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4.1 




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EPISODIOS NACIONALES 



POK 

B. PÉREZ GALDÚS 



EL GRANDE 



ORIENTE 



MADRID 

1876 

IMPRENTA DE JOSÉ MARÍA PÉREZ 

CorrtiUra Baja dt ,S. Pablo, 41. 



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A 



EPISODIOS NACIONALES 

POR -< 



HARVARD >p. PÉREZ GALDÓS 
UNIVERSITY 

LIBRARY 
NOV 12197:^ 

,. Trofeos PIJBIjIOAüOS. 



PRIMERA SERIE. 

I.— Traf^lgar (2.» edición). 

II.— T^a corto do Oáz*los IV (2.* edición). 

III.— ESI Id de Mai^zo y el 9 de Mayo (2.* edición) 

IV.-Bailéii (2.* edición). 

V.— T^apoleon en. Oliaixi.ax'tixi. (2.» edición). 

VI.— Zaragoasa (2.* edición). 

VIL— Oerona. 

VlII.-Oádiz. 

IX.— Juan. Martin, el £:mpecinado. 

X.— X^a "batana de los Arapiles. 

SEGUNDA SERIE. 

I.— El eq.ixipaJo del Rey José. 

II.— ]Vfemorias de un. cortesano de 1815. 

IIL — Hia seg-unda casaca. 

IV.— B31 Orando Oriente. 

SE PXmLIOABijC SUGESIYAMBNTE 

V.— «y de Jixlio. 

VI.— X^os cien mil lii jos de San IjuIs. 
VII.— El terror de 1 834. 
VIII.— Un voltintario realista. 
IX.— X-.OS Apostólicos. 

X.— Un faccioso más y algunos frailes 
menos* 

8 REALES TOMO EN TODA ESPAÑA. 

Administración» Sarco* 9, Madrid. 












EL GRANDE ORIENTE 



Sí, era en la calle de Coloreros, en esa os- 
cura vía que abre paso desde la calle Mayor 
hasta la plazuela y arco de San Ginés. Allí 
era sin dada alguna^ y hasta se puede asegu- 

. zar que en la misma casa donde hoy admira el 
atónito público fabulosa cantidad de peces de 

: colores dentro de estanques de madera, y 
maestras preciosas de una importantísima in- 
dartria, las jaulas de grillos. Allí era, sí, y no 
es fácil que ningún contemporáneo lo niegue, 
como han negado que Francisco I estuviese en 

• la torre de los Lujanes, y que Sertorio fundara 
la Universidad de Huesca, (que es achaque de 
los modernos meterse á desmentir la tradi- 
ción). Allí era, sí, en la calle de Coloreros y 

- en la casa de los pintados pececillos y de las 



6 B. PÉREZ GALDÓS 



jaulas de grillos, donde vivia el gran D. Pa- 
tricio Sarmiento. 

En lugar de los estanques de madera, vie- 
rais, corriendo el año 1821, una ventana baja 
con rejas verdes á la derecha del portal. Apli- 
cad el oido, ya que la cortineja'de indiana ra- 
meada no permita dirigir hacia dentro la vis- 
ta, y oiréis una voz sonora y grandilocuente, 
ante cuya magestad las de Demóstenes y Mi- 
rabeau serian un pregón desacorde. Oid sin 
cuidado. Es de dia. Defciénense los curiosos y 
atienden todos sin que nadie les estorbe. 

nCayo Graco, hijo de Tiberio Sempronio 
Graco y de Cornelia, era liberal, señores; tan 
liberal, que se rebeló contra el Senado. Decid, 
niño, ¿qué era el Senado en aquella época? 

Una voz infantil contesta: 
— El Senado era una camarilla de serviles y 
absolutistas que no iban más que á su negocio, n 

Y la voz grave prosigue así: 

— uMuy bien Porque habéis de saber que 

Cayo Graco fijó el precio del trigo para que 
los pobres tuvieran el pan barato. Como que 
era un hombre que no vivia sino para el pue- 
blo y por el pueblo. Luego les probó á los Se- 
nadores que estaban robando el Tesoro del Rei- 
no digo, de la República. Así es que aque- 
llos tunantes no querían que Cayo Graco fuese 



EL GEANDE OEIENTE 



elegido Diputado Decid, niño, ¿cómo lla- 
maban entonces á los Diputados de la Na- 
ción? 

— Les llamaban Aglae, Pasitea y Eufro- 
8ina. 

— Zopenco, esos son los nombres de las tres 

Gracias De rodillas, pronto de rodillas 

¡Valiente borriquito tenemos aquí! Tú, 

Gallipans, responde. 

— Les llamaban tribunos de la plebe, y ha- 
bía cuatro órdenes de ellos, á saber: el toscano, 
el jónico, el dórico y el corintio. 

— Has empezado como un sabio y concluyes 
como una muía. ¿Qu¿ berengenal es ese que 
haces mezclando á los Diputados de Roma 

con los órdenes de arquitectura? Pues bien, 

les llamabfin tribunos de la i)lebe. El Senado, 
aquella pandillita de hombres ambiciosos, que 
acaparaban los destinos gordos, las superinten- 
dencias, las secretarías, y ¿por qué no decirlo? 
los ministerios, no querían que CíJyo Graco 
fuese tribuno y estorbaban su elección por me- 
dio de intriguillas. ¿Qué habían de querer, si 
en todas las .sesiones de Cortes les ponin de 
hoja de peregil? No se mordía la lengua el 
gran patriota, y en plazas y cafés, en el foro 
y en los pórticos de las iglesias, por doquie- 
ra, señores, convocaba al pueblo para ense- 



>■' 



8 B. PÉREZ GALDÓ8 



ñarle las doctrinas constitucionales, y con- 
denar la tiranía y los tiranos Decidme aho- 
ra, niño, ¿quién era el cónsul Opimio? 

— El cónsul Opimio. 

— Muy bien dicho. Un fatuo, un pedante, 
un cobarde, un servilón, una especie de persa 
que salia siempre á la calle escoltado por una 
cohorte de candiotas, ó idiotas que es lo mis- 
mo, para que los partidarios de Graco no pu- 
dieran zurrarle la pabana. Decid, niño, ¿cómo 
se llamaba el amigo de Cayo? 

Todas las voces infantiles responden á un 
tiempo: 

— Flaco. 

— Ese nombre no se os olvida, picarones, 
porque os hace reir. Muy bien: pues sabed que 
un dia los partidarios de Opimio después del 
sacrificio, que es como si dijéramos al salir de 
misa de doce, insultaron á los de Graco , los 
cuales asesinaron á un alguacil, macero, lictor 
ó como quiera llamársele. Vierais allí, cual 
las encrespadas olas de un mar borrascoso, 
chocar unos con otros, pueblo y tropa, demo- 
cracia y tiranía, patriotismo y servilismo. La 
sangre corría por las calles de Roma como 
corre n la de Coloreros el agua cuando llueve. 
Se degollaban unos á otros, é iban arrojando 
cab jzas al rio. Quién gritaba viva la ConstitU" 



EL GBA.NDB OBIENTE 



don, quién aclamaba á los cónsules diciendo 
vivan los verdugos, y hasta los niños peque- 
ñitoB tomaban parte en la encarnizada re- 
friega^ no de otra manera que los tiernos ca- 
choiTOs del león, cuando se disputan un huese- 

eillo para jugar. Eetíranse Graco y Flaco 

(Risas en el menudo auditorio) 

— ¡Silencio!.... ¿Qué importuno y discorde 
reír es ese? Eetíranse Graco y Flaco; van en 
busca de Kufo (Nuevas risas.) 

— Silencio, digo ó ninguno sale hoy d© 

aquí. ¿Qué risas son esas? Periquito, Chatillo, 

Boque ¿no os dá vergüenza de profanar 

este augusto recinto con vuestras ridiculas bu- 
fonadas?.... Orden, compostura, atención, si- 
lencio Puesdecia que se retiraron todos al 

monte Aventino, que era un monte, pues 

un monte que se llamaba Aventino. Pero ¡ay! 
loB cónsules les cercan, envian numerosa y 
aguerrida tropa para que á cañonazos les des- 
imyan allí, y tienen que marcharse, señores, 
al otro lado del Manzanares, ó sea el Tiber, 
que todo viene á ser lo mismo, á un sitio que 
bien podría nominarse la Fuente de la Teja, y 
que estaba consagrado á las furias, ó si se 
quiere con más propiedad, á los demonios. Los 
partidaríos de Graco empiezan á desertar por- 
que el Gobierno les ofrece destinos y dinero. 



10 • B. PÉREZ GALDÓS 



¡Perfidia inaudita, escandalosa traición que no 
volverá á pasar, yo os lo juro!.... Al mismo 
tiempo Opimio y sus infames cómplices ofrecen 
pagar á peso de oro la cabeza del gran tribuno. 
Éste se ve perdido. Dice á su esclavo Filócra- 
tes que lo mate. Filócrates vacila ¡momen- 
to de angustia y dolor supremo! Los sicarios 
llegan, los serviles se acercan rugiendo, cual 
manada de famélicos lobos. Consérvase sereno 
y tranquilo Cayo. La fuga le es imposible. Su- 
plica á su esclavo por segunda vez que le dé 
muerte. Éste obedece. Hiérese él mismo con el 
estilete, que era una pluma de las que em- 
pleaba aquella gente para escribir sobre papel 
de cera, y cae, bañando el suelo con su sangre 
preciosa. Los del cónsul llegan, córtanle la ca- 
beza y van con ella á pedir el vil premio de su 
hazaña. Decidme, niño, ¿de qué materia llena- 
ron la cavidad cerebral de la patriótica cabeza 
para que pesara más y aumentase el valor de 
tan cruento trofeo? 

Todas las voces á un tiempo: 

— De plomo. 

— Perfectamente. Y pesó diez y siete libras. 
Ahora basta de historia romana, y pase- 
mos á la retórica. Ea, niños: divídanse los dos 
bandos. Eoma á la izquierda, Cartago á la de- 
recha. Veremos quién ciñe el lauro de la vic- 



EL GRAXDE ORIEXTÉ 11 

toria y quién muerde el polvo en esta honrosa 
lid de la clase de retórica. 

Gran tumulto. Corren unos á este lado, 
otros al contrario, y agrúpanse en dos bandos 
al pié de los estandartes españoles con sendos 
cartelillos, en uno de los cuales se lee Roma y 
en otro Cafiarjo. Susurro resonante, parecido 
al de las colmenas, precede á las primeras pre- 
guntas. Los combatientes esperan con ansia 
el primer encuentro, y los juveniles corazones 
palpitan, vacilando entre el miedo y un hon- 
roso tesón. 

— Veamos Comience este pindárico cer- 
tamen por una proposición máxima. Decid, 
niño, ¿de cuántas clases son los pensamientos? 

— De dos: claros y obscuros. 

— ^Bien por Cartago. A ver, responda ahora 

la gi*an Boma. ¿Qué son pensamientos claros? 

No se habia pronunciado aún la respuesta, 

caando oyóse gran tumulto en la calle, y una 

voz gritó en la reja: 

— i Hoy no hay escuela! 
Y esta voz se confundió con alaridos de la 
bulliciosa turba, que corriendo decia: 

— ;A palacio, á palacio! 



i.%. 



12 B. PERE2 GALDÓS 



II 



La escuela qued^ en un instante vacía, y 
D. Patricio Sarmiento salió á la puerta de la 
calle. Sesenta años muy cumpliditos; alto y no 
muy gallardo cuerpo; ojos grandes y vivos; 
morena y arrugada tez de color de puchero al- 
corconiano y con más dobleces que pellejo de 
fuelle; pelo blanco y fuerte con rizados copetes 
en ambas sienes, uno de los cuales servia para 
sostener la pluma de escribir sobre la oreja iz- 
quierda; boca sonriente, hendida á lo Voltaire, 
con más pliegues que dientes, y menos plie- 
gues que palabras; barba rapada de semana en 
semana, monda ó peluda, según que era lunes 
ó sábado; quijada tan huesosa y cortante que 
habría servido para matar filisteos, y que te- 
nia por compañero y vecino á un corbatín ne- 
gro, durísimo y rancio, donde se encajaba aque- 
lla como la flor en el pedúnculo; un gorrete, 
de quien no se podía decir que fué encarnado, 
si bien conservaba históricos vestigios de este 
color, la cual prenda no se separaba jamás de 



^\ ...^ . 



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EL GEA>1>E 0RIE>:TE 13 

la cúspide capital del maestro: luenga casaca 
castaña, aunque algunos la creyeran nuez por 
lo descolorida y arrugada; chaleco de provoca- 
tivo color amarillo, con ramos que convidaban 
á recrear la vista en el como en una especie de 
ameno jardin; pantalones ceñidos, en cuyo ter- 
mino comenzaba el imperio de las medias ne- 
gras, que se perdian en la lontananza oscura 
de unos zapatos con más golfos y promonto- 
rios que puntadas, y más puntadas que lustre; 
manos velludas, nervudas y ñacas, que ora em- 
puñaban crueles disciplinas, ora la atildada plu- 
ma de finos gavilanes, honra de la escuela de 
Iturzaeta; que unas veces nadaban en el bolsi- 
llo del chaleco para encontrar la caja de taba- 
co, y otras buzeaban en la faltriquera del 

pantalón para buscar dinero y no hallarlo 

tal era la personalidad fís-ica del buen Sar- 
miento. 

— jA palacio! — exclamó viendo la mucha 
gente que bajaba hacia San Ginc's por delante 
de BU casa y la muchísima que seguia la calle 
Mayor hacia Platerías. — Hoy tendremos otra 
gresca. ¿A cuantos estamos? 

— ^A 5 de Febrero — repuso un joven que jun- 
to á D. Patricio estaba, con mandil de sastre, 
sosteniendo en la izquierda mano dos pedazos 
de tela y en la diestra una aguja. — Parece ser 






14 U. 1»ERE55 GALDÓS 

que Narices ha escrito un papel al Ayunta- 
miento quejándose de los insultos, y para que 
rabie más, hoy le van á dar más música. 

— ^Aparte de que no me gusta que se hable 
del Soberano con tan poco respeto — dijo el 
maestro, — lo que has dicho, querido Lucas, me 
parece muy bien. Puea que no quiere música, 
désele más música. Si no, que cumpla sus de- 
beres de Rey constitucional y marche franca- 
mente por la senda aquella jie que nos habló el 

10 de Marzo del año pasado Vá mucha 

gente. ¿Por qué no dejas la obra y corres allá? 
Tal vez ocurra algún acontecimiento digno de 
ser trasmitido á la posteridad. Yo iré después 
á la Cruz de Malta, á ver qué se decide esta 
noche respecto á la exposición que se proyecta 
dirigir al Rey contra el Ministerio. Me parece 
admirable idea, querido Lucas, porque has de 
saber que yo combato á Arguelles. 

— Y yo también — replicó el sastre. — O nos 
dan un ministerio liberalísimo, que de una 
vez acabe con todos los pillos, ó el pueblo so- 
berano decidirá en su sabiduría ¿Dejo el 

trabajo? ¿cierro el puesto? 

— Deja el trabajo, dimiiie Idborem y cierra 
el puesto, que tiempo hay de mover el paño. 
Dia llegará en que la patria más necesite de 
bayonetas que de ajorujas. Si no tuviera que 



■ A. ^ 



EL OKANDE ORIENTE 15 



copiar esos pliegos también husmearia un poco. 
Ponte el uniforme, hijo, que en estos sucesos 
públicos bueno es que^da cual se presente con 
los arreos de su gerarquía. Los uniformes dan 
respetabilidad. Procura que la muchedumbre 
no se desborde; amonéstala, que al verte ella 
respetará la gloriosa institución á que pertene- 
ces. No grites, no vociferes, que eso no es pro- 
pio de quien representa la autoridad y la fuer- 
za pública y la soberanía armada. Consérvate 
sereno en medio del tumulto, y si tocan á for- 
mar y hav lucha con los guardias v demás co- 
hortes del absolutismo, desplega, querido hijo, 
todo el valor de tu pecho, todo el brío de tu 
raza, y sé cual indomable león, que no conoce 
riesgo y hace extremecer al cobarde lobo sólo 
con el rugido de su cólera. 

El joven sastre, mientras esto decia su ve- 
nerable padre, vestíase á toda prisa en el mis- 
mo portal que era albergue de la sastrería. En 
el momento de abandonar la tienda para mez- 
clarse al popular tumulto, un hombre llegó á 
la puerta y se detuvo en ella saludando cari- 
ñosamente al Sr. Sarmiento. 

— Hola, hola Sr. Monsalud — dijo éste. — 

{Taxi pronto de vuelta? ¿No vá usted á palacio? 
Dicen que habrá tocata de trágalas, y sinfonía 
de mueras y vivas. 




1(5 B. PÉREZ GALDÓS 



— ¿Ha salido mi madre? — preguntó el jo- 
ven sin hacer caso de las observaciones de su 
amigo. ^ 

— No he visto salir á la Sra. D.* Fermina 
— replicó Sarmiento. — Debe de estar arriba 
acompañando á D.* Sólita y al Taciturno. 

— Subiré á decirle que no salga esta tarde. 

— Aguarde usted D. Salvador. Si no vá us- 
ted más que á eso, le mandaré un recado con 
Luis. Quédese usted aquí. Vamonos á la es- 
quina á ver pasar la gente y hablaremos un 
rato. ¿Queme dice usted de estas cosas? 

— ¿Pero no tiene usted escuela? 
• — ^He soltado al infantil rebaño. Si no lo hi- 
ciera alborotarla la escuela, y mis lecciones 
se perderían en la algazara como semilla que se 
arroja al viento. Es preciso transigir un poco 
con la inquietud bulliciosa y la precocidad pa- 
triótica de estos chiquillos que han de ser ciu- 
dadanos. De esta manera les voy educando sin 
tiranías, y mansamente les inculco sus debe- 
res, y les preparo para que ejerzan ]a soberanía 
en los venideros años venturosos, en los cuales 
nuestra Nación se ha de empingorotar por en- 
cima de todas las Naciones. 

El amigo y vecino de nuestro excelente 
D. Patricio sonrió con benevolencia. 

— No crea usted — -continuó el maestro, — 



r 
% 

1 



BL GRANDE ORIENTE 17 

que^imiiaré la conducta de ese pedante inso- 
portable, émulo y antagonista mió, el maestro 
Naranjo, de la calle de las Veneras, el cual, 
cada vez que hay bullanga ó revista de mili- 
cianos ú otra cualquier función vistosa, encier- 
ra á los chicos y no les permite ver, ni que re- 
gocijen sus tiernas almas con las emociones de 
la cosa pública. Pero bien sabe usted que Na- 
ranjo es un poco y un mucho servilón, hombre 
forrado en oscurantismo y encuadernado en in- 
tolerancia, amigo de los enemigos de la Cons- 
titución, indiferente en efigie, pero absolutista 
en esencia, con vislumbres de persa vergonzan- 
te y amagos de realista monacal. ^Qué ha de 
hacer con los pobres chicos un hombre de estas 
cualidades? Tiranizarlos, ennegrecer su espíri- 
tu, imbuirles ideas despóticas, educarles en el 
deflprecio de la Constitución y en el amor al 
■ervilismo. ¡Desgraciada Nación la nuestra, si 
prevalecieran en ella loa alumnos de Naranjo! 
Vea usted, Sr. D. Salvador, una cosa de que 
el Ministerio debiera ocuparse sin levantar 
mano; estirpar esas infames cátedras, supri- 
miendo todos los maestros de escuela que con 
8u conducta están sembrando la zizafia del 
servilismo pjira que en lo venidero estorbe 
y ahogue la frondosa planta de la Consti- 
tacion. 



20 6. PÉREZ OALDÓS 

era un proyecto de golpe de Estado, jiniqui- 1 
dad funesta! Pero el pueblo no se duerme. ;; 

Cuando Fernando entró en Madrid \qiié -i 

dia, qué solemne dial ¡qué 21 de Noviem- -^ 
bre! En vez de vítores y palmadas, galardón ■ 
propio de los sabios Monarcas, Fernando oyó 
gritos rencorosos, mueras furibundos, amena- 
zas, dicterios, oyó temos como puños y vio 
puños como ternos. No ha presenciado Madrid 
una escena tan imponente. Allí era de ver el 
pueblo ejerciendo el soberano atributo de amo- 
nestación; allí era de oir el trágala cantado 
por las elegantes mozas del Rastro. Miles de 
brazos se agitaban amenazando y todas las bo- 
cas espumarajeaban de rabia. Los que llevába- 
mos en la mano el libro de la Constitución, lo 
besábamos ^en presencia del Rey. Un fraile 
pronunció varios discursos que encendían más 
los ánimos. De repente por entre las apiñadas 
cabezas se alzan multitud de manos que sos- 
tienen un niño. Es el hijo de Lacy. La multi- 
tud soberana grita: njEs el vengador de su pa- 
dre! jes hijo del gran patriota! ¡Mueran los ti- 
ranos! I Viva la Constitución! II El Rey oia 

todo, y su semblante echaba fuego Pues 

bien: ¿cree usted que esta lección fué provecho- 
sa? nada de eso. La camarilla sigue conspiran- 
do, la Corte desafia á la Nación, al mundo, y 



^-: 



TL GBJlXDE •: ÍZZ3TZ il 

al linaje lnnnano con la infarzr íüLiTinr::- 7 

plan de I>. Matías ViiLTiesa. ^--s li -h-cazLiili- 

ado d Madrid dias ps..^<i:-?. 

Salvador prestando escasa. a;:¿r.^í:rL í Ias 

palabras del maestro, escri'i::- cisia.:£o 7 ?:ii 

largos descansos lo sigiiier.:e: 

iiDispeiLsad H. • . v 51. • . Q. • . H. • . la ITc-rr- 
«tad con que os maninest-: ni z^zL^s^zni^z^zo 
ndespnes de saludaros o::i los s.-. 7 b.*. ?.-. 
«en este Or.*. de Madrid. 

iiFaltaria á los más alces deceres si no me 
nnegara á aceptar vuestros cfre«::Ei:cn:>5 7 la 
nmision que me encomendás.eisj por>j-ie e¿ can- 
udo, convencido de que ese Or.-. es un centro 
nde libertinaje y de anarquía , 7 tal como está 
tioiganízado produce efectos contrarios á los 
nverdaderos principios liberales, deseo que se 
time considere como H.-. D.-. y se aparte mi 
nhomilde persona de todos los trabajos de la 
nOr.*. Quizás ^ea mió el error 7 no de los 

nV.'. H.-. pero m 

Al llegar á este punto, ge detuvo, recorrió 
con la vista lo escrito, hizo xin gesto de disgus- 
to, y rompiendo el papel ^ empezó á escribir 
oiro. 

— lITo sale, no sale la cartita? — dijo D. Pa- 
tricio sonriendo. — Se conoce que es de amores. 
No á todos los mortales es dado manifestar 



22 B. PÜREZÍ O ALIJOS 



elegantemente stis pensamientos en forma lite- 
raria. Quiere usted que vea si puedo yo sacar- 
le del paso? 

— Gracias: no es preciso ¿Conque decia 

usted, Sr. D. Patricio, que el Rey ? 

— No aprende nunca. Veremos qué tal efec- 
to produce la amonestación de esta tarde. 
Observe puntualmente la Constitución; sea 
amigo del pueblo; ame la libertad comx) la 
amamos todos, y entonces üo habrá más que 

aclamaciones y flores ¿Pero estuvo usted 

anoche en Malta? 

— Yo no voy á ese manicomio. 

—¿Y en La Fontana? Dicen que van á cerrar 
los cafes patrióticos. 

— Harán bien. 

— Bien sé que usted al hablar de ese modo^ 
lo hace por espíritu de contradicción, y que 
dice lo contrario de lo que piensa. Es particu- 
lar que le parezcan á usted .detestables esas 
sociedades tan propias de un pueblo liberal, y 
que se le antojen majaderos y charlatanes los 
hombres eminentes que en ellas derraman el 
fructífero rocío de la palabra constitucional. Si 
no conociese el gran entendimiento de us- 
ted 

El joven siguió escribiendo sin atender á 
las palabras del maestro, Pasó un rato durante 



EL GRANDE ORIENTE 23 



el cual uno y otro callaron. Después, Mon- 
salud rompió por segunda vez el papel escrito 
y empezó otro. 

— ^Vamos, que está durilla esa oración pri- 
mera de activa. Ya van dos pliegos rotos. 

— Antes me dejaré matar — dijo Monsalud 
en un arranque espontáneo, — que contribuir 
á este desorden y figurar en una sociedad que 
es un hormiguero de intrigantes, una agencia 
de destinos, un centro de corrupción é infames 
compadrazgos, una hermandad de pedigüe- 
ños 

— ;Ah, ya veo, ya comprendo de quién ha- 
bla usted! — exclamó Sarmiento, soltando rápi- 
damente la escoba y sentándose frente á su 
amigo. — Esos intrigantes, esos compadres, esos 
pedigüeños, esos hermanos son los masones. 
Bien, muy bien dicho; todas esas picardías las 
he dicho yo antes que usted y las repito á 
quien quiera oirías. El Grande Oriente perde- 
rá á España, perderá á la libertad, por su poco 
democratismo, sus transacciones con la Corte, 
sn repugnancia á las reformas violentas y pron- 
tasy BU templanza ridicula, su orgullo, su jus- 
to medio, su doceañismo fanático, su estanca- 
miento en las pestíferas lagunas de lo pasado, 
ga repulsión á todo lo que sea marchar hacia 
adelante, siempre adelante por la senda cons- 



34 B. PÉREZ GALDÓS 



titucional. O hay progreso, ó no lo hay. Si lo 
hay, si se admite, fuerza es que demos un paao 
cada dia, que á cada hora desbaratemos una 
antigualla para construir una novedad, que á 
cada instante discurramos el modo de dar al' 
pueblo una nueva dosis de libertad, y que no 
se aparte de nuestra mente la idea de que hoy 
hemos de ser más liberales que ayer, y mañana 
más que hoy Pero, ¿se rie usted? 

— ^No, no me rio. Oigo al Sr. D. Patricio 
con muchísimo gusto. 

— Adelante, siempre adelante — añadió Sar- 
miento con calor. — En virtud de este criterio, 
yo y todos los patriotas verdaderos, hemos 
dado de lado á la masonería para fundar la 
grande y altísima y por mil títulos eminen- 
te y siempre española sociedad de Los Comvr- 
ñeros. 

— He estado mucho tiempo fuera de Madrid 
— dijo Salvador, — y al regresar he oido hablar 
mucho de esa nueva hermandad. Por lo visto 
el Sr. Sarmiento pertenece á ella. Sírvase us- 
ted explicarme en que consiste. 

— ¡Explicar! ¿á qué vienen esas explicacio- 
nes? ¿Por qué no ha de conocer usted .de visu 
lo que difícilmente podrá comprender ex audi- 
tu? Véngase usted conmigo. Le presentaremos 
en la sociedad, le haremos caballero de Padilla, 



,-f 






BL OSANBE ORIENTE ¿5 

y para mí será tan grande honor preseniarle 
como para la Confederación recibirle. 

— ¡Confederación! ¡Padilla! ¿Que encalada 
es esa? 

— ^En el primer articnlo de los Estatutos, 
se dice que nos reunÍ7n>08 y nos eiparcirítOi por 
el territorio de las Españas, con el proposito 
de vmitar las virtudes de los héroes que corru) 
Padilla y Lanuza^ perdieron sus vidas por las 
libfrtades patrias. 

— ¿Y la Confederación se divide en talleres? 

— ^¿Qué talleres? Eso es cosa de artesanos. 
Aquí todos somos caballeros. Llámase nuestro 
ir- jefe el Oran Castellano; la Confederación se 
r divide en Comunidades, éstas en Merindades, 
éstas en Torres^ y las Torres en Casas Fuertes. 
Todo es caballeresco, romancesco, altisonante. 
Si la masonería tiene por objeto auxiliarse mu- 
tuamente en las pequeneces de la vida, nos- 
otros nos reunimos y nos esparcvmos, así mis- 
mo se dice para sostener á toda costa los 

derechos y libertades del puehh espariol, sejun 
están consignados en la Constitución política^ 
reconociendo por hase inalterable su articu- 
lad.^ Nada de empeñitos; nada de lloriqueo de 
destinos, ni de asidero de faldones. El articu- 
lo 17 del capítulo 2.**, dice que ningún caba- 
llero interesará el favor de la Confederación 




26 B. PÉREZ GALDÓS 



jpan'a pretender empleos del Gobierno. ¿Qué tal? 
Esto se llama catonismo. ¡Hombres incorrupti- 
bles! {Pléyade ilustre! Tenemos Código penal, 
alcaides, tesoreros, secretarios. Nuestras lo- 
gias se llaman Fortalezas, á las cuales se en- 
tra por puente levadizo nada menos. La admi- 
sión es peliaguda. Está mandado que al iniciar 
á alguno, no se revele nada del objeto y modo 
de la Confederación; pero yo le digo á usted 
todo, todito, porque confío en su discreciojí y 
prudencia. 

— lY se puede ver eso? ¿se puede ir allá? — 
dijo Salvador demostrando curiosidad. — Su- 
pongo que habrá juramentos y pruebas 

— Le presentaré á usted, Sr. D. Salvador. 
Nuestra Confederación se honrará mucho con 
que usted entre en ella. 

— No; preguntaba si se puede ir á las For- 
talezas como se vá al teatro, para ver, para 
reirse un rato. 

— Amigo mió — dijo Sarmiento con grave- 
dad. — No es cosa de risa una sociedad donde 
se jura morir defendiendo á la patria, y donde 
se cumple lo que se jura. 

— Eso es lo que no se ha probado todavía. 

— Yo se lo probaré á usted; se lo probaré — 
exclamó vivamente D. Patricio, apoyándose 
en la escoba como un centinela en el fusil. 



v-^ 




EL GRAITDE ORIEXTE 27 



usted me hiciera el favor — iaditó 

Monsalud. 
— jDe probárselo? 
fc —No; de callarse. Un momento iiada m¿Sf 
j^i^fBflridísimo amigo mío. 

— Si no digo una palabra Escrí}/^ n-tíjd, 

— ^úidicó el maestro recomenzando su interrum- 
pida tarea. — Voy á purificar mi escuela, á bar- 
ir, digámoslo así, mientras uf^ted ^iscríbt la 

k ¿Quiere usted que se la dicte? 
— No, gracias. El asunto ^ delicado; pero 
á la tercera vez ha de salir. 
Y en efecto, salió. 



í 



III 



Eb indispensable el conocimiento de todas 
las fiunilias que vivian en aquella casa. Ocupa- 
ba el principal Salvador Monsalud con su ma- 
dtOy y el segundo un señor taciturno y reser- 
ymiOf del cual los vecinos, á excepción de Sal- 
vador, no conocian más que el nombre, ignoran- 
do Bns antecedentes y sus ideas políticas, á 
pesar de las impertinentes pesquisas que por 
aTeriguarlo hacia diariamente el curioso Sar- 




28 B. PÉREZ GALDÓS 



miento. Este y su hijo Lúeas, sastre de oficio, 
ocupaban una de las habitaciones del piso ter- 
cero, sirviendo la otra de morada á Pujitos, 
gran maestro de obra prima, miliciano nacio- 
nal, patriota, cuasi orador, cuasi héroe, y un 
si es no es redactor de diarios políticos, que 
para todo habia en aquel desmesurado entendi- 
miento. 

El habitante del cuarto segundo era un 
hombre decente, con indicios en toda su perso- 
na de pobreza decorosamente combatida y di- 
simulada por el aseo, la economía, las cepilla- 
duras de la ropa y otros artificios que no siem- 
pi'e realizaban el fin deseado. Tenia más de cin- 
cuenta años, aspecto débil y enfermizo, rostro 
muy melancólico, apagados ojos, ademanes 
corteses y fríos, escasísima propensión comuni- 
cativa y costumbres tan metódicas como tran- 
quilas. Jamás anochecía sin que estuviese den- 
tro de su casa. A horas fijas salía, y á horas 
inalterables entraba. Era rarísimo aconteci- 
miento que alguien le visitase, y su morada era 
silenciosa y triste, como vivienda de cartujos. 

Antes de que penetrara en ella cualquier 
extraño, tomábanse minuciosas precauciones, y 
dos ojos negros miraban por la cruz del venta- 
nillo examinando atentamente al inoportuno. 
Estos ojos negros eran los de una señorita, hija 



r - ^ ■*■ lÉ 



EL visJCZ I'lZZirZH üf 



Sr. Gil de la Cii-in ^i-r i¿-. _!.i-nii.:>iii i-. 
átomo), y únioa :czi-:ft¿j¿n. siyi, i 13 :u íi* 
íkcríB/isky en I& in?ié "".Lr:*i:ti - '.«i'-i -i vit*- 
niade antipáiic: ■=! 'sitijr tt y* I:?* -d„:i:Liz.- 
I de la casa, lo ouzz^l^zíl -til ?izira.*uL5 Li 
ja. A iodos a2T&i¿'ii& =«:1:^ ir.rLTiL'-ífir !í::i ¿lic 
ifaido al entrar j &1 íall: j =i~ í zii*ei7:»Íi: 
uabaá lahabi:¿i'rl:=. í^ I * Jiini.rjL ¥:r;2ar- 
id, charlando -xi. rl^ lAz;ri¿ l'.ír-u. T-r \t 
a nombre S>Ieiiá.i. Zi^r: :::—■: -^i ^a-L:'; li» 
limiba Sólita. a¿: Ir irtiiiz. v-iÍ:í. -t nis ü:- 
nmmenteD.* S:li:5: iir ■=•*.:-:*= Ijl» =fcf..:rl- 
18 cargaban toLíTia ?:i. -n 2:'-:: i.: ii¿c:í= 
indegne el ¿e ciiliji-rríL :ii:L':.if::zA 

Ciomo crom=:a.í 5^r-*/"ii:á •.'^-rT :~r i^irlr 
16 Sólita era fea. x-:rri ir 1:= :':5 -r-rris. 
le aongne cLico^ erar. '::h::í:= v llriLis ir l:iz. 
ihalna en su r:>=*r: ík«?:::n id parte alrma 
le aisladamente no f^ese imprrtV-tíiisia. Ver- 
id 68 que hermoseaban la incorrecta b«:ca d- 
ñinos dientes: mas la nariz re*ionda y pe- 
Aña desfiguraba todo el rostro. Su cuerpo 
bria sido esbelto, si tuviera más carne; pero 

delgadez ex aj erada no carecia de gracia y 

aodono. Mal color, aunque fino y puro, y 

metal de voz delicioso, apacible, que no po- 

i oirae ain experimentar dulce sensación de 

upatiaj completaban su insignificante perso- 




32 B. PÉREZ GALDÓ8 



— ¿Lo ven ustedes? Mi idea es idea mia. 

— Y á cerrar las sociedades patrióticas. 

— Esa no es idea mia. La rechazo. Por el 
contrario, Sr. D. Salvador, Sra. D.* Fermina, 
yo abrirla en cada calle dos por lo menos, dos 
cafés patrióticos, y les subvencionarla con fon- 
dos del Estado, para que se propagase la idea 
constitucional. ¿Qué le parece al Sr. D. Salva- 
dor mi idea? 

— ^Excelente — respondió el joven, ocupado á 
la sazón en hojear varios libros que sobre la 
mesa de la habitación habia. 

— ^Ya que está aquí el Sr. D. Patricio — dijo . 
D.* Fermina después de hablar un rato con la 
criada, — no se irá sin tomar chocolate. Y lo 
mismo digo á usted. Lúeas. 

Sarmiento que, dicho sea en honor de la 
verdad histórica, no habia ido á otra cosa, res- 
pondió de este modo: 

— ^No se moleste la señora Siento haber 

venido; pero si se ha de enojar usted con nues- 
tra negativa, aceptamos Madre é hijo son 

tan amables qué, la verdad, cuando uno entra 
en esta casa, no encuentra la puerta para 
salir. 

— Gracias, Sr. D. Patricio. 

— ¿Saben ustedes — dijo con aire misterioso 
Lúeas,— que esta tarde vi en la plaza de Pala- 






■■•''-V.i' 



EL GRANDE ORIENTE 33 



I 



do al vecino del' cuarto segundo? Estaba ha- 
Uaindo con un guardia. 
— ^jPero no saben ustedes lo mejor? — indicó 

SannientOy padre. — Pues ya me olvidaba 

Que tengo nuevos datos para juzgar de las opi- 
nioneB políticas del Sr. Gil de la Cuadra. 
Monsalud miró fijamente al preceptor. 
— Un precioso dato. Tengo por seguro que 
es absolutista. 

—Vamos, no hable usted mal délos vecinos, 
y máios de ese buen sugeto— dijo D.* Fermi- 
na.—- Él y su niña son personas muy decentes 
qne merecen el mayor respeto. 

^Respeto? no se lo niego. Oiga usted el 
dato, Sr. D. Salvador. Ayer tarde entró en 
nú academia para que le cortase una pluma. 
Ta sabe usted que en la pared de enfrente ten- 
go un. gran retrato de Riego. Como el Sr. Gil 
le mirase atentamente, yo dije: nese es el gran- 
de hombre, n Advertí en el semblante de nues- 
tro vecino una sonrisilla picaresca. Miróme, y 
oon mucha suficiencia y pedantería, exclamó: 
"El un majadero. II 

— Lo mismo dice mi hijo, — manifestóla 
Mmaalud, ofreciendo el chocolate á sus dos 
vecinoR. 

— -jIiO mismo dice? Será por broma. ¡Riego, 
D. Bafiul' del Riego! Inmensa figura que se 






34 B. PÉREZ OALDÓS 



alza sobre el suelo de la patria^ y con sn ma- 
gestuosa cabeza toca las nubes! jEiego, sol re- 
fulgente que todo lo inunda con su luz! ¿A 
quién sino á él se debe la libertad que go- 
zamos? ¿A quién sino á él debe España el ha- 
berse puesto por montera del mundo y el estar 
por encima de toditas las Naciones? 

— Pues Salvador dice que es una cabeza 
llena de viento, — dijo D.* Fermina, gozando en 
mortificar al maestro. 

— ^Bromas, son bromas, Sr. Sarmiento — dijo 
el joven con benevolencia. 

Monsalud habia encendido una luz y exa- 
minaba cartas y papeles. 

— Como bromas pueden pasar; pero son de 
mal género. Esas bromas puede oirías cualquie- 
ra que no sepa discurrir Yo no me tengo 

por ignorante; yo creo haber leido algo; creo 

poseer alguna ciencia digo, me parece á 

mí 

— Por de contado. 

— ^AJgo sabe uno de lo que ha pasado en el 
mundo, memorables hechos y preclaras accio- 
nes, que es lo que los eruditosi llamamos his- 
toria. Y si no que lo diga el Sr. JD. Salvador. 
Monsalud no dijo nada. 

—Pues bien— añadió Sarmient^ sorbiendo 
la mitad de lo que contenia la jícariÉ^,— yo de- 



s 




daro qne conozco pocos vagones de la anñ- 
güedady (y ahí está Plutarco q^ie lo certiñ- 

que) si, conozco pocos qae sei^nalen á este 

atrevido comandante, que desafio al absoluti^- 
moy á toda la Europa, señores, á la Sanca 
Alianza, á los Borbones t'jdos, á los serviles 
todos* Y tan gran fin realizó sin derramamien- 
to de sangre, porque vean ustedes la histo- 

rii^ Harmodio y Aritogiton derramaron mu- 
cha Bangre; las sediciones de los gracos tam- 
UiSn fueron cruentas; Bruto mató á César] Ro- 
bespierre y Danton, ya sabemos que cortaban 
^oábezas como yo plumas: Cromwell, degolló á 

Garlos T, etcétera Pero nuestro hombre ha 

üáboaeoL la libertad, y la libertad ha sido. Su es- 
padaño ha necesitado herir para vencer. Con su 
TÍvido fulgor deslumbráronse los tiranos, y des- 
pavoridos huyeron cual asustadas liebres. ¿No es 
mdadj Sr. D. Salvador? ¿No es verdad esto? 
Monsalud tampoco dijo nada, ni hacia caso 
de la disertación Sarmentil. 

—¡Y á hombi*e tan imigne, á este cam- 
peón que le dijo á España, como el ángel á 
Muiai el Señor, 6 la Libertad, es contigo; á ese 
apóstol, señores, se le tiene alejado de la Cór- 
te, como si fuera una plaga, un pedi*isco li 
otra calamidad aterradora! Se le desterró pri- 
mero á Asturias, se le desterró después, porque 




36 B. FEBEZ GaLDÓS 



destierro es, á la capitanía general de Ara- 
gón ¡Oh! si yo llegase á regir los destinos 

de esta Nación, si yo pongamos por caso 

que llegase á ser Ministro mi primera dis- 
posición seria para recompensar dignamente á 
ese héroe inaudito 

— ¿Más todavía? .... — indicó festivamente 
Monsalud. 

— ¿Pues qué? — dijo Sarmiento con ciceronia- 
no ademan, poniendo sobre la mesa la jicara 
vacía, — ¿acaso se le han tributado honores cor- 
respondientes á sus servicios? Ni aun en la ge- 
rarquía militar ha tenido la elevación á que ^ 
es acreedor. Él era comandante: le plantaron 
en mariscal decampo Bueno; pues eso, di- 
gan lo que quieran, es bien poco, es poquísi- 
mo; y aún me parecerían una bicoca los tres 
entorchados. Usted tenga presente cómo re- 
compensó Inglaterra á lord Vellintón después 
de la campañita aquella en que derrotó á Bo- 
naparte. Así se premian los grandes servicios; 
no con estas mezquindades de aquí. 

— Tiene razón el Sr. Sarmiento — dijo doña 
Fermina. — Si por lo de militar merece los tres 
entorchachos, por lo. que tiene de orador y de 
hombre discreto, se le puede señalar una ren- 
ta. Yaya, que la escena y los discursos aque- 
llos del teatro fueron cosa buena. 



— ^Extraordínariaizr-ic iTrZ-i. iin-.ir i— 
t6d| señora mía, i-z '^^-^ -•-— — =^'- í-i ^ : : zzizr- 

bon. Lúeas, ¿te &OT;cr-í¿¿.' Nisiuií riizíms 

desde muy tempraiio ¿ l;á :jLnrlj- Tir^-r sa- 
bíamos que el ii>a l&elc ir :;. _\-lr ZZnLzLzr . VZi: 
palmadas^ qué eiiiu¿¿siL:. Y:- rii: r:i=e iaz. 
ronco que eu ocho •iia¿ s. j r::ir 'Íat l-=t2:rl:r. á 
los chicos. Aún me pare:-»r ::::e vr^j á L.~ié^ j 
querido general le vaniarsedrl a&:cL.:o c::iia.:'::e- 
Ua nu^estad que el solo tirL.'r. y e'ol^nijs in 
discurso que me pareció de perlas, si cien e.n 
el mucho alboroto no se oia Tina palacra degde 
arriba. Aún me parece cv:e e¿i^:y ovenio la 
pomposa música del himno c^ae enionó el p'i- 
blico. Rie^, con aqueUa gracia ¿uma ^ue Lios 
le ha dadoj levantóse y dijo: la música del 
himno no es asi^ sino de esta otra manera.-- Y 
8B puso á cantarlo. Su¿ ayudantes llevaban el 
compás. 

— ¡Estarla bonito! .... 

— ^Después uno de los ayudantes cantó el trá- 
gala perro, y aquí fué Troya. Yo creo que has- 
ta las figuras pintadas en el techo cantaron en 
aquel instante. ¡Sublime momento, señora!.... 
Pero lod envidiosos no Mtan en ninguna parte. 
Slmpéñase el jefe político en decir que aquello 
era un desorden. Quiere hacernos callar; en- 
créspase el público como el Océano agitado por 




...* 



40 B. PÉREZ GALDÓS 



mediarían con que el Sr. D. Patricio fuese Mi- 
nistro media docena de dias. . . . ! 

— No se burle usted — dijo el preceptor algo 
picado. — Yo no seré Ministro, yo no puedo ser 
Ministro, porque soy muy honrado, porque no 
soy intrigante, porque no soy ambicioso. Si 
tuviera un duro por cada vez que me he nega- 
do á aceptar este ó el otro destinillo, seria un 
Fúcar Pero supongamos que fuera Minis- 
tro, y sentemos esa atrevida hipótesis 

( — Silencio — dijo de improviso Monsalud. — 

' Están llamando á la puerta. 

Atendieron todos. Oyéronse fuertes golpes 
en la puerta de la casa. 

— ¿Quién será? — murmuró con temor doña 
Fermina. — ^Aqui no viene nadie después de 
I anochecido. 

— Iré á ver — dijo Lúeas, á quien l«s golpes 
L. sorprendieron descabezando un sueño. 

Pocos momentos después entraba Sólita, 
con semblante pálido y consternado, sin alien- 
I to, encendidos de llorar los ojos. 

— jMi padre está enfermo! — exclamó diri- 
' giendo á todos una mirada suplicante. 

— Iremos á buscar á un médico— dijo don 
'^ Patricio con oficiosidad. — ¡Lúeas!.... Corre al 

momento. 
— ^No es preciso médico — dijo Sólita, de- 



. . .?; 



EL ORAyDE OMryn 



teniendo á los Sarmientos con nn adem&n. 

—Yo entiendo algo de medicina 

— ^No necesitamos cosa alguna— añ&dió la 
muchacha mirando á D/ Fermina. — Lo r^ue 
tiene mi padre es muy singular. 

— ¿Congestión cerebral, ataque de gota, 
síncope, jaqueca? .... 

— ^Mi padre está enfermo del ánimo— dijo 
tristemente Soledad. — No quiere médicos ni 
medicinas; lo que quiere es tablar con ei .%ñor 
Honsalud , y por eso vengo á rogarle que pase 
ahora mismo á casa. 

Asombráronse todos de ver enfermedad que 
ae aliviaba hablando. 

^También puede que tenga algo que reve- 
larme á mí, — dijo Sarniento dando algunos 
puoB. — ^Voy allá corriendo. 

— ^No, usted no — replicó la joven detenién- 
le.^Salvador solo. Mi padre desea verle y 
hablarle ahora mismo, ahora mismo. 

Salvador subió sin tardanza al segun- 
do piso. 

Malísimo humor tenia Sarmiento cuando 
86 retiró á su casa. No pudiendo refrenar la 
abrasadora curiosidad que le consumía , detú- 
vose junto á la puerta del misterioso vecino, y 
aplicó el oido, anhelando percibir algo de la 
conversación ó confidencia que dentro se veri- 




42 B. PEBEZ GALDÓS 



ficaba; pero ni una sílaba llegó á sus grandes 
orejas. Resignóse á no saber nada^ y al entrar 
en su casa, dijo á Lúeas: 

— Insisto en que es absolutista, hijo; un in- 
fame persa que nos ahorcarla á todos si le de- 
járamos. 



IV 



Halló Monsalud al Sr. Qil de la Cuadra en 
un gabinete estrecho, donde tenia cama y 
mesa de escribir. Estaba el taciturno sentado 
en un viejo sillón, donde se hundia su flaco y 
miserable cuerpo, y todo en él revelaba perni- 
ciosa mezcla de abatimiento y exaltación, cual 
si su espíritu aumentase en actividad y la per- 
diera á toda prisa el cuerpo, reclamando el final 
descanso de la sepultura. Sus ojos brillaban, 
moviéndose en los irritados huecos, y con va- 
guedad calenturienta y voluble fijábanse en to- 
dos los objetos. Movia la cabeza y los brazos 
sin descanso, asemejándose su inquietud á ten- 
tativas de acciones concebidas rápidamente y 
desechadas antes de la realización. Cada se- 
gundo determinaba en aquella alma lleí^ de 



EL GRANDE ORIENTE 43 



MMsobra un nuevo proyecto, un nuevo plan, un 
nuevo deseo. Las luchas del insomnio le con-*- 
movian, pujilato horrendo que el alma sostie- 
ne consigo mismo creyéndose otra, y en el cual 
hay formidables encuentros y acometimientos, 
caldas y elevaciones, un espantoso temblor de 
congojas, contra las cuales no hay voluntad ni 
xaion que prevalezcan. 

El personaje que ahora nos ocupa no es 
dcBconocido para los lectores de estos libros (1). 
Apareció brevemente cuando describimos la 
wtirada de los franceses en 1813. Entonces 
abandonaba el suelo patrio como adicto al In- 
taw), á quien habia servido, desempeñando 
wia plaza de oidor en la Chancillería de Va- 
ítóolid. Establecióse con su esposa D.* Pepita 
ottahuja en un pueblecillo del Poitou, y poco 
'flipaefl de estar aUí, hizo que le llevaran su 
™¡a^ única Soledad, á quien, por no exponerla 
•loe peligros de la retirada, dejó en el pueblo 
*W confiada á los parientes de su primera 
*908a. Qil de la Cuadra habia sido casado dos 
'•Ofia, y Sólita era hija del primer matrimonio, 
I*^ la señora que el lector conoció en los cam- 
Poa de Álava no tuvo prole. La emigración fué 
^ñitiaima para el oidor de la Chancillería de 

W Véase El Equipaje del Rey Joú^ 



k 



44 B. PEBE¿ GALD^S 



Valladolid, á pesar de la dulce compañía de su 
adorada hija, porque después de haber perdido 
casi toda su fortuna en el gran conflicto de la 
monarquía extranjera, tuvo el dolor de ver es- 
pirar á su segunda mujer en el invierno del 
año 18. 

De regreso á España, cuyas puertas abrió 
para los infelices renegados la revolución 
de 1820, se estableció con su hija en La Ba- 
ñeza; pero circunstancias funestas que él mis- 
mo nos dará á conocer le obligaron á trasladar- 
se á Madrid, donde la casualidad le llevó á la 
misma casa que habitaba Salvador Moni^ud, 
cuya suerte tan unida estuvo después de If^ ba- 
talla de Vitoria á la del fugitivo matrimonio. 
A pesar de la amistad contraída en la fatal jor- 
nada del 21 de Junio y de las buenas relacio- 
nes que Bostuvieron en la emigración, pues 
Salvador vivió también algunos meses en 
Poitiers, Gil de la Cuadra se mostraba en Ma- 
drid muy poco comunicativo y afectuoso con 
su vecino. Era su carácter en verdad inclinado 
ala reserva, á la soledad^ á cierta aspereza 
misantrópica que entibiaba las amistades. Vi- 
sitábanse sí con frecuencia, y Soledad iba mu- 
cho á la casa de D.^ Fermina; pero Gil de la 
Cuadra en sus entrevistas con el antiguo ju- 
rado mostraba el singular recato y la estudiada 



EL OSA2n>E OSIENTZ 45 

sobriedad de palabras que indican empeño de 
ocultar ocupaciones ó designios. Por esta mis- 
ma razón causó sorpre^ al joven Terse llama- 
do tan á deshora y con tanto anhelo. 

Indicándole con una seña que se sentara á 
su lado, Gil de la Cuadra le habló de este modo: 

^Dispénseme usted si me he tomado la li- 
bertad de llamarle, para confiarle un asunt» 
grave. Sepa usted que yo soy muy desgracia- 
dOj el más desgraciado de los hombres Ne- 
cesito el amparo de un ser generoso, de un 
buen amigo, de una persona discreta y al mis- 
mo tiempo poderosa. 

^To no puedo ni valgo nada — repuso Sal- 
vador; — pero lo que de mis escasas facultades 
dependa está á disposición de usted. 

-^Revelaré todo y decidiremos — dijo Gil de 
la Cuadra con esforzada voz. — Mi estado ner- 
▼loso, la furia y exaltación de mi cerebro son 
tales esta noche que creo moriré si no tomo una 

determinación salvadora ¿Quiere usted 

que le hable con toda franqueza? Pues amigo 
mió, yo soy muy cobarde. 

Después de esta declaración, Monsalud cre- 
yó que el Sr. Gil iba á poner en su conoci- 
miento cualquier contrariedad insignificante. 

— ^Muy cobarde — añadió el extraño enfermo. 
— Verdad es que lo que me pasa es gravísimo. 



46 B. PÉREZ CALDOS 



I < 



Si no tuviera una hija á quien adoro, á estas 
horas, Sr. Monsalud, ya me habria dado muer- 
te. En un momento de. exaltación, casi llegué 
á olvidarme de mi pobre Sólita, y abrí esa 
ventana para arrojarme á la calle. Vivir así, no 
es vivir. 

— ^Dígame usted con calma lo que tanto le 
mortifica y decidiremos. 

— ^Ante todo debo recordarle á usted una 
deuda que conmigo tiene — indicó el taciturno 
fijando en su amigo los ojos con expresión pa- 
tética. — ^Mi esposa, que en gloria esté, y yo 
le salvamos á usted la vida en aquellos acia- 
gos dias de Junio de 1813, que no puedo re- 
cordar sin espanto. 

— Tampoco yo — dijo Monsalud palideciendo. 

— ^Le salvamos á usted la vida — añadió Gil 
de la Cuadra complaciéndose en esta idea fun- 
damental de su argumentación.— Después de 
ocultar á usted diferentes veces, yo autoricé á 
mi esposa para que, cediendo todas sus alhajas^ 
que eran gran parte de nuestra fortuna, le 
rescatara á usted del poder de aquellos malva- 
dos guerrilleros que querían sacrificarle. 

— i Es cierto! — murmuró Salvador con voz 
grave. 

— ¿Cabe mayor abnej^acion tratándose de un 
desconocido? 






EL t^jii^nz .iziy'zz 4' 

—No, no cabe más. CízfL — .íl¿ ir trr».iíír- 
ndento no bastarían zítí jsiri^ iír: : --= -.T^irri 
llama deuda y que yo cii. i>i: n^ :::"íj::z. re- 
conozco. 

— ¿Demodo que 'j.=:ai. luI^: zi:: •^LtUk 
diapuesto á hacer p:r ni. ¿ ne tíj: e- ::i. x:.- 

flicto fiupremú, lo q~e c: eáT»>=¿ 7 7 : '~- >¿ 

por usted cuando peli^Ti'.* =■- -ül 

— ^Dispuesto c-jn ^:.Í5k i:^ íjiilí — :r:z\.h'. -., 
jdven lleno de pieia.! y eri=i:i. — V:íei.r "L=r- 
ted lo que debo ta-^er. C-li.:.: ^r:-^-:, :-r¿r.v. 
valgo, mi vida y iil - :mrr ís-^í- ¿ i-v-.-.i.- 
don de usted. Xo es ~- -A.:rLi:í:. r-. "i. í^'.»^;. 
y ai no recuerdo tlíL, z^'j z^ íii: :.*:i:iv> -.-^ 
llegaran ocaáones s-izir:ziJéJi r-trá l--.i.%r %% 
ofiredmiento, porque ie&ie zuíá".:* rriii.^:^ ^:.- 
trevista en Madrid me de-ílikr^' ¿e^ior rr^rL'^ 
de usted. 

— ^Ea verdad, gracias, aTicrJa^ — !:''> ^1 er.- 
íenno, estrechando o'jn hih zjs^':^'. y hr^j-^r.^jií-. 
manos las de Monsalud. — ií -cía &*ei.7l v:. & . o 
que voy á referir. Creo hah,-cr ir.ii'T^.'ío sL :*Vi*'; 
cuando estábamos en Fraílela. ^-:.: :.'.!-. i i- a-. 
han sido siempre íavoraol-^í ¿ lo.t r.-z:--/::.'/: &v- 
Bolutos de la Coror^a v a I^k irAor.&r.;.'^ vjl'^. 
tal como durante si^'Ioi La dl-:íVití.r ^r* Isu-. iiii-. 
gloriosas Naciones de la tierra. L& ariiblciori do 
mi segunda esposa, y debilidades miau que de- 






48 B. PÉREZ GALDOS 



ploro amargamente, me indujeron á reconocer 
y servir al intruso Bonaparte. No necesito re- 
cordar la ignominiosa caida del partido afran- 
cesado. Yo, que no peileneci á él de corazón^ 
sino por las sugestiones de mi mujer, ten- 
go más derecho que los demás á quejarme 
de mi detestable suerte. Volví del destierro 
sin que mis ideas sufriesen mudanza alguna, 
y es singularísimo y á la par muy triste que 
los absolutistas del 14, con quienes mi corazón 
simpatizaba, me cerraran las puertas de la p^ 
tria, y que me las abriesen los liberales, á 
quienes tengo la desgracia de aborrecer. Esta 
contradicción real y molesta entre mi modo de 
pensar y mi gratitud, obligóme el año pasa- 
do á huir prudentemente de las cosas políticas. 
Betiréme á mi pueblo natal. La Bañeza. 
Como allí conocían todos mis ideas, un dia los 
liberales me acometieron con palos ordenán- 
dome que diese vivas á la Constitución; ne- 
guéme á tal vilipendio, y aquella deuda que 

{^ para con ellos contrajeron mis honrados labios, 

pagáronla mis costillas con buenos cardenales. 

\ A pesar de esto tuve paciencia, señor y amigo 

mió, y seguía pacíficamente en mi casa, pidién- 
dole á Dios que ponga fin á esta insoportable ti- 
ranía del populacho, mas sin buscar venganza, 
y resistiéndome á tomar parte en los trabajos 



EL CR\NT»E «^ErEyTT -ti 



qiiealgunoB realistas traían entre manoe para le- 
vantar partidas. £n estas andadas, organizióse 
enLa Bañeza la llamada Milicia Nacional; '^ne 
yo llamaria Infernal hablando propiamente, y 
pura dar pruebas de sn existencia y hacer el 
«treno de su bárbaro poder, emprendiendo con 
brillo el camino de la gloria, creyó que lo me- 
jor era adjudicarme una nueva paliza, como 
b'hiso el 3 de Setiembre del año pasado, pre- 
texiíando que yo conspiraba. 

— ^Ta van dos, Sr. Gil. En verdad que admi- 
ro la resignación y sufrimiento de usted. 

—Mes y medio de cama me costó la hazaña 
dalos milicianos de mi pueblo. ¿Creerá usted 
^ ni tales razones pudieron persuadirme á 
^nedqara mi pacifico y santo retiro? Aguanté, 
7 Qillá y esperé. Mi actitud digna y cristiana 
delaó ponerme á cubierto de nuevos ataques, 
tno 68 verdad? 
—Seguramente. 

