb- 
RAMÁs: Vita Clementis Baygorrí.— Anónimo: Relación de lo 
acaecido d los novicios de la provincia que fué del Para- 
guay (Ms. publicado en la Revista Eclesidstica del Arzo- 
bispado de Buenos Air es ^ 1906).— De estas fuentes se han 
tomado las noticias del presente relato. 



— 123 — 

tempestad que se levantó, les hizo emplear ocho 
días enteros. Vueltos á bordo, y no cabiendo 
todos en el navio de guerra La Venus, fueron 
destinados los seis novicios del San Femando con 
el P. Cosme AguUó al paquebot denominado El 
Príncipe. Y de este modo hicieron los novicios el 
viaje con la primera expedición de Jesuítas envia- 
dos á España, hasta llegar al Puerto de Santa 
María. 

Nuevos exámenes y larguísimas pruebas que no 
esperaban, habían de pasar todavía en la Penín- 
sula; y sólo por espacio de dos semanas pudieron 
continuar en la amada compañía de los Padres, 
para no volverlos á ver hasta mucho tiempo des- 
pués y en reinos extraños. Llegados al Puerto de 
Santa María al otro día de Reyes, son separados 
á 22 de Enero, y los conducen al convento de los 
Padres Franciscanos. Poco después, al número de 
los II del Paraguay se agregaron otros 1 8 más de 
otras provincias de América; como se les agrega- 
ron más tarde algunos otros, según iban llegando; 
todos los cuales fueron recibidos de los primeros 
con tal alegría, caridad y conñanza, y tratados 
con tal intimidad, que dejó pasmados á los religio- 
sos franciscanos cuando hubieron averiguado que 
ni parentesco, ni conocimiento personal, ni otro 
lazo alguno los unía con ellos, sino únicamente el 
de pertenecer á una misma Orden religiosa, y 
reconocerse como hijos de una misma madre, que 
era la Compañía de Jesús. Hallando los recién ve- 
nidos entablado todo el orden y la distribución 



— 124 — 

del Noviciado, se acomodaron enteramente á ella. 
Todos ellos fueron interrogados de nuevo por el 
Comisario de aquella Caja si querían desistir de 
seguir á la Compañía; y todos uniformemente res- 
pondieron que no querían dejar la Compañía, sino 
seguir á los Padres. Eran ya 3 5 los que se habían 
juntado, de diversas provincias de América. 

Visto que no se conseguía apartarlos de su pro- 
pósito, ordenóse que fueran separados de los Pa- 
dres y alejados del Puerto, para ver si el tiempo 
y la distancia tenían más inñujo para mudar su 
resolución; y á este fin fueron trasladados á Jerez 
de la Frontera. Tres veces, ante comisionados 
competentes, habían declarado los novicios del 
Paraguay que querían perseverar. Con una sola 
bastaba, y, sin embargo, se les conduce lejos de 
la vista del Puerto, no para certificarse de lo que 
quieren, sino para forzar su voluntad ó derribarla 
por el cansancio, y hacerles abandonar la Compa- 
ñía de Jesús adonde Dios los llama. Y esto á pesar 
de que el Decreto Real dice: He venido en man- 
dar se extrañen.,, á los novicios que quisieren se- 
guirlos'^ y la Instrucción dada con autoridad Real 
expresa que «no se han de permitir sugestiones 
para que abracen el uno ó el otro extremos. Si la 
Instrucción de los Ejecutores hubiera ordenado 
que se tentaran todos los medios para apartar á 
los novicios del pensamiento de seguir á los Pa- 
dres Jesuítas, como del mayor mal que les pudiera 
acaecer para su alma y para su cuerpo , y que no 
se dejase piedra por mover, ni se omitiese suges- 



— 125 — 

tíón alguna hasta conseguir tal intento, era impo- 
sible haber aplicado medios más eñcaces que los 
que se pusieron en juego. Y como las medidas 
que se tomaron en .España no se pueden atribuir 
á los ejecutores particulares, porque se consulta- 
ban á la Corte, es preciso decir que el Conde de 
Aranda, que era quien todos estos pasos ordena- 
ba, no tuvo reparo en convertir en una burla las 
palabras mismas del Rey, y en pasar públicamen- 
te y muchas veces por encima de las órdenes con 
que él mismo había reglamentado la ejecución y 
todos conocían, á trueque de hacer á los novicios 
el grave daño de arrancarles la vocación de Dios. 
Tal desprecio de la Majestad de Dios y vilipendio 
de la autoridad real, era fruto natural de la deter- 
minación de Carlos III al conñar el poder á un 
hombre impío. 

Conducidos los constantes jóvenes á Jerez, fue- 
ron separados no sólo de la proximidad de los 
Padres Jesuítas, sino también unos de otros, á ñn 
de que no se animasen mutuamente con el trato, 
el ejemplo y las prácticas de piedad en común; y 
así fueron distribuidos en diversos conventos de re- 
ligiosos. Siendo aquí, como en todas partes sucede, 
y había sucedido en América, diversas las opinio- 
nes, había entre los que los hospedaban quienes 
reconocían el mérito de la constancia en aquellos 
intrépidos jóvenes, y les exhortaban á continuar 
en su decisión. Otros, por el contrario, la tacha- 
ban de terquedad, ponderando las circunstancias 
en que tanto habían de padecer desterrados al 



— X26 — 

extranjero, el siniestro concepto en que era tenido 
el Instituto de la Compañía de Jesús como malo y 
nocivo, y la multitud de calumnias que contra el 
cuerpo de la Compañía se vociferaban. Mas los 
novicios, industriados por la experiencia que ya 
iban adquiriendo, y guiados por el impulso del 
santo espíritu de su vocación, se previnieron para 
poder resistir á los embates que en tal situación 
no podían menos de padecer. Aunque divididos en 
casas pertenecientes á varias Ordenes religiosas, 
se reunían todos los que estaban juntos en una, y 
de común consentimiento nombraban uno que 
fuera superior, á quien todos obedecían, y éste se 
aconsejaba en las cosas difíciles de algunos de los 
más experimentados. Si, como varias veces suce- 
dió, era aquél trasladado á otro convento, inme- 
diatamente le sustituían por otro. Tenían también 
por regla no estar solos nunca si se les empezaba 
á tratar de su vocación, sino llamar al punto á 
algún otro, para que siendo dos ó más, tuviesen 
más probabilidad de acertar á deshacer las falsas 
razones con que habían de pretender envolverles. 
Por lo demás, seguían siempre su orden de distri- 
bución del Noviciado , haciendo sus señales con la 
campanilla á las horas convenientes, y esmerán- 
dose más en las prácticas de devoción en ocasión 
en que tanto necesitaban robustecer el espíritu. 

Varias fueron asimismo las trazas de que se 
valieron para animarse y consolarse mutuamente, 
para tener noticias unos de otros (cosa que no 
siempre se les permitía), y aun saber de los Pa- 



dres mientras estuvieron en el Puerto de Santa 
María; algunas de las cuales pueden verse reseña- 
das en la vida del novicio Clemente Baygorri, 
escrita por el P. Peramás en su De vita et tnori^ 
bus tredecim virorum Paraguaycorum. Pasábanse 
entretanto meses y meses, y se sucedían unos á 
otros los interrogatorios. A mediados de Junio 
fueron embarcados los Jesuítas del Paraguay para 
pasar á Italia; mas á los novicios no se les conce- 
dió la libertad. 

Seis meses todavía hubieron de tolerar aquel 
estado, en que no faltaba quien los molestase gra- 
vemente, porñando para que abandonasen su vo- 
cación, y en que se ayudaron ellos de todos los 
medios posibles para sostenerse en ella , ora prac- 
ticando los ejercicios espirituales de ocho días, 
propios de la Compañía de Jesús; ora alentándose 
con fervorosas exhortaciones en las ñestas de los 
santos que, como ellos, habían tenido que padecer 
graves combates por su vocación, como lo hicie- 
ron en las ñestas de Santo Tomás de Aquino y 
de San Estanislao de Kóstka. Sólo nueve de los 
35 fallaron en las pruebas y se quedaron en Es- 
paña. 

Visto por fin que era inquebrantable la cons- 
tancia de los demás, y después de un nuevo inte- 
rrogatorio, se les intimó á lo de Diciembre 
de 1768 que habían dejar la sotana, que se les da- 
rían trajes seglares y quedaban desterrados de 
todos los dominios del Rey de España, con el 
agregado de que debían buscarse ellos mismos los 



— 128 — 

medios de salir fuera, sin poder detenerse más de 
seis meses; amenazándoles, en caso contrario, con 
graves penas. Es posible que semejante decreto 
final ni siquiera lo viese ni tuviese noticia de él 
Carlos III, y en tal caso, á solo el Conde de Aran- 
da habrá que atribuir lo que sus instrucciones re- 
velan: un alma dura y reproba, que no conoce la 
compasión, y por estar asegurada de la impuni- 
dad, pisotea y escarnece toda justicia. Porque la 
injusticia y tropelía que se cometía qon los jóve- 
nes novicios era tan odiosa, que clamaba al cielo. 
La instrucción primitiva reconocía solemnemente 
la inocencia de los novicios, al darles franca liber- 
tad de volverse á sus casas, y á renglón seguido 
los despojaba de cuanto tenían y los desterraba 
para siempre, si querían seguir siendo fieles á la 
voz de Dios. Las instrucciones subsiguientes los 
mantuvieron presos, atormentando su conciencia 
durante año y medio. El último decreto les arran- 
caba sacrilegamente el vestido de religioso, que 
sólo la Iglesia les había dado y ella sola les podía 
quitar; los lanzaba en la calle en extrema miseria 
siendo ellos de familias acomodadas, y añadía la 
sangrienta burla de amenazarles que los trataría 
como vagabundos si no se procuraban un viaje 
que sólo mendigando podían conseguir, y aun así 
no estaba con seguridad en su mano. Cierto que 
no hubieran procedido tan inhumanamente unos 
forajidos que hubiesen asaltado y despojado á los 
novicios en medio de la selva: tanto endureció al 
Conde la masonería y la impiedad. 



— 129 — 

Pero nada de esto arredró á los valientes novi- 
cios de América. Puestos en libertad de seguir su 
vocación, deliberaron entre sí que lo mejor era 
que dos de ellos se trasladasen al Puerto de Santa 
María y allí procurasen asegurar de limosna (que 
era el único arbitrio que les quedaba), una casa 
donde permanecer hasta que lograran embarcar- 
se, y luego, de limosna también, pedirían lo que 
fuese necesario para satisfacer el flete de un barco 
que los condujese hasta Italia. Todo se cumplió 
como lo habían esperado los animosos jóvenes. La 
.casa se encontró en seguida, y se debió á la cari- 
dad de dos nobles señoras, doña María de Borja, 
de la familia del Santo Duque de Gandía, y doña 
Juana Arroyabe. Las limosnas para fletar un barco 
se recogieron en breve tiempo por la generosidad 
de los habitantes del Puerto de Santa María y de 
Cádiz; y en 26 de Enero de 1 769 se embarcaban 
los 26 novicios triunfantes en una saetía, que, 
aunque con difícil navegación, por la estación con- 
traria del año, los puso en la boca del Tíber sanos 
y salvos <i I.® de Abril. Dirigiéronse desde allí á 
Roma, de donde fueron más tarde distribuidos 
en las ciudades en que se hallaban ya sus pro- 
vincias. 

He aquí la edificante misiva con que el Herma- 
no Clemente Baygorri pedía desde Roma al Padre 
Juan de Escandón, Maestro de novicios, residente 
en Faenza, la licencia para ir á incorporarse con 
los Jesuítas d^l Paraguay: 

«Mi P. Juan de Escandón: Escribo ésta á V. R. 



— 130 — 

para hacer saber nuestra llegada á Roma, donde 
hemos sido recibidos de N. M. R. P. General con 
aquel amor que esperábamos de tan paternales 
entrañas; y también para suplicar, asía V. R., como- 
ai resto de Padres y Hermanos que se hallan ahí 
en su compañía, se dignen admitirnos y darnos 
por amor de Dios algín abrigo en esa ciudad de 
Faenza, adonde llegaremos todos muy en breve. 
No pedimos á nuestros Hermanos que nos igualen 
en su fortuna, ni menos que se quiten el bocado de 
la boca para darlo á nosotros, como ya otras veces 
lo han hecho; sólo, sí, suplicamos con el mayor 
rendimiento que nos admitan en su amable com- 
pañía, que por lo demás, cuando no nos bastaren 
las sobras de su mesa, estamos prontos para men- 
digar de puerta en puerta por amor de Dios nuestra 
diaria manutención, seguros de que su Divina Ma- 
jestad, que mantiene á las hormigas y á las aves 
sin que siembren, no faltará en nada á los que 
puramente por su amor se han reducido á tal po- 
breza, confiados sólo en su protección y miseri- 
cordia. En sus santas oraciones me encomiendo 
mucho. Roma y Abril 6 de 1 769. Su humilde hijo 
y siervo en Cristo, Clemente Baygorri» (i). 

Recibida la contestación favorable, emprendie- 
ron los novicios paraguayos gozosos su viaje para 
Faenza, y allí volvieron á ver á sus queridos Pa- 
dres, de quienes habían estado separados más de 



(i) Olcina: Casos relativos d ¡as persecuciones de la 
Compañía^ pág. 186. 



— 131 — 

un año. Dentro de no mucho tiempo, el Señor 
premió al joven Baygorri con una muerte santa y 
llena de consuelos (l), sin dejarle ver la destruc- 
ción de la Compañía que tanto amaba. 

Los seis novicios que se habían embarcado con 
el P. Cosme Agulló, no pudieron arribar al Puerto 
de Santa María por haberlos empujado al parecer 
los temporales hacia la costa de Galicia. Allí fue- 
ron á aportar al Ferrol, de donde pasaron á la 
Coruña, sin que los dejasen saltar en tierra. Des-^ 
pues de varios días vino respuesta del Conde de 
Aranda, que los cuatro escolares, por ser novicios, 
desembarcasen y fuesen llevados al convento de 
San Francisco, y los demás fuesen al Puerto de 
Santa María. Ignoraba, según eso, el que dio la 
orden, que los otros dos también eran novicios. 
Los dos que acompañaron al P. Agulló al Puerto 
de Santa María, fueron, sin duda, comprendidos 
luego en las pruebas de los de Jerez. En cuanto á 
los cuatro, separados de repente de todo otro 
auxilio, después de grandes asaltos y de batería 
continua de un mes, poniéndoles personas ecle- 
siásticas pecado mortal en seguir la Compañía, lo- 
graron que uno se resolviera á irse á su casa, otro 
optara por hacerse cartujo, y el tercero por que- 
darse de franciscano. Mas el Conde de Aranda, 
atropellando aún en esto su propia palabra, de- 
cretó que los tres fueran enviados á sus casas. El 
cuarto fué el hermano José González Duran, 

(i) Olcina: Casos relativos , etc., pág. 145. 



— 13» — 

quien se mantuvo constante, y al fin fué desterra- 
do con decreto semejante al de los 26 de Jerez; y 
atravesó pidiendo limosna toda España desde la 
Coruña hasta Barcelona, entre los meses de Fe- 
brero y Agosto de 1 768; siendo testigo del afecto 
que se conservaba á la Compañía, del sentimiento 
que había causado su pérdida, y de la estima que 
de ella tenían, en virtud de la cual varías perso- 
nas le dijeron en Barcelona que si no fuera por 
las leyes de terror impuestas, en andas le habían 
de llevar por las calles. Embarcado en Barcelona 
el hermano González, logró reunirse con sus com- 
pañeros de Faenza á 23 de Octubre de 1 768 (l). 



LOS MISIONEROS DEL CHACO 

La instrucción del Conde de Arahda expresaba 
claramente que no convenía expulsar á un tiempo 
á los Jesuítas que moraban en las poblaciones y á 
los misioneros; sino que primero habían de ser 
sorprendidos aquéllos, para que éstos no tuviesen 
tentaciones de resistir, viendo que les faltaba el 
principal apoyo, aunque no dejaba de confesar 
que estaba asegurado de que no había de tener 
lugar tal oposición, sino al contrarío, la conformi- 
dad y obediencia. «Naturalmente» dice «se pres- 



(i) Véase en el Apéndice núm. 7, su carta en que re- 
fiere las pruebas que soportó él y sus compañeros. 



— 133 — 

taran» los Jesuítas «con resignación, sin dar mo* 
tivo para que el Real desagrado tenga que mani- 
festarse en otra forma» (l). Y mayor era aún la 
obediencia que realmente había en los ánimos de 
los Jesuítas, de lo que aquí significa él Conde de 
Aranda, porque, como dice el P. Peramás (2), si 
hubiera ordenado concurriesen á embarcarse en los 
puntos señalados, sin necesidad de ejecutores ni 
guardias, se hubiesen presentado todos, pues el 
aparato que se empleó, ni para el' caso de resisten- 
cia hubiera sido bastante, ni para el caso real sir- 
vió de otra cosa que de autorizar y hacer más rui- 
dosa la ignominia á que se les sujetó. 

Quince eran en 1 767 las reducciones del Chaco; 
cuatro de Abipones: San Fernando, San Jerónimo, 
la Inmaculada Concepción y San Carlos ó Rosario 
del Timbó. Dos de Mocovíes: San Javier y San 
Pedro; y una, respectivamente, de Vilelas, Lules, 
Pasaínes, Omoampas,Isistines, Chiriguanos, Tobas, 
Mbayás y Guanas. Aquí se referirá el modo cómo 
fueron extrañados los misioneros de los Mocovíes 
y los de los Mbayás, con lo cual se tendrá idea 
de lo que ocurrió en otras partes. 

Dependían las dos reducciones de Mocovíes del 
gobierno de Santa Fe; y aunque en la ciudad ve- 
rificó la prisión el Teniente Maciel á 1 3 de Junio 
(á 16 dice el P. Kobler) (3), mas en la reducción 

(i) Instrucción para América, núm. 13. 
(3) Peramás: Aodus patiens, 1768, xii lulii. 
(3) Koblbr: P. Florian Baucke (sic, aunque su verda- 
dero apellido es Paukb), pág. 616. La iecha del 13 ^6 



— 134 — 

de San Javier, distante 12 leguas, no tuvieron no- 
ticia de nada hasta el 21, día en que un joven 
español, por nombre Ponciaho, á quien había en- 
señado música el misionero P. Pauke, llevó allá la 
noticia de que los Padres del colegio habían sido 
presos y conducidos á buenos Aires. Apenas le 
daban crédito los misioneros; pero bien pronto re- 
cibieron confirmación estas noticias con la carta 
que del Teniente trajo el Sargento mayor D. Fran- 
cisco de Andino. En ella se decía que por orden 
del Rey se había hecho que los Padres desocupa- 
sen el colegio y pasasen á Buenos Aires; pero que 
respecto de los misioneros no se había recibido 
disposición alguna; y así, esperaba que siguiesen, 
como hasta entonces, manteniendo á los indios en 
su obligación. Respondió el Padre verbalmente ál 
enjisario «que si era decreto del Rey, también él 
sabría obedecerlo», y no dio respuesta alguna por 
escrito. Con esto se despidió el Mayor, sin haber- 
se detenido en la reducción más de media hora. 
Nada dijo el P. Pauke á los indios, como en la 
carta se le recomendaba; pero el mismo joven 



la que da Bucareli en su carta ofícíal de 6 de Septiem- 
bre de 1767. Aunque el relato ha de tomarse del Pa- 
dre Kobler, que es la única fuente que contiene detalles, 
ha sido preciso corregir errores de fechas como el pre- 
sente y otros más notables» cual es el de poner la expul- 
sión en 1766. Parece que deben atribuirse á lo confuso 
de la escritura del Ms. del P. Bauckc, de donde se sacaron 
las noticias, ó á desliz de la memoria del misionero que 
escribía sin apuntes después de varios años. 



- 135 — 

<jue á él le había llevado la triste noticia, la divul- 
gó muy pronto entre ellos. El primer efecto que 
produjo su conocimiento fué un clamor en todo el 
pueblo y en cada una de las cabanas de los indios, 
que se oía distintamente desde la habitación del 
misionero. Salió el Padre para ver qué era aque- 
llo, y supo que los indios, con sus mujeres é hijos, 
•estaban previniéndose para volverse á sus selvas. 
Fuéle preciso recorrer cabana por cabana, conso- 
lar á éstos, soltar los caballos que otros tenían ya 
•ensillados, preguntar por qué lloraban. Nadie res- 
pondía; todos continuaban sollozando y enfardan- 
<lo sus enseres. Los más apesadumbrados eran los 
caciques. Juntó el Padre á tres de los cuatro que 
había en el pueblo (pues el cuarto, llamado Ci- 
thaalín, no parecía), y les rogó que tranquilizasen 
la gente y no dejasen que nadie saliera á caballo. 
Procuraba el pobre misionero consolar á sus in- 
dios y detenerlos hasta que llegasen noticias más 
ciertas de lo ocurrido. Mas, oyendo esto, aquella 
misma tarde salieron á caballo varios de ellos, y 
se dirigieron á la ciudad para cerciorarse por sus 
propios ojos de lo que había. Volvieron al día si- 
guiente al caer de la tarde, y refirieron cómo ha- 
bían encontrado el colegio vacío y cerrado. Reno- 
vóse el llanto y las tentativas para abandonar la 
reducción, y hubo de hacer nuevos esfuerzos el 
misionero para calmarlos, persuadiéndoles que, 
aunque tuviera que salir él, no les faltaría un Pa- 
dre, pues les enviarían uno que cuidase de ellos, 
y él estaría algún tiempo acompañándole para en- 



— 136 — 

terarle de lo que convenía á la reducción. Logr6> 
por ñn, disuadir á todos del empeño de irse, me- 
nos á Citbaalín. Este denodado cacique, Uoranda 
como un niño, dijo al misionero: «Padre, no lie- 
»ves á mal que yo me retire; porque si me queda- 
>se aquí, ó acometería con mi gente á los españo* 
»les cuando vengan, 6 me moriría de pena, si hu- 
j^biera de contemplar impasible cómo te expulsan 
»de aquí, como lo han hecho con los de Santa Fe^ 
»No me voy á la selva, sino que por ahora me re» 
>tiro á San Jerónimo; y cuando tú te hayas ido,. 
>podrá ser menor mi pesar, y volveré otra vez 
»acá.> En vano se esforzó el P. Pauke por persua- 
dirle; mantúvose inflexible, y partió de la reduc- 
ción, siguiéndole más de 400 hombres de su tribu^ 
Al día siguiente llegó la noticia de que los in- 
dios de la reducción de San Pedro, también Mo- 
covíes, que no hacía mucho se habían reducido^ 
habían abandonado todos el pueblo. Llamó al pun- 
to el P. Pauke á Domingo, el más fiel entre todos 
los caciques, y le rogó que le previniese cuatro 6 
cinco hombres para ir en seguimiento de los fugi- 
tivos y traerlos de nuevo á su pueblo. Con esta 
gente caminó toda la noche, y al amanecer llegó 
á San Pedro, donde no encontró más que á los 
misioneros, que habían quedado desamparados de 
todos los indios. Dijo allí Misa y siguió su derrota^ 
dando, finalmente, con ellos, á la tarde, y alcan- 
zándolos en un bosque, adonde se habían retirado. 
Pudieron tanto con ellos las exhortaciones del Pa- 
dre y el empeño del cacique Domingo, que se de- 



— 137 — 

cidieron á volver al pueblo. Con esto regresó al 
suyo el P. Pauke, y consolada su gente, puso de 
nuevo en orden las cosas del servicio divino, acá* 
bándose de pasar en paz el mes de Agosto. Pera 
tuvo cuidado el misionero de avisar á la autoridad 
de Santa Fe de cuanto había ocurrido y partici- 
parle la retirada de Cithaalín. Esto último produ- 
jo terrible pánico en la ciudad, temiendo ver de 
nuevo sobre sí al arrestado caudillo, cuyos estra* 
gos antes de ser cristiano tenían muy presentes. 

No. pasó mucho tiempo sin que la imprudencia 
de un español ocasionase nueva desbandada en 
San Pedro, propalando que ya era cierto que to- 
dos los misioneros habían de salir de América» 
Huyeron del pueblo todos los indios, y nueva- 
mente se puso en campaña el P. Pauke, acompa- 
ñado de Domingo y de algunos indios, logrando* 
también esta vez hacerlos volver á la reducción. 
Para prevenir lo que pudiera suceder, dejó en el 
pueblo dos de sus acompañantes, encargando á 
los misioneros que, á la menor señal de querer 
huir nuevamente los indios, le diesen aviso por 
medio de aquellos dos moradores de San Javier. 

Apenas había transcurrido una semana cuando- 
se presentó el mismo D. Francisco de Andino, 
arriba mencionado, con la noticia de que era ya 
cosa resuelta que también los misioneros habían 
de salir de las reducciones y ser transportados á 
Buenos Aires. Pedía, por tanto, el Teniente Maciel 
que le enviasen cierto número de indios armados 
para acompañar á la reducción á los Comisarios 



. -138- 

que debían ejecutar esta orden. Respondió el mi- 
sionero que obedecería; pero aconsejó que no en- 
viasen soldados españoles á la ejecución, ni aun 
en compañía de los Mocovíes armados; pues no 
podía responder de los desastres que en tal caso 
pudieran ocurrir, atento el estado de irritación de 
los indios. D. Francisco le agradeció que no le 
entretuviese mucho con respuestas por escrito, y 
se volvió inmediatamente á Santa Fe, «observán- 
dose tales muestras de ira entre los indios», dice 
el P. Pauke, «que de no haber intervenido yo, le 
hubieran dado muerte». La consternación de los 
indios llegaba á su colmo. Al llegar la noticia á 
San Pedro, la gente abandonó el pueblo por ter- 
cera vez. Procuró el P. Pauke hacer para buscar- 
l'os la misma diligencia que las dos veces pasadas; 
pero se habían alejado mucho más, y tuvo que 
caminar dos días hasta encontrarlos. Logró tam* 
bien esta vez que regresasen á San Pedro, y se 
llevó consigo los caciques que tenían á San Javier, 
esperando que, detenida la reina de aquel enjam- 
bre, no se le desparramarían de nuevo las abejas. 
En la reducción de San Javier había una efer- 
vescencia extraordinaria. Al enterarse los Mocovíes 
de que era resolución definitiva que también los 
misioneros fuesen deportados á Europa, arrearon, 
ante todo, su ganado á las islas; y luego se empe- 
ñaron con el P. Pauke en que les siguiese á ellos 
á sus bosques, donde se defenderían de los espa- 
ñoles y libertarían á su misionero de la deporta- 
ción. No fué poco lo que le costó al Padre des- 



— 139 — 

impresionar á tos indios. Púsose á razonar larga- 
mente con ellos, preguntándoles qu^* intento les 
guiaba en querer llevarle consigo; y como le res- 
pondiesen que para que bautizase sus hijos y les 
asistiese al morir con los Sacramentos de la Igle- 
sia, les hizo ver que con eso no lograban lo que 
querían, que era vivir como cristianos; pues él se 
había de morir, y entonces se quedarían sin sacer- 
dote y volverían á ser lo que habían sido primero, 
perdidos en medio de las selvas y empozando de 
nuevo su vida de salvajes y gentiles. Después de 
de mucho porfíar, les persuadió que les estaba 
mejor quedarse en el pueblo, donde los españoles 
les darían un sacerdote que les asistiese, y así po- 
drían ellos y sus hijos vivir y morir cristianamen- 
te. Atajados con sus razónos, le prometieron que 
se quedarían en la reducción un año, para esperar 
que él volviese, y después harían lo que más les 
conviniera. I lubo de contentarse el Padre con ha- 
ber logrado desviarlos de su primer projíósito y 
asegurado para que por de pronto no se \ol vie- 
sen á su g(*ntil¡dad. lí\ alboroto de los ánimos era 
grande, tanto mis cuanto que eran aquellos indios 
los que estaban acostumbrados á dar terribles 
sorpresas á la ciu<lad de Santa I'e, y sabían bien 
que no había sido la fuerza de las armas lo que 
les había hecho vivir en paz, sinp el alecto que ha- 
bían cobrado á sus misioneros. <Si yo, dice el Pa- 
dre Pauke 1 1 1, con la ayuda de I)ios y las razones 



;i ^ Kobikr: P. /'7jr/üft linucke, jkíj;. 027. 



— 140 — 

:»que Él me ponía en la boca, no hubiera logrado 
:»apaciguar mis indios para que soportasen aquella 
:> medida, en breve tiempo hubiera quedado arra- 
»sada Santa Fe. (Cuántas veces me vinieron á 
» preguntar si daban una arremetida general contra 
»la ciudad! Y hubiera bastado, no que yo se lo 
^aprobase, sino simplemente que no me hubiera 
amostrado con tanta decisión opuesto á ello, para 
3>que lo hubieran llevado á cabo. Gracias á Dios^ 
»no hubo ni uno de los misioneros á quien le pa- 
usara siquiera por el pensamiento el permitir se- 
:^mejante inhumanidad.» 

Al llegar el día prefijado, envió el misionero á 
Santa Fe el número de Mocovíes armados que le 
habían pedido, y con ellos fué á la reducción el 
Comisario D. Pedro de Miura, acompañado de un 
sacerdote, que había de reemplazar al Padre en su 
ministerio de párroco. Era Doctor en Teología por 
Córdoba. Llamábase D. Miguel de Ziburu, y aun- 
que tenía patrimonio con que sustentarse decoro- 
samente sin necesidad de buscar beneficio, había 
consentido en encargarse de la reducción para fa- 
cilitar la salida del misionero, por amistad al Pa- 
dre Pauke. El Comisario era bueno; pero no así sus 
acompañantes, quienes, apenas llegaron, cuando 
se pusieron á devastar la huerta y apoderarse de los 
objetos de la casa, como si estuvieran en territo- 
rio conquistado. Alteráronse los indios que lo 
veían, persuadiéndose de que primero se saquea- 
ba la casa del misionero y después pasaría el robo 
á verificarse en los bienes de ellos. Advirtióselo el 



— X4I — 

Padre al Comisario, y éste refrenó un poco aquella 
turba desmandada. 

De los enseres de la casa del misionero se hizo 
un prolijo inventario; y acabado éste, le preguntó 
el ejecutor por el dinero. «Ha de saber usted, res- 
:»pondió el Padre, que en la reducción no hay di- 
»nero alguno, porque todo cuanto nosotros nece- 
»sitamos se obtiene por medio de trueques, con- 
:>duciendo los efectos á Santa Fe, donde el Procu- 
»rador nos busca, en cambio del valor de cada 
»cosa, los objetos que se le piden. Pero para que 
>conste de cuanto en esa materia tengo, ahí en 
»ese cajón hallará usted todas las existencias que 
»hay aquí.» Abrió el Comisionado el cajón, y halló 
por todo caudal 1 3 reales de plata, los cuales de- 
claró el Padre que eran un donativo hecho á la 
persona del misionero por D. Francisco de la 
Mota. Los testigos que para todo el acto había 
llevado el ejecutor quisieron que el Padre jurase 
no tener más dinero en la reducción; lo que 61 
hizo, in verbo sacerdotis. Entonces, pasmado el Co- 
misario de lo diferente que era la realidad, de los 
falsos dichos sobre la riqueza de las Misiones de 
América y sus tesoros, exclamó, con lágrimas en 
los ojos: cjOb Dios! ¿Y estas son las copiosas ri- 
»quezas que nuestro rey busca en poder de estos 
>misioneros?^ 

Contóse el ganado, y se hallaron 24.000 cabe- 
zas de ganado vacuno, de las cuales había 8.300 
terneros, que aquel año so habían herrado por 
primera ve/; 1.200 yeguas, 400 muías, 500 caba- 



— X42 — 

líos, 1.700 ovejas y 500 bueyes de labranza. 

Al ver los indios que ya se les iba á ir su misio- 
nero, y el que le sustituía, aunque era de muy 
buenas intenciones, no entendía su lenguaje, su 
fervor cristiano les movió á querer todos confe- 
sarse por última vez con el P. Pauke. No fué pe- 
queño consuelo para el Padre y edificación para 
los españoles el ver que mientras ellos andaban 
tan solícitos en sus registros, cumplían los indios 
como fervorosos cristianos con aquella santa prác- 
tica. 

Terminada ya la operación en San Javier, fué 
preciso que el P. Pauke acompañase á los ejecu- 
tores á San Pedro y á la Concepción, para practi- 
car igual diligencia; y una vez hecho lo mismo en 
los dos puntos, en lo que, á pesar de la bondad del 
principal ejecutor, no faltaron arbitrariedades (que 
pueden verse en la relación original del mismo 
Padre), fueron conducidos los seis misioneros á 
Santa Fe; pero deteniéndolos íuera de la ciudad: 
y desde allí se emprendió el camino de Buenos 
Aires, empleándose en este último viaje desde el 6 
de Septiembre hasta el 4 de Octubre, día en que 
las carretas llegaron á Buenos Aires. La despedi- 
da del pueblo fué tiernísima, llorando los indios y 
clamando á grandes voces al Padre para desearle 
buen viaje y encargarle que fuese puntual en re- 
gresar, pues tanto los indios como el misionero te- 
nían aquella expulsión por temporal, como lo ha- 
bían sido tantas otras, no pudiendo persuadirse de 
que, si se examinaba la causa con imparcialidad. 



— 143 — 

dejase de reconocerse la manifiesta inocencia de 
los misioneros y la necesidad de restituirlos á sus 
respectivas cristiandades. Pero más conmovedora 
fué todavía la despedida de uno de los caciques, 
el fiel Domingo, que no se había querido separar 
del misionero, sino que con 2$ hombres arma- 
dos le acompañaba camino de Buenos Aires, 
y hasta se había llegado á lisonjear de que el Go- 
bernador Bucareli tal vez le concediese la gracia 
de restituir al pueblo su amado Padre. Desenga- 
ñóle el P. Pauke, pero aun así, quiso el cacique 
acompañarle gran parte del camino. Al llegar á 
Santa Fe, hubo quien dijo á los indios que el Co- 
mandante Maciel había ordenado que los Mocovíes 
se volviesen atrás; y que así como no se daba li- 
cencia á los españoles para visitar á los Padres ni 
tratar con ellos, asi tampoco la tendrían los indios. 
Tomólo pesadamente el cacique, y respondiendo 
á semejante pretensión, dijo cosas que convenía 
hubiesen oído aquellos hombres infatuados, porque 
no hallaban quien les resistiera en su tarea de opri- 
mir la inocencia; y ya que entre los españoles no 
había allí quien sacase descubiertamente la cara 
por los misioneros, habló por ellos con desusada 
elocuencia un bárbaro, imponiendo respeto su 
ánimo y resolución á los que le habían notificado 
semejante mandato. «No comprendo, dijo, entre 
»otras cosas que pueden verse en el P. Pauke(l), 
»cómo pueda ser decreto del Rey, á quien siempre 

(i) Kobler: P, Baucke^ pág. 63 8. 



— 144 — 

>nos han representado nuestros misioneros como 
> modelo de humanidad, el quitarnos nuestros Pa- 
>dres á nosotros, pobres indios; ni menos el pro- 
>hibirnos que hablemos con ellos* Si vosotros fué- 
»rais buenos cristianos, habíais de condoleros con 
♦nosotros de ver que se nos quitan nuestros Pa- 
>dres. Y qué, ¿pensáis acaso que os irá mejor cuan- 
>do hayáis arrojado de entre nosotros á nuestros 
> misioneros? ¿Están ya del todo cicatrizadas las 
> heridas que antiguamente os habíamos abierto? 
>Pues reparad bien que todavía podemos abriros 
♦otras nuevas. Decid á vuestro Comandante que 
♦se acuerde de que el bastón de mando que tiene, 
>hace poco que lo ha recibido, y el mío hace años 
♦que lo tengo de mano, del Gobernador. Y en su- 
♦ma, si algo tiene que disputar conmigo, que sal- 
ega á dirimirlo aquí con las arrpas y no se esté en 
♦la ciudad. En cuanto á mí, no me harán retroce- 
♦der sus mandatos, sino que yo y mis hombres 
♦acompañaremos á los Padres hasta donde resis- 
♦tan nuestros caballos.» Semejante resolución, que 
mostraba estar ya agotada su paciencia, hizo que 
reflexionase el Teniente de Santa Fe el peligro á 
que se podía exponer manteniendo su primera de- 
terminación; y así mandó que dijesen á los indios 
que podían seguir con los Padres hasta donde qui- 
sieran, y que 61 no había dado la orden que se le 
atribuía en contrarío, sino que debía ser invención 
de algún soldado, que, si averiguaba quién era, 
llevaría su merecido castigo. Por lo cual, aun des- 
pués de pasar de Santa Fe, continuó el cacique 



— 145 — 

con sus 25 Mocovíes armados, haciendo compa- 
ñía á los misioneros. Finalmente, ya que se 
iban alejando demasiado, persuadió el P. Pauke á 
Domingo que se volviese á la Reducción. Verifi- 
cóse la despedida, que fué tiernísima, el 15 de 
Septiembre, hallándose en Capilla del Rosario, á 
43 leguas de Santa Fe. Los indios á caballo ro- 
dearon al P. Pauke, y por última vez le besaron 
la mano. Todos ellos lloraban á lágrima viva, ex- 
cepto el cacique, el cual estaba inmóvil, pálido 
como un difunto, como si fuera á exhalar el últi- 
timo aliento; hasta tal punto, que alguno de los de 
la comitiva se apresuró á acercarse á él para au- 
xiliarle. Por fin, recobrado del desfallecimiento en 
que le había hecho caer la pasión de ánimo, se 
despidió del misionero con írases salidas del cora- 
zón, expresando el ansia de verle pronto de nue- 
vo en sus tierras, y pidiéndole que, al volver á 
Buenos Aires, le hiciese avisar al punto, porque 
quería ir á buscarlo con su gente para conducirlo 
otra vez á la Reducción. El espectáculo de tal des- 
pedida hizo saltar las lágrimas de los ojos de to- 
dos los que acompañaban y custodiaban á los Pa- 
dres. Al llegar los misioneros á Buenos Aires, fue- 
ron encerrados en la misma casa de ejercicios que 
había servido de depósito á la primera expedición 
de Jesuítas. 

Otra de las Misiones del Chaco, era la que po- 
cos años antes había establecido t\ P. José Sán- 
chez Labrador en la nación de los Mbayás, que no 
eran sino los restos de los famosos Guaycurúes. Es- 

10 



— 146 — 

taba á punto de formalizarse la nueva reducción 
de los Guanas ó Layanás, de quienes los Guaycu- 
rües se servían como de esclavos, y se veía también 
próximo el día en que se formase otra aMea más 
con el nombre de San Ignacio, de la misma nación 
de los Mbayás y tribu de los Lichagotegodíes. Pera 
todas estas risueñas esperanzas vino á tronchar de 
un golpe el decreto de extrañamiento. A 15 de 
Agosto se presentó en la reducción principal, que 
era la de Belén de los Mbayás, el Comisionado doi> 
Antonio de Vera y Aragón, vecino de la Asun- 
ción, y puso presos al P. Sánchez Labrador y á 
su compañero el P. Juan García. Era el ejecutor 
prudente, y aunque intimó el decreto de extraña- 
miento á los Padres, y entregó la carta que por 
mandato del Gobernador escribía el P. Rector del 
colegio á los misioneros, para que al punto bajasen 
á la Asunción; no pudo menos de dejar correr las 
lágrimas en estas diligencias, haciéndose cargo del 
bien que perdía la provincia y los indios, y del na- 
tural sentimiento de los misioneros. Respondió el 
P. Labrador que al punto podían partir; pues en 
cuanto á nosotros, añadió, con el Breviario nos. 
basta para todo viático. «No, Padre mío, dijo el 
^Comisario. Hemos de hacer cuenta con los indios 
^infieles, que podrán arrojarse á cualquiera deter- 
>minac¡ón desesperada. Y así, es preciso prevenir 
»sus ánimos para que también ellos lleven en pa- 
»ciencia este trabajo, dorándoles la realidad con 
>algún color. > Díjose, pues, á los indios, que el 
mucho amor que tenían á los misioneros el Rey y 



— 147 — 

sus superiores mayores, les obligaban á llamarlos 
á España por deseo de verlos. Mas no pudo, á pe- 
sar de ésto, disimularse la verdad, que entendieron 
muy bien los bárbaros. Porque, habiendo ido para 
la ejecución varios soldados, que no todos eran 
tan prudentes como su Jefe, supieron los indios 
adonde iban los Padres, y que ya ni entre los espa- 
ñoles quedaba Jesuíta alguno. Con lo cual aprehen- 
dieron todo el peso de la desgracia que les sobre- 
venía y de la suerte de los Jesuítas. Retiráronse á sus 
toldos y empezó un lamento continuo que duró casi 
toda la noche. Por su parte, el cacique acudió á la 
casa de los Padres para enterarse de ellos si volverían 
ó no. Respondieron ellos que no lo sabían, pero 
que esperaban que el Capitán grande (así llaman 
en su idioma al Rey) les enviaría cuentas, plata y 
cuanto necesitaran; así como ya desde luego les 
enviaba aquel sacerdote que cuidase de ellos. Era 
un clérigo poco antes ordenado, que había estudia- 
do con los Padres en el colegio de la Asunción, y 
aun el mismo P. Sánchez le había tenido por dis- 
cípulo de Teología. De donde sacaba motivos 
para recomendárselo. Pero ya le empezaban los 
indios á buscar capítulos para mirarlo con descon- 
fianza, preguntando: «Sitan íntimo vuestro es, como 
»dices, ¿por qué no lleva vestido como vosotros, 
>sino que viene sin la ropa larga? (ya que lo veían 
>que por el momento estaba vestido con traje ne- 
»gro, sí, pero no de sotana). ¿Por qué trae hebillas 
>en los zapatos?» En estas y semejantes circuns- 
tancias tan menudas reparaba la atención de aque- 



— 148 — 

líos bárbaros, y cierto que no les tranquilizaban 
las diferencias que descubrían. 

Entretanto la gente menuda y las mujeres esta- 
ban empeñándose con el P. García en que se que- 
dase á lo menos él en la reducción «porque para 
»ir á ver al Capitán grande», le decían, «basta que 
»vaya nuestro Padre (refiriéndose al P. Sánchez 
^Labrador) «y tü te puedes quedar con nosotros, 
»como lo haces cuando el Padre va á sus viajes.» 
Y de hecho, estaban asiéndole y queriendo llevar- 
le á sus esteras. Procuró el Padre con buen modo 
librarse del empeño; y los indios, por el respeto 
que tenían á los misioneros, y disuadidos con las 
razones que ellos les daban, no pasaron adelante 
en su pretensión. Pero no por eso fueron menores 
las muestras de sentimiento que dieron. Consegui- 
da la tranquilidad y resignación necesaria, se trató 
del embarque en el río para bajar á la Asunción. 
Pidieron los Padres testimonio de cómo dejaban la 
reducción sosegada, y se lo dieron el Comisiona- 
do y los soldados de que por la diligencia de los 
misioneros se había logrado la quietud de los Mba- 
yás. El trayecto de tres leguas desde el pueblo al 
embarcadero estaba lleno de indios Mbayás y Gua- 
raníes, que querían dar el último adiós á sus misio- 
neros, á quienes por siete años habían tenido, es- 
cuchando su doctrina en aquellas tierras, donde 
primero no se atrevían á penetrar los españoles; 
espectáculo de gran lástima, y que arrancaba lá- 
grimas de los ojos de los presentes. Embarcados 
el 19 de Agosto, llegaban tres días después los 



— 149 — 

misioneros á la Asunción, á los cuatro días de ser 
deportados los Padres del colegio de aquella ciu- 
dad para Buenos Aires. 

También en la Asunción encontró lástima entre 
sus ilustres vecinos la desgracia de los Jesuítas mi- 
sioneros; y muchos los salieron á ver llegar por el 
río, y los recibieron con las lágrimas en los ojos. 
Su alojamiento en la ciudad fué el convento de la 
Merced, donde fueron tratados con gran afecto 
de caridad religiosa por los Padres, distinguiéndo- 
se entre todos el P. Comendador Pessoa. 

Mientras se disponía lo necesario para el segun- 
do embarque y traslación á Buenos Aires, llega- 
ron dos caciques Mbayás con varios vasallos su- 
yos, que todos iban á despedirse por ultima vez de 
los Padres. Indagado su paradero, por no haberlos 
hallado en el colegio, donde los habían ido á buscar 
como otras veces, se presentaron en el convento 
de la Merced, sin saber apartarse de los Padres, 
confusos de ver lo que sucedía. El uno de ellos, 
ya cristiano, que era Epaquiní, llamado en el Bau- 
tismo Jaime, representaba nuevos reparos que ha- 
bían hecho los Mbayás, sus vasallos, acerca del clé- 
rigo que les habían puesto por doctrinero, el cual 
no les agradaba; y en particular, insistía mucho en 
averiguar por qué había rodeado su casa de una 
empalizada, como lo hacen los españoles en sus 
fuertes, y por qué estaba allí con guardia de sol- 
dados españoles. Satisfízole, como pudo, el P. Sán- 
chez Labrador; y últimamente, el cacique le dijo: 
«Dile á nuestro Capitán grande (el Rey), que te 



— 150 — 

» envíe presto; que yo le pido que tenga compa- 
isión de nosotros. Tú eres nuestro Padre; te has 
»fatigado en buscarnos alivio y en aprender nues- 
»tra lengua, y ahora que la sabes, te aparta de 
inosotros.» Y sollozando el buen anciano, repitió: 
<Dile al Capitán grande, que tenga compasión 
>de nosotros, y que yo, Epaquiní, le pido que te 
» vuelva á nuestra tierra presto.» 

No menos digno de repararse fué el proceder 
del otro cacique, Napidrigí, que era el caudillo de la 
tribu de los Lichagotegodíes, empeñados en formar 
nueva reducción. «Preguntó éste, dice el P. Sán- 
»chez Labrador (l), que ¿en dónde estaban losPa- 
»dresqueyo le había prometido para ser sus máes- 
»tros ó misioneros? Díjele que los pidiese al señor 
1 Gobernador, quien tendría cuidado de consolar- 
ile á él y á sus vasallos. Yo quiero, respondió él, 
ȇ tus hermanos; y estoy admirado de no hallaros 
>en vuestra casa, que he visto con solos soldados. 
»¿Qué significa ésto? Procuré, por cuantos medios 
pude, satisfacerle; pero el indio, con un modo de 
desdén, poniéndose la mano derecha sobre los 
^labios , y pronunciando en su acostumbrada 
^admiración V. V. V. V., añadió estas palabras: 
»No vale, no vale el modo de los españoles; y sin 
^despedirse, se retiró con los suyos...» 

«Lo que causó admiración á todos, dice poco 
^después el misionero, fueron las demostraciones 

(i) Paraguay Católico , parte tercera, etc., 23, desde el 
número 525. 



9de sentimiento que en sus tolderías, que estaban 
linmediatas á la ciudad, hicieron los inñeles Pa- 
lyaguás. Cuando éstos supieron el arresto de los 
^Jesuítas, en cierto modo pusieron entredicho á su 
>genio alegre. Por la noche lloraban en sus este- 
iras el trabajo de los Padres. Uno de ellos, llama- 
ido Anapichiguá, Capitán, bien conocido, en su 
>modo de hablar la lengua española, delante de 
1 muchos españoles y otra gente de castas, dijo: 
iLos Payaguás lloran porque irse Paí Teatino, Paí 
iTeatino mucho bueno; Pai Teatino no malo. En 
»este castellano elegante decían otras cosas de 
»poco honor de los españoles, y que se omiten; 
> bastando saber que los Payaguás son testigos de 
1 muchas maldades de personas que se precian de 
^españolas y cristianas.» 

Semejante á las de San Javier y Belén fué la eje- 
cución del extrañamiento en otras reducciones 
nuevas del Chaco y en los bosques del Tarumá. 
Entre los misioneros que las regían, son de notar 
•elP.Dobrizhoífer, que entonces se hallaba de Cura 
■de San Joaquín del Tarumá; y el P. Joséjolís, mi- 
sionero de los Pasaines, reducción de Nuestra Se- 
ñora del Pilar, autores más tarde, éste de la Storia 
del gran Ciaco^ y aquél de la De Abiporibus. A pe- 
sar de haber contribuido en todas partes los Pa- 
dres á calmar los ánimos de los indios, para que no 
hiciesen oposición al extrañamiento, no les faltó 
•en alguna parte la calumnia de haber alborotado 
ios indios. En la reducción de San Ignacio de To- 
bas estaba de Cura el P. Francisco Oroño, y de 



— 152 — 

compañero el P. Román Arto. Hallándose el Pa- 
dre Oroño ausente en Salta, hubo de pasar al 
fuerte de Ledesma; y el Capitán del fuerte, con 
orden del Gobernador Campero, le prendió allí^ 
y sin dejarle volver más á la reducción, le des- 
pachó á Buenos Aires. Presentóse luego el Capitán 
en la reducción de los Tobas con el Capellán 
que el Gobernador había elegido, y se hizo la 
sustitución con gran paz, como él mismo se lo 
escribió á Campero, y se lo dijo Campero al 
P Toledo, único Jesuíta que había quedado en 
Salta por su cargo de Procurador. Idos ya los Pa- 
dres, se dijo que los Tobas habían desamparado el 
pueblo; pero que el Capitán les había salido á bus- 
car y logrado recogerlos de nuevo; mas que las 
causas de la fuga habían sido las exhortaciones del 
P. Oroño, quien antes de salir del pueblo había di- 
cho á los indios que los españoles los iban á asaltar,, 
que resistiesen y le defendiesen á él para que no- 
se lo llevaran; y si no, que se huyesen al monte. 
La calumnia estaba fraguada de modo que sin oír 
á los acusados, pasase como informe de los minis- 
tros ejecutores, y así se presenta en la Colección 
de Brabo (l), dándola por cierta Bucareli en vir- 
tud de una carta que le envía Campero, y toda se- 
funda en un dicho atribuido á los indios. Pero en 
la realidad no es la relación otra cosa que un te- 
jido de. imposibilidades y despropósitos. En efecto,. 



(i) Brabo: Colección^ págs. 83, 399. 



— 153 — 

como arguye el P. Diego González, misionero tam- 
bién de los extrañados del Chaco, 6 el P. Oro- 
ño alborotó á los indios antes de ser preso, 6 des- 
pués. Antes, no pudo ser, porque nada sabía del 
arresto. Después, tampoco, porque no tuvo comu- 
nicación alguna con ellos (l). Conque la verdad 
es que no los alborotó nunca; y aun quizá la mis- 
ma fuga momentánea de los indios es un mero ru- 
mor echado á volar por conveniencia. Es cierto 
que el informe de Javier Robles (2) dice que el 
misionero concitó los ánimos antes de ser preso, 
con lo que añrma implícitamente que sabía la or- 
den de arresto; pero eso es tan absurdo, que mos- 
traría ser el misionero un hombre forrado de sim- 
pleza, puesto que si hubiera él sabido que le que- 
rían prender, y tenido intención de evitarlo, era la 
suma necedad irse solo al fuerte, donde estaba la 
tropa de Campero. Lo natural era quedarse en su 
reducción y aguardar allí en armas, ó huirse al bos- 
que con los indios, que ciertamente^ añade el Padre 
Ciotizi\ez^ lo hubieran defendido con sus lanzas y 
dardos (3). Pero no hizo ni uno ni otro, y se fué al 
fuerte, porque en realidad no sabía el arresto, ni 
aunque lo hubiera sabido, tenía intención de resis- 
tirlo. El mismo informe, escrito de la manera más 
basta posible, y donde, en vez de dar razones, se 



(i) Ms. sobre las Misiones del Chaco, íol. 278. (Archi- 
vo de la provincia de Castilla.) 

(2) Brabo: Colección, pág. 85. 

(3) P. Diego GonzAlez: Ms. y íol. cit. 



— 154 — 

profieren injurias contra las personas, denominan- 
do á uno maldito^ llamando al sacerdote á quien 
calumnia cizaña, autor de la chisma diabólica (i), 
y diciendo que se ha puesto en la cárcel un de- 
pendiente sin más razón que porqiu scAe la lengua 
íanto como los indios: presenta señales de lo mal 
hilado de la ficción. Porque afirma su autor que al 
ir á llevar el Capellán, le acompañaron los princi- 
pales indios del pueblo; lo estableció, y los dejó 
sosegados, así lo avisa á Campero. Pues si el Padre 
los hubiera alborotado antes, la ocasión de dar se- 
ñales de descontento los indios era justamente en el 
primer momento, y entonces no hubiera habido tal 
sosiego. Dice que el Fadre Juntó d todos los indios 
en público y les habló, y á renglón seguido afirma 
que los indios principales y curacas no sabían nada. 
De donde se ve que todo fué una invención mal 
combinada para calumniar al misionero; y que si 
realmente se huyeron después los indios del pueblo, 
serla por alguna inquietud ó disgusto de tantos 
como les causaron los ejecutores, y no por habér- 
selo persuadido el Padre, que nunca se lo persua- 
dió. Pero de este arte de urdir informes falsos, con 
que dañar é infamar á los que aborrecían, eran 
maestros tanto Bucareli como Campero; y de ello 
se han visto ya algunas muestras más arriba. 

Así los misioneros dependientes de la Asunción 
como los demás del Chaco, fueron remitidos á 



(i) Brabo: Colección, pág. 85. 



— 155 — 

Buenos Aires, caja destinada para reunirlos y em- 
barcarlos, y allí se encontraron con los Jesuítas 
que habían ido llegando de las casas más remo- 
tas, como Salta, Santiago del Estero y Tucumán, 
teniendo que aguardar en estrecha prisión hasta 
Mayo del año siguiente. 

Lo que en aquellos meses padecieron los arres- 
tados, se puede conjeturar por lo que había suce- 
dido á los del mismo Buenos Aires: siendo más pe- 
sados los trabajos, porque aquéllos estuvieron en- 
cerrados en la casa de Ejercicios de Belén tres 
meses, y en éstos, el plazo fué de más de medio 
año. Bucareli se mostró con ellos como había 
aparecido desde el principio: áspero y rencoroso 
con los Jesuítas, procurando agravar con sus in- 
sultos y desmanes la suerte humanamente lasti- 
mosa de los expatriados. Ya se ha dicho que nin- 
guno de los de la primera expedición, á pesar de 
haber durado tres meses en su encierro, pudo ce- 
lebrar Misa, ni aun oírla. Con los de la segunda, se 
guardó al principio el mismo rigor. ¿En qué dere- 
cho se apoyaría Bucareli para obrar así? No es fá- 
cil saberlo, porque ninguno había. Pero habiendo 
hecho los encarcelados solicitud al Obispo y al 
mismo Gobernador para que se les permitiese ce- 
lebrar, y no les privasen por más tiempo de aquel 
consuelo, el Gobernador dio una respuesta en que 
á la arbitrariedad añadió el escarnio. «Es natural, 
>dijo, que no digan ni oigan Misa. Como los Pa- 
»dres están cometiendo cada día nuevos sacrile- 
>g¡os, bien pueden pasar sin celebrar Misa. Tam- 



- 156- 

>poco yo la celebro* (l). Más humano fué el Obis- 
po, á pesar de que en aquel tiempo en que los v¡6 
caídos, se había declarado especialmente enemigo 
de los Jesuítas, contra los que siempre había tenido 
prevención* En la ocasión presente dio licencia 
para que un Padre de los arrestados por turno di - 
jese Misa, que los demás pudiesen oír; y con el 
tiempo llegaron á tener licencia todos. Acostum- 
braban antes los vecinos de la ciudad á llamar á los 
Padres Jesuítas con mucha frecuencia para asistir á 
los moribundos, y hallándose ahora tantos de 
aquellos Padres en la casa inmediata á su colegio 
de Belén, comenzaron á buscar este remedio para 
sus almas varios enfermos de gravedad; pero el 
Gobernador jamás quiso dar licencia para que en 
seis meses acudiera ni uno solo de los Jesuítas á 
este ministerio, prefiriendo que muriesen sin sa- 
cramentos, como en efecto sucedió con más de 
30 enfermos de familias conocidas (2). Estas 
continuas peticiones, y el disgusto ostensible que 
causó en los moradores de Buenos Aires la de- 
mostración de tapiar las puertas de la iglesia en 
los colegios de San Ignacio y Belén, agriaron aún 
más el ánimo de Bucareli. Decía la gente que, á 
seguir á aquel paso, antes de diez años ya no que- 
daría ni rastro de religión en toda la provincia. 
Agregaban que fácilmente se hubiesen entregado 

( 1 ) Kobler: P, P lorian Baucke^ cap. vi, § 2 , pág. 563 . Ed. 
RatisboDa, 1870. 

(2) Koblbr: P, F lorian Baticke, pág. 664. 



— 157 — 

á cualquier potencia marítima que se presentara 
con fuerzas suficientes, con la condición de que 
les garantizase el ejercicio de la religión católica y 
la permanencia de los Jesuítas en el país (l). Se- 
mejantes muestras de afecto de la gente del país 
en favor de los expatriados, pusieron tan fuera de 
sí á Bucareli, que no contento con redoblar las 
guardias en el edificio de los prisioneros, mandó 
arrestar á varios de éstos en sus propios aposen- 
tos con centinelas de vista, y envió á intimar á los 
Padres la amenaza de que se guardasen bien de 
tratar, de cualquier modo que fuese, con ninguna 
persona de la ciudad; porque de lo contrario, los 
colgaría á todos como un racimo en la Plaza Ma- 
yor (2), A tanto había llegado su infatuación, que 
parece que creía que en virtud del decreto de ex- 
trañamiento, quedaba él legítimamente constituí- 
do señor despótico de vidas y haciendas, y el que 
echaba en cara á los Jesuítas sacrilegios, inventa- 
dos por su fantasía para calumniarlos, no vacilaba 
en amenazar con un sacrilegio y atentado tan 
monstruoso como el de dar por semejante motivo 
afrentosa muerte á personas consagradas á Dios y 
exentas de su jurisdicción por todos los derechos. 
A tan desaforada amenaza, contestaron, dice ti 
P. Pauke, los Jesuítas por medio del Mayor, á cuya 
inmediata custodia estaban, que nada tendrían que 
decir contra semejante pena de horca^ como se les 

(i) Koblbr: F. Floridn Baucke^ pág. 664. 
(2) Ibid, pág. 665. 



- 158 - 

demostrase que la habían merecido y y que el decreto 
del Rey llegaba hasta prescribir que fuesen casti^ 
gados con pena de muerte. Que por lo demás ^ ha- 
hiendo de pasar en seguida a España ^ donde esta- 
rían mds cerca de Su Majestad, si acaso era preci- 
so venir al extremo de la última pena, quedaba 
tiempo^ y podía diferirse para cuando estuviesen 
allá; y asi esperaban que Su Excelencia no se dejaría 
transportar de tan desusado rigor contra unos sacer- 
dotes á quienes no había podido hasta el presente 
echar en cara delito digno de tan ignominioso su- 
plicio. Y por lo que tocaba á la comunicación con 
los españoles, ni mantenían ninguna^ ni la manten- 
drían en adelante] pues querían cumplir respetuosa 
y puntualmente su mandato. Que su único deseo era 
que se informase en particular sobre su conducta, 
del Mayor y de los Oficiales que los custodia- 
ban^ (i). Recibió la respuesta el Gobernador, y 
nada más dijo en adelante. 

