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Full text of "El hijo de Don Juan : drama original en tres actos y en prosa"

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SOCIEDAD DE AUTORES ESPAÑOLES 

COLECCIÓN DE OBRAS DRAMÁTICAS 
:::::: Y LÍRICAS :::::: 



EL HIJO n DON JDÜN 

:::: DRAMA :::: 
EN TRES ACTOS Y EN PROSA, ORIGINAL 



DB 



JOSÉ ECHEGARAY 



OOOO^ «oooocooooo 

SEGUNDA EDICIÓN 

o A OOOO OOO OOOOOOO 



MADRID 



EL HIJO DE DON JUAN 



Esta obra es propiedad de su 
autor, y nadie podrá, sin su per- 
miso, reimprimirla ni represen- 
tarla en España y sus posesio- 
nes, ni en loi países con los 
cuales haya celebrados o se 
celebren en adelante tratados 
internacionales de propiedad 
literaria. 

El autor se reserva el derecho 
de traducción. 

Los representantes de la So- 
ciedad de Autores son los exclu- 
sivamente encargados de con- 
ceder o negar el permiso de re- 
presentación y del cobro de los. 
derechos de propiedad. 

Queda hecho el depósito que 
marca la Ley. 



EL HIJO 
DE DON JUAN 

DRAMA ORIGINAL EN TRES ACTOS Y EN PROSA 

Inspirado por la lectura de la obra de Ibsen titulada 
GENGANGERE 

POR 

JOSÉ ECHEGARAY 



Estrenada en el TEATRO ESPAÑOL la noche del 29 
de marzo de 1892 



O 

SEGUNDA EDICIÓN 

<^ 



TIP. VAGUES 

CALLE DEL DOCTOH POURQUBT, NÚM. 4 

MADRID 



R, E F A. R T O 



PERSONAJES 




ACTORES 


CARMEN 


Srta. 


Calderón. 


DONA DOLORES 


Sra. 
» 


Guillen. 


PACA 


Estrada. 


TERESA 


Srta. 


Alísedo. 


LÁZARO 


Don 


Ricardo Calvo. 


DON JUAN. 


» 


Donato JíMenez. 


DON TIMOTEO 


Sr. 


Díaz. 


EL DOCTOR BERMUDEZ.. 


» 


Pérez. 


JAVIER 


» 


Rivelles. 


DON NEMESIO 


Don 


Fernando Calvo. 



'J^ 



m PALABRAS A MANERA DE PROLOGO 



Procurando adivinar el pensamiento de mi último 
drama El hijo de d^n Juan, han dicho los críticos va- 
rias cosas. 

Que el pensamiento era el mismo que inspiró a Ibsen 
en su célebre obra titulada Gengangere. 

Que las pasiones que en él se agitan, son más pro- 
pias de aquellos países del Norte, que de nuestras re- 
giones meridionales. 

Que se trata del problema de la locura hereditaria. 

Que se discute la ley de herencia. 

Que es tétrico y lúgubre, sin más objeto que el de 
producir horror. 

Que es un drama puramente patológico. 

Que no hay en él más que el proceso de una locura. 

Que desde el momento en que se adivina que Lázaro 
ha de volverse loco, acabó el interés de la obra, y no 
queda más que seguir p_aso a paso el naufragio del 
> pobre ser. 

Y así sucesivamente. 

Yo creo que todo esto no es otra cosa que una serie 
de lamentables equivocaciones de los grandes y peque- 
fioz juzgadores del arte dramático. 

No es ninguno de estos el pensamiento de mi drama. 

Su pensamiento es muy otro, pero yo no lo explicaré : 



¿para qué? en todas las escenas de mi obra, en todos 
sus personajes, casi en todas sus frases, está explicado. 

Además, el explicarlo sería peligroso : podría imagi- 
narse que mi propósito era defender al pobre hijo de 
don Juan, con el pretexto de explanar la idea madre 
de donde ha brotado. 

Yo no defiendo nunca mis 'difamas : cuando escribo 
su última palabra, los abandono a su suerte. Ni los de- 
fiendo material ni moralmente. Concluyo un drama, se 
lo doy a la empresa, se representa, gusta o no gusta y 
a la gracia de Dios. La empresa hace lo que más con- 
viene a sus intereses, sin que yo la moleste : los ax;to- 
res lo representan como pueden, casi siempre muy 
bien : el público juzga en uno o en otro sentido, según 
lo que siente y los críticos se desahogan a satisfacción. 

No quiero ni debo, siquiera por buen gusto, defen- 
der mi nuevo drama ; pero hay en él una frase que 
no es mía, que es de Ibsen, y esa debo defenderla enér- 
gicamente, porque me parece que es de extraordinaria 
hermosura. 

«Madre, dame el sol:» dice Lázaro. Y esta frase sen- 
cilla, infantil, casi cómica, encierra un mundo de ideas, 
un océano de sentimientos, un infierno de dolores, una 
lección cruel, un ¡alerta! supremo a la sociedad y a la 
familia. 

Yo así lo veo. 

Una generación, devorada por el vicio ; que lleva 
abasta en los huesos el virus engendrado por el amor 
impuro ; con la sangre corrompida, que arrastra orga- 
nismos de corrupción mezclados a sus glóbulos rojos, 
ya cayendo y cayendo en los abismos del idiotismo : el 
grito de Lázaro es el último crepúsculo de una razón 
que se hunde en la eterna negrura de la imbecilidad. 
Y al mismo tiempo la naturaleza despierta y el sol sale: 
otro crepúsculo que será bien pronto todo luz. 

Y los dos crepúsculos se encuentran, y se cruzan, y. 



se saludan, con saludo de eterna despedida, al concluir 
el drama. La razón, que ee precipita empujada por la 
corrupción del placer. El sol, que brota con llamas in- 
mortales, empujado por las fuerzas sublimes de la na- 
turaleza. 

Abajo, la razón humana, que se aeabó : arriba, el 
sol que empieza un nuevo día: y «dame el sol» dice 
Lázaro a su madre : también lo pidió don Juan por 
entre los cabellos de la tarifeña. 

Sobre esto hay mucho que decir : esto da mucho que 
pensar. Porque en efecto, si nuestra sociedad... ¡pero 
en qué diablo de filosofías voy a meterme yo ! Que allá 
cada cu^al se las componga como pueda y pida el sol o 
pida los cuernos de la luna o pida lo que le apetezca. 

¿Que nadie entiende ni se interesa por estas cosas? 
¿y qué? Esto, cuando más, prueba que el don Juan 
moderno va dejando muchos hijos por el mundo, aun- 
que sin el talento de Lázaro. 

Saludemos respetuosamente a los hijos de don Juan. 

José Echegaray 



^i&s!^i<;£;Q^ü£;Q^o£<;^^ii|f 



ACTO PRIMERO 



La escena representa una sala-despacho. Decoración ele- 
gante y severa con alguna nota mundana, represen- 
tada por cualquier objeto artístico que indique aficio- 
nes de esta clase. A la izquierda del espectador, una 
mesa ligera y vistosa para tomar té tres o cuatro per- 
sonas : encima de la mesa una vela encendida con 
pantalla de colores claros. Alrededor tres butacas pe- 
queñas, o butacas y sillas de fumar. A la derecha 
una mesa de despacho; pero no muy grande, maciza 
y severa ; detrás una silla o butaca de escribir. Al 
costado de la mesa una gran butaca o mejor una 
chaise-longue. Sobre la mesa un quinqué encendido 
con pantalla obscura. Sobre la mesa tainbién, en mar- 
co de caballete, la fotografía de Carmen. A la izquier- 
da, primer término, un balcón ; a la derecha una 
chimenea con fuego muy vivo ; a un costado una gran 
pantalla portátil. En puertas y balcón, cortinajes es- 
pesos y severos. Puerta en el fondo y a cada lado 
una puerta. Si es posible, en el fondo también, a la 
derecha, un pequeño estante, obscuro y rico, con li- 
bros ; a la izquierda, haciendo pendant, una vitrina, 
obscura como el estante, llena de objetos artísticos. 
Si esto no es posible, dos muebles equivalentes. En 
suma, una habitación que indique personas ricas, 
aunque no opulentas, y sobre todo el contraste de dos 
gustos : uno severo, otro alegre y mundano. Es de 
. noche. 



— 10 — 

ESCENA PRIMERA 
DON JUAN, DON TIMOTEO y DON NEMESIO 

Están sentados alrededor de la mesa de té, bebiendo 
licores y fumando. Los tres son viejos ; pero marcando 
tipos diversos : los tres llevan el sello de una vida de 
crápula. En don Juan todavía se conoce que habrá sido 
gallardo. 



Juan ¡Timoteo!... 

Timoteo ¿Qué? 

Juan Tpngo una sospecha. 

Timoteo ¿Cuál? 

Juan Que nos vamos volviendo viejos. 

Timoteo ¿En qué lo has conocido? 

Juan Te diré : hay síntomas. Cuando cambia el 
tiempo me duelen todas las articulaciones. 
Cuando quiero mover esta pierna con gallar- 
día, me cuesta trabajo y al fin la que se mue- 
ve es la otra. Y además, la vista se me apa- 
ga: cuando veo una morenilla por la calle, 
me parece que es rubia, y si es rubia se me 
obscurece de modo que se me antoja morena. 

Nemesio Eso es debilidad : hay qu,e entonarse. {Bebe 
una copa.) 

Juan Mi estómago no resiste ya el alcohol : bebo 
(«por cumplir» ; pero sé que me hace daño. 

Timoteo Porque no es el alcohol de nuestro tiempo. 

Nemesio Esto es solimán alcoholizado. 

Timoteo El alcohol es el que se ha hecho viejo. Yo me 
siento joven todavía. (Contoneándose.) ¡Ay!... 

Juan ¿Qué tienes? 

Timoteo Al hacer un movimiento, pareo* que se me ha 
descoyuntado toda la columna vertebral. ¡ De- 
monio!... ¡demonio!... 

Nemesio Se habrá salido algo de su sitio. (Con calma 
y bebiendo.) 

Juan Desengañaos: llegamos a «Villa- Vieja». ¡Por 



— lí- 



vida de la vida y qué corta es la vida! {Da 
un puñetazo en la butaca.) ¡Ay! 

Timoteo ¿Qué te pasa? 

Juan Un dolor en este codo... y en este hombro... 

Nemesio ¡El t;empo!... ¡está muy húmedo!... (Be- 
biendo.) 

XiMOTEo Si tú, Juanito, no has sido nunca muy fuerte. 

Ju.\N ¿Que yo no he sido?... ¿que yo no he sido?... 

Yo he sido más fuerte que todos vosotros. Yo 
he estado veinticuatro horas seguidas tiran- 
do cartas, y he estado tres días seguidos, en- 
cerrado coii Luis y con Pacorro, vaciando bo- 
tellas ; y mi patrono San Juan Tenorio, desde 
el cielo en donde mora en compañía de doña 
Inés, habrá visto cómo me he portado en em- 
presas amorosas. Vosotros en cambio no ha- 
béis sido más que fanfarrones del vicio. ¡Ho- 
la, con los estafermos! 

No negamos que hayas sido más loco que cual- 
quiera; pero más fuerte... lo que se Uama un 
hombre fuerte... no lo has sido. 
No lo hits sido, confiésalo. 
¡Qué he de confesar yo!... 
Si a ti te ha pasado lo que no le ha pasado 
a nadie. 

Ju.\N ¿Qué me ha pasado a mí? 

-Timoteo Que para enderezarte el espinazo tuvieron que 
meterte en un estuche de escayola... y te col- 
gaban todos los días dos veces por el pescuezo. 

Ne.mesio ¡Es verdad! ¡Es verdad! (Riendo.) 

Ju.\N Pero fué porque en la Plaza de Toros anduvi- 
mos a palos y me desgonzaron dos vértebras : 
eso le pasa a cualquiera. 

Timoteo No, no; no eras como nosotros. ¿Te acuerdas, 
Nemesio? «¿Dónde está Juanito?» — «En ca- 
ma.» «¿Dónde está Juanito?» — «En Panticosa.» 
«¿Dónde está Juanito?» — «En Archena.» ((¿Dón- 
de está Juanito?» — «Emparedado.» «¿Dónde 
está Juanito?» «¡En este momento deben es- 
tarle ahorcando!» ¡Ja, ja!... (Ríen Timoteo y 
Nemesio. Don Juan les mira colérico.) 

Juan ¡No riáis muy fuerte, que vamos a tener des- 

coyuntamiento general! ¡Yo he sido un hom- 
bre y vosotros habéis sido unos pobres dia- 



Tl.MOTEO 



Nemesio 

Juan 

T1.MOTE0 



12 — 



Timoteo 



Nemesio 
Juan 



Timoteo 
Nemesio 
Juan 



Timoteo 

Juan 

Timoteo 



bles! Tú, (A don Timoteo.) casaste a los cua- 
renta: te metiste en un rincón de este puebla 
con tu mujer, ¡y aquí dio fin Timoteo! Tú, 
(A don Nemesio.) huyendo como un cobarde 
de la borrasca mundanal, te refugiaste en Ar- 
ganda, donde te bebes cada año la cosecha 
de vino del año anterior. {Dándose tono.) ¡Yo, 
en cambio!... ¡yo!... es verdad que también 
me casé a los cuarenta y dos ; pero esto no 
es una prueba de debilidad. Si a don Juan 
Tenorio le hubiesen dado tiempo, se hubiera 
casado con doña Inés, y aún es fama que en 
el cielo celebraron bodas místicas. Pero yo, el 
otro don Juan, me casé como un hombre y 
como un ciudadano- libre ; y no por eso aban- 
doné el campo del honor. ¡"Yo en mi casa, yo 
en la ajena! ¡A las nueve en el convento, a 
las diez en esta calle!... ¡Bueno; pues tuve a 
mi Lázaro!... ¿eh? ¡vaya un chico!... ¡eso 
es tener un hijo! 

¡Válgame Dios por el triunfo glorioso!... 
¡Échate a la calle y no verás un prójimo que 
no sea hijo de alguien! Cada individuo tuvo 
un padre. 
Por lo menos. 

Sí, pero yo era el libertino; el que apuró la 
copa del placer y la barrica de la bodega; el 
inválido de la orgía. «Ese está tísico,» decían. 
«Ese se muere cualquier madrugada,» pensa- 
bais vosotros. ¡Y de pronto resucité con Lá- 
zaro es mi resurrección!... ¡Y qué robusto, y 
qué fuerte, y qué talento!... ¡un prodigio!... 
un Byron, un Espronceda, un Edgar-Poe, un 
genio. Eso no Ib digo yo : lo tenéis escrito en 
todos los periódicos de Madrid. 
Sí, el chico vale. 
Vale. 

Pues con franqueza, el que hizo la vida que 
hice yo... y cuando dice: «a descansar un 
rato», ¿tiene un hijo como Lázaro? ese... ¿no 
es un hombre? 

¡Bonita jubilación para un Tenorio! 
¿Cuál? 

La tuya. ¿Pues no resulta que eres el padre 
de un genio? 



13 



Ji AN ¿Y qué, carcamades? La fuerza es fuerza y se 

traiisfornia : vosotros no sabéis esto. Todo el 
genio de Lázaro lo tenía yo sin duda agaza- 
pado en algún rincón de mi cerebro ; pero co- 
mo no le di tiempo ni ocasión, no pudo dar 
mu-estras de sí. Hasta que se cansó de esperar 
y dijo un día: <cea, me voy con el chico, que 
con el padre no hago carrera.» (Riendo.) 

Timoteo No te hagas ilusiones, Juanito. El talento de 
Lázaro, porque en efecto parece que es un 
talentazo, no lo heredó de ti : lo heredaría de 
su madre. La herencia paterna habrá sido al- 
gún reuma, alguna neurosis. 

Nemesio Sedin>entos del placer y residuos de alcohol. 
(Bebiendo.) 

Juan ¡Mentecatos!... Yo me eduqué mal y viví peor, 

pero en- mí ¡había algo! 

Timoteo . Todo un genio enchufado en un perdido. 

JLAN Puede ser. 

Nemesio ¿Y en qué lo conociste? 

Timoteo ¿Cuándo fué eso? 

Nemesio ¿Y' en dónde? 

Juan Fué al despertar de una juerga. 

Timoteo Ahora que vas a remontarte a lo sublime, no 
digas juerga. 

Juan Bueno, pues al despertar de una orgía. 

Nemesio Eso está bien: «a Jarifa en una orgía.» Es- 
pronceda. (Bebiendo.) 

Juan Sí, señor ; pues eso mismo. Sentí una vez lo 

que no habéis sentido vosotros jamás. 

Nemesio Cuenta, cuenta, que debe ser curioso. Otra co- 
pita, Timoteo. 

Timoteo Venga : ¡ a la saliid del genio molagrado ! (To- 
siendo.) 

Nemesio Del genio... mal... logrado... (Bebiendo. Don 
Juan ha quedado pensativo.) 

Timoteo Empieza. 

Juan ¿Os acordáis de la temporada que pasamos 

en mi quinta de Sevilla... allá por el año... 
por el año?... 

Timoteo ¡I>el año no me acuerdo... de la quinta mu- 
chísimo ! a orillas del Guadalquivir : con un 
salón orienta): divanes: alfombras... ¡aque- 
llas célebres alfombras! 

Nemesio Es verdad... es verdad... siempre que andaba 



14 — 



por ellas... Aiiiceta, la gitariilla... ¿os acor- 
dáis?... gritaba: «¡que me jundo, que me 
jundo!» '' 

Timoteo Es verdad... es verdad... y como era tan me- 
nuda... claro, ¡.se jundía! 

Nemesio ¡Hermosos tiempos!... ¡La quinta de don 
Juan!... A.sí la llamábamos. 

Timoteo A mí lo que más me gustaba era aquel bal- 
cón corrido, o galería, o lo que fuese. ¡Qué 
vista! ¡el Guadalquivir!... y daba a Oriente... 
se veía salir el sol... un encanto!... -¿Te has 
dormido? (A don Juan, que está pensativo.) 

Juan ¿Yo?... yo no duermo nunca. Eso quisiera yo: 

dormir. Pues si me paso la noche, tira de este 
nervio, tira del otro... ¡ «El dolorcillo» que está 
avencidado en el codo, que sale de paseo! La 
«to6)) que se asoma, diciendo : «buenas no- 
ches, vecino.» La cabeza que grita : «voy a 
valsar un rato, apartarse.» Y el estómago que 
salta: ((no por Dios, que me mareo.» ¡Sí, dor- 
mir! diez años hace que no duermo. 

Nemesio ¿Pero no cuentas la historia? 

Juan ¿Cuál?. 

TiMOTEO Hombre, --la del chispazo de genio. Cuando 
comprendiste que tenias algo dentro. (Tocán- 
dose la frente.) Algo sublime, ¿eh? 

Nemesio Ya lo creo : ¡sublimado corrosivo! ¡Ja... ja!... 
¡Otra copita! 

Timoteo Venga. Con que quedamos en que tú conocis- 
te, ((Cierta \'ez», que eras un ((genio larvado»... 
¡como las ((pulmonías larvadas»!... 

Juan Lo conocí : no hav que reírse. 

Nemesio ¿En tu quinta del Guadalquivir? 

Juan AUí mismo. 

Timoteo ¿En el salón oriental? ¿el de los divanes, bal- 
conaje a Oriente y alfombra de Persia? 

Juan Cabal. 

Timoteo ¿En una noche de orgía? 

Juan No; a la mañana siguiente... al despertar. 

Timoteo ¡Al despertar de la orgía!... ((¡Trae, Jarifa, 
trae tu mano... ven y pósala en mi frente!»... 
(Cogiendo la mano a don Nemesio.) 

Nemesio (fíetirando la mano.) ¡Buena está tu frente!... 
¡ja... ja...! no me hagas reir. 



15 — 



Nemesio 

Juan 

Nemesio 

Timoteo 



Juan 



Timoteo 



Nemesio 
Timoteo 
Juan 



Nemesio 

Juan 

Timoteo 
Juan 



Timoteo 
Nemesio 
Timoteo 
Nemesio 

Juan 



¡Pues mira, que tu mano!... ¡sarmiento pu- 
ro!... 

¿No queréis oirme? 
Ya lo creo. Cuenta. 

Pero lo has de contar «en serio» : solemne- 
mente, dramáticamente... El despertar de don 
Juan... tras una noche de orgía. 
Pues allá va. {Toman don Nemesio y don Ti- 
moteo posición cómoda para oirle.) ¡Gran no- 
che! ¡gran cena!... Eramos ocho y empare- 
jados. Todo el mundo borracho... ¡hasta el 
Guadalquivir!... Aniceta se asomó a la gale- 
ría y se puso a gritar : (( ¡ río estúpido, desabo- 
río, aguanoso, bebe una vez vino!» y le tiró 
una botella de manzanilla. 
¡Era muy salada Aniceta!, a mí también me 
tiró unavez una botellji a la cabeza... pero 
vacía. 

¿La cabeza? 

La botella. Sigue, sigue... pero en serio, ¿eh? 
Pues yo me quedé dormido en el suelo, sobre 
la alfombra, junto a un diván. Y en el diván 
había caído con uno de los accidentes de cos- 
tumbre, la ((tarifeña»... ¡ Paca la tarif eña ! Na- 
die lo notó... y en el diván se quedó dormida. 
Entre las convulsiones se le había destrenza- 
do el pelo... ¡gran madeja!... y en ondas se- 
dosas me caía encima... ¡gran madeja! 
¡Ni la de Timoteo! (Don Timoteo es muij 
calvo.) 

¡Ni la de Timoteo! ¡Pero si me interrumpís 
pierdo la inspiración. 
Sigue... sigue en serio, Juanito. 
Quedamos en que yo dormía sobre la alfom- 
bra y en que el cabello destrenzado de la ta- 
rifeña me caía sobre la cabeza y sobre el ros- 
tro, envolviéndome espléndido como negro 
manto de perfumado encaje. ¿Lo queréis más 
en serio? 
Así va bien. 
Mantente a esa altura. 
¡A la altura de la alfombra! 
Cada uno sube a la altura que merece. Ade- 
lante. 
¡Llegó el amanecer!... ¡Era verano!... 



— 16 — 



Timoteo ¡Y sin embargo, llovía! 

Juan ¡No, hombre!... ¡Una mañana deliciosa: el 

balcón abierto : el Oriente con espléndidos cor- 
tinajes de neblinas y de nubecillas arrebola- 
das : el cielo azul y puro, una luz muy viva 
inflamando el lejano horizonte!... 

Timoteo ¡Así, así... a esa altura! 

Nemesio ¡Muy poético... muy poético!... ¡no decaigas! 

Ju.\N Lentamente salió el rojizo globo... abrí los 

ojos del todo... ¡y vi el sol! Lo vi por entre 
la revuelta cabellera de la tarifeña... me inun- 
dó con su luz... y tendí la mano instinvamente 
para cogerlo. Algo así, como una nueva clase 
de amor, como un nuevo deseo se agitó en 
mí. ¡Mucha claridad, mucho azul, esferas 
muy anchas, aspiraciones vagas, pero ardien- 
tes,' por algo muy hermoso! Durante un mi- 
:, ñuto 'comprendí que hay algo más que el pla- 
cer de los sentidos : ¡ durante un minuto me 
sentí otro! Mandé un beso al sol y separé 
irritado el cabello de la chiquilla... una ma- 
raña se me pegó a los labios... me rozó en el 
paladar y me dio bascas... Tiré del mechón... 
despertó la tarifeña... y amaneció el vicio en- 
tre los restos de la orgía, como el sol entre 
los vapores de la noche, sus neblinas y sus 
celajes. 

Timoteo ¡ Bien por Juanito ! Conmovidos,'profundamen- 
te conmovidos. 



Nemesio 
Timoteo 

Juan 

Timoteo 
Nemesio 
Juan 



Timoteo 
Juan 



Hondamente conmovidos. {Bebiendo una copa.) 
¿Ya propósito de qué nos contabas todo eso, 
que no me acuerdo? 

Para demostraros que dentro de mí han exis- 
tido nobles aspiraciones... 
¡Ah! ¡sí, anhelos sublimes! 
¡Ansias sobrehumanas! 

¡Justamente! y que todo eso, que en mí «o 
tuvo ocasión de presentarse o que se agotó 
corriendo por otros cauces, en mi Lázaro será 
talento, inspiración, genio, alas que aletean, 
creaciones que brotan, aplauso, gloria, inmor- 
talidad!... ¡Ya veréis!... ¡ya veréis! 
Tu chifladura postrera. 
Mi última ilusión y la más pura... no, la úni- 



17 — 



ca ilu6ióii pura de mi existencia. Y tú debes 
alegrarte de que mi chico valga tanto, tunan- 
*«! {Dándole una palmada a don Timoteo.) 

Timoteo ¿Yo?... 

Nemesio ¡Ya, ya... os comprendo! Otra copita a la sa- 
lud de los novios. 

Juan ¿Eh? ¿qué dices? {A don Tim^oteo.) 