—Pues no fué así. Precisamente por la ra- 
Km de que yo sufría y callaba, debieron cal- 
nine en ellos la feroz intolerancia y salvagis- 
no; pero no fué así, sino que mi humildad les 
Inda más bravos cada vez; y alegando conspi- 
ndones que sólo en su obtusa mente existían, 

me atacaron de nuevo 

— lOtra vez? 




50 B. PÉREZ GJLLDÓ6 



— Si señor, y se lo digo á usted francamen.- 
te^ A la tercera paliza ya no pude aguantar 
más, y lo que no habia hecho hasta entonceSi 
lo hice desde aquel dia. 

— ¿Conspirar? 

— Justamente. Ellos se «npeñaron en que* 
conspirara, y conspiré. Aquí tiene usted la sa- 
biduría de los liberales. Con su imbécil siste- 
ma de apalear á los que no piensan como ellos 
van poco á poco convirtiendo en enemigos á 
todos los españoles. Yo que habia hecho propó*, 
sito firme de no mezclarme en la política acti- 
va, ni contribuir al levantamiento de parti- 
das, ni conspirar, salí de mi casa decidido ék 
todo, á todo absolutamente; vine á Madrid, y 
mi mala suerte deparóme aquí el encuentro con 
un amigo de mi juventud, D. Matías Vinuesay 
cura que fué de Tamajon, y á quien Su Magos- 
tad en premio de los méritos que contrajo du- 
rante la guerra, hizo capellán de honor y arce- 
diano de Tarazona. 

— Ya sé á dónde vá usted á parar, — dijo 
Monsalud con benevolencia. — ^Vinuesa le indu- 
jo á usted á intervenir en esa descabellada cons- 
piración que le ha llevado á la cárcel y que 
probablemente le llevará también al patí- 
bulo. 

Al oir esto, el enfermo palideció y sus lá- 



.^,. ».■» .-. 




EL GRANDE ORIENTE 61 

bioB pronunciaron algunas palabras á guisa de 
oración. 

— Puesto que todo se lo he de confesar á us- 
ted — añadió exhalando un suspiro, — diré que, 
en efecto, he sido confidente y amigo de don 
Hiatias Vinuesa. Obra de muchos es el céle- 
bre plan, cuyo descubrimiento ha ocasionado 
la priñon de ese bendito, y que, con perdón 
de usted, no es descabellado ni mucho menos, 
j nos habría conducido al glorioso objeto que 
■nhifllamos los buenos españoles, si la impru- 
douña, el soborno ó la traición no lo hubieran 
denabierto. Presumo yo que alrededor del Tro- 
Mi donde tanto se trabaja por derrocar al Go- 
[ KttDo y á los liberales, existen la venalidad y 
keocmpcion más que en otra parte alguna, y 
fw de lofl mismos que nos han incitado á cons- 
pnr, partió la infame denuncia, fundada en mó- 
yikñ que no comprendo. Ya estoy desengañado 
dft la mala fé de todos, aburrido al ver que son 
tía picaros unos como otros, y convencido de 
Que no es posible tomar parte activa en la cosa 
pfiUica 8Ín meterse en fango hasta el cuell9<r^ 
—Es lamentable que no lo conociepft^sted 
intes de pringarse en la desdicha)]^ conjura- 
ción palaciega de Vinuesa, qu^'es, según he 
eidOi una de las mayores a]5erraciones que 
jmede oOBcebir la imaginacior^. 



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52 B. FEKEZ GALDÓS 



— Siento que usted califique tan duramente 
un plan que no conoce, — repuso Gil de la Cuar 
dra en el tono del amor propio herido. -^Y 
como no puede conocerlo si yo no se lo revelo, 
voy á hacerlo, porque después de la prisión de 
mi amigo^ no hay en ello inconveniente. La 
primera condición de nuestro pl^n era el se* 
creto. Solo debian tener- noticia de él Su Ma- 
gestad, el infante D. Carlos, el duque del In- 
fantado y el marque de Oastelar, como los 
únicos encargados de ponerlo en ejecución. 
Llegado el momento del golpe, Su Magestad 
debia llamar á los Ministros, al Capitán gene- 
ral y al Consejo de Estado, y una vez que los 
tuviera á todos bien agazapados en la real cá- 
mara, debia entrar una partida de guardias de 
Corps, mandada por el serenísimo señor In- 
fante, y prenderlos á todos, luego que el Rey 
saliese de la estancia. Yea usted qué ardid tan 
sencillo y al mismo tiempo tan fácil. 

— Si, todo es fácil y sencillo en las cabezas 
de los conspiradores. Prosiga usted. 
'^-:»c:^Inmediatamente después el mismo señor 
infanfó^^. Carlos debia pasar al cuartel de 
guardias y s^aandar arrestar á todos los indivi- 
duos poco afó^s á Su Magestad y á nuestras 
ideas. 

— ¿También eaip ©s fácil y sencillo? 



í 



BL (JBANDE OMISNTE 63 

*^— — — ^— II. I — — ^— — 

^D^eme usted seguir. Al mismo tiempo el 

nftor duque del Infantado bien le conoce 

utedy iqué imponente figura, qué aire marcial! 
tío con presentarse inclina los ánimos á la 

obediencia pues digo que el señor Duque 

Ukúl marchar en el mismo momento á Lega- 
íáá í ponerse al frente del batallón de guar- 
fias que hay allí. 

—Suponga usted que los guardias de Lega- 
iiA le recibieran á tiros, que también puede 



—No es probable que á tan grande procer 

ycomplido caballero le faltaran de ese modo 

Itlóa&n resta algo Excuso decirle á us- 

lei qae todo debia hacerse en el mismo mo- 
■mo. 

—Es natural, y en el mismo momento tam* 
Un debia hundirse todo. Adelante. 

—Se sobreentiende que lo referido habia 
de acontecer por la noche — continuó el ancia- 
no.— Dado el primer golpe, veamos ahora su 
desarrollo. A las doce en punto, ni minuto 
más ni minuto menos, debia ponerse en cami- 
no para Madrid el batallón de Légano, entran- 
do en esta corte á las dos. A las tres en pun- 
to, el regimiento del Príncipe, con cuyo coro- 
nel se contaba, debia ocupar todas las puertas 
de la villa, y & las cinco y media, ni minuto 



54 B. PBRE2 GÁLIBOS 



más ni minuto menos, debian las tropas 7 él 
pueblo empezar á dar vivas á la Religión, al 
Rey, á la patria, y mueras á la Constitución y 

á los ministros Luego el plan contenía muí 

multitud de determinaciones, consecuencia nir 
tural del triunfo. Debian ordenarse varias co-- 
sas, V. gr.: que se celebrase un Concilio naci(^ 

nal que los cabildos se encargaran ote' 

vez de la administración del Noveno que 

hubiese tres dias de rogativas que se rebar 

jase la tercera parte de la contribución qUé 

los gastos de iluminaciones y festejos fueran 

muy moderados que los milicianos sirvicH 

ran en el ejército ocho años ó pagaran veinte 
mil reales de redención..... que se trasladara 

al obispo de Mallorca que se imprimieían 

por cuenta del Estado las Cartas del padre 

Rancio que el obispo auxiliar, portador en 

triunfo del libro de la Constitución el año 20, 
lo llevase tambieii ahora y con su propia mano 

se lo diese al verdugo para quemarlo en fin, 

ya ve usted que no faltaba nada 

— ^Nada fetltaba, á no ser sentido común. 
¿Son también obra de usted los papeles M 
Ghrito de un Espafíol y La Papeleta de Leont 

— En esta misma mesa he escrito parte de 
ellos — repuso el enfermo con disgusto, — Pero 
no disputemos ahora sobre la ruindad ó exce- 



EL GBANDE OBIEXITE 55 



loncia del plan. Yo sigo creyendo, que sin los 
infiunes sobornos y traiciones que han media- 
dO| nuestra obra nos habría proporcionado un 
verdadero triunfo. No es posible formar juicio 
de lo que no ha podido pasar del pensamiento 
ila irrecusable prueba délos hechos. Lo real, lo 
postivOy lo que vemos y tocamos, amigo mió, 
Mque yo me encuentro comprometido, expues- 
to i perder, no solo la libertad sino la vida, si 
9D hallo un hombre discreto, astuto, hábil y 
poderoso que me ampare en trance tan aflictivo . 
•^Fero la Corte, esa Corte que es la que 
Ipenta, paga y sostiene las conspiraciones rea- 

Jbbs, no le abandonará á usted 

— ¡Ahí Sr. Monsalud de mis pecados — ex- 
diinó Gil de la Cuadra con amarga tristeza, — 
b GíSrte 6 no puede nada, ó teme comprome- 
kne dándome el amparo que de ella he solici- 
tado. Preso D. Matías, sin que ni Rey ni Ro- 
que lo hayan podido evitar, .hecha pública la 
eoDJancion, no hay ningún procer ni potenta- 
do de palacio que no proteste de su adhesión al 
liberalismo. ¡Pecador de mí! ¡mil veces peca- 
dor! La circunstancia de haber sido afrance- 
aado me hace sospechoso á los absolutistas. 
Esa es mi fatalidad; esa mi estrella negra; esa 
es la funesta herencia que me dejó mi esposa. 
¡Si viera usted cuántas puertas se han cerrado 



56 B. PÉREZ OALDÓS 



hoy ante mil Es particular: de la noche á la 
mañana ya nadie me conoce. Soy un extraño/, 
un importuno; creen sin duda que les voy £'. 
pedir un socorro pecuniario y me reciben di J 
malísimo talante. La única muestra de bene-^ 
volenda que he recibido es muy triste, señor > 
Monsalud. Diómela un caballero de la Córtoi'j 
avisándome hoy el peligro que corro, porqi 
halladas varias cartas y notas mias entre 
papeles de Yinuesa, no han de tardar en venk^ 
por mí para embaularme en la cárcel, donde, 
si Dios no lo remedia, nos pudriremos el cura 
y yo, á no ser que nos cuelguen en la plazuela 
de la Cebada. ¿No es verdad, Sr. Monsalndi 
que debí preferir el tratamiento de los milicia- 
nos de La Bañeza? 

— ¿Usted espera que le prendan? ¿Lo sabe 
usted? 

— Lo sé. 

— Pues en tal caso— dijo Salvador con asom- 
bro, — ¿por qué no huye usted? ¿por qué no se 
oculta al menos? 

— Precisamente dé eso queria hablar á us- 
ted, — manifestó Gil de la Cuadra, cayendo de 
nuevo en el lúgubre abatimiento en que Salva- 
dor le encontrara. — ¡Huir!.... creo que no ha- 
brá otro remedio. 

— Es el más seguro por ahora. 



EL GRA.NDB ORIENTE 57 



achaques físicos y el estado de mi es- 
itu me hacen de tal modo cobarde, que no 

acertaré á dar un paso ¡Si parece que me 

eonvierto en un niño!.... jsi se me oprime el 
; 0Wan>n!.... Luego doy en pensar en la desdi- 

[dbda suerte y soledad de mi pobre hija 

ijffoé será de ella si muero? De tal manera se 
fciptnrba mi alma y se enflaquece mi razón pen- 
en esto, que no puedo discurrir los me- 
de mi fuga ó escondite. Piense usted por 
pues no con otro objeto he solicitado su 

í; dígame usted lo que debo hacer 

nsted un plan. 

';fc-No solo indicaré lo conveniente, sino que 

I cnanto pueda para que usted quede ensal- 

cika misma noche. Es preciso tomar una re- 

¡iolidon pronta. Animo, Sr. Gil, no acobar- 

['m, y triunfaremos. 

— |0h! gracias, gracias mil — exclamó el en- 
' ftaio esbrechando las manos de Salvador. 
El infeliz conspirador lloraba. 

~No debemos perder tiempo Saldremos 

FJQtM para que vaya usted más tranquilo, — 
dgoXonsalud, restaurando más á cada palabra 
JftODergfa moral y física de su vecino. — No 
no8r& usted de nada. 

— |De nada!.... ¡qué bendición de Dios! XJs- 
[ied me devuelve la vida To que empezaba 



58 



B. PEEEZ GALBOS 



á carecer de todo, hasta de lo más preciso. ...I 

— El conflicto de usted, amigo D. Urband]^ 
es poca cosa. Creo que nadie nos estorbará m\ 
fuga. Yo le llevaré á usted á un paraje ae^ 
donde vivirá tranquilo y oculto hasta que 
damos conseguir un sobreseimiento, una 
lucion allá veremos. 

— {Benditas mil veces sean esa boca y 
manos! — dijo Gil de la Cuadra con em< 
profunda. — ^Usted me salva; yo m© arrojo 
esos brazos como en una playa hospii 

después de ser juguete de las olas li 

que usted, después que me ponga en lugar 
guro, conseguirá un sobreseimiento, una 
lucion?.... (Cuánto lo agradeceremos mi hija; 
yo!.... Sola, Sólita, ¿dónde estás?.... Ven, 
re á abrazar á este caballero. rJ 

— ^Vale más que nos dediquemos sin perdflC | 
un instante á preparar todo lo que sea neoesik; 
rio ¿Qué hora es? 

— Las once — dijo el anciano levantándc 
con dificultad. — Me siento mejor; me siento- 
más ligero; se me ha despejado la cabeza; mud-^ 
vo las piernas con flexibilidad; en fin, soy 
otro ¿Conque á disponer. . . . ? 

— Sí, á disponerlo todo. Arregle usted lo 
que ha de llevar de su casa. Yo me encargo de 
todo lo demás. 



BL GBANDE OBIENTE 59 

Oh! idolatrada hija mia^ ya tienes padre 

rez; viviremos tu y yo — exclamó Gil 

Cíoadra con viva excitación de espíritu. — 
le usted vá á hacer por mi, Sr. Monsa- 
supera á cuanto hicimos por usted en 

horrendo dia. Si consigue ponerme en 
esta noche, me parecerá que resucito, y 
^rroroso aspecto de la cárcel dejará de 

imtar mi imaginación Conque apre- 

lonos. Soledad, hija mia, ven Una 

ae esté libre de las garras de esos infa- 
fiícil le será á usted sacarme del atollade- 
la causa. Las sociedades secretas á que 

pertenece lo hacen y deshacen todo. 
láSi el señor duque del Parque, de quien 
bed secretario, administrador ó no sé qué, 
por uno de los hombres de más valimien- 
e existen en España. 

intes de media noche estaremos fuera de 
id— dijo Monsalud después de hacer sus 
los. — No conviene perder tiempo. 
Ese ánimo y decisión me regeneran — dijo 
ra dando algunos pasos vacilantes por la 
icion. — ^Déjeme usted que antes de ocu- 
B en los preparativos de la fuga, le dé á 
un abrazo, un estrecho abrazo de ami- 

•• asi Ahora veamos lo que selle- 

,. ¡Soledad, Sólita! 



ir 

'A 
60 B« PEBEZ GALBOS 



-K" 




La muchacha apareció de repente^ páUd^j^ 
desconcertada. Su semblante expresaba el t«M 
ror más vivo, y sus labios descoloridos INÍ 
acertaban á pronunciar palabra alguna. El pi^ 
dre participó al punto por simpatía nat 
del pavor de su hija; miró á Monsalud; 
formuló con ansiedad una pregunta. ^^oi 

No pudo dar contestación la atril 
niña. Oyéronse terribles golpes que 
ban en la puerta de la casa, haciendo 

blar á esta de los cimientos al tejado O 

ronse al mismo tiempo pasos de mucha geatej? 
palabras, un rumor soez que llenó de eq>&&ti! 
el alma de lov tres personajes. '\ 

— iAhí están! — murmuró con voz tétrica Gáa 
de la Cuadra. 

— ¡Ahí están! — ^repitió Monsalud, golpean^ 
do el suelo con tanta fuerza que la casa redo^ 
bló su temblor convulsivo y proñindo, como 
contestando á las llamadas de los polizontMl^ 




V 



El amigo de Yinuesa cayendo en el sillón, ^ 
oprimió con ambas manos la desnuda calva. 
* -i-Seme ha psixtido el alma — exclama 



r 



EL GBANDE OBIENTE 61 



indamente. — Parece qae me han arrancado la 

'fltímaraiz de la vida {yo me muero!.... 

fPohreliijamia!.... 

Sólita oorrió hacia él. Padre é hija se anie- 
4011 en. estrecho abrazo . 

■ ' —Ya no hay remedio — dijo el primero con 
margara. 

' - Los golpes se repetían con más fuerza. Sal- 
•'WSíXtf agitado por violenta cólera y despecho^ 
ift^golpeaba la frente con el puño. En algunos 
^Honentos se sentia impulsado á acometer una 
rJMducion desesperada; pero tenia demasiado 
phaeii sentido para no refrenarse al punto. 
} — ^No hay remedio, — dijo Gil de la Cuadra 
%A acento solemne. — Hija mia, oye lo que 
lOfá decirte. ¿Ves este hombre?.... 

Bolita fijó en Monsalud sus ojos llenos de 
lífgrmas. 

-^Salve usted á mi padre — gritó. — Dis- 
lana usted algún medio para ocultarle, para 
Mearle de la casa sin que esos hombres le vean. 
El tétrico silencio del joven indicó clara- 
ittHite que no podia discurrir medio alguno que 
no filase una locura. 

— ^No puede ser, no puede ser— dijo el an- 
dno. — ¿Ves este hombre? es el único que pue- 
de hacer algo por mí, por nosotros. Mientras 
ñvamos separados, recuérdale un dia y otro 



62 B. PEBEZ GALDÓS 



gae tu padre está en la cárcel. Se me figura ] 

se me figura que será un buen hermano para tí. ; 
Los golpes redoblaron. Parecía que cien pa« ; 
ños de hierro martillaban la puerta, y la cam- 
panilla sin cesar movida, cayó de su sitio. 

— Es preciso abrir al instante — ^manifestó con ; 
vivísima agitación Cuadra. — Una paUbra más, ; 
amigo mió, hija de mi alma. Mientras viene de \ 
Asturias tu primo Anatolio, que ha de mst, 
amen de tu marido, tu único amparo después, 
que yo falte, te dejo encomendada á este buen ' 
amigo. £l será tu padre y tu hermano. Señor 
Monsalud, si acepta usted el encargo, me voy > 
más tranquilo á la cárcel, y de allí 

— ^Acepto— -dijo con grave acento el joven. ■ 
— Sólita será mi hermana. Además juro por to- = 
dos los santos y por Dios, que es mi padre, que 
le he de sacar á usted de la cárcel á donde vá 
esta noche. 

Los tres se abrazaron sin añadir una pala- . 
bra más. En el mismo instante, despedazada 
la puerta de la casa, entró en la estancia un 
hombre brutal y grosero, uno de estos que no 
creen representar bien á la autoridad si no la 
hacen antipática y aborrecible. 

— ¿Quién es aquí el bribón de Gil de la Cua- 
dra? — dijo mirando alternativamente al joven 
y al anciano ¡Ah! conozco al mozo, que es 



f. 






XL GRJLyDK QRTTTHTg <53 

Monsalnd supongo qne Cnadra será el ve- 
jete Véngase usted conmigo á la cárcel de 

Tilla no, á la de la Corona, porjue en 

aquella no cabe más gente. 

— ^El señor es Gil de la Cuadra — dijo Sal- 
vador. — ^Por el bribón no pr^untes, que aquí 
ao hay otro que tú. 

Dos, tres, cuatro individuos no menos sim- 
páticos que su lindo jefe, penetraron en la es- 
tanda. 

•^|Y á esta tortolilla, la llevamos también? 
—preguntó uno, atreviéndose á poner la mano 
en el hombro de la joven. 

— ^Para preguntar una estupidez — repuso 
MoüBalnd rechazándole violentamente, no se 
nftQesita dar coces. 

— Juan Violin, no seas bruto — ^gruñó el jefe. 
"-Deja á esa señorita y alcánzame las esposas. 
Gil de la Cuadra al ver que le iban á atar 
hs manos huyó despavorido á la pieza inme- 
diata. Siguiéronle todos. Bogóle Salvador que 
■e aosegase, no haciendo resistencia á sus bár- 
baiOB aprehensores, y cedió al fin el anciano y 
ofreció BUS manos á las argollas de hierro. 
Abrazóle estrechamente Sólita, diciendo con 
lastimeros ayes y lamentos que no se sepa- 
raría de él, y fué necesario separarla. En la 
•ala, Gil de la Cuadra, agobiado por la amar- 



fe 



64 B. PÉREZ GALDÓS 



ga pena, exánime y aturdido, cayó al sueb 
Los polizontes tiraron de él como se tira de u 
perro que se detiene á hociquear en el suel^ 
Ayudóle Salvador á levantarse y salieron de ' 
casa. 

Cuando bajaban la escalera, D. Patricio 
su hijo salieron á ver la tristísima comitiva, 
La Monsalud quiso que Soledad entrase desc 
luego en su casa. Detuviéronla todos, procí 
rando consolarla, pero ella insistió en bajar, 
luchando con todas sus fuerzas, que no era 
muchas, procuraba desasirse de los brazos ó 
Sarmiento y D.* Fermina. 

— Le soltarán pronto no llore ustc 

niña-4e decia el preceptor. — Este Gobiem 

es como Dios lo ha hecho no persigue m^ 

que á los liberales ¿Conque el Sr. Gil c 

la Cuadra era la mano derecha de D. Matii 
Vinuesa?.... 

Soledad bajó rápidamente y tras ella Sa 
miento. En la calle arrojóse otra vez la much; 
cha en brazos de su padre manifestando inqu 
brantable resolución de seguirle, pero las fue 
tes manos de los corchetes la separaron. Gil c 
la Cuadra, negándose á dar un paso en comp 
nía de la soez cuadrilla, dejóse caer en el su 
lo, y otra vez el egregio polizonte tiró i 
la soga. 







EL GItANDE ORIENTE 65 



. —Tengo sed — dijo el anciano, respirando 
ooninsia. 

Delante de él estaba D. Patricio, con las 

nanoB á la espalda, fijando en el reo una mi- 

nda maliciosa y nada compasiva. 

-»Tengo sed — repitió Gil de la Cuadra. 

\ — Sr. Sarmiento, — dijo Monsalud vivamen- 

4^— en la escuela de usted hay una alcarraza 

n agna 

—Mire usted qué demonches de casuali- 
\ Jid,— repuso Sarmiento sin moverse del sitio 
kqne estaba contemplando al anciano; — se 
eba olvidado dónde puse esta tarde la dicho- 
•alcarraza. 

—Subiré yo — dijo Soledad procurando so- 
liQpmerse á su pena. 

Subiré yo — dijo Monsalud tomándole la 
Uutera con rapidez suma. — ^Aguarde usted 
•fciBO y procure calmar al pobre viejo. 

Pocos instantes después, Salvador daba de 
• baber á su amigo. 

—La noche está fria — manifestó imperturba- 
»fc y ún. dejar su sonrisa picaresca el gran 

aBiniento, — y cuando la noche está fria 

jA tiempo &esco pues no se tiene 

nd. 

Los polizontes tirai*on de la soga, acompa- 
finido BU movimiento de ese cliasquido de 




'^•t" 



66 B. PÉREZ GALDÓS 



. I 



lengua que tan bien entienden los animales. 
— Ánimo, amigo mió — le dijo Monsalud. — 
No olvide usted mi promesa. 

Pareció que el infeliz colega de Vinuesa re- j 
cibia ánimo y vida al oir estas palabras. 

— ¡Pobre hija mia! — exclamó bebiéndose las 
lágrimas que copiosamente corrían por sus me- 
jillas. 

— Sólita es mi hermana — dijo Salvador abra* 
zándola. — Vamos: esto debe acabarse. Se reúne 
gente. 

Cuadra se levantó con dificultad. En su m* 
pírítu habia seguramente poderoso anhelo de 
colocarse á la altura de su situación, sofocando 
la ruin pusilanimidad que le abatia. 

— ¡Mi hija!.... ¡mi pobre hija! — gritó da- q 
vando los tristes ojos en el semblante de su jo- 
ven vecino. 

Con aquella mirada su afligido corazón de . 
padre dijo cuanto las circunstancias exigian. 
que dijera. 

Sólita perdió el conocimiento. SarmientOi 
que estaba á dos pasos de ella, la sostuvo en- 
sus brazos. 

— ¿En dónde pongo esto? — murmuró festiva- 
mente. 

— Subiré á Soledad á mi casa — dijo Salvador 
tomando en brazos á la jóven^ como si faesa 



v 



EL GKANDE ORIENTE 67 

oiño^ — y después, Sr. Gil, le acompañaré 
ifced á la prisión. 

Como lo dijo lo hizo, y poco después de 
lia noche todo estaba terminado. 



VI 



El templo no 'se habia descvhierto todavía. 
era aún la hora de la tenida, y los Hijos de 
Viuda, descansando de las fatigas políticas 
BUS casas ó en los cafés, esperaban que la 
I (Uiral de la noche marcase la hora propia 
nloB trabajos del Arte-Rml, Los Maestros 
Mtties Perfectos, los Valientes Príncipes 
i Líbano 6 de Jerusaleni, los Caballeros Ka- 
wdl, los que antaño se llamaban Gerográ- 
tías, los Hierorices, los E2nvames, los Da- 
^^ueSf los Rosa-Cruz de ogaño, los herma- 

■ todos, desde el Terriyle hasísi el Sirviente, 

■ i^rendices, compañeros y maestros, desde 
I de mallete hasta los de cuchara, estaban 
opados en el a^/ape doméstico, ó bien con- 
nuido con sus mopses, jugando con sus Zo- 
tonea, 6 matando el tiempo en las reuniones 
n&iiaSy lejos de la verdadera luz. Las estre- 




68 B. PBKEZ GALDÓS 



lías no se hablan encendido todavía, ni el nwif 
to eUusiaco exhalaba su aroma. Imperaba 1 
rosa, emblema del silencio, y la imponent 
exclamación Oseé no habia resonado aún baj 
las bóvedas orientales. En una palabra (y he 
blando con claridad para inteligencia de 1g 
ignorantes) la sesión de la logia no habia em 
pezado todavia. 

En la Caverna del Mithra, 6 sea el Uni 
verso, hay un punto que sollama Mantua, 
Madrid, en cuyo punto es evidente la existen 
cia de una calle llamada de las Tres Cruces 
En esa calle, cualquier curioso, aunque tt 
tenga sus ojos abiertos á la verdadera luz, po 
drá ver una tienda de sastre; y si penetra ei 
ella para que el supremo arquitecto de las le 
vitas le tome medida de una; si durante est 
fastidiosa operación alza los ojos á la hóveák 
del firmamento, vulgo cielo raso, verá sÍ3 
duda que por aquellos descoloridos y deseas 
carados yesos se pasean soles, lunas, rayo 
que fueron de oro, cordones, triángulos, estrc 
Has pitagóricas y otros signos. Al ver esto 
sentirá en su alma profundísima emoción d 
respeto, y dirá: naquí estuvo el gran tempL 
masónico en los tres llamados años del 2 
al 23.11 

Siguiendo nuestra relación, (y dejando qu 



\ I • ■ 






*.::r,.. 




EL GRANDE ORI£^'TE 69 

^^i^^MP^W^»^^i^i^ iiiip m ■ I» ■■■!■ ■■■ ■ 

tfen ftlgnnos dias después de las escenas úl- 
DUiínente referidas^ lo cual nos lleva á los úl- 
nos de Febrero de 1821) nos dirigimos 
li. Es temprano: es la hora en que hierven 
sdubs, la hora en que Lorencini, La Cruz 
\ JfoZto y La Fonta'tia, son otras tantas ollas 
mde burbujean con rumoroso y mareante 
imbido las pasiones políticas, entre el chis- 
JRoteo de las envidias y el resoplido de las 
nMcLones. Toda^via es temprano porque los 
ibajos masónicos se abren (este tecnicismo 
diga frecuentemente á no hablar en castella- 
)) á hora más avanzada. 

El edificio de la calle de las Tres Cruces 
ti aún á oscuras. Reconocemos el vestíbulo , 
i Illa de Pasos perdidos, donde están los 
bttIro8 lógicos, y no hallamos persona viva, 
joue tan solo los pasos de un hermano sir- 
MU que vá y viene, poniendo en su sitio las 
mparas de aceite que bien pronto se han de 
uñar estrellas polares, asiros 6 nebulosas. Por 
timo, vemos que entra un hombre con ade- 
la resuelto, como persona muy hecha á se- 
q'tntes lugares; y observando que adelanta 
1 recelo alguno, nos apresuramos á seguirle, 
mandóle por guía en el laberinto de galerías 
salaa. El desconocido se acerca al sirviente, 
después de saludarle con signos que no nos 



'^ 



fr'.^iS;;-! 



70 B. "PÉREZ GALDÓS 



es posible determinar, pronunciando una éa 
pecie de santo y seña, le hace esta pregunta 

— ¿Está el Sr. Canencia? 

— En la Cámara de Meditaciones le hallan 
usted, Sr. Monsalud? 

Le seguimos denodadamente , aunque c 
nombre de Cámara de Meditaciones noscL 
cierta comezoncilla de miedo, por haber oü 
que es un recinto pavoroso que hace enflaque 
cer el ánimo más esforzado., A pesar de esto 
penetramos detrás del gallardo joven, y desd 
el mismo instante experimentamos temblóte 
y escalofríos al ver una habitación toda colga 
da de negro, no puede decirse que alumbrada 
sino entristecida por macilenta luz. Damoi 
diente con diente y el cabello se nos erizí 
al observar que en diversas partes de la tris 
te estancia, cuelgan, cual objetos en testen 
de tienda, cantidad de huesos y calaveras 
y que medio esqueleto se apoya contra la pa 
red mirando con desconsuelo al otro medio, < 
sea los fémures y tibias que fueron de su peí 
tenencia y ora yacen en el suelo. 

En la sepulcral pieza hay una mesa, y jun 
to á esta mesa se ocupa en burilar una plan 
cha, ó sea en extender un acta, (hablando á 1 
cristiano), un viejo de cabellos blancos. N 
atendemos á las demostraciones amistosas qu 



EL GRANDE ORIENTE 



Iiaceá nuestro introductor, ni á las palabras 
de éste: por ahora, atentos sólo al conoci- 
miento del local, fijamos los atónitos ojos en 
algunos letreros que entre hueco y hueco ador- 
nan las negras paredes, y leemos: uSi vienes 
inpulsado por una meiu curiosidad ó jyor 
otro móvil aún peor, retírate, no tictes de 
isKiubi'irla, porq^ue penetraremos tusintencio- 
W8." Volvemos la cabeza y nos sale al encuen- 
tro este otro parrafillo: nSt iii conciencia está 
trniquila, ¿por qué sientes disgusto ante estos 
iupojos que te recuerdan el fin de tu vidah^ 
Otro letrero dice: ^^ ¿Siente tu alma temor? Pues 
wKmte, piorque solo un espíritu fuerte puede 
UífQfiar las pruebas d que has de ser sometido, t^ 
"¿fe hallas dispuesto á sacrificar tu vida en 
Wi del progreso humano? n 

Poco á poco nos vamos familiarizando con 
el fúnebre y medroso espectáculo, y echamos 
de ver que la Cámara, lo mismo que su extraño 
Dineblaje, tienen cierto sello de arrinconado» 
cachivaches de teatro, dicho sea con perdón de 
laa humanas calaveras. El polvo que los cubre, 
i desorden y abandono con que están coloca- 
dos los huesos y las inscripciones, indican ique 
todo aquello esbá en lamentable desuso. Era la 
Cdmaní de las Meditaciones un recinto donde 
enoenraban al catecúmeno para que preparara 



U.U.:-'. 



X 
■í I" 



i 



72 B. PERKZ GALDÓ8 7^] 

j 



SU ánimo antes de ser recibido como aprendií 'j 
por la congregación masónica. Lo primero que j 
tenia que hacer el pobre profano una vez que lo 
metían bonitamente alli^ era otorgar su t&ebBr 
mentó y contestar por escrito á varias pregun- 
tas, con objeta de mostrar su manera de dis- 
cunir y los granos de sal que tenia en la mo- 
llera. Formuladas las respuestas, un hermano 
entraba con el rostro cubierto en la Cámara, y- 
recogiendo aquellas, las entregaba al Venera- 
ble, que ya estaba presidiendo la sesión 6 teni- 
da. Leíanse las pruebas del talento del neófito, 
y si no resultaba alguna barbaridad estupenda, 
concedíanle el goce de la verdadera luz. Aquí 
empezaba una serie de ceremonias de que Ift 
gente de todos tiempos se ha reido mucho; pero 
dicen los masones que hasta sus más insignifi- 
cantes gestos y signos tienen un sentido no 
menos profundo que los ritos de las religiones 
india, judaica y cristiana. Digan lo que quie- 
ran, las ceremonias de estas religiones, aun 
consideradas tan solo bajo el punto de vista ar- 
tístico, tienen un sello especial de grandeza é 
idealidad; las masónicas, que solo vagamente 
responden á una idea filosófica, parecen por lo 
general un juego de chiquillos, dicho sea coa 
perdón de los Valerosos y Soberanos PrínGÍpes. 
Cuando se acordaba que el profano tenia 







EL GRANDE ORIENTE 73 



ote entendimiento para ser masón, (y no 
a de ser grandes las exigencias del tribu- 
rendábanle á mi hombre los ojos para con- 
eá la logia, que estaba comunmente á dos 
de la Cámai^ de Mediiaciones. Daba él 
[pecito en la puerta, y un niason, á cuyo 
corrían las funciones de p^^vmer celado^', 
con la voz más campanuda posible; »«Ve- 
e, llaman profanamente á la puerta del 
¡>.if 

Venerable, aunque sabia muy bien quién 
Mb y por qué llamaba, se hacia el sor- 
do, diciendo con acento solemne: "Ved 
es. II 

^rvenia entonces otro funcionario que 
laba el guarda interino. Este salia en 
aadon del profano forastero que á des- 
irbaba la tranquilidad augusta de la ló- 
entonces el hermano que acompañaba al 
», decia: ««Es un profano que desea ser 
loen nuestros secretos. n 
r fin, después que hablan mareado bas- 
tí pobre lego, le dejaban entrar, no sin 
¡era antes su nombre, edad, naturaleza, 
, religión, profesión y domicilio. Elher- 
jue le presentaba ponia tin á su alta mi- 
»n estas palabras: nAhí os le entrego; ya 
3ondo de él.n 



74 B. PBBEZ GALDÓS 



Seria molesto y ocioso referir la sáiedc 
preguntas que el Venerable, desde la celeste Ijttr 
miñosa altura del Oriente, dirigía al neófito.- 
Después de las preguntas empezaban las pinie- 
bas, á fin de ver, según dice el código inafi<^ 
nico, hasta qué jpunto la im^tura fídica inr 
fluye en la lucidez de laa ideas del ne<^ftíOi 
y conocer su energía, su carácter, etc.» Aqui 
venian las figuradas copas de sangre; los homi- 
cidios de mentirigillas; los testarazos que nfl 
pasaban de broma; los cálices de amargura^ 
cuyo licor ha sido siempre muy conocido en la 
Fuente del Berro; las abluciones en un pil(»i 
denominado Mar de hronce, y otros saineteOf 
algunos de los cuales recibían el nombre da 
viajes, y lo eran en efecto, por los imaginarioe 
países de Babia. Al recién nacido le asistía ep 
tales actos un individuo á quien llamaban ei 
hermano terrible, siendo común que desempe- 
ñara tal comisión y llevase el atroz mote, algún 
bonachón tendero de la plaza Mayor ó mansG 
escribientillo de cualquier oficina. 

En seguida juraba el recipiendiario , prome- 
tiendo realizar cosas muy buenas, para las cua- 
les no es preciso seguramente hacer el payaso, 
pues multitud de personas socorren á sus her- 
manos en la Caverna del Mithra, vulgo Mun- 
do, sin necesidad de que se lo mande un Vene- 



EL ORAXDE ORIENTE 75 

bk^ ni de que les mareen con preguntas vanas, 
ipaes de bailar el minnetto entre un Caballé- 
Kadossch y un Princi^te del Líbano. El ju- 
mento no era la última ceremonia, pues nin- 
n profano podía dejar de serlo, hasta que no 
wbaban de lo lindo. Al golpe de los malleies, 
lea martillos de palo, caia la venda de los 
s del neófito v í?e encontraba rodeado de 
mas y espadas. 

¡Tremendo, critico instante para aquel que 
ycra iba a ser mechado y asado culiniaria- 
»te!.... pero las llamas eran pintadas y las 
«das de hoja de lata. El Veneralle, compade- 
lo entonces sin duda de la situación de aquel 
bie hermano metido dentro de una hoguera 
nbe punzantes aceros, procuraVja tranquili- 
ibf diciéndole que las llamas y espadas no 
u otra cosa que una imagen del remordi- 
Bütoque desjaíixtrkt el alriv.i. del recien tíO- 
b 8Í llegaba a vender los .secretos de la So- 
dad. Con es .o quedaban terminadas las for- 
ilaa, y respiraba con libertad el iniciado 
ndo concluidas las pesadeces del rito. Pero 
D mejor tomaba la palabra el Ven^rahle, que 
por lo común un hombre, si no diurno de ve- 
acíon, muy convencido do la importancia <le 
lellas comcdia<i, y 1l* espetaba un dincnrsazo, 
nado entre eWoa ji/ieva de arquíleclura, en- 






76 B. PEBEZ GALDÓS 



9 



f 

f 



/ 



careciendo la sublimidad de la Masonería, j re 
velándole algo de lo concerniente al grado pri 
mero ó de aprendiz. Este dejaba de llamars* 
Juan ó Pedro y tomaba con singular modestia 
el nombre de Catón, Horacio Cocles, Leibnitz 
ú otro cualquier personaje célebre. 

No puede formarse juicio exacto de la Ma 
sonería por lo que esta institución ha sido ei 
España. Los masones de todos los países deda 

\ ran que la Sociedad del compás y la escuadrí 

existe tan solo para fines filantrópicos, inde 

1 pendientes en absoluto de toda intención 3 

propaganda políticas. En España, pormásqui 
digan los sectarios de esta Orden, cuyos miste- 
rios han pasado al dominio de las gacetillas, lof 
masones han sido en las épocas de su mayoi 
auge, propagandistas y compadres políticos 
Tampoco puede formarse juicio de la Masone- 
ría española de antaño por los restos de ells 
que existen hoy, y que, al decir de los devo- 
tos, se reducen á unas juntillas diseminadas ( 
irregulares, sin orden, sin ley, sin unidad, 
aunque cumplen medianamente su objeto d< 
dar de comer á tres ó cuatro hierofantes. Estí 

: antigualla oscura que algunos sostienen come 

una confabulación caritativa, para fines positi 
vos ó menudencias individuales y para prote 
gerse en uno y otro continente (por lo cual soi 



i ; 



EL GRAXDE OEIENTE 



f i 



maioxies casi todos los marinos que hacen la 
arrera de América), no tiene nada de común 
con la asociación de 1820. 

Era esta una poderosa cuadrilla política, que 
ihaderecha á su objeto, una hermandad utilita- 
ai que miraba los destinos como una especie de 
nligion (hecho que parcialmente subsiste en la 
desmayada y moribunda Masonería moderna), 
jno 86 ocupaba más que de política á la menu- 
da, de levantar y hundir adeptos, de impulsar la 
de^bemacion del Reino; era un centro colosal 
de mtrigas, pues allí se urdían de todas clases 
ij dimensiones; una máquina potente que mo- 
na tres cosas, Gobierno, Cortes y clubs, y á su 
Ttt dejábase mover á menudo por las influen- 
Qu de Palacio; un noviciado de la vida públi- 
•, 6 más bien ensaj'O de ella, pues por las ló- 
giu 16 entraba á La Fontana y La Cruz de 
Molía, y de aprendices se hacíanlos diputados, 
•iloomo de Venenihlea los ministros. Era, en 
fin, la corrupción de la Masonería extranjera, 
fne al entrar en España había do parecerse ne- 
ceiariamente á los españoles. 

Durante la época de persecución, es noto- 
rio que conservó cierta pureza á estilo de ca- 
tMmmbas; pero el triunfo desató tempestades 
da ambición y codicia en el seno de la herman- 
dad, donde al lado de hombres inocentes y 






78 B. PÉREZ GALDÓS 

honrados habia tanto pobre aprendiz hol 
que deseaba medrar y redondearse. Ap; 
formidable el compadrazgo, y después la 
nía, el cohecho, la desenfrenada concup 
cia de lucro y poder, asemejándose á lai 
ciaciones religiosas en estado de despres 
con la diferencia de que estas conservan 
pre algo del simpático idealismo de su ir 
to original, mientras aquella solo con 
ba con su embrollada y empalagosa lit 
el grotesco aparato mímico y el empc 
airezo de las llamas pintadas y las espa( 
latón. 

A medida que iba avanzando el trien 
decayendo el ritual masónico, simplifica 
los símbolos, relajándose la disciplina en 
lativo á juramentos, pruebas, iniciación 
eso hemos visto tan empolvados y rot 
targetones y huesos de la Cámara de M 
clones, cuya inutilidad empezaba á ser r» 
cida. Es propio de gente tocada del afán 
dicia el no preocuparse de detalles tor 
bien se sabe que hambre ó ambición no i 
espera. 



EL GRAyi»r oniryrr 7=i 



VII 



-Ondas á Dios que se te ve por aquí — 
)Caxiencia dando un apretado abrazo al jj- 
if— Sé que has venido de Francia hace más 

reinte dias 'tunante! v no te has dic;- 

iodar una vuelta por la logia ;euando 

SBqnete queremos tanto; cuando sabes que 
señores te estiman mucho v desean hacerte 
ibredepró — ! 

-Por tener ocupaciones graves no he podi- 
wnir — repuso Monsalud sentándose. — ile 
dicho que esto anda muj- revuelto, papá 
encía. 

-No es esto un modelo de paz y concierto, 
jo Canenoia con cierto desconsuelo. — Las 
ñones crecen, y la reciente fundación de 
lomuneros ha hecho mucho daño á la Socie- 
.... ¿Y tú en qiitj piensas? Me han dicho 
los negocios del duque del Parque te dan 

>mer lo celebro. 

•Vivo regularmente; no como ustedes, los 
brea mimados de la situación, que están 
08 unos bajas. 



'I^^^'^t:^ 



80 B. PE&EZ GALDÓS 

— ¿Lo dices por mí? ¡pobre Aristpgifc 
exclamó Canencia con filosófica humild 
Yo no disfruto otras delicias de Cápua qi 
emanadas de un miserable destino en Co 
Pero estoy contento, contentísimo. Ya 
que no soy ambicioso, que me precio de 1 
fo en la verdadera acepción de la palal 
Hijo mió, un pedazo de pan, un vaso de 
clara, un buen libro, un tiesto de flor 
aquí mis tesoros, hé aquí mis necesidad 
aquí mi sibaritismo. Recordarás lo que c 
gran Juan Jacobo acerca de 

— ^Yo no recuerdo nada. 

— Pues el filósofo de los filósofos dic 
no hay verdadera felicidad sin sabidur 
I Oh! ¿de qué sirven las grandezas hun 
Hasta el heroísmo es cosa que no tier 
simpatías, porque como dice el ginebrin< 
continuidad de pequeños deberes cum 
bien no exige menos fuerza moral qi 
acciones heroicas. »• Mira tú cómo un h 
humilde que no vá más que de su casa á 
Correos y de la casa de Correos á la suya 
logia, y carece de esposa y de prole pue 
un grande hombre, es decir, un sabio, ( 

quieres más claro, un hombre feliz Q 

ban los comuneros; que bajen ó suban ó 
ten quedos los masones es cuestión c 



EL GRANDE ORIENTE 81 

me importa mucho. El zoquete de pan, la 

' cántara de agua, el tiesto de flores y el buen 

Kbro no han de faltar. Convéncete, ¡oh joven 

- inezperto! de que la ambición no ocasiona más 

fie disgustos y enfermedades en el hépate 

•m ú hígado , para hablar claramente Se 

iia.figara que tú estás carcomido por la ambi- 

Haif ¿eh? Tú traes algo entre manos. Díme — 

^'Ibdió poniéndole la mano en el hombro con 

|itriarcal cariño, — ¿por qué has escrito aquella 

ttrh á Campos, diciéndole que te retiras de la 

Huonería, y poniéndonos de oro y azul?.... 

htas de pasarte á los comuneros? Ahí tienes 

apostasía que me parece tonta. Pareces un 

^lAiquillo. El creer que esto es una casa de locos 

motivo para querer, salir de ella, señorito 

giton. Quédate aquí, quédate sin perjui- 

'. tío de quo inforo conciencicB te rias un poqui- 

Ho de la parte extema, ¿entiendes? Yo tam- 

Ifcn, 8i he de decirte la verdad, me rio algunas 

— ^Pues si usted se rie, amigo D. Bartolo — 

dgo Monsalud siguiendo el consejo del ancia- 

un hipócrita; porque usted es el her- 

secretario y orador de la Sociedad; usted 

as el erudito, el que explica las leyes de la Ma- 

eonaría, el consultor general, el que lo sabe 

todo dentro de esta casa, el que ordena los 

6 



82 B. PÉREZ GALDÓS 

ritos, el que explica lo que los demás nc 
tienden; usted es el sacerdote, el mago , e 
triarca, el senescal, el archimandrita, el 
ton, el hierofiante ó no sé qué nombre d 
porque no sé todavía qué especie de relij 
secta ó gerigonza es esta. Usted es el que 
dica cosas enrevesadas y enigmáticas q\ 
entendemos; usted es el que dice el nú 
de pasos que se han de dar y cómo se ha c 
vantar el brazo y cuántas veces se ha de j 
la mano en el pecho y en la boca y en el 
mago; usted es el que dibuja garabatos e 
diplomas; usted, asistido de su ayudan 
Sr. Regato, fué quien puso aquí esos h 
y esas calaveras que están abriendo la 
para decir que las vuelvan á la tierra; i 
escribió estos taijetoncillos y puso las g: 
das abiertas y las columnas y los triángu 
la soga, y lo que llaman el Delta, el so 
luna, el dosel, la J y la B, el cirio y d 
signos y majaderías. Si después de hacei 

se rie usted de la Masonería vamos, se 

prende en qué consiste el ser sabio y filó 
Durante el discursillo, el anciano Can 
sonreía socarronamente acariciándose la 
ba. Cuando le tocó hablar volvió, á pon< 
mano en el hombro del amigo, y bonda< 
mente le dijo: 



XL ORA*<DE OBIENTE 



—¡Tú no Babea que al pneblo, al vulgo,' al 
cmuiia de las gentes], ó como quiera llamarse 
i en turbamulta ignorante é impresionable, 
(ifprsciso meterle las ¡deas por los ojos? Ya es 
un gmn adelanto que bayamos desterrado los 
lifflboloa y fórmulas absurdas de las religio- 
Mi. Para inculcar en esas cabezas de estuco el 
enlto y veneración del Ser Supremo, bay que 
pooeder con paciencia. ¿Hemos de decirles que 
lo mejor es adorar á Dios bajo la bóveda de los 
ddoit No, mil veces no; mientras haya hom- 
Ins ea preciso queliaya templos, y mientras 
'■ ky« templos es preciso que haya simbolismo, 
y mientras haya simbolismo es preciso que 
kiy» imágenes, ó á falta de imágenes, garaba- 

tn, cositas rai-as y de diñcil inteligencia 

Tiya, amiguito, no repitas la vulgaiidad de 

9H ny un &rsante. Equivaldría esta calum- 

I Úw especie á llamar farsantes al Papa y de- 

9- Jiál gigantones del catolicismo, y no lo son: 

\ daotrodeju esfei'a, bajo su punto de vista, no 

lo son Lo que yo siento es que la gente vá 

pediendo el respeto al ritual, y llegará dia en 
fw miren todo esto como miran los curas 
daitro de la Hacristía los objetos de su o&cio. 
{Rara humanidad! Verdaderamente es una 
hartU. Ko se la puede tratar sino i. palos. Acá 
BU» entre los dos, Aristogitoncillo de mil de- 




84 B. PÉREZ GALDÓS 

monios, desde que se planteó aquí la líber 
voy creyendo que Atila, Ornar, Felipe ] 
Bonaparte han tratado á los hombres com 
merecen. ¡Mientras todo no vuelva al esi 
primitivo!.... Pero tú no entiendes de ( 
¿no es verdad? ¡El estado primitivo! jAh! ¡: 
gínate el estado anterior á este funesto p 
que hemos hecho para destrozarnos los ur 
los otros, y hacernos todo el daño posible 
No hay nada comparable al pacto. La ve 
dera sabiduría debe dirigirse á ese fin; un 
muchacho, que consiste en volver al pr: 
pío. Mas no puede formar idea de esto quien 
devorado por la ambición y tiene lleno el i 
ritu de ansiedades mundanas, en vez de 
formarse á vivir modesta y primitivam 
con un pedazo de pan y un vaso de agua 
talina, un tiesto de flores y un buen libre 
Monsalud no podía tener la risa. Dur 
un rato, Canencia, poniéndose las antipai 
Bigaióburilando, 6 sea escribiendo, tapian 
6 mejor, el acta. 

— Tá te ríes — dijo en el momento en 
echaba arenilla para volver la hoja, — po 
crees que ganarse la vida de esta manera 
cuesta trabajo. Niño mimado de la fortí 
yo quisiera saber qué seria de tí sin la pre 
da que tienes en casa del duque del Parqu< 



r 



BL GRAin>E OKIEXTE ^5 

~ — 

Ias prebendas — repuso Salvador, — no exis- 
ten hoy sino en este manejo de la J. y la B., 
yon este cepillo ó tronco masónico que es el me- 
jor del mundo después del de las Animas. ;Ah, 
papá Ganencia, ya podia usted echar un re- 
aiendo á estas pobres calaveras, que están di- 
ciendo con sus bocas sin lengua la tacañería 
^ ddeacristan mayor de este templo! 

— Abí como no tienen lengua para pedir — 

dyoD. Bartolomé con malicia, — tampoco tie- 

tei paladar, y puesto que no comen más que 

.«jolvo, no puede haber cocina más económica; 

||f Hmpiarlas seria ponerlas á dieta. Bien dijo 

fA otro, que en polvo nos hemos de convertir. 

*-No lo dijo por usted, que se está convir- 

'thido en momia de Egipto forrada en oro y 

¡kta^ por obra y gracia de los misterios de 

Ibb, de Eleusis ó de Patillas. 

—•Esa es la opinión de esos bolos de comune- 
m — dijo Canencia algo amostazado. — ¿Por 
Tüitura este granuja se nos ha hecho comu- 
nero? 

"—Tal vez — replicó Salvador. — Allá parece 
gw están por la formalidad. ¿Hay también 
sepilió y colectas? 

—lías que aquí. Pregúntaselo al Sr. Regato 
pe ha contribuido á fundar aquella Sociedad, 
kqmes de haber comido á dos carrillos en 




86 B. PÉREZ GALDÓS 



nuestro plato y hecho salvas con nuestra pól- 
vora. 

Los masones llamaban al vino pólvora roja^ 
al vaso canon, y á los brindis salvas. No es fá- 
cil comprender la misteriosa relación simbólica 
entre la embriaguez y la artillería. 

— Pe^o te advierto — continuó Canencia, — • 
por si es tu intención pasarte á los comuneros^ 
que aquí no tienes más que boquear para obte- 
ner lo que mejor te cuadre. Campos te quiere 

mucho anoche mismo habló mucho de tí, y 

aun se me figura que te va á sorprender con na 
buen regalito. Has hecho bien en veidr esta 
noche. 

— Lo celebro, porque vengo á pedir. 

— ¿Á pedir?. .. . Gracias á Dios, hombre. Eres 
de los nuestros. Veo que entras en el buen ca- 
mino, — dijo Canencia mirando su reloj — ^El 
acta está lista. Ya es hora de empezar la ten/ir 
da, ¿Y qué vas á pedir? 

— Dígame usted, Sr. Canencia, — preguntó 
Monsalud con gran interés;— -^cuál es el crite- 
rio del Orden respecto á la suerte de los que 
están presos por conspiraciones absolutistas? 

— ¿Cuál ha de ser? que los ahorquen. ¿Te has 
echado á filántropo? ¿Hay algún pariente tuyo 
en la cárcel de Villa? 

— Sí señor, hay un pariente mió en la corcel 






■». ' 



EL ORA^iBE OKTEN-TE S7 

dfi la Corona — ^i*epuso Salvador con firmeza, — 
7 68 preciso sacarlo de allí. 

—¿Es rico? 

—Es pobre. 

— Paes veo muy difícil que tu pariente coma 

los buñuelos del San Isidro de este año Sin 

flmbargo, puedes trabajar. Campos te quiere 
mucho. El Duque pertenece al Supremo Conse- 
jo. Ta sabes que lo que aquí se ata, atado será 
n él Gobierno, y lo queaUá dentro desatemos, 
desatado será allá arriba. Esta noche des- 
pués de la tenida ordinaria, hay tenvla de 
híncipes del grado 31. Creo que se tratarán 
eoiasmuy altas. Si consigues tener de tu parte 
áOampos 

— ¿En la tenida ordinaria, quién preside esta 
Mhe? 

—El mismo Campos Ya comienza á ve- 

BT gente. Sr. Aristogiton, orden y compos- 
tura. 

* Ambos personajes se trasladaron á la sala 
llamada de Pasos j)erdidos, donde encontraron 
Viiias personas. La concurrencia aumentaba á 
Cida instante con la entrada de nuevos herma- 
Ms, entre los cuales los habia de todas edades 
7 figuras; muchos militares, aunque sin uni- 
&nne, y no pocos clérigos, aunque sin hábitos. 
Si hermano Aristogiton, que por espacio de al- 




88 B. PÉREZ GALDÓS 

gunos meses había estado dormido, saludó i 
sus compañeros de taller. Pasó algún tiempo 
en animadas conversaciones particulares, hasto 
que el templo fué descubierto, mejor dicho, se 
abrió una puertecilla que daba entrada ál* 
logia. 



V 



VIII 



Era la logia un salón cuadrangular^ muy 
mal alumbrado y peor ventilado, de techo plir 
no y no muy alto, de paredes sucias y más pe- 
recido á cuadra ó almacén que á templo de tma 
religión que dicen tenia entonces en todo A 
mundo ocho ó diez mil logias. En los cuatro 
testeros otras tantas palabras de doradas letras 
indicaban los puntos cardinales, correspon- 
diendo el Oriente á la presidencia, presbiterio^ 
scmctoraanctorv/tn, altar mayor ó como quiera 
llamársele, á cuyo sitio, más elevado que el 
resto del local, se subia por tres escalones. Para 
que todo se pareciera á un recinto religioso se- 
rio, habia un doselete de terciopelo, en cuyo 
centro resplandecía un triangulillo, al cual, 
para hablar con la menor claridad posible, Ua- 






EL GRAXBE OETEXTr 



in ellos Delta, Dentro de 4í ¿e Teian unos 
)atos que indicaban el norabre de Dios 
o en hebreo, también para mayor clari- 
pero ya es sabido que nii-^^n signo ma- 

ha de estar al alcance de los uontos. Lo 
í se entendía perfectameLi% era el sol y la 
dos caricaturas de aquellos asuos pinta- 
derecha é izquierda del Delta, ó como si 

mos, al lado del Evangelio y al de la 
ola. 

a igual disposición respecto al Presidente 
m los sitios del hermano Orador v del Se- 
ío. Cierto es que las mesillas de que se ser- 
fueran más útiles teniendo la forma cua- 
; pero era indispensable no abandonar el 
[olillo siempre que se pudiera, y por esto 
«as erando tres picos. También tenian un 
nás abajo bufetes trí picos el Tesorero y el 
talarlo. En el remoto occidente, es decir, 
á la puerta, se elevaban dos columnas re- 
ído en granadas entreabiertas. Una co- 
t tenia la J y otra la B, letras que al pa- 
^uerian decir Juan Bautista, pues tam- 
&1 precursor del Mesías le metieron de 
i en la heterogénea liturgia masónica, 
í los misterios egipcios y mil desabridas 
kS se mezclan gárrulamente con el mosais- 

1 paganismo, la religión cristiana^ la re- 



■ _f^ «- — 




i.\A< 



90 B. PEESZ GALDÓS 

volucion inglesa y la filosofía del siglo de 
derico. Junto á las columnas se repetiai 
mesillas triangulares^ una para el primer ^ 
lante y otra para el segundo. 

El techo no carecia de interés. Por en 
del doselete destinado á guarecer la calva 
Presidente, asomaban unas listas dorada 
presentando los rayos del sol con dudosa 
lidad. En el friso habia varios garabatos, 
de indocto pincel, á los cuales los obrerc 
buena fé atribulan intenciones de querer 
presar los signos del zodiaco; y por debaj 
ellos corria, también pintada, una soga, síi 
lo de unión y fuerza. La estrella pitag 
andaba también de paseo por aquellos 
cielos, testimonio de la grandeza del Sup: 
Demiourgos (Dios), y en su centro lleva! 
letra G, significando gnos, palabreja que 1 
los niños entienden sin necesidad de apre 
que significa generación. Completaban el s 
me ajuar cuatro candelabros con sendas estn 
que en el mundo ordinario llamamos veis 
por último, la consabida batería de tra 
espada ondulante, compás, escuadra y el € 
piar de los Estatutos. No habia ventana 
más puertas que la de entrada, porque ei 
rito el ahogarse. 

El VmercMc ó Presidente eríi. un hoi 



EL •"SAST-Z J-IZVTZ I-. 

)mo de sesenta aiV. í. ir arrs.i:iil-= t í^iz^ 
snnosa presencia, fisrnznrü ^íz:t«í:::3. v^IíT:- 
keBculpida, más bien de ?:::rr^:a zir fe :"rla. 
n todo él había niarctüíiina exir^^:::: -í-i 
•ntento de la viia, -^r. rlr.r::Iar ::i.Te-::- 
iento de que el m-ni:. err. r:~rr.:'. v =: =e 
üere, de que el Ai :^R-rrtl era óp::r:Lc . V^áTla 
Q elegancia, v los &:r:'r. ":o5 v arrr:» de la 
iBoneria que no tiener. c-.Tr.-nmer-te !:s.ia de 
rosos, le sentaban á uLTirivilla. Hácia en ?n 
aira apostura corp" lenta cieno aire de 
ispo y también cierro aire de hiiL^re de 
mdo, sin que pudiera adivinarse cón:'> v* ve- 
icaba la síntesis de e.s:o3 do5 termino-, tan 
ranos. 