Estas y otras tropelías y tristes sucesos experi- 
mentados en aquellos meses de encerramiento, hi- 
cieron escribir al P. Sánchez Labrador en su Pa- 
raguay Católico', «La ciudad de Buenos Aires, 
caja determinada... para nosotros fué cerrada, 
por el encierro casi inhumano y trato que expe- 
rimentamos. Huye la memoria del recuerdo, y 
la pluma no da tinta para relacionarlo, temiendo 
el escándalo del orbe cristiano» (2). 

(1) Kobler: P, Floridti Baucke, pág. 665. 

(2) P. Sánchez Labrador: Paraguay Católico, parte iii, 
§ 23, n. 533. 



— 159 — 

SEGUNDA EXPEDICIÓN DE JESUÍTAS 
DEL PARAGUAY A EUROPA 

Después de la dura cautívidad de Buenos Aires> 
llegó por fin el día en que los Jesuítas allí deteni- 
nidos habían de emprender viaje á Europa, que 
fué cuando en el puerto hubo nave disponible que 
los pudiese conducir. Era ésta una fragata de 36 
cañones, llegada de España á Montevideo á fines 
del mes de Marzo de 1 768, cuyo nombre era La 
Esmeralda^ y su Capitán D. Mateo del Collado 
Nieto (l), hombre de carácter áspero, con el que 
dio harto que merecer á los Jesuítas que transpor- 
taba, como si las principales personas que habían 
de intervenir en el extrañamiento estuviesen con- 
cordes con el tono del Gobernador de Buenos 
Aires. Hízose á la vela esta nave desde Montevi- 
deo á 6 de Mayo de 1 768 (2), llevando á bordo 
151 Jesuítas. Mucho fué lo que padecieron por el 



( 1 ) Ignoro por qué causa se hallan transformados nom- 
bre y apellido de este Capitán en la narración publicada 
por el P. Kobler: P, Floridn BauckCy ]>ágs. 673-sqq; lla- 
mándole D. Pedro Villano. El nombre del texto es el que 
aparece en el documento original fírmado por él mismo 
en calidad de Comandante de la fragata * Esmeraldas ^ ha- 
ciéndose cargo de los 153 Jesuítas en diversas fechas, 17 
de Marzo, 29 de Marzo y 13 de Abril de 1768, y fírmando 
las tres veces D. Mateo del Collado. (Río Janeiro, Colee-- 
ción Angelis, xv-39.) 

(2) PeramXs: Joann Ángel. Amilaga. 



— x6o — 

poco cuidado que se tuvo con ellos al embarcarlos 
en Buenos Aires, donde estuvieron dos días amon- 
. tonados bajo una carpa después de una lluvia to- 
rrencial, metidos en medio de la humedad y dur- 
miendo en el suelo; y después en la navegación, 
durante la cual muchos cayeron enfermos por la 
estrechez, 6 más bien hacinamiento, con que iban 
en el buque, y el mal tratamiento que recibieron 
en cuanto á la alimentación, á pesar de que se ha- 
bían hecho grandes provisiones á bordo, de las 
cuales dice el P. Pauke (i): <í Habían costado milla- 
res de pesos y por ser orden del Rey que en alimento 
y vestido se nos procurase no sólo lo que pedia la 
necesidad^ sino aun lo que tocaba en regalo, Y sise 
hubieran empleado con nosotros las provisiones que 
se habían reunido, no hiciéramos experimentado 
penuria alguna, como de hecho la sufrimos en oca- 
sienes.^ Esta y otras incomodidades del viaje con 
algunos otros sucesos, y en especial el peligro en 
que se vieron por causa de una deshecha tormenta 
que se les levantó al segundo día de navegación, 
pueden leerse en el relato del misionero delosMo- 
covíes P. Pauke, tantas veces citado. 

Arribados finalmente al Puerto de Santa María 
á 22 de Agosto de 1768, fueron hospedados como 
los primeros (que ya habían salido de allí por Ju- 
nio), al principio en el Hospicio de los misioneros, 
ú Hospicio de los Apóstoles, como se le llamaba por 
otro nombre, á causa del destino de los que allí se 

(i) Pág. 668. 



— i6i — 

juntaban para ir á ejercer en las gentilidades de 
América las tareas apostólicas. Más tarde fueron 
distribuidos en varios conventos de religiosos. El 
tratamiento en general fué mejor en España que 
el que habían soportado en América; pero siempre 
se vio el empeño de aparentar muchas formalida- 
des y exámenes, para que apareciesen los Jesuítas 
como grandes criminales á los ojos del pueblo, 
que no sabía lo que se les preguntaba, siendo así 
que todos los interrogatorios se reducían á pre- 
guntas generales, cuya repuesta era ya sabida y la 
habían dado los arrestados varias veces, ó á cues- 
tiones impertinentes, como las que refiere el Padre 
Pauke; y jamás se les interrogaba de crimen algu- 
no de los que se habían divulgado. Es verdad que 
á los misioneros de Chiloé y de California los en- 
carcelaron y les formaron causa sobre haber esta- 
do en tratos con escuadras enemigas para entre- 
gar aquellas regiones al^extranjero; resultando de 
la indagación que en los años á que se refería el 
cargo, ningán buque había tocado en aquellas cos- 
tas, ó á lo más hábil sido uno de los galeones es- 
pañoles, lo que no excusó á los Jesuítas de Amé- 
rica varios años de cárcel. 

A 13 de Marzo del año de 1 769 recibieron los 
Jesuítas alemanes la noticia de un decreto del Rey, 
en que se decía que los que quisieran ir en dere- 
chura á Alemania diesen sus nombres; los demás 
serían transportados á Italia. Diez y ocho fueron los 
que se reunieron para el viaje, dándoles el Erario 
real recursos para fletar un buque y costear su pa- 

II 



— l62 — 

saje, y de ellos algunos eran de la provincia del 
Paraguay, entre los cuales se contaba el P. Florián 
Pauke, misionero de la reducción de San Javier de 
Mocovíes, quien describe este viaje por Holanda 
hasta restituirse á su país. Los demás Jesuítas del 
Paraguay, dentro de poco fueron transportados á 
Italia directamente, sin pasar por las calamidades 
de los primeros, que habían tenido que andar erran- 
tes por las islas y repúblicas septentrionales de 
aquella nación, y fueron á juntarse á sus antiguos 
compañeros, domiciliados ya por la mayor parte 
en la ciudad de Faenza. 



MISIONEROS DE CHIQUITOS 

Diez reducciones tenían los Jesuítas del Para- 
guay á la fecha del extrañamiento en la nación de 
los Chiquitos: San Javier, la Inmaculada Concep- 
cinó, San Rafael, San Miguel, San José, San Juan> 
Santiago, Santa Ana, el Sagrado Corazón de Je- 
sús y San Ignacio. Su lejanía de Buenos Aires, cen- 
tro de reunión para los Jesuítas del Río de la Pla- 
ta, de donde distaban más de 6oo leguas, hizo 
que fuese encargada la expulsión, no al Goberna- 
dor Bucareli, sino al Presidente de la Audiencia 
Real de los Charcas, que lo era entonces interina- 
mente D. Victorino Martínez de Tineo, por muer- 
te de D. Juan Francisco Pestaña en una expedi- 
ción desgraciada contra Matogrosso. Remitióle 



— 163 — 

Bucareli los pliegos pertenecientes al asunto á 12 
de Junio de 1 767, recibiéndolos él á 19 de Julio, 
y avisando que tenía determinado hacer la expul- 
sión el día 4 de Septiembre del mismo año (l). 

La expulsión encomendada á este Ministro com- 
prendía el colegio de Tarija con las Misiones de 
Chiquitos á él anejas, uno y otras pertenecientes 
á la provincia jesuítica del Paraguay, y las Misio- 
nes de Mojos con otras casas que tocaban á la 
provincia del Perú. En lo cual se atendía á la dis- 
tancia de los lugares, cuando no se podía cómo- 
damente seguir la división civil ó religiosa estable- 
cida. Era D. Victorino Martínez de Tineo, al de- 
cir de Bucareli, sujeto comprendido en el univer^ 
sal contagio y fanatismo (palabras enfáticas de su 
jerga especial, que signiñcan que era afecto á los 
Jesuítas, y que igualmente lo eran todos los habi- 
tantes de estas regiones), como lo prueba, añade , 
haber dicho en público, según consta de la depo- 
sición de varios testigos, que si hubiera tenido an- 
ticipada noticia de la disposición tomcuia contra los 
.Jesuítas^ habría dejado el empleo para libertarse 
de ser instrumento de practicarla (2). A pesar de 
esta aserción de Bucareli, procedió, según se verá, 
como si hubiera sido un gran enemigo, sin tener 
consideración á la edad, ni á las enfermedades, ni 



(i) Carta de Bucareli á Aranda, íecha 6 de Septiem- 
bre de 1767. 

(2) Carta de Bucareli á Aranda, á 28 de Marzo de 1 768. 
(Brabo: Cokccidny ^ig, 110.) 



— 164 — 

á las diñcultades de un camino asperísimo de cen- 
tenares de leguas á caballo por enriscadas cordi- 
lleras; y así fueron varios los expatriados que no 
alcanzaron á salir de su distrito,' sino que pere- 
cieron en él, víctimas de la inclemencia con que 
se les hizo emprender una marcha, de la que el 
mismo Decreto real, y ciertamente todas las leyes 
de la humanidad, los tenían dispensados. 

Para ejecutar el extrañamiento en las Misiones 
de Chiquitos, eligió el Presidente áD. Diego Anto- 
nio Martínez, Teniente coronel del ejército y Ca- 
pitán del regimiento de infantería de Mallorca, quien 
se hallaba en Santa Cruz de la Sierra. Las circuns- 
tancias habían facilitado la reunión de fuerzas 
relativamente considerables y pocas veces vistas 
en aquellas tierras, que pudieron servir para ve- 
rificar el extrañamiento con el aparato militar que 
pretendía el recelo de muchos y suponía la ins- 
trucción del Conde de Aranda. Incansables los 
])Ortugueses en su tarea de irocupando los dominios 
del Rey de España en América, sin retirar el pie 
de donde una vez lo habían llegado á poner: se 
habían establecido por los años de 1740, junto al 
territorio de los indios Mojos. El Superior de los 
Jesuítas, á cuyo cuidado estaban aquellas reduc- 
ciones, advirtió cortésmente al jefe portugués que 
allí se había situado, que no podía ocupar aque- 
llas tierras sin traspasar los tratados con el Rey de 
España. Respondió con no menor formalidad el 
portugués que había estado siempre muy lejos de 
su intención el faltar á los tratados entre las dos 



- i6s- 

coronas, y continuó tranquilamente en su puesto 
sin moverse un paso atrás. Dio aviso de todo el 
P. Superior al Gobernador de Santa Cruz de la 
Sierra; y éste, armando un cuerpo de tropa com- 
petente, se dirigió á aquel punto y desalojó al por- 
tugués. Pero como la cualidad predominante de los 
portugueses en América fuese la constancia, al 
cabo de poco tiempo volvieron al mismo paraje, 
y aprovechándose de las tramitaciones del tratado 
de 1750, establecieron allí un fuerte que se llamó 
de La Estacada^ en el antiguo pueblo y misión 
española de Santa Rosa. En los años anteriores al 
extrañamiento, había recibido el Presidente de la 
Real Audiencia de Charcas, Coronel D. Juan Pes- 
taña, la orden de reunir tropas y acometer al 
fuerte de La Estacada, hasta echar de una vez de 
allí á los portugueses. Organizó él con mucho tino 
su tropa en número que le pareció suñciente; pe- 
ro después de haber hecho los largos y penosos 
viajes que eran necesarios en regiones tan dilata- 
das, se halló enfrente de la fortaleza enemiga, y 
echó de ver que no tenía bastantes fuerzas para 
vencer á los portugueses y obligarlos á ceder el 
terreno, tanto más, cuanto que de prolongarse un 
asedio, tenían ellos cerca los recursos en la provin- 
cia de Matogrosso, de donde les llegaría el auxilio, 
utilizando todos los esfuerzos del español. Re- 
solvió, pues, bien á pesar suyo, desistir por enton- 
ces del ataque y emprender la retirada, en la que 
él mismo perdió la vida por efecto de las enferme- 
dades que contrajo en la campaña. Quedaban es- 



— i66 — 

parcidas en varios puntos las tropas destinadas á 
aquella operación, mientras aguardaban nuevas 
órdenes ó refuerzos de España. De esta suerte, las 
tropas que no habían tenido fuerza para desalojar 
al portugués, se emplearon para expulsar á los Je- 
suítas de Chiquitos y Mojos. Por su parte, los por- 
tugueses, no molestados ya del español, consoli- 
daron más aquella fortaleza, que recibió desde en- 
tonces el nombre de Fuerte del Príncipe de Beira, 
El Teniente coronel Martínez, al frente de un des- 
tacamento de su tropa, había sido enviado, con 
ocasión de la expedición de Pestaña, á ocupar los 
pueblos de Santa Ana y San Rafael de Chiquitos, 
por si los portugueses intentaban , como se presu- 
mía, algún amago por aquella parte. En aquellos 
pueblos había estado al pie de un año, tratando 
con los Padres y con los indios, y admirando el 
régimen y orden que en ellos resplandecía, y á la 
sazón se hallaba de vuelta en Santa Cruz de la 
Sierra (l). 

Recibida por el Teniente coronel Martínez la 
comisión, partió de Santa Cruz á 2 1 de Agosto al 
frente de 8o soldados de caballería, y se dirigió á 
los Chiquitos, donde tenía orden de ejecutar el ex- 
trañamiento para el día 4 de Septiembre de 17^7- 
Mucho antes de llegar á las Misiones, y en medio 
de aquellas vastas soledades, llamó á consejo á sus 
Oficiales para resolver cuál había de ser el modo 
de proceder en aquella expedición, ya que no era 

(i) Pbra.mAs: Stephanus Pallozzi, §. xxv sqq., pág. 317. 



— 167 -* 

posible mantener el secreto sobre el extrañamien- 
to, pues el 16 de Agosto se sabía ya en Chuquisa- 
ca haberse ejecutado la medida en las tres provin- 
cias de Paraguay, Tucumán y Río de la Plata. Dos 
fueron los pareceres, diametralmente opuestos 
entre sí. El primero, que se habían de sorprender 
los Jesuítas, y al punto se habían de sacar de las 
Misiones. El segundo, que nada se había de hacer 
en el asunto, que no íuese conforme al parecer y 
determinación de los Padres; pues de lo contrario 
se arriesgaba el éxito, y podía haber lugar á las 
más graves consecuencias, atento el amor que los 
indios profesaban á los misioneros, y las condicio- 
nes guerreras de que estaban dotados. No faltaron 
quienes reclamaran de este parecer; pero, en efec- 
to, se procedió conforme á él, y se vió^ dice el 
P. Peramás (l), un espectáculo al que quizá no se le 
hallaba precedente alguno en la historia: el de un 
hombre que de su voluntad ensene á otros el modo 
de arrojarle ignominiosamente de su casa á pade- 
cer innumerables calamidades^ y que los guie en 
toda la ejecución-^ (2). 

Presentóse, pues, el Comisionado en San Javier, 
que era el primer pueblo que se ofrecía al paso, y 
donde residía el P. Procurador de las Misiones, es- 
tando allí á la sazón haciendo la visita el P. Supe- 
rior José Rodríguez. Conducido por éste con el 
Cura del pueblo y su Compañero aun aposento de 

(1) PbrámAs: loanncs Messner^ § xxxii, pág. 196. 
/2) Ibid. 



— i68 — 

la casa para obsequiarle, sinsaberaúnáloquevenía, 
hizo el Jefe entrar á cuatro de sus Oficiales, y pi- 
dió ai Superior que jurase obedecer á las órdenes 
que tenía que intimarle de parte del Rey. Lo cual 
hizo Martínez, no porque dudase de la obediencia 
de los Padres, que tenía bien experimentada, sina 
porque nadie pudiese acusarle de haber omitido 
las formalidades prescritas ó mayormente condu- 
centes; que no todos los que iban con él eran de 
sus mismos sentimientos. Respondió el Superior 
que no había necesidad de juramento; pues bien 
sabía él, habiendo nioradoen aquellos pueblos con 
su tropa, cuánta era la fidelidad que siempre ha- 
bían tenido y tenían actualmente al Rey, sin que 
pudiera explicarse de otro modo lo que habían 
hecho á costa de tantas fatigas, padecimientos y 
aun muertes, hasta reducir aquellas naciones, á las 
cuales no podían entrar antes los españoles, y traer- 
las al servicio de Dios y á la obediencia del Rey, 
dilatando así el imperio de España. Convino el 
Comisario en que no había necesidad de jurar; é 
intimada la orden de extrañamiento, únicamente 
exigió á los Padres que nada dijeran á los indios, 
hasta que, preparados poco á poco los ánimos, se 
les pudiese notificar el decreto del Rey sin peligra 
de alborotos (i). 



(i) PbramXs: loannes Messner, § xxxiv.— El Sr. Remé- 
MoRBNO {Catálogo del Archivo de Mojos y Chiquitos, se- 
gunda parte, § VI, pág. 315. Ed. Santiago de Chile, 1888) 
narra el hecho de este modo: cLlegado Martínez el i.^dc 



— lóg — 

Tratóse luego de determinar el modo como se 
lograría el intento. Y lo que los Padres aconseja- 
ron fué que á los pueblos donde no había habido 
guarnición, no convenía que se enviase tropa, sino 
solo un Oñcial acompañado de un Padre Jesuíta, 
porque esto no les podía llamar la atención, es- 
tando los neófitos enterados desde tiempos atrás, 
de que el censo de las familias para señalar el tri- 
buto se hacía delante de un Comisionado real. 
Pero á los pueblos donde ya había estado aqam- 
pada la tropa, podían ir soldados; porque los na- 
turales pensarían que no iban más que á lo que 
habían ido el año anterior. 

He aquí cómo se verificó la expulsión en San- 
tiago, uno de los pueblos más lejanos, distante más 



Septiembre de 1767 á San Javier, Procuraduría general en- 
tonces, y llave de entrada á estas Misiones, el 4 en la ma- 
drugada hizo rodear calladamente con tropa el colegio 
de los Jesuítas. Residía allí en aquel momento el Superior 
general de Chiquitos, Don Joseí Rodríguez y cuatro mi- 
sioneros más. La campana que llamaba á la Comunidad 
sonó, y al punto fueron pareciendo los Padres. El P. Pro- 
curador Don Antonio Priego, entrando primero al locu- 
torio donde aguardaban los Comisarios del Teniente co- 
ronel Martínez, apagó un candil que traía en la mano, y 
dijo: ¿Se trata del extrañamiento de todos los Jesuítas de 
los dominios del Rey? Prevenidos estaraos ya los de estas 
Misiones, y prontos á obedecer.» Esta descripción, aun- 
que resulta más dramática, no parece que sea exacta. No 
era al Procurador de las Misiones á quien tocaba expre- 
sar su obediencia, sino al Superior. Por otra parte, entre 
el testimonio del P. Peramás, que tomó sus datos de boca 



— 170 — 

de 100 leguas de San Javier. Era Cura de aquel 
pueblo el P, Narciso Patzi, y Compañero el Padre 
José Peleyá. Escribió á los dos misioneros el Supe- 
rior P. José Rodríguez la novedad que había con 
el mandato del Rey, y que por tanto preparasen 
la partida sin dar nada á entender, imponiéndoles 
precepto de santa obediencia de que nada dijesen 
á los indios del destierro á que estaban condena- 
dos. Con qué sentimiento recibirían tal noticia, ya 
se deja presumir, y más cuando, si bien podían 
tratar de ello entre sí para consolarse en algún 
modo 6 tomar providencias, no lo podían hacer 
con los indios. Y así, aunque el amor de sus neó- 
ñtos, á los cuales acababan de agregar 200 fami- 
lias, les arrancaba á veces lágrimas de los ojos, 
era preciso enjugarlas forzadamente en público, y 



de los mismos misioneros que intervinieron en el acto, y 
el escritor que, registrando los documentos ciento y más 
años después, halla que faltan hasta los Autos pertene- 
cientes á la intimación (Rbné-Morbmo: íbid.^ pág. 512), y 
que se ve obligado á suplirlo con otros documentos suel- 
tos y probablemente con algunas analogías que pudieron 
intervenir en todas las ejecuciones ó estaban prescritas 
como normas para los casos ordinarios en la instrucción 
del extrañamiento, no puede ser dudosa la elección. Por 
eso, aunque podía haber sucedido que los misioneros de 
Chiquitos hubiesen tenido noticia de que se preparaba la 
expulsión, se ha preferido al tratar del hecho como fué 
en realidad, el relato del P. Peramás, que dice que no la 
tenían: ignari penitus quid sibi illi vellent, et quantum 
mali apportarent. {loannes Messner, § xxxiv.) Y otro tanto 
se ha hecho en cuanto á las demás circunstancias. 






■•• . 



— 171 — 

llorar sólo en secreto, por no descubrir lo que tan 
apretadamente se les mandaba tener oculto. Por 
su parte el Comisario Martínez había ordenado al 
Capitán Jaime Gutiérrez, que acompañado del Pa- 
dre Jesuíta Joaquín Camaño, estaba comisionado 
para hacerSe cargo de Santiago, que levantase en 
secreto el inventario de los haberes del pueblo, y 
acabado, se trasladase al siguiente pueblo, lleván- 
dose consigo uno de los dos sacerdotes que en ca- 
da uno había, que era el plan aconsejado por los 
Padres, para que así pudiera ir ejecutándose sin 
ruido el decreto de extrañamiento. 

Cuando ya los dos enviados se aproximaban al 
pueblo, dieron á los indios noticia de^su llegada 
los PP. Patzi y Peleyá, significándoles que, pues 
aquél era un ministro muy autorizado del Rey, 
convenía hacerle recibimiento solemne. Prevíno- 
se, por tanto, una fiesta de regocijo para recibir al 
que les llevaba motivos de tanta tristeza. Toma- 
ron los indios con empeño la insinuación de sus 
pastores. A la entrada del pueblo estaban aguardan- 
do ár los huéspedes los niños divididos en dos cua- 
drillas, cada una con su jefe al frente. Seguían á 
las hileras de niños otras dos de jóvenes, y en me- 
dio de ellos cantaban los músicos y tañían sus ins- 
trumentos de flautas, trompas y otros; y todos 
iban, según su estilo, adornados de plumas de vis- 
tosos colores arregladas con prolijo arte. Los hom- 
bres á caballo en compañía de los cabildantes y 
de los PP. Patzi y Peleyá, salieron á encontrar á 
Gutiérrez fuera y á alguna distancia de la pobla- 



— 172 — 

ción, y le saludaron y condujeron á ella con gran 
des demostraciones de alegría, tocándose las cam- 
panas como en las mayores ñestas. 

Dos días se detuvo allí solamente el Comisiona- 
do para hacer el inventario de los bienes del pue- 
blo; y luego, en compañía del mismo P. Camaño, 
que le servía también de defensa contra los bár- 
baros infieles, que andan en gran número vagando 
por aquellos parajes, se encaminó al pueblo del 
Santo Corazón, el más lejano de todas las Misio- 
nes, y el último hacia la parte del río Paraguay. 
Santo Corazón^ dice René-Moreno (l), se miraba 
entonces y puede mirarse todavía^ como el confín del 
mundo» — Hecho también ,el inventario de aquel 
pueblo, tomó consigo al P. Francisco Javier Gue- 
vara, dejando al Cura, P. Francisco Chueca. Ha- 
bía de regresar por el pueblo de Santiago, y allí 
también dividió los Jesuítas, llevándose al P. Pe- 
leyá, y dejando al P. Patzi. Extrañáronse un tan- 
to los indios de que se quedase éste y aquél se 
fuera en compañía del Comisionado y del P. Ca- 
maño, y aun llegaron á recelar algo nada agrada- 
ble; pero se aquietaron finalmente, así por quedar- 
les el Cura, como por haberles dicho el P. Peleyá 
que iba á ver á los otros Padres Misioneros, cosa 
que ya alguna otra vez había hecho. 

De este mismo modo se procedió en los demás 
pueblos, yéndose uno de los Padres y quedándose 

(i) 'Rxtut'^oKEnox Archivo de Mojos y Chiquitos^ pági" 
na 315. 



— 173 — 

el otro; de suerte que en el espacio de ocho me- 
ses salieron por secciones todos los Jesuítas, orde- 
nando todo con bastante prudencia el ejecutor, y 
trabajando los Padres en sosegar las turbaciones 
que en algunos pueblos se originaron, como lo 
consiguieron, hasta quedar allí sus sucesores en- 
viados de Santa Cruz. Y es claro que al final hubo 
de manifestarse á los indios, ya dispuestos con lo 
que habían presenciado, que sus antiguos Padres 
dejaban de ser sus Curas, aun cuando no se les 
arrancase totalmente la esperanza de volverlos á 
ver con el tiempo, como ni los mismos Jesuítas 
dudaban que llegaría á suceder. A 2 de Noviembre 
de I767,.despachó el ejecutor una partida de 13 
Padres á cargo de un Oficial y algunos soldados. 
El 28 de Diciembre inmediato envió otra partida 
de seis Padres, y con ella marchó la tropa arma- 
da de la expedición. Por fin, el 2 de Abril del año 
siguiente pudo enviar los cuatro últimos misione- 
ros que quedaban en Chiquitos (l). 



(1) Así Ke^É'Moreho: Arc/fivo dg Mojos y Chiquitos, 
segunda parte. Introducción, §6, pág. 322. — Indudable- 
mente hay error en el número de alguna de estas parti- 
das; porque los misioneros de Chiquitos eran 24, como 
consta de la lista del extrañamiento, que se conserva en 
el Archivo general de Buenos Aires; y de la suma de es- 
tas tres expediciones, sólo resultan 23. Además, los mis- 
mos documentos catalogados por el Sr. René-Moreno, 
muestran el error. El núm. xi del vol. 23 es un oficio del 
Presidente de Charcas sobre que se había recibido con 
complacencia la nueva de que el dos de Abril anterior sa- 



A 



— 174 — 

Entre los Jesuítas que se hallaban en Chiquitos 
había algunos que por su edad ó por sus achaques 
era probable que no habían de poder resistir las 
fatigas de un viaje como el que se les esperaba. En 
particular son de notar el P. Juan Messner, Cura de 
San Ignacio, asmático y de edad de sesenta y siete 
años; el P. IgnacioChomé, de setentay un años, que 
estaba en San Javier postrado en cama sin poder 
menearse, y el P. Esteban Pallozzi, Cura de San Ra- 
fael, también de setenta años. Era el ejecutor Mar- 
tínez, áspero por carácter; pero viendo las cosa de 
cerca, juzgó que sería inhumanidad obligarles á sa- 
lir con los demás, y determinó que mientras llegaba 
la respuesta de Charcas, adonde escribía represen- 

licran de Chiquitos los cuatro últimos Jcsuitas que queda* 
ban de los veinticuatro que ocuparon aquellas Misiones, 
Luego, habiendo sido positívamente seis los que partie- 
ron el 28 de Diciembre (oficio del Presidente de Charcas, 
vol. XXXIII, n. VI, pág. 327), sigúese que la primera expe- 
dición hubo de ser de catorce. — De estos documentos 
se deduce también que la especie que contiene el oficio 
del Presidente á 4 de Abril de 1768 sobre que el Jesuíta 
P. Narciso Patzi anduviese buscando pretextos para que- 
darse (á la cual parece dar entero crédito el colector, pá- 
gina 552) probablemente no tiene más fundamento que 
alguna calumnia de las muchas que se forjaron en todo 
tiempo, y más en aquél, contra los Jesuítas, y fueron ad- 
mitidas en los documentos. Cuando el Presidente andaba 
tan lleno de sospechas y solícito para que sacasen de 
Chiquitos al P. Patzi (4 de Abril de 1768, pág. 327, vol. vi), 
ya el P. Patzi había salido, pues los cuatro últimos db 
LOS 24 QUE HABÍA fuerou remitidos á 2 de Abril, y de su 
remisión avisa haber recibido la noticia el mismo Presi- 



— 175 — 

tando estas circunstanciaSi quedasen aquellos Pa- 
dres en los pueblos en que estaban; y aun después» 
habiéndole pedido el P. Messner que le trasladase 
al pueblo de San Rafael, donde no sufriría el gran 
desconsuelo suyo y de sus feligreses, que no le deja- 
ban un punto, haciéndole oír de continuo sus lá- 
grimas y lamentos, y podría aprovecharse del 
ejemplo y virtudes del santo anciano P. Pallpzzi, 
condescendió con su deseo. Mientras tanto escri- 
bía el ejecutor al Presidente de la Audiencia de 
Charcas, que aquellos Jesuítas no podían empren- 
der el viaje, y que le parecía de todo punto nece- 
sario que se quedasen; lo cual, no sólo no traería 
inconveniente alguno, sino que pi^r el contrario, 

dente á 9 de Mayo (vol. 23, núm. xi, pág. 328).— Por lo 
demás, el fundamento que parece se da á la intención del 
P. Patzi de quedarse en el Alto Perú, es absolutamente 
inexacto. Supónese que el P. Patzi era natural de aquella 
región: era un alto-ptruano natural de Chichas í'René-Mo- 
RENO, Archivo, etc., nota 193, pág. 552); y de aquí le debe- 
ría venir el deseo de quedarse en su ^^\x\?^^ fugarse ¿ irse 
d vivir con su hermano en Oploca (carta cit. del Presiden- 
te, pág. 327, á 4 de Abril). Pero el P. Patzi era europeo, 
nacido en San Martín de la Nuve en Cataluña, admitido 
en la Compañía en el Noviciado de Tarragona, y traído á 
América en la expedición del P. Orosz en 1748. Así se 
halla consignado en la lista original de mano del mismo 
P. Orosz, que se conserva en el Archivo general de Bue- 
nos Aires, legajo «42, 1600-1750-60 (Jesuítas) Guerra gua- 
ranítica». P. Narcissus Patzi San Martín db la Nuve, Ca- 
talaunus, natus 20 Mart. 1727, ingressus in Societ. Tarra- 
CONB. 31 Dec. 1746. Studia: Absolvit Philosophiae trien- 
nium. 



— 176 — 

sería de gran utilidad, pues podrían servir parte 
para enseñar la lengua á los nuevos Curas, parte 
para mantener en sosiego y consolar á los indios, 
de quienes por experiencia había conocido cuan 
amados eran. La respuesta que despachó el Presi- 
dente Tineo por correo expreso, rechazó categó- 
ricamente las indicaciones del Teniente coronel 
ejecutor. Decíase en ella, con fecha 5 de Diciem- 
bre de 1767, que se desechaba como inconveniente 
y contrario á las Reales instrucciones del extraña- 
miento el que quedase ningún sujeto déla Compañía 
de yesús en aquellos pueblos ^ aun á título de viejo 
ó de enfermedad habitual como ahora se propo- 
nía (i). 

Fué sacado, pues, el P. Chomé de la cama y 
puesto en una hamaca, llevada por dos robustos 
indios, y de esta manera recorrió las 60 le- 
guas que dista San Javier de Santa Cruz de la Sie- 
rra. Empieza allí, en las lOO leguas que hay hasta 
Cochabamba, otro camino mucho más áspero por 
lo fatigoso y empinado de la cordillera de los An- 
des. También este camino hubo de pasarlo el Pa- 
dre, tan descaecido ya de fuerzas, que los sacer- 
dotes que le acompañaban le hubieron de decir la 
recomendación del alma, creyendo que les iba á 
expirar entre las manos. Llegados á Cochabamba, 
parecía que aquella población hubiera sido á pro- 
pósito á lo menos para restaurar con algún tiem- 



(i) Rbné-Morbno: Archivo de Mojos y Chiquitos, volu- 
men 23, núm. III, pág. 326. 



•:':T'Í^; 



— »77 — 

po de descanso la quebrantada salud de aquel an* 
ciano. Pero fuerza le fué seguir adelante, y pasar 
nuevas montañas escarpadas y desiertas, en espe- 
cial la que llaman taparí, más áspera y difícil que 
todas las otras. Por este camino llegó á Oruro, 
siempre en su hamaca ó parihuelas, á hombros de 
indios, recorriendo todavía aquel espacio de 30 
leguas. Al llegar á Oruro, reconoció que ya no 
había fuerzas para más; y habiéndose preparado 
con la mayor piedad y diligencia para morir, re- 
cibidos los Santos Sacramentos é invocando á Dios 
y á los Santos, expiró con gran tranquilidad, vís- 
pera de la Natividad de la Santísima Virgen, 7 de 
Septiembre de 1 768. Era conocido el P. Chomé 
en el mundo literario por su correspondencia como 
misionero publicada en las cartas edificantes; y 
lo hubiera sido mucho más, si hubiesen visto la luz 
pública las obras que de él enumera el P. Peramás 
en su Vida. En particular se menciona allí una 
Gramática y un Vocabulario de la lengua de los 
Zamucos, de quienes fué misionero, y otro gran 
Diccionario de la lengua de los Chiquitos, y la tra- 
ducción al idioma chiquito de la Imitación de Cris- 
to y del Temporal y Eterno del P. Nieremberg. 
Una explicación de la Doctrina cristiana y sermo- 
nes en lengua chiquita para facilitar el trabajo de 
los Padres que empezaban aquella lengua, y so- 
bre todo, la HISTORIA DE LOS CHIQUITOS en dos gran- 
des tomos en folio, fruto de largas vigilias y espe- 
ciales investigaciones, y del conocimiento profun- 
do de aquella nación adquirido en sus viajes, en 

12 






r 



— 178 — 

su experiencia y en los oñcios de misionero. Toda 
esto^ añade el biógrafo, quedó perdido para el Pa- 
dre el día del destierro y pues se prohibía severisinia- 
mente que nadie llevase consigo manuscrito alguno^ 
Si alguien arrinconó ó destruyó aquellos libros, en 
verdad que procedió como enemigo de la lengua de 
los Chiquitos y de la república literaria, al hacer 
perecer el fruto de tantas vigilias y trabajos de tan- 
ta utilidad (I). — Pero si le faltó al P. Chomé este 
fruto de sus trabajos de estudioso, no le faltó el de 
sus virtudes y sus empresas de apóstol que en otro 
lugar de esta obra quedan referidas, coronándose 
sus méritos con la edificante y santa muerte en 
medio de la obediencia más dura que le podía so- 
brevenir. 

Semejantes fueron los padecimientos del Padre 
Messner. Más robusto que el P. Chomé, recorrió 
el venerable anciano las 112 leguas que sepa- 
ran á San Rafael de Santa Cruz de la Sierra; 
pero con la fatiga que se deja entender, dado su 
achaque de asma. La dificultad de respirar se le 
aumentaba con el movimiento del caballo. Habién- 
dosele enfermado además las piernas por el exce- 
sivo calor y humedad, le manaban materia. Pade- 
cía mucho más que los otros de las espinas y zar- 
zas de que están llenos los campos, y juntamente 
de las hormigas, que son innumerables, y cuyas 
picaduras son tan intolerables, aun para los anima- 
les, que los caballos se ponen furiosos al sentirlas^ 

(i) PeramXs: P. Chomé, § Lxxn, 254. 



— 179 — 

corcobean y se desbocan. De este modo llegó el 
P. Messner á Santa Cruz, más muerto que vivo. 
Ya no podía tampoco moverse, y estaba en el 
caso de ser transportado como el P. Chomé; pero 
todavía hubo de detenerse cinco meses en Santa 
Cruz, por estar la cordillera llena de nieve. Lue- 
go que hubo llegado mejor estación, sacaron al 
consumido misionero, que no podía tenerse en pie, 
y lo pusieron á caballo en una muía. Para colmo 
de padecimientos, el conductor, que no era nada 
humano, obligaba á sus viajeros, á pesar de verlos 
de tanta edad, á hacer jornadas más largas aún de 
lo que las hacen los arrieros por aquellas ásperas 
montañas, de donde resultaba que llegaban sin 
fuerzas á los parajes que les había fijado para des- 
cansar al mediodía ó á la noche. Agregóse á las 
causas que dificultaban la respiración al P. Mes- 
sner, otra propia de la cordillera, á saber, lo que 
se llama puna, y consiste en que por estar el aire 
en aquella extraordinaria altitud muy enrarecido, 
se hace sumamente trabajosa la respiración, aun 
á los sanos; y á veces es tanta la fatiga, que hasta 
los más robustos tienen que detenerse de tiempo 
en tiempo y respirar y sosegarse antes de empren- 
der de nuevo la marcha. Habiendo llegado á la 
más alta montaña que hay entre Oruro y Tacna, 
se detuvieron allí y descargaron los animales para 
tomar un poco de descanso. Sentíase morir el Pa- 
dre, y pidió por amor de Dios al jefe de la expe- 
dición que no se le hiciese pasar adelante, pues 
no le quedaban fuerzas ni vida para ello. !Mas nada 



— i8o — 

fué capaz de mover á piedad al conductor. Hizo 
emprender de nuevo la marcha, y ordenó que po- 
niendo al P. Messner á caballo, fuese un hombre 
continuamente á su lado, sosteniéndole para que 
no se cayese. No fué larga la tarea, porque al cabo 
de poco rato advirtió aquel auxiliar que el Padre 
había expirado. Era un viernes 22 de Mayo de 
1768. El cadáver fué conducido á la iglesia de Pa- 
quia en la jurisdicción de Tacna, y allí lo enterra- 
ron, haciéndole sus compañeros el funeral. 

Más largo fué el camino del P. Pallozzi. De San 
Rafael, donde estaba de Cura, á San Javier, se 
cuentan 52 leguas. De San Javier á Santa Cruz de 
la Sierra, 60. De allí á Cochabamba, lOO. De Co- 
chabamba á Oruro, 30. De Oruro á Arica, pasan- 
do por las escarpadas montañas de la cordillera 
del Perú, 90 leguas. Estas 332 leguas hubo de ca- 
minar á caballo el septuagenario P. Pallozzi con 
suma incomodidad, porque los arrieros de aquel 
país proveen muy mal de caballerías á los cami- 
nantes. En Arica entró en una embarcación pe- 
queña en la cual iban para Lima algunos Jesuítas 
de Chile, y en medio de las molestias que le oca- 
sionaron los calores del trópico, fué el consuelo y 
ejemplo de todos la alegría y afabilidad del santo 
viejo. De Lima, donde le mantuvieron encerrado 
en el que antes había sido colegio de San Pablo, y 
donde los Jesuítas quedaron obligados con una cre- 
cida deuda de gratitud á las señoras de la ciudad, 
y también á los religiosos de Santo Domingo, que 
hicieron cuanto estuvo á su alcance para procurar- 



— i8i — 

les los auxilios de que tanta necesidad tenían en 
aquellas circunstancias y desamparo, salió el Pa- 
dre Messner para embarcarse nuevamente en el 
Callao hasta Panamá; y de allí, parte por tierra, 
parte por el río Chagres, llegó á Portobelo en el 
Atlántico, de donde le tocaba emprender nueva- 
mente su camino, embarcándose para Europa. 
Mas las fatigas del penoso viaje en edad tan avan- 
zada, habían consumido sus fuerzas, y el pésimo 
clima de Portobelo, donde además fueron los Je- 
suítas muy mal alojados, acabó de poner su en- 
fermedad en un estado que ya era mortal. Siem- 
pre con los mismos ejemplos de paciencia y edi- 
ficación, entregó allí su alma al Señor á2I de Di- 
ciembre de 1768. La gente de la ciudad veneró su 
cuerpo como de santo, y se apresuró á recoger 
reliquias de él. Era el tercer Jesuíta de los 24 de 
Chiquitos, muerto en medio del viaje de resultas 
de las fatigas propias del camino, como ya se pudo 
conjeturar al ponerse en marcha, y en efecto se 
representó al Presidente de Charcas. 

Este fué el proceder de aquel magistrado á quien 
Bucareli pintaba al Conde de Aranda como tan 
partidario de los Jesuítas, y á quien no cesaron los 
enemigos de éstos de pedir que se le quitase del 
cargo, alegando la misma razón (l). Y parece que 
al fin lo consiguieron. No es fácil entender qué 
fué lo que movió al Sr. Tineo, aun en el caso de 
que hubiera sido adverso á la Compañía, á enviar 

(i) Brabo: Colección, pág. 154. 



— l82 — 

á una muerte cierta aquellos ancianos, que forzo- 
samente habían de perecer en viaje de tal natura- 
leza, como no sea que quisiera cumplir al pie de 
la letra aquella misiva q'ue según Crétineau-Joly 
se envió á los ejecutores (l), y decía textualmen- 



(i) Crétineaü-Joly: Clément XIV et les JésuiUs^ pági- 
na 1 68. Ed. París, 1848.— Es verdad que esta carta del 
Rey no se halla registrada en la Colección general de las 
procidencias.., sobre el extrañamiento. Mas esto sólo no bas- 
ta para probar que no se enviara. En efecto, es cierto que 
se enviaron documentos de que ni rastro hay en la Co- 
lección de providencias. En carta de 5 de Enero de 1 769 
dice Bucareli al Conde de Aranda (Brabo: Colección^ pá- 
gina 251): Con fecha /.* de Marzo de 1767 me dirigid 
V. E. la orden para poner en ejecución en estas provincias 
y Misiones el Real decreto de extrañamiento.,, y al mismo 
tiempo se sirvió V. E. incluir una carta del sr. marqués 

DE GRIMALDI, Y DENTRO DE ELLA LA QUE EL REY NUESTRO SE- 
ÑOR SE DIGNÓ ESCRIBIRME DE SU REAL PUNO.» Dc lOS CUatrO 

documentos aquí mencionados, sólo dos se hallan en la 
Colección de providencias; pero la carta del Marqués de 
Grimaldi y el autógrafo del Rey no se registran, ni hay 
indicio de ellos. «Tampoco sería improbable, dice el P.Za- 
randona, que después del extrañamiento, el Gobierno 
mandase ocultar ó hiciese desaparecer algunos documen- 
tos que no le honraban mucho.» (Zarandona: Extinción y 
restablecimiento de la Compañía^ tomo 11, pág. 13. Edición 
Madrid, 1890). Sabido es por otra parte que Crétineau- 
Joly logró reunir sobre estas materias documentos cuyo 
contenido parecía increíble, y que, sin embargo, expuso 
al público para que los examinara quien quisiese, sin que 
jamás le probasen que había dado por auténtico algún do- 
cumento que no lo era, ni menos que lo había inventado. 
Léase el primer párrafo del Proemio ó Avant-propos de su 
Clemente XIV. 



- i83 - 

te: Os apoderaréis de todos los religiosos, y los haréis 
conducir presos en el término de veinticuatro horas 
al puerto señalado^ donde se embarcarán en los bu- 
ques dispuestos al ejecto; y al tiempo mismo de la 
ejecución haréis sellar el archivo de la casa y los 
papeles de los individuos, sin permitir a ninguno 
que lleve otra cosa más que los libros de rezo, y la 
ropa blanca estrictamente necesaria para la trave- 
sía. Si después del embarque quedase en vuestro 

DISTRITO UN SOLO JESUÍTA, AUNQUE SEA ENFERMO Ó MO- 
RIBUNDO, SERÉIS CASTIGADO CON PENA DE MUERTE. 

YO EL REY. — Este documcnto daría razón de la in- 
humanidad usada con aquellos Jesuítas ancianos, 
achacosos, y alguno tan enfermo, que fué necesa- 
rio llevarlo todo el viaje en parihuelas hasta falle- 
cer en medio del viaje, y de que semejante reso- 
lución fuera tomada por parecer, no sólo del Pre- 
sidente Tineo, sino del Acuerdo (l), que es decir, 
de los Oidores reunidos en Tribunal para delibe- 
rar sobre el asunto con su Presidente; y finalmen- 
te, de que se resolviera ser «contrario á las Ins- 
trucciones del extrañamiento el que quede ningún 
sujeto de la Compañía de Jesús en esos pueblos, 
ni á título de viejo ó de enfermedad habitual» (2). 
Ya se ha reseñado el viaje que hubieron de hacer 
los demás Jesuítas extrañados del territorio de 
Chiquitos hasta llegar á Portobelo, al referir los 



(i) René-Morbno: Archivo^ etc., yol 23, núm. m. Testi- 
monio de AUTO ACORDADO, etc. 
K2) Ibid. 



— 184 — 

sucesos del P. Pallozzi. En Portobelo se embarca- 
ron nuevamente para Cartagena, donde cayó la 
cuarta víctima del viaje, que fué el Superior Pa- 
dre José Rodríguez, quebrantado de las fatigas del 
camino, quien murió allí á l.° de Febrero de l/óg» 
Pasados seis meses de detención en Cartagena de 
Indias, se embarcaron de nuevo, y fueron á apor- 
tar á la Habana, y de allí dentro de poco siguie- 
ron viaje para España, yendo á parar al Puerto de 
Santa María, depósito general para todos los Je- 
suítas de Ultramar. De donde finalmente, al cabo 
de un año, fueron transportados á Italia. Entre los 
misioneros que hicieron este larguísimo viaje de 
tres años, se contaban ancianos de más de seten- 
ta y cinco, como lo era el P. Martín Schmid, in- 
signe maestro de música entre los Chiquitos, que 
como Cura, tenía á su cargo en San Rafael, y cuya 
biografía escribe el P. Peramás entre sus Vidas de 
Varones insignes del Paraguay (l)." 



EXPULSIÓN DE LOS JESUÍTAS 
EN LAS MISIONES DE GUARANÍES 

A mediados de Mayo de 1768 quedaba termi- 
nado el extrañamiento en todo el vasto distrito 
que comprendía la famosa provincia religiosa de 
los Jesuítas del Paraguay, excepto en una solaco- 



(i) PbramXs: De vita et moribus tredecim virorum Pa- 
raguaycorum, Faventiae, 1793, pág. 405. 



-i8s- 

marca. Era ésta la de las Misiones de los Guara- 
níes, situadas á orillas de los dos ríos Paraná y Uru- 
guay, las más numerosas y las que más fama te- 
nían en todo el mundo, habiéndose urdido tantas 
fábulas y embustes, como se han podido ver en el 
decurso de esta Historia para desfigurar el carác- 
ter de las Misipnes y perder á los misioneros que 
las tenían á su cargo, ya presentándolos como á 
unos usurpadores de la potestad de los príncipes, 
ya como inobedientes á la autoridad eclesiástica, 6 
como rebeldes en armas contra los mandatos del 
Soberano. Con éstos más que con ningunos otros 
de los expatriados, empleó Bucareli exquisitas 
precauciones. Aplicando la regla núm. vm de la 
Adición para Indias sobre que primero sean 
extrañados los que están en los colegios que los 
de las Misiones, y que se obligue al Provincial á 
escribir á los misioneros cartas en que les prescri - 
ba la obediencia, las cuales habían de ir abiertas, 
añadió otras medidas de que da cuenta en sus 
cartas al Conde de Aranda, y que revelan un mie- 
do verdaderamente pueril. 

Llama de un modo particular la atención el que 
desde el día en que los Jesuítas fueron expulsados 
de las casas que tenían en la jurisdicción de las 
tres provincias, hasta el en que se les notificó el 
extrañamiento en las Misiones de Guaraníes, pasó 
un año cumplido y bastante más. Sobre lo cual 
será preciso reflexionar, para comprender bien el 
alcance de esta circunstancia, después de haber na- 
rrado el suceso. 



— i86 - 

Tiempo hacía que estaban persuadidos los Je- 
suítas de que tarde ó temprano tendrían que aban- 
donar las Misiones de Guaraníes. Por espacio de 
ciento cincuenta años habían estado defendiendo 
á aquellos indios de las muchas manos codiciosas 
que pretendían robarles la libertad y apoderarse 
del fruto de su trabajo; pero las recias embestidas 
que no cesaban de darse contra los misioneros con 
nuevas calumnias, y las disposiciones que tomaba la 
Corte, les hacían ver claro que no tardarían mucho 
en ser desposeídos de las Reducciones que con 
tanta fatiga , sudor y sangre de mártires habían 
fundado, adelantado y conservado en estado prós- 
pero y floreciente, así en lo temporal como en lo 
espiritual. La orden de poner las Doctrinas en ma- 
nos del clero secular era ya muy antigua, y los 
mismos Superiores de los Jesuítas habían manifes- 
tado varias veces este deseo; pero en las provin- 
cias del Río de la Plata no había podido ponerse 
por obra á causa de la falta de suficiente número 
de clero, que tampoco le había ahora. Mas los de- 
seos de ver alejados á los Jesuítas de aquellas Mi- 
siones eran tan grandes, que no habiendo podido 
sacarlos de ellas por medio de las atroces calum- 
nias que se les levantaron, como se ha visto, en 
tiempo de la guerra guaranítica, recurrían de nue- 
vo los que en España estaban confabulados para 
arruinar la Compañía, á las disposiciones antiguas, 
exigiendo que se aplicasen absolutamente. Por lo 
cual, se había dada orden dé que, si no se podían 
poner todas las Doctrinas que tenían los regulares 



— 187 — 

de las Indias al cuidado de clérigos, por lo menos 
se pusieran algunas (l). Y en el tiempo de las al- 
teraciones guaraníes corrió tan válida la noticia de 
que totalmente se iban á quitar aquellas Doctrinas 
á los Jesuítas, que el P. Escandón, hablando de la 
materia, dice (2): Por este mismo tiempo (1758) el 
Marqués de Valdelirios avisó desde las Misiones,., 
al Obispo de Buenos Aires y al Provincial de San 
Francisco^ para que le tuviesen prevenidos clérigos 
y frailes para entregarles el cuidado de todos aque- 
llos indios y sus pueblos ^ de quienes,., decía nuestra 
Corte^ que los Padres no cuidaban bien ni en lo es- 
piritual ni en lo tetnporal.y que por eso se veía la 
Corte obligada á quitárselos, Y asi, también aquí 
{en España) se daba por hecho^,., tanto que hubo en 
Madrid carta de un Obispo del Perú en que le de- 
cía a un jesuíta que ya con ejecto se les habían en- 
tregedlo a los Franciscos algunas de las dichas Mi- 
siones pertenecientes á la diócesis del Paraguay. > 
Detuvo por entonces este gran ímpetu el Informe 
del Obispo del Paraguay D. Manuel Antonio de 
Latorrc, quien sin embargo de haber pasado á 
América con ¡deas sumamente desfavorables á los 
Jesuítas, y justamente por eso elegido por el par- 
tido como instrumento contra ellos; luego empero 
que, personalmente en unos pueblos, y en otros 
por medio del Visitador franciscano Fr. Pedro Jo- 



(i) Real cédula de i.** de Febrero de 1753, confirma- 
da por otra de 23 de Junio de 1757. 
(2) Escandón: Transmigración^ Apéndix, § 26 al medio. 



— i88 — , 

sé de Parras, hubo hecho aquella Visita, que tan 
encomendada traía de la Corte, no pudo menos 
de informar, rindiéndose á la evidencia, que las 
Doctrinas estaban muy bien administradas en lo 
tetnporal y espiritual por los Jesuítas, concluyen- 
do expresamente después de su exposición razona- 
da, que en las circunstancias presentes ^en toda 
la provincia del Paraguay es extrema la necesidad 
de eclesiásticos,,; y aun cuando hubiese igual «lí- 
mero de sustitutos en el clero y las demás Religio^ 
nes, no deberiaremoverse dios Padres Jesuítas^ {\\ 
Sepultóse en el silencio este informe en España, y 
aun se negó después de la expulsión de los Jesuí- 
tas; mas no por eso fué menos real y eficaz, impi- 
diendo la mudanza por entonces, y hoy puede 
consultarse en el archivo de Simancas, Estado 
7.405. Mas al llegar el Decreto de extrañamiento 
general, forzoso fué poner en aquellos pueblos 
otros Curas, hubiese ó no abundancia de clero, y 
fuese ó no conveniente para bien espiritual y tem- 
poral de los indios la mudanza. 

Según iba Bucareli ejecutando el extrañamiento 
en las demás casas, tomaba ya sus medidas para 
el que proyectaba ejecutar en las Doctrinas. Al re- 
cibirse en Buenos Aires los pliegos que ordenaban 



(i) Carta-Informe enviada desde Santa Rosa de Misio- 
nes, á 8 de Noviembre de 1759, á D. Pedro Antonio de 
Cevallos, Gobernador de Buenos Aires, encargado de au- 
xiliar al Obispo en esta sustitución, que se había de eje- 
cutar de común acuerdo. (Simancas: Estado, 7.405.) 



— iSg — 

la expulsión, y llegaron en los primeros días de 
Junio de 1 767, se hallaba el Provincial P. Manuel 
Vergara pasando la Visita de su oficio á las Doc- 
trinas. Escribióle Bucareli que acudiese á Buenos 
Aires, porque tenía que comunicarle un asunto 
urgente del Real servicio. Acelerado después el 
extrañamiento, cundió pronto, no sólo en las po- 
blaciones menores de españoles, sino también en 
las Doctrinas, la noticia de haber sido arrojados los 
Jesuítas de sus colegios en las tres provincias. 
Grande fué el sentimiento de los misioneros, y no 
fué menor su solicitud por el peligro que había, y 
conocían ellos muy bien, de que se alborotasen 
los indios, como lo habían hecho en tiempo del 
Tratado de límites, y se cerrasen, como entonces, 
en no dejar salir á los Padres. Para evitar este 
daño, escribió el Provincial con mucha eficacia á 
los Curas y á los Compañeros que preparasen los 
ánimos de sus feligreses en los sermones, en el ca- 
tecismo, en público y en privado, oportuna é im- 
portunamente, para recibir con sumisión y re- 
verencia el decreto del Rey, y obedecer puntual- 
mente á los nuevos sacerdotes que habían de ser 
puestos en lugar de los Jesuítas para dirigirlos, in- 
culcándoles que esto era lo que convenía para el 
bien de los mismos indios y para el de los misio- 
neros hijos de San Ignacio á quienes amaban como 
á Padres en Cristo, pues si no lo hacían así, habían 
de sobrevenir innumerables daños á unos y otros 
por indignarse el Rey. Y lo que en la carta escri- 
bía, lo fué repitiendo y urgiendo personalmente 



— igo — 

pueblo por pueblo. Entretanto le llegó la primera 
carta de Bucareli, y se puso inmediatamente en 
camino para Buenos Aires. Mas como era menes- 
ter recorrer cerca de 20p leguas para llegar allá, 
mientras él bajaba por el río, cambió Bucareli de 
parecer y le envió contraorden de que, si todavía 
estaba en las Doctrinas, se quedase allí; pero si ya 
se había alejado mucho, continuase su viaje hasta 
la capital. Como no le marcaba término fijo, dudó 
primero el Provincial si continuar ó regresar, pues 
estaba muy adelantado su camino, y últimamente 
creyó lo mejor acercarse hacia la boca del río Pa- 
raná y preguntar al Gobernador qué es lo que había 
de hacer. Llegó, pues, hasta la población de Baja- 
da^ que hoy es la ciudad de Paraná, y desde allí en- 
vió su carta á Bucareli. La contestación fué que se 
volviese á las Doctrinas y allí le aguardase. Así lo 
ejecutó, regresando desde la Bajada á Yapeyú (l). 
Al mismo tiempo que Bucareli escribía la pri- 
mera carta al Provincial, despachaba otra para el 
Superior de las Misiones P. Lorenzo Balda, en la 
que le ordenaba hiciese bajar á Buenos Aires los 
30 Corregidores indios de los pueblos con 30 ca- 
ciques principales, uno de cada pueblo también, 
sin decirle para qué. Mas en el ánimo astuto y 
desconfiado del Gobernador estaban muy deter- 
minados los fines de aquel llamamiento, como él 
mismo lo descubre en carta al Conde de Aranda, fe- 



(i) PbramXs: Emmanuel Vergara^ de quien se toman 
gran parte de las noticias siguientes. 



— 191 — 

cha en Buenos Aires á 4 de Septiembre de 1 767: 
i^con las ideas de examinar por este niedio cómo 
piensa — , y también con, la de que (si obedece y los 
remite) — , hacerles conocer la benigna piedad con 
que el Rey ha mircuio por ellos, sacándolos de la es- 
clavitud é ignorancia en que vivían— , é igualmente 
para que vayan en rehenes cuando llegue el caso de 
marchar á extraer los Padres^ (l). Las injuriosas 
sospechas reveladas en este párrafo sobre si el 
P. Superior cumpliría 6 no su encargo, no tenían 
más fundamento que el dañado ánimo con que Bu- 
careli deseaba hallar en todo motivo de sindicar á 
los Jesuítas, tanto más cuanto que ya en 22 de Ju- 
lio le había contestado el Superior que se los en- 
viaba al punto; y, en efecto, diez días después de 
fechada la carta en que tan receloso se mostraba 
este ejecutor, llegaron á Buenos Aires los 60 in- 
dios principales que había pedido, con otros que 
traían por acompañantes. Cerca de un año los 
detuvo en Buenos Aires, y en este tiempo los pro- 
curó deslumbrar, haciéndoles mil explicaciones y 
promesas con que les llenó la cabeza de ilusiones, 
y esforzándose en impresionarles contra los Pa- 
dres. Por medio del intérprete Lucas Cano, su ins- 
trumento general para estos manejos, les movió á 
que escribiesen una carta al Rey Carlos III, mos- 
trándose muy entusiasmados con su Gobernador, 
que tan caballerosamente les trataba; dábanle al 
mismo tiempo gracias de que los hubiese sacado 

(i) Brabo; Colección, pág. 51. 



— 194 — 

Padres^ que los amaban tiernamente. Era necesa- 
rio^ sin embargo^ templar las respuestas de manera 
que, si no se apaciguaban del todo sus ánimos exci- 
todos ^ se les mitigase á lo menos el dolor (i). 

En este intervalo, varias veces excitó el P. Bal- 
da, Superior de las Misiones, el ánimo de Bucare- 
li con cartas apretadas. ^Qué aguardaba? ^ Qué le 
detenía? Todo estaba en paz; todo tranquilo^ y los 
indios^ con las frecuentes amonestaciones que se les 
habían hecho^ estaban prontos á recibir con reveren- 
cia á los nuevos Sacerdotes, Que les envíale los suce- 
sores conforme á la voluntaddd Rey entonces que se 
podía sin peligro. Que si por la instabilidad de 
ánimo propia de los indios^ se dejasen vencer del 
cansancio^ é inciertos entre los Curas que habían de 
ausentarse y los que de nuevo habían de llegar ^ in- 
tentasen alguna novedad y sj resistiesen^ no serían 
responsables al Rey el Superior ni los misioneros ^ 
Jesuítas de haberse malogrado la empresa^ sino el 
Gobernador^ que iba dilatando la ejecución y de- 
jando pasar voluntariamente la oportunidad (2). 

A la verdad, en este asunto, al mismo tiempo 
que se procedía del modo que más pudo mortifi- 
car á los Jesuítas, reteniéndoles por un año entero 
en aquel estado de solicitud, cuando sabían que ya 
sus compañeros iban caminando á su destino, se 
obró de un modo contrario á todas las precaucio- 
nes que exigía la prudencia más elemental, si los 



(i) PbramXs: Emmanuel Ver^^ara, § ciii, pág. 11. 
(a) Ibid., §ci. 