Timoteo ¡Ah! sí: no es imposible. Mi pobre Carmen 
está muy encariñada; pero no sé si Lázaro... 

Juan ¡Lázaro está loco por ella!... El es bastante 

reservado, pero está loco. 

Timoteo Pues mira, si el hijo ha de parecerse al papá, 
mucho sentiría que emparentásemos : franca- 
mente. 

Juan Se agradece, v-enerable abuelo. 

Nemesio No ; Lázaro es muy formal. 

Timoteo Es que mi chica es muy débil, muy delicada, 
¡una sensitiva! Su pobre pecho se angustia 
por cualquier cosa, y si Lázaro había de dar 
a mi pobrecita Carmen la vida que tú has 
dado a tu mujer, renuncio al parentesco y al 
honor que me dispensas. 

Juan ¡Poco a poco!... ¡Yo he sido un esposo irre- 

prochable ! 

Timoteo ¡ Oh ! . . . 

Nemesio ¡ Ah ! 

Juan ¡Irreprochable! ¡mi esposa ha sido para mí 

«la primera» ! 

Ti.moteo Pero tenías «la segunda» y la «tercera»... 

Nemesio Y la «cuarta» y la «quinfa»... 

Juan Esas son. exigencias legítimas del sistema de 
numeración. 

Nemesio Paz entre los futuros consuegros. Que tanto 
vale el uno como el otro ; y tan gallardo está 
el uno como el otro: y tan buen ((pater fami- 
lias» ha sido el otro como el uno. 

Juan ¡Si valdrás lo que no valemos nosotros! ¡Si tú 

•estás alcoholizado desde tu más tierna edad! 

Nemesio Entre la botella y la nmjer me quedo con la 
botella. 

Timoteo Pues yo con" la muj^r. 

Juan No exageremos: entre la mujer y la botella... 

se queda uno así mismo... entre la botella y 
•la mujer. 

Timoteo Ya no : ya nos quedamos en casa entre la 
2 



18 



mujer propia y la botella de tisana : dos ti- 
sanas. 

Nemesio Porque sois unos carcamales : yo todas las no- 
ches al teatro : a mi palquito : de diez a doce 
^ me consagro al arte. ¡Han venido unas bai- 
larinas drf Madrid!... ¡las cefirinas!... ¡cuatro 
céfiros!... 

Ju.\N {En voz alta, irguiéndose como un gallo vie- 

jo.) ¿Son guapas? 

Timoteo Que te va a oir tu mujer. 

Juan (iJ ajando exageradamente la voz.) ¿Son gua- 

pas? 

Nemesio Cuatro flores, cuatro astros, cuatro diosas, los 
cuatro puntos cardinales de la belleza. ¡ Qué 
ojos!... i Qué cinturas!... ¡Qué «nerviosidad»! 
¡Qué cuerpo aimohadillado ! 

Juan ¿Almohadillado? 

Nemesio Al natural. 

Juan ¿Al natural?... ¿Y tú vas ahora al teatro? 

Nemesio Allá voy a concluir la noíjhe como Dios man- 
da : admirando las maravillas de la creación. 
(Levantándose.) 

Timoteo Pues te acompaño y las admiraremos los dos. 
(Levantándose.) 

Juan Pues yo no me quedo en casa. Allá voy con 

vosotros y las admiraremos los tres. (Levan- 
tándose con trabajo.) 

Nemesio ¿A estas horas, Juanito? 

Juan A estas horas vais vosotros. 

Timoteo ¿Y qué dirá tu mujer? 

Juan Mi mujer hace veinticinco años que no dice 
nada. Además, yo mando. ¡A mí no se me 
piden cuentas!... ¡Hola! ¡'hola!... Vengo al 
momento. ¡Hola! ¡hola! 



19 



ESCENA II 
ÜÜ.V TIMOTEO y DON NEMESIO 



Nemesio Me parece que el pobre Juan no tiene cuerda 
para mucho tiempo. ¿No ves cómo anda? ¿qué 
cosas dice? ¿qué enternecimientos eeniles? 

Timoteo Pues no es nmy viejo. 

Nemesio ¿Qué ha de serlo? Tendrá poco más de sesen- 
ta años. Sesenta años los tiene toda persona 
que se respeta. {Contoneándose algo.) 

Timoteo Cabalmente : los tienes tú, los tengo yo, los 
tiene cualquier persona formal. 

Ne.mesio ¡Pero él ha -vivido!... ¡cómo ha vivido! Es lo 
que yo digo : se pueden hacer locuríis : las 
hiciste tú, las hice yo... 

Ti.moteo y las hace cualquier persona formal. 

Nemesio Pero hasta cierto punto. 

Timoteo Hasta cierto punto. 

Nemesio Si el pobre Juan era viejo a los cuarenta 
años. Y Lázaro... no es lo que dice su padre... 
no, señor. 

Timoteo Pues talento... tiene mucho talento. Todos los 
periódicos de Madrid lo aseguran : ya ves tú. 
¡Que es un prodigio, que será una gloria na- 
cional!... 

Nemesio No lo niego. Pero ándate con cuidado antes 
de casarle con Carmencita. 

Timoteo ¿Por qué?... ¡Demonio! ¿Por qué?... ¿Es co- 
mo el padre?... 

Ne.mesio No; como el padre, rito. Alegre de cascos... eso 
sí. ¿Qué había de ser el hijo de don Juan? 

Timoteo Alegre de cascos lo es todo el mundo : lo eres 
tú, lo soy yo... 

Nemesio No es eso.^ Es que según mis noticias... {Ba- 
jando la voz.) no es tan robusto como el papá 
supone. Lázaro padece vértigos... o accidentes 
nerviosos... qué sé yo: algo así. De tarde en 
tarde, ciertamente ;' pero aquella cabeza no 
eslá firme. Por oso hace cosas tan estupendas, 



y por eso dicen que es un genio. No te fíes 
de los genios, Timoteo. Un genio va por la 
calle y todos dicen «¡el genio! ¡el genio!» Da 
la vuelta a una esquina y los chiquillos de la 
otra calle corren tras él gritando: (c¡al loco! 
al loco!» ¡Timoteo, es peligrosísimo tener 
mucho talento! 

Timoteo ¡Dios nos libre! ¡Oh!... ¡En e^o he tenido yo 
siempre nmcho cuidado ! 

Nemesio Y yo también. No ser rematadamente tonto ; 
porque eso no está bien. Pero no ser un genio. 

Timoteo ¡Eso rmnca!... Ya vuelve Juan. 

Nemesio No le digas nada de lo que te he contado. O 
no conocen las dolencias de Lázaro... o las 
ocultan : es natural. 

ZiMOTEo Ni palabra ; pero bueno es saberlo. 



ESCENA III 

DON TIMOTEO, DON NEMESIO y DON JUAN: des- 
pués TERESA 



Ju.4N {En traje de calle.) ¿Estamos? 

Timoteo Estamos. 

Jlan Pues en marcha. Oye: (A don Timoteo.) ¿vol- 
verás tú por Carm^en, o hay que llevarla? 

Timoteo ¿Carmen? 

Juan Sí, Carmen. ¿Ya te olvidaste que está allá den- 

tro con Dolores? 

Timoteo ¡Es verdad! 

Ju.\N ¡Qué cabeza!... ¡Ja, ja!... ¿Y dices que yo?... 

¡Se olvida de su hija! ¡Ya era fácil que yo 
me olvidase de mi Lázaro! ¡Cómo estás!... 
¡Cómo estás!... ¡Vaya un par de estafer- 
mos!... (Riendo.) 

Timoteo ¡Joven gallardo, condúcenos a la gloria y al 
placer!... 

Juan Al cementerio voy a conduciros, si me moles- 
táis mucho. Con que , ¿qué decides? ¿Vuelves 
a buscar a Carmen? 



21 



Timoteo 
ji • 

í\f-:Vi...,lO 



Juan 

Teresa 

Juan 



Timoteo 
Nemesio 
Juan 
Timoteo 

Nemesio 
Juan 
Teresa 
Juan 



Volveré y con eso te traeré a casa. 
¿Traer tú? Bueno estás para traer a nadie. 
A los dos os traeré yo. Vamos, dame el brazo, 
Juanito, que si no, no bajas tú la escalera. 
(Don Juan le coge del brazo.) 
Teresa... Teresila... 
(Por el fondo.) Señor... 

Dile a Dolores... a la señora... que me voy. Que 
espere Carmen hasta que vuelva su padre a 
buscarla. En marcha. Cógete tú, (A don Ti- 
moteo.) que no estás nuiy firme... cógete de mí. 
En marcha. 
En marcha. 

¡Paso marcial!... Una... dos... • 
¡Cada día está más guapa esta chica! {Mi- 
rando a Teresa.) 
Y más fresca. (Lo iJiismo.) 
No mires, que te caes. (A don Nemesio.) 
¿Adonde va usted, señor? 

A llevar a -estos a la Sacramental. (Salen rien- 
do y cogidos del brazo.) 



ESCENA IV 

TERESA, DOÑA DOLORES y CARMEN; las dos últi- 
mas por la derecha. 



Teresa (Mirando desde el fondo.) ¡Pues como entréis 
en ella, no os dejan salir! ¿Adonde irán esas 
momias? 

Carmen ¡Ay!... No están... No está papá. 

Dolores ¿Se fueron? 

Teresa Sí, señora. Pero don Juan dejó dicho que el 
papá de la señorita Carmen volvería a bus- 
carla. (Carmen tose.) 

Dolores ¡Otro golpe de tos! No debes salir de noche: te 
lo ha prohibido el médico. No te cuidas : eres 
una locuela. Los niños enfermos, en casita. 

Carmen Cuando me quedo sola, me quedo muy triste. 
Prefiero toser a estar triste. 



— 22 — 



Dolores Eso, no ; yo iré a hacerte compañía. Y llevaré 
a Lázaro. Yo no quiero que sufra melancolías 
la niña enferma y la niña mimada. {Acari- 
ciándola: Carmen tose.) ¡Otra vez! 
Carmen Esto no vale nada. 

Dolores ¡ Si es que aquí no se puede respirar ! ¡ Qué 
atmósfera!... ¡Qué humo!...' ¡Qué olor a ta- 
baco 1 
Teresa Estuvieron toda la noche los tres ctseñores an- 
cianos» bebiendo, y fumando y riendo... Ya ve 
usted cómo lo dejaron todo. 
Dolores Sí, ya lo veo. {Mirando con disgusto la mesi- 
ta, que está llena de ceniza y puntas de ciga- 
rro, y cubierta de botellas, copas y bandeja 
con pastas.) Quita eso... limpíalo todo... abre 
el balcón... No me acostumbro... y en veinticin- 
co años debía haberme acostubrado... (¡Poe- 
sías de la existencia ! ) {Riendo con amargura.) 
Carmen ¿Por qué se ríe usted, Dolores? 
Dolores {Cambiando de todo y fingiendo alegría.) Por- 
que me hacen gracia, mucha gracia, las tra- 
vesuras de esos tres respetables ancianos. 
Carmen ¡ Papá no es todavía anciano ! 
Dolores ¡No lo es; pero como ha llevado una vida... 
{Conteniéndose.) tan trabajosa... sus asuntos... 
sus negocios... lo mismo que Juan! 
Carmen ¡Ya, ya!... Los padres son todos así, matán- 
dose por sus hijos. ¡Y papá es más bueno!... 
¡Me quiere!... ¡Dios mío! De noche se levanta 
no sé cuántas veces para escuchar a la puer- 
ta de mi cuarto a oír si toso. De manera que 
yo, que le siento, ahogo la tos con el pañuelo 
o coí;i la sábana... pero a"\^eces no puedo... es 
que me ahogo. {Tose.) 
Dolores {A Teresa, que entre tanto se ha llevado bote- 
llas, ceniceros, bandejas, y que ha entrado, y 
salido varias veces.) Abre el balcón : que en- 
tre aire fresco, aire puro... No, espera: (.4 
Teresa.) tú no podrías sufrir la impresión, 
pobrexíilla. (A Carmen.) Ven... {Cogiéndola de 
la mano.) 

Carmen ¿Adonde? 

Dolores Mientras se ventila la habitación, te quedas 
quietecita detrás de esta cortina... {Colocan- 



23 



dola detrás del cortinaje de la derecha.) Quie- 
tecita, ¿eh?... En seguida entrarás. 

Carmen ¿Me deja usted castigada? (Riendo.) 

Dolores Castigada : tu papá es muy mimoso ; yo muy 
severa. 

Carmen Bueno ; pero que no dure nmcho el castigo. 

Dolores Muy poco. Vete... (A Teresa.) abriré yo. (Sale 
Teresa. Abriendo el balcón.) ¡Así... aire... el 
^ aire de la noche... la frescura... el espacio... 
lo que es puro... lo que es grande... lo que no 
repugna... lo que dilata los pulmones... lo que 
dilata el alma! ¡Tener un horizonte muy an- 
cho para llenarlo de esperanzas y correr hacia 
ellas!... ¡Al menos la esperanza!... ¡la espe- 
ranza! ¡Oh! yo nd puedo quejarme; ¿tengo 

' a mi Lázaro? ¡pues lo tengo todo! 

Carmen ¿Puedo salir? (Asomando de cuando en cuan- 
do la cabeza por el cortinaje.) 

Dolores No ; todavía no : quietecita. (Paseándose del 
balcón, a la chimenea.) ¡Tener a mi hijo!... 
.pero sin que nunca hubiese tenido padre... 
¡sobre todo, ese padre! ¡Que mi Lázaro hu- 
biera brotado espontáneamente de mi amor!... 
Así... ¡como brota la ola del mar o la luz del 
sol!... ¡Para que fuese mío, sólo mío! En fin, 
no me quejo... aunque se parezca... ¡que no 
se parece!, a su padre, Lázaro es mío, y mío 
solamente. ¡Qué bueno!... ¡qué noble... ¡qué 
inteligencia!... ¡qué corazón! ¡Eso es tener 
un hijo! 

Car.men ¿Puedo entrar? 

Dolores ¡Ah!... sí... aguarda... pero antes cerraré el 
balcón. (Lo cierra.) Entra. 

Carmen Ya es otra cosa. (Respirando a gusto.) 

Dolores ¿Te sientes bien? 

Carmen Muy bien. 

Dolores ¿Qué miras? . 

Carmen El reloj, para ver qué hora tenemos. Va sien- 
do tarde: Lázaro no viene. (Con tristeza.) 

Dolores No es tarde, hija mía. Ven, siéntate junto a 
mí. 

Carmen Sí ; es tarde, es tarde. 

Dolores Lázaro vendrá pronto. Sabía que ibas a ve- 
nir esta noche v no faltará. 

Car.men (Tristemente.) Pues haría muy mal en inco- 



24 



niodarse por mí. Si no iiil' ve hoy, me verá 
otro día. 

Dolores Tontuela, ¿estás quejosa? 

Carmen Eso no, ¡Dios mío! El tiene sus ocupaciones, 
y no ha de sacrificarse por Carmen. 

Dolores Carmen lo merece todo ; y Carmen \ü sabe : 
no seas hipocritilla. 

Carmen No, señora. Lo digo como lo creo, y esto es 
lo que me da mucha pena y me hace cavilar 
mucho. Usted me minia y me quiere, como si 
fuera mi propia madre, ya que no la tengo. 
Usted protege nuestro cariño... el de Lázaro 
y el mío... Estoy segura que le dice usted a 
Lázaro que soy de este modo y del otro... ¡en 
fin, un prodigio! Y a mí me jura usted que 
Lázaro está loco de amor por su Carmen... 
¿Pero es verdad todo esto? ¿Puede serlo? 
¿Merezco yo a Lázaro? ¿Sentirá, un hombre 
como él, la pasión que usted me pinta por 
una pobre criatura como yo? 
Vamos, ¡que me enfado!... No se dicen -esas 
cosas. ¿No te has mirado nunca al espejo? 
Sí, muchas veces : todos los días. 
Y el espejo, ¿qué te dice? 
Que soy muy pálida, que soy muy flaca, que 
tengo los ojos muy tristes, y que más me pa- 
rezco a una Dolorosa que a una chica de diez 
y ocho años. Eso es lo que me dice, ¡y me da 
cada disgusto! 

¡Hay espejos muy malvados, y ese es uno de 
ellos! {Co7i tono cómico.) Se abarquillan para 
hacernos larguiruchas : se empañan para dar- 
nos palideces : se manchan para sombrar de 
pecas nuestro cutis, y cometen todo género 
de maldades. Tu espejo es un espejo crimi- 
nal : yo te mandaré uno en que te veas como 
eres y verás un ángel asomado a una venta- 
nita de cristal. 
Carmen ¡ Sí, ríase usted ! Pero aunque yo fuese la mu- 
jer más hermosa; del mundo, ¿podría merecer 
a Lázaro? {Con tristeza.) ¡Un hombre como 
él ! ¡un porvenir como el suyo ! ¡ un talento 
que todos admiran!... Nada: ¡un ser supe- 
rior!... Yo le quiero mucho; pero me da mie- 
do y vergüenza... que él conozca... que yo... le 



Dolores 

Carmen 

Dolores 

Carmen 



Dolores 



— 25 — 



quiero tanto. Me parece que va a decirme : 
"¿pero tú quién eres, tontuela? ¿qué te has 
figurado, que yo estoy para una chiquilla in- 
sustancial, ignorante y enfermiza?» {Con tris- 
teza y humildad.) 
Dolores' Vamos, Carmen, si no quieres que. me enoje, 
no digas esas tonterías, l'na mujer buena vale 
más que todos los sabios de todas las Acade- 
mias. Y si además de ser buena... es guapa... 
entonces... entonces se acabó, ¡no hay hom- 
bre que la merezca! Los hombres, exceptuan- 
do a Lázaro, son unos pobres diablos o unos 
miserables. (Con tono rencoroso.) 
Carmen Pues papá es nmy bueno y me quiere mucho. 
Dolores. ¡ Ah!... sí... nmy buena persona... Pero si tan- 
to había de quererte, mejor hubiera hecho en 
darte pulmones más robustos. 
C.^R.MEN Pero el pobre, qué culpa tiene... Si Dios no 

quiso... 
Dolores ¡Ah!... sí... es verdad. Don Timoteo no tiene 
la culpa. Dios dispuso que Carmen no tuviese 
más alientos que los de una palomita, y hay 
que resignarse. 

Carmen Pues eso es lo que yo digo. ¡Pero Lázaro no 
viene!... Verá usted cómo tengo que marchar- 
me ^ntes de que venga. Y si viene y se pone 
a trabajar, tampoco le veo está noche. 

Dolores No : hace dos días que no escribe. El exceso 
•de trabajo le ha fatigado. ¡ «El pensar siem- 
pre»... consume mucho! 

Carmen ¿Pero está enfermo? (Con mucha ansiedad.) 

Dolores No, hija: cansancio y nada más. 

Car.men Sí : ¡ está enfermo ! Ya notaba yo que estaba 
triste, preocupado... pero yo pensé... vaya, es 
que no me quiere, y no sabe cómo decírmelo. 

Dolores í Qué cosas piensas í ni lo uno ni lo otro. ¡ En- 
fermo mi Lázaro ! ¡ Crees tú que si lo estu.vie- 
se no habría puesto yo en conmoción todo el 
proto-medicato de aquí, y de Madrid y del ex- 
tranjero! De todas maneras, tienes razón, ¡es 
muy tarde! {Algo inquieta.) 

CAR.MEN ¿Se fué al teatro? 

Dolores No : a comer con unos amigos. 

Carmen ¿Iba Javier? 

Dolores También iba. 



— 26 



Carmen Me alegro: Javier es muy juicioso. 

Dolores Lázaro también lo es. 

Carmen Ya lo creo ; pero nunca está demás un buen 
amigo; y Javier tiene por Lázaro admiración, 
cariño y respeto. 

Dolores (Paseando impaciente.) Pues va siendo tar- 
de... muy tarde. (Carmen se dirige al halcón.) 
¿Qué vas a hacer? 

Carmen Pues asomarme a ver si viene Lázaro. 

Dolores (Separándola del balcón.) No, hija: no te 
acuerdas de tu pobre pecho, ni de tu tos ter- 
' quísima. "Además, la noche es muy obscura 
y nada podrías ver. Quita, Carmen, quita., 
me asomaré yo. 

Carmen Si yo no puedo ver... usted tampoco verá... 

Dolores Probaré... (Comienza a abrir el balcón.) 

Carmen Espere usted... me parece- que viene... y con 
Javier... 

Dolores (Escuchando.) Sí... es verdad. 

Carmen ¿No entran aquí? 

Dolores No : al cuarto de Lázaro se fueron directa- 
mente. Pero descuida, en cuanto sepa que es- 
tás... viene a verte. 

Carmen A no ser que venga pensando en alguna gran 
escena para su drama ; o en algún capítulo 
de ese libro que está escribiendo y que dicen 
que ha de ser un asombro ; o en algún proble- 
ma muy intrincado. Ay, Dios mío, por más 
que usted diga, un hombre como él no ha de 
preocuparse gran cosa por una chiquilla co- 
mo yo. 

Dolores ¡Otra vez! 

Carmen Nada sé, nada valgo, nada soy. Yo... ¿para 
qué sirvo? dígame usted. ¡Para mirarle como 
una boba, mientras él piensa esas cosazas! 
¡ Para asomarme al balcón a ver si viene, aun- 
que haga frío y tosa la pobre Carmen sin des- 
.canso! ¡Para Uorar si no hace caso de mí o 
si me dicen que está malo! ¡No hay duda que 
Carmencita sabe hacer maravillas! ¡Mirarle, 
esperarle, Uorar por él! 

Dolores ¿Y qué más puede hacer una mujer por un 
hombre? Mirarle siempre, esperarle siempre, 
llorar por él siempre. 

€armen ¿y con eso basta? 



— 27 



Dolores Tanto peor para Lázaro ei no le bastase. Pero 
.aguarda... ya está aquí... ¿no te decía?... en 
cuanto supo que estabas. 

Carmen ¡Es verdad! {Con alegría.) ¡Qué bueno es!... 



ESCENA V 
DOÑA DOLORES, CARMEN y JAVIER 



J.wiER Felices noches, mi doña Dolores. Felices, Car- 
men. 

Dolores Muy buenas. . 

CARMEN Y muy felices... pero... Lázaro... 

Dolores ¿No viene Lázaro? 

Carmen ¿Está malo? 

Dolores ¡Ah!... si está malo... aUá voy... 

Javier (Deteniéndola.) ¡No, por Dios!... ¡qué ha de 
estar malo!... Óiganme ustedes: comimos va- 
rios amigos con dos escritores de Madrid... 
¡gente de pro!... Hablóse de artes, de ciencias, 
de política, de filosofía, de todo lo divino y 
de todo lo himiano. Se bebió, se brindo, se 
pronunciaron discursos, - se leyeron versos... 
¿Comprendes ustedes?... Y estas cosas excitan 
extraordinariamente el sistema nervioso de 
Lázaro... 

Dolores ¿Y le dio algo?... ¡Dios mío! 

Carmen Vaya usted, Dolores... ¡vaya usted! 

Javier ¡Por Dios santo, déjenme ustedes concluir! 
Estas cosas, digo, sacuden sus nervios, y su 
imaginación se inflama, descubre de pronto 
horizontes luminosos, las ideas acuden en tro- 
pel... ¿se hacen cargo? Nada, que vino con 
la fiebre de la inspiración, quiso aprovecharla 
y por eso... por eso precisamente, se encerró 
en su cuarto y me echó a mí. 

C.\RMEN ¿No se lo decía yo? (A doña Dolores.) Ven- 
dría... y a trabajar. (Tristemente.) 
Dolores ¿No sabe que está Carmen? 

Javier Ños lo dijeron al entrar ; pero él no atiende 



— 28 



Dolores 
Carmen 



Dolores 
Carmen 



Dolores 

Javier 

Dolores 

Carmen 



Dolores 



Javier 
Dolores 



a nada ni a nadie, cuando la inspiración y 
la gloria... y el arte le gritan: aven, que te 
esperamos.» 

Sin embargo... {Queriendo ir.) 
No por Dios... (Deteniéndola.) hay que dejarle 
trabajar... ¡Si por mí perdiera alguna de esas 
grandes ideas que ahora le acaricia!... ¡qué 
pena y qué remordimiento!... Distraerle para 
que venga a hablar conmigo... no, eso no... 
¡No soy tan egoísta!... ¡No faltaba más!... 
De ningún modo... no lo consiento... (Abraza 
a doña Dolores y tose y casi llora.) 
¿Qué tienes? (Con solicitud.) 
(Fingiendo alegria.) Nada... es que me dio risa 
y me dio tos. Me dio risa porque me acordé 
de un cuento... un. cuento muy tonto... pero 
vamos... que me hizo reir y que viene al caso. 
Verás ustedes. Era una borriquilla muy mona,^ 
que se enamoró de un genio muy hermoso, 
que tenía una Uamitamuy roja en la frente 
y unas alas muy blancas... y el geniecillo, de 
pura lástima, le acarició las orejas a la borri- 
quilla... y ella... ¡al fin lo que era!... ¡de ale- 
gría empezó a dar saltos y derribó al genio,, 
le tronchó las alas... y no pudo volar- más! 
Se acabó lo azul del espacio para el genio : 
ya no le quedó más que un prado muy verde 

Suna borriquilla muy buena... pero borriqui- 
a al fin. j No, madre mía, no quiero yo ser 
«la del cuento»! Dejemos volar al genio, 
¡Ve usted qué critura! (A Javier.) 
¡Una modestia criminal! 
Pero en fin, si te empeñas, le dejaremos que 
trabaje. 