Aquel personaje, que á pesar de ser muy 
hyente en su época , se ha escapado, f»or 
biño fenómeno, de las S-5ca!izacione=; er.tro- 
tidas de la historia, se llamaba D. Jov; 

# 

mpos. Este era su verdadero nombre, y no 
igiama impuesto por el novelador para tar 
: una celebridad; mas no lo b'jsy^ei-. en la 
toria, como no sea en al^-^in olvidado y 
uro libro de masones: bTjscadlo en la ^J*i!/f, 
fcTasiei^os, porque era Director í/eneral d<; 
rreos. 

A pesar de la poca resonancia de su norn- 
ii á pesar de no estar asociado á nin;pjn r/ii- 



IER/í. -rv. 



92 B. PÉREZ GALDÓS 



nisterio, á ningún gran discurso, ni menos á 
batallas ó sediciones, es indudable que el por- 
tador de él fué uno de los hombres más impor- 
tantes del célebre trienio. A él se debió la or- 
ganización de la Masonería en aquel pié de 
ejército poderoso. Lo que no se comprende fá- 
cilmente es la razón de su modestia. Campos . 
no quiso nunca salir de la Dirección de Cor- 
reos, á pesar de que su familiaridad con mi- 
nistros, generales y consejeros, le ponia en 
la mejor situación del mundo para satisfacer 
su vanidad si la hubiera tenido. De las más 
verosímiles tradiciones masónicas se desprende . 
que el Venerable en cuestión era de los que se . 
agachan para dejar pasar las turbonadas y los 
pedriscos, conservando siempre el mismo sitio 
y no dejándose arrastrar por la furia de las 
pasiones, con lo cual si aparentemente adelan- 
tan poco, en realidad salen siempre ganando y 
no están sujetos á las caidas y vaivenes de la 
gente muy visible y muy talluda. Más hábil 
vividor no lo conocieron los pasados ni conoce- 
rán los venideros siglos. 

Las tradiciones masónicas están conformes 
en asegurar que Campos tenia en las logias el 
nombre de Cicerón. 

Tomaron todos asiento, siendo de' notar 



.»-rt. 




BL OBiSDB OEIESTB 93 

qne álg;aDOs tenian mandil y banda, y oti'oa 
no. Habo no pocos pasos de baile francas, t^joa- 
mientoa y signos que no desciibircmos por nar 
danasúido conocidos. La patriarcal fíí-onoinfa 
y espesa cabellera blanca de Canencia se dcH- 
iuaban al lado de la Epístola, y al verle tan 

IÓrcniíspecto y hasta con cierta expresión bea- 
tífica, se creería que los templos elevados á la 
ffloria del Gran Arquitecto lod, también te- 
nbn BUS santos. £1 Venerable, usando las 
fiSnnnlas rituales, mandó al primer vi^^ilanto 
tpe se asegitraae ai el templo entaixí á cubierto, 
el primer vigilante, después de hacer la pan- 
■Vñna de salir y volver á entrar, declaró fjue 
o Uovia, es decir, que el templo estaba libre 
■^entrometidos y que podian empezar los tra- 
li^. Un martillazo presidencial abrió estos 
ad grado convenido. 
' El Maestro de ceremonias, que era uno de 
• loi ofidales dignatarios, reconió los asientos 
ptttentando el saco de proposiciones. Algunos 
muones depositaron un papelillo como los que 
IB usan en las rifas dom^ticas. El Venerable 
«xtrajo todaa las proposiciones y escogiendo la 
qne le pareció más grave, leyó lo siguiente: 
-^"Propodcionde Arislogiton. — Gr.'. 18: 
Salvador- Mo}i8alvd. — -Pido á e.ste Grande 
Oñsnbe de Uodrid, se sirva declarar que re- 



k 



94 B. PÉREZ GALDÓS 



prueba las prisiones ordenadas por el Gobíer* 
no con motivo de inofensivas conspiraciones 
absolutistas, y que se apresure á interponer sa 
mediación benéfica para que D. Matías Vinue- 
sa y los demás infelices encarcelados por cau- 
sa del ridículo plan descubierto el 21 de Ene^ 
ro, se libren no solo de la ejecución capital^ 
sino del largo cautiverio á que los condenará 
la pasión política, n 

Cuando el Venerable concluyó de leer, ru- 
mores de desaprobación sonaron en la logia; 
pero el martillo del Venerable impuso silencio, 
y algunos instantes después , Aristogiton se 
expresaba en estos términos: 

— He presentado esa proposición por pura 
fórmula y para cumplir con los Estatutos del 
Orden, que disponen sean tratados todos lo* 
asuntos en sesión reglamentaria y no en conci- 
liábulos reservados entre dos ó tres hermanos 
bullidores que arreglan el Mundo y la Nación 
para su uso particular. 

Nuevos rumores interrumpieron al orador, 
y Cicerón, después de acallarlos á golpes, reco- 
mendó al orador la mayor moderación. 

— Temprano empiezan las interrupciones- 
prosiguió el masón del gr.'. 18, — y lo siento, 
no por mí que estoy dispuesto á decir todo lo 
que sea preciso, sino por mis queridos herma- 



'.:»ml^,t3t Z'^.~1iJSÍ if'-"' 




EL GRANDE ORIENTE 95 

» que van á perder la paciencia y la voz, si 
ntinúan haciéndome coro hasta el fíli de mi 

iscorso Decia que desconfio de que mi 

lopoBÍcion tenga éxito aquí, á pesar de ser la 
[¡Hresion más leal y clara del espíritu y de las 
rácticas constantes de este respetable Orden 
i todos los países del mundo ; y no tendrá 
oto, porque este Gran Oriente y los indiví- 
BOBqae en diversos grados dependen de él, 
m olvidado completamente los fines benéfi- 
Mj deeinteresados y filantrópicos de tan anti- 
w Instituto, para desvirtuarlo y coiTomperlo 
leiéndole instrumento de intereses políticos y 

sla codicia 

El martillo del Venerable, interpretando el 
Mntento de la asamblea, advirtió al orador 
nliablaba con la pasión y vivacidad propias 
í un Congreso. Cicerón rogó en breves pala- 
U al orador tuviese presente que aquello era 
l templo y no un club. 

—Hermano Venerable — indicó Aristogiton; 
« la condición de templo impide á este lo- 
i oir la verdad, me callaré. Cuantos me es- 
chan saben ya por su conciencia lo que yo 
toy diciendo. ¿Por qué no me lo han de oir á 
j 8Í ya lo saben, y no les digo nada nue- 
'.... Continuaré, pnes, procurando ser breve 
Iwrir lo menos posible la susceptibilidad de 



IFT. 



9S B. PEBEZ GALDÓS 



mis hermanos^ á quienes ofende más lo dich< 
que lo sentido; más las palabras que los he 

chos Al proponer al Oriente que temple ex 

lo posible el ardor de las luchas políticas^ ht 
querido protestar contra la tendencia á fomeor 
tarlas y exacerbarlas. £1 Instituto mas6ni€ú 
debe ser extraño á la política^ debe ser pofr 
mente humanitario, debe proteger á los des^nM 
lidos sin pedirles cuenta de sus ideas, y aas 
sin conocer sus nombres. Está fundado en U 
abnegación y en la filantropía. Lo dicen así 0( 
historia, sus antecedentes, sus símbolos, que i 
no representan nada, ó representan una asocia 
cion de caridad y protección mutua. Lejos d 
practicarse estos principios en España, el ÓJ 
den se ha olvidado de los menesterosos, con* 
tituyéndose en agencia misteriosa de ambicia 

nes locas, en correduría de destinos y en 

Protestas, amenazas, y tal cual palabrea 
puramente española, que no fué conocida d 
Salomón ni de Hiram-Abí, ahogaron la voz d^ 
orador. El tumulto fué tan grande como cuaí 
do en el templo de Salomón se dispuso que I 
multitud prorrumpiese en gritos para que lapa 
labra Jehová, pronunciada por el Gran Mae6 
tro, no llegase á oidos profanos. Del mism 
modo los martillazos de Campos-Cicerón, n 
llegaban á profanas orejas. Por último, entr 







irden. 



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pndo: ?i i= - 






imibna T^' iii.:.-- — ii r_ - :v 

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nmale al:rí. i.-ni . - -:•.-. -- , 

Wrta ei irrr-i ". '. .-..r- "' <■:'. -. • ■ >. 



y8 B. PEllEZ OALDÓS 



Cicerón rompia la mesa á martillazos. 

— jFuera, fuera! 
Hermanos queridos — dijo el Venerable hí 
ciendo un esfuerzo para que su sonora voz ím 
se oida. — Tengamos calma. Ruego al oradc 
tenga presente que estamos en un templo, e 
el santo templo abierto á las luces, á la hor 
radez pura , á la filosofía pura , á los noble 
sentimientos filantrópicos de la humanida 
toda, sin distinción de clases, iglesias, casta 
ni estados 

— ¡Bien, muy bien! 

— Pues decia al orador que estamos en uj 
templo y no en un Congreso y menos en ui 
club. 

— i Muy bien! 

— Hecha esta advertencia, y rogando á loi 
hermanos de las columnas septentrional y me 
ridional que se calmen y tengan prudencia 
oigamos á nuestro hermano; que después e 
Oriente tomará las medidas que crea necesa 
rias. Adelante, herníano Aristogiton. 

— Es el colmo de la insolencia — ^gritó ui 
hermano sin hacer caso de los martillazos cice 
ronianos, — que aquí dentro se levante una yo 
á defender al cura Vinuesa y á los demás cohé 
piradores absolutistas. 

— Yo no defiendo á los conspiradores — afit 



.1 • 

rV 



EL (IRANDE ORIENTE &9 

mó el orador.— Lo que pido al Oriente es pro- 
tección para los que padecen, martirizados por 
una populachería indigna qae no sabe oponerse 
á las conepiracionea de la Corona sino insul- 
tuido al Bey; que no sabe sofocar las conspi- 
nuáones realistas, porque perdona y tolera y 
afpuiaja é. los hombres verdaderamente temi- 
Uea, mientras encarcela y atormenta y ahorca 
á infelices clérigos y ancianos ineptos, incapa- 
ces de hacer cosa alguna de provecho contra el 
raimen establecido. La populachería, á, cuyo 
Bervicio se ha puesto este Orden, no ve los 
enemigos reales y poderosos que se unen astu- 
tamente al pueblo y se moten aquí , y minan 
íl terreno en que la libertad trata de fundar, 
■n poderlo conseguir, un edificio más ó mé- 
noB perfecto. La populachería, mientras deja 
tabajar en silencio á los que odian la libertad, 
■8 entretiene en dar tormento á la gente me- 
nuda. 

"Señores masones, ó señores liborales tem- 
plados, que ahora todo viene á ser lo mismo, 
■018 como aquel Emperador romano que «o 
oeupaba en cazar moscas, y mientras mortifi- 
<*l» 6. estos pobre? insectos no veia ít los pre- 
teríanos que se conjui-aban para echarle del 
trono. Este era Domiciano. Así sois vosotros. 
Toqniero que variéis de conducta, y principio 




100 



B. PÉREZ GALDÓS 



por pedir que se deje en paz á las moscas 

No conozco á Vinúesa; pero sí á compañeros y 
amigos suyos, que comparten su suerte en la 
cárcel de la Villa ó de la Corona. He visto la 
feroz excitación que existe en el pueblo contra 
ellos, y esta excitación creada y fomentada 
por este Orden y más aún por la Asamblea de 
los Comuneros, es una barbarie y al mismo 
tiempo una imprudencia política. El vil popu- 
lacho á quien instruifl en el inicuo arte de 
hacerse justicia por sí mismo, aprenderá al 
cabo, y una vez maestro, querrá dar todos los 
dias una prueba de esa atroz soberanía que le 
habéis enseñado. Tengo la seguridad de que si 
el tribunal que vá á juzgar á Vinuesa se mos- 
trase benigno, la canalla destrozaría á Vinuesa, 
al tribunal y luego á vosotros , que habéis 
hecho creer á la bestia en la necesidad de los 
sacrificios humanos. Mientras la Corte juega 
con vosotros y os lanza de desacierto en 
desacierto para desacreditaros y para que os 
devoréis los unos á los otros, os entretenéis en 
menudencias ridiculas, os debilitáis en rivali- 
dades indignas y aduláis las pasiones de la ca- 
nalla, que si hoy ladra libertad, ladrará ma- 
ñana absolutismo. Todo depende de la mano 
que arroje el pedazo de pan. 

n Poniéndome, pues, en el terreno político, 



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EL GEANDB ORIENTE 101 

á pesar de creerlo impropio de esta Sociedad; 
hablando el único lenguaje que entienden aquí, 
declaro que la persecución de Vinuesa, y mu- 
cho más la sañuda irritación del pueblo contra 
ese hombre infeliz me parecen una desgracia 
casi irreparable para la libertad, un mal gra- 
vísimo, que este Orden debe evitar á toda 
costa, principiando por propagar la tolerancia, 
la benignidad, la cordura, y concluyendo por 
emplear toda su influencia en pro de los proce- 
sados. Si no se hace asi, esto que llamamos 
templo merece que el mejor dia entren en él 
cuatro soldados y un cabo, y que después de en- 
tregar todos los trastos del rito á los chicos de 
las calles para que jueguen, recojan á los herma- 
nos todos para llenar otras tantas jaulas en el 
Nuncio de Toledo. 

Las últimas palabras del orador apenas 
fueron entendidas, á causa del gran alboroto 
que se armó dentro del templo , que represen- 
taba la grandeza y maravillosa arquitectura 
del mundo. 

— ¡Fuera, fuera!.... Él mismo se ha des- 
enmascarado y ya sabemos lo que quiere. 

— A votar que se vote la proposición en 

escrutinio secreto. 

— ^Ahom mismo se va á redactar el acta de 
acusación. 



102 B. PÉREZ GALDÓS 



— ¡Fuera! 

— ¡El acfca de acusación! 



— Pedimos que pierda eu absoluto los dere- 
chos masónicos. Tanta insolencia, esas infa- 
mes amenazas, la defensa de nuestros enemi- 
gos no pueden quedar sin castigo — . 

Estas y otras frases pronunciadas en indes- 
criptible tumulto, indicaban la efervescencia 
que en el templo reinaba, y por largo rato Ci- 
cerón se rompía las ipanos dando martillazos 
sin poder calmar las olas de aquel mar embra- 
vecido. Al fin, auxiliado de Canencia y de 
otros, lograron serenar un tanto los irritados 
ánimos, librando asimismo al insolente orador 
de las manifestaciones un poco brutales que el 
grupo más entusiasta, la columna del septen- 
trión, si no estamos equivocados, se disponía á 
emplear contra él. 

— Después de ver lo que veo, me preocupa 
poco que se vote ó no lo que he propuesto — 
dijo Salvador. — Y en cuanto al acta de acu- 
sación, es inútil que se tomen mis hermanos el 
trabajo de redactarla, porque no es preciso que 
me expulsen. Me expulsaré yo mismo, aban- 
donando para siempre este Orden inútil, enfer- 
mo, podrido, que si aún respira y habla como 
los vivos, ya infesta como los cadáveres. 

¡Escándalo inaudito! Aunque lo normal en 



. -v..- 



EL OlíAXDE ••RTII.N'TE 103 



las ieiiidag era qne se discutiera con tranquili- 
dad, cuando la congregación Salomónica se al- 
borotaba parecía un ciub de los más fogosos. 
Unos nigian tan cerca del atrevido Aristocri- 
ton, que fué necesaria la intervención personal 
del Venerable para impedir cosas mayores en- 
tre hermanos, olvidados de la santidad que in- 
funde un mandil de cocinero. De las columnas 
septentrionales era de donde partia el más 
atroz nublado de amenazas v recriminaciones. 
Las columnas del Mediodia estaban más tran- 
quilas. Indudablemente liabia allí no pocos 
compañeros que opinaban lo mismo que el ora- 
dor, hallando tan solo reprensible la forma vio- 
lenta del discurso. 

— ¡Badiacion, radiación! — gritaron algu- 
nos. — Sin alborotar se puede imponer castigo 
al delincuente. 

Badiar significaba dar de baja. 
— Que se le inscriba en el Libro Rojo, 
Era un libróte donde se inscribían los her- 
manos mdiados por sentencia masónica. 

— Que se vote antes por efiferas esa absurda 
proposición. 

Esfeñis llamaban á las bolas. 
— Queridos hermanos — repetía el Venerable 
con mansedumbre. — Estamos en un templo, 
no en un club. Orden. 




104 B. PÉREZ GALDÓS 



El orador se hubiera marchado de la lógiá 
sin esperar las resoluciones del templo; pero un 
resto de consideración hacia los que aún le lla- 
maban hermano, detúvole allí. Vio que Cañen- 
cia desde su tripódica mesilla le hacia señas de 
reprobación y pesadumbre; vio que el Venera- 
ble le miraba con expresión de lástima; oyó al- 
guna§/palabras rencorosas de tal cual hermano 
que no lejos de él tenia su asiento; observó que 
muchos, mayormente los del Mediodía guarda- 
ban una actitud reservada, como hombres de- 
masiado prudentes que no se atreven aponer su 
opinión frente á la opinión de la mayoría; vio 
después que votaban su proposición, y por una? 
nimidad la desechaban; pero lo que más soi^ 
presa le causó fué que en la sala de Pasoé per- 
didos, concluida la sesión, le dijera al oido al- 
gún hermano de los más callados bajo la Wve- 
dadel Universo: 

— Hermano Aristogiton, yo pienso como us- 
ted en lo de dejar en paz á las moscas y hacer 
puntería á los pajarracos; pero esto no se pue- 
de decir aquí. Es preciso seguir la corriente y 
no chocar con la mayoría. Á donde nos lleven 
iremos. 

Y otro le dijo, también en secreto: 

— Lo mismo que usted hubiera dicho yo, 
aunque en tono menos agresivo. No conviene 




EL GEASDE ORIENTE l'..^ 

ensoberbecer al populacho, ui adalar sus ins- 
■ tinte» BBJigTiiiiarios; pero, amigo, la concigiia 
de estos dias es sacrifícar algún absolutL^ta á 
la implacable furia populachera, r como o Ia 
caído en nuestras redes, ni caerá, ninguD tib'i- 
ion, fiíerza es echar en la sartén los p^oe^^illon 
de redoma. Yinuesa moniá. 

Y un tercero le dijo, también en secrtt'ji 
— Le hubiera aplaudido á usted cjh toda mi 

■Ims; pero, amigo, estas cos.u se sienten y no 
le dicen. Ni vale la pena de que pierda udo üii 
deitino y el pan de sus loiaioriie>i 'hijos^, yii 
mft apreciación política. Yo creo 'jue e.sto se lo 
Bera la trampa. Estamos dentro de un toibe- 
Itino que nos arrastra^ y nos hace dar mil vMcl- 
' tu, j nos marea, y no para nunca, y nos lie- 
nza adonde quiera el Gran Demlounjos. Creo 
<¡an hace usted mal en manifestar tan cruda- 
mente sus ideas. El populacho tiene ya á A'i- 
nnesa entre los dientes, y no seré yo el guapo 
vpa pretenda quitárselo. Ese clérigo es bastan- 
te criminal, es un disoluto, un perdido. ¿Por 
tpé le defiende usted! 

Y un cuarto le dijo, en secreto también: 
— Siento mucho que le tengamos que radiar 

í usted y apuntarlo en el Libro Rojo; pero no 

Kemedio. No se puede tratai- al Orden 
»d lo lia tratado Por mi parte, 



106 B. PÉREZ GALDÓS 



acepto esa idea de no hacer caso del populachop^ 
pero ¿quién le pone el cascabel al gato? Solter-': 
mos los mastines y ahora tenemos que andará 
brincando y corriendo huyéndoles el bulto,.] 
para que no nos muerdan. Si le he de hablar á 1 
usted con franqueza, creo que nada se pierde cent 
quitar de en medio á los autores de ese mons- i 
truoso plan; pero al mismo tiempo opino como • 
usted que hay otros peores, sí señor, otros que 

trabajan en obra fina, y no digo más Dios i 

nos tenga de su mano, Aristogiton, y lo que í 

fuere sonará Allí veo á Arguelles, á Cala? ■ 

trava y á Feliú que acaban de entrar. Esta no- i 
che hay tenida de Maestros Sublimes Perfeo^ :^ 

tos Parece que en Palacio anda la cosa mal, j 

y que las Cortes nuevas no serán muy sumi- ; 

sas Yo me voy, porque según me ha dicho i 

Campos, debo perder la esperanza de un as- - 
censo por ahora. 

Y un quinto le dijo en voz alta: 

jBuena la has hecho....! Yo que pensaba 

decirte esta noche que te empeñaras con Cam- 
pos para que me trasladaran á la vacante de la 

secretaría 

— El duque del Parque acaba de entrar — ^le 
dijo un sexto. — Hay tenida de Valientes j So- 
beranos Príncipes, Sentiré que te radien ^ her- 
mano Aristogiton. Aunque grité contra tí y te 



- . «.I 



• • -¿t/^lb 



EL QRUIDE OmiEMTB 107 

lÉá insolente y procaz, no hagas caso. Somos 
ñgot. Algo de lo que digiste, me gusta; 
fau^nlmenbe el apostrofe & Pipaon. Ese ca- 
ula v& & ser presentado esta noche en un grar 
) Bnperior. No hay quien pneda con él. 
ItMráB que la plaza que estaba destmada para 
IIa pescó Pipaon pava su criado! 

s paaaljan sin mirarle ó niiráudole con 
Mitívo enojo. 

ntras entraban diversos hermanos, que 
lllfigio respondían á lo.s nombres de Quin- 
( Ar^ielles, Váidas, SanMiguel, etc., 
9 Otí'os, entre los cuales también habia 
■nae después fueron ilustres, pero que 

»or varias tazones. 
Riltid se quedó en la Sala de Pasos 
Sfl, esperando el resaltado de la tenida 
tros Sulilimes Perfectos. 
f I« logia se iba é, abrir en uno de los gi'adoa 



IX 



I Üuri la reunión de loa padrea graves bas- 

pieÜempo, porque además de que en ella 

ron diversos asuntos de política elevada, 



108 B. PÉREZ GALBOS 

hubo admisión de un hermano que habia 
bido awfrienio de salario, es decir, ascei 
la escala masónica. La ceremonia de rec( 
en los grados superiores no era más sár 
en el grado de aprendiz, y se hablaba i 
de la Acacia,' de la Sala de en medio, de! 
opaca y otras lindezas. Para explicarlas 
preciso entrar con brío en la leyenda del 
Real; pero como esta y cuanto á ella se ; 
es fastidioso en grado sumo, nos guarda 
bien de incurrir en el pecado de erudicio 
sónica, recomendando al lector se abster 
perder el tiempo averiguando el significí 
los millares de emblemas divQrsos usad( 
las doscientas ó trescientas disidencias 
viaciones del primitivo Francmasonismo, 
tre las cuales el rito Escocés antiguo y a 
do, que parece predonánante en nuestros 
pos, tiene por liturgia un enredado bereí 
de alegorías, entre místicas y filosóficas, 
fracasa la más segura y sólida cabeza. 

Los Maestros Sublimes Perfectos se i 
ron muy tarde, y á la madrugada no que 
en el local más que cuatro individuos, 
dos en torno á la mesa en la Cdmaou de 
taciones. Eran el Venerable á quien llai 
Cicerón, Monsalud, D. Bartolomé Cañen 
otro cuyo nombre y persona serán conocí 



EL GRANDE ORIENTE KYj 

mrao del diálogo. Este (que acababa de 
concluidas las sesiones) y Caneneia fija- 
afcencion en unos papeles llenos de gua- 
j en un saquillo de monedas, contando 
I, y á ratos apuntando cifras. Los otros 
biaban. 

a Cáw/ira de Perfección — dijo Cam- 
QO ha querido mostrarse severa contigo. 
adido que no seas radiado por ahora, y 
vez de dormir, pidas una licencia üimi- 
|ue se te dará. 

onterias y debilidades — respondió Salva- 
ndo. — 'Ni yo quiero licencia, ni la nece- 
L la pediré, ni me importa que me radien 
iscriban en todos los libros rojos ó ama- 

iizme el favor — indicó Campos con so- 
ería, — de no echártela de hombre supe- 
No valemos tan poco como crees. El 
ñllo de esta noche que tan justamente 
tó la logia, y la carta que me escribiste 
ñando las comisiones que yo quería en- 
te en provincias , me prueban que estás 
período de hipocondría ó satánico orgu- 
. Sr. Aristogiton, hay que civilizarse; hay 
¡eptar las cosas como son; hay que re- 
ur á esos humos de hombre puro, so pena 
liarse y caer en tríste olvido Es par- 




■?■'■ 




lio B. PÉREZ GALDOS 

ticular: yo te alargo la mano parasostem 
elevarte, y me la rasguñas. ¡Pobre gatill( 
cente! El diseui'so de esta noche bastaría 
expulsarte definitivamente de entre nos( 
y sin embargo, gracias á mi te quedarás; 
cias á mi 

— Para nada quiero seguir. 

— Seguirás — repitió Campos con be: 
la insistencia, — y no solo seguirás, sin 
nos serás útil. ¡Tunante! Más de cuatrc 
sieran verse en tu lugar. Has de sabe: 
tus salidas de tono y tus desaires, en v 
ocasionarte disgustos, te proporcionan ga 
Ya verás qué pedrada te voy á dar esta n 

— A nada conduce tanto hablar, Sr. 
pos —repuso Aristogiton con impacienc 
Es tarde: de una vez dígame usted si hai 
tado esos señores algo referente á Vinuesa 
conspiración. 

' — Eres en verdad sospechoso. ¿En qu¿ 
siste tu interés por ese Gil de la Cochera, 
Cuadra ó no sé de qué? 

— Es pariente mió. 

— ¿Cercano? 

— Muy cercano. 
Campos meditó un rato. 

— Quizás sea su padre — dijo para sí. — \ 
hijos de nadie se exponen á que de buenas i 






EL GBANDE ORIENTE 111 



i les salga un padre eu cualquier calabozo. 
,Se ocuparon de esto? sí ó no. 
Jos ocupamos, sí. El castigo de Vinuesa 
. cómplices es una de las cosas que más 
apan á la gente política. No han sido oí- 
os otros asuntos graves, como la disolu- 
iel cuerpo de Guardias, los insultos al 
las nuevas Cortes que se abrirán dentro 
LOS días, la Sociedad de los Comuneros, 
stá metiendo demasiado ruido, y las par- 
de guerrilleros que comienzan á aparecer. 
L populoso hormiguero de apuntos graves, 
acen de este país un país de delicias. 
?or supuesto, no habrán resuelto nada. 
((¡estros Sublimes Perfectos se parecen al 
Hmo como una calabaza á otra. Aquí 
aUí se procede de la misma manera. Ha- 
iecidido que no conviene absolver á Vi- 
ni tampoco condenarlo; que no convie- 
itígar á los insultadores del Key ni tam- 
dentarles; que el cuerpo de Guardias está ' 
lisuelto, pero que se debe crear otro; que 
jor manera de acallar el ruido que hacen 
»muneros, eá alborotar mucho aquí; que 
levas Cortea ni son buenas pero tampoco 
I, y que la políti<ía debe ser exaltada para 
ntar al populacho, y al mismo tiempo des- 
& para contentar á la Corte. 



112 B. PÉREZ GALDOS 

■ -■■■■ - ■ » ■ ■ ■ ■■■i»^Mi ■ ■■■ ^^ ^ ^ m I II ■ I ■ «M M I MM»»^— ^B^^— ^i— B^— — ^B^— 

— Atacas el justo medio que es el arte 
Utico por excelencia, bribón,— dijo C^ 
riendo. — ¿Tú qué entiendes de eso? Sin 
tira y afloja , sin esta gracia de Dios que 
siste en no hacer las cosas por temor de h 
las á disgusto de Juan ó de Pedro, no hay 
bierno posible. 

— ^En una palabra, los mblmies no han 
dido nada. Ya dijo Voltaire Jiace muchos t 
La Masonería no ha hecho nuTica Tuxdar' 
ha/rá. Tenia razón. 

— ^Protesto, — gritó Canencia, apartando 
un momento su atención de las monedas 
los guarismos y del amigo que con éL contc 
escribía. — El buen Aroüet no ha dicho 6 
jante cosa. No calumniemos al gran fil<S 
señores. 

— Quienes le calumnian, querido Sócra^ 
dijo Campos en un acceso de risa, — so: 
volterianos que fuera de aquí se fingen b 
para halagar á los curas. 

— Pero si halagan á los curas honrados, 
puso Canencia volviendo á contar, — no t 
jan por la impunidad de los curas absolm 
que escandalizan al país con sus conspii 

nes Cuarenta y cinco reales en media 

setas. 

— Usted, papá Sócrates — dijo Mon 



fllhnmor. — reT»?i.r:¿ ~1 .' í ; - " '' 
B lo demás. 

Solviendo á i.ir^:: '-.r:-!":: 1it:il:i.:' 
>giton — ^manifer:.- rL:i.-i:r — ^-.^ !■: :_— j^:.-^ 
) no metería á rriri."::? Ít ::i .■..-> lí. 
le Oriente i.: jirii 't.::-l: _l -,:'-:'.- r- 
k del puebla :::.::"i "iL-.r-i z_ 5- -.-v 
, aunque Larí t-:- í : . : : ■ : "■.. : 1t :•; : .\r :. ■ 
condene á nir:":'^ •. ^lh :•:•-.". :••_..>' 
lertad al ¿r T¿--.:l. l. l v. V._ :- 



.b 



la, porque ¿: . :. "-.z-u --r -^ jt v'.tíí • 
lúádades ar*"urí^--. Tí. -^í'-^ít .-, 






y por rr.st* .1=: i..-i' .:•- ■.-:■-/.-,.—..■•' 

. dar al;7o al v:./ t- :- r :=:-.--i v. .-. i-, ; 

©que á todr.-í :-::í-- Ir: 'M^- 

fhes vo me : e::r . — i: ' , V. -. :. -y. 'ir-i - -. 

ite. 

Igaarda. t-.r--?. Ir..':^-.: T-; -. . • -. .-. 

darte una rr'iríiii ^-.w z.'y':.=z 

ío estoy f- ra '. :■ : m. > -. . 

iTamos, f-enl j.e.;-. ':''.:'-, /.: .a-z., - 

atarte las rcf::.'. - •<-:-:- . j^ :.-, ■.f. v, ■'-./. ■ 

tus favo re?*: i : r-r- . 

«npos sacó drl - '.'''.'.', .:. : ';•'. :,..>.•.% 

atro. 

^.quí tiene- tu 'i. .:;:../— li'v 

Qué destín /r — Tj.-'r:'.:.vS f:. v -::. v. 

3ro. 



114 B. PÉREZ GALDÓS 



— No te hagas el tonto, Salvador, ni venga 
acá con ridiculas y mentirosas modestias. Coi 
esta clase de latigazos se domestica á las fiera 
catonianas. Ya sé que no te gusta pedir nada 
ya sé que te falta boca para proclamar tu hor 
ror á los destinos públicos, y censurar la ambi 
cion y á los ambiciosos. Todos hacemos lo mis 
mo; pero cuando nos dan algo lo tomamos 

— Yo no entiendo una palabra de lo que vb 
ted me dice. 

— Vamos, que no te falta ya sino hacert* 
anacoreta, y excomulgarme por favorecerte 
No tanto, joven modesto. Aquí tengo uní 
credencial de treinta mil reales , una canon 
gía admirable en la secretaría del Conseji 
de Indias. Poco trabajo, ninguna responsi^i 
lidad. Con los suspiros que otros han exhahí 
do por esta plaza, se podria dar á la vela ui 
navio. El Ministro al dármela esta noche en 6 
Capítulo, me dijo que desde que vacó ese pues 
to, lo han solicitado unos cien ó doscientos 
adictos. Pero yo la habia pedido para tí .coi 
muchísimo empeño, y el Ministro no podií 
desairarme; el Ministro me ha dado la plaza i 
pesar de tu irreverente y sacrilego discurso 4 
esta noche. 

— Estoy muy agradecido á usted; pero nc 
acepto. 



*1L^ ^ 



_JlJ.l ^^^ 



EL GEAXDÜ ORIEXTE. 115 



—Es el primer caso que veo en España, que- 
lo Salvador — dijo Cicerón con la malicia es- 
ptica que le era habitual; — es el primer caso 
le veo de un hombre á quien le dan esta ben- 
cion de Dios que yo tengo en la mano^ y se 
leda sereno y frió como tú estás ahora. Tú no 
BB hombre, tú no eres español. 
— jPero usted por su propia iniciativa ha 
dido para mí ese destino, no habiéndolo so- 
ltado yo? — ^preguntó el joven tratando de 
'eriguar el motivo de aquella protección sos> 
idiosa. 

—Hombre, la verdad á mí no se me ocur- 

ital cosa; pero mi sobrina Andrea que á todo 
unde, que todo lo prevé, que sabe tan bien 
fiíinar las necesidades, me dijo no hace mu- 
bidias: ««es una vergüenza que hayan colo- 
dotaniía gente inepta y esté sin destino Sai- 
bor Monsalud.M Comprendí que tenia razón 
k contesté que tú nunca hablas pedido nada 
jileen la casa del^eñor duque del Parque es- 
bu muy bien Ella me dio á entender que 

Mas la plaza. 

-iYo! 

^Tú. Andrea es excelente, es caritativa 

ou> ninguna, y estima mucho á todos mis 

lugos. Me ha dicho que hablas estado en casa 

▼wme; que no hallándome, esperaste largo 



116 B. PÉREZ GaLDÓS 



rato; que estabas preocupado y meditabun 
que te dio conversación para distraerte; que 
blando de cosas de la vida, le diste á enten 
con frases delicadas é ingeniosas que deseí 
un buen empleo; en suma, según mi sobri 
tú le rogaste con buenos modos que influj 
conmigo para que el Grande Oriente te pro] 
clonara una pingüe colocación 

— jQué falsedad!.... ¿pero lo dice usted 
ceramente? — exclamó Monsalud con ira. 

— ¿Desmentirás á mi sobrina? 

— Yo no desmiento á nadie. Simplem( 
digo que muchas gracias, y que guarde ui 
su credencial para otro. 

Diciendo esto, Salvador clavó tenazn 
te los ojos en el semblante de Cicerón, 
tando de leer en él los móviles de condi 
tan extraña. Aquella extemporánea protec< 
del Maestro Sublime Perfecto, otorgada prec 
mente á quien acababa de hacer á la congn 
cion una ofensa grave, enóerraba sin duda 
gun misterio. Monsalud conocía bastant 
carácter de Campos para creer en su bem 
lencia, y conocía bastante el orden para si 
nerle capaz de dar á los que no pedian. Ti 
poco consideraba verosímil la intervencioi 
Andrea en aquel asunto. Hizo diversos jui 
y sentó varias hipótesis; pero ni de aquello! 



iSMe: . .^ i .. 11 ' ■ ■ 1 T *^ ^^^^^^i^^gMg^ 



^.^ ^ 






I estas resiüió n-ii :•::.-:■::. 

¿til la observa::::: ii.? _. 

D de Campe 5 , j -^^ ^- ^'^"^— h-l?: z. l : -:l i ii- 

e que permitía :-' li :;í:-í ^^^z^Lz: '.:•: «-r-r-r.-r 

lentendimier*'::-. 

—Yo lo a^rrad^z:: n:::!: — rr:::.: t1 :-f=:L 

pero de nin^-;i: zs-z^í: 7 "rí: l:^^T^L: 

—Basta: para ::ni~l.^ ziiÓTr^L. jjljl "í:- 

lendlla de niño zí^z^ eli^Li: . Vl^-ls — l — L . 

m t 

impas burlonamei::-e. — P-rr í:-.:: ^t^ lj_::i 
doy, no es mas y^e paií Likí^r zoj-x. Ts. 1^ 
Hado al Ministro de ei;TÍs.r:í: á í^?.rn}:»í::_':^ 
ladelas superintendenc:£.is i^ Ii:i:s.s. :-::: 1l 
alpaedes ser hombre ríe j eit diez EíL.:»?. 
Aquel proyecto de envío á Ultramar , r-i-- 
tthndo al principio la confusión del joven. 
infirmó sospechas dolorosas que en su alma 
Dpezaban á nacer. 

—¡Repito que no y que no! — dijo con la ma- 
n? energía. — Muchas gracias por todo; pero 
lebraré que no me vuelva usted á hablar 
)e8o. 

—Entonces — indicó Campos, cruzando los 
*a)8 en señal de perplejidad, — pide por esa 
«a. Imagina algún imposible; pide la luna, á 
Wf ri te la podemos dar. 
"^Loqtíe deseo, ya lo pedí en la tenida, 
—Pues eso es un disparate. Ya te he dicho 



.'■i 

1 



113 B. PÉREZ a ALDOS 



que no podemos decidir nada. Hay cuestionee; 
que no se resuelven sino dejándolas sin resoln-, ■ 
cion. ¿Te ries?.... {Maldita sea tu filantropía!! ;i 
Yo quisiera comprender en qué consiste tu enh.1 
peño por Gil de la Cuadi'a. 

— En que le debo la vida. _:l 

— ¿Y qué es eso de deber la vida? ; 

— Una cosa que no entienden los egoístas, s 

— Tá estás loco, — dijo Cicerón haciendo gdBr.l 

tos de desden. — Sr. Regato, ¿qué le parece i< 

usted la pretensión de nuestro joven filan-; 

tropo? '' 

El Sr. D. José Manuel Regato alzó los ójoíj 

del montón de dinero para fijarlos en el cercir^ 

no grupo. Hombre tan célebre merece algtu 

ñas líneas. 



X 



Era de mediana edad y fisonomía harfcO 
común, ni alto ni bajo, moreno y curtido d^ 
rostro, á excepción de la frente que era muy 
blanca. Sus pobladas cejas negras y el pelo es- 
peso y cerdoso indicaban fortaleza. 'Había eí» 
sus ojos la vaguedad singular propia de los ton- 



I 



^ ^' -'■ 



KL GRANDE ORIENTE 119 

ie los <jue aparentan serlo, y á menudo 
»mo tributando de este modo eompla- 

lisonja á cuantos le dirigían la pala- 
estia completamente de negro, asemeján- 
or esta circunstancia á una persona de 

eclesiástico; afectaba la más refinada 
«tura, y al mirar contraía los párpados 
era de los miopes. Si los abría en mo- 
6 de sorpresa ó de miedo ó de ira, dis- 
anse los verdosos y dorados reflejos de su 
wy parecido al de los gatos. Cuando que- 
blar algo de interés iba acercándose poco 
I al asiento de su interlocutor, y su ma- 
lo acercarse, su especialísima manera de 
■ae, arrimando el codo ó el hombro á la 
la^ eran fiel copia de los zalameros ar- 
inamientos del gato. Muchos habían ob- 
lo esta semejanza, y hasta en el apellido 
-gato, es decir, reiteración en las cualída- 
itanas, hallaban motivo de burla los ma- 

Je. 

Intes de pedir con tanto empeño la im- 
lad de Vinuesa y compañeros — dijo don 
Uanuel, — yo me pondría en paz con Dios 
) que pudiera suceder. Defendiendo á ta- 
LCtimas, hay peligro de ser una de ellas, 
día Cuadm es uno de los peores. -Valiente 
moo defiende usted, amiguitó Monsalud! 



120 B. PÉREZ GALDÓS 



Con la mitad de lo que él ha hecho se ' 
bureo á la plazuela de la Cebada. No es < 
dad, señores; pero si á este candoroso an 
no le ponen la corbata de cáñamo, no ha; 
ticia en el mundo. 

— A quien hay que poner la corbata ( 
ñamo — dijo Salvador con súbita ira,— es 
serviles que impulsaron á Vinuesa y com 
ros mártires, para abandonarles en el moi 
del peligro. Quizás celebran hoy que la tú 
de esos infelices borre la huella de trs 
más formales; quizás se mezclan hipócrití 
te á la canalla soez* que pide horca y h 

ras para distraer de si la atención del 

blo honrado y del Gobierno. 

— Quizás — repitió serenamente Re 

— Si sigues por esa senda de sentimen 
mo — dijo D. Urbano dando á Monsalud 
liar espaldarazo, — es muy posible, oh j 
que te pongan entre los sospechosos ó 
adictos al sistema. 

— Pónganme donde quieran — manifest< 
vador. — Yo sé donde estoy y conozco bi< 
sitios y las personas. Desprecio los juicio 
lignos que aquí ó fuera de aquí puedan 1 
se de mi conducta. 

— Enérgico estás — dijo Cicerón con jo 
dad. — Verdad es que quien se ha extralim 



EL CRANDE ORIENTE 121 



onplo, bien puede salir de sus casillas 

icristia. 

ué es eso de sacristía? — Indicó Canencia, 

zándose, después de contado el dinero, 

ombre que ha terminado un gran traba- 

88 pongan motes de clerigalla á estos 

)les lugares. Esto se llama la Cámam de 

doñea Cuente usted otra vez lo 

Sr. Regato. Son 83G reales y tres mará- 

lé 

O vuelvo á ensuciar mis manos en esta 
iida. {Válgame Dios, cuánta calderilla! 
mentira que una hermandad tan ilustre 
nial pertenece tanta gente adinerada no 
más que estos miserables huevecülos. 
M gordos son para el hermano Sócra- 
ijo Monsalud. — Mire usted, Sr. Begato, 
7& echando carrillos y rejuveneciéndose 
a masón de Salamanca. 
áUate, picarillo — repuso Canencia. — Ya 
jue puedo sacarte los colores á la cara, 
re que quiero, 
eñal de que tengo vergüenza. 

^ de que la tuviste Pero basta de bobe- 

iJobre usted, Sr. Regato, y venga recibo. 
M cuentas de estos señores — dijo Salva- 
-Boa tan embrolladas como las leyes ma- 

IB. 



122 B. PÉREZ GALDÓS 

— Es sencillísimo — contestó Regato.- 
me deben 1 .233 reales. Aquí está mi caenti 
iiPor dos calaveras que mandé traer de 1 
veda de San Ginés en 6 de Noviembre 

reales Por el bordado de cuatro mi 

les, 268 Por echar una pieza al sol, lí 

Por pintar las llamas, 30 Por una escí 

nueva y siete malletes, 58 Poraguaxd 

que se dio á los de policía el 5 de Enero, 1' 
Por lo que se repartió cuando tiraron la p 

da al coche de Narices, 410 Por pap 

circulares, 60 Por saldo del piquillo q 

le debia á Grippini el cafetero de La F( 

na, 140 y así sucesivamente, señores 

tal, 1.233 reales. H Ahora papá Sócrates a 
las cuentas de otro modo, y no quiere d 
más que 836 reales. Estas mermas son h 
compensas de un hombre de bien que coni 
su tiempo á ser secretario de la Masoneríi 

rante cinco meses ¡Vean ustedes qué ] 

Adelanta uno su dinero para que el Orde 

carezca de nada, y al pagar ¡Luego ( 

pantan de que me haya hecho comunero!. 

— Bendito D. José — dijo vivamente 
ron, — poco á poco. No nos espantamos d 
usted se haya hecho comunero; nos esp 
mos y nos enojamos al ver que usted, tan 
recido por este Gran Oriente, prescindiem 



EL GBAXDE OP.IEMT 123 



38, alcances y descuentos, fomentara la 
n funesta que acaba de realizarse en la 
ad; que arrastrara fuera del Orden á esos 
ciados fundadores de la gárrula Comu- 
y que ahora, después que forman igle- 
irte, les incite contra nosotros, les pre- 
la anarquía y el desorden, convirtiéndoles 
almados jacobinos. 

b me marché de la blasonería — dijo 
3 con firmeza; — yo fomenté el cisma; yo 
buí á fundar la sociedad de los Hijos de 
%f porque la Masonería vino á ser rápi- 
ite una Sociedad ñoña y que no sirve 
lada como dijo Vol taire. Yo no oí las 
les amargas que dijo el Sr. Monsalud 
loche, porque como hermano durmiente 
letnidad, no puedo pasar de la sacristía 
i puedo entrar aquí, sino ocultamente y 
tas horas; pero por lo que me contó &[ 
bnencia, sé que este joven puso el dedo 
llaga. Señores, esto &s una farsa; esto 
aduce más que á un servilismo no mé- 
i&me que el servilismo del año 14. Aquí 
«n los decretos á gusto dedos 6 tresTna^sH- 
d grado sublime: aquíísfielig^in Ion dipu- 
i aquí no hay otra cova que loHiuhUhy/i fi*i 
y fatuos que n.andírr. y í r,í\ ^ry-xo dí>.;// 
e todo. No Íes quiero citar, f/^royí? no fi^v 



124 B. PÉREZ GALDÓS 

para qué. Pero ellos quieren establecer e 
bierno perpetuo de los tibios, y adjudicar 
dos los destinos. Esto no puede ser, y no 
Hemos fundado la Comunería para establ( 
verdadera libertad, sin beberías de órdpn 
vilismo encubierto; para darle al pueblo si 
soberanía, y que se hagan todas las cosas 
al santo pueblo le dé la gana; para deseno 
rar á tanto pillo farsante, y hacer que c 
gan destinos los verdaderos hombres de 
adictos al sistema. Basta de papeles y • 
dias bufonas. Nosotros vamos á la verdac 
realidad. Odio eterno, señores, entre u 
otros; queremos separación eterna, irrecoi 
ble de los que desterraron á nuestro qp 
héroe, de los que contemporizan con la 
te y la Santa Alianza, de los que disu 
el ejército libertador, de los que pers 
á las sociedades patrióticas de La Fonic 
La Cruz de Malta, de los que hacen la mi 
á los obispos y al Papa, de los que poner 
cultades á la organización de la Milicia í 
nal; separación eterna de los que en una : 
tienen el libro de la Constitución y en oi 
cetro de hierro del Rey neto. Este es el C 
de Padilla; esta es la Confederación de 
Ha, que vá á hacer en España la revol 
verdadera; que vá á establecer el sistema 



EL GR.V>'I»E OiLliy 



b1 en toda su p-ireza. j í í-.-l-Iií: rl 
de los pillos é hipózrii:.». El «I-rif^:: ií 
derribará el infame i!irir:»er:: íe 1^» 
} y de los Ztíío? an:^ ie :•:::: diií. >=- 
>íganlo ustedes bien, ant-e? de :•:!: iisi-. 
lie contestó en los primer ■:•^ niiüer.:.:!?. 
L meditaba apoyando eu sien en el itíi : 
Canencia sonreía. Monsalud inüierenic 
corata se levantó para retirarse. 
Irán suerte será para nosotros — dijo al 
npoSj — que el Sr. Regato nos perdone 

no amenazo. Al contrario, invito á to- 
\ buenos amigos á que se vengan eon- 

B muy cómodo eso — indicó Cicerón. — 
ODn la Masonería, cobrar 800 reales por 
ras^ remiendos echados al sol y aguar- 
dado á la policía, y marcharse después 

1 comuneros para hacernos la guerra. 

o pueden ustedes acusarme de interesa- 
ijo Regato, levantándose también para 
arse. — La Comunería es pobre; no dá 

08. 

'ero los dará tal vez dentro de ocho días, 
puede esperar. 

kntes que se me olvide, Sr. D. José Ma- 
-dijo el filósofo Canencia, que no se apar- 



126 B. PEJE^Z UALDÓS 

taba de lo positivo. — Me han dicho que 
tienen falta de espadas y broqueles. Aquí t 
mos algunas piezas de sobra. 

— ^Veo que esto acabará en Kastro — ^repu 
comunero guardando su dinero. — ^Nosotros 
mos espadas de acero, no de latón. 

— Pues buen provecho, hombre, buen 
vecho. 

— Para mis amigos soy el mismo de siem 
—dijo Begato echándose la capa sobre los I 
bros. — ¿Quién sale? 

— ^El hermano Sócrates y yo tenemos 
ajustar ahora otra especie de cuentas. Bu< 
noches, Sr. Regato. 

— Yo me retiro también — dijo Monsalu^ 
Repito lo del destino, Sr. Marco Tulio. Mu 
gracias, muchas gracias por la secretaría; ¡ 
que sea para otro. 

— Adiós, puerco-espin Sr. Regato, 

cho cuidado con ese granuja que sale con ufl 
Es capaz de hacerse comunero si usted s 
dice tres veces. 

Cuando ambos salieron á la calle, el 
joven dijo: 

— Sr. D. José Manuel Regato, yo quierí 
comunero. 

Uno y otro hablaron breve rato, separa: 
se después. 



EL OEjjrrz 



XI 



lita s^oia TÍTÍri.í> ^n jh ^s¡¿sl íe íi.ua 
na Monsaln-i. i i:i.i-r zziá^Li -íl ~e:'ift- 
eblaje patri:z.:ziil j n 'Jiziiouí 7 ri?iii> 
ativas, aaí e:n-: Ll itiz. ¿cscr.^lrJt v:.^ 
ia, le abricMi. ^ ::-:■: -r. xrL;^.?! íc a 
I y el hijo. C^rra.? zhzTt-.za^- z^Vrsirjti, jl:¿¿. 
D y trato para. 4-^.7 A"=e iza izi^-jui y.-," 
; pero S«j1íl¿ 1 ..\ :•:!: i-i¿ -t ^':it iti ^ 
a. Darant'r 1?-= ll^.^.^ ítz.*^- lui.» i^ Si ^ 
,que esta'cí* :i-rr> .•¿.--. i-^í j ^'_ "Li 7 ;4r>i 
noche, la ¿-rf.-.-i zLLiv.r t Lí ii". ibi. ..ji 
gar de la m¿::: jr-a 7 ::r^ 1í:c.' i^ -*;:..:- 

entretenimier-V. . :.: :ir¿a.-4- í^ üá.;:-:- 
bre las pror-iilii^i-r^ ii -,-.-: e. Slv O., 

Coadra fi«t :.ue>:.., er l:'»ír-^i ^*^-, 
estas conf^reL :•:&.'. 1^» _^~ira:: 4I ¿-v^r'v 
10 de la p»^- líbica, clc-iiít. s'Urr-^r^í: dl- 
5 mil desaiÍLO-. ^ ic er. i-:: \ :^rA :'-; t '^r.- 
a parecían dLs':T^:*.i.« or:%crTac:'>Lír?j ó írr*r-- 
J de8cubriinien:0'. . 

Dicen que vá á ca^r el Go'o:f:mo — ír;di/%- 
/ Fermina. — Si e:-:raii dfep-iía >/• r. jf: 



128 B. PÉREZ GALDÓS 



quieren que todo sea libertad y más libertad, 
no habrá presos. 

— Lo que yo creo más probable — respopidií 
Soledad, — es que el Rey se levante de mal hi^ 
mor cualquier mañanita, y mande á su cabv 
llerizo mayor que cierre las Cortes. Desen] 
se usted, de ahí viene todo el mal. 
• Algunos dias veian los sucesos con al' 
ojos; otros sombríamente y eon tristeza. 

— Tengo el corazón traspasado — decia Sol 
dejando caer sus lágrimas sobre la costura.- 
He cerrado un momento los ojos para rezar, 
he visto á mi padre espirando en el calabo»>| 

— No pienses tonterías — contestaba la Moaé-Í 
salud. — ^Yo he cerrado también los ojos pn»; 
rezar y he visto al desgraciado D. Gil poniáá-; 
dose la capa para salir de la cárcel. El mejoí 

dia le ves entrar por esa puerta Mi bueí 

hijo ha tomado con empeño este negocio. 

Entraba entonces Salvadoi* fatigado y som- 
brío, y al punto las dos mujeres clavaban en A 
la vista para adivinarle los pensamientos ant60 
que los dijese. Sólita se lo comia con los ojo6i 
y habia adquirido tal arte para leer en la ex- 
presiva fisonomía del joven, que al verle en- 
trar decia para sí: nhoy tenemos malas noti- 
cias, II ó iihay esperanzas. »i 

Soledad creia deber suyo pagar con peque- 



TL '-ai.Fii 1. 



Tl'^.i 



ibajos y serrizí-.s l:-r :l"::t-- -^ 
i aquella casa r-r:.- i Z- tu -rir ir i-i^í 
se inincc:-:*sinr--.-í: Ít l:-r 1 :_::■? ir jl 
i y procura^-s ."r =- -:í:t^- i t- -i it- 
vivienda rieri 1: r--i.í .:_ 3,- -ri/.T -i-i"i- 
a ingenio p^^^ :-:::'ii:_' t" tI iTir:: :¿ 
lor rennafi^s -? : 11 . ■ i_ ii 1^: - : z-^^ji l í- 
[emente cnan:.: -rl . :r- h-lli:!: tií:— 
eñtar, t se Ir :■:-:::=. -í:! li ::í.ji ^ r"_ -r. 

de mirar a"r n : 5."'. ".- í . :i¿''.?b -- - - 1.-. : -i 

^ _ 

a hermano r-'^-lz: •-r rrr._-:-r=-T 
(parada de 5.1 i-.irr 7 i'r 1 := 7 .rlrr.-.err 11.1- 
I, la pers«-^na ¿ i-ier. -.rr.ii i:.iv:r r^r^-e: , 
juel proteo: :•? r. 1 ■ 'r r.^ri '.z : r r. : : - : z \ :-í 2 : - 
caldo. Con !"• m^ire ter-ia i- -r-í.¡ir.z¿. v 

hijo no. AirlT.Ás Ir -Ir ''- '.-^/'a rT.ti- 

onyersaciori con -_-.. f irr> ir I&5 ; .-rr^r-V-.» 
18 de las ci r'riii '- :an :•: '-. ? . t:.':. :. : r r. : r:. vr r : e rr.- 
ana distancia c^nij :a¿ ;-:r r->.'.lrc^:* ^L 
toóla veneración.. Salvador á lo-: tjoco'^ 
le vida común la tuieaba. Como pay».r:eri 
08 sin que ella correspondiera á esta fa- 
ridad, él le dijo: 

Cuando el pobre D. Gil se separó de nos- 
, Sólita, quiso que fuéramos hermanos. 
Une como se tratan los hermanos, y Wí- 
6 Salvador á secas y tú. 



■■% 



130 B. PÉREZ GALDÓS 



'I 



— ^Me parece que no podré acostumbrarme 
eso, — ^respondió Sólita ruborizándose . 

A pesar de su propia opinión, se 
bró muy pronto. 

Cuando el joven dormia, avanzada la 
ñaña, una como divinidad del silencio caidM^ 
ba de evitar los más ligeros ruidos de la 
Cuando volvia muy tarde, las más veces «a j 
último confín de la noche, Sólita velaba sin 
tiga ni sueño para que no esperase ni un mini 
to en la puerta, ni le faltara nada al entrar^ 
Nunca se habia permitido la más ligera hroi 
con él, ni dejó de emplear, para decirle algui 
cosa, el tono más comedido y serio. Una noch^^ 
sin embargo, le salieron las palabras del peorí 
samiento á la boca con tal ímpetu, que se ex- -■ 
tralimitó á hablarle así: '•■} 

— ¡Qué tarde has venido esta noche, hennir; 
no! Se conoce que tú y tu novia habéis tenido 
muchas cosas que deciros. 

Soledad no comprendía que un hombre trafl* 
nochase por otra razón que por estar hablando 
con su novia. 

Salvador acogió la observación con amablO 
sonrisa. Arrojándose en una silla con muestran 
de gran cansancio, contempló á su improvisad» 
hermana que estaba ante él sosteniendo una» 
luz, y se fijó más que nunca en las graves im- 



- ~- t/í^.z 



cioneBde su rostro, n: :ai.:ií: ¿z. -sz.- 
que dismiiiTiyesen. el :i-ri"c a'zr^i!i:~: 
tico que existia en ell¿. í lüLirn ir rí- 
anundo del a^rrjL. 

lolita — ^ie dijo il :r^ ; i rle^i: — :c- ^ai 
. la mano te me t)¿:e«:e¿ í 1a r e _1'iili.ul- 
imndo. Yo Le tí=«.: en c's^ia zuzitz zz^ 
a, cuadro o e^i¿.inpi:£. h'^l.. í i. er. ^.^ 

uto Dime. Lermnj.. -r -«í:!:!:::-!, zl^ 

idad^ 27 ti n:- ::e'eí - :tí:: 

)lita volvió rír:i>r:Ler-:e li efi-alÍA 'ítn 



; pero arrepe-*.:i.5. =.- i-::a 'j'.t.j. ¿ 
á su hennar.?. 
íien sabes c^e 1: "ler.!-: líl : ."jii -, A---ao> 

M. — m. 

;Ah, varecieri: T: -^-í -.e ;a>...-^ -í.^ 
imo tTivo. ::e :£.n\:e.i vrrí ilv,:4 'r.iij', 

i á ser mi r:fl.-.í:. 

Faitameiite. : '^nlere:^ >.-¿r.' 

aguárdate y rerrír.ier.e . V.lv/^. r:.'.\r.', 

stroprlm.;: 

Ta sabes -le r;.: -^i:'; ;-& i u- . *í>'a '-.a 

li marido. 



132 B. PÉREZ GA.LDÓS 



■■ T 

i 

II 



.fi 



cha un arrogante hombrazo como Salviulor éi'] 
de D." Fermina. II 

— Pero no me has dicho si quieres mucho 
ese Anatolio. 

— Eso no se pregunta. ¿No le he de querer i 
mi padre me ha mandado que le quiera y ma: 
case con él? 

— A eso no hay nada que decir, hermanir.l 
Cuando te cases y vayas á Asturias, te prome*^ 
to hacerte una visita ; ¿qué te parece? 

— Me parece muy bien. 

— ^Yseré padrino de tu boda y serépir: 

drino de tus niños, de mis isobrinillos. • 

— Buenas noches, compadre. 

Pero esta clase de diálogos eran una exeqj- 1 

cion. Generalmente, cuando Salvador entraba j 

Soledad le hacia preguntas referentes á la do- ^ 

seada libertad de su padre. \ 

— Hermano — le dijo una noche, — ^tu car» ^ 
me anuncia malas noticias; ¿qué hay? 

■ — ¿Malas noticias? — respondió el joven dan* 
do un suspiro y meditando breve rato.— I* 
verdad es que este asunto es difícil. Se sacate 
piedras del fondo del mar; pero ¿quién saca !• 
pobre víctima que cae en el inmenso fondo d0 
barbarie del populacho? 