— 195 — 

Jesuítas hubieran sido aquellos temibles conspira- 
dores y usurpadores que de continuo representaba 
en sus cartas Bucareli, y divulgaban con frenético 
empeño en millares de escritos los adversarios de 
la Compañía de Jesús por todo el mundo. Porque 
de ser verdaderos tales cargos, y los Jesuítas de 
Misiones hombres acostumbrados á no pararse 
en respetos de la potestad civil, y á no detenerse 
en sacrilegios, como los pintaba aquel Gobernador, 
lo primero que se imponía era sacar aquellos pe- 
ligrosísimos sujetos del R-eino, 6 por lo menos del 
asiento de su soñado imperio del Paraguay, antes 
que tuviesen siquiera noticia de lo que contra ellos 
se intentaba: siendo cierto, según propalaban sus 
adversarios, que los años pasados había sido nece- 
sario hacer venir á las regiones del Río de la Plata 
un ejército de l.ooo hombres desde Europa, al 
mando de uno de los más hábiles generales, para 
sofocar la insurrección de los Guaraníes, y que 
ellos solos podían juntar fuerzas capaces de desa- 
ñar á cuantas tropas había en el país, como halla- 
sen jefes que los quisieran guiar. Pues ¿qué sería 
ahora, cuando las tropas españolas de Buenos 
Aires, si se ha de dar crédito á las lamentaciones 
de Bucareli, eran pocas y en mal estado, y cuan- 
do no se iba á tratar de someter á solos siete pue- 
blos, como en la guerra guaraní, sino á los 30, 
que 6 estarían interesados en que no les quitasen 
sus Curas, 6 por lo menos los empeñarían los Je- 
suítas en la resistencia, valiéndose de sus acostum- 
bradas trazas? Los misioneros eran precisamente 



— 196 — 

loft mismos que habían figurado ea las calumnias 
de 1755 en adelante; un P. Cardiel, á quien hablan 
levantado el testimonio de que se burlaba de los 
preceptos del Rey y del P. General; un P. Enia, á 
quien fingieron caudillo del ataque al Río Pardo; 
un P. Lorenzo Balda, á quien había habido testigos, 
y no en corto número, que juraron haberle visto 
en un caballo melado con sombrero blanco al 
frente de las tropas de los indios, aunque él probó 
que en realidad estaba en aquella misma hora 
guiando á pie una procesión de rogativas en su 
pueblo, á 20 leguas del lugar de la batalla; y en 
suma, aquellos 1 1 que los enemigos de los Jesuítas 
lograron se señalasen para ser deportados á Es- 
paña como convictos de conjuración y traición 
contra el Monarca. ¿Qué no podrían hacer en un 
año de tiempo hombres de tanto talento y reso- 
lución como se figuraban éstos, con tan extraordi- 
nario inñujo sobre unos indios que les seguían cie- 
gamente? Y ¿á qué no se arrojarían, viendo que les 
iba en ello su dominación, y que iban á verse 
privados para siempre de su reino, si no lo defen- 
dían, y desterrados ignominiosamente como rebel- 
des, si se mostraban débiles ó sumisos? El más 
vulgar conspirador, puesto en tales circunstancias, 
hubiera hecho comprar muy cara á quien le hu- 
biese querido prender, la satisfacción de verlo 
encadenado y expatriado. Ni ¿para qué necesita- 
ban del auxilio de los colegios ó de sus hermanos 
de las ciudades los Jesuítas de las Doctrinas, si hu- 
biesen sido lo que sin ningún empacho repetía de 



— 197 — 

dios Bucareli ? Todo cuanto era preciso para la 
vida lo tenían sin salir de las Misiones, porque Mi 
se producía ó se fabricaba; y no eran los Jesuítas 
de los colegios los que tenían la fuerza armada, 
sino los de las Misiones, como lo demuestran las 
empresas militares, tantas veces ejercitadas en ser- 
vicio del Rey, en que el nervio principal de la gue- 
rra habían sido las tropas Guaraníes. La prudencia, 
pues, aconsejaba que tratándose de tan dañosos 
conspiradores, se sacasen cuanto antes del cen- 
tro de sus operaciones, mucho antes de ocupar 
colegio ni casa alguna (porque en ellos era en 
quienes realmente estaba el peligro); y que no se 
llegase en manera alguna á provocar é irritar un 
poder tan fuerte y tan poco escrupuloso con la 
violenta prisión de los Jesuítas de las ciudades. Ni 
se había de reparar en que los indios quedasen sin 
socorro espiritual, pues valía más que estuviesen 
absolutamente sin Curas por algún tiempo, que no 
que tuviesen por Curas unos sujetos que, según 
dicho de Bucareli, estaban cargados de sacrile- 
gios, y mantenían á sus subditos en prácticas abu- 
sivas en materia de religión, y sobre todo, los es- 
tarían disponiendo á un alzamiento general, que 
habría de traer dolorosísimas consecuencias y rui- 
nas á todo el país. 

Y en vez de proceder de este modo, que era el 
que dictaba la prudencia, si no eran un tejido de 
enredos y embustes los informes de Bucareli ¿qué 
hace este (jobernador? Envía al centro de las Doc- 
trinas al P. Provincial del Paraguay, y tarda má& 



— 198 — 

de un año á expatriar á los Jesuítas de las Misio- 
nes. Esto, si hubieran tenido la más pequeña par- 
te de verdad sus perpetuas declaraciones sobre la 
maldad de los Jesuítas, era mostrar el más furioso 
frenesí. Era introducir una nueva potencia más 
formidable en el mismo campo enemigo, como di- 
ciendo: Si no tenéis jefe, yo os lo envío. Ahí tenéis 
un poderoso director, que además debe estar lleno 
de ira por el modo como acabo de tratar á cuan- 
tos dependían de él. Os concedo además tiempo y 
sosiego para que os organicéis. 

Bucareli no lo entendió así. No temió ninguno 
de estos funestos resultados, por más que él lo 
esté signiñcando ácada punto en sus cartas, escri- 
tas para ser presentadas á Carlos III, y mantener- 
le en el odio y recelo astutamente excitados en él 
contra la Compañía de Jesús. Pero el Gobernador 
sabía bien á qué atenerse, y no se equivocó. Sabía 
que el Provincial, puesto en las Doctrinas, era sii 
más potente auxiliar para garantir la quietud de 
los indios, y la obediencia de los Padres. Y como 
lo sabía él, lo sabía también el principal ejecutor, 
que era el Conde de Aranda, cuya es aquella frase 
de las Instrucciones muy digna de ser adv'ertida, 
porque muestra cuan seguro estaba deque en nin- 
guna parte faltaría la obediencia de los Jesuítas, 
aunque se trataba de otros muchos que se halla- 
ban constituidos en condiciones an;tlogas á las de 
los misioneros del Paraguay: de manera que se lle- 
gue al complemento cabal de la expulsión^ combinan- 
do las precatuiones y reglas con la decencia y buen 



— '99 — 

trato de, los individuos, que naturalmente se pres- 
tarán CON RESIGNACIÓN ( i). Así, la Colección de do- 
cumentos relativos á la expulsión de los Jesuítas de 
la República Argentina y del Paraguay ^ heqha 
por D. Francisco Javier Brabo con propósito más 
bien hostil qtu favorable á la Compañía (2), ha ve- 
nido á mostrar la refinada hipocresía con que 
redactaba sus documentos oficiales Bucareli, enun- 
ciando á cada paso indianas sospechas, y denigran- 
do sin cesar la fama de aquellos Jesuítas cuya obe- 
diencia y sumisión conocía bien, y debía haber 
admirado y elogiado, por merecerlo su coopera- 
ción abnegada y abiolutamcnte necesaria para 
realizar los mandatos del Monarca. 

Pero, aunque de la obediencia de los Jesuítas no 
temía nada B*ucarel¡, es muy verisímil la conjetura 
del P. Peraraás cuando dice: Temió el Gobernador 
alguna sublevación de ¿os indios, pues harto se echa- 
ba de ver que les h.iy.i de amargar notablemen- 
te Id partida de los Porlrcs. Y confiando que con el 
tiempo se mitigar 'a el dolor, y que todo saldría bien 
si entre ellos permanecía el Provincial, disponiendo 
poco d poco los ánimos á obedecer al Rey, se movió 
por estas razones á enviarle allá, correspondiendo 
á su esperanza el buen resultado, aunque á costa 
de penosas solicitudes y trabajos de los Jesuítas (3). 

(i) Adición sobre el extrañamiento por lo tocante á 
Indias, núm. xiii« 

(2) Mbn¿ndez y Pela yo: Heterodoxos, ni, cap. 11, § ni, 
pág. 148. 

(3) Pbramís: Emmanuel Vergara, § cu. 



— 200 — 



No es de omitir aquí un riesgo eminente de al- 
boroto de los indios, que se evitó por la vigilancia 
y eñcaz intervención del Provincial, y lo refiere 
el P. Olcina con las palabras siguientes: Los indios 
de los pueblos nuevos más cercanos cU Chaco de la 
facción del cacique Benavides, que supo ser el te- 
rror de ciudades enteras^ escribieron á los Guaraníes 
que si no querían dejar salir á los JesultaSy avisa-' 
sen á su principal cacique Benavides; que éste to- 
maria las medidas necesarias para el intento^ á que 
estaba pronto y bien dispuesto. Su proyecto era unir- 
se con los Guaraníes^ y levantarse contra los espa- 
ñoles... Luego que llegó esta carta al primer pueblo 
de los Guaraníes y la leyeron los indios ^ quiso Dios 
que cayese en manos del P. Provincial Manuel Ver- 
gara^ el cual la ocultó luego y tomó las debidas me- 
didc^^ para que su contenido no llegase á noticia de 
los demás pueblos^ con lo que se evitó del todo el 
riesgo evidente de que se alborotasen los pueblos, 
y de ningún modo permitiesen se ejecutase en 
los Jesuítas sus misioneros el decreto de expul- 
sión (i). 

Otra causa además había detenido á Bucareli 
tanto tiempo sin hacer salir á los Jesuítas de las 
Doctrinas. Era que los Jesuítas, contra todo lo que 
habían dicho los que tanto tiempo antes los que- 
rían sacar de allí, no eran reemplazables, ni bien ni 
mal, por clérigos seculares. Y la razón perentoria 



(i) Olcina: Casos ^ pág. 67. 



— 20I — 

era porque no los había. Hartos deseos tenía de. 
complacer á Bucareli el Obispo de Buenos Aires 
D. Manuel Antonio de Latorre, que ya se había 
declarado acérrimo enemigo de los Jesuítas; pero 
al pedirle el Gobernador sacerdotes para reempla- 
zar los misioneros de Guaraníes, hallaba que no te- 
nía los 34 Curas que se necesitaban para ocupar 
tan sólo las Doctrinas de su diócesis. Ni menos ha- 
bía en la diócesis del Paraguay sacerdotes secula- 
res con que sustituir á los Doctrineros que se ha- 
bían de expatriar de aquella parte, que eran por 
lo menos 26, V aquí se empezaba á tocar con la 
mano cómo la disposición del extrañamiento de- 
jaba á los subditos de Carlos III privados de soco- 
rro espiritual, no pudiendo darles, no ya pastores 
equivalentes en preparación, abnegación y celo á 
los que les quitaba, sino ni aun Curas medianamen- 
te preparados. Vista la imposibilidad de hallar 
clérigos seculares, recurrió Bucareli á las órdenes 
religiosas; y aunque al fín encontró en ellas lo que 
buscaba, no fué sin grandes molestias y dificulta- 
des, de que da razón él mismo en uno de los ca- 
pítulos de sus cartas, en que se le puede creer algo 
veraz por tratar de cosas que ha experimentado él 
mismo, y en que no se atraviesa la sombra de los 
Jesuítas, que siempre le hace torcer la verdad de 
lo sucedido. Dice así: Entre las graves dificulta'- 
des que se presentaban y detuvieran poner en prác- 
tice [sicj la extracción de los Cura^ y Compañeros 
del Orden expulso^ sólo referiré á V, E.por no can^ 
sor con todas su atención^ que la que me tuvo en 



— 202 — 



continua agitación ¿ inquietud^ fué la de encontrar 
otros eclesiásticos qtie los relevaren ^porque como in- 
dispensable requisito^ no podía marchar á ejecu- 
tarla sin ellos, cuyo embarazo y aunque el celo [sic] 
de este reverendo Obispo, auxíliculo del de Córdoba 
del Tucumdn, nada les quedó que hacer para alia- 
narlo, no lo consiguieron] pues necesitándose a lo 
menos 6o sujetos que entendiesen el idioma guaraní, 
llegó á considerarse remotísimo el hallarlos; y los 
que desde luego se juzgaron á propósito, residían en 
conventos de ciudades que distaban de ésta 400 ó ¡oo 
leguen, á que se agregaba miraban [sic] con tanto 
horror el destino, que todos procuraban excusarse, 
alegando imposibles que sólo eran pretextos. De 
modo que, viendo interminable el asunto, determiné 
plisar exhortos á los Provinciales de Santo Domin- 
go, de la Merced y San Francisco, pidiendo al últi- 
mo señalados religiosos que desde aquí saliesen con- 
migo; con los que logré partir, seguro de que por 
falta de operarios no se detendría la ejecución del 
Real decreto de extrañamiento en aquellx hermosa 
provincia, Pero hasta, que se vieron en ella, venci- 
dos los riesgos que hubo para ocupar los pueblos, les 
sufrí mucho, y no poco a sus Provinciales, que in- 
tentaron se dividiese en tres, tomar cada Religión 
lo suyo, y colocar un Superior subordinado á ellos 
que la gobernase como los de la Compañ'a\ en que 
insisten, queriendo hacer patrimonio de lastres Or- 
denes el que sólo era de ésta, que [sic] de ningún modo^ 
conviene; pues si se desvía el cuidado espiritual en 
alguna parte de los RR, Obispos, se repetirán los 



— 203 — 

-mismos excesos y desórdenes que ahora tocamos (i). 
A pesar de la continua agitación é inquietud en 
que había tenido á Bucareli el cuidado de vencer 
Ja diñcultad de hallar nuevos Curas para los Gua- 
raníes, la resolvió del peor modo que se pudo ha- 
ber resuelto. Porque lo único que procuró fué que 
hubiese sujetos que supiesen el guaraní; como si 
sólo saber el idioma bastase para tomar aquella 
cura de almas, donde se necesitaban, más que en 
otras algunas, especiales dotes de virtud y pruden- 
cia. Y ni aun limitándose á tan triste condición, 
pudo reunir el número de sujetos necesarios para 
los pueblos. En la lista primitiva faltaban por lo 
menos cuatro sacerdotes para el número requeri- 
do (2). En adelante faltaron más (3). Mostraba 
asimismo Bucareli por igual su ignorancia de la 
verdad, de los cánones y de la prudencia. De la 
verdad, en llamar patrimonio de los Jesuítas la ad- 
ministración espiritual y temporal que tenían de 
las Doctrinas, donde, com.:) dijo un justo apre- 
ciador, no eran^ como se declay esdavos los indios 
de los Padres^ sino esclavo cada Jesuíta de los in- 
dios de su Doctrina\ y de donde no sacaban los 
Jesuítas utilidad temporal alguna, como se saca del 



(i) Carta al Conde de Aranda, Buenos Aires, 14 de Oc- 
tubre de 1768. (Brabo: Colección, pág. 1S5.) 

(2) Distribución de Curas, Compañeros, etc. (Brabo, 
318.) 

(3) Buenos Aires: Archivo general, legajos varios de 
Misiones. 



— 204 — 

patrimonio, sino disgustos y persecuciones; ni fi- 
nalmente lo defendían como cosa propia, como con 
el patrimonio se hace, sino que estaban prontos á 
dejarla, como de hecho la dejaron, cuando el Rey 
que se la había confiado, quiso que cesaran en ella. 
De los cánones, pues mostraba no saber que no 
podía el Obispo visitar á los Curas religiosos en 
materia de vita et moribus, sino sólo del ejercicio 
del Curato, y lo demás tocaba al Provincial de su 
Orden. Déla prudencia, porque cualquiera ve cuan 
oportuna, por no decir absolutamente necesaria, 
había sido la medida de señalar un Superior que 
pudiese atender á todos los misioneros, en parajes 
en que la distancia del Obispo 6 del Provincial, 
era de 6o, lOO 6 200 leguas, sin poder hacerse la 
Visita canónica sino muy de tarde en tarde. Peco 
Bucareli no entendía más quede sospechas y acu- 
saciones antojadizas; que igualmente las hace aquí 
de los Provinciales de las otras Ordenes religiosas, 
como las hacía de continuo contra la Compañía, y 
con el recurso de tales sospechas le parecía que 
bastaba para cubrir el enorme desacierto de dejar 
á aquellos Religiosos alejados de todo Superior, 
regular ó diocesano, en Curatos que precisamente 
necesitaban de mayor vigilancia. Si después ocu- 
rrían desórdenes lamentables, que costaban harto 
de remediar, ó no se remediaban nunca, cualquie- 
ra puede reconocer dónde estaba, si no toda la 
culpa, á lo menos uno de los orígenes principales 
de ella. 

Habían continuado los Jesuítas Doctrineros de 



Guaraníes persuadiendo á sus indios la más rendi- 
da obediencia, sin lograr no obstante apaciguar 
del todo su conmoción y sus lamentos. Algunas 
diligencias hicieron también los infortunados Gua- 
raníes para ver de alejar de sus cabezas aquel daño 
que tanto temían, y se conserva todavía hoy la re- 
presentación que dirigió al Gobernador Bucareli el 
pueblo de San Luis, cuyo texto puede verse en las 
Aclaraciones de esta obra. Pedían en ella los indios 
que les conservasen sus Padres, alegando que ellos 
habían sido siempre buenos servidores del Rey, que 
no tenían afición á otros religiosos ni á clérigos 
seculares, y así el imponérselos les era una morti- 
ficación que pedían se les excusara. Exponían 
además que, faltándoles los Padres Jesuítas, ellos 
se perderían, arruinándose sus pueblos y huyendo 
de allí sus hijos, sin poder contenerlos las autori- 
dades, como ya sabían que estaba sucediendo en 
aquellos pueblos del Paraguay, cuyos misioneros 
habían sido expatriados el año antecedente, San 
Joaquín, San Estanislao, San Fernando de Abipo- 
nes y Rosario del Timbó, cuyos habitantes habían 
abandonado las reducciones y se habían huido al 
bosque. Finalmente, se ofrecían á pagar mayor 
tributo en caso de que se les concediese el favor 
que solicitaban. Ignórase si llegó á manos del Go- 
bernador alguna otra petición de esta naturaleza; 
lo cierto es que esta súplica, que nada tenía de 
irreverente, unida á otras varias conjeturas de su 
receloso carácter, produjeron notable inquietud en 
el ánimo de Bucareli, como si los indios preten- 



— 206 — 

dieran rebelarse» y anduvo haciendo indagaciones 
para ver de atribuir todo el impulso á los Jesuítas, 
como si ningún amor tuviesen los Guaraníes á sus 
misioneros, ni hubiesen empleado en otras ocasio- 
nes el medio de que ahora se valían. 

Hecha ya su prevención de Doctrineros para 
sustituir á los expatriados, dispúsose Bucarélí á 
entrar á mano armada á la conquista de aquel pre- 
tenso imperio, de la que había de reportar á su 
juicio la gloria de un Alejandro Magno, cuando 
en realidad no le iba á proporcionar sino la triste 
celebridad de haber consumado la ruina espiritual 
y temporal de los indios, y la satisfacción de una 
vanidad pueril. 

No cesaba de hacer averiguaciones, valiéndose 
como podía de los naturales, para penetrar las dis- 
posiciones que tomasen los Padres en las Doctri- 
nas, creyendo al parecer, y transmitiendo al Con- 
de de Aranda como verdades indubitables, cuanto 
le había relatado la fecunda imaginativa de algunos 
indios para inventar falsedades; por ejemplo, el 
haber tirado los Jesuítas al río las cucharas, pla- 
tos, tenedores y otros utensilios en algunos pue- 
blos, haber cortado los árboles de las huertas, et- 
cétera (l), cosas que si no eran verdad, pero ser- 
vían para hacer odiosos á los Jesuítas, que era su 
intento. Trató asimismo de averiguar dónde pa- 
raba el famoso Nicolás Neenguirú, cacique antiguo 

(i) Carta de Bucareli á Aranda, 25 de Julio de 1768. 
(Brabo: Colección^ pág. 161.) 



— 207 — 

de la Concepción, que según el nombre, podía ha- 
ber dado ocasión á creer que se pareciese al de la 
fábula, y que ahora, por causas que no están cla- 
ras, se hallaba como desterrado en Trinidad. Supo 
él que el Gobernador deseaba verle, y se huyó del 
pueblo, presentándose á Bucareli, quien escribió 
sobre el caso una carta al Conde de Aranda, y al 
ver que Neenguirú llevaba criado que le tomaba el 
caballo, y que los otros caciques le tenían el estri- 
bó y le trataban con veneración, llegó á formar 
cierta idea recelosa, presumiendo que quizá pu- 
diera suceder algo desagradable si á semejante 
hombre se le dejaba en libertad; por lo cual, desde 
luego le puso en aquella honrada prisión en que 
tenía á los caciques que se llevaba hacia las Doc- 
trinas, como lo dice éX^para que vayan en rehenes 
vistiéndole como lo había hecho con los otros en 
traje de caballero á la usanza española, y mandán- 
dole que le siguiese, con resolución de hacerle re- 
sidir en lo sucesivo en la ciudad de Buenos Aires, 
bien lejos de su patria (I). Cierto que D. Pedro 



(i) Carta de Bucareli á Aranda á i.** de Octubre de 
1768. (Brado: Colección^ pig. 176.) Ea la carta, como de 
costumbre, promueve una acusación calumniosa contra 
uno de los Jesuítas, el P. Cardiel, por un hecho que en la 
declaración de Neenguirú (Brabo, 2S6) aparece haber 
cambiado Bucareli SBubstancialmenie en su informe, pues 
Bucareli atribuye al P. Cardiel el haber mandado á los in- 
dios que matasen á unos correnlinos, y Neenguirú dice 
que les mandó intimarles que no pasasen el río, pena de 
muerte. Lo primero era una iniquidad salida de la fanta- 



— 208 — 

de Cevallos había visto al mismo Nicolás en tiem- 
po mucho más cercano á los alborotos de I753i 
cavando en la huerta del pueblo de San Nicolás, 
donde era Cura el P. Tux, y no había hecho caso 
alguno de un riesgo que no existía sino en la imagina- 
ción, ni había dado más importancia al suceso que 
para chancearse, sin que en diez años corridos des- 
de entonces hubiese sucedido nada de lo que sos- 
pechaba Bucareli; cuánto menos sucedería ahora, 
estando el indio indispuesto con los Padres, que 
se habían visto precisados á castigarle. 

Había salido de Buenos Aires el Gobernador á 
24 de Mayo, y después de pasar á reconocer la 
isla de Martín García y el campamento de San 
Carlos, con el cual se mantenía el bloqueo de la 
Colonia, subió de allí á buscar el salto del Uru- 
guay, adonde llegó el 16 de Junio. Desde allí des- 
pachó dos capitanes, que habían de ejecutar el ex- 
trañamiento en los extremos de las Doctrinas. Don 
Juan Francisco de la Riva Herrera en el Tebicua- 



sía de Bucareli para achacársela á los Jesuítas, atríbu- 
yendo el dicho al mismo Neenguirú, que dijo cosa muy di 
versa; lo segundo se podía hacer con aquellos soldados 
que eran desertores, si el Alcalde ó el Corregidor había 
recibido orden del jefe Catani, cuyo campo desampararon, 
ó del Gobernador. Seguramente que el P. Cardiel hubie- 
ra dado explicación que cerrara la boca á Bucareli, con- 
venciéndole de calumniador. Sin contar con que el testi- 
monio del indio castigado por los Padres, interrogado por 
Bucareli, y singular, no tiene valor alguno en juicio. Tal 
era la ñdelidad de Bucareli en sus informes á la Corte. 



— 209 — 

rí, donde tenía orden de incorporársele el destaca- 
mento de milicias del Paraguay; y D. Francisco Brur 
no de Zavala en los seis pueblos más orientales, 
donde también estaba dada orden para que cerca 
del pueblo de San Miguel se hallase el destacamen- 
to de tropas de la frontera del Río Grande. El 
Gobernador en persona se reservaba subir por el 
centro (l). Cualquiera pensaría que se trataba de 
alguna hazaña importante de guerra, en que el 
Capitán general disponía el camino que habían de 
seguir los cuerpos de ejército, reservándose él para 
tomar las disposiciones más oportunas en el mo- 
mento de la acometida. Pero en realidad, el apa- 
rato que desplegó Bucareli venía á ser ridículo, 
porque para una verdadera acción militar si la hu- 
biese habido contra los indios, era de todo punto 
insuficiente, y para la ejecución verdadera, inne- 
cesario. Es verdad que servía para hacer más ca- 
lificada la ignominia de los Jesuítas, tratándolos 
como rebeldes; y eso en una ocasión en que, si la 
ocupación y arresto se hacía pacíficamente, á ellos 
y á sus exhortaciones durante un año entero era 
debida. Mas para el caso fantástico de que los Je- 
suítas hubieran querido hacer resistencia valiéndo- 
se délos indios, to:los los aprestos del Gobernador, 
que con su centro, derecha é izquierda, se redu- 
cían á unos 200 ó 300 hombres de tropa regular, 



(I ) Bucareli á Aranda, 14 de Octubre de 1768. (Brabo: 
Colección, 185.) De esta relación de Bucareli se toman la 
mayor parte de los datos que siguen. 

14 



— 210 — 



hubieran valido tan poco, cuanto que los indios 
podían juntar 5 y 6.000 hombres, y de hecho los- 
habían juntado cuando los Padres los reunían para 
campaña, que era únicamente cuando lo ordena- 
ba la autoridad del Virrey ó del Gobernador. 

Avisó Bucareli al P. Provincial Vergara que le 
tuviera prevenidas en el Salto cierto número de 
carretas con los víveres necesarios para caminar 
hasta Yapeyú, y así lo ejecutó el Padre, hallando 
el Gobernador todavía más elementos de viaje de 
los que había pedido. A 27 de Junio salió de allí 
la primera división de las tres que se formaron; 
á 28 la segunda y á 29 la tercera, en que iba el 
Gobernador. Pasado todo aquel trayecto hasta Ya- 
peyú, en que no hubo otra novedad sino el estar 
malos los caminos con las lluvias del invierno, y 
habiendo salido á ayudar á los viajeros algunos in- 
dios yapeyuanos en los pasos del Mocoretá y Mi- 
riñay, llegó, por ñn^ Bucareli á una legua del pue- 
blo de Yapeyú ó Santos Reyes, y allí se detuvo el 
día 15 de Julio de 1 768: Despachó desde aquel 
paraje un comisionado para intimar el decreto de 
extrañamiento al P. Provincial y á los demás Je- 
suítas que había en Yapeyú; cosa que no se había 
hecho hasta entonces oficialmente. Era el enviado- 
el Dr. D. Antonio Aldao, el mismo que con Fa- 
bro había sido ejecutor en Córdoba, y le acompa- 
ñaba con alguna tropa el Capitán D. Nicolás Elor- 
duy, quien ya otras veces en los Gobiernos ante- 
riores había estado en las Doctrinas. Convocó el 
Comisionado á los Jesuítas que estaban en aquella 



— 211 — 

casa, y leído el decreto del Rey, preguntó al Pa- 
dre Provincial Vergara, qué respuesta daba á lo 
que en él se contenía. — Yoy dijo el Padre, en nom- 
bre mió y de los misioneros mis subditos^ me sujeto 
absolutamente á ese precepto del Rey^ y lo acato y 
pongo sobre mi cabeza. Detúvose un momento el 
Comisionado como atónito, y luego, saltándosele 
las lágrimas de los ojos, dijo: No esperábamos me- 
nos de su Reverencia^ Padre Provincial, Porque aun 
aquellos ministros del Rey, añade el P. Peramás (l), 
que eran enemigos de los Jesuítas, tenían en alto 
concepto la santidad de este Padre. 

Cumplida la primera formalidad, se pasó á re- 
conocer el inventario de todas las cosas pertene- 
cientes al pueblo, así de la iglesia, como de los ta- 
lleres, almacenes, etc., que, obedeciendo á las ór- 
denes del Gobernador, tenían ya hecho los mi- 
sioneros Jesuítas por triplicado, recibiéndose de los 
objetos de iglesia, el nuevo Cura, y de los demás 
los ejecutores y el sujeto nombrado en cada pue- 
blo por administrador. Inmediatamente después 
fueron extraídos del pueblo los religiosos de la 
Compañía. Los llantos y lástimas de la despedida, 
ya que de ella no ha quedado relato de testigo 
presencial, pueden colegirse de lo sucedido duran- 
te el año, y de lo que ocurrió en las ciudades de 
españoles, siendo más propensas al sentimiento en 
semejantes ocasiones las multitudes sencillas, que 
por la mayor necesidad que experimentan, suelen 



(i) PbramXs: Emmanuel Vergara^ § cv. 



— 212 — 

tener mayor apego á los que les han hecho bene- 
ficios. 

Bucareli se había mantenido fuera del pueblo, 
sin querer dejarse ver de los habitantes hasta que 
los Padres estuviesen ya fuera, como si temiese la 
presencia de las víctimas ó el enojo que pudiera 
causar la vista del Gobernador en los Guaraníes, que 
veían cómo les arrebataba sus misioneros. Y así es- 
cribía con gran solicitud al Capitán Elorduy en 1 7 
de Julio: Avíseme V, si marcharon los Padres y para 
ir yo luego al pueblo (l). Por donde se ve que lo 
que afirma 61 en su carta, de haber recogido al 
Provincial y á los seis compañeros que había en el 
Vapeyú, despachándolos al Salto, y exigiendo del 
P. Vergara cartas para que los misioneros hiciesen 
la entrega de los pueblos á los comisionados que 
él señalase, hubo de ser hecho, no por él mismo, 
como suena el relato, sino por intermedia perso - 
na. Entró finalmente en el pueblo con todo el apa- 
rato posible, y en él se mantuvo diez días, procu- 
rando agasajar á los indios y ganarse su confianza; 
lo que con el trabajo empleado anteriormente por 
los misioneros, no fué difícil. Y aquí se hace pre- 
ciso notar porción de falsedades que el Goberna- 
dor escribió al Conde de Aranda en su carta-rela- 
ción de 14 de Octubre de 1/68, cierto de que 
nadie se las había de desmentir, por decirse á es- 
paldas de los que con ellas eran sindicados, y des- 



(i) Buenos Aires: Archivo general, legajo Expulsión 
de los Jesuítas, 



— 213 — 

tinadas á que llegasen, como en efecto llegaron, á 
los oídos del engañado Monarca, para confirmarle 
más y más en la idea con que le habían impresio- 
nado del desasosiego que los Jesuítas causaban en 
sus Estados, y aun de la conjuración contra su 
propia persona. Dice que se huyeron varias mu- 
jeres del pueblo del Yapeyú al monte, en virtud 
del influjo de los Jesuítas^ y que los Jesuítas im- 
presionaron á los indios desconfianza y horror con- 
tra los españoles^ perstiadiéndoles desde el pulpito 
que éramos sus acérrimos enemigos, que no creye- 
sen a los Corregidores que llevaba conmigo^ que la 
providencia se dirigía a esclavizarlos y quitarles los 
bienes^ con sus mujeres y sus hijas ^ reduciéndolos á 
la mayor miseria] con otras especies que habían 
abominable hasta el sagrado nombre del Rey. Mas 
como es imposible á la malicia el ser consecuente 
consigo misma, se ve forzado á consignar hechos 
que muestran la falsedad de tales acusaciones. Re- 
conoce, en efecto, que encontró una facilidad ex- 
traordinaria en sus operaciones, sin haber ocurri- 
do en todo el curso de la ejecución incidente al- 
guno que la contrariase. Que se presentaron dije- 
rentes diputaciones de los indios, y para los pasos 
del Mocoretáy Miriñay parecieron los de Yapeyú 
con canoas y un bote; dice que entró en el pueblo 
de Yapeyú seguido de los Oficiales, de Corregido- 
res, caciques y diputados que habían llegado de 
todos los pueblos, y salieron a recibirme al paso de 
Guayvirabi con músicas, danzcís y escaramuzas; 
que los indios luego fueron desechando sus temores 



— 214 — 

y todas las mujeres se restituyeron al pueblo. Que 
todos manifestaron la mayor conformidad y alegría 
y su reconocimiento i amor y obediencia al Rey y y su 
afecto á los españoles. En el pueblo de la Cruz hice 
mi entrada^ tuve el mismo buen recibimiento^ y prac- 
tiqué lo propio que en el Yapeyú^ mostrando sus ha- 
bitantes igual alegría. El pueblo de Santo Tomé 
manifestó su bella conformidad y buen afecto. La 
diligencia en el pueblo de San Borja selogrósin opo- 
sición. Desde el 7 hasta el 22 de Agosto, en quince 
días, se verificó la ocupación de todos los demás 
pueblos, hasta completar el número de 30. Estos 
son hechos narrados textualmente por el mismo 
Bucareli, que confirman las diligencias hechas por 
los misioneros durante un año y referidas arriba con 
la autoridad del P. Peramás: así como deshacen 
las feas imposturas de Bucareli que se contienen 
en su carta y se acaban de transcribir. A no ser 
que se diga que el estar predicando á los indios 
desde el pulpito que el Gobernador iba á hacerlos 
esclavos, á llevárseles las mujeres é hijos, y otras 
especies que hacían abominable hasta el sagrado 
nombre del Rey^ fueran los medios propios para 
lograr que los indios saliesen con canoas y hom- 
bres á auxiliar á sus opresores y á recibirlos con 
músicas y festejos; que victoreasen al Rey y mos- 
trasen la mayor cordialidad á los españoles. Bien 
entendía Bucareli que si no hubiera sido por el 
influjo de los Padres, nunca hubiera podido ejecu- 
tar en cuatro meses aquella operación, como la 
ejecutó, ni en cuatro años tampoco, con sólo los 



— 215 — 

elementos de que disponía; ni con facilidad, como 
lo logró, ni con diñcultad y empeño. Pero el da- 
ñado ánimo que respiran todas sus comunicacio- 
nes, y quizá un oculto concierto, semejante al que 
•existió en 1753, para enviar á España las noticias* 
que pudiesen acreditar las calumnias allí imputa- 
dlas á los Jesuítas, torcía su pluma para hacerle 
negar el testimonio á la verdad, y consignar éstas 
y tantas otras imposturas de que están llenas sus 
cartas. Podían creerlas los que se hallaran poseí- 
dos de tanta pasión como él; mas era tanta su ce- 
^edad, que no reparaba en que cualquier ánimo 
sereno había de descubrir forzosamente la flagran- 
te contradicción entre sus palabras y los hechos 
■que refiere, y había de atenerse á los hechos. 

A renglón seguido, y venga ó no venga á pro- 
pósito de las sediciones de que va hablando, dice 
«1 relato del Gobernador que los Jesuítas tenían la 
impiedad de no ir á confesar los enfermos en sus 
casas, ni á llevarles el Viático, sino que los hacían 
transportar á un cuarto que tenían frente de la igle- 
sia^ dejándolos morir sin más auxilio ni asistencia. 
Calumnia desaforada é iniquísima, que desmienten 
las Visitas é Informes de todos los Obispos, inclu- 
so el que entonces lo era, D. Manuel Antonio de 
la Torre, que dos veces había visitado las Doctri- 
nas, y ciertamente no se distinguía por apasionado 
de los Jesuítas; y que, sin embargo, él, como los 
demás Prelados, daba testimonio de que la asis- 
tencia espiritual á los indios en aquellos pueblos 
era tan buena como se podía desear. Y si algo hu- 



— 2l6 — 

bieron de corregir, nunca fué un abuso de esa 
calidad. 

Dice en seguida textualmente: Considerando 
conveniente colocar en cada pueblo un retrato del 
Rey que les recordase su obligación^ y llevaba a pre- 
vención para ello y se ejecutó este acto con el decoro 
debido^ al ruido de las descargas de artillería y fu- 
silería^ lo que también les infundió conocimiento y 
respeto, oyéndoseles continuamente decir: ¡Viva el 
señor Don Carlos Tercero^ nuestro legítimo Rey y 
señor natural^ que tanto bien nos ka enviado! — Al 
leer tanta ponderación, fácilmente se descubre el 
blanco á que tiende el relato, que es á suponer 
por lo menos que no había tal retrato en el pue- 
blo, y hasta que era desconocida allí la autoridad 
del Rey; y que con sólo presentarse Bucareli, lo 
hizo reconocer y aclamar. Pero esto es también 
una insigne falsedad, así como era un gravamen 
más para los pobres pueblos la introducción inútil 
de los retratos para todos ellos. Porque todos te- 
nían el retrato del monarca reinante, y le hacían 
gran fiesta en varios días del año, como era pú- 
blico entre los españoles, y lo testifican todas las 
relaciones de Doctrinas; habiéndolo visto las tro- 
pas españolas y portuguesas los cuatro años que 
estuvieron allí desde 1756 hasta 1760 (i). Y los 



(i) Cardibl: Declaración de la verdad^ núm. 67, donde 
se verán por menor los obsequios que se hacían al retrato 
del Rey, los vítores que se le daban; y nótese que se divul- 
gaba este escrito estando allí el ejército españolen 1758. 



— 217 — 

retratos que llevaba BucareH, seguramente que no 
los pagó de su propio sueldo , sino que se los car- 
gó en cuenta á los pobres indios, que para nada 
necesitaban de ellos (pues ya tenían) ni los habían 
pedido. Pero los retratos y la descripciTSn de la 
ceremonia de vitorearlos eran cosas necesarias 
para hacer aparecer desde dos mil leguas de dis- 
tancia á los Jesuítas como olvidados de infundir 
en los indios el debido vasallaje al Rey de Espa- 
ña. En cuanto al afán de Bucareli por persuadir 
que los indios eran por culpa de los Jesuítas ene- 
migos de los españoles y mal afectos al Rey; pero 
que él en diez días, con unos cuantos donecillos 
que les regaló, con hacerles admirar, como dice, 
las garras de los granaderos^ y tremolar el estan- 
darte nuevo, los había hecho amigos y fieles sub- 
ditos; basta enunciar la especie para que se vea 
que, sobre falsa, es ridicula y pueril. 

Vista la facilidad con que en efecto se había 
logrado la ejecución en el primer pueblo, merced 
al penoso trabajo de un año de los misioneros, 
que ahora, como se ve, era retribuido con calum- 
nias de rebeldía é impiedad, determinó Bucareli 
acelerar la obra, y recorriendo él únicamente los 
pueblos de Yapeyú, la Cruz, Santo Tomé y Can- 
delaria, donde últimamente se fijó, logró que sus 
subordinados ejecutasen el extrañamiento en to- 
dos los pueblos, y quedasen canónicamente insti- 
tuidos los nuevos Curas por el Vicario del Obis- 
po, Dr. D. Antonio Martínez de Ibarra, en 22 de 
Agosto, habiendo empezado el 1 6 de Julio la pri- 



— 2l8 — 

/ 
mera operación en el Yapeyú. De esta suerte, con 
el envió de los últimos Jesuítas, que fueron des- 
pachados río abajo el 22 de Agosto, se verificó en 
un mes y seis días la expulsión de 78 religiosos 
que había en las Misiones, distribuidos en 30 pue- 
blos, sin que. en niguno de ellos ocurriese disturbio 
alguno. Las únicas dificultades que encontró Bu- 
careli fueron las de los caminos, y esas las ponde- 
ra extraordinariamente; pero debió haber hecho 
notar al mismo tiempo que todos aquellos misio- 
neros, sin faltar ninguno, habían vencido antes que 
él las mismas dificultades y con menos auxilios y 
alivios que los que á él se le previnieron, sin que 
por eso se imaginasen que eran generales de una 
empresa guerrera, como la que puerilmente quiere 
figurar, y en substancia la califica de gloriosa vic- 
toria y profunda operación estratégica. La otra 
dificultad real fué la que se ha expuesto arriba, 
la carencia de sujetos que sustituyesen á los mi- 
sioneros. 

Expelidos los Jesuítas del territorio de Misiones, 
fueron conducidos á Buenos Aires, y encerrados, 
como los de las dos primeras expediciones, en la 
casa de Ejercicios junto al colegio de Belén. Allí 
permanecieron hasta l.° de Noviembre de 1768, 
en que empezó el embarque. Bucareli, que había 
cobrado especial estima del P. Provincial Vergara, 
como primero la había tenido del P. Cosme Agu- 
Iló, quiso que él mismo señalara quien de los 82 
Jesuítas que se iban á embarcar, habían de ir en 
una ú otra de las dos naves que para su conduc- 



— 219 "" 

ción se destinaron. La navegación se emprendió 
el día de la Purísima Concepción, 8 de Diciembre 
de 1768, llegando á Cádiz en cuatro meses á 7 de 
Abril de 1769. De allí pasaron al Puerto de Santa 
María, donde 30 Padres con el Provincial fueron 
albergados en los Agustinos; y los restantes , en- 
viados al hospital de San Juan. Más de un año 
hubieron de aguardar allí; y á 15 de Mayo de 
1770 vieron morir al P. Manuel Vergara, á quien 
los trabajos de la navegación y la afección moral 
de tan rudos golpes como había sufrido, más que 
sus cincuenta años, quitaron la vida, como la ha- 
bían quitado á otros varios en aquel viaje; á los 
cuatro ancianos entre los 24 de Chiquitos; á otros 
en los viajes de la primera expedición, y á los 
siete ahogados entre Montevideo y Buenos Aires. 
Hablando de la travesía de los expatriados desde 
América al Puerto de Santa María, dice el P. Pau- 
ke: Según supimos en el Puerto, donde se juntaron 
casi todos los misioneros de América, habían muerto 
en el mar durante la travesía al pie de joo Jesui" 
/¿w (i). Es de advertir que el total de los expa- 
triados de América, fué, según los Catálogos ofi- 
ciales, de 2.276. De manera que perecieron en el 
viaje más de un 20 por 1 00 de todos los misioneros 
que había en América. Este es un fruto que ha 
de atribuirse como propio al decreto de extra- 
ñamiento. 

En toda la vasta extensión de la antigua pro- 

(i) Kobler: /*. Fio fian Baucke, cap. vi, § 3, pág. 686. 




— 220 — 



vincia religiosa del Paraguay no quedaba ya ni un 
solo Jesuíta, si se exceptúa el octogenario Padre 
Segismundo Aperger, natural de Innspruck en el 
Tirol, á quien dejó Bucareli en el pueblo de Após- 
toles: dejandoy dice, mi fiyudante mayor Don Juan 
de Berlanga en el primero [en el pueblo de Após- 
toles] á Segismundo Aperger por incapaz de remo- 
verloy respecto de hallarse postrado en cama con 
cerca de noventa años^ tullido^ vulnerado y nio- 
ribundo (i). 



BÚSCANSE EN LOS PAPELES DE LOS JESUÍTAS 

PRUEBAS DE LOS CARGOS 

QUE LES QUISIERON HACER 

Los que intervinieron en el extrañamiento délos 
Jesuítas del Paraguay hicieron cuanto les fué posi- 
ble por demostrar que aquellos religiosos habían 
sido grandes culpables y prevaricadores; pero sin 
lograr su intento. 

Después de tanto como se había escrito y di- 
vulgado contra ios Jesuítas del Paraguay, pintán- 
dolos como usurpadores de la potestad real, cau- 
dillos de ejércitos y rebeldes á las órdenes del So- 
berano, era natural sospechar que los misioneros 
de Guaraníes iban á oponer formidable resistencia 
á los que pretendían expulsarlos. Así se temía en 

(i) Carta de i8 de Octubre de 1768. (Brabo, 191.) 



221 



Madrid; mas quienes lo temían eran el Rey Carlos III 
y los que ignoraban la realidad de las cosas; no el 
Conde de Aranda y los que estaban bien entera- 
dos de que todo aquello había sido pura fantas- 
magoría, inventada por ellos mismos á causa de su 
enemiga contra la Compañía de Jesús. Y bien claro 
significó el supremo ejecutor cuál era su parecer 
en aquella frase arriba anotada de la Instrucción 
para Indias, núm. xiii, que naturalmente se presta- 
rán con resigftación; y en la carta á Bucareli, que 
fué una circular á los ejecutores de América, don- 
de sólo como cosa remota previene la aventuali- 
dad de hallar resistencia: si contra lo regular, 
hubiese resistencia en los misinos religiosos intere- 
sados. No faltó en Europa quien echase á volar la 
idea de que en esta ocasión se vería si los indios 
Guaraníes se alteraban, lo que probaría la culpa- 
bilidad de los Jesuítas, no reparando^ dice con ra- 
zón el P. Peramás, que los Jestiitas eran responsa- 
bles de si mismos^ mas no dueños de la aquiescencia 
de los indios', y que aun cuando entre estos huóiera 
ocurrido alguna alteración, no por eso se podía con- 
cluir que los Padres la hubiesen promovido, como 
no se echa a los gobernantes la culpa de los des- 
órdenes que á pesar de sus diligencias no pueden 
atajar (l). Pero para que la verdad resultase más 
patente, quiso Dios que la expulsión se llevara á 
cabo con la tranquilidad que se ha visto, aun en 
las Misiones de Guaraníes; y la facilidad con que se 

(i) Pbramás: De admhtistrationc giiaranica, § ccLxxni. 



— 222 — 

verificó fué para cuantos no estuvieran ciegos la 
demostración más cumplida de que los Jesuítas 
eran fieles vasallos del Rey de España, y carecía 
en absoluto de fundamento la acusación de cau- 
santes de perturbaciones públicas. 

Púsose luego en práctica en la provincia reli- 
giosa del Paraguay lo que se había hecho en Es- 
paña. La Compañía había sido condenada sin 
pruebas y sin ser oída; y una vez ejecutada la 
sentencia, se procuraban buscar los delitos entre 
los papeles, secuestrados con el mayor rigor á los 
expulsos. Córdoba^ dice el ^viajero Bougainville, 
que por entonces estuvo en estas regiones, era de 
gran interés para BucarelL Era en estas provin- 
das la casa principal de los Jesuita^y y residencia 
habitual del ProvinciaL,.^ por lo tanto ^ allí debían 
hallarse los papeles más importantes de la Compa-- 
ñia (i). Efectivamente, los papeles de Córdoba, 
que Bucareli procuró recogiese con gran cuidado 
un confidente suyo, el Dr. Aldao, vinieron á Bue- 
nos Aires, y Bucareli en persona quiso buscar en 
ellos las pruebas tan deseadas. 

Al principio se representó el contenido de los 
papeles como de suma importancia y capaz de 
revelar grandes misterios. Bucareli consumía en 
el estudio de ellos el tiempo y la salud. De todoy 
escribía al Conde de Aranda el Illmo. Sr. Latorre, 
Obispo de Buenos Aires, dará a su tiempo puntual 

(i) Boügainvillb: Voyage auiour du mande par la /re- 
gate o^La Boudeuse*, pág. 103. París, 1771. 



— 223 — 

y exacta razón este Exento, distinguido Gobema- 
dor^ á quien estudiosamente embarazo yo algunos 
tatos por cortarle su infatigable tarea^ temiéndome 
se imposibilite para una obra tan importante.,.^ pero 
satisface d todas las reconvenciones y argumentos con 
responder que siempre morirá gustoso en servicio de 
su Rey y Señor. ¡Singular ejemplo! Añadía en la 
misma carta: Se van hallando horrendos manuscri- 
tos que justifican su expatriación^ sin llegar á los 
inescrutables senos del compasivo y benigno corazón 
del Rey (l). La pasión que tanto al limo. Sr. La- 
torre, como al Obispo de Córdoba, limo. Sr. Illana, 
hacía formar y admitir las más siniestras sospe- 
chas en cada acción de los Jesuítas, sin querer 
acordarse ya de lo bueno que en ellos habían visto 
y de que uno y otro habían dado testimonio en 
documentos públicos, no era tan fuerte en el mis- 
mo Gobernador Bucareli, quien, á pesar de su tesón 
en el examen de documentos, escribía al mismo 
Conde de Aranda un día después: Hotsta ahora no 
he podido inspeccionar la crecida porción de papeles 
hallados en estos dos colegios (de Buenos Aires); 
pero entre varias cartas que se cogieron cerradas^ 
etcétera (2). Por manera que los horrendos manus* 
critos que por sí solos justificaban la expulsión de 
los Jesuítas, se reducían á la única carta á que se 
refiere Bucareli, y de que se hablará después de 



(i) Carta del limo. Sr. Latorre al Conde de Aranda. 
5 Septiembre 1767. (Brabo: Coleuión^ pág. 37.) 
(2) Brabo: CoUcidn^ pág. 5 1 . 



— ^ 224 — 

explicar el paradero de los papeles. Aunque pare- 
ce que el Gobernador Bucareli estaba dispuesto á 
sacrificar con singular ejemplo su vida, ocupándo- 
se infatigablemente en la tarea de descubrir los 
delitos de los Jesuítas en los papeles que les había 
sorprendido, debió luego mudar de resolución y 
tomar mejor acuerdo, como escribe él mismo en 
la Memoria dirigida á su sucesor Vértiz (l): La 
Instrucción de 23 de Abril de 1767, comprendida 
en la Colección general de providencias del Consejo 
en el extraordinario ^ prefija las reglas qu€ deben 
observarse en el reconocimiento^ inspección^ examen^ 
formación de inventarios, índices y separación de 
papeles recogidos á los Regulares expulsos. Celoso 
mi cuidado^ procuré yo mismo dedicarme á su cum- 
plimiento; y encontrando un volumen extraordina- 
riamente considerable^ infinidad de materias, y muy 
grandiosa y prolija esta obra^ cesé eti ella, atendien- 
do á otras ocurrencias más ejecutivas; y á que las 
varias circunstancias y requisitos que han de ador- 
fiarla piden una constante aplicación, laboriosa tar- 
rea, y la concurrencia de muchos sujetos hábiles y 
de toda confianza] y no hallando alguno ocioso de 
quien tenerla entre el corto numero de imparciales á 
los Jesuítas, con inteligencia suficiente para los ex- 
tractos y demás concerniente á su arreglo y coordi- 
nación ^ quedan en este estado; y en 7ni cottcepto seria 
conveniente la conducción á los reinos de Castilla; 



(i) Memoria de Bucareli al Gobernador Vértiz. (Trb- 
LLEs: Revista de la Biblioteca, tomo 11, pág. 298.) 



— 225 — 

y más pronta^ fácity segura y menos costosa la eje-- 
cución en la corte,.. Hice conducir á la fortaleza de 
Buenos Aires y colocar^ para la mayor y más segura 
custodia^ en el cuarto de que áV.S.h$ entregado 
la llave^ los papeles manuscritos recogidos en el acto 
de la intimación del Real decreto, y en el reconoció 
miento de los colegios y casas. Quedan en este esta- 
do, había dicho Bucareli; y el estado lo describe 
poco después la Junta de Temporalidades de Bue* 
nos Aires, al dar cuenta de la visita que hizo de 
aquel depósito de papeles; se vieron los papeles sin 
llegar á ellos; unos en cajones, cerrados y aóiertos; 
y sobre ellos, sueltos algunos; otros en estantes y 
arcas; y algunos en el suelo, etc. (l). No parece, pues^ 
que fuese muy notable la obra ordenadora de Bu- 
careli en el registro de documentos. Años adelante, 
se mandaron remitir rotulados y encajonados aque- 
llos papeles al Presidente de la Casa de Contrata- 
ción de Cádiz; á lo que parece, para ser examina- 
dos en España. Así se cumplió el deseo de Buca- 
reli, que aun en esto hizo daño á las provincias 
que gobernaba, pues muchos datos históricos con- 
tenidos en aquellos papeles se han perdido para 
esta región. En España tampoco se pudo sacar de 
aquellos manuscritos delito alguno de los Jesuítas; 
y la prueba mejor es que nunca se publicó, en 
una época en que todo, aun lo falso y lo absurdo 
é inverisímil se daba á luz, como pareciera conve- 

( 1 ) Juota de Temporalidades del día 25 de Septiembre 
de 1770. (Chilb: Biblioteca Nacional , Mss. Jesuítas 1 26^,) 

15 



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formación de '"•^'"'T' ¿ ¡ares exp»¡sos. t.io 

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tractos y demái toiutn^ 
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— as — 

y más pronta, fácil, segura y menos costosa la eje- 
aiciÓH en la corte... Hice conducir á la fortaleza de 
Buenos Aires y colocar, para la mayor y más segura 
custodia, en el cuarto de que á V. S. ke entregado 
la llave, los papeles manuscritos recogidos en el acto 
de la intimación del Real decreto, y en el reconoció 
miento de los colegios y casas. Quedan en este esta- 
do, habla dicho Bucareü; y el estado lo describe 
poco después la Junta de Temporalidades de Bue- 
noB Aires, ai dar cuenta de la visita que hizo de 
aquel depósito de papeles; « vieron los papeles sin 
llegar á ellos; unos en cajones, cerrados y abiertos; 
y sobre ellos, sueltos algunos; otros en estantes y 
arcas; y algunos en el suelo, etc. ( I ). No parece, pues, 
<jue fuese muy notable la obra ordenadora de Bu- 
^^reli en el registro de documentos. Años adelante, 
9r mandaron remitir rotulados y encajonados aque- 
ITc»» papeles al Presidente de la Casa de ContraU- 
CÍé5/1 de Cídií; A lo que parece, para ser examina- 
dos en España. Asi se cumplió el deseo de Buca- 
fC/í, T"*" aun en esto hizo daño í las provincias 
que ^o '''í^rnaba, puM muchos datos históricos con- 
leniA^"^ «"n aquellos papelrs se han perdido para 

«Ufctni'-- ■: ■ ■■■■■ .■!- I'-." >!■■ l''^ _Hulta«; 

^■j'' nuiíi'j s>- publicó, en 

. aun lo ral»<i y lo absurdo 

ra conve- 




— ^ ai27 — 

escasez de otros materiales, tavo el honor de pa- 
sar, si bien substancialmente desñgurado, al escrito 
que oficialmente se presentó al Papa con cierto 
número de falsas acusaciones para pedir la supre- 
sión de la Compañía. Entre varías cartas^ dice 
Bucareli, que se cogieron cerradas^ he visto una, 
escrita desde el colegio de Salta por el P, Domingo 
Navarro, a su Provincial Manuel de Vergara, 
con fecha des de Junio del presente año [1767], en 
que hablando de la fundación del colegio que tuvieron 
en Jujuí, y por orden de S. M, se mandó que no lo 
hubiese, dice lo siguiente: esperando, ó que se mu- 
dará DE Rey, ó que entrará de Ministro el seííor 
Cevallos (l).Esta es toda la prueba de los supues - 
tos crímenes. Ahora, suponiendo que las palabras 
de la carta estén copiadas con exactitud, sobre lo 
cual no sería imprudente abrigar alguna duda, 
tratándose de un sujeto como Bucareli, que se 
pudo descuidar en eso levemente, pues más des- 
cuidado anduvo en la noticia que allí mismo da de 
haber tenido los Jesuítas colegio en Jujuí y haberse 
quitado por mandato del Rey; siendo así que 
nunca tuvieron allí colegio, sino que pedían que 
se les diese licencia para erigir en colegio una re- 
sidencia que hubo, lo cual les fué negado. Si en 
esto, que estaría contenido en la misma carta, erró 
el Gobernador, bastaría que se le hubiese escapa - 



(i) Carta de 6 de Septiembre de 1767. (Brabo: CoUc^ 
r«f#», pág. 51.) 



— 228 — 

do una leve errata igualmente en el transcribir las 
palabras; y donde él afirma que se lee ó se muda- 
rá de Rey^ estuviera escrito ó se mudará el Rey y 
para que la frase resultara tan inocente, que ni 
el mismo Bucareli, con toda su cavilosidad y ene- 
miga contra los Jesuítas, pudiera aprovecharla 
para demostrar una leve falta siquiera en quien la 
escribió. Porque el esperar con paciencia á que se 
mude el Rey, esto es, á que andando el tiempo 
cambie de parecer, 6 conceda lo que ahora niega, 
ciertamente que no es crimen de lesa majestad, 
sino muestra de sumisión. A no ser que preten- 
diera Bucareli, y con él Moñino, que es el autor 
del libelo presentado al Papa (l), que era delito 
de traición el pensar siquiera que pudiese subir 
al Ministerio de Indias el prudentísimo y valeroso 
General D. Pedro Antonio Cevallos, uno de los 
más grandes gobernantes que ha habido en Amé- 
rica. Bien podía Cevallos ser digno del Ministerio 
de Indias después de haber sido diez años Gober- 
nador de Buenos Aires, y de haber dado en estas 
regiones tanto lustre á las armas españolas; puesto 
que con tanto menores méritos aspiraba Bucareli 
poco despuésáser Virrey del Perú (2), y todavía le 
parecía pequeño cargo para su persona. Así que, 
en esperar que Cevallos fuese ascendido al Minis- 



(i) Danvila: Reinado de Carlos JII, tomo ni, pág. 676. 

(2) Cartas de Bucareli de 2 de Febrero y 8 de Abril 
de 1772 á personas confídentes suyas. (Colección par- 
ticular). 



— 229 — 

terio de Indias, no había falta alguna, ni era tan 
fuera de camino el pensarlo; y en el esperar que 
se mudase el Rey tampoco había temeridad, sien- 
do cosa que se ve cada día que los Superiores, 
aunque sean R(:yes, cambien de parecer cuando 
se les ofrecen nuevas razones en favor de alguna 
determinación. Y no es improbable que esto di- 
jera la carta. Pero aunque hubiera dicho ó se mu- 
dará de Rey^ no se ve que pudiera haber en ella 
delito alguno; y se necesita para descubrir delito 
una suspicacia empeñada en hallar á todo trance 
" crímenes donde no los hay. No hacía tanto tiem- 
po que había visto España fallecer al Rey Fernan- 
do VI, con menos edad ciertamente que la que 
ahora tenía Carlos III. Pues luego no era delito 
dilatar las esperanzas para cuando faltase Carlos III, 
y conñarque tal vez entonces, cambiadas las cir- 
cunstancias, se pudiese abrir el colegio de Jujui. 
Si no es que fuera un crimen el pensar que los 
Soberanos eran mortales, ó que no faltaban mu- 
chos años para que sucediese otro monarca des- 
pués de Carlos III, que ya había reinado veintitrés 
en Ñapóles, donde estuvo á punto de morir de 
una enfermedad, y ocho en España. Véase si ha- 
bría algún tribunal en el mundo, que por seme- 
jante expresión condenase, no ya á los 6.000 Je- 
suítas de los estados españoles, sino ni á uno solo, 
como reo del delito de traición. Y sin embar- 
go, ésta era la única razón que se haya aducido 
para que Bucareli hablase de gravísimos asuntos, 
internos y externos^ sobre la conducta y modo de 



— 230 — 

pensar (i); y para que el Obispo, limo. Sr. Lato- 
rre, dijera que se iban hallando horrendos manus- 
critos, tales que justifican su expatriación ^ sin 
llegar d los inescrutables senos del compasivo y 
benigno corazón del Rey (2); y, ñnalmente, para 
que Moñino se pasmara de que los Jesuítas hubie- 
ran tenido atrevimiento para escribir tal frase: 
Hubo valor en los Jesuítas para avisarse decisiva- 
mente en una de sus correspondencias de aquellos 
dominios que ó se mudaría de Rey, ó sería Secreta-- 
rio del Despecho de Indias cierto personaje de su 
facción (3). En lo que verdaderamente hubo valor, 
que rayaba en escandalosa avilantez, fué en que 
en un documento que pretendía exponer cargos 
de crímenes ciertos cometidos por la Compañía 
de Jesús que merecían la abolición, falsificara Mo- 
ñino en su Memorial lo que decía la carta. Porque 
nunca dijo el P. Navarro absolutamente que suce- 
dería una de las dos cosas, como se lo achaca el 
Fiscal y los Ministros enemigos de la Compañía, 
sino sencillamente que era necesario esperar, si 
se había de obtener la licencia para colegio en 
Jujuí, á que sucediese una de las dos cosas. Y 
quien espera sólo dos casos favorables á lo que 
desea, claro es que prevé que mientras eso no 



(1) Bucareli á Aranda, 6 Septiembre 1767. (Brabo, pá* 
ginasi.) 