¿Le parece a usted que le dejásemos libre esta 
sala?... aquí tiene sus libros predilectos... y 
tiene más espacio... y puede pasearse... él me 
ha dicho muchas veces que compone versos 
paseándose... 

¡Buena idea!... ¡Vamonos a mi gabinete! Dí- 
gale usted que le dejamos el campo libre. 
(A Javier.) Y que puede venir sin miedo. 
{Hiendo.) ¡Noble sacrificio! 
Pero hay que avivar la chimenea ; como an- 



— 29 — 



Carmen 



Dolores 
Carmen 



Dolores 
Javier 



Carmen 
Dolores 



Carmen 

Dolores 

Carmen 



Dolores 
Carmen 



Dolores 
Carmen 

Dolores 

Javier 

Carmen 

Dolores 

Carmen 



tee abrimos el balcón, la sala ha quedado 
muy fría. {Avivando la chimenea.) 
Es verdad. Pero que no reciba de lleno el ca- 
lor. Hay que poner delante la pantalla... así. 
{La pone.) 
Así está bien. 

{Pasando al balcón y levantando la cortina.) 
Mire usted... ¡mire usted!... el cielo se ha des- 
pejado un poco y ha salido la luna de entre 
nubes... ¡Muv hermoso! ¡Muy hermoso!... ¡Hay 
que correr la cortina para que Lázaro vea 
todo eso y se inspire aún más! Yo sé que le 
gusta trabajar mirando ar cielo de cuando en 
cuando. 

Tienes razón : en todo piensas. {Corre a ayu- 
dar a Carmen.) 

Pues si con tantas precauciones y tanto mimo 
no acude la inspiración, descontentadiza es la 
inspiración de Lázaro. 
¿Está ya todo? 

Creo que sí. Espera... tu retrato escondidito 
en la sombra : lo pondremos de modo que lo 
ilumine la lámpara para que también le ins- 
pire. 

¿Inspirarle yo?... Sí... sí... ¡quite usted!... 
{Queriendo retirarlo.) 

No lo consiento. Déjalo donde lo puse y va- 
monos. 

Si usted se empeña... Bueno, pues que lo vea. 
Pero hay poca luz. {Dando más luz a la lám- 
para.) 

Llámele usted... que venga. (A Javier.) 
Sí, que venga y que escriba cosas muy her- 
mosas. Ya entraré yo .un momento... a des- 
pedirme. 

Hasta luego : ven, Carmen. 
Y usted también le deja solo : no ha de tener 
usted más privilegios que nosotras. 
¿Viene usted a hacernos compañía? 
En seguida. 

¿Queda todo arreglado? {Mirando alrededor.) 
Me parece que sí. ¡.-Xdiós! 
¡Adiós! {Salen las dos medio abrazadas por 
la izquierda.) 



— 30 — 



Javier 



El campo libre. ¡Pobres mujeres i ■cán.n i. 



ESCENA VI 



í^'^Ófa.'uL'.f'f^^^^^^^^^^^^ 



Lázaro 
Javier 

Lázaro 



Javier 
Lázaro 



Javier 
Lázaro 

Javier 

Lázaro 



(Aso7nándose.) ¿No están "> 

6 Es decir, que estás mejor? ^ P'^ciaas. 

ao. [uienáo.) La cabeza entre nubes v el <;iiAln 
de algodón. ¡Divino! Así debieraTstL el nni 
verso: «acolchonado... ¡Señor, qSé n Sndo hSn 
hecho tan tosco, tan duro, taA incómodo f Por 

pedfu£of num?r"-"'^° ^ '' lastima :'roc^t 
Ptíuruscos, puntas, pacos, ángulos v esmiinaá 

^?fecto nprn , """""^ ^'- ^° redondo es lo 
periecto; pero un inmenso edredón esférim 
Que se cae un ciudadano, pues siempre cae 
en blando... ¡así- (Dejándose caer !nf a chai- 

To'davi' V' ^f- ^?^^^« «^ '«^^ ^« /« me.?) 
lodavia no estas tú firme 

^que"tüL."%fr^'- '^^'^ ^"^ ^"•'- ¡Más 

Juetf.?bfH"°.^^^^T'-- ^"« te hace daño: 

que tu salud esta quebrantada 

¿yue yo estoy quebrantado!... ¿Yo?... ¿Por 



31 



qué?... No he sido un santo, pero no he sido 
un loco. Soy joven: he creído siempre que 
era fuerte : " y por beber dos o tres copas, fu- 
mar un puro y reir un rato, ¡convertirme en 
un eér estúpido!... Porque ahora, no es que 
esté quebrantado como dices, ni que esté ebrio 
como supones... es que me siento sencillamen- 
te estúpido. No, pues mira, no es tan desagra- 
dable ser estúpido: ¡siente uño... algo así co- 
mo alegría ! . . . ¡ Por eso hay tanta gente ale- 
gre! (Riendo.) ¡Por eso... por eso!... ¡Ahora 
caigo en ello ! . . ¡ por eso, justamente ! 

Javilh Atiéndeme y comprende lo, que te digo, si te 
hallas en estado de comprenderme. 

L.^ZARO ¿Que si puedo comprenderte? Yo, ¡ahora lo 
comprendo todo! El mundo es para mí trans- 
parente : tu cabeza es de cristal de roca. (Rien- 
do.) y escrito con letras muy negras y muy 
retorcidas leo, tu pensamiento. ¡ Supones que 
estoy muy malo! ¡Pobre Javier! (Riendo.) 

Javier No digas' semejantes desatinos: ni yo creo 
cosa semejante, ni tú estás enfermo de veras. 
Fatiga, cansancio...' nada más. Has vivido 
muy aprisa en Madrid estos últimos años : 
has piensado mucho, has trabajado mucho, 
has gozado mucho y necesitas unos meses de 
descanso... aquí... en la casa paterna, con tu 
madre, con Carmen... 

LAZ.4R0 Carmen... sí... mírala... (Señalaiido a la foto- 
grafía.) Allí está... ¡qué imagen tan triste, tan 
poética, tan adorable! ¡Quiero vivir para 
ella! ¡Con toda la gloria que conquiste haré 
un cerco de luz para esa cabecita tan mona! 
(Manda un beso al retrato.) ¡Viviremos jun- 
titos los dos, Carmencita, y seremos muy fe- 
lices! (Como hablando con ella.) ¡Porque yo 
(juiero vivir! (Animándose y volviéndose a Ja- 
vier.) ¡Si nunca hubiese vivido, no se me ocu- 
rriría seguir viviendo ; pero empecé y no quie- 
ro acabar tan pronto! ¡Eso no!... ¡no!... ¡no 
ha de ser!... ¡Vive Dios! 

Javier ¡Vamos, Lázaro! 

L.AZARO ¡Yo soy fuerte! ¿Por qué no he de serlo? ¿Con 
qué derecho había de hacer de mí la natura- 
leza un ser débil cuando yo quiero ser fuerte? 



— 32 



1/ 



¡Mi pensamiento arde! ¡mi corazón salta! 
¡mis venas se hinchan con plétora de vida! 
¡mis deseos abrasan! ¡Meter vapor a mil at- 
mósferas en una caldera vieja y oxidada! ¡Oh, 
burla infan>e! 

Javier ¡Ea! ¡ya te lanzaste! ¡qué vapor ni qué cal- 
dera!... ¡la copita de <(champagne» ! 

L.AZARO ¡Es que a un hombre como yo no se le ator- 
menta impunemente ! ¡ Ahí tienes el mundo : 
es tuyo : corre alegre por sus valles, sube 
triunfal a sus cumbres!... ¡Pero ni correrás 
ni subirás, que puse reuma en tus huesos! 
¡ Ahí tienes el espacio azul : es tuyo : vuela 
por sus alturas, devora sus horizontes!... Pero 
no volarás, ¡que arranqué todo el plumaje de 
tus alas y eres carcomido caparazón!... ¡Oh, 
escarnio!... ¡Oh, burla!... ¡Oh, crueldad!... 
¡Maldito vino! ¡qué cosas tan extravagantes 
veo, Javier! Enmascarados colosales cruzan 
él espacio ; y colgando de hilos muy lar- 
gos, pendientes de cañas muy largas, llevan 
soles, luceros y estrellas, y van gritando : ¡ al 
higuí, al higuí! y yo quiero alcanzarlo todo 

Ír no puedo alcanzar ni una estrellita con mis 
abios!... ¡grotesco, muy grotesco! ¡cruel, muy 
cruel! ¡doloroso, muy doloroso!... ¡Dios mío!... 
¡Dios mío! (Oculta el rostro entre las manos.) 

Javier ¡Vamos, Lázaro, vamos!... ¿Lo ves? ¡no pue- 
des cometer ni el menor exceso! 

Lázaro He dicho muchas tonterías, ¿verdad? No im- 
porta: nadie me oye más que tú... y esto me 
desahoga. Mira, ya estoy más tranquilo. Sien- 
to cansancio... y' hasta creo que tengo sueño. 

Javier Eso sería lo mejor: duerme, duerme y que no 
te vean así ni tu madre ni Carmen. 

Laz-Aro Mi madre, no importa. (Sonriendo.) Pero Car- 
men... no, que no me vea Carmen en ridículo. 
¡La pobre que imagina que soy un ser supe- 
rior!... . ¡Pobrecilla, qué chasco! (Lázaro se 
. tiende en el sofá.) 

Javier Bueno ; pues no hables : yo tampoco te ha- 
blaré ; y procura dormir : con media hora de 
sueño pasó todo. 

Lázaro También el sueño es ridículo a veces... si es- 



33 



Javier 



Lázaro 
Javier 
Lázaro 
Javier 
Laz.\ro 
Javier 



Lázaro 
Javier 
Lázaro 
Javier 
Lázaro 

Javier 



Laz.\ro 
Javier 

L\ZARO 

Javier 

Laz.\ro 
Javier 



toy muy ridículo, que no entre Carmen... o 
me despiertas. 

No; si no estás bello como un Endimión... no 
entrará. (Pausa. Javier se pasea. Lázaro em- 
pieza a dormirse.) 
Javier... Javier... 
¿Qué? 

Ya estoy... casi dormido... ¿qué tal estoy? 
Muy poético. 

Bueno... gracias... ¡muy poético! (Pausa.) . 
No, Lázaro no está bueno. Hablaré con su 
padre... no, con don Juan, no. Con su madre, 
que es la única persona de juicio en esta casa. 
Javier... 
¿Qué quieres? 

Pon más de frente el retrato de Carmen. 
¿Así? 

Así... para ella... la luz... para Lázaro... la 
sombra. 

(Paseándose lentamente.) Sí: hablaré con su 
madre... Y no me acordaba, j feliz coinciden- 
•cia!, el célebre doctor Bermúdez, especia- 
lista en todo lo relativo al sistema nervioso, 
ha llegado hace unos días... Pues a él; que 
consulten con él. 
¡Javier! (Ya casi dormido.) 
¿Pero no duermes? 

Sí... más en luz... más en luz... (Con acento 
algo doloroso.) 

Váínos... (Acercando el retrato a la lámpara.) 
Y silencio... 
Sí... Carmen... 

(Contemplándolo un rato.) Gracias a Dios... 
dormido. 



ESCENA VII 

LÁZARO ij JAVIER ; sin pasar de la puerta del fondo, 
DO^A DOLORES, CARMEN, DON JUAN y DON TI- 
MOTEO 



Carmen ¿Se puede? 

J.AViER i Silencio ! 

Carmen Era para despedirnos. 
3 



— 34 — 



Javier Es que duerme. Trabajó un rato ; pero estaba 
fatigado. 

Carmen Entonces no le molestemos. Adiós, Javier. Le 
da la luz... hay que bajar la pantalla. Adiós... 
(Besando a doña Dolores.) Adiós, don Juan. 

Timoteo Hasta mañana... (A doña Dolores.) Hasta ma- 
ñana... (A don Juan.) 

Juan De mañana no pasa. ¡Te haré una visita so- 
lemne!... Y prepárate tú, picaruela... 

Carmen ¿Yo?... 

Juan Silencio... que duerme. 

Timoteo Bueno... bueno... ea, es tarde... adiós. 

Dolores Adiós, hija mía. (Todos han hablado en voz 
baja. Salen Carinen y Timoteo.) 



ESCENA VIII 
LÁZARO, DOÑA DOLORES, DON JUAN y JAVIER 



Dolores 
Javier 

Juan 



Dolores 
Juan 



Dolores 



Juan 

Javier 
Juan 



(Acercándose a Javier.) ¿Trabajó mucho? 
Poco tiempO' ; pero con graTi ahínco, ¡ un gran 
esfuerzo intelectual ! 

(Acercándose también y contemplando a Lá- 
zaro.) Señor, ¡lo que va a ser este chico!... 
¡Si la cara lo dice!... ¡La aureola del talento! 
¡Está muy pálido! ¡muy pálido! 
¿Cómo quieres tú que esté?... ¿Gordo como un 
tudesco y encarnado como uña remolacha?... 
¡Entonces no sería* un genio! 
Sin embargo... ¡tanta palidez!... (Están incli- 
nados sobre él don Juan y doña Dolores, con- 
templándole con afán.) 

¡Decididamente soy el padre de un genio! 
Y luego, que me vengan a mí con... (A Javier.) 
¿Con qué? 

Con nada. (Aparte.) (Con sermones morales, y 
con la ley de herencia, y con todas esas za- 
randajas... ¡El padre, un calavera, y el hijo, 
un sabio!) 



35 — 



ÜOLORES ¿Pero no se puso malo? ¿No fué más que 
cansancio? 

JAMER Nada más. Pueden ustedes retirarse : yo me 
quedaré hasta que despierte. 

Juan. Yo no me retiro, ¡no faltaba más! Aquí me 
siento... (Sentándose al otro lado de la mesa.) 
y desde aquí velaré el sueño de Lázaro. Uste- 
des en pie, ¡ honor al genio ! Quítense ; quí- 
tense ustedes de delante, que no me dejan us- 
tedes ver a mi hijo. 

Dolores Pues el sueño no es muy tranquilo. 

Juan ¡Qué ha de ser tranquilo,, mujer!... ¡Pues ape- 

nas si estará soñando cosazas! 

Dolores ¡Mi Lázaro! 

J.4VIER (¡Pobre Lázaro!) (Aparte.) 

Juan Don Juan Tenorio... velando el sueño... ¡Del 
hijo de don Juan!... (Riendo con risa conte- 
nida.) Silencio... silencio... a ver si oímos al- 
, go... ¡al hijo de don Juan! (Con orgullo y ter- 

nura.) 



FIN DEL ACTO PRIMERO 



ACTO SEGUNDO 



La misma decoración del acto primero. Es d£ dia. So- 
bre la musita, flores. 



ESCENA PRIMERA 
LÁZARO y DON JUAN 



Don JiMn, sentado junto a la mesita de té. Lázaro, unas 
veces pasea', otras se sienta; intenta escribir, tira la 
pluma. Abre un libro y lee algunos instantes, lo cierra 
con enojo y vuelve a pasear. Se ve que está inquieto y 
nervioso. Todo esto en el curso de la escena; don .Juan 
le sigue c'on la vista y fuma un puro. 

Juan ¿En qué piensas?... ¡Ah! perdona: no quiero 

■distraerte. 

Lázaro No me distrae usted, padre. No pensaba en 
nada importante. La imaginación vagaba y 
yo vagaba tras ella. 

Juan Si quieres trabajar... escribir... leer... y te mo- 
leeto, me voy. Ea, me voy. (Levantánodse.) 
¿Quieres que rne vaya?... Pues ya estoy an- 
dando. 

Lázaro No, padre, ¡por Dios!... ¡Molestarme usted! 



— 38 — 



Juan 



Lázaro 
Juan 



Lázaro 

JUAJÍ 



Teresa 

Juan 

Teresa 
Juan 

Lázaro 



Juan 

Lázaro 
Juan 



{Volviendo a sentarse.) Es que ya ves tú: «lo 
que hago», en cualquier parte lo puedo hacer. 
En substancia «nada». Pues para no hacer 
«nada», ¡ cualquier punto del espacio es bue- 
no! (Riendo.) ¡Del espacio! Ya se me van 
pegando tus arranques filosóficos. ¡El padr& 
en el espacio! ¡y el hijo en el quinto cielo! 
Por eso digo..: si estorbo... 
No, padre. No se marche usted y hablemos 
de lo que usted quiera. 

j Buen provecho sacarías de hablar conmigo ! 
A tus librotes, a tus papeles( a esas cosas que 
•espantan por lo grandes y admiran por lo 
hermosas. Sigue... sigue... Yo te veré trabajar. 
Yo también me ocuparé en algo. (Toca el tim- 
bre.) 

Como usted quiera. (Se sienta y escribe con 
intermitencias. Entra Teresa.) 
Teresita... (Mirando a su hijo y corrigiéndo- 
se.) Teresa, tráeme una copa de Jerez y unos 
bizcochos : yo también tengo que ocuparme 
en algo. Y tráeme los periódicos franceses : 
no, nada más que el ((Fígaro» y el «Gil Blas». 
Con que a trabajar los dos. (A su hijo.) Oye... 
(A Teresa: ésta se detiene.) de paso me traes 
aquella novela que hay en mi alcoba. Tú sa- 
bes leer, ¿verdad? 
Sí, señor. 

Bueno, pues un libro que dice, «Nana» : ¿en- 
tiendes? 

Sí, señor Ná... ná... que no es «ná». 
Es algo, chiquilla. (Aparte.) (Algo que tú se- 
rás con el tiempo.) (Teresa sale.) 
(Se levanta y se pasea.) (¡No tengo ideas!... 
¡hoy no tengo ideas!... ¡Sí, tengo muchas; 
pero vienen como bandada de pájaros, revo- 
lotean... y se van!) 

Pues mira... ¡no puedo con las novelas inmo- 
rales ! 

¿Decía usted? 

Nada: pensé que decías algo. Yo decía que 
no puedo con las novelas inmorales. (Dándose 
aires de severidad.) Las leo, y leo <(Nanái>, por 
curiosidad, ¡por estudio! pero no puedo su- 
frirlas. La literatura está perdida, hijo mío : 



39 



IRO 



Teresa 



Juan 



Teresa 

Lázaro 
Teresa 
Lázaro 



Teresa 

Lázaro 
Teresa 



Lázaro 



Teresa 
Lázaro 
Teresa 



ísía perdida. Me prestó Nemesio ese libro... 
«stoy deseando concluirlo. 
Zola* €s un gran escritor. (Esto es, esto es lo 
que yo iba buscando.) (Se sienta y escribe. 
Entra Teresa, con una bandeja, una botella de 
Jerez, una copa y los bizcochos ; Nana y los 
dos periódicos.) 

Aquí está todo. El Jerez, los periódicos recién 
llegados, los bizcochos tiernecitos y la «nenaw 
tiernecita también. (Se queda en pie mirando 
a los dos.) 

Acerca el Jerez, Teresa. Trabaja, hijo, traba- 
ja. No hagas caso de mi. Trabaja, que así se 
hacen los hombres de provecho. Yo también 
en mi juventud he trabajado mucho. Por eso 
estoy tan aviejado. {Mirando a Teresa que se 
ríe.) (¿De qué se ríe esta estúpida?) Ya pue- 
des irte: no te necesito. El <cGil Blas»... (Lo 
desdobla y empieza a leerlo.) Vamos a leer 
estos periodiquillos... {Afectando desprecio.) 
He dicho que te marches. (A Teresa.) Vamos 
a ver... vamos a ver... (Lee.) 

Sí, señor. {Se queda un rato mirando a los 
dos y se dirige a la puerta del fondo.) 
{Levantándose.) Teresa... 
Señorito... 

Venga usted y hable más bajo: no incomo- 
demos al señor que está leyendo. ¿Llevó us- 
ted la carta que le di esta mañana? 
Sí, señorito. La llevé yo misma. ¡Cosa que el 
señorito me encarga!... 
Bueno. Era para el señor Bermúdez, ¿eh? 
Sí, señorito. Ese médico de tantas campanillas, 
que ha venido de Madrid por unos días a cu- 
rar a don Luciano Barranco, que dicen... si 
está loco... si no está loco... {Riendo.) 
{Haciendo un movimiento: luego conteniéndo- 
se.) ¡Ah!... Sí... Justo: ese mismo. ¿Y le en- 
contró usted?... ¿Entregó usted la carta?... 
¿Dio él contestación?... ¡Dónde está?... Va- 
mos, pronto. 
Ay, señorito... 
¡Vamos!... 
Di la carta: no estaba... dijeron... 



— 4U — 



Lázaro Más bajo. (Mirando a su padre, que se ríe le- 
yendo el periódico.) 

Teresa Dijeron que en cuanto volviese le entibarían 
la carta. No tenga cuidado el señorito... ¡poco 
que encargué yo!... Pues si no me faltó más 
que... 

Lázaro Bien está, gracias. (Despidiéndola.) ¡Ah!... Si 
traen la contestación... ¿eh? ¡al momento 
aquí ! 

Teresa Al momento : ya lo creo : no tenga cuidado el 
señorito. 

L.4ZAR0 Basta: no molestemos a mi padre. (Sale Te- 
resa.) 

Ju.^N ¡Ja, ja, ja!... ¡Gracioso, muy gracioso!... ¡Sa- 

lado, muy salado!... ¡Picante como un pi- 
miento de la Rio ja!... ¡Es el único periódico' 
que puede leeersel... 

Lázaro ¿Algún artículo interesante?- ¿Qué es?... ¿Qué 
dice?... ¡A ver!... (Acercándose y exendiendo 
la mano.) 

Juan (Retirando el periódico.) Un articulillo muy 

desvergonzado y sin gracia. Hay que guardar- 
lo. (Se lo mete en un bolsillo de la bata, pero 
de modo que se vea.) No haga el diablo que 
venga Carmen y encuentre el periódico y se 
ponga inocentemente a leerlo. 

-Lázaro (Separándose.) Es verdad: hace usted bien. 
(Se pasea nervioso.) 

Juan (Pues no había acabado de leerlo : lo leeré 

luego. Vamos con ésta.) (Coge aNaná».) (Tam- 
bién esto es bueno. La primavera con todos 
sus verdores.) Trabaja, hijo, trabaja. 

Lázaro (Hablaré con el doctor hoy mismo, para que 
me tranquilice. Yo sé que rio tengo nada ; pero 
quiero que un especialista me lo asegure. Y 
ya tranquilo... a mi- drama, a mi estudio crí- 
tico-histórico, a mis teorías estéticas que son 
nuevas, completamente nuevas... y a mi Car- 
men. Y con la musa a un lado, contándome 
maravillas al oído y Carmen al otro lado, 
apretada contra mi corazón... ¡a gozar de la 
vida, a saborear triunfos, a vivir de amores, 
a saciar ansias en eternos misterios!) 

Juan (¡Estupendo! ¡monumental! ¡Para morirse 



41 — 



Lázaro 

JlAN 



Lázaro 

Juan 
Lázaro 

Juan 



Lázaro 
Juan 



do risa! Señor, ¿para qué lee uno? Para di- 
vertirse; puee libros que diviertan.) (Riendo.) 
¿Es gracioso ese libro? 

{Cambiando de tono.) Ps... sí... algo... Pero 
estas cosas ligeras al cabo cansan... (Ve ve- 
nir hacia él a Lázaro, y se guarda uNanát^ en 
el otro bolsillo del bdtin.) ¿Tienes algo de 
substancia que leer? Pero de substancia. 
Tengo muchos librotes. ¿De qué clase lo de- 
sea usted? 

Algo serio : qué enseñe, que haga pensar. 
(Acercándose al estante.) ¿Quiere usted algo 
de Kant? 

¿De Kant?... ¿Dices de Kant?... Justamente: 
fué mi autor favorito. Cuando era joven, to- 
das las noches me dormía leyendo a Kant. 
(Aparte.) (¿Qué será eso? ¡Suena a perro!) 
(Buscando un pasaje.) Si usted quiere, yo le 
diré... 