Sólita dio un suspiro, y elevó sus expreri- 
vos ojos al cielo. 



EL r-RAViz :zjz>-rz :>: 

Pero no hay que de¿esi:»rr2j:. ':Lrr:T:AiLÍ':a. — 

6 Salvador coii5olái:i:li. — »1 :s- i: t: Hr- 

1 último extrein:- en n-Í5 ií^í^^í t -=::::■: «r- 

or salvar la vida al i:':7r r^:: :-:i-i: v: 

leda más^ vendrá 1: imzre-ris-:.: . t^- ir-i la 

ideBcia^ vendrá I^:? v 1: sa'.Ts^í. 

De modo que es cierto :ie trtL-ra iz:¿l¿3 n> 

I, — dijo Soledal con £.':¿.:ir:::rL.'::. 

Malas no, regulares. He £.ielan:£..ij ííIí': . 

wa veremos. Concue buenas nc^ries. o 

:e. 

lolita dio otro suspiro v se ale':: r^ro re- 

diendo al instante. Lizo esta T^reírintá: 

jTle has visto? 

Todavía no he podido verle. Ponen mil di- 

tades; pero me vo\' á hacer amigo de los 

ineros^ á ver si por este medio 

Los comuneros es decir, D. Patricio. 

3, hermano, ¿son todos tan tontos y tan 
lee como nuestro vecino? 

Allá 86 le van Creo que me .será fácil 

i iia padre. Descuida, que ai no podemos 
Bgnir su absolución, trataremos de arre- 
e la escapatoria. 

•iQué bueno eres, pero qué bueno! — excla- 
móla. — Siempre que te oigo hablar, se me 
i el corazón de esperanza, y veo á mi po- 
)adr6 libre y feliz. Lo que haces por nos- 



13^ B. PÉREZ 6ALDÓS 



otros, Salvador, es más que cuanto pueden bft^ 
eer los hombres más generosos. Mucho ha^ 
darte Dios en esta vida 6 en la otra para pfl^ 
derte premiar. ^ 

— Dios no tiene que darme nada^ tonta. Ert^ 
es una deuda, .mejor dicho, aquí hay vañil 
deudas que pesan sobre mi alma. Si salvo á » 
padre de la muerte primero y de la cárcel ñsí^ 
pues, sentiré un alivio i 

— Ya ñé cuando mis padres marchmxm i 

Francia hace ocho años, ocurrieron cosas tet 
ribles. 

— Sí, muy terribles. Algunas de ellas no» 
puedes comprender. Por fortuna tú no estabiK 
allí, porque te dejaron en La Bañeza. 

— Pero todo mé lo contó mi madrastra — tí*^ 
nifestó Sólita con emoción. — La pobre te esí* 
maba mucho, y constantemente estaba hablap^ 
do de tí. Hasta en el dia de su muerte te noxA* 

bró varias veces 

Salvador callaba, fijando la vista en ^ 
suelo. 

— No digas que soy generoso si saco á tu pí^ 
dre de este mal paso, — manifestó después d< 
una pausa. — Di mas bien que soy un malvad^ 
si no le salvo. 

— ¿Y si es imposible? 

— No hay nada imposible — repuso el jóveí 



V--" 



r 



EL GRANDE ORIENTE 



135 



.brip. — Soledad, tendrás padre, tendrás 

lo ¿Sabes que conviene escribir á tu 

LO Anatolio, refiriéndole la situación en que 
lilallas? 
.—Como tú quieras — respondió la joven con 

Lcia. 
i' — hd escribiré, vendm, te casarás. Para en- 
vive Dios, ó soy digno del desprecio de 
6 estará tu padre libre. Viviréis felices y 

los jOh, qué hermosa familia vamos 

[toeraqui!.... porque supongo que el señor 
ae verá rodeado de nietos dentro de algu- 

años ¡Pobre anciano, cómo gozará ju- 

con los pequeñuelos! .... ¿Y ese Anatolio 
•imbuenazo, un corazón de oro?.... Lo di- 
aeré padrino de tus muñecos. 
-Buenas noches, compadre. Que duenoati 

—Buenas noches. 

T al acostarse se deda á sí mismo: 
— iLa ves tan desgraciada, tan p^^re, tan 
[ nlit Pues con su sencillez, su ignorancia y j-jj 
.iáatolio, será más feliz que tú? 



■:*;' 



'i 
13í) B. PÉREZ GALDÓ8 



XII 



i 

j 




£1 personaje á quien los de la Acacia át^ 
han el nombre de Cicerón, vivia en una hae4 
mosa casa á la extremidad de la calle de Doi^ 
Pedro, junto á las Vistillas. La Dirección 
Correos, que hoy constituye una posición 
cente, era en aquellas calendas una verdad* 
mina, y ahondando en ella, el Sr. Campos, i^ 
pesar de su oscuridad política, habia consegui- 
do, á fuerza de manejar cartas, y no de baraj^/^ 
allegar un capitalejo que en lo sucesivo sirvió ? 
de tema de maledicencia al envidioso vulgo. '] 
Entró con pié derecho este insigne personaj«--i 
en la burocracia revolucionaria, por reunir loa 
tres requisitos indispensables para medrar du- 
rante aquel período, los cuales eran: haber pa- 
decido durante el régimen absoluto, haber in- 
tervenido en la mudanza del 20, y estar afilia 
do en las sociedades secretas. 

Vivia, pues, pacífica y cómodamente con 
su familia, que no era por cierto muy numero- 
sa, pues constaba tan solo de dos personas: su 
hermana D.* Eouiualda, (señora de muy poco 



./* 



GiAvir '-ziTrn 



-1 



m su juvesr^i. i¿ ir-i-J iz 1l ^^z'a y^-. 
n la época de iiu5?irL L.-^: tjl yvSii\L :-:.*- 
pacigoar sn &:i:¿r^rlL üjLÍ:.Hr ¿ -l :>- - 
con ardienir: wl: ~ sr ^j-tii^l .rL^ir'-iít 
de Manricio Cejl ji :»? . -^i t - : . Tí : üt Z. ü íj** 
o 12 con iir¿ rer^ili-j ínriiL ir vii-, : - 
idiafiratar p:t:~t '.r é.: -.rT^_ii'. j.l :i:ii*rv=: 
rfiuia de p&irr ;»• =.11:^ i .•■ ' iiV* í.fiVr : ■ 
., lahem:sa 7.:i.i tííÍ: .;t . -fc -.-.-.-r t :.- 
o, que no I- v: zr* »•:.:■'. til t:Z_:>í^i.' *. j 'Jj: - 

i fortuna de 1l tí-. • :t .1:-_-L'l_.l - :;t.-c ::-i^ 

tpo8 la ponÍLi. ".'L : ^l i"_ iiie:- í .a : ■•■!-■»;'.-'•-'': 
).*RomTia-ii. ■_■=: :•'.: f. t-. -',»fc '..;L' t -.í^ 
■lído aú I: i T - L T -^L : !L i^ -i. * 'a. . t • v-í .'^t.- 

n madre. :vv. -.-.l írb'-.r.t ^ir.-: u^'. .* 
peligrosa eiLÍ '.-.. -j».:- ■ .-. ..í: ■.;'•.»;.•..-= 
ir, caando -^ Íti-tii. i 
lelas v¿rii.h:i.- " t : i- :^',\- v /. 
ioi. üa. a^rií.i:. :■:: '■. -.'. • :»*;'." ■■ 
por D. ' R: zz. 1-. . i?. í -. -, ^ • ^ v. •• i;*- Jt 
mente. *Sk "^vr-, -.-.-. i r- -.-..> -it,..^ 

« 

do o&n ar 1 : : - ■- : ■ '. • í. .. i .. . ^ *. . . ... 



'<• 









O amlsnai^r.? _.■: ■■a --?.'.•!: :.'.•.»;• /. 
u prohibid: .w.::,, h^'^' ■• i"..v; a v,-- >../ 



13Ó B. PÉREZ GALDÓS 



criadas; paseaba en compañía de ésb 
de lo conveniente, y en cambio del ca 
agasajo que le negaran dentro de casa, 
taba de una libertad, que no conocían la 
ritas de aquella época y rara vez las d 
Por esto Andrea se parecía tan poco á la 
españolas de su tiempo. Era una criolla 
tariosa, una extranjera intrusa que habí 
pudiado Moratin y Cruz. Su Emilia fa' 
más cada vez aquella libertad. D.* Ron 
que empezaba á sufrir la trasformacio 
edad paleolítica de los amores á la edad 
tica de las devociones, tenia mucho que 
estaba en la iglesia. El buen Campos tí 
era hombre ocupadísimo por aquellos d: 
taba conspirando. 

Era la indiana buena y sensible. Fác 
te comprendía la verdad, por poco qu( 
mostraran. Fácilmente acertaba con lo j 
honrado, por simple iniciativa de su c( 
cia. Pero tenia ansia de afectos ardiéfites 
raba sin cesar á todos lados buscando] 
desgracia consistía en que le era forzoso 
se sola y sin ayuda de nadie el ásperc 
no de la juventud. Habría necesitada 
esto tener un caudal de energía y de ei 
moral que rara vez dá Dios á las criatura 
que suplen según el admirable orden de 



EL GRANDE OraEXTE 13» 

id, las personas allegadas y mayores de la 
lia. Careciendo de fuerza propia y de soa- 
extiaño, hubiera sido un prodigio que la 
uda flor se mantuviera derecha. Los pro- 
08 son muy raros en el mundo. Bueno es 
ir constar que la pobre Andrea, avisada del 
a;ro por una intuición poderosa, hizo es- 
Z08 instintivos para sostenerse erguida y 
iposa, vuelta hacia el sol la virginal coro- 
pero el viento era demasiado fuerte y so 
\6. 

Era tan guapa, que su vanidad (otra desgra- 
no pequeña) estaba completamente y cada 
más justificada. Habria sido conveniente 
(ignorara durante algún tiempo la riqueza 
■dacciones que tenia en sus ojos, en su boca, 
iodas las partes de su cara morena y alegre 
ena de inexplicables gracejos y atractivos, 
m cuerpo delgado, lleno y flexible, de amn 
IDO tienen clasificación posible en el cuadro 
aooiógico, y son tales, que para buscarlos Sf)- 
^te, necesita el observador doHoender en 
ca de un ser antipático y que se arrastra, Is 
ebra. 

Pero Andrea no tuvo á nadie que le hUúh 
d sumo bien de engafiarja dtjrant'; al^un 
npo respecto á ?ni heIN;za, y ^itn:^^; /J#;i^ 
muy niña al fascinador delü^iv? d^; I//» nn 



140 B. PÉREZ OALDÓS 

pejos. Las criadas cantaban á su oído ni 
de lisonjas. En la sala de su casa habii 
hermosa estampa que representaba la fi 
escena de Phrine ante los jueces de Ater 
Andrea, de tanto leerla, se sabia de memo 
leyenda grabada al pié con resplandecieni 
tras de oro. Aunque parezca extraño, ce 
dos los tiempos y el lugar, no puede mén 
suponerse que aquella cabeza estaba. He 
ideas gentílicas; pero el paganismo es de 
las edades, y buscando sin cesar donde esl 
cerse, se mete y se acomoda allí donde n( 
otra religión que haya echado raíces. 

Andrea fomentó su vanidad y la ador 
de si misma, consagrando al adorno de 1« 
sona mucho tiempo, mucha atención y U 
dinero de que podia disponer. Si este d 
mucho durante los ominosos tiempos ei 
Campos conspiraba, luego que vino la ert 
y fué restablecido en parte el patrimonio 
huérfana, el buen tio, que no era tacaño ; 
taba de que su pupila se presentase bien, 
bastante la mano en lo relativo al lujo, 
era la fórmula de su cariño, porque sin 
hay distintas maneras de amar á las sob: 
Además Campos, por razones de egoísmo, 
empeño en no contrariarla, deseando ale 
de ella placentero consentimiento para ui 



EL GRANDE ORIENTE 141 

nupcial que entre manos traía después 
revolución. 

se crea que el Venerable se parecía álos 
acos tutores que son el elemento bufón de 
imedias italianas del siglo XVIII y que 
ten abundan en el repertorio de óperas. 
K>8 no queria que su sobrina se casase con 
staba viejo, habíase entregado al volteria- 
) que en aquellos tiempos empezaba á pro- 
rtanto las cómodas prácticas del celibato; 
lemas un epicúreo refinado de esos que nos 
)1 siglo XVIII, y que aunque pocos en Es- 
por aquellos días, ya comenzaban á des- 
tr á los rancios egoístas de chocolate y bo- 
te monjas. Otrosí, tenía Campos sus en- 
ttimientoá fuera de casa, con los cuales le 
my bien al parecer. Su claro talento, ade- 
no le decía nada favorable á un enlace 
auchacha primaveral. Su amigo D. Lean- 
lO escribió para él El viejo y la niña ni 
• 

1 proyecto consistía en casarla con un se- 
Jd edad algo avanzada, pero entero, arro- 
), fino, discreto, y que sabia ocultar sus 
y aun hacerse amable; pues á tanto llega 
ivilegiados individuos el arte social. El 
uái de Falfan de los Godos era un medio 
bien conservado, gracias á reparaciones 



142 B. PÉREZ GALDÓS 

hábiles y á un cuidado constante. Habla i 
exento de Guardias, compañero de.Falafo 
de Godoy en aquellos tiempos en que los me 
guapos desempeñaban grandes papeles ec 
Corte y en que se hablaba, como lo prueb 
desvergonzado libro de un fraile, de serraU< 
la turca, de envenenamientos proyectados^ 
matrimonios dobles y otras barbaridades a 
las cuales la historia se complace en cerrar 
curiosos ojos. Así como el duque de Zara 
ra fué célebre y simpático por sus hurañas 
sistencias, Falfan de los Godos tuvo fama 
lo contrario. Durante la guerra peleó con 
lor. En 1821 era general; tenia fama, noí 
de honrado y decente, sino también de j 
trónomo y mujeriego, cosa natural en un i 
teron riquísimo y bien parecido, de ancha c 
ciencia formada como la de Campos en 
escuela enciclopedista del siglo pasado. 

Hacia 1820, comenzó á pesarle el celibí 
echó de menos algo amante, tierno y carine 
es decir, los hijos que debia tener y no tenia 
esposa que siempre habia rechazado como i 
fastidiosa carga de la vida. Falfan de los < 
dos pensó en casarse, y supuso que sus ciñen 
ta años, á pesar de la madurez consiguiente, 
dian dar aún mucho de sí. Acontece á mem 
que estos hombres listos y conocedores 



EL GRANDE ORIENTE 143 

lo, pierden la chaveta cuando tratan de 
r algún orden en su vida^ y bastardean 
lelamente la meritoria idea de ser padres, 
tan á deshora les ocurre. Falfan délos 
8, que era un maestro en el arte de vivir, 
ó el tino, como todos los de su dase, y 
iz de buscar para esposa un tipo de bon- 
reposada, una madura belleza asegurada 
eligros, y que se acomodase fácilmen- 
ios gustos é ideas del trasnochado esposo, 
incurrir en el maldito antojo de la niña 
i y tiemecita que apenas ha empezado á 
y que tiene un porvenir ignoto delante de 
ñapeantes ojos. El no dejaba de compren- 
Q ratos lúcidos su error; pero se engañó á 
Bmo vanidosamente trayendo á la memoria 
lena presencia, su gran fortuna, su fama, 
nstos ai'tisticos, su ñnura, rica herencia 
ntiguo régimen que contrastaba con la 
ría de los revolucionarios, 
i todo hubiera de resolverse entre el acar- 
b Marqués y Campos, la cuestión habria 
o concluida en un par de semanas; pero 
«a no quena casarse con Falfan de los 
fl, porque amaba á otro. Esto sí que se 
ie á todas las comedias italianas del si- 
IVIII, á las óperas del primer repertorio y 
chas novelas de aquel tiempo, principal- 



t ■ 



144 B. PÉREZ GALDÓS 

mente á las de D'Arlincourt, Mad. Co 
Florian y Mistreess Bennet; pero no es c 
nuestra que esta vieja historia se nos vei 
las manos. Acontece alguna vez que las 
sas vulgares son las más dignas de ser 
tadas. 

En los dias que van corriendo para nu 
relación hacia tres años que Andrea habü 
tablado amistades de cierta clase con un '. 
bre que cierto dia se metió en su casa bu 
do refugio contra los corchetes que le j 
guian. Cómo nacieron y rápidamente toií 
vuelo á manera de incendio estos amon 
cosa que ahora no nos importa; pero la lib 
de que disfrutaba Andrea explicarla mi 
cosas. Pasaron dias, muchos dias y con 
sucesos buenos y malos que no merecen sei 
tados. En 1821, la casualidad, ó mejor dic 
política, juntó en un círculo al amante d( 
drea y á Campos: hiciéronse amigos, y ci 
éste le llevó á su casa no tenia ni vagas s 
chas del interés que aquella amistad insp 
á su sobrina. De este modo, Píramo y Tis 
tuvieron que horadar paredes para hablai 
aunque la presencia casi constante del tio 1 
torbaba, viéndose á menudo aun delante d 
tigo, tenían medios para preparar sus con: 
cias reservadas, las cuales en los últimoi 



£L GRANDE ORIEM'K 1 I.'» 



in frecaentes ponjue la libertad de Andivu 
laba á disminuir. 

1 &vorecido conocia perfectanientü Iuh lio 
[ne D/ Bomualda consagraba á la ^ravo 
I diaria de sus devociones, las de oficina y 
para Campos. Aplicando bien la Hcnlon 
rofimdisima de uno de los siete sabios dn 
la que dijo ajnweclia la ocattUnh, lujiiel 
ire, enamorado hasta la ceguera y el atiir- 
mto entraba en la casa. Estas atrevidas in- 
nes del templo de un exaltado ainor no 
ni podian ser frecuentes, y exigian gran 
la con criados y gente menuda; |)ero los 
i/eé hablan discurrido mil ingeniosidades 
itaban con la fíol complicidad do una cria- 
itigua. Su ceguera, con todo, no era tanta 
e ocultase á entrambos la necesidad de 
r término á tal género de vida. 



XIII 



na mañana, Salvador entró. Como no 
temor de sorpresas, Andrea, después do 
en escucha a su criada, según costum- 

lirio al amante las puertas de su habi- 

1. 

10 



146 B. PEUEZ GALDÓS 



— Ven aquí — le dijo asomando la linda cah 
y la mano tras la cortina de la sala donde d-: 
esperaba. — Estaremos solos hasta que Yengik, 
mi tia. 

El amante se sentó sin decirnada en un ca-1 
ñapé, y Andrea volvió al espejo de donde poco ' 
antes se habia apartado. Con su preciosa numo.^ 
se tocaba aquí y allí el cabello recien peinado^ ^ 
dándole la última forma, como artista quero- 
mata su obra. Después se puso una flor. Sial 
retirarse del espejo, porque en él veia la Ago- 
ra del hombre, le habló así: 

— ¿Qué tienes hoy que estás tan callado! ;: 

— Hace pocas noches vi á tu tio, ¿te lo lüj 
dicho? — contestó Salvador. ;; 

— Sí , me contó que te habia ofrecido iitt-; 
destino y no lo quisiste. ¡Bonito modo de flK] 
agradecido! — dijo Andrea, moviendo su oabo-j 
za ante el espejo. — ¡Qué orgullo! .... porque no.? 
es más que orgullo. 

— Gracias por tu protección. 

— ¿Qué protección? 

— ¿No fuiste tú quien dijo á Campos que fl* 
proporcionara una posición decente? 

— ¡Yo! ¿Estás loco? — exclamó Andrea coa 
sorpresa, volviéndose, porque para manifestad 
cosas importantes no satisface ver la figura dd 
interlocutor reflejada en un espejo. 



EL GRA.NDE ORIENTE 147 



p: .—"No te esfuerces en convencerme de que no 
Paiste tú^-dijo Salvador. — Desde luego com- 
^pendi que tu tio me engañaba. 

—Seguramente te engañaba. Bien sabes que 
me atrevo á hablarle de tí; y cuando lo 
ligo es de la manera más indiferente. 
Í-. —Extraño que Campos, que es hombre muy 
, urdiera tan mal su farsa— dijo Salva- 
.— jEn qué se funda ese oficioso empeño de 
irme? No creas, quiere mandarme á 
nada menos. Seguramente le estorbo. 
—No lo comprendo así. Si quiere favorecer- 
porqué te estima — ^repuso Andrea, vol- 
se hacia el espejo. 
í — jTú también? — dijo Monsalud con impa- 
y desasosiego. 
Qué es eso de yo tambienl — sindicó la in- 
jovialmente. 
f-4ijuizás tú puedas explicarme lo que la as- 
de Campos no ha dejado entrever. 
— ^Jueridito, yo no puedo explicarte nada, 
08?.... Hoy has pisado mala yerba. Ya 
Í?ío que no me libraré hoy de un poquillo de 
fteeo. ¿Y por qué? por la cosa más natural del 
taido, porque mi tio ha querido darte una 
;|nidba de lo mucho que te aprecia. 

—Seria, no muy natural, sino algo natural 
te prueba de estimación, si tu tio después de 



r 



148 B, PÉREZ GALDÓ3 

Onecerme el destino, no me hubiera dicho mii 
cosa grave. 

— ¿Qué cosa? 
Salvador la miró con fijeza. 

— Me dijo que pensaba casarte. 
Como el lector recordará, Campos no hafaiií 
dicho tal cosa; pero el inquieto joven practicir 
ba el aforismo vulgar que ordena decir menti- 
ra para sacar verdad. 

— ¡Ah! — exclamó Andrea riendo. — ^EiO «i 
lo que traes hoy. Te conozco, tunante. VieaMtj 
mascullando esa idea. 

Diciendo esto tomó un abanico y con es^j 
presión de graciosísima burla, sonriente 
boca, húmedos los ojos, acercóse al joven 
empezó á darle aire rápidamente. 

— ¿Estás sofocado?.... Aire, aire, nosea^nl^j 

te dé un síncope. Refréscate, hombre qu^] 

se te quite eso de la cabeza. 

Monsalud le arrebató violentamente el ata^ 
nico, lanzándole al aire. El abanico atravesó 
el recinto de un extremo á otro, abriendo^ 
como un pájaro que extiende las alas. 

— ¡Qué modo detratar mis joy-cus!.... puesffl* 

gusta, — dijo Andrea corriendo tras el abanico* 

Arrodillóse para cojerlo del suelo, cerrólOi 

y empuñándolo á manera de puñal, amenazó i 

su amante diciéndole: 



EL GRA^^)E OBIENTE 149 

—•Te voy & matar. 

Monsalud contemplaba, primero sin enojo, 
kspues con gozo, la hermosa figura juguetona 
jf ligera que tenia delante. De súbito Andrea 
unió hacia él con los brazos abiertos, y abra- 
rfodole el cuello, le apretó fuertemente di- 
Modo: 
•—Ya me casé, ya me casé, ya me casé. 

Bepitió esto unas cuarenta veces. 

Salvador la obligó á sentarse á su lado, 
f —A mí se me está preparando una desgra- 
IMp— le dijo cariñosamente. — Andrea, tengo 
|pde hace muchos dias el presentimiento de 
pl esta preciosa cabeza me vá á hacer traición. 
iSSÍo lecuerdas lo que te he dicho tantas veces? 
f|lile que tengo uso de razón no he intentado 
iW üguna que haya tenido un desenlace li- 
R^aiü para mí. Si alguna vez he conseguido 
H objeto por mucho tiempo deseado , mi dicha 
wtkéio corta. Siempre que cavilo acerca del 
iBAltodo de un asunto cualquiera que me 
HMcnpa, no puedo apartar de mi pensamiento 
» idea de un éxito desgraciado, y siempre 

ÜDÍBrto Tengo la desdicha de no haberme 

t(nÍTOcado una sola vez. Yo no sé qué pensar 
bini. Si se castigan en la tierra las faltas, las 
|B6yo he cometido no corresponden á los gol- 
pes qae en diversas ocasiones me han venido 



150 B. PÉREZ GALDÓS 



de arriba. Fui jurado y cayó José I; tuve amo 
res y por poco muero en ellos; conspiré y L 
conspiración salió mal; dejó de conspirar y n 

lió bien en fin, tú sabes mi vida todaypo 

drás juzgarlo. Si es verdad que los hombres na 
cen con buena ó mala estrella^ la que andab 
por los cielos el dia en que yo vine al miind* 
era la más mala, la más perra de todas. 

— Eso que dices, ¿tiene algo que ver con m 
casamiento? — preguntóle Andrea con malicia 

— Tiene que ver, sí. Te quise y te quiera.fi 
tú me correspondieras con la fidelidad confi 

tante que yo merezco y que me debes esb 

seria una suerte, una felicidad, y yo no ptiei 
tener suerte alguna, ni felicidad. 

— iQue majadero! — dijo la sobrina de CSflBi 
ron con desden humorístico. 

— Cuando pienso en esto, Andrea,— pro» 
guió el joven enlazando con su brazo el cnerpí 
de ella, — me asombro de que tal absurdo hay* 
durado dos años sin desvanecerse, y i^ 
tiempo estoy pensando que todo vá á condcár 
y que tú, como todo lo que interesa á mico* 
razón, te vas á desvanecer, á alejarte de iní> 
dejándome solo con mi desgracia. 

— ¡Caviloso!.... 

— ¡Veo que no te defiendes con ardor; v» 
que no protestas como yo protestarla qb ti 



EL GRANDE ORIEKTE 161 

! — exclamó Monsalud con la impertinente 
mqnietud de los celosos. — Andrea^ tú meditas 
ligo, tú me ocultas algo. 

^Medito que te quiero más que á mi 
TidA— repuso ella cerrando los ojos y apoyan- 
do la cabeza en el hombro de Salvador, mien- 
insle deshacía el nudo de la corbata. 

—Ya sabes, querida mia, — repuso él mo- 
TOndo la cabeza negativamente, — que tengo 
Botiyos para no creer en palabras de mujeres. 
.B^ame que te diga una cosa. Yo creo que tu 
ib tiene razón al querer casarte; pero el pobre 
ignora que no puedes casarte sino conmi- 

. Eres tal para mí, que sin poseerte no com- 
■'iraido la vida. Si me amas del mismo modo, 
¡Judos fin á estas relaciones peligrosas. Casd- 
aonoB, Cielo. 

—Casémonos, Tierra, — repitió maquinal- 

'^ pHnte Andrea. — Cuando quise no quisiste 

bá bien. Es verdad que así no podemos se- 

'goír Pero si le dices á mi tio que seré tu 

Bojer , te arrojará por el balcón. 

— ^If e arrojará por la puerta. Verdaderamen- 
te no me importa gran cosa, llevándote con- 
migo. 

^¡Huir! — exclamó la joven con terror. 

— ¡Huir! — dijo Monsalud remedándola. — 
Siempre eres tímida para todo lo que me favo- 



152 B. PÉREZ GALBOS 



rece. ¡Huir! No te llevaré á ningún desierto..... 
Nos quedaremos aquí. 

— Tú estás loco — dijo Andrea levantándofla 
pensativa. 

— Pues entonces, hoy mismo le diré al gran : 
Cicerón que te adoro 

— Si haces eso, si haces eso —dijo viva- 
mente Andrea poniéndose pálida. — Pero tá 
estás loco, Salvador. Mi tio te aprecia muchio^ 
te aprecia muchísimo; pero ¡ay! tú no le co^ 
noces. Temo cualquier atrocidad, si le dir 
ees eso. 

— Pues no te comprendo. ¿Creerá tu tlocpi9 
te morirás de hambre en mi 'casa? ¿Creerá qníí' 
no vas á tener una posición decorosa? 

— No —dijo Andrea con los ojos fijos en 

el suelo; — pero mi tio es ambicioso túno 

sabes quién es mi tio tiene ahora la cabesi 

llena de vanidades, y yo no sé Selefigai$ 

que yo valgo mucho, que merezco la mano do 
reyes y emperadores tonterías. 

— Si tú le ayudas, si tú favoreces en él esai 

ideas, entonces todo se acabó Yo me voy — 

dijo el joven con repentina cólera. 

— Te enfadas contigo mismo — dijo Andrea 
mirándole con dulces ojos. — Hazme el favor 
de no ser terrible. Por ahora no le digas nada 
á mi tio. Ya veremos. 



. «lili*'! > li 



EL GRxVlTDE ORIENTE 



153 



\^ — ^Tu tio quiere casarte; tu tio piensa en 
dio, y sin duda ha formado ya su plan. An- 
t drea, tú no quieres decirme la verdad. 
L —La verdad es que te quiero con toda mi 
[, üñst — ^repitió amorosamente la indiana, repi- 
tiendo también el abrazo. — Cállate. Haz lo 
qne te mando, y espera. 

— jCrees tú que se puede vivir mucho tiempo 
de esta manera , á escondidas, ideando menti- 
y con absoluta ignorancia del porvenir? 
—Es verdad, no se puede vivir de esta ma- 
■tta— repuso Andrea con tristeza. 
—No puedes ocultar que te agrada este sis- 
de vida; que no deseas como yo una paz 
f^fidiosa al lado de la persona amada. Andrea, 
tí ocurre algo. Tú no eres la que eras; tú 
[ VlTBriado mucho; en tu cabeza hay una idea 
. Becuerdo que hace tiempo tú deseabas 
I «que yo te propongo ahora. ¿Crees que po- 
.utás engañarme muchos dias? O te sacaré la 
'Wdid, ó te venderás tú misma. 
— jQué sospechas de mí? 
—No lo sé — dijo Monsalud lleno de confu- 
■On. — Los que aman no sospechan poco ni 
Ancho; lo sospechan todo de una vez. Cual- 
qnier indicio es traición. Andrea, tú no eres la 
[. nisma, repito que no eres la misma. 

La estrechó entre sus brazos, apretándola 




154 ^ B. PERSZ GALDÓS 

con una fuerza^ que más que frenesí de ai 
parecía el fatal abrazo de Ótelo. 

— Queme ahogas, tigre, — gritó Andre 
Y entre festivas risas le mordió el ' 
En el mismo instante, de las ropas de la 
cayó una llave, que escurriéndose por la i 
bra brilló, al detenerse, sobre el pétalo < 
flor pintada. 

— ¿Qué llave es esta? — preguntó Mon 
cuya excitación suspicaz le obligaba á 
en el más ligero incidente. 

— Es ia llave de mis secretos. 
Salvador con su perspicacia sutil ere 
en el semblante de Andrea ligerísimo : 
de contrariedad. 

— ¿La llave de tus secretos? 

— Sí; dámela — dijo ella apresurándos 
cogerla. 

— Es la llave de la cajita negra. Se 
antojado abrirla; ¿dónde está? 

Andrea vaciló un instante. Paree 
meditaba, y que con el pensamiento 
raba todo el interior de la cajita neg 
tes de entregarla á las pesquisas del r* 
amante. 

— Ábrela — dijo al fin. — Allí están t 
tas y tu retrato. 

—¿Dónde está? 



U —I 



EL GEAXDE OEIENTE 155 

■-■ 

Andrea vaciló otra vez. Al fin^ sacando de 
k cómoda una caja de ñnísima madera negra, 
k puso en manos de su cortejo. 

—Si encuentras en ella cartas que no sean 
ka tnyas, y un retrato que no sea el tuyo — 
dijo con gravedad, — puedes matarme. ¿Crees 
^e no hay armas aquí? Mira esto. 

Conservando la caja en la mano izquierda, 
metió la derecha en otro cajón de la cómoda y 
luó un puñal. Era una arma preciosa, damas- 
{niñada y nielada, con puño berberisco ador- 
lado de turquesas. 

— ^Este era de mi padre ya lo has visto, 

-^jo la indiana riendo. — Está destinado á mi 
qxMK), para que me mate el día en que le sea 
ÉfieL 

Monsalud, poniendo á su lado el arma, 
imó la caja y la abrió: 
— ^Mi retrato — dijo sacándolo. 
Andrea se apoderó del medallón y lo cubrió 
6 besos. 

— ^Tú si que no me riñes, tú si que no dudas 
e mí — le dijo á la pintura. — Tá si que eres 
ueno, y cariñoso y pacífico. 
— ^Un paquete de cartas — dijo Salvador 
[onsalud. — Son las mias. 
— ^Dámelas. Valen más que tú. 
Andrea desató el paquete, Varias cartas ca- 



15() B. PÉREZ GALDÓS 



yeron al suelo. Al inclinarse para recogerlas se 
sentó en una preciosa piel de tigre que cubría 
en parte la alfombra. Un rayo de sol que por 
la ventana entraba inundó de luz el pellejo 
muerto del animal y el cuerpo extraordinariar 
mente vivo de la hermosa americana. 

— Venid acá , prendas adoradas de mi corazoni 
— exclamó recogiendo los papeles diseminados 
á su lado y poniéndoselos sobre su lindo pe- 
cho. — Vosotras sí que sois amables y cariño- 
sas; vosotras no reñís ni amenazáis^ ni ponéis 
rostro fiero. 

Monsalud^ que en el canapé inmediato re* 
gistraba la cajita^ alargó la mano mostrando i 
Andrea un pequeño estuche abierto. 

— ¿Quién te ha dado esta joya? — ^preguntó 
con calma. 

En el estuche brillaba un diamante de gran 
tamaño. Como al extender la mano entrase en 
la esfera del rayo de sol^ Monsalud parecía eo- 
tar enseñando una estrella. 

— La he comprado yo— repuso Andrea. 

— ¿Tú? — manifestó Salvador en tono da 
amarga duda. — ^Ya sé que tu tio te dá de algún 
tiempo á esta parte bastante dinero para tus 
vanidades; pero esto es joya cara, y no es pro- 
bable que tú la hayas comprado. ¿Cómo es que 
siendo tu costumbre consultarme hasta cuando 




31 



EL GKANDE OEIEXTZ 157 

ásf «mipnua una. vara de cinta, no me has dicho 
nida de este despilfarro? 
—Pensaba decírtelo hoy, — repuso Andrea 
K^ nportuido oon heroismo la mirada penetrante 
dd hombre. 
—Entonces lo has comprado ayer. 
—Ayer; sí. ¿Eso te sorprende? Ya sabes que 

Be gustan las joyas bonitas ¿Pero por qué 

pones esa cara? ¿Qué piensas? 

—Pienso que lo que me dices no será tal vez 
kvodad — afirmó Monsalud severamente. 

—¿De modo que yo no puedo comprar un 
Aunante? 
—Pero este diamante es muy caro. 
— ^No tanto como crees, niñito, — dijo Andrea 
fcmando la sortija y poniéndosela en el dedo. 
-JIo es muy fino. ¡Pero qué bonito es! 

ICovia su mano al sol, y los reflejos que 
partían de ella semejaban hilos de luz, enre- 
dándosele en los dedos. 

— ^¿Y este collar de perlas? — preguntó el 
amante sacando de la caja una magnífica ma- 
dqadediez hilos con perlas pequeñas, pero muy 
igoales. — No dirás que no es fino. Entiendo 
algo de perlas y estas son de las mejores. 

— ^Ya lo creo — dijo Andrea,, sin dejar su có- 
modo asiento sobre la piel de tigre entre cuyos 
pelos habían vuelto á desparramarse aquí y 



158 B. FEBEZ CALDOS 

allí las amorosas cartas. — Buen dinero me 1 
costado. 

Salvador la miró de tal modo^ que la ii 
diana no pudo permanecer en silencio. Neoei 
taba hablar con chachara festiva para bon 
de su rostro todo rasgo que, indicando la pi 
sencia de ciertas ideas en su mente, confirma 
las sospechas del hombre. 

— Veo que estás muy fastidioso — dijo.- 
Dame acá. 

Tomando vivamente el collar, se lo put 

— ¿No es verdad que es precioso? — añadió i 
diñando la cabeza hasta unir la barba con 
garganta y bajando todo lo posible los q; 
para recrearse en la voluptuosa hermosura 
su propio seno. — Sosten que no es bonito. 

— ¿Lo has comprado tú? 

— ^No, que me cayó del cielo. ¿Pues cómo 
tendría si no lo hubiera comprado?.... 

Monsalud movióla cabeza con triste exp 
sion. 

— ^Vamos, que no se puede tener nada sin 

permiso Precisamente hoy pensaba habí 

te de estas magníficas compras. Mi tío me < 
anteayer una gran cantidad; no sé cuanto, n 
cho, muchísimo dinero. Compré estas joya; 

una señora viuda de un intendente \(^ 

ojos pones! parece que eres tonto Sí sen 



.^..- .:..... —i 



EL GRAIÍDE ORIENTE 159 

pré con mi dinerito. Me gustan las co- 
tias. También compré en casa del iran- 
ios portales de Bringas una citoyenne 
úmA, y un chai muy rico. ¿Qué tiene 
cíe decir á eso, Sr. D. Majaderito? 
10 un pájaro que vuela,, corrió á la c<S- 
sacó las dos prendas mencionadas. I^a 
ne, guarnecida de pieles de armiño y 
po de seda azul y recamada con cordo- 
de oro, presentaba el más rico y lujoso 
. El chai era de color de rosa con listas 
que brillaban como la más deslumhra- 
ata. Con esa rapidez de manos que acom- 
smpre al instinto del bien parecer, An- 
puso la citoyenne; después arrojó la 
ne para ponerse el chai. 
3toy bien? 

masiado bien — repuso Salvador contem- 
con arrobamiento la hermosísima figura 
diana, que volvia la cabeza ante el es- 
ra verse la espalda. 

me lo permite el Sr. D. Majaderito — 
igiéndose á él con ademanes ceremonio- 
saré estas prendas que me han costado 
iro. 

\rador no contestó. Hallábase en un es- 
) profundísimo estupor, cercano al em- 
miento. 



/ , 



160 B. PEEEZ GALDÓS 



Andi-ea se quitó el chai y lo envol 
rápidamente en el cuello de su amante, 
ciendo: 

— jTe ahorcaré! 

— Habia puesto la rodilla en el canap'é; i 
cuerpo gravitaba con dulce pesadumbre a 
el pecho y los hombros de Monsalud. 

— ^Andrea, — dijo éste rechazándola sui 
mente. — Si mintieras, si me engañaras, si e 
vieras jugando conmigo, no tendrías perdoi 
Dios. Quiero creer que no es así. Casi pre 
una ceguera estúpida á peirder la idea que 
go de ti. 

— Pues si te enfadas — exclamó ella cor 
hemencia, — no quiero el diamante, no qr 
el collar, no quiero el chai. 

Quitóse rápidamente las tres cosas y lai 
rojo lejos de sí, dando al mismo tiempo c( 
pié á la citoyenne que estaba en el suelo, 
perlas chocaron contra el cristal de una 1 
na, y el diamante cayó detrás de la cortis 
^ uno de los balcones, sin producir ruido alg 
Monsalud fué allá. 

— Ha caído sobre un ramo de flores— 
con asombro. — Andrea, ¿quién te ha dado 
hermoso ramillete? 

Señaló el objeto mencionado que ce 
en el suelo, junto á los cristales del bal 



4 



EL GSA2^£ oszryn 



Lntrode un hermoso búcs^r: i^ 1& lí: =::'.:;&. 
Andrea estnvo breve rai^if =iii p.>irr cjií- 

— iNo te dije que me lo h&cia traiái rii ::o 
ib mañana? 

^Nada me has dicho. iHera-oso r&mo! Vío- 
áu, pensamientos v rosas tempraiias. :Q:;é 
pítate es tu tio! 

—Si creerás que me pretende por esposa. 

— jPor qué no?— dij j Salvador ton^acdo el 
ttoo y aspirando su delicado aroma. — £1 se> 
br Campos está todavia en buena edad. 

—Pero no quiere hacer el papel de D. Bar- 
Uo. Dame el ramo. Quisiera que la belleza de 
bntaa flores estuviera en una sola para dártela, 
Jlue el olor de tolas estuviera también en 
pisóla, para qpe guardándola siempre, te sir- 
viara de memoria mía. 

Dicho esto con voz patética, que sorprendió 
feldio á su interlocutor, sacó del ramo una 
'iMpara ofrecerla á Monsalud. 

— jEs la primera vez que tu tio te regala 
lowi? — dijo éste meditabundo. 

^jNo la quieres? ¿So quieres una flor que 
iodoy? pues toma, toma, toma. 

Andrea se habia sentado otra vez sobre la 
lUí de tigre, y desbaratando el ramo, cada Tez 

lUe decia tovia, arrojaba una flor á su cortejo, 

11 



. < 



162 B. PEBEZ OALDÓS • 

apedreándole de este modo lindamente. £l M 
las devolvía. 

Concluido esto, extendió sus brazos lobrt 
la piel ocultando el rostro contra ellos. Yadi 
dulcemente contorneada en el suelo, y el chil 
se enroscaba en ella como una culebra de rofli 
y plata. £1 desorden de aquella escena era es- 
cantador. Las pieles de armiño de la oitoyem/h 
semejantes á copos de nieve, eran hollados pci 
los pies de la preciosa indiana, y las ricas tehi 
y la cordonadura de oro se revolvían entre loi 
pliegues de su vestido; las flores aparecían di* 
seminadas en distintos puntos; algunas habU 
caído sobre las sillas, otras sobre la misma pé 
de tigre; violetas y jacintos veíanse deshojado) 
y rotos, quier sobre las mismas piernas d 
Monsalud, quier en los propios rizos del negr 
pelo de ella. Las perlas extendían diversos di 
cuítos irregulares sobre la alfombra, y el dil 
mante fulguraba sobre el velador como una mi 
rada satisfecha, recreándose en aquel píntoreí 
co y brillante desconcierto. ^ 

Uno y otra callaban. Únicamente se oía i 
ruido que hacia un jilguero en el balcón, esott 
bando su alpiste y limpiándose después el pie 
contra los alambres déla jaula. Monsalud, oo 
el codo puesto en uno de los cojines de la Cf 
becera del canapé y la barba en la mano, halla 



-«,.:■ -■■-^•■■'•4 



EL GSAICDE OBIEXTE 163 



hm en el estado de atonía y silencio y ^nie- 
tod'^ anuncia miradas interiores, ú obser- 
lidon de fenómenos propios que impresionan 
pvofiuidamenie. Andrea no chistaba. Las ele- 
putes ondulaciones de sa cuerpo yacente al- 
hlflmiise un poco con los movimientos propios 
bk impaciencia contenida 6 con los de lá res- 
fififlíon. De pronto movió la cabeza; Monsalud 
Mextremeció todo al ver aquel movimiento 
ps le mostró la hermosa fisonomía- de la in- 
batí 7 BUS ojos llenos de lágrimas. 
' —|Andrea!— exclamó movido de sorpresa y 

= La indiana saltó como una ondina, y cor- 
rindo á abrazarle, secó aquellas lágrimas jun- 
ki&. 



XIV 



Cuando la criada les avisó que habia peli- 
pO| Monsalud pasó á la sala. No era D.^ Ro- 
■Halda quien venia, sino el mismísimo Cam- 
XM acompañado del marquás de Falfan de los 
3odoB. 
— iIBbs esperado mucho? — ^preguntóle Cice- 



164 B, PEEEZ QALDÓS 

ron. — ¿Y Andreilla, no ha salido á acoi 
ñarte? 

Salvador, contestando lo que le par 
estrechaba fríamente la mano del Sr. Caí 
y la del Marqués. 

— Ya sé á lo que vienes — dijo el sut 
perfecto. — Siempre con el tema de ese bi 

de Gil de la Cuadra Ahora quizás sea 

fácil. Ya sabes que cae el Ministerio. 

— ¿Es positivo? 

— Figúrate que hoy en la apertura d 
Cortes, Su Magestad ha añadido por ci 
propia un parrafillo al discurso de la Co: 
en el cual con buenas palabras pone cual i: 
gan dueñas á sus Ministros. . 

— Y en cuanto ha llegado á Palacio 

faltado tiempo para exonerarles — dijo 

fan. —Yo me rio al ver las singulares prá< 
constitucionales de nuestro Soberano. 

— Mientras no se sepa quién nos gobei 
mañana — añadió Campos, — hay que de 
un lado todos los negocios pendientes. \0 
buen Aristogiton, no pienses que te ol 
Aunque tú pagas con desaires y un hoci 
tres varas los beneficios que se te hacen, 
demonios! me he propuesto complacerte 
conseguiré. Encuentro muy meritorio ese 
res que tomas por un pobre anciano deí 



' ft ■ j .j i , ■ -•*■•■•" 



EL GitAKDE OBIE^TE 



166 



do. Hay que trabajar^ hay que trabajar, gra- 
imjHla, porque satisfagas tus sentimientos ca- 

átativos. Eres todo un hombre de bien 

• ^Oradas — ^repuso Salvador cavilando acer- 
ca de la nueva ingeniosidad de su amigo. 

—Ya hablaremos, ya hablaremos — dijo Cam- 
|0i.— Ahora tenemos el Marqués y yo muchas 
flOMen qué pensar. Y puesto que te hallamos 
i^QÍ tan á punto, querido Monsalud, vamos á 
darte una buena noticia. ¿Se lo digo, señor 
laiqnás? 

— jPor qué no? — indicó Falfan de los Godos 
^ (nliiulgando el gozo de su alma por medio de 
.Mnáillas y gestos. 
■ —El Sr. Marqués se nos casa — dijo Campos 
Ifttíciando la espalda del exento. — Ya supon* 
1^%ÍB con quien. Con mi sobrina. 

Monsalud se quedó blanco y frió. Una puñ- 
ada agudísima hizo extremecer de dolor su 
soncon. Afortunadamente la sala estaba oscu- 
11^ y la emoción del joven que este se esforza* 
tft en disimular, no fué advertida. 

—Es un proyecto improvisado sin duda — 
dijo pasándose la mano por la frente para apar- 
isr una especie de negrura que le caia sobre 
los ojos. 

—Ya venimos pensando en esto hace algún 
ftismpo. Pero el Sr. Marqués no ha necesitado 




166 B. PEBEZ GALDÓS 

hacer grandes esfuerzos para cautivar & li 
mosa amerícanilla. 

— ^Pongamos las cosas en su verdades 
gar — dijo Faifan de los Godos haciendo 
de de buen sentido. — No soy un vej( 
comedia^ bien lo sabe el amigo Monsalu( 
nozco la fecha de mi nacimiento y la d 
porción que existe entre mi edad y la d 
drea. Por eso no he caido en la ridicu 
pretender inspirar á la niña una pasión 

dable Verdad es que no soy un mai 

cho, y mis cincuenta ofrecen un aspecto 1 

ble pero no; nada de pasiones exal 

Yo me contento, amigos mios, con haber 
do, como es evidente, inspirar á Andrei 

amor tranquilo y sesudo pues, sesud 

amor que á las dulzuras propias de est 
timiento reúne las sabrosas insulseces 
amistad. Me satisface además completar 
el saber que las primicias sentimental 
corazón de esa tierna criatura van á se: 
este goloso que indudablemente no las n: 

— Eso sí, amigo Faifan — ^manifestó 
pos: — la prenda que se lleva usted excede 
dos los elogios. No es porque sea hija 
querido hermano , ni me ciega el amor 
que le profeso; pero la verdad por de 
Existen pocas muchachas como Andrea. 



SL OBANDE ORIENTE 167 



vhj. qne decir de su belleza que está á la vista 
[.da todos; {pero y su talento^ y sus virtudes, y 
MI piedad; y su genio manso y apacible, y 
fuella bondad deliciosa que convida á entre. 
guie el corazón? Un defecto tiene, y por lo 
nano que está delante el que vá á ser su ma- 
ndo, lo digo ya hemos hablado de esto el 

IhiqnáB y yo; pero este defecto es de los que 
dyu de serlo, cuando se está en posición hol- 
giria y opulenta como la que tendrá la mar- 

n de Falfan de los Godos la marquesa, 

\át lí; ¿por qué no se ha de decir? He encarga- 
Iioy mismo una magnífica palangana de 
||bU con las armas y el hermoso lema Valli- 
:fittím Oothorum pues volviendo al defec- 



^«cr-No hay que fijarse en una inclinación 

rÍPDpia del bello sexo, y que frecuentemente 

afana á las que han nacido hermosas— dijo el 

MttqaéB. — ¿No es verdad, querido Aristogiton? 

— Seguramente. El Sr. Campos se refiere á 
k pasión del lujo y al delirio de las galas y 
atavíoB para realzar la hermosura. 

—Andrea se ocupa excesivamente de enga- 
lanar BU persona— dijo Cicerón; — pero esto que 
ierÍA imperdonable en la esposa de un menes- 
tal| ¿puede vituperarse en la mujer de un pro- 
millonario? De ninguna manera. 



L: 



168 B. PE&BZ QALDÓB 



— Al contraxio — indicó Monsalud,— la alta 
posición exige un esmero constante en la peno- 
na, cultivar el lujo, favorecer las artes; con lo fli 
cual, una dama elegante dá lastre á su mazido m 
y á la casa cuyo nombre lleva. . ai 

— ¡Oh! Ha hablado usted acertadamentfrr- 
dijo el Marqués echándose hacia atrás y dáih 
dose golpecitos en la boca con él puño de n 
bastón. 

— ¿Pero qué hace esa chiquilla que no vienal 
— exclamó con impaciencia Campos.— ¡Andrea, 
Andrea! 

Monsalud ante la anunciada presenda da 
Andrea, sintió una llama en su pecho. Beadr 
vio esperar. 

— Voy á buscarla — dijo Campos. — ^VajBi 

que nos obliga á hacer unas antesalas 

Cuando el Marque y Salvador se quedaxon 
solos, aquel pegó la hebra, como suele decine^ 
en la política, espetando á nuestro amigo un 
trozo literario que bien podría haber pasado 
por artículo de fondo en las graves columnas 
de El Universal, órgano entonces de la gente 
templada. Foca ó ninguna atención ponía el 
angustiado joven á los atildados párrafos y dis- 
cretas observaciones del Marqués, que supo ha- 
cer un resumen de la famosa coletilla añadida 
por el Bey á su discurso de apertura en la s(H 



EL GRANDE ORIENTE 169 

idad constitucional de aquel día, 1/ de 
so de 1821. Emitió después varios juicios, 
B muy templados y sesudos, acerca del es- 
general de la cosa pública, de la caida del 
sterio, del conflicto parlamentario que de- 
uceder al acto imprudente de la Corona; 
ió una ojeada en redondo al inmenso cír- 
de los sucesos y de las personas, señalan- 
nómenos desconsoladores, previendo desas- 
anunciando terribles hundimientos y nau- 
OB de esa viejísima nave del Estado, en la 
la literatura política de todos los tiempos 
¡ares ha hecho tantas travesías. 
¡orno se atiende á la lluvia, cuando no se 
la salir á la calle, así atendió Monsalud al 
B8C0 verbal del Marqués. Dejábale hablar, 
ilvás de aquel nublado, el desairado amante 
eia más que el cielo que habia perdido. Es- 
anonadado cuando regresó Campos. El sem- 
ie de este revelaba tristeza y contrariedad. 
¿Qué hay? — le preguntó Falfan. 
Nada, que esa mocosilla se nos ha puesto 
I* 

Que vayan á buscar un médico ipron- 

1 médico! — exclamó con agitación el exen- 
ivantándose y dirigiendo brazo y bastón á 
ite y Occidente, como general que dá ór- 
9 en \ma batalla. 



170 



B. PSRSZ GALDÓ8 



— ^No es para tanto. 

— ¿Puedo pasar á verla? 

— Creo que sí — dijo Campos con oAckMi 

complacencia. — Pero no ahora Qaerrá dor« yj 

mir un rato Puede usted pasar si gasta alr 

cuarto de Komualda que acaba de llegar. 
Falfian salió. 

Monsalud al verse solo con Campos, 
que en su pecho nacia uno de esos accesos de o(h 
raje que al varón más prudente le impulsan i 
acciones violentas y brutales. Levantóse ooft . 
los dientes apretados, las manos crispadas....^ 
Campos vio que sobre ól caia una tempfli- 
tad. Cruzando las manos en ademan de s&pli€ft)^ 
detuvo al joven diciéndole: 

— Monsalud, por tu honor, por tu vida, éSíii' 
mate Soy tuyo, soy todo tuyo, te perte- 
nezco. Pídeme lo que quieras. D& poT ooom- i 
guido lo que pretendes. Tu pariente, tu padi9- 

ó lo que sea, saldrá de la cárcel peronohir 

gas escándalos, no me comprometas por 

Dios y la Virgen Santísima, no alces la voi* 

Monsalud vaciló un instante, hizo un 6>- 
fuerzo para domar su cólera y después dijo: 

— ¿Á qué tanta farsa? Hablemos con dfr- 
ridad. 

— Sí, con claridad — repuso Campos mtiy 
agitado. — He descubierto todo. Yo soy aquí ¿ 




EL OBAKDl^^SIENTE 171 

doj yo soy aquí el ofendido, porque has 
io mi casa; pero te perdono, te lo per- 
ido con tal que te vayas y no vuelvas 
on tal que desaparezcas y no existas 

i sobrina Yo tengo derecho á ello; 

, derecho hasta á quitarte la vida; pero 
dOy pasado. Yete. Ya sabes que he que- 
rorecerte; no te quejarás de mí. En cam- 
»ido que huyas, que desaparezcas, que no 
más para mi sobrina. Si quieres, te lo 
de rodillas, y será gracioso ver á un To- 
Príncipe del Real Secreto de hinojos 
i triste Caballero Kadosach. Vete y bús- 
go8 de aquí para ponerme á tus órdenes. 
» que se suelte á todos los reos que hay 
indi Se soltarán, se soltarán con tal que 
itas más para Andrea. 
jodrea! — exclamó Monsalud procurando 
r en expresiones de desprecio la furia de 
I. — ^Yo la desprecio como te desprecio á 
ttute! 

L oír las palabras que balbució Campos, 
nte engañado salió de la casa. 



172 



B. PÉREZ GAIiDÓS 



xy 



Monsalud se ocupó durante gran parte dá 
dia Qn diversos asuntos que no podía aluffidih,; 
nar, por muy perturbado que su ánimo esto?' 
viese. Cuando fue á su casa, mucho másiott;^ 
prano que de costumbre, Sólita con toda h^ 
inocencia de su alma le dijo estas palabras: 

— Hermano, hoy si que te ha soltado pran? 
to tu novia. 

La muchacha se quedó muda de asombro} 
terror al ver que su broma no era redbiAlu 
como de costumbre, con simpatía y buen In*i| 
mor. El semblante de su hermano indicaba UBI 
agitación extrema, y sus labios descoloridos tfr 
ticulaban sílabas silenciosas. 

— Déjame en paz — le dijo con bruscos 
dos. — ^No seas impertinente. 

Sólita temblaba como un criminal arrepeor 
tido. Su impertinencia se le representaba eak 
imaginación cual horrendo delito. Después de 
meditar breve rato, creyó que el mejor medio 
para lavar su falta, era pronunciar algunas pa- 
labras que destruyeran el deplorable efecto da 
las anteriores. 



EL GEANDE ORIENTE 173 

— ¿Te pasa algo? — preguntó con mucho in- 
maces. — ¿Estás enfermo? 

Monaalud alzó la cabeza, mostrando á los 
Kfcdnitos ojos de Sólita los suyos llenos de ex- 
bnfio fuego. « 

' —No me pasa nada. Ya hace media hora 
|to estás plantada en la puerta — dijo el her- 
tattno en tono durísimo. — ¿Me dejaras al fin 
lá paB? Sola, Sola, ¿por quó eres tan pesada? 
^ Esta reprensión era demasiado fuerte para 
ll alma asustadiza de la hija del realista. Sin- 
|É( una congoja que le desganaba el corazón, 
¿ casi estuvo dispuesta á arrojarse de ro- 
delante de su hermano, pidiéndole que la 
Pero el temor de enojarle más la 
lYO. Estaba tan asustada, que hasta temia 
:le con el ruido de sus pasos al retirarse, 
deseado poder huir sin moverse, sin 
itoner, sin andar, desapareciendo como una 
■ Mibra 6 apagándose como una luz. 
' —Te he dicho que no necesito nada— repitió 
Bllvador deteniéndose ante ella, después de 
Atf varios pasos por la habitación. 

Un instante después Monsalud estaba solo 
Muñgo mismo. Midió la pieza de largo á largo 
Ylrias veces con agitado paseo; sentóse luego, 
J apoyando los codos en la mesa, puso la ca- 
bua entre las manos, como si necesitara aque- 




174 B. PEBEZ QALDÓfi 

lia de estos dos puntales para no caeorae • 
basto. Al cabo de un rato de dolorosa med! 
cion sobre su desaire^ la voluntad, 6 mq(Hr 
cho la misteriosa fuerza reparadora que a 
orden moral como en el orden* fieáco poseoí] 
empezó á trabajar dentro de &l: Trataba 
consolarse, imaginando razones posUávü 
que atenuaran el desconsuelo total de su ab 
curando además la profunda herida abierta 
el amor propio. Pero en estos casos de seof 
lidad hondamente excitada, las razones poÉ 
vistas por ingeniosas que sean y aunque a 
nen de la dialéctica más segura, son como 
medicamentos que el criterio vulgar llama 
ños calientes y que 6 no hacen nada 6 ex» 
ban el mal. 

£1 dolorido razonaba admirablemente, 
mientras mejor razonaba, argumentando e 
tra su propio dolor, más crecia ^e, ooni 
fuerza hincaba su agudo diente, más avit 
sus inextinguibles ascuas. Una lógica infi 
troverfcible demostraba que habria sido g 
error contraer matrimonio con Andrea; den 
traba que en el carácter de la americana hi 
un germen maléfico cuyas consecuencias é 
£&cil prever á la razón fria. 