(2) limo. Sr. Latorre á Aranda, 5 Septiembre 1767. 
(Brabo, 37.) 

• (3) Simancas: Gracia y Justicia, 6S8. (Damvila, m, 676.) 



— 231 — 

suceda, hay otras muchas eventualidades que 
pueden dilatar ó frustrar su esperanza. Y en cam- 
bio, con cinismo sin igual, se le hace decir que 
avisó decisivafnenU que sucedería una de las dos 
cosas: Hubo valor para avisarse decisivamente 
que ó se mudaría el Rey, ó sería Secretario de In- 
dias cierto personaje de su facción. En suma, falsi- 
ñcaba Móñino la carta á ñn de pintar como regi- 
cidas á los Jesuítas, y trataba con indigno menos- 
precio á D. Pedro Cevallos, que valía tanto más 
que él. Tan ñaca veían su causa los enemigos de 
los Jesuítas, que para convencerlos en el Para- 
guay, donde parece que iban á resultar más cul- 
pables que en ninguna parte, no hubo más que un 
testimonio en que apoyar la acusación, y ese fal- 
sificado (l). 



(i) Más se pudiera decir estudiando en particular el 
documento \^Vid. Apénd. núm. 5), cuya copia autorizada 
se conserva hoy en el Archivo general de Buenos Aires, 
legajo Años de 1767 y J76SI Correspondencia con el Conde de 
Aranda^ habiendo sido presentado el original, según indi- 
cios, ai mismo Carlos III. La falsificación de Moñino no 
era la primera, pues Bucareli lo falseó antes añadiendo 
en su carta oficial la palabra esperando^ que no está en la 
carta, y poniendo en futuro mudard^ entrard^ lo que ea« 
taba en condicional, mudara, entrara. Para el intento pre-* 
senté basta con lo dicho en el texto. Y es lugar aquí de 
admirar cómo la Providencia divina quiso justificar de 
una manera incontrastable á los Jesuítas del Paraguay, lo 
que expresa con sus propios conceptos una carta de don 
Isidoro Lorea, vecino de Buenos Aires, escrita al expa- 
triado P. Diego Iríbarren, resideate en Faenza, con fecha 



— 232 — 



OBSERVACIÓN SOBRE EL EXTRAÑAMIENTO 

«Estimulado de gravísimas causas relativas á la 
obligación en que rae hallo constituido de mante- 
ner en subordinación, tranquilidad y justicia mis 

pueblos, V OTRAS URGENTES, JUSTAS V NECESARIAS, 
QUE RESERVO EN MI REAL ÁNIMO — EN MI REAL PERSO- 
NA QUEDAN RESERVADOS LOS JUSTOS V GRAVES MOTIVOS 

que, á pesar mío, han obligado mi real ánimo á 
esta necesaria providencia... siguiendo en ello el. 
IMPULSO de mi real BENIGNIDAD.» Frases son todas 
estas del Decreto de extrañamiento de 27 de Fe- 
brero y de la Pragmática sanción de 2 de Abril 
de 1767. Comprobadas están hoy las causas ver- 
daderas (que en el mismo siglo xviii eran ya co- 
nocidas de muchos) por las cuales extrañó Car- 
los III á los Jesuítas, y los persiguió con incesante 

i.^ de Octubre de 1788: «En cierta ocasión, dice, hablan-> 
do con un Oñcial inválido, le hice esta reflexión:... Na 
ignora V. que les han levantado mil calumnias: la prime- 
ra, la del Rey Nicolao; la segunda, de la mina de oro» 
plata y diamantes; y que éstas estaban cerradas con rejas 
de hierro, para que los indios que entraban á trabajarlas 
no saliesen y diesen parte de ellas. Que el comercio Jo te- 
nían abarcado. Que procuraban sublevar los reinos. Y 
que el mal de este cuerpo estaba en lo interior, y que no 
se podía descubrir sin sorprenderlos de repente para que 
nada se ocultase. Que en los Bancos extranjeros tenían 
mil millones, etc. <Qué hizo Dios? Los dejó como á Job: 
sin Madre [extinguida la Compañía], sin honra, sin ha- 



— 233 — 

encono hasta que se le acabó la vida. La de haber 
tachado de infamia á él y á su virtuosa madre, 
consta que falsamente se les imputó á los Jesuítas, 
habiendo sido introducido artiñciosamente el fo- 
lleto de la bastardía, dos veces por lo menos, en- 
tre los papeles de los Padres, y luego secuestrado 
para que le viese por sus ojos el Monarca: una en 
el paquete dirigido al P. Joaquín Navarro, Rector 
del Colegio imperial de Madrid; otra en la corres- 
pondencia, con rótulo del Nuncio, entregada á los 
Procuradores de Méjico , PP. Tomás Larraín y 
Bernardo Recio; yendo conjunta con ella la exhor- 
tación á atentar contra el gobierno del Monarca, 
y si necesario era, contra su vida, para sustituir en 
su lugar á su hermano Don Luis, á quien se pin- 
taba como único legítimo. La misma horrible con- 
juración estaba expresada en una carta falsiñcada 
como si la hubiese escrito el P. General Lorenzo 
Ricci, y sorprendida en el mismo paquete dolosa- 
mente introducido en el Colegio imperial, ya sea 

tienda, sin valimiento, sin amigos, y descubiertos todos 
sus mayores secretos, para que sus contrarios no tengan 
que alegar ignorancia de sus virtudes en el tribunal de 
Dios. Si estos héroes hubieran querido justiñcarse ante 
los ojos de los hombres, nunca quedarían satisfechos és- 
tos; porque, estando unidos y sin separarse este cuerpo, 
dirían que por el poder, que por el valimiento, que por 
la sagacidad, y últimamente, que por la plata, se habían 
justiñcado. Pero nuestro gran Dios, para que á nada de 
esto se atribuya, los ha dejado como los hemos visto... 
Esta fué mi reflexión: no sé si he dicho bien ó mal.» (Ori- 
ginal en el Archivo de la provincia de Castilla.) 



— «34 — 

idéntica con // carteggio kgalizzato de que habla 
Tanucci en su carta al Príncipe de la Católica de 
l6 de Noviembre de 1 766 (l), ya sea otra dife- 
rente. La conjuración para asesinar á Carlos III, 
con su familia el Juev^es Santo, aunque se ignora 
con qué artificiosas apariencias se la persuadieron 
á Carlos III, consta, sin embargo, que la creyó, por 
la afirmación expresa del mismo Rey, y por la del 
Conde de Fuentes, por más que se afane Danvi- 
la (2) en buscar interpretaciones para ver obscuro lo 
que tan claro está en los textos. Agregaron á estas 
causas los impostores que para sus fines maquia- 
vélicos se las habían sugerido, motines preparados 
por ellos mismos, que no cesaron en todo el tiem- 
po que tardó á darse el Decreto de expulsión, y 
se apaciguaron al instante que hubo sido ejecuta- 
do, como que estaban en la mano de sus promo- 
tores, para hacer entender á Carlos III que toda 
la agitación de España procedía de los Jesuítas. 
Y todo ello junto produjo aquel implacable odio 
de abominación que le movió en adelante á mirar 
como una suprema injuria la petición del pueblo 
de Madrid, el día de su santo de 1 768, de que 
usase de clemencia con los Jesuítas, y los restitu- 
yese á España, siquiera fuera como sacerdotes se- 
glares (3). Precisamente entonces estaba activan- 

(1) Simancas: Estado, 5.998, fol. 273. 

(2) Danvila: Reinado de Carlos IIÍ^ tomo ni, pági- 
nas 60-65. 

(3) Coxb: Los Reyes de la Casa de Borbdn en Esfaña, 
edición francesa, tomo v, pág. 25. 



do las negociaciones á ñn de obtener la extinción 
de la Compañía. Odio que lo Uevó á añrmar que 
jamás, en adelante, pondría el pie en los dominios 
de España uno que hubiese pertenecido á la Com- 
pañía de Jesús, y á decretar la pena de muerte 
contra el que se atreviese á volver, si era lego, y 
la reclusión perpetua, si era sacerdote (l). No co- 
rresponde á la índole del presente estudio dilatar 
más la exposición de estos hechos, que están refe-- 
ridos y probados en los autores arriba citados. - 
La medida del extrañamiento, tal como resulta 
de todas sus circunstancias, es un acto de despo- 
tismo é injusticia que apenas tendrá igual en la 
historia. Cerca de seis mil personas eclesiásticas 
fueron sentenciadas por un simple decreto, sin tri- 
bunal competente, á perpetua infamia y perpetuo 
destierro, siendo, además, jurídicamente inocen- 
tes. Nada se les probó en contra, ni siquiera á uno 
de sus individuos; pues la primera condición para 
que haya prueba en el juicio humano, es que sea 
escuchado el reo; y siendo los reos acusados de 
ios crímenes más atroces, ni á uno siquiera se le 
dio audiencia. Si el Santo Tribunal de la Inquisi- 
ción hubiera procedido de aquella manera en la 
causa más insignificante, se hubiera escandalizado 
el mundo; pero haciéndolo el Príncipe que lo hizo, 
tuvo aliento para decir que era un efecto de su 
benignidad. Hase dicho que Carlos III obró en- 
gañado, y es verdad; pero el engaño, sin dejar de 

(i) Cédula Real de i8 de Octubre de 1768. 



— 236 — 

cargar la mayor odiosidad y responsabilidad sobre 
sus Ministros, que á ojos vistas y deliberadamente 
cometían aquella iniquidad, amontonando menti- 
ras sobre mentiras, no deriva sobre ellos la res- 
ponsabilidad propia del Monarca, porque era enr 
gaño culpable en su origen, y fué voluntario el 
perseverar en él. Voluntariamente había tomado 
Carlos III, y conservaba, consejeros que, por corto 
de alcances que algunos le hayan querido supo- 
ner, no podía menos de conocer que eran perver- 
sos; cuando oía á los unos, como Tanucci, mos- 
trarse resueltos á atropellar todos los derechos de 
la Santa Sede, y tratar á todas las personas de la 
Iglesia, sin exceptuar el Sumo Pontífice, con un 
desdén y menosprecio propio de la impiedad de 
un afiliado y favorecedor de las tenebrosas sectas 
del siglo xviii; y á los otros, como Wall, asentar 
que al Santo Padre había que besarle el pie y atar- 
le las Tnanos, De tales perversos no se podían es- 
perar sino grandes maldades; y, en efecto, á ellas 
indujeron el ánimo del Rey de España, que los 
escuchaba como oráculos, y hacía años que se iba 
revistiendo de sus ¡deas. Y cuando el Sumo Pontí- 
fice Clemente XIII le aconsejó, expresándole te- 
mor grave de su eterna condenación, y mostrán- 
dole el camino que la misma ley natural dicta para 
juzgar, que es no condenar al inocente con el cul- 
pable, ni al mismo delincuente sin haberlo oído, 
en su obligación estaba el no haber respondido 
con la soberbia y desdén que muestra la carta de 
2 de Mayo de 1767; por más que así se lo acón- 



— 237 — 

sejase, en asunto tan grave, un Consejillo de cuya 
respuesta debía inspirarle recelo, cuando no fuera 
más que la precipitación de haber despachado su 
cometido en menos de veinticuatro horas, dando 
un informe que era imposible hubiese sido consi- 
derado con sosiego, por no haber apenas tiempo 
material para escribirlo, leerlo en Consejo y comu- 
nicar á sus vocales los antecedentes. Carlos III, 
sin embargo, pasó adelante, y desoyó en aquella 
hora solemne la voz de la justiciay la amonesta- 
ción del Vicario de Cristo. Díjose en la provi- 
dencia que no se procedía por autoridad judicial, 
sino por potestad económica; pero la simple pala- 
bra económica, no basta para cambiar la naturaleza 
de las cosas y hacer que la infamia de los Jesuítas, 
coa la confiscación de bienes y destierro perpetuo 
de su patria, que son las más graves penas des- 
pués de la de muerte, dejasen de ser penas; y que, 
aplicadas á inocentes, dejasen de constituir una 
horrible injusticia. La dureza é injusticia del De- 
creto de extrañamiento se agravó todavía con 
los excesos y atropellos que varios Ministros co- 
metieron en la ejecución, en lo cual no poco pa- 
decieron los Jesuítas americanos. 

Fuera de la iniquidad cometida con las perso- 
nas, el daño acarreado á los reinos de España fué 
inmenso. No tenía compensación el detrimento 
espiritual causado á las almas con quitarles milla- 
res de operarios fervorosos, los cuales con sus 
ministerios santiñcaban á muchos, que ahora, mo- 
ral mente hablando, se perderían. Y sí esto tenía 



lugar en sus ministerios de Europa, ¿cuánto más 
sucedería en las Misiones de Ultramar? Reparo 
que ponía ante los ojos de Carlos III el Sumo 
Pontífice con inimitable energía diciendo: Tantas 
Misiones en países extranjeros^ naciones bárbaras 
y remotas^ fundadas y dirigidas con la sangre y 
los sudores de los imitadores de San Ignacio y San 
Francisco Javier, ^en qué estado quedarán, priva^ 
das de sus pastores y padres espirituales} Y si una 
sola ó muchas de aquella^ almas, agregadas ó pró^ 
ximas á agregarse al rebano de Cristo, viniesen á 
perecer por esta causa, ^qué gritos no darían en el 
tribunal de Dios contra quien hubiese sustraído los 
medios y auxilio de su salvación} (i). El detri- 
mento que experimentaron las letras y los estudios 
y educación de la juventud, era fácil de prever, 
y se palpó ya desde el primer instante en la difi- 
cultad de sustituirles, y mucho más después, en la 
decadencia que se siguió. La ruina del prestigio 
de España en sus colonias, quitados los misione- 
ros, era patente que había de experimentarse; y 
una consideración análoga ha hecho que gobier- 
nos sumamente impíos, como los ha habido de 
más de un siglo á esta parte en Francia, respeta- 
sen instintivamente sus propias Misiones en el ex- 
tranjero, sin abandonarlas, cuanto menos perse- 
guirlas, ni aun en las épocas de mayor furor con- 
tra la religión. Pero al Monarca español le ence- 



(i) Carta de Clemente XIII á Carlos III. (Archivo gb- 
MBRAL central: Estado, 3.526.) 



— «39 — 

guecía de tal modo el odl^dir abominación contra 
los Jesuítas, que le IAb9 olvidar hasta el instinto de 
conservación def Bien de sus reinos y propio. 

De este modo, Carlos III, primer Rey revolu- 
cionario de España, como con razón le llama Dan- 
vila (l), con los dos actos que más propiamente 
fueron suyos, la persecución de los Jesuítas y el 
auxilio dado á las colonias de Norteamérica contra 
Inglaterra, su metrópoli, fué poderoso causante de 

« 

la ruina de la prosperidad moral y material de la 
nación española, y de la pérdida de sus propias 
colonias de todo el mundo, que se ha consumado 
en el siglo xix. 

(i) Danvila: II, 6i6. 



EL EXTRAÑAMIENTO 



DE 



LOS JESUÍTAS DEL RÍO DE LA PLATA 



LIBRO TERCERO 

ARGUMENTO 

VIDA DE LOS JESUÍTAS DEL PARAGUAY EN ITALIA HAS- 
TA LA EXTINCIÓN. LOS EJECUTORES DE LA EXPULSIÓN. 

—CONSECUENCIAS INMEDIATAS DEL EXTRAÑAMIENTO EN 

EL RÍO DE LA PLATA. — LAS DOCTRINAS DE GUARANÍES. 

RESTOS DE LAS CONSTRUCCIONES DE LOS JESUÍTAS. 

CONSECUENCIAS ULTERIORES DEL EXTRAÑAMIENTO. 

VIDA Y ACCIÓN DE LOS JESUÍTAS DEL PARAGUAY DESPUÉS 

DE LA EXTINCIÓN. DOÑA MARÍA ANTONIA DE LA PAZ Y 

LOS EJERCICIOS DE SAN IGNACIO. NOTICIAS INDIVIDUA- 
LES QUE HAN PODIDO ADQUIRIRSE DE LOS EXPATRIADOS 
DEL RÍO DE LA PLATA. JESUÍTAS DEL PARAGUAY MUER- 
TOS EN EL EXTRANJERO. — EL ÚLTIMO PROVINCIAL. 

OTROS ESCRITORES MUERTOS EN ITALIA. ^—ESCRITORES 

OMITIDOS. -^JESUÍTAS QUE VOLVIERON AL RÍO DE LA 

PLATA. EL ÚLTIMO JESUÍTA DEL PARAGUAY. 

VIDA DE LOS JESUÍTAS DEL PARAGUAY 
EN ITALIA HASTA SU EXTINCIÓN 

Los primeros Jesuítas que fueron expulsados del 
Paraguay se encontraron, como los primeros que 
lo fueron de España, forzados á caminar de re- 

i6 



— 242 — 

gión en región, sin saber dónde podrían asentar el 
pie, á causa de la estupenda imprevisión y arro- 
gancia de Carlos III, que pretendió mandar en los 
Estados del Sumo Pontífice con el mismo imperio 
con que mandaba en los propios. Por lo cual, sin 
solicitar antes el beneplácito del Papa, ni darle si- 
quiera noticia del intento, destinó al Estado pon- 
tificio los 6.000 subditos españoles que expulsaba 
de sus dominios. Ordenaba á los jefes de sus bu- 
ques que fuesen á desembarcar en los Estados del 
Papa, y en el artículo 6.° de su Pragmática de 2 
de Abril de 1767, decía: ^Declaro qtu si algún Je- 
suíta saliere del Estado eclesiástico ^ adonde se re^ 
miten todos,,, le cesará desde luego la pensión que 
va asignada.^ El Sumo Pontífice se negó á ad- 
mitir los 6.000 religiosos, entre ellos gran número 
de sacerdotes, que el Rey de España y sus Minis- 
tros pretendían introducir de repente y por sor- 
presa en un Estado poco numeroso, pobre, donde, 
moralmente hablando, no habían de hallar ocupa- 
ción ni sustento; añadiéndose á todo ello la increí- 
ble descortesía con que se mandaba que fuesen 
desembarcados, y allí permaneciesen como en 
cárcel perpetua, tratando los dominios pontificios, 
como territorio propio y de los más despreciables; 
como si no fuese tan dueño el Papa de sus Esta- 
dos como lo era de los suyos el Rey de España. 
Y tal medida se tomaba tratándose de unos suje- 
tos que, por declaración del mismo Carlos líl, eran 
tan sediciosos, que no acertaba él á mantener sus 
reinos en quietud, sino arrojándolos de ellos, y 



J 



- 243 — 

tan criminales, que sólo por usar de su benignidad 
Real los condenaba á no mayor pena que la de 
quedar para siempre infames y no poder volver 
más á su patria. Quién sabe cuál hubiera sido la 
suerte que cupiera á tales gentes, si el benignísi- 
mo Rey hubiera usado con ellos de justicia. Tales 
hombres tenían la resolución muy asentada de obli- 
gar al Santo Padre á que recibiese y custodiase en 
sus Estados. Se ve, pues, que hizo muy bien el 
Papa al negarse á admitirlos, cuando no hubiera 
sido más que por la razón que expresaba el Car- 
denal Torrigiani en estos términos: Si son buenos ^ 
no hay derecho á expulsarlos como perniciosos; y si 
son malos ^ no puede pretender que el Papa se los 
castigue, sino que han de ser castigados en su rei^ 
no. Los Jesuítas, al saber esta resolución, aplau- 
dieron lo que hacía el Papa, por más que con este 
contratiempo se viesen sujetos á una serie inter- 
minable de peregrinaciones y padecimientos que 
acabaron con la vida de muchos, pero cuya causa 
no eran las disposiciones del Papa, sino la misma 
enormidad del decreto y de la Pragmática de ex- 
pulsión dados por Carlos III, con no menor injusti- 
cia en cuanto á la ejecución que la que tenían en 
la substancia. 

Así, los primeros Jesuítas del Paraguay que lle- 
garon á Europa, no obstante haber salido de la 
Península española casi año y medio después del 
Decreto de la expulsión, hubieron de irá la isla de 
Córcega, y aposentarse con estrechez y trabajos 
á primeros de Agosto de 1768, en el puerto de 



— 244 — 

Bastía. Su primera preocupación fué la de cumplir 
las exhortaciones que poco antes les había dirigi- 
do el M. R. P. General Ricci, quien, al animarles 
á la paciencia y confianza en Dios, insistía enca- 
recidamente en la observancia de la vida regular y 
común, y la obligación de mantener en lo posible 
las costumbres de los colegios. Hallábanse espar- 
cidos todos los Jesuítas en las pequeñas casas de la 
población, y se procuró hallar una algo más capaz 
que las demás, donde se pudieran juntar los Teó- 
logos y emprender de nuevo sus tareas escolares. 
Empezáronse estas con un triduo de ejercicios, el 
24 de Agosto, mientras se buscaba también modo 
de colocar en otra casa á los Filósofos con sus 
profesores. Mas, apenas se habían tirado estas lí- 
neas, cuando sobrevino orden del Comandante 
francés, de que todos los Jesuítas tenían que salir 
de la isla y dirigirse á la república de Genova. Los 
detalles de la peregrinación por tierra, que duró 
un mes, pueden verse en el Diario del P. Peramás. 

El Sumo Pontífice, compadecido de la triste 
suerte de los proscritos, y cuando la admisión no 
tenía los caracteres de descortés imposición que al 
principio, había ordenado que no se les impidiera 
establecerse en sus Estados, dirigiéndolos á las co- 
marcas de la Emilia y Romana, y señalando una 
ciudad donde habitasen los de cada provincia. 

Los Jesuítas del Paraguay fueron destinados á la 
ciudad de Faenza, y allí se establecieron la ma- 
yor parte, extendiéndose los restantes á Ravena, 
menor número á Brisighella y unos pocos, tempo- 



— 245 — 

raímente, á Imola. Alojáronse los de Faenza, unos 
en el Seminario, otros en el Monasterio de los 
Servitas. Auxiliáronles con gran caridad, é hicie- 
ron eñcaces diligencias en su favor los Padres del 
colegio que la Compañía tenía en aquella ciudad, 
señalándose dos de ellos en especial por su solici- 
tud en atender á los desterrados, que fueron los 
Padres Pedro Pablo Canestri, ministro, y Luis Co- 
rrea, y dándoles el P. Rector licencia para tomar 
de la biblioteca del colegio cuantos libros necesi- 
tasen. Al principiar el mes de Octubre de 1768, 
los Padres alojados en el Seminario, aceptando las 
invitaciones del Conde Cantoni, que mostró singu- 
lar estima de los Jesuítas y caridad exquisita con 
ellos, se trasladaron á vivir á una casa de aquel 
señor, sita en el campo. Tan obsequioso se mos- 
traba el dueño que, no contento con ayudar él 
mismo á los desterrados á transportar allá sus co- 
sillas, había añadido para ellos una porción de mue- 
bles á los que ya había en la quinta, y se traslada- 
ba á ella casi todos los días para ver si algo falta- 
ba á los Padres, discurriendo sin cesar nuevos 
favores con que testificarles su afecto. 

A mediados del mismo Octubre llegaron á Faen- 
za los dos PP. Procuradores que habían sido envia- 
dos á Europa poco antes del decreto de expulsión; 
y habían conseguido una expedición tan numerosa, 
que sólo otra igual seí había visto en ciento cin- 
cuenta años en el Paraguay; pues debía constar de 
80 sujetos, parte de los cuales llegaron á Buenos 
Aires en el San Fernando^ como ya se ha visto. 



— 246 — 

siendo comprendidos en la expulsión y obligados 
á regresar á Europa, sin darles tiempo siquiera 
para reposar. 

Eran los dos Procuradores el P. José Robles y 
el P. Domingo Muriel. El primero fué nombrado 
Provincial de la provincia del Paraguay, y el se- 
gundo Rector del colegio máximo 6 casa de estu- 
dios mayores de los jóvenes Jesuítas. El Provincial 
fijó por el momento su residencia en Imola, adon- 
de poco después llamó á algunos Padres del Para- 
guay que habían ido á. parar á Ferrara, á fin de 
que toda la provincia se hallase más reunida. 

El P. Muriel hizo emprender á l.° de Noviem- 
bre los estudios con el mismo orden que se esti- 
laba en el colegio máximo cuando estaba en Cór- 
doba del Tucumán. Eran los profesores siete: dos 
de Teología dogmática, uno de Moral, otro de De- 
recho canónico, otro de Sagrada Escritura, uno de 
Filosofía y uno, finalmente, de Retórica. Habíanse 
hecho los Ejercicios espirituales de San Ignacio, 
prescritos para todos los años, á mitad del mes an- 
terior; y alentados con ellos al trabajo y á los pa- 
decimientos y suerte que Dios* quisiera enviarles, 
emprendieron con gran fervor y empeño su tarea 
los 60 estudiantes que formaban la esperanza de 
la provincia, aunque colocados á 2.000 leguas del 
colegio, cuyo nombre todavía llevaban. 

A mediados de Diciembre se trasladó el Provin- 
cial desde Imola á Faenza, donde primero procuró 
casa más cómoda para que se mantuviese reunido 
el escolasticado, y juntamente dio reglas sobre el 



— 247 — 

modo de observar lo que prescribe el Instituto de 
la Compañía en circunstancias tan anormales como 
las en que se encontraban. Hallábanse á principios 
del afk> 1769 distribuidos to4os los Jesuítas espa- 
ñoles en la parte septentrional de los Estados Pon- 
tificios , de la siguiente manera : < En algunos pe- 
>queños lugares y en las campañas de Bolonia, 
>toda la provincia que en España se llamó de Cas- 
>tilla, y la mayor parte de la de Méjico. En la ciu- 
»dad de Ferrara, las provincias de Aragón y del 
>Perú, y una porción de la de Méjico. En la ciu- 
>dad de Imola, cinco leguas más allá de la de Bo- 
>lonia, por el camino de Roma, la provincia de 
>Chile. En la ciudad de Faenza, dos leguas más 
>allá, por el mismo camino, la del Paraguay y al- 
»gunos, digámoslo así, destacamentos de otras va- 
inas provincias. En la ciudad de Forlí, pocas le- 
nguas más allá, la de Toledo. En la de Rímini, sobre 
»el mismo camino y ya puerto al mar Adriático, 
»la de Andalucía. I^s dos provincias de Santa Fe 
»y Quito estaban en algunas pequeñas ciudades y 
^lugares de la Marca de Ancona y del ducado de 
»Urbino, como Pesare, Fano, Sinigaglia, Gubio, 
3> etcétera. La de Filipinas se estableció en Bagna- 
>cavallo» (i). 

Al empezar el año de 1 769, el día de la fiesta 
de Reyes, se consagró la provincia del Paraguay 
al Sagrado Corazón de Jesús, ofreciéndole los co- 
razones de todos sus hijos, y añadiendo á este 

(i) P. Luengo: Compendio del Diario. 



— 248 — 

acto el voto de ayunar un día de cada mes perpe- 
tuamente en adelante en honor suyo, haciendo el 
día del ayuno, además de la hora ordinaria de me- 
ditación, otro largo espacio de meditación sobre 
los tesoros infinitos de misericordia de aquel Co- 
razón divino (l). Ni se contentaron con practicar 
ellos mismos esta saludable devoción, sino que 
trabajaron en propagarla por cuantos medios es- 
tuvieron á su alcance, siendo hoy mismo voz co- 
rriente en Faenza que estos Padres desterrados 
fueron los que introdujeron la devoción del Cora- 
zón de Jesús en aquella comarca. De hecho, la ca- 
pilla donde los más de ellos se compraron la se- 
pultura, y se llamó de sepultura de los españoles^ 
que es en la Catedral la que tiene el título de San 
Ignacio y San Cayetano, ostenta todavía hoy, de- 
bajo del cuadro principal, un retablo menor, ova- 
lado, del Sagrado Corazón, que, sea cual fuere su 
mérito artístico, y aunque no parece que se co- 
nozca el autor, es ciertamente muy devoto, y per- 
tenece, sin que se pueda apenas dudar, á aquella 
época. No es el único recuerdo que de los expa- 
triados queda en Faenza. 

Entrado ya el año de 69, llegaron allá los No- 
vicios, cuyos percances se han referido más arri- 
ba. Grande fué el gozo de los Padres al recobrar 
aquellos jóvenes tan valerosos y fieles á su voca- 
ción; y aunque venían destituidos de todo auxilio, 
pues Carlos III les había tomado cuanto tenían y 

(i) Pbramás: Annus páticos, die vi Jan., 1769. 



— 249 — 

los había dejado sin pensión, siquiera para lo más 
preciso del sustento, fueron, no obstante, recibi- 
dos con honra y agasajo, y mantenidos con la po- 
breza de los demás. 

Así establecidos, aunque con la tristeza dé te- 
ner prohibido los sacerdotes ejercitar ministerio 
alguno con los prójimos, pensaban los Padres que 
disfrutarían por lo menos de alguna tranquilidad. 
Pero no se pasó mucho tiempo sin que vieran 
nuevas muestras del tenaz empeño con que los 
perseguía Carlos III. Habiendo éste recibido no- 
ticia de que el P. General había nombrado nue- 
vos Provinciales españoles para sustituir á los que 
habían fallecido ó á quienes se les había cumplido 
el período, tomó el hecho como ofensa á su per- 
sona y á sus decretos, y le hizo notificar ante No- 
tario en Roma que se guardase en adelante de 
dar en sus patentes las denominaciones de Provin- 
cial de ninguna región de los dominios españoles, 
debiendo revocar las que ya tenía dadas, y lo 
mismo se había de entender de los títulos de co- 
legios ó casas y de sus Superiores, no habiendo 
de quedar ni aun el nombre de Asistente de Es- 
paña, so pena de que si así no se hacía, quitaría 
inmediatamente la pensión á todos los expatria- 
dos (l). Tanto como esto, se mostraba celoso el 
obcecado Monarca de que no quedase un Jesuíta 
en sus dominios, ni siquiera en el título. Mudaron, 

(i) Véase el texto de la notifícación en el P. Nonbll, 
tomo I, pág. 346. La fecha es de 13 de Julio de 1769. 



— 250 — 

pues, desde entonces todas las provincias de Es- 
paña sus nomÉres por otros, tomando el de algún 
Santo protector, y la provincia del Paraguay tomó 
por titular al bendito Esposo de la Santísima Vir- 
gen, llamándose en Siáelsint^ ' Provincia de San 
José. 

Aún mayor pena les causaron las noticias, que 
ya entonces iban haciéndose públicas, de los pa- 
sos dados por Carlos III y sus Ministros para soli- 
citar del Papa la completa abolición de la Compa- 
ñía, impulsando con su férrea tenacidad á los prín- 
cipes de la casa de Borbón. Cuatro años duró esta 
porfía, hasta conseguir, finalmente, su intento, y 
no pertenece á la presente historia el explicar 
aquellos sucesos que, por otra parte, se hallan de- 
talladamente descritos en varios autores, de los 
cuales siempre se consultarán con fruto: Créti- 
neau-Joly (l) y el P. Nonell (2). Sólo será razón 
notar que la supresión puede llamarse obra pro- 
pia de Carlos IIL Pudo el extrañamiento de los 
dominios de España ser persuadido á este Monar- 
ca con una detestable trama urdida por los impíos 
que tenía de Ministros; pero una vez encendida la 
centella del odio á los Jesuítas y despertado el te- 
rror de ellos en su corazón , no fué necesario más 
para que él se convirtiese en motor de todos y 
no sosegase hasta haber acabado con la religión 



(i) Crétineau-Joly: Historia de los Jesuítas; Clemen- 
te XIV y los Jesuítas; Polémica, 
(2) Nonbll: El V, P. PignatelH. 



— «51 — 

de la Compañía de Jesús. Hasta el Ministro que 
por medio de la incesante coacción moral arrancó 
del Sumo Pontífice el Breve de extinción, fué tan 
de mano de Carlos III, que le envió á Roma sin 
haber tenido participación en elegirle, y antes mi- 
rándolo con recelo y disgusto, los mismos que se- 
cretamente influían las decisiones contra los Jesuí- 
tas, que eran el Confesor P. Osma, el Duque de 
Alba y el Conde de Aranda. Sobre la última ra- 
zón que forzó al Sumo Pontífice á decretar aque- 
lla tristísima medida, muy contra su voluntad, que 
siempre había sido conservar la Compañía, puede 
verse el P. Nonell (l), que explica cómo, traspa- 
sando todos los límites de las instrucciones que 
tenían los Ministros de las Cortes borbónicas en 
Roma y hablando contra la verdad, llegaron á per- 
suadir al Papa de que si no destruía los Jesuítas, 
divulgarían las Cortes que él había sido un Papa 
ilegítimo y elegirían otro que les cumpliese sus 
deseos» produciendo un cisma en la Iglesia, lo que 
le obligó á elegir lo que era mal menor. Análogo 
es el parecer del Cardenal Hergenrother (2). 

Habían llegado al terminar el año 1769 los úl- 
timos Jesuítas que quedaban en el Paraguay, que 
fueron los Padres de las Doctrinas, después de 
haber perdido gran número de muertos así en el 
viaje por mar como en el Puerto de Santa María. 



(i) Nonbll: El V. P. Pignaielli^ tomo i, pág. 392. 
(2) Hbrgbnrothbr: Historia de la Iglesia, £d. espa- 
ñola, período 8.^, cap. i, § iv, tomo v, pág. 690. 



— 252 ^ 

Toda la vida regular estaba ya entablada, conti* 
nuándose en forma los estudios, como asimismo 
la tercera probación; y teniendo el consuelo de 
que los jóvenes iban ordenándose de sacerdotes, 
y varios, que habían concluido ya todas sus pro- 
baciones, hacian los últimos votos. Hasta un no- 
vicio, el hermano Manuel Lara, natural de Jerez, 
que primero habia sucumbido á la tentación de 
su familia, y al pasar por su pais habia abandona- 
do á los demás, se sintió después poseído de tal 
dolor y remordimiento, que se empeñó con el 
P. Provincial en volver á ser admitido y seguir la 
suerte del destierro en que Dios le quería. Tales 
diligencias hizo y tales pruebas dió de la ñrmeza 
de su voluntad, que el P. Provincial juzgó deber 
concederle lo que solicitaba; y habiendo seguido 
viaje á Italia, perseveraba el año 1 790, en que re- 
fiere este caso el P. Juárez (l). 

Las noticias alarmantes de la extinción se sus- 
pendieron por breve tiempo, en que se dijo iban 
á ser restablecidos los Jesuítas en Francia, por 
haber caído en desgracia el Duque de Choiseul, y 
hasta se divulgó que volverían á España; pero 
presto se desvaneció aquel rayo de esperanza, y 
en adelante cada día se vio el cielo más nublado. 

El 16 de Agosto de 1773 se intimaba en Roma 
á los Padres de la Compañía el Breve Dominusac 
Redemptor, que decretaba la extinción; y sucesi- 

(i) Carta del P. Gaspar Juárez á D. Ambrosio Funes. 
(Archivo de la Misión de Chile-Paraguay.) 



— 253 — 

vamente en aquel mes y principios del siguiente 
fué intimada á todos los Jesuítas españoles, que, 
como se ha dicho, se hallaban reunidos en las pro- 
vincias septentrionales de los Estados del Papa. 
En Faenza la hizo intimar el Obispo Monseñor 
Vidal de Buoi el 25 de Agosto por medio de los 
párrocos, que la notificaron en los diversos domi- 
cilios de los americanos. En Ravena el mismo día 
la intimó personalmente el Arzobispo Monseñor 
Antonio Cantoni, hermano del Conde Cantoni de 
F'aenza, y como él favorecedor de los desterrados. 
Así como habían recibido con cristiana resigna- 
ción el extrañamiento, así recibieron también este 
último golpe, mucho más terrible que el primero, 
en medio del dolor que les oprimía el corazón. 

Triste era el estado á que se veían reducidos 
los Jesuítas del Paraguay. Los primeros desterra- 
dos oyeron sólo el Decreto del extrañamiento. 
Pronto sobrevino la Pragmática sanción de 2 de 
Abril de 1762, que fijaba su suerte para toda la 
vida, y en adelante se leían conjuntamente el De- 
creto y la Pragmática. En virtud de ésta se decla- 
raba que el destierro de cada uno de los Jesuítas 
era perpetuo de por vida, sin que hubiese circuns- 
tancia alguna que le pudiese hacer levantar, ni 
aun la de quedar secularizado, dejando de perte- 
necer á la Compañía (números ix y x), á no ser 
que interviniese un permiso expreso, tan gravoso 
y deshonroso, que nadie que tuviese un resto de 
honor lo había de solicitar (números xi, xii, xiii). 
Si alguno osase volver, era sentenciado á muerte, 



— 254 — 

siendo lego, y á reclusión perpetua, si era sacer- 
dote (R. C. de l8 de Octubre de 1767). Señalá- 
baseles de los bienes que se les habían confiscado 
una pensión que para los sacerdotes, según la 
Prismática (núm. ni), debía ser de ICO pesos; pero 
que por descuentos que intervendrían, eran en 
realidad cuatro reales de vellón cada día (l), valor 
hoy de un franco: y estando señalada para los 
legos 90 pesos anuales, ó 450 francos, á tenor del 
mismo descuento, tendrían tres y medio reales 
diarios. Cantidades eran éstas con las que tal vez 
hubieran podido subsistir hallándose en comuni- 
dad; pero mandándoseles que cesasen las comu- 
nidades, y habiendo de cuidar cada uno de sí, 
sucedía con la pensión lo que gráficamente expre- 
saba uno de los expatriados en estos términos: No 
teniendo otro recurso que la pensión^ resulta que con 
ella el que se viste no come^ y el que come no tiepíe 
para vestirse, Y para que se evitase todo exceso 
en cobrar pensiones, cautelaba el art. 7.**: Mi Mi^ 
nistro en Roma tendrá particular cuidado de saber 
los que fallecen^ ó decaen por su culpa de la pensión^ 
para rebatir su importe. Esta misma pensión, insu- 
ficiente, como era, para el sustento, se perdía sí 
alguno salía del Estado eclesiástico, si daba justo 
motivo de resentimiento á la Corte con sus opera^ 
dones, 6 lo daba con sus escritos. De suerte que la 
pensión venía á emplearse como instrumento para 

(i) Isla: Memorial, publicado por el P. Uriarte, p^- 
nas 188, 189. 



— í»5S — 

mantener i los Jesuítas conñnadoSi y para te- 
ner sujetas al arbitrio y juicio de la Corte sus 
operaciones y sus escritos. Al principio se privó 
á los novicios de toda pensión; y sólo más tarde, 
cuando ya aquella privación había producido, 
unida á los demás recursos, sus efectos de terror 
para hacer desistir á algunos de su vocación, y apa- 
recía notablemente más inicua y monstruosa entre 
tantas monstruosidades como encerraba el extra- 
ñamiento, se derogó este capítulo, y se les dio 
pensión como á los demás. Una vez verificada la ex- 
tinción, quedaron privados los Jesuítas de ejercitar 
ministerios, aunque el Breve abolitivo los habilita- 
ba como á cualesquiera otros sacerdotes secula- 
res; para esta privación se dio especial decreto. 

Quedaban así reducidos á vivir en la inacción, 
y á luchar con la estrechez , y en ocasiones con la 
miseria, que hubiera sido mucho mayor si Car- 
los III hubiera logrado su intento de que nadie 
mantuviese correspondencia con los Jesuítas^ por 
prohibirse general y absolutamente^ pena de ser cas- 
tigado á proporción de su culpa. Las personas com- 
pasivas y que tenían alguna posibilidad, no res- 
petaron esta prescripción esencialmente nula por 
contraria á la ley natural, y de América llegaron 
á Italia de tiempo en tiempo algunos socorros que 
aminorasen la necesidad de los expatriados. Con 
el tiempo también lograron varios sujetos por di- 
versos motivos, especialmente por la publicación 
de libros útiles, algún aumento en la pensión, con 
que se alivió su penuria. 



— 256 — 

* A pesar de verse en tan triste estado los Jesuí- 
tas del Río de la Plata, y separados del cuerpo 
que formaban como provincia, no cesaron de edi- 
ficar á los habitantes de las ciudades en que mo- 
raban, con sus .ejemplos y virtudes (ya que con los 
ministerios no podían) como lo habían hecho en 
América, y en la misma Italia mientras vivieron 
en corporación. Algunos de ellos, con licencia 
especial, fueron empleados por los Obispos de 
-Italia ,en las parroquias, y en ministerios de con- 
fesar y predicar; los hubo que fueron profesores 
en los Seminarios; y muchos, no pudiendo ejercer 
sus ocupaciones habituales de misioneros y ope- 
rarios, se dedicaron á escribir, trabajando varias 
obras, algunas de las cuales vieron la luz pública, 
haciendo grande honor á la antigua provincia del 
Paraguay. Así mostraba la experiencia que aque- 
llos hombres que sus adversarios habían querido 
figurar como revoltosos, herejes y perversos, con- 
tinuaban mereciendo la confianza de cuantos los 
trataron, porque en ellos reconocían no las mal- 
dades proclamadas por la calumnia, sino la inte- 
gridad de la doctrina, la prudencia, y el ejemplo 
y piedad de las costumbres. Todos ellos aguarda- 
ron en silencio y esperanza la restauración de la 
Compañía, de que no dudaban, y algunos pocos 
lograron verla con sus ojos. 



— 257 — 



LOS EJECUTORES DE LA EXPULSIÓN 

No dejó de sentirse la providencia de Dios so- 
bre los principales instrumentos de la expulsión de 
los Jesuítas. En las regiones del Río de la Plata, 
los ejecutores que se señalaron por su malevolen- 
cia y dureza fueron Bucareli y Campero. 

Bucareli fué odiado de los habitantes de su go- 
bernación, si se exceptúan algunos paniaguados 
suyos. Daba á todos en ojos su codicia, su carác- 
ter arrogante, desdeñoso y despótico, y los actos 
de verdadera tiranía que cometió en estas tierras, 
como fueron la sentencia de muerte de D. Mi- 
guel Tagle, la deportación por dos veces de veci- 
nos notables de Buenos Aires, el empleo de cau- 
dales del Municipio en usos privados, los atrope- 
llos cometidos con los que le pudieran estorbar, 
enredándolos en causas en los tribunales, y el me- 
nosprecio que hacía de la provincia, como de cosa 
de menos valer (l), y de los americanos del Río 
de la Plata, en especial de los porteños, que con- 
servó después de volver á España, y á quienes 
pinta como cargados de delitos, y en su jactancia 
se promete ahorcar á varios de ellos cuando sea 
Virrey del Perú, como presumía que estaba á pun- 
to* de ser nombrado (2). Sintiéndose aislado en 

(i) Carta de 14 de Octubre de 1768. (Brabo, 198.) 
(2) Cartas de 8 de Febrero y 8 de Abril de 1772. (Co- 
lección particular.) 

17 



-258- 

Buenos Aires, pedía en repetidas cartas al Conde 
de Aranda que le sacase de América (l). Y, en 
efecto, fué preciso relevarlo antes de cumplir el 
tiempo ordinario de cinco años que solían estar 
los Gobernadores en estas tierras. Carácter total • 
mente contrario al del grande y simpático General 
Ceballos, sólo por odio á los Jesuítas ha sido ala- 
bado de algunos Bucareli. Volvióse á España sin 
ver realizado ninguno de sus sueños. La única cosa 
de provecho que hizo, que fué arrojar á los ingle- 
ses de las islas Malvinas, tuvo el disgusto de que 
fuese desautorizada, á lo menos en público, por la 
Corte de España, guiada de razones políticas. Hizo 
alarde de gran fuerza militar para extrañar á los 
Jesuítas de quienes no había de experimentar re- 
sistencias, y en cambio dejó que los portugueses 
armados hicieran nuevas invasiones en los domi- 
nios españoles, mientras le entretenían con pape- 
les, y se burlaban de sus protestas. Díjose en el 
Río de la Plata que calculando Bucareli que habría 
en poder del Provincial en Córdoba unos cinco 
millones de pesos oro, había encargado á Fabro- 
que inmediatamente le remitiese á Buenos Aires 
dos millones con buena custodia, arriba se ha vis- 
to cuál fué el desencanto de Fabro, y no hubo de 
ser menor el de su comitente. Frústresele asimis- 
mo el ansia de hallar minas de oro y plata en Jas. 
Doctrinas de Guaraníes ó en las posesiones de los 

(i) Cartas de 20 de Octubre de 1768 y 11 de Marzo 
de 1769. (Brabo, 231-373.) 



— 259 - 

Jesuítas, en lo que había trabajado más de lo que 
parece, á juzgar por lo que muestran los docu- 
mentos que hoy día se conservan en la Asunción, 
y en Buenos Aires (l). Habiéndose encaprichado 
en que el nombramiento de ejecutor de la expul- 
sión le había constituido Gobernador de las tres 
provincias de Tucumán, Paraguay y Río de la 
Plata, tuvo algunos ratos amargos por las compe- 
tencias que con tal pretensión suscitó, y le fué 
mucho más amargo el declarar la Corte que Bu- 
careli estaba en un error (2). Pero más graves fue- 
ron sus disgustos en España. Vio sentenciar la 
inocencia de los acusados que él trabajaba por 
arruinar en la causa de Campero (3), y acusado el 
mismo Bucareli de su tiranía en condenar á muer- 
te á Tagle, se vio hecho objeto del horror que 
causó la noticia de aquel exceso, y amonestado 
judicialmente de haber incurrido en el desagrado 
del Rey, que fué el golpe que más podía herir un 
ánimo acostumbrado á andar siempre entre lison- 
jas y mandos de importancia y que soñaba con 
otros mayores. No consta que en adelante figura- 
se más, y sólo hace notar el P. Luengo al hablar 
en su Diario de la muerte de Bucareli la circuns- 
tancia de no saberse que diese alguna satisfacción 
ó reparación, siquiera de palabra y deseo, á las 



(i) Bubnos Aires: Archivo general, leg. 1600-1750-60 
(Jesuifas) Guerra guaraniiica. 

(2) Brabo: Colección^ pág. 254. 

(3) Funes: Ensayo y lib. v, cap. ix. 



— 26o — 

víctimas de las muchas injusticias que cometió, 
entre las que no fueron los menos atropellados los 
Jesuítas. 

Don Juan Manuel Campero tenía, según el rela- 
to del Dr. Funes (i), tan empobrecida la provin- 
cia del Tucumán con sus dilapidaciones, que fué 
necesario que el Alférez Real D. Juan Antonio 
Barcena representase sobre ello al Virrey, de 
donde resultó ser enviado por juez de las malver- 
saciones de Campero D. José Antonio Zamalloa, 
vecino de Jujuí, haciéndolo al mismo tiempo juez 
privativo de todas las causas de Barcena, á fin 
de que Campero no se arrojase á algún exceso 
contra aquel promotor del asunto. Las rapacida- 
des de Campero habían llegado á tal grado, que 
habiendo al entrar él en el Gobierno cuarenta mil 
pesos de existencias en las cajas de la Sisa, todo 
lo había disipado, además de lo que se iba cobran- 
do en su gobierno, que solía pasar bien de doce 
mil pesos anuales. Campero se resolvió á prender 
á Barcena, y en seguida á su mismo juez Zama- 
lloa; pero sucedió al revés, que Campero fué el 
preso y conducido á la Audiencia de Charcas. 
Todo esto no dejó de atribuirlo Bucareli en sus 
informes á tramas de los partidarios de los Jesuí- 
tas, recurso muy socorrido; pero él mismo daba 
indirectamente testimonio de las prendas de Cam- 
pero, cuando supuso que los Jesuítas le querían 



(i) Funes: Ensayo de la Historia civil del Paraguay^ 
Tucumdny Rio de la Plata, lib. v, cap. ix. 



— 201 — 

mal porque no había empleado, como estaba or- 
denado por el Rey, cierta cantidad del producto 
de la Sisa en auxiliar las Misiones nuevas, y cuando 
escribía al mismo Campero: En los inventarios 
procederá V. 5. con la pureza que encarga S. M,^ 
desmintiendo sospechas a las cuales da bastante 
fundamento el no haberse encontrado en todo ese co- 
legio de Salta más que diez y nueve pesos, dos y me- 
dio reales^ siendo constante por lo mismo que F. S. 
dice y es notorio^ lo vasto de sus manejos, los mu-- 
chos y cuantiosos caudales de depósitos (l). Y aun- 
que por de pronto pareció lograr Bucareli el in- 
tento de sacar triunfante contra Zamalloa á Cam- 
pero, siendo éste repuesto en su gobierno, y recla- 
mados Barcena y Zamalloa por el Consejo ex- 
traordinario, á pesar de estar absueltos por juez 
competente, al fin fueron declarados en juicio 
contradictorio por libres y sin culpa en lo ocurri- 
do con el Gobernador Campero (2), lo cual era 
infligir terrible nota á los atropellos de éste y de 
su protector Bucareli. En balde, pues, pintaron 
los hechos con colores arbitrarios los mismos Bu- 
careli y Campero y el limo. Sr. Illana en sus do- 
cumentos, publicados por Brabo. 

El Conde de Aranda, alma de la ejecución en 
todos los dominios de la monarquía española, no 
sólo cayó feamente de la privanza del Rey tres ó 
cuatro años más tarde, con gran desprecio aún de 



(i) Funes: Ensayo, lib. v, cap. ix. 
(2) Ibid. 




— 202 — 

los que primero le habían admirado, y en especial 
del gran consejero del Rey de España, Tanucci, 
sino que, enviado más tarde como Embajador á 
Francia, y vuelto luego á la Corte como primer 
Ministro de Carlos IV, cayó definitivamente con 
más estrepitosa ruina, y lo que es más singular, 
se obró con él de la manera que él había obrado 
con los Jesuítas en el extrañamiento. Inmediata- 
mente después de una acalorada y violenta discu- 
sión que había sostenido en el Consejo Real con 
el Duque de la Alcudia D. Manuel Godoy, fué 
sorprendido Aranda á la una de la noche en su 
casa por fuerza armada, ocupándole todos sus pa- 
peles, y sin concederle tiempo más que para pro- 
veerse de lo más indispensable, fué metido en un 
carruaje, y con guardias sacado de la Corte para 
ser llevado al destierro de Jaén y encerrado des- 
pués en la Alhambra de Granada. Todo como 
veintisiete años antes lo había hecho él con los 
Jesuítas. Ocurría este hecho en la noche del 14 de 
Marzo de 1794. Moñino había corrido igual suer- 
te pocos años antes. Á los cuarenta años de la 
salida de los últimos Jesuítas de América, año de 
1808, era destronado el Rey de España por un 
usurpador; y al cumplirse cien años, en 1 868, lo 
era Doña Isabel II por sus propios subditos. 

Los curiosos verán en estos hechos meras coin- 
cidencias. Los maliciosos las podían haber atri- 
buido á los Jesuítas, si los Jesuítas hubieran estado 
entonces en valimiento ó supieran conservar ren- 
cores, cosas entrambas falsas. Las personas que 



— 263 — 

juzgan con exactitud, conforme á la enseñanza ca- 
tólica, descubren aquí los rastros de aquella Pro- 
videncia divina que ni castiga todos los delitos en 
esta vida, ni reserva todos los castigos para la 
otra. Esto mismo juzgaba D. Isidoro Lorea en la 
carta citada arriba (l), acerca de algunos casos 
ocurridos en el Río de la Plata: Lo cierto es que 
todos aquellos que pusieron sus baterías contra este 
fuerte [contra la Compañía] han tenido unos fines 
acelerados. De los que he conocido de aquellos que 
más se esmeraron en tirar su bala con cañón de 
pluma^ he visto baldada la cureña que movía el ca- 
ñón^ y después lo encontraron muerto en su cama; 
otros ahogados en su sangre; otros insensatos^ y^ en 
fin, si hubiera de referir todos los pasajes^ tuviera 
mucho que referir en este punto. El 5r. Malvar 
[Obispo que fué de Buenos Aires] cuando estuvo 
aquí de Obispo, dijo que haiía conocido en Madrid 
varios sujetos que concurrieron al golpe, los que tU" 
vieron desastrado fin, en el cual acabaron. 



CONSECUENCIAS INMEDIATAS 
DEL EXTRAÑAMIENTO EN EL RlO DE LA PLATA 

Los ministerios en que se ocupaban los Jesuítas 
en la vasta extensión de la provincia del Paraguay, 



(i) Carta al ex Jesuíta P. Diego de Iríbarren, fecha en 
Buenos Aires á i.^ de Octubre de 1788. 



— ; 264 

que hoy comprende la República Argentina, la 
del Paraguay, la Oriental, parte de la de Bolivia y 
de la del Brasil, habían sido muchos y de muy dis- 
tinta índole. Del cultivo espiritual de las almas 
cuidaban por medio de sus ministerios de predicar, 
confesar, enseñar en las escuelas, dar misiones en 
las ciudades y en la campaña, y con la práctica de 
los Ejercicios espirituales, sin contar con la reduc- 
ción de indios infieles. En lo temporal, además de 
atender á las necesidades de sus colegios por me- 
dio del cultivo de las tierras, lo que implicaba, 
según la práctica única de labranza de aquel tiem - 
po, la existencia, mantenimiento y ocupación de 
gran número de negros, habían de cuidar de la ad- 
ministración de las Doctrinas de Guaraníes y Chi- 
quitos que les estaban encomendadas por el Rey. 
Por mucho que se esforzasen en el primer mo- 
mento el Gobernador y el Obispo de Buenos 
Aires, enemigos ambos de la Compañía, en alzar 
el grito sobre que no hacían falta los expatriados, 
fácil es conocer que 40 sacerdotes, por lo me- 
nos, arrancados de pronto de Buenos Aires, y 
otros tantos ó más de Córdoba, y proporcional- 
mente de las demás ciudades. Ministros evangéli- 
cos todos ellos, quo no sólo no daban que decir á 
nadie, sino que continuamente andaban empleados 
en ministerios espirituales y Misiones, á veces con 
el fruto copiosísimo que consiguió en todas las 
ciudades del Río de la Plata, que fué recorriendo 
como un apóstol, el venerable P. Ignacio Oyarzá- 
bal, que ya no era conocido sino por el Padre San^ 



— 26s — 

to^ no podían menos de causar vacío sensible. Y 
así fué en realidad. Antes de un año, ya el Gober- 
nador y el Obispo confesaban que se habían equi- 
vocado, y pedían que viniesen nuevos sacerdotes 
de otras Ordenes, fundándose colepo de misione- 
ros de San Francisco, no para las Misiones de in- 
fieles, sino para la urgentísima necesidad de los 
cristianos de las ciudades (l), y añadiendo el Obis- 
po (justamente mientras en otra carta decía que 
el ponderado vacío que dejaban los Jesuítas se había 
llenado con manifiestas ventajas de nuestra reli- 
gión)^ los siguientes conceptos, que contradicen 
tal aserto, y por la misma naturaleza de la cosa se 
ve que son la expresión de la verdad: Al ver esta 
ciudad tan populosa ^ tan llena de vicios, los que 
cada día crecen más, y al mismo tiempo tan vacía 

DE OPERARIOS QUE... HOY SE HALLA CUASI EN EXTREMA 

NECESIDAD — de quc Ictstimo Sámente se sigue que, 
muriendo no pocos sin Sacramentos, expiren los 
más sin el cottsuelo de Ministro que haga á Dios la 
recomendado tt de sus ahnas,,. — Por lo mismo, di- 
latan los sanos la sacramental penitencia por un 
año regularmente — ;ylas más de las veces se frus- 
tran sus diligencias por hallarse los confesores 
preocupados por el concurso, que comúnmente no se 
puede evacuar, mediante el corto número de con- 
fesores ÚTILES que se hallan en los conventos (2). 



(i) Brabo: Colección, págs. 238, 261. 
(2) Las dos cartas del Obispo son de 14 de Noviem- 
bre de 1768 (Brabo, 237, 241); la del Gobernador, de 7 de 



— 266 — 

Pero, á pesar de las protestas del Rey Carlos III 
al Papa, cuando en autógrafo suyo le decía que 
para la felicidad eterna de sus subditos había aten- 
dido con exacto esmero a que ningún socorro espiri- 
tual les faltase^ ni aun en los países más remotos ^ y 
de su postrera frase: Quede^ puss, tranquilo Vues- 
tra Beatitud sobre este objeto; el hecho es que el 
tal colegio de doce misioneros franciscanos para 
socorrer la necesidad del Barrio Alto de San Pe- 
dro, ni otra cosa equivalente, jamás se fundó, y las 
necesidades quedaron sin remedio. . 

Fundadas por bienhechores, tenían los Jesuítas 
dos casas, donde, conforme á su santo Instituto, se 
daban los Ejercicios espirituales de San Ignacio, 
tan propios de la Compañía y tan recomendados 
siempre en la Iglesia. Mucho se discurrió sobre el 
destino que convendría dar á las dos casas, y la 
resolución final fué que cesó del todo aquella san- 
ta práctica, si bien Dios por un medio extraordi- 
nario la volvió á suscitar más tarde. Con lo que se 
acaba de decir de Buenos Aires puede entenderse 
lo que proporcionalmente sucedió en las demás 
poblaciones, donde había aún menos medios de 
suplir la falta de tal número de sacerdotes y ope- 
rarios útiles y contraídos al trabajo como se les 
arrebataban. 



Febrero de 1769 (Brabo, 260), y se lamenta de que el Ar- 
zobispo de Charcas escribió á varios Obispos que se unie- 
sen para pedir al Rey la vuelta de los Jesuítas. Lo mismo 
persuadía el limo. Sr. Alday al Obispo lUana. 