No, hijo : por cualquier parte. (Cogiendo el 
libro.) Si esto puede leerse por cualquier par- 
te. Tú verás. Y no te ocupes de mí : escribe, 
hijo, escribe. (Lázaro se sienta y trata de es- 
cribir. Don Juan lee.) <(Bajo el aspecto de re- 
lación, tercer momento del gusto, lo bello nos 
aparece como la forma final de un objeto, sin 
representación de fin.» ¡Demonio!... (Alejan- 
do el libro, como hacen los présbitas y con- 
templándolo con terror.) ¡Demonio! «o como 
una finalidad sin fin.» ¡Cualquiera entiende 
esto! «Porque se Uama forma final a la cau- 
salidad de cualquier concepto con relación al 
objeto.» A ver... a ver... (Alejando aún más el 
libro.) «forma final a la causalidad...» Yo creo 
que estoy sudando. (Se limpia la frente.) «La 
conciencia de esta finalidad sin fin, es el juego 
de las fuerzas cognoscitivas.» ¿Cómo dice? 
«El juego de las fuerzas... el juego...» Pues 
esto del juego debía entenderlo yo. «La con- 
ciencia de esta causalidad interna, es lo que 
constituye el placer estético...» Si sigo me da 
una congestión. ¡Jesús, María y José!... Y 
pensar que Lázaro entiende lo de la finalidad 
sin fin, lo de la causalidad y lo del juego de 
las fuerzas cognoscitivas... Válgame Dios, ¡qué 



— 42 



chico!... (Sigue leyendo.) «El principio de la 
conveniencia formal de la naturaleza, es el 
principio trascendental de la fuerza del jui- 
cio.» {Dando un ■puñetazo en la mesa.) ¡El 
mío voy a perder yo si sigo leyendo!... ¡Pero 
si ese chico lee estas cosas se va a volver loco! 

Laz.\ro ¿Le interesa a usted? 

Ju.\N ¡Muchísimo!... ¡Qué profundidad!... (Cinco 

minutos hace que estoy cayendo y no he lle- 
gado al fondo...) ¡Ya lo creo que me interesa! 
Pero, francamente, prefiero... 

L.4Z\R0 ¿A Hegel? 

Ju.\N Justo... (¡A «Nana!) Pero tú, hijo mío, no 
lees, ni escribes : estás caviloso, ¿qué tienes? 
¿Te fatigó la cacería? Pues el ejercicio de la 
caza es muy sano para el que, como tú, se 
consume sobre los libros. ¿Estás malo? 

Lázaro No, señor ; no estoy malo. Y lo pasé muy bien 
estos tres días en el campo. Pero amaneció 
el de hoy triste y lluvioso, y dije... a casa. 

Juan Y llegaste cuando yo me levantaba: te di la 
gran noticia: al pronto mucha alegría; pero 
luego caíste en preocupaciones sublimes. Po- 
bre Carmen, ¡no la quieres como ella a ti! 
{Acercándose a él y en secreto.) 

Lázaro ¡ Con toda mi alma ! ¡ Más de lo que usted ima- 
gina! Yo soy como soy: reservado, uraño, 
arisco... pero sé querer. 

Juan ¡Mejor que mejor!... La pobrecilla... vamos, 

la pobrecilla... 

Lázaro ¿Y por qué don Timoteo no contestó en el 
•acto que aceptaba? Cuando usted le pidió a 
su hija para raí, ¿por qué vaciló? 

JU.4N ¡Qué ha de vacilar! Hacerlo yo la honra de 

pedir para mi Lázaro la mano de Carmen ¡y 
vacilar! Le estrangulaba yo a ese mamarra- 
cho. ¡ Casarse con un hombre como tú ! ¡ que 
más quisieran todas las hijas y todos los pa- 
pas para sus hijas respectivas! 

^iAZARo ¿Pues por qué aplazó hasta hoy la contesta- 
ción? 

Juan Fórmulas de la etiqueta : conveniencias socia- 
les : siempre fué muy etiquetero. ¡Que con- 
sultaría con Carmen! ¡Figúrate tú, consultar 
con Carmen ! j Si la pobrecilla está como alma 



43 



en ¡>ena y tú eres su cielo!... ¡ya, ya! {Pden- 
do.) 

Lázaro Tiene usted rEizón. 

Juan Nada: tu mujercita, tu CEisa, trabajar mucho, 

alcanzar mucha gloria, tener mucho juicio y 
que todo el mundo diga : ¡ Don Lázaro Mejía, 
hijo de don Juan Mejía!... ¡Oh! 

Lázaro Sí, señor; haré lo que pueda... y querré mu- 
cho a mi Carmen. 

Juan Eso... eso... pero tú tienes algo. Estás como 
distraído. 

Lázaro Estoy pensando... en mi drama. 

Juan Entonces me vov : decididamente hfie voy. Con 
mi charla insulsa no te dejo pensar. ¡Oh, el 
pensamiento!... las... las... {Mirando al libro.) 
las fuerzas cognoscitivas... La... la... (Mira7i- 
do otra vez.) la finalidad... eso... la finalidad... 
Ea, hasta luego. 

L.AZARO Pero no se marche usted por mí. 

Juan ¡A los sabios se les respeta! (Riendo.) Me voy 

a leer a mis solas el libróte que me has pres- 
tado. (Cogiendo una flor y poniéndosela en 
el ojal de la bata.) Figúrate tú si entre Kant 
y «Nana» vacilaré yo. (Toca el timbre.) 

Laz-ARO Como usted quiera. 

Ju.AN Adiós, hijo. Al drama... al drama... y no pon- 
gas nada inmoral. (Entra Teresa.) 

Teresa Señor... 

Juan Oye, Teresa : llévate a mi cuarto todo eso. Es- 
pera. (Se echa una copa. Tocándose un bol- 
sillo.) Aquí el «Qil Blas», (Tocándose el otro.) 
aquí «Nana» : trincado por el pescuezo a 
Kant... y a mi cuarto. Trabaja, hijo, trabaja. 
¡Haz algo grande! ¡Deja algo en el mundo! 
Yo te dejaré a ti... ¡me parece! (Bebiendo la 
copa.) Pues esta finalidad... tiene fin. A tra- 
bajar... a trabajar... Hasta luego. ¡Señor, qué 
Lázaro éste! A 'mi cuarto todo eso, Teresita. 
(Sale llevando en un bolsillo el n Gil Blasn, en 
otro uNaná», en el ojal la flor y muy agarra- 
do el libro de Kant.) 



— 44 — 



ESCENA II 



LÁZARO; TERESA, preparándose a llevar el vino y 
los bizcochos. 



Lázaro Teresa... ¿no han traído ninguna carta para 
iní? 

Teresa No, señor. 

Lázaro Paciencia: a mi madre no le diga usted que 
he escrito a ese señor Bermúdez. 

Teresa No, señor. 

L.'VZARo ¿Se levantó mi madre? 

Teresa ¡Anda, anda!... Antes de que usted volviese 
esta mañana de la cacería, ya se había ido 
doña Dolores a buscar a la señorita Carmen 
para ir a misa las dos juntas. 

Lázaro Bueno. 

Teresa Y no sé cómo se levantó tan temprano ni cómo 
tuvo ánimo para salir. 

Laz-ARO ¿Por qué? 

Teresa Porque anoche estuvo muy mala; ¡pero muy 
mala! 

Lázaro ¡Mi madre! (Levantándose.) 

Teresa Sí, señor. Digo yo que serían los nervios. ¡ Qué 
llorar ; qué retorcerse los brazos ! Vamos, co- 
mo que yo quise mandarle a usted un propio 
para que volviese usted en seguida. 

L.\ZARO ¡Ay, Dios mío! ¡mi pobre madre! ¿y por qué 
no me avisaron? ¡montaba a caballo y en 
una hora... aquí! » 

Teresa Porque la señora no quiso. «Silencio, ni una 
palabra a nadie.» Así: como ella manda, 
cuando manda. 

Lázaro ¿Pero cómo es posible? Mi padre nada me ha 
dicho. 

Teresa No se enteró : se fué al teatro : después al Ca- 
sino con don Timoteo y don Nemesio ; volvió 
tarde y como la señora había mandado... 
«¡que a nadie!»... nada se le dijo y nada supo. 

Lázaro ¿Pero cómo fué? ¿Por qué fué?... ¡Ella que 
nunca está enferma!... 

Teresa No lo sé : si no lo sé. La señora comió tem- 
prano y sola. Después salió. Volvió a las diez, 
apenas pudo entrar en su cuarto... y se des- 



- 45 



plomó en seguida... así como una torre que 
.se cae... 

Lázaro ' ¡Dios mío! ¡Dios mío!... ¡Y usted sin avi- 
sarme ! 

Teresa Pues aliora le aviso. Y eso que ella dijo : «ni 
paJabra.» Pero a usted... yo por usted... va- 
mos, tratándose del señorito... {Lázaro no la 
atiende.) Pero no se apure: esta mañana ya 
estaba tan fuerte y tan buena: eso sí, muy 
pálida y ¡con unas ojeras! ¡pero tan fuerte! 
Las mujeres somos así: ahora nos morimos y 
« luego» resucitamos : nos volvemos a moriV 
y (ca luego» a resucitar. 

L.^ZARO ¿Es decir, que ya está buena?... ¿pero buena 
por completo? 

Teresa ¿Pues no le digo que está como si tal cosa? 
Tranquilícese el señorito. (Lázaro se ha pa- 
seado con mucha agitación.) 

Laz'.ro Bueno, bueno... si ya pasó... en fin, cuando 
vuelva mi madre, me avisa usted. 

Teresa ¿No manda otra cosa? 

L.AZAR0 Nada. (Suena un timbre carias veces.) Mi pa- 
dre está llamando : vaya usted, vaya usted 
pronto : ¡ la vibración del timbre me pone ner- 
vioso!... 

Teresa Es para que le lleve esto. (Recoge las ban- 
dejas.) 

Lázaro (Sigue sonando el timbre.) ¡Lléveselo usted 
pronto por caridad! 

Teresa Al momento... ¡qué súpito es aquel buen señor! 

L.«ARo Y 6i traen la contestación del señor Bermú- 
dez... 

Teresa En seguida... (Sigue el timbre.) Ya voy... ya 
voy... (Dice esto sin gritar, como para sí. Sale 
Teresa.) 



ESCENA III 
LÁZARO, solo. 



¡Lo que me ha dicho de mi pobre madre, me 
ha descompuesto todos los nervios!... Yo no 
estoy bueno. (Preocupado.) ¡Bah!... Yo no es- 
toy malo. (Protestando.) ¡Cómo se va a reir 



46 — 



de mí el doctor Bermúdez cuando consulte con 
él!... Es que soy muy aprensivo; pero me 
siento fuerte : me dice Javier a cada instante 
«¡hijo, no taconees tanto!» Firme; así, Ar- 
me... (Se pasea, pisa de talón y ríe.) Ya sé 
yo en qué consiste : es que soy muy feliz y 
tengo un miedo espantoso de perder tanta fe- 
licidad. ¡Muy feliz! {Contando por los dedos.) 
«Mis padree», tan buenos ; «Carmen», que me 
adora ; «yo», que deliro por ella ; «la gloria», 
que me llama; yo que respondo: <(allá va Lá- 
zaro» ; «mis ojos», que son míos y no se har- 
tan de beber luz y colores ; «mi pensamiento», 
que es mío, y que no se cansa de adivinar 
maravillas ; «mi vida», que es mía, y que quie- 
re vivir más!... ¡vivir más!... ¡sí, más! (Pau- 
sa.) Dicen que la vida es triste, que es doloro^ 
sa... ¡farsantes!... ¿acaso se ha descubierto 
nada mejor? ¿Será mejor ser piedra, que no 
tiene nervios para estremecerse de placer? 
¿será mejor ser agua, que siempre corre la 
muy estúpida sin saber adonde va? ¿será me- 
jor ser aire para soplar sin motivo y Uenarse 
de tierra y de polvo el muy sucio? ¡No; es 
mejor ser Lázaro ; porque Lázaro tiene unos 
padres muy buenos. {Vuelve a contar por los 
dedos.) y tiene a Carmen; y tiene la gloria; 
y tiene sobre todo «la vida» ; y tiene sobre 
todo el pensamiento, la razón!... Ea, yo tengo 
todo esto ; lo tengo ; ¡ qué le hemos de hacer 
, si lo tengo! {Se sienta un poco acurrucado.) 
¡Claro... y porque todo eso es tan bueno, y 
porque lo tengo yo, tengo miedo de perderloj 
Tengo miedo como un chiquillo : a veces me 
parece que soy un chiquillo, y siento impul- 
sos de buscar a mi madre y de acurrucarme 
en su falda. ¡Un hombre que casi comprende 
a Kant y a Hegel ; que escribe dramas, muy 
aplaudidos, sí, señor, muy aplaudidos ; que 
medita obras trascendentales!... ¡Un hombre, 
todo un hombre, que tuvo desafíos en Ma- 
drid... y algún amorcillo que otro (Riendo.)... 
¡y muy sabrosos!... ¡la razón práctica, no de 
Kant, de Zola, que le hace cosquillas a la ra- 
zón pura de Kant y que hace reír a la buena 



47 — 



señora!... ¡Bueno, pues este formidable Láza- 
ro a veces es un niño!... ¡y quisiera abrazarse 
a su madre y que le comprase juguetes!... 
¡Ser niño... si, también es bueno ser niño!... 
¡Vaya... a mí me gustaría!... {Riendo.) ¡Qué 
disparates! ¡Señor, qué disparates!... {Queda 
acurrucado en el sillón, pensando y riendo 
muy bajito.) 



ESECENA IV 
LÁZARO y TERESA; después BERMUDEZ 



Teresa Señorito, un caballero me ha dado esta tarjeta. 

Lázaro {Como despertando.) ¿Un caballero?... ¡a ver! 
¡El doctor Bermúdez!... ¿Pero por qué se ha 
incomodado? ¡si yo hubiera ido!... Que pase... 
que pase... {Sale Teresa.) Pronto, mujer... que 
pase... Con éste hay que t^ner mucha pruden- 
cia, mucha compostura, mucha calma. ¡Dios 
mío ! ¡ Si hubiese oído los desatinos que he di- 
cho... qué miedo! 

{Anunciando.) El señor Bermúdez. {Después 
sale.) 

¿El señor don Lázaro Mejía?... 
Servidor de usted... muy servidor... y sintien- 
do en el alma haber molestado a una persona 
como usted... ¡una eminencia!... ¡un sabio!... 
{Con mucha cortesía, pero procurando conte- 
nerse.) 

No tanto... no tanto... Recibí su carta... 
¡Dios mío, no era para que usted se molesta- 
se!... Le rogaba que se sirviese señalarme ho- 
ra y yo hubiera ido a su casa de usted... Pero 
siéntese usted... no puedo consentir que per- 
manezca en pie ni un instante más... {Habién- 
dole sentar.) Siéntese usted... aquí, no; aquí... 
axjuí estará mejor. 

Berm. Mil gracias... es usted muy amable... {Se 

sienta.) 
Lázaro Yo no sé si tengo derecho para sentarme ante 
un hombre como usted: ¡una gloria nacio- 
nal!... {Se domina d^e modo que su acento es 



Teresa 

Berm. 
Laz.\ro 



Berm. 
Laz-^ro 



— 48 



natural : si acaso peca un poco por exceso 
de^ cortesía.) 

Berm. ¡Por Dioe!... 

Lázaro ¡Una fama europea!... 

Berm. Usted me confunde... yo no merezco... (Es muy 
simpático este joven ; bien decían en Madrid 
que tiene mucho talento.) 

L.AZARO ¡Que usted no merece!... ¡ah! Tratándose do 
una celebridad como el Doctor Bermúdez, la 
modestia... en todo caso tendrá voz, pero no 
tiene voto. 

Berm. ¡Señor de Mejía!... (¡qué bien habla!) 

Lázaro ¡No me trate usted de ceremonia! ¡No merez- 
co tanta solemnidad! «¡Señor de Mejía!» 
(Riendo.) Llámeme usted, «Lázaro»; yo sí que 
no merezco más: tráteme usted como el maes- 
tro al discípulo... no me atrevo a decir como 
un buen amigo a un amigo respetuoso. 

Berm. Como usted guste... y será para mí una hon- 
ra. ( ¡ Muy simpático, muy simpático ! ) 

Lázaro Pues lo repito, siento en el alma haber cau- 
sado a usted esta molestia... 

Berm. ^ De ningún modo. Ya le dije anoche a su se- 
ñora madre, que si otra vez me necesitaba, o 
si quería que con nuevos datos ampliase mi 
opinión, estaba incondicionalmente a sus ór- 
denes. Una tarjeta diciéndome : «venga us- 
ted» y vendría al momento. Así es que al re- 
cibir esta mañana la carta... figúrese usted... 
dije : «a ponerme a los pies de esa señora y 
a conocer personalmente su hijo, ¡a una fu- 
tura gloria nacional y a una futura fama eu- 
ropea! ...» 

Lázaro ¡Señor de Bermúdez!... (Declinando la honra 
con el ademán. Aparte.) (Mi madre... anoche... 
¿qué dice?) (Dominándose.) Pues mi madre 
fué anoche... a ver a usted... porque... 

Berm. Sí, señor ; ya me lo explicó todo. Que estaba 
usted de cacería y que no pensaba usted vol- 
ver en toda la semana ; que le habían asegu- 
rado que yo regresaba a Madrid hoy mismo, 
y que había querido consultarme sin pérdida 
^e momento sobre la enfermedad de ese po- 
bre joven... un primo o un sobrino... o un pa- 
riente... creo que es un sobrino de su señora 



— 49 — 



cuyo nombre dijo: Don Luis... Don 



ahí tiene usted, 
¿qué pariente 
¡Dios del cielo!) 



madre. 
Luis... 

Laz.\ho Justamente... «un sobrino» 

(Sonriendo.) (¿Qué es esto?, 
es ese?... ¡si no es verdad!... 
¡Un sobrino! ¡eso es! A quien Dios no le da 
hijos, el diablo.!. (Riendo.) Sí, pero ella ade- 
más me tiene a mí... ¡a su Lázaro!... ¡a su 
hijo! 

Ber.m. y debe estar orgullosa... 

L.AZ.\R0 Señor de Bermúdez... ¡tenga usted compasión 
de un principiante! Con que yo quisiera que 
usted me explicase a mí, lo qiie tuvo usted la 
bondad de explicar a mi madre... porque las 
señoras... no entienden mucho de medicina... 
y aunque yo tampoco entiendo, sin embargo... 

Pf.rm. Es verdad'., es distinto. 

L.*z.\RO Es distinto, eso es : es distinto. Y además, yo 
conozco con más intimidad a ese pobre jo- 
ven... el pobre Luis... y puedo suministrar a 
usted nuevos datos... 

Berm. Oh! los de su señora madre fueron muy pre- 
cisos... ¡es un espíritu muy observador! 

L.^ZARO ¡Muchísimo!... ¡no lo sabe usted bien!... ¡un 
espíritu muy observador... (Aparte.) (¡Dios 
mío!... mi madre... ¡y al volver a casa... su 
llanto!... ¡qué dice este hombre!) 

Berm. De todas maneras, lo mejor sería que yo vie- 
se al pobre joven... pero si no es posible... 

Lázaro Ya lo creo que es posible, y eso es lo mejor : 
le verá usted; yo mismo le llevaré a usted... 
a su casa... sí, señor... a su casa... sí, señor. 

Berm. Perfectamente. Eso fué lo que yo dije a su 
señora madre ; pero ella me replicó que hasta 
no Uegar un caso extremo, las familias tienen 
reparo... lo comprendo y lo disculpo. 

Lázaro Nada de eso : ahora mismo podrá usted venir 
conmigo a ver a ese... pobre joven. ¡Un hom- 
Jbre como usted! ¡un hombre como usted tiene 
derecho a ver a todo el mundo!... ¡pues no 
faltaba más! 

Berm. Pues espero sus órdenes... (Levantándose.) 

Lázaro Permítame usted, amigo mío, mi querido ami- 
go... antes quisiera yo... le ruego a usted, que 
me diga lo que mi madre le explicó y lo que 



50 - 



Berm. 



Lázaro 
Berm. 

Lázaro 

Berm. 

Lázaro 



Berm. 

Lázaro 

Berm. 



opinó usted... porque aunque ella me lo ha 
referido todo esta mañana, me agradaría oír- 
lo de sus labios de usted... ¡se aprende tanto 
oyendo a un hombre como el Doctor Bermú- 
dez!... {Con tono persuasivo.) ¡Deseo tanto 
que usted hable!... ¡y oirle yo!... ¡Pues si ha 
sido la ilusión de mi existencia!... ¡Hable us- 
ted, hable usted! 

¡Querido Lázaro!... (Decididamente le fasci- 
no!) Su madre de usted me expuso con una 
gran lucidez todos los antecedentes del enfer- 
mo : sus dolencias cuando niño, su carácter, 
sus estudios, su imaginación exaltada, los pri- 
meros síntomas de la enfermedad... un acci- 
dente débil... otro más fuerte... 
Todo eso ya lo sé... {Con cierta sequedad.) 
¡Adelante!... ¡Adelante, mi querido Bermú- 
dez! {Con cariño algo extremoso.) 
El médico es algo así como un confesor, y su 
madre de usted no tuvo inconveniente en re- 
ferirme la juventud del padre... del padre del 
joven. 

¡Ah!... la juventud... Sí... la juventud... ya... 
ya... ¿y qué? 

Su conducta viciosa, su desenfrenado liberti- 
naje'... 

¡Libertinaje!... {Exaltándose. Conteniéndose.) 
Sí... {Con risa forzada.) ¡Locuras de la edad! 
una señora siempre exagera estas cosas. Yo 
tampoco he sido un santo : ni usted lo habrá 
sido... Doctor, doctor, usted con toda su cien- 
cia y toda su formalidad... ¡Dios sabe!... ¡Dios 
sabe! ¡Ah, estos doctores! {Dándole una pal- 
mada.) ¿Y qué más? 

¡ Somos mortales y pecadores somos, amigo 
Lázaro! {Riendo.) 

¡Y tomamos por oro fino lentejuelas de tal- 
co!... Vamos, vamos al talco. 
El caso es, que ese buen señor, el padre del 
enfermo, llegó a ser hombre formal, y no fué 
hombre formal y no se corrigió. Su esposa pa- 
rece que ha sufrido muchísimo. ¿Es exacto 
todo esto que me refirió su señora madre de 
usted? Porque si es exacto hay que tomarlo 
en cuenta. Por eso lo pregunto. 



— 51 — 



La/aro (¡Mi cabeza! ¡Ay, mi cabeza!) Mire usted, 
querido Doctor, pormenores son esos que yo 
no conozco. {Logrando dominarse y hablando 
con naturalidad.) Pero si mi madre lo dice... 
verdad será. ¡Mi madre es un espíritu supe- 
rior, y un alma purísima y una, madre como 
ninguna! Pero no hablemos de la madre... 
sino del hijo... es decir, del hijo de la otra 
madre... con que a ver, a ver. ¿Qué más contó? 
liER.M. Que para evitar que el hijo se enterara de los 
desórdenes del padre, porque el chico, natu- 
ralmente, iba creciendo, tuvo la madre que 
mandarlo a un colegio de Francia. 
Laz.\ro (¡Soy yo!... ¡soy yo!... ^Ah!... ¡Ah!... ¡cal- 
ma, " calma ! ) ' 
Berm. ¿Qué dice usted? 

Laz-ARo Nada; me río de de esas tragedias de fami- 
lia... el padre calavera... y el hijo... y como 
usted me infunde tanto respeto... y como el 
asunto es tan triste... no me atrevía a reírme. 
¡Ay, señor de Bermúdez!... ¡qué mundo este! 
¡qué mundo este!... Vamos... vamos... (Sere- 
nándose.) Sí, señor; la historia, en la parte 
que yo conozco, es completamente exacta. Lue- 
go le mandaron a estudiar a Madrid, a ese 
desdichado... desdichado... mire usted, no tan 
desdichado... que lo pasó en grande. 
Berm. Justamente... y el padre siempre lo mismo. 
Lázaro ¡No hablemos del padre!... {Con alguna dure- 
za.) ¿ya, para qué? ¡Ya el hijo está por el 
mundo... pues dejar al otro!... {Conteniéndo- 
se.) ¡Ah!... ¡perdone usted!... ¡quiero tanto 
a mi padre, le respeto tanto... que esas pala- 
bras que usted pronunció me hicieron daño, 
mucho daño ! Una debilidad, lo reconozco : un 
hombre de ciencia no conoce esas debilida- . 
des; pero los poetas somos así. ¡Ustedes... 
ustedes se elevan por encima de las miserias 
humanas! El águila... lo mismo vuela... ¿eh? 
sobre la cúspide de granito con caparazón de 
hielo... ¿eh?... que sobre la charca infecta... 
o el lodazal... el lodazal... ¿eh?... ¡pero no 
todos somoe el doctor Bermúdez!... {Cogién- 
dole la mano.) 
Berm. ¡ Respeto sus delicadezas de usted ; pero la 



— 52 



ciencia es implacable! Un padre... {Lázaro re- 
trocede en su asiento.) que ha consumido su 
vida en el vicio, que ha revolcado todas las 
energías de su ser en el lodazal de la orgía, 
• que ha caldeado su sangre al rescoldo de to- 
dos los fuegos impuros, corre el peligro de no 
transmitir a su hijo más que gérmenes de 
muerte o gérmenes de locura. {Lázaro se en- 
coge más y más.) Y yo le digo a usted, como 
le dije anoche a su señora madre, sin per- 
juicio de rectificar mi opinión cuando exami- 
ne al paciente, si la pintura que ustedes me 
han hecho es exacta... y me figuro que lo es... 