Pero armas tan sutiles no eran poder< 
contra la sensibilidad inflamada. Calmada e 



BL GBAKDE OKOQRS 175 

ieraba con elevación el mal que padecia, 
do sus desgracias y sometiendo to- 
ocurrencias desdichadas de su vida á 
^fatal^ que presidia sus tristes destinos, 
las estrellas de la antigua nigromancia. 
Otra equivocación — decia, — otra caida, 
desengaño. Todo aquello en que pongo los 
le vxielve negro. Si mi corazón se apasio- 
ir algo, persona 6 idea, la persona se cor- 
e y la idea se envilece. Conspiro y todo 
oal. Deseo la guerra y hay paz. Deseo la 
' hay guerra. Trabajo por la libertad y 
unos contribuyen á modelar este horri- 
uÓBBfcruo. Quiero ser como los demás y no 
>• En todas partes soy una excepción. 
i viven y son amados; yo no vivo ni soy 
o, ni hallo fuente alguna donde saciar 
1 que me devora. ¿Amigos? ninguno me 
aoe. ¿Arbes? las siento en mi; pero no ten- 
acacion para practicarlas. ¿Amor? siem- 
[ue me acerco á él y lo toco me quemo. 
¡ion? los volterianos me la han quitado 
onerme en su lugar mas que ideas va- 
.. Dios mió, ¿por qué estoy yo tan lleno 
o tan vacío en derredor de mí? ¿En dónde 
vré este gran peso que llevo encima y 
o de mi alma? Voy tocando á todas las 
, y en todas me dicen: nAquí no es, 



176 B. PEBEZ GALDÓS 

hermano, siga usted adelante, fi Yoyáéi 
adelante. Algún ser existe sin duda que 
sentado junto á su casa, esperándome 
ansiedad; pero yo pasó y vuelvo á pasar, 
y bajo, entro y salgo con mi carga á cues! 
no doy jamás con la puerta de mi semej 
Yoy aburrido y desesperado, ando sin < 
i'¿Será aquel? II me pregunto. Creo haber 
tado, y una brutal mano me lanza al cami] 
ciendo: h Sigue adelante que aquí no ei 
li Aquí no es, aquí no es, aquí no es.n En 
mi vida no oiré sino estas desesperantes 
bras. II Aquí no es,ii me dijo Genara. iiAc| 
es, II me dijo el partido jurado. »iAquín< 
me dijo la emigración. nAquí no es,if m( 
la patria. nAquí no es,ii me dijeron las '. 
del año 19. nAquí no es,ii me han dicho* 
berales de ahora. nAquí no es,ii me acá 
decir Andrea. No es en ninguna parte, 
moriré de cansancio y fastidio en med 
camino. ¡Maldita sea la hora en que nací 
soy del crimen, y la expiación de él tom 
ne y vida en mi persona miserable...., 
qué soy tan distinto de los demás que ei 
guna parte encajo? ¿Por qué ningún hueco 
cuadra á mi forma? Mejor es desbaratarse 
rir ¡Dios mió! que estar siempre de más.. 
Al concluir esta serie de razonamiento 



EL GRANDE ORIENTE 177 



au en su cerebro como chispas de un 
oandente herido en la fragua por el mar- 
lid repetidos golpes con la frente en la 
ibla de la mesa. 

^bre^hombre! La verdad es que teniendo 
dios vulgares para ser feliz, no podia 
sin dada por repugnar á su naturale- 
vulgares medios. Pero se equivocaba al 
a culpa de sus contrariedades al destino, 
iferellas, á una cmeldad sistemática de la 
.finda, como es frecuente en los que ra-r 
poco: las causas de su constante des* 
I y de sus caldas teníalas dentro de sí 
f y se estaba atormentando constante- 
en virtud de una poderosa fuerza crítica 
ompañaba todos sus actos. Sin quererlo, 
te le presentaba con claridad suma todas 
iminaciones y fealdades de los hombres 
a vida, exajerándolas quizás, pero sin 
lar ninguna. Por eso, cuando el natural 
de compensaciones que preside á la exis- 
le conduela á una situación lisongera y 
sta, al amor, por ejemplo, se abrazaba 
con la desesperación del náufi*ago; y des- 
do todas las fuerzas de su ser, las dirigía 
I objeto; se apasionaba y exaltaba tanto, 
bí toda la vida debiera condensarse en 
mana v el universo entero en las sensa- 

^ 12 



178 B. PEBEZ GALDÓS 

clones y los espectáculos de un día. Cuando d 
desengaño llegaba, natural invierno que con^ 
den incontrovertible sigue al verano delapir 
sion y del entusiasmo, le sorprendía i tante 
altura que sus caldas eran desastroaas. Ofani 
caen de una silla y apenas se hacen daño. £l» 
que siempre se encaramaba á las m&g altas 1iO^ 
res, quedaba como muerto. 

Otra causa le hacia infeliz; la desprop(»- 
cion inmensa entre sus condiciones Bocialeaó 
de nacimiento y la superioridad ingánita den 1 
inteligencia y de su fantasía. La fantasía lo i 
estaba incitando á todas horas con vivaces esr 
tímulos: era como un aguijón constante qtt 
intentara hacer correr á quien carece de piéfc..; 
Considerad una inspiración ardiente sin medkl - 
de manifestarse, semejante á la curiosidad óptt ' 1 
ca del ciego; una inspiración que daba el fitego ^ 
sin combustible, el agua sin vaso, la idea sin 
la palabra, ni la linea, ni la nota; consideirad 
un alto ingenio que no sabe más que leer y ea- 
cribir en una época en que el arte tiene que ser 
letrado porque han desaparecido los bardos y 
los trovadores de camino, y comprendereifl 
cómo pesa sobre un alma la fantasía cuando la 
falta de educación la ha privado de sus sen- 
tidos propios. Es verbo inencarnado que lucha 
en las tinieblas con horrendo torbellino, que- 



EL GRANDE ORIENTE 179 

lo ser forma y sin satisfacer jamás su anhe* 
loroso. 

aivador tenia pasión por la música. Aj 
laoerse en Madrid el año 18 creia en su 
)r (pues su alma era en el fondo excesiva- 
e candorosa) que aquel arte estaba al al- 
i de todo el mundo. Ignoraba las inmen* 
ificultades técnicas, jamás vencidas des- 
de la infancia, que caracterizan al arte 
unable y más profundamente patético en 
goedad soñadora de su expresión. Con 
ideas^ Monsalud compró un piano. Creia^ 
vulgarmente se dice, que en el clave 
68 coser y cantar. El desengaño vino 
ttante, y el pobre joven se encorvaba 
ieseaperacion sobre el ingrato instrumen- 
BUS dedos de hierro herian las teclas sin 
hacerles hablar más que un lenguaje 
de y estrepitoso. Al mismo tiempo tra- 
te explorar el mundo de aritmética y de 
lia comprendido en las cinco rayas de la 
i musical, y su mente caia rendida ante 
ibajo que exige paciencia sin fin y árida 
ca. Un dia le sobrevino un arranque de 
orante los estudios musicales, que ase- 
an su casa á un conservatorio de locos^ y 
ido un martillo, dijo á las teclas: 
No queréis responderme? pues tocad ahora. 



180 B. PÉREZ OALDÓS 

Y las despedazó. La caja no tuvo mejor 
Buerie^ y una vez vacia, la llenó de l^jos. 
Aquel clave sufrió la suerte de los hombres qns 
á cierta edad se vacían de ilusiones y se Íleon 
de positivismo. 

La poesía escrita le cautivaba aobremaiie- 
ra. También se le antojó ser poeta esorito, lo 
cual es muy distinto de poeta sentido; peio 
tropezó con el inconveniente de no saber nadi 
de nada, grave contrariedad que estorba snh 
cho, aunque no tanto como al músico la igno- 
rancia técnica de su arte. El poeta puede salir 
de su atolladero con libros, y en aquel tiempo, « 
aunque pocos, había libros. Lo que principal- 
mente faltaba era espíritu literario, que es la 
atmósfera del artista; faltaban público y amí- ^ 
gos tocados de la misma debilidad versificania, 
porque cuanto respiraba, respiraba entonoea 
con los pulmones de la política. Salvador cre- 
yó sin embargo que en sí mismo eneontrarift 
todo lo necesario, es decir, poeta, espirita 
poético, público, y hasta el aplauso, que tam^ 
bien es musa. Compró libros, empezó á desflo- 
rar aquí y allí; pero ¡ay! que á las primeras 
tentativas vio que le faltaba una musa impres- 
cindible, una musa sin cuya condescendencia 
no es posible hacer absolutamente nada; le fiJ* 
taba tiempo. No sabemos lo que habrían hecho 



EL GRANDE ORIENTE 181 

ero y el Dante con su inmensa inspira- 
■i no hubieran podido consagrar á los 
m ni aun medio minuto, si hubieran teni- 
16 ganarse la vida trabajando diez y seis 
i en áridas cuentas y fatigosos meneste- 
á la obligación sagrada de mantener á su 
« les hubiera quitado toda ocasión de re- 
iar al trabajo lucrativo para emprender 
3iiofla, agitada y vagabunda vida de la 
inacion. 

Fn dia Salvador se sintió muy mal humo- 
. Cogió los poetas, y acordándose de Feli- 
I les trató como á herejes. 
LÚn le quedaba un respiradero, un escape, 
▼ía libre, aunque muy estrecha para sa- 
de sí mismo y quebrantar la ley de con- 
adon y encierro [que le estaba emparedan- 
alma, digámoslo así; le quedaba el perio- 
[>, y entonces habia una prensa no despre- 
Bf donde la juventud podía hacer sus 
«• El Espectador y El Universal^ que hoy 
ilMsen reir, eran órganos hasta cierto pun- 
nados y sonoros. Salvador no dejó de ha- 
t prueba; pero bien pronto aquel enérgico 
ita crítico de que antes hablamos le hizo 
"eeibles las redacciones, como le hizo abor- 
le« más tarde las logia»; los clubs y la po- 



182 B. PSBEZ 6ALDÓS 



Mas de repeniye descendió para éL de igno- '■ 
rado cielo la hermosa figura de Andrea. En- 
tonces^ las artes todas que antes no habían te- 
nido nota ni palabra, se realizaron. Andrea nfc 
la música, la poesía, la pintura , la estataarifti 
hasta la arquitectura y la dan^a; era tamr 
bien, si se quiere, el periodismo, la gran po- 
lítica, la vida toda en fin. El arte tiene dis- 
tintos caminos para satisfacer el alma: natf 
veces vá por el camino de los lienzos y de Itf 
notas, otras por los derrumbaderos de la pi^ 
sion entre tormentos y goces infinitos. Gomo 
quien lo tiene todo, como quien recoge & mir 
nos llenas abundantes frutos y flores en todtf 
las ramas del gran árbol del espíritu, Salvadac ' 
estaba satisfecho; todas las teclas l^abian 10^ 
pondido, y sin notas ni versos, poesía y m&*< 
sica hablan saciado su sediento afán. 

Corrieron dias felices. Él, sin embargOi Éb 
proporcionaba el placer de atormentarse pensaor 
do en la probabilidad de perder á su amada; y 
su cavilación, despertando otros recuerdos y 
estableciendo los términos sistemáticos de sa 
desgracia, llegó á darle la seguridad completa 
de un conflicto. El alma se defendía rabiosa- 
mente contra aquella alevosa guerra de distin- 
gos y sutilezas. Por adorar hasta adoraba loa 
defectos de Andrea, mejor dichO; veía en ellos 



KL GRANDE ORIENTE 183 

k8 nuevas y donaires desconocidos, por 
motivo, en el momento de la caida, la 
I visto rechazando las razones positivis- 
hl qne el pérfido intellectus trataba de 
oarle su hermoso sueño. Andrea era para 
otalidad de las satisfacciones humanas y 
al de la vida. La amaba en globo, con sus 
iO»y conociéndolos y aceptándolos como se 
m sin la más leve protesta de los ojos las 
bas del sol. Ni por un momento pensó en 
Búrse de ella por causa de tales lunares, 
mtes encantadores que se confundían con 
afecciones, sin que el ciego amor pudiera 
dónde acababa Dios y empezaba Satán. 
;oÍ8mo estupendo del amor ahogaba en- 
B en Monsalud la potencia crítica que 
hemos reconocido. Para que uno y otro 
pararan era preciso, pues, que mediase 
ran violencia ó una traición de ella. Esta 
como hemos visto, y el pobre hombre do- 
> y desesperado por la conmoción de la 
f meditaba en la noche que siguió al dia 
esengaño, verificando una especio de re> 
en su propia pena, y golpeaba en la 
del bufete con su cabeza, cual si esta 
un caldero lleno de absurdos, que mereda 
iix> y desocupado . 



/ 



184 B. FEBEZ GALDÓS 



Entretanto, Sólita, llena de oons^rnMioii 
por lo que habla visto y oido, se retiró. No m 
apartaba de su mente la idea de que Salvador 
sufría algún mal muy grande. ¿Cómo ooaaolar? 
le, cómo aliviarle al ménost Por último, <xm- 
lando durante largo rato, sus ideas vaEiarom. 
— Ya adivino lo que es — dijo. — Salvador 
está triste y enojado porque tiene malas noür 
cias de la causa de mi padre, y se deaesperapor 
no poderle sacar de la prisión. 

Al instante corrió en busca^ de D.* Fetnir 
na. Manifi^tóle lo que había p&ado, y kidoB 
deliberaron si debian esperar á que A reveliM 
la causa de su malestar ó interpelarle desde 
luego sin miedo. 

— Esperemos — dijo la madre.-— Si dá en car 'J 
llar no le sacaremos una palabra. 

No habia concluido de decirlo, cuando mn- 
tieron la voz de Monsalud que gritaba: 
— ¡Madre, madre Soledad! 

Corrieron allá. 

— ^Madre Soledad — repitió Salvador 

viéndolas entrar. — Aquí no tiene uno quien le 

acompañe le dejan á uno morirse de trigta- 

za. Ni siquiera vienen á preguntar si sa me 
ofrece algo. 

El semblante del joven expresaba lua 
reacciou viva en sentido consolador. Ei^ lo mib 



£L OBANDE ORIENTE 185 

ezfcremado de su pena^ BÍntióque ésta se agran- 
daba con el aislamiento^ y un poderoso instin- 
"t tede restauración le impulsaba á rodearse de 
jinonas queridas. 

—Hijo, si estamos aquí Sola me ha dicho 

^116 la has despedido con dos piedras en la 
^ aumo-^dijo D/ Fermina. 
* -r^Ha sido una broma — sindicó Monsalud, 
■bluiiiilo remordimiento por haber tratado mal 
y i la protegida. — Solilla, siéntate aquí y traba- 
ja ea mi cuart^ Necesito que me acompañes. 
^riwi(Tienes quedecirnos algo desfavorable ¿iel 
pebre D. Urbano? 

•¿«-Naday nada; todo lo contrario. Espero sa- 
flHÍW pronto de la cárcel. Hoy precisamente 
«lia variado las cosas. 

•m- Sólita miró con expresión de incredulidad 
"trnt hermano. 
— jNo lo crees?.... Pronto verás que no te 

I «^R&o Una circunstancia imprevista lo ar- 

i^^ará todo. ¿Estás enfadada conmigo porque 
te dije impertinente? 

í.-^lQuó tonto eres! — respondió la de Gil de 

la Onadnii toda ruborosa y turbada. — Nada 

da lo. que tú hagas ó digas me puede enfadar. 

iQaé importa nna palabra de más ó de máaos? 

sé que eres muy bueno para mí. 

p-^Gracias, bijita. Haces bie» en traer esa 



186 B. PÉREZ OALDOS 



confianza en el hombre que vá á ser 

—¿Qué? 

— Padrino de tus muñecos. Tengo ganas, d» 

ser padrino de algo. Sin embargo, más vilfr 

que no sea yo padrino de ellos. 

— ¿Por qué? 

— Porque se morirían. 

— ¿Pero es verdad que no nos engañas? {Hay 
esperanzas de que- el Sr. D. Urbano?.... — tiá-' 
vio & preguntar D.* Fermina. 

— Sí, tengo mucha esperaxua de lograr ni 
objeto. ¡De qué caminos tan e:^raños se valéis 
Providencia! 

— ¿Pero es cierto, es verdad lo que dioert— 
exclamó Sola derramando lágrimas de temim^ 
— jMi padre libre! •' 

— ^El corazón — dijo D.' Fermina, — -me hii 
estado diciendo todo el dia que se nos preparir 
ba un acontecimiento feliz. 

— ^Y yo — añadió Sólita con emoción profon* 
da, — también he tenido hoy unas oorasonsr 
das Anoche soñé que me asomaba al bal- 
cón y que veia á mi padre entrando en la calle. 
El pobrecito me saludaba con la mano, dándo- 
se tanta prísa á entrar y subir la escalera, que 
tropezaba á cada momento . 

— Es particular— dijo la madre,— Yo tam- 
bién soñé anoche una cosa parecida, 






EL GBANDE OBIENTE 187 



—Es particular— dijo Monsalud. — Sin duda 
esta la casa del sueño. Hace poco me quedé 

[tktaigildo y soñé 

•rr-iQae mi padre estaba libre? 
-^; pero mira de qué modo tan particular. 
To me dirigia por la calle de la Cabeza á la car- 
de la Corona. Llegué á la puerta y me sa- 
ál encuentro, ¿quién creerás que me salió al 
f;«Miientro? 
: —jXJn centinela? 
. nrr-i^^ carcelaro? 
^í»— Un perro. ■ 
—Lo mismo dá. 

<*<XTn perro, no de tres, cabezas, como el del 
íf sino de una sola; pero tan horrible, 
'la vista me hacia temblar de sobresalto y 
!. Sus ojos despedían fuego, y su espanto- 
llena de cuajarones de sangre, se abría 
las orejas dejando ver feroces dientes 
^'%ÍdÍBuno8 y una lengua que vibraba como 
loja de metal. Era la bestia más repugnante y 
fti^que imaginarse puede. Pero lo más particu- 
.kr mt que aquel horrendo animal hablaba. 
-«•iHablaba?.... 

*-Yo le dije que iba á buscar á un infeliz en- 
[.'ttmdo en la cárcel. El perro fijó en mi sus 
ajoB de fuego, cuya claridad me llegaba al alma, 
oxtmneciéndome todo. 



188 6. PEHEZ GALDÓa 



Las dos mujeres se extremecian también, y 
los ojos de Sólita no estaban menos espantados 
que si tuvieran enfrente al temible can. 

— ^El perro dio un gruñido — continuó Moa- 
salud, — y con su voz que resonaba comoñnr 
liera de honda caverna, me dijo: ««Está bien, 
amigo mió m 

— Amigo mió....! pues no dejaba de ser 
cortas. 

— 11 Está bien, amigo mió, me dijo; puedes \ 
llevarte al preso con una condición. Y% eabel , 
que yo me alimento de corazones. Dame el 
^^yo, y hemos concluido.it 

-— jY se lo diste?.... pero hombre pera 

hijo — gritó D.* Fermina con impaeienaii> 

— ^Me clavó las uñas en el pecho, apretó fiíeír^ '■ 
te, metí la mano 

— ¡Jesús! — exclamó Sólita, apartando A 
rostro. 

— ^Metí la mano, me saquó el corazón y se lo- 
arrojó á la bestia, que con su feroz boca lo oik 
gió en el aire. Entró, y cuando salia, sacando al 
señor Gil, vi que el perro mascullaba el pedaio 
de carne, saciándose en ól. ¡Ay! cuánto me dolia! 






1 ': 



EL OKAin>B ORIENTE 189 



ivador se preocupaba bien poco de un 
Kiimiento que por aquellos días, los pri- 
. de Manso^ agitaba hondamente el mar de 
[tica I produciendo borrascas , isozobras y 
igios. ¿Necesitaremos recordarlo^ á pesar 
b$r hablado de él, por cierto con mucha 
don, el marqués de Falfau de los Godos? 
ij, olvidando las prácticas constitucional 

haciéndose el tonto, que es la opinión 
atoriaada, añadió al discurso de la Coro- 

pafrañllo de su invención, en el cual se 
9a-de los insultos que diariamente reci- 
cueando con este motivo á los Ministros 
as autoridades de Madrid. Alborotóse el 
?eBO, alborotáronse más los clubs, los Mi- 
« estaban con medio palmo de boca abier- 
a saber lo que les pasaba, y mientras el 
66 destituía arrebatadamente, dábales el 
reio un voto de confianza y una pensión- 
je sesenta mil reales; admirable almohada 
cedinar la gloriosa cabeza después de una 



190 B. FEREZ OALDÓS 

Su Magostad, firme en el propósito < 
cerse el tonto (y quien crea otra cosa nc 
hasta dónde llegaba la malicia del astut 
Tietó), pidió consejo á las Cortes para la í 
cion del nuevo Ministerio; inaudita aben 
constitucional, pues el Gabinete caidp 
mayoría. Los diputados contestaron al n 
je del Bey con un refunfuño de desoonf 
achacaron á la mano oculta los insultos < 
bidos, y negáronse á proponer loa nueve 
nistros, dando á entender al Soberano < 
Ministerio Arguelles era el mejor de los 1 
terioB posibles. Fernando consultó entona 
Consejo de Estado, y de esta consulta si 
Ministerio del 4 de Marzo. 

Era natural que el nuevo Gabinete n< 
tase á nadie. Los tibios le tenian por exal 
y los exaltados por tibio. Procedente coi 
anterior de la mayoría, el Gabinete Valdei 
Feliú, representaba las mismas ideas, la 
pia indecisión , idéntica dependencia de i 
jos secretos; representaba también la deb: 
frente á los alborotadores, las pedradas al 
del Bey, la tolerancia de las grandes conspi 
nes y la persecución sañuda de las peqv 
De entonces data, si no estamos equivoc 
la célebre frase de los mismoa perros coTí 
tintos collares. Más adelante, cuando 



EL GBAin>E ORIENTE 191 

de Ultramar á Gobernación, el Gabinete 
lerezó como una planta cuya savia se re- 
%, j supo desplegar contra los alborota- 
y los clubs una energía que hasta enton- 
> se Labia visto en el Gobierno después de 
rolndon. 

ál era la situación política á principios 
[tazo. En el Gobierno debilidad; en. el 
reso confusión; en Palacio, solapados 
joi de conspiración, cuyas resultas* se 
L más adelante. El pueblo desbordado y 
doonocer ley ni £reno alguno, expresaba 
Lnntod del modo más ruidoso y grosero 
I dubs. A fuerza de oir hablar de su sobe- 
, empezaba á creer que esta consistía en 
• constante de la iniciativa revolucionaria 
él ejercicio atropellado de la revocación 
ancion populares en asonadas, violencias 
iddades sin cuento. Romero Alpuente, un 
í furibundo á quien después conoceremos, 
dicho que la guerra civil era un don del 
Istúriz, joven y exaltado, habla dicho 
a palabra Rey era anii-constitucional. 
no Guerra, había dicho que el pueblo 
derecho á liacerse justicia y venga/rae 
vrcpio. Golfín, habia dicho que la anar- 
pu/rgoíba la iiet^iu de tiranos. Otro Ua- 
al Trono cadalso de la libei'tad. 



192 B. PÉREZ OALDÓ8 



Entretanto lajs sociedades secretas estaban 
desconcertadas, porque si bien el nuevo Minis- 
terio saliera de ellas como el anterior, no húik 
gran seguridad de que se dejase gobernar poE 
los Valerosos Príncipes, 

— Estamos — decia Campos,— en la situflcion 
más oscura que puede imaginarse. Yo no b 
tenido nunca á Feliú por muy afecto á nueetio 
Orden, y temo mucho que se nos vuelva 6& 
contra. Sin embargo, anoche nos ha ediido 
un discursejo con muchos ofrecimientos y pa^ 
labrotas; pero no me fio, no me fio. 

Esto lo decia el gran Cicerón sentado junte- 
á una mesa del café de La Fontana, teniendo 
enfrente á Salvador Monsalud, que enti'e fOt^ 
bo y sorbo de café leia El Espectador. Cómo tt 
hablan juntado después de su violenta septf»: 
cion, cómo habian ido allí , apareciendo amift- 
tosamente reconciliados merced á un par de 
tazas y otras tantas copas, es cosa que se ex- 
plica fácilmente. Campos fué á casa de MoDfla' 
lud una mañana, anuncióle que tenia que^ha* 
blar de asuntos igualmente graves para los 
dos, y aunque el joven le recibió con los peorei 
y más ásperos modos, como Cicerón no ee 
daba por ofendido y era hombre que respon- 
día con risas á las palabras duras, bien pronto 
uno y otro á pesar de su desacuerdo hallaron 



EL ORANDE ORIENTK 103 



jÁi término común de reconciliación pasajera. 
Ompos convidó á Aiístogiton á pasar un par 
Ib horas en La Fontana, y una vez allí, sen- 
Ipbcouie en el más apartado y oscuro rincón del 
kcal, tras la tribuna, y no lejos del mostrador. 
pBMá estaban solos, porque en tal hora, el céie- 
■e dnb de los amigos del orden descansaba 
Hb ms fettigas. 
! -i-Pero á pesar de todo, nosotros no hemos 
lo nada todavía — añadió Campos, — ^y yo 
ver quién es el guapo que se atreve á 
un golpe á las sociedades secretas, autoras 
lo de la revolución de España, sino de las 
^rtugal y Ñapóles. Este poder inmenso no 

le por una veleidad ministerial Con- 

amado Aristogiton, yo planteo nuestra 
m en los mismos términos en que la 
en mi casa hace ocho dias, cuando te 
como un basilisco y aun creo que in- 
pegar á tu maestro pero hombre 

Diim, ¿no me haces caso de lo que te digo? 

itras hablo, tú lees. 
—Oigo perfectamente — dijo Monsalud de- 
el periódico y tomando la taza. — La 
ion planteada en los mismos términos 

aquel dia 

T'' —Cuando me quisiste pegar — repitió Cam- 
'POB con burla. — Después me estuve riendo de tí 

13 



\*3L' 



194 n. PÉREZ GALDOd 



dos horas. Si yo luera un hombre terrible, te 
habria echado por el balcón; estaba en mide^ 
recho. 

— No lo niego. Si yo hubiera sido nn imprfr 
dente le hubiera roto á usted la cabeza; tambiet" 
estaba en mi derecho por haber sido engafiadoí 
Usted intentó comprarme con viles ofertas dft 
destinos y menudencias. 

— ^Y ahora te compro por el precio que tú teh» 
puesto; te compro por la concesión de una gnoft 
á que das suma importancia. La cosa en sí es li* 
misma: no varía más que el precio y la dase di 
moneda. Tá me dejas en paz á mi sobrina ' 

— Y usted me pone en la calle á un pobí 
preso que será ahorcado si las cosas siguen 
el camino que llevan. 

— Perfectamente. Trato clarísimo y que ■*? 
da lugar á engaños ni malas interpretacicHMk: 
Dout dea. 

Campos f como hombre que ve adelante ! 
satisfactoriamente una negociación de imptf" 
tancia, respiró con fuerza, embaulando desp^tf^ 
media taza. Bobespierre (1) subió á sus rodi- 
llas. Uno y otro se acariciaron. j 

— ^No debes extrañar — añadió, — queyoqtd* 
siera favorecerte con un buen destino y ^ j 

(1) Un gato* Véase La Fontana de Oro^ 



•-' ■ -" ^ .' 



EL GItAKDE ORIENTE 195 

e. A mi me gusta hacer las cosas con de- 
sa* De este modo se llega al objeto sin 
r á nadie, sin ruido y sin dimes ni dire- 
reí que tú, como hombre listo^ me en- 
ias después del primer avance, y toman- 
|ue te daba, te dispondrías á callar y á 
íer, dejándome el campo libre. Pero no 
liste. Tienes un candor honradillo que 
se te digan las cosas claras, y en ver- 
> mi i^e repugnaba hablarte con claridad 
into tan peligroso. 

Jgo creí entender, pero como no contaba 
traición de Andrea, no pasé desospechas 

La traición! — dijo Campos con gravedad 

I. — Pero hombre ¡qué palabrotas se 

i ahora! Di más bien que mi sobrina com- 
ió lo que sacaba del noviazgo contigo, 
i parte, de algún tiempo á esta parte me 
o porque tenga una posición tónica y 
corresponde á sus méritos. £s tiempo 
jue tenga un padre vigilante y cariñoso. 
ifiesOy amigo Aristogiton, que cuando 
bé tus niñadas con ella, y más aún, cuan- 

sospechas se trocaron en certidumbre 

tntia impulsos de despedazarte. Pero me- 
.0 bien, resolví tener mucha calma, abor- 
cuestion con astucia, evitar un escanda- 



19S lí. PÉREZ O ALDOS 



lo que pudiera turbar la paz espiritual del bnei 
Falfan de los Godos. De esta manera todo 
quedan contentos. No creaa que me ha costad 
poco cautivar á Andreilla. La picara ae noseí 
capaba como una mariposa, cuando creíamo 
tenerla segura; pero conquistado tú, que éní 
el Montjuich, la rendición de la Ciudadela e 
inevitable ¿Te das por conquistado? 

— Me doy por conquistado. 

— ¿Renuncias por completo y en absoluto i 
ella? ¿huirás de su trato y de su vista, y encía 
de que la casualidad te la ponga delantiB, hact 
con ella como si nunca la hubieras conocido? 

— Lo haré. 

— ¿La despreciarás, la arrojarás de tu ladi 
le harás ver de una manera indudable que ti] 
ella sois como el agua y el fuego que no sepVA 
den juntar? 

— Como el agua y el fuego. 

— Y si la tempestad arrecia, ¿serás ci^« 
hasta de hacerla creer que estás enamorado d 
otra? ^ 

— También. 

— Vamos, eres un hombre. Tus dedaraoio 
nes merecen una mlva. Echemos pólvora f^ 
miTiante en el canon y disparemos. 

Los masones llamaban pólvora fulminante i 
ron. El cañón y la mlva ya sabérnoslo queenn 



EL GllANDE OlUENTE 19^ 



; — ¡Fuego! — dijo Monsalud llevando la copa 
ílBOñ labios. 

"^ ^Fuego! — ^repitió Campos. 
'; LoB del Arte-Real^ en sus tenidas do han- 
ItoteB, pronunciaban esta voz de mando para 
Murnr los brindis. 

^ — jPeoro á qué vienen tantas exigencias, <]U(i 
pnecen pruebas masónicas, — dijo Salvador, - 
áAndrea no necesita de mis desdones para obo 
¡htole á usted? ¿No ha dado su consenti- 
\M 
:-— ¡Ah! ¡ah!.... fíate de consentimientoH. 
que la palabra veleidad es femenina en 
las lenguas. Eso prueba cjue todas las mu- 
son veleidosas. Es verdad que Andrea, 
de ruegos, de razones, de regalos, do 
I, de promesas, me prometió ser marque- 

. ¡marquesa, mira qué pedrada! y la 

Ény tonta..... por algo se ha dicho que entre 
» *í y el TU) de una mujer no se 2>uede poner 
boobesa de un alfiler. 

—Ella apetece más. La ambición, una vez 
ItMiTollada, no se satisface fácilmente. Creerá 
pie Falikn de los Godos no es bastante rico. 
-*Si es millonario. No vá por ahí la corrien- 
•*-dijo Campos con desaliento. — Es que An- 
bviTuelve los ojos á este tunante y se arre- 
ifante, se arrepiente la muy picara de la pro- 



>••■■ 



198 B. PÉREZ GALDÓS 



mesa que me di6. Desde el otro día p^o 

quisiera saber qué tienes tú para trastornar 
este modo un cerebro, que después de todo 
un cerebro de la raza de Campos^ fecunda 
gente sesuda. 

— ^Andrea tiene conciencia: no és una. i 
chacha corrompida — dijo Monsalud^ disimul 
do el interés que aquella parte de la conv^ 
cion le producia. 

—Qué conciencia ni conciencia Besál: 

tontos de su enamoramiento infantil. To 
que eso desaparecerá; pero por de pronto 
tiene inquieto. Desde aquel dia en que tú j 
estuvimos á punto de machacarnos las li 
dres, no sabes cómo se ha puesto esa muc 
cha. Está loca, rematadamente loca, y ano 
tuve que encerrarla, porque quería salir. 

— ¿Salir? 

— A buscarte; y se nos escapará, porquí 
niña es sutil. Por eso quiero estar seguro dé 
Querido Aristogiton, si tú no me ayudas, fe 
se pierde. No puedes tener idea de cómo e 
esa criatura. En mi casa no se oyen más ( 
suspiros, y con las lágrimas que unos ojitos 
gros han derramado estos dias se podia ha 
otro estanque del Retiro. Sorprendila »; 
desenvainando el puñal que conserva como 
cuerdo de su padre. | Ay! qué susto. Te asq 



EL C^RANÜE OKIENTK 19t> 



no qne si no llego á tiempo^ tenemos en casa 
ma degollina, nn suicidio, una de esas gra- 
nas que mi sobrina ha leido en las historias 
le griegos y romanos, y que ahora las nove- 
as sentimentales tratan de poner en moda. 
TÍBM leido el Werther? Es un Dido macho que 
8 mata por amor. 

Salvador estaba pálido y no acertaba á de- 
ár nada. 

— ^Por esta causa he querido prevenirte, ase- 
sorarme de tu formal renuncia, que espero 
lunplirás con honradez. Es probable que reci- 
mB alguna esquelita, aunque la hemos privado 
le tinta y papel; es también muy probable que 
a mariposa tienda sus alas y se eche á volar 
poéticamente por las calles de Madrid, y tebus- 

jne y te encuentre Veo que suspiras 

9 no vengas tú también con suspiros. En 
mujer pase, pero un hombre es un hombre, 
Salvador, y sobre todo un hombre que tiene á 
ni padre en la cárcel á punto de ser ahorcado, 
iebe tener corazón de bronce, portarse caba- 
llerosamente y cumplir su palabra. 

— ^Yo la cumpliré — murmuró Salvador. 

— ^Bueno, señor Caballero Kadosach. ¿Tú re- 
pites las ofertas que hace poco me has hecho? 

^Las repito. 

—¿Acabaste para mi sobrina? — preguntó 



200 lí. rEllKZ GALBOS 



Cicerón en un tono que indicaba la idea de 1m 
resoluciones categóricas. 

— Acabé — respondió Salvador en el propio 
tono del suicida que dice adiós á la vida. 

— iDe modo que no harás caso de esquelitiufy 
ni de recados, ni de visitas? 

—No. 
Se frotó los ojos con la mano derecha, cual 
si quisiera reducírselos á polvo. 

En aquel momento arrojaba su corazón al 
perro. 



■i 

XVII i 



"■■•I 



— Pues lo pasado pasado — dijo Campos¿— 
Amigos otra vez. Olvidemos las ofensas que 
mutuamente nos hayamos hecho. 

— Pasemos la trulla. 
Trulla era la cuchara de albañil, y la id» 
de pasarla indicaba olvidar y perdonar las in- 
jurias, idea que bien podia expresarse hablan- 
do como la gente. 

— Ahora me toca á mi — dijo Salvador. 

— Ahora te to ;a á tí — añadió Campos sacan- 
do dos cigarros habanos y ofreciendo uno á iU 



EL GHAÍÍDE ORIENTE 201 

, — Ahi vá esa pólv(yi*a del Líbano. Fu- 

u 

Jsted me promete que Gil de la Cuadra 

i condenado á muerte? 

80 ño. 

Jsted me promete que se sobreseerá su 

ampoco. 
ntonces 

que prometo es que tu padre, tu tio, 
Lente ó lo que sea, saldrá de la cárcel. 
Tomo? 

scapándose de ella, lo cual no es fácil; 
[ posible, sobre todo si tú y yo nos pro- 
08 hacerlo. No hay que pensar en que el 
no suelte la presa absolutista que tiene 
las garras. Es preciso ofrecer un par de 
.as al pueblo, y como no se le puede dar 
m, se le dá un conejo. Ya sabes que el 
[erino ha aparecido en Castilla; el Áhue- 
evantado también una partida cerca de 
lez, y Aizquibil recorre con su gente el 
le Álava. El Ptcstor enti-a también en 
ña, y á varios de su partida que han sido 
o», se les encontraron muchos ochcnti- 

1 los que acuñó el Gobierno hace poco, 
ochentines se dieron todos á la casa real, 
lo que no hay duda alguna respecto á la 



1»- 



202 V. rKKEZ BALDOS 



mano que está moyiendo esta vil máquina • 
las partidas. 

—El Rey. 

— Sí, y cuando los Ministros le hicieron n 
tar la coincidencia^ respondió tranquilament 
<iEs muy extraño eso, n y no dijo más. La d 
te trabaja con desesperación por encender 
guerra civil, y los curas y los guerrilleroB, u 
parados por ella y por las juntas extruijen 
harán un esfuerzo terrible para restablecer 
absolutismo. Nos aguarda un porvenir de r 
sas. Ya sabes lo que significan en nuestro am 
do país estas dos fuerzas: curas, guerriUeroe. 

— No tengo ilusiones en ese particular. ] 
estupidez délos liberales, su corrupción yfidí 
de sentido, anuncian á voces que volverá di 
solutismo. 

— Pues bien; cuando por todas partes no 
ven más que peligros; cuando el Gobierno 
mira amenazado y provocado por losabsolati 
tas, ¿no es natural que si logra poner la nuu 
encima de alguno, apriete y apriete firme ha 
ta ahogarle? 

— Es natural. Los pobres gazapos que selu 
dejado coger, pagarán las culpas de los lobofl 
de la Corte que los azuza. 

— Evidentísimo. Por consiguiente, amij 
Monsalud, no hay que pensar en que el G 



w z^- "^ 



t EL '.TÜAXilE 'JRIF.VTE ÍO? 

i' — 

llienio perdone á BÍngmio de los que hov están 
pieaos por oonspiracione? realistas. 

— Serán condenados 

— Á mnerte. El juez.. Sr. Arias, confiesa pri- 
'Tadamente que no halla motivo para tanto; 
^pero la presión popular v la necesidad de hacer 
nn eflcarmientO; la necesidad de amedrentar á 
k Corte, levantará el cadalso. Aqni tienes la 
fibertad en tales trances que no puede pasarse 
«nd verdugo. 

—¿De modo que no hay qne soñar con nn 
sobreseimiento ? 
-^Locura. Vinnesa no se escapa de la horca. 

'Los demás serán condenados á presidio 

Puesto que no podemos e\'itar la sentencia, 

' internos ahora de salvar á tn hombre. Yo es- 

Ibj tan comprometido á ello moralmente como 

' 't6. Planteemos la cuestión. Primer punto. 

Todo el personal de la cárcel está en poder de 

gentuza comunera ó milicianos nacionales de 

'los más majaderos. 

— >Lo Bey y he resuelto hacerme comunero. 
— ^Admii*able idea — dijo Campos en tono de 
lisonja. — Y si procuras retener en la memoria 
todos los disparates y gansadas de los hijos de 
Padilla para contármelos^ tu idea será su- 
blime. 

— Yo no iré allá mas que con el fin de contraer 



2<>4 B. PKREZ r.ALlioa 

amistades que me sirvan para nuestro objeto. 

— Excelente plan. En tanto el Grande Olis- 
te se encarga de hacer en el personal de circe- 
Íes alguna variación. 

— Cosa facilísima. 

— No tanto, joven, no tanto. Tú no sabeB 
cuánto se ha alambicado ya en la cuestión de ' 
destinos. No se puede estar trasegando la gsor 
te todos los dias. Lo peor de todo es que hace- 
mos una variación, y al punto nos conqniBian 
los comuneros el nuevo personal. Se varia otra 
vez, y la defección se repite. Hacemos tercera 
hornada; pero llega un momento en que no fle 
puede más, porque se acaban los carniceros, pa- 
naderos y pasteleros que quieren ser funciona- 
rios públicos en las porterías de los ministerios, 

en cárceles, en correos Por este camino vá á 

desaparecer en Madrid toda la clase menestral. 

— Pero los cambios traen numerosas cesan- 
tías. 

— Pero los cesantes, esos insignes patridoe 
desairados, no quieren volverá las panaderías, 
carnicerías y molinos de chocolate de donde 
salieron. Encuentran más fácil encastillarse en 
las fortalezas de Padilla , donde, haciendo co- 
medias, se van adiestrando en la oratoria y en 
el arte de conspirar. 

— ¿Y cómo viven? 



EL GEAKDE 0EIE>T1:: ÍSOD 

use es el misterio. Lo evideute eb cfoe tie- 
inero. ¿Yes esa turbamulta de Tagos qut 
i en los cafi^, que alborotan en la plasa 
lado, que apedrean las caaas de los Mi- 
s, que van á cantar coplas indewojte^ 

á las rejas de la prisión de Vinneía? 

todos ellos viven, y viven bien. 

iOS ochentin^ del Faslor harán eee mi- 

Cbo creo jo. Los oehentines 

'ero contra los oehentines, el Gobicsmo 
los empleos públicos. Póngame ustcMl en 
3el de la Corona un empleado que se preE^ 
ivorecer nuestro plan. 
Precisamente hay una vacante. Me he in- 
do hoy. 

fejor que mejor. 

tuenOy pues elije tú el candidato. 
Ivador meditó breves instantes. 
JÓ mejor será un hombre de bien, pues no 
ba de salvar á ladrones y asesinos; se tra- 
hacer una buena obra, librando á un po- 

iciano inocente, inocente, sí porque 

s la Cuadra, aun conspirando con todas 
erzas, no es capaz de hacer daño á un se- 
.te ni á la sociedad. 

Hies mi opinión es que elijamos un tonto, 
ál de encontrar. 



206 B. PÉREZ GALDÓS 

— Ya tengo mi hombre — dijo vivamente y 
con alegría Monsalud. 

— ¿Has hallado el tonto? 

— ^Un maestro de escuela. 

— Viene á ser lo mismo. Apuesto á que \m 
pensado en Sarmiento. 

— No, lo echaríamos todo á perder — dijoSit - 
vador arrepintiéndose. — Sarmiento es sendUo, 
pero su fanatismo rabioso le transfigura, h^ 
ciéndole cruel. Me parece que debemos elegit '-' 
un discreto. 

— Bien puedes coger la linterna de Didge- I 
nes. Échate á buscar el discreto. 

— Ya lo hallé — exclamó Monsalud, dándoM* 
una palmada en la frente. 

— ¿Quién? 

— Yo mismo. 

— Hombre la idea no es mala — repneo 

Campos sonriendo. — Pero la verdad eee 

destino no es propio para tí. Tú vales mudto 
más. 

— ¿Y qué me importa? 

— El duque del Parque no vá á querer tener 
á su servicio á un sota-alcaide. 

— Dejaré el servicio del duque del Parque. 

— ¿Pero no te ocurre otra persona? 

— No me fio de nadie. Estoy decidido. Seré 
sota-alcaide. 



»-:- 




EL GBANDE ORIENTE 207 

—Vas á bregar con la gente más cruel, más 

ardida y más infame de la sociedad. Elperso- 

d de cárceles allá se vá con el de encarce- 

doB. 

—No me importa. He tenido una idea feliz. 

—Pues adelante, y realicemos la idea feliz. 

ftás Bota-alcaide. En tanto que te nombro 

mno creas que es cosa de un momento: lo 
^boB hay treinta candidatos. Esta misma no- 
ta hablaré á Copons. 
—¿El jefe político? 

— lAh! — exclamó Campos con gozo. — Le 
Dgo cogido, le tengo preso en mis redes. Fre- 
lUnente anda tras de mi para que le favorezca 
t dertas pretensiones que trae en Gracia y 
UÜda. Una bicoca; tres primos que fueron 
neficiados y ahora se les ha antojado ser 
ttes. Son de la pacotilla de los que llaman 

)dfiBtos jpobrecitos! Copons es muy exal- 

lo; el Gobierno que le puso en lugar de Fa- 
^ no está muy contento de él. Necesita 
lo el arrimo del Grande Oriente para no ve- 
• i tierra. Muy bien; esto vá á pedir deboca. 
i padre, tu abuelo ó lo que sea, se ha salvado. 
HaU^on algo más, determinando algunos 
Ules del plan, y se separaron. Campos te- 
t que revisar unas cartas detenidas por orden 
serior. Salvador tenia que consagrarse á sus 



208 i\ 1*VAIKZ GALDÓS 



ocupaciones. Cuando volvió á bu casa, entn 
gáronle un billete que acababa de llegar. Hi 
biendo conocido en el sobre la letra de Andreí 
sintió tanta ansiedad como pavor. La carta ei 
taba trazada á prisa, con indecisos rasgos, ; 
decia: 

11 Arrepentida, arrepentida, arrepentida d 
lo que he hecho. 

iiVen al instante. Estoy esperándote ene 
Retiro, junto al Observatorio. Me he escapada 
de mi casa. Querido mió, mi vida y mi muer 
te: si no me perdonas, si no vienes al instanb 
á mi lado, me moriré de desesperación. 

1 1 Lo que he hecho contigo es una villanfi^ 
una ofuscación. Un poco tarde lo he conoddí; 
pero lo conozco al fin, lo confieso y te pido 
perdón. 

uTe adoro, y ni Dios podrá hacer que yo 
pertenezca á otro. Eres mi dueño y puedes abo- 
fetearme, puedes matarme si me porto nud. 

1 1 Salvador, sácame del infierno enqneei- 
toy. Ven, no tardes ni un segundo. No vuelvo 
más á mi casa. Iré contigo á donde quiezaK 

seré tu esposa, tu criada ó lo que tú quieras 

Sácame los ojos y dentro de ellos veráij^a caza< 

Ya me parece que te siento venir ¿Veft 

drás? En el Retiro junto al Observato 

rio. Voy corriendo no sea que llegues antes qtt 



p. 



-t 

L 

>l 

r. 



EL GR \N DE ORIEXTE 



209 



í 

L,jfO. Adorado mio^ te quiere con toda su alma y 
r te ofrece el corazón y la vida^ 



Andrea. 



M 



Soledad, que entraba cuando Salvador con- 
^duia de leer la carta, notó su palidez y agi- 
^tedon. 

— iQué tienes, hermano? — dijo llena de 

peeadumbre. — ¿Ese papel te dice algo desfa- 

ble & mi pobre padre? 

—No, no — dijo el hermano con desespera- 

in* — Es todo lo contrario. Sola, abrázame, 

á tu hermano. 
La muchacha se arrojó llorando en brazos 
Salvador. 
. — jPero te causan pena las buenas noticias? 

— ¡No, no! la carta no dice nada — ex- 

ó él sofocando la tempestad que bramaba 
tu alma. — Estoy alegre, hermana, hermana 
ida, abi'ázame otra vez. Tu padre se ha 
tdvado. 



U: « 



Pasó Monsalud todo el dia y toda la noche 
^, fin un estado de agitación muy viva. Al dia si- 
¡t.0ttente, cuando entró en casa del duque del 
\ .üuque, un criado le dijo: uHan estado aquí 
LldoB mujeres buscándole á usted. Parecían ama 
u J oriada. >* 

14 



fj ' 



210 B. PERBZ OALDÓS 



— Si vuelven — ^repuso,— dígales usted que 
he salido de Madrid. 

Para evitar un encuentro que temía, salió 
del palacio por una puerta de servido que 
daba á otra calle. Foco más tarde al eatni 
en su casa, D. Patricio Sarmiento repitió Ii 
noticia: 

— ^Aqui han estado dos damiselas á piegonr 
tarme cuándo volvia usted. Parecen ama y 

criada joh edad dichosa esta en que nos 

vienen á buscar dos y tres veces en el breve ei- 

pacio de unas horasí Yo también en mia 

j u veniles años 

Sarmiento exhaló un suspiro. 

— Si vuelven, dígales usted que he salido de i 
Madrid y que no volveré hasta dentro de 
un mes. 

— ¡Cuánta esquivez! Pero en esa edad 

feliz También uno ha tenido sus dulzone 

¿eh? No crea usted: esto arrugado semblante 
y este flaco y débil cuerpo no han sido siem' 
pre así. Aquí, amiguito Salvador, aquí se sabe 
lo que es afán de amores; aquí se compreor 
de bien eso de despreciar á una para apar 
sionarse de otra, volando de flor en flor cual 

inconstante mariposa ¿Pues y estar penan' 

do dias y días por una mirada, solo por una 
mirada?..... ¡ay! ¿y aquello de estar cavilando 



KL GBAK1)£ OKlE.NXi:: ¿11 



lé me miró asi, ó dejó de mirarme? 

hemos tenido nuestro Abril, todos he- 
^voloteado y sacado la miel hiblea del ca- 
las frescas flores, Sr. Monsalud. 
lando éste se dirigió después de medio día 

tienda de la calle Mayor, donde solia 
tertulia, un mancebo le dijo la muletilla: 
[an estado dos hembras á ver si habla us- 

a 

tnido. 

Í8 tarde pasó por la parte baja de la calle 

iocha. Detúvose de repente porque un 

lejano llamó su atención: era el Observa- 

Astronómico. Singular trastorno debió 

3Ír en las ideas del joven la vista del 

so edificio, porque apresuró el paso como 

huye de un fantasma temible. 

3sa extraña! Al anochecer, cuando fué al 

)Cupado por la Masonería en la calle de 

3B Cruces, con objeto de hacer unas pre- 

1 á Sócrates, ó como si dijéramos, á Ca- 

by un portero le cantó el atormentador es- 

D de todo el dia: 

.qui han estado dos damas á preguntar 

dría usted esta noche. 

«pues marchó á La Crttz de Malta, café 

o en la calle del Caballero de Gracia. 

"dábale allí D. José Manuel Regato. 



2.12 B. PÉREZ GALDÓS 



XVIII 



En la calle que hoy se llama de Isabel h 
Católica yantes de la Inquisición, pasando afli ¡ 
bruscamente del nombre más horrible al mái '; 
hermoso, hay una casa que hoy lleva el núme- 
ro 25 y antes tenia el 2, edificio perteneciente 
en su juventud al conde de Bevillagigedo J 
que después fué Conservatorio de Música J 
Declamación. Diversas oficinas se han sucedUdo ^ 
en dicha casa, y hoy sirve de albergue si no eajjj 
tamos equivocados, á una Dirección del rame^^' 
de guerra. Pero lo más interesante de este 
caserón en su variada y larga historia es (pl^ 
dentro de él estuvo la Asamblea de los Comwntr 
roa durante los tres llamados años. Ya se habii 
comprendido quiénes eran estos bravos hijos ¿0 
Padilla. Cualquiera que haya vivido en EspaSi 
y prestado atención á sus cosas políticas, coift* 
prenderá que en aquella época, como en todaSi 
los descontentos y los cesantes y los atrevi- 
dos y los pretendientes y los envidiosos, qQ® 
son siempre el mayor número, no podian tole* 
rar que determinada pandilla gobernase siem- 



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itacion eri 1l ~í: :: !•= 11,? iirtt Totiil*:* 
la meDi^ i. : :■: * i-t". íl i^líl ziÁ,^ z^zirirr-v.-: 
A que se xi_=^rrrL=^ :lUí.7u. t rlz. 'xrr"55> 
i reforma en: lá yi:::-rilt¿:& L*^ r^Z'rfLZA 
áó nn t'er:er tí:-:: i: 1.5ii'_á,i: te ".Ví 2 .> 
que quLso r.:-i:£::ir :í 'S'.z.izívzr.'^z^ *ri. 

lOcion con la Ci:*^ v la Sir-tA A.IjCkLza. 
estas tres v/.iiLtÁieH ^.-ir&ba acjel Vj:t>e- 
qae empezj cjh una sedición mi litar y 
aó con una intervención extranjera. 
» comuneros, ^^ue nacieron del odio á los 
leSy como los liongos nacen del eniércol, 
bdo que lo?» ritos y prácticas de la Maso- 



214 B. PÉREZ OALDÓR 



neria eran nna antigualla desabrida, uiti- 
española, prosaica y árida^ imiíginaron que ki 
con venia establecer un simbolismo cabalierano 
j nacional, propio para exaltar la imágint' 
cion del pueblo y aun de las mujeres, que por 
entonces tenian parte muy principal en eetoi 
líos. Siendo la representación primaria de k» 
masones un templo en fábrica y los hemir 
no&, arquitectos ó albañiles, los comunem 
formaron jsu partido de Cothunidades, divi- 
didas en Merindades y Torres y Casas-FlM^ 
tes, y á sus logias llamaron CastUloa y ámi 
Venerables Castellanos, Alcaides á sus Vigilm- 
tes, y así sucesivamente. En los ritos y oert' 
monias aumentaron todo lo que hay de teatnl 
en la Masonería; pero dándole forma cabaUeftt* 
ca, é ideando ilusorias fortalezas, puentes levir 
dizos, barbacanas, recintos, salas de anatff 
cuerpos de guardias, almacenes de enseres y da- 
más mogigangas, todo creado por sus exaltadtf 
fantasías, de tal modo, que más que militante 
caballeros parecían rematados locos. I 

Su color distintivo era el morado, así oaioo 
los masones estaban por el verde. La Asamblea ' 
general recibía el nombre de A Icázar delaLir 
bertad, y el recinto donde se reunía, llamado 
Plaza de Armas, estaba adornado con emba^ 
dumados lienzos y telones, representando tof" 



líos con bRüicr: j¿ jlzjzlí - ^hs üiÍeí- 

llamaba al:»* ••i»!!:* Lfc :'-.: • ' ;: ■ . > ^ t -.•= 

I con {óimz'.hK : -r Lu-.l:- :^_: t jí n-^sia. 

íoon que s-r ií:r:ei_tL i^'-itír .** i.^-s-.':-*.!" 
nente »:^brr n: . iij :•"..*:* •-■einu »í: :.'r¿riU'-« 
I ^oism:-. •=:'. j.i- ::r : _t íc-j1j¿ í-ít-.- 
los, compitilr: ■- : i iu í^'jliíV, t r>¿ff:'^. 

de las li'C'rr'^ itrt y^'.rjLk 

;ró en el --. :-.*. ' :-: '. -1 ^-•í"' -:^ o^ ¿i •*. ^^ 
InqüUi:::L Zj-l t. .y^, i''-i^Ui ; >.-;*- 

B á las <n&.ct =« ir;v>^:..'. .t :». • ri*:'. .t ' .- 

Regata.; á ■: rv,. -V-. "-^-^-..-r.v. va v. a 
leía sala. — '»";,-.• 4 ..í::¿.' t. >. .-a,'^> 
Dura&te el br^vc .v^v at *sík'/^i\ JiÍv:^!**'^- 



21G B. PKREZ OALDOd 



tuvo que resignarse á oir las felicitaciones de ; 
D. Patricio Sarmiento que á la sazón entraba, 
y que atronó la estancia con sus gritos y en- 
carecimientos por el feliz suceso de aqneUa 
ihiciacion. Todo su porvenir caballeresco co- ] 
munero diera el joven por sacudírselo de end- . 
ma; pero al fin sacóle de tan mal paso el Al^ ' 
caide apareciendo con Begato, y en alfaida •: 
vendáronlos ojos del recluta, mandándole que ! 
marchase apoyado en el brazo del coipunero 
proponente. 

— ¿Quién es? — preguntó una voz. 

— ^Un ciudadano — respondió Begato con ;' 

toda la seriedad posible, — que se ha presentado :' 

en las obras exteriores con bandera de parla- ^■'- 

mento á fin de ser alistado. ' 

La misma voz gritó: 

— ^Echad el puente levadizo. 
Oyó entonces el neófito un espantable rui- 
do que en derredor suyo sonaba, con tal estré- 
pito que no parecía sino que todos los alcázares 
y torres de España caian en ruinas; mas no se 
turbó por esto su esforzado corazón, ni aun se 
le mudó la color del rostro, que para mayores 
trances tenia coraje y alientos el bravo recluta. 
Además bien sabia él, como todos, que aquel 
rumor provenia de una plancha de hierro seme- 
jante á las que usan en los teatros para imitar 



^. 



EL rJRJLJTDE 0315:5: TTE 



igoiosos eco6 del craenj . y i^ue el mido 
rros Y cadenas era p^rodacido p3r tuia 
le cacharros c^ue craa de la pnema agii^iba 
. paleto simiilaiido de esie modo con 
ft perfección el acco de bajar el paence 



itáionle la venda: retiráronse Alcaide v 
Mmte 7 qnedó solo ccn el centinela, que 
enmascarado. Estaba en el Cuer^fO de 
ífírdia^ y aUí como en la Cámara dt J/V- 
mea, debia el candidato redexionar sobre 
lacion y contestar por escrito á varias 
itas referentes á las oblicraciones v dere- 
ú comunero. Monsalud observó el local 
^as paredes pendían varias armaduras 
18 y alonas espadas mojadas en sangre 
rito, que para tan terrorífico uso sumi- 
la un día sí y otro no el conserge de la 
ad. Leyó los letreros conteniendo sen- 
I vulgares de la religión del honor, y se 
) á tomar asiento junto á la mesa donde 
ixteoder sus respuestas. 
centinela, que habia permanecido tieso 
"e, desempeñando su imponente papel, 
e repente la risa y dijo al neófito: 
Cambien tenemos por aquí al Sr. Mon- 

naalud miraba & su interlocutor y no 



218 fi. PEEEZ aALD(Í8 



veía más qae una máscara homble, una i 
espantosa con casco empenachado dega 
ceas plomas y un babero á guisa de cela 
encaje. 

— lQ;aé, no me conoce nsted? Soy Fuji 
dijo el centinela quitándose la máscara. 

— Cómo te habia de conocer. Vecino, i 
recias un valiente. ¿También tú tediv 
con estas mogigangas? 

— ^Vaya un modo de prepararse L 

mogigangas á una cosa tan seria, qn( 
derribar el Ministerio y á poner un Ool 
republicano. Sr. D. Salvador, ¿usted 
aqui á burlarse? Le aviso que los que. s 
burlado de esto no lo han hecho dos ^ 
Conque escriba el papelito y me volveré 
ner la careta. Acabe usted pronto que me 
00 y este demonche de cartón huele muy 

— ¿No te fatiga esta tarea? ¿No es mejc 
descanses en tu casa toda la noche despi 
haber trabajado todo el dia? 

— ¡Quiá! si yo no hago más zapatos- 
el gran patriota con expresión de hombre 
picuo. — El Sr. Begato me ha prometido ( 
un destino en la Contaduría de Propios. I 
tríelo me enseña á echar la firma, que es 1 
necesito, y salga el sol por Antequera. 

— Ya sabia que eres de los que vocean 



V.-. 



1ÍL GRAXDE ORIENTE 210 

I 

fai. ■ ■ I ■ .1. ■ , , ■ , , . - 

motineSy patean en La Cruz de Malta y ape- 
diean el coche del Bey. ¿A cómo pagan esto? 

Pujitos se puso Si^río al oir tamaña injuria. 