— 267 — 

Otro de sus ministerios era la enseñanza. En 
ésta les fueron sustituidos los padres franciscanos 
en la Universidad de Córdoba; pero en muchas 
otras partes no tuvieron sustituto alg^uno, y en las 
ciudades donde tenían facultades mayores, como 
Buenos Aires y la Asunción, pasaron veinte años 
sin que se estableciesen estudios análogos. El 
limo. Sr. Illana, Obispo de Códoba, sin embargo 
de protestar en sus informes que los Jesuítas no 
eran necesarios, sino antes bien, perniciosos, des- 
cubre en seguida, muy contra su voluntad, la 
gran falta que hacían, y todo se le vuelve buscar 
para supli la arbitrios que no tuvieron resultado. 
Sobre ministerios dice: Faltando los Padres ye- 
suüas, faltaron obreros que hacían algún fru- 
to„. (l). De la enseñanza hablan de este modo: 
Por lo mismOy no sé qué hemos de hacer con la ni- 
ñez y juventud de estos países. {Quién ha de ense- 
ñar l¿is primetas letras? Algo hacen los Padres 
Franciscos,,, (2). 

Sobre Doctrinas de indios y Misiones será pre- 
ciso hablar en párrafo aparte. 

En cuanto á los bienes de ' los colegios, el ar- 
tículo 3.** de la Pragmática sanción de 2 de Abril 
de 1767, decía: Declaro que en la ocupación de las 
temporalidades de la Compañía se comprenden los 



ii) Informe al Rey en 7 de Junio de 1768. (Bra- 
BO, 143.) 

(2) Carta al Conde de Aranda, á 15 de Junio de 1768. 
(Brabo, 159.) 



— 268 — 

bienes y efectos^ asi muebles como raices ó rentas 
eclesiásticas que legítimamente posean. Con qué fa- 
cultad eran usurpados éstos, que por ser bienes 
eclesiásticos, no se podían tocar sin sacrilegio, y 
sin incurrir en excomunión reservada en la Bula 
de la Cena los que lo decretaban y los que lo eje- 
cutaban, atropellando un derecho de propiedad 
sagrado, y disponiendo al antojo de la autoridad 
civil de unos bienes que la voluntad de los fieíes 
había dado expresamente para determinadas per- 
sonas y determinados fines piadosos; esto nunca se 
aclaró. Pero habrá que decir que entre tantos atro- 
pellos y sacrilegios cometidos contra las personas, 
juzgándolas y sentenciándolas jueces legos, incu- 
rriendo igualmente con esto en excomuniones, la 
usurpación de los bienes eclesiásticos §e miraba 
como una pequeña parte de todo aquel conjunto, 
un sacrilegio y excomunión más. Fueron, pues, 
confiscados todos los bienes que poseían los Je- 
suítas en el Río de la Plata. En cada provincia se 
estableció^ dice el historiador Domínguez, una Jun- 
ta general de aplicacioms^ y en cada ciudad^ otra 
municipal^ dependiente de aquella^ para adminis- 
trar estos bienes y darles el destino ordenado por el 
Rey^ qtu fué el fomento de la instrucción pública y 
de los establecimientos de beneficencia. De este modo 
se paliaba el carácter odioso de la confiscación de 
unas propiedades que estuvieron siempre aplicadas 
d los mismos fims. La Junta superior de Buenos 
Aires estaba compuesta del Gobernador y del doctor 
D. Juan Manuel de Lavardén^ D. Manuel Basa- 



— 269 — 

vilbaso^ D, José Gainza y el Dr, Leiva. Los dos 
primeros eran de la intimidad de Bucareli^ y le lia-- 
bian ayudado personalmente en el acto de la expul- 
sión. Un inventario formado por Lavardén tres 
años después de la ocupación de los bienes existen^ 
tes en la provincia de Buenos Aires, daba por li- 
quido caudal la suma de 277. go2 pesos.,. La her- 
mosa casa de Ejercicios para mujeres, más de 
veinte casas pequeñas de habitación^ las estancias^ 
dos molinos, una tahona, tres hornos de ladrillo, 
dos quintas y varios terrenos, todo desapareció des- 
pués con poco provecho para el Estado ó para el 
público.,. En Córdoba sucedió lo mismo con estos 
bienes. Todavía existen como propiedad publica al- 
gunas de las fincas urbanas ó rurales que se sali- 
varon de la rapacidad de los administradores. 
En Montevideo, los bienes confiscados consistían en 
una estancia en Santa Lucia, otra entre Pancb y 
Solís Chico con gran cantidad de ganado, 45 escla- 
vos, algunas cc^as en la ciudad, dos molinos de 
trigo y algunas chacras de cultivo. Casi todo fué 
presa de la rapacidad de los directores de estos ne- 
gocios, el Rey destinaba estos bienes para la educa- 
ción práctica; pero los administradores lo arregla- 
ron de otro modo. Y añade: La Rosa en Montevideo, 
como Bucareli en Buenos Aiies, como Campero en 
Córdoba, fueron los verdaderos usufructuarios del 
despojo de la Compañía. Ni hay que admirarse de 
esto, porque la historia de todos los países enseña 
que el verdadero motivo y el fin oculto de toda con- 
fiscación eclesiástica... es la aplicación de los bie- 



— 270 — 

nes espoliados en beneficio de los innovadores (l). 
No difiere de este juicio el de otro historiador 
reciente, quien, hablando de la expulsión en Mon- 
tevideo, dice así: De los bienes mencionados poco ó 
nada utilizó la Corona, pasando los más de ellos á 
manos de particulares por tasaciones ínfimas, con 
lo cual se construyeron fortunas pingües. Lo mismo 
aconteció en todas partes , lo que demuestra que el 
celo de muchos en la persecución de los Jesuítas lle^ 
vaba por norte heredarles (2). 



LAS DOCTRINAS DE GUARANÍES 

Una de las mayores y más insignes obras de la 
provincia religiosa de la Compañía de Jesús en el 
Paraguay, fué la de las Doctrinas de Guaraníes; 
obra que bastaba ella sola para calificarla, como 
se la calificó, de provincia apostólica y misionera; 
la que atraía la admiración del mundo, los celos 
de muchos émulos, y juntamente un crecido nú- 
mero de vocaciones de Jesuítas de todas las pro- 
vincias de Europa, quienes nunca se consideraban 
más dichosos que cuando recibían la noticia de 
haber aceptado el P. General de la Compañía su 



(i) Domínguez: Historia argentina ^ sec. m, cap. xiii, 
pág. 251, 4.* edición, 1870. 

(2) Bauza: Historia de la dominación española en el 
Uruguay, tomo 11, lib. iii, pág. 189, 2.* ed., 1895. 



— «7^ — 

petición para Misiones, destinándolos á trabajar 
entre los indios del Paraguay. Por lo mismo fué 
uno de los mayores sentimientos que atravesaron 
el corazón de los expatríados, la solicitud de lo que 
ocurriría á sus pobres indios, á quienes amaban con 
la ternura de una madre para sus hijos. Y tenían 
razón de temer: Al salir los Jesuítas de Doctrinas, 
íueron puestos en su lugar Curas en cada uno de 
los pueblos, pero adviértase que los Jesuítas que 
de allí salieron eran al pie de 8o, y los Curas que 
nominalmente estaban señalados eran 56. Eran, 
pues, aun en la primera instalación, cuatro los pue- 
blos donde no hubo más que un sacerdote, y bien 
pronto quedaron con uno solo también varios pue- 
blos más, hallándose solo el Párroco por años y 
años entre aquella multitud. Y si cuando estaban 
los Jesuítas no sobraban los operarios, como se ve 
por sus mismas correspondencias y en casos de 
pestes, tan frecuentes allí, apenas bastaban, pue- 
de imaginarse lo que sucedería en adelante en 
cuanto al cultivo espiritual de los Guaraníes. Agre- 
góse que los nuevos Curas se eligieron, ó mejor, se 
tomaron cuales los deparó la casualidad, para sa- 
tisfacer las urgentes instancias con que apremiaba 
Bucareli; y esta sin duda era nueva causa de que 
se desatendiese el bien espiritual de aquellos infe- 
lices, cuando no resultase daño positivo á los mis- 
mos Curas y á sus feligreses. Más tarde, los docu- 
mentos oficiales revelan que para regir espiritual- 
mente aquellos pueblos se enviaron jóvenes recién 
salidos de los noviciados de las religiones, y or- 



— 272 — 

denados con prisa para suplir la escasez de suje- 
tos. A lo cual dio también ocasión el haber hecho 
aquellas parroquias sumamente incómodas y nada 
apetecibles; pues siendo ya harto trabajosas de 
suyo por no haber en ellas más trato que el de 
unos incultos indios, se agregó á esto el inconsulto 
parecer del limo. Sr. Latorre, Obispo de Buenos 
Aires, quien juzgó que bastaba señalar por sínodo 
del Cura 250 pesos anuales, y aun ese se redujo 
más adelante á 200 pesos, siendo así que los cu- 
ratos del Perú tenían por sínodo goo pesos. Y de 
todo ello resultaba que aun los religiosos, que vi- 
vían con más pobreza que un clérigo secular, mi- 
raban aquellos pueblos como una de las más infe- 
lices ocupaciones entre sus ministerios. 

El régimen de las Doctrinas, que con tanto pro- 
vecho había estado entablado por ciento cincuenta 
años, fué juzgado de repente malo é inepto por la 
petulancia dé Bucareli, quien dio un reglamento 
enteramente nuevo (l), sin saber ni entender ó te- 
ner experiencia alguna de los subditos con quienes 
trataba, tanto que él mismo se tuvo que corregir 
en cosas graves una y varias veces; y aun habien- 
do prometido á los indios que les iba á hacer una 
repartición de todo lo que poseían en común, á la 
manera que lo sueñan hoy los socialistas de la 
plebe, volvió atrás de su intento luego que por 
experiencia vio lo que él y sus semejantes no que- 



(1) Instrucción á que se deberán arreglar, etc. (Brabo: 
Colección ^ pág. 200.) 



— 273 — 

rían creer cuando lo oían de boca de los Padres de 
la Compañía, á saber, que no eran los indios Gua- 
raníes capaces de manejarse solos con provecho. El 
sistema de Bucareli, propuesto con palabras am- 
pulosas, retocado más tarde con Adición (l) y or- 
denanzas de comercio (2), del cual, si alguna cosa 
había razonable no se observó, fué con los des- 
aciertos de que estaba plagado, la causa más efi- 
caz de la ruina de las Misiones, junto con el espí- 
ritu de rebeldía que el Gobernador había infundi- 
do á los 60 jefes principales que tuvo consigo casi 
un año en Buenos Aires. Sucedió también aquí, 
en cuanto á las personas encargadas de lo tempo- 
ral, una cosa semejante á la de los Curas. £1 Ad- 
ministrador, que tenía una tercera parte de renta 
más que el Cura, era nada más que un hombre tal 
como se pudo encontrar, y que llenaba su cargo 
por sueldo. Claro es que no había de poder reem- 
plazar á aquellos misioneros que cuidaban de las 
cosas temporales de los indios por vocación de 
Dios, que estaban dotados de conocida prudencia 
y se regían por estatutos acomodados en virtud 
de la observación al genio de los indios, teniendo 
además Superiores que conocían todo cuanto era 
necesario en las Misiones, por haber pasado ellos 
también casi toda su vida en aquel ministerio. 
Hay que dejar aparte las prevaricaciones indivi- 
duales, como, por ejemplo, las de los primeros 

(1) Adición. (Brabo: Coleccsdn, pág, 300.) 

(2) Ordenanzas. (Brabo: CaUcMn, 334.) 

18 



*- «74 — 

años, cuando Bucareli puso todos los Administra- 
dores paraguayos y correntínos, atendiendo úni- 
camente á que aquellos eran los que sabían el idio- 
ma; y fué tan grande la ruina de los pueblos y el 
descontento de los indios, porque cada uno aten- 
día sólo á su interés, que el mismo Bucareli se vio 
forzado á sustituir de un golpe los 30 Administrado- 
res y poner otros nuevos. Pero aun sin mirar más 
que á las condiciones generales del reglamento de 
aquel Gobernador y de las personas de que nece- 
sariamente se había de echar mano, podía pronos- 
ticarse con certeza que las Doctrinas habían de ir 
á menos y arruinarse, si no de repente, á lo me- 
nos poco á poco y sin remedio. Y eso es lo que 
sucedió. En los tres primeros años fué el desastre 
tan grande, que se temió que totalmente se perdie- 
sen las Misiones de Guaraníes, tanta era la miseria 
causada por la desmoralización, á que se agregó 
la peste y el hambre. Restauróse algo el estado ma- 
terial por la solicitud que tuvo durante los doce 
años de su cargo el Administrador general D. Án- 
gel Lazcano, en proveer á los pueblos de ganado 
y poner, en cuanto era dable, buenos Administra- 
dores particulares. Salido Lazcano del cargo en 
1 786, siguió la decadencia, y al finalizar el siglo xvm, 
habían disminuido los habitantes de las Doc- 
trinas en más de una mitad, reduciéndose de 
94.000 á 45.000. Su estado social y moral lo des- 
cribe un testigo -de vista con los siguientes tristí- 
simos colores: «La impericia de los Administrado- 
tres, que los más de ellos ignoran el manejo de 



— í»75 — 

>caudales, están ajenos de lo que es agricultura, 
yfábrícas, y no saben ni aun ajustar una cuenta, 
>todos conocimientos esenciales á su empleo; la 
>crasa ignorancia de los maestros de escuela, de 
>que muchos tienen sólo el titulo; la poca ó nin- 
ygruna armonía que suele reinar entre ellos y los 
>Curas; las francachelas y gastos enormes, llama- 
»dos indebidamente dé Comunidad^ que se hacen 
>en los colegios, no sólo en las ñestas de tabla, 
>sino también con cualquier leve pretexto que 
»ocurra á los empleados; la mesa diaria, en que 
>jamás se sienta el indio que la surte, y está siem- 
>pre franca al pasajero, extraño y trancante, que 
>con este motivo se detiene muchos meses en los 
ypueblos; el desaseo y continua necesidad en que 
>viven los cunumts (adolescentes); la porquería y 
>torpe indecencia con que se crían las cuñatais 
> (niñas y doncellas); la pobreza suma de los natu- 
>rales, todos sacrificados siempre y desatendidos 
»por las comunidades; y, por último, el gran liber- 
>tinaje y escandaloso desarreglo de costumbres, 
> frecuentemente autorizados hasta de personas 
^consagradas á Dios, son los desórdenes envejeci- 
>do6y reinantes en todas las Doctrinas» (l). 

Cada Gobernador del Paraguay ideaba un plan 
nuevo para sustituir al de Bucareli, y en el Archl* 



(i) Alvbar: Relación de Misiones; en Angelis, colección 
de ceras y documentos relativos d la historia antipiay mo- 
derna de las provincias del Rio de la Plata ^ tomo 4.^, edi- 
ción Buenos Aires, 1836, pág. 105. 



— á76 — 

vo nacional de la Asunción se encuentran el plan 
de Pinedo, el de Alós, el de Meló, el de Ribera. 
El Virrey, Marqués de Aviles, tuvo el suyo; el Te- 
niente Gobernador de Concepción Doblas, había 
propuesto otro; Alvear tenía el suyo propio; pero 
con tantos planes, todos muy halagüeños, la deca- 
dencia seguía su camino. 

La guerra con Portugal en l8oi hizo que se 
apoderasen los portugueses de siete de los pue- 
blos, que nunca más volvieron al dominio de Es- 
paña. Las discordias que acompañaron á la eman- 
cipación de las colonias españolas de Sud- Améri- 
ca, acabaron con 15 de las 23 Doctrinas restantes, 
que fueron reducidas á escombros y cenizas, parte 
por el brigadier brasilero Chagas, parte por el 
dictador paraguayo Francia, el año de 1817. Si- 
guieron todavía las ocho, restantes con el sistema 
de Bucareli más ó menos modificado hasta llegar 
al año 1848, en que el Presidente del Paraguay, 
D. Carlos López, las redujo á la condición común 
de las demás poblaciones paraguayas, apoderándo- 
se de sus bienes comunes, y fueron languidecien- 
do más y más los pocos indios que quedaban, 
hasta perderse del todo, sustituidos por los blancos 
y mestizos, como ya lo están en los pueblos que 
antiguamente habitaron. En el día apenas se halla 
en aquellos pueblos un indio, si no es alguno que 
otro de servicio, y ni memoria hay de los antiguos 
caciques. 

Suerte semejante á la de los indios Guaraníes 
fué la que tocó á las Misiones de Chiquitos, como 



— ni — 

puede verse en la obra del Sr. René-Moreno, 
Archivo de Mojos y Chiquitos] y también estos in- 
dios están consumiéndose y tienden á desapare* 
cer. Hubo, sin embargo, dos circunstancias que 
contribuyeron á conservarlos bastante más que á 
los Guaraníes, sin contar con la diversidad de índo- 
le y constitución física. Una fué que al principio 
siguieron gobernándose por un sistema análogo al 
del tiempo de los Jesuítas, ideado por el Obispo 
Sr. Herboso, y no se implantó desde el principio 
entre ellos un sistema tan disconforme de la razón 
como el de Bucarcli; de modo que aun al introdu- 
cirse más tarde los Administradores seglares, no 
experimentaron tanto daño como los Guaraníes. 
Otra, el no haber pasado por tan furiosas guerras 
como fueron las que en la cuenca del Río de la 
Plata acompañaron á la emancipación en el primer 
tercio del siglo xix. No obstante, en la parte moral 
se experimentó en los Chiquitos una decadencia 
tan espantosa como entre los Guaraníes. 

Las demás Misiones del Chaco en mucha parte 
se destruyeron, porque los indios, entre quienes 
hacía poco tiempo estaba entablada la vida civil, 
se desbandaron y huyeron á los montes. 

Este fué el tristísimo efecto de la expulsión en 
la provincia religiosa del Río de la Plata; y no será 
exageración decir que se retrasó en este país el 
movimiento civilizador un centenar de años; pues 
las reducciones del Chaco ofrecían tan buen as- 
pecto, que no era temeridad esperar que á ñnes del 
siglo xvm ó principios del xix, se hubiera visto el 



— 278 — 

Chaco en estado semejante al que tenfan los Gua- 
raníes y los Chiquitos; y en lugar de destruir las 
razas indígenas, ó alejarlas hacia el extremo de los 
países que habitaban, como ha sucedido, se hubie- 
ran conservado tan útiles auxiliares, y no estaría, 
como está hoy, por resolver el problema de la co- 
lonización de vastos territorios en la República 
Argentina y en la del Paraguay. 



RESTOS DE LAS CONSTRUCCIONES 
DE LOS JESUÍTAS 

Duran hoy todavía en estas regiones varias 
obras de los Jesuítas más 6 menos transformadas. 
Las dos antiguas iglesias de sus colegios en Buenos 
Aires son actualmente las parroquias de San Igna- 
cio y San Telmo. La cuadra 6 manzana en que es- 
taba edificado el colegio grande ha tenido un des- 
tino singular. Durante el siglo xix se han acumu- 
lado allí á porfía todos los establecimientos puede 
decirse de educación y erudición que había en 
Buenos Aires, Encuéntranse en ella la Universi- 
dad, el Colegio Nacional Central, el Museo de His- 
toria Natural, Archivo Nacional, Biblioteca Nacio- 
nal, y todavía quedó espacio para la Intendencia 
municipal y para varías tiendas de particulares. A 
medida que el aumento de estos institutos va sien- 
do mayor, toman algún otro local; pero varios de 
ellos conservan siempre el que tenían en esta cuá- 



— 279 — 

dra. Las dos casas de Ejercicios fueron al prin- 
cipio hospital de Betlehemitas la de hombres/ y 
Casa-cuna la de mujeres, y últimamente han veni- 
do á ser domicilios de personas privadas, fraccio- 
nándose en pequeñas porciones, que no dejan co- 
nocer su exacta situación. 

En Santa Fe la iglesia fué cedida á los Merce- 
narios, cuyo convento se hallaba ruinoso, y conser- 
va por eso la antigua iglesia de los Jesuítas el 
nombre de La Merced^ habiendo pasado más tarde 
á ser iglesia del colegio que por fundación del 
Gobierno provincial tienen allí los Padres de la 
Compañía desde 1864, situado en el mismo solar 
del antiguo. Los almacenes donde depositaban sus 
frutos los Guaraníes de Misiones y estaban calle 
por medio del colegio, han sido mucho tiempo 
salón de actos hasta 1 884. 

En Corrientes nada queda de la iglesia que se 
estaba concluyendo de ediñcar al tiempo del ex- 
trañamiento: el colegio ha venido á ser colegio 
nacional. 

En Córdoba todavía conserva el nombre de 
Compañía la antigua iglesia, que es la iglesia de la 
actual residencia; el noviciado está en la misma 
casa del antiguo, y la Universidad ocupa el local 
del antiguo colegio máximo. 

En la Asunción no queda rastro de la iglesia. 
El colegio se halla en gran parte en su propia for- 
ma antigua, enclavado dentro del actual cuartel de 
caballería. 

De las 15 Doctrinas Guaraníes que caen en 



— 28o — 

territorio argentino, y de las siete que caen en te- 
rritorio brasilero, no quedan más que restos infor» 
mes, al lado de los cuales se han ido formando en 
general poblaciones nuevas. Las ocho Doctrinas 
que caen en territorio del Paraguay, se conservan 
como pueblecitos, perseverando todavía la distri- 
bución de edificios y algunas casas como en tiem- 
po de los Jesuítas; algunos de estos pueblos, cómo 
Trinidad y Jesús, están casi destruidos; otros en 
buen estado, y todos habitados no por indios, que 
ya no moran en aquella región, sino por los blan- 
cos (l). 



CONSECUENCIAS ULTERIORES 
DEL EXTRAÑAMIENTO 

Las consecuencias hasta aquí enumeradas era 
necesario que se siguiesen sin intervalo de tiempo, 
dada la orden del extrañamiento, y estaban ínti- 
mamente conexas con los ministerios propios de 
los Jesuítas; mas había otras que parecían menos 
dependientes de ellos y que, sin embargo, lo esta- 
ban en efecto, y se iban á producir en más largo 
plazo. 

No han faltado escritores que se fijasen en el 
rudo golpe que dio Carlos III con el extrañamien- 

(i) Véase en la revista de Madrid Razón y Fe^ Una 
visita á las Doctrinas Guaraníes, tomo vi, págs. 224 y 4^ 
y tomo vil, pág. 235. 



— 28l — 

to de los Jesuítas á la dominación de España en 
sus colonias americanas, sin contar con los daños 
temporales que atrajo también sobre la Península. 
He aquí lo que juzgó el editor de la obra Noticias 
secretas de América^ de D. Antonio de UUoa y 
D. Jorge Juan** (pág. 536 y siguientes). 

«Los Jesuítas, además de los estudios á los jó« 
venes en las ciudades, y Ejercicios religiosos á to- 
dos, fomentaban los distritos donde tenían sus ha-^ 
ciendas, enseñando á ediñcar, cultivar y sacar las 
mayores ventajas de los terrenos; introducían ar- 
tes y mejoraban los oñcios; perfeccionaban los 
instrumentos y facilitaban la labor de los pueblos 
sujetos á ellos. Esta utilidad pública era, sin duda, 
el mérito preeminente de aquella sociedad tan 
alabada por muchos y tan censurada por algunos, 
tan favorecida por los monarcas Católicos duran* 
te dos siglos, y extinguida después con tanto mis- 
terio y arbitrariedad. Tratándose de los Jesuítas, 
espera el editor se le disimulará que haga aquí al- 
gunas reflexiones relativas á los últimos aconteci- 
mientos de Sud- América.» (Escribía en 1 82 5). 

«Todo el que tenga conocimiento práctico de 
los indios y mestizos de la América meridional, 
convendrá en que la expulsión de los Jesuítas puso 
aquellos países en una subordinación precaria á la 
dominación española. Removidos estos celosos de- 
fensores de los derechos del Rey; privados aque- 
llos habitantes de la influencia que la sabiduría y 
ejemplar conducta de estos religiosos habían ad- 
quirido sobre sus ánimos y voluntad, no quedaba 



— a82 — 

i la Iglesia ni al Estado otro poder sobre aquellos 
naturales, sino el que podían mantener unos mi- 
nistros cuya vida desarreglada era motivo de per- 
petuo escándalo, cuya ignorancia los reducía á 
desprecio, y cuya avaricia los hacía detestables. 
El pueblo rudo atiende más al ejemplo que á la 
doctrina. ¿Cómo, pues, era posible que aprendie- 
sen subordinación de los que no la tenían á sus 
superiores? Si oprimidos por los jueces políticos y 
por los tribunales, buscaban consuelo en sus. cu- 
ras, los hallaban coligados con los tiranos, y so- 
lían ser reprendidos; y si no pudiendo tolerar más 
las extorsiones de sus párrocos, se quejaban á las 
autoridades, eran castigados. Este maltrato de los 
indios y castas, fué destruyendo á pasos largos la 
sumisión y obediencia connaturales de aquellas 
gentes; y, presentada la probabilidad de librarse 
de la opresión, proclamaban la libertad, sin pensar 
en los medios para obtenerla, ni prever las conse- 
cuencias de la guerra; y no teniendo personas de 
respeto y veneración á quienes escuchar, seguían 
la voz del primero que los persuadía. La expe- 
riencia que el editor tiene de aquella población le 
convence de que la continuación de los Jesuítas 
en América habría impedido la revolución, ó la 
habría retardado más de un siglo, hasta que la 
mayor población, ilustración y recursos les hubie- 
sen proporcionado su emancipación con más una- 
nimidad, menos sacrificios y más gloria.» 

«La influencia que los Jesuítas tenían en aque- 
llos países se puede considerar en tres relaciones; 



l.^ En las capitales y en los pueblos grandes. 2.° 
En las ciudades y villas del interior. 3.^ En los 
pueblos de indios.» 

«En los pueblos grandes» los Jesuítas eran los 
maestros y los directores de las familias ricas y dis- 
tinguidas; los pobres y criados (l) iban á otros 
conventos. Los jóvenes educados por los Jesuítas 
quedaban inclinados á ellos de un modo mágico. 
La dignidad de los modales, la conformidad á las 
máximas que inculcaban, el conocimiento del 
mundo, la superior información de estos religio* 
sos, todo contribuía á hacerlos arbitros de los 
pueblos donde tenían establecimientos. Si en su 
tiempo hubiera llegado á formarse alguna facción 

(i) Hay aquí una grave inexactitud en suponer que 
ios Jesuítas no atendían á las clases humildes en Améri- 
ca* Los Jesuítas se dedicaron de un modo especial á cul- 
tivar espirítualmente los indios y los negros, que eran 
todas las personas que servían de criados, pues los blan- 
cos desdeñaban el servicio. De los indios, no sólo cuida- 
ban los Jesuítas en las Misiones, sino también en todas 
las ciudades, de suerte que acudían á nuestra iglesia 
como propia. En cuanto á los negros, adviértase que fué 
el siervo de Dios P. Diego de Torres Bollo, fundador de 
la provincia del Paraguay, el que fundó también en Car- 
tagena de Indias la escuela en que se formó el Apóstol de 
los negros San Pedro Cía ver (Lozano: Hist lib.iv), y lo que 
había hecho allí continuó haciendo en el Río de la Plata, 
infundiendo á los Padres su celo pajra este ministerio, y 
dedicándose él mismo al cultivo de los negros £1 mismo 
editor pondera el influjo de los Jesuítas sobre el pueblo 
rudo y los mestizos, que mal pudieran ejercer influjo en 
ellos si hubiese experimentado que no les hacían caso... 



— 284 — 

contra la autoridad del soberano, el discurso de 
un Jesuíta la hubiera desvanecido; y la opinión y 
doctrina de la Compañía hubiera dado la ley á to- 
das las clases del pueblo.» 

«En las ciudades del interior era mayor este 
influjo. No sólo la familia, sino todo el pueblo que 
contaba á uno de sus individuos en la orden de 
Loyola, se creía lleno de honra. La frecuencia á 
la iglesia de los Jesuítas, y aun á la capilla de una 
hacienda de la Compañía, era una circunstancia 
principal de las personas decentes; hasta los cria- 
dos de las estancias de estos religiosos se creían, 
y eran ea efecto, superiores á todos los demás 
criados de aquel partido. Ahora bien, ¿cuál hubie- 
ra sido la consecuencia de algún intento para su- 
blevar uno de aquellos pueblos? La persecución 
y ruina de quien hubiese hecho el experimento.» 

«Sobre el espíritu y conducta de los pueblos de 
Misiones y meramente de indios, es casi inútil co- 
mentar. Estos eran criaturas de los Jesuítas, los 
escuchaban, obedecían y respetaban como á una 
raza superior, no sólo á ellos, sino también álos 
españoles. Criados con estas nociones, é imbuidos 
en estos principios de obediencia, ¿quién se hubie- 
ra atrevido á sublevar contra el Gobierno español 
á los indios? ¿Qué razones podrían exponer para 
mover á unos pueblos que no se creían oprimi- 
dos, porque no eran vejados? Con una sola ex- 
hortación de sus curas, todos los indios se hubie- 
ran reunido bajo las banderas del Rey, no sólo 
para defenderse, sino para sofocar la rebelión, 



— 285 — 

dondequiera que hubiese nacido. Obedientes á 
6US leg^ítimos caciques, provisionados y dirigidos 
por hombres hábiles, hubieran hecho ver á sus 
contrarios el poder de la unión y el entusiasmo y 
el efecto mágico que produce la idea de pelear 
por la religión y el Rey. Que los Jesuítas hubieran 
sido siempre ñeles al Rey de España, será inútil 
probarlo, sabiendo todos que el derecho de los 
soberanos era máxima proverbial entre la Com- 
pañía.» 

«Otra consecuencia de la expulsión de los Je- 
suítas ha sido el engrandecimiento de los portu- 
gueses en el Brasil. Mientras que aquellos poseye- 
ron sus Misiones, éstos no usurparon nada, y cuan- 
tas veces lo intentaron, por el Marañón, Paraná y 
Uruguay, otras tantas salieron escarmentados. 
Pero, apenas fueron removidos los Jesuítas, los 
portugueses avanzaron por el Marañón, abriéndo- 
se camino para invadir á Quito. Poco después, 
con la fundación de Matogrosso, se han estableci- 
do casi dentro de Mojos y Chiquitos. Aún no ha- 
bían pasado treinta años de la expulsión, cuando 
se hicieron dueños de casi todos los pueblos de 
las Misiones Guaraníes. La posesión de estas usur- 
paciones ha facilitado últimamente á los brasile- 
ros la ocupación de toda la banda oriental, la 
parte más apreciable de toda la América.» 

«Todo lo referido puede justificar la proposi- 
ción de que, expeliendo Carlos III á los Jesuítas de 
América, dejó expuesta la seguridad é integridad 
de sus dominios de Ultramar.» 



— a86 — 

Hasta aquí el editor dé la citada obra, cuyos 
asertos, aunque en algunas cosas son erróneos, 
como en añrmar que los curas estuviesen coliga* 
dos con los tiranos^ 6 que los pobres no acudieran 
á las iglesias y colegios de los Jesuítas, donde 
ciertamente se les hacía limosna, se les instruía en 
la Doctrina cristiana, se les asistía moribundos, y 
muchos de los niños educados por los Padres per- 
tenecían á la clase más menesterosa; á pesar tam- 
bién de varias exageraciones en que incurre, es, 
no obstante, íundado en cuanto á lo substancial, y 
demuestra que el Decreto de extrañamiento quitó 
un gran apoyo á España en América, é impidió el 
progreso seguro, sólido, libre de trastornos y sa- 
cudimientos con que hubiera llegado probable- 
mente la misma América á una emancipación 
honrosa, sin romper la amistad con la madre patria. 

Ni sólo á esto se redujo el daño. La expulsión de 
los Jesuítas, que no duda un ilustre escritor (l) ca- 
lificar de acto feroz de embravecido despotismo^ era 
muy capaz de infundir serios recelos á cualquier 
persona ó Corporación, por inocente que se sin- 
tiera, de que lo mismo podía pasar por ella que 
pasaba por la Compañía, sin juicio, sin audiencia 
ni defensa. Harto lo conocían los autores de tal 
medida; y deja percibir el deseo de precaver ese 
recelo (á lo menos en aquellos que más inmedia- 
tamente pudieran abrigarlo), aquel artículo I.** de 



(i) Mbnéndbz y Pblayo: Heterodoxos^ tomo ra, pági- 
na 146. 



— 287 — 

la Pragmática: He venido^ asimismo^ en mandar 
que el Consejo haga notoria en todos estos Reinos la 
citada mi Real determinación^ manifestando á las 

DEMÁS ÓRDENES RELIGIOSAS LA CONFIANZA, SATISFAC* 
CIÓN Y APRECIO QUE ME MERECEN^ CtC. PcfO n¡ esta 

manifestación verbal, ni ningún otro acto, era ca« 
paz de inspirar gran confianza^ satisfacción y apre^ 
do del Monarca y de su Gobierno en aquellas Cor- 
poraciones ni en ninguna persona privada, en pre- 
sencia de los hechos, que claramente hablaban en 
sentido contrario. Atropellada toda ley divina y 
humana, con imponer gravísimas penas sin forma 
de justicia, sin oir á los reos, ni darles facultad de 
defenderse, lo natural era que en los ánimos en- 
trase la desconfianza, la zozobra y el desafecto, 
viendo socavados los fui^damentos en que estriba 
la autoridad social, por aquel mismo que debía 
tutelarlos. Seis mil españqles inocentes, beneméri" 
tos, despojados de sus biepes, deshonrados, lanza* 
dos perpetuamente fuera de su patria, eran una 
lección viviente de lo que podía esperarse de tal 
potestad. Y aunque pasó algún tiempo antes que 
se moviesen los ánimos á rebelarse contra aquel 
poder, y concurrieron otras varias circunstancias, 
no puede negarse que esta desconfianza y des- 
afecto ayudase también á ello. Un documento que 
corrió manuscrito á fines del siglo xviii, excitando 
á la rebelión á los americanos, con el título de 
Carta de un americano^ esforzaba terriblemente los 
argumentos sacados de la inseguridad de la suerte 
de cualquier subdito bajo aquel régimen. La inci- 



— 288 — 

tacíón á rebelarse contra la autoridad legítima, no 
puede justificarse, y es digna de reprobación; pero 
es lamentable que fuese tan fundada la queja de la 
inseguridad. 

En cuanto á la probabilidad de haberse obteni- 
do la emancipación de América en mejores con- 
diciones, es justo registrar aquí un testimonio des- 
conocido: el del venerable P. Pedro Calatayud, 
apostólico misionero de la Compañía en España, 
pero que en cierto modo puede considerarse como 
Jesuíta del Río de la Plata; pues por instantes rue- 
gos suyos estuvo destinado cuando joven para mi- 
sionero del Paraguay, y conservó siempre hasta 
su muerte el afecto á estas regiones y el vivo de- 
seo de saber noticias de ellas, aunque circunstan- 
cias independientes de su voluntad le obligaron, 
por fín> á quedarse en su provincia de Castilla* 
Después de ponderar este Padre muy bien lá di- 
ficultad que había para gobernar convenientemen- 
te desde Madrid una monarquía como la española, 
cuyos extremos distaban seis mil leguas, y atajar 
en ella los excesos de los subalternos, propone el 
siguiente remedio: Me indino á que si de la Casa 
Real fueran principes á coronarse^ uno en el Perú^ 
otro en Méjico^ en Filipinas otro: si se atiende como 
áfin PRIMARIO y el fnás principal^ á la dilatación de 
la Fe y Religión cristiana^ innumerables naciones 
silvestres de indios irían, poco á poco, agregándose 
al cristianismo, al ver y observar en los cristianos 
los rayos de las virtudes y de la verdad^, y más de 
cerca teniendo la Real protección de sus píos Mo- 



— 289 — 

narcos y Soberanos y en orden á oírlos^ protegerlos 
y librarlos de la opresión que han experimentado^ 
etcétera. Deshace luego las diñcultades que se 
pueden oponer, siendo algunas de sus soluciones 
las siguientes: Este ofreJmiento lo calificaran de 
exótico los políticos y porque luego salta á los ojos 
que seria en detrimento de España y ruina de su 
comercio... Lo primero, las fuerzas del Reino más 
consisten en millones de vasallos que en oro y pla- 
ta; pues cuando no había entrado el oro y plata de la 
América en España, había tres y cuatro veces más 
gente, y una corona de Aragón ponía cien mil hom^ 
bres en campaña. Segundo, las Filipinas poco enri-- 
quecen al Rey. Tercero, Dios hizo los reinos y na- 
ciones, unos dependientes de otros, y no cesaría el 
comercio... Y en fin, con tanta riqueza que ha entra- 
do en España, que sube hoy más de seis mil mi- 
llones, se ve que no está hoy España para poner con 
fcLcilidad cien mil soldados en campaña, y junta- 
mente una armada de setenta navios de línea para 
hacerse temer. Y concluye: De este asunto hice Un 
TRATADO c^Mt ESTÁ CAUTIVO EN Parma (i). Esto es- 
cribía en 1 771; y no había de ser el P. Calatayud 
el único en pensar de esta manera. Por donde se 



( I ) P. Calatayud: Tratado sobre la provincia dd Pa- 
raguay^ cap. VI, § IX, fol. 32. (Ms. en el Archivo de la pro- 
vincia de Castilla, autógrafo del autor). — Un proyecto 
semejante se atribuye al Conde de A randa, y aun se ha 
publicado como documento reservado de 1780, si bien 
no se dan las pruebas de su autenticidad. 

«9 



— 290 — 

ve cuánto bien hubieran podido hacer con su au- 
toridad y sus consejos, si en vez de la persecución 
decretada contra ellos, hubiera continuado, como 
había derecho á esperar» el crédito antiguo de que 
gozaban. 



VIDA Y ACCIÓN DE LOS JESUÍTAS 
DEL PARAGUAY DESPUÉS DE LA EXTDíaÓN 



Extinguida la Compañía en 1 773, ninguno de 
los que habían sido Jesuítas podía regresar á su 
patria. Carlos III mantenía las puertas de sus do- 
minios cerradas, con las más terribles penas para 
los que habían pertenecido á la Compañía. Ha- 
cíanle, además, creer sus Ministros que los indivi- 
duos del Orden extinguido tenían empeño en pro- 
mover alborotos en sus reinos, enviando para eso 
armas secretamente, y que varios de ellos se ha- 
bían introducido de incógnito en la Monarquía 
para ese fin. Ilállanse en los Archivos comunica- 
ciones reservadas al Conde Mahony, Plenipoten- 
ciario español en Viena, á este respecto, como en 
el Archivo nacional de la Asunción, del Paraguay, 
se registra también alguna que otra orden secre- 
tísima del Virrey á los Gobernadores, con el en- 
cargo venido de la Corte, de que atienda con mu- 
cha vigilancia no se introduzca en su distrito tal ó 
tal, que fué de los expatriados, cuyas señas le 



— 291 — 

especifica muy pormenor, porque se ha tenido 
noticia de que intentaba hacerlo con planes subver- 
sivos. Con semejantes rumores mantenían abierta 
la herida del crédulo Monarca. 

Privados los Jesuítas del Paraguay, como todos 
los demás después de la extinción, del ejercicio de 
los ministerios espirituales, si no era por especia- 
les licencias, muchos de ellos se dedicaron á es- 
cribir; y habiendo aprendido la lengua italiana, 
publicaron también en ella trabajos en todo géne- 
ro de literatura, mereciendo el aplauso de los con- 
temporáneos y ejerciendo su influjo en la esfera 
literaria de aquel tiempo, como lo demuestran los 
estudios recientes hechos sobre esta materia. El 
zaragozano Joaquín Millas, en particular, sobresa- 
lió en la preceptiva literaria. Los antiguos misio- 
neros escribieron las relaciones de sus Misiones, 
que por desgracia se han perdido en gran parte. 
Algunos de ellos dieron abundante materia al Pa- 
dre Hervás para sus sabios tratados del Origen de 
los idiomas y Catálogo de las lenguas. Otros, como 
los Padres Juárez é Iturri, escribieron una Historia 
general del Virreinato de la Plata, hoy perdida. 
Trabajaron también tratados importantes sobre 
Filosofla, controversia católica. Derecho canónico 
y ciencias naturales, varios de los cuales se han 
conservado por haber logrado sus autores darlos 
á la imprenta. La colección de los libros impresos 
y manuscritos de los Jesuítas del Paraguay en 
este tiempo, formaría una copiosa y selecta bi- 
blioteca. 



— 292 — 

En estas tareas se hallaban ocupados, cuando 
sobrevino en 1 796 la invasión de los revoluciona- 
rios franceses en Italia, que todo lo atropellaba, 
en la que padecieron mucho y quedaron expues- 
tos á grandes peligros y miseria. No faltaba en Es- 
paña quien reparaba al mismo tiempo en la gran 
cantidad de numerario que salía del reino para 
atender á las pensiones, y no reinando ya Car- 
los in, ni dominando él antiguo Ministro Florida- 
blanca, se tuvieron por muy bastantes estas razo- 
nes para que el Rey Carlos: IV diese un decreto, 
por el que se permitía á los Jesuítas volver á los 
dominios de España, atenta la condición miserable 
á que se veían reducidos en Italia. Mas el decreto, 
que llevaba la fecha de 29 de Octubre de 1 797, 
hacía tan corto favor á los expatriados, que los re- 
cluía en conventos y los privaba de ejercer oñcios 
eclesiásticos, licencia igual al castigo que imponía 
Carlos III á los que se atreviesen á regresar. Así 
que ninguno de ellos juzgó prudente moverse. Mas 
como tal situación continuase agravándose de día 
en día, habiendo sido desposeído de sus Estados y 
sacado prisionero de Roma el Papa Pío VI á 20 de 
Febrero de 1 798, expidió la Corte de Madrid nue- 
vo decreto, por el que se permitía á los expulsos 
regresar á sus familias. A los de la provincia del 
Paraguay, por lo menos, se les notificó en la for- 
ma obligatoria de que los que no volviesen, pudién- 
dolo hacer, perderían la pensión. Muchos españoles 
y americanos se trasladaron á España: de estos 
últimos, algunos lograron pasar á América. Mas 



— 293 — 

su consuelo duró apenas dos años. En i.^ de Mar- 
zo de 1 8o I se publicó segundo decreto, que los 
condenaba al mismo antiguo extrañamiento, j^^i^- 
ron^ dice el P. Tolrá dirigiéndose á las Cortes espa- 
ñolas (i), segunda vez transportados á Italia^ he- 
chos objeto de la general compasión y el desengaño 
práctico de no pocos, antes dudosos^ y aún adversos^ 
que de la injusticia de esta segunda expulsión ^ar- 
güyeron la de la primera; y vieron la perfidia é in- 
humanidad con que fué violado el crédito y digni- 
dad de la palabra real^ arranccuios tantos ancianos 
del seno desús familias^ y arrojados á un país que^ 
ya revolucionado por los franceses^ no podía ofre- 
cerles la antigua hospitcUidad^ sino el peligro conti- 
nuo de ser victimas del hambre^ de la rapcuidad y 
de la tiranía. 



DOÑA MARÍA ANTONIA DE LA PAZ 
Y LOS EJERCICIOS DE SAN IGNACIO 

Al ser expulsados los Jesuítas del Paraguay, te- 
nían en varias poblaciones de las provincias del 
Río de la Plata casas destinadas para el santo mi- 
nisterio de los Ejercicios espirituales de San Ignacio 
á las personas que se quisiesen recoger en ellas, á 
fin de ordenar su ánimo y disponerse á la regula- 
ridad de la piedad cristiana ó á la elección de esta- 

(i) P. Juan Josa TolrX: Rulamación de tres yesuiias 
residentes en la Península. (Nonell, tomo ii, pág. 394.) 



~ 294 — 

do de vida. En Buenos Aires había una casa para 
Ejercicios á hombres y otra para Ejercicios á muje- 
res, practicándose unos y otros con gran fruto. Des- 
terrados los Jesuítas, cesó enteramente aquel minis- 
terio, y aun parece que su solo nombre inspiraba 
recelos en una época en que era de moda huir de 
cuanto pareciese tener algo de común con los ex- 
patriados. No obstante el espíritu de Dios que no 
quería que se malograsen los grandes frutos ya ob- 
tenidos, ni faltasen los que habían de producirse en 
virtud de práctica tan saludable, suscitó una perso- 
na extraordinaria, que contra la expectación de to- 
dos, la puso de nuevo en vigor. Fué esta la señora 
doña María Antonia de la Paz, nacida en Santiago 
del Estero, año de 1 7 30, de padres bien acomoda- 
dos y nobles. Fué desde su niñez muy inclinada á 
la piedad, y habiendo cobrado especial devoción al 
glorioso patriarca San Ignacio de Loyola, por ha- 
ber recibido de los Jesuítas la dirección espiritual, 
se dedicó á especial recogimiento desde muy jo- 
ven, para lo cual vistió hábito humilde, por su de- 
voción y sin votos religiosos, y profesó vida vir- 
tuosa bajo la invocación de San Ignacio de Loyo- 
la, tomando el nombre de María Antonia de San 
José. Era esta la costumbre de algunas personas 
piadosas, que sin entrar en religión, hacían en sus 
casas vida más arreglada, dedicándose á obras de 
devoción y á las que se daba el nombre de beatas^ 
siendo de notar que en aquella primera época de 
su vida, en ninguna dote sobresaliente desco- 
llaba María Antonia entre las otras sus compañe- 



— 295 — 

ras por donde pudiera presagiarse algo de lo que 
había de ser, para que así apareciese más clara la 
obra de Dios. Expulsados del Río de la Plata los 
Padres de la Compañía, se sintió movida á propa- 
gar la práctica de los Ejercicios que veía des- 
amparada, empezando por procurar que se abriese 
casa para darlos en su propia patria, Santiago, y 
solicitar personas que los quisiesen hacer y sacer- 
dotes que se aplicasen á darlos y á oír las confe- 
siones. Esta fué su ocupación durante el resto de 
su vida, por espacio de treinta años, y de ella y de 
su profesión antecedente le vino el nombre, con 
que íué y es aún conocida, de la señora Beata de 
los Ejercicios, 

Difícil, si no imposible, podía reputarse su ta- 
rea, y si hubiese procedido de mero impulso hu- 
mano, seguramente hubiera fracasado; pero no se 
puede dudar que era obra de Dios, por la eñcacia 
con que venció las mayores dificultades con ins- 
trumentos tan flacos, por la duración de su obra, 
hoy subsistente, que pasa ya de ciento treinta 
años, y por los copiosos frutos de gracia que ha 
producido y sigue produciendo. 

Empezando, como se ha dicho, por su propia 
patria, logró con sus persuasiones que se destina- 
se edificio especial para Ejercicios en Santiago, 
después de haberlos hecho dar en diversas casas 
de prestado, convocando ella misma para hacer- 
los, ora á los hombres, ora á las mujeres, y obtuvo 
varías conversiones y conocida reforma de cos- 
tumbres. Recorrió luego las parroquias rurales de 



— 296 — 

Silipica, Soconcho y Salabina, situadas en el mis- 
mo distrito, con igual fervor é igual éxito en su 
empresa. Pasó la empinada sierra de Aneaste, bajó 
al valle de Catamarca, y también allí logró el co- 
pioso fruto que ansiaba su celo. Pasó por la Rioja,, 
volvió á su patria, Santiago, y después de haber 
recorrido algunas parroquias de Salta y Jujuí» 
siempre con abundante fruto en su extraordinaria 
vocación, se dirigió á la ciudad de Córdoba. Como 
persona cristiana y prudente, había procurado 
siempre obtener la aprobación de quien tenía car- 
go de darla; y así procedió en todas sus empresas 
y fundaciones, solicitándola primeramente de la 
autoridad eclesiástica, que en asunto de esta na- 
turaleza era la que había de juzgar de la utilidad 
y oportunidad. En Córdoba la obtuvo del Ilustrí- 
simo Sr. Obispo D. Manuel Moscoso, que más 
tarde pasó al Obispado del Cuzco; pero no se em- 
pezaron allí los Ejercicios sin vencer antes grandes 
dificultades y contradicciones que se opusieron á 
su empresa, calificada por algunos de locura, y por 
algunos otros de ridiculez. Sin embargo, entablada 
allí esta santa práctica, produjo los frutos de salud 
eterna que en todas partes; y la Beata logró ver 
fundada en Córdoba establemente la casa, que si- 
guió sirviendo para el mismo fin aún después de 
su muerte. De Córdoba pasó finalmente á Buenos 
Aires, donde llegó en Septiembre de 1 779. Aquí 
la aguardaban contrariedades quizá mayores que 
en ninguna parte, así como los frutos fueron luego 
más copiosos. El limo. Sr. Obispo D. Sebastián 



— 297 — 

Malvar le negó por espacio de cerca de un año la 
licencia de hacer dar Ejercicios, queriendo certí- 
ñcarse de su modo de proceder. La gente, viendo 
aquella mujer extraordinaria que había entrado en 
la ciudad con los pies descalzos, con una cruz de 
madera en las manos, exhortando por las calles á 
penitencia, y convidando al retiro de los Ejerci- 
cios espirituales, la tuvieron por una persona ex- 
travagante, tratándola de bruja (l), haciéndole mil 
burlas; y no íaltó quien dijera: esa debe ser algún 
yesuita disfrazado^ ó alguno de los mismos Teati- 
nos lego que se escapó de la expulsión. El Virrey 
D. Juan José de Vértiz distaba mucho de partici- 
par de los santos entusiasmos de la Beata, y du- 
rante mucho tiempo se opuso á que se abriese casa 
para dar Ejercicios: sea, como dicen las Memorias 
de aquel tiempo, por su propia indiferencia, sea 
por impulso de otros, á que fué muy propenso á 
ceder. Mas á mediados de 1 780, al llegar á Bue- 
nos Aires para consagrarse el limo. Sr. D. Fr. José 
de San Alberto, de la Orden del Carmen, nom- 
brado Obispo de Córdoba; persuadidos él y el 
Diocesano limo. Sr. Malvar, del gran fruto que se 
había de seguir de tan laudable práctica, hubieron 
de inñuir con el Virrey, y agregándose este im- 
pulso á las continuadas instancias de la Beata, 
que no había cesado de repetir sus solicitudes con 
tanta constancia como modestia, á pesar de todas 



(i) Lorba (D. Isidoro): En su carta arriba citada al 
P. Iribcrrcn, Buenos Aires, i.**de Octubre de 1788. 



— 298 — 

las negativas, dio licencia el Virrey, y en Agosto 
de 1780 se dieron los Ejercicios á las primeras 
veinte personas que los hicieron en Buenos Aires. 
Pero este número creció de tal manera, que hasta 
la muerte de la señora Beata los habían hecho allí 
por los menos sesenta mil personas. Fué necesa- 
rio buscar nuevo local, y de esta segunda casa 
pasaron últimamente los ejercitantes al paraje que 
todos conocen cerca de la iglesia parroquial de la 
Concepción, donde ha perseverado la Casa de 
Ejercicios todo el siglo xix y dura hoy, produ- 
ciendo sus propios efectos de enmienda de vida y 
provecho de las almas. Ha habido ocasión^ dice 
D. Isidoro Lorea (i), que han entrado [á Ejercicios] 
más de 400 personas ^ la menos ha sido de doscientas^ 
sin dejar de concurrir en más de nueve años que 
está aquí [la Beata]. Son cinco años^ dice otro tes- 
tigo, á que sin interrupción da los Ejercicios^ de á 
i¡o á 200 más ó menoSy personas^ sin fondos^ y con 
abundancia y regalo ^ gastando anualmente más de 
treinta mil pesos sin saber de dónde. No molesta en 
convidar y y es necesario contener el número grande 
que concurre a entrar. No hay distinción de perso- 
nan ^ todas mezcladas y nobles y cricuUis; aquéllas 
sirviendo á éstas^ con tal fervor ^ que quitan la cocción 
unas á otras, y lo mismo los ccAalleros y sirvientes 



(i) Lorba (D. Isidoro): Carta citada de i.*' de Octu- 
bre de 1788. 

(2) Arduz (D. Pbdro): Carta al P. Juan de Prado, fecha 
eñ Buenos Aires, 10 de Octubre de 1785. 



— 299 — 

continuos de la casa en sus afanes. Hase conser- 
vado la memoria de muchos milagros, ó, por lo 
menos, rasgos verdaderamente providenciales con 
que Dios favorecía la confianza de su sierva, para 
sustentar á los que se acogían al retiro, buscando 
la enmienda de su vida. Y habiendo entrado en 
Buenos Aires con tanto desprecio, después era el 
oráculo de la ciudad, á quien todos consultaban, y 
tan extraodinario su crédito y la añción que le co- 
braron, que todos, hasta las autoridades mismas, 
anhelaban por servirla, especialmente en lo que 
necesitase para sus ejercitantes (l). 

De Buenos Aires pasó la Beata á la Colonia, 
donde se detuvo algún tiempo, dándose allí diez 
veces los Ejercicios (2), y de allí se trasladó á 
Montevideo, donde demoró tres años, en los cua- 
les no sólo procuró repetidamente á la población 
el beneficio de los Ejercicios, sino que también 
logró que se fundase casa para darlos, la cual sub- 
sistió hasta mediados del siglo xix. 

Vuelta á Buenos Aires, continuó allí su minis- 
terio, siempre con la misma edificación y celo, 
hasta su santa muerte, acaecida en 7 de Marzo de 
1799, dejando fundado un instituto de mujeres 
piadosas que se dedicasen , á imitación de lo que 
ella había hecho, á cuidar de los ejercitantes que 



(1) Carta citada de Lorea; carta de la Beata en Mayo 
de 1785. (Archivo de la Misión de Chile-Paraguay.) 

(2) Carta de la Beata, fecha de 16 de Junio de 1691, 
citada en un apunte suelto. (Ibid.) 



se recogen en aquella casa. La Congregación sub- 
siste hoy, habiéndole establecido reglas propias el 
Diocesano. 

Tal es la vida extraordinaria de esta sierva de 
Dios, y el medio de que la Divina Providencia se 
valió para que en un tiempo en que los Jesuítas 
estaban tan desacreditados y hundidos, no se per- 
diese el fruto que correspondía al eñcacísimo ins- 
trumento de santificación de los Ejercicios espiri- 
tuales, inspirados del cielo al santo Fundador de la 
Compañía. Los Jesuítas desterrados en Italia, y no 
pocos del extranjero, tuvieron conocimiento de es- 
tos, hechos maravillosos, por la continua corres- 
pondencia que conservó el propietario de Córdo- 
ba del Tucumán, D. Ambrosio Funes, con el Pa- 
dre Gaspar Juárez , su antiguo profesor. Entre los 
muchos trabajos que afligían á los desterrados, no 
dejó de ser algún lenitivo la noticia de estas ma- 
ravillas de la gracia de Dios. Bn carta de Rama de 
178^ y dice un apunte, que al parecer es de mano del 
P. Domingo Muriel, envían la última carta que ha 
venido de nuestra Beata, y la envían en su original 
español. Bl Asistente de Alemania ^ el Penitencia^' 
rio inglés y el francés ^ la han traducido a sus lenr 
guas para enviarla a la Branda, Rusia, etc. Por^ 
que de la Rusia los Jesuítas, y de la Branda la 
monja tía del Rey (R. L P.),y otros personajes y 
sujetos graves que han leído los antecedentes^ tie- 
nen dado orden que cualquiera noticia que venga 
de la Beata y de los Bjercicios, se la envíen luego. 
Más: les escriben á los Jesuítas Galpríny Guido j 



I 



sujetos de toda suposición^ que están en el Jesús de 
Roma y que en Francia se han reformado varios 
conventos sólo con la lectura de dichas cartas y al 
ver las expresiones de nuestra Beata. 

Los ánimos de la señora doña María Antonia 
de San José no se limitaban á sólo América, sino 
que hubo tiempo en que tenía deliberada resolu- 
ción de ir también á España para propagar allí su 
laudable obra. Entre las personas que se aprove- 
charon de los Ejercidos en Buenos Aires se cuen- 
tan el Virrey que había sido del Perú, D. Manuel 
de Guirior, y su esposa doña Ventura de N., quie- 
nes quedaron añcionadísimos á la Beata y mantu- 
vieron en lo sucesivo correspondencia epistolar 
con ella. Los hechos de la Beata y los frutos de 
6US Ejercicios dieron materia para una biografía 
que tenía escrita el sobredicho P. Gaspar Juárez, 
pero que no llegó á publicarse, y que, desgracia- 
damente, se perdió. Recientemente ha impreso un 
interesante estudio sobre la misma materia el Re- 
verendo P. Fr. Pacífico Otero, de la Orden de San 
Francisco, con ocasión del centenario de la Beata 
y de la celebridad de poner la primera piedra para 
un nuevo edificio de la Casa de Ejercicios, de Bue- 
nos Aires (i). 

Últimamente, á 30 de Septiembre de 190S» fir^ 
marón los Obispos argentinos, reunidos en Buenos 
Aires, una petición colectiva al Santo Padre para 

(i) Sor María: Vida de la fundadora de la Casa de 
Ejercicios^ en 4.**, 127 página?. Buenos Aires, 1902» 



— 302 — 



impetrar la introducción de la causa de esta insiga 
ne sierva de Dios (l), y se continúa trabajando con 
tesón en formar los procesos canónicos necesarios 
para este efecto. 



NOTICIAS INDIVIDUALES QUE HAN PODIDO AD- 
QUIRIRSE DE LOS EXPATRIADOS DEL RÍO DE 
LA PLATA 

^^ 455 Jesuítas que salieron del Río de la Plata 
desterrados en 1 767 y 1768, sólo tres pudieron 
regresar con el tiempo á su antigua morada. 

Los que pertenecían á naciones extranjeras fue- 
ron restituidos á su país. Entre ellos son especial- 
mente dignos de memoria, por sus escritos, los 
PP. Dobrizhoffer, Pauke, Falkner y Orosz. 

El P. Martín Dobrizhoffer , austriaco, natural 
de Tubing, había venido al Paraguay en 1748, en 
compañía del P. Pauke y en la expedición de mi- 
sioneros que trajo el P. Ladislao Orosz, Procura- 
dor, á Madrid y Roma. Fué misionero de Guara- 
níes once años, y de Abipones siete. Expulsado 
por Carlos III, volvió á su patria , se fijó en Viena 
en 1773 y murió en 1 79 1. Hallándose en Viena, 
la Emperatriz María Teresa se complacía en ha- 
cerle referir las peripecias de sus misiones entre 



(i) Revista Eclesiástica del Arzobispado de Buenos Ai- 
res^ tomo V, pág. 795. 




— 3^3 — 

los indios, y esto y las muchas preguntas que va- 
rías personas le dirígían sobre el mismo asunto, 
le decidió, según él mismo refiere, á escribir sus 
tres tomos de Historia de los Abipones^ que pu- 
blicó en latín en 1784, y en el mismo año apare- 
ció ya traducida en alemán. En 1 822 se publicó 
en Londres una traducción inglesa con grandes 6 
injustificadas supresiones. Es lástima que no haya 
traducción española, máxime en estas regiones del 
Plata, donde es especialmente interesante la obra 
por sus datos etnográficos é históricos. 