Lázaro ¡Lo es!... ¿y qué? 
i-^>f^< Ber.m. ¡ Ah ! no se corrompen impunemente los ma- 

" ^ " nantíales de la vida. «El hijo de ese padre» 

acabará muy pronto por la locura o por el 
idiotismo. ¡Loco o idiota! ¡Tal es su destino! 
{Dice esto Bermúdez sin mirarle, con solem- 
nidad, como el que dicta una sentencia : mi- 
rando de frente y accionando con el brazo ha- 
cia Lázaro:) 

Lázaro (Se encoge en su asiento ?/ mira a Bermúdez 
con horror.) (¡Ah!... ¡No!... ¿Qué?... ¡mi pa- 
dre!... ¡yo!... ¡mentira!... ¡mentira!... ¡es 
mentira!...) {Oculta el rostro entre las manos.) 

Berm. ¿Qué es esto?... ¡Lázaro!... ¡Señor de Mejía! 
¿Se siente usted malo?... ¿Qué dice usted?... 
¡no comprendo! (Se levanta y se acerca.) 
¿Acaso?... ¿Qué? 

Lázaro ¡Que yo soy el loco!... ¡silencio!... ¡que yo 
soy ei odiota!... ¡silencio!... ¡que yo soy! 
¡yo! ¡Míreme usted bien: estudíeme usted 
bien ; afirme su juicio ; medite, examine, sen- 
tencie! {Bermúdez en pie, Lázaro sentado y 
cogiéndole por un brazo.) 

Berm. ¡Pero esto no es leal, señor de Mejía!... ¡Esto 
no es correcto!... ¡Por Dios!... ¡por Dios santo! 

Lázaro ¿Lealtad... corrección, en un hombre como yo? 
¡Bermúdez!... ¡Bermúdez!... ¡Hice mal, lo 
confieso!... ¡Un idiota que presenta sus hu- 
mildísimas excusas a un sabio!... ' ¡Sea usted 
generoso, perdóneme usted!... {Entre cortesía, 
tristeza y algo de sarcasmo.) 

Berm. ¡No me ha comprendido usted! Yo lo siento 



— 53 - 



poj usted, Lázaro ; porque le he dado a us- 
ted... un disgusto... un mal rato, sin causa... 
créame usted, ¡sin causa ninguna!... Válga- 
me Dios, estos autores dramáticos... ¡nada, 
que no está uno seguro con eUos!... {Qicerien- 
¿lo echarlo a broma.) 

L.AZ.ARO ¡Calma! ¡Calma!... Quiero la verdad: aún 
me queda alguna luz de razón, y puedo com- 
prender lo que usted me diga. ¡Ea!... ¡la ver- 
ilad, Bermúdez, la verdad! ¡Es la última ver- 
dad que puedo comprender, y quiero sabo- 
rearla! {Levaniáiidose.) ¿A ver?... ¡Todavía 
comprendo!... ¡§í!... ¡todavía! 

Berm. Amigo Lázaro... ¡Por todos loe santos de la 
corte celestial! 

Lázaro No, ^i aún conservo mi juicio ; si yo le expli- 
caré todo lo que ha pasado. Mi madre, fin- 
giendo que prejguntaba por otro, preguntó por 
mí ; yo, fiingiendo que me interesaba por 
otro, me interesé por mí, y entre una pobre 
madre y un pobre diablo han burlado a un 
sabio. ¡Ah! burlar... no; perdone usted. Sa- 
ber la verdad ; nada más ; pero como la ver- 
dad es traidora, a veces hay que arrancarla 
a traición. Yo le ruego a usted humildemente 
que nos perdone a mi madre... y a mí. 

Berm. ¡ Le digo a usted que no vuelvo de mi sorpre- 
sa!... ¡que me duele en el alma haber habla- 
do con tanta ligereza!... Ya les anuncié que 
mi juicio era aventurado... ¡muy aventurado! 
sin examinar al paciente. {Buscando por dón- 
de irse.) 

Lázaro ¡ Pues aquí está el paciente ! . . . ¿No le digo a 
usted que soy yo? ¡Oh, no tema usted: hom- 
bre soy, capaz de mirar cara a cara a la 
muerte, y de contestar a la mueca de la lo- 
cura con otra mueca aún más grotesca! ¡Mien- 
tras me quede corazón, obedecerá la cabeza! 

Berm. ¡Por Dios, cálmese usted!... ¡Si todo esto no 
es serio! 

L^z.ARO Si estoy en perfecta calma ; si todavía soy due- 
ño de mí mismo. Siéntese usted... (Le hace 
sentar.) hablemos con tranquilidad... Dígame- 
lo usted todo... pero en voz baja, que no se 
entere mi madre ; que no se entere. ¡ Y de mi 



— 54 — 



padre, niwia palabra!... De mi padre... no... 
basta... nada. Yo he sido en Madrid un loco, 
de suerte que la locura es mía. ¡ Toda ella es 
mía! ¡Oh! ¡me lo niega usted todo! ¡Esto no 
es justo, señor de Bermúdez ! ¡ Hágase usted 
•cargo que no es justo! ¡Me niega usted mi 
propia razón, y hasta quiere usted quitarme 
mi propia locura!... Diciendo... diciendo... que 
mi padre... ¡silencio! Bueno, mi razón no me 
pertenecerá, paciencia; pero mi locura me 
pertenece ; le juro a usted que me pertenece, 
y la defenderé... ¡la defenderé, Bermúdez! 
(Avanza sobre el médico. Conteniéndose.) Y 
ahora, hablemos reposadamente de mí... de 
mi dolencia. 

Berm. Señor de Mejía, querido Lázaro... Cuanto 
anuncié antes, fué puramente hipotético; aho- 
ra que le conozco a usted, modifico de todo 
punto mi opinión. 

Lázaro ¿De veras? (Con sonrisa burlona.) Por Dios, 
señor de Bermúdez : loco, pase ; pero todavía 
no soy un idiota. 

Berm. ¡Por Dios, señor de Mejía; que yo sí que voy 
a salir de esta casa o idiota o loco ! 

Lázaro ¿Cuándo calcula usted que sufriré el ataque 
definitivo, el último, el de la noche eterna, el 
que nos rodea de negrura para siempre?... 
¡Cómo se conoce que he sido poeta! ¿eh? ¡No- 
che eterna, eterna negrura! ¿verdad?... Con 
que diga usted, ¿cuándo? ¿Qué plazo me con- 
cede usted? ¿Un año? ¿tres meses? ¿o es in- 
mediato? Con franqueza: ya ve usted que to- 
davía oigo, y comprendo y aún hablo poéti- 
camente... ¡Eterna negrura, noche eterna!... 
¿Con que a ver... a ver? Un año, ¿eh? 

Berm. ¡Bien se conoce que es usted poeta!... ¡Se lan- 
za usted a las regiones fantásticas ! . . . Mire us- 
ted, su sistema nervioso está quebrantado, al- 
go quebrantado, no lo niego... pero yo respon- 
do de su curación de usted, ¿quiere usted más? 

Lázaro Sí, en eso estamos: mi curación: ya lo creo. 
¿Pero el ataque definitivo, para cuándo? ¡Tal 
rae siento estos* días, que yo creo que está muy 
próximo ! 

Berm. ¡Locuras! ¡locaras!... ¡ esas son locuras !.. . 



55 — 



Lázaro j Precisamente ! ¡ Ah, usted lo ha dicho : locu- 
ras!... ¡Vamos, un esfuerzo! ¿Será mañana, 
será hoy? 

Berm. Ni hoy, ni mañana, ni en veinte años si tiene 
usted juicio. 

Lázaro ¡Si tengo juicio!... ¡Ah, es usted ingenioso!... 
«No perderé el juicio si tengo juicio...» ¡Na- 
turalmente!... 

Berm. Buena señal ; ya bromeamos. 

Laz-aro Si estoy muy tranquilo. ¡Al pronto sentí una 
ola de sangre en el cerebro! ¡Después, una 
ola de hielo que se extendía a todo mi ser!... 
Y ahora... bien... tranquilo... cansado: un 
poco cansado ; nada más. 

Berm. Bueno, pues descanse usted, tranquilícese us- 
^ ted, y antes de mi regreso a Madrid volveré... 

y he de convencerle. 

Lázaro ¡Si estoy convencido!... Oh, Dios mío, no quie- 
ro detener a usted más... bastante he abu- 
sado de su bondad de usted. 

Berm. Entonces, si usted me permite... {Haciendo 
ademán de retirarse.) 

Lázaro Sí, señor... ¡ya lo creo!... y no me guardé us- 
ted rencor. (Acompañándole.) 

Ber.vi. Por Dios... Con que amigo mío... 

Lázaro (Deteniéndole.) ¡Un momento!... (Al oído.) 
¿Para cuándo?... 

Berm. ¡Otra vez!... 

Lázaro No ; si lo único que deseo que me diga usted, 
es esto: «Lázaro, no hay esperanza; el ata- 
que será el rnes. que vieiie, o la semana pró- 
xima, o mañana, o esta noche, o ahora mis- 
mo...» en fin, cuando sea. Esto es lo único 
que ha de decirme usted : no pido más. 

Berm. ¿Pero cómo quiere usted, que a sabiendas, 
diga yo desatinos? 

Lázaro Porque tiene usted el deber ineludible de de- 
cirme la verdad. (Con energía.) Por áspera, 
por amarga, oor dolorosa que sea, debe usted 
decírmela. ¡ Es cuestión de honra, de vida o 
muerte!... Ahora me comprenderá usted. (En 
voz baja al oído.) Yo adoro a Carmen: se ha 
concertado nuestra boda ; será dentro de po- 
co, dentro de quince días. Y ahora responda 
usted: en conciencia, ¿puedo yo, sin cometer 



— 56 — 



Berm. 
Lázaro 



Berm. 
Lázaro 



Berm. 
Lázaro 



Berm. 
Lázaro 



Berm. 
Lázaro 



Berm. 



una infamia, ligar a mi existencia de idiota 
la existencia de Carmen? 
¡Qué pregunta! 

Si es usted hombre de honor... ¡márchese us- 
ted 6in contestarme! franco tiene usted el ca- 
mino... {Separándose.) ¡Ea, no le detengo! 
¡Por Dios, Lázaro! 

Pero piense usted, aue por la cobardía de un 
momento, por no hablarme usted como un 
hombre habla a otro hombre, ¡ que todavía lo 
soy ! , va usted a causar mucho daño. ¡ Porque 
si usted no me dice : «renuncia», yo no re- 
nuncio a Carmen : me abrazo a ella y con 
ella al abismo! ^ 

¡Mire usted que no puedo más! 
i Mire usted que el amor es vida ! ¡ oleaje de 
vida que se propaga! ¿y qué será nuestra des- 
cendencia? Vamos, dígalo usted, valor. ¡Una 
manada de neuróticos, de idiotas, de demen- 
tes, de criminales quizá! ¡Desaguadero en la 
muerte de los desperdicios de la humanidad! 
¡Franqueza, valor, dígalo usted! 
¡Oh! qué cabeza! ¡Vaya, si continúa usted 
así, yo le aseguro a ixsted que se volverá us- 
ted loco! 

¡Por la memoria de su madre, por la honra 
de su familia, por la felicidad de sus hijos, 
por el deber sagrado de su profesión, por su 
conciencia de hombre honrado, por su Dios 
de usted, por piedad, por compasión. ¿Si tu- 
viera usted una hija, consentiría usted que 
se casase conmigo? 
¡Hoy... no!... (Quiere seguir.) 
Basta: mañana, tajnpoco. Basta, jamás. ¡Gra- 
cias: mi sentencia!... ¡Carmen!... ¡Carmen! 
{Cae en el sillón.) 

¡Lázaro... por Dios... no me ha dejado usted 
concluir!... ¡Lázaro! ¡Esta criatura!... ¡óiga- 
me usted!... ¡Hay que llamar! {Toca el tim- 
bre.) ¡Pierde el sentido!... ¡Lázaro!... {Tim- 
bre.) ¡Eh!... ¡aquí!... {Asomándose a la puerta.) 



57 



ESCENA V , 
LÁZARO, BERMUDEZ, DOÑA DOLORES y DON JUAN 

Berm. ¡Señora!... 

Dolores ¡Bermúdez!... {Corriendo a él.) 

Ju.*N ¡Mi Lázaro!... (A Bermúdez.) 

Dolores ¡Mi hijo!... (A Bermúdez.) 

Juan ¿Pero qué es esto?... ¿Señor, qué ee esto? 

i,.AZAR0 i Nada-! {Levantándose.) Llamamos... no acu- 
dieron. Volvimos a llamar... y habéis venido 
vosotros. Y llamé porque quería presentaros 
a mi buen amigo el Doctor Bermúdez. Mi 
madre... {Presentándola.) ya ustedes se co- 
nocen... ¿No es verdad que se conocen uste- 
des? 

Dolores ¡Hijo mío! {Abrazándose los dos.) 

L.\z.í.RO No lo extrañe usted. (A Bermúdez.) Como es- 
tuve de cacería una semana entera... y como 
no nos habíamos visto al volver... por eso nos 
abrazábamos. 

Berm. Es natural. 

L.az\ro Mi padre... {Presentándole.) A mi padre ya le 
había visto esta mañana, por eso no le abra- 
zo. {Don Juan le mira como implorando.) Sin 
embargo, para que no imagine usted que le 
quiero menos que a mi madre, le abrazaré 
también. ¡Padre!... 

Ji"AN ¡Lázaro!... {Abrazándole.) ¡Aprieta más!... 

¡Más!... ¡Aeí! (A doña Dolores.) (¿Lo ves, 
Dolores? ¿lo ves?... ¡si tiene una fuerza!... 
¡casi me ha quitado el aliento!... ¡Todo eso 
que me has contado es una tontería.)- 

Dolores Sí... es verdad... una tontería... 

Juan ¿Con que está delicado el chico? (A Bermú- 

dez.) 

Berm. Nada ; en substancia, nada. 

Juan ¿Lo estás oyendo? (A doña Dolores.) ¡Qué ca- 

beza la tuya! 

Lázaro Tranquilizaos : delicado, un ipoQO delicado. No 
te apures, madre. 

Dolores ¡Lázaro!... ¡hijo mío!... ¡mi Lázaro!... {Aca- 
riciándiole.) 



58 — 



Juan 



Lázaro 



¡Y yo he de apurarme o no!... {Acercándose 
a Lázaro con envidia.)^ ¡O importa poco que 
yo me apure! 

No 6e apure usted tampoco, padre. Si no hay 
motivo. Estoy perfectamente: que lo diga Ber- 
múdez. Y me voy a trabajar un rato... {Con 
angitstia.) ¡porque no puedo más!... {Conté- 
niéndose.) no puedo más con esta ociosidad, 
¿eh?... Y con el régimen que usted me ha 
puesto... y siguiendo sus consejos... dentro de 
poco... ¡la resurrección de Lázaro!... ¡Adiós, 
Bermúdez!... ¡madre mía!... padre y señor... 
Doctor insigne... Lo dicho... lo dicho... ¡la re- 
surrección de Lázaro!... ¡Ah! ¡para este Lá- 
zaro no hay resurrección! {Sale.) 



ESCENA VI 
DOÑA DOLORES, DON JUAN y BERMÚDEZ 



Juan ¡Hable usted, por Cristo crucificado! (A Ber- 

múdez. ) ¡ Yo sé que no es nada. . . pero quiero 
que hable usted! Vamos, ¿mi Lázaro? ¿qué?... 
¡Porque ésta dice unas cosas!... ¡Jesús!... 
¡Jesús!... ¡qué mujer! ¡Tú siempre has sido 
así!... ¡No se habla a la ligera!... ¡son cosas 
muy grandes!... Con que, vamos... (A Ber- 
múdez.) a ver... a ver... 

Berm. ¡Señor don Juan, usted comprende!... 

Dolores ¿Ha cambiado su opinión de usted? 

Berm. Susfancialmente no ha cambiado. 

Dolores ¡Dios mío!... ¡Dios mío!... {Se arroja sollo- 
zando en un sillón.) 

Berm. Pero es preciso tener un poco de calma... ¡Se- 
ñora, por Dios! 

Juan ¡ Calma ! ¡ Ya lo creo, como que no es posible 

lo que dicen ustedes!... ¡pues no faltaba otra 
■cosa!... Pues no hay más que venirse abajo 
un genio así como Lázaro... y de pronto... Si 
fuera .yo... bueno, porque yo... señor de Ber- 
múdez, yo me chiflo cualquier día... ¡pero 
Lázaro... Lázaro... mire usted bien lo que dice, 
que estas cosas son muy grandes!... ¡Y hay 



59 — 



que pensarlas despacio! ¡muy grandes!... ¡pe- 
t ro muy grandes ! 

Berm. Tiene usted razón, don Juan. Y ahora... dis- 
pénsenme ustedes... estoy profunda,mente afec- 
tado... y no podría coordinar dos ideas... 

Juan ¿Lo estás oyendo? (A su mujer.) No podría 

coordinar dos ideas... (¡Digo, digo, para que 
yo me fíe de él!) 

Berm. Más tarde... mañana... otro día... tendré el 
gusto de saludar a ustedes y de ver a Láza- 
ro... Ahora, permítanme ustedes que me re- 
tire. 

D0LORE3 (Levantándose y corriendo a él.) ¿Pero toda- 
vía no regresa usted a Madrid?... ¡No por 
Dios! 

Berm. No, señora. Todavía permaneceré aquí quince 
o veinte días. 

Dolores ¡Entonces, vuelva usted!... ¡vuelva usted!... 
¡Yo se lo suplico! 

Jr.AN Eso, sí ; vuelva usted. 

Berm. Sí, señor ; volveré. 

Dolores ¿ Mañana ? 

Ju.\N Si esfa noche se diese usted una vueltecita... 
¿eh?... Tomaría usted café con nosotros: ¡ten- 
go un Jerez! 

Berm. Esta noche no puedo. Vendré mañana. 

Dolores ¡Hasta mañana, Bermúdez!... (Acompañán- 
dole.) ¡Salve usted a mi hijo! 

Jr.\N ¡Hasta mañana, señor de Bermúdez!... ¡Y 

cuidado con lo que se hace con mi Lázaro! 

Berm. ¡Hasta mañana!... Señora... (Apretándole la 
tnano.) ¡Señor mío! 



ESCENA VII 

DO^A DOLORES y DON JUAN. Doña Dolores cae en 

un sillón ; don Juan se pasea con dificultad, pero muy 

nervioso. 



Juan Este hombre no sabe lo que se dice. Ya le has 
oído : no puede coordinar dos ideas. ¡ Esta- 
mos frescos ! ¡ Con que se pierde el talento y 
se pierde la cabeza como se pierde un som- 



— 60 



Dolores 
Juan 

Dolores 



Juan 



Dolores 
Juan 



Dolores 



Juan 
Dolores 

JlTAN 



brero! ¡Aquí me dejé el sombrero, aquí me 
dejé la cabeza! ¡Bah! ¡bah! Los idiotas lo 
6011 desde chiquititos ; no digo los idiotas, los 
tontos lo han sido toda su vida; no hay na- 
die más consecuente que un tonto. ¡Pero un 
hombre de genio ! . . . ¡ Oh ! . . . ; el genio ! j Des- 
atinos de doctores! ¡juzgar él a mi Lázaro! 
¡ él que no puede coordinar dos ideas, a Lá- 
zaro que sabe como el Padrenuestro lo de la 
«finalidad sin fin»! Vamos, responde,- ¿digo 
bien? 
I Ojalá ! 

¿Pero no crees tú que es mentira todo lo que 
ese farsante nos ha dicho? 
(Con desesperación.) ¿Y si fuese verdad?... ¡Si 
fuese verdad?... ¿Y entonces? Entonces, ¿pa- 
ra qué había nacido yo? (AvaTizando sobre 
don Juan, que retrocede.) ¡Perdidas mis ilu- 
siones por ti! ¡manchada mi juventud por ti! 
¡escarnecida mi dignidad por ti! ¡Después 
de veinte -años de sacrificios para merecer a 
ini Lázaro!... ¡Buena, por el!... ¡leal, por 
él!... ¡resignada, por él... ¡honrada, por él!... 
¡y hoy!... ¡No!... ¡Tú siempre has sido un 
miserable ; pero esta vez tienes razón ! \ Im- 
posible ! . . . ¡ Imposible ! . . . ¡No puede quererelo 
Dios ! 

¡Bueno, he sido un miserable! ¡qué má-s da! 
Pero no te acuerdes de todo eso... y sobre 
todo, no lo digas... di que me perdonas... per- 
dóname, Dolores. 
¿Qué te importa? 

¡Nos importa a los dos! Si tú no me perdo- 
nas, y a Dios se le ocurre castigarme, y me 
castiga en mi Lázaro... ((¡pudo ser un ge- 
nio... ahí tienes un idiota!» Estas cosas son 
muy serias... ¡Vamos, vamos... no digas eso! 
¡Qué cosas dices!... Tú también desvarías... 
No importa... .por si acaso... te perdono de 
todo corazón. 

Gracias, Dolores : así estamos más seguros. 
¡Pero ayúdame a salvar a Lázaro! {Cogién- 
dose a él.) 

Con mi alma entera. Aunque tenga que dar 
por él toda la vida que me queda! 



61 - 



Dolores ¡Dar tu vida!... ¿Ya, qué tienes?... ¡Toda la 
., que te concedió Dios, debiste darle ! 

Juan ¡Dolores! 

Dolores ¡Es verdad! Te había perdonado: no lo vol- 
veré a decir. Pero ¿que hacemos? 

JiAN Le llevamos a Madrid para que le vean los 

médicos de más fama. 

Dolores Bien pensado. 

Juan Y luego a París: consultaremos con todas las 
eminencias. 

Dolores Justo : y después a Alemania. 

Juan Y a Inglaterra: ¡los ingleses saben mucho! 

¡ Bah ! ¡ si hay mucha ciencia esparcida por 
el mundo! 

Dolores Pues la recogeremos toda para Lázaro. 

Juan ¡No faltaba más! ¡Todo para él! ¡para él lo 

que me queda de mi fortuna! ¡Mucho derro- 
ché!, pero aún soy rico. 

Dolores Nunca te he pedido cuentas : derrochaste lo 
tuyo. 

Juan No, señora ; no, señora. No era mío : ahora 
lo veo ; era de Lázaro. ¡ Pero señor, si yo no 
sabía que iba a tener a Lázaro! Dolores, ¡a 
salvarle ! 

Dolores ¡Nos asiremos a su razón como dos desespe- 
rados, para que no huya! ¿verdad? (Aga- 
rrándole.) 

Ju.an ¡Como dos deses.perados y como dos padres! 

¿verdad? (Se agarra a ella.) Y le salvaremos, 
¿verdad? ¡No digas que no! ¡no digas que 
no! (Cae en un sillón llorando.) ¡He sido ma- 
lo, pero sin mala intención! ¡Yo no sabía 
esto! ¡que me lo hubieran dicho!... ¡Lázaro! 
¡mi Lázaro! 

Dolores ¡No te aflijas! ¡no ves que no tendrás ener- 
gía para luchar! 

Juan ¿Que yo no tengo energía? ¡Ya verás! ¡Hola, 

hola!... ¡que yo no tengo energía! 

Dolores ¡Así te quiero!... y créeme, ¡ese Bermúdez 
exagera ! 

Juan ¡Es un fanático!... ¡un farsante!... ¡un loco 

que no puede coordinar dos ideas!... ¡Ah, 
mentecato! (Ensenando el puño.) ¡No sé có- 
mo tengo la cabeza!... ¡mi pecho arde! ¡mi 



— 62 



garganta se seca! (Toca el timbre.) ¡Tere- 
sa!... ¡eh!... ¡Teresa!... 

Dolores ¡Teresa!... (Llamando.) ¿Qué tienes? (Vol- 
viendo a don Juan.) 

Juan ¡Nada!... ¡nada!... 

Teresa ¿Señor? 

Juan Tráigame usted una copita de Jerez... no, un 
vaso de agua... agua sola. 

Teresa Sí, señor. (Sale.) 

Juan (Paseándose.) ¡Desde hoy he de mortificar- 

me!... ¡a pan y agua, como un anacoreta... 
todo por Lázaro ! . . . ¡ Vamos, que si esto no 
se me tiene en cuenta!... 

Dolores Sí; pero mucha prudencia... que nadie sepa, 
tiada. 

Juan Nadie: nuestros viajes serán viajes de recreo; 

viajes artísticos, para que Lázaro vea mundo 
y se instruya... ¡si todas esas son aprensiones! 

Dolores ¡Ni una palabra a nadie!... 

Juan ¡ Ni a Carmen ! no le digas nada a Carmen. 

Dolores ¡ Pobre Carmen ! ¡ pobre ángel mío ! pero tie- 
nes razón ; lo primero es Lázaro. 