—Vamos — dijo. — Está visto que usted vie- 
ne aquí á mofarse. Pero siempre seremos ami- 
gos^ ó mejor dicho, compañeros de armas. Es- 
criba el papelito y despache pronto. Me pongo 
la careta porque el Alcaide vá á venir. 

—No hay prisa. Dime, Pujitos, j vienes aquí 
todas las noches? 

— ^Todas, desde el primer dia. Soy caballero 
fimdador, y el dia lo paso en las cosas de la Mi- 
Kria. Soy teniente, juf! ¡usted no sabe 'el trabajo 
qve dá esto! A la parada, á pasar lista, á revisar 
laa uniformes, á hacer ejercicio de tiro, á apren- 
der los reglamentos, á echar unas copas con los 
fliriales para discutir lo que ha de hacerse el 

dk siguiente Y luego guardias y más 

guardias. 

—¿Haces guardias de noche? 

— ^Pues no. Anoche me tocó en el Principal, 
y mañana me toca en la cárcel de la Corona. 

— ¡En la cárcel de la Corona mañana! — 

dijo Monsalud con interés. — ^Ya sé es don- 
de están presos esos cleriguchos que han hecho 
planes horribles para quitar la libertad. 

— Y algunos que no son clérigos. Pero esos 
tunantes morirán ó no hay justicia en España. 



220 B. PÉREZ GALDÓS 



4, 



Dicen que el Gobierno quiere condenarles á 
presidio nada más: esto se llama proteccionV I 
^,no es verdad? 

— ¿Y me has dicho que eres teniente? j 

— ^Nada menos; y si no fuera por las intri- | 
gas que hay en el batallón 

— Yo también seré miliciano y me afiliaré en 
tu batallón, gran Pujos— ^jo Monsalud riendo. 
— Se me figura que entre tú y yo hemos de ha- 
cer algo extraordinario. 

— Me alegrariade ello. 

— ^Nos veremos pronto^ y hablaremos....; 
quizás mañana..... Pero el tiempo pasa yhkj \ 
que contestar á estas endiabladas pregantas. 

— Escriba usted Me parece que YÍa* 

nen ya. 

Salvador escribió sus respuestas que fbenm 
llevadas á la Plaza de Armas para que las eli- 
minara la guarnición. No tardaron el Alcaide 
y el proponente en conducirle vendado otA 
vez á la puerta del salón de sesiones^ que es- 
taba ceiTada. Por dentro una voz gritó:— 
¿Quién es? 

— Esta voz áspera y hueca como una oampir 
na rajada — dijo Monsalud para 8Í,-*e8 la de 
Romero Alpuente. 

— Entretanto el Alcaide respondia: 

-^Soy el Alcaide de este castilloi que AOOltt* 



k. 




EL GKA.NI«i: L'EJLME ±21 

i un ciudadano que se ha presentado á 
in7«adas pidiendo parlamento. 
or DioSj amigo Monsalud — indicó en toz 
'^effito, — ^no se ría usted, le suplico enea- 
mente que sofoque toda manifestación de 
. Usted no quiere creerme y yo repito 
.to es sérío^ pero muy seno. 
trieron la puerta de la Plaza de Armas, 
ás parecía bodega que plaza, con diver- 
Íes de asientos ocupados por los caballe- 
un estradillo donde estaba el Presiden- 
dendo detrás fementido torreón de lienzo 
lomado, y un harapo que llamaban es- 
rte de Padilla, y una urna donde se de- 
\ólocar iodos las cenizas de los coniune- 
ssepudiey^ii haber. 
Presidente le preguntó su nombre, edad, 
} natal, empleo ó profesión; luego le ha- 
las obligaciones que contraía y del va- 
constancia que habia de mostrar para 
peñarlas. Levantáronse en seguida los 
oros, 7 Monsalud vio que todos ellos te- 
ína banda morada en el pecho, y una 
aspada ó asador en la mano. 
Ta eitais alistado — le dijo el Presidente. 
»tra vida depende del cumplimiento de 
ligaciones que habéis contraído, y vais á 
Acercaos y poned la mano sobre este 



. I 

1 

:322 B. PK&EZ GALDÓ8 

escudo de nuestro jefe Padilla, y con todo el 'j 
ardor patrio de que seáis capaz, pronuncuid 1 
conmigo el juramento qué debe quedar grabado ] 
en vuestro corazón. 

Hecho lo que al neófito se le mandara, em* 
pezó éste la retahila del juramento, que abra- 
zaba diversos puntos, y que conduia con li 
consabida conterilla que tanto ha hecho idr i 
la generación siguiente: — n Juro que si algna 
iicab. com. faltase en todo ó en parte á estol - 
tfjuramentos, le mataré luego que la Con&d^ ' 
F I ración le declare traidor; y si faltase yo, me.^ 
iideclaro yo mismo traidor y merecedor de m 
iimuerto con in£eimia por disposición de la Gcnt- 
irfederacion de cab. com., y para que ni na 
iimoria quede de mi después de muerto, N«-' 
lime queme, y las cenizas se arrojen á ki 
iivientos.il 

— Cubrios — le dijo el Presidente, — eonel 
escudo de nuestro jefe Padilla. 1 

Tomó entonces el joven un mohoso broquel ^ 
que le presentaron, y cubiertos pecho y can 
con tal defensa, pusieron en él todos los demás 
comuneros la punta de sus espadas, mientras d 
Presidente dijo entre otras majaderías: 

— Si no lo cumplís, todas estas espadas no 
solo os abandonarán, sino que os quitarán d 
escudo para que quedéis al descubierto y os ha- ^ 






EL OBANDE ORIENTE 223 

lazos en justa venganza de tan horrendo 
>• 

seidos adgunos caballeros, como gente 
osa, del papel que estaban desempeñan- 
icaban con excesiva fuerza la punta de 
idores ó espadas en el escudo ó sartén 
guardaba la cara y busto del joven. El 
prffO, temeroso de que por desmedido celo 
caballeros se agujerease el escudo y per- 
m ojo su ahijado, creyó necesario inter- 
por un momento la magestad del cere- 
.^diciendo: 

ddado, señores^ que es de hojalata (1). 
£surándula no habia terminado aún, 
tras la ceremonia del escudo, el Alcai- 
6 la espuela al caballero, dándole es- 
banda, con lo cual y con acompañarle á 
rías filas para que fuera dando la mano 
r uno á todos los confederados, el novel 
sro descansó á la postre de tantas fa- 



rodavia vive un comonero que corrió igual 



2:24 B. P£RK;S GALDÓ8 



Salvador observó la diversidad de fiBom 
mías que presentaba en su innoble reointo : 
Plaza de Armas , y halló entre sus compaiien 
de caballería muchas caras conocidas. BJaU 
unos pocos que eran diputados en el Congnai 
j estaba también el célebre Megía, que algx 
nos meses después fundó El Zurriago. Aw 
que el elemento principal de la Sociedad eral 
juventud^ había bastantes viejos, no todoB ti 
inocentes como D. Patricio Sarmiento. Milidl 
nos nacionales los había por docenas; la gad 
de poca instrucción j de locos apetitos bnit 
cráticos imperaba, y en todos los incidenti 
de la sesión salía á la superficie un espuman] 
de gárrula patriotería, que era la fermentado 
de aquel elemento. No l\abrian trascuirid 
veinte minutos después de la admisión delnni 
vo cab.allero comunero, cuando un hombre de 
enfrenado que se ocupaba del asunto puesto 
discusión, pronunció estas palabras: 

— Yo propongo á nuestra Asamblea que o 
sen las contemplaciones con la Corte y que i 
dé el grito de ¡viva la República! 



■ ^ 



EL CíEANDE ORIENTE 225 



Llborotósela guarnición con tales palabras, 
algunos clasilicaron de admirable ocurren- 
otros de desatino may ósculo, y si bien el 
idente trató de volver la discusión al ter- 
que marcaba el tema, no fué posible con- 
irlo. Entonces el Sr. Regato, manifestando 
MHunente que deseaba decir algunas cosas 
pendas que agradarían á la reunión, usó 
k palabra en estos términos: 
^iiSeüores, loque ha dicho nuestro ilustre y 
roBÍsimo com[)añero de armas, el caballe- 
•••9 ha asombrado á muchos; pero á mí no 
«ombra, porque yo soy más liberal hoy 
ayer, y mañana más que hoy, porque mi 
h9 señores, es adelante y siempre adelante. 
jñoa cansados de sufrir, estamos cansa- 
de esperar. ¿Os aterra la palabra repúbli- 
?ae8 yo digo que á mi no me ha aterrado 
ja esa palabra, ni me aterra hoy. Perdamos 
iedo y seremos fuertes. Amenacemos y nos 
srán. Somos los más, somos lo más grana- 
e la Eipaña liberal. La Europa nos con- 
pla, el Piamonte nos imita, Ñapóles nos 
a, Portugal se llama nuestro discípulo. 
ires, seamos dignos de la Europa liberal, 
ite nosotros temblarán el Trono y los ma- 

Después de dar gracias por los aplausos y 



226 B. PEKEZ GALDÓ8 



de limpiarse el sudor^ el orador prosiguió i 
— ti No creáis que la idea republicana es ir 
va en España. Padilla y Lanuza^ nu^ 
maestros, fueron republicanos. Viniendo i 
tiempos modernos, en la proclamación de 
derechos del hombre hecha por Muñoz Torrt 
en las Cortes del año 10, veo yo también 
idea republicana. Leed las obras de Marini 
de Sempere, y veréis que en ellas palpita k 
pública. (Qiun estupor,) Ahora, señores, "S 
ved los ojos á todos los ámbitos de la hiq^ 
península (El (yivdor, excitado por ¡a admi 
cion geneixil ae cree en el caso de tcTier éBtíi 
volved los ojos por doquiera, ¿qué veis? (€h 
silencio; indicio cierto de que nadie veia rm 
Pues veréis allá en las Andalucías, allá m 
populosa ciudad de Málaga, bañada por 
ondas del Mediterráneo, á Lúeas Frand 
Mendialdua que concibió el plan de estaUf 
la Bepública, como consta en la proclama \ 
imprimió, encabezada con las mágicas palali 
República Española y firmada por Un tri 
no del pueblo. Como acontece á los gran 
genios innovadores, como aconteció á OA 

Gfalileo, Savonarola, etc.,'etc Mendisl< 

fuó preso (1). Pero así como de la noche sal 



(1) En Enero del 21 . 



EL GRANDE ORIENTE 227 

3ia^ délas cárceles sale la libertad. (Atro- 
ces aplausos.) 

rol ved ahora los ojos al llamado reino de 
m. y veréis allí á nuestro insigne jefe, al 
ite entre los valientes, al político entre 
litioos, al altísimo Biego, que desempeña 
JO de capitán general en aquella extensa 
i provincia. ¿Creéis que no hace nada? 
ao seria esto de su talento volcánico, de 
repicua mirada, que cual la mirada del 
k penetra en lo más alto del cielo. No 
que nuestro jefe está mano sobre mano, 
lestrojefe trabaja por la República. (Asom- 
neral é innumerables bocas abiertas.) En 
D2a están á la sazón algunos beneméiitos 
tas franceses, cuyos nombres no pronun- 
[1). Esos patriotas, pertenecientes á la 
3oii£ederacion francesa, están de acuerdo 
omitro jefe, no lo dudéis, están de acuer- 
nidos todos, discurren cuál será el mejor 

I de ponemos la República en España 

'de nosotros si no les ayudamos! .... ¡guay 
sofaroB si nos dormimos mientras ellos ve- 
•• IC^y> guay!.... Lo que puedo asegu- 
98 que si no nos ven dispuestos á hacerlo, 
on BU proyectillo á Francia. Aquel país 

LUmábange Uxon y Cugnet de Montarlot. 



228 B. PBBEZ GÁLDÓB 

no Re anda con chiquitas ni repara en niñe 
Estad seguros de que si nuestro jefe se pn 
ta en el Pirineo enarbolando la bandera i 
lor y gritando ¡viva la República! todo el 
cito francés se le unirá en seguida, y Uegí 
París en triunfal paseo, como Napoleón cm 
volvió de la isla de Elba. (Loa comuneros 
gen esta bola con grande algazarayS&ñalc 
de que se la han tragado,) 

fiAhora volved los ojos á Qalida, d 
está el general Mina; volvedlos luego á 
celona, donde está el gran patriota J 
Bessieres y veréis que estos campeones < 
libertad tampoco están mano sobre mano. 
remos menos aquí? ¿Nos espantaremos de! 
bertad? No, señores. Adelante, siempre 
lante. ¡Viva la libertad! Yo, el más hi 
de de esta Asamblea; yo, que be ve 
aquí porque me repugnaban los infames 
nejos de los de allá; yo, que estoy proi 
derramar hasta la última gota de mi su 
hasta la última, señores, por el triunfo < 
causa; yo, que jamás recibí destino de lo 
bios ni lo solicité; yo, que soy hombre pm 
hay hombres puros en España, os propongc 
el corazón henchido de patriotismo qué aoe] 
desde luego la idea republicana, como ha 
puesto mi exclarecido amigo el ciudadano 1 



EL GRANDE OBIENTE ¿29 



oíos oradores pidieron la palabra. Des- 
de ana breve disputa sobre quién Labia 
ría, D. Patiicio Sarmiento se levantó y 
de este modo: 

>espuos del elocuentísimo di^tcurso del 
de los ingenios comuneros, D. José Ma- 
legato, ¿qué puedo decir yo, que soy un 
maestro de escuela, un oscuro preceptor 
áema juventud? Pero si de algo sirven 
inaejos de un viejo que se ha quema- 
\ cejas estudiando la historia del pue- 
mano, quiero alzar esta noche mi humil- 
s en este augusto recinto para enseñaros 
no sabéis. Vuelvo los ojos en tomo mió 
zapateros, sastres, talabarteros, comer- 
la taberneros, colchoneros y otros artífí- 
ente toda muy honrada, muy patriota, 
ligna, pero que no está versada en la hÍ8« 
romana. (Rumores de disyusio,) No trato 
(ider á nadie: afirmo un hecho y nada más; 
o yo creo que para tratar ciertos asuntos, 

Búrio haberse quemado las cejas (In- 

wUmes donosas), haberse quemado las ce- 
iHio me las he quemado yo, de aquí in- 
... Esas interiTipciones y cuchicheos no 
mella en mi ruda entereza, no señor; (El 
" 86 amostaza) y así digo como el gi'an Te- 
des: «'pega, pero escucha.» ¿De qué se tra- 



23(» B. PÉREZ UALDÓS 



ta? De adoptar la idea republicana. Bien, yo] 
gunto á la docta Asamblea: ¿Cuándo se o 
bleció la República en Boma? Y la docte Am 
blea me contestará que el año 509 antes 
Jesucristo. Muy bien contestado* ¿Y cuál 
concluyó la República en Boma? El año : 
Total de tiempo en que existió la fonna re] 
blicana: 480 años. Está mny>bien. (Más fu 
tes rwrnores,) Ahora pregunto: ¿cuáles faa 
las causas que determinaron á los romano 

cambiar de forma de gobierno? 

Los rumores se trocaban en tumulto y v 
voz gritó: 

— [Que se calle ese pedante! 

— ¡Que se vaya á la escuela! 

— Al indocto grosero que de este modo i 
interrumpe — gritó D. Patricio agitando ] 
brazos y poniéndose encendido, — le oontMÉ 
que él es quien debe ir á la escuela á apienc 
lo que ignora. 

— ¡Aquí no se quieren estafermos! -«-aii 
una VOZ; de la cual no se tendrá idea sino ce 
siderando de qué modo puede hablar el aguí 
diente. 

— Señores, — dijo el Presidente oon aqi 
formulismo parlamentario que algunos ha 
bres quieren llevar á donde quiera que se oi 
el sonsonete de un discurso, — no demos á 1 



,£.:■.* 



EL .i-Oili »Lí:>Zji 






pifia y á Europa eí iiíiz^ 
dMOordia entre indÍTi«ii-:« i* íffiA zí:r,i',lxzLA 
AflAmUea. No se dl¿a :/:': uLJArci i Jt ^rr^fa 
agmo los masones, á ■.-li-r-'ís t: icl::r: v.-i-^L. . 
darift€n los jpaétortíí > « -v«í .'¿ •* -. '»>t ^ f *-:-» 
(Frolongadas riai^ . 

— ¡Que se calle D. P4ir::i-; 

—¡Que se cai'.e Pelim'-r'ss 
; —Pues i mi no n¿ iá la ¿-%z^ i^ '^^.j^ít- 

'AB á ver — esclaii.ó -ijí t-.z ..i* sA-jk di' 

íiniidable pecho ¿e :in L.Ei'r: lízzJtÁr,^ fj^rr 
larpialento, que parecía ZKr^f^zlr.'My^zi ca -.lj^ 
iftigna. — Y ú í i£¿ z.',' n-c di .a ¿«üa d% 'i* 
Binne, á ver quiei; ^ e¿ g^apo \'ih me 'rlírrr^ 

dipioo ;á ver. 

■ Diciendo esto. *6 l-iTan^ala el .Sr. Peí»: id - 
íAhi entre la mulútad api¿ada en los ban'x^i?. 
dh figura, asi como su voz. pcndrian miedo en 
Ma Aeamblea que no riera la de los Coríju- 



—Ciudadano Pelumbrc»— dijo el Presidenta. 
^qué dirá la Europa si no guardamos la com- 
postura propia de hombres de gobierno í... 
iquédiiá? 

— ^Eflo es, ¿que'diráí — repitieron D. Patricio 
y los que deseaban que hablase. 

—Es preciso tener moderación — continuó el 
Pksmdente. — Puesto que el ciudadano Sarmien* 



Í32 B. PÉREZ GALDÓS 

to estaba en el uso de la palabra, oontc 
su erudito discurso, que tiempo tiene de 
blar el ciudadano Pelumbres. Yo le oonoec 
la palabra, esperando en tanto de su finnf 
buen sentido que no interrumpa al orador 
este importantísimo debate. 

Ya entonces empezaba á ser costnmbí 
llamar importaniiaimo debate & cualquier 
útil disputa -suscitada por la envidia ó la 
nidad. 

— Señor Presidente — gruñó Pelumbres, t 
baleándose como un yunque sin equilibri( 
lo que digo es que el ciudadano Sarmient 

un animal y á mí no me soba nadie. 

Cayó en el asiento como quien se ec 
dormir. 

— Señor Presidente — dijo con trémula 
Sarmiento. — La Asamblea conoce bien mi 

rácter y mis servicios no necesito res] 

der á los cargos que me ha dirigido el ciud 
no Pelumbres, porque la Asamblea sabe ] 
bien que yo 

— Sí, sí — gruñó la Asamblea. 
Estaba el buen Sarmiento en pié, co 
cuerpo doblado por la cintura, recogiendo 
un lado y otro los faldones de la levita, c 
quien se vá á sentar y no se sienta. 

-^-Agradezco las manifestaciones de simp 



i^-^ 



EL GRANDE ORIENTE 233 

te ilustre Areópago — añadió el orador, — 
-parece qne no debo molestar más al ilas- 
reópago, y que los injustos cargos queme 
rígido el ciudadano Pelumbres^ no deben 
etarse sino con un magnánimo sUencio. 
Bien, muy bien. 

?or lo cual me siento, dejando á nuestro 
recido Presidente la alta honra de oonti- 
este vniporiantisimo debate, para que nos 
■n opinión, que es lo que más nos im- 
• 

amores diversos manifestaban el deseo de 
oblase el Castellano. Homero Al puente se 
10 á hacer el gusto á sus presididos. An- 
\ atender á su discurso, convendrá decir 
1 célebre demagogo de los tres años no 
i jovenzuelo fogoso, como algunos creen, 
in vejete atrabiliario y furibundo, alto, 
descuadernado, anguloso, de gárrula elo- 
ia, de vulgares modos. Ei*a tanta su feal- 
lebida en primer término á la longitud 
B narices, que no es fácil se encontra- 
onces ni se haya encontrado después su 
.. Alcalá Galiano, al lado suyo, se tenia 
a Adonis. 

ibia sido mcicristrado de la Audiencia de 
d, y en su vida privada era el hombre 
lofensivo, más manso y para poco que ima- 



234 B. PEBEZ OALDÓA 

ginane puede. £1 mismo que en^úblioo aneír 
recia la necesidad de cortar no sé cuántos miltf 
de cabezas, era incapaz de matar un mosquito. 
{Pobre camero viejo que, habiendo leído algo 
de Bobespierre y de Marat, quería pareoerae i 
ellos! pero solo los tontos confundían su doeoo 
balido con el rugir de leones j panteras. Sos 
discursos, que alborotaban las Cortes y los 
clubs, eran un conjunto de garrulidades teno- 
rificas, de chascarrillos y vulgares idiotísmoí. 
Carecía de formas literarias, y su lenguaje fa- 
miliar era á veces tan divertido como sus ame- 
nazas demagógicas que aquella bendita generfr* 
cion no tomaba siempre en serio. Algunos le 
llamaban el Ouzman (el gracioso) de las C6^ 
tes. Tuvo además el pobre D. Juom BofMfQ 
Alptiente la desgracia de que en lo mejor de 
sus triunfos parlamentarios le saliera un ene- 
migo folletinista, que usando el nombre de 
D. Pedro Tornillo Al-vado ^ le puso de hoja de 
peregil. 

— « Caballeros comuneros— dijo Alpuente con ' 
voz que no tenia nada de temerosa, — ó hay 
confianza en los hombres del partido, ó no hay 
confianza en los hombres del partido. Si hay 
confianza en los hombres del partido, no se 
planteen cuestiones prematuras. Si algo debe 
hacerse se hará. No conviene precipitarse; no 



¿' 



EL G&A^'DE OBIENTE 235 



ene comprometerse. Las cosas vendrán 
is propios pasos. El partido es el partido, 
que no crea que el partido es como debe 
apere á ver en qué para el partido y se 
ticerá. (RuTnores. Asentimiento general.) 
nr consiguiente — ^prosiguió satisfecho del 
de su exordio, — esperemos llenos de pa- 
smO| y no hablemos por ahora de repn- 
lismo. El partido es un partido que debe 
preparado para empuñar el timón de 
ve del Estado si se le llama con este 
Mueatrus de regocijo.) Y se le llamará, 
lanos caballeros, ¿pues quién lo duda? El 
do Gobierno constitucional signe la mis- 
)Batentada senda que el primero. £1 país 
3 mismo hoy que ayer. El pueblo soporta 
lamas cadenas; los tiranos no han cambia- 
8 mandarines siguen, los peligros crecen, 
hierno cree que vá á durar mucho, ¿pues 
ha de creer? Pero yo quiero ver cómo se 
mpone con las tramas de la Junta Apos- 
en Galicia, con los guardias destituidos, 
08 obispos rebeldes, con la conspiración 
mesa, con la del Abuelo, con los tumul- 
) Zamora, con el motin de Alcoy, donde 
ido destrozadas todas las máquinas, con 
o de la balija de Aragón, con los sucesos 
Uadolid ¿Me parece que les cayó que 



236 B. PÉREZ O ALDOS 



hacer, eh? (Risas.) Yo pregunto, ¿cuáles el me- 
dio de que se acaben los trastornos? Establecer 
la libertad en toda su integridad. Esto es axio- 
mático. Que los absolutistas vean una mano 
terrible dispuesta á caerles encima en cuanto 
chisten, y entonces se meterán bajo una silla, j 
Y no me hablen á mí de conspiraciones denoA- 
gógicas y republicanas. Aquí no hay nada de 
eso, y si lo hay es amaño de los constitucinn»- 
les masones para desacreditar á nuestro parti- 
do. Ellos tienen el lema de dar palos y griia/r 
wqvs nos pegan^i, lo cual ya no hace efecto por 
que se vá descubriendo la picardía. (Oarcaja- 
cías y bravos). 

II Seamos prudentes, seamos cuerdos. Siga- 
mos defendiendo nuestros sacrosantos princi- 
pios hoy más libertad que ayer y mañana 

más que hoy No nos arredremos, no vol- 
vamos la cara atrás. Adelante, siempre adelan- 
te. Pero vayamos con pié seguro. A su tiempo 
se enseñarán los dientes. Pues qué, ¿creen que 
si logramos empuñar el timón de la nave del 
Estado (esta figura de la nave era la única que 
se habia asimilado en su carrera parlamentaria 
el orador comunero), vamos á estarnos mano 
sobre mano, sin hacer nada, como el Gobierno 
de la coletillaí Y ahora viene bien el repetir lo 
que ya se dijo en 1511. 



SL '^^üaM'E .EliVl? ¿37 



¡Mirad que gobemacioa! 
;S2r g:b=m&do« los burnos 
por los qTie talas no son! 

"No, señores, es preciso que no se pueda de- 
cir de nosotros lo que de estos mandarines chi- 
nos. No seguirá el tole tole de oprimir al pa- 
triota j ensalzar al que no lo es. Se encomen- 
darán los destinos de la Nación á los compro- 
metidos por el sistema, no á los que no lo es- 
tán. Se harán castigos ejemplares, se volverá 
todo del revés para que los pillos bajen y los 
patriotas suban. (Muy bien). No se dará el caso 
de que de los veinte millones de hombres, su- 
den y trabajen los diez y ocho y apenas puedan 
llevar á la boca un pedazo de pan moreno, para 
que los otros dos millones se a'oaniquen y vivan 
rodeados de placeres. Entonces se permitirá 
que eso que llaman los infames j)o^n¿2ac/io se 
reúna donde le dé la gana y grite y diga todos 
loa defectos del Ministerio. La suspirada liber- 
tad será un hecho y no llevarán alharda más 
que los que quieran llevarla (1). (GriundcA 
aplauaos). 

II En suma, señores, el partido declara por 
mi conducto que no quiere ser vasallo; que 
planteará el sistema en toda su pureza. Si para 



(1) Casi todos loH párrafos de este discurso son 
anténticos. 



íáS-í It. FEKKZ GAMXIS 



esto es preciso la violeneiay venga la violencia. 
Si es preciso la guerra civil^ venga la guerra. 
La Providencia salvará al partido. No olvidéis, 
señores, que el Griador del Universo hendÁjo 
también loa esfuerzos que hicieron Matatías y 
sus hijos pa/iXL evadirse de la injusta dominen 
cion del impío Antk»co Epifanía, Entretan- 
to desechemos la idea de República. La Cons- 
titución establece la Monarquía y nosotros res^ 
petamos al Rey constitucional. No se diga que 
el partido ha sido el primero en alterar la au- 
gusta ley. Dejémosles que ellos se caigan solos; 
y si nos hicieren ascos y no quisieren nues- 
tra ayuda para mantenerse derechos, ¿me eof 
tiende usted? si prefieren apoyarse en la Santa 
Alianza y en sus diplomáticos, enviados^ far- 
santes, zascandiles, espías y soplones, en los 
que fueron pajes de escoba del Rey Pepillo, en 
los serviles españoles de todas clases y ropajes, 
con bandas, cruces y calvarios, en los de mi- 
tra, bonete é hisopo, en los seráficos, ang^cos, 
en los tostadores y sus familiares, plumistas, 
guardas, alfileres, corchetes y agarrantes, en 

los que dicen el Rey mi arrio entonces nos 

retiraremos, dejándoles que vayan á donde 
quieran, pues como dicen en mi tierra, cvjot/ñ" 
lo más se desvia el borrego mayor iopetaao 
pega. 



EL GRANDE ORIENTE 239 

atronadoras exclamaciones de entusiasmo 
ieron la frase final del discurso de Rome- 
Ipuente^ orador, que como se ha visto, no 
Bjado de tener herederos en la política es- 
lía. 

Jna voz que parecia cien voces, gritó: 
-jViva Riego! 

Contestó un alarido, y desde entonces el 
orktnéM/mo debate se convirtió en un im- 
uitíaboao aquelarre. Romero Alpuente se 
y en su lugar el Sr. Regato se dispuso 
(no hay otro verbo que pueda em- 
propiamente) el resto de lo que no hay 
que llamar sesión. 
Jn orador pidió que se hiciesen mani- 
ioioneB contra la Santa Alianza en la per- 
. de sus plenipotenciarios, idea que fué acó- 
< oon satisfactorio y general asentimiento 
la Asamblea, y procedióse al nombra- 
ito de una comisión' que se encargase de 
bar las cuentas á los cristales de las casas 
ie vivían los embajadores de Austria y 
la* No se habia calmado la efervescencia 
lada por este suceso cuando un joven de 
1 porte tan correcto de trage como de estilo 
irta aíeminado, pronunció un discurso de 
gúmeno sobre el plan de Vinuesa y el es- 
iiento que debia hacerse en la persona de 



24(.) B. PKREZ GALDÓS 



aquel malvado aborto del inJUmo, compela M^ 
de todos los (yi'íraenes. mi 

Aseguró también que Yinnesa estaba oomh ^v 
pirando dentro de la cárcel, y que 6Í so se po- 
nía remedio en ello, imaginaria un. nuevo pltt 
absolutista para matar la libertad. Acufló alinr 
fante D. Carlos de complicidéul con el cora da 
Tamajon, y afirmó que todo porrazo dado áTir 
nuésa, seria poiTazo dado á la Corte. AniBflBr 
tando en fogosidad á cada instan te> llegó áidi^ 
tener que el Gobierno se estaba portando Uéir 
doramente en este negocio, y que á A-(fi 
orador) le constaba que habia intehcionesdeab- ^ 
solver al de Tamajon y aun darle una mitrá/á 
era menester. Aseguró que el pueblo no ifSH 
consentir tal iniquidad, porque si la consenft 
no era digno de la fama que habia adquiridos 
Portugal, Ñapóles y el Piamonte, países (p^ 
nos hablan tomado por modelo, establedenda . 
la libertad al mágico grito de n \vivan los di^ 
(dpulos de España! v 

Al discurso- del joven, contestó otro jóv0a 
de muy distinga figura, educación y modales, 
(pues en aquella Asamblea habia locos de to- 
das clases) diciendo que la culpa de aquellqla 
tenian los masones, que dando á la Nación d 
nombre de populacho y haciendo ¿1 bú oon la 
anarquía, estaban poniendo las cosas como en 



EL GRANDE ORIENTE 241 

mpos ominosos. Hizo reir al auditorio, 
ndo que bien pronto se prohibiría con 
(e pecado mortal pronunciar el nombre 
go; pero que él (el orador) estaba resuel- 
chalar el último suspiro diciendo ¡Viva 
en atención á que Riego habia enjw- 
I llanto del ptteblo español. Esta figu- 
oríginal como patética produjo mucho 
lamo, con el cual, excitándose el espíritu 
(dor, dijo que él sabia el modo de resol- 
ftsunto de Vinuesa; que el pueblo, como 

00 que era, podia hacer su real gana, 

1 el Gobierno recibía dinero de la Santa 
a para ir arreglando la cama al despo- 
ja esto no se debia consentir, 
zdando berzas con capachos, aseguró 
habia entrado en la prisión de Vinuesa 
bia visto escribiendo planes y más pia- 
le coma mucho dinero absolutista para 
I de la prisión y ponerle al frente de un 
no despótico, y que el orador y Pelum- 
1 salir una mañana de la taberna, hablan 
na conversación sospechosa entre dos 
•s. de la cual dedujeron que Vinuesa se 
icaba constantemente con sus cómplices, 
lyó diciendo que él (el orador) no se pa- 
in barras, y que si los conspiradores vie- 
)dia docena de cabezas clavadas en otras 

16 



V 

f 



242 B. PEBEZ GALDÓS 

tantas pértigas junto á la Mariblanca dé 
Puerta del SoV, doblarían la cerviz (única paí 
bra pedantesca que se permitió el orador en 
largo discurso) ante el pueblo re-soberano. 

Después de este joven plebeyo, otro jóv 
decente habló de los que clavaban constan 
mente el puñal en las entrañas de la nm 
patria, y anunció su resolución de ocupar 
primer puesto el dia del peligro, sacrifican 
su existencia al triunfo de la libertad. Fq 
cual no digan dueñas á los masones, acusánd 
les de afrancesados é impostores, pues mndic 
dijo, profanaban el nombre de Eiego , toma 
dolé en sus asquerosas bocas, siendo así qi 
para pronunciar palabra tan angélica, ddA 
enjuagarse un mQS antes con miel rosada* M 
mó que Calatrava era un bajo adulador, VA 
un traidor, Martínez de la Bosa un mándii 
Cano Manuel un bobo, Toreno un pedaai 
Arguelles un embustero. Después de mucho ¿ 
vagar, propuso á la Asamblea que se diese i 
voto de gracias á D. José Manuel Regato p 
lo bien que habia conducido todos los asunt 
de la Comunería desde su origen. Begí 
estuvo á punto de llorar de emoción, y pfi 
demostrar de un modo incompleto bu agrade 
miento, convidó á cenar á varios de los O) 
granaditos. La sesión terminó alegremente t 



EL GRANICE ORIENTE 243 



re las alegres endechas del himno, que sona- 
an bajo las bóvedas de la fortaleza: 

£s en vano calumnie la envidia 
al candillo que adora el ibero: 
hasta el borde del hondo sepulcro 
nuestro grito será: ¡viva Kiego! 

El lector no será español si no recuerda al 
lanto la música. 



XX 



En lo restante de la noche oíase por aque- 
loB barrios el aullido de la Orden de Padilla, 
ttdtapor las calles. El himno, el tairoUy cán- 
bo que por aquellos dias habia sustituido al 
aroz trágala, sonaba de calle en calle, como el 
mqaido de vinoso trasnochador. Ibanse per- 
iendo en el silencio de la noche, á medida que 
» grupos desaparecían, entrando en las taber- 
u, botillerías y cafés patrióticos. En uno de 
itos se vio que á deshora penetraba el Sr. Be- 
%to, acompañado de Pelumbres, Pujitos, dos 
» los jóvenes que pronunciaron discursos aque- 
a noche, Salvador Monsalud y otros. Cena- 
»D alegremente, sin dejar de la boca los negó - 



244 B. PÉREZ GALDÓS 



cios políticos, y SUS proyectos eran ati'evid 
y grand osos como las concepciones del géa 
£1 Sr. Regato^ no solo pagó todo el gasto, si 
que ofreció dinero á los más necesitados, 
cuales no tuvieron escrúpulo en tomarlo patr 
ticamente, por aquello de que tripas Ueii 
pi^, que no pies tripas. 

Si Salvador Monsalud no se separara an 
de tiempo de tan escogida sociedad, pretesb 
do una enfermedad que no tenia, hubiera vi 
que el Sr. Regato, hombre opulentísimo ai 
que nadie le conocia rentas, ni sueldo, ni 
dustria, recompensó largamente á todos, di 
doles lo necesario para la existencia y sosten 
sus respectivas familias. Cuando esto paái 
habíanse retirado también los dos oradores < 
el gran Pujitos, y solo quedaban en compa 
del generoso caballero comunero, Felumbie 
herrero, D. Bruno, Clialeco, y otros pad 
de la patria, de cuyas hazañas no puede tei 
se idea sino presenciándolas, como las prefl 
ciará el lector en lo restante de este libra. 

Salvador Monsalud fué á su casa cerca 
dia. Tenia la cabeza hecha. un volcan. Los ( 
cursos que habia oido, las caras de los ora 
res, la fisonomía astuta de Regato, la candi 
estúpida de algunos, el ramplón jacobinic 
de Romero Alpuente, hervían dentro de e 



EL G&A^^S OBIENTZ 245 

de dormir, pero la Asamblea sin apar- 
de sus excitados sentidos, continoaba 
indo y gesticulando con sns cíen voces ron- 
ms doscientas manos amenazadoras. Al 
comprendió qne era producto infame de 
[ez y de perversidad, la gárrula bastar- 
A entendimiento, explotada por una di- 
cia satánica. Comprendió que se habia 
) entre hombres, la mitad tontos, la mi- 
rooeSy pero que marchaban juntos á un fin 

con alianza parecida á la del asno y el 
n más de una fábula. Del esfuerzo que 
baba hacer su espíritu para descender al 
son tales gentes no hay que hablar, por- 

oomprenderá fácilmente, 
ibia avanzado la mañana, sin que el no- 
¡o de Padilla hubiera podido conciliar el 

cuando entró Campos lleno de zozobra 
Máon. 

lato ya pasa de broma — le dijo. — La niña 
•ece. Hemos estado en el Retiro, y no 
L el sitio que me indicaste. Valiente bro- 
ttos está dando la tonta ¡Por los cla- 

Cristo! si no diera la casucalidad de que 
i de los Godos está fuera de Madrid, no 
o podríamos ocultarle que su novia se ha 
do de mi casa anteayer, y á estas horas 
lOmos dónde e^tá. 



246 B. FEBEZ GALDÓ8 

— En la carta que enseñé á usted me decU 
que no pensaba volver á su casa. ^ 

— Temo cualquiera necedad Salyac|pr, 

estoy muy inquieto — dijo Campos pediendo ] 
aquella serenidad que indicaba en él un gran 
contento de la vida. — Sin duda esa loqa esÜ 
vagando por Madrid^ y te busca de casa en | 
casa^ de café en café, como una perdida. ¡Qué j 
deshonra! I 

— Creo lo mismo. ?ero esto tilene que eonj^ 
cluir. 

— ¿Esl^uvo ayer aquí? ¡ 

— Dos ó tres veces. Como no ipq Ijft ep-Cjon- j 
trado en ninguna parte presumo que vplyei;|i.r 
Si vuelve, Sr. Campos, ofrezco riEjmitírs^, á 
usted sin pérdida de tiempo. 

— Es que debes hacerlo — dijo Cicerof^ coa 
energía. — Es que si no lo haces, faltas á li^.ap- 
lemne palabra que me diste, y entouQtfr 
amiguito, no hay nada de lo dicho. Ya tango 
en mi casa tu nombramiento parfi la cárcel de 
la Corona; pero como yo no recqja hoy núsr 
mo esa oveja descarriada, creeré que me estás 
engañando, creeré qiie estás de acuerdo con 

ella, que la escondes en alguna parte, y 

El plácido semblante de Campos se eArpjct: 
ció todo por la congestión que determinf^ta 
la ira. . . 



i 



M 



.-Xf 



EL GEaSTí 02IZ>TZ 



— ^Mi determinación e* irrevo«:aGle— oonce 

bS el joven. — Supongo .:asi estov segrcrj 

de que volverá hoy. Avi^Aré a Lúcsls p&ra ^^ue 
la deje subir. 

—¿Convendrá traer acá ¿«^s indivídnos de 
la policía y un coche -¿iie debe esperar en la ca- 
lle de Bordadores': Coi^jz^yj á Andrea y se que 
no cederá por buenas. 

— ^Nada de eso me corresponde á mí. Uited 
puede emplear los medios que quiera para lie- 
vánela. To no tengo que hacer sino poner fina 
ma correrías y convencerla de que por más que 
mebaaque, no me encontrará en nin^na {>ar:e. 

— ^Te comprendo — dijo Campos con viveza 
y señales de contento. — Tomare mis medidas. 
No me moveré en todo el dia de la tienda de 
Bequejo, y Sarmiento y yo nos pondremos de 
■cnerdo para que si la oveja viene á este apris- 
eo no se nos escape. 

Después de est;e diálogo, que se prolongó 
un poco más, aunque sin ofrecer en el resto de 
A nada digno de contarse, Campos se retiró. 
Momuilud, contra su costumbre, hizo propósito 
de permanecer en su casa todo el dia. Sin ha- 
cer nada en ella, tenia la agitación y la movi- 
lidad exaltada de quien trao entre manos una 
ocupación grave. Iba y venia de una pieza á 
otra; haría í mi madre y á su hermana pregun- 



.1 



213 B. PERBZ GALDüS 



tas que ninguna de ellas entendia; se asomabft 
al balcón; hacia subir á D. Patricio para darle 
órdenes; censuraba á veces que la casa no estu- 
viese mejor dispuesta, y reprendía luego á las 
doi^ mujeres porque se agitaban para arreglar 
las habitaciones. 

Cerca del medio dia se retiró á su cuarto. 
Sólita entró en él. Llevaba un pañuelo atado 
alrededor de la cabeza para resguardarse éá 
sutil polvo que zorros y escobas levantaban, J 
cubría su cuerpo con una falda bastante anti- 
gua, pieza de desecho cuyas funciones se con- 
cretaban á los días de limpieza. La figura de la 
joven no era con tal atavio un modelo de eto- 
gancia. 

— Hermana, estás que no se te puede mirar, 
— dijo Salvador observándola con cierta pena* 
— Es preciso que te pongas guapa. 

— ¿Yo?. . . . ¿Cuándo? — repuso la joven con 1» 
mayor turbación. — ¿Y á qué vienen ahora esas 
guapezas? 

— Me gustarla verte hoy arregladita y linda, 
como tú sabes ponerte cuando quieres. No es 
esto decir que me disguste verte así. Acá parft 
entre los dos, siempre estás bien; pero 

— ¿Vamos á algún baile?— preguntó Sola con 
malicia. 

— N'o vamoF» á ningrim baile — dijo Salvadoif 



.1 



EL GRANDE ORIENTE 249 

eon la torpeza que acompaña á las ideas de di- 
ficil explicación; — pero quisiera verte hoy como 
realmente eres; quisiera que cuantos entraran 
aquí te admirasen y reconocieran en ti 

— ^Tú te burlas de mí — dijo Sólita llena de 
rubor. — Yo siempre estaré mal. 

— ¡Oh! te equivocas — manifestó Salvador con 
oni tono que antes era de benevolencia que de 
convicción. — Vamos, también querrás sostener 
que no eres guapa? Más de cuatro quisieran 

— ^No sé por qué me dices esas tonterías. 

— ^Mira, hermana, te agradeceré mucho que 
te pongas tu mejor vestido, que te arregles 
Uan; pero muy bien. 

— Ya sabes que estando mi padre en la car- 
oál no puedo ir á paseo ni al teatro. 
. — Si no pretendo llevarte á ninguna parte — 
dgo Salvador con impaciencia. — En fin, ¿te 
compones ó no? 

— Me compondré. 

—Hazme ese gusto, hermana. Así no estás 
bien, y tú vales mucho. Yo quiero que se vea 

que tengo una hermana simpática, bonita 

¡me entiendes? 

— Como si hablaras en griego. 

—Pues vístete: ponte tu mejor vestido, ya 
sabes. Figúrate por un momento que soy tu 
novio.' Vaya, ^.no tendrías interés en agradar á 



250 B. FEREZ OALDÓS 



tu novio; no tendrías interés en que* él te en- 
contrara siempre linda? 

— Si dijera que no, seria una melindroaar- 
respondió Soledad fingiendo que ponia en or- 
den las sillas para que, vuelto el rostro, no 
se le conociera la emoción que experimentaba. 

— Pero como no eres mi novio ni lo serás 

. — ¿Te vistes, sí ó no? 

— AJ momento, hombre^ al momento. 
Voló ñiera. del cuarto. Algún tiempo des- 
pués r^g^resaba vestida y ataviada con lo mejor 
que tenia. 

— jOh! ¡qué bien!— dijo Salvador con since- 
ra admiración. — Hermosa prenda se vá á lle- 
var ese bruto de Anatolio! Hermanita^ estás 
preciosísima: te lo digo sinceramente. 

£1 rostro de Soledad se encendió más, y 
vióse en aquel puro cielo de modestia una chis- 
pa de vanidad que lo iluminó momentáneer 
mente. Salvador no mentía, porque de may 
distintas maneras está preciosa una mujer. En 
las incorrectas facciones de la hija del absolu- 
tista, en su descolorido semblante que á intá^ 
valos se inflamaba^ en sus ojos donde jugue- 
teaba el alma escondiéndose en la penumbra 
del pudor ó mostrándose en la claridad del car 
riño, había lo bastante para turbar la paz de 
cualquiera. 



•^ 



EL GRANDE ORIENTE 251 

— Siéntate á mí lado — le dijo Salvador; — 
parece que estás asustada. 

— Yo?.... no. 

— ^Dame acá esa mano. Tienes las manos más 
bonitas que he visto. ¿Por qué las tienes tan 
frías y temblorosas? 

— ^Es que las tuyas echan fuego y cuajóte to- 
can lo encuentran helado. 

— ^Áhora te has puesto como el papel 

¡qué palidez! Pues mira así descoloridita 

€8 como estás mejor. En tu cara se ye t^,alma 
bondadosa. Me consuela i^ucho verte á mi 
lido. Necesita uno personas así, que le comr 
pidezcan mucho^ que le tengan lástima^ que le 
mimen. 

— ^Y por qué te he de compadecer, si tienes 
V)do lo que deseas; si estás como nadie? Yo si 
^e ipy digna de lástima* 

— ^Pero tá tendrás á tu padr^, y yo japoás, 
junas recobraré lo que he perdido. 

Ambos callaron, inclinando (;a(da. cua^ su 
ci^b^ cargada de pesos enormes. 

— "il^ parece que siento ruido — dijo Soli- 
U^ vivi^mente. — Bueno será prevenir á Rosa, 
para que si llega esa mujer que ayer estuvo 
tres veces y que tanto te ^molesta, no la deje 
entrar. 

. — No; ya he advertido á Rosa que la deje 



252 B. PEEEZ GALDÓS 



pasar — dijo Salvador con turbación. — Quizás 
no venga más. 

El ruido cesó y la casa continuaba en éí- 
lencio. 

— Me alegro de que mi madre haya salido 
hoy — indicó Salvador. 

— Me parece que está ahí — ^repuso Sólita 
poniendo atención. — Siento pasos en la es- 
calera* 

— ^No; no es mi madre — indicó Monsalud ] 
con ansiedad vivísima. 

— ^Los pasos son precipitados...... Se oje 

una voz de mujer..... jVoy á •ver? 

— ^No; estáte aquí, y no te muevas de mi 
lado. 

Callaron los dos. Sólita miró á su hermi- 
no como asombrada. Salvador clavaba sai 
ojos en la puerta , donde no habia nada tod»- 
via; pero de antemano su alma llena de ansie- 
dad observaba lo que habia de venir. 

Andrea apareció en la puerta. Estaba des- 
figurada por enfermiza palidez; sus ojos mira-' 
ban todo con febril extravio, y el desmelenado 
cabello así como el vestido en desorden indi- 
caban largas horas de insomnio^ de lucha y de 
amargura. 

Su primer movimiento íué un impulso po- 
deroso hacia el hombre que buscaba y que ha- 



EL GRANDE OBIEXTE 2¿d 



encontrado. Vióse en su semblante la con- 
tracción que acompaña á un repentino desbor- 
damiento de lágrimas. Pero dio tres pasos, y 
viendo que él no estaba solo se detuvo. ¡Qué 
choque de ideas en aquella cabeza! £1 impulso, 
él tierno avance expansivo hablan encontrado 
.an obstáculo, un muro frió, y contra éste la 
exaltada mujer se estrellaba palpitando y llena 
.de congoja. Sus ojo3 atónitos, em*ojecidos por 
Ü llanto, preguntaban sin pestañear: «¿qué chi- 
quilla es esta?M 

Salvador se levantó. Estaba lívido. 

— ^Tengo que hablarte — balbució Andrea, 
viendo que daba un paso hacia ella. 

Después dirigió á Soledad miradas recelo- 
IftB é impacientes, como diciendo: — «¿qué hace 
iqní esta mujer extraña? Que se vaya. « 

— Es un error — dijo Salvador.— Usted no 
tiene nada que decirme, y se ha equivocado sin 
duda. Yo no sé quién es usted. 

—¿No sabes quién soy?.... Yo te lo diré — 
exclamó Andi*ea, cruzando las manos. — ¡Que 
ae marche esa mujer! 

Con imperioso gesto señaló la puerta. 
Soledad, tan aterrada como curiosa^ pero 
tamisa siempre, se levantó. Salvador le dijo 
severamente: 

—Quédate. 



254 B. PÉREZ GALDÓS 



— ¡Conque es decir !.. .^— gritó -Andrea ooñ 
espantosa alteración de voz y de semblante. 

— Que usted es quien no está en su edtio utpí 
y debe retirarse, — respondió el joven. — 1^ 
duda ha padecido una equivocación. 

— {Perverso!.... ¿dices eso de veras? 
Andrea, al decir estas palabras, que éaüaíl 

de su pecho como bramidos, adelantó con los 
brazos abiertos hada su amante. Los bnuns 
tropezaron con dos manos de acero que los re- 
torcieron, rechazando el hermoso cuerpo á que 
pertenecían. 

— ¡Oh, qué vil soy! . . . . — ^gritó la indiana Or \ 
yendo al suelo de rodillas. — ¡Rebajarme así!.... 

— ¡Rebajarse así una marquesa! . . . . — murmi- 
ró Salvador con sorda voz. — Señora, sentiré nOh 
choque se ponga usted mala. {Quiere usted qii6 
se mande traer un coche para llevarla á sa 
casa? 

Andrea se levantó de un salto. La mirada 
que arrojó & su amante, como una saeta furi- 
bunda, turbó tanto á Monsalud que este én bre- 
ve rato no supo qué decir. 

— Yo creí que eras un caballero— -dijo la 
americana. 

Se le conocía que estaba haciendo esfuer- 
zos terribles para conservar una actitud digna. 
Los impulsos naturales la incitaban & gritar, & 



i 



•f. * •-"- —■ 



EL G&ANDE OBIENTE 255 

arrancarse el cabello, á cojer entre las manos 
á aquel hombre, como se coje un abanico, un 
juguete cualquiera, y destrozarle haciéndole 
pegueñitoB pedazos. 

Monsalud se dirigió- hacia la puerta. Sud 
ojos y su gesto decian: — Vayase usted. 

— ¡Pero si tú me oyeras! . . . . — murmuró An- 
drea, pasando súbitamente de la ira á Uhk kflic- 
dum profunda. 

— ^Yo no puedo oir á quien no conozco — ^re- 
posa el hombre volviendo el rostro. 

— ¿No me conoce usted? — gritó Andrea con 
voz semejante á un rugido. 

Paréela que se alzaba sobre las puntas de 
loB pies. La mujer crecia. Sus brazos tiesos há- 
cfai atrás; sus puños cerrados; sus labios desco- 
loridos que temblaban; su fina nariz, que con 
Éerviosas contracciones también expresaba la 
pasión desbordada; los músculos de su hermoso 
oaéllo, tirantes; sus ojos, que amenazaban en- 
tre llamaradas de despecho; el golpe violento 
de BU pié en el suelo, como buscando apoyo 

para levantarse más todos estos accidentes 

hubieran puesto miedo en el corazón más acos- 
tumbrado á tales embates. 

— ¿So me conoce usted? — repitió. 

— ^No— repuso Monsalud. 

— ¿No me conoció usted? 



256 B. PEBEZ OALDÓB 

— Tal vez, pero ya no me acuerdo. 

— Pues me conocerá usted — dijo Andrea oon 
sofocada voz. 

Dio algunos pasos fuera de la habitaeiol^ 
pero de súbito, con brusco movimiento se vol- 
vió y entró resueltamente. Detúvose; miró i 
Sólita. Hubo un momento de esos en que se va 
inminente é inevitable el peligro de un choqu 
material, aun contando con la reoonodda dig* 
nidad de las personas. C!on la voz más aspen» 
más impertinente, más insplente y pzooH 
que puede imaginarse, Andrea hizo esta pre- 
gunta: 

— ¿Y tú quién eres? 
Sólita se quedó muerta de espanto. Su ps»^ ' 
pia turbación le impidió correr hacia su hermi- 
no y abrazarse á él buscando un refugio. 

— Eso no se pregunta á los que están en sq 
casa, sino á los que vienen de fuera. 

Al oir esto Sólita se reanimó. En aquel 
momento pensaba una cosa. Pensaba que sieQa 
fuera mujer valerosa, echarla á escobazos deU 
casa á aquella insolente dama. 

— I Oh, qué vil soy! — repitió Andrea cor- 
riendo otra vez hacia la puerta. — ¡Bebajanne 
así....! 

Apartando el rostro para no ver el de sa 
amante, salió precipitada y atropellándoseí de 




EL GRA3a)E 0BIE5TE 25! 



la casa. Habiéndosele unido sa criada en la es- 
oderay ambas bajaron. 

Salvador se dejó caer en nna silla, y apre- 
Indo la cabeza entre las manos, se clavaba las 
Bfiasen el cráneo. 

—¡Oh! ¡Diosmio! ;qué infeliz soy!.... Sola, 
Bda, {has visto?.... ¡Maldito sea yo mil veces! 
(ibldito sea el dia en que nací! 

—Pero esa mujer, — ^balbució la muchacha 
ÉBendo de su estupefacción, -~es un demo- 
lió Comprendo que te cause tanto fu- 
ror 

— ¡No es demonio, es un ángel; y nó me 
Biua furor, si no que la adoro!.... ¿So la vis- 
bit ¿Has visto mujer más hermosa? 

—Tú 

— ¡La adoro, me muero por ella! .... Pero tú 
iw una tonta y no puedes comprender esto. 

Ma, hermana mia, lloro porque no pue- 

b ten compasión, ten lástima, mucha lás- 

jmademí. 

Bolita tuvo tanta lástima que se echó á 
lorar. 



17 



258 B. PÉREZ GALDÓS 



XXI 

Es la calle de la Cabeza una de las más 
tristes de Madrid. Compónese toda ella de car 
saa viejas y feas, entre las cuales descuellanli 
enorme fachada meridional de la del marqués 
de Perales, y otra que tiene grabada sobre Ift 
puerta esta inscripción: Aparta, Señor, efe fírf 
lo que me apa/i^tó de ti. Contrastando eon Itf 
vías cercanas, aquella no tiene tiendas, y 1» 
mayor parte de las puertas están cerradas, i 
excepción de las cocheras y cuadras que por aOl j\ 
mucho abundan. Hacia el Ave María la calle 
se eleva, como si quisiera subir á los balcoQBi 
de las casas. Hacia la Comadre se hunde , bas- 
cando los sótanos. Algunas acacias, que. ae 
asoman por encima de altas tapias junto á San 
Pedro Mártir están mirando con tristeza al es- 
caso número de transeúntes. Se oyen tanpocoi 
ruidos allí que la calle no parece estar en Ma- 
drid y á dos pasos del Lavapi^. Toda ella tie- 
ne un aspecto sombrío, un tinte lúgubre, una 
mala sombra que no se puede definir, una 
atmósfera que abruma, un silencio que hiela. 




EL GUAXDE OEIENTE 259 

liles, como las personas, tienen cara, y 

esta es antipática y annnc'a siniestros 
dos, una fuerza instintiva nos aleja de 

ilgarmente se cree que en la calle de la 
a no ha pasado nunca nada digno de 
rse. Por el contrario, es una calle trági- 
lizáfl la más trágica de Madrid. La tradi- 
[ue le dá nombre y que no carece de m^ 

1 lo que tiene de fantasía, es como sigue: 
por aquellos barrios un cura mediana- 

I rico. Su criado, por robarle, le asesinó, 
idole ferozmente la cabeza, y con todo el 
> que pudo encontrar huyó á Portugal, 
á posible descubrir al autor del crimen, y 
ado el clérigo, bien pronto su desastroso 
edó olvidado. Pero el asesino, después de 
le dado muy buena vida en Portugal du- 
muchos años, volvió á Madrid hecho un 
ero, aunque no tanto que olvidase su pri- 
i condición de criado. Solia ir él mismo 
tro todas las mañanas á hacer su compra, 
lia adquirió una cabeza de carnero. Lie- 
i bajo la capa, y como chorreara mucha 
) que iba dejando rastro en el suelo, fué 
ido por un alguacil que le mandó mos- 
í que oculto llevaba. ¡Horrible espectácu- 
l echar á un lado el embozo, el criado 



260 B. PÉREZ OALDÓ8 



alargó en la derecha mano la cabeza del sacer- 
dote á quien diera muerte. 

[Milagro, milagro! Este fué el grito gene- 
ral. Confesó todo el asesino y le llevaron á 1a 
horca, acompañado de la cabeza de sacerdote 
que habia sido de carnero, y cuya vista horro- 
rizaba y edificaba juntamente al pueblo. Mu- 
rió, según dicen, con grandísima devoción y 
arrepentimiento, y hasta que no entregó sa 
alma á Dios , no recobró la testa del cura sa 
primitiva forma carneril. Felipe III, que á 1a 
sazón nos gobernaba , mandó labrar en piedn 
una cabeza que se puso en la casa del crimen 
para memoria de aquel estupendo suceso. 

En este siglo la calle de la Cabeza presen- 
ció muy de cerca el horrible asesinato del ma^ 
qués de Perales el 1 .** de Diciembre de 1808 (1). 
Cuando las revueltas políticas del 14 vio en- 
carcelar á los diputados y ministros, y aquél 
silencio tétrico fué turbado en más de un* 
ocasión por los rugidos de la plebe furiosa y 
embriagada. Nuestra narración nos lleva ahora 
á la citada calle y á uno de sus edificios más 
antipáticos y más feos, la cárcel eclesiástica ó 
de la Corona, que estaba en la esquina de 1a 
calle Real de Lavapiáa, y que todavía exifl^ 



(1) Véase Napoleón en Ghamartin. 



EL GRANDE ORIENTE 261 

ie^ aunque destinada á cuadras 6 cocheras. 

Un portalón daba entrada al patio, que 

no ha sufrido variaciones esenciales y tenia 

en dos de sus lados columnas de piedra para 

sostener la crugia alta. Las prisiones estaban 

' en el piso bajo y en los sótanos, y consistían 

-4.' m. inmundos calabozos, algunos con rejas á la 

\ calle. Dos puertecillas abiertas á un lado y 

otro del zaguán indicaban el cuerpo de guar- 

K día y las habitaciones de algunos empleados 

t de la cárcel. Todas y cada una de las partes del 

& edificio, dentro y fuera, arriba y abajo, ofrecían 

'^ repugnante aspecto de incuria, descuido y de- 

I gradación. 