El P. FloriAn Pauke, austríaco, nacido en Wint- 
zingen de Silesia á 24 de Septiembre de 1 7 19» 
entró en la Compañía á lO de Octubre de 1736- 
En 1748 logró ser enviado á las Misiones de Ul- 
tramar, con destino al Paraguay; se ordenó en 
Brünn; en Córdoba del Tucumán acabó la Teolo- 
gía é hizo el tercer año de probación; y fué misio- 
nero del Chaco durante quince años, organizando 
la reducción de San Javier de Mocovíes, y fundan- 
do la nueva reducción de San Pedro, de la misma 
nación. Expulsado por Carlos III en 1 767, volvió 
á Europa, donde dejó manuscritas en dos cumpli- 
dos volúmenes en 4.°, que formaban 1 .046 páginas, 
sus Memorias, interesantísimas para la historia del 
Río de la Plata. De ellas se publicó en 1829 un 
extracto en Viena con el título de Pater Florian 
Pauke* s Keise^ etc.; y otro mucho más copioso, que 
abarca sensiblemente toda la materia del Ms. en 
Ratisbona, año de 1 870, por el P. A. Kobler, S. I., 
que es el que se ha utilizado para las citas en este 



— 304 — 

estudio, y lleva el título de Pater F lorian Baucke^ 
ein Jesuit in Paraguay (1^48-1766) (1), en 8.**, de 
X1-712 págs. No se ha traducido al castellano, pero 
se publicó un resumen de esta última obra, con 
el título de Memorias del P. Pauke. Buenos Aires, 
1900, en 8.**, 164 págs. 

El P. Tomás Falkner, entre los españoles cono- 
cido por P. Falconery inglés, nació en Manches- 
ter á 17 de Octubre de 1707; fué recibido en la 
provincia del Paraguay á 1 5 de Marzo de 1732, 
después de su conversión y de haber abjurado el 
protestantismo. Misionero casi por espacio de cua- 
renta años en el Chaco, Paraguay, Tucumán y la 
Pampa, fué comisionado con los PP. Quiróga y 
Cardiel por el Gobierno español para explorar las 
costas del Sur. Su especialidad era la medicina. 
Expulsado en 1767, volvió á Inglaterra, y murió 
en Plowden-Hall, condado de Salop, en 1 784, 
habiendo escrito y publicado en 1 774 una obra 



(1) Aunque el P. Kobler en su publicación prefirió el 
apellido Baucke por haberlo hallado así notado la única 
vez que aparece en el manuscrito, ha parecido, sin em- 
bargo, que se debía mantener la escritura Paiike^ prime- 
ro, por existir aún en el Archivo general de Buenos 
Aires varias cartas autógrafas de dicho misionero que se 
ñrma Pauke ^ y segundo, por estar así escrito también en 
el catálogo original autógrafo del P. Orosz. (Bubkos Ai- 
res: Arch. gen. leg, lóochilsO'óojJesuitasI Guerra guara- 
niticd) en que constan los sujetos que trtijo en la misión 
de 1748, y figuran todos los nombres alemanes escritos 
con rigor en su forma propia. 



— 3^5 — 

que le ha dado mucho nombre, y es la descripción 
de la Patagonia con el título de A description of 
Patagonia and the adjoining parts of South-Ame- 
ricay en 4.°, de 144 páginas, con un mapa. Hállase 
traducido en castellano» alemán y francés. Tenía 
además manuscritos dos tomos de Anatomía y 
cuatro Observaciones sobre puntos de historia na- 
tural de América. 

El P. Ladislao Orosz, fué húngaro, nacido en 
Klicsova á 18 de Diciembre de 1697, Y entró en 
la Compañía á 23 de Febrero de 1717. En 1727 
pasó al Paraguay en la misión del P. Herrán. En- 
señó en Córdoba Filosofía y Teología; fué so- 
cío del Provincial, Maestro de novicios, Rector 
de Buenos Aires y de Córdoba y Procurador á 
Europa. Expulsado por Carlos III en 1767, pasó 
á su provincia y se fijó en Tyrnau, donde fué 
Prefecto de espíritu; y allí murió á 1 1 de Sep- 
tiembre de 1773- Además de varías cartas de 
edificación que se publicaron en la colección del 
P. Stocklein, y de un Diccionario chino español, 
que según Murr, había arreglado y tenía manus- 
crito, escribió 6 hizo imprimir dos series de Varo- 
nes ilustres del Río de la Plata, con el título de 
Deccídes quatuor vitorum illustrium Paraquariae, 
impresas en Tyrnau, 1 7 59, en folio, de 552 páginas; 
y Decades quatuor aliae virorum illustrium Para- 
quaria€y impresas también, pero que no se divul- 
garon; obras que deben contener preciosas noti- 
cias, y son, sin embargo, enteramente descono- 
cidas. 

20 



— 3^6 — 



EL ÚLTIMO PROVINCIAL 

Los Jesuítas del Paraguay, conocidos por sus 
escritos que, siendo españoles de la Península ó 
españoles americanos, murieron en Italia, son los 
PP. Cardiel, Quiroga, Jolís, Peramás, Muriel, Sán- 
chez Labrador, Guevara y Ocampo. Aunque éste 
es el orden cronológico de su fallecimiento, es 
preciso hablar primero del P. Muriel, por lo seña- 
lado de sus circunstancias y su fama de santidad. 

El P. Domingo Muriel fué castellano, nacido en 
Tamames, Obispado de Salamanca, á 12 de Marzo 
de 1 718. Ingresó en la Compañía á 21 de Enero 
de 1734. Después de haber enseñado Filosofía en 
Valladolid, pasó al Paraguay en 1 748, y fué Minis- 
tro de Córdoba del Tucumán, y profesor, primero 
de Filosofía y más tarde de Teología en aquella 
Universidad. Nombrado Visitador de la provincia 
por el Provincial, la recorrió toda, pasando aún á las 
Misiones de Chiquitos, y dando á un tiempo mues- 
tras de su gran santidad y de su extraordinaria 
prudencia. Elegido en 1 766 Procurador á Madrid 
y á Roma, le sorprendió el extrañamiento en Es- 
paña, y de allí fué embarcado para Italia. En Faen- 
za, como Rector del colegio máximo, hizo flore- 
cer en los jóvenes la virtud y los estudios. Nom- 
brado Provincial en 1 7 70, le tocó recibir de oñcio 
y obedecer el Breve de extinción de la Compa- 
ñía. Desde entonces se retiró á una casa privada; 



— 307 — 

y en los veinte años que le duró aún la vida, se 
dedicó á consumar su santificación y á escribir 
obras de provecho para los prójimos. Las más co- 
nocidas son las de los Fasti Navi Orbis^ en que 
cataloga y examina todas las disposiciones ponti- 
ficias que se habían publicado sobre América; y la 
Historia Paraguajensis^ que es la traducción latina 
del P. Charle voix aumentada con cuatro libros, 
muchas notas y valiosas aclaraciones; la misma 
que va traducida al castellano en la presente obra. 
Su virtud fué tan singular y patente, que en Faen- 
za le designaba el pueblo con el nombre de El 
Padre Santo, y aun hoy se conserva allí memo- 
ria de Su Santidad. Su muerte, ocurrida á 23 de 
Enero de 1795, causó gran sentimiento en toda 
la ciudad. Consérvase su sepulcro muy visible 
en medio de la iglesia del Pío Sufragio, y se empe- 
zaban las diligencias para introducir la causa de 
su beatificación, cuando la avenida de las tropas 
de Napoleón trastornó el país é hizo imposible el 
intento. Queda de él una Vida escrita con gran 
copia de datos por el P. Francisco Javier Miranda, 
discípulo suyo y profesor que fué de Derecho ca- 
nónico en la Universidad de Córdoba, quien ha 
conservado en su manuscrito, entre otros recuer- 
dos del P. Muriel, la notable Carta circular que 
éste dirigió siendo provincial á todos los Jesuítas 
del Paraguay, en la que, glosando el texto Spiri- 
tum nolite extinguere (I Thess. V, 19), los exhor- 
taba á mantenerse fieles á las normas de San Ig- 
nacio y dignos de su vocación, aunque sobrevi- 



— 3«8 — 

niese la catástrofe que ya se veía inminente de 
ser destruida la Compañía, asegurando que con 
aquella ñdelidad habían de alcanzar de Dios la 
restauración. 



OTROS ESCRITORES MUERTOS EN ITALIA 

El P. José Cardiel es conocido por sus empre- 
sas en la exploración de las costas de Magallanes. 
Era riojano, natural de La Guardia. Nacido en 1 8 
de Marzo de 1 704, tenía, al ser expulsado por 
Carlos III, sesenta y cuatro años, y llevaba cerca 
de cuarenta de misionero. Varios son sus escritos, 
todos, en general, de poco volumen, como que su 
vida fué sumamente activa, y los escritos eran 
únicamente informes encaminados á ilustrar algún 
punto, aunque nutridos de las apreciables noticias 
que le proporcionaban su experiencia y penetra- 
ción junto con su carácter observador. Hase im- 
preso de él la Declaración de la verdad, y el De 
moribtis gtmraniorum que va al fin de la Conti- 
nuación del Charlevoix escrita por el P. Muriel, y 
es la traducción hecha al latín, con abreviaciones y 
retoques oportunos, del escrito que todavía se 
conserva inédito con el título de Breve relación de 
las Misiones Guaraníes, Perdiéronse de él algunos 
escritos menores y un dilatado examen del mons- 
truoso engendro del expulso Ibáñez, que tenía 
encargado y consta por testimonio del P. Luengo 



— 3^9 — 

que terminó, pero del que no se halla rastro en 
ninguna parte (l). Murió en Faenza á 6 de Di- 
ciembre de 1 78 1. 

El P. José Quiroga, marino y matemático galle- 
go, nació en Fabal á 14 de Mayo de 1 707. Des- 
pués de haber seguido la carrera de marina, entró 
en la Compañía de Jesús á 12 de Abril de 1 736, 
y fué en el colegio grande de San Ignacio de 
Buenos Aires el primer profesor de matemáticas. 
El Gobernador de Buenos Aires le confió en 1 744 
el delicado encargo de rectificar los rumbos del 
ejido de la ciudad, según los cuales estaban hechas 
á los propietarios las concesiones de terrenos. Fe- 
lipe V le nombró para que con los pilotos Don 
Diego Várela y D. Basilio Ramírez pasase á explo- 
rar las costas meridionales del Río de la Plata has- 
ta el Estrecho de Magallanes, como lo hizo en 
1745 en compañía de los PP. José Cardiel y Ma- 
tías Strobl. Levantó un mapa de las Misiones Gua- 
raníes, habiéndolas visitado personalmente. Hizo 
la exploración del río Paraguay, y también levantó 
su mapa hasta el Jaurú, mientras por designación 
del Comisario principal Valdelirios iba á acompa- 
ñar la Comisión de límites que en 1 7 52 fué á po- 
ner el marco del Norte. Entre las Aclaraciones 
puestas por el P. Muriel, va un resumen de su 
Diario de este viaje, y el viaje entero ha sido pu- 
blicado en el tomo civ de la Colección de docu- 



(i) Véase uq resumen de él en las Aclaraciones del 
P. Muriel, al ña de la Historia- Paraguaya, 



— 3^0 — 

mentas inéditos para la Historia de España. Ex* 
pulsado por Carlos III en 1 76/1 murió en Bolo- 
nia á 23 de Octubre de 1784- Sus obras fueron 
gran número de mapas, entre los cuales se cuen- 
tan 30 que 1 evantó de las tierras magallánicas 
y se conservaban en los Archivos secretos de 
Estado de Madrid, y otros varios de las regiones 
argentinas que parece sirvieron á Cano Olmedilla 
para formar su gran mapa de la América meri- 
dional: Observaciones astronómicas para determi^ 
nar el curso del río Paraguay^ mapa del Virrei- 
nato de la Plata, preparado al parecer para la 
obra de los PP. Juárez é Iturri, con algunos trata- 
dos físicos y náuticos que quedaron manuscritos. 

El P. José JoLís, catalán, nacido en Torelló á 28 
de Octubre de 1 728, entró en la Compañia á 29 
de Septiembre de 1753» y íué diez años misionero 
en el Chaco. De sus trabajos apostólicos se da al- 
guna idea en la Continuación del P. MurieL Ex- 
pulsado por Carlos III en 1 767, escribió en Italia 
su historia del Chaco con el título de Saggio sulla 
storia naturale della provincia del Gran Ciaco. 
Publicó el primer tomo en 8.° de 600 páginas con 
tres láminas y un mapa del Chaco delineado por 
el P. Camaño, en Faenza, año de 1 789, y tenía 
preparados abundantes materiales para otros tres 
tomos, cuando murió en Bolonia á 31 de Junio 
de 1790. 

El P. José Manuel PeramAs, catalán, natural de 
Mataró, nacido en 17 de Mayo de 1 732, entró en 
la Compañía á 12 de Noviembre de 1 747, de edad 



— 3" — 

de quince años y medio. A instancias suyas fué 
enviado á las Misiones, después de acabada 1?. filo- 
sofía, en 1755. Terminó sus estudios en Córdoba 
de Tucumán, y ordenado de sacerdote, fué envia- 
do á las Misiones de Guaraníes, y en ellas fué Cura 
de San Ignacio-miní. Llamado nuevamente á Cór- 
doba, fué destinado á enseñar literatura á los es- 
colares Jesuítas, por sus aventajadas dotes de 
humanista, que admiró el célebre historiador Pa- 
dre César Cordara, al ver las cartas anuas que de 
su mano iban escritas á Roma. Expulsado, conti- 
nuó en sus tareas literarias y vivió con sus herma- 
nos en Faenza, donde murió á 23 de Mayo de 
1793. Entre otras obras suyas, son de gran impor- 
tancia para la historia de Sud- América las dos co- 
lecciones que escribió de vidas de varones ilustres 
de la Compañía de Jesús en el Río de la Plata, 
seis sacerdotes en el primer tomo, y trece, parte 
sacerdotes, parte escolares y coadjutores, en el 
segrundo; estudio abundantísimo en noticias de es- 
tas regiones sud-americanas que difícilmente se 
buscarían en otra parte. También es interesantí- 
simo su Diario del viaje de los expatriados de 
Córdoba, que escribió dos veces, una en castella- 
no y otra, más tarde, en latín, con el título de 
Annus patiens. Ni el uno ni el otro se ha publica- 
do; pero del segundo estampó una traducción 
italiana el P. José Boéro al fin del Menologio, y 
de ella tomó la suya francesa el P. Carayón, po- 
niéndole entre sus Docuntents inédits^ litL P.\ en 
una y otra traducción aparece el original cercena- 



— 3" — 

do: y lo que peor es, alguna vez alterado substan- 
cialraente. 

El P. José Sánchez Labrador, manchego, naci- 
do en La Guardia, Arzobispado de Toledo, á 19 
de Septiembre de 1 719, entró en la Compañía á S 
de Octubre de 1 73 1. Vino al Paraguay en 1740, 
y habiendo enseñado Filosofía y Teología en la 
Asunción después que había sido misionero de los 
Guaraníes, fué sacado otra vez para las Misiones, 
enviándolo á fundar la nueva reducción de los 
Mbayás ó Guaycurús, que intituló de Nuestra Se* 
ñora de Belén. Logrólo con grandes fatigas, y tenía 
ya á punto de entablarse otra segunda reducción de 
Mbayás, y otra de Guanas, habiendo descubierto 
asimismo camino para pasar directamente del Para- 
guay al Alto Perú, llegando desde su reducción de 
Belén á los Chiquitos en treinta y cuatro días de 
jornadas cortas. Había sido buscado y deseado 
este camino, que ahorraba 800 leguas del viaje de 
1. 000 hasta el Perú, y tenían empeño en abrirlo 
las autoridades civiles, porque era medio para fa- 
cilitar notablemente las comunicaciones entre 
provincias pertenecientes á unos mismos domi- 
nios. Y en el momento en que el misionero aca- 
baba de descubrirlo y hacer el viaje de ¡da y 
vuelta, el fatal Decreto del extrañamiento hizo que 
le arrestasen, le condujesen á Italia, y se dejara 
perder su hallazgo. Años después volvían los Go- 
bernadores á buscar el medio de comunicación, y 
añrmaba Azara que se podía encontrar; añadía 
que era facilísimo, afirmación al aire, como tantas 



— 3>3 — 

otras suyas. Lo cierto es que nunca se encontró, 
no obstante que el P. Sánchez Labrador lo dejó 
bien especifícado en sus relaciones. Expatriado 
por Carlos III, se ocupó en escribir historia de los 
países en que había ejercido sus ministerios, y mu- 
rió en Ravena á lo de Octubre de 1798. Además 
de algunos Viajes sueltos que se conservan de él, 
y del Catecismo y Vocabulario Mbayá, cuya copia 
posee la Biblioteca Estense de Módena (l), escri- 
bió 1 1 tomos en 4.° de Historia de las regiones del 
Rio de la Plata^ que todos quedaron manuscritos, 
y de los cuales existían nueve el año 1 878. Cuatro 
con el nombre de Paraguay natural ilustrado^ en 
los que se describen las condiciones climatológi- 
cas, los minerales, vegetales y animales de los 
países que baña el Río de la Plata, comprendién- 
dolos bajo la denominación de Paraguay. Otros 
cuatro de Paraguay natural cultivado^ en que se 
dan reglas sobre la labranza, arboricultura y en 
table de huertas y jardines. Tres, por fin, mera- 
mente históricos con el título de Paraguay católi- 
co^ en que se traza la Historia de la conversión de 
las tribus salvajes de estas repones por los esfuer- 
zos de los misioneros. De éstos se conserva el ter- 
cer tomo, que trata de los Mbayás, y es una Mo- 
nografía abundantísima en que se describen las 
costumbres, usos, carácter y vicisitudes de aquella 
nación y de la de los Guanas. Obras, aunque no 
perfectas, dignas de que por medio de la imprenta 

(i) Módbna: Biblioteca Esténse, Estéril 127, 128. 



— 314 - 

^e hubiesen perpetuado y librado de la destruc- 
ción, que indudablemente acabará por sobrevenir- 
les, como ha sucedido ya, según parece, con los 
dos primeros tomos del Paraguay católico^ en que 
trataba de los Guaraníes y otras razas, y cuyo 
paradero se ignora, y con los otros cuatro del 
Paraguay cultivado, que en 1878 tenía en su venta 
de libros el coleccionista Leclerc, y tampoco se 
sabe dónde hayan ido á parar. 

El P. Gaspar Juárez (que se ñrmó siempre 
XuAREz según la ortografía de aquella época) fué 
argentino, nacido en Santiago del Estero á 1 1 de 
Julio de 1 73 1. Ingresó en la Compañía á l.° de 
Septiembre de 1 748, y enseñó con satisfacción 
Filosofía y Teología en Córdoba del Tucumán. 
Expatriado por Carlos III en 1 767, pasó á Italia, 
y algunos años después de la extinción, se ñjó en 
Roma, ocupándose en escribir sus libros y en ser- 
vir á sus paisanos cuando se trataba de obtener 
gracias espirituales, pues á causa de su saber canó- 
nico y teológico, y de su sensatez y prudencia, hi- 
cieron mucho caso de él en Roma. Fué también el 
distribuidor de muchas piadosas limosnas que des- 
de la Argentina se enviaban á los desterrados, y 
estuvo en constante correspondencia con el señor 
D. Ambrosio Funes de Córdoba, que había sido 
su discípulo. En 1 798 estaba resuelto á volver á 
su patria, luego que se dio licencia para ello; pero 
Dios le estorbó el viaje por varias circunstancias. 
Habíase incorporado á la Compañía de Jesús que 
perseveró sin ser destruida en Rusia, y así murió 



Jesuíta en Roma en 1 804, Había obtenido también 
del Papa las facultades de misionero apostólico de 
Propaganda ñde cuando quiso regresar al Río de 
la Plata , y Pío VII le tenía nombrado Revisor de 
las causas de beatificación. Su residencia en los 
últimos años de su vida fué en el Gesú, que era la 
antigrua casa profesa de la G>mpañía en Roma. 
Tampoco el P. Juárez alcanzó á publicar sus obras 
más importantes, que quedaron manuscritas y 
deben haberse perdido. Las dos capitales eran una 
Historia eclesiástica del Virreinato de Buenos 
Aires é Historia natural del mismo^ que iban á 
formar cuerpo con la obra del P. Iturri compren- 
siva de la Historia civil del Virreinato^ y unas 
Cartas edificantes de la provincia del Paraguay^ 
que formaban un tomo en folio, escrito á raíz de 
la expulsión, y que se había leído en los refecto- 
rios de los expatriados en Italia, con gran consue- 
lo y edificación de todos, por narrarse allí la últi- 
ma tribulación sufrida del extrañamiento con las 
vejaciones experimentadas en él, y el modo reli- 
gioso con que en general todos, y más particular- 
mente algunos, habían correspondido á aquella 
gracia de Dios, por más que fuera sañuda perse- 
cución de parte de los hombres, dejando admira- 
bles ejemplos para que todos se animasen y les 
imitasen. Todos los sujetos allí comprendidos eran 
ya difuntos, y fuera de algunos misioneros de 
Guaraníes y Chiquitos, se contenían en la colec- 
ción las vidas de varios argentinos: P. Francisco 
Ruiz, de Salta; H. Clemente Baygorri, de Córdo- 



— 3i6 — 

ba; H.José Ignacio Jaunzaras, de Buenos Aires, etc. 
De esta última obra no queda más noticia que la 
que da el mismo autor en carta á D. Ambrosio 
Funes desde Roma á II de Noviembre de 1789. 
Habiéndose dedicado con especial diligencia á las 
ciencias naturales, publicó tres opúsculos sobre 
plantas americanas cultivadas en los jardines de 
Roma, con el título de Osservazioni fUologiche 
sopra alcune piante esotiche introdotte in Rama^ 
y también una biografía con el título de Elogio 
de la señora María Josefa Bustos^ americana^ 
que era la virtuosa madre de los Funes. Consta 
que acopiaba datos para escribir la Vida de la 
Beata de los Ejercicios; pero no se sabe si la ter- 
minó. 

El P. José Guevara, castellano, nacido en Recas, 
Arzobispado de Toledo, á 14 de Marzo de 1 719, 
entró en la Compañía á 31 de Diciembre de 1 732, 
y vino al Paraguay en 1740. Ejercitó el cargo de 
cronista de la Provincia después del P. Lozano. 
Expulsado por Carlos III en 1767, pasó con los 
deniás Padres á Faenza, y después de suprimida 
la Compañía obtuvj una canonjía en Spella. Mu 
rió á 23 de Febrero de 1 806. Escribió antes déla 
expulsión su Historia del Paraguay, Río de la Pla- 
ta y Tucumán, en dos tomos, de los cuales sólo 
parte pudo encontrarse en Buenos Aires, y se debe 
su publicación íntegra á la diligencia del erudito 
oriental Sr. D. Andrés Lamas. Hase encontrado 
posteriormente otro manuscrito de la misma His- 
toria, que comprende otra tanta materia más y se 



— 3^7 — 

conserva en Río Janeiro (l). Y no sería extraño 
que éste y otros escritos completos del P. Gueva- 
ra se hallasen en el Archivo de Indias, pues fué 
grande el empeño que hubo en recoger sus pape- 
les, como que para ello fué expresamente comi- 
sionado el Dr. Aldao á verificar la sorpresa en la 
estancia de Santa Catalina (2). Pensaban sin duda 
encontrar en sus manuscritos pruebas ó rastros de 
algunos grandes crímenes de los Jesuítas. Nada 
encontraron, y no se habló más de los tales pape- 
les. Después del extrañamiento escribió el P. Gue- 
vara varios tratados sobre religión y alguna carta 
para responder á preguntas sobre puntos históri- 
cos; pero tanto éstos como sus antecedentes es- 
critos, quedaron inéditos. 

El P. Juan Francisco Ocampo, argentino, naci- 
do en Rioja del Tucumán á 17 de Septiembre de 
1729, entró en la Compañía en I.** de Septiembre 
de 1748, y fué profesor de Moral en Córdoba. 
Deportado en I ^67 en virtud del Decreto de Car- 
los III, fué después uno de los que señaron del De- 
creto de admisión de 1798, y se embarcó para 
Barcelona con designio de pasar de allí á su patria. 
Mas, sorprendido por el Decreto de reexpulsión, 
fué embarcado por fuerza nuevamente para Italia, 
y allí presenció en 1 814 la restauración de la Corn- 



il) Río Janbiro: Biblioteca nacional. Colección Ange- 
lis. «Cod. 68, 36 á 37.»; vid. Revista eclesiástica del Arzo- 
bispado de Buenos Aires ^ tomo v, pág. 587. 

(3) Brabo: Colección^ pág. 224. 



-3i8- 

pañía de Jesús, en la que volvió á ingresar. Impre- 
sa tiene una novena á Nuestra Señora de Monse- 
rrat. 



JESUÍTAS DEL RlO DE LA PLATA QUE SE QUE- 
DARON EN ESPAÑA Y FUERON ALLÍ CON OTROS 
FUNDADORES DE LA NUEVA COMPAÑÍA. 

Arrojados por segunda vez de España los Jesuí- 
tas, con mayor inhumanidad, si cabe, que la pri- 
mera, los americanos que habían ido á la Penínsu- 
la y estaban aguardando una buena ocasión de 
embarcarse para su tierra, hubieron de regresar 
á Italia. Pocos fueron los que sobrevivieron los 
largos años que aún tardó á restablecerse la Com- 
pañía en España, pues la reexpulsión fué en I.** de 
Marzo de l8oi, y el restablecimiento en 1815. En- 
tre los que regresaron y ayudaron allí á fundar la 
provincia de España restaurada, son de notar los 
Padres Iturri y Camaño, argentinos, y Millas, ara- 
gonés, los tres de la antigua provincia del Para- 
guay. 

El P. Francisco Iturri íué argentino, nacido 
en Santa Fe de la Vera Cruz, jurisdicción de la 
provincia de Buenos Aires, á 10 de Octubre de 
1738. Ingresó en la Compañía á 27 de Octubre 
de 1753. Desterrado en 1767 por Carlos III, fué 
con los demás de su provincia á Faenza, de donde 
pasó á Roma, después de la extinción de la Com- 
pañía; y entre sus ocupaciones, fué una la de ins- 



truir á varios jóvenes agregados á la embajada es* 
pañola. Fué uno de los que, con la esperanza de 
embarcarse para América, pasaron á España luego 
que se hubo abierto la puerta con el Decreto 
de 1798, y que poco después se vio inhumana* 
mente expelido de nuevo y forzado á pasar otra 
vez á Italia, donde continuó viviendo en Roma. 
Habiendo entrado los franceses en Roma en 7 de 
Enero de 1 808, y sido proclamado en Julio del 
mismo año José Bonaparte por Rey en España de 
orden de su hermano Napoleón, exigieron los fran- 
ceses de Roma al P. Iturri el juramento de fideli- 
dad al nuevo Rey, y por su negativa le echaron 
en la cárcel, donde estuvo cinco meses preso. Al 
restablecerse la Compañía definitivamente en Es- 
paña en 1815» pasó nuevamente el P. Iturri á la 
Península, llegando allá en 18 1 7, cuando ya había 
trece colegios abiertos ; y íué uno de los Jesuítas 
antiguos que formaron la nueva provincia de Es- 
paña. Todavía le tocó experimentar tercera vez la 
furia de las persecuciones del espíritu anticristiano, 
viendo la nueva disolución en 1820, y murió en 
Barcelona el día 8 de Enero de 1822. Hallándose 
aún en Roma, publicó en 1 797 un escrito con el 
título de Carta critica sobre la Historia de AnUri" 
cay del Sr. D, Juan Bautista Muñoz^ que en 1818 
fué reimpresa en Buenos Aires, en 4.°, de 1 1 1 pá- 
ginas. En ella censura acremente á Muñoz, cronis- 
ta real, por haber escrito, hablando mal de Amé- 
rica y de los americanos; pero justifica su aspereza, 
mostrándole su vergonzosa ignorancia de los pun- 



— 320 — 

tos sobre los cuales había expresado desfavorables 
conceptos. El P. Iturri tenía terminada una Histo- 
ria civil del Virreinato de la Plata (l), que, com- 
pletada con la Historia natural é Historia eclesiás- 
tica del mismo Virreinato, ambas compuestas por 
el P. Gaspar Juárez, hubiera constituido la Historia 
general de estas regiones; pero se ignora el para- 
dero de estos manuscritos. 

El P. Joaquín Camaño fué argentino, nacido 
en la Rioja, ciudad de Tucumán, á 13 de Abril 
de 1737, é ingresó en la Compañía á 22 de Marzo 
de 1757. Expulsado por Carlos III en 1 767, fué 
conducido desde . el país de Chiquitos, donde era 
misionero, á las provincias septentrionales de los 
Estados del Papa, donde comunicó al P. Hervás 
datos importantes sobre el idioma de los Chiquitos 
y una Gramática manuscrita de la misma len- 
gua (2). Delineó también varios mapas de los te- 
rritorios de América, y compuso algunos escritos 
más; pero nada de esto se ha impreso, fuera de 
algunas cartas y noticias y algunos mapas. Fué 
el P. Camaño de los que, con el P. Iturri y otros, 
pasaron á España y fueron expulsados segunda 
vez en 1 801, y segund*^ vez conducidos á Italia. 



( 1 ) El señor abate lUirri tiene ya concluida la Historia 
civil para imprimirla, (Hervás: Historia de la vida del 
hombre^ lib. iv, cap. vi.) 

(2) Es probablemente la que con un Vocabulario Chi- 
quito-español se halla en copia en la Biblioteca Elsteose, 
de Módena. Estéril I2S'I26, 



— 321 — 

Mas tan luego como se presentó la ocasión de re- 
gresar á la Península, donde podía trabajar con más 
fruto, lo que sucedió en l8lS, se restituyó á Espa- 
ña, y allí perseveró hasta su muerte, acaecida en 
la ciudad de Valencia en Septiembre de 1820. 

El P. Joaquín Millas, aragonés, natural de Zara- 
goza, donde nació á 12 de Junio de 1 746, ingresó 
en la Compañía en 29 de Junio de 1 76 1, pasando 
aquel año al Paraguay entre los misioneros condu- 
cidos por el P. Juan de Escandón. Hallábase en el 
escolasticado de Córdoba del Tucumán, cuando 
llegó el Decreto del extrañamiento; y con los de- 
más de la provincia, pasó el hermano Millas á 
Faenza. Allí se ordenó; y después de la extinción, 
por sus relevantes dotes de literato, desempeñó 
cargos de profesor, parte en Mantua, parte en Bo- 
lonia y en Plasencia, donde también enseñó por 
dos años Filosofía. Ignórase el tiempo de su muer- 
te; sólo se sabe que volvió á España, y murió en 
su patria, Zaragoza. Las obras' que le han dado 
más renombre son un estudio sobre Virgilio como 
príncipe en tres géneros de poesía, y un tratado 
fundamental de literatura y educación, con el tí- 
tulo siguiente: DcH* único principio svegliatore 
della ragione, del gusto e della virtu nell* educa- 
zione litteraria* Su influencia en la literatura ita- 
liana, con la de los otros ex Jesuítas españoles, ha 
sido estudiada en Italia por el profesor Cian (l) y 

( I ) Cían Vittorio: L' immigrazione dei Gesuiti spagnuo- 
li Ictterati in Italia. Toríno, 1895. 

21 



— 322 — 

por el P. Galleraní, de la Cívilta Cattolica (l), á lo 
que deben añadirse más copiosas noticias y obser- 
vaciones de D. Marcelino Menéndez y Pelayo (2). 



ESCIOTORES OMITIDOS 

Fácil hubiera sido añadir á la lista de escritores 
de la provincia del Paraguay que sufrieron extra- 
ñamiento algunos nombres más, como los de los 
Padres Serrano, Termeyer, Manuel Gervasio Gil y 
otros; pero al intento de este trabajo sólo perte- 
necía mencionar los más generalmente conocidos 
ó señalados por alguna circunstancia especial. Con 
todo, tres hay que no se pueden pasar en silencio» 
y cuyos nombres, á lo menos, es justo consignar: 
el P. Juan de Escanden, que antes del extraña- 
miento escribió una notable Memoria sobre la 
transmigración de los siete pueblos del Uruguay; 
el P. Javier Miranda, autor de una copiosa Vida 
del P. Muriel, y de un examen sólido, nutrido de 
doctrina canónica y de enseñanzas históricas, de 
la nombrada Consulta del Consejo Extraordinario 
de 30 de Abril de 1 767, que intituló El Fiscal 



(i) Civilia Cattolica: Serie xvi, tomo v, págs. 15a» 
416, 549. — Madariaga: Jesuítas expulsos literatos en Ita- 
lia. Con apéndices. Salamanca, 1897. 

(2) Artículo publicado en la Revista critica de historia 
y literatura española y portuguesa i hisf ano» americana. 
Enero de 1896. 



— 323 — 



fiscalizado (l), y el P. Diego González, misionero 
del Chaco, á quien se debe el catálogo más com- 
pleto de los expatríados del Paraguay (2). Todas 
son obras hasta hoy inéditas. 



JESUÍTAS QUE VOLVIERON AL RÍO DE LA PLATA 

Sólo tres de los Jesuítas que había expulsado 
Carlos III volvieron al Río de la Plata. Fueron 
éstos D. Pedro Arduz, el P. José Rivadavia y el 
Padre Diego León de Villafañe. Las noticias que 
de ellos han quedado se deben casi todas á las 
cartas del último á D. Ambrosio Funes, conserva- 
das en colección privada. 

Don Pedro Arduz era en el año de 1 767 herma- 
no Coadjutor. Nacido en Jujuí en 1737, ingresó en 
la Compañía á 30 de Agosto de 1760; y al llegar el 
extrañamiento fué deportado desde Buenos Aires, 
donde se hallaba en el colegio grande de San Ig- 
nacio. El temor de la triste suerte que le aguarda- 
ba le hizo ser inñel á su vocación y secularizarse, 
lo que no le libró de ser deportado, á Italia. Allí 
se casó; y el año 1798, al darse licencia de que re- 
gresasen á su patria los que quisieran, volvió Ar- 
duz, obrando con más diligencia que otros, que se 



(i) Ms. (Archivo de la provincia de Castilla S. I.) 
(2) Ms. (Archivo de la provincia de Toledo.) 



— 324 — 

detuvieron en España. En el camino, al llegar á la 
línea, fué capturado por un buque inglés, que lo 
arrojó en Río Janeiro; y de allí, con grandes tra- 
bajos, logró aportar á Buenos Aires. Dejaba en 
Roma su mujer y una hija, á lo que parece; otra 
hija parece que ya estaba de monja, y algún hijo 
pequeño traía consigo. Pasó por Córdoba, y soco - 
rrido generosamente por D. Ambrosio Funes, logró 
llegar á Salta. Pero un año más tarde, por Octubre 
de 1801, fué llamado por el Virrey Pino á Buenos 
Aires, lo que no tenía otro objeto que reembar- 
carlo para Italia, á causa del Decreto de la nueva 
expulsión. Presentóse Arduz al Virrey, pero de- 
bieron mediar razones especiales, en virtud de las 
cuales no fué por entonces deportado, y se volvió 
para el interior. El año siguiente, hallándose en 
Córdoba, se le intimó de nuevo la partida, que no 
consta si tuvo efecto. Arduz murió antes de 18 1 3, 
sin que se sepa precisamente la fecha. 

El P. José Rivadavia fué argentino, nacido en 
Buenos Aires á 23 de Marzo de 1 743. Hallábase 
en el año de 1 767 como escolar en el colegio má- 
ximo de Córdoba cuando fué expulsado por Car- 
los III. Ordenóse en Faenza; y nada más de parti- 
cular se sabe de su estancia en Italia; pero al lle- 
gar el Decreto de 1 798, deseoso de volver á su 
patria, se embarcó para la Península y arribó á 
Barcelona, de donde, dándose priesa, procuró 
reembarcarse para Buenos Aires. Cayó en el viaje 
prisionero de los ingleses, quienes lo llevaron al 
Janeiro, y allí estuvo prisionero de los portugueses, 



— 325 — 

sin duda por hallarse en guerra declarada Portu- 
gal y España. Finalmente, después de más aventu^ 
ras que las de un Quijote (que son palabras suyas 
en carta al P. Villafañe), aportó á Buenos Aires al 
año después de haber salido de Barcelona. Llega- 
ba á su patria harto debilitado y postrado^ y encon- 
traba allí correspondencia de los Padres de Espa- 
ña, en que le avisaban del segundo extrañamiento 
decretado á i.® de Marzo de i8oi, y que se les 
había intimado en 28 del mismo mes. Pero sabe^ 
mos por noticias posteriores y añadía el mismo Riva- 
davia, que la dicha orden no ha tenido efecto^y por 
el hecho se ha suspendido. No eran muy exactos 
sus informes, como él mismo hubo de experimen- 
tarlo muy pronto. Pues aunque es verdad que en 
esta segunda expulsión no se hizo ruido como en 
la primera, y se contemporizó donde para cum- 
plirla era necesario forzar mucho á las autorida- 
des (resultando de esto que, según escribía el Pa. 
dre Iturri, habían quedado en España más de 1 60 
de los expatriados), no obstante, en los puertos y 
en los parajes en que fácilmente podían ser los 
Padres conducidos á ellos, se ejecutó con todo ri- 
gor é inhumanidad. Y así, Arduz fué llamado á 
Buenos Aires, y al mismo Rivadavia se le intimó 
el embarque por medio del Provisor eclesiástico 
de esta ciudad. Alguna razón especial debió ocu- 
rrir que estorbó que la deportación se llevase á 
efecto por de pronto, con lo que Arduz se volvió 
á las provincias. Pero, quedándose Rivadavia en 
la capital, parece que llegaron dentro de poco ór- 



— 3^6 — 

denes más terminantes, quizá en respuesta de re- 
presentaciones del Virrey; y mientras á los demás 
se les llamaba de nuevo, fué tomado preso el Pa- 
dre Rivadavia y conducido á España para trasla- 
darlo de allí á Italia. Sucedía esto por Enero 6 
Febrero de 1803 (l). A 4 de Febrero de 1804 par- 
ticipaba el P. Luis Vázquez (2), otro de los antiguos 
Jesuítas del Paraguay, que en compañía suya se 
hallaba Rivadavia en La Coruña. No son conoci- 
dos los sucesos posteriores de P. Rivadavia; pero 
es cierto que para 1813 había vuelto á su patria; 
pues con fecha 8 de Marzo de dicho año se en- 
cuentra en el Registro oficial de la República Ar- 
gentina (3) un decreto núm. 426, que dice: Á so^ 
licitud del presbítero ex Jesuíta D. José Rivada- 
via^ para que se le conceda la facultad de testar^ 
etcétera. Ese mismo año murió, según el informe 
del P. Villaíañe (4): Las noticias que yo recibo de 
Buenos Aires son, tristes^ que murió el P. Rivada- 
via a 79 del pasado [Marzo], etc. 

Nada les aprovechó ni á Rivadavia ni á Arduz el 
feo comportamiento con que se hicieron infieles á 
su vocación, secularizándose y abandonando la 
Compañía aun antes de Ser extinguida, por temor 
de los padecimientos que habrían de sobrellevar; 



(i) P. Villafañe á Funes: carta de Mayo de 1803. 

(2) P. Villafañe á Funes: 19 de Junio de 1804. 

(3) Registro oficial, tomo i, pág. 201. Edición Buenos 
Aires, 1 87 1. 

(4) Carta á Funes de 9 de Abril de 1813. 



— 3^7 — 

pues éstos les sobrevinieron igualmente, y quizá 
en mayor medida que á los demás. 



EL ÚLTIMO JESUÍTA DEL PARAGUAY 

íbanse consumiendo con la muerte los Jesuítas 
que habían pertenecido á la antigua y celebrada 
provincia del Paraguay; é iba al mismo tiempo 
anotando sus fallecimientos el ministerio español, 
como quien espía la agonía de la víctima, en vir- 
tud de aquella cláusula de la Pragmática: Mimi^ 
nistro en Roma tendrá particular cuidado de sa^ 
ber los que fallecen (i), etc. Todavía se conservan 
en el Archivo general de Buenos Aires y en otros 
las listas de esta clase enviadas de tiempo en tiem- 
po en virtud de aviso de los Comisarios de Italia. 
A 3 de Mayo de 1817 sólo quedaban vivos siete 
sujetos de la antigua provincia del Paraguay, se* 
gún carta del P. Iturri al P. Diego de Villafañe. Y 
á 9 de Enero de 1 8 14, escribía éste á D. Ambro- 
sio Funes desde Tucumán, llamándose el único ex 
Jesuíta viviente en esta parte de la América. Así 
era, en efecto; y éste fué el último de los Jesuítas 
de la misionera y apostólica provincia. 

El P, Diego León de Villafañe, nacido en San 
Miguel de Tucumáná 1 4 de Abril de 1 74 1, era en 
la época de la expulsión escolar en el colegio má- 



(i) Pragmática de 2 de Abril de 1767, núm. vii. 






- 328 — 

ximo de Córdoba, habiendo ingresado en la Com- 
pañía á 3 de Mayo de 1763. Expatriado por Car- 
los III, pasó á Italia, donde prosiguió sus estudios 
en Faenza; y ordenado de sacerdote, parece que- 
dó en la misma región después de suprimida la 
Compañía en 1 77 3. Llegado el año de 1 798, en 
que á causa de la invasión francesa en Italia se di6 
licencia á los ex Jesuítas para regresar á su patria, 
el P. Villafañe pasó, como los otros amigos suyos» 
á España; é impaciente por llegar á su destino» 
atravesó toda la Península hasta el Mediodía, y 
no esperando hallar buque tan pronto en Cádiz, 
pasó de Andalucía á Lisboa, donde se embarcó y 
navegó con felicidad hasta llegar al Nuevo Mundo. 
Arribado á Buenos Aires, emprendió sin dilación 
el camino hacia Tucumán, su patria, entrando en 
Córdoba el 14 de Diciembre de 1799, y siendo 
recibido con extraordinario júbilo del Sr. D. Am- 
brosio Funes y de muchas personas que tuvieron 
noticia de su llegada. Dirigióse luego á Tucumán, 
donde se detuvo muy poco tiempo; y por el mes 
de Marzo de 1800 pasó á Chile por la Cordillera. 
Traía nombramiento y facultades de Prefecto 
apostólico de las Misiones de Araucanía, é hizo las 
diligencias posibles para entrar en ellas. Pero 
viendo la empresa por entonces imposible, deter- 
minó volver á su patria, pasando de nuevo la Cor- 
dillera hacia esta banda en Enero de 1 801. En 
Tucumán recibió la noticia de haberse comunica- 
do á D. Pedro Arduz la orden del segundo extra- 
ñamiento. El cabildo secular de la ciudad de Tu- 



— 329 — 

cumán representó al Virrey D. Joaquín del Pino 
acerca de la ediñcativa conducta y de las razones 
que había para no exponerle á viaje tan dilatado y 
de tantos riesgos á su edad, de más de setenta 
años, y el Virrey informó al Rey en su favor. Pa- 
rece que con este informe sucedió lo que con los 
semejantes á él, que mostraban no haberse ejecu- 
tado al punto la orden: que quedaron sepultados 
en el olvido y sin respuesta. El hecho es que al 
Padre Villafañe le dejaron en paz, sin tratarse más 
de su embarque. 

Tres veces tentó á entrar en sus Misiones de la 
Auracanía: en l8oo, como va dicho; otra vez 
en 1808, y otra en 1818; y las tres, por diversas 
causas, tuvo que desistir de la empresa. Retirado 
en Tucumán, íué testigo de la independencia y de 
sus efectos, ejercitándose él únicamente en el mi- 
nisterio sacerdotal. Esperaba que la Compañía de 
Jesús fuese restablecida solemnemente en estas 
regiones; pero las revueltas que acompañaron á la 
emancipación, y el estar ya declarado el país in- 
dependiente desde 1 8 16, no le dejó ver realizado 
su gran deseo. No obstante, él había recibido fa- 
cultad para hacer los votos de religioso de la Com- 
pañía in articulo mortis; y seguramente no la des- 
aprovechó. Con esta vida retirada y tranquila, 
falleció, de edad casi de noventa años, en Tucu- 
mán, á 7 de Abril de 1830. Poco le faltó para 
darse la mano en la República Ai^entina con la 
Compañía restaurada. 

Ya para este tiempo había sido solemnemente 



— 330 — 

restablecida la Compañía de Jesús para todo el 
mundo por la Bula Sollicitudo omnium ecclestarum 
de Pío VII, á 7 de Agosto de 1814, derogando 
para ello el Breve abolitivo de Clemente XIV. 
En 181 5 la llamaba por documento público á sus 
dominios de la Península el Rey de España Fer- 
nando VII (l), declarando que su augusto abuelo 
había sido sorprendido por las maquinaciones de 
hombres impíos al decretar el extrañamiento; y po- 
cos meses más tarde, en el mismo año, extendía la 
misma restitución á sus dominios americanos (2). 
Seis años después de la muerte del último Je- 
suíta de la famosa é histórica provincia del Para- 
guay, arribaban á las playas argentinas los prime- 
ros Padres Jesuítas, que volvían á renovar los 
ministerios de sus antiguos modelos, y cuya histo- 
ria ha trazado el distinguido escritor guatemalteco 
Padre Rafael Pérez, S. I. (3). Como impulsado por 
espíritu profético, había pronosticado esta vuelta 
el insigne Obispo Sr. Escalada, predicando un año 
antes en la iglesia de San Ignacio, el día de la fies- 
ta del Santo; y él mismo la celebró en 1 836, to- 
mando por texto de su sermón las palabras del 
Profeta (4): Iste est septuagesimus annus. Setenta 

(i) Véase el Decreto de restablecimieato en el Apén- 
dice núm. 10. 

(2) Apéndice núm. 11. 

(3) P. Rafael Pérbz: La Compañía de Jesús restaura- 
da en la República Argentina y Chile y etc. Barcelona, 1901. 
En 4.^, tomos i-xxviii, págs. 29-982. 

(4) Zach, tomo I, pág. 12. 



— 331 — 

años hnliiin p—aiio deade «1 4fi «a que la Com- 
pañía fué arrojada de estas regiones por decreto 
de la impiedad aborrecedora de la religión cristia- 
na, firmado por Carlos III; el Señor se apiadaba 
por fin de su pueblo, y le enviaba anuncios de 
gozo y de consuelo. 



FIN 



APÉNDICE 



DOCUMENTOS Y ACLARACIONES 



NtTM- 1 



1767.— Decreto de extraSamiento de los Jesuítas 

expedido por Carlos III 



«REAL DECRETO DE EJECUaÓN » 

€ Habiéndome conformado con el parecer de 
los de mi Consejo Real en el Extraordinario que 
se celebra con motivo de las ocurrencias pasadas» 
en consulta de veintinueve de Enero próximo, y 
de lo que (l) sobre ella me han expuesto perso- 
nas del más elevado carácter; estimulado de gra- 
vísimas causas, relativas á la obligación en que me 
hallo constituido de mantener en subordinación, 
tranquilidad y justicia mis pueblos, y otras urgen- 
tes, justas y necesarias que reservo en mi Real 
ánimo; usando de la suprema autoridad económi- 



(i) YaD. ViCBHTB J^ArvKsn{La Corte de Carlos III ^ 
I • serie, pág. 7) observó que este documento no era mo- 
delo de buen lenguaje, como tampoco ]o eran algunos 
otros que por entonces se publicaron. 



NtJM. 2 



1767. — Comisión de Bncareli é tnstruccióii 
para el extrañamiento en España 

«Excmo. Señor: Dentro de la adjunta carta del 
Sr. Marqués de Grimaldi, Secretario del Despacho 
de Estado, recibirá V. otra del Rey nuestro Señor, 
en que S. M. se digna autorizarme para él asunto 
de que trata este despacho, el cual se reduce al ex- 
trañamiento de todos los Reales dominios del Or- 
den de la Compañía de Jesús, en el modo y forma 
que concibe el Real Decreto que incluyo im- 
preso. 

La misma particular honra que el Rey hace á 
V. E. de su Real puño, le persuadirá la importan- 
cia, el secreto y la decidida voluntad de S. M. para 
el más exacto cumplimiento. 

Tocante á la ejecución, podrá V. E. regirse por 
la Instrucción arreglada para España y por la 
Adición aplicada para Indias, usando de ambas, á 
ñn de apropiar lo más adaptable de cada una. 

La reñexión de la distancia de esos países coa 



— 337 — 

intenciones. Tendréislo entendido para su exacto 
cumplimiento, como lo fío y espero de vuestro 
celo, actividad y amor á mi Real servicio, y da- 
réis para ello las órdenes é instrucciones necesa- 
rias, acompañando ejemplares de este mi Real De- 
creto, á los cuales, estando firmadas de Vos, se les 
dará la misma fe y crédito que al original.=^«¿rí- 
cado de la Real MaHO,=:En el Pardo, á veintisiete 
de Febrero de mil setecientos sesenta y siete.= 
Al Qjnde de Aranda, Presidente del Consejo,» 

tEs copia del original que S, M. se ha servido 
comunicarme, Madrid, primero de Marzo de mil se- 
tecientos sesenta y siete, ^=^E\. Conde de Aranda.» 

(uColeccíón general/de las providencial haita aquí tomadas/ por el 
Gobierno/sobre el extrañamiento y ocupación de temporalidadet/de 
Io« Regulares de la Compañía, etc.», pág. i. Ed. Madrid, 1767.) 



02 



Nt^tm. 2 



1767. — Comisióa de Bucareli é instniccióii 
para el extrañamiento en España 

«Excmo. Señor: Dentro de la adjunta carta del 
Sr. Marqués de Grimaldi, Secretario del Despacho 
de Estado, recibirá V. otra del Rey nuestro Señor, 
en que S. M. se digna autorizarme para el asunto 
de que trata este despacho, el cual se reduce al ex- 
trañamiento de todos los Reales dominios del Or- 
den de la Compañía de Jesús, en el modo y forma 
que concibe el Real Decreto que incluyo im- 
preso. 

La misma particular honra que el Rey hace á 
V. E. de su Real puño, le persuadirá la importan- 
cia, el secreto y la decidida voluntad de S. M. para 
el más exacto cumplimiento. 

Tocante á la ejecución, podrá V. E. regirse por 
la Instrucción arreglada para España y por la 
Adición aplicada para Indias, usando de ambas, á 
ñn de apropiar lo más adaptable de cada una. 

La reflexión de la distancia de esos países con 



— 339 — 

éste, y de su diferencia de gobierno, me determi- 
na á deponer en V. E. toda facultad arbitrable para 
variar 6 añadir circunstancias, como se logre el 
efecto con aquel complemento que tan grave asun- 
to requiere. 

Concibo que la perspicacia y madurez de V. E. 
dispondrá tranquilamente la obediencia de la Real 
determinación, sin desampararla, no obstante, de 
aquella custodia y auxilio de fuerza moderado para 
no eventuarla; pero en todo caso, si contra lo re- 
gular, hubiese resistencia en los mismos Religiosos 
interesados 6 en sus adictos se experimentase in- 
clinación ó resolución á oponerse, usará V". E. de 
la autoridad y vigor de las armas, como en caso ya 
de rebeldía. 

Importará que en los pueblos donde hubiese 
colegio ó casa de la Compañía, se practique (ape- 
nas se les hubiese intimado el Real Decreto) la 
diligencia de hacer entender á las otras Orde- 
nes religiosas y al clero de ellos, que la disposición 
de S. M. se limita á los Religiosos Jesuítas, siendo 
muy propio de todos los demás eclesiásticos secu- 
lares y regulares el concurrir con sus persuasiones 
á que generalmente se veneren los decretos de la 
Majestad, por deberse considerar siempre funda- 
dos en graves y justas causas. 

El Rey nuestro Señor tiene la mayor conñanza 
de la fidelidad y talento de V. E., y á ella es con- 
siguiente la mía; sólo, pues, deseo el total desempe- 
ño de V. E., y que se entienda conmigo para irme 
noticiando las resultas, sin preguntar duda alguna; 



pues si le ocurriese, tendrá V. E. que resolverla 
por sí, gobernándose por el espíritu é idea que el 
todo del Real Decreto é instrucciones de sí pro- 
ducen. 

Concibo que no puedo desempeñar mejor el 
puntual cumplimiento de esta Real providencia 
en el distrito de V. E., que dejándolo totalmente 
á su acreditada prudencia; y así, respeto á las Mi- 
siones de los Padres Jesuítas junto á los ríos Uru- 
guay y Paraná, como en cualesquiera otros para- 
jes, tomará V. E. por sí el medio que le pareciere 
más conveniente, y el establecimiento ó sustitucióji 
de los Padres que se retiren, por otí'os Religiosos 
ó Clérigos seculares, como también el impresionar 
aquellos indios predominados hasta aquí, del amor 
que deben reconocer en S. M. cuando procura sa- 
carlos de aquella estrecha sujeción é ignorancia 
en que han vivido/ 

Los pliegos adjuntos para Lima, Chile y Char- 
cas, conviene que V. E. los dirija con el más bre- 
ve y seguro avío; y que hasta haberlos despacha- 
do, no ponga en ejecución lo que el Rey manda, 
para evitar que por los mensajeros de los otros 
pliegos no se comunique la noticia de lo que por 
ahí pase, y pueda mejor practicarse en aquellos 
otros parajes. 

A los Prelados de los distritos del mando de V.E. 
será bueno que V. E. pase su oficio, para que, in- 
teligenciados de la Real determinación, concurran 
por su parte en cuanto puedan á su consecución 
y conformar los ánimos que hubiese adictos al 



— 341 — 

Orden que se extraña de los Reales dominios con 
las Justas providencias de S. M. 

Dios guarde á V. E. muchos años como deáeo« 
— Madrid, I.® de Marzo de 1 767. 

El Conde de Aranda. 
Excmo. Sr. D. Francisco Bucareli.» 

(Chile: Biblioteca Nacional. M«. Jesuítatlig^f núm. 298.) 



«INSTRUCCIÓN 

de ¡o que deberán ejecutar los Comisionados para 
el extrañamiento y ocupación de bienes y haciendas 
de los yesuttas en estos Reinos de España i islas 
adyacentes^ en conformidad de lo resuelto por S. M^ 

I. Abierta esta Instrucción cerrada y secreta en 
la víspera del día asignado para su cumplimiento, 
el Ejecutor se enterará bien de ella con reflexión 
de sus capítulos; y disimuladamente echará mano 
de la tropa presente ó inmediata, ó en su defec- 
to se reforzará de otros auxilios de su satisfacción, 
procediendo con presencia de ánimo, frescura y 
precaución, tomando desde antes del día las ave- 
nidas del colegio ó colegios; para lo cual él mis«> 



— 342 — 

mo por el día antecedente, procurará enterarse 
en persona de su situación interior y exterior, 
porque este conocimiento práctico le facilitará el 
modo de impedir que nadie entre y salga sin su 
conocimiento y noticia. 

II. No revelará sus ñnes á persona alguna, 
hasta que por la mañana temprano, antes de abrir- 
se las puertas del colegio á la hora regular, se an- 
ticipe con algún pretexto, distribuyendo las órde- 
nes para que su tropa ó auxilio tome por el lado 
de adentro las avenidas, porque no dará lugar á 
que se abran las puertas del templo, pues éste 
debe quedar cerrado todo el día y los siguientes, 
mientras los Jesuítas se mantengan dentro del 
colegio. 

III, La primera diligencia será que se junte la 
Comunidad, sin exceptuar ni al hermano Cocine- 
ro, requiriendo para ello antes al Superior en 
nombre de S. M., haciéndose al toque de la cam« 
pana interior privada de que se valen para los 
*actos de Comunidad; y en esta forma, presen- 
ciándolo el Escribano actuante con testigos secu- 
lares abonados, leerá el Real Decreto de extraña- 
miento y ocupación de temporalidades, expre- 
sando en la diligencia los nombres y clases de 
todos los Jesuítas concurrentes, 

rV. Les impondrá que se mantengan en su 
sala capitular, y se actuará de cuáles sean mora- 
dores de la casa, ó transeúntes que hubiere, y 
colegios á que pertenezcan, tomando noticia de 
Jos nombres y destinos de los seculares de servi- 



— 343 — 

dutnbre que habiten dentro de ella, 6 concurran 
solamente entre día, para no dejar salir los unos 
ni entrar los otros en el colegio sin gravísima 
caus». 

V. Si hubiere algún Jesuíta fuera del colegio 
en otro pueblo 6 paraje no distante, requerirá al 
Superior que lo envíe á llamar para que se resti- 
tuya instantáneamente, sin otra expresión; dando 
la carta abierta al Ejecutor, quien la dirigirá por 
persona segura, que nada revele de las diligencias, 
sin pérdida de tiempo. 

VI. Hecha la intimación, procederá sucesiva- 
mente, en compañía de los Padres Superior y 
Procurador de la casa, á la judicial ocupación de 
archivos, papeles de toda especie, biblioteca 
común, libros y escritorios de aposentos, distin- 
guiendo los que pertenecen á cada Jesuíta, jun- 
tándolos en uno ó más lugares, y entregándose 
de las llaves el Juez de comisión. 

VIL Consecutivamente proseguirá el secues- 
tro con particular vigilancia; y habiendo pedido 
de antemano las llaves con precaución, ocupará 
todos los caudales y demás efectos de importan- 
cia que allí haya, por cualquiera título de renta 
ó depósito. 

VIII. Las alhajas de sacristía é iglesia bastará 
se cierren para que se inventaríen á su tiempo, 
con asistencia del Procurador de la casa, que no 
ha de ser incluido en la remesa general, é inter- 
vención del Provisor, Vicario eclesiástico ó Cura 
del pueblo, en falta de Juez eclesiástico, tratando- 



— 344^ 

se con el respeto y decencia que requieren, espe- 
cialmente los vasos sagrados, de modo que no 
haya irreverencia ni el menor acto irreligioso, fir- 
mando la diligencia el Eclesiástico y Procurador 
junto con el Comisionado; 

IX. Ha de tenerse particularísima atención 
para que no obstante la priesa y multitud de tan- 
tas instantáneas y eñcaces diligencias judiciales, 
no falte en manera alguna la más cómoda y pun- 
tual asistencia de los Religiosos, aun mayor que 
la ordinaria, si fuese posible, como de que se re- 
cojan á descansar á sus regulares horas, reuniendo 
las. camas en parajes convenientes para que no 
estén muy dispersos. 

X. ' En los Noviciados (ó casas en que hubiere 
algún Novicio por casualidad) se han de separar 
inmediatamente los que no hubiesen hecho toda- 
vía sus votos religiosos, para que desde el instante 
no comuniquen con los demás, trasladándolos á 
casa particular, donde con plena libertad y cono- 
cimiento de la perpetua expatriación que se impo- 
ne á los individuos de su Orden, puedan tomar el 
partido á que su inclinación les indujese. A estos 
Novicios se les debe asistir de cuenta de la Real 
Hacienda mientras se resolviesen, según la expli- 
cación de cada uno, que ha de resultar por diligen- 
cia firmada de su nombre y puño, para incorporarlo 
si quiere seguir, ó ponerlo á su tiempo en libertad 
con sus vestidos de seglar al que tome este último 
partido, sin permitir el Comisionado sugestiones 
para que abrace el uno ú el otro extremo por 



— 345 — 

quedar del todo al único y libre arbitrio del inte- 
resado: bien entendido, que no se les asignará 
pensión vitalicia, por hallarse en tiempo de resti- 
tuirse al siglo, 6 trasladarse á otro Orden religio*- 
so, con conocimiento de quedar expatríados para 
siempre. 