Juan ¡Lo primero! ¡claro está!... ¡Pero esa chica 

no viene y yo me ahogo! 



ESCENA VIII 

DOÑA DOLORES, DON JUAN, TERESA xj DON TI- 
MOTEO 



Teresa (Anunciando y con el vOrSo de agiui.) Aquí 
está don Timoteo. 

Juan Que pase... 

Teresa Ya pasa él. 

Juan ¡ Silencio, y a fingir indifí^rencia ! (A doña Do- 

lores.) 

Dolores (¡Indiferencia y alegría!) (Secándose los ojos. 
Don Juan bebe un vaso de agua.) 

Juan ¿Quieres?... ¡bebe, mujer!... ¡serénate!... (Sale 
Teresa.) 

Dolores Gracias : ya estoy serena. 

Timoteo ¡Mi doña Dolores!... 

Dolores ¡Amigo don Timoteo! 



— 63 — 



Juan ¡Mi querido Timoteo! (Queriendo abrazarle.) 

Timoteo . ¡No me abraces!... ¿No ves que vengo casi de 
etiqueta? ¡todo de negro! 

Dolores ¡De negro!... ¿por qué? 

Ju.\N ¿Por qué? 

Timoteo No alarmarse : no es luto, sino etiqueta. Ven- 
go solemne. Ahora verás ustedes. ¿No está 
por ahí Carmen? 

Dolores Estuvimos juntas a oir misa... conmigo ha 
venido... y en mi gabinete está con don Neme- 
sio y con Javier... ¡Tan alegre! 

Timoteo ¡Pues que venga aquí todo el mundo: todo 
el mundo!... (Toca doña Dolores el timbre.) 
Menos Lázaro: ese vendrá después. ¡Ah!... 
¡la solemnidad!... ¡la solemnidad!... (Riendo.) 

Teresa Señora... 

Dolores Que tenga la bondad de venir la señorita Car- 
men. 

Timoteo Ella y todos : todos. Y hasta que vengan no 
hay que hablarme. 

Dolores (¿No adivinas?) (Aparte a don Juan.) 

Juan (Sí.) (A doria Dolores.) 

Timoteo (Pausa.) ¡Silencio solemne! ¡Silencio precur- 
sor de algo muy grave!... ¡Ja, ja!... 



ESCENA IX 

DOÑA DOLORES, DON JUAN, DON TIMOTEO, CAR- 
MEN y JAVIER 

Carmen (Corriendo hacia su padre.) ¿Me llamabas tú? 

Timoteo ¡Silencio, chiquilla! ¿No ves lo graves que es- 
tamos todos? 

Carmen Pero, ¿qué ocurre? 

Ti.MOTEo Tú te acercas a Dolores. (A su hija.) Así : 
bueno. (Movimiento en todos : Carmen se abra- 
za a doña Dolores.) 

Dolores ¡Hija mía! 

Juan (¡Válgame Dios!) 

Nemesio ¡Ya... ya!... 

Javier (A don Nernesio.) ¡Boda tenemos! 

Timoteo ¡Silencio! ¿Estamos? Mucha atención y mu- 
cha solemnidad... que voy a empezar. ¡Ah! 



— 64 



Javier 

Carmen 
Dolores 

Timoteo 

Juan 

Timoteo 



Usted, Javier, que es el más joven, sale co- 
riendo en el instante oportuno a buscar a Lá- 
zaro... «¡Lázaro!... ¡Lázaro!...» ¿Comprende 
usted?... Así, así: todos calladitos; pendien- 
tes de mis labios. (Pausa.) Señor don Juan 
Mejía... (Con solemnidad cómica.) muy señor 
mío... ¡Diablo, parece que voy a escribir una 
carta!... ¡Juanito, me pediste la mano de 
Carmen para Lázaro ; consulté con la chica, 
se muere por el chico y para el chico te traigo 
la chica. Y digo ante todos... ¡Cásalos, demo- 
nio, cásalos!... (Con mucho apuro.) ¡El pro- 
grama de estos casos... señores, el progra- 
ma!... ¡El rubor!... ¡el llanto!... ¡la sonri- 
sa!... ¡el abrazo!... (Todos expontdneamente 
hacen ¡o preceptu/ido : Carmen y doña Dolo- 
res se abrazan, y doña Dolores llora angustio- 
samente ; don Nemesio y Javier ríen y seña- 
lan los dos grupos. Don Timoteo y don Ne- 
mesio se abrazan también.) Javier.... (Como 
acordiándose.) a buscar a Lázaro... ¡Á escape, 
que se enfría la situación ! 
Ya voy... ya voy... ¡Lázaro!... ¡Lázaro!... 
i Madre ! 

¡Hija mía!... ¡hija mía!... ¡Dios mío! ¡Dios 
mío! 

¿Y tú no dices nada? (A don Juxin.) 
¡Pues no faltaba más!... 
¿Pero no viene? 



ESCENA X 

DOÑA DOLORES, CARMEN, DON JUAN, DON TIMO- 
TEO y DON NEMESIO; JAVIER, trayendo a LÁZARO 

Lázaro (Pálido, descompuesto y arrastrado material- 
mente por Javier.) ¿ Adonde me llevas?... ¿.\ 
dónde?... 

Javier ¡Ven, hombre de Dios!... ¡a la felicidad! 

Lázaro ¿Qué es esto?... ¿qué me quieren?... ¿por qué 
me llaman? 

Timoteo ¡«Tableau»! ¡Que Carmen es tuya! ¡que te 
la traigo! ¡que os casaréis!... ¡Ea, padre de 



65 — 



Laz.\ro 

Dolores 

Juan 



Lázaro 



Juan- 
Lázaro 
Carmen 
Laz-^ro 

Carmen 



Dolores 
Timoteo 

Nemesio 
Javier 

JlAN 
LA2WR0 

Juan 

Laz-\ro 



alcornoque, (A don Juan.) diles algo, que yo 
hice todo mi papel! 

Carmen... ella... ¿es verdad?... ¡Mi Carmen! 
Tu Carmen... es tuya... 

¡Qué demonio!... ¡es tuya!... ¡sé feliz!... ¡y 
que se hunda el mundo! ¡qué me importa a 
mí el mundo! 

¡Mía!... ¡mía!... ¡puedo llegar a ella!... ¡es- 
trecharla en mis brazos!... ¡abrasarla con mi 
aliento!... ¡bebería con mis ojos!... ¡Puedo 
6i quiero ! 

¡Sí!... ¡basta que digas, sí! 
¡Oh, la infamia! ¡oh, la traición!... ¡Carmen! 
\ Lázaro 1... {Dirigiéji do se a él.) 
¡No!... ¡aparta!... ¿a qué vienes?... ¡no serás 
mía!... ¡nunca!... ¡nunca!... ¡nunca! 
¡Me rechaza!... ¡me rechaza!... ¡ya lo sabía 
yo!... ¡Madre!... ¡madre! {Cae eñ los brazos 
d£ doña Dolores.) 
¡Hija del alma! 

¡Mi hija!... ¿qué has hecho?... ¡qué has he- 
cho! 

¡Pero no comprendo-! 

¡Yo sí! {Todos se precipitan a auxiliar a Car- 
inen.) 

¡Lázaro!... ¡hijo mío! 

{Abrazando a su padre. i ¡Padre!... ¡padre!... 
eres mi padre, sálvame! 
Sí, te salvaré... ¡te di la vida! 
¡ Me diste la vida ! pero no es bastante : ¡ da- 
me más vida para vivir, para amar, para ser 
feliz, para mi Carmen!... ¡Dame más vida, o 
maldita sea la que me diste! {Cae desplomado.) 



FIN DEL ACTO SEGUNDO 



r^idll&AaRS-idlt-a.-3Sii-*iSe-^i^lbsaBS!Slfeaa 



ACTO TERCERO 



La escena representa una sala de la quinta de don Juan, 
a orillas del Guadalquivir, tal como se describió en 
el primer acto, escena prim.era, aunque con algunos 
muebles de época posterior y de gusto más severo. 
Quedan todavia algunos divanes, la alfom.br a y va- 
rios objetos artísticos. Además una irúesita y una silla 
baja. En el fondú un gran balconaje o terraza, que se 
supone que da la vuelta al edificio. Se ve mucho cielo 
y mucho horizonte. Si el balcón pueáe estar algo ses- 
gado hacia la izquierda, tanto mejor para la escena 
final. Una puerta a la derecha, otra a la izquierda. 
Una butaca a la derecha ; a la izquierda un sofá -. un 
quinqué encendido sobre cualquier mesa lateral o del 
fondo. Es de noche : el cielo azul y estrellado ; a me- 
dida que avanza el acto van llegando las luces del 
amanecer. 



ESCENA PRIMERA 

DON TIMOTEO, JAVIER y PACA ; ésta anda por el 
fondo y por la terraza como si arreglare algo : viste 
traje negro o muy obscuro, pañolón negro de espumilla 
y con flecos. 

Timoteo ¿Con que le escribió a usted Dolores? 

Javier Sí, señor. Que Lázaro deseaba verme ; que mi 
compañía era muy necesaria para apresurar 
su convalecencia f que hablaba constantemen- 
te de mí... y al cabo dije : «vamos allá» ; tomé 
el tren y hace dos horas me plantaba a la 



68 — 



puerta de «sta quinta, de esta, preciosa quin- 
ta ; que debe tener vistas admirables, según 
he podido juzgar... ¡a la escasa luz de las es- 
trellas ! 

Timoteo ¿Pero no la ronocía usted? ¿No conocía us- 
ted la quinta de don Juan? 

Javier No, señor. 

Timoteo {Con malicia.) ¡Yo, mucho! Hace muchos 
años que la conozco. La conocí, ¡allá, cuando 
Juan y yo éramos jóvenes!... Cuando yo le 
llamaba Juanito, y él mo llamaba Timoteíto. 
¡Ah, ah! {Con misterio.) ¡Cuántos recuerdos 
me despierta este recinto venerable ! Todo lo 
que usted ve está impregnado de amor y de 
locura, de alcohol y de alegría. Yo pudiera 
decirle a usted : en "este diván se cayó un día 
borracho Juanito ; en aquel rincón me caí yo 
una noche en idéntico estado ; y en ese balcón 
nos caímos los dos una madrugada, en situa- 
ción parecida. ¡Oh, memorias sacratísimas! 
" ¡oh, sombras queridas! ¿Qué haces ahí? (.4 
Paca.) 

Pao Lo arreglo todo, señor. {Puede tener acento 
andaluz.) 

Timoteo Y ya verá usted, ¡qué panorama! Ese balcón 
mira a Oriente, y se ve el Guadalquivir... «¡Se- 
villa, Guadalquivir, cuál me atormentáis mi 
mente!...» Las chicas más guapas de la tierra 
sevillana han almorzado aquí, y han cenado 
aquí, y han bailado aquí y han cantado aquí... 
y se han emborrachado aquí. 

Javier Ya, ya... que aquí se divertían ustedes en 
grande. {Paca da un suspiro.) 

Timoteo ¿Pero no acabas? ¿no acabas, Paca? (Vol- 
viéndose con mal humor.) 

Paca Pues me quedé... a ver... si los señores nece- 
sitaban algo : por eso. 

Timoteo Nada; puedes irte a la cocina. 

Paca Bien está, don Timoteo: a la cocina; ¡ay. 
Dios mío! {Paca lleva una silla bajita a la 
terraza: se sienta y se abanica.) 

Timoteo Le digo a usted que yo no puedo' mirar nada 
de lo que me rodea sin conmoverme. ¡Qué 
sevillanas, qué malagueñas, qué tarlfeñas ! . . . 
Hagamos punto final. Le estoy pervirtiendo a 



— •69 — 

ust-ed, joven : y a- mi edad es cosa fea. Pero 
es que había unas sevillanas, y unas mala- 
.güeñas, y unas gaditanas y unas tarifeñas! 
{Paca da un suspiro muy grande en el bal- 
cón.) ¿Quién suspira?... ¡Demonio de mujer, 
no es pesada que digamos! ¿Estás ahí toda- 
vía? 

Paca Por si don Timoteo necesitaba algo. {Sin le- 
vantarse y d)esde el balcón.) 

TiMOTF.o Sí necesito y necesita este caballero: que nos 
traigas unas cañitas. {Paca se levanta y se 
acerca.) 

J.wiER Muchas gracias: me dieron de cenar hace 
rato; es ya muy tarde... y yo no tomo nada 
a estas horas. Por mí no se moleste usted. 
(A Paca.) 

Paca Entonces... 

Timoteo Entonces... te molestarás por mí. Anda, anda 
y trae eso. 

Paca Sí, señor, sí ; ya voy, don Timoteo. {Sale len- 

tamente abanicándose.) 

Javier ¡Por Dios... a estas horas manzanilla!... 

Timoteo Sí, sí : ya sé que es usted muy formal. Lázaro 
escribe dramas : usted ((historia» ; pero ami- 
go, una cañita se toma en cualquier momento 
histórico. 



ESCENA II 
DON TIMOTEO y JAVIER 

Javier ¿En cualquier momento histórico? Pero la una 
de la mañana, aunque sea mañanita de ve- 
rano, ¿es momento histórico, o es momento 
de irse, a dormir? 

riMOTEO Para gustar... ¿eh?... para gustar un poquito 
de manzanilla, las veinticuatro horas del día, 
y las veinticuatro del siguiente, y las del otro, 
son las que se marcan en todos los tratados, 
joven. Diga usted que ya no hay jóvenes. 

Javier ¡Qué remedio! hay jóvenes que son viejos y 
hay viejos que se mueren de puro jóvenes. 

Ti.MOTEo Es verdad, desde que vine hace ocho días a 
la quinta, se refrescaron mis recuerdos y es- 
toy como si tuviera quince años. 



70 — 



Javier 

Timoteo 
Javier 



Timoteo 



Javier 
Timoteo 



Javier 



Timoteo 



Javier 
Timoteo 



Javier 
Timoteo 



Y dentro de algunos más s€ sentirá usted 
como si tuviera usted quince meses. 
¡Hola! ¡hola!... ¡ironía se llama esa figura! 
Una ironía respetuosa, don Timoteo. Pero no 
creí encontrar a usted en la quinta áe don 
Juan. 

Traje a Sevilla a la pobre Carmen, que está 
muy delicada. ¡Con aquellos disgustos!... ¡con 
la enfermedad de Lázaro!... ya ve usted. Con 
que una vez en Sevilla, se empeñó Juanitx) en 
que viniésemos aquí a pasar unos días. Y yo, 
por dar esa alegría a Carmen, y por contri- 
buir al restablecimiento de Lázaro... que ase- 
guraban que iba muy bien, consentí y aquí 
estamos. 
Rejuvenecidos. 

Créame usted, Javier, lo que le dije a usted 
antes : ya no hay juventud ; Carmen, con su 
pechito oprimido ; Lázaro, con sus nervios des- 
compuestos ; usted, con su formalidad y sus 
jaquecas... ¡Nosotros éramos otra cosa! 
Quizá porque ustedes fueron... otra cosa, so- 
mos nosotros de este modo. Pero variemos el 
tema, don Timoteo. ¿Con que reconciliación 
completa y boda en perspectiva? 
Le diré a usted... le diré a usted... ¡Pero esa 
Paca que no trae las cañitas ! (Miran-d^ a ver 
si viene.) Realmente no había motivo para 
ofenderse. Lázaro dijo lo que dijo... ¡por la 
fiebre!... ¡usted le vio caer desplomado a los 
pies de Carmen!... ¿Qué diablos fué aquello? 
vaya usted a saberlo. En mi tiempo, cuando 
un hombre se caía así, de fijo, borarchera o 
ataque cerebral, y así se simplificaba la me- 
dicina y estaba al alcance de todo el mundo. 
¡Pero hoy, averigüe usted lo que tiene el que 
se cae! 

Muy malo estuvo el pobre Lázaro. Sin embar- 
.go, dicen que ya está perfectamente : la en- 
fermedad hizo crisis... 

Eso dicen y él parece muy repuesto ; pero es 
siempre un ser muy extraño... como todos los 
hombres de talento. 
¿De modo que tendremos boda? 
¡Hum!... ¡boda!... esa es harina de otro eos- 



Javier 

Timoteo 



Javier 

Timoteo 
Javier 

Timoteo 



Javier 



Timoteo 

Javier 
Timoteo 



Javier 
Timoteo 



Javier 
Timoteo 



tal. Yo nada digo por no afligir a Carmen, 
por no disgustar a los padres y porque no le 
idé al chico otro patatús. Pero ya veremos, ya 
veremos : por ahora no hay prisa. Si Lázaro 
se restablece por completo, y vuelve a ser lo 
que fué, y escribe algo que nieta mucho ruido 
y que demuestre que su razón está firme... en- 
tonces claro está... ¿eh? porque Carmen... la 
pobre Carmen... ¡Pero esta Paca no vuelve! 
¿Le quiere mucho Carmen, no es verdad? - 
Yo no sé... no sé... esa chica, ¡válgame Dic>s¡!... 
Por el pronto me la llevo : dentro de cuatro 
o cinco horas a buscar el tren. Y antes de 
marcharme yo hablaré con Bermúdez. 
No he visto más que un momento a Lázaro... 
j me ha parecido... 
¿Qué? 

Mucho mejor : la juventud hace milagros. 
( ¡ Pobre Lázaro ! ) 

¡Es verdad! ¡es verdad! Yo también tuve no 
sé qué... y estuve... así... entontecido más de 
un año... mucho más... y pasó... 
Pues no se conoce... digo que no se conoce que 
haya usted tenido nunca... nada... de ese gé- 
nero de enfermedad... ¿eh? 
Pues lo tuve, lo tuve... creyeron que me que- 
daba idiota... 
¡Jesús, María y José! 

¡Pero ese demonio de mujer que no viene! 
j Se enteró de que las cañitas eran sólo para 
mí... y se goza en mortificarme! ¡Tiene el 
alma más atravesada! ¡Y siempre fué lo mis- 
mo: usted no sabe lo que ha sido esa mujer! 
¿Quién? ¿la que estaba aquí hace poco? 
i Justo : esa fué una de las hembras de más 
rumbo de toda Andalucía! Se llamaba Paca 
la tarifeña. 

Ya, ya, ¡quién lo diría! 

Lo podría dícir yo, y lo podría decir Juanito, 
y lo podría decir Nemesio y lo podría decir 
todo el mimdo. ¡La tarifeña! ¡la tarifeña!... 
La que en esta casa sirve hoy como criada o 
poco más, hace veinte o treíta años mandaba 
como dueña. Después... lo qtie pasa... rodó... 
rodó... ¡y adióe hermosura, adiós gracia. 



72 



JAVIER 

Timoteo 



Javier 

Timoteo 



seria», los tres enemigos... no diré del alma, 
pero sí diré del cuerpo de las niñas guapas, 
se ceharon en la jacarandosa tarifeña. Juan 
hace cinco o seis años lo supo... le dio lásti- 
ma... y la recogió en esta quinta... como ama 
de llaves... o coea por el estilo. En fin, ella 
sirve en la quinta... que no servirá para mu- 
cho, porque fué siempre muy jacarandosa; 
pero muy holgazana. 
¿Con que tan guapa? 

¡Un sol!... Pero las mujeres se estropean 
pronto. Los hombres nos conservamos mejor. 
¿Quién diría que yo tengo cincuenta y ocho 
años? 

¡Nadie!... Cualquiera le echa a usted... (¡se- 
tenta y cinco!) 

¡Ya lo creo!... Hola... me parece que viene 
Lázaro. 



ESCENA III 

JAVIER y DON TIMOTEO; LÁZARO por la izquierda. 
Detrás EL DOCTOR BERMUDEZ, pero a cierta distan- 
cia de Lázaro, como observándole y estando a la mira. 

Lázaro (Mirando a don Timoteo y Javier.) Esta no- 
che todos velamos : la velada de la despedida. 

Timoteo Yo lo agradezco, pero no era preciso que os 
molestaseis. Nos dépedíamos ahora ; os ibais 
a la cama; y Carmm y yo al amanecer, muy 
callandito, sin despertar a nadie, a buscar el 
tren. 

Lázaro Así, así : muy callandito, sin despertar a na- 
die, en el silencio de la noche ; así quiere us- 
ted robar a Carmen. Así se roba la dicha, ¡ a 
traición ! Pero yo velo y velaré : Lázaro resu- 
citó, y ya no dormirá nunca. Los ojos muy 
•abiertos -para verlo todo : la cabecita de mi 
Carmen, (Con ternura.) la cabezota de don 
Timoteo. (Riendo.) Para ver el día ¡con sus 
luces! ¡y la noche con sus sombras! (Aso- 
mándose al balcón.) ¡Qué hermoea es la es- 
trella de la mañaiía! ¿verdad? ¡Es la de 
siempre ! Parece que nos hemos dado cita. «Yo 



— 73 — 



me asomaré al cielo», dice eUa, «y tú te aso- 
mas al balcón... y nos miraremos.» No puedo 
mirarte, perdona: Carmen tendría celos. No 
estando ella junto a mí, no quiero mirar a 
nadie, no quiero ver a nadie... {Se separa con 
enojo del balcón y ve a Bermúdez.) ¡Hola, 
Doctor queridísimo! ¿Estaba usted ahí? ¿Me 
siguió usted? ¿Le maiidaron a usted para cui- 
darme? Pues mire usted, me molesta tener 
siempre un centinela de vista... (Conteniéndo- 
se y cambiando de tono.) siquiera sea tan sim- 
pático como mi querido Doctor. (Viejien todos 
al primer término.) 
Ber.m. Vine con usted para rogarle que no velase. 
Aho^a se acuesta usted, descansa... y al ama- 
necer yo le despierto a usted para que se des- 
pida de Carmen y de don Timoteo. 
L.AZ.ARO ¡ Que si quieres ! Yo no soy un niño : a mí no 
se me engaña. ¿Qué sabe, el que duerme, lo 
que encontrará al despertar?... ¡Si es que des- 
pierta'.. (Se sienta.) 
Timoteo Sin enibargo... (Acercándose.) 
Javier Yo te doy mi palabra... (Acercándose aún 

más.) 
Berm. Todos le prometemos a usted solemnemente... 

(Todos le rodean.) 
Lázaro ¡Es inútil!... ¡no se molesten ustedes!... ¡So- 
bre que no creo a nadie! ¡ni me fío de na- 
die!... No me fío de mí, y estoy siempre ob- 
servándome por si acaso... en fin, yo me en- • 
tiendo ; con que ¿cómo había de fiarme de 
ustedes?... ¡Comprendan ustedes que es pedir 
demasiado!... ¡Y basta!'... ¡basta!... ¡he di- 
cho que no! 
Berm. Como usted quiera, Lázaro. 
Lázaro ¡ Si además la velada es deliciosa ! ¡ Qué cielo ! 
¡qué noche! ¡qué río!... Estábamos hace poco 
abajo, en el salón que da al jardín, mi madre, 
mi padre, Carmen, el Doctor, yo... (Contando 
por los dedx)s.) y Paca también. Todos senta- 
dos : todos descansando, y algo soñolientos, 
menos Paca. En un ángulo un quiqué ; las 
puertas de par en par ; el cielo a lo lejos ; el 
jardín metiéndose con sus enredaderas y sus 
rosales en el salón como para hacernos com- 



^ 



74 — 



pañía; perfumes penetrantes del azahar y 
frescuras del río impregJiando la atmósfera ; 
insectillas de todos los colores y algunas niE^- 
riposas, como engendros del aire, venían de 
fuera atraídas por el quinqué y revoloteaban 
- entre la luz y la sombra, como me revolotean 
aquí dentro las ideas ; y Paca revoloteando 
también ^ntre todos nosotros... (Pausa.) ¿Qué, 
te ríes? (A Javier.) 

Javier No me río. 

Lázaro Sí ; te ríes, porque he dicho que Paca revo- 
loteaba entro mi padre, mi madre, Carmen 
y yo. Pues lo sostengo; ¿acaso sólo revolotean 
las mariposas? También revolotean las mos- 
cas y los moscardones. Y así, como yo estaba, 
con los ojos medio cerrados, Paca, con su 
traje negro y su pañolón negro de flecos, me 
. parecía una mosca muy grande. Revoloteaba 
pesadamente de mi padre a mi madre, sir- 
viendo a mi padre Jerez y agua helada a mi 
madre, y entre Carmen y yo, para molestar- 
me con preguntas y para colocar una flor en 
el pelo de Carmencita, rozándonos a los dos 
con su pañolón y sus flecos, como una mosca 
roza con sus aías negruzcas y peludas. Es 
una buena mujer, pero yo sentí repugnancia, 
y disgusto, y frío y subí para ponerme a res- 
pirar en ese balcón. 

Javier Y para contemplar las estrellas. 