F. La ignominia de la cárcel empezaba desde 
la puerta. En la esquina del edificio se veian 
"Buütitud de inscripciones terroríficas é inde- 
dentes. A conveniente altura, una de esas ma- 
DOB de artista que tanto abundan en España, 
habia pintado una horca de la cual pendia un 
cora, y debajo se leia Tcumajon. En la misma 
puerta otro artista habia trazado una especie 
de cuadro de ánimas donde varios curas reci- 
bían tizonazos de los demonios, y más lejos 
varios milicianos nacionales, caracterizados en 
la pintum tan solo por el morrión, asaban un 
cerdo que llevaba el nombre de Vinucm. 
En el portal repetíanse las horcas y además 



262 B. PÉREZ GALDÓ8 



otra pintura ingeniosa. Un grotesco y ventru- 
do muñeco, que tenia en la panza el consabido 
letrero, abria la boca. Como si esta ñiera la de 
un horno, varios milicianos ó figurillas de 
morrioncete metian por ella con sendas paÜAB 
un objeto en que se leia Co^istitucion, Por de- 
bajo una escritura infernal rezaba el Trágala^ 
jpei^o, tú servilón. \ 

Yinuesa estaba en un calabozo del piso bajo, -i 
En la puerta negra habian trazado con tía j 
la horca y el ahorcado, repetidas formulilluí, ] 
como Muera el traidor, y una cuarteta que i 
decia: 



¡Considera alma piadosa 
en esta nona estación 
el árbol de que colgaron 
al cura de Tamajon! 



Dentro del calabozo no reinaba oscuridad 
profunda. Veíase al infeliz reo arrojado en el 
suelo sobre un jergón inmundo. Era un hom- 
bre viejo, aunque entero, de cuerpo pequeño y 
que debió ser fornido; pero la larga prisión ha- 
bíale estenuado considerablemente. Su pdo 
entrecano; su barba blanca, muy crecida por 
no haberse afeitado durante el encierro; su 
rostro en que se pintaban resignación y 
amargura, dábanle aspecto venerable que sin 



\ 




BL GKANDE ORIENTE 263 

dada no tenia cuando andaba Buelto por la 
í^ Tilla, ó haciendo planes en su casa de la in- 
l mediata calle de San Pedro Mártir. Yestia so- 
f-' tana suelta, raida y llena de girones^ y un 
F gorro negro de punto, calado hasta más abajo 
L d5 las orejas, le cubría la cabeza. Cuando no 
p estaba echado sobre el miserable jergón, se po- 
nía á pasear de un ángulo á otro ó se sentaba 
la única silla, apoyando los brazos sobre 
mesa negra, y la cabeza en los brazos para 
dormir un poco. En la mesa negra estaba pin- 
tada también con tiza la horca y un diablillo 
." qne tiraba de los pies al ahorcado. En las pare- 
des se leian varias estrofas de las más indecen- 
i tes del Lairon. Pero al desgraciado preso no le 
f. mortificaba tanto leerlas como oirías, y este 
¿'•msaprincipaltormento. 
f i Todos los chulillos que pasaban de vuelta 
, paca el Lavapiés á la madrugada; todos los 
'. rondadores guitarristas que iban á recorrer las 
calles; todos los grupos de vagos que regresa- 
ban de los clubs ó de las logias; todos los pa- 
triotas que sallan de las tabernas á hora avan- 
aada, y los chiquillos al salir de la escuela por 
las tardes 6 al ausentarse de ella para ir de 
huelga ó pedrea al Mundo-Nuevo, hacian escala 
al pió de la reja del calabozo de Vinuesa; así es 
que éste oia constantemente durante diez y 



264 B. PEBEZ OALDÓa 

ocho horas de las veinticuatro del dia, los ftt , 
mosos versos: 

Dicen que vienen loa rosos 
por las ventas de Alcorcen. 

ZairoTiy lairon, 
Y los rusos que venian 
eran seras de carbón. 

Zairoriy lairon» 

Estas eran las estrofas comunes; pueslis 
picarescas é indecentes en que se atribulan al 
cura de Tamajon las mayores atrocidades y ^ 
desvergüenzas^ no pueden copiaa*se. El popor 
lacho veia en Yinuesa un galanteador de iimh- 
chachas, corruptor de doncellas, tercero, ma&r 
cobista y cuanto abominable y ruin puede inn^ \ 
ginarse. Nada de esto es verdad. Su únifl^ \ 
delito habia sido el plan que conocemos; peíoH 
hubiera faltado á las leyes morales oon pe^ - 
versidad é incidencia, habría purgado sus col- 
pas con el infierno expiatorio que tenia enU 
prisión. Era este un lúgubre ventanillo cnir 
drado y pequeño, con una cruz de hieixo 6ii 
el vano. Por aUí entraba la voz terrible dd 
populacho cantando infames coplas, amenazan- 
do é insultando sin cesar al pobre reo. YinueBft 
aborrecía aquel agujero por donde le entrabft 
la luz y la ira de la Nación vengativa; y por 
verle tapado, aunque le dejase á oscuras^ die- 



'•:¿^ 




EL GfiANDE ORIENTE 265 

restante de su vida y la esperanza de 
Ik Sí lograba conciliar el sueño, no de- 
ver aquel boquete horrible, que en su 
febril se representaba como el ojo y la 
e la inmunda canalla, que sin cesar le 
a y le escupía. 
de la Cuadra estaba encerrado en un 

de otra crugía, y no gozaba de la pre- 
cia de vistas á la calle. En su encierro 
bastante claridad, y tenia mejores 
s que Vinuesa, entre ellos una cama 
), También su puerta se ornaba con 
ñones; pero en lo interior no las ha- 
>rtificábanle piincipalmente los gritos, 

y disputas de los milicianos nació- 
lue tenían su cuerpo de guardia en el 
t y que alborotaban en el patio más de 
eniente. 

tante después del encierro sintióse ata- 
3 dolores en las articulaciones de las 
, y no dudó que su reumatismo consti- 

1 le iba á hacer una nueva visita. Guar- 
an resignándose al suplicio de sus dolo- 
paciencia cristiana, y tuvo varias al- 

iras de alivio ó recrudescencia. A falta 
lios médicos, disfrutó de los cuidados 
^labozero algo piadoso, que por haber 
lo del mismo mal, no solo poseia recetas 



268 B. PÉREZ GALDÓS 



y cierta ciencia práctica^ sino también una ca- 
ritativa compasión hacia todos los reumáticofi* 

De esta manera trascurrieron muchos días* 
Lo que más hondamente perturbaba la natunr 
leza moral y física del ex-oidor era la inconui- 
nicacion y con ésta la negra tristes» en que 
vivia, si aquello era vivir. Solo, febril, con- 
templando perpetuamente su situación, midieDr 
do sin cesar la considerable distancia que le 
separaba de su hija, pasaba las largas hoiM 
del encierro, y veia la lenta serie de noches y 
dias, marchando como las ruedas de una loir 
quina de tormento. A ratos oraba, á ratos do^ 
ramaba amargas lágrimas; por breves momtt- 
tos recibía consuelo de su propia imaginacioii 
representándose la libertad y la paz de su cafl^' 
pero estas bellas sombras pasaban pronto, jA 
calabozo le ponia delante sus cuatro paredei 
inalterables. Conocido el estado de su ánimO) 
lleno de amargura, se comprenderá cuáles se- 
rian su asombro y emoción al ver que un di* 
se abrió la puerta del calabozo, que entró un 
hombre, y que en aquel hombre reconoció, des- 
pués de congojosas dudas, la persona autáor 
tica de Salvador Monsalud. 

Éste corrió á abrazarle y Gil de la Cuadra 
se desmayó de alegría. 

— jMi hija, mi hija!.... — murmuró cuando 



-•f 



EL GRANDE ORIENTE 267 

noobtába el uso de la palabra. — ¿Ha muerto? 

—Animo, Sr. Gil — gritó Monsalud. — Pron- 
to verá usted á su hija, que está buena como 
imnca, y muy contenta por saber que pronto 
Mará usted libre. 

—¡Yo libre! — exclamó el anciano abrazan- 
do á bu amigo. 

— Todavia no; pero pronto será. 

— jY Anatolio? 

—No ha venido aún. 

Siguió haciendo preguntas, menudeándo- 
hu con tanta prisa que casi no daba tiempo á 
k contestación, y al fin se ocupó de su causa 
¡vehabia dejado para lo último. Monsalud en 
bwves términos le explicó, si no todo, gran 
fttto de lo que habia hecho, así como las cir- 
ionstancias de su presencia en la cárcel y el 
lestino que desempeñaba. 

—Tengo la seguridad — dijo, — de que conse- 
joaxé un objeto en el cual he empleado tan- 
a actividad, tanta fuerza, tanta paciencia. La 
aafcidad de la obra emprendida, que es el 
omplimiento de una de las primeras leyes 
ristianas, me hace creer que esta vez, como 
tra8, mi trabajo no será estéril. He sufrido 
ontrariedades, amigo mió, contrariedades gra- 

; pero al mismo tiempo he empezado á co- 



268 B. PÉREZ OALDÓS 



nocer uno de los mayores goces que puede sen- 
tir el hombre y que hasta ahora 

— No había usted conocido. 

— ^Al menos en tan alto grado. 

— El goce incomparable de hacer bien á un 
semejante — dijo Cuadra con voz balbuciente , 
por la emoción. i 

— Ese , sí, y el de poder dar forma al agnh \ 
decimiento expresándolo en hechos. \ 

— jOh! sí, también eso es un goce inaudito, j 

— Y tranquilizar la conciencia. 

— Es verdad. 

— Porque el recuerdo de las grandes feltaa— 
añadió Monsalud, — no se atenúa sino con b - 
práctica constante de buenas acciones. 

— También, también. 

— ^Todo me anuncia que esta vez mi afimno 
tendrá, como otras veces, un éxito desdichado. 
El corazón mió, que es la desconfianza misniA» 
me está diciendo ahora: utriunfieimos, triunb- 
mos de seguro. 'i Será usted libre, amigo miO; 
y lo será pronto. Solo le recomiendo á usted 
un poco de paciencia. Consuélese usted con sar 
ber que me tiene muy cerca, y que estoy dis- 
curriendo los medios de rematar nuestra ob»» 
Gil do la Cuadra, arrojándose en brazos de 
su protector, lloró como un niño. 




EL GBANDE ORIENTE 269 



Mientras esto ocurría, todo Madríd se alar- 
iba con una estupenda noticia. Por todos los 
nicsy por todos los clubs, por todos los 
renlos corría una noticia, que muchos supo- 
in increíble, por lo disparatada, y otros acep- 
ban con resignación como una nueva prueba 
I los desaciertos y traiciones del Ministerío. 
i fiscal de la causa formada contra Vinuesa 
> pedia para ^te más que diez años de presi- 
0. El pueblo irritado, á quien hablan hecho 
wr que la muerte del arcediano no era bas- 
óte castigo para las culpas de éste^ vio en 
I diez años de presidio una pena tan suave, 
la más que pena le parecía recompensa. De 
I demás conspiradores absolutistas nada se 
óa aún; mas era probable que recibirían en 
go de sus infamias algunos años de encierro, 
decir, confites. 

No es preciso indicar que en todo Madríd 
principalmente en los barríos bajos era un 
'Uigelio la opinión de que hoibia corrido 
^ho dinero para absolver á los malhechores, 
los más listos decian: 



270 B. PÉREZ Caldos 



— ¿Pues qué? el Bey no podía dejar perecer 



á sus amigos. 



En esto se equivocaban, porque Femando 
se distinguía de todos los maleados por un \ 
funesto sistema de abandonar cobardemente i ; 
cuantos le habían servido, j aun gozarse de nñ - 
modo incalificable en la desgracia de elloi, como ^ 
lo prueban, entre otras muchas cosas, las oék- ■ 
bres palabras que pronunció ante los guardiu 
fugitivos y vencidos el 7 de Julio. La verdade- 
ra causa de la lenidad relativa del fiscal y wÍB 
tarde del juez, fué que el Ministerio y los mir : 
sones habian llegado á comprender cuan bar- ' 
bara y soez era la excitación vengativa del po^ 
pulacho, á pesar de haberla excitado ellos mdh ; 
mos en Febrero y Marzo, y quisieron veoSs j 
homenaje á la humanidad y la justicia, en- « 
tando un sacrificio inútil. Hemos llamado .le- 
nidad á la pena anunciada, porque con respec- 
to al furioso ardor de la canalla lo parecía; 
pero en rigor de justicia era una atrocidad, que 
solo tiene disculpa en las infames tranaaocionfli 
á que obligan los yerros políticos. 

En los comuneros la noticia fué chispa ar- 
rojada á la mina. La fortaleza reventó y una 
explosión de salvajismo, de barbarie, de odio y 
necedad atronó la Plaza de a/rmaa. Los homar 
dos y los inocentes, que no eran los menos bajo 




EL GRANDE ORIENTE 271 

bandarte de Padilla^ hacían coro á los mal- 
•8, por la solidaridad que entre todos rei- 
». Eran los primeros envueltos en el torbe- 
, y sin saberlo, estaban tan locos como los 
Cb; mejor dicho, los honrados y los inocen- 
ran los verdaderos locos, porque los per- 
M conservaban bajo la borrachera de ven- 
ft BU nefanda razón. Pero en realidad la 
¿a de la blandura del juez, más les alegra- 
ae les añigia. Servíales de protesto para 
ir eoa ejercicio su ideal de barbaridades, 
pellos y desafueros, y de admirable tema 
gritar contra el Gobierno, llenándole de 
y escarnio. Acogieron, pues, el suceso 
d firenesi del beodo á quien dan aguardien- 
' se hartaron de furia, de exaltación poli- 
poniéndose como demonios en la se^on 
celebraron la noche de la noticia. 
tornero Alpuente, á quien respetaban, no 
» presidir la sesión, porque le fué imposi- 
lofbcar el tumulto. Begato emitía con su 
bual tono de importancia las opiniones más 
cundas. Megía sudaba gritando, y con el 
o encendido, gesticulaba sin poder conse- 
qnele oyeran. Pelumbres daba golpes en 
GU1C08 con un bastón semejante á la clava 
lárcules. D. Patricio, renunciando á ser 
por toda la Asamblea, pronunciaba, ora 



272 B, PÉREZ GALDÓS 



frases áticas, ora apostrofes demostenianos en 
un pequeño grupo que se formó á su lado. En i 
suma, la Plaza de Armas, más que gnamiaoii i 
regular, parecía un ejército indisciplinado, tm "^ 
manicomio insurrecto, ó un infierno en que fii&- , 
se ley la libertad individual para hacer dift- "; 
bluras. Cada cual pedia una cosa distinta, y tf ^ 
incomprensible que no se rompieran la caben 
unos á otros, único medio y fórmula de ctíoár 
liar todas las opiniones. 

Era que comunmente la Asamblea en pleno 
no resolvía nunca nada, siendo más bien d(X»"' 
trinales, digámoslo así, sus sesiones, que qe* 
cutivas. La alta dirección de la ComwrwHafB' 
taba como la de los masones, en un peqtuA 
consejo, en cuyo seno ha llegado la hora dv 
que nos introduzcamos osadamente. Hemos p>^ . 
sentado en otro libro la camarilla de Palacio (!)• 
Tócales ahora su vez á las camarillas popalflr 4 
res, poderes igualmente misteriosos y pOTbff" 
badores^ y la dificultad de nuestro trabajo Wr 
menta, porque las camarillas eran dos: la ^ 
populacho ó de los exaltados, y la de los oflWí" 
titucionales ó moderados. Procedamos co» 
método. 

Cbmarííía del populacho. — No tenia locil 



(1) Véanse las Memorias de un CoHeHmódeW^* 



. <f 




BL GfiANDK OKIBJNXJS 273 

yo. Reuníase algunas veces en un departamen- 
¡o reservado del café de Lorencini; otras en el 
Husmo local de la Asamblea, ó en casa de Re- 
pto. La reunión de ella que nosotros vamos á 
imenciar, no fué celebrada en ninguno de es- 
ios parajes, sino en una taberna de la calle de 
]i Estrella. De los veinte diputados comuneros 
{|a, asistió ninguno; de los periodistas, solo Me* 
IIé; de los que tenian cargos oficiales en la 
Anmblea de Padilla, solo Regato; de los vie- 
'jos, solo D. Patricio Sarmiento; pero no falta- 
;klliii-uno siquiera de los amigos de Timoteo 
'{olambres, ni tampoco la pandilla de milicia- 
!{|0B nacionales, en la cual alzaba el gallo con 
üpbsiiera superioridad Pujitos. Sumaban entre 
MoB once personas, y para poder discutir con . 
M(b libertad, Regato mandó al tabernero que 
Iferase, luego que todos estuvieron dentro, y 
cnando el vino empezó á hacer su oficio para 
loe las lenguas pudiesen desempeñar mejor el 

ttyo. 

— Queridos compañeros — dijo Regato, — es- 
bmos perdidos. 

Esta frase hábil produjo la sensación apete- 
cida. 

— Perdidos, porque el Gobierno nos vá á me- 
^ el diente, y los hombres gordos de nuestro 
paxtido se esconden en su casa llenos de miedo. 

18 



274 B. PEBEZ GALDÓS 



— Eomero Alpuente — dijo uno, — tiembla 
como una gallina mojada. 

— ^Desde que se ha dicho que el Gobierno vá 
á pegar, nuestros diputados ya están buscando 
yendas. 

— Está visto que para reclutar gente válero- 
si^-dijo Begato á qiüen agradaba mucho la 
veneración con que era oido, —no hay qoe 
contal* con gente de lengua y pluma. ¡Pobie 
pueblo, siempre sudando por gobernar, como 
manda la ley de Dios, y siempre engañado por 
tanto pillo! Está visto que mientras el pudbb , 
no diga: «pues esto quiero y esto ha de seni| J í 
lo haga como lo dice, no tendremos libertad. '" 

—-Pero cuando el pueblo quiere portea? ^ 

• como quien est — manifestó Pelumbres, — vienA \ 

los futraques, llenos dejabon y pomada, y sMü ; 

los catecismos de la política para decirnos ooM ; 

lelas y de mil flores con lo cual se acaba j 

todo, y en buenas palabras resulta que somos j 
unos zopencos y ellos unos Salomones. Noa- \ 
otros trabajamos y ellos comen. 

— Señores — repitió Regato dando un suBpi- 
10, — estamos perdidos. El Gobierno viendo 
que no servimos para nada, (y no me vuelvo ^ 
atrás....) que no servimos para nada, vá á p6- ^ 
gar, pero á pegar muy fuerte. 

Breve silencio siguió á estas palabras. 




EL GBAXDE ORIi:>TE 275 



OS palos serán para el que los aguante; 



os palos serán para todos — afirmó Re- 
1 el tono de la mayor competencia. — Yo 
mena tinta lo que trama el Gobierno; 
3do, y pues venimos aquí para ver cómo 
fendemos, lo voy á decir. 
L Gobierno vá á cerrar los cafés. 

á reformar la Milicia Nacional de modo 

entren sino los que él quiera. 

á corregir la Constitución. 

á poner dos Congresos, uno como el 
Á, y otro de clérigos, obispos, generales, 
sses, camaristas , y toda la recua de al- 
as, persas y serviles. 

á suprimir todos los periódicos — indicó 
I, dando á entender de este modo sus 
es literarias. 

á mandar á Eiego á Filipinas. 
>do eso y mucho más hará el Gobierno — 
^to; — pero como á quien más aborrece 
os buenos patriotas, empezará su obra 
ando á los buenos patriotas que somos 
os. 
osotros — repitieron algunos. 

pasando la mano por el lomo á los ser- 
que serán los mandarines de mañana, 
ignifíca la libertad de Yinuesa? 



276 B. PEBEZ OALDÓS 



— ¿La libertad? 

— La libertad, si. Para los bobos eso de loB 

diez años de presidio significa diez años de -; 

presidio; pero para nosotros que somos tan lis- , 
tos y vemos un mosquito en la punta de hha ; 
torre, esa pena no es más que la absolución del -j 
cura. 

— Es lo mismo que yo pensaba. 

— Le sacan de la cárcel; hacen la pamema 
de llevarle á Ceuta; métenle en cualquier con- . 
vento donde habrá abundancia de bueñas ma- 
gras, pollos con tomate, gi'an trago de vino y 
muchachas bonitas; dicen luego que se ha eaofr- ^ 
pado, y al poco tiempo, indulto. Ti*as el indul- 
to viene la canongía y tras la canongía k 
mitra. 

— Pues estamos bien — dijo uno con impar 
ciencia golpeando el suelo con su basten.— 
Protesto. 

— Protesto yo también — exclamó Pelumbrei. 

— Si la Sociedad de los Comuneros que em- 
pezó con tan buen pié, no saca ahora la cabe- 
za, ¿para qué sirve? 

— Para nada, Sánchez, para nada — ^repuso 
un hombre que era tratante en cueros. — Desde 
que oí discursos y vi papeles y toTruk la paJa- 
bray daca la palabray se me cayeron las alas 
del corazón ¡botijos! yo no sirvo para esto. 




KL ORAXPE ORTEXTE 277 



—Es muy posible qne el Gobierno tenga la 
alevosa intención de indultar á Vinuesa y aun 
darle una mitra — dijo con gravedad un indiví- 
duo de aspecto decente, furibundo patriota 
evadido que tenia dos tiendas y un buen nom- 
ine que no hace al caso; — yo creo cuanto ha 
dicho el amigo Regato, porque el Gobierno 
es en la superficie liberal y en el fondo absolu- 
tista. 

Biego estuviera en Madrid, otro gallo 

cantara, amigos — indicó Regato. — Yo de 

. wi e6 decir que si tuviera dos docenas, dos do- 

tBDBB nada más de buenos patriotas, intenta- 

na cualquiera sublimidad. 

5 • -^Cualquier hazaña épica, digna de perpe- 

6 jkoarse en mármoles — dijo D. Patricio. — Señor 
^ lljgato, manifieste usted con claridad su pen- 

wniento. ¿Se trata de que Madrid se levante 
an masa y arroje del gobierno á ese Ministerio, 
y convoque otras Cortes, y aun le caliente las 
otejan al Rey neto! 

— ^Eso es difícil hoy; pero no lo será dentro 
de seis meses, cuando estemos mejor organiza- 
dos^ y se multipliquen las Caaos fueries de loa 
re^mientos y se reciba el dinero que nos han 
prometido de América. Contentémonos ahora 
con dar una prueba de nuestro mucho poder, 
de lo que somos y lo que valemos, para que 



278 B. FEBEZ GALBOS 



tiemble el cobarde tirano y nos tengan miedo 
los mandarines. 

— Ved aquí, amigos mios, — dijo Sarmiento, 
— cómo admirablemente concuerda con mi opi- 
nión la del Sr. Regato. Siempre he sostenido 
la necesidad de elevar la voz para que nos oigan, 
de alzarnos sobre las puntas de los pies para 
que nos vean^ de presentarnos en todas partea 
para que nos toquen^ mientras llega la hora 
sublime de los bofetones. 

— Yo no entiendo de estas máquinas sutileB 
— manifestó con la ingenuidad de la barbáriOi 
el llamado Sánchez, que era miliciano y habia 
sido primero cortador de carne y después em- 
pleado en cárceles. — Yo lo que sé es que si coBr 
viene dar porrazo se dé porrazo. No hay más 
que dos políticas: dar y recibir. 

— En lenguaje sencillo— dijo Megía, — ^ha ex- 
presado Sánchez la idea de que mientras no se 
puede realizar una insurrección que dé la vio- 
' toria al pueblo, se hagan manifestaciones pa- 
trióticas con objebo de que se nos considere 
como un elemento importante, capaz de cual- 
quier cosa en el Gobierno ó en la oposición. 

— A eso iba — indicó Regato con aoento ma- 
gistral. — En pocas palabras, señores; el Go- 
bierno dice blanco, pues nosotros decimos ne- 
gro; el Gobierno quiere coles, nosotros leobn- 



'jí-r^. T 



EL GRANDE ORIENTE 279 

gas; el Gobierno dice por aquí no se vá, nos- 
otros decimos^ por ahí iremos. 

— ^El Gobierno dice, no más clvJbs, nosotros 
respondemos, vengan clubs, 

— ^El Gobierno quiere poca Milicia, nosotros 
macha Milicia. 

— "Eí Gobierno paz, nosotros guerra. 

— ^El Gobierno perdona á los absolutistas, 
paes condenémosles nosotros. 

— Condenémosles, caballeros, — ^gritó el tra- 
tante en corambres. — ¡Botijos! Si nosotros no 
lULoemos la justicia, ¿quién la vá á hacer? 

Dando golpecitos en la mesa con el fondo 
dfll vaso, después de beberse el contenido, en- 
tonó esta canción: 

Ay le lé, que toma que toma, 
ay le lé, que daca que daca, 
ya no bastan las razones, 
apelemos á la estaca. 

— ^El ciudadano D. Bruno ha tocado el punto 
más delicado de la política actual— dijo Bega- 
to. — El pueblo , señores, no debe consentir la 
impunidad de quien ha trabajado y trabaja 
aún en contra del pueblo. 

— {Botijos!.... no. 

—De ninguna manera. 

— Consentirlo seria gravísimo desacierto — 
afirmó Sarmiento. 



230 B. PÉREZ OALDÓS 

— Como me llamo Pelumbres, tan cierto es 
que todo el dia he estado pensando en que de- 
bíamos hacer justicia, porque podemos y ddbe- 
mos hacerla. Y si el pueblo no es soberano 
para esto, {para qué lo es? 

— A fé de Megía, sostengo que cuando loB 
jueces son inmorales y corrompidos, el pueMo 
no tiene más remedio que echársela de juei. 

— Pues con una palabra basta — afirma el 
tratante en pellejos. 

— Es preciso sacar á Vinuesa de la cáioel 
antes que le indulten. 

— ^Y ahorcarle — dijo Sánchez, apretáxkdon 
su propia garganta. 

— En la plazuela de la Cebada. 

— En la plaza de Palacio, delante del balccm 
de Su Magestad — gruñó Pelumbres. 

— ^Admii*able y sensata idea — dijo Regato;— 
pero me parece irrealizable. No es preciso que 
se lleven las cosas á ese extremo de perfección. 

— No puedo aconsejar tranquilo la muerte 
de un hombre— afirmó Sarmiento con grave- 
dad; — pero hay sacrificios necesarios, indispen- 
sables, y el cura de Tamajon debe morir. Tam- 
bién hay en la cárcel de la Corona un dichoso 
Gil de la Cuadra, ex-vecino mió, que es uno 
de los servilones más furibundos, y un conspi- 
rador terrible. 



¡1 de la Caa-irsi — i: o Ii¿-v^v. ':Jt^r,^íiÁ'j 

después de Ls^-.^rl-r í:r-iii::^i: ¿ vi .v--^- 
no me cons:^. Vítí,sc 1; "rr.: -«vt .'^ vi/'v 
I traidor Mcnsil-i *e cL'i ce i.-.^. *¿Zi 
te — indicó Pe.-n'ireí. — E*r: ':kj:jii^.Sí 
% de entrar en L~^:ra S>::.ííÍ3s¿; ?-* 4/:- 
un destino iel G:',:err-':. 
a la cárcel ce li 0:r',rji z.z^:^>j::.ifur^.^^ 
Megía. — N: 1',, r.*: .ieri 7."e-do pJi^ftíVy 
ianza, señore=. A'--:í I-Jivi-ir// ^jí*rrí>:/>. 
3ngo á Mensa] •:d pvr "irji p^r-yvrjk c.ecírri- 

D. Pairicio. — Eí í.rr--¿;o ir.! o y r-o -.e 
paz de seri-i: á 1. • rrj&.y>r.e:5. L^ ?-e oi/í'!/ 
pestes de e=:- T^ñ'.re». 

ía lo que fuere — dijo Sánchez, ^-^llo en 
bes de meter i5.enie;arit*« tip^»s ennnefetra 
id, debiérarLos r-erjsarlo mncho. 

1 justa la ceri=:ura. annque confieso que 
presenté — dijo K^srgato: — pero no hay 
I para desoonñar de tal joven. Tengo mo- 
)ara creer que puedo dominarle en un 
ito dado. Ese hombre será mió cuando 
era. En vez de importamos que esté em- 
enla cárcel, debemos felicitamos de ello, 
mos partido de esta circunstancia, 
le-botijosl.... ¡Si está en mi lugar y en 
to de que me echaron hace dos meses esos 



282 B. PEBEZ GALDÓS 



mamones!.... ¿pues no me ha de importar? Es 
un caballerito á quien tengo atravesado aqtd. 

— Dejemos esta cuestión mezquina, señores, 
y volvamos á lo principal — dijo Regato. — ¿Hay 
aquí gente de valor? 

— Basta y sobra; pero si se quiere cosa ma- 
yor, con dar la voz en ciertos barrios, se tendía 
toda la gente que se quiera. 

— Sr. D. Bruno, ¿se puede ir á donde se 
quiera? 

— ^Al cabo del mundo. Digan hora y lugar 7 
allá estaremos todos. No saldrá tan mal como 
la noche de los embajadores del Ruso 7 d 
Turco. 

— Mañana mañana — dijo R^[ato me- 
ditando. — ¿Cuál será la mejor hora? 

— Por la noche. 

— No, por el dia. 

— ^A las doce del dia — ^gritó el más decente 
de todos. No se trata de ninguna traición, sino 
de una obra de justicia. 

— ¡Excelente idea! A las doce del dia. 

— Cora/m populo, — murmuró Sarmiento. 

— ¡Botijos! á las doce en punto. 

— ^Y ahora — dijo Regato levantándose,— 4 
prepararse. La cosa puede ser sencilla si el Qo- 
bierno deja á la Milicia en la guardia de la 
cárcel. Pero si pone tropa 



' - «i _»■''• 




EL GBAKDE ORIENTE 283 

— Sise atreve á poner tropa, entonces 

— Que ponga tropa — ^gritó Pelumbres dando 
un puñetazo, — ^y se hará justicia á la tropa. 

— Eso es, justicia á la tropa. 

— ^Porque no es más que justicia. 

—Esta noche hay otra vez Asamblea, seño- 
uto, — dijo Regato con misterio. — Mucho cuida- 
do con los caballeros comuneros de corbatín 
almidonado y palabrejas cultas. Dirán, como 
erta noche que estamos locos. 

-r-^Se guardará secreto? 

— ^Hasta donde se pueda; pero hay que re- 
dntar gente, mucha gente. 

— jA la Fortaleza, á la Fortaleza! 
^ — ^En la Fortalezahsjy espías y traidores que 
todo se lo cuentan al Gobierno. 

—Si el Gobierno lo sabe, mejor — vociferó 
Pelumbres. — ¿Qué apostamos á que voy á Pa- 
lacio y se lo digo yo mesmo al Rey? 

Una carcajada general acogió estas pa- 
labras. 

— ^Las cosas claras. Se vá á hacer justicia. 
Yo lo digo á todo el que me quiera oir. ¡Mue- 
ra Tamajon! 

— {Muera Tamajon! — ^repitieron todos menos 
Be|2;ato. 

Éste con voz apagada y razones conciliato- 
rias quiso aplacar á sus amigos; pero estaban 



I 

i 



284 B. PEEÍZ CrALDÓS 



muy encariñados con la idea emitida por el 
dos veces gato, para dejársela quitar. Hay qne 
pensarlo mucho, antes de arrojar la piltra& i 
esta especie de carnívoros; pero unH vez^arroja- 
da, el que aspire á quitársela se expone á recibir 
un mordisco ó arazaño. Asi lo comprendió d 
fundador de la Comunería. Cuando los indivi- 
duos de su alto Consejo salieron á la calle ru- 
miando el sangriento manjar que les hftlriA 
puesto en la boca, el cobarde Regato se asostó 
un poco; pero aún tenia seguridades muy gran- 
des de no ser sospechoso, y entre Pelumbresy 
D. Bruno marchó resueltamente á la AsaniUea 
que aún estaba abierta. 



Poco después de este suceso las Plazas fim' 
tea y Salas de armas encerraban un partido ea 
ebullición. Después de media noche la mayor 
parte de los comuneros sabían que estaba acor- 
dada para el día siguiente la muerte de Vinuesa. 
A la madrugada, sabíanlo también los masoneB 
por su bien servido espionaje, y conmovido el 
Oiunde Oriente ante amenaza tan audaz, deli- 



/ 




EL GBANDB ORIENTE 285 



$ con calor y afán tan importante asunto. 
qne allí se dijo veráse á continuación. 
Camarilla constitucional. Reuníase casi 
apre en •! Grande Oriente, con asistencia 
nachos hombres que se tenian por lumbre- 
de otros que realmente lo eran y de mu- 
1 que si carecían de soberbia ó de mérito, 
rában buenos sueldos en las oficinas del 
ao. En la Masonería habia, según los datos 
i verosímiles, cincuenta y dos diputados. 
Los Ministros, la mitad por lo menos carga- 
el mandil. Focos eran entonces los hom- 
\ notables por su talento oratorio ó por 
pluma , que no doblasen la cerviz ante el 
bario eleusiaco, y muchos que después han 
rado en los partidos reaccionarios adoraron 
Lcacia. Tal fué el atractivo del Orden masó- 
>, que aún se dice trataron con él cléri- 
no apóstatas y un general de franciscos 
después fué arzobispo (1). Para que nada 
ase, los del Arte-Real vieron en las logias á 
[nfante, que recibió el nombre de Dracon, 
la risible particularidad de que le llamaban 
con. Un general muy célebre era designado 
lio II. Puede dudarse, que el mismo Fer- 
do VII recibiese salario masónico; pero no 

) Fray Cirilo de Alameda desmintió de un 
jO enérgico la aseveración de Qaliano. 



e 



286 B. PEBEZ GALDÓB 



qae los nombres más ilustres y respetables del 
presente siglo, los nombres de Arguelles, Ca- 
latrava, Quintana, San Miguel, Flores Estra- 
da, Qaliano y otros figuraron en las listas de 
Maestros, siendo probable ^ne todos elloB fií»* 
ran Svhlimes perfectos. 

La camarilla, en la hora que nos es pennt 
tido asistir á ella, estaba formada por seis indt 
yiduos nada más, cuyos nombres, á excepcum 
del de Campos, deben mantenerse en secrerSI 
en el trascurso de la relación son conocidos, 
enhorabuena; pero no se culpe al novelador 
de haber manoseado nombres pertenecienteB i 
personas de distinto valer, pero todas respetfr* 
bles, algunas de las cuales han respirado hasli 

hace poco y quizás haya alguna que respire 

todavía. 

Los de la camarilla se reunían en la lóffAf 
pero allí estaban familiarmente y sin ceremo- 
nias de rito, como clérigos en la sacristía. De los 
seis, cuatro eran diputados; y de estos, dos har 
bian sido Ministros, y uno lo era en aqueUoB 
dias. De los dos restantes, uno casi no era ma- 
són, hallándose en la categoría de dimmente, 
y el otro era Campos. Atención. 

Tiene la palabra un joven de treinta y tres 
años, alto, elegante, fino, airoso. Sus modales 
y su vestido eran como su estUo, la corrección 




EL 6KAia>£ OSIENXE 2$7 

la. Su rostro morenísimo y su gi*an boca 
Die aspecto de fealdad; pero tenia la be- 
de la expresión j un claro sello de hidal- 
y caballerosidad que cautivaba. Sus ojos 
n^TOS y vivísimos, llenos de esa luz par- 
ir que indica poderosa erección de la ün- 
¡ sus cabellos alborotados y fuertes, algo 
idos á los de Chateaubriand, rodeaban 
«paciosa y limpia y celeste frente, emble- 
el privilegiado artista. Era su voz grave 
miasiva, y si su estilo carecía de arrebato, 
en cambio la serenidad más simpática y 
ento que subyugaba oídos y corazones, 
¡nosotros — dijo señalando á un amigo que 
á él se sentaba, — estamos decididos á no 
ur nuestro nombre á los errores que se es- 
)metíendo. Amamos la libertad con deli- 
ero aborrecemos los excesos del populacho 
ignominiosa licencia. Antes que empu- 
la Nación por este carril que la precípita- 
el abismo, nos retiraremos de la política, 
remos toda influencia, perderemos núes- 
•opio prestigio, y entonces la vergüenza 
ber contribuido á este desorden nos servi- 
castigo. No se nos oculta que el absolu- 
volverá y quizás pronto, si á tiempo no 
le mano en reparar el Reino que se des- 
\,; y el absolutismo vendrá^ porque las 



1 



2Stí B. P£UEZ GALDÓS 



iustituciones vigentes no ofrecen condicioneB 
de vida saludable y duradera^ porque carecen 
de fuerza para contener en límites razonables 
la iniciativa popular y son incapaces de fundar 
nada sólido. Que el Gobierno, sabedor de 1a 
inicua amenaza de los exaltados, evite que se 
consume hoy un horrendo delito; ha^ eor 
tender á esa gente que su destino y miáoii 
no es todavía ni será en mucho tiempo dirigir 
la cosa pública; establezca el imperio de h 
razón, de la calma, del buen sentido, y en- 
tonces variaremos de opinión. Mientras esteno 
suceda, la división será completa, y si hoy pe^ 
manece oculta por nuestra prudencia, mañana 
trascenderá á las Cortes, y de las Cortes á todo^' 
el país. 

— Y se formará el partido anillero 6 de loq 
amigos de la Constitución — dijo un viejo alto 
y flaco, nervioso y lleno de vivacidad, que 
respondía entre masones al nombre de CaríolOr 
no, y era célebre por un folleto contra los abso- 
lutistas y varios escritos de Economía política. 
— Esta nueva escuela será funesta. Tendremoa 
al fin tantos partidos como hombres, y no habrá 
un solo individuo que se resigne á pensar oomó 
los demás. 

— La Sociedad de los amigos de la Constituí 
cion — dijo el compañero del primer orador, qne 



i 



^■" 




EL GEANDE OEIEXTE 2S9 

into á él se sentaba, — responde ala necesidad 
aperiosa de establecer nn término medio entre 
ks antiguas leyes, que viven encarnadas en el 
bíb, y los principios liberales. ¿Por qué no 
emos de decirlo? Yo, por lo menos, tengo mi 
leal en la Caria francesa, con las dos Cámaras 

el veto absoluto. 

Oyóse un murmullo de desaprobación. 
. — Condenamos igualmente — dijo con grave- 
ad el de los cabellos alborotados y la boca 
rande, — toda clase de reuniones como esta, 
ae ó sirven para fomentar el jacobinismo y 
freoer un secreto peligroso á las intrigas y á 
18 ambiciones, ó no sirven para nada. 

— Estamos disputando sobre si nos hemos de 
ividir más todavía, mientras una cuestión 
álpitante, fundada en una alarma quizás 
lisa, reclama nuestra atención. Este asunto 
10 tiene espera. Nos está llamando, y nosotros 
) volvemos la espalda para discutir sobre si 
iébemos ponernos un anillo en el dedo ó un 
riangulillo de latón en el ojal. 

El que esbo dijo era un hombre de más de 
oarenta años, moreno como el anterior, de 
suxúones bastas y gruesos labios. Su cuerpo 
ra fuerte y algo pesado. Carecía de soltura y 
rracia y flexibilidad; pero en cambio parecía 
poseedor de una gi*an energia. Lástima que esta 



2i^() B. PERKZ OALDÓ8 



energía, circunscrita al entendimiento y al es- 
tro poético, no trascendiese ala voluntad. Gom- 
pletaban su persona cabeza admirable, abul- 
tada y lobulosa, ojos grandes y hermosos^ una 
frente á la cual no faltaba sino el laurel pon 
ser olímpica; expresión grave y tono sen* 
tencioso en la voz. Allí dentro le 11ann|»a : 
Pelayo. { 

— Es verdad, es verdad — dijeron los demás. ] 
— ^A la cuestión. j 

— Los comuneros han decidido sacrificará • 
D. Matias Yinuesa — manifestó Campos qae pa- ; 
recia secretario de la junta. | 

— Causa horror el ver que estas atrocidad» 
se cometan; pero causa más horror aún qué bb 
anuncien — afirmó el que oimos al principio da 
la sesión. 

— ^Yo no lo creo — dijo el poeta. — Los que ae 
ocupan en propagar alarmas han escogido arta 
para el dia de mañana. Reconozco que el poe- 
blo está irritado 

— Con razón — ^manifestó Coriolano. — Iaubot 
tonciadeljuezescapazde sublevar al pueblo más 
generoso. ¿Por qué se vocifera tanto contra al 
populacho, cuando sus excesos no son más qna 
el rechazo, digámoslo así, de las osadías de loi 
absolutistas? No, no está el mal en la canallai 
que es honrada y generosa: no morirá la lib0^ 



EL GRANDE ORIENTE 291 

. en manos del pueblo^ sino en manos de los 
t quieren establecer una transacción imposi- 
con el despotismo. 

CoriolanOy que se habia expresado con ener- 
f miró á los dos anilleros. Estos callaban, 
ique uno de ellos era gran retórico. 
r^o disculpo ni disculparé á los exaltados 
) protestan contra la sentencia del juez-— 
> Pelayo con calor, — pero téngase presente 
) há tiempo quedan impunes los mayores 
otados y crímenes de los absolutistas. Di- 
. que Vinuesa es tonto; yo no lo creo. Su 
a indica maquiavelismo, y por lo menos las 
mciones de este clérigo han sido perversas, 
lar y corromper la tropa, sublevar al pue- 
f sorprender á los principales diputados y á 
primeras autoridades, sacrificarlas inmedia- 
lente á la seguridad y á la venganza del 
tido conspirador y alzar sobre la sangre de 
lellas víctimas el pendón de la tiranía y de 
ntolerancia; estos son los proyectos conte- 
os en los atroces papeles de Vinuesa. Con- 
tó y aun confeso el miserable preso, no de- 
librarse de la suerte rigurosa á que se expo- 
L siempre los que traman semejantes atenta- 
contra la existencia de un Gobierno esta- 
ndo. El juez que ha despachado esta causa 
dicho públicamente que cualquiera de los 



292 B. P£REZ GALDOS 



cargos que obraban contra el reo era capital, j 
que por consecuencia era imposible salvarle. 
¿A qué este cambio repentino? ¿Por qué con 
tales antecedentes, Vinuesa no ha sido conde- 
nado raás que á diez años de presidio? Semejaor 
te condescendencia ha llamado justamente h 
atención pública. Hasta se aseguraque la AT^ 
diencia en vez de agravar la pena la suavizuá 
más. Dícese que han mediado presentes á los 
cuales la integridad del juez ha resistido con 
nobleza y con honor; pero que después han in- 
tervenido ciertos recados imperiosos de Palft- 
cio, á cuyas fulminantes amenazas no ha podi- 
do sostenerse el magistrado, haciéndole blan- 
dear desgraciadamente en sn fallo (1). 

— Siempre han de achacarse todos los yenW" 
á la incorregible mano oculta— dijo con des- 
abrimiento el retórico. 

— ¡Siempre se han de achacar al populacho! 
— exclamó colérico el que respondía al nombrt 
de Coriolano. — La plebe es causa de todo. I* 
Corte y el Rey no hacen más que rezar. Con 
tan admirable sistema de crítica, resulta in&- 
liblemente que la Constitución es detestablOi J 
que debe convertirse en Carta. 



(1) Este párrafo no es del novelista, eBdflki 
Cartas á Lord Holland. 




EL GSAXDE ORIENTE 293 

. —El populacho y la Corte— afirmó el retóri- 
co,— Hson igualmente culpables. Pero si se enco- 
mienda al primero el castigo de la última^ ésta 
yencerá. 

— ^Eso es lo que no sabemos — repuso con in- 
quietud y cierta excitación el economista. — 
Por de pronto tenemos que, según lo que aca- 
ba de decir nuestro discreto amigo, la irrita- 
cioa del pueblo contra Yinuesa y contra el juez 
AzisB, está justificada. 

-^Braman de cólera los genios impacientes — 
Bortovo Pelayo, — al contemplar semejante im- 
panidad, y hasta los más templados preven y 
Uoran las tristes consecuencias que necesaria- 
mente ha de producir Pero no puedo creer 

qne un partido popular haya acordado fria y 
villanamente el sacrificio del reo. Tanta bajeza 

inverosímil. 

— ^Es cierta, — dijo Campos que hasta enton- 

ij reconociendo su inferioridad, habia perma- 
necido mudo. — La Asamblea Comunera es un 
volcan que vomita sangre. 

— ¿Pero no queda duda de que han acorda- 
do eso? 

— No queda duda. Lo sé por los espías qne 
tengo allí. 

— Si el Gobierno se hace cómplice de iniqui- 
dad tan grande— dijo con honrada convicción 



294 B. PÉREZ GALDÓS 



el de los alborotados cabellos, — merece la exe- 
cración del género humano. 

Uno que hasta entonces no había prontmcia- 
do palabra, adelantó su cuerpo hacia la mesa, 
tirando de la silla, y habló de este modo: 

— ^No puedo callar después de lo que he oído. 
Se quiere que el Ministerio lo haga todo y na- 
die le ayuda, nadie, señores-, cuando tiene que 
defenderse contra la oposición de moderados y 
exaltados, y contra las conspiraciones de abso- 
lutistas y comuneros, que se dan la mano para 
trastornar el país. Pero el Gobierno no merecerá 
la execración del género humano. ¿Acaso es él 
quien ha alentado las conspiraciones de los ser- 
viles? Si ha habido cohecho en el asunto de k 
causa de Yinuesa, la venalidad estaba consu- 
mada antes del 4 de Marzo en que entramos 
nosotros. No podemos estar mudando jueces 
todos los días. 

—No se trata de mudar jueces; se trata de 
impedir que una gavilla de asesinos deshonro 
la revolución. 

— ¡Patrañas! Señores, es preciso acostum- 
brarse á no ver asesinos en todas partes. 

El que esto decía era un hombre casi ancia- 
no, masón, bastante listo y de mucha práctica 
en los negocios administrativos. ¿Por qué ocul- 
tar su nombre, que por sí se vela bastante con 



EL GRANDE OüIENTE 205 

■a propia oscuridad? Era D. Mateo Valdemoro, 
Ministro de la Gobernación. En la hora de la 
madrugada en que le vernos^ quedábale solo un 
dia de poltrona. 

— ^Yo creo que hay por lo menos exajera- 
don — dijo Pelayo. 

—Aunque sea exajeracion, deben tomarse 
precauciones — indicó Campos. 

—Pero, señores, es ridículo que por una 
alarma necia, llenemos las calles de artillería — 
indicó el Ministro creyendo que emitía una 
idea feliz. — Parecería una provocación, y lo 
qne no es más que una alarma insignificante, 
podría trocarse en formidable motín. Nada me 
mortifica tanto como la idea, muy generalí- 
Bada, de que el Gobierno simpatiza con Yínue- 
sa, con el Altillo y los demás absolutistas 
presos. 

—¿Entonces el plan del Gobierno es cruzar- 
te de brazos y dejar hacer? — preguntó con se- 
veridad el literato. 

r— El Gobierno castigará los desmanes. 

— ¿Qué desmanes? 

— Los que se cometan; pero no hará alarde 
de despotismo, no provocará al pueblo. 

— Porque le tiene miedo. 

— No tiene miedo, sino prudencia. La exci- 
tación que existe contra Vinuesa es natural y 



290 B. PEfiEZ GALDÓS 



lógica. Sl acuchillamos al pueblo, porque no 
simpatiza con los absolutist^is, pasaremos por 
serviles, y miesbro lema es Constitución. 

— Yo sigo creyendo que no habrá nada— dijo 
Pelayo, hombre que en su gi*an talento tenia 1a 
más patriarcal buena fó. — Repito que el pue- 
blo es bueno. 

— Si no le instigaran los tunantes 

— Es más — añadió el Ministro. — Si acudii- 
llamos al pueblo, daremos un gustazo ala Cor- 
te, Vinuesa estará libre dentro de dos meseSi y 
las cárceles llenas de liberales. 

— Pues ahorquen ustedes á Vinuesa— dijo 
con la mayor viveza el retórico. — Esto seria ló- 
gico. Lo absurdo es absolverle y permitir lai 
horribles venganzas del populacho. 

— Siempre el populacho es decir, elgatOi 

— sindicó CoHolano. 

— Si ahorcamos á Vinuesa, exacerbaremos á 
los serviles y á la Corte — dijo el Ministro en 
tono de perspicacia. — Prudencia por un lado y 
por obro, es lo que conviene. ¿No es el sistema 
de ustedes contemporizar con todos? 

El de los erizados pelos, es decir el retórico 
ó el literato, á quien esta pregunta se diri- 
gía, estuvo un momento sin saber qué con- 
testar. 

— Sí, contemporizar — repuso al fin, — esta* 




EL GBANDB ORIENTE 297 



blecer un equilibrio perfecto, dando la roano á 
anos y á otros; pero no á los infames, no á los 
asesinos. 

— Estamos juzgando un suceso que no ha 
pasado todavía ni pasarví probablemente — dijo 
Pelayo. — ¿A qué hablar de asesinos? Yo defien- 
do y defenderé siempre al pueblo. Si alguna 
vez asesina, hácelo con el puñal que le entre- 
gan los de arriba. 

— Sea de oro, sea de hierro, lo que importa 
es que no haya puñal — objetó el retórico. — En 
una palabra, señores, estamos reunidos para 
acordar si se debe impulsar al Gobierno á to- 
mar una medida enérgica. 

— [Una provocación!.... Yo opino como el 
Ministro — manifestó Pelayo. — El pueblo es 
bueno, es generoso; pero no debe ser pro^ 
vocado. 

— Pues preparémonos á que sea nuestro due- 
ño — dijo el que habia demostrado más seso. — 
Señores, — añadió levantándose, — mi compañe- 
ro y yo nos retiramos para no volver más 
aquí. 

El viejo economista tiró al retórico de los 
faldones de su levita, diciéndole con buen 
humor: 

— Señor cartista, no nos deje usted tan 
despiadadamente. Somos amigos y zanjare* 



298 B. PÉREZ GALDÓS 



mos nuestras diferencias en familia. Disca- 
tamos. 

— Me parece que se ha discutido bastante. 
¿No ha llegado aún la ocasión de hacer algo? 

Aquel hombre que tan bien se expresaba, 
demostrando tener en su espíritu el instinto de 
la eficacia política, era de voluntad flaca, como 
los demás. La sensatez de sus ideas era un fe- 
nómeno comprendido dentro de la serena esfera 
de las aptitudes literarias, y al es:presane 
con tanta cordura, hablaba su talento, no 
esa facultad prodigiosa en que se confunden 
perspicacia j acción, conformando al hombre 
político. La misma perplejidad que tanto com* 
batia le contaminó cuando fué Ministro. Ama- 
ba la Carta; pero cuando pudo ocupársele 
ella con éxito, pensaba demasiado en la de Ho- 
racio á los Pisones. 

— ^Todo puede arreglarse — dijo Pelayo.-r 
Por si ó por no , y aunque hay en esto mu- 
cho de ponderación, creo que se debe quitar 
la guardia de milicianos que está en la cárod 
de la Corona, y reemplazarla con tropa de 
linea. 

— Eso me parece una necesidad imperiosa—^ 
añadió Campos, atreviéndose, contra su co&< 
tumbre, á hacer algo más que callar y tomar lo 
que le daban. 



■ . ■ .. 







£L GRANDE OSTENTE 1399 

— ^Al menos eso probaria cierta prudencia en 
el (lobierno — dijo el de la Carta deteniéndose, 
mas sin volver á sentarse. 

—No, la verdadera prudencia — objetó Val- 
demoro, — consiste en no poner ni quitar nin- 
guna guardia, porque eso seria origen de sos- 
pechas, hablillas, escándalos y seguramente de 
disturbios graves. 

— ^Adios, señores — dijo el simpático y cortés 
joven de treinta y tres años. 

— Mudar la guardia me parece una provoca- 
don — repitió el Ministro consultando fríamen- 
te el rostro de los tres que á su lado quedaban. 
Ninguno dijo nada. 

— Si se hace con maña y habilidad — dijo Pe- 
layo, — quizás no. 

— Señores — manifestó el Ministro con la in- 
quietud propia del que se ve abrumado de res- 
ponsabilidad. — Es muy fácil resolver todas 
esas cuestiones fuera del Gobierno, y cuando 
uno se mete tranquilamente en su casa sin dar 
cuenta á Dios ni al diablo de lo que hace. Us- 
tedes hablan, como los libros. Un lenguaje dis- 
creto; pero la práctica, señores, la práctica es 
cosa muy distinta. ¡Mudar una guardia! Parece 
la cosa más sencilla del mundo dicho así, como 
si se tratara de mudarse una camisa; pero los 
que estamos dentro del Gobierno vemos las co- 



300 B. PEBEZ GALOÓS 



Bas de BU tamaño. Bepifco que mudar mañana 
la guardia es pegar fuego á una hoguera. £1 Go* 
bierno trabajará; el Grobierno tiene alguna in- 
fluencia en las clases populares; aún puede con- 
tar con algunos comuneros que le sirven.... No 
pasará nada, respondo de que no pasará nada. 
— ^Mi compañero y yo — dijo el retórico dis- 
puesto á retirarse definitivamente, — apxeda- 
mos la buena voluntad del Gobierno; creemos 
que sus intenciones no pueden ser mejores; 
pero no podemos seguir asintiendo en esta jun- 
ta secreta á los actos de debilidad y á la inde- 
terminación que caracteriza á la política pre- 
sente. En las Cortes evitaremos todo lo peo.- 
ble la escisión; pero nuestra conciencia nos im- 
pide continuar aquí. Está probado que la So- 
ciedad á que hemos pertenecido estorba toda 
política formal, y es un aliciente para las am- 
biciones, para los disturbios populares, y aun 
para las sediciones del ejército. Hace tiempo 
que deseamos la ruptura; hoy se nos presen- 
ta una ocasión y la aprovechamos. Gobiernen 
ustedes en armonía misteriosa con los manejos 
de la Corte, porque las dos políticas contrarias 
que bajo tierra y en la oscuridad funcionan lu- 
chando, se acuerdan en una cosa, en hacer pol- 
vo y ruinas de la grandeza y poderío del Beino. 
Inspiren ustedes al Gobierno y á las CórteSi 




XL OBANDE OBUNTH 301 

dominándolos por medio de la amenazadora ex- 
tensión de estas Sociedades, y haciéndose pa- 
gar su protección con los destinos, las fajas, las 
miiras, las cruces que aguí se reparten. Yo re- 
nuncio á los beneficios y á la responsabilidad 
de esta labor oscura y funesta. Adiós, amigos 
Olios; la diferencia de opiniones no entibia la 
amistad de toda la vida, la amistad de Cádiz 
ea los dias de gloria, la amistad del Peñón de 
la Gomera en los di&s terribles. ¡Quiera Dios 
gne no volvamos á abrazarnos en los presidios 
de África! 

Dicho esto se retiraron. ¡Ay! Desgraciada- 
mente para España, en aquellos hombres no 
habia más que talento y honradez; el talento 
de pensar discretamente y la honradez que con- 
siste en no engañar á nadie. Faltábales esa 
inspiración vigorosa de la voluntad, que es la 
potente fuerza creadora de las grandes resolu- 
ciones. Los que salian, á pesar de su sensato 
hablar, eran tan niños como los que se queda- 
ban en el Grande Oriente, Entre todos juntos 
y fundiéndolos á todos, á pesar de la aptitud 
versificante y poética de algunos, no se habria 
podido obtener el brazo izquierdo de un Bona- 
parte, ni de un Cisneros, ni un Washington, ni 
siquiera de un Cromwell ó un Robespierre. ¡Ex- 
traña ineptitud ocasionada por la servidumbre! 



— - ^ 



302 B. PBBEZ GALDÓ8 

En la aña del dedo meñique de una mujer, 
Isabel la Católica^ había máa energía poUticaí 
más potencia gobernadora que en todos los poe- 
tas, economistas, oradores, periodistas, abogar 
dos y retóricos españoles del siglo XIX. 

¿Qué resolvió el Orande Oriente, después 
de la escisión? Cosas graves. Mudar algunos 
mandos militares, negar dos canongiafi, reco- 
mendar á los pueblos la elección de dos dipiir 
tados masones, adjudicar tres subastas, escri- 
bir las bases de una transacción con los ccnirar 
ñeros, leer algunas cartas que hablaban de 
conspiración, enterarse de algunas confiden- 
cias hechas por empleados de Palacio , subven- 
cionar un periódico, adjudicar trece destinos I' 
otros tantos masones, dar una pensión á k 
viuda de un perseguido á causa del Sistema^ 
echar tierra sobre un expediente de contra- 
bando, etc. 

¿Cuál de las dos camarillas es más respon* 
sable ante la historia, la del populacho ó la de 
los hombres leidos? No es fácil contestar. La 
primera, en medio de su barbarie, habla re- 
suelto algo en el asunto del dia; la segunda, 
á pesar de su ilustración, no habia resuelto 
nada. 



1 f^ 




EL GBANDE ORIENTE 303 



XXIV 



Salvador conoció desde la noche del 3 al 4 
el infame proyecto de sus compañeros de caba- 
llería. Si no pudo ingerirse en la camarilla^ asis- 
tió á la Fortaleza. Oia y callaba, esperando 
utilizar las circunstancias; y como habia adqui- 
rido y fomentado buenas relaciones con comu- 
neros de todas clases, creia seguro salir adelan- 
. . te con su buen propósito. El plan de hacer 
: jwticia en la persona de Vinuesa le pareció 
% -irrealizable, porque contaba con la energía de 
^ Ims autoridades. Sintió impulsos de poner en 
conocimiento de Campos algunas preciosas no- 
ticias y datos adquiridos en la Asamblea, para 
que aquel las comunicase al Gobierno; pero su 
* natural honrado y leal se sublevaba contra la 
delación. 

En la mañana del 4 entró en la celda de 
Oil de la Cuadra, y le dijo: 

—Ánimo, señor reo, esta noche saldremos 
de aquí. Tengo todo preparado. 

El anciano, apoyando su cuerpo en el le- 
cho y con las rodillas en el suelo, cruzó 




304 B. PEBEZ GALDÓS 



las manos y se puso á rezar fervorosamente. 
Foco después Salvador atravesaba el patio 
de la cárcel; cuando se sintió llamar. A su lado 
vio una cara entre burlona y suspicaz , unos 
taimados ojos verdosos que .gatunamente le 
miraban, una mano blanca que con suavidad 
le agarraba el brazo. Era el Sr. Begato. Vestía 
el uniforme de capitán de la Milicia. 

— ^Amiguito, — le dijo, — tenemos que eduur 
un párrafo. Subamos. 