XI. Dentro de veinte y cuatro horas, contadas 
desde la intimación del extrañamiento, ó cuanto 
más antes, se han de encaminar en derechura 
desde cada colegio los Jesuítas á los depósitos in- 
terinos ó Cajas que irán señaladas, buscándose el 
carruaje necesario en el pueblo ó sus inmediaciones. 

XII. Con esta atención se destinan las Cajas 
generales ó parajes de reunión siguientes: 

DE EN 

Mallorca Palma. 

Cataluña Tarragona. 

Aragón Teruel. 

Valencia Segorbe. 

Navarra y Guipúzcoa San Sebastián. 

Rioja y Vizcaya Bilbao. 

Castilla la Vieja Burgos. 

Asturias Oijón. 

Galicia CoruSa. 

Extremadura. Fregcnal á la raya de Andalucía. 

Los rtinot de Córdoba, Jaén y 

Sevilla Jerez de la Frontera. 

Granada. ...» Málaga. 

Castilla la Nueva Cartagena. 

Canarias Tenerife, ó donde estime el Co- 
mandante general. 

XIII. Su conducción se pondrá al cargo de 
personas prudentes, y escoltada de tropa ó pai- 
sanos, que los acompañe desde su salida hasta el 



— 346 — 

arribo á su respectiva Caja, pidiendo á las Justicias 
de todos los tránsitos los auxilios que necesitaren, 
y dándolos éstas sin demora, para lo que se hará 
uso de mi pasaporte. 

XIV. Evitarán con sumo cuidado los encarga- 
dos de la conducción el menor insulto á los Reli- 
giosos, y requerirán á las Justicias para el castigo 
de los que en esto se excedieren; pues aunque 
extrañados, se han de considerar bajo la protec- 
ción de S. M., obedeciendo ellos exactamente 
dentro de sus Reales Dominios ó Bajeles, 

XV. Se les entregará para el uso de sus per- 
sonas toda su ropa y mudas usuales que acostum- 
bran, sin diminución; sus cajas, pañuelos, tabaco, 
chocolate y utensilios de esta naturaleza; los Bre- 
viarios, Diurnos y libros portátiles de oraciones 
para sus actos devotos. 

XVI. Desde dichos Depósitos que no sean 
marítimos, se sigue la remisión á su embarco, los 
cuales se fijan de esta manera. 

XVII. De Segorbe y Teruel se dirigirán á Ta- 
rragona; y de esta ciudad podrán transferirse los 
Jesuítas de aquel Depósito al Puerto de Salou, 
luego que en él se hayan aprontado los bastimen- 
tos de su conducción por estar muy cercano. 

XVIII. De Burgos se deberán trasladar los 
reunidos allí al Puerto de Santander, en cuya ciu- 
dad hay colegio, y sus individuos se incluirán con 
los demás de Castilla. 

XIX. De Fregenal se dirigirán los de Extre- 
madura á Jerez de la Frontera, y serán conduci- 



— 347 — 

dos con los demás que de Andalucía se congrega- 
sen en el propio paraje, al Puerto de Santa María, 
luego que se halle pronto el embarco. 

XX. Cada una de las Cajas interiores ha de 
quedar bajo de un especial Comisionado, que 
particularmente deputaré para atender á los Reli- 
giosos hasta su salida del Reino por mar, y man- 
tenerlos entretanto sin comunicación externa por 
escrito ó de palabra; la cual se entenderá privada 
desde el momento en que empiecen las primeras 
diligencias, y así se les intimará desde luego por 
el Ejecutor respectivo de cada colegio, pues la 
menor transgresión en esta parte, que no es creí- 
ble, se escarmentará ejemplarísímamente. 

XXI. A los Puertos respectivos destinados al 
embarcadero irán las embarcaciones suñcientes 
con las órdenes ulteriores, y recogerá el Comisio- 
nado particular recibos individuales de los Patro- 
nes, con lista expresiva de todos los Jesuítas em- 
barcados, sus nombres, patrias y clases de prime- 
ra, segunda profesión ó cuarto voto, como de los 
legos que los acompañasen igualmente. 

XXII. Previénese que el Procurador de cada 
colegio debe quedar por el término de dos meses 
en el respectivo pueblo, alojado en casa de otra 
Religión, y en su defecto en secular de la con- 
fianza del Ejecutor, para responder y aclarar exac- 
tamente, bajo de deposiciones formales, cuanto se 
le preguntare tocante á sus haciendas, papeles, 
ajuste de cuentas, caudales y régimen interior, lo 
cual evacuado, se le aviará al embarcadero que 



- 34? - 

se le señalase, para que solo 6 con otros, sea con^ 
ducido al destino de sus hermanos. 

XXIII. Igual detención se debe hacer de Jos 
Procuradores generales de las Provincias de Es* 
paña é Indias^ por el mismo término, y con el 
propio objeto y calidad de seguir á los demás, 

XXIV. Puede haber viejos de edad muy cre- 
cida, 6 enfermos^ que no sea posible remover en 
el momento, y respecto á ellos, sin admitir frau- 
de ni colusión, se esperará hasta tiempo más be- 
nigno, ó á que su enfermedad se decida. 

XXV. También puede haber uno ú otro que 
por orden particular mía se mande detener para 
evacuar alguna diligencia ó declaración judicial, y 
si la hubiere, se arreglará á ella el Ejecutor; pero 
en virtud de ninguna otra, sea la que fuere, se 
suspenderá la salida de algún Jesuíta, por tener?- 
me S. M. privativamente encargado de la ejecu- 
ción, é instruido de su Real voluntad. 

XXVI. Previénese por regla general que los 
Procuradores, ancianos, enfermos 6 detenidos en 
la conformidad que va expresada en los artículos 
antecedentes, deberán trasladarse á conventos de 
Orden que no siga la escuela de la Compañía, y 
sean los más cercanos, permaneciendo sin comu- 
nicación externa á disposición del Gobierno, para 
los fines expresados, cuidando de ello el Juez eje- 
cutor muy particularmente, y recomendándolo al 
Superior del respectivo convento, para que de su 
parte contribuya al mismo, fin; á que sus Religio- 
sos no tengan tampoco trato con los Jesuítas de- 



— 349 — 

tenidos, y á que se asistan con toda la caridad reli- 
giosa, en el seguro de que por S. M, se abonarán 
las expensas de lo gastado en su permanencia. 

XXVII. A los Jesuítas franceses que están en 
colegios 6 casas particulares con cualquier destino 
que sea, se les conducirá en la forma misma que 
á los demás Jesuítas; como á los que estén en Pa- 
lacio, Seminario, Escuelas seculares ó militares, 
granjas ú otra ocupación, sin la menor distinción. 

XXVIII. En los pueblos que hubiese casas de 
Seminarios de educación, se proveerá en el mis- 
mo instante á substituir los Directores y maestros 
Jesuítas con eclesiásticos seculares que no sean de 
su doctrina; entretanto que con más conocimiento 
se providencie su régimen, y se procurará que 
por dichos substitutos, continúen las escuelas de 
los Seminaristas; y en cuanto á los maestros segla- 
res, no se hará novedad con ellos en sus repecti- 
vas enseñanzas. 

XXIX. Toda esta Instrucción providencial se 
observará á la letra por los Jueces ejecutores ó 
Comisionados, á quienes quedará arbitrio para su- 
plir según su prudenc4*, 4€> que se haya omitido y 
pidan las circunstancias menores del día; pero nada 
podrán alterar de lo substancial, ni ensanchar su 
condescendencia para frustrar en el más mínimo 
ápice el espíritu de lo que se manda, que se re- 
duce á la prudente y pronta expulsión de los Je- 
suítas; resguardo de sus efectos, tranquila, decente 
y segura conducción de sus personas á las Cajas y 
embarcaderos, tratándolos con alivio y caridad, é 



— 350 — 

impidiéndoles toda comunicación extema dé es- 
crito 6 de palabra, sin distinción alguna de clase 
ni personas, puntualizando bien las diligencias, 
para que de su inspección resulte el acierto y ce- 
loso amor al Real Servicio con que se hayan prac- 
ticado, avisándome sucesivamente según se vaya 
adelantando. Que es lo que debo prevenir confor- 
me á las órdenes de S. M. con que me hallo, para 
que cada uno en su distrito y caso se arregle pun- 
tualmente á su tenor, sin contravenir á él en ma- 
nera alguna. 

Madrid, primero de Marzo de mil setecientos 
sesenta y siete. 

El Conde de Aranda.» 

(Colección de las providencias... lobre el extrañamiento, tomo I, 
pág. 6. Edición de Madrid de 1767.) 



NtS-m. 3 



1767. — Instrucción para el extrañamiento en América 



«ADICIÓN A LA INSTRUCaÓN 

SOBRB BL BXTRAÑAMIBNTO DB LOS JBSUÍTAS DB LOS DOMINIOS 
DB S. Bf. POR LO TOCANTB i «INDIAS» É «ISLAS FILIPINAS» 

i. Para que los Virreyes, Presidentes y Go- 
bernadores de los Dominios de Indias é Is/as Fi- 
lipinas se consideren con las mismas facultades 
conducentes que en mí residen en virtud de la 
Real resolución, depongo en ellos las de que habla 
la Instrucción de España para dar las órdenes, se- 
ñalando las Cajas de depósito y Embarcaderos, 
como aprontando las embarcaciones necesarias 
para transporte de los Jesuítas á Europa y Puerto 
de Santa María, donde se recibirán y aviarán para 
su destino. 

n. Como su autoridad será plena, quedarán 
responsables de la ejecución, para la cual propor- 
cionarán el tiempo y fijarán el día en que se cum- 



— 35« — 

pía en tcxlas las partes de su distrito, expidiendo 
las órdenes convenientes con la mayor brevedad, 
á ñn de que no llegue á noticia de unos colegios 
lo que se practique en otros sobre este particular. 

III. En esto ocurrirán los gastos que se pueden 
considerar, y así deberán costearse de las Cajas 
Reales, con calidad dé reintegro de los efectos de 
la Compañía. 

IV. En el secuestro, administración y recau- 
dación de dichos productos, ha de haber la mayor 
pureza y vigilancia, para evitar su extravío ó con- 
fianzas perjudiciales. 

V. En todas las Misiones que administra la 
Compañía en América y Filipinas, se pondrá in- 
terinamente por provincias, un "Gobernador á 
nombre de S. M., que sea persona de acreditada 
probidad, y resida en la cabeza de las Misiones, y 
atienda al gobierno de los pueblos conforme á las 
leyes de Indias; y será bueno establecer allí algu- 
nos españoles, abriendo y facilitando el comercio 
recíproco, en el supuesto de que se atenderá el 
mérito de cada uno con particularidad, según se 
distinguiere. 

VI. En lugar de los Jesuítas, se subrogarán, 
por ahora, ó establemente Clérigos, ó Religiosos 
sueltos con el sínodo que paga S. M., á fin de que 
puedan situarse cómodamente, cuidando en lo es- 
piritual el Diocesano de atender á lo que sea de 
su inspección; para lo cual los Virreyes, Presiden- 
tes y Gobernadores pasarán las órdenes conve- 
nientes á los Reverendos Arzobispos y Obispos. 



— 353 — 

VIL El que vaya nombrado de Gobernador 6 
Corregidor á la respectiva provincia de Misiones, 
llevará el encargo de sacar de ellas á los Jesuítas, 
y dirigirlos á la Caja respectiva; á cuyo efecto 
se le deberá dar la escolta provisional compe- 
tente. 

VIII. A fin de facilitar la reunión de los Jesuí- 
tas misioneros que se hallen muy destacados en 
distancia, sería conducente que el Provincial 6 
quien tenga sus facultades, escriba para ello órde- 
nes precisas, conviniendo por lo mismo que se 
haga antes el arresto de los existentes en sus co- 
legios, así para que el Provincial no busque dila- 
ciones por bajo mano, como porque los misioneros 
mismos, viéndose destituidos del principal auxilio, 
sean más puntuales al cumplimiento, y estas órde- 
nes de los Provinciales ó Superiores inmediatos, 
han de ser abiertas, y sin que expresen más que 
el retiro del sujeto, sin narrativa de la providencia 
general. 

IX. De todo lo que vaya ocurriendo, diligen- 
cias é inventarios, se me remitirá el original, que- 
dando allí copia certificada, para que en las dudas 
y recursos que ocurran, se pueda resolver en la 
forma que S. M. lo tiene determinado. 

X. Aunque los Presidentes subalternos ó Go- 
bernadores han de poner en cumplimiento estas 
órdenes é instrucciones, ya las reciban en dere- 
chura, ó ya por medio del Virrey respectivo, sin 
retardación de la ejecución, deberán dar cuenta 
inmediatamente á su Superior de lo que adelanta- 
os 



— 354 — 

sen, para mantener la armonía y subordinación 
que es justo. 

XI. Como esta providencia es general y uni- 
forme para todos los dominios de S. M., después 
de un maduro y deliberado examen, sería inútil 
el que ninguno de los Comisionados buscase pre- 
texto para dejar ineñcaz lo mandado, pues se mi- 
raría como reprensible semejante conducta, y res- 
ponsable de sus resultas el que por tales medios 
expusiese á desgraciarse las Reales órdenes, y así 
todo su ahinco y aplicación se ha de esforzar á 
llevarlas á debido efecto con vigor, prudencia y 
secreto, no fiando este negocio sino á los muy 
precisos, y disponiendo que en un mismo día 6 
pocos de diferencia, según las distancias, se cum- 
pla lo mandado en los colegios y casas de la Com- 
pañía de su distrito, enviando pliegos cerrados con 
carta remisiva, y prevención en ella de no abrir- 
los hasta la víspera del día que se prefijase para la 
ejecución. 

XII. La distancia no permite se consulte sobre 
la práctica, y así los Virreyes, Presidentes ó Go- 
bernadores respectivos, sin faltar al espíritu de la 
orden, serán arbitros, en todo el ámbito de su 
mando, de proporcionar el cumplimiento por me- 
dios equivalentes, ó añadir las precauciones que 
estimaren, conduciéndose con firmeza é integri- 
dad, por tratarse del Real Servicio en punto que 
las omisiones serían de gravedad. 

XIII. De la Instrucción que acompaña, for- 
mada para España, deducirá cada Ejecutor lo que 



— 355 — 

sea aplicable en aquel paraje de su comisión, de ma- 
nera que por ella, ésta y lo que dictase el juicio de 
cada uno, bajo el mismo espíritu, se llegue al com- 
plemento cabal de la expulsión, combinando las 
precauciones y reglas con la decencia y buen trato 
de los individuos, que naturalmente se prestarán 
con resignación, sin dar motivo para que el Real 
desagrado tenga que manifestarse en otra forma; 
ó usando los Virreyes, Presidentes, Gobernadores 
y Corregidores de la fuerza, que en caso necesa- 
rio sería indispensable, porque no se puede desis- 
tir de esta ejecución ni retardarla con pretextos. 
Sobre lo cual cada uno en su mando tomará en sí 
la deliberación oportuna, sin consultarla á España, 
sino para participarlo después de practicada. 
Madrid, I.® de Marzo de 1 767. 

El Conde de Aranda.» 



(Colección general de Ut proTÍdenciat... sobre el extraflamiento. 
J, 20. Ed. Madrid, 1 767) 



NlÍTM. 4 



1767. --Bando de Bucareli sobre el extrañaniieato 
con varias penas de maerte. 



as 



POR EL REY . 

«FRANCISCO DE PAULA BUCARELI y Ur- 
súa, Laso de la Vega, Villacis y Córdoba, Ca- 
ballero Comendador del Almendralejo en el 
Orden de Santiago, Teniente Qeneral de los 
Reales Ejércitos, Gentilhombre de Cámara de 
Su Majestad con entrada. Gobernador y Capi- 
tán General de las provincias del Río de la 
Plata y Plaza de Buenos Aires, etc. 

Por cuanto por Real Decreto de 2^ de Febrero 
de este presente año, que hoy se ha hecho saber 
á los PP. Jesuítas de los dos colegios que tienen en 
esta ciudad, el Rey nuestro Señor Don Carlos Ter- 
cero, que Dios guarde, usando de la económica 
potestad que el mismo derecho natural le comu- 



— 357 — 

nica para atender al mayor bien de sus pueblos, y 
movido de las justísimas y poderosas causas que 
se presentaron á su soberano ánimo, y cometió al 
prolijo escrutinio de los varones más sabios y pru- 
dentes que estableció para este efecto, á fín de 
tomar una resolución que fuese digna de la justi- 
cia y religión que lo caracteriza, se ha servido ex- 
pulsar, estrenar [sic] y hacer que inmediatamente 
salgan de los estados y dominios de su Monarquía 
los referidos PP. Jesuítas, quedando secuestrados 
todos sus bienes, así raíces como muebles, de cual- 
quiera especie y condición que sean, y con el pre- 
ciso é inalterable destino que en virtud de su alto 
dominio y suprema potestad ha querido darles, 
sin permitir que dichos religiosos lleven consigo 
otra cosa que el necesario vestuario con los brevia- 
rios y pequeños libros de devoción que han me- 
nester para el cumplimiento de sus respectivas 
obligaciones, por haberse hecho cargo S. M. de 
su manutención hasta transportarlos fuera de sus 
Reinos: 

Por tanto, y deseando, por mi parte, acreditar 
el profundo reconocimiento á la confianza con que 
el Soberano me ha autorizado para la ejecución de 
tan importante mandato, sin embargo de creer al 
mismo tiempo que todos sus vasallos, agradecidos 
al celo y amor con que cela sus más sólidos inte- 
reses, cooperarán gustosos, por su parte, al más 
exacto cumplimiento de sus justos designios: 

Poniendo en uso las superiores facultades de 
que me ha revestido para todo lo que conduzca al 



-358 - 

deseado favorable éxito, y arreglándome á las 
particulares instrucciones que se ha dignado diri* 
girme: 

Ordeno y mando, en nombre de S. M., á todos 
los moradores y vecinos de esta ciudad y su juris- 
dicción, de cualquier estado y condición que sean, 
que con ningún pretexto, directa 6 indirectamen- 
te, por sí ó por interpósitas personas, de palabra 
6 por escrito, traten ni comuniquen desde hoy en 
adelante con los referidos religiosos, bajo la pena 
de ser tenido, cualquiera que lo ejecutare, por 
traidor y rebelde á la Corona, y de que indispen- 
sablemente sufrirá el último suplicio, sin otra ave- 
riguación ni requisito que la deposición de un tes- 
tigo fidedigno, en cuya virtud se procederá á las 
demás penas que tienen establecidos los derechos 
contra los traidores y rebeldes: 

Las cuales se extenderán del mismo modo á 
todos aquellos que pública ó privadamente censu- 
raren la Real resolución con las demás disposicio- 
nes que se tomaren para su más pronto y cumpli- 
do efecto; 

y que por escrito ó de palabra vertieren expre- 
siones ó hagan discursos sediciosos encaminados 
á malquistar las providencias del Soberano, é in- 
disponer con éste los ánimos de sus vasallos por 
razón de las funestas ó menos favorables conse- 
cuencias que se finjan resultar de una deliberación 
que se ha tomado con el más maduro examen, y 
no tiene otro blanco que el bien temporal y espi- 
ritual de sus pueblos. 



— 359 — 

Debiendo igualmente quedar sujetos á las enun- 
ciadas penas todos aquellos que,, teniendo en su 
poder bienes algunos, de cualquier especie que 
sean, pertenecientes á los mencionados religiosos, 
no me los manifestasen con los respectivos docu- 
mentos dentro de tercero día; 

ó que, sabiendo que otro alguno los tenga, por 
cualquiera título que sea, no me lo denuncie den- 
tro del mismo término, que desde luego señalo 
por perentorio\ 

Y para que este edicto llegue á noticia de to- 
dos, y ninguno pueda alegar ignorancia que excu- 
se su contravención de las referidas penas, se pu- 
blicará en forma de bando por las calles más 
públicas de esta ciudad, y se ñjarán copias autori- 
zadas en los lugares y puestos más conspicuos y 
proporcionados para que sean leídas. 

Que es fecho en esta ciudad de Buenos Aires, á 
3 de Julio de 1767. 

Francisco Bucareli y Ursúa.» 
[rúb.] 

(Orígioal. Chile; Biblioteca Nacional, Sección de ManuKritot, Co- 
lección Jeuáttí^ Tol. 377, fol. 5.) 



NtíM:. 5 



1767. — Carta acusada ante Carlos III y ante el Sano 
Pontífice de contener conceptos sediciosos y aten- 
tatorios á la vida del Rey. 



<Mi P. Provincial Manubl Vbroara 
p. c. 

Doy noticia á V. R. como ya estoy convenido 
con los herederos del difunto Portal en que sólo 
tienen derecho á recibir los diez mil pesos que pri- 
mero donó el difunto su padre; se ha hecho escri- 
tura de que en ningún tiempo han de pedir más 
cantidad, y que son contentos y van satisfechos 
con recibir estos diez mil pesos, para lo cual nos 
hemos multado; y ellos muy corrientes en todo. 
Les he entregado dos mil pesos: mil y quinientos 
en la plata labrada de iglesia que había dado el di- 
funto, y quinientos en plata, y me he obligado á 
pagar los ocho mil restantes dentro de un año. 
plata para satisfacer estos ocho mil en lo 
que me deben, que en todo este año me han de 



— 3^^ — 

pagar, que son personas seguras. También me han 
propuesto que si quiero rescatar la plata labrada de 
la iglesia que me la darán, y he respondido que pa- 
gados los ocho mil pesos, si me sobrare plata, que 
la tomaré. Por si acaso se efectuare la fundación 
en algún tiempo, me ha parecido hacer este con- 
venio. No han querido tomar efectos algunos, ni 
vacas, ni muías, sino todo plata, y mejor es dar 
ésta, que de lo que queda se puede sacar más uti- 
lidad con el tiempo, si el Señor quiere componer 
las cosas, asi se mantuviera en pie toda la hacien- 
da hasta que 6 se mudara de Rey, ó entrara el Se- 
ñor Cevallos de ministro, que no dudo había de 
venir la licencia. Dios lo quiera disponer en esos 
términos, si fuere para su mayor gloria. 

El P. Rector de Córdoba mé ha escrito que tie- 
ne pedido á V. R. el residuo que quedare después 
de pagar á los que hay obligación de volver, y 
me dice que esto lo quiere para su colegio de G5r- 
doba, por hallarse muy necesitado, y que V. R. no 
disiente á esto; y ya viene el P, Rector como pi- 
diendo, pues me dice que le pague al conductor de 
sus muías, y que me haga cargo de su invernada; 
y en fin, todo lo da por hecho. Yo estoy dispues- 
to á efectuar lo que V. R. me ordenare. 

También el P. Rector de este colegio de Salta 
me ha dicho que V. R. le ha escrito que acuda á 
mí por algún socorro para pagar sus réditos. Otros 
habían de ser los tiempos de lo que son ahora, 
más abundantes de dinero, para poder subminis- 
trar y dar consuelo á todos, entrando en esta re- 



— 1^2 — 

partición el pueblo de Tobas, que también nece- 
sita y pide; pero ahora, que tanto cuesta el verse 
la plata, aun de los efectos que antes eran muy 
apreciables, no sé cómo podremos contentar á 
todos. 

No quisiera, mi P. Provincial, que diéramos mo- 
tivo á que se hablase de nosotros no con mucho 
aprecio, en tiempos que por todas partes tantos 
nos persiguen. No hay duda que si lo que sobra 
de aquellos bienes se hace repartición entre los ya 
nominados, será ocasión para que los que han sido 
afectos digan que por eso no se pone empeño en 
la licencia, porque se pretende dar á los colegios 
ésta hacienda, que se ha dado y se ha procurado 
aumentar para el ñn de aquella fundación y no 
para otro, y que por esto han dado cuantos infor- 
mes han sido necesarios para conseguirlo. Tengo 
bastante luz de esto, y por eso se lo escribo á 
V. R. para que esté impuesto en todo para su ma- 
yor acierto. 

No hay duda que ahora cien años, cuando dejó 
D. Antonio Buenrostro su hacienda para la funda- 
ción de Jujuí, se mandó que todo estuviese en de- 
pósito en el colegio de Salta, hasta que se efec- 
tuase la fundación, y como así ha estado. Pues 
¿por qué no deberá estar así esto, hasta que Dios 
con su infinita providencia dé otro semblante á las 
cosas? No sólo los Portales y D. Diego Tomás die- 
ron lo que consta con la condición de que se les 
volviese si no se efectuaba la fundación; otros 
varios dieron lo que pudieron para este fin tan 



— 3^3 — 

santo, y sin esa condición de que se les volviese; 
y su intención y deseo siempre se mantiene en que 
sea para eso mismo, y siendo así, no sé cómo se 
puede invertir en otra cosa, dirán ellos, y de esta 
suerte, viendo lo que se hace, no hablarán muy 
bien del medio que se toma. 

V. R. con su grande comprensión dispondrá lo 
que fuere más según Dios, que yo haré lo que 
V. K. gustaré mandarme; y así defleo sus órdenes 
con todo rendimiento. Ya^ gracias al Señor, me 
hallo libre de terciana y de los demás achaques 
que me ocasionaba, y con bastantes alientos, gra- 
cias al Señor, quien guarde á V. R. muchos años, 
y le prospere en su larga peregrinación. Salta y 
Junio 3 de 1767. 

Muy rendido siervo de V, R. 

Domingo Navarro.» 



[Autorisación del Escribano público D. Jote Zenxano, Buenos 
Aires, 4 de Marzo de 1768 ] 

(Copia en el Archivo general de Baenos Aires, legajo vImoi át 1767 y 
IT^ICorrespoHiiiiicié cm el Candelde ^anJa,} 



NtTM. 6 



1 7S8. — Memorial del pueblo Guaraní de San Lnis 
á Bucareli: que no les quite los Padres Jesuítas. 



TEXTO GUARANÍ 



«IHS» 
«SEÑOR GOBBRNAI>OR^ 



< Tupa tanderaaro anga oroe ndebe ore Cabildo 
Cazique reta, Aba hae Cuña, hae mita rehebe San 
Luis ygua orerubeteramo nderecoramo. Corregi- 
dor Santiago Pindó, hae Don Pantaleon Cayuarí 
oiquatia orebe oreray hupareteramo ndereco: aí- 
pobae rehe ore yerobia hape oroiquatía anga nde- 
be hupigua ete rupi, co ñande Rey poroquaita 
Güira tetiro oromondo hagua ñande Rey upegua- 
ra, oromboaci mirí ey ngatu ndoroguerecoi ramo 
oromondo hagua rehe: oico note Tupa omoña 
hague rupi, hae oñegua he orehegui , haeramo 
yyabai ete oromboaye hagua. Aiporamo yepe 
oroico Tupa hae ñande Rey boyaramo, hecobia 
tetiro oreyoquai reco rupi; Colonia mbofaapi yebi 



— 3^5 — 

tpicibo, hae ombae apo hece tributo hepibeemo, 
hae anga catu oroñemboe Tupa upene aco¡ Güira 
catupiribe Tupa Espíritu Santo ornee hagua nde- 
be, hae ñande Rey upe hega pe bo, hae Ángel 
marangatu pendaramo rano. 

Aiporire nderehe yerobiahape: Ah Señor Go- 
vernador orerubeteramo nderecoramo, ñemomi- 
rieyngatu hape oroyerure anga oreregay pipe San 
Ignacio ray reta Pay abare de la Compañía de Je- 
sús ipicopi haguama rehe ore paume yepi, cobae 
rehe catu eyerure anga ñande Rey marangatu upe, 
Tupa rera pipe hae hayhupape. Cobae rehe oye- 
rure guegai pipe guibe taba guetebo, Aba, hae 
Cuña, Cunumi, Cuñatai retarano; bite tenanga ypo- 
riahu hae me me. 

Pay Frayle, cotera Pay Clérigo ndoroipotai. 
Apóstol Santo Tome Tupa boya marangatu nia 
omombeu corupi ore ramoi upe, hae cobae Pay 
Frayle hae Clérigo nomaey orerehe. San Ignacio 
ray reta catu ou ypiramo yangata ore ramoi reta 
recabo rehe, hae omboe oreramoi ymongaraibo 
Tupa upe, hae Rey España upe ymoñemeebo: Pay 
Frayle cotera Clérigo, ndoroipotai etc. 

Pay de la Compañía de Jesús orereco poriahu 
oguera, hasa quaabae, hae orobia pora hece. Tupa 
upe ñande Rey upe guara: hae oremeene tributo 
guagube Caamiri ereipotaramo. 

Enei angaque. Señor Governador marangatu, 
terehendu anga oreñee poriahu imboaye ucabo 
anga. 

Aiporire, overeco ndoicoi esclavo rehegua, ore- 



— 3^6 — 

remimoa rúa catu, noramoaruay caray reco nabo 
oyeupe año iñangatabae o amo reta rehe mae 
ymoypitibo eymo, ymongaru eymo, rano. Cohu- 
pigua ete oromombeu anga ndebe, nde ereipota 
recó rupi ore ymombeu haguama? Ani ramo: 
cotaba, hae taba tetiro ocañimbane coite ndebe, 
ñande Rey upe, hae Tupa upe, añaretame oro- 
yeoíta coitene, hae acoiramo orémanoramo, ma- 
bae angapihi panga yarecone? Ani etei. Ore ray 
reta nía obia yoya caaguípe tabape rápióha, hae 
ndohechaíramo Pay San Ignacio tay reta, acoira^- 
mo oairine ñe rupi cotera caaguipe teco mará a 
pobo. San Joaquín reta, San Estanislao reta, San 
Fernando reta. Timbo peguo ocañimba ima rapi- 
cha, oroíquaa pora teco rupi, oromombeu anga 
ndebe, hae rire ore Cabildo Tupa upe, hae ñande 
Rey upe, nderomboyebi beíchene taba reco. Señor 
Governador marangatu. 

Enei tiyaye anga, oreyerure hague ndebe. Hae 
Tupa ndepítibone, hae tanderaaro yebi yebi anga. 

Aípobae note anga. 

San Luís hegui a 28 de Febrero 1768 rehegua. 

Nde ray reta poriahu, taba guetebo Cabildo.» 

[Siguen las ñrmas.] 

(Papeles del plenipotenciario británico en Boenos Aire» Sir Woodbi- 
ne Pariih.) 



— 3^7 — 
TRADUCCIÓN 

«JHS» 
«SBJÍOR GOBBRNADORt ^ 

«Dios te guarde á ti que eres nuestro padre, te 
decimos nosotros, el Cabildo y todos los caciques, 
con los indios é indias y niños del pueblo de San 
Luis. 

>El Corregidor Santiago Pindó y D. Pantaleón 
Cayuarí con el amor que nos profesan, nos han 
escrito pidiéndonos ciertos pájaros que desean en- 
viemos al Rey. Sentimos mucho no podérselos en- 
viar, porque dichos pájaros viven en las selvas don- 
de Dios los crió, y huyen volando de nosotros, de 
modo que no podemos darles alcance. Sin que eso 
obste, nosotros somos subditos de Dios y de nues- 
tro Rey, y estamos siempre deseosos de compla- 
cerle en lo que nos ordene; habiendo ido tres ve- 
ces á la Colonia como auxiliares, y trabajando para 
pagar el tributo, y pidiendo como pedimos ahora 
que Dios envíe la más hermosa de las aves, que 
es el Espíritu Santo, á ti y á nuestro Rey para ilu- 
minaros y que os proteja el Santo AngeL 

>Por eso, llenos de confianza en ti, te decimos: 
Ah, señor Gobernador, con las lágrimas en los 
ojos te pedimos humildemente dejes á los san- 
tos Padres de la Compañía, hijos de San Igna- 
cio, que continúen viviendo siempre entre nos- 
otros, y que representes tú esto mismo á nuestro 
buen Rey en el nombre y por el amor de Dios. 



— 368 - 

Esto pedimos con lágrimas todo el pueblo, indios, 
indias, niños y muchachas, y con más especialidad 
todos los pobres. 

>No nos gusta tener Cura fraile 6 Cura clérigo. 
El Apóstol Santo Tomás, ministro de Dios, predi- 
có la fe en estas tierras á nuestros antepasados, y 
estos párrocos frailes ó párrocos clérigos, no han 
tenido interés por nosotros. Los Padres de la Com- 
pañía dejesús sí, que cuida ron desde el principio 
de nuestros antepasados, los instruyeron, los bau- 
tizaron y los conservaron para Dios y para el Rey 
de España. Así que de ningún modo gustamos de 
párrocos frailes ó de párrocos clérigos. 

»Los Padres de la Compañía de Jesús saben 
conllevarnos, y con ellos somos felices sirviendo 
á Dios y al Rey, y estamos dispuestos á pagar, si 
así lo quisiere, mayor tributo en yerba caamirí. 

»Ea, pues, señor Gobernador, de cuya bondad 
no dudamos, oye estas súplicas de unos pobres 
como nosotros, empeñándote en que se cumplan. 

»Además, que nosotros no somos esclavos, ni 
tampoco gustamos del uso de los españoles, los 
cuales trabajan cada uno para sí, en lugar de ayu- 
darse uno á otro en sus trabajos de cada día. 

>Esto es la pura verdad, te decimos, y si se hace 
lo contrario, se perderá pronto este pueblo y otros 
pueblos también, para sí, para el Rey y para Dios, 
y nosotros caeremos en poder del demonio. Y en- 
tonces, á la hora de nuestra muerte, ¿á quién ten- 
dremos que nos auxilie? A nadie absolutamente. 
Nuestros hijos, que ahora están en los bosques, 



— 3^9 — 

cuando regresen al pueblo y no vean á los párro- 
cos, hijos de San Ignacio, se irán por los desiertos 
6 los bosques á vivir mal. Ya las gentes de San 
Joaquín, San Estanislao, San Fernando y Tirabó, 
se han desparramado. Esto sabemos y te decimos, 
porque después el Cabildo no ha de poder restau- 
rar este pueblo como estaba para Dios y para el 
Rey. 

tPor tanto, señor Gobernador bondadoso, haz 
como te suplicamos. 

>Y que nuestro Señor te asista y te dé su gra- 
cia continuamente. 

>Esto y no más es cuanto tenía que decirte. 

tDe San Luis, á 28 de Febrero de 1 768. 

>Tus pobres hijos, á saber, el pueblo y Cabildo 
entero. » 

(Siguen las firmas). 



u 



NtTM. 7 



1768.— Sucesos de seis novicios americanos 

«Mi P. José TomAs. 

P. C. BTC. 

»Mi querido Padre: No he respondido á V. R. 
por haber estado en Ejercicios, de que salimos hoy 
sábado. Estimo su buena benevolencia, con la cual 
dará á Dios gracias por haberme juntado con los 
que tan sin compasión me habían forzado á dejar 
corporalmente, y también me alegra (aunque sien- 
to su necesidad) ver á V. R. tan conforme con la 
divina voluntad y exacto en la observancia de 
nuestras reglas, estando aparejado para mendicar 
ostiatim cuando la necesidad lo pida. Yo, para 
cumplir con el deseo y petición de V. R., y para 
que vea cómo Dios, cuando está uno más desam- 
parado de todo favor humano, maniñesta más su 
paternal providencia, le referiré lo que me ha su- 
cedido desde la última vista hasta ahora; pero ad- 
vierto á V. R. que le escribo con toda llaneza, 
como á un compañero inseparable, y que procu- 



— 37^ — 

raré abreviar, puesto que no me sepa explicar con 
. pocas palabras. 

»La tarde, mi Padre, que me apartaron á mí y 
á mis compañeros de su buena compañía, del Pa- 
dre Cosme y hermano Escriche, nos condujeron al 
convento de San Francisco, á la celda del P. Guar- 
dián, donde nos dieron de refrescar; y, entretan- 
to, tuvimos nuestros buenos ataques con el Guar- 
dián y el Oidor, juez comisionado para nuestra 
causa. Yo era el que principalmente les respondía, 
y por la gracia de Dios daba mis razones de suer- 
te que quedaron desengañados, pero no conven- 
cidos, de su vana pretensión de que dejásemos la 
sotana; tanto, que vinieron á decir, ó que estaba 
loco 6 que sabía mucho. Por último, de esta pri- 
mera entrada les hice perder las esperanzas de 
conseguir su intento, que parece tenían orden de 
la corte para disuadirnos de nuestro error (como 
decía el Conde de Aranda) en seguir la religión. 
Habíale escrito al Guardián también para que con 
su prudencia supiese mejor hacer este papel; y así 
dijo al Oidor no perdiesen las esperanzas, que con 
el tiempo se templarían estos fervores. Luego nos 
condujeron á una buena celda, prevenida con cua- 
tro muy buenas camas, y nos dieron la posesión 
de ellas, con que se despidieron, encargando á mis 
compañeros no me siguieran á mí» porque era una 
locura. Se siguió la cena, y en los demás días, 
nuestra buena asistencia. Pero mis compañeros, 
con sus ayunos, disciplinas, lección espiritual y 
oración, en que gastaban dos horas al día, causa- 



— 372 — 

ban grande edificación á los frailes, que procura- 
ban apartarles de tanto rigor. Unos les decían, 
cuando no querían comer más que lo que bastase 
pai-a su ayuno en los días señalados: mandúcate 
qwE apponuntur vobis; que ya tendrían ocasión de 
mortificarse. El Guardián ofreció, con mucho di- 
simulo, disciplinas; pero le respondimos que esti- 
mábamos su caridad; que nosotros las teníamos. 
Vinieron varios frailes á vernos, hablando unas 
veces indiferentemente, otras acerca de nuestro 
caso. Finalmente, al cabo de tres 6 cuatro días, 
mandó el P. Guardián fuésemos uno á uno á su 
celda. Fui yo el primero, y mandó me sentase; y 
luego me dijo que había de saber cómo había or- 
den de S. M. que nos quitasen las sotanas. Yo me 
creí, como no añadió otra cosa, que absolutamente 
nos privaban el seguir; y así le respondí diciendo 
que extrañaba mucho esta novedad , porque nos- 
otros, bajo la palabra de S. M. de que nos permitía 
seguir la religión, habíamos venido de la América, 
pasando los trabajos que en la mar acaecen, y que 
para quedarnos en el siglo, lo podíamos excusar y 
haber allá buscado nuestra vida; que esto lo decía 
por lo que miraba á mis compañeros, compelido 
de la razón; que por lo que á mí tocaba, tuviesen 
entendido que yo era religioso, y que había hecho 
los votos, acabados los dos años de Noviciado, 
como acostumbra la Compañía, bajo la palabra 
misma de S. M. Puso esto por escrito y mandó 
que viniese otro, y sucesivamente se siguieron 
los demás, respondiendo cada uno que no quería. 



— 373 — 

de ningún modo, dejar la sotana. Al otro día vino 
un maestro de sastre á tomar medida de vestido 
secular por orden del General á los tres mis com- 
pañeros, dejándome á mí. Fueron llamados á la 
celda del Guardián, y á esta propuesta quedaron 
en gran manera sorprendidos y comenzaron á llo- 
rar. Duró gran rato la contienda de no permitir 
les tomasen la medida, para cuya consecución les 
decían variafe cosas, hasta que les dijeron si no 
querían obedecer al Rey. El (iuardián estaba pas- 
mado viendo lo que á sus ojos pasaba, y decía, 
admirado, que, si no lo hubiera visto, no lo creería 
por más que se lo dijesen. El sastre, que estaba 
casi llorando, viendo tal espectáculo, les dijo que 
por el amor de Dios se dejasen tomar las medidas; 
que 61 traía esa orden; que nunca tal cosa le hubie- 
sen mandado, y que perdía su trabajo. Por último, 
se dejó uno vencer, y así todos hubieron de pasar 
por ello, y les tomaron las medidas. Vinieron á 
mi celda, donde yo aguardaba qué novedad sería, 
y cuando me los veo entrar llorando á gritos, |oh 
Padre!, ¡qué dolor atravesó mi corazón! Algún 
tiempo estuve sin hablar palabra, asomado á una 
ventana que caía á un huerto; y, después de un 
rato, procuré consolarlos, que no necesitaba yo 
poco de consuelo en caso tan funesto, y estaba un 
leguito que nos asistía, puesta la mesa para comer, 
atónito aguardándonos. Por último, les reconvine 
á tomar algunos tristes bocados, que el hermano 
Soler después hubo de arrojar. Cierto que en esta 
ocasión dieron á ver á todo el mundo cuánto se 



— 374 — 

debe estimar la vocación religiosa, y más á nues- 
tra Compañía. Así pasamos este triste día, y á las 
ocho de la noche me mandaron á mí llamar á la 
celda del Guardián, en donde estaba el Oidor con 
un escribano; y mandado sentar, me tomaron ju- 
ramento de decir verdad en lo que se me pregun- 
tase, y se escribió una relación de todo lo acaeci- 
do desde mi entrada en la religión; y ñrmada por 
el Oidor, escribano, y por mí también, la remi- 
tieron á la corte, asegurándome no tuviese cuida- 
do, que no me forzarían para que no siguiese ia 
religión, encargándome que nada de lo que había 
pasado dijese á mis compañeros. Esta función, que 
tuvo varías disputas y altercaciones, duraría dos 
horas. Decían que varios teólogos eran de sentir 
que mis votos no eran válidos, y otros que se ha- 
bía constituido reo de Estado el que me los dio; 
pero yo les respondía lo que alcanzaba, y, final- 
mente, concluía que yo era religioso como el Pa- 
dre General, por más que incurriese en delito de 
Estado quien me los concedió, que en eso yo no 
me metía. A la mañana siguiente, víspera de nues- 
tros Mártires del Japón, vino el escribano y me 
dijo que por orden del señor Capitán general me 
fuese con él al convento de Santo Domingo. Yo, 
esforzando mi corazón, por haber de dejar á mis 
compañeros, y en manos de sus enemigos, aunque 
creía y fiaba más de su destreza, que el hecho 
confirmó, respondí que me placía; y tomando el 
manteo, me abracé con mis compañeros, esforzan- 
do á mi corazón, que á saber lo que al fin harían, 



— 375 — 

no lo hubiera podido sufrir sin muchas lágrimas; 
pero á todo lo animaba, para que se fuese hacien- 
do fuerte para mayores cosas. Me llevan á Santo 
Domingo y me meten en una gran celda, bien 
desaliñada, llena de polvo, y más de telarañas, 
fria como ella sola, que por tal no era habitada 
del Padre á quien pertenecía. Esta fué mi habita- 
ción, paseo y diversión cinco meses, con bien 
mala asistencia. De ella no salía sino á una tribu- 
na, y algunas veces á comer abajo y á comulgar 
el día que tenía la dicha. Al principio me conce- 
dieron ir á su librería, pero luego me lo privaron. 
No venía fraile alguno á verme, sino uno que es- 
taba encargado de mí, con orden de no dejar en- 
trar á persona alguna. Pero, ya á lo último, estaba 
algo mitigado este rigor y me hablaba uno ú otro 
fraile. Y por más cuidado que pusieron, no pu- 
dieron impedir que me viesen y hablasen algún 
otro devoto secular, trayéndome unas camisas y 
pañuelos de limosna, y ofreciéndome lo que hubie- 
se de menester. Por lo demás, mi Padre, era gran- 
de el consuelo espiritual que sentía; y viéndome 
de este modo preso, creyendo haber encontrado 
en la Europa lo que iba á buscar en la América (y 
¿qué mayor gozo que verme preso por no querer 
dejar de ser de la Compañía de Jesús?), hallé entre 
españoles (ó gallegos) lo que deseaba entre indios. 
Pero Dios me hizo ver, con la experiencia, la ver- 
dad de lo que dijo el Apóstol, que sicut abundant 
passiones^ sic, etc., y aun superabundo gaudio\ 
porque, á la verdad» fué más el premio que el 



— 376 — 

trabajo. Cinco meses fueron estos, á la verdad, 
felices para mí, que no los olvidaré jamás, porque 
Dios se me mostró más benigno, mucho más que 
merecía y aun podía desear. Y cierto que á no ser 
á la fuerza de tanta luz, sin duda me hubieran 
ofuscado la mente tinieblas tan espesas; pues en 
las peleas que tuve en todo este tiempo con los 
jueces, frailes y conmigo mismo, al paso que veía 
más claro que el mediodía que Prudentia carnis 
mors est^ et sapientia kuius mundi stultiüa est apud 
Deum; con todo, me veía forzado á clamar conti- 
nuamente al Señor: no me dejéis^ que os la pegOy 
que os la pego; y esta era como mi oración jacu- 
latoria. Pero la cabeza, algunas ocasiones de estas, 
quedaba como atronada, sin poder reposar ni co- 
ger el sueño; y por esto no me admiré mucho, 
aunque á los principios no lo creía, que hiciesen 
faltar á mis compañeros, pobres muchachos, con 
poca ó ninguna experiencia del mundo y sus má- 
ximas diabólicas. En fin, mucho salgo de propósi- 
to, y me alargo más de lo que quisiera, que no 
tengo mucho lugar. Como á los quince días de 
estar aquí, vino la respuesta de la corte de la re- 
lación jurada y respuesta de mis compañeros, que 
aún no querían dejar la sotana. Mandaba el Conde 
de Aranda que, si ellos se mantenían, fuesen tras- 
ladados tierra adentro, vestidos de seculares, para 
disuadirlos de su error, y que yo fuese tratado en 
todo como novicio, y que el Rey no me daría cosa 
alguna para pasará juntarme con mis hermanos, y 
que ¡ría con vestidos seculares; pero que si yo 



— 377 — 

dejaba la sotana, el Rey me tomaba bajo su real 
amparo. A todo les respondí que estaba muy bien; 
pero que en vano se cansaban para que dejase la 
sotana. Como al cabo de otros quince días, vinie- 
ron de mano armada á derribar, á su parecer, el 
castillo que Dios guardaba. Venían con la firma 
de mis engañados compañeros para que yo tam- 
bién firmase mi última resolución. Me leyeron las 
de mis compañeros, que todos dejaban la sotana. 
El hermano Soler pedía que lo dejasen en San 
Francisco; el hermano Vallejo, irse á su casa; el 
hermano Río firmó primero que seguía; después, 
doblándose la batería, un fraile que había venido 
allí por misionero, salió con él á campaña y en 
ella quedó rendido ¡quién lo creyera!, diciéndole 
lo tenía el diablo engañado, y que era engaño del 
demonio lo que, hacía, y así pidió ser Cartujo. Para 
mí no fué ésta pequeña batería, viendo caído aquel 
tan fuerte muro; pero era sábado, por mi dicha, y 
la Virgen Santísima me asistió más eficazmente 
que nunca para que el amor fuerte de su Hijo y 
mi vocación venciesen el tierno afecto que les te- 
nía, especialmente á éste, porque, á la verdad, su 
virtud lo merecía; y así, alentando mi corazcm con 
que Jesús no me faltaría, por más solo que queda- 
se, firmé, como había firmado otras veces, que 
seguía á mi madre la Compañía. Kn este día los 
hice salir al Oidor y escribano de sus casillas; 
porque parece venían empeñados, y Dios parece 
lo estaba también en darme razones para confun- 
dirlos, hasta hacerles dar patadas. Unas veces de- 



- 378 - 

clan tener yo el diablo ó Dios; otras, y más fre- 
cuentemente, que estaba encaprichado en mi 
juicio; otrasi que yo no debía ser español; yo me 
reía y los hacía rabiar. Mientras venía la respuesta 
de la corte, vistieron á mis compañeros de secu- 
lares, y á vuelta de correo vino con esta orden: 
Que á los tres les diesen 50 pesos á cada uno para 
que se fuesen á sus casas, encargados á sus respec- 
tivas justicias, quienes habían de dar informe de su 
proceder, y que dentro de un año no pudiesen to- 
mar estado alguno, fuera de casados, y que si al cabo 
del ^ño no querían tomar este estado, avisasen para 
disponer de ellos. Esta tué la última tribulación que 
les podía haber venido á estos desdichados, y ve 
aquí á qué vinieron á parar todas las promesas que 
les hacían. ¡Oh! nolite confidere in principibus^ in 
filiis Aominum, etc. A mí, mandaba que me vistie- 
sen de secular, como lo hicieron, y que estuviese 
aún dos meses para que lo mirase mejor, y me 
procurasen disuadir de mi error y mal aconsejado. 
La tarde antes que marchasen para sus casas, vi- 
nieron, bajo el pretexto de ver al 'Prior, al con- 
vento, y entraron en mi celda, y nos dimos los 
últimos abrazos, renovándose mis penas viéndoles 
afligidos y llorosos por su engaño, especialmente 
al hermano Río, que decía llorando: yo no la he 
dejado. Por un pueblo de Castilla pasé cuando iba 
á Barcelona, y hablé con un Alcalde que me con- 
tó habían pasado por allí dos, que sin duda eran 
Vallejo y Río; y que uno, que sería éste, llevaba 
un pedazo de sotana, y le dijo que él no la había 



«1 ñn de que, como estrechamente os lo mando, la 
tengáis siempre presente y os arregléis puntual- 
mente á su contenido. Fecha en el Pardo, á diez 
y nueve de Febrero de mil setecientos Eetenta y 
cinco.— YO EL REY.» 

«Por mandado del Rey nuestro Señor: Miguel 
San Martín Cueto.» 

cPara que los Virreyes, Gobernadores y demás 
justicias de los Reinos de las Indias se arreglen á 
las leyes en la formación de procesos criminales, 
y no se repita el atentado que se expresa de pren- 
der y sentenciar á ningún vasallo de V. M« sin 
formar autos ni oírle.» 

(Ufo. BUUfOS AIRBS, 134. 2, io*a^. 

N. B. £1 Parecer del Fiscal se publicó al ñn del Inlor- 
nc del Virreinato de Amat en la Colección de Memorias 
tic Virreyes del Perú. 



— 38o — 

broma sobremanera, hasta decir, como sucedió en 
Barcelona, que me sacarían en andas, si no fuera 
por las penas tan graves que había. Pero aquí, en 
esta diversidad de cosas, se cgnocía mejor la gran 
vanidad del mundo, pues ni era por eso mejor ni 
peor, sino lo que era delante de Dios, que era pe- 
cador. Pero fueron muchos, y casi todos eran, los 
devotos que encontré, y me socorrieron abundan- 
temente en las pricipales partes por donde pasé, 
como fueron la Coruña, Betanzos y Lugo, en Gaii- 
cia; Río Seco, Valladolid y otras, en Castilla; 2^ra^ 
goza y otras, en Aragón; Lérida y Barcelona, en 
Cataluña; y estaba sobremanera consoladísimo, y, 
por otra parte, afligido, viendo su afecto, tiernas lá- 
grimas y lamentos por la ausencia de nuestra Com- 
pañía, que casi me hacían saltar las lágrimas que to- 
dos los trabajos no han podido sacar. No dejé tam- 
poco de encontrar algunos mal afectos; pero éstos 
servíanme de desengaño con sus falsas preocupa- 
ciones, que deshacía. Pero de afectos, especial- 
mente se debe hacer particular mención de Bar- 
celona. Aquí estuve hospedado en casa de Gela- 
bert; y todo el día no me dejaban parar, ya unos, 
ya otros. Yo cierto temía no tuviesen que sentir; 
y así deseaba salir. Pasaron muchas cosas que se- 
na lar^o referir. Llegué á Barcelona el día de 
nuestro Santo Padre, y partí de ella en una tarta- 
na francesa, 5 de Agosto, y la víspera de la Asun- 
ción llegué á Genova, en donde, sabido que era 
Jesuíta por la boleta de sanidad, mandaron no 
saltase á tierra sin orden del Senado* Un ministro 



de éste vino al otro día y me condujo al palacio 
del Dux, donde los Senadores me hicieron varias 
preguntas; y después que supieron y vieron por 
mis pasaportes cómo, venía libremente, me dije- 
ron que podía estar ocho días en la República, 
pero que luego había de salir. Yo me encaminé 
á uno de nuestros colegios, y visto al P. Rector, 
me dijo éste tenían orden de la República para 
no admitir alguno de los nuestros, pero me dio 
un criado para que me condujese á un clérigo 
para que me buscase posada: ya para este efecto 
le habían hablado. Aquí me mantuve cinco días, 
en que traté á algunos disidentes (l), unos arre- 
pentidos, otros tristes y melancólicos; no los dejan 
vivir, £ntre ellos al hermano Valdivieso, y éste me 
dijo que daría un dedo de la mano por tener los 
ánimos que en mí veía. Aquí me encontré con el 
hermano José Roca, catalán, connovicio nuestro 
en Sevilla, que ya había ido al Puerto para ir en 
el segundo trozo de nuestra misión. íbasc para 
España, y venía de Roma, en donde había estado 
tres meses, pretendiendo la sotana, que por en- 
gaño, como casi todos los de Sevilla, había deja- 
do, y con harto dolor de nuestro Padre General y 
P. Montes no lo admitieron, por no querer Su 
Santidad admitan novicios españoles, por no irri- 
tar más las Coronas, y que nuestro Padre se ha- 
bía ido á los pies de Su Santidad para pedírselo. 
Harta lástima me causó verlo tan desconsolado 

(i) (Apóstatas de la Compañía.) 



hecho en sus Estados, y muy particularmente e 
respetable de Su Santidad, que no ha dudado re- 
vocar el Breve de Clemente XIV de 21 de Julio 
de 1773, en que se extingruió la orden de los Regu- 
lares de la Compañía de Jesús, expidiendo la céle- 
bre Constitución del 7 de Agosto del año último 
sollicitudo omnium ecclesiarum. 

>Con ocasión de tan serias instancias, he procu- 
rado tomar más detenido conocimiento que el que 
tenía sobre la falsedad de las imputaciones crimi- 
nales que se han hecho á la Compañía de Jesús por 
los émulos y enemigos, no sólo suyos sino más 
propiamente de la religión santa de Jesucristo, pri- 
mera ley fundamental de mi Monarquía, que con 
tanto tesón y ñrmeza han protegido mis gloriosos 
predecesores, desempeñando el dictado de Católi- 
cos, que reconocieron y reconocen todos los So- 
beranos, y cuyo celo y ejemplo pienso y deseo se- 
guir, con el auxilio que espero de Dios; y he llega- 
do á convencerme de aquella falsedad, y de que 
los verdaderos enemigos de la religión y de los 
tronos eran los que tanto trabajaron y minaron 
con calumnias, ridiculeces y chismes, para des- 
acreditar á la Compañía de Jesús, disolverla, y per- 
seguir á sus inocentes individuos. 

>Así lo ha confirmado la experiencia, porque si 
la Compañía acabó por el triunfo de la impiedad, 
del mismo modo y por el mismo impulso se han 
visto en la triste época pasada desaparecer muchos 
tronos; males que no habrían podido verificarse 
existiendo la Compañía, antemural inexpugnable de 



■3h- 

dos los Padres de Córcega vendrían ^ ser alojados 
en la Marca de Ancona y Ferrara, para las cuales 
partes yo podría ir, y luego que llegasen los Pa- 
dres me uniese con ellos, mostrando la misma 
carta, que era la voluntad expresa de nuestro 
Padre, üuedé alegrísimo y contento; y al día si- 
guiente, pensando acertar, nos dimos á la vela. 
Pero Dios, que no quería dilatar más mis deseos, 
envió un viento contrario cuando aun no había- 
mos navegado seis leguas; y forzados se volvieron 
al puerto. Duró así algunos días, en los cuales 
lle^ó la noticia de haber arribado los Padres á las 
riberas de Genova, y que ya habían llegado al- 
gunos á Bolonia; con que me determiné á ir por 
tierra en su seguimiento; y en cinco días, dete- 
niéndome uno en Florencia, llegué á Bolonia cer- 
ca de las oraciones del 2 1 del pasado, y me encon- 
tré con el P, Javier y los con misioneros. Yo dejo 
á V. R. que considere la alegda que r 



ocasión, y los duli 
fin, me di por muy b¡ 
bajos pasados. A 1; 



. En 

;ado de todos los tra- 
siguiente marcharon, 
y yo me quedé aguardando & nuestra Provincia, 
A la noche llegó el P. Gaspar Juárez con sus com- 
pañeros, y al otro día 23, el P. Escandón con los 
suyos; y este día, que cumplía tres años de haber 
entrado en la Religión, me volví á vestir m¡ ama- 
da sotana, que me dieron los Padres de Bolonia, 
gracias á Dios. No quiero contar á V. R. cómo 
me desquité abrazándome con ella y con mis her- 
manos, contando las aventuras que había pasado, 



— 382 — 

como iba, y por ser de tan bellas prendas, muy 
fervoroso y atildado. Los juicios de Dios son in- 
comprensibles, otros lo han conseguido, y 4ste no 
pudo, habiendo hecho más de lo que debía. Día 
20 salí embarcado para Liorna, y arribamos al 
golfo de Especia, en donde nos detuvimos cinco 
días por el mal tiempo. En este intervalo escribí 
á Roma, dando cuenta de lo que me había pasa- 
do, para que nuestro Padre determinase de mí lo 
que gustase, por no tener que andar y desandar 
tantos caminos si iba á Roma, como intentaba, y 
la principal causa, por verme obligado á tratar con 
tanta variedad de gentes, y ver y oir cosas que 
no quería (y así, ni la curiosidad de ver á Roma 
me pudo vencer), y considerar que cuanto más 
veía, no servía de otra cosa que de mayor des- 
engaño de que todo es vanidad, y peligros á 
cada paso; los cuales me espoleaban más á buscar 
con brevedad el puerto de la Religión. En Liorna 
entré, aunque con alguna dificultad. Díciéndome 
que yo era Jesuíta, yo dije que había sido novicio, 
y que pasaba á negocios á Roma; pero dentro de 
pocos días me forzaron á salir, con que me vi 
obligado á fletar un barco para Civitavecchia. 
Pero Dios, que siempre me ha favorecido, mantu- 
vo constantemente por veintiún días que allí estu- 
ve, los vientos contrarios. Entretanto vino la res- 
puesta de Roma, en que el P. Asistente me decía 
habían tenido mucho consuelo con mi carta; que 
nuestro P. General me ordenada fuese en busca 
de mi provincia; que según decían, en breve to- 



SV* »--»— jí — _^-•'-^ 



— 383 - 

dos los Padres de Córcega vendrían 4 ser alojados 
en la Marca de Ancona y Ferrara, para las cuales 
partes yo podría ¡r, y luego que llegasen los Pa- 
dres me uniese con ellos, mostrando la misma 
carta, que era ia voluntad expresa de nuestro 
Padre. Quedé alegrísimo y contento; y al día si- 
guiente, pensando acertar, nos dimos á la vela. 
Pero Dios, que no quería dilatar más mis deseos, 
envió un viento contrario cuando aun no había- 
mos navegado seis leguas; y forzados se volvieron 
al puerto. Duró así algunos días, en los cuales 
llegó la noticia de haber arribado los Padres. á las 
riberas de Genova, y que ya habían llegado al- 
gunos á Bolonia; con que me determiné á ir por 
tierra en su seguimiento; y en cinco días, dete- 
niéndome uno en Florencia, llegué á Bolonia cer- 
ca de las oraciones del 2 1 del pasado, y me encon- 
tré con el P. Javier y los conmisioneros. Yo dejo 
á V. R. que considere la alegría que recibí en esta 
ocasión, y los dulces abrazos que nos dimos. En 
fin, me di por muy bien pagado de todos los tra- 
bajos pasados. A la mañana siguiente marcharon, 
y yo me quedé aguardando á nuestra Provincia. 
A la noche llegó el P. Gaspar Juárez con sus com- 
pañeros, y al otro día 23, el P. Escandón con los 
suyos; y este día, que cumplía tres años de haber 
entrado en la Religión, me volví á vestir mi amol- 
da sotana, que me dieron los Padres de Bolonia, 
gracias á Dios. No quiero contar á V. R. cómo 
me desquité abrazándome con ella y con mis her- 
manos, contando las aventuras que había pasado, 



- 384 — 

apartado con el cuerpo (Je esta amable Compañía^ 
ni la alegría que me bañaba por todos lados; lo 
dejo á su consideración. Yo, á la verdad, quedé 
en una tan dulce calma, sucedida después de tan 
gran tempestad, que en muchos días no supe pen- 
sar en otra cosa que gozar lo que tanto me había 
costado. Dios nos conserve á todos en esta dulce 
Compañía y nos dé su divino amor y gracia para 
sabernos aprovechar de tan oportuna ocasión, 
pues aunque hemos entrado tarde á la Religión, y 
por lo presente no podremos hacer mucho, pero 
sí podremos padecer mucho, que es mejor; y lo 
que otros han sembrado hemos venido á coger, 
llegando al tiempo de repartir las coronas del tra- 
bajo y predicación, las que conseguiremos con 
nuestra correspondencia, paciencia y perseveran- 
cia, porque el Señor aunque parece que tarda, 
asegura que no, y añade: Teñe quod habes^ ne aiítis 
7ecipiat coronam tuam. A esto, mi Padre, nos de- 
bemos animar los unos á los otros con el ejemplo 
de nuestra vida y con las palabras, encendiendo 
así nuestros corazones para la perfecta ejecución 
de la divina voluntad, con ánimo y esfuerzo, por 
más difícil que parezca, porque á los que vencie- 
ren se les promete el maná, y darles aquel fruto 
del árbol de la vida; y á los perezosos les aguarda 
mucha miseria, creyendo firmemente y«¿i nonsunt 
condlgnae passioncs huiíis tcfnporis ad futuram 
gloriam quae revdabiUir in nobis. Y, por último, 
si nos preciamos de compañeros de Jesús, lo he- 
mos de ser, no sólo en la mesa, sino mucho más 



-385- 

en la cruz, y decir (y hacerlo de obras): Miki absit 
glariari nisi in cruce. Puede V. R. perdonar, por- 
que no me he podido contener ni acortar más; 
pero su amistad en Jesucristo pasará por todo. 