Lázaro Una, nada más que una. ¡Y qué ideas tan ex- 
travagantes! Si los aprendices de poeta so- 
mos así... Tiene usted razón, Bermúdez, fnuy 
extravagantes... ¡mucho!... ¡mucho! ¡Me acor- 
daba de Paca, miraba a la estrella y sentía 
un deseo insensato, ridículo, pero invencible! 
Coger uno de mis floretes, atravesar con él el 
moscardón del pañuelo de flecos, como se atra- 
viesa un insecto con un alfiler y quemarlo a 
la luz de aquella estreUa tan hermosa. ¿Qué 
tal? ¡Podredumbre humana que se consume 
y se purifica en fuegos celestes! ¿A que no 
me entiende usted, don Timoteo? 

Timoteo Hombre, no me parece que tiene mucho que 
entender, y aunque uno no sea un genio... 

Lázaro ¡ No se enfade usted : son bromas ; ofenderle 



yo a usted! ¡al padre de Carmen! ¡cuando 
por ella soy capaz de ponerme de rodillas de- 
lante de usted y de declarar que es usted jo- 
ve'n, y guapo, y que tiene usted talento y de 
obligar a todo el mundo a declararlo así! ¡Los 
brazos, don Timoteo! ¡los brazos! (Se abra- 
zan.) ¡No me guarda usted rencor! ¿verdad? 
Timoteo ¿Hombre, por qué? 

L-AZARO ¡ Pues no se lleve usted a Carmen ! ¡ no me 
separe usted de ella! ¡A un enfermo se le da 
gusto en todo! ¡y me pondría peor... que lo 
diga Bermúdez! ¿Verdad que me pondría muy 
malo? dígalo usted... dígalo usted... 
Timoteo Pero si ya estás bueno. 
Berm. Completamente bueno. 
L.4ZAR0 ¿Y tú, qué dices? 
Javier Hijo, te encuentro como si \al cosa. 
Timoteo Y yo tengo precisión de ir a Sevilla. Pero pron- 
to nos volveremos a reunir. Tú no eres un 
convaleciente : no necesitas quedarte aquí. A 
casa y a trabajar. 
Lázaro Entonces, ¿cuándo será la boda? {Al oído.) 
/Timoteo Por mí... cualquier día... pero eso, que lo diga 
el Doctor. 
Lázaro ¡ Ese no ! . . . ¡ ese no ! . . . ¡ ah ! . . . ¡le conozco ! . . . 

y si no, que lo diga. 
Berm. Depende del juicio que usted tenga; si tiene 

usted juicio, muy pronto. 
Lázaro Bueno, pues antes de que se lleve usted a Car- 
men, tiene que decidirlo. La mañana llega... 
faltarán dos o tres horas... ¿ven ustedes aque- 
lla claridad? ya empieza el amanecer y de 
todas maneras velamos... Con que se van us- 
tedes ahí, a ese gabinete, y ustedes fijan la 
fecha. Yo no estaré delante : ya ven ustedes 
que no puedo hacer más. ¡ Pero hay que decir 
cuándo! ¡y que yo lo sepa! sabiéndolo, ya 
estoy tranquilo. Hoy falta un día menos ; dos 
menos; tres... ya falta poco; falta poco; fal- 
tan tres días, faltan dos, falta uno, es maña- 
na, es hoy... ¡es mía Carmen para siempre!... 
¡es mía!... ¡ahora, que la arranquen de mis 
brazos! {Con vehemencia.) ¡Ah! ¡ya Carmen 
es de Lázaro!... {Cambiando de tono.) Estoy 
diciendo lo que sucederá... cuando txstedes 



— 76 — 



Timoteo 

Berm. 
Lázaro 



Timoteo 
Berm. 

Lázaro 



Javier 
Lázaro 



Timoteo 

Javier 

Lázaro 



Berm. 

Timoteo 

Berm. 

Lázaro 

Berm. 



fijen el día... porque en fijando el día... ya 
no faltan más que dos, ya no falta más que 
uno... ya llegó... ¡todos felices!... (Abrazando 
a don Timoteo y a Javier.) ¡Verdad!... ¡ver- 
dad!... Y ahora, allá dentro. 
Por mi parte, con mucho gusto, y me parece 
muy buena idea. ¿Quiere usted, Bermúdez?... 
Estoy a sus órdenes... y si Lázaro se empeña... 
Nada... nada... ustedes entran... ahí... y con 
toda libertad... Su gabinetito... el balcón abier- 
to... las flores de esa terraza que empiezan a 
tomar color... el Guadalquivir que empieza a 
despertar con luces plateadas... Muy bien, 
muy bien... van ustedes a estar i>erfectamen- 
te... y todo esto les inclinará a la benevolen- 
cia...' ¡Que no sean ustedes muy crueles!... 
¡que no fijen un plazo muy largo!... ¡porque 
en este mundo lo que no es hoy, no es nunca! 
¿Vamos? 

Sí, señor. (Se dirigen con lentitud y hablando 
'en voz baja, hacia la derecha.) 
¡Y tú vas también! (A Javier en voz baja y 
enérgica.) ¡No me fía de ellos! ¡Los misera- 
bles! ¡dirían que nunca: anda, anda con 
ellos ! . . . 
Pero yo... 

¡Eh!... esperen... (Ya están en la puerta.) Ja- 
vier les acompaña, se lo he rogado... ¡porque 
yo quiero que haya uno que pida por mí y 
por Carmen!.... ¡Esto no me lo pueden "uste- 
des negar!... 

¡Ya lo creo!... venga usted... venga usted... 
Si te empeñas... 

Allá los tres... loe tres... y luego se lo conta- 
remos todo a mi madre, y a mi padre y a 
Carmen... Pronto... pronto... 
Pasen ustedes... (En la puerta.) 
Pase usted... 
¡De ningún modo!... 
¡Cualquiera!... ¡que estoy esperando!... 
Pronto terminaremos... i Calma, Lázaro, calmaí 



ESCENA IV 
LÁZARO; después PACA, con la manzanilla. 

Lázaro Sí ; tiene razón : mucha calma. Allá fuera todo 
está en calma; ¿pues por qué no he de estar 
en calma yo también? Allá fuera un crepúscu- 
lo... aquí dentro otro crepúsculo... (Oprimién- 
dose la frente.) ¡pero aquél concluirá por lle- 
narse de luz! ¿y éste?... ¿éste?... ¡me parece 
que veo tras las ráfagas limiinosas mucha 
sombra! Allá fuera, mundos, soles, la inmen- 
sidad ; pues todo eso no me importa nada ; 
ahí dentro, tres pobres diablos, y esos son los 
que van a decidir mi destino. Estar amena- 
zados de que uno de esos globos que danzan 
por el espacio nos aplaste a Carmen y a mí... 
¡esto nos engrandecería! Pero estar amena- 
zados de que un Doctor y un necio me metan 
ten una jaula y a Carmen la dejen fuera, ro- 
zando su frente pálida contra los hierros 
fríos... ¡esto es cruel! ¡esto es humillante!... 
¡y a mí nadie me himiilla! Yo valgo más que 
todos ellos juntos!... ¡Yo valgo más que to- 
dos!... (Deteniéndose.) ¡Más que Carmen, no! 
¡Tampoco valgo más que mi madre! Y mi 
padre... mi padre... ¡me quiere mucho! ¡más 
que yo!... ¡silencio!... Pues si es capaz de 
querer más que yo, ¡entonces vale más que 
yo!... ¡Resulta que todo el mundo vale más 
que Lázaro!... ¿cómo es esto posible?... Se- 
ñor, ¿cómo es esto posible?... (Se pasea agi- 
tado. Entra Paca con unas cañas de manza- 
nilla.) ¿Quién es?... Sí, Paca. Va a resultar... 
lo estoy viendo... que hasta esa vale más 
(jue yo. 

Pma ¿No está don Timoteo?... ¿pues para qué pide 

nada?... Pide y se va... 

Lázaro ¿A quién buscas? 

P.\CA A don Timoteo : me pidió unas cahitas y se 
fué sin esperarme. 

Lázaro Trae... trae... las tomaré yo. Déjalas ahí. 

Paca (Poninédolas en una mes'ita.) ¿Usted, señori- 

to? ¿y si le hacen a usted daño? 



— 78 



Lázaro 

Paca 

Lázaro 

Paca 

Lázaro 

Paca 
Lázaro 

Paca 

Lázaro 

Paca 
Lázaro 



Paca 

Lázaro 

Paca 

Lázaro 

Paca 

Lázaro 

Paca 

Lázaro 



Paca 

Lázaro 
Paca 



¡A mí!... ¡pobre mujer!!... mira... (Bebe una 
cat'ia.) Yo bebo y tú revoloteas. 
¿Que yo revoloteo, señorito?... ¡Ay, qué cosas 
dice usted! 
¿Qué ves allá fuera? 
Nada. 

Justamente: nada; eso es lo que vemos todos. 
¿Y aquí dentro, qué ves? 
Toma, a usted. 

Eso es: al hijo de don Juan, bebiendo; y a 
Paca, dando vueltas alrededor. (Bebe otra 
caña.) 

No beba usted más, señorito; no está usted 
del todo bueno y le hará daño. Y se apurara 
doña Dolores y se apurará don Juan. 
¡Y j^o apuraré la cañita! ¿Y tú, no te apu- 
raras? 

Pues sí, señor ; si yo le quiero bien al señorito. 
¡Resulta que también me quiere! ¡Todo el 
mundo me quiere y yo no quiero a nadie!... 
|Ah! a Carmen, si; y a mi madre también; 
y a mi padre; y al pobre Javier... ¡toma, 
pues si quiero a todo el mundo!... Esto hay 
que aclararlo... (Coge mía cañita.) Vamos a 
ponerlo en claro los dos. (Dándole una caña.) 
(deteniéndole.) ¡Señorito, por Dios! 
No es por Dios... es por mí. 
Si usted se empeña... (La bebe.) 
Y ahora, yo. (Coge otra.) 
No; usted, no. (Deteniéndole.) 
Pues entonces, tú. 

¡Ay! por la Virgen Santísima; ¡mire que per- 
dí la costumbre! 

Tonta, si esto es muy sano. ¡Da fuerza! ¡me 
siento ya capaz!... Antes te veía toda fúne- 
bre... ahora veo tu mantón negro... todo sem- 
brado de lentejuelas de oro... y de pedazos de 
iris... como las alas de una mariposa... 
¡Ay, señorito, lo he sido!... pregúnteselo us- 
ted... 

¿A quién? 

A nadie... a cualquiera... ¡Uy, qué sofoco! 
(Deja caer el pañuelo negro de la cabeza so- 
bre los hombros.) Sí, señorito... ¡cuando de- 
cían la tarifeña!... ¡se acabó! 



Lázaro ¡Se acabó! Pues toma otra y volverás a em- 
pezar. 

Paca ¡Mire que nos vamos a trastornar los dos!... 

(Toman la caña.) 

Lázaro üye, tarifeña... sílfide de otros tiempos... sire- 
na encantadora de nuestros mayores... recuer- 
do apolillado de sus alegrías... ¿quieres ha- 
cerme un favor? 

Paca ¡Ya lo creo! yo tengo ley a la casa; y a todo 

lo que es de la casa ; y al señorito, porque 
os de la casa. 

Lázaro Bueno ; y a los que no son de la casa, no. 
Pues ahí dentro hay tres, que no son de la 
casa : don Timoteo, Bermúdez y Javier. Y esos 
están tratando de que no me case con Car- 
men. Que estoy enfermo, que soy una mala 
persona, que haría nmy desdichada a Car- 
mencita... En fin, que se proponen deshacer 
mi boda. ¡Ves qué infamia! 

Paca Los viejos nunca quieren que se casen los jó- 

venes; los viejos son muy malos. Al contrario 
las viejas: las viejas quisiéramos que se ca- 
sase todo el mundo; ¿pues para qué está la 
gente? para casarse: cabal. ¡Y usted y Car- 
mencita harán una pareja!... 

Lázaro Tú eres muy buena... muy compasiva... tú no 
quieres que nadie pene... toma... (Le da otra 
caña.) 

Paca ¡Ay, señorito! aunque me esté mal el decirlo... 

lo que es compasiva... ¡nunca hice penar a 
nadie!... 

Lázaro ¡Así deben ser las mujeres de b.uen corazón! 
¡Toma!... 

Paca ¡No puedo más!... ¡no puedo máe!... (Recha- 

zándolo.) 

Lázaro Pues escucha: ese gabinete da a la terraza... 
V la terraza da la vuelta... ¿comprendes?... y 
la ventana que da a la terraza está de par 
en par... de manera que si sales por ahí... y 
te acercas... puedes oirlo todo... y si quieren 
separarme de mi Carmencita, me lo cuentas 
y yo sabré lo que tengo que hacer. 

Paca (Riendo.) ¡Qué buenas ideas tiene el señorito! 

¡Ya lo creo que quiero!... ¡Los tunantes!... 
¿Pero don Juan quiere que usted se case? 



bü — 



Lázaro 



Paca 
Lázaro 



Paca 

Lázaro 

Paca 
Lázaro 

Paca 

Lázaro 

Paca 
Lázaro 

Paca 

Lázaro 

Paca 

Lázaro 

Paca 

Lázaro 

Paca 

Lázaro 

Paca 

Lázaro 



¡Vaya si quiere!... ¡El que no quiere es don 
Timoteo; y el que quiere llevarse a Carmen- 
cita en cuanto amanezca, es él! ¡Y el que va 
a exlrangular a todos esos, soy yo! ¡y la que 
ha de burlarlos, eres tú! 
Con remuchísimo gusto. 

Pero antes, bajas al jardín, entras en el sa- 
lón... mis padres estarán dormitajido... Car- 
men estará despierta... ¡Carmen no duerme!... 
Lo sé yo. Y sin que nadie te oiga más que 
ella, le dices... que la espero, que suba, que 
al amanecer se la Ueva su padre, que quiero 
despedirme... ¿comprendes? 
Sí, señorito... ¡La despedida!... ¡Las despedi- 
das son muy tristes!... Yo me he despedido 
muchas veces... ¡y siempre he llorado! 
Bueno ; pues ahora llorarás también. Llorare- 
mos todos. 

¡No diga usted eso!... 

Sí, tonta. Si el llorar descansa mucho: mira 
tú, el reir cansa, y el llorar, descansa. 
¡ Pues es verdad ! ¡ Ay, lo que sabe usted, se- 
ñorito ! 

Toma. (Dándole una copa.) Vamos a echar 
nosotros también nuestra despedida: ¡cho- 
ca!... ¡choca, ex tarifeña! 
¡A la salud de la señorita Carmen! 
¡A la salud del hombre que más hayas que- 
rido... cuando hayas querido! 
Pues a la salud... ¡A la salud de toda la fa- 
milia! 

Mira, ni una gota. (Vaciando la caña.) 
Yo ío mismo. 

Y ahora, a llamar a Carmen... y en seguida, 
a escuchar lo que dicen esos... 
Allá voy... déme otra para tomar aliento. 
¡Toma hija, toma!... -- 

¡Verá usted quién soy yo!... (Se dirige al ga- 
binete.) 

No... por ahí no... te he dicho por la terraza. 
(Haciéndola salir por la terraza.) 
Ya... ya... ¡si conoceré yo todo esto!.... ¡me 
quiere enseñar él la casa! (Riendo.) 
Pues despacha... y lo priniero, que venga Car- 
men. 



81 



Paca Mucho... mucho... pero no la haga usted llo- 
rar... ¡pobrecilla!... ¡ pobrecilla!... ¡a los hom- 
bres les gusta hacer llorar a las mujeres! 
pero ella... ella... si es tan poquita cosa... ¡Je- 
sús, qué calor! {Sale por la terraza.) 



Lázaro 



Carmen 
Lázaro 



Carmen 

L.AZARO 

Carmen 
Lázaro 



ESCENA V 
LÁZARO; después CARME^ 

¡Me encuentro máis animado!... ¡Siento que 
acude la fuerza a mis brazos!... ¡Para defen- 
der a Carmen necesito tener mucha fuerza! 
¡Pues ya ia tengo!... ¡Todo amanece!... ¡todo 
resucita!... ¡todo vuelve!... ¡La luz al hori- 
zonte, la vida a mis músculos y Carmen a 
mí!... ¡Lázaro ee Lázaro!... ¡Llegó el momen- 
to de la lucha! ¡de la lucha suprema!... ¡Pero 
aquí no se puede luchar! ¡todo blando!... ¡la 
alfombra, blanda... los divanes, blandos... el 
Oriente, lleno de gasas y de copos de algo- 
dón... ¡Yo necesito roca en qué apoyarme... 
espada que corte... maza que aplaste... dure- 
zas, ángulos, metales que me resistan!... ¡y 
todo reducirlo a polvo!... ¡Yo siento sangre 
arremolinándose en las sienes! (Oprimiéndo- 
se el pedio.) ¡torniquetes en mis brazos!... 
¡Carmen!... (Carmen aparece en la terraza 
con Paca que la señala a Lázaro. Luego des- 
aparece Paca.) 
i Lázaro ! 

(La oprime frenéticamente entre los brazos.) 
¡Carmen, Carmen mía!... ¡Ahora que digan 
lo que quieran osos imbéciles... y que vengan 
a buscarte! 

¿Pero qué tienes?.^.. ¡Dios mío, no comprendo! 
¿No comprendes?' ¡que te quiero más que a 
mi vida! ¡Y que nunca te lo he dicho! 
Sí ; me lo has dicho muchas veces. 
Pero de mala manera: fríamente, torpemen- 
te... ¡si es que no hay modo de decir estas co- 
sas! palabras vulgares, frases vulgares... ¡que 
te quiero más que a mi vida! ¡más que a mi 
alma! ¡que eres mi dicha! ¡que eres mi es- 
peranza, mi ilusión!... ¡psch!... ¡Esto lo dice 



82 



Carmen 
Lázaro 

Carmen 
Lázaro 



Carmen 

Lázaro 

Carmen 
Lázaro 
Carmen 
Lázaro 



Carmen 



todo el mundo!... Esto se ha profanado en 
todos los labios. 

¡ Cuando te' lo oía decir, me parecía que eras 
lú el único en el mundo que ha dicho esas 
cosas! 

¡No, tontina! ¡Si lo dicen todos!... ¡ y yo no 
quiero decir lo que dicen todos!... ¡Porque 
tú no eres como las demás y para ti hay que 
inventar otras cosas!... Vamos a ver, ¿qué 
inventaré? 

¡Lo que tú quieras! pero mientras las inven- 
tas... puedes seguir diciendo eso que decías... 
porque a mí me suena bien... y si a ti no te 
molesta... 

Es que tú no habrás comprendido nunca lo 
que yo te quiero, porque yo no he sabido ex- 
plicarme : ni yo mismo lo supe hasta hoy. 
¡Veía a mi alrededor un horizonte inmenso 
y me distraía contemplándolo : mundos, ma- 
ravillas, resplandores, sonidos, melodías! ¡Pe- 
ro ahora todo se obscurece, todo se estrecha: 
un fondo negro que se cierra, algo así como 
una pupila estupenda que se encoge, y en el 
centro, no queda más que un circulito de luz 
y en él una imagen : la tuya ; ya -se borró 
todo, ya no queda más que Carmen, y en 
Carmen reconcentro todo lo que me resta de 
\ida, de ansia, de pensamiento, de amor! 
i Que no se acabe de cerrar la pupila, porque 
entonces me quedaré en tinieblas! 
¿De modo que me quieres más de lo que yo 
pensaba?, ¡qué alegría! 

i No hay motivo para estar alegre ; porque 
quieren separarnos! 
¿Quiénes? 

¡Aquellos!... (Señalando el gabinete.) • 

¿Por qué? 

Porque no he sabido explicarles lo que eres 
tú para mí, y tú tampoco has sabido ; y ellos 
creen que nos consolaremos, que nos resig- 
naremos, que no hay más que decir: «a ence- 
rrar a Lázaro,, a llevarse a Carmen.» ¿Tú con- 
sientes? 

Yo, no, nunca ; no, Lázaro, no me resigno ; 
yo no puedo hacer más que una cosa, morir- 



-sa- 



me... pues me inoriré. ¿Puedo hacer algo más? 

Lázaro No ; con eso está bien : bastEu con eso. 

Carmen ¡Pero tú puedes defenderme! 

Lázaro ¡Defenderte!... ¿cómo?... Sí... te defenderé... 
pero ¿cómo? 

Carmen Pero, ¿quién nos amenaza? 

L.AZARO ¡Yo no sé!... ¡Yo no puedo explicarlo bien!... 
¡ yo estoy ahora así como en las lindes de un 
desierto : un desierto es mucha arena, que no 
acaba nunca ! ¡ mucha soledad, que no se Uena 
nunca! ¡mucha sed, que no se apaga nunca! 
¡ y un cielo que ee aplasta en el centro como 
si se fuese a caer... y que no se cae nunca!... 
¡ Si al menos se desplomase, todo acabaría! 

Carmen Sí, mucha tristeza, que no acaba nunca: así 
estaba yo cuando dudaba de ti ; es verdad, el 
mundo era un desierto. 

Lázaro ¡Pues en ese desierto coges un puñado de 
arena y empiezas a contar granillos... uno, 
dos, tres... cientos, miles y no acabas de con- 
tar... Y no es más que un puñado... y coges 
otro... y coges otros... y no se acaba nunca 
el arenal... Y corres y corres... y nada, hasta 
el horizonte todo colmado de arena ! 

CARMEN ¿Pero eso, qué quiere decir?... ¡no lo com- 
prendo ! ' 

Lázaro Eso quiere decir... es bien claro... ¿lo' ves?... 
a mime parece claro y tú no lo comprendes... 
Quiere decir, que yo que soñé con los aplau- 
sos, con la gloria, con mi Carmen, para re- 
coger con ella gloria y aplausos, voy a tener 
que estar contando granillos y granillos, pu- 
ñados y puñados de arena, días, y noches y 
años... ¡y hasta el fin!... ¡si es que hay fin!... 
¡ que yo no sé si hay fin ! 

Carmen ¡Lázaro!... ¡Lázaro!... ¡no digas eso!... ¡no 
mires de ese modo! 

Lázaro ¡Pues sálvame!... ¿Pues para qué te he lla- 
mado, sino para que me salves? 

C.VRMEN ¡Sí te salvaré!... ¿Pero cómo? 

L.AZARO ¡Pues discurre si me quieres tanto!... Supon 
que nos vamos a despedir para siempre... por- 
que estamos al borde de ese desierto... los dos 
junto a una fuentecilla, ¡la última! Tiene 
agua fresca, ¡la última! Al caer el caño en 



— 84 — 



el tazón, forma espumas, ¡las últimas! y quie- 
ro beber pror última vez y refrescarme el ros- 
tro y echarme espumas a los labios para que 
se cuajen en sonrisas... Ayúdame... mírame... 
habla... ríe... canta... llora... ¡haz algo, Car- 
men!... que ya me separo de ti... que ya me 
voy por el desierto... ¡haz algo!... échame, al 
menos, con las manos unos paletazos de 
agua... ¡que algunas gotas me caerán en el 
rostro!... {Carmen le estrecha en sus brazos.) 

C.\RMEN ¿Pero por qué dices eso?... ¡No te compren- 
do!... ¿Estás triste?... ¿estás enojado?... ¿es- 
tás enferino?... ¡Estos días anteriores... esta 
misma mañana estabas tan bueno!... ¡tan 
alegre ! . . . ¡ Lázaro ! . . . 

L.\z.\Ro Es que dicen aquellos... que voy a olvidarte... 
que ya no te conoceré... que estarás junto a 
■mí, y yo... sin sospecharlo... como un niño... 
como un idiota... 

Carmen ¡No!... ¡Eso no!... 

Lázaro ¿Pero y si fuese? 

Carmen ¡No será! 

L.^ZARo ¿Por qué no? (Empieza a llagar su mirada 
y apenas oye lo que sigue : pone cara de idio- 
ta y se le caen los brazos.) 

Carmen ¡Porque yo estaré junto a ti! ¿y no has de 
verme? Porque yo te llamaré, «¡Lázaro!», ¿y 
no has de contestarme? ¡Porque yo llorare 
mucho, mis lágrimas caerán sobre ti! ¿y no 
has de sentirlo? ¡ Soy débil como un ñiño, 
pero los niños también se agarran con fuer- 
za! ¡Lázaro, atiéndeme! ¿no atiendes a lo 
que te digo ? ¡ Soy Carmen ! . . . ¡ Mírame ! . . . 
¡Aquella cabecita pá.lida que tú decías, está 
tocando tus labios!... ¡Mira, te sonrío!... ¡ríe 
tú ! . . . ¡ contéstame ! . . . ¡ Lázaro ! . . . ¡ Lázaro ! . . . 
¡despierta!... ?Me oyes?... ¡Adonde miras!... 

Lkzaro Sí... ya lo sé... ya lo sé... pero Uama a mi 
madre... 

Carmen ¡No!... ¡yo sola!... ¡nos separarían!... ¡los 
dos solos!... ¿para qué quieres que venga tu 
madre? 

Lázaro Para dormir. 

Carmen (Mirando á todas partes.) Pues reclínate en 
raí... ¡Duerme en mis brazos!... 



85 — 



Lázaro ¡Tontina, no!... ¡para dormir, en. los brazos 
de mi madre!... ¡pues para eso sirven las ma- 
dres!... ¡Cuando despierte, te llamaré!... 