Instaláronse solos en una pieza del piso 
alto, y D. José Manuel habló de este modo: 

— Tengo el corazón oprimido, amigo Salva- 
dor. Ya sabe usted que el pueblo está furio- 
so y con razón, con muchísima razón. B 

Gobierno se empeña en perdonar á Vinuesa, le- * 
galándole más tarde una mitra, y el pueblo, que 
después de todo es soberano, se empeña en qüft 
Tamaion debe ser ahorcado. ¿Qué tal? Aquí 
tiene usted dos reyes que se desafian sobre el 
cuerpo de ese pobre sacerdote. 

— No creo posible que esos hombres feroces 
consigan su objeto Tal ignominia no pasa- 
rá en España. Lo espero asi para honor de esta 
Nación. 

— jOh! no conoce usted los ari*anques del 
pueblo español. La resolución de los comune- 
ros, nuestros amigos, es definitiva. Yo he tra- 



.-- r# 



EL GRANDE ORIENTE 305 



tado de contenerles, porque no me gusta el 
derramamiento de sangre; pero me ha sido im- 
posible. Intentarán hacer justicia. 

— Pero no lo conseguirán. El Gobierno es 
nudo; pero está compuesto de hombres hon- 
rados. 

— ^El Gobierno se cruzará de brazos, amigo 
mió,— dijo Regato poniendo gran interés en 
aquel diálogo. — He visto á Campos al amane- 
cer, y me ha dicho que el OixiLnde Oinente re- 
prueba la justiciada del pueblo; pero que no 
hace nada. 

— ^Dicen que se quitará la guardia de mili- 
danos. 

— Error; no se quitará guardia ninguna. El 
€k)bierno está lleno de sentimientos humanita- 
rios; pero no quiere hacer frente al oleaje popu- 
lar, por temor de ser arrastrado. Teme que se 
le acuse de servil; teme las murmuraciones y se 
ruboriza si le dicen que proteje al absolutismo. 
£1 asombro no dejó hablar á Monsalud du- 
rante breve rato. 

— Eso no puede ser— -exclamó al fin pálido 
de ira. — ¡Tal infamia no cabe en corazones es- 
pañoles! 

— El Gobierno no hará nada. Quizás algu- 
nos de sus individuos se aprestarían á la resis- 
tencia si supieran lo que vá á pasar; pero no 



306 B. PÉREZ GALDOS 



lo saben. Los loasones se lavan las manos como 
Pilatos; han cogido miedo á la Comunería, En 
verdad que somos temibles. 

— Lo que usted me cuenta^ Sr. Begato,— 
dijo Salvador levantándose con inquietud,— 
parece una pesadilla horrible. Según usted, es 
muy posible que esa canalla abominable tnte 
hoy de invadir este edificio, sin que el Qohifi^ 
no se lo impida. 

— ¡Es verdaderamente espantoso!— -exclamó 
Hegato afectando sensibilidad; — pero me pir 

rece que podrá evitarse una desgracia Comr 

padezco con toda mi alma á ese pobre D. 1^ 
tías. ¿No es verdad que es una lástima que k 
maten asi tan brutalmente? 

< — No; no puede ser. Esto se quedará «i 
amenaza ridicula. 

— Que no es amenaza ridicula digo — afir- 
mó Begato acercando más su asiento al de Hon- 
salud y pasándole la mano por el hombre- 
Mire usted; á mí se me ha ocurrido que podría- 
mos salvar al pobre arcediano. 

— ¿Cómo?.... — preguntó vivamente Monsar 
lud con el interés que le inspiraban siempre 
las buenas obras. 

— Le asombrará á usted que me inspire 
lástima ese desgraciado. Yo soy asi, más libe- 
ral hoy que ayer, y mañana más que hoy; pero 



"r<- 



EL GBANDE OBIENTE 307 



bien está la sangre en las venas donde Dios la 
ha puesto, ¿eh? 

Monsalud, recordando lo que habla oido á 
Campos respecto al sospechoso liberalismo de 
Begato y algunas noticias que él mismo habia 
adquirido, se explicó fácilmente la compasión 
del comunero. 

— ^Yo no soy amigo suyo, ni lo fui nunca, — 
prosiguió D. José Manuel recogiéndose dentro 
de 8U reserva como el caracol en su casa. — 
LoB 'demonios le lleven. Lo que únicamente 
quiero decir es que pudiéndose evitar la muer- 
te de un semejante, debe evitarse. 

— Parece difícil y sin embargo es sencillo. 
Cálmese el furor de la canalla; póngase una 
buena guardia en el edificio, y todo está con- 
cluido. 

— ^Ninguna de esas dos cosas puede hacerse. 

—Pues entonces 

—Usted no carece de talento, — dijo Regato 
•onriendo, — ^y sin embargo no comprende mi 

idea. Siga aquí la guardia de milicianos 

Supongamos que viene eso que usted llama 
populacho 

^Y que los milicianos, recordando que son 
hombres de honor, españoles y cristianas, de- 
fienden la entrada. 

No supongamos que no la defienden. 




sos B. PÉREZ GALDÓ8 



— Entonces entra la canalla. 

— Eso es, entra 

— Abre el calabozo. 

— ^Abre el calabozo y no encuentra i 

Yinuesa. 

— ¡Ah! ya que se escape 

— O que se esconda. 

— Pero sus enemigos le buscarán. 

— Que le busquen. Con tal que no le en- 
cuentren 

— Pero ya sabe usted que cuando la £Broci- 
dad popular pide una victima , si no se k 
dá 

— Sacrifica al primero que encuentra. 

— Es posible que. la falta de Yinuesa la pi- 

gue otro preso quizás más inocente que él 

No, no me conviene ese plan. 

— ¿Y qué nos importa que la falta de Yinue- 
sa la pague otro? 

Monsalud miró á Regato con tanta severi- 
dad, que el dos veces gato entornó sus párpa- 
dos para mirar al suelo. 

— jAh! ya comprendo — dijo afectando buen 
humor. — Usted no quiere que le toquen á su 
Gil de la Cuadra, que es, entre paréntesiSi el 
más malo de todos y el que merecería cual- 
quier castigo. 

— Es verdad que le protejo - dijo Salvador. 



■^.■»t 




BL GRANDE ORIENTÍ 309 

— Como que se ha metido usted en esta in- 
mundicia solo por salvarle. 

— También es verdad. 

—Como que fué usted conmigo á los comu- 
neros solo con el fin de hacerse amigos entre la 
gente exaltada. 

—También es cierto. Ese conocimiento tan 
hábil de mi conducta y de mis intenciones me 
mueve á declarar que poseo del mismo modo 
parte de los secretos de una persona á quien yo 
conozco. 

— Con tal que no se refiera usted á las infa- 
mes calumnias que dicen contra mí los maso- 



— ^Yo no me refiero á calumnias. Usted ha 
desempeñado su misión incitando al pueblo & 
lanzarse en una vía de atrocidades sangrientas. 

— Calumnia. 

— Usted cumple también su misión, procu- 
rando que después del atentado quede vivo el 
arcediano; y con tal que el pueblo consume su 

bestial proyecto y tenga una víctima poco 

le importa lo demás. 

— Yo no quiero que haya victimas — dijo Re- 
gato comprendiendo que ef a mejor hablar con 
franqueza. — Lo que quiero es que Vinuesa no 
con*a peligro, y que si ha de haber sacrificio, 
recaiga en la cabeza de alguno de tanto» pillos 



310 B. PÉREZ OALDÓS 



como llenan esta cárcel y la de Villa. Contaba 
con eso y cuento todavía. 

— ¿Y qué papel debo yo desempeñar en esto? 
— preguntó Monsalud con cierta perplejidad, 
— porque usted me habla en el tono del que so- 
licita ayuda. 

— Exactamente. El alcaide de la cárcel eB 
hombre con quien no se puede contar. Usted 
que ha venido aquí por una intriga; usted que 
ha venido aquí con el exclusivo objeto de sal- 
var á un hombre, es quien puede hacer esta 
buena obra. 

— ¿Cómo? — preguntó el joven deseando sa- 
ber hasta dónde iba el maquiavélico entendi- 
miento del agente secreto de Su Magestad. 

— Aprovechando la boiTachera que tomará 
hoy al medio dia, según su santa costumbre, el 
Sr. Alcaide 

— ¿Para poner en libertad á Vinuesa? 

— Eso no puede ser, porque los milicianoB no' 
lo permitirían. Soy listo y comprendo que A 
fuera posible este modo de escapar, ya lo ha* 
bria usted intentado en favor de Gil. 
• — Seguramente. 

— ^Lo que yo quiero es que mude Usted á Vi- 
nuesa de calabozo. 

— Le buscarán. 

— No le buscarán, si se pone otro en su lugar. 



^k 



■i.» 




EL GRANDE ORIENTE 311 



— Eso es entregar un hombre á los asesinos. 
Regato no supo qué contestar. Estaba im- 
paciente y nervioso, y agitábase en su silla to- 
mando diferentes posiciones á cada minuto. 

— Hombre de Dios — gritó al fin. — Me sor- 
prenden esos escrúpulos. ¿No hay en la cárcel 
un Barrabás? Que muera Barrabás y que se sal- 
ve Jesús. Concedo con muchísimo gusto que 
Gil de la Cuadra no sea el sustituto. 

— Esa farsa infame no es propia de mí, — con- 
testó el joven. — Si el populacho quiere una víc- 
tima, noserdyo quien friamente se la entregue, 
como el leonero que escoje la res más gorda 
para darla á las fieras con que se gana la 
vida. 

— Sr. D. Rígido — dijo Regato sin poder di- 
simular su enfado, — maldito si le sientan á us- 
ted esos humos de juez severo. ¿A qué tanta ni- 
miedad y sutileza de abogado para un asunto 
tan sencillo? Usted ha empleado toda clase de 
recursos para sacar de aquí al que con más jus- 
ticia está preso. 

— Usted juzga nml ámi amigo — repuso Mon- 
salud con serenidíid, — y es extraño porque le 
conoce bien. No aparece complicado más que 
por unas cartas que se hallaron entro los pape- 
les de Vinuesa, y el juez debe de haber com- 
prendido que apenas merece castigo, pues solo 



512 B. PEKEZ GALDÓS 

le condena á cuatro años de presidio, pena relft- 
tivamenfce leve en estos tiempos. 

— Nada de eso hace al caso — dijo Regato 
como hombre afanado que se decide á marchar 
derechamente hacia su objeto. — Usted ci*eerá 
tal vez que yo no correspondería á su buena 
voluntad con otra buena voluntad, á su benefi- 
cio con otro beneficio. 

Diciendo esto, el dos veces gato se llevó k 
mano á un cinto, y desliándolo hizo sonar sa 
contenido, un metal precioso que enloquece í 
los hombres. 

Monsalud sintió un impulso de ira y cnñ- 
pando los dedos miró el cuello del agente de 
Su Magestad. Pero la razón no le abandona- 
ba, y calculó que era muy prudente contenerse 
para imaginar algún ardid que sin comprome- 
terle, le librase de las enfadosas sugestiones de 
aquel hombre. 

— Guarde usted su dinero, Sr. Regato, — 
dijo con serenidad. — Yo no soy Pelumbres, 

Regato no dijo nada y puso el cinto sobre 
la mesa. 

— Este soberbio no cede con cualquier bico- 
ca — pensó. — Será preciso hacer un sacrificio, 
un verdadero sacrificio. 

— Yo creí — indicó Salvador disimulando su 
ira non una apariencia festiva,*— que ya no le 



__ >■ -/■ -r ■-'- 




EL GRANDE OBIENTE 313 

quedaban á usted más ochentines de los que el 
Gobierno dio á la Casa Real. 

— Son onzas de oro, — dijo Regato con natu- 
ralidad. — Ya sé que usted me dirá mil linde- 
zas y pedanterías. No parece sino que es un 
crimen aceptar obsequios en pago de un ser- 
vicio leal. Bueno, señor mió, usted se lo pier- 
de. Viva usted de sus rentas, viva usted de 
BUS fincas, ya que donosamente rechaza lo que 

le cae 

Levantóse en seguida y dando varios pasos 
en diferente sentido, se detuvo anteeljóven, 
le puso la mano en la cabeza y se la movió 
con gesto entre cariñoso y amonestador. 

—Y si nó — añadió, — no hay nada de lo dicho. 
Por eso no hemos de reñir. Cada uno tiene su 
conciencia como Dios se la hecho. Hay escrú- 
pulos respetables. Yo no censuro que haya per- 
sonas así tan entiesadas. Lo que siento es 

que se vá usted á ver en un mal paso, caballe- 
rito. Si yo le he propuesto á usted lo que ha 
oido, es por encargo de varios amigos, y ellos 
no son como yo, mansos y pacíficos y que con 
todo se conforman , sino muy fieros y vengati- 
vos. Capaces son de dai*le un disgusto á mi se- 
ñor D. Rígido ¿Qué cree usted? — prosiguió 

poniéndosele delante y clavando en él sus ojos 
cuya papila brillaba con dorados y verdes re- 



314 B. FSREZ GALBOS 



flejos. — Ya anoche estaban mis amigos muy in- 
comodados con usted, llamábanle traidor por 
haber aceptado un destino de esa canalla ma- 
sónica. 

Monsalud seguía meditando. 

— Y en rigor — añadió el agente de Su 

Magestad, — la conducta de usted no ha podido 
ser más sospechosa. Anoche tuve que platidtr 

mucho para defenderle á usted Es un 

traidor, II decian. uPues si no nos sirve en m 
destino de carcelero, haciendo lo que le man- 
demos, lo pasará mal....it |En fin, como son 
«noB bárbaros, no es de extrañar que digan 
barbaridades. Yo me miraría muy bien antes 
de enemistarme con ellos. 
El otro seguia meditando. 

— Yo se lo digo á usted con franqueza — con- 
tinuó Begato animándose al ver la perplejir 
dad del joven, — porque somos amigos, porque 
tengo particulares simpatías con usted , cono- 
ciendo como conozco sus méritos , su buen co- 
razón y mucho entendimiento. Tenga usted 
muy presente mi advertencia, pero muy pre- 
sente. Si se resiste á ayudarme, no salga usted 
solo por las noches , ni vuelva á poner los piái 
en la Asamblea ni en sitio alguno donde nos 
reunamos. Además, los antecedentes políticos 
de usted no son tales que pueda el caballerito 




EL GRANDB ORIENTE 315 

estar tranquilo, si alguien se propone hacerle 
daño. 

—No creo tener enemigos — dijo casi maqui- 
nalmente el joven . 

— ^Téngalos ó no, usted es un hombre que 
no ha dejado de cometer errores en su vida. 
Salvador le miró con tristeza. 

— Y entre ellos se cuenta — continuó Regato, 
—el haber tenido relaciones con Amezaga, el 
poseedor de los secretos del Rey en Valencey. 

— ¡Yo!.... — dijo Monsalud lleno de estupor. 

—No me lo negará usted á mí. Amezaga que 
se cortó el pescuezo con una navaja de afeitar, 
antes que se lo retorciera el verdugo, concluyó 
como debia concluir. Usted que le a3nidó en la 
publicidad de los célebres secretos, no fué obje- 
to de persecuciones ni aun de sospechas, por- 
que supo esconderse; pero |ay, insigne joven! 
usted no podrá librarse de una causa el dia en 
que cualquier mal intencionado quiera hacer- 
le dafio Usted tuvo correfljpondencia con 

Amezaga 

La cara atónita de Monsalud estaba dicien- 
do: — Es verdad. 

—Amezaga le escribió á usted varias cartas 

que le comprometen; pero de una manera 

La causa está abierta. Va sabe usted que este 

uno de los asuntos en que Su Magostad no 



316 B. PÉREZ GALDÓS 



perdona. Se trata de sus chicoleos en Yalencey, 

de sus diabluras con los Bonapartes en fin, 

esto es grave, y no hay Gobierno por patriote- 
ro que sea, que no apoye á nuestro Bey. 

— Eso es historia antigua— dijo Salvador 
con desden. 

— ^Antigua, sí; yo no he visto las cartas de 
Amezaga dándole instrucciones á usted y á 
otros conspiradores para publicar las aventuri- 
lias de Su Magestad; pero el amigo mió que Itf 
posee, me ha dicho que son terribles. Oon la 
mitad de aquello se sube al cadalso en todoi 
tiempos. 

Salvador sentia viva agitación. 

— En el año 19 , usted conspiraba; usted n 
vio obligado á esconderse hoy aquí, mañaoft 
allí, para burlar á la policía. En una de estas 
mudanzas un amigo mió se apoderó de nn pa- 
quete de cartas que tenia mi señor D. Salvador 
en la gabeta de su mesa. Según me ha dicho, las 
habia políticas,«amoro8as, familiares, de todas 
clases. 

— Es verdad que perdí unas cartas; pero 
que....? 

— Que el poseedor de ellas las guarda como 
oro en paño. Ni siquiera á mí me las ha queri- 
do mostrar. ¿Sabe usted quién es? Alonso SaxH 
chez, que fué de la policía y ahora está cesonto 




EL GRANDE ORIENTE 317 



y oomo cesante desesperado. Tiene una admira- 
ble colección de papeles curiosos Es amigo 

mió, muy amigo mió. 

Monsalud no contestó. Regato, al decir lo 
gue antecede apretó el brazo contra su cuerpo, 
complaciéndose en sentir bajo el uniforme el 
contacto de un cuerpo semejante en tamaño y 
dareza á un paquete de papeles. Habia menti- 
do como un bellaco. Las cartas fírmadafi por 
Amezaga y dirigidas á Monsalud en Julio del 
lé las tenia él, juntamente con otras de dudo- 
so valor político por ser esquelas de amores ó 
de familia. Habíalas recibido del agente de poli- 
cía y las guardaba, como otros muchos tesoros 
epistolares, esperando que llegase la ocasión de 
utilizarlas. El astuto intrigante daba gran im- 
portancia á todo papel que en su mano por 
cualquier evento caia, y los tenia clasificados 
por autores con una escrupulosidad cariñosa, 
semejante al celo de los anticuarios y bi- 
bliófilos. 

Aquella mañana antes de dirigirse á la cár- 
cel de la Corona, abrió una arqueta que encer- 
raba numerosos paquetes, parecidos á expe- 
dientes, y después de recorrerlos brevemente 
con la vista, sacó uno que decia: Amezaga, 
Salvador Monsalitd. Guardólo en un profundo 
bolsillo interior con que habia dotado á su ca- 



318 B. PEBEZ GALDÓB 

i 

Baca de miliciano, para que el uniforme, legan 
decia festivamente, no fuera una prenda inútil. 

— Sr. Regato— dijo Monsalud. — ^Todo esode 
los papeles de Amezaga me tiene ain cuidado 
en lo referente á lo que usted me propone lu^. 
Pero me gustaría recobrarlos, ¿por qué he de 
decir otra cosa? 

— ¡Bribón!— -dijo Regato para sí, oprimiendo 
dulcemente el bulto de papel. — Como no oedu 
ni á las onzas, ni á las amenazan, te venoerí 
con esto. 



Monsalud no dio importancia alguna i til 
incidente. Fijábase ante todo en la amenaza de 
concitar contra él el odio de los Pelumbres y 
comparsa. Esto le pareció un verdadero percan- 
ce, porque Regato en tal especie de guerra era 
omnipotente. Considerando la maldad de aquel 
hombre, vio un peligro real y cercano, com- 
prendió que no eran palabras vanas las referen- 
tes á la brutalidad vengativa de los amigos del 
agente de Su Magestad. Su mente se llenó 
súbitamente de las ideas evocadas por el peli- 
gro, y pensó en los medios de librarse del que 



j •' 




BL GRANDE OBIBNTB 319 

con una mano ofrecía oro y con otra porrazos. 

—Este tunante — pensó Monsalud, — no me 
perdonará. No soy quien soy, si dejo á este 
reptil en disposición de morderme. 

Cuando esta idea cruzó por su mente, tuvo 
otra felicísima: seguir aparentando perpleji- 
dad para que Begato le creyese inclinado auna 
inteligencia. 

— Mucho lo piensa — dijo para sí D. José 
Manuel. — Su indecisión es buena señal. No se 
enfurece, no grita, no dice una palabra de su 

honor. Sacaré el dinero para que viéndole 

pues 

— Déjeme usted pensar un rato lo que debo 
hacer — dijo Monsalud. 

Conservando una seriedad ficticia. Regato 
empezó á contar dinero sobre la mesa. 

— ^No se trata de ningún desafuero — dijo, — 
(dno de un servicio. Mi objeto solo es que Vi- 
nueaa no muera, y que la irritación del pueblo 
pase sobre él como pasan las olas por encima 
de una roca sin conmoverla. Si el pueblo regís-* 
tra demasiado los calabozos y quiere hacer al- 
guna atrocidad en cabeza absolutista, lo más 
acertado me parece sacar á Yinuesa de su en- 
cierro, esconderle en las bohardillas y nada 

más. £1 alcaide es un borracho y un fanático. 
No me atrevo á hablarle porque estamos reñí- 



320 B. PÉREZ OALDÓS 



dos desde hace tiempo. Ni él me traga á mi ni 
yo á él, ¿entiende usted? Yá para un año que 
no pongo los pi& en esta casa y no oonoxoo á 
nadie en ella. Pero usted puede hacerlo todo. 
Los milicianos que están de guardia no es ttcS 
que se enteren. 

— ¡Ohl sí, es muy fácil — dijo Monsaltiá. 

— Pide mucho — ^pensó Begato, — ^habrá qoe 
hacer un sacrificio mayor. 

— |Ah! tunante — pensó Monsalud mirándo- 
le fijamente pero sin dejar conocer su idea;-* 
tú has creido jugar conmigo, y yo, aunque BÓ 
soy agente de Su Magestad, ni dispongo do 
fuerza alguna, ni de grandes caudales, te voy 
á sentar la mano de tal modo que has de aoo^ 
darte de mí toda tu vida. 

La sonrisa del triunfo presente ó anuncia- 
do por el corazón alteró el semblante pálido J 
serio de Salvador; pero Regato sin advertir 
nada, continuaba manoseando las peluconas. 

— Te juro , miserable — prosiguió Monsalud 
pensándolo, — que el lazo que voy á armarte y 
en el cual vas á caer como un pobre pajariUo 
inocente, se deja atrás á tus diabólicos ardides. 
Cuenta, cuenta el dinerito. 

— ¿Lo ha pensado usted? — preguntó Regato. 

— Hombre, .sí que lo he pensado ¡Qué 

demonios! Este es un país donde las personal 




KL GRANDE ORIENTE 321 



( 



honradas no pueden conservar su honradez. No 
hay medio de vivir; todo cuesta un ojo de la 
cara. 

—Tiene apuros — pensó Regato. — Cayó. 

La historia de siempre. 

— Por el momento — dijo Salvador, — guar- 
de usted ese dinero. Puede pasar alguien, verlo 

6 oir su seductor sonido, y entonces las 

sospechas 

— Ebtá bien, muy bien — manifestó el comu- 
nero miliciano encerrando las onzas en el cinto. 

—Y ahora discuri*amos lo que se ha de 
hacer. 

— Es muy sencillo, sacarle del calabozo sin 
que lo vea nadie, y subirle á las bohardillas. 
Salga usted á ver si ya el Sr. Alcaide está 
dnrmiendo la mona. A los demás empleados de 

la cárcel se les puede dar algo Eso ajuicio 

de usted. 

Monsalud empezó á dar paseos por la habi- 
tación. El plan que rápidamente habia conce- 
bido para dar una severa lección y un castigo 
muy duro al agente, presentósele muy difícil 
de realizar. 

— ^Atarle aquí , ponerle una moixlaza y su- 
birle á las bohardillas — pensó, — es muy aven- 
turado. Gritará Dá !a maldita casualidad 

de que no hay un solo calabozo vacio. ¿Pero no 

'21 




tJLl 



322 B. PÉREZ GALDÓS 



habrá algún calabozo vacío?.... El 17 fieoeapó 

ayer el 14! no se desocupará hasta mañana. 

Siguió meditando. 

— No debe perderse tiempo — dijo súbita^ 
mente Regato. — Entremos ambos en el en- 
cierro de Yinuesa. Son las tres y media. El Al- 
caide duerme la siesta. Hable usted con los ca- 
laboceros que puedan estorbar. Los milicianos 
están en el cuerpo de guardia, y si hay algunos 
en el patio, se les convidará á todos á cafó¿ 
Mande usted traer copas y cafó, diciáidóles 
que es hoy su cumpleaños. 
Monsalud se echó á reir. 

— No está mal cumpleaños el que á tí te es- 
pera — pensó. 

Ya tenia un nuevo plan. 

— Espéreme usted aquí — dijo. — ^Yoy á dar 
una vuelta por la cárcel. Yeré si duerme el Al- 
caide, diré dos palabras á los calaboceros, aun- 
que se me figura que no serán necesarias tantas 
precauciones. La prisión de Yinuesa está bqo 
la escalera, y no es preciso pasarle por el patio, 
¿entiende usted? 

— Entiendo ¡Oh! las cosas se presentan 

bien — dijo Regato. — En fin, vaya usted 

No olvidarse de las copas. Con los milicianos 
no se puede contar sino engañándoles, lo ooal 
es facilísimo. Dígales usted que se han recibido 



EL OH ANDE ORIENTE 323 



noticias de que viene Riego con su ejército, con 
veinte ejércitos como los de Jerjes á conquistar 
á Madrid. Yo no bajo, porque se me pegarían, 
no dejándome respirar. 

Monsalud salió de la pieza, recorió la -cár- 
cel, habló brevemente con el Alcaide que en 
aquel momento se disponia á dormir la siesta. 
Este, recomendándole mucha vigilancia, le dijo: 
— Me parece que no tendremos la jarana que 
ae anunció. Alarmas, alarmas -de los desocupa- 
dos. No se ha visto hasta ahora un solo grupo 
sospechoMo en toda la calle, y me parece que 
tendremos un dia tranquilo. Además, la Milicia 
no toleraría ningún desmán. Está decidida á 
que nadie traspase el umbral de la cárcel. 

Pasado algún tiempo despu3s que el Alcaide 
se encerró en su cuarto, Salvador convidó á los 
milicianos, siguiendo las advertencias de su so- 
bornador, y después dio varias órdenes á loa 
dos calaboceros que estaban á la sazón en la 
casa, enviándoles á puntos de donde no pu- 
diesen volver antes de un aiarto de hora. Con 
estas ligeras precauciones habia seguridad com- 
pleta, como so verá ahora mismo. 

Bajo la escalera de la cárcel, en el oscuro 
hueco que formaba el primer tramo, habia una 
puerta pequeña y poco visible. Era la puerta 
del calabozo en que estaba Qil de la Cuadra. 



:)24 n. PÉREZ GALDÓ8 



Aquella prisión era la única en la cual se podi» 
entrar sin atravesar el patio y las crugías bajas 
del edificio. Monsalud tomó un pedazo de ti» y 
en la puertecilla dibujó groseramente una horca 
con su correspondiente ahorcado, cuidando de 
poner debajo Tamajon. En seguida subió: de un 
cuarto oscuro destinado á trastos sacó dos ob- 
jetos que guardó cuidadosamente, dirigiéndoae 
al punto en bustca de Regato. Focos momentos 
después ambos estaban frente á la puerta del 
calabozo. 

— ¿Conque aquí está ese desgraciado?-— dijo 
el agente de Su Magostad. — Sí, ya veo la oále- 
bre horca y los letreros. 

Monsalud abrió, y entraron. Al principio la 
oscuridad no les permitió ver objeto alguno. 

— Sr. D. Matías, Sr. D. Matías, — dijo Be- 
srato adelantando en las tinieblas. 

— ¿Quién es? — murmuró Gil de la Cuadra. 

— Sr. Vinuesa 

Monsalud cerró por dentro. 
Pasó un rato antes de que el agente cono- 
ciese el engaño. 

— ¿Qué es esto? — gritó. — Engaño, trai- 
ción ¡Salvador! 

— Engaño, traición — repitió áate. 

— Infame, abre pronto, ó te ahogo — exdi^ 
mó el gato ciego de ira, y amenazando con las 



EL GKANDE OBIENTE 325 



crispadas zarpas el cuello del joven. Haciendo 
un movimiento rápido, echó mano á la espada. 
Monsalud levantó el brazo derecho y des- 
cargó sobre el agente una bofetada olímpica, 
una de esas bofetadas supremas y decisivas, 
que recuerdan la quijada de asno de que se 
servia Sansón. Regato cayó al suelo. En pocos 
segundos Salvador le amordazó. 

— ^Ahora — le dijo, — desnúdate ¡pronto! 

Nunca el agente se habia parecido tanto á 
un gato. Arañó al joven, y falto de habla, bu- 
faba sordamente. 

— Desnúdate pronto, ó te aplasto, reptil. 
Necesito tu uniforme de miliciano. 

Gil de la Cuadra miraba con estupor aque- 
lla escena. 

— ^Necesito tu uniforme. 
Monsalud tiraba de las mangas, desabro- 
chaba los botones. En poco tiempo el morrión, 
los pantalones, la casaca y la espada de Regato, 
fueron arrojadas al rincón opuesto. Inmediata- 
mente el joven sacó una larga cuerda y con 
mucho trabajo, porque el gato se defendía ra- 
biosamente, le ató con tal fuerza que no podia 
moverse. Las argollas que habia en la pared de 
la prisión sirvieron para sujetar al nuevo preso, 
que estaba adherido , clavado al muro como 
un murciélago. 



326 B. PEUEZ GALDÓB 



— Sr. Gil — dijo Monsalud imperiosamente, 
— ^póugase usted ese vestido de miliciano. Pronr 
to será de noche. ¡A la calle! 

Gil de la Cuadra no apartaba los ojos del 
triste espectáculo que tenia delante. 

— Pronto ¡el uniforme! — repitió Monsa- 
lud. — Saldrá usted ahora y le ocultaré en mi 
cuarto hasta que sea de noche Pronto. 

Gil de la Cuadra obedeció^ y en silencia 
empezó á vestirse. 

Hubo una pausa de silencio profundo. Pero 
luego sintióse un inimor que crecia, crecía, y 
de rumor se trocó en mugido sprdo , confusas 
palabras de gente, gritos, pasos, puertas qne se 
cerraban. Sonaron varios tiros. 

Monsalud, después de asegurar con toda su 
fuerza la cuerda que ataba á Regato, salió lleno 
de zozobra del encierro. 



XXVI 



Poco después del medio dia una horda de 
caníbales se reunia en la Puerta del Sol, mejor 
dicho, se diseminaba, marchándose cada ani- 
mal por su lado, después de acordar juntarse 



7 



EL GRANDE ORIENTE 327 

por la tarde en el mismo sitio. Así lo hicieron, 
y las autoridades miraban aquello como se mira 
una fiesta. Después de las cuatro los grupos vol- 
vieron á invadirla Puerta del Sol. Habia en 
ellos una frialdad solemne y lúgubre, como de 
quien no fia nada al acaso ni á la pasión, sinoal 
cálculo y á la consigna. La autoridad seguia no 
viendo nada, ó negligente ó cómplice ó imbé- 
cil, que las tres cosas pueden ser. Los grupos 
susurraban, y por un momento vacilaron; pero 
al cabo de cierto tiempo dirigiéronse por la ca- 
lle de Carretas y las de Barrionuevo y la Mer- 
ced, á la cárcel de la Corona. Llenóse la calle 
de la Cabeza en su mayor parte. Destacábase al 
frente de uno de los grupos el ciudadano Pe- 
lumbres, arengando como una bestia que hu- 
biese aprendido durante corto tiempo y por 
arte milagroso, el lenguaje de los hombres. 
Casi todos llevaban armas menos él. 

Considerando que su persona no estaba 
completa, pidió una navaja; mas como nadie 
se hallase dispuesto á tal generosidad, dirigió 
BU mirada de buitre á todas partes. Hacia la 
calle de San Pedro ^lárfcir estaban construyen- 
po una casa. Pelumbres se acercó á la empali- 
zada; vio algunas piedras de gi'anito á medio 
labrar y encima de ellas un gran martillo. 
— Para el sastre la aguja — dijo, — la lezna 



'MA B. PKR8Z OALDÓ8 



para el zapatero, el cuerno para el toro, j pata 
el herrero el martillo. 

Cuando ae dirigió con bu arma al hombro £ 
la esquina de la calle de Lavapiás, bus compar 
ñeros rompían á hachazos la puerta de la cár- 
cel. Los milicianosi no queriendo sostener una 
lucha contraria, según su criterio, al progreso, 
ni tampoco entregarse sin resistencia, hablan 
aACgurado la puerta con un solo cerrojo, y en el 
zaguán se disponían intrépidos á descargar 
sus armas al aire. 

La puerta no resistió mucho. Lo que empe- 
zaron los hachazos, dos docenas de coces lo ooor 
cluyeron. Diaparáronse al aire varios fusiles de 
milicianos, la turba penetró en el patio de la 
cárcel, rápida como un brazo de agua, rugiente 
y soez. Hay un grado de ferocidad que la na-, 
turaleza no presenta en ninguna especie de ani- 
males: solo se ve en el hombre, único ser ca- 
paz de reunir á la barbarie del hecho las igno- 
minias y brutalidades de la palabi*a. Viendo á 
los hombres en ciertas ocasiones de delirio, no 
se puede mt^nos de considerar á la hiena como 
un animal caritativo. 

£1 calabozo de Vinuesa era bastante cono- 
cido de casi todos los que entraron. Cómo lo 
abrieron no se sabe. La turba que en la calle 
era gruesa, se añló para entrar en la cárcel. 



^m 



UL GÍIA.NDU OBIBNTK 3S9 



Para penetrar por una puertecilla estrecha tuvo 
que aguzarse más. Parecía una serpiente de lar- 
go cuerpo y cabeza estrecha, introduciendo su 
boca por una hendidura. El cuerpo se agranda- 
ba en el patio; enroscándose salia á la calle, 
daba varias vueltas por las inmediatas, y la 
cola, parte en extremo sensible y movible, cu- 
lebreaba en la plazoleta de Relatores. La cola 
«e componía de mujeres. 

Cuando Vinuesa vio que entraban en su ca- 
labozo aquellos hombres terribles, comprendió 
que su fin era inminente. Poniéndose de rodi- 
llas y cruzando las manos, gritó: 
— ¡Perdón, perdón! 

El calabozo retumbaba con las imprecacio- 
nes. Vióse en el aire un círculo rápido y espan- 
toso trazado por un pedazo de hierro adherido 
al extremo de un palo, que impulsaban manos 
vigorosas. El martillo describió primero un cír- 
culo en vano, después otro y la cabeza del 

infeliz reo recibió el mortal <,^ol pe. Siguióle otro 
no menos fuerte y después diez navajas se ce- 
baron en el cuerpo palpitante. 

Lavaban los asesinos el martillo en la fuente 
<le la calle de Relatores, cuando el Gobierno re- 
solvió desplegar la mayor energía. jQué seria 
de esta Nación si la Providencia no le deparase 



330 B. PÉREZ OALDÓB 



en ocasiones criticas el tutelar beneficio de fin 
Gobierno! La noticia del crimen corrió por Ma- 
drid^ 7 la vilia que es y ha sido siempre usa 
villa honrada, se extremeció de espanto y pie- 
dad. El Gobierno se extremecia también, y de- 
claraba con patriótico celo que no descansaria 
hasta castigar á los culpables. Para que nadie 
tuviera duda de su gran entendimiento y penh 
picacia política, mandó que inmediatamente se 
pusiera fuerza del ejército en el edificio, y por 
si alguno tenia dudas todavía de su diligente y 
paternal actividad, ordenó que al instante, fdn 
pérdida de un momento, se instruyesen Jas 
oportunas diligencias. Quejarse de un Gobier^ 
no así es quejarse de vicio. 



XXVII 



Cuando Gil de la Cuadra y Regato se que- 
daron solos, siguieron oyendo aquel rumor de 
voces que resonaba en el patio de la cárcel. 
Durante más de un cuarto de hora el estrépito 
fué grande. Gil de la Cuadra, comprendiendo 
que el populacho habia invadido el edificio, se 
puso de rodillas, y cruzando la^ manos, resó 
en voz alta. 



EL GRANDE ORIENTE 331 

El otro desgi'aciado se hinchaba y gruñía. 
De su rostro congestionado afluia copioso su- 
dor. Ti-ataba de romper sus ligaduras y de es- 
cupir su mordaza; pero unas y otra habian sido 
puestas por buena mano. Por último, después 
de repetidos esfuerzos, de su boca pudo salir 
una voz, masque voz, silbido, que decia: — ¡Pie- 
dad^ piedad! 

Gil de la Cuadra se acercó á él y limpióle el 
sudor de la frente. Las miradas de Begato eran 
tan expresivas pidiendo compasión; las contrac- 
ciones de su cara tan violentas, que el primer 
preso no pudo resistir la fuerza de sus senti- 
mientos compasivos, y le quitó la mordaza. 

— I Ah gracias , gi-acias! — exclamó el 

agente de Su Magestad aspirando con delicia 

el airo fétido de la prisión. — Aire, aire me 

ahogo aquí. 

— Pero con esto concluyen mis complacen- 
cias — dijo Cuadra. — No le quitaré a usted la 
cuerda, eso no. 

— Toque usted mi cintura — murmuró Rega- 
to. — ¿Qué suena en ese cinto? Dinero. Todo eso 
y la libertad poro suélteme usted. 

— No puedo. 

— ¡Y el populacho ha entrado en la cárcel 1 
;,Ha sentido usted, Sr. Gil? 

— Sí, me pareció que entraba en el patio una 



332 B. PÉREZ OALDÓS 

ola del mar Ahora parece que ha i' 

rumor. Se alejan. 

— Se alejan, ai. Pero aún sesientuí 
Ese malvado volverá á entrar aquí!.... 
pueblo! — ¡Pueblo mió, favor! 

Los gritos de Regato no traapab. 
muros de la prisión. 

— Sr. Gil — exclamó con acento de . 
ración: — saque usted mi espada y máb^ 
hombre de mi temple no puede sopo 
suplicio. 

— Calma, calma, Sr. D. José Manuí 
Cuadra poniendo la mano sol:>re la ca 
agente. — Yo suplicaré á mi amigo qi. 
haga á usted daño alguno Pero taxdi 

— I Su amigo! ¿pues no tiene la vile> 
marle su amigo? — dijo Regato poniénu 
encendido como cuando tenia la morda. 

— Mi amigo, mi protector, mi salv¿. 
pues si él no existiera, ¿qué seria de 
pero tarda, ¿no es verdad que tarda? 

— ¡Estúpido viejo! — gritó Regato fue. 
— ten vergüenza, y córtate la mano ai 
estrechar con ella la mano de ese hom- 

— ¡Yo! — En mi corazón no exifitt 
puede existir el odio. Y si existiera, i^ 
joven no tendría sino amor, una adu 
respetuosa, un afecto paternal. 



EL GRANDE ORIENTE 333 



— Es verdad que hay hombres muy singula- 
i'es — dijo Regato sonriendo con infernal mali- 
cia. — Yo conocí un hombre que sacaba á paseo, 
llevándole á cuestas, al cortejo de su mujer. 

Gil de la Cuadra creyó que Regato sufría 
enajenación mental. Lleno de compasión se 
acercó á él. 

—Vendrá pronto — le dijo. — ^Yo intercederé 

por usted pero tarda, ¿no es verdad que 

tarda? Ahora apenas se oye ruido. 

— Intercederá usted — añadió Regato con 
afán de perversidad. — Y si le pide algo en cam- 
bio, le dará usted su mujer no, porque mu- 
rió; pero aún tiene usted una hija. Sin embar- 
go, como él la tiene en su casa, se habrá cobra- 
do por adelantado. 

— Sr. Regato — dijo Cuadra con severidad. — 
¥A lenguaje de usted es propio de un loco. 

— I Imbécil, imbécil! el de usted es propio de 
un ciego ¡Pobre D.* Pepita! era una exce- 
lente señora, y tan guapa seguramente si 

no hubiera dado con un esposo tan crédulo 
como usted. 

— Sr. Regato — exclamó Cuadra con enojo. 
— Le digo 6 usted que se calle. 

— No digo más sino que aquella señora era 
una buena pieza. 

— La desastrosa situación de usted me impi- 



334 B. PÉREZ OALDÓS 



de contestar á esa insolencia como se merece. 

— ¿De veras cree usted que la hermosa dama 
era un modelo de virtudes? 

— Sí, canalla; si lo creo — gritó trémfolo de 
ira Gil de la Cuadra, llevando su vacüante 
mano á la espada. 

— ¡Pues mis noticias son que pecó varias ve- 
ees. Dígalo Salvador Monsalud que fué su cor- 
tejo ¡Oh, Dios mió! Estoy preso, estoy 

atado pero en mi horrible situación me 

das armas; me das este veneno que escupo y 
con el cual mato. 

— ¡Miserable!.... 
Gil de la Cuadra corrió hacia él y le opri- 
mió el cuello. 

— Ahógame, necio, — ^gruñó Regato , — ahóga- 
me. Mi último suspiro será para echarte en cara 
tu vilipendio . Ese hombre, ese enemigo mió 

— ¡Qué dices! 

— Te burló, te burló. En Francia, toáoslos 

españoles lo sabian menos tú 

Gil de la Cuadra vacilaba. Una idea cruzó 
como un relámpago por su cerebro; una idea 
confusamente mezclada con recuerdos, palabras, 
coincidencias, detalles. 

— El majadero no lo cree — dijo Begato, ya 
libre de las manos que le apretaban el cuello. 
— Voy á darle pruebas para que calle. 



EL GRANDE ORIENTE 335 



— Pruebas! Usted está loco. Cállese usted. 

Esto es una farsa ¡Pero ese hombre no 

viene, Santo Dios! 

— ^Pruebas, sí. Ponga usted la mano sobre el 
costado derecho en la pechera del uniforme mió 
que tiene puesto. ¿Qué hay en ese bolsillo? 

— Un bulto, una cartera. 

— Un paquete. Sácjuelo usted. 

— Ya está . Cartas 

—Lea usted 

— ¿Qué es esto? una carta firmada Amezaga, 

— Siga usted, hojee usted ese precioso libro. 
Tras esa joya vendrá otra. 

Gil de la Cuadra acercándose al ventanillo 
por donde entraba una débil luz, recorría una 
iraB otra y con ardiente curiosidad las cartas. 

— A prisa, á prisa. Pase usted todas las pri- 
meras. ¿Qué viene ahora? 

— ^Una lista con varios nombres. 

— Adelante ¿Y ahora? 

— Una 

Gil de la Cuadra calló de improviso. Su co- 
razón saltóle en el pecho. Quedóse frió, mudo, 
atónito, lleno de espanto, como el que se ve 
en el borde del abismo y comprende en veloz 
juicio que no hay más remedio que caer. 

— jAh! — dijo Regato. — El imbécil ha pues- 
to al fin la mano sobre el delito de su esposa. 



:í36 b. fkrkz g*aldó» 



Es tan bnito^ que necesita tocarlo para com- 
prenderlo. 

Gil de la Cuadi-a seguía leyendo. 

— ¿Qué dice la carta? — añadió el agente. — 
Tras esa vienen otras muchas. Yo he pasado 
buenos ratos leyéndolas. ¡Cómo palpita en 
ellas la pasión! ¡Qué vehemente ardor! .... Y los 

dos amantes disimulaban bien ] Cuántas 

precauciones para engañar al bobillo! ¡Se en- 
cuentran en esas cartas traiciones inauditas, 
alevosías de él y de ella! La señora parecia más 

apasionada que nuestro amigo. 

Gil de la Cuadra segíiia leyendo. De repen- 
te se desplomó. Un ay de dolor, una exclama- 
ción aguda y penetrante, parecida á las que 
exhalan los que sufren repentina muerte, salió, 
de sus labios. Cayó al suelo. Su mano estm- 
jaba un papel. 

— El incrédulo parece convencido ¡Mise- 
rable viejo, ahí tienes á tu Providencia» ahi 
tienes á tu Salvador, ahí tienes á tu amigo 
querido!.... ¡Le has entregado á tu hija! 

Cuando esta última palabi*a resonó en la 
prisión, extremecióse el cuerpo del anciano he- 
rido en su alma. Irguiendo la cabeza, abrió los 
ojos, dióse furibundo golpe en la frente con la 
palma de la mano, y repitió: 

— jMi hija! 



EL OSAKDE ORIENTE 337 



Un instante después Gil de la Cuadra esta- 
ba sentado en el suelo^ con los ojos fíjos^ el 
cuerpo encorvado, los labios entreabiertos, ató- 
nito, lelo, estúpido. 

Abrióse la puerta. Monsalud entró. 



XXVIII 



-— Sr. Gil, Sr. Gil — dijo. — Vamos, vamos al 
punto. 

Nadie contestó. El joven aguardó un ins- 
tante. Traia una luz. 

— jAh! — exclamó viendo que Regato conti- 
tinuaba en su sitio. — Pasará usted aquí la no- 
che, hasta que haya un alma compasiva que 
le saque. Han asesinado á Yinuesa. Dicen que 
habrá esta noche nueva visita á los calabozos. 
Regato no contestó nada. Monsalud se di- 
rigió á Gil de la Cuadra. 

— Vamos — le dijo. — ¿Por qué se an*oja usted 
al suelo en el momento de salir? 

Extendió el brazo para alzarle; pero el an- 
ciano lo rechazó con fuerza. El solo se levantó. 

— Vamos fuera — ^repitió Monsalud. — Llegó 
el momento -libertad!.... 

22 



r..— 



338 B. PBREZ OALDÓ8 



— ^De tí, de tu mano— exclamó Qil de la 
Cuadra con profunda ira, — ^no la quiero. 

Salvador, estupefacto y espantado, no 
supo qué decir. 

— Vamos — exclamó al fin. 

— No quiero. 

—Salgamos. 

— ¡Contigo, jamás! 

— ¿Qué dice usted?. . . . amigo. . . « . por &vor! 

— ^Miserable, apártate de mí — ^gritó Cuadra 
dirigiendo á su libertador'una mirada en que se 
reconcentraba todo el desprecio de que es ca- 
paz un alma. — Me manchas, me ofendes, me 
repugnas. 

— ¡Qué locura! Vamos pronto — dijo Salva- 
dor tomándole por un brazo. — Piense usted en 
su hija que espera. 

— ¡Mi hija, mi pobre Sólita!— exclamó el 
anciano cubriendo con ambas manos su rostro. 
Este recuerdo, estas ideas produjeron con- 
moción profunda en su ánimo. De súbito el ins- 
tinto de libertad surgió poderoso en su alma. 
Corrió hacia la puerta y salió. Monsalud 
fué tras él. 

— Déjame, no me toques, malvado ¡Te 

desprecio, te aborrezco, me causas horror! 

Salvador se detuvo. Su conciencia habia 
dado un grito espantoso. 



— II ■ . -g' 




EL GRANDE OBIENTE 339 

— ^No me has salvado, no me has salvado, no; 
es mentira — murmuró Gil de la Cuadra. — Tá 
no puedes haber hecho una buena acción. Déja- 
me, déjame. No quiero verte más. 

Estaban en el patio de la cárcel. 

Era el momento en que los soldados envia- 
dos por el Gobierno ocupaban el edificio, arro- 
jando de allí á los milicianos. 

Gil de la Cuadra , huyendo de Monsalud 
que corría tras él, cayó al suelo. El joven se 
le acercó. Le habian ocurrido no sabemos qué 
palabras que le parecieron convincentes. Acer- 
cóse un soldado, y golpeando con el pié á Gil 
déla Cuadra, dijo: 

— Un miliciano borracho. Ala calle pronto. 

El anciano no podia moverse. Monsalud to- 
mándolo en brazos, lo si^có fuera de la cárcel. 
— ¡Déjame, déjame maldito! — ^murmuraba el 
anciano. 

Quiso andar, quiso huir, pero le faltaban 
las fuerzas. Monsalud le sostenía, y así llega- 
ron hasta la plazuela de Lavapiés, donde aguar- 
daba un coche. Salvador cargó de nuevo al an- 
ciano y lo entró en él. Sólita le recibió en sus 
brazos. 

— Entra tú también, hermano. 

Gil de la Cuadra habia perdido el conoci- 
miento; pero seguía diciendo:— i Maldito! 



34() B. PEBKZ OALDÓB 



— Yo no — repuso Salvador. — Adiós, hemí^ 
na, ya sabes dónde has de ir. 

— Pero tú Entra de una vez. 

— No, adiós; jamás nos volveremos á ver 

Adiós. 

Cuando el coche partió hacia las afueras de 
Madrid, Monsalud se duigió hacia el interior 
de la villa. Más de una vez se detuvo ante cual- 
quier esquina en la actitud desesperada de un 
hombre que ha decidido estrellarse la cabezsa con- 
tra las paredes. Andaba sin dirección fija y pasa- 
ba de una calle á otra. En una de las vueltas es- 
tuvo á punto de ser atropellado por una carroza 
que entraba en el ancho pórtico de histórico 
palacio. Era la carroza del marqués de Falfan 
de los Godos, y conducia á los que eran mari- 
do y mujer. En la frente de esta no se habia 
secado aún el agua bendita que tomara pocos 
momentos antes al salir de la parroquia. 



MADRID 

Junio de im. 



Fl« 4« BI« SMAi'VDK OMIBNTB. 



'íar'*' T».fc >'•' 




AMUIUSmCIOJ DK nLA GUIRNALDA.. T ..EPISODIOS HACIORALIS.. 
narco, 2 duplicado, Madrid. 



BIBLIOTECA DE BUENAS NOVELAS. 

precio: 4 reales tomo en toda Bspaña. 



No puede en manera alguna desconocerse que las 
obras de entretenimiento influyen poderosamente en 
las costunibres y en la cultura de uu pueblo. Las 
obras sabías y profundas no llegan á conmover ni á 
trasformar las sociedades hasta que sus ideas y prin- 
cipios no pasan á la literatura recreativa, órgano efi- 
caz del pensamiento. 

Por desgracia la literatura de entretenimiento, y 
especialmente la novela, no tiene en España la im- 
portancia (jue en otros países se le conceae. Aunque 
cultivada por muchos autores, apenas cumple su ob- 
jeto, pues soü muy i)üoor los (jue la cultivan con es- 
mero. 

Para llouar el vacío í[\ií de esto resulta, han recm*- 
rido los editores á traducir de lenguas extranjeras, y 
particularmente del francés, lo cjtue otros países más 
fecundos y más adelantados producen, Pero hay aue 
convenir en í|ue se ha abusado lastimosamente explo- 
tando la facilidad de apropiamos la literatura ex- 
tranjera, y i)or lo común invade nuestro mercado de 
libros algo de lo más malo y de lo más abominable 
que diariamente se publica en Francia. 

Relaciones de horrendos crímenes, tramas invero- 
símiles en que juegan tahurea y estafadores, empala- 
gosas historias de loretas convertidas, groserías, in- 
decencias ó inmoralidades ((ue (juieren hacerse pasar 
por gracias ingeniosas, son a(|uí por lo común el ali- 
mento intelectual de un público estragado. 

Seguros de que prestamos un gran servicio á la ju- 
ventud del dia. hemos emprendido la publicación de 
una serie de novelas traducidas fielmente de distintas 
lenguas, escogiendo los autores más eminentes y de 






más renombre, que se distingaen por la elevación mo- 
ral y literaria de sus obras. 

Asi, pues, publicaremos obras escojgidas de Comí' 
cience, Dickens, Bulwer, Feuillet, SaintrOermaÍB, 
Xavier de Maistre, Edgar-Foe, Wükie Collins, Bnd- 
don, Disraeli, G«orge Elliot, Auerbach, etc. 

Forma el primer volumen de esta biblioteca, SI 
QiíintOy de Conscience, el popular novelista flamenco, 
y Los prisi'Otieros del Gáucaso, por el conde Hamsx de 
Maistre. Hl Quinto es una de las narraciones mAa in- 
teresantes, más patéticas y más verdaderas que pue- 
den leerse. Un sentimiento puro palpita en todas sos 
Íiáginas, entre las cuales hay muchas que no poedea 
eerse sin verdadera emoción. Está escrita con encan- 
tadora sencillez de estilo, y el autor revda en eUa 
Í profundísimo conocimiento del corazón humano. De 
a segunda novelita Los prisumeros del Gáuc€UOf 
solo con decir que su autor Maistre es uno de los más 
elegantes escritores de Europa, y G[ue la relación que 
hace en esta obra es de un granmsimo interés, basta 
para que las personas de buen gusto literario se deci- 
dan á adquirirla. 

El segundo tomo ó volumen le forman la intere- 
sante y ya tan ventajosamente juzgada novela de Gar- 
los Dickens, titulada La batalla de la vida, y la ca- 
riosa y entretenida historia del descubrimiento de un 
tesoro, Gue con el título de El escarabajo de ero ha 

?ublicaao el fecundo escritor norte-americano Edgar- 
dos. Ambas obras sobresalen entre todas las que se 
deben á tan exclarecidos ingenios, por lo vif^oroso y 
elegante de su estilo y los bellos y bien deüneados 
caracteres que presentan. 

El tercer volumen, que acaba de publicarse, contie- 
ne la preciosa novela Julia de Trécoeur, de Octavio 
Feuillet, cuya interesante lectura recomiendan todas 
las personas que la conocen, y El Mayorazgo , notable 
producción del tan popular escritor Hoffmann, coyas 
obras son tan buscadas por el público ilustrado. 

Se venden á 4 rs. y se remiten franco de porte & 
provincias, dirigiéndose el pedido á la 

▲dmlnlstracion, Barco, 2 duplicado, Madrid. 



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namentos de Fisiea al alcance de todo el miindo, 

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versidad de Madrid. — Primera parte. En 8.® ma- 
yor, 36 páginas con 47 grabados, 6 rs. en Madrid y 
8 en provincias. Segunda parte. Calor. — En 8.** 
mayor, con 116 págs. y 13 grabados intercalados 
en el texto, á 6 rs. en Madrid y 8 en provincias. 
Tercera parte. Electricidad y luz, — En 8." de igual 
condiciones y precio que los anteriores. Toda la 
obra, en rústica, se vende al precio de 18 rs. en Ma- 
drid y 20 en provincias. — ^Adoptada como texto en 
la Escuela de Institutrices de Madrid, es la prime- 
ra Física elemental que está en armoniía con los más 
modernos adelantos de la ciencia. 

Bl sitio de Bilbao, por un testigo ocular, con un 
prólogo por D. Gumersindo vicuña. — Un tomo 
en 8.^ de 136 páginas, 8 rs. en Madrid y 10 en pro- 
vincias. 

Herida en el corazón, por D. J. Plácido Sansón. — 
>Se ha puesto á la venta esta preciosa y orinal 
novela, que consta de 200 páginas, cuyo precio es 
de 4 rs. en Madrid y 5 en provincias. 

Los vascongados, su pais, su lenga, y el principe 
L. L. Bonaparte, con notas, ilustraciones y 
comprobantes, por D. Miguel Rodríguez Ferrer, 
con un prólogo de D. Antonio Cánovas del Casti- 
llo. Un volumen en 4.° de 352 pá^as. Su precio es 
6 pesetas en Madrid y 7 en provincias. Pagado en 
esta administración, 22 y 24 rs. respectivamente. 

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lado escritor D. h. Pérez Galdós, cu]fas novelas han alcanzado un 
éxito extniordinario, y con especialidad sus Efisodiob Naciona- 
les: La Fontana de oro y MI andazy que se venden á dos pese- 
tas tomo. Igual rebaja obtendrán en todas las demás obras que 
edite ó administre esta empresa. 

RIFAS.— Las suscritoras por afio á La Guirnalda, tendrán 
derecho á ser agraciadas en cada mes con una máqjoina de coser. 
oimdros de valor, décimos de la lotcuria de Navidad, etc. 

IIEGALOS.— Toda persona que abone en esta €uhnmiHracion 
un afio ¿ las ediciones de labores ó de modas con losálbums, reci- 
iiirá en el acto un tomo de Episodios NAaoNALES por Pérez Gal- 
dós, ó un álbum de crochet ó en colores para cafiamaso. 

PRECIO.— En Madrid, 4 rs. al mes, y afio 44. Provincias, tri- 
mestre, 14; semestre, 26, y afio, 48, las emciones de laboree ó mo- 
das; y juntas las dos: Madrid, o rs. al mes; semestre, 34, y aflo 64. 
—Provincias, 20, 40 y 72; y 20, 40 y 68 respectivamente la edi- 
ción de labores ó la de modas con los álbums, etc. — Para más de- 
Inllcs, pídase el prospecto á la 

\T)M]NiaTTlACIOX: BARCO, 2 DUPLICADO. 3.** — MADRID. 







*$ 



OBRAS DE B. PÉREZ GALDÓS 



EPISODIOS NACIONALES 



PRIMERA SERIE 

HT^IOADOS 

I.-7V./ //f.: '/1(;2.a edición), 
'í - •■• áfi Carlos IV 

iÚtrzú y ti 2 de 
.'.lidon). 

'."* edición). 
•jH fn. Chamartm, 
^.'éragasa (2.* edición). 

Vfdfc. 

■' . MartUí tj Empf" 

batalla, df lo» Ara- 



SEfiUNOA SERIE 

PUBLICADOS 

\.—El equipaje d^l JReu José. 
. U.—Manoria* de un Corteja- 
íw> de 1815. 
lll.—La ftegunda cofwica. 
l\.—Rl brande Oriente. 

KN PREPARACIÓN 

I V.— 7 de Julio. 
'. \L—Loé ci' u mil hijos de San 
Luis. 
\n.—EÍ Terror de 1824. 
VIII.— f^ft voluntario realista. 
IX.— Los Apostólicos. 
X.— Un faccioso más y atgn- 
noi frailes menos. 



PRECIO DE CADA TOMO 
DOS PESETAS EN TODA ESPAÑA 



LA 



KL AUDAZ 



PONTANA DE ORO HISTORIA DE CK RiDICAl M ASTAÑO 
(1620-1823) (1804) 

l'"i) rol. en 8.° de 400 paga. \ Un vol. en 4.*» de 336 pdu^. 

2 peiefatt en Matlrid y 2,50 e/^ provincias 



NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS 

I 

X>.^ PERFECTA 

« Un volumen en 8.*' de 320 páginas 

DOS PESETAS EN TODA ESPAÑA 



Los ptididos de eieuiplares se dirigirán á la administración de 
f : ' uimalda y Episodios ^'acionales^ calle del Barco, niim. 2 
(Uii>li(Ȓi(lo,^.*^ Madrid. 



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