»Yo me alegro haya llegado el P. Andreu, á 
quien dará mis memorias (aunque no me conoce 
desde la Venus, como nuestro P. Robles y sus 
compañeros), quien si quisiere divertirse en leer 
ésta, podrá enterars¡e de lo que ha pasado, que yo 
le escribo todo en una palabra. Aquí nos hemos 
alegrado muchísimo con que haya venido por 
nuestro Superior el P. Muriel. 

>E1 jueves 20, cerca de la una de la mañana, 
hubo un terremoto, que repitió tres 6 cuatro ve- 
ces. Pasamos nuestro buen susto. El hermano 
Sánchez me dijo que si había venido la petaca de 
V. R. para que le enviase un jubón que tenía allí, 
porque el frío se va explicando. El hermano Ge- 
labert, muchas memorias; y muy afectuosas las 
dará V. R. á los Padres de ahí, con especialidad 
á nuestros misioneros, en particular P. Cea y Pa- 
dre Verga ra, al P. Javier y sus compañeros. De 
nuestro P. Cosme desearía saber, porque me dije- 
ron que había ido á Ferrara, y ha más de veinte 
días que le escribí, y no he tenido alguna razón. 
Yo me encomiendo mucho en las oraciones de 
V. R., á quien Dios guarde muchos años. 

>De Faenza, 23 de Octubre de 1768. 

»Muy afecto siervo de V. R. 

Jesús José González.» 

(Original en el Archifode la provincia de Aragón S. I.) 

35 



NtJM:. 8 



1775. — C R. Se condena el atropello de Bacareli 
contra D. Miguel García Tagle, restableciendo el 
honor de éste. ^ 



«El Reyf. «Virreyes, Gobernadores y demás jus 
ticias de mis dominios de América. A mi noticia 
ha llegado, con documentos que lo justiñcán, que 
habiéndose publicado en la capital de una de las 
provincias de esos mis Reinos, con motivo de la 
expulsión de los que fueron individuos de la Re- 
ligión llamada Compañía de Jesús, un bando para 
que todos los que tuviesen bienes pertenecientes 
á ellos, los declarasen bajo gravísimas penas y 
exhibiesen dentro del tercer día, lo ejecutó al se- 
gundo uno de aquellos vecinos. Que, sin embargo, 
en el mismo día se le prendió de orden del Go- 
bernador de la provincia por un Oñcial militar con 
12 granaderos, que con bayoneta calada lo con- 
dujeron amarrado y lo colocaron con centinela de 
vista en una prisión muy húmeda, en la que pa- 
sada una hora, le intimó un escribano por orden 
del Gobernador que se dispusiese para morir y 



-387- 

señalase Padres espirituales que le asistiesen, como 
lo hizo, Que en el mismo día le embargaron sus 
bienes, libros y papeles, se encerró á su mujer 
(que se hallaba embarazada en seis meses y con 
dos hijos menores) en un cuarto de su casa con 
centinelas de vista y privada de comunicación. 
Que al tercer díase le dio noticia al referido preso 
de que se le perdonaba la vida por intercesión y 
ruegos del Rvdo. Obispo de la Diócesis, y á los 
veintiséis se le soltó bajo fianza, la que posterior- 
mente se canceló. Que todo este violento procedi- 
miento se ejecutó sin formar autos, oirle. ni tomar- 
le declaración, ni en la prisión ni fuera de ella. 

^Enterado de este tan atropellado exceso, man- 
dé al mencionado Gobernador me informase lo 
que se le ofreciese sobre los motivos en que pudo 
fundar un modo de proceder tan irregular^ extra- 
ordinario y aun escandaloso á primera vista. Con 
el informe que hizo procurando disculpar seme- 
jante tropelía, remití todo el expediente á mi 
Consejo en el Extraordinario, para que me consul- 
tase lo que considerase justo y expediente. Lo 
que, después de oído el Fiscal, y confirmándose 
en su dictamen, ejecutó en cinco de Noviembre de 
mil setecientos setenta y cuatro, manifestando el 
escandaloso atentado que en violación y quebran- 
tamiento de las leyes y contra mis piadosas inten- 
ciones cometió el enunciado Gobernador, llegando 
al extremo de condenar á muerte y poner en ca- 
pilla á un vasallo mío, sin motivo, sin formar cau- 
sa y sin guardar los trámites y formalidades que^ 



- 388 - 

aun cuando hubiera cometido el mayor delito, de- 
bieran observarse. Que para prevenir á mis vasa- 
llos de América de que se repita tan pernicioso 
ejemplo, convendría dar noticia de él á todos vos- 
otros, con expresa orden de que por ningún mo- 
tivo se cometa atentado de igual clase, sino que 
siempre se sigan en las causas y negocios que 
ocurran conforme á derecho y con arreglo, tratan- 
do á esos mis ñeles amados vasallos con la benig- 
nidad y suavidad que son propios de mi glorioso 
Gobierno. En inteligencia de que no disimularé la 
menor infracción ni perjuicio que se les ocasione» 
y antes tomaré la severa providencia que corres- 
ponde contra cualquiera que faltare al puntual 
cumplimiento de esta tan justa severa resolución. 
Asimismo me propuso el referido mi Consejo en 
el Extraordinario las providencias que en rigurosa 
justicia podría dignarme tomar para reponer al 
mencionado mi vasallo en el honor y buena opi- 
nión que le corresponde, y resarcirle en el modo 
posible los daños que de semejante violento pro- 
cedimiento se le hayan ocasionado en sus bienes, 
y la advertencia que debería hacer al mencionado 
Gobernador, manifestándole mi Real desagrado 
por el referido exceso. Enteramente me conformé 
con el dictamen del dicho mi Consejo en el Ex- 
traordinario, y comuniqué al de Indias esta mi 
Real resolución, para que hiciese expedir esta Cé- 
dula circular á todos esos mis Dominios. Y visto en 
él, con lo expuesto por mi Fiscal, he resuelto des- 
pacharla en los términos que quedan expresados> 



- 3^9 - 

á fín de que, como estrechamente os lo mando, la 
tengáis siempre presente y os arregléis puntual- 
mente á su contenido. Fecha en el Pardo, á diez 
y nueve de Febrero de mil setecientos setenta y 
cinco.— YO EL REY.» 

<Por mandado del Rey nuestro Señor: Miguel 
San Martín Cueto.» 

cPara que los Virreyes, Gobernadores y demás 
justicias de los Reinos de las Indias se arreglen á 
las leyes en la formación de procesos criminales, 
y no se repita el atentado que se expresa de pren- 
der y sentenciar á ningún vasallo de V. M. sin 
formar autos ni oirle.» 

(iND. BUBNOS AIRES, 134, ^t lO-a). 

N. B. EX Pareicer del Fiscal se publicó al fin del Inior- 
mc del Virreinato de Amat en la Colección de Memorias 
de Virreyes del Perú. 



Ntjm. 9 
1790.— Remisiva del núm. 8 con otros papeles. 

«Rbsbrvada.» 

«ExcMO. Señor: La adjunta representación ins- 
truida por D, Miguel Tagle, vecino de esta ciudad, 
contiene el recurso á la piedad del Rey, en que re- 
cordando el funesto cuanto notorio lance á que 
fué expuesto el año pasado de 1 767 por el Tenien- 
te General Gobernador entonces de esta provincia, 
D. Francisco Bucarelí y Ursúa, solicita se le haga 
gracia por el tiempo de su vida de Administrador 
general de los treinta pueblos de Misiones del 
Uruguay y Paraná, para poder subsistir y repa- 
rarse en parte de los ingentes atrasos y perjuicios 
sobrevenidos por aquel suceso á su casa y fami- 
lia, y cuyo resarcimiento, habiéndose prevenido 
en Real Cédula, librada sobre el asunto en I9 de 
Febrero' de 1775, no se ha verificado aún, sin em- 
bargo de haberse mandado atender al interesado 
en otras posteriores Reales órdenes. 

Buenos Aires, 3 1 de Marzo de 1 790. 

ExcMO. Sr. Nicolás de Arredondo.» 

[rúb.] 

Excmo. Sr. D. Antonio Porlier. 



Nt^tm. 10 



1815.— Decreto real qae restablece los Jesuítas en 

España. 



«EL REY 

»Desde que por la infinita y especial misericor- 
dia de Dios Nuestro Señor para conmigo y para 
con mis leales y amados vasallos, me he visto en 
medio de ellos, restituido al glorioso trono de mis 
mayores, son muchas y no interrumpidas hasta 
ahora las representaciones que se me han dirigido 
por provincias, ciudades, villas y lugares de mis 
reinos, por Arzobispos, Obispos y otras personas 
eclesiásticas y seculares de los mismos, de cuya 
lealtad, amor á su patria, é interés verdadero que 
toman y han tomado por la felicidad temporal y 
espiritual de mis vasallos, me tienen dadas muy 
ilustres y claras pruebas, suplicándome muy estre- 
cha y encarecidamente me sirviese restablecer en 
todos mis dominios la Compañía de Jesús; repre- 
sentándome las ventajas que resultarán de ello á 
todos mis vasallos,, y excitándome á seguir el 
ejemplo de otros Soberanos de Europa, que lo han 



— 392 — 

hecho en sus Estados, y muy particularmente e 
respetable de Su Santidad, que no ha dudado re- 
vocar el Breve de Clemente XIV de 21 de Julio 
de 1773, en que se extinguió la orden de los Regu- 
lares de la Compañía de Jesús, expidiendo la céle- 
bre Constitución del 7 de Agosto del año último 
sollicitudo amnium ecclesiarum. 

>Con ocasión de tan serias instancias, he procu- 
rado tomar más detenido conocimiento que el que 
tenía sobre la falsedad de las imputaciones crimi- 
nales que se han hecho á la Compañía de Jesús por 
los émulos y enemigos, no sólo suyos sino más 
propiamente de la religión santa de Jesucristo, pri- 
mera ley fundamental de mi Monarquía, que con 
tanto tesón y ñrmeza han protegido mis gloriosos 
predecesores, desempeñando el dictado de Católi- 
cos, que reconocieron y reconocen todos los So- 
beranos, y cuyo celo y ejemplo pienso y deseo se- 
guir, con el auxilio que espero de Dios; y he llega- 
do á convencerme de aquella falsedad, y de que 
los verdaderos enemigos de la religión y de los 
tronos eran los que tanto trabajaron y minaron 
con calumnias, ridiculeces y chismes, para des- 
acreditar á la Compañía de Jesús, disolverla, y per- 
seguir á sus inocentes individuos. 

»Así lo ha conñrmado la experiencia, porque si 
la Compañía acabó por el triunfo de la impiedad, 
del mismo modo y por el mismo impulso se han 
visto en la triste época pasada desaparecer muchos 
tronos; males que no habrían podido verificarse 
existiendo la Compañía, antemural inexpugnable de 



— 393 — 

la religión santa de Jesucristo, cuyos dogmas, pre- 
ceptos y consejos son los que sólo pueden formar 
tan esforzados vasallos, como han acreditado ser- 
lo los míos en mi ausencia, con asombro general 
del Universo. 

>Los enemigos mismos déla Compañía de Jesús, 
que nías descarada y sacrilegamente han hablado 
contra ella, contra su santo fundador, contra su go- 
bierno interior y político, se han visto precisados 
á confesar que se acreditó con rapidez; la pruden- 
cia admirable con que fué gobernada, que ha pro- 
ducido ventajas importantes para la buena educa- 
ción de la juventud puesta á su cuidado; por el 
grande ardor con que se aplicaron sus individuos 
al estudio de la literatura antigua, cuyos esfuerzos 
no han contribuido poco á los progresos de la bella 
literatura, que produjo hábiles maestros en dife- 
rentes ciencias, pudiendo gloriarse de haber teni- 
do un más grande número de buenos escritores que 
todas las otras comunidades religiosas juntas; que 
en el Nuevo Mundo ejercitaron sus talentos con 
más claridad y esplendor y de la manera más útil 
y benéfíca para la humanidad; que los soñados 
crímenes se cometían por pocos. [Nótese que en 
todo este período se introducen hablando los ene- 
migos de la Compañía, impíos y sacrilegos, que 
nunca probaron ni uno de los crímenes imputa- 
dos, y por eso he dicho «soñados crímenes*], que 
el más grande número de los Jesuítas se ocupaba 
en el estudio de las ciencias y en las funciones de 
la religión, teniendo por norma los principios ordi<' 



— 39+ ^ 

nanos que separan á los hombres del' vició y íes 
conducen á la honestidad y á la virtud. 

»Sin embargo de todo, como mi augusto abue- 
lo reservó en sí los justos y graves motivos que 
dijo haber obligado, á su pesar, su real ánimo á la 
providencia que tomó de extrañar de todos Sus 
dominios á los Jesuítas, y lo demás que contiene 
la Pragmática sanción de 2 de Abril de I767, que 
forma la ley III, libro I, título XXVI de la Noví- 
sima Recopilación; y como me consta su religiosi- 
dad, su sabiduría y su experiencia en el delicado y 
sublime arte de reinar, y como el negocio por su 
naturaleza, relaciones y trascendencia debía ser 
tratado en el mi Consejo, para que, con su pare- 
cer, pudiera yo asegurar el acierto de mi resolu- 
ción, he remitido á su consulta, con diferentes ór- 
denes, varias de las referidas instancias, y no dudo 
que en su cumplimiento me aconsejará lo mejor y 
más conveniente á mi real persona y Estado, y á 
la felicidad temporal y espiritual de mis vasallos. 

»Con todo, no pudiendo recelar siquiera que el 
Consejo desconozca la necesidad y utilidad públi- 
ca que ha de seguirse del restablecimiento de la 
Compañía de Jesús, y siendo actualmente más vi- 
vas las súplicas que se me hacen á este fin, he ve- 
nido en mandar que se restablezca la religión de 
ios Jesuítas, por ahora, en todas las ciudades y 
pueblos que lo han pedido; sin embargo de lo dis- 
puesto en la expresada real pragmática sanción de 
2 de Abril de 1767, y de cuantas leyes y reales ór- 
denes se han expedido con posterioridad para su 



— 395 — 

curaplimiento, que derogo, revoco y anulo, en 
cuanto sea necesario, para que tenga pronto y ca- 
bal cumplimiento el restablecimiento de los Cole- 
gios, Hospicios, casas profesas y de noviciado, 
residencias y Misiones establecidas en las referi- 
das ciudades y pueblos que los hayan pedido, pero 
sin perjuicio de extender el restablecimiento á to- 
das las que hubo en mis dominios, y que así los 
restablecidos por este decreto, como los que se ha- 
biliten por la resolución que diere á consulta del 
mismo Consejo, queden sujetos á las leyes y reglas 
que en vista de ella tuviere á bien acordar, enca- 
minadas á la mayor gloria y prosperidad de la 
Monarquía, como al mejor régimen y gobierno de 
la Compañía de Jesús, en uso de la protección que 
debo dispensar á las Ordenes religiosas estableci- 
das en mis Estados, y de la suprema autoridad 
económica que el Todopoderoso ha depositado en 
mis manos para la de mis vasallos y respeto de 
mi Corona, Tendréislo entendido y lo comunica- 
réis para su cumplimiento á quien corresponda. 

En Palacio, 29 de Mayo de 1815. — A D. Tomás 
Moyano.» 



NtJM. 11 



1815. — Decreto real qae restablece los Jesuítas 

en América. 

Ya en l8lO habían presentado varios diputados 
americanos á las Cortes de Cádiz, en tiempo en que 
estaba cautivo el Monarca, una petición para que 
en América se restableciese la Compañía de Jesús, 
por la gran falta que de ella se sentía en aquellas 
regiones y por los daños que habían sobrevenido 
de resultas de su supresión, aunque no se llegó á 
tratar de su despacho. También se atribuye al 
Conde de Floridablanca el proyecto de restaurar 
á los Jesuítas en todos los reinos de España. Y el 
año l8l2 habían presentado tres Jesuítas españo- 
les á las mismas Cortes de Cádiz un Memorial en 
que denunciaban la Pragmática de 1 767 como 
nula, sin que se llegase tampoco á resolver nada 
en el asunto. 

La Cédula de restitución para América, conse- 
cuente á la del restablecimiento para España, se 
dio en 10 de Septiembre de 1815, y es del tenor 
siguiente: 



— 397 — 

«En 29 de Mayo del presente año tuve á bien 
expedir el Decreto siguiente:» 

[Aquí el Decreto antecedente.] 

«Ya antes de la expedición del inserto, mi Real 
decreto había acordado mi Consejo supremo de 
las Indias, á propuesta de su Presidente, hacerme 
presente, como lo verificó en consulta de 12 de 
Junio, después de haber oído á mi fiscal la utilidad 
y aun necesidad del restablecimiento de los reli- 
giosos de la Compañía de Jesús en aquellos mis 
dominios, apoyando uno y otro en que esta Or- 
den religiosa fué aprobada en el siglo xvi por la 
Silla Apostólica, con aplauso de todo el orbe cris- 
tiano, confirmada por veinte Sumos Pontífices, in- 
cluso el reinante Pío VII, en la Bula de su resta- 
blecimiento, habiendo formado muchos santos y 
merecido el elogio de otros de igual clase, de his- 
toriadores sagrados y de grandes políticos y filó- 
sofos escolásticos. 

>Que en mis reinos de las Indias produjo inex- 
plicables bienes espirituales y temporales , dismi- 
nuidos notablemente por su falta. Que los indivi- 
duos de la enunciada Orden, en sus destierros, sin 
subsistencia, sin apoyo y aun sin libros, han edifi- 
cado con su ejemplo, ilustrado con sus obras, y 
dado honor á su patria. Que todavía se conservan 
algunos naturales de aquellos mismos dominios; y 
que estos pocos, siendo en el día muy ancianos, 
llenos de experiencia y más ejercitados en la hu- 
millación y en la práctica general de las virtudes, 
pueden ser para la tranquilidad de sus países el 



-398- 

remedio más pronto y poderoso de cuantos se han 
empleado para el logro de este intento, y el más 
eñcaz para recuperar, por medio de su enseñanza 
y predicación, los bienes espirituales que con su 
falta se han disminuido, no debiendo dudarse que 
los expresados sacerdotes al ver que mi católico 
celo por el mayor servicio de Dios y beneficio es- 
piritual y temporal de todos mis amados vasallos 
se fía de su fidelidad y sus virtudes, y que, sin 
perder tiempo por mi parte para reparar las ve- 
jaciones que han sufrido, los convido y admito 
amorosamente en dichos mis dominios de Indias, 
harán cuanto les sea posible hasta el restableci- 
miento de su perfecta tranquilidad. 

>Y, por último, me expuso el Consejo la impor- 
tancia de que, para mayor gloria de Dios y bien 
de las almas, vuelvan las misiones vivas á hacerse 
de unos operarios tan á propósito para su adelan- 
tamiento en lo espiritual y temporal, los cuales 
sólo contarán con la providencia , con mi magna- 
nimidad que los llama, y con la piedad y volun- 
tad de los fieles que han de recibir el fruto de sus 
trabajos. 

^Penetrado mi paternal corazón de estas y otras 
poderosas razones religiosas y políticas que con 
laudable celo me ha manifestado en la expresada 
Consulta el referido mi Consejo de las Indias, con- 
descendiendo con sus deseos y con los de todos 
mis amados vasallos de aquellos reinos, manifes- 
tados por veintinueve de los treinta diputados de 
ellas é Islas Filipinas, que se presentaron en las 



— 399 — 

llamadas Cortes generales y extraordinarias, los 
cuajes, en las sesiones de l6 y 31 de Diciembre 
de 1 8 10, pidieron á nombre de sus provincias, 
como un bien de grande y conocida importancia, 
que la religión de la Compañía de Jesús volviese á 
establecerse en ellas, he venido en permitir, como 
permito, que se admita en todos mis reinos de las 
Indias é islas adyacentes y Filipinas á los indivi- 
duos de la Compañía de Jesús para el restableci- 
miento de la misma en ellos; á cuyo ñn, usando 
de mi potestad soberana, de mi propio motu y 
cierta ciencia , derogo, caso y anulo toda disposi- 
ción real ó pragmática, con fuerza de ley que se 
oponga á esta mi Real determinación, dejándola 
en esta parte sin fuerza ni vigor y como si no se 
hubiera promulgado. 

>En cuya consecuencia mando á mis Virreyes, 
Gobernadores generales con mando superior, á 
los Gobernadores é Intendentes, y á las ciudades 
capitales de los mencionados mis reinos de las In- 
dias é Islas Filipinas, y ruego y encargo á los muy 
RR. Arzobispos, RR. Obispos y Venerables Dea- 
nes y cabildos de las Iglesias metropolitanas y Ca- 
tedrales de los mismos mis dominios cumplan y 
ejecuten, y hagan cumplir y ejecutar cada uno, en 
la parte que le toque ó tocar pueda , la expresada 
mi Real determinación, haciéndola publicar los 
primeros con la solemnidad acostumbrada, para 
que todos aquellos mis amados vasallos la tengan 
entendida. 

» Asimismo es mi real voluntad que luego que 



— 40O — 

se presenten en dichos mis reinos de Indias los in 
dividuos de la Compañía de Jesús, sean admitidos 
y hospedados en sus antiguas casas ó colegios que 
estén sin destino ó aplicación, para que se haga 
con prudencia el restablecimiento de la misma 
Orden religiosa; á cuyo fin, mis Virreyes, Gober- 
nadores, Capitanes generales de mando superior, 
con acuerdo de los muy RR. Arzobispos y Reve- 
rendísimos Obispos, y voto consultivo de mis rea- 
les Audiencias, procederán á su restablecimiento, 
para que con la brevedad posible se verifiquen los 
santos fines que nuestro SS. P. Pío VII se ha pro- 
puesto, y yo espero de la ciencia y virtudes de 
los PP. Jesuítas, sin perjuicio de darme cuenta, 
con testimonio de los expedientes formados, para 
mi real aprobación y demás disposiciones conve- 
nientes al progreso de nuestra santa religión y 
bien del Estado. 

»Y últimamente mando á los mismos jefes y 
á las Juntas superiores de mi Real Hacienda de 
los propios mis reinos suspendan la enajenación 
ó aplicación de las casas, colegios y demás tem- 
poralidades que existan y fueron de dichos reli- 
giosos, para volvérselos á su debido tiempo, pues 
así es mi expresa y Real voluntad. Dado en Ma- 
drid á 10 de Septiembre de 1815. — Yo, el Rey. — 
Por mandato del Rey nuestro señor, Silvestre C(h 
llar. — Hay tres rúbricas.» 



índice 



Paga 

Aprobaciones eclesiásticas 7 

Advertencia 9 



LIBRO PRIMERO 

Nota 15 

Antecedentes de la expulsión: el P. Síaffay 16 

Conjuración de 1747 19 

Causas de la persecución 21 

Ejecución del plan 22 

La expulsión de España hubo de ser la primera de 

todas 23 

Medios empleados para preparar la total ruina de 

los Jesuítas y decidir á Carlos III 34 

Confesiones jurídicas de Sebastián José Carvalho, 

Marqués de Pombal 42 

£1 Gobernador Bucareli 46 

Expulsión en Buenos Aires 58 

Expulsión en Montevideo y Santa Fe 74 

Expulsión de Córdoba 77 

Expulsión de las otras ciudades, en particular de 

la Asunción y Tarija 91 

Expulsión de los recién llegados de España 105 

El viaje á Europa 109 



— 4*^2 — 



LIBRO II 

P?gs. 



Los novicios -v 115 

Los misioneros del Chaco 132 

Segunda expedición de Jesuítas del Paraguay á 

Europa , 1 59 

Misioneros de Chiquitos 162 

Expulsión de los Jesuítas en las Misiones de Gua- 
raníes 184 

Búscanse en los papeles de los Jesuítas pruebas de 

los cargos que les quisieron hacer 220 

Observación. sobre el extrañamiento 232 

LIBRO III 

Vida de los Jesuítas del Paraguay en Italia, hasta 

su extinción 241 

Los ejecutores de la expulsión 257 

Consecuencias inmediatas del extrañamiento en el 

Río de la Plata 263 

Las doctrinas de Guaraníes 270 

Restos de las construcciones de los Jesuítas 278 

Consecuencias ulteriores del extrañamiento 280 

Vida y acción de los Jesuítas del Paraguay después 

de la extinción 290 

Doña María Antonia de la Paz y los Ejercicios de 

San Ignacio 293 

Noticias individuales que han podido adquirirse de 

los expatriados del Río de la Plata 302 

Jesuítas del Paraguay muertos en el extranjero.— 

El último Provincial 306 

Otros escritores muertos en Italia , 308 

Jesuítas del Río de la Plata que se quedaron en 

España y fueron allí con otros fundadores de la 

nueva Compañía 318 



— 403 — 

Pá gt. 

Escritores omitidos 322 

Jesuítas que volvieron al Río de la Plata 323 

El último Jesuíta del Paraguay 327 

APÉNDICE 

DB DOCUMBMTOS V ACLARACIOMBS 

I . — Decreto de extrañamiento de los Jesuítas ex- 
pedido por Carlos III 335 

3. -> Comisión de Bucareli é Instrucción para el 

extrañamiento en^España 338 

3. — Instrucción para el extrañamiento en América 35 1 

4. — Bando de Bucareli sobre el extrañamieotOi 

con varías penas de muerte 356 

5. — Carta acusada ante Carlos m y ante el Sumo 
Pontífice de contener conceptos sediciosos 
y atentatorios'! la vida del Rey 360 

6. — Memoríal del pueblo Guaraní de San Luis á 

Bucareli: que no les quite los Padres Jesuítas. 364 

7. — Sucesos de seis novicios americanos 370 

8. — Cédula Real que condena el atropello de Bu- 
careli contra Don Miguel García Tagle, res- 
tableciendo el honor de éste. 386 

9.~Remisiva del núm. 8, con otros papeles 390 

10.— Decreto Real que restablece los Jesuítas en 

España . . . . ^ 391 

II. — Decreto Real que restablece los Jesuítas en 

América 396 



índice 

DB 

NOMBRES PROPIOS DE PERSONAS 

QUE SB CITAN EN ESTE TOMO 



Pigs. 

Acosta (D. José) 103 

Agüero (Fr. Blas de) 117 

Agulló, S. J. (P. Cosme) .• .. 110,123,131, 218 

Alba (Duque de); 29, 251 

Aldao (D. Antonio) 77, 2 10, 222, 3 1 7 

Alday (limo. Sr.) 266 

Altamirano, S. J. (P. Luis Lope) 25, 27 

Alvear 276 

Amat 33 

Anapichiguá (Capitán indio) 151 

Andino (Sargento mayor, Francisco de). . 134,137, 138 

Andreu, S. J. (P. Pedro Juan) 79, 385 

Aperger, S. J. (P. Segismundo) 220 

Aranda (Conde de) 47» 5<» 53» 54» 63, 93, 125, 

128, 131, 132, 133, 163, 164, 181, 182, 185, 190, 198, 

206, 207, 212, 221, 222, 223, 251, 258, 261, 262, 376, 379 

Arduz (D. Pedro) 323» 325, 3^8 

Arróyabe (Juana) • • 129 

Arto, S. J. (P. Román) 152 

Asco (D. Juan de) 60 

Auñón (Conde de) 34 



— 4^6 — 

Págt. 

Aviles (Marqués de) 276 

Azara 312 

Azcuénaga (D. Vicente) 60 

Azúa, S. J. (P. Agustín de) , . • • too, loi 

Balbastro (D. Isidro) 65 

Balda, S. J. (P. Lorenzo) 190,194, 196 

Barcena (D. Juan Antonio) 260, 261 

Barreda, S. J. (P. José). 26, 27 

Basa vilbaso (D. Domingo) 60 

Basavilbaso (D. Manuel) • 60, 268 

Baygorri, S. J. (H. Clemente). 118, 127, 129, 130, 131, 315 

Benavides (Cacique) 200 

Bennáser, S. J. (P. Bernardo) 108 

Berjano (D. Carlos) ¿ 89 

Berlanga (D. Juan de) 60, 220 

Blanco, S. J. (H. esc. Juan) 108 

Bobadilla (D. Antonio de) 86, 89, 90 

Bonaparte (José) ¿. 319 

Borja (María de) 129 

Bougainville ^. . 222 

Bruno de Zavala (D. Francisco) 209 

Bucarelli (Francisco de Paula) ... 49, 50, 57, 58, 60, 
61, 62, 63, 64, 65, 66, 67, 68, 69, 70, 72, 74, 77, 91, 
96, 97, 98, 99, 102, 107, 108, 109, 120, 121, i43i 
152, 154, 155, 156, 157, 162, 163, i8i, 182, 185, 188, 
189, 190, 191, 192, 194, 195. 197. «99» 200, 201, 203, 
204, 205, 209, 210, 212, 214, 217, 218, 222, 223, 225, 
226, 227, 228, 229, 230, 231, 257, 258, 259, 261, 269, 

270, 272, 274, 277, 338, 356, 364, 386, 390 

Bucarelli (Antonio María, hermano de Francisco).. 49 

Buenrostro (D. Antonio) 362 

Bustos (María Josefa) 316 

Calatayud, S. J. (P. Pedro de) 288 

Camaño, S. J. (P. Joaquín) i7ii 172» 3*8, 320 

Campero (Juan Manuel) ... 102, 103, 104, 152, 153, 

154» 257, 259» 260, 261, 269 



— 407 — 

Pigf. 

Canestri, S. J. (P. Pedro Pablo) 345 

Cano (Lucas; intérprete). 191 

Cantoni (Monseñor Antonio) . • 353 

Cantoni (Conde) 245, 253 

Cardiel, S. J. (P. José) 196, 207, 304, 306, 308, 309 

Carlos III.. • 21, 22, 23, 30, 36, 37, 38, 39. 41, 5^, 54, 
56, 64, 71, 108, 1 13, 1 18, 125, 128, 198, 221, 229, 235, 

237» 239. 242, 248, 249, 250, 251, 266, 280, 285, 290, 292 

Carlos IV 262, 392 

Carvajal (José de) ' 37 

Garvalho (Sebastián José, Marqués de Pombal). • 39, 

43, 43, 44, 46 

Cavañas (D. Salvador) 91, 94 

Cevallos (Pedro Antonio de) .... 30, 31, 33, 33, 34, 

49, 188, 308, 336, 328, 331, 358, 361 

Cithaalín (Cacique) i35» 136} 137 

Clemente Xm , 35, 336 

Clemente XIV 11, 393 

Codallos • 48 

Collado (Mateo del) 1 59 

Cornejo (D. Juan Antonio) 104 

Correa, S. J. (P. Luis) 345 

Chagas 376 

Charlevoix, S. J 7) 8, 9, ri , 14, 307 

Chomé, S. J. (P. Ignacio) 174, 176, 177 

Chueca, S. J. (P. Francisco) 173 

Deyá, S. J. (P. Ignacio) 79 

DobrizhofTer, S. J. (Padre) 303 

Domingo (Cacique) '3^» i37f i43i i45 

Elorduy (D. Nicolás) 310, 313 

Enis, S. J. (Vide Henis). 

Ensenada (Marqués de la). 38, 34 

Epaquiní (Cacique) I49t 1 5Q 

Escanden (Juan de) 28, 50, 187, 331, 333, 383 

Espinosa (D. Julián) 60 

Esquilache (Marqués de) « 46 



— 4o8 — 

Pág«. 

Fabra, S.J. (P. Francisco).. loo, 102 

Fabro (D. Fernando)... 77, 78, 79, 80, 81, 82, 83, 

84,85,86, 117, 119, 258 
Falconer, S. J. (Vide Falkner). 

Falkner, S. J. (P. Tomás) 302, 304 

Felipe V 309 

Fernando VI 23, 24, 25, 30, 34, 229 

Fernando Vil • 330 

Florídablanca (Ftde Moñino) 292, 396 

Francia (Dictador paraguayo) 276 

Franco, S. J. (P. Bartolomé) 100 

Frasset, S. J. (P. Francisco) ico 

Freiré 4.... 28 

Fuentes (Conde de) 234 

Funes (D. Ambrosio) 260, 300, 3 14> 3 16, 324, 328 

Gainza (D. José) ....'. 269 

Galprin, S. } 300 

Gandía, (H. esc. Antonio) 108 

Garau, S. J. (P. Antonio) 100 

Garau, S. J. (P. Sebastián).. 71 

Garay (D. José, deán de Córdoba) 83 

García, S. J. (P. Juan) 146, 148 

García, S. J. (P. Manuel). 77 

García Tagle (D. Miguel), . 67, 68, 69, 257, 259, 386, 390 

Gayola, S. J. (H. José; 108 

Gil, S. J. (P. Manuel Gervasio) , 322 

Godoy (D. Manuel) 262 

González, S. J. (P. Diego) 153, 323 

González (D. Francisco) • 60, 61 

González, S. ]. Duran (H. José) 13 1 , 1 32, 385 

Grimaldi (Marqués de) 182, 338 

Guevara, S. J. (P. Francisco Javier). r72 

Guevara, S. J. (P. José) 78, 306, 316 

Guido, S. J • ^ • • 300 

Guirior (D. Manuel) • 301 

Gustavo in (Rey de Suecia) 18 



— 4^9 — 

Pági. 

<juti<Jrrez, S. J. (P. Antonio) 92 

Gutiérrez (Jaime) , . . , ' : . . • . 171 

Haro, S. J. (H. Pedro), ....*,., 100 

Henis, S. J. (P. Tadeo) * , . , 30, 196 

Herboso (limo. Sr.) « 377 

Herrera (D. José Tomás de) 99 

Hervás, S. J. (P. LfOrcnzo). ." 291, 320 

Ibáñez ' 24,32,33, 308 

Illana (Obispo de Córdoba) 102, 223, 261 , 366, 267 

Isabel de FariKsio (Reina madre de Carlos III) . . 34> 3^ 

Isabel II 262 

Isla, S. J. (P. José Francisco) 9 

Iturri, S.J. (P.Francisco) ^ ,. 291,318, ^20 

Jaunzaras S. J. (H.. José Ignacio) 316 

Jolís, S.J. (P.José).. 151, 306, 310 

José I (Rey de Portugal)...... «.... 23, 43 

José de San Alberto (Ilma..Sr. Fx... .Obispo de Cór- 
doba) «..« ^ 297 

Jxiárez, S. J. (P. Gaspar). 252, 291, 300, 301^ 3 14, 320, 383 

Keene 29 

Labaidcn (D. Manuel de) 91,268, 269 

Lara, S. J 252 

Larrain, S. J. (P. Tomás) . . ., 40» 233 

Latorre (D. Manuel Antonio de).. . 36, 50, 89, 187, 

201, 222, 223, 230, 272 

Lazcano (D. Andrés) 274 

Leiva '. 269 

León (D. Sebastián de) •.... 97 

López (D. Carlos) 276 

Lorea (D. Isidoro) 231, 263 

Luis (D.) íiníante, hermano de Carlos III). 37, 38, 45, 233 

LuisXlv! 18 

Macicl (D. Joaquín)... 25, 133, 1371 «43 

Mahony (Conde) * • 290 

Malvar (limo. Sr. D. Sebastián, Obispo de Buenos 

Aires) 4 263, 297 

• 



— 410 — 

Pági. 

Mañalich « 40, 46 

María (Reina de Portugal). 43 

María Antonia de la Paz 294, 301 

María Teresa (Emp. de Austría) 302 

Martínez (Diego Antonio).. 164, 166, 168, 169, 171, 174 

Martínez, S. J. (P. Miguel) , 77 

Martínez de Ibarra (D. Antonio) 217 

Martínez de Tin eo (Victorino). 99, 162, 163, 176, 18 i, 183 

Medrano (D. Pedro) 65 

Meneses (Embajador) 43, 45 

Me3sner, S. J. (P.Juan) 174, 175, 178^ 179, 180, 181 

Millas, S. J. (P. Joaquín) 291, 318, 321 

Miranda, S. j. {P. Javier) 322 

Miura (D. Pedro de) 140 

Montes, S. J 381 

Moñino ( Vide Florídablanca) « 228, 230, 23 1 

Moróte (D. Joaquín) • 67 

Morphy (D. Carlos) 91} 92t 95, 97* 98 

Morro, S. J. (H. Ignacio) « 10& 

Moscoso (limo. Sr. D. Manuel, Obispo de Córdoba 

y de Cuzco) 296 

Mota (D. Francisco de la) 141 

Muñoz, S. J. (H. Antonio) 100 

Muñoz (D. Juan Bautista) 3 19 

Muriel, S. J. (P.Domingo) 7, 10, 12, 105, 246, 

300, 306, 308, 322, 385 

Napidrigí (Cacique) 1 50 

Navarro, S. J. (P. Domingo) 227, 230, 363 

Navarro, S. J. (P. Joaquín). 233 

Nicolás 1 24,46,208, 232 

Nieto (D. José) 65, 66 

Neenguirú (Nicolás, Cacique) 206, 207, 208 

Ocampo, S. J. (P. Juan Francisco) 306, 3 1 7 

Oroño, S. J. (P. Francisco) , . 151, 152, 153 

Oros, S. J. (P. Ladislao) 88 

Orosz, S. J. (P. Estanislao) 175, 302, 305 



— 4" — 

Pígt. 

Osma, S. J 251 

Oyarzabal, S. J. (P. Ignacio) 264 

Pácz (P. José) 78, 79 

Pallozzi> S. J. (P. Esteban) i74f i75i iSo 

París, S. J. (P. Antonio) 100 

Parras (Fr. Pedro José de) 188 

Patzi, S. J. (P. Narciso) 170, 171, 172, 174, 175 

Pauke (P. Florián) . 75, 134, 136, 137, 138, 139, 140, 

142, 143, 145» 157. 160, 162, 30J 

Paz, S. J. (H. Domingo) 80 

Peleyá, S. J. (P. José) 170,171, 172 

Peramás, S. J. (P.) 127,244,306, 310 

Pérez • 45 

Pérez de Saravia (D. Francisco) 60, 121 

Pessoa (Padre Comendador del convento de la Mer- 
ced de la Asunción) 93, 149 

Pestaña (Juan Francisco). ' 162, 165, 166 

Pinedo 98, 276 

■Pino (D. Joaquín, Virrey de Buenos Aires). • . 324, 329 

Pío VI 46, 292 

Pío VII 330, 397, 400 

Plantich, S. J. (P. Nicolás) 74 

Ponciano 134 

Portal 360 

Prado, S. J. (P. Juan de) , 71 

Querini,S. J. (P. Manuel) 88 

Quiroga, S. J. (P.) 304, 306, 309 

Rafíay, S.J. (P.) 17 

Ramírez (D. Basilio) 309 

Rávago, S. J. (P.) 25, 28 

Recalde (D. Lorenzo) 94 

Recio, S. J. (P. Bernardo) 40, 233 

Rell,S.J.(H. Conrado) 71 

Ribas, S. J. (H. Juan) 108 

Ricci (R. P. Lorenzo) 40, 46, 51, 233, 244 

Río (Hermano novicio) 377, 378 



Pági. 

Riva Herrera (Juan Francisco). .,..•. , 20S 

Rivadavia, S. J. (P.José) ..• 323, 324 

Robles, S. J. (P. José de ). 1 05, 246, 385 

Roca (H. José)... 381 

Roda (D. Manuel de). 22, 36 41 

Rodríguez, S. J. (P. José) 167, 169, 170, 184 

Rosa (D. Agustín de la) 74, 106, 269 

Ruiz, S. J. (P. Francisco) 315 

Salas (D. Diego de) • 31, 67 

Salazar Calvete 51 

Salinas (D. Marcos) 91 

Salinas, S. J. (P. José) .••••• >07 

Sánchez Labrador, S. J. (P.José)... 145, 146, 147, 

148, 149. i5«>i 158, 306, 312, 313 
Saravia ( Vidc Pérez de). • 

Schmid, S. J. (P. Martín). 184 

Serrano, S. J, (P.) 322 

Soler (Hermano novicio) 377 

Somalo (D. Francisco) 7 ii 7^» - 73 

Strobl, S. J. (P. Matías) r-r--: :•••:• 3^ 

Tagle (Vidc García Tagle). 

Tanucci (Bernardo).. ......... . 22,36,37,52,234, 262 

Termeyer, S. J. (P.) .......... 322 

Tineo (Vidt Martínez de Tineo). 

Tojo (Marqués de) 99, 101 

Toledo, S. J. (Paidre) 152 

Tolrá, S. J. (P. Juan José) 293 

Tomás (D. Diego) 362 

Torre (Manuel Antonio de la). .. .^ 215 

Torregiani (Cardenal) , 243 

Torres, S. J. (P. Cayetano) 100 

Torres Bollo, S. J. (P. Diego de) 283 

Tux, S. J. (Padre) - 208 

Ucedo (D. Domingo) 65 

Valdelirios (Marqués de).. . . 26, 27, 28, 29, 30, 31, 

33i 33. «87. 309 



— 4^3 — 

Píg». 

Vallejo (Hermano novicio) 377, 378 

Várela (D. Diego) 309 

Vázquez (Juan) 73 

Vázquez, S. J. (P. Luis) 326 

Vera y Aragón (Antonio de). '. 146 

Vergara, S. J. (P. Manuel) 85, 189, 193, 200, 

210,211,212,218,219,227, 360 

Vértiz (D. Juan José) 68, 224, 297 

Viana 31, 33 

Villafañe, S. J. (P. Diego León de) 323, 327 

Wall (D. Ricardo)...., 26,29,31,32,33, 236 

Wames (D. Manuel; 65 

Zamoalla (D. José Antonio) 260, 261 

Zenzano (D. José) 67 

Ziburu (Miguel de) 140 



índice 

DB 

NOMBRES PROPIOS GEOGRÁFICOS 

QUE SE CITAN EN ESTE TOMO 



Wgt. 

Alemania i6i 

Aneaste (Sierra de) 296 

Ancona 17, 383 

Andalucía 247 

Apóstoles (Pueblo de los) 220 

Aragón 289, '380 

Araucania 328, 329 

Areco (Estancia del Colegio de Buenos Aires) .... 71 

Argentina (República) 264, 278 

Arica 180 

Asunción (Del Paraguay) 13* 58, 91, 92, 96, 97, 

102, 146, 147, 148, 149, 154, 259, 267, 279, 290, 312 

Bagnacavallo 247 

Bajada (Hoy Paraná) 1 90 

Barcelona 132, 319,324, 325, 378, 380 

Bastía (Puerto de) 1 1 4 

Belén de los Mbayás (Reducción de) 146, 151, 312 

Betanzos 380 

Bilbao ^ 345 

Bolonia 247, 310, 321, 383 

Brasil. , 285 



— 415 — 

Pág«. 

Brísighella 244 

Brünn 303 

Buenos Aires . 13, 26, 49, 58, 61, 63, 64» 68, 70, 74, 

76, 77. 901 97, 98, iQi, 102, 103, 107, 108, 109, lio, 

120, 121, 122, 134, 137, «42. 143» M5i 149» "52, 155. 

156, 15^» í59t 160, 162, 188, 189, 190, 191, 195, 207, 

208, 218, 219, 222, 223, 225, 228, 245, 259» 264, 267, 

273» 278, 294, 296, 298, 299, 301, 305, 309, 316, 319, 

323. 324, 3251 327, 883 

Burgos 345, 346 

Cádiz 58,106,129,219,225, 328 

California 161 

Callao 181 

Candelaria 217 

Capilla del Rosario. 145 

Cartagena de Indias. 184, 345 

Catamarca 104, 296 

Cochabamba 176, 1 80 

Colonia 108,208, 299 

Conchas (Río de las) 90 

Córcega 114,243, 383 

Córdoba del Tucumán 10» 77, 78, 86, 88, 91, 

1 10, 1 16, 1 18, 222, 246, 267, 269, 279, 296, 303, 305, 

306, 307, 3 1 1, 3»4, 316, 317, 321, 524, 327, 361 

Corrientes 91,109,110, 279 

Coruña 65, 11 1, 131, 132, 326, 345, 380 

Cruz (Pueblo de la) 214 

Chacarita (Estancia del Colegio de San Ignacio^ de 

Buenos Aires) 71, 73 

Chaco . 132, T45, '5», 154, 200, 277, 278, 303, 304, 3>o 

Chagres(Río) 181 

Charcas.. . 57,98,162,165,174,175,181, 340 

Chile 57, 104, 106, 108, 121, 180, 247, 328, 340 

Chiloé 161 

Chuquisaca .'. 167 

Ensenada de Barragán 87, 90, 105, 107, 108, 1 10 



~ 4i6 — 

Pági. 



España.... 65, 74, 105, 106, 107, no, m, 112, 123, 
125, 127, 234, 235, 238, 241, 289^292, 319, 325, 326, 

338,341,381,391» 39^ 

Europa.. 18,(9,25,109,111, 246 

Faenza 13, "4, 129, 130, 132, 162,244, 245, 

246,247,248,253,306,307,309,311, 318, 321, 324, 32a 

Ferrara 247, 383 

Ferrol. , 1 11, 131 

Filipinas 5^» 57, 247, 288, 289, 336, 351, 39^ 

Florencia ^. . 385 

Forlí . 247 

Francia ^ ^ ...... ^ 300, 301 

Fregenal , 345, 34^ 

Galicia. ...,. 131, 38a 

Genova , 114,380, 383 

Gerona 40 

Gijón 345 

Granada . . • • 28, 262. 

Guacalera loi 

Guardia (La) 308, 312 

Guay vi rabí (Paso de) 213 

Habana 49, 184 

Holanda 162 

Igatimí 98 

Itnola 245, 246, 247 

Inglaterra 304 

Inmaculada Concepción (Reducción de Abipones). . 

i33t 142 

Inmaculada Concepción (Reducción de Chiquitos). . 162 

Innspruck • 220 

Italia..... 21, 113, 114, 127, 161, 162, 184,255,306, 

323, 324, 326, 3^ 

Itapúa. .é 31 

Jaén 262 

Jerez 124, 125, 131, 252,3451 346 

Jujuí 4. 65, loi, 102, 227, 229, 230, 296, 323, 362 



— 417 — 

Páp. 

Klicsova fHungría) .'. - 305 

Lérida...'. .*.....'.' * 380 

Lima ; ' 180, 340 

Liorna..- 382 

Lisboa • 1 20, 328 

Londres ; 20 

Lugo ....;••. : 380 

Lujan (Nuestra Señora de) 89 

Madrid n, 13, 24, 37» 3», 50» 5'» 54» 334» 310 

Magallanes (Estrecho de) ¿ . . • « 308, 309 

Málaga '. 345 

Maldonado (Isla de) ; 65 

Malvinas (Islas) • 258 

Mantua •.... ;..; 321 

Martín García (Isla de) 208 

Mataró ; 310 

Matogrosso 162, 165, 285 

Méjico 247, 288 

Mendoza • 104, 105 

Miriñay 210, 213 

Misiones • 67 

Módena 313 

Mocoretá 210, 213 

Montevideo 58, 70, 74,99» 106, 107, 108, 109, 

lio, 159, 219, 269, 270, 299 

Ñapóles 23 

Oruro 177, 179, 180 

Palma 345 

Panamá ••..• 181 

Paquia ' 180 

Paraguay (Provincia del) 10, 34, 36, 45, 58, 98, 

104, 105, 108, 112, 121, 122, 127,241, 247» 250, 256, 

263, 270, 292, 304, 312, 323, 327 

Paraguay (República) 264, 278 

Paraguay (Rio) 309, 31a 

Paraná é.. 190,285, 340 



— 4i8 — 

Pági. 

Parma 289 

Patagonia • • • 305 

Perú.. 57, iSo, 228, 247, 272, 2S8, 312 

Pilar (Reducción de Nuestra Señora del). 151 

Plasencia • 321 

Plowden-Hall (Inglaterra) • 304 

Portobelo 181, 183, 184 

Portugal 23, 24, 42, 276, 325 

Puerto de Santa María 57, ni, 112, 123, 124, 

129, 131, 160, 184, 219, 25"» 347» 35« 

Quito .. 247» 285 

Ravena 244» 253, 313 

Recas (Arzob. de Toledo) 316 

Rimini 247 

Río de la Plata. 12, 14, 30, 33, 110, 167,186, i95f 259» 

264, 277, 283, 291, 293, 303, 305, 309, 31 1, 3 13, 320, 323 

Río Janeiro 317, 324 

Río Pardo 196 

Río Seco (Castilla) 380 

Rioja 104 

Rioja del Tucumán , 317 

Roma.. .. 19, 20, J5, 36, 45, 46, 129, 130, 249, 292, 

314, 3>5. 3»6, 318, 319, 381, 382 
Rosario del Timbó (Vtde San Carlos). 

Rusia 300, 314 

Sagrado Corazón de Jesús de Chiquitos (Reduc- 
ción). 162, 172 

Salabina • • 296 

Salou 346 

Salta... 58,65,99, 102, 152, 155» 296,315. 324, 361, 362 

Salto « 210, 212 

San Antón (Castillo en la Coruña) 65, 66 

Santo Tomé 214, 217 

San Borja • 31, 214 

San Carlos (Reducción de San Carlos ó Rosario del 

Timbó) 1331205, 369 



— 4»9 — 

Pági. 

San Estanislao (Reducción) •••••••• • • • • . 205 

San Fernando (Reducción dé Abipones). 133, 205, 369 

San Ignacio de Chiquitos (Reducción) 1 62, 174 

San Ignacio de Tobas (Reducción de) • . • . 151 

San Ignado-Mini 311 

San Javier de Chiquitos (Reducción). .... 162, 167, 

i 69, 170, 174, 176, 180 
San Javier de Mocovíes (Reducción de). , • 133, 134, 

i37i 138, 142, i5>* '62, 303 

San Jerónimo (Reducción de) 133, 136 

San Joaquín (Reducción) 151, 205, 369 

San José de Chiquitos (Reducción) 162 

San Juan 104 

San Juan de Chiquitos (Reducción) • • 1 62 

San Luis 104 

San Luis (Pueblo de Guaraníes) 205, 364 

San Martín de la Nuve • 175 

San Miguel de Chiquitos (Reducción) 162 

San Miguel de Tucumán • . • 327 

San Nicolás 208 

San Pedro (Reducción de).. 133, 136, 137, 138, 142, 303 

San Raídcl de Chiquitos (Reducción) 162, 166, 

174, 175» «78, 180, 184 

San Sebastián 345 

Santiago de Chiquitos (Reducción). . 162, 169, 171, 172 

Santiago del Estero. . . 102, 104, 155, 294» 295, 296, 314 

Santa Ana de Chiquitos (Reducción) 162, 166 

Santa Catalina (Estancia de Córdoba) 78 

Santa Cruz de la Sierra 99, 164, 165, 166, 176, 

178, 179, 180 

Santa Fe 74, 77. 109, 110, 133, 136, 137, 138, 

139, 140, 141, 142» 144, 279 

Santa Fe (Provincia) 247 

Santa Fe de la Vera Cruz (Provincia de Buenos 

Aires) 318 

Santa Rosa (Chiquitos) 165 



Ngs. 

Santa Rosa de Misiones. . . . '« 1 8S 

Santa Tecla 27 

Santander • 346 

Segorbe 345, 346 

Segundo (Río). ; 89 

Sevilla 381 

Silipica • • • • . . 396 

Simancas • 13 I 

Soconcho 296 ^ 

Tacna 179 

Tamames (Obispado de Salamanca) 306 

Tarija *.'. 98, 99, loi, 102, 163 

Tarragona 175, 345, 34^ 

Tarumá 151 

Tebicuarí 208 

Tenerife 345 

Teruel 345» 346 

Toledo 247 

Torelló (Cataluña) 310 

•Trinidad , 207 

Tucumán. ..... 58, 91, 104, 155, 167, 259, 304, 328, 329 

Uruguay 285, 322, 340 

Vacas (Estancia de las) 73 

Valencia * • . • 32 1 

Valladolid 10,306, 380 

Valparaíso 105 

Venecia ii 

Viena 20, 302 

Wintzingen (Silesia) 303 

Yapeyú ó Santos Reyes 190, 210, 212, 213, 

214, 217, 218 

Yaví loi 

Zaragoza 4 32 1, 380 



Aaut da fin 
esi€ iwro referente a 
EL EXTRAÑAMIENTO DE 
LOS JESUÍTAS DEL RJO DE LA 
PLATA r DE LAS MISIONES DEL 
FARAGUAT} EitudkiUiF, Pablo Her- 
nández I. j. Fuém^eso en la miy nohU 
y coronada vi/la di Madrid^ en U 
ofána tifagráfica de Fortaaa, 
Acabóse ¿ ocho díat de 
Enero de miiy notft^ 
cientot ocho 
aiht. 

Finito libbo bit lads kt globia 
Chribto 



LISTA 



M LOt 

8C6CR1PTORE8 A LA COLECCIÓN DK UBMOS Y DOCUMENTOS 
MEF£M£NTES Á LA HISTORIA DE AMÉRICA 

La Biblioteca partioitar 4c S. M. d Rty, 

Brítnh Mqscoid. 

El liutícato General f Tccako át Barcelona . 

D. Jote A. Eacoco. 

Dr. N. LaÓQ. 

La Biblioteca Nacional.— ila«Me« Aka, 

D. Manad ¿t Olivciía Ltaa. 

D. Affbto Lópn de Miranda. 

La Biblioteca NacioAal— ilrá Jtamro, 

La Biblioteca de la Uoivcrtidad Nacional. ^¿^ Ptété* 

Mr. David Note. 

Mr Jas. A. Robcrtaon. 

La Real Academia de la Historia* 

D. Edoafdo Vivaa 

Dr. Pedro N. A rata. 

Dr. Salvador de Mendoza. 

Mr. Thomas C. Da«ioo. 

D. Maaoel E. Ballnterot 

D. Mariano MoriUo. 

Sffct. P. J. Gniro!a t Compañía. 

Mr. GeoTfe Parker Winthip. 

D. Joié Calvo y Ramoi. 

D. Telatco Cattellanot. 

La Biblioteca Nacional. — Lami 

D. Severo G. del Caiciilo. 

Siea. O, Mendctky é Hijo. 

D. E. Rouy. 

D^, Jenaro García. 

Eicflio. Sr. General D. Femando Gontilea. 

D. Antonio Lcbnann. 



D. Arturo Bcyer. * 

limo. Sr. Obitpo Dr. Francisco Planearte. 

La Biblioteca Nacional. —rij«^tf/ffl. 

D. Ramón J. Cárcano. 

D. Toroái A. Sanmiguel. 

D. Cesáreo García. 

D. Felipe de Osma. 

D. Fernando Fe. 

D. Ramón Orbea. 

D. José Ruis. 

D. Manuel María Polit. 

Mrs. Simmel de C* 

D. Joaquin Gomes do Campo. 

Sr. Marques de Villasinda. 

R. P. Pablo Pastells. 

El Archivo General de Indias.— &vi//fl. 

D. F. De üaan. 

D. Tomás Sanz. 



COLECCIÓN DE LIBROS Y DOCUMENTOS 

REFERENTES X LA 

HISTORIA DE AMÉRICA 



£d esta Colección, formada por obras inéditas é impre- 
sas de gran rareza, se publicaron las que siguen: 

Tomo I.— FiGüKROA (P. Francisco): Relación de las misio^ 
fies de la Compañía de Jesús en el pais de los 
Maynas (inédita). 

Tomo n, III y IV. — Gutiérrez de Santa Clara (Pedro): 
Historia de las guerras civiles del Perú y de 
otros sucesos de las Indias (inédita). 

Tomo V y VI. — Alvar Núnez Cabeza de Vaca: Relación 
de los Naufragios y Comentarios, (Aumentada 
con documentos inéditos.) 

Tomo VII. —Hernández (P. Pablo): El Extraüamiento de 
los Jesuítas del Río de la Plata y de las Misio- 
nes del Paraguay^ por Decreto de Carlos 11 L 

Tomo WlLl,'- Relaciones históricas y geográficas de la 
América Central. 

EN PRENSA Y EN PREPARACIÓN 

(^orita (Alonso de): Relación de las cosas notables de la 
Nueva España (inédita.) 

Lozano (P. Pedro): Descripción corogrdfica del Gran 
Chaco. 

Osando (Fr. Reginaldo): Historia del Perú^ Tucumdn^ 
Rio de la Plata y Chile (inédita.) 

Alburqubrque y Coello (Duarte): Memorias diarias de 
la guerra del Brasil, por discursos de nueve años empe^- 
zando desde el de MDCXXX. 

Ciiarlevoix (P. Pedro Francisco Javier): Historia del 
Paraguay y con las anotaciones y correcciones latinas del 
P. Muriel.