C AR MEN ¡ Láz ar o ! . . . 

Lázaro ¡Llámala!... ¿no te digo que la llames?... ¡obe- 
dece, egoísta!... ¿tú tampoco quieres que des- 
canse? 

Carmen ¡Sí!... ¡la llamaré!... {Caminando hacia la 
puerta.) ¡Dios mío! 

Lázaro ¿Vas, o no vas?... ¿o tendré que ir yo? 

Carmen No... espera... es que yo no puedo... {AsoTndn- 
dosfi a la izquierda.) ¡Dolores!... ¡don Juan! 

Laz.\ro ¡He dicho a mi madre!... ¡Sólo quiero una 
persona!... ¡Una!... 

C.-^RMEN ¡Pues estaba yo!... 

L.\z.\R0 ¡No, ella!... ¡A tí no te puedo deci:r, madre! 

Car.men ¡Dolores! (Llam-ando.) 

L.4ZAR0 {Yendo tras ella.) ¡Madre!... {Llamando.) 

Carmen ¡ Ya vienen ! 

Lázaro ¡Vienen muchos!... ¡no decía yo tantos!... 
Tendré que defenderme y para defenderme... 
necesito tener buen ánimo... {Bebe una copa.) 

Carmen ¡Pronto!... ¡Aquí!... ¡Dolores!... 



ESCENA VI 

L.4Z.4ÍÍO, CARMEN, DONA DOLORES y DON JUAN 
Lázaro en pie. 

Dolores ¿Por qué llamabas?... ¿Acaso Lázaro?... 

Juan ¿Qué tienes, Lázaro? 

Lázaro Nada: se asustó Carmen... no sé por qué... 
y llamó... 

Car.men- Parece que está mejor. Lázaro, ya están aquí. 
¿Quieres que me quede yo también? 

Lázaro ¿Por qué no? Sí; todo 'el mundo a mi alre- 
dedor. Como estábamos abajo. Mi madre, mi 
«padre, Carmencita, yo... falta uno... ¡Ah!... 
¡Paca!... ¡Todavía tengo memoria!... {Rien- 
do.) jPues sí! falta Paca!... ¡Ea! a sentar- 
nos como antes, y a esperar que Uegue el día. 
Ya va amaneciendo... Miren, miren cuánta 
claridad a lo lejos... ¡Gran velada!... ¿v por 
qué velamos? 

Dolores ¡Tú lo has querido!... 



86 



Juan ¡Sí, hijo: tú fuiste el que se empeñó!... y 

queriendo tú una cosa, ¿para qué estamos to- 
dos sino para darte gusto? 

Lázaro Teníamos que despedir a Carmen : una des- 
pedida es cosa muy solemne, y muy triste, y 
muy desconsolada y yo necesito que me con- 
soléis ; ven tú, madre, a este lado ; venga us- 
ted también (A su padre.), a ese otro lado; yo 
entre los dos; y vosotros me decís que esta se- 
paración es pasajera, que pronto nos reunire- 
mos todos, que me reuniré a Carmen para 
siempre... esas cosas que se dicen; aunque 
no sean verdad, se dicen. (Doña Dolores y 
don Juan ste sientan -a uno y otro lado de 
Lázaro.) 

Dolores ¡ Pero si es verdad ! . . . 

Juan ¡Pues no faltaba otra cosa!... {Carmen se 

acerca al grupo.) 

Carmen Sí, Lázaro ; nos reuniremos muy pronto. 

Lázaro {Con enojo.) ¡Tú, no te acerques! ¡Tú, lejos! 

Carmen ¡Lázaro!... {Alejándose con angustia y dolor.) 

Dolores Lázaro, mira que la pobre Carmen se aflige. 

Juan Vamos, ven, hija mía, ven : Lázaro quiere que 
vengas. 

Lázaro ¡No puede ser!... ¡Si ella se va!... ¡Si ee va, 
debe estar lejos, señor! Y yo desde lejos le 
digo: «¡adiós, Carmen! ¡adiós, te quiero mu- 
cho!» {Con pasión.) ¿Lo ven ustedes?, no es 
que no la quiera, es que las cosas deben ser 
lo que son. 

Carmen (¡No es posible!... ¡no es posible!... ¡mi Lá- 
zaro!) {Conteniendo el llanto.) 

Dolores ¿Qué tienes? (A su hijo.) 

Juan ¿Cómo estás, Lázaro? 

Lázaro Muy bien ; entre vosotros muy bien ; como 
cuando era niño : con la misma tranquilidad 
y la misma paz que entonces. 

Dolores ¿Te acuerdas? 

Lázaro Sí ; ¡ pues si mi cabeza está muy firme ! [ Con 
qué claridad me acuerdo de aquellos tiempos ! 

JUAN ¡Lo ves! (A doña Dolores.) si está bueno: co- 

mo todos estos días. Es que Carmen se alar- 
mó sin motivo. 

Carmen Eso es... sin motivo... 



— 87 



Juan ¡ Su cabeza está aún más segura que la nues- 

tra!... Así, entre los dos. 

Lázaro No... ahora me acuerdo del todo; entre los 
dos, no : estaba solo con mi madre ; ¡ usted 
no estaba!... ¡quite usted, quite usted!... {Re- 
chnzdndolo sin violencia.) 

Juan ¡Eso no lo recuerdas bien, Lázaro! (Con hu- 

mildad.) ¡Estábamos los dos junto a ti mu- 
. chas veces! {Con angustia.) ¿No es verdad, 
Dolores? (En tono de súplica.) 

Dolores Sí, hijo mío. 

LÁZARO ¡No!... ¡no me contradigan !.". ¡Sólo con ella! 
(Abrazándola.) 

Dolores ¡Hijo mío! 

Juan ¡Por qué me rechaza!... ¿Puedo quererle máfi 

de lo que le quiero? 

Laz.\ro ¡Ah!... sí... pues tiene usted razón, padre... 

Ju.\N ¿Lo ves?... i Etecía yo bien ! . . . 

L.KZARO Sí, una vez estuvimos como estaraos ahora; 
¡ajajá! 

Juan ¡Lo mismo que ahora! 

Carmen ¡Ay, su mirada... su mirada!... 

Lázaro ¡Sch!... ¡sch!... Como ahora, no; como aho- 
ra, no. Mi madre estaba despeinada, llorosa, 
pero hermosísima... y usted soberbio y desde- 
ñoso, pero gallardo y elegante... ¡vaya! y 
elfa llorando, sollozando y usted riendo... ¡y 
reñían ustedes! ¡de qué modo!... ¡daba miedo! 

Ju.\N ¡Eso no! 

L.\ZARo ¡Eso sí!... ¡Si lo estoy viendo! 

Carmen. (Su mirada... ¡cómo busca por todas partes!) 

Juan No te enfades... pero no lo recuerdan bien... 

L.\ZAR0 ¡No me contradigan! (Colérico.) ¡Reñían us- 
tedes!... ¡Lo sé yo... yo lo veo!... ¡como que 
siento tadavía aquel miedo!... 

Ju.\N ¡Lázaro!... 

Dolores ¡Calla! (A don Juan.) 

Juan Bueno; pues reñíamos: una disputilla... 

L-AZARO ¡No... no... no era una disputilla! (Riendo.) 
¡Era una lucha desesperada!... ¡reñían a 
ustedes a muerte!.'.. ¡Y usted, padre, quiso 
cogerme... y me cogió usted!... ¡y me hizo 
usted una caricia! (Riendo.) ¡Vamos, vamos, 
no ha sido usted tan malo! 

Juan ¿Lo ves, Lázaro? ¿lo ves?.. 



Lázaro Pero mi madre me arrancó de esos brazos y 
me apretó entre los suyos, y le dijo a usted... 
«¡quita, vete: vete a gozar, vete a encharcar- 
te! ¡Déjamelo a mí!» 

Juan «No, Lázaro... me parece que no... ¡como eras 
tan niño, no lo recuerdas! 

Dolores ¡Silencio! (A don Juan.) 

Lázaro Y usted gritó : « ¡ bueno, pues quédate con él 
y buen provecho ! ¡ buen provecho ! , ¡ qué des- 
precio! ¡y me empujó usted!...» 

Juan ¡Eso no!... ¡eso sí que no!.», ¡no lo hice nuncal 

Lázaro Sí... ^ 

Juan ¡No!... 

Lázaro ¡Digo que sí!... (Colérico.) ¡Me empujó us- 
ted!... ¡Déjeme usted, padre... déjeme usted 
» sólo con mi madre... allá... allá... lejos... le- 
jos, con Carmen! (Rechazándole.) 

Juan (Se aleja y se abraza a Carmen.) ¡Ay, mi Lá- 

zaro ; mi Lázaro ! 

LAZ.ARO ¡ Allá están los desterrados : en su valle de 
lágrimas! (St lo dice, riendo, a su madre.) 

Carmen ¡ No es posible ! . . . ¡ no es posible ! . . . ¡ que ven- 
gan... que vengan... que le salven! 

Juan Sí... que le salven!... 

Lázaro ¡Ahora, contigo! (A su madre.) 

Dolores ¡Conmigo... conmigo siempre! 

Lázaro ¡Contigo siempre!... ¡No... eso tampoco es ver- 
dad! No recuerdan ustedes nada, señor; aquí 

* nadie recuerda más que yo. Me enviaste fue- 

* ra... muy lejos... a un colegio maldito... Yo 
quería quedarme contigo y tú dijiste: «¡que 
se lo lleven, que se lo lleven!» «El»: (Seña- 
lando a su padre.) ¡(quédate con esa» y se va. 
Tú, «que se lo lleven» y te quedas sola. Los 
dos, los dos os separasteis de mí. ¡Oh, de 
todo esto me acuerdo muy bien y antes no me 
había acordado nunca! ¡Parece que algo va 
fundiéndose dentro de mi cerebro ; que algo 
va barriendo los detritus de todas las ideas 
de hoy, y como en terreno que arrastra el to- 
rente brotan a la Juz las antiguas capas, brota 
aquí dentro el mundo entero de mi niñez! 

¡ Eso es, y me acuerdo de todo ! ¡ Sin un beso 
de los dos, me dormí noches y noches ! ¡ Sin 
que nadie me acariciara, me desperté maña- 



89 



ñas y mañanas!... Solo viví... solo seguiré... 
vete.', vete con aquellos, madre... {Rechazán- 
dola dulcemente.) 

Dolores ¡Ah... por ti!... (A don Juan. Volviéndose.) 
¡Lázaro!... 

Lázaro ¡He dicho que quiero estar solo!... Si te quie- 
ro mucno; pero háganse ustedes cargo que 
las cosas han de ser precisamente como son. 
{Se reúnen los tres. Doña Dolores, Carmen y 
don Jiuin -. Lázaro los contempla con sonrisa 
vaga.) Así estamos bien. Cada cual en su si- 
tio; a cada cual Ip suyo. Pero tampoco quie- 
ro estar tan solo. Que venga Paca... ¡Paca!... 

JuA^• ¿A quién llama? 

Lázaro ¡A ella!... ¡Paca!... 

ESCENA VII 

CARMEN, DOÑA DOLORES, DON JUAN, LÁZARO 
y PACA 



Paca 
Lázaro 



Dolores 
Paca 

Lázaro 

Juan 

Lázaro 



¡ Señorito L.. 

Ven ; aquí ; muy cerca. Ya no estoy solo. (A 
los demás.) ¿Lo ve usted, padre? Ya tengo 
compañía: y compañía más alegre que la de 
ustedes, que están tristes y sombríos como la 
muerte. Toma una cañita, Paca, y dame otra, 
y bebamos como antes. 
¡Lázaro!... 

¡Señorito!... bebí mucho... y ya no sé... ya 
tengo la cabeza... 
Sí... lo mando... tú y yo. 
¡No, por Dios! 

¿Por qué?... ¡Ah, egoístas, los que gozan y 
no quieren que gocen los demás!... ¡Yo quie- 
ro gozar también!... ¡Que se me acaba la 
vida y he de aprovecharla!... ¡Bebe, tarifeña, 
bebe; y ríe, y danza y revolotea!... ¡Y cuén- 
tame de tus alegres juventudes; algo que me 
regocije, que me inflame la sangre, que ya 
siento que se ^a quedando helada. ¡Carcaja- 
das, orgías, danzas, amores ; algo que sacuda 
mis nervios, que yo siento que se acorchan! 
¡Vamos, tarifeña, dame vida, que soy joven 
y quiero vivir! 



— 90 



Juan 

Dolores 
Juan 

Lázaro 
Juan 
Lázaro 
Juan 



Lázaro 
Juan 

Lázaro 



Juan 
Lázaro 



Paca 

Lázaro 

IJuan 

Paca 

Carmen 

Juan 

Dolores 

Juan 

Paca 



Dolores 

Carmen 
Juan 

Paca 



jNo más!... ^no más!... ¡yo no puedo ver es- 
to!... I yo no puedo oir esto! 
¡Por Dios! 

{Se desaprende <\e todos y se acerca a Paca, 
cogiéndola por un brazo.) ¡Vete! 
(Cogiéndola también.) ¡No se va! 
¡Yo lo mando! 
¡Y yo también! 

¡ Por la salvación de mi alma, 'que si no te 
vas te arrojo por ese balcón al río! ¡Mira que 
tú no sabes lo que yo soy! ¡Pronto! 
¡He dicho que no! {Con ira.) ¿Es que te go- 
zas en atormentarme? 

{Cayendo de rodillas a los pies de su hijo.) 
¡Lázaro, deja por Dios que se marche esta 
mujer ! 

¡Ay, los cabellos blancos! 
¡Y está llorando!... ¡pobre- 
¡ya ves cómo se aflige!... 
. ¡cómo ha de ser! (Se ale- 



¡Pobre hombre!. 
(Acariciándolos.) 
cilio! ¡Bueno!... 
vete, mujer, vete 
ja Paca.) 
¡Ay, mi Lázaro! 



¡mi dicha!... ¡mi castigo! 
¡Si no quiero castigarte!... ¡si no quiero cas- 
tigar a nadie!... ¡si lo que deseo es que todos 
estemos alegres!... Vamos, mujer, ya ves que 
no te quiere nadie... vete... ¿no lo has oído? 
¡Si tengo antes que decir lo que dicen aque- 
llos ; si usted ilíe lo mandó ! 
¿Yo? (Con extrañeza.) 

¿Qué dicen? (5e levanta: todos rodean a Paca.) 
¡Maldades!... ¡Que no quieren que se casen 
estos dos! 
¡Dios mío! 
¿Por qué?... ¡habla! 
¡Calla!... 
¡Dilo bajo! 

Porque al señorito le va, a dar ¡el último!... 
y sé acabó ; y a usted, (A Carmen.) se la lleva 
su padre. 

¡Ah!... (Corre a abrazar a su hijo que ha se- 
guido con la mirada al grupo.) 
¡No!... ¡Yo con él siempre!.,. (Desesperada.) 
¡Bermúdez!... ¡aquí!... (Precipitándose al ga- 
binete.) 
(Bueno es que lo sepan.) (Aparte.) 



— m 



ESCENA VIII 

DOI^A DOLORES, CARMEN, LÁZARO, DON JUAN, 
PACA, BERMUDEZ, DON TIMOTEO y JAVIER 



Juan 



Dolores 



Timoteo 

Carmen 
Timoteo 
Carmen 
Lázaro 



Berm. 



Javier 
Berm. 

Jl^\N 



Bermúdez : con 
Bermüdez, ¡ una 



¡Bermúdez!... salve usted a mi hijo y pídame 
usted mi alma, mi vida... todo lo que usted 
quiera... ¡qué no le daré yo!... ¡pero sálveme 
usted a mi Lázaro! 
(Corriendo al encuentro de 
Lázaro sólo queda Carmen.) 
esperanza! ¡una esperanza! {Bermúdez se- 
guido de doña Dolores y don Juan se acerca 
a Lázaro. Don Timoteo se acerca a Carmen. 
Javier aparte.) 

Vamos, Carmen: hija mía, vamos. Se hace 
tarde. 

¡ No ! . . . i con él ! . . . ¡ Así no le dejo ! . . . 
Es preciso; por Dios, hija. (Separándola.) 
¡Lázaro, nos separan!... 

(Haciendo un esfuerzo supremo se incorpora.) 
¿Quién?... ¿Ese viejo? ¿esa escoria?... ¡esco- 
rias, al montón de lo inservible!... ¡paso a la 
vida! ¡paso al amor!... ¡Carmen, a mis bra^ 
zos!... (Se precipita a ella: la coge y la lleva 
al balcón. Los demás les siguen.) ¡Mira, qué 
horizonte! ¡cuánta luz!... ¡Ven, funde tu al- 
■ ma con la mía, retuerce tu cuerpo con el mío 
y a meternos entre aquellas llamaradas! ¡Sí... 
ven... Carmen... ven! (Les separan a la fuer- 
za, y traen a Láoaro que se desploma al fin 
en el sofá.) 

¡La última llamarada! (La disposición dfi los 
personajes es la siguiente : Lázaro en el sofá 
de la derecha; don Juan, vacilante, cae en 
el sofá de la izquierda ocultando el rostro en- 
tre las manos ; como para darle ayuda se co- 
loca a su lado Paca. Hacia la izquierda, don 
Timoteo y Carmen. Javier con doña Dolores 
en el centro. Bermúdez en pie contemplando 
a Lázaro. Pausa. Lázaro inmóvil.) 
(En voz baja a Bermúdez.) ¿Está muerto? 
¡Ojalá! 
¡Cuántas mañanas desperté aquí mismo! 



— 92 — 

Paca ¡Es verdad! 

Juan ¡Silencio!... ¡Y mi Lázaro no despierta! 

Dolores (A Bermúdez.) ¡Pero es que no t^ngo en la 
vida máfi que a Lázaro!... ¡Por Dlts, Bermú- 
dez, piense usted en esto! 

Timoteo ¡Carmen! 

Carmen ¡Es inútil, padre!... ¡No le dejo! 

Ber.m. ¡Silencio!... ¡silencio!... Rompe el día... el 
sol empieza a salir... Lázaro parece que vuel- 
ve en sí... Levanta la vista... la fija en la luz 
que nace... oigamos.... oigamos... es ¡ decisivo 1 

Juan ¿A ver qué dice?... ¿Me llamará? - > 

Dolores ¡A mí es a quien va a llamar! 

Carmen ¡A mí, no me llamará! 

Lázaro {Mirando de cara al sol que ivace.) ¡Madre!... 

Dolores {Corriendo a él y abrazándole.) ¡Lázaro! 

Lázaro {Señalando el sol.) ¡Qué bonito!... 

Juan {Cayendo de rodillas junto al sofá y levantan- 

do Los brazos: Paca le sostiene.) ¡Señor! ¡Se- 
ñor! 

Dolores ¡ Lázaro ! . . . 

Lázaro ¡Muy bonito!... ¡muy bonito!... ¡Madre... da- 
me el sol ! 

Dolores ¡Ah!... ¡Dios mío! 

Lázaro ¡El sol... el sol... quiero el sol! 

Juan ¡Mi hijo!... {Siempre de rodillas cae contra 

el sofá: Paca le sostiene.) 

Dolores ¡Hijo mío! {Abrazándole.) 

CARMEN ¡Lázaro de mi vida! {Abrazándole desespera- 
da a su padre que le sujeta.) 

Berm. ¡Para siempre! -^ 

Lázaro ¡Madre... el sol... el sol!... ¡Dame el sol! {Bi- 
ce esto como un niño y con cara de idiota.) 

Juan Yo también lo pedí... Jesús, ¡mi Lázaro, mi 
Lázaro ! 

Lázaro ¡Dame eL sol!... madre... madre... ¡el sol! 
¡por Dios!... ¡por Dios!... ¡por Dios madre,, 
dame el sol! 



FIN DEL DRAMA 



OBRAS DE DON JOSÉ ECHEGARAY 



El libro talonario, comedia en un acto, original y en verso. 

La esposa del vengador, drama en tres actos, original y en verso. 

La última noche, drama en tres actos y un epílogo, original y en 

verso. 
En el puño de la espada, drama trágico en tres actos, original y en 

verso. 
Un sol que nace y un sol que muere, comedia en un acto, original y 

en verso. 
Cómo empieza y cómo acaba, dram.a trágico en tres actos, original y 

en verso. (Primera parte de una trilagía.) 
El gladiador de Ravena, tragedia en un acto y en verso, imitación. 
O locura o santidad, drama en tres actos, original y en prosa. 
Iris de paz, comedia en un acto, original y en v.erso. 
Para tal culpa tal pena, drama en dos actos, original y en verso. 
Lo que no puede decirse, drama en tres actos, original y en prosa. 

(Segunda parte de la trilogía.) 
En el pilar y en la cruz, drama en tres actos, original y en verso. 
Correr en pos de un ideal, comedia original, en tres actos y en verso. 
Algunas veces aquí, drama original, en tres actos y en prosa. 
Morir por no despertar, leyenda dramática original, en un acto y en 

verso. 
En el seno de la muerte, leyenda trágica original, en tres actos y en 

verso. 
Bodas trágicas, cuadro dramático del siglo XVI, original, en un acto 

y en verso. 
Mar sin orillas, drama original, en tres actos y en verso. 
La muerte en los labios, drama en tres actos y en prosa. 



El gran galeoto, drama original, en tres actos y en verso, precedid» 

de un diálogo en prosa. 
Haroldo el normando, leyenda trágica original, en tres actos y ei 

verso. 
Los dos curiosos impertinentes, drama en tres actos y en veso. (Tei 

cera parte de la trilogía.) 
Conflicto entre dos deberes, drama en tres actos y en verso. 
Un milagro en Egipto, estudio trágico, en tres actos y en verso 
Piensa mal... ¿y acertarás?, casi proverbio, en tres actos y en verse 
La peste de Otranto, drama original, en tres actos y en verso. 
Vida alegre y muerte triste, drama original, en tres actos y en verse 
El bandido Lisandro, estudio dramático, en tres cuadros y en prost 
De mala raza, drama en tres actos y en prosa. 
Dos fanatismos, drama en tres actos y en prosa. 
El conde Lotarío, drama en un acto y en verso. 
La realidad y el delirio, drama en tres actos y en prosa. 
El hijo de carne y el hijo de hierro, drama en tres actos y en prosa. 
Lo sublime y lo vulgar, drama en tres actos y en verso 
Manantial que no se agota, drama en tres actos y en verso. 
Los rígidos, drama en tres actos y en verso, precedido de un diálog( 

exposición en prosa. 
Siempre en ridiculo, drama en tres actos y en prosa. 
El prólogo de un drama, drama en un acto y en verso. 
Irene de Otranto, ópera en tres actos y en verso. 
Un critico incipiente, capricho cómico en tres, actos y en prosa. 

Comedia sin desenlace, estudio cómico-político, en tres actos y e 

prosa. 
El hijc de don Juan, drama original, en tres actos y en prosa, insf 

rado por la lectura de la obra de ibsen titulada Gengangere. 
Sic vos non vobis o la última limosna, comedia rústica original, ( 

tres actos y en prosa. 
Mariana, drama original en tres actos y un epílogo, en prosa. 
El poder de la impotencia, drama en tres actos y en prosa. 
A la orilla del Mar, comedia en tres actos y un epílogo, en prosa. 



La rencorosa, comedia en tres actos y en prosa. 

Maria*Rosa, drama trágico, de costtimBres populares, en tres actos y 

eu prosa. (Traducción). 
Mancha que limpia, drama trágico, en cuatro actos y en prosa. 
Ei primer acto de un drama, cuadro dramático, en verso. 
El estigma, drama en ires actos y en prosa. 

La cantante callejera, apropósito lírico, en un cuadro y en prosa. 
Semíramis o la hija del aire (refundición). Drama en tres jornadas y 

en verso. 
Tierra baja, drama en tres actos y en prosa. (Traducción. 
La calumnia por castigo, drama en prosa, en tres actos y un prólogo. 
La duda, drama original, en tres actos y en prosa. 
El hombre negro, drama original, en tres actos y en prosa. 
Silencio de muerte, drama original, en tres actos y en prosa. 
El loco Dios, drama original, en cuatro actos y en prosa. 
malas herencias, drama original, en tres actos y en prosa. 
La escalinata de un trono, drama trágico original, en cuatro actos y 

en verso. 
La desequilibrada, drama original, en tres actos y en prosa. 
A fuerza de arrastrarse, farsa cómica, original, en un prólogo y tres 

actos, en prosa. 
Entre dolora y cuenta, monólogo. 
El moderno Endimión, ídem. 
El canto de la sirena, ídem. 
El preferido y los cenicientos, drama vulgar o escenas de familia, en 

un prólogo y dos actos, por Librado Ezguienza. 



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PUNTOS DE VENTA 



Los ejemplares de esta obra se hallan de venía en todas 
librerías y en la Sociedad de Autores Españoles. 

Será considerado como fraudulento todo ejemplar que care: 
de sello de esta Sociedad. 

Precio: 3,00 pesetas. 



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